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Full text of "Historia de la guerra de intervención en Michoacán"

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J^arbaríi Collrgr liijrarn 




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ECONOMICS 



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HISTORIA 



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MÉXICO 

OPIC. TIF. DE LA SECRETARIA DE FOMENTO 



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JEl Autor. 



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X y I 






INTRODUCCIÓN. 



Hace más de un cuarto de siglo que pasaron los acon- 
tecimientos que voy á referir en estas páginas. 

En Michoacán, la guerra de intervención principió 
dos años después que los franceses hollaron el suelo de 
la patria. lío por esto dejó el Estado de contribuir á la 
lucha que se inició en 1862. Tropas michoacanas con- 
currieron á todos los hechos de armas que se verifi- 
caron hasta la rendición de Puebla. Pasados los días 
de prueba, cuando la victoria coronó los esfuerzos de 
la nación, tropas michoacanas había entre los sitiado- 
res de Querétaro y tropas michoacanas también, mili- 
taron á las órdenes del general Díaz en el asedio de 
la Capital. Así fué como, desde el principio hasta el 
fin, en la segunda guerra de independencia, no desmin- 
tieron su patriotismo ni su valor los hijos de Morolos. 

En fines de 1863 fué cuando los primeros disparos 
del invasor se oyeron en aquel país áspero que se ex- 
tiende entre Zitácuaro y Huetamo, campos que han 
visto más de cien batallas, desde los tiempos de la in- 

Miohoaoán.— 3 



VI 

surrección hasta los días en que cayó vencido el im- 
perio. Y desde entonces, la guerra no llegó á inte- 
rrumpirse en el curso de tres años cinco meses. Puede 
asegurarse que no pasó una sola semana sin que nues- 
tras tropas peleasen contra las huestes extranjeras y 
mexicanas que sostenían al gobierno intruso. 

Después de tantos años transcurridos, siento como 
un deber de patriotismo no dejar que se extingan en el 
olvido los hechos gloriosos del ejército republicano que 
peleó en Michoacán por la independencia nacional. 
Quiero escribir aquellos recuerdos para que sirvan de 
ejemplo á los jóvenes que nos siguen en la carrera de la 
vida y para que éstos depositen en el altar de la patria 
las flores de la gratitud hacia aquellos hombres que 
murieron, llenos de fe en la libertad de los demás, com- 
prada á precio de la sangre vertida en los campos de 
batalla ó en la amarga soledad del patíbulo. 

Penosa ha sido mi tarea al reunir elementos para lle- 
var á cabo mi labor, y la detallaré para que sea cono- 
cida de quienes lean este libro. 

En aquella época, el continuo batallar hizo imposi- 
ble que se conservasen de nuestra parte las colecciones 
de periódicos, los documentos oficiales, la correspon- 
dencia particular de los jefes. Los archivos públicos 
eran incendiados por las guerrillas de bandoleros que 
militaban en uno lí otro partido; la correspondencia del 
general Arteaga cayó en poder del enemigo, una vez 
en la derrota de Jiquilpan, y otra en la catástrofe de 
Santa Ana Amatlán; Regules se quedó sin un solo pa- 
pel en la sorpresa de Tengüecho; ni pudieron salvarse 
en nuestros frecuentes reveses las papeleras de los 



VII 

Cuerpos. Sólo Riva Palacio posee aún la mayor par- 
te de las cartas que en aquel tiempo le fueron dirigi- 
das. Ahora que he vuelto á tenerlas á la vista, no puedo 
menos que considerarlas como un precioso tesoro, au- 
mentado con uno que otro periódico ó documento oficial 
de la época de la campaña, conseguidos merced á es- 
fuerzos increíbles. Por mera casualidad conservé al- 
gunos carnets, mío uno y dos de otras personas, ver- 
daderos apuntes de lo que pasó en aquella época, sin 
orden cronológico, ni método, ni objeto preconcebido 
de que pudiesen servir más tarde. 

Para cubrir las deficiencias, he ocurrido con empeño 
á varias de las personas que tuvieron participación en 
la lucha ó que presenciaron algunos de sus aconteci- 
mientos: algunas no se tomaron la molestia de contes- 
tar mis cartas; otras sólo conservan recuerdos vagos y 
á veces contradictorios, y otras que todavía los guar- 
dan frescos me han proporcionado un contingente va- 
lioso. 

Solicité una vez del Got)ierno de Michoacán que li- 
brase orden á los prefectos de los distritos para que 
recabaran informes, consultando á los vecinos que pu- 
diesen ministrarlos. La idea fué acogida favorablemen- 
te y se puso en planta desde luego, pero el Ejecutivo 
de aquel Estado juzgó que mejor que enviarme aque- 
llos datos que hubieran sido más útiles, unidos á los 
que ya tenia yo en mi poder, podrían servirle para dar 
interés á una de sus Memorias leídas ante la Legisla- 
tura. Asi se hizo, y en un extracto muy diminuto y 
sin un concienzudo examen de aquel material, se in- 
cluyeron en la Memoria de 1890. Contiene ésta mu- 



VIII 

chas noticias interesantes; pero nada extrañóme pareció 
que^ apenas publicada, diera motivo á numerosas recti- 
ficaciones, entre las cuales son de mencionarse prefe- 
rentemente las que escribió el Sr. D. Jesús Rubio, 
antiguo oficial de filas del Ejército del Centro, y que 
en una época desempefió el encargo de Oficial Mayor 
de la Secretaria de Gobierno, siendo Gobernador de 
Michoacán el general D. Vicente Riva Palacio. 

La misma mención debe hacerse de las que publicó 
el periódico La Municipalidad de Fátzcuaro, del que 
fué director D. Rafael Chávez Carrillo, empleado de la 
Comisarla general del Ejército en la época de la cam- 
paña. Algunos otros periódicos de Morelia, tales como 
La Libertad, de tiempo en tiempo, han dado á luz efe- 
mérides ó artículos de importancia, que me han sido de 
grande utilidad. 

Entre los informes privados relativos á estos suce- 
sos, debo hacer mención de los que me fueron ministra- 
dos por D. Federico Bravo, agente en el ramo de ha- 
cienda en el ejército republicano, y cuya asombrosa y 
fiel memoria ha venido muchas veces en mi ayuda.* 

Asi es como he ido formando un acopio, que si no 
puede considerarse completo, es comprensivo de los 
sucesos más notables, y no carece de detalles curiosos 
y á veces romancescos. 

A este caudal deben agregarse mis propios recuer- 
dos, como testigo de no pocos de aquellos acontecimien- 
tos, que presencié, primero de simple particular, luego 
en el tiempo en que fui secretario del general Riva 

^ Federico Brayo bajó al sepulcro no ha muchos días. 



PalMio y más tarde Auditor de Guerra en el Estado 
Mayor del general D. Nicolás de Regules. 

Los escritores que hasta hoy se han ocupado de na- 
rrar la parte de historia que toca al Ejército Republi- 
cano del Centro, en su campaña de Michoacán, han te- 
nido en cuenta solamente los documentos del imperio 
ó los del cuerpo expedicionario francés: la misma obra 
monumental "México á Través de los Siglos" no ha 
bebido en otras fuentes, resultando de aquí que se han 
relegado al olvido muchas acciones heroicas de nues- 
tras fuerzas, que se hayan arrebatado á los jefes repu- 
blicanos glorias legitimas que les pertenecen, para atri- 
buirlas á sus contrarios, y que aun el mismo Ejército 
del Centro no haya sido juzgado hasta hoy con el cri- 
terio que merecen sus timbres de honor y patriotismo. ' 
Ni se conocen los sacrificios de los michoacanos, ni 
cuánto sufrió aquel noble Estado, ni sus grandes mé- 
ritos durante aquella guerra, la más grandiosa que re- 
gistran los anales de la patria. 

Dicho esto, tengo que advertir, que he adoptado en 
la narración el estilo episódico, no tanto por darle va- 
riedad, cuanto por sacar avante mi propósito de foto- 
grafiar, hasta donde sea posible, el carácter de aquella 
guerra; las costumbres y el lenguaje de las gentes en 
las comarcas donde se verificó; el estado que guarda- 
ban entonces las poblaciones; los personajes más no- 
tables, y ciertos tipos que aparecen en los dias luctuo- 
sos de las revueltas políticas. 

Para decir verdad, no seré yo quien rehuse el cargo 
que pudiera hacérseme de que mi relato está escrito 
con pasión. Se agolpan tan expresivamente en mi me- 



moría aquellos recuerdos de mi juventud, que no puedo 
ni quiero dar á mi pluma otro impulso que el que ella 
misma coge al volar sobre el papel. Me basta declarar 
que los hechos referidos son ciertos, y que lo son también 
los detalles principales que los constituyen. Si en los ac- 
cesorios puede no haber una cabal exactitud, culpa es 
del colorido que los ilumina, á través de los años, pues 
me sucede que iñientras más distancia pone el tiem- 
po entre aquellos días y los que devora ya mi edad 
avanzada, más vivos son los matices que animan aque- 
llos cuadros de lucha, de matanza, de infinita desola- 
ción por una parte, y por otra, la alegría, el valor, la 
abnegación y el patriotismo de nuestros soldados. Si 
á veces me estremezco al recordar los campos de ba- 
talla, el incendio de los pueblos, la insaciable voraci- 
dad del cadalso, también á veces despierta mi entu- 
siasmo, cuando dentro de mi alma vuelvo á ver aquellos 
batallones orgullosos de su bandera que hacía ondular 
el soplo ingente de la libertad. Escribo, pues, mis im- 
presiones, tales como están grabadas en mi memoria. 



Eduardo Ruíz. 



t> 



CAPITULO I. 



(1863) 



Antecedentes de la campaña. — El partido clerical. — Zitácuaro! — Recuerdos 
de la guerra de insurrección. — La lucha por los principios república 
nos. — El Okksral D. Porfirio Díaz. — El Lie. Don Luis G. Couto. — 
Combate de Pungarancho. — Se abre la campaña en Michoacán. 

La victoria de Calpulalpan que dio término á la guerra de 
tres años implantó en México la reforma, á costa de innien-^ 
sos sacrificios del partido liberal. Al reaccionario ó clerical 
no le quedó más recurso que mendigar en Europa la inter- 
vención extranjera en los asuntos políticos de la nación. No 
era de extrañar: enemigo de la independencia en los once 
años que duró la épica lucha de la insurrección; adversario 
de las ideas de libertad y de progreso; celoso sostén de go- 
biernos sanguinarios y despóticos; fanático en religión y co- 
dicioso, hasta no más, de los bienes terrenales, el Clero alto 
mexicano agregó á todos estos crímenes el de la traición en 
guerra extranjera, provocando y ayudando para que las hues- 
tes francesas viniesen á establecer en este país un imperio re- 
gido por un príncipe austríaco. 

La historia extensa de estas infames intrigas ha sido escri- 
ta en todos los idiomas cultos del mundo, y no es mi ánimo 
ocuparme de ella. Mí narración comprende únicamente la 
parte de la guerra de intervención francesa que se verificó en 
el suelo de Míchoacán entre los invasores y sus aliados y los 
patriotas michoacanos, ya luchando estos solos, ya formando 
parte del Ejército Republicano del Centro. 



Michoacán concurrió con sus elementos á la defensa nacio- 
nal desde el momento mismo en que el enemigo extranjero 
pisó el suelo de la patria. Soldados michoacanos se hallaron 
presentes en Yeracrnz al avistarse las primeras naves de la 
convención tripartita; con sus compañeros de armas espera- 
ron al enemigo en el campamento de ^^Dos Bios" para dispa- 
rar sobre él los primeros tiros; se batieron con denuedo, en 
las Cumbres de Acultzingo, en los cerros de Loreto y Gua- 
dalupe élS de Mayo^ en Barranca Seca y en el sitio de Pue- 
bla, en donde cayó prisionero, y fué después deportado á 
Francia, su Gobernador Constitucional Don Epitacio Huerta, 

Mas tarde, cuando ya los franceses se habian posesionado 
de la ciudad de México, cuando el gobierno legitimo empren- 
día su heroica y penosa peregrinación por los desiertos del 
norte, Michoacán se preparó altivo y sereno á continuar la 
guerra en el interior de su propio territorio. 

Tal es el momento en que comienza mi relato. 

Y es digna de llamar la atención la coincidencia de que 
esa tremenda lucha se iniciara en Zitácuaro, como si el ángel 
que custodia nuestra patria hubiese querido conceder tan al- 
ta honra al pueblo mas patriota de la tierra de Morelos! 

¡Cuántos gloriosos recuerdos despierta en el alma el nom- 
bre de este pueblo que ha alcanzado con justicia el titulo de 
ciudad de la Independencia! 

Zitácuaro! Sa nombre se leerá repetidas ocasiones en las 
páginas de estos apuntes. 

Se pronunciaba ya con respeto en los últimos días de la 
conquista, cuando un misterioso cacique cayó á los golpes del 
encomendero Peñaranda y cuando al espirar aquel indio le- 
gendario, es &ma que se oyó el tañido fúnebre de una cam- 
pana invisible, cuyo eco se repercute cada año en solem- 
ne dia. 

Con letras de oro lo grabó la historia en los tiempos dolo- 
rosos de la insurrección, cuando los elevados cerros del Pe- 
lón y del Cacique, y los de Camémbaro y Cóporo repetían el 
estruendo de los cañones, los gritos de los combatientes y los 
suspiros de los moribundos. 

Lo vemos brillar nuevamente cuando la ciudad se levantó 



f 8 

llena de entusiasmo en 1852 proclamando la Beforma y como 
apóstol de esta al inolvidable Melchor Ocampo. 

Lo vemos también en la revolución de Ayutla^ cuando XTr- 
qaiza, Juan Garcia j sus compañeros surgieron para luchar 
contra el tirano, participando de los triunfos del pueblo, y 
cuando, por este crimen^ la villa fué incendiada por los santa- 
nÍBtas; loe habitantes pacíficos, muertos alanzadas, y algunos 
de elloB arrastrados por la calle á la cola de los caballos. 

En la guerra de tres años, recibió el titulo de ciudad de la 
Independencia por sus meritorios timbres del pasado y por 
los servicios de sus guardias nacionales en aquella época de 
la reforma. 

Pero en la campaña contra la intervención francesa, pudie- 
ran contarse los días de Zitácuaro por otros tantos actos de 
dvismo, por fiestas patrióticas, por la llegada de ilustres cau- 
dillos 6 por la no interrxunpida serie de combates que sostu- 
vieron alli las tropas republicanas contra franceses y traido- 
res. Desde 1868 hasta 1867, Zitácuaro se ve convertido en 
nn altar de la Independencia ó en un santuario de la Liber- 
tad. El incienso tenia olor de pólvora, las campanas tocaban 
á rebato; en la bóveda de aquél templo rugía la tempestad de 
la guerra, el canto sagrado eran las notas del himno nacional. 

Alli la tierra era un campamento; la ciudad nó, lo que 

había sido ciudad eran escombros y carbones; el aire, el so- 
plo de la muerte, y en vez de trigo y de maíz, las semente- 
ras producían túmulos. 

En los repetidos combates que sé libraron en aquellos cam- 
pos, las montañas se cubrían de espectadores que lanzaban 
vivos á la patria. Eran las madres, las esposas, los hijos de 
aquellos que en las cañadas y en los valles vertían su sangre 
por la independencia de México. 

Todos estos hechos heroicos se verificaban, ora en accio- 
nes de guerra, ora en el interior del hogar, ó ya en los adua- 
r res trashumantes ocultos en las serranías. 

En su lugar oportuno se darán á conocer los hombres pro- 
minentes de otros Estados que por aquellos días iban á bus- 
car un refugio en Zitácuaro, á tomar participación en las lu- 
chas que alli se empeñaban, ó á acaudillar sus huestes, ó que. 



de simple tránsito, atravesaban aquella región, llena de glo- 
rias nacionales, para ir á combatir contra los enemigos de la 
patria en otros lugares del país. 



Ya he dicho que no entra en el propósito de este libro na- 
rrar losjacontecimientos de las guerras sostenidas por el pue- 
blo mexicano en otros puntos de la República. Escribo, para 
que no se olviden, los episodios que pueden servir para la 
historia particular de Michoacán, y Je la historia general del 
país solamente tomaré aquellos datos que se relacionen con 
mi asunto. 

Ninguno de los Estados proclamó el Imperio. El ejército 
que sostenía al gobierno impuesto por la intervención y la in- 
fidencia tuvo que ir conquistando, palmo á palmo, el suelo 
mexicano, puesto que ni siquiera se atrevieron franceses y 
traidores á penetrar en el interior del país inmediatamente 

■ 

después de la ocupación de México. Mientras cobraban nue- 
vas fuerzas, intrigaron porque los pueblos proclamasen á 
Maximiliano, y no habiéndolo conseguido, se decidieron por 
fin á emplear las armas, el exterminio y el soborno. 

La expedición sobre Michoacán emprendió su marcha en 
Noviembre. Pero no hay que anticipar la acción cronológica 
de los sucesos. 



En el Estado, á consecuencia de la injustificada rebelión 
de los "Lanceros de la Libertad," el gobierno local tuvo que 
vencer grandes dificultades para llevar á cabo sus preparati- 
vos de defensa contra los invasores. Por fortuna, el Lie. Don 
Luis Couto, hijo de Zitácuaro, fué nombrado Gobernador, y 
en el corto período de su administración (17 de Julio á 17 de 
Septiembre) logró que se sometiesen voluntariamente los su- 
blevados, organizó algunas otras fuerzas, creó recursos pe- 
cuniarios y levantó el espíritu público, entregando en segui- 
da el mando al funesto general TJraga. 



Entretanto, él Presidente Juárez, en San Luis Potosí, se 
consagraba activo é infatigable á renovar la lucha. 

Una de las primeras fuerzas con que pudo contar el Ejér- 
cito Republicano fué la División del General Don Porfirio 
Díaz, quién para formarla había permanecido tres meses en 
San Juan del Río, trabajando incansable, casi á la vista del 
enemigo. Componían esta División cuatro brigadas á las ór- 
denes de los generales José María Ballesteros y Mariano Es- 
cobado y de los coroneles Manuel González y Apolonio Án- 
gulo, y militaban en ella jefes tan distinguidos como Crispín 
Palomares, Margarito García, Jerónimo Treviño, Joaquín 
Ballesteros, Ramón Reguera, Diódoro Corella, Jesús Tole- 
do, Espinosa Garostiza, Adolfo Alcántara, Jesús Altamira- 
no, Jesús Sosa, y Martiniano León: estos dos últimos, mi- 
choacanos. Era Cuartel Maestre de la División el General 
Rafael Benavides; auditor general, el Lie. Miguel Castella- 
nos Sánchez, y comisario general, el teniente coronel Patri- 
cio León. 

Tan brillante pléyade de valientes, digna de su jefe, lleva- 
ba en el corazón de sus miembros las esperanzas de la patria 
En aquel corto cuadro de soldados republicanos había como 
el semillero, como la almaciga de los cinco grandes ejércitos 
que, cuatro años después, hicieron caer en pedazos el trono 
de Maximiliano. 

El general Díaz se movió con su pequeño ejército, salien- 
do de San Juan del Río á principios de Noviembre. 

Iba á hacer la campaña en el Oriente: allí donde el Impe- 
rio tenía fijos los ojos y donde ya había ocupado una gran 
parte de su territorio. 

El general Díaz que, cuando conviene, sabe ocultar su 
pensamiento, siguió un camino que no podía revelar sus in- 
tenciones. Hizo sus jornadas por Amealco, Molinos de Ca- 
ballero, rancho de los Dolores y Pateo. Permaneció unas 
cuantas horas en Pomoca, en aquel albergue histórico en que 
dos años antes fué aprehendido Don Melchor Ocampo, cuya 
sangre no mitigó la sed de los verdugos clericales. Después 
siguió por Tepetongo, Angangueo y Trojes y llegó á Zitá- 
CTiaro, la tierra clásica de la Libertad en Michoacán. 



6 

Para nutrir el patriotismo de sus soldados con recuerdos 
gloriosos^ Don Porfirio dio tres días de descanso á sus tro- 
pas: Allí evocó la memoria de Benedicto López, cuyo valor 
que contemplaron admirados los habitantes de Zitácuaro, lle- 
nó de terror al gobierno vireinal; allí después de haber divi- 
sado á Cóporo, las sombras de los Rayones, de Guerrero y 
de Bravo se irguieron en su memoria. Al recorrer las calles 
de la histórica ciudad se ha de haber imaginado el incendio 
á que la condenó Calleja, las casas envueltas en torbellinos 
de fuego y el humo densamente negro que se elevaba, sin 
poder ocultar la gloria de los héroes. ¿Quién había de decir 
al caudillo que antes de dos años, aquella alegre ciudad, ani- 
mada y risueña, estaría de nuevo convertida en pavezas y 
hollada y ultrajada por el ejército extranjero? 

El general Díaz se alojó en Zitácuaro en la casa de Don 
Lorenzo Rodríguez, anciano patriota, de quién tomó ins- 
trucciones topográficas para enriquecer su caudal propio en 
esta clase de conocimientos. 

Trascurrieron los tres días de descanso. La división Diaz 
emprendió de nuevo su marcha. Al pasar por la hacienda 
del Bosque, el general en jefe vio en la puerta de aquella ele- 
gante y hermosa mansión á su propietario, el Lie. Don Luis 
Couto, antiguo conocido suyo. Se adelantó á saludarlo y es- 
tuvo conversando con él todo el tiempo que la tropa tardó en 
pasar. El asunto de aquella plática entre el viejo republica- 
no, amigo de Don Melchor Ocampo y el joven caudillo, es 
fácil de adivinar. Chispeaban los ojos de Couto debajo délas 
tupidas cejas que parecían de nieve, en tanto que la mirada 
del general Díaz era fija, severa y limpia, como si penetra- 
ra el porvenir. 

La División siguió por las haciendas de Laureles y Orocu- 
tín, tocando los lindes del Estado de México. Ya después de 
franquear aquellos lugares, los soldados vieron con inmenso 
placer que se rompía lo monótono de las jornadas. En efec- 
to, había aparecido de repente una gruesa columna de trai- 
dores capitaneada por Laureano Yaldés, quien sin atreverse 
á presentar acción, destacaba algunas guerrillas á tirotear la 
tropa del general Diaz. Las guerrillas quedaban escarmen- 



tadaB por los soldados republicanos. El general estaba satis- 
fecho de ver la moral de su pequeña fuerza, y proíundamen- 
reservado como es, sólo el sabía que una sección de france- 
ses, á las órdenes del general Bertíer, había salido de Toluca 
á reforzar á los traidores. Desde su salida de Zitácuaro, el 
general Díaz tuvo siempre su izquierda amagada por nume- 
rosas tropas enemigas, en su largo camino hasta Oaxaca, no 
siendo pocas las acciones de guerra que sostuvo contra ellas. 
Para el objeto de estos apuntes basta por ahora, referir el 
primero de tales episodios, por haberse verificado en Mi* 
choacán. 

Decíamos que entre el tiroteo de las avanzadas y las risas 
y el entusiasmo de los soldados, el general continuaba su 
marcha. Un día llegó al pequeño caserío de Pungarancho 
(municipalidad de Tiquicheo). Laureano Yaldés creyó que 
allí se le presentaba la oportunidad de alcanzar una victoria 
sobre loe patriotas. Al efecto, tomó posiciones en un sitio 
ventajoso, en que tenia á su frente el río, invadeable en aquel 
lugar. Allí juzgó conveniente presentar la batalla. El gene- 
ral Díaz la aceptó, y mientras con toda calma formaba su lí- 
nea hizo construir algunas balsas con barriles y trozos de 
madera, para que sirviesen de puente. 

Entonces dio orden á Martiniano León, teniente coronel 
de artillería, para que con sus piezas comenzara á batir á los 
imperialistas. Al abrigo de estos fuegos se empeñó el com- 
bate; un cuerpo de infantería pasó el río sobre aquel puente 
improvisado. Rápidos los movimientos de la tropa republi- 
cana, como era rápido el plan de su jefe, pronto obtuvieron 
el triunfo más completo. Las desmoralizadas fuerzas de Lau- 
reano Valdés huyeron en completa dispersión y los vencedo- 
res avanzaron hasta Tejupilco. El general Bertier regresó á 
Toluca, frustrado ya su plan. 

El general Díaz levantó el campo, y desde aquel momento 
dio por iniciada la campaña de su ejército de Oriente, cam- 
paña llena de vicisitudes y de gloria, cuyo primer laurel fué 
la toma de Tasco; en que más tarde se ve al héroe caer pri- 
sionero, y en que después de la más romancesca y peligrosa 
evasión aparece de nuevo en los campos del combate; cam- 



8 

paña en que se libran acciones de guerra en tres ó cuatro 
días sucesivos, obteniendo victoria; en que se asaltan y se to- 
man ciudades importantes; en que se destruyen grandes ejér- 
citos enemigos, extranjeros y mexicanos; campaña, en fin, en 
que hay fechas inmortales como el 2 de Abril, y en la que se 
registra el término de la guerra, el aniquilamiento del Impe- 
rio y la apoteosis de la República. 

Aquella lucha se inició en Zitácuaro, los primeros tiros se 
dispararon en el territorio de aquel Distrito, la primera ac- 
ción se libró en Pungarancho (Huetamo) y fué el comienzo 
de la guerra de intervención en Michoacán, guerra que duró 
más de tres años, en que los combates se contaron por cien- 
tos, los cadalsos en que murieron los patriotas por millares y 
en que los sacrificios fueron incontables. 

Y como un honroso recuerdo para el Estado, hemos visto 
que quien rompió los fuegos en aquella gloriosa época y en 
aquel heroico Distrito de Zitácuaro, fué el General Don Por- 
firio Díaz. 



9 



CAPITULO II. 

(Í863) 

I>on Jo86 López Uruga. — Intrigas de los imperialistas. — El general Felipe 
Beríoz^ábal. — Disposiciones acertadas. — Invasión de los franceses en el Es 
tado. — El Coronel Ruiz Oarrillo. — Protesta contra la intervención. — E 
80 de Noviembre de 1863. — Entrada de los franceses en Morelia. — La po- 
blación se les manifiesta hostil. — Vista de la ciudad. 



El general Uraga fué nombrado Gobernador y Comandan- 
te Militar del Estado de Michoacán y recibió ambas investi- 
duras el 17 de Septiembre de 1863. El viejo patriota Lie. 
Luis Couto que tenía á su cargo el Gobierno, hecha entrega 
de él, se retiró á su hacienda del Bosque, Distrito de Zitácua- 
ro: allí pasó toda la campaña, prestando sus importantes ser- 
vicios á la independencia. 

Don José López IJraga estaba emparentado con algunas de 
las principales familias de Morelia. La casa solariega está si- 
tuada detrás de la catedral, al lado izquierdo del colegio de 
infantes. Los üraga hacían alarde de nobleza de sangre. En 
una mampara de la sala había una pintura, representando á 
un negro que tocaba una trompeta. Era un privilegio de los 
antepasados que uno de sus esclavos estuviese soplando en el 
estrepitoso instrumento, á la hora de la comida. ¡Hermopa 
preeminencia que hacia saber á los habitantes de la anti- 
gua Yalladolid que los señores üraga estaban sentados á la 
mesa! 



10 

El general Uraga tenia ese valor ardiente é impetuoso del 
primer momento: atacaba bruscamente j no cuidaba ni de su 
propia vida, ni de la sus soldados. Era hombre de un solo 
plan en el combate; asi es que, si los movimientos ó la activi- 
dad del enemigo se lo desbarataban, la derrota era segura. 
El vulgo^atribuia á traición lo que no era otra cosa que el re- 
sultado de la imprevisión ó de poca persistencia de talento 
militar. Su carácter era áspero, violento y orgulloso. Era bajo 
de cuerpo, de color bilioso y de mirada altiva; en la época á que 
me refiero, su calvicie estaba muy avanzada y el hirsuto bi- 
gote enteramente cano. 

Casi nada de provecho hizo el general üraga en Michoa- 
cán durante aquellos dias y puede decirse que se limitó & 
expedir un decreto, declarando á Morelia en estado de sitio 
y ordenando que los franceses residentes en aquella ciudad 
salieran de alli en el improrrogable término de veinticuatro 
horas, so pena de ser considerados como espias del enemigo. 
Disposición inútil é injusta, porque entonces aún no estaba 
invadido el Estado. 

El partido liberal de Michoacán desconfiaba de la lealtad 
dé üraga y no creía en su fe politica; los tratados de Arroyo 
Zarco que apresuraron el triunfo de la revolución de Jalisco 
(1852) y la conducta que observó aquel jefe en la guerra de 
Reforma, justificaban la desconfianza. Esto y el carácter des- 
pótico de Uraga alejaron de su lado á los patriotas. En cam- 
bio, los hombres del partido conservador lo rodearon y lo 
embriagaban con sus adulaciones, logrando que no se dicta- 
sen providencias para preparar la campana, y acaso fueron 
ellos quienes inspiraran el &moso decreto de que antes ha- 
blé, á fin de apresurar la expedición que los franceses tenian 
preparada sobre Michoacán. Tal vez se forjaban algunos otros 
planes, pues lo cierto es que por aquellos dias andaban los 
imperialistas de Morelia sumamente contentos y esperando 
con ansiedad la llegada de los franceses. 

Sucedió, empero, que Uraga fué llamado por el Gobierno 
general para que se pusiese al frente de un ejército: entregó el 
Gobierno de Michoacán al General Berriozábál, en 80 de Oc- 
tubre, y marchó á su destino. 



/ 




GENERAL FELIPE B. BERR[OZABAL 

(1363.) 



11 

Los limpios antecedentes como militar y como goberuaute, 
el patriotismo no desmentido y la acrisolada honradez del 
General D. Felipe BerriozAbal, eran y fueron títulos para 
que los michoacanos lo recibieran con entusiasmo. Además, 
sa trato caballeroso y fino y hasta su arrogante figura le afian- 
zaron bien pronto las simpatías de todos. 

El partido liberal lo acogió como una esperanza; y en efec- 
to, apenas se hizo cargo del Gobierno, cuando comenzó á dic- 
tar disposiciones acertadas y enérgicas para poner á Michoa- 
cán en estado de defensa y para que la lucha se iniciara en 
el momento mismo de aparecer el enemigo. Su decreto de 11 
de Noviembre imponía á los prefectos de los departamentos 
el deber de declarar en estado de sitio sus respectivas locali- 
dades, tan pronto como se presentaran los invasores, dispu- 
tándolas con las armas en la mano hasta donde fuera posible; 
se les ordenaba al mismo tiempo que si la cabecera del dis- 
trito era ocupada, no abandonasen su puesto, sino que se co- 
locaran en el punto más inmediato para continuar las hosti- 
lidades y atender á la administración civil del departamento. 
Lo notable en los efectos de esta providencia es que ella si- 
guió observándose durante toda la campaña, pues jamás ce- 
saron de funcionar en sus respectivas demarcaciones las auto, 
ridades legitimas. 

Ko43e limitó Berriozábal á municionar y acrecer la milicia 
regalar, sino que autorizó y dio bases de organización á las 
guerrillas que tan valientes se mostraron en toda aquella 
época. 

Dispuso que los archivos públicos se trasladasen á luga- 
res seguros; estableció métodos eficaces para que las oficinas 
de rentas pudiesen recaudar los impuestos, aun en los puntos 
ocapados por el enemigo, y dictó, en fin, cuantas medidas 
creyó oportunas para hacer frente á la situación. 

Entonces decayó el entusiasmo que se había notado entre 
los partidarios del Imperio, durante la administración de 
XJraga. Por un lado veían que aquella actitud de los libera- 
les iba á ser duradera y era ya imponente, y por otro comen- 
zaba á sufrir desengaños por parte de la Intervención, cuya 
política resultó no ser netamente reaccionaria: al contrario» 



12 

las leyes de Reforma bailaron desde luego decididos sostene- 
dores entre los altos jefes de la expedición francesa, y más 
tarde entre los mismos emperadores Maximiliano y Carlota. 
Los arzobispos Mnnguia y Labastida (ambos micboacanos), st 
grande empeño y participación tuvieron en que México caye- 
se bajo el protectorado humillante de Napoleón III, después, 
cuando comprendieron las tendencias de la Intervención, casi 
fueron hostiles al Imperio que no pudo menos que aceptar 
las ideas liberales, ya hondamente arraigadas en México. Y 
sea porque la clerecía de Michoacán quisiescser consecuente 
con aquellos prelados, ó porque no tenia interés propio en el 
éxito de la guerra, lo cierto es que en su mayor parte no se 
filió decididamente en el partido intervencionista. ISo falta- 
ron individuos del alto y del bajo clero que diesen muestras 
de patriotismo, si bien fueron muchos los que, llevados del 
fanatismo, ó más bien dicho, del odio contra los republicanos, 
ayudaron á los invasores. 

Tal era el estado de los ánimos en el mes de Noviembre, 
cuando ya se preparaba en la ciudad de México la expedición 
que debía llevar la guerra á la patria de Morelos. 

El general Berriozábal, comprendiendo que la ciudad no 
podía resistir á las tropas francesas y al ejército traidor que 
sobre ella marchaban, expidió una ley (24 de Noviembre), de- 
clarando á üruapan capital del Estado de Michoacán mien- 
tras durase la guerra. 

El 27 del mismo Noviembre tuvo noticia el Gobierno de 
que las columnas expedicionarias del enemigo habían pene- 
trado en el territorio del Estado. Al franquear la línea divi- 
soria, la primera partida de franceses al mando del mayor 
Billot se encontró con la fuerza del coronel Ruiz Carrillo, de 
las tropas michoacanas. Largo y sangriento fué el combate, 
que hubo de resolverse á favor de los invasores por haberse 
presentado en el lugar de la acción el grueso de su ejército. 

La campaña se iniciaba ya formalmente en Michoacán: 
aquellos disparos presagiaron más de tres años de lucha en- 
carnizada. El enemigo no había pisado el primer palmo de la 
tierra de Michoacán, sin encontrar al frente á los patriotas mi- 
choacanos. 



18 

En aquel dfa, el Gobierao publicó una protesta enérgica y 
solemne contra la invasión extranjera, declarando que no re- 
conocía ningún acto legislativo, administrativo, judicial ni 
municipal del poder intruso, el cuál no debería ser respetado 
ni obedecido por ningún ciudadano. 

£1 28 y 29 evacuaron la plaza las tropas republicanas al 
inmediato mando del general Regules, yendo á situarse á 
Pátzcuaro. 

Para invadir el territorio del interior de la República formó 
Bazaine dos columnas: una á las órdenes del general Castagny, 
compuesta de los 7 y 20 batallones, los cazadores de á pie, del 
3 de zuavos, del 51 y 95 de linea y de dos regimientos de caba- 
llería: era la destinada á abrir la campaña en Michoacán y Ja- 
lisco. A las órdenes de Castagny iba el general D. Leonardo 
Mázquez con una división, fuerte en más de tres mil hom- 
bres. La segunda columna se encomendó al general Douay, 
que debía marchar sobre las fuerzas republicanas que man- 
daba el general Doblado. 

El 9 de IN'oviembre salieron dichas tropas de la ciudad de 
México y caminaron con suma lentitud, pues hasta el 27 lle- 
garon á Acámbaro. Allí se les reunió Bazaine, quien desde 
luego destacó la división Márquez con la brigada del general 
Bertier sobre Morelia. 

Amaneció el día SO. La ciudad presentaba un aspecto lú- 
gubre: las calles estaban silenciosas; cerrados los zaguanes de 
todas las casas, y si alguno que otro habitante salía á nego- 
cios urgentes, caminaba de prisa, sin detenerse á hablar con 
nadie. Se oía clara y distinta la campana del reloj de Cate- 
dral. 

Los carabineros de Toluca que mandaba el general D. An- 
tonio Alvarez y que eran la escolta de Bcrriozábal, salieron 
«n las primeras horas de la mañana por el camino de Un- 
dameo. 

El general Berriozábal, que tenia ensillados sus caballos, 
-estaba en el portal de Matamoros y platicaba con algunas fa- 
milias y con varios vecinos de Morelia. Todos le instaban á 
que se retirase, porque de un momento ¿, otro se creía ver 
aparecer al enemigo. El general permanecía impasible, reci- 



14 

biendo con frecuencia las noticias que le llevaban los explo- 
radores. 

Berriozábal no se habSa dejado un solo soldado: lo acom- 
pañaban solamente so secretario partícnlar Julián Montiel y 
Daarte; su médico Francisco Montes de Oca, ens ayudantes 
Manuel Alas, Manuel David Arteaga y Manuel Romero, y 
el escribiente Manuel Baranda. 

Por fin, á las diez y media de la mañana, anunció uno de 
los exploradores que los franceses estaban ya en la loma del 
Zapote, á menos de un kilómetro de distancia de las goteras 
de la ciudad. Entonces el general montó á caballo, y se- 
guido de su Estado Mayor, marchó á ver con sus propios ojos 
al enemigo. La columna invasora hacia su entrada á More- 
lia, yendo á formarse en el paseo denominado Bosque de San 
Pedro. El general permaneció largo rato presenciando este 
movimiento. Luego, paso á paso, regresó á la plaza, se des- 
pidió de sus amigos que aún se hallaban en el portal, y se di- 
rigió hacia la garita de Santa Catarina. Alli se detuvo una 
vez más; dio una orden á Julián Montiel, quien bajándose de 
su caballo se puso á escribir lentamente en una mesa de la 
oficina: era el parte dirigido al 8r. Juárez, avisándole la ocu- 
pación de la capital de Michoacán por el ejército franco-trai- 
dor. Firmó el general Berriozábal, y volviendo á montar Ju- 
lián, tomaron todos el camino de Pátzcuaro. Serian las doce 
del día. 

A esa hora se dejó oir un repique en lo alto de las torres 
de la Catedral. ¿Qaién lo ordenó? Entonces se dijo que uno de 
los vecinos de Morelia, grande amigo de los gobernadores del 
Estado, fué quien pagó á algunos hombres del pueblo para 
que subieran á repicar las campanas. 

Franceses y traidores avanzaron hasta la plaza de los Már- 
tires y tomaron posesión de la ciudad. £1 escritor Zamacois 
dice: ^^Preciso es confesar que la recepción (en Morelia) es- 
tuvo muy lejos de tener el colorido entusiasta de las verifica- 
das en San Juan del Rio, Querétaro y otras partes.'' El his- 
toriador francés general Thoumas afirma que *' la población 
se manifestó más hgatil que en las otras ciudades." El perió- 
dico clerical La Sociedad que se publicaba en México, es- 



15 

<5ribía: "Teniendo una gran parte de loa vecinos de Morelia 
sas intereses fuera de la ciudad^ y estando aún poseídos del 
miedo que las amenazas de los juaristas les habían infundido, 
habian andado parcos en sus demostraciones de júbilo/' 

Aquella conducta de los habitantes de Morelia fué una 
nueva protesta contra la Intervención: en unos nacida del 
patriotismo, en otros del desengaño y del despecho. 

Entretanto, el general Berrioz4bal iba subiendo por la co- 
lina de Santa Maria. Desde allí contempló aquella ciudad de 
edificios monumentales, de esbeltas y elevadas torres, de pa- 
seos deliciosos; el fértil valle regado por dos ríos; las verdes y 
risueñas campiñas, y, á lo lejos, el enhiesto Qutnceo, el pro- 
longado lomerío de Copándaro y la mole imponente del 
Punghuato que acotan aquel paraíso como con un precioso 
cinturón de montañas. 



Desde el 80 de Noviembre de 1863 hasta el 13 de Febrero 
de 1867, la ciudad de Morelia estuvo ocupada por las tropas de 
la Intervención y del Imperio. ¡Mil ciento cuarenta días! 

¡Mas en torno de ella, y aun en sus mismas calles, flamea- 
ba el fuego de la guerra! 



1 No pasan de cincuenta personas las que se hallan en este caso, pues la 
población es pobre. Más de treinta mil habitantes carecen de bienes situados 
fuera de la ciudad. 



CAPITULO III. 



Aspecto lúgubre de MorelU. — Ase«Ínftto y ñinerales del conde de la Hotbe. — 
NombrflmLontu de autoridades imperiales. — Salida de loa francesee.^Pre- 
parativos do defuneu. — Numerosa guarDÍcl¿ll de la plaza. — Se STutan los 
republicanos.— Efectiva del Ejército del Centro.— Junta de guerra. — Lft 
víspera del aUique. 



£1 resto del dia 80 se pasó en Morelia con la miema tris- 
teza que hemos ja dicho se notaha en la mañana. 

En la noche, 1u ciudad parecía una necrópolis: tal era el 
Bilencio que reinaba en las calles. En aquel díala luna en- 
traba en BU cuarto menguante, de suerte que el principio de 
la noche estaba sumido en las tiniehlas. 

Laa tropas ee hiibían acuartelado rigurosamente; pero al- 
gunos zuavos, por mera curiosidad, ó por su ansia de rapiña 
salieron á ia calle: uno que otro oficial andaba en desempeño 
de ordenes, recorriendo algunos lugares. Esta imprudencia 
les costó cara. Sin saberse á qué hora ni por quién, uno de 
los oñciales y tres soldados quedaron muertos á puñaladas. 

Qran sensación causó entre loe franceses la muerte de aque- 
llos hombres, principalmente la del conde de la Mothe, sub- 
teniente en el 2? regimiento de zuavos. — El dia 1? de Di- 
ciembre se le hicieron funerales en la iglesia de San Aguatin, 
oficiando el capelh'in de la División Castagny, y durante la 
ceremonia el mayor del Cuerpo leyó ante el cadáver la hoja 
de los servicios que había prestado al ejército aquel infortu- 
nado joven, víctima expiatoria de laa iras de un pueblo ame- 
nazado en su independencia. 



17 

En la noche de aquel día se reunió ana junta de vecinos 
notables, citados por el jefe francés, quien les manifestó que 
la intervención no tenia otro objeto "que cimentar la paz en 
México, y que para lograrlo, S. M. el emperador Kapoleón UI, 
condolido de la anarquía de este país, estaba resuelto á obrar 
con toda energía y á sostener al Gobierno nacional y justo 
proclamado en la capital del imperio mexicano: que en Mo- 
relia quedaba de prefecto político el general D. José de ligar- 
te y de jefe de las armas el general D. Leonardo Márquez, 
ambas personas de honrosos y humanitarios antecedentes/' 
Los individuos de la junta se miraron unos á otros con asom- 
bro, no acertando á comprender si un candor columbino ó 
una crael ironía habían inspirado las palabras de Castagny: 
ee retiraron silenciosos, pensando en la triste suerte que se le 
esperaba á Michoacán. 

La columna francesa salió al día siguiente (día 2), rumbo á 
Acámbaro. Márquez, con su acostumbrada actividad, comen- 
zó sin pérdida de tiempo á poner á la ciudad en estado de 
defensa para no necesitar del auxilio de los franceses. Diri- 
gían los trabajos de fortificación el coronel D. Mariano He- 
yes y el inteligente ingeniero Manuel Bamírez Arellano, 
cuyo valor, instrucción é inventiva fueron más tarde tan im- 
portantes para los imperialistas, en el sitio de Querétaro. 

La guarnición que quedó en Morelia se componía, según 
los datos tomados del historiador francés iN'iox, de tres mil 
setecientos hombres de las tres armas. Los cuerpos estaban 
mandados por los jefes más distinguidos del ejército reaccio- 
nario, tales como el mismo Arellano, Oronoz, Tapia, Oasa- 
rrubias, Lemus, Bodriguez, Méndez; la tropa se formaba, en 
BU mayor parte, de los antiguos cuadros del Ejército que sir- 
vió á Santa Anna y á Miramón, y de un millar de los prisio- 
neros de Puebla, soldados escogidos de las fuerzas republi- 
canas que, vigilados estrechamente, se vieron en la necesidad 
de combatir contra sus propios hermanos de armas. 

Hay que agregar al número de que he hecho mención el 
contingente que dio la leva ordenada por Ugarte: de modo 
que antes de quince días, Márquez contaba con un efectivo 
de más de cinco mil hombres. 



18 

Márquez juzgaba, con razón, que no pasarían muchos días 
sin que fuese atacado. En efecto, el general Uraga, nombrada 
jefe del Ejército Republicano del Centro, libró sus órdenes 
desde San Pedro Piedragorda para que las divisiones manda- 
das por los generales Santiago Tapia, Felipe Berriozábal y 
Miguel M. Echeagaráy estuviesen sobre Morelia la mañana 
del 17 de Diciembre. Reunidas estas tropas, no excedían de 
nueve mil hombres con veinticuatro piezas de artillería. 

He bosquejado ya en el capitulo anterior los retratos de 
Uraga y de Berriozábal; no hay para qué ocuparme del de 
Echeagaráy que ninguna influencia ni participación tuvo en 
los sucesos posteriores de Michoacán y que muy pronto desa- 
pareció de la escena política, sin dejar huella honrosa de su 
conducta. En cuanto al general Tapia, diré unas cuantas pala- 
bras, ya que no es posible dar en estos apuntes, siquiera un 
compendio de su brillante biografía. 

Tipo de honradez, de valor y de lealtad, D. Santiago Tapia 
se elevó desde una cuna humilde á la al ta jerarquía civil, desde 
las filas del soldado raso hasta los más encumbrados puestos 
del ejército. Era nativo de Aguililla (Estado de Michoacán); 
muy joven militó á las órdenes del viejo patriota D. Gordia- 
no Ouzmán. Sirviendo siempre en las tropas republicanas, 
hizo la guerra contra los americanos en 1847, se filió en 
la revolución de Ayutla, en la lucha por la Reforma y en la 
campaña contra la intervención francesa desde que ésta se 
inició hasta que una temprana muerte lo sorprendió en Ma- 
tamoros, cuando estaba ya cercano el triunfo de la Repú- 
blica. Durante un breve período transcurrido desde el 7 de 
Febrero hasta el 17 de Julio de 1863, estuvo de Goberna- 
dor y Comandante Militar de Michoacán, en donde rehusó 
recibir el sueldo de esta magistratura, pues expresó que le 
bastaba el de general de brigada, pagado por la Federación. 
Era de elevada estatura, moreno, de ojos negros, de pelo 
quebrado; en todo su aspecto revelaba pertenecer á esa raza 
mestiza, vigorosa, ágil, indomable y simpática de nuestra 
costa del Pacífico. 

Hecha esta oportuna digresión, continuaré mi relato. 

Ignoro qué Cuerpos formaban las divisiones de Tapia y 



19 

Eoheagaray. De la de Michoacán, al mando del general Be- 
rriozábal, Bé decir que estaba compuesta de cuatro brigadas, 
dos de infantería á las órdenes respectivamente de los genera- 
les Regules j Caamaño, y dos de caballeria que mandaban el 
coronel general Antonio Alvarez y el coronel Kosalío Eli- 
zondo: una batería de artillería estaba al mando del coman- 
dante Zavala. La brigada del general Servando Canales, si- 
tuada en Mararatío, recibió orden de incorporarse á esta 
División y de dirigirse á Morelia; pero, desobedeciendo, tomó 
el camino de Zitácuaro, en donde permaneció algunos días, 
retirándose luego de Michoacán. 

Así las cosas, el 17, como á las ocho de la mañana, se avistó 
por la garita de Santiaguito, al Norte de la ciudad, la divi- 
sión del general Tapia. 

Por un momento creyó Márquez que podía batir en detall 
al ejército que lo amenazaba, y hacia ya sus preparativos para 
salir al encuentro de aquella tropa, cuando la división de Mi- 
choacán apareció en las lomas de Santa María, y como, según 
las comunicaciones recibidas de Uraga, debería darse el ata- 
que en aquel día, Berriozábal hizo avanzar desde luego las 
brigadas de infantería hasta el llano que se extiende al Sur 
de Morelia, debiendo permanecer allí, pecho á tierra, los sol- 
dados hasta nueva orden. La caballeria la apoyaba á reta- 
guardia, y la artillería, situada en la loma con un piquete de 
in&ntes, servia de sostén. Pasaba el tiempo y no se recibía 
ningún correo de Uraga; las tropas, en espera de la orden de 
ataque, no habían tomado el rancho; aquella inacción era in- 
explicable. 

Entretanto el general Tapia hacía un poderoso fuego con 
BUS cañones rayados. Muchos de los proyectiles rebasaban la 
ciudad é iban á caer no lejos de la infantería de Michoacán. 

Por fin, el general Uraga se presentó por la garita de 
Chicácuaro, seguido de la División Echeagaray. Serían las 
diez y media de la mañana. En ese momento se escuchó un 
vivo repique de campanas, que se daba en los templos de la 
ciudad, se oía la música militar de la plaza y los vivas atro- 
nadores en que prorrumpían los soldados del Imperio. Tenía 
esto por objeto, según el dicho de los jefes, moralizar á los 



i 



r 



20 

hombres de la guarnición; pero en las filas se hizo correr el 
rumor de que aquellas demostraciones de regocijo tenían por 
caúsala llegada de Uraga, á quien se suponía en connivencia 
con Márquez. Semejantes ardides no pasan de ser infames. 

Entretanto seguía tronando el cañón de los republicanos, 
sin que los imperialistas respondiesen al fuego: una columna 
de la División Echeagaray simuló un ataque sobre la Mer- 
ced, cuyo objeto aparente era que D. José López TJraga hi- 
ciese el reconocimiento de la plaza, pero el verdadero sirvió al 
expresado general para ir á situarse en el Molino de Parras. 
En aquel lugar citó á los generales divisionarios á una junta 
que debía celebrarse á las cuatro de la tarde. 

Digamos ahora que la ciudad de Morelia jamás ha sido to- 
mada á viva fuerza, no obstante los varios y muy serios ata- 
ques que ha sufrido. 

Esto consiste en su magnifica situación, que la hace inex- 
pugnable: la artillería moderna podrá destruirla; pero, regu- 
larmente defendida, es casi seguro que las columnas de ata- 
que se estrellarán en sus muros. Está colocada sobre una 
loma chata de suaves declives, de modo que por donde quiera 
que se penetre á la plaza se necesita subir. Hay en su recinto 
once antiguos conventos, que son otras tantas fortalezas, vein- 
ticuatro templos, los más con torres elevadas, y multitud de 
edificios particulares de sólida construcción. Todos estos mo- 
numentos están situados á corta distancia unos de otros y 
bien repartidos en el perímetro de la ciudad: algunos, como 
San José, San Agustín, la Compañía, San Diego y Capuchi- 
nas, dominan el interior de la ciudad y sus alrededores. Si á 
esto se agrega que las calles son rectas, casi tiradas á cordel, 
se comprenderá la importancia militar de la plaza. No está 
por demás decir que, excepción hecha del lado Oriente, por 
todos los demás vientos, Morelia está circundada por dos ríos 
que no tienen más puentes que los que dan acceso á las ga- 
ritas. 

Tan formidable situación contaba además, en los días á que 
me refiero, con un perímetro de fortificación formado de cua- 
renta y cuatro parapetos y dos tambores. 

Después de las cuatro de la tarde, rompió de nuevo sus 



21 

faegoa la artillería de los republicanos, mientras que los ge- 
nerales verificaban la junta de que he hablado. En ella ma- 
nifestó Uraga que su ejército venia perseguido por la División 
Bouay, la mejor y más numerosa del cuerpo francés expedi- 
cionario en México, que en aquellos momentos debería en- 
contrarse en Zipimeo, á dos jornadas cortas de Morelia, y 
que por lo tanto era preciso apoderarse de la plaza en un solo 
ataque, aprovechar los elementos de guerra en ella existentes 
y evacuarla en seguida para no exponerse á una derrota por 
parte de la columna francesa. Los generales divisionarios 
se miraron sorprendidos. Berriozábal expuso que, supuesto 
aquel plan, el ataque era inútil y estériles sus consecuencias 
en el caso improbable de conseguir el éxito: que dadas las 
circunstancias presentes en que el enemigo, alejado de la ca- 
pital de la República, marchaba hacia el interior y el Norte 
del país, una expedición al Valle de México daría por resul- 
tado, ó bien la ocupación de algunas plazas, ó ya el de can- 
sar con marchas retrógradas á la División Douay y caer en- 
tonces sobre Morelia. Los otros dos generales se adhirieron 
á esta opinión; pero se sabe que üraga no era hombre que 
sufriese una contradicción ni que aceptase el parecer de na- 
die: ordenó, en consecuencia, que las columnas deberían es- 
tar dispuestas á dar el ataque al amanecer del día siguiente; 
que no se diese rancho á la tropa, porque iría á tomarlo en 
Morelia, y que la señal para el asalto sería un cañonazo dis- 
parado en la loma de Santa María. Por toda instrucción se li- 
mitó á señalar á cada uno de los generales el punto por donde 
debería penetrar á la ciudad. Luego añadió: " Si nos recha- 
zan, ¡me volaré la tapa d^ los sesos! '' 

Morelia iba, pues, á ser atacada por tres divisiones, obran- 
do cada una de por sí, sin que sus jefes estuviesen en contac- 
to, sin un plan preconcebido, sin unidad en el mando, sin 
cohesión en las tropas, sin que se hubiera destinado una fuer- 
za para servir de reserva, dejando impotente la artillería de 
grueso calibre, colocada á inmensa distancia. El general en 
jefe fué á situarse á Santa María, á una legua del lugar de los 
acontecimientos. 

Tapia debía atacar por el Norte, Echeagaray por el Po- 



22 

niente y Berriozábal por el Oriente y por el Sur. Cada uno 
de ellos fué á disponer sus columnas. 

Al espirar la tarde dejó de oirse el cañón y reinó un pro- 
fundo silencio en la ciudad y en los campamentos de los re- 
publicanos. Después de media noche, la luna iluminaba apa- 
ciblemente aquellos sitios sobre los que la muerte inexorable 
fijaba ya sus ojos en que relampagueaba la luz del extermi- 
nio. Pero daré aquí tregua á este relato, á fin de no fatigar 
tanto con escenas de sangre la atención de los lectores. 



28 



CAPITULO IV. 

(1808) 

PftDorama de TJruapan. — Breve reseña histórica de la ciudad. — Hombres pro- 
minentes que han estado en TJruapan.^- El más grande de nuestros héroes. 
— Los emigrados. — *'La Embarcación.'^ — Origen del café de TJruapan. — 
*iXilegada de un correo de Morelial 

Caando en el camino que sale de Pátzcuaro para TJruapan 
encambra uno el puerto de Tingambato, se ve allá á lo lejos, 
en el Oeste, la colosal montaña de Tancitaro. Al pie de la 
fidda oriental de esta obscura sierra se dilata una llanura fér- 
til que ostenta los matices de la vegetación exuberante del 
trópico. Alli, oculta tras del '^ Cerro Colorado^' que nos es- 
torba la mirada, está la risueña ciudad del Cupatitzio, como 
si la escondiesen á propósito, á fin de hacer más vivos nues- 
tros deseos de llegar al '^Paraiso de Michoacán," delicioso 
veijel en donde sin cesar murmuran arroyos cristalinos; en 
donde los bosques son de árboles frutales; donde el café os- 
tenta sus frutos nacarados, al mismo tiempo que se cubre de 
flores de candida blancura; donde el ambiente está impreg- 
nado de aromas; donde la bóveda del cielo, más limpia y más 
azul, parece que se acerca á la tierra, como queriendo estar 
más al contacto de aquel sitio encantado. 

Uruapan es una de las poblaciones más antiguas de Mi- 
choacán. Hallamos mención de ella en los dias de la con- 
quista, cuando el infortunado' Tzímtzicha, huyendo do los 
«pañoles, trasladó alli la corte de Tzintzuntzan. Poco des- 
pués, el venerable Fray Juan de San Miguel la fundón es 
decir, la convirtió en enstiana, reuniendo en ella un pueblo 



24 

numeroso. Ea la época colonial se llegó á elevar á uq grado 
considerable de riqueza y engrandecimiento, por ser el en- 
trepuente del comercio del Bajío y de la costa. Durante la 
guerra de independencia fué varias veces incendiada, sufrió 
saqueos y se vio miserablemente destruida, pues los realistas 
la consideraban como el cuartel general de los insurgentes. 
Asi fué decayendo, y á mediados de este siglo contaba ape- 
nas tres mil habitantes en la mayor pobreza. Gracias, em- 
pero, á los elementos naturales que posee, entró nuevamente 
en el camino del progreso, y en la actualidad pasan de doce 
mil sus moradores, quienes, por su espíritu de empresa, por 
su amor al trabajo y por su hábito de economía, asi como 
por su civismo, han alcanzado bienestar para ellos y mejora- 
miento para su población. Merced á estas circunstancias, la 
ley de 28 de Noviembre de 1858 declaró que TTruapan lleva- 
ría el título de Ciudad Progreso. 

Tanto por su situación, en el centro de Michoacán, como 
por el trato y buena índole de su gente, Uruapan ha sido el 
refugio de los que en épocas de revueltas han emigrado de 
las grandes ciudades. Las tropas encuentran allí elementos 
para la lucha, los gobiernos facilidad para la administración. 
Cuando la guerra con los Estados Unidos del E'orte, la Le- 
gislatura de Michoacán, por decreto de 5 de Noviembre de 
1847, dispuso que, llegado el caso de variar de residencia, se 
trasladarían los Poderes del Estado al pueblo de Uruapan. 
Durante la guerra de Reforma, una ocasión en que el gene- 
ral D. Leonardo Márquez avanzaba sobre Morelia, se expidió 
otro decreto fecha 27 de Abril de 1859, declarando á Urua- 
pan capital del Estado. Por último, la ley de 24 de Noviem- 
bre de 1863 hizo igual declaración, y desde luego se trasla- 
daron á aquella ciudad el Tribunal Supremo de Justicia, las 
oficinas de Hacienda, la Administración general de Correos 
y la Secretaría del Gobierno. Llegaron igualmente multitud 
de familias distinguidas, emigradas de Veracruz, Puebla, 
México, Toluca, Querétaro, Morelia y otras ciudades del in- 
terior. Puede asegurarse que la población notante de Urua- 
pan no bajaba en aquellos días de mil personas. 

Ya se comprenderá que en todos tiempos la simpática ciu- 



25 

dad ha alojado en su seno á jefes prominentes de los partidos 
beligerantes. Aun se conservan recuerdos de los saraos que 
Iturbide se hacia dedicar y á los que obligaba á concurrir á 
las familias de los insurgentes del lugar. Allí estuvo también 
en aquella época D. Pedro Celestino Negrete, por más señas 
que fué uno de los que entregaron al incendio la ya arruina- 
da ciudad. Los Rayones, los Oaleanas, los Bravos, Guerrero, 
Verduzco, el Dr. Cos, el padre Correa, los miembros del 
Congreso que dio la Constitución de Apatzingán. La casa 
del Lie. D. José Maria de Izázaga, uno de los más distingui- 
dos patriotas, era el punto de reunión de aquella pléyade de 
héroes. 

Más tarde, en las guerras por la Federación, Codallos, Gor- 
diano Guzmán, Salgado, Macedo, hallaban franca hospitali- 
dad entre los uruapeños. En la revolución de Ayutla, siendo 
yo niño, conocí en aquel lugar á Comonfort, á Ghilardi, Ar- 
teaga. Pinzón, Zuloaga y !N'egrete; allí estuvieron también 
Degollado, Huerta, Pueblita y otros muchos caudillos, y del 
lado de las tropas del Dictador, el general D. Santiago Blan- 
co, Ministro de Guerra. Durante la lucha por la Reforma, 
conocí también en Uruapan á Doblado, á D. Ezequiel Mon- 
tes, á Ogazón, á Vallarta, á Contreras Medellín. En los tiem- 
pos de la intervención francesa, á los hombres del campo re- 
publicano que se van á ver figurar en estos apuntes. Y por 
último, en diversas épocas, visitaron á Uruapan, Antomarchi, 
médico de Napoleón I, Ocampo, Ceballos, el general D. Ma- 
nuel González, el general Escobedo, D. Matías Romero é in- 
finidad de personas notables del extranjero y del país. 

Si el lector ha estado atento á esta larga lista, acaso creerá, 
ó que Morelos jamás honró coa su presencia el pueblo de 
Uruapan, ó que yo he cometido un injustificable olvido res- 
pecto del insigne caudillo. Ni una ni otra cosa, lo que sucede 
es que el Sr. Morelos merece una mención especial. 

Sabido es que el más grande de nuestros héroes se dedicó 
desde muy niño al oficio de la arriería; y la tradición cuenta 
que sirvió primero en la recua de que era dueño su tío Felipe 
Morelos, vecino que fué del rancho de Tahuejo, inmediato á 
Parácuaro, en el Distrito de Apatzingán. Más tarde, D. Isi- 



u 



dro loaza, de Valladolid, lo nombró mayordomo de bu atajo 
qae destinaba á los viajes de Acapnlco en los meses de No- 
viembre á Mayo: en loa de Junio á Octubre, Morelos llevaba 
las muías al mismo Tahuejo para que agostasen allí. De eritas 
periódicas permaneacias en aquel rancho resultó el error de aU 
ganos biógrafos de qae Tahuejo fué la cuna de aquel hombre 
extraordinario.' T como en su tránsito do Parácuaro á Va- 
lladolid tenia Morelos que pasar farzosamente por Uruapan, 
en donde había tantos arrieros que hacían también et comer- 
cio de la costa, y era aquel paeblo un lugar ameno, alegre y 
de animación mercantil, Morelos adquirió y cultivó allí ma- 
chas relaciones, captándose las simpatías de todos. Sa talen- 
to, BU energía y su ambición, abrieron ante on vista más am- 
plios horizontes, y ya de edad de treinta años entró en el 
Colegio de San Kicolás de Valladolid (hoy Morelia), hizo sus 
estudios en aqael plantel de qne era rector D. Miguel Hidal- 
go y Costilla, ocupó los primeros lagares en las cátedras y ee 
ordenó al fin de presbítero. Entonces fué enviado á Uruapan 
como maestro de gramática latina.* De allí saltó poco tiempo 
después ¿ servir Buceaivamente los curatos de Churumaco, la 
Huacana y Carácnaro. En el ocaso de bu carrera aalió tam- 
bién de ürnapan, escoltando al Congreso de Apatzingán que 
iba á trasladarse á Tehaacán, cuando la adversa fortuna hizo 
caer prisionero en Tesmalaca y llegar después al patíbulo á 
aquel gigante de la guerra de insurrección. 

Ko hay para qué decir que durante sus campañas, Morelos 
estuvo muchas veces en Uruapan, Me acuerdo haber oído 
de los labios de algunos ancianos de aquel pueblo que, cuan- 
do el loá eran niños y salían do la escuela, pasaban siempre 
por la casa del Lie. Izázaga para que les diera fruta et 8r. Mo- 
rolos que solía sentarse en un banco de madera, colocado 
fuera, á on lado del zaguán. El Sr. Morelos no se alojaba ea 
aquella casa,* á donde sólo iba á conferenciar con loa diputa- 

1 El mtimo error liiso dar i aquel pueblo el titulo de Villa de Paricuuo 
de M<iial.is. Decrelo de IB de Bnero de 1362. 

2 VsiLse el Cuadro UUtórico de BuiUmmito, EdiciÚn de Cumplido, to- 
mo III. pág. 2*4. 

S Eata cau eaUi tltnada «□ la eaquina de la Avenida Ocantpo j l^ de San- 
tiago. 



27 

i 

dos qne tenían allí sus sesiones. Su hospedaje era la de D. Ig- 
nacio Barcena, ciudadano patriota é ilustrado/ 

Cuenta la tradición que, cuando el 8r. Morelos residió en 
üruapan y luego en las distintas veces que durante la guerra 
estuvo allí, tenia la costumbre de ir á la Tzaráracua j pasar 
el día en una gruta que se halla próxima á la caida de aguas. 
Aún Be conoce aquel sitio con el nombre de " Gruta de Mo- 
relos." 

Basta lo dicho para dar á conocer á Uruapan como el lu- 
gar de muchos de los acontecimientos narrados en estos apun- 
tes. Ni he querido hacer una descripción (que nunca seria 
difusa) de las bellezas de aquel suelo, ni menos acometer la 
empresa de escribir su historia, ¡Ojalá que tuviera tiempo 
para ello! 

Ya lo es de seguir nuestro relato. 

Desde mediados de IToviembre reinaba gran animación en 
la ciudad. No habia casa que no tuviera alojada alguna fa- 
milia de los emigrados; las calles se veían llenas de gente; en 
los barrios hacían su agosto las indias, vendiendo las exquisi- 
tas frutas de sus huertas; las márgenes del rio se veían visita- 
das por numerosos paseantes que elogiaban la pureza de aque- 
llas aguas cristalinas. Los forasteros todos hablaban de aquel 
aire embalsamado, de aquella temperatura tibia, voluptuosa, 
del bienestar, en suma, que allí se disfrutaba. 

En tanto, en las calles se notaba una animación de distinto 
género. Se descargaban de los carros y de las muías los ca- 
jonea que contenían los archivos públicos de los lugares aban- 
donados por los emigrantes, el vestuario de las tropas, los 
útiles para la fabricación de parque, los equipajes de las fa- 
milias. Los empleados se instalaban en las casas donde iban 
á establecerse las oficinas; los mesones estaban ocupados por 
algunos piquetes de tropa; en las tiendas no alcanzaban á dar 
abasto los dependientes; los agricultores vendían bien sus se- 
millas, los artesanos trabajaban sin descanso en sus talleres. 
Jamás, ni en los días de las antiguas ferias de Uruapan, hubo 
tal afluencia de gente ni se gastaba tanto dinero. Uruapan 
no desmerecía de su categoría de capital del Estado. 

1 Por esta razón la calle donde está esa casa se llama hoy de Morelos. 

Michoacán.— 4 



28 

Las fondas se multiplicaron y todas ellas contaban con nu- 
merosos comensales. Hago especial mención de la que tenían 
en la plazuela de la Parroquia las Sras. Hinojosa. Era la 
mejor situada, limpia como una taza de china, con los man- 
teles albeando, con la vajilla que siempre parecía nueva. Do- 
ña Basilia y Celsa guisaban muy bien y estaba á su cuidado 
la dirección de la cocina. Servía la mesa aquella muchacha 
esbelta, de formas irreprochables, do color aperlado, de ojos 
tranquilos y de corazón frío como la nieve. ¿Quién de los 
emigrados no se acuerda aún' de Genoveva? Todos ellos con- 
cluyeron por tenerle un cariño tierno y respetuoso. Allí se 
reunía lo más escogido, la flor y nata de los que habían bus- 
cado un asilo en üruapan. Militares, abogados, médicos, em- 
pleados, periodistas, poetas, daban interés á la tertulia que se 
tenia de sobremesa. Ko sé por qué la fonda aquella se bau- 
tizó con el nombre de " La Embarcación," ^ que se popularizó 
por largo tiempo. 



Asi pasaban los días. Era el 19 de Diciembre, á la una de la 
tarde, hora en que la fonda estaba llena de gente. La conver- 
sación giraba sobre el ataque de Morelia: la impaciencia era 
creciente, porque no se había recibido ningún correo. 

— Es indudable que tomaremos á Morelia; parece que lo 
veo, decía el poeta ciego Juan Valle. 

— ¿Quién puede dudarlo? exclamaba Gabino Ortíz. Uraga 
es un valiente general, sus tropas están aguerridas, y cuenta 
nuestra causa con la simpatía de los morelianos. 

— Yo más confianza tengo en los conocimientos militares 
de Tapia y de Regules, quienes además conocen perfecta- 
mente la localidad, mientras que los traidores no han tenido 
aún tiempo de estudiarla. Aquellos jefes son valientes y pa- 
triotas á carta cabal. — Decía esto D. Justo Mendoza, cuyo 
buen criterio todos reconocían. 

— Y á fe que tiene vd. razón, pues qué sé yo, qué sé cuándo, 

1 Ramón Valle (hoy presbítero) , en uno de sus preciosfts " Cuentos de Pri- 
mavera," el titulado «'Culpa y Pena," consagra un bello capítulo á los 
cuerdos de «'La Embarcación." 



29 

Bo dejo de tenerle desconfianza á Uraga, anadia Huerta An- 
tón, eterno oficial segundo de la Secretaria de Gobierno. 

— ^Lo que yo temo, replicaba Joaquin Villalobos, es que los 
franceses no estén lejos y acudan en auxilio de la plaza. Ade- 
más, el clero presta activa ayuda moral á los traidores, y en 
Morelia abundan los canónigos. Ya ven ustedes, los obispos 
trajeron la intervención. Si en vez de haberme limitado á le- 
vantar al pueblo de Veracruz para que apedreara sus carrua- 
jesy cuando iban á embarcarse para su destierro, los hubiéra- 
mos lapidado A ellos mismos, otro gallo nos cantara. 

Todos se rieron al oír á Villalobos, repitiendo su eterna 
muletilla de los obispos. Luego tomó la palabra el simpático, 
el sabio Dr. Pancho Montes de Oca, y dijo: 

— Por lo que hace á los franceses, no hay cuidado; se acaba 
do recibir un parte en la Comandancia, de que hace cinco 
dias se hallaban todavía en León. Es imposible que puedan 
estar sobre Morelia. Mi gran temor es que Uraga lleve al 
ejército con el único objeto de que quede diezmado en las ca- 
lles de la ciudad. 

— ¿De modo que vd. también cree en una traición? 

— ^No he pronunciado la palabra. Con traición ó sin ella, 
Uraga habrá atacado como él acostumbra, bruscamente, sin 
unidad de acción, sin plan fijo, en tanto que Márquez se de- 
fenderá como quien es, todo un soldado, valiente, experimen- 
tado, astuto é instruido en el arte de la guerra. 

Durante esta conversación, Genoveva servía el café, colo- 
caba al frente de los comensales una pequeña taza de porce- 
lana transparente, cuyo albor, interrumpido por reflejos ro- 
sáceos, se asemejaba al blanco de la nata de la leche; en una 
fuente de cristal había trocitos de azúcar, de la mejor clase, 
de la hacienda de Taretan; luego llegaba con ]q, greca y vertía 
el sabroso licor que caía humeante, y que al deshacer el azú- 
car formaba burbujitas que brotaban de enmedio de la taza é 
iban á adherirse en los bordes; el perfume se esparcía por el 
ambiente, sensual, provocador, prometiendo al espíritu los 
más suaves deleites. 

— ¡Oh, decía Montes de Oca, por sólo tomar una taza de 
café como este, se puede ser emigrado en Uruapan! 



30 

— ^Exquisito, anadia YillaloboB; si yo lo hubiera tomado 
momentos antes de apedrear á los obispos 

— ^£1 café que les pegó vd. á ellos faé también de primera 
clase, interrumpió Casimiro Pacheco. 

— Jamás probaron nno semejante en su vida, me consta 
desde tiempo inmemorial, como Joan Huerta Antón que soy, 
7 qué sé yo, qué sé cuando. 

— Pero ¿de dónde se hizo la indiada de Uruapan, como yo 
digo, de este café que no lo hay en ninguna otra parte de la 
República? preguntaba D. Justo Mendoza. 

— Y vaya que tiene un sabor amargosito, agregaba Gabino 
Ortíz. 

— ^Pero"¡es el amargo del amor!" prorrumpía el poeta 
ciego Joan Valle. 

— ^Y el color de Pérez Jardón, murmuraba Eugenio Acha 
al oído de González de González. 

— Al caso, al caso, decía el anciano jurisconsulto D. Agus- 
tín Tena, temeroso de que las palabras de Acha fuesen oídas 
por Pérez Jardón; que se nos diga la historia del café de 
üruapan. 

Alguien tomó la palabra para satisfacer aquella curiosidad. 

— En 1824, el general Michelena, después de permanecer 
algún tiempo en Inglaterra, á donde fué como Ministro Ple- 
nipotenciario de México, hizo un viaje á los Santos Lugares 
y pasó por Moka: de allí trajo unas matitas de café que man- 
dó plantar en la hacienda de la Parota, abajo de Taretan, en 
donde se reprodujeron extraordinariamente, hasta el grado 
de convertirse en maleza. Nadie por entonces se preocupó de 
su cultivo, y creo que hasta se ignoraba que ol café fuera una 
fuente do riqueza. Empero como los arbustos son tan her- 
mosos, tan elegantes, de algunas poblaciones enviaron por 
cafetos para adorno de los patios y aun de las mismas huer- 
tas. Asi se les transportó á Tacámbaro, Taretan, los Reyes y 
Colima. A Uruapan los trajo el respetable D. Manuel Parías, 
allá por el año de 28, y los plantó en su huerta situada en la 
2^ calle de Santiago, y poco tiempo después en su casa, Por- 
tal del Korte.^ Bueno es advertir que en esta población na- 

1 Loe arbustos, tanto loa de la huerta como los del patio de la casa, subáis- 



k. 



81 

die acostumbraba en aquella época tomar la deliciosa bebi- 
da, ni se imaginaban los uruapcnses que en aquellas plantas 
les guardase el porvenir una grata sorpresa. Veamos ahora 
cómo comenzó aquí el cultivo. El general Contreras Mede- 
Ilín^ una vez que estuvo en esta ciudad, en la época de la gue- 
rra de Beforma, se alojó en la casa de la Palma j mandó que 
le preparasen un poco de café cortado del que había en el pa- 
tio: cuando lo hubo saboreado aseguró que era de tan buena 
clase como el del Platanarillo de Colima, que pasaba enton- 
ces por ser el mejor de la República. Por aquellos días, el 
sabio Luis González Gutiérrez pasaba aquí una temporada 
de vacaciones: con sus propias manos cortó el fruto de un 
cafeto que había en el patio de mi casa; desde el fondo de sus 
ojos lo vigiló mientras se secaba; él personalmente lo tostó, 
lo preparó en la cafetera, y al tomar la primera cucharada, 
con aquel entusiasmo, con la viveza de expresión que le co- 
nocemos, exclamó: 

— ¡Pero, señor, si esto es soberbio! ¡Si éste es el mejor café 
del xnundo! 

La coincidencia de dos opiniones tan respetables, decidió 
de la suerte del café de Uruapan. Le había llegado su tiem- 
po, como sucede con todas las cosas, y de aquel momento 
data la prosperidad que comienza á sentirse en esta tierra. 
Es de justicia recordar que el primero que lo cultivó fué D. 
Miguel Treviño, vecino liberal y progresista, en su huerta 
inmediata al puente de San Pedro. Ha sido un apóstol fer- 
viente en la propaganda de este cultivo, no sólo con el ejem- 
plo, con la palabra persuasiva, con la promesa de una buena 
ganancia, si que también regalando lotes de almácigas y dan- 
do instrucciones para el trasplante y el cuidado de la huerta. 

— Toda eso es muy bueno, dijo alguno de los presentes; 
pero ¿qué sucederá en Morelía? ¿A qué hora se recibirá algún 
, correo? 

— ^En estos momentos creo que acaba de llegar uno, res- 
pondió Celso Alvirez, que era empleado de la Administración 

ifan hace cuatro año6| y por cierto que no perecieron de vejez, sino por haber 
«ido derribados. De modo que la vida del café se prolonga en Uruapan más 
allá de sesenta años. 



S3 
priacipftl de Correos: alli yiene un ordenanza qae de seguro 
me anda boscando. 

Como movidos por on resorte, todos se levantaron de sus 
asientoa y acompañaron á Alvlrez á la oficina. 

Alli, junto á un caballo jadeante, estaba un chinaco que sa- 
caba del vaqiiei-iilo un pliego cerrado: lo entregó á Alvírez y 
con la manga de la blusa se limpió el sudor de la frente. Al- 
vírez se dirigió con la comunicación Á la Comandancia mili- 
tar de la plaza. Los que habíamos salido de "La Embarca- 
ción" rodeamog al correo, agobiándolo á preguntas. Por fin 
salió de sus labios la noticia. 

— ¡Puesla amolamos! dijo. ¡El general Uraga nos hizo ir 
& estacar la zalea en Morelia! 

Todos nos miramos consternados, y cada uno ae retiró & 
comunicar la terrible naeva. Multitud de grupos se formaban 
en las plazas y en las calles, y se hacían comentarios, perdida 
la moral y viendo enfrente un porvenir obscuro. 

En las últimas horas de la tarde comenzaron á entrar dis- 
persos: en el acto los rodeaba la gente. Cada uno de ellos na- 
rraba á su modo los Bucesos, abultando los detalles y exage- 
rando el número de muertos, heridos y prisioneros. Todos 
afirmaban que X^raga había hecho entrega. 

Era imposiblo formarse idea cabal de la batalla; era imposi- 
ble reconstruirla con los pormenores que se referían. Lo único 
que aparecía como cierto, era que el combate había sido es- 
pantoso. 

Al día siguiente en la mañana entró el general Serriozá- 
bal. Se apeó en el portal de las Casas consistoriales: más de 
trescientas personas estaban pendientes de sus labios, oyendo 
el relato de aquella estéril jornada en que corrió 4 torrentes 
la sangre de los patriotas. 

Lo que refirió el general Berriozábal, con algunos otros ¡q- 
formes tomados do otras fuentes, es lo que constituye el ma- 
terial del capitulo siguiente. 



-n 



88. 



CAPITULO V. 

(1863) 

Sobre Morelia. — La diyisión de Michoacán. — El coronel Padres. — Preparati- 
▼os de defensa. — El ataque. — £1 Prendimiento, La Soterraña, Capuchi- 
nas y la plaza de toros. — Sasgos heroicos del general Tapia.- — Yillada. — 
La derrota. — Márquez herido. — Fusilamientos. — £1 entierro solemne de 
un héroe olvidado. 

En el capítulo III dejamos al Ejército republicano del Cen- 
tró preparándose la noche del 17 para dar el ataque formal 
sobre Morelia al amanecer del día siguiente. 

Reanudaré, pues, la relación desde aquella solemne noche, 
víspera de uno de los hechos de armas más terribles que haya 
presenciado aquella ciudad. 

Berrlozábalrecorrió la línea que ocupaba la División de 
Michoacán. Las brigadas quedaron compuestas asi: 

La del general Caamaño, del 1" batallón ligero de Toluca, 
del que era jefe nato el expresado general; del 29 de Toluca á 
las órdenes del coronelJPadrés, del de Guardia nacional de la 
misma ciudad mandado por el coronel D. José Hernández, 
del denominado Rifleros de San Luis con su coronel Carlos 
Balazar, y de un pequeño Cuerpo de infantería, que había 
estado á las órdenes del teniente coronel Antonio Castañeda 
y que por separación de éste, y no habiendo comandante, es- 
taba accidentalmente mandado por el capitán D. José Vicente 
Villada. 

La del general Regules, de los batallones "Defensores de 
la Constitución," 1^" Activo de Morelia y Fijo de Michoacán, 
& las órdenes respectivamente de los coroneles José María 



34 

Méndez Cardona, José María Méndez Olivares y Luis G. 
Cáceres. 

La del general Antonio Alvarez, de " Carabineros de To- 
luca," á las órdenes del teniente coronel Tabachisqui, y "Lan- 
ceros de Toluca," "Lanceros de la Libertad" y "Lanceros 
de Guerrero," mandados por los coroneles García, Garnicay 
Ruiz Carrillo: se agregó también á esta brigada el pequeño 
escuadrón de que era jefe el teniente coronel Manuel Gonzá- 
lez Guerrero. 

La brigada mixta de Elizondo se formaba de dos escua- 
drones, denominados "Lanceros de Huerta," de un batallón 
de infantería guardia nacional de Zitácuaro y Jungapeo, y de 
dos piezas de artillería. Mandaban estas fuerzas Crescencio 
Morales, Ignacio Martínez y Francisco Serrato. 

Pasada revista á las tropas, Berriozábal se retiró á descan- 
sar unas cuantas horas; pero á las tres de la mañana se ba- 
ilaba ya dictando sus órdenes para el ataque: Caamaño pene- 
traría á la ciudad por la garita de Santa Catarina; Cáceres, 
con su batallón y el de guardia nacional de Toluca, atacaría 
por la Sotoraña; Regules, sin comprometer un ataque formal, 
debería limitarse á amagar á Capuchinas, punto saliente del 
polígono fortificado de la plaza, siendo su objeto principal 
proteger los movimientos de las dos anteriores columnas: Al- 
varez recibió la orden de situarse en la loma del Zapote y 
servir de reserva á Elizondo que debería apoderarse de la 
plaza de toros. Las cinco columnas se acercaron á la ciudad 
por sus respectivos puestos, no sin tener necesidad de hacer 
fuego sobre el enemigo, hasta que és*e se replegó á sus trin- 
cheras. Nótese que no habiendo dejado una reserva el gene- 
ral Uraga, Berriozábal se vio en la necesidad de ordernar que 
dos de las columnas de ataque estuviesen dispuestas á auxi- 
liar á las otras tres, á riesgo de dejar descubiertos puntos im- 
portantes del perímetro fortificado, por donde el enemigo 
podría hacer con éxito algunas salidas. 



'So continuaré este relato sin contar antes un episodio que 
me han referido algunas personas contestes en el fondo, aun- 
que desacordes en los detalles accesorios. 



86 

Caando Berriozábal, en la noche, recorría su campamento, 
observó á dos personas que platicaban con calor: eran el co- 
ronel Padres y el pagador Morales Puente. 

— ^¿Qué pasa? preguntó Berriozábal. 

— Que Padres está haciendo su testamento, mi general, y 
que yo soy su escribano público, respondió el pagador Mora- 
les Puente. 

— ^¿Qué ideas son esas, Padres? 

— ^Lo cierto, general, hoy me matan los traidores. 

— ¡Pero vd. dice eso, amigo mío? 

— ^Usted sabe que no tengo miedo: no es eso lo que me 
preocupa; pero hoy seré general por ministerio de la ley.^ 

—Vamos: deseche vd. esos pensamientos y vaya á ponerse 
i la cabeza de su batallón. Usted tomará la primera trin- 
chera. 

-—¡Ojalá! lo que si aseguro á vd. es que en ella quedará mi 
cadáver. 

— ^Entonces lo dejaré á vd. en la reserva. 

— ^De todos modos moriré, y no quiero morir de una bala 
perdida. No httblemos de esto, general: sólo deseo que me 
haga vd. un favor. 

— ^Diga vd. 

— ^TJsted conoce á mi güera. Perdone vd., pero deseo que 
personalmente le entregue mi reloj, y que le diga que, al mo- 
rir, sólo he pensado en ella y en mi patria. 

Berriozábal guardó el reloj. Padres se puso á la cabeza de 
su batallón, chanceándose con sus oficiales y animando á sus 
soldador que lo adoraban. ^« 



Si por parte de nuestras tropas se hacían preparativos, por 
la del enemigo no cesaron en toda la noche los trabajos para 
hacer más eficaz la defensa: se abrían nuevos fosos y cañone- 
ras, se practicaban aspilleras en los muros, se colocaban rete- 
nes en las torres y en las azoteas, y se obstruían las calles con 
obstáculos de todas clases. 

1 Conforme & la ley de 18 de Julio de 1862, los generales, jefes y oficíales 
qae sucumbiesen en la guerra de intervención, obtenían el ascenso inmediato 
y pasaban reTísta en el escalafón del Ejército, considerándoseles como vivos. 



86 

Al sentir el enemigo que nna fuerza, la de £lizondo, ocu- 
paba la plazuela de San Juan, Márquez enrió á Zires á que 
reforzara la plaza de toros, gran anfiteatro de mamposteria 
que por si solo es inexpugnable, pero que en aquella vez fué 
poderosamente fotúñcsido: Márquez dirí^ personalmente 
los trabajos. Todas estas opefaciones se hacían en medio de 
un nutrido fuego, en la noche del 17 al 18 de Diciembre 
de 1863. 

Comenzaba á amanecer. De lo alto de la colina de Santa 
María se dejó oir un cañonazo que repitieron los ecos de las 
montañas. Entonces la poderosa artillería del Ejército repu- 
blicano rompió sus fuegos al Norte y Poniente de Morelia. 
Momentos después, se oía al rededor de la ciudad un trueno 
sordo é incesante. El humo comenzaba á cobijar el caserío. 
Era que las columnas de ataque penetraban en las calles. Au- 
mentaba el fragor de la guerra; el clarín no cesaba de tocar 
paso veloz j ¡fuego! los cadáveres tapizaban el suelo; el ambiente 
estaba saturado de ayes de los moribundos, de maldiciones 
de los combatiectes; la sangre comenzaba á correr; las masas 
compactas de soldados se abalanzaban sobre los parapetos: en 
el aire silbaban siniestramente las balas perdidas. Como si el 
estrépito de la batalla hubiera despertado los ruidos de cied 
generaciones, un rumor imponente y lúgubre cernía su onda 
sonora sobre el campo del combate. 

La columna á cuyo" frente marchaba Caamaño, acometía 
con tal valor y decisión, que los defensores del PrencUmienia 
pidieron auxilio de una manera desesperada. Los asaltantes 
ocupaban y§ la contra-escarpa del foso y estaban á punto de 
tomar la trinchera, cuando llegó personalmente Márquez en 
socorro del parapeto, acompañado de Ramírez Arellano, con 
un obús de á 24 y dos piezas de montaña, y del coronel Mon- 
tenegro con el 4? batallón de linea. Entonces Caamaño y 
Márquez se disputaron la posesión de la trinchera, haciéndose 
de una y otra parte prodigios de valor, y empeñándose, no 
ya un combate, sino una encarnizada matanza. Pero mien- 
tras el enemigo se engrosaba con tropas de su reserva, los 
nuestros disminuían sin poder ser reemplazados. Los caño- 
nes dirigidos por Ramírez Arellano, vomitaban torrentes de 



87 

metralla. Del lado del imperio caía herido el coronel Mon- 
tenegro. Márquez dirigia en persona la defensa. En aquel 
instante se oyó un grito en las filas de los liberales. ¡El co- 
ronel Padres ha muerto! Sus soldados recogen el cadáver; se 
introduce la confusión; Márquez recobra la trinchera y los 
nuestros retroceden 



Entretanto Cáceres se ha arrojado sobre las fortificaciones 
del ISmo Perdido y de la Soterraña. Toma la primera trin- 
chera y su banda deja oir los alegres sones de la diana; sigue 
y ocupa la altura de la fábrica de tabacos; ya desprende una 
columna sobre la Merced, cuando llegan de refresco á auxi- 
liar á los defensores de aquel punto un batallón de infantería 
y un cañón de á 8, mandados por el coronel Casarrubias, que 
cae herido al mismo tiempo que los republicanos se apoderan 
de la pieza de artillería. De nuevo se escuchan las dianas y 
los vivas á la República. Pero esta marcha triunfal ha em- 
pleado más de dos horas. Márquez sabe lo que pasa por el 
rumbo de la Merced; deja reforzado el Prendimiento y acude 
con BUS reservas á batir á Cáceres. Este jefe pide auxilio á 
Echeagaray, que con su división parece que se ha declarado 
neutral y no se mueve de sus posiciones. Sólo el general Es- 
pindola se presta á dar auxilio con su pequeña brigada. Como 
un león se arroja Márquez con la numerosa reserva sobre los 
mil hombres de Cáceres: el empuje es irresistible, Espíndola 
es herido, perdemos la pieza de artillería quitada al enemigo, 
y éste recobra sus parapetos. Entonces Berriozábal mandó 
llamar á Regules. 

Por BU parte este general había amagado las trincheras co- 
locadas en las calles contiguas á Capuchinas; pero lo hizo con 
tal arrojo, que sus soldados se apoderaron de ellas. Entonces 
simuló su ataque sobre el templo y el convento de aquel nom- 
bre; pero este ataque falso se convirtió en verdadero y terri- 
ble 



Si por estos puntos nuestros soldados daban muestras de 
intrepidez, la brigada Etizondo no permanecía ociosa. Em- 



88 

prendió el asalto y se apoderó de la iglesia de San Juan y 
en seguida del panteóp contiguo. Dos veces destacó sobre la 
plaza de toros al valiente batallón de Zitácuaro; las dos veces 
quedó regado de cadáveres el campo exterior. Nopudo más, 
y permaneció en los puntos ocupados en espera de órdenes. 

A la izquierda del lugar en que pasaban estos últimos su- 
cesos, una columna del general Tapia simulaba un ataque 
falso por el rumbo de San José. El general Zires, que defen- 
día toda esa zona, se vio en la necesidad de pedir auxilio, y 
le fué enviado el segundo batallón de linea, á las órdenes del 
coronel Ramón Méndez, que ocupó las alturas de aquel tem- 
plo. AUi se empeñó un combate que, por nuestra parte, sólo 
en apariencia era formal. 

Pero el general Tapia lograba asi su objeto. Mientras tan- 
to, él personalmente conducía dos columnas de ataque sobre 
el colegio de las Rosas. Conocedor del terreno, y sabiendo 
aprovechar sus accidentes, cuando los que sostenían las trin- 
cheras sintieron aquel movimiento, fué cuando ya los repu- 
blicanos se arrojaban sobre los parapetos, y no obstante la 
bizarría con que se hizo la defensa. Tapia se apoderó de las 
fortificaciones, y rápido atacó el edificio de las Rosas que ca- 
yó en su poder. No perdió un instante, ocupó el convento de 
Teresas, dejando allí una de sus columnas, y avanzó sereno, 
imperturbable, en medio de un diluvio de balas, hasta pene- 
trar á la plaza de armas, ocupando los portales de Hidalgo y 
Matamoros. 

¡Oh! Si LTraga hubiera tenido una fuerza de reserva y per- 
sonalmente hubiera estado en el campo de batalla, multipli- 
cándose en todas partes, como lo hizo Márquez, ¡en aquel 
momento Morelia habría caído en su poder! 

Sonaban las dianas de los republicanos en el centro de la 
ciudad; se repicaba en los campanarios de las Rosas y de las 
Teresas; el pánico se difundía entre los imperialistas 

¡Entonces pasó lo inconcebible! 

Los ayudantes de Uraga llegaban á todo escape á Morelia. 
Cuando Tapia recibió la orden. absurda de retirarse, no 
quiso creerla, y respondió al ayudante: 



89 

* 

— ¡Eso no puede ser! Si ya la plaza está tomada. 

— Que cualquiera que sea la situación que vd. guarde, se 
retire en el acto, replicó el oficial. 

Tapia palideció: puso la punta de su espada en uno de los 
pilares del portal y ¡se fué á fondo! ¡El acero quedó he- 
cho pedazos! 

Eran como las diez de la mañana. El general Tapia dio la 
orden de retirada, y en aquellos momentos llegaba Márquez 
COQ toda la reserva. Sabedor de que la plaza de armas estaba 
ocupada, retiró de San José el 2? batallón de linea y llamó á 
Ramírez Arellano con la artillería. Con un verdadero ejér- 
cito se echó sobre Tapia, quien, paso á paso^ tomaba de re- 
greso la dirección de las Ro^as. Asaltantes y asaltados se ba- 
tían como los mejores soldados. De nuestra parte cayeron 
heridos los tenientes coroneles Órnelas y Rioseco, y de la del 
enemigo dos ayudantes de Márquez, que perdió su caballo 
acribillado á balazos. En aquel acto le daban parte de que 
los republicanos que atacaban por los demás puntos se pro- 
nunciaban ya en retirada. Enardecido con esta noticia, re- 
forzó aún más su tropa con fuerzas del coronel de artillería 
Ignacio de la Peza, del teniente coronel Juan B. Rodríguez, 
del comandante de escuadrón Bartolomé Ballesteros, del co- 
ronel del 29 de caballería Francisco Lemus y de otros varios 
oficiales que mandaban piquetes. A un tiempo llegaron las 
expresadas tropas imperialistas á la plazuela de las Rosas. El 
general Tapia había ya reconcentrado las suyas, y en buen 
orden se retiró á la vista del enemigo. 



¿Qué había determinado á Uraga á lanzar su orden de re- 
tirada? Sólo puede explicarse por los sucesos que se verifica- 
ban en las demás líneas de ataque. 

Berriozábal había llamado á Regules, según vimos, con el 
objeto de destinar parte de sus fuerzas á renovar el ataque 
sobre la Soterraña, y á cubrir con el resto la retirada en caso 
necesario; pero Regules, después de simular un ataque sobre 
Capuchinas, avanzó por la calle que conduce á San Francis- 
co, por lo que atrajo sobre sí la atención de Márquez, quien 
envió al general Gutiérrez con algún auxilio á aquel punto. 



40 

• 

Eatonces se trabó un reñido combate entre Gutiérrez y Re- 
gules, en los momentos en que éste recibía la orden de Be- 
rriozábal. Para obsequiarla, se retiró lentamente, sin dejar 
de batirse, teniendo que hacer alto repetidas veces á fin de 
obligar al enemigo á que lo respetase. Inmensas pérdidas su- 
frió esta valiente brigada; pero la más sensible fué la del te- 
niente coronel Antonio Chávez, herido en aquel acto, y que 
falleció tres días después en Tacámbaro. Chávez era un acri- 
solado patriota; oriundo de Indaparapeo, desde joven se alistó 
entre los soldados del pueblo, adquiriendo sus ascensos por 
su valor y amor á la disciplina militar. 



Entretanto, en el Prendimiento^ muerto ya Padres, como la 
columna de ataque que mandaba Caamaño cejó un momento, 
Márquez, según vimos, reforzando aquel punto, pudo ocurrir 
por el lado de la Merced. 

Caamaño tomó entonces personalmente el mando de la co- 
lumna, y se lanzó de nuevo sobre la trinchera. La ventaja nu- 
mérica estaba ya por parte de los que defendían el parapeto. 
Un torrente de balas inundó la calle, y Caamaño, al pie de la 
trinchera, cayó gravemente herido; pero lejos de retirarse, 
ordenó á Salazar que continuara el ataque, aconsejándole que 
echara pie á tierra, pues aquel jefe estaba á caballo al frente 
de su batallón. Salazar, con aquel carácter impetuoso que le 
conocimos, no hizo caso del consejo, y ginete en su corcel, 
avanzó, lleno de ardor, dando á sus soldados la orden y el 
ejemplo del asalto. Salazar cayó traspasado del pecho, con 
una herida que lo puso en peligro de muerte. Se introdujo 
en las filas de los asaltantes el desorden natural al ver caer al 
último de sus jefes. Notarlo los traidores y brincar sobre las 
trincheras, fué todo uno. El combate se empeñó entonces al 
arma blanca, encarnizado, terrible, sin que se diera cuartel 
ni de uno ni de otro lado. Berriozábal acude á quel sitio, nó 
pudiendo avanzar porque los dispersos se lo impiden; sin em- 
bargo, viendo rodeado de enemigos á su ayudante Manuel 
David Arteaga, se abre paso, le ordena que monte en ancas 
de su caballo, y ya al retirarse, el corcel dorado de aquel jefe 
recibe un bayonetazo que dificulta su marcha. 



41 

Eaé éste uno de aquellos momentos en que cada hombre 
sólo piensa en si mismo para atacar ó defenderse, en que el 
espíritu de corporación se. funde en un supremo egoísmo. 
Empero Berriozábal se sobrepone á este sentimiento, y no 
abandona á los suyos, presto á acudir personal mente-á donde 
sea necesario. 



Entre los asaltantes acaba de ser herido el abanderado del 
1^ ligero de Toluca. La majestuosa insignia de la patria ya 
á caer en poder de los traidores. En aquel momento un jo- 
ven capitán atraviesa rápido entre los soldados, y de entre un 
grupo de enemigos arrebata el lábaro y lo defiende y se retira 
con él, seguido de la destrozada columna del ataque. Aquel 
joven era el capitán José Vicente Villada, á quien Berriozá- 
bal asciende al empleo de comandante de batallón en el mis- 
mo campo de batalla. 

Sólo quedaban en el panteón de San Juan la fuerza de Eli- 
zondo y los valientes hijos de Zitácuaro. Para desalojarla, 
unieron sus esfuerzos Zires, Oronoz, Gutiérrez y Ramírez 
Arellano, que emprendieron un ataque vivísimo sobre aque- 
lla tropa republicana, la cual, viéndose sin apoyo, emprendió 
la retirada, siendo perseguida por una columna de infantería 
al mando del teniente coronel Francisco Kedonet. 



Los restos dé la División de Michoacán se reorganizaron 
en el llano de Santa Catarina, al abrigo de los disparos de 
los cañones situados en Santa María, que hasta aquella hora 
volvieron á funcionar. Al ver Uraga dispersos los soldados 
de la más numerosa de sus columnas, se creyó derrotado en 
todas las líneas de ataque, y ordenó la retirada. 



Eran las diez de la mañana. Había concluido la jornada. 
En Morelia repicaban las campanas de todos los templos y 
las músicas repetían las orgullosas dianas que solemnizaban 
el triunfo de la guarnición; mas el pueblo de la ciudad per- 
manecía ajeno al regocijo. 

Márquez no creía en su dicha. Para cerciorarse por sus 
propios ojos de que los republicanos se retiraban, subió á la 



42 

azotea de la casa que le servia de alojamiento.^ Desde alli, 
con BU anteojo, divisaba al enemigo que iba alejándose de la 
ciudad. De repente una bala surca su rostro, y Márquez, cho- 
rreando sangre, cae al suelo sin sentido. La hemorragia no 
fué de gravedad, y recobrando á poco el conocimiento, pudo 
desde su cama seguir dictando órdenes. 

En las calles habían quedado más de mil cadáveres, la ma- 
yor parte, de los asaltantes. En los cuarteles de las tropas 
imperialistas habia como setecientos prisioneros. 

En la noche fueron fusilados en el mesón de las Animas y 
en el del Socorro algunos de los ofícÍ9,les liberales que que- 
daron en poder del enemigo. Se les dio sepultura en las ca- 
ballerizas. 

¡Qué fatal destino el de Márquez de empañar siempre con 
sangre el brillo de sus victorias! 

En la tarde se volvió á oir el cañón en Santa María. Un 
cortejo fúnebre acompañaba el cadáver del general Padres, 
muerto por salvar á la patria! Hoy yace en el olvido aquella 
tumba solitaria^ pero el héroe vive en los fastos gloriosos del 
Ejército. 



1 Donde hoy e8t& el Monte de Piedad, al Sur del templo de la Compañía. 



48 



CAPÍTULO VI. 



(1863) 

La retirada. — Una orden general del día. — Indignación contra Uraga. — Su 
marcha & Jalisco. — El general Douay. — Zamora. — Burro de Oro. — Ocu- 
I>ación de Zamora por el coronel Margueritte. — Zamora durante el impe- 
rio. — ün tesoro en camino. 



ün día después llegó Uraga á Pátzcuaro, en donde se le 
reunieron los restos de su ejército, de aquel cuerpo de tropas 
que, conducidas hábilmente, hubieran podido hacer tanto en 
pro de la causa nacional. 

No debo olvidar que en la noche de aquella terrible jorna- 
da, vivaqueando nuestras fuerzas en Santiago Undameo, se 
leía en el campamento la orden general del día, en la que el 
general en jefe elogiaba la valiente conducta de las divisiones 
Tapia y Berriozábal, gracias á las cuales, el ejército se habia 
retirado en buen orden, sin perder su artillería ni sus ba- 
gajes. 

Entretanto, como llevada en alas de la electricidad, la no- 
ticia de la tremenda derrota circulaba en todas partes, pro- 
duciendo una triste resonancia en donde quiera que latia un 
corazón patriota: un grito general de indignación acusaba á 
Uraga, atribuyéndole un plan preconcebido de entregar al 
ejército para que fuese destrozado. Sucede que después de 
todo revés, el rumor público atribuye el mal éxito á desleal- 
tad de los que mandan; el rumor se desvanece luego; pero en 
esta vez, lo cierto es que desde entonces inspiró Uraga una 
profunda desconfianza. 

Ni nadie creyó en su disculpa de haber festinado el ataque, 

HlclioacAn,— 5 



44 

temeroso de que los franceses pudieran auxiliar á Morelia 
El general Douay recibió orden de Bazaine de marchar 
sobre Piedra Gorda en persecución de TJraga. El 17 de Di- 
ciembre salió de León, precedido en un día de marcha por el 
coronel Margueritte. Como se ve, le era imposible auxiliar 
oportunamente á Morelia: apenas, si forzando la marcha, pu- 
do estar el 21 en la Piedad, frontera de Michoacán, á más de 
cuarenta leguas de distancia de aquella capital. ¿Ignoraba 
TJraga, hasta este grado, los movimientos del enemigo? 

Y mientras Douay hacia aquellas etapas en su camino, 
üraga abandonó á Pátzcuaro el día 19, y el 21 se hallaba en 
Chilchota. No parecía sino que tomaba aquel rumbo para ir 
á encontrarse con la columna encargada de batirlo. Su pro- 
pósito era dirigirse á Jalisco pasando por Zamora y La Barca; 
pero era evidente que hallaría cortada esta salida. Asi lo com- 
prendieron los jefes subalternos, quienes con energía exigie- 
ron que TJraga cambiase el derrotero. Por más que el ge- 
neral se sintiese contrariado, supuesto su carácter violento, 
hubo de ceder y retrocedió rumbo á Paracho. La marcha fué 
difícil y fatigosa por los obstáculos de aquel camino monta- 
ñoso. La artillería de grueso calibre, los coches y los carros 
iban ya en un estado lamentable. El coronel D. Jesús Díaz, 
jefe republicano que residía en aquel pueblo, ofreció á TJraga 
que él salvaría la artillería ocultándola en la sierra; pero el 
general en jefe ni siquiera se dignó tomar en consideración 
el ofrecimiento. 

Dejaremos á Uraga caminando luego de Paracho para San 
Juan Parangaricutiro, y seguiremos el movimiento de Douay. 



Hay que hacer previamente una reminiscencia. 

Cuando dos meses antes, TJraga estaba desempeñando el 
gobierno de Michoacán, nombró Prefecto y Comandante mi- 
litar del Departamento de Zamora á D. Francisco Yelarde, 
el famoso sibarita de Buena Vista. 

Velarde, más conocido por el apodo de Burro de Oro^ por 
BU ignorancia y por las cuantiosas riquezas que poseía, era 



ti 



¿ó 



45 

clerical hasta la médala de loa huesos^ devoto en sus prácti- 
cas religiosas y monarquista en sus ideas políticas. En 1852, 
inducido por el obispo de Michoacán D. Clemente de Jesús 
Munguia, se adhirió al plan del Hospicio que derrocó al go- 
bierno liberal de Arista. Como el espíritu de partido no era 
por si solo estímulo bastante para apartar á Yelarde de sus 
orgias de Buena Vista, el señor obispo puso como cebo al 
anzuelo, la promesa de que se le darían el Gobierno j la Co- 
mandancia Militar de Jalisco, y para obviar toda dificultad, 
Burro de Oro compró á Santa-Anna, triunfante ya la revo- 
lución, la banda de general de brigada y el manto de Caba- 
llero Oran Cruz de la Orden de Guadalupe. Con todo y esto, 
no se cumplió la promesa de Munguia. 



AI anunciarse en Zamora que la División Douay había lle- 
gado á la Piedad, Yelarde, afectando un celo que no sentía, 
envió al comandante Manuel López rumbo á Ecuandureo á 
que tomase noticia cierta de la marcha del enemigo: entre- 
tanto, él alistaba sus mozos para retirarse á su encantadora 
mansión de Buena Yista, harem delicioso en que se daban 
cita las hermosuras del bajo pueblo de Jalisco y Michoacán. 

López regresó á poco y dio parte de que los franceses avan- 
zaban sobre Zamora, á donde no tardarían en llegar. 

Eran las ocho de la mañana del 22 de Diciembre. Por la 
garita de Madrigal entraban á escape los cazadores de África, 
al mando del coronel Margueritte, aquel apuesto soldado que 
más tarde, y ya con el grado de general, cayó herido de muer- 
te en los campos de Sedán, batiéndose contra los prusianos. 

La ciudad de Zamora tenía una débil guarnición, compues- 
ta de infantería al mando del comandante Condell y de un es- 
cuadrón de caballería, ambas fuerzas á las órdenes de un jefe 
cuyo apellido era Washington, nombrado también por TJra- 
ga. Se sabía que, en 1856, cuando estalló en Colima aquel 
infame motín reaccionario, cuya acción más notable fué el 
asesinato del gobernador Alvarez, Washington capitaneó á 
los sublevados, impuso al comercio de la ciudad un préstamo 
exorbitante, redujo á prisión á varios liberales y cometió 



otras tropeliaa; pero batido por el general D. Bilverio Núñez, 
ae apreBuró & capitular. 

¿Qué podía eaperarae de hombreB como Velardo y Washing- 
ton, coa semejantes antecedentes? Lo que sacedió; que al te- 
ner noticia de la sproximacióii de los franceses, dejaron inde- 
fensa la plaza, j que la tropa, desmoralizada, huyera en todas 
direcciones. Unos cuantos chinacos que se quedaron rezaga- 
dos, cayeron á los sablazos de los cazadores de África. 

Mientras esto pasaba en las calles, Yelarde bacía osteata- 
ciÓQ en BU casa de abandonar la ciudad, seguido de un lujoso 
convoy de equipajes; y como era natural, fué hecho prisione- 
ro, tratándolo el coronel Margueritte con toda clase de con- 
sideraciones. Diré de una vez, pues que no habrá motivo para 
consagrarle otra mención en estos apuntes, que Yelarde se 
manifestó ferviente partidario del imperio durante los tres 
años y medio que siguieron; que al tomar nuestras tropas la 
plaza de Zamora, en Febrero de 1867, se ocultó en aquella 
ciudad, protegido por algunos liberales, vecinos de la misma, 
y que descubierto al fin, fué fusilado el 15 de Junio del mis- 
mo año, muriendo con todo valor, lo que nadie se esperaba. 
Al seguir ya el relato de la ocupación de Zamora, referiré 
que Margueritte, temeroso de una sorpresa por parte de las 
tropas de Uraga ó de las que pudieran moverse de Guadala- 
jara, situó desde luego medio batallón de zuavos en la garita 
de Paredones, y su caballería, fraccionada, en las de Jaconá 
y los Naranjos; el resto de la tropa vivaf[ueó en la plaza en 
donde se hacia el rancho. 

Todas estas precauciones cesaron cuando, á las tres de la 
tarde del mismo día, hizo su entrada el grueso de ta división 
francesa, fuerte en más de tres mil hombres. A la cabeza de 
las tropas iba el general Félix Douay, embozado arrogante- 
mente en una capa argelina, blanca como la nieve, y haciendo 
caracolear su caballo. A pesar de que cala una lluvia moles- 
ta, toda la población de Zamora salió á ver entrar la columna 
y no escasearon los vivas á los " restauradores de la religión." 
Apenas se había apeado en su alojamiento el general en 
jefe, cuando se le presentó nn vecino de la ciudad, D. Manuel 
Orozco, suplicándole que diese orden á £n de que los zuavos 
no acabaran de saquear la casa de Yelarde. 



47 

— ^Ese Burro de Oro es Zaragoza ¡^ contestó el general. 

— ¡Qaé Zaragoza va á ser! ¡EJntonces vd. no lo conoce! 

— ^Pero es general, repuso riéndose el francés. 

— ¡Lo que menos tiene! insistió Orozco; y refirió la historia 
inédita de Yelarde, asegurando en seguida que su amigo es- 
taba en connivencia con los imperialistas. 

Douay consultó su carnet y leyó en voz alta: " Velarde, Bt^ 
rro de Oro^ viejo inútil para la acción; católico fanático; se dice 
general, pero nunca ha sido soldado; inmensamente rico: se 
le puede sacar provecho." 

— ¡ Ah! sí, continuó diciendo, ser muy honorable ese señor, 
ser muy pacifico ese general. Y llamando en seguida á un 
ayudante, lo envió con orden de que se suspendiera el pillaje. 
Los zuavos, oyendo al enviado, soltaron la carcajada y le 
mostraron la casa, si no del todo limpia, si enteramente vacia. 

Esta fué una nota discordante que no impidió á la gente de 
Zamora, ciudad levítica, felicitarse públicamente de quedar 
convertida de republicana en subdita de un gobierno monár- 
quico. Hubo iluminación, Te Deum, cohetes, etc 

Al día siguiente citó el general Douay una junta de veci- 
nos, á la que concurrieron los más caracterizados. Se trataba 
de reorganizar la administración pública del Distrito; pero 
ninguno de aquéllos quiso aceptar el encargo de Prefecto, 
pretextando que, "aunque partidarios ciegos del nuevo orden 
de cosas, no eran ni habían sido nunca políticos, sino hom- 
bres de bien que se mantenían de su trabajo." Para nada 
extrañó esta manifestación al jefe francés que conocía muy 
bien á los conservadores, exaltados, fanáticos, pero demasiado 
egoístas, que pertenecen á la masa de los que en México lla- 
mamos ojalaleros^ porque toda su actividad en la política con- 
siste en decir ** ¡ojalá que ganen los nuestros!" 

Pero el general traía sus instrucciones, y viendo que los 
conservadores no aceptaban el sufragio, ni para ellos mismos, 
nombró Jefe Político al honrado y laborioso agricultor D. Jo- 
sé María Jiménez Verduzco, á quien obligó á aceptar el en- 
cargo. 

1 Zaragozas llamaban los franceses & los soldados de la patria. ¡Seguramente 
les había hecho macha impresión aquel nombrel 



48 

Como no volveré á ocuparme de Zamora sino hasta el 
fin de este libro, á riesgo de que parezca inoportanOy inte- 
rrumpo el hilo de mi narración para decir que desde la fe- 
cha en que fué ocupada aquella plaza por el general Douay, 
hasta la noche del 4 de Febrero de 1867, estuvo la ciudad 
bajo el régimen del imperio, disfrutando sus moradores de 
una tranquilidad relativa. Allí, como en ninguna otra pobla- 
ción de Michoacán, funcionaron más ferozmente las cortes 
marciales establecidas por los franceses. Basta decir que ape- 
nas iniciaban un proceso contra algún infeliz chinaco, cuando 
se mandaba abrir la fosa en que habria de ser sepultado. Za- 
mora fué el panteón de muchos prisioneros republicanos. 

Contentos estaban los zamoranos de tener siempre una 
guarnición, á cuya sombra pudieran considerar garantizados 
sus intereses. Empero sucedió una vez, que el general Brin* 
court, que cubría aquella plaza, recibió la orden de marchar 
rápidamente hacia el Fresnillo, j desde luego, en vista de los 
preparativos de marcha, á nadie se le ocultó que la ciudad 
iba á ser abandonada, ¡Derelicta sola! 

Un pánico terrible se apoderó de los vecinos; se congrega- 
ron en junta numerosa, se comunicaron la intensidad de sus 
temores, y nombraron una comisión para que fuera á supli- 
car al jefe francés que tuviera compasión de ellos. Presidió 
la comisión el Sr. Lie. D. Jesús Ochoa, quien en un discurso 
patético, muy accionado, expuso que si se dejaba indefensa la 
ciudad, en el acto seria presa de los chinacos, lo cual era im- 
político y ajeno á toda previsiób, pues Zamora era una plaza 
importante para la táctica militar. El general Brincourt con- 
testó con palabras enérgicas, en breve alocución; pero suce- 
dió una cosa en que nadie había pensado; que los oradores 
no se entendieron entre si, pues que Brincourt ignoraba el 
idioma español y el abogado Sr. Ochoa no sabía el francés. 
Vino el intérprete, tradujo las pretensiones de los vecinos, y 
en nombre de Brincourt, dijo: '^ que según le había parecido 
por la mímica del Sr. Ochoa, los vecinos de Zamora le signi- 
ficaban haber tomado las armas para defender su hogar, como 
buenos partidarios del imperio; pero que veía que no era as!; 
que aprendieran á los liberales que no acdaban molestando 






49 

á loe Zaragozas para que les defendieran sus pueblos; qne las 
tropas eran para expedicionar en basca del enemigo y no para 
permanecer estacionarias en las ciudades j en las aldeas, paes 
en este caso no bastaría todo el ejército de Francia para ocu- 
par militarmente A la nación mexicana/' 

De estos discursos oyeron muchos los imperialistas de Mé- 
xico, y por cierto que revelan lo bien que conocían los jefes 
firanceses á sus aliados. 

Y no hubo remedio, la brigada Brincourt evacuó á Zamo- 
ra. Entonces se vieron centenares de familias que, poseídas 
de un miedo injustificado, al amparo de aquella tropa mar- 
chaban con el fin de trasladarse á la Piedad. En verdad que 
la peregrinación ofrecía un cuadro doloroso: muchos hom- 
bres, mujeres y niños caminaban á pie: se oían lamentos, so- 
llozos no interrumpidos, y á veces se alzaban gritos, maldi- 
ciendo á los invasores que se habían negado á defenderlos en 
su propia ciudad. Es tan ciego el espíritu de partido, ¡que 
no se exhaló una queja contra los obispos y demás diplomdti- 
eos que solicitaron la intervención francesa! 

Por fortuna para aquellas infelices familias, cuando apenas 
habían llegado á la hacienda del Sauz, Brincourt recibió con- 
traorden, y en consecuencia regresó á Zamora. Desde aquel 
día bajó mucho el entusiasmo . de los zamoranos hacia sus 
protectores extranjeros. 



Nombrado ya el Sr. Jiménez Prefecto del Distrito, se dio 
el mando militar de la plaza al mayor Munier, oficial de la 
división Douay. Su primer acto fué disponer que se repusie- 
sen los puentes que se habían destruido por orden del Jefe 
político anterior á Velarde. Kadie quiso trabajar gratis, y Ji- 
ménez se resistía á emplear la violencia; mas como se le ame- 
nazara con que él mismo sería convertido en gañán á fuerza 
de culatazos, no tuvo más recurso que pagar de su propio pe- 
culio los peones que se ocuparon en la faena. 

Otros actos oficiales emanados del mismo mayor Munier 
se relacionaban con la religión y con la higiene. Veamos 
cómo. 



60 

Los soldados franceses son católicos, 'conforme á su orde* 
nanza militar: en consecuencia oyen su misa los días de fiesta 
de guarda. Estaba próximo un domingo y el acto debería 
revestir toda solemnidad; asi lo dijo la orden del jefe militar, 
y agregaba que el Prefecto enviaría al templo una música de 
aliento que ejecutase piezas adecuadas, '^es decir, alegres." 
Llegado el momento, la gente acudía á las calles á ver pasar 
la tropa. ¡Qué marcial continente el de los vencedores del 
mundo que iban á humillar sus armas ante los altares de Dios! 
La mirada altiva, erguidos, el paso firme, los uniformes visto- 
sos, el toque de los clarines, el redoble de los tambores; y 
dentro del templo la música pagada por el Sr. Jiménez, to- 
cando piezas alegres; los oficiales y soldados ¡rindiendo sus 
armas en el momento de elevarse la hostia! Los vecinos, á 
quienes nada había costado la función, se hacían lenguas elo> 
giando el catolicismo de los franceses, y aseguraban que ha- 
bía sonado la hora de quedar restablecida en México la santa 
religión con todas sus pompas y con la grandeza del culto 
público suprimido por los herejes liberales. Los que más edi- 
ficaban á los fieles, por la unción con que oían la misa, eran 
los zuavos^ todos volterianos, circunstancia que ignoraban los 
vecinos de Zamora. 

Las disposiciones de Munier, que tendían á la higiene, fue- 
ron las siguientes: 

Las tropas francesas habían descansado algunos días en 
Zamora, resultando de aquí que los cuarteles no estaban muy 
aseados que digamos. Nuevo oficio al Prefecto, previniéndole 
rematase en pro del mejor postor el abundante /umíer que 
desde luego ponía á su disposición. 

Aquí de los apuros del Sr. Jiménez Verduzco. ¿Qué cosa 
ersifumierf Por más que indagó entre los vecinos, no halló 
quien le explicara el significado de la palabra. ¿Si será lo que 
los franceses /uman.^ ¡Vaya! ni el señor cura, ni los vicarios, 
con todo y saber latín, pudieron darle á la bola. Fué preciso 
ocurrir al intérprete, quien con insolente enfado contestó que 
fumier significaba estiércol, 

— ¡Estiércol! exclamó el señor cura, ¿pues habrá cosa más 
sencilla que llamarle estiércol? 



51 

— T nosotros ¿para qué queremoB estiércol, cuando es lo 
que nos sobra todos los días? clamaban compungidos los ha- 
bitantes ricos de Zamora citados para el remate. Ignoraban 
todavía, por aquel entonces, que el estiércol sirve para abo- 
nar las tierras. 

El Sr. Jiménez, á fin de evitarse molestias, compró por si 
solo todo el fumier de los caballos franceses. 

Y va lo último. El activo Munier libró nueva orden al se- 
ñor Prefecto para que mandara inspeccionar á las mujeres 
publicas de la ciudad, no fuera á suceder que sus soldados se 
pegaran el chasco que llevó en cierta aventurilla el rey Fran- 
cisco I, aquel soberano gentil de la Francia, llamada antigua- 
mente la Galla. 

D. José María Jiménez no pudo más; tiró la montera, y 
dijo: "Ni Cristo pasó de la Cruz, ni yo sigo de Prefecto de 
Zamora." 



El general Douay permaneció en Zamora algunos días, 
tanto para dar algún descanso á su tropa, como para esperar 
que llegasen los carros de víveres que necesitaba para conti- 
nuar su expedición. 

El 28 entraba en la villa de los Eeyes, sin baber logrado 
alcanzar á Uraga que pasó por allí dos días antes, rumbo á 
Zapotlán, hacia el Sur de Jalisco. 

XJraga se había convencido, al fin, de la necesidad de ali- 
gerar BU tren; y al pasar por Parangaricutiro (San Juan de 
las Colchas), dispuso que la artillería y todo el material ro- 
dante fuesen conducidos á XJruapan, con orden á Berriozábal 
de que los salvase en lugar seguro. 

Por aquellos días algunas voces malignas difundieron el 
rumor de que en los equipajes que los liberales hacían trans- 
portar por distintos rumbos, había muchas cargas con dinero. 
Digo esto, porque servirá de explicación á sucesos posteriores. 

T para concluir este capítulo, referiré que Berriozábal, de- 
jando en Pátzcuaro á Caamaño, y enviando á Salazar á Ta- 
cámbaro, cada uno de estos jefes al frente de sus respectivas 
fuerzas, se había dirigido con el resto de la División á la ciu- 
dad de üruapan, en donde entró el día 20 de Diciembre. 



CAPITULO VIL 

(1863-64) 

Un recuerdo í PéME Jardún, — Actividad de Berrioz&bal. — Los franceses en 
busca del tesoro. — A.laniiH eo Uruapan. — Fínico entre loa emigrados. — 
La familia Trejo. — Incendio de loa archivos. — Llegada de los francesee. 
— Bl dia de año nuevo. — |Los vencedores del mundo! — |La intervenciiSnl 

Tan luego como llegó Berriozábal á Uruapan, se consagró 
á la reorganización do bub fuerzas, procurando levantar la 
moral del Boldado; hizo sentir la acción del Gobierno en to- 
dos los departamentoB de Michoacán, j á ñn de atenuarla 
alarma y el desfallecimiento en la opinión, que habia causado 
el mal éxito del ataque á Morelia, cuidó de que se publicase 
011 el periódico oficial el parte de aquel hecho de armas, dán- 
dose á conocer la verdadera situación del ejército para que se 
viese que aún quedaban en pie poderosos elementos con que 
seguir luchando. 

A propósito del periódico oücial del Gobierno de Michoa- 
cán, no quiero pasar adelante B¡n hacer uo merecido recuerdo 
de aquel buen patriota Gregorio Pérez Jardóo. Emigrado de 
México, cuando el Sr. Juárez abandonó aquella capital en 31 
de Mayo de 1863, Pérez Jardón se trasladó con su familia á 
Morelia, en cuya ciudad siguió publicando su periódico £1 
Conalitucional. Cuando el Gobierno del Estado fijó su residen- 
cia en Uruapan, el general Berriozábal le encargó la redac- 
ción del periódico oficial, en cuyo puesto permaneció durante 
toda la campaña hasta poco después de recobrada por nuestras 
tropas la capital de Michoacán. ¡ Cuántas veces peregrinaba de 
pueblo en pueblo, al ñ-ente de sus cajistas y llevando consigo 



68 

loB Útiles de la imprenta! A veces, en un aislado rancho de la 
tierra caliente, armaba la prensa, ponía á trabajar á sus hom- 
bres ¡y la hoja impresa comenzaba su circulación! Por causa de 
enfermedad ó por una ausencia necesaria, Pérez Jardón inte- 
rrampia, en muy cortas temporadas, sus tareas periodísticas: 
entonces lo sustituían el que escribe estas líneas ó D. Antonio 
Espinosa, antiguo Prefecto de Tacámbaro y que más tarde* 
desempeñó altos puestos en la administración del Estado. 
Hay que agregar que á Pérez Jardón, por su enérgica constan- 
cia y por su sincero patriotismo, se debió que jamás se supri- 
miera La JRepúblicay periódico oficial del Gobierno de Mi- 
choacán de Ocampo. 



Volvamos ahora á ocuparnos de las disposiciones dictadas 
por Berriozábal. En el inmenso material de guerra que ha- 
bía en üruapan, existían las máquinas de una capsulería es- 
tablecida en aquella ciudad desde la guerra de Reforma, má- 
quinas que desde entonces trabajaron incesantemente bajo la 
dirección del ingeniero Carlos O. Sheridan. De Morelia se 
habían trasladado los aparatos de las fábricas de armas y de 
parque que en aquellos días fueron conducidos á Uruapan 
juntamente con una gran maquinaria que se había montado 
en San Juan de Vinas para la fabricación de ilacos (moneda 
de cobre para ¿el tanteo). Todo esto formaba un verdadero 
arsenal, y si se le agregaba la gran cantidad de parque que 
estaba depositado en más de cien cajones, se comprenderá 
que en un caso dado no podría transportarse sin grandes difi- 
cultades este pesado y bromoso cargamento. Era, pues, pre- 
ciso enviarlo á lugar seguro, y así lo previno el general, dis- 
poniendo que fuese remitido en dos grandes fracciones: una 
á las órdenes del general D. José Justo Alvarez, y á la inme- 
diata vigilancia de Hamón Medina, empleado activo é inteli- 
gente y que emprendió su camino por Apatzingán; y la otra 
á las órdenes de D. Francisco Carrillo, quien tomó la vía de 
Periván, dirigiéndose ambas expediciones hacia el lejano pue- 
blo de Coalcomán, situado sobre el litoral del Pacífico. He 
juzgado do mi deber entrar en todos estos pormenores que á 



algnoofl parecerán difusos, porque además de qne los consi- 
dero necesarios para referir sncesos posteriores, indican cla- 
ramente que el Gobierno de Michoacán estaba preparado 
para la gaerra, habiéndose hecho buen empleo del dinero de 
las contribnciones,y aprovechando los Berricios de tantos ciu- 
dadanos patriotas. Si la impericia, 6 lo qae fuere, del general 
TJraga comprometió tan cnantiosos elementos, hasta el grado 
de qne se desvanecieraa como el hamo, ee verá qae de díd- 
gana manera puede incalparse por ello á loa jefes de las fuer- 
zas micboacanas. . 

Me obliga también á consignar estos recuerdos, la circans- 
tancia de que estas disposiciones fueron mny censuradas en 
aquellos días por ciertos hombres á quienes agrada censurarlo 
todo. 

Declan que los franceses no llegarían á pisar á Uruapan, 
pueblo ioBigaiñcante para sus planes; que por de pronto su 
objeto era perseguir ¿ Uraga, y que desde antes tenían concer- 
tada la campaña de Jalisco; que por lo tanto eran, por lo me- 
nos, exageradas las determinaciones de Berriozábal. Esa clase 
de políticos, ambiciosos, descontentadizos y pesimistas, fué 
muy perjudicial para la acción del Oobíerno, al que oponían 
toda clase de obstáculos. Por más de un año duró esta plaga, 
qne por fortuna desapareció en los días más aciagos, en que sa 
presencia hubiera producido mayores males. Eran los que más 
blasonaban de patriotismo, los más exigentes y los que menos 
respetaban á los ciudadanos pacíficos. 



Ahora bien, la previsión de Berriozábal quedó justificada. 

Douay llegó á Los Reyes el 28 de Diciembre, dos días des- 
pués que Uraga babia pasado con su ejército por aquella po- 
blación, rumbo á Zapotlán, en donde tomó cuarteles el 2 de 
Euero de 1864. El jefe francés, sabedor de que, procedente 
de Uruapan, había salido un convoy por el camino de Feri- 
ván, destacó sobre este pueblo toda su caballería, la cual se 
apoderó de los útiles para la ñi^diciÓD de piezas de artillería, 
de la maquinaria para acuñar tlacos y de gran cantidad de 
vestuario. Por los prisioneros supo Doaay que la artilleria 



65 

de batalla de los liberales iba en camino para Urnapan; que 
en esta ciudad quedaba otro convoy con municiones de gue- 
rra y el resto de los útiles de la maestranza que de un día á 
otro deberían salir para Apatzingán, y por último^ que había 
un inmenso cargamento de cajones cuyo contenido era im- 
portante. Entre los soldados extranjeros comenzó á correr el 
rumor, que se hizo más y más insistente, de que los cajones 
que se enviaban por el rumbo de Apatzingán contenían ba- 
rras de plata y dinero sellado de Uraga, de fierriozábal y de- 
más jefes superiores del ejército republicano; "prueba de ello, 
decían, los troqueles que se habían apresado en Periván." 
Guando los soldados supieron que el general Douay había re- 
suelto retroceder rumbo á TJruapan, no cabían en sí de con- 
tentos y soñaban en la conquista de "El Dorado." Larguí- 
simo se les hizo el día de descanso que pasaron en los Keyes. 

£1 30 salió la columna francesa, llevando la dirección in- 
dicada. 

El coronel Ronda, con su regimiento " Lanceros de la Li- 
bertad," exploraba los movimientos de Douay. Vio salir á 
los franceses por el camino de TJruapan y dio aviso inmedia- 
tamente á Berriozábal. Por su parte no se alejó de la van- 
guardia del enemigo, llevándola á una vista en la marcha, y 
más de una vez sus chinacos cambiaron tiros con los dragones 
del coronel Margueritte. Los franceses pernoctaron en Pa- 
rangaricutiro; Konda en el llano que está al Oriente de aquel 
pueblo. 



Difícil es describir la confusión que reinó en TJruapan al 
tenerse noticia de la aproximación de los invasores. Nadie 
se explicaba el motivo de aquel movimiento retrógrado. Lo 
natural era que siguiesen á TJraga y no á las pequeñas fuer- 
zas, ya fraccionadas, de la División de Michoacán. Eumores 
vagos afirmaban, empero, que la columna que se acercaba era 
distinta de la que había salido de Zamora: se decía que el ge- 
neral Bazaine se había propuesto invadir á Michoacán con 
numerosas fuerzas, á fin de dejarlo enteramente pacificado. 
Estas y otras noticias, cuyo objeto era introducir el pánico 



entre loa nceBtros, eran propaladas por agentes del imperio 
que, disfrazadoa de arrieroa, ó de vendedores de ajickela, re- 
corriao loa pueblos, Ko faltaron, entre semejantea vendidos, al- 
gunos abogados j comerciantes de Morelia que, pretextando 
negocios en loa lugares ocapadoe por loa liberales, no tenían 
más misión que ir á sembrar la alarma y la desconfianza en- 
tre loa republicanos y promover entre ellos la traición. Por 
fortuna estos malos bijos de México fueron muy pocos, aun- 
que por desgracia contribuyeron á prolongar la guerra y lo- 
graron hacer algunos traidores. Eato que estoy diciendo sn- 
cedió durante toda la campaña, pues que el gobierno imperial 
confiaba mucho en tales medios y no omitía gastar el dinero 
en agentea tan degradados. 

Continuo ya el relato interrumpido. El pánico ae prodqjo 
en TJrnapan. ¿Cómo salvar loa arohivoa públicos, el parque, 
el vestuario, los equipajes? Infinidad de cajones que conte- 
ntan todos eaoB objetos estaban depositados en la plaza mien- 
tras ae hallaban piezas en que acomodarlos. Loa hatajos de 
muías que los hablan trasladado de Morelia, habían ya re- 
gresado en parte, y en parte hacían el camino de Coalcomán 
con el material de guerra, como queda referido: faltabaa ca- 
ballos para las familias de loa emigrados que se veían en la 
necesidad de emprender nueva peregrinación. 

Ni había que pensar en una resistencia; ¿qué podrían eeis- 
ciontos hombrea que á lo sumo había en üruapan, contra una 
División de franceses de más de tres mil soldados! 

El tiempo urgía: el enemigo estaba á ocho leguas de dis- 
tancia; nadie ignoraba que su táctica usual consistía en forzar 
las marchas y caer de sorpresa sobre nuestras tropas. Venían 
de poblaciones afectas al imperio, y de consiguiente contaban 
con guias fíeles y decididos. 

La artillería que Uraga había enviado desde Parangaricn- 
tiro, se hallaba detenida en el llano que se extiende detrás 
dei cerro de Cheranguerán, á dos legaas escasas de Urnapan, 
sobre el camino que traían loa franceses. Berriozábal libró 
orden al jefe que la conducía, qae era el coronel Eufemio 
Amador, para que la destruyese. 

Esto pasaba el día SO. Los equipajes se cargaban en los 



57 

pocoB animales que se habían conseguido: las calles estaban 
obstruidas; señoras y niños caminaban en burros ó iTpie, cos- 
tándoles trabajo pasar por entre aquella aglomeración de ob- 
jetos: muchos de esos infelices viajeros iban llorando, fijo su 
pensamiento en la miseria y en los peligros que los rodeaban. 
¿Qué suerte les depararía el destino? ¡Cuántas maldiciones 
oímos entonces contra el partido in&me é impotente que ha- 
bía ido á mendigar á Europa la funesta intervención! 

Me acuerdo que entre los emigrados había una tribu com- 
puesta de varias familias, parientes entre sí, que habían de- 
jado su hogar en Tlalnepantla, y que, como los antiguos pa- 
triarcados, iban trashumantes por Michoacán, conduciendo 
sus ganados; improvisaban establos en los pueblos de su trán- 
sito, y llevaban sus vacas y sus cabras á pastorear en los al- 
rededores. 

El patriarca de aquella tribu era el honrado, el patriota sin 
mancha, el amoroso padre D. Rafael Trejo, cuyos hijos ma- 
yores, Éspiridión, Justo y Eutimio, militaban en las filas del 
ejército republicano, á las que ingresó el hoy conocido escri- 
tor Joaquín Trejo, un año después de los sucesos que estoy 
narrando en este capítulo, porque entonces estaba aún en la 
infiftneia. 

Por fin, todo aquel caos de tropas, familias, caballos, mu- 
las, burros, vacas y ganado cabrío, logró salir de Uruapan y 

diñarse á Taretan. 

El general Berriozábal permaneció en la plaza con su Es- 
tado Mayor y una pequeña escolta. De tiempo en tiempo sus 
comisionados traían algunas acémilas que se cargaban y que 
salían inmediatamente por el camino indicado. El cargamen- 
to, sin embargo, parecía no disminuir y llenaba aún la pla- 
zuela que hoy se conoce con el nombre de ^^Fray Juan de 

San Miguel." 
El general quería, además, tener las últimas noticias del 

enemigo, noticias que á cortos intervalos le comunicaba el 
coronel Eonda. A eso de las nueve de la noche llegó á es- 
cape el coronel Amador, diciendo que los franceses avanza- 
ban á toda prisa, y se dirigió á dar parte á Berriozábal de ha- 
ber dejado cada una de las piezas de artillería en medio de 
una inmensa hoguera para que quedaran fundidas. 



•tz 



•i 



fe 



68 

Berriozábal, que deseaba tener la certeza del parte que re- 
cibía, enVió al empleado de hacienda Federico Bravo y á Iob 
guardas Feliciano Rodríguez j Rafael Cortés para que viesen 
si la batería estaba totalmente destruida. Los enviados vol- 
vieron manifestando que las piezas permanecían intactas, si 
bien cerca de ellas había algunas fogatas; que no habían visto 
por allí á ninguno de los artilleros, y que habían recogido y 
entregaban al general algunas de las muías de tiro. Berrio- 
zábal oyó indignado el informe, pero en aquellos momentos 
tenía mucho á que atender, y por de pronto, el coronel Ama- 
dor fué olvidado. 

Al principio de la noche la obscuridad era completa, no 
sólo porque era la época del cuarto menguante de la luna, 
sino porque había espesos nubarrones en el cielo. Repentina- 
mente una luz siniestra iluminó los portales de la plaza. La 
vislumbre se difundía á larga distancia. No sé quién dio or- 
den, ó quién sin ella, prendió fuego á los cajones del archivo 
que no habían podido ser llevados. Pronto tomó fuerza el 
incendio, y de tiempo en tiempo tronaban algunos cartuchos 
que habían quedado rezagados, pues por fortuna se envió dé 
toda preferencia el parque. Serían las tres de la mañana, 
cuando una partida de guerrilleros republicanos, procedente 
de la Sierra, atravesó la plaza para dirigir su retirada rumbo 
á Tomendán. A esas horas había aparecido la luna en el ho- 
rizonte. Cuando dicha tropa bajaba por las calles de Santia- 
go, la luz misteriosa del astro de la noche iluminaba aquellos 
soldados que marchaban silenciosos, y cuando llegaron á la 
plaza, las llamas encendieron en su rostro un reflejo que los 
hacía aparecer como figuras imponentes de aspecto feroz. 

Por fin el inmenso material aglomerado en la plaza quedó 
convertido en cenizas que el viento helado de la Sierra arras- 
traba por el pavimento de las calles. 

Berriozábal no se había olvidado de los cañones que esta- 
ban en Cheranguerán. En las primeras horas de la mañana 
del día siguiente comisionó á Sheridan y á otra persona cuyo 
nombre no es fuerza mencionar, para que aprovechando sus 
relaciones en el lugar, llevasen gente y destruyesen las pie- 
zas. En efecto, conseguimos que nos acompañaran algunos 



69 

indios, y nos dirigimos á Cheranguerán. Sheridan empleó 
distintos medios para obtener el objeto, pero todos sin resul- 
tado, porque los grandes cañones estaban muy bien construi- 
dos y ni siquiera habia proyectiles para dejarlos embalados. 
En seguida discurrió cargarlos de pólvora hasta la boca: los 
enterró dejando afuera la culata y se prendió fuego á la me- 
cha. La detonación fué espantosa; se abrieron grandes hoyos 
en la tierra y se levantó densa polvareda; pero los cañones 
quedaron tan buenos como antes, aunque sin cureñas, única 
cosa que se pudo destruir en el acto. Trató en seguida She- 
ridad de que los indios que nos acompañaban lazasen los ca- 
ñones y los fueran arrastrando hasta encontrar una barranca 
en que despeñarlos. 

En esta tarea nos hallábamos, cuando oimos unos disparos 
en el camino de Parangaricutiro: luego se escuchó un fuego 
nutrido y se vio la fuerza de E.onda que se batía en retirada. 
Abandonamos las piezas: los indios corrieron á la desbandada 
á ocultarse entre los pinares; nosotros montamos sin pérdida 
de tiempo, enterramos las espuelas en los ijares de nuestros 
respectivos caballos, y blandiendo el chicote, entonamos aquel 
cantar: "Dime, mi bien, si me has abandonado."^ 

Llegamos á Uruapan y nos apresuramos á poner en cono- 
cimiento de Berriozábal que el enemigo avanzaba sobre la 
ciudad. El general, con más calma, esperó que llegara Ron- 
da, y entonces emprendió la retirada. Los "Lanceros de la 
Libertad " permanecieron el resto de la tarde en la población, 
y al principiar la noche fueron á situarse á Santa Catarina, 
en el extremo del llano, dejando en la ciudad á la guerrilla 
de exploradores con orden de no moverse de allí hasta que 
vieran á los franceses. Estos, entretanto, habían acampado 
en Cheranguerán, donde pernoctaron. Su caballería hizp una 
batida en los ranchos inmediatos y recogió algunos soldados 
que sirvieron para transportar nuestros cañones, único botín 
que les deparó su fortuna, pues que los cajones llenos de pesos 
iban ya lejos en camino de Coalcomán. 



1 Con este verso indicaban modestamente los chÍTiacos el acto de huir. Ig- 
noro de dónde tomaría origen esta manera de indicar el sálvese quien pueda, 

MichoacAn.— 6 



60 

Amaneció el dia 1? de Enero de 1864. A las seis de la ma- 
ñana bajaron por las calles de Santiago y siguieron por las 
de San Francisco, los cazadores de África. En medio del si- 
lencio que reinaba en la ciudad, se oía espantoso el ruido de 
las herraduras de quinientos caballos sobre el empedrado 
de las calles. Aquella masa pasó, rápida como una avalancha, 
y se dirigió al llano: en todo el trayecto fueron tiroteándose 
con los exploradores de Ronda, hasta llegar á la cuesta de 
Taretan en donde estaban situados los " Lanceros de )a Li- 
bertad." Los franceses tenían siempre mucho temor á las 
emboscadas. La experiencia les habia demostrado que en te- 
rreno fragoso ó entre loa árboles de un bosque, los chinacos 
les sacaban la ventaja, porque nuestros caballos son de mejor 
rienda y de más fáciles movimientos que los suyos. El ataque 
de la caballería francesa es imponente y terrible; pero nece- 
sita campo abierto donde funcionar, donde acometer en com- 
pacta formación, donde es practicable la disciplina, ó á falta 
de estas condiciones, donde es posible la sorpresa; pero desde 
el momento en que el ataque se convierte en combates indi- 
viduales, porque asi lo exija la naturaleza del terreno, en 
aquellos instantes en que la victoria depende más del valor 
personal, del dominio absoluto del jinete en los movimientos 
de su caballo, los franceses se quedaban muy atrás de nues- 
tros chinacos, que en tales casos aprovechaban la ocasión de 
darse gustOy como ellos decían. ¿De qué servía entre la espe- 
sura de una selva el empuje de los corpulentos corceles de 
los dragones franceses, ante la ligereza de nuestros pequeños, 
pero vivísimos caballos, cuya riendsi puede moverse con un dedof 
Entonces el chinaco estaba en su elemento, y se conocía có- 
mo era más valiente y audaz que su enemigo. Si le tocaba la 
de malas y caía prisionero, ya sabía que había de ir al cadalso, 
tranquilo, risueño, contemplando las espirales de humo de su 
puro y espaciando su mirada serena sobre los soldados del 
cuadro. Por cierto que no eran así los franceses: apenas se 
veían vencidos, en poder de los chinacos, palidecían como di- 
funtos y se hincaban á pedir perdón: si algunos de ellos eran 
condenados á la pena de muerte, por regla general eran con- 
ducidos en peso hasta el pie del patíbulo. 



61 

He conclaido esta nueva digresión, que también juzgo nece- 
saria, porque determina otro de los caracteres de aquella gue- 
rra, y en el caso Me la presente narración, explica por qué los 
cazadores de África, en vez de atacar á Ronda, volvieron aí 
trote hacia Uruapan, en tanto que los Lanceros encumbraron 
lentamente la boscosa cuesta de Taretan para ir á recibir ór- 
denes de Berriozábal. 

Mientras esto pasaba en el llano, los vecinos de Uruapan 
escuchaban el redoble de los tambores y el resonar de los cla- 
rines, ejecutando toques extraños, pero sonoros y marciales. 
No habia curiosos en las calles, que si los hubiera habido, ha- 
brian presenciado aquella marcha solemne con que camina- 
ban los soldados franceses, el continente altivo de éstos, su 
paso de vencedores, como que aún estamos dentro de los cua- 
renta siglos que los contemplan desdé lo alto de las pirámi- 
des de Egipto. ¡La verdad es que se necesitaba mucha fe, 
macho patriotismo de los liberales mexicanos, para combatir 
á aquel coloso, que con más orgullo que el de Rodas, queria 
poner una de sus plantas en América, ya que ha puesto la 
otra en Europa, en África y en Asia! ¡Un pie en el nuevo 
mundo y otro en el antiguo! 

Si los soldados del general Douay tuvieron el desengaño 
de no hallar espectadores en Uruapan, en cambio ellos no se 
cansaban de admirar el espléndido paisaje que se desarrollaba 
á su vista, tantos ríos y fuentes cristalinas, tantas frutas que 
incitaban el paladar, tan amplios horizontes, en suma, tantas 
y tan variadas galas que adornan el traje exuberante del tró- 
pico, envuelto en un ambiente siempre tibio, siempre perfu- 
mado. Por esto el coronel Margueritte escribía desde Urua- 
pan á un amigo suyo, residente en Francia: " Estamos á diez 
y seis leguas de Pátzcuaro: la vegetación es espléndida y se 
encuentran frutos variados, naranjas, plátanos, etc. Se pier- 
den de vista horizontes montañosos, de los que surge allá 
abajo el volcán de Colima. ¡Este país es hermoso y fértil!" 

La ciudad de Uruapan está dividida en ocho barrios (cuar- 
teles), que forman un octágono irregular, y en cada uno de 
los vértices hay una capilla, cuyo santo patrono da nombre al 
barrio. Pues bien, apenas llegada la columna de Douay á la 



pliizft principal, se desprendieron ocho partidas de tropa que 
fueron á sitoarse en grandes guardias en aquellos pequeños 
templos. Cou tautas precauciones andaban «los invasorcB en 
Michoacán. 

Esta precaución no estaba por demás, porque en aquel dia 
solemnizaban los franceses el dia primero del año, fiesta en 
(|ui3 se entregan á la alegria más estrepitosa. Farecian estar 
acometidos de locura; tales eran sus gritos, su entusiasmo, bu 
Lonible borrachera. TJna pequeña fuerza de chinacos habria 
bastado para exterminar aquella borda de salvajes. Y por 
esto era prudente la situación de las grandes guardias que 
cuidaban á todo un ejército ebrio. ¡Imagínense loa lectores 
k>s excesos á que estuvo expuesta ese dia la población! Las 
familias se encerraron en el fondo de sus habitaciones. En 
las callee no aparecía un solo vecino. ¡La soldadesca imperaba 
CD plena orgia! 

Los jefes y oficiales alojados en las casas, exigían que se 
les tratase como á principes, y sus asistentes se ponían furio- 
soB porque no se les entendían las pocas y mal pronunciadas 
palabras que Babiau del español. 

Jíu medio de aquella algazara se publicó un bando con to- 
ques de clariii y de tambores: era una disposición del general 
en jefe que prevenía que cuantos tuviesen maíz y paja los 
presentasen á la Intendencia, so pena de perderlos en caso de 
ocultación. El maiz valia entonces en la plaza tros pesos la 
fanega y veinticinco centavos la arroba do paja, Al día si- 
guiente, sin esperar nuevas manifestaciones, hicieron una re- 
quisición espantosa, apoderándose de las existencias que ha- 
llaban, sin atender á las disculpas de los dueños que alegaban 
que, no habiéndose señalado término, debía concederse si- 
quiera el de veinticuatro horas, contadas desde la de la pu- 
blicación del bando. Todo era iuútil ante la cruel inflexibili- 
dad de aquellos hombres. 

En loa tres días que permanecieron los franceses, no se oía en 
ninguna casa el palmoteo alegre que indica que se están echando 
tortillas; y para colmar la medida, la Intendencia mandó po- 
ner guardias en las panaderías para monopolizar el pan. To- 
do lo pagaba, es verdad; la honradez quedaba satisíecha coii 



68 

señalar la tercera parte del precio y entregarla religiosamen- 
te; y respecto de los que fueron despojados de todo, ellos se 
tuvieron la culpa, por no haberse apresurado á obedecer las be- 
nignas disposiciones del bando. Quiten ustedes, queridos lec- 
tores, lo del alojamiento gratis, la comida gratis, los servicios 
personales gratis, el maiz, el pan, el forraje, los fletes, á una 
tercera parte del precio, y se convencerán de que los franceses 
no cometian extorsión oficial ninguna. ¡Qué distintos los Za- 
ragozas! éstos todo lo pagaban con recibos, lo cual era un ro- 
bo, supuesto que como ni entonces ni nunca habían de ganar, 
¿qué les importaba no regatear precios? Por otra parte, los 
franceses defendían una causa justa, mientras que los china- 
cos peleaban de puro tontos, ¡por una falsa sombra llamada 
independencia! 

También creerán los lectores que al irse los franceses la po- 
blación se quedaría, por de pronto, sin un grano de maíz; 
pues se equivocan, porque aquellos señores fueron muy ge- 
nerosos: á última hora vendieron las grandes cantidades que 
les sobraron, obligando á los vecinos á que se las comprasen 
¿ su justo y legítimo precio, ¡á tres pesos la fanega! 

Entretanto, en las calles seguía la danza: la soldadesca es- 
taba en plena beodez: los que más se distinguían eran los 
zuavos y una horda de argelinos, tan estúpidos como tan ra- 
paces: nada respetaban, el saqueo era para ellos la cosa más 
natural del mundo; en las tiendas pedían cuanto se les anto- 
jaba, sobre todo no dejaron gota de la agua de la vida (eau de 
vie), como los franceses llaman al aguardiente. ¡Desgraciado 
el tendero que les hacia alguna reclamación! en el acto lo 
amenazaban con denunciarlo! ¡Vu ser Zarragoza! ¡Vu ser la- 
rrón! ¡Sacrrr non de Dieu! ¡No había quien chistara! 

Uno de los comerciantes, D. Melchor Calderón, tuvo la 
desgracia de que en su tienda sufriera un ataque de indiges- 
tión complicado de delirium tremens, uno de los más apues- 
tos zuavos.^ Los demás comenzaron á gritar que su compa- 
ñero había sido envenenado por aquel " miserrable Zarragoza.'^ 

1 Manuel Ocaranzai el afamado pintor, que entonces Be hallaba en Uraa- 
pan, hizo en un pequeño boceto el retrato de aquel zuavo. To poseo el cua- 
dríto, del que es una copia el grabado que ya en este libro. 






Ya tomaba cartas en el asanto la corte marcial, cuando el 
zuavo recobró el conocimiento y declaró que habia comido 
ehirimoyae j chicharrmes, todo junto, y que por más que ha- 
bia tomado de Veau de vie, no habia podido aliviarse. 

Temerosos de otro caso como éate, los comerciantes cerra- 
ron sus tiendas, pero se les amenazó por la Intendeucia que 
bí no abrian, se les ocharían abajo las puertas para que los 
soldados Be proveyesen de lo que neceaitaban. 

Y no quedaron en CBto las esceuaB de rapiña y devastación. 
La soldadesca invadió las casas: no hubo gallinaB, pollos, hue- 
vos, cerdos, gatos y hasta marranas paridas "con todo y sus 
kijitos" que no se comieran aquellos hombres que se mostra- 
ban hambrientos, con estómagos insaciables. 

Este pillaje duró tres días: desde el 2 comenzó á lloviznar, 
íl caasa de uno de esos temporales frecuentes en Urnapan, en 
que las nubes se extienden en el cielo cubriéndolo como con 
un velo gris que produce tristeza la de aquellas setenta y dos 
horas, faé infinita para las familias de la ciudad que sufrían 
los ultrajes de los vencedores del mundo. 

Algunas infelices indias de los barrios, confiadas en que 
podrían vender su frnta, se mezclaban entre los grupos de 
franceses. Entonces las escenas fueron de otra especie, bru- 
tales, violentas, asquerosas. Se despertó en los franceses la 
lascivia, y me basta referir un episodio para que se compren* 
da hasta qué punto llegó este otro género de ferocidad. Ilabfa 
tm Uruapan una hetaira llamada Anselma, y por sobrenombre 
" la puro apagado." Un grupo de zuavos fué á dar á la casa 
de la desgraciadísima mujer: cuando tocó su turno al últi- 
mo de los amaÜBOS, ¡sus caricias se prodigaron ya en el cadá- 
ver de la pobre Anselma! 

Aquellos hombres no tenían brizna de vergüenza. Las ne- 
cesidades que la gente procura satisfacer á solas y en lugares 
ocultos, ellos las ejecutaban al aire libre, en las plazas y en 
las calles, delante de todo el mundo. El pavimento quedó in- 
transible y el ambiente ya no olla á azahar de naranjos 

Concluiremos. Había en Uruapan, mejor diré, en el cerca- 
no pueblecito de Jicalan, un loco famoso, porque eu tema era 
decir claridades á las personas de respeto, y entre las perso- 




vo._i865. 

1 atad o por Manuel Oco 



66 

sas de respeto de aquella ciudad habia un sacerdote llamado 
D. Bruno Qutiérrez. Pues bien, cuando el dia 4 los france- 
ses emprendieron su marcha á Zamora, atravesando la mag- 
nifica Sierra de Paracho, y llevándose nuestra artillería, la 
gente de Uruapan salió de sus casas á contemplar los estra- 
gos. El loco de Ji calan, tapándose las narices, se encaró á 
aquel eclesiástico y le dijo: 

— Padre D. Bruno, ¡mire la intervención que nos han traí- 
do loB franceses! 






CAPITULO VIII. 

(1864) 

El Orienlo de Michoacán.— Maravatlo y ZíIÍcuíto.— Beseña histórica de am- 
bu poblaciones,— Kiva Palacio.— Patriotiímo de Iob zi tac uarenses.— Plé- 
yade de hiroes. — Los indioE. — Primera invaíióB de loa fraocesea. — Gran 
feria. — La virgen de Zítácuero, ¡chinacal 

HemoB visto que las operacioues de la campaña de Michoa- 
cán Be verificaban eu el centro y Poniente del Estado. En el 
Sur j en el Xorte Ee disfrutaba de una tranquilidad relativa; 
pero en el Oriente fermentaba el espíritu de la guerra. Dos 
poblaciones de aquel rumbo ee aprestaban á la lucha: Mara- 
vatio j Zitácuaro. La primera ñüada siempre eu el bando 
del absolutismo; la segunda distinguiéndose por bu amor á la 
libertad. 

Poco tengo que decir de Maravatío, Es una población muy 
antigua, habiendo debido su importancia en otra época áaer 
lugar de tránsito entre México y Morelia. En 1855 el Qo- 
bierno del general Santa-Anna le concedió el título de villa, 
por laa opiniones políticas de sus habitantes, si bien lo mere- 
cía por su aspecto simpático; por ser el centro de una rica 
comarca, productora de cereales; por el panorama risneño de 
aquel inmenso valle, regado por el caudaloso río Lerma; por 
la cultura de su vecindario y por la proverbial generosidad 
de ¡nx gente. Al de Maravatio Cíttán unidos los nombres de 
Ocampo y de Echaiz, distinguidos patricios del liberalismo. 

En cuanto A Zitácuaro, paladión de los insurgentes, de los 
soldados de Ayutla, de los de la Reforma y de los patriotas 
■en la segunda guerra de la independencia, merece la extensa 



67 

mención comenzada en el capítulo primero de este libro y 
que continúa en el presente. 

Lejarza, que escribió su estadística de Michoacán en 1822, 
da ya el título de villa á Zitácuaro, sin decir cuándo lo obtu- 
vo. El padre Villaseñor, en su Teatro AmeiHcano, lo llama 
pueblo. Tengo entendido que, á consecuencia de los impor- 
tantes servicios de sus habitantes en la guerra de insurrec- 
ción, la Junta de Zitácuaro le concedió aquella preeminencia 
durante la época citada. 

La ley de 17 de Noviembre de 1868 dio á la Villa de San 
Juan Zitácuaro el titulo de " Ciudad de la l7idepende:íiciay^^ " por 
haber sido un firme sostén de la causa de la libertad, desde 
la gloriosa lucha de México por su emancipación de la anti- 
gua España," y la ley de 20 de Abril de 1868 mandó " que se 
le llamase Heroicay declarando que sus vecinos han merecido 
bien del Estado por sus distinguidos servicios en la última 
guerra de independencia." 

La misma ley decretó "que se erija en la plaza principal 
de Zitácuaro un monumento á la independencia, con cargo á 
los fondos del Estado, y que de la misma manera se constru- 
yan cuatro túmulos consagrados á la memoria de Crescencio 
Morales, Nicolás Romero, Francisco Serrato y Donaciano 
Ojeda, muertos en defensa de la Patria." Hasta hoy ha que- 
dado en olvido la ejecución de esta parte del decreto. 

El Presidente Juárez, siempre justo apreciador del patrio- 
tismo, expresó respecto de Zitácuaro los honrosos sentimien- 
tos que constan en la siguiente carta: 

"Durango, Enero 2 de 1867. — Sr. Jefe político de Zitácua- 
ro D. Carlos Mexia. — Mi estimado señor: — Aprovecho el re- 
greso de vd. para el Estado de Michoacán, para suplicarle 
haga presente á los buenos patriotas de Zitácuaro mi más 
profunda gratitud por la conducta digna y honrosa que han 
observado, y por los grandes sacrificios que han hecho en de- 
fensa de la independencia y libertad de nuestra patria. El 
Gobierno, á pesar de la distancia á que se ha hallado, y de la 
incomunicación en que ha estado con los pueblos del inte- 
rior, está al tanto y admira los heroicos sacrificios que han 
hecho los buenos hijos de Zitácuaro en favor de la causa na- 



cionnl. La patria no olvidará esos sacrificioB, j el Gobierno 
procurará recompen Barios oportunamente, caando eus aflieü- 
vas oirounstaDcias se lo permitan, y de la manera que le sea 
posible. Entretanto, sírvase vd. felicitarlos á mi nombre por 
el triunfo que ya está muy cercano de la santa cíiusa de la 
patria, y ordene lo que guste á su amigo afectísimo — Benito 
Juárez. ' 

Este es el aspecto moral de Zitácuaro; su alma llena de pa- 
triotismo: veamos ahora su topogratía. 

La situación de la ciudad es en una hondonada entre dos 
inmciiHaa montañas, el Cacique y el Pelón, y un cerro llamado 
" CíiniLmbaro." Casi dentro de la población está la pequeña 
eoliiKi "El Calvario." En sua alrededores se hallan los pun- 
tos dul Hoyo de la Arena y de Guadalupe, y en esta direc- 
ción, pero más lejos, el de Tierra Quemada. Tres caminos 
desembocan en la ciudad; el de los Malacatepeques y Tierra 
Quemada, por Guapalupe; el de Tuxpan y Maravatio, á que 
se unen el de Trojes y Angangueo, penetrando por el Hoyo 
de lii Arena, y el tercero que conduce á Laureles, Tuzantla, 
Caráuuaro y Huetamo, y pasa por entre el Cacique y Camém- 
baro, dejando á la derecha el histórico monte de Cóporo. 
Esta situación es desventajosa para Zitácuaro, porque la ciu- 
dad ¡luede ser batida con éxito por diversas partes. Es el mo- 
tivo por el cual el general Riva Palacio nunca esperó al ene- 
migo dentro de la población; lo dejaba penetrar á ella y en 
seguida se apercibía á atacarlo. 

Y puesto que he mentado el nombre del caudillo que tuvo 
Zitácuaro en ' la segunda guerra de independencia, voy á de- 
cir cómo era y cómo andaba en aquella época. 

Conocí al general ya entrada la campaña, rodeado de sus 
insepambles y viejos ayudantes el coronel Alzati y Jesús Ver- 
duzco, y á su servicio un mozo que se llamaba Abraham. 
Riva Palacio, como todos los dueños de ñucas de labor en 
México, monta bien & caballo y sabe manejar el corcel: ves- 
tía un traje que le era peculiar; sombrero fieltro de ala an- 
cha, levantada hacia el lado derecho é inclinada hacia el iz- 
quierdo: dormán de paño azul con alamares, pantalón ancho 
y bota fuerte de charol. Cuando iba á pie UBaba á veces ana 




69 

capa de paño aplomada de las que entonces llamábamos Za- 
ragozas. Es de estatura regular, de vivos movimientos, mo- 
reno, y quebrado el escaso pelo que circunda una calvicie 
prematura. Detrás de los espejuelos chispean de inteligencia 
los ojos. En aquello^ días el general era muy joven, pues ra- 
yaba en los treinta años. 

Me era ya conocido de nombre por su fama de literato y 
por sus antecedentes de patriota, pues nadie ignoraba que al 
principio de la guerra había levantado á sus expensas una 
fuerza de caballería para incorporarse al Ejército de Oriente 
á las órdenes del general D. Ignacio Zaragoza. En el sitio de 
Puebla, en donde figuraba como jefe del Estado Mayor del 
general González Ortega, recibió orden de salir de la ciudad 
para conferenciar con Comonfort y pasar en seguida á Méxi- 
co á desempeñar una comisión cerca del Presidente D. Be- 
nito Juárez. Riva Palacio pudo abandonar la ciudad cuando 
rompió el sitio la división de caballería al mando de D. To- 
más O'Horán; cumplió satisfactoriamente la misión recibida, 
y no siéndole posible penetrar de nuevo á la ciudad, se puso á 
las órdenes de Comonfort, y en consecuencia asistió á la ba- 
talla de San Lorenzo, en que fué derrotado el "Ejército del 
Centro," primero de esta denominación. 

Acompañó al Gobierno nacional cuando en Mayo de 1863 
se trasladó á San Luis Potosí, y allí quiso el Sr. Juárez que se 
encargara de la dirección del Diario Oficial, pero Riva Pala- 
cio suplicó que se le mandase mejor á servir en el ejército. 
Entonces el Sr. Lerdo de Tejada le ofreció el ascenso á ge- 
neral de brigada, que tampoco quiso aceptar. El 24 de Sep- 
tiembre fué nombrado Gobernador y Comandante Militar 
del 1" Distrito del Estado de México, cuya capital era Tolu- 
ca. Toda esta demarcación estaba ya en poder del imperio, 
y en consecuencia era un campo para la lucha deseada. 

Riva Palacio abandonó inmediatamente á San Luis Potosí, 
no sin haber recibido antes su paga de marcha — ¡veinticinco 
pesos! — para él y sus compañeros Antqnio Andrade é Hipó- 
lito Ortiz. Llegó á Morelia en los primeros días de Octubre, 
habló con el Gobernador D. José López Uraga, y marchó en 
seguida á Zitácuaro, en donde el Jefe político, general Jesús 



Díaz de Leóo, no le prestó auxilios de ningún género. Sin 
embargo, el coronel Eiva Palacio, recogiendo alli ocho hom- 
bres que pertenecían á las fuerzas de Toluca y cuyo jefe era 
Agapito Contreras, coDtÍDUú su marcha, y poniéndose á la 
cabeza de la caballería del 1" Distrito que mandaba Peña y 
Barragán, penetró al centro del Estado de México, pero fué 
sorprendido en Polotitlán por la vanguardia del ejército fran- 
cés y de la división Mejia que emprendían ya la campaña del 
interior. Los liberales fueron derrotados, y Eiva Palacio, re- 
tirándose por el Real del Oro, regresó á Zitácuaro. Esta fué 
la primera de la serie de expediciones que el Gobernador del 
1" Distrito enviaba ó conducía personalmente desde Zitácua- 
ro á loa alrededores de Toluca, siendo la Ciudad de la Inde- 
peitilaicia el foco de aquel fuego que debía durar más de trea 
años. De estas expediciones no hablaré sino rara vez, cuando 
BU importancia lo demande, porque, hechas fuera de Michoa- 
cán, son extrañas á su historia. 

Al principio, los vecinos de Zitácuaro no veían con buenos 
ojos que fueran á proveerse allí de recursos fuerzas que no 
eran de Michoacán y cayos servicios no redundariaii en pro 
de aquella entidad federativa. En obsequio de la j usticia hay 
que decir que no fueron hostiles al personal del Gobierno y 
tropa del 1*' Distrito, puesto que veían en ellos patriotas que, 
como los de Zitácuaro, defendían la causa nacional. Después 
desaparecieron estas rivalidades de provincialismo, se fundie- 
ron en UQ solo pensamiento las tropas, en el de luchar sin 
descanso, y Kiva Palacio se convirtió en nn candillo popular, 
querido y respetado por unos y otros. En aquella ciudad, en 
donde todos los hombres son soldados, y en donde basta las 
mujeres alientan el espíritu de libertad, halló colaboradores 
incansiibles para la lucha. En las casas de Zitácuaro ac cons- 
truía el parque, se fabricaba la pólvora, se fundían las balas 
y se construían los cartuchos. Me acuerdo que Riva Palacio y 
Beriial cortaban las piezas para el uniforme de los soldados, 
y que las patriotas señoritas de Zitácuaro las cosían hasta de- 
jar terminados los vestidos. Cuando aparecía el enemigo, los 
jóvenes que no ingresaban á las ñlas, servían de explorado- 
res; la gente del pueblo, de correos; las mujeres, de vivande- 
ras. Zitácuaro era un constante campamento. 



71 

Entonces fué cuando Riva Palacio formó aquel núcleo de 
jefes distinguidos por su valor, por su constancia, por su ab- 
negación, por su fe en el triunfo de la patria. Nicolás Romero, 
Crescencio Morales, Luis Robredo, Félix Bernal, Francisco 
Serrato, Donaciano Ojeda, Luis Carrillo, Valencia, muertos 
unos en el cadalso y los demás en el combate, y León, Cas- 
tillo, Granda, Acevedo, los Alzatis, Germán y Lorenzo Con- 
treras, los Coutos, Manuel Alas (hijo), Lalanne, Romo, Pe- 
dro García, Borda, Limón, Marroquí y tantos otros. En el 
círculo de amigos patriotas que lo rodearon en Zitácuaro, 
ayudándolo con sus trabajos en la política, estaban el Dr. José 
María Manzo Ceballos, los Lies. Manuel Alas, Manuel Saa- 
vedra, Luis Couto, Urbano Lechuga y Felipe Méndez, y los 
Sres. José María Mateos y sus hijos José y el Lie. Manuel 
Mateos Alarcón. Como empleado de Hacienda, para cobrar 
las contribuciones en el 1" Distrito, contaba Riva Palacio con 
D. J. Zeferino Gómez Gallardo. 

Consigno todos estos nombres, como un justo recuerdo al 
patriotismo de aquellos ciudadanos: muchos quedan en el ol- 
vido, porque mi memoria no alcanzó á conservarlos todos, y 
porque no se me han podido ministrar cuantos informes he 
solicitado. 

Al lado del general andaba también un personaje grotesco, 
pero patriota y fiel, conocido con el apodo de Tanta Lancha, 
del que me ocuparé en alguna ocasión que sea oportuna. 

No trato aquí de hacer la biografía de Riva Palacio, sino 
de trazar alguno de los rasgos de su vida que se relacionan 
con la campaña. Solamente diré que cuando se lanzó á la 
guerra estaba recién recibido de abogado y apenas acababa 
de formar su hogar con aquella noble matrona de alma de 
ángel, Josefina Bros, dulce, modesta, inteligente y lleno el 
corazón de caridad. 

Riva Palacio encarnó por aquel tiempo el espíritu de la li- 
bertad en Michoacán. Sin desatender las oportunidades de 
hacer la guerra en el 1" Distrito, el teatro de su constante 
lucha fué el territorio de aquel Estado, con él identificó su 
nombre y para él fueron la mayor parte de sus importantes 
servicios, como se verá en el curso de estos apuntes. 



Justo tributo de reconocimiento hacia el general Biva Pa- 
lacio fueron lofl decretoa de ló de Febrero y 21 de Abiil de 
1868, expedidos por la Legislatura de Michoacán, que lo de- 
clararon ciudadano michoacano y benemérito del Estado. 

Y puesto que ya conocen los lectores la topografía de Zí- 
tácuaro, eus hombres, sus elementos de guerra y el caudillo 
que volvió á hacer de aquella ciudad un baluarte de libertad, 
como la lucieron los Rayones, Benedicto López y D. Nicolás 
Bravo en loa tiempos de la insurrección, digamos ahora algo 
más especial respecto de loa vecinos. Bividianse éstos en las 
dos castas en que generalmente están clasificados los habitan- 
tes de la República, indios de raza ^ura y genle de razón, com- 
prendiéndose en ésta los descendientes de españoles y los 
mestizoíi. Los indios son, por lo común, indiferentes á las 
cuestiones políticas y guardan completo egoismo é indolen- 
cia para con los beligerantes;^ y sin embargo, ios que ingre- 
san al ejército son soldados sufridos, valientes, sobrios, dóci- 
les á la disciplina é incansables en las marchas. Acostumbra- 
dos desde la niñez á llevar en la espalda los frutos que van á 
vender á las grandes poblaciones, el fusil y la cartuchera son 
para ellua una carga ligera. Ya sea por su completa ignoran- 
cia ó por su falta de ilusiones ó de ambición, ningún apego 
tienen á la vida, y mueren con admirable estoicismo, lo mis- 
mo en su cama que en el combate ó en el cadalso. 

La conducta egoísta é indiferente tiene su excepción ea el 
sentimiento religioso, que en ellos no es más que una verda- 
dera idolatría: as! pueden oír las más horribles blasfemias, ó 
presenciar el más impío sacrilegio contra los dogmas abstrac- 
tos de! oL'istianismo, que ellos no se escandalizarán; pero si se 
cometo i iialquier desacato contra las imágenes de los santos ó 
contra (.luilquier signo exterior del culto, pondrán el grito en 
el cielo y se levantarán en masa. Tienen sus santos favoritos, 
que son de ordinario los más deformes, y en consecuencia 
los que ellos creen más milagrosos; y si además la leyenda re- 

1 Tlt¡\ . ■ [lípciones honrosas, j más de una tbz citaremos algunos pueblos 

do inilii.' .jLie se hun distinguido por su amor alas inslitucionee librea. Los 

indios, lli-, ...liia por el cebo del interés, airven bien como correos y como es- 
pi'as: Biiri iL-íutos, incansables en el camino, y tan ligeros, que Hacen jornsda» 
quo no pí>dria hacer ud jinete. 



^ 



78 

fiere que son aparecidos, no hay necesidad de decir entonces 
que el culto que los indios les tributan llega al paroxismo. 
Los de Zitácuaro tienen el orgullo de poseer una portentosa 
imagen de la Virgen, cuya historia, en compendio, dice que 
fué traída de España por el encomendero Juan Velázquez de 
Salazar, para el uso particular de su casa; pero que al pasar 
la muía que la conducía, frente á la iglesia de Zitácuaro, se 
entró en el atrio y se fué derecho á la puerta del templo, y 
que por más palos que le dieron no fué posible apartarla de 
aquel lugar, siendo patente la voluntad de la Señora de que- 
darse en aquella que desde entonces fué su casa. " Y asi des- 
cargándola de la muía, el entendido animal se hincó de ro- 
dillas á adorarla, con lo cual quedó manifiesto el milagro.'' 
Que la virgen no quiso ni quiere salir nunca de Zitácuaro, lo 
demuestra otro milagro, el cual consiste en " que algunos años 
después de lo acaecido, un fraile franciscano, de nombre Fran- 
cisco 'de Castro, propúsose llevar consigo la veneranda ima- 
gen, tomóle medida y le mandó hacer un cajón, y al colocarla 
en él, sobresalía la imagen tres dedos; rectificada la medida 
una y más veces, siempre sobraban los tres dedos, y aunque 
forcejearon para que cupiera, jamás lo consiguieron, por lo 
que acabó de confirmarse que la Madre de Dios no quería sa- 
lir de Zitácuaro." 

Justo es reconocer que los indios de Zitácuaro, ó llevados 
de alguna idea algo patriótica, ó más instruidos que sus her- 
manos de raza en otros pueblos, ó lo que es más probable, 
aleccionados por el ejemplo de civismo y por los principios 
liberales que habían visto ú oído proclamar sin interrupción, 
desde la primera guerra de independencia, eran más toleran- 
tes en puntos de religión y menos egoístas en política. En- 
tiéndese esto, empero, de una manera relativa, y más si se 
tiene en cuenta la época. Acababa la nación de abolir el.culto 
externo, y la supresión de las procesiones fué un golpe mor- 
tal para los indios de toda la República que no vieron en la 
Reforma más que esa sola herejía. Dispuestos estaban, en con- 
secuencia, á adherirse á cualquier partido que les permitiese 
sacar \z& procesiones acostumbradas. Cuando se comenzó á ha- 
blar de que la Francia mandaba sus ejércitos para restablecer 



74 

la religión católica en toda su pureza, los obispos encargaron 
á los curas que hiciesen comprender á los indios que el im- 
perio tenía esa grande y sublime misión. ¿Qué extraño es, 
pues, que los indios considerasen á Maximiliano y á los fran- 
ceses como á los restauradores de las procesiones? Ya hemos 
visto y seguiremos viéndolo, ¡que el más amargo desengaño 
derramó su acíbar en los cálices de los altares! El pueblo, por 
su parte, observó que los soldados extranjeros eran más im- 
píos que los puros de acá, y poco á poco, andando el tiempo, 
se fueron aumentando los partidarios de los liberales. 

Al iniciarse, pues, en Michoacán la guerra de intervención, 
los indios se manifestaban adictos al imperio. En cuanto á los 
demás vecinos, en su mayor parte profesaban los principios 
de la democracia, y si no faltaban algunos que opinasen de 
distinto modo, ya por parentesco, por amistad ó por espíritu 
de provincialismo, hubo una perfecta cohesión en todos, y to- 
dos prestaron sus servicios á la causa nacional. 

Las observaciones anteriores caben muy bien en el carác- 
ter que he tratado de imprimir á este libro; mas dejándolas á 
un lado, por ahora, tiempo es ya de volver á la narración. 

Dije que Uraga había nombrado Prefecto y Comandante 
Militar de Zitácuaro al general Jesús Díaz de León. Tanto 
por el origen del nombramiento, como porque no eran bien 
vistos allí los forasteros, y, en gran parte, porque aquel jefe 
no supo conducirse bien en el Departamento, pronto se vio 
rodeado de enemigos, y lejos de procurar calmar los ánimos, 
los exaltó, persiguiendo á algunos de los vecinos, é imponien- 
do préstamos y haciendo leva entre los artesanos y peones del 
campo. Un día de Enero del año á que vengo refiriéndome, 
los valientes de Zitácuaro se levantaron y se echaron sobre la 
fuerza de Díaz de León, jefe que pudo salvarse huyendo á 
pie y ocultándose, gracias á los cuidados de Sofía Calderón, 
hija natural del poeta zacatecano Fernando Calderón. El ge- 
neral Riva Palacio, que había salido á expedicionar, no se 
hallaba aquel día en Zitácuaro; pero informado de los acon- 
tecimientos, regresó en el acto por Tierra Quemada, pudo 
averiguar el paradero de Díaz de León, y comisionó á Darío 
Alzati para que le llevase recursos y lo pusiera en camino se- 
guro que lo condujese al Cuartel General. 



75 

Pocos dias después el general Berriozábal nombró Prefecto 
y Comandante Militar de Zitácuaro á D. Crescencio Morales^ 
ano de los hacendados del lugar. Desde luego comenzó éste á 
organizar la guardia nacional, que en breve tiempo contó con 
cerca de cien infantes y una pequeña fuerza de caballeria. 
La del general Riva Palacio estaba formada de dos compa* 
nias de infantería, al mando de Luis Carrillo, y de treinta 
mosqueteros á caballo á las órdenes d^ José Acevedo. 

Con estos elementos se aprestó Zitácuaro para la campaña 
á que lo provocaba el Imperio. Las tropas de éste ocupaban 
las poblaciones inmediatas de Taximaroa, Maravatio, Angan- 
gneo, Tlalpujahua, Lctlahuaca, San José y la Asunción Ma- 
lacatepec, la villa del Valle, Santo Tomás y Tejupilco, ence* 
rrando en un circulo de hierro á Zitácuaro. 

En la tarde del dia 27 de Marzo avisaron de Tuxpan que 
el coronel Clinchant con el primer Regimiento de zuavos y 
una fuerza de caballeria de los traidores acababa de ocupar 
aquel pueblo. La noticia se difundió en el acto por toda la 
población. Riva Palacio y Morales, que en vano habían solici- 
tado el auxilio de Elizondo para batir al enemigo, dispusieron 
la retirada, situándose el primero en las faldas del Cacique y 
el segundo en la extensa y elevada colina de Camémbaro: las 
fiímilias huyeron en todas direcciones, alojándose en los alre- 
dedores de la ciudad. A las doce de la noche las casas esta- 
ban abandonadas y sólo había algunos comerciantes cuidan- 
do BUS tiendas, por la imposibilidad de trasladar sus efectos 
en tan pocas horais. Los indios permanecieron en la ciudad, 
encerrándose, sin embargo, en el interior de sus casas. 

El dia 28, á las once de la mañana, entraron los franceses, 
tambor batiente y bandera desplegada, en las desiertas calles 
de Zitácuaro. Se formaron en la plaza y destacaron grandes 
guardias á las orillas de la población, al mismo tiempo que 
fuertes escoltas, con exageradas precauciones, recorrían las 
calles. Largo rato permanecieron los zuavos, arma en brazo, 
hasta que, convencidos de que no había enemigo, colocaron 
sus fusiles en pabellón y se lanzaron sobre las tiendas y las 
casas, saqueándolo todo, con el furor de la rapiña, destru- 
yendo lo que no pudieron llevarse y convirtiendo en leña loe 

Michoacán.— 7 



r 



76 

muebles y en cenizas los yestídos de las mujeres. Era aquello 
el cuadro refinado del más ruin, inútil j completo latroci- 
nio. Duró la tarea infame hasta las primeras horas de la 
tarde. 

Los zuavos vieron estupefactos que al rededor de la ciudad 
se extendía una inmensa corona de humo que atribuyeron á 
otras tantas fogatas de los republicanos, y que no eran más 
que las lumbradas quQ hacían las familias para calentar su 
eomida, que por mera casualidad aparecían al mismo tiem- 
po. Pocos minutos después se oían disparos en las calles. 

Los franceses creyeron que el mundo se les venia enci- 
ma, cuando sólo eran tres chinacos, Jaime, Navarrete y Mar- 
eos Alzati, que se divertían haciendo santiaguitos &, los zua- 
vos. Cundió el pánico entre los primeros soldados del mundo: 
el clarín no cesaba de tocar llamada de tropa. Reconcentróse 
ésta en la plaza, á donde las fuertes guardias, las demás es- 
coltas y los soldados, condujeron el botín, y con él gran can- 
tidad de ganado vacuno cogido en las afueras. A las tres de 
la tarde, aquellos merodeadores salieron de Zitácuaro por el 
mismo camino de Tuxpan, yendo á situarse en el punto llama- 
do ''Loma larga,'' en donde establecieron una animada /«na. - 
no de otra suerte debe llamarse el acto de rescate á. que acu- 
dieron allí los que deseaban recobrar algo de sus bienes; y la 
feria estuvo tan buena, que se vendía á dos pesos una vaca 
parida, á peso un buey, á dos reales un cerdo, y así lo demás. 
Duró hasta las seis de la mañana del día 29, en que los fran- 
«eeses levantaron el campo y se alejaron de Zitácuaro. 

Entretanto, en la ciudad se notaba honda agitación en- 
tre los indios. Muchos de ellos habían sido aprehendidos 
de orden del coronel Clinchant, y estaban con centinelas de 
vista en la "Loma larga." Acudió á aquel lugar una comi- 
sión de la comunidad de indígenas á informarse de la suer» 
te de los prisioneros y á procurar su libertad: allí supieron que 
se les había aprehendido por espías y que iban á ser fusilados. 
Tanto rogaron los comisionados, implorando por la vida de 
aquellos inocentes, que Clichant se ablandó y ofreció que los 
perdonariaj siempre que alguno de los presos se compróme- 
tiese á llevar una comunicación para el general Marques, que 



77 

se hallaba en Maravatio en camino para Zitácaaro: loa demáa 
detenidos quedarian como rehenes. Hablaron unos con otros . 
los indios en sn idioma, que es el mazaguay y uno de los pri- 
sioneros se ofreció á servir de correo, recibió la comunicación 
7 se puso en camino. Esto pasaba en la noche del 28; al em- 
prender al día siguiente su marcha, los franceses notaron que 
se habían evadido los prisioneros, burla que no causó poco 
disgusto al coronel Olinchant. 

Por su parte el correo, en vez de dirigirse á Maravatio, se 
apresuró á llegar á Camémbaro y entregó al Prefecto Mora- 
lee la comunicación dirigida á Márquez, y cuyo tenor es el 
siguiente: ^'A las once de hoy ocupé esta plaza, y no encon- 
tré en ella ni tropas ni familias: á mi llegada todos habían 
huido á la montaña. Es inútil permanecer en este pueblo 
abandonado, y me retiro por Maravatio: no se necesita la ve- 
nida de vd., y puede volverse á Morelia. Zitácuaro, 28 de 
Marzo de 1864. — ClinchanL'^ 

Morales no comprendía los móviles de aquella espontánea 
y patriótica cooperación de los indios; pero sin detenerse á 
indagarlos, avisó á Riva Palacio el movimiento de los france- 
ses, redobló los exploradores y dispuso que tropas y vecinos 
ocupasen de nuevo la población el día 29, á las primeras ho- 
ras de la mañana. 

La ciudad estaba intransitable; pues parece que los zuavos 
en Mérico padecieron eternas diarreas. Además de tan re- 
pugnantes despojos, por todas partes se veían objetos destro- 
zados, puertas hechas pedazos, animales muertos. En la plaza 
había algo que parecía increíble: los franceses, no pudiéndose 
llevar ni destruir las existencias de las tiendas y las trojes, 
hacinaron maíz, cebada, arroz, frijol, garbanzo, cacao, azú- 
car, piloncillo, mecates y paja, botes, cajones, manteca, sebo, 
miel: era aquello un montón deforme, asqueroso y pestilente. 
La población, en masa, contemplaba semejante infamia, guar- 
dando todos silencio. De repente se oyó una voz que dijo: 

— ¡Son franceses y traidores revueltos! 

Aquella frase fué acogida con gritos de burla, con carcajar 
das estridentes, con vivas á la libertad y á la independencia* 
La tristeza se convirtió en entusiasmo por la lucha* 



78 

Para concluir este capitulo, bóIo resta explicar el motiyo 
por qué los indios de Zitácuaro se pusieron con toda decisión, 
desde aquel día, del lado de las tropas republicanas. 

Dije antes que, al concluir las cuatro horas que los france» 
ses permanecieron en la ciudad, se notó honda agitación en- 
tre los indios. ¿Era porque habían sido aprehendidos algunos 
de ellos? Pero esta aprehensión ee yerificó precisamente, por- 
que el coronel Clinchant llegó á observar en aquellos hom- 
bres ciertos síntomas de rebelión. La causa fué la siguiente: 
los zuavos habían penetrado al templo y con gran desacato 
bajaron de los altares algunas imágenes, entre ellas la de la 
&mosa Virgen de que he hablado, la cual fué encontrada por 
sus guardianes en el pavimento de la iglesia. Tan grande in- 
juria sublevó el ánimo de los devotos indios y comenzaron á 
congregarse con fines hostiles, motivo por el cual el jefe de 
los franceses echó mano de algunos, amenazándolos con la 
muerte y llevándolos consigo, y la prudencia le aconsejó que 
cuanto antes debía salir de Zitácuaro. 

¿Cómo podían creer los indios que fueran defensores de la 
religión los que derribaban las imágenes, los blasfemos, los 
sacrilegos? Jamás los liberales llegaron á tamaña impiedad. 
No £Eiltó, entre los fanáticos, quien asegurara que los france- 
ses habían tratado de llevarse á la Virgen, lo que no pudie- 
ron conseguir ni por la fuerza, dada la voluntad de esta Se- 
ñora de no abandonar jamás su casa, y aun se afirmó que la 
Virgen primero era chinaca que traidora. 

Sea de ello lo que fuere, los indios de Zitácuaro y de todos 
los pueblos de los alrededores, fueron desde aquel día pode* 
rosos auxiliares de los republicanos, sus mejores explorado- 
res, sus más fieles correos, los más expertos espías. Implaca- 
ble era su odio contra los defensores del imperio, y alguna 
vez suceilió que habiéndose escapado del poder de nuestras 
tropas un prisionero imperialista (un médico de la división 
Márquez), los indios lo persiguieron como á perro del maly y 
como perro del mal quedó muerto á pedradas. 



L 



79 



CAPITULO IX. 

(1864) 

XI tesoro. — Coalcomán. — Depósito de parque. — Repetidos comI)ates. — Bl con< 
tnguemllero Cristóbal Orozco. — Sus proezas. — Mariano Gil. — Un rasgo 
de valor de este oficial durante la revolución de Ayutla. — Un sobrino del 
emperador Iturbide. — Asesinato con toda felonía. — Fin de la carrera mi- 
litar de Orozco. 

Según queda dicho en los capítulos anteriores, la retirada 
en derrota de nuestras tropas que atacaron á Morelia, la rá- 
pida expedición del general Douay hasta el corazón del Es- 
tadoy la ocupación, por parte de fuerzas imperialistas, de las 
poblaciones del Oriente, las intrigas y la discordia entre los li- 
berales que rodeaban al Gobierno de Berriozábal, todo habia 
producido una gran desmoralización entre los soldados repu* 
blicanos, el desaliento en los pueblos, la falta de fe en muchos 
michoacanos. Se habia como paralizado la lucHa, y se espe- 
raba con temor el curso de los acontecimientos. 

En cambio, el enemigo habia cobrado bríos y emprendía 
una tenaz persecución á los liberales, ora por medio de sus 
contraguerrílleros enviados al combate, ora reduciendo á pri« 
sión á los ciudadanos que vivian pacíficos en las poblaciones. 
No contento con proceder así, por medio del cohecho fomen- 
taba la traición y promovía pronunciamientos contra el Go- 
bierno legítimo. 

Se recordará que los agentes ocultos del imperio habían 
^vulgado el rumor de que en el inmenso convoy que por dos 



caminos diferentes habia enviado' Berríozábal á Coalcom&n, 
iban muchos cajoues llenos de barras de plata y de dinero 
acuñado. Vimos que esta noticia atrajo la atención de la co- 
lumna mandada por el general Douay, quien se apoderó del 
cargamento enviado por Periván, y al llegar á Uruapan sopo 
que la otra parte del convoy iba ya lejos, camino de Ooalco- 
mán, DO siendo ya posible alcanzarla. 

Empero los agentes ocultos del imperio se adelantaron á 
los couductorea y difundieron en Coalcomán el mismo rumor 
de que en el convoy iba un verdadero tesoro de los altos jefea 
liberales, que proyectaban embarcarlo por el puerto del Man- 
zanillo. 

Aquella parte del cargamento llevaba los aparatos de la 
capsuleria y las substancias propias para hacer tos capsules: 
coutenía, además, parque, vestuario y otros objetos de mate- 
rial do guerra, pues que se trataba de establecer una gran 
maestrauza en Coalcomán, bajo la inspección del general D. 
José Justo Alviiroz y de sns empleados el coronel Eufemio 
Amador y los hermanos Kamón y Eloy Medina, antiguos b 
inteligentes operarios de la expresada capsuleria. 

Máe de veinte días ocuparon los del convoy en bacer aquel 
largo trayecto que medía entre üruapan y el punto á que se 
dirigian; las jornadas eran tanto más penosas, cnanto que, 
como ya lo vimos, en los primeros dias de Enero se desató 
uno de esos temporalea de lluvias que duran basta quince 
dias y que dejan intransitables los caminos. 

Autes de referir loe episodios que ae verificaron por aque- 
llos días en Coaloom&nj diré algunas palabras acerca de esta 
población y de sus gentes. 

Coalcomán es una comarca llena de riquezas datarales: su 
fauna y su flora son muestra del lujo tropical: la miaeria tie- 
ne alli placeres de oro, filones de plata é inmensos yacimiea- 
tos de fierro que por su buena calidad es renombrado. *' Este 
pueblo se hizo célebre, dice Lejarza, por la fóbrica de aco- 
ro que en él estableció el tribunal general de Minería, ha- 
biendo ¡do :'l ponerla el sabio D. Andrés del Río, profesor de 
Mineralogía del Seminario de aquel nombre, con dos alum- 
nos de los más iuEtrnidos, que fijaroa allí su residencia. Eu la 




81 

gaerra de insurrección se destruyó todo/' A su jurisdicción 
corresponde la Coahuayana, con sus pueblos situados en el 
litoral del Pacifico, á lo largo de las cuarenta leguas que per- 
tenecen á Michoacán. La cabecera de aquella región es el 
pueblo de la Coahuayana, conocido durante el vireinato con 
el nombre de "Motines de Oro.'' Agrega Lejarza que los 
indios de la Coahuayana permanecieron, como los araucanos^ 
muchos años, sin someterse á la dominación española. El pais 
posee ricas salinas, campos para el cultivo del algodón, del 
árbol del hule, del coco, del limón, etc., y en la costa existen 
los puertos de Buserias, Maruata, San Telmo y San Luis. 

En la época á que me refiero, Coalcomán tendría una po- 
blación de mil almas, y era el asilo de los criminales de Mi- 
choacáu, Jalisco y Colima que huian de la acción de la justi- 
cia. Era tal la vida de salvajes que llevaban los moradores de 
aquel lugar, que sucedió cierta vez lo siguiente: Varios co- 
merciantes que hacian su camino de Colima fueron asaltados 
por una gavilla de salteadores: se defendieron valerosamente 
y rechazaron á los bandidos, dando muerte al cabecilla. Se 
dirigieron á Coalcomán á poner el hecho en conocimiento 
del juez, y ¡cuál no seria su sorpresa al ver á la familia de 
este funcionario en torno del cadáver de su jefe, que no era 
otro que el capitán de los ladrones! 

A ese pueblo, habitado por tal gente, se dirigieron el ge* 
neral Alvarez y sus subalternos, quienes adelantándose del 
convoy, caminaron lo más rápidamente que les fué posible. 
Acercábanse ya al punto de su destino, cuando el 15 de Enero 
^ fueron sorprendidos por una partida al mando de José María 
Farías López, que se anticipaba á apoderarse del dinero y 6a- 
ir<is de pUUa. ¿Chasqueado, al comprender que aquellos seño- 
res iban muy adelante del cargamento, no supo aprovecharse 
de la sorpresa, en tanto que Alvarez y los suyos, notando la 
vacilación del enemigo, se repusieron y cargaron sobre él, 
hasta ponerlo en completa fuga. 

Por fin llegó ileso el convoy á Coalcomán, y se aprovecha- 
ron las dos ó tres casas de adobe que había en la población 
para almacenar las substancias explosivas de la capsuleria, 
loe cajones de parque ya construido y los sacos de pólvora. 



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f 



82 

A la vista de tan numerosos bultos^ se despertó la imagina- 
ción de los coalcomeños, y en voz baja se comunicaban los 
unos á los otros que el tesoro subía á un inillón de pesos. Con- 
firmaba la especie un desconocido que decía haber estado 
presente cuando se empacó el dinero en Morelia y en Urua- 
pan. No se necesitaba más para espolear la codicia. Un co- 
merciante del lugar, hombre de malos instintos, de peores an- 
tecedentes, y que se había hecho muy rico por malas y buenas 
artes, comenzó á reunir su gente, y ya en número de dos- 
cientos, la noche del día 26, cayeron sobre la pequeña escolta 
del convoy que se dispersó en el acto. Alvarez y sus emplea- 
dos pudieron montar á caballo y huyeron á toda prisa. Aquel 
jefe estuvo á punto de caer en poder de los sublevados; ñero 
se salvó abandonando su remonta; y conducido en hombros 
de sus mozos, pudo ocultarse en el bosque. 

Los pronunciados no se empeñaron en seguir á los fugiti- 
vos, sino que corrieron á apoderarse del cuantioso botín. P^ 
netraron con hachas de ocote á los cuartos y comenzaron á 
abrir á golpes las cajas de fulminato, las del parque y los sa- 
cos de pólvora. No podían creer en su amargo desengaño; 
allí no había un solo peso, ni una sola barra de plata; todo 
era material de guerra que contemplaban á la luz de los ha- 
chones, de los que escurrían gotas de trementina. ¿Cómo no 
estalló aquel hacinamiento inflamable, convirtiendo en car- 
bones á los hombres que buscaban el tesoro? Es cosa que no 
me explico, sino diciendo lo que el vulgo: ^^ ¡cosa mala nunca 
muere!" ¡No ardió un solo grano de pólvora! 

Pero, en cambio, se perdió para el Gobierno legítimo el 
cuantioso resto del inmenso material de guerra con que con- 
taba el Estado, pérdida que no pudo repararse en toda la 
campaña. 

Después de este suceso, en que Coalcomán quedó pronun- 
ciado, las gavillas infestaron aquel país: otras nuevas, forma- 
das de desertores de IJraga, se unieron á aquéllas, dejando 
interrumpida la comunicación de Michoacán con Colima y 
con el Bur de Jalipco. Una de tales gavillas asaltó en el pe- 
queño pueblo de Pihuamo al general Porfirio García de León, 
al coronel Espejo y al ingeniero Francisco Vera, los cuales. 



8S . 

para escaparse, dejaron en poder de los gaerrilleros imperia- 
listas el magnifico equipaje que llevaban. 

Entretanto, en el resto del Estado se multiplicaban los com- 
bates. El general republicano Zeferino Macias, con mil seis- 
cientos hombres de las tres armas, atacó el 11 de Enero la 
plaza de la Piedad, defendida por una fuerza del imperio y 
por los vecinos que se declararon adictos á esta causa. La 
fuerza liberal fué rechazada, sufriendo algunas pérdidas. 

Por aquel mismo tiempo, el infatigable guerrillero general 
Pueblita, jefe de la linea del Norte de Michoacán, expedido- 
naba por el Estado de Guanajuato, llevando á sus órdenes, 
además de su propia brigada, la de Querétaro, al mando del 
general Toro Manuel F. y del gobernador de aquella entidad 
federativa, Lie. José Linares. Estos jefes se hallaban en el 
valle de Santiago, cuando en la noche del dia 2 de Febrero 
fueron sorprendidos por una columna enemiga compuesta de 
seiscientos franceses y cuatrocientos mexicanos al mando del 
comandante Estelle. La derrota fué completa, no pudiendo 
salvar los republicanos más que su fuerza de caballería. 

El dia 7 de Marzo fué batida por la contraguerrilla de Jor- 
ge Alejandre, una pequeña fuerza de Manuel González que 
se hallaba en Indaparapeo haciendo el cobro de contribu- 
ciones. 

Los contraguerrilleros Suárez y Alatorre derrotaron al 
Prefecto de Apatzingán, quien al avistarse el enemigo huyó 
con la caballería que mandaba, dejando sacrificados á los in- 
fantes, que á las órdenes de los oficiales Juan Delgado y 
Francisco Franco, hicieron una defensa heroica, hasta quedar 
aniquilada la pequeña tropa. Dicho Prefecto fué destituido 
por el Gobierno del Estado. 

Por la misma época había sentado plaza de contraguerri- 
llero D. Oistóbal Orozco, cuya familia era dueña de la ha- 
cienda de Zipimeo, en las inmediaciones de Zacapu. Orozco 
no ha tenido nunca opiniones políticas fijas, y su adhesión al 
imperio tenía por causa y fin salvar los intereses materiales de 
ia citada finca. Orozco, sea por sus antecedentes de familia ó 
por el entusiasmo con que entonces abrazó la causa del impe- 
rio, llamó la atención por aquellos días en su actitud de con- 



^j -;*«*-. ^ 7.i^^ 



* 




84 

tragaerrillero. Saa soldados vestían de charros, y él usaba un 
lujoso uniforme de coronel. Sonrióle la fortuna, pues en poco 
tiempo obtuvo algunas victorias sobre las fuerzas liberales. 
Su carrera militar fué efímera, y aunque me adelante un poco 
en el orden cronológico de este libro, referiré las proezas del 
contraguerrillero y su desaparición de la arena del combate, 
supuesto que después no habrá ya motivo para ocuparme de 
ese individuo. 

Su primera acción de guerra la hizo acompañando al coro- 
nel Petit,^ quien con una columna de franceses procedente 
de la Piedad y conducida por Francisco Olvera Madrigal, 
sorprendió en Penjamillo, en principios de Marzo, á las fuer- 
zas de caballería que mandaban el general Peña y Barragán 
y el coronel Ronda. No obstante la sorpresa, este último jefe, 
con los suyos, pudo retirarse sin grandes pérdidas. La fuerza 
de Peña y Barragán sufrió una completa dispersión. 

Como se ve, los republicanos eran batidos en todo el Es- 
tado de Michoacán, pues mientras la suerte parecía proteger 
á los imperialistas, el pánico y la desmoralización consiguien- 
te cundían en nuestras filas. Orozco se aprovechaba de esta 
situación, y conocedor del terreno que se extiende desde Za- 

1 Bste jefe era hijo de aquel general de la guardia imperial, á quien el eili- 
perador, en 1814, en el acto de partir para la isla de £lba, dirigió en Fon- 
tainebleau los históricos adioses. Al Petit de la expedición francesa en Méxi- 
co le llamaban sus camaradas: "Petit el de los adioses.'' Bu BaraU, en su 
libro titulado *<Mes souvenirs,'' refiere la siguiente anécdota que pinta bien 
la vanidad humana: 

"¿Quién no ha visto el célebre cuadro que representa á Napoleón oprimien- 
do contra su pecho el águila de los granaderos y abrazando al general Petit? 

"Ahora bien: en México un ayudante del regimiento encontró y compró un 
ejemplar de dicho cuadro. Esta lámina se convirtió en un instrumento de 
£arsa. En cada etapa, el ayudante, después de haber designado la cámara re- 
servada al coronel Petit, suspendía religiosamente en una de las paredes el 
cuadro de los adioses. En la más pequeña aldea, en la hacienda más humilde 
de México, el coronel encontraba invariablemente los adioses de Fontainebleau. 
Jamás comprendió la superchería; antes bien se imaginó que en todas partes 
hallaba un nuevo ejemplar, y que en el antiguo imperio de Moctezuma su pa- 
dre gozaba de una popularidad sin ejemplo. Todas las noches, cuando se reti- 
raba á acostarse, al ver aquella pintura vagabunda, se le oía murmurar lleno 
de emoción filial: 

— "iOhl ipapál {papá! {Siempre papá!" 



86 

eapu por Paroándiro, Morelia y Pátzcnaro, privaba de sus gua« 
ridas á los guerrilleros de aquella comarca, que en todas nues- 
tras revueltas contaban con la gente del país y conocian de éste 
hasta los últimos vericuetos. En una de sus correrías pudo 
Orozco sorprender y tomar preso á Mariano Gil, uno de núes» 
tros más valientes hombres que entonces vivía retirado en su 
easa. Eran amigos, y Orozco se propuso obligarlo á que for- 
siara parte de su fuerza, ofreciéndole el segundo lagar en el 
mando de ella, y como no dudó que Gil, seducido con esta 
promesa, reconocería el imperio, así lo participó á las autori- 
dades residentes en Morelia, que hicieron macho alarde de tan 
valiosa adquisición; pero ni las seductoras promesas, ni las 
influencias que Orozco puso en juego, ni las amenazas á que 
ocurrió después, lograron cambiar las ideas políticas del pri* 
sionero: era invariable su respuesta: "yo ni soy ni seré traidor J^ 
Aunque ajeno al objeto de este libro, no puedo resistir al de- 
seo de narrar un episodio, un poco legendario, que he oído en 
los labios de muchos ayutkñoSy y en el que Mariano Gil fué ac- 
tor principal. Era la época de la revolución de Ayutla, y suce- 
dió lo que voy á referir en los funestos días que siguieron á la 
acción de Cocula (15 de Febrero de 1855). El general Huerta 
se había retirado herido á su rancho de Cótiro, en donde se le 
amputó el brazo izquierdo. Tendido en el lecho del dolor, supo 
que iba á pasar una tropa de santanistas por el llano del Cuatro, 
y ordenó á Mariano Gil que, acompañado de cuatro oficiales, 
faese á ver desfilar la columna y á tomar sobre su derrotero 
y final destino de su marcha todos los informes necesarios. 
Kuestro chinaco se dirigió al Cuatro, contó la fuerza,. que lle- 
gaba á seiscientos jinetes lujosamente uniformados y con el 
mejor armamento, y vio que llevaban el rumbo de Zamora. 
Estas observaciones no le daban el dato principal que de- 
seaba el general Huerta, saber el objeto de la expedición. 
Largo tiempo siguió á la columna, esperando apoderarse de 
algún oficial que se alejara de la formación, pero el enemi- 
go marchaba con toda clase de precauciones, en hilera com- 
pacta. Ya desesperaba del éxito el valiente y taimado Mariano 
Gil, cuando observó que & retaguardia, y á alguna distancia, 
venia un grupo de personas que por el uniforme y por la es- 



36 

colta, aunque pequeña, que los acompwabay indicabau ser el 
jefe y el Estado Mayor de aquella brigada de caballería. Ma- 
riano mandó apretar sillas, dando el ejemplo: los cinco pro- 
nunciados empuñaron la lanza y rápidos se echaron sobre el 
grupo, trabándose un reñido combate. De repente cesó la ac- 
ción convirtiéndose unos y otros en ansiosos espectadores de 
un duelo personal á sable que sostenían Mariano Gil y el jefe 
de los del Qobierno. Aquella lucha era una especie de tor- 
neo: ambos adversarios manejaban el arma con admirable ha- 
bilidad; ambos se mostraban serenos, procurando cada uno 
dar la muerte á su rival; ambos se dirigían la palabra, sin que 
de sus labios salieran frases soeces ó groseras, sino más bien 
voces animándose mutuamente á la pelea. Por un movimien- 
to inesperado de su caballo, el jefe santanista dejó caer el sa- 
ble, y temeroso por el peligro que corría, viéndose desarmado, 
echó mano al arzón de la silla para sacar una pistola. Listo 
como el pensamiento, se le juntó Mariano, se echó en ancas 
de su propio caballo, ciñó con sus robustos brazos el cuerpo 
del coronel, lo sacó de la silla y lo puso en la soya, exclaman- 
do á voz en cuello: ¡A escape! Todo esto en un momento. 
Cuando los demás oficiales y soldados de la escolta volvieron 
en si de la sorpresa, los chinacos huían en vertiginosa carre- 
ra, llevándose su presa. Llegaron á Cótiro, y Mariano Gil, 
presentando al general Huerta á su prisionero, le dijo: 

— ^El señor es el jefe de los mochos que han pasado por el 
llano del Cuatro; él podrá informar á vd. sobre el objeto de 
la expedición. 

El general Huerta se volvió al prisionero, y al mirarlo, 

— ¡ Ah! Sr. D. Jesús, le dijo, ¿cómo es que viene vd. prisio- 
nero? ¿Lo han derrotado á vd.? ¿Pero quién? Por ahora no 
hay fuerzas pronunciadas en el terreno. 

— ^Amigo D. Epitacio, con estos oficiales no necesita vd. 
soldados. Tiene vd. á sus órdenes verdaderos demonios, y lo 
felicito. — ^Entonces el coronel refirió á Huerta cómo habla sido 
asaltado por Mariano Gil y cómo cayó prisionero en su po- 
der. La conversación de ambos jefes fué larga, sostenida y 
llena de dignidad. Al terminarla, el general Huerta mandó 
ensillar uno de sus caballos, y dio orden á Mariano Gil de 



rr "3 



87 

que devolviese sus armas al prisionero y que lo escoltara basta 
un punto cercano á la columna enemiga. £1 coronel santa- 
nÍBta, sin dar las gracias sino sólo con un movimiento de ca- 
beza, recibió la pistola que le entregaba Gil; montó á caballo; 
se despidió del general Huerta y emprendió bu marcha sin 
voltear siquiera la cara á ver si lo seguía su vencedor. Aquel 
coronel era D. Jesús Malo, sobrino del emperador Iturbide 
y uno de los hombres más valientes que han militado en el 
ejército conservador. 

Algunos días después llegó á Cótiro un mozo, conduciendo 
de la mano un soberbio caballo con silla plateada, un par de 
pistolas americanas, y pendiente de la cabeza de la silla un 
magnífico sable. El mozo lloraba también una carta en qae 
D. Jesús Malo rogaba á Mariano Gil que aceptase aqael ob* 
sequio, que no era más que un tributo de admiración á la va- 
lentía de un hombre. Ahora al narrador toca decir que el ob- 
sequio era tanto más valioso, cuanto que procedía de otro 
hombrCy tipo del valor, de la caballerosidad y del partidario 
firme en sus convicciones políticas. 

Y viniendo ya á los aciagos días en qae Mariano Gil iba 
prisionero de Cristóbal Orozco; como no se doblegó el patrio- 
tismo de aquél, sucedió que un día, sobre la marcha, fué mi- 
serablemente asesinado, cayendo herido á balazos que le dis- 
pararon por la espalda los contraguerrilleros de Cristóbal 
Orozco 

El deseo, la ambición de éste era acabar con los guerrille- 
ros del rumbo de Coeneo y Zacapu, y en efecto, el 8 de Abril 
derrotó en Huango las partidas mandadas por Méndez, Car- 
dona y otros jefes; pero en lo que más cifraba su orgullo era 
en vencer á Ronda, á quien persiguió con encarnizamiento, 
volviendo á encontrarse con él el 7 de Abril en el llano del 
Cuatro, y logrando derrotarlo y poner en dispersión al fa- 
moso regimiento "Lanceros de la Libertad." Esta victoria 
aumentó la vanidad de Cristóbal Orozco y le dio mucho pres- 
tigio entre los imperialistas. Acaso por este motivo la Co- 
mandancia general de Morelia puso á las órdenes de aquel 
jefe á otro contraguerrillero llamado Luis Avalos, que se ha- 
bía levantado en armas en Purépero, indignado contra unas 



88 

gavillas que, ¿ titulo de republicanas, habían entrado en aque- 
lla población poniéndola á saco, asesinando á los hombres y 
violando á las mujeres. Con este auxilio emprendió Orozcó 
una expedición sobre Paracho, con objeto de dar una sorpre- 
sa al coronel Hilario Servin de la Mora, situado alli de avan- 
zada por orden del Gobierno residente en Uruapan. A Oroz- 
có lo llevaba su deseo de correr aventuras, y á Avalos el de 
satisfacer su venganza. 

Beseñaré á grandes rasgos lo acontecido en Paracho. Al 
amanecer el día 10 de Mayo, salía de aquel pueblo, rumbo 
á Pátzcuaro, el cura D. Vicente Silva, quien, al pasar por 
Aranza, observó que por el camino de Purépero bajaba una 
tropa numerosa. A toda prisa b«scó á los exploradores que en 
aquella pequeña aldea debía tener el coronel Servin, los des- 
pertó del profundo sueño en que estaban, y les encareció la 
necesidad de volar á Paracho, sin pérdida de tiempo, á avi- 
sar la proximidad del enemigo. Por más que se apresuraron 
los exploradores, los contraguerrilleros llegaron casi al mis- 
mo tiempo que ellos. Rápida cundió la alarma; los republi- 
canos huyeron á pie ó en los caballos en pelo, muchos desnu- 
dos ó descalzos y todos en distintas direcciones, favorecidos 
por la tupida niebla que, como una sábana de algodón, se di* 
lataba en el valle. Apenas pudo Servin reunir unos cuantos 
dispersos con los que hizo frente á una partida que lo perse- 
guia, y se retiró luego por la alta Sierra de Quinceo. Algu- 
nas señoras, entre las que se hallaban D^ Celsa Farias de 
Mercado y las Sras. Ramona y Juanita Diaz, esposa la segun- 
da del coronel D. Jesús, y la última del hermano de éste, D. 
Luis Diaz, pudieron huir también y salvarse merced á la nie- 
bla. Despechados Orozco y Avalos por el mal éxito de la sor- 
presa, penetraron á las casas buscando á los vecinos notables, 
y con todo empeño á las señoras expresadas, y no hallándo- 
las, redujeron á prisión á las Sras. Silveria Contreras de En- 
trada, Manuela Alvarez de Maciel, Rosalía B. de García, Ce- 
nobia Estrada de Bravo, Dolores Olivos de Uriondo y otras 
cuyos nombres no recuerdo. El vicario D. Trinidad Zuracna 
Vargas se atrevió á solicitar la libertad de las presas, y tam- 
bién quedó prisionero con centinela de vista. Orozco y Aya- 



B9 

los se manifestaron inexorables y craeles, dejaron á sus solda- 
dos que saqueasen el pueblo, é iban ya á marcharse, llevándose 
i las prisioneras, puesto que no se presentaban sus maridos, 
cuando D^ Josefa Quido de Guido, paisana de Orozco y ami- 
ga de la &milia de éste, logró que se les fijara un rescate que 
fué pagado»en unas cuantas horas, pues que de todas las de- 
más casas acudían las otras señoras á llevar el dinero que pu- 
dieron reunir. Orozco no se detuvo más tiempo por el temor 
de que de Uruapan saliese alguna fuerza á atacarlo. 

Arrogante recorría la zona que se extiende desde Puruán- 
diro á la tierra caliente; las pequeñas partidas de nuestras 
tropas huían á su vista; la desmoralización se había adueñado 
de loe liberales, porque no sólo en el Estado, sino en la Repú- 
blica entera, las fuerzas del imperio quedaban vencedoras en 
todos los combates. Orozco se aprovechaba de esta situación. 
El día 3 de Junio, á las once de la noche, con cien hombres 
del escuadrón ^^ Auxiliares de Zipimeo," sorprendió á la guar- 
nición de Ario, compuesta de setenta dragones y un número 
casi igual de infantes. Los primeros pudieron retirarse sin 
ser perseguidos^ y sólo la infantería, al mando del capitán 
Miguel Aranda, tuvo que resistir el asalto en el mesón de 
San Francisco donde estaba acuartelada. Esta fuerza rompió 
el fuego y logró, por de pronto, rechazar al enemigo. Orozco 
mandó entonces echar pie á tierra á sus soldados, quienes 
volvieron á la carga. Después de un vivo tiroteo que duró 
dos horas y que agotó el parque de los republicanos, rompie- 
ron sus contrarios la puerta del cuartel, y penetrando al inte- 
rior, hicieron prisioneros al referido capitán y á diez y siete 
soldados, escapándose sin armas los restantes por las tapias 
de la espalda del edificio. Orozco se apoderó de cuarenta y 
cinco fusiles y se retiró á la madrugada del día 14, con sus 
prisioneros, que condujo á Pátzcüaro, siendo luego fusilado 
en aquella ciudad el capitán Aranda. 

Pero d cada capilUta se le Uega sufiestecita. Orozco había he- 
cho centro de sus operaciones á Zacapu, y había obligado á 
los vecinos á que se armaran y sirviesen de guarnición, á cu- 
yo efecto se les compelió á levantar trincheras y fortificar el 
templo. Era táctica del imperio comprometer así á las pobla- 



00 

cioneB, haciéndolas aparecer como partidarias del Gh>biemo 
creado por la intervención francesa. Esta medida faé oontrar 
prodacente en el orden militar, j en el político aumentó el 
odio qne los pueblos tenían á los invasores. 

Ahora bien, el 7 de Julio se hallaba Orozco en Zacapu, 
mandando una fuerza de doscientos infantes y trescientos ji- 
netes, y tenía por segundo en jefe al exaltado reaccionario 
Manuel Heredia. Desde hacía tiempo que Ronda deseaba to- 
mar revancha de sus dos derrotas de Penjamillo j el Cuatro, 
y además creía necesario aniquilar á Orozco, y con ello re- 
conquistar el terreno de Zacapu y sus alrededores. Por aque- 
llos días se le había reunido una guerrilla de Guanajuato, 
mandada por el coronel Francisco Hernández (a) Cantarüoa^ 
formando esta fuerza con la de ^'Lanceros de la Libertad," 
un efectivo de trescientos cincuenta hombres de caballería. 
Pernoctaron en Coeneo la noche del 6 de Julio y, al amane- 
necer del día siguiente, se dirigieron á Zacapu, avistándose 
en el llano de las Tepacuas,^ desde donde se desprendieron 
algunos jinetes á hacer santiaguUos en las calles de la pobla- 
ción. 

Orozco creyó llegado el momento de colocar un laurel más 
en su corona de vencedor, y salió con sus quinientos hom- 
bres: situó la infantería tras de una cerca, y avanzó con la 
caballería sobre los chinacos. Entonces Ronda comunicó su 
orden para la batalla en los concisos términos siguientes: 
^^ Hacemos como que corremos para que salga la infantería 
al llano, y cuando veamos que hacen chorrüoj media vuelta y 
á la lanza." Dicho y hecho; cuando Orozco vio huir á Ronda 
con los sayos, ordenó que la infantería avanzase á paso veloz 
^'para fusilar á todos aquellos bandidos." 

Antes había emboscado Ronda una pequeña partida de los 
Cantaritos en las calles mismas de Zacapu, con las instruccio- 
nes convenientes. 

Como rayo iba la caballería de Orozco sobre la de Ronda, 
como rayo avanzaban los infantes, y en su veloz carrera, se 

1 Tepaeua en tarasco significa llano^ de modo que resulta aquí el llano de 
los llanos. No son raros estos disparates, pues recuerdo que en Acámbaro bay 
una ** barranca de Cahuaro^*' cuando cabuaro significa exactamente barranca 



,rA 



91 

desorganizaron y comenzaron á hacer chorritOy y como rayo, 
entonces, dieron media vuelta los chinacos que huian por el 
llano, al mismo tiempo que aparecían los que estaban ocultos 
en la población y que atacaron por retaguardia. El rayo no 
hace más estragos en la rama de un árbol, herido en la ex- 
tensión del tronco, que los que hicieron en aquella vez Ronda 
y Cantaritos en la tropa de Orozco. Corto fué el combate, te- 
rrible la matanza y completa la derrota de los imperiales, que 
jamás volvieron á reunirse. Orozco huyó rápido como el pen- 
samiento, y jamás volvió á los campos de batalla, habiendo 
acabado asi su brillante carrera militar que duró seis meses. 



Miohoacan.— 8 



92 



CAPITULO X. 

(1864) 

Inextinguible fe de los republicanos. — Pacificación de Goalcomán. — Los gue- 
rrilleros. — Contraguerrillas.— D. Magdalenodel Río.— Ocupación de Pátz- 
cuaro por el imperio. — Un mártir de la libertad. 

La fe no había abandonado á nuestros soldados. Las fuer- 
zas republicanas, afrontando el peligro y casi seguras de ser 
derrotadas, expediciouaban por el Estado, sosteniendo en to- 
das partes, con su presencia, la bandera de la patria. 

Casi en los mismos días en que Ronda aniquilaba á Cristó- 
bal Orozco, el coronel D. José Hernández y el comandante 
de batallón José Vicente Villada hacían una eficaz batida á 
las guerrillas imperialistas de Coalcomán. Estas se habían 
puesto & las órdenes del titulado coronel Francisco Suárez; 
pero fueron alcanzad^ por aquel jefe en Ahuejullo y derro- 
tadas completamente por el batallón guardia nacional de To- 
luca, á las órdenes del expresado Hernández. Suárez compren- 
dió que le era imposible permanecer más tiempo en aquella 
comarca, recogió el armamento que tenía guardado en Coalco- 
mán, y se replegó á Pátzcuaro, haciendo una marcha de más 
de ochenta leguas; al pasar por Uruapan, que en aquellos 
días estaba sin tropa, dejó depositados en poder de su corre- 
ligionario D. Ramón Gutiérrez, todos los fusiles que llevaba, 
por temor de que se los quitaran las partidas que recorrían el 
camino de Pátzcuaro. Después Gutiérrez vendió aquellas ar- 
mas á los reclutas que hacían las fuerzas liberales, y que sólo 
en cambio de un fusil conseguían su libertad. Lo que menos 



98 

pensó Suárez faé que su armamento sirviese para los patrio- 
tas, por la especulación de un imperialista. 

Hemos venido viendo que desde el desgraciado ataque á 
Morelia, la lucha en Michoacán se había hecho por medio 
de guerrillas. El imperio había comprendido lo difícil que 
era hacer la campaña con sólo las fuerzas regulares. El me- 
jor y más eficaz sistema de guerra empleado por los republi- 
cano6, era el de partidas sueltas, intangibles cuando se les 
perseguía, imponentes y terribles cuando atacaban de sor- 
presa, inextinguibles en la derrota, pues antes de emprender 
el ataque, por medio de una cita expresa ó por costumbre, 
sabían el punto en que debían reunirse. Aquellos hombres 
estaban siempre en vela, como si la noche se hubiese hecho 
para emprender las marchas más difíciles y provocar los com- 
bates más sangrientos: se habían acostumbrado á dormir en 
el caballo, y cuando mucho, despuntaban un sueño en el sue- 
lo, recostados sobre los sudaderos y poniendo la cabeza en la 
silla de montar: lo mismo caminaban á pie que á caballo, y 
cuando era preciso, recorrían inmensas distancias, aparecien- 
do repentinamente en donde menos se les esperaba: no había 
ninguno como ellos para poner una emboscada, para dar una 
sorpresa y para proteger una retirada. Si era- necesario, asis- 
tían á las grandes batallas; pero en su vida común, la táctica 
consistía en las pequeñas escaramuzas, y sobre todo, en las 
sorpresas: grandes conocedores del terreno, llegaban hasta el 
enemigo sin que nadie los sintiera, y ya en el lugar, indica- 
ban su presencia con vivas á la libertad, con unos cuantos 
disparos de mosquete, y se revolvían entre sus contrarios, sem- 
brando la muerte á los terribles botes de la lanza: otras veces 
simulaban huir, y en el momento oportuno daban media vuel- 
ta, sin que nada ni nadie pudiese contener su empuje; y si 
el enemigo era poderoso, les bastaba sembrar el desorden y el 
pánico en las filas de éste, y cuando todo hacía creer que 
el combate se empeñaba, los guerrilleros desaparecían en ad- 
mirable dispersión. Cualquiera creería que la gavilla que- 
daba totalmente desecha; pero ¡cuántas veces sucedió que 
horas después repetía el ataque, brusco, sangriento, rápido, 

fantástico! 






94 

Aquellos hombrea adivinaban los movimientos del enemi- 
go. Por más que éste guardase profunda reserva respecto del 
punto final de su expedición, en el curso de su marcha los 
guerrilleros le iban molestando en las etapas que hacia, sa- 
liéndole unas veces á vanguardia, ora apareciendo por los 
flancos, 7 acometiéndolo en otras ocasiones por retaguardia. 
Era esto la eterna pesadilla de las columnas francesas cuando 
atravesaban los bosques ó seguían un camino quebrado. Las 
guerrillas los tenían en constante alarma; ¡desgraciado el 
francés que se apartaba de las filas! En el instante se veía co- 
gido con el terrible lazo, y era arrastrado largo trecho, ¡á pe- 
sar de sus ayes lastimeros y sus humillantes súplicas! La rea- 
ta era el arma que más temían los invasores, y por esto el 
imperio prohibió, bajo penas severas, el uso de aquellos ad- 
minículos que no podían portarse sino con licencia escrita de 
las autoridades.^ 

Todo individuo que organizaba una pequeña fuerza, gene- 
ralmente de caballería, se consideraba como jefe de guerrilla; 
mas como esto daba lugar á la formación de gavillas de la- 
drones, el Gobierno del Estado, desde que estuvo desempe- 
ñado por el general Berriozábal, facultó á los pueblos para 
que persiguieran á toda partida que no estuviese autorizada 
expresamente por el Cuartel General Republicano. A este 
propósito, recuerdo que un Sr. López solicitaba autorización 
de guerrillero, cuando el general Riva Palacio era el jefe del 
Ejército del Centro. 

López era un hombre de cuarenta años, obeso hasta no 
más, y por ende torpe en sus movimientos; bajo de estatura, 
tan bajo, que era un verdadero chapxn^o en la extensión de la 
palabra; de aspecto bonachón, ocultaba algo de sus instintos 
de rapiña; risueño, cuando hablaba con personas de respeto, 
y de aspecto iracundo cuando so dirigía al vulgo. Utsaba uno 

1 Hablando del sistema de guerrillas, un escritor francés dice: *<De 1862 á 
1867, México di6 un ejemplo memorable do la terrible eficacia de este género 
de guerra contra los invasores; después de cinco años de lucha continua, los 
mexicanos, organizados en gtierrillaSf acabaron por obligar la retirada de 
las excelentes tropas que los habían vencido, casi siempre, en las grandes ba- 
tallas." 



95 

de aquellos capotes de franela verde que se llamaban barra- 
ganes, 7 un sombrero corriente de lana que apenas entraba 
en la parte superior de la cabeza, logrando sostenerse en ella 
merced al barboquejo de listón colorado. 

Ya había ejercido el oficio, sin más visos de legalidad que 
estar al frente de diez ó doce decididos á todo, menos á pelear 
contra los imperialistas; mas como habia llevado más de un 
susto al hacer de las suyas en los pueblos, oyendo que la cam- 
pana mayor no sonaba un repique, sino un toque de rebato, 
creyó prudente pedir la autorización; y oigan los lectores la 
conferencia textual que tuvo con Riva Palacio: 

— Mi general, dijo, yo cuento con algunos muchachos, j5, 
jí, valientes y patriotas, jí, jí. 

— Bueno, hombre, pues venga vd, á incorporarse á la 
fuerza. 

— No es eso, mi general, semos guerrilleros, jí, ji; pero me 
falta la autorización de vd. Ya verá vd. cómo aumenta la 
fuerza. 

— ¿Y en qué términos desea vd. la autoriísación? preguntó 
Riva Palacio, que ya tenía antecedentes del sujeto. 

— ^Pues así, ya verá vd., yo quiero enarbolar un escuadrón, 
jí, jí, pues como soy coronel 

— Pero ¿quién lo hizo á vd. coronel? 

— ¿Cómo quién, señor? Mi susteniente Huertita. 

— ¿Si? Y ¿cómo estuvo eso? 

— Como sabe ler y escrebir^ es el que pone los recibos fir- 
mados por el coronel López, y también hace mis proclamas. 

Otros más afortunados que López habían recibido su des- 
pacho de coronel de un sargento ó un cabo, y gracias á su 
valor é inteligencia habían logrado que el Gobierno les reco- 
nociera el empleo efectivo. Guerrillero conocí yo, que se hizo 
general comprando un despacho en blanco que él mismo lle- 
nó con su nombre, logrando engañar á los incautos con pro- 
clamas altisonantes y ridiculas. 

Liberto á los lectores de la inserción de una de aquellas 
proclamas, como el general Riva Palacio libertó á los pueblos 
del señor coronel López, á quien obligó á no separarse en 
mucho tiempo del Cuartel General, á la vez que mandó re- 



96 

fandir en un cnerpo de caballería la gavilla, con todo y el 
susíeniente Huertita, que se filió como soldado raso. 

En cambio, ¡qué importantes servicios los de Gkirnica, Son- 
da, Arias, Nieves Sosa y tantos otros que se distinguieron 
por su patriotismo, por su valor, por su astucia! ¡Qué legen- 
dario el tipo de aquel Nicolás Romero, valiente entre los raá» 
denodados, astuto como pocos, de corazón de oro, de alma 
de niño, de brazo incansable para la pelea, á quien el miedo de 
los franceses y la timida hipocresía de Maximiliano conduje- 
ron al cadalso! 

Querrilleros como éstos sintetizaban el entusiasmo del pue- 
blo, su valentía, su abnegación, la fe que tenia en el triunfo, 
la constancia en la lucha, la muerte gloriosa en el combate y 
el martirio sublime en el patíbulo. 

Para poder luchar contra estas fuerzas invencibles, contra 
el gigante al que no se le veía el cuerpo, pero se sentían los 
cien brazos infatigables, el imperio concibió y procuró llevar 
á cabo el proyecto de crear contraguerrillds. No pudo conse- 
guirlo del todo, porque la primera condición para lograr el 
éxito está en la simpatía de los pueblos, y por más que hicie- 
ron los imperialistas, jamás lograron que sus guerrilleros fue- 
sen simpáticos á las masas, ni que los jefes de aquéllos al- 
canzasen la popularidad que los nuestros, en quienes eran 
perdonables las faltas, por ese no sé qué de covfroniativo que 
distingue á los soldados de la libertad de los sicarios del des- 
potismo. 

Nuestros guerrilleros se paseaban solos en donde quiera, 
seguros de que no habría nadie que los vendiese con el ene- 
migo, quien les negara el alojamiento, quien les ocultase los 
víveres para ellos y el forraje para sus caballos; en todas par- 
tes tenían amigos fieles que les comunicaban noticias ó iban 
á adquirirlas con eso objeto en las poblaciones ocupada^ por 
el imperio: los contraguerrilleros se velan aislados, estaban 
expuestos á las sorpresas, no se atrevían á entrar á las pobla- 
ciones, sino todos juntos y en son de guerra; las gentes, y so- 
bre todo la clase pobre, huían de ellos; sólo el dinero ó la 
amenaza les proporcionaban noticias ó los servicios de guias. 
Acabaron por convertirse en simples guerrillas exploradoras 



97 

de las columnas expedicionarias^ las que los arrojaban al com- 
bate para que sirviesen de carnaza.^ 

Bazaine, que no confiaba mucho en los contraguerrilleros 
mexicanos^ habilitó con ese carácter á ciertos jefes ú oficiales 
franceses. Algunos de éstos, como Dupin, Berthelin y Clary, 
hacían expediciones por su propia cuenta; pero hay que ad- 
vertir que estas contraguerrilla» eran verdaderas columnas 
móviles, que formaban una fuerza numerosa, que estaban do- 
tadas de toda clase de elementos, y que casi siempre obraban 
en combinación con las fuerzas regulares del ejército francés, 
Y sin embargo, ¡qué recuerdos tan odiosos dejó su tránsito 
por las poblaciones! ¡Cuánta era su rapiña! ¡Cuánta su sed 
de sangre, satisfecha en innumerables victimas inocentes! ¡No 
somos nosotros, son los mismos escritores imperialistas los 
que lo refieren; 2 goFn los huérfanos, las viudas, las familias re- 
ducidas á la miseria, los que todavia lo proclaman! ¡Aún lo 
atestiguan las ruinas de pueblos indefensos y de miserables 
aldeas! 

Nadie ha pintado mejor el carácter del contraguerrillero 
que el autor de la obra titulada "Querétaro. — Memorias de 
un oficial del emperador Maximiliano." Este oficial se llama 
Alberto Hans é hizo la campaña de Michoacán en la tropa 
imperialista mandada por D. Ramón Méndez. Oigámosle: 

"A. la vanguardia de nuestra columna marchaba la peque- 
ña fuerza irregular de exploradores que contaba cosa de cin- 
cuenta caballos. Era poco; pero también ¡qué hombres! Mi- 
tad soldados, mitad bandidoSy habían sido reclutados entre la 
flor y nata de los guerrilleros de la provincia y prestaban 
grandes servicios por su audacia y por sus conocimientos del 
terreno. Se habría podido decir que olfateaban de lejos á los 
republicanos. Tenían ojos de águila y descubrían al enemigo 

1 Puede verse confirmada esta aserción en la página 87 del folleto escrito 
por el teniente coronel Bordeau, y titulado *' La guerro au Mexique." París. 
Librería Militar de 8. Baudoin. 1894. 

2 Hé aquí lo que escribía á un amigo suyo el Marqués Gallifert, sucesor en 
el mando de la contraguerrilla Dupin: "Pongo emboscadas; no marcbo mu- 
cho, sino de noche, y al contrario de lo que pasa en Francia, mis soldados son 
más bandidos que los que persigo." — (Papeles y correspondencia de la familia 
imperial de Prancia.) 



98 

por distante que estuviese. Su jefe, un tal Villafuerte, era 

digno de mandar á semejantes hombres Cuando el 

general Méndez partía para una expedición, llevaba siempre 
á Villafuerte y á sus exploradores y sabia sacar de ellos los 
más útiles servicios. El general Méndez le manifestaba cier- 
ta consideración, aunque en el fondo lo estimaba muy poco. Vi- 
llafuerte y sus soldados no tenían opiniones políticas, pero ser- 
vían al imperio porque estaban muy bien pagados Por 

otra parte, Villafuerte era un hombre temible habría 

obrado por su propia cuenta si se hubieran rehusado sus ser- 
vicios, habría dado mucho quehacer en caso semejante, y era 
preferible tenerle por auxiliar que por enemigo; tanto más 
cuanto que en la guerra de partidarios que se hacia en aque- 
lla época, la experiencia había demostrado, por desgracia, que 
las tropas de línea eran d veces muy inferiores á una banda de 
atrevidos guerrilleros bien mandados." 

Hermosa confesión la de Hans: si el imperio contaba como 
auxiliares á los bandidos, ¿con qué derecho la funesta Corte 
marcial enviaba al cadalso á los guerrilleros republicanos? 
Entre los nuestros había hombres como Arias, Nicolás Ro- 
mero, Qarnica y otros que eran modelo de honradez, y tanto 
éstos como los que pudieran calificarse de bandidos eran te- 
mibles, obraban por su propia cuenta, y lejos de estar bien pa- 
gados, participaban de las miserias del ejército. 

Los contraguerrilleros no inspiraban confianza al imperio 
que utilizaba sus servicios. Lo dice el escritor citado: lo afir- 
ma también el teniente coronel Bourdeau, en su interesante 
estudio militar titulado *'La Guerre au Mexique:" "Las tro- 
pas auxiliares que combatían á nuestro lado, dice este jefe, 
nos han prestado á veces grandes servicios, pero en más de 
una ocasión nos han traicionado," y hablando de los guerri- 
lleros agrega: "Después de estar sometidos han vuelto á to- 
mar las armas contra nosotros." 

Ahora bien, debo afimar que tratándose de nuestros gue- 
rrilleros, ninguno de ellos, ni siquiera los que realmente eran 
bandidos, como el famoso Simón Gutiérrez, se habría pasado 
al enemigo por ningún motivo, pues todos ellos sentían arder 
en su pecho la llama del patriotismo. 



I 



L 



99 

Pocos faeron los contraguerrilleros mexicanos que sirvieron 
al imperio en Michoacán, y de cada uno de ellos se hablará 
en el lugar oportuno de estos apuntes. Por ahora me ocupa- 
ré de Magdaleno del Río por cierta celebridad que logró al- 
canzar y que se deshizo también, como la de Cristóbal Orozco, 
después de un tiempo, menos corto, en que llamó la atención 
por su audacia, por su sed de sangre y por la cruel persecu- 
ción que desató contra los liberales. 

Procedente de Maravatío llegó á Pátzcuaro á fines de 1862, 
buscando la protección de su hermano D. Ahraham que des- 
empeñaba el empleo de guarda en la Administración de Ren-' 
tas de aquel lugar. Más tarde solicitó se le diese igual em- 
pleo en Ario, valiéndose de la influencia del coronel Eguiluz; 
pero este jefe, creyendo servir mejor los deseos de D. Mag- 
daleno, lo colocó en Pátzcuaro én el resguardo de la Aduana. 
Bueno es advertir que por aquel tiempo el partido clerical 
intrigaba por que algunos de sus paniaguados fuesen entran- 
do en la administración pública del Gobierno republicano 
para tener allí espías é instrumentos de sus maquinaciones. 

Del Río era activo, cruel, inexorable con la clase pobre que 
tenía que pagar alcabalas y contribuciones. Esto, su mirada 
torva y sus bajas complacencias con los ricos, lo hablan he- 
cho odioso. 

Sucedió por aquellos días (Marzo de 1864) que el general 
Márquez envió desde Morelia á Pátzcuaro una columna ex- 
pedicionaria á las órdenes del general Gutiérrez. Algunos 
vecinos del lugar, creyendo que aquella fuerza iba á cubrir la 
guarnición de la plaza, la recibieron con repiques y salvas do 
cohetes, con vivas al imperio y á sus hombres y con mueras á 
la República y á los jefes liberales. La plebe secundó la ma- 
nifestación capitaneada por Higinio Mondragón y Magdaleno 
del Rio. Mondragón era un fanático exaltado que siempre 
manifestó odio inmenso á los liberales. Se dio á conocer en 
la época de la revolución de Jalisco contra la República, 
en 1852; en esa época, una noche en Pátzcuaro, y á la cabeza 
de multitud de léperos, se dirigió á la casa del Dr. Simón 
Pueblita, hermano del que después fué el famoso general Pue- 
blita, tratando de asesinarlo por liberal. Entre el grupo de 



100 

loe amotinados pndo eecapar aquel, medio desnudo y descal- 
zo- Entonces Higinio Mondragón celebró su victoria, y entre 
músicas y repiques pasearon las botas de Poeblita, puestas en 
la punta de dos lanzas*, y luego las fusilaron. Tan estúpida y 
grosera fiírsa hizo célebre á Mondragón y le atrajo las sim* 
patias del vecindario. A principios de 1853 aquella revolu- 
ción derrocó al Gobierno liberal y trajo al país á Santa-Anna, 
entronizando la más despótica dictadura que registra nuestra 
historia. Los pronunciados de Pátzcuaro hicieron su entrada 
triunfal en Morelia, y á la cabeza de ellos iba Higinio Mon- 
dragón, llevando un estandarte muy vistoso que tenia pinta- 
do en el centro un pescado cogiendo con la boca una paia de 
puerco. Este era un insulto á los liberales, porque en aquel 
tiempo se les daba el apodo de patas de puerco^ apodo cuyo 
origen jamás he podido averiguar. Mondragón tenia una voz 
de tiple exageradamente aguda y femenil: era alto, de cuerpo 
deforme, mejor diré, contrahecho, y presentaba la particula- 
ridad de tener el pecho inmensamente abultado. Esto y su 
aspecto afeminado había sido causa de que se le mentase 
siempre con el mote de "La Chichona.'* Me he extendido un 
poco á propósito de este individuo, porque lo veremos figu- 
rar varias veces en estos apuntes. 

En cuanto á D. Magdaleno, el dia en que entró á Pátzcua- 
ro la brigada Qutiérrez, hizo cuanto pudo por demostrar su 
odio contra los liberales. 

Cuando estos dos hombres, del Rio y Mondragón, se en- 
tregaban á las más entusiastas manifestaciones en &vor del 
imperio, sucedió que el general Gutiérrez comenzó á hacer 
preparativos para regresar á Morelia, y lo verificó sin dejar 
destacamento en la plaza. Los vecinos más comprometidos 
tuvieron que abandonar su hogar y emigraron al lado de la 
tropa. Uno de ellos fué Mondragón; pero D. Magdaleno, 
juzgando que no habría quien lo delatase á los liberales, se 
quedó en Pátzcuaro, á fin de desempeñar su papel de espía, 
y tan luego como hubieron salido los imperiales, abrió la ofi- 
cina de rentas y comenzó de nuevo á cobrar las alcabalas, 
haciendo gala de su ferocidad de costumbre. 

Del Rio había hecho la cuenta sin la huéspeda; si ningún 



101 

patzcuareno lo denunció, no fueron tan discretos dos explo- 
radores de Servín de la Mora que presenciaron la entrada del 
enemigo en la ciudad y las fiestas que se le hicieron. Por 
ellos lo supo el general Caamaño que volvió á ocupar la pla- 
za el día siguiente. No hubo remedio, D. Magdaleno fué. 
aprehendido, y aquel jefe dio orden de que se le aplicase un 
banco de palos, lo que se ejecutó en el cuartel de la Compa- 
ñía', en presencia de multitud de personas. 

D. Magdaleno juró vengarse, se dirigió á Morelia y sentó 
plaza de guerrillero, esperando la ocasión de volver & Pátz- 
cuaro y tomar una sangrienta revancha; pero siendo impoten- 
te, tratándose del general Caamaño, ejercitó todo su encono 
contra los prisioneros que hacía, fueran ó no soldados de la 
República. En Mayo, el mismo general Márquez condujo á 
Pátzcuaro la guarnición imperialista que debía cubrir la pla- 
za. Convocó á los habitantes á que tomasen las armas en fa- 
vor del imperio, habiéndose presentado en el día señalado 
más de ochocientos vecinos, con los que se formó un batallón 
de infantería á las órdenes del teniente coronel Sabás Fer- 
nández y un cuerpo de caballería con el carácter de contra- 
guerrilla al mando de D. Magdaleno del Eío, á quien Már- 
quez dio despacho de comandante. 

Ya tenemos, pues, al hombre en escena. Comenzó á hacer 
correrías por las inmediaciones de Pátzcuaro, á fin de sor- 
prender á las partidas de republicanos que solían acercarse á 
aquella ciudad. Los jefes de la guarnición lo dejaban obrar 
con toda libertad, pues sabían que su hambre de venganza 
era el mejor estímulo para que hiciese una persecución tenaz 
á los liberales. Si en estas batidas de la muerte caían algunos 
inocentes, ¿qué importaba? En cambio, desaparecían de la are- 
na muchos enemigos verdaderos. En obsequio déla justicia, 
D. Magdaleno supo escoger sus primeras víctimas. 

Había en las filas del ejército liberal un joven valiente, ins- 
truido, pundonoroso, patriota, apuesto y simpático. Se llama- 
ba Mariano Ochoa y era oriundo de Santa Clara de Portugal, 
población que dista de Pátzcuaro unas cuatro leguas. Casi 
niño, había tomado las armas contra la tiranía en la popular 
revolución de Ayutla; después hizo toda la campaña en la 



102 

guerra de Reforma, y cuando la patria fué invadida por las 
tropas francesas, Ochoa, que vivía entonces retirado en la vi- 
da privada, pues que acababa de unir su suerte á la de la jo- 
ven Isabel Pérez; que veía deslizar tranquilas y felices las lio- 
ras de la luna de miel; que soñaba en la dicba, ya próxima, 
de tener un hijo, fruto de aquella unión, no vaciló en alistar- 
se de nuevo en el ejército para defender la independencia 
amenazada. 

Mandando una compañía de guardia nacional concurrió 
al ataque de Morelia el 18 de Diciembre de 1863, y luego si- 
guió prestando sus servicios al lado del general Carlos Sala- 
zar, que tenía su centro de operaciones en Tacámbaro. 

Así las cosas, el 26 de Mayo Mariano Ochoa recibió la orden 
de situarse en Santa Clara, al frente de su compañía de infan- 
tes. 

Imagínese el gusto con que el joven patriota emprendería 
su marcha de Tacámbaro. El sol lo sorprendió en camino, 
cuando iba atravesando la espesa serranía. A medida que 
avanzaba surgían más vivos y ardientes sus deseos de llegar 
á su pueblo. En Turiran, hacienda que está á dos leguas de 
Santa Clara, no pudo ya dominar su impaciencia: dio orden 
de que su tropa continuase la marcha al paso que llevaba, y 
él se adelantó haciendo trotar á su caballo. Muy pronto sus 
ojos divisaron el caserío. Allí residía su esposa. Allí estaba 
el tierno niño de seis meses á quien Mariano no había acari- 
ciado tantas veces como lo ambicionaba su amor de padre; 
allí, en fin, estaba su hogar, al pie del campanario, testigo 
de los juegos de su infancia, de sus ilusiones de joven y de 
sus primeros pasos en la carrera de las armas. 

Se encontraba en Santa Clara una guerrilla de explorado- 
res mandada por el comandante Rosendo Márquez (hoy ge- 
neral de división), con orden del general Salazar de vigilar 
los movimientos que desde Pátzcuaro pudiera hacer el ene- 
migo. Era muy remoto, en consecuencia, el peligro de una 
sorpresa. 

Serían las once de la mañana, cuando Mariano Ochoa lle- 
gó á su casa. ¿Para qué decir los transportes de alegría de la 
joven esposa, los largos abrazos, los besos que el padre daba 
al niño que sonreía inconsciente? 



108 

Pasadas aquellas efusioDes, la joven madre se dirigió á pre- 
parar á toda prisa la comida á su esposo. 

Ya estaba albeando el mantel en la mesa, puestos en ella 
el vaso con el agua cristalina, el salero, el apilo de tortillas; 
ya traía la taza con el caliente caldo, impaciente por llamar 
á su marido á comer, cuando aquella joven palideció, sintió 
las manos trémulas y pensó que iba á caer desfallecida. En 
la calle Labia horrorosa confusión, se oían gritos, carreras y 
repetidos disparos de mosquetee. 

En estos momentos entraba precipitadamente á la casa una 
señora, cunada de Ochoa, gritando despavorida: 

— ¡Quién sabe qué hay, Mariano! Huye, huye pronto. 

Ochoa salió al patio y pudo desde luego observar que una 
partida de contraguerrilleros se agolpaba al zaguán. Entre 
ellos conoció á Camilo Pureco, que era del mismo pueblo de 
Santa Clara y que servia á las órdenes de Magdaleno del Eio. 

Ochoa apenas tuvo tiempo de poner á su hijo, que él traía 
en brazos, en los de su mujer, de sacar su pistola y amarti. 
liarla. Del Río y sus guerrilleros se le habían echado encima 
y descargaban sobre él sus mosquetes. Mariano Ochoa, sere- 
no é impasible, buscó con sus ojos al jefe de los traidores, le 

apuntó con su arma y en aquel momento su mano y su 

pistola cayeron de un sablazo que le dirigió Francisco del 
Río, hermano del contraguerrillero. Aun quiso Ochoa mon- 
tar á caballo; pero por todos lados encontraba las puntas de 
las lanzas de sus. contrarios. Inerme, herido, impotente para 
toda defensa, quedó prisionero, y para mayor seguridad le 
ataron á la espalda el brazo que le había quedado bueno. 

Entretanto, el resto de la guerrilla había logrado sorpren- 
der el cuartel de exploradores. Estos no tuvieron tiempo de 
ensillar, y cogiendo sus armas huyeron en todas direcciones. 
Sólo Rosendo Márquez se retiró, paso á paso, amagando con 
su pistola á tres guerrilleros que lo perseguían. De este mo- 
do, y sin disparar un tiro, se puso fuera del alcance de sus 
enemigos. 

Magdaleno del Río había logrado dar aquella sorpresa, lle- 
gando á Santa ClSra sin seguir camino alguno; así consiguió 
dejar atrás al alférez Antonio García y al cabo Felipe Far- 



104 

fán, á quienes Márquez tenía situados en el camino de Pátz- 
cuaro. Al oír los disparos aquellos dos hombres se concen- 
traron á la plaza, y se echaron sobre los contraguerrilleros, 
siendo los únicos que, montados y armados, so batieron en 
aquella jornada. Farfán quedó muerto en el combate, y Gar- 
cía, cubierto de heridas, cayó en poder de los contrarios. An- 
tes de llegar á Santa Clara los cien infantes de Mariano Ochoa 
supieron lo ocurrido, y regresaron á Tacámbaro á las órde- 
nes del oficial Antonio Mata. ^ 

Ebrios de salvaje alegría, los imperialistas condujeron á los 
dos prisioneros á la plaza de la población, en donde debía fu- 
silárseles de orden de Don Magdaleno del Río; Las señoras 
todas de la villa se presentaron en el alojamiento de éste, im- 
petrando gracia, en tanto que los vecinos formaban grupos 
numerosos que se aumentaban sin cesar. Del Río creyó pru- 
dente ofrecer que llevaría los presos á Pátzcuaro, y que allí 
tendrían las garantías de un proceso. El vecindario tuvo al- 
guna esperanza de salvar á los reos, y en masa subscribieron 
un ocurso al general Don Luis Tapia, jefe de la guarnición 
de aquella ciudad, pidiéndole la vida de Ochoa y de García. 

Los contraguerrilleros, en consecuencia, se llevaron á Ochoa 
gravemente herido-, y casi p\oribundo á García. Al día si- 
guiente ambos fueron encapillados en el ruinoso convento de 
San Francisco, pues Tapia vio con indiferencia la solicitud 
de los vecinos de Santa Clara, y fué insensible á las súplicas 
que en el mismo sentido, de pedir gracia, le dirigieron las se- 
ñoras de Pátzcuaro. 

El día 28, á punto de sonar las tres de la tarde, estaba ya 
formado el cuadro en la plazuela de San Francisco. Una es- 
colta condujo á los reos. Mariano Ochoa caminó al patíbulo 
con paso firme, llevando el brazo herido en cabestrillo, y allí 
arengó á los soldados del imperio, increpándoles su traición 
y vitoreando á la patria. A García lo llevaron algunos solda- 
dos arrastrándolo hasta colocarlo en el sitio de la ejecución. 
¡Desde una hora antes aquel infeliz había entrado en agonía! 



1 Este valiente oficial fué asesinado en Zacapu el año de 1876, por la hor- 
da de bandidos llamados los crUteros, 



á^. 



10$ 



Se dieron los toques de Ordenanza y se oyó la detonación 
de los disparos 



El Prefecto político Don Miguel Patino entregó el cadáver 
de Mariano Ochoa á la desolada familia de esto mártir. 

Pusieron el cuerpo en una camilla y emprendieron el ca- 
mino de Santa Clara, á fin de sepultarlo en el pueblo donde 
había estado su hogar. 

Ya habían salido de la ciudad, ciiando unos contraguerri- 
lleros de Don Magdaleno del Río fueron á alcanzar la comi- 
tiva fúnebre, y de orden del general Don Luis Tapia se hizo 
regresar el cadáver para que fuese inhumado en Pátzcuaro, 
al lado del de Antonio García 



106 



i,; 



CAPITULO XI. 

(1864) 



Trabajos del clero al saberse la próxima llegada de Maximiliano. — Paseo mi- 
litar de Márquez por Puruándiro y Pátzcuaro. — Excursión del mismo 
jefe á Maravatío. — £1 coronel D. Rosalío Elizondo. — Su defección. — Es 
ascendido por Márquez á general de brigada. — D. Pascual Miranda. 



Poco antes de la ocupación de Pátzcuaro, el imperio no 
tenia guarniciones más que en las plazas de Morelia, La Pie- 
dad j Zamora; estas dos últimas contaban con pequeñas fuer- 
zas francesas que servían también para dar más confianza á 
los destacamentos de mexicanos. Las contraguerrillas tenían 
orden de expedicionar incesantemente j de batir con energía 
á los chinacos: ya hemos visto que no fueron remisas en el 
cumplimiento de sus instrucciones. Esperanzado ek clero alto 
de que con la llegada de Maximiliano, que venia ya en ca- 
mino, cambiaría la política herética que habían impuesto los 
franceses, no cesaba de influir en que se levantasen en los pue- 
blos actas de adhesión en favor del imperio, lo que sólo con- 
seguía en lugares ocupados por tropas de la intervención, 
unía sus esfuerzos á los de las autoridades imperiales, á fin de 
fomentar pronunciamientos en el mismo sentido; pero por 
entonces todos sus trabajos fueron estériles. Invirtió grandes 
cantidades de dinero para procurar la defección de algunos 
jefes que figuraban en las filas republicanos; y el mismo ge- 
neral D. Leonardo Márquez, ya restablecido de la herida que 
recibió en el ataque de Morelia, dejándole honda cicatriz que 
le deformó el semblante, hizo dos expediciones con la mira 




107 

de ponerse en contacto con las personas que creyó pudieran 
traicionar la causa liberal. 

La primera de aquellas expediciones se hizo por Puruán- 
diro y Pátzcuaro, á mediados del raes de Abril, yendo Már- 
quez á la cabeza «le más de dos mil hombres. Oigamos lo 
que á este propósito dice el escritor imperialista Zamacois, 
pues que no quiero yo juzgar á los vecinos de aquellas dos 
ciudades ni hac'erles reproche alguno. El lector los hará en 
vista de las siguientes palabras: 

" Satisfactoria debió ser para él (Márquez) aquella excur- 
sión, puesto que sólo halló en los habitantes de las poblaciones 
por donde pasaba, manifestaciones de aprecio en que revela- 
ban su adhesión al nuevo orden y su estimación al caudillo 
de los principios conservadores. Al llegar á Puruándiro, va- 
rias comisiones salieron á recibirle hasta San Antonio. Do- 
minadas las señoras por la idea religiosa, que entonces se ha- 
llaba unida á la idea politica, enviaron también una comisión 
compuesta de las más distinguidas de ellas, pertenecientes á 
las principales familias, y al presentarse D. Leonardo Már- 
quez le ciñeron una preciosa corona de triunfo. Verificado 
este acto, los individuos que salieron á recibirle le suplicaron 
que subiera á una lujosa carretela descubierta que habían 
llevado con ese objeto, y, colocado en ella, la gente del pue- 
blo, desunciendo los caballos, estiró el carruaje hasta la pla- 
za principal, dando entusiastas vivas á la religión, al gene- 
ral que conducían y al imperio. Después de un solemne Te 
Deum^ se le obsequió con un suntuoso banquete, y en la no- 
che se le dio un gran baile á que concurrió lo más granado 
de la sociedad de Puruándiro. Una carta, escrita por un tes- 
tigo ocular, decía: que había sido recibido con un entusiasmo 
loco, y que había sido una fiesta en la cual toda la gente es- 
taba llena de júbilo y entusiasmo. Igual copa decían diversas 
personas, vecinas unas de Puruándiro y otras de Morelia, que 
escribieron á sus amigos de México. 

"La recepción hecha en Pátzcuaro, á donde llegó el 13 de 
Abril, no debió lisonjearle menos. "Ayer llegó á esta ciudad 
" el general Márquez; " decía en una carta escrita el 14, un 
"respetable vecino de Pátzcuaro, adonde le hicieron una re- 

Miohoacan.— 9 



106 

<^ cepción muy entosiasta. El júbilo se manifestó de una ma- 
<< ñera indescriptible. Las calles estaban tapizadas de flores, 
^* asi como sa carretela, que materialmente la alfombraron 
^^ con ellas, cansándole mucha ternura ver el interés que ma> 
^* nifestaron estos honrados habitantes, por sns valientes sol- 
^* dados, á qnienes hacen todas las demostraciones posibles de 
" gratitud." 

"El general D. Leonardo Márqnez regresó á Morelia, sin 
que en su expedición encontrase fuerza ninguna republica- 
na que le saliese á disputar el paso. Pocos dias después salió 
para Acámbaro y Maravatio, á organizar la fuerza del De- 
partamento y poner á esta última población en estado de de- 
fensa." 

Hasta aqui el escritor imperialista. Ahora sigamos nuestro 
relato. En la primera de estas expediciones, Márquez logró 
ponerse al habla con D. Antonio Huerta, hermano del gene- 
ral D. Epitacio, logrando seducirlo, cosa que le fué fácil, por- 
que D. Antonio ni tenía el talento ni la firmeza de principios 
de su hermano. Desde entonces se comprometió Huerta á 
escuchar las indicaciones de Uraga en el sentido de recono- 
cer al imperio. Más adelante volveré sobre este asunto; en 
este capitulo seguiremos á D. Leonardo Márquez en su mar- 
cha á Maravatio. No era su objeto apoderarse de esta plaza 
y ponerla en estado de defensa; un fin más importante lo con- 
ducía hacia aquel rumbo. 

Desde hacía dos meees, el partido liberal en Michoaeán se 
mostraba desconfiado del coronel Kosalio Elizondo, jefe de 
la línea del Oriente del Estado. Este militar no era michoa- 
eán o, é ignoro los motivos por que el Gobierno de aquella lo- 
calidad lo distinguió sobre otros jefes, nativos de allí, valien- 
tes, patriotas y de mejor talento. 

A aumentar aquella desconfianza vino un artículo publi- 
cado en la capital de la República, por el Cronista de México^ 
periódico netamente partidario del imperio. El artículo de 
que se trata tiene por título "El jefe juarista Elizondo," y 
dice: "Así como lamentamos y reprobamos la conducta de 
varios guerrilleros que sólo viven sobre la propiedad del hon- 
rado ciudadano, asi aplaudimos la que observa el general con 



í 



109 

COJO nombre encabezamos este párrafo, y de cuya moralidad 
y baenos sentimientos ya hemos tenido el gusto de ocupar* 
nos otras veces. Escritores imparciales y justos, jamás ataca- 
mos ni denigramos á nadie, porque defienda principios con- 
trarios á los nuestros, por muy errados que los juzguemos, 
siempre que para la defensa de esos principios se empleen loa 
medios que marcan la justicia y la equidad. 

"Nosotros, como nadie, respetamos las opiniones de todos, 
y somos los primeros que, donde quiera que encontramos una 
virtud la aplaudimos, asi como donde hallamos el crimen lo 
execramos, sin deternos á examinar si aquélla reside en un 
adversario político, ó si el segundo ha sido perpetrado por 
quien pertenece á nuestra comunión política. 

"Nosotros no desconocemos, ni hemos negado jamás, que en* 
las filas juaristas militan algunos pundonorosos jefes que mi- 
ran con disgusto los desmanes y tropelías cometidos por los 
qne, en nombre de la libertad, se creen autorizados para des- 
pojar al honrado ciudadano de su propiedad. Antes hemos 
confesado, en uno de nuestros editoriales, que esos jefes exis- 
ten; y entre ellos hemos hecho mención del general Elizondo 
qne ahora nos ocupa, el cual, celoso del buen nombre de la 
causa que defiende, fusiló á mediados de Febrero, como en- 
tonces dijimos, al guerrillero Ramírez que se ocupaba, en la 
Venta del Aire, en despojar á los pasajeros y á los arrieros 
del dinero que llevaban. 

"Firme en estos principios de moralidad, el 8r. Elizondo 
ha continuado y continúa defendiendo la causa juarista, sin 
extorsionar á los pueblos, guardando todas las consideracio- 
nes á los honrados individuos, y obligando á su tropa á res- 
petar la propiedad. 

" Personas que han llegado de Maravatío, donde el expre- 
sado Elizondo se encuentra con una fuerza de dos mil hom- 
bres,^ nos dicen que ninguno más enemigo que él de aquellos 
cabecillas que, sin valor ni fe para combatir, sólo viven del 
pillaje y de la rapiña, y á los cuales persigue sin descanso, 

1 £1 escritor imperialista exageró, sin medida, el efectivo de la tropa de 
Slizondo, que no pasaba de cuatrocientos hombres, de los cuales una parte ez- 
pedicionaba fuera de Maravatío. 




meracieado por esto las coaBideraciones j el aprecio de toda 
la gente honrada. 

" Intransigente con el crimen, parece que además del Ra- 
mírez & quien fusiló, como dijimos, por los robos cometidos 
en la Venta del Aire, ha fusilado últimamente á otros dos 
por igual delito. 

"Mucho aplaudimos esa conducta del Sr. Elizondo que 
quisiéramos verla imitada por todos los que pertenecen á su 
comunión política." 

Como se ve, este articulo, escrito con toda hipocresia, tenia 
por mira prestigiar á Elizondo é inculcar la idea de que los 
jefes juaristas honrados no debían hacer causa comi\a con 
loa guerrilleros. 

• En cuanto á Elizondo, no había quien no dijese que estaba 
ya enyerbado, ea decir, seducido por el oro del imperio, y prue- 
ba do ello, eran las onza^ españolas que le habían visto algu- 
nos do BUS subalternos, entre otros el teniente coronel Pedro 
García que me dio estos informes. 

Pura quien esta situación ofrecía mayorespeligros, era para 
los patriotas de Zitácuaro que, cuando menos lo esperaran, 
podían verse envueltos en una traición ó sorprendidos por 
elta. Para definirla, el coronel Riva Palacio escribió á Eli- 
zondo, pidiéndole su concursó, si no para resistir en aquella 
plaza que estaba á punto de ser amagada por el coronel Clin- 
chant, si el menos para defenderla por medio de combates 
librados fuera de ella. 

Con fecha 29 de Marzo contestó Elizondo, desde Angan- 
gueo, entre otras cosas, lo que sigue: " Sr. Lie. D. Vicenta 
Riva Palacio. — Apreciable señor de mi respeto. — La de- 
fensa de Zitácuaro ea inútil ; de estériles resultados, porque 
aun cuando la defensa fuera fuerte, un sitio por el enemigo es 
infalible, j como otras dos secciones del mismo enemigo me 
calculan darme un golpo á mi fuerza, me es imposible auxi- 
liarlo á vd. y que buelvo á repetirle que una resistencia en 
Linia por nuestra parte es de todo punto imprudente; en este 
momento que son las tres de la mañana me retiro para Sca- 
gnio ó para Rayón (Tlalpujahua) según las últimas noticias 
que me vengan de mis exploradores para saber de la ñier- 



111 

za que viene de Maravatio y Tajimaroa y como estas y las 
que han llegado á Tuxpan pueden serme funestas me es in- 
dispensable moverme á esta ora. Vd. podrá hacer de lo ma- 
nifestado el uso que le corabenga que á mi juicio puede vd. 
retirarse por el camino que le quede á vd. descubierto, pues 
como son los momentos supremos no puedo yo calcular cual 
será el que á vd. combenga " 

El miedo ó la infamia hablan dictado la carta que antece- 
de; acaso ambos sentimientos juntos. B.iva Palacio logró su 
objeto de saber que no se contarla con Elizondo para defen- 
der la linea de Oriente. A fin de evitar toda responsabilidad 
por su parte, puso el hecho en conocimiento de Uraga, en- 
viándole un correo hasta Zapotlán. El general en jefe con- 
testó con fecha 12 de Abril: "Sr. Coronel D. Vicente Riva 
Palacio. — Mi estimado amigo: — He recibido la apreciable 
de vd. fechada el 2 del corriente, y por su contenido me im- 
pongo de todo lo ocurrido últimamente respecto á la ocupa- 
ción momentánea de esa ciudad por fuerza francesa Con 

franqueza, las razones expuestas por Elizondo en la carta 
que vd. me acompaña, y que le devuelvo, para no defender 
la plaza de Zitácuaro, no me parecen fuera de propósito, y 
por lo mismo le recomiendo haya mucha prudencia, no vaya 
á aparecer la discordia que divida nuestras fuerzas, etc. — 
José L. Uraga.^^ 

Por el contenido de esta carta pudo convencerse Eiva Pa- 
lacio que estaba aislado en Zitácuaro, y que no debía confiar 
más que en sus propios esfuerzos para continuar la lucha con- 
tra la intervención y acaso contra el mismo Elizondo. 

Permanecía este jefe en Maravatio con la doble investidura 
de Prefecto de aquel Departamento y de jefe de la línea de 
Oriente. No tenía á sus inmediatas órdenes más que el cuer- 
po "Lanceros de Huerta" compuesto de cuatro compañías 
de á cincuenta plazas cada una, y la magnífica charanga que 
dirigía el maestro Loaiza. Las demás fuerzas de su mando, 
el batallón que mandaba Cáceres, la guardia nacional de Zi- 
tácuaro y un escuadrón de que era jefe el coronel Almeida, 
expedicionaban por su propia cuenta, procurando estar lejos 
de Elizondo por la desconfianza que les inspiraba. A fines de 



112 
Abril evaenó este iadividao la plaza de Maravatio, manifes- 
tando á sna sabalternoa qae en combinación doa columnaa de 
franceses j la división Márquez se dirigtan á atacarlo, con el 
ánimo de conquistar toda la línea de Oriente y dejar guarne- 
cidas las principales poblaciones. Elizondo trató disimuladar 
meuto de hacer entender á los suyos que el mundo se les ve- 
nía encima y que ya no era posible resistir al imperio. Para 
lograr coa mejor éxito bu plan, demostrando que la huida 
mismu era ineñcaz, salió de Maravatio á medía noche, con 
rumbo á Irímbo, tomó después la dirección de Los Reyes y 
Btguii'> la marcha á Angangueo por el camino de Tajimaroa; 
allí le avisó el alférez Olmedo que el rio estaba crecido y que 
del otro lado se hallaban los franceses. Elizondo contramar- 
chó, llegando á Los Heyes á las tres de la tarde. Se dio un 
ligero descanso á la tropa, el suficiente para que los franceses 
picasen la retaguardia de los "Lanceros de Huerta," que to- 
maron entonces la dirección de Pomoca hasta la hacienda 
del Suúz, á donde llegaron á las diez de la noche. Se mandó 
dar pienso á los caballos; á la una de la mañana continaó la 
marL'ha, atravesando los montes y el desfiladero del puerto 
del C'hiire, á donde llegaron á las doce del día, y á las tres de 
la tarde á la hacienda de Faragua, en dirección á Maravatio; 
allí 8c volvió & tener noticia de que los franceses estaban in- 
mediatos; se tocó botasilla, y casi á escape salió la tropa coq 
rumbo al Paso de las Ovejas; Elizondo dispnso que los te- 
QÍentos Félix Esparza y Benigno Pérez cubriesen la retaguar- 
dia, con cuarenta hombres al mando del primero de aquellos 
oficiales. Esparza hizo avanzar á Pérez con veinte hombres 
y él se qnedó con los otros veinte que repartió en tiradores: 
loa franceses los seguían á una vista sin disparar un solo tjro. 

DAI Ilt'gar al rio trataron de cortar la fuerza de Esparza. Esta 
ordenó á Pérez que sostuviese el fuego, en tanto que él, coD 
los veinte hombres que le acorapaSaban, acometió lanza «d 
ristre contra los jinetes franceses, á quienes hizo retroceder 
hasta que se incorporaron al grueso de la columna. 

Por lo expuesto se comprende que el enemigo no trataba 
de biitir á Elizondo, y fácilmente se adivina que sus movi- 
mientos iban do acuerdo COD la intriga premeditada con aquel 
jefe. 



I 



US 

Incorporado Esparza al regimiento, éste siguió al dia si- 
guiente hasta las minas de azufre; luego por San Andrés ha^ 
cia Otzumatlán y la Cañada del Agua Caliente; á otro dia se 
continuó la marcha por Santa Rosa hasta la cañada de Papa- 
tzindán. En todo este largo y difícil trayecto, en que ya na 
eran perseguidos por los franceses, se marchaba de prisa^ 
dejando perdidas las muías que conducían el parque y na 
cuidando á los soldados que, por lo tanto, se desertaban en 
pelotones, favorecidos por lo quebrado del terreno. El dia 
siguiente se venció la jornada en Tiquicheo, no distante ya 
de Huetarao: á otro dia se tomó el regreso por Tuzantla, y 
finalmente á Tuxpan, á donde se llegó el 10 de Mayo, des- 
pués de una expedición de más de cien leguas de idas y ve- 
nidas incomprensibles para el que conozca la naturaleza de 
aquel terreno. El 11 salió de Tuxpan el coronel Elizondo con 
una escolta de diez hombres mandada por Esparza, y se di- 
rigió & Irimbo, yendo á apearse á una casa, en donde se ha- 
llaban reunidos varios vecinos de los principales de Marava- 
tio. Todos almorzaron juntos y no escasearon las copas. En 
los postres, y retirado Esparza, Elizondo tuvo una larga 6 
intima conferencia con aquellas personas, y en la tarde re- 
gresó á Tuxpan. .El 13, saliendo de este lugar, llegaron á 
Senguio á medio dia, y á las tres de la tarde se tocó llamada 
de honor, verificándose la junta en el alojamiento de Elizon- 
do. Este, después de haber manifestado á sus subalternos lo 
difícil de la situación, los reveses que en todas partes sufrian 
los republicanos, las guerrillas de bandidos que á su nombre 
talaban el país, la opinión general que, según él, estaba deci- 
dida por el imperio, y por último, el pésimo estado de la tro- 
pa que era á sus órdenes y que estaba imposibilitada para el 
más insignificante combate, los invitó formalmente á recono- 
cer al nuevo Qobierno, asegurándoles bajo su palabra de honor 
que, vencidas las gavillas, para lo cual ellos mismos contri- 
buirían, y retirado el ejército francés, como estaba ofrecido, 
volverían á proclamar la República y á combatir contra el 
Gobierno imperial: que contando con la buena voluntad y 
el cariño que le tenían sus subordinados, en justa correspon- 
dencia del grande que él les profesaba, se había ya extendido 
el acta respectiva que él, el primero, había firmado. 



114 

Aquellos oficiales oyeron con estopor á Elizondo; todos 
guardaron el más profundo silencio, y acaso meditaban que 
en las circunstancias presentes, rodeados por numerosas fuer- 
zas del enemigo, desmoralizada la tropa é inutilizados los ca- 
ballos, no tenían más expectativa que la derrota y la muerte, 
y acaso también pensaron en engañar, por de pronto, á su jefe, 
para volver después, sin él, al campo republicano. Elizondo 
se aprovechó de aquellos momentos de vacilación, y fué lla- 
mándolos, uno á uno, y presentándoles el acta que firmaron 
sin resistencia. El único que no puso su nombre en el fatal 
documento, fué el teniente coronel Pedro García. Todos sa- 
lieron cabizbajos, avergonzados y sin mirarse los unos á los 
otros, y se dirigieron á los cuarteles. Pedro García ensilló su 
caballo y salió de Senguio, tomando el camino de Zitácuaro. 

El 14 se emprendió la marcha para Maravatío, y antes de 
llegar á Ichámuco (Chamueo), se presentó D. Leonardo Már- 
quez coli una escolta de cincuenta hombres del 5? de caballe- 
ría. Ambas fuerzas formaron en batalla á uno y otro lado del 
camino. Márquez y Elizondo se apearon: el primero arengó 
á los nuevos imperialistas y con su propia mano ciñó la banda 
de general á D. Bosalío Elizondo, y en voz alta lo saludó con 
vivas que apenas contestaron los soldados. En seguida todos 
se dirigieron á Maravatío. 

Así se consumó aquel infame acto, que fué el ejemplo dado 
por los jefes del imperio de comprar la traición en el campo 
enemigo. Ellos, más tarde, habían de recibir los frutos de este 
proceder indigno. 

Los papeles imperialistas aseguraron en esos días que Eli- 
zondo se había presentado con una división de seiscientos 
hombres. Esto no es cierto; en su defección sólo arrastró con- 
sigo á los '' Lanceros de Huerta," que no llegaban á doscien- 
tos, supuesta la deserción que sufrieron en sus últimas mar- 
chas que he referido. 

Para concluir este capitulo transcribiré el acta de adhesión 
firmada por Elizondo y los suyos. Dice así: 

"En el pueblo de Senguio, á los trece días del mes de Ma- 
yo de mil ochocientos sesenta y cuatro, reunidos en la casa 
habitación del señor general graduado coronel D. Rosalío 



115 

£Iizondo, dicho señor y los señores jefes y oficiales que subs- 
cribimos ésta, y 

^^Considerando: que siendo mexicanos amantisimos de 
nuestra patria, acérrimos defensores de su independencia y 
soberanía, siempre hemos anhelado respetabilidad para ella 
en el exterior, y que sus destinos hayan sido basados confor- 
me á los principios tutelares de las libertades públicas, del 
progreso y luces del siglo, que son los únicos elementos ca- 
paces de conducir á los pueblos á su engrandecimiento. 

'' Considerando: que en las actuales circunstancias por las 
que atraviesa la nación mexicana, desgarrada por crueles gue- 
rras civiles desde que consumó su independencia gloriosa, las 
que la han conducido al estado deplorable en que se encuen- 
tra, de no ofrecer para sus hijos ninguna garantía, ni paz, ni 
orden, y los pacíficos habitantes de las ciudades, pueblos y 
campos ven desaparecer sus propiedades sin que de ello re- 
sulte bien ninguno á la causa pública. 

*^ Considerando: que tal estado de cosas no puede ser du- 
radero, porque las familias no sólo tienen que lamentar la 
pérdida de sus intereses, sino lo que es más caro para ellas, 
la desaparición del padre, del esposo, de los hijos, de los her- 
manos, sacrificados, los unos por la saña de los partidos, víc- 
timas los otros por los hechos de armas que diariamente tie- 
nen lugar, cosas todas que dejan en pos de sí un rastro de 
sangre, lágrimas, ruinas, desolación y espanto, sendas que 
hoy sólo tiene á la vista el mexicano sensible, de corazón hu- 
manitario. 

^^ Considerando: que si bien la Eepública estaba constituida 
bajo la forma de Gobierno federal, representativo, popular, y 
sus destinos, por la voluntad de los pueblos, fueron encomen- 
dados á la presidencia de D. Benito Juárez, en las actuales 
circunstancias este Supremo Magistrado ha sido amagado por 
algunos gobernadores de los Estados para que renunciara su 
elevado puesto en manos del presidente de ia Corte de Jus- 
ticia, por no merecer la confianza de los pueblos, y otros mo- 
tivos que ya pertenecen á la historia para su juicio imparcial; 
y además, la autoridad del Sr. Juárez ha sido tácitamente 
desconocida en un manifiesto á la nación, subscrito por el ge- 



116 

neral en jefe del Ejército republicano, y machos de losgober- 
nadores de los Estados de Jalisco, Querétaro, Michoacán y 
Colima, cuyo documento, publicado en Marzo de este año, 
envuelve ideas destructoras del principio que ha servido de 
norma á los defensores de la legalidad y la independencia, á 
la lealtad y buena fe,^ por todo lo cual la situación del Pre- 
sidente es precaria, sin que su autoridad sea respetada, sin 
que sus órdenes sean obedecidas, viéndose, por tanto, entro- 
nizada la fiera anarquía, sin que el referido Presidente pueda 
conjurarla por falta de recursos, de obediencia, de fuerza ar- 
mada con qu<^ hacer respetar su autoridad y los deseos que 
lo animan por el bien de la nación. 

'^ Considerando: que cansados los pueblos con sus sacriñ- 
cios estériles, con sostener una lucha que sólo les da por re- 
sultado su miseria y su ruina, á lo que debe seguirse necesa- 
riamente la pérdida de su nacionalidad, ansian por otro orden 
de cosas que, salvando la autonomía mexicana y el nombre 
de mexicanos, les proporcione los goces sociales para los que 
han sido educados, bebiendo en los raudales de la historia la 
manera de proporcionarse esa felicidad y los modos de ad- 
quirirla. 

^^Considerando: que aun cuando se le concediera al Presi- 
dente de la República todo el poder necesario para conjurar 
la tempestad que, cual un cataclismo, ha abortado sobre las 
cabezas de los republicanos, su autoridad debe cesar en no- 
viembre de este ano, conforme á la Constitución que rige los 
destinos del país, sin que se haya podido verificar la elección 
de su sucesor por la situación que guarda la República, sin 
que pueda decirse que entrará á desempeñar este cargo el 
Presidente de la Corte de Justicia, porque ni ésta existe ni 
el que fungia como tal lo es en la actualidad, según disposi- 

1 Se refiere aquí el autor del plan de Elízondo, al maniñesto de Uraga que 
Bubscribíó el Gobernador de Colima; y el Gobernador de Querétaro, es decir, 
el Lie. Linares que estaba de acuerdo con Uraga, pero no firmó el documento el 
de Jalisco, que lo era el general Arteaga, antes bien protestó contra él. Se nota 
que el jesuíta que redactó la acta que estoy transcribiendo, al asentar tanta 
falsedad y al escribir tan hipócritamente, obedecía á las instrucciones de las 
personas que tramaban la intriga en que quedaron envueltos Uraga, Linares, 
Caamaño, Elizondo y D. Antonio Huerta. 






117 

ciÓQ Suprema dictada recientemento en San Luis Potosí^ qud 
1lÍ20 cesar sus destinos á ese Presidente y otros Magistrados 
de la referida Corte, cuya circunstancia de la acefalia de la 
presidencia vendría á complicar los males de la nación, crean- 
do tantas entidades ambiciosas, cuantas fueran los que aspi- 
ran al mando supremo, en ese caso que debe tener lugar pró- 
ximamente. 

"Considerando: que la intervención europea y el imperio, 
la primera, tal como se ha anunciado, sólo busca por resul- 
tado ver cuál es libremente la voluntad de los pueblos, sal- 
vándolos del conflicto en que se encuentraa, para que se cons- 
tituyan del mejor modo posible que les parezca; y el segundo, 
en BU existencia, no ataca la independencia de la nación, sino 
por el contrario, á la sombra de la monarquía ella se consti- 
tuirá libre, soberana é independiente, salvando el abismo á 
que la conducían los errores de sus hijos y las aspiraciones 
de los partidos en que estaba dividida. 

"Protestamos de la manera más solemne, y poniendo por 
testigos á Dios y á los hombres mis conciudadanos y los de 
los otros países, que nos adherimos á la intervención y al im- 
perio, como principios salvadores de la nación mexicana; que 
ambas cosas las auxiliaremos y defenderemos en el modo y 
forma que nos lo permitan nuestros débiles esfuerzos, en bien 
del sagrado objeto de que la independencia de México se sal- 
ve del conflicto que hoy la amaga. Con lo que concluyó la 
presente acta que firmaron. — General graduado coronel, Bo- 
«oSo Elizondo. — Teniente coronel, Migud Oamarena. — Tenien- 
te coronel, Vicente Solía. — Comandante de escuadrón, Norberto 
Salgado. — Comandante de escuadrón, Ramón Cortés. — Capi- 
tán, Rosalio Ruiz. — Capitán, Migud Oonzález. — Capitán, Vtcen- 
te Díaz. — Capitán, José Olmedo. — Capitán, l^eKpe Castro. — Ca- 
pitán, Vicente Alvarez. — Teniente, Mannd Ramírez. — Teniente, 
í&ix Esparza. — Teniente, Casiano Chávez. — Teniente, Fran- 
idsco Alejandro. — Teniente, Benigno Pérez, — Teniente, I. Pe- 
raUa. — Teniente, Tiburdo Zamudio. — Teniente, Francisco Ol- 
mos. — Teniente, SUverio Far/án. — Teniente, Felipe Chávez. — 
Alférez, Nemesio Elias. — ^Alférez, Marcos López. — Alférez, An- 
tonio Salmerón. — ^Alférez, Juan Contreras. — Alférez, Ventura 



Pt'' 



Orozca. — Alférez, Manuel LlanoB. — Alférez, Pedro Eüzondo. — 
Alférez, Pedro Torja. — Alférez, Rafael Tapia. — Alférez, Mi- 
guel Mares. — Alfórez, Juan Flores. — Alférez, Jesús Garepa." 

Después de haber apoyado Márquez la defección de Eli- 
zondo, regreaó á Morelía, creyendo que la linea de Oriente 
quedaba pacificada. Ya lo veremos, cuando oompreadieudo 
su error, tuvo que emprender una seria campaña sobre Zitá- 
cu aro. 

Loa periódicos del imperio hicieroQ mucho alarde de la im- 
portante adquisición de Elizondo, y de que también hubiera 
reconocido al imperio el general D. Pascual Miranda, quien 
acompañado de dos ó tres oficiales, ee desertó en Pátzcuaro y 
se dirigió á la ciadad de México, en donde la Regencia lo 
revalidó su despacho. Ni el imperio ganó algo ni la Repú- 
blica perdió nada con esta conducta de Miranda. En cuanto 
á Elizondo, el Gobierno intruso le nombró desde luego Co- 
mandante Militar de Maravatio, con beneplácito del vecinda^, 
rio de aquella villa. 



NICOLÁS ROMERO. 

La oin de osts rstrato oeta copiada del qua publica. "El Libro Rojo," 




wio\jv5, ^mmQ. 



119 



CAPÍTULO XII 



(1864) 



Alegría de los traidores por la defección de Elizondo. — Indiferencia con que 
fhé yista por los republicanos. — Aparece en escena el más notable de los 
jefes de guerrilla, Nicolás Romero. — Retrato y magos biográficos. — Ac- 
ción de Nijinf. — Batalla del Tulillo. — Llegada de Maximiliano y Carlota 
¿ México. -^Continüan los trabajos de zapa del bando clerical. — Intrigas 
de Uraga. — Actitud patriótica de Corona. — El general Arteaga al frente de 
los sucesos de Jalisco. — Berriozábal entrega el Gobierno dé Michoacán al 
general D. Juan B. Caamaño. — Confidencias de este jefe al autor de la 
presente obra. — Desconocimiento de Uraga. — Traición de Uraga. 



Gran contento produjo á las autoridades de Morelia la no- 
ticia de la defección de Elizondo. El acta de adhesión del 
traidor, certificada por el Lie. Alejandro Ortega, secretario 
general de Gobierno, fué publicada en medio de repiques y 
de salvas de artillería. Los partidarios del imperio en aquella 
ciudad, levantaban las manos al cielo, dando gracias á Dios 
por el próximo triunfo de la santa causa, pues no dudaban de 
que, antes de muchos dias, los demás jefes republicanos de 
arden seguirian el ejemplo de Elizondo. 

£n el campo liberal la noticia no causó sorpresa ni desa- 
liento: todo el mundo esperaba ya la defección de aquel jefe 
inepto y harto remiso para pelear. En Zitácuaro, al saberse 
el acontecimiento, se celebró con músicas y cohetes, pues to- 
dos deseaban tener á Elizondo más bien por enemigo que 
por compañero de armas. 



Por aquellos diaa el coronel Biva Palacio ae hizo de qd 
poderoso auxiliar cou la llegada del guerrillero máa famoso 
entre todos, por bu valor, por su astucia, por la firmeza de 
BUS principios, por la lealtad de su carácter, por ta adhesión 
y cariño particular que profesaba al mismo Riva Palacio, por 
el respeto y amor que inspiraba á sus eoidadoa, por la popu- 
laridad, en fin, que había alcanzado en donde quiera que se 
conocía su nombre, Nicolás Eomero, nombre que está escrito 
indeleblemente en las páginas de la historia, como el de un 
héroe cuya personalidad es y será siempre un tipo legendario 
de loa chinacos, de esos guerreros audaces, pero modestos; te- 
rribles en el combate, pero generosos con loa vencidos; sin 
disciplina militar, pero incanaables en la lucha; con un entu- 
siasmo tan grande, con una fe tan ciega eu la libertad, con 
una abnegación tan sublime, que el pueblo ve en ellos á aiu 
mejores soldados, á sus paladines más distinguidos. 

Kicolás Romero era nativo de la municipalidad de Tlal- 
pan, y en su juventud sirvió de obrero en una fábrica de 
mantas de aquella ciudad. Alli ae deslizaba tranquila su exis- 
tencia, cuando oyó el fragor de la guerra en la lucha por la 
Reforma, y llevado de su entusiasmo, sentó plaza de soldado 
entre los guerrilleros de Ajusco é hizo en los alrededores de 
la ciudad de México la campaña de loa tres añoa. 

Al principiar la intervención, servia en una fuerza del 2? 
Diatrito del Estado de México (Diatrito que es hoy el Estado 
de Hidalgo); allí se acabó de perfeccionar en el arte del gue- 
rrillero, entre aquellos valientes chinacos que ha producido 
la tierra de Pachuca. 

Ocupada materialmente esta comarca por numerosas fuer- 
zas intervencioniataa, y acéfala de Gobierno legítimo, Nicolás 
Romero emigró de ella buscando un campo en que seguir lu- 
chando contra loa enemigos de la patria. ¿Dónde mejor que 
en Zitácuaro, nido de águilas j guarida de leones? 

Nicolás, á la cabeza de cien jinetes, se presentó al coronel 
líiva Palacio y se puso á sus órdenes. Era de treinta á treinta 
y cuatro anos. Mestizo en que predominaba la sangre indí- 
gena, an color era obscuro y terso, lampiño, de ojos pardos 
que de cuando en cuando relampagueaban, llenoa de fuego, 



121 

pero que de ordinario miraban humildemente. Era bajo de 
cuerpo, delgado, y tenia en el carrillo derecho una pequeña 
cicatriz, consecuencia de una herida que recibió, durante la 
guerra de Reforma, en un combate cerca de Cuernavaca. 
Retraído en su trato, su aspecto parecía el de un hombre en- 
teramente pacifico. Yestia de tricot negro y sombrero de 
fieltro. Cualquiera, al verlo, habría creído tener al frente á 
un humilde vicario de cura. 

Jamás he visto un jinete como lITi colas Romero. Se sentaba 
en el caballo con tanta naturalidad, como si asi hubiese pa- 
sado toda su vida. Le gustaba á veces menear el penco^ lo que 
significaba que nadie, como él, sabia arrancarlo y sentarlo con 
sin igual donaire; lo hacía andar para atrás en largo trecho, 
arrendar con una destreza inimitable, brincar cercas y ba- 
rrancas, trepar por peñas que parecían inaccesibles. A veces, 
cogido de la cabeza de la silla, y corriendo caballo y jinete, 
Nicolás hacia una machincuepa desde el suelo, volteando el 
cuerpo sobre la cabeza del corcel y cayendo sentado en la si- 
lla. Montar cuando un caballo pasaba á escape cerca de él, 
sin más que apoyar sus manos en las ancas del animal, era 
cosa que Nicolás hacia con una galanura admirable. 

Y sin embargo, aquel hombre que así traveseaba con un hu- 
mor infantil, era una persona circunspecta, seria y hasta pu- 
diera decirse adusta. 

Asi pues, si por aquellos días en Michoacán perdimos á 
Elizondo, ganamos á Nicolás Romero. ¡No podía ser más 
ventajoso el cambio! 

Riva Palacio, que ya conocía los antecedentes del guerri- 
llero, aumentó la fuerza de éste con la guerrilla Garza y una 
compañía de Rifleros que hacían, con la fuerza de Romero, 
un total de ciento cincuenta hombres, que desde luego salie- 
ron á expedicionar rumbo á Ixtlahuaca. 

El 21 de Mayo daban pienso á la caballada en la hacienda 
de Nijini, cuando á eso de la una de la tarde, el enemigo que 
había salido de Ixtlahuaca en número de ciento cincuenta 
jinetes, comenzó á tirotearse con una avanzada de nuestro 
guerrillero. Este, al oir los disparos, mandó reforzar aquella 
escolta con la guerrilla Garza, mientras que al toque de bo- 



taeilla se orgaoizabs Bn sección. Entretanto el enemigo se 
había posesionado do.la altara que está al frente de la hacien- 
da. Garrocha en mano ae echó sobre ellos Kicoláa Romero, á 
la cabeza de sus lanceros. Inútil es decir que la carga se dió 
con valor. LoB traidores no resístierorj largo tiempo, Atcrro- 
ñzados de aquel tremendo empuje, huyeron á todo escape. 
Perseguidos por espacio de cuatro leguas, en que tuTieron 
cinco muertos, se dispersaron en todas direcciones, dejando 
en poder de Nicolás Romero veinticinco prisioneros, treinta 
caballos, igual número de mosquetes, once sables, ciiieo cla- 
rines, máa de cincuenta lanzas j muchas cartucheras. El com- 
bate terminó en las goteras de Iztlahuaca, sis que la guarni- 
ción de esta plaza saliese en auxilio de los suyos. Loe nuestros 
no tuvieron que lamentar pérdida alguna. Este triunfo pro- 
clamó, por primera vez en Míchoacán, el nombre de Nicolás 
Romero. Al regresar á Zitácuaro fué saludado con entusias- 
mo por los vecinos de la heroica ciudad. 

Nadie, empero, experimentaba la satisfiícción que Riva Pa- 
lacio, al ver que iba en aumento la pléyade de valerosos gue- 
rreros que lo rodeaban. Tomó personalmente el mando de su 
fuerza, j seguido de Nicolás Romero, de Luis Carrillo, de 
Agustín Granda, de Carlos Castillo, de Luís Robredo, de Pe- 
dro García j de otros jefes, con un ejército de poco nnenos que 
quinientos hombrea, salió de Zitácuaro para ir á amagar á 
Toluca, distante diez y ocho leguas de la ciudad de M^ico. 

Era 8U propósito emprender un ataque de sorpresa sobre 
aquella plaza en el d!a mismo en que Sus Majestades el Mn-. 
perador Maximiliano j la Emperatriz Carlota hicieran su en- 
trada solemne en México, la capital del Imperio, protestando 
de esta manera contra las falsas aseveraciones de la prensa 
intervencionista y de los informes de la Regencia, que trata- 
ban de hacer creer á los soberanos que el país estaba pacificado 
y que sólo en los confines del territorio quedaban gavillas 
que eran eficazmente perseguidas. 

En Trojes se reunieron las fuerzas de Romero y de Casti- 
llo (trescientos jinetea) y la de Bernal (menos de doscientos 
infantes); mas por pocos que fueran los preparativos para la 
expedición, la marcha no pudo emprenderse sino hasta el 11» 



123 

tiempo suficiente para llegar á Toluca, si no el día preciso de 
la entrada á México de los soberanos^ si uno ó dos días des- 
pués. Se pernoctó el 13 en la hacienda del Salitre de Uren- 
des, y el 14 se tomó el camino de la Gavia: á las ocho de la 
mañana, los exploradores avisaron que el enemigo se hallaba 
cerca de la venta de Guadalupe. En efecto, una columna de 
mil hohibres, al mando del coronel Morel, habia salido de To- 
luca para ir á atacar á Riva Palacio en Zitácuaro, con ins- 
trucciones de batirlo incesantemente, á fin de disolver las 
guerrillas que estaban á sus órdenes, sobre todo la de Nicolás 
Romero, cuja audacia era la pesadilla de los traidores. Riva 
Palacio dispuso inmediatamente batir al enemigo en sus po- 
siciones, y conociendo el terreno por propia experiencia y 
por informes de los jefes que le estaban subalternados, des- 
tacó desde luego el cuerpo de rifleros al mando de Nicolás 
Romero, para flanquear á los imperialistas, y él, con la caba- 
llería de Castillo y los infantes de Robredo, marchó de frente 
hasta avistar al enemigo y formar su linea de batalla. Morel 
estaba situado en el punto llamado el Tulillo, y entre su tropa 
y la de los republicanos había una barranca de ancho cauce. 

Los traidores, viendo el reducido número de sus contra- 
rios, bajaron rápidamente al fondo de la barranca, y ya su- 
bían á paso de carga por el lado opuesto, cuando su retaguar- 
dia que, á las órdenes del mismo Morel y del raneo Estrada, 
sostenía, desde su primitiva posición, el avance de los suyos, 
se vio repentinamente atacada por la fuerza de Nicolás Ro- 
mero y de Acevedo. Tan rudo fué el golpe, que en unos 
cuantos minutos los trescientos jinetes de Morel emprendie- 
ron la fuga en completa dispersión. Entonces, la columna de 
infantería conducida por Pascual Muñoz, se halló entre dos 
fuegos é imposibilitada de salir de la profunda quiebra: Mu- 
ñoz cayó herido, ocultándose entre los muertos, y los solda- 
dos voltearon las culatas de sus fusiles y se entregaron á dis- 
creción del vencedor. 

Los clarines tocaban alegres dianas en el campo del Tuli- 
llo, proclamando la victoria de los chinacos. El coronel Riva 
Palacio no cabía en sí de gozo, y arengaba á sus soldados fe- 
licitándolos por el triunfo. 

Mlchoacan.— 10 



Esta acción ea la que el Diario del Imperio dio á conocer, 
dieicncio: " quo Kiva Palacio, con sus fuerzas unidas á las dd 
guerrillero Oíamam, eorpreodió en el rumbo de Toincft un 
destacamento del coronel imperialista Yaldés, cerca del punto 
llamado de la Cabra, y que su jefe, apellidado Muñoz, pere- 
ció allí, retirAndoBC su tropa á Toluca." Semejante modo de 
desfigurar loa hechos, se hacía adrede en los documentos ofi- 
cíales del imperio, tanto para atenuar laa derrotas de sus fuer- 
zas, como piu-a disminuir las glorias de nuestros jefes. 

Levaiitüdo el campo j no teniendo objeto la marcha á To- 
luca, en dolido ya no era posible dar una sorpresa, pues que 
Morol hiibía llevado, á uña de caballo, la voz de alarma, Kiva 
Palacio dio la orden de regresar á Zitácunro, 

Eu lii noche, á la hora en que el coronel en jefe estaba ce- 
nando (^n l;i hacienda del Salitre de Urendes, se le presentó 
e! teuÍL'nto coronel Luis Carrillo, segundo de Nicolás Rome- 
ro, y le dijo: 

— Mi coronel, no tiene vd. más novedad, sino que tos trai- 
dores andun haciéndose bola. 

— ¿Cuiílea traidores? 

— ¿Cómo cuáles? Los prisioneros, señor; como son seis- 
cientos y iiico, y nosotros menos de quinientos, comienzan & 
insolentarse. 

— ¡Eso no es posible! 

— ¡Y cómo que si! Usted dio la orden de que ellos mismos 
trajeran mis fusiles y sus cartucheras para no cargar con ese 
peso á nuestros hombres. Ya algunos han cargado bus armas. 
Si vd. gusta 

—¿Qué, Carrillito? 

— Les daremos una lanceada para que se les quite lo orgu- 
lloso. 

— Si no lo hicimos en el acto del combate, menos lo hare- 
mos ahora. 

— Pues ijué, ¿cree vd. que los hemos de sosegar con aren- 
gas? 

— Procisaracnte, Carrillito. 

— Entonces esperaremos á que acabe vd. de cenar para que 
vaya á echarles el discurso. 



125 

— No se necesita tanto, Luis, vd. será el orador y con eso 
basta. 

-¿Yo? 

— Usted, y sobre la marcha, porque puede hacerse tarde: 
vaya vd., yo se lo mando. 

Luis Carrillo salió rascándose una oreja, se dirigió al cuar- 
tel, mandó tocar llamada, y parándose enfrente de los prisio- 
neros, dijo: 

"Ex-traidores: de parte del coronel en jefe vengo á deci- 
ros que ya sabemos que os andáis haciendo bola. Os ciega la 
confianza de que sois más que nosotros; pero, ¡cuánto os equi- 
vocáis! Si vosotros pasáis de seiscientos y nosotros no llega- 
utos á quinientos, demasiado habéis visto, y lo demuestra tam- 
bién la historia, que nosotros los liberales somos hombres y 
que vdes, los mochos son c s! He dicho." 

Parece que el discurso de Carrillito no carecía de elocuen- 
cia, pues los prisioneros entregaron espontáneamente el par- 
que que tenían oculto y se retiraron tranquilos á dormir en 
sus cuadras. Al día siguiente, vencedores y vencidos, for- 
mando una sola fuerza, hicieron su entrada triunfal en Zitá- 
euaro, en medio de nutridas salvas de cohetes y de los alegres 
sones de la música. 



Entretanto, México, la ciudad imperial, había estado de 
fiesta el día 12, memorable para los partidarios de la monar- 
quía, porque en aquella fecha los soberanos Maximiliano y 
Carlota, emperadores de México, tomaron posesión del palacio 
de Moctezuma y de Iturbide, los ajusticiados del pueblo me- 
xicano. ¡Las sombras de aquellos dos reyes han de haber sa- 
ludado al prometido del Cerro de las Campanasf 



Satisfechos ya los clericales por tener entre ellos á sus em- 
peradores, no por eso se contentaron con los triunfos adqui- 
ridos en el terreno de las armas, ni desistieron de su política 
de cohecho y de soborno, antes bien se tornaron exigentes y 
apremiaron á los comprometidos á que llevasen á cabo su de- 
fección. Uno de éstos, el principal, era D. José López Uraga, 



126 

según se ha podido sospechar desde los primeros capítulos de 
esta obra. 

Como primer paso á la traición, aquel general había hecho 
subscribir á los jefes del Ejército del Centro un manifiesto 
que se publicó en la hacienda de San Marcos el dia 28 de 
Marzo. En ese documento rechazaban los subscritos la de» 
nominación dejuaristas y protestaban defender la indepen« 
dencia y la República, pero haciendo punto omiso de la Cons- 
titución y de las leyes de Reforma. "Esta circunstancia — 
dice el Sr. Vigil en el tomo V de México á través de los siglos 
— inspiró sospechas en los liberales acerca de la conducta de 
TJraga; y Corona, uno de los jefes que había firmado el ma- 
nifiesto, publicó en seguida un remitido en el periódico ofi- 
cial de Colima, diciendo, entre otras cosas, que en este docu- 
mento se encerraba la protesta de que el ejército nacional no 
era un bando que sostenía á determinadas personas, sino que 
en él se juraba defender la libertad, la República y la indepen- 
dencia de la patria, identificada en la Constitución de 1857 j 
en las leyes de Reforma. 

" La aparición de aquel remitido provocó en alto grado la 
cólera de Uraga, quien escribió una carta á Corona, tratán- 
dole con la mayor dureza, y acabando por decirle que espe-* 
raba pidiera su licencia, que estaba pronto á concederle. La 
lectura de esta carta fué para Corona un rayo de luz qae jus- 
tificaba sus presentimientos sobre las miras ocultas de Úra^ 

ga En consecuencia, dirigió á Arteaga, que estaba en 

Cocula, un oficio en que le pedia su separación para retirarse 
á continuar la defensa de la patria en el lugar que la suerte 
le deparara, fundándose para ello en razones personales y pri- 
vadas. Arteaga quiso conocer esas razones, y al mostrarle 
Corona la carta mencionada, exponiéndole al mismo tiempo 
su convicción de que el general en jefe marchaba por un ca> 
mino contrario á la grandeza de la causa que defendían, y 
acabando por aconsejarle que se desconociera á Uraga y que 
Arteaga asumiese el mando del Ejército del Centro, uno de 
los mejores cuerpos con que contaba la República en aquella 
época. El Qobernador de Jalisco (Arteaga) le contestó con 
toda buena fe, que no estaba de acuerdo con tales apreciacio- 



L 



127 

nes, y que no le concedería la separación hasta hablar con 
üraga en Sayula, á donde se dirigió aqnella misma tarde. 
Tres días después volvió, diciendo que iba facultado para con- 
cederle la licencia, pero que le manifestaba que el enojo de 
üraga se había calmado, autorizándole para hacerle presente 
que estaba contento de haber encontrado un hombre tan enér- 
gico, con quien deseaba tener una entrevista, seguro de que 
se entenderían, resultando acaso una ventaja para la posición 
militar de Corona. Pero las cosas habían ido demasiado lejos 
para que éste tomase en serio semejantes proposiciones; así fué 
que insistió en pedir su licencia, que se le concedió definitiva- 
mente, obteniendo al mismo tiempo el permiso de llevarse 
consigo una pequeña fuerza que en Mascota se había suble- 
vado con motivo de haber sido depuesto el comandante Don 
Ángel Martínez, por tomar la defensa de Corona en una dis- 
cusión suscitada á propósito de los sucesos que quedan refe- 
ridos. Tales fueron las causas que determinaron la marcha 
de este jefe desde el Sur de Jalisco hasta los Estados del Nor- 
te y de allí á Sinaloa, en donde la suerte le tenía reservado 
el papel importantísimo que representó más adelante en de- 
fensa de la República." Tal fué, repetiré yo, el motivo por 
que el Ejército del Centro perdió á uno de sus jefes más dis- 
tinguidos. 

En dicho ejército se levantó una grita sorda contra Uraga 
por tan reprobados manejos, é irritado éste, expidió su céle- 
bre circular de 10 de Junio, mandando perseguir á los des- 
contentos y que se castigara á los individuos de la tropa que, 
según decía, comenzaban á relajar la disciplina militar. ^^En 
tales circunstancias, el general Arteaga, instruido á fondo de 
los proyectos de aquel jefe, se colocó resueltamente en el 
puesto que su deber le indicaba; desconoció su autoridad y 
retirándose á Tecolotlán, expidió un manifiesto en que le de- 
claraba traidor y le aconsejaba que se separase si no quería 
ser responsable de los desastres que pudieran sobrevenir." 

Pero no anticipemos los hechos. He referido la llegada de 
Maximiliano y los acontecimientos que pasaban en el Sur 
de Jalisco; porque lo primero marcó una nueva faz de la gue- 
rra en Michoacán, y lo segundo, como perteneciente al Ejér- 



128 

cito del Centro, ee relaciona intimamente con los anteceden- 
tes y elementos de la campana en el Estado. 

Los sucesos que en su territorio pasaban eran tantos y tan 
complicados que, por más qne he procorado seguir un orden 
cronológico riguroso, esto no ha sido posible, y por lo tanto 
he tomado, por decirlo asi, grupos de acontecimientos que no 
pueden aislarse, y he referido lo relativo á cada uno desde su 
principio hasta su término. 



Voy ahora á tomar de nuevo el hilo de la historia que se 
refiere al personal del Gobierno del Estado de Michoacán, á 
fin de enlazarla con algunos otros hechos. 

Se recordará que, retirados de Uruapan los franceses que 
mandaba el general Douay, el Gobernador general Berriozá- 
bal regresó á aquella ciudad y emprendió activamente traba- 
jos de reorganización, no obstante las dificultades que le sus- 
citaba una oposición que no sé cómo calificar, pues en ella 
no había más que ambiciones personales. No fué sólo éste el 
obstáculo con que tuvo que luchar Berriozábal. En el cuar- 
tel general se le hostilizaba, porque üraga comprendía muy 
bien que jamás podría contar con él, ni seducirlo ó engañarla 
para que secundase sus planes. Lo hizo, en consecuencia, ob- 
jeto de intrigas, de pequeneces y miserias que tenían el inno- 
ble objeto de hacerlo renunciar. Si, como era de temerse, las 
guerrillas de republicanos llegaban á ser el instrumento de 
los que en Michoacán ambicionaban el Gobierno del Estado, 
y no podía sobreponerse á ellas^ por carecer del apoyo del 
Cuartel General, Berriozábal estaba casi en la imposibilidad 
de seguir una política cualquiera en el Gobierno. Hesolvió, 
por fin, presentar su dimisión, que le fué admitida en el acto, 
con orden de que marchase al Cuartel General. Entregó el 
despacho del Gobierno al general D. Juan B. Caamaño, nom- 
brado por el general en jefe del Ejército del Centro, Gober- 
nador y Comandante Militar de Michoacán, y lo comunicó 
así á las autoridades del Estado por medio de la siguiente cir- 
cular: 

^* Admitida por el General en Jefe del Ejército Republica- 



/ 

i 



129 

DO la renuncia que del Gobierno y Comandancia Militar del 
Estado he hecho, y nombrado por el mismo para substituir- 
me el C. General Juan B. Caamaño, hoy le he hecho formal 
entrega de ambos mandos. — TJruapan del Progreso, Marzo 
21 de 1864.— Felipe B. Berriozdbal—C. Prefecto del Depar- 
tamento de " 

DoB ó tres dias después, el general Berriozábal salió de 
Uruapan, emprendiendo la más cansada, difícil y peligrosa 
marcha que en aquellos momentos podia hacerse. No se di- 
rigió al Cuartel General, porque ya por entonces corría muy 
válido el rumor de la defección de Uraga. Seguido de su fa- 
milia y de otras varias, y escoltado por los cien hombres que 
formaban el cuerpo " Carabineros de Toluca," al mando del 
general D. Antonio Alvarez, emprendió el camino de Mon- 
terrey para presentarse al Presidente D. Benito Juárez. Iba, 
pues, á atravesar, y así lo hizo, de Sur á Norte la extensión 
de la Kepública mexicana, pasando precisamente por los Es- 
tados que ya ocupaba militarmente el enemigo, cuyas colum- 
nas, además, estaban en constante movilidad. La expedición 
tardó más de dos meses, en medio de peligros sin cuento, 
acampando en los bosques ó en los desiertos, falta de recur- 
sos y sin poder siquiera cambiar la caballada. A todo se so- 
brepuso Berriozábal, venciendo cuantos obstáculos se le pre- 
sentaron, y por fin llegó ileso á la capital de Nuevo León á 
poneVse á las órdenes de D. Benito Juárez. Por lo tanto, ya 
no tendré ocasión en estos apuntes de volver á ocuparme del 
caballeroso caudillo que tan gratos recuerdos dejó en Mi- 
choacán. 



Tan luego como Caamaño se encargó del Gobierno, se no- 
tó mayor actividad en los diversos ramos de la administra- 
ción. 

En aquella época tenía Caamaño veintiocho años de edad: 
era de baja estatura, pero vigoroso y arrogante. Se tenían 
de él los antecedentes de ser un militar instruido, valeroso, 
infatigable, y todos sabíamos que en la célebre batalla del 5 
de Mayo de 1862 su participación había sido gloriosa y casi 
decisiva. 



180 

Al inaugurar su administración, llevó á la Secretaria del 
Despacho á D. Antonio Rodríguez Gil, uno de los liberales 
que se mostraba más exaltado é intransigente en Michoacán, 
nombramiento que en aquellos momentos significaba, ade- 
más, que Caamaño buscaba su apoyo entre los hombres de 
la zona de Coeneo, constantes batalladores por la libertad: 
asi era la verdad, pues D. Antonio Eodriguez Gil era nativo 
de Quiroga, la población más importante de aquella comarca. 

En el ramo civil organizó, desde luego, la administración 
de justicia, disponiendo que no cesasen de actuar los jueces 
letrados y los alcaldes en los puntos no ocupados por el ene- 
migo ó que éste evacuara; en el administrativo dictó disposi- 
ciones para moralizar y hacer efectiva la recaudación de los 
impuestos, y en el militar, con una energía sin ejemplo, res- 
tableció la disciplina, creó elementos de guerra y puso en alta 
fuerza la división de Michoacán. En cuanto á la seguridad 
pública, fué atendida eficazmente, haciéndose una activa per- 
secución contra los bandidos, muchos de los cuales fueron 
fusilados y otros castigados con severo rigor. Dedicó especial 
cuidado á la selección de las guerrillas, protegiendo las que 
consideró útiles y retirando la autorización á los jefes de las 
que, por su conducta, le parecían perjudiciales. 

Esta actitud del nuevo Gobernador era bien recibida por 
parte de los vecinos de los pueblos y de la generalidad de los 
que de cualquier modo dependían del Gobierno; per* dis- 
gustó á los jefes de guerrillas que quedaron sin mando y aun 
á muchos de los que ya no lo podían ejercer con la suma de 
facultades que antes. Ko faltaron algunos que se pusieron 
en abierta rebelión contra el Gobierno; si bien, hasta cierto 
punto, puede disculpárseles, pues sabida como era la estrecha 
conexión entre Uraga y Caamaño, había el temor de que este 
jefe estuviese de acuerdo en las infames maquinaciones de 
aquél. 

A agravar los males vino la política obscura y absorbente 
del Cuartel General que puso en circulación forzoza é inme- 
diata la cantidad de cien mil pesos de papel sellado, derra- 
mándose este préstamo en los Estados de Jalisco, Colima y 
Michoacán; en este último, el contingente fué de treinta y cin- 



181 

co mil pesos, en la inteligencia de que el comisionado para 
Iiacer el cobro lo fné T>. Juan Huerta Antón, amigo y confi- 
dente de Uraga. 

Grande era este sacrificio para los pueblos que tenian que 
pagar periódicamente contribuciones demasiado fuertes; pero 
no parecía sino que el Cuartel General queria descontentar- 
los con los liberales que defendían la causa de la patria, y á 
confirmar este concepto vino también la ley de 24 de Mayo, 
por la que dispuso TTraga que todos los ramos de policía y ad- 
ministración económica fuesen encomendados á los coman- 
dantes militares, quedando suspensos los jefes políticos y 
ayuntamientos, y cesando los tribunales, debiendo conocer 
en materia penal los comandantes militares y reservarse los 
expedientes civiles para cuando se juzgara conveniente resta- 
blecer los tribunales. En virtud de esta determinación desa- 
parecieron la administración de justicia y los ramos munici- 
pales, pues que los fondos de los ayuntamientos pasaban á las 
comisarias de guerra. 

Tales disposiciones causaron un disgusto general, de que 
se aprovecharon los enemigos políticos de Caamaño en la te- 
naz y apasionada oposición que le hacían, suponiéndolo de 
acuerdo en todo con Uraga. 

He dicho que Caamaño era muy joven cuando se encargó 
del Gobierno: agregaré ahora que era de un carácter domi- 
nador é irascible: así es que en su imaginación exageraba las 
dificultades de que lo rodeaban sus enemigos, y llegó á creer 
que tanto tenía que luchar con ellos en el terreno de las ar- 
mas, como contra los imperialistas. En imbuirle estas ideas 
trabajaban de consuno su secretario Rodríguez Gil y algunas 
otras personas, siendo de advertir que de Morelia salía con fre- 
cuencia para ir á hablar con él cierta persona que estaba en las 
intrigas clericales y que llevaba por pretexto arreglar asuntos 
de contribuciones por fincas rústicas de varios hacendados 
que residían en aquella ciudad. La principal misión de aquel 
agente del imperio, era inspirar en Caamaño profunda des- 
confianza respecto de los liberales, y hacerle creer la impo- 
tencia á que estaba reducido el Sr. Juárez, huyendo por la 
frontera del Norte, en tanto que la intervención francesa y 



I 



el Gobierno establecido por ella estaban cada dia más pode- 
rosos. 

En estos circunstancias, el general üraga llamó & CaamaBo 
urgentemente á Zapotlán, á donde éste se dirigió el dia 12 de 
Janio, dejando encargado del mando accidental al general 
Carlos Salazar, ya restablecido de las graves beridas que re- 
cibió en el ataque de Morelia. 

Eq loB pocos áiaa que el denodado y entusiasta Salazar per- 
maneció al frente del Gobierno, levantó la opinión pi^blica é 
hizo renacer las esperanzas. He aqai un fragmento de nna 
carta suya que con fecha 21 de Junio dirigió á Biva Palacio: 
"Yo, desesperado de la inacción en que yaciamoe, hice una 
expedición amagando á Fátzcaaro, y me produjo el buen 
efecto de libertar la fuerza de Ario que iba á ser atacada por 
los traidores, y me he ido sobre ellos basta tirotearse mi ca- 
ballería en las calles de aquella ciudad, y loa que guarnecfan 
aquella plaza, eu número de ochocientos, han llevado tal sus- 
to, que pidieron auxilio á Zires, quien se los mandó desde 
Zacapu. En fin, nos estamos reanimando. Entretanto, le re* 
comiendo á vd. que trate al enemigo como nos trata, líos 
han fusilado en Fátzcuaro á cuantos prisioneros noa han co- 
gido, entre ellos á quince soldados rasos, á quienes sorpreu- 
dieron en Ario. En Puruándiro han asesinado veintitrés per- 
sonas, solamente por desafectas al imperio." Era verdad, y 
dorante la guerra pudo notarse que mientras más gananciosos 
se creian los imperiales, más multiplicaban los cadalsos, y al 
contrario, se mostraban generosos cuando no las tenian todas 
consigo. 

üraga no solamente había llamado & aa lado á CaamaSo, 
sí que también ordenó á Riva Palacio que fuese á conferen- 
ciar con él, y de antemano se hallaba á su lado el Lie. José 
Linares, gobernador de Querétaro. 

Antes de que Caamaño emprendiese su viaje á Zapotláu, 
hizo una expedicióu á Zitácuaro, y en sus conferencias con 
Kiva Palacio aprobó la resolución de éste de no acudir al lla- 
mamiento del General en Jefe, de quien ya se sospechaba está- 
ñese en connivencia con los enemigos de la patria. Caamaño, 
además, se lamentó de que por su situación especial respecto 
de Uraga se veía en la necesidad de ir al Cuartel General. 



188 

Así lo verificó á su regreso á Uruapan, llevando consigo á 
Rodríguez Qil y á algunos otros individuos que despachaban 
la secretaria. 

Sobre los detalles de este viaje se hicieron muchas versio- 
nes, pues habiendo producido el resultado que más adelante 
verán los lectores, cada uno lo comentaba como mejor que- 
ría. La verdad es que los interesados, á quienes importó como 
actores, guardaron por entonces profunda reserva. 

Voy ahora á referir lo que el mismo general Caamaño me 
confió el 6 de Abril de 1895, tres días antes de su muerte, 
una tarde en que estuve en su casa con él objeto de pedirle es- 
toe datos. 

" Crea vd., me dijo, que marché á Zapotlán con entera re- 
pugnancia; pero no podía dejar de hacerlo, porque de Uraga 
recibí el nombramiento de gobernador y desde antes le esta- 
ba subalternado en el ejército. Vicente (Riva Palacio) había 
sido nombrado gobernador del 1^ Distrito del Estado de Mé- 
xico por el mismo Presidente de la República, y aunque sus 
tropas figuraban como formando parte del Ejército del Cen- 
tro, la verdad es que, conforme á las instrucciones del Go- 
bierno General, Vicente tenía más amplitud de facultades y 
mayor libertad de acción. 

" Ya en camino, me encontré en Los Reyes con Pepe Li- 
nares, gobernador de Querétaro, y con el Lie. Romero, se- 
cretario de Uraga. El primero de esos señores tuvo conmigo 
una conferencia privada en la que me dijo que Uraga estaba 
ya en pláticas con el emperador y que pronto abandonaría el 
campo liberal, que el Lie. Romero iba á México á arreglar 
definitivamente este asunto, y que él (Linares), de acuerdo 
en todo con Uraga, iba también á someterse al imperio. Que 
todo esto era inevitable, supuesta la anarquía y el desorden 
que reinaba en el Ejército del Centro, dada la contiauada se- 
rie de derrotas que sufrían las fuerzas republicanas en toda 
la extensión del país, y teniendo presente que el emperador, 
despreciando por completo las exigencias del clero, seguía 
una política liberal y progresista. Por último, trató de con- 
vencerme de que era imposible luchar contra el ejército fran- 
cés, enseñoreado ya de todo el territorio. 



k 



ISi 

"Para nadie era xm miateno que üraga, desde hacia tiem- 
po, veaia preparando sa defección; así ea qoe laa revelacioDes 
de Linares cada nuevo me enseñaron ni ¡nfloian en qae jo 
BQependiera ó continuara mi viaje. Este estaba reaaelto y lo 
aogui hasta Zapotlán. Linares, vista la reserva con qae loo!, 
debe haber enterado á Uraga de roi marcha; porque, como á 
unas dos leguas antes de llegar á aquella cindad, vino éste 
á encontrarme, recibiéndome con sumo caríSo y distinciones. 
En Ése dia había cambiado de caaa para darme su propio alo- 
jannentOr que hube de aceptar á repetidas instancias que me 
hizo. Tuvimos en la tarde una larga conferencia sobre asun- 
tos de la campaña, ea términos que me hicieron creer que 
Liniires me había engañado, y que solamente para justificar 
BU propia defección atribuía í TJraga loa planes de que me 
habló. Al despedirme del Qeneral en Jefe, terminada que 
fué la conferencia, en voz casi imperceptible me dijo: "esté 
v(i. peudiente de la hora en que le mande llamar." 

" Asi lo hice, y me acosté muy tarde, siendo de advertir 
que la recámara que se me había destinado tenia ventanas que 
caían á la calle. Comenzaba á dormirme, cuando oí que lla- 
maban muy suavemente á una de aquellas ventanas; roe le- 
vanté á toda prisa y abri. Era un ayudante de Uraga con 
orden de éste de que pasase inmediatamente á verlo, pero 
f\uo fuera solo y sin que mis compañeros lo supieran. Asi lo 
hice, vistiéndome y saliendo de la casa con mucho silencio. 
Ya on la de TJraga, me encontré á éate, también enteramente 
solo, y sÍQ preámbulo de ninguna especie me confirmó cuanto 
me había referido Linares, agregando que éste llevaba ins- 
trucciones suyas para prepararme. Uraga me apremió p&ra 
qno le dijese si contaba conmigo, encareciéndome la necesi- 
(lail de obrar en ese sentido si nosotros, militares de profe- 
8ÍÚII, no queríamos convertirnos en capitanes de bandidos, y 
a so ií orándome que, si bien no le había sido posible arrastrar 
dcsJú luego consigo á los jefes más distinguidos del Ejército 
del Centro, varios de ellos seguirían pronto su ejemplo (el de 
Uraga), y ea cuanto al ejército mismo, no tardaría en disol- 
verse, pues estaba ya del todo minado. 

"Tan terribles revelaciones me parecieron verídicas; pero 



L 



185 

no quise comprometerme. Dije á ITraga que el asunto era se- 
rio, 7 que le pedia unos dos ó tres dias para resolverle. En- 
tonces el general se puso á meditar unos momentos, y luego, 
hablando con la viveza y el imperio que acostumbraba, me 
dijo: ^^Está bien, para que reflexione vd. con más libertad, 
ráyase inmediatamente á Colima y regrese en el acto. La so- 
ledad del camino será su mejor consejero.'' 

"Me despedi de él; la conferencia habia durado más de dos 
horas, y era ya la madrugada cuando llegué á mi alojamien- 
to. Desperté á mis compañeros, mandé ensillar, y poco rato 
después caminábamos rumbo á Colima. 

'^ En los pocos dias que duró la expedición comuniqué á mi 
secretario y á alguna otra persona que me acompañaba, cuan- 
to habia pasado. Desde luego, la opinión de Kodriguez Gil 
fué que yo contestara á IJraga estar de acuerdo con él, por lo 
que volvería á Uruapan con el objeto de llevarme la división 
é incorporarme con ella al ejército de Márquez; que Uraga, 
confiado en mi promesa, baria su marcha directa á León sin 
tocar al Estado de Michoacán, ó al menos dejando muy lejos 
á Uruapan, y sucedido esto, los nuevos acontecimientos mar- 
carian mi conducta, en el concepto de que él (Rodríguez Gil) 
creía que en Michoacán, y contando con los guerrilleros oriun- 
dos de aquel suelo, podríamos seguir luchando contra la in- 
tervención. 

"La otra persona que me acompañaba y que no quiero ni 
nombrar, no abría sus labios en presencia de Rodríguez; pero 
cuando éste nos dejaba solos, se empeñaba en que cesase yo 
en mi afán de lucha, que no era posible la resistencia contra 
el ejército francés, tan numeroso, que bastaba á ocupar mili- 
tarmente todo el pais, y cuanto yo hiciera se tornaría en mi 
daño, pues que en la facción juarista todo era falsedad, am- 
bición, intrigas: que el verdadero patriotismo, en fin, consis- 
tía, en aquellos días, en hacerse imperialista y esperar el tiem- 
po oportuno para restablecer la República. 

" Confieso que sentía yo fiebre de tanto meditar en este 

asunto y que no me resolvía á tomar una resolución decisiva. 

" En Colima hablé con D. Julio García, á quien también 

hallé en una situación de ánimo nada tranquila. Y como era 



186 
fuerza regresar á Zapotlán, al fín adopté la opiuiún de Rodrí- 
guez G-il, y ea eete sentido hablé con Uraga j quedamoe con- 
venidos. 

"Antea de couclair, debo decir á vd. que los sucesoa me 
revelaron quo Rodríguez Gil era uno de loa que ambiciona- 
ba» L'1 Oobierno de Michoacán, y que en Morelia supe que la 
otra persona de que he hecho referencia era un agente que 
el ini¡>erio tenia á mi lado. 

"líospuéa regresé á Uruapan; y cuando menos esperaba, 
un i!í;i llegó allí Uraga y precipitó los acontecimientoe que 
vd. y todos presenciaron," 

Al concluir esta relación, Caamaño se hallaba profunda- 
mcDto emocionado: sus ojos estaban húmedos y pálido el co- 
lor de su semblante. 

— Seiíor, le dije, cuanto vd. me acaba de referir atenúa mu- 
cho mi falta 

— No, Licenciado, me contestó, eso no fué una falta, ¡fué un 
crimen! 

— Uu crimen que su conducta posterior ha disculpado. 

—Tampoco, amigo mío; ese crimen aólo pudo haberse bo- 
rrado, volviendo al campo de la lucha á pelear como soldado 
raso. Lo solicité, pero nadie entonces creyó en mi arrepen- 
timiento. Tuve que devorar á solas mi vergüenza. 

Acababa ya la tarde cuando me despedí del general Caa- 
maño. A los tres días aupo que había muerto repentina- 
mente. 



La orden de Üraga á Casmaño para que hiciese un viaje á 
Colima mientras reflexionaba sobre laa propuestas quelelia- 
bia liecho, no obedecía más que al deseo de aislar al jefe de 
la división de Michoacán, respecto de los demás generales 
del Ejército del Centro residentes en Zapotlán ó en las po- 
blacioiicB de aquella zona. Uraga no contaba con éstos, y te- 
mía que Caamaño se comprometiese cou ellos y desbaratase 
sus pliines. 

Eiiti-e los jefes descontentos de üraga, figuraba en primer 



187 

término el patriota y demócrata de corazón general D. José 
María Arteaga, quien observando la política vacilante y tor- 
tuosa de aquél, acabó por desconocer la autoridad de TJraga 
y de su segundo en jefe general Miguel M. Echeagaray. Dos 
veces dio orden Uraga para que Arteaga entregase el mando 
al general Neri, y las dos veces fué desobedecido. Furioso el 
General en Jefe, envió al general D. Tomás O'Horán con una 
brigada y á Neri con otra, para que por la fuerza hiciesen 
que Arteaga obedeciera; pero éste se retiró á Tecolotlán, en 
donde el 18 de Junio él y sus subalternos expidieron un ma- 
nifiesto declarando traidor á TJraga, y exponiendo en él que 
si no habian esperado en Sayula á O'Horán y Neri, habia 
sido por evitar un derramamiento de sangre entre tropas que 
seguían la misma bandera. • 

La actitud de Arteaga abrió los ojos de los demás jefes, y 
Uraga comprendió entonces que nada podría esperar de éstos 
y que le era imposible hacer defeccionar al Ejército. Enton- 
ces afectó en público creer que el descontento era contra su 
persona, por su carácter violento y por su celo exagerado por 
la disciplina. Dijo que no quería ser obstáculo en aquellas 
circunstancias para que el ejército caminase en la senda del 
deber, y dio orden á Echeagaray de que reuniese en Sayula á 
los generales de las divisiones y brigadas, y á los jefes de los 
cuerpos, enterándolos de la resolución tomada por el Gene- 
ral en Jefe de resignar el mando, y previniéndoles que en 
votación secreta nombrasen al que debía substituirlo. La vo- 
tación roló entre el mismo Echeagaray y el general Tapia, 
pero la mayoría se decidió por el primero, puesto que el man- 
do le correspondía conforme á la Ordenanza. TJraga, el día 
21, confirmó el nombramiento, y en la comunicación respec- 
tiva, haciendo alusión á su persona, decía: " Quiero, pues, 
como último sacrificio á este pobre país, separarme del man- 
do, quitar el pretexto de discordia y enseñar con la conducta 
que voy á tener después, cómo concluye el hombre que tiene 
el sentimiento de amor á su país, y lo que es uu ciudadano 
que estima en mucho su propio honor." 

Causaría indignación este lenguaje si no fuera el que em- 
pleaban los militares del antiguo ejército que no tenían creen- 



1 



áaa políticas, y qae lo mismo serviao y traicionaban á la cansa 
liberal qae á la del partido coutrano. TJraga nuMca fué repa> 
bticano aincero, ni menos firme en sos principios. 

Beapaés de estos aucesoB, Uraga se manifestó en público 
vacilante sobre si iría á presentarse ai St. Jnárez, ó si reti- 
rándose á la vida pñvada, marcharía al extranjero. Repenti- 
namente se te vio tomar la dirección de Üraapan. 

Arteaga 7 los suyos tampoco reconocieron á Echeagaray, 
de cayo patñotiemo y lealtad desconfiaban, y da esta opinión 
participó, sin duda, el Presidente Jaárez, pnesto qae por de- 
creto de 1? de Jalio determinó qae se encargase del mando 
del Ejército repablicano del Centro el general D. José Ma- 
ría Arteaga, revistiéndolo de iacaltades omnímodas en los 
Estados de Jalisco, Micboacán, Quanajnato, Colima, Quer¿- 
taro y los Distritos primero y tercero del Estado de México, 
que constituyeron, desde entonces, la extensa demarcación 
del Cuartel General de aquel Cuerpo de Ejército, Arteaga 
tomó posesión de au encargo el 21 de Julio. 

¡La traición se babía alejado del campo republicano! 



139 



CAPITULO XIII. 

(1861) 

Cinismo de Uraga. — Continúan las intrigas de los clericales. — Campaña so- 
bre Zitácuaro. — Muerte de Elizondo. — Combate del 6 de Julio. — Albri- 
cias. — Bl primer canje. — Biva Palacio es ascendido á general de brigada. 

lío es aún tiempo de abandonar á Uraga, pues este jefe, 
convertido en agente del imperio, se multiplicaba escribien- 
do cartas, no solamente á sus subalternos, sino á otros gene- 
rales republicanos que obraban en lugares remotos de la re- 
sidencia de aquél. A todos quería inculcar la idea de que en 
el campo liberal no quedaban ya más que hordas de bandi- 
dos, en tanto que las fuerzas intervencionistas ocupaban el 
país entero con beneplácito de sus habitantes. Uraga se creia 
hombre de influencia decisiva entre los jefes del ejército re- 
publicano; pero pronto tuvo el desengaño de ver desvaneci- 
das sus ilusiones. 

Bueno es decir que no se atrevió á invitar para que lo 
acompañase en su defección al coronel Riva Palacio; al con- 
trario, respetando su patriotismo, y acaso también por el ca- 
riño que había profesado á la familia de este patricio, le es- 
cribió desde Zapotlán, con fecha 18 de Junio, lo siguiente: 
"Querido Vicente: — He recibido su carta de fecha 4 del co- 
rriente y por ella veo con satisfacción el aumento que está 
haciendo de su fuerza, el buen orden en que se encuentra y 
las esperanzas que tiene de hacer con ella algo de provecho. 
— Mi situación por aquí es la continuación de la guerra que 
sabe usted siempre me ha hecho la canalla á quien he procu- 
rado .refrenar y entonces apela á lo de siempre, que trato con 

Mlchoacán.~ll 



el enemigo, qne traiciono y que los vendo. — A ésta del Sor 
de Jalisco, luego que he tratado de ver cómo gastan y de pro- 
curarle ouonomias, inmediata mentó ha comenzado á andar en 
ese camino trillado; y el mismo Arteaga se ha colocado á sa 
frente, liaeiéndome tomar la resolución de abandonar estos 
hombreri á su suerte, como lo haré próximamente, porque ni 
mi carrera, ni mis años, ni mis antecedentes me pueden per- 
mitir transigir con las gavillas y el pillaje. — Usted, querido 
Viceiilo, continúe regularizando su fuerza, y sobre todo, bu- 
jetánilühi á la más severa disciplina, y convénzase de que sólo 
de esta manera se corresponde á la institución del ejército y 
puede exigirse de los pueblos simpatía y aprecio. — Aun cuan- 
do hoy estas ideas no lo hagan & usted digno por el momen- 
to del aprecio público, por fin viene un tiempo en que la his- 
toria bac-ejusticiay juzga y coloca dios hombres y á las cosas 
en el lugar que se merecen. — Que usted se conserve bien y 
mande ú. su afeetisimo amigo y servidor Q. B. S. M. — José 
L. üroga." 

También Caamaño, vacilante, como lo hemos observado, 
en tomar una resolución en vista de los insinuaciones de üra- 
ga, eacribia en 26 de Junio, ya de regreso á Uruápan, la car- 
ta siguiente al coronel Riva Palacio: — "Querido' Ghinacate; 
— He recibido tus muy pequeñas cartas sin pormenores de la 
situación de esos rumbos, suplicándote que otra vez que me 
dediques un momento sea más extenso. — Te felicito por el 
triunfo que alcanzaste sobre los imperialistas en tu Estado,y 
muchos como ese te deseo. — Por aqu! estamos muy mal. El 
genera! ITraga está coa el imperio, el Gobierno General nos 
niega toda clase de auxilios y nos abandona: sufriremos y 
arrebatarémoB la constancia de donde la hallemos para ser 
dignos. — Adiós, Chinacate, sé feliz, — J. B. Caamaño." 

Y si Traga no se atrevió á iuvitar á Eiva Palacio á que de- 
feccionase, menos lo hicieron los agentes que el imperio te- 
nía cu Michoacán para sobornar á los jefes republicanos. 

Mientras la intriga infame estaba funcionando, se hablan 
paralizado las operaciones de la guerra por parte de los im- 
perialiatag, tanto en el Sur de Jalisco como en el de Michoa- 
cán. No sucedió lo mismo en la línea de Oriente. Euella^ó 



141 

80 atención el general en jefe del ejército expedicionario fran- 
cés, que era quien dirigía la campana. Persuadido de que 
nada ni nadie podría domar el patriotismo de los que lucha- 
ban en Zitácuaro, aprestó sus fuerzas. El 80 de Junio apare- 
cía Márquez en Irimbo con una división de más de dos mil 
hombres de las tres armas, siendo jefe de una de las brigadas 
el ya célebre general Rosalío Elizondo: de México había sa- 
lido una columna de franceses y traidores en número de mil 
plazas, que á marchas forzadas se dirigían también para Zi- 
tácuaro, y del Valle partía con igual dirección el famoso con- 
traguerrillero imperialista Laureano Valdés con quinientos 
hombres. 

Riva Palacio tenía en Zitácuaro y sus alrededores á Nico- 
colás Romero con sus cien Lanceros de Zaragoza, á Crescen- 
do Morales con la "Guardia Nacional de Zitácuaro," com- 
puesta de cien infantes y cincuenta dragones, siendo sus jefes 
Donaciano Ojeda y Francisco Serrato, la guerrilla Garza y 
los mosqueteros que mandaba Castillo con cuarenta ginetes, 
otra pequeña fuerza de caballería á las órdenes de Solano y 
tres batallones que en conjunto tenían un efectivo de ocho- 
cientas plazas, mandados por Luis Robredo, Félix Bernal y 
Luis Carrillo, debiéndose agregaf á dichas fuerzas algunos 
vecinos de Zitácuaro que en aquellos momentos se presenta- 
ron, ofreciendo sus servicios. £1 total de las tropas no exce- 
día de mil doscientos hombres. 

Estas fuerzas estaban repartidas en Tuzantla, Laureles y 
la Encarnación. En Zitácuaro se encontraban Nicolás Rome- 
ro con sus cien hombres y Crescendo Morales con su guar- 
dia nacional; Riva Palacio se hallaba en la referida hacienda 
de la Encarnación acompañado de Castillo y Solano. 

Tan luego como se tuvo noticia de la aproximación del ene- 
migo, el coronel en jefe expidió sus órdenes para que se con- 
centrasen todas aquellas fuerzas en Zitácuaro; pero Márquez 
había avanzado rápidamente y se presentó en las goteras de 
la heroica ciudad en la mañana del día 1? de Julio. Una li- 
gera neblina velaba el terreno y no permitió á Márquez cal- 
cular con exactitud el número de hombres que, colocados en 
'el cerro del Hoyo de la Arena, camino de Túxpan, espiaban 



142 

sas movimientos. Aquellos hombres eran los ginetes de Ni- 
colás Romero y de Crescendo Morales y mandando en jefe 
la pequeña columna el coronel Vicente Riva Palacio, quien 
antes de avistarse la división enemiga se habla adelantado á 
reconocerla, regresando en seguida por la falda de la colina. 
Por su parte, el general Márquez, tan luego comose le avisó 
que los chinacos estaban posesionados de la altura, avanzó á 
hacer un reconocimiento, tomando con un guia y con su es- 
colta un sendero que atraviesa el fondo de la barranca. En 
el campamento republicano se dio el toque de enemigo al 
frente, y la guerrilla de exploradores, compuesta de veinte gi- 
netes que se hallaban al borde de la barranca, al ver dentro 
de ella el grupo en que iba Márquez, tendieron sus mosque- 
tes y estaban á punto de disparar, cuando alguna voz gritó: 

— ^No tiren, que es el coronel que vuelve de reconocer al 
enemigo. 

Los soldados retiraron el dedo del gatillo, y los traidores, 
siguiendo su marcha, se ocultaron tras un recodo de la quie- 
bra. En esos momentos, viniendo por el lado opuesto, llega- 
ba Riva Palacio á donde estaba la guerrilla, que se quedó 
sorprendida al mirarlo, comprendiendo, empero, que s.u equi- 
vocación consistió en que tanto este jefe como Márquez, en 
aquel dia, montaban caballos del mismo color y vestian idén- 
tico traje; sombrero fieltro aplomado de ala ancha, mangas 
de hule y botas fuertes. 

Los guerrilleros se daban á todos los diablos, pensando que 
acababan de tener á Márquez á boca de jarro y que, sin dis- 
pararle un tiro, lo habian dejado escapar. 

En ese dia se incorporaron á la división imperialista la co- 
lumna salida de México y la tropa de Laureano Yaldés, y al 
dia siguiente avanzó este ejército sobre Zitácuaro. La ciudad 
estaba desierta, pero en las alturas que la rodean se hallaban 
alerta los chinacos. 

No bien el 5? cuerpo de caballería de la división Márquez 
había pasado la cañada que en el mismo camino de Tuxpan 
se halla en el paraje del Hoyo de la Arena, cuando Nicolás 
Romero, á la cabeza de sus ginetes, se echó sobre ellos, sem- 
brando la muerte en sus filas é introduciendo la confusión ' 



148 

entre aqaellos altivos escuadrones. El clarin de Márquez les 
tocó retirada, y para apoyar este movimiento se dio orden á 
Elizondo de situarse en el borde de la cañada y de tirotear 
al enemigo. Los antiguos ''Lanceros de Huerta/' cuya deno- 
minación se habia cambiado en la de 7? de caballería, prote- 
gieron la fuga (que no fué retirada) de los restos del 5?, y cuan- 
do éstos habían acabado de pasar, Elizondo, que estaba pie á 
tierra cubriéndose con su caballo, trató de montar, y al levan- 
tar sobre la silla la pierna derecha, recibió en ella un balazo 
de los rifles de Romero. 

Márquez dispuso en el acto que el 7? de caballería escolta- 
se al herido, á quien se colocó en una camilla, y que lo con- 
dujese á Maravatio, en donde el 4 murió Elizondo, horroro- 
samente hinchado de todo el cuerpo. Apenas sobrevivió un 
mes y veinte días á su traición. 

En cuanto al grueso de la división, penetró en Zitácuaro 
en medio de los disparos y de la gritería de los chinacos que 
coronaban las alturas de Camémbaro y las faldas del Cacique. 

El día 3 emprendió M:lrquez, acompañado de los franceses, 
BU regreso á Maravatio y Morelia, dejando en Zitácuaro una 
fuerza de dos mil hombres al mando de los coroneles D. Do- 
roteo Vera, D. Paulino Gómez Lamadrid, D. Laureano Val- 
dés y D. Antonio Díaz, los que á toda prisa levantaron trin- 
cheras y construyeron otras fortificaciones. 

Entretanto, iban incorporándose á Riva Palacio las fuer- 
zas de infantería, procedentes de Tuzantla y Laureles. Todo 
el día 4 los chinacos estuvieron desafiando á los imperialistas 
á que salieran á batirse en campo raso. El desaño no fué to- 
mado en consideración. ^ 

En la noche, el coronel Riva Palacio organizó sus colum- 
nas y dio orden de que estuviesen listas para el ataque al amar 
necer del día siguiente. Ko debo olvidar que en los batallones 
de Bernal, Robredo y Luis Carrillo figuraban los prisioneros 
del Tulillo, convertidos ya en soldados republicanos. 

Apenas había iluminado el nuevo sol las elevadas crestas de 
las montañas que rodean á Zitácuaro, cuando ya los chinacos 
de Nicolás Romero, tendidos en tiradores, penetraban en las 
calles de Zitácuaro, disparando sus armas sobre las trincheras 






144 

del enemigo, en tanto que Riva Palacio, posesionado del ce- 
rro de Guadalupe, formaba en ángulo su linea de batalla,. 
Sosten ia el ala derecha Julián Solano con cuarenta dragones 
y la pequeña fuerza de infanteria de Luis Carrillo; la izquier- 
da estaba á las órdenes de Castillo con el escuadrón de su 
mando, y cubrían el vértice del ángulo los batallones de Ro- 
bredo y Bernal, al frente de los cuales se hallaba el coronel 
en jefe. ¿Cómo se resolvieron los traidores á atacar el centro 
de aquella batalla que tenia su base en el cerro de Guadalu- 
pe? No lo puedo explicar; pero es lo cierto que una gruesa 
columna de infanteria salió de Zitácuaro y comenzó á batir 
la posición de los republicanos, viéndose inmediatamente en- 
vuelta en los fuegos de las dos alas y del centro de nuestra 
batalla. Los traidores conocieron entonces su falta y empren- 
dieron una precipitada fuga hacia el centro de la plaza, de- 
jando muchos muertos y heridos y ochenta prisioneros. A 
los toques de diana de los clarines revistó Biva Palacio á los 
referidos prisioneros; les habló de la patria, del entusiasmo y 
valor de los soldados que pelean por ella y del orgullo que 
los chinacos experimentaban, llamándose defensores de la li- 
bertad. A una voz los ochenta imperiales gritaron vivas á 
México y á Riva Palacio y pidieron que se les incorporase en 
nuestros batallones. 

Entonces la infanteria'^de Robredo y de Bernal se lanzó so- 
bre Zitácuaro y asaltó las trincheras, no obstante el fuego nu- 
trido que desde ellas se les hacia. En aquellos momentos acu- 
dió la reserva del enemigo que se mantenía en la plaza de la 
ciudad, al mando del coronel D. Antonio Díaz. Con la pre- 
mura que el tiempo demandaba, el qpronel Vera organizó tres 
columnas de infantería y caballería y las mandó sobre los re- 
publicanos. Se trabó entre unos y otros combatientes una 
lucha terrible: en algunas calles se batían á balazos; en otros 
puntos el combate era al arma blanca, y las bayonetas todas 
estaban tintas en sangre. Los oficiales buscaban á los oficia- 
les y se verificaban duelos á espada. Y cosa notable; entre 
los que luchaban se hacían distinguir por su valor y por su 
encono aquellos hombres que en la mañana habian sido im- 
perialistas, luego prisioneros y ahora soldados de la patria. 



145 

La victoria se mantenía indecisa. 

El general envió uno de sus ayudantes con orden á Cres- 
cencio Morales de que avanzase con sus guardias nacionales 
y con loa vecinos de Zitácuaro, que todos juntos formaban la 
reserva de los liberales, y que atacase la plaza, penetrando en 
ella por el rumbo de la parroquia. 

Era ya la una de la tarde: se oía el clarin de Morales to- 
cando paso veloz; Riva Palacio estaba impaciente, nervioso, 
esperando que aquellos hombres volasen y acometieran para 
hacer un impulso general sobre las fortificaciones. 

De repente se obscureció el cielo: gruesas nubes lo habian 
encapotado y vertían en la tierra raudales de agua, en tanto 
que trepidaba el fragor de los rayos que se deshacían en pa- 
vorosos relámpagos. 

Pronto bajaron de los cerros torrentes que inundaron el 
campo: el aguacero arreciaba, el parque estaba mojado, los 
soldados se hundían hasta las rodillas en el lodo y los caba- 
llos detenían su paso sin que fuera posible hacerlos avanzar. 

Be uno y otro lado cesó la pelea; pero mientras que los im- 
periales podían guarecerse dentro del perímetro fortificado, 
los republicanos, en campo abierto, sufrían laíntemperie de los 
elementos. Riva Palacio ordenó la retirada, que verificaron 
nuestros soldados en el mejor orden y sin ser molestados por 
el enemigo. 

Los jefes subalternos rindieron sus partes: había pérdidas 
sensibles: varios oficiales habían muerto en el ataque y falta- 
ban como sesenta hombres en la clase de tropa. El coronel 
Bernal se lamentaba de haber visto caer prisionero al coman- 
dante de batallón de su cuerpo, el denodado Carlos Borda. 
£1 Prefecto Morales avisaba haberse perdido, á la hora del 
ataque, la pequeña imprenta que Riva Palacio cuidaba con 
tanto esmero, y agregaba Morales que el cajista había muer- 
to en el combate. 

En cambio el enemigo había sufrido también pérdidas con- 
siderables, en muertos, heridos y prisioneros, figurando entre 
éstos el capitán D. Pedro Martínez, uno de los oficiales más 
distinguidos en la división Márquez, y entre los heridos el 
teniente coronel Pascual Rubí, segundo de Lamadrid. 



146 

Kiva Palacio había cedido ante los elementos; vela inutili- 
zado su parque; perdióse la brillante oportunidad que se le 
había presentado^ pero lo alentaba la fe y pensaba que era 
cuestión de tiempo^ nada más^ apoderarse de la plaza de Zi- 
tácuaro. No se consolaba de la pérdida de su imprenta que 
tanto le servia, y lamentaba de corazón la muerte de Camilo, 
el cajista á quien quería por su constancia y abnegación. Re- 
cordaba que aquella imprenta la habia sacado de Toluca un 
Sr. Quijano, quien enseñó á Uamilo, que era su yemo, á ma- 
nejarla con toda perfección. El desgraciado dejaba una viu- 
da joven y un hijo recién nacido. 

Con estas reflexiones pasó Riva Palacio la noche del día 5. 
No había amanecido aún el día 6, cuando á todo escape llegó 
un correo del Prefecto Crescencio Morales, quien le avisaba 
que el enemigo había hecho en la noche preparativos de mar- 
cha. En efecto, en las primeras horas de la mañana evacua- 
ron los traidores la plaza de Zitácuaro, marchando á toda 
prisa. El coronel Doroteo Vera tomó el rumbo de Marava- 
tío: Laureano Yaldés y los que habían salido de México hu- 
yeron por el camino de los Ahorcados, y Lamadrid se dirigió 
á Toluca, pasando por la Sabana. De todas partes recibía Ri- 
va Palacio avisos de que los traidores, en su despecho, iban 
saqueando los pueblos y las haciendas, y cometiendo toda 
clase de tropelías con las familias. 

Asi concluyó la jornada del 5 de Julio, que si no fué una 
victoria verdadera para los republicanos, se tradujo en una de- 
rrota completa para ios imperialistas. 

Cuando Riva Palacio avanzaba á ocupar de nuevo á Zitá- 
cuaro, le salió al encuentro Kicolás Romero, y le dijo: 

— Albricias, señor, déme vd. las albricias. 

— ^De ellas mismas, Nicolás. 

— Eso no puede ser. Imagínese vd. que ese pobre de Ca- 
milo, á quien mataron ayer los traidores, acaba de resucitar, 

— ¿Cómo es eso? Expliqúese usted. 

— Pues así; casi á mi lado cayó ayer herido. Estoy por ase- 
gurar que lo vi boquear y estirarse; lo cierto es que cuando 
nos retiramos estaba entre un montón de muertos. Como llo- 
vió toda la tarde y la mayor parte de la noche, es claro que 



r^ 



147 

el aguacero le lavó y le curó la herida; lo cierto es que esta 
mañana al entrar á Zitácuaro lo vi sentarse entre los muer- 
tos, y con mucho garbo me preguntó: qué, ¿siempre ganamos? 

— ^¿Se salvará? 

— ¡Cómo no! Si ya casi está bueno y sano. 

En efecto, cuando Riva Palacio entró á Zitácuaro pudo ver 
á Camilo al lado de su ex-viuda y de su ex-huerfanito. 

Parece que Márquez tenía especial predilección por el ca- 
pitán D. Pedro Martínez, pues desde luego promovió el canje 
de éste por el del comandante Borda. Por supuesto que Ri- 
va Palacio lo admitió inmediatamente, y fué el primero que 
86 celebró en Michoacán durante aquella época. 

A este propósito, no estará por demás que los lectores co- 
nozcan la siguiente carta que el padre del capitán Martínez 
escribió á Riva Palacio. 3)ice así: — "Exrao. Sr. General D. 
Vicente Riva Palacio. — Morelia, Julio 14 de 1864. — Muy se- 
ñor mío y de mi respeto: Por algunos dispersos de esta Di- 
visión que se han presentado aquí tengo comocimiento de los 
buenos y grandes servicios que le ha prestado vd. á mi hijo 
D. Pedro Martínez desde el momento que fué hecho pri- 
sionero por las fuerzas del digno mando de vd., y obligado 
por esto á manifestar á vd. mi gratitud, lo hago por medio 
de ésta por no estar á mi arbitrio otra manera. Reciba vd., 
pues, Señor General, las más expresivas gracias de un padre 
que ama con ternura á su hijo y el reconocimiento más sin- 
cero de una familia que cifra en éste su porvenir. — ^Por ofre- 
cimiento espontáneo que el Sr. General Márquez me hizo, 
creo que á esta hora habrán hablado á vd. sobre canje, y por 
lo mismo me abstengo de extenderme sobre este punto para 
no distraer la atención de vd., pues creo que pronto tendrá 
vd. el gusto de ver á los suyos y yo al mío. — Dispense vd.. 
Señor General, á quien desde hoy reconoce en vd. á una per- 
sona por mil títulos estimable, quedando á sus órdenes su 
afectísimo que su mano besa. — Joaquín Martínez.^' 

El canje se llevó á efecto, según puede verse en la siguien- 
te carta: "Maravatío, Julio 80 de 1864.— Sr. D. Vicente Ri- 
va Palacio. — Muy señor mío: — Con arreglo á las instruccio- 
nes que tengo del Exmo. Sr. General de esta División y en 



148 

vista de lo que ha escrito el capitán del 49 batallón, D. Pedro 
Martínez, he dispuesto que el comandante Borda, hecho pri- 
sionero de guerra el día 5 del actual, quede en absoluta li- 
bertad, cuyo jefe piensa emprender mañana su marcha á ese 
punto. Espero que, en consecuencia, se servirá vd. mandar 
poner en completa libertad y auxiliar en lo necesario la mar- 
cha del expresado capitán Martínez para esta Plaza, en lo que 
dará vd. una prueba de la caballerosidad que lo distingue. — 
Sin otro asunto queda de vd. muy atento S. Q. S. M. B. — El 
general de brigada, Carlos Oronoz.'' 



Teniendo noticia el Gobierno General de la ac3Í6n del Tu- 
lillo y de las jornadas de Zitácuaro del 1? al 5 de Julio, ex- 
pidió en 24 del mismo mes despacho de General efectivo de 
Brigada al coronel Vicente Riva Palacio. Con este motivo 
y con el de la defección de Elizondp y acaso creyendo ya en 
las de üraga y Caamaño, el Sr. Juárez escribió á Riva Pala- 
cio desde Monterrey, con fecha 24 de Julio, la carta siguiente: 
"Sr. General D. Vicente Riva Palacio. — Mi querido amigo: 
— Felicito á vd. por su constancia y por sus esfuerzos en fit- 
vor de la independencia y libertad de la patria. Siga vd. tra- 
bajando, en el concepto de que hoy serán más eficaces nues- 
tros trabajos, porque en nuestras filas sólo quedan hombres 
de fe y de corazón. — Los que vacilaban, ya se han separado. 
— Remito á vd. su nombramiento de general efectivo de bri- 
gada. — Soy su amigo afectísimo Q. B. S. M. — Benito Jvárez.^^ 



i 

f 

t 



149 



CAPITULO XIY. 



(1864) 

Situación de Caamaño. — Aleja de 8U lado á Eguiluz. — Llegada de Uraga. — 
Su viaje & Coeneo. — Junta de patriotas. — Defección de D. Antonio Huer- 
ta. — " Más tarde.'' — El coronel Hernández. — La marcha de Caamaño. — 
Prisión del Lie. Alipio Qaitán. — Una junta de jefes. — Yillada á la ca- 
beza del ejército. 



Dejamos á Caamaño de regreso de Uruapan^ victima de 
las vacilaciones de su espirita, fluctuando entre la idea de se- 
guir á Uraga, adhiriéndose al imperio, ó de llamar á su lado 
á los patriotas de Michoacán y abrir una campaña de valor, 
de constancia y de patriotismo, y perecer en ella ó ver el 
triunfo de la República. Sus enemigos políticos lo rodeaban 
de obstáculos, lo hacían objeto de serias desconfianzas é iban 
formando contra él una verdadera tempestad. 

Uraga le había asegurado que los guerrilleros todos de Coe- 
neo estaban comprometidos á seguirlo en su cambio de ban- 
dera, y por su parte Caamaño creía que los jefes de su divi- 
sión obedecerían ciegamente sus órdenes. De esta creencia 
sólo exceptuaba al coronel D. Miguel Eguiluz, tanto porque 
de años atrás conocía la firmeza de' sus principios, como por- 
que sabía que estaba estrechamente unido al general Regules, 
retirado entonces del servicio, pero presto á saltar á la lucha 
cuando las circunstancias lo exigieran. Por tales considera- 
ciones, Caamaño procuró alejar á Eguiluz de Uruapan, y al 
efecto, en los primeros días de Julio le dio orden de que fuera 
á encargarse de la línea de Ario, llevando consigo su brigada 
compuesta de doscientos infantes al mando del coronel Luis 



G. Cáceres, doecieatoe de la misma arma á las órdenee del 
teniente coronel Antonio Domínguez, y loa cien dragones 
"Lanceros de Toluca" de que era jefe nato el mismo Egai- 
luz. 

Las demás fuerzas de la división se habían estado recon- 
centrando en Uruapan hasta completar nn efectivo de dos 
mil [liazas, poco más ó menos. 

Aun era tiempo de que tos consejeros íntimos de Caami^o 
lo conilujeaen por el bnen camino. Había momentos en que 
este general se sublevaba contra la idea de traicionar; y pre- 
cisamente acababa de citar una junta de honor en la mañana 
del día 11 de Julio, con el objeto de hacer patentes la situa- 
ción política del país, el estado que guardaba el Ejército del 
Centro, y los proyectos de su general en jefe, cuando intem- 
pestivamente llegó un oñcial que venía de camino, con el 
traje empolvado y jadeante de fatiga el caballo. Be dirigió á 
Caaniuño y le pidió alojamiento para loa generales Tlraga, 
O'IIorán y Emilio Rey, y para su comitiva, asi como cuartel 
para cien hombres de infantería qne los escoltaban. 

Como una bomba qae estalla cayó esta noticia á Caamaño 
quien, según sus conferencias con Uraga, suponía á este jefe 
marchando para León, á gran distancia de Uruapan. 

Ya no ae verificó la junta. El Gobernador mandó ensillar 
á toda prisa y fué á encontrar al General en Jefe. Ya en 
Uruapan, Uraga mandó llamar á Caamaño á su alojamiento, 
habló con él extensamente, lo apremió, lo sedujo, lo hundió 
en el abismo infame do la traición. 

El (lia 13 por la mañana, Uraga salió de Urnapan con rum- 
bo á Caeneo, escoltado por la pequeña fuerza que mandaba 
su biju Ciro y por el cuerpo "Lanceros de la Libertad," álaa 
órdenes del coronel Eugenio Ronda. 

En el mismo dia, formada en la plaza la división de Mi- 
choaeáii, estaba próxima á emprender su marcha. A fin de 
no ha^er confusa la narración, seguiré por ahora al ex-gene- 
ral en jefe en en camino de la Sierra, dejando para luego la 
historia de Caamaño. 



i 



161 

La comitiva pernocto el día 13 en Nahuatzen, y llegó muy 
temprano á Coeneo al día siguiente. Para referir lo que pasó 
en aquel pueblo, tomo datos y aun párrafos íntegros de un 
articulo publicado por el periódico La Mimicipalidad que re- 
dactaba el 8r. Rafael Chávez Carrillo, uno de los patriotas 
qne hicieron toda la camparía de Michoacán. 

El 15 se verificó en Coeneo una junta á que concurrieron 
los patriotas más prominentes de aquel pueblo, de Quiroga y 
de Zacapu. '^En la reunión, Uraga, tirando la careta, les ma- 
nifestó que en aquella hora el Ejército del Centro había ya des- 
aparecido, y que á los presentes no les quedaba otro recurso 
que reconocer al imperio/' Con profunda indignación fueron 
escuchadas las palabras del general: contra ellas protestaron 
Garnica, Serranía y otros; y el general, reprimiendo su genio 
violento, procuró dar contestación reposada á cada uno de 
los que hablaron. Tomando un tono familiar les decía: '< no 
sean ustedes tontos; si ahora nos hacemos traidores, es para 
traicionar mañana á la misma traición; vean claro las cosas; 
8i por el momento nada podemos hacer, más tarde lo hare- 
mos todo. Sí, señores, más tarde,'' Las últimas palabras sub- 
rayadas, llegaron á ser proverbiales, y siempre que entre la 
gente del pueblo se hablaba de un futuro contingente, se de- 
cía: ^*Más tardey como dijo Uraga." 

" Bonda expuso en la junta que tenía comprometido su cré- 
dito particular en ochocientos pesos de vestuario y equipo 
que había gastado en su fuerza, á lo que Uraga contestó que 
no era esto un inconveniente, que formara el presupuesto de 
una quincena de haber para pagárselo inmediatamente; le di- 
jo, además, que D. Antonio Huerta estaba nombrado Gene- 
ral en Jefe de la línea, y que con él seguiría entendiéndose 
para todo lo relativo al servicio. 

"Lo manifestado por Uraga y la salida ambigua de Ronda, 
produjeron tal indignación en los concurrentes, que no pudo 
ocultarse á Uraga, quien prosiguió diciendo: " Señores, de- 
seo saber cuál es su última resolución '' 

"Nadie contestó. 

"En ese instante la veloz carrera de un caballo, cuyai? pi- 
sadas cesaron en la puerta de la casa donde se verificaba la 



reanión, tído á distraer á las personas qae alli se encontra- 
ban. Poco después entró á la sala dd individao que traia el 
cuerpo ligado desde el vientre basta el pecbo/ qnienee diri- 
gió & Uraga y le entregó un rollito cubierto coa lacre, dentro 
del cual estaba una carta, entablándose entre ambos el si- 
guiente diálogo: 

— "¿De dónde vienes, bijo? 

— "Vengo de Fátzcaaro, mi general. 

— "¿Quiéu te manda? 

— "El señor general Caamaño, que llegó ayer i aquella 
ciudad. 

"Uraga comenzó á leer en secreto, y repentinamente ex- 
clamó, enseñando la carta á los que estaban cerca de él: "No 
queda un solo soldado en el Ejército republicano en todo Mi- 
eboacán." 

" Pero al decir esto, Uraga palidecía intensamente. Se pu- 
so en pie, y sin poderse contener, se dirigió á bu hijo Ciro 
primero, y luego á los concurrentes: 

— " Manda ensillar y que carguen las muías. Señores, se 
da por terminada la junta." 

La agradable noticia que contenia aquella carta y que Ura- 
ga recibió con tanta cólera como despecho, fué adivinada por 
los vecinos patriotas que estaban presentes, quienes en segui- 
da se dirigieron á la casa del comandante Antonio Lara, en 
donde se improvisó un banquete animado en qne reinaron la 
alegria y el entusiasmo. Hubo abrazos, brindis, juramentos 
de pelear por la patria. 

" En la calle y en las demás casas se participaba del gozo. 
Los soldados del cuerpo "Lanceros de la Libertad," que an- 
daban francos, pretendían desarmar las fuerzas de Uraga, 
embargar las cargas y matarlo, lo miamo que á Huerta y á 
Eonda, pues se habia divulgado la noticia de que estos dos 
últimos estaban solemnemente comprometidos con el primero 
á pasarse á los traidores. 

"Lo cual, observado por Garnica y Eangel, fueron á con- 
ferenciar 8obre.el particular con Ronda. 

1 Así le ceilíaa el cuerpo los correoí d« á caballo, cuando ouniDablD á to- 
do escape, — (Nota del autor.) 



158 

"Este, que se ocupaba de formar la cuenta y el presupuesto 
de que hemos hecho mérito, alarmado por lo que aquellos le 
acababan de decir, mandó tocar reunión, y una vez estando 
formada la fuerza dentro del cuartel, les dirigió la palabra á 
BUS soldados, dándoles una satisfactoria explicación de su con- 
ducta, y protestándoles que derramaría á su lado hasta la úl- 
tima gota de su sangre por la independencia de su patria. 

"En esa misma tarde salió TJraga para Zipimeo, acompa- 
ñado de D. Antonio Huerta'y escoltado por la fuerza de su 
hijo Ciro." 

Sonda no desistió de recoger los ochocientos pesos que le 
babia prometido Uraga, y envió al comandante Manuel Bar- 
boza, su secretario, y á su pagador el capitán Juan Delgado, 
á la hacienda de Zipimeo, en donde Uraga, todavía confíando 

en atraerse á Ronda, entregó el dinero que sirvió para 

haberes de los chinacos. 

En Zipimeo esperó TJraga á Márquez. Ambos hablaron 
largamente en conferencia secreta. En seguida aquél presen- 
tó al jefe imperialista á D. Antonio Huerta, hermano del ge- 
neral D. Epitacio del mismo apellido, que habiendo caído pri- 
sionero en Puebla se hallaba entonces en Francia. Uraga dijo 
á Márquez que D. Antonio Huerta figuraba como coronel en 
las filas de los liberales, que había militado siempre en el 
partido de la República y había sido uno de los hombres que 
tenazmente había luchado por las leyes de Reforma; pero 
que, convencido de que la mayoría de la nación era contraria 
á la causa que hasta entonces había defendido, venía á poner- 
se á las órdenes del imperio, y que en premio do esta adhe- 
sión le había concedido el grado de general. 

D. Antonio Huerta, que no tenia más méritos que ser un 
hombre valiente y la honra do ser hermano de D. Epitacio, 
pero que carecía de talento, oyó impasible el discurso apolo- 
gético de su persona, y no salió de sus labios una sola palabra. 
Hecha la presentación, se le confirió el mando de la línea de 
la Piedad á Coeneo, que no llegó á desempeñar, porque se 
fué á vivir á Morejia durante algún tiempo, y ya lo veremos 
aparecer en escena, ¡más iardCy como dijo Uraga! 

Los dos generales se ocuparon en Zipimeo do escribir va- 



164 

rias cartas á Echeagaray y á otros jefes del Ejército del Cen- 
tro, invitándolos á qne se unieran al imperio. Después Már- 
quez regresó á Morelia y üraga se dirigió á León, despreciado 
por el partido liberal y juzgado mal por sus nuevos correli- 
gionarios. Véase cómo se expresa de él un historiador, el ge- 
neral Thoumas, en su obra '^Les franjáis au Me:dque:'' ^' So- 
metiéndose al partido del imperio, Uraga no arrastró consigo 
su división, cuyos jefes y oficiales protestaron contra la mo- 
narquía. Estuvo á punto de ser arrestado y se salió con una 
escolta de cien jinetes, hasta llegar á la linea de la división 
Márquez. Uraga perdió toda su influencia, porque su probi- 
dad recibió una tremenda herida, cuando se supo que habla 
depositado en poder de algunos comerciantes alemanes de 
Colima una suma de doscientos mil pesos, provinientes de di- 
lapidaciones." Si esta imputación es cierta, fuerza es desmen- 
tirla en lo que toca al origen del dinero, pues que eran tan 
exiguos los recursos con que contaba el Ejército del Centro, 
que jamás se contó con una cantidad en efectivo tan conside- 
rable. De otras arcas ha de haber salido esa suma. 

Fijense los lectores en que la traición de los jefes que mi- 
litaban en el campo liberal, fué impotente para derrocar la 
República, en tanto que la de Maximiliano y López en Qae- 
rétaro, y la de Márquez en no ir á auxiliar á aquella plaza, 
como se le habla ordenado, fueron mortales para el imperio. 



El mismo día 13 en que Uraga salió de Uruapan para Coe- 
neo, la división de Michoacán, compuesta como he dicho do 
dos mil hombres y doce piezas de artillería de montaña, em- 
prendió su marcha, según decía la orden general, rumbo ha- 
cia Ario. 

Caamaño dejó en Uruapan nombrado Comandante Militar 
del Departamento, al coronel D. José María Hernández, je- 
fe del batallón de guardia nacional de Toluca. 

Era Hernández un hombre de edad senil, de quien diré 
unas cuantas palabras. Al avanzar al interior de México las 
fuerzas de la intervención, Hernández, que habla sido nom- 
brado por los oficiales y la tropa de aquel cuerpo, coronel del 



i 



155 

batalIÓD, abandonó nna panadería de que era propietario, j 
con recursos propios equipó á sus soldados y marchó á la 
campaña. Fué en ella constante, batiéndose siempre con va- 
lor y conduciéndose con dignidad. Se le consideraba como el 
tipo más puro del patriotismo, y todos lo queríamos con res- 
peto y ternura, y le Uamáljamos Don Josecüo. En los tres 
años y medio que duró la campaña en Michoacán, el coro- 
nel Hernández sirvió siempre en aquel Üstado. Ocupada por 
nuestras tropas la ciudad de Morelia, en las postrimerías del 
imperio, el coronel Hernández regresaba á Toluca cuando lo 
sorprendió la muerte en Acámbaro la noche del 15 de Mayo 
de 1867, pero habiendo tenido antes el gusto de saber por un 
extraordinario violento que iba á Morelia, que Querótaro ha- 
bía caído ya en poder de los republicanos. 

Ahora bien: nombrado el coronel Hernández Prefecto de 
üruapan, tuvo que dejar el mando del segundo batallón 
de Toluca, haciendo entrega de él interinamente al coman- 
dante José Vicente Yillada. Me acuerdo que vi entonces á 
Don Josecito presa de una inquietud terrible, que no se cal- 
mó sino después de hablar con el Lie. D. Antonio Florentino 
Mercado. Su conversación en voz baja, era muy animada, y 
observé que el coronel Hernández asentía en todo á las indi- 
caciones ó consejos del Sr. Mercado. 

Como una circunstancia importante para el desarrollo de 
los sucesos que estoy ahora refiriendo, hay que advertir que 
el general Caamaño había confiado al coronel Hernández el 
secreto de sus proyectos, manifestándole que precisamente 
lo dejaba en Uruapan para no complicarlo en su realización. 
Hernández, á su vez, después de la conferencia con Mercado, 
impuso de ellos á Villada y habló con este jefe extensa y re- 
servadamente. 

La tropa, como he dicho, salió en la mañana del día 13. 
Caamaño permaneció allí hasta después del medio día. Se 
paseaba taciturno en el portal de las casas consistoriales, no 
lejos de sus caballos que estaban ensillados. Durante la co- 
mida, que le llevaron á la secretaría del Ayuntamiento, estu- 
vo silencioso, sin mirar siquiera á las dos ó tres personas que 
lo acompañaban á la mesa. 

Michoacán.— 12 



Serían las doa de la tarde cuando emprendió también su 
marcha en pos de la división. 

En Taretan, Caamaño se alujó en la hacienda de aquel 
nombre, mientras que su tropa lo hacía en la població/i y en 
el ingenio de azúcar de Acúmbaro. No parecía sino que el 
general tenía empeño de aislarse de sua soldados. 

En esa noche mandó reducir á prisión al Lie. Alipio Gai- 
tán, oficial mayor de la Secretaría de Gobierno, quien eu la 
mañana de aquel día había estado poniendo comunicaciones 
reservadas que Ic dictó el mismo Cuamaño. Gaitán fué con- 
ducido al cuartel de Villada, con orden A este jefe do que lo 
vigilara cuidadosamente. Ambos, el guardián y el preso, ae 
hicieron mutnas confidencias acerca de la próxima defección 
del general. 

Es de llamar la atención que Caamaño obrase con tanta 
ligereza, cuando era él tan cauto y tan reservado. 

Antes de conünuar el relato, ea justo tributar un recuerdo 
¿ Gaitán. Era este joven abogado oriundo de Tucámbaro, 
había hecho sus estudios en el colegio de San Nicolás de Hi- 
dalgo, cultivaba las letras y tenia un corazón henchido de 
amor patrio. Sirvió al Gobierno legítimo durante toda la 
campaña, ya sucesivamente como juez de letras eu varios 
distritos, ya como asesor en el ejército, ó como empleado en 
\.i Secretaría de G.ohiorno. Al triunfo do la República, el 
I'residente Juárez lo nombró juez de Distrito do Michoacán, 
y desempeñando este cargo, falleció algunos meses después 
del triunfo de la República. 

Como resultado do la conferencia entre Gaitán y Villada, 
esto último citó á' su alojamiento al coronel Eraneisco Lauda, 
mayor general de la división, al teniente coronel Eapiridión 
Trcjo y al comandante de escuadrón Justo Trejo. Tuvieron 
una larga conversación y se despidieron, manifestaudo gran- 
de alegría. 

Al día siguiente se continuó la marcha rumbo á Ario, En 
la hacienda de Chuen, el general Caamaño mandó tocar alto, 
y por su parte el mayor general Landa d¡ó orden do que la 
Tuerza formase en batalla sobre una loma inmediatii. Como 
esta orden no había sido dada por Caamaño, llamó la aten- 



r^ 



167 

ciÓQ de este jefe, quien por algunos instantes permaneció in- 
deciso ante aquella inexplicable actitud de sus soldados. 

Caamano estaba rodeado de un grupo de cinco perso- 
nas. 

Habia llegado para él el momento supremo. Su mirada era 
hosca, siniestra; más de una vez se limpió con el pañuelo el 
sudor de la frente; apretaba, sin saber lo que hacia, los ijares 
de su caballo; tenia el rostro encendida, y con voz trémula 
por la emoción, mandó á su clarín de órdenes que diese el to- 
que de marcha. Los clarines de los cuerpos iban ya á repe- 
tirlo, cuando el general observó que Villada y los Trejos re- 
corrían las filas, hablando con los jefes y oficiales. Con acento 
nervioso mandó de nuevo al clarín que repitiese el toque, pe- 
ro de nuevo, por orden de Villada, guardaron silencio los de 
los cuerpos. 

Entonces Caamano se puso intensamente pálido, habló en 
voz baja con el comisario general D. Miguel Bernal y con el 
pagador M. Valenzuela, quienes en el acto arrearon las mu- 
las del equipaje y á trote largo se alejaron del sitio. Caamano, 
en seguida, envió á su ayudante Martín Acevedo para que 
comunicara la orden de marcha. Acevedo transmitió el man- 
dato á Landa; pero agregó de su cuenta que él también se 
quedaba al lado de la tropa. El general desprendió luego de 
flu lado, con la misma comisión, á Miguel Adorno, jefe de su 
Estado Mayor, y este apuesto oficial, de quien hablaré más 
tarde, llegó á las filas gritando: " ¡Viva la patria! ¡Viva Mi- 
choacán! " Finalmente envió á la última persona que le acom- 
pañaba, al coronel de Lanceros de Toluca, Manuel García, 
quien llegó á la columna exclamando también en alta voz: 
"¡Viva México! ¡Mueran sus malos hijos!'' 

Todos los cuerpos secundaron con entusiasmo aquellos vi- 
vas y aplaudieron de la misma manera una pequeña, pero 
enérgica arenga, que les dirigió el comandante Villada. 

Al observar esta actitud de las tropas, Caamano habia to- 
Tnado á trote largo el camino de Pátzcuaro. Márquez que, 
con una parte de la división de su mando, había salido de 
aquella ciudad, para apoyar el movimiento, ó mejor dicho, la 
defección, estaba situado en el cerro de Coporito, terrenos de 



Santa Clara. Al preBentársele Caamaño, y eatHeodo por boca 
de éste lo que habla eaeedido eo Chucn, lleno de culera le 
ofrecía la fuerza alli presente para que fuera á batir iiiraedia- 
tamente á los facciosos. Caamaño, profundamente abatido y 
avergonzado por lo que acababa de pasar, bg excusó, y des- 
pués de su llegada á Pátzcnaro, emprendió su marcha á la 
ciudad de México, á perderse en laa obscuridades del im- 
perio. 



En cuauto & la división do Michoacán, corrió por un mo* 
mentó el peligro de quedar acéfala; empero Villada, con un 
rasgo atrevido de energía, se puso á la cabeza de los soldados 
y mandó tocar ordeu de marcha, que ee emprendió en el acto 
hacia Ario. 

Desde que ae tuvo en esta población la noticia de que Caá- 
mauo se dirigia á ella, abandonando á Uruapan, el coronel 
Eguiluz, con la brigada de bq mando, se habla retirado & la 
hacienda del Tejamanil; el mismo día 14 reunió una junta de 
jefes y oSciaies, y poniendo en conocimiento de ellos el ru- 
mor que ya corria como exacto de la defección del general 
en jefe do la división, les propuso que deacouocicudo la auto- 
ridad do éste, se pusieran á las órdenes del general D. Nico- 
lás de líógules. Todos aceptaron con entusiasmo la idea, y 
protestaron seguir luchando, san contra sus propíos compa- 
ñeros de antes, 

Mientras esto pasaba en el Tejamanil, la división, condu- 
cida por Viliada, había llegado á Ario. 

Comenzaba ya á despertarse la ambición entro los jefes su- 
periores que había en aquella tropa. Para evitar á tiempo los 
males consiguientes, Villada convocó una junta de honor que 
ee celebró el dia 15. En ella propuso que, conforme á la Or- 
denanza militar, el mando de la división debía conferirse al 
coronel D. Manuel García, que era el más antiguo entre loa 
de la misma categoría que existían en aquella fuerza. Corría 
contra el mencionado coronel un viento de desconfianza, tan- 
to por BU amistad intima con Caamaño, como porque se ase- 
guraba que en sus opiniones políticas era más bien adicto á 



1 



159 

las ideas conservadoras que á los principios republicanos. Vi- 
llada acalló estos rumores, invocando la disciplina militar; 
expresando que si el ejército no había seguido á Caamaño, 
que tenía más prestigio, menos se clejaria arrastrar por Gar- 
cía, 7 finalmente, que el mando de éste iba á ser interino, 
mientras se presentaba un jefe de mayor graduación ó el nom- 
brado por el Cuartel General. García quedó, por de pronto, 
al frente de la división. 

En cnanto á Villada, el Gobierno premió su lealtad y este 
importante servicio, ascendiéndolo á teniente coronel. 



r 



V 



CAPITULO XV. 

(1864) 

Detalknto gencrnl que M eonvierto en slegrí».— Entuainfnio en Urunpan. — 
El general Piicblit».— Heorgnnizacidn del Ejírcíto.— fitliusn Puübliu el 
encarga da Gobernador de] Estado. — Lo icepta D. Antünjo Rodríguez 
Oil. — MarühiL PuebliU sobre Pátzcuaro. — Kesefta biítúríoa de eíta ciu- 
dad. — El atnquo. — Son recbasadoa toa liberulea. — Efectos del decastro de 
PátKcuaru. — tíalníflr, Gobernador del ICstndo. — Nombra seeri^tari o do Go- 
bierno ni Lie. Justo Mendozn.— Kcorganiuiu ambos la adniiniítración 
pública. — Prodigiosa actividad de Saluzar. 

En todo cl Estado Be daba como cierto qtio Caamaño es- 
taba ya con siia tropos del lado del imperio. Al extenderse 
esta noticia, cundió el desaliento, y los agentes clericolea afir- 
maban que antea de nn mea so habria con&olidudo el nnevo 
orden da cosas y reinaría la paz, profnndanioDtc arraigada. 

En Uruapan, la ansiedad era tenible, pues no se tenían 
noticias exactas de la marcba de la división. La ciudad es- 
taba silencioaa, las calles solitarias. .Solamente en el portal 
do !aa casas consistoriales se paseaba D. Josecilo Ilernández, 
meditabundo, tríate, acongojado, sufriendo loa tormentos de 
la duda. 

Era la una de la tarde del día 15 (Julio). 

Repentinamente oyó el galope de dos caballos que venían 
por distintos rumbos: uno que desembocaba por la calle de 
Ban Erancisco y otro que bajaba á todo escapo por la de San- 
tiago. Al llegar al portal se apearon loa jinetea y cada uno 
de ellos entregó ul coronel Hernández un rollito de papel en- 
ceriido en lacre. Con mano trémula rompió el sello, y siu 
disimular su emoción, leyó 



161 

Sus mejillas se pasieron rojas, sus ojos se avivaron despi- 
diendo rayos de alegría, y miró en torno suyo como buscando 
á algún conocido. 

En aquel instante pasaba por alH una persona, cuyo nom- 
bre no hay necesidad de mencionar. 

— ^Licenciadito, dijo el anciano, lo hago á vd. mi ayudante; 
nos hemos salvado; vaya vd. á la parroquia y diga que repi- 
quen. 

Al oir que las campanas soltaban sus lenguas de bronce, 
con aquella alegría, con aquella sonoridad que tienen las de 
Uruapan, los vecinos salieron apresuradamente de sus casas. 
El coronel Hernández les comunicó las noticias; la que pro- 
cedía de Ario, avisando que Caamaño se habla ido solo y que 
el ejército permanecía fiel, y la otra, participando que á los 
dos dias estaría en la ciudad el general Pueblita con su va- 
liente brigada. ¡El sol de la esperanza se alzaba de nuevo en 
el cielo de la patria! 

Las calles se reanimaron; por todas partes había grupos de 
gente que platicaba con entusiasmo; en la noche hubo ilumi- 
nación, abundaron \os puestos y se verificó una sei*enata. 

El día 17 entraron en Uruapan las fuerzas de la antigua 
división Caamaño; el general Pueblita llegó el día 18, y el 
19 se verificó una junta numerosa de jefes superiores, en la 
que se acordó unánimemente nombrar Gobernador y Coman- 
dante Militar del Estado al general D. Manuel Qarcia Pue- 
blita. 

Este denodado campeón del pueblo era uno de esos hom- 
bres en quienes el patriotismo es todo un culto. Valiente, 
batallador incansable, inteligente y astuto guerrillero, el par- 
tido clerical lo odiaba con un rencor profundo, como lo sabe 
hacer cuando aborrece á alguien; por esto se ensañaba en ca- 
lumniarlo. Más adelante me ocuparé un poco más de Pue- 
blita; por ahora baste decir que era modesto en alto grado, 
ajeno al mezquino interés del dinero, leal, franco y comuni- 
cativo. Todas estas cualidades no fueron parte á evitar que 
el partido clerical lo difamara. 

Cuando en aquella tarde del 19 de Julio, una comisión de 
la junta mencionada fué á comunicar á Pueblita su nombrar 



miento de Gobernador, el general, enternecido por aquella 
manifestación de bus coropañeroa de armas, lea dio laa gra- 
cias por el honor que se le hacia; pero les dijo que de ningn- 
na manera aceptaba el encargo, porque conocía su insuficien- 
cia para desempeñarlo; que él seria el primero en obedecer 
con gusto á cualquiera otra persona que designara la junta 
con el carácter de interino, pues que aólo al Cuartel General 
del Ejército incumbía la facultad de hacer tal nombramiento. 
Expuso, por último, que tomaría el mando de la división por 
corresponderle del momento conforme á la Ordenanza mili- 
tar, á reserva de entregarlo al jefe que fuese promovido por 
el mismo Cuartel General. 

Aquellas palabras eran la expresión humilde, pero sincera 
y ürme, del general Pueblita. La junta, en consecuencia, avi- 
só al General en Jefe del Ejército del Centro, D. José María 
Artcaga, el estado de acefalía del Gobierno de Michoacán,y 
entretanto, nombró Gobernador provisional á D. Antonio Ro- 
dríguez Gil, á quien hemos conocido de secretario de Caa- 
maño. 

Kodríguez Gil era an hombre vanidoso, incapaz de desem- 
peñar un cargo de importancia. Adrede se refería do él que, in- 
terpelado una vez sobre su programa político, contestó; "Me 
reservo mis opiniones y mis procedimientos," opiniones y pro- 
cedimientos que, en efecto, quedaron reservados para aiera- 
pre. Por lo demás, la frase se divulgó, sirviendo para denotar 
la nulidad de talento en alguna persona. 

En virtud de los acuerdos de la junta, pudo Pueblita po- 
nerse inmediatamente en campaña. La división se componía 
entonces de los dos mil hombres y las doce piezas de monta- 
ña que sacó de ümapan Caamano, de quinientos que consti- 
tuían la brigada Pueblita, y de otros tantos que se hallaban 
en Ario & las órdenes de Eguiluz. 

El general dejó en Uruapan como seiscientos hombres, y 
con el resto marchó sobre FAtzcuaro, dando orden á Eguiluz 
para que á las ocho de la mañana del día 24 estuviese con su 
tropa al frente de dicha plaza. 



168 

Antes de entrar en materia^ haré una ligera resena de la 
ciudad de Pátzcuaro. 

En los días de la conquista, en que Cristóbal de Olid inva^ 
dio por orden de Hernán Cortés el reino de Michoacán, Pátz- 
cuaro era una ciudad de recreo de los emperadores tarascos. 
El desventurado Tzimtzicha (el Caltzontzin que reinaba en 
aquella época), después de haber estado oculto en Uruapan, 
por temor á los españoles, malaconsejado y no pudieudo ven- 
cer su pusilanimidad, se rindió humildemente á aquel capi- 
táu, saliendo á encontrarlo á orillas de Pátzcuaro, en el sitio 
en que está la capilla llamada "El Cristo," lugar que fué co- 
nocido desde entonces con el nombre de " El Humilladero,"^ 
por la indigna sumisión del monarca. 

Desde los primeros días de la conquista (1522), el venera- 
ble padre franciscano Fr. Martin de Jesús fundó en Pátz- 
cuaro un convento de su orden, dedicándose los frailes, con 
todo celo, á la evangelización de los indios. 

El obispo Quiroga llegó á Michoacán, con su carácter de 
prelado, en 1537, y viendo que la ciudad de Tzintzuntzan era 
muy sombría y falta de aguas manantiales, trasladó á Pátz- 
cuaro la silla episcopal en 1540, ''por haber en este último 
lugar muchos nacimierUos de agua y estar más descubierto el 
paisaje, tanto á la salida del sol como á su puesta, por lo que 
es su cielo más alegre. Muy pronto la nueva corte episcopal 
llegó á tener treinta mil vecinos y se consideró como la me- 
trópoli michoacana."^ En cédula de 28 de Febrero de 1634, 
Tzintzuntzan recibió de Carlos V el titulo de ciudad de MU 
ehoacdrij y el mismo monarca, á solicitud del obispo Quiroga, 
concedió á Pátzcuaro, en. 20 de Junio de 1553, escudo de ar- 
mas para ennoblecerla. 

La primera catedral fué el templo que hoy se llama de la 
Compañía; pero poco después comenzó D. Vasco á edificar 
en la parte alta de la ciudad la suntuosa basílica con que que- 
ría dotar á su diócesi: su proyecto era el de un templo colo- 
sal, con cinco naves en forma de mano, aisladas una do otra, 
de tal modo, que las gentes que estuvieran en una no pudie- 

1 Villaseñor. "Teatro Americano." 
. 2 Basalepque. "Hifltoría de la provincia de San Nicolás Tolentino." 



164 

sen ver á las de las otras. Llegó á España la notieia de la 
fundaciÓQ de esta nueva Babel, y el emperador ordenó que 
se suspendiera la obra, dando así un golpe á la vanidad del 
obispo raichoacano. Únicamente llegó á cerrarse, no con bó- 
veda, sino con artesonado de madera, la nave de en medio, 
cuya capacidad es tal, que puede contener tres mil personas. 

Para subir á la torro tenía unas escaleras de caracol cons- 
truidas tan artificiosamente, que por una de ellas se subía y 
por la otra se bajaba, sin que pudiesen verse las gentes que 
las ocupaban. En el pueblo comenzó á decirse que aquel mo- 
numento era obra del diablo (¡pobre D. Vasco!), y en 1846, 
el cura párroco y algunos vecinos piadosos mandaron derri- 
bar los soberbios caracoles que no tenían rival en la Repúbli- 
ca, lo que el canónigo D. José Guadalupe Romero califica de 
acto de barbarie.^ 

En Pátzcuaro, y en el antes citado año de 1540, fundó el 
obispo Quiroga el colegio de San Nicolás que se unió des- 
pués al de San Miguel, establecido desde mucho antes en 
Quayángareo (después Valladolid y hoy Morelia) por el ve- 
nerable Fr. Juan de San Miguel. 

Los frailes agustinos, por orden del venerable Pr. Alonso 
de la Veracruz, fundaron en 1576 un convento de su religión, 
sujeto al priorato de Tiripitío. 

En el mismo año se establecieron en Pátzcuaro los padres 
jesuítas, siendo su casa la segunda de la América, pues la pri- 
me]^ se había establecido poco antes en la ciudad de México. 
De advertir es que el ilustrísimo D. Vasco fué el primero 
que pensó traer este rico presente de humildad, do abnega- 
ción, de desinterés, de ninguna hipocresía y de ningún afecto 
terrenal, á la tierra descubierta por Cristóbal Colón. El sitio 
en que se levanta en Pátzcuaro el edificio de la Compañía, es 
el que lo había sido del templo mayor en tiempo de la genti- 
lidad, según afirma el padre Alegre: de modo que aquel lu- 
gar estuvo destinado primero á mansión de los demonios y 
después de los jesuítas. 

Cuando llegaron éstos á Pátzcuaro, gobernaba á Tzintzun- 

1 Estadística del Obispado de Michoacán. 



165 

tzan y sus dependencias D. Pablo Iluitziméngari, nieto del 
último Caltzontzin: no tenía más hijos que el llamado D. Pe- 
dro, único en quien pudiera seguir la progenie de los reyes 
tarascos. Los jesuítas lograron hacer entrar á su orden al jo- 
ven heredero de aquellos dominios, y en él se extinguió la 
antigua familia reinante de Michoacán. Sus cuantiosos bie- 
nes, como pra natural, pasaron á poder de la desinteresada 
Compañía. 

A mediados del siglo XVII fundaron convento de su or- 
den los religiosos de San Juan de Dios, estableciendo un hos- 
pital, según los'estatutos de su religión. 

Finalmente, en 1748 se fundó una casa de monjas Catari- 
nas, contigua al Santuario de Nuestra Señora de la Salud. 
Llegó á tener este convento hasta sesenta profesas y mayor 
número de niñas educandas, que en su mayor parte renun- 
ciaban al mundo para mayor honra y gloria de Dios. 

Contiene la ciudad en su recinto más de doce templos con- 
sagrados al culto, siendo de notar que todos ellos funcionan 
en la actualidad, á pesar de que la población no excede de 

seis mil habitantes. 
Pátzcuaro encierra notabilidades en materia de religión. 

La imagen de Nuestra Señora de la Salud está hecha de 
médula de la caña de maíz batida 'hasta formar pasta. La 
construyeron unos escultores indígenas, de orden de D. Vas- 
co de Quiroga. El mismo prelado la bendijo é hizo grabar 
en el cuerpo las palabras ^^&alus infirmorum.^^ Se le atribuyen 
prodigiosos y continuados milagros, y acerca de muchos de 
ellos escribió un libro el padre jesuíta Pedro Sarmiento. La 
Virgen de la Salud es muy venerada en todo aquel país. 

En el convento de San Francisco existe un cuadro pintado 
en una pared. No obstante datar de la época de la conquista^ 
esta pintura se conserva en muy buen estado y es una obra 
de arte. Representa al sublime asceta de Asís, con los ojos 
marchitos de tanto llorar y elevados al cielo, las heridas ma- 
nando sangre y los brazos extendidas: dos frailes le acompa- 
ñan y un papa está de rodillas á sus plantas. Este cuadro fué 
encontrado, no há muchos años, en una de dos paredes que 
estaban adheridas la una á la otra, en donde permaneció ocul- 
to por espacio de más de tres siglos. 



166 

En Pátzcuaro se conservan muchas tradiciones relativas al 
Sr. Quiroga. Una es la de que con un golpe de su báculo 
hizo brotar el agua potable de la ciudad, motivo por que la 
veneración común logró que se pusiese en el golpe de las 
aguas una ara consagrada, que subsiste todavía, después de 
trescientos años. Más necesitaban los de Tzintzuntzan de este 
milagro que no los de Pátzcuaro, pues que, precisamente por 
haber en este lugar muchos nacimientos de agua, se decidió 
D. Vasco á trasladar allí la sede episcopal. 

La ciudad guarda con veneración los restos del tantas ve- 
ces referido obispo, y el sombrero que usaba, hechura de los 
indios de Nurio. . 

Pátzcuaro posee también una campana consagrada por la 
mano del mismo Sr. D. Vasco de Quiroga, y cuyo tañido sir- 
ve para disipar las tempestades y para hacer cesar los tem- 
blores. 

Volviendo ahora á la famosa parroquia, diré que con el 
transcurso del tiempo fué deteriorándose por los temblores, 
hasta que se desplomó en el terremoto de 7 de Abril de 1845, 
y reedificada por los vecinos, volvió á destruirse á causa del 
temblor de 19 de Junio de 1858. 

En una población asi, ton llena de monumentos y de re- 
cuerdos religiosos y heráldicos, es natural que los habitantes 
sean y hayan sido siempre partidarios del antiguo régimen, 
si bien es justo manifestar que, en lo general, han abrigado 
sentimientos humanitarios. Debo hacer especial mención de 
las señoras, cuya alma piadosa y corazón sensible son reco- 
nocidos en Michoacán, y de grata memoria para los desva- 
lidos. 

Pátzcuaro dejó de ser la capital de la provincia de Michoa- 
cán por decreto de 25 de Diciembre de 1575, dictado por el 
virrey D. Martin Enríquez, quien mandó que las autorida- 
des se trasladasen á Valladolid. Este fué el origen de la ri- 
validad entre patzcuareños y vallesolitanos, rivalidad que no 
se ha extinguido en tres áiglos. 

Durante el Gobierno colonial no registra la historia ningún 
hecho notable acaecido en Pátzcuaro. La existencia se desli- 
zaba alli tranquila y con cierto bienestar, merced á la sitúa- 



167 

• 

ción del lugar, rodeado de pueblos productores, y gracias tam- 
bién á que residían alli los ricos propietarios de las mejores 
haciendas de la tierra caliente de Michoacán. Desde la gue- 
rra de insurrección, y después, en el largo periodo de nues- 
tras revoluciones, muchos de aquellos hacendados fueron á 
radicarse á Morelia, Guanajuato, México y otras grandes ciu- 
dades de la Bepública, huyendo de los préstamos forzosos y 
de otras tropelías, no siendo pocos los que por las mismas 
causas quedaron alli completamente arruinados. Por tal mo- 
trvo, la ciudad ha ido decayendo hasta llegar al estado lasti^ 
meso, que hoy guarda, cuando podía ser la población más 
pintoresca de la tierra mexicana por su espléndido lago, por 
lo quebrado del sitio en que se alza, por los bosques profun- 
dos y laa altas montañas que la rodean, así como por su clima 
dulce, bienhechor y propicio á la salud. El día en que loe 
rayos de la libertad despierten del marasmo de las antiguas 
ideas á los habitantes de Pátzcuaro, será el principio de una 
encantadora metamorfosis. 

Mirándola bajo otro aspecto, la ciudad ha sido el baluarte 
de los Gobiernos reaccionarios de Michoacán, el punto avan- 
zado de Morelia sobre los revolucionarios. Depende esto de 
que, situada á corta distancia de la capital del Estado, recibe 
de ella prontos y eficaces auxilios. Y como además es un cen- 
tro de donde parten los caminos para Tacámbaro, Ario, Ta- 
retan, Uruapan, Apatzingán, Zacapu, Quiroga y Coeneo, lu- 
gares todos que han sido campamentos de los liberales, de 
Pátzcuaro se pueden enviar expediciones para aquellos rum- 
bos; de alli salían tropas para dar albazos ó para acudir en 
auxilio de las guarniciones. Han favorecido esta actitud de 
la plaza, su situación como centro de aquella gran zona y las 
opiniones políticas de sus habitantes. Los patzcuareños, ade- 
más, han sido siempre hombres valientes y decididos. 

{Podemos considerar á Pátzcuaro como una plaza militar? 
De ninguna manera, si las fuerzas que la atacan están provis- 
tas de artillería de batir. La ciudad está rodeada de alturas: 
por el Oriente se alzan las lomas de San José; por el Sur se 
eleva el fragoso pedregal; por el Poniente el cerro del Calvaí- 
rio, y por el Norte el Colorado, que dominan no sólo la cia- 



-^ 



158 

Santa Clara. Al presentársele Caamaño, y sabiendo por boca 
de éste lo que había sucedido en Chucn, lleno de cólera le 
ofrecía la fuerza allí presente para que fuera á batir inmedia- 
tamente á los facciosos. Caamaño, profundamente abatido y 
avergonzado por lo que acababa de pasar, so excusó, y des- 
pués de su llegada á Pátzcuaro, emprendió su marcha á la 
ciudad de México, á perderse en las obscuridades del im- 
perio. 



En cuanto á la división de Michoacán, corrió por un mo- 
mento el peligro de quedar acéfala; empero Villada, con un 
rasgo atrevido de energía, se puso á la cabeza de los soldados 
y mandó tocar orden de marcha, que se emprendió en el acto 
hacia Ario. 

Desde que se tuvo en esta población la noticia de que Caa- 
maño se dirigía á ella, abandonando á Uruapan, el coronel 
Eguiluz, con la brigada de su mando, se había retirado á la 
hacienda del Tejamanil; el mismo día 14 reunió una juntado 
jefes y oficiales, y poniendo en conocimiento de ellos el ru- 
mor que ya corría como exacto de la defección del general 
en jefe de la división, les propuso que desconociendo la auto- 
ridad de éste, se pusieran á las órdenes del general D. Nico- 
lás de Regules. Todos aceptaron con entusiasmo la idea, y 
protestaron seguir luchando, aun contra sus propios compa- 
ñeros de antes. 

Mientras esto pasaba en el Tejamanil, la división, condu- 
cida por Villada, había llegado á Ario. 

Comenzaba ya á despertarse la ambición entre los jefes su- 
periores que había en aquella tropa. Para evitar á tiempo los 
males consiguientes, Villada convocó una junta de honor que 
se celebró el dia 15. En ella propuso que, conforme á la Or- 
denanza militar, el mando de la división debía conferirse al 
coronel D. Manuel García, que era el más antiguo entre los 
de la misma categoría que existían en aquella fuerza. Corría 
contra el mencionado coronel un viento de desconfianza, tan- 
to por su amistad intima con Caamaño, como porque se ase- 
guraba que en sus opiniones políticas era más bien adicto á 



159 

laa ideas conservadoras que á los principios republicanos. Vi- 
Uada acalló estos rumores, invocando la disciplina militar; 
expresando que si el ejército no Labia seguido á Caamaño, 
que tenia más prestigio, menos se ícíejaria arrastrar por Gar- 
cía, y finalmente, que el mando de éste iba á ser interino, 
mientras se presentaba un jefe de mayor graduaoión ó el nom- 
brado por el Cuartel General. García quedó, por de pronto, 
al frente de la división. 

En cuanto á Yillada, el Gobierno premió su lealtad y este 
importante servicio, ascendiéndolo á teniente coronel. 



r" 



170 

con la instrucción de tomar este edificio, mientras que Ti- 
llada asaltaba la trinchera de San FraDcisco. Genaro Román, 
con la mitad de ea batallón, avanzando por la calle del San- 
tuario, tomó el reducto fortificado del cerrito de Acha, distante 
ochenta metros de la plaza principal de la población. Pue- 
blita con el reato del batallón Matamoros, y Kochs con el 
que era á ens órdenes, apoyaban á aquellas tres columnas, 
haciendo nso incesante de la artillería. 

El éxito estaba á punto de coronar sus afanes, cuando apa- 
reció la reserva, situada «smo he dicbo en la parte alta de la 
ciudad, por donde debia presentarse Eguiluz. Libre de todo 
amago, el 3" batallón del imperio se lanzó hacia et reducto 
do San Francisco, rebasó los fosos y dió una brillante carga 
sobre los soldados de Méndez Cardona, de Villada y de Qao- 
un, casi ya dueños de iaa triocheras. Las columnas republi- 
ctnas se retiraron ante aquel ataque brusco, hecbo por tropas 
de refresco. Se dejaban en poder del enemigo cinco piezas de 
artillería; pero observado eato por Qaona, volvió con sus guar- 
dias nacionales y logró recobrar una de ellas. 

En el mismo tiempo cargaron impetuosamente sobre la pe- 
queña fuerza de Genaro Román las contraguerrillae y un 
piquete de infantería de los imperiales. El jefe liberal sostuvo 
largo rato el combate, y observondo que nadie acudía en su 
auxilio, retrocedió paso á paso, haciéndose respetar del ene- 
migo. 

El ataque habla fracasado. Pueblita se retiró, dejando trein- 
ta y dos muertos, como sesenta prisioneros, cuatro piezas de 
artillería, más de cien fusiles y considerable cantidad de per- 
trechos de guerra. Fueron muchos los dispersos y no pocos 
1o3 heridos. 

En el Calvario, y á la vista del enemigo, se reorganizaron 
loa restos de la división que apenas llegaba ya ¿ mil cuatro- 
cientos hombres. En aquel momento, las once de la múíana, 
aparecía Eguiluz por el camino de Ario y tomaba posiciones 
cerca del edificio de la Compañía. Era ya imposible un se- 
gundo ataque. La tropa de Pueblita estaba fatigada, sin par- 
que y perdida la moral, en tanto que la guarnición de Pátz- 
cuaro estaba justamente orgullosa de su victoria, si bien sa 



171 

jefe, el general Tapia, no había recobrado enteramente la 
confianza. Sus subalternos le instaban á que saliese en per- 
secución de los liberales; él se contentó con enviar sobre ellos 
á las contraguerrillas. 

LoB ciento" cincuenta jinetes salieron de Pátzcuaro y se di- 
rigieron al Calvario seguidos de dos compañías del 3^' bata- 
llón, al mando de su comandante. Pueblita los dejó acercar, 
7 en el momento oportuno, lanzó sobre ellos la caballeria de 
Toluca, á la cabeza de la cual iba el comandante José María 
Ménez. El encuentro fué espantoso; por una y otra parte se 
trabó un verdadero combate de chinacos, en que las lanzas 
quedaron tintas de sangre. La infantería del imperio estaba 
imposibilitada de obrar, por no hacer fuego sobre sus compa- 
ñeros de armas. De repente aquella confusa masa de com- 
batientes se arrojó sobre los infantes del 3"' batallón. Los 
nuestros habían triunfado y echaban en corrida al enemigo, 
arrollando la infantería y haciéndola participar de la derrota. 
En esa acción quedó mortalmente herido el comandante del 
3^ batallón del imperio, y prisionera la primera compañía. 

Este suceso aumentó la desconfianza del general Tapia, 
quien en su parte oficial á la Comandancia superior de Mo- 
relia, decía: 

'' Son las doce del día, y las armas del Imperio acaban de . 
triunfar de la horda de bandidos que intentaban posesionarse 
de esta plaza: el enemigo, en número de dos mil hombres y 
trece piezas, rompió sus fuegos á las siete de la mañana, pero 
tuvo que emprender una vergonzosa fuga ante el valor de 
una columna del 3^' batallón de línea que salió á impedir que 
colocaran sus piezas en el punto que intentaban. 

" Han quedado en nuestro poder cinco piezas, multitud de 
fusiles, parque, equipo y sesenta y siete prisioneros, hasta 
este momento en que me ocupo de levantar el campo. Es de 
lamentarse la grave herida que ha recibido el Señor Coman- 
dante del 3" batallón, quien probablemente sucumbirá. Opor- 
tunamente daré á vd. el parte detallado, entretanto sírvase 
elevar lo expuesto á conocimiento del E. S. General en Jefe 
para su conocimiento y satisfacción. 

" Kecomiendo á vd. que la infantería que debe venir á ésta, 

Michoacan.— 13 



r 



172 
redoble su mordía, á fin de evitar que el enemigo pueda relia* 
cerse. Todos lian cumplido con au deber, y lapoblación entera 
ha tomado ¡lürte con un entusiasmo j decisión que la honra 
en eate nuevo triunfo. — LuÍ3 Tapia." 

Laa pérdida3 de los imperialistas fueron también conside- 
rables. Ko lo diee Tapia, pero en aquellos días se aseguró 
que BU baja fué de más de doscientos, entre muertos y he- 
ridos. 

Por sabido se calla que una gran parte de nuestros prisio- 
neros fueron fusilados en masa. 

En la tardo, todo había vuelto á quedar tranquilo en la her- 
mosa ciudad del lago. 



La derrota de Pueblita causó profundo desaliento en el 
campo libera], en doade dia á dia iban disminuyéndose nuee- 
tras fuerzas. Como sucede siempre después de un desastre, 
se multiplicabaí los comentarios. Era voz general que el co- 
ronel Manuel García, jefe de los "Lanceros de Toluca," de 
acuerdo con Márquez, había inducido á Pueblita á dar el ata- 
que de Pátzcuaro para que sufriese allí un descalabro com- 
pleto. Hablábase de que £guiluz disolvería su fuerza y se 
alejarla del teatro de la guerra. Se rumoraba aún que Ronda 
y otros jefes ile Coeneo estaban comprometidos con D. An- 
tonio Huerta, y que en consecuencia aquella importante zona 
de Zacapu caería definitivamente en poder del imperio. 

De esta situación se aprovechaban los agentes secretos del 
imperio para recorrer las poblaciones, introduciendo el desa- 
liento y procurando fomentar el espíritu de la defección. 

Soplaba uu viento de tristeza y desconfianza. 

D. Antonio Hodríguez Gil seguía reservándose sus opinio- 
nes y aus prouediraientoB. A su lado levantaba la cabeza la 
ambición del mando, y se intrigaba por algunos para apode- 
rarse del Gobierno y explotar sus postrimerías. 

Pueblita, enemigo de este juego mezquino, abandonó á su 
propia suerte á los politicastros, y pocos días después de su 
regreso á Uiuapan marchó con su pequeña fuerza á expedi- 
cionar en lo3 Estados de Guanajuato y Querétaro, siguiendo 



178 

* 

BU táctica de una movilidad incesante para fatigar al enemigo 
y sorprenderlo y batirlo. 

La derrota de Pátzcaaro no sólo produjo los efectos de que 
acabo de hablar, sino que, en virtud de la acefalia de hecho 
que reinaba en Michoacán, la división quedó reducida á me- 
nos de ochocientos hombres, en tanto que el imperio tenia 
en Morelia, Maravatio, Puruándiro, La Piedad, Zamora y 
Pátzcuaro, un efectivo de más de cinco mil plazas, á las ór- 
denes de D. Leonardo Márquez. Con excepción de Uruapan, 
ocupaba las poblaciones más importantes del Estado. 

Todo hacia creer que el partido liberal caminaba rápida- 
mente á la decadencia. 

En aquellas circunstancias (26 de Julio) llegó á Uruapan el 
general Carlos Salazar, á quien Arteaga habla nombrado Go- 
bernador y Comandante Militar de Michoacán. 

Se tenia el concepto de que Balazar era un soldado valien- 
te; pero siendo poco conocido en cuanto á sus aptitudes para 
el mando civil, los ambiciosos hallaron medio de hacer recaer 
sobre su conducta graves sospechas, atribuyéndosele que, por 
sus ligas con üraga y Caamaño, no seria difícil que siguiera 
el ejemplo de éstos. Los politicastros se reunieron en junta 
con la resolución de desconocerle. Por fortuna para los inte- 
reses de la República, uno de los citados á aquella reunión 
fué el Dr. Leónides Gaona, patriota intachable y de cuya 
lealtad nadie dudaba. Gaona conocía intimamente á Salazar, 
desde que éste, herido en el ataque de Morelia, había tenido 
á aquél como médico de cabecera. Pues bien, Gaona mani- 
festó que Salazar era digno de toda confianza, intransigente 
con el enemigo, hombre de valor y de talento, y que además 
era un deber de los buenos michoacanos aceptar como Go- 
bernador al que legítimamente se presentaba nombrado por 
quien correspondía. Si las palabras de Gaona no fueron un 
argumento del todo convincente para los individuos de la 
junta, al menos bastaron para que cesase su oposición, influ- 
yendo no poco en este ánimo ver que la tropa aclamaba con 
entusiasmo á su nuevo General en Jefe. 

En las primeras horas de la noche de aquel mismo día, Sa- 
lazar y Gaona se dirigieron á la casa del que escribe estas li- 



174 

neas, buscando al Lie. D. Justo Mendoza, uno de los libera- 
les más distinguidos y abnegados de Michoacán. Salazar le 
dio un abrazo, y sin preámbulos le dijo que lo Labia nom- 
brado Secretario de Gobierno, porque quería rodearse de 
hombres de reconocido saber y patriotismo. Larga fué aque- 
lla conferencia, íntimas las expansiones de cariño, ardientes 
las promesas de luchar sin descanso contra el imperio, y am- 
plio el programa de la administración. Mendoza, reservado 
al principio, fué poco á poco convenciéndose de la sinceridad 
de sentimientos de Salazar, vio en éste á un luchador infati- 
gable y á un hombre de patriotismo puro y ardiente. Aceptó 
el encargo, quedando constituido el Gobierno con Salazar 
como Gobernador; con Mendoza como Secretario del Despa- 
cho; el Lie. Manuel A. Mercado como Oficial mayor; al frente 
de la secretaría particular, José Felipe Cortés, y Comisario 
general del Estado el teniente coronel Narciso Garcilaso. 

Al día siguiente se expidió una ley restableciendo las Pre- 
fecturas, los Juzgados y los Ayuntamientos, suprimidos, co- 
mo he dicho, por disposición de Uraga. Es aquí oportuno 
decir que, con la corta interrupción expresada, las autorida- 
des municipales funcionaron en Michoacán durante toda la 
campaña, en los lugares ocupados ó que ocupaban transito- 
riamente los republicanos; sus fondos especiales no íueron 
distraídos de su objeto, y más bien, á veces, el Gobierno les 
ayudaba para que llevasen á cabo algunas mejoras de impor* 
tancia administrativa ó de mero ornato. Los presidentes de 
los ayuntamientos eran el órgano de comunicación entre las 
fuerzas y los particulares, resultando de aquí que los pueblos 
estaban garantizados contra las arbitrariedades de los milita- 
res. La administración de justicia funcionaba regularmente 
y los tribunales estaban siempre expeditos. Y digno de con- 
sideración es el hecho de que nuestras autoridades actuaban, 
hubiera ó no fuerzas liberales en las poblaciones no ocupadas 
por el enemigo, mientras que los empleados del imperio, mu- 
chos de ellos compelidos por la fuerza á aceptar el encargo, 
sólo lo desempeñaban habiendo en el lugar alguna guarni- 
ción, y huyendo con ella cuando la población era abandonada 
por la tropa. 



p^ 



176 

En cuanto al ramo de guerra, como era natural, quedó al 
cargo exclusivo de Salazar, y á este propósito me acuerdo 
que el día 6 de Agosto, el general pasó revista en la plaza de 
Uruapan á la división, reducida entonces á ochocientos hom- 
bres, y no se me olvida que Manuel Mercado y yo vimos lle- 
gar al general montado en su arrogante caballo tordillo que 
se llamaba el *^ Eecuerdo," que se colocó enfrente de la linea 
que estaba en orden de parada, y con voz clara, fuerte y mar- 
cial, arengó á los soldados en los siguientes términos que ha 
conservado mi memoria: 

** Soldados del pueblo : — Acabáis de sufrir una derrota ante 
la superioridad numérica del enemigo; pero cualesquiera que 
sean laa vicisitudes de la guerra, vuestro companero Carlos 
Balazar, contando con valientes como vosotros, no soltará ja- 
más de las manos las armas de la patria. Peleando hemos de 
derrocar al imperio; vosotros mismos lo decís siempre, ^^ ÜLé- 
xico, perdiendo gana; si no es hoy será mañana/' Si nos toca 
morir en el campo de batalla, será arrancando con las uñas 
el corazón á los traidores. 

^^ Con vosotros, compañeros de armas, que formáis la tropa 
de linea, soy el último de los soldados, el más sumiso á la 
Ordenanza, y con vosotros, valientes y atrevidos guerrilleros, 
soy el primero de los chinacas que pelean con los ojos cerra- 
dos y el corazón despierto. 

"Y os juro á todos que Carlos Salazar os acompañará siem- 
pre en el peligro, y os estrechará la mano cuando nuestros 
clarines toquen diana, anunciando la victoria!" 

Asi era Salazar. Le gustaba hablar á su tropa con palabras 
que entendían los soldados: sabía electrizarlos con el fuego 
de sus ojo9*y con el entusiasmo que brotaba de su pecho. 

Desde luego entró en actividad. Llamó de nuevo al servi- 
cio al general Regules, ordenándole que pusiera en alta fuer- 
za la brigada de Eguiluz, disponiendo de los recursos de Ario 
y de Tacámbaro. Envió á Villada rumbo á los Reyes para 
que cubriese aquel puesto avanzado hacia Zamora, al mismo 
tiempo que para que integrase su batallón. La presencia en 
los Reyes de una fuerza nuestra era tanto más necesaria, 
cuanto que en aquellos días el jefe imperialista Carriedo ha- 



r . 1 

bía derrotado, dejándolo muerto, al general D. Antonio Or- 
tíz que ciibria el punto. A Bonda, que figuraba como segundo 
en jefo de Garnica, lo autorizó para que formara un cuerpo 
á BU cxclaaivo mando. El coronel Hernández (Cantaritoa) 
recibió urden deealir á expedieionar por el Bajío; Gil Abarca, 
con los reatos del batsIlÓD que antea mamJaba Múudez Car- 
dona, PG dirigió á Apatzingáu á aumentar su fuerza. En 
Urtmi'aii quedó con el mismo objeto y nombrado Prefecto 
del Dc¡i;irtamento, el coronel D. José María Hernández. 

Totlo-. cstOB jefes trabajaron con empeño en cumplir sus 
respeetivaa comisiones, que llenaron con éxito, excepción sea .¡ 

hecha de Cantaritoa, quien apenas pisó el territorio de Gua- 
najuato, cuando el 13 de Agosto fué batido en Yuriria, y el 
17 sufrió una sorpresa en el rancho del Rodeo por una par- 
tida de franceaes. Cantaritoa mnrió en el combate y su gue- 
rrilla desapareció por de pronto, reuniéndose más tarde loa 
eoldudds que laformaban y poniéndose alas órdenes de Agus- 
tio Gareia que heredó el apodo de Hernández, 

En todas partes se reelutaba gente, ae adquiría armamento, 
se coiislruiau el parque y el vestuario. 

Anti'^ de un mes, la primera división, al mando de Regu- 
les, tetita más de mil hombrea, y la segunda, á las inmediatas 
órdentB de Salazar, contaba con mil quinientas plazas. De 
nuevo, pues, el Ejército Republicano de Micboacán tomaba 
la iulc-iiitiva, expedicionando por los lugares ocupados por el 
enemigo y haciéudoae alli de recursos. Los pueblos recobra- 
ban la esperanza de que la patria ae aalvaria. 



177 



CAPITULO XVI. 



(1864) 



Episodios en Zitácuaro. — Biya Palacio ejerciendo el patronato real. — £1 cura 
González. — Una sorpresa. — Una joven zitacuarense. — Los zuavos, jinetes 
en muías. — Situación angustiada de las familias de Zitácuaro. — Fuga de 
los imperialistas. — El cura de Santo Tomás. — Los dos volúmenes de una 
obra. — La biblioteca entera. — Las dos ediciones de la obra. — Peligro de 
una escisión entre Biva Palacio y Salazar.— Cobro de contribuciones y 
peligros á que estaban expuestos los comisionados de Hacienda. — Resis- 
tencia en Queréndaro. — Acciones de la hacienda de Ayala y del puerto 
de Medina. — El prisionero Becker. — Su canje. — Una carta del general 
Arteaga. — Pliegos interceptados al enemigo. 



Mientras se verificaban estos sucesos en el centro y Sur de 
Michoacán, en el Oriente el general Riva Palacio adquiría 
mayor prestigio con sus últimos hechos de armas, siendo no- 
table el incremento que iban tomando sus fuerzas. !N^i lo des- 
moralizó la noticia que por todas partes circulaba de la de- 
fección de Caamaño con las tropas de su mando: y como al 
referirse aquel acontecimiento se agregaba que solamente ha- 
bían logrado salvarse de la catástrofe kis fuerzas de Eguiluz 
y las del coronel D. José María Hernández, el general Riva 
Palacio escribió á estos dos jefes invitándolos á que se le unie- 
ran para seguir combatiendo. Ambos contestaron rectificando 
la noticia y manifestando que, en consecuencia, no les pare- 
cía conveniente separarse de las fuerzas en que estaban mili- 
tando, ni menos en los momentos en que'la división acababa 
de sufrir un golpe rudo en el ataque de Pátzcuaro. 



i' 



178 

En aquellos días Márquez fué llamado á México, de donde 
regresó el 12 de Agosto. Se dijo entonces que Bazaine le 
hizo graves cargos por su impotencia en aniquilar las gavillas 
de Michoacán, disculpándose aquel jefe con el pretexto de 
que sus tropas no bastaban á cubrir las guarniciones, y ade- 
más con el hecho de haberse retirado de aquella región las 
columnas francesas. Márquez volvió descontento á Morelia. 

Llegamos á una época en que abundan en Zitácuaro los 
episodios de la campaña, ya sean ó no de carácter militar. 
Para una historia general son de poca importancia sus deta- 
lles; pero en el género anecdótico de la que estoy narrando, * 
sintetizan bien aquella guerra, la saña de los imperialistas, el 
valor heroico de los soldados republicanos y el patriotismo 
exaltado de los habitantes de aquella magnánima ciudad. 

El día 10 de Agosto se presentó al general Riva Palacio 
un anciano como de sesenta años, acompañado de un soldado 
con divisas de sargento. El primero, el anciano, vestía traje 
negro, y por un pequeño cuello de chaquira que usaba, se cono- 
cía que era un clérigo. Dijo llamarse Manuel Nicolás González 
y que era cura párroco de Zinacantepec (Estado de México). 
Refirió que, como lo tenia de costumbre, el domingo anterior 
había subido al pulpito en su iglesia y predicado á sus feligre- 
ses. Que después del sermón les había manifestado que no 
debían acceder á las pretensiones del jefe de la guarnición 
imperalista que acababa de establecerse en el pueblo, el cual 
les exigía que firmasen una acta de adhesión al imperio, y 
que se comprometiesen á tomar las armas contra los chinacos; 
les había dicho que aquel Gobierno, fundado en las bayone* 
tas extranjeras, era un poder intruso que más tarde había de 
arrebatar sus derechos á los habitantes del país, y por último^ 
que los chinacos, lejos de ser bandidos, eran los defensores 
de la independencia nacional. Contó, además, que concluida 
la misa, iba saliendo del templo, cuando se vio rodeado por 
una'escolta de soldados y conducido á presencia del coman- 
dante Calleja, jefe del destacamento; que este oficial lo insultó 
cobardemente y lo mandó preso, dando orden de que al si- 
guiente día fuese pasado por las armas y colgado su cadáver 
en la puerta del atrio de la parroquia: que en virtud de estas 



179 • 

disposiciones fué encapillado en el cuartel, y en la noche so- 
licitó se le permitiera ir al corral á satisfacer una necesidad, 
y que yendo acompañado del jefe de la guardia, ya en el si- 
tío mencionado, dicho jefe le propuso que salvasen ambos las 
tapias y huyesen á lugares ocupados por los liberales: que asi 
lo hicieron, andando toda la noche, sin seguir camino practi- 
cado, sino tomando solamente la dirección, y que habían lo- 
grado llegar sanos y salvos á Zitácuaro. 

El general oía atentamente este relato, sin contestar pala- 
bra, cuando Kicolás Romero dijo que conocia de fama al cura 
González y sabia que, en efecto, era partidario de la causa li- 
beral. Kiva Palacio entonces mandó que se ministrasen vein- 
ticinco pesos al sargento, gratificando asi su buena acción; 
pero éste se rehusó á recibirlos, y entonces el general, otor- 
gándole el ascenso á alférez, lo mandó incorporar al escua- 
drón Zaragoza. Con gran sorpresa de todos, el sargento tam- 
poco quiso admitir la charretera, manifestando que serviría 
en su clase hasta ganar el grado en el combate. 

En cuanto al padre González, Biva Palacio le dio orden 
de que fuese á encargarse de la parroquia de la ciudad, como 
cura propietario; el eclesiástico abrió desmesuradamente los 
ojos, y apenas balbuceó unas cuantas palabras de excusa. 
Bien comprendió el general los escrúpulos de González, pues 
era evidente que él podría mandar en su tropa y en el ramo 
civil, pero no tenia que ver nada en lo tocante á la iglesia. 
El general se sonrió, y sacando de su cartera un papel, lo 
mostró al clérigo, quien á medida que iba leyendo, cambiaba 
Bn sorpresa en alegría, acabando por exclamar: 

— Justo, muy justo, mi general; estoy á las órdenes de vd. 

— ^Pues á la parroquia á administrar los sacramentos. Ko 
dirá vd. que tiene tan mal obispo. 

— ¡Oh! ¡Si así fueran todos! 

Explicaré el caso. Cuando Márquez emprendió su expedi- 
ción sobre Zitácuaro, en los primeros días del mes anterior, 
expedición que terminó con la gloriosa jornada del 5 de Ju- 
lio, había contado con el auxilio moral del cura, que si mal 
no recuerdo, era el padre Carreón. Este desempeñaba fun- 
ciones de espía entre loe liberales é informaba de todo á Mar- 



180 

quez, y al mismo tiempo no cesaba de querer atraer á los in- 
dios al buen camino^ haciéndolos traidores. Después que loa 
imperialistas evacuaron la plaza, el cura no volvió á aparecer 
en Zitácuaro, porque el miedo le despertó los remordimien- 
tos. Riva Palacio, temeroso sin embargo, de verlo regresar 
más tarde, escribió una carta al canónigo D. Pedro Rafael 
Conejo, Gobernador de la Mitra de Michoacán, poniendo en 
su conocimiento la conducta antievangélica del cura, y mani- 
festándole que, contra su carácter y su voluntad, se vería es- 
trechado á proceder contra el padre Carreón si volvía á Zitá- 
cuaro. Era el Sr. Conejo un sacerdote virtuoso, inteligente, 
ajeno al espíritu de partido, y como en aquellos días el clero 
no estaba muy conforme con la política del imperio que se- 
guía una marcha liberal, el Gobernador de la Mitra se apre- 
suró á contestar á Riva Palacio que no volvería á Zitácuaro 
el antiguo párroco; no sólo, sino que le ofrecía que, á cual- 
quier otro eclesiástico que quisiera servir el curato, tan luego 
como se encargase de él se le confirmaría en el encargo. He 
aquí á Riva Palacio ejerciendo el patronato en Zitácuaro, no 
obstante la independencia entre la Iglesia y el Estado. 

El padre González fué muy bien recibido por sus nuevos 
feligreses, y llegaron á profesarle gran cariño, porque lo vie- 
ron siempre consagrado á su ministerio, humilde, laborioso, 
desinteresado y patriota. Después llegó á aquella ciudad el 
famoso cura Traspeña, liberal descamisado que se había he- 
cho coronel en la revolución de Ayutla y que, de genio dís- 
colo, había llegado á no tener cabida ni entre los republica- 
nos ni entre los clericales. El cura Traspeña, viendo que se 
le rehusaba el mando de algún cuerpo de caballería, solici- 
tado con fastidiosa necedad, tuvo en mala hora la idea de te- 
ner á su cargo el curato de Zitácuaro, y como no pudiera 
conseguirlo de Riva Palacio, obtuvo una orden terminante 
de Salazar (quien deseaba quitárselo de encima), para que el 
Prefecto Morales le entregara la cura de almas con tanto ar- 
dor ambicionada. Aunque la orden fué desobedecida, el pa- 
dre González, por exceso de delicadeza, se retiró de Zitácuaro 
para no volver más, y tomó el rumbo del Estado de Guerrero. 
Se dijo de&pués que llevaba la vida del solitario en uno de los 



181 

más escondidos ranchos de la Sierra Madre, y no faltó quien, 
contradiciendo esta noticia, asegurase que se habla ahogado 
al atravesar el rio de Mezcala. Yo consigno estos recuerdos 
de aquel mártir ignorado de la libertad! 



El 13 de Agosto se hallaban reunidos muchos jefes y ofi- 
ciales de la brigada Riva Palacio, en una fonda que había en 
Zitácuaro y que se denominaba "La Sociedad del Veneno." 
Aquella reunión era motivada por un borrego tatemado al 
estilo de la frontera, con que obsequiaba á sus compañeros 
de armas el teniente coronel Garza. Era toda una boiregada 
y nada más, pues que primero se sirvió el mondongo ó menudo^ 
en seguida las costillitas asadas, y por último la cabeza^ todos 
estos platillos sazonados con sal y pimienta y oliendo á oré- 
gano; ea aquel día hubo lujo en la bebida, pues circularon 
copas de tequila y no faltó una que otra de cognac para los 
jefes superiores. Había llegado la hora de los brindis, propo- 
niéndose por la patria, por el Sr. Juárez, por el general Riva 

Palacio, por Crescencio Morales, por Nicolás Romero 

cuando de repente sonó el clarín tocando botasilla! 

El toque se reprodujo en los cuarteles, tan apremiante, tan 
sin cesar, que todos exclamaron: ¡el enemigo encima! 

¡.T 710 scdió borrego! Casi no hubo tiempo de ensillar; nues- 
tras tropas en desorden y cortados los diversos cuerpos, salie- 
ron á escape de la ciudad, al mismo tiempo que más de mil 
hombres del imperio penetraban á paso veloz por las calles 
de la entrada de Guadalupe. Eran las columnas de Lama- 
drid y de Laureano Valdés que, verificando una de sus innu- 
merables combinaciones, trataban de sorprender á los solda- 
dos de Zitácuaro. 

Estos tomaron posiciones en las alturas inmediatas. Riva 
Palacio, que en esos días estaba enfermo, dictó, sin embargo, 
desde luego sus disposiciones. La guerrilla de Julián Solano 
quedó de avanzada en el puente do la salida del Sur; el teniente 
coronel Joaquín Urquiza se situó en el molino de Herrerías; 
Morales, con la fuerza de Zitácuaro, ocupó á Camémbaro; 
Castillo la loma de la Palma; Acevedo y Garza por el rumbo 



182 
de Guadalupe, y Riva Palacio con Romero tomaron el cami- 
no de Jungapeo. Algunos piquetes, formando la reserva, que- 
daron colocados tras de Camémbaro, en la Encarnación y en 
Jcsila del Río. 

Tan inesperadamente invadió el enemigo la población, que 
el vecindario no pudo abandonarla, según su costumbre, con- 
tcotándoae ese día, por de pronto, con permanecer en sub ca- 
sita i puertas cerradas. Además, en loa momentos de la alar- 
ma comenzó á caer una de esas lluvias abundantes que casi 
se convierten en aguaceros. Pronto pasó el chubasoo: la tar- 
de se llenó de rayos de sol, una de esas tardes en que el azul 
del cielo, la pureza del aire, loe perfumes que saturan el am- 
biente, invitan á dar un paseo para contemplar las alegrías 
de la naturaleza. 

Los oficiales francos de la fuerza invasora salieron á reco- 
rrer las calles, lamentándose de que la tarde no estuviese em- 
bellecida también con la presencia de las hijas de Zitácnaro 
que, 6Í tenían la fama de ser muy chinacas, también era sa- 
bido que eran guapas por su hermosura y sa donaire. 

Un grupo de tres oficiales se atrevió á retirarse un poco de 
las calles céntricas, y habían tomado la dirección del Snr, 
cuaqdo tuvieron la fortuna de divisar en ana ventana i cierta 
linda zitacuarense, hija de B. Juan Antonio Rodríguez. 

— De seguro que nos da el ventanazo, dijo uno de ellos. 

— Pues yo creo que antes de que la veamos bien, se nos 
esconde. 

— Sí; todas nos aborrecen de muerte, exclamó el tercero, 
poro yo les apuesto nn par de pesos, que si no se mete le 
hablo. 

— La apuesta debía consistir en que contestara. 

— Se entiende. 

— Lo veremos. 

Durante esta breve conversación se habían acercado los ti- 
dales á la ventana. La joven permaneció en su puesto, vuel- 
to el rostro en dirección contraña. Por más que los oficiales 
hacían ruido arrastrando los sables, ella no se movía. Por fin, 
al llegar al pie de la ventana, el que había apostado, dijo: 

— Señorita, buenas tardes. 



188 

La joven siguió como estatua. 

— Si tuviera vd. la bondad de regalarme un vaso de agua.... 

La niña les dirigió entonces una mirada que no significó 
otra cosa, sino que practicaria la obra de caridad de dar de 
beber al sediento. Entró apresuradamente á la casa. 

— ^Ya lo ves: has perdido la apuesta; te dará agua, pero no 
te habla. 

El oficial no tuvo tiempo de contestar, porque la joven 
apareció llevando en la mano, sobre un plato, una copa de 
agua cristalina. Aquél apuró el contenido é iba á dar las gra- 
cias, cuando la hija de Zitácuaro, tomando el plato y la copa, 
los arrojó en medio de la calle: 

— Esos trastos están manchados de traición ! dijo, y cerró 
estrepitosamente la ventana. 

El oficial, lívido de cólera, sin pensar en que había gana- 
do la apuesta, prorrumpió en una blasfemia é iba á penetrar 
por el zaguán, cuando en la bocacalle aparecieron Tito Flo- 
res é Ignacio Juimes, disparando sus mosquetes y avanzando 
á trote largo. Los oficiales, como si les hubieran nacido alas 
en los pies, huyeron á las volandas hacia el centro de la ciu- 
dad. 

Amedrentados los traidoi*es por el santiaguüoj se encerra- 
ron en el recinto de la plaza, aprovechándose de esta circuns- 
tancia el vecindario para abandonar la ciudad, que quedó si- 
lenciosa, en tanto que el campamento liberal presentaba una 
simpática animación. Había tiendas de campana construidas 
de ramas verdes, en donde se agrupaban las familias; pues- 
tos que eran verdaderas tiendas; plazas de mercado; músicas 
á cuyo compás se bailaba y se cantaban himnos á la patria. 
Aquella población alegre y entusiasta era el mismo Zitácua- 
ro que estaba allí á mayor elevación por su patriotismo. 



Amaneció el día 14. Cuando las bandas militares tocaban 
en Camémbaro las alegres notas de la diana, se oyó el dis- 
paro de un esmeril que envió su bala á la torre de la parro- 
quia de Zitácuaro. Loa imperialistas fueron tan descorteses 
que no se dignaron contestar este saludo militar, motivo bas- 



tante para qne todo el día eatu vi ese jugando el esmeril; sien- 
do causa de estrepitosas risotadas ea el campo repablicauo, 
cada vez que la bala hería algunas de las campanas dejando 
oir un tañido lúgubre, 

Los exploradores de Castillo aprehendieron un correo de 
Tolaca dirigido á Lamadrid. En la comanicación que se le 
recogió y que fué enviada inmediatamente al general Riva 
raliicio, se avisaba al jefe imperialista que por circunstancias 
inipreviatas, no concurriría á la combinación sobre Zitácua- 
ro U columna móvil de zuavos y cazadores de A&ica que ¿ 
la9 órdenes del capitán de La Hayrie debía haber llegado á, 
aquel punto el 11 de Agosto. Se le prevenía, en consecuencia, 
que defendiese la plaza hasta recibir el auxilio indicado. 

Aquella expedición no solamente tenia por objeto dar una 
sorpresa á los republicanos: se trataba además de establecer 
definitivamente guarnición en Zitácuaro, fuerte en más de 
mil hombres de tropas mexicanas y en trescientos franceses 
que debían expedicionar en el Distrito, acabando así con 
aquella guarida de tenaces guerrilleros. 

Todo estaba pensado en regla. El imperio había nombra- 
do prefecto de Zitácuaro á un Sr. Panlín qne hizo su entra- 
da jautamente con Lamadrid, ahriendo desde luego su ofici- 
na y tratando de funcionar. Esto últinio era un problema de 
difícil solución, pues no aparecía por ninguna parte alguno 
de sus gobernados. 

En cuanto á los franceses que deberían formar parte de la 
expedición, eran dos compañías de zuavos j un piqnete de 
cazadores de África. Bazaiue había comprendido que los 
guerrilleros de Zitácuaro, conocedores del terreno quebrado 
y áspero en que vivían, no podrían ser vencidos por tropas 
que no marchasen con la misma velocidad que ellos, siguién- 
dolos hasta en los últimos vericuetos de la montaña, cosa im- 
posible para la infantería y difícil para la caballería que no 
podía hacer frecuentes requisiciones de caballos, como sobre 
et campo las hacían los guerrilleros. Además de la conve- 
□icLcia de acabar con aquel foco do revolución, había la cir- 
cunstancia de qne el Emperador Maximiliano proyectaba un 
viaje al interior del país y era fuerza alejar de su camino á 



186 

aquellas audaces guerrillas que bien podrian dar un susto á ^^su 
majestad." Entonces ideó Buzaine que c(»n una pequeña fuer- 
za de jinetes en caballos escogidos marchase una columna de 
zuavos montados en midasj á fin de que pudiesen caminar al 
paso de la caballería, de hacer con ella largas jornadas de 
día 7 de noche y de escudriñar hasta el último escondite de las 
montañas de Zitácuaro. 

Una vez concebido el pensamiento, se puso manos á la 
obra en su ejecución. Fueron escogidos los zuavos que tenían 
mejores piernas para jinetes; por de pronto, se buscaron en- 
tre los cuerpos de la guarnición de México las muías más 
mansas; j los vencedores de Sebastopol se dirigieron con sus 
acémilas al paseo de Bucareli á hacer sus ensayos de equita- 
ción. Imagínense los lectores á aquellos hombres que usaban 
unos pantalones anchos y cosidos de ambas piernas, que al 
montar se les alzaban como enaguas quedando con las pier- 
nas desnudas, agarrados de la cabeza y del tejo de la silla, 
bamboleándose al paso de la muía y flotando airosa la borla 
de la coleta. Francamente, yo creo que hacían muy mal los 
muchos espectadores que iban á ver el ejercicio en soltar la 
carcajada, cuando los zuavos, unos tras de otros, tenían la des- 
gracia de caerse. Era por lo menos una falta de circunspec- 
ción muy censurable. 

Pero como los golpes hacen al jinete; mal que bien, al 
mes ó á los dos meses, los zuavos se tenían en la silla y has- 
ta trataron de ostentar d mida aquella arrogancia de que ha- 
cían alarde d pie. 

Mientras ellos se perfeccionan en la equitación, volvamos 
á Zitácuaro, advirtiendo que esta digresión no será del todo 
inútil. 

En la tarde de aquel día (14 de Agosto), se presentaron al 
prefecto Morales unos indígenas de las inmediaciones, mani- 
festándole que habían recibido orden del titulado prefecto 
Paulin para que llevasen á Zitácuaro algunas cabezas de ga- 
nado, maíz, paja y otros efectos, con la amenaza de ir- 
les á arrasar sus pueblos si no cumplían lo mandado: que 
en consecuencia pedían á Morales auxilio de tropas para re- 
sistir á los traidores. Morales dio algunos infantes á los in- 



1 



186 

dígenas, ordenó á Solano que se situase con treinta ginetes 
en tiradores al pie de Camémbaro, y él con los guardias na- 
cionales se dirigió al molino de Herrerías. Como una hora 
después se vio salir de Zitácuaro una fuerte columna de ca- 
ballería que tomó el rumbo del pueblo de San Miguel, ca- 
yendo en la emboscada que le había preparado Solano; en- 
tonces el enemigo retrocedió hacia el cercano pueblo de San 
Francisco, donde fué recibido á balazos por los infantes que 
había proporcionado Morales y por gran número de indíge- 
nas, armados de fusiles, de lanzas y de hondas; rechazada 
también de aquel punto, la caballería se lanzó á escape tra- 
tando de apoderarse del puente; pero ya se encontró en él 
á Solano que lo defendía con sus tiradores. 

Entretanto, se habían puesto en movimiento los guardias 
nacionales y la gente de los pueblos mencionados sobre la re- 
taguardia del enemigo, lo cual, observado por éste, lo deter- 
minó á retirarse en verdadera faga hacia la ciudad. 

lío sé quién dio la noticia en el campamento de Camémbaro 
de que aquel movimiento de la caballería enemiga sólo había 
tenido por objeto distraer la atenci ón de los republicanos, mien- 
tras que el grueso de las ñierzas traidoras hacía su retirada á 
Toluca. Oir esto las familias de Zitácuaro en el momento en que 
aquella caballería penetraba á 1 a plaza y descender todas en con- 
fusión para volver á su hogar, fué cosa que se hizo impreme- 
ditadamente. Ya iban diseminadas por las calles de la ciudad 
cuando salió de la plaza una columna, casi toda la guarni- 
ción, haciendo fuego sobre las fiímilias y sobre los republica- 
nos que habían derrotado á la caballería enemiga. 

Fueron aquellos unos instantes de terrible angustia: las fa- 
milias se encontraban en medio de las dos tropas combatien- 
tes, recibiendo un fuego nutrido de parte de los imperialistas, 
en tanto que los nuestros habían cesado de disparar por no 
causar daño á la gente de Zitácuaro: la faga en aquellos mo- 
mentos era el recurso más peligroso. 

Por fortuna esta situación llegó á oídos de Francisco Se- 
rrato, quien inmediatamente se puso á la cabeza de algunos 
mozos de su hacienda y de algunos vecinos que andaban á 
caballo, y rápido se dirigió por una calle, atacando al ene- 



■ i 



187 

migo en la mitad de su columna é imposibilitándolo, por lo 
mismo, de hacer fuego, mientras que él y los suyos dispara- 
ban sus armas en todas direcciones. Este rasgo de audacia y 
de valor de sólo veinte hombres bastó para introducir el des- 
orden entre los imperialistas, y sobre todo, fué la salvación de 
laa familias de Zitácuaro. Permitió también á Morales y á los 
suyos retirarse en buen orden á volver á tomar sus posicio- 
nes. Serrato, á su vez, salió paso á paso por rumbo distinto, 
sin dejar de batirse con los que lo perseguían. 

El enemigo se situó en la loma del Calvario y estuvo ha- 
ciendo fuego con su artillería toda la tarde sobre el campa- 
mento de Camémbaro. 

En la noche estuvo cayendo una lluvia torrencial que cesó 
á las cuatro de la mañana. A esas horas recibió Morales una 
comunicación subscrita por Nicolás Romero, cuyo contenido 
se comprenderá en el curso de esta narración. 

En caso de evacuar la plaza, el camino más expedito para 
el enemigo era el del. rumbo de la Asunción Malacatepec. 
En la angostura del punto llamado " Los Ahorcados," el ge- 
neral Biva Palacio había dispuesto una emboscada á las órde- 
nes de Castillo, Acevedo y Garza, con un efectivo de ciento 
cincuenta hombres escogidos, auxiliados por otros tantos in- 
dígenas de Zitácuaro, esparcidos en tiradores en los linderos 
del bosque. Solano se situó en el puente de la salida para la 
Encarnación; Granda estaba en la mesa de la Palma; Mora- 
les en Camémbaro, á la vista del enemigo. El camino de 
Tuxpan y Angangueo quedó cubierto con los indios de Zira- 
huato, una pequeña partida de caballería y algunos rancheros 
de Púcuaro y de San José Purúa. 

El total de estas fuerzas, "Brigadas unidas" de Riva Palacio 
y de Morales, alcanzaba un efectivo de ochocientos hombres. 

Al rayar el alba del día 16, el último de los jefes mencio- 
nados simuló un ataque sobre Zitácuaro, penetrando algunas 
guerrillas á las calles de la ciudad. 

Entretanto Nicolás Romero, con su escuadrón Zaragoza, 
se acercaba cautelosamente. Montó quince infantes á la gru- 
pa de otros tantos caballos, y llamando por sus nombres á 
siete de sus soldados, les dijo: 

Michoacán,— 14 



i 



— Negritos, me van á hacer un favor. ¿Me lo hacen? 

— Ni lo pregante, mi coronel. 

— Eb que ahora necesito más de la maña que del valor. 

— Pues Begún como vd. nos tantee. 

— Pnea bueno: se me van pian, pianito, á pie; escondiendo 
auB mosquetes; dispersos, pero á una vista, y me agarran á k 
avanzada de los mochos, sin disparar un tiro, ni soltar un 
grito, los amarran, les echan una mordaza ea ]a boca ; me 
los azorrillan á la orilla del camino: en seguida se aoiforman 
ustedes con loa vestidos de los mochos, ae montan en sus ca- 
ballos y ae arman con sus mosquetea y sus sables. Uno de 
ustedes se queda cuidando á loa azorrilladoa y los demás ee 
vaa á esperarme á la izquierda del camino. ¿Lo hacen? 

— Haga de cuenta que lo está viendo, mi coronel, pierda 
uuidado. 

— ¡Ah! se me olvidaba. Para que vayan mejor disfrazadoa, 
llévense tres 6 cuatro viejas para que los crean rancheros, con 
USO con ellas me mandan avisar que están listos. 

— Pues con permiso de usted. 

Aquellos hombres y cuatro soldaderas partieron en cum- 
plimiento de su comisión. Dos de las mujeres se adelantaron, 
llevando ostensiblemente cada una en la eapalda ana dama- 
juana de aguardiente reSno; á loa lados iban los demás adivi- 
nando, mejor que viendo, qne marchaban todos sin desviarse 
de la linea. 

Llegaron las mujeres á donde estaba la avanzada, com- 
puesta de siete hombres, entre ellos un sargento: al descu- 
brirlos fingieron aquellas asustarse y trataron de retroceder, 
pero en un momento se vieron rodeadas. 

— Ustedes aon espiae, dijo el sargento. 

— ¡La virgen de Zitáenaro me valga! Como en este tiempo 
lio pueden caminar los hombres, nosotros saliamos á buscar 
la vida, vendiendo el aguardiente. Mire bu merced, aqni lo 
t raímos. 

— Será aguardiente que les llevan á los chinacos. 

— ¿Para qué hemos de engañar á su merced? á ellos ae lo 
vendemos, pero caro. 

— Tan buenos que son ellos para pagar. 



i 



189 

—Pues lo cierto es que nos lo mercaü, pues si no lo hicie- 
ran así, no les volveríamos á llevar. 
—Lo que les llevan ustedes es algana comunicación. 
—Pues si quiere, mándenos esculcar, salvo la parte. 
El sargento se rió, y ya menos adusto, dijo: 

— De todos modos ustedes están en connivencia con los 
chinacos, puesto que les llevan víveres; dense de santos con 
perder no más el refino. 

Al oir esto los soldados, echaron pie á tierra y se apodera- 
ron de las damajuanas^ y de sargento abajo apuraron sendos 
tragos. Entonces se armó una disputa entre ellos y las muje- 
res, tratando éstas de arrebatar las vasijas y aquéllos que- 
riendo agotar el contenido, por temor de que el sargento les 
ordenara devolver el resto á las mujeres. 

Naturalmente esta escena duró algunos minutos, los bas- 
tantes para que los soldados vieran nublado y sintieran que 
se les doblaban las corvas. 

En aquellos momentos aparecieron los siete chinacos y las 
otras dos mujeres, como brotados del suelo. Las cuatro mu- 
jeres, con una rapidez increíble, cortaron los caballos á un 
lado del camino, en tanto que los hombres se echaron sobre 
BUS contrarios, los derribaron en tierra, les ataron la boca con 
los pañuelos y los amarraron de pies y manos. Todo esto fué 
obra de unos cuantos instantes; más tardaron los chinacos en 
vestirse después los uniformes de los soldados. El que hacia 
de jefe de aquéllos designó á uno de sus subalternos para que 
se quedase cuidando á los prisioneros y dio orden á las muje- 
res de que fuesen á dal: parte al coronel. 

Esta disposición se cumplió en términos distintos de los 
ordenados. Veamos cómo. 

Riva Palacio estaba impaciente de saber el resultado é in- 
terrogaba á cada momento á Romero. Por fin se vio venir 
corriendo á todo escape á una de las soldaderas. Romero se 
puso más adusto y Riva Palacio rojo de cólera. 

— ^Ya fracasó el plan, no viene más que una sola mujer. 

— Pues si no era tan fácil, general. 

En esto llegó la soldadera, y sin poder hablar por lo preci- 
pitado de la respiración, entrecortadas las palabras, dijo á Ro- 
mero: 



190 

— ^Xo tiene usted más Dovedad, mi coronel, que ya están 
azorrillados los traidores y los siete hombres de usted ya lo 
esperan en la orilla de Zitácuaro. 

— ¿Cómo los siete? ¿qué, no se quedó alguno cuidando á los 
mochos? 

— ^No, mi coronel, todos los hombres marcharon, pues sólo 
las otras tres viejas los tienen acorralados como borregos de 
trasquila! 

— Adelante, gritó Romero á sus doscientos jinetes, y como 
una avalancha se precipitó sobre Zitácuaro. En los suburbios 
recogió á los siete dragones uniformados y poniéndolos de des- 
cubierta á larga distancia de la tropa, penetró en las calles. 

La avanzada siguió paso á paso en dirección á la plaza, y 
aunque fué vista por el enemigo, éste creyó que era alguna 
partida exploradora de su propia tropa y nadie se alarmó. 

Romero tomó á la izquierda, yéndose á situar á un callejón 
angosto y escondido. 

Los quince chinacos, que llevaban á la grupa otros tantos 
infantes, tomaron el rumbo del acueducto, y volviendo luego 
hasta la espalda del templo, llegaron á la puerta falsa del rui- 
noso convento y se internaron en él. Allí desmontaron los 
infantes. 

Trasladémonos ahora al lagar donde estaban los imperia- 
listas. Aunque las guerrillas de Morales se habían reconcen- 
trado á su campamento, después de haber ido á tirotear á los 
imperialistas, éstos creian aún ser atacados por el Sur. En 
espera, pues, del nuevo ataque, estaban formados en los cua- 
tro lados de la plaza, teniendo en el centro la artillería. A 
gran prisa cargaban las muías con el equipaje y el parque. 
Las soldaderas tenían puestos sus sombreros y remangadas 
las enaguas. Todos estos preparativos indicaban que el ene- 
migo se hallaba próximo á evacuar la ciudad; pero mientras 
estaban temerosos de verse acometidos de nuevo por la fuerza 
de Morales, motivo por el cual aún no retiraban el retén de 
un oficial, un cabo y diez soldados que estaba puesto en la 
torre de la parroquia. 

A este punto se dirigieron silenciosamente los quince in- 
fantes que se habían internado al convento. Al acabar de as- 



191 

cender la escalera, se agruparon hasta donde faé posible y 

cayeron á bayonetazos sobre el retén, cuyos soldados fueron 

hechos prisioneros, quedando todos heridos. En el acto los 
nuestros soltaron un repique á vuelo. 

Señal que sirvió á Nicolás Romero para lanzarse súbita- 
mente sobre la plaza, en donde habían entrado la confusión 
y el pánico de lo desconocido. Muchos hombres cayeron bajo 
la lanza de los guerrilleros, y acaso la derrota se habría pro- 
nunciado entre los traidores, si el jefe de la artillería no hu- 
biera enfilado los cañones sobre los guerrilleros, soltándoles 
botes de metralla, aun á riesgo de herir ó matar á los mismos 
imperiales. Nicolás Romero mandó tocar reunión, hizo toda- 
vía una tentativa de ataque sobre la batalla del enemigo que 
se había ya reorganizado, y afectando un temor inusitado, se 
retiró á gran prisa por el Norte de la ciudad, habiéndosele 
reunido antes los hombres que habían tomado la torre. 

El enemigo esperó más de una hora que se repitiera el ata- 
que; pero observando que los de Camémbaro permanecían 
quietos, y sabiendo por sus exploradores que Romero regre- 
saba hacia Tuxpan, determinó hacer su retirada. 

Se supo después por unos espías, que en aquellos instantes 
había recibido Laureano Val des un correo enviado por el cu- 
ra de Santo Tomás, avisándole que en el camino de los Ahor- 
cados los esperaban chusmas numerosas de indios y chinacos. 
En consecuencia, los dos jefes de la columna imperialista re- 
solvieron cambiar el rumbo de su retirada. 

En efecto, Lamadrid y Valdés, dejando más de cincuenta 
soldados muertos en la plaza y calles de Zitácuaro, y lleván- 
dose siete cadáveres de sus oficiales, emprendieron resueltos 
el camino del Sur, abandonando á la izquierda el de la Asun- 
ción. En vano envió Morales á Solano para que los detuviera, 
en vano él mismo con su fuerza descendió de Camémbaro; la 
columna compacta del enemigo, protegida por los fuegos de 
artillería que iba d la prolonga^ pudo abrirse paso y avanzar 
velozmente hasta Laureles. Serían las diez de la mañana, 
cuando los imperialistas evacuaron la ciudad, y la una de la 
tarde cuando Romero, Castillo y Acevedo se reunieron á Mo- 
rales y, forzando la marcha, emprendieron la persecución del 
enemigo. 



192 

A las seis de la tarde llegaban nuestras gnerrillas á Lau- 
reles, creyendo encontrar alli á los imperialistas; pero hacía 
media hora que éstos, sintiéndolas llegar, emprendieron nna 
fuga precipitada en dirección de Zuzupuato, dejando en la 
hacienda cuatro reses destazadas para la tropa y dispuesta en 
el comedor la mesa para los jefes. Tanto los manjares de és- 
tos, como la humilde troncha, no hicieron más que cambiar 
de bandera, sirviendo á pedir de boca á los republicanos. 

Estos descansaron en Laureles todo el tiempo que la caba- 
llada tardó en consumir el pienso. Se emprendió en seguida 
la marcha, llegando á Zuzupuato en las altas horas de la no- 
che y en medio de un aguacero torrencial. Los traidores ha* 
bían pasado poco antes por alli y, sin detenerse, fueron á ven- 
cer la jornada hasta el pueblo de Santo Tomás. El miedo lea. 
habia dado alas; el diluvio que cayó los había salvado! 

Morales y sus compañeros pasaron el resto de la noche ea 
Zuzupuato. Al día siguiente los exploradores avisaron que el 
enemigo habia enterrado en Santo Tomás los cadáveres que 
llevaba y que inmediatamente después había continuado su 
marcha. 

Al día siguiente (17), á las diez de la mañana. Romero y 
Morales llegaron á Santo Tomás (Estado de México), los ve- 
cinos se ocultaron y no se hallaron víveres ni para los jefes ni 
para la tropa. En aquel pueblo dominaba el cura, cuyas ideas 
eran exageradamente intervencionistas. Ese clérigo era el 
mismo que habia enviado á Laureano Yaldés el aviso de que 
se le tenía puesta una emboscada en el camino de Toluca. 
Los jefes creyeron necesario infligirle un castigo. 

Iba al lado del Prefecto Morales un empleado superior de 
Hacienda de Michoacán, quien por aquellos días habia ido á 
Zitácuaro á asuntos del servicio. Liberal, de ideas arraiga- 
das, intransigente, altivo y, como entonces se decía, díscolo y 
'patriota como un demonio. Su honradez, su laboriosidad y su 
inteligencia eran apreciadas por todos, y el Gobierno, cono- 
ciendo su valor, lo enviaba á comisiones de Hacienda, difíci- 
les y peligrosas, en lugares ocupados por el enemigo. Vive 
aún este buen patriota. Se llama Ignacio Cerda; es bajo de 
cuerpo y entonces ostentaba una exuberante obesidad, y tanto 



198 

por esto, como por su carácter dulce y chancero con sus ami- 
gos, todos le decíamos el cunta. 

Hago mención de él, tanto porque lo merece su patriotis- 
mo, como porque va á ser un personaje importante en el epi- 
sodio siguiente: 

A la hora en que hubiera concluido el desayuno, si lo hu- 
biesen hallado, los jefes deliberaron entre sí, y en seguida, 
volviéndose Romero hacia donde estaba Cerda, 

— Oiga vd., cunta, le dijo, el señor Prefecto Morales desea 
que vaya vd. á traernos al párraco de este pueblo. 

— Como vdee. lo dispongan, que no hay peor cuña que la 
del propio palo. 

— Eso es, dijo Morales, por razón de compañerismo va vd. 
á tratarlo con toda clase de consideraciones. 

Ya iba á partir Cerda, cuando Romero agregó: 

— Oiga, curita, llévese á Acevedo y á Pascual Rubio para 
que le sirvan de acólitos. 

Asi formada la comisión, se dirigió al curato. ¿Quién entre 
nosotros no sabe lo que es un cura de pueblo de indios? Irre- 
ligiosos en el fondo y fanáticos en la apariencia, ávidos de 
enriquecerse, glotones, intemperantes y sensuales, ninguno 
de esos curas vive sin mujeres, aunque hay excepciones hon- 
rosas, la de los monógamos, por ejemplo. Estas poridades, 
comunes y corrientes en la vida intima del país, no han pa- 
sado á la historia universal, sino hasta que los historiadores 
franceses de la intervención las han dado á conocer. Así el 
general Du Barail, en su interesante libro titulado ^' Mes sou- 
venirs,'' al recordar sus episodios de la expedición á México, 
emite el juicio que va á leerse: 

"Mi boleta de alojamiento me condujo (en Cholula) á la 

casa del señor cura Allí, si yo no hubiese tenido otras 

ocupaciones, habría podido escribir una monografía completa 
sobre las costumbres del clero mexicano. Creo que no exage- 
raría si pretendiese que esa conducta en nada se parece á la 
manera de vivir de nuestro buen clero francés. 

"Había en el curato no sé cuántas mujeres, jóvenes, viejas, 
criollas, indias, y jamás pude desentrañar exactamente el ca- 
rácter de BUS funciones. En la noche las oía charlar á todas 



en nna recámara contígna á la mía, y de cuando en cuando, 
la voz del padre, en bajo profundo, dominaba en el palomar, 
porque aquel bravo hombre no desdeñaba mezclarse en la 
conversación. Yo me dormia recordando otra historia que se 
me había referido: 

"TJn capellán tenia á su servicio dos recamareras, una de 
veintidós años y otra de veinticuatro. Y como el obispo le 
hiciese observar que debía haberse contentado con una sola 
que tuviese la edad canónica^ 

— "Ilustrísirao señor, respondió el clérigo, yo no infrinjo 
la regla. Solamente que he tomado mi criada en dos volú- 
menes. 

"Pero no eran dos volúmenes, era una biblioteca entérala 
que poseía el buen cura de Cholula." 

Mucho más pudiera referirse de nuestros clérigos; pero pa- 
ra que no se nos tache de parciales, basta la cita del escritor 
francés, aliado del clero mexicano. 

El cura párroco de Santo Tomás tendría á lo sumo unos 
treinta y cuatro años; era robusto, sanguíneo y de movimien- 
tos fáciles: moreno, de pelo lacio, de frente angosta, de mi- 
rada persistente, de labios gruesos, de nariz recta y ancha. 

Habitaban con él en el curato una señora como de cuarenta 
años de edad, jamona persistente, alta, delgada, de color ro- 
sado, de ojos ligeramente azules, de labios abultados y nariz 
fina, un poco remangada, y una joven á lo más de veinte años, 
que era el vivo retrato de la señora ya descrita, sin más dife- 
rencia que la de los años y la de tener un poco más levantada 
la nariz y más delgados los labios, que imprimían á su sem- 
blante cierto sello de malicia y audacia. De ambas señoras, 
diría Mr. de Barail, que eran la primera y la segunda edición 
de una misma obra. 

Refiere Cerda que él y sus compañeros llegaron al zaguán 
de la casa del curato, que llamaron repetidas veces y que al 
fin abrió la puerta la señora mayor y les preguntó: 

— ¿Qué se les ofrece á vdes.? 

— ¿Está el señor cura? 

— Sí; pero está rezando el oficio divino. 

— Lo esperaremos, mientras concluye. 



195 

No hubo remedio, la señora condujo á la visita á la sala, en 
donde apenas los tres comisionados tomaban asiento, cuando 
86 abrió la mampara que comunicaba con una alcoba en que 
había una cama ancha, muy limpia, y dejando adivinar la 
suavidad de sus colchones. La joven de veinte años entró en 
la sala, se dirigió á los recién llegados, les tendió su blanca 
mano, saludándolos afectuosamente, y se sentó en una mece- 
dora. 

— ¿Esperan vdes. á Javierito? Ya no tarda; y sacando de 
un bolsillo de la bata una cigarrera de oro, ofreció cigarros á 
Qerda y á aus compañeros, encendiendo ella el suyo en el ce- 
rillo que éstos le ofrecieron. 

— ¿Conque vdes. son los que andan defendiendo á la pa- 
tria? dijo desplegando una sonrisa que tanto tenía de burlona 
como de bondadosa. 

— Sí, señorita, tenemos esa honra. 

— ^Y militan vdes. á las órdenes de Nicolás Romero, el león 
de las montañas. 

— Sí, señorita. 

— ¡Esa también es una grande honra! 

Acaso la joven iba á soltar la risa, pero se contuvo viendo 
aparecer al señor cura, que avanzó lentamente, fruncido el 
entrecejo y arrogante la mirada. Hizo una pequeña caravana 
y tomó asiento. 

— Mándenme vdes. 

— Señor, perdone vd. la visita, dijo Cerda; venimos de par- 
te del Prefecto de Zitácuaro D. Crescencio Morales y de la 
del coronel D. Nicolás Romero, para suplicar á vd. se sirva 
dispensarles una palabrita. 

— ^¿Nicolás Romero? exclamó rf cura poniéndose más y más 
adusto. Y ¿por qué esos señores no se sirven pasar á esta su 
casa? se les serviría algo de comer. Pero ya que no se digna- 
ron venir, pasen vdes. á la mesa. 

— No podemos detenernos; la tropa está de marcha; ruego 
á vd. se sirva acompañarnos. 

Al cura le relampaguearon de coraje los ojos, y con voz 
firme dijo á la joven: 

— María Luisa, dile á tu mamá que me dé el sombrero. 



La señora de la prímera edicióo llevó el sombrero: se lo 
paso el clérigo y dijo: 

— VamoB. 

Las señoras loa acompañaroQ hasta la puerta: mientras Ib 
de más edad estaba pálida y llorosa, la joven revelaba estar 
poseída de la cólera. Procnrú dominarse y dijo á Cerda: 

— Le recomiendo á vd. á mi beiinano. Si vd. lo salva, cueTi- 
te vd. con mi gratitud. 

Al cvrila (Cerda) le bailaron los ojos y ofreció bajar la Inna 
de los caernos. 

El verdadero cara fué llevado á la presencia de Moraleq, 
quien con su voz pausada y tranquila le dijo: 

— Conque vd., señor eura, ha proporcionado avisos A lOB 
traidores, librándolos de caer todos en nuestro poder? 

— Si asi fuera, no habría hecho más que cumplir con mi 
deber. De la misma manera que vdes. como soldados obede- 
cen á sug jefes, yo cumplo con las órdenes de mis superiores. 

— ¿Y las consecueiicias? 

— Haga vd. de mí lo que quiera. 

— Pues es claro, dijo aún más tranquilo Morales, y dio or- 
den á Homero de que mandase fusilar al preso. Este, sin in- 
mutarse, entró al centro de una escolta de diez soldados. 

Entonces intervino el curita, y encarándose á tos jefes, 

— Señores, les dijo, nosotros no somos asesinos, y además, 
ya saben vdes. que Dios no quiere la muerte del pecador, si- 
no que se convierta y viva. 

— Dejara vd. de ser cura para ser labioso; que se lleven á 
ese fraile al cuartel, lo tusen y le pongan la chaca, exclamó 
líomero, hallando un medio de salvar al prisionero, pues que 
veía inflexible á Morales. 

La orden fué obedecida. La fuerza emprendió su marcha 
de regreso, y el padre Javierlto iba con su fusil al hombro. 
Habían caminado como una legua, cuando los alcanzó un 
mozo montado que llevaba una preciosa yegua ricamente en- 
sillada. Se presentó á Morales y le suplicó que permitiese al 
cura ir á caballo. Morales llamó á su ayudante Jorge Wood 
y le ordenó que tomase el caballo del mozo, y que éste ingre- 
sara á la infantería; á Cerda le dijo: 



197 

— Qae ahí traen esa yegua para el carita; remude su ca- 
balloy amigOy que ya le tocó esa chiripa. 

lío se hizo del rogar Cerda. Montó la yegua y registrando 
las cantinas tuvo la agradable sorpresa de encontrarse un ita- 
cate abundante, y atado en una esquina de la servilleta un 
papelito que decía: " Javierito mío, ya damos pasos para res- 
catarte. Convida del almuerzo al chaparriio á quien le dicen 
el cura. — María LtiisaJ' 

Cerda se puso orgulloso con el recuerdo de la hermana de 
Javierito, y hasta le convidó á éste un poco del itacate; el resto 
del almuerzo fué devorado por Morales, Romero y el mismo 
carita. 

Sin más novedad, la expedición regresó á Zitácuaro el día 
20. Allí los Sres. Lie. Luis Couto, Lorenzo Rodríguez y^ José 
Colín, comisionados por el cura de Santo Tomás para conse- 
guir su rescate, ofrecieron tres días de haber para la tropa, y 
quedaron de fiadores de que el padre guardaría neutralidad 
en lo sucesivo. Aceptadas estas condiciones, Javierito que- 
dó en completa libertad. Al despedirse de Cerda, diciéndole 
^^ compañeritOf que Dios le saque sano y salvo de estas tingas,'' 
le deslizó en la mano un rollito de papel que contenía dos 
onzas de oro americanas. Por su parte, el curiia ha conser- 
vado siempre vivo el recuerdo de María Luisa. 



Los recursos escaseaban en Zitácuaro, no siendo bastante 
la recaudación de aquel Departamento para cubrir siquiera 
los gastos de la guardia nacional. Tal escasez estorbaba las 
operaciones militares. Además, por buena que fuese ya la 
armonía entre las fuerzas del 1" Distrito del Estado de Méxi- 
co y las de la línea Oriente de Michoacán, como éstas se ha- 
llaban subalternadas á su propio Gobierno, residente en Urua- 
pan, á más de sesenta leguas, faltaba la unidad en el plan ó 
se comprometía su éxito por la tardanza en las comunica- 
ciones. 

Para obviar este inconveniente, el general Riva Palacio 
solicitó y obtuvo del Cuartel General que el Departamento 
de Zitácuaro quedase provisionalmente anexado al 1*' Distrito 



198 

del Estado de México; pero sabida la disposición, el general 
Salazar reclamó en nombre de la integridad del territorio de 
Michoacán, que se revocase aquel acuerdo, si bien por defe- 
rencia, y convencido de la necesidad de que aquellas tropas 
estuviesen sujetas á una sola dirección, permitió que siguie- 
sen á las órdenes de Riva Palacio, mientras no se necesitase 
de ellas. Asi se conjuró un conflicto que amenazaba exaltar 
los ánimos j que hubiera sido de fatales consecuencias. 

Quedaba pendiente la cuestión de recursos. Esta se resol- 
via, no sin peligros ni dificultades, por medio de comisiona- 
dos que hacían efectivo el cobro de los impuestos sobre la 
propiedad raíz, impuestos que eran de un cuarto por cien- 
to mensual sobre fincas urbanas, y medio por ciento, también 
mensual, sobre las fincas rústicas. Se cobraban, además, los 
derechos de importación á los efectos extranjeros, por estar 
ocupados todos los puertos por el enemigo. En Michoacán no 
se ocurría en aquella época al sistema de préstamos forzosos ni 
á otra clase de exacciones, sino en casos de extrema necesidad, 
y aun entonces se abonaba una parte de los documentos que 
los comprobaban en el pago de las contribuciones. El Oo- 
bierno tenía establecida la recaudación por medio de comi- 
sionados de Hacienda que recorrían el país, llevando citato- 
rios para el pago á todas las fincas rurales, aunque estuviesen 
situadas á orillas de las poblaciones ocupadas por el enemigo. 
Había hacendados que por su patriotismo ocurrían á la Co- 
misaría general á satisfacer el impuesto íntegramente ó por 
abonos; mas no escasearon los remisos por egoísmo ó por ser 
partidarios del imperio, los cuales ponían en juego toda clase 
de medios para evadir el pago. De ellos, los que principal- 
mente se resistían á contribuir, eran los dueños de fincas in- 
mediatas á los lugares que tenían guarnición imperialista; y 
cuando llegaba alguna partida republicana, escoltando al co- 
misionado de Hacienda, daban aviso inmediatamente al jefe 
del destacamento enemigo, no siendo pocas las ocasiones en 
que aquellas pequeñas fuerzas fuesen batrdas y destrozadas. 

De la misma manera se hacía la recaudación fiscal en el 
1^ Distrito del Estado de México^ De esta eficacia y activi- 
dad en el cobro de los impuestos, abonándose en ellos lo cau- 



199 

sado por préstamos forzosos para las urgentes atenciones de 
la gaerra, ba resultado que en el reconocimiento de la deuda 
pública nacional aparezcan boy muy pocas reclamaciones be- 
cbas por micboacanos. 

Decíamos que babia en Zitácuaro grande escasez de recur- 
sos, y aunque esto era el pan cuotidiano, por aquellos días la 
situación se babia agravado á consecuencia de los últimos 
acontecimientos. Era, pues, preciso enviar expediciones á ve- 
rificar el cobro, y á este efecto se organizaron dos partidas, 
una á las órdenes de Granda, que se dirigió á las inmediacio- 
nes de Toluca, y la otra al mando de Nicolás Homero, á quien 
seguiremos, dando cuenta brevemente de sus operaciones. 

En medio de una lluvia torrencial salió de Zitácuaro nues- 
tro guerrillero el dia 23 de Agosto, acompañado de Crescen- 
cio Morales y de Donaciano Ojeda, con un total de fuerza de 
cuatrocientos bombres. El 24 estaba en Irimbo, y el 25 lle- 
gaba & la bacienda de Queréndaro, á eso de las dos de la 
tarde. 

Queréndaro, antigua bacienda de los jesuítas, es la más 
rica y valiosa finca de labor en el Oriente de Micboacán: dis- 
ta nueve leguas de Mórelia, tres de Zinapécuaro y está con- 
tigua á un pueblecito que lleva su nombre. Pertenecía en- 
tonces á la familia Pimentel, de México, cuya adbesión al 
imperio era notoria. Tan luego como el administrador de 
la finca supo la aproximación de los chinacos y pidió auxilio al 
general Márquez y le fué enviada la guerrilla de Jesús Gon- 
zález (a) el Rancbero, á la que se agregó el numeroso perso- 
nal de peones perfectamente armados y municionados. El 
edificio, por su parte, estaba convertido en una verdadera for- 
taleza. 

Al presentarse Romero, envió á un indígena con una co- 
municación al administrador de la finca. Incluyendo la boleta 
de contribuciones y solicitando el pago. Aquel infeliz indio 
fué fusilado en el acto en el patio de la bacienda y colgado su 
cadáver á un lado del zaguán, con un letrero que decía: " Por 
bandido." 

Indignados Romero y Morales, ordenaron el ataque, y ya 
lanzaban dos pequeñas columnas de infantería sobre la ba- 



200 

cienda, caando se presentó el padre Guevara, cura del inme- 
diato pueblecito de Qaeréndaro, advirtiendo á los liberales que 
dentro de la hacienda había más de quinientos hombres, ocu- 
pando las alturas y detrás de todas las aspilleras. Hubiera sido 
exponer la tropa á una derrota segura, y en consecuencia se 
ordenó la retirada. Romero se limitó á enviar al alférez Tito 
Flores para que con seis hombres fuera á recoger el cadáver 
del indígena, lo que verificó entre un torrente de balas que 
le dirigieron de la casa. El cuerpo del desgraciado mensajero 
fué sepultado en el cementerio de Queréndaro. La tropa de 
Zitácuaro continuó en el acto su retirada; pero de repente se 
oyeron tiros y se echó de menos, entre los jefes, á Nicolás Ro- 
mero. La angustia fué general; por fortuna duró pocos mi- 
nutos, porque el guerrillero, con diez ó doce de los suyos, no 
tardó en aparecer arreando treinta magníficos potros que es- 
taban en un potrero contiguo á la hacienda. Dirigiéndose al 
comisionado fiscal, le preguntó: 

— ¿De cuánto era la boleta que debía pagar Queréndaro? 

— De mil pesos. 

— Pues aquí tiene vd. estos caballos que valen más de dos 
mil. ¡A ver con quién manda vd. el recibo! 

Todos acogieron con risotadas y vivas estas palabras de 
Nicolás Romero. 

Después de este suceso, nuestro guerrillero desvió la mar- 
cha y tomó el camino de Ucareo. Serian las nueve de la no- 
che cuando llegaron á las cercanías de aquel pueblo. Romero 
llamó al teniente Pascual Rubio y le dio orden de que con 
veinte infantes, y marchando con mucho silencio, fuese á apo- 
derarse de la guerrilla del tuerto Espinosa, subalterno del 
Ranchero, que estaba allí de avanzada. Nicolás había tenido 
esta noticia de uno de los caballerangos que cuidaban los po- 
tros recogidos en Queréndaro. 

Pascual Rubio no logró apoderarse de la partida, porque 
fué sentido por ella al llegar al zaguán del cuartel. No hubo 
más remedio que batirla; pero con tan buen éxito, que de los 
quince hombres que la formaban, diez quedaron muertos, y 
se recogieron quince caballos, quince mosquetes, dos pistolas 
giratorias y un rifle Sharp. De Ucareo siguió la tropa por las 



H ^ 



201 



haciendas de San Isidro, Los Dolores y otras que pagaron 
BUS contribuciones, regresando nuestros guerrilleros á Zitá- 
cuaro el día 30 de Agosto con recursos pecuniarios y un rico 
botín de armas y caballos. 



El general Riva Palacio ordenó que Nicolás Romero hi- 
ciese una nueva salida, encargándole una comisión delicada. 
En esta vez acompañaban al león de la montaña sus cabos 
Acevedo, Qarza, Castillo, Solano y Limón, y además la ca- 
ballería de Zitácuaro á las órdenes de Pedro Ruiz. 

El general encaminó á Romero hasta cerca de Tierra Que- 
mada, y habló larga y reservadamente con él. 

Pasaba esto el día 12 de Septiembre. En la tarde llegó la 
íberza á la hacienda de Ayala. Administraban la finca unos 
dos españoles, á quienes desde luego se pidió un día de haber 
para la tropa, en cuenta de contribuciones. Los paidzanoSy 
atentos, serviciales y haciendo gala de afabilidad, dijeron al 
coronel que no tenían dinero en aquel acto, pero que pernoc- 
tase allí y antes de amanecer ya estaría de vuelta el mozo 
que iba á conseguirlo. Romero halló natural la respuesta y 
mandó alojar su tropa. 

La hacienda de Ayala está situada al pie de un monte y al 
frente se dilata una llanura árida. La finca estaba sólidamen- 
te amurallada. 

Sería la una de la mañana, cuando el capitán de vigilancia 
avisó que se percibía rumor de tropa. Era sin duda una fuer- 
za enemiga que trataba de sorprender á los republicanos. El 
coronel dio orden de despertar á la gente y de que con el me- 
nor ruido ensillasen los caballos. 

La noche estaba profundamente obscura, á causa de grue- 
sos nubarrones que amenazaban deshacerse en lluvia. 

En tanto, el grueso de los imperialistas se había posesio- 
nado de la era y de una cerca de piedra situadas frente á la 
hacienda. Un jinete avanzó hasta el zaguán, que estaba en- 
Ireabierto, y al grito de ¿quién vive? contestó: ¡La República! 
Se le dijo que avanzara, y al penetrar por el zaguán, des- 
cargó su pistola y mató al centinela; en el acto se cerró la 



^ 



202 

puerta; el jinete quedó cortado de los que le seguian, y faé 
hecho prisionero. Aquel hombre era un terrible contragae- 
rrilleroy apodado Chalmüa, el cual fué fusilado inmediata- 
mente. 

En ese momento los centinelas apostados en la tapia de la 
huerta que está detrás de la casa, hicieron fuego sobre algu- 
nos pelotones del enemigo que intentaban dar una sorpresa 
por aquel punto. 

La presencia de Chalraita habia hecho conocer á Romero 
que la fuerza que lo atacaba era la del general Cuevas. Sin 
pérdida de momento dio sus instrucciones á los jefes subal- 
ternos. 

En aquel instante se oyó el disparo de una pieza de artille- 
ría, cuya bala agujereó el zaguán. Entonces se escuchó la voz 
del guerrillero: 

— ¡Muchachos, á caballo! ¡El que quedó, quedó! 

Al mismo tiempo Tito Flores habia abierto de par en par 
la puerta; y como si no esperasen más que esto los traidores, 
su cañón vomitó metralla que hirió caballos y soldados. 

Tras de la metralla se habia lanzado la caballeria enemiga. 
¡Qué confusión! ¡qué gritería de imprecaciones horrorosas! 
La sangrienta lucha se veía á la vislumbre de los tiros; se oía 
crujir la carne partida con el fierro de las lanzas; chocar los 
sables, desprendiendo chispas de luz; gemían los heridos y se 
oía el ruido sordo de los hombres que caían en tierra. 

Al fin los chinacos rechazaron á los dragones imperialistas, 
que perseguidos por aquéllos, huyeron hacia la cerca en qae 
estaba la infantería, la que no pudo hacer fuego por no matar 
á los mismos suyos. Limón avanzaba á escape para cortarles 
la retirada; al observarlo, se introdujo entre ellos el desorden, 
y en medio de la espantosa confusión, los infantes tiraron los 
fusiles y huyeron á la desbandada. 

Tras de la hacienda se hallaba el general Cuevas con una 
reserva de caballería de cien hombres. Acevedo se batía con 
ella, mientras al frente pasaba la acción que he descrito; con- 
cluida la cual, Romero acudió á reforzar á Acevedo y sus 
treinta jinetes, y los imperialistas no pudieron resistir el tre- 
mendo choque. 



J 



203 

Entonces comenzó la persecución. Romero dividió su tro- 
pa en pelotones y se lanzó tras de los fugitivos. Confieso que 
en circunstancias como esas, los chinacos son terribles y crue- 
les. Se embriagan al. olor de la sangre, y su gusto es prender 
con la lanza al enemigo que alcanzan, quedando el cadáver 
horriblemente mutilado de tantas heridas que, uno tras otro, 
le infieren los perseguidores. El único que hacía prisioneros 
era Xicolás Romero; pero sus soldados eran inexorables. 

En un espacio de más do tres leguas se dio el alcance, que- 
dando marcado el camino con numerosos muertos. Los chi- 
nacos regresaron á la hacienda á las seis de la mañana; allí 
recogieron la pieza de artillería, cuarenta y tres cadáveres de 
soldados imperialistas y tres de republicanos; cincuenta mos- 
quetes, ochenta y tres fusiles, sesenta y dos lanzas, treinta sa- 
bles, muchas prendas de vestuario y cuarenta caballos. Que- 
daban en poder de los liberales treinta prisioneros. 

Los españoles de Ayala, que nunca se imaginaron que fra- 
casara su plan, pálidos y temblándoles las manos, entregaron 
á Romero, no uno, sino tres días de haber para su tropa. Por 
todo reproche, aquel hombre prudente y benigno les hizo la 
siguiente pregunta: 

—¿Cuántos eran los traidores que mandaron vdes. llamar? 

—Mi coronel, por Dios, que nosotros no dimos ningún 
aviso 

—¿Cuántos eran? 

— Ochocientos, señor, cuatrocientos infantes y otros tantos 
jinetes. 

—¡Pues no estuvo tan mala la emboscada que vdes. les pu- 
sieron! 

Los españoles abrieron tantos ojos, pensando en que la cosa 
podría ser juzgada así por los imperialistas. 

Romero se dirigió al patio de la hacienda, y en voz alta 
exclamó: 

— ¡Que formen los prisioneros! 

Ya se puede uno figurar cuál fué la angustia que se apo- 
deró de aquellos infelices. La fiebre patibular invadió su cuer- 
po: tenían la boca seca, los ojos extraviados, el cabello eriza- 
do, la tez pálida y áspera. 

Mlohoacan.— 15 



204 

— Teniente Rubio, cumpla vd. mis órdenes. 

Rubio se adelantó hacia los prisioneros, y dio á cada uno 
un peso; en seguida les entregó treinta caballos del deshecho. 
Romero volvió á hablar: 

— ¡Vayanse vdes. y no sigan siendo traidores! 

No intento describir las muestras de gratitud que los pri- 
sioneros hicieron al jefe de los chinacos, ni el entusiasmo de 
la tropa. ¡Sólo afirmo que asi de noble y generoso era Nico- 
lás Romero! 



Voy ahora á referir el hecho principal de este capítulo. An- 
tes transcribiré lo que acerca de él dice la Memoria del Go- 
bierno de Michoacán, de 1890, en la página 13 de las "Noti- 
cias históricas y estadísticas." 

" El once de Agosto de 1864, las fuerzas de D. Carlos Cas- 
tilloy en número de trescientos y tantos hombres, dieron al- 
cance en la ranchería del puerto de Medina á las del jefe 
imperialista D. Miguel Camarena, que se componían de dos- 
cientos cincuenta hombres. El combate comenzó en jurisdic- 
ción de Contepec y terminó en el territorio del Estado de 
México, y fué desfavorable á las fuerzas imperialistas, habien- 
do muerto en la acción el referido Camarena." 

En el conciso párrafo que antecede, es notorio el afán de 
desfigurar los hechos y de debilitar el mérito de los soldados 
republicanos, á quienes se atribuye superioridad numérica; 
ni siquiera se menciona á Nicolás Romero, héroe de la jor- 
nada. Si el autor de esas notas se hubiera tomado el trabajo 
de consultar algunas obras de historia, siquiera fuesen las de 
escritores imperialistas, habría podido hacer justicia al valor 
y generosidad de los chinacos de Zitácuaro, y habría compren- 
dido la importancia de aquel hecho de armas que se verifica- 
ba en nuestro Estado en los mismos días en que Maximiliano, 
creyendo pacificado el país, hacía su viaje al interior. 

Veamos cómo pasaron los hechos. 

De México habían avisado á Riva Palacio que el capitán 
Becker saldría de aquella capital, con una pequeña escolta, 
rumbo á Morelia, llevando de parte de Bazaine pliegos é ins- 
trucciones verbales para D, Leonardo Márquez. Becker, que 



205 

es hoy general de la más alta graduación en el ejército de su 
país, es ruso de origen y vino á México en los días de la in- 
tervención francesa á hacer su práctica de la guerra. Era en- 
tonces muy joven, pero se distinguía ya por sus talentos é 
instrucción en la ciencia militar. Porey lo colocó de ayudante 
de Márquez, y con este jefe hizo gran parte de la campaña. 

Riva Palacio, comprendiendo la importancia de los docu- 
mentos de que era portador aquel oñcial, y deseando sorpren- 
der de viva voz algunas de las instrucciones de que era depo- 
sitario, dio orden á Romero de que se apoderase de él y se lo 
llevara á Zitácuaro. 

Pero mientras el general dictaba estas disposiciones, Már- 
quez, desde Morelia, tomaba por su parte toda clase de pre- 
cauciones para que Becker llegara sano y salvo á aquella ciu- 
dad. A este efecto dispuso que Oronoz saliese de Maravatio 
con quinientos hombres que dividirla en dos columnas, una 
de doscientos infantes á sus inmediatas órdenes, y el resto de 
caballería (trescientos dragones) al mando del coronel Miguel 
Gamarena, llevando entre ambas una distancia de dos ó tres 
leguas hasta encontrar á Becker en el camino de Ixtlahuaca. 

Gamarena habia sido el segundo en jefe de Elizondo cuan- 
do éste servia á la República, y conservó el mismo empleo 
después de la defección de esa fuerza. Muerto Elizondo, Ga- 
marena lo substituyó en el mando, y en la ocasión presente 
llevaba á sus órdenes el 7? cuerpo de caballería y dos escua- 
drones del 2? y 18 de la misma arma. 

Inútil es decir que desde que Romero salió de Zitácuaro, 
sus espías marcharon á Maravatio é Ixtlahuaca, y que varios 
de los exploradores hacían un servicio activo de correos. 

Asi las cosas, Romero partió de Ayala á la una de la tarde 
del día 13, yendo á pernoctar en la hacienda del Mayorazgo. 
El 14 continuó su marcha por el rumbo de Tapasco y llegó 
al puerto de Medina como á las dos de la tarde, hora en que 
Gamarena, escoltando ya á Becker, regresaba de la Jordana, 
y en que Oronoz, rumbo á esa hacienda, había salido de la 
de Tepetongo. Tenía, pues, Romero á su disposición un am- 
plio espacio entre las dos fuerzas enemigas, y supo aprove- 
charse de esta circunstancia. 



206 

Escogiendo cien hombres de loa más valientes de en tropa, 
avanzó rápidamente al encnentro de Oronoz, logrando caer 
de sorpresa sobre esta colamna qne en nnos cnantos minutos 
quedó derrotada, retrocediendo los restos de ella hacia Tepe- 
tongo, en donde se encerraron é hicieron fuertes en la casa 
de la hacienda. £sto bastaba á Romero, y para conservar la 
situación dejó al frente de aquella fortaleza improvisada unos 
veinticinco jinetes al mando de Lino Basurto, con orden de 
que no cesasen de hostilizar á los allí encerrados, quienes es- 
peraban el regreso de su caballería para hacer una salida. 
Refiriéndose á este episodio es por lo que dice la Memoria de 
Michoacán que el ataque comenzó en jurisdicción de Conte- 
pec, y agrega que terminó en territorio del Estado de Mé- 
xico. 

En efecto, Romero volvió á incorporarse á su fuerza, y 
ocultándose tras de una curva del cerro en que está el puerto 
de Medina, se adelantó siguiendo en rumbo paralelo el ca- 
mino de la Jordana. 

Becker y su grande escolta mandada por Camarena había 
pasado ya de la Venta del Aire, cuando sintieron la proximi- 
dad de los chinacos. Xada haré mejor que transcribir aquí 
los datos que sobre este particular me ha proporcionado el 
comandante Félix Esparza, que en aquellos días, con el em- 
pleo de teniente, militaba á las órdenes de Camarena. Estos 
datos, además, están confirmados con la relación que me ha 
hecho el teniente coronel José Acevedo, uno de los cabos de 
Romero. 

'^ Llegamos á la Jordana, dice Esparza, y allí se nos incor- 
poró un capitán extranjero á quien íbamos á recibir. Al si- 
guiente día salimos de aquel punto tomando el rumbo de 
Maravatío. A poco andar se tuvo noticia de que no estaba 
lejos una partida de chinacos. Camarena me nombró de van- 
guardia con una pequeña fuerza, y aunque le pedí que la re- 
forzara, no logré que lo hiciera. 

" Apenas habíamos pasado la Venta del Aire, cuando vi 
salir un gran número de guerrilleros que sin más ni más se 
nos echaron encima. Apenas alcancé á desplegar en tirado- 
res mi pequeña fuerza; pero nos envolvieron y rebasaron, 



207 

yendo á caer sobre el grueso de la tropa. Poco duró la ac- 
ción, en que se dispararon unos cuantos tiros, pues el com- 
bate se decidió á la lanza, quedando prisioneros muchos de 
nuestros soldados y dispersos los demás. Camarena y el ca- 
pitán González murieron en el acto de la pelea, y fueron he- 
ridos muchos de nuestros oficiales, pues que Romero y los 
suyos procuraban en el combate buscar á los jefes enemigos 
y exterminarlos. 

'^ Yo me batí hasta donde pude, pero ya cansado de mane- 
jar el sable, hube de retirarme, abriéndome paso entre los 
chinacos, y á poco se me reunió el capitán Díaz y ambos pro- 
seguimos nuestra retirada, no sin haber dado media vuelta 
sobre un grupo de cuatro jinetes que nos iban quemando la 
espalda. Asi logramos deshacernos de ellos, nos internamos 
en el monte por la hacienda de Solis, y después de haber re- 
frescado nuestros caballos, fuimos muy lejos á tomar el cami- 
no de Maravatio." 

Nada nos dice el verídico Esparza de lo que sucedió con 
Becker, y es natural, porque éste caminaba á retaguardia de 
la tropa de Camarena. A la hora del combate, el oficial ruso 
se batió con valor. Al comprender que los suyos iban á ser 
derrotados, se cortó de la tropa, entrándose al monte rumbo 
á Tapasco. Varios guerrilleros, distinguiéndolo por su buen 
caballo y lujoso traje, se lanzaron sobre él, y lo hubieran sa- 
crificado, pues ya de im lanzazo le hablan agujereado el dor- 
mán, si no hubiera sido por Romero que, á carrera tendida, 
se dirigió á aquel punto, en momentos en que los guerrille- 
ros tenían rodeado al extranjero, puesta la lanza sobre el pe- 
cho y la espalda, y gozándose en oir sus palabras suplicato- 
rias, pidiendo perdón. Becker rindió su espada á Romero y, 
requerido por éste, le entregó los documentos que llevaba 
ocultos en el pecho. El coronel lo colocó á su lado para pro- 
tegerlo contra cualquier insulto, y el prisionero marchó ya 
tranquilo y sereno. 

Una circunstancia notable: el enemigo, en las dos accio- 
nes, tuvo más de cuarenta muertos; de los nuestros no murió 
uno solo, si bien hubo muchos heridos. 

Eran más de las cuatro de la tarde. Se tocó reunión, y los 



208 

chinacoSy después de haber obtenido dos importantes victo- 
rias en el espacio de menos de tres horas, y recogido un cuan- 
tioso botín, emprendieron su marcha yendo á pernoctar al 
Oro. Al día siguiente hizo Romero su entrada á Zitácuaro^ 
en medio del entusiasmo de aquel heroico pueblo que acla- 
maba á los vencedores. 

Aunque incurriendo en algunas inexactitudes, el escritor 
imperialista Zamacois da cuenta de este hecho de armas, ha- 
ciendo más justicia á los republicanos que la misma Memoria 
del Gobierno de Michoacán. 

Hé aquí cómo se expresa aquel autor en su " Historia de 
México,'' tomo 17, páginas de la 506 á la 509: 

" Cerca de la hacienda del Mayorazgo, los jefes de guerri- 
llas Romero, Solano y Castillo, lograron dar otro golpe á los 
imperialistas. Sabiendo que un capitán ruso apellidado Bec- 
ker, ayudante del general mexicano D. Leonardo Márquez, 
conducía de México para éste algunas comunicaciones, se pro- 
pusieron hacerle prisionero. La escolta que se le había dado 
era muy corta; pero iba mandada por un valiente oficial. Para 
evitar, por lo mismo, que alguna fuerza contraria le atacase 
en el camino, salió de Maravatío, á su encuentro, una sección 
de caballería. Sabedor el jefe republicano Romero de lo que 
pasaba, situó una parte de sus tropas en emboscada en el 
puerto de Medina y se dirigió con el resto al encuentro de 
Becker. La sorpresa de la corta fuerza que escoltaba á éste, 
fué completa al verse acometida de repente. La lucha fué 
corta: el jefe de la escolta, D. Miguel Camarena, perdió la 
vida batiéndose con denuedo; varios oficiales, compañeros de 
Becker, murieron también, entre ellos uno muy valiente ape- 
llidado Esparza;^ Becker vio atravesado su uniforme de un 
lanzazo dirigido al pecho, sin que, por fortuna suya, lo hi- 
riera, y fué hecho prisionero con los que no habían perecido. 

'^ Entonces llegó á verse lo injustos que con frecuencia son 
los hombres de todos los partidos, al calificar á los que com- 
baten en el campo opuesto. La prensa imperialista había pin- 
tado siempre á Romero como un hombre sin piedad. Becker, 

1 Ya hemos Tísto que Esparza salió ileso: antes de un año este oficial ha- 
bía Tuelto al campo republicano en donde hizo una buena carrera militar. 



209 



en consecuencia, al verse hecho prisionero, no dudó que se- 
ría fusilado en el acto. Su sorpresa fué, por lo mismo, gran- 
de, cuando en vez de rigor j de saña, se encontró tratado con 
la mayor consideración. Romero se mostró con él sumamente 
atento y le dijo que le iba á conducir á Zitácuaro, donde se 
hallaba el general D. Vicente Riva Palacio. Esta noticia aca- 
bó de tranquilizar completamente al bravo militar ruso. Don 
Vicente Riva Palacio, de quien ya tengo hablado varias ve- 
ces, era un joven de fina educación, de sentimientos nobles y 
caballerosos, no menos humano que valiente, excelente abo- 
gado, distinguido literato y bravo militar. Becker no temió 
por 8U vida. 

"Grato es al escritor eticontrar en medio de los horrores 
de las batallas sangrientas que se ve obligado á describir, al- 
ganos de esos rasgos generosos que llenan de grata emoción 
el alma. El corazón siente desaparecer el peso que le oprime 
como una plancha de hierro, y respira libremente como si 
aspirase una atmósfera embalsamada y dulce. Una carta es- 
crita por Becker pocos días después de hallarse prisionero, 
me hizo sentir ese grato placer que experimenta todo hom- 
bre que no tiene la desgracia de haber perdido los tiernos 
sentimientos de humanidad, cuando encuentra en otros un 
bello rasgo de hidalguía: la carta de Becker decía asi: 

"Estarán vdes. sorprendidos de ver el lugar de donde es- 
" cribo; pero esto es consecuencia de nuestro estado: imposi- 
" ble es al hombre prever al salir de un punto lo que le acon- 
*^ tecerá después. 

"Las fuerzas de Romero, Solano y Castillo cayeron impro- 
" visadamente sobre nosotros. El jefe de nuestra escolta per- 
^^ dio la vida. La fuerza del enemigo era superior á la nuestra. 
" Nosotros nos defendimos, pero acabamos por ser batidos. 
" Yo he salido muy bien librado, pues pasando por alto un 
*^ lanzazo que me pasó el vestido del lado del corazón, todos 
** se sorprenden de que no haya sido víctima del primer mo- 
*^ mentó de furor de los soldados ó pasado por las armas des- 
" pues de haber caído en sus manos. Cierto que ninguno está 
" más sorprendido que yo mismo. 
" En fin, heme aquí sano y salvo. 



210 

" Desde el momento me trató Romero perfectamente y con- 
" versé con *él en el camino. En Zitácuaro encontré á Biva 
" Palacio, que me recibió, á fe mía, con la mayor amabilidad 
" y me dio alojamiento con su mayor general Qarcia, del cual 
" feólo puedo hacer elogios. Riva Palacio viene algunas vecea 
" á visitarme, y su conversación espiritual me hace pasar ho- 
" ras muy agradables. Si añado que he hecho otros conoci- 
^^ mientos con otras personas de buena educación, vdes. com- 
"prenderán que el prisionero se halla, relativamente á su 
" enfadosa situación, lo más bien posible." 

" TJn mes después de haber caldo prisionero, el día 16 de 
Octubre, le dio D. Vicente Riva Palacio la grata sorpresa 
de decirle que desde aquel momento quedaba en libertad. 
Becker había sido canjeado por otro jefe republicano, y vol- 
vió á sus filas lleno de gratitud hacia el hombre que le había 
tratado, no como á un contrario vencido, sino como á un 
amigo." Hasta aquí Zamacois. 

Por mi parte, y como complemento de este capítulo, trans- 
cribo á continuación dos cartas, una de Becker y otra del ge- 
neral Arteaga. La primera dice: 

"8r. D. Vicente Riva Palacio. — Zitácuaro. — Maravatío, 
Octubre 8 de 1864. — Muy señor mío de mi aprecio. — Me 
aprovecho de esta oportunidad para manifestarle á vd. que 
he llegado á ésta sin novedad, y para repetirle á vd. mis muy 
expresivas gracias por la cortesía y consideración con que he 
sido tratado en Zitácuaro. 

" Siento mucho que los señores que han sido canjeados por 
mí hayan sido detenidos aquí hasta mi llegada, pero ahora 
están ya en completa libertad y han tenido la bondad de pro- 
meterme llevar esta carta para vd. 

" Suplicando á vd. haga presente á los Sres. García, Ro- 
mero, Lebrija, Parada y Jaime mis más finas memorias, me 
repito de vd. su atento y S. S. Q. S. M. B. — WaMemaro Bec- 
ker.'' 

Los canjeados por el capitán ruso fueron el teniente coro- 
nel Juan García y un capitán cuyo nombre no he podido ave- 
riguar, ambos hechos prisioneros en el ataque dado á Pátz- 
cuaro por el general Pueblita. 



211 

La carta del general Arteaga es como sigue: 
"General Arteaga. — C. Guzmán, Octubre 8 de 1864. — Se- 
ñor Gobernador D. Vicente Riva Palacio. — Muy estimado 
amigo y companero: — Ayer fueron publicados y solemniza- 
dos debidamente los partes que vd. me remitió y que yo he 
acogido con mucho placer. 

"Sírvase vd. manifestar á los vencedores de la hacienda de 
Ayala y puerto de Medina, la complacencia con que he reci- 
bido la noticia de sus triunfos, y cómo lo he mandado comu- 
nicar al Ejército para su conocimiento y emulación. Admita 
vd. á la vez mis plácemes porque las armas de sus órdenes 
inmediatas están ilustrando la segunda época de nuestra in- 
dependencia, y gracias por el digno comportamiento de vd. y 
de sus fuerzas, de que ya di ayer conocimiento al Supremo 
Gobierno Nacional. 

"El enviado de vd., teniente coronel Carrillo, me ha en- 
tregado los mismos partes y las importantes comunicaciones 
quitadas al oficial prusiano prisionero, que me han servido en 
gran manera para estos momentos, y de cuya remisión pronta 
y eficaz doy á vd. las debidas gracias, etc., etc. — Soy de vd. 
atento amigo, compañero y s. s. q. b. s. m. — José María Ar- 
teagaJ^ 

Los pliegos interceptados al oficial ruso contenían nada me- 
nos que las instrucciones dadas al general Márquez para con- 
currir al plan de campaña de Bazaine sobre el Cuartel Gene- 
ral republicano situado en el Sur de Jalisco. Este plan abortó 
por de pronto y sirvió para que Maximiliano no hubiese po- 
dido prolongar su viaje de recreo hasta Guadalajara. Ya ve- 
remos en el capitulo siguiente cómo cambió de rumbo, diri- 
giéndose á "Michoacán. 



212 



CAPITULO XVII. 

(1864) 



Reorganizase la administración pública. — Protección decidida á la enseñan- 
za primaria. — Energía de Salazar sobre los politicastros. — Los gastos del 
imperio. — Viaje del Emperador. — Comedia que representó en Dolores Hi- 
dalgo. — En León mandó que la música tocase los cangrejos. — Su entrada 
en Morelia, vestido de chinaco. — Su permanencia en la ciudad y durante 
ella algunas escenas trágico-cómicas. — Nombramiento de del Moral para 
prefecto del Departamento. — D. Alejandro Ortega, Secretario del (Go- 
bierno. — Despedida de Maximiliano. 



Ya es tiempo de que volvamos á ocuparnos de Salazar y de 
sus fuerzas que operaban en el centro y Sur del Estado. 

El general, no obstante su deseo de mandar personalmente 
algunas de las expediciones que llevaba á cabo, se veia en ]a 
necesidad de permanecer al frente del Gobierno y de atender, 
no sólo al ramo de guerra, lo que hacia de preferencia, smo 
á los demás de la administración pública. 

Ya vimos cómo la defección de Oaamaño había producido 
honda desmoralización y desconfianza entre los jefes del ejér- 
cito, ace&lía en los pueblos, y en consecuencia, una fiílta casi 
completa de recursos. 

La presencia de D. Justo Mendoza en la Secretaria de Go- 
bierno fué provechosa y eficaz para reorganizar la acción ad- 
ministrativa: se nombraron nuevos prefectos y comandantes 
militares en los departamentos del Estado, yendo á funcionar 
los nombrados en las cabeceras de aquellas demarcaciones, si 
no estaban ocupadas por el enemigo, y en las que tenían des- 
tacamentos de éste, iban á situarse dentro de su jurisdicción, 



213 

haciendo la campaña, siquiera fuese como guerrilleros. La 
administración de justicia tenia siempra expeditos los tribu- 
nales, consistentes entonces en los juzgados de 1^ Instancia y 
en los alcaldes, lo cual bastaba para llenar en está linea las 
más argentes necesidades de los pueblos. Se establecieron ad- 
ministraciones de rentas y se diputaban comisionados de ha- 
cienda que fuesen á hacer el cobro del impuesto único. Los 
Ayuntamientos, restablecidos, como ya hemos dicho, se con- 
sagraban á sus trabajos municipales y ayudaban con impor- 
tante cooperación á los jefes militares. Por último, y como 
cosa muy digna de mencionarse, consagró el Gobierno una 
atención esmerada al sostenimiento de las escuelas públicas 
primarias, cuidando de que no faltasen los profesores, ni en 
las de hombres ni en las de niñas, y hasta donde era posi- 
ble, las proveía de libros y de útiles. Creo de justicia y como 
un legítimo orgullo del partido liberal michoacano, consignar 
estos rasgos salientes de los gobernantes de aquel Estado en 
la dilatada época que duró la campaña. 

La energía y el carácter indomable de Salazar pusieron en 
quietada los politicastros que habían hecho la oposición á Be- 
rriozábal y á Caamaño, y permitieron á aquel jefe consagrar- 
se tranquilamente á organizar y disciplinar su ejército. 

Como Márquez, desde Morelia, no podía distraer su aten- 
ción en varias partes al mismo tiempo, ni contaba con fuer- 
zas suficientes para ello, se había limitado á su campaña de 
Zitácuaro, ya porque colocado este baluarte de los liberales 
muy cerca del camino de México á Morelia, constantemente 
se interrumpían las comunicaciones entre ambas ciudades, ya 
por la audacia y el valor de los guerrilleros que allí tenían su 
cuartel general y que eran tanto más temibles, cuanto que es- 
taban bajo la dirección de una inteligencia clara y pronta. 

Por este motivo hubo una especie de tregua en las opera- 
ciones militares en el resto del Estado, lo que favoreció las 
miras de Salazar, quien se dedicó á instruir y disciplinar la 
división de Michoacán, á fin de que pudiese entrar luego en 
una campaña activa. 

Las dos siguientes cartas nos darán á conocer cuál era la 
marcha de su política y el desarrollo de su táctica. Dicen así: 



214 

"Sr. Gral. D. Vicente Riva Palacio. — TJruapan, Septiembre 
9 de 1864. — Muy querido chinaco: — Parece que los traidores 
se han propuesto molestarte, porque, según las comunicacio- 
nes que he recibido del comandante militar de esa plaza (Zi- 
tácuaro), Valdés y Lamadrid te han visitado (se refiere á las 
jornadas del 14 y 15 de Agosto). De preferencia te recomien- 
do al Sr. Morales para que me lo auxilies con armas y hom- 
bres, con objeto de que su fuerza adelante, pues creo que sin 
estos elementos está expuesto á sufrir un descalabro. — Los 
veinte quintales de plomo que te pedí son para el Cuartel Ge- 
neral, y espero por lo mismo que me los mandes violentamen- 
te. Por acá no ha ocurrido novedad notable, pues el general 
Regules que expedicionaba por el Departamento de Zamora, 
ha llegado sin novedad, logrando la ventaja de alentar á los 
pueblos que visitó y tener en constante alarma al enemigo que 
ya nos creía muertos. — Sabes que te quiere bien tu amigo y 
compañero. — C. Solazar, ^^ 

"Correspondencia particular de Carlos Salazar. — Zitácua- 
ro. — Sr. Gral. D. Vicente Riva Palacio. — TJruapan, Octubre 
4 de 1864. — Mi muy querido chinaco: — He recibido tus dos 
gratas, .fechas 12 y 20 del mes próximo pasado, y tengo el ma- 
yor gusto, porque veo en ellas que sigues dándoles la función 
á los traidores; sigue así, pues te estás portando como la gen- 
te. Felicita en mi nombre á Romero y dale un fuerte abrazo. 
— Inmediatamente remito tu parte al Cuartel General por un 
correo expreso, para que cuanto antes tenga conocimiento el 
General en Jefe de ese glorioso hecho de armas. ^ — Me dices 
en la tuya del 19, que mientras que los traidores no tengan 
otro punto de vista que tú, no han de molestarme: á esto te 
diré que el comisionado tuyo y el mío han marchado ya al 
Cuartel General y espero que dentro de muy poco podré mo- 
ver fuerzas para que obren en combinación con las tuyas, pues 
te he dicho ya que mis deseos son de que nos ayudemos mu- 
tuamente. — Se sabe que Maximiliano, después de haber idoá 
Dolores Hidalgo á representar la comedia del grito de inde- 
pendencia el 16 del pasado, ha regresado á Guanajuato y U©?^ 
de un momento á otro á Morelia. Viene escoltado por fran- 

1 £1 del Puerto de Medina. 



i 



215 

ceses, y los traidores de Morelia creen que con ellos abrirá la 
campaña en este Estado. — El general Regules expediciona 
por el Sur del Estado y ha llegado hasta Santa María (gote- 
ras de Morelia), haciendo encerrar á todos los traidores en su 
plaza, y ha regresado á Tacámbaro sin novedad. He recibido 
el plomo á que te refieres, y según me dice Morales espero 
más.— Vuelvo á felicitarte por tus triunfos y repito que deseo 
que estemos muy pronto obrando en combinación y en per- 
fecta armonia, pues así debe ser, porque conviene al bien ge- 
neral de nuestra santa causa y muy particularmente á quien se 
repite tuyo afmo. amigo que mucho te quiere y B. T. M. — El 
chinaco Carlos Solazar J^ 



En lo que he venido refiriendo se han hecho alusiones al 
viaje emprendido por Maximiliano al interior del país. Pres- 
cindiría de narrar esta puerilidad del EmperadoVj si no fuera 
porque entre los puntos que recorrió el tourista real, estuvo 
Michoacán, ó más bien dicho Morelia, la ciudad cabecera del 
Departamento. Entra, pues, en los límites de esta historia que 
nos ocupemos de este grande acontecimiento. Antes haré una 
rápida reseña de la política imperial. 

Desde que Maximiliano tomó posesión de su imperio^ inició 
una marcha liberal, haciendo alarde de despreciar á los cle- 
ricales, á quienes llamaba cangrejos y 'pelucas j burlándose él y 
su esposa, la emperatriz Carlota, de las ideas retrógradas de sus 
ardientes partidarios. Todo su afán era rodearse de liberales, 
y con hombres que habían figurado en ese partido formó su 
ministerio. Hacía alarde de ideas democráticas, lo que no le 
impidió asignarse para él y para su esposa sueldos colosales, 
fuera de los inmensos gastos de la casa imperial. El empera-- 
dor tenía millón y medio de pesos cada año y señaló á la em- 
perairiz doscientos mil para alfileres. Se aplicó quinientos mil 
para su viaje de Miramará México, y fijó crecidas sumas para 
la retribución anual del Mariscal de la Corte, chambelanes, 
médicos, caballerangos, damas de honor y demás servidum- 
bre. Imagínese el lector lo que costaba esa farsa que, por 



216 

cierto, no era pagada de los fondos de diezmos ni de las ob- 
venciones parroquiales, sino de los dineros de la nación: de 
modo qne, el solo personal del ejecutivo del imperio, costaba 
más del doble de lo que hoy, bajo la República, cuestan el 
Presidente, los diputados y los senadores y sus respectivos 
empleados. Todo esto sin contar los gastos extraordinarios 
de recepciones, viajes y demás fiestas que exije d decoro real. 

En medio de todo esto ideó Maximiliano el viaje á que me 
refiero, protestando que le serviría para estudiar las necesida- 
des del pais. Naturalmente esta excursión se hizo por luga- 
res ocupados por fuerzas de la intervención, y las ovaciones 
con que fué recibido el Emperador estaban dirigidas por las 
autoridades imperialistas. Encomendando la regencia del im- 
perio á su augusta esposa la Emperatriz Carlota, salió de Mé- 
xico el dia 10 de Agosto, acompañado de un consejero de Es- 
tado, de un chambelán de la corte, de un secretario, de varios 
escribientes y de algunos oficiales franceses. Lo escoltaba una 
columna de caballería franco-mexicana, á las órdenes del co- 
mandante Loysel, de quien iba como subalterno el famoso 
coronel Miguel López, confidente íntimo de Maximiliano en 
aventuras amorosas y en la trágica de Querétaro. 

El 15 de Agosto, dia del santo del emperador Napoleón, 
Maximiliano ofreció en San Juan del Río un banquete á las 
tropas francesas, en el que expresó su gratitud al protector 
del imperio mexicano. El 17 llegó á Querétaro, permanecien- 
do en aquella ciudad seis días. De la llegada á esta ciudad, 
dice M. Gaulot en su libro "L'Empire de Maximilien:" — ^'^Al 
entrar á Querétaro, Maximiliano quedó sorprendido de no ver 
entre las autoridades que salieron á recibirlo al obispo Mon- 
señor Gárate: su sorpresa aumentó cuando supo que desde 
hacia mucho tiempo que aquel prelado vivía tranquilamente 
en México con el pretexto de que su palacio episcopal estaba 
inhabitable, y que no era decoroso para su alta dignidad arren- 
dar una casa particular. — A poco tuvo otra prueba de la apa- 
tía del clero en todo aquello que no afectara sus intereses y 
bienestar: supo que desde hacia veinticinco años no recibían 
el bautismo algunos indios residentes en los alrededores. Ma- 
nifestó en el acto su deseo de ir á ver á aquellos abandona* 



217 

do8y de hacer que fuesen bautizados y anunció su intención 
de servirles de padrino. A estas nuevas, el obispo creyó ne- 
cesario salir de su torpeza y despachó dos sacerdotes para ad- 
ministrar el bautismo, lo que se hizo como decía Maximiliano 
^'con bombas de inceudio" riéndose de los singulares efectos 
que había producido su intervención." El 23 siguió su viaje 
por Apaseo, Celaya, Salamanca é Irapuato, en donde volvió 
á detenerse por una ligera inflamación de garganta. El 10 de 
Septiembre recibió al general Uraga, invitándolo á su mesa. 
El 13 llegó á San Miguel de Allende y el 16 entró en Dolores 
Hidalgo, en donde con aparato dramático solemnizó el ani- 
versario del grito de independencia, á las once de la noche, 
pronunciando un discurso que no brilla por su literatura. El 
17 salió de Dolores y llegó el 18 á Guanajuato: allí permane- 
ció hasta el 26, el 27 estuvo en Silao, en donde no se le hizo 
manifestación alguna. El 28 llegó á León: allí pasó un caso 
curioso que reñere el clerical Arrangoiz en los siguientes tér- 
minos: ^^La autoridad había prohibido una canción en que se 
injuriaba á los conservadores y que se titula Los Cangr^os: 
sabida por Maximiliano la prohibición, la levantó, mandando 
que la tocaran mientras Su Majestad Imperial almorzaba: era 
un insulto manifiesto al partido que le había llevado al po- 
der." El 29 le correspondió Uraga el banquete, y el 19 de Oc- 
tubre salió para La Piedad, de donde prosiguió su viaje el día 
8; el 9 pernoctó en Panindícuaro,el 10 en Tecacho y el 11, á 
las diez de la mañana, hacía su entrada en Morelia, vestido de 
charro y con corbata roja^ lo que no halagó á los republicanos 
y si llenó de despecho á los clericales. 

Antes de narrar la permanencia del Emperador en Morelia, 
diré que los periódicos imperialistas de la época hacían alarde 
de que Maximiliano recorría el interior del país con una sola 
escolta, sin haber sido molestado con la presencia de ninguna 
fuerza regular ni guerrillas de los liberales en el largo camino 
recorrido. Yo no sé si desde México á la Piedad bastaron para 
esa tranquilidad las numerosas guarniciones del imperio que 
había en los pueblos y ciudades del trayecto; lo que puedo 
afirmar es, que desde antes de que entrara al territorio de Mi- 
choacán y durante su viaje desde la Piedad hasta Morelia se 



movían colamnaa de franceses y traidoreB en toda aquella 
parte del Estado, y se hallaban estacionadas las fuerzas de 
Márquez en Zacapu, Coeneo, Pumándiro, Quiroga y Fátz- 
tíuaro, formando una muralla de hombrea de ano y otro lado 
y á muy corta distancia de la vía por donde caminaba el nanr- 
pador. 

El general Salazar, curioso de saber lo que pasaría en Mo- 
i-elia con motivo de laa fiestas preparadas all! para la recep- 
ción de Maximiliano, y no queriendo atenerse á informes de 
íimplea espías, envió al teniente coronel Antonio Mejía, na- 
tivo y vecino de aquella ciudad, para que procurase presen- 
ciarlo todo. Igiial comisión recibieron otros oficiales inte- 
ligentes. La narración de éstos, la de D. Francisco Otero, 
comerciante de la misma ciudad, conservador recalcitrante y 
[ue fué á Uruapan después de aquellos días y platicaba pú- 
olicamente del asunto, j una carta de la esposa de D. Justo 
Mendoza, están de perfecto acuerdo eu los detalles que ca- 
racterizaron la permanencia de Maximiliano en Morelia; pero 
,0 los tomaré de una carta interceptada en la diligencia de 
México; porque ese documento, conforme en todo con aque- 
llos datos, es carioso por más de un título. La susodicha carta 
está escrita por un vecino de la misma ciudad de Morelia, 
conservador por los cuatro costados, pero que ha sido siem- 
pre un hombre veraz, intransigente y justo, sí bien irónico y 
:icre en sn estilo. La carta iba dirigida á un amigo suyo, 
jiersona muy respetable, que por aquella época residía en Mé- 
:dco, y dice así: 

"Morelia, Octubre 18 de 1864.— 8r. D. J. M. C. D.— Mé- 
xico. — Estimado amigo: — Ni envidia le tengo á vd. con ana 
recepciones, sus bailes y sus solemnes fíeataa reales en esa ca- 
pital. Las que aquí han tenido lugar con motivo de la en- 
trada de nueatro Ernpeorador, no se parecen á nada por lo es- 
mpendas, magníficas y demás cosaa. La verdad es que todos 
íi guardábamos con ansia al aasodicho Empeorador para ver si 
remediaba esta situación, porque ya le he dicho á vd. desde 
iuitOB, que vivimos con la misma jeringa, aunque con distinto 
¡alo. Antea eran los chinacos loa que nos extorsionaban, ahora 
-on nuestros mochos los que hacen lo mismo. ¡Sea por Dios y 



219 

venga más! Del Moral ha sido nombrado Prefecto Politico 
y Alejandro Ortega es su Secretario. Al saberlo dimos las 
gracias al cielo; pero esto no es más que una ilusión, porque 
los han dejado con las manos atadas j los tiene vd. como los 
ciegos, conduciéndose el uno al otro. Todo es aquí militaris- 
mo, arbitrariedad, altanería y corrupcción. 

"Ppro vamos al caso. 

"Todo el día 10 se pasó en preparativos, levantando arcos 
y adornando las calles en la carrera de la Merced con mascar 
das, gallardetes y fajas de los tres colores nacionales. En la 
mañana del 11 la vía estaba tapizada de mirasoles y había mú- 
sicas de todas partes, hasta de Jesús del Monte. 

"Entre los arcos, uno que estaba por La Bandera Blanca, 
era el que más llamaba la atención, pues de lo alto colgaba 
una niña rubia como el sol, vestida de ángel y teniendo en 
las mano& un letrero que decía; "Gloria á Dios en las alturas 
y paz á los hombres de buena voluntad.'^ Esa infeliz, expues- 
ta á la insolación, es hija del Lie. E. C, partidario del impe- 
rio y de la desecación de la laguna de 

"En otro arco figuraba el famoso lema de "Equidad en la 
justicia:'"' y en los demás había dísticos, parto del cacumen de 
nuestro poeta seráfico, ya sabe vd., el gongórico. 

"Por supuesto, como vd. conoce á esta gente, en la maña- 
na aparecieron parodiados los disticos, escritas las parodias 
con carbón en las paredes de las casas inmediatas á los arcos. 

"Una cabalgata de más de cien de los jóvenes de nuestra 
más escogida sociedad, fué hasta Cuto de la Esperanza (mal 
nombre que le puso á aquel rancho D. Epitacio Huerta): allí 
hicieron la topa y al regreso se les fueron incorporando más ji- 
netes, que en BU mayor parte parecían vaqueros que iban al 
encuentro de la torada, pues vd. comprenderá que no todos 
llevaban trajes decentes. 

"Por fin apareció el Emperador en la garita de Chicácuaro, 
con pantalonera con botones de plata, chaqueta y chaleco 
blanco, sombrero galoneado y una escandalosa corbata roja: 
montaba un caballo negro con silla vaquera. Por supuesto 
que á la mocUianga no le cayó muy en gracia ver al güero dis- 
frazado de chinaco. En cuanto á él, venía muy ancho y no 

Michoacan.— 16 



1 



220 

qniso aceptar la carroza que le enviaron hasta más allá de la 
garita. 

^^En todas las ventanas, en las calles y hasta en las azoteas, 
había mucha gente que por espíritu de partido ó por simple 
curiosidad se agolpó en el rumbo de la Merced. Él veía todo 
esto con viva satisfitcción é iba saludando á uno y otro lado, 
principalmente á los grupos encargados de gritarle vivas. 

^'Hubo otra nota discordante. Al llegar á la plaza, frente 
á la casa de D. Francisco Grande, una comisión del clero lo 
invitó á dirigirse á la Catedral en donde estaba preparado el 
Te Deum. Su Majestad manifestó que estaba ya muy fatíga- 
do y que deseaba llegar á su alojamiento. Los mochitos nos 
tragamos este nuevo desaire. 

^'Habia una inmensa muchedumbre, y no sin trabajo llegó 
por fin 41a casa de Pachita Román, convertida en Palacio Im- 
perial. Allí, al entrar, hizo un gesto de indignación, y á mi se 
me pusieron coloradas de vergüenza las orejas. Los comisio- 
nados para recibirlo en su alojamiento, tan luego como llegó 
á la puerta, se hincaron de rodiUas. Esos comisionados eran 
A. J. y D. M.; E. A. C; M. de E.; J. M. de H. y Don L A. 
Lo peor del caso fué que una parte del pueblo siguió el ejem- 
plo; pero no faltaron voces que gritaran: ^'no es el viático^ no 
se hinquen!" 

'^Apenas acababa de instalarse Maximiliano, cuando llegó 
el cabildo eclesiástico en masa, vestidos los señores canónigos 
con sus sotanas moradas y sus sombreros acanalados con bor- 
las del mismo color. Ese día supe que ése se llama traje pr&- 
latido^ y aunque siempre los había visto así, mucho subieron 
á mis ojos con ese nombre retumbante de prelaticio^ de que 
todo el mundo hablaba como de una novedad. Los canónigos 
no tuvieron en consideración el cansancio ni el hambre de 
S. M. y lo fastidiaron cerca de media hora. 

"En la comida estuvo, puedo decir, en familia, lo que no 
fué poca fortuna para él, recibiendo las finas y esmeradas aten- 
ciones de Pachita Román, á quien en esa hora preconizó Dama 
de Honor de Palacio, cuya noticia circuló en el acto por la 
ciudad y á porfía exclamaban con orgullo los nuestros: " ya 
tenemos dama de honor moreliana." 



221 

^'Eq la tarde salió á visitar las cárceles: eu la de hombres 
le dijeron que había muchos chinacos presos, lo que no le hizo 
fuerza. AI regresar de las Recogidas se dirigió á la catedral. 
ISo creia yo que hubiera tantos clérigos en Morelia; lo cierto 
68 que estaba el atrio lleno, haciéndose notables los antiguos 
fiques exclaustrados, todos con sus trajes de reglamento. Los 
canónigos lo recibieron bajo de palio, y él apenas podía dar 
paso, pues que pelados y migeres se le acercaban para verle 
la cara, deseosos de saber en qué se diferencia un emperador 
de los demás hombres. Ko faltaron algunos malcriados que 
decían casi en voz alta: ¡Vaya! si se parece todo entero á D. 
Yictor Backhaussen.^ Esta frase aumentó la curiosidad, y la 
muchedumbre creció para cerciorarse de la semejanza. 

''Aquí va lo bueno. En la noche se organizó en el portal 
de Matamoros un vítor de señoras y de señoritas. Lo más gra- 
nado de la sociedad, la aristocracia, digámoslo así. Todas las 
casas del centro estaban iluminadas con vasos de colores y ca- 
zuelejas de manteca, y las torres de catedral parecían una as- 
caa de oro. Había más de veinte músicas que todas tocaban 
al mismo tiempo diversas piezas. ¡Aquello era encantador! 

^Tor fin salió la procesión. En medio las señoras y seño- 
ritas con cirios de cera, y á los lados los hombres, llevando 
banderas tricolores, precedidos por uno que llevaba un estan- 
darte con el retrato del Emperador, y una que conducía un 
pendón con el de ]a emperatriz. La muchedumbre acudió, 
como en el día, á contemplar este nuevo espectáculo. La co- 
mitiva se dirigió á la casa de Pachita Román y hubo muchos 
vivas á Maximiliano y á Carlota. Bu Majestad salió al balcón 
y contestó emocionado á aquellas muestras de cariño. Luego 
hizo que se invitara á las señoras á pasar á la casa, en donde 
de nuevo les dio las gracias y se dejó abrazar de algunas. Ya 
faera del salón, Se destaparon centenares de botellas de cham- 
paña y se ofrecían á señoras y caballeros que apuraban las co- 
pas con entusiasmo real. 

"Siguió el vítor por los portales y las calles: llovía á cán- 
taros y tronaba el cielo, lo mismo que las botellas de cham- 

1 Este señor era un prusiano, maquinista, residente en Morelia y que en 
efecto tenía cierto parecido con Maximiliano. 



^ 



222 

paña que parecían inagotables. La comitiva se había engro- 
sado con muchos oficiales de la guarnición que se mezclaron 
en ella, lo mismo que la muchedumbre, introduciéndose una 
espantosa confusión en las filas. Y como el aguacero había 
apagado la iluminación é inundado las calles, la noche estaba 
profundamente obscura y las señoritas y las señoras pisaban 
un suelo lodudo^ atascándose de una manera lamentable, y se 
extraviaron de sus respectivas familias algunas de ellas, hasta 
el grado de que en los cuarteles se mostraban al día siguien- 
te algunas prendas de ropa interior. Así terminó la fiesta; y 
vamos á otra cosa. 

'^Decididamente el Emperador es más chinaco que su traje. 
¿Qué piensa vd. que hizo? Pues en primer lugar no asistió á 
la misa solemne que le tenía preparado el cabildo para el día 
siguiente y puesto en el coro un dosel, el mejor que hay en 
la catedral y en el que á toda prisa se había bordado la co- 
rona imperial. No, señor; Maximiliano vestido modestamente 
con un traje color de haba, se dirigió á las seis de la mañana 
al Sagrario, acompañado sólo de un chambelán; preguntó por 
un clérigo, y presentándose uno de los vicarios, le manifestó 
su deseo de que le dijera una misa rezada, cuyo acto se veri- 
ficó inmediatamente, y concluido que fué, el chambelán gra- 
tificó al presbítero con una onza de oro. 

"En segundo lugar, el Emperador hace alarde de acoger 
con distinción á los liberales y de manifestar cierta preven- 
ción contra los cangrejos^ como tiene la bondad de llamarnos 
á nosotros los mochitos: á tal grado es esto, que ha estado evi- 
tando recibir á Márquez, y este general se habría queídado sin 
verlo en Morelia, á no ser porque le ocurrió presentarle al 
paso, en una de las calles, á sus tropas, como para que le hi- 
cieran honores. Maximiliano apenas se detuvo unos instan- 
tes y saludando fríamente al general, siguió adelante. 

"Todos los demás días los ha pasado en otorgar gracias, en 
hacer que le lean solicitudes, en visitar las escuelas y las igle- 
sias y en conferenciar, sin acordar nada definitivo, con las nue- 
vas autoridades nombradas. Todos lo elogian aquí, porque se 
levanta muy temprano. Yo no me hago ilusiones, ¿Quien sabe 
si los chinacos le madruguen más? 



j 



228 

^^Si ha leído vd. toda esta inmensa carta, sepa vd. qae lo 
quiere su afmo. — jP. A" 

AI transcribir la carta anterior, he omitido párrafos y fra- 
ses por la demasiada viveza de color, y algunos chistes opor- 
tunos y picantes contra personas que viven todavia. Por lo 
demás, repito que el contenido es una fiel narración y que 
está de acuerdo con los informes que rindieron los oficiales 
republicanos que estuvieron en Morelia de orden del general 
Salazar, presenciando todos estos acontecimientos. Ahora 
continuemos. 

Pasada la novedad del primer dia, en los otros seis que 
Maximiliano permaneció en Morelia, la población se mani- 
festó fría é indiferente, actitud en que no se ha de haber fi- 
jado aquél, tanto por sus ocupaciones, como porque se veía 
rodeado constantemente de un pequeño círculo de aduladores. 

Entre los asuntos á que Maximiliano dio preferencia, fué 
el principal el cambio de la primera autoridad política. Hacia 
tiempo que había sido separado de la prefectura el general 
D. José de Ugarte, por su exaltación eu las ideas clericales, 
y nombrado D. Dionisio del Castillo, conservador también y 
que pronto cayó bajo la influencia de los más intransigentes 
imperialistas de Morelia. Maximiliano, por aquel entonces 
despreciaba profundamente á los reaccionarios, y queriendo 
atraerse á los libérales que hacían la guerra en el Estado, ilu- 
sión obstinada de su alma, desde que había salido de México, 
llevaba como candidato para la Prefectura Política de Michoa- 
cán, al Lie. D. Antonio del Moral. Era éste un ciudadano 
respetable por su saber, por su energía, por su honradez, por 
tanta» prendas personales que lo adornaban. Tenía entonces 
cuarenta anos; de modo que estaba en la edad del vigor y de 
la plenitud de la vida. 

Del Moral se decía conservador; pero entre los hombres de 
este partido habia y hay muchos que, conociendo los vicios y 
las bastardas ambiciones del clero, no podían ni pueden ser 
partidarios de éste. Asi era D. Antonio, y además fué siem- 
pre enemigo de la intervención extranjera, indignándose su 
patriotismo ala presencia de los franceses, desde que pisaron 
el país. 



1 



224 

En la comanicactón en qne Be le participó su nombramien- 
to, se le decía: ^^que queriendo el emperador ver realizados 
sus deseos, que tendían exclusivamente á la reorganización 
social, en todos los ramos que una justa y prudente adminis- 
tración abraza, y que siendo necesario que las personas de 
arraigo, de intereses y honradez probada, tomasen parte en 
los asuntos administrativos, había tenido á bien nombrarlo 
prefecto político de aquel departamento, teniendo la satisfac- 
ción de haber encontrado en él aquellas cualidades/' 

D. Antonio del Moral rehusó aceptar el nombramiento; 
pero llamado por el archiduque, tuvieron ambos una larga con- 
ferencia. Maximiliano era muy iosinuante y en su trato sabia 
captarse las simpatías de las personas con quienes hablaba. 
Bel Moral, no por debilidad, sino por una especie de compa- 
sión hacia aquel hombre, aislado en México, combatido por 
la codicia de los que en Francia favorecían la intervención, 
por las absurdas y exageradas exigencias del clero, y por la 
patriótica intransigencia del partido liberal, cedió al fin á las 
repetidas instancias, poniendo empero por condición que el 
gobierno imperial sacudiría toda influencia extranjera y se- 
guiría además una marcha libre de las aspiraciones clericales. 
En este último punto estaban de acuerdo ambos personajes, 
y respecto del primero, Maximiliano ofreció á del Moral que 
BU gobierno sería enteramente nacional y libre de influencias 
extrañas, tan luego como fuese posible organizarlo definitiva- 
mente, con el concurso de los mexicanos honrados y patrio- 
tas de todos los partidos, lo que no podía dudarse, puesto que 
se veía el empeño que él, Maximiliano, tenia en seguir esa po- 
lítica desde el momento en que se había fijado en del Mora), 
como en uno de aquellos hombres caya cooperación le era 
necesaria para sacar avante su propósito. Agregó que todo 
era cuestión de tiempo, de muy corto tiempo, y así se lo ase- 
guraba. 

El Sr. del Moral aceptó el encargo y nombró secretario al 
Lie. D. Alejandro Ortega, persona do toda la confianza del 
partido clerical, que había aceptado la intervención extran- 
jera, pero que á tiempo supo apartarse de su política por no 
ir de acuerdo con la opinión de los obispos. En consecuencia,. 



J 



226 

en la época á qne me estoy refiríendo. Ortega estaba de acner- 
do con del Moral. Además, aunque exaltado monarquista, 
Ortega poseia sentimientos generosos y nobles, era ilustrado 
7 de una honradez acrisolada. Ambos atenuaron, como en 
más de una ocasión lo veremos, la tiranía y sed de sangre de 
los militares del imperio. 

Maximiliano abandonó á Morelia el día 18: antes de partir 
dirigió al prefecto político la siguiente carta, que indica cómo 
duraba en su alma la impresión favorable que le produjo el 
recibimiento que le hizo Morelia el día de su entrada en 
aquella ciudad. 

"Señor Prefecto; Morelia se ha distinguido en sus mani- 
festaciones de afecto hacia mí, haciéndome una entusiasta y 
cordial acogida que no olvidaré jamás. No puede mi corazón 
ser indiferente á estas pruebas de simpatía, y faltaría á los de- 
beres que impone la gratitud, si no diera por conducto de vd. 
las más expresivas gracias á todos los habitantes de esta her- 
mosa ciudad por su amable conducta. Manifiésteles vd. que 
correspondo á sus simpatías y que me esmeraré en conseguir 
la felicidad de este departamento, que deseo ver pronto tran- 
quilo y disfrutando de la inmensa riqueza con que la natura- 
leza ha dotado su fértil suelo. Pronto espero volver con la 
emperatriz para darle á conocer una ciudad tan leal y de tan 
buen sentido, y entretanto, conservaré el recuerdo de su ama- 
bQidad . — Maximiliano. ^ ' 

Del viaje de Maximiliano áMichoacán, sólo me resta decir 
que en su camino hacia Toluca, los comisionados de la Prefec« 
tura Política de Morelia le ofrecieron un último banquete, al 
pie y á la sombra de aquella colosal y frondosa encina que exis- 
te 6 que al menos existia en la mesa del puerto de Medina, pre- 
cisamente en la raya que divide nuestro Estado del de Méxi- 
co. Era un sitio agreste y pintoresco que marcaba bien la di- 
ferencia en la topografía de ambos territorios. Por allí pasaba 
el camino carretero de Morelia á Toluca,^ y los viajeros tenían 
la preocupación de creer que era tan notable el contraste entre 
loe dos paisajes, que hasta el aire era más suave y más sabroso 

1 Hoy, el ferrocarril sigue un trayecto distinto, y en aquel punto ha gana- 
do en hermosura, pues atraviesa el espléndido cañón de Tultenango. 



226 

del lado de Michoacán. Maximiliano estuvo alli más de una 
hora, manifestando hallarse contento de contemplar aquel 
panorama. 

• Maximiliano siguió después su camino. En Toluca lo es- 
peraba la Emperatriz^ que había hecho á caballo gran parte 
del camino que conduce de México á aquella ciudad. Tanto 
en Toluca, como en México, los dos soberanos fueron recibidos 
fríamente. 






227 



CAPITULO XVIII. 

• (1864) 



Actividad de las tropas republicanas. — Crescencio Morales. — Su muerte. — 
Combates. — Otra vez Zitácuaro. — Un bosque de zirandas. — El rey de los 
gueirilleros. — Los tres combates. — Guanoro. — Francisco Serrato y Dona- 
ciano Ojeda. — Derrota y muerte de Laureano Valdés. — Nicolás Romero, 
tres yeces vencedor en un mismo día. 



Mientras el emperador permanecía en Morelia, las fuerzas 
de Zitácaaro no estaban ociosas. Romero y sus subalternos 
liabian emprendido una expedición rumbo á Toluca: ataca- 
ron á Tenango, en donde hicieron capitular S, la guarnición, 
mandada por un capitán de apellido Trujillo: Ojeda y Teno- 
rio recorrían las inmediaciones del camino de Maravatio á 
México, y Morales avanzaba por Tuxpan hacia el interior del 
Estado. 

Por el Poniente se movían las guerrillas de Garnica y 
Bonda, entre Puruándiro y Morelia; Hégules amagaba de 
nuevo á Zamora, aunque sin tratar de atacarla; Servin de la 
Mora se acercaba á Pátzcuaro, poniendo en alarma á la po- 
blación; Gil Abarca había penetrado hasta Coalcomán y ex- 
pelía de allí al contraguerrillero Francisco Suárez, quien otra 
vez tuvo que reconcentrarse en Pátzcuaro, y en los alrededo- 
res de Morelia se movían, sin que se les pudiese dar alcance, 
los tres hermanos González. 

Salazar, en Uruapan formaba una columna móvil compues- 
ta de unos ochocientos hombres y se preparaba á emprender 
la expedición de que hablaré en el capítulo siguiente. 



1 



228 

Con razón MaximiliaDO, al despedirse de los habitantes de 
la capital del departamento de Michoacán, expresaba sus de- 
seos de verlo pronto tranquilo. 

El general Bazaine no descuidaba al 'protegido de la Fran- 
cia. Temeroso de que en el earñino de Morelia á Tolaca fue- 
se á pasar un mal rato encontrándose con las bandas de Zi- 
tácuaro, movió numerosas tropas por Ixtlahuaca, San Felipe 
del Obraje y otros puntos de aquella linea. £1 5 de Octubre 
llegaba Lamadrid al Mineral del Oro con ochocientos hom- 
bres de las tres armas; el 6 aparecía una columna de france- 
ses en Tlalpujahua; en la Asunción -Malacatepec se situaba 
Laureano Yaldés con mil hombres; á Irimbo había llegado 
el capitán de la Hayrie con una columna ligera, compuesta 
de una compañía de cazadores de África y de loa doscientos 
zuavos montados en muías, los que hacían su primera apari- 
ción en aquel terreno. 

Así pues, al mismo tiempo que se daba plena seguridad á 
Maximiliano, en su regreso á México, Zitácuaro estaba ame- 
nazado por todas partes. 

Según queda dicho, la brigada del primer Distrito del Es- 
tado de México expedicionaba por Toluca, á las órdenes de^ 
Nicolás Romero. Por este motivo, el general Riva Palacio 
se retiró á Tuzantla, acompañado solamente de los oficiales 
de su Estado Mayor. 

La guardia nacional de Zitácuaro, compuesta de doscien- 
tos infantes al mando de Donaciano Ojeda y de Francisco 
Serrato; sesenta caballos á las órdenes de Pedro Ruiz, y una 
partida de cuarenta ginetes á las de Castillo, formaban la 
fuerza expedicionaria de Crescendo Morales, casi material- 
mente cercada por las del enemigo. Antes de narrar el atre- 
vido proyecto que concibió Morales para batir en detall á los 
imperialistas, diré algunas palabras respecto de tan valiente 
jefe. 

Conocí á Morales el año de 1852 en el colegio de San Nico- 
lás de Hidalgo de Morelia: comenzaba yo mi carrera literaria y 
él concluía la suya. Aunque parecía de un carácter adusto, era 
en el fondo franco, benévolo y alegre. Desde joven, tenía la 
cabeza llena de canas, por lo que le decíamos ^Hío Morales.'' 



rt 



229 

Era de mucho talento y de nn patriotismo ardiente. Después 
del triunfo de la revolución de Ayutla fué á radicarse en Zi- 
tácuaro, compró la pequeña hacienda de la Palma que culti- 
vaba personalmente, y más tarde se casó alli con una hija del 
Lie Luis Couto. Después supe que se había agriado su ca- 
rácter, que tenia momentos de verdadera misantropía y que 
era Bumaméhte parco en sus palabras; su única distracción 
consistía en tocar aires populares en Iñ, jaranita^ instrumento 
que pulsaba con mucha habilidad. Tal era el ño Morales. 

Morales vio que tenia expedita la salida por Jungapeo y 
que en caso de necesidad podría retirarse al famoso cerro de 
Góporo. Esto supuesto, dio orden á Ojeda y á Serrato de que 
se emboscaran en determinado punto cerca de Tuxpan, y él 
con treinta hombres de caballería, al mando de Pedro Ruiz, 
los cuarenta ginetes de Castillo y veinticinco infantes á las 
órdenes del teniente Archundia, salió de aquel pueblo á 
las cuatro de la tarde del día 12 en dirección á Irimbo, á don- 
de llegaron á las nueve de la noche, formándose en el puen- 
te á orillas del lugar, en espera de que saliese el enemigo á 
atacarlos, y entonces simular ellos una fuga y atraer á los fran- 
ceses al sitio señalado para el combate; pero sea que los sol- 
dados .del capitán de la Hayrie no sintieran aquel movimien- 
to, sea que anduviesen cautos, lo cierto es que no se movie- 
ron; viendo lo cual Morales, dio orden á la fuerza de que lo 
esperase en aquel punto, y él, acompañado de dos asistentes, 
penetró después de media noche á la población, y se echó so- 
bre el cuartel de los franceses matando al centinela. Creye- 
ron por de pronto los invasores que los atacaba una chusma 
numerosa y cerraron la puerta de su alojamiento; mas repo- 
niéndose del susto, abrieron para dar paso á un pelotón de 
cazadores de África que se lanzó sobre Morales. Él y sus 
asistentes se batieron denodadamente é iban retirándose, 
cuando al pasar por otro cuartel, donde había una partida de 
traidores, éstos hicieron fuego sobre los tres patriotas, cayen- 
do exánime Morales, acribillado el cuerpo á balazos. 

La fuerza de Morales estuvo esperando á su jefe por espa- 
cio de media hora, y viendo que no aparecía ni se movía el 
enemigo. Castillo y Ruiz trataron de internarse á la pobla- 



230 

ción en busca de aquél; mas los hizo desistir Archundia, ofre- 
ciéndose á ir personalmente á averiguar lo acaecido. Asi lo 
verificó, y una hora después volvió acompañado de los asis- 
tentes y con la infausta nueva del sacrificio de Morales. 

La fuerza de Zitácuaro se retiró sin que en el trayecto has- 
ta Tuxpan se entablara conversación alguna ni entre los ofi- 
ciales ni entre los soldados. ¡Tan profunde era el pesar que 
los agobiaba! 

Al día siguiente un explorador que se había quedado en 
Irimbo se incorporó á la fuerza y refirió que Morales tenia 
un balazo sobre el ojo derecho, otro en el pecho y otro en el 
estómago; que su cadáver permaneció todo el día abandona- 
do á media calle; que los franceses* tuvieron cinco muertos 
y tres heridos, y que estuvieron toda la noche en grande 
alarma. 

¿Será necesario decir el inmenso duelo que reinó en Zitá- 
cuaro al saberse la muerte de Morales? En todo Michoacán 
causó honda pena el fatal suceso y se consideró como una de 
las mayores pérdidas que sufriera el Estado. 

Las diversas columnas del enemigo se dirigieron á Zitá- 
cuaro á donde llegaron el día 16, y al siguiente salieron á es- 
coltar, á cierta distancia, el camino de México por el cual 
iba á pasar Maximiliano en su regreso á la Capital. 

De ese gran movimiento de tropas que se operó en el Es- 
tado en aquellos días, resultaron naturalmente algunos he- 
chos de armas que no pasaron de meras escaramuzas. Tales 
fueron el en que Acevedo derrotó á Izasi en San Mateo el 
día 18; un encuentro entre el coronel Morel y Nicolás Rome- 
ro, en el Mineral del Oro en el mismo día; la derrota que el 
Ranchero hizo sufrir en Tuxpan á Izazaga y otros vecinos de 
Zitácuaro; la del coronel Yarza en Taretan, el día 29, sor- 
prendido por la contraguerrilla de Suárez, y la de Ayala por 
el imperialista Tapia, el 31, á inmediaciones de Aguililla. 

Por donde quiera tronaba el caBón. Michoacán era un re- 
guero de pólvora, y el humo de los combates obscurecía el 
cielo de su dilatado territorio. 

El Sur de Jalisco iba á convertirse también en teatro de 
una activa campaña. Numerosas columnas de franceses mar- 



231 



chabao dentro de aquel Estado, y la divieióa Márquez aban- 
donaba á Morelia para dirigirse al mismo rumbo. 

Pero antes de que estallase allí la guerra con el núcleo del 
Ejército del Centro, todavía sucedieron en Michoacán algu- 
nos episodios interesantes. 



Las siguientes lineas están tomadas de un camety lleno de 
notas escritas en aquella época; copio integramente el pasaje 
que sigue: 

"Eran los últimos días de Octubre. El general Riva Pala- 
cio, que había permanecido en Tuzantla, esperando que pa- 
sara la penosa impresión que en todos produjo la muerte de 
Morales, se dirigió á Zitácuaro para organizar nuevas expe- 
diciones. 

"El día 28 salimos de Tiripitío, rumbo á Laureles. No 
hay que confundir á Tiripitío, pueblo del Distrito de Morelia, 
con la hacienda del mismo nombre, sita en la Municipalidad 
de Tuzantla. Esta ñuca posee una inmensa extensión de te- 
rreno, con muchos ranchos que disfrutan, por su diversa si- 
tuación, los más variados climas: en los de tierra caliente hay 
grandes desiertos áridos, así como oasis de eterna y exube- 
rante verdura. En la parte geológica del terreno, las capas, 
visibles en las quebradas, son de una estructura tan novedo- 
sa qne encantan al viajero. Posee algunos minerales, y aca- 
so de algunos de ellos se haya extraído el oro, dando esta cir- 
cunstancia nombre á aquella comarca, pues Tiripitío significa 
en el idioma tarasco, lugar de oro. Perteneció la finca á los 
jesuítas, lo que no es extraño, pues es bien sabido que los pa- 
dres de la Compañía escogieron lo mejor de las encomiendas, 
y eran hasta lujosos en fundar y explotar sus bienes terrena- 
les. Aún se ven en Tiripitío ruinas de soberbios edificios que 
ni el tiempo ni la poderosa vegetación han hecho desapare- 
cer. 

"Entre esta hacienda y la de Laureles hay un bosque tu- 
pido de zirandas, de esos árboles corpulentos que son los gi- 
gantes en las florestas de la tierra caliente. La hojarasca cu- 
bre el suelo y borra los senderos; de tal suerte que, para se- 



1 



282 

gnir una dirección, loe conocedores del terreno hacen bu mar- 
cha guiados nada más por la fisonomía de los árboles, hasta 
salir de aquella selva obscura é imponente, al par que perfu- 
mada y hermosa. 

*^ Caminábamos de prisa, porque la noche estaba próxima: 
apenas algunos de los últimos rajos del sol lograban filtrarse 
por entre los intersticios de las ramas, medio iluminando 
aquel recinto, tan misteriosamente, como la luz de una lám- 
para solitaria la nave de una iglesia. 

"Todos guardábamos silencio, como si quisiéramos con- 
templar con atención religiosa aquel espectáculo de la natu- 
raleza. Repentinamente se oyó una voz varonil, pero dulce 
y melancólica, que entonaba un canto popular de aquellos 
días: 

<*Una mujer anguBtiada 
Llora por su prisionero: 
I Que le Tuelvan á su hachero 
£1 de blusa colorada!'' 

— Es Nicolás Romero, dijo Riva Palacio, lo he oído cantar 
algunas, aunque pocas veces, cuando él se cree solo en me- 
dio del desierto. 

En efecto, era el león de la montaña, que venia ginete en 
una yegua retinta que había quitado á los franceses. No ha- 
bía observado nuestra aproximación, porque la mullida capa 
de hojas de las zirandas "apagaba el ruido de pisadas de loa 
caballos. Cuando nos vio, cesó de cantar y, sombrero en ma- 
no, se acercó á saludar al general. 

— ^No tiene usted más novedad, le dijo, sino que mis explo- 
radores me avisan que pronto estará otra vez el enemigo so- 
bre nosotros. 

— ^¿Por dónde viene? 

— ^Por todas partes. Del Valle saldrá una columna de fran- 
ceses, doscientos hombres, cazadores de África y los zuavos 
montados en muías; pqr Laureles aparecerá Laureano Yal- 
dés con novecientos hombres; de Angangueo vendrá Lama- 
drid con ochocientos, y de Maravatío cuatrocientos déla an- 
tigua fuerza de Oronoz. 

— ^Es una batida general. ¿Cuándo los tendremos por aqni? 



i 



288 

«— Aotes de tres días. 

— ^BaenOy habrá tiempo de descansar uno ó dos en Zitá- 
cuaro. 

^'Entretanto que ambos interlocutores hablaban, yo no me 
cansaba de mirar á Romero, á aquel hombre extraordinario 
que llenaba la República con su fama de guerrillero. Me ad- 
miraba ver que bajo aquella apariencia humilde se ocultase 
un corazón tan grande y generoso. Si no hubiera sabido sus 
proezas, jamás habría creído que fuera capaz de ellas aquel 
cuerpo endeble, aquel conjunto de facciones vulgares. Y sin 
embargo, cuantos lo habían visto á la hora del combate, de- 
cían que entonces su mirada era brillante, fascinadora y mag- 
nética! 

^'Llegamos á Zitácuaro en la mañana del siguiente día. El 
29, el 30 y el 31 se pasaron en construir parque, en limpiar 
las armas, en preparar con el descanso y la buena alimenta- 
ción la caballada. Nadie ignoraba la combinación del enemi- 
go ni las numerosas fuerzas con que contaba. Reinaban el 
entusiasmo y la impaciencia. 

"Al amanecer del día 19 de Koviembre había gran movi- 
miento en la plaza. Acevedo con sesenta jinetes salía por el 
camino de Tierra Quemada, D. Esteban León por el de Tux- 
pan con ciento cincuenta caballos, y hacia el rumbo de Lau- 
reles Riva Palacio con las fuerzas de caballería de Romero y 
Limón, fuertes en trescientos hombres y con doscientos in- 
fantes al mando de Donaciano Ojeda y de Francisco Serrato. 
Oastillo se dirigió al rumbo de los Ahorcados; Robredo y 
Bemal con sus dos pequeños batallones y con el piquete de 
caballería de Solano permanecieron en la hacienda del Bos- 
que. 

"El plan de Riva Palacio era el de detener la marcha de 
las columnas que venían de Angangueo, Maravatío y el Va- 
lle y avanzar al encuentro de Laureano Valdés con el mayor 
número posible de tropas y derrotarlo en el terreno escogido 
de antemano. 

"En efecto, mientras que llegaba la hora de emprender el 
combate, Acevedo se había encontrado con Lamadrid en Ba- 
rranca Honda. El jefe republicano mandó echar pie á tierra 



234 

á SUS soldados, y colocándolos eu tiradores por parejas, des- 
pués de haber hecHo derribar muchos árboles para estorbar 
el camino, estuvo tiroteando á los traidores desde las nueve 
de la mañana hasta las doce del día, hora en que retrocedió 
Lamadrid para ir á buscar más lejos otro camino que le per- 
mitiese llegar á Zitácuaro. 

"Castillo y los sujos avanzaron hasta los Ahorcados, re- 
gresando luego paso á paso, á vista de los franceses que tam- 
poco pudieron llegar á Zitácuaro á la hora convenida. 

"En cuanto á D. Esteban León, con sus ciento cincuenta 
jinetes se situó en el Hoyo de la Arena y se batió tan biza- 
rramente aquel anciano patriota, que impidió la marcha de 
las fuerzas de Maravatio, hasta las últimas horas de la tarde 
en que se les unió la de Lamadrid. 

"Veamos ahora lo que pasaba al Sur de Zitácuaro. Riva 
Palacio se había posesionado de Guauoro, una cuesta de sua- 
ve declive, por donde atraviesa un camino semejante á una 
calzada, acotado por uno y otro lado de peñascos y en medio 
de dos barrancas profundas. 

"Tras de una cerca de piedra se colocó la infantería dfe Zi- 
tácuaro, perfectamente oculta; un poco á retaguardia estaba 
emboscada la guerrilla de Limón; Bernal, Robredo y Solano, 
como reserva, se hallaban en la hacienda del Bosque prontos 
á ocurrir á donde y á la hora que fuera necesario; en el lado 
opuesto de la barranca, á la derecha,^ estaba un guerrillero, 
José María Barrera, conocido por el apodo de M AmüpeñOj 
quien capitaneaba cincuenta indios del inmediato pueblo de 
Enandio, y por último, el general y Romero se situaron os- 
tensiblemente en la mesa del Encinal, como si fuesen la sola 
fuerza con quien tenía que habérselas Valdcs. 

"Ya entraba este jefe con sus novecientos infantes en me- 
dio de aquel campo cubierto de emboscadas, cuando desgra- 
ciadamente se le cayó el fusil á uno de los guardias naciona- 
les de Zitácuaro y se disparó el tiro, acusando la presencia de 
la tropa situada tras de la cerca y haciendo ya ineficaz la em- 
boscada. Entonces Riva Palacio ocurrió á todo escape á aquel 
lugar y dictó órdenes para cambiar el plan, y la primera fué 
la de retirar la infantería que hubiera sido destrozada; empe- 



235 

TO ya estaba empeñado el combate, en el que los guardias na- 
cionales hacían prodigios de valor; el enemigo sufría grandes 
pérdidas, no sólo causadas por las fuerzas que tenia al frente, 
sino por los indios de Enandio, cuyos tiros eran certeros. Ha- 
bía momentos en que nuestros hombres se cogían á la lucha 
personal con los contrarios, y las parejas, asidas como con 
anillos de hierro, rodaban al abismo en una ú otra barranca. 
Entre los que pelearon, de hombre á hombre, se hallaban 
Laureano Valdés y Francisco Serrato. Aquél descargaba á 
boca de jarro su revólver y éste disparó dos veces su rifle 
contra su adversario, causándole una lesión ligera; pero no 
teniendo ya parque, le lanzó una pedrada que lo hirió mortal- 
mente: entonces, los ayudantes de Valdés se lanzaron sobre 
Serrato, vomitaron sobre él un torrente de fuego, y el deno- 
dado patriota quedó muerto en el acto. 

'^Más de una hora hacía que duraba esta sangrienta lucha. 
Entretanto, cumpliendo las nuevas órdenes de Riva Palacio, 
Kobredo y sus compañeros se dirigían á toda prisa por el la- 
do derecho de la barranca de Enandio y tomaban posiciones 
en el cerro de la Coyota, inmediato á aquel pueblo. Para allá 
marcharon también Romero y Riva Palacio con los restos de 
la infantería de Zitácuaro y formtiron una nueva línea de ba- 
talla, provocando al enemigo. Pero éste no aceptó el reto, si- 
no que con toda precipitación y llevando en una camilla á su 
jefe Valdés, tomó el camino de Zitácuaro, á donde llegó á las 
últimas horas de la tarde. 

"No sólo tuvimos que lamentar nosotros la muerte de Se- 
rrato, sino que también quedaron en el campo de batalla los 
cadáveres del coronel Donaciano Ojeda, y los de los oficiales 
Archundia y Mora. Él teniente Ignacio Linares salió herido 
de alguna gravedad. Perdimos más de treinta infantes, si 
bien las bajas del enemigo excedieron de doscientos entre 
muertos, heridos y dispersos. 

"Las cuatro columnas combinadas contra Zitácuaro, ocu- 
paron la ciudad en aqu^ijl mismo día, siendo los franceses los 
últimos en llegar y los únicos que no se habían batido. En 
la noche, nuestras tropas estaban posesionadas de las alturas 
que rodean la población. Riva Palacio, Romero, León, Ro- 

MichoacáD.~17 



286 

bredo, Bernal y sus subalternos ocupaban á Camémbaro, y 
Acevedo el cerrito de Guadalupe. Desde alli estuvieron tiro- 
teando al enemigo hasta que amaneció. A esa hora parte de 
los imperialistas evacuaron la plaza, tomando el camino de Ba- 
rranca Honda, siendo perseguidos por Acevedo hasta más 
allá de Tierra Quemada. Después Lamadrid con su tropa y 
la de M aravatio buscó el camino de Angangueo, y los fran- 
ceses y la fuerza de Yaldés, llevando á éste en una camilla, 
siguieron por el Salitre de Urendes y llegaron dos días más 
tarde á Toluca. 

^'En el hospital de San Juan de Dios de dicha ciudad y en 
una pieza de distinción falleció, á consecuencia de sus heridas, 
el general Laureano Yaldés, el más constante y más tenaz 
enemigo de Zitácuaro. 

"Por mucho tiempo duró vivo entre nosotros el recuerdo 
de aquel día, 1? de'^N'oviembre de 1864, en el que en un ra- 
dio de seis leguas se libraron á una misma hora tres comba- 
tes por las fuerzas de Zitácuaro y las del primer Distrito del 
Estado de México, contra un enemigo cuatro veces superior 
en número. En aquella jornada, aunque repartidos en tres 
lugares distintos, estuvieron todos los jefes y todos los solda- 
dos defensores de Zitácuaro. Si la victoria no los favoreció 
por completo, probaron una vez más su valor y de nuevo se 
cubrieron de gloria!'' 

De estos sucesos no dijo el Diario Oficial del Imperio, sino 
que Lamadrid había batido á Don Esteban León: por su par- 
te los historiadores franceses sólo refieren que "en aquellos 
días el capitán de la Hayrie continuaba recorriendo aquel 
país con las tropas mexicanas de los coroneles Lamadrid y 
Valdés, y que el 19 de Noviembre tuvieron un encuentro los 
contingentes aliados y la banda de Romero, siendo herido 
mortalmente Valdés, en cuya fidelidad podía confiarse." 



Voy á referir otra de las más brillantes acciones de Rome- 
ro, y que fué una de las últimas llamaradas de aquel sol que 
iba á apagarse. 

El capitán de la Hayrie era infatigable con sus zuavos mon- 
tados en muías y con sus cien cazadores de África, pero al 



2S7 

mismo tiempo no le gustaba expedlcionar solo: asi es que de 
nuevo citó á Lamadrid) al Ranchero, á Gómez y á Zerecero, 
qae formaban con los franceses un total de mil ochocientos 
hombres. Reunidos en Zitácuaro el día 15 tuvieron noticia 
de que Romero se hallaba en la Florida, y allá se dirigieron 
forzando la marcha. Romero, que estaba emboscado, los dejó 
pasar, logrando apoderarse de un oficial que se había queda- 
do á retaguardia. Con este individuo les mandó unas cuan- 
tas lineas escritas en un papel y que decían: No me busquen 
tan lejoSy los espero en el camino de Zitácuaro. Imagínense los 
lectores con qué furor y despecho recibirían la noticia los im- 
periales. Era ya tarde y tuvieron que pasar la noche en la 
Florida. Al amanecer del día 16 emprendieron su marcha 
retrógrada á Zitácuaro, y á las siete de la mañana la van- 
guardia descubrió á Romero situado en el cerro de la Ooyo- 
ta, arriba de la hacienda de Jesús del Rio. Los chinacos eran 
los cien carabineros de Nicolás Romero y ciento cincuenta 
infantes de la guardia nacional de Zitácuaro, al mando de 
Félix Bernal.. Mencionar estos nombres es tanto como decir 
que aquellos doscientos cincuenta hombres eran una legión 
de valientes. Como rayo cayeron sobre el enemigo que no 
habla tenido tiempo de formar en batalla y cuya retaguardia 
venía aún lejos. Media hora duró el combate; el enemigo 
faé rechazado, y entonces comprendieron los zuavos la utili- 
dad de las muías, pues se les vio desaparecer á toda prisa por 
entre aquellos vericuetos. Romero se retiró paso á paso, y, 
viendo que no se le perseguía, mandó dar un pienso á sus ca- 
ballos en un potrero de Jesús del Río. Repentinamente ca- 
yeron sobre él los traidores de Lamadrid, á eso de medio 
día. 

Los caballos de Romero estaban ensillados, y según la eos- 
tambre de los guerrilleros, mientras que los animales comían, 
los jinetes se terciaban en el pecho las riendas para estar más 
listos. Todo, pues, fué cuestión de embridar, y una vez mon- 
tados, se fueron replegando hasta la hacienda de San Antonio 
del Llano; luego apresuró el paso nuestro guerrillero, ade- 
lantándose con sus jinetes y dejando como cansada la infan- 
tería, la que en el momento oportuno, se desplegó en tirado- 



i 



res, oblicuando á un lado del camino, al mismo tiempo que 
Roniuro daba media vuelta y se arrojaba aobre la eabaílería 
eneiuiga: la hizo retroceder y la habría aniquilado, ei no ee 
hiihlcse replegado hasta donde estaban los cazadores de Áfri- 
ca y la infantería de loe imperialistas. 

Komero marchó entonces á Zitácuaro con loa prisioneros 
que )iabia hecho. Los vecinos lo recibieron con una ovación 
máe ctituaiaeta qne nunca. Duraban aún las calurosas felici* 
tacioiics, cuando á todo escape llegaron los exploradores, avi- 
sando que el enemigo aparecía de nuevo y se aproximaba & 
paso veloz por el camino de la Encarnación. Sin perder un 
moiuento salieron los infantes de Bernal y loa carabineros de 
Homero, encontrándose & poco con los imperiales en el pan- 
to Ihimado la Garita, inmediato al pueblo de San Francisco, 
lucoucebible fué la lucha que entonces se trabó; el arrojo j 
Víilnr de nuestros guerrilleroa, el despecho, el deseo de ven- 
gauz:i, la confianza en la disciplina de los franceses y trai- 
doro!^. Pero la victoria acompafiaba, con más constancia en 
Qe<i lila, al león de la montaña. El enemigo se pronunció en 
comjileta derrota; la dispersión fué general, el campo quedó 
regado de cadáveres, y un cuantioso botín complementó el 
triiiutb de Romero. Eran laa cinco de la tarde. 

Vil en la noche, mientras los vecinos de Zitácuaro solem- 
nizaban aquel memorable día en que tres veces nuestro gue- 
rrillero hizo morder el polvo á un adversario tan superior en 
número, los chinacos, profundamente dormidos, descansaban 
de sus fatigas, ain pensar que la gloria derramaba sobre ellos 
efluvios de su luz inmortal. 



289 



CAPITULO XIX. 



(1864) 



£1 Ejército del CeDtro. — Sucesos de Jalisco. — £1 desastre de Jiquilpan. — Ar- 
teaga se retira al interior de Micboac&n.-— Acción de Tingúindfn. — Au- 
xilio de Pueblita. — Retirada vergonzosa de los franceses al mando de De 
Potier. — Artea^a en Uruapan. — expedición de Salazar. — En plena cam- 
paña de guerrillas. — La presencia ael Lie. Blas José Gutiérrez Flores 
Alatorre en el ejército liberal. — El cura Juárez de Carácuaro. — Cartas 
llenas de falsedades. — Actitud del imperio. — Las Cortes marciales en Mi- 
cboac&n. 



N(f he seguido paso á paso la narración relativa al núcleo 
del Ejército del Centro, acantonado en el Sur de Jalisco, por- 
que en mi propósito sólo cabe tomar de la historia general 
del país lo que tiene exacta conexión con la de Michoacán. 
Esto sucede ahora con los acontecimientos que se verificaron 
en aquel Estado en el mes de Noviembre, y que vifteron á 
tener un fatal desenlace en Jiquilpan. Para ello me servirá 
el siguiente resumen que tomo de "México á través de los 
siglos," capítulo XVI, lib. 11, tomo V. Dice así: 

"Durante aquel tiempo habían ocurrido en Jalisco graves 
sucesos de que pasamos á hacer un buen relato. Después de 
la defección de Uraga, el general Arteaga había logrado man- 
tenerse en el Sur del Estado, sin que en la estación de las 
lluvias hubiese más acción notable que un encuentro en el 
Chiflón (9 de Agosto) donde el coronel Clinchant derrotó 
una fuerza republicana. El 15 de Octubre, el general Douay 
salió de Guadalajara marchando directamente al Sur, mien- 
tras que algunos cuerpos de imperialistas se movían á su de- 
recha para explorar el país hasta el mar, y que Márquez, cu- 



240 

briendo su izquierda, se dirigía de Zamora por el camino de 
los Reyes con mil quinientos infantes, trescientos caballos y 
algunas piezas de artillería. Esta columna se incorporó con 
Douay en Zapoltitic el 26, y dejando una fuerza al frente de 
las barrancas, en observación de los republicanos, parapeta- 
dos en el lado opuesto; el general en jefe hizo un gran rodeo 
á la izquierda, y sfguió un camino de montaña que le permi- 
tía, según las circunstancias, voltear la posición ó marchar 
directamente á Colima. Luego que los liberales supieron es- 
te movimiento, se retiraron precipitadamente arrojando en 
las barrancas sus piezas de grueso calibre, y salieron por el 
paso del Jabalí que rodea el volcán al Sudoeste: asi fué que 
el 5 de Koviembre llegó Douay sin obstáculo á Colima, en 
donde había entrado Márquez tres días antes. El general 
francés dejó á sus aliados en aquellít ciudad y retrocedió pa- 
ra emprender la persecución del enemigo que había tomado 
el camino de Autlán, concentrándose en seguida en Tecolo- 
tlán, y el 15 se supo con sorpresa en Quadalajara que había 
cortado la línea avanzada entre Cocula y Ameca y que se di- 
rigía á marchas forzadas hacia el Este. Ya varias veces So- 
jas y Gutiérrez habían atacado á los destacamentos franco- 
mexicanos de aquel rumbo, y Rivas, jefe de Lozada, apenas 
pudo escapar el 7 en Ameca, merced al auxilio oportuno que 
le prestó el capitán Berthelin. Luego que el general líeigre, 
á quien^abía dejado Douay en Guadalajara, tuvo noticiada 
aquel movimiento, mandó que las fuerzas diseminadas se re- 
plegasen eu Santa Ana Acatlán, y envió á apoyarlas una Co- 
lumna á las órdenes del coronel Lepage, el cual siguió á los 
republicanos que se dirigían por el lado Sur del lago de Cha- 
pala y que en su camino habían sorprendido y hecho prisio- 
nero, la noche del 16 al 17, un destacamento de ochenta fran- 
ceses. Entretanto el mariscal había hecho mover rápidamente 
una fuerza de León sobre Jalpa, con el fin de cubrir la salida 
del Norte, y Douay dirigía tres destacamentos por tres ca- 
minos paralelos: el teniente coronel Cottat, que partió de Za- 
potlán; el coronel De Potier, que salió de Zacoalco, sobre 
Teocuitatlán, y el coronel Clinchant, que siguió una dirección 
intermedia entre De Potier y Lepage." 



I * 



241 

Hasta aquí ^^México á través de los siglos/^ Seguiré ahora 
otras fuentes que detallan los sucesos posteriores y rectifican 
nno de los comprendidos en el relato anterior. 

Al pasar el ejército cerca de Jonotepec, tuvo noticia el ge- 
neral Arteaga de que en aquel pueblo habla una fuerza de 
doscientos hombres de caballería de los traidores, á las órde^ 
nes de Hito Sabalsa, más de cien franceses del 81 de • linea 
que mandaba el teniente Barbieri^y una media batería de ar- 
tillería. Arteaga dispuso en el acto batir aquella fuerza. En 
efecto, Órnelas y Bioseco cayeron de sorpresa sobre el desta- 
camento favorecidos por la obscuridad de la noche, y la tropa 
enemiga fué completamente derrotada, perdiendo más de se- 
senta hombres que fueron muertos en el terrible alcance que 
les dio el coronel Ignacio Zepeda, más los ochenta prisione- 
ros de que ya se hizo mención, las piezas de montaña y gran 
cantidad de armamento. 

Hacía tiempo que el general Arteaga era victima de ata- 
ques epileptiformes que se presentaban cuando se recrude- 
cían los males que sufría á consecuencia de las heridas que 
había recibido en la acción de las cumbres de Acultzingo. Al 
finalizar la marcha descrita, el general tuvo uno de esos ata- 
ques y fué preciso llevarlo en camilla, logrando sus amigos 
que se'adelantara, como lo verificó, entrando á Jiquilpan á las 
once del día 21, escoltado por el general Cuervo y el regi- 
miento Lanceros de Jalisco. 

Algunas horas después llegó el Ejército, quedando el Cuar- 
tel General en la plaza, y por orden del segundo en jefe, ge- 
neral Miguel María Echegaray, se hizo el campamento de la 
manera siguiente: la División compuesta de fuerzas de Jalis- 
co y San Luis Potosí que mandaba este jefe, se situó en el 
camino que conduce á Mazamitla, al pie de un cerro; las bri- 
gadas de caballería marcharon hasta Guaracha, distante más 
de dos leguas de Jiquilpan, y la cuarta División al mando del 
general Herrera y Cairo se alojó la mayor parte en la pobla- 
ción y el resto en una loma inmediata que se llama la "Tras- 
quila." 

El total del Ejército era de cuatro mil plazas, poco más ó 
menos, y de ellos la cuarta División se componía de dos mil 



hombres, inclusa la brigada de caballería que, como he di- 
cho, marchó á forrajear á Guaracha. 

Toda la noche estuvo llovieodo, y en conaecuencia reinaba 
una profunda obscuridad. 

Entretanto Clinchant forzaba au marcha. Tenia á aus ór- 
denes BeiacíentOB zuavos, doacientoa Jinetea del 18 de cazado- 
rea, más de cuatrocientoa contraguerrilleros mexicanos capí- 
tuneados por Remigio Tovar y Rito Sabalsa, y una sección 
de artillería de montaña. 

£n esta aituación se pasó la noche, y á las cuatro de la ma- 
ñana del dia 22, el teniente Arcadio Rniz Zepeda, que eataba 
de avanzada, oyÓ el ruido de una tropa qne atravesaba una 
milpa inmediata, lo que puso en el acto en conocimiento del 
Mayor General Pedro Rioseco, quien inmediatamente corrió 
al campo de la Trasquila para detener el paao al enemigo. La 
fuerza de Ürnelas que allí estaba, no obstante la bizarra re- 
sistencia de este jete que ae batió hasta caer muerto, se des- 
bandó, y entonces el enemigo penetró á la plaza de Jiquilpao 
Y sorprendió al -grueao de laa fuerzas que cataban acuartela- 
rlae, y que apenas diapararon unoa cuantos tiroa, huyendo en 
seguida hacia el Sur, fuera de la población. 

Una circunatancia determinó el triunfo de loa imperiales. 
Se recordará que el ejército traia los ochenta priaioneroa fran- 
ceses, cogidos en Jonotepec; muchos de ellos eran artilleros 
y cataban en el campamento de la Trasquila. Puea bien, al 
oír el toque de ataque de los zuavos, aquéllos se apoderaron 
precipitadamente de los cañones de los republicanos y co- 
menzaron á batir á éstos, introduciendo en ana filas el más 
espantoso desorden. Además, en tan angustiados momentos, 
llegó el teniente coronel Lepage con una columna de qni- 
nientos hombres, que todavía alcanzaron á participar de la 
pelea. 

En el combate murieron también el general Pedro Rioae- 
co, varios oficiales y gran número de soldados. Los franceses 
y traidores tuvieron igualmente mucbaa pérdidas. Clinchant 
recibió uno herida en una pierna, y al principio del combate 
le mataron el caballo que montaba. 

La derrota de Jiquilpan, de que tanto alarde hacen los mi- 



243 

penalistas y sobre todo los escritores franceses, se redujo á la 
sorpresa dada á la cuarta División; las caballerías estuvieron 
fuera de los sucesos, y la División de Echeagaray, que bien pu- 
do haber auxiliado á los de Jiquilpan, recogió dispersos y se 
retiró hasta llegar al lejano pueblo de Coalcomán. AUi, en 
un cerro, estableció su campamento, y por muchos días los 
soldados, sin necesidad alguna, estuvieron á la intemperie, 
sin haberes y con escaso rancho. Entontes crecieron las des- 
confianzas que se tenían de aquel jefe, se aumentó el disgus* 
to de la tropa, la que, viendo que Echeagaray reasumía el man- 
do del Ejército, comenzó á desertarse, acaso favorecida secre- 
tamente. 

En cuant» al general Arteaga, sus ayudantes lograron lle- 
varlo de nuevo en unarcamilla, aprovechándose de que los jefes 
Gh>rgonio Sustamante, Miguel Salcedo y Miguel Topete ha- 
bían organizado una pequeña columna compuesta de Lanceros 
de Jalisco y de otros piquetes de caballería, de restos de los 
batallones y de la artillería y se retiraban paso á paso, batién- 
dose en buen orden, con el enemigo que los perseguía. Acom- 
pañado de aquellas valientes tropas, el general Arteaga se 
reunió en aquel día con el general Florentino Cuervo que 
con seiscientos caballos lo esperaba en San Antonio Guara- 
cha. 

En el mismo día, al llegar al rancho de San Juanico, se tu- 
vo noticia de que los franceses y traidores se aproximaban á 
gran prisa. Arteaga mandó hacer alto y disponer la línea de 
batalla, cuando un nuevo ataque de epilepsia volvió & privar- 
lo del conocimiento, siendo necesario que sus ayudantes lo 
pusiesen otra vez en camilla y con toda rapidez tomaran el 
camino de Tingüindín, escoltados por un grupo de oficiales 
escogidos, entre los que habían perdido su tropa en la sor- 
presa de la mañana. La camilla estuvo á punto de ser captu- 
rada á la salida de Tingüindín por cuarenta jinetes franceses 
que, sin tocar la población, avanzaban á cortar la retirada. 
Mas la pequeña escolta de oficiales, compuesta del coman- 
dante Guzmán, de los capitanes Felipe Montenegro, Miguel 
Cidler, Jesús Órnelas y Miguel Sánchez Román y los tenien- 
tes Eduardo Mendizábal, Francisco Ramírez y Arcadio Ruiz 



244 

Zepeda, sin vacilar, bíd contar el número de los enemigos, se 
lanzaron sobre éstos, mezclándose entre ellos y peleando con 
verdadera furia. Les hicieron seis muertos y el resto huyó á 
incorporarse con la columna. De nuestros valientes, murió 
Sánchez Román. 

Apenas acababan de pasar de este peligro, cuando otro 
mayor se presentó. El grueso de la tropa republicana venia 
en completo desorden y á carrera abierta perseguida por el 
enemigo. Los que han visto á una caballería sobrecogida de 
pánico, huyendo á todo escape, saben que es casi imposible 
contenerla. Quzmán y sus oficiales acometieron sin embargo 
la empresa. Lograron que los jinetes más avanzados hicieran 
alto, los reorganizaron, y con ellos contuvieron á los que ve- 
nían en seguida, entretanto que la camilla proseguía su ca- 
mino escoltada por el comandante Manuel García de León y 
ocho soldados de infantería. 

La derrota de las caballerías y la de los restos de la infanr- 
tería habría sido inevitable, si en aquellos momentos no se 
hubiese presentado un auxilio que nadie esperaba. Era el ge- 
neral Pueblita con quinientos hombres, infantería y caballe- 
ría, procedente de Cotija. Tomó posiciones en la hacienda 
de Tocumbo, impidiendo el paso de la columna enemiga. La 
noticia de la llegada de Pueblita circuló de un extremo á otro 
de la línea de fugitivos. Por si solos se reorganizaron éstos 
y, cubierta su retaguardia por la fuerza que acababa de lle- 
gar de refresco, continuaron su marcha, recobrada ya la mo- 
ral. Los franceses y traidores, en vista de este auxilio, regre- 
saron á Jiquilpan. Eran éstos los que formaban la columna 
de De Potier con el 81 de linea, fuerte en ochocientas pla- 
zas, una caballería de quinientos jinetes mexicanos y un es- 
cuadrón del 12 de cazadores. Desde ese día el despecho y el 
odio germinaron en el corazón de De Potier contra los repu- 
blicanos que peleaban en Michoacán, pues tuvo que levantar 
ciento ochenta cadáveres de los suyos en su vuelta de Tocum- 
bo á Jiquilpan. Ya lo veremos ejerciendo más taróle actos de 
salvaje barbatie y de infame venganza. 

El general Arteaga llegó á los Reyes y el día 23 citó en su 
alojamiento (casa de D. Jesús Valladares) una junta de ho- 



245 

ñor. En ella manifestó á los jefes que supuesto el desastre 
que acababa de sufrir el Ejército, desde aquel día variaba el 
plan de campaña, adoptándose el sistema de guerrillas y de 
pequeñas columnas móviles que obrarían sin descanso, en 
medio de toda clase dé penalidades, principalmente de la fal- 
ta de recursos; que no quería forzar la voluntad de ninguno 
de loe generales presentes en adoptar por pura sumisión á la 
disciplina, este cambio de operaciones, y que en consecuen- 
cia los dejaba libres para obrar como quisiesen. Unánime- 
mente contestaron los jefes de la junta que seguirían la suer- 
te del general Arteaga y que estaban dispuestos á hacer la 
guerra de montaña en Michoacán. El general Arteaga fué 
abrazando á cada uno de sus fieles cam aradas y se concertó 
la marcha á TJruapan para el dia siguiente. 

El dia 14, el general Salazar había salido de aquella eiudad 
á expedicionar por el Sur del Estado en persecución de las 
contraguerrillas de Magdaleno del Río, José María Orozco y 
Camilo Pureco que amagaban constantemente las. poblacio- 
nes de Ario y Tacámbaro; el general Régtiles recorría el in- 
terior; las fuerzas de Arias, Garnica y Ronda eran dueñas de 
la zona de Zacapu, Coeneo y Quiroga, y el teniente coronel 
Gil Abarca buscaba en la tierra caliente de Apatzingán las 
guerrillas de Gutiérrez y Espinosa. Se estaba en plena cam- 
paña. 

Habia sin embargo en la política algo que no era del agra- 
do de los patriotas. Por aquellos dias había aparecido en 
Uruapan el Lie. Blas José Gutiérrez Flores Alatorre y ha- 
bía logrado insinuarse de tal modo en el ánimo de Salazar, 
que éste no dictaba ninguna disposición administrativa que 
no fuera inspirada por aquél. El Lie. D. Justo Mendoza, Se- 
cretario de Gobierno, que no veía pureza de conducta en los 
consejos de D. Blas, renunció la Secretaría y prefirió vivir 
en la miseria. Lo libertaron de ella sus amigos de Uruapan, 
disputándose entre si brindarle una franca y amistosa hos- 
pitalidad. 

Salazar nombró Secretario de Gobierno á D. Blas^José Gu- 
tiérrez con gran disgusto del Ejército y de los pueblos, pues 
desde luego comenzaron las extorsiones y los préstamos for- 



246 

zosos que, como he clicho antes, sólo se imponían en casos 
extraordinarios. 

En tal estado de cosas y hallándose Salazar en Tacámbaro, 
llegó á Uruapan el general D. José María Arteaga, siendo 
recibido con muestras de respeto y simpatía por aquel vecin- 
dario que ya tenía conocimiento de su valor, de su patriotia- 
mo y de sus virtudes cívicas desde la gloriosa revolución de 

Ayntla. 

Acompañaban á Arteaga, como jefes de brigada, los gene- 
rales Pueblita, Cuervo, Canto y Herrera y Cairo, los corone- 
les Galván, Zepeda, Kuiz Zuavia, tenientes coroneles Busta- 
mante, Gómez Humarán y otros varios cuyos nombres no 
recuerdo. En el Estado Mayor figuraba la célebre amazona 
Ignacia Riechy, vestida de hombre, y que disfrutaba el em- 
pleo de comandante de escuadrón. Entre las fuerzas iba un 
pequeño batallón de jóvenes, alumnos del Colegio militar de 
Guadalajara y que fué un semillero de mártires de la libertad 

que regaron con su sangre el suelo de Michoacán. 

De cada uno de los mencionados se hablará en estos apun- 
tes cuando llegue la ocasión: por ahora sólo diré que en la 
guerra de Reforma conocimos los de Uruapan á Gómez Hu- 
marán que militaba en las fuerzas del general Juan N. Bo- 
cha; que sabía manejar la espada tan bien como la pluma, 
que era de un carácter alegre y decidor, pero bondadoso, pa- 
triota y entusiasta como el que más, y que había dejado en 
aquella tierra gratos recuerdos y numerosos amigos. Más ade- 
lante contaré de él un episodio de tristeza y desconsuelo. 

El general Arteaga permaneció dos días en Uruapan, con- 
sagrado con toda actividad y acierto á la reorganización del 
ejército y á la acción administrativa, en la extensa zona que 
le estaba confiada. Nombró Secretario del Cuartel General al 
Lie. Justo Mendoza, cuya aptitud, patriotismo y absoluta 
honradez eran de todos conocidos. Después, el general se di- 
rigió á Tacámbaro; desde ese punto hizo regresar á Jalisco 
la brigada de caballería, á las órdenes del general Cuervo, 
para que apoyara al Gobierno de aquel Estado, no quedando 
á su lado más que el cuerpo '^ Lanceros de Jalisco" mandado 
por el coronel Ruíz Zuavia, y el segundo escuadrón, cuyo jefe 
era el coronel Ignacio Zepeda. 



247 

Eq Tacámbaro se recibió también con mucho entusiasmo 
al general Arteaga, y el día 29 pasó revista á la pequeña bri- 
gada móvil de Salazar y á las fuerzas de Servin de la Mora 
y Maximiano Eocha. El general Fueblita fué nombrado Go- 
bernador y Comandante Militar de Qüerétaro, acéfalo desde 
la defección del Lie. Linares; y aunque aquel jefe rehusaba 
el encargo, en su parte meramente civil, Arteaga le ordenó 
que lo aceptara, agregando que siempre que tocara el territo- 
rio del Estado de Michoacán en la linea del Oriente, se pu- 
siera á las órdenes del general Kiva Palacio, para la mayor 
unidad de acción en la campaña. 

Para que se conozca el carácter humilde y subordinado de 
Pueblita, diré que cumplió exactamente con esta prevención 
siempre que tuvo que tocar á Zitácuaro. Y á este propósito 
recuerdo el episodio siguiente: 

La primera ve:^que Pueblita se puso en Zitácuaro á las ór- 
denes de Riva Palacio, sucedió que un ayudante de aquél, 
apellidado Bustamente, sin saber estos antecedentes, vio de 
casualidad á Biva Palacio en su alojamiento, y como lo habia 
conocido en México, no teniendo de él más noticia sino que 
era literato, lo creyó simplemente emigrado, y entabló con 
él la siguiente conversación: 

— Chente; ¿conque vd. se salió también de México? 

— ¡Que quiere vd.! por no vivir entre los traidores. 

— ^Bien hecho, bien hecho! pero ha de estar vd. en la chilla. 

— Es claro, la vamos pasando como se puede. 

— No se apure vd., Chente, yo tengo influencia con el gene- 
ral Pueblita. Le diré quién es vd., á ver si lo hace su secretario. 

— ¡Cuánto se lo he de agradecer á vd.! 

En aquellos momentos llegó el general Pueblita, y dirigién- 
dose á Biva Palacio, le dijo: 

— No tiene vd. novedad en la brigada. 

Ambos jefes conversaron durante algunos instantes, y lue- 
go Pueblita, al despedirse, dijo á Biva Palacio: 

— ¿No tiene vd. nada que ordenar? 

Bustamante, entretanto, abría tamaños ojos y acabó por 
comprenderlo todo. 



El general Arteaga encomendó á Riva Palacio una expedi- 
ción sobre Toluca; al general Regules, entonces en Tacámba- 
ro, que amagara las guarniciones imperialistas de Acámbaro, 
Maravatio, Tajimaroa, Tuzpan y Angangueo, y á Salazar que 
recorriera rápidamente las poblaciones del Sur, fingiendo que 
su punto objetivo era un ataque á Pátzcuaro. Todosestoamo- 
vimientOB, operados en la dilatada exteneióu que se indica, 
tenían por mira distraer la atención de las columnas francesas 
que ocupaban á Jalisco, y dar tiempo para que en aquel Estado 
pudiese formarse de nuevo la 4? División, mandada por el 
general Herrera y Cairo, y que pudiera moverse con seguri- 
dad la que era á las órdenes de Echeagaray, quien aeguia 
estacionado en Coalcoraán y Trojes del Estado de Michoacán. 
Comenzaba pues á efectuarse el nuevo plan de campaña idea- 
do por el general Arteaga. 

Salazar, bajo lainñuencia del Lie. Blas José Gutiérrez, do 
veía con ojos serenos que eu acción quedase limitada por la 
presencia del Cuartel Gleneral y que se disminuyesen bus re- 
cursos por tener que repartirse entre el personal que acompa- 
ñaba al Qeneral en Jefe y el del Gobierno del Estado. Para 
hacer creer en la escasez de fondos, pretextó que se veía obli- 
gado á imponer préstamos, y en efecto, el secretario B. Blas 
José Gutiérrez expidió órdenes para que fuesen exigidos á 
varias poblaciones y haciendas. Ko se escapó á la mirada pe- 
netrante de Arteaga esta política inspirada por aquel aboga- 
do; pero aguardó prudentemente á poner más tarde un reme- 
dio radical. 

Uno de tos pueblos señalados para exhibir el préstamo fué 
Oarácuaro, donde contábamos con sinceras simpatías y que 
era punto de tránsito en la comunicación con Huetamo y Zi- 
tácuaro. A cumplir tal encargo marchó el comisionado de 
Hacienda Ignacio Cerda, de cuyos apuntes me permito ex- 
tractar el siguiente relato: 

"Entre las instrucciones reservadas que recíbi, fué una Is 
de cargarle la mano al cura, por lo que, del préstamo de mil 
pesos, le expedí boleta por quinientos. Carácuaro es ud pue- 
blo muy pequeño y las rancherías de su demarcación están 
^itaadas á grandes distancias, por lo que tenia que enviar va- 



249 

ríos mozos á que llevaran las boletas. El cura, luego que se 
yió asignado con quinientos pesos, ocurrió á mi, manifestán- 
dome que no poseía más que una casa, cuyo valor no alcanza- 
ba á aquella suma, ni contaba con obvenciones parroquiales, 
sino con los insignificantes donativos de sus feligreses, pues 
que éstos, desde que fué su párraco el cura D. José María Mo- 
relos, estaban acostumbrados á que les administrasen gra- 
tuitamente ios sacramentos: que de todos modos, la cantidad 
que se le pedia era excesiva, y á menos que se tratase de hos- 
tilizarlo ó de castigarlo por algo que no fuese sino una calum- 
nia, su cuota era notoriamente injusta. Suplicó se le enseña- 
ra la lista, y al verla, dijo que habia en ella varias personas 
cuotizadas con veinticinco pesos que no podían dar ni cinco, 
y otras con diez que podían dar hasta cien; que si yo le daba 
permiso reformaría él la lista para que diese mejor y más 
pronto resultado. Conociendo yo que el cura hablaba con sin- 
ceridad, lo dejé hacer: se expidieron nuevas boletas que se en- 
viaron á los rancheros, y el resultado fué haber reunido el 
préstamo con toda facilidad, siendo de advertir que la cuota 
más alta fué la del mismo cura que enteró cuarenta pesos. 
De los informes que recibí en Carácuaro, vine en conocimien- 
to de que el cura D. Donaciano Juárez era todo un patriota, 
y que en sus conversaciones con los* feligreses maldecía la in- 
tervención francesa y protestaba contra el establecimiento del 
Imperio. " 

Yo he transcrito el episodio que antecede, no sólo para cen- 
fiurar la conducta de D. Blas José Gutiérrez, sino para ratifi- 
car mis opiniones sobre que el bajo clero de Michoacán, en 
BU mayoría, era partidario de la independencia. 

De lo expuesto se ve, que si por. un lado el general Artea- 
ga imprimía actividad á la campaña, de otro el Gobierno de 
Salazar quería recayese sobre el Cuartel General el desconten- 
to por exacciones no acostumbradas. Confirman estas ideas 
los siguientes párrafos de la Historia de México por Zama- 
cois.^ En ellos aparecen algunas cartas que contienen false- 
dad sobre unos puntos y exageraciones é inexactitudes sobre 



1 Tomo llf cap. IX. 



1 



260 

Otros, pero que en el fondo^ y tratándose de aquellos días, te- 
nían algo de verdad. 

Los párrafos dicen asi: 

/'En el Estado de Michoacán, cuyo terreno se presta ex- 
traordinariamente á la campaña de guerrillas, se habían reu- 
nido varias de otros departamentos, donde les era más fácil 
sostenerse. Las partidas se presentaban en los sitios menos 
esperados, y desaparecían en las montañas en los instantes 
que se movía alguna ftierza contra ellas. La inquietud en que 
se hallaban las cortas poblaciones y los habitantes de las ha- 
ciendas, la expresaban algunos individuos de ellas en nume- 
rosas cartas que enviaban á la capital para que las publicasen 
los periódicos, y llegasen las noticias á conocimiento del Go* 
bierno. Varios hacendados, afligidos por la penosa situación 
en que se encontraban, enviaron algunas representaciones al 
prefecto político de Morelia D. Antonio del Moral, para que 
éste las dirigiera al emperador Maximiliano. Cumpliendo con 
su deber obsequió el deseo de los que las enviaron, y el 21 de 
Noviembre dirigió las expresadas representaciones al sobera- 
no. En ellas suplicaban á éste que diese órdenes para que se 
hiciese una persecución activa á las partidas que con frecuen- 
cia se presentaban en sus haciendas. '^ Solamente á N 

decía una carta, le cuestan las visitas de las guerrillas desde 
el 1? al 18 de este mes, once mil doscientos cincuenta y cua- 
tro pesos (esta era mentira que le contaban al emperadür), á 
lo que se agrega que, no obstante lo caro que se compran al- 
gunos salvo-conductos para extraer frutos (no había tales salvo- 
conductos, pues que sólo se pagaba el derecho de extracción 
que estaba vigente desde antes de la guerra), las guerrillas se 
apoderan, cuando les hacen falta, délas muías de los arrieros 
(lo mismo hacían los franceses y los traidores, para conducir 
los bagajes de la tropa), y no quieren éstos entrar á sacar efec- 
tos, aun cuando se les pague triple el precio del flete. " 

'' En otra carta decía su autor, refiriéndose á las sumas fre- 
cuentes de dinero, semillas y ganado que exigían los jefes de 
guerrillas republicanas para poder sostener sus fuerzas, pues 
carecían de otros recursos: "son increíbles los impuestos y 
préstamos que los disidentes han exigido y demandan cada se- 



261 

mana á las haciendas cañavereras de Tacámbaro. En veintidós 
días ha pagado Chupio cinco mil pesos (exageración), Peder- 
nales ocho mil (grande exageración), y por el mismo estilo las 
demás fincas. Las rayas semanales se hacen con graves es- 
faerzos, merced á tanta exigencia. Las plantadas han héchose 
á medias ó tardías por falta de jornaleros, á quienes por la 
ñierza se hacen entrar en el servicio de las armas. Si la pa- 
cificación de ese y otros distritos del Sur se retarda, conclu- 
yen esas fuentes de riqueza pública (cómo no concluyeron 
en los dos años y medio que todavía después duró la guerra, 
es claro que no era cierto lo que aseveraba el autor de la car- 
ta, á propósito de impuestos y de préstamos). Los propieta- 
rios están huyendo, porque no siendo ya posible conseguir el 
dinero que se les pide, se alejan de la pena que los amaga. 
(Los propietarios de aquellas fincas nunca vivían en ellas, ni 
en tiempo de paz. Habitaban allí sólo los administradores, y 
aquéllos residían en Morelia.) Se habla ahora de un decreto de 
Salazar que declara república el terreno que ocupa (Ya veremos 
más adelante el fundamento de este extraño rumor. Lo que 
sigue sólo prueba la falta de criterio del autor de la carta): 
prohibe^ bajo pena de mueriej la comunicación con el imperio^ d 
menos que el transeúnte justijiqu£ previamente la necesidad y utilir 
dad de su viaje, proteste regresar pronto y saque pasaporte con esas 
condiciones, y declara por ahora bienes nacionales la tercera parte 
de los frutos de los bienes raices que ocupa la república. Hay per- 
sonas que aseguran que los términos del dicho decreto, son mds 
apremiantes, " Todo este cúmulo de disparatadas mentiras sir- 
vió á Bazaine para desarrollar en Michoacán el sistema del 
terror. " Poniendo en juego esa influencia, dice Zamacois, lo- 
gró que el emperador Maximiliano le ordenase el 15 de No- 
viembre, por medio de una comunicación del ministro de la 
Guerra D. Juan Peza, que se estableciese en Morelia una 
corte marcial /ra7ic65a, para que fuesen juzgados por ella los 
presos por robos cometidos en cuadrilla que se hallaban en la 
cárcel/^ Como la disposición era preciso ponerla en conoci- 
miento del prefecto político del Estado, que era entonces, co- 
mo tengo dicho ya, el abogado D. Antonio del Moral, el ex- 
presado ministro de la Guerra le envió una comunicación en 

Mlchoacftn.— 18 



que le decía que, con aquella fecha decía al mariscal Bazaine, 
comandante eu jefe del ejército franco-mexicano, que habien- 
do sabido el emperador el número de reos qae existi&n en 
aquel departamento por haber cometido robos en cuadrilla, 
y que siendo muy urgente que se les juzgase desde luego por 
tales delitos, deseaba S. M. que á la mayor brevedad posible 
se estableciese en aquella ciudad una corte marcial francesa, 
y que al efecto se sirviese nombrarla, lo que tenia el honor 
de comunicarle para su conocimiento. 

"El digno prefecto político, cuya rectitud y sentimientos 
humanitarios le hacían altamente epreciable, contestó con fe- 
cha 21 del mismo mes, en los siguientes términos: *'De ente- 
rado; y que esta prefectura se abstiene de hacer observado- 
nee á !a disposición que se le comunica, por haberlas hecho 
ya directamente á 8. M. en la expedición que le dirigió al 
efecto, en la que cree haber demostrado la inconveniencia de 
tales tribunales, con especialidad en este departamento." 

Lo cierto del caso ea que se establecieron cortes marciales 
de franceses, no sólo en Morelia, sino en Zamora y P&tzcus- 
ro, en las que los oficiales del ejército de Napoleón se con- 
virtieron en verdugos de los patriotas mexicanos! Es patente 
el efecto retroactivo que se dio i tales disposiciones. 



V 



CAPITULO XX. 

(1864) 

Ln lituftciÓD de Michoacáa Jugada por un ¡DaperialuU.— El coronel D. Ba- 
miio Méndez. — Su primera expedición Bobre Taa&mbaro.— Actitud de 
Régulos ante la cual emprendo Méndez su retirada. — Bobo de ganada í 
D. Bafud Trejo. — Méndez amaga í Ario y tiene que retroceder, — Abun- 
dantes recuMot de loe iraperialiitas 7 miseria de los republicanos, — Mo- 
vimiento general en la campaña. — Los agentes del imperio. — FroBuncia- 
miento en Paricusro j derrota da loa pronunciados por el Jefe liberal Gil 
Abarca. — Pronunciamiento en Uruapan. — Saqueo. — Nueva eipediciún 
ÚK Uenüez sobre Ario. — Nieves Sosa 7 Villañierte. — Brillante triunfo de 
Sslazar an Santa Clank. — La vengansa de un indio. — Triunfos de Fue- 
blita on rajimaroa 7 Tuxpan.— Bégules en Temascaltepec.— BÍ7a Pala- 
cio 7 Homero en la* puertas de Tolucs. — Combate eo las callea de la ciu- 
dad. — Intrepidez de la Barragana. 

£1 desastre de Jiquilpaa do había hecho en Michoacáa máa 
que impulear la actividad de los patriotas y aamentar el pá- 
nico j la desmoralización de los partidarios del imperio que 
vivían en Morelia. Uno de éstos escribía con fecha 9 de Di- 
dembre: "Nada ee adelanta en la pacificación del Departa- 
mento. Es nna cosa muy triste, mu; sensible, muy dolorosa, 
j del todo inexplicable por la razón, la filosofía, la política y 
hasta el buen sentido, que después de un año de haber sido 
ocupado este desventurado Departamento por las fuerzas de 
la intervención y del imperio, y de haber costado tantas vic- 
timas j tanta sangre, haber defendido la causa del nnevo or- 
den el 18 de Diciembre de 1863, de haber contado en todo 
este tiempo con tan brillantes elementos para establecer la paz 
y seguridad en su seno, estemos aún amenazados á cada mo- 
mento hasta en la seguridad de la capital y no cuenten, no ya 



254 

loB vecinos de los pueblos y haciendas, sino aun los de esta 
ciudad, ni con sus intereses ni con su vida seguros. El triun- 
fo de Jiquilpan, tan importante como fué, se va á convertir 
en contra de Michoacán, si no se persiguen estas fuerzas, por- 
que lo que se les quitó alli lo vienen á reponer con usura en 
los infelices pueblos y haciendas del Departamento. La ra- 
zón, la filosofía, la moral, la politica j el buen sentido exigen 
imperiosamente que se obre ya con actividad y con constan- 
cia en la pacificación de Michoacán, si no se quiere que este 
Departamento desaparezca del mapa del imperio mexicano." 
Gomo se ve, no faltaba algo de buen sentido al autor de la 
patética carta que se acaba de leer; sólo que inculpaba al go- 
bierno imperial de lo que creía apatía, cuando no era más 
que impotencia. Precisamente en esos días acababa de pasar 
la infructuosa expedición del coronel Méndez sobre Tacám- 
baro, de que voy á hablar en seguida. 

Antes empero, se me permitirá presentar á mis lectores al 
coronel D. llamón Méndez que ahora aparece por primera 
vez mandando en jefe una columna y que en el curso de es- 
ta historia va á hacer un papel muy importante. 

Hamón Méndez nació en Ario: era hijo de un velero y en 
su mocedad ejerció él mismo este oficio; mas pareciéndole 
muy humilde para su ambición, solicitó entrar como escribien- 
te (tenia muy buena letra) en la oficina de rentas de aquel 
pueblo, pasando luego con|el mismo empleo á la de Huetamo: 
sin embargo como le agradaban más los gallos, \2k paseadayls» 
aventuras de todo género, abandonó su empleo y fué á buscar 
la suerte en la ciudad de México. Al comenzar el gobierno 
de Santa-Anna en 1853, fué cogido de leva é ingresó á la 
fuerza que mandaba el general Tavera: se desertó una vez, y 
aprehendido, fué castigado con un banco de palos. Se propu- 
so entonces servir bien en el ejército, y su instrucción en la 
escritura y en la contabilidad, su talento natural, su audacia, 
su valor nunca desmentido y su vocación á la carrera de las 
armas que entonces se reveló en él, lo colocaron sobre el ni- 
vel de sus compañeros. Al triunfo de la revolución de Ayu- 
tla era capitán en el ejército del dictador, desempeñando el 
empleo de pagador en tiradores de la guardia de que era je- 



255 

fe el mismo Tavera; en la guerra de Reforma militó á las ór- 
denes de Márquez, conquistando sus charreteras de coman- 
dante de batallón. Siempre al lado de Márquez, hizo la cam- 
paña contra el Gobierno en 1861 y 1862 y se unió luego al 
ejército invasor, figurando en el sitio de Puebla con el em- 
pleo de teniente coronel. Lo vemos aparecer luego en Mi- 
choacán con el grado de coronel, mandando el batallón que 
se llamó después del Emperador, la mejor tropa mexicana del 
imperio, que contaba en su seno á los veteranos del antiguo 
ejército reaccionario. 

Con esta fuerza y el 49 regimiento de "Lanceros" que for- 
maba un total de ochocientos hombres, salió Méndez de Mo- 
relia, á fines de IN'oviembre, á su primera expedición sobre los 
chinacos del Sur. El general Arteaga con los restos de la 4? 
División (trescientos hombres), con la brigada de Pueblita 
(quinientos), y con cuatrocientos hombres á las órdenes del 
general Kégules se hallaba en Tacámbaro; Salazar con su 
brígadft:móvil, alejándose del Cuartel general, se habia ido á 
situar en la Huacana; Eguiluz estaba en Ario y Cuervo con 
otros jefes de Jalisco, en la distante villa de Huetamo. 

A las doce del día 19 de Diciembre se tuvo en Tacámbaro 
la noticia de la aproximación del enemigo. Arteaga, consi- 
derando que su pequeña fuerza, salvada en Jiquilpan, no es- 
taba aún en condiciones de batirse, se retiró por Chupio á 
Pedernales, dejando en la plaza al general Regules con su 
brigada y la de Pueblita. En aquellos instantes se presenta- 
ba Méndez. Regules con cien infantes del batallón activo de 
MichoBcán y cien caballos á las órdenes del teniente coronel 
Espiridión Trejo, salió al encuentro de los imperialistas, los 
estuvo tiroteando, ^1 mismo tiempo que se replegaba paso á 
paso, atravesaba la población é iba á incorporarse á su fuer- 
za que habia ya tomado posiciones en la alberca de Chupio 
y rancho de la Estacada. 

Los imperialistas habían seguido á Regules hasta la calle 
que se llama de la Ziranda. Después se concentraron en la 
plaza de la ciudad. Al anochecer la evacuaron retirándose 
hasta el mesón de Taracatio, cinco leguas distante de Tacám- 
baro. Regules á su vez exnprendió una marcha cuyo objeto 
veremos más adelante. 



256 

!N'o debo omitir aqui un rasgo de condacta de Méndez. Be 
recordará que en las primeras páginas de este libro hice men- 
ción de D. Bafael Trejo, anciano patriota de Tlftlnepantla^ 
que acompañaba, como simple paisano, á sus hijos Espiridión, 
Justo j Eutimio Trejo, que militaban en las filas de los re- 
publicanos. D. Bafael traía consigo, trashumando desde Tlal- 
nepantla, una ordeña de vacas y un hatajo de muías. Pues bien, 
el coronel Ramón Méndez recogió el resto que aún quedaba 
del ganado y cuarenta muías, allanó el domicilio del Sr. Tre- 
jo para extraer de el los aparejos y arreó todo, considerándo- 
lo como botín de guerra, lo que no le impedia llamar bandi- 
dos á los liberales. 

Viendo este jefe que no había podido dar una sorpresa en 
Tacámbaro, simuló que se retiraba á Morelia y por esto faé 
á pernoctar en Taracatío, luego siguió aquel rumbo y el 3 en 
la mañana caía sobre Ario; pero con tal desgracia, que llegó 
después de que Eguiluz con su tropa había salido de la plaza. 
Al día siguiente evacuó Méndez la población, forzando bu 
marcha hasta Pátzcuaro. Era que sus espías le habían avisa- 
do que Regules, con Pueblita y Eguiluz que se le había reu- 
nido, se dirigían á Santa Clara & cortarle la retirada. Méndez 
procuró siempre atacar á sus contrarios con una fuerza que, 
por lo menos, fuera igual en número á la de éstos. Jamás 
fraccionó su columna, no obstante que tenía á sus órdenes 
muy buenos subalternos. 

Y de una vez por todas digo aquí que mientras los defen- 
sores del imperio contaban en sus filas con viejos soldados 
aguerridos, con magnífico armamento, con abundancia de 
parque, con el prets pagado con puntualidad, con apoyo opor- 
tuno y poderoso de las columnas francesas; los republicanos 
de Michoacán en sus fuerzas regulares, con excepción de los 
sargentos y de algunos cabos y soldados, los demás de estas 
dos últimas clases eran gente acabada de coger de leva, sus 
fusiles y mosquetes antiguos y muchos de ellos casi inservi- 
bles; que el parque escaseaba; que carecían de sueldo, pues 
que las pocas veces que lo recibian era económico, es decir, 
reducido á la mitad, y que no contaban con auxilio ningono> 
siendo enteramente falso lo que aseveran algunos escritores 



257 

imperialistas, de que en casos desgraciados ^'pasaban el río 
de las Balsas y hallaban un refugio en el viejo Alvarez, rey de 
los pintos^ quien los protegía hasta el momento en que podían 
aprovechar la ocasión de volver á las tierras frías ó templa- 
das de Michoacán/' Esta mentira, inventada por el historia* 
dar de Querétaro Alberto Hans, ha sido copiada maliciosa- 
mente por los escritores franceses y mexicanos del bando im- 
perialista. 

Volvamos ya al teatro de los acontecimientos. Regules, 
viendo que había fracasado su plan de cortar á Méndez, vol- 
vió á Tacámbaro, ocupado de nuevo por el general Arteaga, 
quien estaba ansioso de enviar las expediciones de que antes 
he hablado. En efecto, Pueblita salió el primero tomando el 
rumbo de Taretan, Purépero y Zacapu para dirigirse al Nor- 
te y Oriente del Estado. El día 9, el teniente coronel Espi- 
ridión Trejo con sus cien jinetes y cincuenta infantes, á las 
órdenes del capitán Jesús Kubio, marcharon á Santa Clara 
de Portugal, con objeto dd distraer á la guarnición de Pátz- 
cuaro, en tanto que el general Regules, por Tingambato ha- 
cía su marcha al interior del Estado. Trejo y Rubio lograron 
su objeto haciendo salir de Pátzcuaro las guerrilas de Suárez, 
del Rioy Orozco, y batiéndose con ellas en retirada, regresa- 
ron el día 11 á Tacámbaro. 

También Riva Palacio, en cumplimiento de las órdenes re- 
cibidas de Arteaga, concentraba sus fuerzas para operar en 
el centro del Estado de México. En esta virtud, el 17 de Di- 
ciembre se retiraba el comandante Julián Solano de Trojes 
(hoy Ocampo), á Tuxpan con treinta y dos hombres para in- 
corporarse al coronel Limón. Los imperialistas á su vez se 
ponían en movimiento. En efecto, ese mismo día, en el llano 
del rancho de los Remedios, cargaron sobre Solano quinien- 
tos traidores, vanguardia de Lamadrid que iba de Angan- 
gueo á Zitácuaro. Solano afectó huir, pero de pronto dio me- 
dia vuelta, se arrojó sobre el enemigo y lo puso en fuga, ha- 
ciéndole muchos muertos y heridos, sin detenerse en levantar 
el campo, porque Lamadrid se acercaba con el grueso de su 
tropa; pero sabiendo este jefe que en Zitácuaro estaban reu- 
niéndose varias fuerzas republicanas, se apresuró á regresar 



1 



á Angangueo. Ese día faé asceodido Solano por el geucrat 
Eiva Palacio al empleo de teDÍente coronel. 

Por lo expuesto bq comprencte que loa patriotas habiau re- 
doblado BU actividad, y por lo tanto los partidarios del impe- 
rio en Micboacán clamaban á grito abierto, pidiendo que el 
ejército que apoyaba á Maximiliano ocupase militarmente la 
extensión del Estado. Consecuente con estos deseos, el ma- 
ñscal Bazaine dispuso que la División Douay marclinra á 
cumplir aquella misión. No ae contentaron con esto lo3 que 
dirigían ta politica de bastidores: de nuevo enviaron sus ugen- 
tes á las poblaciones del Sur para fomentar pronunciamien- 
tos entre loa vecinos, ya que nada podían conseguir en mate- 
ria de defecciones por parte de los jefes liberales. El más 
activo de aquellos emisarios era el padre D. Manuel Bruno 
Gutiérrez, criollo de Uruapan, de ideas exaltadísimas en fa- 
vor de la monarquía extranjera, fanático en extremo y cuya 
constante ambición era llegar á ser canónigo. Gutiérrez era 
» rico, lo que le daba cierta influencia entre los conservadores 
de Uruapaa y los rancheros de Parácuaro, pueblo en cuya 
compreusión poseía uua finca de campo. Tenía nn hermano, 
D. Florencio, hombre de valor, de buenas prendas persona- 
les y que profesaba al padre D. Bruno respeto y adhesión. 
Para comprometer á sus amigos de Uruapan y Taretan á que 
se pronunciasen contra la Pepública, les ofreció que lo baria 
primero en Parácuaro su referido hermano D. Florencio, 
quien con una fuerza respetable de rancheros, ya apalabra- 
dos, iria á apoyar el movimiento revolncionario de aquellas 
dos poblaciones. 

Asi concertadas las cosas, T>. Florencio marchó á Parácua- 
ro; pero en esta población había algunos liberales que ade- 
más del interés de partido, eran enemigos de Gutiérrez y es- 
piaban BUS pasos. Sin descubrir las ramificaciones del complot 
comprendieron, sin embargo, que aquel individuo preparaba 
á sus sirvientes y á algunos rancheros para lanzar el grito á 
favor del imperio. Se apresuraron á comunicarlo al genera] 
Salazar, quien sin pérdida de tiempo envió directamente de 
Ario á Parácuaro una sección al mando del teniente coronel 
Gil Abarca. 



259 

El día 18, sostenidos por la contraguerrilla de Francisco 
Suárez, se pronunciaron en Parácuaro D. Florencio Gutié- 
rrez y Julián Espinosa (a) el marico^ reuniendo en el acto más 
de doscientos hombres. 

Recibida esta noticia en XJruapan, el padre D. Bruno la 
comunicó á los comprometidos de esta ciudad y de Taretan 
y les enseñó además cartas de Morelia en* que se le avisaba 
que no tuvieran temor de Salazar, porque el coronel Méndez 
salia en su persecución, á la vez que las columnas de france- 
ses que permanecian en Jiquilpan tomaban ya el camino ha- 
cia Morelia por Los Reyes y Uruapan. Inmenso fué el gusto 
y grande la confianza que inspiraron estas nuevas á los cons- 
piradores de Uruapan y Taretan, y hasta puede decirse que 
experimentaron un entusiasmo juvenil aquellos hombres, de 
los cuales el menor de edad no bajaba de cincuenta años. Se 
acordó en consecuencia que el pronunciamiento se verifica- 
ría simultáneamente en ambas poblaciones el 20 del mes en 
curso. 

Al amanecer del día 19 llegaba el teniente coronel Abar- 
ca á la vista de Parácuaro, distante de Uruapan más de ca- 
torce leguas. A las doce del día, aquel jefe remitía al Gober- 
nador Salazar el siguiente parte: '^ Cumpliendo las órdenes 
de esa superioridad llegué á este punto, me informé del pa- 
radero del enemigo y distribuí mis exploradores: como á las 
diez de la mañana de hoy, las gavillas traidoras capitaneadas 
por Florencio Gutiérrez y; Julián Espinosa, en número como 
de doscientos cincuenta, se presentaron en la orilla !N'orte de 
este pueblo en actitud amenazadora: inmediatamente ordené 
que el comandante José Menez con veinticinco Lanceros de 
Toluca, se situara al frente del enemigo; el comandante Maxi- 
miano Rocha con veinticinco infantes del batallón Zaragoza 
se situó á la izquierda, ocultándose tras de un cerrito, y el 
comandante Manuel Treviño con veinte guerrilleros se puso 
al flanco derecho, dejándome yo los otros veinticinco infan- 
tes al mando del teniente Domingo Herrera. El comandan- 
te Menez mand^ al alférez Borbolla que pasase una barran- 
quilla y provocara al enemigo, haciéndole fuego. Ejecutada 
esta orden, los traidores se precipitaron con furia sobre Me- 



260 

• 

nez, quien no sólo resistió el empuje, sino que acometió vi- 
gorosamente, rechazando á los contrarios que intentaron po- 
sesionarse del cerrito; pero Bocha con su infantería de 
tiradores les .salió al encuentro haciendo fuego vivísimo y 
obligando á la chusma á retroceder: entretanto Treviño co- 
locándose á retaguardia del enemigo, y en los momentos en 
que éste era rechazado, dio carga brusca á la lanza secun- 
dado valientemente por Menez, lo que produjo el desorden y 
la completa dispersión de las gavillas, cuyos fugitivos fueron 
perseguidos en distintas direcciones. Se recogieron veintitrés 
muertos y diez y siete heridos del enemigo, cuarenta mosque- 
tes, muchas lanzas y machetes costeños y cuarenta y seis ca- 
ballos: en uno de éstos se halló la correspondencia de Gutié- 
rrez que adjunto. Por nuestra parte tenemos que lamentar 
la pérdida del capitán Manuel Yillanueva que murió Juchan- 
do personalmente con Gutiérrez, un soldado muerto de la 
fuerza de Menez, dos de la de Treviño y nueve heridos. Lo 
que tengo el honor de participar, etc." 

D. Florencio Gutiérrez metió espuelas á su caballo, y á las 
nueve de la noche del mismo día llegó á Uruapan y avisó á 
su hermano el padre D. Bruno la catástrofe de Parácuaro. 
El clérigo le encargó la reserva, y por su parte con mucha ac- 
tividad recorrió las casas de sus amigos, citándolos para las 
cinco de la mañana del día siguiente y diciéndoles que tenien- 
do que entrar los franceses muy temprano y habiendo pe^ 
noctado á medio camino los pronunciados de Parácuaro, era 
conveniente y satisfactorio que ambas fuerzas los hallasen ya 
con las armas en las manos. 

Al amanecer del día 20 estaban reunidos en el portal de 
las casas consistoriales doce señores respetables, cada uno 
acompañado de sus dependientes, de sus mozos y de algunos 
amigos, formando un total de sesenta hombres. Nadie extra- 
ñó ver al frente, para lanzar el grito de ¡viva el imperio! á D. 
Florencio Gutiérrez, pues se les había dicho que la tropa de 
éste se hallaba en marcha para Uruapan. 

Apenas se proclamó el plan del pronunciamiento, cuando 
aquella fuerza se dividió en pelotones para ir á aprehender á 
los liberales. Estos tuvieron oportuno aviso y se ocultaron, 



• / 



261 

con excepción de D. Miguel Treviño que faé conducido á la 
cárcel y del Lie. D. Antonio Florentino Mercado á quien dis- 
pararon algunos tiros y redujeron también á prisión. En mu- 
chas casas sacaron caballos y armas, siendo uno de los que 
en estas especies sufrieron un robo considerable el coronel 
jalisciense Sabás Lomelí. Pasado este furor belicoso llama- 
ron lista y reunidos los jefes, tuvieron una junta en la sala de 
acuerdos del Ayuntamiento, en la que quedaron nombrados 
prefecto municipal D. Isidro Paz y comandante militar D. 
Florencio Gutiérrez. Entretanto, sus familias se dirigían á 
misa que celebraba el padre vicario (el cura se negó á hacer- 
lo), para pedir la protección del Dios de los Ejércitos, á fin 
de que sus deudos fuesen conducidos A la victoria. Como la 
misa se llamó con cierta pompa, algunas familias de los libe- 
rales quisieron asistir por curiosidad, y en la puerta de la igle- 
sia fué detenida la joven E. S. (republicana), por su amiguita 
L. Z. (mochita), quien le dijo: 

*'Un padrenuestro y una avemaria 
Por la chinaca que está en agonía.'' 

La primera se mordió los labios de despecho, y ambas en- 
traron en el templo. 

A la una de la tarde, con músicas, cohetes y repiques, salió 
una comitiva á fijar en las esquinas las actas del pronuncia- 
miento, haciéndose esto con toda la solemnidad posible. 

El pueblo de Uruapan protestó con su ausencia contra 
aquel pronunciamiento que le pareció ridículo por estar capi- 
taneado por puros ancianos, motivo por el cual se bautizó 
aquel motín con el nombre de " el pronunciamiento de los 
doce apóstoles,'' que se vulgarizó á tal grado que nadie lo lla- 
mó de otra manera. 

Después del bai;ido se ocuparon en organiznr la fuerza, di- 
vidiéndola en infantería y caballería, quince hombres de la 
primera y cuarenta y cinco de la segunda. Los doce apósto- 
les se declararon jefes y nombraron subalternos de entre sus 
dependientes. 

•Bueno es decir que Gutiérrez y Paz, que no las tenían to- 
das consigo por la derrota de Parácuaro, pusieron de avan- 



262 

zada sobre el camino de aquella Villa á D. Justo Contre- 
ras al frente de una pequeña escolta, ordenaron á los que su- 
ponían pronunciados en Taretan á que fuesen en el acto á 
incorporárseles, y por último, enviaron al menos anciano de 
los doce apóstoles al encuentro de los franceses que la víspe- 
ra habían salido de los- Reyes y á quienes se suponía rumbo 
á Uruapan. Era la columna de De Potier que desviando el 
camino dejaba á un lado á Uruapan y se dirigía por la vía 
más recta á Pátzcuaro. El comisionado fué á encontrar á los 
franceses al pequeño pueblo de San Lorenzo y encareció á 
De Potier la necesidad de su auxilio; pero este jefe no se dig- 
nó contestarle siquiera, pues siempre trataba con el mayor 
desprecio á los mexicanos aliados. 

Mientras estos sucesos pasaban, Salazar había salido de 
Ario y se dirigía á Uruapan como centro de operaciones. En- 
tre once y doce de la mañana llegó á Taretan, precisamente 
en los momentos en que se reunían también los ancianos del 
lugar para hacer su pronunciamiento. Esta circunstancia sal- 
vó á los conspiradores, quienes lejos de hacer ninguna mani- 
festación hostil, recibieron con pruebas de simpatía al gene- 
ral y le brindaron el mejor alojamiento en la hacienda que 
lleva el mismo nombre del pueblo. 

Aun no se acuartelaba la tropa, cuando Salazar recibía el 
parte de Gil Abarca, leía la correspondencia interceptada á 
Gutiérrez y oía de los labios del correo, que en la mañana 
había pasado por Uruapan, la estupenda noticia del pronun- 
ciamiento de aquella ciudad. En el acto dio orden á Agustín 
García, uno de aquellos terribles chinacos, compañero de Can- 
taritos, de que con sus cuarenta hombres marchase al trote 
sobre Uruapan y aniquilara á los pronunciados. Sería natu- 
ral creer que los comprometidos de Taretan avisarían á sus 
colegas de aquella ciudad la presencia de Salazar; pero no 
sucedió así, pues ya se sabe que los mochitos son egoístas por 
carácter. 

Serían las cinco de la tarde. Los imperialistas de Uruapan 
estaban llenos de satisfacción creyendo que su pueblo queda- 
ría libre para siempre de las depredaciones de la chinaca, 
cuando uno de los que se habían pronunciado, que por negó- 



268 

cio8 particulares habia salido al llano, llegó á todo correr y 
avisó á D. Isidro Faz que por el camino de Taretan venia 
una tropa, avanzando rápidamente. 

— No tengan ustedes cuidado, le contestó el jefe, son los 
señores de Taretan que vienen á reunirse con nosotros. 

UTo habían pasado de esto cinco minutos, cuando Agustín 
García llegaba á las goteras de TJruapan: dividió su pequeña 
fuerza en tres secciones, y conocedor de la«población, no en- 
vió ninguno de los grupos por la calle de San Francisco, que 
es la entrada del camino de Taretan, sino que dio orden de 
que unos penetraran por las calles de Cupatitzio, como si 
llegasen de Parácuaro, otros por el barrio de la Trinidad y 
el tercer grupo por la Canoa alta, 

Al divisar al primer grupo, los pronunciados se agolparon 
á la esquina de la plaza, contentos, creyendo que eran sus co- 
rreligionarios de Parácuaro. De repente oyeron á sus espal- 
das tiros repetidos y vieron á los terribles chinacos de blusa 
colorada, que harto conocían como pertenecientes á la gavilla 
de Caiiiarüos. Decir el pánico de que fueron acometidos, re- 
ferir cómo arrojaban las armas y cómo huían en todas direc- 
ciones para ocultarse en las huertas, sería ocupar más tiempo 
del que duró para ellos el horroroso susto, lo cual no fué obs- 
táculo para que cuatro quedasen muertos en las calles, sien- 
do de este número el comandante D. Gabriel Hurtado, uno de 
los doce apóstoles. 

Me he extendido en estos detalles, porque se trata de un 
suceso ocurrido en mi tierra y porque es fuerza rectificar lo 
que sobre este punto asevera la Memoria del Gobierno de 
Michoacán al asentar que los pronunciados se replegaron á 
Pátzcuaro. No: la fuerza de éstos fué completamente disuel- 
ta; algunos de los ancianos fueron los que, habiendo salido 
de sus escondites, llegaron uno por uno y en distintos días á 
la expresada ciudad de Pátzcuaro; los demás permanecieron 
ocultos, sin que nadie los buscara. No faltó quien quisiera 
ejercer venganza, pero por fortuna no consiguió su objeto. 
Se me olvidaba: la joven E. S. se vengó también de su ami- 
guita L. Z. enviándole, después de lo acaecido, un papelito 
que contenía el siguiente dístico: 



264 

«Fué el padrenuestro que se rezó 
Por el imperio que se muiió." 

En aquella época las señoras uo eran ajenas á las pasiones 
políticas. 

;;; A las seis de la tarde llegó Salazar con el resto de su pe- 
queña brigada. Entonces se dio por la Secretaria de Gobier- 
no, á cargo siempre de D. Blas José Gutiérrez, una orden 
que sirvió de borrón en la página que la historia había escri- 
to en aquel día. Se dispuso, y asi se verificó, que algunos 
empleados de hacienda abrieran la casa de comercio de D. 
Isidro Paz y que repartiesen las existencias entre los oficia- 
les y la tropa. La plebe se aglomeró á las puertas y participó 
del saqueo, pues no otro nombre merece aquel acto que se 
llevó á cabo en la noche, á la luz de hachones de ocote. 

En el mismo día en que estos sucesos pasaban en Uruapan, 
Méndez, el jefe imperialista, llegó otra vez á Ario con sete- 
cientos hombres. El coronel Eguiluz, que ocupaba la pobla- 
ción con una fuerza de trescientos y que había recibido or- 
den del General en Jefe de retirarse á la vista del enemigo,' 
evacuó la plaza, saliendo de ella paso á paso. Méndez, al en- 
trar á Ario, destacó en seguimiento de Eguiluz la contrague- 
rrilla mandada por Modesto Yillafuerte, apoyándola á reta- 
guardia el 4? regimiento de caballería al mando del coronel 
Wenceslao Santa Cruz. A poco Villafuerte se vio detenido 
por el valiente !N'ieves Sosa, que con menos de veinte hom- 
bres hizo retroceder á la contraguerrilla; mas incorporada és- 
ta al 4? regimiento, así como la nuestra se había unido á Egui- 
luz, ambas fuerzas avanzaron hasta la cuesta de Zinzongo en 
que se trabó una corta, pero reñida refriega, de la que resul- 
taron algunos muertos y heridos de una y otra parte. Los 
traidores regresaron á Ario y Eguiluz, con todo orden, conti- 
nuó su marcha para la hacienda del Tejamanil. Méndez per- 
maneció en Ario hasta el día 24 en que tuvo que salir inopi- 
nadamente, en virtud de lo que va á referirse en el siguiente 

párrafo. ^ 

El día 23 como á las once del día había llegado á Santa 

1 Tomado de la Memoria derOobiemo de Michoacán, rectificado en parte 
conforme á los datos que obran en mi poder. 



266 

Clam una fuerza imperialista, trescientos cincuenta hombres 
de caballería é infantería al mando del comandante Evaristo 
Dávalos, que iba á obrar en 'combinación con la de Méndez. 
Salazar habia salido de Uruapan el 22, y el 23 sin tener no- 
ticia de aquella ftierza, se dirigió también á Santa Clara, al 
frente de su pequeña brigada, compuesta de ciento cincuen- 
ta hombres del batallón Zaragoza al mando del teniente co- 
ronel José Dolores Vargas, igual número de jinetes del es- 
cuadrón "Lanceros de Toluca" á las órdenes del coronel 
Manuel García, los cuarenta de la guerrilla de Agustín Gar- 
cía, treinta de los que capitaneaba Margarito Próspero, quin- 
ce mandados por el capitán Emeterio Pérez que servían de 
escolta á la Comisaría, y los veinte exploradores del coman- 
dante Eosendo Márquez. Eran las doce del día, cuando Sa- 
lazar llegaba á las puertas de la Villa; en aquel momento se 
oyó el toque de lista que sonaban las bandas de infantería y 
caballería dentro de la plaza. 

— ¡Los mochos! exclamaron los chinacos; y Salazar con su 
voz de trueno, dirigiéndose á Márquez, le dijo: 

— ^Rosendo, á ellos; entreténgamelos mientras llego. 

La guerrilla de exploradores se dirigió al galope hacia la 
población, y habiéndose encontrado con la avanzada de los 
imperialistas, la hizo replegar hasta los cuarteles. El tiroteo 
puso en alarma á la fuerza de Dávalos, quien con toda su ca- 
ballería cargó sobre la guerrilla republicana hasta hacerla in- 
corporar á la tropa de Salazar. Este jefe mandó al encuentro 
del enemigo al coronel Manuel García, quien á la cabeza de 
los "Lanceros de Toluca" se arrojó con denuedo: el choque 
fué terrible, dando por resultado que los traidores retroce- 
dieran, si bien por parte de los patriotas se tuvo que lamen- 
tar en aquel acto la muerte del expresado coronel Manuel 
García. ^ El comandante Menez tomó el mando de los Lan- 
ceros y continuó la carga. Entretanto, Salazar había fraccio- 
nado en dos secciones el resto de su fuerza, dejando una á 
sus inmediatas órdenes y confiando la otra al teniente coro- 

1 Se recordará que el coronel García fué el jefe que se encargó del mando 
de la dWisión de Michoacán, cuando defeccionó Oaamaño, y no habrán olvi- 
dado loB lectores que García inspiraba desconfianza á los patriotas. La con- 
ducta de este jefe y su gloriosa muerte borraron aquellas impresiones. 



^ 



266 

nel Vargas. Ambos por diversas calles desembocaron en la 
plaza en donde estaba formada en batalla la infantería ene- 
miga, la qae viéndose flanqueada, después de un corto y vi- 
yo tiroteo, ocupó el atrio de la parroquia y continuó aUi su 
defensa. Salazar envió uno de sus ayudantes á comunicar 
una orden á Vargas, y formando su tropa en columna atacó 
por el frente al enemigo, mientras que Vargas, á paso gim- 
nástico, daba un rodeo, penetraba al atrio por la sacristía y 
cala sobre la retaguardia de los infantes imperialistas que ta- 
vieron que rendirse á discreción. Rosendo Márquez y Me- 
nez no habían permanecido ociosos: su carga á la lanza so- 
bre los dragones de Dávalos introdujo entre éstos el desor- 
den y acabó por precipitarlos en fuga hacia Pátzcuaro. 

Todo esto pasaba á la vista de los vecinos de Santa Clara, 
siempre liberales y patriotas, que aplaudían el valor de los 
republicanos. Por sus opiniones, les profesaba un odio feroz 
el prefecto político de Pátzcuaro, D. Miguel Patino, y por bu 
conducta de ese día, halló medio de satisfacer el rencor que 
les tenía, como se echa de ver en el mismo parte oficial que es- 
ta autoridad rindió á su superior y que en lo conducente es 
como sigue: " 

^^En tan tristes acontecimientos han tenido activísima par- 
te los vecinos de Santa Clara, porque sabiendo la venida de 
Salazar no lo avisaron al Sr. Dávalos, y cuando se presentó 
el enemigo hubo un infame que tratara de persuadirlo de que 
era fuerza del Sr. Méndez la que llegaba. A más de este da- 
to para creer culpable á la población, hay los siguientes: el 
puente de la salida para esta ciudad lo halló el Sr. Dávalos, 
á su regreso, de tal manera obstruido, que solo podía pasar 
un hombre; el alojamiento que le proporcionaron fué á una 
larga distancia del cuartel, y en fin, otras varias circunstan- 
sias que sería por demás referir, demuestran claramente la 
culpabilidad de un pueblo enemigo del Supremo Gobierno." 

La intención del prefecto era que los vecinos le indemniza- 
sen de la pérdida que sufrió en esa vez y que se refiere en 
seguida. 

Salazar envió en persecución de los fugitivos á Agustín 

1 México & travos de los Siglos, pág. 681. 



267 

García y á Margarito Próspero. Aquéllos habían tomado el 
rambo de Pátzcuaro que sólo dista cuatro leguas de Santa 
Clara. García y Próspero marcharon á escape, no dando cuar- 
tel á los infelices que alcanzaban, ün grupo de once de ellos 
trató de hacerse fuerte en el Molino del Refugio, propiedad 
de D. Miguel Patino. García dio orden á Próspero de que se 
apoderase de ellos y él continuó en la persecución. Margari- 
to Próspero, indígena del cercano pueblo de Tingambato, ha- 
bía sido preso una vez, á causa de sus opiniones liberales, por 
orden de D, Miguel Patino: este recuerdo que jamás se borró 
de su alma y la circunstancia de que los refugiados en el mo- 
lino hicieron fuego al acercarse los chinacos de Próspero, 
enardecieron á éste, quien mandó á los suyos echar pie íl tie- 
rra, y dándoles el ejemplo, salvaron el foso que rodeaba la 
finca, encendieron las teas de ocote que llevaban preparadas, 
y en medio de los disparos de los que allí se defendían, pren- 
dieron fuego al edificio por varias partes. Al salir aterrados 
entre las llamas aquellos infelices, uno á uno fueron pasados 
por las armas! ¡El edificio quedó convertido en pavesas! 

García siguió á los demás fugitivos hasta las goteras de 
Pátzcuaro, en donde se produjo una grande alarma, cubrien- 
do la guarnición los puntos fortificados. 

Tuvo el enemigo más de cuarenta muertos, se le hicieron 
noventa prisioneros; la caja de su pagaduría con dos mil qui- 
nientos pesos, pasó á poder de la Comisaría de Salazar, lo 
mismo que el equipaje de Dávalos y de sus oficiales, más de 
doscientos fusiles, parque, lanzas, mosquetes y sables. Los 
prisioneros fueron puestos en libertad al siguiente día, pero 
en su mayor parte quisieron prestar sus servicios á las órde- 
nes del valiente y simpático general Carlos Salazar. 

El vecindario de Santa Clara fué multado por orden de la 
Comandancia Militar de Morelia. 

Por el Oriente, el general Pueblita, espiando la ocasión, de 
penetrar en el Estado de Querétaro, expedicionaba por los 
departamentos de Zinapécuaro y Zitácuaro. "El 24 atacó la 
guarnición imperialista del pueblo de Tajimaroa, que era á 
las órdenesde los coroneles Vicente Patino y Jesús Gonzá- 
lez, el Ranchero, En este pequeño hecho de armas fué nota- 

Mlclioacan.— 10 



268 

ble la heroica resistencia que por más de una hora sostuvo 
el sargento Fortino í'lores en la puerta oriental del cemen- 
terio; pues él solOy en virtud de que Gonzáles había deserta- 
do con la mayor parte de la fuerza, estuvo conteniendo á los 
soldados de Pueblita, á quien le hizo varios muertos y heri- 
dos." La Memoria del Gobierno de Michoacán, de donde he 
tomado este párrafo, no dice cuál fué el paradero de Flores; 
pero de algunos informes, resulta que Pueblita se empeñó en 
tomar prisionero á aquel valiente soldado, lo que consiguió 
logrando inducirlo á que ingresara á sus filas. 

^^£n la madrugada del 25 del mismo mes, Pueblita, que 
contaba con cuatrocientos hombres, fué asaltado en Tuxpan 
por Lamadrid y el Ranchero, unidos éstos á una fuerza fran- 
cesa (la del capitán Clary) y formando un total de mil hom- 
bres. Sabedor Pueblita de que el enemigo se acercaba, hizo 
colocar una pieza de montaña en el puente que hoy lleva su 
nombre y mandó disparar dos tiros sobre el enemigo, que 
por esto detuvo su marcha, dando tiempo al general para or- 
ganizar su fuerza y salir en todo orden de la población. El 
alférez Antonio Vega y un guerrillero cuyo nombre se igno- 
ra, lazaron la pieza, y á vuelta de cabeza de silla, se la lleva- 
ron hasta reincorporarse con la fuerza de Pueblita en el arro- 
yo del Salitre." ' 

Regules en tanto, había llegado al extremo Oriente de Mi- 
choacán, infundiendo la alarma en las poblaciones ocupadas 
por el imperio; se internó luego en el Sur del Estado de Mé- 
xico y amagó los destacamentos de Temascaltepec y el Valle, 
batiéndose y rechazando el del primsro de estos pueblos que 
se atrevió á hacer una salida el día 26. Esta expedición tenía 
por objeto impedir que aquellas fuerzas se movieraii en au- 
xilio de Toluca, á donde se había dirigido Riva Palacio con 
su brigada, compuesta del pequeño batallón que mandaba 
Robredo, los cuerpos de caballería de Romero, Acevedo y 
Solano, formando todo un grueso de cuatrocientos hombres. 
El 25 llegó esta tropa á las inmediaciones de Toluca. 

Riva Palacio no trataba de tomar la plaza por asalto, pues 
que estando perfectamente fortificada, su fuerza era insufi- 

1 Memoria del Gobierno de Michoacán. 



• 269 

diente para ello; su plan consistió en hacer que saliese á ba- 
tirlo la mayor parte de la guarnición, y derrotada ésta, apo- 
derarse de la ciudad en los momentos de confusión y de 
desorden. 

A este efecto, en el día expresado se situó con la mayor 
parte de su fuerza, tras del pequeño monte de Coatepec y 
destacó sobre la plaza á Nicolás Romero con sus cien hom- 
bres y á Acevedo con cincuenta. Ambos penetraron por las 
calles de la Tenería, pero desde la garita se cortó Acevedo á 
la derecha, atravesó la alameda y fué á tirotear los retenes 
que había en las trincheras de San Juan de Dios, mientras 
Homero llegaba hasta los parapetos de la plaza, y desde allí, 
haciendo una retirada falsa, consiguió en parte su objeto, 
atrayendo en su persecución sólo la caballería del enemigo, 
fuerte en más de trescientos hombres, pues que los seiscien- 
tos infantes imperialistas se quedaron detrás de las trinche- 
ras. La retirada se hizo por las mismas calles de la Tenería, 
y viendo que no salía más fuerza. Romero dio media vuelta y 
cargó á la lanza sobre el enemigo, batiéndolo con el denuedo 
que acostubraba. Los jinetes de Toluca retrocedieron en buen 
orden, pero de repente sintieron á retaguardia el empuje de 
Aeevedov Entonces se consumó entre ellos la derrota, en la 
que tuvieron treinta y ocho muertos y multitud de heridos. 
A Romero no le faltó un solo hombre, y su pérdida consistió 
en dos caballos que quedaron mutilados. 

En aquella jornada se distinguió por su arrojo y serenidad 
la barragana^ D* Ignacia Riechy, que peleó al lado de Rome- 
ro, llenando de admiración á este jefe. 

TSo era posible hacer más, porque la guarnición, á pesar 
del descalabro sufrido en su caballería, excedía en número á 
la tropa de Riva Palacio. El general regresó en consecuen- 
cia á Zitácuaro. 

El material de este capítulo habrá dado á conocer al lec- 
tor que la campaña en Michoacán entraba en plena eferves- 
cencia, siendo los republicanos los que tomaban la iniciativa. 
Así concluyó el año de 1864. 



^ 



270 



CAPITULO XXI. 

(1865) 

Kumerosas fuerzas de franceses y traidores en Michoacán al comenzar el 
año de 1866. — Patriotismo de los republicanos. — Riva Palacio es nom- 
brado Gobernador de Michoacán. — Indisciplina de Salazar. — Riva Pa- 
lacio nombra Secretario de Gobierno al Lie. Luis González Gutiérrez. — 
Pronunciamiento de jPermín Yaldés en favor de la Repüblica. — Ataque 
y toma de Metepec por Nicolás Romero. — Descontento general contra la 
intervención. — Primera renuncia del prefecto político de Morelia. — Un 
suicidio. — Ataque y toma del Mineral del Oro. — Los últimos combates 
de Romero. — Es sorprendido y hecho prisionero en Papasindan. — Pa- 
triotismo de los presos de Huetamo. — £1 patíbulo de Mixcalco. 

Si los restos del Ejército del Centro daban muestra á fines 
de 1864 de nna actividad asombrosa, las fuerzas del imperio 
afluian en cuantioso número á Michoacán para abrir allí una 
campaña vigorosa. La 2í División de infantería del ejército 
expedicionario francés se estableció en Morelia el 27 de Di- 
ciembre, bajo el mando provisional del coronel du Preuil, 
por haber vuelto á Francia su jefe nato el general Douay. 
Esta tropa se componía de tres mil hombres. Por Zitácuaro 
aparecía una columna de zuavos y cazadores de África á las 
órdenes del contraguerrillero capitán Clarj, de quien Al- 
berto Hans, en su historia del sitio de Querétaro, dice que 
él solo, con su compañía francesa, habría bastado para derro- 
tar á todo el ejército republicano que mandaba el tenaz Re- 
gules. Esta fuerza que, sea dicho de paso, nunca realizó los 
sueños del oficial de Maximiliano, contaba con cuatrocientos 
hombres. El general ÍTeigre, además de la guarnición fran- 
cesa que tenía en Zamora y La Piedad (trescientos hombres), 



j 



271 

llevó consigo á Michoacán una parte del regimiento de hú- 
sares, doscientos jinetes. Bi á estas fuerzas se agregan los 
cuatro mil soldados del ejército aliado mexicano repartidos en 
Morelia, Maravatío, Acámbaro, Angangueo, Pátzcuaro, Pa- 
ruándiro. La Piedad, Zamora, Caitzeo y otros pantos, se ve- 
rá que el imperio tenia en Michoacán, al principiar el año de 
1865, un ejército de más de ocho mil hombres. 

En cambio eran reducidas las tropas con que en la misma 
época contaban los republicanos que peleaban en Michoacán. 
El general en jefe, Arteaga, no tenia en Huetamo donde ha- 
bia fijado su residencia, más que una escolta de veinte hom- 
bres; la tercera División al mando de Balazar, en la que esta- 
ba incluida la tropa del general Eégules, alcanzaba apenas á 
mil cuatrocientos, con una pieza de montaña; el general Bi- 
va Palacio, á cujqs órdenes militaba el cuerpo ^'Lanceros de 
Jalisco," según disposición reciente, mandaba una brigada 
de setecientos hombres; Pueblita, su fuerza de cuatrocientos 
de las tres armas; y fuera de esta enumeración, estaban las 
guerrillas de Eonda, Garnica, Solorio, Sosa y algunos otros 
más, que en conjunto no excedían de cuatrocientos jinetes. 
El total no llegaba á tres mil soldados, si bien podía contar- 
le con una buena reserva de quinientos á seiscientos de la 
guardia nacional de Huetamo; pero con la circunstancia de 
•que sólo estaba dispuesta á batirse en su propio terreno. 

Vamos ahora á ver cómo muy pronto iba á disminuirse 
considerablemente esta fuerza, al menos para el general Ar- 
teaga. Este jefe meritisimo se veía obligado en aquellos días 
á permanecer lejos del teatro de la guerra á causa de sus en- 
fermedades habituales que entonces se habían agravado, lo 
que no podía menos que perjudicar la unidad de acción y la 
disciplina del Ejército. Y sin embargo, la campaña no expe- 
rimentaba obstáculos serios. Se operaba esto como por un 
milagro: no se puede comprender hoy aquella prodigiosa ac- 
tividad. Desde los lugares más desiertos y remotos se envia- 
ban ó se recibían cartas y comunicaciones. Hoy en medio de 
la paz que por fortuna impera en la nación, no se obraría en 
aquellos sitios con tanta prontitud. Esto indica también que 
las simpatías de los pueblos estaban en favor de los republi- 



^1 



272 

canoB; donde quiera se nos proporcionaban correos, explora- 
dores ó bagajes. Nuestros oficiales que en el desempeño de 
alguna comisión caminaban solos sin un asistente, jamás eran 
molestados en el tránsito, sino al contrario, se les fiícilitaban 
los recursos que necesitaban para continuar su marcha. De 
esta manera se comunicaban rápidamente las órdenes de un 
extremo á otro de Michoacán. Esto lo he confirmado hoy 
que he vuelto á tener á la vista la correspondencia del Gene- 
ral Eiva Palacio. Siempre que abro uno de esos tomos, lo 
devoro como si fuese un libro romancesco, no obstante el 
lenguaje duro é incorrecto de las cartas. A pesar de que es- 
cribo estas páginas á larga distancia del lugar de los sucesos 
y cuando la pesada bruma del tiempo desvanece los recuer- 
dos, aún respira en mi el entusiasmo de la juventud, se revi- 
ven las alegrías del triunfo, despierta la tristeza de los días 
amargos y experimento el sobresalto del peligro; aún me pa- 
rece que surge de nuevo en mi cerebro la imagen de tantos 
valientes que fueron á recibir su corona de mártires en la in- 
grata obscuridad de la historia! 

Cuando Riva Palacio regresó de su expedicióa sobre To- 
luca, halló en Zitácuaro varias cartas del general Arteaga: en 
una de ellas se hacia referencia á la orden del Cuartel Gene- 
ral para que los generales Pueblita y Canto, gobernadores 
respectivamente de Querétaro y Guanajuato, quedasen suje- 
tos al mando del mismo Eiva Palacio, mientras permanecie- 
sen en Michoacán; en otra le recomendaba que fuese á con- 
ferenciar con él á Huetamo, á fin de que la situación del 
mismo Estado quedase definitivamente arreglada, y en la úl- 
tima, de 22 de Diciembre de 1864, le decía entre otras cosas: 
"Consecuente con mis ideas y viendo el malestar de este Es- 
tado, quiero poner término á esa situación y utilizar los ele- 
mentos que existen todavía en él. A este fin he pensado con- 
fiar á vd. el gobierno de Michoacán, y espero que á la mayor 
posible brevedad me conteste si está conforme en recibirlo, 
en cuyo caso dispondrá vd. inmediatamente su venida á ésta 
para que tengamos una conferencia en la cual dé yo á vd* 
mis instrucciones y se arregle todo lo relativo á ese Gobier- 
•"'^ y al del primer Distrito del Estado de México." 



278 

Motivaba estas ideas del general Arteaga la actitud hasta 
cierto ponto independiente que había tomado Salazar por 
consejos de Don Blas José Gutiérrez. Era preciso reprimir 
enérgica y oportunamente aquel ejemplo de indisciplina. 

Cumpliendo con las órdenes del General Arteaga, Riva 
Palacio marchó á Huetamo, en donde el 11 de Enero se le 
entregaron el nombramiento de Gobernador de Michoacán, 
una comunicación para que continuase al frente. del primer 
Distrito del Estado de México, y la orden del Cuartel Gene- 
ral para que se encargara del mando en Jefe de la 3^ Divi- 
sión del Ejército Republicano del Centro. En seguida se di- 
rigió en busca de Salazar para que le hiciese la entrega res- 
pectiva, habiendo encontrado á aquel jefe con su fuerza y la 
de Regules en la ciudad de Uruapan, distante de Huetamo 
más de sesenta leguas. Lo que se va á referir es digno de re- 
latarse detalladamente. 

Hacia tiempo que Don Blas José Gutiérrez instaba á Sa- 
lazar para que, desconociendo á Arteaga, marchase á poner- 
Be á las órdenes de Echeagaray, quien en el Sur de Jalisco 
habla asumido, sin titulo alguno, el carácter de general en 
Jefe del Ejército del Centro. "Cuando Arteaga desaparezca 
de la escena, le decia, podrá vd. volver á Michoacán con me- 
jores elementos de los que hoy tiene." Salazar no tomaba 
sobre este particular ninguna resolución, pero no faltó quien 
desde Huetamo le avisase que se le había destituido del car- 
go de Gobernador y del mando en Jefe de la División. Sala- 
zar era de un carácter violento de que sabía sacar partido su 
consejero Gutiérrez. Por desgracia en el mismo día — 16 de 
Enero— en que recibió la expresada noticia, el comandante 
Jesús Verduzco, se apeó del caballo en el portal de la casa, 
alojamiento de Salazar, presentándose á éste y avisándole que 
el general Riva Palacio acababa de llegar y solicitaba desde 
luego una conferencia para tratar asuntos de importancia. 

Mientras que Riva Palacio se instalaba en la casa de Don 
Ramón Parías, contigua al alojamiento de Salazar, éste ha- 
cía que su clarín de órdenes tocase junta de honor y á la que 
acudieron presurosos los jefes de la División. Pocos momen- 
tos después llegaba Riva Palacio y era recibido en medio de 



aquel concurso grave é imponente: presentó las comnuica- 
cíonea del Cuartel General, y entonces uno de los jefes pidió 
se diese lectura al acta levantada y firmada ya por los que 
componían la junta. Ea aquel documento se reconocía al ge- 
neral Riva Palacio como gobernador del Estado; pero con el 
pretexto de queSalazar había formado la 3í División, "orga- 
nizándola hasta ponerla en el brillante estado que tenia," los 
jefes y oficiales de la misma no reconocían otro general en 
Jefe de la expresada División. 

Me acuerdo que Riva Palacio, al escuchar la lectura del 
acta, encendido el color del semblante, pero con voz tranqui- 
la, increpó á los presentes su falta de disciplina que era un 
verüadero acto de rebelión, les hizo patente la falta de con- 
secuencia en que incurrían, pues que, reconociendo la facul- 
tad del general en Jefe para nombrar el gobernador, le ne- 
gaban la de designar los jefes de la fuerza que formaba el 
ejército; lee manifestó que la 3? División se habia creado con 
recursos j con hombres del Estado de Michoacán, y lea dijo 
por último que, sin hacer un balance de los hechos de armas 
sostenidos por aquella fuerza y por las que á las órdeiiea del 
que hablaba hacían la campaña en Zitácuaro, manifeataba 
que él, sin tener una carrera militar, pero cumpliendo con el 
deber que le imponía el patriotismo, había sostenido iina lu- 
cha incesante contra los invasores y sus aliados, conducta que 
era una garantía para loa jefes que lo escuchaban, á quienes 
suponía animados del deseo de pelear por su patria. Nadie 
osó levantar la voz para contradecir & Riva Palacio, nadie 
alzó siquiera la cabeza para mirarlo frente á frente. Enton- 
ces el general tomó su sombrero que había dejado en una 
mesa y salió del salón, seguido de Snlazar que le dirigía sus 
excusas. En el portal esperaban ya á Riva Palacio tres indi- 
viduos de su Estado Mayor y su mozo Abrahara, únicos que 
lo acompaíiaban. Alií ae acercó á su caballo, y al montiir, re- 
cuerdo que Salazar, quitándose el soipbrero para saludarlo, 
estaba pálido de emoción, acaso de vergüenza. Eran las on- 
ce de la mañana: Riva Palacio y sus cuatro compañeros to- 
maron el camino de Taretan. No habíau andado media le- 
gua, cuando observaron que á todo galope los seguía una 



L 



275 

faerza como de cien ginctes. Por un momento creyeron que 
los rebeldes iban á consumar su atentado^ reduciendo á pri- 
sión á Riva Palacio, pero adelantándose á los suyos, llegó á 
escape el teniente coronel Espiridión Trejo, y con todo respe- 
to dijo: 

— Mi general, vengo á ponerme á las órdenes de vd. para 
escoltarlo. 

— Gracias, yo no necesito escolta. 

— Ya sabe vd. señor, que los traidores, en muchas parti- 
das, han salido de Morelia; nada difícil es que alguna de ellas 
haya llegado á Taretan i 

— ^¿Y qué? ¿No estamos expuestos á todos estos azares? 

— ^Pues dispense vd,, mi general, yo siempre escoltaré á vd. 

-«■¿Lo han puesto á vd. á mis órdenes? 

— Si, mi general. 

— ^Pues le ordeno á vd. que se incorpore á su fuerza. 

Espiridión Trejo, abatido anta aquella firme actitud, obe- 
deció, regresando á Uruapan. 

Salazar, en la orden del día que se publicó aquella tarde, 
manifestaba á sus soldados que iban á hacer la campaña en 
Colima y Jalisco y agregaba: "Amplio campo nos presenta 
el enemigo para luchar con él. Iremos en pos del peligro, y 
acometiéndolo con denuedo. Cualesquiera que sean las vici- 
situdes de la guerra, serán para la 3^ División los laureles de 
la victoria que yo ofrezco con el sacrificio de mi propia exis- 
tencia." Dos días después los rebeldes abandonaron á Urua- 
pan y emprendieron su marcha por el rumbo de Tancítaro. 
Salazar iba triste, abatido, silencioso, estado de ánimo tanto 
más notable en él, cuanto que era inquieto, jovial y expansi- 
vo. El general Regules, segundo en Jefe de la División, no 
ocultaba su mal humor; los jefes, la oficialidad y la tropa par- 
ticipaban de estas impresiones. 

• Después de su salida de Uruapan, Riva Palacio se dirigió 
por Ario á la Huacana; allí nombró Secretario de Gobierno 
al ilustrado patriota Lie. Luis González Gutiérrez, vencien- 
do las dificultades que éste, con su genial modestia, le opo- 
nía. En seguida emprendió su marcha por Joyullo, la Lagu- 
nilla y Turicato, á donde llegó el día 14 de Febrero, conti- 
nuando luego á Huetamo. 



270 

En este último lugar recibió parte de que Permía Valdés 
se había rebelado contra el imperio al frente de la fuerza que 
antes mandaba su padre, el coronel Laureano Valdés, á quien 
hemos visto caer herido en Guanoro. El nuevo republicano 
inspiraba sospechas á los liberales viejos, quienes llegaron & 
suponer que aquella defección sólo tenía por objeto apode- 
rarse traidoramente de Nicolás Romero: viéndose rechazado 
Valdés, se limitó á recorrer el Sur del primer Distrito del Es- 
tado de México, y el 17 de Enero era derrotado en Texcati- 
tlán por el capitán Du Bassol. Fermín Valdés continuó sia 
embargo, prestando sus servicios en las fílafe republicanas que 
hacían la guerra en aquella comarca. 

Mientras Riva Palacio se dirigía á Huetamo para confe- 
renciar con el general Arteaga, Romero había vuelto á'ex- 
pedicionar por el rumbo de Toluca. El 11 atacó la guarni- 
ción de Metepec, logrando, tras reñidísimo combate, tomar 
el pueblo y apoderarse de los elementos de guerra allí exis- 
tentes. Durante la lucha, de la casa de un vecino, que fungía 
de autoridad, se hizo un fuego nutrido sobre los soldados de 
Nicolás Romero, batiéndolos á retaguardia, cuando más em- 
peñados estaban en el combate. Quienes esto hicieron eran 
Don Julián Gutiérrez, dos hijos suyos y varios mozos. Tam- 
bién pelearon valientemente tres hijas del mismo señor. Los 
chinacos, furiosos por este ataque inesperado, desprendieron 
un grupo de ellos sobre la casa, que fué acometida vigorosa- 
mente y tomada á costa de la vida de algunos de los asaltan- 
tes. En los momentos del triunfo Gutiérrez y los suyos que- 
daron muertos en su propia morada. Este hecho ameritó uno 
de los cargos que se hicieron á Romero en la corte marcial 
francesa. Romero ni ejecutó ni mandó aquel acto de san- 
grienta venganza; pero aun cuando así hubiera sido, seme- 
jantes hechos son disculpables en el furor de la guerra. Cuán- 
tos rasgos más horribles aún, pudiéramos citar de parte de* 
los franceses en las guerras qué han llevado á otros pueblos 
y cuya independencia éstos han defendido. Me basta referir 
un caso. En lá conquista de Argelia, los generales Pélissier 
y luBuf sitiaban á Laghout. ^'La ciudad fué tomada por asal- 
to, dice el general Du Barail que era uno de los asaltantes. 



277 

Sofrió todos los horrores de la guerra: conoció todos los ex- 
cesos que pueden cometer los soldados, poseídos de la pasión 
por una lucha terrible, furiosos por los peligros que acaba- 
ban de pasar, por las pérdidas sufridas y exaltados por una 
victoria vivamente disputada y caramente comprada. ¡Hubo 
escenas espantosas! Las calles y las casas estaban llenas de 

cadáveres de hombres, de mujeres y aun de niños " No 

llegaron á tanto los horrores de Metepec. 

Mientras pasaban estos acontecimientos en el teatro de la 
guerra, en el de la política se hacían notar el desaliento, 
la falta de confianza y cierta secreta hostilidad contra los fran- 
ceses, sentimientos que reinaban en el bando conservador. 
Precisamente en los días en que más activa hacíanla campa- 
ña de Michoacán las huestes invasoras y sus aliadoSy el Pre- 
fecto político de Morelia, Lie. del Moral, dirigía su renuncia 
á Maximiliano, en oficio del día 18, en los términos siguien- 
tes: "Señor. — ^En comunicación de hoy, que acabo de firmar, 
informo á V. M. sobre varios puntos de la administración pú- 
blica, y concluyo haciendo formal dimisión de la jefatura po- 
lítica. Las razones ostensibles en que la fundo, constan en di- 
cha comunicación, habiendo intencionalmente omitido otras 
que deben figurar en primer término, porque las crep reser- 
vadas tan sólo al Soberano. — Cuando S. M. tuvo la dignación 
de instarme para que aceptara el cargo de Prefecto, querien- 
do desvanecer los motivos de mi absoluta negativa, me ase- 
guró V. M. que su gobierno sería todo nacional y libre de 
influencias extrañas; que antes de dos meses, los mexicanos 
todos, sin distinción de opiniones, rodearían el trono y serían 
su mejor y único apoyo, y que para el evento inesperado de 
que las combinaciones, ya bien meditadas, no dieran el pleno 
y satisfactorio resultado que tantos hechos importantes ha- 
cion prometer, V. M. estaba resuelto á consultar el sufragio 
público, convocando á los pueblos de una manera franca y 
leal, y someterse á su decisión. ¿Es esto exacto, Señor? Pues 
bien, han transcurrido tres meses, y aquella esperanza no se 
realiza; la guerra toma mayores proporciones; los odios se exa- 
cerban, y cada día se hacen más perceptibles las resistencias, 
sin que hasta ahora, al menos que yo sepa, se dicte providen- 



278 

cia alguna para explorar la voluntad del pais. — V. M. tendrA 
altas y poderosas razones de Estado para no apelar de pre- 
sente al indicado medio; yo debo respetarlas; pero cualesquie- 
ra que ellos sean, consecuente con lo que expuse á V. M. mis- 
ma en el acto de admitir la prefectura, no me es decoroso 
permanecer en ella, cuando faltan las bases de mi coudicióa 
á la aceptación. — Por tanto, confiando en vuestra augusta pa- 
labra, SQplico á V. M. se sirva admitirme desde luego la so- 
lemne renuncia que hago de tal encargo, quedando reconoci- 
do personalmente á V. M. por los altos testimonios de su 
benevolencia." 

Esta enérgica nota que las prácticas cortesanas calificariau 
de insolente, no indignó á Su Majestad. Se limitó á no ad- 
mitir la renuncia de del Moral y las cosas continuaron por el 
camino que les trazaba la política francesa. 

En el orden cronológico que sigo, debo otra vez conducir 
al lector á las tierras de Zitácuaro, en donde [tasaron fatales 
acontecimientos. 



Antes de relatarlos, referiré que el día 14, el teniente co- 
ronel Luis Berna), con la infantería de Zitácuaro y llevando 
á BUS órdenes el piquete de caballería que mandaba Castillo, 
atacó y venció á la guarnición del Mineral del Oro, apode- 
rándose de cuarenta carabinas Miuier y tres cajones de par- 
que. 

Kiva Palacio permaneció en Zitácuaro sólo dos días, dic- 
tando disposiciones; en seguida regresó á Carácuaro. 

En uno de aquellos días, el 16, si mal no recuerdo, los oü- 
cíales de Lanceros de Jalisco tuvieron un banquelí; éntrelos 
coDCurrentes estaba aquella célebre amazonn, de quien ya he 
becbo ligera referencia. Dije entonces, que figuraba como 
ayudante del general Arteaga, y agregaré ahora que era ja- 
liseieose; que estuvo en el íjjércio de Oriente, al mando del 
general Zaragoza, y en el sitio de Puebla con González Or- 
tsg*) y después de estos acontecimientos regresó á Jalisco. 
Cuando el general Arteaga desconoció á Uraga, aquella mu- 
jer patriota le sirvió de emisario, con talento y eficocia, para 



nf7 



279 

poner de Acuerdo á los jefes del Ejército, motivo por el cual 
TJraga la mandó perseguir con encarnizamiento. De alta es- 
tatura, de robustas formas, de aspecto varonil y vestida de 
hombre con una blusa ancha que le bajaba hasta las rodillas, 
era preciso fijarse mucho en sus facciones para comprender 
que pertenecía al sexo débil. Se llamaba Ignacia Biechy, era 
conocida por "La Barragana,*'^ j se referían de ella rasgos de 
valor, á veces contados con cierta ironía; por ejemplo, se de- 
cía que durante un hecho de armas, pasado en Jalisco, la ca- 
ballería en que la Riechy figuraba como alférez, huyó cobar- 
demente. Nuestra amazona trataba de contener á los fugitivos 
y al fin lo consiguió mediante este apostrofe: 

— Media vuelta! .... ¿qué no somos hombres? 

Desde la batalla de Jiquilpan andaba aquella mujer triste 
y descorazonada; le parecía que la causa nacional estaba per- 
dida y experimentaba además los síntomas de la nostalgia. 
Entusiasta é impresionable, admiraba las proezas de Nicolás 
Eomero, á quien apenas tuvo tiempo de conocer, pero el bas- 
tante para llenarla de admiración. Se hizo después de un ca- 
rácter huraño é irascible y no soportaba, como en otro tiempo, 
las bromas que le dirigían los oficiales. 

Durante la comida á que me he referido, los comensales 
estuvieron pesados en sus chistes contra su persona, princi- 
palmente el coronel José Gómez Humaran, que la trató has- 
ta con crueldad y de quien se sintió más, por ser Humaran 
el comandante del cuerpo en que ella servía, su paisano, su 
antiguo amigo y correligionario. 

Concluido el banquete, la Riechy se dirigió á su alojamien- 
to, entró á su cuarto, y allí escribió tres cartas, una para Ro- 
mero, otra para Ruiz Suavia y la tercera para la Sra. Felipa 
Rojas de Guadalajara. Escribió también un papel con apun- 
tes de pequeñas cantidades que debía, suplicando al habilita- 
do del Cuerpo á que ella pertenecía que, á cuenta de sus al- 
cances, las pagara á sus acreedores. Después se sentó en la 
►rilla de la cama, ató con una punta de su pañuelo el llama- 
lor de|^n mosquete y con el extremo opuesto su pie derecho, 

1 Nombre que nuestros chinacos dan á las mujeres que, con las armas en la 
mano, forman parte de una tropa. Viene esto de que en la guerra de insu- 
TGcción, una mujer, apellidada Barragán, era soldado de los independientes. 



* 






280 

y colocando el arma en dirección al corazón, tiró fuertemen- 
te del pañuelo, se disparó el arma y la Riechy cayó bañada 
en sa propia sangre. 

El suicidio causó honda sensación. Al día siguiente 'fué 
inhumado el cadáver con honores militares, y los vecinos de 
Zitácuaro cubrieron la tumba de flores. 

En cuanto á Gómez Humaran, de alma noble y generosa, 
no se perdonó jamás la participación que tuvo en las causas 
que determinaron aquel suceso. Desde ese día anduvo cabiz- 
bajo y adusto, él que era tan alegre y comunicativo, y esta 
tristeza lo acompañó hasta el 28 de Julio de 1^866, en que sus 
amigos lo hallaron muerto en una hamaca en su alojamiento 
de Apatzingan. 



El 26 del mismo mes de Enero aparecía De Potier á la vis- 
ta de Zitácuaro con mil hombres del 81 de linea, dos compa- 
ñías de cazadores de África y media batería de piezas raya- 
das. Esta fuerza obraba en combinación con la de Lamadrid, 
que no llegó el día de la cita. El siguiente, observando Ni- 
colás Romero que los franceses no avanzaban, salió de Zitá- 
cuaro y se encontró con ellos en el Hoyo de la Arena. Ro- 
mero traia consigo sesenta lanceros y cien infantes de la 
guardia nacional de aquella ciudad. Los franceses tomaron 
posesión de la loma del Aguacate y rompieron sus fuegos de 
cañón para proteger la carga de una columna de doscientos 
hombres que se dirigió contra los republicanos. Esta colum- 
na, con pérdida de su jefe y de algunos soldados, logró ocu- 
par las posiciones de Romero, quien se retiró al cerro de Ca- 
mémbaro en donde estaba situado el grueso de su brigada. 
De Potier ocupó á Zitácuaro, al mismo tiempo que Lamadrid, 
al frente de ochocientos hombres, hacia su entrada á la mis- 
ma plaza. 

Romero permaneció aquella tarde y parte de la noche en 
la loma de Camémbaro. Al siguiente día 28, emprendió su 
retirada rumbo á Carácuaro, de orden del Cuartel General y 
con instrucciones de unirse á la 2^ brigada de caballería pa- 
ra marchar en busca de Salazar y batirlo por su inobediencia. 



281 

Sespaés que Romero recibió estas instrucciones, andaba me- 
ditabundo é inquieto y más de una vez se le oyó decir, "¿por 
qué me mandan á mi á pelear contra liberales, cuando hay 
por aquí tantos franceses y traidores?" 

El segundo dia de marcha, observó Romero que su amigo 
el coronel Pedro García le pasaba con frecuencia su mano 
por la espalda, como tratando de quitarle algún insecto pon- 
zoñoso. Después de muchas veces de. esta operación, pregun- 
tó Romero: 

— ¿Qué me quita vd? ¿son jicotes? 

— 'NOy coronel; es una mariposa negra que vuela y vuelve 
á pararse en la espalda de vd. 

— ¿Una mariposa negra? Con razón digo yo que en esta ex- 
pedición me va á ir mal. 

Ambos interlocutores guardaron silencio y continuaron su 
camino. 

En la correspondencia de Riva Palacio estoy leyendo la 
última comunicación de Nicolás Romero. Dice así: — "Ejér- 
cito Republicano. División de operaciones. 1* Brigada. — 
Hoy á las once d^ la mañana he llegado á este punto y ma- 
ñana continuaré mi marcha para Carácuaro, trayendo la fuer- 
za de mi mando, compuesta del 1? y 29 escuadrón y el bata- 
llón de tiradores. La fuerza de Jalisco también viene, y creo 
también continuará su marcha. Lo que pongo en conocimien- 
to de vd. para su inteligencia y fines consiguientes. — Patria, 
Libertad y Reforma. Papasindan,i Enero 29 de 1866. — Ni- 
colás Homero, — O. General Vicente Riva Palacio." 

Ahora bien, Papasindan es el nombre de un miserable ran- 
cho, situado entre Tuzantla y Carácuaro en el , Oriente de 
Michoacán, un rancho oculto enmedio de elevadas montañas; 
para llegar á él por cualquier lado, el terreno va haciendo 
ondulaciones, campo triste en que la vegetación apenas se 
muestra por uno que otro grangeno llamados en el país cha- 
parros. El suelo es un yacimiento de rocas, y por lo tanto es- 

1 He subrayado la palabra Papasindan que es el verdadero nombre del 
rancho de que habla Romero: los escritores imperialistas, y aun la misma obra 
monumental "México á través de los siglos," lo confunde con el de Apaizin- 
gan situada al sudeste del Estado y que dista dé Fapasindan más de ochenta 
leguas. 



282 

caso, si no falto de vegetación. Esta última circunstancia de- 
terminó á Romero á enviar el grueso de su fuerza á las 
rancherías inmediatas, rumbo al camino de Carácuaro, más 
provistas de recursos para los hombres y de forrajes para la 
caballada. Él s^ quedó en Papasindan con cincuenta guerri- 
lleros del primer escuadrón que era su antiguo Cuerpo. El 
efectivo de la brigada se componía de cien jinetes del primer 
escuadrón, al mando del Coronel Pedro García; sesenta del 
segundo escuadrón á las órdenes del Coronel Limón, y dos- 
cientos infantes, de quienes era jefe el Teniente Coronel Fé- 
lix Bernal. "Los Lanceros de Jalisco,'' á las' órdenes del Co- 
ronel Buiz Suavia, tenían cien plazas. Total, cuatrocientos 
sesenta hombres. 

Casualmente había en Papasindan en aquel día una de esas 
fiestas anuales que celebran los campiranos del país y á la cual 
concurren los rancheros de los contornos. Se trataba de unos 
herraderos^ es decir, de poner á los becerros la marca del ga- 
nado perteneciente al rancho, lo que se hace en vísperas de 
soltar las ordeñas; con este motivo había música, cohetes, co- 
melitón y Jandango, En la tarde se procedió^ herrar, y es bien 
sabido que la gente de d caballo se divierte lazando y coleando 
toros. Ya he dicho que entre los de á caballo debía conside- 
rarse, como uno de los más hábiles y viciosos, á Nicolás Ro- 
mero. Se entusiasmó al ver el ganado encorralado, al oír los 
bramidos de las reses y al ver á los rancheros revoleando la 
reata. Montó en su mejor caballo, escogió el toro más cor- 
pulento, y lanzando un grito cogió la cola de la fiera, y ésta y 
el caballo y el jinete arrancaron á carrera abierta. De repen- 
te los circunstantes vieron caer á Romero y á su corcel, ma- 
niatado éste por unas raíces. El Coronel se levantó en el acto, 
pero tenía una pierna horriblemente lastimada. Fué necesa- 
rio llevarlo en peso á una de las chozas que había en el ran- 
cho. Romero juzgó que esto era otro mal presagio y volvió 
á dejarse dominar por la tristeza. 

Todo el día 30 lo pasó en cama, presa de los dolores que 
sentía en la pierna. La brigada no continuó su marcha y si- 
guió alojada de la misma manera, á tres leguas de distancia 
el grueso de la tropa y con Romero cincuenta hombres. 



288 

En tanto De Potier habia parmanecido un dia entero en 
ZitácuarOy y al emprender sa marcha, ya tarde, el dia 29, na- 
die se preocupó de enviar un aviso á Romero, á quien supo- 
nían haciendo su última jornada en Carácuaro, lejos, muy 
lejos ya de los franceses. 

Amaneció el dia 31. Serian las diez de la mañana: la ca- 
ballada estaba aún en los potreros, los chinacos reposaban á 
la sombra de los escasos árboles de Papasindan. Romero, 
apoyado ^n un bastón, ensayaba algunos pasos cerca de la 
choza. 

Se oyó un tiro y al mismo tiempo el clarín que tocaba á 
carga. Los cazadores de África, sable en mano, acuchillaban 
á los chinacos. Los franceses del 81 de linea, los traidores de 
Lamadríd, como brotados del infierno, aparecieron por todas 
partes, exhalando alaridos salvajes. En menos de diez minu- 
tos habia pasado aquella escena de pánico para unos, de odio 
sanguinario para los otros. 

Los franceses preguntaban por Romero á los treinta y dos 
prisioneros que habían hecho. !N'icolás había desaparecido. 
Sólo se tuvo noticia de que el Coronel Bernal, herido, se ha- 
bia retirado entre los dispersos. 

Repentinamente se oyó una nueva gritería de venganza sa- 
tisfecha. 

Veamos lo que había pasado. Uno de los soldados france- 
ses había querido coger un gallo para preparar su comida. 
El gallo se escapó de sus manos y huyó, volando luego á ocul- 
tarse entre las espesas ramas de un chaparro. ''El soldado que. 
lo perseguía alzó la cabeza y lanzó un grito. Muchos lo oye- 
ron y un gran círculo de tropa se reunió en derredor." La 
gritería llegó á su colmo, cuando se vio salir del tupido ma- 
torral á un hombre á quien uno de los traidores de Lamadrid 
reconoció y nombró en alta voz. 

Aquel hombre era Nicolás Romero. 

Decir la satisfacción que se pintó en el semblante de los 
vencedores sería inútil, si se recuerda el odio, la envidia, el 
miedo que tenían al León de la montaña, á quien ahora pre- 
tendían humillar. De Potier se imaginó ser, con ese hecho de 
armas j uno de los más grandes capitanes del ejército francés: 

Mlchoaoán.'20 



284 

no le brillaron de alegría los ojos, porque aquellos ojos eran 
opacos, incoloros, fijos, siniestros; pero si se apresuró á dar 
al mariscal Bazaine un parte lleno de fatuidad y de mentiras, 
en que decia haber hecho al enemigo "doscientos muertos, 
ciento sesenta prisioneros y todos los demás huyendo disper- 
sos; un considerable número de caballos, de armas y de mu- 
niciones caídas en poder del destacamento franco-mexicano, 
que perdió solamente unos cuantos heridos.'^ 

Muchos de los dispersos huyeron hacia las ranc];iería8 en 
que estaban alojados los cuerpos de la brigada de Eomero, 
la que emprendió desde luego su marcha llegando al día si- 
guiente á Carácuaro á ponerse á las órdenes del general Riva 
Palacio, y á avisarle la captura de Romero. 

Aunque me adelante un poco al orden natural de las fe- 
chas, no concluiré este capítulo sin relatar el desenlace de la 
vida del hombre extraordinario que por su valor, su audacia, 
su astucia, su popularidad, puede con justicia llamarse el rey 
de los guerrilleros. 

Trasladado á México, fué puesto á disposición de una cor- 
te marcial francesa presidida por el coronel de artillería M. 
de Saille: era fiscal ó relator un tal Lafontaine, que respiraba 
sangre por todos los poros de su cuerpo. Ante, este terrible 
tribunal comparecieron Romero, sus soldados y algunos otros 
prisioneros hechos en distintas acciones. Once faeron conde- 
nados á muerte, veintidós á ser deportados, y los demás salie- 
ron absueltos. 

De enmedio del partido clerical no se levantó una sola voz 
pidiendo gracia para Romero; tal era el odio y el miedo que 
le tenían. La prensa liberal, que apenas osaba proclamar los 
derechos de la patria, no pudo contenerse esa vez, y en La 
Cucharaj en La Sombra^ La Orquesia^ Los Espejuelos del Dia- 
blo y El Buscapié se publicaron artículos enérgicos en favor 
del héroe, por cuyo motivo el mariscal Bazaine redujo á pri- 
sión á sus redactores en la Acordada, como si entre sus fa- 
cultades estuviera la de juzgar de los delitos de imprenta. 

Del lado del enemigo, sólo el capitán Becker que cayó en 
poder de Romero en el puerto de Medina y que ñié tratado 
por él con tantas consideraciones, no omitió medio alguno 



286 

para obtener el indulto del noble enemigo: en vano suplica- 
ba á Maximiliano que fuera generoso; el emperador contes- 
taba que nada podía hacer porque Buzaine estaba inflexible; 
el mariscal alegaba que la justicia debía ser severa y que la 
muerte de aquel hombre era una garantía de paz; que Ho- 
mero estaba condenado desde que en Febrero de 1864 había 
atacado cerca de San Juan del Río un convoy escoltado por 
franceses, sin dejar á uno solo de éstos con vida, en la he- 
roica resistencia que hicieron. 

Maximiliano apenas se atrevió á indultar á siete de los 
guerrilleros: el jefe y otros cuatro debían marchar al patí- 
bulo. 



El 17 de Marzo á las diez de la noche se les leyó la senten- 
cia: á Romero le preguntaron si quería recibir los auxilios 
espirituales, y dijo que prefería dormir.^ 

En la mañana del día 18 salieron los presos de la capilla y 
caminaron hasta la plazuela de Mixcalco, lugar de la ejecu- 
ción. La guarnición estaba sobre las armas, la artillería lista, 
las patrullas de la Gendarmería en movimiento y la policía 
secreta inoculada en la multitud. 

"Romero iba fumando un puro; á su lado el comandante 
Higinio Alvarez, jefe que había sido de sus exploradores, y 
detrás el alférez Encarnación Rojas y el mariscal Roque Flo- 
res, sus compañeros de martirio. 

"Los cuatro se presentaron con tanta sangre fría y con tan 
orgulloso desdén, como ei no fueran á morir. 

"Un sargento francés dio á Romero el tiro de gracia; y sin 
embargo, como si aquella alma de gigante no hubiera podido 
desprenderse del cuerpo, al conducir el cadáver de Romero 
á su última morada, hizo un movimiento tan fuerte, que rom- 
pió el atahud en que lo conducían sus verdugos. 

"El pueblo se dispersó sombrío y cabizbajo!" 

1 Efemérides publicadas en el Calendario de Galván para el año de 1866. 



CAPITULO XXII. 

(1866) 



Loe presos de Huetaroo. — Fusilamiento de Hargarito Próspero.— Ocupnctún 
de Uniapan por loa i mperi alíelas, — A propiSito de un reloj, — Regreso del 

fBDeral Regules al Ouartel General' — Derrota de guerrillno. — Kl Sur de 
ulieco. — ¿taque it Zapotlín, — Echeagaray depone las armas. — Eipedi- 
ciún de Salftiar. — Batallado Los Reyes.—iFuego, Senorl — Episodios. — 
La palabra de honor de loe prisioneros franceeoa. — Depredaciones de los 
franceeeK en Zitáouaro. — Robos, aaeainatos é incendios.— Los tres herma- 
nos Al zati. — Una carta del general Alvarez, — Movimientoa del guerri- 
llero Oamica.— Cae prisionera D. Benigno Canto. — Ataque j- toma de 
Coeueo. 



La noticia de la captura de Homero cauaó ana impresión 
profaada de dolor eotre los republicanos por ]bb ainipatias de 
que gozaba aquel jefe y porque su pérdida era un triunfo pa- 
ra loa imperialifitas; pero no produjo el desaliento en el cam- 
po liberal ni disminayó la actividad de sub caudillos. 

Fara volver á tomar el bilo de loa sucesos, tenemos qne re- 
troceder respecto de lo referido en el capitulo anterior. 

Be Potier y los traidores que lo acompañaron en la sor- 
preaa de Papasindan no regre8ai;on á Zitácuaro, sino que lle- 
vando su presa, hicieron una marcha rápida á Huetamo, bí- 
guiendo el camino de Tiquicheo. Al saber este movimiento 
el coronel D. Leonardo Valdéa, evacuó aquella plaza con la 
guardia nacional del Departamento y se situó como á dos le- 
guas de distancia, permaneciendo allí en actitud do resistir el 
ataque de los franceses. No debo pasar en silencio uu intere- 
sante episodio de aquel dia. En los momentos en qne el coro- 
nel Valdés preparaba su salida, todos los presos que bahía en la 
cárcel solicitaron, como mexicanos y patriotas, que se les die- 



287 

sen armas y se les incorporase á las fuerzas del coronel Yal- 
dés para hacer frente al enemigo, á lo cual se accedió. La 
columna francesa ocupó á Huetamo por espacio de dos días, 
esquivando iodo ataque, j en seguida evacuó la población y 
se retiró por el mismo camino de Zitácuaro. Yaldés volvió á 
ocupar la plaza, siendo de notar que entraron de nuevo á la 
cárcel todos los presos, pues ninguno quiso aprovechar la oca- 
sión de desertarse. Esta patriótica conducta fué premiada 
por Riva Palacio que les condonó la cuarta parte del tiempo 
de su pena. 

De Potier siguió con sus prisioneros hasta Toluca, en don- 
de los recibió una fuerza de los belgas para conducirlos á la 
ciudad de México. Queda ya relatado el drama de Mixcalco 
que fué el desenlace de la sorpresa de Papasindan. 

La dilatada expedición de De Potier hasta Huetamo sólo 
pudo haber tenido por objeto una intentona de apoderarse 
también del general Arteaga. 

El general en jefe se había retirado por el rumbo de Ohu- 
rumuco, en tanto que el general Kiva Palacio permaneció en 
Garácuaro, dictando las disposiciones que las circunstancias 
hacían urgentes. Pueblita, que ocupaba á Tacámbaro, se in- 
ternó en la Tierra Caliente, para ponerse fuera del alcance 
de las columnas francesas que, obrando en combinación con 
De Potier, habían salido de Morelia. Estos movimientos de 
los republicanos se operaron en los primeros días de Febre- 
ro. El 23 del mes anterior (Enero) una de las columnas de 
franceses, al mando del coronel Du Preuil, escoltando la bri- 
gada del general D. Luis Tapia, salía de Pátzcuaro rumbo 
al Poniente; al pasar por la cuesta de Tingambato fué tiro- 
teada esta fuerza por la guerrilla de Margarito Próspero, el 
indio que había incendiado el molino del Refugio, propiedad 
del prefecto de Pátzcuaro. La mala suerte de Próspero lo 
hizo caer prisionero, y reconocido por algunos amigos de 
Patino, fué fusilado en el acto, quedando su cadáver colgado 
de un árbol. Tapia dejó una guarnición de trescientos hom- 
bres en Taretan, á la que se agregaron los contraguerrilleros 
de Jesús Alatorre y Blas Qaribay, como contingente de aque- 
lla Villa. 



El dia 25 la repetida fuerza entró á Uraapan, abandonada 
por los republicanos, y tomó poseaión de ella cometiendo 
muchas tropelías como si hubiera sido una plaza cpnquiBtada 
por las armas. Inmediatamente loB ingenieros franceses tra- 
zaron la linea de fortificaciones y se dio manos á la obra, em- 
pleando en los trabajos á la gente del pueblo, á quien se obli- 
gaba á ello por medio de la violencia y sin retribución algu- 
na. La guarnición que se instaló en la ciudad estaba formada 
de tropas de infanterSa, caballería y artillería á las órdenes 
del coronel D. Francisco de P. Lemua, uno de los jefes máa 
valientes y experimentados del ejército reaccionario. 

Con aquella expedición regresaron á Uruapan D. Isidro 
Faz, quien tomó posesión de !a codiciada prefectura política, 
y D. Florencio Gutiérrez, que formó allí ana pequeña con- 
traguerrilla, en ta que figuraban Arcadio Pérez, el manco 
Espinosa, Bamón Pasalle, Cipriano Corsa y Florencio Mo- 
rón, cajeros ó dependientes de aquellos señores. No omitiré 
un pequeño episodio que servirá para realzar la conducta de 
los franceses en México. Se había alojado en la casa de D. 
Luis Ocaranza ua capitán francés, el cual, para mayor como- 
didad, se apoderó de las mejores piezas de la casa, relegando 
á la familia del propietario k loa cuartos más inservibles. A 
los ocho días que la columna francesa, después de dejar la 
guarnición en Uruapan, salió de esta ciudad, el capitán fran- 
cés echó de menos un reloj de faltriquera. Convertido en 
energúmeno y vomitando insultos, quería obligar á D. Lula 
Ocaranza á que le entregara et reloj. Por más que algunos ve- 
uIiiOB manifestaban con energía que aquel anciano era inca- 
paz de cometer el menor robo, y que además era ferviente 
partidario del imperio, el oficial nada quiso oir y dio orden 
á una escolta de que se llevase preso á aquel chinaco zairago- 
za. En efecto, D, Luis Ocaranza, á pie y cargado con el pe- 
so de los años, marchó entre filas. Lo acompañaba, también 
á pie, BU hijo, el conocido pintor Manuel Ocaranza. 

La columna iba ya en camino: varios vecinos de Uruapan 
reunieron en suscrición cien pesos qae eran el valor del re- 
loj, según el dicho del capitán francés, y enviaron un mozo 
á que alcanzase la fuerza y entregara el dinero. Los france* 



289 

868 habían acampado en el pequeño pueblo de Capacuaro, 
cuando llegó el mozo y puso en manos del capitán la suma 
que éste pedía. En aquel momento el asistente desenvolvía 
el catre de su jefe, y ¡dentro aparecía el reloj! 

Es increíble; pero al ver su alhaja el oficial, se volvió con 
gesto sañudo hacia Ocaranza y le gritó: 

— ¡Está bien, vaya vd. libre; pero que no vuelva á suceder! 

Era tal el furor que ardía en la mirada de aquel hombre, 
que ni D. Luis, ni Manuel, ni el mozo se atrevieron á pedir- 
le los cien pesos ! 

Durante aquellos días, los generales Arteaga y Riva Pala- 
cio, comprendiendo cuánta falta podían hacer las fuerzas que 
Salazar retiraba de la campaña de Michoacán, habían escrito 
al general Regules, invocando su patriotismo y los antece- 
dentes de su carrera militar, é invitándolo á que volviese so- 
bre sus pasos y continuara prestando en el Estado sus impor- 
tantes servicios, bajo la bandera de la legalidad. El general 
Regules, desde Apatzingán y con fecha 31 de Enero, contes- 
tó á Biva Palacio lo siguiente: ''Inmediatamente que fué en 
mi poder la comunicación de vd. fecha 27, comencé á dictar 
mis disposiciones para cumplimentarla, quedando seguro de 
que de cuanto ocurra daré á vd. parte para su conocimien- 
to." En efecto, dos ó tres días después, Regules y Eguiluz 
manifestaron á Salazar que, conformes con las inspiraciones 
de BU deber, dejaban de marchar á su lado y reconocían la 
autoridad del general Arteaga. Salazar no les hizo objeción 
alguna. Aquellos jefes emprendieron una marcha penosa y 
dilatada á través de la Tierra Caliente, hasta ir á incorporar- 
se á la exigua división de Riva Palacio, en Tacámbaro. 

Entretanto, en Morelia había tomado el mando en jefe el 
general !N'eigre, y para garantizar á aquella ciudad de un gol- 
pe de mano de los republicanos, organizó una línea de desta- 
camentos en Ario, Santa Clara, Acuitzio y Quiroga, apoya- 
dos por una columna móvil que avanzó hasta las inmediacio- 
nes de Tacámbaro, pero que no se atrevió á atacar esta plaza. 

Más audaces eran los contraguerrilleros imperialistas. El 
manco Espinosa salió de Uruapan á expedicionar por sus te- 



292 

leño Mc^rtineZy que entonces fué muy útil, pues en ana de 
aquellas acciones deshizo la gavilla imperialista de Pedro 
Avila, quien, con un compañero suyo, fué pasado por las ar- 
mas el dia 7 en el valle de Mazamitla. Este Avila era un fa- 
moso bandido, feroz y sanguinario, que tenía sentados boa 
reales en la cuesta del Zapatero. 

El día 8 llegó Salazar al pueblo de Teocuitatlán; la pobla- 
ción había huido en masa, y en la noche tuvo noticia de que 
una considerable fuerza del enemigo tomaba posiciones, no 
lejos del lugar. Esto, y la noticia de que el ejército de Echea- 
garay se había disuelto, determinaron á Salazar á emprender 
la retirada. Atravesó por veredas la sierra del Favor, y ca- 
minando tres días y tres noches, en medio de toda suerte de 
privaciones, llegó por fin á Tepalcatepec, ya en territorio 
de Michoacán, y el dia 19 á Ja villa de Los Keyes: allí des- 
cansaron sus soldados toda la noche. Para referir lo que pa- 
só al día siguiente, copiaré íntegro el relato que escribí dos 
anos después de los acontecimientos y cuando mi memoria 
estaba aún fresca y vivas las impresiones. 

"Era el 20 de Febrero de 1865. 

"Los soldados de la columna que mandaba el valiente ge- 
neral Carlos Salazar, habían llegado á Los Reyes, después de 
una larga y fatigosa expedición por el Sur de Jalisco. Aquel 
jefe envió la brigada de caballería á proveerse de recursos en 
algunas poblaciones cercanas, quedándose con ochenta jine- 
tes al mando del teniente coronel Espiridión Trejo y treinta 
de la partida de Agustín García. La infantería estaba com- 
puesta de los batallones "Guías del Ejército,'' á las órdenes 
del teniente coronel José Vicente Villada; del 1? de Toluca, 
que mandaba el coronel José María Hernández; de "Tirado- 
res de Codallos," su coronel Hipólito Ortiz, y de "Rifleros 
de Zaragoza,'* mandado por el teniente coronel José Dolores 
Vargas. Estos cuerpos no llegaban en conjunto á setecientos 
hombres. Tenía esta brigada una pieza de montaña, servida 
por seis artilleros á las órdenes del teniente Ignacio Pineda. 

"En la mañana ordenó Salazar que se aseara la tropa. Los 
cuerpos se dirigieron al río, y dejando sus fusiles en pabellón, 
se entregaron al lavado y á bañarse. Se tomó esta determi- 



298 

nacíóa, porque los exploradores aseguraron que el enemigo se 
hallaba en Zamora, Paracho, Uruapan y Taretan; la menor 
distancia no bajaba de catorce leguas. 

"Estaban los soldados en el baño; tranquilos, contentos, 
porque sabían que el general velaba por ellos. En efecto, és- 
te, sin fiarse en los informes recibidos, colocó un vigía en la 
torre y él mismo salió á vigilar los puntos por donde pudie- 
ra presentarse alguna fuerza contraria. 

"Serían las dos de la tarde, cuando se oyó sonar la cam- 
pana mayor de la parroquia. El general subió á la torre y 
observó que una tropa descendía de la sierra. Salazar bajó y él 
mismo tomó un clarín y tocó generala, pues en su mocedad 
había aprendido los toques de Ordenanza. Una segunda lla- 
mada hizo comprender á nuestros soldados que no había tiem- 
po que perder. 

"Por de pronto comenzaron á oirse disparos. Era que los 
exploradores se tiroteaban con el enemigo en la orilla de San 
Gabriel, barrio de Los Keyes. En aquel momento, comenza- 
ban á llegar del rio los infantes de Salazar, que los colocaba 
en situación de presentar batalla. 

"Terrible era el aspecto de aquellos hombres. El toque de 
generala los había sorprendido en el baño: la llamada fué tan 
apremiante, que no tuvieron tiempo de vestirse; y la mayor 
parte de ellos, desnudos, con el fusil á discreción y atándose 
las cartucheras, parecían demonios brotados del infierno. 

"El enemigo á su vez, se presentaba por la calle principal 
(la del Olmo). Su primera columna, compuesta de dos com- 
pañías de zuavos del 3*'* regimiento (trescientos hombres) 
avanzaba á paso de carga. 

"Salazar ordenó al teniente coronel Antonio Domínguez, 
que con el batallón de Toluca saliera al encuentro del ene- 
migo. Domínguez, luego que se avistó con la columna con- 
traria, exclamó lleno de terror: "muchachos, son franceses; 
media vuelta!'^ Y uniendo el ejemplo á la palabra, huyó co- 
bardemente. Entonces el coronel Méndez Olivarez, mayor 
general de la división, acompañado del teniente coronel Nar- 
ciso Garcilaso, comisario de guerra, y del capitán de Estado 
Mayor Francisco Bamírez, salieron al encuentro de los fugi- 



294 

tivos, lograron contenerlos, y poniéndose á la cabeza del cuer- 
po volvieron á la carga. En este acto, Salazar les dirigió la 
palabra: ^'soldados de la patria, les dijo, sólo á los cobardes 
se oculta el peligro, aquí tenéis á los franceses. ¡Valientes hi- 
jos míos, á derrotarlos ó á morir." "Viva la República, con- 
testaron los soldados, viva el general Salazar!" 

"Entretanto, los franceses desembocaban en la plaza. Ve- 
nían orgullosos y seguros del triunfo, batiendo sus tambores 
el toque de carga. Al mirar á los chinacos, á aquella turba 
de hombres desnudos, de tez bronceada y de ojos centellean- 
tes por el valor y el patriotismo, los soldados extranjeros se 
quedaron atónitos. 

"Rompen sin embargo el fuego de fusilería y se precipitan 
en columnas cerradas. Entonces, de enmedio del fragor de 
los disparos, sé alza la voz de trueno de Salazar que manda 
al oficial de artillería 

— ^Fuego, señor! ' 

"El cañón escupe metralla, abriendo ancha calle en las filas 
de los zuavos. 

"Se cierra de nuevo la columna, y otra vez se oye la voz de 
Salazar: 

— ^Puego, señor! 

"Entonces los franceses, sin ocuparse de cerrar filas, se lan- 
zan sobre los chinacos, haciendo un fuego nutrido en peloto- 
nes. Ignacio Pineda, con tres artilleros que le quedaban vi- 
vos, volvió á cargar la pieza. Los zuavos estaban encima, 
despidiendo una lluvia de balas. Salazar gritó: 

— Fuego, fuego, señor! 

"El cañón permaneció mudo. Salazar repitióla orden. Igual 
silencio. Entonces el general se acercó á la pieza: á sus pies 
yacían muertos los seis artilleros y herido el teniente Pineda. 
A diez pasos de distancia estaban ya los zuavos. 

"Salazar, en sublime arranque, gritó de nuevo: 

— ^Puego, señor!" 

"Y apoderándose del estopín, él mismo descargó la pieza, 
que vomitó un torrente de metralla, al propio tiempo que 
Villada, Jesús Ocampo y Vargas se empeñaban también en 
el combate al frente de sus soldados. 



295 

^^De la reserva que mandaba Hipólito Ortiz Be habían des- 
tinado algunos hombres que desde la torre hacían disparos 
certeros sobre el enemigo. 

'^Abajo, el fuego de fusilería era compacto, incesante, se 
ola como el rumor sordo de la tempestad. Los quinientos 
traidores que formaban parte de la columna enemiga, habían 
llegado por las calles laterales á participar de las postrime- 
rías del combate y de la derrota. Aquella lucha se dilató por 
más de una hora en que la sangre corrió como agua. Yo no 
sé cómo no quedaron muertos todos los combatientes. 



^*Por la salida de Los Reyes, rumbo á Paracho, se veían 
loe pelotones de zuavos y traidores que huían á la desbanda- 
da. En su alcance iban Espiridión Trejo y Agustín García. 
Se veían flotar las banderolas de sus lanzas. 

^^En el primer momento de la victoria, Salazar, al ver que 
el teniente Pineda recobraba el sentido, le dio la mano para 
que se incorporase y con voz emocionada exclamó: 

— ^Levántese vd., señor capitán^ para que vea correr á los 
primeros soldados del mundo. 

liOe toques de diana pueblan los aires; se oyen entusiastas 
vivas á la República, j& Juárez y á Salazar. Es inmenso el re- 
gocijo de aquella fiesta de la patria en la que el humo se ele- 
va sd cielo, desprendida del campo de batalla, como el incien- 
so de la victoria.'^ 

El jefe que mandaba á los zuavos era el capitán Yander- 
back, que ya herido, fué hecho prisionero, juntamente con 
el sargento Lesuerier, el cabo Ronchón y tres soldados del 
mismo regimiento de zuavos; también quedaron en poder de 
nuestras tropas el teniente coronel Gabriel Padilla, jefe de los 
imperialistas mexicanosj un sargento y doce individuos de tro- 
pa de los traidores, y entre franceses y traidores, tuvieron 
cuarenta y un muertos. En el parte rendido por el general 
Salazar, cuyo documento está de acuerdo con la narración 
hecha aquí, se afirma que entre las mochilas de los suavos se 
hallaron algunas medallas de Magenta, Solferino y Montebe- 
Uo. Al levantarse el campo, las fuerzas republicanas recogie- 



296 

ron carabinas, fusiles, marrazos, bayonetas, cajones de par- 
que, mochilas y prendas de vestuario. 

De la fuerza de Salazar, murieron los tenientes Estrada y 
Elizarrarás, dos sargentos, un cabo y veinte soldados. 

En la noche, el jefe imperialista Padilla, entregó la caja 
con los fondos que traía de Zamora para los haberes de su 
fuerza, motivo por el cual Salazar mandó ponerlo en liber- 
tad. 

Al expirar la tarde, avisaron al general que un soldado 
francés acababa de presentarse expontáneamente como pri- 
sionero. Llevado á la presencia de Salazar, le preguntó el 
motivo de su proceder. El zuavo, soldado de primera clase, 
respondió que era asistente del capitán Vanderback y que ve- 
nia á constituirse prisionero para tener ocasión de prestar sus 
servicios á su jefe. Salazar elogió su fidelidad y le dijo que 
con calidad de libre, podía peamanecer al lado de su capitán. 
Algunos dias después, incorporados los prisioneros franceses 
á una columa de los suyos, aquel generoso soldado fué ascen- 
dido á cabo en el miemo pueblo de los Reyes y, cuentan al- 
gunos vecinos que lo vieron, que fué tal el gusto que le cau- 
só el ascenso, que en ese día quedó casi agotada en las tiendas 
Veau de vky consumida por él y sus camaradas los otros cabos. 

Después del triunfo, en el cuartel de Villada, se oían 
gñtos lastimeros. El oficial de guardia dio parte al jefe del 
cuerpo de que uno de los soldados franceses prisioneros, te- 
nia una herida espantosa en una pierna y pedia á grandes 
voces que lo acabaran de matar. Villada examinó al pacien- 
te y observó en efecto que tenia la extremidad de la pierna 
convertida en una masa informe: fué en busca del teniente 
coronel José Dolores Vargas, que poseía conocimientos de me- 
dicina, y lo invitó á que hiciera la amputación. En un mo- 
mento se proveyó Vargas de un cuchillo de matancero y de 
una mala sierra, y teniendo por ayudante á Villada, el J)oC' 
ior hizo sin piedad una verdadera mutilación; en vez de clo- 
roformo, que no lo había, se aprovecharon los operantes de 
un desmayo del paciente. El zuavo fué abandonado en Los 
Reyes cuando nuestras tropas, al dia siguiente, emprendie- 
ron la marcha. Andando el tiempo, Villada recibió una car- 



297 

ta escrita en México y firmada por un tal Rousseau, en que 
de la manera más expresiva se le daban las gracias por la fe- 
liz operación 9 que había proporcionado al suscrito la dicha de 
recibir durante su vida una pensión de inválido, pudiendo 
disfrutarla en el seno de su familia. 

Ya entrada la noche de aquel mismo dia, había en los por- 
tales de la plaza de Los Reyes una profusión de luces. Las 
soldaderas habían comprado ó sacado de las tiendas cuantas 
velas de cera encontraron y las habían encendido junto á los 
cadáveres de los republicanos, recogidos y colocados en fila 
en aquel lugar. Era el duelo que á nombre de la patria tri- 
butaban aquellas abnegadas mujeres á los héroes de la 
líbestad. 

La división de Salazar abandonó á Los Reyes el día 21 di- 
rigiéndose á Apatzingán. Desde esta última población este 
jefe envió á los tenientes coroneles José Vicente Villada y 
Espirídión Trejo á que llevasen al general Arteaga el parte 
de la batalla de Los Reyes y la sumisión de las tropas vence- 
doras al Cuartel General del Ejército del Centro. 

De esta manera concluyó la rebelión de Salazar. En cuan- 
to á D. Blas José Gutiérrez, instigador y mal consejero de 
aquel jefe, desapareció de la escena y nadie volvió á verlo en 
Michoacán. 

l^o quiero concluir esta parte de mi relato sin dejar con- 
signado que, deseando Salazar verificar un canje con los 
franceses que traía prisioneros, los dejó en Tancítaro, bajo 
palabra de honor, y con el compromiso que espontáneamen- 
te contrajeron de procurar ellos mismos la negociación. Al 
efecto firmaron una acta, protestando en toda forma no vio- 
larla y ofreciendo que el Sr. general barón líeigre la apoya- 
ría por ser conforme á los derechos de la guerra. Pues bien, 
tan luego como se vieron solos los prisioneros, se fugaron 
rumbo á Los Reyes, incorporándose á una columna del ejér- 
cito invasor que acababa de ocupar aquella plaza. 

Por Zitácuaro, desde la captura de Romero, había cambiado 
la situación. Los franceses y traidores, en número considera- 
ble, ocupaban aquella ciudad y las poblaciones y haciendas 
cercanas, como Jungapeo, Túxpan, Trojes, La Encarnación 



1 



y La Florida, y hacían frecuentes excuraiones por el rumbo 
de Laureles. Ya dije al principio de cate capitulo que incen- 
ditiron algunos pueblos de indios, y agregaré ahora que ha- 
biendo aprehendido 4 loa alcaldea de San Mateo y San Bar- 
tolo, los fusilaron con el pretesto de que no entregabau ias 
armas. De Potier impuso á los vecinos de aquellos pueblos 
fuertea multas, logrando recabar la auma de veintitrés mil 
pesos, y creyendo que la campaña de México era como la que 
con tanta barbarie hacían sus paiaanoa en África, se llovó to- 
do el ganado que desde Laureles hasta Túxpan pudo re- 
cojer. 

De nuestra parte no quedaban en aquel rumbo más que 
loa restos de las partidas que mandaban D. Esteban Leoo, 
Agustín Granda y Carlos Castillo, rodeados de enemigos y 
por lo tanto en constante alarma. 

Las autoridades legítimas de Zitácuaro se habían retirado 
;í Tuzantla. Después de la muerte de Creaceucio Morales, el 
gobierno había nombrado prefecto de aquel Departamento á 
Donaciano Ojeda, á quien también perdiraoa en Guanoro. 
Sustituyó á Ojeda Darío Alzati. Este y aua dos hermanos, 
■Joaé María, que era el mayor y Marcos, el máa joven, eran 
batalladores incansables, patriotas como el que más y adhe- 
ridos & Biva Palacio por una amistad sincera. En el mea de 
Febrero se situaron en Tuzantla, allí reorganizaban la guar- 
dia nacional de infantería y caballería de Zitácuaro, y á tan 
corta distancia del enemigo, inñuían en la moral de aquellos 
pueblos manteniendo viva la chispa del patriotismo. Ade- 
más, colocadoa en aqnel lagar, eran como la avanzada del 
Ejército del Centro. Con los Alzati estaban los hermanos 
Arias, los Coutos y muchos otros veciuos de la heroica ciu- 
dad, prontos á recobrarla, cuando disminuyera el cuantioao 
efectivo de los invasores. 

El general Eiva Palacio, tanto por el afecto que profesaba 
;i Zitácuaro, cuanto por cambiar allí la faz de la aituacióu, 
escribió al general D. Diego Alvarez, indicándole la conve- 
niencia de que algunas de aus fuerzas pasaran á Micho.ieáu 
á auxiliar á laa del Estado, siquiera fuese en una campafia 
rápida. Aquel general, jefe de la División del Sur, en carta 



299 

qne tengo á la vista, contestó que no le era posible disponer 
de la brigada que mandaba el general Pinzón, única con que 
contaba para disputar al enemigo el paso del Mescala, en ca- 
so dado, y que el resto de las fuerzas se ocupaba en cuidar 
las costas y la frontera de Guerrero con Puebla. Por esto ve- 
rán los historiadores imperialistas que los republicanos de 
Michoacán no llegaron á contar nubca más que con sus pro- 
pios esfuerzos para hacer la campaña. 



Por aquellos dias, el general Canto, nombrado Goberna- 
dor y Comandante Militar de Guanajaato, no pudiendo pene- 
trar al Estado de su mando, se habia refugiado en Zitácuaro. 
Picho jefe no contaba con un solo soldado; pero en cambio 
traía u.n numeroso personal en su Estado Mayor. Difícil y 
peligrosa era su permanencia en aquella zona, por lo que 
trataba de buscar refugio en otras partes, y atravesando por 
entre las columnas enemigas, se dirigió á Coeneo á fin de 
colocarse bajo la protección de los coroneles Garnica y Ron- 
da: allí podía esperar más fácilmente la oportunidad de po- 
nerse de acuerdo con los pocos guerrilleroa que había en 
Guanajuato. 

Garnica, con su cuerpo "Lanceros de la Libertad" que ser- 
via de centro á varias guerrillas, había permanecido expedi- 
cionando en la zona que se extiende entre Pátzcuaro, Quiro- 
ga, Coeneo, Puruándiro, Zacapu, Purépero y Paracho, en el 
corazón del Estado, sosteniendo algunas pequeñas acciones 
con los imperialistas, verdaderos tiroteos, que por no ser de 
importancia no creo necesario consignar, así como por la 
misma cazón he omitido y omitiré otros muchos que en dis- 
tintas veces se verificaron en aquella campaña. 

En la gran batida que las columnas francesas y aliadas hi- 
* cieron en Michoacán en la época á que me vengo refiriendo, 
Garnica sufrió una obstinada persecución, por lo que el 15- 
de Febrero se dirigió á la Tierra Caliente, rumbo á Apatzin- 
gán. En la hacienda del Pilón se encontró con el general 
Salazar, y sabiendo por éste que venía resuelto á librar bata- 
lla á la primera fuerza enemiga que encontrara, se le incor- 

Michoacan.— 21 



*' 



800 

poro, cubriendo la retaguardia de la División, hasta que, lle- 
gando á Los Reyes, recibió orden de retirarse á Peribán en 
observación de las fuerzas que pudieran salir de Uruapan. 
Por esta circunstancia no concurrió á la jornada de Los Be- 
yes, pero por orden de Salazar emprendió la persecución á 
los restos de la columna enemiga, marchando en consecuen- 
cia con toda rapidez por el camino de Paracho. Ya no le fué 
posible alcanzarlos, porque habian ganado terreno é iban en 
completa dispersión, sabiendo después por sus espías que á 
Morelia no llegaron más que sesenta zuavos. 

En seguida se le mandó por el mismo general Salazar que 
volviera á situarse en su linea en espera de órdenes del Cuar- 
tel General, cosa que verificó, no obstante estar cubiertas con 
guarniciones del imperio todas las poblaciones y hasta luga- 
res insignificantes como Tecacho, Huaniqueo y Zipimeo. Ex- 
pedicionó los primeros días de montaña en montana, tocando 
uno que otro rancho. Pocos días antes de su expedición á la 
Tierra Caliente se le habían presentado el general Canto y 
sus ayudantes, quienes no acostumbrados á aquella vida, un 
día que por haber gastado dicho general mucho tiempo en 
su tocador^ salió con su comitiva un poco más tarde que la 
tropa, al tratar de seguirla, extraviaron el camino y llegaron 
á las inmediaciones de (Joeneo, en donde fueron sorprendi- 
dos y hechos prisioneros por una columna de franceses y la 
fuerza del jefe imperialista Luis Avalos. Acompañaban al 
general Canto los coroneles Joaquín Zubeldía y Albino Vi- 
dal, los tenientes coroneles José María Callejo y Juan García, 
los comandantes Espiridión Espinosa y José María Méndez 
Cuevas, y los oficiales Maldonado, Linares, Balcázar, Her- 
nández, Rodríguez, Cárdenas y Macías. Los chinacos, refi- 
riéndose á la torpeza de Canto y los suyos, cuya consecuen- 
cia fué BU captura, llamaron en lo sucesivo á aquel general 
"El niño perdido." 

Deseoso Garnica de ir reconquistando su línea, atacó la 
madrugada del día 27 á Coeneo, en donde había una guar- 
nición de doscientos cincuenta hombres. Dio un asalto brus- 
co, y después de media hora de un fuego vivísimo logró to- 
mar la plaza. Con excepción de dos capitanes que quedaron 



801 

prisioneros, todos los demás oficiales y la mayor parte de los 
soldados imperialistas fueron muertos en el ataque. Se sal- 
varon setenta y cinco individuos de la clase de tropa, ocultos 
en las casas y en una barranca, contigua á la población, los 
cuales después se presentaron á Ronda. Aquella fuerza impe- 
rialista quedó totalmente destruida, y la republicana vence- 
dora recogió todo el armamento y el parque. En el mismo 
día Garnica marchó sobre Tecacho, pero al llegar había hui- 
do ya la guarnición. Así fué recobrando su linea, que era un 
importante punto de apoyo en las operaciones militares de 
los republicanos. 

'^£ra práctica invariable de los imperiales, franceses ó me- 
xicanos, la de pasar por las armas á todos los jefes republica- 
nos que hacían prisioneros: esta suerte esperaba á Canto y á 
BUS ayudantes; pero al saber el prefecto político de Michoa- 
cán, D. Antonio del Moral, la aprehensión de los expresados 
jefes, dominado por sus sentimientos de humanidad, se diri- 
gió á la casa en que vivía el general francés, barón ]!Teigre, 
con objeto de salvarles de la muerte. Habiéndolo hallado en 
ella, le habló con el acento del hombre que tiene la concien- 
cia de cumplir con una misión noble, en favor de los prisio- 
neros: le informó confidencial y muy reservadamente, del 
verdadero carácter con que los jefes aprehendidos habían an- 
dado en la revolución; le marcó la diferencia que existía en- 
tre ellos y los puramente malhechores; le demostró la conve- 
niencia de conservarlos; rogó, suplicó, se esforzó en alcanzar 
su humanitario objeto, y empleó todas sus razones para con- 
seguirlo. El general barón Neigre, que conocía la nobleza de 
carácter del digno prefecto y que abrigaba la convicción 
de que sólo guiado de su firme amor á la verdad y á la jus- 
ticia podía haberse resuelto á suplicar en favor de los presos, 
le manifestó que quedaba obsequiado su des^o. El general 
francés había escrito y firmado ya la orden de muerte contra 
los prisioneros, y esa orden debía ser ejecutada por el jefe 
que estaba en la población en que se hallaban aquéllos. El 
paso dado por el prefecto detuvo el terrible golpe. El gene- 
ral barón Neigre revocó inmediatamente la orden de muerte 
y dispuso que los prisioneros fuesen conducidos á Morelia, 



prometiendo á D. Antonio del Moral que allí permnnecerian 
hasta que el gobierno ordenase lo conTeniente, atentas todas 
las circunstancias que se pondrían en su conocimiento." ^ 

"Pero no fué éste el solo servicio prestado á la humanidad 
por D, Antonio del Moral. — Estando el coronel francéa Du- 
prey en Tacámbaro, redujo & prisión á dos extranjeros lla- 
mados Coifñer y Jeannotard, acusados de estar en inteligen- 
cia con loa republicanos y de haber cooperado directamente 
á la deserción de dos soldados franceses; — En consecuencia 
de esto fueron conducidos á Morelia ypueetos en el convento 
del Carmen. 2 La muerta les esperaba en el breve plazo de 
tres días. £1 prefecto D. Antonio del MoraS logró que á sus 
instancias j emitiendo su opinión, se le dieso al negocio otro 
giro que, en sn concepto, correspondía que so diese en justi- 
cia. La inocencia de los acusados llegó á ponerse en claro, y 
reconocida por las autoridades francesas, los presos fueron 
puestos inmediatamente en libertad." 

Los dos párrafos anteriores pertenecen íi la Historia de 
México por Zamacoie, y los he copiado por ser un relato fiel: 
agregaré que Canto y sus compjmerofl quedaron en ia cárcel 
de Morelía hasta que los libertó el canje celebrado entre el 
general Biva Palacio y el Mariscal Bazaine. 

Así acabó el mes de Febrero de aquel año, pudiendo de- 
cirse que Michoacán estaba en plena conflagración. Reñrién- 
dose á esta época dice Mr. Niox en eu obra "Expédition da 
Mexique:" "Como lo hemos dicho, la pacificación de! Estado 
de Michoacán ofrecía dificultades que le eran especiales, por 
consecuencia de la configuración del país y de la posibilidad 
por parte de las guerrillas de abastecerse de víveres y de reor- 
ganizarse en el valle del rio de las Balsas." Ya los lectores 
saben que esto último no ea cierto; decíanlo los imperialis- 
tas para disculpar su impotencia de aniquilar á los republi- 
canos. 

1 Como Avalo* miamo fué quien condujo 4 UoreUk k los presos, no st¡ ha- 
lló al (rente ie su fuerea en el ataque que £eU sufrid en Coodco. 

2 En Ib plazuela del Carmen de Morclia era donde «afusilaba A loa repu- 
blicanos que caían en poder del imperio. Incontable* fucrun las TÍctimas. 



1 



sos 



CAPITULO XXIII. 

(1865) 

Loon Ugalde y su guerrilla. ^Derrota de la guarnición de Zitácuaro. — Derro- 
ta de los republicanos. — Fusilamiento del coronel Juan Valencia. — Po- 
lítica del general Ki va Palacio. — Toma á Zitácuaro. —Ataque y ocupa- 
ción de Quiroga por el general Pueblita. — Multa impuesta al vecindario 
por el comandante francés. — Derrota del jefe republicano Vargas. — Pue- 
blita triunfa de Isassi.— ^Destierro de las familias de Quiroga. — Diez on- 
zas de oro. — Ley sobre división territoáal del imperio. — Fraccionamien- 
to de Michoacán. — Las fuerzas francesas se retiran de Hicboacán. — Se- 
gunda renuncia del prefecto del Moral. — Kemoción de los jueces de Mo- 
relia y protesta del prefecto contra esta disposición. — Combate entre dos 
fuerzas imperialistas. 

Al comenzar el mes de Marzo, las guerrillas de Zitácuaro, 
á iniciativa del coronel José María Alzati, Prefecto interino 
del departamento, unían sus esfuerzos, á fin de dar un golpe 
seguro á los imperialistas. Tocó esta fortuna á León Ugalde; 
pero antes de referir el hecho de armas, diré dos palabras 
acerca de ese jefe. 

Procedente del Estado de Querétaro, de donde era nativo, 
llegó á Zitácuaro, buscando un refugio contra la persecución 
de que fué objeto en rus propios terrenos. Ugalde traía una 
tropa muy desmoralizada, una verdadera chusma de bandi- 
dos que comenzaron á cometer toda clase de tropelías .en la 
región en que se les recibía con franca hospitalidad y con el 
deseo de tener un contingente más para luchar contra los in- 
vasores. Por más advertencias que se hicieron á Ugalde, sus 
soldados no cesaban de robar y de cometer otros actos que 
tenían indignadas á las familias. Entonces, el general Kiva 



f 



804 

Palacio ordenó al teniente coronel José Acevedo que batiese 
á TJgalde hasta exterminar su gavilla, y en caso de hacerla 
prisionero, que se juzgase con toda severidad. Acevedo al- 
canzó á los bandidos en el rancho de San Antonio, camino 
de Laureles, les hizo muchos muertos, y la chusma quedó 
disuelta. Ugalde, que pudo salvarse huyendo á pie, marchó 
al Cuartel General, se presentó al general Arteaga y le hizo 
mil protestas de conducirse bien, pidiendo que lo autoriza- 
se para entrar á Querétaro y formar una nueva guerrilla con 
gente moralizada. El general conocía á Ugalde, y aunque no 
tenía de él buen concepto como hombre honrado, sabía que 
siempre había prestado servicios á la causa liberal, desde la 
revolución de Ayutla, que era audaz y de un valor á toda 
prueba y que contaba con buenas amistades entre la gente de 
pelea. Admitiendo sus propuestas de mejorar de conducta y 
de que serviría bajo las órdenes de un jefe caracterizado, le 
expidió la autorización pedida, yá solicitud del mismo Ugal- 
de dio á Acevedo la comisión de acompañarlo hasta el cen- 
tro del territorio de Querétaro. Ambos guerrilleros atrave- 
saron lugares ocupados por tropas enemigas y entre colum- 
nas móviles que por allí expedicionaban, hasta llegar al pue- 
blo de Huimilpan, en donde en efecto se unieron á Ugalde 
sus hermanos y parientes y un gran número de amigos, an- 
tiguos soldados suyos, y tan luego como formó una guerrilla 
de más de cien hombres, unidos á los sesenta de Acevedo 
regresaron las dos fuerzas á Zitácuaro, burlando la persecu- 
ción que les hacían varias columnas, entre ellas una compa- 
ñía de Cazadores de África que los siguió hasta el Mineral 
del Oro. 

Veamos ya los sucesos del mes de Marzo. Para perseguir 
á los republicanos que expedicionaban en el centro y Sur del 
Estado, el general Neigre retiró de Zitácuaro las columnas 
francesas, no dejando en la línea oriental más que la contra- 
guerrilla de Clary, situada en Queréndaro, desde donde po- 
día ocurrir en un caso dado á Morelía ó á Zitácuaro. Para 
esta última plaza marchaba Don Ramón Méndez con su ba- 
tallón del Emperador, y debía encontrar en ella una columna 
de la legión belga que tenía orden de salir de Toluca. Entre- 



i 



805 

tanto Zitácnaro permaneció durante tres dias sin más fuerza 
imperialista que cuatrocientos hombres que mandaba un co- 
mandante de apellido Bivero. 

No hicieron más que saber esta circunstancia los guerrille- 
ros de aquel rumbo, que al momento se reunieron con Ugal- 
de,yel dia 7 se situaron en las lomas de Camémbaro, provo- 
cando á la guarnición. Rivero, confiado en que su enemigo 
era inferior en número y sin cohesión alguna por formarse 
de diversas partidas, salió de la ciudad en son de ataque con 
la totalidad de sus hombres. Ugalde se retiró tiroteándose 
con los imperialistas, j cuando estaban ya lejos de la pobla- 
ción, mandó dar media vuelta y cargó á la lanza. Los china- 
cos ese dia tenian ganas de pelear, y la acometida fué tan fu- 
riosa que, según los datos de los documentos imperiales, és-. 
tos tuvieron cincuenta muertos, otros tantos heridos y dos- 
cientos prisioneros, entre los cuales estaba Don Pedro Mar- 
tínez que fungia de prefecto político de Zitácuaro. 

Por desgracia la alegría de este triunfo duró setenta y dos 
horas. El día 10 llegaba Méndez á Zitácuaro. Hallábanse en 
la plaza, Ugalde, Juan Valencia y Carlos Castillo con poco 
más de cuatrocientos hombres, y á la noticia de la aproxima- 
ción del enemigo salieron á situarse en el cerrito de* Guada- 
lape. Los traidores tomaron sus alojamientos en la ciudad, y 
creyendo entonces los republicanos que Méndez esperaba la 
llegada de los belgas, se retiraron á Barranca Honda. La fal- 
ta de unidad en el mando de las guerrillas permitió á Mén- 
dez darles una sorpresa. En efecto, á las dos de la mañana 
del 11 marchó sobre los republicanos; una de sus columnas, 
al mando del teniente coronel del Batallón del Emperadory 
Don Juan de Dios Rodríguez, entró en la barranca con el 
mayor silencio, y cuando se hallaba á treinta pasos distante 
de sus contrarios atacó de una manera pronta y vigorosa. 
Aquéllos entraron en desorden, si bien resistiendo indivi- 
dualmente con mucho valor. Entonces Méndez lanzó sobre 
ellos la caballería del comandante Manuel Muñoz, la que lo- 
gró poner en derrota á los guerrilleros, que dejaron en el 
campo cuarenta muertos y más de cincuenta prisioneros, en- 
tre estos gravemente herido al coronel Juan Valencia, el cual 



806 

por orden de Méndez fué fusilado en Zitácuaro y colgado en 
el poste de un farol en una de las esquinas <}e la plaza. La 
muerte de Valencia fué muy sentida entre los republicanos, 
pues era un jefe valiente, modesto y firme en su patrio- 
tismo. 

Hacia tiempo que el estado de cosas en Zitácuaro llamaba 
hondamente la atención del general Biva Palacio. Desde la 
captura de Romero, las guerrillas de aquella comarca habían 
quedado sin un jefe que sirviera de centro y cuya superiori- 
dad no fuese disputada por ninguno de los que mandaban las 
diversas partidas. Coincidía esto con la invasión de colum- 
nas de franceses y traidores que en gran número ocupaban 
los pueblos y grandes haciendas del Departamento ó que ex- 
pedicionaban sin cesar dentro de sus limites. Además, el ge- 
neral Arteaga seguía estacionado en Huetamo, sin poderse 
mover, á causa de sus enfermedades, si bien no desatendía 
la construcción de parque; mantenía con los jefes del ejérci- 
to una correspondencia incesante que avivaba la fe é influia 
en la actividad de las operaciones, y no cesaba de enviar comi- 
sionados á Morelia, Guanajuato, León y otras ciudades ocu- 
padas por el enemigo, con el objeto que más adelante se ve- 
rá. La cFirección general de la campaña estaba á cargo de 
Riva Palacio que recorría la línea desde Carácuaro, San An- 
tonio de las Huertas, Tacámbaro y la Huacana, en donde se 
organizaban fuerzas y se procuraba dar alguna disciplina á 
los soldados. Su comunicación con los jefes de Coeneo y Za- 
capu era frecuente y eficaz. Así, en mediode tantas dificulta- 
des, en plena campaña contra el mayor número de fuerzas 
enemigas que nunca había habido en Michoacán, y casi en- 
medio de la disolución de nuestras exiguas tropas, tendía en 
todo el Estado los hilos de una cohesión que pronto iba á 
producir sus frutos. 

Urgido, sin embargo, por los jefes de Zitácuaro, se propu- 
so ir á inspeccionar aquella línea, aunque fuese con mucha 
rapidez, y á este efecto salió de Carácuaro el 18 de Marzo con 
la infantería de Robredo y los Lanceros de Jalisco, que man- 
daba el teniente coronel Qorgonio Bustamante por separa- 
ción de su antiguo coronel Ruiz Suavia; ambas fuerzas for- 



807 

maban un total de cuatrocientos hombres. La visita de ins- 
pección era tanto más necesaria en aquellos momentos, cuan- 
to que la derrota de XJgalde y la muerte de Valencia habían 
infundido el pánico entre los habitantes del Departamento 
de Zitácuaro. 

Riva Palacio avisó á Arteaga su movimiento, y este jefe, en 
carta del 15, le avisaba que en aquellos días debía haber sali- 
do de Toluca, rumbo á Michoacán, una considerable fuerza 
de franceses (eran los belgas), y que en consecuencia, le reco- 
mendaba mucha cautela y que se apresurase en su expedi- 
ción. En Tusantla se incorporaron los restos de las guerri- 
llas de Ugalde y Castillo y cincuenta infantes que tenía or- 
ganizados José María Alzati. 

£1 día 14 había salido Méndez de Zitácuaro con rumbo á 
Valle de Bravo, siendo hostilizado en el camino por una pe- 
queña fuerza de infantería compuesta de los indios de San 
Miguel Chichimequillas. En la ciudad quedó una guarnición 
de cuatrocientos infantes y cien caballos al mando del te- 
niente coronel Antonio Díaz (a) el TlachiquerOj segundo de 
Lamadrid. 

El 16 se avistó Riva Palacio á Zitácuaro con su columna 
fuerte en seiscientos hombres. En el camino se le había des- 
troncado su caballo, el único que traía, pues otro de refresco 
estaba en esos días reponiéndose en la hacienda de Tulte- 
nango. Al llegar á Zitácuaro estaba el caballo tan inútil, que 
el general montó en una muía tordilla que le servía para ca- 
minar en los desfiladeros, hermoso animal, de figura arro- 
•gante, pero de una pereza invencible: los soldados le habían 
puesto el nombre de Carlota! Y ese día, al ver que el general 
montaba en la muía en los momentos de llegar á Zitácuaro, 
los soldados decían: — La cosa está buena, la lleva tan segura 
el general, que ni siquiera ha remudado en su caballo; les va 
á ganar con Carlota! 

Eiva Palacio envió á Ugalde á que atacara por Guadalupe 
y él avanzó por el Calvario. Después de un tiroteo de media 
hora, el llachiquero evacuó la plaza, saliendo por el Hoyo de 
la Arena y batiéndose en retirada. El general lanzó sobre él 
sus cuerpos de caballería, y aunque el enemigo se formó en 



1 

I 



308 

cuadro^ no pudo resistir el choque de los republicanos^ ca- 
yendo en poder de éstos, doscientos infantes y cien ginetes 
prisioneros que en seguida fueron refundidos respectivamen- 
te en el batallón de Eobredo, y en los cuerpos de caballería. 
El Tlachiquero logró escapar con unos cuantos. ^ 

Eiva Palacio permaneció en Zitácuaro sólo dos días, dic- 
tando disposiciones, y luego regresó á Carácuaro, moraliza- 
das ya las guerrillas de Zitácuaro. 

Mientras pasaban estos acontecimientos, el general Pue- 
blita había penetrado al| centro del Estado, y uniendo á su 
fuerza la del coronel D. Bafael Garnica y la infantería del co- 
mandante Jesús Villanueva, formando un total de ochocien- 
tos hombres, atacó la villa de Quiroga al amanecer del día 13. 
La plaza estaba guarnecida por trescientos hombres entre 
franceses y mexicanos al mando del jefe Santiago Béguerisse. 
El combate duró hasta las seis de la tarde eu que los repu- 
blicanos hicieron una retirada falsa, quedando al fin en po- 
sesión de la plaza por haberla abandonado en la noche de ese 
día las tropas imperialistas. El general Neígre impuso á los 
vecinos de Quiroga una multa de cuatro mil pesos por no ha- 
ber auxiliado á Béguerisse. Esto de imponer multas á los 
pueblos era común y muy frecuente por parte de los impe- 
riales, sobre todo de los franceses, diferenciándose estas mul- 
tas de los préstamos forzosos exigidos por los chinacos j en que 
éstos (los préstamos) se abonaban á los particulares en el pa- 
go de contribuciones, mientras que aquéllas (las multas) des- 
aparecían en las cajas de la Intendencia francesa. 

El 22, una contraguerrilla desprendida de la columna fran- 
cesa que había llegado á Tacámbaro, dio alcance en Santa Ro- 
sa á la fuerza del teniente coronel Vargas, que tuvo tres 
muertos y cinco heridos. 

El 25 caíaPueblita sobre la columna imperialista que man- 
daba Isasi, en las inmediaciones de Puruándiro. Este último 
fué derrotado dejando diez muertos y treinta prisioneros. 
Acompañaban á Pueblita en este hecho de armas, Bonda, 
Garnica y Villanueva, dando por resultado este golpe qne la 

1 La Memoria de Michoacán equivocadamente da á este Jefe el nombre de 
Oeballos y pone el suceso con fecha 12 de Marzo. 



309 

comarca que tiene por centro á Coeneo quedase por enton- 
ces en poder de los liberales. 

Después de estos sucesos, no contento Béguerisse con que 
ios vecinos de Quiroga fuesen castigados tan benignamente 
con la sola multa que les impuso ^N'eigre, al volver á cubrir 
aquella plaza, ^^quiso que en ella no hubiese más que perso- 
nas adictas al imperio, y expidió una orden apremiante para 
que en el breve y perentorio término que fijaba (tres días), se 
trasladasen á Pátzcuaro todas las familias pertenecientes á in- 
dividuos que militaban en las filas republicanas. Avisado el 
Prefecto político D. Antonio del Moral, por una carta que 
recibió de uno .de los vecinos, de la disposición dada, se di- 
rigió inmediatamente á ver al general barón !N'eigre, á fin de 
que no se llevase á efecto la orden expedida. El general fran- 
cés, siempre dispuesto á escuchar la razón, mandó inmedia- 
tamente que se revocara la referida orden y que se suspen- 
dieran sus efectos." Esto refiere Zamacois, pero hay que de- 
cir que muchas de aquellas familias tuvieron, sin embargo, 
que abandonar á Quiroga, porque Béguerisse no dio entero 
cumplimiento á lo que se le mandaba. Referiré otro hecho 
de este oficial. Habiendo recibido orden de Loissillon, jefe 
de la columna francesa, de aprehender á un vecino de Qui- 
roga llamado D. Martín Mercado, y de recoger todos los do- 
cumentos que encontrase en su poder, se dirigió inmediata- 
mente á la casa de aquél, quedando en el acto ejecutada la 
orden. 

"Como en la casa del aprehendido — dice Zamacois — ^vivía 
la mujer de un guerrillero llamado Ronda, el oficial francés 
procedió á registrar los baúles que en la habitación tenía. No 
habiendo encontrado en ellos documento alguno, pero sí diez 
onzas en oro, le pareció prudente recogerlas para ver lo que 
disponía respecto de esa cantidad el Prefecto político. Con 
este motivo envió de Pátzcuaro con fecha 19 de Marzo, una 
nota á D. Antonio del Moral, dándole parte de lo que había 
practicado, que tenía en su poder las diez onza8;encontrada8 
en los baúles de la mujer de Ronda, y diciéndole que orde- 
nase lo que creyese conveniente hacer con aquella cantidad." 
El digno Prefecto (en vez de decir á Béguerisse simplemen- 



310 

te: "en buenas manos están las onzas,") contestó con fecha 
21 del mismo mes: "que supuesto que en la orden á que se 
refería sólo se le previno que aprehendiera & Martin Merca- 
do y recogiera los documentos que pudieran encontrarse en 
su poder, no había debido extraer las diez onzas de ore de 
los baúles de la mujer de Eonda, porque no eran documen- 
tos, ni armas, ni pertrechos de guerra; qne en tal virtud, pro- 
cediese inmediatamente á la devolución de las referidas diez 
onzas, entregándolas á la misma mujer de Ronda en presen- 
cia de la autoridad política y recogiendo de la interesada el 
correspondiente recibo, que visado por el subprefecto remiti- 
ría á la Prefectura dentro del perentorio término de seis días, 
advirtiéndole que para lo sucesivo se abstuviese de cometer 
semejantes atentados/^ 

Por aquellos días (3 de Marzo) expidió Maximiliano su cé- 
lebre decreto de división territorial, por el que se establecían 
en el país cincuenta Departamentos.- Michoacán dio contin- 
gente para cuatro, uno conservando el mismo nombre con su 
capital en Morelia, el otro el de Tancítaro con la cabecera en 
el pueblo de esta denominación, y el de Coalcomán, capital 
Coalcomán. Lo más raro de esto era que la ciudad de Urua- 
pan se fraccionaba en dos partes, por el curso del río Oupati- 
tzio, una perteneciendo á Michoacán y la otra á Tancítaro. 
El autor de este famoso decreto fué el canónigo D. Guadalu- 
pe Romero, que era también autor de una estadística del obis- 
pado de Michoacán. Zitácuaro se agregó al valle de Bravos: 
el objeto de tal fraccionamiento era nulificar á Michoacán. 

Los franceses veían que la campaña de Michoacán era fa- 
tigosa é interminable. En los tres meses corridos del año de 
1865 no habían podido 'obtener una ventaja sólida, no obs- 
tante los diez mil hombres que traían en acción, y no podíaa 
jactarse de que reinase el imperio más que en el terreno ma- 
terialmente ocupado por ellos. No obstante que los cuerpos 
franceses que allí hacían la guerra, pertenecían á las celebra- 
das tropas de África, habituadas á la guerra de montaña y 
contra los árabes, comparables á los guerrilleros, estaban con- 
vencidos de la imposibilidad, al menos por espacio de pocos 
años, de vencer y aniquilar á aquellos mexicanos indomables 



811 

que derrotados hoy, mañana á veinte leguas de distancia iban 
á bascar al enemigo para ofrecerle nuevo combate. 

Bazaine no podía menos que desesperarse de semejante es- 
tado de cosas, y como por otra parte las fuerzas republicanas 
de Occidente habían obtenido brillantes victorias sobre los 
franceses en el JS^rte del litoral del Pacífico, y estaba amena- 
zada la Sonora de quedar libre de invasores, al mismo tiem- 
po que el general Escobedo emprendía una vigorosa campa- 
na en Tamaulipas, el Mariscal, á riesgo de que no se le cre- 
yese la mentira, escribía al emperador Napoleón dando por 
terminada la campaña de Michoacán, puesto que sólo que- 
daban guerrillas que esquivaban el combate. Y preocupado 
con la posesión de Sonora, cuyas minas eran el sueño dorado 
del gobierno de Francia, dirigió rápidamente fuertes colum- 
nas en dirección de aquella parte de la República. El gene- 
ral líeigre, entre otros, recibió orden de dejar el mando pro- 
visional de la 2? División, y en consecuencia salió de Michoa- 
cán, llevando consigo gran parte de sus fuerzas. Quedaron 
en el Estado De Potier con el 81 de línea, un regimiento de 
húsares, la contraguerrilla de Clary y un cuerpo de argeli- 
nos. Estaba próxima á llegar la legión belga, y á las órdenes 
del general Portilla, comandante militar de Michoacán, que- 
daron los cuatro mil hombres que formaban la tropa memcO' 
na que defendía el imperio en el Estado. 

Ya he dicho que el Prefecto del Moral no era partidario 
de los franceses; pero como veía que el aumento del ejército 
mexicano se dilataba indefinidamente, renunció por segunda 
vez en un documento notable que á la letra dice: 

"Señor: — La fuerza francesa, por orden superior, abando- 
na los puntos que ocupaba en el Departamento para dirigir- 
se al de Ouanajuato; y las inmensas ventajas adquiridas en 
dos meses de campana á fuerza de sacrificios, de actividad y 
extraordinarios esfuerzos, se han perdido en un solo día. 

"Las poblaciones ocupadas por las armas del imperio y que 
con sinceridad y entusiasmo se acogieron á su bandera, están 
cayendo en poder del enemigo; y las autoridades persegui- 
das, y los propietarios arruinados, y las familias errantes y 
fugitivas, se dirigen por diversos conductos á esta Prefectura 



reclamando la protección que demandan el decoro det gobier- 
no, los compromisos contraídos con ellos y la humanidad 
rnisma. 

"Igual solicitud y con loa mismos títulos, elevan las pobla- 
ciones que se encuentran en peligro próximo, como Paruáa- . 
diro, La Piedad, Purépero, Pátzcuaro y Zamora; y uo bat 
biendo qué contestar á tan justa demanda, me he decidido á 
nombrar una comisión compuesta de los tres señores porta- 
dores de esta nota, para que, acercándose á V. M., le maui- 
ñesten coa lealtad y con desnuda franqueza, la deplorable 
situación del Departamento, las verdaderas causas que la 
producen y la urgente necesidad de apelar al gran pensamien- 
to de V. M. de que hice mención en mi primera renuncia, 
para poner término al hondo padecimiento de los pueblos. 

"Fiel á los compromisos que coatraje cuando acepté la pre- 
fectura, y atento sólo á los deberes de este encargo, hice á un 
lado mis opiniones particulares, sofoqué mia más íntimos pen- 
samientos, sacriScando mi propio dictamen en los difíciles 
negocios y cediendo en mi calidad de empleado, á la direc- 
ciún que V, M. ha querido darles. Entre machos, citaré el 
relativo á la guardia rural. 

"Luego que me informé del decreto, comprendí laa graves 
dilicultadea que debían presentarse para so cumplimiento. 
Sin embargo, me limité á manifestar mis observaciones al 
Ministro de la G-uerra, sin dejar por eso de procurar con ac- 
tividad y constancia el cambio de dichas fuerzas, como esta- 
ba prevenido; y aunque mis indicaciones al fin hubieron de 
¡Ldoptarse, esto fué cuando ya los eusiliares habían sufrido 
una fuerte baja y difundidose entre ellos la desconfianza, el 
descontento y la alarma, por el aleve golpe que se lee prepa- 
raba; de modo que el gobierno reportó los costosos sacrificios 
de su sosteuimieuto, sin haber obtenido las ventajas de bus 
servicios. 

"Tolerante por carácter y por convencimiento, me he cui- 
ditdo poco ó nada de las opiniones políticas para la ocupación 
do las personas; y firme, como el que más, en el gran pensa- 
miento de procurar nuestra sincera y sólida reconciliación, 
he seguido por regla invariable en todos mis actos, no esta- 



813 

blecer diferencia alguna entre individuos de diversos bandos, 
ni consultar para el servicio público otras cualidades que el 
saber, la probidad j el amor al orden, pero siempre me ha 
parecido político, justo y necesario, no contar con hombres 
manchados de crímenes, ni menos colocarlos con carácter pú- 
blico en el teatro mismo de sus violencias y excesos, persua- 
dido profundamente, como lo estoy, de que tales hombres se- 
rán sieopre la muerte de todo gobierno, y de que no hay 
poder humano capaz de conciliar los ánimos cuando los he- 
chos aún están palpitantes, cuando las pasiones agitan el 
corazón, y cuando se escucha todavía el lamento de las víc- 
timas. 

"La comisión lleva el encargo de manifestar á V. M . los 
tristes y funestos resultados que han producido todos los ac- 
tos del gobierno, ejercidos sin tener en cuenta las considera- 
ciones expuestas, así como los peligros que amenazan, al me- 
nos en este Departamento, si no se observa un sistema pru- 
dente, filosófico y justo. 

"Orden, paz y justicia quieren los pueblos: todo lo demás 
lo ven como secundario. 

"Después de lo expuesto, suplico á V. M. se digne admi- 
tirme la renuncia de la prefectura, que dirigí desde el 18 de 
Enero último.. Las razones en que entonces me fundé, son 
hoy en mayor escala, y los hechos las sancionan: no puedo, 
no debo permanecer ejerciendo una autoridad de todo punto 
ineficaz para contribuir al bien de mi país, á cuyo servicio 
únicamente sacrifiqué con entera abnegación mi tranquilidad 
y sosiego. — Morelia, Marzo 10 de 1865. — Antonio del MoraU^ 

El contenido del docum.ento anterior, en el párrafo que co- 
mienza: "Tolerante por carácter y por convencimiento . . . . " 
estaba inspirado en los rumores que corrían en Morelia, so- 
bre que sería nombrado prefecto superior político del Depar- 
tamentcf, el Lie. D. Bruno Patino, antiguo Secretario de Go- 
bierno del general Huerta y del general TJraga; pero el 8r. 
Patino no merecía el concepto que de su persona expresa del 
Moral. 

Maximiliano escuchó atentamente á los individuos de la 
comisión, les prometió se pondría remedio á todo, y no admi- 



1 



314 

tió la renuncia de D. Antonio del Moral, con gran contento 
de los habitantes de Morelia. 

El partido clerical estaba cada dia menos satisfecho de la 
marcha política del imperio. El descontento subió de punto 
con el destierro disimulado que Maximiliano impuso á los 
dos generales que figuraban como jefes del partido reaccio- 
nario, si bien entre ambos reinaba una inextinguible enemis- 
tad. Me refiero á Márquez y á Miramón. El primero faé en- 
viado á Gonstantinopla como eml}ajador cerca de la Sublime 
Puerta y encargado de una misión poco definida en los San- 
tos Lugares; el segundo fué á Berlín como ministro diplomá- 
tico con encargo de hacer estudios sobre la artillería prusiana. 
El general Taboada, clerical neto, cayó también en desgracia. 
Decididamente Maximiliano se convertía en Jacobino^ como 
se dice hoy. 

Y para confirmar esta opinión, se recordará que el empera- 
dor j no obstante cierto compromiso contraído con Pió IX, no 
devolvió á los obispos y al clero los bienes que retiraron de 
la mano muerta las leyes de Reforma; que á la protesta que 
elevaron ante él el arzobispo de México, D. Pelagio Antonio 
de Labastída, el de Michoacán, D. Clemente de Jesús Mun- 
gulia y los obispos de Oaxaca, de Querétaro y de Tulancingo 
"por la inconveniente y violenta solución que trataba de dar- 
se á los asuntos relativos á la Iglesia, respondió en una nota 
dura y mordaz (como nunca lo hizo Juárez), entre otras co- 
sas, con las siguientes líneas: "La gran mayoría de la nación 
exige, y tiene derecho á exigir esta solución, y en este pan- 
to, yo estoy seguramente en situación de juzgar con más 
acierto que el episcopado, porque acabo de recorrer la mayor 
parte de vuestras diócesis, entre tanto qme vosotros permane- 
céis tranquilos en la capital después de vuestro destierro, sin 
que os importe el estado de vuestras diócesis;" y por último, 
cuando llegó el nuncio apostólico. Monseñor Megliar, con las 
instrucciones esperadas de Roma y que consistían en no traer 
ninguna^ indignado Maximiliano, confirmó las leyes de Be- 
forma y dio con esto un bofetón á los cangrejos. El clero alto 
se consideró traicionado por el soberano que era su hechura, 
se declaró en hostilidad contra el imperio; pero conservando 



315 

en odio feroz contra los liberales. Acaso abrigó siempre la 
esperanza de hacer caer más tarde en sus redes al infeliz so- 
ñador de Miramar. 

En otra clase de actos administrativos, el emperador recibía 
también la cepsara de sus adeptos. El enérgico é indepen- 
diente B. Antonio del Moral, que no omitía medio de repro- 
char á Maximiliano su ignorancia en el arte de gobernar, 
disgustado por algunas providencias dictadas por el visitador 
imperial de Michoacán, Sr. Hernández, las reclamó en tér- 
minos duros. Es el caso que ^^cuando el expresado Visitador 
imperial llegó á aquella ciudad, obrando sin duda con facul- 
tades reservadas que se le habían dado, removió á los jueces 
de paz, 7 en su lugar nombró á otras personas que juzgó con- 
Yeniente. El presidente de segunda instancia dio parte á la 
prefectura, con fecha 18 de Marzo, de lo dispuesto por el vi- 
sitador imperial, y el prefecto político D. Antonio del Moral 
dio cuenta al Ministro de Justicia, el día 15 del mismo .mes, 
de lo acaecido, transcribiendo en su oficio la comunicación 
del presidente de la segunda instancia. ^^Por dicha comuni- 
cación verá V. E.^' decía el expresado prefecto- D. Antonio 
del Moral al Ministro de Justicia ^^que los seis jueces de Paz 
de esta ciudad y los suplentes respectivos, han sido removí» 
dos por el señor visitador sin formación de causa, sin averi- 
guación previa, y sin motivos justificados; y que han sido 
nombradas otras personas que los sustituyan sin haberse ob- 
servado las formalidades que para tales casos previene la ley. 

^'Estos son los hechos. 

^' V. E. conoce perfectamente bien las disposiciones legales 
que rigen sobre la materia. Según el art. 81 de la ley de 29 
de Noviembre de 1858, mandada observar por la Serenísima 
Regencia, ningún Magistrado, Juez ni empleado de los Tri- 
bunales superiores y Supremo, puede ser depuesto, ni sus- 
penso de su destino, sino en los casos, forma y modo que es- 
tablecen las leyes; y los trámites y forma de ésta son bastan- 
te conocidos. 

"El art. 69 de la citada ley dispone que los jueces sean 
nombrados por el Gobernador del Departamento á que co- 
j;responde el lugar donde se han de establecer, á propuesta 

Miohoacan.— 22 



"^ 



816 

del Tribunal Superior respectivo, el cual oirá al Prefecto de 
la demarcación sobre la persona ó personas que hayan de pro- 
ponerse." La práctica ha sido constante y enteramente con- 
forme con esta disposición. 

"Los Prefectos superiores de los Departamentos tienen 
exactamente las facultades que los gobernadores de los anti- 
guos Estados, por expresa declaración de la Regencia expe- 
dida en 26 de Octubre de 1863. 

"Como el primer deber de tales funcionarios es observar y 
hacer guardar las leyes; y siendo enteramente contrarios á 
ellas los actos del señor Visitador, suplico á V. E. se sirva 
comunicarme las facultades de que está investido aquel funcio- 
nario, para acatar debidamente las disposiciones que de ellas 
emanen, ó hacer valer mi autoridad en caso contrario. 

"Por el decreto de su creación se ve que puede exigir á to- 
das las autoridades las noticias y documentos que estimare 
necesarios; visitar los tribunales y establecimientos públicos; 
visar las causas pendientes ó concluidas, residenciar á los 
funcionarios públicos y empleados; pero con la restricción 
que esta misina facultad establece, de instruir por si, ó man- 
dar instruir la correspondiente información: suspender á los 
mismos de empleo y sueldo y nombrarles sustituto, rfaíirfo 
cumia con justificación á 8, M.j lo que desde luego supone ha- 
berse abierto el juicio de residencia é instruido la informa- 
ción sumaria y gubernativa con audiencia de los interesados: 
dictar las providencias convenientes para asegurar la respon- 
sabilidad de los que administran rentas públicas y hacer efec- 
tiva la de sus deudores; y proponer las medidas que crea con- 
venientes á fin de dar y conservar á las autoridades consti- 
tuidas, la respetabilidad que les es necesaria para ejercer sus 
funciones, con el decoro, energía é independencia que recla- 
man el buen orden y servicio públicos. 

"En las referidas facultades no se encuentra por cierto la 
de remover á los empleados judiciales, sin las formalidades 
que en ellas mismas se previenen y que están establecidas por 
las leyes como la única garantía del poder judicial; la última 
más bien les impone el deber de respetar á las autoridades 
constituidas y dejarlas en el libre ejercicio de sus funciones. 



■f 



817 

"Es verdad que segúa el art. 49 del decreto de 9 de Noviem- 
bre de 1864, los Comisarios, y en su caso los Visitadores, á 
más de las facultades expresadas, podrán ejercer las especia- 
les que el Soberano tenga á bien concederles por sus órdenes 
é instrucciones. En el titulo del Sr. Hernández que V. E, se 
sirvió comunicarme en 21 de Noviembre último, no aparece 
que se le hayan cometido otras facultades- que las consigna- 
das en el decreto citado; y aunque podría ser muy bien que, 
en órdenes'ó instrucciones reservadas, se le hubieran amplia- 
do aquéllas, la Prefectura no puede persuadirse de que sean 
bastantes para ejercer los actos de que se ha hecho referen- 
cia, fundándose en que el Soberano ni ha querido ni debido 
hacerlo. No lo primero, porque en su tránsito para esta Ca- 
pital exhibió un bello testimonio del respeto que le merecen 
la ley y de las garantías de los funcionarios públicos; pues 
acusados algunos de ellos de faltas en el desempeño de su mi- 
nisterio, á ninguno removió, á ninguno suspendió, ni se hizo 
demostración alguna, resolviendo en los casos que se le pre- 
sentaron, que ocurrieran los quejosos á los tribunales compe- 
tentes á usar de sus derechos; y al disponer la renovación del 
Ayuntamiento, por consideraciones de justicia á sus miem- 
bros y de conveniencia pública, no procedió por sí al nom- 
bramiento de las personas que debieran sustituirlas, sino que, 
respetando los órganos de la ley, lo encomendó á los funcio- 
narios respectivos. No lo segundo, porque en sus instruccio- 
nes á los Prefectos ha declarado de una manera solemne que 
la ley será en adelante la base del Imperio: que sólo en ella 
y por ella deben obrar los órganos del gobierno; y que mien- 
tras una ley esté vigente de derecho, debe ser religiosamente 
respetada. No es de suponerse, por lo mismo, que las órde- 
nes é instrucciones de S. M. fueran tan amplias que en su 
virtud pudiera atropellarse con disposiciones vigentes, sin 
haber acordado antes su derogación en el modo y forma es- 
tablecidos. 

^^Todavía más: al decretar la institución de los Comisarios 
Imperiales y Visitadores, se propuso un objeto grandioso y 
de alta importancia para el bien público: cortar de raíz los 
abusos introducidos y los que en lo sucesivo se puedan des- 



lizar ea los ramos de la Rdministración pública; y no ea creí- 
ble, por lo mismo, que en sus instrucciones reservadas diera 
órdenes contrarias á eete ün tan interesante, para que lejos 
de corregir y cortar loa abusos, vinieran á establecerse á bu 
nombre y con bu autoridad, coDcalcaudo leyes que han reci- 
bido la doble sanción de ia Kepública y el Imperio. 

"Pero sea como fuere; la Prefectura deBea que se le diga 
de una manera terminante y explícita, si las órdenes que ex- 
pida el señor Visitador Imperial, eegúu el art, 5? del Decre- 
to relativo, han de ser obedecidas por laB autoridades y ha- 
bitantes del Departamento, aun cuando conocidamente no 
sean conformes con sus facultades; si deben ser cumplidas 
aun cuando sean contrarias á la ley; y ai loa michoacanos de- 
bemos callar aun cuando no sean conformes á la convenien- 
cia pública; pues en todo caso deaea la Prefectura tener uua 
regla segura á que normar su conducta, sin menoscabo de la 
autoridad que representa y sin mengua de los grandes res- 
petos que se deben al Supremo Gobierno. 

"Todo lo que tengo la honra de decir á V. E., para bu co- 
nocimiento y fines indicadOB." 

Al oficio anterior contestó el Gobierno, diciendo: que "el 
emperador se habla servido aprobar la separación de los jue- 
ces de paz de Morelia, y que se dispusiera que Iob nuevos 
nombramientoB, para llenar las vacantes que habían resulta- 
do por la separación de dichos jueces, se hicieran por loa 
funcionarios que debian proceder á ellos con arreglo á las 
leyes." 

El motivo que el visitador imperial tuvo para remover á 
los jueces menores, fué el de que todos ellos eran cemgrgos. 
£1 8r. del Moral estaba conforme en el fondo con dicha re- 
moción; pero no aceptó la forma por creer que se menospre- 
ciaba su propia autoridad. 



lío concluiré eete capitulo sin referir otro episodio. Bu Jos 
últimos diaa del mes (Marzo), el general Tapia, jefe de la 
guarnición de Fátzcnaro, trató de sorprender al comandante 
Jesús "Villanueva, que organizaba y daba instrucción en Qui- 



í 



819 

roga á un piquete de infauteria, compuesto casi en bu totali- 
dad de YoluntarioSy pues que el jefe republicano era muy po- 
pular y contaba con el cariño de aquella clase del pueblo que 
rinde el contingente de sangre. 

Tapia envió, al efecto, por distintos rumbos para que caye- 
sen sobre; Quiroga, á los guerrilleros Francisco Suárez y Mag- 
daleno del Bio, y para guardar mejor el secreto de la combi- 
nación, cada uno de ellos creía que iba obrando por si solo, 
sin tener noticia del otro. El resultado fué que ambos al ama- 
necer penetraron al mismo tiempo en las calles de Quiroga, 
y tomándose mutuamente por enemigos, se batieron encar- 
nizadamente, resultando derrotado Buárez. Tapia atribuyó 
toda la culpa de este incidente á Magdaleno del Bio, á quien 
profesaba cierta antipatía, y con este pretexto lo mandó dar 
de baja. En cuanto á Yillanueva, sabedor de que se aproxi- 
maban los traidores, había tenido tiempo de salir tranquila- 
mente de la población, y tranquilamente fué testigo presen- 
cial de la lucha entre ambas fuerzas imperialistas. Yillanue- 
va es muy adusto; pero dicen que en aquella voz se reía de 
todas ganas. 



820 



CAPITULO XXIV. 

(1865) 



Abnegación y firmeza de ^os republicanos. — Tacámbaro, centro de las opera- 
ciones. — Breve reseña histórica de la ciudad. — Nueya campaña. — Bos- 
quejo biográfico de Bégules. — Marcha triunfal de este jefe. — Bl coronel 
Gamica. — Derrota y muerte del contraguerrillero Suárez. — Ataque y to- 
ma de Furuándiro.— *<E1 Boletín del J^ército del Centro."— Ocupación 
de Angamacutiro. — Regules en el Poniente del Estado. — Marcha rápi- 
damente hacia el Norte. — Ataque y tomado Guitzeo. — Fusilamiento ael 
comandante de la guarnición , Severiano Izquierdo. — Bé^uIes en el 
Oriente de Michoacán.— «Ocupa á Zinapécuaro. — Simón Gamica. — Com- 
bate de "Agua caliente." — iiisa precipitada de un destacamento de hú- 
sares.— B¿gules en las goteras ae Morelia. 



Para los republicanos de principios arraigados, de patrio- 
tismo firme y de fe en el triunfo de la causa nacional , nada 
significaba que el imperio siguiese una política liberal y opues- 
ta á las exigencias del clero. Ellos permanecieron constantes 
en el campo de la lucha , peleando por la autonomía de Mé- 
xico y no viendo en el imperio más que un gobierno implan- 
tado por las armas extranjeras y por las intrigas de la trai- 
ción. Ni les arredró á los que combatían en Michoacán ver 
invadido el Estado por fuerzas cinco veces superiores á las 
que, mal vestidas, casi sin armas y reducidas á la miseria, de- 
fendían allí la independencia. Ko les importaba tampoco ser 
considerados como bandidos, y como tales enviados al patí- 
bulo, cuando caían prisioneros. Su conciencia estaba sobre 
estas calumnias infames de sus cobardes verdugos. Me acuer- 
do que los oficiales y muchos de los soldados repetían con 
frecuencia una cuarteta del general Biva Palacio, en su dra- 
ma ^'El abrazo de Acantempan.' 



99 



821 

Desnudos y con hambre; pero erguidos, 
Sólo ante Dios doblegan la rodilla; 
Si es bandido, Señor, quien no se humilla, 
Pertenezco desde hoy a los bandidos. 

Por eso los soldados eran admirables en su valor estoico^ 
los oficiales en su heroica abnegación, y los jefes en su inque- 
brantable actividad. 

El general Arteaga, que se veia en la necesidad de perma- 
necer aún en Huetamo, á causa de sus enfermedades, había 
autorizado á Riva Palacio para dictar cuantas medidas esti- 
mase convenientes á la reorganización del ejército y á la mo- 
vilización de sus fuerzas. En muy corto tiempo habia puesto 
la primera división en un pie respetable de fuerza. 

A fin de llevar á término todos estos trabajos, se habia si- 
tuado Riva Palacio en Tacámbaro, como punto céntrico para 
mantener la comunicación con Zitácuaro, Huetamo, el Po- 
niente y el centro de Michoacán. De hecho quedaba Tacám- 
baro convertido en la Capital del Estado. 

Esta hermosa ciudad lleva el nombre de CodalloSj en me- 
moria del benemérito general Juan José Codallos, que fué el 
primero que proclamó en Michoacán el establecimiento de la 
Federación. Godallos era venezolano, fué soldado de Bolí- 
var, después vino al país, en donde militó á las órdenes de 
Iturbide en el ejército de las tres garantías. Al proclamarse 
el plan de Casa Mata (Febrero de 1823), marchó á propagar 
la revolución en Michoacán, y allí combatió largos años con- 
tra el gobierno de los conservadores, hasta que, hecho pri- 
sionero, fué fusilado en Pátzcuaro el 11 de Julio de 1831. 
' Tacámbaro ha sido siempre una tierra de patriotas, y en la 
época á que se refiere esta narración, los habitantes eran ma- 
nifiestamente hostiles al imperio; y todo lo contrario, como 
dice un escritor belga que nombraré más adelante, ^'ofrecían 
cordialmente el pan y la sal á los chinacos,^' es decir, les da- 
ban una franca hospitalidad. 

En su aspecto ñsico, la ciudad es un lugar de delicias. Si- 
tuada al pie de la sierra, en un ramal de la cordillera andina, 
se asienta á la íalda de la Mesa^ erguida loma cubierta de ve- 
getación que se alza al Korte del caserío. Tiene hacia el Sur 
magníficos paisajes de la naturaleza tropical; no lejos se des- 



! 






í 



822 

tacan el aislado cono de Cancho y la colina pintoresca, cuyo 
seno guarda la inagotable alberca de Chupio. Alli están el 
Cerro Hueco de triste memoria, la hacienda de ^'La Loma" 
desde donde se contempla un espléndido panorama; los api- 
ñados cerros que ocultan á Caracha, y más allá los picachos 
de la Joya y la mole gigantesca del "Mariana." 

Entre campos de verdura se levanta la ciudad, formando 
un bosque de árboles frutales y un conjunto de casas, cubier- 
tas de coloradas tejas, que hacen contraste con la gualda de 
los plátanos y de las cañas de azúcar y con el brillante matiz 
de los cafés. 

La ciudad, en su fundación es anterior á los dias de la con- 
quista, pero fué evangelizada, poco después de que se esta- 
bleció en Michoacán la dominación española por el Venera- 
ble Fray Juan Bautista, el apóstol de la tierra caliente, quien 
edificó en la misma ciudad de Tacámbaro un sólido edificio j 

del orden de "Agustinos" con lo que, dice Basalenque, que- 
dó Tacámbaro hecho un paraíso en lo espiritual, como lo era 
en lo material por sus huertas. 

Tacámbaro por su situación topográfica, está de tal suerte 
colocado entre la tierra caliente y las templadas y frías de 
Michoacán que, como he dicho, era entonces un magnífico 
centro de comunicaciones con las diversas partidas que ope- 
raban en el Estado; alli era más fácil tener noticias ciertas del 
enemigo por medio de agentes que se enviaban á los lugares 
ocupados por el imperio; alli llegaban periódicos de México 
y de otros puntos; allí se recibía con entusiasmo á las tropas 
republicanas, y alli se les proporcionaba toda clase de ele- 
mentos. Por esto el general Biva Palacio estableció en ella 
su Gobierno y, pocos días después, Arteaga el Cuartel Gene- 
ral del Ejército del Centro. 

Se iba á emprender una nueva campaña. El general Ar- 
teaga confió á Bégules este importante encargo, encomen- 
dándole al efecto el mando provisional de la División, y se 
dio á Pueblita la orden de hacer una excursión rápida por 
algunos puntos del Estado, á fin de llamar sobre sí la aten- 
ción del enemigo, ó por lo menos de desorientarlo, respecto 
de los movimientos de Bégules. 



823 

Tenemos otra vez en escena á este jefe, y voy á reseñar en 
las sigaientes lineas la más grande de sus proezas, la campa- 
na en qae lo guió la fortuna como en una marcha triunfal; 
pero antes haré un rápido bosquejo del soldado humilde, pe- 
ro valeroso; del subalterno fiel en el cumplimiento de las ór- 
denes que i'ecibia, pero audaz en grado heroico al llevarlas á 
cabo. Su nombre pertenece á la historia, como su corazón 
perteneció á Michoacán. 

D. Nicolás de Regules era español de origen y mexicano 
por naturalización: nació el 21 de Agosto de 1822 en Quin- 
tanilla Sopeña, provincia de Burgos. En su juventud hizo en 
España la guerra contra los carlistas. Después estuvo en la 
Habana y en los Estados unidos, y vino á México en 1845. 
A punto de estallar la guerra contra los americanos. Regules 
comenzó á prestar sus servicios en nuestro ejército con el em- 
pleo de teniente. Se encontró en algunas de aquellas guerras, 
7 ajustada la paz con la República vecina, siguió sirviendo 
en el ejército mexicano, del que ño se separó sino hasta que, 
á consecuencia de los convenios de Arroyo Zarco, se elevó 
al poder al general Santa-Auna. Comenzó la revolución de 
Ayutla y Regules marchó á Michoacán á incorporarse en la 
tropa del general Epitacio Huerta, á cuyas órdenes se distin- 
guió por su valor y conocimientos militares. En la guerra de 
Reforma fué uno de los jefes más conspicuos, entre los que 
Michoacán enviaba á los campos del combate. En aquella 
época alcanzó el empleo de general efectivo, que le otorgó el 
general González Ortega, al terminarse la batalla de Silao, 
por el comportamiento que en ella había tenido. 

Jamás el general Regules militó en las tropas reacciona- 
rias, jamás desempeñó empleo alguno en los gobiernos con- 
servadores. La firmeza de sus principios políticos, su lealtad, 
sn honradez y sus dotes de soldado lo hicieron acreedor á la 
estimación pública. 

Alberto Hans en su libro titulado "Querétaro," con el áni- 
mo de deprimir á Regules, inventó que era español de las 
provincias vascongadas, que sirvió en otro tiempo en las tro- 
pas de Don Carlos, en calidad de sargento, y que emigró á 
México después de la ruina del partido carlista. 



1 



324 



Ya es tiempo de referir la marcha triunfal del general Re- 
gules. 

El 21 de Marzo abandonó á Tacámbaro, venciendo su jor- 
nada en Acuitzio. En la madrugada del 22 se dirigió rumbo 
á Quiroga. Sobre el camino tuvo noticia de que un convoy 
del enemigo iba de Pátzcuaro á Morelia. La ruta llevada 
por el general y la que practicaban los imperialistas se craza 
en Fontezuelas; pero nuestras tropas se hallaban todavía dis- 
tantes de aquel punto, aunque la simple vista alcanzase ya i 
divisar la columna enemiga, que yendo por un camino más 
amplio y más recto, no tardaría en ponerse fuera del alcance 
de los republicanos: Regules no quiso que se le escapase la pre- 
sa: ordenó que la vanguardia de la división al mando, del co- 
ronel Garnica, partiese inmediatamente á estorbar el paso 
del convoy. 

En Michoacán se sabe bien cuánto valía Garnica. £1 pa- 
triotismo era en él ingénito, la guerra un placer, y el valor 



Regules en cuanto á su ñsico, era de estatura regular, de 
músculos de hierro, de una salud á toda prueba. Había eu 
su semblante la expresión del mando, y en sus ojos el brillo 
de una mirada enérgica. En la vida privada fué siempre de- ' 
chado de virtudes: allí su carácter era dulce y alegre. Su es- 
posa y sus hijos no podrían haber deseado ni mejor marido 
ni mejor padre. 

Hé aquí los rasgos principales para el retrato del general 
Regules. Agregaré un detalle. Guando aparecieron en Vera- 
cruz los ejércitos dé la convención tripartita, Regules solici- j 
tó su retiro, no queriendo combatir contra España, su anti- -j 
gua y noble patria, por más que ya no se considerase sino | 
como mexicano; pero desde el momento en que el general j 
Prim apartó al gobierno ibero de la injusta agresión. Regu- 
les no insistió ya en su solicitud. Entonces con más ardor 
que nunca, con todo el patriotismo de su alma corrió á em- \ 
puñar las armas para combatir, como lo hizo sin descanso, \ 
sin vacilación, con una fe invencible en el triunfo, contra las 
huestes de Napoleón III y contra los traidores á la patria. 



325 

la cosa más sencilla del mundo. Conocía á palmo el terreno 
en todo el Estado; pero aquel día estaba en sus comederos^ co- 
mo él decía; no había mogote^ ni encrucijada^ ni barbecho que 
no supiese de memoria. 

Recibir la orden y empuñar la garrocha (la lanza) fué obra 
de un momento. Se oyó la voz de Garnica que gritaba con 
todos sus pulmones: ^'el que sea hombre, que me siga.'' Y 
como todos sus soldados eran hombres^ no hubo uno que no 
lo siguiera. 

Cuando el enemigo acordó, ya tenia encima á aquellos fa- 
mosos rancheros de Coeneo, inimitables ginetes, en ágiles 
caballos, guerrilleros valientes y astutos como su jefe. Se per- 
cibía el zumbar de las banderolas de las lanzas y el estrépito 
de los caballos. 

Los cien hombres de Garnica cayeron como rayo sobre los 
doscientos dragones imperialistas. Corta, pero reñida y san- 
grienta fué la lucha. La escolta del convoy desapareció para 
no volver á reunirse: su jefe, el coronel Francisco Suárez, que- 
dó muerto en la calzada del Obispo, en' lo más recio de la pe- 
lea. El camino se vio regado de cadáveres, pues no se hicie- 
ron más que once prisioneros. 

Cuando el general Regules llegó, pocos momentos después, 
ya todo habia concluido. Garnica puso á su disposición vein- 
ticinco muías cargadas de parque y de vestuario: el mejor 
botín al iniciarse aquella expedición. 

La división continuó su marcha rumbo á Quiroga, pero se 
encontró la plaza ocupada por trescientos zuavos. La tropa 
republicana había hecho una larga y penosa jornada y sufría 
las consecuencias de las fatigas ocasionadas por los aconteci- 
mientos del día. Ko estaba, pues, eñ aptitud de atacar á una 
fuerza de refresco y que además estaba defendida por buenos 
parapetos. Se contentó el general con enviar algunas parti- 
das que tiroteasen al enemigo, en tanto que él, con el grueso 
de su división, pasaba por las goteras de aquella villa, yendo 
á acampar no lejos de alli, sin que los franceses, por su par- 
te, intentaran salir á batirlo. 

El día 25 llegó á Coeneo, dio un corto descanso á su gen- 
te, y el 26 por la mañana se presentó á las puertas de Pu- 



J 



826 

ruándiro, en donde había una gaarnición de más de quinien- 
tos hombres. Defendía la plaza el teniente coronel Macario 
Silva. Este jefe, uno de los más valientes entre los imperia- 
listas, salió con una fuerza de caballería al encuentro de la 
división, llegando hasta una hacienda que creo se llama 
la Presa, distante un cuarto de legua de la ciudad: allí esta- 
ba ya Garnica esperándolo: el choque fué terrible; los solda- 
dos de uno y otro bando se batieron con arrojo, dejando bien 
puesta la fama que tenían. Silva, empero, fué rechazado y 
nuestros guerrilleros lo persiguieron hasta la finca de labor 
llamada de Sedaño, más allá de Puruándiro. 

Entretanto, el general con el grueso de la división atacaba 
bruscamente la plaza. No disparó sobre ella más que dos ca- 
ñonazos y lanzó una columna al asalto de las trincheras. Loe 
jefes de la guarnición, que no esperaban tanta rapidez en el 
ataque, tenían la mayor parte de la fuerza tendida en tirado- 
res sobre las azoteas de las casas, y no pudieron reforzar opor- 
tunamente los parapetos. La ciudad fué tomada y las armas 
y el parque pasaron á poder de los nuestros. Hubo pocos 
muertos y menos prisioneros, porque los defensores de la pla- 
za lograron fácilmente huir en todas direcciones, por hallar- 
se, como he dicho, fuera del recinto fortificado. 

En ese día se apoderó José Vicente Villada de una peque- 
ña imprenta que tenían los imperialistas en Puruándiro. Vi- 
llada en su juventud fué impresor, lo que le sirvió entonces 
para publicar un pequeño periódico que él mismo redactaba 
con el título de "Boletín del Ejército del Centro en cam- 
paña.'^ 

Increíble parece la actividad del general Regules. No ha- 
bía amanecido aún el día siguiente, cuando ya buscaba nue- 
vo campo de combate. Otra vez fué Garnica el encargado de 
iniciarlo, marchando al trote largo sobre Angamacutiro. Ha- 
bía en aquel pueblo una fuerza de vecinos en número de dos- 
cientos. El Imperio acostumbraba obligar á los habitantes 
pacíficos á que se armaran y defendiesen sus respectivas po- 
blaciones: la cárcel, las multas, todo género de persecuciones 
eran el castigo de los remisos. Bueno es decir, sin embargo, 
que esto se hacia solamente en los lugares ocupados por gufti:- 






327 

niciones imperialistas, ó en los que no distaban de éstas y 
podían ser fácilmente auxiliados. 

En este último caso se hallaba Angamacutiro. Regules 
destacó á Oarnica con objeto de impedir que aquella fuerza 
se retirase^ al tener noticia de la ocupación de Puruándiro. 
Conseguido este propósito, apenas se presentó la División, 
como á las siete de la mañana, cuando los defensores de la 
plaza se rindieron incondicionalmente, entregando sus fusíi- 
les 7 seis cargas de parque. Las municiones de guerra de la 
tropa de Eégules se iban reponiendo asi en cada uno de es- 
tos triunfos parciales. El- general, que no vio en los vecinos 
de Angamacutiro traidores á la patria, sino victimas de la 
tiranía del Imperio, declaró que estaban libres y que podían 
volver á sus casas. 

La marcha que iba verificando la división, podía revelar 
cuál era el plan de su jefe. En las conferencias que éste ha- 
bía tenido con el general Arteaga, había manifestado la se- 
guridad de que el Imperio cubriría muy pronto las plazas de 
Ario 7 Tacámbaro, tan importantes para las operaciones del 
Ejército del Centro é indispensables para proveerlo de re- 
cursos, así como para dejarle libre la extensa línea de la tie- 
rra caliente. Destruir las guarniciones de la tierra fría 7 des- 
orientar al enemigo, hé aquí el pensamiento preconcebido de 
nuestros jefes. Si á pesar de esto, se realizaba la ocupación 
de Tacámbaro, el general, dejando mu7 lejos á las columnas 
expedicionarias, que de seguro lo perseguirían, caería sobre 
aquella ciudad, la tomaría indefectiblemente, 7 quedaría lo- 
grado el plan de la campaña. 

Estaba 7a batida 7 conquistada una parte de la zona Kor- 
te del Estado. Para desviar al enemigo, Regules, saliendo de 
Angamacutiro, siguió por Santa Fe del Rio. Con una rapi- 
dez asombrosa tomó el rumbo del Poniente; amagó á Zamo- 
ra pasando por las inmediaciones de la ciudad; se encaminó 
por Chavinda hasta Jiquilpan, 7 allí dio dos días de respiro 
á sus tropas. Había tocado el extremo de Michoacán por el 
Oeste. Las columnas que lo perseguían, cre7endo que se di- 
rigía hacia el Sur, como lo indicaba su marcha, se inclinaron 
de aquel lado, apresurándose á llegar á los Re7es 7 á Cotija; 



pero Hégolea habla ya retrocedido; de uuevo volvia al cora- 
zón del Estado por Tangancícuaro y Purépero. En este últi- 
mo punto desbarató una partida de traidores quo osó estor- 
barle el paso. Continuó por Caurio, Zacapu, Haaniqueo J 
Huango. Otra vez se hallaba en el Norte, cerca de Puruán- 
diro. 

El dia 7 (Abril) fué á amanecer en Cuitzeo de la Laguna. 
La plaza estaba defendida por más de doscientos imperialis- 
tas al mando de Sevcriano Izquierdo. Era este jefe nativo de 
Cuitzeo, hombre de paaionea violentas y de un valor ¿ toda 
prueba. Los defensores de la plaza ocupaban el inexpugna- 
ble convento de San Agustín y el Santuario de Guadalupe. 
La fatigada tropa de Eégulea comenzó el ataque por este úl- 
timo punto, entreteniendo, ein embargo, con un tiroteo á loa 
que BOateniau aquel otro grande edificio. Despuéa de una ho- 
ra de combate se rindió la fuerza que se defendía en Guada- 
lape; loa soldados del imperio arrojaron deade lo alto del 
Santuario sus cartucheras y el vestuario, y bajaron á entre- 
gar aus fusiles y el parque, constituyéndose prisioneros. 

Obtenido este triunfo, el general Bégulea se dirigió con to- 
da la división hacia el convento de Agustinos. 

Sabido es que los frailes de esta religión conatruíau bus ca- 
sas monacales para que sirvieran de fortalezas en caso ofre- 
cido, distinguiéndose en esto de los franciscanoe, que se con- 
tentaron en los primeros días de la conquista con humildes 
habitaciones que más bien parecían chozas. 

La fóbrica de Cuitzeo se hizo para reaistir las incursiones 
de las tñbus chichimecas. Tanto el templo como los claus- 
tros tienen muros espesos y de una solidez á toda pruebsí to- 
do está embovedado, inclusas las caballerizas, y según el cro- 
nista Básalenque, "no hay casa en toda la provincia tan uni- 
forme como la de Cuitzeo, ni tan fuerte." Era, por lo tanto, 
ineficaz el empleo de la artillería de poco calibre con qne con- 
taba el general Kégules, y este jefe se decidió desde luego 
por el asalto y formó sus columnas de ataque. En alta voz 
pregantó si había un hombre que se atreviese & romper í 
Iiachazos la puerta principal. Da entre las filas salió nn sol- 
dado, cuyo nombre no ha sido posible averiguar, emp»^^ 



329 

noa hacha, y en medio de una lluvia de balas, se arrojó al za- 
guán, lo rompió en astillas, é incólume fué á tomar su pues- 
to entre la tropa. 
Las columna^, formando una masa compacta, penetraron 

en el convento: el fuego de la fusilería era incesante: se oia 
como el fragor de las nubes á punto de estallar una tempes- 
tad de granizo. Poco menos de una hora duró el combate en 
el interior de los claustros. Las bayonetas chorreaban san- 
gre. Se luchaba sobre las bóvedas y á lo largo de los som- 
bríos corredores. En todas partes la resistencia era tenaz. 
Izquierdo, parapetado tras de un montón de cadáveres, se 
batía sin descanso y sin pedir cuartel, é imitaban su ejemplo 
los pocos soldados que le quedaban. Por fin, la falta de par- 
que y el gran número de asaltantes obligaron á aquellos va- 
lientes á dejarse coger> prisioneros. Y como nada es más 
cierto que el adagio de que en la guerra con^o en la guerra. 
Izquierdo fué inmediatamente pasado por las armas. 

En aquellos momentos llegaban á escape Santiago Hernán- 
dez y Antonio Calderón, los dos más hábiles y audaces ex- 
ploradores, en quienes el general tenia plena confianza. Lle- 
vaban la noticia de que el coronel De Potier, con su colum- 
na de franceses, avanzaba á toda prisa en dirección de Cuitzeo. 
lío creyó Regules prudente comprometer á su tropa en un 
nuevo hecho de armas, en aquellos momentos en que, si ven- 
cedora, estaba agobiada por la fatiga del combate y por las 
marchas forzadas que acababa de hacer. Era probable, por 
otra parte, que la noticia del ataque á Cuitzeo hubiese llega- 
do á Morelia, que dista de aquella población menos de ocho 
leguas, y en este caso había seguridad de que de dicha ciu- 
dad se desprendiesen también algunas fuerzas á cortar la re- 
tirada de la División. 

Contentóse, pues, por de pronto, con el triunfo que acaba- 
ba de obtener, y para tener expeditos á sus soldados, les dio 
un descanso de algunas horas, y mientras tanto, los vecinos 
de la población destruían las trincheras, daban sepultura á 
los muertos y recogían los heridos. 

A las nueve de la noche, la división prosiguió su ruta, lle- 
gando al amanecer á Santa Ana Maya, en camiao para Zi- 
napécuaro. 



Los exploradores avisaron que esto última plaza habia sido 
cubierta el día anterior con una gnarniciún imperialiata. 

Ya so ha visto que Q^arnica era el paladui de Regules, 
cuando éste necesitaba dar un ataque brusco do caballería. 
Previendo el general que el destacamento do Ziuapécuaro 
emprendería au retirada á Morelia, al tener noticia de los su- 
cesos lie Cuitzeo, y más que todo sabiendo que los republi- 
canos uvanzsbaQ sobre la población, destacó al incansable 
guerrillero & impedir la faga ó á batir á los ciento cincuenta 
dragonea de aquella guarnición. 

En efecto, esta tropa habia salidora de Zinapécuaro jhula 
apresuradamente. Garnica desprendió algunos de sus hom- 
bres, al mando de su hermano Simón, para que á carrera 
abierta alcanzasen á los fugitivoeyloíí entretuviesen mientras 
él llegaba. Simón Uarnica, que para obedecer cumplidamen- 
te no ionía rival, se precipitó como un huracán, alcanzó al 
enemigo en "La Agua Caliente," y á cada bote de la lanza, 
él y loa suyos hacian morder el polvo ¡í los imperiales. Cuan- 
do el coronel llegó á aquel sitio, ya su hermano había que- 
dado vencedor. Un gran número de caballos y de excelentes 
mosqnotes fueron el botín de los rancheros de Coeneo. 

Hay que decirlo otra vez; las marchas forzadas, loa repetí- 
dos combates, las continuas vigilias, tenian fatigada hasta el 
extremo & la división de Regules. El general se vio en la ne- 
ceaidad de conceder un nuevo reposo á sus soldados, y per- 
maneció el día 9 en Zinapécuaro, no obstante los frecuentes 
avisos que recibía de que dos columnas de franceses lo perse- 
guían muy de cerca. La más inmediata era la de De Fotier. 

Anooheció: los exploradores de Regules se batían á media 
legua de distancia de Zinapécuaro con los soldados extranje- 
ros. El general dió la orden de marcha. La tropa caminó si- 
lencioBii, pasando por entre tas dos columnas enemigas, y lue- 
go, con toda rapidez, se dirigió hasta Charo. Desde allí en- 
vió Rógulea la infantería rumbo á Atécuaro, por las fragosi- 
dades de las montañas y aprovechando las tinieblas reinantes 
aún, pura que no fuese vista. Se puso entonces él mismo á la 
cabeza de los quinientos jinetes que formaban au caballería, 
y tomó el camino de Morelia. En la hacienda de la Goleta 



331 

había nna escolta avanzada de húsares: nuestros chinacos se 
arrojaron sobre ellos, los pusieron en precipitada fuga y los 
llevaron en corrida hasta la garita del Zapote, al Oriente de 
Morelia. Inmensa cundió la alarma en la ciudad. Se creia 
qae Kégules con numerosas fuerzas formalizaría el ataque: la 
artillería rodaba por las calles; las alturas eran ocupadas por 
reforzados pelotones; las trincheras estaban coronadas de sol- 
dados; las gentes huían á encerrarse en sus casas; los correos 
salían en todas direcciones, en solicitud de auxilio. El páni- 
co era general. 

Entretanto la tropa de Regules escalaba la colina de San- 
ta María, trasponiendo á poco el alto lomerío de Santiago 
TJndameo. 

Al día siguiente entró De Potier á Morelia, afirmando que 
Regules iba derrotado. Dio orden de que sus tropas se acuar- 
telasen y se entregaran al descanso, y por la tarde, de gran 
uniforme, salió á hacer su paseo acostumbrado en la calzada 
de San Pedro. 

Eu la ciudad, empero, corrían rumores alarmantes, y se 
creía ver reaparecerá Regules de un momento á otro. El mis- 
mo De Potier participaba de esta creencia, y no íntei^tó la 
persecución de su astuto adversario. 

En la extensión del territorio michoacano había expecta- 
ción de grandes sucesos. En los lugares ocupados por guar- 
niciones imperialistas reinaban la inquietud y el sobresalto. 
Todos se creían amagados por el batallador republicano. 



Michcacán.— 23 



332 



CAPITULO XXV. 

(1866) 

La *'Legión Belga." — Llega á Morelia el ''Regimiento de la Emperatriz 
Carlota." — Salida de los belgas hacia Tac&mbaro. — Impiedad de los de- 
fensores de la religión. — ¡Enemigo al frente! — Tacámbaro como plaza mi- 
litar. — Alarma. — Prisión de la señora de Kégules y de sus tres hijos.— 
Marcha de la División republicana. — Vivac en Cruz de Caminos. — £1 
indio Acosta — Las columnas de ataque. — El primer asalto. — El joven 
Jáuregui. — El coronel Luis Robredo. — El segundo asalto. — Toque de 
pariamento. — Infame traición. — El tercer asalto. — ¡El incendio! —¡Locos 
de terror! — El martirio de una madre.-^El sordo Molina. — El tlltimo 
asalto. — Regules en medio del exterminio. — La victoria. — ¡Venganza!— 
£1 ángel salvador de los belgas. — Asesinato del Dr. Lejeune. — Un día de 
haber. — El hijo del Ministro de la Guerra de Bélgica. — ¡Palabra de 
honor! 

En el curso de este capítulo va á prestarme poderoso con- 
tingente un libro publicado por Ch. Loomans, sub-oficial 
belga que fué prisionero de nuestras tropas. La obra se ti- 
tula "Ocho meses de cautividad entre los indios de México." 
Aunque el autor incurre en el vicio, común á muchos escri- 
tores extranjeros, de juzgar de las cosas y de los habitantes 
de México sin exacto conocimiento de causa, de llevarse de 
impresiones puramente personales, y además, se deja arras- 
trar con frecuencia del despecho que á él y á sus compañeros 
produjo la derrota que voy á narrar, contiene, sin embargo, 
revelaciones de grande importancia, datos curiosos y precio- 
sas confesiones. 

Los destacamentos belgas habian comenzado á llegar á 
México en fines de 1864. Al principiar el de 1865 estaba ya 
íntegra la legión. Tenía un jefe de primer orden, el tenien- 



333 

te coronel Van der Smissen, hoy general en jefe del ejército 
de Bélgica, y los oficiales eran excelentes. La legión belga, 
llamada también "Regimiento de la Emperatriz Carlota,*' fué 
eaviada á Michoacán: parte tomó el camino de Zitácnaro y 
la otra avanzó hasta Morelia, á donde llegó el día 19 de Abril. 
Serian las once de la mañana cuando hizo su entrada, tam- 
bor batiente y flotando al viento la bandera. Los apuestos 
soldados llamaron la atención por su elevada estatura, su ju- 
ventud, su gallardía y su marcial continente. No dejaba de 
ser parte en esta simpática impresión su uniforme, que con- 
sistía en pantalón corto y pelliza de paño azul, polainas blan- 
cas que subían hasta el extremo inferior del pantalón, y un 
sombrero de fieltro negro, de figura cónica, con un plumaje 
de vistosas plumas de gallo. 

La columna se componía de dos batallones. Uno de éstos, 
al mando del mayor Tydgat, salió de Morelia rumbo á Ta- 
cimbaro en la mañana del 3 de Abril; marchó con ellos un 
escuadrón de dragones mexicanos, y llevaban un pelotón de 
artilleros con una pieza rayada. Al abandonar la plaza salie- 
ron por la calle que conduce á la garita de Santa Catarina, 
tocando sus clarines y tambores. Revelaban en sus semblan- 
tes el juvenil entusiasmo de los que piensan que van á cum- 
plir gloriosos destinos. 

Vencieron la primera jornada en Acuitzio. Los belgas y la 
artillería se alojaron en el cementerio, por estar sólidamente 
bardeado, aunque no había necesidad de esta precaución, su- 
puesto que el enemigo estaba lejos. 

En general los soldados extranjeros de la intervención no 
eran muy respetuosos que digamos con las cosas sagradas, no 
obstante que vinieron á México como defensores de la reli- 
^ón. Semejante conducta causó más de un desengaño. 

Hé aquí cómo da cuenta el escritor belga de la llegada á- 
Acuitzio: 

"Acampamos en el cementerio, y para hacer nuestras fo- 
gatas nos apoderamos de todas las cruces de madera que ha- 
bía en los sepulcros Es demasiado iconoclasta el hecho; 

pero la verdad es que, sin tener en cuenta la devoción, que- 
mamos las cruces de las sepulturas de Acuitzio, á fin de pro- 



334 

veernos en aquel lugar fúnebre de una agradable taza de 
café.'^ 

Tres dias permanecieron los belgas en aquella población, 
cuyo nombre les es hoy de grata memoria por haberse cele- 
brado allí, ocho meses después, su canje con los prisioneros 
republicanos. 

A las ocho de la noche del día 6 se mandó levantar el cam- 
po y marchar con el mayor silencio. La tropa penetró con 
bravura en la densa obscuridad de los bosques. 

"¡Qué noche! dice el escritor belga: no se veían unos á 
otros los soldados. Marchaban como ciegos, chocando contra 
las ramas de los árboles, haciendo pedazos el calzado en las 
piedras de la ruta, estorbándose al andar. 

"De repente se oyó un disparo!" 

"El enemigo! Un enemigo invisible: los belgas experi- 
mentaron todas las sensaciones del peligro de lo desconoci- 
do. A la orden de cargar las carabinas sintieron como si hu- 
biesen recibido un choque eléctrico. Por donde quiera se 
oían estas palabras: ahí está el enemigo!'^ 

El clarín dio el toque de carga! 

Los belgas se lanzaron con denuedo hacia delante empu- 
jándose en medio de las tinieblas, prorrumpiendo en gritos 
de entusiasmo, deseando cada uno ser el primero en dispa- 
rar su arma. En aquella confusión arrollaron el piquete de 
artillería tan precipitadamente y con tal empuje, que artille- 
ros, cañón y cajas de parque rodaron á una barranca; pero el 
campo quedó libre para batir al enemigo, á aquel fantasma 
que se presentaba en el profundo bosque de pinos. Llenos 
de cólera marcial, estaban ansiosos de escuchar el toque de 
fuego. 

Sonó el clarín mandando hacer alto. Un oficial mexicano 
^del escuadrón de caballería se presentó en medio de la co- 
lumna y con voz de trueno exclamó que no había enemigo! 

Algún cazador errante había disparado aquel tiro que cau- 
só la alarma, alarma que produjo en el jefe de la columna la 
persuasión de que contaba con soldados decididos y prontos 
al combate. 

Al día siguiente (7 de Abril), los expedicionarios hicieron 



385 

SU entrada en Tacámbaro y se instalaron en los portales de 
la gran plaza de la ciudad, entregándose á poco en brazos del 
sueño y de un reposo dulce y reparador. La jornada había 
6Ído fatigosa. 

Estaba por fin ocupada aquella población, asilo hospitala- 
rio de las fuerzas republicanas. 

Pero si aquella mansión es un verjel primoroso, en cam- 
bio como plaza militar no puede ser más detestable. Es casi 
un embudo, merced á las montañas y colinas que la rodean. 
Por tal motivo, nuestras tropas jamás esperaron al enemigo 
dentro de la ciudad, sino que le ofrecían la batalla en los al- 
rededores. Los belgas han querido alegar esta circunstancia 
•para atenuar su derrota del 11 de Abril, atribuyendo á per- 
fidia del jefe que mandaba en Morelia haberlos enviado á 
Tacámbaro de guarnición. Acaso haya en efecto algo de ver- 
dad en este modo de juzgar; ni desmiento ni confirmo la es- 
pecie; pero los chinacos no batieron la plaza desde los puntos 
dominantes. Penetraron en la ciudad y, á pecho descubierto 
dieron el asalto á las inexpugnables fortificaciones, colocán- 
dose los asaltantes dentro del mismo embudo en que se ha- 
llaban los defensores. 

Apenas amaneció el día 8, cuando los belgas tomaron sus 
posiciones, ocupando la parroquia con sus dependencias, to- 
do lo cual pertenecía al antiguo convento de agustinos. Ocu- 
paron también una casa contigua y el atrio del templo, bajo 
la protección de un muro de dos metros de altura que aspi- 
lleraron inmediatamente. Además, á otro día los soldados 
levantaron un segundo parapeto enfrente del atrio, comple- 
tando así un buen sistema de obras de defensa. Entretanto, 
sus exploradores reconocían minuciosamente el terreno, den- 
tro y fuera de la 'ciudad, "convenciéndose la tropa de que 
nada por allí tenía el aire de ocultar la serpiente bajo la hier- 
ba." 

Sin embargo, los belgas no estaban tranquilos, ni siquie- 
ra por las noticias exactas que tenían de que la única fuerza 
respetable de los disidentes, la que mandaba el general Re- 
gules, se había internado en el corazón de Michoacán y era 
activamente perseguida por el coronel, conde De Potier. Por 



otra parte, en caeo de eer atacados, podrían contar con el au- 
xilio de iaa tropas imperiales de Morelia y más prontamente 
con el de las de Pátzcuaro que aólo dista de Tacámbaro unas 
catorce leguas, 

íío hay que olvidar que el "Regimiento de la Emperatriz" 
tenía el mejor armamento y que contaba con un gran depó- 
sito de municiones de guerra. Nuestras tropas, en cambio, 
cataban compuestas de soldados en una gran parte recién 
cogidos de leva, con poco y mal armamento y sin mas par- 
que que el que contenían las cartucheras- 
Había, puee, motivo bastante para que la guarnición estu- 
viese tranquila; pero vagos rumores, cuyo origen era desco- 
nocido y que, sin saberse por qué, tomaban máa y más con- 
sistencia, hacían pensar á los belgas en un próximo peli- 
gro. 

En la tarde del dia 10 creyeron observar que los vecinos 
entraban en inusitada animación y formaban corrillos: no 
lUltó quien dijese á los belgas que loa chinacos tan pronto es- 
taban á cien leguas de distancia, como, cuando menos se les 
esperaba, aparecían en las goteras de la ciudad. 

De repente, en el interior del atrio, loa caballos y acémi- 
las de la fuerza comenzaron á relinchar y daban muestras de 
eapanto, sin que hubiese causa para ello, lo cual entre los 
soldados es señal de que no está lejos el enemigo. 

En virtud de semejante estado de alarma, las partidas de 
exploradores batieron de nuevo el campo y se retiraron sin 
novedad, replegándose, empero, dentro del recinto fortifica- 
do. Parecía como si el genio invisible del pánico, semejante 
;'t un vampiro siniestro, cerniese sus alas sobre loa defensorea 
do Iiij)laza. 

Entonces paaó un hecho que jamás podrán justificar loa 
partidarios del Imperio. 

Vivía en Tacámbaro la familia del general Regules, no ha- 
biendo podido permanecer en Morelia, porque en su odio 
contra loa disidentes, nada perdonaban los jefes intervencío- 
uiatas. La familia se componía de la Sra, Soledad Solórzano, 
espoia del general, y de aua trea hijos, Fidel, Juanita y Te- 
resa. £n mala hora había entre los belgas un médico militar. 



\ 



837 

el Doctor Lejeune, impresionable hasta la nerviosidad y pre- 
cavido en toda la extensión de la palabra. Este hombre acon- 
sejó al mayor Tydgat que se apoderase de aquella familia, 
conservándola dentro de la fortaleza, como nna garantía con- 
tra todo ataque. 

Advierto que en esta parte de la narración tomo los datos 
que suministra Mr. Ch. Loomans, en su libro ya citado, y re- 
pito que aquel escritor se hallaba formando parte de la fuer- 
za belga, de guarnición en Tacámbaro. Para disculpar el 
atentado dice que aquella señora estaba señalada como sos- 
"pechosa; que en su casa se encontraron algunas armas y mon- 
taras, y que interrogada sobre la procedencia de tales objetos, 
no quiso dar respuesta alguna. Como si en la casa de un ge- 
neral en campaña y en una población que servia de cuartel á 
sus tropas fuera extraño que hubiese algún material de 
guerra. 

Tomada, pues, tan imj>ortante y necesaria precaución, ya 
pudieron los belgas dormir tranquilamente la noche del 10 
de Abril de 1865, dentro de la iglesia parroquial de Tacám- 
baro. 

Por su parte. Regules, á quien dejamos en el capítulo an- 
terior trasponiendo el alto lomerío de Santiago Undameo an- 
te la vista atónita de los morelianos, continuó su camino, y al 
anochecer se incorporó á su infantería que se encontraba en 
Atécuaro. 



Desde Zinapécuaro había sabido que un regimiento belga 
se hallaba de Tacámbaro, y mientras los soldados de su Di- 
visión descansaban unas cuantas horas, estuvo dictando algu- 
nas órdenes: varios oficiales de su confianza, disfrazados de 
ancheieroSy salieron de Atécuaro hacia Morelia y Tacámbaro. 

El general emprendió la marcha á las once de la noche, y 
entre siete y ocho de la mañana del día 10 estaba en la Con- 
gregación deTCruz de Caminos, en aquel paraje agreste y so- 
litario en que una naturaleza llena de majestad convida al 
silencio. 

Allí vivaquearon nuestras tropas durante el día, y se reco- 
mendó á los soldados que durmiesen el mayor tiempo que 



quieieran. A la hora oportuoa ee les sirvió un rancho aban. 
dante. En la tarde estaban ya todoa despiertoa. Los sargen- 
tos dieron el ejemplo de limpiar las armas, de surtir laa car- 
tuclioras, de arreglar los guaraches. Aquellos preparativos 
niimiciaban un grande acontecimiento. 

A irtS siete de la noche, el general ordenó la marcha, y de 
iiuevij ae puso la tropa en movimiento. Ei terreno es monta- 
ñoso; así CB que el camino bajaba y subía por pendientes cu- 
bieitiis de pinares. Los soldados' comprendían que estaba 
próxima la hora del combate, y que en esta vez la lucha iba 
á eer terrible. En circunstancias como aquellas, los soldados 
por intuición saben, tanto como sus jefes, adonde se dirigen, 
cii;il es el enemigo con quien tienen que habérsela, y hasta 
flJivliian el resultado de la lucha. Y sucede también ¿ene- 
raliücnte que, cuando un ejército conoce que se va acercan- 
do lu hora de dar la batalla, reina silencio en las filas y se ca- 
mina más de prisa. Los soldados, aun los más valientes, ex- 
periiiicntan una sensación que pudiéramos llamar dolorosa: 
cada uuo siente en bu alma presentimientos más 6 menos va- 
gos, y nn cuadro completo de recuerdos se desarrolla en bq 
memoiia. Pero en aquella noche — la del 10 al 11 de Abril 
— se escuchaban las pláticas animadas y las risas alegres de 
loa chinacos: de cuando en cuando una voz más alta exclama- 
ba: ñ Tacdmbaro, á Tacámbaro! 

Fultaria media legua para llegar á la ciudad, cuando se 
acercaron al general unos exploradores acompañados del in- 
dio Acosta, 

Aiosta era el vigía que los republicanos tenían siempre si- 
tuado en el rumbo Norte de Tacámbaro, para avisar la aproxi- 
mación del enemigo, procedente de Morelia ó dePátzeuaro. 
Acosta era ifn Argos. Bajo de cuerpo, de fisonomía en que se 
revelaba !a pureza de la raza indígena. Era uno de esos hom- 
bres tóales en la extensión de la palabra. No sólo servia por 
fiíluliJud, Bino que había en su pecho un gran fondo de pa- 
triotismo, y en su alma mucha inteligencia. Los que estuvi- 
mos en Tacámbaro, durante la intervención francesa, debe- 
mos recordar cou gratitud á cuántos peligros se expuso Acos- 
ta p;ira dar uu aviso oportuno y cómo lo veíamos llegar co- 



V 




: RECULES. — 186^. 



839 

rriendo, en solicitud del general en jefe; lo que nos servia pa- 
ra ensillar á toda prisa nuestros caballos y estar en espera de 
órdenes. Una vez sucedió que el enemigo se aproximaba á 
todo correr. Acosta comprendió que no tenía tiempo para 
bajar á Tacámbaro, y desde la Mesa se puso á hacer señales 
con su frazada y su sombrero. No faltó quien lo viera, y la 
sorpresa no se llevó á cabo. 

Volvamos á la narración. Acosta llegó con los explorado- 
res á donde estaba el general Regules con sus ayudantes. La 
voz del indio temblaba de cólera. 

— Señor, le dijo, los belgas tienen presa á la señora y á los 
niños de usted: están dentro de las trincheras. 

Un grito de indignación se escapó de los labios de los pre- 
sentes. La voz serena del general preguntó: 

— ¿Cuántos son los belgas? ¿Qué armamento tienen? ¿Có- 
mo están las fortificaciones que han construido? Dímelo to- 
do; después hablaremos de Chole. 

— Los belgas son trescientos; hay además ochenta drago- 
nes de los traidores, y tienen una pieza rayada. Están alar- 
mados porque no conocen el terreno, pero no tienen miedo 
de batirse. En cuanto á su armamento es magnifico. Antier 
que fué dia de tianguis habia mucha gente en la plaza, y los 
belgas se paseaban en grupos: yo, haciéndome disimulado, 
me acerqué á una de aquellas escoltas de gringos^ les ofreci 
un traguito de aguardiente, y la verdad que no se hicieron 
del rogar; repitieron las copas, y cuando estaban ya muy ale- 
gres, les pedí prestada una de sus armas para verla detenida- 
mente. Mi curiosidad les pareció tan sencilla que no pusie- 
ron obstáculo y pude examinar sus carabinas que son de gran 
finura, muy ligeras y todas nuevecitas. Los belgas me dije- 
ron que tienen más alcance que los fusiles de los franceses. 
¡Qué buejias están para usted, mí general! Lo del largo al- 
cance sólo puede asustar á los que se ponen lejos ¿ó nó, mi 
general? 

Regules no pudo menos de sonreír al escuchar estas pala- 
bras del indio, no obstante los encontrados pensamientos que 
bullían en su alma, viendo presentarse la victoria con el sa- 
crificio de la inocente familia aprisionada. En tanto, los jefes 



340 

de la División que habían ido llegando, unánimes suplicaron 
á Regules que desistiese del ataque proyectado, á fin de no 
comprometer la existencia de aquellos seres tan queridos. La 
luna se había ocultado en aquel momento entre las nubes. 
Nadie pudo ver el semblante de aquel hombre. Sólo se oyó 
su voz firme y tranquila que mandaba: 

— ^Adelante! 
. Más de doscientas leguas había recorrido el general Regu- 
les en la marcha triunfiíl que queda referida. Estaba ahora 
enfrente de Tacámbaro, punto de partida, y objeto final de 
su expedición. 

Iba á librar tremendo asalto contra una tropa compuesta 
de soldados que deseaban el combate, ansiando medir sus ar- 
mas contra los terribles chinacos, contra los guerrilleros á 
quienes su imaginación convertía en paladines fantásticos; y 
en su ambición de gloria, ambicionaban los belgas sobrepu- 
jar á los franceses en disciplina y valentía. Provistos de abun- 
dantes provisiones y de gran cantidad de parque, y parape- 
tados en inexpugnable y sólido edificio, esperaban la hora de 
la pelea. 

Esta hora iba acercándose por momentos: de nuevo los je- 
fes subalternos de Regules le instaron que cambiara su itine- 
rario, dirigiéndose sobre alguna otra de las poblaciones ocu- 
padas por el enemigo. Le hacían patente el riesgo á que iba 
á exponer á su esposa y á sus hijos, encerrados en el interior 
del recinto fortificado. El general contestó: 

— Señores, á su puesto; todos á cumplir con su deber. Pri- 
mero es la patria! 

Se organizaron las columnas de ataque. Eran cuatro, man- 
dadas por los coroneles Luis Cáceres, Luis Robredo, José 
María Méndez Olivares y teniente coronel José Vicente V¡- 
llada. Los caminos de Pátzcuaro, Ario y Morelia quedaron 
cubiertos por la caballería, mandada por el coronel Miguel 
Eguiluz, por Garnica y por el teniente coronel Espiridión 
Trejo. 

Había amanecido el día 11. Quien quiera que desde la plaza 
de Tacámbaro hubiese tenido fija la mirada en la Mesa, ha- 
bría podido divisar la vislumbre de las bayonetas y la masa 



341 

obscura y. compacta de nuestras tropas formadas en lo alto 
de aqaella colina. 

A las cinco de la mañana, el estallido del cañón despertó 
á los belgas que dormían tranquilamente,^ y que se levanta- 
ron de un brinoo. Aún duraba el eco del disparo, repercu- 
tiéndose en los montes vecinos, cuando se dejó oi^ el segun- 
do cañonazo, que hizo saltar algunas de las piedras de sillería 
de la truncada torre de la parroquia. 

Las avanzadas de los belgas se replegaron á la vista de los 
primeros chinacos que apai:ecieron en las calles. Eran éstos 
lo3 tiradores mandados por el comandante Jesús Villanueva 
que avanzaba explorando el terreno. 

Al mismo tiempo, las columnas de infantería descendían 
de la Mesa, con el arma en el brazo, impetuosas como un to- 
rrente desbordado. Se dejó oír un grito inmenso: "¡Viva Mé- 
xico!" 

Los belgas se concentraron en el atrio de la parroquia y en 
una casa próxima. Sus tiradores ocupaban la torre. 

La primera columna de asalto de las tropas republicanas, 
desembocó frente á las fortificaciones, apareciendo por la es- 
quina de la calle paralela á la fachada de la iglesia. 
Entonces el mayor Tydgat dijo á uno de sus oficiales: 
— Capitán de Lannoy, creo que la compañía de usted bas- 
tará para derrotar á esa canalla. ¿Lo oye usted? 

— Ciertamente, mayor; y dirigiéndose á sus soldados ex* 
clamó: 

— Mis amigos, pongámonos á la altura de la misión con 
que se nos honra. Adelante, ¡á la bayoneta! 

La compañía se lanzó fuera de la iglesia como un torbelli- 
no. Furiosos, con la cabeza inclinada, á paso de carga, co- 
rrieron los belgas al encuentro de los republicanos. 

El encuentro fué espantoso. A los disparos de la fusilería, 
al ataque que inmediatamente se siguió al arma blanca, los 
hombres calan como soldados de plomo: el suelo se teñía de 
sangre; se oían horribles maldiciones. 

Entretanto seguían bajando las otras columnas de Regules: 
i los belgas les pareció que aquellos mil quinientos infantes 
era un ejército incontable, que llegaba como una marea cre- 
ciente. 



1 



842 

Los soldados del capitán de Lannoy fueron reforzados con 
una nueva compañía para, que pudiesen replegarse. Magnífi- 
cos y serenos ante el peligro, hacían blanco de sus carabinas 
á nuestros jefes y decíales. 

El general EéguTes estaba al frente de sus fuerzas: su cor- 
cel alazán bayo acribillado por las balas. En el acto montó 
en el de refresco que tenía de mano su tisistente, y el noble 
animal recibió en aquel momento una bala de cañón que le 
dejó muerto. Entonces el general ocupó el caballo de uno de 
sus oficiales, y siguió dictando órdenes. 

Las dos compañías de belgas se reconcentraron en el atrio, 
dejando en el lugar del combate el cuerpo inaYiimado del va- 
liente capitán de Lannoy, que aún tenía el sable en su mano 
crispada. Estaba rodeado de cadáveres de los suyos. 

Encerrados ya los belgas dentro de sus parapetos, el ata- 
que cambió de sistema. Se reforzaron los tiradores de la to- } 
rre que hacían un fuego graneado. El resto, á través de las j 
aspilleras de la fortificación, sostenía también un fuego nu- 
trido. Heridos por aquellos disparos certeros, nuestros solda- 
dos caían como cañas abatidas por el huracán. El cañón del 
enemigo, perfectamente apuntado, enfilaba á nuestros hom- 
bres desplegados sobre las aceras y que, por su parte, no de- 
jaban descansar el fusil. 

En este asalto, el teniente coronel Villada recibió una he- 
rida en la cabeza, lo que no le impidió seguir combatiendo.^ 
No debo oij^itir un interesante episodio, cuya oportunidad 
me parece del momento. 

Se hallaba junto á Villada un joven pálido y endeble, á 
consecuencia de las calenturas intermitentes que sufría; pero, 
animoso y respirando cólera, no cesaba de descargar su fusil 
sobre el enemigo. Aquel joven se llamaba Rosendo, y era hijo 
del Lie. D. Agustín Jáuregui, una de las víctimas inocentes 
sacrificadas por la Reacción en Tacubaya, el 11 de Abril de 
1859. El joven oficial estaba recién incorporado al ejército 
republicano, en donde aún no tenía colocación; pero en aquel 
día del ataque á Tacámbaro suplicó á Villada que le permi- 
tiese ir á su lado. 

l Villada fué ascendido por su comportamiento al empleo de coronel en Ta- 
cámbaro. 



848 

—Hoy es — ^le decía — el aniversario del fusilamiento de mi 
padre: quiero vengarle! 

Villada no tuvo qué replicar á esta justa demanda. Jáure- 
gni se batió denodadamente, hasta que cayó herido de muerte. 

Tres horas duraba ya la tremenda lucha: los belgas pare- 
cían invencibles; nuestros cañones no habían logrado abrir 
una brecha en los duros parapetos. El general Regules man- 
dó entonces al coronel Robredo que se apoderase de la casa 
contigua á la parroquia, desde donde una fuerza enemiga ha- 
cía un fuego vivísimo cruzado con el del reducto principal. 

Robredo dio el asalto. Los de la casa la disputaron con 
obstinado valor. Robredo el primero, al avanzar, gritaba á 
sus soldados: 

— Adentro, los de Zitácuaro! ¡Los que no saben volver la 
espalda al enemigo! 

— Adentro! contestó la tropa: ¡Viva el coronel Robredo! 
¡Viva Zitácuaro! 

"Una descarga cerrada contestó á estos gritos, y Robredo 
cayó atravesado de dos balazos: uno de los suyos lo arrebató 
en sus brazos y lo sacó del combate. Un cuarto de hora des- 
pués, Luis Robredo no existía." 

— A vengar al coronel, exclamó Bernal, ocupando el pues- 
to de Robredo. 

La tropa contestó con un rugido de rabia, las puertas de la 
casa cayeron, y los chinacos quedaron dueñgs del punto. 

Luis Robredo era originario de Nopala, Estado de Hidal- 
go: él, Romero y Bernal, fueron los jefes de mayor confianza 
para Riva Palacio, á quien siempre acompañaron, desde las 
primeras campañas de Zitácuaro. 

Entretanto nuestra artillería funcionaba sobre los parape- 
tos dé los belgas: sus disparos eran eficaces, como que esta- 
ban dirigidos por aquellos tan valientes como tan instruidos 
artilleros, León, Zavala, Pineda y Cortés que en servicio de 
Michoacán habían hecho tantas campañas, los dos primeros 
desde la guerra contra los americanos y los últimos desde la 
revolución de Ayutla. 

En el instante que creyó oportuno el general, ordenó un 
nuevo asalto sobre el atrio. Se oyó el unísono fuego de la fu- 



eilería; las 'columnas, á paso de carga, ae precipitaron sobre las 
Irincheras; el ataque se empeñó reñidíeimo. La plaza estaba 
llena de humo denso, pesado, obscuro: do cuaudo eu cuaiido 
algunos rayos del sol bq reflejaban en las bayonetas, proda- 
cieiido un brillo intermitente j siniestro. 

Nuestros soldados luchabaa como leoncíi; los belgas se de- 
fendian como águilas heridas. 



De repente surgió de los parapetos una bandera blanca. 
Los clarines tocaron parlamento. Cesó el fuego en toda la li- 
nea del combate. 

En medio de aquel silencio momentáneo y solemne, pare- 
cía como que bajaba i la tierra el "íngel de la paz. 



No quiero ser yo quien refiéralo que pasó en seguida. Oi- 
gamos al escritor belga: 

"Decididamente ya no tentamos esperanza de snlvar de 
uqubl avispero: fué preciso parlamentar. 

"Se enarboló la bandera blanca en el extremo de una cara- 
bina 

"Del lado del enemigo cesó completamente el fuego. 

"Un jinete chíhaco llegó á galope frente á la fachada, sin 
duda para escuchar nuestras condiciones de capitulación, 
cuando de nuestro lado pasó alguna cosa de una estupidez im- 
prudente se rompió el fuego sobre el parlamentario! 

"Declaro que este acto insensato fué cometido por alguna 
de nuestros camaradas, soldados bisónos que no conocían ali- 
Bolutamente las leyes de la guerra, ni las prácticas internacio- 
nales que rigen la exhihición de una bandera blanca, ni la 
signiñcación que esto tiene. 

"Pero la fatal imprudencia estaba realizada, y el jinete in- 
dio, que dichosamente salió ileso de la descarga, no se detuve 
:í pedir explicaciones. Arrendó su caballo con un movimiea 
to furioso y fué á decir á loa suyos la manera cou que toa bol- 
gas observaban los usos de la guerra en materia de rcniiieióa. 



845 

Debo rectificar en cielitos puntos la versión del escritor bel- 
ga, lío faltó uno de los prisioneros que en aquel día cayeron 
en poder de nuestra tropa, que, por temor ó por simple dela- 
ción, manifestase que la orden de romper el fuego, al estar 
izada la bandera blanca, babia procedido del doctor Lejeune. 
El general Eégules no envió á ningún parlamentario á tratar 
con los belgas. El coronel Jesús Gómez lo hizo sin misión 
especial. Lo que de parte de nuestras tropas pasó, fué que 
nuestros soldados más avanzados, á inmediaciones del foso, 
llenos de confianza al ver la bandera, se levantaron, pues es- 
taban pecho á tierra, y al verificarlo fué cuando el enemigo 
rompió el fuego, siendo de advertir que las bandas de los re- 
publicanos tocaban la aceptación del parlamento. Más de 
treinta de nuestros soldados cayeron muertos ó heridos á con- 
secuencia de aquella felonía. 

TJn grito de furor y de venganza salió de las filas de nues- 
tro Ejército! 

El parque estaba ya casi agotado, y sin embargo, todos los 
batallones avanzaron en un solo movimiento y treparon so- 
bre los parapetos. Villada por el frente, Cáceres por el costa- 
do derecho, por el izquierdo Méndez Olivares, y por la espalda 
de la parroquia el comandante Pablo Jiménez. No se escu- 
chaba más que un solo disparo, sordo, amenazador, como el 
filiento jadeante de la muerte; el espacio parecía saturado de 
blasfemias; se oía el silbido de las balas que se esparcían por 
todos los ámbitos de la ciudad. 

En aquel solemne instante, del techo de una casa contigua 
se vio surgir, elevándose al cielo, una inmensa llamarada des- 
prendida de una nube de humo. Era la casa del comandante 
de batallón D. Tiburcio Mejía, incendiada por él mismo para 
que se trasmitiese el fuego al templo parroquial. IJn grito 
nnámime de los asaltantes y de los sitiados acogió, con entu- 
siasmo por los unos, y con terror por los otros, aquel acto de 
una sublime abnegación. 

EV ejemplo fué seguido. El valiente Jesús Villanueva, co- 
mandante de los patriotas de Quiroga, traspasó el parapeto 
con el fusil armado de bayoneta en una mano y en la otra una 
tea inflamada, y envuelto en la lluvia de proyectiles puso fae- 



846 

go á la puerta de la parroquia. Aquel jefe, Jiménez y Rive- 
ra, penetraron los primeros por entre las llamas, batiéndose 
palmo á palmo con los belgas: unos y otros jugaban el todo 
por el todo. El recinto se llenó de cadáveres empapados en 
la sangre que corría por el pavimento. 

"Los cañones vomitaban metralla, dice el escritor belga; 
metralla fuera del recinto fortificado, metralla en el interior 
de la iglesia; el incendio crujía sobre nuestras cabezas; esti- 
bamos rodeados de moribundos, de heridos que gemían cla- 
mando por un trago de agua que no teníamos; se escuchaban 
gritos de cólera, de dolor, de agonía! Yo oí todo esto! Por 
intervalos el eco de las burlas salvajes de nuestros vencedo- 
res llegaba hasta nosotros á pesar del inmenso ruido del com* 
bate. Oh! todo esto era espantoso! Hubo un momento en que 
creí que todos íbamos á volvernos locos de terror, de rabia 
impotente " 

En aquella hora se vio algo que es horroroso, inaudito; que 
parece imposible. 

La esposa del general Regules y sus tres hijos fueron colo- 
cados por los belgas sobre la trinchera, á la vista y en medio 
del fuego de los republicanos 

¿Era aquello una infamia? ¿ó sencillamente una cobardía? 

El rostro de Regules se puso intensamente pálido 

Sus labios lanzaron una imprecación espantosa y gritó: 

— Adentro 

Ya no eran simplemente gritos de indignación los que sa- 
lían del pecho de los chinacos. Eran alaridos de salvajes, era 
el rugir de la venganza, la maldición del exterminio! 

Un hombre entre los asaltantes se desprendió de las filas y 
se adelantó hasta el parapeto: era un artesano de la ciudad, 
el sordo Molina. Llegó al muro, brincó sobre él y ayudó á la 
madre heroína y mártir á bajar á sus hijos y á descender ella 
misma. Las balas respetaron aquel sublime grupo. ¡Lo cu- 
bría la egida de la Providencia! 



Se dio el último asalto. Los soldados trepaban como tigres 
sobre las fortificaciones y peleaban haciendo uso de los fuei- 



i 



847 

les como si fueran macanas. La muerte, impia y satisfecha^ 
contemplaba aquel cuadro de espanto y desolación! 

£1 incendio, mientras, se había enseñoreado del edificio. 
Los belgas se replegaron al interior de la sacristía, á donde 
aún no habían llagado las llamas: quedaban todavía poco me- 
nos de trescientos hombres, decididos á vender caras sus vi- 
das. 

Por un momento reinó un profundo silencio. 

"Repentinamente, dice Mr. Loomans, imprevisto como 
una visión, un' hombre á caballo apareció en medio del hu- 
mo, entre los escombros convertidos en brasas: audaz, pero 
tranquilo, penetró en la sacristía, en donde nos hallábamos, 
dispuestos todos á disparar sobre cualquiera que se presen- 
tase. 

"Este hombre, este jinete envuelto en un sarape de un co- 
lor rojo escarlata, tenía nn aspecto varonil, enérgico, y en 
aquel momento estaba imponente ! 

"Era el general Kégules! 

"Llevaba la espada inclinada hacia el suelo y el sombrero 
en la mano. ¿Cómo no recibió en aquel acto diez golpes de 
bayoneta? Es cosa que aún hoy día me pregunto 

"En voz alta y vibrante, nos dijo: 

— "Seamos todos amigos viva la libertad! 

"Dimos un paso hacia adelante, volteando culatas arriba 
en señal de que cesaban las hostilidades. 

"Pero el teniente Walton, que estaba más prómimo á la 
puerta y que en casos como éste, era extremadamente des- 
confiado, detuvo nuestro movimiento, gritando: 

— "Atención] No hay que rendirse, este es un ardid de 
guerra! 

"Y exasperado, iba á disparar su revólver contra el jefe 
enemigo 

Afortunadamente el capitán mexicano Miñón, que había 
combatido valientemente á nuestro lado, desvió el arma, y 
acercándose á Regules: 

— "¿Cuáles son las condiciones de la rendición? le pregun- 
tó en español. 

— "Capitulación honrosa, contestó Regules. 

Michoacán.—21 



348 

"Esto era aceptable: nos constituímoB prisioneros de gue- 



rra." 



Ya era tiempo. Apenas acababan de salir del recinto los 
prisioneros, cuando se hundió el techo de la iglesia, produ- 
ciendo un estruendo pavoroso: gigantesca columna de humo 
obscureció el espacio, y al desprenderse de lo alto del tem- 
plo, se vio como un torbellino de chispas y de brasas encen- 
didas que caían sobre los cadáveres que poco después quedar 
ron carbonizados 

Reinó un silencio lúgubre! 

Era la hora entre las diez y las once de la mañana. La vic- 
toria había coronado de laurel las sienes del general Bóga- 
les. 

El olor de la pólvora y de la sangre, el humo que satura- 
ba el ambiente, el fragor del incendio, las pasiones que se 
exaltan siempre á la hora del triunfo, la gritería que por to- 
das partes se alzaba, la ausencia de los vecinos de la ciudad 
que, encerrados en su hogar, dejaban desiertas las calles; todo 
hacía de aquella escena que pasaba en la plaza de Tacámba- 
ro, un cuadro indescriptible, aterrador y siniestro. 

En medio de él se presentaron los prisioneros belgas, con- 
ducidos por un batallón. A su vista la tropa prorrumpía en 
gritos amenazadores de venganza: algunos soldados cargaban 
BUS fusiles; las soldaderas gesticulaban con furor pidiendo la 
muerte de los que traidoramente habían asesinado á sus hom- 
bres. Los mismos jefes y oficiales no podían dominar su odio. 
Acaso habría sido imposible á Regules contener el tumulto. 

Pero en aquellos instantes se presentó ante la muchedum- 
bre la noble esposa del caudillo, llevando de la mano á sus 

hijos Todos callaron, y se oyó la voz tranquila y dulce 

de aquel ángel que dijo al general: 

—Hijo, yo no quiero que les hagan nada á los belgas. 

Y con esa facilidad que tienen las multitudes para cambiar 
BUS sentimientos, y con esa generosidad propia del pueblo 
mexicano, apenas se escucharon aquellas santas palabras, 
cuando todos aclamaron perdón, lanzando vivas prolongados 
y entusiastas á Regules y 4 su 'esposa. 

Los prisioneros estaban salvados! 



849 

Y sin embargo, hubo por nuestra parte un hecho injustifi- 
cable. Antes de referirlo debemos recordar que §1 Dr. Le- 
jeune, médico militar de la legión belga, habia sido quien 
aconsejó la prisión de la esposa é hijos del general Eégules, 
y que alguno de los mismos prisioneros le imputaba haber 
dado la orden de romper el fuego al estar izada la bandera 
blanca del parlamento. 

Oigamos lo que acerca del episodio qué estoy refiriendo, 
dice Mr. Loomans. 

^'Cosa extraña: en el momento de nuestra salida de la igle- 
sia, se nos hizo formar en uno de los portales de la plaza; el 
Dr. Lejeune iba y venía entre nosotros y nos regalaba ciga- 
rritos. Estaba pálido y parecía ieniblemenie inquieto." 
' Con referencia á un testigo presencial, agrega: 

"Después, y cuando los belgas estábamos ya alojados y el 
doctor curaba á los heridos, alguien lo llamó afuera, á una 
calle lateral. En ese momento llegó el coronel Jesús Gómez, 
y frunciendo el ceño se dirigió al médico: 

— "Doctor, le dijo, ¿cuál sería según la opinión de usted, 
la manera más expedita de matar á un hombre? 

"Lejeune cayó un instante y luego contestó: 

— "Un tiro de revólver^ 

"Apenas había pronunciado estas palabras, cuando oímos 
una detonación y vimos caer á plomo al doctor. El coronel 
Qómez habia puesto en ejecución la receta, y hecho pedazos 
el cráneo de Lejeune. 

"Después de este acto de sumaria y fría ferocidad, Qómez 
se alejó 

"Cuando recuerdo este lúgubre detalle, al mismo tiempo 
que los antecedentes que, se nos asegura, motivaron esta ins- 
tantánea ejecución, no tengo corazón para hacer comentarios, 
y opto por correr el velo del olvido sobre esta aventura " 

El hecho aparece en efecto infame. Bueno será, sin embar- 
go, decir que Jesús Gómez tenía la desgracia de embriagar- 
se, y que su beodez, como la que lo embargaba en aquel día, 
«ra completa y lo trastornaba hasta la locura, motivo por que 
no tenía colocación fija en el ejército. Cuantos lo conocieron 
podrán ratificar este informe y afirmar, como yo lo hago, que 



\- 



Gómez era patriota en la exteneión de la palabra, valiente y 
sufrido, y que cuando estaba en sn juicio era generosojatea- 
to en sumo grado. En aquella época siempre acomp&ñó á 
nuestras tropas, sirviendo en cuanto se le ocupaba y pelean- 
do á la hora del combate como bueno. Jesús G-ómez fué el 
último de los republicanos muertos en el sitio de Querétaro 
á la hora en que se tomó la plaza. 

jKo podrán estas lineas atenuar, al menos, el asesinato del 
Dr. Lejeune cometido por Jesús Gómez? 



Al comenzar la tarde de aquel día llegaron á Tacámbaro 
los generales Arteaga y Riva Palacio. Era en loa momentos 
Gil qne Regules mandaba repartir nn día de haber á los jefes, 
oticialea y tropa de bu División. Hacia muchos días que no 
babÍBn recibido sueldo. El general Arte&ga ordenó que aque- 
lla sama üieae entregada á loa prisioneros. Los vencedores 
no tuvieron eee día más que la troncha de costumbre. La co- 
mieron sin exhalar una queja. 



Mientras estos acontecimientoa^asaban, los vecinos déla 
ciudad eapontáueamente levantaron los cadáveres para dar- 
les sepultura. Nuestras pérdidas fueron inmensas: loa belgas 

f por BU parte vieron morir á muchos de los auyoa, entre los 

cuales cataba el joven capitán Chazal, hijo del ministro de 
guerra en Bélgica. 

I « El general Arteaga dispuso que loa prisioneros fuesen con* 

ducidos á Huetamo, en donde podrían ser más fácilmente vi- 
gilados. El caballeroso y valiente coronel Trinidad Villígó- 
mez fué el encargado de escoltarlos. 



Antea de terminar eataa lineas, debo decir que entre los 
priaioneroB belgas habia varioa heridos de gravedad, loa cna- 
ics suplicaron al General en Jefe que no ae lea enviase al la- 
do de los demás, por el temor de que el largo camino, lo in- 



í 



í 



851 

salubre del clima y la falta de elementos para su curación, 
agravasen sus males. Asi lo acordó Arteaga, y ellos espontá- 
neamente subscribieron una protesta que publicó entonces 
**La República," periódico Oficial del Cuartel General del 
Ejército del Centro. Aquel documento estaba concebido en 

los siguientes términos: 
"Los que subscribirlos, encontrándonos heridos en esta 

plaza, por resultado de la acción de armas verificada en la 
mañana de hoy, y aceptando el ofrecimiento que el Ciudada- 
no General en Jefe del Ejército republicano del Centro nos 
ha hecho, de que permaneciésemos en. esta plaza por consi- 
deración á nuestro estado, por no poder caminar, y á las le- 
yes de la guerra, nos comprometemos bajo nuestra palabra 
de honor á permanecer en esta plaza, y nos constituímos pri- 
sioneros de guerra del mismo ciudadano General en Jefe, sin 
que podamos abandonar la plaza ó hacer armas contra el ejér- 
cito de la República, aun cuando sea invadida p^r tropas ene- 
migas del mismo Ejército. 
"En particular, el mayor comandante de la fuerza belga 

que se hallaba en la plaza, antes del referido hecho de armas, 
se obliga y compromete bajo su palabra de honor, á que los 
<iuatro soldados que se le han concedido estén á su servicio 
para asistirlo en su curación, permanezcan también en la pla- 
za en calidad de prisioneros y sujetos á las mismas obligacio- 
nes que los demás heridos belgas que subscribimos, firmando 

ellos también esta protesta. 
"Declaramos también que esta protesta la subscribimos sin 

coacción de ninguna especie, y sólo por la manifestación que 
nos ha hecho el ciudadano General, Jefe del Ejército repu- 
blicano del Centro, de que sabe respetar las leyes de la hu- 
manidad y del derecho de gentes. Es dado en Tacámbaro de 
Codallos, á 11 de Abril de 1865. — Mayor, Tydgat. — Capitán, 
Sherimajeur. — Teniente, Carlot. — Soldados, Shvos, Fierre, 
— Soldado, Corthout. — Sargento, Delange. — Soldado, Briast. 
— Soldado, Peters. — Soldado, Spendress Joseph. — Soldado, 
Frevens Frederic. — Clarín, Desmit. — Caporal, Kalles. — Sol- 
dado, Ziffarsw— Soldado, Jik. — Soldado, Kolback. — Soldado, 
Deyfin. — Soldado, Melker. — Soldado, Evrard. — Caporal, 
Van Ophyps, — Gorard, caporal tambour." 






352 

A pesar de esta protesta y sobre su palabra de honor, el 
mayor Tydgat y sus veinte compañeros se fugaron de Tacám- 
baro, incorporándose á la fuerza de De Potier, cuando este 
jefe, dos días después de los sucesos que acabo de referir, ocu- 
pó aquella plaza. Tydgat falleció á poco, á consecuencia de 
BUS heridas. 



V • 



853 



CAPITULO XXVI. 

(1865) 



Ocapación de Zitácuaro por los imperialistas. — Atentados, fuída y miseria. — 
£1 incendio. — Nueva expedición de Kégules. — La tropa envenenada. — 
Amagos á la plaza de Uruapan. — Acción del puente de San Isidro. — £1 
ejército republicano en Quiroga. — Agentes de Arteagaen Morelia. — Con- 
ducta noble del prefecto del Moral. — Tropelías de Ugalde en Zitácuaro. 
— Pueblita marcha á reducirlo al orden.— £nemistad de Arteaga j Sala- 
zar. — De Potier en Quiroga. — Multa impuesta & los vecinos de esta villa. 
— ^Destierro de una señora. — Regreso de De Potier á Morelia. — Los tres 
hermanos González. — Prisión de señoras. — Infamia del jefe francés. — 
Protesta de del Moral. — Renuncia por tercera vez. — Trabajos fructuosos 
de los agentes de Arteaga. — Ugalde derrota á Clary. — Función de armas 
entre Pueblita y De Potier. — Depredaciones de este jefe en el Departa- 
mento de Zitácuaro.-^Pueblita ataca el Valle de Santiago. — Acción de 
Tingüindin. — Cuarta y última renuncia de del Moral. 



Qaeda dicho que la legión belga salió de México para Mi- 
choacán, dividida ^n dos fracciones, una de las cuales había 
marchado á Zitácuaro, á donde llegó el 20 de Marzo, reunión* 
dose alli con la sección del coronel Méndez que regresaba del 
Valle d^ Bravos. Ambas fuerzas formaron la guarnición de 
la ciudad. 

Belgas y meodcanos vivian en constante alarma, porque las 
pequeñas partidas de chinacos se acercaban todos los días á 
tirotearlos, siendo impotentes k)s imperialistas para apode- 
rarse de un solo guerrillero. Juzgaron, no sin acierto, que 
los habitantes de los pueblos y ranchos circunvecihos estaban 
en connivencia con ellos. Entonces la guarnición adoptó el 
sistema de desprender columnas ligeras para que cayesen 
inopinadamente á las aldeas y fincas de campo, las incendia- 



854 

ran é hicieran prisioaeros á sus habitantes. Casi todos los 
días se veia en algún pnnto de los alrededores de Zitácuaro 
una columna de humo densa y obscura. Las familias que va- 
gaban por los cerros inmediatos, exclamaban: ^^¡Ya están 
quemando á San Francisco!" "¡Ya se acabó San José del Mo- 
lino!" y así respecto de los demás caseríos. Después se velan 
huir por los bosques mujeres y niños espantados aún al re- 
cuerdo de sus chozas incendiadas. En seguida entraba en Zi- 
tácuaro la expedición, conduciendo hombres con las manos 
atadas á la espalda ó arreando partidas de ganado y muías 
cargadas de maíz. La ruina y la miseria sentaban sus reales 
en aquellos campos, un día antes abastecidos y risueños. 

Los jefes republicanos que había en el Departamento man- 
daban partidas tan pequeñas,- que no podían dar un golpe á 
la plaza ni batir las fuerzas que salían de ella, contentándose 
con tiroteos y escaramuzas que sólo servían para tener siem- 
pre fatigada á la guarnición. Por su parte los imperialistas 
quisieron ensayar el medio de disfrazar de guerrilleros á al- 
gunos de sus soldados, pero les fué funesto, pues en Tuxpan 
tuvieron un encuentro la banda del Ranchero y una partida 
de las de Angangueo, resultando del choque veinte muertos 
y mayor número de heridos. 

La noticia de los sucesos de Tacámbaro se difundió con su- 
ma rapidez, y al llegar á Zitácuaro, enardecidos de venganza 
ú obedeciendo órdenes superiores, Méndez y los belgas lle- 
varon á cabo un acto de barbarie. El día 15 la heroica ciudad 
fué entregada al incendio. El humo, negro, compacto, de in- 
menso volumen, se elevaba sobre las montañas, divisándose 
desde muy lejos; las familias de aquella población,. ocultas 
entonces en los bosques vecinos, eran espectadoras de aquel 
cuadro espantoso, veían su hogar convertido en cenizas y su 
fortuna en humo y en pavesas. 

Para que el incendio fuera Completo, varios pelotones de 
belgas y de soldados mexicanos se diseminaron por las calles, 
avivando el fuego ó llevándolo á las casas que aún permane- 
cían ilesas. En la plaza amontonaron los efectos que sacaron 
de las tiendas, barriles de aguardiente, manteca, aceites, cohe- 
tes. Se carcajeaban al ver las lenguas de fuego que se des- 



355 

prendían de aquel foco de combustión y al oir el estruendo 
qae producían las explosiones. 

De toda la ciudad no quedaron más que las casas de D. Lo- 
renzo y de D. Juan Antonio Rodríguez, por hallarse aloja- 
dos en ellas los jefes imperialistas. Libertóse también la pa- 
rroquia que servia de cuartel á la fuerza. 

Después de este hecho infame, el destacamento se retiró 
tranquilo á Morelia. El incendio continuó por sí solo duran- 
te una semana. 

Llamo la atención de los lectores sobre lo que sigue. Por 
aquellos días, el coronel Alzati, algunos otros jefes y varios 
vecinos de Zitácuaro, habían concertado entregar la ciudad 
á las llamas, á fin de que no sirviese de guarida al enemigo. 
Sólo se esperaba para realizar este sublime proyecto, el con- 
sentimiento dé las familias, y á este efecto, los comisionados 
i'ecorrian los montes en busca de aquellas personas, cuando 
Méndez y los belgas lo hicieron al impulso del odio y del 
despecho. Esta circunstancia ha dado pretexto á algunos his- 
toriadores imperialistas para imputívr el incendio á los patrio- 
tas de Zitácuaro; pero hay que consignar la verdad, y ésta es 
la que aparece en mi relato. 



La toma de Tacámbaro produjo en Morelia la sensación 
que era consiguiente á un hecho de tanta importancia. De 
Potier, que se había jactado de que Regules, al pasar por las 
goteras de la capital, iba en completa derrota, recibió la no- 
ticia como una bofetada. Inmediatamente salió para Tacám- 
baro al frente de una columna de franceses y traidores. Los 
republicanos habían ya evacuado aquella población, dirigién- 
dose el día 13 á Puruarán. En esta hacienda se quedó el ge- 
neral Arteaga, imposibilitado de caminar y sin más fuerza 
que el cuerpo "Lanceros de Jalisco.'^ Riva Palacio y Regu- 
les, con el grueso del ejército, tomaron la dirección de ürua- 
pan. Bueno es advertir desde ahora que no entraba en el plan 
de campaña atacar esta plaza; debía simplemente ser amaga- 
da, al propio tiempo que Pueblita, acercándose á Zamora y 
la Piedad, tenía la misión de atraer hacia el Poniente del Es- 
tado las columnas de De Potier, á fin de que Riva Palacio y 



866 

Bégales pudiesen acercarse rápidamente á Morelia. Sobre 
este particplar dice Zamacois: 

"En Morelia, los agentes que tenía Regules (Arteaga que 
era el jefe) empezaron á trabajar en secreto, pero activamen- 
te, en disponer el ánimo de una parte del pueblo en favor 
de la causa republicana, y lograron que un número crecido 
se comprometiese á batir la guarnición que había en la ciu- 
dad en el momento que ésta fuese atacada por aquel jefe re- 
publicano, al cual comunicaron lo que so habla dispuesto. Re- 
gules, deseoso de dar otro golpe, como el que había dado á 
los belgas, se puso de acuerdo con los agentes para caer de 
repente sobre Morelia." 

Este era el plan: veamos cómo lo modificaron los aconte- 
cimientos. 

La tropa republicana tuvo que pasar á medio día (el 14) 
por un punto que se llama Urapa: los soldados iban fatiga- 
dos, sedientos y sin haber tomado su rancho. Caminaban en 
plena tierra caliente y en una. llanura en que no había más 
que pequeños arbustos esparcidos escasamente. Estas plan- 
tas ostentaban unas bayas de color carmesí, muy simpáticas 
á la vista. ^ Hacia ese calor insoportable que indica la proxi- 
midad del aguacero. Uno de los soldados cortó frutilla, la 
devoró con ansia, y dijo á sus camaradas que estaba dulce y 
aguanosa. En el acto muchos imitaron su ejemplo y comie- 
ron hasta hartarse. Cuando el general Regules y algunos ofi- 
ciales trataron de impedírselo, ya no era tiempo. Antes de 
una hora comenzaron aquellos hombres á lanzar gritos ex- 
traños; soltaban de las manos los fusiles, caían en tierra con 
espantosas convulsiones. ¡La tropa estaba envenenada! 

fTinguna medicina, ningún auxilio eran posibles en aquel 
desierto. Ario, que era la población más inmediata, tenía 
guarnición de imperialistas: no pasaban de doscientos solda- 
dos los que habían quedado en pie; más de mil y casi todas 
las soldaderas eran presa del tósigo. 

Por fortuna se desató en aquel momento un formidable 
aguacero. Como no había donde guarecerse, los soldados re- 
cibieron el chubasco en su cuerpo, y sedientos aún, se echa- 

1 Tacto la planta como el fruto se conocen con el nombre de petatillo. 



867 

ron á beber el agua de los charcos. Esto los salvó. El agua 
es el antidoto de aquel veneno. Algunos, sin embargo, estu- 
vieron varios días como locos, y seis de ellos fallecieron. Mu- 
cho tiempo duró vivo en la tropa el recuerdo de aquella es- 
cena espantosa. 

Después de la tempestad, la División alcanzó á llegar al 
rancho de Urapa, donde pernoctó. l)e allí se dirigió el gene- 
ral Riva Palacio á Turicato, llamado por el general Arteaga, 
qnien, por causa de sus enfermedades, necesitaba que le au- 
xili&se en las labores del Cuartel General. 

En cuanto á Bégules, continuó al día siguiente su marcha 
por Pueblo Nuevo. ÍJI 16 estaba en la hacienda de la Purí- 
sima, y el 17 en la madrugada alcanzó á tirotear á la guar- 
nición de Taretan que huía precipitadamente hacia Uruapan, 
dejando abandonados algunos fusiles y municiones que reco- 
gieron los republicanos. Estos avanzaron por el mismo cami- 
no que llevaban los fugitivos. 

A eso de las once de la mañana, los exploradores de la 
guarnición de Uruapan avisaron al jefe de ésta, coronel Le- 
mus, que los chinacos bajaban ya la cuesta de Taretan. Lemus 
salió inmediatamente á reconocerlos, llevando consigo un es- 
cuadrón de lanceros, al sub-prefecto D. Isidro Paz y á va- 
rios vecinos de la ciudad. A medio llano se encontraron con 
Garnica que los hizo regresar á toda prisa, persiguiéndolos 
á la lanza. Los imperialistas tuvieron un muerto y dos heri- 
dos. Don Isidro Paz se dispersó y no pudo presenciar los acon- 
tecimientos. En cambio, Lemus, que era un iefe de valor, en 
el acto y con toda sangre fría dispuso la defensa de la plaza, 
haciendo que su tropa cubriese el perímetro fortificado. A 
los vecinos, á quienes por la fuerza se sacó de sus casas, los 
puso avanzados fuera de las trincheras, en las esquinas de las 
dos plazas. 

Bégules penetraba ya en la población: desde San Francis- 
co destacó una compañía de infantes que llegó hasta media 
cuadra distante de la plaza principal; allí se trabó un comba- 
te rápido en que los chinacos estrenaron las carabinas quita- 
das á los belgas. Los vecinos que defendían el punto se re- 
concentraron dentro de los parapetos, teniendo que lamentar 



I 



la muerte de uno de ellos, el recomendable joven D. Manael 
Orazco. 

Mieotrae esto pasaba, el grueso de la División aegaia atra- 
vesiindo la ciudad por las calles de la Canoa Alta, 8aD Mi< 
guel, San Juan Bautista j otras, para ir á acampar á la Quid- 
ta. Al pasar por las bocacalles que enfilaba el perímetro 
jiirtificado, la artillería deUjemua lanzaba sus proyeetilee, por 
lurtuna sin causar ningún daño k los liberales. 

Regales vivaqueó y pernoctó en la calzada de la Quintará 
tiro de fusil del enemigo. Durante la noche no cesó el tiro* 
teo entre los exploradores de ambas fuerzas. 

Sfuj de mañana se dió el toque de levante en el campa- 
mento republicano, y después del de diana, ejecutó nuestra 
ciiaranga aquel himno patriótico muy usado entonces entre 
loa chinacos; "Zaragoza, á la vanguardia!" Como los traido- 
ri:s nunca han tenido un aire de guerra que se baya hecho 
[lüpuíar, no pudiendo, por lo mismo, contestar con algo su- 
yo, tocaron también y por vía de burla, "Zaragoza, á la van- 
guardia!" pero no se atrevieron á salir y batir á los republi- 
Ciiiios. Regules levantó el campo y fué á vencer la jornada 
en Paraeho. 

Lemns estaba furioso de no haber podido salir ¿ atacar á 
los chinacos, por no contar más que con cuatrocientos hom- 
brea de pelea; y su cólera llegó al colmo al ver que se retira- 
ban, pues que si hubiesen batido la plaza, los habría recha- 
zado con grandes pérdidas. Era déspota y arbitrario, y des- 
cargó su coraje en los vecinos que no se presentaron: pnso 
presos á varios, multó á muchos é insultó á todos. Con quien 
estuvo implacable fué con D, Isidro Paz que apareció cuan- 
do el peligro había pasado, y á quien trató de cobarde y re- 
cluta. 

También mostró Lemus un profundo disgusto contra su 
jefe superior, el general D. Luis Tapia, comandante de la lí- 
nea de Pátzcuaro, porque habiendo salido de esta ciudad en 
persecución de Regules, en vez de ir en auxilio de Uruapan, 
61: estuvo dando ejercicio á su tropa en la hacienda de To- 
lueiidán hasta el día 18, en cuya tarde,áhoramuy avanzada, 
llegó á la plaza que había sido amagada. Lemus sacó, empe- 



cí 



859 

ro, la ventaja de que el general Tapia le dejara de refuerzo 
el batallón de Pátzcuaro. 

El 19 salió Regules de Paracho; el 20 permaneció en ]!f a- 
haatzen; el 21 pernoctó en Zacapu; el 22, pasando por Pa- 
nindicuaro, llegó á la hacienda de Ururuta, y allí tuvo aviso 
de que De Potier, con mil ochocientos hombres, iba de Zipi- 
meo por Copándaro, rumbo al Caulote, á donde llegaron el 
día 23, casi juntas, las dos fuerzas enemigas. 

Antes de seguir narrando esta expedición, diré el motivo 
de haber cambiado Regules su ruta, sin marchar directamen- 
te sobre Morelia. Quiso primero ocultar su movimiento y 
luego hacer que se le incorporaran, como lo hicieron en efec- 
to, en Zacapu, Domenzain, Bermúdez, Bravo y otros guerri- 
lleros de Guanajuato. Se recordará que Pueblita recorria el 
;líorte y Poniente de Michoacán. Ahora bien, Dé Potier tu- 
vo oportunamente el aviso de que dicho jefe amagaba á Za- 
mora, asi como de que Regules marchaba sobre Uruapan. En 
auxilio de esta plaza mandó al general Tapia; pero temiendo 
que el objeto principal de Regules fuese unirse á la empresa 
de^ Pueblita, salió rápidamente rumbo á Zamora, y, cuando 
menos lo esperaba, se encontró con la primera División del 
Ejército del Centro en el pueblo del Cacalote, según queda 
dicho. 

Regules, que había llegado primero, ordenó que su tropa 
forzase la marcha, y él se quedó á retaguardia con unos cien 
jinetes, cien hombres en la extensión de la palabra: eran 
Qarnica y su hermano Simón, Rafael Domenzain, Juan Ber- 
múdez, Esteban Bravo, Antonio Ledesma y oficiales y sol- 
dados escogidos en los cuerpos de caballería. ¡La flor y nata 
de los valientes! 

El general separó en el Puerto y allí estuvo tiroteando á la 
columna extranjera, hasta que la División trastumbó el cerro 
de la Leonera: entonces se retiró, tomando el camino del lla- 
no del Cuatro, con el fin de que los franceses lo persiguieran, 
en el supuesto de que por allí iba el grueso de la tropa repu- 
blicana. En un momento oportuno, se les perdió detrás de 
un mogote. De Potier se quedó mirando por todos lados. El 
enemigo se le había evaporado, y no teniendo plan fijo, se di* 



rigió á Huaniqueo, como bí hubiese adivinado qne allí iba ¿ 
encontrarse, de nuevo con Kéguleá, al frente ya de su Diñ- 
siún. 
Este jefe no podía librar nna batalla formal, pues anoqne 

Í tenia un efectivo de fuerza igual al de los franeeaea, bub sol- 

dadoB estaban fatigados con treee dias de camino incesante, 
^. . mal armados, con poco parque, y no teniendo la disciplina 

' de BQB contrarios. Pero al mismo tiempo quería dar á éstos 

una lección de audacia j de valor. Incorporado, pues, á loe 
suyos, recogió de Iob depósitos y de los miemos soldados de 
. filas la mayor parte de los cartuchos, y municionó con elloa 

'^f doscientos hombres del batallón de Villada que, con los ji- 

1^ oetes antes mencionados, eran loa escogidos para la pelea. 

\i ■ D'íó orden de que el resto de la tropa, al mando del coronel 

i" D. Joeé María Hernández, avanzase hasta Quiroga. 

ir Da Potier pretendió cortar la retirada de la División y des- 

'I tacó una pequeña fuerza á apoderarse del puente que estáso- 

4! . bre el camino; pero Regules, ásu vez, envió á Villanueva i 

^' ' que antes se posesionaBe de aquel punto, lo qae hizo el va- 

liente jefe, protegiendo á vivo fuego la retirada de los repu- 
blicanos. 

Entretanto Regules con su pequeña columna fué & colocar- 
se frente al enemigo. Verlo De Potier, y lanzar Bobre él el 
regimiento de húsaree, dos eEcnadr(Aes de argelinos y la con- 
traguerrilla de Jorge Alejandre, fué obra del momento. 

Baúles fingió que retrocedía. "Las caballerías de ést» me 
perseguían á todo escape (me contaba el mÍBmo general), co- 
rrían tan desaforados, que me parecían loa que van á quitar 
Ja espuela á los novios."^ 

De repente el general mandó tocar media vuelta: se deto- 
vo en el paraje donde está el puente de San Isidro. Presentó 
en batalla bu infantería, en los momentos en que su caballeria 
y quince infantes se emboscaban al)Í cerca. Regules rechazó 
la carga de los ginetes imperialistas, y en ese acto los infontea 
emboscados hicieron por el flanco de los fugitivos una descaN 
gil que aumentó la confusión de éstos. Entonces salieron los 
chinacos de caballería j fueron lanceando franceses por m^ 

1 Alutiin £ una costumbre en el casnmiento de rancheros. 



861 

de un cuarto de legua. Al regreso vieron á alguuos húsares 
que vagaban á caballo, dispersos aquí y allá. "¡A lazarlos!" 
gritaron los chinacos; pero ¿cuál no seria su sorpresa al ver 
que aquellos hombres estaban muertos, sostenidos por correas 
á los arzones de la silla? Con razón no habían visto caer á nin- 
guno de los heridos franceses, en tanto que habían hallado en 
el suelo veinte cadáveres de los contraguerrilleros mexicanos. 
Se venía ya la noche. £1 general emprendió lentamente su 
retirada, siguiendo también el camino de Quiroga. 

A poco, sus exploradores le avisaron que una partida del 
enemigo se acercaba por retaguardia. Esto sucedía al fran- 
quear los terrenos montañosos de Zipiajo. Allí entre dos mo- 
goies colocó Regules en emboscada á sus doscientos infantes y 
siguió con la caballería, al ruido de cuyas pisadas marchaban 
los franceses, creyendo no haber sido sentidos, merced á las 
profundas tinieblas que reinaban. A su tiempo dio medía 
vuelta la chinaca y se echó sobre los contrarios, cambiando 
con ellos un fuego nutrido, al mismo tiempo que comenzaron 
á retaguardia los disparos de la infantería emboscada; los fran- 
ceses, pensando que eran los suyos, gritaban que cesase el fue- 
go, y comprendiendo luego que estaban cortados, entraron en 
espantoso desorden y huyeron á incorporarse al grueso de la 
columna. Allí quedaron muertos más de cuarenta de I^s in- 
vasores y se les hicieron veintitrés prisioneros. De Potier, 
bramando de cólera, tomó el camino de Pátzcuaro, desde don- 
de dirigió al prefecto de Morelia el parte de su victoria^ con- 
cebido en los siguientes términos: 

"Tengo el honor de suplicar á vd. ponga en conocimiento 
de la población que hoy, á la una de la tarde, he dado alcance 
en Huaniqueo alas fuerzas de Bégules, compuestas de tres mil 
quinientos hombres. Después de un empeñado y vigoroso com- 
bate en que la caballería francesa se ha distinguido por su 
arrojo extraordinario, el ejército de Eégules ha sido comple- 
tamente derrotado y perseguido á balazos y cañonazos hasta 
las siete y medid de la noche^ no obstante una fuerte lluvia. Sólo 
IS noche ha podido salvar á esta fuerza de su total y completa 
destrucción. Las pérdidas del enemigo en esta acción se ele- 
van á quinientos hombres entre muertos y heridos, y ha tenido 



362 

además setecientos dispersos de su infantería. La nuestra con- 
siste en quince muertos y veinte heridos. — Coronel, concfe De 
Potier.'' 

Este brillante parte no fué creído ni por los mismos impe- 
rialistas. En Morelia se burlaba de él públicamente el barón 
Vander Smissen,^ y lo cierto es, que De Potier no tuvo un 
ascenso ni mereció condecoración alguna por este hecho de 
armas. 

Bégules alcanzó á incorporarse esa misma noche con el 
grueso de la División y entró en Quiroga á las once. Ni jefes 
ni soldados habían tomado alimento alguno en el curso del 
• día. Por fortuna los habitantes de la villa, patriotas y decidi- 
dos por la libertad, al escuchar en medio del sueño el rumor 
de una tropa, se levantaron, y antes de media hora el soldado 
preparaba su rancho y los jefes y oficiales recibían de las fa- 
milias humilde, pero abundante cena: Ja plaza se vio invadi- 
da de vendedores, é iluminada por multitud de hachones de 
ocote, parecía animado tianguis en víspera de una gran fiesta. 

El general ordenó á los trescientos guerrilleros de Quana- 
juato que volvieran al terreno en que expedicionaban,y él con 
sus mil seiscientos hombres emprendió el camino de regreso 
á Tacámbaro, no siendo ya posible atacar á Morelia, pues era 
seguro que los franceses se dirigirían á aquella plaza. Bégules 
abandonó á Quiroga en la mañana del día 25: al llegar al ran- 
cho de Paredones tuvo que detenerse allí, pues que gran parte 
de la columna de De Potier pasaba de Pátzcuaro, rumbo á la 
capital, por la calzada del Obispo. Esta fuerza conducía ma- 
chas camillas de su ambulancia ocupadas por los heridos fran- 
ceses en la acción del puente de Huaniqueo y en la de Zipiajo. 

Ya que había pasado esta tropa, el general Regules mandó 
detener un chinchoneo de burros que seguía el mismo camino, 
hizo que montaran en ellos *ios prisioneros que traía consigo 
y les dijo que quedaban en absoluta libertad, pudiendo ir á 
reunirse con sus camaradas. Los franceses lanzaron exclamar 
ciones de alegría, azotaron sus burros y se fueron á escape, 
entonando la Marsellesa. 

1 "México 6 través de los siglos," tom. V., pág. 710. 



368 

Informado De Potier de que en'Morelia habia agentes de 
los republicanos para ayudar á Eégules en su proyectado ata- 
que sobre esta plaza, dirigió desde Pátzcuaro un oficio al pre- 
fecto político D. Antonio del Moral, en que le decía: "Se- 
ñor Prefecto: — Cuando marché sobre Regules sabía muy bien 
que él tenía intención de ir á atacar á Morelia en connivencia 
con tres ó cuatrocientos hombres de la ciudad que debían pro- 
curar sorprender la guarnición en sus cuarteles. — Hay prue- 
bas de este hecho y algunos arrestos han tenido lugar; pero 
no se han podido aprehender sino algunos desgraciados: no 
me contento con esto, qviero los jefes del complot. Suplico á 
vd., pues, busque á los culpables, sin ruidoy sin llamar la aten- 
ción y que me los remita. Haga vd. arrestar á la familia de 
Paeblita, á sus criados y á las personas que tienen costumbre 
de frecuentar esa casa. — Hágales vd. poner en cuartos sepa- 
rados é interrogúeles de manera que se descubra la verdad. 
—Luego que la investigación esté terminada, le suplico me 
envíe las diligencias respectivas: haré reunir entonces una 
corte marcial /rancesa para juzgar á los que se han hecho cul- 
pables del crimen de conspiración. — Llamo muy particular- 
mente la atención de vd. sobre los deberes de la policía, en 
circunstancias tales como las que acaban de presentarse. Ella 
debe sernos de grande utilidad, ocupándose imperiosamente 
de sus funciones, y obrando así, descubrirá fácilmente los 
complots de los enemigos del orden y del bien público. — Re- 
ciba vd., Señor Prefecto, las seguridades de mi considera- 
ción.'^ 

El tono de este oficio no es el del vencedor que se inclina 
á la generosidad con sus enemigos; es el lenguaje inspirado 
por el despecho de quien acaba de sufrir una derrota y que, 
impotente respecto de sus contrarios en la lucha, desea saciar 
su venganza en los inermes é indefensos. 

Es verdad que había en Morelia agentes del general Artea- 
ga que desempeñaban satisfactoriamente diversas comisiones. 
Sin la nota de De Potier, acaso el prefecto político habría pro- 
cedido contra ellos; pero la insolencia en las palabra^ del jefe 
francés y su amenaza de someter á los culpables á una corte 
marcial extranjera, es decir, d«3 condenarlos á muerte, suble- 

Michoacan.— 25 



364 

varón en el Lie. del Moral los sentimientoB de decoro en 
cuanto á 8u propia personalidad y de conmiseración respecto 
de los agentes á quienes perseguía De Potier. Del Moral no 
sólo no procedió contra ellos, sino que trató de salvarlos de 
la ferocidad de aquellos sangrientos tribunales, para cuyo no- 
ble fin empleó diversos modos. Hay quien recuerde todavía 
con inmensa gratitud la generosa conducta de aquel caballero. 
Al oficio que se acaba de insertar, contestó el día 26 dicien- 
do: ^^que la comisiona que se referia en su nota no le era po- 
sible desempeñarla por ser extraña á sus facultades, por no 
ser compatible con el decoro de la autoridad que ejercía y 
porque seria altamente alármente para los habitantes de la ca- 
pital de Michoacáh, que verían en tal hecho, subvertido de 
un golpe el orden legal, y amenazadas en consecuencia sus 
garantías: que las operaciones que deseaba el señor coman- 
dante De Potier, bien podría practicarlas por sí mismo, según 
el tenor de sus facultades, ó encomendarlas á la policía, ó bien 
ala autoridad judicial que procedería con más circunspección 
y tino en casos tan graves." ^ 

En vista de este oficio insistió De Potier con fecha 28: "Es- 
tamos en una situación en que es preciso frecuentemente hacer 
á un lado las cuestiones de forma para llegar á un resultado 
más pronto y sobre todo más conforme á las necesidades de 
la posición. En virtud de este principio, tengo el honor de su- 
plicar á vd. se sirva no hacer caso de las observaciones del 
juez de lo criminal, que nada tienen que ver con las instrac- 
cienes que he enviado á vd. en mi carta de 25 de Abril úl- 
timo. — Debe vd. arrestar á todas las personas que le parezcan 
sospechosas, y yo decidiré de su suerte á mi llegada á Morelia." 

El Señor del Moral acordó el día 30 la siguiente contesta- 
ción: "Dígase que por crítica que sea la situación, el que subs- 
cribe no puede ni debe traspasar la línea de sus facultades, ni 
dará jamás el escándalo de atrepellar la ley, debiendo ser el 
primero en respetarla; que ya tiene manifestado á S. 8. que ha 
hecho renuncia de la prefectura, asegurándole que insistirá 
hasta que se le admita; pero que si aún en los pocos días qoe 
pueda permanecer en el mando, se juzgare conveniente suse- 

1 ZamacoiB. — Historia de México. 



V 



865 

paracióu, podrá hacerlo dejando encargado del gobierno al 
prefecto municipal." 

Como se ve, la actitud del Sr. del Moral, siempre digna y 
cada vez más enérgica, habla llegado á tal punto, que era de 
preverse una pronta solución, respecto de su renuncia. Los 
conservadores de Morelia, aquellos que no eran ciegps parti- 
darios del clericalismo, deseando que se prolongase la perma- 
nencia de aquél en el puesto que desempeñaba, dieron á en- 
tender á Maximiliano que quien aconsejaba á del Moral la 
actitud hostil contra el gobierno, era su secretario, el Lie. Ale- 
jandro Ortega, cuyas conexiones con el alto clero eran muy 
conocidas. Esto bastó para que el Ministerio de Gobernación 
ordenase de parte del Emperador al prefecto de Morelia, el 
reemplazo del secretario y de los oficiales primero, segundo 
y tercero de la Secretaría. He dicho que Ortega poseía un ca- 
rácter independiente, un corazón honrado y generoso, ins- 
trucción y una inteligencia clara. Impuesto de la nota del 
Ministerio, puso en el acto su renuncia, que aceptó el prefecto, 
resuelto como estaba á separarse él mismo muy pronto de su 
encargo. Al avisarlo al gobierno imperial, dijo: *^En cuanto 
á los oficiales primero, segundo y tercero, debo informar á 
Y. 8. que están en posesión de sus empleos sin habérseles re- 
movido y sin que hayan renunciado sus destinos, sino que con- 
tinúan desempeñándolos con celo, lealtad é inteligencia, por 
cuyas cualidades no han desmerecido la confianza de esta pre- 
fectura." 

En la forma debida comunicó del Moral el nombramiento 
que había hecho en la persona del Lie. D. Francisco Lama 
para que sustituyese á Ortega, lo que no fué del agrado del 
emperador y puesto que, en nota de 25 de Abril, le decía el Mi- 
nistro de Gobernación: "El gobierno de S. M. ha tenido á bien 
disponer que diga á vd. que no aprueba el nombramiento 
hecho por esa prefectura en el Lie. D. Francisco Lama, para 
jefe de su Secretaría." Del Moral contestó, en acuerdo de 5 
de Mayo: "Dígase al Ministerio de Gobernación que la pro- 
bidad incontestable de D. Francisco Lama, su sincera y firme 
adhesión al orden existente, y su recto juicio para el conoci- 
miento y despacho de los negocios, me decidieron á nombi'ar- 



366 

lo jefe de la secretaria de esta prefectura. Enemigo aquel se- 
ñor de figurar en los puestos públicos, por carácter y por 
convencimiento, cedió en esta vez á consideraciones de amis- 
tad y á las vivas instancias que se le hicieron, cuyas instancias 
por mi parte no tuvieron otro origen que el buen deseo de 
acercar al imperio uno de los muy pocos amigos que ya le que-^ 
dan en este departamento, — Tales antecedentes es seguro que 
los ignora S. M., y ruego a V. E. tenga la dignación de ha- 
cerlos presentes, manifestándole á la vez, que de cualquier 
modo, el Señor Lama deberá separarse de la Secretaria, por- 
que debiendo yo ser sustituido en breve, á virtud de la rei- 
terada renuncia que tengo hecha de la prefectura, la persona 
que se nombre, usando de la amplia libertad que le da la ley, 
nombrará y removerá á su arbitrio al secretario del despa- 
cho." 

Y como si fuera pleito interminable entre aquellas autori- 
dades. Cortés Esparza replicó: "El gobierno de S. M. se ha 
servido disponer se esté á lo que con anterioridad se sirvió de- 
terminar, desaprobando el nombramiento que hizo esa pre- 
fectura en la persona de D. Francisco Lama para secretario 
de la misma.'' 

A caprichos nadie le ganaba á del Moral: acordó lo siguien- 
te: "Estése á la ley, y comuniqúese este acuerdo al ministe- 



rio." 



Por supuesto que aplaudo á dos manos el comportamiento 
de D. Antonio del Moral; pero también hay que poner por 
las nubes la paciencia y mansedumbre de Maximiliano, res- 
pecto de un subdito tan independiente de carácter. 



El general Regules, después de las acciones que principia- 
ron en el puente de Huaniqueo y terminaron en el malpais 
de Zipiajo, es decir, después de la batalla de Huaniqueo, como 
la llamó De Potier, se dirigió á Tacámbaro, recibiendo allí 
las felicitaciones de los generales Arteagay Riva Palacio. En 
seguida fué á tomar cuarteles en Santa Rosa y otras hacien- 
das inmediatas, á fin de evitar una sorpresa que pudiera darle 
el enemigo en la ciudad. El acuartelamiento tenia otros dos 



867 

objetos: dar deacauso á la tropa y esperar se construyera al- 
guna cantidad de parque. En Huetamo, en Tiiricato, y en el 
mismo Tacámbaro, habia mucha gente ocupada en hacer car- 
tachos, siendo fácil en aquellas localidades conseguir la pól- 
vora* En cuanto al plomo, los Alzati, Heimburger, Vicente 
Ouzmán y otros vecinos de Zitácuaro, exponiéndose á serios 
peligros, lograban extraerlo de Trojes, población situada cerca 
de Angangueo que casi siempre tenia destacamento de fran- 
ceses ó traidores; por fortuna los alemanes dueños de la ne- 
gociación de beneficiar metales en aquel lugar, eran adictos 
á la causa mexicana y proporcionaban á los republicanos gran- 
des cantidades de plomo. 

Por aquellos dias, Zitácuaro, Angangueo, Tlalpujahua, El 
Oro, Tuxpan y Tajimaroa, tenian guarniciones de franceses, 
de belgas ó de traidores. Las columnas de Méndez y de La- 
madrid recorrían la zona en activa persecución de las guerri- 
llas. Aquel constante estado de guerra se prestaba á las de- 
predaciones: y Ugalde, sin respetar el patriotismo de todos 
y de cada uno de los habitantes de aquellos pueblos, habia 
vuelto á cometer toda clase de excesos, y por desgracia su 
tropa era superior en número á la de los demás guerrilleros. 

El general Biva Palacio recibia frecuentes quejas de los 
desmanes causados por la gente de ügalde, y no encontró otro 
remedio que dar orden á Pueblita de que al marchar á su 
nueva expedición, pasase por los terrenos de Zitácuaro é in- 
corporase á su fuerza la de ügalde. 

El general Pueblita habia llegado también á Tacámbaro en 
los primeros dias de Mayo, de vuelta de su correría por el po- 
niente del Estado. Dio unos dias de descanso á su tropa y 
luego hizo una excursión por la Huacana, Pueblo Nuevo 
y oVos lugares de la tierra caliente, para proveerse de ele- 
mentos, y á mediados del mes emprendió su marcha al de- 
partamento de Zitácuaro. Pueblita iba contento como siem- 
pre que había que pelear. 

Tiempo hace que hemos perdido de vista á Salazar, y es pre- 
ciso d^cir algo de aquel jefe tan simpático y valiente. El 13 
de Marzo llegó á Tacámbaro y entregó su fuerza al general 



868 

Riva Palacio, siendo acogido por éste con la efusión de bu an- 
tigua y mutua amistad; no asi por parte de Arteaga que no 
le quería perdonar aún su rebelión y que por lo tanto le dio 
orden de que quedase en cuartel. Para Salazar que amaba el 
combate, que sentía arder en las venas el patriotismo más 
exaltado, que, en su carácter, era para él un suplicio el repo- 
so, aquella orden lo exasperó. Tuvo que obedecerla, pero no 
la prudencia de soportarla jsn silencio, y no omitía oca^ón de 
censurar los actos de Arteaga, su impericia, y hasta su inuti- 
lidad á causa de sus heridas. Estalló entre ambos, como era 
necesaria consecuencia, una enemistad que parecía inextingui- 
ble y que hubiera sido de fatales resultados, sin el buen jui- 
cio de los demás jefes del ejército. El rencor, la mala inteli- 
gencia,, aguijoneaban en ambos aquella fatal pasión. Esto 
sucede siempre en toda clase de corporaciones; pero parece 
que es inevitable en el ejército. Durante aquella campaña hay 
varios ejemplos de este género: así, en el cuerpo expediciona- 
rio francés, Forey tuvo por enemigo á Bazaine; para éste lo 
fué el general Douay. En las tropas reaccionarias ¿quien ig- 
nora el odio profundo que se profesaban Márquez y Mira- 
món? La envidia, llevada al último extremo, de Méndez á Mi- 
ramón, fué tal vez la causa del desenlace de Querétaro, pues 
se sabe que siguiendo el parecer de Miramón, Maximiliano 
con los suyo9 debía intentar una salida general la noche del 
14 de Ma'yo de 1867 y abandonar la plaza á toda costa, pero 
Méndez para contrariar á su rival, consiguió que la salida se 
fíjase para la noche del 15 al 16. Se sabe también que Mira- 
món se manifestó muy contrariado de este retardo y que Maxi- 
miliano le dijo: "No se aflija vd., Miguel, ¿qué importan 
veinticuatro horas para el éxito de la operación?" "Señor, yo 
no soy de la opinión de V. M.; Dios nos guarde durante ejitas 
veinticuatro horas!" En efecto, durante aquel intervalo, Maxi- 
miliano pensó que ni la opinión de Méndez ni la de Miramón 
valían la pena y que la suya era la preferible: en consecuen- 
cia, envió á Miguel López al campo republicano para 

morir én un cadalso mejor que en la pelea ó en el acto de eva- 
cuar la plaza! 
Esta envidia, estos celos entre los jefes superiores de un 



869 

ejército suelen tener fatales consecuencias, fuera de que em- 
pequeñecen á loa que los alientan. Jamás un general reconoce 
las glorias de su émulo, y cuando todo el mundo las proclama, 
él las califica de fábulas ó de falsedades. 

Por fortuna, repito, la enemistad entre Arteaga y Salazar 
no produjo otro mal que el de privar á nuestro ejército por 
algún tiempo del concurso de aquel jefe valiente, audaz y 
amado hasta el delirio por sus soldados. 

En el carácter episódico de estos apuntes cabe muy bien 
entrar en pormenores de esta clase que tienen cierto interés 
local de importancia. Los consigno aqui^ siguiendo el orden 
cronológico de los acontecimientos, y más adelante insistiré 
en este asunto. 

Por ahora voy á seguir ocupándome de De Potier y de lo 
que pasaba en Morelia. El jefe francés permaneció en Pátz- 
cuaro hasta los últimos días de Abril, descansando de sus fa- 
tigas y saboreando (amargamente) su triunfo de Iluaniqueo. 
Algún imperialista pacifico de Quiroga, de esos que los sol- 
dados llaman hojalateros^ porque todos sus servicios consisten 
en decir ¡ojalá que ganen los nuestros! llevó á Pátzcuaro el 
chisme de que la población habla recibido con entusiasmo á 
Regules y á su tropa, y proporcionádole toda clase de recur- 
sos en la famosa noche del día 23. Ko se necesitaba tanto para 
que el comandante superior de Michoacán, respirando odio y 
venganza, quisiese castigar á los vecinos de aquella villa, y al 
efecto, marchó á ella é impuso al vecindario una multa de 
cuatro mil pesos, que hizo efectiva con rigor y crueldad, sin 
que valiesen las súplicas de las señoras ni el llanto de los niños. 
Alli mismo redujo á prisión á la esposa del teniente coronel 
republicano Narciso Garcilaso,' y la mandó á Pátzcuaro bajo 
la vigilancia del sub-prefecto D. Miguel Patino, que era el 
reverso de la medalla de D. Antonio del Moral. En seguida 
la columna francesa emprendió el camino de Morelia. De Po- 
tier no podía contener su cólera é iba ansioso de ejecutar en 
aquella ciudad otros actos inicuos. Para mayor desgracia de 
sus victimas, durante su marcha no cesaron de tirotearlo y 
de burlarse de él, escapándosele y ocultándose en el bosque 
para reaparecer de nuevo, aquellos famosos guerrilleros que 



870 

no se apartaban de las goteras de Morelia, interceptando co- 
rreosy quitando convoyes y teniendo siempre en alarma á la 
ciudad. Me refiero á los tres hermanos Manuel, Víctor y Ge- 
rardo González, que no traían á sus órdenes arriba de treinta 
chinacos, que se hacían invisibles cuando les convenia y que 
se dejaban ver cada vez que querían fastidiar á los mocho8. En 
aquella ocasión acompañaron á De Potier hasta que tuvieron 
el honor de dejarlo en la garita de Morelia, despidiéndose de 
él con un fuego inesperado. 

Furioso entró De Potier en la Capital de Michoacán. In- 
mediatamente mand6 reducir á prisión á las familias de los 
generales Arteaga, Salazar y Pueblita, y á la esposa del co- 
mandante Jesús OcampOy y las puso incomunicadas y con cen- 
tinelas de vista: la primera de esas familias se componía de 
la señora Octaviana Yaldovinos y de su sobrina Desideria; la 
segunda, de la señora Mariana Porrua y de su hija Vicenta, 
y la tercera, de la señora Francisca Buitrón y de su hija Sa- 
lud. Todas sufrieron los rigores de la prisión sin exhalar una 
queja. El pretexto de De Potier fué que las presas mantenían 
correspondencia con los jefes de cada una de aquellas fami- 
lias. 

De este hecho infame, cometido contra débiles mujeres que 
eran á la vez señoras honorables, no hablan los escritores im- 
perialistas. — Los jefes franceses acostumbran publicar sus me- 
morias: ¿qué dirá De Potier cuando llegue á este capítulo de 
las suyas? Que lo hizo sin conocimiento del Prefecto del Mo- 
ral para que no se le pusiesen obstáculos. 

Pero no pararon en esto sus atentados. En cuerpo de pa- 
trulla llevaron á su alojamiento á los señores D. Jesús Mar- 
molejo y D. Miguel Caballero, á quienes supuso agentes de 
los republicanos, y allí, en medio del patio de la casa, contra- 
esquina del colegio de San Nicolás, y presenciándolo De Po- 
tier, los soldados franceses aplicaron un banco de palos á cada 
uno de aquellos mexicanos. 

Chorreando aún la sangre, en la noche del mismo día, Je- 
sús Marmolejo fué á incorporarse en Tacámbaro á las fuerzas 
liberales, é hizo con constancia y distinguido valor todo el 
resto de la campaña. 



871 

Tal procedimiento, más expedito que el de las cortes mar- 
ciales, provocó un grito general de indignación, primero en 
Morelia y después en la República entera. 

Al tener noticia de este hecho j de la multa impuesta á los 
vecinos de Quiroga, el prefecto político D. Antonio del Mo- 
ral pasó un oficio lleno de energía, como todos los suyos, al 
comandante superior, pidiendo que no se llevase á efecto la 
malta y protestando contra el castigo aplicado á los dos indi- 
viduos referidos. 

De Potier rehusó tratar oficialmente aquel asunto, y del Mo- 
ral pasó en persona en la mañana del día 10 del mismo mes 
de Mayo al alojamiento de aquel jefe, llevando una comuni- 
cación del Mariscal Bazaine, en contestación á otra que él le 
había enviado, dándole noticia de aquel desagradable suceso. 
El oficial que estaba de servicio, al preguntar el Señor del 
Moral por el jefe francés, le contestó que no estaba en casa, 
que hacia un momento que había salido. Persuadido el pre- 
fecto político de que el coronel De Potier estaba dentro y de que 
aquello era una evasiva para no hablar del asunto que llevaba, 
se retiró, y en la tarde del mismo día 10 le dirigió la siguien- 
te comunicación: 

"Señor coronel De Potier. — Asuntos del servicio público 
que V. S. ha rehusado tratar oficialmente, me pusieron en la 
penosa necesidad de ocurrir hoy á las once á su habitación. 
"La multa impuesta y exigida por esa comandancia á los 
vecinos de Quiroga, y el severo y humillante castigo aplica- 
do á^dos personas de esta capital, han causado honda y amar- 
ga sensación en el público que espera con ansiedad la solu- 
ción de estas graves cuestiones, solicitada por la autoridad 
civil. Con este objeto y con vista de lo que sobre el particu- 
lar se sirve decirme el señor Mariscal Bazaine, en comunica- 
ción que recibí ayer, me apresuré á acercarme á V. S. en la 
hora que dejo indicada; pero habiéndome anunciado por me- 
dio del oficial de servicio, tuve el desagrado de que se me 
mandara contestar que Y. S. andaba afuera, cuando estaba 
seguro y tenía la evidencia de que en aquel momento se en- 
contraba en su habitación. 
"En tal concepto, debo anunciar á V. S. que en lo sucesivo 



372 

esta prefectura no tratará negocio alguno con esa comandan- 
cia, sino por escrito, y en el lugar, modo y forma que corres- 
ponden á su dignidad/' 

Tan luego como De Potier vio que había de por medio una 
comunicación del Mariscal Bazaine, afectó mucha deferen- 
cia con el señor del Moral, apresurándose á contestarle con 
el siguiente oficio: 

"Señor Prefecto:— Estoy verdaderamente apenado por lo 
que ha sucedido, y le suplico crea que no tengo parte alguna 
en esta equivocación. Siento que no me haya usted hecho 
llamar por medio del centinela (!). Para no molestar á usted, 
pasaré á su casa á los tres cuartos para las cinco, al irme al 
paseo. Le suplico me diga si estará usted en su casa á esa 
hora. 

"Reciba usted, señor prefecto, las seguridades de mi alta 
consideración." 

Este desagradable incidente determinó al señor del Moral 
á repetir su renuncia. Como las demás, esta comunicación es 
digna de ser conocida. Hé aqui sus términos: 

"Señor. — Es ya de todo punto inútil mi permanencia en 
la prefectura. Desde que tomé posesión de ella, he estado 
manifestando sin cesar, por todos los Ministerios, con espe- 
cialidad por los de Gobernación y Guerra, y á V. M. direc- 
tamente, los inmensos males que afligen al Departamento, y 
no se remedian: he dirigido repetidos informes sobre los va- 
rios ramos de la adniinistración pública, y no se me escucha; 
hago consultas en negocios graves, y no se resuelven; hablo, 
en fin, y no se me contesta ó se me dan tardías y lastimosas 
contestaciones. ¿Qué quiere decir esto? ¿qué significa? ^o lo 
comprendo. 

"Entretanto, el Departamento en su agonía fija sus mira- 
das sobre la autoridad pública, acusándola de inepta, ó de 
indolente al menos á los desastres de los pueblos. De cual- 
quier modo, ni la conveniencia, ni el honor permiten perma- 
necer en un puesto en que nada puede hacerse en bien de la 
sociedad. 

"Suplico por lo expuesto á V. M., y se lo suplico por ter- 
cera vez, se sirva admitirme la renuncia que tengo hecha de 



378 

la prefectara politica, previniendo al prefecto municipal se 
reciba del mando, mientras Y. M. tiene á bien nombrar per- 
sona que definitivamente lo ejerza/' 

El lenguaje del Licenciado del Moral debía haber hecho com- 
prender á Maximiliano que aun los conservadores en México 
hablaban el idioma franco y enérgico de la democracia, y que 
desconocían todos los hábitos de las monarquías. Preciso es 
confesar que Maximiliano toleró demasiado á su prefecto. 
Todavía en esta vez lo conservó en el poder. 

De Potier, en su papel de verdugo, anduvo tan desacerta- 
do como en sus hechos militares. Ni Marmolejo ni. menos 
Caballero, las víctimas á quienes mandó azotar, figuraban en- 
tre los agentes que Arteaga tenía en Morelia. En cuanto á 
los verdaderos, ni llegó á saber sus nombres: alguno de ellos 
estovo á punto de caer en sus garras; pero el señor del Mo- 
ral logró salvarlo, poniéndolo bajo su protección oficial, pa- 
ra desviar de esta manera la mirada del jefe francés. 

Eran varios los agentes: unos se entendían con los jefes de 
grupos del pueblo y- habían conseguido en efecto que, en ca- 
so de que se acercase Regules á Morelia, le prestarían ayuda 
eficaz; otros hablaban con oficiales de la fuerza imperialista 
mexicana, y algunos otros que podían explicarse en francés, 
lograron que muchos soldados franceses y belgas se deserta- 
ran, yendo algunos á incorporarse al ejército republicano, y 
los demás, pasando ei río de las Balsas, fueron á establecerse 
en el Estado de Guerrero. 

Los agentes enviados á Guanajuato lograron ponerse en 
comunicación con algunos oficiales de fuerzas del imperio, y 
el resultado fué que de León se sacase el capitán Jesús Aguir 
lar un cuerpo de caballería denominado el 13; y el capitán 
José María Macías y el teniente Calvillo, dos compañías de 
infimtería del batallón de Yuriria. Estos oficiales obtuvieron 
el ascenso inmediato y prestaron desde luego importantes 
servicios á la causa nacional. Por de pronto dichas fuerzas 
formaron parte de la sección Garnica y expedicionaban por 
lo tanto en el centro del Estado. 

El general Regules, en sus conversaciones íntimas con sus 
Bubalternos, se lamentaba siempre de que no anduviese á su 



874 

lado el cuerpo de caballería "Lanceros de Huerta," cuya ofi- 
cialidad y tropa se componia de soldados valientes, discipli- 
nados, y que en otro tiempo habian dado pruebas de patrio- 
tismo. Recordará el lector que esa fuerza era la que Elizon- 
do habla arrastrado consigo en su defección. Uno de los ofi- 
ciales de Regules, oyendo á este general, le ofreció irá hablar 
con el teniente coronel ITorberto Salgado, que entonces man- 
daba aquella tropa. Regules lo puso en conocimiento del ge- 
neral Arteaga, quien desde luego aceptó. Casiano Chávez, 
que asi se llama el referido oficial, se dirigió á Ario, en don- 
de se hallaba de guarnición el antiguo cuerpo de que se tra* 
ta, y que entonces tenía la denominación de 7? de caballería. 
La comisión era peligrosa, pues que los dos jefes priucipalefl 
del destacamento, coronel Jerónimo Casa Rubias y teniente 
coronel Luis Madrigal, eran celosos partidarios del imperio 
y enemigos á muerte de los liberales. 

Casiano Chávez entró á Ario de noche: se alojó en la casa 
de un amigo suyo manifestando que estaba tan gravemente 
enfermo (tenia, como casi todos sus compañeros, las terribles 
calenturas de la tierra caliente), que se veía en la necesidad 
de separarse de las filas y guarecerse en una población de ele- 
mentos, aunque estuviese ocupada por el enemigo; pero que, 
deseando tener algunas garantías, iba á ponerse bajo la pro- 
tección de Salgado. 

En efecto, envió á llamar á éste, que se sorprendió al ver- 
lo: en el acto entraron en explicaciones y fácilmente se enten- 
dieron, porque ni Salgado ni sus oficiales estaban contentos 
en el imperio. 

Ahora, oigamos lo que sobre este particular dice Esparza, 
el mismo Félix Esparza que, militando en el 7?, nos dio en 
otra vez la narración del hecho de armas del puerto de Me- 
dina. 

"El 17 de Mayo, á las siete de la noche, fui llamado por el 
teniente coronel Norberto Salgado, y muy reservadamente 
me dio instrucciones, ordenándome que al toque de silencio 
encerrara en una pieza del cuartel á todas las soldaderas, que 
encargara mucha vigilancia á la guardia, y que á media no- 
che en punto mandara ensillar con mucho silencio; así lo hi- 



1^ 



376 

ce, 7 en aquella hora se presentó Salgado y dio la orden de 
montar y de salir. Tomamos el camino de Zinzongo, cubrien- 
do yo la retaguardia con diez hombres. Kadie nos persiguió; 
pero al llegar al rancho de las Escobas vimos un grupo nu- 
meroso de gente. Se le mandó reconocer, y ¡cuál fué nuestra 
sorpresa al distinguir alli á todas las soldaderas! Al sentir 
que el Cuerpo salia del cuartel con todo silencio, comprendie- 
ron ellas que volvíamos á nuestras banderas, y á poco rato, 
sin hacer el menor ruido, forzaron la puerta, y como som- 
bras se deslizaron repegándose á la acera de las calles, y des- 
de la orilla de la población abandonaron el camino y toma- 
ron veredas, lo que les permitió llegar al rancho pocos mi- 
nutos antes que nosotros. Esas mujeres adivinan el movimien- 
to de las tropas, y son más listas que los soldados. Llegamos 
al amanecer al Caulote y seguimos de frente el día 18. En el 
mismo día encontramos en Pedernales al teniente coronel 
Julián Solano, y el 19 entramos en Tacámbaro, en donde fui- 
mos muy bien recibidos por el general Arteaga, quien luego 
expidió una proclama en que nos felicitaba por haber vuelto 
al lado de los defensores de la Patria." 



En Zitácuaro se habia reanudado por aquellos dias la lu- 
cha. 

"En 15 de Mayo, una columna de cuatrocientos franceses 
al mando del coronel Clary, se desprendió de Toluca en bus- 
ca del coronel Ugalde, quien, sabedor de que se le perseguía 
y de que se había capturado á su familia, fué con la fuerza 
de su mando al encuentro de Clary, auxiliado aquél por el 
cuerpo de lanceros de Jalisco, de que era jefe el coronel Zua- 
via, por las fuerzas de los coroneles García, Acevedo, Martí- 
nez y Granda, y por un piquete de caballería del general 
Pueblita; y habiendo trabado un combate muy reñido entre 
la hacienda del Manzanillo y Barranca Honda, obligó á Cla- 
ry á contramarchar, con pérdida de doce muertos y veintitrés 
heridos, salvándose la familia de Ugalde.^ 

1 Memoria del Gobierno de Hichoacán. 



876 

El general Pueblita acababa de llegar á la hacienda de la 
Encarnación, muy poco distante de Zitácuaro, y pudo por lo 
tanto prestar á XJgalde un pequeño contingente para que 
lo auxiliara. 

Por aquellos días, De Potier preparaba su regreso á Méxi- 
co, llamado por el general Bazaine. En su marcha debía ta- 
car primero á Zitácuaro, en donde la presencia de Pueblita 
había reanimado el espíritu público y contentado á todos los 
habitantes que sabían que Ugalde quedaba refundido en aque- 
lla fuerza y que pronto saldría á expedicionar por el Estado 
de Guanajuato. 

La brigada de Pueblita, con la guerrilla de Ugalde, alcan- 
zó un efectivo de poco más de quinientos hombres, y ya se 
preparaba á salir de Zitácuaro, cuando se tuvo noticia de la 
aproximación de De Potier con el 81 de línea y una fuerza 
de An gangueo, formando en conjunto un total de mil cua- 
trocientos hombres. 

Pueblita envió por el camino de la Florida á Zuavia, Ace- 
vedo, Castillo, Granda, Martínez y Ruiz que se le incorpo- 
raron, para hacer frente á De Potier, y que en número de cua- 
trocientos hombres fueron á situarse en el cerro de la Coyo- 
ta; y Pueblita con el resto de la fuerza, también de cuatro- 
cientos hombres, esperó al enemigo en la hacienda de la En- 
carnación. Al ver á los imperialistas, el general republicano 
dispuso su tropa en batalla. Eran las siete de la mañana del 
día 25 cuando se dio principio al combate, luchándose con 
valor por una y otra parte. A la hora, Pueblita emprendió 
su retirada en buen orden, rumbo á la Florida. Por de pron- 
to lo persiguió De Potier; pero sabedor sin duda de que ha- 
bía otra faerza de chinacos en el camino, desistió de su em- 
presa, regresando á toda prisa á Zitácuaro, desde donde dio 
el parte de haber derrotado á Pueblita, "que dejó sobre el 
campo de batalla setenta hombres muertos, muchos heridos, 
algunos prisioneros, ochenta caballos, sillas de montar y al- 
gunas armas.'^ Ya se sabe el crédito qqe merecen los partes 
de De Potier. 

Antes de emprender éste su marcha hacia México, come- 
tió toda clase de depredaciones en los pueblos del contorno, 



877 

haciendo una recogida general de ganado que luego vendió 
á ínfimo precio, tratando como enemigos á los que no que- 
rían comprarlo. 

Por fin, el prefecto de Zitácuaro dio al general en jefe el 
siguiente lacónico parte: 

"De Potier con el bandido Lamadrid y otros traidores se 
han marchado para México, llevando una conducta de ochen- 
ta y tantas muías cargadas de reales, y un pesado carro que 
no se sabe asertivamente qué contiene.'' 

En esos mismos días el derrotado Pueblita, despidiéndose 
de BUS compañeros de armas de Zitácuaro, emprendía su mar- 
cha rumbo al Estado de Guanajuato,para cumplir así las ins- 
trucciones del Cuartel General. Yamos á seguir á este jefe 
en esta expedición, para no volvernos á ocupar de él sino en 
supremo y aciago momento. 

Si hemos de creer á De Potier, en el hecho de armas de la 
Encarnación tenía Pueblita ochocientos hombres, de los cua- 
les fueron muertos setenta, heridos y prisioneros otros mu- 
chos: no habla de dispersos, pero es de suponer que los hu- 
bo: de modo que no hay exageración en calcular que la pér- 
dida total, según ef parte oficial del jefe francés, fué de ciento 
cincuenta, y si además descontamos cosa de doscientos hom- 
bres de los de Zitácuaro que se quedaron en su propio terre- 
no, Pueblita no contaba ya más que con cuatrocientos para 
marchar á Guanajuato. 

Ahora bien, á los ocho días de su derrota en la Encarna- 
ción, "á las doce del 2 de Junio, llegó al Valle de Santiago 
al frente de una fuerza de mil hombi^es de caballeñaj quinientos 
infantes y una pieza de artillería, en unión de otros jefes repu- 
blicanos, decidido á tomar la población que se hallaba guar- 
necida por una corta fuerza de zuavos y por tropas auxilia- 
res mexicanas. El ataque fué impetuoso y fuerte. La lucha 
se trabó con igual ardor por una y otra parte. Los republi- 
canos hicieron notables esfuerzos por penetrar en las calles, 
acometiendo con extraordinario brío; pero viendo mermadas 
notablemente sus filas por las balas de sus contrarios, se vie- 
ron precisados á retirarse, á las once de la noche, dejando 
muchos muertos sobre el campo de batalla. La guarnición 



878 

tavo cinco soldados zuavos heridos; el teniente también de 
zoavos, Darvidier, herido gravemente, y de los auxiliares^ 
tres soldados muertos y tres oficiales heridos." 

Lo anterior está tomado de la obra de Zamacois, quien co- 
pió el parte oficial rendido por el capitán ITamois, jefe de la 
guarnición, que debe haber sido discípulo de De Potier en 
este género de literatura. Lo que hubo de cierto fué que Poe- 
blita atacó el Valle con los setecientos hombres de su briga- 
da, en la que ya estaba refundida la guerrilla de Ugalde, y 
con doscientos chinacos de los Potreros, ál mando de Bermú- 
dez, de Bravo y de Ledesma que fueron, como ellos decían, 
^'á darle una manita al general/' También es cierto que Pae- 
blita fué rechazado con grandes pérdidas, pues tuvo cuarenta 
muertos y mayor número de heridos, y es verdad también 
que la guarnición se componía de dos compañías de zuavos 
y de trescientos mexicanos, muriendo cinco de los primeros y 
más de treinta de los segundos, pues los franceses ponían 
siempre á sus aliados de carnaza. Entre los heridos, que no 
fueron pocos, estaba en efecto el teniente Durvidier de quien 
se dijo que á los pocos días había fallecido. 

Después de este fracaso, continuó Pueblita expedicionan- 
do por el Sur de Quanajuato, pasando en seguida al Ponien- 
te de Michoacán por Sahuayo, Cotija y Tingüindín, en don- 
de en la noche del día 16 trató de sorprenderlo una fuerza 
imperialista, procedente de Los Reyes, al mando de los jefes 
Simón Diosdado y Antonio Marín, compuesta de trescientos 
jinetes y setenta y dos infantes. Se trabó el combate en las 
calles de aquel pueblo, combate que dio por resultado la com- 
pleta derrota de los traidores y la captura de Antonio Marín 
que mandaba la caballería, y el cual fué pasado por las armas 
en el acto. 

La brigada Pueblita permaneció en Tingüindín y Los Re- 
yes, y el 22 llegó hasta San Juan l'arangaricutiro. Lo deja- 
remos aquí, mientras concluyo este capítulo y se narran, al 
principio del siguiente, sucesos de mayor importancia. 

El licenciado del Moral, que veía que en Michoacán iban 
acabando los partidarios del imperio, y que los republicanos 
contaban más y más con la opinión pública, insistió en su 



879 

taimada renuncia y la hizo por cuarta vez en los siguientes 
términos, en que me voy á permitir subrayar algunas frases: 
"Señor. — La política que V. M. ha tenido á bien imprimir 
á sa gobierno, no ha correspondido á los altos fines que, sin 
duda, se propuso V. M. al adoptarla. Bien al contrario: los 
pueblos ki han visto con suma desconfianza y la revolución con 
marcado desdén, 

^'Extinguido el entusiasmo de los primeros, han caído en 
la indiferencia, de la que luego pasaráú al odio. 

"La revolución, reconocidos sus títulos por Y. M. de un 
raodo explícito y solemne, desprecia las concesiones, porque 
está autorizada' competentemente para estimarlas como jus- 
tas reparaciones de legítimos derechos; marcha á su fin; nada 
la detiene, y triunfará tal vez en el Departamento. 

"Y no es que sea fuerte por el pod^r de las armas: su fuer- 
za consiste en la debilidad del Gobierno. No tiene éste pen- 
samiento fijo, ño hay acuerdo en sus disposiciones, faltan en 
todo la oportunidad y la unidad de acción: en suma, Señor, 
se echan de menos la inteligencia superior que dirija, la voluntad 
firme que decida, y la mano vigorosa que ejecute. El caos, por 
tanto, es la consecuencia necesaria. Tal es la situación de Mi- 
choacán. Cumple á mi deber como autoridad, y á mi lealtad 
como caballero, manifestarlo con franqueza á V. M. al insis- 
tir por cuarta vez en la renuncia que hago de la prefectura. 
"Ruego á V. M. se digne admitirla, para librarme al me- 
nos del ridiculo, que es la suerte que estd reservada d los funcio- 
narios públicos de este desventurado Departamento. — Morelia, Ju- 
nio 5 de 1865. — Antonio del 3IoraL" 

Por de pronto no recibió del Moral contestación alguna, 
viéndose precisado á continuar al frente de la prefectura. 



Mlchoacán.— 36 



880 



CAPITULO XXVII. 

(1865) 

Los prisioneros de Francia. — Expedición del general Artoaga. — ¡Á.UruapanI 
— Ataque y toma de la ciudad. — Fusilamientos. — £1 padre Fachito. — 
Una columna de franceses. — Fueblita. — Asesinato de este jefe. — Rasgos 
biográficos. 

Mejor de lo que mi memoria pudiera hacerlo, la siguiente 
orden general del Cuartel General del Ejército del Centro, 
dará á conocer á los lectores la organización de nuestras fuer- 
zas al comenzar el mes de Junio de 1865. 

"Orden general del Ejército Republicano del Centro, del 
2 al 3 de Junio de 1865. — Jefe de día para hoy el C. tenien- 
te coronel Carlos Borda. — Ayudantes de guardia en el Cuar- 
tel General el C. comandante de batallón Antonio Beltrán y 
teniente Epitacio Gaona, y en esta Mayoría general el C. ca- 
pitán Miguel García Aguirre El C. general en jefe del 

ejército ha dispuesto que la primera división quede organi- 
zada de la manera siguiente: 

"Es general en jefe de ella el C. general Vicente Riva Pa- 
lacio, y su segundo el C. general Nicolás de Regules. — La 
primera brigada, al mando del general Nicolás de Regules, 
segundo en jefe de la división, la formarán los batallones 1?, 
29, 39 y 49 de Michoacán, 29 Cuerpo Lanceros permanente 
del Ejército, 29 Lanceros de Toluca y 39 de Michoacán (an- 
tes Lanceros de Codallos), y la sección Solorio, con media 
batería de montaña. 

"La segunda brigada la compondrán los batallones 59, 69 
y 79 de Michoacán, primer cuerpo "Lanceros de Toluca" y 



881 

3? del mismo, antes "Escuadrón de Pachaca," con una sec- 
ción de artillería de montaña; siendo jefe de esta brigada el 
C. coronel Pedro García. 

"La tercera brigada, al mando del C. coronel Ignacio Ze- 
peda, la formarán el 89 batallón de Michoacán, 79 Cuerpo de 
Lanceros permanente y el cuerpo activo "Lanceros de Jalis- 
co" con una sección de artillería de montaña. 

"La cuarta brigada, al mando del C. general Esteban V. 
León, la compondrán las fuerzas de Zitácuaro y cuerpo de 
"Lanceros de Guerrero," que manda el C. teniente coronel 
Castillo, así como la sección expedicionaria del Sur de To- 
luca. 

"La quinta brigada, al mando del C. coronel Leonardo 
Valdés, la compondrán el "Batallón de Núñez" y 19 y 29 es- 
cuadrón "Fieles de Huetamo," con una sección de artillería 
de montaña. 

"La sección Garnica la compondrán el 109 batallón de Mi- 
choacán y el primer cuerpo Lanceros del mismo Estado, an- 
tes "Lanceros de la Libertad/' 

"La sección Ronda se compondrá del 99 batallón de Mi- 
choacán y 29 Lanceros del mismo Estado, antes "Lanceros de 
Paruándiro." 

"Será mayor general de la división el C. coronel José Ma- 
ría Méndez Olivares; mayor de órdenes de la primera briga- 
da, el C. teniente coronel Luis Santa María Cruzado; mayor 
de órdenes de la segunda brigada, el comandante de escua- 
drón Lorenzo Contreras; de la tercera brigada es mayor de 
órdenes el C. teniente coronel José María Gómez Humarán; 
de la cuarta brigada, el teniente coronel Carlos Castillo; y de 

la quinta, el comandante de escuadrón Jesús Barajas 

De orden general, el mayor general M. G. Aguirre,^ — Co- 
municada. — F. G. AgidiTe," 

La segunda división, de que era jefe el general Manuel 
García Pueblita, se componía délos dos batallones 19 y 29 de 

1 Hago mención en esta nota del general Miguel García Aguirre, nombra- 
do Cuartel maestre del Ejército Republicano del Centro. Era un jefe patriota 
y valiente que, enfermo y de una edad muy avanzada, no quería abandonar 
las filas. A poco tiempo, agravados sus males, falleció en Huetamo el 12 de 
Septiembre del mismo año (1865). 



882 

Matamoros, y de tres cuerpos de caballería que formaban la 
1* brigada; la 2* era la de Querétaro, á las órdenes del coro- 
nel León Ugalde; y la 3% la de Quanajuato, compuesta de di- 
versas guerrillas que mandaban Bermúdez, Domenzain, Bra- 
vo y algunos otros jefes. 

Puede calcularse que el total del ejército del Centro era de 
cuatro mil hombres, advirtiendo que en la enumeración he- 
cha había batallones tan pequeños que apenas llegaban ácien 
plazas, y ninguno tan grande que excediese de cuatrocientas. 
Digo lo mismo respecto de la caballería: ni podían refundir- 
se unos cuerpos en otros, porque era preciso guardar consi- 
deraciones á los respectivos jefes, ácuya iniciativa, actividad 
y buenas relaciones se debíala existencia de aquellas fuerzae. 
Por otra parte, en la guerra de montana era muy útil el frac- 
cionamiento de tropas y el envío de éstas á las localidades de 
que tenían especial conocimiento los que las mandaban. 

Copiaré en seguida otras dos órdenes generales que recuer- 
dan el valioso contingente que por aquellos días recibió nues- 
tro ejército. Dicen así: "Tacámbaro, etc. — Orden general 
del Ejército del 24 al 25 de Mayo de 1865. — Jefe de día para 
hoy, el coronel Ignacio Zepeda. — Ayudante de guardia en 
el Cuartel General, el C. subteniente Andrés Frías, y en es- 
ta Mayoría General el C. capitán Felipe Aguirre. 

'^Lanceros de Jalisco nombrará una patrulla y el 2? escua- 
drón del Ejército otra. 

**Con esta fecha me dice el C. general en jefe del Ejército 
lo siguiente: "Con fecha de ayer se han incorporado á este 
ejército los ciudadanos comandante de batallón graduado 
Francisco María Ortega y capitán Antonio Beltrán, prisione- 
ros en Francia, del benemérito ejercita de Oriente, quienes, 
después de un largo y penoso viaje, han vuelto á su patria, 
deseando prestarle sus servicios. Este Cuartel General, apre- 
ciando en su justo valor la abnegación y patriotismo de los 
referidos ciudadanos, comprende que son dignos de la esti- 
mación de todos los mexicanos, porque, á pesar de la miseria 
y privaciones que sufrieron durante su destierro, no acepta- 
ron las condiciones deshonrosas que se les proponían para re- 
cobrar su libertad, prefiriendo vivir del mezquino producto 



883 

desu trabajo personal. En consideración á tan digna y pa- 
triótica conducta, este Cuartel general les concede el ascen- 
so inmediato, y entretanto son colocados, pasan al Estado 
Mayor del que subscribe. — Arieaga,^^ 

"Lo que se participa á vd. para que, por la orden general 
del día, lo haga saber á todo el ejército, haciendo de ellos 
mención honorífica. 

"Lo que se hace saber por la orden general del día para 
conocimiento de todos los individuos del ejército. — De orden 
superior, Aguirre. — Se comunicó, Felipe García Aguirre.^' 

El segundo documento dice: "Ejército Republicano del 
Centro. — Mayoría General. — Orden general del Ejército del 
13 al 14 de Junio de 1865. — Jefes de día para hoy, el C. co- 
ronel Ignacio Zepeda y teniente coronel Luis G. Carrillo. — 
Ayudantes de guardia en el Cuartel General, el C. coronel 
graduado, teniente coronel Margarito Cárdenas y capitán Fe- 
liciano Cárdenas, y en esta Mayoría general el capitán Feli- 
pe García Aguirre. 

"Las tropas que se encuentran en esta plaza estarán dis- 
puestas para marchar á la hora de costumbre. 

"Los ciudadanos José María Pérez Milicua, teniente coro- 
nel de caballería; Jesús M. Romo, comandante; Crispín Solís, 
subteniente de Artillería; Rafael Cano, capitán de infantería; 
Francisco de P. Guido, Jesús Cordero y José Guadalupe Cal- 
delas, tenientes de infantería; Juan M. del Castillo, Agustín 
Garduño, Ramón Ontañón, Francisco Paredes y Felipe Rive- 
ra, subtenientes de la misma arma; Antonio de León y Flo- 
rentino Vakncia, capitán el primero y el segundo teniente de 
caballería, con fecha de ayer se han incorporado al Ejército 
del Centro, en donde continuarán prestando sus servicios. 

"Este Cuartel General ha visto con satisfacción la digna y 
patriótica conducta del referido jefe y oficiales, porque perte- 
neciendo al benemérito Ejército de Oriente, fueron hechos 
prisioneros en el sitio de Puebla, y con ese carácter marcha- 
ron á Francia, en donde estuvieron expatriados. A pesar de 
los sufrimientos consiguientes á su situación, con el valor que 
habían manifestado en el peligro resistieron enérgicamente 
las amenazas y halagos del gobierno francés, y formando una 



384 

excepción honrosa entre sus demás compañeros, sin recono- 
cer el imperio de Maximiliano, prefirieron emigrar á Espa- 
ña, en donde por largo tiempo vivieron en la miseria con el 
fruto de su trabajo personal. 

"En recompensa de tan acrisolada conducta, y como una 

muestra de gratitud á que se han hecho acreedores, este Cuar- 
tel general, por virtud de las facultades con que se halla in- 
vestido, concede á cada uno de ellos el ascenso inmediato, y 
asi lo hará vd. saber en la orden general del día, después de 
la mención honorífica que corresponde.^ 

1 Como un curioso documento histórico, reproduzco en seguida el acta que 
aquellos patriotas subscribieron en San Sebastián, en España: 

"Asociación de los emigrados mexicanos. — Los abajo firmados nos 

comprometemos, formando una asociación, á lo siguiente: 

"1? Todos pTOCuraremos trabajar en arte, oficio ú otro trabajo personal. ." 
"2? £1 producto de nuestro trabajo se depositará en una Caja común , sin 

reservar para sí ninguna parte. 

"8? El sobrante que resulte en caja cada semana, después de los gastos in- 
dispensables, será depositado en una casa de comercio ó banco, para formar un 
fondo con que transportamos á nuestra patria. En este mismo fondo ingresará 
todo el demás dinero que se pueda agenciar, sea cual fuere su procedencia, á 
menos de no venir ya destinado para el exclusivo objeto de pago de deudas an- 
teriores. 

*'4? Los individuos que por algún motivo no pudiesen dedicarse á trabajos 

fuertes, lo harán en los mecánicos de la asociación. 

"6? Si aconteciere la desgracia de que algún socio enfermase, se le condo- 
nará para sus gastos menores y el transporte, como si hubiese trabajado. 

*'6? En el evento de que un socio deseare separarse y pidiese la parte que le 

corresponda, se le dará, renunciando por este hecho al transporte, aun cuando 

no fuese á separarse de la asociación, sino debido á crédito ú otro motivo. 

"7? Todos los emigrados nos comprometemos á permanecer unidos y salvar- 
nos todos juntos, salvo el caso de que transportados por cuenta de otra ú otras 
personas,^ se haga el viaje por fracciones. En este caso se sortearán los que de- 
ban marchar, á menos que la persona remitente no eligiese expresamente los 
que debiesen ser los primeros. 

*'8? Se nombra presidente de la asociación al C. José M. Pérez Milicua. — 

San Sebastián, Enero 9 de 1866. — Jesús María Eomo, Urbano Delgado, Víc- 
tor López, José María Herrera, Francisco G. Guido y Zaragoza, Norberto 
Garrido, Pablo D. Mejía, E. M. Castillón, Francisco María Ortega, Juan M, 
del Castillo, Antonio Beltrán, José Guadalupe Caldelas, Francisco Rivera, 
Tomás B. Pizarro, Modesto Medina, Bamón Ontañón, Agustín Garduño, 
Crispín Solís, Florentino Valencia, José M. Obando, Bafael Cano, Eugenio 
Guzmán, Juan N. Guzraán, Francisco Paredes, Luis G. Aponte, Felipe Bi- 
vera, Jesús Cordero, Miguel Aponte, Antonio de León, Guadalupe Gallardo, 
Bamón Adalberto López, Felipe Bridas, Emeterio Bamírez, Luz Fernández, 
José M. Pérez Milicua, José Montesinos, Pablo Bocha, Manuel Aburto.'' 



885 

''Lo que se hace saber en la orden general del dia, para co- 
nocimiento del Ejército y satisfacción de los interesados. De 
orden superior. — Aguirre. — Comunicada. — M. Q. Agidrre." 

Sólo me resta decir^ á propósito de aquellos ameritados je- 
fes y oficiales, que, desembarcados en Acapulco, el general 
Alvarez les proporcionó algunos recursos y les dio su pasa- 
porte para Michoacán. Asi fué como llegaron á Tacámbaro. 

Con dos mil hombres de la lí División, descontadas la 4í 
y 5* brigadas, que permanecieron en sus respectivos terrenos^ 
emprendió el general Arteaga una nueva campaña que quiso 
mandar personalmente. En aquellos días estaban ocupadas 
por el imperio todas las poblaciones de importancia del Es- 
tado, con excepción de Ario y Tacámbaro: las guarniciones 
enemigas, según el cálculo del escritor D. Jesús Rubio, no 
bajaban de tener en conjunto un efectivo de cerca do seis mil 
quinientos hombres; además, había las columnas expedicio- 
narias de Van der Smissen con seiscientos, la de Ramón Mén- 
dez con mil, la del general Luis Tapia con otros tantos; y 
aunque De Potier había ya regresado á México, quedaba de 
observación en Puruáudiro la columna del coronel Clinchant, 
fuerte en más de ochocientos hombres, que eran un batallón 
de zuavos, un escuadrón de cazadores de África y una con- 
traguerrilla de viexicanos. Contaba, pues, el imperio con diez 
mil soldados en el territorio de Michoacán, en el mes de Ju- 
nio de 1865. 

Todavía así, á instancias del prefecto político de Morelia, 
''Maximiliano — dice el historiador Niox — reclamaba de Ba- 
zaine el envío á Michoacán de una fuerte columna francesa, 
para terminar allí la pacificación. Pero — agrega — ¿cómo pa- 
cificar un país en el que los liberales estaban seguros de en- 
contrar en cada casa un abrigo, en cada habitante un ami- 
go?" Eíjense los partidarios postumos del imperio en esta 
ingenua confesión del coronel francés Niox, y vamos ade- 
lante. 

Arteaga salió de Tacámbaro el 14 de Junio y venció su 
primera jornada en Acuitzio, simulando seguir el camino de 
Morelia, en donde cundió el pánico; el 15 estaba en Quiroga, 
y entonces la guarnición de Pátzcuaro se puso en alarma; el 



886 

16 avanzó á Zacapu, en donde se le unieron las secciones de 
Qarnica y de Eonda, y desde allí los espías del imperio co- 
rrieron á prevenir á los jefes de los destacamentos de Zamo- 
ra, La Piedad y Puruándiro, que el enemigo, la chinacUy po- 
día dirigirse sobre cualquiera de aquellas plazas. 

El 17 el ejército penetró en la obscura y profunda sierra 
del Sur de Zacapu, yendo á tomar su rancho en el agreste 
paisaje en que se halla el ojo de agua del Pajarito. Allí Re- 
gules, al rendir á Riva Palacio el parte "sin novedad," pre- 
guntó por el general Arteaga. El general Arteaga no estaba 
en el campamento. Se le había visto todavía una hora antes; 
pero después nadie daba razón de él. Riva Palacio envió va- 
rios oficiales á buscarle, Regules confióla misma misiona 
sus exploradores, y guiado por uno de éstos fué el que lo- 
gró encontrarlo en lo más espeso del bosque. El general en 
jefe estaba acostado en el suelo, y un ayudante suyo le cura- 
ba las antiguas heridas que las fatigas de la marcha habían 
vuelto á abrir. "A la vista de aquel lastimero cuadro — refie- 
re Rubio — el general Regules le decía: "señor, regrese vd. á 
Tacámbaro y de allí trasládese á Huetamo para entregarse á 
una formal curación. Allá servirá vd. más todavía disponien- 
do las operaciones, que aquí precipitando el término de su 
vida." El general se rehusó á seguir estos consejos, y poco 
después apareció en el sitio en que se hallaba la tropa. 

En la tarde llegó la división á Nahuatzen. En la noche se 
verificó una junta de guerra, y allí fué unánime el pensamien- 
to de dar al día siguiente el ataque: ¿á dónde? Los soldados 
lo decían ya en los cuarteles, asando su troncha en los fogo- 
nes improvisados. 

— ¡A Uruapan! 

— ¡A Uruapan! repetían las soldaderas, yendo y viniendo 
muy contentas y cantando: 

"Chatita, vamos á Uruapan, 
Ya verás qué bonito es; 
Muchos TÍOS, muchas frutas, 
Muchas huertas de café." 

En la misma noche salieron para Uruapan algunos explo- 
radores, hombres y mujeres, que, disfrazados de rancheros, 



\á 



887 

llegaron al día siguiente, muy de mañana á la ciudad, entra- 
ron á la iglesia á oir misa, y con este pretexto y luego con el 
de comprar su recaudo^ pues era día domingo, inspeccionaron 
las fortificaciones y tomaron los demás datos que se les habia 
encargado. A las nueve a. m. salieron por el camino de la 
Quinta, chicoteando sus matalotes. 

Como á las doce del día (18) recorrió las calles principales 
un convite de gallos para las peleas que había ajustado con al- 
gunos vecinos el coronel D. Francisco de P. Lemus, coman- 
dante de la guarnición, pues aquel jefe tenía vicio por esta 
clase de juego, como casi todos los militares del tiempo de 
Santa-Anna, que era el rey de los galleros. 

No omito este incidente del convite, para manifestar que 
en la plaza no se tenía noticia alguna de la aproximación de 
los republicanos. Repentinamente, á todo escape, bajó por 
las calles de Santiago uno de los contraguerrilleros de Lemus, 
el llamado Florencio Morón, gritando desaforadamente: 
— ¡Ahí vienen! ahí vienen! son muuuchos! 
Con aquella calma que engendra la verdadera presteza, 
Lemus mandó tocar generala; los clarines de la caballería so- 
naban botasilla; uno de los ayudantes comunicaba al prefec- 
to D. Isidro Paz (que en esta vez se resolvió á quedarse en 
la plaza) la orden de que enviara patrullas á recoger vecinos 
y transeúntes para encerrarlos en el atrio, á fin de que ayu- 
dasen á la defensa. 

Mientras esto se ejecutaba, Lemus con unos treinta jinetes 
sabia hacia la Quinta á reconocer al enemigo. 

En aquellos momentos se desató un fuerte aguacero: esta 
circunstancia y la voz de alarma dada por Morón, favorecie- 
ron álos paisanos, que pudieron huir, no cayendo de leva más 
que unos diez ó doce, en tanto que se cerraban con estrépito 
los zaguanes de las casas y las puertas de las tiendas. 

La guarnición, compuesta de quinientos infantes, doscien- 
tos caballos y cuatro piezas de artillería, ocupó los puntos 
fortificados, que eran: la Parroquia y sus dependencias, com- 
prendiendo una manzana aislada circuida de ancho y profun- 
do foso; calle de por medio, por el Norte, la casa de D. Am- 
brosio Madrigal convertida en fortín, que se denominaba 



"Baogel;" por el Oriente, t«mbíéa calle en medio, la manza- 
na llamada entonces de SieiTa, con dos fortines, el primero 
con el nombre da "Lemue," á la. mitad del portal que está al 
N'orte de la plaza, en cu;o fortín tenia Ba alojamiento el j^e 
de la guarnición, y el segundo en la eBqnina Noreste, llama- 
do "Fortín Paz," por ser la casa del aubprefeeto D. Isidro 
Paz, y por último, el Parián, entre las dos plazas, comn- 
nicado con las demás fortificaciones por medio de un ca- 
mino cubierto. Las cuatro piezas de artillería estaban colo- 
cadas, una en la puerta principal del atrio, la que ve al Sur, 
y teniendo al frente la plazuela que hoy se llama de loa Jflár- 
lires; otra en la puerta que mira al ángulo de la plaza princi- 
pal; otra en la barda que cierra al Norte el perímetro de la 
Parroquia, y la última en el fortín "Lemua." 

Quien conozca la localidad comprenderá á primera vista 
que las fortificaciones eran formidables, no habiendo un sólo 
punto para el ataque, en donde no se cruzasen los fuegos y 
por donde no quedasen los asaltantes á pecho descubierto. 

Cuando Lemus llegó con sus treinta ginetes á la calzada 
de la Quintal ya estaba allí la vanguardia délos republicanos 
formada de los cuerpos de caballería de Garnica y de Konda 
con el general Riva Palacio á la cabeza. Esto jefe al ver al 
enemigo, dirigió la palabra al joven comandante Antonio 
Huerta, sobrino del general J>. Epitacio Huerta: 

— Huertita, le dijo: escoja vd. algunos amigos y vaya ai 
encuentro de Lemus, que de seguro es el que ahí viene. 

Antonio llamó á su lado á Margarito Cárdenas, á Isidro 
Diaz, á Rafael Aguilar y á otros veinte de los oficiales do 
Coeneo: saludaron al general, se afirmaron loa barboquejos, 
empuñaron ]a garrocha y fueron á darse el mconlrón. Pocos 
minutos duró el combate, lo bastante para que de uno yotro 
lado hubiera algunos muertos y heridos. Lemus retrocedió, 
pero los chinacos no se le apartaron, cargándosele en la exten- 
sión de las calles de Santiago hasta llegar al atrio: allí se tra- 
bó nueva lucha; las lanzas estaban tintas de sangre; los im- 
perialistas casi todos heridos y agolpados á la puerta para po- 
der entrar; un sargento de Lemus, á fin de dar tiempo de 



J 



389 

qae sa jefe penetrase á la fortiñcaciÓD-, empeñó un combate 
personal con Antonio Huerta, recibiendo de éste un lanzazo 
tan terrible, que al retirar el arma salió violentamente un cho- 
rro de sangre que bañó el rostro del jefe chinaco. 

No todos los compañeros de Lemus pudieron penetrar al 
recinto fortificado: el capitán Lara, el teniente López y cua- 
tro soldados quedaron cortados, y al huir por las calles de 
San Francisco, cayeron en-poder del teniente coronel Salga- 
do, quien incorporó en su cuerpo á los soldados y dejó libres 
á los oficiales, sus antiguos camaradas. 

De los compañeros de Huerta murieron Margarito Cárde- 
nas, Isidro Díaz y otros tres oficiales cuyo nombre no re- 
cuerdo. 

Lemus se encontraba ya dentro de la fortificación, ileso, 
grande el corazón y serena el alma, animando á sus soldados 
más con el ejemplo que con la palabra. 

Era la una de la tarde. Los republicanos estaban en las ca- 
lles de la ciudad: tres columnas de infantería se desprendie- 
ron á paso veloz y emprendieron el ataque por las calles de 
San Miguel, la de Santiago al costado de la iglesia y la que 
desemboca al ángulo Suroeste de la plazuela. Tras de una 
descarga de la artillería, los infantes dieron el asalto brusco^ 
haciendo un fuego nutrido y llegando algunos hasta introdu- 
cir las bayonetas en las aspilleras de los muros del atrio, des- 
pués de atravesar el foso metidos en el agua hasta el cuello, 
lío cesaba el fragor de los disparos; las campanas de la torre, 
heridas por las balas, producían un tañido lúgubre; las pla- 
zas y las calles ofrecían á la vista regueros de sangre, y de 
trecho en trecho había cadáveres é infelices moribundos. 

El general en jefe mandó tocar retirada. Habíamos sufri- 
do grandes pérdidas en asalto tan espantoso. La más sensi- 
ble de todas fué la de aquel valiente hijo de Zitácuaro, el co- 
ronel Félix Bernal, el mismo que recordarán los lectores sus- 
tituyó en Tacámbaro, durante el combate con los belgas, al 
coronel Luis Robredo, muerto en el acto de tomar una forti- 
ficación. Al sentirse herido Bernal, y comprendiendo que su 
fin estaba próximo, se hizo conducir á presencia del general 
Riva Palacio, que se hallaba en la primera calle de Santiago, 



390 

le pidió que le diese un abrazo y se despidió de él con pala- 
bras llenas de ternura. El teniente coronel Luis Carrillo to- 
mó el mando del batallón, huérfano de su jefe. 

Las columnas asaltantes ocuparon varias casas de las que 
están en las plazas; se pusieron pelotones de soldados en los 
techos y en las ventanas, se improvisaron pequeñas trinche- 
ras, y entonces comenzó entre sitiadores y sitiados un tiroteo 
lento pero incesante. El cañón de uno y otro lado no dejaba 
de oírse. 

En la tarde volvió á llover. Se había desatado una lluvia 
de esas tenaces y abundantes, propias de aquella zona. Nubes 
gruesas y que casi rozaban la tierra, obscurecían el ámbito de 
la ciudad; de cuando en cuando se veía, hacia el Norte, el 
zig-zag del relámpago y se escuchaba el eco lejano del true- 
no, rodando con estrépito por las crestas de la sierra. 

Por varios puntos del perímetro fortificado se empeñaron 
combates parciales, pues que republicanos é imperialistas, 
fastidiados de permanecer tras de las trincheras, hacían sali- 
das audaces, y después de un corto fuego volvían á sus posi- 
ciones. Los batalloncitos de los tenientes coroneles Pablo Ji- 
ménez y Andrés Huerta, atacaron é incendiaron la casa de 
D. Ambrosio Madrigal, en que estaba el "Fortín Rangel," 
quedando el campo abierto para poder batir el Norte de la 
Parroquia. Dichos jefes se situaron en las casas del frente, 
y desde allí dirigían sus fuegos sobre el edificio. En aquel 
punto se verificó un curioso desafío: dos oficiales, uno del im- 
perio y otro de la república, que respectivamente mandaban 
los retenes más avanzados, se propusieron cazarse uno al otro, 
y espiándose los movimientos, disparaban sin resultado, por- 
que ambos estaban listos para ocultarse en el instante preci- 
so de salir el tiro: muchas balas pasaron tangentes á su cuer- 
po; algunas les agujerearon los sombreros y los trajes. Al 
principio del duelo se provocaban con insultos, luego se diri- 
gieron palabras de cortesía y acabaron por chancearse cari- 
ñosamente tratándose de ¿ú, sin dejar por esto cada uno de 
procurar acertar en el otro el disparo de su arma. 

— A mí me gustan los valientes como tú, dijo el republi- 
cano. 



891 

—Es qae donde tú te paras se han de parar muy pocos, 
contestó el imperialista. 

—¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres? 

—Vicente Acha; soy cuerepo de Pátzcuaro; ¿y tú? 

-—^oy jarocho veracruzano, de Tlacotalpan: me llamo José 
Guadalupe Caldelas. 

Al par que estos dos oficiales, sus soldados se platicaban, 
procurando empero la ocasión de despachar á su amigo al 
otro mundo. 

Seguía diluviando. El General Arteaga, sea por carácter, 
ó por el estado de su salud, era hombre á quien cansaba una 
situación crítica, y en aquella vez le desesperaba la taimada 
é inteligente resistencia de Lemue, veía lo difícil de dar con 
éxito un segundo asalto, con la circunstancia de que mien- 
tras los sitiados estaban á cubierto, los republicanos, para ata- 
car, hubieran tenido que soportar el aguacero y ver acaso inu- 
tilizado su parque. Además, era probable que el general 
Tapia se desprendiera de Pátzcuaro, y uniéndose á la guar- 
nición de Taretan que mandaba el teniente coronel Andrés 
Pineda, uno do los más distinguidos jefes del ejército impe- 
rial, viniese en auxilio de la plaza, siendo entonces indefec- 
tible la derrota de los republicanos. Manifestó sus impresio- 
nes á Riva Palacio, quien temeroso de que so diese la orden 
de prescindir del ataque, inclinó al general en jefe á celebrar 
una junta de guerra. Eran las diez de la noche cuando se 
reunieron en el alojamiento de Arteaga, en la calle de San 
Juan, una cuadra distante de la plaza, el mismo general en 
jefe y los generales Riva Palacio y Regules. Éste opinó des- 
de luego por que debía darse el ataque decisivo, manifestan- 
do que él conocía á palmo la ciudad y que podía hallar algún 
punto débil para penetrar á las fortificaciones. El lenguaje de 
Regules era de suyo áspero y rudamente franco: sus palabras 
hirieron la susceptibilidad de Arteaga, quien con acento vi- 
brante, dijo: 

— ¿Es decir que vd. se compromete á tomar la plaza? 

Riva Palacio hizo á Regules una indicación imperceptible 
para Arteaga. Regules contestó: 

— Sí señor, me comprometo. 



392 

— ¿Y con qué me responde vd.? 

— Con mi cadáver, pues si no tomo la plaza será porque 
habré muerto. 

' Arteaga se doblegó ante aquella convicción enérgica, y en 
el acto dictó la orden, confiando el mando de la división al 
general Regules. Los aj'udantes del Cuartel General y los de 
Riva Palacio corrieron á comunicarla á todos los cuerpos. 

Regules se dirigió inmediatamente á donde estaba el grue- 
so déla infantería, y tomando los pequeños batallones de los 
comandantes Jesús Villanueva y José María Macías, los con- 
dujo dando un rodeo para pasar entre las calles 1* y 2* de 
San Francisco, hasta entrar con ellos por el Oriente del Hos- 
pital, manzana contigua á la en que estaban los fortines "Le- 
mus" y "Paz." Aquel era el punto vulnerable. Desde luego 
dejó sus instrucciones á ambos jefes, y mientras Villanueva 
desalojaba á los defensores del segundo fortín é incendiaba 
la casa que era propiedad de D. Isidro Paz, y mientras Ma- 
cías atacaba un retén que estaba en la extremidad opuesta de 
la calle, casa de D. Ramón Farías, procurando también incen- 
diarla, lo que no consiguió porque un capitán del imperio, á 
costa de su vida, cortó á tiempo el fuego, Regules con su re- 
ducido Estado Mayor fué á recorrer la línea y á formar sus 
columnas de ataque. Éstas fueron las siguientes: 

1* A las órdenes del coronel José Vicente Villada, que de- 
bía acometer por el Sur de la plaza principal el camino cu- 
bierto y el fortín Lemus. Esta columna se situó en la man- 
zana del frente. 

2í Mandada por el coronel José María Hernández, para 
atacar por el Sur de la plazuela de la Parroquia. Ocupó la 
casa, esquina de la calle de San Juan y el portal conocido en- 
tonces con el nombre de Gutiérrez (hoy Rafael Carrillo). 

3? Su jefe el teniente coronel Felipe Montenegro, perla 
misma plazuela: se situó en la casa esquina de la calle de San 
Juan y el portal Solís (hoy Gordiano Guzmán). 

4* Al mando del teniente coronel Luis Carrillo, la caal 
ocupó el mesón Morelos (Avenida Ocampo) para atacar el 
costado derecho de la Parroquia, 

5í A las órdenes del teniente coronel Pablo Jiménez, en 



393 

la casa de Eiquihua, 1? calle de la Independencia, para asal- 
tar el lado Norte de la Parroquia. 

6* A las órdenes del comandante Jesús Villanueva, que 
ocupó la parte Norte del Hospital, y que acababa de destruir 
el fortín "Paz;" y 

7? Al mando del comandante José María Macías, al Sur 
del mismo Hospital, con orden de ayudar en el ataque del 
fortín "Lemus." 

Había además otra pequeña columna compuesta de cuer- 
pos dé infantería, verdaderos piquetes, que mandaban el te- 
niente coronel Andrés Huerta y los comandantes Genaro Ro- 
mán y Pablo Conejo. Esta columna obraba á las inmediatas 
órdenes del general Regules. 

Las cuatro piezas de artillería se repartieron, una al coro- 
nel Villada, otra al teniente coronel Felipe Montenegro, otra 
al de igual grado Pablo Jiménez, y la última quedó en poder 
del comandante de artillería Martiniano León. 

Cada uno de los jefes de columna fué á situarse en sus nue- 
vas posiciones, no sin que procurasen estorbárselo los impe- 
riales. Villada tuvo que ocupar la casa de D. Juan Gil, á do- 
ce varas de distancia del Parían y del camino cubierto de que 
he hablado: en consecuencia, se vio precisado á emprender 
BUS trabajos enmedio del fuego cruzado que desde ambos pun- 
tos le dirigían, casi á quema ropa. Atrincheró por el interior 
las puertas de las dos tiendas laterales del zaguán y aspilleró 
las paredes; en el pasillo del zaguán construyó una pequeña 
trinchera de adobes tomados de un horno que había en la ca- 
sa y colocó en ella la pieza de artillería. Se ocupaba en esta 
obra cuando llegaron los generales Arteaga y Riva Palacio, 
que recorrían la línea de circunvalación. Villada los invitó á 
tomar una taza de café y les suplicó que esperasen hasta ver 
disparar el primer cañonazo: en efecto, concluida la trinche- 
ra, mandó abrir rápidamente el zaguán, disparó el cañón, y 
al ver que los que defendían el camino cubierto huían de la 
metralla, lanzó sobre ellos un piquete de infantería que tuvo 
que regresar, porque Lemus, con una fuerza de dragones, á 
pie, obligó á los fugitivos á retroceder y á improvisar un nue- 
vo parapeto. Al separarse Arteaga de aquel punto recomen- 



394 

dó á Villada que se ajustase á las instrucciones del general 
Regules. En consecuencia, el coronel se limitó á seguir el ti- 
roteo, disparando de cuando en cuando la pieza de artillería, 
para lo que en el momento oportuno, se abría repentinamen- 
te el zaguán. 

Poco más ó menos, seguían la misma táctica los jefes de 
las demás columnas, posesionados de las casas circunvecinas 
á las fortificaciones, haciendo y recibiendo un fuego incesan- 
te. Las puertas del atrio y de todas las casas ocupadas por 
los combatientes de uno y otro partido estaban de tal modo 
agujereadas por las balas, que parecían cribas, y las paredes, 
según la expresión de un chinaco, estaban como picadas de vir- 
giielas. 

Amaneció el día 19; el cielo estaba de un azul limpio y 
transparente y el sol brillaba en todo su esplendor; el fuego 
no se interrumpía, y sitiados y sitiadores permanecían en sus 
puestos. A eso de las ocho de la mañana, el general Regules, 
á pie, con el fuete en la mano, volvió á recorrer la línea. A 
Montenegro le dijo: 

— ¿Güerito, ya sabe vd. cuál es la señal? 

— Sí, mi general, estoy pendiente de ella. 

— Pues bien, en el acto dispara vd. su cañón y, al frente de 
su columna, se va tras de la bala. 

— Con ella me meteré. 

A Villada: 

— Al oir la señal me toma vd. el Parían y el camino cu- 
bierto, y asalta la puerta del atrio que cae para la esquina. 
Fuego graneado sobre lo que se le presente por delante, aun- 
que sea yo mismo. 

— Sí, ya comprendo, general, vd. y yo entraremos juntos 
por ese lado. 

A los demás jefes hizo parecidas recomendaciones, encar- 
gando á todos que no se moviesen de sus puntos sino á la ho- 
ra de la señal, aunque antes oyeran ó vieran cualquier cosa 
por notable que fuese. 

A las diez y media atravesó solo, paso á paso, azotándose 
con el fuete la bota, desde la esquina de la calle de San Fran- 
cisco hasta el Hospital, en medio de la lluvia de balas que le 
disparaban desde el Parián y desde el fortín Lemus. 



396 

Focos minatOB después, á la cabeza de los batallones de 
Villanueva y de Macias, pasaba el callejóa del Hospital, pe- 
netraba en la manzana de Sierra y caía sobre el fortin Lemus. 
La lucha fué alli reñidísima. Republicanos é imperiales com- 
batieron á bayoneta calada, cuerpo á cuerpo, con encarniza- 
miento de tigres. Los pocos defensores del punto que queda- 
ron vivos, se replegaron en precipitada fuga al atrio de la 
iglesia. Sin perder un momento, Regules colocó á los solda- 
dos de Yillanueva en el tapanco de las casas fronteras al tem- 
plo, dominando asi á los que defendían el atrio. 

Lemus organizaba á gran prisa una columna para ir á re- 
cobrar la manzana perdida, cuando repicaron alegremente las 
dos campanas del campanario del Hospital, y tronaba á me- 
dia plaza el cañón de Martiniano León. 

Entonces, las casas del perímetro de las dos plazas vomita- 
ron las columnas de ataque; parte de los soldados hacía un 
fuego vivísimo; los restantes apoyaban en los muros centena- 
res de escaleras de mano. Montenegro entraba en el atrio tras 
de la bala de su cañón. Villada atravesaba el camino cubier- 
to, arrollando al enemigo, y se unía con Regules para pene- 
trar en el atrio. Por la espalda de la iglesia saltaban los sol- 
dados de Pablo Jiménez; por el costado los de Luis Carrillo. 
Toda nuestra infantería estaba dentro del recinto amuralla- 
do. Las caballerías se desplegaban en ala en las dos plazas. 
¡Aquello fué soberbio! 

Lemus se replegó al .interior del templo, pero con él entra- 
ron los chinacos: desde cada altar, desde el pulpito, desde el 
presbiterio, desde el coro, enmedio de la nave, se disparaban 
simultáneamente: más de mil fusiles fulminaban los fogona- 
zos entre la nube negra del humo, en el fondo de la cual se 
veía la vislumbre de las bayonetas; se tropezaban los comba- 
tientes entre los cadáveres. Por fin los imperialistas abando- 
naron el templo, huyendo por la sacristía: sólo quedó al pié 
del altar mayor el cura D. Francisco García Ortiz, rodeado 
de una soldadesca desenfrenada. 

El epilogó del combate se verificaba en el patio de la casa 
cural: más de cuatrocientos imperialistas se habían agrupado 
alli y estaban sin salida; las soldaderas gritaban y gemían de- 

Miohoacún.— 27 



396 

soladas; algunos clarines tocaban parlamento; Lemas y varios 
de sus oficiales querian que continuase la lucha: los republi- 
canos podian ametrallarlos á mansalva^ pero se contentaron 
con hacerlos prisioneros. Caldelas fué el primero en tomar 

el suyo, estrechando entre sus brazos á Vicente Acha! 
El coronel D. Ignacio Zepeda recibió la orden de levantar 

el campo: todo el armamento, todo el vestuario y el equipo, 
todos los caballos de los imperialistas pasaron á poder de los 
republicanos. Además, veinte cajones de parque ¡vacíos! co- 
mo estaban también vacias las cartucheras de los republica- 
nos. ¡Unos y otros habían quemado el último cartucho! 

La lucha concluyó á las doce del día. 

Los prisioneros, cerca de quinientos, fueron conducidos á 

la plaza principal y presentados á Arteaga. La pasión cega- 
ba á los vencedores, y de los grupos salían gritos de muerte 
contra los oficiales del imperio; los nuestros pedían que se 
ejerciesen represalias por las víctimas sacrificadas en las cor- 
tes marciales, en Morelia, en Zamora, en Pátzcuaro, en todas 
partes. No sé quién alzó la voz, afirmando que Lemus había 
formado el cuadro en el fusilamiento de J). Melchor Ocam- 
po, y no faltó alguien que recordara la cruel persecución que 
había hecho á los liberales, durante la guerra de Reforma, en 
Tetecala, Yautepec y Cuantía, sacrificando á muchos de ellos 
en el patíbulo. Entonces redoblaron las exclamaciones de ven- 
ganza. Algunos jefes de cuerpos, acaudillados por el coronel 
Méndez Olivares, pidieron con instancia que se fusilase á 
Lemus y á los Sree. Isidro Paz y Florencio Gutiérrez; estos 
últimos por su pronunciamiento de Uruapan y de Parácuaro. 
En vano Villada suplicó en sentido contrario; el general Ar- 
teaga pronunció la orden terrible. 

En el acto aquellos tres hombres fueron separados del res- 
to de sus compañeros. Llevados al portal del Norte, Gutié- 
rrez y Paz fueron conducidos al extremo Oriente y se les no- 
tificó la sentencia: Gutiérrez la oyó con serenidad y murió 
como los valientes; en tanto que Paz, lleno de desesperación 
y de terror, imploraba perdón, ofrecía dinero en rescate, y 
sollozando, clamaba que no lo fusilaran porque estaba en pe- 
cado mortal: su cuerpo quedó horriblemente mutilado, y des- 
hechos el semblante y el cráneo. 



397 

Entretanto, Lémus fué llevado al extremo opuesto del por- 
tal; la muchedumbre lo seguia enfurecida y se oian los gritos 
de muerte. El coronel imperialista estaba sereno, impasible: 
ni el más ligero temblor, ni palidez en el semblante, ni vaci- 
lación en el paso, traicionaban el inmenso valor de aquel 
hombre. 

—Hinqúese vd., le dijo Méndez Olivares* 

— ^Desearía hablar con el general Arteaga. 

— ^Lo de siempre: vd. quiere hacer revelaciones importan- 
tes. Con ellas y sin ellas hemos de triunfar nosotros. 

En aquel momento el coronel Eguiluz, á caballo, llegaba al 
grupo. Lemus se dirigió á él. 

— ¿Me será permitido escribir una carta? le preguntó. 

— Si, señor, aquí tiene vd. papel y lápiz, contestó Eguiluz, 
sacando de su cartera ambas cosas. 

Lemus se acercó, y poniendo el papel en el cuello del ca- 
ballo de Eguiluz, escribió con pulso firme una carta para su 
esposa, la dobló y la entregó á aquel jefe. Luego apuró un 
vaso de agua que alguien le ofrecía y exclamó: 

— ^Ya está. 

. — ^Por detrás, como traidor, dijo Méndez Olivares. 

— Lo mismo da, contestó Lemns; y girando media vuelta, 
murmuró: "¡Perdóname, Dios mío !" 

En la fisonomía del cadáver de Lemus no quedó una con- 
tracción. Estaba tan sólo intensamente pálido. 



En medio de la plaza sucedía algo que había atraído un 
grupo numeroso de militares y de paisaüos. Una escolta de 
soldados había conducido á la presencia de Arteaga al cura 
D. Francisco García Ortiz, acusándolo falsamente de que á la 
hora del ataque en el templo se le había visto exhortando á 
los imperiales para qu« no se rindiesen. Arteaga estaba en 
momentos supremos de sufrir el ataque de epilepsia, y en ta- 
les circunstancias, su carácter se agriaba hasta la irascibi- 
lidad. 

— ¡Que lo fusilen! gritó, rojo de cólera. 



898 

— No, señor, vd. no conoce al señor, dijo una voz cuyo eco 
sagrado resuena aún en mi corazón, la voz de D. Toribio 
Ruiz. El señor cura es el único sacerdote evangélico que co- 
nozco, es un hombre enteramente ajeno á la política. 

— Es verdad, es verdad, gritaron muchas voces en el grupo. 

— Es verdad, y yo respondo de él, repitió Villada. Le pido 
íl vd. que lo dé libre. 

— Que lo registren, dijo un soldado de horrible aspecto; 
debe traer alguna arma en el pecho, porque yo vi cuando la 
ocultaba. 

El cura se desabotonó la sotana y mostró la piedra del ara 
sagrada que habia recogido del altar mayor. 

— Vaya! ese hombre estaba en su puesto, como nosotros en 
el nuestro, exclamó Arteaga. Queda libre! 

Un aplauso general acogió aquellas palabras, y el padre Pa- 
chito j como lo llamaba el pueblo de Uruapan, con los ojos lle- 
nos de lágrimas, temblando como un azogado, y sin embar- 
go con la sonrisa en los labios, fué á instalarse en la casa de 
D. Toribio Ruiz, porque el templo y el curato estaban llenos 
de cadáveres. 

Como que de una y de otra parte murieron en el ataque y 
toma de Uruapan más de trescientos hombres. 



La noticia de que los republicanos estaban el 18 sobre Urua- 
pan, llegó á Taretan y á Pátzcuaro en el mismo día. Al si- 
guiente salió de la última de las expresadas poblaciones la 
columna del general D. Luis Tapia en auxilio de la plaza 
amagada: en la cuesta de Tingambato encontró al teniente 
coronel Pineda, quien con su fuerza había evacuado á Tare- 
tan. Ambos jefes siguieron sobre Uruapan, pero á las tres 
leguas de camino comenzaron á tener noticia de que la ciu- 
dad había sido tomada. Retrocedieron pernoctando en el 
pueblecito de San Ángel Surumucapio, en donde aquella tro- 
pa imperialista sufrió en la noche una deserción de más de 
doscientos hombres; tales fueron la alarma y el pánico que 
introdujo en los soldados la fatal nueva. El 20 entraron en 



809 

Pátzcuaro, llevando la consternación á loa habitantes de la 
ciadad ímperialita. 

Mientras Arteaga y Riva Palacio se ocuparon en Urua- 
pan con toda actividad en «la construcción de parque, man- 
dando recoger el poco plomo que se pudo encontrar en las 
tiendas; se consagraron también á reorganizar los Departa- 
mentos de Uruapan y Apatzingán, segregados hacia meses 
de la acción administrativa del Gobierno republicano. Al co- 
ronel D. Jesús Díaz se encargó el mando de aquella linea, y 
este jefe levantó desde luego entre sus paisanos de Paracho 
una fuerza de trescientos hombres de infantería y caballería. 

El triunfo de Uruapan y los fusilamientos de Paz y de Gu- 
tiérrez, infundieron tal desaliento y tanto espanto en los ve- 
cinos que se habían comprometido con el imperio, principal- 
mente en el resto de los doce apóglolea, que desde luego mo- 
vieron influencias, solicitando el perdón, que les acordó el 
Cuartel General por decreto de 21 de aquel mes de Junio. 
Todo volvió por de pronto á la vida tranquila en aquella ciu- 
dad, en donde la causa nacional tenía tantos partidarios co- 
mo simpatías sus defensores. 

El 21 en la tarde circuló el rumor de que el ejército repu- 
blicano iba á marchar inmediatamente. Los exploradores que 
habían quedado por el rumbo de Zacapu, llegaron á mata- 
caballo avisando que la columna de franceses que se hallaba 
en Puruándiro se movía á marchas forzadas sobre Uruapan. 
La carencia de parque, la fatiga de la tropa y la necesidad 
de cuidar de los prisioneros, determinaron á nuestros jefes á 
levantar el campo en aquella misma noche y á emprender la 
marcha hacia Taretan. La ciudad quedó en un silencio y un 
aislamiento profundos, porque el mismo coronel Díaz, jefe 
del Departamento se dirigió á la Sierra en observación del 
enemigo. 



Quisiera que mi pluma no tuviese motivo para escribir las 
siguientes lineas. Después de treinta años, aún se desliza de 
mis ojos una lágrima brotada con la intensidad del recuerdo. 

El día 23 la ciudad de Uruapan presentaba aspecto de de- 



solacióa, de ruiníiB y de luto, que en los tres días anteriores 
habian hecho poco seusibles la aDÍmación i;|ue producía ea 
las callee la presencia de las tropas, la alegría por el triunfo 
qne se acaba de adquirir y la actividad en el comercio. 

Poco antes de las once de la mañana interrumpió el silen- 
cio qne reinaba en la población el ruido de caballos que 
bajaban por la calle de Santiago. Era que el general Puebli- 
ta ocurría á Uruapan de orden de Arteaga á recibir inatruc- 
cíones del Cuartel General. Lo acompañaba una escolta de 
quince hombres, pues había dejado su fuerza en Parangari- 
cutiro. 

Pueblita fué á alojarse á la casa de D. Hermenegildo So- 
lis, en el portal que hoy se llama "Gordiano Quzmán." Al- 
gunos vecinos, entre ellos los Sres. Lie. Eugenio Acba, Dr. 
Teodoro Herrera, Trinidad Bravo y Toribio Ruiz, ocurrie- 
ron á saludarlo y le avisaron que el general Arteaga habí» 
salido inopinadamente en la noche anterior, á causa de lauo- 
ticia, enteramente cierta, deque una columna de franceses 
se dirigía á marchas forzadas sobre Uruapan, Pueblita mao- 
dú que se le preparase el almuerzo y que los soldados de la 
escolta echasen pie á tierra. Los vecinos le instaban á que no 
se detuviese y que ui siquiera tomara de regreso el mismo 
derrotero que babia traído, por ser el que deberla traer el 
enemigo; se lo mandaron decir varias personas que no se 
atrevieron á irlo á saladar, temerosos de la llegada de los 
franceses; hasta una señora, ferviente partidaria del imperio. 
Doña Ramona Izazaga, le envió igual aviso: Pueblita nada 
quiso creer y tranquilamente esperaba que se le eirvieee la 
mesa. En aquellos instantes D. Toribio líuiz habló en ta- 
rasco con un indio de Nahuatzen que venia entrando de ca- 
mino, y luego, sin pérdida de tiempo, dijo á Pueblita que 
aquel hombre había dejado á los franceses preparando bu sa- 
lida de Nahuatzen. 

— ¿A qué hora salió éste? preguntó Pueblita. 

— A las cinco de la mañana. 

— ¿Qué clase de fuerza viene? 

— Zuavos, cazadores de África y una partida dejineies me- 
jicanos, más de mil hombres. 




c^ 

^ 

w 





■ 

i 



401 

—Si, es Clinchant, que me busca desde el ataque del Va- 
lle de Santiago. Por muy aprisa que caminen llegarán den- 
tro de dos horas. Hay tiempo de almorzar. 

íío habia ya ese tiempo; eran cerca de las doce, y los veci- 
nos mencionados, no pudiendo vencer la obstinación de Pue- 
blita, se retiraron á sus casas. 

Pocos minutos después se oyó el tropel de caballos y el 
rumor sordo del paso veloz de una infanteria. 

Los franceses estaban frente á la casa de Solis. En su pri- 
mera descarga dejaron muerto al capitán Salas y á dos ó tres 
soldados de la escolta del general, y rápidos como el pensa- 
miento rodearon la manzana en que estaba Pueblita. Éste, 
que no habia tenido tiempo de montar á caballo y de salvar- 
se, como se salvaron el coronel García y otros que anduvie- 
ron más listos, brincó primero algunas bardas, recorriendo asi 
varias casas; después se subió por una escalera al interior del 
tejado de otra que está situada en la calle Poniente de la 
manzana, y allí se ocultó. 

Entre tanto las patrullas de franceses cateaban las habita- 
ciones, buscando al general. 

Todo se verificaba en unos cuantos minutos que parecían 
siglos. La valla de zuavos permanecía cercando la manzana. 

Por frente á la casa donde estaba Pueblita, pasó una mujer 
llamada Gabriela, soldadera de las de Lemus. Un zuavo le 
dirigió la palabra: 

— Tú sabes de Pueblita. ¿Dónde está Pueblita? 

— Vaya! pues ¿no no lo ve? y aquél que está sacando la ca- 
beza por entre las tejas, ¿quién es? 

Decir esto, tender el zuavo su fusil, disparar y quedar exá- 
nime Pueblita, fué todo uno. 

En el acto se oyó una gritería salvaje entre los franceses. 
Prorrumpían en hurras como si hubiesen alcanzado una gran 
victoria, y no, como era la verdad, por haber cometido un 
asesinato. 

Muchos soldados se habían subido al tapanco, y apartando 
las tejas, dejaron caer á la calle el cadáver de Pueblita, ya me- 
dio desnudo merced á la rapiña de los vencedores. Luego dos 
zuavos lo cogieron de los pies y arrastrándolo y rebotando la 



402 

cabeza en las piedras, lo fueron á tirar convertido ya en una 
masa sanguinolenta, en el portal mencionado. ^ No creían en 
su dicha los jefes de la columna: á cuantos pasaban les ha- 
cían la pregunta de si aquel cadáver, era el de Pueblita, y á 
cada respuesta afirmativa repetían sus hurras de entusiasmo. 

Ahora, para que se vea como escriben la historia propia los 
franceses, voy á copiar la sucinta narración que de los he- 
chos de este capítulo escribe Mr. Paul Gaulot en su libro 
L^Empire de Maximilieríy y advertiré que este autor pasa por 
ser uno de los más imparciales: 

"Arteaga y Pueblita, dice, habían atacado y tomado el 19 
de Junio la ciudad de Uruapan, y allí, entregándose á su cruel- 
dad habitual, habían hecho fusilar, sobre la marcha, al sub- 
prefecto Isidoro Paz y al comandante de la plaza, coronel 
Lemus. 

"A la noticia de esto, el coronel Clinchant se puso en mar- 
cha: en tres días llega á Uruapan, recobra la ciudady persigue d 
Pueblita^ lo alcanza, lo derrota y lo mataJ^ 

Para que el parte fuera verídico, debería concluir así: "A 
la noticia de esto, el coronel Clinchant se puso en marcha: 
en tres días llega á Uruapan; ya no estaba en ella Arteaga; 
la encuentra abandonada, pero sorprende á Pueblita solo, lo 
caza, lo asesina y profana su cadáver." 



Aquel humilde y valeroso patriota, á quien el partido cle- 
rical infamaba llamándolo bandido, era por el contrario un 
hombre modesto, generoso, desinteresado, que vivió y murió 
pobre. Lo calumniaban por su constancia y fidelidad á los 
principios, por su habilidad y valor como guerrillero, por la 
inmensa popularidad de que gozaba entre las masas. Era 
nativo de Pátzcuaro; obscuro artesano en 1847, se inscribió 
en el batallón Matamoros, Guardia Nacional del Estado, é 
hizo la campaña contra los americanos volviendo en seguida 
á la vida privada. Al resonar en Michoacán el grito de la 

1 El padre del que escribe estas líneas, oculto en una casa de la manzana 
contigua, presenció todo lo que se acaba de referir. 



U 



-r 



403 

revolución de Ayutla, en el mismo día en que D. Epitacio 
Huerta lo proclamaba en Coeneo, Pueblita lo secundó en 
Quiroga y fué en toda aquella guerra el más constante pala- 
dín del pueblo. Desde entonces no soltó las armas. En las 
campanas contra los reaccionarios de Puebla (1856), en toda 
la guerra de Reforma, en la lucha contra Márquez y Zuloa- 
ga (1860-1862) y en la intervención francesa, siempre se vio 
al ínclito Pueblita batallando sin cesar, buscando el combate; 
incansable, sufrido, subordinado y humilde entre los suyos; 
intransigente y aguerrido con el enemigo; siempre el tipo 
más puro de la abnegación y el patriotismo. 

Cuando Clinchant, al día siguiente, regresó á Puruándiro, 
dejó tirado en la calle el cadáver de Pueblita, que el padre 
Pachito mandó enterrar en el interior de la iglesia. 



404 



CAPITULO XXVIII. 

(1865) 



Donativo de la archiduquesa Carlota á las familias pobres de Zitácuaro. — Be- 
tirada del General Arteaea. — £1 desierto de la tierra caliente. — La inso- 
lación. — Reereso á Tacambaro.-r Alarma. — £1 campamento. — La pre- 
sencia de Salazar. — Batalla de Cerro Hueco. — La derrota. — Ferocidad del 
enemigo. — Episodio masónico. — Después del desastre. — Desaparición de 
Arteaga. — Don Procopio Rodríguez. — La victoria de Cerro Hueco para 
los imperialistas. — Enemistad entre Méndez y Van der Smissen. — Caba- 
llerosidad de este Jefe. — Digna conducta de Arteaga.— La renuncia de 
Del Moral. 



Desde que se tuvo noticia en Morelia de la expedición que 
hacía nuestro [ejército por el interior del Estado, el teniente 
coronel Van der Smissen, jefe de la legión belga, trató de to- 
mar la revancha por el revés que una parte de sus fuerzas ha- 
bía sufrido en Tacámbaro el 11 de Abril. A este efecto man- 
dó que se le incorporase el destacamento que se hallaba en 
Zitácuaro. Dispuso al mismo tiempo que la fuerza de Mén- 
dez formara parte de la sección con que iba á salir á campa- 
ña. Todo estaba dispuesto, cuando la archiduquesa Carlota, 
, deseando dar una muestra pública de sentimientos generosos, 
determinó que se repartiese entre las familias de Zitácuaro 
que habían sufrido mayor pérdida en el incendio de aquella 
ciudad, la suma de tres mil pesos^ de su caja particular. Mén- 
dez fué el escogido para hacer esa obra de caridad, y en con- 
secuencia Van der Smissen difirió su expedición. 

Las pocas familias que vivían en Zitácuaro, habitaban de- 
bajo de cobertizos provisionales, sin muebles, afrontando los 
rigores de las estaciones y sufriendo los estragos de la mi- 
seria. 



405 

£q aquellas circunstancias llegó Méndez á la expresada po- 
blación y desde luego nombró una junta de señoras para que 
designaran las familias que debian socorrerse: mas como nin- 
guna quiso aceptar, personalmente se dirigió al aduar de la 
señora viuda del Dr. Víctor Izazaga y le ofreció su parte de 
donativo, en nombre de S. M. la Emperatriz. 
^ — Mucho agradezco á esa noble señora su generosa cari- 
dad; mas no puedo, ni debo aceptarla, porque cuando los bel- 
gas incendiaron nuestro hogar, acogimos el hecho como un 
sacrificio á nuestra patria. 

— ¿Y no tuviera vd. al menos la bondad de indicarme en- 
tre quiénes pudiera yo hacer el reparto? 

— Todas las familias que conozco se componen de perso- 
nas dignas, y no seria yo quien les hiciera la ofensa de creer 
que aceptarían esa limosna. 

Méndez, mordiéndose los labios de despecho, se retiró á su 
alojamiento. En seguida mandó publicar avisos en las esqui- 
nas invitando á los indigentes á que fuesen á recibir el auxi- 
lio pecuniario que se les ofrecía. Ni una alma se presentó. 
"Los indomables yheróicos hijos de este país, — dice una car- 
ta de Darío Alzati — que están resueltos á sucumbir primero 
bajo el peso de*la miseria, se negaron á recibir la protección 
de las manos de sus verdugos; todavía más, el citado Mén- 
dez, viendo que nada adelantaba en su comisión, ha querido 
dejar el dinero en poder de Don Juan Antonio Rodríguez 
para que éste haga el reparto; pero dicho señor se ha rehusa- 
do aceptar el encargo, manifestándole que era inútil aquella 
medida, porque estaba seguro que nada se conseguiría, pues 
conocía perfectamente el carácter de sus paisanos y creía que 
era en vano todo esfuerzo sobre el particular." Así pues, Mén- 
dez devolvió á Carlota los tres mil pesos. 



Vuelvo ahora á seguir mi narración sobre la marcha del 
ejército del general Arteaga. Entre los papeles que tengo en 
mi poder hallo en un carnet de aquella época los siguientes 
apuntes que copio literalmente: 

"A nuestra salida de Uruapan, la división se formaba de 
igual número de hombres que la componían cuando ataca- 
mos la plaza, pues que habíamos cubierto las bajas con los 



406 

soldados que cayeron prisioneros. Esto no siempre es conve- 
niente, porque en la tropa veterana del ejército reaccionario, 
las clases participan del odio délos jefes contra los liberales, 
j la fuerza que mandaba el coronel Lemus se componía toda 
de los antiguos soldad(9B de Márquez y Miramón. Asi es que 
desde luego se introdujo en las filas el espíritu de partido, se 

manifestaron el celo y la envidia y reinó la indisciplina. 

^^Por lo demás, la salida precipitada en la noche; la nece- 
sidad de huir, cuando se acababa de alcanzar un triunfo; el 
regreso á lugares faltos de recursos, cuando se tenía la ilu- 
sión de permanecer en Uruápan, donde había abundancia de 
todo, abatieron la moral del soldado, y la marcha se hizo en 
medio de la tristeza y de la confusión, que aumentaban las 

fatigas. 

^'El 23 continuamos nuestra retirada, penetrando en la tie- 
rra caliente, en aquella parte que pertenece al plan de Urecho, 
la más cálida é insalubre de la zona. La marcha era lenta, á 
causa de lo fangoso de los caminos, si caminos pueden lla- 
marse semejantes veredas, pedregosas y desiertas. No cesaba 
de llover; los ríos estaban invadeables y los arroyos conver- 
tidos en torrentes. Apenas pudimos llegar á Pueblo Nuevo 
en la tarde del día 24. La deserción había cundido en el ejér- 
cito, iniciada por los soldados prisioneros y comunicada en 
nuestras filas, como una de esas enfermedades que invaden 
agrupaciones enteras de hombres. En el camino quedaban 
regadas las armas y, de trecho en trecho, se veían caballos 
próximos á expirar por el cansancio, y bandadas de zopilotes 
posados tétricamente en los árboles, esperando que su presa 
exhalara el último aliento para caer sobre ella y desgarrarla. 

"De Pueblo Nuevo se desprendieron las secciones de Gar- 
nica y Ronda que obtuvieron el permiso de volver á sus te- 
rrenos (línea de Quiroga á Puruándiro), tanto por no dejar 
abandonado el centro del Estado, como para evitar que seles 
destroncase su caballada. Recibieron orden de dirigirse pri- 
mero á Tacámbaro y permanecer en aquella ciudad unos cuan- 
tos días, en observación del enemigo. 

"El resto de la división siguió su marcha por la tierra 
caliente; el 26 pernoctó en el rancho del Atuto y el 27 llegó 
á la hacienda de Tamo. 



407 

''Las jornadas eran cada día más fatigosas. Al día siguien- 
te nos dirigimos á Sinagua. Aquella tarde presencié una de 
las escenas que varias veces se verificaron en nuestro ejército. 

''El calor era insoportable: nuestros soldados no habían co- 
mido desde la vispera, y más que el hambre, la sed los de- 
voraba. No había en aquel desierto ni un manantial, ni el 
más pequeño arroyo, ni una charca siquiera. 

"De repente se oyó un grito agudo; un soldado se tamba- 
leaba y en seguida se desplomó: después caían grupos de 
hombres soltando de la mano los fusiles. Eran presa de ho- 
rribles convulsiones, con el semblante amoratado y la boca 
escupiendo una saliva sanguinolenta. Como si todos ellos es- 
tuvieran acometidos de la terrible meningitis y de la despia- 
dada oftalmía, tenían los ojos inyectados y salientes y se no- 
taba en ellos lastimoso abatimiento. Cuando el único remedio 
hubiera sido la baja de la temperatura, un sol de fuego pa- 
recía complacerse en causar aquella espantosa hecatombe. En 
vano el General Kiva Palacio, seguido de muchos oficiales, 
ministraba dosis de alcohol á los enfermos; en vano, hacién- 
donos apear, daba nuestros caballos á muchos de aquellos in- 
felices; la insolación hacía estragos. Más de trescientos solda- 
dos yacían tendidos en el suelo. Sólo la noche puso término 
á aquella escena de espanto y de desolación, en que queda- 
ron muertos más de sesenta hombres, muchos de los cuales 
se enterraron en Sinagua, en donde los soldados abrieron se- 
pulturas con sus bayonetas. 

"En tan aflictivas circunstancias llegamos el día 28 á Chu- 
rumuco. Habíamos sufrido innumerables bajas por deserción, 
por enfermedades y por la muerte de nuestros soldados. 

"En Churumuco todo era confusión: el general Regules 
estaba postrado en cama acometido de intermitentes, que, 
como se le fueron agravando, lo hicieron permanecer en aquel 
pueblo por espacio de más de un mes; el general Riva Pa- 
lacio insistía en que se continuase la marcha hasta Huetamo 
para proveer al Ejército de toda clase de recursos y levantar 
BU moral decaída, y el general Arteaga, obedeciendo ala irre- 
solución de su carácter, á veces defería á esta opinión, á ve- 
ces expresaba la de ir á tomar cuarteles en Tacámbaro para 



408 

aprovechar mejores elementos, á fin de que, en caso de un 
nuevo combate, nuestros soldados estuviesen en aptitud de 
pelear. 

"Por último, prevaleció este parecer: El general en jefe dis- 
puso que marchasen para Huetamo los oficiales prisioneros 
hechos en XJruapan, los cuales fueron conducidos por una es- 
colta que mandaba el comandante Crescenciano López. El 
Ejército tomó el camino de Tacámbaro, haciendo una mar- 
cha sinuosa, por senderos impracticables, atravesando desier- 
tos, escalando las pendientes de los ramales que se despren- 
den de la Sierra Madre y llegando al término del viaje al 
anochecer del 14 de Julio. 

"Aquella noche dormimos acuartelados en Tacámbaro. Al 
día siguiente hubo una alarma por noticias venidas de Mo- 
relia. En virtud de ellas se nos mandó situar en la Loma á 
corta distancia hacia el Sur. Salimos á las seis de la tarde j 
acampamos allí. Toda la noche estuvo diluviando y reinaba 
una obscuridad profunda que favoreció la deserción en pelo- 
tones. No hubo quien durmiera, ni era posible hacerlo en 
aquella noche en que se desataron los torrentes del cielo. 

"Muy de mañana se nos hizo regresar á Tacámbaro, pues 
que la alarma había cesado. 

"El 16 fué domingo, día de tianguis: las dos plazas en qae 
se verificaba el mercado estaban llenas de gente, lío recuer- 
do con qué objeto acudí muy temprano á aquellos sitios, pero 
sí que observé en todos los semblantes cierta inquietud, y en 
el gentío no se escuchaba ese rumor simpático y lleno deani- 
* mación, como el de un colmenar, que se alza á la hora del 
mercado. Las señoras que, como es costumbre, van en esos 
días á surtirse de recaudo (provisiones de verdura y semillas), 
hacían sus compras á toda prisa y regresaban apresuradamen- 
te á su casa. Kada había que determinase semejante alarma 
de que estaba saturado el aire de Tacámbaro, pues no se te- 
nían noticias de la aproximación de fuerzas enemigas. Sin 
embargo, en la campaña, mas de una vez observé que prece- 
de á las batallas algo misterioso que las anuncia, y casi siem- 
pre es justificado el presentimiento. 

"Así sucedió en esta ocasión. Se había dado orden, que se 



s 



t 



409 

ejecutó puntaalmeute, de que los 'soldados desarmaran sus 
fósiles y diesen badanazo. Esto indicaba que los jefes no creían 
que el enemigo pudiera sorprendernos. Serían las diez de la 
mañana cuando se produjo una horrible altanen la población. 
Bastó que se hubiese visto llegar corriendo al indio Victoria- 
no Acosta,. nuestro famoso explorador, para que comenzaran 
á levantarse los puestos en las plazas, á cerrarse las tiendas y 
la gente á correr en todas direcciones, unos minutos después 
reinaba el silencio en la ciudad. La tropa armaba precipita- 
damente los fusiles, y salía rumbo al Sur, abandonando el ran- 
cho que en aquellos momentos se preparaba en los cuarteles. 
Fué á tomar posiciones á Cerro Hueco, menos de una legua 
distante de la ciudad. A reconocer al enemigo se envió al te- 
niente coronel Norberto Salgado, jefe del 7^ Escuadrón, 
quien á la cabeza de los suyos subió el camino de la Mesa. 

"Desde el viernes, día de nuestra llegada á Tacámbaro, el 
general Riva Palacio había insistido en que se formase el 
campamento en la Cuesta del Toro y lugar que tiene todas las 
condiciones necesarias para hacer una defensa ventajosa, dis- 
tante de la ciudad, pero, pudiéndose comunicar con ella en 
unas cuantas horas y situado además en un paraje que se pres- 
ta á la comodidad y al descanso. Arteaga no aceptó este pen- 
samiento sino á última hora, cuando la retirada á aquel pun- 
to hubiera sido una verdadera fuga y en consecuencia una 
derrota completa. Ante estas observaciones de Riva Palacio, 
Arteaga comprendió que no había ya más recurso que librar 
la batalla, ni punto que tuviese menos inconvenientes para 
localizarla que Cerro Hueco, 

"Formaban en él su línea nuestras exiguas tropas, cuando 
ee oyeron salir de las filas muchos vivas de entusiasmo. Era 
que los soldados acababan de ver llegar enfrente de ellos al 
general Salazar, y la sola presencia de este jefe les infundió 
ánimo y les presagiaba la victoria. Desgraciadamente, aun- 
que Salazar, sobreponiéndose á sus resentimientos contra Ar- 
teaga, se le había presentado en la mañana, ofreciéndole sus 
servicios, el general en jefe no quiso aceptarlos. Salazar, que 

1 l^ombre vulgar que sustituye al de alarma. 



410 

no podía permanecer en Tacámbaro, tomó el camino de Tu- 
ricato, teniendo que pasar por frente á las tropas. Entonces 
fué cuando lo vieron los soldados y lo saludaron con acla- 
maciones de alegria. Salazar, hondamente t^onmovido y lle- 
no de tristeza, contestó el saludo y continuó su marcha. 
Como sucede en esos casos, lo mismo al individuo que á 
la colectividad, se operó en el ánimo de los soldados una 
funesta reacción. A la confianza que les había inspirado la 
llegada de aquel jefe sucedieron el desaliento y el temor. En- 
tonces se recordó en las conversaciones que tenían entre sí, 
que el general Arteaga estaba perseguido por la desgracia, 
que la fortuna le era siempre adversa, y hasta hubo voces que 
indicaran duda respecto de su lealtad. Todo el mundo pre- 
sentía la derrota. 

^^Bajo estas impresiones se acabó de formar la linea de ba- 
talla. Entretanto, como la proveeduría había hecho trasladar 
el rancho & la loma, los rancheros comenzaban á repartir las 
cacerolas, cuando se oyó nutrido fuego en el ÍTorte de la ciu- 
dad y se vio la fuerza del teniente coronel Salgado, batién- 
dose con la vanguardia del enemigo: entonces tampoco hubo 
tiempo de tomar el alimento; un ayudante del general Ar- 
teaga comunicó la orden de rectificar la línea de batalla, dis- 
poniendo que las caballerías se situasen al pie de la loma. 
En medio de la confusión consiguiente, se ejecutaba mal es- 
te movimiento. Arteaga y Riva Palacio, que acababan de sa- 
lir de Tacámbaro, se presentaron en Cerro Hueco y se proce- 
dió á concluir la organización de la línea de batalla que estaba 
incorrecta: los batallones confundidos; las piezas de artillería 
unas desmontadas y otras todavía en el lomo de las muías. 

^^Definitivamente quedaron instaladas nuestras tropas: la 
infantería y la artillería un poco abajo de la cima déla loma, 
la caballería al pie hacia la derecha. Kuestro ejército se com- 
ponía á lo sumo de mil quinientos hombres. 

<'E1 del enemigo estaba formado de los seiscientos de la le- 
gión belga, de igual número de plazas que tenía el batallón 
del "Emperador," á las ordenes del coronel Méndez, y de tres- 
cientos jinetes del 4? regimiento de caballería que mandaba 
el coronel W. Santa Cruz. Como jefe de esta columna iba el 



411 

teniente coronel Van der Smiseen, sin que nos extrañe que 
dos jefes de superior grado le estuviesen subalternados, pues 
es una de las humillaciones que tienen que sufrir los impe- 
rialistas mexicanoSj la de que reunidos á una fuerza extranjera, 
el mexicano por alto que sea su empleo en la jeirarqüía del 
ejército, debe reconocer como superior al oficial, francés, bel- 
ga ó austríaco, aunque sea inferior á él. 

<^A1 avistarse ya el enemigo en la orilla Sur de Tacámba- 
TO, los generales Arteaga y Riva Palacio recorrieron el fren- 
te de su batalla. Arteaga, con un anteojo en la mano, iba 
montado en un caballo negro que apenas podía soportar el 
peso de aquel jefe, cuya obesidad era extraordinaria. 

"El general Riva Palacio se detuvo en el centro de la línea, 
y alzando la voz, dirigió la palabra á los soldados, recordán- 
doles sus recientes triunfos, en especial el que habían ad 
quirido sobre los belgas. El general estuvo feliz, pues logró 
despertar por un momento el entusiasmo de las tropas. 

"Entre Tacámbaro y la cordillera en que nos hallábamos, 
media una llanura: había allí algunos cañaverales (campos de 
caña de azúcar). El enemigo apareció en el llano: avanzaba 
en buen orden, y formando su línea de batalla entre las plan- 
taciones referidas, se parapetó detrás de unos vallados. Des- 
de allí rompieron el fuego de artillería y fusilería, y viendo 
que los nuestros permanecían impávidos. Van der Smissen 
destacó en columnas cerradas á sus belgas, que se lanzaron 
valerosos ascendiendo la pendiente, vomitando sobre los nues- 
tros una lluvia de certeras balas. 

"No puedo referir con orden todo lo que pasó en aquella 
jornada, que se desarrolló en diversos episodios acaecidos á 
la misma hora. 

"El geneml Arteaga ordenó con su clarín una carga de ca- ^ 
ballería para flanquear al enemigo, al propio tiempo que los 
regimientos de éste se lanzaban á su vez sobre nuestros es- 
cuadrones. El choque fué terrible pero instantáneo: nuestros 
jinetes, no contando con sus caballos, hambrientos y endebles, 
huyeron, abandonando unos sus cabalgaduras y los otros in- 
troduciendo una confusión lamentable. 

"Entretanto los belgas seguían ascendiendo; parte de nues- 

Mlcboacan.— 28 



412 

tra infantería había salido á su encuentro, trabándose un re« 
nido combate á la bayoneta. Los chinacos se batían con en- 
carnizamiento, oponiendo á la disciplina de los extranjeros 
el valor indomable del guerrillero mexicano. Nuestros soldar 
dos lucharon con tal bravura, que los belgas cejaron. Ya se 
sabe lo que en estos casos hacen nuestros chinacos: un torren- 
te que se despeña de lo alto es menos impetuoso, las olas del 
mar están menos embravecidas. Se arrojaron sobre la legión 
extranjera: muchos de los belgas tiraron sus carabinas y em- 
prendieron la fuga. 

"¿Qué pasó entonces? El clarín del Cuartel General sonó 
repetidas veces la orden de retirada y "alto el fuego." Los 
cuerpos liberales vencedores se detuvieron estupefactos, y re- 
pentinamente de entre ellos salieron los gritos de traición! 
traición! Los soldados se decían unos á otros que era entrega 
del general Arteaga. El pánico fué espantoso. 

"Lo repito, todo esto pasaba á un mismo tiempo: lo abar- 
caba el general Arteaga de un golpe de vista desde donde 
dirigía la batalla: la derrota de nuestra caballería; los regimien- 
tos del enemigo que avanzaban tratando de cortarnos la reti- 
rada; las columnas de Méndez ascendiendo con admirable 
disciplina en auxilio de los belgas; nuestra artillería que no 
funcionaba con regularidad; nuestros batallones, los que no 
habían entrado en combate, pidiendo, exigiendo parque; gri- 
tos de desorden y de angustia, soldados cayendo desmayados 
por el hambre y la sed. ¿Qué importaba que una parte de nues- 
tra tropa hubiese alcanzado un pequeño triunfo? La derrota 
se venia encima, inevitable, absoluta. En aquellas circunstan- 
cias, el general Arteaga no hizo más que lo que le aconseja- 
ban la prudencia y el deber. 

"El combate había comenzado á las doce de 4a mañana, y 
concluía antes de las dos de la tarde. 

"Digo bien: el combate había concluido, pero comenzó lue- 
go la matanza: aquello era una batida general. El coronel 
llamón Méndez destacó al coronel "Wenceslao Santa Cruz so- 
bre la muchedumbre de dispersos. Santa Cruz era un jefe es- 
pañol que había abrazado la causa del imperio y que odiaba 
á los mexicanos. Mandaba, como he dicho, el 49 cuerpo de car 



413 

ballena, y en aquel dia hizo montar á la grupa de sus jinetes 
otros tantos infantes. A medida que iban alcanzando á los fu- 
gitivos, los mataban sin piedad, bajándose los infantes á fusi- 
larlos. Creo que en nuestras revueltas jamás se habia dado 
caso de una carnicería igual. Los pocos prisioneros debieron 
BU vida á la intervención de los belgas. 

"A este propósito referiré un curioso episodio: José Q. Cal- 
delas, aquel simpático prisionero de Puebla, se hallaba entre 
un grupo de traidores que pretendian que se arrodillase para 
fusilarlo, prodigándole al mismo tiempo toda clase de insul- 
tos. Caldelas permanecía de pie, sereno y altivo. Ya prepa- 
raban los imperialistas sus fusiles para hacerle fuego, cuando 
se aproximó un joven oficial belga. Al verlo, hizo Caldelas 
el signo masónico de socorro, y en el acto el oficial extranje- 
ro, repitiendo el signo, penetró al grupo, y tomando del bra- 
zo al capitán republicano, dijo que aquel hombre le pertene- 
cía, y lo condujo al lugar donde se hallaban los demás pri- 
sioneros. 

"Nuestra derrota fué un verdadero desastre. Perdimos 
toda nuestra artillería, la mayor parte del armamento, las 
cargas todas. Tuvimos más de trescientos muertos y heridos 
y como ciento cincuenta prisioneros: entre los primeros se de- 
be contar al teniente coronel Luis Santa María Cruzado, y 
entre los segundos al coronel José María Hernández^ y á mu- 
chos jefes y oficiales. 

"Si entre muertos, heridos y prisioneros faltaban más de 
quinientos hombres, calcúlese cuál sería el número de los dis- 
persos. Podía decirse que ladivisióíi habia concluido. 

"La desbandada se hizo en todas direcciones. El general 
Riva Palacio, seguido de tres individuos de su Estado Mayor, 
se dirigió por el camino de Chupio á Turicato. Caminába- 
mos á escape porque nos seguía un piquete de caballería del 
enemigo. Por fortuna comenzó á caer un fuerte aguacero y 
pudimos tomarles la delantera. 

"Grande fué nuestro gusto cuando al bajar por la pendien- 
te de San Rafael descubrimos á Turicato, á ese oasis, uno de 
los^más fértiles, de los más hermosamente situados en la tie- 
rra caliente. Contemplamos los centenares de palmeras que 



414 

mecen al aire bus penachos; sas tamarindos colosales de obs- 
curas frondas: sus mameyes cuajados de frutos, y los cimbra- 
dores platanares; divisamos los dos caudalosos ríos, el Caliente 
j el JFVío^ que lo circundan como con dos bandas de plata y 
que se juntan hacia el Sur {>ara formar una poderosa co- 
rriente. 

^'Cuando entramos al pueblo la tempestad habia cesado, y 
el crepúsculo se ostentaba en un cielo despejado. En aquel 
momento uno de los ayudantes gritó: 

" — ¡Los mochos! 

^'En efecto, la partida que nos perseguía asomaba en lo más ' 
alto de la cuesta de San Eafael. 

" — ¡Estamos perdidos! gritamos todos. 

" — ¡Estamos salvados! dijo el general; síganme. Corrimos 
con toda la velocidad posible sin comprender nosotros dónde 
estaría nuestra salvación, puesto que la distancia del enemi- 
go se acortaba más y más. Llegamos al río Caliente y lo va- 
deamos. Avanzamos medio cuarto de legua y el general man- 
dó hacer alto. 

" — Echen pie á tierra y paseen los caballos. 

" — Nos miramos sorprendidos. El enemigo no tardaría en , 
llegar. 

" — Pie á tierra, repitió el general. Estamos salvados. ¿No 
oyen el ruido del río? 

"Lo comprendimos todo. La creciente había bajado, tre- 
menda, impetuosa, con un inmenso caudal de agua. Cuando 
los imperialistas llegaron á Turícato, los dos ríos estaban in- 
vadeables, y aquéllos, respirando despecho y viéndose burla- 
dos, tuvieron que regresar á Tacámbaro. 

"Riva Palacio y los suyos continuaron su camino por el río 
del Olvido y Oropeo hasta la Iluacana. Allí se incorporó Vi- 
llada con su batallón en cuadro, y después de dos días de des- 
canso pasaron ala hacienda del Tejamanil, en donde hallaron 
al teniente coronel Leónides Gaona, que había salvado ínte- 
gro su pequeño batallón. En Turicato, Eguiluz y otros jefes 
estaban ya reorganizando sus fuerzas de caballería. En Pe- 
dernales un grupo de jefes y oficiales de los dispersos, oyen- 
do la noticia que circulaba como válida de que el general 



415 

Arteaga había muerto en una barranca al huir de Cerro Hue- 
co, trataron de proclamar general en jefe del Ejército al ge- 
neral Salazar. Riva Palacio se dirigió á aquel punto y pudo 
sofocar en su cuna este germen de rebelión. 

"En Pedernales y Puruarán se incorporaron al general al- 
gunos otros jefes, cada uno de ellos con los soldados que 
habia podido recoger; de modo que al hacer su entrada Ri- 
va Palacio en Tacámbaro el 22 del mismo mes de Julio, lle- 
vaba ya á sus órdenes cerca de seiscientos hombres. Desde 
la Huacana había puesto una circular á los jefes de línea y á 
los prefectos del Estado, avisándoles la derrota de Cerro Hue- 
co, manifestándoles que desde luego procedía á la reorgani- 
zación del Ejército, y expresándoles la confianza que tenía 
de no ser cierta la noticia de la muerte del general Arteaga, 
quien debería encontrarse en aquellos días en Turicato. 

"Diré ahora lo que había pasado con el general Arteaga. 
Desconfiando del vigor de su cabalgadura, en los momentos 
de pronunciarse la derrota, el general no siguió el camino de 
Chupio, sino que tomó la dirección á la izquierda, acaso con 
el objeto de ocultarse en unas milpas que allí había; mas vién- 
dose perseguido, metió espuelas á su caballo haciéndolo ga- 
lopar, Al llegar á un punto llamado la Bartolina, el caballo 
y el jinete cayeron á una profunda barranca, quedando in- 
móviles. Los imperialistas que lo seguían, sin conocerlo, aca- 
so juzgaron muerto á aquel hombre, acaso no lo vieron caer, 
lo cierto es que nadie descendió al abismo, y el general Ar- 
teaga, privado de conocimiento algunas horas, permaneció 
en el fondo de la barranca, hasta que al día siguiente unos 
mozos de la hacienda de Chupio avisaron al Administrador 
de la finca, D. Procopio Rodríguez, el paradero de Arteaga. 
Rodríguez envió inmediatamente por él y lo trasladaron en 
camilla, porque estaba lleno de contusiones. Pocas horas per- 
maneció el general en la hacienda, pues los imperialistas re- 
corrían aún el campo de Cerro Hueco, á menos de una legua 
de distancia de la hacienda. Recuerdo haber oído contar al 
mismo general Arteaga que al salir de Chupio se le acercó 
un ranchero y le enti^gó eu reloj de oro y un anillo de pla- 
ta que había encontrado en la barranca de la Bartolina. El 



416 

general decía que más que el reloj, había agradecido la entre- 
ga del anillo por ser un recuerdo de bu adorada madre, y que, 
no teniendo con qué gratificar al ranchero, lo había estrecha- 
do entre sus brazos. 

"El general permaneció unos cuantos días en Turicato y 
luego se trasladó á Huetamo para atender á sus antiguas he- 
ridas y á las nuevas que acababa de recibir con la caída. Ea 
Huetamo se distraía inspeccionando los trabajos de la maes- 
tranza,^ y en aquella vez llevó consigo á Martiniano León, co- 
mandante de artillería, para que se encargase de la dirección 
del establecimiento." 

He referido la historia fiel de la batalla de Cerro Hueco, 
copiando el relato anterior escrito en aquellos días. Zamacois 
asevera que Arteaga había reforzado su división con mil hom- 
bres enviados de Huetamo. Ni un Solo hombre vino de aquel 
pueblo ni de su comarca, y lejos de estar reforzada la divi- 
sión, había sufrido grandes bajas, como lo hemos visto. Con 
esto queda también rectificado el parte de Van der Smissen 
en cuanto á que nuestra fuerza era de tres mil quinientos 
hombres. Tampoco es cierto que los belga-mexicanos eran 
ochocientos, pues que sólo el batallón del "Emperador" te- 
nía algo más de seiscientas plazas, el cuerpo de caballería de 
Santa Cruz más de trescientas: ¿cuántos eran entonces los 
belgas? Tampoco es cierto que al levantar el campo hubiese 
recogido cien cajas de cartuchos de fusil. Jamás tuvieron tal 
cantidad los republicanos de Michoacán, y seria mucho afir- 
mar que en Cerro Hueco nuestros soldados trajesen llenas sus 
cartucheras. 

Y luego, comentando la acción de Cerro Hueco, escribe 
Zamacois: 

"Aunque Van der Smissen decia al terminar el parte, que 
belgas y mexicanos habían rivalizado en ardor y entusiasmo, 
sin embargo, parecía que en él trataba de darse á sí propio 
la principal gloria, pues no llegaba ni á mencionar al coronel 
mexicano D. Bamón Méndez, que había combatido con el 
valor que le era propio al frente de sus soldados. Ofendido 
de una omisión que pudiera atribuirse^ mal comportamien- 
to en la batalla, dirigió una carta llena de dignidad á Van 



417 

der Smisseny manifestándole que los belgas hubieran sido de- 
rrotados sin el auxilio de los mexicanos. El coronel D. Ra- 
món Méndez, aunque modesto, igualmente que valiente, te- 
nia sobrada justicia en darse por sentido de la omisión hecha 
de su individuo en el parte del jefe belga. 

'^Van der Snñssen, aunque militar entendido y de valor, 
tenia la debilidad de atribuir á su acertada dirección en los 
combates el buen éxito de éstos, cuando eran favorables; y 
esto lo hacia poco simpático hacia los jefes mexicanos que 
combatían á su lado. Sin embargo de esto, el emperador 
Maximiliano, teniendo una elevada idea de sus conocimien- 
tos militares, dio orden al general Kosas Landa, que manda- 
ba la división militar en Morelia, de que Van der Smissen 
se encargara del mando de Michoacán. Esta disposición del 
emperador no era justa ni acertada. No era el grado de Van 
der Smissen bastante elevado para mandar uno de los Esta- 
dos más importantes del pais, y en donde además habia dis- 
tritos mandados por jefes mexicanos de mucha más gradua- 
ron, en quienes* con currian las más distinguida^ cualidades 
militares, que no era posible que se resolvieran á estar bajo 
las órdenes de un inferior en categoría militar. Asi sucedió 
en efecto: el general mexicano D. Luis Tapia, que se hallaba 
de comandante de Pátzcuaro, se negó á dar al jefe belga el 
estado que le pidió de su brigada, y pidió que se le relevara 
y se le permitiese pasar á México, pues no podia estar á las 
órdenes de un oficial de inferior graduación á la suya. Esto, 
que debía haber llamado la atención del gobierno, haciéndo- 
le comprender que no habia obrado con justicia al hacer el 
nombramiento referido, pasó desapercibido en medio del po- 
co orden que reinaba en el Ministerio de la Guerra. La re- 
nuncia del general D. Luis Tapia fué admitida; y el barón 
Van der Smissen quedó de comandante del distrito de Mo- 
relia, recibiendo á poco la cruz de Comendador de Guadalu- 
pe. El coronel D. Ramón Méndez fué nombrado el 23 de Ju- 
lio comandante militar del departamento de Michoacán y 
jefe de la brigada del general Tapia, dejando en Morelia al 
jefe belga. El emperador Maximiliano concedió pocos dias 
después, el 18 de Agosto, al coronel D. Bamón Méndez, la 



418 

cruz de Comendador de Guadalupe, y la de caballeros á cin- 
co jefes y oficiales mexicanos, en atención á su brillante com- 
portamiento y bizarría en la gloriosa acción del 16 de Julio, 
dada en Tacámbaro." 

Mientras Méndez y Van der Smissén se disputaban la glo- 
ria exclusiva para cada uno de ellos del triunfo de Cerro 
Hueco, naciendo entre ambos una enemistad que nunca se 
extinguió, el jefe belga, caballeroso y justiciero, reconocía el 
mérito del general Arteaga y solicitaba su amistad, por más 
que en el terreno de la guerra los separasen campos distintos. 

Hé aqui unas cartas cambiadas entre ellos, y que con gus- 
to reproduzco en estos apuntes: 

"Morelia, Julio 26 de 1865. — General: Remito á vd. con 
el portador la cadena y reloj pertenecientes al coronel Santa 
María, suplicándole tenga la bondad de hacer que llegue á 
. poder de su familia este doloroso recuerdo. 

'.'Antes de retirarme de Tacámbaro autoricé á los oficiales 
prisioneros para que escribieran á vd. su nombre y el de los 
demás compañeros suyos que pudieran haber muerto á su 
lado. 

"Uno sólo de los heridos ha sido trasladado á Pátzcuaro 
por orden mía, pero solamente en obsequio de su salud; pues 
á un herido no lo considero como prisionero de guerra, y es- 
te oficial, que es hermano de uno de los oficiales prisioneros, 
podrá, según le agrade, después de terminada su curación, ó 
permanecer en el seno de su familia, ó incorporarse á sus 
filas. 

"En fin, general, por lo que concierne á vd., tomando to- 
da la parte posible en el accidente que le aconteció el domin- 
go, ofrezco á vd., si cree que la temperatura de Tacámbaro 
sea perjudicial á su curación, que venga á Morelia, en donde 
en el seno de su familia será asistido por mis médicos. — Inú- 
til me parece añadir que terminada la curación de vd. le da- 
ré un salvoconducto hasta Tacámbaro. 

"Muchas familias belgas me piden noticias detalladas de 
sus hijos, y ruego á vd. tenga á bien mandarme una lista de 
los oficiales y soldados muertos el día 11 de Abril y una lista 
nominal de los oficiales, sargentos y soldados prisioneros. 



419 

"Reciba vd., general, la expresión de mi distinguida con 
sideraciüD. — El teniente coronel de los belgas, Barón Van der 
Smissen." 

"General: Tuve el honor de escribir á vd. el 23 del próxi- 
mo pasado, por conducto de la Sra. Arteaga que mandó un 
correo. Siento que éste no lo haya vd. recibido, y con tanta 
más razón, cuanto qtie el objeto principal de mi carta era el 
de manifestar á vd. que si carecía de los cirujanos necesarios, 
ó si el clima del Sur era perjudicial á su curación, yo le ofre- 
cía á vd. de* todo corazón que viniera á Mdrelia para ser asis- 
tido por su familia, y que pondría á la disposición de vd. á 
mis médicos, hasta el día en que vd. juzgara conveniente vol- 
ver á ocupar su puesto. Reitero á vd. en ésta ese mismo ofre- 
cimiento. 

"Con el mismo correo extraviado mandé á vd. la cadena y 
reloj del coronel Santa María, que murió combatiendo biza- 
rramente el día 16, y rogaba á vd. hiciera llegar á poder de 
su &milia estos dolorosos recuerdos que creo ya desgraciada- 
mente perdidos para ella. 
"El capitán Visart de Bocarmé remitirá á vd. esta carta. 
"Reciba vd., general, las expresiones de mi más alta con- 
sideración. 
'Morelia, Agosto 12 de 1865." 

"Morelia, 19 de Agosto de 1865. — General:' Con sincera 
satisfacción he sabido el restablecimiento de vd. 

"Espero que las negociaciones de canje, tratadas directa- 
mente entre nosotros, podrán llegar á una conclusión satis- 
factoria. En tal virtud, si vd. quiere mandar una escolta has- 
ta Acuitzio, el capitán de mi regimiento Visart de Bocarmé, 
marchará para ese lugar al día siguiente del en que reciba su 
respuesta. 

"Reciba vd., general, las expresiones de mi más alta con- 
sideración. — Barón Van der SmissenJ' 

"Chupio, 16 de Agosto de 1865. — Sr. Barón Van der Smis- 
sen, teniente coronel de belgas. — Muy señor mío: Por el pri- 
mer correo que vd. se sirvió mandarme de Morelia, recibí su 
apreciable carta de 25 del pasado, la cual tendré la satisfac- 
ción, muy en breve y con el mismo enviado, de contestarle 



420 

Beparadamente, acompañándole las listas de los muertos y pri- 
sioneros belgas habidos el 11 de Abril último, que he pedido 
á Zirándaro, y que vd. solicita. Recibí además el reloj y la ca- 
dena que vd. me remitió, con el fin de que estos objetos lle- 
guen á poder de la familia del finado coronel Santa María, 
como un doloroso recuerdo. 

"Respecto de la nueva invitación que con tan buena volun- 
tad vd. me hace para que pase á Morelia al lado de mi üími- 
lia, por las atenciones que pudieran demandar mis enferme- 
dades, diré á vd. que á la fecha estoy casi enteramente resta- 
blecido; manifestándole como caballero, que le agradezco sus 
sinceras ofertas, que de ninguna manera podría aceptar en 
obsequio de las leyes de mi país, y que en consecaencia ten- 
go, como soldado y como mexicano, la necesidad de sufrir 
todas las peripecias de la presente guerra. 

"La carta de fecha 12 del presente qu^hoy tengo el honor 
de contestarle, la he recibido por conducto del señor coronel 
Corélla y no por el jjel señor capitán Visart de Bocarmé. En 
tal virtud, digo al referido Sr. Corella, que si fuese urgente 
por alguna circunstancia la presentación del citado señor en 
este Cuartel General, puede vd. anticipadamente darme avi- 
so para mandar una escolta hasta Acuitzio, para que lo reci- 
ba y conduzca con las seguridades necesarias. 

"Cuente vd., señor barón, con el aprecio y consideracio- 
nes de su atento servidor Q. B. S. M. — José María Arkaga.'^ 

"Señor teniente coronel de belgas. Barón Van der Smifl- 
sen. — Nocupétaro, á ... de Agosto de 1865. — Morelia. — Mi 
estimado señor: Hasta hoy puedo contestar la apreciable de 
vd. de fecha 25 del pasado, con la que se sir\rió mandarme el 
reloj y la cadena del finado coronel Santa María, para que 
hiciese llegar á poder de su fanlilia estas prendas, que serán 
muy estimadas por ella. Algunas dificultades de pormenores 
me habían impedido remitirle con la oportunidad debida las 
listas que me pide, mas ahora lo hago recomendándole se sir- 
va disimular este retardo. 

"Agradezco á vd. sinceramente el permiso que concedió á 
los oficiales prisioneros en Tacámbaro el día 16 del pasado 
para que me escribieran, sabiendo con gusto, por sus cartas, 



*421 

qne son tratados con la consideración que merece sa estado. 

"El accidente ocurrido con mi persona el referido día 16, 
demasiado común en las funciones de armas, por de pronto 
me hizo temer por mi vida; pero hoy felizmente me encuen- 
tro del todo restablecido, conservando para vd. un recuerdo 
de gratitud por la parte que en él toma y por los generosos 
ofrecimientos que se sirve hacerme para que pase á curarme 
á Morelia al lado de mi familia. Tal circunstancia, y la muy 
principal de que las leyes de mi país no me permiten vivir 
en el seno del enemigo, me deciden á no aceptar, teniendo 
necesidad, por mi honor como soldado y como mexicano, de 
sufrir todas las consecuencias de la presente guerra, sean cua- 
les fueren. 

"Me es satisfactorio saber no considere vd. como prisione- 
ro de guerra al oficial herido, que por su orden fué conducido 
á Pátzcuaro, pues aunque las leyes de la guerra no conceden 
esta gracia, al fin se van otorgando al ejército mexicano, por 
las tropas invasoras, siquiera los derechq^ de humanidad, ya 
qne abundan tantos ejemplos en contrario. 

"Con la debida atención, señor barón, me repito de vd. su 
atento servidor Q. B. S. M. — José Maña Arieaga.'' 

"Tacáncbaro, 19 de Agosto de 1865. — Señor Barón: Alas 
seis de la mañana de hoy me ha sido presentada la última 
carta de vd., relativa á la comisión que vendrá á desempeñar 
cerca de este Cuartel General el capitán Visart de Bocarmé. 

^' Ya he dado mis óadenes para que marche mañana á Acuit- 
zio la escolta que deberá recibir y custodiar hasta esta plaza 
al referido señor capitán, para quien adjunto á vd. el pasa- 
porte respectivo. 

"Acepte vd., señor Barón, las consideraciones de mi distin^ 
guido aprecio. — José Maña Arieaga." 

"Señor Barón Van der Smissen, coronel de belgas. — Ta- 
cámbaro, Agosto 22 de 1865. — Morelia. — Muy señor mío: 
Por el apreciable conducto del señor capitán Visart de Bo- 
carmé recibirá vd. dos listas, una de los prisioneros belgas y 
otra de los muertos y heridos habidos en esta ciudad el 11 de 
Abril del corriente año, las que me pide vd. en su favoreci- 
da de 25 de Julio último, y las que hasta ahora puedo remi- 
tirle. 



"El referido señor capitán, canipHeQdo con la comiaión de 
vd., ha hablado conmigo respecto del canje de prisioneros, y 
creo que las negociaciones abiertas podrán llegar á feliz tér- 
mino, allanadas que sean por parte de vd. las difícaltades que 
ahora ae presentan y de que le instruirá, su comisionado. 

"Tengo el honor de repetirme su atento servidor Q. B. S. 
M. — José Muña Arleaga." 



Al terminar el mes de Julio fué al fin admitida la renun- 
cia del prefecto político de Michoacán D. Antonio del Moral. 

A este propósito dice Zamacois: ' 

"Considerándola entonces el emperador como inconvenieo- 
te, no sólo admitió la renuncia, sino que ordenó á su autor 
que se presentase á dar cuenta en la capital. Por una de esas 
cosas incomprensibles que pasan, la renuncia, á pesar de ir 
dirigida expresamente al emperador, fué publicada, bien á pe- 
sar del renunciante j con harto disgusto de Maximiliano, el 
cual dijo y escribió, según asegura D. Francisco de Panla de 
Arrangoiz, que "la publicación de la carta era una vil trai- 
ción, y habia llamado á la corte á su autor para que respon- 
diera; que el partido conservador bacía traición al imperio, 
pero que el gobierno tenía los ojos abiertos para castigar á loe 
traidores, lo mismo en México, que d los que injiuian en Ho- 
ma," aludiendo al arzobispo. 

"Recibida en JuHo por D. Antonio «Jel Moral la orden de 
presentarse en México, procuró hacerse de los principales do- 
cumentos que patentizaban la noble conducta que habia ob- 
servado con los hombres de todos los colores políticos duran- 
te el desempeño de su alto empleo, para responder con ellos 
á los cargos que se le hicieran por el gobierno. Con este ob- 
jeto escribió el 21 de Julio, estando aún en Morélia, una car- 
tü al general Barón Keigre. Después de hacerle saber en ella 
qae habiendo insistido en la renuncia de la prefectura por las 
razones que en lo confidencial le habia manifestado, al fin le 
había sido admitida la que con fecha 5 de Junio dirigió al 
gobierno, quedando, en consecuencia, en la vida privada; le 
decía: "Desgraciadamente, y muy á mi pesar, mi cuarta co- 



\ 



428 

municación dirigida al soberano con aquel objeto, bia tenido 
una plena publicidad, No temo, en general, el juicio de mis 
compatriotas; pero tampoco debo disimular que me inquieta 
la susceptibilidad de las personas que rodean y sirven al tro- 
co. De éstos los afiliados por sus antecedentes en el partido 
liberal, sé que me califican de intolerante é intransigible; y 
que los otros me acusan de defección y de haber dado el pri- 
mero, entre los empleados, la voz de alarma contra el actual 
orden público existente. Estos son mis temores. 

"Sin embargo, antes de todo procedimiento, creo que se 
me someterá á un juicio. Si asi fuere, como lo prescriben el 
derecho y la razón, allí probaré dos cosas: que no soy ni he 
sido partidario, ni menos partidario ciego, y que no he falta- 
do á compromiso alguno, porque ninguno me liga con el im- 
perio. 

"Para lo primero procuro recoger y comprobar algunos 
hechos: bastará para lo segundo el testimonio altamente au- 
torizado del mismo soberano, que no podrá rehusarme, sobre 
los motivos por que me negaba á admitir la prefectura, y las 
esenciales condiciones con que hube de aceptarla: condicio- 
nes y motivos que S. M. tuvo á bien calificar de nobles, pa- 
trióticos y dignos. Si pues tales condiciones que afectan al 
honor y bienestar de mi país no se han cumplido, yo estoy 
libre, y en el caso, expedito de mi derecho para prestar ó no 
mis servicios sin nota de inconsecuencia. 

"Como tratándose de hechos, señor general, vd. es testigo 
caracterizado de algunos privadísimos que han debido pasar 
desapercibidos para la generalidad, paso á consignarlos aquí, 
para que si los encontrare exactos, se sirva vd. poner su res- 
petable firma de conformidad al calce de la presente carta, 
pues es el objeto con que se la dirijo y molesto su atención. 

"El tiempo urge; escribo de prisa, bajo impresiones amar- 
gas y mi memoria no es fiel: no extrañe vd. por esto que no 
puntualice fechas ni cite nombres, ó que invierta tal vez el 
orden de los acontecimientos; vale que nada de ello es subs- 
tancial.'' 

"En seguida D. Antonio del Moral enumeró varios hechos 
que tengo dados ya á conocer en diversos capítulos de esta 



424 

obra; entre ellos, el haber impedido que fuesen fusilados, juz- 
gándoles conspiradores, los extranjeros Coiñier y Jeannotard, 
que prolongado el juicio por instancias de él, se vio qne eran 
inocentes; haber alcanzado que el capitán francés Béguerisse 
no hiciese salir de la población llamada Quiroga á las fami- 
lias de los individuos que combatían en las filas republicanas; 
haber logrado que el general republicano Canto y otros doce 
oficiales que con él fueron aprehendidos, no fuesen juzgados 
por la corte marcial francesa cpmo guerrilleros sin bandera, 
logrando asi salvarlos de la muerte que estaba ya decretada, 
y haber evitado muchos actos injustos de que no hago men- 
ción por haberlos dado ya á conocer en sus respectivas fechas. 
El único hecho de que no he llegado á hacer mención y del 
que ü. Antonio del Moral hacia memoria en su carta al ge- 
neral Barón Neigre, es uno que revela el buen concepto que 
de su probidad tenían todos. Existía en la Mayoría de plaza 
francesa un legajo de papeles y cartas que se le -recogieron al 
general D. José López Uraga, cuando fué derrotado en las 
Barranpas por el general Douay. Este legajo, que aún con- 
servaba en su poder D. Antonio del Moral, le fué entregado 
por orden del general Barón Neigre para que de él hiciera 
el uso que le conviniese, confiando de esta manera á su dis- 
creción la suerte de muchas personas que se encontraban com- 
prometidas. D. Antonio del Moral, obrando como correspon- 
día á un hombre de sentimientos nobles, generosos y cristia- 
nos, ni siquiera quiso leer aquellos pliegos, para evitar asi 
persecuciones y castigos. Basgo verdaderamente laudable, 
que patentiza que México cuenta en su seno con hijos que no 
ceden en hidalgos sentimientos á ningún otro país civili- 
zado. 

"La contestación del general francés barón Neigre, fecha- 
da el 28 de Julio, fué altamente satisfactoria para D. Anto- 
nio del Moral. 

"Mi querido Prefecto:" le decía en ella: Recibo en este 
instante mismo la carta que os devuelvo por el mismo correo: 
al aprobar su contenido, tengo perfecto conocimiento de los 
hechos de que me habláis; y si no fui más severo, fué gracias 
á vuestra humanidad para con las gentes de todos los partí- 



425 

do6. Yo me complazco en reconocer que vos no habéis acep- 
tado las funciones de prefecto político, sino para hacer el 
bien: j agregaré que me repetíais sin cesar, '^si no puedo ha- 
cer el bien me retiraré." Conservamos de vos, mi querido 
prefecto, los mejores recuerdos; y en cuanto á mí, hago votos 
por encontrar quien se os parezca, porque, en general, la elec- 
ción ha sido desgraciada." 

"Esta conducta generosa usada por D. Antonio del Moral 
con los hombres de las diversas comuniones políticas, mani- 
fiesta que el calificativo de intransigentes que algunos daban 
á los conservadores, era no menos inmerecido, que otros al- 
tamente ofensivos que los jefes franceses aplicaban álos hom- 
bres que luchaban contra el imperio, nivelando á los verda- 
deros defensores de la causa republicana, con algunos gue- 
rrilleros cuyas exacciones lamentaba el mismo partido libe- 
ral. 

"D. Antonio del Moral, desde que aceptó la prefectura 
hasta que le fué admitida su renuncia, no hizo más que pro- 
curar que se evitase el derramamiento de sangre y que se 
guardasen con todos los vecinos de los pueblos las considera- 
ciones debidas, sin ver el color político á que pertenecían. 
Habiendo recibido el capitán francés Loissillon orden de la 
comandancia superior de Morelia de salir el día siguiente pa< 
ra Coeneo y Quiroga á guarnecer estos pueblos, constituir 
las autoridades y nombrar los empleados de hacienda, fué en 
la noche anterior al día de su salida á la casa de D. Antonio 
del Moral, pidiéndole instrucciones para el mejor desempeño 
de su encargo. Como Loissillon no estaba ejercitado en el 
idioma español, y D. Antonio del Moral temía no expresarse 
en francés con la claridad que juzgaba conveniente en aquel 
asunto, tomó la pluma y escribió lo siguiente, de que reservó 
copia. ^'Señor capitán: va usted á pueblos dominados por el 
partido liberal. Sus habitantes son de acción, entendidos y 
resueltos; á pocos conozco en lo personal; pero creo que acer- 
taría usted en su elección, procediendo de acuerdo con sus ve- 
cindarios, pues al fin se trata de su propio bien. ¡Qué her- 
moso sería para la misión que usted lleva, evitar toda clase 
de persecuciones y violencias, y sobre todo la efusión hasta de 
una gota de sangre! Muchos de los que andan con las armas, 



426 

Be mueven tal vez, sin comprenderlo ellos mismos, por un ge- 
neroso sentimiento de que sólo los franceses son justos apre- 
ciadores. Esto no quiere decir que falten criminales, por des- 
gracia, ni que se les deje impunes; pero que éstos se conduz- 
can aqui para que se les imponga el condigno castigo, cómo 
y por quien corresponda." 

"Estos consejos fueron seguidos fielmente por el capitán 
Loissillon; y cuando cumplida su misión volvió áMorelia, fué 
á dar las gracias al prefecto político D. Antonio del Moral, 
diciendo que le habían ^ado los mejores resultados. 

"Con el mismo objeto que había escrito al general barón 
Neigre D. Antonio del Moral, pidiéndole que dijese si eran 
ciertos los hechos que le recordaba, escribió también á Lois- 
sillon recordándole las instrucciones referidas que le dio, di- 
ciéndole que le contestase si era así, pues su contestación le 
serviría de dato para contestar á los cargos que le hiciera el 
gobierno imperial que le había llamado á la capital admitien- 
do su cuarta renuncia. La contestación de Loissillon fué la 
siguiente: 

"Sr. Moral. — Reconozco con gran placer que los hechos 
que vos me referís en vuestra carta son exactos. Añadiré que 
por el conocimiento que he podido tenor de vuestro carácter, 
estoy seguro de que no habéis aceptado las funciones de pre- 
fecto de Michoacán, sino con la esperanza de hacer reinar el 
orden, como todo buen ciudadano debe hacerlo. 

"Durante todo el tiempo que he tenido el honor de estar 
en relaciones con vos, me he convencido que erais más bien 
el hombre del deber, que el hombre de partido. 

"Recibid, mi querido Sr. Moral, la seguridad de mi más 
alta y afectuosa consideración." 

"Bien necesitaban algunos jefes de columnas francesas, y 
muy particularmente los que mandaban contraguerrillas en 
diversos Estados, que los aconsejasen como lo había hecho 
D. Antonio del Moral en Michoacán." 

Me he ocupado extensamente de cuanto concierne al Señor 
del Moral, porque su conducta fué digna en alto grado, y ade- 
más, porque al poner en relieve sus nobles prendas cumplo, 
por mi parte, un deber de gratitud. 



427 



CAPITULO XXIX. 

(1865) 

huevas depredaciones de Ugalde. — Fusilamiento de los Troncosos. — Expedi- 
ción de Carácuaro, Kocupétaro y las torres de Cucha. — El río del Atas- 
cadero. — La Cascada. — El naufragio. — Magdalena la exploradora. — In- 
subordinación de Ugalde. — Dos traidores. — Los zuavos Jinetes en muías. 
— Combates de León Ugalde con las fuerzas de Méndez. — Una escaramu- 
za en Patámban. — Empeño que tenía D. Juan Alyarez de que Arteaga y 
Salazar se reconciliasen. — Ardid de Biva Palacio con este mismo objeto. 
—"Amigos hasta la muerte." — Que Méndez intentaba pasarse á la repú- 
blica. — Es nombrado comandante general de Michoacán. — Situación del 
Estado en Septiembre de 1865. — Renace el Ejército del Centro. — Fiesta 
cívica del 16 de Septiembre. 

Después del asesiuato de Paeblita, Ugalde, que se quedó 
al frente de la segunda División, hizo una retirada hábil en- 
tre puntos ocupados por el enemigo, y, atravesando el centro 
del Estado, llegó á Zitácuaro, haciéndolo de nuevo teatro de 
8QS depredaciones, sin considerar que aquellos habitantes eran 
todos gente que prestaba los más útiles servicios en favor de 
la patria. No sólo imponía préstamos á las haciendas, sino 
qae hacia una leva espantosa entre los hombres del campo y 
tenia en constante estado de alarma á las familias. 

Por aquellos días (21 de Julio) una partida, perteneciente 
á su fuerza, asaltó en el punto llamado "Los Oratorios,^' cer- 
ca de Ixtlahuaca, un tren de carros del comercio de Morelia 
que iba de México á esta última ciudad. Sea que Ugalde qui- 
siese manifestar que introducía el orden en su tropa, á fin de 
que Arteaga no lo destituyese del mando, ó sea, lo que acaso 
es más probable, que no haya tenido en el botín toda la parte 

Hicboaoán.--29 



428 

que le correspondía, porque Ugalde se llamaba i/C(Jn(yiaa?w)- 
minor feo), lo cierto es que estando ya en Zitácuaro aquella 
partida, Ugalde cayó sobre ella la noche del día 26, apode- 
rándose de los cabecillas, de los oficiales y de los soldados. El 
día 29 fiísiló en aquella ciudad á Juan y Tiburcio Troncóse, 
á Francisco Figueroa y á Mariano Tafolla (los cabecillas), y 
dos días después, en Laureles, á doce oficiales más. Los sol- 
dados fueron distribuidos en los otros cuerpos de la División. 

Numerosa como era ésta, Ugalde logró imponerse con ella 
á los demás jefes que había en la zona de Zitácuaro y trataba 
de refundirlos, lo que produjo en ellos el descontento y el es- 
píritu de hostilidad, que podrían ser causa de serios desas- 
tres. 

Supo esta situación el general Arteaga, al hacer su camino 
de Tacámbaro á Huetamo, y desde Nocupétaro escribió el día 
25 á Eiva Palacio, diciéndole entre otras cosas: 

"La presencia de usted en Zitácuaro me parece hoy más 
necesaria, pues he hablado con el señor general León (D. Es* 
teban), quien instruirá á usted de todo cuanto pasa por allá. 

"Es menester que se traiga usted á Ugalde, sin que pueda 
servir de obstáculo el tránsito de los ríos, porque según los 
informes que tengo, si no hay balsas, se pueden procurar." 



En cumplimiento de esta orden salimos de Tacámbaro en 
la mañana del 28 de Julio. 

Nos encaminamos, pues, rumbo á Zitácuaro: la marcha 
había sido en extremo fatigosa y algunos soldados se habían 
quedado rezagados en la vía, acometidos de insolación, al 
atravesar el árido desierto de la "Loma Larga." No era me- 
nos penoso lo que nos faltaba aún que recorrer en aquella 
travesía, pero el general pensaba estar cuanto antes de regre- 
so en Tacámbaro, y no había más que resignarse. 

Esto que voy á referir no es un hecho de armas ni un asun- 
to culminante de la guerra: se trata simplemente de detallar 
tipos de nuestras revoluciones, de fotografiar en una, muchas 
de nuestras marchas y de referir ciertos episodios que no ca- 
recen de interés. 



429 

En aquel año llovió tanto, que por todas partes hubo terri- 
bles inundaciones. Por lo mismo nada extraño fué que el ca- 
mino estuviera atascoso en algunos lugares y resbaladizo en 
otros, ni que sobre nuestras cabezas se cerniesen nubes ne- 
gras j amenazadoras. 

Nos faltaban todavía algunas leguas para llegar á Carácua- 
J^o, y ya la noche se venía encima. Por fin se presentó ohscu- 
ra y pavorosa. Entre los equipajes iban unas cargas de oco- 
te, pues era necesario no perder el camino por causa de la 
obscuridad y vigilar á los reclutas para impedir que se de- 
sertasen favorecidos por las tinieblas. 8e encendieron mu- 
chísimas antorchas que llevaban los cabos, tanto los de caba- 
llería como los del pequeño batallón de infantes que iba en 
la columna. Era fantástica la procesión de aquella tropa que 
parecía formada de soldados de cuerpos negros y faz enro- 
jecida, pues los destellos de las hachas sólo alcanzaban á ilu- 
minar los semblantes. 

El trueno y los relámpagos se sucedían sin interrupción r 
la bóveda celeste estaba profundamente obscura y la tie- 
rra lo estaba más, porque las tinieblas se espesaban con las 
frondas de los árboles que bordaban el camino. Por momen- 
tos creíamos que iban á desatarse sobre nosotros loo raudales 
de que estaban preñadas las nubes. Eu la tierra caliente los 
aguaceros caen por lo común en la noche, y de minuto en 
minuto se ve la íbrmación de rayos arborescentes que se di- 
viden en muchas ramificaciones cintilantes; de. tiempo en 
tiempo se escuclia el ruido sordo de los truenos que estalla 
cerca de nosotros, y que va repercutiéndose y extinguiéndo- 
se á medida que se aleja. 

Por fortuna llegamos á Carácuaro sin novedad, á eso de 
las once de la noche. 

Al resplandor de los hachones vi dibujarse vagamente aqui 
y allá algunas chozas techadas de zacate, destacándose en los 
claros que dejaban los árboles de las huertas. 

Los soldados se dividieron en grupos para asar la carne 
que se les repartió: así es que por todas partes había fogatas, 
apareciendo el caserío como si estuviera iluminado para una 
fiesta. 



430 

De este modo se presentó á mis ojos aquella población, en 
donde el hombre más grande de nuestra independencia ha- 
bía pensado en sacudir el yugo español y hacia preparativos 
con este objeto, desde antes de que Hidalgo lanzara el grito 
de libertad en el pueblo de Dolores. Por lo tanto, los nom- 
bres de Morelos y Carácuaro están identificados en nuestra 

historia.. 
El general, que desde en la tarde estaba sufriendo una 

fuerte jaqueca, tan luego como se apeó en el alojamiento, se 
tumbó á dormir. Su asistente, Abraham, no se preocupó ya 
de preparar cena, y yo que, en vez de dolor de cabeza, tenia 
una hambre devoradora, no tuve otro recurso que dirigirme 
á una de las fogatas con la esperanza de que los soldados me 
ofrecieran un trozo de troncha: me acerqué á un grupo y for- 
mulé mi deseo. 
— Mi oficial, me respondió uno de ellos, como nos tratan 

de reclutas no nos dieron más que huesos; pero, mire, allí en- 
frente está una señora que hasta tiene frijoles. ¡Oiga no más 

cómo chilla la manteca! 
• En efecto, el chirrido era provocador, y además se oía el 

palmoteo de manos, torteando las tortillas. 

Me dirigí al sitio indicado y me encontré con una mujer 

que al mismo tiempo que asaba un pedazo de carne, atendía 

á una cazuela en que se freían frijoles y echaba tortillas en nn 

pedazo de comal. Le rogué que me vendiese de cenar. 
— Cómo nó, jefecito! Arrímese; precisamente hacia yo la 

cena para mi hombre, cuando le dieron orden de que se fue- 
ra de partida, pues como ya sabe usted, es explorador. Ape- 
nas se llevó unas cuantas gordas, y gracias á esto, aquí tiene 

usted con que darse gusto. 
Había tan dulce sonoridad en la voz de aquella.mujer que, 

olvidándome un momento de mi hambre, .fijé la mirada en 
fius facciones; pero el humo denso que desprendía el ocote 
velaba por completo su semblante y llenaba de lágrimas mis 
ojos, por lo que no me ocupé más que de satisfacer el apetito " 
que me devoraba. Le pagué la cena y me retiré á mi aloja- 
miento. Tardé mucho en dormirme, y confieso que no deja- 
ba de ser parte en mi insomnio el recuerdo de aquel timbre 
de voz tan dulce y apacible. 



431 

Al dia sigaiente, muy temprano, continuamos nuestra mar- 
cha, no sin que yo hubiese espaciado mi mirada sobre Cara- 
cuaro f sobre Nocupétaro que se extiende á sus pies, sobre 
el caudaloso rio de aguas cristalinas que fertiliza el terreno, 
7 sobre las huertas de ciruelos y mameyes que circundan las 
chozas. 

Hacía más de tres horas que caminábamos, cuando nos de- 
tuvimos en un rancho, en donde las soldaderas habían ya dis- 
puesto un desayuno de tortillas y chile para esperar á sus res- 
pectivos soldados. 

A riesgo de pasar ante mis lectores con la nota de glotón, 
no debo ocultar que piqué mi caballo para ir á ver qué me 
tocaba, lío hubo por de pronto quien quisiera venderme una 
ración; pero oí tortear y vi debajo de un árbol auna mujer in- 
clinada sobre el metate. Acerquéme; mas ¡cuál no seria mi 
desconsuelo cuando vi la batea de la masa rodeada de repti- 
les, anos verdes y otros negros, que al menor descuido de la 
molendera daban mordiscos en la pasta del maíz destinada 
para hacer tortillas! Aquellos animales eran horribles y as- 
querosos. 

— Arrímese, señor, me dijo la mujer, no le tenga tirria á 
estos animalitos: son iguanas^ y si me logra agarrar alguno, 
se lo coceré, y ya verá ¡qué gallina ni qué nada! 

Fijé horrorizado los ojos en mi interlocutora, y ¡oh Dios 
mío! era una vieja pinta. Veía yo caer de su rostro sobre el 
metate, á veces grandes gotas de sudor, á veces el tamoy ese 
polvo áspero que cubre las manchas de la juincMa.^ Debe ella 
haber observado en mi fisonomía la amarga impresión que 
mi estómago acababa de recibir, pues riendo de todas ganas 
me dijo: 

— ¡Adiós, señor, en qué poca agua se ahoga! Ya verá cómo 
muy pronto se le ha de acabar el asco y comerá iguanas y 
tortillas de quiricuenta. 

Esta maldición se cumplió al pie de la letra durante la cam- 
paña. 

¡Cuánto eché de menos á mi desconocida de la noche ante- 
rior! 

1 Nombre tarasco del mal del pinto. 



482 

Y como 8Í yo fuese un médium poderoso, parece que mi efi- 
cacia no sólo evocó el espíritu de aquella mujer, Bino tam- 
bién su cuerpo gentil. En aquel acto la vi sentada at pie de 
un árbol corpulento, cuyo tronco la habia ocultado á mi vis- 
ta, y de repente se incorporó y me ofreció un pedazo de car- 
ne y una gorda dorada. 

— Coma usted esto, jefecito, murmuró con aquel acento 
que me fascinaba; tome de esta carne que no es de iguana y 
de estas gordas que yo misma ecbé anoche y que acabo de 
recalentar. 

— Mil gracias! Dios se lo pague á usted, le dije. 

Entonces pude verla á toda mi satisfacción: veinte años, es- 
belta, con ojos de águila, de color moreno, boca pequeña, de 
labios abultados que hacían pensar involuntariamente en un 
beso; duras las formas y gracioso el andar, no obstante su es- 
tadOy del que se hallaba próxima á salir. 

Decididamente aquella mujer era interesante. 

Se despidió de mi, y poniéndose en camino, iba cantando 
con su voz hechicera la [siguiente canción que gustaba ma- 
cho á las soldaderas: 

Úrsula, ¿qué andas haciendo 
Por la calle real borracha? 
Si quieres tener dinero 
Vamonos con los de la hacha. 

Cuando me incorporé á la columna, mis compañeros me 
bromeaban por mi conquista; pero el coronel Alzati, tomando 
las cosas á lo serio, me dijo: 

— Cuídese usted, compadre; esa mujer es funesta. Ya van 
dos hombres muertos por su causa. 

— Pero si ni siquiera sé cómo se llama! 

— Siempre cuídese: esa mujer se llama Magdalena, y ya le 
contaré su historia. 

—Ahora mismo. 

— Ahora no, porque voy á ver qué se le ofrece al general 



488 

Aquel dia estuvo diluviando: la marcha se hizo más fatigo- 
sa, principalmente para los soldados de caballería que, ha- 
biendo echado pie á tierra, porque subíamos una cuesta, no 
sólo llevaban el peligro de resbalarse por sí solos, sino el de 
ser arrastrados por la caída de los caballos, ya fuese el propio 
que conducían de la brida, ya el de su companero que iba de- 
lante. 

A eso de las tres de la tarde abrió un poco el tiempo y se 
presentó á nuestra vista una soberbia montaña que cerraba 
el horizonte. Por de pronto y viendo las enhiestas cúspides 
destacadas de los bosques que delante de nosotros se exten- 
dían, me parecieron el panorama de una ciudad, cuya inmen- 
sa catedral escalaba los cielos con sus dos torres: otras pe- 
queñas cimas se me figuraron los campanarios de otros tan- 
tos templos. 

Supe luego que aquellos elevados montes tienen por nom- 
bre "Los picachos de Cucha," y el barón de Humboldt los 
llama en una de sus obras "Las torres de Cucha.'^ 

He dicho que la mayor parte del día estuvo diluviando, y 
bien lo echamos de ver cuando nos aproximamos al río del 
Atascadero, que es de ordinario un arroyo franqueable sin 
la menor dificultad. Al llegar á la orilla nos sorprendió el 
aparato tumultuoso de las olas que se empicaban las unas á 
las otras sin cesar. Corría el agua cenagosa cubierta de espu- 
ma sucia, y se veían pasar árboles descuajados de los cerros, 
que arrastraba la corriente como débiles aristas de paja. Un 
rumor sordo y amenazador completaba la escena. 

Después de haber estado detenidos allí, poco más de una 
hora, las olas comenzaron á borrarse, cesó el estruendo de 
las aguas, y por último los postreros rayos del sol dieron cier- 
to tinte risueño al paisaje. Sin embargo, yo por mí sé decir 
que aquella superficie tranquila, pero enturbiada del río, me 
produjo más pavor que cuando el torrente, poco antes, pre- 
sentaba con franqueza toda su terrible majestad. 

No sé quién dijo al general que en un rancho inmediato 
había una balsa recién hecha para que sirviera en el paso del 
río de San Pedro. Kiva Palacio dio orden de que la condu- 
jeran al lugar en que nos hallábamos, mandó que la botasen 



434 

al agna, y haciendo que lo acompañaran José María Alzatiy 
Jesús YerdazcOy se sentó en aquel inseguro esquife y se pro- 
puso ganar la orilla opuesta. Muy pronto los dos nadadores 
que impelian la balsa fueron arrebatados por la corriente y no 
pensaron más que en salvarse, lo que lograron á duras penas, 
retrocediendo al punto de partida. 

Ya sin dirección la balsaj á veces era arrastrada r^idar 
mente rio abajo, á veces giraba sobre si misma como ebria 
de espanto. Llegó un momento en que la perdimos de vista^ 
tras de un recodo cubierto de árboles. Entonces oi á mi lado 
una voz que clamaba: 

— Allá abajo hay un salto donde todos se van á ahogar. 

Quien esto decia era el explorador, el hombre de Magda- 
lena, muy práctico en el terreno. Todos corrimos por la pen- 
diente y llegamos ansiosos al recodo. No hubo uno de nos- 
otros que no escuchara con terror el ruido sordo y monótono 
de la cascada. Temíamos salir á campo abierto y no descu- 
brir la balsa en la extensión de la corriente. 

Avanzamos el general y sus dos compañeros estaban 

sanos y salvos en la opuesta orilla. Hé aqui lo que habia su- 
cedido: La balsa, llevada hasta un remanso por el mismo im- 
pulso de las aguas, se habia varado entre las raices de una 
ziranda, como aun metro distante de la tierra. El general ad- 
virtió á Alzati y á Verduzco que los tres debían brincar al 
mismo tiempo y sin pérdida de momento. 

Así lo hicieron, y sucedió, como era natural, que aquel im- 
pulso, desprendió el esquife, ligeramente encallado, y que la 
balsa, volviendo al centro de la corriente, siguiese el curso 
de ésta y á poco desapareciera hundiéndose en la cascada.^ 

Nuestras exclamaciones de alegría saludaron al general y 
á sus ayudantes. Luego regresamos nosotros al punto de par- 
tida. 

El río seguía bajando, y como sucede con aquellos torren- 
tes impetuosos, el descenso de las aguas es rápido y muy 
pronto desapareae el obstáculo que se opone al paso. 

1 El general Riva Palacio refiere este suceso en "Calvario y Tabor," como 
acaecido á uno de los personajes de la novela. La verdad es que él mismo faé 
el protagonista del episodio. 




Tomado de un boceto pintado por Manuel Ocaranza. 



486 

El primero que intentó el vado fué Ireneo, el explorador, 
qnien llevando su caballo de un lado á otro, halló por fin el 
sendero que buscaba y atravesó el rio con felicidad. Siguié- 
ronlo los jinetes del cuerpo "Lanceros de Jalisco" con su te- 
niente coronel Gorgonio Bustamante. Los infantes, atándose 
el vestido y la cartuchera en la cabeza, y llevando el fusil 
en el brazo levantado, pasaron también sin novedad, llegán- 
doles el agua á más de medio cuerpo. 

Tocó su turno á las mujeres. Por fortuna el agua seguía 
bajando y no tuvieron más que levantarse la ropa hasta la íist- 
ja de la cintura. Formaron una cadena con sus manos y, ca- 
pitaneadas por Magdalena, fueron más valientes que las judias 
cuando pasaron d pie enjuto el Mar Bojo. 

Seria largo referir los episodios de aquella marcha: los di- 
charachos quie salían de los labios de las soldaderas, y las no 
pulcras palabras que se escapaban de la boca de los soldados, 
testigos presenciales del cuadro. A veces alguna de aquéllas 
se resbalaba y desaparecía debajo de la corriente, pero se le- 
vantaba furiosa, más por las carcajadas que oía, que por el pe- 
ligro á que se había expuesto. 

Sólo Magdalena avanzaba impávida: su alta estatura, lo 
macizo de sus piernas y mucho de amor propio, la sostenían 
sin que una sola vez llegase á vacilar. Las demás la miraban 
con envidia, y no faltó una entre todas que exclamase: 

— ¡Como la exploradora lleva por delante una balsa! Así, 
qué gracia! Todas hallaron justo motivo para reir á costa de 
Magdalena. 

Ella ibaá contestar; pero en aquel momento se contrajeron 
sus facciones y lanzó un grito de desesperación. Apresuróiel 
paso para llegar á la orilla y se introdujo en una choza. Oí- 
mos sus lastimeros quejidos y en seguida el llanto de un ni- 
no 

— Por poco se ahoga la criatura, dijo una soldadera. 

— Pero Magdalena es tan afortunada, repuso otra, que ya 
no tiene ni necesidad de bautizarla. 



Cuando llegamos á Tuzantla, donde tuvimos un día de des- 
canso, rogué á Alzati que me refiriera la historia de Magda- 
lena la exploradora. 



486 

— "E8 muy sencilla, me dijo: con diferencia de algunos 
detalles, es la misma en substancia que la de todas las solda- 
deras. 

"Estas mujeres sirven á sus hombres con entera abnega- 
ción; para alimentarlos saquean los viveres de las casas; se 
desvelan para atenderlos en sus enfermedades; lee ayudan á 
cargar el fusil en las marchas; durante una acción de guerra 
no cesan de acarrear agua para dar de beber á su hombre y á 
sus compañeros; son soldadas^ cabos 6 sargentas^ según la je- 
rarquía de sus queridos; si alguna de ellas tiene un niño, todas 
lo cuidan, por más que á veces se aborrezcan entre si. Cuán- 
tas ocasiones se les utiliza para que repartan el parque á la 
hora del combate. "No temen las balas, y se las ha visto curar 
á su herido ó sacarlo en hombros durante lo recio de la pe- 
lea. Algunas son tan listas que sirven admirablemente de es- 
pías, cualquiera que sea el peligro que puedan correr; siendo 
tan reservadas, que inspiran toda confianza,* pues su lema es 
"primero mártires que confesoras." Son suspicaces y vigilan- 
tes, y muchas sorpresas se han evitado por los avisos oportu- 
nos que dan. 

"Ha de saber vd. que Magdalena es el nombre de guerra 
de esta muchacha. Prescindió del suyo por respeto á su fa- 
milia, honrada, aunque humilde. 

"Vivía ella en el pueblo de T ^ al lado de su madre, 

que era dueña de una fonda. Además del aseo en el servicio 
y de lo bien condimentado de la comida, el establecimiento 
era muy concurrido á causa de la belleza de Magdalena. Si 
el estómago quedaba satisfecho, no lo quedaba menos la vis- 
ta, porque, créalo vd., se la comía uno de ojos. 

"Con frecuencia pasaban las tropas por aquel lugar, y pue- 
do asegurarle que desde el jefe hasta el*último oficial le diri- 
gían sus tiros: jamás se ha visto una plaza mejor sitiada. 

— "¡Plaza sitiada, plaza tomada! 

— "Pues se equivoca vd. Esa plaza no se rindió jamás, ni 
siquiera cayeron sus muros ante las trompetas de Jericó. I^i 

1 Omito el nombre del pueblo, porque no quiero que en él se bagan inda- 
gaciones que puedan afectar á la familia de Magdalena, algunos de cujos 
miembros viven aún. 



487 

el dinero de loa generales, ni las tiernas miradas de los su- 
balternos, fueron bastantes para abrir brecha. ¡Vaya! ni el 
cura ni el vicario, que son las trompetas á que hice alusión, 
pudieron nunca conseguir que flaqueara la fortaleza. 

— "¿Entonces? 

— Entonces sucedió lo que sucede en estos malditos tiem- 
pos de guerra. La culpa la tienen los que se oponen á que el 
pueblo satisfaga su necesidad y sus instintos de libertad. Si 
no nos quisieran meter á fuerza la monarquía y el predomi- 
nio clerical, no tendríamos revoluciones, ni tantos horrores 
que son su consecuencia. Eso es no conocer al pueblo. Se ha- 
cen la ilusión de que lo tienen fanatizado, y cuando menos 
acuerdan respinga y les tira de coces como una bestia brava. 

"Todo tiene su razón de ser. Junto á los hombres de bien 
que se lanzan á la lucha para sostener ^us opiniones, están los 
bandidos que vienen entre nosotros á dar curso á sus pasio- 
nes criminales. Esto es inevitable, porque no nos habíamos 
de ocupar en hacer el papel de policía, y porque á veces nos 
prestan servicios ijnportantes, fuera de que de todos modos ga- 
namos con ellos, pues si los matan, bandidos menos, y si sa- 
len victoriosos, el triunfo es nuestro. 

"Una noche No había tropas ni del imperio ni nues- 
tras en el pueblo de T Era tal la obscuridad, que las ca- 
lles parecían boca de lobo; no había una sola puerta abierta 
en alguna casa. Miento; en la fonda estaba una ventana en- 
tornada y se percibía un bulto á la luz de una vela encendida 
en el interior. Por fuera, en la calle, un hombre á caballo di- 
rigía tiernas palabras á la persona que se hallaba en la ven- 
tana. 

"Aquel hombre se llamaba Miguel Era un joven ar- 
tesano del mismo pueblo; se había alistado en una de nuestras 
guerrillas, y por su valor había ascendido á oficial; de cuan- 
do en cuando, acompañado de sus soldados, llegaba á T 

sin otro objeto que el de ver á Magdalena. Era un guapo mo- 
zo: usaba sombrero ancho jarano, corbata tricolor, chaqueta 
de cuero y chaparreras negras; en el cinto, el revólver; el sa- 
ble, terciado en las aciones de la silla; en la cuja la lanza, y 
el mosquete en el carcax: todo un chinaco. 



488 

"Y sigo la historia: los dos enamorados se estaban dicien- 
do muchas ternezas, cuando de repente se oyó un tropel de 
caballos. Magdalena lanzó un grito de angustia. 

— "¡Ay! vete, corre! No vayan á ser los traidores! 

— "No tengas miedo; cierra tu ventana, ya me voy. 

"Magdalena se encerró en su casa, y Miguel, en vez de huir, 
sacó y preparó su mosquete. Avanzó hacia donde se oía el 
tropel. 

— "¿Quién vive? gritó. 

— "¡Libertad! contestaron varias voces de entre el grupo de 
jinetes. 

—"¡Alto ahí! 

"Los jinetes se detuvieron. 

—"¿Qué gente? 

— "Simón Gutiérrez, contestaron los de la tropa. 

"Al oir aquel nombre, Miguel se quedó frío. Aquella par- 
tida era la de los terribles bandidos de Jalisco, que después 
de la muerte de su jefe Antonio Rojas había pasado á Mi- 
choacán. La partida vino capitaneada por«aqueI hombre de 
aspecto humilde y alma feroz, que se llamaba Simón Gutié- 
rrez.^ Para ellos el robo era un juguete, el estupro un pasa- 
tiempo, el incendio un placer y el asesinato una diversión. 
Cuando se unían á un jefe de orden, los contenía el respeto á 
la tropa de éste, pero cuando andaban de bola suelta^ eran una 
horda de foragidos. ¡Desgraciado el pueblo en que querían 
hacer de las suyas! 

"Por eso Miguel se estremeció. Avanzó, sin embargo, á 
darse á reconocer con el coronely y en seguida, incorporado 
con la guerrilla, todos penetraron hasta la plaza del pueblo. 

"Simón Gutiérrez dio orden de que fueran á despertar al 
presidente municipal para que proporcionase miniestraj^ fo- 
rraje y alojamientos. 

"Supongo que la ronda advirtió la llegada de la gavilla, y 
lo puso en conocimiento de aquella autoridad y de los señores 
de las tiendas; el caso es que el ayudante volvió á decir al co- 
ronel que el presidente se había escondido. 

1' La Simona le decían los franceses, y este nombre se generalizó después. 
2 La menestra. 



439 

— Entonces ) toquen en esa tienda y arréglense con el 
daeno. 

"Pero por más golpes que se dieron nadie contestó. En 
tales circunstancias, los vecinos prefieren que les echen aba- 
jo las puertas á no abrirlas ellos. Es tal el pánico, que cada 
uno sólo piensa en ocultarse. Eeina el egoísmo. ¡Cuántas ve- 
ces he visto que cesa toda animación en los pueblos! Las fa- 
milias se encierran en el interior de las casas! Queda parali- 
zado el comercio, desiertos los talleres y abandonadas las la- 
bores del campo! Tan completo es el silencio, que puede 
escucharse el vuelo de una mosca. Usted sabe que no hay 
exageración en este relato. 

"Puesto que no quieren abrir, ellos tienen la culpa, excla- 
mó Simón Gutiérrez. Muchachos, manos libres! 

"Se oyó un alarido de salvaje alegría. La turba de bandi- 
dos rompió filas, y divididos en grupos, se lanzaron sobre la 
tienda y las casas. Se oian los golpes de las hachas rompien- 
do las puertas, las blasfemias de los asaltantes, los ay es' supli- 
catorios de las victimas, los gritos de las mujeres que defen- 
dían su honra, los disparos de los mosquetes y el lejano galope 
de algún caballo que huía espantado. Para completar el cua- 
dro, se veían surgir del techo de alguna casa las siniestras 
llamas del incendio! 

"Uno de aquellos grupos se dirigió á la fonda. Junto á la 
puerta estaba Miguel, mosquete en mano. 

— "Aquí nadie entra, porque esta es mi casa. 

— "¿Y qué nos importa? 

— "Es que yo también soy chinaco. 

— "Vaya vd. á ! Vd. será ! Hágase á un lado! 

"Miguel comprendió que estaban por demás las palabras; 
disparó el mosquete y dejó muerto á uno de los bandidos; pe- 
ro aún no se extinguía el fogonazo de su arma, cuando cayó 
del caballo acribillado á balazos. Pasando sobre su cadáver, 
hicieron astillas la puerta de la fonda; y mientras algunos se 
ocupaban en saquear, el que hacia de jefe del grupo, hombre 
de mirada torva y con una cicatriz que le dividía diagonal- 
mente la cara, se apoderó de Magdalena arrancándola de los 
brazos de la madre, la colocó sobre el mismo caballo de Mi- 



440 

guel y fué á ocultarse con ella en una de las casas que ja ha- 
biau saqueado los bandidos. Aquel hombre era de una mu8« 
culación de hierro; Magdalena se doblegó á la fuerza y sólo 
exhaló un grito de rabia que, al lado de Miguel, habría sido 
de inmensa felicidad. 

^^Al dia siguiente, la gavilla abandonó el pueblo: la muía 
del equipaje de Simón Gutiérrez iba cargada de dinero; los 
soldados llevaban sendas maletas á la grupa, y entre filas ca- 
minaban descalzas, llorosas, con los vestidos ensangrentados, 
muchas mujeres del lugar. En su seguimiento iban las ma- 
dres, los esposos, los hijos, suplicando, con las lágrimas en 
los ojos, que les volviesen aquellas prendas de su amor. Al- 
gunos lo consiguieron por medio del rescate; otros, golpeados 
por la soldadesca, regresaron huérfanos ó solitarios á sus ca- 
sas vacias. 

^^ Arrogante en el caballo de Miguel iba Magdalena. Des- 
pués de haber sucumbido á la fuerza, hizo, como dicen, de 
tripas 'corazón, y resignada á su suerte, perdida toda esperan- 
za de un porvenir digno, ya sólo trató de sacar partido de su 
desgraciada situación. ¡Acaso en su alma se haya abrigado 
el deseo de la venganza! Sea de ello lo que fuere, Magdale- 
na sonreía de cuando en cuando á su oficial^ y éste, envaneci- 
do de BU conquista^ la montó en el mejor caballo, la mostró 
con orgullo á sus companeros y la proclamó su mujer. 

^'En estos tiempos de bola^ la gracia está en que las tropas 
que hacen la revolución no se estacionen en ninguna parte. 
La rapidez en los movimientos es el único medio de contra- 
rrestar la superioridad numérica y la disciplina del enemigo. 
Y si esto se dice de las tropas de línea, ¿cuánta mayor movi- 
lidad necesitan las guerrillas, y sobre todo esas bandas como 
la de Simón Gutiérrez? Cuan presto merodeaban en el Sur 
de Jalisco se les veía aparecer en el Poniente de Guanajuato 
ó en el corazón de Michoacán. Por esto, no obstante las cin- 
cuenta leguas que hay desde el pueblo de T hasta Pa- 

ruándiro, al segundo dia de los sucesos referidos entraba la 
gavilla en esta última ciudad. 

"Se encontraron en Puruándiro con una de las temibles 
partidas de "Los Potreros," que no iban en zaga á Simón 



441 

Gutiérrez, pero que en aquel lugar tenían numerosoa amigos, 
motivo por el cual respetaban la población. Los recién llega- 
dos, no pudiendo hacer de las suyas por temor á las guerri- 
llas del terreno, se limitaron á reñir unos con otros, A. em- 
briagarse y á pasear por las calles, raspando los caballos. 

"lío sé cómo uno de los oficiales de Casimiro Ak)nso, que 
era el jefe de la gavilla de Los Potreros, acertó á ver á Mag- 
dalena. Fijarse en ella y desearla, fué todo uno, y ya había 
desenvainado el sable para arreársela á cintarazos, cuando lle- 
gó el poseedor de mejor derecho. 

— "Oiga, amigo, le dijo al potrereñOj ¿pues qué se le ofrece? 

— ^^*Lo que ve, me llevo á la niña, ¿Le parece mal? 

— "Pues no se la lleva así no más; la jugaremos. ¿Qué va, 
pares ó nones? 

— "Voy pares. 

"Los dos habían sacado sus pistolas giratorias. 

"Más listo el de los Potreros, disparó priinero, pero erró 
el tiro. El de Jalisco hizo fuego á su vez y le voló el sombre- 
ro á su adversario. No tuvo tiempo para más; el segundo dis- 
paro del poírereño despeda2só el cráneo de su rival, y el cadá- 
ver se desplomó en un charco de sangre. Magdalena se reía 
de aquel juego, y sin oponer el menor obstáculo siguió al que 
había ganado á los pares. 

"Andando los días, el oficial de Casimiro Alonso vio en 
poder de Ireneo el explorador un caballo árabe que éste ha- 
bía logrado cortar de una columna de franceses; le gustó el 
penco, y más á fuerza que de ganas, Irerieo tuvo que cambiar- 
lo por Magdalena. 

"Desde entonces Magdalena ha sido constante, si no fiel, 
con el valiente explorador, y queda justificado que por su cau- 
sa han muerto dos hombres, y por ende le digo á vd. que es 
una mujer funesta. 

"Por lo demás, ha prestado muy buenos servicios, pues que 
en sus frecuentes viajes por orden del general, á Pátzcuaro y 
á Morelia, se ha relacionado con los oficiales del imperio y 
nos ha traído noticias importantes." 



^■k. 



442 

Esta fué la historia que me reñrió Alzati. 

Al día siguiente, en camino para Zitácuaro, ya iba Mag- 
dalena entre las demás soldaderas, como si no le hubiera pa- 
sado nada, sin más señales del lance de la antevíspera que 
llevar en los brazos á su recién nacido. Esas mujeres son así, 
tienen una naturaleza de hierro. 

Por más de seis meses vi á Magdalena siempre al lado de 
su explorador, alegre, decidora con sus compañeras. Me gus- 
taba oiría durante las marchas, entonando aquellas dulces y 
picarescas canciones populares que no todas deben transmi- 
tirse al papel. 

Después se me olvidó; porque no volvió á presentarse á mis 
ojos. 

Pasados los día? de la guerra, una vez hacíamos memoria 
de aquellos tiempos. Se habló de la catástrofe de Tengüecho 
y alguien preguntó: 

— ¿Recuerdan ustedes á Magdalena, la exploradora? 

—¿Qué fué de ella? 

— ^Hacía muchos días que Ireneo no abandonaba el servi- 
cio, 7 como atravesábamos por país enemigo, era necesario 
mucha vigilancia. Nos perseguían dos columnas de franceses. 
Al llegar cerca de Patamban creímos haberles hecho perder 
la pista y adquirimos cierta confianza, pues que además, es- 
tábamos en nuestros terrenos. Sin embargo, el general dio 
orden á los exploradores de situarse convenientemente. Esa 
noche Magdalena fué á llevar la cena á Ireneo, colocado en 
su puesto. Ustedes saben que la sorpresa que nos dio el Ba- 
rón Aimard fué espantosa. 

Al día siguiente algunas soldaderas recorrían el campo, tra- 
tando de inquirir si habían muerto sus hombres. Allí encon- 
traron los cadáveres de Iretieo y de Magdalena; la cena esta- 
ba intacta: el iengüechazo no les había dado tiempo de probar 
bocado. 

— ¡Pobre Magdalena! 

— Sí, le tocó la suerte que á tantas otras de las soldaderas: 
morir al lado de su hombre; mártires ignoradas, pero su- 
blimes! 

— ¿Y el niño? 



448 



— Lo recogieron las mujeres y todavía lo vi en el sitio de 
Querétaro. Si ese ser desgraciado vive aún, acaso sepa el nom- 
bre de la que fué su madre: jamás, empero, sabrá el del autor 
de sus dias, indescifrable para la misma Magdalena. 



Reanudando ya mi narración, diré que desde Tuzantla en- 
vió orden el general Kiva Palacio á León Ugalde para que 
inmediatamente se le incorporase; pero este jefe contestó des- 
de Laureles con fecha 1? de Agosto: 

"Por el Prefecto de Zitácuaro D. Darío Arzati be sabido 
la llegada de vd. á Tuzantla, asi como también los deseos de 
vd. de una entrevista conmigo. Siento mucho que el enemi- 
go se halle tan cerca, según noticia del mismo Sr. Arzati, 
por privarme del gusto de ir á encontrar á vd., como era mi 
intención, si no me lo impidiera el interés de evitar un des- 
calabro á la división que es hoy á mis órdenes." 

No bien había enviado Ugalde la carta anterior, cuando 
salió de Laureles retirándose rápidamente por el Norte: de 
suerte que el general Riva Palacio no pudo alcanzarlo en el 
camino de Zitácuaro. 

Pocos dias permanecimos en esta ciudad, pues la principal 
atención se hallaba en Tacámbaro, en donde los jefes subal- 
ternos necesitaban de la presencia del general para el logro de 
la reorganización del ejército. En Zitácuaro se dictaron, sin 
embargo, las disposiciones que se creyeron necesarias para 
dar cohesión á aquellas fuerzas, repitiéndose la orden de que 
quedaban al mando del general D. Esteban León, con instruc- 
ciones á éste de reducir á la disciplina al guerrillero León 
Ugalde, entretanto el general Arteaga hacía el nombramien- 
to de jefe para la 2^ división. 

D. Zeferino Gómez Gallardo quedó encargado por el ge- 
neral Riva Palacio de los asuntos económicos del primer dis- 
trito del .Estado de México y de las fuerzas pertenecientes á 
esta demarcación que existían en Zitácuaro, en donde tam- 
bién residía aquel jefe. 

Un día del mes de Julio se le presentaron un español lla- 
mado Pío Monge y un mexicano de quién sólo recuerdo el 
apodo "El Mariscal," diciéndole que se habían salido de la 

líiohoacan.— 80 



« 444 

r 

ciudad de México para ir á prestar bus servicios á la causa li- 
beral. Gómez GallaifAo les ofreció colocarlos en las fuerzas 
cuando se presentara la ocasión, y entretanto andaban en ellas 
como plazas supuestas. Procuraban servir en cuanto se ofre- 
cía, se manifestaban diligentes, y en alguna acción de armas 
se batieron con valor, motivo por el cual se les permitió agre- 
garse, aunque sin empleo determinado, al cuerpo de caballe- 
ría que mandaba Acevedo. Un dia envió éste su caballada al 
baño, para lo que la tropa tuvo que ensillar, pues el punto á 
propósito del río quedaba algo distante. 

Muy quitado de la pena estaba Acevedo en la plaza de Z¡- 
tácuaro, cuando un vecino de Trojes se acercó á saludarlo y 
le preguntó por qué no iba al frente de su tropa. 

— ¿Cómo mi tropa? 

—Sí; va por el camino de Trojes, y me llamó la atención 
no ver con ella más que dos oñciales desconocidos. 

Un rayo que hubiera caído cerca de Acevedo no le hubie- 
ra hecho la impresión que aquella noticia. En el acto ocurrió 
á dar parte á Gómez Gallardo. En unos cuantos minutos en- 
silló la fuerza de Granda, y éste, con sus soldados que no lle- 
gaban á cuarenta, y Acevedo con sus oficiales, partieron á ga- 
lope tendido en persecución de los doscientos hombres, poco 
menos, que formaban el cuerpo. 

Lo alcanzaron llegando á Trojes, y cuando Monge y el Ma- 
riscal vieron acercarse á Acevedo, huyeron á matacaballo. 
Pocas palabras cambiadas con un sargento revelaron á Ace- 
vedo y Granda lo acontecido; por lo que sin perder un ins- 
tante corrieron tras de los fugitivos, logrando alcanzarlos en 
la orilla de Trojes: Granda atacó á Monge, quien murió sin 
defenderse; y Acevedo al "Mariscal," que hizo una obstina- 
da resistencia hasta el último momento de su vida. Ya se 
habrá comprendido que aquellos dos aventureros fingieron 
una orden de Acevedo, y que con este engaño se llevabíin 1» 
tropa para entregarla al enemigo. Todo esto upareció en las 
diligencias practicadas por el comandante en jefe D. Zeferi- 
no Gómez Gallardo, como resultó también probada la com- 
plicidad de un tal Marcos Covian, que fué fusilado en Zitá- 
cuaro. 



445 

Hacia mediados de Agosto esta ciudad volvió á ser inva- 
dida por la contraguerrilla de Clary, ala que acompañaba el 
activo contraguerrillero mexicano Pascual Muñoz. La fuerza 
del jefe francés se componia de los doscientos zuavos monta- 
dos en muías y de un escuadrón de argelinos, y la de Muñoz 
de cerca de cien jinetes. Esta columna asaltó en la hacienda de 
Tiripitio, de la municipalidad de Tuzantla, á las partidas re- 
publicanas mandadas por el coronel Carlos Castillo, el tenien- 
te coronel Agustín Granday el capitán Bonifacio Pardo. Su- 
cedió que, sabedor Clary de que los chinacos se hallaban en 
la referida hacienda, se dirigió rápidamente sobre ella, y an- 
tes de llegar destacó sobre los republicanos la contraguerrilla 
de Muñoz; los zuavos fueron á cubrir el camino de Tuzantla, 
ocultándose tras un monte inmediato. Muñoz atacó con brío 
á los chinacos que de la misma manera se defendieron, logran- 
do rechazar á su contrario; pero en aquel momento aparecie- 
ron los zuavos, y como habían echado pie á tierra, viniendo 
detrás de ellos las muías y el escuadrón de argelinos, parecían 
una tropa de más de quinientos hombres. Esto desconcertó 
á Castillo y sus compañeros, que huyeron á la desbandada. 
Asi lo dijo con toda verdad el jefe francés en su parte oficial 
respectivo, omitiendo tan sólo que antes de tres días se ha- 
bían ya reunido los dispersos. 

A mediados de Agosto apareció también en Zitácuaro la 
columna del coronel D. Ramón Méndez, y elidía 14 tuvo un 
encuentro en el llano de San Miguelito con la fuerza de ca- 
ballería de León XJgalde, que ascendía á trescientos hombres. 
Estos fueron derrotados con grandes pérdidas, sobre todo en 
el alcance que les hizo Méndez persiguiéndolos hasta la Es- 
condida. La mayor parte de los dispersos, hallando la oca- 
sión de separarse de XJgalde, fueron á reunirse á Castillo, 
Qranda y los otros jefes de Zitácuaro. Ugalde, con los restos, 
fué á incorporarse á la infantería, que no había entrado en 
acción. 

tJgalde tomó la revancha el día 28 del mismo mes de Agos- 
to, atacando en San Felipe del Obraje un destacamento de 
Méndez, en número de doscientos hombres, de los que hizo 
cien prisioneros. Y después, convencido de que su permanen- 



446 

eia en Zitácuaro le ofrecía machas dificultadee, salió del Es- 
tado, dirigiéndose rumbo al Mesquital, con cuatrocientos in- 
fantes y cien caballos, restos de la segunda división que fuerte 
en más de mil hombres, había estado á las órdenes del malo- 
grado general Pueblita. 

Otro encuentro se había verificado en Patamban, munici- 
palidad de Zamora, entre el guerrillero republicano Cárde- 
nas y el capitán imperialista D. Rafael Alcázar. Declarada la 
victoria por este último, el jefe de la guerrilla fué persegui- 
do por espacio de tres leguas, quitándole los vencedores cin- 
cuenta caballos, varias lanzas, algunos fusiles y muchas pie- 
zas de ropa. El número de muertos fué, afortunadamente, 
corto. 



Si el anciano caudillo D. Juan Alvarez no podía prestar 
ningún apoyo material á los republicanos que hacían la gue- 
rra en Michoacán, no por esto le era indiferente lo que en 
ese Estado pasaba; y el interés con que veía la marcha de los 
sucesos se demuestra en la correspondencia que mantenía con 
los jefes principales del Ejército del Centro. Habiendo llega- 
do á su noticia la enemistad cada día más acerba entre Ar- 
teaga y Salazar, no se limitó á escribir directamente á estos 
generales, sino que con fecha 16 de Agosto envió una carta 
confidencial á Riva Palacio, en la cual le aconsejaba que pu- 
siera todos los medios que estuviesen á su alcance para pro- 
curar la reconciliación de aquellos buenos patriotas. Riva Pa- 
lacio, que ya había estado trabajando en ese sentido sin éxito 
alguno, tomó nuevo empeño, y para conseguir su objeto se 
valió de un ardid aventurado que pudo haber sido contrapro- 
ducente y de fatales consecuencias. 

Lo difícil para conseguir la reconciliación era procurar una 
entrevista entre Arteaga y Salazar, pues cuando se hablaba á 
cada uno de ellos, manifestaba que por su parte no existia 
odio ni rencor alguno; pero por nada se lograba reunir á los 
dos, porque ambos huían del encuentro. 

En estas circunstancias, hallándose todos en Tacámbaro en 
los primeros días de Septiembre, Riva Palacio habló prime- 
ro con Arteaga y luego con Salazar, conviniendo con cada 



i 



447 

ano de ellos en que el otro le habia cometido graves ultra- 
jes, y agregaba que precisamente en aquel día el aludido 
había hecho cargos terribles á su adversario. El resultado 
natural fué la exaltación más violenta en cada uno de los 
dos, hasta el grado de salir ambos á buscarse, encontrándose 
bien pronto en la plaza de la ciudad. Riva Palacio, que des- 
de la casa de D. Antonio Gutiérrez no los perdía de vista, 
tan luego como observó que estaban á punto de reunirse, co- 
rrió hacia ellos y les dijo: 

— He conseguido mi objeto: cuanto he dicho á cada uno de 
ustedes no tenia más mira que obtener por este medio la en- 
trevista que ustedes han rehusado siemf)re que he procurado 
su reconciliación. Todo ha sido, pues, invención mía, y á us- 
tedes no les toca ahora más que darse un abrazo y ¡viva la 
patria! 

— ¡Vicente! exclamaron los dos; pero obedeciendo instinti- 
vamente á la sugestión, se echaron los brazos y repitieron: 
¡Por la Patria! ¡Amigos hasta la muerte! 

Si hubiera uno de creer en la personificación de ciertas en- 
tidades morales, se podría decir que en aquel acto la Patria 
y la Muerte habían recogido las palabras de los héroes. 



El escritor Jesús Rubio, que, como tengo dicho en algún 
lugar de esta historia, formaba parte de la Secretaria de Go- 
bierno, y por ]a amistad especial que le profesaba Arteaga 
tenia la confiaaza de este jefe, cuenta que por aquellos mis- 
mos días corría muy válida la especie de que Méndez, el cé- 
lebre coronel imperialista, había hecho gestiones para pasarse 
á las filas republicanas. Tal rumor no carecía de fundamen- 
to, pues ya he dicho que, después de la acción de Cerro Hue- 
co, surgió entre Van der Smissen y aquel jefe una de esas 
enemistades profundas é irreconciliables que el orgullo y la 
vanidad despiertan en los hombres. Méndez había reclama- 
do en términos de energía su derecho á no estar subalternado 
á un oficial de menor graduación que la suya. 

A estas justas reclamaciones contestó por de pronto Maxi- 
miliano, nombrando al jefe belga comandante militar de Mi- 
<íhoacán, es decir, dándole un título más para que obrara co- 



\ 



448 

mo superior, no sólo de aquel jefe, sino aun de otros de grado 
más alto. 

Hé aquí cómo consigna Rubio estos rumores respecto de 
Méndez: 

"Hallándose en Pátzcuaro (Méndez) provocó, con gran sor- 
presa para el general Arteaga, arreglos reservados de alta 
trascendencia, pretendiendo ponerse al servicio de la Repú- 
blica. 

"Las condiciones que para abandonar el imperio sentaba 
Méndez eran estas: que se le daría el ascenso inmediato á ge- 
neral de brigada, y se le conservaría, invariablemente, en el 
mando de las tropas con que ingresara al ejército nacional. 

"En las difíciles circunstancias por que los independientes 
atravesaban, después de haber perdido la mayor parte de sus 
elementos en la jornada de 16 de Julio, y cuando no podían 
esperar ningún auxilio extraño, era de creerse que la propo- 
sición los sedujese sin dar tiempo á reticencias ni á regateos. 
Sin embargo, la desgracia había traído consigo una pruden- 
te desconfianza: bien pudiera ser que los redes de, Miramar 
quisiesen envolver á las tropas de la República para sacríñ- 
carlas indefensas. Méndez lo dejaba entender muy claramen- 
te, al imponer por condición que sus tropas no mantendrían 
otra autoridad que la suya. 

"Discutíase el punto indiííado, cuando el cabecilla Méndez, 
queriendo sin duda explanar verbal mente sus proposiciones 
para que se le admitiese en las filas de la República, invitaba 
al general D. Nicolás de Regules para una conferencia priva- 
da en cercanías de Pátzcuaro. Dado por este jefe conocimien- 
to de tal llamado al Cuartel General, Arteaga se inclinaba á 
que acudiera á la cita, que no podía traer ningún compromi- 
so; pero Regules se excusó rehusando semejante conferencia, 
y allí quedó todo." 

Ilabía, pues, algo de consistencia en estos rumores si es que 
fueron esparcidos por los mismos imperialistas, á fin de ame- 
nazar con ellos á Maximiliano para que removiese de su pues- 
to á Van der Smissen y se colocara en él á Méndez, sin ému- 
lo alguno. En tal caso, la intriga produjo todo su objeto, y 
por principio de ella fué admitida la renuncia del general P> 



449 

Lnis Tapia, no muy bien quisto entre sus compañeros, que 
no le concedían valor ni pericia. En seguida Méndez fué nom- 
brado comandante militar del departamento y jefe único de 
la brigada. Van der Smissen quedó simplemente de coman- 
dante del distrito de Morelia. 

Esto cambiaba por completo la situación entre el jefe bel- 
ga y el coronel mexicano^ quedando ahora aquél subalternado 
á éste. Van der Smissen no se sometió á este cambio inusi- 
tado en las prácticas del imperio, pues hemos visto que alli 
los mexicanos eran pospuestos á los extranjeros: se negó á obe- 
decer las órdenes de Méndez, devolviéndole, sin abrirlas, to- 
das las comunicaciones que le dirigía. Méndez se quejó de 
esta conducta al mariscal Bazaineyal Ministro de la Guerra, 
que opinaron por retirar de Michoacán al teniente coronel 
belga, á quien consideraron digno de castigo; pero en vez de 
obrar asi, contestó Maximiliano con estas palabras: "Me pa- 
rece muy buena la idea de que Van der Smissen venga á Mé- 
xico; cuando venga veremos si puede ó no puede quedarse 
en el país.'' Llamado á la capital, la mayor parte de los ofi- 
ciales de su cuerpo renunciaron; pero todo quedó arreglado 
merced á la parcialidad con que la archiduquesa Carlota veía 
á BHs compatriotas belgas." 

Desde fines de Agosto quedó, pues, Méndez de comandan- 
te general de Michoacán, teniendo á sus órdenes su columna, 
compuesta de más de dos mil hombres, y las guarniciones que 
había en distintos puntos del Estado: por todo más de cinco 
mil soldados. Era una situación bonancible para el imperio, 
como lo afirma el mismo historiador monarquista Zamacois, 
atribuyéndola "á que las guerrillas habían disminuido y los 
jefes de ellas carecían de elementos para poder entrar en com- 
bate contra tropas disciplinadas," y agrega: "Los que soste- 
nían la lucha, como Riva Palacio, Regules, Arteaga, Puebli- 
ta^ y otros, careciendo de ese consolador recurso de los auxilios 
en armas y otros que podían proporcionar los norte-america- 
nos,^ y acosados por todas partes de contrarios, tenían su tro- 

1 Se olvida Zamacoie de que él mismo refirió la muerte de Fueblita, ocurri- 
da treB meses antes de eeta fecha. 

2 Los americanos jamás proporcionaron arpaas ni auzilios de ninguna otra 
clase á loe patriotas de Michoacán. 



450 

pa casi en la desnudez, estropeado el armamento y siempre 
escaseando las municiones." Todas estas consideraciones, y 
especialmente el nombramiento de Méndez, tenían llenos de 
júbilo á los partidarios de la monarquía en Morelia, creyen- 
do que había llegado la Lora. del triunfo de sus ideas y la del 
escarmiento de los chinacos. No faltarían pronto sucesos que 
los confirmaran en esta creencia. 

Por su parte los liberales, para quienes la guerra era un 
deber, y los reveses contingencias naturales de toda campa- 
ña, jamás perdieron la fe en la victoria completa de la Repú- 
blica, y lejos de esquivar el combate, apenas se rehacían de 
una derrota, cuando eran los primeros en ir á buscar al ene- 
migo, unas veces venciéndolo, otras saliendo derrotados; pe- 
ro peleando siempre. Sólo al escritor francés Alberto Hans 
pudo ocurrírsele, en odio y despecho contra los republicanos, 
decir "que la táctica de Regules y de los demás jefes libera- 
les era evitar á toda costa el combate, huir días enteros y 
existir así mientras partían los franceses para quedar enton- 
ces enfrente de los imperialistas y exterminarlos en una lucha 
sin cuartel." Regules era la pesadilla de Méndez, y por tan- 
to, el panegirista de éste pone en primer lugar á aquel jefe, 
cuando se ha visto que él no tenía el mando superior. Reve- 
la, sin embargo, un criterio sano el Sr. Hans cuando, al pre- 
decir la ida de los franceses, creyó lógico asegurar la derrota 
de los imperiales y la caída de su efímero gobierno. Aunque 
Hans haya hecho la campaña en Michoacán, quien lea con 
detenimiento su libro, comprenderá que no conoció el terri- 
torio del Estado ni á los patriotas que allí hacían la guerra 
en aquella época, ni el espíritu de los pueblos que los prote- 
gían con su apoyo moral; lo que sí hizo justamente el histo- 
riador Niox. 

No están fuera de lugar estas observaciones, cuando voy á 
ocuparme del renacimiento del ejército del centro, que hemos 
visto extinguirse en Cerro Hueco. 

El general Arteaga, durante su permanencia en Huetamo, 
había presidido á la fabricación de parque, vestuario y equipo 
de la tropa; Riva Palacio dictaba providencias para que vol- 
viesen á formarse los batallones y cuerpos de caballería; pro- 






461 

vejendo de recurBOs pecuDiarioeálas respectivas pagaduríac, 
y de fusiles, bayonetas, mosquetes y lanzas para su armamen- 
to, adquiriendo todo esto con tanta inteligencia, como con 
una energía y una actividad sin ejemplo. Situaba á cada jefe 
subalterno en el punto en que por sus relaciones ó por moti- 
vos de otro género era seguro que tendría mayores facilida- 
des para reclutar gente. Por su parte, los jefes subalternos 
secundaban admirablemente la iniciativa y dirección del ge- 
neral Riva Palacio, sin que entre ellos se despertara la envi- 
dia, sino más bien una patriótica emulación: en la caballería 
debo mencionar al coronel Trinidad Villagómez, al coronel 
Qorgonio Bustamante, al coronel Eguiluz, al de igual clase 
Ignacio Zepeda; á los tenientes coroneles Espiridión Trejo y 
ííorberto Salgado; y en la infantería, á Villada, Gaona, Cá- 
ceres,^ Méndez, Olivares, Pablo Jiménez y Espinosa D. Fran- 
cisco, á quien poco antes había proporcionado recursos en 
México el Lie. D. Manuel Romero Rubio para que fuese á 
hacer la campana en Michoacán, recomendándolo con el ge- 
neral Riva Palacio. 

A dar cohesión técnica á estas fuerzas concurrió el gene- 
ral Salazar, nombrado Cuartel maestre del Ejército del Cen- 
tro. En el personal de éste sólo faltaba en aquellos días el 
general Regules, que se hallaba en Tacámbaro enfermo aún 
de intermitentes, que lo imposibilitaban para el servicio. 

Ahora voy á hacer recuerdo de los dignos oficiales que for- 
maban el Estado Mayor de aquellos jefes. Con el general 
Arteaga servían, como jefe de Estado Mayor el coronel José 
María Pérez Milicua, y como ayudantes el teniente coronel 
Manuel García de León, los comandantes Francisco M. Or- 
tega y Antonio Beltrán, capitanes Manuel Herrasti, Manuel 
y Felipe García Aguirre, Miguel y Luis Aponte. Con Sala- 
zar el comandante Jesús Ocampo y los subalternos Segura^ 
Pichardo y Zerecero; y con Riva Palacio el coronel José Ma- 
ría Alzati, los comandantes Bonifacio Topete y Jesús Ver- 

1 Aunque los redactores de *'La Municipalidad" afirman que eate jefe se 
separó del ejército y marchó al Norte de la Kepüblica, después del 11 de Abril, 
encuentro en la correspondencia del general Riva Palacio datos seguros para 
afirmar que todavía en Agosto y Septiembre se hallaba en Tacámbaro y tra- 
bajaba en reconstruir su batallón. 



^1 



% 452 

duzco y los capitanes Jorge Wood, Jesús Marmol ej o y Luis 
Anselmo Salazar. Todos y cada uno de estos distingaidos 
patriotas merecen una especial mención: me limitaré, sin em- 
bargo, á hacerla tan sólo respecto de los que formaban el Es- 
tado Mayor del general Riva Palacio, por haber sido á los 
que traté más familiarmente y durante mayor tiempo. 

El coronel Alzati aparecía como jefe* de esa pequeña cor- 
poración, pero su puesto era en realidad nominal ú honora- 
rio, pues que, careciendo de conocimientos militares, el ge- 
neral lo ocupaba siempre en otras comisiones, por lo que 
frecuentemente se ausentaba de nosotros. Alzati era uno de 
los vecinos principales de Zitácuaro, honrado á carta cabal, 
trabajador, inteligente, bien relacionado y de un carácter in- 
sinuante, comunicativo, alegre. Tenia en arrendamiento la 
pequeña pero bonita hacienda de caña La Florida, en la mu- 
nicipalidad de Jungapeo, distrito de Zitácuaro. En los traba- 
jos de esa ñnca lo halló la guerra de intervención; soltó la ía- 
recua^ y empuñó en el acto la espada para defender con valor 
la independencia nacional, siguiéndolo en esta patriótica ta- 
rea sus hermanos Darío y Marcos. 

El jefe efectivo del Estado Mayor de Eiva Palacio era el 
comandante Bonifacio Topete, militar por principios cientí- 
ficos, valiente por temperamento y por deber, pundonoroso, 
de maneras corteses, de carácter afable, cumplido hasta la re- 
ligiosidad, correcto en su conducta civil, irreprochable hasta 
en su traje, que era siempre el uniforme de su clase: Topete 
era querido y respetado de todos nosotros. El general, al ha- 
blar de él, le auguraba el porvenir brillante que supo al- 
canzar. 

Del comandante Jesús Verduzco tengo idea de que era ori- 
ginario de Toluca: el general lo estimaba por su adhesión y 
fidelidad, y por la entereza con que afrontaba los peligros. 
Jorge Wood, como lo indica su apellido, descendía de una 
familia inglesa: era muy joven, de figura arrogante y simpá- 
tica, que nos hacía recordar el retrato de Lord Byron; mny 

1 Azada. Este nombre tarasco se conserva invariablemente en Michoacán 
para designar el tosco y primitivo implemento con que se hace el cultivo de 
la caña. 



468 

circunspecto á pesar de sus pocos aSos, leal, cumplido, valien- 
te, de una educación esmerada y elegante en su traje. Jesús 
Marmolejo era una especie de coloso, por lo que siempre se 
le cansaba el caballo en las marchas. Pertenecía á una hono- 
rable familia de Quanajuato, radicada en Morelia, y era dig- 
no miembro de ella. Este oficial fué, en esa época, una de 
las victimas que De Potier mandó azotar en Morelia, y ya 
tengo referido cómo, chorreando aún la sangre, Marmolejo fué 
á sentar plaza en las filas republicanas, en donde, no sólo por 
venganza sino por ardiente patriotismo, se distinguió por su 
valor y por la abnegación con que afrontó las privaciones de 
la campaña. 

¿Quién de los patriotas del Ejército del Centro, de los po- 
cos que sobreviven, podrá haberse olvidado de Luis Ansel- 
mo Salazar? Todos le decíamos Tanta Lancha^ porque por un 
defecto de pronunciación no podía decir de otro modo ¡tanta 
lanza! El general lo conoció en una noche lluviosa en que sa- 
lían las fuerzas de Zitácuaro para situarse en Camémbaro. 
Tanta-Lancha se acercó á él, alumbrándole el camino con un 
hachón de ocote, y como se pusiera á platicar con su media 
lengua, le cayó en gracia á Riva Palacio y le preguntó sobre 
el origen y manera de haber llegado al ejército. Es imposi- 
ble, al menos para mí, imitar por escrito las palabras de Sa- 
lazar, describir sus gestos y parodiar siquiera sus frases. Bás- 
teme decir en extracto que Tanta-Lancha había nacido en 
Cutzamala y que muy niño fué llevado á México, en donde 
siguió sus estudios escolares, siendo de notar que el defecto 
indicado se le echaba de ver en el acto, no sólo en la lectura, 
sino también en lo que escribía. Andando el tiempo y sien- 
do ya adulto, entró de dependiente eñ el café del Cazador, 
que aún existe en el portal de Mercaderes de la ciudad de 
México. Contaba que al estallar la guerra de intervención, 
comprendió la idea de patria de tanto oir hablar de ella á los 
parroquianos, y que de aquí le vino la resolución de ir á pe- 
lear contra los extranjeros y sus aliados, lo que verificó cuan- 
do los franceses hicieron su entrada en aquella capital. Fué 
á presentarse en la fuerza que mandaba D. Esteban León, que 
era su tío, lo que explica la ocasión de su encuentro con el 



•1 



454 

general Riva Palacio, á cuyas órdenes militaba dicho jefe. 
Desde aquella misma noche el general agregó á su Estado 
Mayor á Tanta-Lancha, y se divertía mucho con él habién- 
dole con el solo movimiento de sus labios, sin pronunciar una 
sola sílaba, y siendo perfectamente entendido por Tanta-Lan- 
cha. Este era astuto, disimulado, de mal corazón, acaso por- 
que en el ejército muchos se burlaban de él jugándole malas 
pasadas; pero con Riva Palacio fué tan fiel, tan cariñoso, tan 
servicial, que concluida la guerra lo recogió éste en su casa, 
y allí vivió y allí murió rodeado de las atenciones de la ho- 
norable familia del general. 

Andaba también al lado de Riva Palacio un joven oriundo 
de la ciudad de México, que tenía el genio más dulce y pací- 
fico que he visto entre los hombres de armas. Era Manuel 
Marroquí. Había sido dependiente de una de las mejores bo- 
ticas de la capital. Acaso por esto lo escogió el general para 
médico de la tropa, pues se carecía de plaza tan importante; 
ocurriéndole la idea, porque entre el botín que se tomó al 
enemigo en la acción del Tulillo, había una colección de obras 
de los diversos ramos de la medicina, con magníficas ilustra- 
ciones. Riva Palacio ordenó á Marroquí que hiciera todo un 
curso profesional de la ciencia de Hipócrates; y el talento cla- 
ro y fácil y la docilidad y amor al trabajo de aquel joven, fue- 
ron estímulos eficaces para que en poco tiempo comenzara á 
curar, tocándole con buena suerte obtener éxito completo en 
los primeros pacientes que hubo á las manos. Lo solicitaban 
las familias de Zitácuaro para que viese á sus enfermos, y 
pronto su fama fué envidiable. Entre el pueblo lo llamaban 
las ancianas San Manuelito; tal era la fe que había inspirado 
el nuevo Galeno. Y á pesar de su carácter dulce y delicado, 
tenía Marroquí un procedimiento horrible para curar á los 
picados de alacrán, procedimiento á que se sometía por fuer- 
za á los soldados rasos: consistía en aplicar sobre la picadura 
una gran cantidad de cabezas de cerillo y prenderles fuego: 
los infelices soldados podían marchar, no obstante los efectos 
del remedio; mientras que si se dejaba obrar la ponzoña, que- 
daban imposibilitados para una larga fatiga. 

Tampoco debo omitir en estos recuerdos al Secretario ofi- 



466 

cial del Despacho de Gobierno, Lie. Urbano Lechuga, que 
hizo al' lado del general toda la campaña; humilde, abnega- 
do, lleno de fe en el triunfo de la patria. Era de Toluca, y 
después de la guerra desempeñó allí una magistratura en el 
Tribunal de Justicia. Lechuga había sustituido en lá Secre- 
taria de Gobierno de Michoacán al Lie. Luis González Gu- 
tiérrez, que se habla retirado á la vida privada. 



Mientras nosotros hemos hecho esta rápida revista, el ge- 
neral Arteaga pasaba otra más detenida y cuidadosa á las tro- 
pas que se habían reunido en Tacámbaro y que formaban un 
efectivo de mil seiscientos hombres, mayor, como se ve, del 
que contábamos en Cerro Hueco. En menos de dos meses se 
habían reparado con creces nuestras pérdidas: el ejército er^ 
más numeroso, los soldados estaban mejor vestidos y equipa- 
dos, había más parque y estaba repuesta la caballada. Exis- 
tían el espíritu de disciplina y el entusiasmo y la esperanza. 

El 15 de Septiembre se publicó por bando solemne el pro- 
grama para la festividad del 16, y en ese acto marchó la di- 
visión, haciendo alarde de su buen porte y de facilidad en los 
movimientos. 

Las fiestas de la patria estuvieron ai^imadas y solemnes. 
Su descripción, y los discursos y poesías que se pronunciaron 
en la noche del 15 y en el acto oficial del día 16, constan en 
un Memorándum que en aquel tiempo circuló con profusión 
en todo el Estado. Bien quisiera yo reproducir en estas pá- 
ginas todas esas piezas literarias, pero sería tarea larga, y me 
limito á copiar la narración que publicó el periódico oficial,, 
escrita por D. Gregorio Pérez Jardón. Es como sigue:. 

'^Después de la jornada del 16 de Julio, cuando la necia 
vanidad extranjera había anunciado que el Ejército del Cen- 
tro no existia ya, la ciudad de Tacámbaro ha visto mezclarse 
en sus fiestas de regocijo á más de mil veteranos que forman 
parte de la primera división, y ha sido testigo de los honores 
que por su parte han tributado á nuestros libertadores el Go- 
bierno del Estado y el Ejército del Centro, para que nada fal- 
tase á la ovación patriótica de los ciudadanos 

'^En la tarde del 15 se publicó el bando nacional que anón-* 



458 

venecianos y los aparatos de luz que iluminaban, formaron 
un conjunto demasiado gracioso y agradable á la vista. 

''La concurrencia no pudo ser mejor. Todo lo más selecto 
de la sociedad de Tacámbaro concurrió al baile, y el bello se- 
xo se presentó con una elegancia y sencillez que no dejó que 
desear, no extrañándose, por lo mismo, la buena sociedad de 
las mejores capitales. El baile comenzó á las diez de la no- 
che, después que se presentaron los CC. General en Jefe y 
Gobernador del Estado, y ya desde entonces todo fué entre- 
garse al goce y recreación de estas reuniones, reinando la ma- 
yor animación. 

''Poco después de la media noche pasó la concurrencia á 
un salón muy bien dispuesto, donde se hallaba preparado un 
buen ambigú, provisto de vinos, pescados, dulces y helados, 
todo de lo mejor que pudo proporcionarse. 

"Hubo durante la mesa un momento solemne, cuándo se 
pronunciaron los brindis por la patria! ¡Cuántos pensamien- 
tos, cuántas frases, cuántas ideas notables no se vertieron en 
aquel entonces! 

"Después continuó el baile hasta las primeras horas de la 
mañana, y la concurrencia se disolvió, llevando cada cual muy 
gratos y tiernos recuerdos de las festividades civicas del año 
de 1865 en la ciudad de Tacámbaro.'' 



i 



469 



CAPITULO XXX. 

(1865) 

Maqueda. — El ejército del centro en üruapan. — Gran parada. — Un banque- 
te. — ¡La gloria del cadalso! — Méndez avanza sobre XJniapan. — Sorpresa 
de Santa Ana Amatlán. — Los prisioneros. — Los mártires de üruapan. — 
Méndez, general de brigada. — Rasgos biográficos de Arteaga, Salazar, 
Díaz, y illagómez y González. — Un año siete meses después de los fusi- 
lamientos. 



Comenzó el raes de Octubre. En los primeros días llegó á 
Tacámbaro D. Francisco Maqueda, procedente de La Provi- 
dencia (hacienda de D. Juan Alvarez), trayendo para el ge- 
neral Arteaga algunas comunicaciones del Sr. Juárez y car- 
tas del caudillo del Sur. En aquéllas se daba noticia del estado 
de las fuerzas republicanas en la frontera del Korte y en Si- 
naloa, y en las segundas, el general Alvarez avisaba el envió 
de dichos pliegos recibidos por la via de San Francisco Cali- 
fornia, y manifestaba además á Arteaga y á Salazar cuánto se 
congratulaba de que hubiesen terminado entre ellos las dife- 
rencias que, con perjuicio de la patria, habian surgido en ma- 
la hora. 

: Al revisar el apunte de donde tomo el párrafo anterior, he 
encontrado el nombre de Maqueda y he debido mencionarlo 
aquí, porque desde la revolución de Ayutla sirvió en las filas 
de los liberales como correo, con valor, con inteligencia, con 
lealtad y con patriotismo. Si no era de absoluta necesidad, 
no se le daban oficios ni cartas; llevaba en su memoria los 

Michoacan.-^l 



460 • 

asuntos de que había de tratar, y de la misma manera coma- 
nicaba la respuesta. En la campaña, cuando menos era espe- 
rado, llegaba con avisos oportunos, pues que en el desempe- 
ño de su encargo de correo tenia ocasión y gusto de asumir 
el papel de explorador. Relacionado con infinidad de perso- 
nas de todo el país, conociendo á palmo los caminos de toda 
la República, entraba á las poblaciones ocupadas por el ene- 
migo ó salía de ellas, burlando la vigilancia de las autorida- 
des y jefes; oculto tras de una roca ó tras de un árbol, en el 
fondo de un bosque, contaba h\s fuerzas contrarias y calcu- 
laba el contenido de las cargas conducidas por las acémilas. 
Adivinaba en un caminante de á pie ó de á caballo, si era 
correo del enemigo, y conversando con él, aclaraba el hecho, 
y era seguro que los pliegos caían en su poder. Había apren- 
dido á mascullar el francés, y muchas veces, fingiéndose co- 
merciante 6 ranchero, se hacía el encontradizo con una co- 
lumna de los invasores y se iba platicando con ellos hasta in- 
formarse del objeto de su expedición. Por esto Maqueda no 
tenía precio. Los jefes lo distinguían con sus consideraciones, 
y todos lo queríamos. Tenía en el ejército el empleo de coman- 
dante de escuadrón; pero á él lo placía más qué se le diera el 
título de coireo de gabinete^ y alegaba para ello sus viajes á Chi- 
huahua ó á Paso del Norte á conferenciar con el presidente 
D. Benito Juárez. 

Ahora bien, apenas acababa de llegar Maqueda de la cos- 
ta de Acapulco, cuando el general Arteaga lo envió á hacer 
una excursión rapidísima por Morelia y Pátzcuaro, con orden 
de que se le incorporase en seguida en Uruapan. Maqueda 
supo en la capital del Estado, que Méndez, recién venido de 
Zitácuaro, se preparaba para salir sobre Tacámbaro. En Mo- 
relia y en Pátzcuaro se había hecho correr la noticia de que 
los chinacos hacían poderosos esfuerzos para reorganizarse 
en Tacámbaro: pero que, faltos de recursos y de gente, su ta- 
rea era ímproba é impotente. 

Para referir los sucesos que entonces tuvieron verificativo, 
voy á permitirme copiar la parte relativa del discurso que 
pronuncié en Uruapan el 21 de Octubre de 1893, al inanga- 
rarse el monumento que, gracias al Presidente de la Repú- 



461 

blica, general de división D. Porfirio Díaz, se erigió en aque- 
lla ciudad con motivo de estos mismos sucesos. Esa pieza, 
más bien narrativa que oratoria, es exacta en todos sus deta- 
lles. Dice as!: 

**¡Ouál no sería el estupor de los partidarios del imperio, 
cuando llegó á sus oídos la noticia de que el Ejército del Cen- 
tro había renacido de sus propias cenizas! Desde el día 19 de 
Octubre del mismo año, comenzaron á reunirse en esta ciu- 
dad considerables fuerzas al mando del general Arteaga, sal- 
vado de la muerte. Aquí se presentó Riva Palacio, á la cabe^- 
^a de los valientes hijos de Zitácuaro, y como general en jefe 
delalí división; Zepedaconlos patriotas de Jalisco; Domen- 
zain con los infatigables guerrilleros de Quanajuato; la guar- 
dia nacional de Toluca, que había estado á las órdenes del 
abnegado coronel José María Hernández, entonces prisione- 
ro en Morelia; Jesús Díaz con sus antiguos soldados de Pa- 
racho; Villagómez, apuesto é inteligente joven salido de las 
aulas del Colegio de San Nicolás de Hidalgo, trayendo á sus 
órdenes el más disciplinado regimiento de caballería; Villa- 
da, modelo de coroneles, con su bien equipada y decidida 
tropa; Arias, Garnica y Ronda, con los rancheros de Zacapu 
y de Coeneo, veteranos en las guerras de Libertad; los bata- 
llones del indomable Villanueva, del audaz Méndez Olivares, 
del pundonoroso y sufrido Espinosa, actual Tesorero general 
de la Nación; de Leónides Qaona, tipo de la lealtad y la cons- 
tancia, y de tantos otros cuyos nombres sería cansado men- 
cionar. 

"Desde luego se supo en la ciudad que el general en jefe 
disponía verificar una gran parada, á fin de conocer el efec- 
tivo de las tropas y sus elementos de guerra, y que sería apro- 
vechado aquel acto para entregar el estandarte al regimiento 
^*Lancero8 de la Libertad." Temíase que Ja solemnidad no 
tuviera todo el brillo correspondiente, porque en aquel ano 
las lluvias fueron abundantísimas y tenaces, produciendo inun- 
daciones en muchas comarcas del país. • En Octubre aún cu- 
brían el cielo negras y pesadas nubes, y en la tierra una luz 
difusa entristecía el ánimo de los hombres y daba tintes si- 
niestros á la vegetaciiSli. 



462 

"Pero amaneció el dia 5 fijado para la ceremonia, y hubo 
entonces un sol esplendoroso, brillando en el Oriente; el aire 
húmedo y limpio se mecia en imperceptible brisa que suspi- 
raba entre el follaje. A lo lejos se oían el redoble de los tam- 
bores y el metálico son de los clarines. Los batallones y es- 
cuadrones se dirigieron al espacioso llano que se dilata al 
Oriente de la población: allí formaron la extensa linea de ba- 
talla. A poco el general en jefe, aconopañado del Cuartel- 
maestre Carlos Salazar, del general Riva Palacio y de los es- 
tados mayores, llegó al campamento y fué saludado con los 
acordes del himno nacional. 

"Entonces se oyó la voz de Salazar, mandando la parada;, 
las fuerzas, abrieron sus filas y se pasó revista. Después el ge- 
neral Arteaga entregó al coronel Ronda el estandarte desti- 
nado á su regimiento: las tropas presentaron las armas ante 
el símbolo del honor, que es para el soldado la representación 
de la patria. Durante la protesta se oían las notas solemnes 
de las bandas militares, que en seguida sonaron dianas en- 
medio de los vivas de tres mil espectadores. 

"Concluido el acto, la tropa desfiló á acuartelarse: los jefes 
se encaminaron á una de las más hermosas casas de campo 
de la ciudad, mansión llena de poesía que más tarde recibió 
el melancólico nombre de- Ctna^aria. Allí iba á verificarse un 
banquete que la Municipalidad ofrecía á los caudillos repu- 
blicanos. 
. "¡Cuántos arranques de patriotismo escuchamos aquel día 

en los brindis de Riva Palacio, de Salazar, de todos! Se 

celebraban allí las hazañas de los compañeros de glorias é in- 
fortunios que quedaron en los campos del combate. En la me- 
sa, los rostros de los convidados revelaban un enternecimien- 
to marcial. De repente, la orquesta de Paracho, esa dulcísima 
y gemebunda música de los purépcühüj nos dejó oir una tris- 
te canción entonada en tarasco. Era su himno ala pérdida de 
Puebla; el recuerdo de aquel día en que muchos defensores de 
la plaza quedaron sepultados entre los escombros producidos 
por la artillería francesa, en que otros perecieron al rigor de 
las armas, y los demás partieron á remotas tierras en duro cau- 
tiverio; y el cantar concluía: "¿y no fcemos de lamentar la 



46S 

pérdida de aquella ciudad heroica? ¿y no hemos de llorar á 
aquellos hombres que juraron de corazón defendernos?" 

"Las lágrimas corrían por las mejillas de todos al vibrar 
de las endechas que parecían sollozos. 

"Aún duraban los ecos de aquel cantar sentido, cuando vi- 
mos á Arteaga en pie, en la mano la copa, en los ojos un des- 
tello del sol de libertad. 

"T oímos brotar de los labios del héroe estas palabras: 
^^SeñoreSj ¡por la gloria del 'cadalso!'* 

"Todos nos inclinamos ante aquella mirada, y sobrecogi- 
dos de emoción escuchamos aquella voz profética. Sublime 
era la actitud del caudillo, saludando á la muerte y ofrecién- 
dose en holocausto por la patria! 

"Cuatro días después, ocupado el general en jefe en la re- 
organización del ejército, llegaron á todo escape unos explo- 
radores, avisando que Méndez, el paladín del imperio, con 
una brigada de dos mil hombres, había salido de Pátzcuaro 
y se .dirigía á esta ciudad. El general Arteaga citó una junta 
de guerra, en la que solamente Riva Palacio opinó por espe- 
risir al enemigo y presentarle batalla. Los demás jefes juzga- 
ron preciso retirarse ante un adversario, si menor en núme- 
ro, superior en elementos de guerra y en disciplina. Entonces 
el general en jefe dispuso que se fraccionase la fuerza en tres 
secciones: una de novecientos hombres, al mando de Riva Pa- 
lacio, recibió orden de amagar las plazas de Pátzcuaro y de 
Morelia con el fin de atraer sobre si á las tropas de Méndez, 
en tanto que Arteaga con mil doscientos soldados, y Zepeda, 
que había salido ya el día anterior con quinientos, penetra- 
rían por dos distintos rumbos en el Estado de Jalisco para 
insurreccionarlo de nuevo. 

"Serían las tres de la tarde cuando las columnas empren- 
dieron su marcha: la primera en dirección á Paracho, y la se- 
gunda por el camino de Tancítaro. La tercera había tomado 
rumbo hacia Parangaricutiro. En aquella hora se entoldó el 
cielo; la naturaleza parece luego presentir el desastre y se pro- 
duce una misteriosa simpatía que liga los seres con las cosas, 
tomando parte el universo en las acciones humanas. 

"Como si los elementos quisieran formar un contraste su- 



464 

blime, el día de la gran parada el espacio se llenó de luz, con 
profusión de armonías y de colores que lo animaban todo; en 
cambio, el día inicial de la catástrofe se cubrió con tupidos 
velos, los árboles y las hierbas tomaron tintes sombríos, y 
obscuros nubarrones rodaban con estrépito, intermitentemen- 
te iluminados por el relámpago. 

"La ciudad estaba silenciosa, pero de pronto oyóse tropel 
de caballos. La descubierta de imperialistas entraba á galope 
tendido, y se dirigía al camino de'Tancítaro, por donde iba 
el general Arteaga. Al llegar á los suburbios se mezclaron 
la lumbre del rayo y el ronco rugido de los truenos con los 
disparos de los mosquetes y los juramentos de los hombres. 
En medio de la pelea, Salazar, arrogante en su caballo tordi- 
llo, lanzaba vivas á la República, é hizo por fin retroceder á 
los guerrilleros de la columna imperialista. 

"Si se hubiese seguido la inspiración de Riva Palacio, nues- 
tros soldados habrían vencido fácilmente en aquel día á los 
traidores. La tremenda tempestad que se desencadenó á la 
hora de la retirada de los republicanos se prolongó toda lá tar- 
de: los cuerpos de la brigada del coronel Méndez se disper- 
saron en el llano, perdiéndose en el camino en medio de es- 
pantosa obscuridad, y mucho fué que la pericia militar de 
aquel jefe hubiera logrado reunir sus dispersas tropas en el 
curso de la noche. Pero el destino, más negro todavía que las 
tinieblas del ciclón, había decidido una suerte contraria. 

"Méndez, ya muy entrado el día siguiente, emprendió la 
persecución contra el general Arteaga, fingiendo por de pron- 
to seguir á Zepeda. En Tancítaro volvieron á tirotearse las 
guerrillas de Méndez y de Arteaga. El jefe imperialista dio 
un corto descanso á su tropa en aquella población. Entretan- 
to Arteaga apresuró su retirada, dejándola cubierta con la pe- 
queña fuerza que mandaba Solano, y con los exploradores de 
Tapia. No quiero recordar cómo después Solano, presa de la 
desesperación y avergonzado por su ineptitud, vagó solitario 
por los montes hasta que vino la muerte á darle el único con- 
suelo que deseaba; ni cómo Tapia, acosado tal vez por los re- 
mordimientos, huyó á países desconocidos á consumir el pre- 
cio de su traición. 



466 

"El 18 de Octubre, á las once de la mañana, llegó la divi- 
sión de Arteagaal pueblo de Santa Ana Amatlán, situado en 
la tierra caliente. Los soldados habían caminado de noche, 
sin rancho, sin tiempo para restaurar sus fuerzas. Ni se acuar- 
telaron tampoco, sino que pusieron sus fusiles en pabellón, y 
rendidos de cansancio, cayeron en profundo sueño. Los je- 
fes hacían lo mismo en las habitaciones en que se hablan alo- 
jado. 

"Aún no transcurría una hora, cuando los vecinos de Ama- 
tlán oyeron un sordo rumor, como el de la tempestad que se 
avecina: á intervalos, en medio de aquel ruido, se elevaban 
voces ininteligibles, extrañas. Luego, más claro, gritos de 
¡viva el imperio! se escucharon en las calles, y se vio una ver- 
dadera avalancha de jinetes precipitarse sobre el campamen- 
to. No había habido tiempo de tocar generala. 

"El primero de nuestros jefes que comprendió la sorpresa 
fué el coronel Villada, quien inmediatamente se dirigió áin> 
corporarse á su batallón; en el tránsito se vio rodeado de los 
exploradores de Méndez y estuvo en peligro su existencia, 
hasta que uno de los oficiales de la columna enemiga lo hizo 
prisionero. El general Arteaga y sus ayudantes fueron apre- 
hendidos en su alojamiento. Por todas partes aparecían los 
jinetes de la guerrilla de Méndez, conduciendo presos á nues- 
tros oficiales. Nuestros soldados se dispersaron en distintas 
direcciones, ocultándose entre la tupida maleza del campo. 
Apenas los traidores pudieron apoderarse de ochenta, á quie- 
nes el cansancio ó las enfermedades impidieron la fuga. Po- 
cos instantes después, el grueso de la columna, con Méndez 
á la cabeza, hacía su entrada en el pueblo, cuando ya no te- 
nía enemigo que combatir. 

"Sólo dos hombres luchaban como leones, guarecidos en 
una casa y acorralados por más de cincuenta adversarios. Pri- 
mero dispararon los fusiles de sus asistentes, después hicie- 
ron uso de sus pistolas, y cuando el parque estuvo agotado, 
lanzaban contra los asaltantes toda clase de objetos. Uno de 
aquellos hombres admirables, el que parecía de mayor gra- 
duación, mandó prender fuego á la casa para morir entre las 
llamas, más bien que caer prisioneros. Se ejecutaba ya la or- 



466 

den. En aquel momento un ayudante de Arteaga, conducido 
por una escolta del imperio, comunicó á aquellos luchadores 
sublimes que el general en jefe les ordenaba rendirse. Enton- 
ces Salazar, y su amigo y subalterno Jesús Ocampo, que aca- 
baba de ser herido gravemente, salieron de la improvisada 
fortaleza y se entregaron al enemigo. 

"Todo había terminado. En la tarde, ya en sus cuarteles 
los imperialistas, estando los prisioneros en medio de nume- 
rosos centinelas, y las familias de Amatlán presas aún del es- 
panto y de la tribulación, la música militar de Méndez hizo 
alarde de tocar los cantos patrióticos de los republicanos, y 
profanaba el himno nacional. 

"Entre Santa Ana Amatlán y Uruapan hay menos de vein- 
ticuatro leguas. Cualquiera tropa puede forzar el camino en 
dos días. Méndez, empero, dispuso verificar una larga carre- 
ra triunfal para exhibir á sus prisioneros. Se dirigió hacia el 
3ur, rumbo á Apatzingán, atravesando aquellas pampas de 
fuego; retrocedió en seguida, tomando la dirección del Nor- 
te, por lo más áspero de nuestras elevadas cordilleras, y se 
encaminó por fin á esta ciudad haciendo siete fatigosas Jor- 
nadas en que los prisioneros, muchos de ellos heridos y todos 
á pie, hambrientos y acosados por la sed, habían traspuesto 
más de sesenta leguas. Los habitantes de Uruapan, encerrán- 
dose en el interior de sus casas, oyeron en las últimas horas 
de la tarde del día 20 la entrada de la columna imperialista 
que conducía la fúnebre procesión de los destinados al su- 
plicio. 

"Acabaron de alojarse las tropas. Méndez dio orden de que 
los generales Arteaga y Salazar, y los coroneles Villada, Díaz 
y Villagómez fueran puestos en capilla. 

¿A qué debemos la fortuna de que al menos uno de aque- 
llos hombres, condenados á muerte por el odio implacable de 
Méndez, viva aún y preste todavía sus importantes servicios 
al país? El general Villada se distinguió siempre en el curso 
de aquella guerra por su generosidad con los vencidos. De- 
bíanle la vida muchos de los oficiales que militaban á las or- 
denes de Méndez. Por esto en esa vez, la oficialidad toda df 
aquella columna del imperio exigió que no se llevase á cabO) 



467 

respecto de Villada, la sentencia de muerte. Alguien dijo en 
aquel momento que debia sustituir al joven coronel el capi- 
tán Juan González. Lo señaló como victima suya el fanatis- 
mo; porque siendo González sacerdote católico, andaba co- 
metiendo el execrable crimen de defender á su patria. 

"Aquí, señores, mis recuerdos se multiplican, y sin embar- 
go no debo fatigaros con episodios y detalles difusos. Basta 
lo expuesto para ver cómo quedó preparada la catástrofe tan- 
tos días antes prevista. ¡Suceso deplorable que colmó de do- 
lor á todos los patriotas y que nunca olvidará la Nación! 

"Uruapan estaba profundamente silenciosa, adivinándose 
que en cada hogar había corazones oprimidos y ojos que de- 
rramaban lágrimas. 

"Tristes y fugaces pasaban las horas en aquella lóbrega no- 
che, oyéndose el pausado sonar de la campana del reloj. Los 
encapillados pensaban en su familia, y escribieron aquellas 
cartas sublimes que conoce la Historia. Serenos é impertur- 
bables devoraban en silencio esa agonía sin estertor y sin con- 
suelo de los que van á morir en el patíbulo. 

^'Amaneció el día 21. Las plazas y las calles estaban de- 
siertas. La desaparición de los habitantes fué una muda, pe- 
ro solemne protesta del pueblo contra los asesinos. 

"De repente el redoble de lo» tambores y el sonido del cla- 
rín anunciaron que llegaba el momento. Las tropas ocuparon 
esta plaza: oficiales y soldados vestían sus trajes de gala. Los 
jefes de los cuerpos hacían caracolear sus caballos. 

"Aparecieron dos escoltas: una fué á fijar el primer ejem- 
plar que aquí se vio de la famosa ley de 3 de Octubre; la otra 
se dirigió á aquella casa ^ á sacar á los reos de la capilla. 

"Entretanto se formaba el cuadro.* Muchos de los soldados 
del imperio habían servido en otro tiempo á las órdenes de 
Arteaga y Salázar en el ejército liberal, y no podían contener 
los sollozos en aquellos instantes. 

"Salieron los prisioneros. Arteaga con la sonrisa en los la- 
bios y la serenidad en la frente. No pudiendo andar á causa 
de sus heridas, se apoyaba en el brazo de Salazar, que se er- 
guía altivo, espaciando la mirada llena de desprecio sobre la 

1 Situada en el portal "Eafael Carrillo." 



468 

tropa de Méndez; Díaz, inclinada la cabeza como la llevó to- 
da su vida, no perdió su calma habitual; Villagómez con la 
gallardía de bu elegante apostura, y González humilde como 
siempre. 

"Al llegar á aquel sitio, que desde aquí podemos mirar,i 
los héroes ocuparon su últímo puesto. Ninguno estaba ven- 
dado ni palidecía su rostro, que iluminaba la luz del martirio, 
esa brillante claridad de la gloria. 

"Salazar extendió el brazo derecho. Iba á hablar, pero el 
oficial encargado de la ejecución mandó dar los toques de or- 
denanza á todas las bandas los soldados tendieron sus 

fusiles y apuntaron Salazar, con voz de trueno y llevan- 
do la mano al corazón, apenas tuvo tiempo de exclamar: 
"¡Aquí, traidores!" 

"Una descarga anunció á Uruapan, y el eco á la nación en- 
tera, que el crimen estaba consumado. 

"La columna, al pasar por el sitio del asesinato, tuvo la 
inaudita crueldad de hacer desfilar á los prisioneros ante los 
cadáveres ensangrentados y todavía palpitantes de sus jefes. 

"Méndez emprendió en seguida el camino de Morelia; allí 
recibió el despacho de general efectivo de brigada en premio 
de los servicios que acababa de prestar al imperio.^ Así fué 

1 En la espalda del portal "Allende." 

2 Hé aquí la carta que con este motivo dirigió Maximiliano al general Ba- 
món Jdéndez: 

*'A1 señor general Ramón Méndez. — Mi querido general: Acabamos defa- 
ber la brillante victoría que habéis alcanzado sobre los enemigos declarados 
del orden y de la civilización. El corazón nos late de placer al ver ü las tro- 
pas de nuestra patria portarse con tanto heroismo y llevar á cabo hechos tan 
gloriosos. Marchamos, pues, adelante llenos de fe, puesto que nuestra bande- 
ra está en manos de jefes bravos y hábiles y sostenida por soldados decididos 

á vencer é infatigables. 

"Os bubeis mostrado digno de la confianza que en vos depositamos, y en 

prueba de nuestra satisfacción por vuestros buenos servicios, os nombramos 

general de brigada. 

"Asegurad á vuestras sufridas y beneméritas tropas que sabremos recompen- 
sarlas como merezcan. No omitáis enviamos cuanto antes una relación de los 
oficiales y soldados que sean más acreedores á distinciones honoríficas, y anun- 
ciad al teniente Kangel y al subteniente Navia que, garantes de nuestro com- 
promiso, los hemos agraciado con la cruz de caballeros de 1% imperial orden 
de Guadaluj^ ascendiéndoles además al grado superior é inmediato. 

"Palacio de México, Octubre 24 de 1866. —Vuestro afectísimo, Maxim- 
llano," 



469 



como Maximiliano se hizo cómplice de los asesinatos de Urua- 



pan 



Después de lo que acabo de copiar, creo que mis lectores 
verán con interés los siguientes bosquejos biográficos de Jos 
mártires de Uruapan: 

El general José María Arteaga nació en la ciudad de Mé- 
xico el 7 de Agosto de 1827. En 1848, por disgustos de fkmi- 
lia, abandonó la qiudad de Aguascalientes, á donde habia tras- 
ladado su residencia, y fué á sentar plaza de soldado en la de 
San Luis Potosí; en 1852 obtenía las divisas de sargento; la 
charretera de subteniente á principios de 1853, y á fines del 
mismo año el grado de capitán: tal había sido su decisión de 
distinguirse en el servicio. 

Tocóle en suerte militar á las órdenes de Zuloaga, en la 
expedición que este jefe santanista hizo sobre la costa del 
Bar en 1854. Después de la capitulación de Nuzco, Arteaga, 
sin compromisos ya con el ejército á que había pertenecido, 
se unió á las tropas federales, en donde fué ascendido á co- 
mandante de batallón. 

Cuando Comonfort pasó por Uruapan en Junio de 1855, 
mandando una división que iba á operar en Jalisco, Arteaga 
desempeñaba en ella el puesto de mayor de órdenes. La cam- 
paña de Jalisco y Colima le proporcionó la ocasióngde acre- 
ditar su valor y pericia, que Comonfort premió ascendiéndolo 
á coronel. 

Al triunfo de la revolución de Ayutla, Arteaga fué nom- 
brado Gobernador y Comandante general del Estado de Que- 
rétaro. En la guerra de Reforma, en la que ya figuraba como 
general da brigada, peleó infatigable contra la reacción. En- 
tonces le vimos en Morelia, secundando con eficacia é inteli- 
gencia la admirable actividad con que el Gobernador de Mi- 
choacán, general Epitacio Huerta, creaba numerosas fuerzas 
de las tres armas, fabricaba parque en abundancia, y cons- 
truía cañones, vestuario y equipo para enviar poderosos con- 
tingentes á que tomasen participación en aquella gigantesca 
lacha. Arteaga recibió el mando de la mejor brigada del ejér- 
cito michoacano, y tan dignamente supo corresponder á esta 



"1 



470 

muestra de confianza, que por decreto de 23 de Septiembre 
de 1859 se le concedió la ciudadanía del Estado. Concluida 
la guerra de Reforma, Arteaga ocupó de nuevo el puesto de 
Gobernador de Querétaro, puesto que dejó, llamado por el 
Sr. Juárez, para que tomase participación en la lucha contra 
la intervención francesa. Asistió á los hechos de armas de 
Barranca Seca y Acultzingo, y en este último punto recibió 
en una pierna las heridas de que jamás pudo sanar entera- 
mente. Por este motivo y con el fin de atender á su salud se 
retiró á Morelia; pero á poco tiempo volvió al servicio. En. 
1864 fué nombrado Gobernador de Jalisco, y cuando üraga 
dio orden de que se evacuara la ciudad de Guadalajara, Ar- 
teaga mandó una de las divisiones del Ejército del Centro: 
allí lo hemos encontrado al principio de esta historia; alli, 
por la traición de TJraga, fué nombrado General en Jefe del 
Ejército del Centro, y alli recibió la banda de general de Di- 
visión, con que el Presidente Juárez hizo justicia á sus mé- 
ritos. Los demás pasos de su vida, lo mismo que algunos ras- 
gos generales de su carácter, constan narrados en este libro. 



El general Carlos Salazar nació en Matamoros (Estado 
de Tamaulipas) el año de 1829. Era alumno del Colegio Mi- 
litar cuando en 1847 obtuvo permiso de batirse contra los 
norte-americanos, á cuyo efecto ingresó al batallón que man- 
daba D. Leonardo Márquez: salió herido en una de las bata- 
llas y obtuvo por su valor una medalla honorífica y la charre- 
tera sobre el hombro izquierdo. 

En la revolución de Ayutla y en la guerra de Reforma sir- 
vió al lado de los caudillos de la libertad. En 1860 tenia ya 
el empleo de teniente coronel, que desempeñó primero en el 
batallón Moctezuma y luego en el de Rifleros de San Luis. 
Fué de los primeros que marcharon al Estado de Veracraz, 
al desembarco de los franceses: en la batalla del 5 de Mayo 
se distinguió y obtuvo en consecuencia el ascenso á coronel. 
Perteneció á la falange de valientes que se inmortalizaron en 
el sitio de Puebla, y pudo evadirse en el momento de la ren- 
dición, entrai\do á una casa particular: en ésta corrió inmen- 



471 

80 peligro, pues al jefe de la familia que allí habitaba, y que 
pertenecía en cuerpo y alma á los traidores, trató de denun- 
ciarlo, primero procurando salir por el zaguán y luego inten- 
tando gritar por un balcón; pero Salazar que era un hércules, 
lo agarrotó y amordazó, y dejándolo así imposibilitado; es- 
peró á que se hiciera noche, y entonces emprendió la faga 
hasta México. Muchas veces le oí referir este episodio, cuyo 
recuerdo siempre le hacia soltar la carcajada. Cuando Juárez 
salió de México, Salazar iba en la fuerza que lo escoltaba, y 
ya en San Luis Potosí, el Presidente le dio el grado de gene- 
ral. Después pasó á Michoacán con las tropas de Uraga, y lo 
vimos aparecer en Morelia como un héroe en la memorable 
jornada del 18 de Diciembre de 1863. Desde entonces no lo 
abandonamos ya en la relación de su brillante carrera. 



El coronel D. Jesús Díaz nació en Paracho (Distrito de 
üruap^n. Estado de Michoacán) el 12 de Febrero de 1822, 
siendo sus padres D. José María Díaz y Dona Agustina Buiz.^ 
Su vida se deslizó en las labores del campo y de la ganade- 
ría, y su natural pacífico y bondadoso nunca pudo augurar 
que llegaría á ser un guerrillero. Pero la revolución de Ayu- 
tla tuvo de suyo que s^ formó del elemento popular, siendo 
sus directores hombres de la clase media que abandonaron sus 
trabajos y su vida pacífica para combatir contra el tirano. En 
Julio de 1854 la población de Paracho secundó el pronuncia- 
miento de Huerta y de Pueblita contra el Gobierno de Don 
Antonio López de Santa-Anna: más de doscientos ciudada- 
nos armados se presentaron en la casa de Díaz y lo procla- 
maron su coronel. Con este carácter hizo toda la campaña 
hasta e?l triunfo de la revolución en que volvió á la vida pri- 
vada. En los tres años que duró la guerra de Reforma torn6 
á prestar sus servicios á la causa liberal, y concluida la cam- 
paña regresó á su hogar y á sus campos. De allí lo sacó, de 
nuevo, la guerra extranjera, y poniéndose otra vez á la cabe- 
za de sus guerrilleros, siguió prestando sus servicios á la pa- 
tria. Después de la toma de Uruapan (Junio del mismo año 
de 1865), fué nombrado prefecto de aquel Departamento y 

1 Doña Agustina era hermana de mi abuelo D. Antonio Ruiz. 



472 



comandante militar de la linea que se extendía desde Zamo- 
ra hasta Apalziugán. Los lectores conocen ya loa últimos 
acontecimientos de su vida. 



El coronel Trinidad Villagómbz nació en el Valle de San- 
tiago (Estado de Guanajuato) el 11 de Mayo de 18S7, siendo 
sus padres D. Miguel Villagómez y Doña Josefa Patino. Por 
el año de 1858 ingresó al colegio de San Nicolás de Morelia, 
en donde, como ha sucedido siempre á los alumnos de aquel 
instituto, se despertaron con entusiasmo en su alma las ideas 
de libertad, y á ejemplo de muchos de sus compañeros de co- 
legio, corrió á tomar las armas contra los reaccionarios, sen- 
tando plaza en fines de 1859, en lo mas recio de la guerra de 
Reforma. Después del triunfo de Calpulalpan en el que figu- 
ró ya con el grado de capitán, regresó á la vida privada; pero 
al desembarcar los franceses en Veracruz, se apresuró á vol- 
ver al servicio, alistándose en las fuerzas del Estado^á que 
pertenecía. En el ataque á Morelia obtuvo, como premio de 
su^valor, el empleo de comandante de escuadrón; siguió en el 
Ejército del Centro en la División que mandaba el general 
Echeagaray, y cuando este jefe capituló, después de su derro- 
ta de Zapotlán, Villagómez, atravesando solo, sin recursos, 
parte do los Estados de Colima y de Jalisco, expuesto á in- 
numerables peligros, entró en Michoacán en Febrero de 1865 
y fué á ponerse á las órdenes del general Arteaga, llevando 
el grado de teniente coronel. En el ataque y toma de Urua- 
pan obtuvo el empleo de coronel. Villagómez cuidaba ma- 
cho de su tropa, al grado de que no había en el Ejército del 
Centro un cuerpo de caballería mejor organizado, mejor ves- 
tido, más moralizado y con más buena remonta que el que 
tenía por jefe al coronel Villagómez. Él daba ejemplo á sus 
soldados de un notable aseo en su persona y de modales fi- 
nos y atentos: en el combate ocupaba siempre el puesto de 
mayor peligro. * 



El comandante Juan González fué para todos nosotros 
Tina personalidad desconocida. Llegó en principios de 186^ 
á llichoacán con la guerrilla del coronel D. Francisco Her- 



473 

náudez (a) Cantaritos. A la muerte de este jefe se unió á la 
partida de exploradores que maudaba Agustín García eu 
la brigada del general Salazar, con la que hizo la expedición 
á Jalisco. En la batalla de Los Reyes estuvo entre los que se 
batieron primero con los franceses, al llegar éstos á la orilla 
de la población, y luego en el terrible alcance que se dio á los 
zuavos derrotados. Más tarde militó á las órdenes del Coro- 
nel Ronda, y en seguida como pagador de un cuerpo de ca* 
balleria de los que formaban la tropa del general Arteaga 
que fué sorprendida en Banta Ana Amatlán. A fuerza de in- 
dagaciones he venido á averiguar que era nativo de Texcoco 
y que fué fraile mercedario del convento de México, del que 
se separó en la época de la Reforma, yendo á pelear al lado 
de los liberales en una guerrilla de Guanajuato. Esto, que una 
señora de druapan calificaba de apostasía, fué lo que deci- 
dió á Méndez á fusilarlo en lugar de Yillada, pues por lo de- 
más, González no figuraba en el ejército, ni entre los oficia- 
les de segundo término; casi puedo asegurar que no era co- 
nocido personalmente de los generales Arteaga y Riva Pa- 
lacio. 

González fué fusilado por el crimen de haber sido patrio- 
ta, siendo sacerdote. ¡El clericalismo es implacable con sus 
apóstatas! 

Creó que no estará del todo fuera de propósito, para cerrar 
este capítulo, relatar la muerte de Méndez, acaecida un año 
y siete meses después de los fusilamientos de Uruapan. 

Querétaro había caído en poder de los republicanos por la 
traición de Maximiliano y de su cómplice Miguel López. Ya 
se sabe que el partido clerical atribuye exclusivamente á este 
último el hecho que ha sido reprobado por todos, y que los 
imperialistas debían aceptar como consecuencia de sus pro- 
pias intrigas. La traición de Querétaro fué espontánea por 
parte de quien ó quienes la llevaron á cabo; no fué como la 
de Uraga, Caamaño y Elizondo, solicitada por un enemigo 
impotente de vencer de otra manera. Y todavía los clerica- 
• les como que hacen un cargo al general Escobedo de haber 
tomado por ese medio la plaza de Querétaro. Pues ¿qué que- 



474 

rian que hubiera rehusado el ofrecimiento que le tranamitia 
López y arrasado á Querétaro y sacrificado millares dé \idaB 
en más combates ó merced á los rigores del hambre en el ase- 
dio que se estrechaba más y más cada día? El general Esco- 
bedo ¿no es el vencedor de Querétaro, porque su victoria se 
anticipó unos cuantos días? 

Más dejemos á un lado estos recuerdos para vergüenza del 
partido que vendió á su patria, y volvamos al relato de la 
muerte de Méndez. 

La plaza de Querétaro fué tomada el 15 de Mayo de 1867. 

En la mañana del dia 18 un hombre, vecino de la ciudad, 
habló reservadamente con uno de los jefes del ejército repu- 
blicano, y poco después se supo que D. Ramón Méndez ha- 
bía sido descubierto en un escondite y conducido al convento 
de Teresas, donde se hallaban los demás prisioneros. Todo 
esto se ha dicho por los historiadores; pero va á relatarse aquí 
algo que no ha sido publicado aún. 

En una de las veces que los sitiados volvían á Querétaro 
derrotados después de sus estériles salidas, Méndez se diri- 
gía á su alojamiento, cuando de repente le estorbó el paso 
un pobre jorobado que acaso por su defecto físico no pudo 
oportunamente hacerse á un lado y dejar expedito el camino 
que llevaba el general. Éste, que iba profundamente despe- 
chado por lo que él llamaba estúpidas intentonas de MiramÓD, 
se encendió en cólera, llenó de improperios al infeliz paisano 
y lo azotó 'con crueldad. En seguida continuó tranquilo su 
marcha. 

El jorobado preguntó á algunos soldados quién era aquel 
jefe, y cuando le dijeron que Méndez, se contentó con excla- 
mar: "¡Ah; vaya!" 

Pues bien, desde aquel día el hombre no perdió de vis- 
ta á Méndez. Sin embargo, se le desvaneció como sombra en 
los momentos de la toma de la ciudad; pero con la seguridad 
de que no había de haberse ocultado lejos, escudriñó varias 
casas, tomó toda clase de informes, avivó su espíritu suspi- 
caz, y cuando tuvo seguridad do hallar lo que buscaba, se di- 
rigió, como he dicho, á un jefe republicano, á quien condujo 
á una casa. Se practicó en ella un largo cateo, y ya se deses- 



475 

peraba del éxito, cuando el mismo jorobado vio en an corral 
de la casa, una estaca de madera, hincada en el suelo; pidió 
qae se cavara allí la tierra, y hecho, se encontró una oque- 
dad cubierta de vigas. Allí estaba Méndez, con un rifle en la 
mano, arma que no empleó, considerando inútil hacer resis- 
tencia á la numerosa tropa que lo había descubterto. 

Al día siguiente fué conducido á la alameda. J^o quiso 
que le vendasen los ojos, y recibió la muerte cotí el valor de que 
siempre había dado pruebas. 



Michoacái?.— 32 



476 



CAPITULO XXXI. 

(1865) 

£n marcha. — La tempoetad. — La Epacta. — Jesús Rubio. — Tradiciones. — ^üna 
buena noche. — Almuerzo en la choza de un indio y banquete en un pa- 
lacio de México. — Recuerdos de Asajo. — Alarma en Pátzcuaro. — En ca- 
mino para Morelia. — Un pequeño triunfo por vía de paréntesis. — Ama- 
gos á Morelia. — La ley de 8 de Octubre. — Un francés herido. — La reti- 
rada. — En lo alto del Quinceo. — Puruándiro. — Contramarcha.—La fatal 

noticia. — Regreso á Tacámbaro Junta de guerra. — -Rira Palacio es 

nombrado General en Jefe del Ejército del Centro. — Las represalias. — 
Inteligencia, actividad y patriotismo. — Gorrerías de Méndez. — Expedi- 
ción del general Regules. — Encuentro de dos columnas del imperio en 
Quiroga. — "Si no es hoy será mañana." — Acciones de guerra. — Regreso 
á MichoacAn de la columna de Zepeda. — Toma de Angangueo y de Te- 
mascaltepec. — Estado del Ejército en Diciembre de 1866. 

Retrocediendo á tomar por orden de fechas el hilo de nues- 
tro relato, referiré en este capítulo la expedición de Riva Pa- 
lacio después de fraccionado en Uruapan, en tres partes, el 
Ejército del Centro. 

Llevábamos el alma llena todavía de las recientes impresio- 
nes: la gran parada; el opíparo almuerzo que se sirvió á los 
soldados en los cuarteles; la animación de la ciudad; el ban- 
quete con que el Ayuntamiento obsequió á los jefes superio- 
res 7 oficiales distinguidos del Ejército def Uentro; la música 
de Faracho, tocando aquel himno que parecía una plegaria; 
el alegre y bullicioso baile que en la noche se verificó en mi 
^asa. En suma, todo un mundo de recuerdos. 



477 

Eiva Palacio, que^ como he dicho, recibió instrucciones pa- 
ra amagar las plazas de Pátzcuaro y Morelia, emprendió su 
marcha rumbo á la sierra. Habia comenzado á llover: grue- 
sas gotas de agua se empapaban en el suelo; la bóveda celes- 
te se obscurecía más á cada momento, entoldada por las nu- 
bes; se veia á lo lejos el zig-zag del relámpago, y sobre los 
empinados cerros de la cordillera rodaba el trueno, oyéndose 
-como incesante estrépito de poderosa artilleria. De allá avan- 
zaba á encontrarnos una tempestad deshecha, una de esas tem- 
peétadcs imponentes que tal vez sólo allí se producen con 
tanta intensidad. 

El general, absorto al principio en profunda meditación, no 
tardó en recobrar su habitual buen humor, y ya cuando pa- 
gamos por la Quinta dejó oir su palabra ligera, chispeante, 
salpicada de oportunas observaciones. Todos le escuchába- 
mos atentos. Acuerdóme que al encumbrar la pequeña pen-. 
diente en que ya rompe el camino, dirigiéndose á alguien que 
iba á su lado, le señaló un árbol gigantesco que cubre con sus 
ramas un grande espacio, y le dijo: 

— Mire usted, ahijado: esta zirandüy una de las más corpu- 
lentas que hemos visto, no puede, sin embargo, compararse 
á la colosal que está en el Caulote, más allá de Tacámbaro. 
¿So se acuerda usted que una vez á medio dia sombreamos 
•debajo de ella como cincuenta que éramos á caballo? 

Era la verdad, y también lo era que el general nos hacia 
olvidar siempre con su conversación las fatigas de las mar- 
chas. 

A poco andar llegamos á un paraje que los vecinos de 
Uruapan designan con el nombre de "Barranca de la Gue- 
rra, "-i 

La fuerza, entretanto, iba avanzando; el aguacero habia 
arreciado de tal modo, que no se podia mirar á dos varas de 
distancia; en los montes la tempestad era espantosa. Las sol- 
daderas fueron las que desde luego penetraron en la barran- 
ca, cuyo cauce, de ordinario enjuto, va rebosando en agua 
después de una tormenta. La profunda quiebra baja délo al- 

1 Se llama así, porque en la revolución de Ayutla, el general Huerta batió 
y derrotó allí una fuerza de santanistas. 



478 

to de la serranía y se prolonga hasta la Bodilla del Diablo^ pri- 
mer ojo de agua del caudaloso río Capatitzio. De repente se 
oyeron un rumor sordo y amenazador y grítos desesperados. 

— ¡Las mujeres se abogan! ¡La creciente, la creciente! 

El general metió espuelas á su caballo, se dirigió á la iz- 
quierda del sendero, adelantándose bacia la parte baja del to- 
rrente. Los que le rodeábamos, lo seguimos apresurados. 

Allí, en efecto, asidas de las ramas secas de un árbol azo- 
tado por aquella especie de avalancha, habia dos mujeres, in* 
tensamente pálidas; saltados los ojos, los cabellos destrenza* 
dos y crispadas las manos. Las olas crecientes de la avenida, 
á veces las balanceaban, á veces pasaban sobre su cuerpo, sin 
dejarles fuera del agua más que la cabeza y parte de los bra- 
zos. Era imposible que resistieran á aquel formidable em- 
puje. 

Riva Palacio saltó de su caballo, dio orden al comandante 

Jesús Verduzco de que con una reata lo atase de la cintura, 
lo cual ejecutó al momento, y el general, llevando también 
su reata, descendió á la orilla del torrente y arrojó el lazo á 
una de las mujeres, logrando cogerla del cuello 7 de la axila 
de un brazo. Tiró luego con fuerza, y la que estaba próxima 
á dejarse llevar por el ímpetu de las aguas salió á tierra, ca- 
yendo en profundo desmayo, pero salvada de la muerte. En- 
tonces vi al general radiante de alegría. 

Mientras esto pasaba, el coronel Alzati habia intentado la- 
zar á la otra soldadera; menos afortunado erró el lazo, y aque- 
lla infeliz criatura uo pudo más; abrió los dedos de las manos, 
desprendiéndose del árbol, lanzó un horrible grito, y desapa- 
reció arrastrada por la corriente. 

La próxima vez que regresé á Uruapan, pregunté si des- 
pués de la funesta salida del Ejército del Centro se habia en- 
contrado algún cadáver en las márgenes del rio. No hubo 
quien me diera razón. El inmenso caudal ocultó á su victi- 
ma, la llevó en su seno, se precipitó con ella desde lo alto de 
la Tzaráracua, la oprimió en acantilado cauce á su paso por la 
tierra caliente, y tal vez entregó sus miembros mutilados á 
la voracidad de los caimanes del Zacatula, ó acaso los ofreció 
en festín á los millones de pescados que pueblan la costa del 
Pacífico en la desembocadura del gran río. 



479 • 

Después de aquella terrible escena, nuestro ejército siguió 
8u marcha hacia el Norte, envuelto en la horrorosa tempes- 
tad. 

La luz del relámpago nos permitia vernos los unos á los 
otros. Más de tres horas hacia que la tempestad bramaba so- 
bre nuestras cabezas. Los soldados de infantería caminaban 
á tientas: los caballos se resbalaban, cayendo algunos sobre 
flus jinetes. Por más deseos que teníamos de fumar, era im- 
posible satisfacer el vicio; estábamos empapados y los ceri- 
llos no ardían. La obscuridad era profunda, como lo es en la 
sierra, cuando la luna no está sobre el horizonte. 

Y á propósito de este detalle, el general, que no perdía oca- 
sión áQ planear^ dirigiéndose á su secretario, dijo: 

— ¿Cuántos días tiene hoy la luna, ahijado? 

— ^No sé, señor, ni puedo calcular, porque ha estado el cie- 
lo tan nublado 

—Lo que prueba que ya olvidó usted la regla que nos dio 
en Tacámbaro la esposa de D. Antonio Gutiérrez. 

— ^Es verdad, señor, ya me acuerdo. Petrita Hinojosa nos 
decía que debemos tomar por base el número de la epacta, en 
cada año: que al número de la epacta se agrega el del mes 
en que estamos, comenzando á contar desde Marzo y luego 
el de los días corridos en el mismo mes; si la suma no excede 
del guarismo treinta, indica la edad de la luna, pero si tras- 
pasa ese guarismo, entonces los treinta se sustraen de la su- 
ma total, y el resto indica dicha edad. 
• — Así es que 

— ^La luna tiene hoy veinte días; porque en este año el nú- 
mero de la epacta que trae el calendario es el de 3, 8 el de 
los meses corridos desde Marzo á Octubre, y como estamos 
á 9, resulta una suma de 20. 

— ¿Entonces siempre habremos de ocurrir al calendario de 
cada año para saber el número de la epacta? preguntó Riva 
Palacio riéndose. 

— ^No, mi general, contestó Jesús Rubio, no; con algo de 
memoria y con una poca de atención, nos basta haber visto 
una sola vez el Más Antiguo Galvdn: supongamos que tal co- 
fia sucede este año en el que la epacta tiene el número 3; en 



1 



480 

cada año sucesivo se le agregará el gaarismo once/y con tal 
de qae no exceda de treiata ese será el núnuero de la epacta. 
Si excediere, no hay más que restar los treinta y ee tendrá 
dicho número. 

— Eso quiere decir que el año entrante la epacta contará 
14, el de 1867 veinticinco y 36 el de 1868; pero como se re- 
bajan los 30, quedan 6. 

— Está bueno; mientras uno más vive, más sabe. 

— Demasiado lo sabia usted, mi general; aun antes de que 
nos lo dijera la señora de Gutiérrez. 

El general se rió de nuevo, y los lectores deben saber que 
esta conversación es rigurosamente verídica, y la tuvimos ca- 
minando de Uruapan á Paracho el 9 de Octubre de 1865, 
mientras el general Arteaga se dirigía á Santa Ana Ama- 

tlán. 

Mis recuerdos son precisos: cuando los busco en mi me- 
moria salen apresurados y obedientes, y entonces como si 
contemplara el paisaje en que sucedieron, como si viera á las 
personas que en ellos intervinieron, ¡ay! como si yo me reju- 
veneciese ó el tiempo no hubiera transcurrido! 

* Y ahora, no quiero que se me escape el recuerdo de Jesús 
Rubio: era éste en aquella época un joven de veintidós años, 
patriota hasta el delirio, inteligente y valeroso. Tan útil, sir- 
viendo como oficial de tilas, como desempeñando un empleo 
en el orden político ó rentístico. En aquellos días era oficial 
mayor de la Secretaría de Gobierno. Desde el triunfo de la 
patria sobre la intervención y el imperio el Gobierno ha uti- 
lizado sus aptitudes en el ramo de Hacienda. Hoy, que escri- 
bo estas líneas, desempeña el puesto de Administrador de 

rentas en Zamora. 

Después de nuestra plática^ como si la luna hubiese queri- 
do comprobar con su presencia nuestros cálculos astronómi- 
cos, apareció esplendorosa por entre una rasgadura de las nu- 
bes. Puedo asegurar que entonces ya no llovía, sino de nues- 
tros vestidos para abajo. 

Precisamente en aquel momento íbamos pasando por en- 
frente de Obispo Tirécuaro y vimos á los soldados correr ha- 
cia una cruz que allí se yergue y frotar los pies en su peana^ 

— ¿Qué es eso, ahijado? me preguntó el general. 



481 

—Es an eitio tradicional. Refiere la leyenda que cuando 
el primer obispo de Michoac