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Full text of "Historia de la guerra europea de 1914 : ilustrada con millares de fotografías, dibujos y láminas"

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UNIVERSITY OF ILLINOIS AT URBANA-CHAMPAIGN 

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HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



HISTORIA 



DE LA 



GUERRA EUROPEA 



DE 1914 



ILUSTRADA CON MILLARES DE FOTOGRAFÍAS, DIBUJOS Y LÁMINAS 



TOMO PRIMERO 




PROMETEO 

SOCIEDAD EDITORIAL 

Qermanías, F S.— VALENCIA 



ll^ól^v 




BLASCO IBANEZ EN LA PLAZA DE UNA ALDEA DEL ARGONA BOMBARDEADA POR LOS ALEMANES 

* I Fot. ,7. Francli) 



ÍNDICE 



Págs. 

Introducción 9 

EL PRÓLOGO DEL DRAMA 

I. — El atentado de Serajevo 13 

II. — Las reclamaciones de Austria. ... 19 

III. — La alarma en Europa 25 

IV. — Negativa de Austria á una petición de 
Rusia. — Alarma en París. — La con- 
testación iiumilde de Servia. — Aus- 
tria declara la guerra 27 

V. — La hora grave. — Optimismos y pesimis- 
mos.— Las primeras manifestaciones. 54 
Vl-VII. — Los trabajos de la diplomacia. ... 58 
Vil!. — El presidente Poincarc interrumpe su 
viaje. Alarma general. — Los antimi- 
litaristas de París 44 

IX. — Austria declara la guerra á Servia. . 47 
X. — Actitud de Rusia. — Su movilización 
parcial. — Inutilidad de las gestiones 
pacificadoras. — Las naciones empie- 
zan á arruinarse. — Llegada de Poin- 
caré á París 51 



Pásrs. 



XI. — Declaraciones de Inglaterra sobre la paz. 
— La situación en Londres y París. 
— Movilización rusa. — Reclamación de 
Alemania. — Vanas esperanzas de con- 
ciliación. — Las naciones se preparan 
para la guerra 57 

XII. — Los bastidores del drama. Despachos 
de Guillermo II y el zar. — La conducta 
del kaiser. — Unanimidad francesa. — El 
ciudadano Hervé y la huelga general. 
— El caricaturista Hansi 65 

XIII. — Alemania declara el «estado de amena- 
za» en todo el Imperio. Un discurso 
del emperador. — «Ultimátum» alemán 
á Rusia y á Francia. ¡Es la guerra! — 
Entusiasmo en Rusia. Serenidad de 
París 70 

XIV. — Asesinato de Jaurés 75 

XV. — Los bancos de París. La moratoria. — 
Orden de movilización general. — El 
gobierno habla á la nación.— La acti- 
tud del gobierno ingles.- Estado de la 
opinión en Inglaterra. — La prensa fran- 



Págs. 



P4?s. 



II. 

III. 
IV. 

V. 
Vi. 

vil. 



VIII. 



IX. 
X. 



XI. 
XII. 



cesa y la prensa alemana. — La movi- 
lización rusa. — La última esperanza de 
paz desvanecida 82 

EL ROMPIMIENTO 

El 2 de Agosto 92 

Primeras hostilidades. Los grandes su- 
cesos del día 99 

-La violación del Luxemburgo 103 

-La unanimidad de Francia IIÜ 

El entusiasmo de París. — Los extranje- 
ros 116 

La muchedumbre y la Estación del Este. 127 
Continúan las hostilidades. Manifiesto 
del zar al pueblo ruso. — La retirada 
del embajador Schoen. Un artículo 

de Clemenceau 154 

Los trabajos pacificadores de Jorge V. 
Actitud de Inglaterra.— Maquiavelismos 
de la diplomacia alemana. Sus inten- 
tos para «comprar» la neutralidad in- 
glesa 142 

-El 3 de Agosto en la Cámara de los 

Comunes 147 

-Sucesos del 4 de Agosto. — La firmeza 
de Bélgica. Declaraciones de Sazo- 
nof en la Duma. Atropello de embaja- 
dores en Berlín. Entusiasmo en Bru- 
selas y en París 156 

-Memorable sesión del Parlamento fran- 
cés 166 

-Rompimiento de Inglaterra y Alemania. 182 
-El pueblo inglés y la guerra 188 



XIII. — La defensa de Bélgica. — Alocución del 
rey. — Palabras de Guillermo II y de 
su canciller. Falsas noticias acerca 
de la situación de Francia. 

XIV. — Los belgas y su rey 

XV.— El general Joffre 

XVI. — Los responsables de la guerra. . 
XVII. — Los apologistas de la fuerza. . 

PUEBLOS Y MONARCAS 



194 
201 
218 
256 
252 



I. -La raza prusiana 258 

II. — Los Hohenzollern 262 

III. - Bismarck y la grandeza de Prusia. 274 
IV. — La guerra de 1870 y el Imperio de Ale- 
mania 290 

V. — La política interior de Bismarck. — Or- 
ganización del Imperio 515 

VI. La política exterior de Bismarck. . . 524 

Vil. — La marina alemana 333 

VIII. — El ejército alemán 545 

IX. — El espionaje alemán 374 

X. - La juventud de Guillermo II 595 

XI.— Él 408 

• XII. — La historia de Calígula en Alemania. . 440 
XIII. — La Alemania que se ve y la que no 

se ve 452 

XIV. — El pangermanismo 465 

XV. — El «brillante segundo» 491 

XVI. — La Medicina y los dos emperadores. . 515 

XVII. Francia 518 

XVIII. — Rusia y el paneslavismo 548 

XIX. — Servia y Montenegro 564 

XX.— La guerra 578 





ARTILLERÍA GRUESA ALEMANA. EL GIGANTESCO MORTERO UOWITZER, DE 21 CENTÍMETROS 



INTRODUCCIÓN 



No hay en la historia de la humanidad guerra 
alguna que pueda compararse con la presente. 
Las grandes invasiones de los bárbaros que 
dieron ñn á la llamada Edad Antigua; las avalanchas 
galopantes de los hunos y de las hordas mongólicas; 
los choques europeos que por su duración recibieron 
los títulos de Guerra de Cien Años y Guerra de Trein- 
ta Años; los avances arrolladores del turco hasta los 
muros de Viena; las campañas de los reyes españoles 
contra medio mundo; las conquistas napoleónicas que 
durante quince años trajeron trastornado al conti- 
nente; todos los hechos de la historia belicosa de los 
hombres, palidecen y se achican frente á la guerra 
de 1914. 

Un día de esta guerra equivale, por sus pérdidas 
en hombres y dinero, á un mes ó un año de las guerras 
famosas de otros tiempos. Las grandes cabalgadas de 
jinetes vándalos y hunos, exageradas por el terror de 
los cronistas y los medios de subsistencia de aquellas 
épocas, tal vez fueron menos importantes numérica- 
mente que las cortinas de caballería que esparcen 
como simples avanzadas los ejércitos del presente 
para ocultar sus movimientos. 

Esta es la primera guerra que hacen los pueblos 
con ejércitos formados por el servicio obligatorio; el 
primer choque de naciones enteras puestas sobre las 



armas. Hasta hace pocos años los ejércitos se contaban 
por miles de hombres; hoy se calculan por millones. 
Antes podían desarrollarse las guerras y durar años y 
años sin que por esto se paralizase la vida productora 
de los países beligerantes. Mientras en un lado de la 
nación peleaban los militares de oficio y una minoría 
de ciudadanos reclutada por la suerte, el resto del 
país proseguía sus trabajos ordinarios, sin otra altera- 
ción que la de una lógica inquietud por el resultado 
de la lucha. Muchas veces acababan las gentes por 
familiarizarse con esta situación anormal. Ahora la 
guerra paraliza por completo la vida económica, siendo 
esta catalepsia tanto más profunda cuanto más rica y 
vigorosa es la nación. Fábricas y talleres se cierran 
por falta de brazos; todos los hombres, desde los diez 
y ocho años á los cincuenta, van al combate; los fe- 
rrocarriles no existen para el tráfico mercantil, pues 
emplean todo su material en el transporte de comba- 
tientes, armas y bestias; los puertos se convierten en 
lagunas muertas, con archipiélagos de navios inmó- 
viles y silenciosos y rosarios de minas sumergidas que 
obstruyen sus bocas de acceso. 

Las batallas duran meses y se extienden en un 
frente de centenares de kilómetros, abarcando los lí- 
mites de varios Estados. Las vías férreas funcionan 
incesantemente á espaldas de los ejércitos en lucha, 



10 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




CALLE DE AMBBRBS BOMBARDEADA I'OR LOS ALEMANES 



(Fot. liül) 



transportando á enormes distancias los combatientes, 
según las imperiosas necesidades de la oportunidad 
táctica. El mismo soldado que dispara su fusil entre 
las fronteras de Alemania, Francia y Suiza, monta 
rápidamente en un vagón y va á disparar de nuevo á 
orillas del mar del Norte. El alemán que pelea en las 
trincheras de la Champaña, se ve tres días después 
luchando en Polonia á orillas del Vístula. 

Nunca se han visto chocar y morir tantos hombres 
juntos en un terreno de operaciones tan vasto. 



La mitad aproximadamente del género humano 
está en guerra en estos momentos directa ó indirec- 
tamente. De los 1.700 millones de seres que consti- 
tuyen la población del globo, 8ri4 millones (entre me- 
trópolis y colonias) se odian y gastan su dinero para 
exterminarse. 

¿Cuándo se conoció esto en la Historia?... 

Quince millones de hombres están hoy sobre las 
armas, y antes de pocos meses tal vez serán veinte. 
Con sólo que la guerra se prolongue un año, llegarán 
á ser 25 ó 30 millones los combatientes: cifra mons- 
truosa con la que jamás soñaron Aníbal, Alejandro y 
Bonaparte. 

La guerra de 1911 es la más estupenda y loca ma- 
tanza que pudo imaginar el espíritu de destrucción 
que de vez en cuando desorienta y enloquece á la 
humanidad. 



No menos espan- 
to infunde el pen- 
sar lo que esta gue- 
rra significa para 
la vida económica 
de los pueblos. 

Antes de que se 
declarase, y antes 
también de que na- 
die pudiese sospe- 
char su repentino 
y absurdo estalli- 
do, la situación 
financiera del mun- 
do civilizado no era 
próspera. La gue- 
rra balkánica ha- 
bía trastornado el 
organismo finan- 
ciero internacio- 
nal, que es de gran 
delicadeza, como 
toda máquina gran- 
de y complicada. 
La circulación de 
valores entre las 
naciones sufría 
cierta parálisis. A 
esta situación esta- 
cionaria había que añadir el trastorno en los negocios 
de América, producido por las revoluciones mejica- 
nas y la crisis económica del Brasil y la l\(])ública 
Argentina. 

Los poderes financieros estaban buscando un re- 
medio para res- 

tablecer la cir- 
culación de va- 
lores, cuando la 
gran guerra ha 
venido á hacer 
más penosa la 
situación. 

Todos los cam- 
bios internacio- 
nales aparecen 
dislocados; las 
grandes Bolsas 
están cerradas; 
los pagos entre 
lasnaciones(aun 
aquellas que se 
mantienen en la 
neutralidad) re- 
sultan difíciles, 
si es que no es- 
tán suspendidos; 
el dinero se ha uno de los pórticos de la catedral 

ocultado* el oré- de rbims despi-és del bombardeo 

(De L'lUiistiation) 




HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



11 



dito no existe. ¿Caánto va á costar 
esta guerra monstruosa, desencade- 
nada por el imperialismo?... 

Paul Leroy-Beaulieu, el sabio eco- 
nomista, en un discurso ante la Aca- 
demia de Ciencias Morales y Políti- 
cas de París, ha hecho el presupues- 
to del actual conñicto. 

«Basándonos — dice Leroy-Beau- 
lieu — en que el sostenimiento por 
término medio de un soldado moder- 
no, con sus armas y demás efectos, 
representa un gasto diario de 12 fran- 
cos á 1'2"50 por hombre, para las 
cinco naciones participantes de la 
guerra actual (Alemania, Austria, 
Inglaterra, Rusia y Francia), y eva- 
luando la duración de esta guerra 
sólo en siete meses (que es lo que 
duró la guerra de 1870-71), se llega á 
un total aproximadamente de 3.5.000 
millones. 

»Pero hay que añadir á esta cifra 
los gastos de otros pueblos compro- 
metidos en la lucha (Bélgica, Ser- 
via, Montenegro, Japóo) y de los Es- 
tados neutros que han tenido que 
movilizar sus tropas, gastos que re- 
presentan en bloque de 3.000 á 4.000 
millones; se llega de este modo á un 
total de 38.000 ó 39.000 millones, 
sólo para los gastos inmediatos de la 
guerra. Pero una vez terminada ésta 
sobrevendrá un período de transi- 
ción, que puede durar cuando menos 
dos meses, y que añadirá todavía 
4.000 ó 5.000 millones á los gastos 
efectivos del conflicto.» 

Del mesurado cálculo de Leroy- 
Beaulieur esulta que el sostenimiento 




CASA DE AMBERES DESTROZADA POR TN 0BÚ3 ALEMÁN 

En el último piso un dormitorio en desorden con una cuna próxima á caer. En el primer piso 
un salón. En el piso bajo un café 




DESPUÉS DE LA BATALLA DEL MARNE. UN CAMPO SEMBRADO DE CADÁVERES 

(Fots. Rol) 



de la guerra actual costará de 45.000 
á 50.000 millones, si es que sólo dura 
siete meses. 

Pero por desgracia, todo hace pre- 
ver que durará algo más, ¿y quién 
sabe hasta dónde puede aumentarse 
esta cifra enorme de millones?... 

La tenaz Inglaterra, que llega 
siempre al último límite cuando su 
cólera fría le hace adoptar una reso- 
lución extrema, ha declarado que la 
victoria será del pueblo que en medio 
de la ruina universal pueda disponer 
del último millón. 

«El dinero— come dice el citado 
economista — es sobre todo necesario 
al iniciarse la guerra para su pre- 



12 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



paración, y al final para su liquidación. En principio, 
resulta menos necesario durante el curso de ella para 
su sostenimiento.» 

Y como único consuelo en medio de este cuadro de 
horrores económicos, Leroy-Beaulieu, al ocuparse del 
triste porvenir que nos aguarda, termina así: «Las 
sociedades modernas tienen tal fuerza de renovación 
y de progreso, que cada pueblo, haciendo un llama- 
miento al conjunto de sus fuerzas nacionales, puede 
soportar el fardo de los gastos, con grandes sufrimien- 
tos ciertamente, pero sin llegar á verse aplastado por 
completo.» 

Esta guerra europea es ya una guerra mundial. La 
gran batalla de razas que se desarrolla en el centro 
del viejo mundo se ha esparcido fragmentaria por todo 
el planeta. Los japoneses baten á los alemanes en las 
costas de la China; las tropas sud-africanas de los alia- 
dos invaden las colonias germánicas; hombres de di- 
versas razas y colores, venidos de los lugares más 
remotos de la tierra, dan su sangre en los campos de 
Europa á la gran cruzada contra el imperialismo; los 
navios armados se persiguen por todos los mares del 
globo; se agitan las aguas con las explosiones ocultas 
de los torpedos; suena el cañón á lo largo de las cos- 
tas de América, en las soledades del Pacífico y entre 
los paradisíacos archipiélagos del mar de las Indias. 
Las naciones tituladas neutrales pueden á duras 
penas mantenerse al margen del conflicto. En unas, la 
tradición política y el entusiasmo del pueblo pugnan 
por vencer la prudencia de los gobiernos, queriendo 
pasar de la inercia actual á una actividad belicosa. 
Otras, por su posición geográfica, atraerán segura- 
mente la invasión y el atropello de un imperialismo 
que no reconoce derecho ni respeta compromisos, y 
para defender su 
existencia ten- 
drán que salir 
forzosamente de 
la neutralidad. 

Nuevos com- 
batientes entra- 
rán en la lucha. 
Son muy conta- 
dos los pueblos 
de Europa que 
lograrán vivir 
aparte de esta 
conflagración 
mundial. 



Vamos á rela- 
tar el desarrollo 
y los horrores de 
unaguerramons 
truosa entre to- 
das las guerras, 




que empieza en 1914 y nadie sabe cuándo terminará. 
«La Historia es una resurrección», decía Micholet. 
En la presente Historia no hay que resucitar nada. 
Los hombres y los hechos están aún con vida ante 
nosotros. No hemos de interrogar á muertos, forjando 
hipótesis sobre su inmovilidad silenciosa y el brillo 
enigmático de sus ojos empaüados. Los que nos rodean 
están vivos ó son moribundos que aún pueden hablar 
y dicen la verdad de los últimos momentos. 

Las ciudades incendiadas; las muchedumbres pa- 
cíficas en pavorosa fuga, dejando á sus espaldas la 
casa en escombros y los parientes fusilados; los mo- 
numentos arquitectónicos que respetaron los siglos 
bárbaros y acaban de ser suprimidos para siempre 
por el ojo y la mano de un artillero que se cree civili- 
zado; todos los horrores de una guerra que puede lla- 
marse única, están ahí, á corta distancia de nosotros, 
como testimonios de deshonra, justificando el anate- 
ma, el grito generoso de la indignación. 

Procuraremos ser imparciales en nuestro relato, 
aunque jamás historia alguna, en sus deseos de im- 
parcialidad, ha llegado á librarse de las influencias 
de la pasión. Somos hombres de nuestra época; vemos 
dolorosamente cómo en unas cuantas semanas se han 
suprimido varios siglos de trabajo y de progreso, y no 
podemos permanecer fríos é impasibles ante estas 
maldades irreparables de la más desatentada de las 
ambiciones. La humanidad parece retroceder á la 
época de las cavernas. La ciencia, raptada y violada 
por el antiguo bárbaro, le sigue y le ayuda como una 
esclava triste. ¿Van á morir también — como mueren 
los monumentos y los hombres — las más nobles aspi- 
raciones de la humanidad?... 

¡Una guerra mundial, una guerra cuyo término 
nadie conoce, cuando los hombres creían en la paz 

más que nunca, 
y guiados por la 
ciencia y el arte, 
que, según Goe- 
the, no tienen 
patria, avanza- 
ban hacia la ma- 
yor perfección 
posible, hacia la 
ciudad futura 
soñada por este 
poeta generoso 
y humano, del 
que son nietos 
espurios los in- 
telectuales ale- 
manes que ahora 
glorifican lasha- 
zañas bárbaras 
del militarismo 
de su país como 
algo divino! 



FAMILIAS DE CAMPESINOS BELGAS QUK HUYEN ABANDONANDO SUS CASAS ANTE LA 
APROXIMACIÓN DE LOS ALE.MANKS i,l'"ul. Rol) 




VISTA GENERAL DE SElíAJEVO. CAPITAL DE LA BOSNIA 



El prólogo del drama 



El atentado de Serajevo 

EL 28 de Junio de 1914 la ciudad de Serajevo (1) 
fué testigo de un suceso que en el primer mo- 
mento no tuvo mayor importancia que cual- 
quiera de los numerosos atentados personales del fa- 
natismo patriótico, pero que veinte días después sirvió 
de pretexto para iniciar la guerra europea. 

Serajevo es la capital de la Bosnia, vasto territorio 
que, en unión con la Herzegovina, quedó anexionado 
al Imperio de Austria cuando ambos dejaron de perte- 
necer definitivamente á los turcos. 

Bosnia y Herzegovina viven hace tiempo en una 



(1) Esta ciudad, que goza ahora de una celebridad mundial 
& causa del atentado que dio pretexto á la guerra europea, es 
conocida con diversos nombres: Bosna Serai. Seraio, Seraievo. 
Sarajevo y Serajevo, procedentes todos del primitivo titulo de 
Sera'í que le dieron los turcos á causa del gran Serrallo ó pala- 
cio que hizo construir Mahomed 11, y en torno del cual se ele- 
varon ochenta mezquitas y numerosos bazares. 



situación semejante á la de Alsacia y Lorena. La ma- 
yoría de sus habitantes son de raza eslava, servios 
por su origen y sus afectos, y su deseo vehemente es 
unirse á la Servia libre, vivir bajo el gobierno de Bel- 
grado. Cuando estos dos territorios fueron emanci- 
pados por Europa de la dominación turca, lo lógico 
hubiese sido permitir que se incorporasen espontá- 
neamente á la nación constituida por sus hermanos 
de raza y creencias religiosas. 

Pero el Imperio austriaco ha sido insaciable en sus 
apetitos de anexión. Constantemente derrotado ea los 
campos de batalla desde hace más de un siglo, busca 
en las intrigas diplomáticas y los compromisos se- 
cretos un medio de adquirir nuevos territorios, con- 
solándose así de las victorias que nunca obtuvo. Su 
fidelidad á la Triple Alianza la ha cobrado con cre- 
ces, haciendo que Alemania le apoyase con su enorme 
poder y sus amenazas cada vez que solicitaba una 
anexión. Nunca ha combatido en las guerras moder- 
nas contra Turquía, y siempre á la hora del reparto 
se ha llevado la mejor presa. 

Contra toda razón histórica y étnica se anexionó 
á Bosnia y Herzegovina, pretendiendo hacerlas aus- 



14 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




UNA VISTA DE BBI.CUADO 
En el fondo el puente del ferrocarril que ponía en comunicación con Austria y que ahora está roto 



triacas. Contra toda lógica quiso fundar recientemente 
el pequeño reino de Albania, dando su corona á un 
principillo alemán, empresa que ha costado mucha 
sangre y dinero para venir a terminar de un modo 
grotesco. 

Bosnia y Herzegovina sobrellevan con impaciencia 
la dominación austriaca, aprovechando todas las oca- 
siones para protestar contra ella. Su rebeldía sorda es 
semejante á la de los alsacianos y 
loreneses, pero más violenta y ra- 
dical en sus procedimientos de ac- 
ción, por la diferencia de sangre y 
de costumbres. Una sociedad cons- 
piradora, la Narodna Obrana, pare- 
cida en sus fines á la Liga de Pa- 
triotas de Francia, une á los servios 
de las provincias anexas con sus 
hermanos de Belgrado, militares, 
profesores, estudiantes, patriotas 
entusiastas que sueñan con recons- 
tituir la «Gran Servia» de otros si- 
glos, dominadora de toda la Europa 
oriental, y que casi se apoderó del 
Imperio de Bizancio. 

Estos servios anexionados al Im- 
perio austriaco tienen otros moti- 
vos, además de los de su origen, 
para mostrarse hostiles al domina- 
dor. Austria imita los procedimien- 
tos alemanes en Alsacia, fomen- 
tando una emigración de austriacos 
á Bosnia y Herzegovina. Gentes de 
los diversos Estados de su vasto 
y descosido Imperio se trasladan 
á estos territorios, ocupando los 



mejores puestos bajo la protección del gobierno y 
haciendo una guerra sorda á los antiguos pobladores 
de sangre eslava. Los croatas, gente violenta que 
siempre dio el contingente más bravo á los ejércitos 
austriacos, habitan también la Bosnia, pretendiendo 
oprimir á los de origen servio con un mal disimu- 
lado apoyo de las autoridades. Austria, en vez de 
unificar á sus pueblos bajo la igualdad de la paz, 




TIPOS DE ALDEANOS SERVIOS 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



15 




PLAZA TERRASSIE, LA PRINCIPAL DB BELGRADO 



procura separarlos fomentando los odios de raza, para 
sostener de este modo su autoridad central, caduca y 
vacilante. 

Los austríacos trasplantados en Bosnia son se- 
mejantes á los alemanes establecidos en Alsacia y 
Lorena. Bullen ruidosos y entusiastas al amparo del 




EL EMPBltADOl: DE AfSTHlA Y MC l'AMll.IA 



Á SU izquierda Is duquesa de Hohenberg y su marido el archiduque Francisco Fernando, asesina- 
dos en Serajevo. Á su derecha el archiduque Carlos Francisco y su esposa Zita de Korbón y Parma, 

actuales herederos de la corona (Kots. Külj 



dominador, organizando manifestaciones de lealtad y 
adhesión al gobierno, pretendiendo hacer creer que 
no existe antagonismo entre el país y las autoridades, 
que todo el pasado está en el olvido, que sólo unos 
cuantos locos sin importancia persisten en los anti- 
guos odios... hasta que un hecho ruidoso se encarga 
de revelar el fuego oculto tras de 
esta fachada alegre, las fuerzas hos- 
tiles é irreductibles que siguen agi- 
tándose en el misterio. 

Otro núcleo de poblacióu impor- 
tante existe en Bosnia y Herzegovi- 
na como una raza aparte, pero pací- 
fico, conciliador, poco afecto á las 
aventuras y los peligros, deseoso 
de reposarse, en una tranquilidad 
propicia á los negocios, de las perse- 
cuciones sufridas en otros tiempos. 
Son los judíos de origen hispánico; 
los «españoles», como los llaman en 
todo el Oriente de Europa; hebreos 
expulsados de la península ibérica 
que aún guardan en la sinagoga y 
en la intimidad de sus viviendas, 
como idioma del hogar, un caste- 
llano anticuado. 

En Serajevo son muchos miles. 
Representan lo mejor del comercio, 
exhibiendo en los rótulos de sus tien- 
das apellidos españoles de rancio sa- 
bor. Su cultura ha creado bibliote- 
cas, en las que figuran los mejores 
libros escritos en castellano. Ade- 
más, han fundado varios periódicos, 
que aparecen impresos en caracteres 



16 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



hebreos, pero que están redactados en nuestra lengua. 

El «español» de Bosnia y Herzegovina, cuyos ma- 
yores recibieron asilo del turco en estas tierras cuando 
fueron expulsados de la Península, permanece al mar- 
gen de toda agitación política. Bastante quehacer 
tiene con defenderse de los ataques del antisemitismo, 
difundido en toda Austria por el apasionamiento reli- 
gioso. 

Su placidez de buen comerciante sólo se altera con 
una melancolía soñadora cuando habla de los <<anti- 
guos que vinieron de allá», de la tierra que durante 
siglos fué una buena madre y luego los expulsó como 
bestias malignas. Y esta melancolía hace subir lágri- 
mas á sus ojos en la sinagoga cuando el rabino canta 
con voz trémula, al recordar las glorias muertas de la 
raza, las felicidades que no pueden volver: 

Perdimos la bella Sión; 
l)erdimos también España, 
nido de consolación. 



A fines del mes de .Junio el archiduque Francisco 
Fernando, heredero del Imperio de Austria, fué á la 
región de Ilidze para presenciar las maniobras de 
montaña del ejército. Luego se reunió con su esposa, 
la duquesa de Hohenberg, y juntos entraron en Se- 
raje vo. 

Francisco Fernando era el segundo heredero del 
Imperio. El ambiente trágico que parece rodear al 
viejo Francisco José, soberano de Austria, como una 
atmósfera mortal, hizo de él un futuro emperador. 
Educado en (iratz por los jesuítas, y sin más aspira- 
ciones que las de un archiduque preparado para un 
mando en los ejércitos, la muerte novelesca y miste- 
riosa del príncipe Rodolfo, hijo único del emperador, 
le sacó de la obscuridad, convirtiéndolo en heredero 
de la corona. 

Todos los archiduques reunidos en torno del an- 
ciano Francisco .losé tienen en su historia algo de 
desequilibrio romántico, de complicación novelesca. 
Son una mezcla rara de fanáticos meticulosos y de 
héroes byronianos. 




LLEGADA A ILIDZB DEL AUCHIDUQUE FRANCISCO FERNANDO 



Rodolfo, el hijo del emperador, devoto y libertino 
al mismo tiempo, apareció muerto una mañana: unos 
dicen que á manos de una amante celosa; otros afir- 
man que en el desorden de una orgía con ciertos ami- 
gos. Un archiduque primo suyo se despojó de la dig- 
nidad principesca para tomar el nombre de .luán Orth 
y lanzarse á vagar, como el «holandés errante» de la 
leyenda, por todos los mares del globo, hasta perecer 
en una tormenta frente al cabo de Hornos. La curiosi- 
dad pública no ha querido creer en la muerte de este 
personaje novelesco, y todos los años hay alguien que 
cree reconocer á Juan Orth entre los aventureros que 
vagan por las tierras de la América del Sur. Otro 
archiduque que pudo ser heredero de la corona renun- 
ció á sus derechos para convertirse en el burgués Leo- 
poldo Woelfling y casarse con una mujer de origen 
obscuro, llevando en Suiza una existencia modesta. 
Varios príncipes de la familia imperial austríaca viven 
esparcidos por Europa, en islas apartadas ó en conti- 
nuos viajes sobre un yate, olvidándose de su nombre, 
como si las glorias y honores de su nacimiento equi- 
valiesen á una maldición. 

Francisco Fernando, el menos complicado de toda 
la familia, también tuvo en su vida una página nove- 
lesca: la de su matrimonio. 

Al ser declarado heredero de la corona, las viejas 
archiduquesas de V^iena vieron para sus hijas una 
posibilidad de subir al trono, y todas lo asediaron que- 
riendo hacer de él su yerno. La archiduquesa Isabel 
supo atraerlo á su residencia de Presburgo, esforzán- 
dose durante meses y meses- por llamar su atención 
sobre los encantos y méritos de sus seis hijas. I'q día 
la vieja archiduquesa tembló de emoción y esperanza 
al ver que el heredero del Imperio contemplaba amo- 
rosamente un pequeño retrato de mujer oculto en la 
tapa del reloj. ¿Cuál de sus retoños sería el preferi- 
do?... Y cuando su curiosidad femenil pudo aprove- 
char un descuido para ver el retrato, encontró con 
horror los rasgos fisonómicos de la condesa Sofía de 
Choteck, una señorita pobre, mezcla de institutriz y 
dama de compañía de una de sus hijas. 

La archiduquesa, indignada, echó á la calle á la 
ambiciosa Choteck; Francisco Fernando protestó de 
este atropello, abandonando igualmente la residencia 
de su tía; la señorita pobre mantuvo á distancia á su 
pretendiente ocultándose de él, pidiéndole en sus car- 
tas que la olvidase, ya que por la diferencia de naci- 
mientos era imposible un matrimonio entre ellos, y 
estas resistencias sirvieron para excitar más aún la 
pasión amorosa del archiduque, taciturno y escaso en 
palabras. Los jesuítas, sus antiguos maestros, prote- 
gían á la condesa Choteck, gran devota de ellos. En 
vano el emperador, para vencer estos amores, envió 
á su sobrino á viajar por una gran parte de la tierra. 
La fidelidad del príncipe lo hacía volver siempre en 
busca de esta mujer, la única de su vida, hasta que 
al fin secretas y poderosas intercesiones vencieron al 
emperador, haciéndole autorizar el casamiento cuando 



EL 4 DE AGOSTO EN l^ 
UNA SESIÓII 




DIbuio de ). Simonl, de «Lllluslralion» de Parfs 

El 4 de Agosto se reunió la Camdrd francesa, al mismo tiempo que el Senado, para conocer el mensaje del presidente de la Repú- 
blica y la comunicación del iefc del gobierno, M. Viviani, en que se exponían los motivos que arrastraban á Francia, llevándola á la 
guerra. Fué un espectáculo inolvidable. El amor á la patria y la confianza en sus destinos hacían latir los corazones. Una inmensa acia- 



. CÁMARA FRANCESA 
HISTÓRICA 




lación acogió el discurso de M. Viviani. Todos los brazos se levantaron para ¡urar que defenderían hasta el líltimo extremo y por iodos 
)s medios legítimos la causa de la patria, del progreso y de la civilización... «Hemos procedido sin lacha y procederemos sin miedo», 
roclamó M. Viviani. Y toda la Cámara, unánimemente, se asoció á estas palabras. 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



17 



ella tenía ya treinta y tres años. Este matrimonio sólo 
fué morganático, según la declaración del gobierno 
austríaco. ^vLa condesa Choteck— declararon los mi- 
nistros — no será considerada como archiduquesa, ni 
sus hijos podrán ser archiduques.» 

Una vez en la corte, la condesa supo avanzar 
lenta y seguramente, con la ayuda de misteriosas in- 
dicaciones, hacia la realización de sus ensueños. Sus 
asiduidades cariñosas conquistaron el afecto del viejo 
emperador. Una modestia risueña de pariente pobre 
desarmó á las princesas hostiles. Poco á poco fué con- 
siguiendo que la nombrasen princesa de Hohenberg; 
luego duquesa del mismo título. Tomó lugar en los 
desfiles de corte á continuación de las archiduquesas, 
en algunas ceremonias pasó delante de ellas, y Gui- 
llermo II, durante una visita á Berlín, la recibió con 
todos los honores de una heredera del trono. Iba á rea- 
lizar los ensueños de grandeza que habían alegrado 
su ambiciosa juventud, cuando la muerte la sorpren- 
dió á los cuarenta y seis años. 

Su influencia había operado una gran transforma- 
ción en el modo de ser de su marido. El silencioso ar- 
chiduque, que de joven mostraba cierto desvío por sus 
funciones de príncipe heredero, limitándose á repre- 
sentar al emperador en los viajes y las ceremonias 
penosas, comenzó á intervenir activamente en la polí- 
tica del Imperio. Su carácter se mostró de pronto im- 
pulsivo y un tanto brutal. Sintió vehementes ambicio- 
nes de agrandar el territorio con ruidosas conquistas. 
En sus actos y palabras revelaba un instintivo deseo 
de imitar á Guillermo II. Él fué el principal autor de 
la anexión de Bosnia y Herzegovina y el sostenedor 
del ridículo reino de Albania. Su esperanza, franca- 
mente manifestada en muchas ocasiones, era hacer la 
guerra á Rusia, aunque la conflagración se extendiese 
por toda Europa. Esto le hizo dedicarse al perfeccio- 
namiento del ejército austríaco, nombrando y desti- 
tuyendo á su voluntad los ministros de la Guerra. 

Un extremado fanatismo religioso le hizo chocar 
con todos los que no participaban de sus creencias. 
Sus mejores amigos eran los jesuítas. Todo el que no 
era católico no existía para él en una nación como la 
austriaca, donde son varias las razas y las religiones. 
Se negó á tratar personalmente con algunos ministros 
de Hungría porque eran protestantes é incrédulos. A 
pesar de los compromisos de la Triple Alianza, odiaba 
á Italia y algunas veces inició actos ostensibles contra 
ella. Era en la vida privada un hombre sobrio y vir- 
tuoso, buen padre de sus tres hijos y algo sometido á 
la influencia de la esposa. Su tardío y desordenado 
amor á la gloria, su exagerado sectarismo y el espí- 
ritu de loca aventura que inspiraba muchos de sus 
actos, le hicieron temible para unos y antipático para 
otros. Sólo los militares favorecidos por él mostraban 
cierto entusiasmo. Ni la corte ni el pueblo le amaron 
nunca. 

Por su voluntad hace tiempo que hubiera estallado 
la guerra europea. En 1909, Francisco Fernando quiso 





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^^^^^^l^^^^^^^^^flF / li^^^Vv^^^l 







EL ARCHIDUQUE FRANCISCO FBRNANDU Y SU ESPOSA LA DUQUESA 
DE HOHBNBBRG {De L'/lh'Stnilinil) 

invadir la Servia, aun sabiendo que esto podría traer 
como consecuencia la guerra con Rusia. 

El odio á Servia era su sentimiento dominante. La 
detestaba por su espíritu revolucionario, su sangre es- 
lava y su religión cismática. 

Este fanatismo devoto le hizo enemistarse con mu- 
chos generales de su país. En el último otoño, durante 
las maniobras, hizo llamar un día al barón Hotzen- 
dorf, jefe del Estado Mayor austriaco. 

— He estado hoy en la misa — dijo el archiduque — 
y no os he visto, general. ¿Por qué no habéis ido á 
oírla? 

El jefe de Estado Mayor se limitó á responder: 
— Yo creo que el ir ó no ir á misa es un asunto par- 
ticular que nada tiene que ver con el servicio. 

El archiduque no volvió á hablarle. 



Francisco Fernando y su esposa entraron en Sera- 
jevo ocupando un automóvil descubierto. La muche- 
dumbre llenaba las aceras, contenida por soldados y 
agentes de policía. Poco entusiasmo; aclamaciones 
únicamente de los austríacos y los croatas. Los habi- 
tantes de raza eslava veían pasar silenciosos á este 
enemigo constante de Servia. 

Cerca de la casa de Correos un individuo que es- 
taba en primera fila entre la muchedumbre, en un 
lugar desprovisto de policía, arrojó una bomba sobre 



18 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




I,(IS AUOIllDCQUHS DlRltlIUNllDNH Al. I'AI.ACIO DEL .Mi:M('ll'IO 
DKSPUÉS DEL PRIMER ATENTADO 



el carruaje del archiduque. La bomba pasó rozando al 
heredero del trono, que instintivamente la repelió con 
un brazo. El proyectil fué á estallar detrás del vehí- 
culo, hiriendo ligeramente á los edecanes que iban en 
otro automóvil y á seis personas inmediatas. 

El hombre que había lanzado la bomba era un 
tipógrafo llamado Cabrinovitch, servio de sangre, 
pero nacido en Bosnia. Con un impulso violento se 
abrió paso entre la muchedumbre y saltó al río, que 
estaba inmediato. Varios policías se arrojaron en el 
agua tras de él, consiguiendo sujetarlo después de 
una corta lucha. Una parte del público, indignada 
por el atentado, quiso matarle, y la policía tuvo que 
protegerlo. 

El archiduque y su esposa continuaron la marcha 
hasta el palacio del Municipio, donde se había orga- 
nizado una recepción en su honor. Cuando el alcalde 
comenzó á pronunciar el discurso de saludo, Fran- 
cisco Fernando le interrumpió con voz temblorosa por 
la cólera. 

— ¿Para qué ese discurso?... Yo 
he venido aquí únicamente á ver el 
país, y me reciben con bombas. ¡Esto 
es indigno! 

Pero arrepentido de esta impulsiva 
interrupción y del silencio embara- 
zoso que produjo en torno de él, aña- 
dió á los pocos momentos, dirigién- 
dose al alcalde: 

— Está bien; podéis continuar vues- 
tro discurso. 

El pobre discurso llegó á su fin, y 
cuando el archiduque iba á reanu- 
dar la marcha triunfal por las calles 
de Serajevo, el alcalde le suplicó que 
modificase su itinerario, yendo por 
distinto camino que el fijado en el 
programa hasta el Konak ó palacio 
del Gobierno. Todos temían que se 
repitiese el atentado. Es más; el go- 
bierno de Servia había hecho saber 



días antes al gabinete austríaco sus sospechas de que 
en Bosnia se tramaba algo contra la vida del archi- 
duque, dando este aviso leal para que el interesado 
adoptase las precauciones consiguientes. 

Pero el archiduque, arrogante y duro, despreció 
todas las indicaciones, diciendo que tenía sus motivos 
especiales y secretos para no cambiar de itinerario, 
motivos que sus allegados conocían igualmente, pero 
que él no quería divulgar. 

Cuando el automóvil pasaba ante la esquina de la 
calle de Francisco José y la calle Rodolfo, un joven 
de diez y ocho años, alumno de octavo curso en el 
Instituto de Serajevo, llamado Gavrilo Prinzip, servio 
de sangre, pero nacido en (írohoro (Bosnia), avanzó 
al medio de la calle. Tampoco en este lugar había 
cordón de policías ni de soldados, no obstante las 
grandes fuerzas desplegadas en todo el curso del iti- 
nerario. 

Gavrilo Prinzip, á pesar de sus pocos años, era 
muy conocido por la exaltación de sus ideas patrió- 
ticas. Además estaba expulsado de Bosnia desde tres 
años antes. En 191:5 la policía había hecho salir del 
país á este alumno de retórica, por la propaganda 
política que hacía en las escuelas. Prinzip llegó sin 
ningún obstáculo hasta el automóvil, y sacando del 
bolsillo una pistola browing, hizo dos disparos contra 
el archiduque, hiriéndole en las piernas y en el cuello. 
Francisco Fernando intentó incorporarse, pero rodó 
al fondo del carruaje expeliendo por el cuello y la boca 
borbollones de sangre. Su esposa se precipitó sobre él 
con un movimiento instintivo para cubrirlo con su 
cuerpo, y fué en tal momento cuando Prinzip disparó 
por tercera vez, hiriendo á la duquesa en el bajo vien- 
tre. Esta cayó desvanecida en las rodillas de su ma- 
rido, que estaba igualmente sin conocimiento. 

El automóvil se abrió paso entre la confusa mu- 
chedumbre, alborotada por el atentado, para llevar al 




DETENCIÓN DEL ESTUDIANTB PRINZIP DESPUÉS DEL ATENTADO 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



19 



Konak los dos heridos. Pero cuando los médicos lle- 
garon al palacio del Gobierno, el archiduque y su es- 
posa ya habían muerto. 

La población de Serajevo quedó aterrada por ol 
suceso en los primeros instantes. Luego, el odio que 
inspira todo atentado personal y las pasiones políti- 
cas y de raza que dividen á sus habitantes hicieron 
explosión, buscando el medio de derramar nueva 
sangre. 

Los croatas intentaron el saqueo de las casas y 
los establecimientos de los servios. Algunos grupos 
pasearon el retrato del emperador como un desagra 
vio por el reciente crimen. Los servios se encerraron 
en sus viviendas dispuestos á defenderse de los asal- 
tantes. Las tropas tuvieron que patrullar por las calles 
y colocar ametralladoras en varios puntos para impo- 
ner el orden, evitando de este modo la matanza y el 
incendio. 

Y en Viena, el viejo emperador, que ve caer de un 
modo trágico á todos cuantos le rodean — su hermano 
Maximiliano fusilado en Méjico; su hijo Rodolfo muerto 




LOS CROATAS RECORRIENDO LAS CALLES DE SERAJEVO 
PARA ASALTAR LAS TIENDAS SERVIAS 

en el misterio; su esposa la emperatriz Elisabeth ase- 
sinada en Ginebra; su sobrino y heredero Francisco 
Fernando rematado á pistoletazos con su mujer en 
una encrucijada de calles — , dijo con una expresión 
de espanto al conocer lo ocurrido en Serajevo: 

— ¡Éste también!... ¡Todavía!... ¡Todavía!... ¡Eh mi' 
existencia me toca verlo todo! 



II 



Las reclamaciones de Austria 

Después de lo ocurrido en Serajevo, el Imperio 
austro-húngaro tomó una actitud amenazadora ante 
Servia. 

El crimen de un escolar proporcionó al gobierno 
de Viena la ocasión ansiada desde años antes para 
infligir un rudo castigo al pequeño reino. 





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SAQUEO DE UNA TIENDA SERVIA EN SERAJEVO 

Una de las preocupaciones de la diplomacia aus- 
tríaca ha sido evitar el crecimiento del pueblo servio, 
por la influencia que éste puede ejercer en los esla- 
vos dependientes del Imperio. Mientras Servia fué 
gobernada por los monarcas vividores y apáticos de 
la dinastía Obrenowitch, el gabinete vienes la tuvo 
olvidada; pero al subir al trono la actual dinastía de 
Karageorgewitch — después de la trágica conspira- 
ción en la que perecieron el inútil Alejandro y la 
reina Draga — ■, vio un peligro en estos nuevos gober- 
nantes, aleccionados por el destierro y ansiosos de 
realizar grandes cosas para captarse la simpatía de 
su pueblo. 

Austria ha envuelto durante años en una red de 
intrigas al viejo Pedro I y á sus animosos hijos, que 
le ayudan valerosamente en la reconstitución de Ser- 
via. Con hábiles emboscadas diplomáticas los ha 
puesto varias veces al borde de una caída mortal, y 
ha cortado su camino como un obstáculo insuperable 
cada vez que intentaron un ensanchamiento de su 
patria. 

Cuando los servios marcharon contra los turcos en 
la última guerra balkánica, Austria creyó que iban á 
ser derrotados, regocijándose anticipadamente, y su 
desilusión fué enorme al verles vencedores. Luego in- 
trigó para lanzar á Bulgaria contra Servia, creyendo 




MANIFESTACIÓN DE CROATAS EX SEHA.IEVO PASEANDO 
U.\ RETRATO DEL EMPERADOR FRANCISCO JOSÉ 



20 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




BL PÚBLICO ESPERANDO EN I-A CALLE PARA DESFILAR ANTE EL CATAFALCO BRIC.IDO EN LA CAPILLA 

DEL PALACIO IMPERIAL DE VIBNA 



por segunda vez en una derrota aplastante de esta 
última, y sufrió una segunda decepción, intimamente 
sus diplomáticos empujaron ocultamente á los alba- 
neses para la invasión del país servio, creyendo que, 
extenuado por dos guerras, no podría resistir. Pero 
Servia repelió á los albaneses con una rapidez y una 
energía que jamás tuvieron los turcos al domeíiar a 
este belicoso país. 

Una nueva desilusión para Austria; un motivo de 
cólera contra los actuales gobernantes de Servia, que, 
aleccionados por su vida en las grandes capitales de 
Europa — cuando aún no habían recuperado el tro- 
no—, supieron organizar militarmente su pequeño 
país. 

La constante animosidad de Austria contra Servia 
ha llegado al extremo de una injusticia irritante. El 
Estado servio es, después de Suiza, el único de Europa 
que no da al mar ni dispone de un-puerto. Todo su 
comercio y lo que necesita para su vida pasa forzosa- 
mente por Austria, que de este modo impide su cre- 
cimiento y lo mantiene en humillante servidumbre. 
Suiza no tiene acceso al mar, pero es por su situación 
geográfica, lejana de toda ruta marítima. Además, 
cuenta con los medios do comunicación que le pro- 
porcionan los lagos de todas sus fronteras. Servia está 
á corta distancia del Adriático, y sin embargo, por la 
voluntad de Austria debe continuar siendo la única 
nación de Europa sin salida libre. Todas sus agitacio- 
nes y sus cóleras son por libertarse de este encierro 
y llegar hasta la costa. Varias veces ha pedido á las 
potencias que la saquen de la prisión en que la man- 
tiene Austria. Se contentaría con un solo puerto en 
el mar que tiene cercano; con una faja de diez kilóme- 
tros de frente sobre el Adriático: la extensión de una 
simple propiedad particular. Derramando en recientes 
guerras la sangre de sus guerreros ha llegado hasta 
aquél, apoderándose de un pedazo de costa del Adriá- 
tico; pero intervino el gobierno austríaco con sus in- 
ííuencias europeas, y otra vez los servios tuvieron 
que retirarse á su cárcel del interior, abandonando. 



lo mismo que los montenegrinos, lo que habían ga- 
nado á punta de bayoneta. 

Ante esta presión irritante y continua de la gran 
potencia hostil, so comprende la cólera de los servios, 
el estado de exaltación patriótica en que viven en 
Belgrado, no sólo el pueblo y los estudiantes, sino 
personas de una clase superior, como jefes del ejér- 
cito, magistrados, etc. Se comprende también el odio 
contra Austria que han manifestado siempre los pe- 



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-ij^V 




EL ARcninrQrE caulo.s francisco. nEREDERO de la corona 

DE AtSTRIA. su MUJER, ZITA DE BORBÓN, Y SUS DOS HIJOS 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



21 



riódicos servios, y la existencia de 
sociedades secretas con sus procedi- 
mientos violentos, último refugio de 
los impacientes, que ven atropellado 
su país contra toda equidad, porque 
es pequeño y más débil que el opre- 
sor. Hay en la Historia explosiones 
de cólera que llegan hasta el crimen, 
y por esto no se pueden justificar; 
pero que se comprenden perfecta- 
mente. 



El gobierno austríaco hizo abrir 
una información sobre el atentado de 
Seraje vo. 

Esta información la llevó á su vo- 
luntad, y bien sabido es lo que puede 
hacer una policía guiada por un go- 
bierno que tiene interés en encadenar 
y dirigir hechos é inducciones hacia 
un fin determinado. 

Es indiscutible que el tipógrafo Ca- 
brinovitch y el estudiante Prinzip per- 
tenecían á una sociedad secreta y te- 
nían por tanto cómplices en Servia. 
Es indudable también que entre estos 
cómplices figuran varios oficiales del 
ejército servio pertenecientes á la 
misma asociación. Pero esto es muy 
distinto á suponer como la policía de 
Viena, que fué el mismo gobierno de 
Servia el que preparó el asesinato del el \ 

archiduque y su esposa. 

Inútil alegar que las autoridades de 
Belgrado habían dado con anticipación la alarma de 
lo que se tramaba en Serajevo; inútil también querer 
demostrar que un gobierno no puede ser acusado de 
un delito sólo porque los autores de éste sean de su 
país. El gobierno austríaco quiso sacar partido del 





LOS TRES niTKRPANOS DEL ARCniDÜQUR FRANCISCO FERNANDO 



lEJO EMPERADOR DE AUSTRIA Y SU JOVEN HEREDERO 

(Dibujo (le J. Simont, de L'Illiistratioii de Paris) 

suceso, llevando adelante una averiguación secreta, 
forjando una verdadera novela folletinesca á capricho 
de detectives y agentes políticos, sin oir para nada 
al gobierno de Servia ni permitirle intervenir en las 
informaciones. 

El 23 de Julio, casi un mes después del atentado 
de Serajevo, cuando nuevos accidentes de la política 
europea habían hecho olvidar en parte este suceso, el 
gobierno austro-húngaro, bajo la forma de Nota «ver- 
bal» leída por su representante diplomático en Bel- 
grado, dirigió al gobierno de Servia una intimación 

Este documento empieza con una historia del con- 
ilicto entre ambas naciones. Recuerda que la anexión 
de Bosnia y Herzegovina fué reconocida por Servia 
en 31 de Marzo de 1909. Relata el atentado de Sera- 
jevo, hace constar que éste aparece en las informa- 
ciones de sus agentes como preparado en Belgrado, y 
reclama de Servia la seguridad formal de que conde- 
nará la propaganda peligrosa que se le señala, supri- 
miéndola por todos los medios. 

Luego la Nota continúa así, marcando los términos 
de la respuesta que Austria exige de Servia, ó sea lo 



22 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



que debe hacer el gobierno servio para dar satisfac- 
ción completa al gabinete de Viena: 

Para dar á su compromiso un carácter solomnc. el riobiorno 
real (ile Servia) mandará publicar en la primera i)áfíiiia del 
Diario 0/icial cíe 2ü de .lulio las declaraciones siguientes: 

«Kl Gobierno real servio condena la ])ro|>afíanda dirifíida 
contra Austria-Hung-ria. es decir, los trabajos realizados para 
separar de la monarciuia austro-liúngara territorios (jnc le per- 
tenecen, y lamenta además, muy sinceramente, las cojisecuen- 
cias funestas de esta labor criminal. 

»E1 liobicrno real servio lamenta (|ue oficiales 3' funciona- 
rios servios hayan colaborado en esta propaganda, poniendo en 
peligro las buenas relaciones de amistad y de vecindad á las 
que se había comprometido solemnemente el Gobierno real ser- 
vio en sus declaraciones de 31 de Marzo de 1909. 

»E1 (iobieruo servio, que des- 
aprueba y rechaza toda tentati- 
va de ingerencia en el destino 
de los pueblos de cualquit!ra 
parte de Austria-Hungría, con- 
sidera como un deber advertir 
del modo más categórico, á los 
oficiales y funcionarios y á toda 
la población del reino, que en 
adelante procederá con la ma- 
yor severidad contra las perso- 
nas que se hicieran culpables de 
semejantes trabajos, y que em- 
pleará todas sus fuerzas en pre- 
verlos y reprimirlos.» 

Esta declaración será puesta 
en conocimiento del ejército 
real i)i>r medio de una orden del 
día de Su Majestad el rey de Ser- 
via y pulilieada en el órgano oli- 
cial del ejército. 

Además de estas exigen- 
cias, el gobierno austro- 
húngaro formuló otras, aiin 
más severas. Según ellas, 
el reino de Servia debía 
comprometerse á lo si- 
guiente: 

1." A suprimir cualquiera 
publicación que excite el odio y 
el desprecio hacia la monarquia 
austro-húngara, y cuya tenden- 
cia geni^ral se dirija contra la in- 
tegridad territorial de aquélla. 

2.° A proceder inmediata- 
mente á la disolución de la aso- 
ciación denominada Narodna Obrana, confiscando todos sus 
medios de propaganda, y procediendo de la misma suerte con- 
tra las demás sociedades y asociaciones servias que se dedican 
á combatir á Austria-Hungría, 

El Gobierno real servio adoptará las medidas necesarias 
para que las sociedades disueltas no ])uedan continuar su fun- 
cionamiento con distinto nombre y forma. 

3." A eliminar iiunediatamente de la instrucción pública de 
Servia, tanto en lo que se refiere al cuerpo de profesores como 
á los medios de instrucción, todo lo que sirva y pueda servir 
para fomtiiitar la propaganda contra Austria- Hungría. 

4." A alejar del sím-vícío militar y la administración en ge- 
neral á todos los oficiales y funcionarios culpables de propa- 
ganda contra la monarquia austro-húngara, cuyos nombres y 
hechos se reserva el Gobierno austro-húngaro por ahora para 
comunicarlos oportunamente al Gobierno real de Servia. 

5.° A aceptar la colaboración en Servia de los órganos del 
Gobierno austro-húngaro para la supresión del movimiento 
subversivo dirigido contra la integridad de la monarquía. 




ALEJANDRO, PRÍNCIPE tlEREDBRO DE SERVIA 



G.° A abrir una investigación judicial contra los cómplices 
del com[)lot de 28 de Junio que se encuentren en territorio ser- 
vio. Tomarán parte en esta investigación funcionarios delega- 
dos del Gobierno austro-húngaro. 

~.° A proceder urgentemente á la detención del comandante 
Voislav Zankositcli y del llamado Milán /igaiiovitch, empleado 
del Estado servio. eoiiipi-Diiietidos ambos en el proceso de Se- 
ra j evo. 

8." A imiiedir con mediilas eficaces el concurso de las auto- 
ridades servias en el contrabando de armas y explosivos á tra- 
vés de la frontera, y á licenciar y castigar severamente á los 
funcionarios de servicio en la frontera, en .Scbabetz y Loznica, 
culpables de haber a\ udado á los autores del crimen de Sera- 
jevo facilitándoles el paso de la frontera. 

9," A dar explicaciones al Gobierno austro-húngaro sobre 
los conceptos injustos vertidos por altos funcionarios servios 
tanto en Servia como en el extranjero, los cuales se han ex- 
presado, no obstante su carác- 
ter oficial, después del atentado 
de 28 de .lunio. en términos hos- 
tiles hacia la monar(|nía austro- 
liúngara. 

10. A advertir inmediata- 
mente al GobieriKi austro hún- 
garo la ejecuciíhi de todas las 
medidas coni|)reiididas en los 
artículos precedentes. 

Aquí termina lo más in- 
teresante de las exigencias 
contenidas en la Nota, pero 
todavía el gabinete de Vie- 
na colocó al iinal un llama- 
miento importante, pues 
tiene un verdadero carác- 
ter de iilUnuitiiDi: 

Kl (iobieruo austro- húngaro 
espera la respuesta del Gobier- 
no real servio, lo más tarde has- 
ta el sábado 2.") de este mes. á 
las seis de la tarde. 



Un plazo de 48 horas fué 
todo lo que pudo conceder 
Austria para contestar á su 
petición repleta de amena- 
zas. Dos días nada más para 
decidirse entre la paz y la 
guerra, para salvarse del 
peligro de una invasión, 
publicando inmediatamen- 
te en el D'mriu Oficial la más humillante de las cons- 
tricciones que se ha impuesto jamás á gobierno al- 
guno. 

Hay que fijarse en el alcance de las imposiciones 
austríacas. Todo lo referente al esclarecimiento del 
crimen de Serajevo, aunque formulado en un tono 
irritante de amenaza, podía aceptarlo el gobierno de 
Servia, deseoso del esclarecimiento de los hechos, 
para demostrar la inexactitud de las encubiertas acu- 
saciones dirigidas contra él. Pero ¿y la exigencia de 
separar del servicio á todos los oficiales y funciona- 
rios civiles que se hubiesen expresado alguna vez en 
contra de los gobernantes austro-húngaros, enemigos 
constantes de la raza servia?... ¿Y la pretensión inau- 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



23 



dita de intervenir los delegados austriacos en la vida 
interior de Servia, constituyendo una especie de Inqui- 
sición para perseguir á todos los que no se mostrasen 
afectos al Imperio? 

Con la aceptación de las peticiones austríacas, todo 
lo mejor del pueblo servio quedaba á disposición de la 
venganza del Imperio. Jefes del ejército, magistrados, 
profesores, periodistas, iban á ser perseguidos en su 
propia casa, no por el atentado de Serajevo— pues esto 
es de lo que menos se acordaba ya el gabinete de 
Viena— , sino por lo que habían escrito ó habían ha- 
blado durante diez años en defensa de la raza eslava 
y en pro del engrandeci- 
mieoto de su patria. 

A pesar de lo desmesu- 
radas que resultaban estas 
exigencias, equivalentes 
casi á un suicidio nacional, 
el gobierno de Belgrado las 
aceptó casi por completo, 
como se verá más adelante. 

Servia deseaba la paz, 
aun á costa de su dignidad. 
Quiso sacrificarse antes de 
que sus intereses de peque- 
ña nación produjesen un 
conflicto europeo. 

Quien no quiso la paz y 
deseó el rompimiento y la 
guerra desde la presenta- 
ción de su Nota fué Aus- 
tria-Hungría. 

Los hechos que relatamos 
á continuación lo demues- 
tran claramente. 

El Imperio austríaco, 
eterno derrotado en todos 
los campos de batalla, se 
mostró desde el primer mo- 
mento altivo, atropellador, 
irreductible. Tenía enfrente 
á un pueblo valeroso, pero 
pequeño. Además, el Im- 
perio aliado, la fuerte Alemania, estaba á sus espaldas 
para protegerle y aconsejarle. 



III 



La alarma en Europa 

Fué el jueves 23 de Julio cuando el gobierno aus- 
tro-húngaro presentó á Servia una Nota amenazante. 
Al día siguiente (viernes 24 de Julio) el ministro 
de Negocios Extranjeros de Austria- Hungría, conde 
Berchtold, por medio de los embajadores de su país 




PEDRO I, REY DE SERVIA 



ante las potencias europeas, puso en conocimiento de 
éstas la Nota «verbal» dirigida al gobierno de Bel- 
grado, acompañándola de otro documento en el que 
intentaba explicar la actitud adoptada por el gabinete 
de Viena. 

Estos documentos fueron dirigidos á los gobiernos 
de Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia, Rusia y 
Turquía. Un detalle digno de tenerse en cuenta: Fran- 
cia fué la primera potencia que recibió las Notas de 
Viena, y las recibió con una gran anticipación sobre 
las otras naciones. Los diplomáticos de la Triple 
Alianza tenían prisa indudablemente en enterarla del 

conflicto, para saber cuál 
sería su actitud. Detrás de 
Austria estaba Alemania, 
todavía oculta, pero dis- 
puesta á mostrarse con ges- 
tos de amenaza tan pronto 
como cualquiera potencia 
intentase amparar á la pe- 
queña Servia. 

El documento austríaco 
adjunto á la copia de la 
Nota dirigida á Servia co- 
menzaba recordando á las 
potencias que el gobierno 
servio en 1909 había reco- 
nocido la anexión al Impe- 
rio de Bosnia y Herzego- 
vina, y luego decía así: 

Al día siguiente de este reco- 
nocimiento. Servia ha empren- 
dido una política encaminada á 
inspirar ideas subversivas á los 
servios de la monarquía austro- 
húngara, preparando de e.ste 
modo la separación de los terri- 
torios austro-húngaros limítro- 
fes de Servia. Servia ha sido el 
hogar de una agitación crimi- 
Tial. No tardaron á formarse so- 
ciedades y agrupaciones que de 
una manera franca ó clandesti- 
na se han dedicado á promover 
desórdenes en el territorio aus- 
tro húngaro. Estas sociedades y agrupaciones cuentan con ge- 
nerales y diplomáticos entre sus miembros y hasta funciona- 
rios del Estado y jueces; lo más saliente del mundo oficial y no 
oficial de Servia. 

El periodismo servio está por completo al servicio de esta 
propaganda dirigida contra Austria-Hungría, y no pasa un día 
sin que los órganos de la prensa servia exciten á sus lectores al 
odio y al desprecio contra la monarquía vecina, y á atentados 
dirigidos más ó menos abiertamente contra su seguridad y su 
integridad. Un gran número de agentes sostienen por todos los 
medios la agitación contra Austria-Hungría, corrompiendo á 
la juventud en las provincias limítrofes. 

En la mañana del mismo viernes 24 de Julio, el 
embajador de Austria- Hungría en París, conde Szec- 
sen de Temerin, se apresuró á presentarse en el Mi- 
nisterio de Negocios Extranjeros, dejando una co- 



'i4 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



pia de ambas Notas á 
M. Bienvenu-Martin, 
ministro accidental, 
pues el ministro titular 
y presidente del Conse- 
jo de ministros, M. Re- 
ne Viviani, estaba fue- 
rSi de Francia desde el 
1(5 del citado mes, 
acompañando al presi- 
dente de la Hepública 
en su viaje de visita 
á los soberanos de Ru- 
sia, Noruega y Dina- 
marca. 

Inesperadamente se 
presentó por la tarde 
en el mismo Ministerio 
el embajador de Ale- 
mania, M. de Schoen. 

Tambic^n éste tenía que hacer una comunicación po- 
cas horas después que el representante austriaco. 

M. Bienvenu-Martin lo recibió en presencia de 
M. Felipe Berthelot, director adjunto de negocios po- 
líticos y subsecretario accidental. Los dos diplomáti- 
cos franceses presintieron que algo de grave impor- 
tancia estaba próximo á salir de labios de su colega 
alemán. La Triple Alianza iba á manifestar su verda- 
dero pensamiento. Y el embajador Schoen, lentamen- 
te, con cierta tristeza, comprendiendo la importancia 




Kl. (IKMCUAI 



l'ITMlv. .IKl' 
DEL BJÉUClTi 



de cada palabra caída 
en el silencio del des- 
pacho ministerial, el 
valor representativo de 
cada línea para la tran- 
quilidad de Europa, 
leyó su breve Nota. En 
ella el gobierno de Ber- 
lín declara: 

1." Que !i|)rii('l);i cu .su 
l'diuloy en su l'orm;i la Nota 
(liriffida por Austria á .Ser- 
via. 

2.° Que espera que la 
discusión quedará locali- 
zada simplemente entre 
Viena y Helj^rado. 

3." Que si una tercera 
¡yoteiicia intentase interre- 
nir en la discusión, podría 
resultar de esto una tensión 
ffrare entre los dos grupos de potencias que existen en Europa, 

Terminada la lectura se hizo un silencio penoso. 
Luego el embajador y los dos franceses se saludaron 
fría y cortésmente al separarse. Sabían lo que repre- 
sentaba esta Nota. Podían considerarse ya como ene- 
migos. El papel que Schoen guardaba en un bolsillo 
al retirarse equivalía á un deseo manifiesto de rompi- 
miento. O una inmovilidad deshonrosa, ó la guerra. 

Iba á llegar para Europa el momento temido por 



13 DM1, ESTA 1)1 
O SEKVIO 




ARTILLERÍA SERVL\ 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



25 




UN ESCUADRÓN DE CABALLERÍA SERVIA 



(Kut. Kol) 



unos y ansiado por otros durante cuarenta y cuatro 
años. 

a 

Este acto diplomático produjo estupefacción al ser 
conocido en París y luego en muchas capitales de 
Europa. 

El imperíalismo germánico hablaba de pronto con 
una clarídad brutal. O Rusia abandonaba á los ser- 
vios, que son de su raza, dejando que Austría los 
aplastase con su superíorídad, ó Alemania, caso de no 
ser así, avanzaría en apoyo del Imperío aliado, pro- 
duciéndose como con- 
secuencia la guerra eu- 
ropea. 

Y lo que hacía aún 
más trascendental di- 
cha actitud era que 
Alemania se apresura- 
ba á notificar esto á la 
República francesa an- 
tes que á ningún otro 
país, con la clara in- 
tención de prevenirla 
del peligro que corría 
manteniéndose aliada 
de Rusia y dejando que 
ésta interviniese en de- 
fensa de los servios. 

Resultaba visible que 
todo el asunto austro- 
servio, la presentación 




EL GENERAL HOTZENDORF, JEFE DEL ESTADO MAYOR 
DEL EJÉRCITO AUSTRÍACO 



de la Nota amenazante á Belgrado, el plazo inaudito 
de 48 horas para contestarla, la rapidez en comunicar 
á Francia lo ocurrido con una amenaza de parte de 
Alemania, era un plan concertado de antemano por 
los dos Imperios para intimidar á la alianza franco- 
rusa ó infligirle la humillación de una huida, abando- 
nando ambas naciones á Servia en manos de Austria, 
ó separándose Francia de Rusia, en cuyo caso ésta 
tendría que batirse sola con la Triple Alianza. 

El texto de todas las Notas de Austria estaba re- 
dactado por el conde Esteban Tisza, el primer minis- 
tro de Hungría, diplo- 
mático agresivo y rudo, 
en estrecha relación 
con el gabinete de Ber- 
lín y ganoso de imitar 
las glorias de su com- 
patriota Andrassy, co- 
laborador de Bismarck 
y uno de los fundadores 
de la Triple Alianza. 

Los gobiernos de Aus- 
tria y Alemania apare- 
cían francamente uni- 
dos, pero no para una 
solución conciliadora. 
Deseaban valerse de 
esta circunstancia, que 
les parecía favorable, 
para imponer á las po- 
tencias adversarias 



26 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




i—Él 



LA CUESTIÓN DEL ITLSTBR 
Bendiciendo las banderas de losfregimicntos de voluntarios 

una humillación''mortal. Austria quería aprovechar el 
momento para librarse por siempre de la vecindad 
molesta de Servia, suprimiéndola... Alemania acep- 
taba igualmente la buena oportunidad, para que Rusia 
se cubriese de vergüenza abandonan- 
do á un pueblo eslavo ó fuese á una 
lucha armada, para la cual — según 
su creencia— ni ella ni su aliada Fran- 
cia estaban en condiciones' de prepa- 
ración. 

o 

A pesar de los deseos de rompi- 
miento que animaban manifiestamen- 
te á los gabinetes de Viena y Berlín, 
muchos creyeron que durante las 48 
horas concedidas por Austria ú Servia 
las potencias de Europa conseguirían 
resolver el conflicto pacíficamente. 

Sir Edward Grey, con toda la au- 
toridad que proporciona la represen- 
tación diplomática del pueblo britá- 
nico, estaba trabajando por alcanzar 
una solución favorable, no sólo cerca 
del gabinete de Viena, sino con el Im- 
perio alemán, que había adoptado esta 
cuestión como si fuese suya. 

Nadie podía creer que Alemania 
aceptase abiertamente la triste misión 
de guardar arma en mano todas las 
avenidas para impedir la intervenciún 



de la justicia, mientras Austria es- 
trangulaba á la pequeña Servia. 

Se dijo además que Guillermo II, 
aunque aprobaba el ulriniatum aus- 
tríaco, no había conocido su texto en 
el primer momento y que al leerlo lo 
juzgaba severo en demasía. Algunos 
hasta esperaban que influyese bonda- 
dosamente en el ánimo del emperador 
de Austria, haciéndole aceptar una so- 
lución pacífica. 

¡Vanas ilusiones! El momento es- 
cogido para el vltimatii m daba á sos- 
pechar las verdaderas intenciones de 
los dos Imperios. Todo se mostraba 
favorable para ellos. Las potencias 
adversas á su política dominadora se 
veían en una situación difícil. En In- 
glaterra la cuestión del Ulster amena- 
zaba con una guerra civil casi inme- 
diata. Un verdadero ejército de irlan- 
deses protestantes, enemigos de sus 
compatriotas católicos y autonomis- 
tas, esperaba armado y disciplinado 
el momento de sublevarse contra el 
gobierno. En Rusia acababan de es- 
tallar huelgas imponentes y la crisis 
obrera iba tomando el carácter de una 
rebelión. El presidente de la República francesa y el 
jefe del gobierno, ministro de Relaciones Exteriores, 
estaban navegando en el mar Báltico de vuelta de 
Rusia, lejos de su país y privados de iutervenir eficaz- 




LOS VOLUNTARIOS DEL ULSTER 



HISTORIA DB LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



2? 



mente en su dirección. Estas venta- 
jas eran en gran parte previstas y 
en otra parte fortuitas, debidas á la 
casualidad; pero todas por igual ser- 
vían á los intereses y las arrogan- 
cias austro-germánicas. 

Un deseo más vasto y no menos 
generoso que el de vengar el asesi- 
nato de Francisco Fernando impul- 
saba á los dos Imperios. El inespe- 
rado suceso de Serajevo les había 
servido de pretexto inicial. 

Unas semanas después la casuali- 
dad volvía á trabajar en favor de la 
Triple Alianza, poniendo á su alcance 
las potencias del Triple Acuerdo en 
una situación embarazosa, preocu- 
padas de su vida interior y sin poder 
atender libremente á los asuntos ex- 
teriores: Inglaterra en los comienzos 
de una guerra civil; Rusia con ame- 
nazas de revolución; Francia casi 
sin gobierno. 

Llegaba para Alemania — cuando 
menos podía sospecharlo — la ansia- 
da ocasión de abatir de un golpe (el 
golpe rápido y fulminante de su tác- 
tica militar) á las potencias adver- 
sas, eterno obstáculo de sus ensue- 
ños de dominio universal. 

La reclamación de Viena á Bel- 
grado no era mas que el primer epi- 
sodio de algo más grande concebido 
bajo la inspiración de las circunstancias y pronta- 
mente ejecutado. 

Raramente volvería á presentarse una ocasión tan 
favorable para obligar á las naciones hostiles á humi- 
llarse ante la Triple Alianza y reconocer su superio- 
ridad. 

Y si intentaban resistirse á la humillación... ¡la 
guerra!... una guerra iniciada con rapidez, de seguro 
é inmediato triunfo sobre unos enemigos que, por el 
momento, estaban dispersos, sin preparación, ocupa- 
dos en sus cuestiones internas. 

Por esto la diplomacia de Viena á cara descubierta 
y la de Berlín con sus ocultas inspiraciones sólo qui- 
sieron conceder plazos de breves horas para respues- 
tas que exigen maduro examen. 

Por esto trataron la suerte de los pueblos con la 
rapidez de una operación de Bolsa, disponiéndose 
para la guerra antes de conocer la suerte de las peti- 
ciones austríacas, con el deliberado propósito de tener 
por inaceptable y ofensivo lo que pudiese contestar 
Servia. 

¡O la sumisión ó la guerra!... Pero á toda prisa; en 
el curso de unas cuantas horas; antes de que las po- 
tencias contrarias hubiesen podido agruparse y po- 
nerse de acuerdo. 




EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA FRANCESA, M. POINCARE, CON EL ZAR 
DE RUSIA, AL DESEMBARCAR EN PBTERHOF 



IV 



Negativa de Austria á una petición de Rusia. — Alar- 
ma en París. — La contestación humilde de Servia. 
— Austria declara la guerra. 

Llegó el sábado 2.5 de Julio. A las seis de la tarde 
expiraba el plazo de 48 horas exigido por Austria para 
recibir la contestación del gobierno servio. 

El telégrafo había hecho conocer en la noche ante- 
rior un intento de intervención de Rusia. El gobierno 
ruso, por medio de su embajador en Viena y del em- 
bajador de Austria en San Petersburgo, rogó al gabi- 
nete austríaco que prolongase por unos días el plazo 
concedido á Servia, alegando la escasez de tiempo 
que representaban 48 horas para el estudio y res- 
puesta de las numerosas reclamaciones contenidas 
en el ultiinatmii . 

Los periódicos de Viena, al comentar la petición 
de Rusia, dijeron así, reflejando la voluntad de su 
gobierno: 

El gobierno austro-liúnt^aro ha rehusado acceder á la peti- 
ción (le Rusia de un nioiio tirme, pero cortés. 

Kl gobierno austro-húngaro se mantiene y se mantendrá en 
el punto de vista siguiente: que el arreglo de sus cuestiones 



28 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 







EL DEFENSOR DE SEUVTA. El, ZAR DE UÜSIA, NICOLÁS II 



con Servia constituye un asunto que no interesa á nadie mas 
que 6. Austria-Hungría y á Servia. La monarquía austro-liún- 
gara está decidida desde el principio de la cuestión á mante- 
nerse en este punto de vista, xean cuales sean las circunslan- 
cias. y (í rechazar loda lentalira de intervención. 

La actitud de Austria era clara y firme. Conceder 
un plazo más largo equivalía á dar tiempo á la diplo- 
macia europea para mezclarse en el asunto. Y de per- 
mitir una intervención extranjera, tendría que mode- 
rar sus propósitos, aceptando las explicaciones de 
Servia y una solución pacífica. No; el asunto intere- 
saba á los dos gobiernos únicamente. Debían dejar 
solos al Imperio enorme, de peso abrumador, y á la 
pequeña nación predestinada á la muerte. 

Rusia, protectora natural de los pueblos eslavos, 
no tenía por qué intervenir — según el gobierno aus- 
tríaco — en este conflicto, originado realmente por un 



antagonismo de razas. Debía presen- 
ciar con indiferencia cómo sacrifica- 
ban á uno de su sangre. 



París empezó á alarmarse con es- 
tas noticias. 

Presintieron muchos que algo muy 
grave iba á ocurrir para la paz de 
Europa. El gobierno ruso no podía 
tolerar fríamente que Servía fuese 
atropellada y sacrificada, y una in- 
tervención suya contra el Imperio 
austríaco arrastraría á Francia como 
aliada, y haría avanzar igualmente 
^^^ por el lado opuesto al Imperio ale- 

S^W man, surgiendo la guerra inevita- 
IjliS blemente. 
' Muchos, con ün optimismo senti- 
mental, se oponían á esta idea, como 
si la guerra fuese algo monstruoso, 
impropio de nuestros tiempos. Espe- 
raban una mediación, á última hora, 
de las potencias. Confiaban en los 
consejos de Alemania á su aliada... 
¡Todo menos la guerra! 

En unas cuantas horas la amenaza 
del conflicto europeo ganó la aten- 
ción de París, haciendo pasar á se- 
gundo término otro asunto que traía 
preocupados ú los parisienses, y por 
acción refleja á una gran parte del 
mundo, pues sabido es la resonancia 
mundial que adquieren todas las 
ideas y sentimientos de la metrópoli 
francesa. 

Se estaba desarrollando on aque- 
llos días la vista del proceso de ma- 
dame Caillaux, autora de un aten- 
tado mortal contra el periodista Cal- 
mette, director de Le Finara, á raíz 
de la campaña hecha por éste contra su esposo, el 
ministro Caillaux. El proceso había caldeado los áni- 
mos. Desde meses antes, la opinión aparecía dividida 
en Francia, según las opiniones políticas de unos y 
otros. La discusión de un simple delito tomó, por la 
categoría de las personas que figuraban en él, la im- 
portancia de una lucha de partidos. Las sesiones de la 
vista del proceso terminaban tumultuosamente fuera 
del Palacio de Justicia, cou luchas entre los opuestos 
bandos, heridos y cargas de la policía. 

Esta efervescencia, que empezaba á recordar la 
época tumultuosa del proceso Dreyfus é iba marcando 
una separación entre avanzados y conservadores, fué 
tal vez apreciada en Viena y Berlín como una demos- 
tración más del desconcierto en que vivía Francia y 
su imposibilidad de defenderse por medio de una acción 
unánime. 



(I'ol. Meurisse) 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



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VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




ANTES DE r,A GUERRA 

GiiMlt'imo II y el rey de Inginlerrn en una calle de Londres. El kaiser lleva en 

de feldmariscal 



Pero contra tales cálculos, el proceso Caillaux per- 
dió instantáneamente todo interés á las veinticuatro 
horas de haberse planteado la cuestión austro-servia. 
En los bulevares se formaron grupos ansiosos de noti- 
cias, í'rente á las redacciones de los grandes periódi- 
cos se apiñaba el gentío esperando la aparición de los 
telegramas en pizarras y transparentes. La inquietud 
empezó á dominar á París. Todos los que se preocupan 
del equilibrio internacional pusieron su pensamiento 
desde mediodía en lo que estaba ocurriendo en Viena 
y Belgrado. 

Esta zozobra se reñejó en la Bolsa, donde se pro- 
dujo un verdadero pánico al lanzarse á la venta enor- 
mes cantidades de valores sin encontrar comprador. 
Todos los títulos sufrieron las consecuencias de la 
baja general,. y hubo que pensar en la adopción de me- 
didas enérgicas para que no ocurriese una catástrofe. 
En este día se empezó á hablar de la necesidad de 
suspender la liquidación de valores de fin de mes, pro- 



longándola hasta fines de Agosto. 

La impaciencia y la curiosidad 
ansiaron durante toda la tarde que 
sonasen las seis, hora en que termi- 
naba el plazo marcado para la res- 
puesta diplomática. 

¿Qué diría Servia? 

¿Qué haría Austria? 

¿Era posible en estos tiempos una 
guerra europea?... 



Antes de las seis de la tarde el go- 
bierno servio entregó su respuesta á 
la Nota austríaca. 

Es un documento digno de ser leí- 
do y recordado — á pesar de su ex- 
tensión — , pues demuestra el espí- 
ritu conciliador del gobierno servio 
y su deseo de no servir de motivo á 
una confiagración europea. Casi pue- 
de decirse que es un documento hu- 
milde. Servia admite las exigencias 
del enemigo, se muestra dispuesta 
á aceptar todas sus reclamaciones, 
pasa por alto las amenazas, explica 
su conducta. 

Dice así la respuesta servia: 

Kl Gobierno real servio lia recibido la 
Nota del Gobierno real é imperial, fechada 
en 10-23 del corriente (1), y tiene el con- 
vencimiento de que su respuesta disipará 
todos los equívocos que amenazasen rom- 
per las buenas relaciones existentes entre 
Austria-Huugria y el reino de Servia. 

El Gobierno real servio no ignora las pro- 
testas que se han producido en la tribuna 
de la Asamblea nacional, asi como también 
las declaraciones y los actos de los repre- 
sentantes responsables del Estado, protes- 
tas todas que fueron interrumpidas por la declaracitin del Cío- 
bierno servio de 18 de Marzo de 1909 y que en ninguna otra 
ocasión se han renovado. 

Desde entonces el Gobierno real ha de hacer constar (lue, 
ni por parte de los Ciobiernos que se han sucedido en el Poder 
ni por la de sus periódicos, no ha habido ninguna tentativa 
para producir un cambio en el estado politice de la Bosnia y de 
la Herzegovina. 

Una sola reclamación formuló el Gobierno imperial en todo 
este tiempo respecto á un libro escolar, é inmediatamente tuvo 
como respuesta una entera satisfacción. 

En numerosas ocasiones ha dado Servia la prueba de su po- 
lítica pacífica y moderada durante toda la crisis balkánica. 
Gracias á Servia y á los sacriflcios ([ue hizo en pro de la paz eu- 
ropea, esta paz ha i)odido mantenerse. El Gobierno real servio 
no puede hacerse responsable de manifestaciones de carácter 
privado, como son artículos de periódicos, propaganda de cier- 
tas sociedades, en íin, manifestaciones que se producen en to- 
dos los países del mundo y que generalmente burlan siempre 
la vigilancia olicial. 



(Ful. lioli 
la diestra el bastón 



(I) Esl;i doble fecli.i representa la diferencia entre el calendario niso, 
aduptadu en Si-rvia. y el i|no está en uso en la Europa occidental. 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



*^ f 

oí 



Hay que recordar que el Gobierno real 
servio, al discutir todas las cuestiones pen- 
dientes entre Servia y Austria-Hungría, se 
prestó siempre á complacerla en sus de- 
seos. De este modo ha ayudado á resolver- 
los siempre, con el propósito de contribuir 
al mayor progreso de los pueblos vecinos. 

Por todas estas razones, el Gobierno real 
ha sido dolorosamente sorprendido por 
ciertas afirmaciones, según las cuales va- 
rias personas dependientes del reino' de 
Servia han tomado parte en la preparación 
del atentado de Serajevo. 

El (iobieruo real esperaba que le invita- 
sen á cooperar en las investigaciones con- 
cernientes á todos los detalles que se refie- 
ren á aquel crimen. El Gobierno probará 
con actos que está dispuesto á proceder 
contra las personas de que se ha hablado. 

Deseoso de acceder al deseo del Gobierno 
imperial y real, el Gobierno real servio está 
dispuesto á llevar ante los tribunales de 
justicia á cualquier subdito servio, sea cual 
fuere su situación y su rango, cuya com- 
plicidad en el crimen de Serajevo esté com- 
probada. 

El Gobierno servio se compromete, par- 
ticularmente, á publicar en la primera pá- 
gina del Diario ({ficial, con fecha de 13-26 
de Julio, la siguiente declaración: 

«El Gobierno real de Servia condena toda 
propaganda dirigida contra Austria-Hun- 
gría, es decir, el conjunto de tendencias que pudieran tender 
á la desmembración de los territorios que forman parte de Aus- 
tria-Hungría. 





ANTES DB LA (lUERRA >■•"<"■ ^'e""=*«c) 

El kaiser dando la mano al general francés Pau en las üllimas maniobras militares 
celebradas en Suiza 



»E1 Gobierno real deplora sinceramente las consecuencias 
terribles de esta actividad criminal. 

»E1 Gobierno real lamenta que ciertos oficiales y funciona- 
rios servios, según se desprende de lo que comunica el Gobier- 
no imperial y real, hayan participado en dicha propaganda, 
comprometiendo las relaciones que se había obligado á guardar 
el Gobierno real en su declaración de 31 de Marzo de 1909. 

»E1 Gobierno servio, que desaprueba y repudia toda idea de 
intrusión en el destino de los habitantes de todas las regiones 
de Austria-Hungría, considera como su deber advertir oficial- 
mente á los oficiales y funcionarios y á toda la población del 
reino, que en adelante procederá con todo rigor contra las per- 
sonas que resulten culpables de semejantes actos y los repri- 
mirá enérgicamente. 

»Esta comunicación será puesta en conocimiento del ejér- 
cito real por medio de una orden del día, publicada á nombre 
de Su Majestad por el principe heredero Alejandro. Dicha co- 
municación será impresa en el próximo número del Boletín 
O/ciul del Ejército.» 

Además, el Gobierno real servio ofrece someter en la pri- 
mera sesión de la Shoupchtina (1) una enmienda á las leyes de 
prensa, castigando los artículos que sean susceptibles de pro- 
ducir sentimientos de odio contra la monarquía de Austria- 
Hungría. Del mismo modo perseguirá todo lo que tienda contra 
su integridad territorial: 

1." El Gobierno real se compromete, con motivo de la revi- 
sión de la Constitución que ha de efectuarse en breve, á intro- 
ducir en el artículo 22 una enmienda que permita secuestrar 
dichas pul)l¡cacioncs. lo que no es posible aliora, según los tér- 
minos cat(;góricos del citado artículo, todavía en vigencia. 

2.° El Gobierno imperial y real no ha ofrecido todavía al Go- 
bierno real servio la prueba de que la sociedad Narodna Obrana 
y las otras sociedades similares han cometido hasta el presente 
actos criminales por medio do sus miembros. Á pesar de esto, 
ol Gobierno real aceptará la petición del (iobieruo imperial j- 



A>iTE.S DB I,A GTIKKUA 
|EI kaiser saludando al zar de Kusia 



(I) Shoupchtina es el uombre del I'.-irl,imento servio. 



32 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




EL PRESIDENTE DE LA UEI'ÚULICA FRANCESA, 51. I'OINCAUÉ, CON EL I'IU^CU'E DE CALES, AL DESEMBARCAR EN INGLATERRA 

(Fot. Rol) 



real y disolverá la sociedad Narodna Ohrana y cualquiera otra 
que pueda promover aifitacióii contra Austria. 

',i.° El Gobierno real servio se obliga á eliminar iiniKMliata- 
meiite de la instrucción pública de Servia todo lo iiue pue<la 
servir para fomentar la propaganda contra Austria-Hungría, 
cuando el Gobierno imperial y real le ofrezca los iiechos y las 
pruebas de esta propaganda. 

4.° El Gobierno real acepta también el alejar del servicio mi- 
litar á todos aquellos que la investigación judicial pruebe que 
son culpables de actos dirigidos contra la integridad del terri- 
torio de la monaniuía austro-húngara, y confia en que el Go- 
bierno imperial y real le comunicará ulteriormente los nom- 
])res y los hechos de estos olieiales y funcionarios, á los fines 
del procedimiento que del)e incoarse. 

5.° El Gobierno real declara que no se da una cuenta clara 
del sentido y el alcance de la demanda que hace el Gobierno 
imperial y real para que Servia se obligue á aceptar en su te. 
rritorio la colaboración de órganos del Gobierno imperial y real. 
Pero declara igualmente que admitirá cualquiera colaboración 
que responda á los principios del derecho internacional, al pro- 
cedimiento criminal y á las buenas relaciones de vecindad. 

C.° El Gobierno real, como es lógico, cree de su deber abrir 
una investigación contra todos aquellos que puedan hallarse 
mezclados en el complot del 28 de .Tunio y que se encuentren en 
el territorio del reino, lín cuanto ala participación en este proce- 
dimiento de los delegados de las autoridades austro-húngaras, el 
Gobierno real no pueiie. aceptarla, porque esto significaría una 
violación de la Constitución y de la ley de procedimientos crimi- 
nales. Sin embargo, eu casos concretos, podria darse comunica- 
ción de los resultados del proceso á los órganos austro-húngaros. 



1.° El Gobierno real servio ha procedido, la noche misma de 
la entrega de la Nota, á la prisión del comandante Voislav /,an- 
kositch. En cuanto á Milán Ziganovitcb, subdito de la monar- 
((uia austro-húngara y (jue hasta el 2S de .lunio estaba emplea- 
do como aspirante en la dirección de ferrocarriles, no ha podido 
ser habido. Se ruega al Gobierno imperial y real que dé á cono- 
cer en la forma acostumbrada, lo más pronto posible, las pre- 
sunciones de culpabilidad, así como las pruebas eventuales ile 
culpabilidad recogidas hasta hoy en la investigación de Sera- 
ievo. para los fines de los procedimientos ulteriores. 

8.° El Gobierno servio reforzará y extenderá las medidas to- 
madas para impedir el contrabando de armas y de explosivos á 
través de la frontera. Asimismo ordenará en seguida una inves- 
tigación y castigará severamente á los funcionarios de la fron- 
tera, en la línea Sehabae-Loznica. que faltaron á su deber de- 
jando pasar á los autores del crimen de Serajevo. 

9.' El Gobierno real dará con gusto toda clase de explicacio- 
nes sobre los conceptos que sus funcionarios, tanto en Servia 
como en el extranjero, hayan vertido en interviús después del 
atentado de .Serajevo. y que. según la afirmación del (iobierno 
imperial y real, fueron hostiles para la monarquía de .Austria- 
Hungría. Tan pronto como el Gobierno imperial y real le haya 
comunicado los textos en cuestión, y tan pronto como haya 
demostrado que las frases molestas fueron i)roferi(las realmente 
por dichos funcionarios, el Gobierno de Servia procederá contra 
ellos luego de recoger por su parte pruebas y convicciones. 

10. El Gobierno real servio comunicará al Gobierno imperial 
y real la ejecución de las medidas comprendidas en los extremos 
precedentes, en lo que no haya sido hecho por la presente Nota. 
Á medida que se vayan ejecutando las órdenes, si al Gobierno 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



33 



imperial y real no satisface la presente 
respuesta, el Gobierno real servio, consi- 
derando que no es conveniente para el 
interés común precipitar la solución de 
este conflicto, está dispuesto como siem- 
pre á aceptar un acuerdo pacifico, some- 
tiendo la cuestión al tril)unal internacio- 
nal de La Haya ó á las grandes potencias 
que tomaron parte en la elaboración de 
la declaración que el Gobierno servio hizo 
en 18 31 de Marzo do 100!). 

D 

Como se ve, el gobierno servio 
estaba dispuesto á aceptar todas las 
reclamaciones de Austria, pasando 
por la prueba durísima de desauto- 
rizar y perseguir á los militares, 
profesores y periodistas que se ha- 
bían expresado en ciertas circuns- 
tancias contra el Imperio opresor de 
su país. Sólo á una petición opuso 
una negativa firme: la de permitir 
que jueces y policías austríacos en- 
trasen en Servia á procesar y juz- 
gar á los naturales del país. ¿Qué 
nación no se hubiese negado igualmente? Consentir 
esto significa tanto como abdicar de la independencia 
y someterse á una verdadera conquista. Un Estado que 
tiene tribunales, antes perecerá por la guerra que per- 
mitirá que otro Estado le envíe jueces para que juz- 
guen á sus subditos. 

El gobierno de Servia, después de conceder todo lo 
posible, hasta tocar en los límites de la humillación 
por no ser causa de un conflicto europeo, termina su 
documento sometiéndose al arbitraje de las potencias 

ó del tribunal de La Haya, 
á la sentencia de un tercero 
que estudie el asunto y dé 
con toda calma una solu- 
ción pacífica. 

Pero el Imperio austríaco 
no tenía interés alguno en 
resolver la cuestión bonda- 
dosamente. Deseaba un pre- 
texto para invadir á Servia. 
Y el Imperio alemán, oculto 
á sus espaldas, tampoco 
tenía interés en mantener 
la paz europea, viendo en 
las circunstancias presen- 
tes un momento propicio 
para la satisfacción de sus 
ambiciones. 

El ministro de Austria- 
Hungría en Belgrado, al re- 
cibir el documento de res- 
puesta del gobierno servio, 
declaró que debía compa- 
rarlo con las instrucciones 
SOLDADO SERVIO Quc había recibido de Vie- 




RESBUVISTA SERVIO GUARDANDO UNA VIA FÉRREA 



(Fot. Rol) 




na, y que así que lo hiciese daría una respuesta defi- 
nitiva sobre la cuestión. 

Poco después, el ministro austríaco se presentó en 
el Ministerio de Negocios Extranjeros, para declarar 
que no encontrando satisfactoria la respuesta del go- 
bierno servio, se ausentaría en la misma noche de 
Belgrado con todo el personal de su legación. De los 
archivos de ésta, así como de la protección de los 
subditos austro- húngaros en Servia, se encargaría el 
ministro de Alemania en dicho país. Fué inútil todo 
intento de explicaciones. El representante austríaco 
terminó diciendo que las relaciones diplomáticas de- 
bían considerarse enteramente rotas desde aquel mo- 
mento entre Servia y Austria-Hungría. 

A nadie extrañó en Belgrado esta conducta. Todos 
estaban convencidos de que, fuese cual fuese la res- 
puesta de Servia, el Imperio austríaco deseaba llegar 
al estado de guerra como única solución. 

El gobierno servio estaba tan convencido de que 
todo cuanto hiciese sería inútil, que antes del rompi- 
miento diplomático empezó á tomar sus precauciones 
de defensa. El rompimiento fué á las seis de la tarde. 
A las tres, había ordenado la movilización del ejército. 

La corte y los ministros se apresuraron á abando- 
nar inmediatamente la capital, trasladándose á Kra- 
guyevatz. 

Belgrado está enclavado en la misma frontera de 
Hungría, á orillas del río Save, en su confluencia 
con el Danubio. Las orillas fronterizas por los dos 
lados de la ciudad pertenecen á Austria. Basta pasar 
el puente del ferrocarril para entrar en Servia; y la 
primera tierra servia que se pisa es la de los arra- 
bales de Belgrado. La nación empieza en las prime- 
ras bocacalles de su capital. De aquí la rapidez con 
que se retiraron los poderes directores de Servia 



34 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




EL CONDE BEIirMITOI.U 
Mlnlslro austríaco de Negocios Exiranicros 



con todos BUS archi- 
vos y tesorerías, para 
no ser objeto de uu 
golpe de mano del 
enemigo. 

La guarnición de 
Belgrado buscó posi- 
ciones para defender 
los pasos del Save. 

I, a guerra entre 
Servia y Austria iba 
á empezar, como un 
breve prólogo de la 
gran guerra europea. 



La hora grave. Oplimismos y pesimismos. 
Las primeras manifestaciones 

Se desarrollaron los sucesos con tanta rapidez, 
pasó Europa tan violentamente de la calma á la in- 
quietud, que muchos, en su estupefacción, no quisie- 
ron aceptar la realidad, aferrándose á la esperanza de 
un posible arreglo surgido á última hora. 

Era indiscutible que Austria amenazaba á Servia 
con una guerra; pero una guerra no se declara con 
sólo desearla. Existen los compromisos de las alian- 
zas, y Alemania aún no había hablado. Antes bien, su 
silencio lo interpretaban muchos como una muestra 
de reprobación. La posibilidad de una guerra europea 
no podía ser aceptada por los demás. La consideraban 
algo inverosímil, que todas las potencias tendrían 
buen cuidado de evitar. Seguramente que antes de 
dispararse el primer tiro los diplomáticos encontrarían 
un arreglo. 

Algunos, más serenos y por lo mismo más pesimis- 
tas, veían claro en la situación. El hecho de avisar Ale- 
mania al gobierno francés, antes que á ningiio otro 
gobierno, que toda intervención en el asunto austro- 
servio produciría, según las palabras de su emba- 
jador, «consecuencias incalculables», constituía una 
amenaza. 

Clemenceau, en su diario El Hombre Libre, dijo así: 

«Se puede discutir, ergotizar, construir castillos de 
hipótesis, buscar medios para enternecer á los enemi- 
gos, acusar á unos y absolver á otros, censurar á Gui- 
llermo II, al conde Borchtold, á los diablos del infier- 
no, á todos los que quieran, pero por encima de todo 
ello existen dos hechos sin discusión posible: 1.° Eu- 
ropa se ha dejado sorprender en pleno descuido. 
2.° Austria, dando sólo cuarenta y ocho horas á Servia 
para aplastarse ante ella con ó sin resistencia militar, 
ha hecho ver de un modo claro á todos los hombres 
que aún queden de buen sentido, que estaba decidida 
á agrandar y exagerar este incidente á toda costa y 



á arrostraren compañía de Alemania las consecuen- 
cias de su resolución. Es sobre esto en lo que hay que 
ba.'^aree, y no sobre quiméricas esperanzas, que sólo 
sirven para que tuda clase de debilidades disimulen el 
mayor tiempo posible el resultado de sus fracasos. 

»E1 hecho de que el Triple Acuerdo, sin una diplo- 
macia firme, sin otras vistas comunes que las desús 
miedos á plazo más ó menos corto, y sin otra política 
que la de la parquedad y una exagerada prudencia, 
así en la preparación de los armamentos como en las 
operaciones de las cancillerías, se ha dejado sorpren- 
der, permitiendo al enemigo buscar á su gusto el día 
y la hora de la agresión, es un hecho indiscutible ya 
para la Historia.» 

Frente á este pesimismo de Clemenceau y de otros 
políticos que consideraban inevitable la guerra, la opi- 
nión generiil siguió mostrándose optimista durante el 
domingo 2() de Jdlio. 

Los que hasta el día anterior se habían mirado 
hostilmente por las agitaciones del proceso Caillaux ó 
las divergencias de opinión política, empezaron á tra- 
tarse con benevolencia á impulsos de un sentimiento 
superior, olvidando los ultrajes recientes. «Vamos á 
tener guerra.» «La guerra va á venir...» Pero todos, 
al mencionar este peligro, lo liaeían con cierta duda. 
Hablaban de la guerra como se habla de la muerte, 
con la sfguridad de que es algo inevitable, pero que 
llegará no se sabe cuándo. La paz de Europa no es- 
taba comprometida aún irreparablemente. Tal vez la 
diplomacia, que en tantas ocasiones había salvado la 
tranquilidad continental, conseguiría elevar una vez 
más barreras insalva- 
bles entre los dos ene- 
migos. 

Durante el domin- 
go, el gobierno tran- 
ces adoptó varias me- 
didas de simple pre- 
(•aución. Los minif- 
tros, faltos de la pre- 
sencia del presidente 
de la República y del 
jefe del gobierno, no 
se reunieron por la 
mañana en el Minis- 
terio de Negocios Ex- 
tranjeros. Messimy, 
ministro de la Guerra, 
conferenció cou el ge- 
neral Joffre, generalí- 
simo de los ejércitos, 
y el general Michel, 
gobernador militar de 
París. Todos los jefes 
de cuerpo fueron lla- 
mados á ocupar sus 
puestos. El ministro ^.j^ conde szkcsbn dk tembrin 

de Marina, M. GaU- Embajador de Austria en París 




HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



S5 



thier, dictó órdeaes análogas. El de 
Hacieuda, M. Noulens, trabajó todo 
el día en sus oficiaas para poner en 
movimiento extraordinario los or- 
ganismos administrativos. 

El prefecto de policía, M. Hen- 
nion, reforzó los puestos de seguri- 
dad y ordenó el servicio permanen- 
te en todas las comisarías de París, 
temiendo una manifestación de los 
antimilitaristas y de los enemigos 
de la guerra, desorientados aún so- 
bre el verdadero alcance de los su- 
ceso?, creyendo de buena fe que el 
conflicto próximo era obra exclu- 
siva de los gobiernos y que podría 
evitarse haciendo un llamamiento 
a las masas obreras internaciona- 
les amigas de la paz. 



La actitud de Alemania era equí- 
voca y obscura. Su embajador en 
París se avistó varias veces con los 
ministros franceses, manifestando 
de viva voz que su gobierno desea- 
ba la paz y que todos debían traba- 
jar unidos para mantenerla. 

¡Y á la misma hora que intentaba 
adormecer al gobierno francés con 
estos buenos propósitos, se estaba 
efectuando en Alemania una movi- 
lización oculta del ejército!... 

Todos sus deseos de paz se limi- 
taban á palabras, sin querer pasar 
á los hechos. Cuando las potencias 




MOMENTO DECISIVO. LA NOTA DE ALEMANIA 



, . . El barón de Schcen , embajador de Alemania en París, leyendo á M. Bienvenu-Marlin, ministro de 

pedían a Alemania que innuyese en lusücia, encargado de la carlera de «elaciones Exteriores en ausencia de M. Viviani. una Nota del 
,, . , . gobierno alemán declarando que toda intervención en el asunto austro-servio producirla ■consecuencias 

SU aliado de Viena dándole conseíos incalculables.. , „ 

. •' (De ¿7í/iif/rrt/i(//i de París) 

de moderación con la certeza de que 

serían escuchados, el gabinete de Berlín salía del paso el principio del conflicto. Un viaje en yate por las cos- 
añrmando que el asunto era únicamente de Austria y tas de Suecia había escamoteado su persona á todas 
Servia, y él no tenía por qué mezclarse. En cambio las gestiones pacíficas. Tal vez fué una casualidad 
indicaba que para mantener la paz lo que debían ha- fatal. Pero más verosímil parece que este viaje opor- 
cer las potencias era influir cerca del gabinete de San tuno fué emprendido al prepararse el conflicto austro- 
Petersburgo, aconsejándole que permaneciese quieto servio con la Nota impulsiva de Austria, conocida y 
é indiferente ante el cocflicto. aprobada de antemano por el gobierno de Berlín. Al 
Si le proponían una acción doble y común sobre estar ausente Guillermo II, se evitaba una interven- 
Rusia y sobre Austria al mismo tiempo para hacerlas ción directa en el asunto. De alcanzar éste una so- 
llegar aun acuerdo, el gobierno alemán volvía á excu- lución á gusto de los dos Imperios, podría aparecer 
sarse manifestando que nada tenía que decir á su alia- oportunamente para gozarse en la humillación de las 
da. Y después de negarse de este modo á toda gestión potencias adversas y ofrecerse una vez más á la pú- 
amistosa, seguía hablando de sus buenos deseos en blica admiracióa como el gran mediador de las solu- 
pro de la concordia europea. clones pacificas. En el caso de sobrevenir el rompí- 
La posibilidad de la guerra ó de la paz dependía miento, le sería fácil mostrarse limpio de toda culpa 
de Guillermo II. Si éste aconsejaba á Austria que no en este gran conflicto, diciendo que la guerra había 
se mostrase tan arrogante, valida del apoyo alemán, surgido inevitablemente durante su ausencia, 
el gabinete de Viena se tornaría conciliador. Pero el La prueba de que, aun permaneciendo invisible, 
kaiser nada podía decir, porque estaba invisible desde influyó como siempre en la dirección de su país, la da 



36 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




r.OS nos ALIADOS 
BL KAISER, GUILLERMO II 

el hecho de que desde el 20 de Julio comenzaron á la 
sordina en todo el Imperio alemán los preparativos de 
guerra. o 

Otra demostración de que los dos aliados deseaban 
esta guerra y la tenían preparada desde mucho antes, 
esperando una ocasión propicia, la proporcionaron los 
mismos pueblos sometidos á ellos. 

¡Mentirosas é inútiles todas las afirmaciones de 
Guillermo II y Francisco José para presentarse como 
amigos de la paz, que se han visto impulsados á la 
guerra por las malas artes de sus enemigos! 

Durante luengos aüos de militarismo dominador, 
ambos soberanos — especialmente el de Alemania — 
han educado á sus subditos en la esperanza de la gue- 
rra, como único medio de conseguir la grandeza na- 
cional. El alma de sus pueblos ha sido semejante á 
esos almacenes de materias explosivas en los que basta 
el roce de un insecto, un simple cambio de tempera- 
tura, el choque más insignificante, para que se pro- 
duzca el cataclismo. 

El Imperio alemán, educado para la guerra y vien- 
do en ella la concreción de sus proyectos mundiales, 
ha estado sufriendo años y aüos, porque cierto pudor 
á que se ven obligados muchas veces los gobiernos, 
por soberbios que sean, no le permitía marchar bru- 
talmente al planteamiento de sus proyectos belicosos. 

Había que preparar una oportunidad para fingirse 



agredidos, y el atentado de Serajevo proporcionó la 
ocasión ansiada. Después, los dos gobiernos compli- 
caron sus consecuencias diplomáticas, evitando toda 
intervención para que no fuese solucionado pacífica- 
mente. 

Alemania, país autoritario que ha declinado todo 
pensamiento en su emperador, quería la guerra y la 
esperaba impaciente, porque tales eran las miras de 
su soberano (1). 1)3 haber deseado éste la paz, Alema- 
nia habría sido pacifista. ¿A qué, pues, la hipocresía 
de presentarse ante el mundo como un buen apóstol 
que se ve incitado, contra su voluntad, á hacer la 
guerra? ¿Por qué no confesar brutalmente el deseo de 
que se cumpla la orguliosa profecía del himno amado 
de los alemanes, Dculsehland ¡Ihcr alies (Alemania 
sobre todos; Alemania sohre el mundo)? ¿Por qué no 
formular claramente la monstruosa aspiración que late 
en el alma germánica de dominar Europa entera y que 
todos los pueblos sean feudatarios de Berlín?... 

Apenas en la noche del 25 de Julio circuló por 
Viena la noticia de que el gobierno no aceptaba las 
excusas de Servia y había declarado rotas las rela- 
ciones diplomáticas, la muchedumbre prorrumpió en 



(1 I MiK'lios extranjeros residentes en Alcm.inia antes do la opuerra 
lian deilaradn cómo el pueblo alemán la deseó apenas se hubo iniciado 
el eonflieto austro-servio, y cómo fueron movilizadas sordamente las 
tropas con diversos pretextos, mientras sus diplomáticos sefjruian h.a- 
blando de paz. 

Vo puedo servir i<rualmcnte de testiíjo contra las liipócritas afir- 
maciones de los alemanes, que adoptan el papel simpático do agredi- 
dos, fingiendo que han declarado la guerra contra su voluntad, por 
defender únicamente su territorio de peligros imaginarios. 

El 29 de Julio, tres dí.as antes de declararse esta guerra, desembar- 
qué en Francia. Venía de Buenos Aires en un trasatlántico alemán. 
La mayor parte de los pasajeros pertenecían á dicha nacionalidad. Al 
transmitir el telégrafo sin hilos las noticias del iilliiiuitm» de Austria 
y el rompimiento con Servia, hubo á bordo grandes explosiones do 
entusiasmo. «¡La guerra!... ¡.-\1 fin llega la guerra!-', clam.aban alboro- 
zados los alemanes, celebr.indo este suceso con brindis y champaña. 

No vcnian-cn el buque' grandes personajes que pudiesen revelar 
secretos diplomáticos, pero sí ricos comerci.antes do Hamburgo, abo- 
gados, rentistas, gentes pertenecientes á una clase acomodada y culta, 
que puede reflejar el sentimiento dominante do su nación. .Muchos eran 
militaros do los cuerpos de reserva del ejército alemán, y mostraban 
gran entusiasmo al pensar que iban á hacer la guerra. Los españoles 
— no sé por qué— inspiramos cierto interés y confianza á los alemanes. 
\'en en nosotros algo así como unos aliados. Y yo, al distinguirme mu- 
chos de ellos con sus confidencias belicosas, mostré cierta estrañeza. 
— ¿Qué va á ganar Alemania con esta guerra? — les decía — . Mejor es 
que viva en paz. Gracias á ella extiende su navegación, se va apode- 
rando del comercio del mundo, es respetada en las ciencias y en las 
artes. Con una guerra se expone á perderlo lodo. 

Pero los belicosos germanos, salidos de su placidez, ropolian estas 
razones. 

— No; la guerra... ¡la guerra á todo trancol lin .Memania todos pen- 
samos lo mismo. Xocositamos una «iicrra pra ciitiva , como dicen 
nuestros periódicos. Francia crece demasiado; Rusia agranda su po- 
derlo militar; Inglaterra nos irrita con su superioridad. .Si continuamos 
viviendo cuatro ó cinco años pacificamente, nuestros enemigos resul- 
tarán temibles y Alemania no podrá serla primera nación del mundo. 
.\hora es tiempo aiin para aplastarlos á todos. Hay que aprovechar 
eso de .Servia, que forzosamente hará saltar á Rusia... ¡Que no se arre- 
gle el conflicto!... ¡Que venga la guerra!... ¡.Acabemos de una vez! 

Este fué el verdadero pensamiento de los alemanes, el que pudi- 
mos conocer en momentos de espontaneidad brutal y franca todos los 
que los tratamos antes do que estallase la guerra, antes de que su em- 
perador, para impresionar á los Estados Unidos, adoptase la actitud 
de víctima forzada á defenderse. 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



37 



aclamaciones á su emperador Francisco José y á Gui- 
llermo II. Se organizaron numerosas manifestaciones 
patrióticas, con fogosos discursos en pro de la guerra. 

Esto nada tiene de extraordinario en la capital de 
uno de los dos países mezclados en el conflicto. Es una 
consecuencia inevitable de la exaltación patriótica. 

Pero horas después, en la tarde del domingo, el 
pueblo de Bsrlín, de la capital de una nación que no 
tiene por qué intervenir en el conflicto y que desea la 
paz, según declaraciones de sus diplomáticos, repro- 
duce las manifestaciones de Viena, y sus procesiones 
patrióticas por las calles no son un alarde de simpatía 
hacia un Estado aliado y de execración para Servia, 
de la que apenas si hacen memoria, sino un franco 
deseo de hostilidad contra Rusia, á la que llaman los 
germanos «nuestro enemigo hereditario». 

El pueblo alemán, metódico y disciplinado, que se 
mueve siempre dentro de los límites marcados por la 
policía, recorre las calles de Berlín dando vivas á la 
guerra. Una manifestación de 100.000 personas, lle- 
vando á su frente los retratos de Gaillermo II y Fran- 
cisco José, aclama á los dos emperadores y desfila 
ante las embajadas. Al frente de la de Rusia dan gri- 
tos hostiles. El entusiasmo popular se desborda ante 
el palacio de la Cancillería alemana y la embajada 
de Austria. Frente á la embajada de Inglaterra no se 
muestran menos expansivos: «¡Viva la Gran Bi-etaña!» 
Los ingleses no van á oponerse á las conquistas de la 
Alemania guerrera. Además — esto lo piensan todos 
con silencioso orgullo—, aunque quisiera, como otras 
veces, no podría hacerlo. Bastante tiene con evitar el 
peligro de sus desgarramientos interiores. 

Ante la embajada de Francia, el patriótico cortejo 
guarda silencio. Pero á continuación, la columna de 
manifestantes entona como una amenaza su himno 
Die Wacht am Rhein (La guardia del Rhia): 

Un llamamiento resuena como el eco de un trueno, 
como un retintín de armas, como el ruido de las olas: 
«Hacia el Rhin, hacia el Rhin, hacia el Rhin alemán. 
¿Quién quiere ser el centinela del río?» 




LOS DOS ALIADOS 
EL EMPERADOR DE AUSTRIA, FRANCISCO JOSÉ 

Patria amada, no tengas miedo; 
la guardia es Hel y segura, 
la guardia á 1(j largo del Rhin. 

¿Qué importa que mi corazón se desgarre con la muerte? 
¡Oh Rhin! tú no serás nunca francés. 
La Alemania es rica en sangre de héroes, 
como tu curso es rico en aguas. 

Patria amada, no tengas miedo; 
la guardia es flel y segura, 
la guardia á lo largo del Rhin. 




MANIFESTACIÓN BN BERLÍN 

Los manifestantes llevando al frente los retratos de los emperadores 
Guillermo II y Francisco José 



Los viejos recuerdan la guerra franco- prusiana 
de 1870 con sus rápidos triunfos. ¡Otra vez la victo- 
ria aguardará á Alemania para el aplastamiento defi- 
nitivo de los velchcs del Sena! 

La muchedumbre habla de la movilización: una 
movilización que aún no ha sido declarada oficial- 
mente, pero que reúne á los hombres por medio del 
llamamiento individual. 

Y el Lokal Anzcigcr, diario berlinés, órgano oficio- 
so del gobierno, dice al comentar los acontecimien- 
tos: «No se sabe aún si Austria invadirá inmediata- 
mente el territorio servio. Es posible que adopte otras 
medidas; pero aunque las hostilidades no han sido 
entabladas todavía, hay que preguntarse si su bri- 
llo trágico no va á iluminar á toda Europa. Nosotros 
pensamos qae es mejor un jin terrihie que un terror 
sin fin.» 



38 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



Este terror, hábilmente explotado por el gobier- 
no y sugerido al pueblo alemán, era el terror á Uu- 
íia, la amenaza que representa el Imperio moscovita 
para los planes de grandeza mundial del Imperio ger- 
mánico. 

Y los alemanes desearon aprovechar desde el pri- 
mer momento esta ocasión para hacer la guerra á la 
odiada Rusia. 

En París también hubo manifestaciones. Hasta una 
hora avanzada de la noche, los bulevares estuvieron 
animados. Varias columnas de manifestantes cortaron 
el gentío, revelando con su actitud contradictoria la 
persistencia de las divisiones nacionales. Unos canta- 
ban la Marsclleftu, otros la laternacional. De un lado 
salían aclamaciones: «¡Viva el ejército!» De otro, gri- 
tos de protesta: «¡Abajo la guerra!» La policía resta- 
bleció el orden dando varias cargas y arrestando á los 
manifestantes más ruidosos. Algunos de éstos resul- 
taron ser de nacionalidad alemana. 

Frente á la embajada do Austria-Hungría, varios 
manifestantes quemaron una pequeña bandera con los 
colores austriacos. Todos eran de raza eslava, servios 
y tcheques residentes en París. La policía no encontró 
ningún francés entre ellos. 

El gobierno hizo saber al embajador austríaco en 
Francia, y al gabinete de Austria por medio de su 
embajador en Viena, el vivo disgusto que le había 
causado este incidente de escasa importancia. 



VI 

Los trabajos de la diplomacia 

El lunes 27 de Julio fué el día de las gestiones 
diplomáticas. Todas las potencias trabajaron activa- 
mente cerca do Alemania y Austria por evitar la 
guerra. 

Inglaterra é Italia, obrando en común, buscaron 
una conciliación que modifícaselos propósitos belico- 
sos del Imperio austríaco. El gobierno inglés propuso 
á Alemania, Francia é Italia entablar una gestión me- 
diadora entre Austria y Rusia, gestión que tomaría la 
forma de una conferencia diplomática. 

Sir Edward Grey, ministro de Relaciones Exterio- 
res de la Gran Bretaña (Secretario de Estado del Fo- 
relgn Office), contestando á varias preguntas en la 
Cámara de los Comunes, hizo en l;i tarde del lunes la 
declaración siguiente, resumen de sus trabajos hasta 
entonces: 

lie recibido el último viornes. del enilinjailor de Aiistria- 
Hiingria, la Nota que esta potencia comiiiiieaá todas las poten- 
cias, y que después ha sido publicada por los periódicos. Esta 
Nota contiene el texto do las reclamaciones austriacas dirigi- 
das á Servia. Luego vi, en la larde del mismo dia. á los emba- 
jadores de las diversas potencias y les dije que en tanto que el 
contlicto concerniese solamente á Austria y Servia no se per- 




LA EMBAJADA DB AUoTRIA BN PARlS GUARDADA POR LA POLICÍA 



(Fot. Meurisse) 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



39^ 




PABlS. LOS TCHEQUES, ENEMIGOS DB AUSTRIA, HACIBKDO UNA MANIFESTACIÓN ANTE EL MONUMENTO DE LA REPÚBLICA 

(Kot. Meurisse) 



mitiría Inglaterra, bajo ningún pretexto, intervenir en aquél; 
pero que si las relaciones entre Austria y Rusia adquirían ma- 
yor tirantez, la paz de Europa se vería en peligro, lo que nos 
interesaría entonces á todos. 

Yo ignoraba en aquel momento la posición que iba á tomar 
Rusia en este conflicto, pero me pareció— y sigo pensando asi — 
que si Rusia tomaba una parte activa, el sólo medio para salvar 
la paz de Europa era que las cuatro potencias que no están di- 
rectamente interesadas en la cuestión servia, á saber: Alema- 
nia, Francia, Italia y Gran Bretaña, hiciesen esfuerzos simul- 
táneos cerca de los gobiernos austríaco .y ruso para encaminar- 
los á suspender por el momento toda acción militar, mientras 
que las potencias mencionadas buscan una solución que los 
ponga de acuerdo. 

Cuando yo proponía esto, supe de pronto la ruptura de re- 
laciones diplomáticas entre Austria y Servia. En vista de esto, 
pregunté inmediatamente á los gobiernos francés, alemán é 
italiano sí accederían áque sus embajadores se reuniesen aquí 
en conferencia. Por otra parte, ordené á nuestros embajadores 
cerca de esas mismas potencias que los representantes france- 
ses, alemanes é italianos en Víena, San Petersburgo y Belgrado 
informasen á estos gobiernos de la conferencia propuesta, in- 
vitándoles á cesar en toda acción ulterior á la espera del resul- 
tado de dicha conferencia. 

Las respuestas á estas proposiciones no me han llegado aún 
completamente. 

En una crisis tan grave como la que estamos atravesando, 
los esfuerzos de una sola potencia en favor de la paz resultarían 
vanos. El tiempo de que yo podía disponer era tan corto, (|ue 
tuve que asumir la responsabilidad de formular una proposi- 
ción sin presentir si seria acogida favorablemente. 

Yo creo que mí proposición puede proporcionar una baso, 
sobre la cual el grupo de las potencias mencionadas podrá en- 



contrar un acuerdo razonable. No hay que olvidarse de que sí 
la cuestión deja de estar limitada entre Austriay Servia, aqué- 
lla englobará entonces á todas las potencias y no dejará de 
terminarse con la más grande de las catástrofes que Europa 
habrá visto nunca. Nadie podrá prever entonces hasta dónde 
llegarán los límites de este conflicto, cuyas consecuencias di- 
rectas é indirectas serían incalculables. 

Algunos diputados preguntaron á Sir Edward Grey 
sobre la actitud de Alemania. Todos deseaban cono- 
cerla. El Imperio alemán era el único que podía ami- 
norar rápidamente el conflicto, de ser ciertos bus de- 
seos de paz. Y el ministro contestó: 

Tengo mis razones para pensar que el gobierno alemán es 
favorable en principio á la idea de una mediación entre Aus- 
tria-Hungría y Rusia. En cuanto á ajusfar este principio al me- 
dio que yo he propuesto, o sea á la conferencia, no he recibido 
hasta ahora una contestación del gobierno alemán. 

Italia y Francia se adhirieron inmediatamente á la 
proposición de Inglaterra en favor de una conferencia 
diplomática que solucionara el conflicto. 

Alemania siguió demorando su respuesta. 

Los periódicos franceses, que empezaban á ver 
claro en esta conducta equívoca del gobierno alemán, 
juzgaron inciertas las probabilidades de éxito de dicba 
conferencia. 

M. Pichón, el ilustre diplomático francés, resumía 
de este modo la situación en un artículo de Le Petit 
Journal: 



40 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




El gobierno ruso había hecho todo lo posible por 
aminorar el oocflicto, prestándcse á todas las solacio- 
Des que no fuesen vejatorias para su dignidad de pro- 
tector natural de las pequeñas naciones eslavas. 

Desde el primer momento, una opinión firme de 
resistencia á las pretensiones de Austria se había ma- 
nifestado en San l'etersburgo. El v.ltimali'iu amena- 
zador de Viena á los servios indignó á los grandes 
diarios rusos. La Novoié Vréima, decía así: 

Servia podría enviará Austria un ultimátum idéntico al que 
ella ha rciñbido. ((ucjániiose ilc amenazas contra la intepridad de 
su territorio. Austria ha liahlado siempre claramente de aplas- 
tar á Servia. Exifíir á los servios que renuncien á su ensueño 
de unidad de la raza servia equivale á exigirles que renuncien 
á ellos mismos. El ultimátum austro-húngaro es inaceptable, 
lo mismo en un plazo de cuarenta y ocho horas que do cuarenta 
y ocho dias ó cnarenta y ocho meses. El gobierno que lo acejv 
tase no seria gobierno cuarenta y ocho horas después. 

En cuanto á Rusia, no se ha \ isto sorprendida por esta con- 
ducta de Austria, y contesta á ella, no solo con palabras, sino 
con actos. Servia no quedará abandonada. Los promotores de 
esa guerra tendrán que vérselas, «no solamente con Servia, 
sino con liusia también». Nuestro país desea la paz; pero si la 
guerra debe estallar, esa guerra no encontrará una Rusia divi- 
dida como en los tiempos de la guerra japonesa. Toda la nación 
rusa, desde las esferas oficiales hasta lo último del pueblo, se 
lanzará al combate. 

Si Austria quiere jugar este juego formidable, ¡que intente 
el ensayo! La actitud del gobierno ruso es digna de la nación. 
Todos sabemos que Rusia no faltará á sus tradiciones históri- 
cas, aunque intenten intimidarla con grandes amenazas. 



SIR EDWAKD GREY 
Ministro de delaciones Exteriores de la Gran Bretaña 

Si se interroga álos representantes de .Memania, no vacilan 
en afirmar que todo propósito de guerra está alejado de su pen- 
samiento. Y para afirmar esto, ofrecen como testimonio su pre- 
ocupación de & local iza ría», de dejarla subsistir nada más entre 
Austria y Servia. Pero «localizada» ó no, siempre es una gue- 
rra, y ¿quién se puede creer bastante poderoso para limitarla, 
en una Europa donde todas las potencias están ligadas entre sí, 
encadenatlas por tratados, convenciones y compromisos que 
excluyen la hipótesis de un aislamiento? 

Para evitar una guerra yeneral, hay ante todo que evitar 
una guerra localizada. Esto es lo que no quieren reconocer en 
Berlín. A la hora en que hablaba ayer Sir Edward Grey propo- 
niendo un arreglo diplomático por las potencias, la respuesta 
de Alemania no había llegado aún á Londres... Y el tiempo mar- 
cha... el tiempo nos apremia... y cada hora que transcurre 
aumenta la turbación y la inquietud, creando nuevas dificul- 
tades. 

Yo comprendo que el gobierno alemán proponga interven- 
ciones cerca de Rusia jiara calmar las justas inquietudes y des- 
confianzas de los eslavos. Pero al propio tiempo— y esto es lo 
incomprensible— se niega á las mismas intervenciones en Aus- 
tria, que es de donde ha partido el golpe que provoca las m-^i 
quietudes rusas. ¿Cómo seguir á Alemania en tal conducta?,? 
¿Cómo ver el peligro nada más que cu San Petersburgo, donde 
todo se muestra resueltamente, dignamente y meritoriamente 
pacifico, y no suponerlo siquiera en Viena, que es de donde 
puede venirnos la guerra en estas circunstancias? 

Que se realice cuanto antes la intervención pacificadora, 
pero que sea en los lugares donde esta intervención resulta ne- 
cesaria y puede ser decisiva. Que se busquen todos los medios 
de acuerdo y de transacción. ¿Quién puede desearlos más que 
nosotros? Pero que se hagan estas gestiones como las propone 
Inglaterra y con el concurso de todos. En esto sólo está la salud. 




JOROS CLBMBNCBAU, DIRECTOR DE *EL HOMBRE LIBRE:» 




Dibuio de A. C. Michael. de -The lllustraled l.ondon NewS' 



Acometiendo en mass 



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i ALEMANA 




acueste lo que cueste 



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HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



41 







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AUSTRIA Y SERVIA. SEIS CONTRA UNO 

Gráfico comparativo de ia desproporción de fuerzas entre Austria y el pequeño reino de Servia. Siendo el eiército austríaco de 2.000.000 de hombres 

y el de Servia de ;H7.00(I, vienen aproximadamente á representar seis contra uno 



Bl Correo de San Petcrsburgo decía así, el 24 de 
Julio: 

El iiUimaium austro-ln;iiigaro atrepellando á Servia prueba 
que Austria quiere la guerra con Rusia ó que ya no considera á 
Rusia como una gran potencia. Francia y Rusia han hecho de- 
masiados sacriticios para el sostenimiento de la paz, y lea es im- 
posible continuar haciéndolos con detrimento de su dignidad. 
Hay que tener en cuenta que por estos sacrificios Rusia no hizo 
todo su deber en favor de Servia cuando la guerra balkánica, 
pues en cierto modo la dejó abandonada ante Austria. Si Rusia 
persistiese en esta conducta, llegaría para ella igualmente el 
turno de la humillación. 

La sola respuesta al ultimátum digna de Rusia sería orde- 
nar la movilización sobre la frontera austríaca. 

La Gaceta de la Bolsa, de San Petersburgo, 24 de 
Julio: 

Austria se engalla si cree que su vlttmatum de ahora va á 
alcanzar el mismo resultado que el de 1009, cuando Rusia, ago- 
tada momentáneamente, no pudo sostener á Servía ante el 
atropello austríaco de entonces. 

La Rusia de ahora no podrá tolerar un atentado contra Ser- 
via y su independencia. 

El periodismo de San Petersburgo reflejaba los ver- 
daderos sentimientos de la nación rusa. Era general 
el deseo, desde el primer instante del conflicto, de 
sostener á los servios, tanto más cuanto que en años 
anteriores había tenido que acatar Servia las imposi- 



ciones de Austria, sin que Rusia pudiera ayudarla por 
el estado de debilidad y desconcierto que siguió á los 
fracasos de la guerra con el Japón. 

Pero á pesar de estas manifestaciones de la opinión 
pública, que llegaban á aconsejar una movilización 
inmediata sobre la frontera austríaca como respuesta 
al ultimátum, el gobierno ruso se sostuvo varios días 
en una conducta prudente. 

Por su consejo, el gobierno servio hizo todas las 
concesiones posibles á la Nota austríaca y aceptó casi 
todas sus exigencias. Rusia buscaba que el conflicto 
se limitase — como se hace siempre en tiempos ordina- 
rios — á una discusión jurídica y administrativa entre 
dos Estados independientes. 

Pero estas disposiciones conciliadoras tuvieron que 
desvanecerse desde el momento en que el más fuerte 
de los dos litigantes, ó sea Austria, no quería discutir, 
sino dominar. Era visible que el gabinete de Viena no 
buscaba una solución, sino un pretexto para herir la 
independencia de Servia; un conflicto político ante el 
cual ninguna potencia de Europa podía permanecer 
indiferente, y menos Rusia, unida á la víctima por el 
parentesco de la sangre y de la historia. 



El gobierno ruso hizo todo lo que supo y pudo 
hasta el último momento para sostener la paz europea. 



42 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



Su conducta contrasta con la agresividad austria- 
ca, y más aún con la acción tortuosa y enigmática de 
Alemania en los primeros días del conñicto. 

Austria no se hubiera atrevido á atrepellar á Ser- 
via, sabiondo como sabía que Rusia estaba detrás de 
este pequeño pueblo, ni menos hubiese osado expo- 
nerse á las represalias rusas, de no tener desde el pri- 
mer momento la certeza de que su aliada Alemania 
aprobaba su conducta, viendo en ésta una ocasión 
para la guerra deseada. 

Los provocadores do las hostilidades no eran los 
exaltados que en las calles de Viena daban vivas á su 




MANIFESTACIÓN EN BERLÍN ANTB LA ESTATUA DB UISMAKCK 

emperador, pidiendo la inmediata invasión de Servia. 
El verdadero autor era el gobierno alemán, que habla- 
ba de paz y se negaba á dar consejos á Austria para el 
mantenimiento de esa misma paz, dejando en un si- 
lencio fatal que se complicasen los sucesos. 

Y mientras tanto, la muchedumbre de Berlín, ávida 
de grandeza militar, pero que ningún interés directo 
tenía en lo de Servia, iba á hacer manifestaciones ante 
la estatua de Bismarck, con el sombrero en la mano, 
cantando el Vacht am Rhcin. 

Clemenceau, con su vigoroso y franco estilo, re- 
sumía la situación el 21 de Julio: 

En las gestiones conciliatorias, la diplomacia del Triple 
Acuerdo no ahorrará esfuerzo alguno. Cuando más firme se 
tiene el corazón para aceptar todas las resoluciones enérgicas 



que pueda imponernos el porvenir, más se tiene el deber de 
esforzarse por encontrar acomodos, siempre que la dignidad 
quedo en ellos á salvo. 

Sir Edward Grey ha lanzado la idea de una conferencia. Se 
liaMa taml)¡(''ii de una mediación directa do Inglaterra. Todas 
his formas de intervención serán buenas, siempre que se juz- 
guen aceptables por todos. Pero, francamente, no es para insiú- 
rar mucho entusiasmo esa indicación que nos llega de Viena 
como una muestra de sus buenos sentimientos, y según la cual 
Austria se dará por satisfecha si Servia se decide á aceptar todo 
su ultimátum— a\n reservas de ninguna clase—, y si además 
paga una indemnización de 2II0 millones, á titulo compensati- 
vo, por los gastos de la movilizaeiiin austríaca. ¿Puede desarro- 
llarse una conversación que se inicia con tales exigencias?... 

Si me preguntáis qué pienso del éxito de las gestiones di- 
plomáticas entabladas, os diré que, para contestar, habría que 
tener la cabeza l)ajo el casco de Guillermo II. Cuando su emba- 
jador M. de Sclioen ofrece su apoj'O á nuestro ministro M. Bien- 
venn-Martin para buscar una transacción, tengo miedo de que 
el diplomático alemán se esté burlando de nosotros algo pesa- 
damente. La idea de que nosotros invitemos á Kusia á tener 
calma es de lo más divertida. M. liienvenu-Martin ha eoiitestado 
oportunamente que mejor seria (|ue Alemania dirigiese á Viena 
estos consejos de prudencia que desea para los demás. 

Si Guillermo II— por propia inspiración y sin necesidad de 
seguir las indicaciones de nuestro excelente ministro de Justi- 
cia, encargado momentáneamente de los Negocios Extranje- 
ros—quiere decir á Viena la [¡ahibra necesaria, tengo la certeza 
deque los tragaservios que tanto alborotan en Budapest se cal- 
marán inmediatamente. 

Pero Guillermo II no hizo nunca públicamente la 
más leve indicación para calmar á Austria. 

Eq Berlín, el gobierno seguía manifestando que iba 
á adaptar su conducta á la de Viena únicamente. En 
cuanto á una intervención amistosa de las potencias, 
Alemania estaba dispuesta á aceptarla, .sie/t/jirc que 
lieiia la aceptase aiUes en iodos sks punios. A esto 
añadía Alemania que iodo ensai/o de pesar sobre Vie- 
na ó de hacer pesar indirectamenie por otra potencia 
■sobre ella seria considerado por el gobierno alemán 
como una intervenciún tpte no podría tolerar. 

No era posible manifestar con más claridad su 
deseo de impedir toda solución pacífica. Alemania se 
negaba á moverse por iniciativa propia en favor del 
arreglo amistoso. Haría lo que hiciese Austria. Y al 
mismo tiempo amenazaba con su cólera á la potencia 
que intentase pesar sobre las decisiones del Imperio 
austríaco. Luicamente lo parecían aceptables y pru- 
dentes las gestiones para que Rusia permaneciese 
quieta y en silencio, abandonando á la pequeña Ser- 
via á su triste destino. Aparte de esto, prohibición á 
las potencias de emprender otras gestiones, so pena 
de incurrir en su cólera. 

La Gaceta de Colonia, órgano oficioso del ministe- 
rio alemán, resumía así la conducta de éste: 

La actitud de Alemania depende del modo como serán aco- 
gidas en Viena las proposiciones (jue se le hagan para llegar á 
un arreglo. 

De esta actitud, adoptada desde el principio por Alemania, 
se desprende necesariamente una conclusión, y ésta es que en 
Berlín se acogerá con gusto toda mediación que fiaya sido acep- 
tada antes por Anslria-Hmi¡/ria. 

Equivaldría á uo conocer el verdadero carácter de tal actitud 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



43 




EL KAISER BN BEKLIN 
El emperador Guillermo II, á las puertas de su palacio, rodeado de generales é individuos de su familia 



Fnt. Kul, 



pensar que el gobierno alemán puede prestarse eventualmente 
á imponerá Austria una mediación que ésta puede no desear, ó 
actuar de acuerdo con una tercera potencia para imponérsela. 

En Rusia veían claramente, lo mismo que en Fran- 
cia é Inglaterra, el poder maléfico de Alemania oculto 
detrás de Austria, inspirando sus actos y oponiéndose 
abiertamente á que nadie influyese sobre ella para ha- 
cerla cambiar de actitud. 

La Noüoié Vrémia, de San Petersburgo, decía el 
mismo 27 de Julio: 

Dos palabras del emperador de Alemania serían suficientes 
para llamar á Austria al orden. Alemania no ignora que el ata- 
que austríaco contra Servía forzosamente ha de traer como con- 
secuencia una guerra con Rusia, y á continuación una guerra 
europea. Un océano de sangre y de fuego puede invadir á Euro- 
pa á causa de las exigencias absurdas de esos falsarios (1) aus- 
tríacos. 

La responsabilidad moral de esta catástrofe recaería por en- 
tero sobre Alemania y su jefe. Si el Destino lo exige, Rusia re- 
cogerá el guante y sabrá defender el honor y el derecho. 

Rusia no busca nada; Austria y sus inspiradores tienen aún 
tiempo para reflexionar y renunciar al temerario desafío que 
dirigen á la muerte. Apoyada en sus l'uerz.as personales, segura 
de su alianza con Francia y de sus amistades internacionales, 
Rusia aguarda con calma. 

El emperador Guillermo, hacia el cual se volvían 
los ojos de toda Europa como úoica esperanza, des- 
embarcó el mismo día 27 en Kiel, interrumpiendo su 
viaje por Suecia. 



Su canciller, Bethmann-Hollweg, que estaba ve- 
raneando en Hoheofinov, había corrido á Berlín tres 




(1) Alude á las invenciones y falsificaciones de papeles de la poli- 
cía austríaca intentando probar que el gobierno de Servia había pre- 
parado el atentado de Serajevo. 



Bl. VIAJO DB M. POINCARÉ A RUSIA 
Yate «Alexandrla», en que navegaron el zar y el presidente de Francia 



44 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




M. P0IN3AKE Y EL Z\R DESEMBARCANDO BN RUSIA 

(lías antes, al iniciarse el conflicto, para ponerse en 
comunicación con M. Jagow, ministro de Relaciones 
Exteriores, y M. Zimmerman, el secretario y princi- 
pal consejero de dicho ministerio. 

A las tres de la tarde, Guillermo II llegó á su pala- 
cio de Potsdam. 

El príncipe imperial, partidario de la guerra é ídolo 
de los pangermanistas más fanáticos, así como de to- 
dos los militares, hasta el punto de inspirar inquietu- 
des á su padre, iba á llegar por la noche de Zoppot á 
Berlín. 

El kaiser tuvo una conferencia con el canciller, 
que le dio cuenta de los trabajos diplomáticos. 

Luego conversó largamente con el jefe del Estado 
Mayor general de los ejércitos de tierra y el jefe del 
Estado Mayor de la marina. 

Así terminó el 27 de Julio, «el día de la diplo- 
macia». 



VIH 



El presidente Poincarc interrumpe su viaic— Alarma 
generaL — Los antimilifaristas de París 

Otros sucesos importantes ocurrieron el mismo 
día 27. 

El presidente Poincaré, que navegaba en el Bálti- 
co, de vuelta de Rusia, para visitar á los reyes de Di- 
namarca y Suecia, tuvo que interrumpir el viaje en 
vista de los acontecimientos. 

Djsde el acorazado Francia envió, por telégrafo 
sin hilos, los dos despachos siguientes: * 

A Sil Majestad el rey de Dinamarca, en Copenhague: 

La gravedad de los acontecimientos me impone el ineludi- 
ble deber de regresar directamente á Francia, donde reclama 
mi presencia el Consejo de ministros, intérprete de la opinión 
públicp. 

Siento mucho verme obligado á dejar para miSs adelante la 
visita que había prometido hacer hoy mismo á Su Majestad, y 
que hasta última hora habla creído posible. Siento tambiéa pro- 



fundamente no poder llevar personalmente el saludo de Fran- 
cia á la valerosa nación dinamarquesa. 

Ruego á Su Majestad y á Su Majestad la reina que admitan 
mis excusas sinceras y tristes, y crean que tendré un gran 
placer en venir á Copenhague tan pronto como las circunstan- 
cias lo permitan. 

Raimundo Poincaré 

A Su Majestad el rey de Xnruega, en Cristian ¡a: 

Llamado á Francia i)rec¡pitadamente por la gravedad de los 
acontecimientos, no pueiio, con gran pesar mío, detenerme en 
Cristiania para saludar á Su Majestad y á Su Majestad la reina, 
y para ofrecer al pueblo de Noruega los saludos de mi país. 

Ruego á Sus Majestades que acepten mis excusas, y crean 
que será pira mi una felicidad el realizar esta visita tan pronto 
como lo permitan los acontecimientos. 

Raimundo Poincabb 

Cuarenta y ocho horas después llegó el presidente 
á Francia, desembarcando en Dunkerque. 

Su viaje á Rusia había alarmado á la prensa ale- 
mana, por las grandes revistas militares á que dio 
pretexto. El Imperio moscovita quiso exhibir ante el 
jefe de la nación aliada sus medios de guerra, consi- 
derablemente aumentados y modernizados desde poco 
tiempo antes. La Rusia militar, aleccionada por los 
fracasos de la guerra japonesa, había dedicado los 
últimos años á la reforma y engrandecimiento de su 
ejército. 

Pero junto coa estos alardes de fuerza, acababan 
de desarrollarse otros sucesos que habían perturbado 
el viaje de Poincaré, dando á los enemigos de la alian- 
za franco-rusa uua gran satisfacción. 

Grandes huelgas obreras estallaron en las princi- 
pales ciudades del Imperio al llegar el presidente de 
la República francesa. Los cosacos de la escolta pre- 
sidencial habían tenido que abrir paso al carruaje de 
Poincaré entre enormes masas de obreros revoluciona- 
rios que, con pretexto de saludar al ilustre huésped, 
daban gritos de protesta contra el gobierno ruso. La 
multitud tremolaba la bandera francesa, pero recogi- 




RL MINISTRO F.IANCÉ'i DB RGLVCIONaS BXTBRIORUS, M. VIVtAKI, 
Y BL DB RUSIA, M. SA80N0F 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



45 




poincaré e» rusia 

La revista mililar de Krasnoie-Selo en honor del presidente de la República francesa 



da de modo que sólo quedaba visible el color rojo, em- 
blema de revolución. 

Estas manifestaciones fueron tal vez una de las 
causas que impulsaron á Alemania á creer en la opor- 
tunidad de una guerra. 

La temida Rusia aparecía dividida por lá revolu- 
ción. En el caso de entablarse las hostilidades, no po- 
dría acudir á la defensa de sus fronteras, ocupada ante 
todo en sofocar sus divisiones intestinas. 

Alemania se engañó en esto, lo mismo que al apre- 
ciar el estado de ánimo de los franceses y luego el de 
Inglaterra. 



Desde que Austria presentó su ultimátum á los 
servios, la posibilidad de una guerra fué esparciendo 
la alarma en todo el mundo financiero. 

Los diversos mercados de valores empezaron á con- 
moverse desde el día 24. 

En Viena, un falso rumor de la sumisión completa 
de los servios provocó en la Bolsa un alza considera- 
ble; pero en Berlín— como si los financieros alemanes 
estuviesen más enterados de lo que iba á ocurrir — todo 
se mantuvo en una profunda frialdad. 

Es más; según declaraciones de los periódicos, un 
alto personaje financiero de Berlín se expresó en esta 
forma: 

— ¡Qué lástima si los servios se someten y se pierde 
la ocasión de una guerra! Hay que acabar de una vez 
con esta situación insegura. Nosotros deseamos una 
acción inmediata y decisiva, sean cuales sean las con- 
secuencias. 

En los períodos difíciles son siempre los altos finan- 
cieros los que lanzan afirmaciones optimistas, espe- 
ranzas de paz, para que la normalidad se restablezca 
y no sufran los intereses de su país. En Berlín, por el 
contrario, fueron desde el primer momento los hom- 



bres importantes de negocios los que se lamentaron 
de que el conflicto pudiera solucionarse, evitándose 
la guerra. 

En Inglaterra hubo una alarma bursátil, que no 
llegó al pánico, pero causó apreciables daños. 

La gravedad de los acontecimientos en Irlanda 
traía preocupados y divididos los ánimos en toda la 




M. POINCARÉ BM LA TIENDA IMPERIAL DG KRASNOIG SBLO 
SALUDANDO A LA ZARINA 



46 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



Gran Bretaña desde mucho antes, y por esto las cues- 
tiones internacionales habían quedado relegadas ase- 
gundo término. El 'ultimátum austríaco, surgiendo de 
pronto como una amenaza contra la paz do Europa, 
produjo ua efecto de sorpresa, que se tradujo el 'JO en 
una baja general de valores en la Bolsa de Londres. 
Hasta los consolidados y las acciones de ferrocarriles, 
que son valores de reposo, sufrieron una depreciación 
notable. 

Ya hablamos de la efervescencia que se produjo en 
la Bolsa de París desde las primeras noticias del con- 
flicto, efervescencia que llegó á un período inquietante 
en el último sábado. Al re- 
anudarse el lunes á medio- 
día las operaciones, surgió 
un incidente violento. 

Un especulador extran- 
jero, llamado Rosenberg, 
de nacionalidad austría- 
ca, se había distinguido 
en los últimos días por 
su rabioso juego á la baja 
y otras maniobras condu- 
centes á la desvaloriza 
ción de la renta francesa. 
Al abrirse la Bolsa, algu- 
nos que estaban ya algo 
irritados por las risas sar- 
dónicas del austriaco, le 
oyeron ciertas palabras 
despectivas para los fran- 
ceses. 

Se elevó entonces un 
tumulto enorme. Miles de 
voces pidieron que Rosen- 
berg fuera expulsado in- 
mediatamente del edificio. 
Algunos extranjeros in- 
tentaron defenderle. Hubo 
empujones y algunas bo- 
fetadas. El austriaco arro- 
gante fué acorralado en 
la casilla donde hacía sus 




Eu la noche del 27, numerosos grupos sindicalis- 
tas, antimilitaristas, revolucionarios y anarquistas, 
obedeciendo una orden, bajaron al centro de París 
desde Montmartre, Belleville y los arrabales del Norte 
y el Oeste. Su propósito era protestar contra la gue- 
rra, como si estuviese en las facultades del gobierno 
de la República el evitarla. 

Frente á ellos, otros grupos de patriotas organiza- 
ron contramanifestaciones. En el Bulevar, unos grita- 
ban: («"¡Abajo la guerra!^> Otros: «¡Viva el ejército!» 
Algunos unían las dos aclamaciones, vitoreando al 
ejército francés, pero dando mueras á la guerra. 

Hubo golpes y choques 
entre unos manifestantes 
y otros, hasta que intervi- 
no el prefecto Hennioncon 
numerosas fuerzas de po- 
licía, repeliendo á los gru- 
pos hostiles, recogiendo 
los heridos y verificando 
numerosas detenciones. 

Los adversarios de la 
guerra se retiraron hacia 
los bulevares exteriores 
cantando la Internacio- 
nal, y allí sostuvieron nue- 
vos choques con la poli- 
cía. Varios agentes resul- 
taron heridos, así como 
muchos manifestantes. 

' ¡Abajo la guerra!^^ El 
grito no podía ser más jus- 
to y generoso. Pero no ha- 
bía por qué gritar esto á 
Francia. La República no 
quería la guerra. Tuvo 
que aceptarla, pero no la 
deseó ni por un momento. 
Cuando se puso en guar- 
dia por medio de la movi- 
lización, aún dudaba que 
las amenazas de guerra se 
convirtiesen en realida. 



EN LA noLSA DE PAP.lS 
El público pidiendo la expulsión del bolsista austríaco M. Rosenberg 

(Dibujo do León F¡uirot, ile /.'/llustnilionj 



negocios. El comisario de policía de la Bolsa tuvo que des. Creyó en una paz posible, hasta mucho después 



intervenir para proteger su vida. Dos mil bolsistas 
siguieron reclamando á gritos su expulsión, y tal ca- 
rácter tomó su protesta, que al fin llegó el prefecto de 
policía con numerosos agentes. Cuando, al fin, el ba- 
jista austriaco salió de la Bolsa para siempre, la mu- 
chedumbre financiera, contenida por la policía, acom- 
pañó su expulsión entonando la Áíarsellesa. 

La inquietud causada por el estado financiero y 
las malas noticias se propagó á toda Francia. El pú- 



que los destacamentos de huíanos habían violado sus 
fronteras. 

«¡Abajo la guerra!» Este noble grito del socia- 
lismo sólo podía ser oportuno y eficaz lanzado en 
Berlín. 

Y los socialistas alemanes, corrompidos por el mi- 
litarismo prusiano, como todas las clases del Imperio, 
no abrieron la boca para protestar. 

Todavía á estas horas no han hecho un gesto que 



blico fué afluyendo á los Bancos y las Cajas de Aho- los separe del inmenso rebaño germánico, belicoso, 

rros para retirar sus fondos. En Berlín, Viena, Buda- entusiasta del emperador y su autocracia militar, dis- 

pest, Bruselas y Barcelona se decidió cerrar la Bolsa, puesto á oprimir los pueblos de Europa como lo desean 

para evitar de este modo, momentáneamente, el apuro los pangermanistas, para mayor gloria de «la más 

de las liquidaciones de fia de mes. grande Alemania». 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



47 



XI 



Austria declara la guerra á Servia 

Al día siguiente, martes 28 de Julio, á mediodía, 
el gobierno austro-húngaro envió á Servia la notifica- 
ción oficial de la guerra en la siguiente forma: 

No habiendo respondido el Gobierno real de Servia de un 
modo satisfactorio & la Nota r4ue le fué entreg-ada por el minis- 
tro de Austria-Hungría en Belgrado con fecha de '¿S de Julio 
de 1914, el Gobierno Imperial y real se ve en la necesidad de 
buscar por sí mismo la salvaguardia de sus derechos é intereses 
y de recurrir para este efecto 
á la fuerza de las armas. Aus- 
tria-Hungría se considera des- 
de este momento en estado de 
guerra con Servia. 

m ministro de Negocios Extran- 
ieros de Austria- fivngríaj 

Conde Bbrchtold 

Al mismo tiempo el em- 
perador Francisco José di- 
rigió á los diversos pue- 
blos de su Imperio el si- 
guiente Manifiesto, redac- 
tado por el conde Sturgkh, 
presidente de su Consejo 
de ministros: 

Ischl, 28 de Julio 
A mis pueblos: 

Fué mi más grande deseo 
consag'rar los años que me 
sean concedidos todavía por la 
gracia de Dios á la obra de la 
paz y á preservar á mis pue- 
blos de los graves sacrificios y 
las cargas de la guerra. 

La Providencia lo ha dis- 
puesto de otro modo. 

Los manejos de un adversa- 
rio lleno de odio me obligan, 
para defender el honor de mi 
monarquía, para proteger su 
autoridad y su poderío, para 

garantizar su posición actual, á empuñar la espada, luego de 
largos años de paz. 

El reino de Servia, con una ingratitud llena de olvido, ese 
reino que desde el principio de su independencia hasta los úl- 
timos tiempos fué favorecido y protegido por mis antecesores 
y por mí, se ha comprometido desde hace años en una serie do 
hostilidades contra Austria-Hungría. 

Cuando, después de treinta años de trabajos en favor de una 
paz bendita, extendí yo mis poderes soberanos sobre la Bosnia 
y la Herzegovina, esta decisión de mi parte provocó en el reino 
de Servia — cuyos derechos no quedaban violados por esto de 
ninguna manera — una explosión inmensa de pasiones y un 
odio de los más prol'undos. 

En esta época, mi Gobierno hizo uso del hermoso privilegio 
del más fuerte, y, en su indulgencia y dulzura extremadas, no 
exigió de Servia mas que la disminución del efectivo de su 
ejército en pie de guerra y la promesa de que en lo porvenir 
seguiría siempre una orientación de paz y de amistad. 



M. ROSBNBBRG SALIENDO DB LA BOLSA DE PARÍS 



Animado mi Gobierno del mismo espíritu de moderación, 
cuando hace dos años estaba Servia en lucha con el Imperio 
turco, se limitó á garantizar las condiciones vitales, las más 
importantes de mi monarquía. 

Gracias á esta actitud. Servía pudo llegar á la realización 
del fin que se perseguía con dicha guerra. 

La esperanza de que el reino de Servia sabría agradecer la 
longanimidad y el amor á la paz de mí Gobierno manteniendo 
sus promesas, no se ha realizado. 

El odio contra mí y mi familia es cada vez más violento y 
más fuerte. La tendencia de Servia á desprender por medio de 
la violencia territorios que no quieren separarse de Austria- 
Hungría se acusa cada vez más visible. 

Mi Gobierno ha emprendido inútilmente una última tentati- 
va para conseguir que Servia cambie de política, pero este reino 
ha desechado las reivindicaciones moderadas de mi Gobierno 

rehusando cumplir su deber. 
Después de esto me veo obli- 
gado á crearme por la fuerza 
de las armas las garantías in- 
dispensables que deben ase- 
gurar á mí Estado la calma en 
el interior y la paz permanen- 
te en el exterior. 

Yo tomo sobro mí, en esta 
hora grave, todo el peso do mi 
decisión y la responsabilidad 
en que incurro ante el Todo- 
poderoso. Lo he excusado todo 
y estudiado todo. Con toda 
conciencia me lanzo en la vía 
que me señala mi deber. 

Tengo confianza en mis poc- 
ilios, que en el curso de tantas 
tempestades se han agrujiado 
siempre alrededor de mi tro- 
no. Tengo confianza en el ejér- 
cito de Austria-Hungría, que 
está animado por sentimien- 
tos de bravura y abnegación, 
y tengo confianza también en 
el Todopoderoso, que dará la 
victoria á mis armas. 

Francisco José 
Stürgkh 

Este documento sirvió 
para demostrar franca- 
mente qué era lo que ha- 
bían deseado desde el pri- 
mer momento los dos Imperios aliados. La guerra era 
la finalidad de toda la acción iniciada por Austria con 
motivo de lo de Sarajevo. 

Alemania venía hablando desde mucho antes, por 
medio de sus periódicos, de la conveniencia de «una 
guerra preventiva», para quebrantar á las demás po- 
tencias de Europa, que se desarrollaban de un modo 
alarmante. Austria, con su ultimátum, proporcionaba 
inesperadamente el motivo para provocar á Rusia, la 
cual, en virtud de su alianza, arrastraría tras de ella 
á la República francesa. 

El Imperio alemán, que podía haber retenido opor- 
tunamente á su aliado con sólo una palabra, no la dijo 
nunca. Su inercia y su silencio dieron á entender cuál 
era su voluntad. Deseaba aprovechar esta ocasión 




48 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




MANIFESTACIÓN BN PAUtS CONTRA LA GUERRA ll*'"»- K"' 

El prefecto de policía de París, M. Hciinion, vigilando en el Bulevar durante la manifestación de los antimilitaristas contra la'guerra 



para la deseada «guerra preventiva». Todas sus afir- 
maciones, jamás seguidas de un acto en favor de la 
paz, fueron irritantes falsedades. 

Mentira también el apartamiento del kaiser de los 
negocios políticos y su viaje á Suecia antes de que el 
ultimátum austriaco produjese la alarma general. Co- 
media torpe y grosera la ignorancia fingida por Gui- 
llermo II y su gobierno acerca de las intenciones de 
Austria. La conducta del emperador germánico y sus 
ministros parecía obscura á todos á fines de Julio, en 
los días anteriores á la guerra. Su incoherencia des- 
orientaba á los hombres de carácter recto y buena 
voluntad, que no sabían qué pensar ante tantas con- 
tradicciones. 

Alemania hablaba de paz, y todos sus actos eran 
contrarios á ella. Rehuía las proposiciones diplomáti- 
cas conducentes á un arreglo, calificándolas de peli- 
grosas. Se negaba á una mediación cerca de Austria, 
que era la que había declarado la guerra, y proponía 
una actuación en Rusia, que deseaba la paz. La di- 
plomacia de Berlín y Viena hablaba de una cuestión 
servia, pero su deseo era agrandarla, convirtiéndola 
en cuestión eslava. 

Al ocurrir, días después, el rompimiento entre In- 
glaterra y Alemania, quedaron al descubierto muchos 
secretos diplomáticos, revelados francamente por el 
gobierno británico para que el mundo pudiese apre- 
ciar la falsía de los gobernantes alemanes. 



Entonces se vio que Austria no había hecho nada 
sin consultar antes á su poderoso aliado. Así era de 
presumir, teniendo en cuenta el carácter dominador 
de Guillermo II. Todo cuanto el gabinete de Viena 
había realizado contra Servia, desde el ultiniaium á 
la ruptura de hostilidades, era con previo conoci- 
miento y aceptación del gobierno de Berlín. 




PARlS. ARRESTO DE VN MANIFESTANTE CONTRA LA GUERRA 

(Fot. Rol) 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



40 




MANIFBSTACIÓN BN PARlS CONTRA LA GUHRRA 
La policía cerrando el paso en el Bulevar á los manifeslantes contra la guerra 



(Fot. Rol) 



El embajador de la Gran Bretaña en Viena, Sir 
Mauricio Bunsen, pudo averiguar el 3U de Julio que 
Alemania y Austria habían marchado de acuerdo des- 
de el primer momento para provocar á Rusia, atacan- 
do á Servia. 

Guillermo II y sus ministros fingieron siempre no 
haber conocido el ultimátum de Austria hasta el mo- 
mento en que ésta lo comunicó á las potencias. Es 
más: se afirmó por algunos diplomáticos alemanes que 
al kaiser le parecía extremado este documento, que 
de conocerlo antes de su publicación habría pedido 
algunas modificaciones. 

Todo mentira. El kaiser — según los informes del 
embajador inglés en Viena, Sir Bunsen — conoció el 
texto del ultimátum mucho antes de que el gobierno 
de Austria-Hungría lo enviase á Servia. El embajador 
de Alemania en Viena telegrafió el texto por entero á 
su emperador Gíñllermo II. Éste lo aprobó, y sólo 
entonces el Imperio austríaco, seguro del apoyo de su 
aliado, se decidió á iniciar sus provocaciones contra 
Servia, que en realidad eran contra Rusia. 

El mismo embajador de Alemania en Viena comu- 
nicó todo esto á Sir Bunsen confidencialmente, cuando 
aún creían en Berlín que Inglaterra iba á mantenerse 
al margen del conflicto. 

Otra demostración de que el atentado de Serajevo 
no fué mas que un pretexto para turbar el equilibrio 
y la paz de Europa, la proporcionó el|[mismo Imperio 



austriaco con su conducta ante las víctimas. Los ofi- 
ciales del ejército austriaco, protegidos del archidu- 
que Francisco Fernando, tal vez lloraron por agradeci- 
miento el triste fin de su generalísimo. La muchedum- 
bre, que abomina instintivamente de todo asesinato y 
además odiaba á Servia con una aversión tradicional 
de raza, manifestó ruidosamente su protesta contra el 
ateütado, más por cólera patriótica que por verdadero 
sentimiento. El gobierno austriaco, que había de to- 
mar pretexto de este asesinato para turbar la paz del 
mundo, se mostró mezquino y frío al i^endir los últi- 
mos honores á las dos víctimas de Serajevo, alegando 
ridiculas etiquetas de la corte que debían olvidarse 
en un caso de sincero dolor. 

El 4 de Julio, los cadáveres del archiduque Fran- 
cisco Fernando y su esposa la duquesa de Ilohenberg 
fueron enterrados en el panteón de Arbstetten, des- 
pués de una corta ceremonia, bajo una lluvia to- 
rrencial. 

Ni los archiduques de la familia reinante ni los 
dignatarios de la corte y altos mandos del ejército 
asistieron á la ceremonia. El no ser de raza real la 
duquesa de Hohenberg sirvió de pretexto para justifi- 
car esta frialdad. 

Ya hemos visto el Manifiesto del viejo emperador 
Francisco José. No hay en él mas que alusiones á la 
ingratitud de Servia, que correspondió siempre con 
un odio explícito á las bondades del Imperio austriaco. 



50 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



Estas bondades consistieron en obstáculos más ó me- 
nos encubiertos para impedir su desarrollo y en una 
oposición descarada á todos sus intentos de extenderse 
hasta el mar. 

La lista de las íiir/ ¡-ataúdes servias no puede ser 
más grotesca á injusta. Servia fué ingrata porque osó 



servios de Bosnia. Únicamente el joven Princip se la- 
mentó de haber dado muerte á la duquesa, por ser una 
mujer, asegurando que había hecho esto contra su 
voluntad. 

Y sin embargo, los jueces austríacos sólo senten- 
ciaron á veinte años de reclusión á estos delincuen- 



protestar en nombre de sus intereses nacionales al ver tes confesos. En cambio condenaron á muerte á unos 



que Austria, rasgando el tratado de Berlín, se apro 
piaba de Bosnia tranquilamente. 

Otra de sus ingratitudes consistió en tener que 
abandonar, cuando estaba victoriosa, la salida al 
Adriático que se había conquistado, humillándose una 
vez más ante la arbitrarie- 
dad de Austria. 

La tercera ingratitud fué 
no agradecer al Imperio 
austríaco su magnánima 
generosidad al no clavarle 
un puñal en la espalda 
mientras estaba en guerra, 
contentándose con azuzar 
á los búlgaros para que in- 
vadiesen su territorio. 

Aparte de estas falsas 
lamentaciones, el anciano 
emperador apenas habla en 
su Manifiesto de la catás- 
trofe de Serajevo, motivo 
inicial del conñicto. La 
muerte del sobrino sólo la 
recuerda fríamente, como 
un argumento político, sin 
nada que suponga emoción 
y tristeza. 

Otras preocupaciones 
más positivas dominaban el 
ánimo de Francisco José; 
en primer término, la de 
aplastar á la pequeña Ser 
vía, haciéndola responsable 
de su propia ruina. 

En todo lo concerniente 
al crimen de Serajevo, el 
gobierno austríaco proce- 
dió con un marcado interés político, sin acordarse 
para nada de la estricta justicia. 

Cuando tres meses después del crimen, á mediados 
de Octubre, se verificó la vista del proceso, la con- 
ducta de los jueces austríacos, obedientes al gobier- 
no, fué un motivo de estupefacción para el mundo 
entero. 

El tipógrafo Cabrínovitch, que arrojó la bomba, y 
el estudiante Gavrilo Princip, autor de las dos muer- 
tes, no negaron sus actos. Antes bien, con la arrogan- 
cia de los delincuentes políticos que desean morir por 
su causa, afirmaron una vez más su satisfacción por 
haber suprimido al archiduque Francisco Fernando, 
considerado por ellos como el mayor enemigo de los 




JORGB V 
Rey de Inglaterra 



cuantos desconocidos residentes en Servia que no po- 
dían sufrir el castigo. 

Hasta en la sentencia de este delito, causa inicial 
del conflicto europeo, se buscó hacer creer que el 
único asesino del archiduque fué el gobierno de Ser- 
via, y para ello nada encon- 
traron mejor que mostrar 
con los autores materiales 
del hecho una clemencia 
pocas veces vista en los 
dominios austríacos. 



La declaración de guerra 
de Austria á Servía produjo 
en Europa una alarma jus- 
tificada, ])ero sin destruir 
completamente la confian- 
za de los optimistas. 

Parecía tan absurda é 
inverosímil una guerra eu- 
ropea, que aun después de 
haberse iniciado con el ata- 
que austríaco dudaban los 
más de su continuación, 
esperando en el último ins- 
tante una mediación prodi- 
giosa. 

La guerra se había de- 
clarado; iban á hablar las 
armas de un momento á 
otro. 

No obstante, Inglaterra 
seguía trabajando para con- 
seguir una mediación, y 
Francia é Italia estaban al 
lado de ella. 

Aunque comenzasen las hostilidades, no había por 
qué desesperar de un arreglo. Rusia, contemporiza- 
dora y amiga de la paz, declaraba no considerar como 
casux hcIH la entrada de los austríacos en Servia, y 
se mantenía tranquila, confiando en los esfuerzos de 
la diplomacia. 

Bélgica, como si conociera secretamente el pen- 
samiento de los vecinos y adivinase el porvenir, se 
apresuró á tomar precauciones para el mantenimiento 
de su neutralidad. Su gobierno procedió á la movili- 
zación de una parte del ejército el 28 de .lulio, po- 
niendo en píe de guerra 100.000 hombres y preparán- 
dolo todo para una movilización general si los sucesos 
se agravaban. 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



51 



El reino de Montenegro también había ordenado mujeres y obreros se mantuvo en completa calma, 
la movilización. La muchedumbre hizo manifesta- aguardando tranquilamente que les llegase su vez; 



clones en Cetina en favor de una acción común con 
Servia. 



pero como eran tantos, sólo una minoría consiguió 
retirar sus depósitos. 

Los demás pasaron el día entero, de la madrugada 
á la noche, esperando el turno de entrada, sin conse- 
guir al fin sus propósitos. 

En todas las calles se formaron grupos que habla- 
zar el desarrollo de los acontecimientos cometiendo ban de la posibilidad de la guerra, pero sin que nadie 
una imprudencia. mostrase alarma ni inquietud. 

La amenaza de una guerra europea ocupaba todos Todos creían próxima la orden de movilización, 

los ánimos. Sólo se hablaba de esto. Los demás suce- Uq fatalismo heroico comenzaba á enardecerles. 



En París no se alteró la calma de las gentes; una 
calma que obedecía principalmente al deseo de no for- 



sos, aun los más recientes, 
habían pasado de pronto á 
último término. 

El proceso contra mada- 
ma Caillaux, que una se- 
mana antes traía dividido 
á París, provocando casi 
una revolución con mani- 
festaciones y contramani- 
festaciones en las calles, 
apenas si se recordaba 
ahora como un asunto re- 
moto. 

El mismo día 28 absolvió 
el jurado á Mad. Caillaux, 
sin que los partidarios de 
ésta mostrasen satisfac- 
ción ni los enemigos re- 
anudasen sus protestas. La 
absolución se acogió con 
una completa indiferencia. 
Los franceses tenían asun- 
tos más importantes de qué 
ocuparse y que llenaban 
su pensamiento completa- 
mente. 

En los establecimientos 
de crédito fué engrosando 
la muchedumbre que acu- 
día para retirar sus depó- 
sitos. 

Ante la casa central del 
Banco de Francia se aglomeraron también los que de- X 

seaban cambiar moneda. El miedo álos acontecimien- 
tos hizo que todos pensasen en procurarse oro dando Actitud de Rusia. — Su movilización parcial.— Inutili- 




— Si la guerra es inevi- 
table — decían — , iremos á 
la guerra. 

Desde este día se notó 
una gran actividad en los 
almacenes de artículos mi- 
litares, en los de calzado 
y en las sastrerías de uni- 
formes. 

Los oficiales de la reser- 
va y del ejército territorial 
hicieron sus últimos prepa- 
rativos para estar prontos 
á un llamamiento. 

Pero aún no se conside- 
raba la guerra como inevi- 
table. 

Se hablaba de ella ale- 
gremente. ¡Tantas veces 
se había anunciado como 
próxima, sin que al fin lle- 
gase!... 

Y mientras tanto, M. de 
Sch(Bn, el embajador de 
Alemania, seguía visitan- 
do á M. Bienvenu-Martin 
en el Ministerio de Nego- 
cios Extranjeros para ha- 
blar de una paz posible. 



M. RAIMUNDO POI.XCARB 
Presidente de la República francesa 



billetes. 

Algunas tiendas importantes de alimentos se ne- 
garon á cambiar billetes, exigiendo los pagos en mo- 
neda, y esto produjo en el público la consiguiente 
alarma. Para que en aquellos comercios admitieran 
un billete era preciso comprar géneros por un valor 
equivalente al 20 por lOU. 

Desde las siete de la mañana se apiñó la muche- 



dad de las gestiones pacificadoras.— Las naciones 
empiezan á arruinarse. — Llegada de Poincarc á 
París. 

El miércoles 29 de Julio, á la una y media de la 
madrugada, se inició la guerra en Servia. 

La guarnición de Belgrado hizo saltar el gran 
puente que une á esta capital con Semlin, la inmediata 



dumbre en la Caja de Ahorros de París para reclamar ciudad austríaca. La explosión no llegó á destruir el 
sus depósitos, formando una fila enorme ante las ver- puente por completo, pero cortó la vía férrea, imposi- 
jas, bajo la vigilancia de la policía. Esta masa de bilitando el paso de los trenes enemigos. 



EN PREVISIÓN DE LA GUERRA. -LA MUCHEDUMBRE ANTE EL BANCO DE FRANCIA 




FRENTE A LA CASA CENTRAL DEL BANCO DE FRANCIA 




AQUARDAI^DO PARA BMTRAR BN SL BANCO 



Y LA CAJA DE AHORROS DE PARÍS AGUARDANDO TURNO PARA RETIRAR SUS FONDOS 



<s;^j:^;Ms:fWjmt::. 




-Vii-m' 'liH2Lr'"Mfc 



ESPERANDO QUE SB ABRA LA PUERTA DE LA CAJA DB AHORROS 




FORMANDO FILA EN LA CAJA DB AHORROS 



(Fots. Meurisse) 



54 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



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IB ! 



EL PUENTE QUE UNÍA A HELtlRADO CON SBMLIN 
DESTRUIDO POR LOS SERVIOS 

Cuatro monitores austriacos empezaron á bombar- 
dear á Belgrado, y las tropas servias contestaron con 
UQ vivo fuego. El combate se extendió desde la ma- 
drugada por las riberas del Save y el Danubio. Los 
buques austriacos, ayudados por los rellectores, diri- 
gieron sus tiros especialmente sobre la cindadela de 
la capital, pero la artillería servia los mantuvo á dis 
tancia. 

Rusia no podía permanecer indiferente ante el 
atentado que empezaba á realizarse. 

Los periódicos de San Petersburgo reclamaban 
desde algunos días antes la inmediata movilización. 
El mismo día 2i) se supo en toda Europa que esta movi- 
lización era un hecho, pero parcialmente, limitada á 
los distritos del Sur y el Sudoeste limítrofes con Aus- 
tria. Las tropas concentradas en estos puntos proce- 
dían de los cuerpos de ejército de Kieff, Odessa, Kazan 
y Moscou. 

A las tropas que guarnecían la frontera alemana 
no se les dio orden alguna de movilización. El gobier- 
no ruso tuvo buen cuidado de hacer constar que úni- 
camente se ponía en guardia del lado austríaco, en 
vista de su iniciativa guerrera contra Servia, sin mos- 
trar inquietud ni recelo por el lada de Alemania. 

Todos los oficiales rusos residentes en ios balnea- 
rios y ciudades veraniegas do Europa fueron llamados 
á su país telegráficamente. 

El gabinete de San Petersburgo hizo saber á todas 
las potencias que había ordenado la movilización de 
catorce cuerpos de ejército, en vista de las circunstan- 
cias. El zar tomaba el mando en jefe de estas fuerzas, y 
el mando efectivo lo ejercería el gran duque Nicolás 
Nicolaievitch, secundado por el ministro de la Guerra. 

Los catorce cuerpos movilizados representaban 
700.000 hombres. 

A pesar de esta actitud, Rusia no abandonó sus 
gestiones diplomáticas para conseguir el manteni- 
miento de la paz. 

A mediodía, el embajador ruso en Viena, M. de 
Chebeko, visitó al conde Berchtold en el Ministerio 
de Relaciones Exteriores para pedirle que los austría- 
cos suspendiesen las hostilidades iniciadas, dando 



tiempo á que las potencias buscasen un arreglo. Esta 
suspensión de la guerra la solicitaba Rusia sólo por 
unos días, los suficientes para que Inglaterra llegase 
al término de sus gestiones. Además, el gobierno ruso 
no daba importancia á lo ocurrido durante la ma- 
drugada. 

Como era de esperar, el resultado de esta proposi- 
ción fué negativo. Austria deseaba la guerra y no le 
convenía dar tiempo, con una suspensión de hostili- 
dades, á la intervención razonada é imparcial de las 
otras potencias. Su propósito, desde el principio — así 
como el de Alemania — , fué violentar y acelerar la 
marcha de los sucesos. 

En Viena, toda la diplomacia europea hacía esfuer- 
zos desesperados queriendo impedir que las hostilida- 
des pasasen adelante. 

Los embajadores de Francia, Rusia, Inglaterra é 
Italia se reunieron con el de Alemania para cambiar 
impresiones. Los cuatro primeros se daban cuenta de 
la inutilidad de sus esfuerzos para convencer al go- 
bierno austríaco. Apenas conoció el conde Berchtold 
la proposición mediadora de Sir Edward Grey, tuvo 
prisa en declarar la guerra á Servia, para levantar el 
obstáculo de un hecho consumado é irreparable entre 
Austria y la diplomacia conciliadora. 

En vista de esto, los representantes de las poten- 
cias intentaron preparar una negociación directa en- 




EL PRiNClPB JOROE DE SBRVIA, QUE AL DECLARARSE LA GDBRRA 
TOMÓ EL MANDO DEL EJÉRCITO DB SU PAÍS l-'ul ''"I' 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



55 



tre San Petersburgo y Viena á pro- 
pósito del conflicto austro-servio. 

Rusia no se opuso á esta solución. 
Estaba dispuesta á entenderse di- 
rectamente con Austria. El gabi- 
nete de Viena se negó de nuevo, 
repitiendo que el asunto era úni- 
camente entre Austria-Hungría y 
Servia. 

Entonces los embajadores en Vie- 
na decidieron pedir insistentemente 
al gobierno de Alemania que usase 
de toda su influencia para que Aus- 
tria-Hungría admitiese un cambio 
de ideas con el gabinete de San Pe- 
tersburgo. Esto no obligaría al go- 
bierno austríaco á nada, ni era con- 
trario á su dignidad. Tal vez al 
hablar directamente las dos poten- 
cias acabarían por entenderse. 

Pero el gabiuete de Berlín mostró 
ante estas proposiciones una acti- 
tud reservada. 

El embajador de Alemania en 
Viena asistía á todas las reuniones de sus compañeros 
los embajadores de Inglaterra, Francia, Rusia é Italia. 
Aprobaba sus opiniones y prometía ayudarles en favor 
de la paz, una paz que era el más ferviente deseo de 
su emperador y su gobierno. 

Y tal vez reiría en su interior, sabiendo de ante- 
mano que ni el emperador ni sus ministros habían de 
hacer nada por esta paz; antes bien, la impedirían, 
oponiendo su inercia y su silencio como obstáculos 
insuperables á las iniciativas conciliadoras. 

La certeza de que el soberano de Alemania podía 
solucionarlo todo con sólo una palabra no era una opi- 
nión de las grandes potencias úoicamente. Los países 
neutrales como Suiza creían lo mismo. Le Jot'riial de 
Geni-ve (Ginebra) resumía de este modo la situación 
en la mañana del 29 de Julio: 

Un gesto del emperador Guillermo II calmaría á su aliada. 
Este gesto lo espera con angustia toda Europa. Alemania está 
en plena prosperidad, en pleno crecimiento. Desborda de la 
fuerza que le dan dentro de ella un gobierno formidablemente 
armado y fuera de ella un prestigio intacto. Su monarca, inter- 
viniendo bondadosamente cerca de su aliado, merecerla, ade- 
más del gran imperio que posee, la gratitud de todos los pue- 
blos. Esta gratitud aumentarla su poder, dándole un nuevo bri- 
llo. En esta mediación no habría que hacer ningún sacriticio 
doloroso, y tal vez desarmaría las animosidades nacionales, que 
obligan á toda Europa á vivir en una perpetua alarma. 

Alemania se ha extrañado muchas veces de inspirar menos 
afecto y confianza que respeto y temor. Ha sonado para ella la 
hora de adquirir ese afecto y confianza, sin que por ello pierda 
el respeto y el temor que inspira. 

El Imperio alemán prefirió seguir infundiendo te- 
mor por medio de una «guerra preventiva» á conquis- 
tar pacíficamente el afecto y la confianza que jamás 
supo inspirar al mundo. 




ASPECTO DE UNA CALLE DE BELGRADO AL PROCLAMARSE LA MOVILIZACIÓN 

(Kot. Rui) 



Inglaterra, que ya dudaba del éxito de sus gestio- 
nes para mantener la paz, puso en movimiento sus 
flotas, como medida previsora. 

La escuadra del Mediterráneo recibió la orden de 
concentrarse en Malta. La primera escuadra del Océa- 
no, compuesta de dreadnougMs, á las órdenes del al- 
mirante Galleghan, salió de Portland durante la ma- 
drugada con rumbo desconocido. 

En Alemania continuaron los preparativos de mo- 
vilización, hechos sordamente. 

Francia, en vista de los sucesos, empezó á con- 
centraren las guarniciones las tropas destacadas, lla- 
mando además á los oficiales y soldados del ejército 
activo que estaban gozando de licencia. 

Bélgica cenvocó á las tres clases militares de 1912, 
1911 y 1910, desistiendo definitivamente de las ma- 
niobras que tenía proyectadas. Además, las fortifica- 
ciones de Lieja y de Namur fueron puestas en pie de 
guerra. 

El rey de Bélgica y sus ministros empezaron á pre- 
parar una nueva concentración para añadir 100.000 
hombres más al ejército nacional, compuesto ya de 
otros tantos. 

En Alemania hubo el 29 de Julio un pánico gene- 
ral frente á las Cajas de Ahorros. La muchedumbre de 
Berlín y de las principales ciudades, alarmada por los 
preparativos belicosos que venían haciéndose desde 
una semana antes, creyó en la proximidad de la gue- 
rra, que hasta entonces había sido considerada como 
algo problemático, y sintió miedo por la suerte de sus 
depósitos. 

Desde las cinco de la mañana, el público fué aglo- 
merándose ante las puertas de aquellos establecimien- 
tos, á pesar de que las oficinas se abrían á las nueve. 



56 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




HABITANTES DB BELGRADO ACAMPADOS AL AIRE LIBRE AL SER BOMBARDEADA LA CIUDAD POR LOS AUSTRÍACOS 

(Fot Rol) 



La tan deseada «guerra preventiva» produjo una na- 
tural inquietud en el pueblo alemán al verla tan pró- 
xima. 

Algunos grupos socialistas intentaron protestar 
contra la guerra, como sus compañeros de otros países, 
pero estas demostraciones no tuvieron importancia. 
La gran masa socialista alemana — de la que hablare- 
mos más adelante — vive ahora sometida al Imperio y 
al militarismo, como todas las clases de la nación. 

La Gaceta de la Cric, órgano de los conservadores 
alemanes, dijo con tono despectivo al comentar tales 
intentos: 

Hoy, más aún que ayer, creemos que l;is demostraciones so- 
cialistas carecen de valor y de resiiltiido iiráctico. Pero pueden 
inducirá los extranjeros á un grave error, poríiue no saben la 
escasa influencia que tienen entre nosotros las vociferaciones 
socialistas. 

n 

Poco después de mediodía llegaron á París el pre- 
sidente Poincaré y ol jefe del gobierno, Viviani, que 
habían desembarcado por la mañana en Dunkerque. 

Al bajar del tren en la estación del Norte, la mu- 
chedumbre prorrumpió en aclamaciones á Francia, á 
la República y á Poincaré. El presidente acogió con 
graves saludos esta manifestación patriótica. 

Empezaba á diseñarse desde este momento la una- 
nimidad de opinión que el peligro nacional iba á crear 



en Francia. Los grupos reaccionarios y los de ideas 
avanzadas se unieron instintivamente para tributar 
este homenaje al más alto representante de la Repií- 
blica francesa. 

Desde la estación al palacio del Elíseo el entu- 
siasmo popular siguió al presidente, como si en esta 
hora grave quisiera infundirle con sus aplausos y ví- 
tores nuevas fuerzas para el cumplimiento de sus de- 
beres supremos. 

En las primeras horas de la tarde, el jefe del go- 
bierno, M. Viviani, tuvo una conferencia con el em- 
bajador alemán, M. de Schoen, en el Ministerio de 
Negocios Extranjeros. Después llegó el embajador de 
Rusia, M. Isvolsky, y los dos diplomáticos, alemán y 
ruso, mantuvieron una larga conversación en presen- 
cia del ministro francés. 

Por la noche, París se mantuvo en calma. La mu- 
chedumbre discurrió por los bulevares, ansiosa de no- 
ticias, pero sin hacer manifestaciones. 

La preocupación más inmediata la ocasionaba el 
dinero. Las dificultades para el cambio de moneda 
molestaban al público. 

El oro había desaparecido por completo desde al- 
gunos días antes, recogido y guardado previsoramen- 
te por los establecimientos de crédito y los particula- 
res ricos. La plata empezaba á escasear igualmen- 
te. Todos sentían la necesidad de que el Banco de 



HISTORIA DR LA GUERRA PLIROPEA DE 1914 



57 




LA MULTITUD EN HEKLLN ACLIÜIENDO Á LA t'AJA DE AH0RR08 PARA RETIRAR SU DINERO 



(Fot. Meui isse) 



Francia pusiese en circulación billetes de cinco y de 
veinte francos. 

El estado de espíritu de los franceses era excelente. 
Nadie deseaba la guerra; todos querían evitarla, pero 
nadie la temía, aceptándola de antemano, si es que se 
presentaba, como algo fatal é inevitable. 

«Las manifestaciones del pueblo de Berlín — decía 
Clemenceau — contra Rusia y contra Francia, que no 
han hecho un solo gesto de amenaza hasta ahora, de- 
muestran cuál es el estado de espíritu del kaiser y de 
todo su pueblo. ¡Cuan distinto el estado de espíritu 
de nuestros conciudadanos! Yo solo veo en torno mío 
hombres tranquilos y resueltos. No oigo mas que deseos 




I'AUIS. EL l'KEyíUKNTE l'UI.NC'ARÉ SALl DANDO Á LA .MUC 1 lEDI .M IIUH EN LA ESTACHkN DEL NURTE 



de paz, acompañados de una sonrisa de seguridad 
viril y de un relampagueo de ojos que dan á entender 
que el alma francesa no ha degenerado.» 



XI 



Declaraciones de Inglaterra sobre la paz. — La situa- 
ción en Londres y París. — Movilización rusa. — Re- 
clamación de Alemania. — Vanas esperanzas de con- 
ciliación. — Las naciones se preparan para la guerra. 

El jueves 3U de Julio, al abrirse la sesión de la 
Cámara de los Comunes, el gobierno inglés creyó ne- 
cesario hacer algunas de- 
claraciones en vista de la 
situación europea. 

Mr. Asquitli, presidente 
del Consejo de Ministros, 
liabló de este modo: 



Nos reunimos lio.v en una.'^ 
eoniliciüncs de gravedad ([ue 
lio pueden encontrarse otras 
análogas en toda nuestra exis- 
tencia política. 

l.a paz y la guerra de Euro- 
pa parecen como equilibradas 
eu una balanza, y esto signi- 
flca para nosotros los riesgos 
de una eatá.-itrofe cuyas pro- 
porciones y consecuencias es 
iniii()sil)le (|ue calculciniis. 

7 



£8 



VICENTE ISLASCO IBANh:Z 



m 




3 7 7 14 209 

BANOUE <le FRANGE 

CINQ 

FRANCS 




• úiwiíi Criiittfíl. 



/ 



C.6r«13.C. 

>0 







HL M'liVO llll.I.V.rií I)K CINCO laiA.NC'OS 



En hisciiTiinstiUicias prcscnlcsixlc iiii.-i iin|Mii-l,iiiri,i iMpitMl 
li;ini lo.s i iit('n'sos( lelilí mulo entero (jiu' iiuestrnii;iis.(|ueii(i tiene 
iin.'i rehieic'm direeta en este eoiillieto, |)iieila liablar con el jires- 
tiyiu (le lina uacithi en que es absoluta la nnaniíiiiilail de tíidos. 

Luego, sil" Edwanl (¡rey tomó la ]ialiilira juira decir 
ron fiicrta tristeza: 



1 
ciún 
pea. 
]iro(l 

!• 
este 



Sirnlu inurlii) im pcpiliT aniuiciará 
la Cámara (|ue la siliiaeión de liov no 
lia disininuiclo en gravedad al eoni- 
pai-arla con la de ayer. Contiiiiianios 
mii'.stra olira á lin de lograr lo íinicu 
i|iu' nos interesa, el sosteniniicntn de 
la paz en Europa, y para e.sto se^^ui- 
iiios en e.slreelio contaeto con todas las 
linteneias. No hemos tropezado liasta 
ahora con ning-iina dificultad cerca 
de dichas potencias, pero nos ha sido 
imposible establecer una acciim diplo- 
mática conciliadora, tal como la lia- 
liiamiis propuesto el luiii'S. 

La iiriiuera |)ro|io.siciiui i\r\ 
ministro Grey en favor ilc nna 
conferencia diplomática no ha- 
bía obtenido éxito. Ahora sus 
esperanzas so basaban en los 
trabajos para conseguir una c(ui- 
versación directa entre Anslria 
y Hnsia. 
■ondrcs miraba con cierta indiferencia esta sitaa- 
, lio creyendo cu el absurdo de una guerra enro- 
Lo único que le preocupaba un poco era el reilejo 
ucido en los uegocios ¡lor la alarma general. 
•]n París el malestar ecouómico fué también en 
día la, preocupación dominanto. La Caja de .Mió- 




la. Mi'cimni Mimn aniií va. hanco oií iuamia i:si'huam>o ti uno cara i-a.\iiuak iui-Lkiiís ni'ots. Mcurisse) 



Historia de la guerra europea de i914 



69 



ri'os, para, ronjurar una 
quiebra jior la g-ran 
anuencia de depositan- 
tes que acudían á recla- 
mar sus economías, tuvo 
que suprimir los reem- 
bolsos. Sus restituciones 
fueron limitadas á r)ü 
francos por quincena. 

La crisis monetaria 
resultaba insufrible. La 
moneda metálica liabía 
desaparecido de la cir- 
culación instantánea- 
mente. Más de aU.OÜd 
personas se ag-lomeraron 
por la mañana en el Ban- 
co de Francia ]iara cam- 
biar billetes por metáli- 
co. El gran cstaldcci- 
miento tuvo que nu>vi- 
lizar para este servicio 
gran parte de sus em- 
pleados, improvisaudo despachos de cambio en los pa- 
tios y corredores de su ediñcio central, pero aun con 
esto resultó imposil)le atender al público, cada vez 
uiás numeroso. Para remedinr la escasez de moneda, tados cu los grandes Bancos. La Cámara de Agentes 




Kr. NIKMJ im.I.lMK 1)H VHlM'lí l<RA.N('US 



el Banco, de acuerdo con el gobierno, decidió poner en 

circulación los billetes de cinco y de veinte francos. 

Todos los intereses de descuento l'uerou aumeu- 




U.N DETALLE DE LA MUCHEDUMBaE DESEOSA DE ADQUIKItt lULLETES DE CI.NCü Y DE VELNTE 1•■RA^•C0S ('''o'*- Mcurise») 



60 



Vicente bLasco íbañez 




UN PATIO UKL H,VNCO DK FUANCIA (.'UN DUSl'ACUUS IMI'MUVISAUOS l'AKA KL UAMIÜU UE lULLKTES 



(le liolsa declaró la necesidad de establecei' una mora- 
toria general para las operaciones bursátiles, prorro- 
g'ando hasta tiues del próximo Agosto la liijuidación 
de Julio. 

El gobierno francés tomó precauciones militares 
á fin de asegurar las vías do comunicación. Las esta- 
ciones de ferrocarril de toda Francia, así como los 
puentes, túneles y encrucijadas, (juedaron ocupados 
]iiir las tropas. 

Hn periódico de París fué secuestrado por la pidi- 
ria ])ür haber dicho que los ministros habían estado 
reunidos gran parte de la noche en el palacio del 
Klíseo, bajo la presidencia de Poincaré. En esta re- 
unión se había acordado llamar á las armas á cuatro 
resei,"vas. El ministerio del Interior desmintió la no- 
ticia. 

A pesar de esta tendencia del gobierno encaminada 
ú disminuir la importancia de la situación, todos se 
daban cuenta de su gravedad. Los ministros, desde 
la llegada de Poincaré, se reunían diariamente varias 
veces. 

o 

Rusia decretó en este (ha su movilización á liu de 
completar las medidas previsoras que había toma(h>. 
cubriendo la frontera de Austria. 

El ukase del zar llamaba á banderas: 
1." Los reservistas de '2'A gobiernos y de 71 distri- 
tos pertenecientes á otros 14 gobiernos. 

5Í." Otro número de reservistas procedentes de nue- 
ve distritos de cuatro gobiernos. 

;i° Los reservistas de la Armada de 04 distritos 



(le 



í'2 gobiernos rusos y de un gobierno liu 



4." Los cosacos libres de los territorios di 
de Kouban, de Terek, de Astrakán, de Oren 
del Ural. 



laudes. 
■1 Don, 
lurg y 




UNA Ol'ICINA DE CAMinO INSTALADA POR El. DANCO DK l'KA.NCIA 
EN VISTA DK I. A ORAN AFLUENCIA DK PÚBLICO (FoU. MeurUs*) 



Historia de la üljerra europea de 1914 




EL CA.MHIO DE Bll.LKTEtí E.\ EL ÜANCU DE FUA.N(1A 



5." Uii núcleo de oficiales de reserva, médicos, 
veterinarios, etc. 

Además, por el nkase imperial se requisaron en 
los gobiernos de la movilización los caballos, vehi- 




AUyUníIK.NUO lill.I.ETliS XUKViiS DE CINCO Y DE VKINTli 

FRANCOS l*"o'8- Meurisat.) 



culos y correajes necesarios ]iara las citadas fuerzas. 

Los cadetes de la Armada fueron promovidos cu 
masa al grado de oficiales. 

En Sau Pctersburgo y otras capitales rusas las 
manifestaciones patrióticas eran continuas é ini])o- 
nentes por su número. 

El pueblo ruso, dividido hasta poco antes por las 
divergencias políticas y los antiguos odios de raza, 
mostraba su entusiasmo con uua absoluta unanimi- 
dad. Los revolucionarios, enemigos del Imperio, toma- 
ban parte en estos actos patrióticos. La consideración 
de que Rusia defendía á un pueblo débil y pequeño 
como Servia, hizo que hasta los enemigos más irre- 
ductibles se uniesen al goljieriio ajirobando su con- 
ducta. Los días tristes de la guerra ruso-japonesa, 
alterados por la discordia, estaban muy lejos para 
todos. 

El embajador de Alemania en San Pctersburgo so 
presentó á M. Sauzanof, ministro de Kelaciones Ex- 
teriores, ])ara preguntar si eran ciertas las medidas 
de movilizaci('>n, dando á entender que en caso alir- 
mativo el Imperio alem;in pnicedería ;i una muviliza- 
cióo análoga. 

Alemania (jucría sal)er: 

]." Cuál era el objeto de la movilización en Husia. 
■J." Si esta movilización era dirigida contra Aus- 
tria. 

•i." Si Rusia estal)a dispuesta á ordenar ijue cesase 
(^sta movili/.acii'in. 

El gobierno alema u pidió á Rusia que contestase 
lo antes posible á estas preguntas, que tenían el carác- 



62 



VICENTE BLASCO IBAÑE2 



tcr de un nUimatum. El niinisti'o Sauzanot' i'o.sj)nnili(i todavía las tropas sobre las armas, si es que Alemania 
que esta movilización no iba dirigida en modo alyuno realizaba su movilización. 

contra Alemania, pues no se desarrollaba en sus fron- Inglaterra, tenaz en sus gestiones, era la última 

toras y sólo era parcial. En cuanto á dar órdenes para esperanza de los que ai'in conñal)an en un arreglo que 
suspenderla, ya no era posible. conjurase la guerra. El ex ministro Piclion, ilustre 

La gestión amenazante de Alemania (lal)a á enten- diplomático, resumía de este modo los sucesos en Le 
der su propósito inmediato de recurrir á la guerra. No PcUl Journal: 
había querido intervenir hasta entonces entre Rusia y 
Austria á (in de llegar á un acuerdo, l'ero ahora daba 
señales de vida ])ara amenazar al lunterio ruso si con- 
tinuaba su movilización contra los austríacos. 

Persistiendo Inglaterra en sus propósitos concilia- 
dores, aún gestionó en este 
día cerca del gabinete de 
Berlín para sostener la paz. 
Sir Edwui'd (¡rey renuncia- 
ba á sus iniciativas anterio- 
res y pedía á Alemania (|U(' 
manifestase bajo qué forma 
juzgaba preferible una in- 
tervención amistosa en el 
conñicto. El gobierno de 
Herlín no contestó. El mi- 
nistr<i inglés, eonvenculo 
al lin de (jue no consegui- 
ría en su obra pacífica el 
a])oyo de laM'il/iclut.sfiy/isS/' 
— como llaman en lenguaje 
diplomático al gabinete de 
Berlín — , concentró sus es- 
fuerz(js para convencer al 
BalJiíhii:, ó sea el gabinete 
de Viena. 



El gobierno francés no 
se hizo ilusiones sobre la 
posibilidad de una paz al 
enterarse del nlfimatu/n 
dirigido á Rusia por el go- 
bierno de Alemania. 

La guerra era inevitable 
y había que tomar precau- * 

(dones. Se abstuvo hasta el liltimo momento de dar 
la orden de movilización, poro adoptó todas las me- 
didas compatibles con un estado normal. Las tropas 
llamadas de «cobertura» fueron concentradas en 
diversos puntos de la frontera. •^50.000 hombres 
del ejército activo formaron una muralla para im- 
pedir una invasión repentina. Mientras tanto, á sus 
espaldas podían realizarse tranquilamente los prepa- 
rativos de defensa. Los depósitos de municiones y ví- 




Ni) es posible (l(>cir— como nñniian on la capital de Alema- 
nia~(|MO el liiaiitciiiliiicnto de la Jiaz ji'eiicral depemle de Hnsia. 
Esta. atirniaciíHi es nii soIíshki. liiieamenti' sena verdail si la 
jiruvocación linliiesi' partido de San l'e1crslinri;-o. Tern esta 
[iruvocación ha iiai-tidíj ile otro I ni;; ir. \' preeisaimade en ese 

liiii'ar es donde la inter\eiie¡(iii 
a leí na lia puede ser (Jiimipotenle. 
l,a \ci'dad es (pie el ^idliiiTUo 
aleiiKiii resulta eii estos iiioiiii'U- 
tos id II 11 ico seüor de l;i p:i/. o de 
la jiaierra. 

Aun adliiitieudo ipir no acep- 
te el eneari^arse de rontiaier íi 
su aliado el Imperio de Austria 
\ ijiie uo ipiiera ejel-eer liili- 
^ama iircsióa sobre él. siempre 
((uedará el recurso de una in- 
tervención de tres 1) ciiatñ) po- 
tencias cerca de los i^obienios 
más interesados en la crisis. 

Ksta iuterveiudiiii es la ipie 
Iiii^'laterra ha iiroiiiiesto. la ipie 
nosotros hemos apox'ado. la. ipie 
Italia aceptó inmediatamente \- 
la i|ue Alemania ha rehusado. 
Hay que insistir una ve/, ni;is. 
Esta solución se impone. (,>ue 
miiditii|iieiisu forma sise ((iiiere 
jiara dar toda hi satisfacciíju po- 
sible á las objeciones alemanas. 
Pero ((ue se insista en ella; (pie 
\ iielvaii á reaniidarsíí las neg-o- 
ciaidoues. 



EL REY DK liliLGIUA, ALHEKTO I 



Clcmenceau, en su pe- 
riódico El Iloiiúiff L\hi-<\ 
se mostraba menos con- 
iiado, dudando (jue se acej)- 
tase la solución projíuesta: 



Todos los países (dvilizados saben de di'iude viene la ag're- 
sióii. 

Todos los países civilizados saben de qué parte proceden las 
intervenciones diidomátieas en favor de la yx/. y de qué parte 
las resistencias. 

Todo el niuudo ha visto ipii' el emperador alemán se inter- 
imso desde el primer dia para imi^cdir (pie Kiisia. protectora 
natm-al de los pueblos eslavos, interviniesr' en fa\iir de Serxia. 
amenazada de un aplastamiento. 

En cnanto líiisia ha resuelto movilizar una parte \\\\\\ ]>e- 

queña de sus tropas jiara tomar Icti'itimas ¡ireca liciones i i 

veres se completaron con vertiginosa rapidez. Las respuesta á la movilización austríaca, (iuillermo II se ha apre- 
surado á deidarar al zar (pie si tiene Itl, aiiihuda de prexeuirse 
será preciso (pie jior ello arda Europa entera. 



vías férreas quedaron expeditas para una próxima 
movilización. 

El níy de Bélgica tuvo frecuentes entrevistas con 
sus ministros y el jefe del Estado Mayor general del 
ejército. Sus acuerdos se encaminaron á reforzar más 



lllbTOK'lA Dü LA GUERRA EUROPEA DE 1911 



65 



XII 



Los bastidores del dram^. — Despachos de Guiller- 
mo i! y el zar. — La conducta del kaiser. — Llnanimi- 
dad francesa. — El ciudadano Hervé y iu huelga ge- 
nera!. — El caricaturista Hansi. 

j\lii'iitra.s se agitaba la diplomacia buscando una 
suluciúu al conflicto, dos altos personajes, en cuyas 
manos estaba depositada la suerte de Europa, so po- 
nían en couiuuicacióu á impulsos del peligro. 

El emperador de Alema- 
nia y el tic líusia cruzaron | 
varios telegramas intere- 
santes. El parentesco y la 
amistad les hicieron tratar 
este asunto con cierta con- 
fianza, como un pleito de 
familia. Fue un aparte en- 
tre bastidores, mientras so- 
bre el escenario europeo se- 
guían actuando las canci- 
llerías á la vi.sta de todos. 

El 'JS de Julio por la no- 
che, Guillermo II, que aca- 
baba de regresar á su Im- 
perio, dirigió el siguiente 
despacho á su primo el em- 



ii;u'i(in en Kusia es i'iioriiii'; yii i)articipn de ella. I'ru.sii-iito ((iio 
iiMiy pronto no poilró ri'sistir á las presione.'? (jiic la opiíium 
ejerce sobre mí. y me veré obligado á tomar medidas que |)ro- 
vocarán la g-uerra. 

Para evitar la desg-racia que representaría una guerra euro- 
pea, te ruego, en nombre de nuestra antigua amistail. que ba- 
gas todo lo posible para impedir (pie tu aliado vaya demasiado 
lejos. 

Ni'oi.Ás 

El mismo día, ú las seis y media de la tardi', tele- 
grafió (iuillernii) II: 



Ilc reeibid' 



perador de Kusia: 







I (111 una gran inquietud me 
entero de la ini]iresi(Jn que el 
nllimattuii austro-búngaro ba 
prodneido en tu Imperio. La 
agitación sin escrúpulos que 
desde liace años se desarrolla 
en Servia, ha determinado el 
asesinato de Francisco Fernan- 
do. Los servios están dominados 
aún por el espíritu ()ue los im- 
I)ulsó al asesinato de s>i lícy y 
de su Keina. Indudablemente 
con vendrás coinnigo en que nos- 
otros dos, asi como los demás 

soberanos, tenemos interés en ipie todos los (pie resulten res- 
ponsables de este crimen horrible no queden en la impunidail. 
I'orotr.i parte comprendo (;uán dificil es para ti \- tu (iobier- 
110 ir contra la opinión pública de tu jiais. (iracias á la ainislad 
que desde hace mucho tiempo me une estrechamente con Immu 
cisco .losé. des|iliegip sol)re .\ustria-Hungría toda mi inlluencía 
l>ara empujarla á (pie se entienda franca y pa -ilicamentí^ con 
Kusia. líspcro ardientemente que tú ayudarás mis esfuerzos, 
para alej.ir las dilicnltades qiu; existen en la actualidad. 
Tu afectuoso primo. 

(ii n.i.iíUMo 

El '>') (le .lulio. á las diez de la mañana, rcspiuulio 
Nicolás II al cmperailor alrni;in: 



I tu telegrama. Comparto tu deseo de mantener 
la paz. Sin embargo, yo no piie- 
ilo considerar la guerra austro- 
húngara como una guerra ver- 
gonzosa, porque Austria-Hun- 
gria sabe por experiencia (pie 
las promesas de Servia, cuando 
no están consignadas sobre el 
papel, nada valen. Según mi en- 
tender, la acción austro-húnga- 
ra debe ser considerada como 
una tentativa para lograr que 
esta vez las promesas servias se 
cumplan. Me sostengo lirme- 
mente en esta opinión al ver 
(jue el Gabinete austro-húngaro 
se ha comprometido á no buscar 
ninguna conquista territorial. 

Creo qu(í un acuerdo directo 
entre tu Gobierno y Viena es 
posible y deseable; un acuerdo 
(¡ne, como ya te he dicho, aj»)- 
yaria mi Gobierno con todas sus 
fuerzas. Naturalmente, las me- 
didas militares podrían ser con- 
; /■ sideradas como una amenaza 

y / por Austria-Hungría, y podrían 

í Mt .•' prüV(jcar la desgracia que nos- 

" " ' otros tenemos interés en impe- 

dir, haciendo imposible la mi- 
sión mediadora (pie yo me he 
apresurado á asumir en vista do 
tu llamamiento á mi amistad y 
mi a\'ii(la. 

Geil.LKli.MO 







LA UKINA HE UELGICA. 



(Fot. Kol) Horas después, á la una 

de la madrugaila, nuevo 
despacho del (Muperador de Alemania, siu aguardar 
la respuesta de Rusia: 

Mí embajador ba recibido el encargo de señalará tu fiobier- 
no los peligros \- las graves consecuencias de una movilización. 
Como le decía ayer en mi último telegrama, Austria Huiigria 
no moviliza contra Servia mas que una parte de su ejército. Si 
ahora, como (!S cierto, tú movilizas contra Au.stria-Hungria. la 
misión (pie me conflaste resulta difícil, si es que no imiiosible. 
1.a dílieultad de la deci3i(jn que hay ipie tomar reposa ahora 
sobre tus hombres. A tí te corresponde la respoiLsabilidad de 
la guerra o de la paz. 

GtlLLEIlMO 



Me alegro de saber que has regresado á Aleni.-inía en estos 
momentos graves. Te suplico viv.um-nle (pie me a\iides. fna 



Este telegrama .se cruzó con el siguiente del em- 



guerra vergonz(jsa ha sido declarada á un país débil. La indig- perador de Rusia, ijue era en respuesta del anterior. 



64 



VICENTE BI ASCO IBAÑEZ 




THOl'AS yiiRVIAS SALIENDO I'AKA LA (itíKURA 



(Fot. Rol) 



NicnJás 11 íi (liiilli'niti) 11 
80 (lo .lulin. 1 de l:i tanlc. 

Ag'iMdrzco ('onlhilinontc tu pronta rcv-ipucstn. Est:i noclio 
enviare'' á Tatisclicfcon instrucciones. Las uicdiilas militares 
actuales cstal)an acordadas desde hace cinco dias aproxiniada- 
nicntc. para defendernos de los austríacos. Espero de todo co- 
razón que estas medidas no van á impedir tus funciones de me- 
diador, de las cuales espero muclio. Tenemos necesidad do tu 
presión sobre Austria-Hungría, para que ésta ipiiera entenderse 
con nosotros. 

Nicolás 

Cuando el zar recibió el último dcspaclio de Gui- 
lloi'ino II, (juc so habia cruzado (!un el sujo, le con- 
testo: 

Te do\' las gracias cordialniente piir tu nii'diaci('in. que lince 
esperar una solución iiaciñca. Es verdaderamente imposil>lo 
suspender nuestros preparativos militares, que resultan nece- 
sarios después de la movilización austríaca. Nosotros no desea- 
mos una guerra, y mientras duren las negociaciones con Aus- 
tria para llegar á un acuerdo, mis trojias no tomarán ning'uua 
actitud hostil. Yo te doy solemnemente mi palabi-a. 

Teng'o conrtanz;! eu Dios y espero mucho dr tu uicíliacinn 
en Viena para el bien dt; nuestro pais .y de la pax. de Europa. 
Cordialinente tu agradecido 

Nicolás 

El mismo día á media noche (¡uillernio II ti'le;4'i'ati'i 
lo sio'uieute, con gran asombro del zar y su o-obierno: 

Mientras mi mediacicbi, asumida según tu deseo entre tu 
Gobierno y el (¡obierno vienes, estaba en plena actividad, tus 
tropas han sido movilizadas contra mi aliado Austria-Hungría, 
lo (pie ha liedlo mi acción casi ilusoria. Sin embargo, la he eoii- 



tiiuiado. l'erii ahora recibo noticias ciertas sobre tus prcparali- 
vos belicosos en mis fronteras. La responsabilidad de la seguri- 
dad de mi Imperio me obliga á tomar contra-medidas defensivas. 

He hecho todos los esfuerzos en favor del mantenimiento de 
la paz. No caerá sobre mí la responsabilidad de la desgracia que 
amenaza al mundo civilizado. En este momento tú dispones 
aún de la posibilidad de ciinjurarla. Nadie amenaza el honor y 
la fuerza de líusia. que podría haber esperado el resultado de 
mis esfuerzos. 

La amistad por ti y por -tu jiais (iiie juré ante el lecho lU^ 
muerte de mi abuelo la he considerado siempre como algo sa- 
grado, y he sido flel á Rusia en sus momentos más difíciles, es- 
pecialmente cuando la guerra ultima. Hoy la paz europea sólo 
puede ser salvada por ti, suspendiendo Rusia los preparativos 
militares que amenazan á Alemania y Austria-Hungria. 

tillLLEU.MO 

La conducta del emperador alemán se revida cla- 
ramente en estos telegramas. 

Promete iníUiir con el emperador de Austria, pero 
á condiciiin de (jue Rusia detenga su movilización, 
niicütras el Imperio austríaco, movilizado ya, ataca 
á la débil Servia, que es justamente lo que Nicolás II 
quería impedir. ¿Cómo creer además en la sinceridad 
de tales mediaciones cuando todo lo hecho por Austria 
era con previo aviso y consulta al gobierno alemán, 
no atreviéndose á avanzar un paso sin su aprobación 
y la seguridad de su apoyo? 

Cuando Nicolás II insiste en la necesidad indiscu- 
tible de que Rusia tome medidas militares para preca- 
verse de los austríacos, pero empeña solemnemente 
su palabra de que las tropas rusas no se moverán 




Dibulo de M. Colon Woodvlllc, de «The lllustraled Loiidon News» 

Los huíanos batidos por la caballería y las ametrall4r 



RA ALEMANES 




i|»ras inglesas en un pueblo de la frontera de Francia 



HISTORIA DI-: I.\ GUERRA ELIROPEN DE l^ll 



65 



mientras duren las nofj:;üciacio- 
nes con Austria, Guillermo II 
no sabe qué decir pava sostener 
su equívoco, y sale del paso 
atropcllaudo sus anteriores 
promesas, con pretexto de que 
la movilización rusa, segi'in si'H 
noticias, va dirigida ahora con- 
tra las fronteras de Alemania. 

Esto era completamente 
falso. 

En la presente guerra lo más 
asombroso no son los cañones 
enormes ni las masas de com- 
batientes, monstruosas por su 
número y su mortaldad: lo 
inaudito, lo que jamás se vio 
en la Historia — ni aun en los 
tiom])os de mayores felonías — , 
es el continuo atentado contra 
la verdad, una prontitud para 
mentir que desconcierta por lo 
audaz y revela el desarreglo de 
un pensamiento trastornado. 

Para romper con Rusia hubo 
que inventar que ésta hacia 
preparativos militares contra 

Alemania, preparativos que nadie pudo ver. texto fué que unos aviadores franceses habían volado 
Luego, para justificar la inmediata invasión de sobre ciertas ciudades alemanas, arrojando bombas. 
Bélgica, Guillermo II aseguró que Francia é Inglate- Y los vecinos de dichas ciudades debieron pregun- 
rra querían invadirla igualmente, y por eso Alema- tarse cómo su emperador insigne tenía noticia de ta- 
ñía se adelantaba á estas dos naciones. Fué en vano les atentados, cuando ellos nada habían vistii. 




IN VOLr.NTAUIO SKKVIO Ulí DOCE ANOS 



(Fot. Kol) 



que Alberto I, el principal interesado, afirmase que 
Francia é Inglaterra le habían ofrecido garantías 
para el respeto de su neutralidad. Una vez notificado 
el absurdo embuste, Alemania realizó la invasión, 
sin sentir la necesidad de más sólidos argumentos. 
Al declarar la guerra á Francia, su principal pre- 







En estií gráfico puede verse por qué mollvo Uusla. protectora natural de los pueblos 
eslavos, salió en defensa de Servia, hermana &uya de raza 



Algo más que una mórbida tendencia á la iucxac- 
titud y la falsedad revela esta conducta. 

Guillermo 11, en su último telegrama al zar, hace 
responsable á éste de la gran desgracia qiie amenaza 
al mundo civilizado: <,<Tú eres el único que puede 
salvar la paz de Europa. >> 

V\\ día después, las continuas gestiones 
del gobierno británico cerca de la corte de 
Viena consiguen ablandar al gobierno de 
Austria, que se aparta un poco de las suges- 
tiones de su poderoso aliado, y accede al fin 
á tratar directamente con Rusia, sin duda 
por una incjuietud de liltima Iiora aute las 
consecuencias de la coufiagracióu eur(»pea. 
Austria y Rusia van á entablar una ne- 
gociación. Las potencias amigas de la paz 
asistirán como buenas consejeras. Segura- 
mente van á entenderse los dos adversarios, 
terminando con un mutuo acuerdo las hos- 
tilidades cu Servia. 

La ]>az será un hecho en breves días. Se 
restablecerá la normalidad europea, no 
siendo ya posible la «guerra preventiva» 
para cortar el desarrollo de las naciones 
odiadas. 

El soberano de Berlín, ^<el amigo de la 

8 






<_ 



66 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




KL URAN DUQUE NICOLÁS 
Generalísimo de los ciérdtos rusos 



(l'ot. Rol) 



paz», ve un esto una aniouaza, c inesperadamente, 
cuando todas las potencias sienten después do una 
semaiKi de angustia la casi seguridad do una buena 
solución... ¡declara la guerra á Kusia! 

V en el curso de esta guerra, Guillermo II aíirnia 
siempre une su país ha sido atacado y (|ue todn cuanto 
hace es \)ov la necesidad de derendcrse. 

El juicio más sólido y tranquilo se altera y con- 
funde ante tantos absurdos ó incoherencias. 



Francia dudn dr la posibilidad de la paz á partir 
del no de Julio. Kl gol)ierno recibía noticias de los 
preparativos belicosos de Alemania. 

Desde el día 25 habían sido arniaihis las ])Iazas 
fuertes de la frontera alemana limítrofe con Francia, 
concentrándose varios cuerpos de ejíu-cito al Este dt; 
Metz y de Thiouville. Del lado francés las tropas de 
cobertura habían ocupado las avanzadas. 

La proximidad de ambos ejércitos dio lugar á al- 
gunas violaciones de frontera por parte de los alema- 
nes. Varias patrullas se internaron por error en terri- 
torio francés. 

El día :3ü por la tarde ocurrió el primer incidente 
cerca de Luneville. Dos suboüciales alemanes de ca- 
ballería, al hacer un reconocimiento, llegaron hasta 



las iiimi'diaciniics dr la aldea francesa di' Xurcs, ií mi 
cuarto de kilómetro de la frontera, lu aduanero les 
hizo saber ijue estaban en territorio de Francia, y los 
dos alemanes le contestaron groseramente; pero hu- 
bieron de retroceder en vista de la actitud de los ha- 
bitantes. La gendarmería y un pelotón de cazadores 
á caballo ocuparon la aldea para impedir una nueva 
violación de territorio. 

Fl pidigro nacional alinuó detinitivaiiiente en 
Francia la unanimidad de opiniones que se había 
esbozado al iniciarse el conñicto. Los diversos jjarti- 
dos olvidaron sus querellas, para no pensar mas que 
en la salvación de Francia. «¡La patria está en peli- 
gro!» Esta frase, que evocaba el recuerdo glorioso de 
la primera Revolución, sirvió para el agriipamiento 
de los franceses. Todos quisieron imitar el ejcnijilo de 
los patriotas de 17'>"J. 

Un motivo de inijuietud i)ara las clases conserva- 
doras y para los indiferentes, era la conducta que 
podrían adoptar los socialistas, sindicalistas y demás 
revolucionarios. 

En todos los congresos internacionales, los socia- 
listas habían hablado de ])rovocar una huelga gene- 
ral en Europa si se iniciaba la guerra, diticultando 
de este modo la acción belicosa de los gobiernos. La 
señal do esta huelga debía partir necesariamente de 
Francia, por ser la nación que marcha al frente de 
las aspiraciones revolucionarias. Los representantes 
del socialismo alemán habían mostrado en todos los 




LAS l-UONTERAS RUSO-GERMAHICAS 



HlStORlA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1^11 



67 



Coagi'eSoá una visible ambigüedad al tratar este pun- 
to. Era indudable que en el caso de surgir la gue- 
rra sus esfuerzos para impedirla no representarían 
gran cosa. Desde que se inició el conflicto austro- 
servio, los socialistas alemanes no hicieron ninguna 
manifestación enérgica para combatir las amenazas 
do guerra. Su diario el Vorwavrts, de Berlín, protesto 
contra el carácter amenazador y ofensivo de la Nota 
de Austria contra Servia... pero nada más. La oposi- 
ción de los socialistas germánicos no iba á ir más 
allá de una campaña de artículos de periódico. Inútil 
esperar que las masas obreras circulasen por las calles 
■ de Berlín protestando contra una política belicosa. No 
era un secreto ]íara los socialistas de otras naciones 
que gran parte de los directores del socialismo ale- 
mán, en fuerza de rozarse en el Parlamento con los 
conservadores y militaristas, se habían aficionado á 
la influencia política y estaban á las órdenes del go- 
bierno, disimulando sus abdicaciones con una oposi- 
ción fingida é ineficaz. 

Jaurés, espíritu generoso enemigo de la guerra, 
creyó hasta el último momento en las virtudes de sus 
correligionarios del otro lado del Khin, esperando que 
el proletariado europeo lograría evitar el conflicto. 

¥a\ su diario LHumanitd del 31 de Julio decía así 
el gran apóstol del socialismo, cuando sólo le queda- 
ban unas horas de vida: 

Todo lo que veo á la lioni presente en esta obscuridíid g-ene- 
ral, (ís que nuestros e;uiun';id;is los soeüdistns de Aleniaui.-i li;iu 
l)rotestado vig-oros.imeiite en uu artículo del Vorn-aerls contni 
el carácter amenazador y ofeusivo de la Nota austríaca. 

Que los socialistas de todos los países redoblen sus esfuer- 
zos para aclarar la opinión y oponer su solidaridad á la (^spau- 
to.sa catástrofe (pie ameuaza al mundo. 

Generoso consejo el del gran orador, propio de su 
alma buena; pero los cama.i'adas alemanes, empon- 
zoñados por el espíritu ambicioso de su país, pensa- 
ban en la grandeza alemana, con su Imperio triun- 
fante, antes que en la libertad y los intereses del 
proletariado universal. 

Otro personaje del socialismo francés, viendo cla- 
ramente los peligros que Alemania hacía correr á su 
país, se apresuró á tranquilizar la opinión, temerosa 
de la actitud de los revolucionarios. Fué Gustavo 
Hervé, el famoso profesor antimilitarista, odiado por 
los patriotas á causa de sus atrevimientos de lenguaje 
contra las glorias militares de Francia. 

Hervé es un universitario amigo de la paradoja, 
que dedicó su pluma, ágil y desenfrenada. \\ condja- 
tir el militarismo. Sus campañas le llevaron á la cár- 
cel varias veces, sobrellevando con arrogancia todas 
las persecuciones. El entusiasmo de las masas obre- 
ras le acompañó por las calles en manifestaciones y 
huelgas. 

Las gentes tranquilas temían lo que pudiesen in- 
tentar los jefes revolucionarios, y especialmente Her- 
vé, por su acometividad entusiástica. El cumplimiento 




EL GUNEllAL SulKUlILINOF 
Ministro de la Guerra ruso 

de las amenazas de una huelga general, que segura- 
mente se desarrollaría sólo en Francia, significaba 
entregar la nacióu á merced del enemigo. Pero Her- 
vé, que es en realidad un buen francés, con todas las 
virtudes y ligerezas de carácter de su pueblo, y 
cuyas afirmaciones contra la patria, el ejército y la 
bandera no fueron en el fondo mas que exabruptos 
literarios, prestó á la nación el 30 de .lulio el pri- 
mero de sus servicios, publicando en La Gi'i'rra Social 
un manifiesto que se titulaba ^^El patriotismo revolu' 
c ion ario». 

El ciudadano Hervé terminaba así, (huido por con- 
jurado el peligro de la huelga general: 

Ni un solo socialista, ni un solo sindicalista reiunicia á rea- 
lizar uu día— cuando todos los puel>los cstt'ii ¡¡routos para uua 
acciíju CDUcertada y simultánea — su amenaza de sublevar al 
iinsmo tiempo en toda Europa el proletariado contra el linrnir 
de las carnicíirías internacionales. 

Ni uno solo de ellos reniega del pensamiento gcncniso de 
salvar á líuropa del deshonor y la ruina, levantando un día 
—cuando en t(jdos los países est(' jireparado el i)ueblo— contra 
la, guerra amenazante el conjunto de las fuerzas ¡¡roletarias de 
todo el mundo civilizado. 

jl'cro el día de esa acci(5n concei-tada \ shnidtánea no lia 
llegado ano desgraciadamente! 

l'or esto, \iendo con claridad (pie en los momentos actuales 
una Inielga general, que resultaría indudablemente unilateral. 
Iiecba S()lo por Francia, entregaría, nuestra frontera y el país 
entero al Estado Mayor alemán, el partido socialista renuncia. 



68 



VICENTE BLASCO IBANEZ 



con el corazón lleno de amargura, á hacer uso de un arma for- 
jada para defender la paz en peligro, i)or miedo á herir con ella 
al mismo tiempo á la patria en peligro. 



La actitud de Alemania hizo recordar duraüte estos 
días varios iucideutes ocuiTidos en el país enemigo, 
(jiie mosti'al);ui el espíritu hostil de los germanos con- 
tra Francia. 

Los periódicos de París hicieron memoria de los 
incideutes de Saverue, población de Alsacia, acaeci- 
dos un año antes con motivo de las arrogancias del 
joven teniente Von Forstner. Kste oficial, al instruir 



país, había enviado al coronel del regimiento de Sa- 
verne el siguiente telegrama de felicitación, lacónico 
y brutal: «Muy bien. (íolpee duro.» 

Kl incidente de Savcrne demostró la irritante do- 
minación que ejerce en Alemania el militar sobre el 
paisano, la servidumbre vergonzosa que sufren los 
verdaderos naturales de las provincias anexionadas, ó 
si'an los alsacianos do origen fVanc('S. y el ndin inex- 
tinguible de todo alemán contra Francia. 

También se recordaban en París las campañas con- 
tra la legión extranjera de ÚVica, campañas realiza- 
das en Berlín ])or medio de la prensa, el libro y iiasta 
el teatro, describiendo este cuerpo militar como una 




DIllIJOS IIK UANSI 
Un lenlentc. Varios tipos de píingcrrnonthlas en Alsacia 



unos reclutas alsacianos, los había insultado por su 
origen francés. El vecindario se alborotó contra tales 
injurias, y entonces los militares alemanes, hacien- 
do causa común con su insolente compañero, maltra- 
taron á la población civil de Savcrne. El suceso iia- 
bía tenido uua resonancia mundial. El gobierno de 
Berlín, para poder afirmar á las naciones que Alsa- 
cia no vivía bajo un régimen aplastante, hizo com- 
parecer ante un consejo de guerra á Von Forstner y 
sus compañeros, acusados de atrepellar, no sólo á 
simples particulares, sino á las autoridades civiles de 
Saverne. 

El consejo de guerra los absolvió, dejando impunes 
sus atrevimientos. Hay que tener en cuenta que al 
ocurrir los sucesos el heredero do la corona de Alema- 
nia, el kronpriutz adorado por los militaristas de su 



institución infernal en la que sufrcMi los inilividuos 
tormentos inauditos. 

La campaña obedecía á un sentimiento de liostiÜ- 
dad contra todo lo francés; pero al mismo tiempo se 
buscó con ella conjurar un peligro nacional. 

Gran i)arte d(í los soldados de la legión extranjera 
de Francia son alemanes. Este cuerpo valeroso, que 
tantas proezas ha realizado en las campañas de Áfri- 
ca, se nutre con desertores de todos los países. Y como 
Alemania trata duramente á sus soldados, hasta el 
punto de que el suicidio por desesperación representa 
una verdadera epidemia para su ejército, son miles 
los alemanes que han abandonado las filas pasando 
la frontera francesa para engancharse en una Icgióu 
donde los oficiales no golpean á los hombres y éstos 
no desfallecen de hambre. Algunas veces las desercio- 



HISTORIA De la guerra europea de 1914 



69 



nes hau sido en masa, presentándose por 
grupos los soldados alemanes para soli- 
citar en la frontera su envío á las tropas 
de ÁíViea. 

Fué inútil que los mismos germanos 
que sirven en la legión extranjera es- 
cribiesen á los periódicos atestiguando 
el buen trato v las consideraciones mi- 
litares que gozan los individuos de dicho 
cuerpo, iguales en todo á los demás sol- 
dados franceses. Las buenas gentes de 
ultra -Rliin siguieron creyendo en los 
tormentos inquisitoriales de Francia. Lo 
habían afirmado los periódicos alema- 
nes, y Alemania es el único pueblo del 
mundo que dice la verdad. 

Otro suceso más reciente, ocurrido 
el 9 de Julio, era evocado en París: la 
condena de Hausi, el caricaturista alsa- 
ciauo. 

Hansi es nú maestro de escuela de 
Alsacia, notable como dibujante y como 
escritor satírico. 

Entusiasta de las tradiciones france- 
sas de su país, é irritado como la mayo- 
ría de sus compatriotas por la invasión 
de alemanes establecida en la tierra al- 
saciana, ha empleado su lápiz y su plu- 
ma en trazar los rasgos más grotescos 
de la impertinencia y la pedantería con 
que estos intrusos pretenden germanizar 
á las provincias anexionadas, sin con- 
seguir grandes resultados después de 
cuarenta y cuatro años. 

Los tipos caricaturescos creados por 
Hansi representando al profesor alemán 
y su compañera, al educador, al gen- 
darme y otras especies invasoras que Berlín envió á 
Alsacia, son ya populares en el mundo. 

El maestro-artista, arrostrando persecuciones, vi- 
vió en su país, cerca de su padre, educando niños y 
publicando libros, hasta que en 1914 su propaganda 
le hizo ser acusado por la policía 
alemana como reo de alta trai- 
ción. . 

Su libro Mita VlUagr, relato 
literario y gráfico de la vida de 
una aldea alsaciana, fué el ob- 
jeto de la denuncia. Le persi- 
guieron en realidad por sus elo- 
gios á Francia, por sus afirma- 
ciones de que el alma alsaciana, 
á pesar de los trabajos alemanes, 
continúa siendo francesa. Pero 
como era impivudente hacer pú- 
blico el verdadero fundamento 
de la acusación, ésta se limitó 
á pedir el castigo de Hansi por 




LA CONDENA DE IlANSI 
El tribunal de Leipzig juzgando el proceso conira Hansi por su libro «Mon Villagc» 

(Dil)ujo de M. Bomiiard, CLviado especiai ile la lllustriüion, de Paria) 



ofensas á los gendarmes y á los pedagogos de Alsacia- 
Lorena. 

El 9 de .Julio compareció el artista ante el Tribu- 
nal del Imperio en Leipzig, y fué condenado á un año 
de prisión. Al terminar la audiencia, Hausi, ayudado 
por algunos compatriotas, pudo 
escaparse, refugiándose en Fran- 
cia. Con esto salvó su vida. El 
año de prisión representaba para 
(•1 la muerte. Al estallar la gue- 
rra un mes después, quedando 
suprimidas las garantías ordina- 
rias, los alemanes lo hubiesen 
fusilado, como fusilaron á otros 
alsacianos poco afectos al Im- 
perio. 

Cuando se rompieron las hos- 
tilidades, Hansi vistió el capote 
del soldado francés, incorporán- 
dose á las primeras tropas que 
entraron en Alsacia, y tuvo la 




HANSI EN EL DANI'O UE LOS ACUSADOS 

(Dibujo (le M. Bompaid) 



70 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



satisfacción de ct)iitoiii])lar sobre la alilt-a descrita cu 
su libro la baudera tricolor tantas veces evocada 
por él. 

XIII 

Alemania declara el «estado de amenaza» en iodo el 
Imperio.— Un discurso del emperador. — «Ullima- 
tum» alemán á Rusia y á Francia.— ¡Es la guerra! — 
Entusiasmo en Rusia.— Serenidad de París. 

El vicriKiS :!1 dr .Iiilio aiiiiH'iitai'on los síiilunias 
anunciadores ilo la guerra europea. 

Austríacos y ser- 
vios siguieron com- 
batiendo en las orillas 
del Save y el Danu- 
bio. La prensa vienosa 
hizo circular, desde el 
primer uiouieuto de 
las iiostilidades, que 
el ejército austríaco, 
después do un terriide 
bombardeo, se liabía 
iiecho dueño de Bel- 
grado. La noticia era 
falsa. Los servios con- 
tinuaron defendiendo 
su capital y rechazan- 
do todos los ataques 
de los invasores. Estos 
bombardeaban Bel- 
grado incesantemen- 
te, pero desde la ribe- 
ra opuesta que sirve 
(1(! limite al territo- 
rio liúngaro, valién- 
dose de los monitores 
y de las baterías de 
tierra, pero sin atre- 
verse á asaltar la ori- 
lla enemiga. 

El Imperio austría- 
co ordenó la movilización general de sus ejércitos. 
Bélgica continuaba sus preparativos nulitares, co- 
uocíendo ya las intenciones del Imperio alemán. Sii 
rey, Alberto I, decretó la uiovilización de todo el país, 
enviando además columnas importantes de tropas para 
guardar los ríos Mosa y Sambre. 

Hulanda, aunque no sentía los mismos temores 
del Estado vecino, procedió también á movilizar su 
ejército. 

Los alemanes en la mañana de este día ocuparon 
el puente sobre el Mosela, que sirve de límite entre el 
ducado independiente de Luxemburgo y el Imperio 
germánico. El puente fué obstruido con alambrados, 
detrás do los cuales se levantaron algunas barricadas 
de carretas. 




IIaNSI. SOl.l),\l>() KlíANCHS 

Esto fotografía, remitida por Mansl é uno 
de sus omiffos de París, ilcva un aulónrafo 
del artista alsaclano que dice: «Le plou-piou 
mai flceié», ei soldadilio mal liilvanado. 



La primera Iluta inglesa seguía cruzando el uuir 
del Norte en espera de órdenes. 

La mala situación económica hizo que Londres y 
Nueva York cerrasen sus Bolsas á imitación ile París 
y otras capitales, quedando suspendida la vida ñnan- 
(Mcra internacional. 

En París el gobierno pasó el día en sesíi'ni perma- 
nente, ocujiándosc de la segiu'idad de las fronteras. A 
petición del ministro de Hacienda se acordn una ])i'ó- 
rroga de los documentos comerciales vcnci(hjs liasta 
el :{I do Agosto. 

Llegaban continuas iiutieías de las autoridades de 
la frontiíra anuiiciaiidi) ios movimientos del ijército 
alemán y sus (h'smaniís, á pesar de (¡ne no se había 
declarado aiin la guerra y el gobierin) imperial se 
abstenía de toda declaración hostil. 

Las avanzadas alemanas, compuestas de tropas 
numerosas, marchaban por el mismo límite fronterizo, 
y muchos jinetes se introdujeron como por equivoca- 
ción en territorio francés. Las comunicaciones tele- 
grálicius y telefónicas entre los dos países habían sido 
cortadas. Los caminos estaban obstruíilos en la misma 
tVontcra con barricadas hechas por los soldados ale- 
ntanes, y éstos impedían vi paso á los vianchintes. 
Numerosos automóviles, pertenecientes á particulares 
que aprovechaban el verano para viajar, fueron con- 
fiscados, sin que los oficiales germánicos prestasen 
atención á la cualidad do extranjeros que alegaban 
sus dueños. 

Igualmente estaban cortadas las vías tV'rreas ale- 
manas en las cercanías de la frontera, y sus troclias 
defendidas con artillería. 

Cuatro locomotoras pertenecientes á la compañía 
francesa do Ferrocarriles del Este fueron detenidas 
])or los alemanes en la primera estaciiui, im])osibili- 
tando su regreso á Francia. 

Por la tarde un automóvil procedente de Alemania 
con varios individuos sin uniforme, se aproximó al 
túnel de Clialifert, cerca del límite franco-alemán. El 
automóvil contenia varias cajas de dinamita. El cen- 
tinela IVaucés, al ver que estos desconocidos intenta- 
l)an descargar sus cajas junto al túnel, hizo fuego y 
el aiitoniiivil huyó. 

VA trán.<ito euti'c Francia y Alemania había sido 
cortado completamente, á pesar do que ambas nacio- 
nes estaban en una situación normal. 

El embajador Schoen seguía en París haltlando de 
los buenos deseos de Alemania en favor de la paz. 

Auncjue uadie podía creer en tales palabras, un 
relampagueo de esperanza iluminó á últiiua hora la 
in(|uebrantable tenacidad de los optimistas y las som- 
brías dudas de los incrédulos. Esta esperanza podía 
aceptarse porque no venía de Berlín. Las agencias 
telegráficas dieron la noticia de que, por obra de las 
gestiones de Sir Edward Grey, los gobiernos de Aus- 
tria y Rusia iban á entablar una conversación diplo- 
mática. Era el primer paso, ansiado desde una semana 
antes, para llegar á un aiuienlo. 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



71 



¡Aún podía salvarse la 
paz!... 

Pero Guillenno II vo- 
laba para cortar con un 
gesto brutal este inten- 
to do transacción de su 
aliado. 

D 

El emperador de Ale- 
mania, en virtud del ar- 
tículo ñS de la Constitu- 
ción del Imperio, decretó 
el estado de guerra, lla- 
mado «estado de ame- 
naza» (Á'/'ict/sffeff hr: i's- 
t((ii(¡). Este decreto era 
aplicable á todos los Es- 
tados alemanes, menos 
á Baviera. una ordenan- 
za particular, semejante 
en todo al decreto, inclu- 
yó igualmente al reino 
bávaro en el «estado de 
amenaza», que equivale 
al estado de sitio. 

Todos los ferrocarriles 
y demás medios de co- 
municación quedaron 
sometidos á la autoridad 
militar, así como los pe- 
riódicos y las vías infor- 
mativas. 

El «estado de amena- 
za» aislaba al Imperio 
del resto del mundo, y á su amparo podían tomarse dad se hallaba muy concurrida. La gente se apiñaba 




Jrf,ri,f FWAWCI A I j.i, d.i ALgMAHI» 

CuBf«»dC Slvl>(onrl I twcrp» d« ~ 

lj"<ilo • " ! I¡>""'- UI»HIÍ»tS 

' ^LS pTD pnn EOD ' f^ '^ 
i ssn'B'-^ Infanlerra j oaa gíE |„f¡|„(f,(3 
! aaa U Csballfrla , iaa f^ Caballina 
j as e.'^ ingenieros ' >■ g^ü Ingenieros 
las B^ArliWiapif! -i. e'-í'Arnlkrá w 
9 C«C"Nsa, I .C2SAmclrallsd.ras 
=■ C- Acreslaiion — >-f liAfrosfacion 
..— S!5í^viacion ; ~- S^Aviacion 
«tf Baterías tasü Baterías 



I.AS TRIII'AS nE COHERTIRA EN' FRANCIA Y ALEMANIA 
Emplazamiento de los distintos cuerpos, balerías, servicio de aviación, etc., hasta la víspera de la ruptura de hostilidades 



todas las medidas militares en el secreto más absoluto. 
Equivalía á ordenar la movilización general sin ne- 
cesidad de decretarla, ganando un tiempo precioso 
sobre los enemigos, que no so decidían á hacer lo 
mismo por el escrúpulo de ser los primeros en decla- 
rarse contra la paz. 

Francia, que no sentía deseo alguno de hacer la 



comentando la noticia de la reciente «declaración de 
amenaza». 

El emperador iba en un automóvil con el uniforme 
de los guardias de corps, seguido de su hermano el 
principe Enrique, almirante de la Armada, del kron- 
printz y otros individuos de la familia imperial. 

La muchedumbre, al reconocer al kaiser, rompió el 



guerra y aguardó hasta el último momento las solu- cordón de policías y rodeó el automóvil que ocupaba 

clones pacíficas, no había ordenado aún la movili- con la emperatriz, tributando á ambos grandes ova- 

zación. ciónos. Guillermo II agradeció estos vítores con gra- 

Alemania, por medio de su decreto constitucio- ves saludos que demostraban su preocupación, 
nal, podía prepararse secretamente para la guerra. El automóvil del kronprintz despertó un cntusias- 
ganaado sobro la República una ventaja de un día ó mo aún mayor, marcándose con esto las diversas pe- 
dos. Esto era solamente para la movilización de las pularidades del padre y del hijo, 
reservas, pues sus fuerzas activas las había preparado Cuando todo el cortejo imperial hul)0 pasado por 
desde el principio del conHicto austro-servio, mien- el centro de Berlín, excitando el entusiasmo público. 



tras alardeaba de sus intenciones pacíficas. 



Á las tres do la tarde Guillermo II, acompañado 
de su esposa, so trasladó de Postdam al palacio real 
de Berlín. Al atravesar el célebre Uiifcr dni L'nulcii 
(la Avenida de los Tilos), esta vía principal de la ciu- 



y los automóviles desaparecieron tras las verjas del 
palacio, una mucliedumbro se aglomeró en las inme- 
diaciones. 

Todos podían ver al kaiser y oír su palabra. Gui- 
llermo II tiene acostumbrado ú su pueblo á los rega- 
los do su oratnria. Kii tnda circunstancia interesante 
sale al balcón para dirigirlo un discurso. 



VICENTE BLASCO IRANEZ 




K[. KALSUIt. JOVHN 



(Fot. llcucisse) 



A las seis se mostró el oinpcrudoi', y iil verle la luu- 
cliccluiul)i'e arrojii eii alto sus gorras y pañuelos. 

El süborano. con una voz fuerte que pudo oírse cla- 
ramente en toda la plaza, dijo lo siguiente: 

«Es esto un día sombrío para Alemania, (^(iiieren 
obligarnos ú tomar la espada. Sí á última hora mis 
esfuerzos no consiguen atraer ;i nuestros adversarios 
á cnteuderse con nosotros para el mantenimiento de 
la paz, yo espero, cou la ayuda d(! Dios, que maneja- 
remos la espada de tal modo, que cuando la lucha ter- 
mine podremos volver á enfundarla con honor. 

>íUna guerra exigirá de nosotros enormes sacrificios 
de bienes y cxístcucias; pero nosotros enseñaremos á 
nuestros enemigos lo que cuesta provocar á Alemania. 

«Mientras tanto, yo os entrego en las nuinos de 
Dios. Id á las iglesias, arrodillaos auto Dios y pedidle 
que ayude á nuestro valiente ejército.» 

Guillermo II, como de costumbre en sus discursos 
y escritos, metía al «buen Dios» de consocio en sus 
empresas. 



Di'spui's de tales palabras no caljía ya duda 
alguna sobre la próxima guerra. 

En vano la (irán Bretaña había ablandado la 
resistencia del Imperio austríaco y éste y Rusia 
se disponían á tratar un posible acuerdo. El kai- 
ser lo atrepellaba todo para que no so le esca- 
])ase la ocasión de la deseada «guerra preven- 
tiva». Los acontecimientos iban á sucedersc con 
una raj)idi'Z vertiginosa. 

Los embajadores de Alemania en San Peters- 
burgo y en I'arís presentaron al mismo tiempo 
al gobierno ruso y al gobierno francés dos vlfi- 
jiKtl niiis de (iuíllernm 11. 

En el dirigido á Rusia pedía á ésta que cesase 
su nmvilizacií'm, por ir dirigida contra la segu- 
ridad de Alemania — lo que era falso — , dándole 
para ello un ti-rmino de doce horas. 

En el i'ltiíjiah'iii á Francia exigía le dijese 
(jue si en el caso de uua guerra de Alemania 
con Rusia la República francesa permanecería 
neutral, y daba un pl-.izo de diez y c^cho horas 
para contestar. 

La respuesta á esta inesperada y brutal inti- 
mación la sabia de antemano el emjx'rador. .Solo 
era posible una: la guerra. 

M. Stephen Pichón, ex ministro de Negocios 
Extranjeros, llamado muchas veces por el go- 
bierno francés particularmente á sus consejos, 
resumió la situación en este artículo, aparecido 
en la uuiñana sio-uiente: 



L:i sucrtí! está cc'liadii. Vivimos i'ii l;i vis|)('r;i de l;i 
iiucrr;!. Todas las potcueia.s si' hallan sobre las anna.s. 
Austria ha movilizado: Hiisia, rcsiiondicndo á esta ini- 
ciativa, ha movilizado á su ve/: Alemania moviliza: Fran- 
cia lio puede mcno.s que hacer lo mismo. 

Hasta última hora hemos ((uerido esperar, contra toda 
es])eran/,a. Hemos (juerido creer (pie encontrariamos en 
los alemanes un deseo de paz. respondiendo al nuestro. 
Hemos buscado todos los procediunentos d<' i'onciliaci('in. 

Nos líenlos asociado á tfldos los ¡¡roycctos i|ue i)odiau impe- 
dir á las fjraiides naciones llamadas civilizadas el arrojarse niias 
contra otras. Dechiramos nuestro fracaso. 

Las comunicaciones sucesivas liechas á nuestro (íobieruo 
¡iiir el embajador de Alemania en Francia no pernütian duda 
alguna sobre los iiensannentos ocultos de su ]iais. Personal- 
mente. ^L de Schoen es un hombre de carácter conciliador. 
Pero las instrucciones que estaba oncarg-ado de cumplir no per- 
mitían intervención al^inuia á sus sinitimientos personales. 

Obedeciendo las (¡rdenes (|ue le daban desde Herlin. no ha 
cesado de imiiedir. activa ó i)asiv;unente. ])or el aplazamiento, 
la tortuosidad ó la inercia, todas las proposiciones mediadoras 
cu favor de la paz. La dechiraciou que hizo ayer á nuestro (io- 
hierno no permite ya ninfri'ui equivoco. Es la j;-uerra y no otra 
cosa lo (|ue (luiere el (¡obierno alemán. 

Alemania demanda á Husia que desmovilice en el plazo de 
doce horas, y anuncia que en caso contrario efectuará su pro- 
¡lia movilización. 

Alemania pide á Francia (|ne le comuniípie qué es lo (pie 
hará en presencia de la movilización rusa. 

É insiste por saberlo hoy mismo, y en términos tales, que 
debemos esperar de un momento á otro que retire su emba- 
jador. 



HISTORIA PE lA QUERRÁ F;U!?OPEA DE 1914 



7d 




KI. KAISlili l)lHI(ilKM>il I.\ l'Al.AlilíA AI. IMKIII.D 



74 



VICENTE BLASCO IBANEZ 



No queda otra cosa (jue haft-r sino prepararse al gran en- 
cuentro que después de tantos años se esfuerzan por evitar los 
representantes de Francia en el extranjero y el (iobieruü du la 
República. 

Francia será digna de su pas:idoydesu historia. Derrotada 
en 1811 á consecuencia de lalt;is que es inútil reconlar. resultará 
victoriosa en 1!I14. M. de Moltke había señalado un ¡¡lazo de cin- 
cuenta años para la g-ernianización de Alsacia. Van tnuiscurri- 
dos cuarenta y tres, y la gennauización no ha avanzado nada. 

La profecía del grande hombre de guerra no se ha realizado. 
\ nosotros nos corresponde ahora, ya que nos fuerzan, el tomar 
el desíiuite qw debemos á nuestros infortunados compatriotas 
de las riberas del Rhin. 

Nadie dirá que lo hemos buscado. Sabcums lo i|ne esto cos- 
tará á Europa. Si. como todo lo hace prever, la guerra estalla, 
no seremos nosotros los (|ue habremos incurrido en la terril)le 
responsabilidad de sumir á l-luropii en el fuego y la s-,iiign\ 



En líusia la orden de movilización g-encral y las 
amenazas de Alemania provocaron grandes manifes- 
taciones de entusiasmo patriótico. 

El vecindario de San Petersburgo discurrió por 
las calles con banderas y músicas hasta las tres de la 
madrugada. Ante las embajadas de Francia é Inglate- 
rra y la legación de Servia so sucedieron las manifes- 
taciones, 'cantando el himno ruso y los liimnos de los 
indicados países. 

Los veteranos condecorados con la cruz de San 
Jorge marchaban al frente de los manifestantes. Mu- 
chos oficiales servios, al partir para su país á fin de 
incorporarse al ejército, fueron objeto de inmensas 
ovaciones. 

«El Imperio ruso — decía la G'H'etd de San Pcteis- 
Ivrgo — siente el empuje de un irresistible entusiasmo, 
como nunca se ha visto, y el deseo unánime de repe- 
ler el espectro de la invasión alemana. 

»Todas las huelgas han cesado como por encanto. 




INSTKVCCIÓN DE VOLUNTAEIOS ALEMANES EN IIEKLÍN 



'l'oda la nación, .sin diierencia de regiones, se levanta 
para defender la tierra natal. 

»En las calles se presencian escenas conmovedo- 
ras. Los desconocidos se saludan, se abrazan, se es- 
trechan las manos... El espectáculo resulta indescrip- 
tible. >,» 

En l'arís el ])atriotismo se mantuvo en una calma 
digna, resuelta, pero silenciosa. 

La multitud recordaba las explosiones de entu- 
siasmo de 1S7U que iiabian precedido á la derrota. 
El grito ^'¡Á Berlín!/^ lanzado por los policías secre- 
tos de Napoleón 111, era recordado por los viejos con 
amargura. 

Nada de vociferaciones y de entusiasmo cstí-rü. 
La ruidosa y expansiva Francia, aleccionada por la 
desgracia, permanecía en una actitud grave. 

Además, la República estaba dispuesta á aceptar 
valerosamente la guerra, pero no la deseaba. Hasta 
el último momento esperó una oportunidad, una cir- 
cunstancia favorable, por insignificante que fuese, 
para torcer el curso de los sucesos hacia el manteni- 
miento de la paz. 

Todos los franceses, hasta los menos rcfiexivos, se 
daban cuenta de lo que significaba una guerra euro- 
pea. ¡Qué de sacrificios irreparables, aunque se consi- 
guiera la victoria!... 

Á las diez de la noche del 31 los bulevares esta- 
ban repletos de muchedumbre. Frente á las redaccio- 
nes de los grandes periódicos se aglomeraban los 
grupos ansiosos de noticias, comentando los diversos 
y vagos despachos que aparecían en transparentes y 
pizarras. 

«¿Será la paz?... ¿Será la guerra?...» 
De pronto numerosos pelotones de Guardia Repu- 
blicana, armados de fusiles, cortaron el gentío, yendo 

á colocarse estratégicamente 
en diversos puntos de los bule- 
vares. Patrullas de jinetes re- 
corrieron lentamente el espa- 
cio entre la Magdalena y la 
Bastilla ])ara impedir un largo 
estacionamiento de los grupos. 
i;>.euadras de agentes de poli- 
cía cm])ujaron suavemente al 
])úblico para alejarlo de las 
inmediaciones de Le Matin y 
otros periódicos, y que no ])u- 
dicse leer las noticias (¡ue apa- 
recían en sus fachadas. 

La muchedumbre luibía aco- 
gido la aparición de los prime- 
ros soldados gritando: « \\\\s. el 
ejército.'», pero luego guardó 
un silencio que revelaba in- 
quietud. Algo grave ocurría. 
Una noticia importante cuya 
publicación deseaba retardar 
el gobierno. Las precauciones 



\Vvl. Hol) 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



75 




LA JJK.'HKliL.MHKlí AME LE llATIN» 



(Fot. Rol) 



lie la aiituriJad al sacar tanta fiierza armada á la vía 
pública, eran las mismas que en días de agitación 
popnlar, cuando se teme un motín. 

De pronto circuló de grupo en grnpo la esperada 
noticia: 
— ¡Han matado á Jaurés! ¡Acaban do asesinarlo! 

Y el sordo murmullo que se elevó de esta masa 
negra de cien mil personas, aglomerada bajo los faros 
eléctricos del bulevar, reflejaba la extrañeza de todos. 

¡Asesinado Jaurés!... ¿Por qué?... ¡Matar al primer 
orador de Francia, al tribuno do las clases trabajado- 
ras, en momentos de angustia para la nación, cuando 
más necesaria podía ser su palabra para infundir en- 
tusiasmo!... 

La inoportunidad y la incolierencia de este criiuen, 
realizado por un francés imi)écil que al convertirse en 
asesino creía salvar á su patria, sumió á todos en un 
silencio de estupefacción j de angustia. 

XIV 
Asesinato de Jaurés 

Sus amigos le llamaban <a'.l buen gigante». No era 
de alta estatura, pero sus hombros robustos, su rostro 
espacioso, su amplia barba, su sonrisa plácida y se- 



rena, hacían recordar á los colosos de las leyendas, 
que dedican su vigor á la defensa de las causas justas 
y en los cuales la fuerza va unida á la bondaii. 

Jaurés era un profesor de filosofía que por sus es- 
tudios y su amor ú los humildes acabó abandonando 
la cátedra y sus trabajos literarios para lanzarse á la 
defensa del socialismo. Pertenecía á una familia ilus- 
tre de soldados del mar. Su tío, el glorioso almirante 
Jaurés, fué el defensor de París en el sitio de 1870. Su 
hermano, el contraalmirante Jaurés, es hoy en la ma- 
rina francesa un jefe muy acreditado por sus estudios. 

Jaurés nació en Tolosa; su alma de meridional es- 
taba preparada á todas las sensaciones de la bondad y 
del arte. Pudo ser un gran poeta, pero sus entusiasmos 
humanitarios le impulsaron al estudio de la filosofía 
y la sociología. En realidad lo fué. Muchos de sus di.s- 
cursos resultan verdaderas odas, sobrias de forma, 
pero de una poesía viril. Temía los galopes de su ima- 
ginación, procuraba contener las exuberancias de su 
palabra maravillosa, quería sor conciso y hasta aus- 
tero, no dando entrada en sus peroraciones mas que 
á contadísimas inuigenes para no incurrir en la ba- 
rroca abundancia .de los oradores meridionales. Pero 
aun así, ¡qué de frases poéticas en sus discursos, su- 
periores ú la gran mayoría de las que circulan envuel- 
tas en rimas!... 



76 



VICENTE BLASCO IBANEZ 




JUAN JAniKS 

Este revolucionario y este socialista, acusado mu- 
chas veces por los conservadores franceses de enemigo 
de la patria, supo esculpir en unas cuantas frases la 
síntesis del amor á la patria como no lo lia hecho nin- 
guno de nuestros contemporáneos, como sólo hubiera 
podido hacerlo Víctor Hugo. 

Hablando á los socialistas de sus deberes naciona- 
les, dijo asi: 

«Vosotros estáis unidos á esta tierra por vuestro 
pasado y vuestro porvenir; por vuestros recuerdos y 
vuestras esperanzas; por la inmovilidad délas tumbas 
y por el temblor de las cunas.» 



.laurés era la primera jiersonalidad de la política 
francesa. En la Cámara de diputados ninguna pala- 
bra tuvo más autoridad que la su^'a. Este prestigio 
no lo debió solamente á su elocuencia. La rectitud de 
nna vida pura le hizo ser respetado, aun por los reac- 
cionarios más intransigentes. Además, su carácter 
generoso esparcía en torno de él un ambiente de sim- 
patía irresistible. 

La pureza de su conducta no iba acompañada de 
repelentes austeridades. Jauréá era de carácter alegre; 
un buen meridional amigo de la risay que gustaba del 
trato franco y familiar. 

Jefe de un grupo parlamentario compuesto de más 
de ciento cincuenta diputados, podía decidir la vida ó 



la muerte de los gobiernos de la República, con su 
apoyo ó su oposición. Muchos de los que se formaron 
á su lado fueron ministros y lo son ahora. Jaurés reía 
cuando le hablaba alguien de la posibilidad de que él 
lo fuese también. Nunca pensó que pudiera ser go- 
bernante en tiempos de tranquilidad. Era el tribuno, 
el apóstol de una doctrina generosa, que amaba la pro- 
paganda y el combate de ideas más que las dulzuras 
del poder, l'nicamente, de no morir asesinado, habría 
sido ministro del Gobierno do Defensa Nacional, que 
reunió todas las opiniones republicanas de Francia, 
como lo fueron sus compañeros, los socialistas Julio 
Guesde y Marcelo Sembat. 

Esto hombre, que pudo inñuir más que nadie en los 
destinos do una nación poderosa y rica como Fran- 
cia, vivía sin embargo con una modesta sencillez, tra- 
bajando incesantemente. La mañana la dedicaba á los 
correligionarios, recibiendo las visitas de comisiones 
y de simples particulares que buscaban el apoyo de 
la palabra del tribuno; la tarde la pasaba en la Cámara 
de diputados; la noche en la redacción de L Huma' 
iiifé, SU diario amado, que apenas si podía sostenerse 
administrativamente por no admitir los anuncios y 
las subvenciones con que las grandes empresas finan- 
cieras intentaban ganarse iudirectameute la gratitud 
de su director. 

El único momento del día en que Jaurés gozaba de 
libertad y descanso era entre la sesión de la Cámara y 
los trabajos de redacción. 

Las divergencias de opinión aflojaban un poco sus 
relaciones con la familia. Jauré'S había contraído ma- 
trimonio y constituido un hogar cuando era un pro- 
fesor del porvenir, un «burgués», destinado por su 
talento y sus amistades á las más altas posiciones. 
Luego, al lanzarse en la política revolucionaria, se 
produjo cierto enfriamiento entre el socialista y los 
suyos. Además, la familia era fervorosa creyente, y 
veía con disgusto su propaganda librepensadora. 

Las más de las noches comía Jaurés en el café del 
Croissant, situado en la esquina formada por las calles 
de Montniartre y del Croissant; un establecimiento 
modesto, pero que era preferido por estar inmediato á 
la redacción de LHiouanité. 

La calle del Croissant es la calle de los periódicos. 
Á excepción de los grandes diarios de París, que tie- 
nen ediñcio propio, todas las publicaciones de segundo 
orden, especialmente los periódicos políticos, vienen 
instalando por tradición sus redacciones en la calle 
del Croissant, ó sea de la Media Luna. Varias casas 
editoriales se hallan establecidas en este barrio. Sobre 
el mismo cah' del Croissant están las oficinas del edi- 
tor de Le Joiuuuil des Voi/aí/rs y otras publicaciones 
de aventuras. 

Este barrio, (jue parece oler á tinta de imprenta y 
á papel mojado, tiene su vecindario t'spccial. La estre- 
cha calle del Croissant se halla casi siempre obstruida 
por grupos de vendedores de periódicos que esperan, 
gritando impacientes, la salida de una hoja nueva. 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 191. 1 



11 



Por las acoras transoaiTca los ti|)ógTatos coa largas 
blusas y una luontora de papel en la eal)eza. Pasan 
can-etones cargados de resmas de periódicos rcciéti 
impresos. Llegan á pie ó eu vehículo de alquiler, apre- 
surados y con aire misterioso, los noticieros que aca- 
ban de cazar algo sensacional. Mujeres mal pergeña- 
das y con un bonete de papel impreso sobre la cabo- 
llera miran á lo alto, como si con la vista pretendiesen 
acelerar la salida de los periódicos. Algunas redac- 
ciones están en un quinto piso. 

'Lodo este mundo estaba acostumbrado á ver dia- 



Kl piiijre cate era su salón, su casino; represen- 
taba hora y nunlia de intimidad y plácidij descanso, 
rodeado de amigos de varias nacionalidades. Todos los 
que deseábamos iuiblar á Jaurés sabíamos que el lugar 
mejor para abordarlo era el cale del Croissant, á la 
hora de la comida. 

Se i)resentaba á las ocho de la noche de vuelta de 
la Cámara, sudoroso aún por sus agitaciones orato- 
rias, vibrando cu su i)alabra las emociones recien- 
tes de la tribuna, repartiendo apretones de uiano y 
palabras cariñosas, entusiasta, satisfecho, couñado, 




LA CALl.K UKL IROISSANT 
Vendedores de periódicos esperando la salida de una hoja extraordinaria anie la imprenta de un diario 



(fot. Muuri.ssu) 



riaraente á Monsieur Jaavés, cuando llegal)a al café 
del Croissant, con la levita suelta, el pantalón con 
arrugas, el sombrero de copa alta opaco y mal pei- 
nado: el tipo (lid personaje parlamentario ijue diísea 
guardar un aspecto decoroso, annqn(% ¡ireocupado y 
distraído, no cuida de la ropa. 

Para los de la calle del Croissant, el gran orador 
de Francia, el arbitro de la vida política, era uno d,' 
la casa, uno del oficio. 

— Ahí va el director de L'IJiniiaailé — decían impre- 
sores y vendedores, como si esto valiese más que el 
ser diputado poderoso y gran orador. 

Otros le llamaban simplemente -el (nudadaiin Ti 
«el compañero Jaurés». 



como un escolar que acaba de salir victorioso de un 
examen. 

¡Simpático grande hombre! ¡Gigante incansable y 
bueno!... La gran aventura de su vida laboriosa, de- 
dicada por entero á la defensa cíe una idea, había sido 
un viaje, dos años ante?, á la América del Sur. Lla- 
mailo por los socialistas de Buenos Aires, atravesó el 
Atlántico jiara esparcir la buena nueva en una serie 
de conferencias. Los capitalistas argentinos admira- 
ron la dulzura couvinconte con que sabía expouer 
unas doctrinas opuestas á sus intereses. La masa cu- 
riosa se asombró de que el famoso tribuno Juan Jau- 
ri's fuese uu señor de aspecto fi-anco y alegre, capaz 
lie conversar eu medio de la callo con cualquiera, y 



IB 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



que cu pleno verano il)a con larga levita parlamen- 
taria y sombrero do paja. 

El «burguesismo» bondadoso y modesto de esto 
grau artista revolucionario, incapaz de petulancias y 
orgullo, había llamado siempre la atención de sus de- 
tractores. 

Cuando obtuvo los primeros triunfos oratorios y 
la opinión empezó á fijarse en el diputado Jaurés, los 
periodistas do París lo describieron con cierto rego- 
cijo como un universitario de gustos domésticos que 
iba por las mañanas al mercado con un bolso ile red, 
lo mismo que los burgueses amigos de la tradición, á 
comprar las provisiones para la familia. 

o 

La posibilidail de una guerra europea indignó á 




jAuuis li.N i:n iulevau de pakís 



■Jauri's desde el primer momento del conllicto. Era un 
decidido ¡¡artidario de la paz; había trabajado siem- 
pre [)or disuadir á Francia de las aventuras militares, 
y únicamente, en liltimo extremo, podía aceptar la 
guerra lielensiva para la salvación de la patria. 

Por algún tiempo creyó que el socialismo interna- 
cional podría resolver el conflicto. Poseía el idioma 
germi'inico. y en 1905 lo invitaron los socialistas ale- 
manes á dar varias conferencias de propaganda en 
Berlín y otras capitales alemanas, pei'O el gobierno 
se opuso, prohibiendo á Jaurés el paso por la frontera, 
(iuülermo II y el canciller Von Hülnw juzgaban más 
temible el socialismo de los franceses que el socialis- 
mo alemán, obediente siempre al Imperio, después de 
un simulacro de oposición. Jaurés mostraba gran con- 
fianza en las promesas de sus co- 
rreligionarios de ultra-Rhin. Él 
ini])ediría que Francia adoptase 
una política belicosa, dejándose 
arrastrar por sus compromisos de 
alianza. Que los compañeros de 
Alemania hiciesen lo mismo, opo- 
niéndose a la guerra, y Europa 
se salvaría. Pero transcurrió el 
tiempo sin que los socialistas nle- 
manes hiciesen nada digno de 
uiención en tal sentido. 

En la noche del ;U de Julio lle- 
gó Jaurés al cafe del Croissant 
más tarde que de costumbre. Eran 
las nueve. Había estado mucho 
tiempo eu el ministerio de Nego- 
cios Extranjeros, ansioso por co- 
nocer las últimas noticias de los 
gabinetes de Europa j deseando 
hablar con los individuos del go- 
bierno para recomendarles la paz, 
!a paz á todo trance. El ministro 
estaba en el Elíseo, y cu vista de 
la hora avanzada, Jaur('s se retin') 
luego de hablar largamente cou 
M. Abel Ferry, el subsecretario 
del ministerio. 

Al llegar al café iban con él su 
compañero de redacción Renau- 
del y el diputado socialista Re- 
noult, liennano d(d ministro de 
Traljajos Públicos. Los tres se 
sentaron juntos á coiuer. 

Jaurés estaba fatigado por la 
larga espera en el ministerio y 
sudoi'oso á causa del calor propio 
de una noche de Julio. Por esto 
ocupó cu el diván un lugar junto 
á la ventana, de espaldas á ella, 
buscando el esca.so fresco de la 
calle. Una simple cortina casi 
(Fot. Rol) transparente cubría la ventana 



HISTORIA DE LA Glll;IJL>A ELli:OPI2A D\í 19H 



79 



Jaurés á Guillermo 
me baslfl con 



para evitar l;i ouriusiihul de los 
trauseuntes. 

Mientras coiuia con ajiresura- 
niicuto iba cxpouicüdo á sus coui- 
])añeros lo que pensaba dceir al 
día siguiente qv\L' IlumanHí'-. Tenía 
prisa cu subir á la redacción para 
consignar sus Ojjiniones sobre el 
conflicto y el resultado de su visita 
al niiuisterio. 

Nuevos amigos fueron acudien- 
do ansiosos de noticias, tomando 
asiento como de costumbre en tor- 
no de la mesa; entre ellos el ad- 
ministrador de UHiniíonilé y un 
correligionario familiar de Jaurés, 
M. Poissou, acompañado de su es- 
posa. 

Eran las nueve y uiedia. Jaurés, 
que iba ya á retirarse para subir á 
su despacho, felicitó á la señora de 
Poussou por su buen aspecto, y ésta 
le mostró un retrato que le habían 
hecho días autes. Tendía la mano el orador para to- 
marlo, cuaudo eu el mismo instante se levantó uu 
extremo de la cortina que estaba detrás de él. Apare- 
ció una mano empuñando un revólver. La boca del 
cañón se apoyó eu la nuca de Jaurés. Fué esto tan 
rápido, que no dio tiempo para lanzar un grito de 
alarma á los que estaban enfrente de él, avisándole 
el peligro. Mientras tanto, el orador, ignorando lo que 
pasaba á su espalda, sonreía cortésmente mirando 
el retrato. Sonaron dos estampidos y Jaurés se des- 
plomó pesadamente, sin un grito, de bruces sobre la 
mesa. Tenía abierta una herida enorme eu la base del 
cráneo. El hueso había estallado dejando el cerebelo 
al descubierto. 

Mientras unos contertulios, aturdidos por el suceso, 
se agrupaban junto al cuerpo, sacudido por los ester- 
tores de la agonía, otros se lanzaron fuera del café, 
deteniendo á los pocos pasos al asesiuo, (juc aún tenía 
el arma en la mano. 

Era uu joven llamado Raúl Villin, estudiante de 
prehistoria en la Escuela del Louvre. Eu los bolsillos 
le encontraron uu segundo revólver cargado. Los 
transeúntes, al enterarse de su crimen, quisieron lin- 
charlo, y los esfuerzos de la policía no pudieron evitar 
varios golpes que ensangrentaron su rostro. Los mis- 
mos amigos de Jaurés defendieron su vida, metiéndolo 
en un automóvil para arrel)atarlo de las mauos de la 
muchedumbre indignada. 

El primer interrogatorio en la comisaría de policía 
dio á entender inmediatamente que el asesino era de 
una mentalidad anormal. Al principio se negó á iden- 
tificar su persona, manteuií'udose en un silencio ac- 
tivo. Luego, para justificar su crimen, dijo con petu- 
lancia, como si acabase de salvar á su país: 

— Jaurés lia traicionado á Francia cou su campaña 




LA l'líUl'Ai;.\M)A SOCIALISTA EN ALli.MANIA 

U y á Bülow, que le cierran la frontera: «No es necesario que yo va\a; 
el reclamo y la propaganda que me hacéis con vuestra conducta.* 

(Caricatura ilil Weekhlani, voor Nederland, de Amsterdain, 1905) 

contra la ley de tres años. Yo he hecho una gran ac- 
ción desembarazando á la patria de un traidor. 

Sus palabras, su gesto, su mirada, todo revelo 
desde el primer momento al demente ansioso de noto- 
riedad. Además, las averiguaciones judiciales hicieron 
saber que su madre había muerto en un manicomio, 
víctima de monomanía religiosa. 

Los excesos de una prensa- extremada en sus afir- 
maciones habían empujado al asesinato á este hombre 
de cerebro débil. Para ciertos periódicos franceses de 
ideas conservadoras, que creen tener el monopolio del 
amor á la nación, todos los que piensan de uu modo 
distinto al de ellos son traidores á la patria. 

Jaurés, como los demás socialistas y muchos re- 
publicanos, se había mostrado enemigo de la ley que 
aumentaba la duración del servicio militar, pasando 
éste de dos años á tres. Para sostener sus ideas sobre 
el problema militar, había publicado un libro. El ejer- 
cito del socialismo, con la colaboración anónima del 
capitán (ierard, un oficial socialista que luego se dis- 
tinguió mucho en el curso de la guerra. Jaurés propo- 
nía en su libro que en vez de aumentar las tropas per- 
manentes se creasen mayores reservas, más cuadros 
de oficiales, para movilizar con éxito y rapidez la na- 
ción entera en caso de peligro. 

Como ocurre en muchas discusiones tempestuosas 
que conmueven á todo uu pueblo, !a experiencia se 
encargó de demostrar que ambos bandos tenían razón 
en sus proposiciones, encaminadas igualmente á la 
defensa de la patria. La ley de tres años, aprobada al 
fin, sirvió para (¡ue Francia, en los primeros momen- 
tos, tuviese en las fronteras un ejército mayor, á cuyo 
amparo pudo movilizarse el país tranquilamente. El 
])]an lie Jaurt-s. de sor ])uesto en práctica, hubiese 
permitido á los treinta dias tener sobre las armas 



80 



VICRNTE B'.ASCO IBAÑEZ 




KL CAMC IIIIMIH VVK ASKSINAUO .IAi;i!KS (Fot. liolt 

La cruz blanca tndtca la ventana junto á la cual estaba sentado cuando desde la acera el asesino le disparó en la nuca 



cuatro millüüos de hombres bien preparados en vez 
de dos y medio. 

¡Y el pobre ilnniinado, niczela di; loco y de imbé- 
cil, con la sugestión de lecturas calumniosas, creyó 
salvar á su patria matando al «traidor», al homlire 
ilustre y bueno! 

Su acto t"iu' tan absurdo, (pie en el primer momento 
nadie pudo imaginar (¡ue lo hubiese realizado un fran- 
cés. La muchedumbre creyó de buena le que el ase- 
sino era alemán, considerando este crimen como una 
maniobra luibil para provocar una revolución, intro- 
duciendo la discordia entre los franceses. 

Kn realidad un enemig'o de Francia no podía dis- 
currir contra ella nada mejor que el atentado de este 
denKinte. 

Pero un patriotismo sincero supo conjurar el peli- 
gro con actos de abnegación. Los principales socia- 
listas franceses, al descubrirse ante el cadáver de la 
victima, pensaron en la concordia nacional y no en 
la venganza. 



Una muchedumbre amenazante invadió la calle 
del Croissant y las inmediatas: «¡Viva Jaurés! ¡Abajo 
la guerra! ¡A muerte el asesino!» Los cafés y otros es- 
tablecimientos cerraron sus jiuertas. Las gentes tran- 
quilas se escondieron. Muclios grupos empezaron á 
hablar de una venganza inmediata asaltando las re- 



dacciones de determinados periódicos. Todos jiensa- 
ban en lo que ocurriría á la mañana siguiente, cuando 
la noticia del asesinato fuese conocida en los barrios 
obreros. Iba á sobrevenir la revolucii'm, la guerra civil 
ansiosa de venganza, precisamente en el momento que 
la patria los necesitaba á todos y el enemigo anuMia- 
zaba la frontera. 

Un redactor de L' IIi'uKinilé se asonni á una ven- 
tana de la redacción para hablar al pueblo recomen- 
dándole la calma. Lits diputados socialistas fueron 
acudiendo al enterarse del suceso. !•'! cuerpo de .lau- 
ros estaba aún tendido en el diván del cafi", agitado 
por los liltimos estremecimientos. Sus amigos, con la 
cabeza descubierta, lloralian. 

Cuando el cadáver, oculto en un furgón y escol- 
tado por jinetes de la Guardia Ke|)ublicana, fui' tras- 
ladado á la casa de Passy, donde Jaurés había tenido 
su domicilio, los socialistas más jiopularcs arengaron 
á las nuisas, recordando la gravedad de la hora, la 
amenaza de la guerra que pesaba sobre todos, la 
necesidad de mantenerse unidos ¡¡ara hacer frente al 
peligro. 

Gustavo llervé dio la consigna á los revolucio- 
narios. 

— Yo conocía bien á .Taurés — dijo — . Si su cadá- 
ver pudiese hablar on estos momentos, sé lo que 
diría: «Amigos míos: no penséis en mí; pTjnsad en la 
patria.» 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



61 



En la niisnia iiofhe el gobierno hizo lijar profusa- marcha se pronuneiaroa muchos discursos sobre una 

tribuna, cerca de la casa mortuoria, en la esquina for- 
mada por la calle de la Pompe y la avenida Henri 
Martin. Hablaron el jefe del gobierno, Viviani, los di- 
putados socialistas Sembat, Vaillant y Bracke, el di- 
putado belga Camilo Huysmans y Jonhaux, secretario 
de las asociaciones revolucionarias de trabajadores. El 
discurso de este obrero fué el más emocionante. Jon- 
haux explicó por qué los trabajadores amaban y ad- 
miraban á Jaurés: 



PATIENCE 
CONFIANCE 



mente en todo París la siguiente alocución: 

Ciudaihiiios: 

Til Mboiniuablc atinitado acaba de conirtcrsc. M. Jaurés. el 
^■raii orador, fíloria de la tribuna fiinu-csa. ha sido cobardc- 
nicnti' asesinado. 

Vil me descubro personalmente ^• en nombre de mi.s cole^-as 
ante esa tumba, tan inesperadamente abierta, del repul)lieano 
socialista (jue luchó por tantas nol)les cansas y qui' en i'stns 
(lias difíciles ha sostenido por el interés de la paz, con la auto- 
ridad de su prestigia, la acción patriótica del Gol)ierno. 

Va\ las yraves circunstancias (¡ue la jiatria, está .-itravesaiido. 
el (iol)ierno cuenta con el pa- 
triotismo de la clase obrera 
para <iuc conserve la calma y 
no aumente las emociones pú- 
lilicas con una ag-itación ((ue 
sumiría la capital en el des- 
orden. 

El asesino está detenido y 
será castigado. Que todos ten- 
gan confianza en la ley, y de- 
mos todos, en estos graves pe- 
ligros, un ejemplo de sangre 
fria y de unión. 
Por el Consejo de Ministros. 
M ¡>irsiden(c del Consejo: 
Rene Yiviam 

Cuatro días después 
fueron las exequias pú- 
blicas del tribuno. Fran- 
cia estaba ya en plena 
guerra. Miles y miles de 
amigos de .Jaurés se halla- 
ban fuera de París, vis- 
tiendo el uniforme mili- 
tar, defendiendo á la pa- 
tria en la frontera. Toda 
la juventud socialista ha- 
bía pasado del taller al 
campamento, lo mismo 
que los demás franceses. 
El obrero partidario de la 
paz y de la humanidad se 
convertía en soldado con 
el mayor entusiasmo. 

Á pesar de estas ausencias, el entierro de Jaurés 
fué una manifestación imponente. La Francia repu- 
blicana, no obstante las graves preocupaciones del 
momento, acudió á escoltar su féretro. 

Fué el 4 de Agosto p5r la mañana cuando una 
enorme muchedumbre con banderas y grandes coro- 
nas acompañó el cadáver del gran orador desde las 
alturas de Passy al ferrocarril que lo había de llevar 
al Sur de Francia, á la amada tierra natal. 

Por la tarde se desarrolló en la Cámara de dipu- 
tados la memorable sesión del 4 de Agosto, que rela- 
taremos oportunamente, y en la cual sólo faltó la pa- 
labra de Jaurés. 

Antes de que el cortejo fúnebre emprendiese la 



¿Qué decir cuando se abra e 



1 Humanité 



JOURNÜL SOCtñLISTE 



Accalmie dans le Aíorc? i '^'SSOCWUSTtS ¡ ¿q Bataille en Pologne 

' SUR LE fBDNT 




VACSIMIL DE «L IIIMANrrE» 
El periódico fundado por el gran orador socialista 



>ta tumlni entre millares de tum- 
bas i)róximas á abrirse? ¿Qué 
decir en nuestro inmenso do- 
lor?... Jaurés era nuestro pen- 
samiento, nuestra doctrina \i- 
viente. En su imag-en. en su 
recuento. Ijuscaremos nues- 
tras fuerzas para el porvenir. 
Algunos han creído ((iie nos- 
otros éramos adversarios de 
Jaurés. ¡Cómo se eriuivocan!... 
Es verdad que entre nosotros 
y él han existido alguna diver- 
gencias de táctica. Pero estas 
divergencias eran como sí di- 
jéramos á flor de alma. Su ac- 
ción y la nuestra se completa- 
l),-in. Su acción intelectual iMi- 
gendraba nuestra acción viril. 
( 'on él es con (|uien hemos co- 
mulgado siempre. 

Jaurés ha sido el reconlor- 
tante de nuestra apasionada 
acción por la \y,\/.. No es falta 
su\a ni nuestra que la paz no 
haya triunfado. La esperába- 
mos, y es la guerra hi qvie sur- 
ge. Antes de marchar hacia la 
gran carnicería, en uoml)red(í 
los trabajadores (jue h;ni ]iarti- 
do y en nombre de los ([ue van 
á partir, de los cuales yo soy 
l/lio. grito delante de este fére- 
tro todo nuestro odio contra el 
imperialismo salvaje i|ue h.i 
provocado el horrible crimen. 
Jaurés: tu recuerdo impi're- 
eedero nos guiará en la lucha 
terrible que vamos á atrave. 
sar. Ese recuerdo liríUará ante nosotros como una antorcha (pie 
ninguna tormenta podrá extinguir. Y yo proclamo altamente, 
antes de ni:n'char al combate, nuestra fe en la Internacional, 
nuestra resolución de conquistar en franca lucha todas las 
liljertades ])ara dárselas á los otros. 

Gustavo Hervé, al despedir al maestro en un sen- 
tido artículo de La. Guerra Social titulado «Adiós, 
Jaurés», decía así: 

.laurés; ha sillo jiara vos una felicidad no asi.stir al derrum- 
liamiento momentáneo de nuestro hermoso ensueño de paz 
uni\ersaL ( )s h.ibéís ichj antes de verá Europa sumida hasta el 
cuello rii un mar de sangre y zambulléndose en la barbarie. 

I'rní lanii'utii qur haxáís jiartido sin poder contemplar cómo 
nuestra raza, nerviosa, entusiasta é idealista, lia acejitado el 
cumplimiento de su doloroso deber. 

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82 



VlCüNTE BLASCO IBAÑEZ 



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H.NTllilUlO DK JACHES. KL COUTEJÜ 



iKot. Rc.l) 



I >s 1kiI)1m:iís sriitiilii iir;:-\illiisn dr nuestros nlircros siici;ilist;is. 
;il ver cdii (luó sencillez ;il):ui(liin;il):in sus 1;illen's, á uieili(l;i 
que les il);i toeiindo l;i (irden de niiiviliy,;ici()n, \- l:i serenid:id 
(|ne sienten en sn .-din:! ilesde (|ne est;in ei)n\ eneldos de (pie 
l''r,niei:i lo hizo todo para e\itar la f;-nerra y es \ ietiina ile la 
niiis brntal de las ajiTcsioncs. 

Sen-nrainente (|ne habríais llorailo de eniociiin al ver con que 
{gravedad, exenta de la nía minería, ofrece cada uno su jiccho 
jiara cerrar el camino á los Yon Forstiicr alemanes y austríacos. 

K ifiMialmentc os liahria enternecido \'er con i|ué rcsig'nación 
nuestras madres, nuestras esposas, hijas ,\ hennanas, soportan 
el amariío sacrilieio. 



XV 



Los Bancos de París. — La moratoria. — Orden de mo- 
vilización general. — El gobierno habla á la nación. 
^La actitud del gobierno inglés. — Estado de la opi- 
nión en Inglaterra.— La prensa francesa y la prensa 
alemana. — La movilización rusa. — La última espe- 
ranza de paz desvanecida. 

El sábado 1." de Agosto fiu' un día decisivo para 
la guerra. 

Á primera liora llegaron á Parí.s noticias de la froQ- 
tera IVanco-alemana, anunciando que las líneas fé- 
rreas estaban cortadas en los conlines de Alsaciay de 



Lorena y los puentes obstruidos por las barricadas y 
alambradas de los alemanes. 

Para conjurar la crisis monetaria, el Banco de 
Fraucja puso en circulación desde primera hora los 
billetes de cinco y de veinte francos. 

El ministerio de Hacienda dio un decreto tijaiulo 
uua prórroga de un mes para los vencimientos así 
como para los depósitos de cantidades existentes en 
los Bancos. 

Este decreto, (jue no sólo era impurtaiite ])ara l'ran- 
cia, sino ¡¡ara Europa entera, paralizó momentánea- 
mente el comercio y los giros internacionales. I)e- 
(M'a así: 

.articulo 1." La prorro^-acii'm did plazo dictado jiara los valo- 
res nepicialiles ])or el decreto de :{1 de .lulio de l'.n4 se aiilicará 
iLi'ualnií'ute á la extraceioii de los depúsitosy cuentas (|iie exis- 
tan en los ¡{ancos \' estahlecinnentos de crédito, hajo las reser- 
\as sig-uientes: 

Todo depositario ó acreedor cn\'o depiisito se.-i interior ii 
ij^Mial á 2011 francos, tendrá el derecho de retirar inteirr.iniente 
esta cantidad. 

Más arrili;i di' la mencionada cifra de 2.")0 francos. losde|iosi- 
taiites .\- acreedores solo podrán exifrir el pafío de un 5 jior ion 
de las cantidades de su propieda(L 

Los dei)ositarios (') acreedores (¡ne oeiipi'u ini personal de 
obreros ó de empleados en el ejercicio de una iirofesión indus- 
trial ó comercial, tendrán ilereclio, sobre las sumas que les per- 
tenecen, á la totaliilad de lo que monten los salarios de dicho 



HISTORIA DE LA GUERRA ELIROREA DE 1914 



83 




ENTIEURO DE JALEES. LA.S COKONAS 



personal cad 
i>sto. prt'seut: 

llll'cililit'Uto.S. 



;i día (le paya, siendo oblig-acióu suya justificar 
nido las uiíminas de los empleados en sus esta- 




LAS BANDERAS DE LOS (ÍUCLLOá SOCIALLSTaS KN EL ENTIERRO DE JAÜHÉS 

(Futs. Rol) 



Art. 2." I.a prolong-aeión del plazo antes marcado se apli- 
cará ig'iialmente al reembolso de bonos y contratos de seguros, 
de capitalización y de ahorro á término fijo, ó estipidados como 

reemboisables á vuluntad del titular 
o del portador. 

Art. 3.°" l,as dis])osiciones del pre- 
sente decreto son aplicaljles á Arge- 
lia ^■ Túnez. 

El decreto de moratoria pro- 
dujo hondo efecto eu el país. Mu- 
chas personas de buena po-sicióa 
social quedaron momentánea- 
mente coa escasos medios de 
existencia al retener los Bancos 
su dinero. Fué una medida arbi- 
traria y violenta, pero al mismo 
tiempo prudente y oportuna. 

La alarma general había he- 
dió anuir las gentes á los es- 
tablecimientos de crédito. To- 
dos querían retirar sus depó- 
sitos. De no cortar el gobierno 
la avalancha de acreedores, mu- 
chos Bancos respetables hubie- 
sen quebrado, no pudiendo lia- 
cer frente de un golpe á todas 
sus obligaciones. 



81 



VICENTE [ÍLA5CO lliAÑE¿ 




\l. Ul.W: \ IVIANI 



\V''l. Mrurissc) 



Presidente del Conscio y ministro de Negocios Exlranleros 
de Francia 

El público acabr» por conforiiKirsi' ron esta (I¡s])o- 
sición, recouücieado su (i])ortuiiiiIail cu vista de las 
circunstancias. 



La murlu'dunibn! 



París so mostró serena ant( 



el peligro. Nadie temía la guerra. Mnipezalian las ma- 
sas á sentir el ostrerniK-imiento de entusiasmo que 
])reccde á las grandes explosiones belicosas. 

— Puesto que el enemigo la quiere, sea — decían 
todos. 

Pero se abstenían de hacer manifestaciones, te- 
miendo que éstas pudiesen turbar un posible arreglo. 
Esperaban las palabras de los gobernantes. Sabían que 
éstos se hallat)an reunidos á todas horas liaeiendo los 
últimos esfuerzos en favor de la paz. 

Eq la mañana del 1." de Agosto todavía M. de 
Schoen, el embajador de Alemania, fué al ministerio 
de Negocios Extranjeros para liablar con M. Mviaiii 
de un acuerdo posible. 

— Se entrevé un pequeño resplandor de esperanza 
— dijo el diplomático alemán al salir del ministerio—. 
Hay que trabajar para que esta esperanza se agramh'. 

Los que estaban enterados de la conducta tortuosa 
observada por el gobierno alemán en los días anterio- 
res, sonreían tristemente. 

Por la tarde volvió M. de Schoen al mi.iisterio para 
tener una segunda conferencia con el jefe del gobierno. 



M. \ iviaiii anunció al embajador de Alemania que, 
de acuerdo con el Presidente de la República y todos 
los ministros, acababa de deeidir la movilización ge- 
neral de Francia. 

Era una respuesta al iin])erii) alemán, ijue el día 
anterior había decidido su movilización. 

— La actitud de vuestro gobierno — dijo Viviani al 
enibaja(h)r — ha dictado la nuestra. Estamos obligados 
á tomar precauciones igu:iles á las ijue vosotros to- 
máis. Nuestras disposiciones paeílicas son las mismas. 
Queremos la paz, y la mejor prueba que podemos ofre- 
cer en apoyo de nuestro pacitismo es que á la hora 
presente el Parlamento francés no ha sido convocado 
aún, y constitucionalmonte estamos obligados á re- 
unirlo cuando nuestras inteneioiu's sean hostiles. 

\'i\¡aiii. insistiendo en la demustraeiíin di' (jue 
Francia no hacía mas tjue ponerse en guardia para su 
defensa, y que hasta el último momento allanaba el 
camino para la paz, añadió: 

— Otra prueba es que, para evitar incidentes (|ue 
podían ocurrir en la frontera al estar muy próximos 
iVanceses y alemanes, hemos dach) órdenes á nuestras 
tnipas pava ijue s(> niautengun á ocho kiliunetros de 
la fronter.i, dejándola al descul)¡erto. Por esta precau- 
ción prudente estamos expuestos á una violación del 
territorio, y no creo que haya potencia alguna capaz 
de proceder de este modo. En cambio, las tropas ale- 
manas están amasadas al pie mismo de los postes 
fronterizos que marcan los límites franco-alemanes. 
De este modo, si un incidente se produce, será obra 
indiscutible de las fuerzas alemanas. 

El embajador Sciioen se retiró para dar cuenta á 
su gobierno de la movilización francesa, y todavía al 
despedirse mostraba cierta confianza, como si espe- 
rase ser portador en breve de una buena solución. 

— Hasta luego — dijo estrechando la mano del jefe 
del gobierno. 

El Consejo de ministros tomó el acuerdo de la mo- 
vilización á las cuatro de la tarde, en vista de las no- 
ticias que recibía de la frontera, donde aumentaban 
por momentos las tropas alemanas. 

Como era imprudente perder tiempo, mientras im- 
primían el decreto do movilización se dio la noticia á 
París fijando un ]}íi\)c\ manuscrito en todas las otici- 
iias tic correos de la capital. 

L'na simple cuartilla de papel pegada con obleas y 
con unas cuantas líneas escritas á toda prisa, puso en 
conmoción á París y una hora después á toda Francia. 







MINISTERIO 


DE LA GUKHiíA 










ORDEN DE 


MOVILIZACIÓN 








EXTREMA URGENCIA 








P 


rimer día de la 


movilización: 


domin 


go 


2 


de 


Agosto. 









lllStORlA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



85 



rie agolpó la goute ante estos aiumcios, iiisigiiili- 
cantes por su forma. Muchos, al leer las breves líneas, 
lanzaban un suspiro de satisfacción, como el cjue sale 
para siempre de uu estado angustioso. 

—¡Al tiü!— decían — . Ya sabemos á qué atenernos. 
Es la guerra. 

Los hombres se mostraban sus libretas de reser- 
vistas, señalando los diversos puntos de Francia á 
que debían acudir para incorporarse á sus regimien- 
tos. Las mujeres ponían el gesto gravo, arrostrando la 
noticia con una resignación heroica. Nadie quería la 
guerra: ¡pero qué hacer si los enemigos se empeña- 
ban en provocarla!... 

Por la noche el verdadero anuncio de la moviliza- 
ción fué ñjado en las esquinas de París y enviado a 
to la Francia. Decía así: 

EJERCITO ÜE TIERRA V EJÉRCITO DE MAR 
ORDEN 

DE .MOVII.r/AClÓN GENERA!, 

Por (locrctú del Presiilciite de hi Rcpúblie.i. l:i moviliziieión 
de los ejércitos de tierra y de m;ir {(ued:! urdeniuhi. asi cüino 
la re(|uis;i de animales, veliieuliis \- ariieses iieeesariüs para el 
cmiipleinellto de diclios ejéreitos. 

Kl l'RIMKR DÍA DE LA ,M0 VILIZAI'KKN ES EL DOMINGO 2 DE 

Agosto de 1914. 

Tildo francés sometido á las oblifí-aeioiies militares debe obe- 
dcci'i-. bajo pena de ser castigado con el rig-or de las leyes, á las 
prescripciones del rncuhrno de uiovil'unciihi (páginas de color 
de su libreta). 

Son llamados por la presente orden todos los bomlires (|iie 
no estén bajo lianderas y que pertenezcan: 

1." Al ejército de tierra, comprendiendo á las trojias colonia- 
les y ó los bombres de servicios auxiliares: 

2.° Al ejército de mar, comprendiendo á los inscriiitos ma- 
rítimos y á los armeros de la Marina. 

Las autoridades civiles y militares son responsables de la 
ejecnci(Hi del presente decreto. 

El jiiinistrn de ía Querrá El uriiiislrd de Marina 

a 

En la misma noche, el Presidente de la República 
y sus ministros acordaron dirigirse á la nación ha- 
ciendo el siguiente llamamiento: 

A LA NAC1(')N FRANCESA 

Desde hace pocos días el estado de Europa se ha 
agravado considerablemente, ú pesar de los esfuerzos 
de la diplomacia. 

El horizonte se ha ennegrecido. 

En la hora presente la mayor parte de las nacio- 
nes han movilizado sus fuerzas. Hasta los países pro- 
tegidos por la neutralidad han creído necesario tomar 
esta medida á título de protec;ñ(ni. 

Potencias cuyas leyes militares y constitucionales 
no se asemejan á las nuestras, han comenzado y pro- 
seguido, sin necesitar de un decreto de movilización, 
unos preparativos que en realidad equivalen á la 
misma movilización y que representan su ejecución 
antiripaila. 




Í[RI n ARiE OE iti 




f /\ M 



%mmmmk 






\a' pri*mi*'r j"iir <i*' !•» omliilis.ilioM vi"* le 



íiranntke í Aoúi ISI-t 



T...1I |-VniK«l. í.mtui. Bill ..lilia.HÍ-ll* l<ill«iiir.^ *t...l -•.,. ). i». ,í.t|. yu,< .-,... U 

■ ;!£..riir .I.S ImU. ..l>nr m\ |.r.-i.,ji..,.. .1.1 rASCicou: DE MOILUUnaV ,™:,.r..r....... 

>,„M .... i'nt I. |...-. .1.. TOV« LE» BOMBES ..■■.. |.r., ...- -.,-. 1.- I>. .,. ..■ ■■ 

\ i, (jkRMfl DE TC9SI j u^f^„ u,Tac3í=í coi.o»i«i.»s .. 

SESVICU AUXIUAIACS. 

2* i i"»R»££ K MtB j cu..,,.., i., rascarr» sutammi» ..t u. *».ic»x^5 

i. li. tSAZIKE. 



# 



LA OHllEN DE MOVILIZACIÓN FIJADA ÜN LAS KSí^l INAS 
DE PARÍS 

Francia, que siempre demostró su voluntad pacífi- 
ca, que en días trágicos dio á Europa consejos de uio- 
deración y un vivo ejemplo de cordura multiplicando 
sus esfuerzos por mantener la paz del mundo, se ha 
preparado sin embargo á todas las eventualitlades, y 
empieza á tomar las precauciones indispensables para 
la guarda de su territorio. 

Pero nuestras leyes no permiten realizar comple- 
tamente estos preparativos sin un decreto de movili- 
zación. 

Cuidadoso de su responsabilidad, y comprendiendo 
que faltaría á un deber sagrado si dejase las cosas sin 
resolver, el Cobieruo acaba de lanzar el decreto que 
imponen las circunstancias. 

La movilización no es la guerra. Al contrario, en 
los momentos presentes aparece como el mejor medio 
de asegurar una paz con honor. 

Tenaz en su ardiente deseo de encontrar una solu- 
ciiui pacífica á la crisis, el Gobierno, al abrigo de 
estas precauciones necesarias, continuará sus esfuer- 
zos diplomáticos y todavía espera conseguir un (\vito. 

El Gobierno cuenta con la sangre fría de esta noble 
nación, para que no se deje arrastrar por emociones 
injustificadas. Cuenta también con el patriotismo de 
todos los franceses, y sabe que no hay uno solo que no 
esté pronto á cumplir su deber. 

En esta hora ya no hay partidos. No hay mas que 
la Francia eterna, la Francia pacífica y resuelta, la 



H6 



VICENTE BLASCO IRAÑEZ 



patria del derecho y de la justicia, uuiíla ])ür cutero 
cu la calma, la vigilancia y la dignidad. 

El Preside ¡lie de la Reju'thlkn. 

lÍAIMIJiNDO l'OINCAnÉ 

Por i'l PrcsidcutL' do l;i llopúljlicu: 

Renk \i\i\Ni, presidente del Consejo y ministñi de Xei/orios 
Extranjeros: Bienviínu-Mauti.v,, ministro de Justicia: Mal\ v. 
m iiiistro del /nterior;yovL'ESS, ministro de Hacien.da:}<l\¡Sí^iM\ , 
ministro de la Guerra: Gauthier, ministro de Marina: Ar(TA- 
(íNEua. ministro de Tnstrncciún Púhlica: Rene Renoult, minis- 
tro de Trabajos PúhUr.os: Thomson, ministro de Comercio y de 
Correos ij Teléíjra fos:VB.\isMiXio\)s\\i'>,ministrnde Af/ricidliira : 
Haynauu, ministro de Colonias: Couyha. ministro del Trabajo. 

AiiEL Fkuuy, subsecretario de Estado en los Negocios Ex- 
tranjeros: Laura 1NE. subsecretario de Eslado en la Gncrra: 
.IaCu^iieh. subsecretario de Estado en el Interior: Dai.imieií. 
subsecretario de Estado en las Bellas Artes: 
A.TAM, subsecretario de Estado en la Marina 
mercante. 

El tuno del manifiesto era firme y 
conciliador á la vez. Francia tomaba 
las armas en vista del peligro para no 
ser sorprendida, y al mismo tiempo 
continuaba sus gestiones en iavor de 
la paz. 

Hasta el último momento buscó un 
arreglo. Sonaban ya los primeros tiros 
en la frontera, y todavía el gobierno 
de París acariciaba la esperanza de 
que sus enemigos, en un tardío reliim- 
pago de cordura, mantuviesen la paz 
del mundo. 

El presideute Poiucaré, hábil diplo- 
mático tjue tanto se distinguió en sus 
tiempos de ministro desempeñando la 
cartera de Negocios Extranjeros, hizo 



A la Nation Francjaise 



EL LLAMAMIENTO Á LA NACIÓN 



Así hubiese sido. De manifestar Inglaterra en esta 
Jiora grave su firme voluntad de ponerse al lado de 
Francia, seguramente que el Imperio alemán liubiese 
rectificado sus pro¡)ósitos belicosos. Se mostró arro- 
gante y atropellador porque hasta el último momento 
creyó que sólo tendría enfrente á Kusia y Francia. El, 
con su aliada Austria, se bastaba para combatir á los 
dos enemigos. Su diplomacia estaba segura de que la 
(irán Bretaña, ocurriese lo que ocurriese, se manten- 
dría apartada de la lucha. 

Al hablar ú tiempo el gobierno de Londres, como 
lo solicitaba Poincan'', no hubiese surgido la gm'rra, 
al menos en l'JI L Fué un silencio lamentable. 

Pero desde el punto de vista inglo's hay que reco- 
nocer que el ministerio británico no ](udo obrar de 
otro modo. La Gran Bretaña es un 
]iaís de libertad, donde la opinión ])n- 
blica tiene una fuerza su])erior á la 
did gobierno. Los ministros no forman 
ni dirigen la 0])inión; es ('sta la ijue 
dieta su conducta. 

Y el pueblo ingh's no quería la 
guerra. Fué necesario que ocurriese 
el inaudito atropello de Bélgica, para 
que la tiran Bretaña reconociera la 
necesidad de una ])ronta y enérgica 
defensa. En los días anteriores á este 
atentado, gran ])arte del pueblo bri- 
tánico fué enenn'go de una interven- 
ción armada en Europa. Los conser- 
vadores proclamaban la paz á todo 
trance; los irlandeses atendían á sus 
luchas interiores más que á la polí- 
tica exterior; gran parte de la opinión 
miraba á Francia con interés, pero 
su simpatía no llegaba hasta la aeej)- 



rCALITí ^rUATil^iTS 



gestiones particulares eu esta hora suprema para con- tacióu de una guerra por"sostenerla. Un sentimiento 

seguir la paz. En su palacio del Elíseo tuvo varias de egoísmo inspiraba la política general. Además, cmi- 

eutrevistas con el embajador de Inglaterra, comuni- nentes personalidades de las ciencias y la literatura 

candóle manifestaciones de carácter confidencial para liabían publicado en Londres un manifiesto contra la 

qne las transmitiese á su gobierno. guerra, como si bastase un documento para evitarla. 

Inglaterra era amiga de Francia y marchaba de Las asociaciones de trabajo también se mostraban 

acuerdo con ella: pero esta amistad no tenía el carác- enemigas de una intervención en el continente. El 

ter de alianza defensiva para uu caso de guerra. instinto de conservación y una cortedad de vista para 

Poiucaré invitó al gobierno británico, por medio apreciar los sucesos inspiraban al pueblo inglés su 

de su embajador, á que hiciese una manifestación ter- erróneo retraimiento. 

minante en bien, no sólo de Francia, sino de la trau- De uo efectuar los alemanes la invasión de Bél- 

quilidad del mundo. gica, la Gran Bretaña se habría mantenido inmóvil. 

— Si la Gran Bretaña afirma que está con nosotros dejando á Francia sin ayuda. Pero esta inmovilidad 

—dijo el Presidente de la República al diplomático á todo trance engañó al golúerno alemán, interpre- 

inglés— , si da á entender á Alemania que en caso de tándola como una muestra de indiferencia ó de miedo. 

guerra contaremos con su apoyo franco y decidido, el Podía atreverse á todo sin temer su intervención. Y 

gobierno de Berlín modificará indudablemente su con- se lanzó locamente á invadir el territorio belga, acto 

ductay el peligro quedará conjurado. El Imperio ale- que representaba un atropello á los tratados garan- 

mán quiere la guerra porque está convencido de que tizados por la (irán Bretaña j una amenaza futura 

la (irán Bretaña se mantendrá al margen del con- para la integridad de ('sta. 

flicto. Que diga una palabra de amenaza el gabinete Los ministros do Inglaterra tenían indudablemen- 

de Londres, y triunfará la paz. te una visión más exacta de los heclios. Adivinaban 



IIISTOlíIA DE LA GUIík^lJA líUk'OPEA DE 1914 



87 



lo (|ue iba á ocurrii-, considerando la guerra como 
inevitable. Pero no podían acelerar el curso de los 
aeonteciuiientos. Tenían que vivir á la espera de un 
atentado que cambiase la opinión de su país, demos- 
trándole la necesidad de defenderse junto con las po- 
tencias amigas. 

Fué lamentable que Inglaterra no pudiese hablar 
á tiempo. La amenaza de sus gobernantes hubiese 
evitado los horrores y saerilicios de una guerra inme- 
diata. Pero sólo habría signiíicado un aplazamiento 
de unos pocos años, y ¡quién sabe si de unos pocos 
meses! Alemania, más ó menos pronto, hubiera insis- 
tido en sus belicosos propósitos para realizar su en- 
sueño de dominación mundial. Una fatalidad se opuso 
á esta manifestación diplomática, que habría salvado 
al mundo por algún tiempo. Un conglomerado de fuer- 
zas ocultas y 
malencas hicie- 
ron inevitable el 
choque desde el 
primer día del 
conflicto. 

D 

En Fraucia la 
unanimidad de 
la opinión cal- 
deó el entusias- 
mo popular. 

Los partidos 
revolucionarios, 
(|uc muchos ha- 
bían mirado co- 
mo un peligro, 
fueron los que 
más ruidosa- 
mente afirma- 
ron su adliesión 
á la patria. 

Creían los timoratos en una protesta ruidosa de los so- 
cialistas y antimilitaristas contra la guerra. El mismo 
gobierno alemán conñaba en las perturbaciones revolu- 
cionarias, viendo en ellas una de sus garantías de éxito. 

—Va á reproducirse el movimiento de la Commiinc 
— decían los miedosos y los pesimistas — . El pueblo 
de París se sublevará, colocando á los tkífensores do 
la frontera entre dos enemigos: enfrente el invasor; á 
sus espaldas la guerra civil. 

Pero los revolucionarios fueron los primeros en 
esparcir la tranquilidad con generosas afirmaciones. 
Gustavo Hervé, en su periódico Lk Guerra Social, 
habló así á la nación y á sus defensores: 

«Diremos una vez más, para que lo repitan á los 
soldados y á los oficiales que allá lejos, descansando 
sobre las armas, forman nuestras tropas de cobertura, 
que pueden velar en la frontera sin ninguna preocu- 
pación de lo que pueda ocurrir detrás de ellos. Nadie 
los disparará por la espalda mientras hacen frente á 
la casta militar prusiana: ¡nadie! 



• '5 ■ ■ - :X " SE . 


\ 1 


M. ■■■ ■ 


^ 




^^ 



CLE.MENCEAU EN SU DESl'ArHO 



»Todos los revolucionarios hemos borrado de nues- 
tro himno la /ufernar'ional la estrofa que se refería á 
los generales. Y nuestra íiilmuicional, expurgada 
de estos versos, no dice otra cosa que lo que dice la 
Marscllcm, que nuestros padres cantaron por primera 
vez hace ciento veinte años.>> 

Por parte de los republicanos conservadores, uu 
jieriódico mesurado y prudente como Le Temáis acon- 
sejaba del mismo modo la unión general al comentar 
el asesinato de Jaurés, ocurrido el día antes: 

«En medio de las circunstancias trágicas que atra- 
vesamos, cuando todos los franceses sienten la ne- 
cesidad de unirse para la defensa de la patria, un 
loco ó un miserable ha asesinado ayer noche á Juan 
Jaurés. 

»Sca cual sea la opinión que cada uno tenga sobre 

la actuación j)o- 
lítica del gran 
orador socialis- 
ta, un sentimien- 
to de indigna- 
ción ha suble- 
vado la concien- 
cia de todas las 
gentes honradas 
al recibir la no- 
ticia de este 
atentado odioso. 
Esta reproba- 
ción es tanto 
más vehemente 
si se tiene en 
cuenta que des- 
de hace ocho 
días Juan Jau- 
rés se esforzaba 
en sus artículos 
cotidianos — á 
pesar de las teorías del partido internacionalista — en 
hacer comprender á los suyos la gravedad de la hora 
presente, impulsando á cada uno á ocupar el puesto 
que le señalaba el deber nacional. 

»Es preciso que, dejando á un lado su dolor, todos 
los amigos de Juan Jaurés escuchen su consejo que 
fue su palabra suprema: el consejo de cesar toda dis- 
cusión política ó social para cumplir línicamente su 
deber de franceses. Tenemos la confianza de que así 
será, y que esta muerte horrible, en vez de turbar un 
acuerdo general, bello y emocionante, servirá para 
hacerlo más fuerte todavía.» 

Clemenceau, en Fl ILnnhre Lihrc, proclamó esta 
tregua general de los partidos con un estilo claro y 
enérgico. Su artículo merece ser conocido por entero, 
pues resumió la situación y los ideales de Francia: 

KN I.A Visl'KlíA DK I.A ACCKiN 

ll;i lli'ü-Milii l;i li(ii',-i (le Lis n'soluciüucs gnives. Sc trata para 
nuestro pais de la vkla ó la muerte. 



(Fot. Mciirisse)' 



£8 



VlCtiNTE BLASCO lliANEZ 




L\ CAUICATIUA Y LA ULERRA 



El zarpazo de la guerra 



l'uiíiKis xi'iii'idos, (lcsiii('iiil)r;ul()s y iipln.stmlns cu 1H~(I. \'ic- 
timiisdc un;i s:iiij|iTÍ;i h;ist;i 1,-is últiiii;is ilotas, hciiKis ]ini(MinHlii 
resucitar liicfi'o, y desde haee eiiareuta años, unas veces liieii. 
otras \i'ces nial, veiiiniiis \i\ieiidi). Pero esta liiisin;i \ ida e.S 




El kaisbr.— ¡Ku«ra obstáculosl 

(Del Star, de Montreal, CanadA) 

nuestro criiiK-u á los ojo.s de los aiitigruos vencedores, ((ue se 
iina-i-inaban liaber acabado con nosotros para siempre. 

Menos de cuatro años desi)uós de la paz de l'raiietort. el 
lionibre ([iie se coiisideralia el amo de Europa inteuti) rematar- 
nos. I,o hubiese hecho con la inaA'or saufiTc Irla— como su su- 
cesor lo realiza con los servios—, si Uusia é Iul;1,i térra no hu- 
biesen intervenido. 

El mundo civilizado debe reconocer \ confesar ((ue durante 
estos cuarenta años hemos sido en el continente europeo un 
instrumento de paz. En medio de los errores y las faltas qw son 



proiiias del hombre en to- 
dos los paises. hemos tr.i- 
liajado. con una voluntad 
inca usa lile, por orji'an izar 
e implantar .siilidameute 
entre nosotros un réjiá- 
liiiMi de democniei.'i i|iie 
jiiiede establecer el orden 
i'ii l;i iiaei(jn por nieilio de 
la libertad, 'reiiianios la 
esiieranza de i|iie esta la- 
bor tenaz nos conserva ri;i. 
entre los demás pueblos, 
el sitio al (|Ue tenemos 
(lereebii. se;.;ain demues- 
tra nnestni historia. 

He esta obra ha\" que 
apartaren el presente mo- 
mento las dixcrsas ajire- 
eiaciones de los parliilos. 
.Sean cuales sean l<is ver- 
yronzosos desfrarroues de 
nuestro pasado, el pelij;-ro 
es iiiuN' yrave en esta hora 
decisiva. \' eon un misino imimlso todos los franceses, venpin 
de donde venyan \ \a\ ,111 adonde vayan, (b'ben preseiitarsi^ en 
las fronteras, unidos de corazón y de alma, fundidos en una sola 
voluntad de suprema euerfi-ia. En esto, en esto solamente re- 
side la fuerza moral cine puede hacernos superiores á todo. 

Cuando el pais.p-raciasá nuestros esfuerzos, liabrá reeolirado 
la librc! i)osesióii de su personalidad, entonces reanudaremos 
nuestras luchas, ((iie honran ai pensamiento francés, pues re- 
\clan nuestra l)usca apasionada de un ide.il ennoblecedor de la 
hiimanid.ad. V esto lo haremos en distintas eondieiones ijue an- 
tes, pues el saeritieio de nosotros \' de los nuestros lial)rá iiiar- 
tilleadoy reforjado de tal modo el alma francesa, (pie >a no (Hié- 
rrenlos dividimos mas (pie en distintos grupos de amigos. Esto 
podrá ser mañana, .\hora ha\- (jue afrontar el peligro de hin-. 
Ho\' no ])iieden existir dos franceses (pie se odien. Ya es 



(Dd Dailf/ Exprets, ile Londres) 







' »ti' 



J 



AusTKiA- Cuando loma esa actilud, alguien le ayuda 

(Del Punch, de Loudres) 



LA NOCHE EN L 




Dibulo de A horcallcr, de •Th< lllusiralcd London NtHs> 



Después de la batalla, los reflectores alemanes ex 



TRINCHERAS 




lan el campo para cañonear las líneas inglesas 



HISTORIA DE LA GLlí'RRA PLIROPEA DE 1914 



50 




ticiiipri fie que conozcn- 
iiKis 1,1 ;il('íí-rí;i de amar- 
nos. Di' aiiianios, iiorqiic 
lo más ji-raiulc é imperioso 
para nosotros, en el pre- 
sente momento, es el de- 
lirr de alestig'iuir ante los 
hond)res qne no hemos 
defi'enerado. qne somos 
iji'\iales á nnestros pa- 
dres. A- ((ne nuestros hijos 
no tendrán que bajarlos 
t)jos cuando se les hablí' 
de nosotros. 

Nuesiras faltas, en^'ll 
inútil re|)arto i)erteueee 
á la Historia, no pueden 
prodneir en niu'stro co- 
razón nnts qne un fer- 
vii'iiti' deseo de coronar- 
las eou tales virtudes cí- 
vicas y militares, que 

acabe por descubrirse en ellas un elemento de f^-randeza. M 
recriminaciones, ni frases g-randilocuenti^s. ni [iromesas de 
morir. Basta de palabras. Veng-an actos; actos reflexivos, de 
prudencia ordenada y de acción sin retroceso. 

En cinco ocasiones diferentes, desde que vimos los soldados 
alemanes en Paris. el orden de Europa ha sido turl)ado delibe- 
radamente por la amenaza de la espnda germánica, sin que la 
más ligera amenaza de nuestra ¡larte justiflcase esta conducta. 
V.n todas ellas hemos sido dueños de nuestros nervios, y cuando 
el honor nos ha aconsejado la resistencia, hemos cumplido este 
ileber con la sencillez de hombres cuyo corazón late animado 
por la sangre de una gran raza. Hoy, ¿(|ué quieren de nos- 
otros?... Vivíamos en paz. Atentos únicamente á la organi- 
zación de n\iestra defensa, nada hemos hecho (|ue pueda re- 
velar el más leve propósito de tomar la ofeiisi\a. ¡Y cuántas 
veces, sin embarg-o. inmovilizados por la imposibilidad de 
avanzar, hemos tenido que permanecer asi. sin una palabra. 



La mano del kaiser prendiendo fuego á la mecha 



(Del Pittsburgh rost) 




sin un gesto, ox'cndo por encima de los Vosgos la voz de la 
patria torturada! 

Del otro lado del Khin.una naciíjn g-randey fuerte, que tiene 
derecho á vivir, pero que no tiene derecho á destruir en Europa 
toda vida independiente, lleva su delirio de grandezas hasta no 
querer tolerar ((ue Francia levante la cabeza cuando habla. En- 
loquecido jior el deseo de hegemonía, el emperador alemán, que 




La Mubbtb— ¡Hlios míos, yo os bendigo! 

(Del Posl-Uispach) 



La Guerra. — Ya que nada lengo que hacer en Mélico, 
vamos á barrer Europa 

iDol Pliilailelphia Kccoril) 

arrastra sus pueblos coi\ los ojos cerrados á unas aventuras de 
las cuales nadie ¡¡nede calcular la extensión, asesta un golpe 
niortal, eonm rn tiemi)o de las invasiones bárliaras. á todo lo 
que coiistitu.se el orgullo de los pueblos civilizados. 

Ese emperador (imvrcar(i//ar con Francia, \ahnismo tiempo 
con Inglaterra y Kusia. ignorando que no se araba fácilmente 
con la vida de los puelilos que nose pueden suprimir ni asimilar. 

Apo\ado en un incoherente amontonanúento de razas ene- 
migas, ([ue el cetro de Vieua apenas si consigue mantener en 
obediencia, el kaiser pretende hacer chocar las dos nntades do 
Europa, para erig-ir sii trono ensangrentado sobre las ruinas 
más altas (|ue el mundo hal)rá contemplado nunca. 

Jorge CLEMKNCKAr 



90 



VICENTE BLASCO IBANCZ 



Otro pcviúdicu francés, nacionalista y catúlieo, El 
Eco de París, decía lo siguiente al apreciar las ma- 
niobras diplomáticas de Berlín: 

l{i'sillt;i ili' tiidi] lii ((lie Iii'iiiiis iirrscnciiiilii i|iir .\lriiiMiii:i 
pniviicn rri;iiiit'nti' la iná.-* jí'IMihIc catástroír que si.' ha visto cu 
la liistoria del iiiunili). Esta frialdad bastaría para di'iiKistrar 
que la ha prciiarado en todos sus detalles, si nosotros los fran- 
ceses no tuviéranid-i adenrás otras pruebas. \-¡endo c('iuio se 
obstina desde hace diiv. días en pro\ocariios al eond)ate. con 
jiretexto de la dil'erencia austro-servia, de la cual no liay (|uien 
jiueda definir (daraniente los niiseral)les motivos. 

Pronto sabremos lo i|Me ese crimen delie costar á la ra/.i 
g-ermániea. Pero desde este momento liaremos (|ue con.ste una 
afirmaciiin. La Deiitsclii' Kiilliir. esa «civilización alemana» d(í 



fácil que iba á realizarse en breve plazo. La entrada 
de las tropas alemanas en París era asunto para ellos 
de quince ó veinte días. 

El Nutional Zñlxuig, diario nacionalista de Berlín, 
decía en un artículo violento: 

«No sabemos hasta dónde llegará la suerte (jue la 
Providencia reserva á Alemania, |)ero es seguro que 
Francia tendrá que sangrar su bolsillo para recobrar 
su libertad algo más que lo sangró hace cuarenta y 
cuatro ailos. No serán 5.000 millones lo que deberá 
pagar por su rescate. Ahora tendrá (]iic darnos 30.000 
millones.» 

V más adelante añadía el articulista del diario 




.INFANXEKl.'L KUSA 



(rot.;Meuri.ssc) 



la cual los discipulos de liismarck \' di' Multke se mui'str.in tan 
orgadlosos. acaba di' juzg-arsi' á sí misma. 

La liefi'cmouí-i española, la hegemonía franeesi. la lii'a-emo- 
nia ing-lesa han dejado como recuerdos de su inUneneia euro- 
pea monumt>ntos imperecederos i'u las Mrt 's. i'u las li'tras, en 
las instituciones públicas, en el deseu\ol\ imii'ntn d • l;is nacio- 
nalidades. La hegemonía alemana nu se ha caracterizado, esi)e- 
cialmeut;' desde hace cuarenta y cuatro años, mas qui' por el 
monstruoso sistema de arniam 'utos á todo trance. Después de 
nueve años de inci'santes alarmas y augaistias crecientes, toda 
su cultura da por resultado una inmi'usa matanza. 

Que \a\an los alemanes á l:i l),-italla con esti maldiciiiu 
sobre su frente. 

En Berlín, el tono de los periódicos fué soez é inso- 
lente. Su gobierno no había declarado aún la guerra 
á Francia, y sin embargo todos ellos bablaron de la 
conquista del territorio francés como de una empresa 



gubernamental, permitiéndose una impiedad que con- 
trasta con el entusiasmo que han mostrado por Alema- 
nia muchos católicos de los países neutrales: 

■La Santa Madre de Dios, qvc está ex Loin-des, 
tendrá nincho tpie hacer si es qee pretende — ella qne 
es tan milagrosa — cnrar todos los huesos qnc nues- 
tros soldados ran á romperles á las ¡lolres f/entes 
del ot ro lado de los J'o.si/os-. 

»¡Pobre Francia! Aún es tiempo para ella de cam- 
l)iarde conducta. Dentro de algunas horas será tarde. 
Y entonces va á sentir durante muchas generaciones 
los golpes que recibirá.» 



En Rusia, el ukasc del zar ordenando la moviliza- 
ción general puso en pie á todo el Imperio. 



HlStOtílA DÉ LA GLlERlíA EUROPEA DE 19M 



01 




E]. ZAU Y LOS SOLDAUUS 
Soldados rusos á la hora de la plegarla rodeando al zar, que llene en la mano una Imagen santa 



(Fol. Rol) 



üesde las seis de la uiaüaiia del 1." de Agosto, las 
oficinas de movilización empezaron su trabajo. Mu- 
chedumbres considerables do reservistas llegaban á 
ellas en compañía de sus mujeres ó sus padres. Se 
mostraban alegres, sin que alterase su entusiasmo 
una sola nota discordante. 

La protesta revolucionaria de otros tiempos había 
enmudecido. Todos los rusos aparecieron agrupados 
por el fervor patriótico. 

El vecindario de San Petersburgo y de las princi- 
pales capitales aclamó á los reservistas, saludándolos 
desde los balcones y ventanas. En las calles los tran- 
seúntes les estrechaban la mano; las mujeres los be- 
saban. 

La opinión de las masas ubreras se mostró con 
iguales entusiasmos. Todos habían olvidado las huel- 
gas de quince días antes. Los que quedaban en las 
fábricas para seguir el trabajo acompañaron por las 
calles á sus camaradas llamados al servi- 
cio militar. 

Las manifestaciones patrióticas fueron 
continuas, aclamando al emperador y á 
Kusia. Estas manifestaciones no cometie- 
ron ningún acto de hostilidad contra las 
personas de los alemanes residentes en Ku- 
sia. Se limitaron á destruir las estatuas y 
emblrnias (jue simbolizaban al liii[)rrii) ciic- 



Todavía el 1." de Agosto, cuando se es- 
taban armando los ejércitos de casi toda 
Europa, hizo la diplomacia el último es- 
fuerzo ])or conseguir la paz. 

Los gobiernos de Dinamarca, Suecia 
v Norue"-;! declararon en d ritailo día su 




l!\ UHSKUVISTA lU So 



propósito de guardar la neutralidad duiMute las hos- 
tilidades, armándose para hacerla respetar. El Con- 
sejo Federal de Suiza hizo lo mismo, convocando 
las Cámaras para el día '.i con objeto de nombrar 
un comandante en jefe del ejército. Otras naciones de 
Europa se prepararon para deciarar igualmente su 
neutralidad ;inte una guerra que consideraban inevi- 
table. 

Una noticia circuló como último rcdampagueo de 
esperanza en las primeras horas de la tarde. Rusia 
hacía una concesión importante para el mantenimien- 
to de la paz, á ruegos de la Gran Bretaña. El zar 
había aceptado una redacción propuesta ¡lor (d go- 
bierno inglés, y Austria, por su parte, se mostraba 
dispuesta á admitir igualmente la fórmula del minis- 
tro británico. 

Pero antes de que circulase esta noticia ya había 
intervenido Alemania, presentando á Rusia y á Fran- 
cia el uUiínattijii de que hablamos. 

Á las siete y media de la tarde del 1." de 
Agosto, el endjajador de Alemania en San 
Petersburgo, en nombre de su gobierno, en- 
tregó al ministro do Negocios E.Ktranjeros 
la declaración de guerra. 

Italia, que formaba parte de la Triple 
Alianza, permaneció á la expectativa des- 
]m('s (U" haber intervenido en todas las ges- 
tiones de paz. 

Oticiüsamente decdaro el gobierno de 
Ualia que ni por el espíritu ni por la letra 
del tratado fundamental de la Triple Alian- 
za estaba obligado á prestar ayuda á los 
Imperios de Alemania y Austria. 

La alianza era sólo defensiva, y en 
este conflicto alemanes y austríacos apa- 
recían indiscutiblemi^nte como a^jresores. 




I N líKtilMlKNTU Dli 1.N1''ANTKK1A KUANCE8A A l'UNrü HE MAUCHAK 



EL ROMPIMIENTO 



El 2 de Agosto 



mobiijsation 
gí;ní;rai.e 



Li- M'ur. lili ^t \ii |»Ml.- .1 In 
rtiiftiilo^Miiii itf SI •» JnliiiliiUIri-o 
t|n. I,. \|..l.i|tv.ltMM l..'ii.'>iilt 4-I 

I • |)i. .>■•>■■ |»(ir <(• r.i u>..l>l- 

IKllh -I IIX.' ;IM IMlMIII. !•.' 

'J \«)*iMi|)Wi<hi<iil A nilMitM». 



Kn este día terniiaó matc- 
i'iíilincüto la paz de Europa. 
Un minuto desput'S do 
las dore de la noclie, ó sea 
al iniciarse el día '2, empe- 
zaron en toda Francia los 
trabajos de la movilización 
general. 

Los liombrcs acudieron 
en masa al llamamiento. Se 
liabía calen lado al empe- 
zar la movilización una 
merma en los ciHitin<;'iMites 
tie un diez por ciento, por 
enfermos, ausentes y deser- 
tores. 
La movilización duró veinte días. Cuando hnl)o 
terminado, so vio que no Hoyaba á uno por ciento el 
número de los que faltaban á la. patriótica llamada. 
Jamás pueblo alguno dio un ejemplo tan rápido y 
unánime en el cumplimiento del deber. 

El 2 de Agosto se sucedieron los acouteciuiieutos 



LA .MOVILIZACI(')N 

Bando de unn de las alcaldías de 

París anunciando la movilización 



con una celeridad vertiginosa. Cada liora ti'ajo cou 
ella un suceso de resonancia. 

Comenzó el día con un gran movimiento en las 
vías f(''rreas y demás medios de comunicación. La au- 
toridad militarse posesionó de las estaciones de ferro- 
carril de toda Francia. Los trenes fueron dedicados al 
transporte de las tropas, cesando por la noche el mo- 
vimiento de viajeros particulares, así como el tráfico 
de mercancías. 

Durante la tarde anterior una inmensa muclieiiain- 
bre asaltó las estaciones para salir de París, aprove- 
chando los últimos trenes. En la del muelle de Ursa}' 
los carruajes, llenos do viajeros y maletas, se aglome- 
raron por ambos lados del Sena hasta la plaza de la 
Concordia. Sólo en dicha estación se recaudó durante 
el día medio millón de francos, como importe de bille- 
tes y equipajes facturados. 

Los numerosos extranjeros que viven liabitnal- 
mente en París huyeron ante la proximidad de las 
hostilidades. Los alemanes y austríacos residentes en 
la capital francesa, que erau centenares de miles, 
procuraron ausentarse antes de la declaración de 
guerra. 

A pesar de esta huida general quedaron muchos 
en París, por no Iialicr encontrado lugar cu los trenes 
ó no considerar inmediato el ])eligro. 

El gobierno tuvo (jue preocuparse de la situación 



HISTOIÍIA DK I.A GUERRA fiÜROPGA DIÍ I9l4 



03 



interior á causa de la presencia de 
esta masa de extranjeros, entre los 
cuales se ocultaban muchos espías. 
Una serie de decretos dictados el 
día 1. " ordenaron que nadie sacase 
de París objetos que pudieran ser- 
vir para la defensa de la capital j 
su aprovisionamiento. Quedó pro- 
liibida la exportación de leche, pa- 
tatas y otros comestibles; se avisó 
al comercio que suspendiese todo 
transporte de mercancías durante 
las primeras jornadas de la movili- 
zación, y se publicaron las siguien- 
tes disposiciones, relativas ú los ex- 
tranjeros: 



Tdilijs los extranjeros, sin (listiiicióii de 
iKii'ioiuLlidad. puedeuabaiuloiüU'elcaiuiio 
atrincherado de París antes de que ternii 
ne el primer día de la movilización (2 <li' 
Ag'osto), ó sea antes de las 12 de la noche. 

Dentro del limite de asientos disiioiii- 
bles .V pag-ando su billete, podrán hacer 
uso de un cierto número de trenes comer- 
ciales que circularán hasta el ñn del pri- 
mer dia (lela movilización (media noche). 

A su salida deberán justificar sn iden- 
tidad ante el comisario especial de la es- 
tación. 

Niiig-uno podrá servir.se de antomóvrles 
para emprender el viaje. 

Los extranjeros (¡ne quieran ([nedarso 
en Francia podrán hacerlo y escoger la 
residencia que les couveug-a. pero con las 
restricciones siguientes: 

1." Los alemanes y austríacos no ¡lo- 
drán residir en ningnna plaza fuerte ni en 
los departamentos (¿ue se expresan á con- 



appeí i 
DD mmi IHFÍL 

A LA POPULATIOM 

' Parisirns 




£L AMANECER DEL PKI.MKK DlA. DE LA MOVILIZACIÓN EN LA CAMPIÑA FRANCESA 
El gallo, emblema de Francia, saludando á los reservistas 






. t. . 



■ •• >«. t™. V. IVaur^. itaj.ral nalitlrr ■ ... 
I Irmn rp^rrttr^ fmur «- smaprr aulnnr da 

•l.l M..il..r I* Irilituu- lMll[iulaa ir 1^ Ir. 






rhcf. 



Ir hffA^xnds i Mt.'ll »H'>.r«|..d. .nr d i ..v i afmdd. faU 
'p,H I ^J> ..«]( IriHd d.' InBI'- 1. p..]HlliMHM>. 

II lni|M.n> qi*- I. ..ilut'- trwtr%f,' ,\iat* le njirll. n ^^ 

II n.«,...iU>< I», iw I ..n-ll ll.wl.lp»l dr .r .«Wltarr 

I Kllrn.m dr l'^rn 11 írt* I«i< IVffWf «rrc^itr |i.h. ,nr 

d.. -■«•r. uilli .di. «!.«» uu,.» r.mill.-. -^r^my^i . 

I . del |r«l.i irn|i |irr.ua..T dr !■ ibIIImt.- pjirl.lrd«r 
qu. di luí d. BL-Hd.* d.- ynfifitrtrt IVyf.d,t ,.rd.f«n «.rr 



I Jtr. 



. r<m< 



•DniEM niTKouanD 



LA .MOVILIZACIÓN 

Llamamiento del Conselo municipal 

de Parts 



timiacirní: Norte. Aisne. 
Ardenas. Mame. Mosa . 
Menrthe y Mosela. .\ub(\ 
.\lto-Marne. Vosg-os. Alto- 
Saona. l)oul)s. .Inra. Ain. 
Alta-Sal)oya.Sal)o\-a.Altos- 
.\lpes, Bajos-Alpes. Alpes- 
Maritimos. Var. Bocas del 
Hódaiio. Pirineos Orienta- 
les. .Vrieg-e. ,\ltos-Pirineos. 
Bajos-Pirineos. 

2." Los (|ne perti'iH'Zcan 
á otras potencias ipn' no 
sean Alem.-inia y .Austria- 
Hungría, deberán íljar su 
residencia detrásde la linea 
((lleva (le l)unken(iieáL¡la. 
\'aleiicieiines . Aiilnoye, 
Hirson, Liart. ( 'liarlex illr. 
\'erilini. Toul, Mpinal. liel 
t'ort. Montbeliard. I'onlar 
lier. IJoii rg-. .\ m berieii. 



(Dibujo de L. Sabattici', de la lUusiration, de París) 

f'haml)er^■. (¡renoble. (iap, T)ig'ne y Niza. Tampoco iiodrán 
establecerse en las i)laza,s ruert.es de Laon. La Fi^re. Ueims, 
Langres, Besanzón. Dijoii. L\ón. Tolón. Marsella. Brest. Cher- 
bnrgo, el Havre. Bolonia. Calais y l)iinker(|iie. 

Al llegar á las localidades donde ((iiieran residir, todos los 
extranjeros, sin r/i»/ i lición de nacional it/ad, deberán presentarse! 
al comisario de policía, ó en ausencia de éste al alcalde, con sus 
documentos de identidad para hacer una declaración de residen- 
cía. Todos ellos se ajustarán estrictamente á las disiiosiciones 
relativas á los extranjeros (jui' residen en el interior de Francia. 
Estas disposiciones se ('(tmimicarán por mi^dio de anuncios. 

DespiK's del primer dia de la movilización ningún extranjero 
podrá salir (le iMMiicia por las fronteras de tierra ó marítimas 
sin lle\ar un pasaporle liruiado por un (¡refeeto. 

DlSlHJSIClONES .SOlUfE LOS EXTUANJEltOS (^lE NO HAYAN SALIDO 

DK París el primer día de la movilizackln 

1.' Todos los extranjeros, sin distinci(in de edad ni de sexo. 
licrtenecieuteS á las i)otencias .Memania \' .Austria-Hungría. 
tehili-:iii (|ui' salir de la zona comprendida en el perímetro del 
(•ampo atrincherado de París. 

El segundo día de la movilización deberán presentarse al 



^4 



VICENTE BLASCO IBANEZ 



iitpveLifue ra«Nc«i» 



PREFECTURE- DE PÓLICE 



AVIS A LA POPULATION 



F.li l'iilíloii ili' 11. lili •lrsli''¡(i-.lr l'lVtrl 
(If l*i>llo(* )• <ti-<liililli< l|il'l) ruvflllr !<'s 
llPIlllt i\r liitlHKiiiiN <lr l*ili*í-. 4'( <■•- lii 
l^iliU<'i:>' *i riiivlil IrrliH'S rt H lu'ilivs 
lili -.••li'. 

I .r>^ -tliilioiiv ilit ^li''ro|t«t1lliilll si'i-oiil 
(friiift-s II 1.1 inr-im- lii-ilrr. 



PKEfECTUKC nt rOLICE 



Aux Parisiens,' 



< i I. uf., ,<.■ 
fr, 4t^ g*»>. +-f '. . w '^•_< anuí •H^Lunf* uh/a*IA\ 4 <>,Wir>'«. - ,/. 



nrPuitLt«t/c riij(NCAisr 



Prítetlure i^ Dtperíeíneni de la Seifie 



1^ /'#»/** -í' *n Vi».- 

l.'«V|lfl|¿ .IMt.l*Í1«l|.- «"^ UfiuJ.. 1*'— 

«■*.. t».k lir» tJt« ^ t> ittf<n**i^n th* ^U • CrV 
I**» ii.Jir In'i^li-- «■•"•" ■!'» ' ^.(.1 ....-(. .>>.« 

.1. t.Mt- iiiniunri'Mi 1 < 

.1. I) ttlIxJ-h^lK. 



l üM ii j ^mm m t n » ^. 



^ nfMAtl* Mi\ ii«»*m|K 4' fii. .«i .1-. 
m DELANNEY. 



LA MOVILI/ACION 
O(ro3 diversos decretos y bandos que se lÜaron en las esquinas de París durante los primeros días de la iiiovlll/aclón 



flCPUBLIOUt. fRANC <iS£ 

1: Mía 



\r M 4 1 i)M 




HIIMMF.S de IAIUIFÍ ÍÜItlilTORUli: 

iiK.sKiivi: iit ik Mm u ;itiiii(iiiiAi.i; 

MISE EN SURSIS O'APPEL 

PAífiONS í] OUVÍrS BOULñNG[RS 



coiiiisMriii ilr piilifi;! ilrl distrito ciiii sus dinMinirntdS ilc iili'ii- 
tiihiil \ydn h.-K'cr cdiist;!!' su si1u;ici(')u. 

Kutrc l(is (lilis .")." y l(i.° ilc l;i niii\ il¡/..-iri(')n scrsui tiMiispiirt;!- 
diis iH)r vi;i l'érre.-i ii lus puiit(is de rcl'ui;-i(i provisdi'io situiulos cu 
el Oeste dt; Frnuci;i. donde se ]) re pan irá todoloiieeesiirio p;ir;i su 
¡ilojamieiito y aliinentiieióu y se les dará tral)!ijo si es neecsario. 
Niiiji-uiio de i'llos podrá lle\:ir un ei|ui|i,-ije de más de 30 kilos. 

.Más;idelaute ])i>(lráu 
solicitar su traslado á 
iiua frontera neutra 
para salir ile I''rancia. 
'■i. ' I, os lon.'ueses y 
aisaeiaiios no naturali- 
zados como fraucesi^s 
tendrán' (|iie ])resen- 
tarse iiiMialnií'nti' ante 
el comisario durante 
el se;;-nudn ilia de la 
ino\ ili/.aciiHi. 

Serán ciiusiderad.-is 
comn lilires sin eonili- 
cioiii's: 

II I l.ns familias es 
talilecidas desde hace 
tiempo en el ¡¡ais \ di' 
las cuales se conozcan 
perfectamente lus ori- 
;^-eues y sentimientos 
franceses. 
l/J Las familias en (pie un indi\ iduo al menos se aliste en la 
leji'iiMi extranjera antesde(|ue terniineel2."diade movilización. 
Será considerada como alemana toda familia de .alsacianosy 
loreiieses en que algniio do sus individuos aliandone l''raneia 
para nliedecer la orden de movilizaciíjn alemana. 

:i.' Los extranjeros (|ne pertenezcan á otras ¡xitencias ipie no 
sean .\leniania.-\- ,-Vnstria-Hniijrria deberán presentarse durante 
el:}. "0 4. "diadela movilización en la comisaria de policía del dis- 
trito con sus documentos de identidad para probar su situación. 
Todos ello?, después de este acto, ((uedarán autorizados para 
couservar su domicilio, entrefíándoseles un iiermiso de resi- 
dencia. Ning-uno podrá salir del recinto del campo atrinche- 
rado sin un pasaporte i|ii(> irá lirmado por el comisario de poli- 
eia de su distrito. 



'rmlii el (|iie coiit i'a\ cn^^'a las disposiciones anteriores será 
arrestad(j. l..-is .-lutoi-idades cixiles y militai-es Nclaniíi por su 
cumplimiento. 

Se adoptaron e.stas (lisposicioiics jntva cvikir el os- 
pioiiaje, (jno era luio de los graiuli'S peligros ilel iim- 
luento. 

KI carácter liberal y confiado de las aiit()rida<les 
francesas había dejado establecerse en el ¡¡ais á nu- 
nierosüs ag'entes del eneniio-o. (jue desile años antes 
estudiaban los medios de defensa para comunicarlos 
al Estado Mayor de Berlín. 

Los mismos diarios alemanes lian confesado cjue 
su país tuvo más de 100. OOU espías en Francia, espías 
de ambos sexos, pertenecientes á todas las clases so- 
ciales. 

o 

otro decreto dio el gobierini tVane('s para a.^cizurar 
la tranijuilidad interior. En tmla f'raiieia t'u('' ¡¡rocla- 
mado el estado de sitio en la siguiente forma: 

.\rticulo 1." KI estado de sitio ([ueda proidamado en los 
S() departamentos franceses, el territorio de Helforl \" los tres 
(lei)artameiitos de Arg'elia. 

Art. 2." KI estado de sitio se mantendni durante toihi l;i 
^■tierra. 

Art. :{." Los ministros del Interior, de .lusticia. de (inerra ^■ 



VIULE OE parís 



Mairie d ü VIIP Arrond 
DÉUVRANCE DE BONS OE LAIT 



1 1 lAii%mun*-A- •*■ h*!' 
••I — ni «^ ^i> il •>■('. |.».^ -, 



• HMIi^ 









'. 1^ «.«t^ir^ «, u. 



1 OLROSTL ! > 



r H, MARECHAL , 



HISTORIA DE LA GUERIM ELIROI E\ DE 1914 



95 



ÁFFÍCHES^^-MIT^-^^ 




KmKi:j,m CLASSEítl! 

ur.s (;!iEv.vi;\ ' -^B "•*"'>'- 



PCU. 





LA JILfHEDUMBKE LEYENDO LOS BANDOS T DECRETOS REFERENTES Á LA MOVILIZACIÓN 



(Fot. Kol) 



de Mariiin, qnecbíu cnc.-ir^-ndos. cada uno i'ii ln que le concier- 
ne., de la ejecupión del presente decreto. 



El Consejo de ministros decidió reunir las Cáma- 
ras el martes 4 de Agosto para (jue so enterasen de 
las comunicaciones del gobierno sobre los sucesos 
actuales. 

Casi todos los parlamentos de Europa, que esta- 
ban en vacaciones por ser verano, iban á reunirse 
también. El gobierno alemán convocaba al Reichstag 
para el mismo día 4. Como este cuerpo legislativo no 
tiene voz en las decisiones de la guerra y la paz, su 
reunión era únicamente para recibir la noticia de la 
guerra, acordada por el emperador y el Consejo Fede- 
ral do Alemania, y para votar los créditos militares. 

En Rusia iba á reunirse la Duma. En Bélgica es- 
taban convocadas las Cámaras para el día siguiente 
3 de Agosto. 



Era bien sabido por el gobierno belga que el Esta- 
do Mayor alemán preparaba algo contra la integridad 
de su territorio. En la frontera limítrofe de Bélgica y 
Alemania se amasaban las tropas imperiales en mayor 
número tal vez que en la frontera de Francia. 

El barón de Bracqueville, presidente del Consejo 
de ministros, declaró en Bruselas su convicción de 
que el territorio belga no sería violado. Resultaba 



inadmisible la hipótesis de que el gobierno de Pru- 
sia, que había reconocido con su firma la neutralidad 
é independencia de Bélgica, respetándola escrupulo- 
samente durante la guerra franco-alemana de 1S70, 
se atreviese ahora á faltar cínicamente á sus com- 
promisos. 

—Sin embargo — declaró el jefe del gobierno bel- 
ga — , nosotros queremos estar á la altura de nuestras 
obligaciones. El rey tomará el mando superior de las 
tropas, secundado por el general Sellier de Moran- 
ville, jefe del Estado Mayor. Las Cámaras van á reunir- 
se. Bélgica se halla en estado de guerra. La guardia 
cívica será convocada, para que preste el servicio de 
guarnición en las poblaciones cuyas tropas hayan 
marchado á incorporarse al ejército. 

Inglaterra, protectora de Bélgica, hizo una ])re- 
gunta á los gobiernos alenuin y francés para saber si 
ambos países respetarían en sus operaciones de gue- 
rra la neutralidad del territorio belga. 

El gabinete de Berlín no dio contestación. 

Francia se apresuró á declarar que respetaría es- 
crupulosamente la neutralidad del país vecino con 
arreglo á sus deberes de potencia civilizada, cumpli- 
dora de sus compromisos. 

M. Klobukowsky, ministro de Francia en Bruse- 
las, visitó á M. Davignon, ministro de Negocios Ex- 
tranjeros, para hacer constar que el gobierno de la 



96 



VlCftNTE 13LASCO l!;ANI-"7 




.MAMl-Kf^TACllIN LlE KNTLSIAS.MU lí.N SAN l'lí lURSUUKÍiO CON MOTIVO DK LA liriílUiA 



(Küt. Ron 



líopública iVunocsa, rcpiticiuli» una voz más sus an- 
teriores (leolaraf'iones, respetaría la neutralidad del 
territorio I)elfj;'a en el easo de un cunflicto internaeio- 
nal. Solamente en la hipótesis de qu(! esta neutralidad 
no fuese respetada por otra nacióu, el gol)ierno fran- 
cés examinaría (jué medidas debía adoptar en interés 
de su propia defensa. 

D 

VA entusiasmo aumentó en San I'etersburgo el 2 de 
Aj;'osto, al conocer la muchedumliro la declaración de 
guerra lanzada por Alemania. 

El zar, en su calidad de generalísimo y de jefe su- 
premo de la religión ortodoxa, lanzó en las primeras 
horas la siguiente proclama á los ejércitos rusos de 
mar y tierra: 

«Con calma y dignidad, Rusia, nuestra gran pa- 
tria, ha acogido la noticia de la declaración de guerra. 

»Que ella se muestre serena y digna hasta el tinal. 

»Yo declaro solemnemente que no liar(' la ])az 
hasta que el último soldado enemigo haya salido de 
nuestro territorio. Me dirijo á todos vosotros, repre- 
sentantes de mis queridas tropas de la Guardia y de 
la circunscripción de San Petersburgo, y en vuestras 
personas á todo mi ejército reunido, unánime y fuerte 
como un muro, para daros mi bendición cu esta obra 
de la guerra. >> 

Por la tarde a])arecieron en el gran balc(in de 
palacio el zar y la zarina, mientras los grandes du- 
ques y los dignatarios de la corte ocupaban las ven- 
tanas. 

La muche<lumbre hizo á los soberanos una ovación 
delirante. Los retratos de Nicolás, rodeados de ban- 



deras, se destacaban sobre esta ma.sa enorme de ca- 
bezas. 

Los diarios rusos mostraron A mismo entusiasmo 
en sus artículos. 

La Xoroic ]'rriii¡(i de San Petensburgo: 

Va ;i rcalizarsi' el ataí|Ui' ilr las f riliiis iz-cnnáiiii-as cnutra las 
triliiiH i'.sla\as. AliMiiaiiia acaba ilc doularar la j;aii'rra ;i U'iisia. 
V\\ ji'i^aiitc iiiarcha contra otro ^•ifi-anto. 

Detrás (le nosotros <'stá todo el mundo eslavo. (|ne defende- 
remos eon nuestro cuerpo ante el avance ile la l'rusia armada. 

Todos los alemanes desean la ruina de K'usia \' de los pue- 
lilos eslavos. 

Ksta jiMierra no es una fruerra santa ni una i;-uerra ¡lolitiea. 
Es la lucha de. dos razas. 

¡Valor, ])ueblo ruso, en esta hora LiTaiKlel \as á delender 
á toda la le-jión de n:ieion;didades eslavas, aplastadas bajo la 
presión t;-ermánica hace sig-lo.s. 

La PdJühra Confc/iiporduco, periódico radical, re- 
conoció los esfuerzos heclios por el zar para mantener 
la paz: 

Ante el munilo entero y ante nuestra ¡iropii conciencia de- 
claramos ([ue los rusos no son los aiiTcsores. 

Nosotros nos delendemos. Defendemos el honor de nuestro 
país, la vida y los l)ienes de h)s rusos. 

Todos los ciudadanos, luiidos jior un mismo seutiunento. 
llenos de fe en la victoria \' la leiritimidad de una caiisa justa, 
cnm|ilinin su del)er en el punto (|Ue se les desit;-ne, 

Kl Kopo'ika de San Petersburgo: 

Nuestro corazón no ha de traicionarnos al vernos enfrente 
de las l)ayonetas alemanas. Con toda nuestra fuerza nacional 
las repeleremos. 

El pueblo ruso, convencido de la justicia de la obra que 
emprende, y conscientemente orgulloso de la grandeza de esta 



HISTORIA DE I. A GLIERR\ EUROPEA DE 1914 



97 




El. ZAR ÜEVISTANDO A LAS TROPAS 



(Fot. Meurisse) 



ludia. lli'VMi-á i'n alto su liauílrní hasta clavarla sobre las ruinas 
del ^■(■niiauisnio niilitarist;i. 

D 

Lo.s pi'iucipalos diarios do Inglaterra caldearon su 
tono en vista de los sucesos. La carhiia egoísta obser- 
vada en los primeros días del conflicto fué desapare- 
ciendo á impulsos de una inquietud creciente, moti- 
vada por los atrevimientos de Alemania. 

Empezó á comprender la opinión inglesa que todo 
cuanto luciese el Imperio alemán contra Francia sig- 
nificada desprestigio y debilitamiento para Inglaterra. 
Un trastorno en el equilibrio europeo redundaría cu 
daño del poder británico. 

Sir Edward Grey había sintetizado esto eii breves 
palabras. 

— El gran error de Inglaterra — dijo — , cuyas conse- 
cuencias tocamos ahora, luó permanecer indiferente 
en 1S70. 

Muchos conservadores persistían en sus propósitos 
de no intervenir, dejando correr los sucesos del con- 
tinente. Su conducta era semejante á la de ciertas aves 
que, al a[)r(j\imarse id peligro, ocultan la cabeza bají) 
el ala, creyendo que se libran de él no viéndolo. 

Sin embargo, el Times, órganij mesurado y ]irii- 
dente de la burguesía inglesa, al ver próximo el rom- 
]>imiento de las hostilidades, dijo así: 

En esta hora tarilia aún no (IcscspcranidS complotainfiitr 
de poder evitar la suprema catástrofe. Pero si ésta lleya. la 
política que en último caso d(íbe adoptar la Gran Bretaña es 
clara y evidente. 

Nuestro país tirará de la es]Kida eou la repuirnaneia más ex- 
trema y sin animosidad algaina, solamenti' [lor el cunipliinieuti) 



de un deber eou los amig-os \- üanado también por el instinto 
de la defensa personal. No jiueile jiermanecer en actitud pa- 
siva, contemplando con los lira/.os cruzados á sus amigos, (|ue 
se hallan en peligro de destrucciini. porque si la fortuna de las 
armas fuese desfavorable á éstos, cuyos intereses marchan d(^ 
acuerdo con los nuestros, entonces todo el mundo sabe que Ir 
Inraria el Inrno (Ir si'r ilrslri'irld á hi (fran BretaJia en una 
scgudda ijiivri-u. y nadie ¡erunldria el hricn para salvarla. 

En este momento lo que interesa más á los ingleses no es 
la paz— por mucho que la amemos—, sino la ley de la conser- 
vaciiMi personal, que es común á toda la humanidad, fna 
guerra contra nuestros anúgos poiulrá realmente nuestra se- 
guridad en tanto peligro como la suya. 

Sobriamente, pero con resolución, desempeñaremos nui'stro 
papel, si es preciso, en ese encuentro sin ¡¡n^cedentes. Y si nos 
vemos obligados á- intervenir, el país entero. 6 sea todo el Im- 
perio británico, no economizará sacrificio alguno par-iV-.salir 
victorioso de una lucha que poilria amenazar nuestra existen- 
cia na<'ioual. 

El Shíinhiril apreciaba :*un una clarividencia aná- 
loga l;i necesidad de (h'leiidcrse en (]Ue se hallalja In- 
glaterra: 

Hoy esperan con angustiosa in((uietud la señal de la guerra 
d(pscientos inillonesde per.-'onas, y se pregunt.au si en el último 
niinutii no [mdrá triunfar l.a raziin. l)esgraeiailaniente \\'\ ha\- 
ninguna espenuiza de que asi sea. 

Tna pronta decisión del (iobierno de Su Majest.ad podri.a t.al 
vez con.servar l;i paz. Si esto no es posible, no hay entonces otro 
recurso (jue esperar los primeros n'sultados de la guerra. 

Los ingleses opinan ((ue la (¡rau Urctaña debe mantenerse 
al lado de Francia, lo quií signllica imi las circunstancias actua- 
les estar al lado de Rusia, l.a decisi()n que más arriba reclama- 
mos del (iol)ierno es que anuiu'ie en téruúnos precisos que está 
al lado de Francia, y que respondiendo á la movilización de 
Alemania \a á orilenar la movilización de l;i marina ing'lesa, 

\i 



9S 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



l;i movilización del ejército territorinl y el oiivio ;il cnntiiH'utc 
(le un cuerpo expedicioiKirio. lis el luiieo medio de d;ir un 
ii poyo efectivo á Fnincin, pues el cuerpo expedieiounrio del)e 
encontrarse cu linea con el ejército francés <lescle que se ini- 
cien las operaciones, so pena de llejrar demasiado tarde. 

La petición del ■Stinuhird era la iiiisnia cjue el pre- 
sidente Poiacaré había hecho al gobierno inglés por 
medio del embajador en París. 

Pero el gabinete británico no se atrevía aiin á 
mostrarse resueltamente apoyando á Krancia. 

Los periódicos tenían una opinión. La gran masa 
no tenía ninguna ni nmstraha interí's ])iir el conllictu. 



Algunos diarios, al mismo ticuipo ijuc declaraban 
su fe eu el porvenir, hicieron el resumen de todas las 
falsedades empleadas ]ior los enemigos para llegar á 
la guerra. 

VA iluslre dipldmáticn M. l'irhi'm fué r\ (jue sinte- 
tizó de un modo más ciin¡¡)leto y convincente las ma- 
las artes y tortuo.sos proc-edimientos de la diplomacia 
alemana: 

I 'niindo. más tarde, se purdan cciutar Ins orígenes de la irní'- 
rra (pie Alemaina aeal)a de desencadenaren iMU'oiia. lialir;i(ine 

hacer un esl'uery.o para ci r en tanta duplicidad \' tantos ma- 

(piia\ eiisnios. lla.v (|ue lialier sido tcstijíos de todas estas falsc- 




m, m HLICO DE I.llNnUKS CLI.MENTANDO LAS l'UIMKKAS NOTICIAS liKI.ACIUN ADAS CON LA (_U LlíliA 



Alia no veía lo peligroso que era para la integridad 
de su patria. 

D 

El 2 de Agosto la ])rensa de París salud() la movi- 
lización y el peligro nacioual con palabras de ferv(}- 
roso entusiasmo. 

Este entusiasmo vibrante no fuó mas (jue un reñejo 
del que se había desbordado durante la noche anterior 
por las calles de la capital y que se prolongó en la 
mañana del domingo. 

La muchedumbre, reservada y prudente hasta poco 
antes por miedo á estorbar las negociaciones del go- 
bierno, se lanzó á las manifestaciones patrióticas con 
verdadero frenesí. 



dndi's para poder aei'iitar (lue son [«isililes en nuestra éjjoca y 
en nuestro estado de civilización. 

l'iir una serie de rinliii.sniílds trnliltirus. el g-oliierno del em- 
perador Guillermo ha em|)ujado á los i)uehlos á de;i-üllarse, 
cuando no deseaban mas (lue vivir en pa/. y trabajar iior el 
bien de la humanidad. 

lüiibnsrnda. el ulliiiiatniíi hecho por la complicidad alemana 
y austríaca, y enviado á Servia en una forma ]iremeditada- 
niente inaceptable, por su carácter injurioso. 

Eínhimnula. las protestas dul/.onas del g-obierno alemán, cu- 
yos representantes juraron siempre ([ue no haljia en el mundo 
potencia más interesada (|iie la suya eiifruardarla paz de Kuropa. 

Einhosradtt, la invitaciiín que Alemania nos dirigi(j para 
(|ue nos uniésemos á ella y juntos interviniésemos cerca del 
{robierno de San Petersburfi-o. mientras ¡(ue por otra parte se 
ncii-aba á inttuir con su aliado de Viena. Los hilos de esta co- 
media eran demasiado visibles, ."^u linalid.ad era comi)rometer- 



HISTORIA DE LA GUERRA ELlROPEA'DE 1914 



99 



llii.'í en lilla actitud l'alsa auti' líiisia. iiiirslra ainin-a \' aliada. 
i'ii di'ti'iiiii'iitii iiiu'stni y sin más ntilidad (|iii' lialicr sci-n ¡dn a 
nncsti'iis ad\i'i'sariiis. 

lúiihiisriiilii, las espei'as iiiteniiiiialilcs del g-iil>iei'no lU^ lier- 
liii para hacer fracasar los pnn'cctns de iiiediaeiiin di^ IiiLila- 
terra y ¡lara impedir ((iie se realizasiMi -tiim;iiidii el aspecto de 
protegerlas — las ciin\ crsacienes directas iMitre Austria \ líiisia. 
Se sabe yn. de un iiKiihi iiuludalile. (pie Alemania es la i(ne á 
última hora, ha obliii'ado al (ioliieriio de Vieiia á ri'idiazar la for- 
mula de ccuiciliaciiin, que ^'a Contaba coa el asentimiento de 
líiisia y de franida. 

Iü/ihiisciiil(i , la nota conminatoria transmitiiia por M. de 
Si-hoen, con la cual se nos ]ioiiia en el caso de renunidar á nues- 
tra amistad con Kusia deminciando el tratado franco-ruso, (i de 
deidararuos prontos á entraren campaña al lado did emperador 
Nicolás. Esto último con (d Illali^;alo proposito lie liaca'rnos apa- 
recer á los ojos de Iiifi'laterra como los \crdadi'ros autores ibd 
eonllieto eiiro]ieo. 

lüiihiisrudu, la declaraci(Ju de g'iierra á Kusia en el mismo 
momento i[ue se continuaban las iiegoídaídones con iiii.n es|ie- 
raiiza de soliudón pacilica. 

Eiiihiisniíld . la .apertura de las liostilidailes coiitiM nosotros, 
en nuestra fronti'ra. antes de i|Ue ha,\M ocurrido el rompimiento 
diplomático con el cual se nos amenaza desde hace tres dias. 
sin Ueii'ar á formularlo y sin dejar \wy esto de violar en muchas 
¡lartes nuestro territorio. 

Kiiihnxcddd . id p ISO de las tropas alemanas \ miiuieioues de 
liueriM por el tei'ritorio de iin pais— (d l.ii\embiir_;o — iMiX'a neii- 
tralidail ha ji'arantizado l'rusia lo mismo (pie nosotros. 

Puede decirse ipie ho_\ el la'didjre o-dp,. ili>, l;i falsitieaidon 
ilid li'lriiraina de En/.s, hecha, por Bismarck. ha siilo sobrepa- 
sailo. l'rusia esperi'i para atacarnos cu bSln «(iie la gaierra. hii- 
bii'se sido declarada. Se limitii. ]i:ira haciada ine\ italilc. á ein- 
ple.ir proia'dimientos di- falsitie.aeioii ipie l.a Historia \ la con- 
cienid.a humana han ealilicailo liaia' tiempo. 

.Ahora la ma(|uin.ación alemana resulta m.-is (idiosa. Kntre 
las m.anioliras eriuiinales de 1S~() _\- l,is de lid I existe toda la 
dil'eriMKda (pie separa (d genio de liisnnind^ de la medioeridad 
raliiosi y saUaje de sus sucesores. 



Primeras hostilidades. — Los grandes sucesos 

del día 

La gU(M'ra ilc l'Jil omjjozú uo una lornia iiuiioa 
vista. 

Tiidus lo.s pueblos, i:'u la.s diversas edades de la His- 
toria, hau considerado (|uc la guerra tiene sus prác- 
ticas, su cortesía, como las flemas relaciones luuua- 
nas, y faltar á ellas es un motivo de deshonra. Jamás 
entraron cu lucha dos naciones sin avisarse previa- 
mente las próximas hostilidades con una dechiracii'm 
formal ó con la retirada de sus representantes. Hasta 
his tribus salvajes, cuando desean combatirse, !o anun- 
cian antes por medio de emisarios. 

Alemania im¡)lanti) un procediinií'utii niie\'o en 
1911. Sus tropas invadieron r\ territorio de Francia 
cuando aún no había hecho ningnuia (hiclaración de 
o'uerra al gobierno francés y su embajador estaba to- 
davía en París. 

Nunca se había visto iniciarse una campafia de 
tal mudo. Hien es verdad i|ni' en id ciu'so de esta o'ue- 




Hl. I.IMIN INail.lóS. ;.llUU.Mnill (i DHSPIERTO? 

(Del The Iluslamler) 

rra se vieron otros actos contra el derecho de gentes 
y las prácticas militan-es todavía más inauditos. 

En las primeras horas de la mañana del '2 de Agosto 
llegaron á París noticias de la frontera anunciando el 
avance de los alemanes. 

Penetraron por varios puntos, sin encontrar nin- 
gún obstáculo inmediato, pues, como ya se dijo, el 
gobierno franci'S, para evitar incidentes, había hecho 
retroceder sus tropas de cobertura á ocho kihjmetros 
de la frontera. 

Las patrullas de caballeí ía alciuana avanzaron unos 
cinco kilómetros nuis allá de la línea divisoria. 

Un grupo de huíanos intentíJ apoderarse de la 
aduana de Petit-Croix, en el territorio de Belfort. (|uc 
estaba guardada por un destacamento de infantería. 
Al hacer fuego los alemanes, los franceses contesta- 
ron, entablándose un combate (jue (lió por resultado 
la retirada de los invasores, dejando sobre el campo 
varios muertos y ])risiiuieros. 

Cerca de .louclieray, una patrulla de caballería in- 
vasora tro|)ezó con un grupo de soldados franceses. 
El oficial alem;in mati) (h; un tiro de revólver ;i uno 
de éstos, y á su vez un compañero del caído lo nuito 
á él, huyendo á todo galope el resto de los jinetes. 

Otro grupo de franceses, registrando los bosques 
en los alrededores de Belfort. hizo prisioneros á dos 
huíanos (jue habían pasado la frontera como explora- 
dores. 



100 



VICENTR IM.ASCO IBAÑE2 




M. DV. SCIIUKN 
Embajador de Alemania en Purls 

l'ii ])elüt('Hi ;ilem;íii del ó." re¿^imi('iito cío cazadoros 
(lo caballería llegó ca su avance hasta el ]nicblo do 
Siiarce, cerca de Bclíürt. El alcalde estaba hacierulü 
cu a(]uel inoiucnto la rcijuisa de los caballos destina- 
dos al ejercito IVaucós. Los invasores se apoderaron de 
ellos, y haciendo prisioneros á varios hombres de la 
localidad, los obligaron ú condui'ir los caballos hasta 
el otro lado de la frontera. 

Por la tarde llegó á París la noticia de qao lus 
alrnianos habían violado la nontrulidail del Gran Du- 
cado do Luxoniiiurgii. ]io(di(i (juo roiatarenios más ade- 
lanto. 

o 

En este mismo día, «d end)ajad(ir M. de Schoen vol- 
vió á visitar á M. Viviani en el ministerio de Nego- 
cios E.vtranjoros. Todos creían que esta visita ora 
])ara roclauíar sus pasaportes y salir do Francia. l)os- 
))U(''S de lo ocurrido oii la frontera no ora jiosible oti'a 
conducta. 

Sin embargo, el dijdonuitico ali-iu;ín habló vaga- 
mente de !a situación, repitiendo una vez más que su 
gobierno no quería la guerra, y se retiró sin decir 
nada sobre su próxima marcha. 

El gobierno frano('s había ordenado á M. .IuIíd 
Camliou, su embajador en IJerlín, (juo pidiese sus pa- 
saportes al gobierno alemán y saliese de Alemania 
coa todo el personal de la embajada, en vista de que 
las hostilidades empezaban en la frontera. Los archi- 
vos de la embajada debían ser conliados al embajador 
do los Estados Unidos, que se encargaría igualmente 
de la protección de los franceses. 

En cambio, M. de Schoen no manifestaba ninguna 
intención de retirarse á su país. Se iiabíau cruzado ya 



las balas alemanas y francesas, soldados de ambas na- 
cionalidades estaban muertos á aíjuellas horas en la 
frontera, y el embajador germánico [)('rmane(na tran- 
quilamente en París, como si los tiempos fuesen de 
paz y ambas ])(itoncias viviesen en las mojoros rela- 
ciones. 

Su situacii'in era violenta. Todos se pregiiutaban 
el significado de esta conducta inexplicable. 

^I. de Schoen obedeció indudablemente .-'i las mali- 
cias del gabinete de Borlin al retrasar su salida de 
l'.-ii'ís. l'T gobiernii alenifiii necesitaba una justilieaeiou 
do su guerra contra Francia. Los múltiplos y repro- 
Ijables medios que empleó para ello demuestran la 
intran(|uilidad de su conciencia, la escasa convicción 
(lo ser creíilo por el mundo cuando alirnuise ijuc había 
emprendido la guerra contra su voluntad, el deseo do 
|ir(iv(icar un incidente diplonnitico para poder decir 
qu(! Aloniaiiiu era la agredida y im la agrosiu'a. 

El embajador permaneció en París todo el tiempo 
que le fué posible después de iniciadas las hostilida- 
des. Modificando sus costumbres, procuró exhibirse 
en busca de un atropello, aunque escogiendo los sitios 
de exhibición para que el atentado contra su pm-sona 
no resultase demasiado grave. 

Va\ plouo conflicto fué á comer en uno di' los círcu- 
los más aristocráticos de París, esperando sin duda un 
insulto de los socios. Éstos, con un tacto y una digni- 
dad unánimes, se limitaron á retirarse, dejándolo solo 
en (d comedor. 

l'',l palacio do la oml)ajada. en la rué do Lulo, tiene 
un ani]ilio jardín. El end)ajador, contra su costumbre, 
en vez do pasear por id. paseó solo por la oalle. á la 
hora en que el ontnsiasnio patriótico se desbordaba 
por todo París dando mueras á Alemania y á Guiller- 
niu II. Poro nadie se fijó en este señor, que paseaba 
su calle de un extremo á otro, como un vecino impa- 
ciente que aguarda algo. Los únicos que le conocían 
eran los ])olicías secretos, encargados ])or el ministro 
del lutoriur do velar jior su seguridad y (juo no le per- 
dieron de vista, siguióndido en todas sus evoluciones. 

La provisión y la habilidad del gobierno francés 
supieron desbaratar esta mai|uinacióu alemana y otras 
muchas encaminadas al hallazgo dé un pretexto que 
modificase su actitud agresora. Schoen, quedándose 
en París, no sabía cómo justificar su salida, ni su go- 
bierno encontraba un medio digno para lu doídaraoiun 
de guíM-ra. 

La Cdhduefa ilipliuiüitioa do Austria fué' tan ab- 
surda comn la d'd luipeiáo aliado. VA onil)ajad(>r aus- 
tríaco permaneció en París hasta que el gobierno fran- 
cés tu\ o que uuinifestarle que se marchase, con ruda 
franqueza. 

Con Rusia aiin fué más escandaloso el proceder 
diplomático del Imperio austríaco. El era el verdadero 
culpable de la guerra, al menos aparentemente. Su 
negativa á entenderse con Husia había agravado el 
conllicto; y sin emliargo, despuí's (juo su aliado (d Im- 
perio germánico iiubo doclara<lo la guerra al Imperio 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



101 



ruso, toilavía el cmbajailoi' austriacij siguió en San 
Pctersburg-o, sostoiiiemlii las ivlacionos diplomáticas 
entre ambos países. 

ílsta pondiicta extraña obedecía, como hemos di- 
cho, al deseo de pudiT hiigirse agredidos ante la o])i- 
nión del mund(.i, manteniendo sus representaciones 
diplomáticas en liis países atacados, á la espera de un 
incidente personal, l'ei'o tambií'n obeilccía i'i. una astu- 
cia diplonuUica, ó más exactamente, á una artinuiña 
do leguleyo. 

El tratado de la Triple Alianza obligaba á Italia á 
marchar uni(hi cnn Alemania y Ansti'ia, pero sola- 
mente en caso de agresiiín manifiesta de otra ])oten- 
cia, y para una guerra defensiva. 

Nadie hai>ía agredido :i los dos Inii)erios; ellos eran 
los (jue provocaban la coulhigrución eurojiea. Pero los 
verdaderos representantes de la Triple se desesperaban 
de ser dos nada más, á pesar de su título. 

(iuilb'rmo 11 había contado siempre con el apoyo 
de Italia para la dominación del iSIeditcrráneo y para 
distraer una gran parte del ejército francés, obligán- 
dob.) á defemler la iVontcra de los Alpes. La Triiile 
Alianza necesitaba aparecer como agredida para obli- 
gar á Italia al cumplimiento de sus compromisos. Su 
deseo era que Francia fuese la primera en declarar la 
guerra. ¡Conu) si esto bastase para convencer á la 
opinión italiana, que sabía de qué parte provenía la 
agresión, y á su gobierno, que había intervenido sin 
éxito en las gestiones de paz!... 

Italia cortó resueltamente estos manejos, encami- 
nados á arrastrarla adonde no quería ir. 

El marqués de San (líuliano, ministro de Nego- 
cios Extranjeros, hizo saber el mismo día '2 al emba- 
jador de Alemania en Roma que Italia permanecería 
conu) país neutral, jtaes sus compromisos con la Tri])le 



'/-• 










,«¿^55^ 




El kmseh.- ¡Socorre! ¡Socorro! 
Italia. -No enllcndo el alemán. 



(Del (¡azetU-Timee, Pittsbiirgh) 



.■\1. JCl.KJ ca.misdn 
Embalador de Francia en Berlín 

Alianza línií-amentc la obligaban á tomar las armas 
en el caso de una gue'rra dií defcnisa. Italia tenía la 
convicción de que la guerra iniciada por Austria en 
Servia, y apoyada por Alemania en Rusia, era una 
guerra ofensiva y so consideraba por lo mismo desli- 
gada do sus promesas. 

El mismo día el marqués Aq l^nspoli, encargado de 
negocios del gobierno italiano en París, visitó á nnju- 
sieur \'iv!ani para notiticarlc la ncutralilad de su 
naci(íii. 



A las siete de la tarde, el mini.stro de Alemania cu 
Bruselas entregó al gobierno belga un ultlii/aftini de 
su [¡ais. En él decía el gobierno alemán '^itc se hidiia 
enterado — así, sin más detalles ni ¡¡ruebas — de que im- 
portantes masas francesas se estaban reuniendo en la 
frontera de Bélgica con el propósito de invadirla por 
Givet y Namur ])ara marchar luego sobre Alemania, 
y que él se consideraba en la obligación de tomar sus 
medidas defensivas, para lo cual rogaba al gobierno 
belga que le hiciese saber, trufes de his siefe (Je la 
maJiana — ó sea en un plazo do doce horas — , si estaba 
dispuesto ú facilitarle sus operaciones dejamk) atrave- 
sar las tropas alemanas por el territorio belga. 

El gobierno de Bruselas contestó mostrando su ex- 
trañeza ante la afirmación, sin prueba alguna, de que 
Francia intentaba invadir su territorio. El gobierno 
francés le había dado toda clase de seguridadtís de 
que respetaría su neutralidad. En cambio, Alemania 
aún no había contestado á la pregunta del gobierno 
inglés, que deseaba saber si estaba dispuesta á dar 
iguales garantías que la República ¡lara el respeto de 
la integridad territorial de Bélgica. 

Contestaba además el gobierno de Bruselas que 
Béla'ií'a conocía demasiado v\ sentimiento de su digni- 
dad y de sus intereses ])ara ])oder acceder asemejante 



102 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



iiitiiiiacióu, y nJiusuba dccididaiuoiitij el iaciütar las K" t:il caso, las relaciones de amistad i|uc imhmi á los dos 

operaciones alemanas, proti'stando do toda viulacidii '''^^'"1"^ rrsultaráu más estivehas y ,lura1)les. 
do su territorio. 

La nación belga estaba resuelta, por todos los nio- Iniitil comentar (d tono y los fines de este docu- 

dios que tuviese á su alcance, ú defender su nentrali- monto inaudito. Nunca si' ha visto tanto cinismo y 

dad, garantizada por tratajios que llevai)an la firma tanta soberbia en el atropello de un ])ueblo. 

de Prusia. El motivo ("undumental dtd atontado no podía ser 

Para una apreciación exacta de esto atropidlo. he nuis falso. Ali'uiania. para justifirar la invasimí (!e 

aquí los textos oficiales del docununito ali'ncin y la Bélgica, Indjla en el docnmento deque le consta p(U- 



rcsi)ucsta belga en toda su integridad: 

El froliicnu) alemán ha r.'cibido noticias Sí'fi'uras según las 
cuales las fuerzas francesas tienen la intencii'in de ni ireliru' solire 
el Mosa por (iivet y Naniur. listas noticias no ilej.in iluila alizuna 
sobrí' las intenciones ile Francia de nnirchar contr.i Alemania 
[lor el territorio ))elg-a. líl Gobierno imperial alemán nii puede 
menos de creer ([Ue Bélgica, á pesar de su buena voluntad, no 
está en situación de repider i)or si misma un avaiu-e francés 
de esta importa nida. 

Esto repres.'ut.i. con 
certeza suliidcnte. tuia. 
annmaza dirigida con- 
tra Alemani.a. y es un 
(hdier imperiosn de 
conservaidon para Ale- 
mania pre\ cnir (d ata- 
que did enenngo. 

101 (ioljieruii alemán 
lament;n-ia nniy \ i\a- 
mentequi' Hélgica un- 
rase como un acto de 
hostilidad eonti-a ella 
el hecho ilc (| ue las 
nu'didas de los enemi- 
gos de Alemania obli- 
guen á ésta á violar. 
l)or su parte, el terri- 
torio l)elga. A lili dr 
disipartoda coufiisiou. 
el (iobierno alemán 
decda|-a lo siguiente: 

1." Alemania uo se 




-MAUINOS INGLESES DISPARANDO INA AMliTHAI.l.ADOIt A 



<■ noticias silgaras» (puí los tVanceses están reuidondo 
fnerzas importantes cu la frontera belga para inva- 
dirla. 

Francia no tenía en esta frontera mas ijue lasguar- 
inciones ordinarias, y aun éstas disminuidas consi- 
dcraldemente, ])uos todas sus tropas disponibles his 
amasó en el Este, ó sea en la tVontí.'ra de Alemania. 
Precisamente el empeño de los alemanes de inva- 
dir á Fraiiída ])or 
la frontera belga se 
basaba en la falla 
de precauciones de 
la defensa francesa 
])or esto lado de su 
territorio. Címfian- 
do en el respeto de 
la neutralidail bel- 
ga, garantizada por 
todas las potencias, 
Francia no poseía 
en esta frontera 
una fortificación 
mod.ernaninn cam- 
[lamcnto de media- 
nil inqiortancia. 

Por oso cuando 
hubo de defenderse 
de la invasión "or- 



pnipone ningún acto de hostilidail contra Bélgica, si Bélgica nnínica |)or este lado. SUS tro])as. reunidas con re- 
traso, tuvieron qrio batirse en retirada hasta el cora- 
zón del país, no pudiendo rehacerse y tomar la ofen- 
siva mas que al tocar en su retroceso las orillas del 
Marne. 

¿Dónde estaban los cuerpos franceses de invasión 
de que hablaba el i'Itimaf ¡ini alemán?... Es iniítil in- 
sistir contra las falsedades de dicho documento, obi'a 
maestra de la mentii-a insolente ijue inspiro todos los 
actos de la diplomacia alemaiui. 

El gobierno do Bélgica dio su resimesta á Alema- 



consiente, durante la guerra que \n á iniciarsi', en tomar una 
actitud de ui'utralidad benevolente respecto á Alemania. El 
(iobierno alemán, por su jiarte, s" comprometí', en id momento 
de la paz. á garantizar cmi su ajun o el reino belga ^' sus jiose- 
sioiies en toda su extensiiin. 

'¿." Alemania se compromete, liajo la condiciiin enunciada. 
á evacuar el territorio lielga asi que la \y,v/. h:i\a sido lieclia. 

:i." Si Bélgica observa una actitud amistusa. Alemania está 
pronta, de acuerdo con Itis autoridade-; del (Iobierno belga, á 
comprar con dniero contante todn lo que será necesario para 
sus tropas y á indenini/arla ]ior todos los pierjnicios que pro- 



duzcan en Bélgdca. 

4.° Si Bélgica se conduer de un nioilo lio.stil con las tropas nia en la mañana did :} en la siguiente forma: 
alemanas y opone parlicularmeute diflcultades á su avance. 

¡lor una oiiosiídiiu de las fortificaciones did Mosa ó por la des- Por su Nota de 2 de Agosto de l'.ll-l. el ( Inbieruo alem;in nos 

trucciüu de caminos, ferrocarriles, túneles ú otras obras péi- buce saber que, según noticias si'guras que ha recibido, las 

blicas, .•Memauia se verá obligada á considerar á Bélgica como fuerzas francesas tienen la iiitemáou de nnindiar sobre el Mosa 

enemiga. pm- (;i\ct \' Naninr. \ que Bélgaca, á pesar de su liiieua miIiiii- 

Rn tal caso, Alemania no se coni|iriimi'terá á i'cspetar el reino lad. no se ludia en el caso de repeler sin recibir socorro el 

belga, dejaudii la reglaineutiición ulterior de las relaciones en- avance de las tropas francesas. 

tre ambos Estados á la suerte de las armas. El (iobierno alemán se considera per esto en la obligaeii'm 

El (Tobierno alemán tiene la justificada esperanza de que mi de iirexenir este ataque \' violar el territorio belga. Sobre estas 

será asi. y que id (iolderno belg\i sabrá tomar Indas las medidas condiciones pnqioue .\lemania al (iobierno del Bey adoptar 

necesarhis jiara evitar (pie ocurra este choi|ue. con ella una actitud amistosa. \- se eomjiromete en el momento 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



103 



lie l;i [i.iz ;i Ll.ilMntiz.ir l.i ¡iitcLíl'iil.ni ilrl rciii(i,\ ilr sus pi 
lii'S i'ii tmhi sil cxtriisiciu. 

1.1 Not:i iiñiuli' i(iii' si Üil^ii-.i npdiH' dilii-iiltudt's al avniícr 



iliii |nilil¡caiiiciito la oi'ilrii i\r inovili/.ariúii gfíioral, 
cuaiili) va sil habían disparado sus Cusilrs cii la íVon- 

^ , . "I"'""' ".l■';•"»^'";'^^'l ^'vniiiv ^^,j,,^ 1,;^ luilaaos asaltaban las aldeas IVanecsas. 
do las tropas alriiianas. Ali'iiKiiua se vera obligada a considi'- •' , ,, , 

rarla ron luMi.i-a. dojando la nrl^mictari.m ulterior do las . l'n'tou.ha lloniostl'ar COll ostü, una VOZ lUas, SU C(3I1- 

ivlarionos oiitro los dos listados ¡I la siierto do las armas. diciull de agTe'didí). Doscaba liaoor vci' quc cl Impcvio 

Ksta Nota lia iH-ovooado 011 ol (¡oliiorno del li'i'.v iin.i iirol'iinil.i ali'iuáu i'ra el últiaio en prepararse para la guerra, 
y (lolorosa ostiipi'í'aooión. l.as iutonoionos qiio oll.i atriliii\o;i despiu's de K'usia, después (l.'í Kraueia. 
I-ranoia i'slaii oii oontradiorioi, ooi, las dooiaraoioiios lorniali^s .y ^y movilización Había eilipeza-lo neultailicntc 

1(110 nos lian sido lii'ohas ol I ." do Au'osln ou iioinliro do! ( ¡o- 
bioruo do la líopublioa. 

Aparto do oslo, si oo:itr,i loilas l.is soguridados qiio nos ha 
dado l''raiioia. ost I .atontase oontr.i niiostra ¡iitou-ridad \iolanilo 
nnostro territorio. lii'lLi'iea sahria oinnplir sos deberos ioteíaia 
oitnialos y su ejército oiioiiib-i;i ;il invasor la ni;is viyoro.sa ro- 
sistonoia. Los tratados di' ls:!í), ooiiliiau.ados ¡mr los tratados 
de 1810. consagran la indepemleocia y la nentr.ilidad de 1! 1- 
gica. b.ijo la g.ir.intia de to I is l.is potouoias. \ esii,_'oialmoiito 
del Gobierno de S. M. cd ro.v do l'rusia. 

Hélgdca so lia uiostiMdo siempre liid á sus ol)lig;ic¡oiios in- 
teriiaeiouales. en ni- 






|1 ® ^.WM Ék 



pilo n do sus il elii'res 
con un espíritu de leal 
iiiip.a l'o ia 1 ida d y iio 
ahorrando estuor/.o al- 
guno pan inantoiier \' 
hacer respetar su neu- 
tralidad. 

El atontado contra 
su ¡ndopendeiiei.i. euii 
ol cpio li' ,imeiia/.a e| 
(i o lii oi'iio a I !• 111 a n . 
constituiría iin.i il.i 
grante violación del 
doroclio di' giaiti's. 

Ningún inti'ri's es- 
tratégico puedo Justi- 
ficar la violación del 
ilei'ocdio. 

Si el (iubioriio bolg.i 
aceptase las jiroposi- 
eioiio.s ((lie lo han sido 
notiHc.adas jior Aloiiia- 
nia. sacritic.aria id ho- 
nor de sil iiaidon. faltindoal mismo tioiniio á sus deberes con 
toda Knroii:i. 

é'onsciente del ¡i.-iiiel quo desdo hace ochenta años dosom- 
peña Bélgica en la ci\-ilizaciiiu del mundo, esto (ioliiorno se 
resiste á creer que la indiqieiid-iioia belga sido pueda ser ooii- 
servada á cambio do la \ lolaidon de su neutr.didad. 

Si este atroiiello se eonsuniaso. el ( iobiíaaio belg'a está lirme- 
mente decifjlidü á roindor jior los medios (| no estén ;i su .i lea neo 
todo atontado contra su derecho. 




MAIUNOS IN-lil.ESlíS COX LOS r.WONHS DV. DliSlí.MUAKC'O 



el '2'> do .Iiilid. cuando to la la Miirupa vivía en ])az!... 
Y antes del '27), antes de ijiu' Austria presentase á 
Servia su nota amenazadora, en ios altos círculos ale- 
manes l;i g'uerra era va cosa decidida. Todos los linan- 
cieros (■' industriales ijue torman la aristocracia del 
negocio en Alemania y rodean al kaiser como con- 
sejeros y colaboradores, conocían la proximidad del 
conriicto. 

Desde mediailos de Julio, las eumpafiías alemanas 

de seguros maríti- 
mos, esparcidas en 
todo ol mundo, se 
negaron á admitir 
nuevas opcracio- 
ui's.sabiendoloijuc 
iba á ocurrir en los 
mai'os. Los Bancos 
del país se mostra- 
iMii parcos y reser- 
vados en su tra- 
bajo. 

Estallan en el se- 
creto de lo que pen- 
sabii su monarca, 
llamado durante 
muchos años Gui- 
llermo «cl Paciñ- 
cador». 



111 



La violación de Liixemburíío 




Kl ducado de i.uxeníburgo es un Estado iiidcpon- 
dioute desde IHliT. 

Durante la. Eilad Media perteneció á los cundes de 

Couu) consecuencia did iill ¡ukiI n m alemán, liigla- Namur, ijue guerrearon incesantemente con los du- 
terra salió de su actitud expectante. iju 's de Hravante por su engrandecimiento, hasta con- 

A las siete de la noche había sido entrega lo id vertirlo en ducado. Después pasó á poder de la casa 
referido documento al gobierno belga. A las ocho y de Hnrgoi'in y de ésta á la casa de Austria. Al ser de 
media id Almirantazgo inglés lanzó la orden de mo- la dinastía austríaca fué de España, (]ne tuvo allí 
vilizacióu de todos los hondjres de reserva de la Ar- por largos años una guariiicii'ui y realizó importantes 
mada menores de ó.") años. Los reservistas marítimos eunstracciones. 

debían acudir ininodialamente á sus puertos de con- Una parte del ducado se anexionó á la mouanjuía 

centración. francesa ])or cesión de España, consignada en el tra- 

A media noche la Ilota inglesa so reunió en la en- tado de los Pirineos, y es la (jue ahora se llama Ln- 
trada del mar del Norte. .rciuburf/o francra. Por la paz de Utrecht el Luxem- 

Un detalle de la hi|)ocresía alemana, que casi re- burgo volvió á los Austrias de la ca.sa de Habsburgo, 
sulta grotesco. En este día 2, el gobierno de Alemania y con los Países Bajos austríacos formó parte del 



1C4 



VICENTE BLASCO IB\ÑEZ 




.MüVIl.I/Allll.N lili l.A AH.MAUA INGLliSA 
Marineros despidiéndose de sus familias 



liii|ii'r¡ii ^•(■riiiáiiicu ilo ciituiu'c.s. Las tropaíá IVaucesas 
do hi lícvuluciüii lo concjuisturon on 17Ü5, y desde 
este año hasta la primera caída de Napoleón, en IHl 1, 
fig'iiró como provincia de Francia. El Congreso de 
Viena, al hacer el nuevo reparto de Europa, lo adju- 
dicó á Holanda, siguiendo en esto la misma suerte de 
Bélgica. En \h:]{), al sublevarse los belgas contra la 
dominación holandesa y conseguir su independencia, 
los habitantes de Luxeniburgo so unieron con entu- 
siasmo á este movimiento. Sólo la ciudad de Luxem- 
burgo, cajiital del ducado, con su temible castillo y 
i'uortcuiente g-uarnecida, se mantuvo fiel á la domina- 
ción holandesa. Todo el resto del país se incorporó al 
nuevo reino belga, nacido del movimiento revolucio- 
nario do IHSO. 

Esta situación fué prolongándose durante nueve 
años, hasta que en 1S89 pudo realizarse por mutuo 
acuerdo, entre Bélgica y Holanda, reconciliadas, un 



nuevo iTpai'fii did país. Tmla la jiartc occi- 
dental del Luxemburgo, habitada por walo- 
ncs, formó una provincia, incor]iorándosc 
á Bé'lgica. El rosto, con la capital, volvió á 
piidi'r di' llnlaiida, prru cntraiidn en la Con- 
fi'dci'acii'in germánica Uanuida del Sur. 
(^•nrdaron así tros !,uxoniburgos: el franci's, 
ijiii' (hitaba del siglo WIl. r\ belga, y el 
¡icijuoño ducado de Luxeniljurgo, con vitla 
imlepondionto, ])cro sometido á la Confede- 
ración germánica é indirectamente á Pru- 
sia, i|Uo toiiíu 011 su iVirlalr/.a mi iiiíoli'o (U; 
tropas coiisidorablr. 

Al disidvorsc on J.SIW) la ('niifodoraciún 
g"rni;iiiica del Sur pnr la drn'ota do Aus- 
tria en Sadowa. ol ducado (juotló en una 
piisición anormal. No formaba ¡larto de la 
iiuíiva (Junfoderacii'm ali'iiiaiia dol Norte, 
dirigiila por la l'nisia triiuifanto, y sin em- 
bargo las tropas prusianas continuaban 
ocupando su fortaleza. 

El gobioriiii francés se inquietó por esto, 
coniii si ])rosiiitiose la guerra qui> ii)a á es- 
tallar cuatro años dospUí'S. El Luxoniburgo 
representaba una valiosa posición estraté- 
gica, por los caminos (juo alluyou á id y 
por sus obras de fortiiicaciih). 

El gran Carnot había diclio (juo la ciuilail 
de l.ii.vemburgo era la plaza más fuerte de 
toda Europa después de (übraltar. El an- 
tiguo castillo de los primitivos duques ha- 
bía sido li'vantado en una meseta rocosa 
al pie dé la cual se extendió la ciudad. Los 
duminadores sucesivos fueron agrandando 
esta fortaleza con nuevas construcciones, 
ó tallando y ahuecando las rocas. Los es- 
pañoles hicieron importantes obras de for- 
tificación, de las que aiin quedan restos; 
luego los austriacos. y rmalmenti^ los iVau- 
coses y los prusianos. El sistema do N'aulian 
convirtió el castillo de Luxemburgo en la plaza más 
fuerte del corazón de Europa. 

Las gestiones dr Francia para recobrar ol ilucado 
comprando sus derechos al rey do Holanda ]U'ovoca- 
ron una conferencia diplmnática reunida en Londres. 
En ella si' lirmó el tratado de 1'2 do Mayo d(! IS(i7, por 
el cual quedaba reconocida la indo|)oniioiicia jiolítica 
de Luxemburgo, con el título do (¡ran Ducado. El rey 
de Prusia figuró entre los Hrmantes del tratada, cdiii- 
])romotiéndose á retirar inmediatamente sus tro])as do 
la fortaleza do Luxemburgo. 

Como la existencia de esta fortaleza era el principal 
motivo de los deseos de anexión de las naciones vecinas, 
el tratado de Londres consignó que debía precederse á 
su desmautelamionto. Así se hizo. Hoy los antiguos ba- 
luartes están convertidos en paseos floridos. La hiedra 
y otras ])lantas trejiadoras cubren con Tin grueso manto 
do hojas los arruinados murallones (juo aiin conservan 



(Fot. Mcurisíicl 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



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106 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



vestigios de los escudos de armas de Espaüa y do 
Austria. 

Un puente moderno, de atrevida y graciosa cons- 
trucción, el puente Adolfo, une la meseta en la que 
estuvo la antigua fortaleza y está actualmente el pa- 
lacio ducal con la estación de ferrocarril, que es el 
edificio más importante de la ciudad. 

Si Luxemburgo tuvo valor en otros tiempos como 
plaza fuerte, lo tiene ahora como lugar estratégico. 
Cuatro vías férreas de gran movimiento afluyen á la 
ciudad, haciéndola servir de intermediaria entre Fran- 
cia, Bélgica y el Imperio alemán. 



Los prusianos abandonaron el Luxemburgo contra 
su voluntad y con visible despecho, por cumplir el 




VISTA GBNBRAL DB LUXBMBURGO 

tratado de Londres. Pero al retirar su último soldado 
comenzaron una segunda invasión, la económica, abu- 
sando de la modestia de recursos en que viven los 
hijos del país. 

Los luxemburgueses sólo son agricultores. Ade- 
más, la propiedad del suelo se halla muy repartida, 
lo que asegura un mediano bienestar á todos y hace 
que no conozcan la verdadera pobreza, pero al mismo 
tiempo impide la formación de grandes capitales que 
son necesarios para las explotaciones modernas. 

Alemania procedió malignamente, como es cos- 
tumbre en su diplomacia, al incluir al Luxemburgo 
en el Zollvercin ó unión aduanera germánica, con 
pretexto de proteger su vida económica. 

El Gran Ducado es libre políticamente, pero sólo 
de nombre. Unido por los lazos económicos á este ve- 
cino poderoso, sufre su influencia á todas horas, se 
siente ahogado, absorbido, vaciado, como un molusco 
entre las garras de un pulpo enorme. El comercio ale- 



mán, la industria alemana, las compañías de ferroca- 
rriles con residencia en Berlín, han invadido el país, 
no dejando espacio para los naturales de él ni para las 
empresas de las otras naciones limítrofes. 

— ¡Qué calamidad los alemanes! — dicen los pacíficos 
habitantes de antiguo origen luxemburgués — . Viven 
aquí como si estuviesen en su casa. Lo poseen todo: el 
gran comercio, las fábricas, los bancos, los ferroca- 
rriles. Nosotros intentamos defendernos con nuestro 
trabajo, ¡pero qué podemos hacer contra esta corrien- 
te!... Somos un país de agricultores y de pequeños 
propietarios. Los capitales alemanes afluyen aquí y 
nos sumergen. Compran todo lo que está en venta; 
subvencionan toda clase de empresas, siempre que 
tengan alemanes al frente; se apoderan de nuestras 
minas para explotarlas con las ventajas que propor- 
cionan los capitales enor- 
mes. 

Los habitantes del Lu- 
xemburgo liablan dos idio- 
mas: el alemán y el fran- 
cés. Los alemanes preten- 
den que son de su raza, que 
forman parte de su pueblo, 
y por lo mismo sólo deben 
usar el idioma germánico. 
Por una protesta instin- 
tiva, los luxemburgueses 
emplean con preferencia el 
francés, se valen en sus 
transacciones comerciales 
(le la moneda de Francia, 
y en los escaparates de sus 
librerías figuran los libros 
y revistas de París en ma- 
yor cantidad que las publi- 
caciones de Berlín. 

El idioma francés no 
les recuerda únicamente á 
Francia. Es la lengua de otros vecinos con los que 
vivieron hace ochenta y cuatro años, luchando jun- 
tos por la libertad: la lengua de los belgas, que han 
formado una patria mucho más extensa que la suya, 
pero igualmente amenazada en su independencia por 
la soberbia de los alemanes. 



El sábado 1.° de Agosto, á las siete de la tarde, 
tres automóviles llenos de soldados germánicos, pro- 
cedentes de Wemperhardt, se detuvieron ante la esta- 
ción luxemburguesa de Tres Vírgenes, en la línea del 
ferrocarril de Lieja á Luxemburgo. 

Un oficial, revólver en mano, entró en la oficina 
telegráfica, manifestando al jefe que iba á ocupar mi- 
litarmente la estación. Hubo un violento altercado 
entre el oficial y el empleado del ferrocarril. Este úl- 
timo, en el curso de la disputa, se apoderó del apa- 
rato telegráfico y lo inutilizó arrojándolo al suelo 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



107 



para que no pudiesen servirse de él los inva- 
sores. El destacamento se apoderó de la esta- 
ción, expulsando al jefe. 

Por la noche, el gobierno de Luxemburgo, 
enterado del suceso, dirigió al ministro de Ne- 
gocios Extranjeros de Alemania una. enérgica 
protesta por esta violación de territorio. 

En las primeras horas de la mañana del 2 de 
Agosto recibió aviso el gobierno de que otra 
invasión se estaba realizando por el ferrocarril 
que va de Luxemburgo a Tréveris. Cuarenta y 
un automóviles llenos de oficiales alemanes y 
escoltados por un escuadrón de huíanos pasaron 
la frontera, entrando en el territorio luxembur- 
gués, al mismo tiempo que avanzaban por la 
línea férrea tres trenes blindados con dos regi- 
mientos de infantería. 

El comandante Van Dyck, jefe del cuerpo 
de voluntarios de Luxemburgo, salió al encuentro de 
los invasores llevando por escrito una protesta del 
gobierno. El jefe de las fuerzas alemanas, coronel 
Von Baerensprung, leyó la protesta y dio recibo de 
ella, declarando que sus órdenes eran de seguir ade- 
lante, aunque tuviese que emplear ¡a fuerza. 

Antes de las nueve, los cuarenta y un automóviles 
de oficiales penetraron en la ciudad de Luxemburgo 
por el arrabal de Clausen, al mismo tiempo que echa- 
ban pie á tierra en la estación los soldados del primer 
tren blindado. 

La gran duquesa de Luxemburgo, María Adelaida, 
joven soberana de veinte años, se indignó ante el 
atropello, intentando una protesta de femenil heroís- 
mo. Al ver la capital invadida por los prusianos, salió 
del palacio en su automóvil é hizo que éste se atrave- 
sase en el puente Adolfo, creyendo que su presencia 
contendría el avance de los enemigos. 

Al llegar el primer grupo de alemanes el oficial 
trató á la soberana como á una simple particular, or- 
denando imperiosamente que dejase libre el paso. Ma- 
ría Adelaida quiso protestar alegando sus derechos, y 
el oficial por toda respuesta la apuntó con su revólver. 








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RUINAS DE LAS ANTIGUAS FORTIFICACIONES 

La joven duquesa, llorando de cólera, tuvo que retro- 
ceder obedeciendo los ruegos de sus allegados. 

Poco después de las nueve se presentó en el pala- 
cio el coronel Von Baerensprung, siendo recibido por 
M. Paul Eyschen, ministro de Estado y presidente del 
gobierno de Luxemburgo. 

El jefe alemán manifestó que sus órdenes eran de 
ocupar la ciudad, apoderándose de las líneas férreas, 
así como del servicio de correos y telégrafos. 

Fué inútil que el ministro alegase la neutralidad 
del Luxemburgo establecida en el tratado de Londres 
de 1867, y que estaba garantizada por el reino de Pru- 
sia, así como por Francia, Austria, Inglaterra, Italia, 
Rusia, Bélgica y Holanda. Este tratado dice así: 

Art. 2." El Gran Ducado de Luxemburgo formará en ade- 
lante un Estado perpetuamente neutral bajo la garantía de los 
gobiernos de Francia, Austria, Gran Bretaña, Prusia y Rusia. 
Tendrá la obligación de observar igualmente esta neutralidad ■ 
con todos los demás Estados. 

Las altas potencias contratantes se comprometen á respetar 
el principio de neutralidad estipulado en el presente artículo. 



El coronel alemán, después de oir la protesta del 
gobierno, se limitó á responder que él cumplía 
las órdenes de su soberano. 

M. Eyschen envió entonces la siguiente co- 
municación á M. Viviani como ministro de Ne- 
gocios Extranjeros de Francia: 



KL l'UKNTE ADOLFO 



Tengo el honor de poner en conocimiento de Vues- 
tra Excelencia los hechos siguientes: 

El domingo 2 de Agosto, en las primeras horas de la 
mañana, las tropas alemanas han penetrado en el terri- 
torio luxemburgués por los puentes do Wasserbillig y 
de Kcmich, dirigiéndose especialmente hacia el Sur 
del país yhacia la ciudad de Luxemburgo, capital del 
Gran Ducado. 

Cierto número de treues blindados, con tropas y 
municiones, han avanzado por la vía del ferrocarril de 
Wasserbillig á Luxemburgo, y se anuncia la próxima 
llegada de muchos más. ! '• ;.' ■ :.: *" •; 

Estos hechos son maniflestamentecótítcarios 4 lit 



108 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




EL PALAOIO DUCAL DB LUX8MBUBG0 

neutralidad del Gran Ducado, garantizada por el tratado de 
Londres de 1867. 

El Gobierno luxemburgu('>s no ha dejado de protestar enér- 
gicamente contra esta agresión ante los representantes de 
S. M. el emperador de Alemania en el Luxemburgo. 

Una protesta igual va á ser transmitida al secretario de Es- 
tado de los Negocios Extranjeros en Berlín. 

Luxemburgo 2 de Agosto. 

Eyschen 

MiHi»tTO de Estado 
y presidente del Gobierno 

La gran duquesa dirigió este telegrama al empe- 
rador de Alemania: 



ban explotadas por empresas alemanas, dando á en- 
tender con esto que eran de pertenencia del Imperio 
alemán, el cual podía disponer libremente de lo suyo. 

La contestación de Von Jagow á la protesta del 
gobierno luxemburgués fué más digna aún de la diplo- 
macia alemana. 

Días antes, los espías prusianos, que abundaban en 
el Luxemburgo, habían lanzado en los diarios de Berlíu 
la noticia de que 050 ciclistas militares franceses ibau 
á invadir el territorio del Oran Ducado. AL Eyschen 
hizo desmentir esta noticia en el mismo Herlín. Nadie 
había visto en la frontera del Luxemburgo tales ciclis- 
tas. A los dos días nueva invención de los espías del 
gobierno alemán, publicada igualmente por los perió- 
dicos berlineses. Varios cuerpos de ejército franceses 
habían invadido el ducado del Luxemburgo, incen- 
diando la capital por los cuatro costados, devastando 
los campos, destruyendo las vías férreas. 

Y antes de que el jefe del gobierno luxemburgués 
pudiese rectificar tales mentiras, que impresionaban 
la credulidad alemana, haciéndola indignarse contra 
la maldad francesa, las tropas del emperador invadie- 
ron el Gran Ducado. 

El telegrama de Von Jagow, ministro de Negocios 
Extranjeros, decía así: 

Con gran pesar nuestro, las medidas militares que hemos 

tomado resultaban indispensables, por lial)er recibido noticias 
seguras según las cuales numerosas tropas francesas están en 
marcha para invadir el Luxemburgo. Era forzoso que adoptá- 
semos esas medidas para la protección de nuestro ejército y la 
seguridad de las lineas de ferrocarril. Un acto de hostilidad 
contra el Luxemburgo amigo no entra en nuestra intenciones. 
Desgraciadamente, en vista de lo inminente del peligro, 
nos ha sido imposible, por falta de tiempo, el entablar las ne- 
gociaciones necesarias con el Gobierno luxemburgués antes 
del envió de las tropas. 

Inútil es decir que no era cierto tal avance de fuer- 
zas francesas sobre el Luxemburgo, y que el gobier- 
no de Francia, atento únicamente á defender su fron- 
tera, y manteniendo las tropas á ocho kilómetros de 
ésta para evitar incidentes, lo que menos pensaba era 
en la invasión del Gran Ducado. Precisamente el 



Mi país está ocupado en estos momentos por las tropas ale- 
manas. Mi Gobierno ha protestado acto seguido ante las auto- 
ridades competentes, pidiendo explicaciones sobre esta ocu- 
pación. Buego á V. M. que acelere estas explicaciones de su 
Gobierno y defienda loa derechos del Gran Ducado. 

Marí^ Adelaida 

El emperador no contestó, pero á las tres de li 
tarde, Von Buch, ministro de Alemania en el Luxem- 
burgo, presentó al jefe del gobierno un telegrama de 
Bethmann-Hollweg, canciller del Imperio. En él 
pretendía justificar lo ocurrido, diciendo que no 
amenazaba peligro alguno á la integridad del Lu- 
xemburgo, pues la operación se había limitado á ocu- 
par las vías férreas para defenderlas de una invasión 
francesa. El canciller añadía que dichas lineas esta- 




BL PFAFFBNTUAL, BAREIÜ EXTEBIOE DE LUXKilBUEQO 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



109 



deseo de los gobernantes franceses era soste- 
nerse á la defensiva, para que se viese clara- 
mente quién era el agresor. 

Pero la diplomacia alemana había encon- 
trado un argumento para justificar sus atrope- 
llos, lo mismo en el Luxemburgo que en Bél- 
gica. «Sabemos por noticias ciertas... que el 
ejército francés avanza.» Y basándose en estas 
noticias, de origen desconocido, cuya certeza 
no se tomaba el trabajo de demostrar, atentó 
contra los derechos de ambos pueblos, porque 
así le convenía. 

Los cuerpos 8.° y 9." del ejército prusiano 
invadieron en pocas horas el Luxemburgo como 
una avalancha. 

El comandante en jefe del 9.° cuerpo, ge- 
neral Von Tschepe, lanzó una proclama á los 
luxemburgueses, tan llena de falsedades como 
las comunicaciones de la diplomacia de Berlín, 
hablando de la invasión del Ducado por los 
franceses como de un suceso indiscutible. Y esto 
lo decía con asombrosa serenidad á los habitan- 
tes de un pequeño Estado que sólo tiene 2.500 
kilómetros cuadrados de extensión, donde todo 
se sabe á las pocas horas y donde nadie había 
visto ni la sombra de un soldado francés. He 
aquí este documento extraordinario: 



Todos los esfuerzos enormes hechos por S. M. el em- 
perador de Alemania para conservar la paz han fraca- 
sado. El enemigo obliga á Alemania á tirar de la espa- 
da. Habiendo violado Francia la neutralidad del Lu- 
xemburgo— hecho sobre el cual nadie puede tener la 
menor duda—, ha comenzado sus hostilidades en el 
suelo luxemburgués contra las tropas alemanas. En 
vista de esta necesidad urgente. Su Majestad ha orde- 
nado á las tropas alemanas, y en primera linea al 
8.° cuerpo de ejército, la entrada en el Luxemburgo. 

La ocupación del Luxemburgo no tiene más objeto 
que abrir el camino á las operaciones futuras. Esta ocupación 
se realiza con la promesa formal: 
1." Que sólo será pasajera. 

2.' Que la libertad personal y los bienes de los luxembur- 
gueses serán respetados. 




LA 




LA NUBVA ESTACIÓN DE FERROCARRIL 



GRAN DUQUESA MARÍA, SOBERANA DEL DUCADO DE LUXBMBUROO 

(Fot. Rol) 

3.' Que las tropas alemanas están acostumbradas á una dis- 
ciplina severa. 
4.* Que todo lo que tomen será pagado con dinero contante. 
Confio en el sentimiento de justicia del pueblo luxembur- 
gués, que seguramente estará convencido de que el emperador 
sólo ha ordenado la entrada de las tropas en el Luxemburgo 
cediendo á la última necesidad y forzado á ello por la violación 
de la neutralidad luxemburguesa llevada á cabo por Francia. 
Repitiendo las mencionadas garantías, espero que el pue- 
blo luxemburgués y su Gobierno evitarán el agravar la mi- 
sión de las tropas alemanas. 

Firmado: Tulf Von Tscheps Und "Wbidenbach, ^««íraZ 
comandante en Jefe del 9.' cuerpo de ejército prusiano. 

En este documento no había otra verdad para el 
pueblo luxemburgués que la sombría y breve ame- 
naza contenida en el último párrafo. Todo lo anterior 
era digno por su falsedad de provocar la indigna- 
ción ó el asombro. El general hablaba de «las viola- 
ciones del territorio por los franceses», de las «hos- 
tilidades iniciadas por Francia en el Luxemburgo», 
á un pueblo que hasta horas antes había vivido en 



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VIGENTE BLASCO [BAÑEZ 




LUXEMBUnOO. AVENIDA DK LA ESTACIÓN 

absoluta tranquilidad, sin ver más invasión que la de 
los soldados alemanes ni otras violaciones de territo- 
rio que las efectuadas por tastos. 

Una avalancha de tropas cayó sobre el pequeño 
Estado en menos de veinticuatro horas. El país tuvo 
que mantener 60.000 hombres con sus escasos recur- 
sos, y bien pronto los habitantes sufrieron los tormen- 
tos de la escasez. 

, El primer diario del país, La Independencia Lu- 
xemlurgiiesa, describió el aspecto de esta ocupación: 

Cuando Luxemburgo despertó el domingo por la mañana, 
la ciudad estaba llena de uniformes alemanes. Durante todo el 
día, oficiales y soldados han circulado incesantemente á pie, á 
caballo, en bicicletas, en motocicletas, en automóvil. En las 
encrucijadas de las calles no se ve desde entonces mas que el 
brillo de las bayonetas. En la ciudad baja han instalado un 
cuerpo de guardia. Fuera de ella no hay camino ni sendero 
que no esté guardado. Los ferrocarriles se hallan ocupados mi- 
litarmente y en las estaciones hay guarnición. La autoridad 
militar es la que dirige el movimiento de trenes. Todas las 
«ficinas de correos aparecen ocupadas por el ejército alemán. 

La noche del domingo fué lúgubre. Después de la infante- 
ría, que había llegado por la mañana y. por la tarde, y después 
de la caballería, que permaneció en las afueras, acantonachi en 
Mersch, y de la que sólo vimos estafetas en las calles de la ciu- 
dad, llegó la artillería y con ella las cocinas ambulantes y los 
furgones. En plena obscuridad, los' gritos de mando, las ruedas 
de hierro volteando sobre el adoquinado, las patadas de los 
caballos, tenían rirucho de siniestro. Y por largo tiempo, du- 
rante la noche, continuaron las idas y venidas de las tropas, 
íniscandü espacios lil)res para acampíir. 

Por la mañana se supo (luc la artillería gruesa habla pasado 
en número considerable, y que las tropas, conforme iban lle- 
gando, tomaban el camino de Arlon. 

Lo que buscó el Estado Mayor alemán en Luxem- 
burgo y en Bélgica al invadir estos territorios, fué 
atacar á los franceses alevosamente.- 

Francia tenía bien fortificada y guardada su froji- 
tera del Este, ó sea la de Alemania, esperando el 
ataque franco de una nación que militarmente se con- 
sidérala más fuerte entre todas. Etí sus fronteras del 
Luxemburgo y de Bélgica no tomó nunca precaucio- 
nes defensivas. Hubiesen significado éstas un aten- 
tado á la neutralidad de los dos países, y Francia 



respetaba los tratados garantizados por su firma. 
La estrategia alemana, con toda su soberbia, 
no quiso intentar la invasión por el único punto 
legítimo, ó sea por su frontera. En ella hubiese 
tenido que chocar con toda la Francia armada que 
la esperaba de frente, en leal combate. Prefirió 
deslizarse por los pasadizos de dos pueblos débiles 
para tomar al enemigo por la espalda, teniendo que 
atrepellar para esto el derecho de gentes, la inde- 
pendencia do las naciones y desconocer la propia 
firma estampada al pie de los documentos diplo- 
máticos. 

El Luxemburgo siguió ocupado por los alema- 
nes. Una modesta indemnización, dada después de 
algún tiempo por el gobierno de Berlín como una 
limosna, pretendió resarcir al país de este atropello 
y de las largas molestias sufridas por los habitantes 
con el continuo paso de tropas. 

El pequeño Estado no por esto se sometió al inva- 
sor. La duquesa mantuvo su protesta. Tres meses des- 
pués de la invasión, al inaugurar en Noviembre las 
sesiones del Parlamento, la valerosa María Adelaida, 
completamente á merced de la ocupación de los pru- 
sianos, y sin más apoyo que el cariño de un pueblo 
que la admira, leyó su discurso del trono en francés; 
repitió la protesta contra el atropello, hizo una lla- 
mada á las potencias signatarias de Londres para el 
sostenimiento de sus derechos, y saludó el heroísmo 
de sus.vecinos, Bélgica y Francia. 



IV 



La unanimidad de Francia 

Por primera vez en su historia ofreció la nación 
francesa un espectáculo de completa unanimidad. 
Toda ella foruió un cuerpo inmenso con una sola alma; 
y esta alma fué la iuijuebrantablo voluntad do cum- 
pli^ su deber, la fría resolucióu de morir antes que ser 
derrotada en una guerra que no liabía provocado. 




LOS VIADUCTOS DE LUXEMBURGO 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



111 



Jamás ea sus luchas 
de los tiempos modernos 
entró en línea la nación 
en masa. Siempre hubo 
en Francia minorías con- 
trarias á la guerra, esta- 
dos de opinión hostiles á 
los gobiernos, que en- 
torpecieron sus opera- 
ciones militares y hasta 
algunas veces los empu- 
jaron al desastre. 

Durante las épicas 
campañas de la primera 
República, mientras los 
ejércitos harapientos y 
gloriosos vencían á me- 
dia Europa cantando la 
Marsellesa, otros france- 
ses, á espaldas de ellos, 
peleaban contra su pro- 
pio país, en la Veudée y 
los departamentos del 
Sur. Napoleón, vencedor 
de las naciones, se veía 
amenazado dentro de 
Francia por las conspi- 
raciones monárquicas y 
republicanas. En la gue- 
rra franco-germánica de 

1870, las divergencias políticas aceleraron la caída de 
Napoleón III y el triunfo fulminante del enemigo. Re- 
tirándose sobre París con su ejército batido, pero 
todavía fuerte, el emperador hubiera prolongado la 
resistencia nacional. Pero la nación era hostil al Im- 
perio, y aguardaba una derrota para caer sobre él. 
«Una retirada sobre París será la revolución», tele- 
grafiaba la emperatriz Eugenia á su esposo. Y éste, 
para salvar el trono de su hijo, erró con su ejército 
por el Norte de Francia, sin saber adonde ir ai qué 
hacer, hasta meterse en la ratonera de Sedán. 

Nada de esto ocurrió en 1914. Por acuerdo ins- 
tintivo, y sin que mediasen preparaciones ni dis- 
cursos, todos los franceses se agruparon en torno 
del gobierno. «La República es Francia. ¡Viva la 
República!» Los reaccionarios, que soñaban con la 
imposible restauración de una monarquía ó la crea- 
ción de una dictadura, ofrecieron sus servicios al 
gobierno republicano, y lo mismo hicieron todos los 
católicos, que se mostraban agraviados por las leyes 
de separación. Hasta los religiosos expulsados de 
Francia volvieron á ella para tomar las armas, dán- 
dose por comprendidos en los llamamientos de mo- 
vilización. 

El presidente Poincaré y sus ministros fueron 
obedecidos tan ciegamente como el kaiser y sus 
consejeros. Pero con la diferencia de que el fran- 
cés es libre, y abdicó su libertad espontáneamente, , 




LA VIOLACIÓN DBL LUXIiMBUUGO Y DE HELGICA 
Plano de la Invasión alemana, con las lineas de ferrocarriles construidas anles y después de 1909 



por entusiasmo, en bien de la patria, mientras en los 
Imperios se obedece por servilismo ó por la presión 
de una férrea disciplina; muchas v<3ces sin saber por 
qué se obedece: por falta de voluntad, por miedo al 
castigo. 

En el último tercio de Julio, diez días antes del 
2 de Agosto — verdadera fecha inicial de la confiagra- 
ción europea — , nadie hubiese adivinado la proximi- 
dad del movimiento unánime que había de agrupar á 
todos los franceses en un solo bloque. Bullían los an- 
tagonismos y odios de opinión provocados por el pro- 
ceso Caillaux. Empezaba á iniciarse una divergencia 




UNA PLAZA DE LUXEMBURaO 



113 



VICENTE BLASCO IBANEZ 



nacioD&I semejante á la del asunto Dre^^fus. Los ca- 
melots du roi, vanguardia belicosa de los partidos 
reaccionarios, y los grupos socialistas se daban de 
palos en el bulevar. Las masas obreras, á impulsos de 
un idealismo generoso é infructífero, creían evitar la 
monstruosidad de un choque europeo celebrando mí- 
tines y organizando manifestaciones contra la guerra. 
Los partidarios del pasado tradicional cantaban la 
Marsellesa — un absurdo — , y los revolucionarios con- 
testaban entonando la Internacional y pidiendo que 
se abrazasen todos los hombres de la tierra — otro ab- 
surdo mientras existan emperadores guerreros y na- 
ciones armadas que les obedezcan, dispuestas á agre- 
dir sin importarles 
el motivo. 

De pronto la or- 
den de moviliza- 
ción, la amenaza 
ineludible de la 
guerra. Un momen- 
to de estupor y de 
silencio, un mo- 
mento nada más; y 
acto seguido todos 
los franceses pare- 
cieron abrazarse 
mentalmente, di- 
ciendo lo mismo, 
olvidando lo pasa- 
do de un modo tan 
absoluto, que las 
palabras lanzadas 
el día anterior se- 
mejaron que se ha- 
bían proferido á 
una distancia de 
cincuenta años. Es- 
ta unanimidad ins- 
tantánea, milagro- 
sa, no fué obra de 
los conductores de 
masas ni de los fa- 
bricantes de opinión. Los hombres de prestigio no tu- 
vieron tiempo para hablar. Fué el pueblo francés, la 
democracia inteligente, que, siguiendo los impulsos de 
BU corazón, impuso la fraternidad á los de arriba. 

Las masas revolucionarias, que eran temidas por 
el recuerdo de la Commune, dieron el buen ejemplo. 
Ya hemos dicho cuál fué su conducta al ocurrir el ase- 
sinato de Jaurés. La «Francia roja», la de los ideales 
cosmopolitas y antimilitaristas, se mostró tan resuelta 
y belicosa como los adoradores del ejército, que soña- 
ban largos años con la «revancha». 

Esta guerra no había sido provocada, como otras, 
por la ambición militar ó la vanidad del país. Era 
una guerra forzosa, de defensa y conservación, como 
las que habían sostenido los voluntarios republicanos 
en 1792. 




GUSTAVO HKEVE 



La prueba de esto fué que casi nadie se acordó en 
Francia de Napoleón y de sus guerras invasoras, vien- 
do en ellas algo semejante á la obra de Alemania, 
pero con la aureola del genio militar que ésta no tuvo 
nunca en su organización metódica y brutal. Todos 
evocaron las guerras defensivas de la primera Repú- 
blica, las victorias de Valmy y Jemmapes, los genera- 
les de modestia republicana Hoche, Marceau, Bruñe, 
Desaix. 

La guerra de 1914 fué considerada como una cala- 
midad inevitable, á la que había que hacer frente para 
defender la libertad y por instinto de conservación. 
El viejo revolucionario Vaillant, diputado socialis- 
ta y antiguo com- 
batiente de la Com- 
mune, gritó en un 
mitin de la sala 
Wagram: 

— Somos parti- 
darios de la paz, 
pero ante la agre- 
sión del imperialis- 
mo todos los socia- 
listas cumpliremos 
nuestro deber. 

Un periódico re- 
volucionario. La 
Batalla Sindica- 
lista, decía así: 

Alemania quiere la 
guerra. Que las olas de 
sangre que van á co- 
rrer sobre los campos 
de Europa caigan so- 
bre la cabeza de Gui- 
llermo II y del pan- 
germanismo. 

Los antimilita- 
ristas más feroces, 
anarquistas, socia- 
listas y otros ene- 
migos del patriotis- 
mo estrecho de miras, se ofrecieron como soldados ó 
corrieron para obedecer al llamamiento de moviliza- 
ción. Ni uno de ellos, al vestir el capote de soldado, 
creyó abdicar de sus ideas. 

— Hemos pasado el tiempo proclamando la verdad 
— dijeron algunos tristemente — ; pero los hombres 
quieren vivir apartados de ella y debemos amoldarnos 
á las exigencias del momento. Pelearemos y matare- 
mos, ya que después de tanta civilización hay que re- 
ñir y matar, como las fieras, para mantener una fami- 
lia libre y un hogar tranquilo... Buscábamos la ver- 
dad creyendo estar entre hombres, y de pronto un 
mazazo en la espalda nos avisa que aún vivimos entre 
bestias prehistóricas. 

¡La verdad!... Nada tan hermoso, pero tiene alas 
y va siempre por las alturas. En cambio su enemiga 



(Fot. de H. Tonrto, París) 



ENCÜENTH< 




Dibulo de Georges Scoll, de la «Illuslrotlon- de Pnrls 



Dos soldados franceses guiando un automóvil, baten á una patrulla de h 



NOCTURNO 




mos que intentaron sorprenderles en medio de las sombras de la noche 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



113 



la realidad se arrastra 
por el suelo. Nada im- 
porta que la verdad sea 
lo justo y lo indiscuti- 
ble. La realidad, ilógica, 
absurda y criminal casi 
siempre, vive entre los 
hombres y es lo único 
que éstos vea de cerca. 

o 

Gustavo Hervé, el te- 
rrible profesor que había 
pasado varios años de su 
vida en distintas cárce- 
les por la violencia de 
sus campañas contra el 
militarismo y los gobier- 
nos conservadores, se 
vio de pronto rodeado de 
la estimación unánime. 

Su nombre producía 
días antes un escalofrío 
de horror en las gentes 
de buena posición social 
y un movimiento de có- 
lera en los círculos mi- 
litares y patrióticos. Había pedido la destrucción de 
todos los monumentos que recuerdan la epopeya napo- 
leónica; había aconsejado que enterrasen en el estiér- 
col la bandera tricolor, por haber servido de signo de 
guerra contra muchos pueblos. Estas exageraciones 




Del periódico de Hervé 




KL SOMBRERO DE NAPOLEÓN Y KL KAISER 
-iBres muy pequeño para él, amigo mlol... 

(La Guerra Social, París 8 d« Agosto de 1914) 



¡ALEUANIA imperial! 

(La Guerra Social, París 12 de Agosto de 1914) 

ruidosas tenían más de literarias que de sinceras. Eran 
apostrofes retóricos de un profesor de Historia metido 
á revolucionario, pero habían servido para dar al nom- 
bre de Hervé una celebridad de horror en los salones 
y en los cuartos de banderas de los regimientos. 

De pronto, al ver la patria en peligro, el escritor 
socialista fué el primero en lanzar el grito «¡Á las 
armas!» Había que defender, no sólo la patria, sino la 
libertad del mundo; vencer á la Alemania imperialista 
para instalar la República en la tierra alemana; rea- 
lizar una serie de generosos ensueños humanitarios; 
pero á sangre y fuego, como los soldados republicanos 
de 1793, que fueron difundiendo la revolución por toda 
Europa con las puntas de sus bayonetas. Esta propa- 
ganda dantoniana caldeó el entusiasmo de las masas 
obreras. Pero Hervé quiso predicar con el ejemplo, y 
el 2 de Agosto, estando París en plena agitación pa- 
triótica, se presentó en el Ministerio de la Guerra para 
entregar personalmente la siguiente carta: 

Señor muiistro: 

Cuando yo tenía veinte años me libré del servicio militar, 
porque era el único sostén de mi familia, alegando además mi 
extremada miopía. 

Á pesar de esta miopía y de mis cuarenta y tres años, me 
siento perfectamente cai)az de hacer una campaña. 

Como Francia en la guerra que va á estallar ha hecho, según 
mi parecer, todo lo posible y lo imposible por impedir la catás- 
trofe, yo os ruego que me incorporéis, como favor especial, al 
primer regimiento de infantería que parta para la frontera. 

Después de haberme expulsado de la Universidad, de ha- 
berme excluido del Colegio de Abogados y de haberme conde- 
nado á más de once años de presidio con el pretexto de que era 
enemigo del patriotismo— cuando todo mi crimen y el de mi 



114 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



partido consistió en prevenir de lejos y querer evitar la catás- 
trofe de hoy—, estimaréis, como estoy seguro de ello, que la 
República me debe esta brillante reparación. 

¡Viva Francia;... simplemente. 

Os ruegxj que recibáis, señor ministro, la seguridad de mi 
absoluta adhesión á la Bepública. 

Gcstavo Hbrvk 

El gobierno aceptó los servicios del revolucionario, 
ordenándole que permaneciese en París. Debía servir 
á su patria con la pluma, difundiendo el entusiasmo 
en las masas populares. Su periódico La Guerra Social 
era un semanario de vida precaria. Hizo un llama- 
miento al público para convertirlo en diario, iniciando 
una suscripción con el objeto de atender á los prime- 
ros gastos, y en unas cuantas horas recaudó miles de 
francos. Esta suscripción pudo llamarse prodigiosa, 
no sólo por sus resultados pecuniarios, sino por los 
nombres que figuraron en sus listas. Devotas señoras 
de conciencia asustadiza, oficialidades enteras de re- 
gimientos antes de salir para el campo de operacio- 
nes, hombres del gran mundo, esgrimidores célebres 
que despreciaban poco antes al escritor enemigo de 
las armas, enviaron públicamente sus cotizaciones á 
La Guerra Social, para que continuara publicándose 
todas las mañanas. 

Ganoso de no herir susceptibilidades de su nuevo 
público, Hervé pensó en modificar el título del perió- 
dico, bautizándolo simplemente La Guerra. Pero al 
ñn no realizó el cambio. <.<Bien está así — dijo á los 
lectores — . Nuestra guerra es una guerra sociaí. ya 
que vamos á destruir la casta militar prusiana, liber- 
tando al pueblo germánico contra su voluntad. -> 

Esta misión patriótica de los conservadores y los 
revolucionarios la agradecieron los últimos usando de 
un lenguaje mesurado con sus antiguos enemigos. 
Unos y otros reconocieron los méritos de los hombres 
célebres que habían luchado en el campo de enfrente. 
— ¡Qué desgracia la pérdida de Jaurés! — decían los 
mismos que quince días antes abominaban de su nom- 





LA MCLTITUU ACLAICAMX) A LOS SOLDADOS QCZ VAX Á EaTISSB 



USA^ ESTACIÓN DE FEaKOCAK&IL GL'AaDADA UILXTAEMS>TB 

bre — . En estos momentos habría dicho palabras muy 
hermosas para aumentar el entusiasmo de la nación. 
Hemos perdido el Gambetta de esta guerra. 

Los revolucionarios evocaban el recuerdo de Paul 
Dérouléde, el bardo de la revancha . el antiguo com- 
batiente de 1870, que durante cuarenta y cuatro años 
había recordado con sus cálidas frases de agitador y 
de poeta el peligro de la invasión y la necesidad de 
prepararse para rechazarla. 

Dérouléie había muerto meses antes de que esta- 
llase esta guerra que tanto deseaba para que su país 
recobrase las provincias cautivas Alsacia y Lorena. 
Casi moribundo asistió á la conmemoración de los 
muertos de 1870, dirigiendo la palabra por última vez 
á sus entusiastas amigos de la <<Liga de Patriotas». 

En Agosto de 1914 todos recordaban al poeta de la 
«revancha», y hasta lo.s revolucionarios que le habían 
combatido jwr su política militar y dictatorial evoca- 
ron sus versos vibrantes y ruidosos como un toque de 
clarín: 

En atañí.' Taní pit pour gui iombe/ 
La morí u'etí rien: virt la íomie 
qvatíd le pagt e% sorí ritaní. 
B* atañí! 

Gustavo Hervé, al comentar esta una- 
nimidad absoluta de los que poco antes 
se combatían encarnizadamente, dijo así 
en una síntesis elevada y generosa: 



El Buen Dios, la Bepública, la Francmasone- 
ría, el Socialismo, todo es en el fondo la misma 
cosa. Son ptalabras distintas, mediante las cua- 
les unos y otros, los hombres buenos de todas 
las clases sociales y de todos los partidos, es- 
presamos nuestra sed de justicia, de verdad, de 
belleza y de amor. 

Esta es la gran lección que nos proporciona 
. alentador espectáculo de iin«nimiH«H que 
Francia se ofrece á sí misma desde el principio 
de la horrible guerra. 

Nos batíamos por ¡palabras. Todas las almas 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



115 



escogidas que comulgan en el amor á Francia y la adoración 
de sus hijos que están sobre las armas, sienten en el fondo el 
mismo idealismo de justicia social y paz internacional. 

Es preciso que cuando la guerra se termine continúen del 
mismo modo, comprendiéndose y amándose. 



La Francia conservadora y religiosa fué igual- 
mente digna de admiración por su patriotismo y su 
desinterés. 

No dudó un momento en obedecer á los gobernan- 
tes republicanos, que consideraba antes como enemi- 
gos. Aclamó al generalísimo .loffre, sabiendo que era 
un hombre de ideas radicales completamente opuesto 
á sus doctrinas. Marchó á los campos de batalla unida 
á la masa popular, que le 
había inspirado siempre mie- 
do ó repulsión. 

Ni una sola resistencia se 
notó en esta Francia hostil 
á la República y que tanto 
había hecho inútilmente por 
entorpecer su vida. 

Al circular la orden de mo- 
vilización, curas y semina- 
ristas la obedecieron, aban- 
donando la sotana por el ca- 
pote y cubriéndose la tonsura 
con el kepis. Todos los reli- 
giosos expulsados de Fran- 
cia que estaban en edad para 
tomar las armas llegaron 
puntualmente del extranjero 
días después, para incorpo- 
rarse á sus regimientos. Ca- 
puchinos, franciscanos y 
hasta jesuítas fueron á las 
fronteras de Francia con el 
fusil en la mano para luchar 
y vivir en amigable compa- 
ñerismo con los «enmaradas» 

que poco antes cantaban la Internacional y daban 
el grito de «¡Abajo el solideo!» 

— La República nos expulsó — dijeron muchos de 
ellos — , pero la República es Francia, y volvemos al 
verla en peligro. 

La Oroix, diario católico que se había distinguido 
por su ferocidad contra los gobiernos republicanos, 
rivalizó en entusiasmo patriótico con La Guerra So- 
cial. Ella relató cómo los frailes franceses residentes 
en Jerusalén, al enterarse de que había estallado la 
guerra, emprendieron la marcha á pie desde la ciudad 
santa al puerto de Jaffa, por miedo á que el ferrocarril, 
propiedad de los alemanes, no los llevase á tiempo al 
lugar del embarque. 

En los primeros días de la movilización, los que 
circulaban por los ferrocarriles de Francia contem- 
plaron un espectáculo extraordinario. 

Las vías férreas estaban guardadas por los «terri- 




toriales», soldados movilizados de edad madura que 
por sus años fueron dedicados á este servicio, mien- 
tras los jóvenes del ejército activo partían en los tre- 
nes para la guerra. Á estos soldados, que en los pri- 
meros días fueron sedentarios, pero que después se 
batieron como los demás, sólo les entregó el gobierno 
su armamento al iniciarse la movilización. Los uni- 
formes los recibieron después. Y los territoriales guar- 
daron las estaciones y vías férreas, unos con blusa, 
otros con traje de caza y algunos vistiendo chaqué ó 
levita. Un kepis rojo, algo usado, fué su único distin- 
tivo militar. 

Muchas veces, entre esta tropa multicolor y abiga- 
rrada se vio un soldado negro. Junto á la vía, guar- 
dando su integridad, pasea- 
ba haciendo centinela el cura 
del inmediato pueblo. Su so- 
tana estaba cruzada por el 
cinturón cargado de cartu- 
chos; sus manos blancas se 
apoyaban en la boca del fu- 
sil; la fina bayoneta del Lebel 
cortaba con una línea pun- 
tiaguda y firme el borde de 
su sombrero de teja. Había 
acudido, como sus conveci- 
nos, al llamamiento nacio- 
nal, y en la espera del uni- 
forme azul y rojo conservaba 
las vestiduras de su minis- 
terio. Montaba la guardia 
como todos, y al terminar 
ésta iba á descansar en la es- 
tación leyendo el breviario, 
mientras los «camaradas» 
entonaban cantos patrióticos. 



PAUL DEROULEDE 



El catolicismo francés in- 
tervino desde el primer mo- 
mento en el entusiasmo popular. Las iglesias de París 
perdieron su ambiente de recogimiento. En el mundo 
religioso se comentó la actitud de Pío X, firme y 
resuelta en favor de la paz. Según se dijo, el viejo 
emperador de Austria, valiéndose de su inñujo como 
soberano de una gran potencia católica, intentó deci- 
dir al Papa á que suscribiera un documento en el que 
reconociese indirectamente que el Imperio austríaco 
no era culpable de la guerra y sólo la había aceptado 
por razones de dignidad. 

— Yo únicamente firmo para la paz — dijo el pontí- 
fice, negándose á esta pretensión. 

El choque europeo preocupó de tal modo á Pío X 
desde el primer instante, que su débil salud de anciano 
apareció visiblemente quebrantada. 

— ¡Ay, esta guerra! — exclamaba — . Esta guerra aca- 
bará por matarme. 

El 2 de Agosto publicó una exhortación á todo el 



116 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




REVISTA. 0K VESTUARIO ANTES DE PARTIR 

mundo católico, manifestando su dolor y su miedo al 
ver á Europa arrastrada por la tempestad de la guerra 
y amenazada de inmensas matanzas. 

«Nuestro corazón se desgarra con el más vivo do- 
lor al considerar en peligro la salud y la vida de tan- 
tos hombres y tantos pueblos que Nos amamos extre- 
madamente.» 

El Papa pidió á los católicos que elevasen sus almas 
hacia Cristo, «el único que puede ayudarnos; Cristo, 
príncipe de la paz y mediador todopoderoso de los 
hombres ante Dios». Al final invitó al clero de todo el 
mundo católico á hacer en las parroquias rogativas 
públicas para obtener que Dios alejase la guerra, ins- 
pirando en la hora suprema á los directores de las 
naciones pensamientos de paz y no de aflicción ge- 
neral. 

En las parroquias de Francia los sacerdotes ex- 
hortaron á los hombres ú que cumpliesen sus de- 
beres con la patria, y aconsejaron á las mujeres fe 
en el porvenir y resig- 
nación ante el presente. 
Monseñor Amette, el 
cardenal-arzobispo de 
París, pareció multipli- 
carse en los primeros 
días de la movilización, 
como uno de aquellos 
monjes entusiastas que 
predicaban las Cruza- 
das. Su elocuencia tri- 
bunicia resonó bajo las 
bóvedas de la Magdale- 
na, de Notre Dame des 
Victoires, del Sacre Coeur 
de Montmartre. Fué de 
un templo á otro, como 
un Dantón católico, po- 
niendo en pie el entu- 
siasmo del pueblo cre- 
yente. Algunos de sus 
sermones fueron inte- 



rrumpidos por la muchedumbre, que rompió á aplau- 
dir en plena iglesia, sin hacer caso de los llamamien- 
tos al orden. 

Rugían los órganos bajo las bóvedas sagradas, y 
guiados por su ritmo cantaban los creyentes sus cóle- 
ras ante la injustificada agresión, sus esperanzas ea 
el triunfo. 

Las voces trémulas y lacrimosas de la madre, la 
hija y la hermana, se armonizaban con los acentos 
graves del joven que iba á partir á la mañana siguien- 
te, del viejo que revolvía en su pensamiento resolu- 
ciones heroicas, no sabiendo si le traicionarían sus 
fuerzas, del hombre tranquilo y pacífico hasta en- 
tonces, que sentía despertar y revolverse en su inte- 
rior, con el sedimento de pasadas edades, un deseo de 
exterminio. 

El catolicismo francés cantaba ante los altares: 

Rends la Alsace á sa gloire, 
cambie ses voetix nouveawx, 
/ais qiCun renl de vicluire 
sou/Je dans nos drapeaux. 

Y en los templos del culto calvinista, en las sina- 
gogas, en las logias, en todos los lugares dedicados 
á una creencia, todos los franceses expresaban los 
mismos anhelos. 



El entusiasmo de París. — Los exíranjeros 

La fisonomía de París se transformó completamen- 
te el "2 de Agosto. Casi todos los medios de comunica- 
ción quedaron suprimidos. Las líneas de tranvías, de 




KL ARZOBISPO DB PARÍS 
Monseñor Amette exhortando A los ñeles desde una de las puertas del templo de Nuestra Señora 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



117 



autobús y de muchos ramales del ferrocarril subterrá- 
neo dejaron de funcionar por haber sido comprendido 
su personal en la movilización. Sólo circularon ca- 



Esta falta de vehículos estaba compensaba por la 
extraordinaria animación en las calles, llenas de mu- 
chedumbre. En las cercanías de las estaciones de fe- 




TOnO FRANCÉS EN SU PUE-ÍTO 
Las vías farreas guardadas por los veteranos 

(Dibujo do Georgea Scott, de la Illustration, de París) 



rruajes de alquiler cuyos caballos estaban extenua- 
dos. Los automóviles de punto corrían á toda veloci- 
dad llenos de oficiales ó reservistas que se dirigían á 
las estaciones para tomar el tren é incorporarse á sus 
regimientos. 



rrocarril, especialmente la del Este, por donde salían 
las tropas hacia la frontera, era imposible avanzar. 
Una masa compacta de miles y miles de cabezas se 
aglomeraba contra las verjas, extendiéndose por las 
calles inmediatas. 



118 



VICENTE BLASCO IBANEZ 




MANIFESTACIÓN DB LA LIC¡.\ DE PATRIOTAS Y SOCIKDADES ALSACIANAS ANIB LA ESTATUA UB BSTaASBUBQO 

EN LA PLAZA DK LA CONCOEDIA (Fot. Rol) 



Numerosas manifestaciones cantando Z^/ Marftellr- 
sa recorrieron incesantemente los bulevares hasta la 
plaza de la República, saludando con sus banderas y 
sus vítores el monumento á la República que se le- 
vanta en el centro. Otras manifestaciones se encami- 
naron á la plaza de la Concordia para saludar la esta- 
tua de Estrasburgo, símbolo de las dos provincias 
cautivas del enemigo. 

Una procesión cívica, formada por asociaciones de 
alsacianos y loreneses, visitó esta estatua para des- 
pojarla de los crespones fúnebres y otros signos de 
duelo que la habían cubierto durante cuarenta años 
como señal de protesta. La muchedumbre patriótica, 
en la que figuraron muchas mujeres y niñas con el 
vestido tradicional de Alsacia, aclamó la desaparición 
de los tristes adornos. Coronas de flores y grandes ra- 
mos cubrieron la arrogante íigura de Estrasburgo. So- 
bre sus hombros de piedra quedó depositada una ban- 
dera tricolor suelta al viento. Llegaba para los alsacia- 
nos y loreneses la hora ansiada durante tantos años. 

En los cafés y los restaurants el público aplaudió 
á los oñciales y soldados que abandonaban apresura- 
damente sus mesas para dirigirse á las estaciones. La 
mayor parte de los establecimientos estaban cerrados, 
con carteles manuscritos en sus puertas indicando 
que el dueño ó los dependientes habían marchado á la 
guerra. 

Por la noche el entusiasmo fué tomando una forma 
agresiva. 

Ciertos grupos, cansados de gritar contra Alema- 



nia y Guillermo II. quisieron dar á su indignación una 
forma más contundente, asaltando las tiendas y los 
restaurants cuyos dueños eran alemanes y austríacos. 
En algunos casos bastó la vaga creencia de que po- 
dían pertenecer á dichas nacionalidades. Así fueron 
asaltados y saqueados los laboratorios y depósitos de 
la Sociedad de Lecherías Maggi, la gran pastelería 
Appenrodt, el café Vienes y otras cervecerías y al- 
macenes del bulevar. 

Estos desmanes, producto de un entusiasmo exce- 
sivo, sólo ocurrieron en la uoclie del 2 de Agosto. La 
policía intervino desde la mañana siguiente para evi- 
tar nuevos atropellos, y muchos de los asaltantes fue- 



m^ 



7^^"^- 



rCa Jarra íte it fe 







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LOS ANUNUIOS DE LAS TIENDAS FRANCESAS 

Cartel patriótico avisando la reapertura de una tienda 

después de la victoria 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



119 



ron conducidos ante los tribu- 
nales, que los castigaron con 
dureza. 

En la explosión del entu- 
siasmo patriótico de París se 
demostró una vez más el afec- 
to que casi todos los pueblos 
civilizados sienten por la na- 
ción francesa. Un poeta ha 
dicho en un exceso de lirismo 
patriótico: «Todo hombre tie- 
ne dos patrias: la suya y des- 
pués Francia.» Esto no será 
exacto — como ocurre con casi 
todas las afirmaciones de los 
poetas — , pero no por esto deja 
de ser verdad. 

Hay muchos que no se 
acuerdan en tiempos norma- 
les de que Francia existe; hay 
otros que la detestan viendo 
en ella la patria de la más 
temible de las revoluciones; 
pero una gran parte de la 
humanidad justifica las pala- 
bras del poeta interesándose por todo lo que ocurre á 
orillas del Sena. 

Desde hace dos siglos los hombres de pensamiento 




IB 




Una tienda lujosa de los grandes bulevares cerrada por haberse marchado á la guerra 
el dueño y los dependientes 



ven algo semejante á una segunda patria en la nación 
francesa, que engendra todas las nuevas aspiraciones 
de la humanidad ó las estampilla y propaga por el 
mundo aunque no hayan surgido de su seno. Una 
idea, nazca donde nazca, no adquiere valor mundial 
hasta que pasa por París y éste se encarga de difun- 
dirla. Un libro sólo puede saltar de nación en nación 
cuando lo vierten al francés, lengua á la que acuden 
todas las lenguas, idioma de innumerables avenidas, 
en el que se encuentran los diversos traductores como 
en una encrucijada. 

La moda intelectual varía con iguales caprichos, 
inexplicables y nerviosos, que las modas femeninas. 
Hay que cambiar de hechuras para que los modistos 
del pensamiento no permanezcan inactivos sobre los 
patrones triunfantes. 

El mundo se fatiga de creer mucho tiempo lo mis- 
mo, y la supremacía de Francia sufre por esto oscila- 
ciones y eclipses. Una temporada, el modo de pensar 
dominante es inglés, otra es alemán, luego es ruso, 
y á todas las naciones les llega su cuarto de hora 
de universalidad. Pero el péndulo incansable con- 
tinúa su vaivén de izquierda á derecha, pasando 
siempre por el punto medio, y si alguna vez queda 
inmóvil es sobre él. Digamos que este punto medio es 
Francia. 

Lo mismo para los entusiasmos que para los odios, 
París resulta el centro de la atención universal. Desde 
principios del siglo XVIII todos hablan de él para 
admirarlo ó maldecirlo. 



Cartel con dos banderltas pintadas, anunciando que el dueño 
es francés y que está en el ejército 

(Fota. Meorisse) 



120 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




oeSPUÉS DB LA MANIFESTACIÓN CONTRA LAS TIENDAS ALEMANAS V AUSTRÍACAS DE LOS BULEVARES 

UNA TIKNDA ALEMANA SAQUEADA CBRTKCBBÍA Al FMANA PHÓXIMA Á LA KSTaCIÓ.N DEL NORTB 




LA CELEBRE PASTBLBELA APPENBODT, APEDREADA POB LOS MANIFESTANTES 




UNA PUBKTA DBL CAFE VTBNES 



JOYERÍA ALEMANA, EN CUTO RÓTULO APaRBCB ABBANCADA 
LA INDICACIÓN DB SER PROTEBDORA DB LA CORTE DB AUSTRIA 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



121 




TIBNDAS ALBMANáS_DBL BULBTAB, ASALTADAS 



HEIDT 




UNA CBBVBCHEÍA ALEMANA 




BL LABOEA.TORIO CBNTBAL DE LA3 LECHBhlAS MAíjGI 



UNA SXJCCBSAL DB LAS LBCHBRIaS UAQOI 

(Fots. MeorUse) 
IS 



122 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




BL ENTUSIASMO POH FHANOIA 
Desflle de una manifestación con banderas por las calles de París 



(Fut. MouriBse) 



El entusiasmo internacional que inspira París se 
reveló en las primeras noches de Agosto, cuando los 
bulevares estaban repletos de rumoroso gentío en es- 
pera do noticias. Las tintas de la bandera tricolor 
aleteaban bajo los faros eléctricos. Los cafés, desbor- 
dantes do muchedumbre, lanzaban por las bocas in- 
flamadas de sus puertas y ventanales el rugido armó- 
nico de las canciones patrióticas... De pronto abríase 
la muchedumbre en el centro del bulevar, entre aplau- 
sos y vivas. 

— Es Europa que pasa — decían muchos, quitándose 
los sombreros. 

Toda Europa — menos Alemania y Austria — se mos- 
tró en aquellas noches representada por una juven- 
tud generosa, que saludó con gritos de adhesión á la 
Francia en peligro. Los estudiantes extranjeros que 
viven en el Barrio Latino, los trabajadores de diversas 
nacionalidades que perfeccionan sus conocimientos en 
los talleres franceses, los ancianos que se refugiaron 
en la playa hospitalaria de París como náufragos de 
guerras y revoluciones, las mujeres que estudian para 
volver luego á su tierra, todos los huéspedes de la 
ciudad mundial desfilaron por sus principales arterias 
en patriótica y fraccionada procesión. 

Ondean las banderas blancas y amarillas, con 
águilas negras en el centro, sobre un grupo de bone- 
tes de astrakán y largas levitas que tienen cartuche- 
ras en los pechos. Tras de estos uniformes de cosaco 
avanza una multitud compuesta de hombres y mu- 
jeres del Norte, rojizos, de nariz achatada, ellas con 



el pelo cortado, ellos con luengas melenas. En sus 
ojos hay una expresión de iluminamiento, de ensueño 
humanitario; en sus puños, contracciones enérgicas 
que hacen recordar á los apóstoles del nihilismo arro- 
jando la bomba. 

— Nuestros amigos los rusos — dicen los franceses. 

A éstos los miran como gentes de casa. Son los 
aliados. Todos cantan la Marsellesa, y algunos dan 
vivas á Nicolás II, al que odiaban hace poco. 

Una nueva bandera pasa bajo los focos de luz como 
una mancha de sangre. Un grupo juvenil marcha á 
continuación; un grupo que no lanza aclamaciones, 
que camina silencioso, con la cabeza descubierta. 
«¡Los ingleses!» Son muchachos altos, desgarbados. 
Algunos se elevan sobre los compañeros, gracias á 
su cuello semejante al de la jirafa. No se fijan en la 
muchedumbre que les abre paso, alineándose en las 
aceras. Miran á lo alto ó clavan sus ojos en el pabe- 
llón nacional, como si en su fondo escarlata colum- 
brasen algo que sólo es visible para ellos. Su mutismo 
impresiona á los curiosos. Las muchachas revoltosas 
del bulevar que aclaman á los otros manifestantes y 
les envían besos parecen intimidadas en presencia 
do estos jóvenes, graves é infantiles, dependientes de 
tienda, mecánicos, comisionistas, á los que da el en- 
tusiasmo un aire de pastores evangélicos. Su silencio 
se rompe y entonan un canto austero y pausado, un 
canto de iglesia que días antes habría hecho reir en 
pleno bulevar, pero que ahora esparce un escalofrío 
de emoción. 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



128 



Es la fuerza que pasa; la fuerza reflexiva y tenaz 
de un gran pueblo. laglaterra aúu no había abierto la 
boca. No se sabía en las primeras noches de Agosto 
cuál podía ser su actitud con Francia. Muchos temían 
que no fuese más allá de una neutralidad amable... 
Pero los muchachos cantan con los místicos ojos per- 
didos en lejanas visiones, mientras sus pies, unos pies 
británicos, enérgicos, dominadores, incapaces de re- 
troceder cuando se afirman con resolución, golpean 
marcialmente el asfalto. Entre estos dependientes que 
ganan unas docenas de francos por semana, marchan 
varios gentlcmen con el macferland sobre el traje de 
ceremonia y el clac de seda mate en la cabeza. 

Acaban de salir de un restaurant de lujo; se alojan 
en hoteles de los Campos Elíseos, donde pagan tres ó 
cuatro libras por día. Encontraron la manifestación 
de sus modestos compatriotas, y se unieron á ella, ira- 
pasibles, correctos, con la serenidad del inglés, que 
en los momentos supremos olvida toda diferencia y no 
conoce el gran tormento que martiriza á los latinos: 
el ridículo. 

Luego avanza un porta-estandarte, con gorro rojo 
y almidonado faldellín de bailarina, seguido de mu- 
chos hombres que tienen ojos de brasa y la tez aceitu- 
nada. «¡Viva Grecia!» Corre la gente para contem- 
plar de cerca unas banderas francesas, bajo las cuales 
tiemblan como negras mariposas los grandes lazos de 
seda del peinado alsaciano. Todos saludan á los com- 
patriotas de las provincias esclavizadas. Suena un 
redoble incesante de tambores. Viejos que ostentan en 
el pecho la medalla de 1870 golpean con los palillos 
el antiguo parche de los combates heroicos é inútiles. 



el bélico instrumento que durante cuarenta y cuatro 
años ha permanecido mudo. Junto á ellos redoblan en 
sus cajas nuevas algunos muchachos, pequeños y ani- 
mosos, como los tamborcillos de la Revolución. ¡Fuer- 
za, pequeños! ¡Dichosos los que no perezcan en la 
próxima batalla y puedan ver el gran día de la liber- 
tad!... Los viejos redoblaron á muerte; sus nietos redo- 
blarán á gloria. 

Y detrás de este grupo de extranjeros, que es un 
pedazo de Francia, van pasando otros y otros. Brilla 
la constelación de la bandera norteamericana sobre 
su septagrama rojo y blanco. Desfilan numerosos gru- 
pos semejantes á los de los ingleses en su aspecto ex- 
terior, pero más ruidosos, más vivaces, interrumpien- 
do sus cánticos con estruendosos ¡burras!, llevando del 
brazo mujeres altas, de gimnástica esbeltez, con gran- 
des sombreros y vistosos trajes, rubias fuertes que 
lucen la sana dentadura en incansable sonrisa y ele- 
van sobre su cabeza la diestra ensortijada con dos 
banderitas: la de su país y la de Francia. 

Pasan los manifestantes de diversos Estados bal- 
kánicos, hombres de nariz aquilina y ojos inquietos 
de ave de rapiña; los escandinavos, blancos y rojos, 
de una carnosa limpieza que parece oler á agua co- 
rriente; los suizos, que son pocos y revelan en su re- 
servado aspecto la prudencia helvética, ganosa á la 
vez de hacer constar una demostración simpática y 
de mantenerse en cuerda neutralidad. 

Un grupo numeroso avanza sin bandera. Dos bas- 
tones sostienen un lienzo escrito, que suple la falta de 
pabellón: «Los hebreos amigos de Francia.» Y desfilan 
patriarcas de barba canosa y largo gabán negro, que 




LOS VOLUNTABIOS NOBTBAMBaiCANOS 



(Fot. Meurisso) 



124 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




LOS MANlFaSTAINTlSS UON LAS BANDKKAS EN LA PLAZA DK LA Ól'BRA 

(Apunte del natural, publicado por la Illuttration, de l'aris) 



tienen en su entrecejo algo de los antiguos profetas; 
obesos tenderos cuyo pacífico exterior parece sacudido 
por una ráfaga belicosa; jóvenes de pelo rizado en 
apretados bucles, nariz pesada y color enfermizo, que 
gritan y manotean con el entusiasmo de un pueblo 
eternamente perseguido ante una tierra de libertad. 
Para llevar al frente una enseña nacional tendrían 
que reunir los colores de todos los pueblos de Europa 
y América. Su bandera es la tradición religiosa y ét- 
nica, que los mantiene agrupados á través do la His- 
toria. Es también para muchos de ellos la lengua y 
los apellidos de una patria de persecuciones que aban- 
donaron hace centenares do años y perdura en su me- 
moria como un cuento maravilloso escuchado en la 
niñez. Álvarez, nacido en Constantinopla, da el brazo 
á Flores, natural de Amsterdam; Pinto, de Salónica, 
fraterniza con Carrión, de Serajevo. Y todos, impul- 
sados por el soplo de la guerra á escoger un país de 
simpatía, una patria de amor, aclaman á Francia, 
cuna de las revoluciones igualitarias, legisladora de 
la dignidad humana. Un furor impulsivo semejante al 
de los antiguos Macabeos galvaniza á esta raza, en- 
corvada luengos siglos por la timidez. 



El verde acuático de la bandera italiana se riza á 
impulsos de la brisa nocturna, bajo las lunas eléctri- 
cas del bulevar. ¡Cantos... gritos! Una alegría musi- 




L03 VOLUNTA EI03 RUSOS 



Fot Uol) 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



125 




DESFILE DE VOLUNTARIOS EXTRANJEROS ANTE EL MONUMENTO DE LA REPÚBLICA 



(Fot. Rol) 



cal y heroica que recuerda los 
concertantes finales de las 
óperas, llena la ancha calle. 
Hermosos ancianos de barba 
fluvial, que tal vez son mo- 
delos de pintor, avanzan con 
orgullo de triunfadores, lu- 
ciendo sus blusas rojas deste- 
ñidas por los años, sus kepis 
mugrientos del mismo color, 
restos haraposos de la postre- 
ra y generosa aventura gari- 
l)aldina de 1870. «¡Giuseppe!.. . 
¡Glnseppr !...)■> La imagen del 
más portentoso de los guerre- 
ros modernos, cuyas hazañas, 
casi inverosímiles por lo au- 
daces, recuerdan las del Cid, 
pasa por las memorias. Todos 
ven la barba blanca y el pecho 
purpúreo del «gran patriarca 
armado del latinismo», su 
acartonada y sonriente an- 
cianidad dejándose izar á lo 




LAS BANDBttAS NORTBAMBaiCANAS 



(Fot Mcuri.'-.sel 



126 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



alto de un caballo para inlligir á los prusianos la 
única derrota que sufrieron. 

Se aleja el ordenado coro de tenores heroicos, y un 
formidable empujón conmueve al público del bulevar, 
como si avanzase en la sombra una carga de jinetes 
barriéndolo todo... Alegría arrolladora; vítores acom- 
pañados de codazos y pisotones; palabras gruesas que 
infunden entusiasmo y provocan el rubor; desorden 
exuberante y fraternal. Una bandera roja y amarilla 
ondea sobre esta avalancha, que hace retroceder á los 
curiosos hasta las paredes. Son los españoles y los 
hispanoamericanos. La manifestación se ha formado 
en los establecimientos alegres de Moutmartre. Bohe- 
mios franceses y de diversas nacionalidades, melenu- 
dos que hacen versos ó proyectan eternamente cua- 
dros y esta- 
tuas en los ca- 
fés nocturnos, 
se incorporan 
por instintiva 
comunidad de 
gustos á esta 
muchedum- 
bre, en la que 
figuran tantas 
mujeres como 
hombres. Las 
paseantes del 
bulevar, que 
han presen- 
ciado inmóvi- 
les el desfile 
do las otras 
manifestacio- 
nes, se intro- 
ducen en las 
filas de ésta, 
buscando un 
brazo en que 
apoyarse. 

Y la desor- 
denada procesión se aleja, conmoviéndolo todo con 
su ruidoso entusiasmo. De su seno surgen voces caste- 
llanas de un léxico incopiable, abominando del kaiser, 
reclamando sus cosas más íntimas. 



La simpatía internacional por Francia no se limitó 
á estas manifestaciones. Veinte días después, cuando 
el gobierno de la República quiso admitir voluntarios 
extranjeros para su ejército, unos cien mil hombres 
de esta clase se presentaron en toda Francia ante los 
consejos llamados de revisión. Éstos se mostraron 
muy escrupulosos en el examen y admisión de los vo- 
luntarios. La Hepública tenía combatientes de sobra 
para su defensa, y sólo aceptó los jóvenes y de buena 
salud. 

En París desfilaron durante un mes por la Expla- 




nada do los Inválidos miles y miles de extranjeros de- 
seosos de dar su sangre á Francia. Los de alguna 
edad y los enfermizos protestaban con los ojos húme- 
dos de cólera al verse rechazados. Unos cuarenta mil 
de Europa y América fueron admitidos. 

Los ingleses y norte americanos llamaron la aten- 
ción por su aspecto físico y su disciplina en el acto 
del alistamiento. La larga espera impuesta por el go- 
bierno la aprovecharon aprendiendo los ejercicios mi- 
litares bajo la dirección de antiguos combatientes de 
mar y tierra retirados en París ó de los oficiales adictos 
á sus Embajadas. Se presentaron á inscribirse en co- 
rrecta formación. No hubo mas que darles el fusil y 
cambiar por un uniforme sus trajes de corte elegante. 
Los italianos triunfaron por el número. Unos vein- 
te mil 66 ofre- 
cieron en toda 
Francia, y ú 
pesar de las 
muchas ex- 
clusiones, for- 
maron varios 
cuerpos en Di- 
jón y otros de- 
pósitos. 

Como perso- 
najes sensa- 
cionales que 
se presentan 
en el momen- 
to más culmi- 
nante de un 
drama, apa- 
recieron de 
pronto en Pa- 
rís los nietos 
de Garibaldi. 
Estos descen- 
dientes del 
héroe han pe- 
leado por la 
libertad de varios pueblos cu Europa y América. El 
mayor, José Garibaldi, es general de brigada del ejér- 
cito griego. Los hermanos menores ganaron también 
sus grados de capitán en la guerra de los helenos con- 
tra los turcos. 

Su aparición ante los voluntarios y sus familias 
fué euiocionaiito. Algunas italianas arrugadas y octo- 
genarias se arrodillaron besándoles las manos con un 
fervor religioso. ¡Los nietos de Garibaldi! ¡Los descen- 
dientes del Mesías libertador que atravesó su aldea 
cuando ellas eran niñas, y al (jue designaba la devo- 
ción patriótica de las gentes sencillas con el nombre 
dCíSfeíi Giuseppe!... Los viejos garibaldinos emigrados 
en París hicieron esfuerzos para contener su emoción 
al ver convertidos en soldados vigorosos á los chiqui- 
tines que en otro tiempo rodeaban á su general. 

El mayor de los nietos, arrancándose del uniforme 



BXTEANJEROa DOMICILIADOS BN UN BARRIO POPULAR DE PARÍS ESPERANDO TURNO 
PARA INSCRIBIESB COMO VOLUNTARIOS EN LA COMISARÍA DK POLICÍA 

(Fot. Rol) 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



127 



la insignia de la Legión de Honor, la agitó como una 
enseña de gloria. 

— Italianos: que cada uno de vosotros llegue á mere- 
cer esta recompensa. Acordaos de vuestros padres, que 
vencieron en Dijón siguiendo la blusa roja de mi abuelo. 

El joven Garibaldi fué nombrado coronel por el 
gobierno de la República, tomando el mando de dos 
batallones de compatriotas. 

Los voluntarios españoles é hispano-americanos 
formaron un regimiento numeroso, que se organizó y 
ejercitó en Bayona, saliendo después para la línea de 
fuego. Muchos, con el individualismo propio de la 
raza, se incorporaron aisladamente á los regimientos 
franceses. En las tropas procedentes de Afíioa figura- 
ron en gran número nuestros compatriotas. La emi- 
gración espa- 
ñola que vive 
en los tres de- 
partamentos 
de Argelia 
proporcionó 
una cantidad 
considerable 
de volunta- 
riosa los bata- 
llones de tira- 
dores argeli- 
nos. Durante 
la guerra fué 
cosa corrien- 
te oir expre- 
sarse en espa- 
ñol á muchos 
soldados de 
fez rojo y am- 
plios calzo- 
nes. Estos 
cuerpos lla- 
mados de tur- 
cos fueron en 

todos los combates las tropas más temidas del enemi- 
go, por sus ataques impetuosos. 

Francia tuvo voluntarios en sus filas de la mayo- 
ría de las nacionalidades desde el primer momento 
de la guerra. Pudo constituir regimientos enteros de 
hombres que no eran franceses y sin embargo querían 
morir por Francia. 

De Alemania y de Austria nadie supo que pudieran 
constituir una sola compañía compuesta de extran- 
jeros. Sólo el entusiasmo de una causa justa puede 
arrastrar á los hombres á ofrecer su existencia por uu 
país en el que no nacieron. 

El ejército austríaco, por el contrario, tuvo que 
ordenar al principio de la guerra numerosos fusila- 
mientos y otros castigos duros, para impedir la insu- 
bordinación de muchos batallones procedentes de los 
diversos é inarmónicos Estados que constituyen su 
Imperio enfermizo y próximo á disgregarse. 




LOS ITALIANOS ACUDIENDO Á INSCRIBIESE COMO VOLUNTARIOS 



VI 



La muchedumbre y la estación del Este 

Lo que mayor inquietud produjo en los habitantes 
de París al iniciarse la guerra, no fué el miedo á 
los peligros y horrores que ésta trae consigo, sino 
la escasez de moneda y la desaparición total del cré- 
dito. 

Ya dijimos que los Bancos, en virtud de la morato- 
ria, se negaron á devolver los depósitos y no quisieron 
pagar las cartas de crédito, letras, etc. Una ruina ins- 
tantánea, fulminante, inesperada, para las gentes de 

todas las na- 
ciones que vi- 
ven en París 
gastando los 
productos de 
sus tierras y 
de sus capita- 
les, que fruc- 
tifican en los 
pueblos más 
apartados del 
globo. 

¡Qué de no- 
velas desarro- 
lladas en las 
piezas de esos 
hoteles pala- 
ees, cuarteles 
lujosos en los 
que se amal- 
gaman los ri- 
cos de toda la 
tierra! ¡Qué 
de lágrimas é 
inquietudes 
en los imponentes caserones inmediatos al Arco de la 
Estrella, donde establecen sus errabundos lares las 
familias acomodadas en cosmopolita mezcolanza, tro- 
pezándose como vecinos en la misma escalera un ga- 
nadero argentino, un azucarero de Cuba, un salitrero 
de Chile, un minero de Siberia y un antiguo coloni- 
zador de Australia ó Nueva Zelandia!... 

La pobreza repentina, casi la miseria; como si en 
unas cuantas horas se hubiese cambiado el régimen 
social, triunfando la más absoluta de las revolucio- 
nes y desapareciendo para siempre los privilegios del 
dinero. Hubo millonarios que fueron al Banco, en su 
automóvil, con diez ó quince francos por todo capital. 
Iban á sacar dinero de sus cuentas corrientes, y al 
encontrarse con la negativa del empleado, quedaron 
estupefactos por la sorpresa, como si presenciasen un 
fenómeno absurdo que desorganizaba todo el ritmo de 
la vida. ¡Tener dinero en grandes cantidades, cente-» 



128 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




LA. MUCHEDUMBRE EN LA ESTACIÓN DEL ESTE 



nares de miles de francos, y no contar con otra reali- 
dad que las monedas que por olvido permanecen en el 
fondo de los bolsillos! 
— ¿Qué hacer? — se preguntaban unos á otros. 

El mundo se presentaba de pronto envuelto en bru- 
mas, como si algo fúnebre pasase ante el sol. ¿Cómo pa- 
gar á los criados, al chuuffcnr, á la cocinera? Y por en- 
cima de estas obligaciones, la necesidad más inmedia- 
ta y dolorosa: «¿Cómo podrían comer al día siguiente?» 

Por fortuna, todo se arregla en este mundo, unas 
veces bien, las más de ellas 
mal, pero nada queda sin su 
correspondiente solución. Los 
ricos faltos de dinero apelaron 
al procedimiento de los po- 
bres: el préstamo, la petición 
al amigo, el ruego fervoroso 
para conseguir unos cuantos 
francos. Luego los Bancos en- 
tregaron hasta el veinte por 
ciento de los depósitos, y mu- 
chos gobiernos hicieron ade- 
lantos á sus subditos para que 
pudieran realizar el viaje de 
regreso. 

¡Adiós, París! Los ricos son- 
rieron después recordando sus 
apuros; ocharon á broma sus 
inquietudes, como algo gra- 
ciosoé interesante, perojquién 
sabe si presenciaron por algu- 
nos días un anticipo del más 
. grande de los conflictos en un 



porvenir todavía remoto, cuando el dinero desaparezca 
ó pierda todo su valor y los poderosos del mundo se 
encuentren de pronto con que no tienen otro capital 
que sus brazos y su cerebro! 



Otro apuro del vecindario parisién fué la falta re- 
pentina de moneda, de que hablamos en capítulos 
anteriores. El oro había desaparecido en veinticua- 
tro horas. Lo guardaban los Bancos, lo guardaban las 




ALRBOKDOBES DE LA ESTACIÓN DEL ESTE 



(Fots. Meurisse) 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA PE 1914 



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VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




LA BSTACIÓN DEL KSTB EN El. MOMENTO EN QUE SÓLO PODÍAN ENTRAR LOS KESBRVISTAS 



(Fot. Meiii'isse) 



grandes casas de comercio enterrado en sus cuevas, y 
su ocultamiento produjo un trastorno enorme. 

Imposible vivir sin las facilidades del cambio. 
Hubo gentes en París que casi murieron de hambre 
con un billete de cien francos en el bolsillo. La des- 
aparición de la pieza de oro de veinte francos y de la 
pieza de plata de cinco hizo que todos los estableci- 
mientos se negasen á aceptar los billetes, prefiriendo 
no hacer ventas á tener que realizar un cambio. Im- 
posible comer, comprar un cigarro, entrar en un café, 




LA ESTACIÓN DBL ESTB BN LOS PRIMEROS DÍAS DE LA MOVILIZACIÓN 



tomar un carruaje para el que no se había proveído 
de moneda menuda. Los más vivieron á crédito en su 
barrio, donde eran conocidos, enseñando un billete 
que nadie quería poseer. La dueña del resfavrant, al 
verlo, prefería dar su comida á crédito, y así en los 
demás establecimientos. Ya cobrarían cuando el bi- 
llete pudiera ser cambiado. 

Y fué un verdadero acontecimiento que desconges- 
tionó muchos pechos el anuncio del Banco de Francia 
poniendo en circulación los nuevos billetes de veinte 

y de cinco francos, pedazos 
de papel que restablecieron 
en París el cambio corriente 
y la normalidad de la vida. 

Durante una semana la mu- 
chedumbre se agolpó ante las 
puertas de las sucursales del 
Banco, como un pueblo fa- 
mélico que pretende asaltar 
los almacenes de víveres. La 
Guardia Republicana, fusil en 
mano, tuvo que mantener el 
orden. Y estas masas que un 
recién llegado hubiese creído 
ansiosas de saqueo, llevaban 
en los bolsillos buena canti- 
dad de billetes de Banco. Las 
economías del pueblo de París, 
el más ahorrativo y acumula- 
dor de la tierra, se aglomera- 
ron al asalto del gran estable- 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



131 




PARTIDA DE LOS VOLUNTARIOS INGLESES Y NORTEAMERICANOS 



cimiento de crédito, para desmenuzarse y multipli- 
carse al cambiar de forma, convirtiendo en cinco 
fracciones el billete de cien francos cuidadosamente 
guardado en el fondo de una caja de jabones ó disi- 
mulado entre los cepillos y trapos para limpiar las 
botas. 

o 

otras muchedumbres se amontonaron diariamente 
en diversos puntos de París. La más grande fué la que 
extendió su masa de cabezas en torno de la Estación 
del Este, desbordando sus ten- 
táculos por las calles inme- 
diatas. 

Durante un mes su nombre 
estuvo en todas las bocas: ¡La 
«Gare de TEst»! ¡La «estación 
histórica», como la llamaron 
muchos!... Fué semejante á 
un estrecho túnel por el cual 
intentase pasar todo un río, 
con grandes choques y rebu- 
llimientos contra sus paredes. 
La Francia armada, la Fran- 
cia viril, se lanzó por esta sa- 
lida de París hacia los campos 
de batalla de la frontera. 

La Estación del Este era en 
tiempos normales una de las 
menos concurridas de París. 
Como lugar de partida para 
Alemania, bien se comprende 
que no atrajese muchos viaje- 
ros. Ahora afluyeron á sus al- 
rededores las muchedumbres 
inquietas y abigarradas para 



ver cómo desaparecían en su interior otras muche- 
dumbres de contornos geométricos, uniformemente 
vestidas, con relampagueos de acero y acompaña- 
miento cadencioso de choques metálicos. 

Los frontones del edificio parecían las múltiples 
testas de una bestia angulosa y cornuda; sus medios 
puntos de cristal, que brillaban al sol como bocas 
ígneas, tragaron y tragaron la gente lo mismo que los 
monstruos del culto molokeo. ¡Lo que devoró en un 
mes esta construcción, rodeada de muchedumbres 




UN ORUPO DE VOLUNTARIOS NORTEAMERICANOS PASANDO ANTE LA OPBRA 

CAMINO DE LA ESTACIÓN (l'"ot3. Mcurisse) 



132 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




LOS BELGAS RBSIDBNTBS BN PARÍS PARTIENDO COMO VOLUNTARIOS PARA DEFENDER SÜ NACIÓN. UN VOLUNTARIO 

LOS ARENGA FRENTE A LA ESTACIÓN DH SAINT-LAZARE 



día j noche como un templo de ritos 'permanentes, y 
en cuyo interior humeaba la hulla formando lácteas 
vedijas, se alineaban con sonoro estrépito centenares 
de cajones montados sobre ruedas, y bramaban las 
locomotoras con el curvo vientre henchido de vapor! 
A través de sus verjas pasaron miles y miles de caba- 




ÜN CARRO MILITAR DESCARGANDO OBJETOS PARA 
BN LA ESTACIÓN DEL BSTB 



líos; hombres con el pecho forrado de acero y cabe- 
lleras de crines pendientes del casco, como paladines 
de remotas edades; cajas enormes que servían de 
jaulas á los cóndores de la moderna aeronáutica; pro- 
cesiones interminables de cañones estrechos y lar- 
gos, pintados de gris, protegidos por mamparas metá- 
licas, más semejantes á ins- 
trumentos astronómicos que 
á bocas de muerte; masas y 
masas de kepis rojos, enfun- 
dados de azul, moviéndose 
con el ritmo de la marcha, 
dejando adivinar debajo de 
ellos los capotes con las hal- 
das abrochadas atrás, el pan- 
talón escarlata, los zapatos 
claveteados. Erizadas en su 
parte superior filas de fusiles: 
unos negros y escuetos for- 
mando lúgubres cañaverales; 
otros rematados por las bayo- 
netas, que parecían espigas 
luminosas; y sobre estos cam- 
pos movibles de mieses de 
acero, las banderas que on- 
deaban como pájaros de co- 
lores, el cuerpo blanco, una 
ala azul, la otra roja, una cor- 
bata deslumbrante en el cue- 
llo y en lo alto el pico de oro, 
el hierro de la lanza que apun- 
ta á las nubes. 



EL EJÉRCITO 

iFots. Meurisse) 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



133 



Cuando el grueso de las tro- 
pas estaba ya en los campos 
de batalla, no por esto cesó la 
animación en torno de ella. 
Día y noche los hombres de 
combate entraron y entraron 
en la «estación histórica» suel- 
tos ó por grupos. Eran reser- 
vistas sin uniforme que mar- 
chaban á incorporarse á sus 
regimientos, oficiales rezaga- 
dos que habían estado traba- 
jando en la movilización, pe- 
lotones en armas que iban á 
llenar los grandes claros que 
abre la muerte en las guerras 
modernas. 

La muchedumbre, aglome- 
rada contra las verjas y en 
perpetua disputa afectuosa 
con los policías encargados de 
mantener libre el paso, salu- 
daba á los que se iban y los 
acompañaba con los ojos al 
atravesar el gran patio de la estación, hasta que se 
perdían tras de las mamparas de cristales. Voceaban 
los vendedores las últimas ediciones de los periódicos, 
y la masa obscura iba moteándose de puntos blancos, 
hojas de papel impreso leídas ávidamente. Una buena 
noticia: «¡Viva Francia!...» Un despacho confuso que 
hacía presentir un descalabro y una retirada. ¡No im- 
porta! Había que sostenerse de todos modos. Los rusos 
se encargarían de avanzar á espaldas del enemigo... 
Y mientras disputaban los grupos y ciertas muchachas 





RESBRVISTAS QUE VAN A LA ESTACIÓN DEL ESTE 



UN GRUPO DE RESERVISTAS QUE MARCHA A LA ESTACIÓN DEL ESTE 
CANTANDO «LA MARSELLESA» 



vestidas con elegancia pregonaban la venta de esca- 
rapelas tricolores y otros adornos patrióticos, seguían 
pasando por el patio solitario, para ser tragadas por 
las puertas de la estación, gentes y más gentes que 
iban á la guerra. 

Un joven subteniente de la reserva, con el saco á 
la espalda, avanza acompañado por su padre hasta 
donde le permite la policía. El viejo, enjuto de cuerpo, 
con una cinta militar en la solapa, se yergue ponien- 
do un gesto fosco. Quiere mostrarse fiero, inhumano, 

para ocultar su emoción. 

— ¡Adiós, muchacho! Pór- 
tate bien. 
— Adiós, padre. 
No se dan la mano: no se 
miran. El oficial sonríe auto- 
máticamente. 

Unos reservistas avanzan 
cantando, bromeando, con 
una alegría de buenos cama- 
radas que han bebido un trago 
en el cercano café; pero mien- 
tras ríen y gritan, uno de ellos 
oprime con la diestra la mano 
arrugada de una mujercita 
que marcha á su lado, ergui- 
da y con los ojos secos: la ma- 
dre, que ha querido acompa- 
ñar á su mocetón hasta el úl- 
timo momento. 

Otros llegan sueltos, despe- 
gados de sus camaradas, pero 
no por esto van solos. El fusil 
cuelga de uno de sus hombros. 



(Fot. Meurisse) 



134 



VICENTE BLASCO IBANEZ 




UN OFICIAL DE I-A RESERVA DESPIDIÉNDOSE DB SU PADRE 
EN LA ESTACIÓN 

la espalda sufre la pesada joroba de la mochila, las 
piernas rojas salen y se ocultan entre las alas recogi- 
das del capote, la pipa humea bajo la visera del kepis. 
Y delante de él caminan unos cuantos pequeüuelos, 
alineados por orden de estatura, que vuelven la cabeza 
para mirar al padre, súbitamente engrandecido á sus 
ojos por estos arreos militares. A su lado marcha la 
compañera, afable y sumisa lo mismo que en las pri- 
meras semanas de sus relaciones, sintiendo confusa 
mente en su alma simple una Üorescencia renovada 
de amor, una primavera extemporánea, nacida al 
contacto del peligro. Este obrero de París, que hace 
un mes cantaba La Internacional pidiendo la desapari- 
ción de los ejércitos y la fraternidad de todos los seres 
humanos, va ahora en busca de la muerte por defen- 
der á 8u país; y la mujer Hora, pero lo admira. 

El amor y la conmiseración por su hombre la 
hacen insistir hasta el último momento en sus cui- 
dados y recomendaciones. Ha puesto en la mochila 
sus mejores pañuelos, los pocos víveres que tenía 
en casa, todo el dinero. No debe inquietarse por ella 
y los hijos: ya saldrán del paso como puedan. El 



gobierno y las buenas almas cuidarán de su suerte. 

Y el hombre bromea mirando á su mujer en las 
inmediaciones del talle algo deforme: saluda al ciuda- 
dano próximo á venir, y que seguramente nacerá en 
plena victoria. 

Un beso á la compañera, un cariñoso repelón á la 
prole, y se une con los camaradas... Nada de lágrimas. 
¡Coraje! ¡\'iva Francia! 

S;is recomendaciones son oídas. Nadie llora. Pero 
cuando el último pantalón rojo desaparece, muchas 
manos se agarran convulsas á los hierros de la verja, 
muchas cabezas se ocultan bajo el brazo con un ester- 
tor angustioso. El padre se mete en un café y busca 
la banqueta más honda, el rincón más obscuro, para 
ocultar su emoción. 

Una vieja mira hacia donde ella cree que está el 
Este, y agita los brazos enjutos con una furia homi- 
cida: 
— ¡Ah, bandido!... ¡Bandido! 

Y con la imaginación vuelve á ver lo que tantas 
veces ha contemplado en las páginas ilustradas de los 
periódicos: unos bigotes de insolente y marcial albo- 
rotamiento, una boca de dientes de lobo que ríe... ríe, 
como debieron reír los hombres de la época de las 
cavernas. 



Vil 



Continúan las hosUlidadcs.— Manifiesto del zar al pue- 
blo ruso.— La retirada del embajador Schoen. — Un 
artículo de Clcmcnceau. 

Los actos de hostilidad en la frontera continuaron 
el día 3 por parte de los alemanes, á pesar de que el 
embajador Schoen seguía en París, sin declarar rotas 
las relaciones. 

Varios destacamentos de huíanos merodearon en 




RESERVISTAS DIRIOIÉNDOSB A LA ESTACIÓN DEL ESTE 

(Fots. Meurisse) 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



135 




UNA MADRE ACOMPAÑABA SU HIJO CAMINO DB LA ESTACIÓN AGARRÁNDOLE LA MANO 



[Fot. Meiirisse) 



el territorio francés, siendo perseguidos por algunos 
pelotones de caballería. Los prisioneros alemanes he- 
chos en Joncheray el día anterior fueron conducidos 
á Belfort, siendo enterrado el teniente que los man- 
daba, muerto por un soldado francés. Un escuadrón 
de dragones hizo los honores fúnebres á este enemigo, 
el primero que caía en la guerra. 

A mediodía un destacamento de ciclistas del 17.° 
de infantería alemán pasó la frontera, penetrando en 
el pueblo de Moncel. <,<Pust! Postf», gritaban los ci- 
clistas. Y al llegar á la casa de Correos se apoderaron 
de la recaudación, robaron un saco de corresponden- 
cia y rompieron los aparatos telegráficos. Después 
asaltaron la estación del ferrocarril, pero como no 
encontraron nada que llevarse y temían avanzar más 
por estar acampadas las tropas francesas cerca de 
allí, volvieron á repasar la frontera. 

Por la tarde un pelotón de caballería alemana 
llegó al pueblo de Remareville, á ocho kilómetros del 
límite fronterizo, cerca de los destacamentos france- 
ses. Unos cuantos dragones mandados por un teniente 
salieron al encuentro de los invasores, entablándose 
un combate. El oficial francés mató de un sablazo al 
jefe de los huíanos, el cual quedó abandonado en el sue- 



lo. Sus soldados huyeron, dejando otro muerto sobre 
el campo. El cuerpo del oficial alemán fué recogido 
por los suyos durante la noche, sin que los franceses 
se opusieran al cumplimiento de esta función piadosa. 

El teniente de dragones que inauguraba la guerra 
con una victoria fué condecorado. 

Una columna alemana procedente del Luxemburgo 
intentó penetrar en Francia á cuatro kilómetros de 
Longwy. Los fuertes de la plaza la cañonearon, cor- 
tándola el paso. Un regimiento de caballería enemiga 
entró por Cirey, á 39 kilómetros de Luneville, ocu- 
pando por unos instantes el pueblo de Bertrambois, á 
dos kilómetros de la frontera, pero volvió riendas al 
avanzar un regimiento francés. 

En Montreux-Vieux una compañía de ciclistas ale- 
manes atacó el puesto fronterizo, ocupado por veinte 
aduaneros franceses. listos se defendieron, resultando 
del combate varios heridos de ambas partes. 

Cerca de Belfort, en Saint-ÍTaye, algunos destaca- 
mentos de huíanos se presentaron en las granjas, exi- 
giendo que les entregasen caballos y ganados. 

Un aeroplano alemán voló sobre Luneville, dejan- 
do caer tres bombas, que sólo causaron desperfectos 
en los edificios. 



1 :;c> 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



Y el embajador de Alemania todavía estaba en 
París á las horas en que ocurrían tales sucesos. 



De Alsacia llegaron noticias revelando otros atro- 
pellos. Los alsacianos que más se habían significado 
por su amor á Francia tuvieron que huir para no ser 
víctimas del estado de guerra declarado en su paíg. 
El abate Wetterlé, diputado del Reichstag, debió su 
salvación á la fuga, pues, indudablemente, de caer en 
poder de los alemanes, hubiese sido fusilado, ú pesar 
de su investidura parla- 
mentaria. 

Tin patriota de Lorena, 
el joven Alejandro Samain, 
tuvo menos suerte. Llegó 
la noticia de que los alema- 
nes lo habían prendido en 
Metz, fusilándolo tras de 
un consejo de guerra su- 
marísimo. 

Alejandro Samain era un 
patriota ardiente que man- 
tenía en la tierra lorenesa 
el culto de Francia. Con 
otros camaradas había fun- 
dado en Metz, su ciudad 
natal, una sociedad gim- 
nástica titulada la «Lorena 
Esportiva». El uniforme de 
estos jóvenes tenía cierta 
semejanza con el del ejér- 
cito francés. Las autorida- 
des alemanas persiguieron 
en varias ocasiones á la so- 
ciedad y á Samain, que era 
su presidente. 

En 8 de Enero de 1911 
la «Lorena Esportiva» dio 
un concierto, al que sólo 
asistieron los socios con sus 
familias. En mitad de la 

fiesta entró el comisario de policía alemán, exigiendo 
que cesara la música, porque tocaba piezas france- 
sas. El presidente hizo salir al comisario por tratarse 
do una fiesta en privado, y esta salida la saludó la 
música con los acordes de la marcha francesa Sfím- 
Irc-et-Meune. Alejandro Samain fué encarcelado á 
consecuencia del incidente, pero los tribunales ale- 
manes sobreseyeron la causa para evitar un escán- 
dalo internacional, sin perder por esto de vista al 
joven patriota. Algún tiempo después lo condenaron 
á seis semanas de prisión por el delito de propaganda 
antigermanista. 

Los militares de la guarnición le tenían odio por 
la franqueza con que expresaba sus simpatías á Fran- 
cia. En Diciembre del mismo año, un sargento ale- 
mán insultó en plena calle, con las más soeces pala- 




KL ABATE WBTTBRLE 



bras, á un hermano de Alejandro Samain. Este quiso 
interponerse, y el sargento le dio un puñetazo en el 
rostro, esgrimiendo luego su sable. Entonces un ami- 
go perteneciente á la sociedad gimnástica disparó su 
revólver, matando al sargento. Fué tan público el he- 
cho y tan convincentes resultaron las declaraciones 
de los testigos, que los jueces germánicos hubieron de 
absolver á los tres patriotas, por haber obrado en de- 
fensa propia. 

La autoridad militar de Metz tuvo desde entonces 
á Alejandro Samain inscrito á la cabeza de su lista 

de peligrosos. Apenas la 
guerra se inició, su primer 
acto de defensa fué supri- 
mir al joven y entusiasta 
patriota. 

a 

Una reconstitución del 
gabinete se verificó en 
Francia el día 3. El minis- 
tro de Marina, M. Gauthier, 
que estaba enfermo, pidió 
ser relevado, no sintiéndo- 
se con fuerzas bastantes 
para afrontar la situación. 
M. Augagneur, hombre de 
reconocida energía, pasó á 
este ministerio, cediendo la 
cartera de Instrucción pú- 
blica á M. Alberto Sarraut, 
gobernador de las posesio- 
nes francesas de Indo-Chi- 
na, que estaba con licencia 
en París. 

El presidente del gobier- 
no, M. Viviani, para man- 
tenerse con más desemba- 
razo en el cumplimiento de 
sus funciones, pasó á la 
cartera de Negocios Ex- 
tranjeros, que venía des- 
empeñando M. Doumergue. 
Los subsecretarios de Estado, Jacquier y Abel Fe- 
rry, presentaron sus dimisiones alegando que por su 
edad debían partir como soldados á los puestos que 
les señalaba la orden de movilización. El gobierno se 
negó á admitir sus renuncias, conservándolos en sus 
cargos, pero les dio licencia para que se incorpora- 
sen á sus regimientos. 

En Rusia el gobierno hizo saber que el gran duque 
Nicolás Nicolaievitch había sido nombrado generalí- 
simo de todas las fuerzas armadas del Imperio. 

En el mismo día 3 el zar dirigió el siguiente ma- 
nifiesto al pueblo ruso: 

Por la gracia de Dios, Nos, Nicolás II, Emperador y autócrata 
de todas las Rusias, rey de Polonia, Gran Duque de Finlandia, 
etcétera, etc., á todos nuestros fieles subditos hacemos saber: 

La Rusia, pariente de fe y de sangre de todos los pueblos 



[Vo\.. Meurisse) 



^^í:- •-., 




Dibuio de Ceorges Scoll, de •L'lllusirolion- de Parfs 



LOS PRM 



LA BATALLA 




ONEROS 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



137 



eslavos y flel á sus tradiciones históricas, no lia mirado jamás 
su suerte con ojos de indiferencia. 

Pero especialmente en los últimos dias, los sentimientos fra- 
ternales del pueblo ruso por los eslavos se han despertado con 
una perfecta unanimidad y una fuerza extraordinaria al ver 
cómo Austria ha dirigido á Servia reclamaciones que resulta- 
ban inaceptables para un Estado independiente. 

Habiendo despreciado la respuesta pacifica y condescen- 
diente del Gobierno servio, y rechazado la intervención bené- 
vola de Rusia, el Gobierno austrohúngaro ha precedido á una 
agresión armada bombardeando á Belgrado, ciudad abierta. 

Obligados á tomar las necesarias precauciones por la situa- 
ción creada por este hecho. Nos hemos ordenado poner nuestro 
ejército y nuestra armada en pie de guerra, sin dejar por ello 
de realizar toda clase de esfuerzos para 
obtener una solución pacífica en las 
negociaciones entabladas, pues la san- 
gre y los bienes de nuestros subditos 
nos son muy preciosos. 

Cuando ya estábamos con Austria 
en amigables tratos, Alemania, aliada 
de Austria, contrariamente á las espe- 
ranzas que nos inspiraba nuestra bue- 
na vecindad secular, y sin tener en 
cuenta nuestra palabra y las seguri- 
dades de que nuestros preparativos no 
tendían á ningún fin que le fuese hos- 
til, ha comenzado por reclamar la su- 
presión inmediata de dichas medidas 
de precaución. 

Habiendo recibido de parte nuestra 
una digna negativa, Alemania ha de- 
clarado súbitamente la guerra á Rusia. 

Hoy no es sólo la protección del pa- 
riente injustamente ofendido lo que 
hay que asegurar; es también el ho- 
nor, la dignidad, la integridad de Ru- 
sia y su puesto entre las grandes po- 
tencias lo que debemos defender. 

Creemos firmemente que nuestros 
fieles subditos acudirán con devoción 
y unanimidad á la defensa de la tie- 
rra rusa. 

Que la discordia interior sea olvida- 
da en esta hora amenazante y de rudas 
pruebas. Que la unidad del Zar con su 

pueblo resulte más estrecha aún, y que Rusia, levantándose 
como un solo hombre, rechace el insolente ataque del enemigo 
con una fe profunda en la justicia de nuestra obra y una abierta 
esperanza en la Providencia todopoderosa. 

Llamamos con nuestras plegarias la bendición de Dios sobre 
la santa Rusia y sus tropas valerosas. 

Este llamamiento del zar al pueblo ruso, en su 
doble carácter de soberano temporal y pontífice de la 
religión, fué acogido con gran entusiasmo en todo el 
Imperio. 

o 

Al enterarse el gobierno francés de los incidentes 
ocurridos en la frontera, envió una Nota al embajador 
de Alemania, M. de Schoen, cuya conducta resultaba 
cada vez más inexplicable al permanecer en París 
después de estos atentados. En dicho documento el 
gobierno señalaba los hechos ocurridos y la respon- 
sabilidad de Alemania al tolerarlos, pidiendo una ex- 
plicación inmediata al embajador. 




ALEJANDRO SAMAIN 



Después de esta Nota la situación de Schoen era 
ya insostenible. A las cinco y tres cuartos de la tarde 
se presentó en el Ministerio de Negocios Extranjeros, 
siendo recibido por M. Viviani en presencia de M. de 
Margerie, director político de dicho ministerio. 

El diplomático alemán mostró una marcada emo- 
ción, en la que entraban por mucho el embarazo por 
su conducta equívoca y la vergüenza por lo que le ha- 
bían encargado manifestar al gobierno francés. Con 
una voz algo temblona, M. de Schoen, en vez de dar 
explicaciones por los atentados de los alemanes en la 
frontera, dijo que su gobierno le ordenaba que protes- 
tase del hecho de que algunos 
aviadores franceses habían vo- 
lado sobre Bélgica. Añadió que 
otros aviadores, también de 
Francia, habían volado sobre el 
territorio alemán arrojando bom- 
bas en las inmediaciones de Nu- 
remberg, hechos que constituían 
una agresión contra Alemania y 
una violación del territorio del 
Imperio. 

Luego, turbado aún más por 
el profundo silencio con que 
eran escuchadas sus palabras, 
leyó una Nota que era la decla- 
ración de guerra á Francia en 
nombre de Alemania. 

El texto de esta declaración 
dice así: 

«Señor Presidente de la 
República: 

»Las autoridades administra- 
tivas y militares alemanas han 
hecho constar cierto número de 
actos característicos de hostili- 
dad cometidos sobre el territorio 
alemán por aviadores militares franceses. Varios de 
estos últimos han violado manifiestamente la neutra- 
lidad de Bélgica, volando sobre el territorio de di- 
cho país. Uno de ellos ha intentado destruir varias 
construcciones cerca de Wesel; otros han sido vis- 
tos sobre la región de Eiffel; otro ha arrojado bom- 
bas sobre la vía de ferrocarril cerca de Carlsruhe y 
Nuremberg. 

»Tengo el encargo 'y el honor de hacer saber á 
Vuestra Excelencia que en vista de estas agresiones 
el Imperio alemán se considera en estado de guerra 
con Francia por la agresión de esta última potencia. 
»Tengo al mismo tiempo el honor de hacer saber á 
Vuestra Excelencia que las autoridades alemanas re- 
tendrán los buques mercantes franceses en los puer- 
tos alemanes, pero los dejarán en libertad si dentro 
de cuarenta y ocho horas queda asegurada la recipro- 
cidad completa. 

»Habiendo terminado mi misión diplomática, sólo 



138 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




LOS NUEVOS MINISTROS FRANCESES 

M. AÜGAÜNHUR, MINISTRO DE MARINA (Fot. Rui) 

me resta pedir á Vuestra Excelencia que quiera dar- 
me mis pasaportes y adoptar las medidas que juz- 
gue útiles para asegurar mi regreso á Alemania con 
todo el personal de la Embajada, así como el per- 
sonal de la Legación de Baviera y del Consulado ge- 
neral de Alemania en París. 

«Recibid, señor Presidente, el testimonio de 
mi más alta consideración. 

»Firmado, Schoen» 

El silencio con que fué acogida esta increí- 
ble declaración era de asombro, en vista de la 
cínica tranquilidad con que el gobierno alemán 
hablaba de imaginarios atentados para ungirse 
agredido, cuando desde cuarenta y ocho horas 
antes había violado por diversos puntos el terri- 
torio francés. * 

M. Viviani protestó con gravedad y fírmeza, 
declarando que todos los hechos alegados por el 
embajador eran enteramente falsos y sin prueba 
alguna. Jamás ningún aviador francés había vo- 
lado sobre Bélgica y Alemania ui arrojado bom- 
bas. En cambio, el gobierno de la República pro- 
testaba con pruebas claras é indiscutibles de 
la violación del territorio francés por destaca- 
mentos alemanes y de la muerte de un cabo de 
su ejército. 



El presidente del Consejo, hablando cada vez con 
más energía, recordó al embajador alemán que el go- 
bierno de la República había dado orden á sus tropas 
de mantenerse á diez kilómetros de la frontera para 
evitar incidentes, y que los destacamentos alemanes 
habían franqueado esta zona penetrando hasta once 
kilómetros en territorio francés, hechos que probaban 
con exceso que la agresión liabía partido de Alemania 
y no de Francia. 

Schoen, no sabiendo qué contestar, habló para jus- 
tificarse de un hecho de orden personal. Dijo que al 
dirigirse al ministerio acababa de ser injuriado por 
dos individuos que habían subido al estribo de su au- 
tomóvil. En esto falseaba también los hechos este di- 
plomático. El incidente se reducía en verdad á que un 
chófer del servicio público, al cruzarse con el auto- 
móvil del embajador, había gritado: «Todos los ale- 
manes son unos c...» Al ser conducido por la policía 
á la comisaría del barrio, declaró que tres días antes, 
regresando de Alemania, le habían embargado los ale- 
manes su automóvil en Metz, teniendo que hacer á pie 
una marcha de 2.") kilómetros para llegar á una esta- 
ción, donde habían vuelto á detenerle como espía por 
ser francés, despojándolo de su dinero y teniéndolo 
en un calabozo durante veinticuatro horas sin ali- 
mento alguno. Después de estos hechos su exaspera- 
ción era comprensible. 

El jefe del gobierno concedió el valor que merecía 
lá esta queja de Schoen, recordándole discretamente 
jsus continuos paseos por la rué de Lille el domingo 
(anterior, «como si buscase un incidente». 

Al fin el embajador de Alemania, extremadamente 
turbado, terminó la entrevista lamentándose de no 
haber podido conseguir el mantenimiento de las rela- 
ciones pacíficas entre su país y Francia. Él mismo 
declaró, con una franqueza que en aquellos momentos 




COCHE-SALÓN DEL TREN ESKT.CIAL BN QUE REGRESÓ A SU l'AlS 
EL EMBAJADOR ALEMÁN M. DE SCHOEN 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



139 



resultaba trágica, la imposibilidad de continuar en su 
puesto después de todo lo que había dicho y hecho, 
pues su situación en París resultaba personalmente 
insostenible. 

M. Viviani y M. de Margerie acompañaron al em- 
bajador hasta la entrada del ministerio. M. de Schoen 
los saludó varias veces, sin poder disimular una in- 
tensa emoción, y se marchó á la Embajada para hacer 
los preparativos de viaje y salir aquella misma noche. 
A las nueve y media un auto de color sombrío, 
conducido por un chófer sin escarapela, entró en el 
patio del Ministerio de Negocios Extranjeros, dete- 
niéndose ante la escalinata de honor. Los empleados 
ministeriales creyeron que el vehículo conducía un 
prisionero de importancia. Descendió de él un agente 
de policía vestido de uniforme, y á continuación un 
«paisano» coa chaqué negro y sombrero blando de 
fieltro. En el momento de echar pie á tierra, M. de 
Shoen — pues era éste á quien acompañaba el policía — 
lanzó á través de sus anteojos montados en oro una 
mirada circular reveladora de inquietud. Llegaba para 
recoger sus pasaportes con un agente de policía en- 
cargado de su seguridad. Un cuarto de hora después 
salió del ministerio con los citados documentos, y al 
dirigirse á su automóvil se tropezó con M. Viviani, 
que salía también. El alemán se descubrió, iniciando 
con la cabeza y las manos un gesto de desaliento y 
de pena. Viviani contestó á su saludo fríamente y si- 
guió adelante, rehuyendo este intento de inútil y en- 
gañadora conversación. 

Las relaciones diplomáticas entre Alemania y Fran- 
cia quedaban rotas definitivamente. 

El embajador Schoen salió de Francia con todas 
las atenciones debidas á su alto rango, sin que nada 
faltase á su comodidad y seguridad personales. En la 
estación del Bosque de Boulogne le esperaba un tren 
especial para él y las ochenta personas de su sé- 
quito diplomá- 
tico. Un coche- 
salón, que el go- 
bierno alemán 
tardó un mes en 
devolver, lo con- 
dujo á la fronte- 
ra. En la esta- 
ción le espera- 
ba M. William 
Martin, director 
del protocolo, el 
cual atendió á 
todos los deta- 
lles para que el 
viaje resultase 
cómodo y segu- 
ro. Schoen es- 
trechó la mano 

LA CAMA DBL COCHB-S ALÓN T?N Qri? VIAJÓ ^ ®^*'® '"^^ÍO- 

M. DB SCHOEN u&tío miuistc- 





M. ALBERTO SAURADT 
Ministro de Instrucción pública 



(Fot. Meurisse) 



rial expresivamente, pero sin decir una palabra en 
vista de su frialdad. Se mostraba triste y como ano- 
nadado por el giro que tomaban los sucesos. 

Pronto veremos de qué manera el gobierno ale- 
mán hizo salir de Berlín á M. Julio Cambon, emba- 
jador de la Repiiblica Francesa. 



Clemenceau en Fl Homlve Libre hizo un resumen 
brillante de la situación, demostrando la doblez del 
gobierno germánico y excitando al pueblo francés á 
una resistencia heroica. 

He aquí el artículo: 

ANTES DE LA SEÑAL 

Lo que se ve hoy no se vio nunca. Por varias partes los ejér- 
citos alemanes están en marcha sobre nuestras fronteras. Las 
tropas enemigas se han alineado junto á los mismos postes 
fronterizos, mientras las nuestras están retenidas prudente- 
mente á diez kilómetros para que no se comprometan en una 
acción hasta que las agresiones alemanas sean bien palpables. 
Para provocarnos y hacernos abandonar esta cuerda actitud, 
pequeiTos destacamentos enemigos penetran en nuestro terri- 
torio, abaten los postes telegráficos, arrancan los rieles, se 
apoderan del material de ferrocarril y de los caballos de la re- 
quisa, aprisionan los conscriptos, matan soldados, avanzan á 
más de diez kilómetros en el interior del país, atrepellan á los 
habitantes y cometen, en una palabra, todos los actos ordina- 



140 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



nos de los bandidos de carretera, con la esperanza de que nos- 
otros responderemos emprendiendo una acción militar, que les 
permitirá atribuirnos mentirosamente el papel de agresores. 

No puede saberse basta dónde llega la mezcla de vil liipo- 
cresía y brutalidad salvaje de estas bestias de presa. El mani- 
fiesto de Guillermo II es la vergüenza de las vergüenzas. Por 
todos sus órganos, por todos sus agentes, hasta por periodistas 
de Francia, nos ha gritado muchas veces que no quiere la gue- 
rra, sin que jamás se le haya podido arrancar una palabra ó un 
acto en favor de la paz. Ayer todavía, su embajador en París, 
que no podía explicar por qué guardaba su puesto permane- 
ciendo entre nosotros mientras que los ejércitos de su amo nos 




— IBDBNOS DtAS, SEÑOR CUKa! 

Los soldados que van á la guerra saludan al cura del Inmediato pueblo que guarda 
la vía como territorial movilizado 

(Hii i:i revistn católica he Pclerxn, de París) 



hacen la guerra, decía así á uno de mis amigos: «Repetid á todo 
el mundo que nosotros no queremos la guerra. Nuestra desgra- 
cia consiste eu no saber qué es lo que quiere Austria, á la que 
estamos unidos indisolublemente, como vosotros á Husia. Pero 
nosotros no queremos la guerra, y haremos todo lo que sea po- 
sible por impedirla.» 

¿A estas palabras qué actos han respondido?... La declara- 
ción de guerra á Rusia porque so ha tomado la libertad de con- 
testar con una movilización sobre las fronteras austríacas á la 
movilización del otro lado de la frontera. La declaración de gue- 
rra á Rusia en el mismo momento que Austria aceptaba la pro- 
posición mediadora de sir Edward Grej', ó sea en el momento 
preciso en que iba á desaparecer el conflicto que nos habían 
presentado como única causa de los preparativos de guerra. 
¿Dónde está el provocador? ¿Dónde está el agresor? ¿Quién osará 



discutirla cuestión seriamente después de esto? El kaiser de- 
clara la guerra á Rusia y viola la neutralidad de Luxemburgo 
y de Bélgica para marchar contra nosotros. 

A pesar de ello, sus embajadores, así en San Petersburgo 
como en París, permanecen en sus puestos para desorientar de 
este modo á las potencias y hacerlas creer que la suprema rup- 
tura aím no es un hecho consumado. Las más simples leyes 
del honor condenan tales astucias de mala ley. Estas criaturas 
infelices sólo conocen las frases groseras para manifestar su 
pesada alegría ó las invocaciones á un Dios de bandolerismo 
cuando se reúnen en tropas armadas. 

Por esto Guillermo II se dirige á su pueblo desde el balcón 
de su palacio para decirle que «¡/entes envidio- 
íflí» le obligan <•« una justa defensa», y que él 
va á demostrar á sus enemigos lo que cuesta 
«provocar á Alemania». De ser otro el que tu- 
viese este lenguaje imprudente, lo creeríamos 
un loco, porque es imposible citar ni un acto 
i\e provocacim ni una palabra que pueda ins- 
pirar á cualquiera la necesidad de la defensa. 
Pero tratándose de un jefe de piratería que 
quiere arrojar sus hordas sobre Erancia, como 
sus remotos abuelos se precipitaron sobre 
Roma para la realización de grandes empre- 
sas do pillaje coronadas do una alegría estú- 
pida de dominación liomicida, estas palabras 
no signilican mas que la fórmula germánica 
de iniciar una guerra en la que podrán satis- 
facerse todos los apetitos de una piedad sal- 
vaje, que se atreve á tomar el Dios del Evan- 
gelio como cómplice del crimen más grande 
contra la humanidad que se conoce en la His- 
toria. Este emperador recomienda á sus hom- 
bres que entren en las iglesias para obtener 
del Dios de bondad abundantes rajiiñas en su 
eni[)resa guerrera. Cuando se tiene la concien- 
cia fabricada de un modo tal que este pensa- 
miento no llega á sublevarla, hay que esperar 
de su inhumanidad toda clase de atentados. 
El estado de cosas consagrado por el tratado 
(le Francfort no podía durar más, desde el mo- 
mento que la ambición de Bismarcky la sol)er- 
bia de Guillermo II sólo consiguieron hacer 
de él un instrumento de hegemonía, por el 
cual han condenado á Europa, bajo la amena- 
za de sus cañones, á la política de los superar- 
inamentos. El dia en que Alemania había de 
conducirnos con una voluntad premeditada á 
la crisis suprema, acaba de llegar más pronto 
de lo que yo creía; pero ha llegado. Cuando yo 
lo anunciaba, cuando j'o criticaba la loca pro- 
digalidad de hombres y riquezas en las con- 
quistas de vanidad colonial, me contestaron 
muchas veces que abusaba de mis profecías 
sobre el peligro alemán. Hace poco tiempo me 
lo repitieron á propósito del tratado alemán sobre Marruecos, 
contra el cual fui yo el único en votar. Me guardaré de recri- 
minaciones contra nadie, pero todavía ayer, cuando me decían 
que algunos de nuestros hombres políticos, los más famosos, se 
obstinaban en anunciar que Alemania no nos haría la guerra, 
yo no podia contener un sentimiento de tristeza viendo con qué 
sistemática imprevisión somos gobernados muchas veces. Pero 
hay que olvidarlo todo en esta hora para reunimos en torno 
del gobierno y hacer frente al invasor. 

En la enorme partida que se inicia no es la suerte de Fran- 
cia solamente, ni la de Rusia, ni la de Inglaterra lo que hay 
que considerar. No. Es el destino de toda la civilización euro- 
pea lo que va á resolverse por la suerte de las armas, el mante- 
nimiento de una hermosa diversidad de cultura con el respeto 
de la independencia de los pueblos ó la execrable tentativa de 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



141 



una unidad de germanización mecánica, bajo un talón de Liie- 
rro. Por esto nuestra causa resulta la do todas las naciones, la 
de todos los gobiernos que no separan el sentimiento de la dig- 
nidad nacional del concepto de una vida común segúu las lí- 
neas directoras de las tradiciones de nacionalidad. Muchos se 
callarán é intentarán ocultar sus temblores internos, pensando 
que van á ver egqistamente, con los brazos cruzados, cómo los 
soldados de Francia caen en los campos de batalla, donde se 
juega con la vida de la nacionalidad francesa, la vida también 
de los pequeños pueblos, capaces por flaqueza de corazón de 
sucumbir sin haber combatido. Pero nosotros, que enviamos 



engendrar la victoria. Inglaterra se ha lanzado á la conquista 
económica del mundo, y ha sabido crearse con su labor, su au- 
dacia y su obstinación, que nada ha logrado quebrantar, un 
inmenso Imperio que la enorgullece á ella así como á la civili- 
zación. Hoy tira noblemente de la espada por la dignidad y la 
independencia de los pueblos de Europa. Entra con nosotros 
en la noble epopeya; enemiga de la hegemonía de Napoleón, 
enemiga de la hegemonía de Bismarck, amiga de la Francia 
moderna, que no pide otra cosa á Europa que un equilibrio de 
libertades. Italia se mantiene neutral, pero no creo equivocar- 
me prediciendo que este gran espectáculo iluminará el alma 




Curas católicos 



Un rabino 



Pastor protestante 
LOS SACERDOTES EN EL BJÉBCITO FRANCÉS 

Al circular la orden de movilización respondieron unánimes los sacerdotes franceses de todas las religiones, los cuales, olvidando sus diferencias, se 
apresuraron á acudir baio la bandera de la patria, inscribiéndose como confesores y como auxiliares aquellos que por su edad no fueron llamados á lilas 



nuestros hijos al sangriento choque, nosotros que nos vemos 
traidoramente amenazados hasta en las más profundas raices 
de nuestra vida, estamos resueltos á salvar todo lo que pueda 
ser salvado de nuestros gloriosos aportes á la civilización uni- 
versal, respecto á los cuales nuestra más alta ambición es aña- 
dirles otros nuevos. 

Defendiéndonos, somos los campeones de la causa de todos. 
Si en el pasado cometimos grandes torpezas que ofendieron á 
Europa, grandes desgracias también nos lo han hecho expiar 
después. Vamos á marchar con Inglaterra, que en las edades de 
hierro concibió la ambición de dominarnos. Cien años de gue- 
rra necesitamos para conquistar la independencia de nuestro 
suelo, y cuando los hombres quedaron deshechos fué una mu- 
jer, una pobre campesina lorenesa, de corazón simple y grande, 
la que pronunció las palabras y realizó los actos que habían de 



del pueblo italiano, que algunos gobiernos miopes pusieron 
locamente al servicio del germanismo contra todo lo que nos 
queda de latinidad. 

He aquí que Rusia es la primera que llega al oir el estam- 
pido del cañón; Rusia, que parecía ayer todavía el último asilo 
en Europa del despotismo asiático; Rusia, que por la iniciativa 
de sus últimos zares se ha abierto á la libertad, y por un incom- 
parable movimiento intelectual se ha colocado en la primera 
fila de la cultura; Rusia, magníflco puente de idealismo y de 
libertad, por el que pasan las actividades despertadas de Asia, 
trayéndonos con un renacimiento de fuerza nuevos cuadros de 
energía. Esto es lo que temen los feudales alemanes, que con- 
servan al pueblo bajo la alta presión de su burocracia. Nada les 
da tanto miedo como un cambio de la disciplina intelectual, 
que podría destruir el gran resorte de su gobierno: la obedien- 



142 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



cía. Por esto Rusia, Francia é Inglaterra proporcionarán á los 
alemanes— aun á despecho de su voluntad— una liberación del 
pensamiento. 

Los soldados alemanes los encontraron nuestros padres mu- 
chas veces, antes de 1870, sobre campos de batalla en los que 
la fortuna no fué propicia á aquéllos las más de las veces. Ma- 
ñana el gran libro de cuentas va á abrirse de nuevo. Tendre- 
mos que oponer nuestra resistencia aun colosal esfuerzo sobre 
todos los frentes á la vez. El choque será terrible. Pero los hom- 
bres de Alemania serán recibidos como deben serlo por los sol- 
dados franceses. 

Jorge Clembncbau 

VIH 

Los trabajos pacificadores de Jor- 
ge V.— Actitud de Inglaterra. 
— Maquiavelismos de la diplo- 
macia alemana. — Sus intentos 
para «comprar» la neutralidad 
inglesa. 

Inglaterra no podía permanecer 
más tiempo al margen del con- 
flicto europeo, limitándose ;'i su 
papel de mediadora, deseosa de 
asegurar la paz. Su rey, Jorge V, 
había creído del caso intervenir 
con su inñuencia personal, po- 
niéndose en relación con las cor- 
tes de San Petersburgo y Berlín 
para conseguir un arreglo. 

A fines de Julio dirigió un men- 
saje privado á Guillermo II, ro- 
gándole que hiciese toda clase de 
esfuerzos para impedir que Aus- 
tria insistiera en su conducta im- 
prudente y provocadora. A dicho 
mensaje contestó el :30 de Julio 
telegráficamente el príncipe En- 
rique de Prusia, almirante de la 
marina alemana y hermano del 
emperador. Este príncipe, des- 
pués de anunciar que había en- 
tregado á su hermano el mensaje del rey de Inglate- 
rra, continuaba así: «Guillermo, que está muy fasti- 
diado por lo que ocurre, hace todo lo posible para 
marchar de acuerdo con Nicolás, trabajando por en- 
contrar una solución pacífica.» Después el príncipe 
Enrique hablaba en su telegrama de los grandes pre- 
parativos militares que se estaban haciendo en Rusia 
y Francia, y de los cuales tenían noticias seguras 
en Berlín. Luego declaraba tranquilamente, partici- 
pando de la misma hipocresía que mostró el gobierno 
alemán en la preparación de la guerra: 

Nosotros aún no hemos hecho preparativos militares, pero 
nos veremos obligados á ellos si nuestros vecinos insisten en 
los suyos, y de esto resultaría una guerra europea. Si vos de- 
seáis real y sinceramente impedir esta espantosa catástrofe, 
¿puedo yo proponeros que os valgáis de vuestra influencia 
sobre Francia y también sobre Rusia para obtener que per- 




EL EMBAJADOn DE ALEMANIA EN LONDRES 

El príncipe Lichnowsky saliendo del Forcign Office 
despnés de entrevislarse con Mr. Grey 



manezcau neutrales en el conflicto austroservio? Yo creo que 
vuestra intervención sería del más alto valor. 

El hermano de Guillermo II añadía que ahora más 
que nunca Alemania é Inglaterra debían trabajar jun- 
tas para impedir el desastre continental y que el em- 
perador de Alemania era extremadamente sincero en 
todas sus gestiones favorables á la paz. 

El rey Jorge respondió el mismo 30 de Julio al 
príncipe Enrique: 

(iracias por vuestro telegrama. Muy satisfecho de los esfuer- 
zos de (iuillermo para entenderse con 
Nicolás en favor del mantenimiento de 
la paz. Tengo el más vivo deseo de que 
una calamidad terrible como seria la 
guerra europea pueda evitarse. Mi Go- 
bierno hace todo lo que puede para que 
Rusia y Francia suspendan sus movi- 
mientos de tropas, siempre que Aus- 
tria, en cambio, se contente con ocu- 
par Belgrado y el territorio servio in- 
mediato como garantía de un arreglo 
ulterior que satisfaga sus reclamacio- 
nes, mientras los otros países deten- 
drán simultáneamente sus preparati- 
vos de guerra. 

Tengo la convicción de que Guiller- 
mo se valdrá de su influencia sobre 
Austria para lograr que acepte esta pro- 
posición. Este es el mejor medio de de- 
mostrar que Alemania é Inglaterra tra- 
bajan juntas para impedir loque sería 
una catástrofe internacional. Os mego 
que aseguréis á Guillermo que yo hago 
y seguiré haciendo todo lo que pueda 
por conservar la paz de Europa. 

Jorge 

Al día siguiente, .'U de Julio, el 
emperador de Alemania telegrafió 
desde Postdam al rey de Inglate- 
rra diciendo que las proposiciones 
de Jorge V estaban de acuerdo 
con sus propias ideas, pero que 
en aquel momento acababa de re- 
cibir la noticia de que Nicolás II 
movilizaba su ejército y su armada. <\No ha esperado 
—añadía Guillermo II — los resultados de la mediación 
que yo estaba realizando, y además me deja sin noti- 
cias. Me traslado á Berlín para afirmar la seguridad 
de mis fronteras del Este, donde importantísimas fuer- 
zas rusas han tomado posición, ^> 

Esto no era verdad, como ya dijimos en otra parte, 
pero el kaiser necesitaba fingir una agresión de Rusia 
contra el territorio alemán para justificar de este modo 
la declaración de guerra que tenía preparada. 

Jorge V contestó al día siguiente, 1 .° de Agosto, que 
había telegrafiado al zar rogándole que hiciese todo 
lo posible para evitar el rompimiento de relaciones. 
Este mismo día la diplomacia alemana inició uno 
de los maquiavelismos que le son familiares para com- 
prometer al gobierno inglés, poniéndolo en mala si- 
tuación ante Francia. El príncipe Lichnowsky, emba- 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



143 



jador de Alemania ea Londres, envió el telegrama 
siguiente á Berlín, dirigido al canciller Bethmann- 
Hüllweg: 

Sir Edward Grey acaba de llamarme al teléfono, y rae ha 
preguntado si tengo poderes para declarar que nosotros no 
atacaríamos á Francia si Francia permaneciese neutral en una 
guerra germanorusa. Yo he dicho que me atrevía á asumir la 
responsabilidad de esta declaración. 

LlCHNOWSKY 

Como se verá más adelante, esta demanda de sir 
Elward Grey no era cierta. El embajador de Alema- 
nia había falseado el sentido de una conversación por 
teléfono, y enviaba este telegrama para dar pretexto 
á su gobierno de tratar descaradamente con Inglate- 
rra sobre la conveniencia de que Fran- 
cia abandonase á Rusia. Afirmándose 
en dicho telegrama, el emperador de 
Alemania envió inmediatamente al 
rey de Inglaterra este despacho ver- 
daderamente extraordinario: 

Acabo de recibir la comunicación de vues- 
tro Gobierno, en la que se me ofrece la neu- 
tralidad de Francia bajo la garantía de la 
Gran Bretaña. A este ofrecimiento va unida 
una pregunta, para saber si con esta condi- 
ción Alemania no atacará á Francia. Por ra- 
zones técnicas, mi movilización, que ha sido 
ordenada hoy á mediodía sobre los dos fren- 
tes. Este y Oeste, debe seguir cumpliéndo- 
se, según los preparativos j'a comenzados. 

No pueden darse contraórdenes inmedia- 
tamente, y vuestro telegrama llega, por des- 
gracia, demasiado tarde. Pero si Francia 
ofrece su neutralidad, que deberá ser garan- 
tizada por el ejército y la flota ingleses, yo 
me abstendré de atacar á Francia y emplearé 
mis tropas en otro sitio. Deseo que Francia no muestre nervio- 
sidad alguna. Las tropas que están junto á su frontera quedan 
detenidas en este momento, por órdenes telegráficas y telefó- 
nicas, para que no continúen su avance más allá de la frontera 
francesa. 

Guillermo 

Al mismo tiempo el canciller alemán Bethmann- 
Hollweg telegrafiaba al embajador en Londres, prín- 
cipe Lichnowsky, en contestación á su despacho: 

Alemania está pronta á aceptar las proposiciones inglesas 
si Inglaterra garantiza con sus fuerzas militares y navales la 
neutralidad de Francia en el conflicto rusoalemán. La movili- 
zación alemana se ha efectuado hoy como respuesta á las pro- 
vocaciones rusas y antes de la llegada de las proposiciones in- 
glesas. Por consecuencia, nuestra concentración en la frontera 
francesa no puede ser modificada. 

Sin embargo, garantizamos que de ahora al lunes 3 de Agos- 
to á las siete de la tarde, la frontera francesa no será franqueada 
si el asentimiento de Inglaterra nos llega dentro de ese plazo. 

Bethmann-Hollweg 

Estos telegramas debieron producir gran extra- 
ñeza en el gabinete de Londres. Eran respuestas á pro- 
posiciones deshonrosas para Francia que nadie había 
hecho. 




SlR BDWARD GOSCHBN, EMBAJADOR 
DH INGLATERRA BN BERLÍN 



El rey Jorge V se apresuró á contestar á Gui- 
llermo II: 

Como respuesta á vuestro telegrama que acabo de recibir, 
creo necesario deciros que so ha producido indudablemente 
una mala inteligencia á propósito de una sugestión que hizo 
sir Edward Grey al principe Lichnowsky en el curso de una 
conversación amigable en la que discutían ambos cómo un 
conflicto armado entre Alemania y Francia podría retardarse 
hasta que se hubiese encontrado un medio de poner de acuerdo 
á Austria-Hungría y á Rusia. 

Sir Edward Grey verá mañana mismo á primera hora al 
prín(-ipe Lichnowsky para determinar bien que ha habido una 
mala inteligencia de parte de este último. 

JOROB 

Al día siguiente, 2 de Agosto, el ministro inglés 
se avistó con el embajador alemán 
para poner las cosas en claro y esta- 
blecer el verdadero alcance de sus pa- 
labras, y el príncipe Lichnowsky tele- 
grafió al canciller Bethmann-Hollweg 
la explicación siguiente: 

Las sugestiones de sir Edward Grey, ba- 
sadas sobre el deseo de guardar la neutrali- 
dad por parte de Inglaterra, fueron hechas 
sin un acuerdo anterior con Francia y aban- 
donadas luego como fútiles. 

Esta explicación tampoco era verí- 
dica, pues daba á entender, para que 
quedase en buena postura la diploma- 
cia alemana, que sir Edward Grey 
había hecho realmente la proposición 
deshonrosa para Francia, desistiendo 
de ella únicamente por faltarle el 
asentimiento del gobierno de París. 
Sir Edward Grey no hizo nunca esta proposición 
indigna. Lo que él dijo fué que la Gran Bretaña podría 
obtener la neutralidad de Francia si Alemania por su 
parte consentía en permanecer neutral igualmente en 
el caso de mía guerra avstrorusa. Esto significaba 
un deseo de aminorar la guerra, ya que era inevita- 
ble, circunscribiéndola á un extremo de Europa, entre 
Rusia y Austria únicamente, y librando de la catás- 
trofe á las demás naciones. El emperador alemán, 
juzgando indudablemente por su propia política, in- 
terpretaba esto como un ofrecimiento de la Gran 
Bretaña á contener é inmovilizar á la nación france- 
sa, haciendo que faltase á sus compromisos, mientras 
Alemania podría atacar á Rusia cómodamente con la 
totalidad de sus fuerzas. 

Una vez más la diplomacia germánica mostraba 
sus innobles procedimientos, semejantes á los de 1870, 
cuando Bismarck, para acelerar una guerra que pa- 
recía próxima á ser conjurada, falsificó el famoso te- 
legrama de Ems, alabándose luego de este acto, que 
cuando lo comete un particular cae bajo el dominio 
del Código penal. 



Uí 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




LOS VOLUNTARIOS NOhTEAMBUICANOS HN LA ESTACIÓN UE SAINT-LAZARE 

(Fiit. Mcurisso) 



El gabinete de Berlín llevaba muchos días traba- 
jando para adormecer al gobierno inglés y que éste 
permaneciese ajeno al conñicto, dejando trabajar li- 
bremente á la rapacidad alemana. 

Nadie en Alemania daba un valor decisivo á las 
relaciones entre Francia 6 Inglaterra. El llamado Tri- 
ple Acuerdo era puramente verbal y moral; una inte- 
ligencia diplomática entre Londres y París, pero sin 
participar de los compromisos de alianza defensiva y 
ofensiva que unían á Francia con Rusia. 

Los alemanes no esperaban que la Gran Bretaüa 
se comprometiese en una gue- 
rra por sostener á Francia. 
Sus gestiones en favor de ésta 
no iban á pasar de simples ac- 
tos de diplomacia. La opinión 
germánica llegaba hasta la 
burla, al comentar las espe- 
ranzas de los franceses en el 
apoyo inglés. 

Un periódico satírico de 
Berlín, el Kladdcradatch, pu- 
blicó poco tiempo antes de la 
guerra una caricatura muy 
celebrada, interpretando esto 
sentimiento general. Mariana 
(nombre popular de la Repú- 
blica Francesa) se dirigía en 
ella con acrimonia á John 
BuU (el pueblo inglés), que la 
miraba indiferente, teniendo 
la pipa en la boca y las ma- 
nos en los bolsillos. 
—Ya hemos galanteado bas- 



tante — decía Mariana — . Esto 
no puede durar más. ¿Cuándo 
nos casamos? 

Nadie en Alemania creía 
posible este matrimonio. 

Pero á pesar de ello el ga- 
binete de Berlín insistía en 
sus trabajos para deshacer el 
Triple Acuerdo, procurando 
establecer la desconfianza y 
la desarmonía entre sus com- 
ponentes. 

Tres fueron las maquina- 
ciones iniciadas por el canci- 
ller Bethmann-Holhveg y su 
ministro Von Jagow por me- 
dio de los embajadores alema- 
nes en París y Londres. 

La primera consistió en las 
sugestiones de Schoen al go- 
bierno francés para que ejer- 
ciese presión en San Peters- 
burgo, aconsejando una acti- 
tud sumisa á Rusia, mientras 
Alemania no se comprometía á hacer lo mismo con 
Austria. Esta conducta, de ser aceptada por Francia, 
habría ofendido indudablemente al gobierno ruso. Era 
ilógico que un aliado aconsejase al otro la humilla- 
ción y la derrota. Equivalía esto á una manifestación 
de amistad insegura y egoísta por parte de la Repú- 
blica, que habría añejado los lazos de alianza. El go- 
bierno francés se negó á toda intervención en Rusia 
que no fuese acompañada de una intervención de Ale- 
mania en Austria. Primer fracaso del maquiavelismo 
alemán. 




EMBARQUE DE VOLUNTARIOS EXTRANJEROS EN LOS ALREDEDORES DE PARÍS 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



145 



La tercera intentona del gabinete 
germánico fué la declaración del prín- 
cipe Lichnowsky, embajador en Lon- 
dres, de la que ya hemos hablado, 
declaración que denunciaba — por 
mala inteligencia ó por mala inten- 
ción del embajador alemán — un pro- 
pósito en el gobierno inglés de atar 
las manos de Francia para que no 
ayudase á Rusia. El rey de Inglate- 
rra y sir Edward Grey se apresura- 
ron á poner en claro este grave error, 
que los colocaba en mala situación 
ante Francia, y restablecieron enér- 
gicamente la verdad. Tercero y úl- 
timo fracaso de Bethmann-Holhveg, 
que no logró desbaratar el Triple 
Acuerdo. 

Entre estas dos intentonas hubo 
otra, la segunda, de la que aún no 
hemos hecho mención, y que iba en- 
caminada al mismo fin, el de aislar á 
cada una de las tres potencias para combatirlas mejor 
por separado, una tras de otra. 



El 29 de Julio, sir E. Goschen, embajador de la Gran 
Bretaña, telegrafió lo siguiente á sir Edward Grey: 

He recibido un aviso para avistarme esta noche con el Can- 
ciller. Su Excelencia acababa de llegar de Postdam. 

Me ha dicho que si Rusia ataca á Austria teme que resulte 
inevitable una conflagración europea, dadas las obligaciones 
que impone á Alemania su alianza con Austria, y á pesar de 
los esfuerzos que no cesa de realizar en favor de la paz. 

Después de decir esto continuó la conversación, ofrecién- 
dome una fuerte prenda á fin de conquistarse la neutralidad 
británica. Me dijo que, según la concepción que él tiene de la 




TREN MILITAR EN UNA BSTACION. LOS VAGONES DE CARGA VAN ADORNADOS 
DB FLORES, ASÍ COMO LOS KEPIS DE LOS SOLDADOS 




DN TREN MILITAR SALIENDO PARA LA GUERRA BN LOS PRIMEROS DÍAS 
DE MOVILIZACIÓN 



política de la Gran Bretaña, cree indudable que ésta no con- 
sentiría en mantenerse aparte, dejando que aplastasen á Fran- 
cia en el conflicto que puede ocurrir. Esta finalidad, según él, 
no es la de Alemania. Si la neutralidad de la Gran Bretaña 
quedase asegurada, su Gobierno recibiría por parte del Go- 
bierno imperial todas las seguridades de que no persigue nin- 
gún fin de apropiación territorial á costa de Francia, supo- 
niendo que la guerra que puede estallar se resolviese en favor 
de Alemania. 

Yo he hecho entonces una pregunta á Su Excelencia res- 
pecto á las colonias francesas, y me ha contestado que en punto 
á ellas no podía comprometerse dando las mismas seguridades. 
En lo que se refiere á Holanda, Su Excelencia me ha dicho 
que si los adversarios de Alemania respetan la integridad de 
los Países Bajos, Alemania está pronta á asegurar al Gobierno 
inglés que ella hará lo mismo. 
En cuauto á las operaciones que Alemania se podrá ver obli- 
gada á emprender en Bélgica, dependen de 
lo que hará Francia. Después de la guerra 
la integridad de Bélgica sería respetada, 
siempre que este país no hubiese tomado 
posiciones contra Alemania. 

Al terminar Su Excelencia me declaró 
que desde el día que había sido nombrado 
Canciller su finalidad era, como vos lo sa- 
béis, llegar á un acuerdo con Inglaterra. Él 
espera que sus seguridades podrán servir 
de base á esta inteligencia, que es su más 
ferviente deseo. Su proyecto consiste en un 
acuerdo general de neutralidad entre Ale- 
mania é Inglaterra, y aunque todavía es 
pronto para discutir los detalles, la seguri- 
dad dada ahora por nuestro Gobierno de 
una neutralidad británica en el conflicto 
que puede provocar la crisis actual serviría 
para ir preparando la realización de su de- 
seo en lo futuro. 

Habiendo solicitado Su Excelencia mi 
opinión en lo que concierne á la manera 
como vos podéis considerar esta demanda, 
le he dicho que á mi entender no era proba- 
ble que en las circunstancias actuales estu- 
vieseis dispuesto á comprometeros en nada, 

18 



146 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



pues el Gobierno inglés desea conservar en el conflicto que nos 
amenaza una entera libertad de acción. 

GOSCUBN 

Alemania buscaba la neutralidad inglesa para que 
dejase abandonada á Francia, y la quería comprar 
ofreciendo á la Gran Bretaña una alianza futura. Se 
reservaba todavía el Canciller los detalles de esta 
alianza, ó sea lo que iría ganando el gobierno britá- 
nico. Tal vez dicha ganancia consistía en el reparto 
de las colonias francesas, que eran la continua pre- 
ocupación del kaiser, su Canciller y el partido pan- 
germanista. 

La respuesta de sir Edward Grey no se hizo espe- 
rar; una respuesta en la que á través del frío estilo di- 
plomático se nota la indignación causada por estas 
proposiciones de bandidaje internacional, con las que 
Bethmann- 
Hollweg pre- 
tendía com- 
prar al gobier- 
no inglés. 

He aquí la 
contestación 
al embajador 
Goschen: 

La proposición 
alemana, desde 
el punto de vista 
material, es in- 
aceptable. Aun- 
que á Francia, en 
caso de derrota, 
no le quitasen 
nada de su terri- 
torio europeo, po- 
dría q uedar aplas- 
tada hasta el pun- 
to de perder su 
posición de gran 
potencia y verse 
sometida á se- 
guir la política alemana. Aparte de esto, desde el punto de vista 
moral, sería una vergüenza para nosotros hacer ese ajuste de 
negociantes con Alemania á costa de Francia; vergüenza de la 
que no se limpiaría jamás el buen nombre de la Gran Bretaña. 

El Canciller nos pide en buenas cuentas que vendamos 
igualmente todas las obligaciones 6 intereses que podemos 
tener en el mantenimiento de la neutralidad de Bélgica. Nos- 
otros tampoco podemos acoger esa insinuación, que significa 
una venta. 

Una vez dicho esto, es inútil entrar á examinar si la pers- 
pectiva de una convención general de neutralidad para el por- 
venir entre Alemania é Inglaterra ofrecería ventajas positivas 
y suficientes para resarcirnos del acto de ligarnos ahora las 
manos, que es lo que desea el Gobierno alemán. Nosotros de- 
bemos mantener nuestra entera libertad do obrar según nos 
lo aconsejen las circunstancias, en el caso de un desenvolvi- 
miento desfiívorable y lamentable de la crisis presente, tal 
como el Canciller lo prevé. 

A pesar del tono digno de esta respuesta, inspi- 
rada en el firmo propósito de no faltar al honor y los 
compromisos de la Gran Bretaña, la diplomacia de 




EL PARLAMENTO DH LONDRES VISTO DESDE EL TÁMESIS 



Berlín no se descorazonó, insistiendo de nuevo en sus 
proposiciones. 

Otra vez Bethmann-Holhveg llamó á sir E. Gos- 
chen para hacerle más proposiciones. Necesitaba la 
neutralidad de Inglaterra y estaba dispuesto á conce- 
der lo que ésta pidiese. (Como el que desea comprar 
y pregunta el precio.) El Canciller llegó hasta decir 
que si Inglaterra permanecía neutral mientras ellos 
hacían la guerra á los franceses, el gobierno alemán 
estaba dispuesto á respetar, después de la victoria, no 
sólo la integridad del territorio de Francia, sino tam- 
hi(^n sus colonias. 

Las promesas le costaban poco á este discípulo 
de Bismarck, que como otros diplomáticos alemanes 
han heredado de él, no el talento, sino sus procedi- 
mientos recusables, que procuran imitar, admirándo- 
los como ras- 
gos de genio. 
Lo importan- 
te era que In- 
glaterra per- 
maneciese neu- 
tral, para de 
este modo ir 
batiendo por 
separado y con 
toda seguridad 
á las poten- 
cias del Triple 
Acuerdo. Este 
inhábil imita- 
dor del Canci- 
ller de Hierro 
creyó poder se- 
ducir al gobier- 
no inglés con 
proposiciones 
de rapiña y re- 
parto, ó enga- 
ñarle valiéndose de la promesa de futuros respetos 
para después de la victoria. 

Sir Edward Grey tenía una noción exacta del va- 
lor moral de Bethmann-Hollweg y su política. Este 
hombre era el que dos días después dijo que un tra- 
tado que lleva la propia firma no es mas que un pedazo 
de pcpcl, el respeto de la neutralidad una simple pa- 
labra, y que en la vida hay que atrepellar compromi- 
sos y leyes cuando resulta conveniente para los pro- 
pios intereses. 

El embajador sir E. Goschen respondió á las repe- 
tidas proposiciones del Canciller que tenía órdenes 
de su gobierno para rechazar definitivamente toda 
petición de neutralidad, y que Inglaterra, en el pró- 
ximo conflicto, deseaba mantenerse con las manos 
libres para obrar según le aconsejasen las circuns- 
tancias. 

De este modo terminaron los trabajos de Beth- 
mann-Holhveg para separar á Inglaterra de Francia. 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



147 




IX 

El 5 de Agosto en la Cámara 
de los Comunes 

La sesión del 3 de Agosto de la Cámara de los Co- 
munes tuvo una importancia inmensa para la suerte 
de Europa. 

El gobierno inglés, vacilante hasta este día, du- 
dando entre sus deseos de paz y las brutales exigen- 
cias de la realidad, creyó 
llegado el momento de afir- 
mar su conducta, marcan- 
do un rumbo á la opinión 
nacional. Y la opinión lo 
siguió, desvaneciéndose to- 
das las divisiones políticas 
que hasta poco antes ha- 
bían puesto en peligro la 
unidad del pueblo inglés. 
El reducido y antiguo sa- 
lón de la Cámara popular 
inglesa, donde celebran sus 
sesiones los representantes 
del más poderoso de los 
pueblos, ofreció en la tarde 
del 3 el aspecto de siem- 
pre. Los diputados ocupan- 
do sus bancos con fami- 
liar negligencia; muchos 
con el sombrero puesto y 
los pies apoyados en el res- 
paldo de enfrente. Los mi- 
nistros, en torno de su 
mesa, casi confundidos con 
los diputados. Nadie hu- 
biese dicho que iba á deci- 
dirse el porvenir de logia- 
térra y el equilibrio euro- 
peo. Pero una agitación en 
las tribunas y cierta emo- 
ción en el rostro de los 
diputados anunciaban la 
espera de un gran suceso. 

Jamás sonaron tantos aplausos y gritos de entu- 
siasmo en el Parlamento inglés como en esta tarde. 

La guerra europea de 1U14 ha cambiado radical- 
mente los caracteres tradicionales de muchos pue- 
blos. El francés, antes bullicioso y exuberante, se 
mostró en los campos de batalla tranquilo, impasible 
y calculador. El inglés, siempre flemático, glacial é 
incapaz de revelar en su rostro las impresiones inte- 
riores, apareció de pronto entusiasta hasta la impul- 
sividad, crédulo generosamente y aficionado á las ma- 
nifestaciones ruidosas. 

Se levantó sir Edward Grey, y en medio de un 
silencio imponente pronunció un gran discurso, que 




los periódicos ingleses titularon después <í. Inglaterra 
por la civilización contra la larharie germánicay>: 

LA SITUACIÓN 

La semana última declaré aquí que trabajábamos 
por la paz; no solamente por la paz de nuestro país, 
sino por mantener la paz de toda Europa. Hoy, aun- 
que los acontecimientos han marchado con tanta ra- 
pidez que resulta difícil pronunciarse con seguridad 
sobre el estado preciso de la situación, bien puede de- 
cirse que la paz de Europa 
es imposible mantenerla. 
Rusia y Alemania se han 
declarado la guerra... 

(En el momento que de- 
cía esto sir Edward Grey 
aún no había llegado á 
Londres la noticia de la 
declaración de guerra de 
Alemania á Francia. El 
ministro de Negocios Ex- 
tranjeros dijo á continua- 
ción que iba á exponer á 
la Cámara la situación de 
Inglaterra en la presente 
crisis, para que la Asam- 
blea pudiese decidir con 
pleno conocimiento de cau- 
sa. Después de recordar los 
esfuerzos incesantes de In- 
glaterra para el manteni- 
miento de la paz en los 
líltimos años, y especial- 
mente en el curso de la cri- 
sis balkánica, sir Edward 
Grey añadió que, desgra- 
ciadamente en el caso ac- 
tual, estos esfuerzos habían 
sido vanos por la falta de 
tiempo y especialmente por 
la existencia en ciertos lu- 
gares de una manifiesta 
voluntad á precipitar los 
acontecimientos, con riesgo de la paz. El ministro 
abordó después de esto el interesante tema de las 
obligaciones británicas y ios acuerdos escritos.) 

LAS OBLIGACIONES DE INGLATERRA 

Yo deseo — siguió diciendo sir Edward Grey — tra- 
tar esta cuestión desde el punto de vista del honor 
británico (Aplausos frenéticos) y de las obligaciones 
británicas. (Nuevos aplausos.) 

En primer lugar, hablemos de nuestro tratado y 
nuestras obligaciones. Existen en Europa dos grupos 
diplomáticos: la Triple Alianza y lo que se ha conve- 



148 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



nido en llamar el Triple Acuerdo. El Triple Acuerdo 
no es una alianza: es simplemente un grupo diplo- 
mático. La Cámara se acordará seguramente de que 
en 1908 hubo una crisis, una crisis balkánica, provo- 
cada por la anexión de Bosnia y Herzegovina. 

El ministro de Negocios Extranjeros de Rusia vino 
á Londres para conferenciar conmigo, y lo declaré 
con toda franqueza que como se trataba de una crisis 
balkánica, yo consideraba que la opinión pública de 
nuestro país no nos autorizaría para dar otra cosa que 
el apoyo diplomático. Nosotros no hemos dado nada 
mas que esto, ni hemos 
prometido mas que esto. 
Igualmente, en la crisis ac- 
tual, hasta el día de ayer, 
nosotros no hemos ofrecido 
otra cosa que nuestro apo- 
yo diplomático. 

Para hacer comprender 
bien á la Cámara este asun- 
to do obligaciones, debo re- 
montarme hasta la crisis 
marroquí de 1906. Era en 
la época de la conferencia 
de Algeciras. Me pidieron 
entonces que determinase 
si en el caso de una guerra 
entre Francia y Alemania 
nosotros daríamos nuestro 
apoyo armado á Francia. 

Yo declaré que nada po- 
día prometer mientras el 
apoyo unánime de toda la 
nación no me autorizase. Y 
añadí que en mi opinión, si 
la guerra era impuesta por 
Alemania á Francia con 
motivo de la cuestión de 
Marruecos — cuestión que 
acababa de ser resuelta por 
un acuerdo diplomático — , 
indudablemente la opinión 
pública de Inglaterra se 
declararía en favor de 
Francia. No hice entonces 

ninguna promesa ni dije mas que esto, y en tales tér- 
minos me expresé ante los embajadores de Francia y 
Alemania. 

Esta situación fué aceptada por el gobierno fran- 
cés, que la declaró muy razonable en tal momento, y 
su embajador me dijo así: 

«Si vos consideráis posible que la opinión pública 
inglesa, en el caso de una crisis surgida imprevista- 
mente, pueda aprobar el que proporcionéis vuestro 
concurso armado á Francia, este concurso que os es 
imposible prometer por anticipado, no podréis darlo 
eficazmente, aunque tal sea vuestra voluntad, cuando 
surja la ocasión oportuna, si antes no ha habido un Estoy de acuerdo con vos para reconocer quo si un Gobierno 




RL TRONO DKL RBY EN EL PARLAMBNTO 



cambio previo de opiniones y de conocimiento de fuer- 
zas entre los expertos militares y navales de ambos 
países.» 

Esta objeción era de peso, hay que reconocerlo, y 
fué el origen de las entrevistas que realizaron después 
los expertos militares y navales de ambas partes. 
Pero por anticipado se especificó claramente que lo 
que se conviniese entre dichos expertos ingleses y 
franceses no nos ligaba en nada para el porvenir 
y nos dejaba en libertad para decir si debíamos ó 
no debíamos dar nuestro apoyo cuando llegase el 

momento de la decisión. 

EL ACUERDO ESCRITO 
DE 1912 

Estas conversaciones en- 
tre los expertos se realiza- 
ron en 1912. La cuestión 
fué sometida á un examen 
del Gabinete, y decidimos 
que era necesario tener un 
acuerdo escrito en forma 
precisa. Este acuerdo debía 
revestir la forma de una 
carta sin carácter oficial. 
Las conversaciones de los 
expertos ingleses y fran- 
ceses no ligaban en nada 
á los dos Gobiernos. El 22 
de Noviembre de 1912 es- 
cribí la carta que voy á 
leer á la Cámara, dirigida 
al embajador de Francia. 

Foreign Office 
Londres 22 Noviembre 1912 
Mi querido embajador: 
líii diferentes ocasiones, du- 
ninte los últimos años, los Esta- 
dos Mayores militares y navales 
de I'raneia y la (iran Bretaña 
han cambiado sus opiniones so- 
bre el porvenir. Siempre se ha 
tenido en cuenta que este cam- 
bio de opiniones no limitaba de 
ning-ún modo la libertad de los 
dos Gobiernos, para deci<lir en el porvenir si debían prestar ó 
no. el uno al otro, el apoyo de sus fuerzas armadas. 

Por ambas partes hemos admitido que estas conversaciones 
entre técnicos no son ni deben ser consideradas como un com- 
in-oniiso que obliga al uno ó al otro Gobierno á obrar en nna 
eventualidad que aún no ha surg-ido hasta ahora y que tal vez 
no surja nunca. Tanto es así, que, por ejemplo, el reparto de 
fuerzas navales francesas 6 inglesas no reposa á la hora actual 
sobre ningún compromiso de cooperación en caso de guerra. 

Vos, sin embargo, habéis hecho constar que si uno ú otro 
de los dos Gobiernos tuviese graves razones para temer el ata- 
que de una tercera potencia, sería eseucialísimo para el poder 
saber si en el caso que ocurriese este ataque podría contar con 
la asistencia militar del otro Gobierno. 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



149 




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150 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



tiene serias razones para temer un ataque de una tercera po- 
tencia, sin provocación de su parte, ó para creer que la paz ge- 
neral se encuentra amenazada, debe examinar con el otro Go- 
bierno si los dos Gobiernos deben obrar de acuerdo para impe- 
dir la agresión y para asegurar el mantenimiento de la paz, y 
en tal caso buscar las disposiciones que deben tomar en común. 
Si estas disposiciones exigiesen una acción militar, los planes 
hechos por los Estados Mayores generales serían tomatlos en 
consideración, y los dos Gobiernos decidirían el empleo que 
debían darles. 

Sinceramente de vos, 

E. (¡REY 

A esta carta mía contestó el embajador de Francia 
con la siírniente: 



agresión de una tercera potencia, bien sea cualquier suceso 
amenazador para la paz general, examinaría inmediatamente 
con el otro si los dos deben obrar de concierto para prevenir la 
agresión ó mantener la paz. En este caso los dos Gobiernos de- 
liberarían sobre las medidas que pueden adoptar en común, y 
si estas medidas exigiesen una acción, tomarían en considera- 
ción los planes de sus Estados Mayores, decidiendo el empleo 
que debían dar á estos planes. 

Sinceramente de vos, p_ ^^^^^^ 

Lord Charles Bhuesfurd. — ¿Cuál es la fecha del 
acuerdo anterior á esas cartas? 

SiR Edavard Grey. — 12 de Noviembre de 1912. 
Esta es la base de la actitud del Gobierno en la crisis 




LA (¡AMARA UE LOS LOliBS 



Londres 23 Noviembre 1912 

Querido sir Edward: 

En vuestra carta fechada ayer 22 de Noviembre me recor- 
dáis que durante los últimos años las autoridades militares y 
navales de Francia y Gran Bretaña se han concertado de tiempo 
en tiempo, y que se consideró siempre que estas consultas no 
restringían la libertad de cada Gobierno para decidir en lo fu- 
turo si se prestarían el uno al otro el apoyo de las fuerzas ar- 
madas. También se convino que por una y otra parte estas 
consultas entre especialistas no debían ser consideradas como 
compromisos cerrados, obligando á nuestros Gobiernos á obrar 
en determinados casos. Yo os hice observar que si el uno ó el 
otro de los dos Gobiernos tenía graves razones para temer un 
ataque no provocado por parte de una tercera potencia, seria 
esencial el saber si podría contar con la asistencia armada del 
otro Gobierno. 

Vuestra carta responde á esta observación, y yo estoy auto- 
rizado para declarar que, en el caso de que uno de nuestros dos 
Gobiernos tuviera un motivo grave para presumir bien sea la 



actual. Creo que después de esto resulta perfectamen- 
te inteligible la actitud de Inglaterra. 



EL CONFLICTO ACTUAL 

(El ministro declara que la crisis presente no tiene 
por punto de partida ningún hecho respecto al cual 
haya existido acuerdo alguno entre Francia y la Gran 
Bretaña. Su motivo inicial es el conflicto entre Aus- 
tria y Servia. Luego continúa:) 

Puedo decir con la más absoluta seguridad que 
ningún Gobierno ni país alguno ha manifestado menos 
deseos de verse complicado en la guerra entre Austria 
y Servia que el Gobierno francés y la nación france- 
sa. Si ellos se ven comprometidos en el actual con- 
flicto, es á consecuencia de las obligaciones de su ho- 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



151 



ñor y de una alianza precisa que tienen con Rusia. 
Pero esta obligación de honor no puede ser aplicada 
á nosotros con la misma fuerza. 

Nosotros no formamos parte de la alianza franco- 
rusa. Nosotros ni siquiera conocemos los términos de 
esta alianza. 

La situación es bien clara en lo que concierne á 
la cuestión de honor. ¿Cuál es, entonces, nuestra posi- 
ción en tales condiciones? 

Nosotros hemos mantenido durante' largos años 
amistosas relaciones con Francia. (Aplausos.) 

Me acuerdo perfectamente de los sentimientos de 
esta Asamblea y también de mi propio sentimiento 



guridad: el sentimiento de que nada debe temer de 
nosotros. Por esto no se ha cuidado de la defensa de 
dichas costas, confiándolas á nuestra lealtad. 

Mi impresión personal es que si una flota extran- 
jera, actuando en una guerra que Francia no ha bus- 
cado, penetra en la Mancha para bombardear y des- 
truir las partes no defendidas de la costa francesa, 
nosotros no podemos permanecer inmóviles. (Aplau- 
sos frenéticos y frolongados.) 

En presencia de lo que ocurriría ante nuestros 
ojos, no podríamos mantenernos con los brazos cru- 
zados, sin hacer nada. Esta impresión mía creo que 
es la del país por entero. ( A plausos prolongados.) 




LA CÁMARA DB LOS COMUNES 



cuando el último Gobierno concluyó este concierto 
con Francia; me acuerdo de la impresión reconfor- 
tante que nos dio á todos el hecho de que dos nacio- 
nes separadas en el pasado por diferencias que pare- 
cían perpetuas hubiesen resuelto estas diferencias. 
(Aplausos.) 

¿Hasta qué punto esta amistad implica obligacio- 
nes?... Esto la Cámara debe decirlo. 

La nación francesa tiene actualmente su flota en 
el Mediterráneo. Las costas septentrionales y occi- 
dentales de Francia están por esto absolutamente sin 
defensa. Con la permanencia de la flota francesa en 
el Mediterráneo la situación es muy diferente de como 
lo era antes. 

Eq lo que concierne á Francia, la amistad que se 
estableció y que se ha engrandecido luego entre los 
dos países ha dado á Francia un sentimiento de se- 



Pero yo deseo examinar la cuestión desde el punto 
de vista de los intereses británicos, y desde este pun- 
to de vista quiero justificar lo que voy á decir á la 
Cámara. 

Si nosotros nos callamos en este momento y per- 
manecemos inactivos, ¿qué hará Francia con su flota 
en el Mediterráneo, sus costas del Norte y del Oeste 
absolutamente sin defensa, á merced de una flota 
alemana que penetre en la Mancha?... 

Debemos acordarnos de que estamos frente á una 
guerra de vida ó muerte. 

Supongamos que la flota francesa sea retirada del 
Mediterráneo. Estamos en presencia de una conflagra- 
ción europea. ¿Es posible formarse una idea exacta 
de las consecuencias de dicho acto? 



152 



VICENTE BLASCO 1I3ANEZ 




LA GUBRRA BNTRB AUSTRIA Y SERVIA 
Habitantes de Belgrado viendo funcionar los reflectores auslriacos que desde Semlin iluminan el puente internacional 

(Dibuju du Koekkoek, de Ihc Uluslrated LoitáOH Ncies) 



NEUTRALIDAD IMPOSIBLE 

Hagamos la suposición por un instante de que de- 
seamos observar una actitud de neutralidad. Supon- 
gamos que la nota francesa se retira del Mediterráneo 
para defender sus costas del Atlántico. Supongamos 
que los acontecimientos hacen necesario, para los in- 
tereses británicos, nuestra intervención en la guerra. 
Supongamos que Italia no se mantiene en la neutrali- 
dad que acaba de declarar, reconociendo que esta es 
una guerra agresiva (Aplausos) y que la Triple Alian- 
za es una alianza defensiva. 

Supongamos que Italia modifica su actitud de neu- 
tralidad, precisamente en el momento que nosotros 
nos veremos forzados á combatir por la defensa de los 
intereses británicos. ¿Cuál sería entonces la situación 
del Mediterráneo? La libertad de comercio en esa re- 
gión de Europa es de un interés vital. ¿Cuál sería la 
situación si nos veíamos obligados á mantener una 
flota en el Mediterráneo? ¿Qué de riesgos correrían 
los intereses británicos por el hecho de nuestra neu- 
tralidad?... Francia tiene el derecho de saber, y de 
saber inmediatamente (Violentos aplausos), cuál será 
nuestra actitud... 

Y yo he hecho al embajador de Francia la decla- 
ración siguiente: 

— Estoy autorizado para dar la seguridad de que si 
una flota alemana penetra en la Mancha ó atraviesa 



el mar del Norte para emprender un ataque contra 
las costas ó el comercio marítimo de Francia, la flota 
inglesa le dará toda la protección (full protection)áe 
que pueda disponer. ( Violentos aplausos.) Esta segu- 
ridad estaba sometida, como es natural, á la aproba- 
ción del Parlamento, y no debe ser considerada como 
obligando al Gobierno á entrar en acción mas que en 
el caso que la agresión se produzca. 

Por esto mis palabras no constituyen en modo al- 
guno una declaración de guerra de nuestra parte ai 
implican una acción ofensiva de nuestra parte; pero 
deben ser consideradas como algo que nos compromete 
d tomar la ofensiva si las circunstancias asi lo erigen. 

Me consta que el Gobierno alemán está dispuesto 
— si nosotros queremos comprometernos á guardar la 
neutralidad — á comprometerse por su parte á que la 
nota alemana no ataque la costa Norte de Francia. Sólo 
he sabido esto minutos antes de que empezase la sesión 
de la Cámara. Pero esto constituye un compromiso 
estrecho que hay que someter á un grave examen. 

Además, otras consideraciones mucho más graves, 
y cuya importancia aumenta de hora en hora, retie- 
nen nuestra atención. 

LA NEUTRALIDAD DE BÉLGICA 

Quiero hablar de la cuestión de la neutralidad de 
Bélgica. (Aplausos.) ¿Cuál es nuestra situación en lo 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1Q1 4 



153 



que respecta á Bélgica? El factor principal es el tra- 
tado de 1839. 

iSir Edward Grey expone que esta cuestión do 
Bélgica ha preocupado mucho al gobierno en el curso 
de la semana anterior, haciendo traliajos por mante- 
ner la neutralidad belga, tan importante para la vida 
de Inglaterra. Luego continúa:) 

Yo sé que esta cuestión representa el factor domi- 
nante de nuestra política. (Aplausos.) Por esto tele- 
grafié en términos idénticos á París y Berlín, decla- 
rando que era esencial para nosotros el saber si los 
dos Gobiernos, francés y alemán, se hallan dispuestos 
á la aceptación de un compromiso de respetar la neu- 
tralidad belga. (Aplausos.) 

He aquí la respuesta del Gobierno francés: 

El Gobierno francés está resuelto á respetar la neutralidad de 
Bélgica, y únicamente si otra potencia violase esa neutralidad se 
consideraría Francia en el caso de obrar de distinto modo. 

He aquí la respuesta del Gobierno alemán; 

El secretario de Estado en los Negocios Extranjeros se ve en 
la imposibilidad de dar una respuesta antes de haber cocsultadu 
con el Emperador y el Canciller. 




Esta respuesta, como ve la Cámara, no dice nada. 
Luego, extraoficialmente, el ministro alemán de Nego- 
cios Extranjeros ha dado á entender á nuestro emba- 
jador Sir Edward Goschen que dudaba de poder con- 
testarnos jamás sobre este punto, pues toda respuesta 
de su parte, si llegaba el caso de una guerra, equi- 
valdría á la divulgación de una gran parte del plan 




EL AKClllDr(H'U rEUBKHO. I. ENERALISIMO DE LOS 

BJÉRLITOS austríacos irot. Rol) 



de campaña alemán. (Risas. Exclamaciones de ex- 

trañeza.) 

En vista de esto telegrafié á nuestro representante 

en Bruselas y al Gobierno belga, y recibí la con- 
testación siguiente 
de nuestro emba- 
jador: «El minis- 
tro de Negocios 
Extranjeros de Bél- 
gica ha agradeci- 
do mucho mí co- 
municación, y ha 
contestado á ella 
que Bélgica hará 
todo cuanto le sea 
posible para man- 
tener su neutrali- 
dad. Me ruega que 
añada que el Go- 
bierno belga se 
cree en situación 
para defender la 
neutralidad de su 
país en el caso de 
un ataque contra 
ella.» (Aplausos.) 



.MONITORES austríacos «IB HoMBARUBAHON A HBLORADO 



154 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



EL «ULTIMÁTUM. ALEMÁN A BÉLGICA 

Poco antes de llegar yo á la Cámara he recibido 
la noticia de que el rey de los belgas había enviado 
directamente un telegrama al rey Jorge. Este despa- 
cho dice asi: 

«Acordándome de las numerosas pruebas de amis- 
tad de Vuestra iMajestad y de vuestro predecesor, y de 
la actitud amigable de Inglaterra en 1870, así como 
de la nueva prenda de amistad que acaba de darme, 
dirijo un supremo lla- 
mamiento á la inter- 
vención diplomática 
de Vuestra Jlajestad 
para salvar la inte- 
gridad de Bélgica. » 

(La lectura de ente 
telegrama es acogida 
con grandes aplausos.) 
Pero la interven- 
ción diplomática re 
sulta ineficaz en estos 
momentos. Ya la rea 
lizamos en la semana 
última. ¿De qué pue 
de servir ahora esa 
intervención? Inglate- 
rra tiene un interés 
vital en la indepen- 
dencia de Bélgica. Si 
esta independencia 
desapareciese, la in- 
dependencia de Ho- 
landa desaparecería 
igualmente. La Cá- 
mara debe conside- 
rar que los intereses 
británicos se verían 
en peligro si perma- 
neciésemos impasi- 
bles en una crisis de 
tanta trascendencia. 
(Aplausos.) 

Ninguno de vosotros puede imaginar que si una 
gran potencia se mantuviese al margen de la guerra 
que se prepara, podría exigir el respeto de sus intere- 
ses luego de pasada la guerra. 

Si llegan á confirmarse las informaciones recibidas 
por el Gobierno respecto á lo que ocurre en Bélgica, 
entonces el Gobierno inglés se considerará en la obliga- 
ción de hacer toda clase de esfuerzos para impedir las 
consecuencias que resultarían de los hechos anunciados. 

Viéndonos envueltos en una guerra no vanius á 
sufrir más que si nos mantenemos al margen de ella. 
Que nosotros participemos ó no participemos en la 
guerra, el comercio extranjero va á quedar interrum- 
pido de todos modos. Si nos mantenemos apartados, no 




SIR BDW.\1<D (iUKY 



podremos después de la guerra hacer uso de nuestra 
fuerza material para evitar ó para deshacer todo lo 
que se haya producido en el curso de ella ni para im- 
pedir que la totalidad de la Europa occidental caiga 
biijo la dominación de una sola potencia. Por el con- 
trarío, creo que si nos mantuviésemos impasibles 
nuestra situación moral después de la guerra seria 
mucho peor que si tomamos parte en ella. 

Debo declarar á la Cámara t[ue aun no hemos con- 
traído ningún compromiso en lo que concierne al en- 
vió de un cuerpo expedicionario al continente. Pero 

la movilización de la 
flota está terminada. 
i. a movilización del 
ejército se continúa. 
(Aplausos prolonga- 
dos de la oposición 
parlamentaria.) 

Aparte de esto no 
hemos aceptado nin- 
gún otro compromiso, 
porque reconocemos 
i|ue son enormes 
nuestras responsabili- 
dades en la India y 
en otras partes del 
Imperio británico. Es 
preciso que sepamos 
siempre adunde va- 
mos. 

Mientras tanto yo 
liago conocer á la Cá- 
mara hasta dónde he- 
mos ido. Nos queda 
un medio de mante- 
nernos fuera del con- 
liicto. Para eso será 
necesario que procla- 
memos nuestra neu- 
tralidad integral. Y 
eso no lo queremos. 
(Aplausos frenéticos.) 
Sí no adoptamos la 
linea de conducta que 
acabo de indicar, teniendo en cuenta los deberes que 
nos impone el tratado de neutralidad de Bélgica, la 
situación del Mediterráneo y las consecuencias que 
tendría para nosotros mismos y para Francia nuestra 
inacción, si nosotros declaramos que tales considera- 
ciones importan poco, yo creo que obrando asi sacri- 
ficaremos nuestro respeto, nuestro nombre, nuestra 
reputación, y que no por esto nos libraríamos de las 
m;'is graves consecuencias económicas. 

Juzgo haber dicho bastante para demostrar que de- 
bemos estar prontos... (Aplausos prolongados.) Y de- 
cíalo que estamos prontos... (Nuevos aplausos que se 
prolongan durante un minuto.) Estamos prontos á 
arrostrar todas las consecuencias que puedan pro- 



HISTORIA DE LA QUERRÁ EUROPEA DE 1914 



155 



venir do la ax-ritud que hemos adoptado. Estamos 
prontos á ocupar nuestro puesto y á cumplir nuestro 
deber. 

(LsL sesión se suspende después de este discurso, 
cuyo final fué saludado con interminables aplausos. 
Los diversos g;rupos del Parlamento se mostraron de 
acuerdo con el gobierno. Los irlandeses de uno y otro 
bando, cuyas divisiones habían puesto en peligro hasta 
pocos días antes la paz y la unidad de Inglaterra, se 
mostraron unidos, rivalizando en patriotismo. Á las 
siete de la noche so reanudó la sesión. \' Sir Ldward 



derechos de las naciones. Aceptar la proposición de 
Alemania seria para ella sacrificar el honor de la na- 
ción. (Aplausos.) Bélgica está firmemente resuelta á 
repeler la agresión por todos los medios posibles. 
(Aplausos.) 

Yo sólo puedo añadir que el Gobierno de 8u Ma- 
jestad ha tomado en muy grave consideración el in- 
forme que acaba de recibir. Y por el momento no ne- 
cesito decir más. 

D 

El discurso de Sir Edward Grey, en su primera 
parte, podía resumirse con estas dos conclusiones: 




M. Grey. M. Cíeorge. M. Asqiiith ^l. OhnrcliíII. 

I,A SESIÓN DHL 3 DB AGOSTO BN LA CÁMAKA DB LOS COMUNES 
Str Edward Grey declarü solemnemente que la flota inglesa garantizará las costas de Francia y que la Gran Bretaña mantendrá la neutralidad belga 

^Ilillujo de S. Begg, <le la Illustration, de Paris) 



Grey hizo la siguiente declaraciÓD complementaria: i 

Acabo de recibir informes que no poseía cuando 
he hecho mi declaración de esta tarde. Estos informes 
los he recibido de la Legación de Bélgica en Londres 
después de suspenderse la sesión. 

Ayer á las siete de la noche el Gobierno alemán 
ha presentado á Bélgica una Nota amenazante, propo- 
niéndole el paso de sus tropas por el territorio belga, 
prometiendo el mantenimiento de la independencia 
del país á la conclusión de la paz, y amenazando que 
en caso de negativa tratará á los belgas como enemi- 
gos. (Gritos de sorpresa y de protesta.) Un plazo de 
doce horas ha sido fijado para la respuesta. 

Bélgica ha respondido que este atentado contra su 
neutralidad representa una violación flagrante de los 



1. 



La flota inglesa garantizará á Francia contra 



la flota alemana. 

2." Inglaterra, solicitada por el rey de Bélgica, 
se pronuncia fuertemente por el mantenimiento de la 
neutralidad belga. 

Esto era mucho para Inglaterra, en la cual una 
parte de la opinión se mostraba contraria á interve- 
nir en el conflicto, y muy poco para Francia, que ne- 
cesitaba de una ayuda más extensa y positiva. Pero 
la audacia alemana, al decidir la invasión de Bélgi- 
ca, impulsó ii la guerra á todos los ingleses, venciendo 
las últimas resistencias. El alemán, dueño de Bélgica, 
era el mayor de los peligros para la Gran Bretaña. 

La Cámara de los Comunes votó por unanimidad 
un crédito defensivo de 1.250 millones (50 millones de 
libras) solicitado por el gobierno. 



156 



VICENTE BLASCO IBANEZ 




EL "GOBBKN* 



El leader irlandés Redmond manifestó al gobierno 
que podia retirar todas sus tropas de Irlanda para em- 
plearlas fuera del pais. «Orangistas y nacionalistas 
— dijo — defenderemos nuestras costas.» 



X 



Sucesos del 4 de Agosto. — La firmeza de Bélgica. — 
Declaraciones de Sazonof en la Duma. ^Atropello 
de embajadores en Berlín. — Entusiasmo en Bruse- 
las y en París. 

La primera hostilidad importante de Alemania 
después de su declaración de guerra á Francia fué 
lina agresión marítima. Los acorazados germánicos 
Goeben y Breslau, que estaban cu el Jlediterráneo, 
bombardearon en la madrugada del 4 Bona y Filipc- 
ville, puertos de las costas de Argel, abiertos y sin de- 
fensa. Los dos buques lanzaron un centenar de olni- 
ses, que produjeron algún daño en las construcciones 
y una sola victima. 

Luego se retiraron, refugiándose en un puerto it.i- 
liano. Las hazañas guerreras de estos dos buques fue 
i'on tan cortas como vergonzosas para la bandera 
germánica que ondeaba en sus topes. Se redujeron al 
bombardeo de dos puertos indefensos y ii una fuga, 
ii pesar de que el Goeben gozaba de gran fama en Ale- 
mania como construcción naval de última novedad. 

Unos acorazados ingleses de la división de Malta, 
al enterarse del bombardeo, salieron en su persecu- 
ción un dia después, al quedar declarada la guerra 



filtre Inglaterra y Alemania. Ll Goeben y ol Bren 
lau, que estaban refugiados on un puerto italiano, se 
hicieron á la mar para no ser embotellados dentro de 
éste. .*>ii salida fué heroica. ;Iban á morir! Los jefes y 
oficiales habían bajado á tierra para depositar sus 
testamentos y enviar sus joyas á las familias como 
ultimo recuerdo. Las tripulaciones cantaron el himno 
alemán al alejarse de tierra... Y apenas estuvieron en 
el mar libre á la vista de los ingleses, el Goeben y el 
Breslau, aprovechando la superioridad de su marcha, 
huyeron á todo vapor refugiándose en los Dardanelos 
y luego en el Bosforo. Allí fueron rebautizados con 
iiiiinlirf's turcos, pasando á poder del gobierno oto- 
mano. 

Esta fué la historia alemana de las dos fuertes uni- 
dades navales que el almirantazgo germánico man- 
tenía en el Mediterráneo. Ambos acorazados, de in- 
discutible valía por su velocidad y su armamento 
moderno, debían unirse, según los planes de la Tri- 
ple Alianza, con la armada italiana y la austríaca, 
presentando batalla á la armada francesa, para bom- 
liaidear luego Marsella y Tolón, mientras el ejército 
italiano atacaba la línea de los Alpes. 

Pero Italia no quiso seguir á sus antiguos aliados 
en esta guerra de provocación, la escuadra austríaca 
no se atrevió ií moverse del Norte del Adriático, y los 
buques ingleses en unas cuantas horas limpiaron de 
enemigos el Mediterráneo. 



En la frontera de Alsacia apenas si hubo choques 
el día 4, á pesar de la declaración de guerra. Algunas 
patrullas de infantería y caballería alemanas pasaron 
el limite divisorio, realizando agresiones contra los 
puestos de aduaneros y las estaciones de ferrocarril, 
pero huyeron á la aproximación de las fuerzas fran- 
cesas. 

En París el ministerio de la Guerra dio un decreto 




DAÑOS lArSAÜDS EN lÜINA I-Olí BI, BOMBARDEO 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



157 



ostahlecieudo un régimen especini 
para la Prensa, con objeto de impe 
dir los informes del espionaje. Este 
decreto estaba concebido en los tér- 
minos sifiuientes: 

Queda prohibido publicar ninguna noticia 
relativa k los sucesos de la guerra, moviliza- 
ción, movimientos, embarques, transportes 
de tropas, composición de los ejércitos, efec- 
tivos, etc., que no haya sido facilitada por 
la oficina de la Prensa organizada por el 
ministerio de la Guerra. 

Tres veces por día el ministerio comuiii 
cara estas noticias á los periódicos. 

Los directores de las diversas publicacio- 
nes diarias ó periódicas harán constar, por 

una declaración escrita, los días y las horas de su publicacióu 
regular. Todas las ediciones especiales quedan prohibidas, así 
como los anuncios á gritos ó fijados en la vía pública. 

Deberán además remitir al ministerio de la Guerra (oficina de 
la Prensa 1 las pruebas definitivas de cada número tan pronto como 
la última página haya sido compuesta. 

El diario ó la publicación, después del envío de esta prueba, 
podrá proceder á su tiraje y á la venta sin ninguna otra formali- 
dad. Pero se expondrá á una recogida inmediata si al examinar 
las pruebas se ve que ha publicado una noticia militar cualquie- 
ra que no haya sido comunicada por las oficinas de este minis- 
terio. 

Mbssimy 



A las diez de la mañana se reunió en Bruselas la 
Cámara de Diputados. La sesión era extraordinaria, y 
asistió a ella el rey con la reina y sus tres hijos. 

Alberto I, en medio de un silencio impresionante, 
pronunció este discurso: 

«Nunca, después de 1830, hora más grave que la 
presente ha sonado para Bélgica. La fuerza de nues- 
tro derecho y lo necesario que es para Europa el que 
gocemos de una existencia autónoma, nos hace espe- 
rar aún que los acontecimientos temidos no lleguen á 





EL »U1!ESI,.\I-. 

producirse. Pero si nos obligan á impedir la invasión 
de nuestro suelo, el deber nos encontrará armados y 
decididos á los más grandes sacrificios. 

»La juventud se ha puesto ya de pie para defender 
la patria en peligro, l^ua sola obligación se impone á 
nuestras voluntades: la de mantener una resistencia 
tenaz, con valor y con unión. 

«Nuestra bravura nacional queda demostrada por 
nuestra irreprochable movilización y por la gran can- 
tidad de alistamientos voluntarios. El momento pre- 
sente exige actos. Yo os he reunido para que las 
Cámaras puedan asociarse al heroico impulso del 
país. Vosotros sabréis tomar todas las medidas que 
aconseja la urgencia presente. Todos estáis decididos 
á mantener intacto el patrimonio sagrado de vuestros 
antecesores. Nadie faltará á su deber. 

«Nuestro ejército está á la altura de su misión. El 
(jobierno y yo tenemos plena confianza en él. El Go- 
bierno sabe las responsabilidades que le esperan y las 
asumirá hasta el final, para defender el bien supremo 
del país. Si el extranjero viola nuestro territorio en- 
contrará á todos los belgas agrupados en torno de su 
soberano, que no ha de traicionar nunca su juramento 
constitucional. 

"Tengo fe en nuestros destinos. Un país que sabe 
defenderse se impone al respeto de todos y no perece 
nunca. Dios será con nosotros. > 

Este discurso fué saludado con ruidosas aclama- 
ciones. Luego la Cámara belga votó un crédito de 200 
millones para las necesidades de la defensa nacional. 

El gobierno, que iba á asumir la responsabilidad 
de una defensa aventurada y heroica, necesitaba jun- 
líir en su seno todas las voluntades y todas las opinio- 
nes del país. Por esto el mismo rey rogó al jefe del 
p.irtido socialista, el gran orador Emilio Vandervelde, 
que aceptase un puesto en el gabinete, entregándole 
l;i cartera de ministro de Negocios Extranjeros. 

El gobierno, formado por hombi-es enérgicos de 
todos los partidos, proclamó inmediatamente el estado 
de sitio en las provincias de Limburgo, Lieja, Namur 
y el Luxemburgo belga. 



LIE LOS AUORAZADO.S ALEMANES 



158 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




M. MHSSIMV. MIM.--rRll HE I. A 

i.rnKiíA Ki{;\Ni i-:s 



L.a Dmiiii, «jiio ha 
liiii sido convocada 
(MI San Petersburso 
poi' el gobierno ruso, 
oyó las explicaciones 
(le .\1. Sazonof, minis- 
1 1() de Negocios Ex- 
iranjerus. Esto puso 
fii claro el origen de 
la guerra impuesta á 
líusia por la soberbia 
;ii(>mana. 

«Con plena concien- 
cia del deber inmen- 
so que le incumbe 
dijo el ministro Sa 
zonof - y absorbido 
por el trabajo de su 
desenvolvimiento in- 
terior, el Imperio ruso no ha cesado de dar pruebas 
de su sincero deseo de paz. Inicamente por este 
deseo, que tantas veces nos ha 
hecho transigir y ceder, lia pi> 
dido escapar Europa en 1912 y 
en 19i;3 del peligro de una con 
ttagración general. No es, pues. 
Rusia la que amenazaba la paz 
del mundo. .lamas ha liuscado 
ella defender su dignidad con 
hi amenaza de las armas ni 
pisoteando el amor propio y el 
derecho de los dél)iles. 

«Mientras nosotros sostenía- 
mos la paz á costa de dolorosos 
saoriñcios, ¿cuál era al mismo 
tiempo la labor á que se de- 
dicaba el Imperio de Austria- 
Hungría? Su trabajo consistió 
en sembrar la discordia en los 
Balkanes. Eué él quien con- 
venció ;i Hulgaria para que se 
arrojase contra sus antiguos 

aliados en 1912, lo que nos valió la segunda guerra 
búlgara. 

«Desgarrado ese Imperio por hondas divisiones 
intestinas y previendo tal vez un reparto de sus te- 
rritorios á la muerte de Francisco .José, ha conside- 
rado preciso para galvanizar su vida hacer alarde de 
que aun le queda la fuerza de otros tiempos. Y para 
esto ha escogido como víctima á Servia. 

»No ignoráis vosotros en qué condiciones se lanzó 
el ultimátum al Calnnete de Belgrado. Sometiéndose 
Servia á sus exigencias se reconocía como vasalla de 
Austria. No mostrar nosotros interés en esta cuestión 
hubiese eíjuivalido al abandono de nuestro deber se- 
cular de defensores de los pueblos balkánicos. Era al 
mismo tiempo admitir que la voluntad de Austria, 
apoyada ocultamente por Alemania, imponía la ley 



en Europa. Ni nosotros, ni Francia, ni Inglaterra, 
podemos consentirlo. 

"Á pesar de esto, Rusia, Francia é Inglaterra han 
intentado todo lo que era posible para el manteni- 
miento de la paz. ;.Qué era lo que nosotros pedíamos? 
Estábamos dispuestos á aceptar cualquier arreglo con 
el (iabincte de Viena con una sola condición: que no 
se atentase en nada contra la soberanía y la indepen- 
dencia de Servia. 

«Desde el primer momento hemos expuesto fran- 
camente esta actitud nuestra al Gobierno de Alema- 
nia, y está fuera de toda duda que si el Gabinete de 
Berlín hubiese deseado la paz le habría bastado una 
sola palabra para detener ;i su aliado, como lo hizo 
durante la crisis balkánica. Perú en realidad Alema- 
nia, qLie no cesaba de ¡itirmai', con palat)ras nada 
más, su deseo de iiiHuir en Yiena, rehusó una tras 
otra todas las proposiciones que le fueron hechas, 
valiéndose para esto de objeciones sin fundamento. 

"Mientras nos esforzábamos por conseguir una 
solución pacífica, Belgrado fué bombardeado, y Eu- 




|;L KKV IiK r.Kl.ail'A DtltmiKNDO.SB al parlamento RNTUK las ACLA.MACIONB.S 

riR LA MICiníOlMIiUK 



ropa se encontró en presencia de una agresión reali- 
zada. ^Qué le quedaba á Rusia por hacer después de 
este hecho amenazante? Proceder á la movilización. 

»En estas condiciones no podíamos abstenernos de 
adoptar las más elementales medidas de precaución, 
tanto más cuanto que Austria había ya movilizado 
la mitad de su ejército. .\1 mismo tiempo que se orde- 
naba nuestra movilización, S. M. el Emperador dio 
su palabra al Emperador de Alemania de que Rusia 
no recurriría á las armas mientras quedase la más 
pequeña esperanza de conseguir un arreglo pacífico. 

«Estas palabras de moderación no fueron escucha- 
das. .Uemanía ha declarado la guerra, primero á nos- 
otros, después á nuestra aliada Francia. Y luego, con 
menosprecio de todos los compromisos solemnes que 
había contraído de acuerdo con otros países como 



iÜiSTÜRIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



159 



garantizadora de la neutralidad del Liixemburi!,'o y de 
la neutralidad de Bélgica, Alemania pisotea sus com- 
promisos y viola su propia palabra. » 

El ministro Sazonof terminó asi: 

«Nosotros no queremos admitir el yugo de Alema- 
nia y de su aliada, y combatiremos contra las dos por 
algo grande y de general interés: por libertar á Eu- 
ropa de un peligro. Rusia, al aceptar esta guerra, no 
busca una gloria vana. » 



La muchedumbre patriótica de Berlín observó una 
conducta salvaje con los representantes de las poten- 
cias que Alemania había impulsado á la guerra. 

Ya hemos visto de qué modo fué tratado en Paris 
el embajador Schoen, á pesar de su conducta equivoca 
y de los esfuerzos que hizo á última hora para ser 
objeto de una agresión personal que justificase el rom- 
pimiento de relaciones. El gobierno francés cuidó de 
la persona del embajador, corrigiendo sus impruden- 
cias voluntarias con la incesante protección de la po- 
licía. Al partir Schoen organizó su viaje con toda 
clase de comodidades para él y su séquito, poniendo 
el gobierno á su disposición un tren especial. 

En Berlin no sólo fueron tratados con desprecio los 
representantes diplonicáticos, sino que vieron en peli- 
gro su existencia y la del personal desús oficinas. 

La salida del embajador de Rusia dio lugar á esce- 
nas repugnantes. Una masa de energúmenos patrióti- 
cos asaltó los carruajes en los que se dirigían ;i tomar 
el tren el embajador y sus secretarios. La policía ape- 
nas si se esforzó por defender á estos viajeros, pro- 
tegidos por la inmunidad diplomática. Los manifes- 
tantes escupieron en la cara á las esposas de los diplo- 
máticos rusos, y golpearon con los bastones á algunos 
de éstos, ensangrentándolos. Hay que hacer constar 
que en esta muchedumbre hostil no figuraban gentes 
del pueblo. Eran señores bien vestidos los que se mos- 
traban más furiosos; algunos de ellos ostentando con- 
decoraciones. Estu- 
diantes y periodistas 
componían el resto de 
la manifestación. To- 
dos pertenecían á la 
clase que habla con 
orgullo de la «cultura 
alemana», y quiere 
imponerla al resto del 
mundo que vive, se- 
uiiii ellos, en un esta- 
do de civilización in- 
íerior. Su noble < Kul- 
lur» empezó por de- 
iiiiistrarse en esta 
í^uerra atropellando 
,i nmjeres y hombres 
M. SAZONOF, MiNisTuo DE NEGÓ- indetcnsos, protegi- 
dos EXTRANJEROS RUSO dos por una inmuni- 








I. A UUMA 



dad ([ue es respetada hasta por los puel)los más 
atrasados. 

Ll einl'Kijador de Francia, M. .lulio Camboii, se libró 
de estos ati'opello.s personales, pero tuvo que sufrir 
con su personal una larga serie de molestias y humi- 
llaciones. El .3 de Agosto por la noche recibió sus pa- 
saportes del goliierno alenuin, pero tuvo que esperar 
veinticuatro horas para hacer entrega de sus archivos 
al embajador de España, que se encargó de todo el 
material de la embajada, así como de la protección 
de los franceses residentes en Alemania. 

M. .Julio ('ambón es una de las personalidades más 
eminentes de la diplomacia. Él y M. Paul Cambon, 
embajador en Londres, han prestado á Francia im- 
portantes servicios. Mientras el uno trabajó en Ingla- 
terra incesantemente hasta, conseguir la. inteligencia 
franco-británica, el otro Cambon luchó durante varios 
años en el terreno hostil de la diplomacia alemana 
por mantener el prestigio y la seguridad de Francia. 

Guillermo II mostró en repetidas ocasiones el alto 
aprecio en que tenia la personalidad del embajador 
('ambón, visitándolo muchas veces en el palacio de 
la embajada, k pesar del respeto que merecía esta 
personalidad, y de las consideraciones que son debi- 
das al representante de un país mientras permanece 
en su puesto, el gobierno alemiin trató á M. (l'ambon 
con dureza. Durante las veinticuatro horas que per- 
maneció en Berlín, las autoridades alemanas pro 
curaron molestarle, demostrando en ello cierta delec- 
tación. iMientras en París M. de Schoen había podido 
vivir con entera libertad, M. Cambon y el personal de 
la embajada francesa, encerrados en su domicilio como 
si fuesen prisioneros, recibieron la orden de no encar- 
gar sus comidas más que en restaurants cuyos dueños 
fuesen alemanes. En esta situación humillante mon- 
sieur Cambon tuvo que pedir al ministerio de Nego- 
cios Extranjero? que se dignase intervenir para que 
el dueño de un hotel ((uisiera emiarle comida para él 
y sus colaboradores. Todos los establecimientos de 
Berlín se negaban á servir á los diplomáticos frai> 



160 



VICENTE BLASCO IBANEZ 



ceses, como si esto fuese un crimen de lesa patria. 

El itinerario del viaje dio también motivo á las vio- 
lencias alemanas. M. Camben quería volverá su país 
por el camino más corto, ó sea por Holanda y Bélgica. 
Pero en la noche del 4 lo hicieron partir con veintisiete 
personas de su séquito por la via de Dinamarca, lo 
que representaba un rodeo enorme. Además el tren 
hizo un viaje lento y dificultoso, empleando veinticiia 
tro horas para llegar á Kiel. En muchas estaciones 
varios soldados alemanes, revólver en mano, guarda 
ban las puertas del vagón, prohibiendo con amenazas 
de muerte que los franceses hablasen entre ellos. 

Al llegar á la última estación .ilcuKiiiri, el olicial 
prusiano encargado de acom- 
pañar la comitiva hasta l;t 
frontera exigió á M. Caml)oii 
el pago de .'?..")0() marcos, que 
era el precio del viaje, aíir 
mando que si no entregaba 
esta cantidad se opondría .1 
que pasasen la frontera da 
nesa. I]l embajador se asom 
bró de que no le hubiesen pe 
dido este dinero al salir de 
Berlín, y ofreció un cheque 
sobre un gran banco alemán. 
El oficial rehusó el cheque y 
31. Cambon tuvo que resig 
narse á hacer una colecta en 
tre sus compañeros de viaje, 
(pie pudiei'on reunii' en me 
tálico unos -1.000 francos, en 
fregándolos. De este modo 
compraron su libertad y pu 
dieron atravesar la frontera, 
donde les esperaba un tren 
especial y lujoso preparado 
por el gobierno de Dinamai- 
ca y que los trasladó inme 
diatamente á Copenhague. 

Asi procedió el gobierno 
alemán, mientras en París 

dedicaban un coche-salón al viaje de M. de Schoen, 
vehículo que tardó mucho en ser devuelto á Francia. 

Más adelante veremos cómo salió de Berlín el em- 
bajador de Inglaterra. 

o 

El ultimátum del golñerno alemán á Bélgica pro- 
dujo en Bruselas una explosión de cólera. El entusias- 
mo patriótico se esparció por las calles en ruidosa ma- 
nifestación. Nadie tuvo en cuenta el enorme poder de 
Alemania y la pequenez de la nación belga. Todos 
vieron únicamente la monstruosidad del atropello. La 
conciencia nacional se sublevó con heroica unanimi- 
dad. Hasta el elemento llamenco de Bélgica, que había 
mostrado siempre cierta aversión contra Francia, 
olvidó sus preocupaciones para unirse al grito de pro- 
testa que lanzaba todo el pais. 




.M. JILIO LAMBÓN 



Numerosas manifestaciones recorrieron las calles 
de Bruselas dando vivas á Francia y cantando La Mar- 
sellesa. Otros grupos lanzaron gritos contra Alemania 
é hicieron alardes de hostilidad ante los estableci- 
mientos y viviendas de los alemanes. Estos eran muy 
numerosos en el territorio belga. La emigración ger- 
mánica, como si obedeciese á una orden superior, lia- 
l)iii invadido en los últimos años las ciudades de Bi'd- 
gica. IJi Amberes dominaba gran parte del comer- 
cío. Todos los alemanes establecidos se dedicaban al 
espionaje, como se vio claramente después. Jinchos, 
empleando el procedimiento de la naturalización re- 
comendado por el gobierno alemán, se habían hecho 

ciudadanos belgas, ocupan- 
ilü puestos jiúblicos y figuran- 
lid como oficiales de la mili 
lia llamada 'iuaidía Cívica. 
L'n soldado francés que 
(■staba de paso en Bruselas 
fué llevado en triunfo por 
l.i muchedumbre. Las damas 
liclgas ostentaban escarape- 
las con los colores naciona- 
les y los de Francia. Todos 
hacían votos por que la veci- 
na República se defendiese 
enérgicamente de la inva- 
sión alemana, afirmando 
que Bélgica estaba dispuesta 
á perecer antes de consen- 
tir el paso de las tropas ene- 
migas. 

Dos dirigibles alemanes, 
volando sobre Bruselas en la 
mañana del 4, excitaron aun 
más la indignación general. 
Este pueblo, el más tranquilo 
y laborioso de Europa, no 
pudo contener su cólera al 
verse tan injustamente agre- 
dido. 

Varios grupos, con una in- 
dignación perfectamente explicable, atacaron algunos 
establecimientos alemanes é insultaron á los subditos 
germánicos en las calles. 

.-\1 mismo tiempo en París la muchedumbre seguía 
con entusiasmo el desarrollo de la movilización. La 
vida de la ciudad parecía haberse concentrado en la 
estación del Este. Todos marchaban hacia ella; unos 
para incorporarse al ejército: otros para despedir á 
los que partían. 

En las calles apenas se encontraban vehículos. 
Todos los medios populares de comunicación estaban 
suprimidos por falta de personal. Por el centro de las 
avenidas pasaban los regimientos, los escuadrones, ó 
grupos de muchachos y mujeres llevando al frente la 
bandera tricolor y cantando La Marsellem. 

Un auto de alquiler, corriendo á toda velocidad. 



I 






í^íi'i' 



LA IN\ 




Dibuio de Andrí Dcvambcr, de la •lllustrallon> de París. 



Retirada de los alemanes p 



RUSA 




los por los ejércitos rusos 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



161 



atropello á un tr;uiseuiite que iba de prisa. Por fortu- 
na éste salió indemne de entre las ruedas, y se lanzó 
contra el chauffeur insultándolo, asi como el público 
aglomerado por aquel incidente. 

— Tengo mucha prisa — dijo el conductor excusán- 
dose — . Voj' á entregar el auto. Salgo dentro de dos 
horas para la frontera. 

— Yo también — contestó su victima con súbita tran- 
quilidad. 

Y los dos hombres, que en otra ocasión se hubie- 
sen golpeado, acabaron por abrazarse. «Camarada, 
¡viva Francia!» 

En un vagón del ferrocarril metropolitano, lleno 
de gentío, cuatro jóvenes elegantes abandonaron sus 
asientos al ver subir cuatro soldados con las botas y 
los-unifonnes llenos de polvo. Los soldados vacilaron, 
no atreviéndose, por galantería, á aceptar el ofreci- 
miento. 

— Sentaos — insistieron las damas—. Hoy son las 
mujeres las que deben ceder el sitio á los hombres. 
Los soldados acabaron por aceptar. 

— Gracias, señoras — dijo uno de ellos — . Bien lo 
necesitábamos. Estamos marchando desde esta ma- 
ñana para llegar á tiempo á la estación del Este. 

En la estación se desarrollaron durante muchos 
días escenas conmovedoras y se pronunciaron frases 
de popular sinceridad que demostraban el estado del 
alma francesa. 

Una madre besaba por última vez á su hijo, sober- 
bio coracero que hacia esfuerzos por distraerla y evi- 
tar sus lágrimas. 

— Adiós, mamá. ¿Qué quieres que te traiga de 
Berlín? 

— Tu piel intacta, hijo mío. No deseo otra cosa. En 
Prusia todo lo que hay es bisutería mala. 

Un tren iba á partir con un regimiento de infante- 
ría. El jefe de la estación le dijo al coronel: 





::■! 


'-^^■■^^^■fe^b-''*^^- ' '> 


^^BB^fc-5^j;í-..^;',!;i^-;j--l.Si>v V- _;_■ ií.slI^^^^BB^BB 




LA MULTITUD ACLAMANDO A LO.S RESERVISTAS QUE VAN Á LA GUERRA 



UN TKEN DE MOVILIZADOS .SALIENDO DE PARÍS 

— Vuestro departamento está á la cabeza del tren: 
en un vagón de primera. 

— ¡3Ii departamento! — exclamó con extrañeza el 
coronel — . Yo debo estar donde estén mis hombres. 

Y subió á un vagón de carga lleno de soldados. 
En la muchedumbre se oyeron frases como estas: 

— No llores, mujer; sé razonable. Comprende que 
esto no podía seguir así, y que es hora de que acabe. 
No se puede vivir toda la vida con una espada ame- 
nazante sobre la cabeza. 
Otros gritaban: 

— Hay que acabar con ese imperio alemán que nos 
fastidia. 

Y todos con la voz ó con los ojos expresaban su 
conformidad. 

— Es cierto. Hay que cambiar de existencia ó 
morir. 

La fe en la victoria animaba á la muchedumbre y 
á los combatientes. 

En el campamento de Versalles los soldados de un 
escuadrón que iba á partir para la frontera 
colocaron este cartel sobre un árliol: 



EL JUEVES PRÓXIMO 

PARTIDA DEL GRAN CIRCO FRANCO-BELGA 
52 caballos, 45 artistas 

PRIMERA REPRESENTACIÓN DE GALA 
ORAN PLAZA DE BERLÍN 

Y en un ángulo del cartel había pinta- 
da una amazona de circo enviando besos al 
público. ¡El buen humor inextinguible del 
soldado francés cuando va al encuentro de 
la muerte!... 

Esta fe en el triunfo la expresó un con- 
ductor de autobús con una ingenuidad con- 
movedora. 

— Lo que más me fastidia — dijo — es la 
pendiente de los caminos de Bohemia. To- 

20 ' 



162 



VICENTE BLASCO iBANEZ 



do3 ellos son terribles, y sufriremos luuclio al conducir 
los automóviles militares. 

El chauffeur se veía ya corriendo por el territorio 
de los enemigos con una buena fe inocente y heroica. 

Los alsacianos y loreneses residentes en París se 
reunieron en un café del bulevar. Eran más de tres 
rail, hombres y mujeres. El presidente de la reunión, 
M. Eugenio Kuentzmann, originario de Estrasliurgo, 
aconsejó á sus compatriotas que formasen un cuerpo 
de voluntarios. 

-Es la Francia dijo—, nuestra patria verdadoni, 



Au Peuple Belge! 



Cí l a ■ii5i' lilus granel rejret quB les íroupts Allumamlís se voiant forctes d« 
francliir la fiuntice de la Etlglque. Elles agissenl sous la contrainic dunc necessite in- 
eyi'alile li nEutraliU da la Belgique ayant (tc U¡í vioiéo par des ofTiciers francais qui. 
sous un deguisciTen!. aicnt travení le territoire belge en aulúmobile pour pioetrcr en 
Aí'ent^gn'^. 

Oeljtj! Cttl sslrj pliu «rm iésip iju'il j ail ncore muía dtviitr tu tomhl enire den 
(«•(.a ^ eiaieil tm ¡ts^t i prisent. jidis níme siliíi. Scuitnei (oin du {lorieui pir d: 
Viitti-'x n iUmi 'íi srat; ^i(iBaiid:s qgi onl nolhbiK a fondo- ú (!:a::iir Lodcptndancs el la 
|)i»i«frní (i! «;« pjlfi». 

Maí il iiQus faiil le che-Tiin libre. Des deblí uctioiis de |¡oiU3. de tiiiinels, de voies 
imiti d«ro(!t élre regardées ctirume dís adióos hostil«s. Stlyts, wus avez a choisir. 

Jf-sperd DD,-,c p lArniSe aliemande de !a Meuse ne sera pas coiuralnle de ion 
CGniiiaiwe. Un cheniin libre pour attaijiter celui qui voiilail notis attaquer, c'est ¡out ce 
que -mí désirciis. 

Ja iam du o^i^isn^iics f ormelles á la prpulation belgd qu'elle 
r'aura ii5n a sccffrir des tiorreurs de la guerre; que nous payerons en 

' or tsiuiíriayé les vitres qu'il faudra prendre du pays; que nos soldats se 
' [íiüiilrei'orit i^s citülsurs amis d'un peuple pour lequel nous éprouvans la plus liaute estime. 
; la plus yraivje syaipEttiia. 
• C'csi de votre sagesse et d'un paf Hotlsma 

btor comprEs qu'il dépend d'évSter á votrs 

pays les» horroum üg la guet^-re. 

Le General Commandant en Chef l'Amée de la Meuse 
von Emmich. 



PROCLAMA DB VÜN BíMMICH AL PUEBLO BELGA 

Esta procinma fué dlslribufda á mano por los primeros linetes alemanes 
(húsares de la Muerte y hulanosi que penetraron el 1 de Agosto en Bélgica con 
dirección á Licia. De ella sólo quedan unos pocos ejemplares guardados por 
los belgas, pues los alemanes han procurado luego hacerla desaparecer, bus- 
cándola por todo el país. Este documento es de gran valor, ya que sirve para 
demostrar la campaña de mentiras realizada por los alemanes, y prueba ade- 
más lo premeditado de una invasión, preparada desde mucho tiempo antes, 
hasta el punto de tener impresa una proclama en grandes cantidades para re- 
partirla asi que franqueasen la frontera. 

la que vamos á defender. Partamos alegremente, por- 
que dentro de pocos días los que hemos vivido refu- 
giados en París tendremos el consuelo de encontrar- 
nos con nuestros hermanos de Alsacia, que el enemigo 
está armando contra nosotros. Las armas alemanas 
que ponen en sus manos se volverán contra Prusia. 
Una señora habló después. 
— Nuestros hijos- dijo con voz temblorosa — han 
sido esclavizados por Alemania. Hemos esperado du- 
rante cuarenta años, tascando nuestro freno, la liora 



del desquite. Esta hora ha llegado al ñn. Hela aquí. 
¡Alsacianas, hermanas mías! ¿Vais á permanecer sin 
hacer nada? Propongo que al cuerpo de voluntarios 
alsacianos y loreneses se una otro cuerpo de enfer- 
meras formado por nosotras. Iremos á nuestra tierra 
para libertar á nuestras madres y hermanas y cuidar 
nuestros heridos. 

A los sones de la Marcha Lorenesa los asistentes 
á la reunión fueron á inscribirse como voluntarios en 
grupos de diez. Las mujeres se inscribieron igual- 
mente. 

Antes de partir, el presidente, con voz cortada por 
la emoción, dijo á sus compatriotas: 

Alsacianos y loreneses: Francia cuenta con nos- 
otros. ¡.Juremos morir por ella! 

Hombres y mujeres levantaron la diestra diciendo 
con sencillez: 
— ¡Lo juramos I 

Todos lloraban al ver llegada la hora, después de 
tantos años de espera. 

Á estas muestras de entusiasmo se unieron las de 
los revolucionarios. 

.Juan Longuet, nieto de Carlos Marx, el fundador 
del socialismo alemán, dijo asi: 

«Si Francia es invadida, ¿cómo los socialistas no 
serán los primeros en defender la Francia de la Revo- 
lución y de la democracia, la Francia de la Enciclo- 
pedia, de 1793, de 1848, la Francia de Pressensé y de 
•laurés?» 

Marcel Sembat dijo á sus correligionarios: 

■ instáis obligados á hacer la guerra por la viola- 
ción de los territorios neutrales y por la agresión de la 
Alemania imperial. Vais á batiros en defensa de la 
cultura francesa y de la libertad de los pueblos. Cuan- 
do seáis vencedores — porque la victoria os aguarda — , 
os negaréis á violar el derecho de los otros.» 

Miguel Almereida, director de Le Bonet Rouge: 

«Socialistas, hermanos mios, relegad por el mo- 
mento nuestra Internacional y nuestra bandera roja. 
Nuestro canto debe ser en adelante La MarseUesa y 
nuestra bandera los tres colores. Como en 1793, la 
bandera en sus pliegues y el himno en sus estrofas, 
llevan el alma de los pueblos libres.» 

a 

Alemania, con arreglo á sus procedimientos arbi- 
trarios, invadió Bélgica sin declaración de guerra. En 
la noche del 3 al 4 de Agosto las primeras fuerzas 
alemanas atravesaron la frontera belga, desde Aix-la- 
Chapellc á Recht. 

El general Von Emmich, jefe del ejército alemán 
del Mosa, que mandaba las tropas invasoras, lanzó 
la siguiente proclama al entrar en Bélgica: 

AL PUEBLO BELGA 

Con gran pesar mío laa tropas alemanas se han visto obliga- 
das á franquear la frontera de Bélgica. Obran bajo la presión de 
una necesidad inevitable, pues la neutralidad de Bélgica lia sido 
ya violada por oficiales franceses, que disfrazados han atravesa- 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1Q14 



163 



fZrtoA 



vn 






KL ARTÍCULO 



DEL TRATADO DE NEUTRALIDAD DE BÉLGICA 



lio en ftiitornóvil el territorio belga, para penetrar en Alemania. 

¡Belgasl Nuestro más ferviente deseo es evitar un conflicto 
entre dos pueblos que han sido amigos hasta el presente y que en 
otro tiempo fueron aliados. Acordaos del glorioso dia de Water- 
lóo, en que los ejércitos alemanes contribuyeron á fundar y 
establecer la independencia y la prosperidad de vuestro pais. 

Necesitamos el camino libre. Las destrucciones de puentes, 
túneles y vias férreas serán consideradas por nosotros como 
actos hostiles. Belgas: podéis elegir. 

Yo espero que el ejército alemán del Mosa no se verá obliga- 
do á combatiros. El camino libre para atacar á los que nos quie- 
ren atacar es todo lo que deseamos nosotros. 

Yo garantizo formalmente que la población belga no tendrá 
que sufrir en nada los horrores de la guerra; que pagaiemos en 
oro los víveres que necesitemos, y que nuestros soldados proce- 
derán como los mejores amigos de un pueblo por el cual sentimos 
nosotros la más alta estima y la más grande simpatía. 

De vuestra prudencia y de vuestro patriotismo bien entenJi 
do, depende el evitar á vuestro país loa horrores de la guerra. 

El general coma ndante en jefe del ejército del Jíobo . 
VON Emmich 

Inútil es decir que esta proclama fué una demos- 
tración más de la hipocresía germánica. Era falso que 
unos oficiales franceses liubiesen pasado disfrazados 
la frontera belga. Además este pretexto para inva- 
dir á un pueblo resultaba tristemente ridiculo. ¿Qué 
peligro podía correr Alemania aunque esto hulñcsc 
sido ciertoV 

La invasión de Bélgica era un hecho previsto des- 
de años antes por los belgas, que desconfiaban de Ale- 
mania y seguían con atención sus preparativos. Al- 
berto I, después de una entrevista con el kaiser en 
Berlín, habia regresado á su pais mostrando una gran 
desconfianza acerca de la amistad de sus vecinos. A 
esto se debió (^ue el reino de los belgas reconociese 
la necesidad de modificar la organización de sus me- 
dios de defensa, considerándolos insuficientes para 
proteger su neutralidad. Este país, dedicado á la in- 
dustria y poco afecto á las glorias militares, procedió 
al engrandecimiento de su ejército, con la certeza de 
que alguna vez tendría que defenderse de la ambición 
alemana. 



Como garantía de su independencia, contaba con 
el tratado de neutralidad firmado en Londres el 19 de 
Abril de 1839. Este tratado estipulaba textualmente 
en su artículo 7.": 

«Bélgica formará un Estado independiente y per- 
petuamente neutral. Deberá observar esta misma neu- 
tralidad con todos los demás Estados.» 

El tratado de Londres iba garantizado por las fir- 
mas de Austria, Francia, Gran Bretaña, Rusia y Pru- 
sia. Pero ya hemos visto el poco respeto que inspiraba 
á la diplomacia prusiana la firma de su Estado. 

En 1906 un general belga anunció la invasión ale- 
mana con ocho años de anticipación. El estudio mi- 










LAS I-IlíMAS DEL TRATAHI) 
Por Injflfllerrs. Palmcrsloii ; pnr Bélgica, Silva Van der W'íyer; por Aus- 
tria, Seneft; por ¡'rancia. Scbastianl: p.ir Prusia , BUiow, y por Rusia, 
Pozzo di borgo. 



164 



VICENTE BLASCO IBANEZ 




I'Ul.MBKOS dIaS DK i. a .MCi\ ILIZACIÓN 

LIn suboficial de la reserva, hata del automóvil con su mujer para entrar en un almacén de objetos mi 
litares y hacer sus últimas compras. En la mano lleva la pequeña maleta de ollcial llamada •cantina 

(Fot. MeuríAfle) 



litar publicado por dicho general en un diario de 
Jkuselaa produjo la alarma. Demostral)a en él que in- 
dudablemente Alemania, al tener una guerra con 
Francia, procurai'ia atacarla por el punto más fácil, 
ó sea por Bélgica, aunque para esto hubiese de atro- 
pellar la neutralidad. Dio en apoyo de esto numero- 
sas pruebas, siendo una de las más convincentes el 
extracto de una carta dirigida á Bismarck en 1870 
por el viejo emperador ííuillermo I, abuelo del empe- 
rador actual. En esta carta, desconocida hasta enton- 
ces, Guillermo I hablaba á su Canciller de los gran- 
des trabajos de defensa realizados por Francia para 
cubrir su frontera del peligro de una invasión en oí 
caso de una segunda guerra franco-prusiana. 

«La frontera francesa — decia el emperador — está 
cerrada casi herméticamente desde Suizii hasta Bél- 
gica. Esta linea continua de fortalezas y de fuertes, 
aunque consiguiéramos atravesarla, liaría imposible 
el envió de todo lefuerzo, y estorbaría enormemente 
el empleo estratégico de nuestras fuerzas. 

• Aunque resultáramos victoriosos en los comba- 
tes, nos sería imposible proseguir nuestros éxitos 
como en 1870, porque nos veríamos obligados inme- 
diatamente á sitiar esta cintura de campos atrinche- 
rados, y antes de que llegásemos á tomar algunos 
fuertes, el ejército derrotado tendría tiempo para re- 
hacerse detriis de esta linea, tomando fuerzas para un 
nuevo encuentro. Y si por desgracia los alemanes son 
derrotados en el primer choque, la orilla izquierda 
del Rhiti quedará perdida y tendremos que retirarnos 
al otro lado del rio.» 



El Estado Mayor alemán si- 
guió creyendo en la imposibi- 
lidad de una invasión por la 
frontera francesa, enorme- 
mente fortificada, y buscó el 
paso por Bélgica, atropellan- 
dü todos sus compromisos na- 
cionales. 

Estas revelaciones del ge- 
neral belga, asi como los tra- 
bajos de los alemanes en su 
frontera, pusieron en guar- 
dia á Bélgica. Los diversos 
ferrocarriles germánicos que 
atluían á la frontera y los 
enormes campos militares es- 
tablecidos en Aix-la-Chapelle 
y -Malmedy obligaron al go- 
liierno de Bruselas en los últi- 
mos años á acelerar sus pre- 
parativos militares. Gracias 
;i ellos pudo Bélgica asombrar 
al mundo con una resistencia 
que nadie esperaba. 

(Jreyeron los alemanes que 
la invasión de Bélgica era 
una empresa de cuarenta y 

ocho horas, y que iban á llegar sin ningún obstáculo 

hasta, la frontera francesa del Norte, casi desprovista 

de fortificaciones. 

La pequeña nación fué como David, y asestó una 

pedi-ada certera al Golíath germánico. 




soi.DAnn Ki(ANri:s nK inkantickia eos s\- KyUIPO 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



165 




ULTIMO DETALLE DEL EQUIPO MILITAR 
Entrega de la medalla de ideniidad á liis movilizados en uno de los cuarteles de París 

(Dibuio de Luciano Joñas, de la •Illiistralion» de Parts) 



166 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




1,A lAMAKA IJK DI J-irTA DOS DE FUANCIA 



X 



Memorable sesión del Parlaineiito francés 



pp.nn. ;.No siontp pmor.ión pet« jefe joven, á quien 
impone el destino r-omo el más pesfido fardo ese poder 
que tantos otros recibieron como un juguete agrada- 
bleV... Leo con una voz que no quiere esforzar el men- 
saje del presidente de la República. 8u tono es calmo- 
so. Pero sin embargo, por dos veces "M. Viviani se ve 
obligado ¡i enjugar el vaho que cubre los cristales de 
sus lentes.» 

El relato oficial de la sesión dice más que todas las 
descripciones, pues revela la fuerza del espíritu na- 
cional en este gr.n-e momento. 



La sesión empezó á las tres de la tarde. 

El presidente de la Cámara, .M. Paul Deschanel, 
ocupó su sillón, mientras los diputados corrían apre- 
suradamente á sus sitios, llenando todo el hemiciclo. 
Las tribunas estaban repletas. Fuera de la Cámara 
había miles de personas. Un silencio imponente pesa- 
ba sobre el salón de sesiones. 

Seiscientos diputados fijaban sus ojos en Descha- 
nel, esperando su palabra. Un secretario leyó el de- 
creto del presidente de la República ordenando la re- 
unión de las Cámaras, y luego Deschanel se puso de 
pie, diciendo lo siguiente: 



(Jomo ya dijimos, el gobierno Irancés convocó las 
Cámaras en sesión extraordinaria el 4 de Agosto. 
Diputados y senadores acudieron al llamamiento con 
un silencio grave y una dignidad austera, sabiendo 
que la urgencia del momento imponía actos y no pa- 
labras. 

Todos so daban cuenta de la importancia de sus 
decisiones. Los socialistas estaban anonadados aún 
por la pérdida de .laurés. El mismo día por la mañana 
se habia verificado su entierro. Su asiento fué el único 
que permaneció vacio durante la famosa sesión. De- 
trás de él estaba llarcelo Sembat con el rostro cris- 
pado por la emoción, como un discípulo ante la turaba 
del maestro. Vaillant Renaudel, (iroussíer, todos los 
revolucionarios amigos de la paz, que dias antes cla- 
maban contra la guerra, ocupaban sus puestos para 
aceptar una guerra inevitable, impuesta por la sober 
l)ia del enemigo, y aplaudieron las declaraciones gu- 
bernamentales al mismo tiempo que los diputados más 
reaccionarios. 

Deschanel, el presidente de la Cámara, tuvo en 
ciertos momentos que suspender su vibrante discurso. 
La emoción anudó su garganta: las lágrimas velaron 
su voz. 

«He aqui — dice un cronista de esta sesión memora 
ble — á M. Viviani, que avanza para subir á la tribu- 
na. Este hombre, todavía joven, lleva sobre sus es- 
paldas la responsabilidad del poder en un momento 
supremo. Sin embargo, no parece aplastado por el 
peso. Bajo su frente sólida y dura los ojos permanecen 
en calma. Su mandíbula parece avanzar. El rostro, 
tallado rudamente, expi-esa la energía que todos de- 



DISCURSO DEL PRESIDENTE DESCHANEL 

En los graves acontecimientos que atraviesa Fran- 
cia, una horrible desgracia nos ha herido á todos. .lau- 
ros... (Todos los diputados se ponen de pie) .lauros ha 
sido asesinado por un demente á la hora misma en que 
volvía de intentar un esfuerzo supremo en favor de la 
]>ii7, y de la unión nacional. Una elocuencia magnifica, 
una gran potencia para ol trabajo y una cultura ex- 
traordinaria; un corazón generoso dedicado por entero 
á la justicia social y á la fraternidad humana, al que 
sus mismos contradictores sólo le podían reprochar 
una cosa: sustituir en sus impulsos hacia el porvenir 




LA TRIBIXA DE LA CÁMARA 



HiSTODiA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



167 



la dura realidad que nos oprime con las más nobles 
esperanzas; he aqui lo que un crimen odioso nos ha 
arrebatado. (Vicos aplausos en todos los bancos.) 

El dolor de su familia y de sus amigos es nuestro 
dolor. Los que tantas veces discutieron sus ¡deas, ad- 
mirando su fuerza intelectual, reconocían, á pesar de 
todo, lo mucho que debíamos en nuestras controversias 
á este cerebro grande y luminoso. Sus adversarios 
sienten tanto dolor como sus amigos, y se inclinan con 
tristeza delante de esta tribuna, que está de duelo... 
¡Pero qué digo! ¿Acaso quedan aún adversarios? No: 
ya no hay más que franceses... (Aclamarionei prolon- 
gadas y unánimes que interrumpen o! orador por al- 
gún tiempo), franceses que 
desde hace cuarenta y cua- 
tro años han hecho por la 
causa de la paz todos los 
sacriñcios (Vivos aplausos) 
y que hoy están prontos ;i 
todos los sacrificios por la 
más santa de las causas: la 
salud de la civilización 
(Nuevos aplausos en todos 
los bancos), la libertad de 
Francia y la libertad de Eu- 
ropa. (Aclamaciones pro- 
longadas y unánimes. Gri- 
tos de *¡Viva Franciah) 

Del féretro de ese hom- 
bre, que pereció mártir de 
sus ideas, surge un pensa- 
miento de unión: de sus la- 
bios helados surge un gri- 
to de esperanza. Mantener 
esta unión, realizar esta es- 
peranza por la patria, por 
la justicia, por la concien- 
cia humana (Nuevos a plan 
sos), ¿no es el más digno ho- 
menaje que todos nosotros 
podemos rendirleV (Toda la 
Cámara aplaude frenética- 
mente. Las tribunas se 
unen á esta manifestación. 
Suenan repetidos gritos de 

«¿Viva Francia!'^ Los diputados acuerdan por unani- 
midad que el discurso de Deschanel sea fijado oficial- 
mente en todos los pueblos de la República.) 

Al subir á la tribuna M. Viviani, presidente del 
Consejo de Ministros, es saludado con una larga ova- 
ción. Antes de pronunciar su discurso, Viviani dio 
lectura al siguiente 

MENSAIE DEL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA 

Francia acaba de ser objeto de una agresión bru- 
tal y premeditada, que es un insolente desafio al de- 
recho de gentes. 




l'AUL DBSCHANBL 



Antes de que una declaración de guerra nos haya 
sido dirigida, y antes también de que el embajador 
de Alemania pidiese sus pasaportes, nuestro territorio 
ha sido violado. El Imperio de Alemania no hizo 
ayer noche más que dar tardíamente su nombre ver- 
dadero á un estado que de hecho habia creado mucho 
antes. 

Desde hace más de cuarenta años, ios franceses, 
con un sincero amor á la paz, han repelido al fondo 
de su corazón el deseo de legitimas reparaciones. (Viva 
aprobación.) 

Francia ha dado al mundo el ejemplo de una gran 
nación, que elevándose sobre el desastre por la vo- 
luntad, la paciencia y el 
trabajo, no ha usado de su 
fuerza renovada y rejuve- 
necida más que en interés 
del progreso y por el bien 
de la humanidad. (Aplausos 
unánimes.) 

Después que el ultimá- 
tum de xVustria abrió una 
crisis amenazante para Eu- 
ropa entera, Francia se ha 
limitado á seguir y reco- 
mendar, por todos lados, 
una política de prudencia, 
de cordura y de modera- 
ción. 

Nadie puede imputarle 
un acto, un gesto, una pala- 
bra, que no haya sido de 
paz y de conciliación. (Nue- 
vos aplausos.) 

Eln esta hora de los pri- 
meros combates tiene el de- 
recho de hacerse justicia á 
si misma, afirmando so- 
lemnemente que hasta el 
ultimo momento ha realiza- 
do esfuerzos supremos para 
impedir la guerra que aca- 
ba de estallar, y de la cual 
el Imperio de Alemania so- 
portará ante la Historia la 
abrumadora responsabilidad. (Aplausos prolongados.) 
Precisamente cuando nuestros aliados y nosotros 
manifestábamos la esperanza de que continuasen pa- 
cificamente las negociaciones entabladas bajo los aus- 
picios del Gabinete de Londres, el Imperio alemán ha 
declarado súbitamente la guerra ;i Rusia. Después ha 
invadido el territorio del Luxemburgo, ha insultado 
de un modo ulti-ajante á la noble nación belga, nues- 
tra vecina y nuestra amiga (Aplausos redoblados), y 
ha intentado sorprendei-nos traidoramente en plena 
conversación diplomática. ( Nuevos aplausos.) 

Pero Friincia velaba. Tan previsora como pacifica, 
ella se habia preparado. Y nuestros enemigos van á 



168 



VICENTE BLASCO IBANEZ 



:% 



encontrar en su camino nuestras valientes tropas de 
cobertura ( Vivog aplauso8), que están en su puesto de 
batalla y á cuyo abrigo se acabará metódicamente la 
movilización de nuestras fuerzas nacionales. 

Nuestro hermoso y valeroso ejército, que Francia 
acompaña hoy con su pensamiento maternal, se ha 
puesto de pie, vibrante de entusiasmo (¡Si! ¡Si! jBra 
vol), para defender el iionor de la bandera y el suelo 
de la patria. (Viva aprobación.) 

El Presidente de la Kcpública, intérprete de la 
unanimidad del pais (Muy bien, mu;/ bien), expresa á 
nuestras tropas de tierra y do mar la admiración y la 
confianza de todos los franceses. (Repetidos aplaunog.) 
Estrechamente unida por un mismo sentimiento, la 
nación seguirá mostrando la misma serenidad de que 
ha dado una prueba cotidiana desde 
el principio de la crisis. Sabrá con- 
ciliar como siempre los más gene- 
rosos impulsos y los ardores más 
entusiastas, con esa calma firme 
que es el signo de las energías dura- 
bles y la mejor garantía de la vic- 
toria. (Aprobación.) 

En la guerra que ahora empieza, 
Francia tendrá á favor suyo el Dere- 
cho, del cual los pueblos, lo mismo 
que los individuos, no pueden im- 
punemente desconocer la eterna po- 
tencia moral. 

Francia será defendida heroica- 
mente por todos sus hijos, cuya 
unión sagrada frente al enemigo 
nadie podrá romper (Muy bien, bra- 
vo), y que hoy aparecen fraternal- 
mente unidos en una misma, fe pa- 



denado la guerra europea y obligado á la Francia, 
pacifica y fuerte, á defender su frontera contra una 
agresión insólita, subrayada por una odiosa injusticia. 
(Muy bien, muy bien.) 

Esta agresión, que nada puede excusar y que ha 
comenzado mucho antes de que nos fuese notificada 
ninguna declaración de guerra, es el último acto de un 
plan cuyo origen y fines quiero revelar ante nuestra 
democracia y ante la opinión civilizada. (Muy bien.) 

(^orao consecuencia del crimen abominable (jue 
costó la vida al archiduque heredero de Austria-Hun- 
gría y á la ducjuesa de Hohenberg, varias dificulta- 
des surgieron entre el Gabinete de Viena y el Gabine- 



le de iielgrado. 






. iiSSAGE .: 

riii:si{)í;vr»E ü HínniííHií \ 












..^.-...-■,-:..! -r-'T-.-v .I^iV..'? 



r ft»t.»i» :■ J«r 



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á 



triótica y una misma indignación 



contra el agresor. 

Francia es fielmente secundada 
por su aliada Rusia (Aplausos) y se 
ve sostenida por la leal amistad de Inglaterra. (Aplau- 
sos prolongados.) 

Ya en estos momentos vienen hacia ella de todos 
los puntos del mundo civilizado las simpatías y los 
deseos de triunfo, porque ella representa hoy, una vez 
más ante el universo, la Libertad, la Justicia y la 
Razón. 

Arriba los corazones, y ¡viva Francia! (Una ova- 
ción inmensa de toda la asamblea, puesta de pie, salu- 
da el final del mensaje. Cuando se restablece el silencio 
y cesan las aclamaciones, M. Viciani pide la palabra 
para hablar en nombre del Gobierno.) 

I31SCURSO DE M. RENE VIVÍAN! 

Señores: El embajadoi' de Alemania ha salido ayer 
de Paris, después de notificarnos el estado de guerra. 

El Gobierno debe al Parlamento un relato verídico 
de los hechos que en menos de diez días han desenca- 



MENSA.IE IIKL PRESIDENTE DE LA 
UBi-lIlLICA 



La mayor parte de las potencias sólo estaban in- 
formadas de esto oficiosamente, 
hasta el viernes 24 de Julio, fecha 
en la que los embajadores de Aus- 
tria-Hungría les remitieron una cir- 
cular que la prensa ha publicado. 
Esta circular tenía por objeto la 
explicación y justificación de un ul 
timatum dirigido en la noche ante- 
rior al Gobierno de Servia por el 
ministro de Austria-Hungría en Bel- 
grado. 

Dicho ultimátum, después de afir- 
mar hi complicidad de numerosos 
súl)ditos y asociaciones de Servia 
en el crimen de Serajevo, insinua- 
ba que las autoridades oficiales ser- 
vias habían participado también en 
el atentado. La Nota exigi;i para el 
sábado '25 de Julio, á las seis de la 
tarde, una respuesta de Servia. 

Las satisfacciones exigidas, ó al 
menos gran parte de ellas, atenta- 
ban indiscutiblemente contra los 
derechos de un Estado soberano. 
Pero á pesar de su carácter excesivo, Servia, el '26 de 
Julio, se sometió á ellas casi sin reserva alguna. 

A esta sumisión, que representaba para Austria un 
gran éxito y para la paz europea una garantía, con- 
tribuyeron desde la primera liora los consejos que 
Francia, Rusia y la (íran Bretaña dirigieron al Go- 
bierno de Belgrado. 

Estos consejos eran de gran valor, si se tiene en 
cuenta que las exigencias austro-húngaras habían sido 
ocultadas á las cancillerías del Triple Acuerdo, y que 
en las tres semanas anteriores el Gobierno austro- 
húngaro les dio repetidas veces la seguridad de que 
sus reivindicaciones serian en extremo moderadas. 

Asi, pues, con un justo asombro, los Gabinetes 
de Paris, San Petersburgo y Londres se enteraron el 
•Jt) de Julio de que el ministro de Austria en Belgrado, 
después de un examen de la respuesta servia por sólo 
breves mintitos, la declaró inaceptable rompiéndolas 
relaciones diplomáticas. 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



169 




¡NO SE PASA! 



«Francia será defendida heroicamente por lodos sus hijos, cuya unión sagrada frente al enemigo nadie podrá romper.» 

{Del Mensaje Presidencial) 

Dibiiio de Georges Scolt, de la «lliustralion' de Parts 



170 



VICENTE BLASCO IBANEZ 




LA. SALA DE SESIONES DK LA CÁMARA FRANCESA 

Esta estupefacción se agravó aun míis por el beclio 
de que el viernes 24 el embajador de Alemania en 
París vino á leer al ministro francés de Negocios Ex- 
tranjeros una Nota veibal afirmando que el conflicto 
austro-servio debía quedar localizado, sin interven- 
ción de las grandes potencias, pues de no ser así 
habría que temer «consecuencias incalculables». 

Una gestión análoga hizo Alemania al dia siguien- 
te, sábado 2."), en Londres y San Petersburgo. 

Creo inútil, Señores, llamar vuestra atención sobre 
el contrast(> que existe entre los términos amenazado- 
res empleados por el embiíjador de Alemania en París 
y los sentimientos de conciliación que habían demos- 
trado las potencias del Triple Acuerdo dando al Go- 
bierno de Servia consejos para que fuese sumiso. 

A pesar del carácter anormal de esta gestión ale- 
mana, nosotros, de acuerdo con nuestros aliados y 
nuestros amigos, iniciamos inmediatamente una ac- 
ción conciliatoria invitando al (Gobierno alemán para 
que se uniese á nuestras gestiones. 

Desde el primer momento tuvimos la triste convic- 
ción de que nuestras disposiciones y nuestros esfuer- 
zos no iban á obtener en Berlín eco alguno. 

Alemania no sólo se mostraba reacia á dar á Aus- 
tria-Hungría los consejos amigables que su situa- 
ción le autorizaba á formular, sino que desde el pri- 
mer dia, y más aún en los días siguientes, pareció 
interponerse entre el gabinete de Viena y las propo- 
siciones de transacción formuladas por las otras po- 
tencias. 

El martes 28 de Julio, Austria-Hungría declaró la 
guerra á Servia. Esta declaración de guerra agravan- 
do cuarenta y ocho horas después el estado de cosas 
creado por la ruptura de relaciones diplomáticas, per- 
mitía creer en una voluntad reflexiva, deseosa de la 



guerra, y en un programa sistemá- 
tico que tenia por objeto la servi- 
dumbre de Servia. 

De este modo se encontraba com- 
prometido, no solamente la indepen- 
dencia de un pueblo valeroso, sino 
el equilibrio de los Balkanes, inscrito 
en el tratado do Bucarest de 1913 y 
consagrado por la adhesión moral de 
todas las grandes potencias. 

Á pesar de esto, obedeciendo á la 
sugestión del Gobierno británico, dis- 
puesto siempre del modo más Arme 
al mantenimiento de la paz europea, 
las negociaciones conciliadoras se 
prosiguieron, ó más exactamente, las 
potencias del Triple Acuerdo inten- 
taron proseguirlas. 

De este deseo común surgió la pro- 
posición de una actuación de cuatro 
potencias, Inglaterra, Francia, Ale- 
mania é Italia, que asegurarían á 
Austria todas las satisfacciones legi- 
timas, resolviendo con equidad el conflicto. 

El miércoles 29 el Gobierno ruso, viendo el persis- 
tente fracaso de todas sus tentativas pacificadoras, y 
en presencia de la movilización y la declaración de 
guerra austríacas, temió que Servia fuese aplastada 
militarmente, y decidió á título preventivo la movili- 
zación de las tropas de cuatro de sus distritos milita- 
res, en orden de formaciones escalonadas á lo largo 
de la frontera austro-húngara únicamente. 

Haciendo esto tuvo la precaución de avisar al 
Gobierno alemán que esta era una medida limitada 
solamente á Austria, para precaverse de ella, y que 
en modo alguno iba dirigida contra Alemania. 

En una conversación con el embajador de Rusia en 
Berlín, el ministro alemán de Negocios Extranjeros 
no hizo ninguna resistencia á reconocer la verdad do 
tales manifestaciones. 

Jlientras tanto, todo lo que intentaba la Gran Bre- 
taña con la adhesión de Rusia y el apoyo de Francia 
para establecer el contacto entre Austria y Servia, 
bajo el patronato moral de Europa, tropezaba en Ber- 
lín con una resistencia preconcebida, de la cual los 
despachos diplomáticos proporcionan una prueba evi- 
dente. 

Era esta una situación insostenible que hacía pre- 
sentir de un modo claro la existencia en Berlín de 
ciertos planes. Algunas horas más tarde, estas hipó- 
tesis y estos temores debían trans/ormarse en hechos 
ciertos. 

La actitud negativa de Alemania se convirtió trein- 
ta j' seis horas después en iniciativas justamente alar- 
mantes. El 31 de Julio, Alemania, proclamando el es- 
tado de guerra, cortaba las comunicaciones entre ella 
y el resto de Europa, y de este modo conseguía una 
entera libertad para proseguir contra Francia, en 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



171 



un secreto absoluto, sus pre- 
parativos militares, que como 
habéis visto no tenían justifica- 
ción alguna. 

Desde muchos dias antes, y 
en condiciones dificiles de ex- 
plicar, Alemania había pre- 
parado el paso de su ejército 
del pie de paz al pie de guerra. 

El 25 de Julio por la mañana, 
ó sea antes de que expirase el 
plazo marcado á Servia para 
contestar el ultimátum austria- 
co, Alemania había acuartela- 
do ya sus guarniciones de Alsa- 
cia y Lorena. El mismo día ha- 
bía puesto en estado de arma- 
mento todas sus fortificaciones 
próximas á la frontera. El 26 
había ordenado á los ferrocarri- 
les alemanes las medidas pre- 
paratorias de hx concentración de fuerzas. El 27 había 
efectuado sus requisas y colocado en sus sitios las tro- 
pas de cobertura. El 28 había comenzado los llama- 
mientos individuales de reservistas, aproximando ;i 
la frontera los cuerpos alejados. 

Todas estas medidas, ejecutadas con un método 
implacable, ¿podían permitir dudas sobre las inten- 
ciones de Alemania?... 

Esta era la situación, cuando el 31 de .Julio por la 
noche el Gobierno alemán, que desde el 24 no había 
participado con ningún acto positivo en los esfuerzos 
conciliadores del Triple Acuerdo, dirigió al Gobierno 
ruso un ultimátum con el pretexto de que Rusia había 





SALUN DB CONFERENCIAS 



UNA SESIÓN DB LA CÁMARA 

ordenado la movilización general de sus ejércitos y 
exigiendo que detuviese dicha movilización en el plazo 
de doce horas. 

pjSta exigencia, tanto más ofensiva en su forma si 
se tiene en cuenta que algunas horas antes el empe- 
rador Nicolás II, en un arranque de confianza espon- 
tánea, había pedido al emperador de Alemania su 
mediación, se produjo en el preciso momento que el 
(lobierno ruso, á la demanda de Inglaterra y con co- 
nocimiento de Alemania, aceptaba una fórmula capaz 
de preparar un arreglo amigable del confiicto austro- 
servio y de las dificultades austro-rusas, suspendién- 
dose simultáneamente por arabas partes las ope- 
raciones y preparativos militares. 

Imi el mismo día la gestión hostil de 
Alemania respecto á Rusia se doblaba 
con una serie de actos francamente 
hostiles contra Francia: ruptura de 
comunicaciones cortando los caminos, 
vías férreas, telégrafos y teléfonos; 
captura de locomotoras francesas al 
llegar á la frontera, colocación de 
ametralladoras en medio de las vías 
cortadas y concentración de tropas en 
dicha frontera. 

Desde este momento ya no pudimos 
creer en la sinceridad de las declara- 
ciones pacíficas que el representante 
de Alemania continuaba prodigándo- 
nos. (Movimiento en la Cámara.) 

Sabíamos nosotros que al abrigo del 
estado de guerra proclamado en Ale- 
mania ésta realizaba su movilización, 
'reñíamos noticias ciertas de que seis 
clases de reservistas habían sido lla- 
madas á las armas y que los transpor- 
tes de concentración se proseguían. 



PRIMEROS DÍAS DE LA MOVILIZACIÓN EN PARÍS. 




REQUISA DE AÜTOMOVIl KS DE I.U.IO 



(Fot Rol) 




>--MB¿¿¿¿*-'iiittífflr£3&t¿-ja<¿i ■ 



KBtjriSA DE CAMIONES AUTOMÓVILES PARA BL EJÉRCITO. EN SK(iUNDO TÉRMINO SE VEN ALGUNO.S 



L>E LOS PRINCIPALES DIARIOS DE PARÍS 



(Fot. Meuri.sse) 



REQUISA DE AUTOMÓVILES, BICICLETAS Y MOTOCICLETAS 




REQUISA JlE AUTOMÓVILES EN LA EXPLANADA DE LOS INVÁLIDOS 




REQUISA DE BICICLETAS 




KBQUISA DB MOTOCICLETAS 



(Fots. Meurisso) 



174 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



trasladando ala frontera cuerpos de ejercito que guar- 
necían puntos muy distantes. 

Á medida que estos acontecimientos se desarrolla- 
ban, nuestro Gobierno, atento y vigilante, tomaba de 
dia en día y hasta de hora en hora las medidas de sal- 
vaguardia aconsejadas por la situación. Hasta que el 
1." de Agosto acordamos nosotros la movilización ge- 
neral de nuestros ejércitos de tierra y mar. 

La misma noche, á las siete y media, Alemania, 
sin tener en cuenta la aceptación del gabinete de 
San Petersburgo de la proposición inglesa que he 



el "2 de Agosto por la noche al Gobierno belga un ulti- 
matum, invitándole á facilitar en Bélgica las opera- 
ciones militares de los alemanes contra Francia, con 
el mentiroso pretexto de que su neutralidad estaba 
amenazada por nosotros. lU (iobierno belga se negó á 
esta pretensión declarando que estaba resuelto á defen- 
der enérgicamente su neutralidad, respetada siempre 
por Francia y garantizada por los tratados, particu 
lamiente por el i-ey de Prusia. (Aplausos prolongados.) 
Después de esto. Señores, las agresiones contra 
nosotros se han renovado^ multiplicado y acentuado. 




EL RKOIMIBNTO ANTBS DE PAKTlli. 1.08 HAU1Í.S UM Fl .SILB.S HAN SIDO ADOKNADÜS tO.N Fc.llKKS POU LAS .SRNOIíAS 



mencionado antes, declaraba la guerra á Rusia. 

Al dia siguiente, domingo 2 de Agosto, sin mira 
mientes á la extrema moderación demostrada por 
Francia, en contradicci()n con las declaraciones paci- 
licas del embajador de Alemania en París, y con me- 
nosprecio de todas las reglas del dereclio internacio- 
nal, las tropas alemanas franquearon nuestra frontera 
por tres puntos diferentes. 

Casi al mismo tiempo, violando el tratado de 18G7, 
que garantizó Prusia con su firma sobre la neutralidad 
del Luxemburgo, otras tropas alemanas invadieron el 
territorio del Gran Ducado, motivando una protesta 
del Gobierno luxemburgués. 

En fin, la neutralidad de Bélgica también fué ame- 
nazada. El ministro de Alemania en Bruselas entregó 



Nuestra frontera ha, sido violada en más do quince 
lugares. Se han hecho nunicM-osos disparos contra 
nuestros soldados y nuestros adu;in(>ros. Ha habido 
varios muertos y heridos. Ayer un aviador alemán 
lanzó tres bombas sobre Luneville. 

El embiíjador de .Memaiiia, á quien comunicamos 
estos hcciios — asi como á todas las grandes poten- 
cias — , no ha podido desmentirlos y sólo dijo que los 
lamentaba. Ayer por la tarde vino á verme para pe- 
dirme los pasaportes y notifícarnos el estado de gue- 
rra, funilamentándolo, contra toda verdad, en actos 
iiostiles cometidos por aviadores franceses en territo- 
rio alemán, sobre la región de Eiffel y sobre el ferro- 
carril de Carlsruhe á Xuremberg. He aquí el docu- 
mento que me entregó: 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



175 



(M. Vioiani da lectura á la carta del embajador 
Schoen, que ya copiamos en otro lugar.) 

Inútil es, Señores, que insista sobre lo absurdo de 
estos pretextos (¡Muy bien!) que se htin querido pre- 
sentar como vei'daderos atentados. En ningún mo- 
mento un aviador francés ha penetrado en Bélgica. 
Ningún aviador francés ha cometido en Baviera ni en 
otra parte de Alemania actos de hostilidad. La opi- 
nión europea ha juzgado ya como lo merecen estas 
invenciones miserables. (Unánimes aplmisos.) 

Contra este ataque que viola todas las leyes de 



Desde 1912 han verificado varias entrevistas los 
Estados Mayores inglés y francés. Estas entrevistas 
dieron por consecuencia un cambio de cartas entre 
Sir Edward Grey y M. Paul Cambon. El ministro in- 
glés de Relaciones Exteriores dio ayer lectura de ellas 
en la Cámara de los Comunes, y de acuerdo con el 
Gobierno británico voy á tener el honor de leeros estos 
dos documentos. 

(M. Viviani lee las dos cartas que ya hemos publi- 
cado al reseñar la sesión dpi Parlamento inglés.) 

En la Cámara de los Comunes el ministro de Nego- 




KBSBRVISTAS ESPERANDO UN TREN PARA MARCHAR A LA GUERRA 



equidad y todas las reglas del derecho público, hemos 
tomado ya las disposiciones necesarias. Su ejecución 
se continúa con un método riguroso y una absoluta 
serenidad. 

La movilización del ejército ruso se prosigue igual- 
mente con una energía inquebrantable y un entusias- 
mo sin restricción. (Grandes aplausos. Todos los dipu- 
tados se ponen de pie.) 

El ejército belga, movilizado hasta 250.000 hom- 
bres, se dispone á defender con magnifico ardor la 
neutralidad y la independencia de su pais. (Nuevos 
aplausos.) 

La rtota inglesa ha sido movilizada por entero, y 
acaba de darse la orden para movilizar el ejército de 
tierra. (Se repite la ovación ) 



cios Extranjeros habló de Francia, entre los aplausos 
de los diputados, en términos elogiosos y caballeres- 
cos, y su lenguaje ha resonado profundamente en todos 
los corazones franceses. (Aplausos unánimes.) 

En nombre del Gobierno de la República creo ne- 
cesario dar las gracias desde lo alto de esta tribuna al 
Gobierno inglés por la cordialidad de sus palabras, y 
el Parlamento francés seguramente se asociará á esta 
manifestación. (Aplausos prolongados.) 

El ministro inglés de Negocios Extranjeros ha 
hecho especialmente esta declaración: 

«En el caso de que la escuadra alemana franquea- 
se el Estrecho, ó remontase el mar del Norte para 
doblar las islas Británicas con el fin de atacar las 
costas francesas, la marina de guerra francesa ó in- 



176 



VICENTE tíLASCO IBANEZ 




RESBKVllSTAS DiHKl lliNIlOSE A l.A BhTAClON 

(Fot. Rüll 

quietar á la marina mercante, la escuadra inglesa in- 
tervendrá para dar á la marina francesa toda su pro- 
tección, de suerte que á partir de este momento Ingla- 
terra y Alemania quedarán en estado de guerra.» 
(Aphiu><o-s prolongados.) 

En este momento la Hota inglesa cubre nuestras 
costas del Norte y del Oeste para impedir una agre- 
sión alemana. 

Señores, he aqui los hechos. Yo creo que en su ri- 
guroso encadenamiento bastan para justificar los ac- 
tos del Gobierno de la República. Quiero, sin embar- 
go, deducir de este relato una conclusión, dando su 
verdadero sentido á la agresión incalificable de que es 
victima Francia. 

Los vencedores de 1870 han intentado en diversas 
ocasiones, como vosotros sabéis muy bien, repetirlos 
golpes que nos asestaron en aquella fecha. En 1875 
una nueva guerra preparada por ellos con el propó- 
sito de rematar á la Francia derrotada, sólo pudo im- 
pedirse gracias á la intervención de dos potencias, que 
más tarde debían unirse ;i nosotros con fuertes lazos 
de amistad (Aplausos unánimes), por la intervención 
de llusia y de la Gran Bretaña. (Todos los diputados 
se levantan y aplauden largamente.) 

Desde entonces la República Francesa, por la res- 
tauración de sus fuerzas nacionales y la conclusión de 
acuerdos diplomáticos cumplidos fielmente, ha conse- 
guido librarse del yugo que Bismarck hizo pesar sobre 
Europa en plena paz. 

Francia ha restablecido el equilibrio europeo, ga- 
i-antía de la libertad y la dignidad de cada pueblo. 

Yo no vacilo en declarar, Señores, que esta obra 



de reparación pacifica, de emancipación y de digni- 
dad, consagrada definitivamente en 1904 y 1907 por 
el concurso genial del rey Eduardo VII de Inglaterra 
y del Gobierno de la Corona, es lo que el Imperio ale- 
mán quiere destruir hoy por un audaz golpe de fuerza. 
{Vivos aplausos.) 

Alemania nada nos puede reprochar. 

Nosotros hemos hecho en favor de la paz un sacri- 
ficio sin precedentes, aguantando en silencio durante 
cuarenta y cuatro años la herida abierta por ella en 
nuestro costado. (Vivos aplausos.) 

liemos hecho otros sacrificios en todos los debates 
(jue desde 1904 ha provocado sistemáticamente la di- 
plomacia imperial, lo mismo en la cuestión de ]\larrue- 
ros que en otras cuestiones, principalmente en 1905, 
r.iOC), l'.H)8 y 1911. 

T;nnl>icn Rusia ha dado pruebas de una gran mo- 
delación, lo mismo en los acontecimientos de 191)8 que 
en la actualidad. 

Esta moderación la observó igualmente Rusia y el 
Triple Acuerdo con ella, cuando en la crisis oriental 
de 1912 Austria y Alemania formularon, unas veces 
contra Servia y otras contra Grecia, exigencias que 
eran muy discutibles, como lo han probado después 
los acontecimientos. 

Inútiles sacrificios, transacciones estériles, vanos 
esfuerzos, pues hoy, en pleno trabajo de conciliación, 
nuestros aliados y nosotros nos vemos atacados por 
sorpresa. (Aplausos.) 

Nadie puede creer de buena fe que somos nosotros 
los agresores. En vano intentan nuestros enemigos 
turbar los principios sagrados del derecho y la li- 
bertad que ri- 
gen á las na- 
ciones lo mis- 
mo que á los 
individuos. 
Italia, con la 
clara concien- 
cia del genio 
latino, nos ha 
notificado que 
quiere guar- 
dar la neutra- 
lidad. (Los di- 
putados se le- 
vantan para 
saludar li Ita- 
lia con gran- 
des aplausos ) 
Esta deci- 
sión ha des- 
pertado en to- 
da Francia el 
eco de la ale- para Ai>RovrsioNAR al, ejército 

gria mas sin- interior de un autobús púlilico de París del que han 
PPr*l Yo ínter- desaparecido los bancos, emplazándose en el techo 

grandes ganchos á lln de colsrar las reses sacriflca- 
preté el Seuti- das para aprovisionar de carne al elércilo. 




HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



177 



miento nacional haciendo pre- 
sente al encargado de Nego- 
cios de Italia cuan profunda- 
mente nos felicitábamos de 
que las dos hermanas latinas, 
que tienen el mismo origen, 
el mismo ideal y un pasado 
de gloria común, no se consi- 
deren opuestas. f^wei^osa/JÍaM- 

808.) 

Lo que hoy se ataca. Seño- 
res, y yo lo declaro altamen- 
te, es la independencia, la dig- 
nidad y la seguridad que el 
Triple Acuerdo ha reconquis- 
tado al restablecer el equili- 
brio europeo en servicio de la 
paz. 

Lo que hoy se ataca son las 
libertades de Europa, de las 
cuales Francia, sus aliiidos y 





BN LAS BSTAOIONBS DB FERROCARRIL 

Carritos para el transporte de mercancías al ser requisados los vehículos 
que prestaban este servicio 



sus amigos, asumen con 
orgullo la defensa. (Vivos 
aplauso8.) 

Estas libertades vamos 
á defenderlas, porque es- 
tán en peligro. Todo lo 
demás sólo es un pre- 
texto. 

Francia, injustamente 
provocada, no quería la 
guerra. Lo ha hecho todo 
por conjurarla. Pero ya 
que se la imponen, ella se 
defenderá contra Alema- 
nia y contra toda potencia 
que no habiendo hecho 
conocer aún su pensa- 



Los ai:tohu.s dm parís 

Uno de los autobús de Parfs utilizado para transportar carne con destino al ejército. Las vidriera» 
han sido sustituidas con telas metálicas 



miento quiera tomar parte al lado de esta última en 
el conflicto entre los dos paises. (Gran ovación.) 

Un pueblo libre y fuerte que sostiene una idea se- 
cular y se une por entero para la salvaguardia de su 
existencia; una democracia que ha sabido disciplinar 
sus esfuerzos militares y no vaciló el año anterior en 
agravar su peso para responder dignamente á los 
armíimentos vecinos; una nación armada, luchando por 
su vida propia y por la independencia de Europa; he 
aqui el espectáculo que vamos á ofrecer á los testigos 
de esta lucha formidable, que se prepara desde hace 
algunos días con la más metódica calma. 

Hemos procedido sin tacha y procederemos sin 
miedo. (Todo8 los diputados se levantan, prorrumpien- 
do en aclamaciones.) 

Francia ha probado muchas veces, en condiciones 
menos favorables, que es el más temible de los adver- 
sarios cuando se bate, como en el caso presente, por 
la libertad y por el derecho. 

Al someter nuestros actos á vosotros. Señores, que 




Bancos, persianas y demás útiles arrancados de los autobús al transformarlos en carros de transporte 

22 



178 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




BL PATIO UE.NTUAl. DB LOS INVÁLIDOS CON ALGUNOS DB LOS 
AUTOMÓVILES DB LA REQUISA 

sois nuestros jueces, contamos, para sobrellevar el peso 
de nuestra grave responsabilidad, con el apoyo de una 
conciencia sin remordimientos y la certidumbre de 
que hemos cumplido nuestro deber. 

(El presidente del Consejo es saludado al terminar 
su discurso por una ovación prolongada. Muchos dipu- 
tados pasan ante él, estrechándole la mano.) 



(Los diputados se levantan y aplauden. El presi- 
dente de la Cámara, M. Deschanel, dice á continua- 
ción:) 

Interpretaré los deseos do todos los miembros de la 
Cámara, dirigiendo á la Skoupchtina la expresión de 
nuestro más vivo reconocimiento, y asegurando una 
vez más á la valerosa y heroica nación servia y á sus 
representantes, las simpatías profundas y el cons- 
tante afecto de la República Francesa. (Unánimes 
aplausos.) 

Después de esto el presidente del Consejo mani- 
festó que debia retirarse por algún tiempo para ir al 
Senado á dar lectura del Mensaje del Presidente de la 
República y repetir las declaraciones del gobierno. 

Durante su ausencia la Cámara fué aprobando una 
serie de decretos presentados por los ministros para 
atender á las necesidades de la defensa nacional. 



En el Senado M. Viviani dio lectura á loa mencio- 
nados documentos, cuyos pasajes más salientes fueron 
acogidos con grandes aplausos. 

Después el presidente del Senado, M. Antonin Du- 
bost, dijo así: 

Señores: El Senado ha escuchado la comunicación 
del Gobierno, dándose cuenta de toda su gravedad, y 
la aprueba resueltamente. (Vivos aplausos.) 

La hora presente no es propicia á las palabras, 
sino á los actos. (¡Muy bien!) 

Los votos que vais á emitir son actos, los últimos 
con los cuales durante cuarenta años os habéis esfor- 
zado por colocar ú Francia y á su ejército en condi- 
ciones de repeler al invasor y asegurar la integridad 
del territorio. (Nuevos aplausos.) 

Vosotros habéis cumplido vuestro deber; el ejérci- 
to, ó más bien dicho, la nación armada (Muy bien), va 
á cumplir el suyo, y fiel á sus aliados combatirá al 
lado de ellos por las causas más santas: las neutrali- 



Después el presidente de la Cámara dio lectura al 
siguiente telegrama de la Skoupchtina, designación 
nacional del Parlamento de Servia. El telegrama esta- 
ba fechado en Nisch, nueva capital de Servia después 
de la evacuación de Belgrado por el gobierno: 

«En nombre de la Skoupchtina nacional, reunida 
en Nisch y como resultado de una resolución votada 
por unanimidad, tengo el honor de transmitiros, rogán 
doos que lo comuniquéis á la Cámara de Diputados, el 
saludo inás caluroso de la Skoupchtina servia. El pue 
blo servio ha sentido siempre las más vivas simpatías 
y el más profundo respeto por la gran nación france- 
sa, y en este momento histórico, todos en Servia ad- 
quirimos nuevas fuerzas al pensar que nos encontra- 
mos al lado de Francia para la defensa del derecho y 
la justicia. 

^El presidente, NlCOLITCH» 




RESERVISTAS SALUDANDO DKSDB UNO DB LOS VAGONES 
DB UN TREN MILITAR 



HISTORIA DE LA GUEPRA EUROPEA DE 1914 



179 



dades violadas, la frontera invadida, la independen- 
cia de la patria. (Aplausos repetidos.) 

¡Vivan por siempre Francia y la República! (Los 
senadores, puestos de pie, aclaman d la República y al 

ejército francés.) 

a 

Á las siete de la noche, una vez aprobados por 
ambas Cámaras los decretos propuestos por el minis- 
tro de Hacienda para los gastos de la guerra, se re- 
anudó la sesión en la Cámara de Diputados. 

M. Viviaai ocupó la tribuna, pronunciando este 
discurso: 

Señores: La Cámara y el Senado van á cerrar sus 
sesiones. 

Á pesar de esto puede decirse que la Cámara man- 
tiene su sesión abierta, pues 
guardará su cohesión con un 
Gobierno que no es un Gobier- 
no de partido, sino un Gobier 
no de defensa nacional. 

Mi agradecimiento á la Cá- 
mara por el reconfortante es- 
pectáculo que acaba de dar al 
pais. 

Jamás ha sido más verdadera 
esta ficción constitucional, que 
supone á cada diputado, no sü1>i 
representante de su circuns- 
cripción, sino representante de 
í^rancia entera. 

Yo saludo á Francia en la 
masa de todos los partidos con- 
fundidos hoy en la religión de 
la patria. 

Saludo á nuestra juventud, 
que marcha hacia la frontera 
con la frente alta y el corazón 
valeroso. 

Saludo á Francia, que lleva 
en una mano, incapaz de tem 

blar, la bandera que abriga nuestras esperanzas. 
Elevémonos á la altura de los gloriosos recuerdos 
de nuestra historia. ¡Seamos hombres! Pongámonos 
todos de pie aclamando á la Francia inmortal. (Los 
diputados se levantan dando vioas á Francia y á la 
República. M. Paul Deschanel toma á su vez la pa- 
labra:) 

Los representantes de la nación, de los cuales un 
gran número va á partir para luchar bajo nuestras 
banderas y repeler esta agresión monstruosa, se aso 
cian al Gobierno y ofrecen á la Francia armada, que 
se ha levantado por una causa justa, su admiración, 
su sacrificio siempre pronto y la confianza que tienen 
en su valor indomable. 

¡Que nuestros ejércitos de tierra y de mar se man- 
tengan siempre firmes para la salud de la civilización 



y del derecho! ¡Viva Francia nuestra madre! ¡Viva la 
República! ¡Viva Alsacia y Lorena! 

a 

El entusiasmo del Parlamento ffancés se transmi- 
tió á todo el pais. El espíritu heroico de los conven- 
cionales de 1792 había pasado como un soplo de fuego 
por esta sesión memorable. 

Le Temps dijo asi: 

Napoleón hace un siglo tenia detrás de él veinte años de vic- 
torias. Guillermo II sólo tiene las de su abuelo y las que ganó 
Bismarck, al cual destituyó para inaugurar su reinado. Napoleón 
tenia en su última lucha, á pesar de todas sus faltas, el apoyo de 
la nación atacada. Guillermo II no podrá nunca justificar esta 
incalificable agresión, arrancada por su hijo á su voluntad vac:-. 
lante. 

En uno y otro caso, á pesar de las grandes diferencias que exi;- 




CKUl'OS DB CURIOSOS EN I,A ESTACIÓN OBL ESTE 



(Fc.t Mourisse) 



ten en ventaja nuestra, se afirma la misma ley. Napoleón había 
violado la libertad de los pueblos y la independencia de los Esta- 
dos. Alemania del mismo modo ha pretendido imponer su fuerza 
á las naciones que quieren vivir por ellas mismas y para ellas 
mismas. El castigo vendrá mañana, lo mismo que vino hace cien 
años. 

Napoleón hizo contra él la alianza de todos Esta alianza se 
repetirá ahora contra Alemania. Inglaterra, después del bloqueo 
continental, ganó eu las llanuras de Bélgica la batalla de los pue- 
blos contra el tirano de Europa. Inglaterra ahora, por su adhe- 
sión á nosotros, consagra otra vez la unión europea contra la 
nueva tiranía. ¿Quién puede saber si será mañana la llanura de 
Waterlóo teatro del mismo duelo? 

Todos los dominadores han conocido este retorno de la fortu- 
na: Carlos V, Luis XIV, Federico II y Napoleón. Alemania, ce- 
diendo á la fatalidad, viene á intentar la misma prueba. Por 
grande que resulte su poderío militar, tendrá la misma suerte. 

En su discurso M. Viviani ha planteado el problema sobre su 
base eterna. Francia y sus aliados combaten por el derecho de 
todos contra el despotismo de uno solo. Nosotros hicimos la Re- 



REQUISA DE CABALLOS EN PARÍS DURANTE 




EXAMINANDO CABALLOS DB REQUISA 




COMISIÓN MILITAR INSCltl «IBN l>0 l.dS CABALLOS DE PEljUlSA RKlillSA VK CABALLOS EN I-NO DB LOS ARRABALES DB PARls 




REQUISA DE CABALLOS KN LAS CALLBS DK PARÍS 



(Kuts. Meurisse) 



LOS PRIMEROS DÍAS DE LA MOVILIZACIÓN 




CABALLOS REQUISADOS EN UN BÜLEVAK DE PAhíS 



(Fot. Uol) 




SOLDADOS CONDUCIENDO CAliALLOS DE REQUISA 

(Fot. MeurisiiR) 



REQUISA DE CABALLOS EN LOS ARRABALES 

i Fot. Rol) 




COMISIÓN DE REQUISA .MATRICULANDO CABALLO.S EN UN BULEVAR 



(Fot. Rol) 



I8é 



</lCBNTE BLASCO 1BAÑE2 




M. VIVIAM MN LA CA.MAltA DE DIPUTADOS 



cer. Y paru esto tenemos necesidad de todos 
los brazos. El más débil alcanzará su parte de 
gloria. En la vida de los pueblos hay siempre 
una llora que hace pasar sobre los hombres un 
inii'acáii de epopeya.» 

Este entusiasmo heroico de Francia fué aun 
más digno do admiración si se tiene en cuenta 
que en tal momento se encontraba sola y próxi- 
ma al adversario, no contando con otro apoyo 
que el de Rusia, lejano y tardio, pues el im- 
perio moscovita necesitaba muchísimo tiempo 
p.ira terminar su movilización y tener reunidas 
tildas sus fuerzas. 

Inglaterra hasta este momento sólo habia 
prometido el apoyo de su flota para que las 
costas francesas fuesen respetadas por el ene- 
migo, pero sin comprometerse á una acción 
ofensiva. 

Fué la imprudencia de Alemania la que, in- 
vadiendo el territorio de Bélgica, provocó una 
intervención inglesa, acelerando la alianza 
ofensiva de Francia y la Gran Bretaña. 



volaoión por conquistar la igualdad de loa individuos. Hoy hace- 
mos la guerra por la igualdad de los pueblos. 

El que no haya asistido á esta sesión incomparable no sabrá 
nunca qué extensión puede alcanzar en la conciencia luminosa 
de la finalidad nacional la unión de los espíritus y los corazones. 
El gobierno de la Hepi'iblica, afirmando la gran tradición de lo.s 
derechos del hombre, que tienen por fin los derechos de las na- 
ciones, ha oido el grito de Francia entera respondiendo á su lla- 
mamiento. 

Clemenceau, que hasta pocos días antes estaba en 
abierta hostilidad con el gobierno y el presidente de 
la República, no ocultó el entusiasmo que le 
habia inspirado la patriótica sesión. 

«¿Contra quién es — exclamó — esta subleva- 
ción de todos, esta revuelta de conciencias hu- 
manas, esta insurrección de ideas? Contra un 
germanismo delirante de megalomanía que pre 
tende realizar lo que Alejandro, César y Na- 
poleón no pudieron cumplir: imponer al mundo, 
que quiere ser libre, la hegemonía del hieiro. 
Esto ya no es de nuestro tiempo; los hombies 
han sufrido demasiado para querer aceptarlo. 
La idea moderna es la del dereciio para cad.i 
uno, y nuestra victoria no puede significar opie 
sión ni aun para aquellos que combaten contra 
nosotros, porque el germanismo ha conquistado 
su puesto en el mundo, lo mismo que los otriis 
pueblos, y si nosotros combatimos las preten 
siones de la tiranía no es para imitarlas. 

»Y ahora ¡á las armas! ¡Todos! Yo he visto 
llorar á muchos porque no van á tomar parte 
en los primeros encuentros. El turno llegará 
para todos. No habrá un solo hijo de nuestro 
suelo que no tome parte en la enorme lucha. 
Morir no significa nada. Lo que importa es ven- 



XI 



Rompimiento de Inglaterra y Alemania 

Kl gobierno inglés, en vista de lo que ocurría en 
Bélgica, dirigió á Alemania un ultimátum exigiendo 
que en lo concerniente á la neutralidad del territorio 
belga diese las mismas seguridades que había dado 
Francia. El ultimátum marcaba un plazo para la con- 




KIKOT. MINl.STRO DE HACIENDA. Á SU ORKGCHA, M. DELCASSÉ, 
MINISTRO DH NBCiOCIOS BXTRANJBROS 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



185 




M. DESCHANBL (X) AL SALIR DH LA MBMURABLB SESIÓN DEL 4 DE AGOSTO 



(Fot. Meurisse) 



testación. Ésta debía darla el gobierno alemán antes 
de media noche. 

Ante las palabras evasivas y los subterfugios del 
gabinete de Berlín, Sir Edward Goschen, embajador 
de Inglaterra en Alemania, se presentó en la Wile- 
hemstrase á media noche en punto, para pedir sus 
pasaportes y declarar que la Gran Bretaña estaba 
desde este momento en guerra con Alemania. 

En Londres el Foreing Office publicó el siguiente 
aviso: 

«En razón de haber rehusado Alemania sumaria- 
mente la demanda presentada por el Gobierno britá- 
nico para obtener seguridades de que la neutralidad 
belga sería respetada, el embajador británico en Ber- 
lín ha recibido sus pasaportes, y el Gobierno británico 
ha declarado al Gobierno alemán que el estado de gue- 
rra existe entre la Gran Bretaña y Alemania á partir 
del 4 de Agosto á las once de la noche.» 

La población de Londres, que habitualmente se 
acuesta temprano, veló esta noche en espera de noti- 



cias. Á la una de la madrugada el vecindario ocupa- 
ba todavía las calles, como si estuviera en pleno día. 
Una inmensa muchedumbre llenaba Trafalgar-Square 
y'Wliitehall,donde están situados los ministerios. Ante 
el IVar Office, ó sea el ministerio de la Guerra, esta 
muchedumbre entonaba cantos patrióticos y daba 
«burras» al gobierno. 

Al circular la noticia de que la guerra había sido 
declarada á Alemania, el entusiasmo fué delirante, 
contrastando con la habitual reserva del pueblo inglés. 
Los grupos de manifestantes agitaban miles de ban- 
deras británicas y cantaban el himno nacional. 

Una muchedumbre se dirigió al palacio Bucl<in- 
gham, residencia de los reyes. Éstos, con toda su fami- 
lia, se mostraron en un balcón siendo ruidosamente 
ovacionados. El público se arrebataba las ediciones de 
los periódicos con las últimas noticias. Los automóvi- 
les y cabs avanzaban lentamente en este mar de cabe- 
zas, iluminados con farolillos venecianos y empave- 
sados con las banderas francesa é inglesa. 



184 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



Loa militares que circulaban entre el gentío eran 
objeto de grandes aplausos. Los vivas á Francia sona- 
ban incesantemente cuando la muchedumbre dejaba 
de cantar el himno nacional y La Marsellena. 

Las primeras noticias de la preparación de guerra 
entusiasmaban á la muchedumbre patriótica. 

El almirante Sir John JcUicoe, uno de los mejores 
marinos de Inglaterra, acababa de ser nombrado co- 
mandante en jefe de la flota. El almirante Maden era 
el jefe de Estado Mayor. 

El rey había remitido al almirante Jellicoe el si- 
guiente mensaje: 

«En este grave momento de nuestra historia nacio- 



anunciando la entrada de las tropas alemanas en el 
territorio belga. 

<iSir Edicard Grey á Sir E. Gauchen, embajador de 
Gran Bretaña en Bei'lin. 

"Foreing Office, I Agosto 1914. 

«Acallamos de saber que Alemania ha dirigido una 
Nota al ministro de Negocios Extranjeros belga decla- 
rando que el Gobierno alemán se ve ol)ligado á poner 
en ejecución, por medio de las armas, las medidas que 
considera indispensables. 

«Igualmente recibimos informes de que el territo- 
rio belga ha sido viulado en (iemmerich. 




MANIFESTACIÓN BN L0NDRB8 CON MOTIVO DB LA QITBRRA 



nal os envío á vos, y por vuestra mediación á los ofi- 
ciales y las tripulaciones de la flota, cuyo mando ha- 
béis tomado, la seguridad de mi confianza en que 
todos vosotros haréis revivir y renovaréis las anti- 
guas glorias de la marina real, mostrando una vez 
más que constituye el verdadero escudo de la Gran 
Bretaña y su Imperio en las horas de prueba. 

«.Jorge R. I.» (1) 



El rompimiento de Inglaterra y Alemania lo decidió 
el siguiente telegrama, dirigido por Sir Edward Grey 
al embajador de la Gran Bretaña en lierlín apenas 
recibió el Foreing Office un despacho de Bruselas 



(1) Estss iniciales, que añaden igualmente A eua firmas otros empera 
dores, signitlcan />'c.c /«iperaíor ("rey y emperador), üuillorrao II escri- 
be I. II., ó sea Imperator Sex. 



"En estas condiciones, y teniendo en cuenta que 
Alemania se ha negado á darnos, respecto á la neu- 
tralidad de Bélgica, las mismas seguridades que nos 
dio Francia la semana última, en respuesta á nuestra 
demanda dirigida simultáneamente á Berlín y París, 
nos vemos precisados á reproducir dicha demanda y 
á exigir una respuesta satisfactoria, así como á mi 
telegrama de esta mañana (1, respuesta que deberá 
ser recibida aquí hoy mismo antes de media noche. Si 
el (Gobierno alemán no contesta, pediréis vuestros pa- 
saportes y declaréis que el Gobierno de Su Majestad 
se ve obligado á tomar toilas las medidas que estén en 



(1) El telegrama anterior á que se refiere Sir Edward Grey habfa sido 
enviado por él horas antes al embajador británico en BerHn, para que 
recordase al gobierno alemán la convención firmada en Londres, garantí 
zando la neutralidad de Bélgica, y que llevaba al pie la firma de Alema- 
nia. En él pedía al gobierno alemán una declaración inmediata de que 
respetaría dicha neutralidad. 



LA INFANT 




Dibulo de Ceorges Scott. de la •niuslratlon> dr Pan» 



Carga á la bayoneta 



RANCESA 




ido "La Marsellesa,, 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



185 



su mano para mantener la neutralidad de Bélgica y 
el respeto de un tratado que Alemania ha suscrito lo 
mismo que nosotros.» 

El embajador Sir E. Goschen, obedeciendo esta 
orden enérgica, se avistó con el gobierno alemán. 
El relato de sus entrevistas y del rompimiento ñnal 
es la página más interesante y dramática de toda la 
historia anterior á la guerra. Este relato demues- 
tra también la ausencia de escrúpulos que caracteri- 
za desde los tiem- 
pos de Bismarck 
á ciertos procedi- 
mientos alemanes. 
Sir E. Goschen dio 
cuenta de todo lo 
ocurrido el día 4 en 
un largo telegrama 
al gabinete de Lon- 
dres. Pero este te- 
legrama no llegó 
nunca á su destino. 
El gobierno ale- 
mán, violando la 
inmunidad diplo- 
mática, lo intercep- 
tó. Sólo cuatro días 
después, el 8 de 
Agosto, al volver á 
Londres, pudo Sir 
Goschen dar cuen- 
ta por escrito al 
Foreing Office de 
todo lo ocurrido. 

Su relato cierto, 
verídico y que na- 
die pudo desmentir, 
parece un capitulo 
de novela. 



En las primeras 
horas de la tarde 
del -i de Agosto, el 
embajador británi- 
co, cumpliendo las 
órdenes de Sir Ed- 
ward Grey en su 

primer telegrama, visitó en el Wilhelmstrase al minis- 
tro alemán de Negocios Extranjeros, Herr Von .Jagow, 
notificándole la intimación de su gobierno para que 
respetase la neutralidad de Bélgica. 

Von Jagow contestó inmediatamente que lamen- 
taba mucho tener que decir «No», pues las tropas ale- 
manas estaban ya dentro de Bélgica. Por la mañana la 
neutralidad belga había sido violada y el gobierno ale- 
mán no podía retroceder. Después habló mucho para 
demostrar al diplomático inglés las razones que había 
tenido el gobierno imperial para adoptar dicha medida. 




ALMIUANTB SIR JOHN B. JBLLICOB 



— Necesitábamos — dijo — penetrar en Francia por 
la vía más rápida y más fácil, que es el territorio de 
Bélgica, para llevar un gran avance de tiempo sobre 
nuestros adversarios y asestarles un golpe decisivo, 
sorprendiéndolos antes de que terminen su moviliza- 
ción y completen sus preparativos militares. 

Como Sir Goschen manifestase una extrañeza 
muda ante estos procedimientos confesados con tal 
franqueza, el ministro alemán continuó: 

— Es para nos- 
otros un asunto de 
vida ó muerte, pues 
de efectuar la inva- 
sión más al Sur, ó 
sea por la frontera 
alemana- francesa, 
donde son pocos los 
caminos y podero- 
sas las fortalezas, 
habríamos tropeza- 
do seguramente con 
una resistencia for- 
midable, perdiendo 
mucho tiempo. Esta 
pérdida de tiempo 
hubiera represen- 
tadootro tanto tiem- 
po ganado por los 
rusos para hacer 
marchar sus tropas 
sobre la frontera de 
Alemania. El triun- 
fo en la baraja de 
Alemania es obrar 
con rapidez, así 
como el triunfo en 
la baraja de Rusia 
está representado 
por sus reservas 
inagotables de sol- 
dados. 

Sir Goschen lla- 
mó la atención del 
ministro alemán so- 
bre la gravedad del 
hecho consumado 
en Bélgica, que ha- 
cia insostenible la situación, y le pidió que viese si 
todavía era tiempo de retroceder, evitando de este 
modo consecuencias deplorables. 

— Por las razones que os he dado — contestó Jagow — 
el gobierno alemán acepta lo que ya está realizado y 
no dará un solo paso atrás. 

El embajador de Inglaterra se despidió, y al regre- 
sar á su domicilio y recibir el segundo despacho de 
Sir Edward Grey ordenándole la retirada si no conse- 
guía una respuesta satisfactoria, volvió al ministerio 
de Negocios Extranjeros. 



186 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



• Eran las siete de la tarde. Von Jagow se enteró 
del ultimátum inglés, exigiendo al gobierno imperial 
que diese antes de media noche la seguridad de que 
no continuaría la violación de la neutralidad belga, 
ordenando á sus tropas la suspensión del avance. A 
esto contestó que con gran pesar suyo no podía dar á 
Sir Goschen otra respuesta que la que había dado 
horas antes, ó sea que la seguridad del Imperio hacía 
absolutamente necesaria la marcha de las tropas ale- 
manas á través de Bélgica. 

El embajador británico insistió en las terribles 
consecuencias de esta actitud y en lo breve del plazo, 
asegurando que esperaría hasta el último minuto para 
que el gobierno imperial pudiese reflexionar y diese 
una respuesta satisfactoria antes de media noche. 

— Aunque el plazo fuese de veinticuatro horas 
— dijo Von Jagow — , aunque fuese de cuarenta y ocho, 
aunque fuese de mucho más tiempo, 
nuestra respuesta sería la misma. Ya 
no podemos volver atrás. Lo hecho 
está hecho. 

- — En ese caso — contestó Sir Gos- 
chen con firmeza — sólo me resta pedir 
mis pasaportes y retirarme, como me 
lo ordena mi gobierno. 

• Von Jagow prorrumpió en lamenta- 
ciones, afirmando que se venía abajo 
toda su política y la de su jefe el can- 
ciller Bethmann-Hollweg, política que 
consistía en estrechar la amistad con 
la Gran Bretaña para de este modo 
llegar alguna vez á ser amigos de 
Francia. 

El embajador británico contestó que 
lamentaba igualmente lo que iba á 
ocurrir, pero que el gobierno inglés, 
respetuoso siempre con sus compro- 
misos é incapaz de negar su firma puesta al pie de un 
tratado, no podía proceder de otro modo ante el atro- 
pello que sufría Bélgica. 

Sir Goschen dio fin á la entrevista manifestando 
su deseo de ver al canciller. Quería despedirse de él, 
con la esperanza tal vez de que á última hora modifi- 
case su conducta. Von Jagow le rogó que hiciese esta 
visita inmediatamente, creyendo á su vez que las pa- 
labras del jefe del gobierno podrían influir en el ánimo 
del embajador. 

Cuando éste se presentó en el despacho de Beth- 
mann-Holhveg, el canciller estaba enterado de todo y 
parecía sentir una gran emoción. El antiguo profesor 
llamado por Guillermo 11 á gobernar Alemania, lanzó 
una arenga al diplomático inglés que duró más de 
veinte minutos, acompañándola de furiosos paseos y 
desordenados movimientos. El embajador británico le 
escuchó con una calma impasible. 

— La conducta del gobierno inglés — dijo en substan- 
cia el canciller — es terrible en extremo. Por una pa- 
labra, «neutralidad», una palabra que en tiempos de 




HBRR VON JAGOW, 

DB NBaocios 



guerra nadie tiene en cuenta; por un «pedazo de pa- 
pel», pues un tratado no es otra cosa, la Gran Bretaña 
va á hacer la guerra á una nación que está emparen- 
tada con ella y que siempre ha deseado ser su amiga. 
Todos mis esfuerzos para afirmar esta amistad van á 
ser inútiles después de esta última y terrible medida. 
La política de aproximación anglo-germánica á que 
me había dedicado, como sabéis muy bien, desde que 
llegué al poder, va á desplomarse lo mismo que un 
castillo de naipes. 

Excitado por sus propias palabras, Bethmann- 
Hollweg añadió con verdadero furor: 

— Lo que vais á hacer con nosotros es inconcebible. 
Resulta lo mismo que herir por la espalda á un hom- 
bre mientras defiende su vida luchando con dos asal- 
tantes. La Gran Bretaña será responsable de todos 
los acontecimientos terribles que van á sobrevenir. 
Sir Goschen protestó firmemente 
contra estas afirmaciones. 

■ — Del mismo modo que, según me 
ha dicho el ministro Herr Von Jagow, 
Alemania, por sus razones estratégi- 
cas, considera como un asunto de 
«vida ó muerte» avanzar sus tropas 
á través de Bélgica, violando su neu- 
tralidad, la Gran Bretaña considera 
también que es un asunto de «vida ó 
muerte» para su historia y para su 
honor reconocer la firma que puso en 
un tratado y cumplir su compromiso 
solemne de defender la neutralidad de 
Bélgica en el caso de un ataque. Los 
pueblos deben cumplir sus pactos. Sí 
la Gran Bretaña no obrase así en este 
momento, ¿qué confianza podrían ins- 
pirar los compromisos que en adelante 
suscribiese? 
El canciller le interrumpió con indignación: 
— ¿Y á qué precio vais á sostener ese pacto? ¿El 
gobierno británico ha pensado lo que le va á costar 
ese respeto de la palabra «neutralidad», que no es 
más que una palabra vana? 

— Debo manifestar á Su Excelencia — contestó el 
embajador — que el miedo á las consecuencias no debe 
nunca considei'arse como una excusa para desconocer 
el cumplimiento de los compromisos solemnes del 
honor. 

Al llegar á este punto de su relato, dice Sir Gos- 
chen: «El canciller estaba en un estado tal de excita- 
ción, era tan evidente su cólera por la noticia de nues- 
tra actitud y parecía tan poco dispuesto á entender 
razones, que me abstuve de emplear nuevos argu- 
mentos, lo que hubiese equivalido á echar petróleo 
sobre el fuego.» 

Cuando el embajador iba á retirarse, dijo Beth- 
mann-Hollweg: 

— Este golpe que la Gran Bretaña asesta á nuestro 
país, uniéndose á sus enemigos, es aun más lamenta- 



MINISTRO ALEMÁN 
BXTRANJBR08 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



187 



ble si se tiene en cuenta que hasta hace poco yo y mi 
gobierno hemos trabajado con Inglaterra y apoyado 
sus esfuerzos para mantener la paz entre Austria y 
Rusia. 

Este apoyo no era cierto, y Sir Goschen lo sabia 
perfectamente. Pero á impulsos de la cortesía diplo- 
mática, se limitó á contestar con tono glacial: 

— Por esto es más trágico ver á dos naciones caer 
en guardia, precisamente en el momento en que sus 
relaciones parecían más cordiales y amistosas que lo 
habían sido después de algunos años. Pero por des- 
gracia, no obstante los grandes esfuerzos de la Gran 
Bretaña para impedir la guerra entre Rusia y Austria, 
la guerra ha estallado, colocando á mi país y Alema- 
nia frente á frente, en una posición que nos es impo- 
sible esquivar, deseando como deseamos cumplir nues- 
tros compromisos. Nadie lo lamenta más que yo. 

Y Sir Goscheu, después de esta en- 
trevista, violenta y penosa, se retiró 
á su embajada, redactando para el 
Foreing Office una exacta reseña tele- 
gráfica que, como ya dijimos, no llegó 
nunca á su destino. Esto nada tenía 
de extraordinario en un país cuyo pri- 
mer gobernante acababa de declarar 
que la «neutralidad» es una simple 
palabra, y un tratado con sus compro- 
misos solemnes «un pedazo de papel». 

A las nueve y media de la noche se 
presentó en la embajada de Inglaterra 
Von Zimniewmann, subsecretario del 
ministerio de Negocios Extranjeros, 
para visitar á Sir Goschen. Después 
de manifestarle su profundo senti- 
miento al ver las relaciones oficiales 
y personales entre ellos dos próximas 
á suspenderse, preguntó incidental- 
raente y sin dar importancia á su demanda si la peti- 
ción de pasaportes que había formulado el embajador 
equivalía á una declaración de guerra. Von Zimmew- 
mann llegaba enviado por sus superiores para sondear 
todo el alcance de la actitud inglesa. 

Sir Goschen contestó que una persona de tanta 
autoridad como el profesor Zimmewmann en materia 
de derecho internacional, debía saber mejor que él lo 
que ocurre en tales circunstancias. 

— Sin embargo — añadió el embajador inglés—, se 
han visto ejemplos numerosos de ruptura de relacio- 
nes diplomáticas sin que se haya producido la guerra. 
Pero el caso actual no es como éstos. Según las ins- 
trucciones de mi gobierno, de las que he dejado un 
resumen escrito á Herr Von .Jagow, la Gran Bretaña 
espera una respuesta afirmando el respeto á la neutra- 
lidad belga antes de media noche, y si esta respuesta 
no es satisfactoria, se verá forzada á tomar todas las 
medidas á que le obligan sus compromisos. 

— Entonces — dijo Zimmewmann — vuestra retirada 
equivale á una declaración de guerra, pues al gobier- 




BARÓN VON BBTHMANN-HOLLWBG, 
CANCILLER DBL IMPERIO ALEMÁN 



no imperial le será imposible dar esas seguridades ni 
esta misma noche ni ninguna otra noche. 

Después que se marchó Zimmewmann, el diario 
Berliner Tageblatt lanzó á la circulación una hoja ex- 
traordinaria anunciando que la Gran Bretaña acaba- 
ba de declarar la guerra al Imperio germánico. El re- 
sultado inmediato de esta hoja fué la acumulación de 
una muchedumbre ante la embajada de Inglaterra. 
Este gentío se mostró muy excitado por la noticia y 
en actitud hostil, atrepellando á los escasos agentes 
de policía que el gobierno había apostado en las inme- 
diaciones del edificio. El embajador y su personal per- 
manecieron en actitud impasible mientras la muche- 
dumbre se limitó á entonar himnos patrióticos y dar 
mueras á Inglaterra. Pero al poco rato su animosidad 
fué acentuándose, rompiendo á pedradas los cristales 
de las ventanas é intentando forzar las puertas. Va- 
rias piedras llegaron hasta el salón 
donde estaba Sir Goschen con algunos 
visitantes. El embajador de los Esta- 
dos Unidos, que iba á encargarse de 
los archivos de la embajada inglesa y 
de la protección de sus subditos, atra- 
vesó las masas hostiles sin hacer caso 
de sus silbidos y amenazas. 

Las autoridades de Berlín, prontas 
siempre á reprimir con mano dura el 
más insignificante desorden popular, 
se mantuvieron invisibles, hasta que 
Sir Goschen telefoneó al ministerio 
de Negocios Extranjeros manifestan- 
do lo que ocurría ante su domicilio. 
Entonces un escuadrón de agentes 
montados acudió con prontitud, lim- 
piando de manifestantes los alrededo- 
res de la embajada. 
Von Jagow llegó poco después para 
dar excusas al embajador, diciendo que la conducta 
de sus compatriotas le hacia sentir una vergüenza 
para la cual no encontraba palabras suficientes. 

— Este suceso es una mancha imborrable para la 
reputación de Berlín — dijo repetidas veces. 

Añadió que la hoja volante había circulado sin 
autorización ni conocimiento del gobierno, pues él y 
el canciller habííin acordado guardar la noticia de la 
declaración de guerra de la Gran Bretaña hasta el día 
siguiente, tomando mientras tanto precauciones para 
evitar desórdenes y atropellos. 

— Es esa «peste» de Tageblatt — dijo textualmente — 
que se ha apoderado de la noticia no sé cómo, trastor- 
nando nuestros cálculos. Estas gentes no comprenden 
que en las explosiones de entusiasmo patriótico debe 
haber cierto pudor. 

El ministro se retiró después de lamentar una vez 
más que Sir Goschen se llevase una triste impresión 
del modo de ser del pueblo berlinés. 

En las primeras horas de la mañana del día si- 
guiente, 5 de Agosto, el embajador recibió la visita de 



188 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



uno de los ayudantes de campo de Guillermo II. Este 
mensajero imperial repitió textualmente las palabras 
que le había encargado su soberano. 

— El emperador — dijo — me encarga manifestar á 
Vuestra Excelencia que lamenta los acontecimientos 
de ayer noche, pero que os diga al mismo tiempo que 
estos acontecimientos podrán daros una idea de lo que 
piensa su pueblo respecto al acto realizado por la Gran 
Bretaña uniéndose á otras naciones contra sus anti- 
guos aliados de Waterlóo. Su Majestad el emperador 
os ruega igualmente digáis á vuestro rey que hasta 
ahora ha estado orgulloso de sus títulos de feldmaris- 
cal británico y de almirante británico, pero que en 
vista de lo ocurrido se ve en la 
obligación de despojarse de es- 
tos títulos inmediatamente. 

En su relato al Foreing Office, 
dice así Sir Goschen: «Deseo aña- 
dir que este mensaje tuvo un 
tono de dura acerbidad por la 
manera como fué pronunciado 
por el ayudante. » 

Guillermo II, que siente un res- 
peto fetichista por las condeco- 
raciones, y especialmente por los 
uniformes, de los que posee varios 
centenares, tanto alemanes como 
extranjeros, descargó su cólera 
en los que le recordaban su anti- 
gua amistad con Inglaterra. 

Furioso por la actitud de la 
Gran Bretaña, noble y lógica, 
pero que él no había podido sos- 
pechar ni suponer, pateó en un 
arranque de cólera, según con 
taron los periódicos, los uni- 
formes y condecoraciones in- 
gleses, y algún tiempo después 
los envió á Londres como símbolo de su enemistad. 

Sir Goschen estuvo en Berlín haciendo sus pre- 
parativos de viaje hasta la madrugada del 6, en la 
que salió hacia la estación escoltado por caballería, 
mientras el personal de la embajada seguía el mismo 
camino por callejuelas desiertas en automóviles de 
alquiler. Gracias á estas precauciones, los diplomáti- 
cos británicos pudieron librarse de los malos tratos 
que habían sufrido sus colegas rusos y franceses. En 
todas las estaciones, hasta llegar á la frontera holan- 
desa, encontraron muchedumbres patrióticas y grose- 
ras que los insultaron, pero de lejos, librándose de sus 
continuos intentos de agresión gracias á la presencia 
de un coronel de la Guardia encargado de su custodia. 

Asi terminaron las relaciones entre Inglaterra y 
Alemania. 

La sorpresa sufrida por el gobierno de Berlín de- 
muestra la ceguedad de su soberbia, que le hizo creer 
en una actitud sumisa de la Gran Bretaña. 

Engañados por la torpeza de sus diplomáticos y 




por el orgullo del propio valer, el kaiser y sus conse- 
jeros esperaron hasta el último momento que Inglate- 
rra, ocupada en sus divisiones intestinas, pasaría por 
todo y lo consentiría todo, limitándose cuando más á 
una protesta diplomática, pero sin resolución para 
acudir á las armas. 



XII 

El pueblo inglés y la guerra 

Sólo un inglés puede comprender la lenta y labo- 
riosa evolución que se verifica en el espíritu del pue- 
blo británico antes de desarro- 
llar una idea y aceptarla. Tal 
vez es esto una consecuencia de 
la situación geográfica de la 
Oran Bretaña; una característi- 
ca de los pueblos insulares que 



.SIR BDWARD QOSCUKN, BMBAJADOlí DK INCILA- 
TKRlíA BN BERLÍN 



viven al margen de la vida con- 
tinental. 

En el continente la opinión 
está más esparcida y es más rá- 
pida en sus vibraciones. Las 
ideas, las simpatías, los odios, 
saltan con más facilidad de unos 
juieblos á otros, pues á pesar de 
sus divisiones políticas, viven en 
permanente contacto. En las islas 
la vida es más concentrada, más 
intensa, pues el Océano, no obs- 
tante la facilidad de las comuni- 
caciones modernas, resulta un 
obstáculo que transmite con re- 
traso los latidos de la actividad 
exterior. 

Tal vez por esto la prensa in- 
glesa se muestra más activa y 
apasionada que la de otros países cuando llega una 
circunstancia excepcional, y sus hombres políticos 
eminentes descienden á la plaza pública y emplean 
en sus propagandas los mismos procedimientos de un 
director de circo. Necesitan mover ruido, apelar al 
reclamo comercial, exagerar sus afirmaciones y peli- 
gros, para vencer la indiferencia de un pueblo que, 
preocupado por sus negocios particulares, presta es- 
casa atención á las cosas públicas. Pero aun con tales 
excitaciones, la opinión inglesa sólo se conmueve poco 
á poco, y tarda meses en aceptar ideas que en el con- 
tinente se han abierto paso en breve tiempo. 

Inglaterra, aislada por el mar, conoce sus intere- 
ses, pero como dice un autor, «tarda mucho en tener 
de ellos una percepción exacta». 

La guerra con Alemania la aceptó el pueblo inglés, 
pero viéndola bajo otro ángulo que sus aliados. Ante 
todo, el inglés de capacidad mediana conoce poco las 
cosas del continente y no se preocupa de ellas. Los 
políticos, los periodistas, los marinos, los militares. 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



189 



siguen con atención los sucesos de Europa. El comer- 
ciante, el industrial, el agricultor, piensan en los nego- 
cios y se confían por completo á la dirección de sus 
gobernantes, en los que tienen una fe absoluta. «Los 
asuntos del continente sólo interesan al Foreing Offi- 
ce», piensan la gran mayoría de los ingleses. Y siguen 
dedicándose en cuerpo y en espíritu á sus asuntos in- 
dividuales. Cuatro quintas partes del pueblo británico 
vieron llegar la guerra sin saber cómo se había pre- 
parado ni conocer en realidad sus motivos. 

Es verdad que este 
pueblo tiene una política 
continental que viene 
manteniéndose inmuta- 
ble desde el siglo XIV: 
la de mantener en las 
costas europeas que es- 
tán frente á las suyas 
diversos pequeños Esta- 
dos á los que apoya con 
su amistad, y que son 
para Inglaterra pueblos 
tapones interpuestos en- 
tre ella y las grandes 
potencias de la Europa 
central. 

«Esta política — dice 
un profesor inglés — ha 
sido la idea fija en el 
pensamiento de todos los 
hombres de Estado bri- 
tánicos durante varios si- 
glos; así es que parece 
inexplicable cómo Berlín 
violó la neutralidad de 
Bélgica sin prever que 
esto traería como conse- 
cuencia la intervención 
inglesa. Por otra parte, 
dicha política ha sido 
siempre de felices resul- 
tados, especialmentedes- 
pués de 1816 y de la caí- 
da de Napoleón, época 
en la que el pueblo bri- 
tánico se preocupó más de los asuntos continentales.» 

Después los ingleses volvieron los ojos á su vida 
interior, sin que les preocupasen más allá de su archi- 
piélago otras tierras que las de sus colonias. Durante 
muchos años el Canadá, Australia, la India y Egipto 
han estado más cerca de Londres que París ó Berlín. 
La nación británica dejó los asuntos europeos en ma- 
nos de Sir Edward (irey, y antes de éste en manos de 
sus antecesores, con tanta confianza como indiferen- 
cia. El Foreing Office sabría defender el honor de In- 
glaterra y la paz, que es tan necesaria ])ara el trabajo 
y los negocios. 

Cuando Inglaterra, abandonando su soberbio aisla- 




miento por la política de Eduardo VII, entró á formar 
parte del Acuerdo Cordial con Francia, y luego del 
Triple Acuerdo, los ingleses dejaron hacer á su go- 
bierno como espectadores desinteresados. 

Desde años antes sentían por Francia una sincera 
cordialidad. Rusia les inspiraba cierta desconfianza, 
pero la gran masa del pueblo inglés no sentía inquie- 
tud alguna por los excesos de lenguaje del emperador 
de Alemania, á pesar de los comentarios de los perió- 
dicos de Londres. En vano publicaban éstos artículos 

y más artículos sobre la 
amenaza que represen- 
taban para Inglaterra 
los proyectos ambiciosos 
del kaiser. 

«El pueblo británico 
— dice el mencionado 
profesor — , en su tran- 
quila confianza, no com- 
prendía por qué el kaiser 
decía necedades respec- 
to á su «porvenir sobre 
el mar». Pensaba única- 
mente en que tendría que 
gastar todos los años 50 
millones de libras ester- 
linas para el aumento de 
su marina, hasta que el 
tal kaiser llegase á des- 
cubrir que la Gran Bre- 
taña estaba dispuesta á 
seguir reinando sobre las 
olas (rule the toaves). A 
nadie se le había ocurri- 
do nunca, ni remotamen- 
te, la posibilidad de una 
expedición inglesa en 
Europa para combatir á 
los alemanes.» 



HACIENDO HISTORIA 



SI kaiser felicita al canciller por su futuro discurso en el Relchslag atri- 
buyendo á la Gran Bretaña la responsabilidad de la guerra 

(De The Bystander) 



Con esta opinión indi- 
ferente é incapaz de pre- 
ocuparse de los asuntos 
continentales, tuvo que 
luchar Sir Edward (írey durante el mes de.Iulio. Podía 
haberla ilustrado revelando las aspiraciones de los 
alemanes á la dominación continental que él conocía 
perfectamente: podía haber hecho públicas las tenta- 
tivas realizadas por Alemania en 1911 para obtener 
la neutralidad inglesa y realizar sin obstáculo sus 
planes. Pero el ministro inglés quería la paz, creyó 
en la posibilidad de conseguirla hasta los últimos mo- 
mentos, y estas revelaciones, molestas para Alema- 
nia, hubiesen dificultado una solución pacífica, hacien- 
do surgir además graves disidencias en el partido 
liberal gobernante. La paz era el interés supremo 
de la Gran Bretaña, imperio mundial, heterogéneo é 



190 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



inorgánico, compuesto de los pueblos más diversos. 

Sir Edward Grey, al convencerse de que eran im- 
posibles sus ilusiones de paz por la nefasta influencia 
de Alemania, que deseaba la guerra, se encontró con 
otro hecho no menos desconsolador. Tampoco podía 
dar una ayuda eficaz á los amigos del Triple Acuerdo 
en la lucha que les amenazaba. La democrática In- 
glaterra es un país sometido al Imperio de la opinión 
pública. Los gobiernos nada pueden hacer, como ya 
dijimos, si no cuentan con ella, y en este asunto la 
opinión se mostraba inocente é ignorante. Todos que- 
rían la paz, como si bastase desearla unilateralmente 
para poder mantenerla. Hasta 
entre los políticos fluctuaban las 
opiniones respecto á Alemania, 
y algunos ministros participaban 
de tal indecisión. La mayoría del 
partido liberal dudaba que los 
gobernantes alemanes fuesen tan 
malvados (wicked) que desearan 
aplastar á Francia para siem- 
pre, estableciendo su hegemonía 
europea. De haberse convencido 
de estos malos designios, es in- 
dudable que por honor nacional 
habrían acudido en auxilio de 
Francia mucho antes de que lo 
hicieron, pero aun asi, siempre 
habrían quedado dudas para mu- 
chos de ellos, entablando discu- 
siones de las que se habría apro- 
vechado Alemania. 

La cuestión de la neutralidad 
de Bélgica, surgiendo inespera- 
damente, resultó decisiva para 
la opinión inglesa. Este fué el 
gran error del gobierno alemán. 
Por una conveniencia de táctica 
militar se atrajo la enemistad 
de Inglaterra, cambiando los tér- 
minos de una lucha que consi- 
deraba rápida y de éxito seguro. El ministerio inglés 
ya no vaciló, y Sir Grey supo aprovechar la oportuni- 
dad para apoderarse de la opinión, revelando la con- 
ducta amenazadora de Alemania y planteando el pro- 
blema en la sesión de la Cámara de los Comunes que 
ya hemos relatado. 

Desde este momento la oposición enmudeció, y todo 
el país comenzó á preocuparse de los manejos alema- 
nes. Fué en vano que el 2 de Agosto los partidarios 
de la paz á todo trance celebrasen un mitin contra la 
guerra en Trafalgar-Square. Nadie escuchó sus dis- 
cursos. En cambio el público se arrebataba las últi- 
mas ediciones de los periódicos para tener noticias de 
Bélgica. El maravilloso instinto de las democracias, 
que nunca ha faltado al pueblo británico en los mo- 
mentos críticos, comenzó á funcionar. La violación de 
Bélgica era un atentado contra el honor de Inglaterra, 




MR. A.SQUITH, JBFB DHL GOBIERNO INOLÉS 



y significaba un peligro nacional. «Inglaterra es una 
nación desde hace tantos siglos, que los ingleses con- 
ciben difícilmente lo que la palabra nación signifi- 
ca, ó mejor aún, lo que puede ser la desaparición de 
una nación.» El ejemplo de Bélgica les hizo ver cla- 
ramente la importancia y la posibilidad de tal peligro. 
Desde este momento todos apoyaron á Sir Grey, 
aceptando la guerra como ineludible. 

Ésta aun tuvo adversarios. Se fundaron ligas para 
que el Triple Acuerdo no pasase á ser una alianza 
ofensiva, limitándose Inglaterra á apoyar navalmente 
á Francia nada más. Los cuáqueros idealistas, que con- 
sideran censurable toda guerra 
por justa que sea y disponen de 
cierta influencia social por sus 
puras costumbres, también in- 
tentaron oponerse al gobierno, y 
con ellos muchos directores de 
las asociaciones de trabajadores, 
que buscan el afirmar su intelec- 
tualidíid sosteniendo causas im- 
populares. Es indudable que estos 
grupos hubiesen acabado por 
crear al ministerio una corriente 
adversa de opinión aun después 
de iniciada la guerra, dificultan- 
do su proseguimiento. El pueblo 
la había aceptado como un mal 
necesario, sin gran entusiasmo 
y sin saber ciertamente lo que 
podía representar. «La máquina 
de la guerra estaba en movi- 
miento, pero tenía poco vapor.» 
La lucha gigantesca en el con- 
tinente representaba para el pue- 
blo inglés «un gran retraso en la 
cosecha ya madura de reformas 
sociales largamente cultivada, y 
una orientación completamente 
nueva del espíritu público, que 
había estado ocupado desde 1902, 
no de cuestiones políticas, sino de reformas industria- 
les y económicas que constituían la vida intra- nacio- 
nal». De seguro que la oposición naciente, á pesar de 
estar formada por minorías insignificantes, hubiese 
acabado por constituir un peligro hablando al egoísmo 
del pueblo de lo mucho que les iba á hacer perder la 
guerra. La ignorancia de las masas y el carácter ex- 
tremadamente pacifista de la democracia inglesa, se 
prestaban á la propaganda y al éxito. 

Pero de pronto dos factores decisivos hicieron en- 
mudecer todos los intentos de oposición, afirmando la 
influencia del gobierno y la persistencia en la lucha. 
Estos dos factores fueron la bárbara conducta de los 
alemanes en Bélgica, de la que hablaremos oportuna- 
mente, y la actitud de entusiasmo patriótico de las 
lejanas colonias, especialmente de la India. 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



191 



Contemplando la miseria de loa fugitivos belgas, 
oyendo sus relatos de horrores, se convenció el pueblo 
inglés de la justicia y la necesidad de la guerra. Estos 
ejemplos vivos causaron en su espirita, positivo y 
lento á la comprensión, más honda huella que todos 
los artículos de los periódicos. 

Los refugiados belgas fueron repartidos por toda 
Inglaterra, hasta las aldeas más pobres y lejanas. No 
hubo quien no contemplase de cerca su miseria y su 
desgracia. Ante ellos «se despertó la madre que dor- 
mita en el corazón de todo inglés», sentimiento de 



entusiasmo la lucha y ofreciendo hombres y dinero en 
abundancia para el sostenimiento de la metrópoli. 

Los subditos británicos de distinta sangre hicieron 
ver con esta conducta su opinión de que Inglaterra 
representaba para el mundo algo mejor que Alemania, 
y el pueblo inglés, para no verse en un estado de in- 
ferioridad, procuró sobrepujarlos en entusiasmo. 

o 

De este modo, lentamente, se fué elevando por 
gradaciones la opinión pública, hasta llegar á la con- 
clusión de la necesidad de un aplastamiento de Ale- 




MR. ASQUITH ACLAMADO POR LOS DIPUTADOS DESPUÉS DE LA DBCLARACHIN DE GUERRA A ALEMANIA 



compasión reservado para la vida interior, y que rara 
vez despiertan en él las impresiones exteriores. 

La cólera se unió á la ternura, y todos los ingleses 
proclamaron á coro desde entonces que la guerra no 
debía cesar hasta que Alemania diese una reparación 
completa á Bélgica. Esta reparación debía ser positi- 
va, tal como entiende el pueblo británico las compen- 
saciones: una indemnización de muchos millones, pa- 
gada por un fuerte tributo anual durante largos años. 

En vista de los crímenes de la invasión alemana, 
nadie pensó más en la paz. 

Las colonias convencieron igualmente al pueblo de 
que su causa valía la pena de hacer sacrificios. Los 
ingleses de la clase popular muestran cierto desprecio 
hacia las colonias que no se gobiernan por sí mismas. 
Las consideran órganos inferiores y secundarios del 
Imperio británico. Y he aquí que la más importante de 
ellas, la India, poblada por gentes de otra raza, daba 
una lección de patriotismo á los ingleses acogiendo con 



manía. Lo difícil, tratándose del pueblo inglés, es 
conseguir que acepte una idea. Una vez la adopta, 
acoplándola á un sólido sentimiento incapaz de rápi- 
das variaciones, no la olvida ni duda de ella, hasta 
llegar á su exacta realización. 

— Alemania debe pagar el mal que ha causado en 
Bélgica y en el Norte de Francia — piensa el inglés — . 
Es de justicia que el que causa daños los indemnice. 
Alemania no pagará mientras no aplasten su soberbia. 
¡Vamos á aplastar á los alemanes! 

Su imaginación, que trabaja lentamente, no puede 
concebir otro final del confiicto. Su resolución fué ha- 
ciéndose cada vez más fuerte durante el curso de la 
guerra. Los ataques de los submarinos alemanes y la 
profusión de minas en el mar del Norte, con grave 
daño del comercio, aumentaron su coraje. Las brava- 
tas alemanas y el anuncio de que una escuadra aérea 
de zeppelines podía bombardear Londres, despertaron 
su furor. 



192 



VICENTE BLASCO IBANEZ 




LORD ROBBRTS 

El carácter inglés necesita ser sacudido para que 
dé frutos. En los momentos críticos, la situación de 
este pueblo así como se hace más difícil aumenta su 
tenacidad... y su buen humor. 

En tiempo normal el inglés es taciturno y grave. 
Cuando se ve en peligro canta y muestra una incons- 
ciencia casi infantil. Quiere conservar su serenidad, 



y para mantener el valor se vigila á si mismo, impo- 
niéndose una alegría ruidosa, una indiferencia heroica 
que no deja transpirar las emociones internas. 

«Foresto nuestros soldados — dice un autor inglés — 
m;irchan á la batalla cantando, no himnos solemnes, 
sino frivolas canciones de music-hall. Y sin embargo, 
en el fondo de su pensamiento tienen la idea de que 
van ;i morir por una gran causa. Pero no quieren 
darse por enterados, y siguen su camino hacia la 
muerte con una alegría de niños.» 

El pueblo inglés tardó mucho en aceptar la guerra. 
I 'ero los mismos que se oponían á su declaración fue- 
i'on luego sus más firmes sostenedores. 

Cuando la Gran Bretaña se compromete en una 
obra tiene que terminarla. Y el pueblo inglés, pasa- 
das las primeras vacilaciones, quiso ser un martillo 
poderoso, golpeando incansablemente sobre el yunque 
de Europa, hasta conseguir el aplastamiento de la 



Inglaterra no necesita hacer grandes preparativos 
ruando la guerra es en el Océano. Basta una orden 
del Almirantazgo para que á las veinticuatro horas 
el pabellón británico pasee amenazante por todos los 
mares del globo. 

Pero ea lo que se refiere á su ejército de tierra, ha 
sido siempre lenta y hasta imprevisora. Sólo tiene las 
tropas necesarias para sus necesidades interiores y la 
defensa de sus colonias. La tradición democrática del 
país se opone al establecimiento del servicio militar 
obligatorio, á pesar de la propaganda que hizo en 
favor de éste el glorioso veterano Lord Roberts, y que 




LORD ROBBRTS Y LORD KITCIIKNKR BN EL .MINISTERIO DE LA GUERRA 

(Dibujo de The lUustrated War A'ews 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



193 



continuaron realizando otros generales. El ejér- 
cito inglés se nutre únicamente de voluntarios. 
Este enganche basta en tiempos de paz, y ha sido 
suficiente para sostener las guerras coloniales. 

Aparte de esto, el pueblo británico, que cuida 
escrupulosamente de que su nota no decaiga y 
da animosamente para su aumento todo lo que 
el gobierno solicita, presta poca atención al des- 
arrollo del ejército de tierra. 

Tiene un axioma que todos repiten: «Nosotros 
organizamos la guerra mientras la hacemos.» In- 
glaterra declara abiertas las hostilidades, y lue- 
go, al abrigo de la flota y de su situación insular, 
va reclutando voluntarios y reforzando tranqui- 
lamente los cuadros de su ejército. 

Este procedimiento es peligroso, pero le ha re- 
sultado bien en todas sus guerras desde los tiem- 
pos de Napoleón. Las prolonga mucho, haciéndo- 
las comenzar con derrotas las más de las veces, 
para conseguir indefectiblemente una victoria 
final cuando se halla en posesión de todas sus 
fuerzas, lentamente reunidas. Y como Inglaterra 
es pais de tradiciones, el pueblo no ha querido 
aceptar ningún cambio en un sistema garanti- 
zado por el triunfo. Además el ciudadano britá- 
nico, celoso de su libertad, siente una irresistible 
aversión por todo servicio obligatorio. 

En esta guerra adivinó la opinión que las cir- 
cunstancias eran distintas y había que proceder 
con mayor rapidez. 

Inglaterra en tiempo de paz sigue distinguien- 
do con los honores de la popularidad á sus almi- 
rantes y soldados de mar, que forman las verda- 
deras tropas activas. Al ejército de tierra lo olvi- 
da; y sus generales, los héroes de la defensa colonial, 
viven como en una situación de reemplazo. Pero ape- 
nas ha surgido una guerra, los nombres de Lord Ro- 
berts, de Lord Kitchener, de French y otros han vuel- 
to á la memoria del pueblo. 

Al romperse las hostilidades con Alemania los ge- 
nerales célebres de Inglaterra tornaron al primer pla- 
no de la popularidad. 

El instinto de la opinión se adelantó á las decisio- 
nes del gobierno. Todos adivinaron qué hombres iban 
á dirigir las fuerzas terrestres del pais. 

Con Lord Roberts no podia contar el ejército britá- 
nico. El glorioso veterano teoía más de ochenta años, 
y poco tiempo después, en el mes de Noviembre, cuan- 
do en un arranque de senil energía pasó á Francia 
para visitar en el campo de batalla á sus antiguos 
compañeros de armas, murió casi repentinamente de 
una dolencia ocasionada por esta fatiga incompatible 
con su edad. 

El general French, más joven y de historia no me- 
nos gloriosa, fué el caudillo indicado para dirigir la 
expedición continental en auxilio de Francia. 

Lord Kitchener era el ministro indiscutible de la 
Guerra. Todo el país reclamó su concurso. ¡Siempre 




LORD KITCHBNER REVISTANDO LAS TROPAS (Fot. Rol) 

que la Gran Bretaña se ha visto en nuestra época 
comprometida en una guerra difícil, la opinión pú- 
blica ha formulado la misma exigencia como un su- 
premo remedio: «Que vaya Lord Kitchener al War 
Office.» 

Este héroe de las guerras de África es un organi- 
zador duro é incansable que conoce los recursos de la 
patria y sabe extraer sus fuerzas, regimentándolas 
con rapidez. 

Obediente á la voluntad de sus conciudadanos, fué 
tranquilamente á tomar posesión del Wa?' Office como 
en otras ocasiones criticas. Su papel es ser ministro 
de la Guerra en la hora del peligro. 

Al entrar en el ministerio y recorrer sus salones, 
preguntó á un ayudante: 
— ^,No hay aquí una cama? 
— No, milord. 
— Está bien. Que traigan una inmediatamente. 

Y se instaló como un soldado para trabajar noche 
y dia. 

— Que me traigan veinte telegrafistas — ordenó al 
poco rato. 

Pasaron dos horas sin que llegasen estos emplea- 
dos. La dirección de Telégrafos tenía que cumplir 



194 



VICENTE BLASCO IBANEZ 



varios requisitos reglamentarios de los que complican 
la vida de las oficinas. Al enterarse del retraso, Lord 
Kitchener dijo simplemente por teléfono: 

— Que estén aqui antes de diez minutos, ó iré yo en 
persona á traerlos. 

Su voluntad imperiosa, sobria en palabras y férrea 
en la acción, se impuso inmediatamente, conmovien- 
do la pasividad y la rutina de las costumbres britá- 
nicas. 

Organizó el cuerpo expedicionario, enviando á 




cío. Pero su certeza fatal sobre la duración de la 
lucha se trocaba en victorioso optimismo al hablar de 
su término. La causa de los aliados sería la triunfan- 
te. En las guerras modernas vence indefectiblemente 
el que puede mantenerse en píe un cuarto de hora 
más, y la Gran Bretaña, dirigida por él, se sostendría 
al lado de sus aliados hasta el último hombre, como 
los cuadros de la infantería escocesa en Waterloo, y 
híista gastar el último millón. 

Los habitantes de Londres encuentran muchas ve- 
ces en las inmediaciones del ]Var Office 
un elegante «gentleman» que marcha 
solo con dirección á este ministerio. 

Es Lord Kitchener, el organizador y 
mantenedor de las tuerzas inglesas, el 
hombre que enardece con sus lacónicos 
llamamientos á la juventud nacional, y 
puesto en contacto con las colonias ex- 
trae soldados de todos los rincones del 
mundo. 

( 'omo todos los ottciales ingleses, Lord 
Kitchener sólo viste su brillante unifor- 
me en los actos militares. Fuera de ello, 
prefiere el chaqué de corte elegante, el 
sombrero de copa de numerosos reflejos, 
el traje de la vida civil que iguala á to- 
dos los ciudadanos notables de la demo- 
cracia inglesa, solemne, digna y ento- 
nada: lores, generales, almirantes, 
miembros del Parlamento y altos comer- 
ciantes de la City. 



LORD KITCUBNER, MINISTRO 1>E LA (lUEUUA IN11LK.«, EN THAJE 



Francia más hombres que había prometido y con ima 
rapidez que nadie esperaba. 

— Antes de la primavera próxima — afirmó — Ingla- 
terra tendrá en el continente un millón de hombres. 

Y siguió trabajando con un tesón silencioso é in- 
cansable, diciendo á todos la verdad, revelando los 
defectos de la organización inglesa, negándose á hala- 
gar ios optimismos generales que creían en una guerra 
corta. 

No; la guerra iba á ser larga, larguísima. Lord 
Kitchener, al decretar el enganche de voluntarios, 
fijó un plazo de tres años para la duración del servi- 



DB PAISANO 
(Fot. Rol) 



La defensa de Bélgica. — Alocución del 
rey.— Palabras de Guillermo II y de su 
canciller. — Falsas noticias acerca de 
la situación de Francia. 

Al realizar los alemanes la invasión 
de llélgica, el rey Alberto 1 creyó llegado 
el momento de abandonar Bruselas, po- 
niéndose al frente de sus tropas. El so- 
berano de este pequeño reino no quiso 
seguir viviendo en su palacio, lejos de los 

combates y pronunciando arengas como (iuillermo IL 

Primer ciudiidano de un estado democrático, deseó ser 

igualmente su primer soldado. 

En la mañana del 6 de Agosto el rey de Bélgica 

lanzó la siguiente proclama: 

AL EJÉRCITO DE LA NACIÓN 

Soldados: Sin la menor provocación de nuestra 
parte, un vecino orgulloso de su fuerza ha desgarrado 
los tratados que llevaban su firma, violando después 
el territorio de nuestros padres. 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



195 



Porque hemos sido dignos de nosotros mismos, por- 
que nos hemos negado á un delito contra el honor, este 
vecino nos ataca. Pero el mundo entero se maravilla 
de nuestra actitud leal. Que su respeto y su estima 
nos reconforten en estos momentos supremos. 

Viendo amenazada su independencia, la nación se 
ha estremecido y sus hijos han saltado á la frontera. 
Valerosos soldados de una causa justa: yo tengo con- 
ñanza en vosotros y os saludo en nombre de Bélgica. 
Vuestros conciudadanos se sienten orgullosos de 
vosotros. 

Triunfaréis, porque sois la fuerza pues- 
ta al servicio del derecho. 

César dijo de vuestros antecesores: «De 
todos los pueblos de las Galias, los bel- 
gas son los más bravos.» 

Gloria á vosotros, soldados del pueblo 
belga. 

Ante el enemigo acordaos que com- 
batía por la libertad y por vuestros ho- 
gares amenazados. 

Acordaos, flamencos, de la batalla de 
las Espuelas de Oro, y vosotros, walones 
de Lieja, que ocupáis en este momento 
el sitio de honor, acordaos también de 
los seiscientos franchimonteses (1). 

Soldados: Salgo inmediatamente de 
Bruselas para ponerme al frente de vos- 
otros. 

Firmado en el palacio de Bniselax el 5 de 
Agosto de 1914. 

Alberto 

Los primeros choques con los alema- 
nes resultaron favorables á los belgas. 

La invasión germánica se prosiguió 
metódicamente á partir del día 5 en las 
primeras horas de la mañana. Tres fuer- 
tes columnas precedidas de pelotones de 
huíanos y lanceros franquearon la fron- 
tera por (jemenick, Henri-Chapelle y 
Dolhain. Una de estas columnas remontó 
hacia Visé, deteniéndose en la ribera 
derecha del Mosa. Los belgas situados en 
la otra orilla defendieron el paso del rio, 
destruyendo con su artillería un puente 
que intentaron establecer los alemanes. 

Mientras tanto la caballería belga tuvo numerosos 
choques con la caballería de las avanzadas enemigas, 
saliendo victoriosa de estos encuentros y apresando 
numerosos huíanos. 



Los ingenieros belgas habían hecho saltar varios 
puentes y túneles el día 3, dificultando asi el avance 
del enemigo. Además demolieron muchos edificios en 
los alrededores de Lieja que dificultaban el tiro de los 
fuertes. En la cindadela fué instalada una estación de 
telegrafía sin hilos. 

El vecindario de Lieja se mostró animoso y entu- 
siasta desde los primeros momentos, ayudando á la 
guarnición en los trabajos de defensa. 

Las tropas alemanas, que pensaban llegar á Lieja 




LOS BNBMIGOS DE BÉLGICA 

Soldados alemanes con ametralladoras ante el monumento conmemorativo 
del 75 aniversario de la independencia belga 

(Dibujo de M. Fovestier, según apunte facilitado por el profesor de la Universi- 
dad de Lieja M. Paul Hameling, publicado por The lUuetrated Lonrion Newa.) 



sin obstáculo alguno, tuvieron que batirse, como ya 
hemos dicho, con las fuerzas del país apenas pusieron 
el pie en Bélgica. 

Un parlamentario enemigo se presentó en Lieja 



(1) La «batalla de las Espuelas de Oro> es uno de los hechos más glo- 
riosos de Bélgica en la Edad Media. Los municipios belgas, que eran ver- 
daderas repúblicas democráticas, combatieron unidas el feudalismo con 
sus milicias populares, matando tantos caballeros, que recogieron en sacos 
sus espuelas de oro, lo que dio un nombre popular á esta victoria. 

Los «seiscientos franchimonte3e8> fueron otros tantos montañeses del 
distrito de Franchimonte, en el Mosa, que contribuyeron á la defensa de 



la antigua Lieja cuando esta república estaba sitiada en 1468 por Carlos 
el Temerario, duque de Borgoña, y el terrible Luis XI, rey de Francia. 
En la noche del 'M) de Octubre, los franchimonteses salieron calladamente 
de la ciudad con el intento de apoderarse de los dos soberanos en medio 
de sus tropas, y poco faltó para que los matasen. Sorprendidos en esta 
operación por todo el ejército enemigo, los montañeses se defendieron sin 
querer retirarse, hasta que no quedó uno. 



196 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




VISTA DE LIBJA 

pidiendo al general Leman, gobernador de la plaza, 
la rendición de ésta. 

El heroico Leman, que pocos dias después había 
de asombrar al mundo con su desesperada resistencia, 
contestó que el ejército belga sólo cedería el paso des- 
pués de ser aniquilado. 

El general dirigió la siguiente proclama á los ha- 
bitantes de la provincia: 

Habitantes del país de Lieja: 

La gran Alemania invade nuestro territorio después de un ul- 
iimaium que constituye un ultraje. 

La pequeña Bélgica ha recogido valerosamente el guante. 

El ejército va á cumplir su deber. 

La población de Lieja cumplirá también el suyo. 

Tengo la seguridad de que dará un ejemplo de calma y de res- 
peto á las leyes. Su ardiente patriotismo responde de ello. 

¡Viva el Rey, comandante en jefe del ejército! 

¡Viva Bélgica! 

El teniente general gobernador general de Lieja, 

Leman 

Iba á empezar el duelo desigual y heroico, el en- 
cuentro nunca visto entre el mayor imperio militar y 
una de las naciones más pequeñas de Europa. 



Mientras tanto Guillermo TI, que según confiesan 
sus admiradores no puede estar mucho tiempo en si- 
lencio y utiliza todas las oportunidades para redactar 
manifiestos, pronunciar discursos ó actuar de sacer- 
dote, recitando plegarias y sermones, creyó llegado 
el momento de hablar otra vez á su pueblo. 

Sintió además la necesidad de dirigir una de sus 



i'umerosas invocaciones á Dios, al 
que trata con cierta familiaridad, y 
declarar á Europa entera la pureza 
de su alma. 

Esta fué la forma de su proclama: 

Alemanes: 

Me veo forzado á tirar de la espada para 
repeler un ataque completamente injustifi- 
cado, y con toda la fuerza de que dispone 
Alemania hacer la guerra por la defensa del 
Imperio y de nuestra existencia nacional. 

He hecho todos mis esfuerzos desde el 
principio de mi reinado para preservar á la 
nación alemana de la guerra y para maute- 
ner la paz. 

Por lo mismo en el caso actual he conside- 
rado que era para mi un deber de conciencia 
hacer todo lo posible por evitar la guerra; 
pero mis esfuerzos han resultado vanos. 
Tengo pura mi conciencia y estoy convenci- 
do de la justicia de nuestra causa. Duros sa- 
crificios de hombres y de dinero serán exigi- 
dos á la nación alemana para esta defensa 
de la patria que nos impone el reto del ene- 
migo, pero yo sé que mi pueblo me sostendrá 
lealmente, unánimemente, resueltamente, 
como en los días sombríos sostuvo á mi 
abuelo, que ahora reposa en Dios. 
Habiendo aprendido desde mi juventud á poner mi confianza 
en Dios padre, creo necesario en estos dias solemnes inclinarme 
delante de el implorando su gracia. Hago un llamamiento á mi 
pueblo para que se una á mí en una plegaria común y observe 
la jornada del 5 de Agosto como un día extraordinario de ple- 
garias generales, reuniéndose en todas las iglesias del Im- 
perio para pedir á Dios que esté con nosotros y bendiga nuestras 
armas. 

Después del servicio divino cada uno podrá volver á sus ocu- 
paciones. 

Guillermo L R. 

Es inútil llamar la atención sobre el tono y las 
afirmaciones de este documento. Alemania, según 
(Guillermo 11, se veía provocada á la guerra y sólo ti- 
raba de la espada por defenderse. ¡Y esto lo decía 







GRÁFICO DEL AVANCE ALEMÁN CONTRA LIEJA 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



197 



cuarenta y ocho horas después de haber roto los tra- 
bajos conciliadores de la diplomacia de Europa decla- 
rando la guerra á Rusia! 

El -i de Agosto, ó sea el mismo dia en que se re- 
unieron en memorables sesiones el Parlamento francés 
y el Parlamento belga, y en que la Gran Bretaña rom- 
pió sus relaciones con Alemania, se reunió igualmente 
el Reichstag en presencia del emperador, para enterar- 
se de la declaración de guerra á Rusia y Francia y 
votar los créditos necesarios para su sostenimiento. 

(¡uillermo II en su discurso del trono habló de los 
esfuerzos hechos por Alemania durante la crisis bal- 
kánica para mantener la paz. «El abismo parecía 
cerrado — dijo — , cuando el asesinato del archiduque 
Francisco Fernando vino á abrirlo de nuevo. Austria, 
obligada á tomar medidas de seguridad, encontró la 
oposición de Rusia, y los preparativos de esta última 
obligaron á Alemania á declarar la guerra. En cuanto 
á Francia no sentimos sorpresa alguna al verla al 
lado de su aliada. La situación actual es el resultado 
de la animosidad y la envidia que se nota desde hace 
años contra el próspero desenvolvimiento del Imperio 
alemán.» 

Después de leido el discurso del trono, (Guillermo II 
aprovechó la ocasión para expansionar su fiebre ora- 
toria añadiendo lo siguiente: 

«Fieles al ejemplo de nuestros padres, graves y 
nobles, humildes ante Dios y valerosos ante el enemi- 
go, nos confiamos nosotros al Todopoderoso para que 
nos asista en nuestra obra de defensa y sea favorable 
á nuestras armas. 

«Vosotros habréis leido. Señores, lo que yo dije á 
mi pueblo desde un balcón de mi palacio. Lo mismo 
repito aquí. Yo no conozco partidos; yo no conozco 
más que alemanes. (Aplausos frenéticos.) Y como signo 
de vuestra voluntad de permanecer unidos, sin distin- 
ción de partidos, de situaciones sociales ó de confesio- 
nes religiosas, para seguirme á todas partes, aunque 
sea á la derrota y la muerte, invito á los jefes de par- 
tido á que se acerquen á mí y me lo prometan estre- 
chando mi mano. > 

El canciller Bethmann-Hollweg fué más sincero, 
pues su situación de gobernante no le permitía des- 
figurar los hechos con la misma facilidad. Además, en 
aquel momento la Gran Bretaña aun no había decla- 
rado la guerra á Alemania (suceso que ocurrió horas 
después), y el canciller, en su discurso, procuró excu- 
sar los atropellos cometidos poniendo su pensamiento 
en Inglaterra, mientras iba hablando con la absurda 
esperanza de poderla convencer. 

«Una desgracia espantosa — dijo — amenaza á Euro- 
pa. Desde hace cuarenta y cuatro años gozamos los 
beneficios de la paz, por cuyo mantenimiento que- 
ríamos seguir trabajando. Desde el Emperador al más 
joven soldado, todos habían hecho el voto de no tirar 
de la espada más que por una causa justa. (Vivos 
aplausos.) Rusia ha prendido fuego á la antorcha in- 
cendiaria. » (Aplausos frenéticos.) 




EL GENERAL LEMAN. HEROICO DEFENSOR DE LIBJA 

El canciller dio lectura á continuación de los do- 
cumentos diplomáticos que formaron el Libro Blanco 
alemán, documentos incompletos y arreglados ma- 
quiavélicamente, como se demostró luego, para hacer 
creer al mundo que Alemania era la agredida. 

Después de esta lectura continuó hablando Beth- 
mann-Holhveg, para justificar la violencia inesperada 
con que el Imperio lo había atropellado todo, decla- 
rando la guerra á Rusia y Francia. 

«^.Debíamos aguardar pacientemente el momento 
escogido por las potencias que nos oprimen para 
prender fuego á ln pólvoraY (Vivos aplausos.) Hubiese 
sido criminal exponer Alemania á este peligro. (Aplau- 
sos unánimes. Gritos de <a¡No! ¡Noh) 

«Nuestras tropas han guardado al principio una 
actitud defensiva. Esta es la verdad. Nosotros nos ha- 
llamos en un estado de legitima defensa, y podemos 
hacerlo todo porque la necesidad so reconoce ley. 
Nuestras tropas han ocupado el Luxem burgo, y tal 
vez en este momento ocupan toda Bélgica. (Violentos 
aplausos. Gritos de entusiasmo.) Reconozco que esto ES 
CONTRARIO AL DERECHO DE GENTES, pero nosotros Sa- 
bíamos que Francia estaba pronta á un ataque á tra- 
vés del territorio belga, y un ataque á nuestra ala 
sobre el Rhin inferior podía habernos sido fatal. Por 
esto nos hemos visto obligados Á pasar por encima 

DE las protestas DE LUXEMBURÜO Y DE BÉLGICA, QUE 



198 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



SON JUSTIFICADAS. Pero nosotros repararemos esta 
falta cuando hayamos conseguido nuestro fin. (Vivos 
aplausos.) Cuando se está amenazado como nosotros 
lo estamos, y cuando se combate como nosotros por el 
bien supremo, se sale del taso como se puede.» 
(Aplausos frenéticos.) 

Jíimás en la Historia gobernante alguno — ni aun 
los déspotas más irrespetuosos de las leyes — se ha 
expresado como este canciller germánico. Reconoció 
en su discurso que los actos realizados por las tropas 
de su país eran contrarios al derecho de gentes, que 
las protestas de los Estados invadidos resultaban jus- 
tificadas, pero que una vez en lucha todo está permi- 
tido y hay que salir del paso como se puede. 

lloras des- 
pués, en su en- 
trevista noctur- 
na con el emba- 
jador de Ingla- 
terra, tjue ya he- 
mos relatado, 
completaba su 
doctrina afir- 
mando que la 
«neutralidad» es 
una simple pala- 
bra, y un trata- 
do solemne entre 
naciones no me- 
rece más valor 
que el de un «pe- 
dazo de píipel». 
□ 

El 5 de Agosto 
se decidió Aus- 
tria-Hungria á 
declarar la gue- 
rra á Rusia. Sien- 
do el Imperio austríaco autor visible de la conflagra- 
ción europea, mostró sin embargo cierta pereza en 
aceptar la lucha provocada por él voluntariamente, ó 
por instigaciones de Alemania, su aliada. Sólo cinco 
días después que el gobierno alemán hubo declarado 
la guerra á Rusia, se decidió á imitar esta conducta. 
Con Francia su procedimiento aun fué más extra- 
ño. Transcurrieron días y días sin que el embajador 
de Austria se moviese de París. Las tropas austríacas 
estaban ya en Alsacia ayudando á los alemanes, sin 
que el Imperio austríaco hiciese declaración diplomá- 
tica de hostilidad. Y así hubiese continuado esta si- 
tuación inaudita de no cortarla el gobierno francés, 
entregando sus pasaportes al embajador antes de que 
los pidiese. 

La declaración de guerra presentada el día 5 en San 
Petersburgo por el representante austríaco decía así: 

Por orden de su Gobierno, el que suscribe, embajador de Aus- 
tria-Hungría, tiene el honor de notificar á Su Excelencia el mi- 
nistro de Negocios Extranjeros de Rusia lo que sigue: 






BL KAISER BN EL RBICHSTAO 



Vista la actitud amenazante tomada por Rusia en el conflicto 
que ha surgido entre la monarquía austro-húngara y Servia, y en 
vista también de que á consecuencia de este conflicto Rusia — se- 
gún una comunicación del Gabinete de Berlin — ha creído conve- 
niente abrir las hostilidades contra Alemania y que ésta se en- 
cuentra en estado de guerra con dicha potencia, Austria-Hungría 
se considera igualmente en estado de guerra con Rusia. 

Este documento tan corto contiene una falsedad 
enorme, como ya lo habrá notado el lector. En él se 
pretende que es Rusia la que ha declarado la gue- 
rra á Alemania, afirmación desmentida por el mismo 
gobierno de Berlín. La política de los dos imperios 
aliados les hizo buscar en los primeros días de la gue- 
rra el presentarse como víctimas obligadas á la de- 
fensa, torturan- 
do para esto la 
verdad y el buen 
sentido con un 
esfuerzo inútil. 

o 

Todos los go- 
biernos de Euro- 
pa y América de- 
clararon su neu- 
tralidad. Tur- 
quía, que tam- 
bién se declaró 
neutral, pero en 
cuyo gobierno 
ejercían honda 
presión las intri- 
gas alemanas, 
anunció, conpre- 
texto de asegu- 
rar la neutrali- 
dad, su propósito 
de cerrar á la 
navegación el 
estrecho de los Dardanelos y el Bosforo. 

En la frontera franco-germánica continuaron los 
combates entre las avanzadas de ambos ejércitos, lle- 
vando la mejor parte la caballería francesa, que batió 
y persiguió á varios destacamentos de dragones ale- 
manes y de huíanos, matando á varios y haciendo 
numerosos prisioneros. 

No era aquí donde iba á desarrollarse la ofensiva 
del enemigo. La invasión había tomado el camino de 
Bélgica. 

El primer choque importante de la guerra fué el 
mismo día 5 en los alrededores de Lieja. El ejército 
belga comenzó en este dia su carrera de heroísmo. Las 
tropas del general Leman repelieron todos los ataques 
alemanes, sosteniendo una verdadera batalla en cam- 
po raso, sin buscar el abrigo de las fortificaciones. 

El ataque germánico fué brusco y violento entre 
el río Vesdre y el Mosa, pero un contraataque lo re- 
chazó, persiguiendo los belgas á varios cuerpos ene- 
migos hasta la misma frontera. 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA ÜE 1914 



199 



Las tropas de Leman recogieron en las lineas ale- 
manas más de 600 heridos. 

Esta primera derrota y la intervención del paisa- 
naje en la lucha para defender su pais exasperaron á 
los invasores. Además sus jefes tenían orden de ate- 
rrar á la población belga, ya que se negaba á dejar- 
les paso franco. Y empezaron los fusilamientos, los 
robos, los incendios de poblaciones, las matanzas de 
mujeres, niños y ancianos, los asesinatos de sacerdo- 
tes porque se mantenían al lado de los defensores del 
pais, todos los crímenes de la invasión de Bélgica, de 



Apenas se inició la guerra, todas las calamidades 
que puede sufrir un pueblo cayeron sobre Francia, en 
menos de una semana, para regocijo de las gacetas 
germánicas, que comentaban con una serenidad im- 
perturbable los grandes desastres de la República 
enemiga. El Presidente Poincaré dimitió unas veces y 
otras fué asesinado. Los revolucionarios de París pro- 
clamaron la Commune, haciendo arder la capital por 
los cuatro costados. Los i-egimientos franceses se su- 
blevaban contra sus oficiales, á impulsos de la propa- 
ganda antimilitarista. Tres cuartas partes de la na- 




BL REICHSTAG 



los que hablaremos oportunamente, y que levantaron 
en las naciones civilizadas de Europa y América un 
clamoreo de indignación, arrebatando al Imperio ale- 
mán las pocas simpatías que aun conservaba entre 
las gentes de sentimientos generosos. 



Uno de los procedimientos que empleó con más te- 
nacidad el patriotismo alemán para enardecer á sus 
soldados, haciéndoles creer que la guerra resultaría 
fácil y rápida, fué la difusión de falsas noticias sobre 
el estado de los enemigos. La agencia Wolff, centro 
alemán de informaciones periodísticas, se encargó 
principalmente de este trabajo, adquiriendo una cele- 
bridad grotesca en todo el mundo por sus inverosími- 
les relatos. 



ción francesa realizaban manifestaciones contra la 
guerra. 

Y estos diarios germánicos, que repetían impertur- 
bables las estupendas invenciones de Wolff, tenían 
buen cuidado en ocultar los únicos hechos monstruo- 
sos reales y positivos que estaban ocurriendo en aque- 
llos momentos: el fusilamiento por los alemanes de 
numerosos alsacianos y loreneses tomados como rehe- 
nes; la matanza efectuada en el vecindario belga de 
Visé por los invasores. 

Le Temps decía así: 

Alemania había creído que podría romper la resistencia de un 
pueblo pequeño con su primer esfuerzo. Y desde ayer las heroicas 
tropas belgas, ante las cuales se inclina el respeto de Francia, 
hacen frente al ejército alemán, que no ha podido, á pesar de su 
número, obtener ninguna ventaja. -■ ■' 



300 



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franceses, Qeaaa- 
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goifti tes líneas: 




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El ilustre diplomático S. Pichón escribió de este 
:' rn el Petit Jommal, comentando la aberración 

-presentaba la guerra: 





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coatta nom emigUt. 



HISTORIA DE LA GUERRA EUIÍOPEA DE 1914 



201 



cuartaa partes de Europa? ¿No es la aproximacióu de la justicia 
— de esa justicia iurnaaente de la que hablaba Gambetta— esa 
sublevación de la conciencia nacional que suscita contra los pro- 
vocadores de la matanza una coalición de todos los pueblos en 
lucha por el etnancipauíiento ó por la existencia? 

La camarilla militar alemana ha calculado muy mal las conse- 
cuencias de su golpe. Contaba con atravesar Bélgica al paso de 
parada, lo mismo que si estuviese en la Avenida de los Tilos de 
Berlín, destilando al son de sus pítanos bajo los ojos benevolen- 
tes de la Inglaterra candida; contaba con arrojarse después sobre 
nuestra frontera desguarnecida, tragarse de un solo bocado nues- 
tro ejército sorprendido en plena movilización, y entrar á los 
pocos días en París para divertirse y llenarse los bolsillos. 

¡Esperanza desvanecida! Bélgica é Inglaterra se han subleva 



XIV 
Los belgas y su rey 

Bismarok, que como todos los aficionados á hacer 
definiciones se equivocaba muchas veces, dijo del sol- 
dado belga: «Es un gran capote que no tiene nada 
dentro.» 

De vivir el famoso canciller hasta el tiempo pre- 
sento, tal vez habría modificado su opinión. El soldado 




LOS RBVKS DB BÉLGICA BN VBRSALI.B8 



(Fot. Rol) 



En primer término la reina de Bélgica apoyada en el brazo de M. Fallieres, que era entonces presidente de la Repübllca. Detrás el rey Alberto 

dando el brazo á Madame Fallieres 



do. Francia, que según nuestros enemigos estaba desgarrada por 
las disensiones civiles, en plena decadencia moral y material, ó 
incapaz de unidad y energía, se ha levantado como un solo hom- 
bre, ha corrido á su frontera con un entusiasmo que recuerda el 
de los grandes días de 1792, y se prepara para actos de gloria y 
de heroísmo iguales i, los de las más hermosas épocas de su his- 
toria. 

Este espectáculo desorienta y asombra á nuestros enemigos. 
Al mismo tiempo los exaspera y los enloquece. Y esto es causa, 
en gran parte, de los actos estupendamente monstruosos que co- 
meten á diario. 

No sin motivo habla todo el mundo de la aberración alemana. 
¿Cómo calificar de otro modo la locura que arrastra al imperialis- 
mo germánico hacia la sima en la que desaparecieron antes que 
él las tiranías más célebres y las glorias militares más ilustres? 
Guillermo II estaba harto de la calificación que se daba á s[ mis- 
mo de Emperador pacífico. Ahora desea pasar á la posteridad con 
la misma gloria de Erostrato; una gloria que tenga por pedestal 
la monstruosidad de las ruinas. 



mecánico, moviéndose como un autómata con la gan 
ze parade, era el guerrero perfecto para él. Debajo 
del «gran capote» no supo adivinar que latia un cora- 
zón entusiasta capaz do emprender espontáneamente 
lo que el soldado prusiano sólo puede realizar á im- 
pulsos de la disciplina y del miedo A sus oficiales. 

Lo mismo que Bismarck se engañaron los innu- 
merables espías alemanes establecidos en Bélgica. 
Para ellos, acostumbrados á la organización mecánica 
de su militarismo, el ejército belga era una especie de 
milicia ciudadana, buena cuando más para reprimir 
un motín y correr en una batalla á campo raso. El 
corazón, la dignidad del hombre libre, eran para ellos 
factores insignificantes. Y esta especie de miliciano 
democrático, bonachón y sonriente, dio á Alemania 
una sorpresa mortal y trastornó todos sus planes al 
salir á la defensa de su patria invadida. 

El espionaje alemán fué el más temible enemigo 



as 



202 



VICENTE BLASCO IBANEZ 




ALBERTO I, CUANDO FUÉ DBOLARADO RHY 

con que tuvo que luchar Bélgica en su heroica resis- 
tencia. Durante treinta años esta invasión pacifica é 
incesante de los alemanes fué preparando la soñada 
anexión. «Serviles — dice un escritor belga — , supieron 
ganarse á las autoridades, adulándolas. En Amberes 
todo el alto comercio era suyo. Sus familias daban el 
tono á la buena sociedad. Los periódicos estaban á sus 
órdenes. Los grandes burgueses consideraban un ho- 
nor enviar sus hijos á la escuela alemana. Sólo el 
pueblo, con su buen instinto, odiaba á estos invasores 
pacíficos. Deutsche luin (piojo alemán) era el insulto 
que lanzaba todo ñamenco apenas tenia la más leve 
disputa con un boche.* 

Durante el sitio de Amberes la autoridad militar 
e.xpulsó á los comerciantes alemanes, que eran nume- 
rosísimos. Pero después de esta orden todavía queda- 
ron en la ciudad más de ocho mil: unos que habían 
adoptado la ciudadanía belga para servir mejor á su 
país; otros naturalizados como subditos de los Estados 
Unidos y haciendo valer orgullosamente su falsa lui- 
ción al idad para ser respetados. 

Un diputado de Lieja reveló poco tiempo antes de 
la guerra de qué modo ejercía el gobierno de Berlín el 
espionaje hasta en las más pequeñas poblaciones de 
Bélgica. En su distrito electoral vivía más de diez 
años un carretero de origen alemán, completamente 
iletrado. Un dia lo llamó su cónsul en Lieja, y al re- 



gresar al pueblo fué en busca del diputado para ha- 
cerle una consulta. El alemán no sabía leer. El cónsul 
le habla dado un pequeño cuaderno, encargándole que 
llenase los espacios en blanco, y el pobre, al olvidar 
las instrucciones recibidas, solicitó un consejo del di- 
putado. Este tomó el cuaderno, experimentando una 
legitima sorpresa al leer la introducción preliminar, 
que era un verdadero manual de espionaje. Se enume- 
raban en él todos los informes que el ciudadano ale- 
mán poseedor del cuaderno debía ir anotando; en las 
ciudades la cifra de la guarnición, el número de los 
regimientos, el nombre de los coroneles, los recursos 
del municipio, el nombre del burgomaestre y del con- 
cejal encargado de la recaudación, etc.; en los pueblos 
pequeños el cálculo de las principales fortunas, la 
clase y cifra de las cosechas, el noniiire también del 
burgomaestre y otros detalles. Una vez lleno el cua- 
derno con estos datos, debía ser remitido al cónsul, 
que se encargaría de proporcionar otro. 

El diputado se apresuró á comunicar su descubri- 
miento al gobierno, y éste abrió una información dis- 
creta que le fué revelando cómo todos los subditos 
alemanes domiciliados en Bélgica habían recibido 
igualmente dicho cuaderno y la mayor parte seguían 
escrupulosamente las instrucciones recibidas, escri- 
biendo los informes que podían recoger. En todo con- 
sulado alemán había un funcionario encargado de se- 
leccionar tales informes, remitiendo á Berlín los que 
ofrecían algún interés. Cuando el observador demos- 
traba perspicacia y clarividencia, se le recompensaba 
con una gratificación de alguna importancia para ex- 
citar su celo en el trabajo. Si seguía prestando buenos 
servicios, se le ponía en comunicación directa con la 
organización central del espionaje, situada en Bruse- 
las, señalándole un sueldo todos los meses para que 
continuase su cosecha de informes útiles. 

La mayoría del pueblo belga sólo se enteró á últi- 
ma hora, poco antes de la invasión, del trabajo á que 
se dedicaban en su mayor parte los .'500. CXX) alemanes 
residentes en el país. Su furor y su indignación fueron 
grandes ante esta conducta desleal. 

— lian abusado de nuestra confianza -dijeron -. 
Han correspondido con ingratitud á nuestra cordial 
hospitalidiid. Nos han engañado como si fuésemos 
niños. 



El rey era en toda Bélgica el más enterado de los 
manejos de los alemanes. 

En su último viaje á Berlín, una conversación con 
el kaiser y el conde de Moltke, de la que hablaremos 
más adelante, le hizo sospechar los malos propósitos 
del Imperio germánico acerca de la neutralidad belga. 
Desde entonces vivió en guardia, procurando limitar 
y dificultar la invasión p;icifica del país por la emi- 
gración alemana. El carácter generoso de Alberto I 
no podía suponer que la deslealtad germánica llegase 
hasta donde llegó, apoderándose de su país sin otro 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



203 



derecho que el de la fuerza; pero por vía de precau- 
ción se opuso desde entonces á la instalación en Bél- 
gica de nuevas empresas alemanas y á las adquisi- 
ciones de su industria y su comercio. 

En Septiembre de 1812 la «Kosmos Linie», gran 
sociedad de navegación de Hamburgo, quiso apode- 
rarse del puerto de Zeebrugge, cerca de Ostende, ó sea 
el puerto de Brujas, adquiriendo todas las acciones 
de la «Compañía de instalaciones marítimas de Bru- 
jas». Su propósito era establecer una cabeza de linea 
en este punto con grandes instalaciones de doks y di- 
ques de carena; una especie de Alemania en pequeño, 
frente á la costa inglesa, que permitiría intervenir 
más adelante al gobierno de Berlín con el pretexto de 
defender los intereses creados por su marina mer- 
cante. 

El rey se opuso á este manejo, prohibiendo á la 
compañía de Brujas que vendiese sus acciones á la 
«Kosmos» de Hamburgo. Los principales accionistas 
belgas declararon entonces: 

— Nuestro rey desconfia de los alemanes, y por esto 
no admite el negocio propuesto por los del «Kosmos». 

Alberto I no pudo hacer en bien del país todo lo 
que le aconsejaba su desconfianza. En Bélgica es un 
precepto constitucional que el «Rey reina y no go- 
bierna», y él era demasiado respetuoso de la Constitu- 
ción para extralimitarse en sus funciones. Pero sin 
atreverse á señalar con franqueza cuál era el enemigo 
que veía en lontananza, se dedicó desde el principio 
de su reinado á una seria reorganización de la defen- 
sa del país. En todos sus discursos al Parlamento in- 
sistió en la necesidad de aumentar los medios defen- 
sivos de Bélgica. Todo estaba en ella por hacer. El 
partido conservador ó católico que ocupó el gobierno 








BL RBY DB BÉLGICA REVISTANDO SUS TROPAS 



LA REINA DE BÉLGICA 

durante treinta años, se había negado por motivos de 
orden electoral á todo gasto militar extraordinario, 
consintiendo cuando miis algunas reformas parciales 
que sirvieron para engañar al país, haciéndole creer 
que disponía de medios de defensa 
considerables cuando en realidad 
eran anticuados é insuficientes. Sola- 
mente el rey se daba cuenta de la 
situación y hacía esfuerzos por ase- 
gurar el porvenir. Gracias á sus con- 
tinuas solicitudes al Parlamento, éste 
acabó por votar una ley autorizando 
considerables gastos para poner á 
la nación en perfecto estado de de- 
fensa. Pero la guerra temida por Al- 
berto I estalló mucho antes de que 
estos planes defensivos hubieran po- 
dido realizarse. 

Amberes, por ejemplo, figuraba 
como una plaza inexpugnable. Lo 
era realmente hace veinte años. Lo 
hubiese sido dentro de algún tiempo 
al realizarse el plan ideado por Al- 
berto L Pero cuando los sitiadores 
alemanes llegaron ante esta plaza, 
casi todos sus cañones eran aún de 
los antiguos modelos de Krupp y se 
cargaban con pólvora negra. Casi 



204 



VICENTE BLASCO IBANEZ 



todos los fuertes de la orilla izquierda no tenían ni la 
mitad de su armamento. La guerra sorprendió á Bél- 
gica cuando estaba esperando la recepción de valiosos 
armamentos que había encargado á la casa Krupp, 
merced á las intrigas que emplea ésta para la con- 
quista de nuevos trabajos. Debía entregar Krupp á 
los belgas numerosos cañones de fortaleza del más 
reciente modelo. Como adelanto había recibido diez 
y seis millones. Pero procuró demorar el trabajo, y al 
estallar la guerra 
se quedó con el di- 
nero, sin entregar 
las armas. 

La heroica resis- 
tencia del pueblo 
belga es más admi- 
rable si se tiene en 
cuenta la escasa 
preparación de su 
ejército. Era algo 
informe, exuberan- 
te de fuerza y en- 
tusiasmo, pero que 
apenas empezaba á 
tomar forma. La 
infantería de línea, 
los lanceros, los ar- 
tilleros, ignoraban 
completamente la 
guerra. Muchos je- 
fes habían escogí- 
do la carrera mili- 
tar porque ésta re- 
presentaba en Bél- 
gica el estado más 
tranquilo á que po- 
día dedicarse un 
buen padre de fa- 
milia. El país no 
había tenido nunca 
guerra ni espera- 
ba tenerla. Los ofi- 
ciales iban al cuar- 
tel como á una ofi- 
cina. 

El rey Alberto se 
dedicó á purificar 

su ejército, dando el retiro á los elementos tradicio- 
nales é inútiles y refrescando los cuadros con oficiales 
jóvenes. También hizo volver al servicio á los viejos 
de reconocida competencia. Uno de sus primeros actos 
fué pedir al general Jungbluth, su antiguo instructor 
militar, que saliese del retiro á que le habían conde- 
nado sus años, volviendo á la actividad. 

Pero la guerra estalló antes de que diesen resul- 
tado estas medidas, metódicamente organizadas, y 
que exigían algún tiempo. 

Entusiasmados por la actividad heroica del rey, 




BL REY DE UÉHIICA BN 



los belgas suplieron con su valor y su tenacidad la 
falta de organización. 

Unos grupos armados que llevaban el nombre de 
regimientos consiguieron en Lieja, á las órdenes del 
valeroso general Leman, detener por algún tiempo el 
impulso arrollador de las masas teutónicas, haciendo 
fracasar por completo el primer plan estratégico de 
los alemanes y matando prusianos en una cantidad 
tres veces superior á su propio número. 

Cuarenta mil bel- 
gas equipados de 
cualquier modo y 
armados al azar 
con las defectuosas 
existencias de sus 
arsenales, lograron 
mantener durante 
dos meses ciento 
cincuenta mil ale- 
manes en las inme- 
diaciones de Am- 
beres. 

La alegría no fal- 
tó un solo momento 
á este pueblo ani- 
moso en medio de 
su desgracia, la 
mayor que se ha 
conocido en los 
tiempos modernos. 
La inmensa fuerza 
del enemigo y sus 
monstruosas má- 
quinas de guerra 
fueron para los bel- 
gas un motivo de 
burla. Rieron igual- 
mente del teatral 
uniforme de los hú- 
sares de la Muerte, 
álos cuales sus lan- 
ceros dejaron ten- 
didos en el campo 
en todos los en- 
cuentros. 

Y mientras tanto 
el rey exponía su 
persona con una prodigalidad heroica, en continuo 
contacto con sus tropas, disparando el fusil como un 
simple soldado, examinándolo todo con un golpe de 
vista rápido y sagaz, apreciando quiénes eran los más 
valientes y los más capaces para conferirles nuevos 
grados sobre el mismo campo de batalla. 

Se le vio en todas partes, como si tuviese el don 
de la ubicuidad. Unas veces vestido de chauffeur y 
guiando él mismo su auto, atravesó las líneas alema- 
nas, para apreciar directamente la situación del ene- 
migo. Otras trabajó como simple artillero bajo los 



MEDIO DE sus SOLDADOS 

(De la Itluatration. de París) 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



205 



obuses del enemigo en las baterías de Amberes, ó em- 
puñó la pala y removió la tierra endurecida para dar 
ejemplo á sus hombres. Estuvo siempre en la linea de 
fuego para verlo y vigilarlo todo. Los belgas, que le 
amaban, sintieron por él una veneración supersticio- 
sa: lo mismo que los veteranos de la Guardia imperial 
sentían hace un siglo por Napoleón. 

Todos cumplieron su deber, no sólo por entusiasmo, 
sino porque esperaban que de pronto surgiese á sus 
espaldas, con una 
vigilancia pater- 
nal, el heroico rey 
que estaba en to- 
das partes y lo veía 
todo. 

Una noche los 
oficiales de la guar- 
nición de Ainberes 
estaban reunidos 
en la «Taberna de 
Londres», famoso 
restaurant de dicha 
ciudad, convertido 
en círculo militar. 
Bebían champagne 
en compañía de al- 
gunos aviadores y 
oficiales ingleses. 
Estos belgas, dis- 
puestos á morir, se 
divertían con la in- 
consciencia del sol- 
dado antes de que 
llegue su última 
hora. Mientras tan- 
to, en las fortifica- 
ciones de Amberes 
la batalla era terri- 
ble, tomando en las 
tinieblas una forma 
macabra. Los ca- 
ñones alemanes 
bombardeaban un 
cementerio próxi- 
mo á la ciudad. La 
tierraremovidapor 
el estallido de los 

obuses expulsaba la inerte población que había guar- 
dado en su seno hasta entonces. Saltaban las cubiertas 
de los féretros: los cadáveres, levantados por el viento 
de los proyectiles como si resucitasen á una vida efí- 
mera y fantástica, volvían á caer adoptando posturas 
terribles y grotescas. 

De pronto entró en el círculo militar un simple 
teniente de infantería, que se mantuvo en la puerta 
contemplando fijamente el regocijo ruidoso de los ofi- 
ciales. Su alta estatura le hizo ser reconocido inme- 
diatamente, á pesar de la modestia de sus galones. 




EL REY DE BÉLGICA BATIÉNDOSE EN UNA BARRICADA 



¡El rey! Todos se pusieron de pie con un repentino 
silencio. Alberto I miró los vasos de champagne, miró 
después á los hombres, levantó los hombros con expre- 
sión de desprecio y se alejó sin decir una palabra. 
Desde este momento los oficiales ya no celebraron 
más fiestas en la «Taberna de Londres». 

Un pelotón de infantería hacía fuego á la caída de 
la tarde en las inmediaciones de Amberes al abrigo 
de una barricada de sacos de tierra. Uno de los solda- 
dos contó después 
cómo un oficial sin 
armas presenciaba 
el combate, con los 
brazos cruzados, 
contemplando la li- 
nea del enemigo á 
través de sus len- 
tes, con ojos vagos 
y soñadores, cual 
si estuviese pensan- 
do en otra cosa. De 
pronto el soldado 
vio caer, lanzando 
un grito de muerte, 
al compañero que 
disparaba junto á 
él. Era un cuñado 
suyo. Lo atendió 
por unos instantes, 
pero al convencer- 
se de que había 
muerto volvió á 
ocupar su puesto, 
haciendo fuego con- 
tra el enemigo. Un 
nuevo combatiente 
ocupó el espacio li- 
bre y siguió dispa- 
rando. Era el ofi- 
cial, que acababa 
de recoger el fusil 
y la cartuchera del 
muerto. Su aven- 
tajada estatura so- 
bresalía por enci- 
ma de la barrica- 
da. Los soldados le 
hicieron recomendaciones de prudencia para que se 
mantuviese á cubierto, hasta que en la penumbra del 
crepúsculo pudieron reconocerlo con asombro. Este 
teniente era Alberto L 



El gran escritor belga Mauricio Mseterlinck habló 
con un entusiasmo lírico de este rey heroico, digno 
de su pueblo. 

«De todos los héroes — dijo — de esta enorme guerra, 
que sobrevivirá en la memoria de los hombres, uno de 



206 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




EL REY DR BKLOICA 

los más puros, uno de los que no se sabrá nunca cómo 
amar bastante, es indudablemente el joven y gran 
rey de mi pequeña patria. Fué en la hora decisiva el 
hombre providencial, el hombre que esperaban todos 
los corazones. Supo encarnar en una belleza sublime 
la profunda voluntad de su pueblo. Fué la concre- 
ción de toda Bélgica, revelándose á si misma y á 
los demás. Tuvo la admirable suerte de tomar y dar 
conciencia en el instante más trágico y más 
contuso, cuando las mejores conciencias pier- 
den su seguridad. Si él no hubiese estado en 
su puesto, las cosas no hubiesen ocurrido del 
mismo modo y la Historia habría perdido una 
de sus páginas más nobles y hermosas. Indu- 
dablemente, Bélgica habría sido leal y fiel á su 
palabra, y el gobierno que intentase resistirse 
á esto habría sido barrido irremisiblemente por 
la indignación de un pueblo que jamás en su 
historia ha sido traicionado. Pero de no estar 
el rey es indudable que se hubiese producido 
cierta confusión, asi como las indecisiones que 
son inevitables en una muchedumbre aturdida 
por los sucesos. Está fuera de duda que ha- 
brían surgido las palabrerías inútiles, las fal- 
sas maniobras, los errores legítimos, pero irre- 
parables, y sobre todo, no se habrían dicho las 
palabras necesarias, precisas, firmes, ni se ha- 
brían hecho en la hora que eran necesarios 



unos gestos que es imposible imaginar más inaltera- 
liles y más bellos. Gracias á él el acto estalla y se man- 
tiene sin retoques, sin desfallecimientos, sin grietas; 
la linea heroica es limpia, derecha, magnifica, como 
la de las Termopilas, indefinidamente prolongada. 

»Pero lo que él ha sufrido, lo que él sufre cada día, 
solamente pueden comprenderlo los que han gozado 
la felicidad de tratar de cerca á este iiéroe, el más 
sensible y el más dulce de los hombres, discreto, si- 
lencioso, no vibrando más que interiormente, de una 
timidez deliciosa y desconcertante, y que ama á su 
pueblo, no como un padre ama á sus hijos, sino como 
un liijo ama á una madre adorada. De todo su querido 
reino, ([ue era su orgullo y su alegría, su mansión de 
felicidad, su hogar de confianza y de amor, sólo le 
quedan unas cuantas poblaciones intactas, que ame- 
naza á cada momento el invasor más repugnante que 
la tierra lia soportado. 

»Las otras ciudades, tan alegres y hermosas, tan 
risueñas y tranquilas, tan felices de vivir sin ofender 
;'i nadie, joyas de la corona de la paz, modelos de una 
existencia familiar, derecha y clara, residencias de 
la actividad leal y concienzuda, de la franqueza cor- 
dial y siempre sonriente, de la hospitalidad sin frases, 
de las manos siempre tendidas, de los corazones siem- 
pre abiertos, todas esas ciudades acaban de morir. No 
queda de ellas piedra sobre piedra, y hasta su campi- 
ña, de verdes siempre tiernos, una de las más bellas 
del mundo, no es más (|ue un campo de horror. Han 
perecido tesoros que figuraban entre los más nobles y 
conmovedores de la humanidad; lian desaparecido 
testimonios que nadie podrá reemplazar. I.a mitad de 
una nación, más unida que ninguna otra á sus anti- 
guas y simples costumbres y á sus liumildes hogares, 
va errante en estos momentos por los caminos de 
Europa. Millares de inocentes han sido acuchilla- 
dos, y casi todo lo que resta de tal pueblo está con- 
denado á la miseria v al hambre. 








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l'.NA POSTAL PARA BL RUY ALBERTO 

Postal que le ha sido remitida con los sellos de las naciones aliadas y esta dirección: 
<Á Su Majestad Alberto I. valeroso rey de la sublime Bélgica» 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



207 



«Pero lo que sobrevive sólo tiene un alma que se 
ha refugiado en el alma grande de su rey. Ni un mur- 
mullo, ni un reproche. Ayer una ciudad de treinta mil 
habitantes recibe del heroico monarca la orden de 
abandonar sus casas blancas, sus iglesias, sus plazas 
seculares donde la vida se desarrollaba laboriosa y 
bondadosa. Los treinta mil habitantes, mujeres, niños 
y ancianos, se hunden en la noche para buscar un 
asilo incierto en la ciudad vecina, casi tan amenazada 
como la suya, y que mañana indudablemente tendrá 
que huir á su vez, sin saber adonde, porque la patria 
es tan pequeña que en seguida se alcanza el limite de 
su territorio y no se encuentra abrigo alguno. No im- 
porta; todos obedecen en silencio; todos aprueban y 
bendicen al soberano. Ha hecho lo que habia que ha- 
cer, lo que todos hubieran hecho al encontrarse en su 
lugar. Y si todos sufren lo que ningún pueblo ha 
sufrido desde las invasiones feroces de los primeros 
siglos, saben que él sufre más aún que todos juntos, 
porque en su persona convergen y resuenan todos 
los dolores agrandados. A nadie se le ocurre que 
pudo proceder de otro modo, salvándolos con el 
sacrificio del honor. Nadie quiere hacer la separación 
entre el deber y el destino. El deber, con todas sus 
espantosas consecuencias, les parece tan inevitable 
como una fuerza de la Naturaleza contra la cual nadie 
intenta luchar considerándola invencible. Es un ejem- 
plo de heroísmo colectivo, anónimo, ingenuo y casi 
inconsciente, que iguala y en algunos momentos sobre- 
pasa los ejemplos más altos que nos proporcionan la 
leyenda y la Historia. Después de los grandes márti- 
res, nadie ha- 
bia muerto 
con tanta sen- 
cillez por una 
simple idea. 

»Si entre las 
angustias que 
nos rodean se 
puede hablar 
de otra cosa 
que de lágri- 
mas y lutos, 
hay que ad- 
mirar como 
un magnifico 
consuelo el es- 
pectáculo de 
heroísmo in- 
esperado que 
súbitamente 
nos asalta por 
todas partes. 
Puede afir- 
marse que en 
ningún tiem- 

UNA ESPADA DE HONOR , , 

po, desde que 

Puno de la espada de honor que por suscripción po- 
pular regala el pueblo de París ai rey de Bélgica existe Ja me- 





LA REINA DB BÉLGICA 

moria de los hombres, se ha hecho el sacrificio de la 
vida con tal ardor, con tal abnegación, con seme- 
jante entusiasmo, y que las inmortales virtudes que 
ponen de pie y salvan á las avanzadas de la humani- 
dad no mostraron nunca más empuje, poder y ju- 
ventud.» 



Su familia no lo educó para monarca. La corona 
de Bélgica estaba destinada á otro. Él era el segundón 
modesto y estudioso, condenado á la más difícil de las 
situaciones en que puede verse un hombre inteligente: 
ser demasiado para imitar la vida ordinaria de los 
demás; ser muy poco en el mundo donde lo colocó el 
nacimiento. 

De seguir sus gustos hubiese sido ingeniero. Le 
atrajo siempre la labor de las minas, con sus peligros 
mortales. No siendo príncipe, habría emigrado á los 
Estados Unidos para crearse una fortuna, como mu- 
chos compañeros de su adolescencia á los que trató en 
las escuelas de Bélgica. 

Pero intervino la muerte inesperadamente, y el se- 
gundón pasó á ser heredero de la corona y luego rey. 

Muchos parecen nacer con el firme propósito de 
llegar á héroes. Desde la infancia asaltan los primeros 
sitios; luego estudian sus gestos y sus palabras; adop- 
tan posturas teatrales; emprenden mil cosas ala vez; 
buscan en toda ocasión asombrar á las gentes; quema- 



208 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




BÉLGICA Á LOS ALIADOS, LEVANTÁNDOSE DE LA CAMILLA 
—¿Piedad? ¿Cuidados?... No, amigos míos. ¡Un fusil! ¡Cartuchosl 

(Dibujo de 11. A. Ihols, en el libro L' Heroique Belgiqw) 



riiin medio mundo si esto pudiese dar nuevo brillo á 
su gloria neroniana; y sin embargo, no consiguen sus 
propósitos. Pueden llegar, en fuerza de locuras, A in- 
fundir miedo, pero nunca amor ni admiración. 

Este joven rey, que no había pensado jamás en 
deslumbrar á nadie, que no conocía las actitudes es- 
cénicas, que deseaba vivir en una paz laboriosa con 

su pueblo de 
trabajadores y 
siguió una exis- 
tencia recta, tí- 
mida y larga á 
la vez, como las 
lineas de su 
cuerpo, fué un 
héroe, sin an- 
siarlo ni bus- 
carlo; el héroe 
más generoso y 
simpático de su 
época. 

El resorte de 
su heroísmo no 
fué el amor á la 
gloria ni las 




La LiBURTAD. A BíiLGiCA.— Tu heroísmo será 
recompensado y lu desgracia vengada 

(Del Punch, de Londres) 



ambiciones de 
conquista, sino 
el deber, el 
cumplimiento 



de la palabra empeñada, el respeto de los 
propios derechos; todas las virtudes modes- 
tas y sólidas de las gentes de bien. 

Plegándose á las exigencias del fuerte 
hubiese sido feliz. Es cierto que esta felici- 
dad la habría pagado con la deshonra, pero 
iliay tantos deshonrados triunfantes!... Ale- 
mania, agradecida á su obediencia, le 
hubiera sostenido siempre. Tranquilidad, 
abundancia, protección: la vida sumisa y 
bien cebada del animal doméstico que re- 
conoce un dueño. Pero á estas ventajas po- 
sitivas que hubiesen tentado á los más, 
prefirió los viejos idealismos en los que aun 
creen unos pocos: el honor, la libertad, el 
odio al atropello, la independencia de su 
patria. 

Y el minero de afición que cuando se 
pone el uniforme militar tiene hermoso as- 
pecto por la esbeltez de su figura, pero que 
vistiendo de paisano aparece «en su ver- 
dadero carácter», como un ingeniero belga 
estudioso y miope, tuvo que hacer la gue- 
rra para defender la integridad de su pue- 
blo; y la hizo como no la harían muchos 
profesionales. 

Toda la nación estuvo al lado del rey 
democrático. Lo que m;'is asombró en el 
heroísmo de los belgas fué su unanimidad 
al hablar del monarca, del compañero de armas bue- 
no y valeroso. 

Lo han per- ^ 
dido todo: pa- 
tria, hogar, hi- 
jos. No tienen 
un palmo de 
tierra propia en 
la que descan- 
sar los pies. 
Vagan fugiti- 
vos por Euro- 
pa, con una pa- 
tria en el pen- 
samiento que 
ya no existe en 
la realidad. Su 
situación es 
comparable á 
la del pueblo 
judio. 

No: es mucho peor. Los judíos, faltos de nación, 
conservan la familia, y los belgas, en su infortunio, 
hasta han perdido esto. Durante las retiradas en éxodo 
de Bruselas á Amberes, de Amberes á Ostende y de 
Ostende adonde les fué posible, los grupos familiares 
se disgregaron para siempre bajo el estallar de los 
obuses, en el desorden de las fugas nocturnas y el di- 
verso rumbo de los buques cargados de muchedumbre. 




EL ESFUERZO DE BÉLGICA 

(De Providence Jntírnat) 



EL HOLC 




Dibulo de K. M. Poyancu, de la •lllustration> de Pans. 



Bélgica, horrorizada y amenazante, se ycrgue sohn 



AÜSTO 




sus ruinas y entre sus muertos clamando venganza 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



209 



El padre fué conducido á Francia, la madre murió, 
una hija escribió luego desde Inglaterra, otros no pa- 
raron hasta América; el resto de la familia desapare- 
ció para siempre. 

Muchos de estos belgas eran socialistas y trabaja- 
ban antes contra el gobierno de su pais. Sentados lue- 
go en un muelle ó en una estación de ferrocarril sobre 
el montón de trapos que constituía toda su fortuna, 
relataron con una serenidad estoica la tragedia de su 
patria, y cuando les preguntaban por su rey, respon- 
dían con grave admiración: 

— ¡Ah! ¡Nuestro Alberto!... Es un héroe. Es el rey 
caballero. 

Este es su verdadero titulo: el rey caballero. Ni un 

solo belga ha 
"^ intentado cen- 
surar su con- 
ducta. A nadie 
se le ocurrió 
qwi podía ha- 
ber evitado las 
desgracias de 
sus subditos, 
envileciéndose 
con una sumi- 
sión cobarde. 
Resistió en de- 
fensa de la li- 
bertad de su 
pueblo, del de- 
recho, del ho- 
nor. Bien hecho 
está. Muchos 
de sus conciu- 
dadanos per- 
dieron la vida. 
Él vive porque 
la muerte no 
quiso su perso- 
na. Manejó como simple artillero los cañones de Ambe- 
res,bajo una lluvia de metralla. Tomó el fusil de un sol- 
dado para hacer fuego en las trincheras de la infantería. 
Los belgas perdieron sus casas; él perdió su reino. 
No recordéis como modelos caballeres- 
cos á aquellos reyes sin corona de la Edad 
Media, vagabundos y desgraciados, que 
la poesía y el drama han hecho interesan- 
tes. Nuestra época de vulgar positivismo 
tiene figuras más románticas. 

Alberto Sin-Tierra vale más que todos 
los monarcas del mismo sobrenombre que 
nos ofrece la Historia. Éstos perdieron su 
corona por luchas de familia ó ambiciones 
de conquista. El rey caballero se vio sin 
reino por no haber tolerado los atropellos 
del fuerte. Y con la noble tristeza del héroe 
vencido que sabe que la razón va con él, 
se mantuvo en un pedazo insigaificante 




¿QUIÉN IBA A SOSPECHAR QfB ESTE 
CHISME ESTABA CARGADO? 

(De The Opinión, de Londres) 




¡BRAVO, bélgica! 
El heroísmo belga cerrando el paso al invasor alemán 

(Del Punch, de Londres) 

de Flandes, al frente de un puñado de bravos, para 
que viese el mundo cómo lucha un hombre pacífico 
convertido en guerrero por las exigencias del honor, 
cómo puede morir el primer ciudadano de un país 
democrático en defensa de su dignidad. 



Alberto I es, según la expresión de uno de sus mi- 
nistros, el hombre más delicado, más escrupuloso y 
más prudente de todo su reino. Sufre mucho y nadie 
adivina, detrás de su gravedad habitual, lo intenso de 
sus penas. 

Al iniciarse la guerra, las decisiones que había de 
adoptar le sumieron en dolorosa turbación. Temía 
equivocarse y que su pueblo sintiese las consecuen- 




OPORTUNA INTERVENCIÓN DE LA VALEROSA BÉLGICA 



(Del Puch) 



210 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




LA FAMILIA REAL PB HKLGICA 

cias. El más pequeño olvido era para él un crimen 
imperdonable. 

—Yo no soy un estratega — dijo á Broqueville, el 
presidente de su Consejo de Ministros — . No me han 
educado para esto. Sabré batirme como cualquiera; 
¡pero mandar un ejército!... 
Y Uroqucville contestó: 

— No hay necesidad de que seáis un estratega. Los 
otros reyes tampoco lo son. Keunid vuestro Estado 
Mayor, escuchad á los oficiales, y luego podéis resol- 
ver lo que mejor os parezca. La guerra es un arte; 
pero también es un asunto de sentido común. 

El general .loffre, al conocer esta respuesta del 
ministro belga, dio su aprobiición de técnico. 

— La mayor parte de los oficiales de Estado Mayor 
— dijo el ilustre caudillo francés — tienen ideas pre- 
concebidas y fijas, por pertenecer á determinada es- 
cuela. Es este un peligro que se debe evitar. El que 
decide no debe pertenecer á ninguna escuela. Algunos 
personajes civiles resultan excelentes ministros de la 
Guerra, precisamente porque no tienen escuela, lo que 
hace que la linea de su horizonte mental resulte más 
amplia. Los hay de ellos que podrían ser buenos es- 
trategas. La guerra no es en el fondo más (jue lo que 
dice Broqueville: «un asunto de sentido común». 

El rey caballero supo pelear como general impro- 
visado, y sus resistencias heroicas fueron la salvación 



de la Europa aliada. Él quebrantó la catapulta inva- 
sora en Lieja, dando tiempo á la resistencia de Fran- 
cia, á la movilización de Rusia y á la intervención de 
la Gran Bretaña. De no alzarse este olistáculo inespe- 
rado, la guerra habria terminado tal vez en pocas se- 
manas con el triunfo general del Imperio germánico. 
Dio su pueblo y su persona; lo perdió todo en este 
suicidio heroico; ¡pero quién sabe lo que salvó!... Al- 
gún día podrá apreciarse. 



El viejo poeta Emilio Verhaeren, glorioso patriar- 
ca de la literatura belga, escribió lo siguiente sobre 
Alberto I y su animosa compañera: 

«Los que le conocieron antes de subir al trono no 
dudaron de él, pero se preguntaban en qué forma iba 
á revelarse. Pertenece á una raza de reyes que sólo 
se desarrollan en edad madura. El primor rey de Bél- 
gica, Leopoldo I, únicamente alcanzó su renombre de 
arbitro europeo á los cincuenta años. Leopoldo II fué 
mantenido como en tutela por sus grandes ministros 
Rogier y Frere-Orbán, y tuvo que sacudir esta tutela 
antes de ser el que abrió á la civilizacióa el África 
tenebrosa, haciendo, digámoslo asi, el regalo de un 
nuevo continente al mundo. El segundo rey de los bel- 
gas fué, como el primero, vacilante y monótono en 
los comienzos de su reinado. ¿Cómo iba á despertar 
el tercero?... 

«Cuando aun era principe, Alberto I sólo se ocupó 




EL POBTA VBRUAERBN 
(Grabado <ie Vivert, tlel libro L'Heroique Belgiqut) 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



211 



de cuestiones sociales y cuestiones militares. Hablaba 
de sus estudios con cierta reserva, pero su interlocu- 
tor no tardaba en darse cuenta de que nada en él 
licibía sido aprendido á la ligera. Indudablemente, de 
seguir la paz habria realizado con su gobierno atrevi- 
das reformas económicas y democráticas. En esto an- 
daba cuando de pronto estalló la guerra. 

»No olvidaré nunca el 4 de Agosto de liil4, cuando 
le vi entrar en el Parlamento y salir después de haber 
comulgado con toda la nación en víspera de nuestra 
Pascua sangrienta... Porque, efectivamente, fué nues- 
tra Pascua. íbamos á resucitar. Acababan de decla- 
rarnos la guerra. La angustia aparecía por todos la- 
dos. En la frontera un inmenso aluvión de hombres en 
armas amenazaba nuestros viejos fuertes de Lieja. 
Éramos el pequeño número en presencia de la multi- 
tud; de ningún modo podíamos esperar el triunfo: 
nuestra gloria consistía en resistir. Hicimos simple- 
mente nuestro deber, y haciéndolo nos renovamos de 
un solo golpe. La altivez, el ardor, el heroísmo, el 
sacrificio, todo lo que nuestro bienestar materitil, 
nuestros negocios prósperos y nuestra riqueza pesada 
nos habían impedido descubrir en nuestras almas, 
apareció de pronto é hizo de la pequeña Bélgica un 
gran pueblo. 

»La patria no había sido para una gran parte de 
nosotros más que un pretexto para discursos oficiales 





LOS IIIJO.S DEL RBY DB BÉLGICA 

El principe heredero de Bélgica y su hermano paseando por las calles 

de Bruselas el día de la marcha de la familia real á Amberes 



LA RBINA DB BÉLGICA CON SUS HIJOS 

y cantatas públicas. No éramos patrioteros. Muchos, 
tal vez los mejores, se lamentaban de pertenecer á 
una porción de suelo tan reducida. Unos hubieran 
querido nacer franceses, otros ingleses: algunos que 
eran flamenquistas rabiosos deseaban hacerse alema- 
nes. Después todas estas veleidades han desaparecido. 
Todos somos belgas y nada más. Y lo somos tenaz- 
mente, hasta la muerte. Tenemos fe en nuestro país 
como los creyentes la tienen en el cielo. 

» Nuestro tercer rey encarna esta resurrección. El 
ha sido el símbolo. Únicamente él, entre todos los re- 
yes y emperadores comprometidos en la guerra pre- 
sente, se ha mezclado con las tropas, ha compartido 
con ellas el peligro y la gloria, ha vivido en las trin- 
cheras, ha disparado, ha comido y fumado lo que fu- 
man y comen sus soldados. Él ha sido el valor reposa- 
do, la resistencia encarnizada, la fuerza obscura y pro- 
funda. Ha sido también algo más. Ante sus generales 
y oficiales se ha mostrado algunas veces como un tác- 
tico perspicaz y hábil, imponiéndoles sus ideas, y luego 
se ha visto que estas ideas eran felices y eficaces. A 
medida que los acontecimientos sombríos y crueles se 
iban desarrollando, se encontraban en él virtudes más 
profundas y cualidades más raras. La guerra parecía 
haber sido hecha para que este hombre se descubriese 
á sí mismo. Si Leopoldo I había sido un diplomático y 
Leopoldo II un colonizador, Alberto I era un soldado. 



212 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




KL REY DB BÉLGICA BN INA TRINCHERA COMPARTIENDO LA SUBRTB DB SOS SOLDADOS 



(De lii liluMtratiou. (1« París) 



Lo es tanto como Guillermo II lo es poco. Desde el 
principio de la guerra se vio claramente. Las procla- 




L08 RBVBS DB BÉLGICA Y DE INGLATERRA Y EL PRInCIPB DB GALES, BN FUBNBS 



mas de los dos reyes no pueden resultar míís diversas. 

Guillermo II es el retórico místico, el hombre de la 
postura literaria, que se siente con 
más iniciativas para asombrar al pú- 
blico que para combatir. Alberto I 
no ha dicho más que palabras sim- 
ples y sinceras. Ha hablado de tomar 
el fusil con sus manos para correr 
contra el enemigo, y asi lo ha hecho. 
Xunca ha llamado al ciclo en su auxi- 
lio. Nunca ha mentido. Jamás se ha 
considerado como un avisado de Dios 
ni como un favorecido por la Vir- 
i;en. Al invocar á la Providencia lo 
ha hecho con naturalidad, pero lian- 
do al mismo tiempo en su valor y en 
su brazo. 

»K1 no se complace en la existen- 
cia decorativa de las cortes. Tam- 
poco se prepara entradas teatrales 
en las ciudades, ni quiere imitar á 
Lohengrin erguido sobre la proa de 
un vatch. Hace sobre la tierra el me- 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



219 



ñor ruido posible; es económico en 
palabras y gestos; no quiere ser un 
tenor imperial ni un payaso coro- 
nado. 

»Su presencia no tiene nada de 
intimidante. Antes al contrario, es 
él quien duda tímidamente cuando 
alguien se le aproxima. Con un 
franco apretón de mano da la bien- 
venida al que llega. Su conversa- 
ción es lenta, pero así que se pro- 
longa elevándose sobre la vulgari- 
dad inevitable de una primera en- 
trevista, se muestra nutrida y bien 
cuidada. El rey tiene grandes cono- 
cimientos literarios. Aunque no es 
poeta, cita con frecuencia ciertas 
estrofas que ha guardado en la me- 
moria después de sus lecturas. El 
movimiento artístico de Bélgica 
tiene en él un admirador entusias- 
ta. Fué el primero de nuestros reyes 
que habló de él como signo de gran- 
deza nacional en sus discursos de 
la corona. 

»E1 pueblo ama á Alberto I por- 
que es «un mozo valiente». Jamás 
un rey manco alcanzaría populari- 
dad entre nosotros. Es preciso que 
el que reina pueda manejar un man- 
doble antiguo. Alberto I es sano, 
alto, poderoso. Encarna la idea que 
los flamencos y los valones tienen 
de la belleza. Jamás la separan de 
la fuerza. Todos ellos saben que si 
es preciso el rey será un firme y 




ENTREVISTA DEL REV DE BÉLGICA CON El, REY DE INGLATERRA, BN MOST 

(De The llhtstrated Lontíon Xetcs) 




HL RBY DB BÉLGICA IMPONIBNOO EN FURNES LA CRUZ DB LEOPOLDO Á LA BANDERA DEL T." HBOIMIBNTO DB INFANTERÍA 



SI 4 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 









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LOS REVÉS DE BKr.GICA 



resistente convidado en sus «dueasses» y sus kerme- 
ses. Además está de buen humor casi siempre. Tiene 

esa familiaridad tranquila 
que los belgas exigen de 
todos los que aman y respe- 
tan. En Bélgica la altivez 
y la arrogancia son despre- 
ciadas como en ninguna 
parte. Se considera que son 
pruebas de in- 
ferioridad, y 
el que las em- 
plea inspira 
lástima. El 




O 



belga es el 
hombre más 
igualitario 




BL l'HiNCIl'E LEOPOLDO 
Hiiíiue de Brabante 



quese conoce. 
»En la con- 
quista de su 
popularidad, 
que fué rápida en el primer momento, 
lirme después y definitiva más tarde, Al- 
berto I se vio ayudado por su compañera 
la reina. Ella comprendió, como por adi- 
vinación, los gestos que debia hacer, las 
palabras que debía decir y las virtudes 
que debia mostrar. Sus armas fueron la timidez, la 
fuerza dulce y el buen tacto. Los artistas la amaron 
al mismo tiempo que el pueblo. Ella también es una 
artista: una notable música. Su interés y su amor por 
el arte se desbordan igualmente sobre la literatura. 
Desde el primer momento de su reinado se rodeó de 




l-A PRINCESA MARÍA 



obras maestras y los pintores y escultores fueron hacia 
ella. En su palacio de Bruselas, donde los prusianos 
invasores han roto los niiirmoles y rasgado los cua- 
dros á sablazos, ella adornó tres ó cuatro salones con 
arreglo á sus gustos. Los muebles dorados, las colum- 
nas, las arañas, los candelabros del lujo oficial des- 
aparecieron. Simples telas lisas de discretos colores 
cubrieron los muros, y sobre ellas figuraron varios 
cuadros de jóvenes pintores belgas que ella protege y 
defiende. Todo mnvimiento artístico, sin- 
cero y nuevo, la ha interesado poderosa- 
mente. 

"Ksta guerra ha servido para demos- 
trar á todos cómo ama á su marido y le 
sirve en el peligro. Estu- 
,.¿^ vo á su lado durante los 

i»a días trágicos del sitio do 

í^* ' Amberes y m;is tarde en 

las aldeas de la costa, 
mientras á pocos kiló- 
metros de distancia se 
desarrollaban los innu- 
merables combates de la 
gran batalla de Flandes. 
Es pequeña de cuerpo, 
débil en apariencia, pero 
el alma ardiente, silen- 
ciosa é intrépida que encierra esta en- 
voltura delicada no conoce el peligro. 
Ni un momento dejó de ser fiel á su 
puesto de esposa y de amiga. 

^ 1- .' D jjL PRINCIPE 

"Una hora antes de que partiese de cablos tbodoro 
Bruselas para Amberes tuve el honor conde de Fiandes 




HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



215 



de hacerle una visita. Su pala- 
cio, en el cual tres días después 
iba á entrar el enemigo como un 
vencedor, habia sido transfor- 
mado parcialmente en hospital. 
Antes de partir quiso hacer una 
última visita á los soldados. A 
pesar de lo grave del momento, 
se mostró tranquila, impertur- 
bable. Ninguna lamentación sa- 
lió de su boca. Y después de esta 
suprema visita partió para lo 
desconocido, con toda su fe. 

»La Historia acogerá amoro- 
samente á tal rey y tal reina. 
Tal vez esta pareja entrará al- 
gún día en la leyenda. Los som- 
bríos historiadores teutones ne- 
garán en vano la belleza de sus 
gestos y sus actos. La unánime 
admiración y el unánime respeto 
de su pueblo formarán un cortejo 
detrás de los dos á través de los 
siglos. Tienen en favor suyo la 
juventud, la claridad, el sufri- 
miento, el valor invencible de 
sus almas. Son grandes por ellos 
mismos, lo que representa algo 
mejor que ser «kolossal» por el 
esfuerzo de los demás.» 



Un periodista inglés contó en 
Noviembre su encuentro con Al- 
berto I en la pequeña fracción de 
Flandes que después de la ren- 
dición de Amberes sostuvo izada 
la bandera de Bélgica. Fué á la 





LOS REYES DB liÉLGICA 
La reina Isabel cuidando la educación musical 



EL ASESINATO 
(Alegoría de la iuvasióii de Bélgica, por Allard Lolivier, de L' Heroique lie.hjique) 

caída de la tarde, en la plaza prin- 
cipal de Furnes, frente al palacio 
del Municipio, construcción de ca- 
lada piedra, con gran torre de ar- 
mónicas campanas, como todos los 
edificios antiguos del país. 

La plaza está desierta. A lo le- 
jos suena el cañón. La gran ba- 
talla de Flandes, la más sangrien- 
ta de la Historia, una carnicería 
donde cayeron L50.000 hombres, 
se está desarrollando á pocos kiló- 
metros. 

De pronto se abre una ventana 
del palacio. Un brazo azul con ga- 
lones de oro se acoda en el alféi- 
zar, y sobre su mano viene á apo- 
yarse una cara pálida, demacra- 
da, con lentes; una cara que res- 
pira melancolía, ensueño y cansan- 



BN LA INTIMIDAD 
de su hiio Leopoldo, el principe heredero 



216 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



cío. El inglés la 
reconoce: «Es 
el rey.» Se exa- 
minan un mo- 
mento, y luego 
el héroe vuelve 
á dejar su mira- 
da flotante en 
el vacío. Des- 
cansa. Aprove- 
cha un momen- 
to para aspirar 
el aire con de- 
licia, ver el cie- 
lo, contemplar 
la puesta del 
sol. 

Hace sema- 
nas que su exis- 
tenciaesde con- 
tinua activi- 
dad, sin día ni 
noche. Duerme 
donde puede; 
aparece donde 
menos le espe- 
ran. Abando- 
na el combate 
para ir á re- 
unirse en una 
encrucijada de 
caminos, en 
una playa, en 
unaj;ranja,cou 
su ánimos a 
compañera, la 
reina heroica 
que, luego de 
depositar sus 
tres hijos en 
Londres, lo ha sef;uido á los campos de muerte. 

Suena un rumor de muchedumbre en una calle 
próxima. Entra en la plaza un regimiento francés que 
vuelve de las trincheras; un regimiento hermosamente 
sucio, feo hasta la sublimidad, con los capotes desco- 
loridos, el barro á las rodillas, los rostros hirsutos, 
las manos negruzcas. Unos arrastran las piernas al 
marchar, envueltas en vendajes de ocasión, otros 
llevan bajo el kepis trapos blancos con manchas roji- 
zas. Es la jauría guerrera que vuelve de la caza del 
hombre, rezumando sudor y sangre, con los colmillos 
babosos de rabia. Nada queda del regimiento de las 
grandes paradas. 

Los soldados miran á lo alto, reconocen los lentes, 
el rostro alargado de noble palidez, y sin que suene 
una orden, sin que el coronel haya hecho un gesto, el 
regimiento entero se detiene. Hasta los caballos imi- 
tan instintivamente la inmovilidad de los hombres. 




KL REY ALBBRTO EN TRAJB DE CAMPANA 



Suenan los tambores como si redoblasen solos; lan- 
zan las trompetas, con la dorada boca en alto, el ala- 
rido de sus cobres; los soldados presentan sus fusiles; 
los oficiales agitan los kepis en la punta de los sables; 
«¡Viva el rey caballero!» El regimiento, con las 
compañiiis diezmadas, sucio y heroico, saluda por es- 
pontáneo impulso al héroe más grande de su época. 
La muchedumbre armada, falta de su banda de mii- 
sica, pues los músicos se han convertido en camilleros, 
entona La Marsellesa; entona La Brabanzona. Y el 
brazo azul galoneado de oro se mueve con noble len- 
titud, mientras dos lágrimas de emoción empañan los 
lentes. 



Se aleja el regimiento. La plaza vuelve á quedar 
solitaria. Alberto Sin-Tierra sigue en la ventana, des- 
cansando, soñando. El cielo se tiñe de rojo detrás de 
las negras y puntiagudas siluetas de los tejados 
belgas. 

El sol se oculta, el día va á morir. Llega la noche, 
y con ella la sombra, las horas de incertidumbre, las 
horas de desesperación... Y después de la noche lucirá 
otra vez el dia, con un nuevo sol. 




LO INCONQUISTABLE 

El kaiser. — ^'a ves. lo has perdido todo. 
El bev Alberto.— ;Mi espíritu, nol 



(Del Piitirt, de Londres) 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



217 




EL ÉXODO DE LOS REYES DE BÉLGICA 

Paseo solitario del rey Alberto y la reina Isabel á lo largo de la playa, lo último que aun les pertenece, y donde el porllado 

heroísmo de sus tropas y de los ejércitos aliados ha detenido la invasión alemana 

(Dibujo de J. Simont, de la tlllustration» de París, según fotografía de M. Savage Landor) 



218 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




(Fot. Kol) 



XV 



El general Joffre 

La guerra reveló dos grandes personalidades des- 
conocidas. Una fué Alberto I; otra el general Joffre. 

El nombre de éste apenas había sonado fuera de 
los circuios militares. Al ponerse en movimiento el 
ejército francés, como una inmensa fuerza anónima, 
el mundo quiso conocer la inteligencia que lo guiaba, 
experimentando cierta estrañeza ante su apellido des- 
conocido. 

— ¿Quién es Joffre? — preguntaron las gentes, no 
sólo en el extranjero, sino en París. 

El general no había sido hombre político y huía de 
toda exhibición, llevando una existencia de aisla- 
miento, dedicada por completo al estudio. 

Los que le habían conocido de estudiante recorda- 
ban su juventud, seria y laboriosa. Era un muchacho 
silencioso y dulce. A los diez y siete años entraba por 
su excelente prepíiración como alumno de la Politéc- 
nica, hecho poco común en los anales de la Escuela. 
Su curso de preparación tuvo estudiantes notables 
que se preparaban para la mencionada Escuela y la 
de Saint-Cyr. Compañeros suyos fueron el general 
Picquart, soldado ilustradísimo que tanta fama adqui- 
rió en el proceso Dreyfus y luego como ministro de la 
Guerra; el general Soutzó, que habia de desempeñar 
largos años la cartera de la Guerra en Grecia, su pa- 



tria; el ingeniero Sulkosky, notable constructor de los 
extensos ferrocarriles de líusia, y el ingeniero Can- 
net, director de la fábrica de cañones del Creusot é 
inventor de las piezas de artillería que llevan su nom- 
bre. Un hispano-amerícano, el ingeniero de Jlontevi- 
deo don Felipe Victoria, fué también de esta promo- 
ción, guardando en su poder como recuerdos de la 
juventud dos fotografías de 1868 que representan al 
joven Joffre con todos sus compañeros, cuando vivía 
en la pensión Haraut de París. 

La guerra de 1870 sorprendió á Joffre en la Escue- 
la Politécnica, siendo habilitado, como sus camaradas 
de estudios, para tomar parte en atiuélla, con el grado 
de teniente. Al sobrevenir la paz figuró en la comi- 
sión de ingenieros militares encargada de organizar 
las nuevas defensas de París, y con arreglo á sus pla- 
nes fueron creadas las fortificaciones del sector de 
Enghien. 

Cuando el mariscal Mac-^lahón, presidente de la 
República, visitó dichas fortiíicaciones rodeado de su 
Estado Mayor, hizo llamar al teniente Joffre, silencio- 
so y modesto, y lo saludó con estas palabras: 
— Recibid mis felicitaciones, capitán. 

Capitán á los veintidós años y sobre el campo de 
sus trabajos, era un ascenso glorioso. 

Todos sus camaradas le apodaron desde los prime- 
ros años «Joffre el Taciturno», y con este nombre llegó 
á las primeras categorías del ejército. Habla poco. 
Sus palabras son lacónicas y precisas. Este meridio- 
nal, al revés de sus compatriotas, exuberantes de 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



219 



gestos y verbosidad, pródigos en vi- 
braciones exterioi'es, lleva una vida 
interior de recogimiento mental, de 
pensamiento concentrado. 

Después de su triunfo de Enghien 
lo enviaron á la frontera del Este, 
donde el gobierno francés aceleraba 
las defensas nacionales ante el peli- 
gro de una nueva invasión alemana. 
Joffre organizó las fortificaciones de 
Pontarlier. 

— Muy interesante mi trabajo — de- 
cía á sus amigos — . r^.Pero es que 
únicamente sirvo para hacer fortifi- 
caciones? Yo quiero mandar tropas. 
El ingeniero tardó mucho tiempo 
en ver realizados sus deseos de hombre de guerra. 

Después de Pontarlier lo enviaron al Tonkin para 
construir nuevas fortificaciones y hasta simples cuar- 
teles. 

Por fortuna estaba allí el almirante Courbet, jefe 
heroico que sabia conocer el mérito de sus hombres. 
El capitán Joffre llamó su atención desde los primeros 
meses, y arrancándolo á sus obscuras y poco gloriosas 
funciones de ingeniero colonial, le dio el mando de 
una columna, enviándole á ganar batallas. 

Joffre, espada en mano, figuró entre los jefes más 
avanzados y audaces, saliendo vencedor de todos los 
encuentros. Fué á Formosa con Courbet, y bajo el 
fuego del enemigo organizó la defensa de la isla. Luego 
lo enviaron á Madagascar, donde construyó las forti- 
ficaciones de Diego Suárez, que figuran como una ma- 
ravilla en su género. De alli partió para el Dahomey, 
donde hizo la guerra á las órdenes del coronel Bonnier. 
Este fué muerto en un encuentro, quedando deshechas 
sus fuerzas, pero Joffre, que mandaba la retaguardia, 
en vez de retroceder siguió su avance con un hábil 
movimiento, siendo el primero que penetró en Tom- 
boctú, «la ciudad del misterio», situada en el corazón 
de África. 

Después de esta brillante operación lo llamaron á 



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El gcnera\ Joffre (1). e\ general Soutzó, exministro griego de la Guerra (2), el ingeniero Vic- 
toria (3), el general Picquart (4i, el ingeniero Sulkosky (5) 



Francia, de donde no salió más. El coronel Joffre fué 
solicitado como profesor de la Escuela de Guerra, y 
sus lecciones alcanzaron gran celebridad entre los mi- 
litares. La juventud guerrera pasó por su clase escu- 
chándolo con silenciosa admiración. Todos los corone- 
les actuales han sido sus discípulos. Sucesivamente 
llegó á general de brigada, director de ingenieros, ge- 
neral de división, comandante de cuerpo de ejército, 
desarrollando en estos puestos su genio de estratega 
y de organizador. Hablando de sus enseñanzas como 
maestro, dijo de él hace dos años, cuando nadie espe- 
raba la guerra, el coronel Rousset, notable escritor 
militar: «Su mentalidad es la de Napoleón I; pero del 
Napoleón de la buena época.» 1^ 

Los militares franceses se habían acostumbrado á 
ver en este compañero silencioso y reflexivo el hom- 
bre destinado á dirigir los ejércitos de la nación en 
momentos difíciles. 

Por unanimidad lo designaron los miembros del 
Consejo Superior de la Guerra para jefe supremo ó 
generalísimo de todas las tropas de Francia. El gene- 
ral Pau, glorioso veterano, fué el que hizo la propo- 
sición, cediéndole el puesto al reconocer noblemente 
sus cualidades indiscutibles. 

Joffre no había dicho una palabra para obtener 
este honor supremo de soldado. Tampoco la dijo 
para rehusarlo. Ocupó el puesto, y en vez de se- 
guir estudiando y preparando en el retiro de su 
casa la defensa nacional, continuó sus trabajos en 
pleno Consejo. 

Un parlamentario francés, conocedor de Joffre 
desde su juventud, hizo una profecía en un viaje á 
Alemania. 

Era en 1911, en plena crisis de Agadir, cuando 



El general Joffre íl), el ingeniero urugua\o don Felipe Victoria '2, cl inge- 
niero Sulkosky. director íefe de los ferrocarriles rusos i3 , el general Pic- 
quart (4), el ingeniero Cannet, director de la fábrica de cañones del Creusot (5} 



parecía próxima ¡I estallar la guerra entre Francia 
y el Imperio germánico con motivo de la ocupación 
de ^Marruecos. 

Un grupo de parlamentarios franceses había 
admitido la invitación para visitar la Exposición 
de Dresde. Se celebró una comida de gala en honor 
de estos huéspedes, pero durante ella todos se man- 
tuvieron graves y circunspectos en vista de los su- 



220 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




VIST* DB RIVESALTES 

cesos, con una frialdiid protocolaria. A la hora del 
café se desataron las lenguas alemanas. Un personaje 
del pais, francófobo como toda la burguesía alemana, 
entabló conversación con el diputado francés, era- 
peñándose en demostrarle la seguridad que tenia 
Alemania de vencer á Francia en unas pocas se- 
manas. 

— Sé bien que el soldado francés vale por dos solda- 
dos alemanes — dijo el personaje germánico — . Si; lo 
reconozco. Pero vosotros no tenéis disciplina ni gene- 
rales. 

El francés, que liabia permanecido silencioso re- 
huyendo la conversación, fué caldeándose al oiresto. 

— ¡Nosotros no tenemos disciplina! — exclamó — . Es 
cierto; nosotros no tenemos vuestra disciplina. La 
hemos reemplazado con el amor de los oficiales por 
los soldados y de los soldados por los oficia- 
les, gracias al cual los oficiales harán pasar á 
los soldados, si es necesario, por el agujero de 
una aguja... ¡Nosotros no tenemos generales! Y 
vosotros ¿los tenéis? ¿En qué guerras han es- 
tado"? ¿Dónde han hecho sus pruebas? Su mérito 
está aún por ver, después de cuarenta años de 
paz. Son una incógnita, ni más ni menos que 
los nuestros. 

Calló un momento el diputado, y luego 
añadió: 

— Además, nosotros tenemos á .Toffre. 
El personaje alemán hizo un gesto de ex- 
trañeza. 

— ¿Joffre? Por primera vez oigo ese nombre. 
Era verdad. Una enorme mayoría de los 
franceses se encontraba en el mismo caso. 

— No importa — contestó el diputado — . Guar- 
dad el nombre de Joffre en la memoria. Algún 
día oiréis hablar de él. 



Joffre casi es español. 

Nació en Kivesaltes. población inmediata á 
Perpiñán, cerca de la frontera española. 



Rivesaltes es una pequeña ciudad del Ko- 
sellón (.Cataluña francesa -; un amontonamiento 
de casas en torno de una antigua torre sarra- 
cena, circundado de murallas que baña el to- 
rrentoso río llamado el Agley. Todos los veci- 
nos de Rivesaltes conocen al general Joffre y 
alaban su carácter y su corazón, diciendo en 
un catalán casi semejante al de la vecina 
España: «/J.v com lo vi del tieu endref, com lo 
moscat de Rivesaltex; fortalesa y parfum embo- 
iirafs de dolror.^ (Es como el vino de su pais, 
como el moscatel de Rivesaltes: fuerza y perfu- 
me envueltos en dulzura.) 

Su padre fué un tonelero que tuvo catorce 
hijos, y de ellos sólo quedan dos: un hermano 
de Joffre que es recaudador de contribuciones 
y una hermana que reside en Rivesaltes. 
Los vecinos del pueblo amigos de su familia 
recuerdan sonriendo la causa de que el estudioso 
Joffre sólo alcanzase el número 14 al ingresar en la 
Escuela Politécnica, no obstante ser el aspirante más 
fuerte en matemáticas. Nunca pudo aprender el ale- 
mán. Su clara inteligencia se resistió á tal estudio, 
hasta que años adelante, siendo general, dominó este 
idioma por un esfuerzo de voluntad. 

En sus viajes al pais natal, José Joffre, unas veces 
comandante, otras coronel, fraternizaba con los cora- 
pañeros de la niñez, gentes rústicas que escuchaban 
sus relatos en catalán describiéndoles las campañas 
en Asia y África. Otras veces toraalia asiento entre su 
padre y sus tíos á la puerta de la vieja casa, para jugar 
con ellos á «la raanilla», su diversión favorita. En el 
curso de una de estas partidas de naipes, el coronel 



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PARTIDA DK BAUTISMO DB JOFFRE 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



221 



Joffre aconsejó á su padre que abriese unas trincheras 
oblicuas en su campo de Rompas para facilitar el curso 
constante de las aguas é impedir las inundaciones de 
primavera. 

—Yo no sé de agricultura— dijo— , pero sé algo de 
trincheras. Es mi oficio. 

Joffre no podia adivinar en aquel momento toda 
la verdad de esta afirmación. 

Cuando volvió á Rivesaltes con las estrellas de 
general, sus amigos de la escuela se sintieron intimi- 
dados. ¡Un general! Ninguno osaba á tutearle, pero 
Joffre se ofendió por este respeto, y todos tuvieron 
que restablecer la antigua familiaridad. Á lo único que 
no se atreven sus convecinos, á pesar del tuteo y del 
trato franco, es á hacerle una recomendación en fa- 
vor de una persona. Su ceño se frunce inmediata- 
mente. Él ha hecho su carrera solo, desde su humilde 
nacimiento, sin influencias de familia ni de amistad, 
por su trabajo, su constancia y su energía. Que le 

imiten... Esto 
es lo que con- 
testa con bre- 
ves palabras. 

Los amigos 
recuerdan una 
aventura de su 
vida ocurrida 
en Rivesaltes, 
pocos años des- 
pués de la gue- 
rra de 1870. El 
capitán Joffre, 
en sus excur- 
siones por el 
país natiil, qui- 
so examinar de 
cerca las forti- 
ficaciones de 
Prat de Holló. 
Un centinela, 
viéndolo rubio 
y con cierto 
aire militar, lo tomó por un espía alemán y lo llevó 
prisionero al cuerpo de guardia. El futuro generalísi- 
mo se dejó conducir, y al comparecer ante el jefe de 
la guardia dijo en un catalán que nada tenia de tudes- 
co, mientras entreabría su paleto mostrando la blusa 
militar que llevaba debajo: «Son un alemany de Rive- 
saltes, que té tres galons sobre la matelote.' (Soy un ale- 
mán de Rivesaltes, que tiene tres galones en la blusa.) 
La pequeña ciudad del Rosellón admira á Joffre 
más aún que por sus méritos, por su sencillez de ca- 
rácter y su modestia. Es el grande hombre sencillo, 
calmoso y firme, que en el campo de batalla inspira á 
sus soldados una familiaridad afectuosa y respetuosa 
al mismo tiempo, que los impulsa á los mayores he- 
roísmos para poder decir después: 

— Hoy el abuelo está contento de nosotros. 




ALUMNO DE LA POLITÉCNICA (.17 AÑOSJ 




CASA BN IJIB NAUJll JOFFUE 

Ea Rivesaltes, como en toda aquella comarca, la 
verdadera lengua, la de la intimidad, la del trato fa- 
miliar, es la catalana. El francés sólo se usa como 
idioma de la escuela. 

El generalísimo .loffre habla el catalán lo mismo 
que el francés, y se sirve de él en sus conversaciones 
con los amigos de la infancia. Es, además, un verda- 
dero catalán 
por su carácter 
reposado, cal- 
culador y sere- 
no. Aun lo es 
más en su esti- 
lo. En sus car- 
tas y procla- 
mas dice lo que 
quiere decir; 
ni una palabra 
más. 

Gran aficio- 
nado á los estu 
dios literarios 
y sociales, ha 
vivido en ínti- 
ma confrater- 
nidad con los 
hombres más 
avanzados de 
la República. 
Uno de sus me- jp-fb db batallón bn 188'.) 

jores amigos es (Fots, de la Itlustration do París) 







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VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




KL GENERALÍSIMO Y MADAMH JOFl'RB 

Clemenceau. Los republicanos radicales y los socia- 
listas nada pueden temer de este general, aunque le 
sonría la suerte como á los grandes caudillos ambi- 
ciosos. En el caso de buscarle un ascendiente, habría 
que fijarse en Washington ó en lloche: de ningún 
modo en Napoleón. Es un soldado republicano que, 
terminada la guerra, volverá á su vida silenciosa de 
estudio. 

Fué una suerte para Francia que este hombre mo- 
desto permaneciese en la sombra, entre su familia y 
sus libros, hasta la hora en que resultó necesaria su 
aparición. Al intervenir antes en la política, siendo 
diputado, senador ó ministro de la Guerra, su presti- 
gio hubiese sufrido rudos golpes de los partidos reac- 
cionarios, como le ocurrió al general Picquart. y no 
habría podido ser aclamado como una esperanza por 
todos los franceses, unidos en el peligro y olvidados 
de sus antiguos odios. 

Joffre es un racionalista, un librepensador, y sus 
ideas sobre la evolución social no son monos avanza- 
das. Pero los conservadores han venido á saber esto 
en plena época de tolerancia, cuando todos los fran- 
ceses son hermanos y los periódicos de París publican 
que en el Consejo Supremo de Defensa el secretario 
de las federaciones socialistas de trabajadores y el 
arzobispo de París se estrechan la mano al empezar 
la sesión y se sientan juntos. 

Muchas damas realistas y devotas que admiran al 



generalísimo por su fría serenidad y su pericia de or- 
ganizador y estratega, llegan á decir en sus tertulias, 
como una e.xcusa: 

— .loffre es un sabio, y todos los sabios son algo in- 
crédulos. 

Esta tolerancia general, que anima y une á los 
fi'anceses, la sintetizó (iustavo Ilervé en un diálogo 
interesante. 

Iba á partir para la guerra un regimiento de vo- 
luntarios extranjeros, la mayor parte de ellos emi- 
grados políticos. Era en pleno invierno, y Hervé diri- 
gió al público un llamamiento elocuente para que 
hiciese donativos de mantas y ropas de abrigo desti- 
nadas á estos voluntarios que iban á arrostrar con un 
simple capote el frió de las trincheras. 

Veinticuatro horas después había que cargar en 
varios camiones los fardos de ropas amontonados en 
la redacción de La Guerra Social. 

Una señora anciana y aristocrática, vestida con 
sencillez, de las que sólo abandonan su viejo caserón 
para ir á la iglesia inmediata, visitó al revoluciona- 
rio, entregándole personalmente gran cantidad de 
prendas. 

— ¿Sabe usted á qué gente va á servir su regalo? 
— dijo Hervé conmovido por el patriótico apresura- 
miento de la dama y ganoso á la vez de asustarla con 
su espíritu paradójico y burlón — . Esos voluntarios son 
unos terribles pecadores. Los años de presidio á que 
están sentenciiidos en sus países suman muchos siglos. 
Algunos fueron condenados á muerte. Son nihilistas 
huidos de Rusia; revolucionarios catalanes de «la se- 
mana sangrienta», socialistas italianos condenados 
por los consejos de guerra; gentes sin Dios ni ley. 

Y la buena señora en vez de asustarse juntaba las 
manos y sonreía con arrobamiento. 

— ¡Qué valientes deben ser!— dijo — . Hombres de 
éstos necesitamos ahora. 

Así pensaron desde el principio de la guerra las 
clases más retrógradas. El peligro común produjo es- 
pontáneamente una tolerancia general nunca vista en 
la historia francesa. 

.loffre, que en otros tiempos, á pesar de sus méritos. 




LÁ CASA DBL OBNBRAL JOFFRE EN RIVBSALTES 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



223 



hubiese sido atacado por los 
compatriotas enemigos de sus 
ideas, obtuvo una confianza 
unánime, como jamás la cono- 
ció caudillo alguno. 

El general, por su parte, 
ha mostrado siempre en el 
ejercicio de sus funciones una 
noble imparcialidad, una ca- 
rencia absoluta de apasiona- 
miento. Para él sólo existen 
franceses y un solo partido: 
el de la defensa de la patria. 
Cuando ocurrió el fracaso de 
Charleroi y tuvo que declarar- 
se en retirada, no por defec- 
tos de su táctica, sino por ha- 
ber sido mal secundado por 
ciertos generales, castigó á 
éstos con una dureza silen- 
ciosa é inflexible. Todos ellos 

quedaron separados de sus puestos. Algunos eran 
amigos antiguos de .Joffre y gozaban de cierta signifi- 
cación política por sus ideas avanzadas. De nada les 
valieron estas afinidades con el generalísimo. Él úni- 
camente reconoce soldados buenos y malos, y los con- 
sidera según sus méritos. 





JOPPRB CON BL GENERAL FOCH 



LOS QHNBUALB» JOFFRB, CASTBLNAU Y PAU 

En cambio distinguió con una fraternal confianza 
á los generales Pau y Castelnau, que son de lo más 
opuesto á él en punto á ideas políticas y religiosas. 
Pau es un viejo creyente, y Castelnau un devoto que 
casi llega al fanatismo. Siempre que este último des- 
cansa unos días en algún lugar donde hay iglesia, 
aprovecha la ocasión para cuidarse de sus negocios 
espirituales, confesando y comulgando. Pero los dos 
son valerosos soldados y hábiles tácticos que secun- 
dan fielmente sus planes, y esto basta para que .Joffre 
sienta por ellos un afectuoso compañerismo, dejando 
á un lado las diferencias de criterio que pueden sepa- 
rarlos en la vida civil. 

Otra gran figura militar que se desarrolló al lado 
de Joffre como admirable segundo fué el general Foch, 
uno de los obreros de la victoria del Marne y el 
principal sostenedor del gran choque de la batalla de 
Flandes. Es un soldado modesto y sabio como su jefe, 
y lo mismo que él, casi desconocido al iniciarse la 
guerra. Antes del mes de Agosto todo lo que se sabia 
de él era que había escrito un iutei'esante libro téc- 
nico, titulado El combate, y que gozaba de gran auto- 
ridad entre los militares del Estado Mayor por sus con- 
diciones de táctico. 

En torno de Joffre, maestro lacónico y clarividen- 
te, se formó antes de la guerra una verdadera escuela 
de militares, relativamente jóvenes, que trabajaron 
en silencio por su patria, como una comunidad de 
ascetas. Gran parte de ellos formaron el Estado Mayor 
que le siguió luego en sus operaciones. 

Estos discípulos escucharon con un fervor religioso 
las enseñanzas del grande hombre. 

«Para estar prontos — decía Joffre — hay que orien- 
tar por adelantado, con tenacidad y método, todos los 
recursos del país, toda la inteligencia de sus hijos, 
toda su energía moral, hacia un fin único: la victoria. 
Es preciso haberlo organizado todo y previsto todo. 



224 



VICENTE BLASCO IBANEZ 



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SIGtlBNDO LAS OPERACIONES 



plaza. .loffre tuvo que esperar su hora favorable, vi- 
fíilando al enemigo fuertemente atrincherado, apro- 
vechando sus descuidos, atisbándolo con su cara sere- 
na y sus ojos azules no desprovistos de malicia, de- 
trás de los cuales vibra la expresión del que prepara 
un buen golpe. 

Este gran silencioso ha sido orador literario en al- 
gunos momentos. Sus compatriotas del Sur le nombra- 
ron «mantenedor» hace algunos años de unos Juegos 
Florales, la gran fiesta tradicional del pais. Y Joffre 
pronunció un discurso en catalán. Además, según 
cuentan sus antiguos amigos, el generalisimo escribió 
versos cuando era mucliacho. 

Su apellido es común en Cataluña y Valencia. Al 
afrancesarse se ha inodiíicado con una doble efe, y 
equivale en catalán al nombre castellano de Vifredo. 

El padre .lofre, un fraile de la Edad Media, adqui- 
rió universal renombre por su ardiente caridad y la 
fundación que hizo en Valencia de la primera casa de 
recogimiento para enfermos mentales. 



Uno de los mayores méritos del general .loffre fué 
prever con varios años de anticipación la guerra tal 
como se produjo después; guerra larguísima, sobre 
frentes inmensos, en la cual la paciencia iba á valer 
más que la audacia y el arrebato heroico menos que 
el cálculo reposado y frío. 



Una vez empezadas las hostilidades, ninguna iniprovi 
sación puede valer. Lo que falte entonces faltará 
definitivamente, y la menor carencia puede causar 
un desastre.» 

Este era el general prudente, el «Preparador», el 
guerrero cuerdo y reflexivo, comparado por muchos 
con el cónsul romano Fabio, sagaz y frío, rival de 
Anibal, que empleó la paciencia y la calma como ar- 
mas seguras para acabar con éste. 

Pero Joffre, después de tal lección, daba otra sobre 
el mismo campo de batalla del Marne, concebida en 
los siguientes términos: 

«En el momento que se entabla una batalla de la 
que depende la suerte del pais, es importante que 
todos sepan que ya no es tiempo de mirar atrás. 
Todos los esfuerzos deben ser empleados en el ata- 
que... Una tropa que no pueda avanzar deberá, cues- 
te lo que cueste, permanecer sobre el terreno conquis- 
tado, guardándolo, y se dejar;i matar en su sitio antes 
que retroceder.» 

— Ese es el verdadero Joffre — dijeron los que le co- 
nocían bien, por haber sido sus antiguos compañeros 
de armas. 

Una guerra distinta á todas las guerras conocidas 
le obligó á retroceder al principio, pero «para saltar 
con mayor impulso contra el enemigo». Luego la gue- 
rra fué de trincheras, una guerra de topos que repitió 
en pleno campo los mismos incidentes del sitio de una 







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UN OENURAL COMUNICÁNDOLE NOTJCIAS 

(Fots, Meurisse) 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA ÜE 1914 



225 



Eq sus explicaciones de maestro, dijo rauclias ve- 
ces: 

— No son los generales en jefe los que ganarán en 
adelante las batallas. Son los coroneles y tal vez los 
capitanes. Los combates van á desarrollarse en un 
frente de 400 ó 600 kilómetros, y en tan enorme ex- 
tensión la voluntad de un solo hombre ejerce poca in- 
fluencia... No puede adoptar las combinaciones rápi- 
das inspiradas por el momento, ni valerse de astucias 
aconsejadas por las circunstancias... El papel del ge- 
neral en jefe habrá casi terminado desde el momento 
que conduzca las tropas á un punto y sitúe en linea 
de batalla todos los ejér- 
citos que deben tomar 
parte en ella. El papel 
de los coroneles y de los 
capitanes empezará tan 
pronto como se hayan 
hecho los primeros dis- 
paros. Ellos decidirán la 
suerte de la lucha. Las 
tropas vencedoras serán 
aquellas que puedan sos 
tenerse más tiempo, que 
tengan más constancia, 
más energía y sientan 
mayor fe en el éxito 
final. 

Esto lo repetía .loffre 
cuando algún personaje 
extranjero iba á visitar- 
le en su gabinete de tra- 
bajo del Consejo Supe- 
rior de Guerra, estable- 
cido en el palacio de los 
Inválidos. Un periodista 
que le visitó en este re- 
tiro de estratega estu- 
dioso, dijo asi al recor- 
dar su entrevista: «Veo aún en la penumbra del ga- 
binete al hombre, con su mirada azul y límpida; oigo 
todavía su voz lenta y de tono grave. Nunca mirada 
alguna leyó con tanta claridad en el porvenir; jamás 
ninguna voz formuló una profecía que alcanzase tan 
exacta realización.» 

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Un escritor combatiente en la guerra, al describir 
á este jefe estudioso, grave y sencillo, dice así: 

«Nuestro país, que se enorgullece de haber tenido 
los más grandes capitanes de la Historia, no tuvo nunca 
figura más pura que la de Joffre. Á propósito de él se 
ha evocado la imagen de Fabio, al cual los legiona- 
rios romanos dieron el sobrenombre de Cuntactor «el 
contemporizador». Pero Joffre es más y mejor que 
Fabio. Ciertamente que por su simplicidad y su mo- 
destia recuerda á los primeros jefes de Roma, cuando 
la República brillaba con su esplendor más austero y 
radiante. Pero tiene además todas las cualidades es- 



peciales de nuestra raza; una magnifica potencia de 
trabajo, un buen sentido inalterable y un gusto pro- 
fundo por la economía, que le hace ser avaro de la 
sangre de sus hombres. Posee igualmente la claridad 
del espíritu francés, la bondad de la vida francesa y la 
fe del alma francesa en los destinos de su país. Tiene, 
en una palabra, todo lo que hay de bueno y de supe- 
rior en la inteligencia y en el pensamiento de nuestro 
pueblo. Y por esto nosotros, que somos sus subordina- 
dos, sus combatientes, le hemos dado otro epíteto que 
resume mejor los méritos de su persona, llamándolo 
«nuestro .Joffre». Resulta «nuestro» porque está con 




EN CAMPAÑA, MIRANDO CON BL GENERAL CASTBLNAU EL PAISG DE UN AEROPLANO 

(Fot. Rol) 



nosotros, vive cerca de nosotros y es lo que todos 
nosotros queremos que sea... 

»No vayáis á creer que ha ganado el cariño de sus 
hombres porque nos consiente y nos tolera todo. Los 
corazones de los soldados como los taludes de las trin- 
cheras, no se conquistan transigiendo y cediendo. 
No; él no nos consiente nada ni nos pasa nada. Rudo 
con él mismo, tiene derecho á mostrarse rudo con los 
demás. La disciplina no ha tenido nunca guardián 
más intratable. 

>Un ejemplo... Nosotros no somos como los enemi- 
gos de enfrente, saqueadores de castillos y destroza- 
dores de cadáveres. Sentimos respeto por los muertos 
que hemos tendido á nuestros pies. Igualmente respe- 
taremos las propiedades alemanas el día cercano en 
que vayamos á visitarlas. No haremos rodar tras de 
nosotros filas de carretas para llevarnos la ropa blan- 
ca de los burgueses de Munich ó la vajilla de las 
casas de Dusseldorf. Sin embargo, cuando al llegar la 



226 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



noche, después de una ruda batalla, nos inclinábamos 
sobre el terreno del combate, había una cosa, una 
sola, que nos impulsaba á encorvarnos para recoger- 
la. Los cascos en punta tentaban nuestro deseo, vien- 
do en ellos un emblema del enemigo, de su brutalidad 
y su barbarie, que podíamos llevarnos como testimo- 
nio de victoria. 

»Jolfre lo supo, é inmediatamente lanzó una prohi- 
bición absoluta, conce- 
bida en términos de la 
más extremada severi- 
dad, y afeando además 
nuestra conducta. Todos 
los soldados dijeron lo 
mismo: «Está bien; pues- 
to que Jof fre nos lo prohi- 
be, indudablemente co- 
metíamos una acción in- 
noble.» Ahora los fran- 
ceses pasan junto á los 
cascos en punta, espar- 
cidos en caminos y fosos, 
sin mirarlos siquiera. 

«Otro ejemplo... Es un 
poco más difícil de ex- 
plicar. Pero no impor- 
ta. Vosotros compren- 
deréis... Cuando se ha 
vivido en las trincheras 
días y días, cuando se 
ha cumplido el rudo tra- 
bajo noches y noches, 
cuando se ha luchado 
bien, se ha velado, se ha 
marchado incesante- 
mente y se ha removido 
la tierra chira y helada, 
se sueña con las perso- 
nas que amamos, las 
cuales viven en la casa 
como abandonadas, llo- 
rando y acordándose de 
nosotros. Se piensa en 
lo dulce que sería sentir 
en torno del cuello los 
brazos de la mujer que 
se dejó para ir á la gue- 
rra. Entonces se aprovecha el rápido pasaje por un 
pueblo donde hay una pequeña administración de co- 
rreos, se telegrafía, se escribe y se hace venir por 
una hora la esposa ó la amiga fiel, cuyo beso se con- 
serva cálido en el corazón durante semanas enteras. 
Nosotros podemos ser héroes, ¡conformes! pero nadie 
de nosotros aspira á la santidad del asceta. 

»Esto tampoco lo admite .loffre. Él nos aprecia 
mucho, pero no aprecia á nuestras mujeres, y nos ha 
hecho saber que nos castigará con el mayor rigor si 
buscamos la compañía de ellas. Á pesar de esta du- 







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reza, todos reconocemos que ha hecho muy bien. En 
el fondo de nuestra alma nos confesamos que tiene 
razón. Hay que golpear fuerte á la horda invasora. 
Por ahora sólo debemos pensar en la fuerza de nues- 
tro brazo. Más adelante podremos ocuparnos del co- 
razón. 

»;.Qué más os diré de él? ;.Quo sus órdenes y sus 
decisiones son modelos de claridad, de laconismo j' 

de elocuencia? Lo carac- 
terístico en las órdenes 
de Joffre es que, cuando 
se leen, todos sienten de- 
seos de gritar como ante 
una verdad súbitamente 
reconocida: «¡Cómotiene 
razón en todo lo que 
dice! . . . » Están todasellas 
tan impregnadas de buen 
sentido, que nadie sien- 
te el menor intento de 
discutirlas. Además se 
encuentra en ellas un 
deseo constante de aho- 
rrar nuestras vidas, de 
economizar nuestra car- 
ne, de desviar de nos- 
otros las balas enemi- 
gas. Prohibió los galo- 
nes y los números metá- 
licos en los kepis; des- 
pués le preocuparon los 
botones de cobre de los 
uniformes, que le pare- 
cían demasiado brillan- 
tes y vistosos, y los hizo 
frotar con acetato deplo- 
mo para ennegrecerlos. 
Un soldado rudo decía 
del general: 

» — Acabará por con- 
feccionarnos una peque- 
ña niebla, individual y 
envolvente, para que re- 
sultemos invisibles por 
completo. 

»La gente ríe, pero se 
siente emocionada por 
estas precauciones del jefe. Hacia él se remonta la 
adhesión total, absoluta, de la masa de hombres más 
formidable que jamás ha armado Francia. ¡Más tarde, 
cuando nos habrá conducido al «éxito final», el go- 
bierno y el l'arlamento podrán acordarle todas las 
recompensas oportunas; hasta la de Mariscal de Fran- 
cia, que hace cuarenta y cuatro años está abolida. 
Pero para nosotros será siempre el hombre que segui- 
mos ciegamente, el hombre que amamos filialmente, 
el que llamamos nuestro Joffre.* 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



227 



El generalísimo francés es una especie de gigante 
Atlas sobre cuyas espaldas robustas descansa el peso 
de toda la nación. Caudillo de una democracia, su 
responsabilidad es mucho más grande que la de los 
generales alemanes. Éstos, con ganarse el afecto de 
su emperador, no necesitan de otros apoyos. Joffre 
debe corresponder á la confianza de todo un pueblo. 
Los enemigos pueden intentar locuras, derrochar 
vidas, extermi- 
nar en una ma- 
niobra audaz 
centenares de 
miles de hom- 
bres. Su pais, so- 
metido á la tira- 
nía militarista, 
no sabe nunca 
la verdad, y si 
la sabe se queja 
en silencio, sin 
atreverse á ha- 
cer pública su 
protesta. El ge- 
neral republica- 
no no sólo piensa 
en la victoria, 
sino que procura 
obtenerla con 
una gran econo- 
mía de vidas, 
para que su país, 
democrático y li- 
bre, sienta el sa- 
crificio lo menos 
posible. 

Cuando se 
piensa en esto, 
se ve más gran- 
de la figura de 
Joffre. 

El notable es- 
critor Henri I^a- 
vedan dijo del 
generalísimo 
francés: 

«Lo he visto 
solamente en dos 

rápidas entrevistas, que aun hice yo más cortas ga- 
noso de economizar el sagrado tiempo á este trabaja- 
dor, que es un Creso de la reflexión, para el cual un 
minuto representa el «comprimido» de una hora. Fué 
pocos meses antes de la guerra y he guardado un re- 
cuerdo que no olvidaré. Esta hermosa, prudente y 
grave figura, resultó con arreglo al retrato mental 
que yo me había imaginado mucho antes. 

»Es grande, robusto, sólido, ancho de espaldas, y 
acoge al visitante con una calma y una frialdad pací- 
fica que imponen instintivamente el respeto. Cuando 




BL generalísimo 



el general aparece en una puerta, vestido simplemen- 
te de paisano, nada más que con su reflexivo silencio, 
con la expresión abroquelada de su mutismo, con la 
inexpresión voluntaria de su mirada, antes de que 
abra la boca y precise la acogida de sus ojos de un 
azul pálido — abiertos y luminosos de franqueza, pero 
que se cierran interiormente para no dejar escapar 
nada de lo que han visto... — , en todos estos signos 

especiales se 
adivina la pre- 
sencia de una 
gran fuerza acu- 
mulada. Joffre 
parece exhalar 
en torno de él la 
superioridad de 
una gran prepa- 
ración. Y es dig- 
no de mencio- 
narse cómo se 
comunica la con- 
fianza y seguri- 
dad que da este 
hombre poco co- 
municativo y de 
voz algo apaga- 
da, breve, pen- 
sativa y dulce. 
Se adivina al es- 
cucharle su de- 
seo de hablar lo 
menos posible y 
con la menor 
cantidad de vo- 
cablos. La pala- 
bra no es su ejer- 
cicio. Se sirve 
de ella como con 
pena, con la so- 
briedad de una 
concesión. Pare- 
ce es timar lamuy 
poco y abomina 
de la verbosidad 
y de los elogios 
orales. Jamás 
persona alguna 
se ha escuchado menos al hablar. En cambio, ¡cómo 
escucha á los otros! ¡Cómo los mira mientras hablan! 
Á pesar de su aspecto atentivo, se adivina en él un 
perpetuo trabajo de pensamiento, siguiendo con la 
imaginación lejanos caminos, rumiando combinacio- 
nes, atacando problemas, alineando columnas de hom- 
bres y de cifras, cautivado por necesidades profundas 
que le obligan al silencio. Y de aquí ese hermoso y 
rígido sobrenombre de «el Taciturno», que tiene el 
valor histórico de un titulo de nobleza. Hasta ahora 
Joffre pasó su vida callándose. 



228 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




JOFFRB EN SU MBSA DB TRAÜAJU 

«Mientras nosotros charlábamos, crédulos y lige- 
ros, mientras seguíamos los impulsos de nuestras ne- 
cesidades interesadas ó de nuestros placeres y nos 
debilitábamos en querellas y luchas fratricidas, él, que 
ha sido el Preparador, no decia palabra y trabajaba en 
la penumbra santa y gris del estudio, inaccesible, ira- 
penetrable, mudo, sin que nadie pudiese saber cierta- 
mente dónde se escondía la reclusión voluntaria de 
este benedictino de los ejércitos, modesto é incompa- 
rable servidor de Francia. Más allá de los técnicos y 
del personal competente de la gran máquina de gue- 
rra que él dirige, más allá de sus allegados inmedia- 
tos y profesionales— los únicos que podían juzgarla 
capital importancia de los servicios que estaba pres- 
tando — , el general, á pesar de su alta situación y de 
su carrera brillante, no era célebre con arreglo á sus 
méritos. Enclaustrado como en un Vaticano en los 
deberes austeros de una existencia casi monástica, se 
le había visto muy poco en las grandes fiestas de Pa- 
rís, en las ceremonias oficiales y en las grandes para- 
das donde exhiben los jefes sus uniformes vistosos. La 
muchedumbre, que se entusiasma fácilmente con un 
general feliz y de rostro satisfecho, apenas si había 
prestado atención á este estratega oculto. Su nombre 
simple, claro y poco refractario á la memoria, no fué 
conocido de pronto, con una popularidad fulgurante. 
Sin embargo, tampoco era ignorado por completo. En 
los años anteriores á la guerra, este nombre empezó 
á circular como un magnifico rumor. Lentamente al 
principio y luego con rapidez, se amasó, se propagó, 
y contribuyó aun más á agrandarlo el manifiesto deseo 
de mantenerle lejos de toda popularidad ruidosa que 
mostraba el mismo interesado. En toda la sociedad 



francesa, arriba y aba- 
jo, se supo que había en 
alguna parte, en un rin- 
cón misterioso y bien 
guardado, xin hombre 
que trabajaba, un hom- 
bre que estaba reali- 
zando una obra indis- 
pensable, gigantesca, 
nacional, y que este 
hombre era precisa- 
inenteel que en «caso de 
guerra», ó sea muy tar- 
de... dentro de años... 
tal vez nunca. .. tendría 
el mando supremo de 
nuestrosejércítos, sería 
el generalísimo. Esto 
era todo lo que se sa- 
bia, pero resultaba su- 
ficiente para diseñar el 
principio de una her- 
mosa aureola. Por esto 
cuando en una noche 
de verano, de golpe, 
sin preparación alguna, la guerra estalló en el mundo, 
.loffre fué popular, viéndose investido, en un impulso 



(Fot Meurisse) 




DE) ORAN UNIFOR.MB 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DR 1914 



229 



espontáneo, de la con- 
fianza y el amor de to- 
dos los franceses. 

«Luego, con una su- 
premacía espléndida de 
agilidad y de firmeza, 
y en unas condiciones 
que no se habían pre- 
sentado nunca desde 
que los hombres em- 
pezaron á batirse en la 
tierra, Joffre hace tren- 
te al enemigo, desga- 
rrándolo, desmenuzán- 
dolo, royéndolo, ce- 
diéndole el paso única- 
mente en retiradas pa 
sajeras para hacerlo re- 
troceder después en 
desorden y conducirlo 
allí donde cree que es 
el mejor terreno para 
alcanzar verdaderas 
ventajas. Nadie duda 
de él. Su inmutable 

serenidad se comunica al país. Todos creen con in- 
destructible fe en el esfuerzo de bronce de este cau- 




BN BL FRENTE 




CON UNO DE LOS GENERALES EN LA LINEA DB FUEGO 

(Fots. Meurisse) 



dillo, que hará á su hora lo que sea necesario sin 
oscilaciones y sin límites. 

»Hay que representárselo tal como es y tal como 
ha sido, palideciendo durante años sobre las mesas de 
trabajo, ennegreciendo por centenares y por miles los 
papeles de cálculo, poseyendo como nadie la topogra- 
fía de Francia y Alemania, conociendo á fondo la ana- 
tomía de los eternos campos de batalla, como un mé- 
dico para el cual el organismo humano no tiene secre- 
tos, habiendo alcanzado la ciencia del jugador de 
ajedrez que al sentarse ante el tablero sabe indiscu- 
tiblemente que ha de ganar la partida. El solitario de 
existencia aislada y labor prodigiosa es ahora el ge- 
neralísimo de vida múltiple, hirviente y épica, sin 
abandonar por esto los rigores de la regla y el méto- 
do, ni lanzarse á las aventuras impulsivas de la auda- 
cia, pues en todos los momentos conserva la sangre 
fría y es dueño de sus actos. Su ubicuidad confunde 
al observador. Aparece en los sitios más diversos. 
Aquí monta en un caballo fuerte y enorme como lo 
hubiese necesitado üu Guesclin, y reconoce las posi- 
ciones del enemigo, llegando entre las balas hasta los 
límites de un bosque. Más allá, en una habitación ce- 
rrada, le rodean sus oficiales respetuosos y de pie, 
mientras él se inclina sobre el mapa, al eco de los ca- 
ñonazos, con el teléfono en una oreja... A la cuarta 
velocidad de su auto sale y desaparece en el horizon- 
te de un camino, conquistado ayer por orden suya, y 
á los dos lados de la ruta los muertos, que aun están 
sobre tierra, parecen presentarle las armas que toda- 
vía no han soltado. Otras veces atraviesa una sala de 
ambulancia, dirigiendo al paso á los mutilados irreme- 
diables una de esas palabras simples y tonificantes 



230 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




B\ UNA ESCUELA DONDB HA ESTABLBCIDO Si: DESPACHO UB CAMPANA 



que caen sobre su fiebre con la frescura de una cruz 
sobre una herida... (» sueña sentado en cualquiera 
granja abandonada y de vidrios rotos, rodeado de 
gallinas que corretean entre sus piernas, ó de un perro 
perdido que husmea sus botas. Ó salta á un tren y 
va de un punto de Francia á otro, salvando en poco 
tiempo distancias de centenares de kilómetros. O se 
presenta en Paris nada más que por una hora, y 
vuelve á partir iiacia el frente de batalla, que es para 
él un imán. 

«Pensad en el empleo vertiginoso de sus días, en 
su despertar, en su trabajo, en la tensión de su cere- 
bro, en sus energías nerviosas, domadas y concentra- 
das en un solo fin, en la Rama de su voluntad igual é 
inextinguible; pensad en lo que es para él el breve 
sueño ocupado y cortado, durante el cual se opera la 
cristalización del ataque y se precisa el sentido del 
«movimiento». Hay que preguntarse de qué argama- 
sa, de qué inalterable cemento armado está hecha su 
idea y su firme resolución: sobre qué plataforma debe 
reposar la artillería gruesa de la confian/a que arras- 
tra á todas partes con él, sea cual sea el camino, y 
que nunca tiene que desengancharse ni se queda 
atrás. Para conseguir sus fines necesita abstraerse de 
todo lo que no tiene relación con ellos. Jamás mira las 
cosas de abajo, ni siquiera las que están al lado. Para 
ser vencedor se cubre con una coraza de indiferencia, 
y no ve ni oye lo que podría estorbar la marcha ó las 
evoluciones del gran proyecto. Por esto se muestra 
ajeno en apariencia á las emociones que llenan de 
tristeza y de horror á otros hombres, hasta los más 
duros. Se muestra insensible á las ciudades que se de- 
rrumban, á las catedrales que se inflaman, á los crí- 
menes y los incendios, á todo lo que subleva la vista, 
martiriza el alma y desconcierta á la razón. Por enci- 
ma de la terrible nube roja, sus ojos siguen la estrella 
que se inclina ya hacia las fronteras del porvenir, 



como un pequeño alfiler-bandera clavado en la 
carta celeste del mañana. 

«Solamente un hombre que posee esta alma 
serena y sublime para el cumplimiento del de- 
ber, puede lanzar sin miedo á ser desobedecido, 
con una autoridad pura y tranquila, las pala- 
bras definitivas que dijo .loffre la víspera de la 
batalla del Marne: Hoy hay que hacerse matar 
cada uno en su sitio, antes que retroceder un 
paso. La salvación de Francia depende de esto. • 



Durante la guerra, .loffre ha ido de un punto 
á otro de la extensa linea de batalla, desplazan- 
do su cuartel general según las necesidades tác- 
ticas. Siempre fué un misterio el lugar de su 
residencia. En vano los aviadores enemigos se 
esforzaron por encontrar el alojamiento del ge- 
neral con el propósito de arrojar sobre él sus 
bombas. Nadie sabia dónde estaba el caudillo, 
pero desde su retiro lo veía todo, lo dirigía todo, 

y se presentaba repentinamente alli donde resultaba 

necesaria su presencia. 



r 



lirofi-ision .1 I cX-V-O-Cx^j^ - 
iiiiliUUri- cJfViUí 



ÍJtir~sur-.\ubr, If 



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BOLETA DK ALOJAMIENTO DEL IIBNERALISIMO 



Su retiro nada tenia de misterioso, .loffre, con los 
ciento cincuenta oficiales técnicos que forman su Es- 
tado Mayor, se instalaba en cualquier puel)lo inme- 
diato á las líneas de combate. Este gran estudioso, al 
escoger su alojamiento en una población, siente pre- 
ferencia por la escuela. Los edificios escolares de las 
provincias invadidas sirvieron para las oficinas mó- 
viles del cuartel general. Los oficiales de ingenieros, 
de artillería, de administración, instalaban con rapi- 
dez en las aulas sus mesas portátiles, sus legajos, sus 
mapas, ocupando los bancos y pupitres de los mucha- 
chos, .loffre se reservaba la pieza más grande, á la 
que venían á terminar, formando apretado cable, los 
mil hilos telefónicos y telegráficos que ponen en comu- 
nicación con el cerebro directivo kis trincheras, las ba- 
terías y las poblaciones de un frente de 6CX) kilómetros. 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



351 



El generalísimo, paseándose por la pieza 
adornada con abecedarios y mapas elementa- 
les ó sentándose en el sillón del maestro, dirige 
las batallas más grandes y extensas que ha 
conocido la Historia. 

Hay que darse cuenta de la enormidad de 
la obra que pesa sobre este hombre silencioso 
y tranquilo. Millones de hombres que se bus- 
can, chocan y vuelven á hundirse en el suelo; 
liatallas entabladas en una línea de leguas y 
leguas que hay que seguir hora por hora sin 
perder un solo incidente de los mil que surgen 
en toda su extensión: reforzar los puntos débi- 
les, desguarnecer los que cuentan con un con- 
tingente superfluo, escojer el momento para 
el empujón decisivo del avance. Y junto con 
estas exigencias tácticas, preocuparse del avi- 
tuallamiento de municiones y víveres para un 
ejército inmenso, dirigir la marcha de los con- 
voyes, reforzar las concentraciones de artillería. Una 
fiebre silenciosa y creadora reina en la escuela de 
sol á sol, y se prolonga en las horas de la noche, 
sin descanso, sin debilidades, uniforme y tenaz. Y el 
cerebro director, el generalísimo que todos los días 
repite la misma obra, no parece sufrir el menor 
cansancio. Los oficiales se anonadan con el trabajo, 
sienten agotarse sus fuerzas; el general los envía en 
misión á París, á Burdeos, al frente, para que las 
rudas sensaciones del viaje restauren sus fuerzas y 
tonifiquen sus nervios. Él continúa impasible y tran- 
quilo, como si la fatiga no pudiese morder en su exulce- 
rante robustez de «viñador catalán», como le llama 
el novelista Rene Maizeroy. 

Su trabajo metódico está sostenido por una exce- 
lente higiene moral y corporal. De píe con el alba, 
empieza su labor á las seis de la mañana y no cesa 
de trabajar hasta las diez de la noche. Á esta hora se 
acuesta y duerme, aunque á pocos kilómetros se esté 
desarrollando una gran batalla. 

— El gran Conde — dice uno de sus colaborado- 
res — no durmió en la víspera de Rocroy con más 





EL GEXERAL JOFFRE E^ I.OS VOSlídS 
Á lo lelos, entre la bruma, desfila un batallón de cazadores alpinos 



rx ALOJAMIENTO DE JOFERB 

Finca en que se aloió el generalísimo días antes de la batalla del Mame. En esta 
misma casa se hospedó en 18U el emperador Federico Guillermo 111 



tranquilidad que duerme .loffre todas las noches. 
Esta gran fuerza indomable, equilibrada y disci- 
plinada, se mantiene firme y vibrante por la facili- 
dad con que encuentra su descanso. 

— Lo que conserva intacto á nuestro Joffre — ha 
dicho un coronel de su Estado Mayor — es que puede 
dormir como un niño, no importa en dónde ni en qué 
momento, allí donde tiene unos minutos libre de ocu- 
paciones, donde se desarrolla la pausa de un entreac- 
to, en la tarde, en la noche... Inútil es decir que los 
que vamos con él nos esforzamos por mantener la 
tranquilidad de este sueño corto, cuidando de que un 
rugido de auto ó un toque de cornetas no le despierte. . . 
Y todas las noches, á las nueve aproximadamente, se 
acuesta, con el sueño de plomo de un obrero que ha 
pasado sus diez y ocho horas al lado de la máquina... 
¡El kaiser pagaría lo que le pidiesen por dormir como 
duerme .Joffre!... 

Un chauffeur parisién de los que prestan servicio 
en los automóviles del ejército, describió de este modo 
al generalísimo, hablando con unos soldados que no 
le habían visto nunca: 

— Camaradas: os lo voy á señalar en dos 
golpes, y lo reconoceréis en seguida. Es 
redondo como una manzana, fresco como 
una rosa y con unos cilindros que nunca 
se interrumpen. 



Un redactor de L' Uluíitration lo visitó 
en su cuartel general, establecido momen- 
táneamente en la escuela de Romilly. 

«Una docena de autos que se renuevan 
incesantemente forman fila ante el edificio. 
Al final de esta hilera una gran limusina 
ostentando un estandarte tricolor atado 
ion una cinta bla^nca de franjas dora- 
das. Es el vehículo especial del genera- 
lísimo.» 



232 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



En las dependencias del piso bajo están las diver- 
sas oficinas, y frente á cada puerta, al pie de las esca- 
leras, en los corredores, los gendarmes que escoltan el 
cuartel general y cumplen su consigna de mantenerlo 
aislado. Bajo su protección, que aleja á los importu- 
nos y cierra el paso á los curiosos, los ciento cincuen- 
ta oficiales que trabajan á las órdenes de .loffre cola- 
boran en su obra. 

«Por gi-andes divisiones fijadas en tiempos de paz, 
y con iguíil método que en el más silencioso rainiste- 



de centenares de kilómetros. Y nada indica este pro- 
digioso movimiento, aparte del vaivén regular de los 
edecanes que parten para el frente ó para Burdeos y 
París, llevando el pensamiento del (.-omandante en 
jefe... Se contempla con aire pensativo todos los hili- 
llos de cobre, lazos de unión misteriosos que de todas 
partes convergen á esta escuela: lincas tendidas de 
telégrafo y teléfono. El destino de las patrias, con su 
consumo sangriento de vidas humanas, las poblacio- 
nes rojas por el incendio, el tronar de los cañones, el 




JOFKRB DANDO INSTRUOCIONBS A UN GBNBRAL 



(Fot. Meurisse) 



rio, se prosiguen las operaciones de tiempos de gue- 
rra. Las oficinas de organización, de informes, de 
operaciones militares, de ferrocarriles y de comunica- 
ciones, tienen cada una su colmena marcada. Ningu- 
na confusión; antes al contrario, un orden y una con- 
tinuidad en el orden que dan la impresión de una 
fuerza segura de ella misma. Los rostros respiran 
energía, buen humor y esa especie de serenidad que 
es el signo de la confianza en si propio y de la seguri- 
dad en el porvenir. 

«Nadie hubiese supuesto nunca que á esta tranqui- 
la escuela llegaría condensado el inmenso rumor, el 
tumulto del gigantesco combate sobre la tierra de Bél- 
gica y la tierra de Francia. Millones de hombres se 
entrechocan; cuatro naciones se pelean en un campo 



crepitamiento de la fusilería, la guerra en una pala- 
bra, la resumen estos hilos en cifras abstractas, en 
sílabas desnudas de sonido y de color, en fórmulas sin 
emoción. Y únicamente puede ser asi. ¿Si tantos miles 
de noticias llegasen á un tiempo con la emoción dra- 
mática de una terrible realidad, qué cerebro, por sóli- 
do que fuese, podría resistirlas?» 

El generalísimo está arriba en el salón principal 
de la escuela, una pieza con tres ventanas (jue dan al 
patio. El piso es de madera blanca, las paredes están 
pintadas con cal y conservan aún muchos de sus ador- 
nos escolares. Todo el mueblaje consiste en un inmenso 
tablero montado sobre cabelletes y cubierto de mapas 
y papeles, varias sillas de paja, numerosas tablas que 
sirven de biblioteca, y en las que se amontonan más 






JÍI'WÍF 



TRÁGICO EPISODIO DE H 




Dibujo de M R. Cslon Woodvlllc, de <The lllusiralcd London News» 



La infantería francesa y la guardia prusiana luchando por la poas 

quedando al fin en p 



BATALLA DEL MARNE 




ion del castillo de Mondement, cuatro veces tomado y perdido, 
er de los franceses 



-o'ft IV 



r,;i^í>l 



v^ 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



233 



papeles y mapas, y el teléfono, el compañero insepa- 
i-able de Joffre, que pasa el día pegado á él como si 
fuese una nueva parte de su cuerpo. 

«El general está derecho con un sencillo uniforme, 
sin condecoraciones ni galones. Tiende al visitante su 
ancha mano bien íibierta. Es grande y fuerte. Toda su 
persona, de estatura maciza, revela una potencia cal- 
mosa y reflexiva, una firmeza lenta y robusta. Lo que 
llama en él la atención desde el primer momento, im- 
presionando al visitante, es la cabeza. Una cabeza 



do que forjar la herramienta y luego enseñar su ma- 
nejo. A los jefes inseguros han sucedido otros que go- 
zan de plena seguridad. Actualmente el temple de la 
herramienta es tal, que en vano muerde en ella el 
ataque alemán.» 

Al oir hablar de las victorias rusas y de la posibi- 
lidad de que el enemigo, para reforzar el frente del 
Este, bebilitase sus fuerzas en el Oeste, el generalisi- 
nio dijo con tranquilidad. 

— No tengo ningún interés en que desguarnezcan su 




BL GBNHRALiSlMO EXAMINANDO UN AEROPLANO 



gruesa, un rostro de sólida osamenta, en el cual el 
bigote blanco se encrespa bajo una sonrisa bondadosa 
y fina. La barba, que abandonada empieza á crecer 
sobre las mejillas y el mentón saliente, da á este ros- 
tro un sedoso reflejo de nieve. La frente tiene hermo- 
sos planos que acusan voluntad, y los ojos miran rec- 
tamente; unos ojos puros, de vivo azul, que parecen 
reflejar el cielo de un alma serena. No se ve uno sin 
emoción en presencia de este hombre que lleva con 
tanta quietud la responsabilidad de tantas vidas y 
encarna con una dignidad tan simple la gloria militar 
francesa: veinte siglos de historia. 

Con una voz reposada y de escaso timbre, el ge- 
neral va espresando su certidumbre de la victoria; 
una certidumbre matemática. Primeramente ha teni- 



linea frente á nosotros. Así los rusos avanzarán más 
aprisa. De los que están enfrente de mi yo me encargo. 

«¿Fanfarronería? — dice el cronista — . No. Concien- 
cia profunda de una situación que se domina. Este 
hombre es el mismo que al día siguiente de la batalla 
del Marne contestaba á las felicitaciones de uno de 
sus oficiales con palabras dignas de la grandeza ro- 
mana. 

» — ¿Os dais cuenta, general — le dijo aquél — , de que 
acabáis de ganar la batalla más grande de todos los 
siglos? 

«Este cumplimiento, que algunos juzgaron exage- 
rado á primera vista, era sin embargo una imagen 
exacta de la realidad. 

»La batalla del Marne, prodigioso golpe de parada 



234 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




LOS AlTOiMUVILES DEL G BNBRALISl.MO V DE SUS AYUDANTES BN LA ENTRADA DE UN BOSQUE 



que contuvo la más formidable de las invasiones bár- 
baras, reversiraiento completo del destino de dos pue- 
blos, no fué únicamente la reintegración de Francia 
en su herencia épica, sino un cambio brusco de direc- 
ción en la historia de Europa. El mundo, que contem- 
plaba ansioso cómo caia el águila negra sobre la alon- 
dra gala, pudo respirar. El águila recibe 
en los ojos un picotazo inesperado, va- 
cila, retrocede. Su prestigio ha termina- 
do; la pesadilla del pangermanismo so 
berano se desvanece. En adelante Euro- 
pa ya no tiene miedo. 

»Y he aqui — sin hablar de los millo 
nea de combatientes y de los más san- 
grientos medios de destrucción que j;i 
más hubo amontonado el hombre— poi- 
qué era exacto este cumplimiento: «Aca- 
báis de ganar la batalla más grande de 
todos los siglos.» 

El general Joffre reflexionó un ino 
mentó, y luego dijo con su voz tranquil.! : 
— Lo que acabo de ganar, y asi lo es 
pero, es un próximo reposo en mi casita 
de los Pirineos Orientales. 

El héroe se retrató á si mismo con 
estas palabras. 



Una vida simple, frugal, casi ascéti 
ca, es la de este caudillo que manda los 
ejércitos más numerosos que se conocen 
en la Historia y dispone de todas las 
riquezas de Francia. 



En 1870 los generales pru- 
sianos y el mismo Estado Ma- 
yor imperial hicieron la cam- 
paña de Francia con una vida 
sobria hasta el momento del 
triunfo. En cambio Napo- 
león 111 marchó á la derrota 
llevando tras de él una trojia 
de cocineros y varios furgo- 
nes cargados de vajilla de pla- 
ta y ricos víveres. 

La situación se ha inverti- 
do en 1914. El kaiser visita el 
teatro de la guerra llevando 
como tienda de campaña un 
hotel desmontable. Varios co- 
clies automóviles trasladan 
sus cocinas y su despensa con 
poderoso frigorífico. Hasta le 
acompaña en sus viajes un 
vagón cinematográfico desti- 
nado á repetir y perpetuar sus 
menores acciones. Sus hijos, 
sus parientes, sus generales, 
disponen de lujos semejantes. 
Cuando pueden hacer una 
buena comida, sus soldados se visten con libreas 
multicolores para servir á la mesa como si fuesen 
lacayos de los palacios de Herlin. 

Joffre vive como un soldado. En sus largas excur- 
siones por el frente de batalla, hace detener el automó- 
vil en una granja abandonada ó al borde de un cami- 




BL GENERALÍSIMO ALMORZANDO DE PIE, SIRVIÉNDOLE DB MESA UNOS TRONCOS, 
MIENTRAS CONVERSA CON VARIOS OFICIALES 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



235 



no. Un ayudante coloca el cesto de víveres en la hier- 
ba ó sobre una mesa improvisada. Comen de pie, 
sirviéndose de sus manos, con apresuramiento, como 
el que tiene cosas más urgentes á que atender, y reanu- 
dan la marcha una vez aplacada el hambre. 

Unos periodistas ingleses se refugiaron una noche 
de tempestad en una taberna de un pueblecillo de 
Flandes, cerca de Ypres, donde se estaba desarrollan- 
do la gran batalla. 

La dueña, grue- 
sa Hamenca, á pe- 
sar de la mala no- 
che y de la escasez 
de parroquianos, 
parecía muy ata- 
reada. Se había 
puesto un traje de 
seda negro: el traje 
de su boda remota. 
Sobre el pecho ro- 
busto lucía su me- 
jor joya, una cade- 
na de oro con me- 
dallón, que única- 
mente salía á luz 
en las grandes fies- 
tas. A pesar de es- 
tos adornos, entra- 
ba frecuentemente 
en la cocina con la 
agitación de un tra- 
bajo extraordina- 
rio. Luego entre- 
abría la puerta de 
la sala cercana, de- 
jando ver una mesa 
de blancos mante- 
les, con brillante 
cristalería; lo me- 
jor de la casa y de 
las viviendas veci- 
nas, reunido en ho- 
nor de unos convi- 
dados que no llega- 
ban. 

En vano interro- 
garon los ingleses 

á la tabernera acerca de la calidad de los huéspedes 
que estaba esperando. La hacendosa matrona se lle- 
vaba un dedo á la boca imponiendo silencio, y sonreía 
con orgullo. Un gran personaje de paso en la región 
iba á honrar su establecimiento. Y no decía más... 
¿Sería el rey de Bélgica? 

La bocina de un auto suena en la puerta. Se abre 
la cancela de cristales y entra un militar, grande, vi- 
goroso, con otros que le siguen respetuosamente. Al 
despojarse de su gabán impermeable, sacudiendo el 
agua, los ingleses ven las tres estrellas minúsculas de 




FRUOAL DESAYUNO DEL GENERALÍSIMO EN UNA GKANJA 



sus bocamangas, reconocen el mentón vigoroso y el 
bigote blanco bajo un kepis enfundado de azul, como 
el de un simple soldado. ¡El generalísimo! 

Es Joffre que, al fijarse en los periodistas, adivi- 
nando su nacionalidad, los saluda al pasar cortes- 
mente: 

— Buenas noches, gentlemen. 
Luego entra con sus compañeros en la sala reser- 
vada. Gran movi- 
miento en la coci- 
na. La dueña corre 
presurosa de un 
lado á otro entre el 
frufrú de la seda 
venerable y el tin- 
tineo de la cadena 
de oro. Del humo 
de los fogones em- 
piezan á despren- 
derse tenues nube- 
cillas que envuel- 
ven en suculento 
nimbo los grandes 
platos y las mo- 
zas flamencas que 
los llevan al co- 
medor. 

Al poco rato apa- 
rece ante los in- 
gleses la tabernera, 
desolada, trágica, 
que hace esfuerzos 
para no llorar de 
despecho. ¡Ella que 
había puesto en ac- 
tívidad todos sus 
conocimientos cu- 
linarios y los de sus 
vecinas, rebuscan- 
do en la pobreza 
del país el mejor 
pavo, las más sa- 
brosasconservas!... 
Al sentarse á la 
mesa el general, ha 
apartado distraída- 
mente los platos de 
dulce, las flores, todos los adornos, sacando unos pa- 
peles de un bolsillo. Y allí está con la cabeza baja, 
interrumpiendo su examen para hacer breves pre- 
guntas á los compañeros, que comen con gran apetito, 
pero discretamente. 

.loffrc ha hablado una sola vez á la dueña del es- 
tablecimiento, para saludarla cortésmente é indicarle 
su menú, con una sonrisa fina que impone respeto lo 
mismo que una orden. 

Una tortilla nada más y un vaso de agua. 



256 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



XVI 

Los responsables de la guerra 

Puede iiñrmarse rotundamente que la guerra de 
1914 fué obra del imp<3no germánico. Precisando más 
la responsabilidad, diremos que el verdadero culpable 
fué el partido militarista alemán, ó sea el pangerma- 
nismo. 

üespués de las publicaciones de documentos y tele- 
gramas hechas por los gobiernos de Inglaterra, Ale- 
mania, Kusia y Bélgica, la aparición en el mes de Di- 
ciembre del «Libro Amarillo», editado por el gobierno 
de Francia, vino 
á demostrar una 
vez más y á ra- 
tificar quiénes 
eran los únicos 
responsables de 
la guerra. 

En Marzo de 
1913, el embaja- 
dor de Francia 
en Berlín, M. .lu 
lio Cambon, se- 
ñaló á su gobier 
no la campaña 
extraordinaria 
que se hacía en 
Alemania para 
conmemorar el 
1813, año de la 
victoria de Pru- 
sia sobre Napo- 
león. Esta cam- 
paña era animada y dirigida por el mismo gobierno 
alemán, que procuraba excitar de este modo los sen- 
timientos patrióticos, con objeto de que el país acep- 
tase los grandes sacrificios exigidos por los proyectos 
de nuevos aumentos del ejército. 

«A pesar — dice el embajador Cambon en su pri- 
mer informe de 1013 — del afectado patriotismo con 
que aceptan las clases ricas de Alemania el nuevo sa- 
crificio que se les pide, no por ello dejan de estar en 
el fondo muy descontentas, especialmente en el mun- 
do de los negocios, y piensan que una contribución 
forzosa impuesta en plena paz, crea para el porvenir 
un temible precedente... Pero el Imperio, aumentando 
la fuerza del ejército alemán, quiere no dejar nada 
imprevisto para en caso de que estalle una crisis. 

»Las innovaciones militares de Alemania han pro- 
ducido un hecho que ella no esperaba: la proposición 
del Gobiern ) de la República restableciendo el servi- 
cio militar de tres años, y la resolución viril con que 
esta propuesta ha sido acogida en toda Francia. La 
impresión de asombro que nuestra ley de tres años ha 




MANIFESTACIÓN EN BERLÍN EN FAVOR DB LA GUERRA 



producido en Alemania, la aprovecha el Gobierno Im- 
perial para insistir en la necesidad absoluta del au- 
mento de sus fuerzas militares. Sus proyectos apare- 
cen de este modo como una respuesta á los nuestros. 
Esto es contrario á la verdad, pues el inmenso y nue- 
vo esfuerzo militar que la Francia acepta ahora, no 
es más que una consecuencia de las iniciativas de 
Alemania. 

»Las autoridades imperiales no cesan de exaltar el 
sentimiento patriótico. El emperador se complace en 
hacer memoria pública todos los días de los liechos de 
1813. Anoche una retreta militar harecorrido las calles 
de Berlín y se han pronunciado discursos comparan- 
do la situación presente con la de hace un siglo. Este 
caldeamiento de la opinión repercutirá indudable- 
mente en las dis- 
cusiones que se 
entablarán den- 
tro de un mes 
cuando se abra 
el Keichstag, y 
me temo que el 
(":incillcrseverá 
obligado en su 
discurso á hacer 
alusión á las re- 
laciones de Fran- 
cia y Alemania. 
Había que espe- 
rar que exalta- 
sen el sentimien- 
to patriótico de 
la nación en el 
momento que 
van á pedirle 
nuevos sacrifi- 
cios, pero es abu- 
sar de la comparación histórica el encontrar seme- 
janzas entre el tiempo presente y 1813. Si el movi- 
miento que hace un siglo empujó al pueblo alemán 
contra aquel hombre de genio el emperador Napoleón) 
que aspiraba á la dominación universal pudiese encon- 
trar hoy algo equivalente, es en Francia donde ha- 
bría que buscarlo, pues el pueblo francés no hace más 
que defenderse de la dominación de la fuerza. 

»De todos modos resulta indiscutible que el estado 
de opinión en los dos países da á la situación presente 
un carácter de gravedad.» 

Este informe del embajador Cambon iba acompa- 
ñado de otro informe del teniente coronel Serret, agre- 
gado militar de la embajada de Francia en Berlín, do- 
cumento del que entresacamos las revelaciones más 
importantes: 

«El movimiento patriótico que se manifiesta en 
Francia — la adopción del servicio de tres años — , ha 
producido en los altos círculos de Alemania una ver- 
dadera cólera.» 

Esta cólera era perfectamente explicable. Alema- 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



237 



nia, al aumentar su ejército á costa de considerables 
sacrificios, pretendía ser la primera potencia militar 
de Europa, con una enorme superioridad sobi-e los pue- 
blos vecinos, para aplastarlos en tres ó cuatro sema- 
nas cuando lo creyese oportuno. Francia, mediante la 
ley de tres años, aumentaba sus fuerzas para equili- 
brarse lo más posible con su temible vecina, y esta 
precaución legitima, encaminada á la defensa de su 
vida, encolerizaba á los alemanes, que veían inutiliza- 
dos en parte sus costosos esfuerzos. 

«Desde hace algún tiempo — continúa el informe del 
agregado militar — se encuentran en Alemania muchas 
gentes que declaran los proyectos militares de Fran- 
cia extraordinarios é injustos. En un salón un miem- 
bro del Reichstag, que no es un energúmeno, hablan- 
do del servicio 
de tres años en 
Francia ha lle- 
gado á decir: «Es 
una provocación 
que nosotros no 
podemos tole- 
rar.» Los más 
moderados, tan 
to militares como 
civiles, sostie- 
nen corriente- 
mente la tesis de 
que Francia, con 
sus cuarenta mi- 
llones de almas, 
no tiene derecho 
para rivalizar 
de este modo con 
Alemania. 

»En resumen: 
están furiosos y 

su cólera es de despecho. Sienten rabia al ver que, á 
pesar del esfuerzo enorme hecho por ellos en el año 
anterior y continuado y agrandado en el año presente, 
no podrán esta vez dejar atrás á Francia en una in- 
ferioridad defensiva. 

"Dejarnos atrás definitivamente y á merced de su 
fuerza, ya que no queremos ir con ella, es el hecho 
cuya realización persigue Alemania.» 

El teniente coronel Serret explica después el pro- 
grama militar alemán para mantenerse siempre con 
una enorme superioridad sobre Francia, aumentando 
sus fuerzas, asi como ésta aumentaba las suyas, al 
ponerse en guardia ante el peligro. La precaución 
francesa irritó á los alemanes, que consideraban á la 
República como «una nación secundaria». 

«En este momento — continúa él agregado fran- 
cés — , cuando la segunda y más formidable parte del 
programa militar alemán iba á realizarse y á adquirir 
sus fuerzas una superioridad definitiva que nos obli- 
garía á pasar por la humillación ó el aplastamiento, 
he aquí que Francia, con su ley de tres años, se niega 




LOS MANIFESTANTE.? FRBNTE AL PALACIO IMPERIAL 



á abdicar y demuestra, como dijo Renán, su poder eter- 
no de renovamiento y de resurrección. De aquí el des- 
pecho alemán. 

»E1 Gobierno Imperial invoca para justificar sus 
planes la situación general de Europa y habla del pe- 
ligro eslavo. Otro es su enemigo. Guiándome por mis 
observaciones, puedo decir que la opinión me parece 
indiferente al peligro eslavo, y sin embargo, acepta 
con grandes ánimos las cargas enormes que significan 
las dos leyes militares consecutivas de 1912 y 191B. 

»E1 10 de Marzo último, centenario de la organiza- 
ción del levantamiento en masa alemán contra nos- 
otros, una multitud enorme se ha aglomerado ante el 
palacio imperial, á pesar del aguacero, para presen- 
ciar la revista, y en el centro de Tiergarten ante las 

estatuas de la 
reina Luisa y 
Federico Gui- 
llermo III, ro- 
deadas de mon- 
tones de flores. 

» Estos aniver- 
sarios, que re- 
cuerdan la lucha 
contra Francia, 
van á repetirse 
durante todo el 
año. En el próxi- 
mo año 1914 se 
celebrará el cen- 
tenario de la pri- 
mera campaña 
de Francia y de 
la primera en- 
trada de los pru- 
sianos en París. 
»En resumen: 
si la opinión pública alemana no señala francamente 
á Francia con el dedo, como lo hacen la Gaceta de 
Francfort y algunos periódicos más, piensa sin em- 
bargo en nosotros á todas horas. Todos dicen que con 
nuestros 40 millones de habitantes ocupamos un es- 
pacio demasiado grande debajo del sol. 

»Los alemanes desean la paz y no cesan de pro- 
clamarlo. El emperador también la quiere, más que 
nadie. Pero ellos no entienden la paz en el sentido de 
concesiones mutuas y de equilibrio de los armamen- 
tos. Su paz es la de la humillación ajena. Quieren que 
lea teman, y para ello están haciendo todos los sacri- 
ficios necesarios. Si en cualquiera ocasión consideran 
herido su orgullo patriótico, la confianza que tiene el 
país en la superioridad de su ejército favorecerá una 
explosión de cólera nacional, ante cuya cólera resulta- 
ría impotente la moderación del gobierno del Imperio. 
«Hasta ahora no se demuestra en nada esta mode- 
ración, pues el gobierno hace lo que puede por infla- 
mar el sentimiento nacional celebrando ruidosamente 
todos los aniversarios de 1813. 



236 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



»Sea cual sea el pretexto que pueda alegar maña- 
na Alemania para justiñcar una conñagración euro- 
pea, está fuera de toda duda que sus primeros golpes 
decisivos los dirigirá contra Francia.^ 



Así hablaba desde Berlín el agregado militar fran- 
cés en Marzo de 1913, diez y seis meses antes de que 
estallase la guerra. 

El marino Faramond, agregado naval de la emba- 
jada de Francia en Alemania, envió á su gobierno, 
también en Marzo de 1913, otro informe no menos in- 
teresante en el que anuncia con notable clarividencia 
muchos sucesos que se han realizado con exactitud en 
el año siguiente. 

«La nueva ley militar alemana — dice Faramond — 
coloca los cuerpos de ejército inmediatos á nuestra 
frontera en un estado especial, que es casi el estado 
de pie de guerra, para de este modo poder atacarnos 
bruscamente, con fuerzas muy superiores á las nues- 
tras, el mismo dia de la apertura de las hostilidades. 
Esto significa para el Gobierno germánico una necesi- 
dad imperiosa de obtener el éxito desde el comienzo 
de la guerra. 

»Las condiciones en que el emperador alem;ln 
emprendería hoy una lucha con Francia, no son ni 
con mucho las mismas que hace cuarenta años. Al 
empezar la guen-a de 1870, el Estado Mayor alemán 
había previsto la posibilidad de una ofensiva victo- 
riosa de los franceses, y Moltke, sospechando que nos- 
otros podríamos llegar cuando más hasta Maguncia, 
dijo á su soberano: «Aquí tropezarán y no podrán se- 
guir adelante.» Guillermo II no puede admitir en sus 
cálculos una retirada, ni suponerla siquiera, á pesar 
de que el soldado aloman no es ahora como el de hace 
cuarenta años, un hombre simple, religioso y pronto 
á morir por una orden de su rey. Teniendo en cuenta 
los cuatro millones de votos alcanzados por los socia- 
listas en las últimas elecciones y que el derecho de 
votar sólo se adquiere en Alemania á los 25 años, hay 
que suponer que el ejército activo, compuesto de jó- 
venes de 20 á 25 años, tendrá en sus filas una propor- 
ción seria de socialistas. 

«Indudablemente seria una locura creer que los 
socialistas alemanes van á levantar las culatas en 
alto el dia que Francia y Alemania vengan á las ma- 
nos, pero será en extremo importante para el Gobier- 
no alemán hacerles creer por una parte que nosotros 
somos los agresores y por otra que pueden tener plena 
confianza en los que van á mandarles y en los resul- 
tados. 

»A1 verificarse la última jura de la bandera por 
los reclutas de la Guardia en Postdam, rae llamó mu- 
cho la atención oir que el emperador tomaba como 
tema de su discurso á los nuevos soldados el deber de 
mostrarse más valeroso y más disciplinado en la mala 
fortuna que en la buena. 

"Sin duda porque una primera derrota alemana 



tendría para el Imperio una influencia incalculable, 
se encuentra en todos los proyectos militares elabora- 
dos por el gran Estado Mayor el objetivo de una ofen- 
siva fulminante contra Francia. 

»En realidad el Gobierno Imperial quiere colocarse 
en situación de hacer frente á todas las eventualida- 
des posibles. Es del lado de Francia donde el peligro 
le parece más grande. La Gaceta de Colonia lo ha 
dicho en un articulo odioso y violento, del cual la 
WUhelmstrasse ha desautorizado la forma más que el 
fondo. Pero debemos vivir convencidos de que la opi- 
nión hostil manifestada por dicho periódico es á la 
hora presente la de la inmensa mayoría del pueblo 
alemán. 

«Celebrando ruidosamente el centenario de su gue- 
rra de Independencia, el Gobierno quiere convencer 
al pueblo de que Fi-ancia es hoy, como hace cien años, 
la enemiga hei-editaria.» 

El agregado naval hizo en su informe las mismas 
revelaciones (jue el agregado militar sobre las nuevas 
fuerzas alemanas, añadiendo que el material de gue- 
rra iba á ser aumentado en la cifra enorme de 1.250 
millones de marcos. 

< Es posible — dice— que gran parte del material 
cuya adquisición autoriza la nueva ley esté fabricado 
ya á, estas horas. Los secretos militares se guardan 
muy bien aquí y es extremadamente difícil seguir los 
movimientos del personal y del material. 

«En Alemania, cuando se toma una decisión mili- 
tar legalmente, ha sido ya ejecutada muchas veces 
con anterioridad. Con una organización militar per- 
fecta y una opinión pública que se deja dominar dócil- 
mente por los llamamientos belicosos de la Liga Mili- 
tar y la Liga Naval, el pueblo alemán es á estas horas 
un vecino peligroso. 

»Si el servicio de tres años es aplicado inmediata- 
mente en Francia, las condiciones serán menos des- 
iguales en el año próximo. Los efectivos alemanes 
resultarán siempre de un modo sensible más conside- 
rables que los nuestros, pero el llamamiento de Alema- 
nia á todos sus contingentes disponibles no permitirá 
la selección y llevará á las filas del ejército elemen- 
tos de segundo orden y hasta unidades poco deseables. 
El valor moral del ejército activo perderá mucho. 

y>Los alemanes han querido romper el equilibrio de 
los dos campos en que está dividida Europa con un 
gran esfuerzo supremo, más allá del cual no pueden 
intentar otro. 

«No creían que Francia fuese capaz de hacer un 
sacrificio semejante. La adopción de nuestro servicio 
de tres años hace fracasar sus cálculos.» 



En Abril de 1913 M. Etienne, ministro de la Gue- 
rra en Francia, comunicó á M. Jonnart, ministro de 
Negocios Extranjeros, la copia de un informe oficial y 
secreto circulado en Alemania y que había podido 
procurarse. 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



239 



Este informe alemán consta de dos partes: la pri- 
mera de generalidades y la segunda de orden técnico, 
precisando detalladamente, una por una, las medidas 
que habla que tomar en la próxima guerra, conside- 
rada por Alemania como un suceso indudable. 

En la primera parte del documento, el gobierno 
gerra;ínico daba ;i entender su deseo de haber provo- 
cado la guerra años antes, con motivo de la Conferen- 
cia de Algeciras, en la que fué derrotada Alemania 
diplomáticamente, por haber apoyado Inglaterra y 
Rusia á Francia. 

«Pero nuestra flota — dice el documento alemán — 
no era en aquel momento suficientemente fuerte. Ade- 
más, Austria-Hungría estaba obligada entonces á in- 
movilizar sus fuerzas contra Servia é Italia. Después 
de este conflicto nos dedicamos á reforzar la defensa 
de nuestras costas contra Inglaterra, aumentando 
además nuestra marina.» 

Al realizar Francia la conquista de 
Marruecos, provocó Alemania el inci- 
dente de Agadir, que también se re- 
solvió diplomáticamente, por la acti- 
tud de Inglaterra apoyando á la Re- 
pública. 

«En esta época — dice el documento 
alemán — los progresos del ejército 
francés, el renacimiento moral de la 
nación, el avance técnico que habia 
tomado en el dominio de la aviación y 
en el de las ametralladoras, hicieron 
un ataque contra los franceses menos 
fácil que en el período anterior. Ade- 
más, había que temer un ataque de la 
flota inglesa.» 

Por esto tuvo que desistir Alema- -■>i- etiennb 

nia por segunda vez de hacer la gue- 
rra á Francia, pero se dedicó á aumentar enorme- 
mente sus fuerzas, esperando aprovechar con éxito 
una tercera oportunidad. 

«Estamos preparando la opinión — continúa el in- 
forme — para dar un gran refuerzo al ejército activo, 
que asegurará á Alemania una paz honorable y la 
posibilidad de garantizar como le conviene su influen- 
cia en los destinos del mundo. 

»Ni las ridiculas vociferaciones en favor de «la 
revancha» de los patrioteros franceses, ni el rechina- 
miento de dientes de los ingleses, ni los gestos des- 
ordenados de los eslavos, conseguirán apartarnos de 
nuestro fin, que es el de fortalecer y extender el 
Deutschthum (el poder alemán) en el mundo entero. 

»Los franceses pueden armarse todo lo que quie- 
ran. Lo que no pueden de un día á otro es aumentar 
su población.» 

La segunda parte del documento secreto es aun 
más interesante, pues revela los manejos del gobierno 
alemán para preparar cautelosamente la guerra, ha- 
ciéndola aparecer á los ojos del país como algo inevi- 
table, y para declararla fingiéndose agredido, decli- 




nando sobre los adversarios la responsabilidad de la 
agresión. 

('Nuestra nueva ley militar — sigue diciendo el in- 
forme secreto — no es más que una extensión de la 
obra educativa militar del pueblo alemán. Nuestros 
antecesores hicieron en 1813 mayores sacrificios. 
Nuestro deber sagrado es aguzar la espada que nos 
han puesto en la mano y tenerla pronta, no sólo para 
defendernos, sino para herir al enemigo. Hay que hacer 
penetrar en el pueblo la idea de que nuestros armamen- 
tos son una respuesta á los armamentos franceses y á 
su política. Hay que acostumbrarlo á que piense que 
una guerra ofensiva por nuestra parte es una necesi- 
dad para combatir las provocaciones del adversario. 
Para esto hay que obrar con prudencia, evitando que 
surjan recelos ó se produzcan crisis, que podrían per- 
judicar nuestra vida económica Hay que conducir las 
cosas de tal modo, que bajo la pesada 
impresión de los armamentos podero- 
sos, de los sacrificios considerables y 
de una situación política tirante, el 
pueblo alemán considere el desenca- 
denamiento de la guerra como una so- 
lución libertadora, pensando en que 
luego vendrán décadas de paz y una 
prosperidad igual á la que hubo des- 
pués de 1!^70. Hay que preparar la 
guerra desde el punto de vista finan- 
ciero. En esto hay mucho que hacer. 
Debe evitarse el despertar la descon- 
fianza de nuestros hombres de nego- 
cios, y piíra ello será preciso no ocul- 
tarles algunas cosas. 

»No hay que inquietarse por la suer- 
te de nuestras colonias. El resultado 
final de nuestra lucha en Europa ase- 
gurará su suerte. Por el contrario, será necesario 
suscitar revueltas en el Norte de África y en Rusia, 
Es un medio de absorber las fuerzas del adversario. 
Resulta absolutamente preciso que nos pongamos en 
relación, por medio de órganos bien escogidos, con las 
gentes influyentes de Egipto, Túnez, Argel y Marruecos, 
para preparar las medidas necesarias en caso de gue- 
rra europea. Queda entendido que al estallar la gue- 
rra serán reconocidos abiertamente estos aliados 
secretos y se les asegurará, para la conclusión de la 
paz, la conservación de las ventajas conquistadas. Se 
pueden realizar estos deseos. Un primer ensayo inten- 
tado hace algunos años, nos procuró el contacto de- 
seado. Por desgracia no se consolidaron suficiente- 
mente las relaciones obtenidas. De cualquier modo 
hay que volver á hacer preparativos de este género, 
para conseguir rápidamente el término de la cam- 
paña. 

«Las sublevaciones provocadas en tiempo de gue- 
rra por nuestros agentes políticos exigen ser prepa- 
radas cuidadosamente en lo que se refiere á los medios 
materiales. Estas sublevaciones en las colonias de los 



240 



VICENTE BLASCO IBANEZ 



enemigos deben estallar acompañadas simultánea- 
mente por la destrucción de todos los medios de comu- 
nicación. Deben tener una cabeza dirigente, que se 
puede encontrar entre los jefes de prestigio religiosos 
ó políticos. La escuela egipcia es apta particularmen- 
te para esto, pues reúne cada vez más á todos los 
intelectuales del mundo musulmán. 

»Sea como sea, debemos ser fuertes para poder 
aplastar con sólo un empujón á nuestros enemigos del 
Este y del Oeste. En la próxima guerra europea será 
preciso que los pequeños Estados *e vean oliliguclos d 
seguirno» ó tiean dvmintidos Sus ejércitos y sus plazas 
fuertes pueden ser rápidamente vencidos ó neutrali- 
zados, lo que será tal vez el caso de Bélgica y de Ho- 
landa, á íin de impedir á nuestro enemigo del Oeste el 
acceso á un territorio que podría servirle de base de 
operaciones contra nuestro flanco.» 

El documento, luego de decidir de este modo la 
suerte de Bélgica, hace otras consideraciones para el 
caso probable de que Dinamarca se prestase á secun- 
dar á Inglaterra. Después vuelve á ocuparse de Bél- 
gica, dando disposiciones para preparar la invasión 
de este puetilo, t;il como se verificó, poco más ó me- 
nos, en l'Ji4. 

El plan iniciador de la guerra estaba condensado 
en breves palabras: «Un ultimátum, acorto plazo, que 
debe ser seguido inmediatamente do una invasión, 
permitirá justificar nuestra conducta desde el punto 
de vista del derecho de gentes. > 

Luego resume todo el espíritu del informe en este 
párrafo final: 

«Tales son los deberes que incumben á nuestro 
ejército y que exigen un efectivo aumentado. Si el 
enemigo nos ataca ó si nosotros queremos domarlo, 
debemos hacer como nuestros hermanos de hace cien 
años. El águila elevará su vuelo, asirá al enemigo 
con sus garras aceradas, y lo dejará inofensivo. Cuan- 
do llegue este momento nos acordaremos de que las 
provincias del antiguo imperio alemán, condado de 
Borgoña y una hermosa parte de la Lorena, están 
aún en manos del enemigo, y que miles de hermanos 
alemanes de las provincias bálticas gimen bajo el 
yugo eslavo. Es una cuestión nacional devolver á 
Alemania lo que poseyó en otros tiempos. > 

En Mayo de 1913 la cuestión albanesa provocó una 
crisis grave que puso en peligro la paz de Europa. El 
embajador Cambon reveló al gobierno francés en un 
informe de (i de Mayo sus temores que acal)aban de 
ser conjurados y las inquietudes que le inspiraba el 
porvenir en vista de la actitud del gobierno de Berlin. 

«La crisis que acabamos de atravesar — decia Cam- 
bon— ha sido muy seria. Aqui ha llegado á conside- 
rarse el peligro de la guerra como inminente. 

»La movilización alemana no se limita al llama- 
miento de los reservistas al cuartel. Existe en Alema- 
nia una medida anterior y preparatoria que no existe 
entre nosotros, y que consiste en prevenir individual- 
mente á los oficiales y los hombres de la reserva para 



que se preparen y estén prontos á acudir al llama- 
miento, á fin de que con tiempo puedan hacer todos 
sus preparativos. Es una especie de «¡en guardia!» 
general, y se necesita el increíble espíritu de sumi- 
sión, disciplina y secreto que existe en este país, 
para que tal disposición pueda cumplirse y se man- 
tenga callada. Si una advertencia semejante se lan- 
zase en Francia, el país se conmoverla y la prensa 
entera publicaría el relato al día siguiente. 

«Esta advertencia fué lanzada en 1911, durante el 
curso de las negociaciones que yo seguía por lo de 
Marruecos. 

"Ahora ha sido lanzada de nuevo, hace una doce- 
na de días, ó sea en el momento de la tensión austro- 
albancsa. Lo sé por diferentes conductos; especial- 
mente por oficiales de la reserva que se lo han reve- 
lado á amigos suyos, en la más estricta intimidad. 
Estos señores habían tomado las medidas necesarias 
para asegurar á sus familias, antes de partir, los me- 
dios de existencia durante un año. 

»La decisión que ha hecho adoptar esta medida 
preparatoria de la movilización, responde á las ideas 
del gran Estado Mayor general. Sobre este punto 
puedo repetir lo que ha dicho en un circulo alemán el 
general Moltke, que es considerado aqui como el jefe 
más distinguido del ejército. 

»E1 pensamiento del Estado Mayor alemán es obrar 
por sorpresa. Hay que dejar á un lado — ha dicho el 
general Moltke — todos los lugares comunes sobre la 
responsabilidad del agresor. Cuando la guerra sea ne- 
cesaria hay que hacerla, poniendo todas las probabili- 
dades de éxito de nuestra parte. El éxito es lo que jus- 
tifica la guerra. Alemania no puede ni debe dejar á 
Rusia el tiempo necesario para que movilice. Si le de- 
jamos tiempo nos veremos obligados á mantener en la 
frontera del Este tantas fuerzas, que nos encontrare- 
mos en el Oeste en una situación igual ó inferior á la 
de Francia. Fara evitar esto hay que prevenir á nues- 
tro principal adversario, asi que las probabilidades de 
guerra sean nueve contra diez, y empezar ésta sin otra 
espera, para aplastar brutalmente toda resistencia. 

»He aqui exactamente el estado de espíritu de los 
circuios militares, que responde exactamente al esta- 
do de espíritu de los círculos políticos. Así hablaban 
y pensaban los alemanes entre ellos hace quince dias. 

»Hay que guardar de esta aventura la lección que 
encierran los hechos mencionados. Estas gentes no 
temen la guerra; aceptan plenamente su posibilidad, 
y toman en consecuencia sus medidas. Quieren estar 
siempre prontos. » 

M. Allize, ministro diplomático de la República en 
el reino de Baviera, se expresa del siguiente modo 
el 10 de Julio al describir la opinión de este Estado 
del imperio germánico: 

< Aquí se preguntan muchos para qué van á servir 
los nuevos armamentos. Reconociendo que nadie ame- 
naza á Alemania, consideran que la diplomacia ale- 
mana dispone desde hace tiempo de sobradas fuerzas 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



241 



y de alianzas poderosas para defender sus intereses. 
Se cree aqui que la Cancillería imperial es incapaz en 
el porvenir, asi como lo ha sido en el pasado, de adop- 
tar una política exterior activa y conseguir en este 
terreno éxitos que justifiquen los grandes sacrificios 
que se imponen á la nación. 

»Este estado de espíritu es tanto más inquietante 
cuanto que el (Tobierno Imperial se ve actualmente 
sostenido por la opinión pública, que le acompañará 
en toda empi'esa que acometa vigorosamente, aun á 
riesgo de un conflicto. La posibilidad de la guerra á 
la cual los sucesos de Oriente han acostumbrado los 
espíritus desde hace dos años, aparece á todos, no como 
una catástrofe lejana, sino como una solución á las di- 
ficultades políticas y económicas, que se irán agra- 
vando. y> 

o 

En 30 de Julio de 1913, el ministro de Negocios 
Extranjeros de 
Francia, M. Pi- 
chón, recibió 
una Nota de Ber- 
lín que resumía 
todos los infor- 
mes de los agen- 
tes diplomáticos 
y consulares 
franceses sobre 
el estado de la 
opinión política 
de Alemania. 

La mayoría 
del país, influen- 
ciada por el par- 
tido «pangerma- 
nista», quería la 

guerra. Algunos Estados alemanes deseaban la paz, 
por egoísmo ó por instinto, pero sólo representaban 
fuerzas débiles y pasivas ante el contagio general 
de la fiebre belicosa. Los mismos diputados socialistas, 
que eran 110 en el Reichstag, se dejaban arrastrar 
por esta corriente, viendo que el grueso de las tropas 
obreras se unía al coro de entusiasmo ó de cólera de 
los patrioteros. 

Por haber intentado oponerse á esta corriente be- 
licosa, el Emperador se veía discutido y el Canciller 
era impopular. 

El fracaso de la política nacional en el asunto de 
Marruecos y el renacimiento de Francia, que losalema- 
nes se habían acostumbrado á despreciar ciegamente, 
eran hechos que encolerizaban á la muchedumbre, 
sugestionada por los directores del pangermanismo. 

«8e habla muchas veces del partido militar ale- 
mán — dice el citado informe — . La expresión es in- 
exacta. El mismo error significa decir que Alemania 
es el país de la supremacía del poder militar y Fran- 
cia el país de la supremacía del poder civil. Lo que 
existe, en Alemania es un estado de espíritu digno de 























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LA ESCUADRA ALB-MANA BN BL BÁLTICO 



la mayor atención, porque constituye un peligro más 
evidente y más próximo que un partido militarista. 
Es el partido popular de la guerra, con sus jefes, sus 
tropas, una prensa convencida ó pagada para fabri- 
car la opinión y medios variados y eficaces para in- 
timidar al Gobierno. Este partido influye sobre todo 
el país con ideas claras, sentimientos ardientes y una 
voluntad ardorosa y activa. 

»Los partidarios de la guerra se dividen en diver- 
sas categorías. Cada uno extrae de su casta, de su 
clase, de su formación intelectual y moral ó de sus 
intereses y sus odios, las razones particulares que lo 
impulsan á la guerra y que juntas crean y aumentan 
la fuerza y la rapidez de la corriente belicosa. 

»Unos quieren la guerra porque es inevitable, da- 
das las circunstancias actuales, y para Alemania más 
vale pronto que tarde. 

«Otros la consideran necesaria por razones econó- 
micas basadas 
en la superpo- 
blación, en la su- 
perproducción, 
en la exigencia 
de nuevos mer- 
cados, ó se fun- 
dan en la misión 
social de la gue- 
rra si son con- 
servadores, cre- 
yendo que sólo 
una campaña 
que distraiga la 
atención popular 
hacia el exterior 
de Alemania po- 
drá impedir que 
asalten el poder las masas democráticas y socialistas. 
«Otros, intranquilos ante el porvenir de Eui'opa y 
creyendo que el tiempo trabaja en favor de Francia, 
piensan que hay que precipitar los acontecimientos 
antes de que Francia se engrandezca más. No es raro 
encontrar, á través de las conversaciones y de los 
folletos patrióticos, el sentimiento obscuro pero pro- 
fundo de que una Alemania libre y una Francia resu- 
citada son dos hechos históricos incompatibles. 

«Muchos son belicosos por Bi^marckismo. Se sien- 
ten humillados al verse en la precisión de tener que 
liablar de derecho y de razón en negociaciones y con- 
ferencias, cuando creen disponer de la fuerza como 
argumento decisivo. Éstos extraen de su pasado un 
orgullo inmenso, que alimentan incesantemente los 
centenarios y aniversarios i)atrióticos, la tradición 
oral y los libros, y se sienten heridos por los sucesos 
diplomáticos de los últimos años. 

«Otros quieren la guerra por odio místico contra la 
Francia revolucionaria. Otros, en fin, por rencor nada 
más, y amasan para justificar su cólera toda clase 
de pretextos. 

sv 



242 



VICENTE BLASCO IBANEZ 



»La gran burguesía y la nobleza son belicosas por 
razones de orden social. Temen la democratización 
del país y ven con horror los avances del socialismo 
alemán. La guerra seria para ellos una solución capaz 
de devolverles la tranquilidad por algunos años. Los 
grandes industriales creen que sus diñcultiides con los 
obreros proceden de Francia, hogar revolucionario 
de donde surgen las ideas de emancipación. Sin Fran- 
cia, la industria alemana viviría tranquila, según 
ellos. 

"Además, los fabricantes de cañones y de placas 
de acero, los poderosos comerciantes (|ue necesitan 
nuevos mercados, y los banqueros que especulan 
sobre la edad de oro que puede venir después de una 
enorme indemnización de guerra, piensan que la gue- 
rra será un hermoso negocio. 

■La Universidad, exceptuando á unos cuantos es- 
píritus distinguidos, desarrolla una ideología guerre- 
ra. Los economistas demuestran á golpe de estadís- 
tica la necesidad para Alemania de poseer un impe- 
rio colonial y comercial (|ue dé salida á su industria. 
Hay sociólogos fanáticos ((ue van más lejos. «La paz 
armada — dicen — es un fardo pesadísimo para las na- 
ciones, impide el mejoramiento de la suerte de las 
masas y favorece el avance del socialismo. Francia, 
al obstinarse en querer «la revancha», impide nues- 
tro desarme. Es preciso de un golpe reducirla á la im- 
potencia, durante un siglo. Este es el medio más rápi- 
do de resolver la cuestión social.» 

•Historiadores, ñlósofos, publicistas políticos y 
otros apologistas de la deutsche kultur (cultura alema- 
na) quieren imponer al mundo una manera de sentir 
y de pensar que sea específicamente alemana. Todos 
ellos quieren contiuístar la supremacía intelectual 
(lue, según coníiesan los más lúcidos, conserva toda- 
vía Francia. Es este principio el que alimenta la fran- 
cofobia do los pangermanistas y otras asociaciones. 

>Los partidarios de la guerra por rencor y por re- 
sentimiento resultan los más peligrosos. La mayoría 
de ellos son diplomáticos. La diplomacia alemana ha 
ido de fracaso en fracaso en los últimos tiempos. Los 
más furibundos son los que después de l'JOó se han mez- 
clado en todas las negociaciones entre Francia y Ale- 
mania. Por despecho profesional amontonan argu- 
mentos hostiles y los esparcen en la prensa. Necesi- 
tan una «revancha» para consolarse, pues creen haber 
sido engañados. Durante la discusión de la ley mi- 
litar, uno de estos diplomáticos belicosos decía así: 
«Alemania sólo podrá conversar seriamente con Fran- 
cia cuando tenga todos sus hombres sobre las armas. » 

»;.Cómo se entablará esta conversación, ó sea la 
guerra?... Es una opinión muy generalizada en los 
circuios pangermanistas que Alemania no declarará la 
guerra, dado su sistema de alianzas defensivas. Pero 
cuando llegue el momento oportuno, Alemania sabrá 
obligar á Francia á ser la primera en el ataque. Para 
esto la ofenderá si resulta preciso. Es la tradición pru- 
siana.» 



Asi fué la conducta de Alemania en 1914. Pero 
I'Yancia tuvo serenidad para impedir este maquiave- 
lismo del Imperio, deseoso de desempeñar el papel de 
agredido que se dettendc. 



El informe del embajador Camben al gobierno 
francés en 22 de Noviembre de r.ii3, demuestra los 
avances del partido de la guerra alemán y la supedi- 
tación del kaiser á sus impulsos. 

Dice así M. Cambon en este documento importante: 

«Tengo por un conducto seguro el relato de una 
conversación que el Emperador ha sostenido con el Rey 
de los Belgas en presencia del jefe del Estado Slayor, 
general Von Moltke, hace unos quince días; conversa- 
ción que, según parece, ha impresionado al rey Al- 
berto. No me sorprendo de esta impresión, pues es se- 
mejante á la que tengo yo desde hace algún tiempo. La 
hostilidad contra nosotros se acentúa, y el Emperador 
ha cesado de ser partidario de la paz. 

• El rey Alberto pensal)a hasta ahora, como todo el 
mundo, que Guillermo II, cuya influencia personal se 
había ejercitado muchas veces en el mantenimiento 
de la paz, estaba siempre en el mismo estado de espí- 
ritu. Esta vez el rey Alberto lo ha visto completamen- 
te cambiado. El emperador de Alemania ya no es á 
sus ojos el campeón de la paz contra las tendencias 
belicosas de ciertos partidos alemanes, (iuillermo II 
piensa ya que la guerra con Francia es inevitable, y 
que habrá que ir á ella un dia ú otro. Está convenci- 
do, naturalmente, de la superioridad aplastante del 
ejército alemán y de su éxito indiscutible. 

■>E1 general Von Moltke habló en laentrevistaexac- 
tamente como su soberano. También declaró él <|ue la 
guerra era necesaria é inevitable, pero aun se mostró 
más seguro del éxito que el Emperador. 

» — Esta vez —dijo al rey de Bélgica — hay que aca- 
bar con Francia para siempre, y Vuestra Majestad no 
dudará del entusiasmo irresistible que al declararse la 
guerra va á empujar por entero al pueblo alemán. 

■El rey Alberto protestó diciendo que era disfra- 
zar las intenciones del Gobierno francés el interpretar- 
las de tal suerte, y que era igualmente una equivoca- 
ción sobre los sentimientos de la nación francesa el 
juzgarla por las manifestaciones de algunos espíritus 
exaltados ó de intrigantes sin conciencia. 

>E1 Emperador y su jefe de Estado ]\Iayor persis- 
tieron, á pesar de esto, en su manera de ver las cosas. 

»En el curso de esta conversación, el Emperador 
se mostró cansado y de genio irritable. A medida que 
los años pesan .sobre Guillermo II, las tradiciones de 
familia, los sentimientos retrógrados de su Corte y sobre 
todo la impaciencia de los militares, van ejerciendo ma- 
yor poder sobre su espíritu. Tal vez siente celos ante la 
popularidad adquirida por su hijo, el cual adula las 
pasiones de los pangermanistas y encuentra que la si- 
tuación del Imperio en el mundo no está de acuerdo con 
8u poder. Tal vez la réplica de Francia al último 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



S43 



aumento del ejército alemán, cuyo objeto era establecer 
sin duda alguna la superioridad germánica, ha influi- 
do algo en esta amargura, pues digan lo que digan, 
Alemania ya no puede ir /«(}•< lejos en sus preparativos 
militares. 

»Haj' que preguntarse cuál es la verdadera finali- 
dad de esta conversación. Bien puede ser que el obje- 
tivo de Guillermo II y su jefe de Estado Mayor fuese 
impresionar al Rey de los Belgas, preparándolo para 
que no oponga resistencia en el caso de que se pro- 
duzca un conflicto entre ellos y nosotros. Igualmente 
podría ser que quisieran que Bélgica fuese menos hos- 
til á ciertas ambiciones que se han despertado aquí 
respecto al Congo belga Pero esta hipótesis no con- 
cuerda con la presencia y la intervención del general 
Von Moltke. 

»De todos modos, el emperador Guillermo es menos 
dueño de sus impresiones que se cree 
generalmente. Yo he visto, más de 
una vez, con qué facilidad deja esca- 
par el fondo de su pensamiento. Sea 
cual sea el objeto de la conversación 
que me ha sido comunicada, no por 
esto la confidencia deja de tener el 
más grave carácter. Está en relación 
indudable con la situación general. 

«Hay que tener muy en cuenta el 
hecho completamente nuevo de que el 
Emperador se familiariza con un orden 
de ideas que le repugnaba antes, y co- 
piando una de sus locuciones favori- 
tas, repetiré que nosotros debemos 
tener seca nuestra pólvora.* 




GENERAL MIII.TKE 



La despedida de los dos soberanos 
en esta conferencia, de la que sólo había tenido noti- 
cias incompletas el embajador francés, marcó para 
siempre la situación del rey de Bélgica. 

— Ocurra lo que ocurra — dijo Guillermo II — , acor- 
daos de que pertenecéis á la casa de Coburgo. 

^Si; pero también pertenezco á la casa de Orleans 
— contestó Alberto I — , y por encima de todos mis 
orígenes me acordaré siempre de que soy belga. 

Más adelante diremos á impulsos de ([ué sugestio- 
nes se verificó la evolución observada por el embaja- 
dor francés en la persona del kaiser, que hasta enton- 
ces había aspirado á la gloria de «soberano de la 
paz». 

En esta situación, cuando el emperador dejaba que 
las infiuencias militaristas ejerciesen más presión 
sobre su espíritu, cuando el partido de la guerra hacía 
una propaganda tenaz sobre las masas alemanas ([ue, 
según el socialista Bernstein, eran de instintos pa- 
cíficos, pero marcharían cual un solo hombre si sabían 
excitarlas», se produjo como un cataclismo providen- 
cial para los belicosos deseos de los pangermanistas 
el atentado de Serajevo contra el archiduque herede- 



ro de Austria, seguido del ultimátum austríaco á 

Servia. 

o 

;.Quién sabe qué misterio de política tortuosa se 
oculta detrás del atentado de SerajevoV 

La actitud de Austria en este asunto nunca fué 
clara. Declaró la guerra á Servia por vengar la 
muerte del archidu(|ue, pretendiendo hacer responsa- 
ble de ésta al gobierno servio. Pero una revelación 
del gobierno italiano en el mes de Diciembre ha hecho 
ver que la animosidad austríaca contra Servía y sus 
deseos de conquistarla eran antiguos, y que la muerte 
del archiduque no significó para ella más que un pre- 
texto rápidamente aprovechado. 

En la Cámara italiana el señor Giolitti demostró 
con documentos oficiales que los dos imperios, austría- 
co y alemán, no sólo han provocado la presente gue- 
rra y son responsables de la agresión, 
sino tiue la tenían muy premeditada é 
intentaron iniciarla un año antes. 

El II de Agosto de 1913 el gobierno 
austríaco dirigió un telegrama al go- 
bierno de Italia, avisándole su pro- 
pósito de provocar una guerra con 
Servia. Era en el momento que los 
representantes de Servia, Grecia y 
Bulgaria se ponían de acuerdo en Bu- 
carest. El imperio austríaco quería 
hacer la guerra, dando hipócritamen- 
te á su provocación una apariencia 
defensiva. De este modo pensaba obli- 
gar á Italia á que le prestase su ayu- 
da con arreglo á lo consignado en las 
bases de la Triple Alianza, que espe- 
cificaban la mutua ayuda, el casus 
federis, para defenderse. El jefe del 
gobierno italiano, Giolitti, y el ministro de Xegocios 
Extranjeros, marqués de San Giuliano, se negaron 
á tal pretensión, declarando que lo que proyectaba 
Austria era un ataque y no una defensa, y por lo 
mismo Italia no aceptaba el casus federis. En vista 
de la negativa. Austria permaneció ([uieta. y Alema- 
nía pareció no haberse enterado de los deseos de su 
aliada. Pero queda establecido de un modo indiscuti- 
ble, por los documentos del gobierno italiano, que 
en 1913 Austria, y por consiguiente Alemania — pues la 
una no se mueve sin el asentimiento de la otra — , in- 
tentaron la misma agresión á Servia, que fué repetida 
un año después, dando origen á la guerra. 

Este dato importantísimo, proporcionado por las 
tardías revelaciones del gobierno de Italia y las cir- 
cunstancias complicadas y misteriosas que rodearon 
el atentado de Serajevo, dan lugar á muchas hipóte- 
sis, algunas de ellas poco favorables á Austria, que 
necesitaba á toda costa un pretexto para sus fines 
agresivos. 

El inesperado viaje del archiduque heredero á Bos- 
nia, donde era impopular y estaba latente la protesta 



344 



VICENTE BLASCO IBANEZ 




MANIFESTACIÓN DEL PUEBLO SEIiVÍO ANTE LA LECACION liRITANICA DE BELGRADO 



de los eslavos, fué acogido por muchos con inquietud. 
Era indudable que ocurriría algo violento. El gobier- 
no de Servia dio aviso previsoramente al de Austria 
de la posibilidad de un complot contra la vida del ar- 
chiduque. Los (jue cometieron el crimen no eran ciu- 
dadanos de Servia, sino subditos de Austria, persegui- 
dos por su policía, arrojados del territorio, y que pu- 
dieron volver á él sin ser descubiertos. Además hay 
que tener en cuenta algunos detalles del drama. El 
alcalde de Serajevo, después del primer atentado, 
ruega al archiduque que cambie de itinerario, sin que 
éste le obedezca, dando á entender que tiene sus ra- 
zones para hacerlo así. Las calles, guardadas mili- 
tarmente, conservan ciertos espacios libres de vigi- 
lancia, y en ellos precisamente se producen los dos 
atentados. Y sobre todo esto, el hecho final, la sen- 
tencia inverosímil de los autores del delito, que con- 
victos y confesos son condenados solamente á presi- 
dio, mientras para justificar tal lenidad se condena á 
la horca á varios desconocidos que no tomaron parte 
en el hecho. 

Loa que conocen los procedimientos de la policía 
austríaca, sus buenas relaciones con los delincuentes, 
á los que emplea muchas veces como colaboradores, 
han insinuado la posibilidad de un atentado fingido, 
que á última hora fué verdadero por la impulsividad 
juvenil y el fanatismo político de Prinzip, uno de los 
encargados de la ejecución. 

Según esta hipótesis, no desprovista de fundamen- 
to, la policía austríaca quiso hacer pasar al archidu- 
que heredero por un doble atentado sin consecuencias 
— lo que no es nuevo en la historia secreta de las mo- 
narquías — , para después hacer responsable á Servia 
del hecho. El archiduque iba á salir con mayor pres- 
tigio y popularidad de este suceso, hábilmente prepa- 
rado. El gobierno austríaco tendría con ello el motivo 
que le hacia falta para atacar á Servia. Pero el exce- 
sivo entusiasmo del estudiante bosníaco, que al ver la 



ocasión favorable procuró matar, ó 
una fatalidad que guió su mano en 
este juego peligroso, convirtió la 
comedia policíaca en verdadera 
tragedia. 

Sea esto cierto ó no lo sea, el 
atentado de Serajevo sirvió á Aus- 
tria y Alemania de excelente oca- 
sión para replantear sus proyectos 
belicosos. Circunstancia digna de 
mencionarse. El imperio austríaco 
mantuvo esta vez al gobierno de 
Italia fuera del complot. Recorda- 
ba su negativa de 1913. y dispuesto 
á atropellar á Servia con un violen- 
to ultimátum, no creyó conveniente 
consultar al gabinete de Koma, pues 
sabia de antemano (|ue éste iba á 
responder, como el año anterior, 
que por tratarse de una agresión y 
no de una defensa no había motivo para el casus fe- 
deris. 

La conducta de Italia es la demostración más clara 
y concluyente de que Alemania y Austria son los au- 
tores de la guerra y los responsables de sus males. De 
ser los agredidos, como han pretendido hacerlo creer 
á sus mismos pueblos y á la opinión de las naciones 
neutras, habrían exigido de Italia el cumplimiento de 
los compromisos de la Triple Alianza, que la obliga- 
ban á apoyar á los dos Imperios en el caso de una 
guerra de defensa. La colaboración de Italia era im- 
portantísima y tal vez decisiva para la suerte de Ale- 



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ÜN VOLUNTARIO SERVIO DE 70 ANOS 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



245 



mania y Austria en la presente lucha. Con el apoyo 
italiano podían sostener su poderío en el Mediterrá- 
neo, causando además grave daño á Francia, obliga- 
da á distraer una parte de sus ejércitos en la defensa 
de los Alpes. 

La situación de los dos imperios no fué tan desaho- 
gada desde el primer momento que les permitiese re- 
nunciar á la colaboración de un aliado importante. 
Basta ver cómo buscaron después el apoyo de la deca- 
dente Turquía, dando una importancia exagerada á su 
adhesión, la única que han podido conseguir en todo 
el mundo. El apoyo de Italia, aparte de su valor ma- 
terial, resultaba impor- 
tantísimo, pues hubiese 
servido para hacer ver á 
la opinión de un modo in- 
discutible que la Triple 
Alianza era la agredida y 
que sus tres componentes 
se consideraban en estado 
de legitima defensa. 

Pero los dos imperios, 
al iniciar la agresión de 
Servia, ni siquiera inten- 
taron hacer valer el tra- 
tado de la Triple Alianza 
para que Italia los siguie- 
se. Tenían plena concien- 
cia de la injusticia de su 
empresa. Sabían que el 
gobierno italiano iba á ne- 
garse públicamente, de- 
nunciando de un modo 
palpable su carácter de 
provocadores y agresores. 
Por esto ni siquiera comu- 
nicaron con anterioridad 
sus gestiones diplomáti- 
cas al gabinete de Roma, 




como debe hacerse entre 
aliados. Éste sólo se en- 
teró de lo que ocurría al mismo tiempo que las demás 
potencias. 

Cuando el marqués de San Giuliano intervino oñ- 
ciosamente en nombre de Italia para mantener la paz 
junto con Sir Edward <irey, dando consejos de mode- 
ración á Austria, ésta ni siquiera intentó fingirse 
agredida ó provocada como en el año anterior. Los 
dos imperios aliados estaban seguros de sus fuerzas y 
creían bastarse para conseguir la victoria, lo que dio 
á los gobernantes de Viena una ruda libertad de len- 
guaje. Esta vez Austria no quiso ensayar siquiera 
ante el gobierno italiano la comedia de fingirse agre- 
dida. Sólo habló de las seguridades de éxito en favor 
de su empresa. Su respuesta al ministro italiano fué 
que Rusia no estaba preparada para una acción mili- 
tar, y que si á pesar de su mala situación insistía en 
intervenir á favor de Servia, entonces Alemania rom- 



INA AMBILANCFA SERVIA 



peria su silencio declarando la guerra á los rusos y 
aprovechando la ocasión para caer sobre Francia. Ni 
en Viena ni en Berlín creía nadie que la Gran Breta- 
ña se aventurase en una guerra europea. 

De la conducta de Italia y de los documentos di- 
plomáticos leídos en su Cámara de diputados, resulta 
que Alemania y Austria no han hecho más que reali- 
zar en l!tl4 la guerra que ya habían intentado en 191.3, 
provocándola con el primer pretexto que les pareció 
oportuno, seguras de que la victoria, que da siempre 
la razón al más fuerte, se encargaría de justificar su 
conducta. Existe otro testimonio irrecusable «jue prue- 
ba la responsabilidad del 
imperio germánico, ver- 
dadero autor de la guerra, 
y este testimonio lo pro- 
porciona un alemán cé- 
lebre. 

Maximiliano Harden es 
el más popular é influyen- 
te de los periodistas ale- 
manes. Su pluma temible 
ha causado grandes es- 
tragos en la vida interior 
del Imperio. Todos recuer- 
dan su escandalosa cam- 
paña contra los amigos 
más allegados del kaiser, 
á los que acusó de homo- 
sexualidad, arrostrando 
por esto un proceso ruido- 
so que hizo más grande 
su prestigio. Harden, que 
es judio, tiene la combati- 
vidad y el apasionamien- 
to de su raza. Su estilo 
corrosivo, que no recono- 
ce conveniencias sociales, 
le hace temible. Es una 
especie de jabalí de la 
literatura que salta por 
encima de los prejuicios más arraigados, dando col- 
millazos á las ideas universalmente aceptadas. Este 
hombre recibió las confidencias de Bismarck en los 
últimos años de su vida y está á sueldo de los grandes 
navieros de Hamburgo, de los banqueros de Berlín, de 
los poderosos industriales que forman en Alemania la 
aristocracia del dinero y desean implantar el poderío 
germánico en toda la tierra. 

llarden, como muchos escritores de la Alemania 
del presente, sólo cree en la fuerza. El derecho no es 
para él más que una consecuencia de esta fuerza, una 
palabra vana que iinicamente sirve para consuelo de 
los débiles. El que puede golpear duro y seguido tiene 
siempre razón. Y este escritor de franqueza brutal, 
que es el verdadero representante del sentimiento ger- 
mánico contemporáneo, se irritó al ver cómo el jefe 
del gobierno, los personajes de la Universidad y mu- 



846 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



chos periodistas apelaban á la opinión pública, que- 
riendo demostrar con soüsmas y falsedades que Ale 
mania no quería la guerra y únicamente había toma- 
do las armas para defenderse, viéndose obligada, con 
harto dolor, á tener que atrepellar la neutralidad de 
los pueblos pequeños. 

— ¿Para qué tales comedias? — preguntó indignado 
Harden en su periódico Zukurtft. 

«Veamos — continuó diciendo — . ¿Alemania es fuer- 
te?... Sí. ¿Entonces qué nos cantáis en vuestras justi- 
ficaciones, profesores con antiparras y teólogos en 
zapatillas? ¿Es que acaso el derecho existe? ¿Es que 
las nobles ideas de que 
habláis tanto valen cual- 
quiera cosa? Un solo prin- 
cipio vale en el mundo, 
uno solo, que resume y 
contiene todos los otros: 
la Fuerza. Hablad en 
nombre de ella nada más, 
y dejaos de niñerías. La 
Fuerza: he aquí la única 
palabra que suena bien y 
con claridad, he aquí lo 
único que tiene estilo y 
gallardía. La Fuerza: un 
puñetazo dado á tiempo, 
y todo queda bien arre- 
glado.» 

Luego este publicista, 
íntimo amigo del kron- 
printz, el cual le secundó 
públicamente en la cam- 
paña contra los favoritos 
de su padre, y que ade- 
más es confidente de las 
más altas personalidades 
del Imperio, terminaba 
con las siguientes afirma- 
ciones: 

«Renunciemos á nues- 
tros miserables esfuerzos para excusar la acción de 
Alemania; cesemos de lanzar injurias despreciables 
sobre el enemigo. No es cierto que nos hayamos lan- 
zado contra nuestra voluntad en esta aventura gigan- 
tesca. Nadie nos ha impuesto la guerra por sorpresa. 
La hemos preparado, la hemos deseado; es más, debía- 
mos desearla. Nosotros no tenemos por qué compare- 
cer ante el tribunal de Europa ni ante ningún tribu- 
nal. No reconocemos semejante jurisdicción. Somos 
los agresores, y no hay por qué ocultarlo. Tenemos 
derecho á agredir, porque representamos el santo 
principio de la Fuerza. 

«Nuestra fuerza creará una ley nueva en Europa. 
Es Alemania la que puede pegar, y el que pega tiene 
siempre razón. Cuando nuestro país, gracias á su ge- 
nio, habrá conquistado nuevos dominios, los sacerdotes 
de todas las religiones ensalzarán la guerra bendita. 




BÉLGICA DBTBNIBNDO 



"Alemania no hace esta guerra por castigar cul- 
pables ni por libertar pueblos oprimidos, descan- 
sando después con la conciencia satisfecha de esta 
magnanimidad desinteresada. Hace la guerra por- 
que es fuerte y su fuerza le da derecho á ocupar en 
el mundo el primer lugar, invadiéndolo todo con su 
actividad. 

«España, los Países Bajos, Francia é Inglaterra se 
apoderaron á su hora de los territorios más fértiles 
del mundo, colonizándolos. La hora de Alemania sue- 
na ahora, y como es más fuerte que todas las nacio- 
nes, va á tomar su puesto de potencia directora del 

mundo, izando sobre to- 
dos los pueblos su bandera 
de tempestad. 

«Debemos reírnos de 
esas torpes justificaciones 
ante la opinión de los 
otros pueblos. ¿Qué tribu- 
nal podrá juzgarnos cuan- 
do seamos vencedores?» 



La actitud de Beth- 
mann-Holhveg y sus mi- 
nistros fué cambiando en 
el curso de la guerra. 

Al iniciarse las hostili- 
dades, el Canciller con- 
fesó en el Reichstag, el 4 
de Agosto, que la viola- 
ción del territorio de Bél- 
gica constituía «un aten- 
tado al derecho de gen- 
tes». Pero Alemania iba á 
vencer; todos los germa- 
nos, desde el kaiser al úl- 
timo menestral, estaban 
seguros del triunfo; y el 
que vence — según la teo- 
ría alemana de Harden — 



AL GIOANTH GERMANO 

'Caricatura de Le Mot. ile París) 



no tiene que dar cuenta de su conducta anterior á 
ningún tribunal. Posee la santa Fuerza, que es lo 
único que vale. Nada cuesta reconocer los daños co- 
metidos, cuando no se puede tener ninguna sanción. 
Se sale del paso afirmando que «la necesidad no re- 
conoce ley», (jue «cada uno hace lo que puede para 
defenderse», que un tratado solemne es < un pedazo 
de papel • y que ya se repararán oportunamente los 
perjuicios causados. 

Al mes de iniciada la guerra, comenzó á flaquear 
la fe hasta entonces inconmovible de los directores 
del pueblo alemán. Los sucesos militares eran muy 
distintos en la realidad de como los había preparado 
el Estado Mayor en sus proyectos. Alemania creyó en 
una campaña rápida, fulgurante, aplastadora contra 
Francia, para volar inmediatamente á las fronteras 
de Rusia, aniquilando á este otro aliado. Dos días bas- 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



247 



taban para atravesar Bélgica; tres semanas para des- 
hacer el ejército francés y entrar victoriosos en París; 
El kaiser había invitado á los íntimos de su séquito á 
un banquete en un restaurant famoso de los buleva- 
res, á fines de Agosto. 

Bélgica opuso al invasor una resistencia tenaz, re- 
trasando y desbaratando sus planes. Los guerreros 
germánicos se convencieron, á costa de grandes ma- 
tanzas en sus filas, de que Francia, «nación decadente, 
nación podrida», según las afirmaciones de los maes- 
tros en las escuelas y los jefes en los cuarteles, tenía 
un soldado heroico en cada uno de sus hijos, y la gue- 
rra iba á ser terrible, larga, de un resultado fatal. 

El gobierno cambió entonces de tono. A las prime- 
ras brutalidades, arrogantes y francas de presunto 
vencedor, suce- 




I NA COMIDA IJUB SK BNFBIA 
Alude i la comida que había encargado el kaiser para su entrada en París el 24 de Agosto 

(l'otital popular de París) 



dieron la argu- 
cia del leguleyo 
para demostrar 
que la razón es- 
taba de su par- 
te, y la pedan- 
tesca argumen- 
tación universi- 
taria. El imperio 
germánico tuvo 
empeño en hacer 
creer que liabia 
sido atacado. Su 
propaganda, di- 
rigida á las na- 
ciones neutras, 
intentó al mismo 
tiempo persua- 
dir á los propios 
alemanes. Para 
sacarles el dine- 
ro con nuevas 

contribuciones destinadas al aumento de las fuerzas 
militares, les habían hecho creer que Alemania iba á 
ser atacada. Después, para excitar su entusiasmo, les 
hicieron ver que la guerra sería fácil y rápida, con un 
cuantioso botín del que todos recibirían su parte. Lue- 
go, cuando á los cuatro meses de guerra las pérdidas 
de Alemania subieron á más de un millón de hombres, 
el gobierno redobló sus esfuerzos para demostrar que 
la catástrofe había sido inevitable y los enemigos 
eran los provocadores. ;.Qué haría el pueblo alemán si 
llegaba á enterarse de que esta guerra, terrible equi- 
vocación que ponía en peligro la prosperidad de cua- 
renta años, había sido preparada y provocada volun- 
tariamente por sus gobernantes? ;.Qué pensaría de 
una diplomacia que no había sabido conocer el esta- 
do moral de los pueblos adversarios, describiéndolos 
como divididos y moribundos? ¿Qué de unos generales 
(|ue habían forzado el estallido de la guerra, creyén- 
dola de éxito seguro, y habían tropezado desde los 
primeros días con el fracaso de sus planes?... 



Ciegos por la propia infatuación y el desprecio á 
los adversarios, habían descontado para su éxito el 
desfallecimiento de Rusia y la indiferencia de Ingla- 
terra. El único enemigo digno de inspirar algún cuida- 
do era el francés, pero á éste pensaban abatirlo fácil- 
mente desplomando de un golpe sobre Francia toda 
la catarata de su fuerza. Estas ilusiones se disiparon 
cruelmente desde el principio de la campaña, y Beth- 
raann-HoUweg, á pesar de sus primeras confesiones, 
de la contriidicción entre sus palabras de un día y las 
palabras de otro, de la conducta de Italia que proba- 
ba quién era el agresor, sin que Alemania se atrevie- 
se á desmentirla, quiso seguir engañando al pueblo 
alemán, manteniéndolo en su optimismo patriótico y 
su falso papel de agredido, para lo cual declaró trági- 
camente desde 
la tribuna del 
Reichstag que 
los que han des- 
encadenado esta 
guerra «llevarán 
ante Dios y ante 
los hombres la 
responsabilidad 
de la catásfrofe 
que lia caído so- 
bre el mundo». 

Asi es. Pero el 
mundo hace días 
que tiene vista 
y fallada la cau- 
sa de la guerra 
y sabe á quién 
deber exigir la 
responsabilidad. 
Betlimann-HoU- 
weg y otros que 
están por enci- 
ma de él serán los llamados á comparecer cuando 
llegue la hora de la justicia. La fuerza es grande 
cuando va acompañada del derecho. Cuando marcha 
sola, queriendo engendrar el derecho, que es superior 
á ella, acaba por tropezar y derrumbarse en su ce- 
guera colérica. Existe un tribunal superior á la fuerza, 
aunque el brutal llarden ignore su existencia. 



Los primeros fracasos de Alemania la obligaron 
á revolverse iracunda en torno de ella, buscando un 
responsal)le á quien echar la culpa. Era natural que 
este responsable fuese Francia, á cuyo esfuerzo ines- 
perado debía sus contrariedades. Pero la República 
Francesa, objeto hasta el día anterior de sus despre- 
cios y odios, recibió de pronto el homenaje de sus ha- 
lagos y alabanzas. De nación «podrida y decadente» 
pasó á ser de pronto «un pueblo digno de respeto», 
tributando elogios Alemania al valor de sus hijos y 
reconociendo que eran casi tan héroes como sus pro- 



248 



VICENTE BLASCO IBANEZ 




LOS VOLUNTARIOS INGLESES AL SALIR DE PAKIS 

pios soldados. Al mismo tiempo que el despecho le 
arrancaba tales elogios, creyó, con su habitual torpe- 
za, que éstos podrían servirle para a.justar una paz 
especial con Francia, separándola de sus aliados. 

Todo su odio se concentró en Inglaterra, la pérfida 
Gran líretaña, haciéndola responsable de lo ocurrido, 
como si fuese la única autora de la guerra. Los perio- 
distas alemanes casi han afirmado que el gobierno 
de Londres es el que preparó astutamente la guerra, 
arrastrando á la inocente Francia. 

A los cerebros alemanes se les escapa toda idea, 
todo sentimiento que no esté basado en algo material, 
en una ganancia inmediata ó un negocio á próximo 
plazo. Fste pueblo, que en otro tiempo tuvo grandes 
poetas — cuando no conocía el imperialismo y luchaba 
por su propia existencia — , no puede comprender hoy 
que se pelee por el honor, por la palabra empeñada, 
por el res])eto de los compromisos. El inglés era para 
muchos un ser prosaico, calculador, materialista, y 
sin embargo se ha lanzado á la guerra caballeresca- 
mente por impedir el atropello de la pequeña Bél- 
gica. El alemán, considerado por muchos — diremos la 
causa más adelante — como un ser poético, desintere- 
sado, romántico, desea apoderarse del mundo entero 
por medio de la fuerza, convirtiéndolo en un cuartel 
y un taller, regimentándolo con arreglo á su concep- 
ción de una vida automática. 

Inglaterra no quiso tolerar, por un sentimiento de 
honor, el atropello de Bélgica, y esto bastó para que 
Alemania la considerase como su mayor enemiga. 
Ayudó aquélla á Francia contra un enemigo que re- 
sultaba común, y como esta ayuda quitó al imperio 
germánico la última probabilidad de victoria, de aquí 
que redoble sus acusaciones haciendo responsable á 
Inglaterra de la duración de una lucha que nadie más 
que él provocó. 

La conducta de la Gran Bretaña, noble para los 
demás y conveniente para su propia conservación, la 
ha resumido brillantemente el escritor inglés William 
Archer: 



'V.Hubiese obrado Inglaterra cuerdamente — dice — 
permaneciendo aislada por sistema del resto de Euro- 
pa y eludiendo los compromisos que pudiesen arras- 
trarla á una guerra continental? Aun quedan en Ingla- 
terra algunos que creen en esta política de «esplén- 
dido aislamiento». Pero están equivocados: primero, 
pori|ue esta política es imposible: segundo, porque hu- 
biese sido una traición á los ideales que defiende In- 
glaterra y una renuncia á todo lo que hace digna la 
vida de los seres que hablan la lengua inglesa en todo 
el mundo. 

«Esa política de aislamiento era imposible por una 
razón, á salier: porque Alemania estaba enérgica- 
mente resuelta á atacar al imperio británico cuando 
le conviniese. Ni la palabra «aislamiento», ni la idea 
que ésta implica, hubiesen merecido el más pequeño 
respeto de Alemania, sirviendo únicamente para apo- 
derarse de Inglaterra con más facilidad. (,^.uien dude 
de esto, que lea las doctrinas del alemán Treitschke 
ó la vulgarización de estas doctrinas en el libro del 
general Bernhardi, Alemania y la guerra próxima, y 
tendrá que renunciar á la idea de que el imperio bri- 
tánico y el imperio germánico — inspirado por las doc- 
trinas de Treitschke — pueden coexistir en este pla- 
neta... 

"¡Esperad! Había un medio de que ambos imperios 
se entendiesen y fuesen amigos durante un siglo poco 
más ó menos. Este medio era que Inglaterra hubiese 
admitido con Alemania un arreglo de piratería, para 
repartirse entre los dos el mundo. Inglaterra podía 
haber dicho: 

» — Déjame poseer tranquilamenle mis dominios de 
ultramar, y yo te ayudaré á absorber todas las colo- 
nias que las demás naciones poseen fuera de Europa 
y que son enormes, especialmente las de Francia. 
También te ayudaré á desafiar la doctrina de Monroe, 
para que realices tu ensueño fundando otra Alemania 
en la América del Sur, donde existen grupos alemanes 
I Brasil, Argentina, Chile i. 

»Si nosotros hubiésemos sido «políticos realistas» 




LOS VOLUNTARIOS ITALIANOS 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



249 



en el sentido bismarckiano, podiamoa haber aceptado 
esta innoble alianza. Como todo el mundo sabe, el 
Canciller alemán hizo insinuaciones al embajador de 
nuestro gobierno (1) que iban claramente encamina- 
das en el sentido de una alianza de piratería... Pero 
aunque hubiésemos aceptado indignamente este plan 
para la distribución del planeta, no se hubiese evita- 
do el rompimiento entre las dos naciones. Únicamen- 
te 86 habría aplazado el crujido final, inevitable. Un 
imperio que cree, como el de Alemania, que la guerra 
de agresión es indispensable para su salud espiritual, 
no puede conformarse á la larga con disfrutar en com- 
pañía de otro el dominio del mundo. Lo desea por 
entero para él. 

«Llegamos con esto á la irreconciliable diferencia 
de ideales, que es la raiz de esta 
guerra y su verdadero motivo. 

«Alemania cree — por lo menos 
asi lo suponen los políticos, los sol- 
dados y los profesores que han defi- 
nido su política — que es la nación 
más grande y privilegiada de la 
Historia, y que Dios le ha confiado 
el solemne deber de dignificar el 
mundo, imponiéndole por la fuerza 
de las armas la cultura alemana y 
el benéfico genio alemán. 

»Oomo un incidente desean mer- 
cados para sus industrias y para 
su sobrante de población. Pero sus 
profesores y sus intelectuales de 
todas clases son probablemente 
sinceros al decir que lo que ellos 
desean vindicar en primer término, 
á fuerza de cañonazos, es la supre- 
macía intelectual y espiritual de su 
pueblo. 

»Esto parece exagerado y cari- 
caturesco á los que no somos ale- 
manes, y hasta lo juzgaríamos inverosímil de no 
haber tantos libros, periódicos y discursos que afirman 
tal doctrina, como resumen de las ideas dominantes 
de la casta que gobierna el imperio germánico. 

»Las clases distinguidas de Alemania no sienten 
la más mínima falsa modestia al declararse por sí 
mismas como una reunión de superhombres destina- 
dos por Dios á gobernar el mundo, imponiéndose por 
medio de la fuerza. Bernhardi y otros autores famo- 
sos en Alemania asi lo afirman. Sus deseos, apoyados 
en una gran potencia militar, constituyen desde hace 
años una intolerable amenaza para todas las naciones 
(lue no gustan de rendir vasallaje político, intelectual 
y espiritual á Alemania. 

«Por esto cree la Gran Bretaña que, al mezclarse 
en la guerra para impedir que el imperio germánico 




LOS VOLUNTARIOS SUECOS 



(1) Véase el relato de la conferencia del Canciller alemán y el ciuba 
jador inglés, en el capítulo sobre el rompimiento do relaciones entre Ale- 
mania é Inglaterra. 



suprima politicamente la existencia de Francia, está 
luchando por la libertad del resto del mundo. 

«Además, si Inglaterra hubiese permanecido á un 
lado, dejando que el imperio alemán devorase en dos 
bocados á Bélgica y Francia, ¿duda alguien que ella 
hubiese recibido el tercer mordisco? Enriquecida Ale- 
mania con las enormes indemnizaciones que hubiese 
cobrado después de su victoria, y aumentada su for- 
tuna con la explotación de las enormes colonias fran- 
cesas que habrían pasado á ser suyas, hubiese dedi- 
cado seguramente lo mejor de su inmenso botín á la 
construcción de una armada que despojase á Ingla- 
terra do esa libertad de los mares sobre la que des- 
cansa toda su existencia. 

«Y una vez conseguido esto, ^por qué razón habría 
de respetar la hegemonía de los 
Estados Unidos en el continente 
americano y en el Pacífico? Guar- 
dar este respeto y mantenerse en 
paz, equivaldría á una triste de- 
gradación de su ideal. Treitschke, 
el gran profeta de la supremacía 
alemana, ha dicho: «Dios hará que 
la guerra se repita siempre, como 
un medicamento purgante para la 
raza humana.» 

«Cuando Alemania hubiese do- 
mado y vencido á toda Europa, se 
vería obligada á buscar antagonis- 
tas en los otros continentes. Sólo 
dudaría para decidir si el puño 
cubierto de hierro debía caer antes 
sobre los Estados Unidos, la China 
ó el Japón. 

"Está muy lejos de toda proba- 
liilidad que Alemania pueda impo- 
ner su yugo á Francia ó á Rusia. 
Pero supongamos que así fuese. En 
tal caso Inglaterra sería la victima 
inmediata; y desaparecida Inglaterra, les tocaría el 
turno á los reinos escandinavos. Por otra parte, el 
Océano Atlántico se convertirla en una expresión 
geográfica, dejando de ser una realidad política, y la 
única esperanza de defensa de los Estados Unidos 
residiría en el servicio militar obligatorio para todo 
el mundo y en el mantenimiento de una armada gigan- 
tesca. 

»Yo creo, sin embargo, heréticamente, que el pro- 
feta Treitschke y sus apóstoles Bernhardi y demás 
intelectuales alemanes no han penetrado del todo en 
los designios de Dios y que es posible que la humani- 
dad esté destinada en este mundo para otra cosa 
distinta ([ue matarse en cantidad de millones y millo- 
nes hasta el fin de los tiempos, sometiendo á feroces 
torturas espeluznantes niños y mujeres, como en la 
invasión de Bélgica. 

«Creo además que Inglaterra se opondrá impía- 
mente, mientras le quede un hombre, á que el ideal 

31 



250 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



alemán se imponga sobre el planeta. Tal vez éste que- 
de empapado en sangre, pero indudablemente sentirá 

agradecimiento.» 

o 

Los horrores cometidos por los alemanes al inva- 
dir á Bélgica provocaron un grito de indignación en 
el mundo civilizado. El hecho de la violación de su 
neutralidad despertó una protesta en todos los paises 
libres. 

El gobierno alemán, sin otra simpatía en Europa 
que la de su aliado el imperio austríaco, dedicó toda 
su propaganda al pueblo de los Estados Unidos, para 
ganarse su adhesión. Y de la gran república de la 
América del Norte, de sus universidades, de sus gran- 
des periódicos, de sus estadistas más célebres, vinie- 
ron á ella las protestas más enérgicas. El expresidente 
Roosevelt, el millonario filántropo Carneghie y otros 
potentados norte-americanos (|ue eran amigos particu- 
lares de Guillermo II y hasta poco antes de la guerra 
figuraban como partidarios de Alemania, manifesta- 
ron públicamente su protesta contra el imperio ger- 
mánico, denunciándolo á la execración universal por 
sus atentados contra la libertad de los pueblos y el 
derecho de gentes. 

A pesar de que Harden niega la existencia de un 
tribunal que pueda juzgar á Alemania, el emperador 
y sus ministros se mostraron alarmados por estas 
manifestaciones de la opinión, haciendo esfuerzos por 
retener con sofísticos argumentos las simpatías que 
abandonaban á su causa. 

El gobierno germánico pretendió explicar los 
horrores cometidos por sus tropas en Bélgica, dicien- 
do que eran una consecuencia del furor de los solda- 
dos al verse atacados por los vecinos de los pueblos. 

Estos campesinos, que defendían con la escopeta 
de caza, ó simplemente con la horquilla ó la hoz, la 
integridad de sus domicilios y la virtud de sus muje- 
res, desafiando con tan primitivos medios la poderosa 
organización alemana y su artillería enorme, eran 
«bandidos», según los gobernantes de Berlín. Con arre- 
glo á la doctrina alemana, únicamente tienen derecho 
á defender su país los militares profesionales que 
encuentran en ello un medio de vida y los que obliga- 
toriamente visten un uniforme. Inútil es demostrar lo 
absurdo de esta teoría, digna de un cerebro germáni- 
co. El padre que mata por guardar á su hija, el labrie- 
go que defiende su casa, todos los que viven tranqui- 
los, sin provocar á nadie, y al ver sus hogares en 
peligro no se entregan como bestias de matadero é 
intentan resistirse, «son bandidos». En cambio, el que 
invade un país tranqnilo que se creía amparado por 
una neutraliddd garantizada por la firma de Prusía, 
el que incendia pueblos, fusila mujeres, niños y curas, 
y roba cuanto encuentra, es un héroe, porque viste 
uniforme y puede permitirse la destrucción de todo 
un pueblo con el pretexto más ó menos justificado de 
que le han hecho fuego desde una ventana. 

Según la mentalidad del militarismo alemán, los 



guerrilleros de nuestra lucha por la independencia en 
1808 fueron «bandidos», así como los guerrilleros de 
todos los pueblos (jue han tenido que pelear por la 
libertad. Bandidos también los defensores de Zaragoza 
y de Gerona y todos los hombres de la tierra que sin 
ser soldados de profesión osaron defender su ciudad 
natal, sus familias y sus casas ante una invasión que 
no habían provocado. Bandidos los campesinos tirole- 
ses que guerrearon en sus montañas con las tropas de 
Napoleón y que el pueblo alemán venera justamente 
como héroes. 

Los gobernantes de Berlín y sus gaceteros de 
cámara pretendieron convencer al mundo de que los 
belgas sufrían un castigo merecido. Para vivir en paz 
no tenían más que tolerar, como el pobre Luxembur- 
go, que los alemanes ocupasen su país. Así hubiesen 
podido éstos sorprender traidoraraente á los vecinos, 
(juedándose en Bélgica durante todo el tiempo de la 
guerra, guarneciendo sus fortalezas, empleando sus 
ferrocarriles y puertos, consumiendo los recursos del 
país, trastornando su existencia. 

Como era de esperar, el mundo no aceptó estas 
explicaciones extravagantes de la neutralidad, y el 
gobierno de Berlín apeló entonces, como suprema 
justificación, á una de sus falsificaciones. 

Bélgica era merecedora de lo que le ocurría, por- 
que ella misma había roto años antes su neutralidad, 
ajustando una alianza ofensiva y defensiva con Ingla- 
terra. 

AI ocupar los alemanes los ministerios de Bruse- 
las, descubrieron un documento importantísimo según 
ellos: el texto de la citada alianza, que sus principales 
gacetas se apresuraron á publicar, pero truncado, 
falsificado, suprimiendo sus notas, para darle mayor 
alcance. 

En la patria de Bismarck, que se alabó toda su 
vida de haber falsificado en 1870 el telegrama de Ems, 
para decidir á su rey y á Prusía entera á la guerra 
contra Francia, estos procedimientos... patrióticos 
nada tienen de extraordinarios. Deutschland uber alies 
(Alemania sobre todos). Y ciertos admiradores de la 
grandeza germánica, que con un optimismo á toda 
prueba hasta creen en la veracidad de la agencia 
Wolff, se apresuraron á lanzar la noticia de tal des- 
cubrimiento en varios paises, denunciando al mundo 
la maldad británica, que desde 1906 se había enten- 
dido con Bélgica. 

Fué esto una nueva muestra del modo de pensar 
de los alemanes y del concepto despreciable que tie- 
nen de la mentalidad de los pueblos que no son ger- 
mánicos, creyéndolos de una simplicidad capaz de 
admitir los mayores absurdos, siempre que procedan 
de Berlín. 

Existía un acuerdo — no una alianza — , un acuerdo 
puramente defensivo entre Inglaterra y Bélgica, y 
este acuerdo era verbal y tácito, pues ni siquiera fué 
consignado en un documento oficial y solemne. 

Inglaterra se había declarado en todas ocasiones, 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



251 



franca y abiertamente, la primera garantizadora de 
la independencia de Bélgica. ¿Y cómo podía ser cierta 
y eficaz esta garantía, si el gobierno inglés no se cui- 
daba de conocer los medios de defensa de Bélgica, po- 
niéndolos en relación con sus propios medios para in- 
tervenir en caso de peligro? 

Las relaciones entre Inglaterra y Bélgica, pura- 
mente defensivas, no eran un secreto para nadie. Da- 
taban de la fundación del reino belga, en 1830. Bis- 
marck conocía perfectamente dichos acuerdos, y por 
esto en la guerra de 1870 se guardó muy bien de vio- 
lar el territorio belga, sabiendo que esto le acarrearía 
un choque con la Gran Bre- 
taña. Los soldados de Jloltke 
pasaron muchas veces en sus 
evoluciones junto á la fron- 
tera de Bélgica. Les hubiese 
convenido franquearla, por 
facilitar esto su acción con- 
siderablemente, pero cuida- 
ron de no cometer tal aten- 
tado, para mantener asi la 
neutralidad de Inglaterra. 

El nieto de Guillermo I y 
los diplomáticos que se creen 
herederos del genio de Bis- 
marck han sido menos hiíbí- 
les y prudentes. El kaiser 
actual no recuerda para 
nada la divisa de su abuelo: 
Erst wagen, dann icagen. 
I Primero sospesar y luego 
atreverse.! 8u habilidad ha 
consistido en atreverse á 
todo, sin prever las conse- 
cuencias, atrayéndose la an- 
tipatía de casi todos los 
pueblos. 

El documento famoso, del 
que han querido hacer los 
alemanes una justificación 

de su conducta en Bélgica, es simplemente un relato 
de las entrevistas, en 1906, del coronel Barhardiston, 
agregado militar de Inglaterra en la legación de Bru- 
selas, y el general Ducarne, jefe de Estado Mayor del 
ejército belga. 

El coronel inglés quiso saber si Bélgica estaba en 
disposición para defenderse en el caso de que un ene- 
migo intentara violar su neutralidad. (Como se ve, ya 
temían entonces los ingleses la agresión de Alemania, i 
El general contestó que su país podía movilizar en 
aquel momento 180.000 hombres en cuatro días. 

Después de haber recibido estas indicaciones, el 
coronel declaró (|ue en el caso de que Alemania violase 
la neutralidad de Bélgica, el ejército ingh's desembar- 
carla lOO.OOO hombres en su territorio para sostener la 
independencia. Luego insistió para saber si estaban 
los belgas prontos á rechazar una invasión alemana. 




y el general contestó que Bélgica estaba dispuesta á 
repeler un ataque á su neutralidad, viniese de donde 
viniese: en Lieja contra Alemania, en Namur contra 
Francia y en Amberes contra Inglaterra. 

El general Ducarne dirigió luego un informe al 
ministerio de la Guerra acerca de sus conferencias 
con el coronel inglés, y en este documento, que han 
querido explotar los alemanes, insiste por dos veces 
en el hecho de que todo lo hablado es sobre la base 
de que «el envío de un auxilio inglés sólo debe efec- 
tuarse cuando el territorio belga se vea en peligro 
de ser violado». En el documento hay una nota mar- 
ginal del ministro belga pre- 
cisando igualmente que «la 
entrada de los ingleses en 
Bélgica sólo se efectuará 
después de una violación de 
la neutralidad belga por los 
alemanes». Pero las gacetas 
germánicas, al publicar este 
informe como un descubri- 
miento luminoso, tuvieron 
buen cuidado de falsificar su 
sentido, borrando las aclara- 
ciones del ministro. 

Los periódicos servidores 
de la Cancillería alemana 
añadieron que Inglaterra es- 
taba dispuesta antes de la 
guerra á desembarcar sus 
tropas en Bélgica, aunque 
ésta no solicitase su auxilio. 
Para esto se fundaron en otro 
documento, relatando una 
segunda entrevista en 1912 
entre el nuevo agregado in- 
glés, coronel Bridges, y el 
jefe del Estado Mayor belga, 
general .lungbluth. Estos re- 
anudaron la conversación 
mantenida seis años antes 
por sus predecesores, lo que demuestra que entre In- 
glaterra y Bélgica no existía una convención formal y 
escrita, como tampoco la hubo después. Todo se limitó 
á unas entrevistas de militares, en las que hablaban 
éstos para cambiar opiniones, pero sin que sus pala- 
bras obligasen á sus gobiernos. 

El coronel Bridges, por exceso de celo, dijo que, 
segvín su opinión, Bélgica no poseía bastantes medios 
para defender su neutralidad, y que en caso de peli- 
gro el gobierno británico tendría que desembarcar 
tropas, aunque los belgas no solicitasen su apoyo. 
Á esto contestó el general .Tungbluth con energía: 
— Vosotros sólo podréis desembarcar en Bélgica con 
nuestro consentimiento. 

No hubo más. Pero los alemanes han dado á las 
palabras de un simple coronel, agregado diplomático, 
la importancia de una declaración ministerial, afir- 



BL HONOR O LA VIDA 
(Caricatura del cülelirc artista holaniU'S Luis Kaeuiackors) 



252 



VICENTE BLASCO IBAÑE2 



mando que Inglaterra estaba dispuesta á desembarcar 
tropas en Bélgica, atropellando su neutralidad, aun- 
que los belgas no lo hubiesen solicitado. 

Pero así como publicaron los documentos encon- 
trados en Bruselas— falsificándolos — para hacer creer 
que Inglaterra estaba dispuesta de todos modos á vio- 
lar la neutralidad de Bélgica, debieron publicar igual- 
mente la carta de Sir Edward Grey, que representa 
algo más que las palabras sin consecuencia de un 
agregado militar en una conversación privada; carta 
escrita en 1012, que compromete solemnemente al go- 
bierno británico al respeto de la neutralidad belga. 

He aquí la carta de Sir Edward 
Grey, dirigida al ministro inglés 
en Bélgica: 

Foreing Office, Abril 1912. 

Hablando hoy con el ministro belga 
le he dicho oficiosameote que había lle- 
gado á mi conocimiento cierta alarma 
causada en Bélgica á propósito de la 
posibilidad de una violación de la neu- 
tralidad belga por Inglaterra. Aüadí 
que no creía que esta alarma fuese de 
procedencia inglesa. 

El ministro belga me informó de que 
ciertos rumores de procedencia ingle- 
sa, pero que él no podia precisar, ha- 
bían circulado respecto & un desembar- 
co de tropas nuestras en Bélgica á fiu 
de adelantarse al paso posible de tropas 
alemanas, á través de este pais, con 
dirección k Francia. 

Yo le he dicho que podía tener la cer- 
teza, y podía afirmarlo eu todas par- 
tes, que el Gobierno actual no violaría 
jamás el primero la neutralidad belga, 
y que no creo que ningún Grobierno 
que pueda sucedemos se atreva á tomar 
esta iniciativa, que la opinión pública 
de Inglaterra no aprobaría jamás. Lo 
único que habíamos considerado — y la 
cuestión resultaba muy embarazosa — 
era lo que seria deseable y necesario 
que hiciésemos nosotros, por ser uno 

de los garantizadores de la neutralidad belga, siesta neutralidad 
era violada por una potencia cualquiera. 

Si nosotros, por ejemplo, fuésemos los primeros en violar la 
neutralidad y desembarcar tropas en Bélgica, esto equivaldría á 
dar derecho á Alemania para que hiciese lo mismo. Lo que nos- 
otros deseamos en el presente caso para Bélgica, asi como para 
cualquier otro pais neutral, es que su neutralidad sea respetada, 
y por esto mientras dicha neutralidad no la viole ninguna otra 
potencia nos abstendremos formalmente de enviar tropa alguna á 
su territorio. 

Firmado, Grey. 



En resumen: los documentos encontrados por los 
alemanes en Bruselas, y cuyo sentido ha desnaturali- 
zado la prensa germánica, truncándolos y omitiendo 
lo que no convenía á sus fines, sólo sirven para probar 
una cosa: que Inglaterra tenía razón para alarmarse 
seriamente ante la sospecha de que Alemania podía 
violar la neutralidad belga, como así lo hizo después, 




POSTAL POPULAR ITALIANA RBPRBSBNTANDO 
LA AMBICIÓN IMPERIAL 



y que por respeto á la solemnidad de sus compromi- 
sos y á la libertad de Bélgica no se atrevió á interve- 
nir antes de que se realizase el atentado. 



Con la incoherencia del que no afirma su conducta 
en las sólidas bases de la verdad inconmovible, los 
directores del pueblo germánico cambiaron cada se- 
mana el sentido de sus afirmaciones. 

Mientras el gobierno hablaba al mundo de una 
Alemania obligada á defenderse contra su volun- 
tad, los periodistas y los ge- 
nerales ensalzaban la guerra 
como institución divina y única 
salud de los pueblos germá- 
nicos. 

Por entre medio de estas in- 
coherencias respiraba y salía á 
luz la verdad, la única verdad 
alemana, el pensamiento incul- 
cado en todos los cerebros ger- 
mánicos desde hace cincuenta 
años; pensamiento que cultiva 
el maestro en la escuela prima- 
ria y luego desarrollan y afirman 
periódicos, universidades y cuar- 
teles. 

La guerra era precisa para 
que las aspiraciones alemanas 
se cumpliesen. 

«Seremos vencedores — dijo 
Guillermo II á sus tropas — . Es 
preciso que lo seamos. Un nuevo 
imperio, más magnifico que to- 
dos los que la tierra ha conoci- 
do, va á elevarse: el imperio 
romano-alemán, que gobernará 
al mundo entero. Y el mundo 
será feliz. » 



XVII 
Los apologistas de la fuerza 

Al iniciarse la presente guerra, el profesorado de 
la célebre Universidad de Oxford dijo eu un mani- 
fiesto: 

«La guerra con Alemania que actualmente sostie- 
ne la Gran Bretaña, es en el fondo una guerra entre 
dos principios: el de la razón de Estado y el del dere- 
cho. De estas dos naciones, una (Alemania) pretende 
obrar aparte y por encima del derecho público de 
Europa, para conseguir la salud de su propio Estado; 
la otra (Inglaterra) se ha puesto de pie para defender 
el derecho público europeo. La una considera las con- 



HISTORIA DE LA ÜUEIÍRA EUROPEA DE 1914 



255 



venciones internacionales á cuyo pie lia puesto su 
fírnaa, como simples pedazos de papel cuando oponen 
un obstáculo al salus populi; la otra considera que el 
mantenimiento de los compromisos es un deber grave 
é ineludible.» 

La nueva doctrina alemana fué enseñada por el 
profesor Treitschke, energúmeno patriótico al que 
consideran los germanos como el gran historiador na- 
cional. 

Sus conferencias dadas en Berlin sobre «La política 

alemana de 1875 á 1895», 

fueron como el evangelio 
de la actual generación 
germánica. En ellas apren 
dieron los alemanes la con- 
cepción del Estado que 
ahora sostienen. 

«El Estado— dijoTreitsch- 
ke — es el punto más emi- 
nente á que puede llegar la 
sociedad humana. Más 
arriba del Estado no existe 
nada en la historia del 
mundo.» 

Para este profesor es in- 
útil hablar de «la sociedad 
del género humano» y del 
«derecho internacional», 
que están por encima de las 
conveniencias del Estado. 
Él desconoce estas entida- 
des; no admite siquiera ha- 
blar de ellas; no existen. 
Para él no hay más que una 
realidad verdadera é indis- 
cutible: el Estado: y este Es- 
tado ha de ser rigurosamen- 
te nacional, y todo ntt poder 
debe hasame en ¡a Fuerza. 

La fuerza del Estado es, 
según Treitschke, el «vehí- 
culo de la civilización >. Y 
por consecuencia, la espa- 
da del Estado alemán es preciosa y digna de \enera- 
ción, porque el Estado, gracias á esta espada, puede 
extender por el mundo entero la civilización germá- 
nica. Del mérito de esta civilización no hay que ha- 
blar. Para Treitschke y todos los nacionalistas ale- 
manes, es indiscutible que la civilización alemana 
representa el más alto grado á que pueden llegar los 
individuos y las naciones. 

üos consecuencias se desprenden de esta filosofía 
de la fuerza: la una negativa y la otra positiva. 

La consecuencia negativa tiende á repudiar todo 
carácter de finalidad inconmovible en las obligacio- 
nes internacionales. Los compromisos entre pueblos 
no son sagrados ni se deben respetar cuando este res- 
peto representa un obstáculo. 




La consecuencia positiva es la gloriñcación de la 
guerra. 

Con arreglo á la primera, el lema de toda nación 
ha de ser: Salus populi suprema lex. La salud del Es- 
tado debe arrollar y desconocer todo derecho interna- 
cional que no sea conveniente. Debe faltarse á los 
compromisos de ayer si es que estorban al día siguien- 
te. La soberanía absoluta del Estado resulta necesaria 
para que el poder de éste sea absoluto, y dicha sobe- 
ranía absoluta no puede aceptar el yugo de ninguna 

obligación. I^os tratados in- 
ternacionales no deben li- 
mitar el poder del Estado 
de una manera absoluta. 
Esta limitación se la impo- 
ne el Estado á si mismo, y 
por lo tanto puede interpre 
tarla como mejor le parez- 
ca y durante el tiempo que 
quiera. «Es ridiculo — dice 
Treistchke — querer que un 
Estado entre en competen- 
cia con otros Estados para 
seguir el mismo camino con 
un catecismo en la mano.» 
Estas ideas del profesor, 
que iban formando una filo- 
sofía de la fuerza, se aco- 
plaban al sentimiento do- 
minante en las altas clases 
de Alemania. Representa- 
ban algo asi como una más- 
cara científica, confeccio- 
nada oportunamente para 
cubrir los sentimientos de 
ambición y de orgullo del 
pueblo germánico. Un pú- 
blico numeroso y escogido 
de oficiales, funcionarios y 
periodistas, siguió las con- 
ferencias de Treitschke du- 
rante años. Luego un dis- 
cípulo, el general \'on Ber- 
nhardi, amplificó y popularizó esta filosofía en su fa- 
moso libro publicado en 1911: Alemania y la próxima 
guerra. 

Para el general Bernhardi no existe derecho inter- 
nacional: «Cada nación — dice — desarrolla su concep- 
ción particular de este derecho. Nadie puedo decir que 
una nación posee mejor derecho que otra. Ninguna 
nación que se respete querrá sacrificar la concepción 
especial de su derecho á ninguna regla internacional. 
Si se prestase á este sacrificio renunciaría á sus idea- 
les más elevados.» 

Treitschke había dicho que los compromisos que 
acepta un Estado sólo debe respetarlos mientras du- 
ren las mismas condiciones en las cuales se hizo la 
aceptación. Y como las condiciones de los pueblos 



EL KAISER TOCANDO SU INSTRUMENTO FAVORITO 

(Piinrfi. do Lomires) 



254 



VICENTE BLASCO IBAÑE2 



cambian con tanta rapidez como las de los individuos, 
de aquí que estos compromisos pueden desconocerse 
en un plazo de pocos años ó tal vez de meses. 

Bernhardi sostiene igual teoría en su libro, y la 
aplica á Bélgica en 1912, como si conociese por 
adelantado lo que iba á ocurrir dos años después 
y quisiera preparar el camino, demostrando que 
Prusia podía atropellar á los belgas sin menoscabo 
para su honor por la firma que había puesto al pie del 
tratado de neutralidad. 

«Cuando se proclamó la neutralidad de Bélgica 
— dice Bernhardi— nadie podía prever que algún día 
iba á hacerse dueña en África de la rica y vasta re- 
gión del Congo. Hoy cabe preguntarse si la adquisi- 
ción de este territorio no es ipso fado una ruptura de 
su neutralidad, realizada por ella misma.» 

Razonando de este modo, un hombre puede faltar 
en la vida á todos sus compromisos, por sagrados y 
firmes que sean. 

D 

Esta filosofía de Treitschke y Bernhardi glorifica 
la guerra como algo santo; lo mismo la ofensiva que 
la defensiva. 

La divinización de la guerra es la consecuencia 
inmediata de una doctrina en la que el Estado basta 
para todo y lo abarca todo. 

El profesor Treitschke tomaba en sus conferencias 
y en sus libros una exaltación de poeta al nombrar 
«la (luerra», rodeando esta palabra de los más entu- 
siastas elogios. Nunca la menciona sin llamarla santa 
ó divina «Es la fuerza más poderosa que forma las 
naciones», dice unas veces. «Es la política por exce- 
lencia», afirma en otros pasajes. Y prorrumpe en him- 
nos á «su santidad», á «su institución divina». 

«Dos funciones principales — dice este profesor — 
incumben al Estado: hacer justicia y hacer la guerra. 
Pero de estas dos funciones, la de la guerra es la fun- 
ción política por excelencia y mucho más noble y ele- 
vada que la de administrar justicia.» 

«La guerra — afirma en otro pasaje — es la única 
medicina para una nación enferma. Cuando vivimos 
sumidos en el individualismo egoísta de la paz, viene 
la guerra para hacernos sentir que somos solidarios 
unos de otros. La majestad de la guerra consiste prin- 
cipalmente en disolver el individualismo mezquino 
ante el gran pensamiento del Estado.» 

«Sólo la guerra nos muestra con toda su realidad 
el organismo social á que pertenecemos... Es el idea- 
lismo político el que exige la guerra. » 

Este profeta de la fuerza exclama: 

«¡Qué perversión de la moralidad representaria 
el que se suprimiese en el mundo el heroísmo guerre- 
ro!... Pero Dios proveerá para que la guerra vuelva á 
renacer siempre, como una medicina terrible de los 
humanos.» 

De este modo, la idealización del Estado y de su 
poder absoluto conduce en la doctrina de Treitschke 
á la idealización de la guerra. Puesto que el Estado 



debe ser una fuerza para defenderse, debe ser igual- 
mente un Estado guerrero que sepa preservarse de 
«la terrible enfermedad de la paz». Si el Estado no 
combate — y el Estado modelo es el alemán — , el indivi- 
dualismo con sus mezquindades triunfará sobre el or- 
ganismo social, y el heroísmo desaparecerá del mun- 
do. De aquí que Alemania no debe dejar que transcu- 
rran varios años sin hacer la guerra. 

Sosteniendo la doctrina del maestro, dice Bernhar- 
di: «El mantenimiento de la paz no puede, no debe ser 
nunca el fin de la política.» La guerra, esa «medicina 
fuerte», esa «escuela del heroísmo», esa «fatal ley 
biológica», la guerra, que «propaga la más hermosa 
civilización, debe ser la ley de la humanidad». 

He aquí la iiltima filosofía alemana, la postrera 
creación de un país que fué patria del tranquilo Kant 
y ahora ha producido á Treitschke y Bernhardi, filó- 
sofos de Estado Mayor. 

«Toda esta filosofía — como dice la Universidad de 
Oxford — no es más que barbarie con un barniz moral. 
Barbarie porque quiere hacernos retroceder á los vie- 
jos tiempos en que la fuerza era el único derecho.» 

Un pueblo que se agranda tiene derecho á procu- 
rarse nuevos territorios, «y en ese caso — dice Ber- 
nhardi — la fuerza resulta el derecho supremo, y para 
saber lo que es justo y lo que no lo es hay que apelar 
al recurso de la guerra, que da siempre una solución 
biológicamente justa». 

Bernhardi se escandaliza de que haya quien sos- 
tenga «que una nación débil y pequeña tiene el mismo 
derecho á vivir que una nación grande y vigorosa >, 
asi como en la vida humana existen de igual modo los 
débiles y los fuertes, los contrahechos y los hermosos, 
los simples y los inteligentes. Su doctrina de ruda 
barbarie se indigna ante este igualitarismo. Para él 
la libertad, el derecho, la solidaridad humana, no 
existen. Sólo venera «el idealismo político» y «el des- 
envolvimiento histórico», que conduce al menospre- 
cio de «la paz degradante», á la glorificación santa de 
la guerra, «vehículo de la más alta civilización». 

El historiador Mommsen, que como buen germano 
habló de propagar la civilización «á puñetazos», vio, 
sin embargo, un peligro para su país en la extremada 
divinización de la fuerza. 

«Tened cuidado — dijo — de que en este Estado, que 
ha sido á la vez una potencia en armas y una poten- 
cia en inteligencia, no se desvanezca la inteligencia, 
quedando nada más que un Estado puramente mi- 
litar.» 

La Alemania temida por Mommsen hace años que 
existe. Es la de la filosofía de la fuerza. 



¡La fuerza!... ;.Qué es la fuerza? ¿Existe por sí 
misma, como algo superior, ó es, por el contrario, un 
simple derivado del derecho? 

El ilustre doctor Grasset, en un estudio sobre «La 
ciencia, el derecho y la fuerza», demuestra con clari- 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



S55 



dad que el principio bismarckiano 'La fuerza es ante- 
rior al derecho» resulta completamente falso, y que 
es el derecho el que crea la fuerza. 

«Si se da — dice el citado profesor — á la palabra 
fuerza en biología humana, el mismo sentido que se 
le da para los otros seres vivientes y para el universo 
entero, resulta que el hombre es el más débil de todos 
los animales, pues tiene menos medios de defensa bru- 
tal que todos ellos. Y como, sin embargo, en el uni- 
verso, tomado en conjunto, es el hombre el más fuerte 
que reina y domina, de ahí que no se comprende úni- 
camente por el hecho de la fuerza brutal esta sobera- 
nía sobre el mundo entero establecida científicamente 
y que nadie puede negar. 
«Esta superioridad indis- 
cutible del hombre sobre la 
Naturaleza prueba que el 
hombre posee una fuerza dis- 
tinta á la de la Naturaleza, 
y que esta fuerza está com- 
puesta de otros elementos 
que la potencia brutal é inin- 
teligente del ciclón ó el tem- 
blor de tierra. El toro, el 
elefante ó el león, lo mismo 
que el microbio, pueden ha- 
cer sufrir al hombre derro- 
tas pasajeras é individuales; 
pero el hombre posee contra 
ellos la fuerza que los sujeta 
y los dirige, las más de las 
veces para el mayor bien 
del progreso indefinido de la 
humanidad. 

»La fuerza del hombre 
reside por entero en su in- 
teligencia, en su superiori- 
dad psíquica. Y esta supe- 
rioridad psíquica está formada por todo lo que consti- 
tuye la nobleza del ser humano, su superioridad triun- 
fante; principalmente por la facultad del progreso in- 
definido y la idea-ley de la moralidad y el derecho.» 

La conclusión de Grasset es lógica. Si en biología 
general, ó sea entre los animales inferiores al hom- 
bre, la fuerza crea el derecho, en biología humana, ó 
sea en la vida de los hombres, es, por el contrario, el 
derecho el que crea la fuerza. 

«Es esta la fuerza verdadera del hombre — conti- 
núa el profesor francés — , la que, inspirada por el de- 
recho, puede servirse de la ciencia para difundir las 
grandes ideas de civilización y de progreso, que deben 
acabar por vencer siempre. 

»Sin salir de la biología humana, que es una cien- 
cia positiva y experimental, puede afirmarse que en 
la historia del hombre el éxito final y definitivo será, 
á través de fluctuaciones é incidentes, para el que 
posea la verdadera fuerza, ó sea la fuerza moral, la 
que pone la ciencia al servicio del derecho.» 




Alemania representa la brutal divinización de la 
fuerza y el menosprecio del derecho. 

Por esto la lucha contra ella la titulan «guerra 
santa» muchos escritores. 

El célebre novelista inglés H. G. Wells, en el que 
se unen con amalgama feliz la imaginación del artis- 
ta y los vastos conocimientos del hombre de ciencia, 
explica del siguiente modo el carácter y la finalidad 
de la presente guerra: 

«La causa de una guerra y su finalidad no son ne- 
cesariamente una misma cosa. La causa de la guerra 
presente fué la invasión del Luxemburgo y de Bélgi- 
ca. Nosotros declaramos la guerra porque estábamos 

obligados á hacerla por un 
tratado, ya que habíamos 
contraído el compromiso de 
proteger la integridad de 
liélgica, desde que existe 
como reino. Si los alemanes 
no hubiesen violado la ga- 
rantía que tenían acordada, 
lo mismo (|ue nosotros, á la 
neutralidad de los pequeños 
Estados, seguramente que 



UN PROFESOR EN LA CERVECERÍA 

Bélgica me parece una monstruosidad política y su nacionalidad 
tiene cierta apariencia cómica 

(Del Tt^legraaf, de Amsterdáu) 



hoy no estariamosen guerra. 
Las fortificaciones que Fran- 
cia tiene en su frontera de 
Alsacia hubiesen bastado 
para resistir á todo ataque, 
sin necesidad de nuestra 
ayuda. Nosotros no tenía- 
mos por este lado ni obliga- 
ción ni interés. Nosotros sólo 
nos habíamos obligado con 
Francia á protegerla por el 
lado del mar, y los alemanes 
se habían comprometido á 
no atacarla por esta parte. 
Es nuestro tratado belga y el ultraje inferido al pe- 
queño Luxemburgo los que nos han precipitado en este 
conflicto. Ninguna potencia hubiese en adelante res- 
petado nuestra bandera ni aceptado nuestra palabra, 
si nosotros no hubiésemos combatido. 

«Tal fué la causa inmediata de la guerra. Tenía- 
mos que combatir, porque nuestro honor y nuestra pa- 
labra nos obligaban. 

«Vamos ahora á la segunda parte, ó sea á la fina- 
lidad de esta guerra. Nosotros no podemos limitarnos 
á hacer repasar la frontera belga á los alemanes y 
amonestarles para que no vuelvan á empezar. Esta- 
mos en guerra abierta con ese colosal Imperio milita- 
rista, después de haber buscado con todas nuestras 
fuerzas el vivir en paz desde que se levantó sobre las 
z'uinas del imperialismo francés en 1871. Esta guerra 
es una lucha á muerte. No nos queda otra solución que 
destruir ó ser destruidos. Nosotros no hemos buscado 
la guerra. Nosotros hemos hecho todo lo posible por 
evitarla. Pero ya que nos hemos visto obligados á em- 



256 



VICENTE BLANCO IBANEZ 



prenderla, tenemos el imperativo deber de no aceptar 
ninguna solución que no sea definitiva. Esta guerra 
hace sentir su influencia en cada ciudadano y cada 
hogar de los países comprometidos en la lucha. No es 
una guerra de soldados, es una guerra de pueblos. Es 
una guerra cuyos resultados han de ser tan decisivos, 
que todo ciudadano de las naciones en lucha debe estar 
enterado de lo que ha ocurrido. Ningún arreglo diplo- 
mático debe concluirse que permita al imperialismo 
alemán ocultar su derrota á sus pueblos y empezar de 
nuevo los preparativos belicosos. Debemos seguir la 
lucha hasta (]ue nosotros no podíimos más, ó la nación 
alemana entera sepa que ha sido derrotada y (juede 
convencida de que no debe re- 
petir la guerra. 

«Combatimos contra Alema- 
nia, pero combatimos sin odio 
contra el pueblo alemán. No 
queremos atentar contra su li- 
bertad y su unidad, pero nece- 
sitamos destruir su mal sistema 
de gobierno y la corrupción, 
así mental como material, que 
ha invadido la imaginación ale- 
mana, apoderándose de la vida 
de su pueblo. Queremos romper 
el imperialismo prusiano tan 
completamente como Alemania 
rompió en 1871 el imperialis- 
mo podrido de Napoleón III. 
Tenemos que aprender en las 
faltas cometidas por esta vic- 
toria, para evitar un triunfo 
vengativo. 

»El imperiaJismo prusiano 
es desde hace cuarenta años el bnsukño 

una peste insufrible para el 
mundo. 

«Después de la derrota de Francia en 1871, esta 
peste ha ido en aumento, extendiendo su sombra sobre 
Europa. Alemania ha predicado ante el universo in- 
quieto una propaganda de fuerza brutal y de mate- 
rialismo político. Ella se jacta de que «la sangre y 
el hierro» son los cimientos de su unidad. Sus liom- 
bres de Estado, sus profesores, peiiueños, mez(]uinos y 
agresivos, tjue han conducido á su país á la lucha 
actual, han propagado abiertamente una doctrina cíni- 
ca y de un desprecio completo para todo lo que no sean 
los fines de un egoísmo patriótico, elevado al rango de 
una religión. La brutalidad física y moral se ha apo- 
derado del espíritu alemán, y de Alemania ha pasado 
al mundo entero. Me complacería poder decir que el 
pensamiento inglés y el americano han escapado en- 
teramente á esta influencia nefasta... pero no puedo 
decirlo. De todos modos, hoy sacudimos al fin tales 
trabas, y perseguimos esta falsificación inicua, para 
librar de ella al mundo. El mundo entero estaba fati- 
gado y Gott (Dios) — ese Gott cuyo nombre es perpe- 




tuamente invocado como si fuese alemán — , Gott debe 
estar cansado también. 

"Esta guerra es la guerra más grande de la Histo- 
ria. Ya no es tampoco una guerra de naciones; es la 
guerra de la Humanidad. Es una guerra que tiene por 
último fin exorcisar la locura mundial y poner térmi- 
no á una era histórica. 

>Esta corrupción pública tiene su parte mercantil 
hipócrita y secreta. Al lado del kaiser est;i la casa 
Krupp, la segunda cabeza del Estado Mayor. En las 
mismas gradas del trono se sientan los del trust de 
los armamentos, bandidaje organizado que en su in- 
saciable sed de ganancias va minando por la base la 
seguridad de toda civilización, 
compra y domina á la prensa, 
inspira á la literatura nacional 
y corrompe las universidades. 
'Nos hemos enterado dema- 
siado tarde de que la humani- 
dad ha cometido una locura 
estupenda permitiendo á em- 
presas particulares el negociar 
con los preparativos de guerra. 
Con esto toda tran(|uilidad re- 
sulta imposible. 

»La guerra presente es una 
guerra de paz. 

»Su finalidad es el desarme. 
Otra finalidad suya es un arre- 
glo que acabe para siempre con 
los armamentos. 

Todo soldado que combate 
ahora contra Alemania es un 
cruzado contra la guerra. 

»Esta guerra, la más grande 

de todas las guerras, no es una 

guerra como las otras: es la 

última guerra. 

» Ya no habrá más kaiser. Ya no habrá más Krupp. 

Estamos decididos á esta supresión. Hay que dar fin 

á la locura.» 

a 

Viviani, el presidente del gobierno francés, resu- 
mió el 22 de Diciembre ante la Cámara de diputados 
la responsiibilidad de Alemania, las falsedades con 
que pretende librarse de esta responsabilidad y lo 
(|ue representa para el porvenir la derrota del impe- 
rialismo. 

< El resurgimiento de Francia — dijo — ha turbado á 
Alemania, embriagada por sus ensueños de victoria. 
En los primeros días del conflicto negó el derecho, 
ensalzó la fuerza, menospreció la Historia, y para 
violar la neutralidad de 15élgica é invadir Francia 
invocó la ley del interés. Luego su gobierno ha com- 
prendido (|ue le era necesario contar con la opinión 
del mundo, y recientemente ha intentado una rehabi- 
litación de su actitud, pretendiendo arrojar sobre los 
aliados la responsabilidad de la guerra. Pero por en- 



IMPElllAL 

(Nebclgjjtiíti'r, do Zui-icli) 



V'r. ir.:--\^t{ 



UN CAMPO 




Fotografía de Mr. Tiranly, de la .IIluslrallon> de París 



I 



Cadáveres abandonados por <1 



E BATALLA 




¡jército alemán en su retirada 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



257 



cima de todas sus pesadas mentiras, que no engañan 
ni á las credulidades más complacientes, la verdad 
ha hecho su aparición. 

'>Todos los documentos publicados por las naciones 
interesadas, y hace pocos días el sensacional discurso 
de uno de los más ilustres representantes de la noble 
Italia, atestiguan la resolución adoptada desde mucho 
tiempo antes por nuestros enemigos de intentar un 
golpe de fuerza. Si fuese necesario probar esto, un 
solo documento bastarla para esclarecer al mundo. 
Cuando por la sugestión del gobierno británico todas 
las naciones que tenían interés en el conflicto fue- 
ron solicitadas para suspender sus preparativos mili- 
tares y establecer una negociación en Londres el 31 
de .Julio de 1914, Francia y Rusia se adhirieron inme- 
diatamente al proyecto. La paz podía haberse salvado 
hasta en esta hora suprema, de adherirse Alemania 
á tal iniciativa. Pero Alemania forzó y derrumbó la 
situación bruscamente, declarando la guerra á Rusia 
el 1.'^ de Agosto y haciendo inevitable el llamamiento 
á las armas. 

»Si Alemania diplomáticamente mató la paz en su 
germen, es porque desde hace cuarenta años persigue 
sin descanso su ñn: aplastar á Francia, para de este 
modo poder conseguir la servidumbre del mundo. 

»Todas las revelaciones han sido aportadas á 
este tribunal de la Historia, en el que no puede 
tomar asiento la corrupción. Y ya que á pesar de su 
amor á la paz, Francia y sus aliadas se ven obliga- 
das á hacer la guerra, la sostendrán hasta el último 
esfuerzo. 

«Fiel á la firma que ha puesto al pie del tratado 
del -i de Septiembre último, y que compromete su 





BL SANSdN moderno 

(De Tlie /lyatander) 



CARICATURA ALBMANA RBPRB.SBNTANDO HL .SUPUBSTO 
TEMOR OB INOLATERRA 



honor, ó lo que 
es lo mismo, su 
vida, Francia, 
de acuerdo con 
sus aliadas, no 
depondrá las ar- 
mas hasta ven- 
gar el honor ul- 
trajado, hasta 
soldarparasiem- 
pre á la patria 
francesa las pro- 
vincias que le 
fueron arrebata 
das por la fuer- 
za, hasta restau- 
rar á la heroica 
Bélgica en la 
plenitud de su 
vida material y 
de su indepen- 
dencia política, 

rota por el militarismo prusiano, hasta poder recons- 
truir sobre bases de justicia una Europa al fin rege- 
nerada. 

■ Este plan de guerra y este plan de paz no están 
inspirados por presuntuosas esperanzas. 

«Debemos su certeza por entero á nuestro ejército 
y á nuestra marina. Nosotros hemos demostrado al 
mundo que una democracia organizada puede servir 
por una acción vigorosa á los ideales de libertad y de 
igualdad que constituyen su grandeza. Hemos demos- 
trado al mundo, como lo dijo su general en jefe — que 
es á la vez un gran soldado y un noble ciudadano — , 
que «la República puede estar orgullosa del ejército 
que ha preparado» . Por eso en esta guerra impía han 
podido mostrarse todas las virtudes de nuestra raza: 
las (lue nos han reconocido siempre todos — la inicia- 
tiva, el empuje, la bravura, la temeridad — , y las que 
nos han negado muchos, la tenacidad, la paciencia, el 
estoicismo. Saludemos á todos estos héroes. ¡Gloria 
á los que han caído en el surco antes del triunfo y á 
los que por este triunfo los vengarán mañana! Una 
nación (jue suscita tales entusiasmos es imperece- 
dera. 

«Nada más grande apareció nunca ante los ojos de 
los hombres. Contra la barbarie y el despotismo, con- 
tra el sistema de provocaciones y amenazas que Alema- 
nia llama paz, contra el sistema de asesinatos y pilla- 
jes colectivos que Alemania llama guerra, contra la 
hegemonía insolente de una casta militar que ha desen- 
cadenado esta calamidad mundial, Francia, emancipa- 
dora y vengadora, sostenida por sus aliadas, se ha er- 
guido cerrando el paso. He aquí nuestra misión, más 
importante que nuestra propia vida. Mañana, en la 
paz de la victoria, nos acordaremos con orgullo de 
estos días trágicos, sintiéndonos más valientes y me- 
jores.» 

s> 



:'="íVi-'=^-T 




Pueblos y monarcas 



La raza prusiana 

EN 1S70 la ciencia alemana era objeto en Fran- 
cia de un respeto casi rayano en la veneración. 
< No es que Alemania — dice el profesor Ed- 
mundo Perrier — tuviese en su activo ningún descubri- 
miento genial, ni hubiese edificado una de esas teorías 
grandiosas que son gloria del espíritu humano. Pero 
nos inspiraban cierta gratitud los sabios alemanes, de 
paciencia infatigable, que en el fondo de sus labora- 
torios forjan calmosamente los materiales que otros 
se encargan de poner en circulación, y á cambio de 
esta labor modesta y tenaz, les perdonábamos sus 
gafas de oro, sus barbas revueltas y los pliegues rígi- 
dos de sus levitas. Por esta gratitud y por nuestro in- 
corregible espíritu de xenofilía — admiración de todo lo 
extranjero — , hicimos una hermosa reputación á las 
obras filosóficas del que llaman hoy < el gran natura- 
lista de .lena», Ernesto Hiockel, sin darnos cuenta de 
que no son otra cosa que piedras desprendidas de los 
grandes edificios que construyeron Geoffroy Saint-Hi- 
laire, Lamarck y Darwin, vueltas á unir con cemento 
facilitado por Augusto Comte y Spinoza. 

»A juzgar por estos hombres calmosos, solitarios, 
patriarcales, poco afectos, en apariencia, á los bienes 
de este mundo— exceptuando las pipas de porcelana y 
los vastos receptáculos de cerveza — , la nación alema- 
na debía ser la nación cuerda y pacifica por excelencia, 
tanto más cuanto que sabemos hasta qué punto fué 



tierno Werther y sensible la rubia Gretchen. Había- 
mos olvidado que las «querellas de alemán» son le- 
gendarias, y la estupefacción fué general cuando vimos 
á estos germanos, reputados como gentes verídicas y 
honestas, mentir con una serenidad que hubiese des- 
concertado á Tartufo; invocando á «Dios todopodero- 
so», como si este Dios fuese Mercurio; reírse de todos 
los compromisos internacionales; colocar la fuerza por 
encima del derecho sin perjuicio de parapetarse de- 
trás del derecho cuando les convenía; fusilar niños; 
rematar heridos; tirar sobre las ambulancias; acribi- 
llar de obuses los hospitales, los monumentos artísti- 
cos incomparables, los establecimientos destinados á 
glorificar esa ciencia de la que ellos habían hecho su 
divinidad, sin ocurrirseles nunca imitar la conducta 
del francés Vaillant que, al verse obligado á bombar- 
dear Roma, lo hizo de modo que ningún edificio nota- 
ble de la ciudad santa sufriese la menor rozadura.» 

El contraste entre la reputación científica de Ale- 
mania y sus actos de guerra asombró en 1870 al céle- 
bre naturalista francés Armando de Quatrefages, au- 
tor de numerosos y notables trabajos sobrel las razas 
humanas. Este sabio ilustre, hombre imparcial, sin- 
cero y de rectas intenciones, se dedicó al estudio de 
tal fenómeno histórico, y el resultado de su observa- 
ción, desapasionada y científica, fué el célebre opús- 
culo titulado La raza prusiana, que alcanzó gran éxito 
en 1871, y al que la guerra de 1914 da por segunda 
vez un carácter de novedad. 

Como dice un critico de esta obra del famoso di- 
rector del Museum, la pregunta que se hace Quatre- 
fages como punto de partida de sus investigaciones 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



259 



puede resumirse en las siguientes palabras: «¿Por qué 
causa el cordero alemán está ahora rabioso?» 

«El cordero alemán — continúa este critico — no ha 
estado nunca rabioso. Es que en su calidad de cordero 
se deja conducir á la matanza por carniceros que son 
de una raza distinta á la suya. » 

Esta raza, según Quatrefages, es la raza prusiana: 
una raza de diverso origen que la raza alemana ó ger- 
mánica, y casi enteramente distinta en todo. 

Quatrefages no emitía una opinión formada recien- 
temente por un estudio de circunstancias. Durante mu- 
chos años fué profesor en Estrasburgo, y su genio de 
observación, del que dan gloriosa prueba grandes des- 
cubrimientos cientiflcos, estuvo en largo contacto con 
los puel)los germánicos. 

«Bajo el poder de la raza prusiana — dice — , Ale- 
mania, orgullosa de su labor científica, pero sometida 
á una servidumbre política, ha venido á ser lo que es 
actualmente: un instrumento del que se sirve un pue- 
blo que guarda en el fondo del carácter todos los es- 
tigmas de la seraibarbarie, para dar satisfacción á sus 
salvajes instintos.» 

«Entre los prusianos y los alemanes — sigue expli- 
cando Quatrefages — existe la comunidad del lenguaje, 
pero esta comunidad no significa identidad de origen, 
ó lo que es lo mismo, un signo de parentesco. El ven- 
cedor impone ordinariamente su lengua á los pueblos 
vencidos, pero no cambia ni puede cambiar sus cere- 
bros ni sus corazones. La raza conquistada sigue for- 
mando la mayoría. Si se trata de una raza inferior, su 
pensamiento y sus sentimientos, ayudados por las in- 
ñuencias permanentes del ambiente, dominan poco á 
poco á los conquistadores, que van descendiendo hasta 
quedar á su nivel. En los tiempos presentes esto no 
ocurre asi absolutamente. Los grandes medios de civi- 
lización de que disponen los colonizadores modernos, 
en África por ejemplo, hacen que las poblaciones in- 
feriores se eleven gradualmente, en vez de degradar 
á la raza dominadora. Pero en la antigüedad remota, 
cuando eran menos apreciables las diferencias entre 
la barbarie y las civilizaciones nacientes, los conquis- 
tados, por su enorme mayoría y por las influencias del 
medio, hicieron descender muchas veces á sus domi- 
nadores.» 

a 

Cuando en la Edad Media fué conquistada sucesi- 
vamente por los eslavos y por los caballeros de la 
Orden Teutónica la región costera del Báltico, que 
había de formar siglos después el reino de Prusia, esta 
región estaba ocupada por una raza indígena, la de 
los hombres prehistóricos, que se había conservado 
pura de toda mezcla, mientras el resto de Europa 
vivía ya en pleno avance civilizador. Esta raza de 
cazadores de mammuts, de bisontes y renos, se había 
corrido hacia el Norte, siguiendo la retirada de los 
animales que constituían su alímontaríón. En su re- 
troceso había dejado el terreno libre á los arios, pro- 
cedentes de Asia, gentes dotadas de una mentalidad 



superior, cuya evolución fué favorecida por el am- 
biente de Europa y la abundancia en dones de su 
suelo. 

«De estos arios — continúa Quatrefages — descien- 
den los pueblos civilizados de Europa, comprendiendo 
en ellos á los germanos. En cambio, los descendientes 
directos de los hombres preliistóricos, que fueron su- 
plantados por los arios en la Europa del oentr y que 
reciben de los antropologistas el nombre de Alofilos, 
constituyeron el fondo esencial de la raza prusiana.» 

Los germanos, que eran arios puros, se esparcie- 
ron poco á poco por el Norte, ganando la Escandina- 
via é Inglaterra, así como la costa del Báltico, ocupa- 
da por las tribus cazadoras y prehistóricas de los 
alofilos. Pero otra rama de la raza aria, la de los es- 
lavos, había precedido á la rama germánica en la in- 
vasión de la tierra prusiana. Aunque germanos y es- 
lavos resultasen de mayores aptitudes que los alofilos 
por ser arios, no estaban, sin embargo, tan elevados 
sobre la raza primitiva y más numerosa que pudie- 
sen resistir á la influencia de sus costumbres. De la 
mezcla de alofilos escandinavos y germanos salieron 
los godos, y del encuentro de los germanos y los esla- 
vos en la cuenca del Oder nacieron los vándalos. Go- 
dos y vándalos no han dejado en la historia fama al- 
guna de pacíficos y generosos. 

No había por qué esperar mejor resultado de los 
eslavos y los alofilos que se mezclaron en la cuenca 
del Vístula. Sus descendientes tuvieron que sostener 
en un clima duro y una tierra ingrata numerosas lu- 
chas contra diversos invasores. Esto hizo desarrollar- 
se todo lo que tenían como herencia, de astutos, ven- 
gativos y crueles. Habían constituido una raza mixta 
con el título de Prusci ó Prutzi, lo que dio su nombre 
á la Prusia actual, (^tuatrefages vio en sus estudios el 
fondo bárbaro de los prusci, cazadores de mammuts, 
subsistiendo todavía en los prusianos modernos bajo 
una aparente civilización. Por un maléfico concurso 
de fatales circunstancias, los elementos que en otros 
pueblos han servido para el progreso, sirvieron en éste 
para aportará la barbarie primitiva nuevos fermentos 
de odio y despecho. 

D 

En el año !)97, San Adalberto, arzobispo de Praga, 
acometió la empresa de convertir al cristianismo á los 
prusci, que vivían en estado casi salvaje. Éstos res- 
pondieron á su predicación asesinándolo. En 110(5 el 
monje iMaynard (|UÍ80 reanudar la obra de San .\dal- 
berto, pero como era un monje guerrero y conocía el 
carácter de las gentes (|uc deseaba convertir, se pre- 
sentó seguido de soldados, levantó fortalezas é hizo 
matanzas, hasta conseguir que lo nombrasen obispo 
de los territorios cristianizados por él á golpes de 
hacha. 

El belicoso prelado murió en un combate con los 
bárbaros feligreses, y su sucesor Herloldo, obispo de 
coraza, se preocupó más de las batallas que de los 
dogmas, propagando espada en mano la religión de 



260 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



Cristo, hasta que pereció á manos también de estos 
diocesanos recalcitrantes. 

Alberto de Asseiderne, designado como sucesor, 
tuvo que predicar y organizar una cruzada antes de 
la toma de posesión de su obispado. Los prusci, por su 
barbarie guerrera y su audacia de invasores, repre- 
sentaban un continuo peligro para los pueblos vecinos. 
El nuevo obispo reunió una ilota de veintitrés navios 
con gran número de guerreros, y al frente de esta 
cruzada entró á sangre y fuego en el país, apoderán- 
dose de él y fundando la ciudad de Riga. Para soste- 
ner su territorio y asegurar la defensa de sus costas, 
creó la orden de los Caballeros Porta-Paspada, com- 
puesta de nobles germánicos que habían llegado con 
él y á los que distribuyó las mejores tierras. Cristian, 
otro obispo de Prusia, sustituyó el título de esta orden 
por el de «Milicia de Cristo»; pero en una batalla que 
duró dos días, los prusci mataron á casi todos los 
caballeros, pues únicamente lograron salvarse cinco. 
Para mantenerse Cristian en su sede, tuvo que implo- 
rar el auxilio de los caballeros de la Orden Teutónica, 
que se habían hecho famosos en Oriente durante las 
Cruzadas. Así como Europa necesitaba á los Tem- 
plarios y otras asociaciones religioso-militares para 
impedir los avances de los infieles de Asia, necesitó 
igualmente el auxilio de los Caballeros Teutónicos 
para vivir á cubierto de los prusci, más temibles por 
su salvajismo que los mahometanos. 

Estos caballeros, que eran los más bárbaros entre 
todos los soldados del cristianismo, y dignos por su 
ferocidad del enemigo que iban á combatir, se apode- 
raron de la Esthonia, la Livonia, la Curlandia, la 
►Samoecia, la Pomerelia y la Nueva-Marca, imponién- 
dose á los prusci por sus actos de crueldad y por su len- 
guaje rudo, que aun hacía esperar peores violencias. 

Entre estos conquistadores se encontraban los 
llohenzollern, pobres hidalgos procedentes de un pe- 
queño castillo próximo á la Selva Negra, y que busca- 
ron en la Orden Teutónica el medio de librarse de la 
miseria de su hogar. 

La invasión de los Caballeros Teutónicos fué todo 
lo que llegó de elemento germánico á Prusia, fundién- 
dose con la raza primitiva. 

Esta orden militar, señora del pais, vivió en un 
lujo superior al de los Templarios, desafiando á todos 
los poderes monárquicos y religiosos. Su ortodoxia no 
era probada. Habían conquistado el país en nombre 
de Cristo, y sus Crandes-Maestres vivían paganamen- 
te, con rudo boato, cuidándose únicamente de mante- 
ner sujetos á los prusci. Al iniciarse la Reforma, el 
superior de la Orden Teutónica, Alberto de Hohenzo- 
Uern, inclinó á sus compañeros á adoptar las nuevas 
creencias. Los HohenzoUern pasaron más tarde de la 
iglesia de Lutero á la iglesia de Calvino, mientras el 
resto de Alemania seguía fiel á la doctrina luterana. 
La fe religiosa de los primitivos HolienzoUern nunca 
fué robusta. 

En 1G85, después de la revocación del edicto de 



Nantes, que expulsó de Francia á los calvinistas, el 
Gran Elector de Brandemburgo — título que habían 
adquirido los HohenzoUern — se apresuró á ofrecer hos- 
pitalidad en sus tierras, empobrecidas y despobladas 
por la guerra de Treinta Años, á estos protestantes 
franceses que eran sus correligionarios. 

Los franceses, perseguidos por la intolerancia re- 
ligiosa, fueron el verdadero elemento civilizador de 
Prusia. Aportaron su inteligencia cultivada, sus indus- 
trias, sus estudios, y dieron á las clases superiores del 
país, en las cuales fueron admitidos inmediatamente, 
un barniz de educación. Procedentes de este éxodo 
fueron los generales y los funcionarios importantes de 
apellido francés que luego han figurado en las más 
altas esfercas de la sociedad prusiana. 

Los emigrados no llevaron en su trasplante el amor 
á Francia. El rencor religioso, el odio por las persecu- 
ciones sufridas, se perpetuaron en ellos á través del 
tiempo, como una tradición de cólera devota. 

Quatrefages, que también era protestante, lo reco- 
noce lealraente. 

«Esta fusión de franceses y prusianos — dice — no 
nos creó simpatías en Prusia, sino todo lo contrario. 
Puros ó mestizos, los descendientes de los fugitivos 
por la revocación del edicto de Nantes son prusianos 
de corazón y de sentimientos, lo mismo que sus com- 
patriotas de antiguo origen. Lo probaron cuando las 
invasiones de Napoleón. Lo han probado ahora il870) 
al iniciarse la guerra actual, mostrando su rencor 
contra Francia. En los anatemas que la Prusia pie- 
tista lanza contra la Francia católica, hay sin duda 
alguna un eco lejano de nuestras antiguas guerras de 
religión, y bien sabido es qué fuente inagotable de có- 
lera y de odios han encontrado los hombres en una 
doctrina que su fundador resumió en las siguientes 
palabras: «Ama á tu prójimo como á ti mismo.» 

» Los franceses emigrados esparcieron en Prusia el 
uso de nuestra lengua, que es aún familiar á muchos 
de sus descendientes, y por esto se encuentran en Ale- 
mania, lo mismo en la sociedad civil ([ue en las filas 
del ejército, tantos hombres que hablan el francés 
correctamente, sin el menor acento germánico. Estos 
alemanes han podido hacerse pasar por compatriotas 
nuestros sin esfuerzo alguno, deslizándose en todas 
partes, sorprendiendo y traicionando lo que nos con- 
venía tener oculto, propagando la indisciplina y la in- 
surrección.» 



El hombre de la edad de piedra se ha mantenido 
vivo, Según Quatrefages, entre los prusianos, que son 
ahora los directores y dominadores de los demás Es- 
tados de Alemania poblados por arios. 

Á pesar del desarrollo realizado por las evolucio- 
nes del tiempo en la bóveda craneal de los prusianos, 
la base del cráneo de éstos refieja todavía el poder de 
los apetitos, siendo igual que en la edad prehistórica. 
Según Quatrefages, el cráneo moderno que en este 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



261 



punto recuerda más el cráneo del hombre fósil encon- 
trado en la Chapelle-aux-Saints, es el del príncipe de 
Bismarck. 

«Los elementos — dice — que han dado vida al nue- 
vo tipo prusiano, no están enteramente fusionados. A 
pesar de un barniz de civilización, tomado especial- 
mente de Francia, la raza prusiana se halla aún en 
su edad media. Esto explica sus odios y sobre todo 
sus violencias. > 

El eminente antropólogo, que era un hombre 
bondadoso, se apresura á explicarse sobre la dureza 
de esta alirmación: 
«Un francés tiene 
derecho á no ser otra 
cosa que justo con una 
raza que desde hace 
medio siglo se propo- 
ne el aplastamiento y 
la supresión de Fran- 
cia; que ha proclama- 
do brutalmente esta 
ambición; que la ha 
realizado por todos los 
medios á su alcance, 
empleando procedi- 
mientos de los cuales 
el mundo civilizado 
debió pedirle cuenta. 
Calumniados todos los 
días por periódicos á 
sueldo y hasta por los 
documentos oficiales, 
tenemos derecho á 
protestar, demostran- 
do que los franceses 
no somos como nos 
pintan nuestros ene- 
migos, y que los pru- 
sianos están muy lejos 
de ser como ellos pre- 
tenden.» 

Federico IT el Gran- 
de, el personaje más 

eminente de Prusia, á pesar de su educación filo- 
sófica y de sus humanitarismos de librepensador, 
sentía renacer los instintos atávicos apenas empren- 
día una guerra, realizando fríamente las mismas 
crueldades de los antiguos prusci. Este monarca, que 
es la mayor gloría de los llohenzollern, al sitiar á 
Praga hizo llover sobre la célebre catedral de 8an 
Vito, una de las obras más hermosas de la arquitec- 
tura gótica, 7.681 bombas, 15.810 balas de cañón y 
12H proyectiles incendiarios, en el espacio de cinco 
días, arrasándola. El rey filósofo fué un precursor y 
maestro de los destructores de monumentos en Lo- 
vaina y Heims. 

"La guerra— dice Quatrefages — , tal como la com- 
prende Prusia, presenta siempre los mismos caracte- 



j-pK^íptjv;: 




res. Cuando más fríamente se examinan sus causas y 
sus medios de ejecución, más se siente el observador 
arrastrado hacia los tiempos remotos... 

«Para los prusianos, la invasión de Francia HSTO) 
ha sido una cruzada. La han predicado en un lenguaje 
que revela á cada momento una mezcolanza de misti- 
cismo implacable y de ambiciones frenéticas: espíritu 
igual al que animaba á los antiguos caballeros teutó- 
nicos armados contra los sarracenos y los prusci. Em- 
pujar á todo un pueblo contra otro, ;.qué es sino imi- 
tar á los antiguos bárbaros que se arrojaban naciones 

contra naciones, su- 
cediéndose como olas, 
los unos sobre los 
otros, contra la civili- 
zación romana y sos- 
teniendo terribles due- 
los de vida ó muer- 
te?. . . A estos bárbaros 
que hacen sobrevivir 
la Prusia primitiva, 
se ha entregado en 
cuerpo y alma la Ale- 
mania sabia, que es 
la verdadera.» 

l^uatrefages termi- 
nó su estudio de La 
raza prusiana con pa- 
labras proféticas: 

«Á pesar del triun- 
fo, ¿puede creer el 
pueblo alemán en las 
frases cjue le dirigen 
desde Berlín? ¿Puede 
imaginarse que ha 
inaugurado un reina- 
do de justicia y de paz"? 
¿No tiene sospecha al- 
guna de los formida- 
bles problemas que 
ha contribuido á po- 
ner de pie? Su misión 
con la Prusia está 
fundada por el hierro y la sangre, cimentada sobre 
la guerra, coronada por la expoliación. ¿Cuánto tiem- 
po podrá durar?... 

>>Los grandes y los pequeños Estados, halagados ó 
respetados hasta ahora por la Prusia. ¿se verán ata- 
cados en el porvenir á nombre del derecho histórico ó 
de la lingulsticaf ¿Asistirá Kusia á este triunfo del 
pangermanismo sin levantar la voz?... El porvenir 
responderá. Tengo confianza en él. Cuando se trata de 
pueblos es permitido creer en la intervención de la 
Némesis divina.» 

Esto lo escribió Quatrefages en 1870. 
El porvenir ha contestado. Las predicciones del 
sabio antropologista empiezan á realizarse cuarenta 
y cuatro años después. 



QUATREFAGES 



262 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




ANTIGUA RESIDENCIA DE I.OS I!T lidRAVES DE IIOIIBNZOLLERN EN rClREMBERG 



II 



Los Hohcnzollcrn 

En 1618 la familia HohenzoUern, de la que proce- 
den los emperadores de la Alemania moderna, pudo 
realizar los ensueños de ambición que la hablan acom- 
pañado durante siglos uniendo una parte de Prusia 
al pequeño estado de Brandemburgo, gobernado por 
sus individuos con el titulo de Electores. 

Sus remotos ascendientes fueron rudos burgraves, 
cuya fortuna se aumentó ó decayó según los acciden- 
tes de la guerra feudal. El viejo castillo de Zollern, en 
la Suabia, que les dio su nombre de HohenzoUern, era 
un pobre señorío para estos soldados ambiciosos que 
se mezclaron en todas las peleas intestinas de Alema- 
nia con el deseo de adquirir nuevos bienes. Por con- 
quista, por alianzas matrimoniales ó por donaciones 
de los emperadores germánicos, á los que ofrecían sus 
servicios, fueron burgraves de Nuremberg y adquirie- 
ron la ciudad de Baireuth con otras tierras. Al ñn, 
en 1415, el emperador Segismundo sacó definitiva- 
mente de la obscuridad á estos HohenzoUern, que á 
pesar de su pobreza se titulaban principes de Baireuth 
y de Anspach, dando á uno de ellos la soberanía del 
Electorado de Brandemburgo, Estado que gobernó con 
el título de Federico I. 

Brandemburgo era un país obscuro, sin importan- 
cia alguna, y Berlín una aldea insignificante. 

Transcurrieron once generaciones antes que los 
modestos Electores ó Margraves de Brandemburgo 
pudiesen realizar en 1701 la suprema ambición de la 
familia, tomando el titulo de reyes. 



Estos soberanos 



de Brandemburgo procuraron 



durante los siglos XV y XVI hacerse un lugar entre 



los grandes señores germánicos, 
queriendo sobrepujarles por los 
méritos guerreros ó por los estudios 
literarios. La extraña mezcla que 
se nota en ellos de ferocidad beli- 
cosa y pretensiones oratorias hace 
pensar en sus sucesores actuales. 
Todos ellos tuvieron un sobrenom- 
bre: el Elector Federico II, Diente 
de Hierro; el Elector Alberto, el 
Aquiles; .Tuan, el Cicerón; Joaquín I, 
el Néstor: Joaquín II, el Héctor. Los 
HohenzoUern que no gobernaban 
el Brandemburgo vivían en el terri- 
torio de Prusia, formando parte de 
la Orden Teutónica. Uno de ellos, 
Alberto, consiguió en 1510 el alto 
cargo de Gran Maestre. La Orden 
se había olvidado de los motivos de 
su fundación y la milicia cristiana 
no era ya más ijue una sociedad de 
pequeños señores que vivían suntuosamente del pro- 
ducto de sus tierras. Alberto de Brandemburgo hizo 
alirazar á sus caballeros el protestantismo, medio 
oportuno de romper con las obligaciones espirituales 
de la Orden y poder violentar las disposiciones tem- 
porales. Una vez realizada la apostasía, convirtió el 
territorio de la Orden Teutónica en ducado de Prusia 
para él y sus herederos. Este ducado acabó por pasar 
á los HohenzoUern de Brandemburgo en KilS, cons- 
tituyendo juntos ambos Estados el núcleo central de 
la futura Prusia. Durante un siglo los HohenzoUern 
ostentaron el título de «Electores de Brandemburgo y 
duques de Prusia», distinguiéndose entre ellos Federi- 
co Guillermo, llamado el Gran Elector, que dio asilo 
en 1685 á los calvinistas fugitivos de Francia. Con el 
Gran Elector empezó la verdadera prosperidad de los 
HohenzoUern. 

Su hijo el Elector Federico III constituyó sus tie- 
rras en reino, tomando el título de Federico I, después 
de sufrir las humillaciones que le impuso Austria. Al 
principio pensó en 
dar á su nueva crea- 
ción el nombre de 
«Reino de los Vánda- 
los», pero temió mo- 
lestar con esto á la 
vecina Suecia, que era 
dueña de una gran 
parte de la Pomera- 
nia, provincia que ha- 
l)ían ocupado los ván- 
dalos en otro tiempo. 
El nombre de Prusia, 
ducado unido al Bran- 
demburgo, prevaleció 
al bautizar el nuevo castillo patrimonial de los 
reino. Pero también hohonzollern bn süabia 




HISTOIÍIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



263 




BL GRAN BLBCTOR 

este título ofrecía un obstáculo al flamante soberano. 
No podía llamarse rey de Prusia porque no poseía la 
l^rusia por entero. Una gran parte de ella pertenecía 
á Rusia. Por esto Federico tomó el título de rey en 
Prusia, y así se llamaron sus herederos por algún 
tiempo, hasta que lentamente fueron convirtiéndose 
en reyes de Prusia. 

El primer monarca prusiano fué un admirador 
de Luis XIV — que nunca se dignó reconocerlo como 
rey — , y quiso imitar el fausto del Rey Sol y las magni- 
ficencias de Versalles en su pobre y obscuro país. En- 
grandeció Berlín, que era un mísero villorrio, levan- 
tó palacios, trazó jardines con fuentes monumentales, 
y por no ser menos que el gran monarca francés, con- 
virtió en favoritas á las esposas de sus ministros, sin 
gusto alguno, sólo por copiar á su majestuoso modelo. 
De estas reformas, hechas locamente por el deseo de 
llamar la atención, y que provocaban una sonrisa de 
lástima en las cortes grandes y ricas, la única digna 
de elogio fué la creación de una Academia de Cien- 
cias á estilo de las Academias de Francia, al frente 
de la cual puso al sabio Léibnitz. Federico I, que con- 
cedía la importancia de negocios de Estado á las 
cuestiones de etiqueta y las murmuraciones de la 
corte, se apresuró á crear una condecoración, como 
los otros reinos de Europa, fundando la ( »rden del 
Águila Negra. Sus subditos vivieron e.xtenuados por 
las contribuciones que les impuso la prodigalidad 
insaciable de este monarca, ansioso de deslumhrar á 
Europa desde su pequeño y pobre Estado. 

Su hijo Federico C4uillermo I y su nieto Federi- 



co II el <irande, guardaron siempre un mal recuerdo 
de él, reprochando públicamente su fausto ridículo, 
su prodigalidad ruinosa y las condiciones luimillantes 
á que se vio sometido por Austria antes de obtener el 
titulo de rey. 

D 

Federico Guillermo I dTl.'J/ fué el monarca más 
«original» y de costumbres extraordinarias que ha 
producido la familia de los HohenzoIIern. El desequi- 
librio que se nota en su carácter, mezcla de buenas y 
malas condiciones, parece haber revivido algunas 
veces en sus descendientes. 

Ante todo fué un hombre económico y «práctico». 
Hijo de un rey dilapidador que había emjiobrecido al 
país, su deseo dominante al subir al trono consistió 
en hacer economías y aumentar la producción del 
país. 

Su mayor gloria fué haber dado la vida á Federico 
el Grande y dejar repletas al morir las cajas del 
Estado, con lo cual preparó las gloriosas empresas 
de su sucesor. 

Pero todo esto lo hizo á su modo, por los procedi- 
mientos que le eran habituales, bastón en mano, apa- 
leando á los subditos y á los hijos, sometiendo el país 
á una disciplina de cuartel, lo mismo en las calles que 
en su palacio, reinando sobre Prusia como un cabo 
de vara. 

Todas sus leyes tendieron á moralizar la nación, 
pero con una severidad draconiana. El criado que 
robaba una suma superior á tres francos, era condena- 
do á muerte. La horca y el bastón fueron sus argumen- 
tos para hacer trabajar á su pueblo y mantenerlo en 
una disciplina férrea. Gobernó paternalmente, pero 
como entendía la paternidad, al uso antiguo de Roma, 
con dereclio de vida y muerte sobre los hijos, y en su 
propia casa trataba á palos á la familia; de aquí que 
se permitiese con sus subditos iguales correctivos. 

Los vecinos 
de Berlín tem- 
blaban al en- 
contrar en la 
callea Federi- 
co* ¡uillermol 
pobremente 
vestido, con 
las ropas raí- 
das y remen- 
dadas, pero 
siempre em- 
puñando el 
fuertebastón, 
que era su 
verdadero ce- 
tro. La menor 
falta de poli- 
cía urbana le 
ponía furioso, 
trastornando pbdbrico i db prusia 




264 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 






tm^&^(¿^Mn 




BERLÍN BN ITCKJ 



el equilibrio de su carácter, pronto á la cólera. Á la 
primera palabra levantaba el bastón, y hombres, 
mujeres y niños tenían que sufrir la regia paliza. 

8u economía, no menos feroz, llegaba hasta la 
miseria y el ridículo. Con el bastón iba sondeando 
muchas veces los montones de basura que los vecinos 
dejaban á las puertas de sus casas. El embajador de 
una gran nación le vio una vez desde sus ventanas 
mirar con inquietud en torno de él, y al convencerse 
de que no era observado, inclinarse sobre un montón 
de basura y extraer un paquete de alfileres olvidado, 
guardándolo en un bolsillo. 

Su familia era la que peor se alimentaba en Ber- 
lín. El gran Federico y su interesante hermana con- 
taron en sus memorias las privaciones á que se vieron 
sometidos en los primeros años, por la avaricia 
paternal. Cuando el rey deseaba hacer una buena 
comida, se presentaba de pronto en la casa de un 
subdito rico ó en la de algún embajador, invitándose 
á la mesa sin consultar la voluntad del dueño. De 
este modo satisfacía sin gasto el apetito, mientras en 
el palacio su familia engañaba el hambre á la luz de 
una bujía ante un solo plato, malo y escaso. 

Todo lujo había sido desterrado de su corte. Odia- 
ba las ceremonias palaciegas y las costumbres diplo- 
máticas. Cuando el déspota paternal estaba de buen 
humor y quería hacer un derroche, se reunía con sus 
íntimos en una sala del palacio á la que llamaba el 
Colegio Tabáquico, y allí, en mangas de camisa, fuma- 
ban numerosas pipas, consumiendo la cerveza en 
vasos enormes. 

Lo que más le irritaba era la educación de sus 
hijos, de gustos refinados y grandes entusiastas de la 
cultura francesa. Su hija, la futura Margravina de 
Baireuth, era letrada y música, mostrando en sus car- 
tas y sus conversaciones una delicadeza de artista. 



Federico componía música y versos franceses, era 
un notable profesor de flauta, y estaba en correspon- 
dencia con los filósofos y los literatos más célebres 
de París, que le enviaban sus últimas tragedias y 
tratados históricos. El padre amaba la caza, los 
granaderos gigantescos, los teatros de muñecos y las 
sesiones del Colegio Tabáquico con la cerveza á rau- 
dales. 

Esta disparidad de gustos acababa casi siempre 
por atraer sobre sus hijos los golpes del regio bastón. 
Algunas veces la cólera de Federico Guillermo I 
adoptaba unos procedimientos que serían increíbles 
de no atestiguarlos sus contemporáneos. Cuando los 
hijos se mostraban alegres ante un manjar extraor- 
dinario en las parcas comidas de palacio, el rey se 
apresuraba á 
privarles de 
este gusto, es- 
cupiendo en 
sus platos. 

El económi- 
co déspota, 
que se trata- 
ba á sí mis- 
mo con dure- 
za, evitando 
todo gasto, 
tenía sin em- 
bargo una afi- 
ción dispen- 
diosa, que le 
hacíaincurrir 
en grandes 
despilfarros. 
Amaba los 
hombres de fbdbrico Guillermo i 




HISTOUIA UE LA GUERRA EUROPEA DE 19i4 



265 



estatura enorme; queria juntar en su reino todos los 
gigantes del mundo; sentía una admiración irresistible 
por los soldiidos aparatosos. Este monarca pobremen- 
te vestido é incapaz de costearse un traje nuevo, se 
extasiaba ante todo lo que brilla y sirve de imponente 
é inútil adorno en un ejército. Los granaderos del rey 
de Prusia fueron célebres en el mundo. Jamás hubo 
soldados de estatura tan enorme y vestidos de un 
modo más teatral. Federico (Guillermo I no los empleó 
en ninguna guerra, pues siempre vivió en paz, au- 
mentando las existencias del tesoro nacional. Pero se 
recreaba en la contemplación de esta reserva de fuer- 
za, haciendo desttlar y maniobrar automáticamente 
unos regimientos compuestos de 
hombres cuya estatura pasaba 
de dos metros. 

No le bastaron para estas tro- 
pas los gigantes de su pais. 
Cuando tenia noticias de que en 
un P'átado alemán, en Suiza ó en 
Francia, habia un hombre nota- 
ble por su tamaño, el rey expe- 
rimentaba una emoción de ena 
morado. Cartas, ofrecimientos 
de dinero, emisarios para que 
viniese á figurar entre los gra- 
naderos de Prusia. Algunas ve- 
ces, si el gigante se negaba á 
tales proposiciones, el rey lo ha 
cia raptar como si fuese una bel- 
dad, incorporándolo ásuguardia. 

Al morir en 1740, el estado 
económico de Prusia era mejor 
que nunca. No habia hecho nada 
grande durante su reinado, pero 
si muchas cosas útiles. Su actua- 
ción no fué gloriosa, pero lo pre- 
paró todo, amontonando econo- 
mías y organizando un ejército, 
para que su hijo engrandeciese Prusia y ocupase una 
alta posición en la Historia. 



Federico II fué el más ilustre délos llohenzollern. 
Durante su gobierno el pequeño reino de Prusia alcan- 
zó el rango de potencia europea, agrandándose con 
nuevos territorios y haciendo frente á una coalición 
de las naciones más poderosas, alarmadas por la au- 
dacia militar y la tenacidad de su soberano. 

Este principe, que había de ser uno de los más 
grandes capitanes de la época moderna, mostró gran 
aversión en su juventud por la carrera militar. Lo 
habían educado preceptores franceses, y tanta afición 
mostró por la literatura, las ideas, las costumbres y 
las modas de Francia, que su rudo padre le llamaba 
siempre el petimetre. La lengua francesa fué su lengua 
natural, escribiendo en ella libros de filosofía y de 
historia, asi como casi todas sus cartas y una regular 




PBDBRICO 11 EL (IKANDB 



cantidad de versos. Durante toda su vida, en medio de 
las más absorbentes ocupaciones militares y políticas, 
conservó siempre esta afición á las letras francesasy á 
sus representantes. Discípulo de los filósofos enciclope- 
distas, y especialmente de Voltaire, por el que mostró 
siempre una admiración fervorosa, amaba á F"rancia 
como una patria intelectual, diciendo que el titulo de 
francés significaba para él librepen-iadur. Un año an- 
tes de subir al trono escribía á Voltaire: «Si la Provi- 
dencia fuese tan sabia como dicen, los Newton, los 
Locke, los \'oltaire y otros sabios deberían ser los 
monarcas del universo. » 

Su padre, Federico Guillermo, enemigo de toda 
cultura intelectual y que se 
irritaba ante los gustos del jo 
ven príncipe, hasta el punto de 
abrumarlo con los peoi-es trata- 
mientos, le obligó á una tentati- 
va de fuga, que fué castigada 
con el suplicio de uno de los que 
favorecieron este proyecto. 

Federico fué enviado por su 
padre al ejército imperial que 
mandaba el principe Eugenio, y 
volvió de esta campaña visible- 
mente disgustado de la carrera 
de las armas. Quería ser un filó- 
solo: aborrecía la profesión de 
soldado. Su padre le casó contra 
su voluntad con una princesa de 
Brunswick, y esta unión jamás 
fué cordial ni tranquila. Mien- 
tras vivió Federico Guillermo, 
el príncipe se mantuvo retirado 
en el castillo de Rheinsberg, for- 
mando una pequeña corte de sa- 
bios y literatos y sosteniendo 
una nutrida correspondencia con 
los hombres más notables de la 
época, especialmente con \'oltaire. En este periodo 
produjo la más curiosa de sus obras, que revela una 
opinión personal completamente distinta de las ideas 
y procedimientos que sostuvo luego como rey. Fué 
una refutación de El Principe, el famoso libro de Ma- 
quiavelo. En este trabajo protestó enérgicamente con- 
tra los principios despóticos, glorificados por el escri- 
tor florentino, trazando un retrato de lo que debía ser 
un rey moderno, educado por la filosofía. Sus ilusiones 
eran las mismas de Platón y muchos utopistas que 
consideraban posible la existencia de un rey filósofo. 
Voltaire, entusiasmado por este trabajo de su regio 
discípulo, lo publicó con el título de El Anti-Maquia- 
velo en 1740, año en que Federico subió al trono de 
Prusia. Este libro, que tantas esperanzas hizo conce- 
bir á los filósofos y escritores de la época fué consi- 
derado luego por su autor como una calaverada de la 
juventud. Federico II, que habia de hacer todo lo con- 
trario de lo preconizado en su obra, siendo un practi- 

i3 



266 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




PALACIO DB POSTDAM, RESIDENCIA DB l'EDBUICO BL GRANDE 



cante de las instrucciones de Maquiavelo, se es- 
forzó años después por hacer desaparecer toda la 
edición. 

La muerte de su padre lo dejt) dueño de un Estado 
floreciente, con el tesoro repleto y un ejército selec- 
cionado y numeroso que no se habia batido nunca. 
A pesar de esta situación, la Prusia no gozaba de 
ninguna inñuencia, y según las palabras de Federico, 
«tenia miis todavía de electorado que de reino». Ape- 
nas el discípulo de Voltaire hubo ocupado el trono, 
mostró la inquietud y las ambiciones de un hombre de 
acción, queriendo emplear en el engrandecimiento de 
Prusia las valiosas reservas de hombres y dinero 
amontonadas por su padre. Los ducados de Silesia 
tentaron su codicia, pretendiendo hacer valer ante 
la corte de Austria sus derechos á poseerlos y ape- 
lando á las armas en vista de la negativa de María 
Teresa. 

Así empezó su carrera de gran capitán, en la que 
no se sabe qué admirar más, si sus condiciones de es- 
tratega ó la buena suerte, que inesperadamente favo- 
recía su salvación en los momentos más apurados y 
difíciles. Consiguió ruidosas victorias, sufrió grandes 
reveses, hubo un momento en que se vio en guerra 
con toda Europa y casi sin reino, pero su buena estre- 
lla, sus astucias diplomáticas y sobre todo las disen- 
siones de los enemigos, le sacaron del mal paso. Este 
discípulo de los filósofos, que estudió el arte de la gue- 
rra en los mismos campos de batalla, comenzó sus 
glorias de conquistador con poca brillantez. En los 
primeros combates experimentó grandes miedos, se- 
gún propia confesión, y una tendencia á la fuga que 
apenas pudo resistir. Fueron sus generales los que 
ganaron las primeras batallas. Pero el hábito del 
combate y los esfuerzos de una voluntad enérgica 
consiguieron dominar los nervios de esta naturaleza 
de artista, y en adelante Federico II fué el gran capi- 



tán de imperturbable sereni- 
dad que no se intimidó nunca 
ante el número de los enemi- 
gos y supo conseguir la vic- 
toria con fuerzas inferiores. 
A los dos años de ocupar el 
trono había conquistado la Si- 
lesia con la batalla de Mol- 
witz, en la que desempeñó un 
papel poco brillante, obligan- 
do á María Teresa á cederle 
este territorio, después de de- 
rrotar las tropas austríacas 
en Czaslau. En esta primera 
parte de su vida guerrera fué 
el aliado secreto de Francia, 
y de acuerdo con la corte de 
Versalles invadió la Bohemia 
y se apoderó de Praga, pero 
fué derrotado y tuvo que re- 
tirarse á la Silesia, donde 
en 1745 reparó sus pérdidas con las victorias brillan- 
tes de Friedberg, Sorr y Kesselsdorf. El tratado de 
Dresde con el gobierno austríaco le aseguró de nuevo 
la Silesia y el condado de (ilatz. Después de esto 
vivió diez años pacíficamente, el único período largo 
de tranquilidad que tuvo en su reinado. Su espíritu 
organizador lo aprovechó para implantar numerosas 
reformas, que desarrollaron extraordinariamente la 
prosperidad de Prusia engrandecida. Fundó ciuda- 
des, desecó pantanos, cultivó terrenos hasta enton- 
ces estériles, estableció fábHcas, creó bancos y pro- 
mulgó leyes que, auncjue imperfectas, resultaban su- 
periores á las que regían entonces en otros Estados, 
pues consagraron la libertad de conciencia más ab- 
soluta. 

Este monarca reformador, por una contradicción 
notable con las ideas filosóficas de que hacía gala, go- 
bernó siempre como un monarca absoluto, sin dar á 
su pueblo otra intervención en los negocios públicos 
que el pagar los impuestos y batirse en los campos de 
batalla sin explicación alguna. 

Durante los años de paz pudo realizar su proyecto 
de una corte de sabios y literatos, del que tantas veces 
había hablado cuando sólo era príncipe, líeorganizó 
la Academia de Berlín, llamando á ella los hombres 
de ciencia más notables del extranjero. Invitó á vivir 
en su palacio, como alegres camaradas, á varios es- 
critores célebres, y especialmente á Voltaire. Las 
cenas del palacio de Postdam fueron famosas. El rey 
filósofo y sus ilustres amigos hablaban de sobremesa 
sobre toda clase de cuestiones literarias y políticas. 
Al mismo tiempo, este cenáculo era de una libertad 
de costumbres inaudita, permitiéndose bromas y or- 
ganizando fiestas que es imposible narrar. Al fin \'ol- 
taire y otros de los huéspedes se indispusieron con su 
regio amigo. A pesar de que en las cenas de Postdam 
reinaba la más completa igualdad entre los convida- 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



267 



dos, ciertos escritores, por más que hacían para iiala- 
gar al rey, no logrulian en ciertos momentos disimu- 
lar la superioridad de su inteligencia, y Federico, con 
fríos sarcasmos, les hacía recordar sus diferencias de 
rango. La ruptura del rey con Voltaire tuvo la reso- 
nancia de un suceso europeo. Federico se vengó de su 
ilustre amigo infligiéndole toda clase de pequeñas 
molestias antes de que abandonase sus Estados, y el 
célebre escritor le contestó hablando con venenosa 
ironía de sus vicios secretos. Años después, el gran 
monarca prusiano, que no podía vivir en mala inteli- 
gencia con su ídolo, hizo toda clase de gestiones para 
restablecer la amistad, pero Voltaire, aunque reanudó 
su correspondencia con Federi- 
co, no quiso nunca volver á 
Berlín. 

La permanencia de estos 
hombres notables en la capital 
del reino prestó grandes servi- 
cios á la civilización de Prusia. 
La mayoría de los huéspedes 
ilustres se compuso de france- 
ses, y francesa fué también la 
cultura que impuso Federico 
á las clases superiores de su 
reino. 

De 1756 á 1763 se desarrolló 
la guerra llamada de Siete Años, 
el período más brillante y peno- 
so de Federico IL Casi toda 
Europa se había coligado con- 
tra él, viendo un peligro en este 
monarca audaz y ambicioso 
que no sentía respeto alguno 
por la palabra empeñada ni por 
las firmas que ponía al pie de 
los tratados. Francia, Austria, 
Sajonia y Rusia hicieron una 
alianza contra él. Fué una gue- 
rra semejante por su extensión á la de 1914 que ha 
provocado el descendiente de Federico II, pero con 
una enorme diferencia en el número de las tropas y 
los medios de destrucción. 

El monarca prusiano estuvo próximo muchas ve- 
ces al aplastamiento final. Su actividad, su valor y su 
genio le salvaron siempre en el último instante, pero 
también contribuyó de un modo notable á su salva- 
ción la escasa valía de los generales que tuvo en- 
frente, muchos de ellos elegidos por las intrigas de 
corte y las favoritas de los reyes. En las diez y siete 
grandes batallas que tuvo que dar, se vio vencido las 
más de las veces, pero también consiguió ruidosos des- 
quites cuando sus enemigos le creían aplastado, espe- 
cialmente en Rosbach, donde dispersó al ejército fran- 
co-alemán mandado por Soubise, un general sostenido 
por la Pompadour, y en Leuthen, serie de maniobras 
admiradas por Napoleón, y que dio origen á todo un 
sistema de estrategia. Á pesar de estos esfuerzos glo- 




ESTATUA DB FEDERICO EL GRANDE EN BERLÍN 



riosos, Federico II estaba en una situación desespera- 
da: los enemigos habían invadido sus territorios; Ber- 
lín se veía saqueado; el reino de Prusia iba á perecer, 
cuando un cambio de soberano en Rusia rompió la 
coalición, favoreciendo la paz. Federico pudo salir de 
este conflicto con las grandes potencias de Europa, 
conservando definitivamente la Silesia, que había sido 
el objetivo de la primera de sus guerras, y gozando 
una reputación europea de primer estratega de su 
tiempo. Los siete años de guerra habían empobrecido 
su país, y tuvo ([ue dedicar el resto de la vida á 
reedificar las ciudades y pueblos destruidos, dando 
un impulso enérgico á la agricultura y la industria. 

Todavía antes de su muerte 
agrandó el territorio nacional, 
poniéndose de acuerdo con Aus- 
tria y Rusia para realizar el 
primer reparto de Polonia, enor- 
me injusticia que llevó adelan- 
te sin que sintiese el menor es- 
crúpulo su alma de filósofo. 
Este hombre que había debuta- 
do como escritor combatiendo 
á Maquiavelo, se mostró en sus 
actos diplomáticos como uno de 
sus más hábiles y aprovecha- 
dos discípulos. 

Todos los historiadores com- 
paran á Federico con Napoleón, 
y algunos, como Michelet, lo 
consideran superior, alegando 
que el general Bonaparte en- 
contró al empezar sus campa- 
ñas un ejército entusiasmado 
por los triunfos de la Revolu- 
ción y preparado por Massena, 
lloche y otros vencedores, mien- 
tras que Federico tuvo que 
crearlo todo al frente de un 
ejército que no se había batido nunca, y se vio obliga- 
do á defenderse en un país sin fronteras determinadas. 
Lo más admirable en Federico II fué su poderosa 
voluntad, que le sostuvo así en las cosas militares 
como en las de la vida ordinaria. Este literato — dice 
un historiador — , este filósofo (pues en el fondo de su 
natunileza no era otra cosa, quiso ser soldado y lo 
fué con toda convicción, porque aunque profesaba 
cierto deísmo volteriano, creyó siempre que el hom- 
bre sólo debe contar con su propio esfuerzo, sin espe- 
rar ningún auxilio sobrenatural. De aqui su tenacidad, 
su energía, su prodigiosa fuerza para el trabajo y su 
constancia en los reveses.» 

El amor que sentía por Francia se mantuvo firme 
entre los vaivenes de la política. El hombre más gran- 
de de Prusia fué un francés de corazón. Hasta en la 
época ([ue hacia la guerra contra ella no mostró ren- 
cor alguno. Después de la victoria de Rosbach hizo 
recoger y cuidar con escrupulosidad á los heridos 



268 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



franceses é invitó á su mesa á los oficiales prisioneros. 
— Perdonad, señores, la escasez de comida — dijo 
alegremente — , pero no os esperaba tan pronto y en 
tanto número. 

Y volviéndose á los generales de su Estado Mayor, 
añadió: 

— No puedo acostumbrarme á mirar á los franceses 
como enemigos. 

No hubo en él nada de esa jactancia que es habi- 
tual en los grandes personajes históricos. ÍMintió mu- 
cho en su vida y faltó á su palabra en las negocia- 
ciones diplomáticas; pero fué franco y veridico al 
relatar sus victorias y sus descalabros, lo que tampo- 
co es común en hombres 
de su clase. De los triun- 
fos habló con sencillez y 
modestia, y al confesar 
sus derrotas no preten- 
dió excusarlas con forza- 
dos pretextos. Nunca di- 
simuló el número de sus 
muertos y prisioneros, 
juzgando fríamente los 
hechos de guerra, no 
como un capitán, sino 
como un politico y un 
pensador. Comparado 
con los otros reyes de su 
tiempo, monarcas de- 
cadentes, aparece más 
grande y más original. 
«De no ser rey — dice Mi- 
chelet — siempre (jueda- 
ria como uno de los pri- 
meros hombres de su 
siglo.» 

Federico el Grande fué 
igualmente grande en 
sus vicios y su inmorali- 
dad privada. Los testi- 
monios de los contemporáneos lo describen como un 
personaje amoral, falto de escrúpulos, sin respeto 
para las preocupaciones generales, viviendo al mar- 
gen de todas las reglas que acatan los demás hom- 
bres. Más allá de sus amores con bailarinas y come- 
diantas, exhibidos francamente, tuvo una historia se- 
creta, cuya variada monstruosidad parece asustar 
aún á los comentaristas más hostiles. Algunos han 
hablado intencionadamente del extraordinario afecto 
que sintió por su hermana, la Margravina de Baireuth, 
y el entusiasmo adorativo que ésta mostró siempre 
por él. 

En otro orden de aficiones sexuales, Voltaire, des- 
pués del rompimiento con Federico II, se valió de una 
ironia sutil para asestar rudos golpes á su antiguo 
amigo. Refiriéndose á los intentos del rey de Prusia 
para reanudar la antigua amistad, dijo asi Voltaire: 
«Me ha escrito ofreciéndome todos sus favores, pero 




HABITACIÓN DB VOLTAIRB BN BL PALACIO DE POSTDAM 



éstos asustan á cualquiera y á mi edad no los juzgo 
convenientes.» 

Su capacidad para el trabajo fué tan enorme y 
monstruosa como sus buenas facultades y sus vicios. 
El historiador inglés Macaulay dijo de él con asom- 
bro: «No contento con ser su primer ministro, Fede- 
rico acabó siendo su único ministro. No tuvo jamás 
necesidad de un líichelieu ó un Mazarino, ni siquiera 
de un Colbert, de un Louvois ó de un Torcy. Una es- 
pecie de pasión insaciable por el trabajo, una necesi- 
dad de ordenarlo todo, de mezclarse en todo, de hacer 
sentir su poder, así como el desprecio profundo y la 
desconfianza que le inspiraban sus semejantes, le im- 
pidieron siempre el soli- 
citar consejos, confiar 
secretos importantes y 
delegar poderes. Los pri- 
meros funcionarios del 
instado fueron bajo su 
gobierno simples depen- 
dientes, á los cuales no 
concedió mayor confian- 
za que la que gozan de 
ordinario los l)uenos ser- 
vidores. Fué su propio te- 
sorero, sugeneral en jefe, 
su intendente de traba- 
jos públicos, su ministro 
de (!oraercio y de Justi- 
cia, su ministro del In- 
terior y de Negocios Ex- 
tranjeros, su director de 
caballería, su goberna- 
dor de palacio, su cham- 
belán... No podía tolerar 
otra voluntad que la 
suya en el gobierno del 
Estado. No quiso admi- 
tir como colaboradores 
más que simples em- 
pleados, con la inteligencia necesaria para traducir, 
copiar, descifrar sus escritos hechos á toda prisa y 
dar una forma oficial á sus respuestas lacónicas. En 
punto á talentos naturales y á instrucción, sólo exigió 
de sus secretarios de gabinete lo que podían darle 
una prensa litográfica ó una máquina de copiar.» 

Como veremos más adelante, esta actividad ab- 
sorbente de Federico el Grande la han querido imitar 
algunos de sus sucesores. 

Guillermo II pretende ahora dirigir el vasto impe- 
rio alemán, como su antecesor gobernaba por si mis- 
mo el reino de Prusia. Pero existe entre los dos la 
lamentable diferencia que separa la copia del ori- 
ginal. 

D 

Al morir Federico II en 1786 á consecuencia de 
una hidropesía, como no tenía hijos le sucedió en el 
trono un sobrino, que tomó el titulo de Federico Gui- 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



269 



llermo II. Encontró la nación repuesta de las pérdi- 
das sufridas en las guerras anteriores, con el tesoro 
público repleto, el ejército en buen estado, y una paz 
con los vecinos que hacia de Prusia el arbitro de la 
Europa central, l'ero el nuevo rey, como los llohen- 
zollern (lue vinieron después, no supo seguir las hue- 
llas del gran Federico, derrochando en locas prodiga- 
lidades la fortuna de Prusia y comprometiendo á ésta 
en guerras ruinosas, sin utilidad. Defensor fervoroso 
del absolutismo monárquico y alarmado por los pro- 
gresos de la Revolución francesa, fué el principal 
organizador en IT'.H de la coalición de Pilnitz, hacien- 
do marchar su ejército contra los batallones de volun- 
tarios organizados por 
la Convención, que le 
infligieron la primera 
derrota en Valmy segui- 
da de otras muchas. Tres 
años después tuvo que 
firmar en Basilea un tra- 
tado de paz con la vic- 
toriosa República fran- 
cesa, abandonando á 
cambio de aquél la orilla 
izquierda del Rhin. Esta 
pérdida la compensó pro- 
cediendo en compañía de 
Rusia al reparto definiti- 
vo de Polonia, luego de 
aplastar inicuamente la 
resistencia de los patrio- 
tas polacos mandados 
por el heroico Kosciusco. 
En el interior de Prusia, 
el gobierno de Federico 
Guillermo II no sólo fué 
fatal para la hacienda 
pública, que contrajo 
una deuda considerable. 
La libertad de pensa- 
miento, instaurada y favorecida por el gran Federico, 
sufrió numerosos ataques del nuevo monarca, que 
asustado por los progresos de la Revolución francesa, 
estableció la censura y otras leyes retrógradas. 

En 1797 le sucedió su hijo mayor, tomando el titulo 
de Federico Guillermo 111. Siendo principe había mar- 
chado con su padre al ejército del Rhin para hacer la 
guerra á la República, distinguiéndose por su valor, 
pero al ocupar el trono quiso vivir en paz, respetando 
el tratado de Basilea. Suprimió muchas de las leyes 
reaccionarias del anterior reinado, asi como la cen- 
sura, y se propuso trabajar únicamente por la pros- 
peridad interna de I'rusia. Las convulsiones á que se 
vio sometida Europa en aquel entonces por la ambi- 
ción del imperialismo napoleónico, no le permitieron 
mantenerse en una situación tranquila. Alejandro I, 
emperador de Rusia, fué personalmente á Berlín para 
hacerle entrar en la tercera coalición europea contra 




BIBLIOTECA DB FEDERICO EL GRANDE 
BN BL PALACIO DB POSTDAM 



el imperio francés, pero la gran victoria de Austerlitz 
lo impulsó de nuevo á la prudencia, manteniéndose en 
buenas relaciones con Napoleón. Sin embargo, no era 
posible vivir en paz con este conquistador, cuyas pre- 
tensiones resultaban insufribles, como las de todos los 
hombres de guerra favorecidos por la suerte. En 1806 
Prusia acabó por declarar la guerra á Francia, siendo 
esta lucha tan corta como ruinosa. En el espacio de 
cinco días Napoleón derrotó á los prusianos en .lena 
y entró victorioso en Berlín. Federico Guillermo III 
se vio despojado de sus Estados y confinado en Memel. 
Su esposa, la bella reina Luisa, mujer de grandes 
energías, le acompañó en la desgracia, intercediendo 

personalmente con Na- 
poleón en aquel momento 
angustioso para que no 
los despojase por siom 
pre de la corona de Pru- 
sia. Pudieron conservar- 
la gracias al zar Alejan- 
dro I, que sostuvo sus 
derechos al ajustarse en 
el año siguiente la paz 
de Tilsit. Federico Gui- 
llermo volvió á tomar 
posesión de una parte de 
su reino, pero á costa de 
grandes humillaciones y 
de una contribución de 
guerra, enorme para la 
época, que le impuso Na- 
poleón antes de retirar 
las tropas francesas. 

Dos años después, en 
180i', pudo regresar Fe- 
derico Guillermo á Ber- 
lín, y sin dejarse abatir 
por la desgracia, ayuda- 
do por dos hombres de 
alta capacidad, Stein y 
Hardenberg, se dedicó á la regeneración de Prusia, 
estableciendo leyes liberales y reorganizando radical- 
mente la administración. La juventud de las universi- 
dades y los profesores patriotas, como Fichte, ayuda- 
ron poderosamente á este renacimiento. Todos los 
bienes eclesiásticos y de las órdenes religiosas fueron 
vendidos, así como los pertenecientes al Estado. 

Con estas medidas el rey de Prusia consiguió 
restablecer el bienestar de su país, fortaleciendo el 
ejército con una juventud entusiasta. A pesar de esto 
tuvo que plegarse por mucho tiempo á las exigencias 
todopoderosas de Napoleón, que pesaba entonces sobre 
la libertad y la dignidad de los pueblos con el mismo 
despotismo insufrible que ha mostrado Prusia un siglo 
después. 

l'ara vivir en paz, Federico Guillermo tuvo que 
aceptar en 1812 un tratado de alianza defensiva y 
ofensiva ajustado en París con Napoleón. En virtud de 



270 



VICENTE BLASCO IBANEZ 



este compromiso, habiendo estallado poco después la 
guerra entre Francia y Rusia, el monarca prusiano 
tuvo que enviar al emperador 30.000 hombres, manda- 
dos por el general York, que figuraron en el llamado 
«(irán Ejército». Al ocurrir la famosa retirada de 
Rusia, las tropas prusianas abandonaron á Napoleón, 
uniéndose á los rusos. Llegaba para Federico Guiller- 
mo la hora de la venganza. Su pueblo iba á resarcirse 
de las humillaciones que le habia hecho sufrir el im- 
perialismo francés, atropellador y arbitrario como 
todos los imperialismos. El rey de Prusia se unió á la 
coalición formada contra Napoleón por todos los mo- 
narcas de Europa y que dirigía el zar Alejandro I. El 
pueblo acogió con grandes transportes de alegría la 
declaración de guerra á Bonaparte. Toda la juventud 
tomó las armas. El poeta guerrero 
Ka^rner y otros escritores románticos 
habían infundido al pueblo prusiano 
un entusiasmo patriótico que tenia 
algo de místico. Las tropas de l'rusia 
mandadas por lUilcher contribuyeron 
á la primera caída de Napoleón en la 
batalla de Leipzig y á su segunda 
y definitiva ruina en la batalla de 
Waterlóo. 

Después del triunfo, viendo Federi- 
co Guillermo asegurada para siempre 
su corona, hizo celebrar en Berlín el 
jubileo de los llohenzollern, que go- 
bernaban 400 años el Brandemburgo, 
núcleo de la Prusia moderna. Solem- 
nizó además su victoria dictando nu- 
merosas disposiciones para el fomento 
del país y reglamentando las dificul- 
tades que habían surgido entre las 
iglesias protestantes y la iglesia católica. Pero fué 
ingrato con el pueblo, que al luchar por la integridad 
de la patria creyó hacerlo también por la libertad que 
Federico (¡uillermo le habia prometido solemnemente 
en 1815, al volver Napoleón á Francia desde la isla 
de Elba, resucitando el peligro de su imperialismo. 
Federico Guillermo quiso conservar su poder de mo- 
narca absoluto y se negó á cumplir la promesa de 
una Constitución y un sistema representativo para su 
pueblo. 

Reinó largos años en paz, hasta 1840, fecha de su 
muerte, y en este período su acto más importante fué 
el establecimiento de la asociación aduanera de los 
Estados alemanes, conocida con el nombre de ZoUve- 
rin, que tan famosa se hizo después. Esta asociación 
estableció un vinculo de intereses entre los pueblos 
germánicos, convirtiéndose en un arma política que 
esgrimió Prusia para adquirir un ascendiente consi- 
derable sobre el resto de Alemania. 

Federico Guillermo III, soldado valeroso y de re- 
gular inteligencia, compartió ante el patriotismo de 
su país, la simpatía por sus desgracias y la gloria de 
sus triunfos, con la reina Luisa, animosa compañera. 




FBDBBIOO CriLLERMO II 



célebre por su belleza y su energía. De esta esposa, 
que murió en 1810 sin presenciar la regeneración de 
la Prusia vencida, tuvo Federico Guillermo siete hijos, 
siendo los dos primeros Federico Guillermo IV, que le 
sucedió en el trono, y Guillermo 1, que habia de ser 
el fundador del moderno imperio alemán. 



Estos dos hijos de Federico Guillermo y de la reina 
Luisa guardaron siempi-e una triste impresión de su 
niñez, transcurrida en las horas más difíciles para su 
familia y su patria. Habían presenciado, al adquirir el 
uso de su razón, los llantos desesperados de la hermo- 
sa reina y las preocupaciones taciturnas del rey bajo 
las exigencias é imposiciones de Napoleón. De aquí 
que los dos príncipes sintiesen desde 
los primeros años un odio instintivo 
contra Francia, y más especialmente 
contra las ideas proclamadas por la 
Revolución, considerando á Bonapar- 
te como un producto de ésta. 

Federico Guillermo IV, al subir al 
trono en 1840, era considerado como 
el monarca más culto de su época. 
Teniendo diez y siete años había ser- 
vido en las últimas campañas del ejér- 
cito prusiano contra Napoleón, y al 
sobrevenir la paz pudo dedicarse al 
ejercicio de las bellas artes, por las 
que sentía un gusto irresistible, dis- 
tinguiéndose como dibujante y escul- 
tor. 

Esta afición á las artes, sus rela- 
ciones con los grandes artistas y la 
demencia que obscureció sus últimos 
años, dan á Federico Guillermo una gran semejanza 
con sus parientes, los reyes de la casa de Baviera, 
muchos de los cuales fueron artistas como él y murie- 
ron de la misma enfermedad. 

Tenía cuarenta y cinco años cuando ocupó el trono, 
y sus primeros actos hicieron concebir grandes espe- 
ranzas á la Prusia liberal. Dio una amnistía á todos 
los políticos que vivían fuera del reino por las perse- 
cuciones reaccionarias que habia ordenado su padre, 
añadiendo á esto una relativa libertad de la prensa. 
En su gobierno figuraron hombres notables del libera- 
lismo. Profesores perseguidos por ser de ideas revolu- 
cionarias, volvieron á ocupar sus cátedras en las uni- 
versidades. 

Dos años después convocó en Berlín todas las die- 
tas de provincia para que formasen una sola asamblea, 
tratando en común los asuntos del pais, lo que no se 
había visto hastaentonces, pues el despotismo, temien- 
do la expresión del sentimiento general, sólo permitía 
que las dietas se reuniesen por separado con poderes 
restringidos y locales. El país mostró entusiasmo y 
agradecimiento ante esta asamblea reunida en Berlín, 
que daba á la nación un carácter semi-constitucional. 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



271 



Pero estos intentos de liberalismo encontraron una 
poderosa resistencia en la reina Elisabet, franca- 
mente reaccionaria, y que liguraha al frente de los 
absolutistas de Prusia. Federico (Tuillermo, á seme- 
janza de su padre, vivió dominado por su esposa. Uno 
y otro fueron hombres valerosos y de reconocida inte- 
ligencia, pero sin voluntad ante sus mujeres y some- 
tiéndose á exigencias políticas de éstas en el interior 
del hogar. Segura de su imperio sobre el monarca, la 
reina Elisabet obligó á los ministros á abandonar sus 
carteras ó someterse á su dirección. Ella, a su vez, 
como católica, estaba dirigida y sostenida por los 
jesuítas, que se exhibían francamente al lado de su 
regia protectora. La libertad de enseñanza fué restrin- 
gida considerablemente, la prensa se vio objeto de 
persecuciones, y los hombres nota- 
bles que el rey habia llamado á su 
consejo se apartaron de él, sabiendo 
de antemano que su ruina era segura 
si no obedecían las órdenes de la reina. 
El débil Federico (Guillermo dejó 
que poco á poco apartasen de su lado 
á los hombres de mayor confianza. La 
camarilla reaccionaria le presentaba 
pruebas apócrifas para convencerle 
de la inñdelidad de éstos. Influenciado 
por la reina y sus consejeros, dio su 
adhesión a medidas ilegitimas y vio- 
lentas que exasperaron al país. 

El liberalismo prusiano estaba 
aguardando desde 1815 el cumpli- 
miento de la promesa de una Constitu- 
ción que le habían hecho sus reyes, y 
en vez de cumplir esta promesa, la 
monarquía extremaba sus medidas 
reaccionarias. Desengañado ya el pueblo, se lanzó 
á conspirar para conseguir sus deseos. Antes de en- 
tregarse francamente á los trabajos revolucionarios, 
los liberales pidieron al rey el establecimiento de 
un régimen popular con una representación nacional 
para vigilarlo y dirigirlo. La respuesta de la corte 
fué encarcelar á los jefes de los grupos liberales. Al 
mismo tiempo, en su política exterior, Prusia contri- 
buyó á la arbitrariedad y la violencia, ayudando al 
imperio austríaco, que se apoderó de Cracovia, supri- 
miendo todo lo que sobrevivía del reino polaco como 
pueblo independiente. 

Una conspiración organizada contra el rey fué des- 
cubierta, y el gobierno reaccionario llenó las prisio- 
nes de culpables y de inocentes. El despotismo de la 
reina y sus partidarios se mostraba desdeñoso en es- 
tas medidas represivas. Seguro del apoyo del ejército, 
no creía que el pueblo pudiese intentar nada impor- 
tante contra el poder real. Este desprecio exasperó 
aun más al pueblo que las persecuciones y los cas- 
tigos. 

En tal estado ocurrió en Francia la revolución 
de 184S, el destronamiento de Luis Felipe y la procla- 




FaDBRICO GUILLERMO III 



mación de la segunda República. El movimiento de 
París repercutió en Prusia. El pueblo se levantó vigo- 
rosamente ante la monarquía, cortando las calles de 
Berlín con barricadas y batiéndose contra las tropas 
reales. Del 17 al 19 de Marzo, en tres jornadas san- 
grientas, los cañones abrieron grandes claros en la 
muchedumbre revolucionaria, pero ésta se embra- 
veció cada vez más, preflriendo morir á declararse 
vencida. 

Federico Guillermo se dio cuenta por primera vez 
de que esta revolución, de la que se burlaban sus con- 
sejeros, no era un juego infantil, y repeliendo la tutela 
aisladora en que le mantenía la reina, bajó á la calle, 
solo, sin guardias, fraternizando con los revoluciona- 
ríos, anunciándoles su propósito de cambiar de minis- 
tros, reconociendo la legitimidad de 
sus reclamaciones. Sus promesas de 
dar una Constitución con la respon- 
sabilidad de los ministros y el esta- 
blecimiento de la unidad alemana, 
apaciguaron los ánimos é hicieron 
cesar el combate. De vuelta á su pa- 
lacio, llamó á respetables personajes 
del liberalismo para que formasen el 
nuevo gobierno, é hizo salir de Berlín 
las tropas que habían ametrallado al 
pueblo. 

Esta iniciativa entusiasmó á Her- 
lín, y nunca fué tan popular y amado 
Federico Guillermo como en aquellos 
momentos. El pueblo, aglomerado 
ante el palacio, le hacía salir al bal- 
cón de hora en hora, tributándole in- 
mensas aclamaciones. 

Un incidente, iiue adquirió enorme 
importancia, siendo comentado en toda Europa como 
un simbolismo histórico, casi rompió la paz esta- 
blecida. 

El pueblo enterró con gran pompa el 22 de Marzo 
los cadáveres del doctor Weiss y del polaco Malinski, 
dos jefes revolucionarios muertos en las barricadas, y 
el fúnebre cortejo desfiló ante el palacio real. Al ver 
cerradas las ventanas la muchedumbre se indignó, 
considerando esto como una muestra del desprecio 
real. Temiendo una nueva revuelta, los reyes se mos- 
traron en un balcón: Federico (iuillermo con la cabe- 
za cubierta, la reina Elisabet pálida de miedo, pero 
dejando adivinar en sus miradas un concentrado 
rencor. 

La muchedumbre les reservaba una humillación. 
Al fijarse en el bicornio que cubría la cabeza del rey, 
estalló una protesta general. Debía descubrirse ante 
las víctimas de sus soldados. Federico Guillermo se 
descubrió, y la reina, no pudiendo soportar el espec- 
táculo, cayó desmayada en el balcón. 

El victorioso cortejo siguió su marcha, volviendo 
Berlín á su vida tranquila. El pueblo se mostraba con- 
fiado en el cumplimiento de las promesas reales. Todos 



272 



VICENTE 13LASCO IBANEZ 



sus enemigos habían huido. Los consejeros de la reina 
estaban lejos. El adversario más temible, el principe 
Guillermo, hermano del rey, que era la espada de la 
reacción, había emigrado á Londres, sabiendo que su 
presencia volvería á sublevar al pueblo. 

El futuro Guillermo I, fundador del Imperio ale- 
mán y gran héroe nacional, era en 1848 el personaje 
más odiado en toda Prusia El pueblo le había dado el 
apodo de Principe Metralla, porque en diversas oca- 
siones manifestó su deseo de contestar á metrallazos 
las peticiones en favor de una Constitución. En his 
tres jornadas revolucionarias había animado y dirigi- 
do á las tropas que acuchillaban al vecindario de 
Berlín. 

Transcurrió el tiempo, y la monarquía, con sus dé- 
biles reformas, engañó una vez más 
la confianza pueril del pueblo. Los 
i-eíiceion arios se apoderaron de los 
negocios públicos, lentamente al prin- 
cipio, con arrogancia después. La 
reina recobró su imperio sobre Fe- 
derico Guillermo. El Principe Metra- 
lla pudo volver del destierro sin nin- 
gún cuidado, para prestar su apoyo 
al despotismo. La aristocracia do- 
minó en todos los consejos. La re- 
forma más importante consistió en 
crear una Cámara de Pares, lo que 
equivalía á una burla para el pueblo. 
El ministerio Manteuffel cometió 
toda clase de violencias y hasta de 
crímenes para aterrar á los liberales. 
Un acto de la Dieta reunida en 
Francfort, como representante de la 
Confederación Germánica, sirvió 
para demostrar el espíritu reaccionario de la corte de 
Prusia, más atenta á la conservación de su poder ab- 
soluto que al engrandecimiento del país. 

En 1815, luego de la caída de Bonaparte, los di- 
versos príncipes soberanos y las ciudades libres que 
se repartían el suelo de Alemania habían hecho una 
Confederación para sostener en adelante la indepen- 
dencia é inviolabilidad de sus Estados. Las invasiones 
y atropellos del imperialismo napoleónico los habían 
aleccionado, demostrándoles la necesidad de corregir 
el fraccionamiento alemán con una común inteligen- 
cia. La asamblea directora de esta Confederación 
Germánica se titulaba la Dieta de Francfort, por re- 
unií'se en ciertas épocas en la mencionada ciudad. 

El emperador de Austria y el rey de Prusia figura- 
ban en la Confederación por sus posesiones que ha- 
bían pertenecido al antiguo imperio germánico. El rey 
de Dinamarca entró también en ella como soberano 
del ducado de Ilolstein, y el rey de los Países Bajos 
(Holanda) como dueño del Gran Ducado de Luxem- 
burgo. Los numerosos reyes y príncipes alemanes, así 
como los magistrados-presidentes de las ciudades li- 
bres, formaban el resto de la asamblea. El imperio de 




FEDERICO GUILLERMO IV 



Austria tenia la presidencia, lo que le hacia figurar 
como director de la Confederación; pero en realidad 
su influjo no era importante, ni deseaba fortalecer 
esta asociación, prefiriendo que continuase el fraccio- 
namiento y divergencia entre los numerosos Estados. 
La constitución de un imperio alemán que reno- 
vase el antiguo poderío germánico fué el ensueño 
generoso de una mayoría de los representantes de la 
Dieta de Francfort. Pero bajo la influencia de las 
ideas que esparció por toda Europa la revolución de 
París en 1848, querían un imperio liberal y democrá- 
tico, fijando sus ojos en Prusia, por desconfiar de la 
vieja y despótica Austria. 

Un año después de la revolución de Berlín, en 
Marzo de 1849, la Dieta de Francfort eligió al rey de 
Prusia emperador de Alemania, ro- 
gándole que aceptase esta corona y 
unificase bajo su cetro los pueblos 
germánicos. La proposición era ten- 
tadora para los ambiciosos Hohenzo- 
llern. >Sín embargo, Federico Gui- 
llermo rehusó el titulo, recibiendo 
mal á la diputación que fué á ofre- 
cérselo. La reina habia influido mu- 
cho en esta decisión. Además se 
opuso enérgicamente el príncipe Gui- 
llermo, á pesar de que el imperio 
alemán era la ilusión más tenaz de 
su vida, como lo demostró después. 



El futuro Guillermo I, emperador 
de Alemania, no podía transigir con 
nada que procediese del espíritu po- 
pular y los partidos liberales. 
La educación puramente militar recibida en su 
niñez y los sucesos que presenció en los primeros 
años durante los infortunios sufridos por sus padres, 
decidieron para siempre el carácter de su política, que 
tanto ha influido en la de sus sucesores. 

Cuando su hermano el rey reunió en 1847 los Esta- 
dos generales de Prusia, él tomó asiento en el grupo 
reaccionario que se titulaba el «Partido de la Cruz». 
Ya hemos visto cómo la impopularidad obligó á expa- 
triarse al Principe Metralla. Al volver á Berlín sólo se 



dignó aparecer de tarde en tarde en la Cámara pru- 
siana. No obstante estar compuesta en su gran mayo- 
ría de elementos conservadores, la juzgaba demasia- 
do revolucionaria. En cambio fué el alma de los con- 
sejos del rey, luchando enérgicamente desde el palacio 
con la naciente democracia prusiana, á la que aplastó 
definitivamente diez y ocho años después, siguiendo 
los consejos de Bismarck, con la victoria militar de 
Sadowa. 

Cuando el triunfo momentáneo del pueblo impuso 
al fin á los Hohenzollern una Constitución en Diciem- 
bre de 1848, Guillermo vio en esto un insulto á la mo- 
narquía, aceptando como un desquite el encargo de ir 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



273 



á pacificar con una intervención armada el ducado de 
Badén, cuyo gobierno habían expulsado los revolucio- 
narios. El Príncipe Metralla se vengó de las con- 
trariedades sufridas en Berlín castigando á los baden- 
ses con una crueldad de la que guardaron larga me- 
moria. 

Al ofrecer la Dieta de Francfort la corona impe- 
rial á su hermano, el principe fué el que manifestó 
una oposición más tenaz. Aceptar este ofrecimiento 
significaba una guerra inmediata con Austria, pero 
esto no podía infiuir en las decisiones de Guillermo. 
Lo que él consideraba inaceptable era recibir el Impe- 
rio de manos del partido nacional alemán, que era al 
mismo tiempo el partido de la revolución. Por esto no 
vaciló en sacrificar á sus principios inflexibles de go- 
bierno sus ambiciones personales y 
las de su familia. Deseaba crear la 
Alemania única, pero prefería una 
espera incierta á la realidad inme- 
diata ofrecida por los revoluciona- 
rios. Antes que gobernar el país por 
la voluntad del mismo país, prefirió 
aconsejar la alianza con Austria 
para el aplastamiento del naciente 
espíritu revolucionario en los Esta- 
dos alemanes. 

Este hecho caracteriza toda la po- 
lítica de Guillermo. Como dice un 
autor, «jamás la Historia ha dado á 
conocer un partidario más firme y 
más indomable del despotismo del 
derecho divino». Guillermo, además, 
pertenecía á la secta de los pietis- 
tas, estableciendo entre su fe reli- 
giosa y su conducta como gobernante 
una armonía absoluta. La intervención de Dios en 
todos los sucesos humanos le parecía evidente. Las 
medidas más enérgicas de su política implacable las 
creyó en todos los momentos inspiradas por la divini- 
dad. En cada uno de sus actos vio el cumplimiento de 
un decreto de la Providencia. Admiró su propia espada 
como un instrumento de Dios para la salud del mundo. 
Esta mentalidad y esta fe dura é implacable del 
futuro emperador de Alemania, sirven de explicación 
á muchos actos de su nieto Guillermo IL 



El espíritu democrático sólo hizo en la historia de 
Alemania una aparición rápida y única entre 1848 
y 1849. La monarquía de Prusia por un lado y el Im- 
perio de Austria por otro, aplastaron la revolución. 

Prusia hizo más. La política posterior de Guiller- 
mo I y de Bismarck, halagando los instintos belicosos 
y la vanidad militar de los alemanes y distrayéndo- 
los con empresas guerreras, impidió para siempre que 
persistiesen en sus aspiraciones revolucionarias, tole- 
rando su servidumbre interior á cambio de la gloria 
de conquistar y dominar á otros pueblos. 




GUILLERMO I 



En 184'J la voluntad de Prusia fué extinguir el 
espíritu revolucionario alemán, y con tanto encono 
realizó su obra, que nunca ha vuelto á levantar la ca- 
beza. Una serie de catástrofes ensangrentaron Alema- 
nia. La Dieta de Francfort fué dísuelta y la Constitu- 
ción alemana suprimida por la fuerza militar. Los 
parlamentarios arrojados de Francfort se refugiaron 
en Stuttgart, pero también los buscó en este retiro la 
voluntad reaccionaria de Prusia y Austria, obligán- 
dolos á disolverse. En el ducado de Badén y en el 
reino de Sajonia los revolucionarios proclamaron la 
República. Ya hemos dicho cómo el futuro Guiller- 
mo I reprimió y castigó la insurrección hádense. En 
Dresde la naciente República fué atacada y vencida 
por las tropas prusianas, y sus organizadores sufrie- 
ron crueles castigos. En esta revolu- 
ción de Dresde, figuraron al lado del 
gobierno republicano el célebre agi- 
tador ruso Miguel Bakounine y Ri- 
cardo Wágner, maestro de capilla 
de la corte de Dresde. 

Al mismo tiempo que la monarquía 
de Prusia marchaba de acuerdo con 
el Imperio austríaco para combatir 
las aspiraciones populares, conspira- 
ba contra éste para anular su in- 
fluencia en el territorio alemán. Fe- 
derico Guillermo, aconsejado por su 
ministro Radowitz, quiso formar en 
la Alemania del Norte, de acuerdo 
con los reyes de Hanóver y Sajonia, 
una Confederación Germánica en la 
que no entrase Austria, convocando 
para esto un parlamento en Erfurth. 
La reina Elisabet, traicionando á 
su marido, hizo conocer estos manejos á la corte aus- 
tríaca, que protestó enérgicamente amenazando con 
la guerra. Federico Guillermo tuvo miedo y se avistó 
con el emperador de Austria en Olmütz, sufriendo 
grandes humillaciones. El emperador insistió en sus 
amenazas de una guerra inmediata si no se restable- 
cía la Confederación Germánica tal como estaba antes 
de la disolución de la Dieta de Francfort, ó sea bajo 
la presidencia de Austria y sometiéndose Prusia á su 
dirección. 

Federico Guillermo volvió á su reino humillado y 
vencido. Austria pudo ejercer sobre toda Alemania 
una preponderancia sin límites, estableciendo un sis- 
tema de persecuciones políticas que se hizo sentir 
hasta en el interior de Prusia. 

Desde este momento i'Vderico Guillermo quedó 
anulado, ."^u debilidad mental, que se había revelado 
desde poco antes, se agravó consideral)Iemente. La 
reina Elisabet supo valerse de esto para gobernar Pru- 
sia con arreglo á sus caprichos políticos, ayudada por 
el ministro Manteuffel, representante de la reacción. 
Así transcurrieron varios años, teniendo que huir del 
país todos los hombres de ideas liberales. El rey vivía 

94 



274 



VICENTE BLASCO IBANEZ 



recluido en su palacio, sin más compañía que la de los 
fieles amigos de la reina, que ocultaban al pueblo su 
mal incurable. En 1857 no fué ya posible disimular 
por más tiempo á Prusia que su monarca estaba de- 
mente, y hubo que dar un decreto nombrando al prin- 
cipe Guillermo, hermano del rey, gobernador del 
pais, con el titulo de regente por un periodo de tres 
meses. A la expiración de este plazo la regencia fué 
prolongada por otros tres meses, después por seis, y 
luego indefinidamente, hasta que el desventurado Fe- 
derico Guillermo murió en Enero de 1861 en el casti- 
llo de SansSouci, cerca de Postdam. 

La reina Elisabet y sus ministros conspiraron 
contra el regente, pero éste, á pesar de sus firmes 
convicciones en favor del despotismo, hizo lo que 
todos los monarcas 
cuando se ven en 
peligro, halagando 
al país con medidas 
de momentáneo li- 
beralismo. Al ser 
declarado regente 
perpetuo, su pri- 
mer acto fué desti- 
tuir el ministerio 
Manteuffel, susti- 
tuyéndolo con un 
gobierno menos 
odioso. 

Por primera vez 
en su vida gozaba 
Guillermo de una 
sombra de popu- 
laridad. Pero esto 
no parecía entu- 
siasmarle, ni le impulsó á llevar más lejos sus expe- 
riencias de monarca liberal. Al ocupar el trono defini- 
tivamente en 1861, por la muerte de su hermano, con- 
tinuó por algún tiempo esta comedia de libertad que 
habla empezado como regente. Se atrajo á los parti- 
dos avanzados con una amnistía en favor de todos los 
reos políticos. Halagó al mismo tiempo los instintos 
de los patriotas, dando un manifiesto lleno de insinua- 
ciones belicosas y procediendo con gran actividad al 
desenvolvimiento y reorganización del ejército y las 
instituciones militares. También se ocupó seriamente 
de la creación de la marina prusiana, que hasta en- 
tonces no habla existido, aprovechando para ello una 
de las adquisiciones hechas por su antecesor Federico 
Guillermo. Durante el reinado de éste, Prusia se ha- 
bla aumentado en 1851 con el pequeño ducado de 
Hohenzollern y un pedazo de terreno adquirido en el 
borde del mar del Norte, en 1853, para el estableci- 
miento de un puerto militar. Prusia poseía al fin un 
puerto, pero no contaba con un solo buque, y Guiller- 
mo I, previendo lo que le reservaba la «Providen- 
cia», se preocupó desde el primer instante de la crea- 
ción de una marina, aconsejando á la Confedera- 




CASTILLO DE SCHOKNHAÜSEN, DONDE NACIÓ BISMARCK 



ción Germánica el desenvolvimiento de la defensa del 
litoral. 

Cuando llegó el momento de coronarse rey, Gui- 
llermo I, en su discurso al Parlamento prusiano, decla- 
ró que era monarca «por la voluntad solamente de 
Dios», dando á entender con esto el poco caso que ha- 
bla de hacer en adelante de una asamblea cuyos po- 
deres eran de procedencia menos elevada que los 
suyos, pues provenían del pueblo. 

La Cámara de representantes respondió á este reto 
nombrando presidente á Hagen, jefe de la oposición, y 
negándose á votar los presupuestos presentados por el 
gobierno. El ministerio tuvo que dimitir, y Guillermo I 
dio un decreto inmediatamente disolviendo la Cámara. 
Iba á empezar el combate entre la Prusia demo- 
crática y este rey 
tenaz, convencido 
firmemente de su 
derecho divino y 
refractario á admi- 
tir el derecho del 
pueblo. 

Cinco años duró 
la lucha, y al fin 
triunfó el absolu- 
tismo monárquico, 
valiéndose del en- 
tusiasmo patrióti- 
co que despiertan 
siempre las empre- 
sas guerreras cuan- 
do van acompaña- 
das del triunfo y la 
conquista. Un hom- 
bre realizó este pro- 
digio monstruoso, colocando la fuerza sobre el derecho, 
haciendo que todo un pueblo olvidase su propia libertad 
con la alegría feroz de poder gravitar sobre la libertad 
de otros pueblos; un hombre que sustituyó los gene- 
rosos ideales políticos de la democracia con las venta- 
jas inmediatas y tangibles de la prosperidad material. 
Guillermo I, que de continuar solo su lucha contra 
las aspiraciones democráticas tal vez habría sido venci 
do, viendo sus ensueños de grandeza incapaces de rea- 
lizarse por el desacuerdo creciente entre ély su pueblo, 
encontró oportunaraentelaayuda necesaria y decisiva. 
Iba á entrar en escena el verdadero fundador del 
Imperio alemán. 



III 



Bismarck y la grandeza de Prusia 

En 1832 los estudiantes de la universidad de Got- 
tinga vieron llegar á un nuevo compañero, grande, 
forzudo, de carácter desigual y fantástico, que á los 
pocos días se había distinguido por sus numerosas ex- 
travagancias. 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



275 



Este estudiante se llamaba Otto Eduardo Leopol- 
do de Bismarck. Había nacido en 1815 en la vasta 
llanura de arena del antiguo Branderaburgo, cubierta 
de sombríos bosques de pinos y helada ))or duros y 
largos inviernos. Era un hidalgo campesino, un «jun" 
quer», como los llaman en Prusia, y tenía por aseen' 
dientes una serie de rudos jinetes de cabeza dura, 
grandes cazadores y grandes bebedores. Uno de ellos 
había sido excomulgado por fundar una escuela laica 
en tiempos que la educación era el privilegio de los 
monasterios. Otro, que desempeñó altos cargos políti- 
cos, hizo grabar en su tumba esta simple inscripción: 
Nicolaus de Bismarck, miles. Para la familia, el título 
de militar era el más honorífico. Todos habían sido 
soldados y famosos caballistas, pero se distinguieron 
al mismo tiempo por una astucia más grande aún que 
su audacia, acompañando la dureza del puño 
de hierro con una gran habilidad para los 
negocios. 

Otto de Bismarck había heredado estas 
facultades de sus antecesores considerable- 
mente aumentadas, lo que comunicó á su ju- 
ventud una exuberancia atropelladora y un 
espíritu indomable. 

Los estudiantes de Gottinga, grandes be- 
bedores y grandes duelistas, que martiriza- 
ban á los burgueses con sus farsas terribles, 
se vieron sobrepasados inmediatamente por 
este junquer de diez y siete años venido di- 
rectamente de su castillo de Schoenhausen. 
Varias extravagancias ruidosas le hicieron 
ser llamado á los pocos días por el rector 
para sufrir una reprimenda, y el joven Bis- 
marck compareció ante el severo tribunal 
universitario vestido grotescamente, con la pipa en 
la boca y acompañado de un par do dogos feroces que 
enseñaban los babeantes colmillos libres de bozal. El 
futuro sostenedor del orden guardó toda su vida en el 
fondo del carácter esta insolencia estudiantil, refrac- 
taria á las imposiciones de la autoridad. 

Una de sus bromas feroces quedó por muchos años 
en la memoria de los habitantes de Gottinga. Invitado 
á un baile, al que habían de asistir las señoritas más 
elegantes de la población, Bismarck encargó al pri- 
mer zapatero de Gottinga un par de botas altas de 
charol, como las que todavía usan los estudiantes ale- 
manes cuando visten el uniforme tradicional. Eran 
muchos los encargos que había recibido el zapatero, y 
el joven Otto se enteró la víspera de la fiesta, por las 
burlas de sus amigos, de que el industrial no pensaba 
cumplirle su promesa. 

Acompañado del par de dogos se presentó en la 

zapatería, y dijo al dueño con extremada amabilidad: 

— Señor, ¿ve usted estos perros? Pues bien; le juro 

que mañana mismo por la noche lo despedazarán en 

quinientos mil pedazos si no me entrega mis botas. 

Y los dogos rugían sordamente mirando al zapa- 
tero, como si apoyasen las palabras de su amo. 




SILUETA DB BIS- 
MARCK CUANDO 
BRA BSTUDIANTB 



Después que se marchó el estudiante, iba á olvi- 
darse el zapatero de tal visita, cuando un muchacho 
se detuvo ante la puerta de la tienda gritando con voz 
lúgubre: 

— ¡Desgraciado! No olvides las botas del señor de 
Bismarck. 

Y de hora en hora se fué repitiendo el aviso, siem- 
pre con voz sepulcral y con iguales palabras. Estos 
mensajeros los enviaba Bismarck para recordar al 
artesano su promesa. Cuando á las diez de la noche 
cerró la tienda con el propósito de acostarse, sonó en 
la calle un gran estrépito. Eran los ladridos de los pe- 
rros feroces de Bismarck y la voz del estudiante, que 
decía con el tono de una aparición de ultratumba: 

— ¡Zapatero de mi alma! Tu vida está amenazada. 
¡Piensa en tu familia! 

El zapatero pasó toda la noche ocupado 
en las botas del señor de Bismarck, dejando 
incumplidos los encargos de otros clientes de 
mayor importancia, y el estudiante pudo ir 
al baile con el calzado nuevo, asombrando á 
sus amigos, que habían dudado de que pu- 
diese conseguirlo. 

En la universidad de Berlín su vida fué 
igualmentede ruido y disipación. Nunca asis- 
tió á las clases. Ni siquiera escuchó las lec- 
ciones de derecho del ilustre Savigni. Pasa- 
ba el día ó la noche en las tabernas de estu- 
diantes, bebiendo, fumando y batiéndose á 
sable. En los nueve meses de un curso uni- 
versitario tuvo veintiocho duelos. Bien es 
verdad que los duelos entre estudiantes ale- 
manes no son mortales, pues todos los golpes 
van dirigidos únicamente contra el rostro. 
Pero en los veintiocho encuentros Bismarck tocó casi 
siempre á sus adversarios y sólo recibió una herida, 
cuya cicatriz se mantuvo visible en uno de sus carri- 
llos. Su buena suerte en el juego de las armas le infun- 
dió un confianza insolente. 

Como bebedor no fueron menores sus proezas, dis- 
tinguiéndose entre la turba universitaria, una de cu- 
yas hazañas corrientes es absorber de un solo golpe, á 
la voz de mando, un litro de cerveza. Bismarck conser- 
vó toda su vida esta sed de estudiante. Siendo prínci- 
pe del Imperio, Gran Canciller y arbitro de los desti- 
nos de Europa, le acompañaron, lo mismo en la gue- 
rra que en la paz, y así en el palacio como en el 
campamento, la pipa siempre encendida y el vaso 
siempre lleno. Después de beber cerveza tomaba 
coñac para «cocer» la cerveza en el estómago. Luego, 
para «cocer» á su vez el coñac, volvía á tomar cer- 
veza. Y así continuaba bebiendo, sin que estos líqui- 
dos produjesen la menor alteración en su cabeza sóli- 
da, pues más bien parecían excitar sus facultades. 

Cansado de ser estudiante de derecho entró en 18.38 
como subteniente en los coraceros de la Guardia, 
pero este gran apologista de la disciplina, que sometió 
á su país á un régimen de cuartel y preconizó para los 



276 



VICENTE BLASCO IBANEZ 



demás pueblos el mismo procedimiento, no pudo sopor- 
tar nunca la supeditación militar. Le gustaba ser sol- 
dado: pero soldado para mandar, no para obedecer. 
Lo mismo puede decirse de su política, basada en un 
orden duro y férreo. El orden lo creia bueno para los 
demás. Él fué particularmente el carácter más sober- 
bio, díscolo é ingobernable de su época. Hasta sus 
mismos reyes, á los que sirvió con tanto éxito y gloria, 
tuvieron que sufrir sus insolencias y genialidades. 

La carrera militar del joven ( )tto fué corta. Un dia 
el teniente de coraceros tuvo que visitar al ministro 
de la (xuerra, que le hizo sufrir una larga espera. 
Cuando el ministro lo recibió pidiéndole que formu- 
lase su petición, Bismarck dijo simplemente: 

— He venido para pedir al ministro una corta licen- 
cia. Pero durante las dos horas de antesala he reflexio- 
nado y vengo á ofrecer mi dimisión. 

Al ser gran personaje y tener más años, no por 
esto se calmó la impaciencia de su carácter atrope- 
llador. En 1863, cuando sostenía como jefe del gobier- 
no sus batallas con la Cámara prusiana, el presidente 
tuvo que llamarlo al orden por sus palabras rudas, y 
él contestó con una insolencia glacial: 

— Como no tengo el honor de ser miembro de esta 
asamblea; como no he hecho vuestro reglamento ni 
he tomado parte en la elección de vuestro presidente, 
no estoy sometido á las reglas disciplinarias de la Cá- 
mara, ni el presidente posee derecho alguno sobre mi. 
El poder del señor presidente tiene por limite el sitio 
que yo ocupo en este banco. No reconozco otra auto- 
ridad superior á la mía que la de Su Majestad el rey... 
Yo hablo aquí en virtud, no de vuestro reglamento, 
sino de la autoridad que el rey me ha conferido y del 
artículo de la Constitución que ordena que los minis- 
tros en todos los momentos puedan obtener la palabra 
si la piden y ser escuchados. 

Los murmullos hostiles de la asamblea protesta- 
ron de estas palabras soberbias, pero Bismarck los 
dominó gritando con violencia: 

— Vosotros no tenéis el derecho de interrumpirme. 
Su carácter de estudiante batallador y amigo de 
querellas, le acompañó hasta el interior del Parla- 
mento, contestando á los diputados más respetables 
con bravatas de espadachín. En 1865, molestado por 
un discurso del sabio Virchow, una de las mayores 
glorias científicas de Alemania, le propuso en plena 
sesión el darse unas estocadas á la salida. Virchow, 
hombre de laboratorio, contestó que sus electores le 
habían enviado á la Cámara para otras cosas. 

En plena vejez, su carácter no podía dominar 
jamás estos accesos de violencia. El emperador Gui- 
llermo I era el único amo que él reconocía, y sin em- 
bargo, la menor oposición de éste á sus palabras basta- 
ba para provocar su cólera furiosa. En una de las 
entrevistas, al salir del despacho del emperador, tiró 
de la puerta con tal furia, que el agarrador quedó roto 
en su mano. Después lo arrojó en el salón vecino con- 
tra una rica ánfora de porcelana, que se hizo pedazos. 



Sólo entonces sonrió con un suspiro de desahogo, mur- 
murando: «Ahora me siento mejor.» 

Toda su vida el antiguo hidalgo del campo gustó 
de aprovechar las cortas temporadas que le dejaban 
libres las funciones de gobernante para correr á sus 
dominios de Varzin, donde podía satisfacer su necesi- 
dad de aire libre y de espacio, practicando sincera- 
mente la vida rústica. Vigilaba los trabajos agrícolas, 
examinaba los bosques marcando los árboles que de- 
bían cortarse, ponía en ejercicio sus potentes músculos 
partiendo leña ó dando galopes furiosos que le lleva- 
ban como un jinete fantástico á través de matorrales 
y barrancos. La caza y la natación fueron sus gran- 
des placeres. Durante cincuenta años persiguió el 
ciervo, el gamo, el oso, el zorro y el lobo. Siempre 
que pudo se sumergió en las aguas de los ríos, los la- 
gos y el Océano. Anatolio France dijo de él: «El mar 
es la gran voluptuosidad de este gigante casto. «Sus 
fuerzas sólo buscaron expansión en los ejercicios vio- 
lentos. El amor no tuvo jamás imperio sobre él, ni le 
hizo cometer locura alguna. Su ambición enorme y 
dominante no dejaba espacio para otras pasiones. Su 
lenguaje era cínico cuando estaba de buen humor, 
permitiéndose con las damas las mayores confianzas 
verbales. Pero sus deseos estaban concentrados ente- 
ramente en algo más importante que el amor, consi- 
derado por él como una niñería, y mostró siempre á 
su esposa una rara fidelidad que en los asuntos del 
hogar llegó muchas veces hasta la supeditación. 

Su máquina animal, asi como era de una fuerza 
prodigiosa, tenía una capacidad y unas exigencias 
poco comunes. Ya hemos hablado de sus proezas de 
bebedor. Cerveza, vino de (Jhampaña, vino de Borgo- 
ña, vino de Burdeos, todo le deleitaba igualmente al 
penetrar por su garganta. Una vez asombró á los co- 
raceros de Brandemburgo apurando de un solo golpe 
la copa de honor del regimiento, que contenía una bo- 
tella entera de champan. Otra vez, yendo de caza, 
apuró de un solo trago todo el vino contenido en un 
cuerno enorme de ciervo. Al hacer una visita á Bur- 
deos en 1862, escribió á su familia con entusiasmo: 
«He bebido Lafitte, Pichón, Mouton, Latour, Margot, 
Saint-Julien, Brame, Laroze, Armaillac y otros vinos. 
Hace mucho calor. Gozamos de treinta grados á la som- 
bra y cincuenta y cinco al sol, pero yo no pienso en 
esto cuando tengo buen vino dentro del cuerpo.» 

Su capacidad gastronómica no era menor. Durante 
la campaña de 1870 en Francia, el ejército prusiano 
sufrió algunas privaciones, que se hicieron extensivas 
á los generales y los personajes del cuartel real. Pero 
la mesa de Bismarck estuvo siempre bien abastecida 
de sus manjares favoritos: empanadas de ave, cuar- 
tos de jabalí y pechugas de ganso ahumado. 

— En mi familia — decía con orgullo ante estas vi- 
tuallas — todos hemos sido grandes comedores. Si quie- 
ren que trabaje con éxito, es preciso que esté bien 
mantenido. Yo no puedo hacer una buena paz si no 
me dan bien de comer y bien de beber. 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



277 



Pero en la familia Bismarck la astucia era tan no- 
table como la fuerza, y este hombre supo ocultar sus 
apetitos ó dominarlos, cuando lo consideraba útil. El 
juego fué la gran pasión de su juventud, pero asi que 
contrajo matrimonio se abstuvo de tocar una baraja. 
«Ser jugador no es conveniente para un padre de fa- 
milia», dijo para explicar este cambio en sus gustos, 
yin embargo volvió á jugar por astucia, viendo en el 
juego un medio de mentir á los que le rodeaban. 

— En el verano de 186.") — contaba Bismarck á sus 
Íntimos — , mientras negocia- 
ba la convención de (lalstein 
con el diplomático austríaco 
Blome, me dediqué á jugar 
al quinze con una locura 
aparente de muchacho, que 
dejó estupefacta á la galería. 
Esto tuvo su malicia. Blome 
había oído decir sin duda 
que el juego del quinze pro- 
porciona la mejor ocasión 
para conocer la verdadera 
naturaleza de un hombre, y 
quiso experimentarlo conmi- 
go. Puedes ir enterándote, 
compañero, decía yo para 
mis adentros. Y jugué como 
un aturdido, perdiendo vo- 
luntariamente algunos cen 
tenares de talers, que podía 
haber reclamado después al 
tesoro de Prusia, como gas- 
tados en el servicio de Su 
Majestad. Con esto desorien- 
té á Blome, y le hice seguir 
una falsa pista. Me tomó por 
un aturdido, abandonó su 
reserva, se confió á mi y 
conseguí de él todo lo que 
quise. 

También su potencia para el trabajo fué maravi- 
llosa, hasta el punto de ser comparada con la de Na- 
poleón. En medio de los graves asuntos de Estado, en- 
contraba siempre tiempo para leer. Poseía á fondo las 
obras de Shakespeare y Goethe, y tenía un conoci- 
míenio profundo de la historia universal. En sus mo- 
mentos de mayor preocupación, intentaba distraerse 
con la lectura de novelas, abundantes en aventuras y 
peripecias, que cautivasen su interés sin obligarle á 
reflexionar. En vísperas de la batalla de Sadowa, 
hecho decisivo para su porvenir, pues iba á jugarse 
en él la carrera y la vida, visitó el campo de Sichrow, 
donde se había dado una batalla preliminar y que es- 
taba cubierto de cadáveres de militares, caballos des- 
panzurrados, armones y piezas de artillería rotas. Al 
volver á su alojamiento escribió á su esposa: «Envía- 
me inmediatamente una pistola de arzón y una nove- 
la francesa.» En la campaña de 1870, mientras lucha- 




BISMARCK CON UNIFORMO DE JEFE DE ESCUADRÓN 
DE LA LANDWEUR 



ban las tropas prusianas Bismarck entretenía sus 
ocios de diplomático sin empleo leyendo las novelas 
folletinescas de Ponson du Terraíl. 

De todas las artes fué la música la de su mayor 
predilección. Desde joven adoró á Beethoven y fué de 
los primeros que aceptaron en Prusia las obras de 
Wágner. Guillermo I, poco afecto á la música y que 
sólo admitía las melodías fáciles de las óperas italia- 
nas, bostezaba, luchando con el sueño, cada vez que 
por un deber patriótico tenía que asistir á las repre- 
sentaciones wagnerianas.Su 
canciller, en cambio, favore- 
ció en distintas ocasiones á 
este artista revolucionario, 
aunque prefería á los maes- 
tros alemanes de la genera- 
ción anterior. 

Esta afición musical le 
hizo emplear muchas veces 
en sus discursos imágenes 
sacadas de los poemas de las 
óperas germánicas. En 1848, 
cuando hacía sus primeras 
armas de diputado en la Cá- 
mara prusiana, se opuso 
enérgicamente como orador 
de la reacción á que Federi- 
co (iuillermo IV aceptase la 
corona de emperador que le 
ofrecían los liberales de la 
Dieta de Francfort. El ar- 
doroso junquer, que soñaba 
con la fundación del imperio 
germánico lo mismo que su 
futuro soberano Guillermo I, 
protestó sin embargo de que 
el rey de Prusia pudiese 
aceptarla nueva corona, por 
el carácter político de los que 
hacían el ofrecimiento. 
«Es el radicalismo — dijo Bismarck — el que ofrece 
al rey este regalo. Tarde ó temprano, el radicalismo 
se levantará ante el rey reclamando su recompensa, 
y mostrando el emblema del águila sobre la bandera 
imperial, le dirá: «^^.Pensabas acaso que el águila iba 
á ser un don gratuito?» 

Estas palabras eran exactamente las que pronun- 
cia el diablo disfrazado de cazador en la ópera de 
Weber, Freyschiitz, cuando reclama á Max su alma 
á cambio de haberle proporcionado las balas encan- 
tadas. 

Como orador fué rudo, pero original y sabroso, 
abundando en su elocuencia las imágenes pintorescas 
y unas expresiones características, de las que sólo él 
era capaz. Hablando de un sincero debate mantenido 
en la Cámara prusiana, dijo desde el banco ministe- 
rial: «Estamos haciendo política en calzoncillos de 
baño.» Alabando al socialista Lassalle, cuyo talento 



278 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



le placía mucho, lo describió con esta frase: «Era un 
hombre que hubiese querido tenerlo como vecino en 
el campo.» De otro socialista elocuente y de una du- 
reza tenaz, dijo así: «Es una estatua de fuente que 
chorrea frases.» 

Su filosofía particular atrajo el sutil examen de 
Anatolio France, que escribió lo siguiente: 

«Se ha dicho que este espíritu fuerte profesaba la 
misma fe religiosa de la multitud, y hasta que mez- 
claba en ella supersticiones antiguas y groseras, como 
por ejemplo, considerar de un carácter funesto cier- 
tos días y ciertas fechas. 
Bismarck protestó siem- 
pre de esta afirmación. 
«Me sentaré — dijo — á 
una mesa de trece con- 
vidados siempre que me 
guste, y me ocupo de los 
negocios más importan- 
tes el viernes ó el 13 de 
cada mes, si es necesa- 
rio.» En esto era un es- 
píritu libre. Pero por 
otro lado confesaba ha- 
ber sentido un terror su- 
persticioso cuando el rey 
le otorgó el título de con- 
de. Es una antigua creen- 
cia en Pomerania que 
todas las familias que 
reciben este título se 
extinguen prontamente. 
« Podría citar diez ó doce 
— dijo Bismarck mucho 
después — . Hice todo lo 
que pude para evitar 
dicho título, pero al fin 
tuve que someterme y 
todavía no estoy libre de 
inquietud.» 

«Parece que esto no era una simple broma. Dicen 
también que una vez vio fantasmas en un viejo casti- 
llo de Brandemburgo. En cuanto á su creencia en 
Dios, parece muy profunda. La fe cristiana ha arran- 
cado á este soberbio acentos de gran humildad: «Yo 
soy — ha escrito públicamente — uno de los muchos pe- 
cadores á los que falta la gloria de Dios. Sin embargo 
espero, lo mismo quellos, que Dios en su gracia no 
me querrá arrebatar el bastón de una fe humilde, con 
ayuda del cual buscaré mi camino en medio de las 
dudas y los peligros de la situación que ocupo.» No 
siento la tentación de sospechar extremadamente de 
la sinceridad y el sentimiento que revelan estas pala- 
bras piadosas. Bien considerado, no resulta extraordi- 
nario que Bismarck sea un espíritu religioso, pues 
une á una imaginación exuberante un desprecio ins- 
tintivo por las ciencias naturales y positivas. En todas 
las ocasiones ha consultado «la Biblia y el Cielo estre- 




LA PESADILLA DE BISMARCK 



liado», forjando como cualquiera otro su novela de lo 
ideal. 

«Dicen que es un triste, y yo le felicito por ello. 
Desprecia á los hombres, y sin embargo, su enemis- 
tad le aflige mucho. «He sido odiado por los más y 
amado de muy pocos», dijo en 1866. «No hay hombre 
más detestado que yo en Europa, desde el Garona 
hasta el Neva», exclamó en 1874. Sabe que en la mis- 
ma Prusia hubiese sido maldecido de no quedar sus 
planes afirmados por la victoria. «Si somos vencidos 
— dijo la víspera de Sadowa — , las comadres de Berlín 

van á lapidarme con sus 
trapos de cocina moja- 
dos.» 

«Para colmo de tris- 
teza, este hombre de ac- 
ción que ha realizado 
tantas obras no descu- 
bre, por más que refle- 
xiona, las razones de la 
acción en este mundo; 
no encuentra siquiera un 
sentido posible á la vida. 
«¡C^ue se cumpla la vo- 
luntad de Dios! — escri- 
bió en 1856 — . Todo aquí 
abajo no es más que una 
cuestión de tiempo. Las 
razas y los individuos, 
la demencia y la cordu- 
ra, la paz y la guerra, 
van y vienen como las 
olas, mientras el mar en 
su fondo permanece in- 
móvil. ¡No hay sobre la 
tierra más que hipocre- 
sía y engaño! Que esta 
máscara de carne que 
nos disfraza sea arran- 
cada por la fiebre ó por 
una bala más ó menos tarde, y entonces se verá 
que entre un prusiano y un austríaco que se odian 
hay tal semejanza, que es difícil distinguir á uno de 
otro.» 

«Veinte años más tarde, en una hora íntima y so- 
lemne, sintió subir á su corazón el remordimiento y 
el horror por la propia obra. Fué en Varzin. El día 
empezaba á extinguirse. El príncipe de Bismarck es- 
taba, según su costumbre luego de comer, sentado ante 
la chimenea, en el gran salón donde se yergue la esta- 
tua de Rauch, La Victoria distribuyendo coronas. Des- 
pués de un largo silencio, durante el cual lanzaba 
de vez en cuando pinas secas en el fuego, siguiendo 
con la mirada fija su seco crepitamiento, Bismarck 
empezó á lamentarse de que su actividad política 
le hubiese valido muy pocas satisfacciones y escaso 
número de amigos. Nadie le amaba por lo que había 
hecho. Sus enormes trabajos no habían producido la 



(De un ditiiijo de ift época, por el célebre 
caricaturista francés Honorato Daumíerj 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



279 



felicidad de nadie: ni de él mismo, ni de su familia. 

»Uno de los oyentes intentó consolarle, diciendo 
que habla hecho la felicidad de una gran nación. 

» — Sí; ;.pero á costa de cuántas desgracias? — con- 
testó Bismarck — . Sin mí se hubiesen evitado tres 
grandes guerras; no habrían perecido más de cien mil 
hombres; padres, madres, hermanos, hermanas y viu- 
das no se verían sumidos en el duelo. Yo he arreglado 
ya esto con mi creador; pero repito que de todas mis 
obras no he recogido ninguna alegría. 

«Nunca el señor de Bismarck se mostró tan gran- 
de como en esta hora 
crepuscular.» 



Hasta la edad de trein- 
ta y dos años permane- 
ció en sus tierras, lle- 
vando laexistencia de un 
señor feudal. La muerte 
de su padre le había he- 
cho retirarse á su domi- 
nio de Schoenhausen 
para dirigir los trabajos 
agrícolas. En la soledad 
se dedicó al estudio de 
la historia y los idiomas. 

Pero esta vida de Cin- 
cinato no convenia á su 
temperamento ardiente, 
deseoso de acción. Figu- 
ró como representante 
en la Dieta provincial 
de la Sajonia prusiana, 
y al reunir Federico Gui- 
llermo IV, en 1847, todas 
las dietas en Berlín, for- 
mando la primera Cá- 
mara, el joven diputado 

Bismarck se distinguió desde las primeras sesiones por 
el ardor con que sostuvo las doctrinas reaccionarias 
más extremadas. El junquer orador fué el campeón 
del viejo partido feudal, saturado de orgullo, de pre- 
tensiones y de odio contra el derecho popular. En 
medio de las interrupciones y sarcasmos de los li- 
berales, expuso teorías del más exagerado absolutis 
mo, sosteniendo que el rey era soberano por la gracia 
de Dios, dueño de un poder sin límites, y que el Esta- 
do debía conservar un carácter religioso, oponiéndose 
por esto á la emancipación política de los judíos. 
Durante la revolución de ISiS, cuando todos los reac- 
cionarios se disimulaban prudentemente, él continuó 
su batalla parlamentaria contra la causa popular con 
iguales energías. 

La gran fuerza política de Bismarck fué conocer 
mejor que nadie el verdadero carácter del pueblo pru- 
siano. Sabía que era refractario á toda revolución. 
Sus revueltas é insurrecciones no pasaban de ser 




ESTATUA DB BISMARCK EN BfflRLIN FRENTE AL REICHSTACt 



simples reflejos de los movimientos de otros países 
que aman la libertad y la necesitan para su existencia. 
El pueblo alemán, falto de iniciativas, desea verse 
agrupado y mandado dentro de los moldes de una es- 
trecha disciplina. Su revolución de 18i8-que no ha 
repetido después — fué una simple imitación de las 
revoluciones que en la misma fecha agitaron á Euro- 
pa. Este pueblo-rebaño siente un respeto instintivo 
ante las jerarquías políticas y sociales, considerándo- 
las necesarias. 

Bismarck, que sabía esto, pudo desafiar insolente- 
mente en todas las oca- 
siones la indignación del 
pueblo como nunca lo ha 
hecho gobernante algu- 
no, riendo con risa bru- 
tal cuando alguien ha- 
blaba de la posibilidad 
de una protesta revolu- 
cionaria. El era el único 
que podía ofrecer al país 
la solución política que 
reclamaban sus gustos, 
el régimen de cuartel, la 
vida de guerra y de con- 
quista. 

Ya hemos dicho cómo 
se opuso en la Cámara 
á que la monarquía pru- 
siana aceptase la corona 
imperial que le ofrecían 
los demócratas déla Die- 
ta de Francfort. No po- 
día admitir el ofreci- 
miento por estar basado 
en la soberanía del pue- 
blo y reconocer el su- 
fragio iniversal; pero al 
mismo tiempo afirmó las 
ideas que debían caracterizar más tarde su política. 
En 1848 una unión alemana había de absorber nece- 
sariamente al reino de Prusia, interior en importan- 
cia á los otros Estados germánicos reunidos. El ideal 
de Bismarck era que Prusia aumentase su fuerza y su 
poder absoluto para colocarse á la cabeza de Alema- 
nia con una jefatura indiscutible, luego de haber 
aplastado á los revolucionarios y haber impuesto su 
autoridad al grupo germánico por la razón ó por la 
fuerza. 

Este hombre, cuyas vehemencias reaccionarias 
comprometieron muchas veces el principio monár- 
quico defendido con sobrado ardor, entró en la diplo- 
macia en 18."j1, siendo destinado á la legación de Pru- 
sia ante la Dieta de Francfort con el cargo de primer 
secretario. Dos meses después era ministro plenipo- 
tenciario, y ocupó este puesto durante ocho años, dis- 
tinguiéndose por la habilidad con que supo atraer 
hacia su país las simpatías de los pueblos germánicos 



280 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



y por su hostilidad declarada contra Austria. No con- 
tento con los manejos diplomáticos, se improvisó pe- 
riodista, publicando en los diarios satíricos de Berlín 
artículos sarcásticos contra el gobierno de Viena. 
Fué tan violenta y tan franca esta campaña, que el 
gobierno de Prusia tuvo que relevarle del puesto de 
Francfort enviándolo de ministro á San Petersburgo. 
Tres años después, en 

1862, pasó á ser minis- ^ ^^ 

tro en Paris, ajustan- 
do un tratado de co- 
mercio entre Francia 
y el Zollverein ale- 
mán, representado 
por Prusia. 

En este momento 
había llegado á su 
período álgido la lu- 
cha entre el Parla- 
mento prusiano y el 
rey Guillermo I. Aun- 
queéstefigurahacomo 
monarca constitucio- 
nal, seguía los mis 
mos procedimientos 
del absolutismo. El 
rey quería introducir 
grandes y costosas re- 
formas en el ejército, 
chocando con la opo- 
sición de la Cámara, 
que se resistía siste- 
máticamente á todo 
gasto nuevo. Los mi- 
nisterios eran derro- 
tados por el Parla- 
mento, y cuando el 
rey lo disolvía, las 
nuevas elecciones au- 
mentaban el número 
de la oposición. En tal 
conflicto Gruillerrao I 
se acordó del hombre 
que por sus antece- 
dentes, su vehemen- 
cia y su energía era 
el más indicado para 

realizar sus proyectos. Bismarck fué llamado de Paris 
á Berlín para reemplazar al príncipe de Hohenlohe 
como jefe del gobierno y ministro de Negocios Ex- 
tranjeros. 

Llegaba al fin para el junquer elocuente y ardoro- 
so el momento que tanto había deseado. Iba á reali- 
zar su plan de engrandecer á Prusia por todos los 
medios y establecer su hegemonía sobre una Alema- 
nia restaurada, colocando para esto el gobierno per- 
sonal sobre el gobierno parlamentario. Seis días des- 
pués de haber tomado el poder, dijo en plena Cámara 




BISMARCK EN 18G6 



estas palabras memorables que revelaban toda su po- 
lítica futura: «No es con discursos parlamentarios ni 
con votos de mayorías, sino por el hierro y por el 
fuego como resolveremos las grandes cuestiones de 
nuestro tiempo.» 

En vez de valerse de justas y prudentes concesiones 
para conseguir un acuerdo con la mayoría de la Cáma- 
ra y unabenevolencia 
de la oposición, Bis- 
marck, que desdeña- 
ba la libertad y la le- 
galidad y estaba con- 
vencido de que el pue- 
blo prusiano no era 
capaz de repetir sus 
protestas revolucio- 
narias, entabló una 
lucha brutal con los 
diputados, con los pe- 
riódicos, con todas las 
fuerzas liberales del 
país. La Cámara per- 
sistía en oponerse á 
la aprobación del pre- 
supuesto, por los gas- 
tos considérateles que 
había incluido el rey 
para el aumento de 
las tropas. Bismarck, 
en vista de esto, quiso 
quitar á los represen- 
tantes del país el de- 
recho de reglamentar 
dicho presupuesto, 
desarrollando la ex- 
traña teoría de que el 
gobierno puede hacer 
los gastos anticipada- 
mente y luego de rea- 
lizados la Cámara sólo 
debe discutir si son 
justos ó no lo son. 
Esta doctrina audaz 
que restablecía los 
procedimientos del 
absolutismo, levantó 
como era natural 
grandes protestas. La Cámara votó una proposición 
declarando que el gobierno violaba los preceptos cons- 
titucionales, pero Bismarck no hizo caso alguno del 
voto y aceptó la lucha con la más absoluta tranquili- 
dad. Mientras gritaban diputados y periódicos, él con- 
tinuó activamente, de acuerdo con el rey, la reorgani- 
zación del ejército, que debía ser el principal ejecutor 
de sus grandes proyectos. Todas las resistencias in- 
tentadas por el país las acogió con altivo desdén ó 
crueles burlas. 

Bismarck fué en muchas ocasiones amigo entu- 



(Grabado de la época) 



LA BATALL>Í 




Dibujo de J. Simoiit, de la •Illustralion- de París 



Las masas alemanas retrocediendo antcid 



íe flandes 




fuego de los cañones franceses de 75 



jir.t; 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



281 



siasta de Rusia. Su permanencia en San Petersburgo 
y la semejanza entre sus doctrinas políticas y el sis- 
tema de gobierno del zarismo en aquella época, le 
hicieron mostrar una irresistible predilección por el 
imperio moscovita. Amaba á Rusia tanto como des- 
preciaba á Austria. Por esto, en 1863, al estallar en 
Polonia la insurrección patriótica contra la tiranía 
rusa, Bisraarck ayudó descaradamente al gobierno de 
San Petersburgo para el aplastamiento de la revolu- 
ción polaca, simpática á toda Europa, sin importarle 
que su conducta fuese objeto de una reprobación ge- 
neral. Francia é Inglaterra protestaron vivamente al 
ver cómo Prusia faltaba á su neutralidad. Pero el 
gobernante prusiano tenia la certeza de que estas 
reclamaciones no podían llegar hasta el extremo de 
una intervención armada, y las hizo frente, contes- 
tando con notas soberbias que representaron una hu- 
millación diplomática para los gabinetes inglés y 
francés. 

Mientras tanto continuaba la lucha entre la Cá- 
mara prusiana y el arrogante Bismarck. Al contestar 
á una interpelación sobre el conflicto diplomático mo- 
tivado por su ayuda á Rusia, el jefe del gobierno dijo 
insolentemente: «Yo haré la guerra si la juzgo útil, 
con el asentimiento ó sin el asentimiento de los repre- 
sentantes parlamentarios.» En la sesión del 11 de 
Mayo, después de un vivo altercado entre el presidente 
de la Cámara y el general Roon, ministro de la Gue- 
rra, que era un buen discípulo de Bismarck en 
punto á despreciar al Parlamento, la Cámara aprobó, 
por 239 votos contra 61, una petición al rey para que 
retirase sus carteras á los ministros, considerándoles 
incompatibles con la representación nacional. La 
respuesta de Guillermo I fué ratificar su confianza á 
unos ministros que tan fielmente secundaban sus pla- 
nes y cerrar 
las sesiones del 
Parlamento. 
Quedaba la 
prensa como 
sostenedora de 
la protesta ge- 
neral, pero Bis- 
marck la per- 
siguió suspen- 
diendo la pu- 
blicaciónde nu- 
merosos perió- 
dicos y proce- 
sando á sus di- 
rectores. 

Los tribuna- 
les absolvieron 
á los periodis- 
tas, y todos los 
municipios de 
Prusia envia- 
soLDADO PRUSIANO EN 1866 ron peticiones 





ORÍGBNBS DBL MILITARISMO PRUSIANO 
El 1.^'' regimiento de infantería prusiana en 1866 

al rey suplicándole que destituyese á Bismarck y sus 
ministros, por ser contrarios á la Constitución y á los 
deseos del pueblo. El gobierno declaró ilegales estas 
manifestaciones, y el rey decretó la disolución defini- 
tiva de la Cámara. Las nuevas elecciones enviaron 
al Parlamento un número más considerable aún de 
diputados liberales, como era natural dada la exci- 
tación del país. Desde las primeras sesiones mani- 
festaron su hostilidad contra el gobierno, protestando 
del voto de la Cámara de los Señores que había pues- 
to en vigor el presupuesto real en toda su integridad, 
sin atender á las reformas de la Cámara anterior. 

La situación de Bismarck era difícil. Tenía enfren- 
te á los diputados, los periódicos, las masas popula- 
res y la burguesía liberal. Se veía en el mismo estado 
que el ministro francés Polignac en vísperas de la 
revolución de 1830. Pero esto no parecía despertar en 
el enérgico junquer la menor inquietud. Cuando le ha- 
blaban de una revolución posible, contestaba con una 
risa tan franca y comunicativa que su interlocutor 
acababa por reír igualmente. Estaba convencido de la 
paciencia sin límites del pueblo prusiano, de su ten- 
dencia á la supeditación, de sus admiraciones instin- 
tivas ante todo lo que representa fuerza y atropello. 

Para mantenerse en el poder contaba Bismarck con 
la adhesión del ejército, aumentado considerablemen- 
te, y con la ayuda de una guerra que exaltase el pa- 
triotismo del país, concentrando su atención en la 
gloria de los triunfos exteriores, mientras olvidaba su 
situación interna. En Noviembre de 1863 se presentó 
la ocasión deseada. 

El advenimiento al trono de Dinamarca del nuevo 
rey Cristian IX puso á la orden del día en los Estados 
germánicos la cuestión de loa ducados de Sleawig y 
Holstein, cuestión que, gracias á Bismarck, tuvo las 
más graves é inesperadas consecuencias. En virtud 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 



de un tratado firmado en Londres en 1852 por los go- 
biernos de Austria y de Prusia, bajo la inspiración del 
gobierno ruso, estos ducados habían sido unidos á la 
monarquía de Dinamarca, reconociendo á Cristian 
como su rey futuro. La Dieta de Francfort no quiso 
admitir este tratado, invocando una ley de 1650 que 
daba á la unión de los citados ducados un carácter 
puramente personal y estableciendo que en el caso de 
extinguirse la descendencia masculina de los reyes 
de Dinamarca— como ocurrió al morir Federico VII 
en 1863 y sucederle Cristian IX, su pariente — , estos 
ducados debían pasar al duque de Augustenbourg. Las 
pretensiones de la Dieta de Francfort fueron puestas 
en práctica al subir Cristian IX al trono de Dinamar- 
ca. La Dieta, que era una representación de los ins- 
tintos de nacionalidad y engrandecimiento que se ha- 
bían apoderado de Alemania, reivindicó especialmente 
el ducado de Holstein como territorio que formaba 
parte del grupo germánico y ordenó el 7 de Diciem- 
bre la ocupación federal, encargando de realizarla á 
las tropas sajonas y hanoverianas. 

Bismarck vio llegado el momento de mezclarse en 
el asunto. Su plan fué tan simple como atrevido: re- 
constituir la Alemania del Norte, hacer que Austria 
proclamase el estado de sitio en Galitzia, alarmando 
á Rusia, que se preocupó de su propia seguridad sin 
prestar atención á lo que ocurría en Dinamarca, y 
proceder resueltamente á la expoliación de este último 
reino. El ministro de Guillermo I ejecutó el plan con la 
audacia y la felicidad que le acompañaron en todas sus 
empresas. Nada podía temer de Inglaterra, que en aquel 
momento seguía una política contraria á toda interven- 
ción por las armas. En cuanto á Francia, no osaba 
acometer una acción europea sin el concurso británico. 
El gobernante prusiano, con una astucia maquia- 
vélica, hizo entrar en sus proyectos á Austria, con- 
venciéndola de que la ocasión era propicia para 
demostrar que sentía gran interés por los asuntos ger- 
mánicos. El plan de Bismarck, encaminado á apode- 
rarse de los dos ducados sin derecho alguno y sin más 
apoyo que el de la fuerza, suponía un verdadero robo. 
La conciencia de Guillermo I y de algunos represen- 
tantes del partido feudal de Prusia pareció sublevarse 
ante la enormidad del atentado. Pero el ministro supo 
disipar tales escrúpulos, demostrando á estos parti- 
darios de la tradición que Dinamarca era un centro 
de agitaciones democráticas y convenía anularlo por 
medio de la guerra. De las protestas de la opinión 
popular no se preocupó para nada. Una guerra fácil 
y victoriosa haría olvidar su política de compresión 
interior, imponiendo silencio á la prensa de Berlín y 
á la Cámara de diputados. 

Existía el tratado de Londres, firmado por Prusia 
y Austria, reconociendo la legitimidad con que Cris- 
tian IX poseía los dos ducados. Pero un tratado era 
obstáculo insignificante para un hombre como Bis- 
marck, fundador de la doctrina alemana, que cuando 
lo considera conveniente, sólo ve «un pedazo de papel» 



en los documentos solemnes. El grande hombre pru- 
siano, en sus discusiones preparatorias con el gobier- 
no de Dinamarca y la Dieta de Francfort, acabó por 
declarar con una franqueza brutal que «las cuestiones 
políticas no eran cuestiones de derecho, sino de fuer- 
za», y que Prusia, potencia europea, no iba á dejarse 
guiar por la mayoría de votos de la Dieta, compuesta 
de pequeños Estados. 

El 1." de Febrero de 1864 el ejército austro-pru- 
siano franqueó el Eider, invadiendo el ducado de 
Slewig. Esta guerra inicua y corta, en la que Dina- 
marca nada pudo hacer contra dos enemigos podero- 
sos, dio por resultado la pérdida para ella, no sola- 
mente del Holstein y el Lauenburgo, que eran de 
origen germánico, sino del Slewig por entero, com- 
prendiendo la parte del país de pura raza dinamar- 
quesa. Una vez terminada la expedición, todos espe- 
raron su resultado práctico. Austria y Prusia habían 
tomado las armas, según dijeron, para asegurar la in- 
dependencia de los ducados. Pero después del triunfo 
no hablaron más de la independencia de dichos pue- 
blos. Podían haber atendido igualmente las peticiones 
de la Dieta de Francfort, sostenedora de los derechos 
del duque de Augustemburgo sobre estos territorios, 
pero los vencedores ni siquiera las tomaron en consi- 
deración. La doctrina de Bismarck era franca y con- 
cisa. Se habían apoderado de los ducados por el dere- 
cho de la fuerza, y debían guardarlos en virtud del 
mismo derecho. 

Comenzó entonces un espectáculo nunca visto en 
la Historia. Austria y Prusia hablan marchado de per- 
fecto acuerdo mientras se trató de expoliar en común, 
pero llegada la hora del reparto se pelearon ante el 
botín, lo mismo que se pelean los salteadores al lado 
del camino después de una empresa afortunada. Con 
la convención de Galstein en 1865, verdadero acto de 
filibusterismo político, Austria y Prusia llegaron á un 
acuerdo preliminar. En este trabajo se manifestó más 
que en ningún otro la astucia diplomática de Bis- 
marck, que fingiéndose un aturdido supo engañar á 
los representantes de Austria. Primeramente se quedó 
con el Slewig y luego con el Lauenburgo, que le fue- 
ron abandonados por su cómplice, tras deshonrosos 
regateos, mediante una indemnización de 139 francos 
por cabeza de habitante. Pero cuando Bismarck quiso 
apoderarse igualmente del Holstein, la diplomacia 
austríaca se opuso con indignación. El gobernante 
prusiano deseaba todo el botín, tratando con menos- 
precio al cómplice que le había servido para disimu- 
lar su atentado. Por primera vez vieron claramente 
en Viena que la anexión de los ducados á Prusia 
no era más que un anuncio de la absorción de los de- 
más Estados germánicos, y que el plan de Bismarck 
se encaminaba á anular la influencia austríaca en 
una Alemania futura dirigida por Guillermo I. Bis- 
marck, seguro de su fuerza, ya no fingió más y acep- 
tó francamente la cuestión con Austria, guardándose 
los ducados. 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



285 



Podia disponer de un ejército sólidamente organi- 
zado. El rey Guillermo se asustaba en el primer mo- 
mento ante la audacia de sus concepciones, pero al 
fin las admitía, convencido por su enérgica fe en los 
destinos de Prusia. La guerra de los ducados habia 
servido para revelar á un gran estratega, el general 
Moltke, y á un hábil organizador, el general Roon. 
Apoyado en estos dos hombres que eran sus brazos, 
y seguro de la aprobación de Guillermo I, tras del 
cual se ocultaba para que pudiese figurar como la 
única inteligencia directora, Bismarck se atrevió á 
todo. Iba á reanudar la obra de 
Federico II, á constituir por la 
fuerza militar un nuevo reino 
de Prusia, homogéneo y de as- 
piraciones belicosas que domi- 
nase á Alemania entera, humi- 
llando y empequeñeciendo 
para siempre al imperio aus- 
tríaco. 

Los primeros meses de ISlílí 
los empleó Bismarck en com- 
pletar los preparativos milita- 
res con sus dos colaboradores 
Moltke y Roon. Un suceso ines- 
perado casi anuló instantánea- 
mente los planes audaces del 
gobernante prusiano, sirviendo 
al mismo tiempo para demos- 
trar la buena suerte que le 
acompañó siempre en los peli- 
gros. Un revolucionario llama- 
do Blind, furioso por el despre- 
cio con que atropellaba Bis- 
marck las aspiraciones popu- 
lares, le disparó á quemarropa 
cuatro tiros de revólver. Los 
que presenciaron el atentado 

dieron por muerto al ministro, al ver que recibía 
todas las balas en el pecho. Pero éstas quedaron amor- 
tiguadas en el espeso forro de su gabán, y Bismarck 
sólo experimentó el susto consiguiente. 

Antes de atacar al imperio austríaco contrajo una 
alianza con Italia, deseosa de completar su unidad, 
expulsando definitivamente del suelo patrio á los aus- 
tríacos que todavía ocupaban Venecia. La alianza 
con Italia le proporcionó indirectamente la benevo- 
lencia del imperio francés, que años antes habia ayu- 
dado á los italianos á la reconquista de Lombardía, 
derrotando las tropas austríacas en Magenta y Solfe- 
rino. 

Cuando Bismarck hubo terminado sus preparati- 
vos militares y diplomáticos, dio principio á las hosti- 
lidades, enviando á la Dieta de Francfort un proyecto 
de reforma de la Confederación Germánica. En él pro- 
ponía la disolución inmediata de dicha Confederación 
en su forma actual, la expulsión de Austria, que ocu- 
paba la presidencia, la entrega á Prusia del mando 




MOLTKB 



supremo de todas las fuerzas de tierra y mar de la 
Alemania reconstituida, y la creación de un Parla- 
mento nacional que sustituyese á la Dieta. Lo más 
notal)le de este proyecto fué que el Parlamento ale- 
mán debía ser designado por sufragio universal, siste- 
ma del que tanto se había burlado Bismarck cuando 
los liberales prusianos lo solicitaban para su país. 
Este proyecto representaba una provocación á los 
Estados alemanes y al imperio austríaco, seguida 
indudablemente de la guerra. Las potencias neutrales 
intervinieron para evitarla, proponiendo la reunión 

de un congreso diplomático, 
pero el gabinete de Viena, tor- 
pe y confiado en su fuerza, se 
negó á todo arreglo, secundan- 
do con su ceguera los proyec- 
tos de Bismarck. Este dirigió 
entonces un ultimátum á la 
Dieta de Francfort para que 
aceptase el proyecto de nueva 
( onfederación, declarando su 
negativa como un casus belli. 
La Dieta respondió á tal ame- 
naza con la oposición que era 
de esperar, y dos días después, 
el 16 de .Junio, entraron en gue- 
rra las tropas prusianas, apo- 
derándose de Leipzig. 

La campaña fué tan breve 
como decisiva. El ejército de 
Prusia avanzó con una rapidez 
y una seguridad casi mecáni- 
cas, ejecutando el plan ideado 
mucho antes por el general 
Moltke. En veinte dias Austria 
se vio derrotada allí donde in- 
tentó oponerse á los enemigos, 
hasta que el 3 de .Tullo su ejér- 
cito quedó definitivamente aplastado en la sangrienta 
batalla de Sadowa. 

Este dia fué el más tremendo y decisivo en toda la 
existencia de Bismarck. Había iniciado la guerra 
contra los sentimientos de i ¡uillermo I, poco dispuesto 
á una lucha con el imperio austríaco, teniendo que 
asumir todas las responsabilidades de su plan audaz. 
Detrás de él estaba Prusia entera que le aborrecía y 
deseaba un fracaso de su política para sacrificarlo. 
Moltke, Roon y los demás hombres de guerra consti- 
tuían su único apoyo. Si el ejército quedaba derrota- 
do, Bismarck podía dar por terminada su carrera y 
hasta su vida. Hubo un momento en la batalla de 
Sadowa en que pareció que la suerte iba á decidirse 
por los austríacos. Según cuentan, el futuro canciller 
presenció el combate desde una altura con mirada 
ansiosa, pie á tierra, las riendas de su caballo pasa- 
das por un brazo, y oprimiendo en la diestra una pis- 
tola, tal vez la misma que días antes había pedido á 
la condesa de Bismarck junto con una novela fran- 



264 



VICENTE BLASCO IBAÑEZ 




ENTRADA DK LOS PKUSIANOS EN LEIPZIG 

(Gi'abado de la éj)Oca) 



cesa. Su resolución era firme. Si las tropas prusianas 
continuaban el retroceso iniciado, un tiro de pistola 
se unirla al estrépito de cañones y fusiles, y Bismarck 
habria dejado de existir. 

Pero los prusianos acabaron por triunfar en Sa- 
dowa, gracias al fusil de aguja, que era el último in- 
vento de aquella época, y les dio una irresistible supe- 
rioridad sobre el enemigo. Dos días después los aus- 
tríacos abandonaron Venecia, y el 22 de Julio, sin 
atreverse á intentar una segunda batalla, aceptaron 
el armisticio propuesto por Francia y los prelimina- 
res de paz. Esta paz tenia una condición sine qua 
non impuesta por Bismarck, que después de la hora 
mortal pasada en Sadowa se mostró más arrogante 
que nunca. Austria debía aceptar su expulsión de la 
Confederación Germánica. Sólo sobre esta base era 
posible la paz. 

La corte de Viena abdicó para siempre su influen- 
cia en los Estados de Alemania. Llegaba para Bis- 
marck la realización de sus ensueños: el reino de 
Prusia director de los destinos germánicos. 

Después de este primer éxito, Alemania, unificada 
y modelada en el troquel prusiano, podría imponer 
su influencia al resto de Europa. 



Al romper Bismarck con la Dieta de Francfort, 
una parte considerable de Alemania se mantuvo en 
torno de ésta, oponiéndose al atropello intentado por 
Prusia, y como consecuencia al lado de Austria. 

Los reinos de Baviera, Wurtenberg, Sajonia, Ha- 
nóver, Nassau, los dos Hesse y Francfort, se pronun- 
ciaron en favor de la Dieta. Prusia sólo tuvo á su lado 
las ciudades libres de Brema, Hamburgo y Lubeck, 
Mecklemburgo, Oldemburgo y los principados sa- 
jones. 



Al firmarse en 26 de Julio de 1866 la 
paz de Nikolsburgo con el imperio aus- 
tríaco, que iba á quedar excluido para 
siempre de la Confederación Germánica, 
el victorioso Bismarck se dedicó á nor- 
malizar la vida interior de Prusia. La vic- 
toria le había dado un enorme prestigio. 
La oposición liberal, la prensa, las masas 
democráticas, todos los que le habían 
combatido, oponiéndose á sus demasías, 
enmudecieron. ¿Cómo afrontar el entu- 
siasmo patriótico que rodeaba á este triun- 
fador después de la audaz aventura de 
Sadowa? Bismarck tomó el titulo de Can- 
ciller y la nueva Cámara prusiana el de 
Reichstag. Uno de los primeros actos del 
naciente Reichstag fué aprobar como úti- 
les y patrióticas todas las medidas anti- 
constitucionales y violentas empleadas 
por Bismarck en los últimos cuatro años. 
Al quedar vencedora Prusia sobre 
todos los Estados de Alemania, el Canci- 
ller se dedicó al engrandecimiento del territorio na- 
cional, castigando con rudeza á los Estados germá- 
nicos que se habían declarado en favor de Austria. La 
paz de Nikolsburgo consagraba la existencia de una 
nueva Confederación más pequeña, pero más firme 
que la regida por la disuelta Dieta de Francfort. Esta 
Confederación, llamada de la Alemania del Norte, 
abarcó, como lo indica su nombre, todos los Estados 
alemanes situados más arriba de la linea del Mein. 
Abajo del Mein se creó la Confederación de la Ale- 
mania del Sur, formada por Baviera y otros Estados 
que se habían mostrado contrarios á Prusia en la 
reciente guerra. El diplomático Bismarck transigió 
con ellos, adivinando que más adelante podría atraer- 
los á sus planes. Reconoció sin resistencia la Confe- 
deración del Sur, y antes de terminar el año había 
firmado tratados de paz y de alianza ofensiva y de- 
fensiva con dichos Estados, los cuales aceptaron que 
en caso de guerra el mando de sus ejércitos sería 
confiado al rey de Prusia. 

En la Alemania del Norte su política fué distinta, 
castigando con mano dura á todos los países que ha- 
bían seguido á la Alemania del Sur por mantener los 
acuerdos de la Dieta de Francfort. Dichos Estados 
fueron anexionados á Prusia, decretando Bismarck el 
destronamiento de sus reyes, duques y electores. De 
tales atropellos el más censurable fué el realizado en 
el reino de Hanóver. El rey de este país, Jorge V, que 
había nacido ciego, quedó destronado por el delito de 
ser fiel á sus compromisos con la Dieta. La familia 
real de Hanóver se vio despojada, no sólo de su reino, 
sino de sus bienes particulares, quedando reducida á 
vivir en el destierro en la mayor pobreza. Bismarck 
la persiguió con su saña, asi como al elector de Ilesse, 
igualmente despojado de sus bienes, é hizo aprobar 
por el Reichstag la doble expoliación, como si fuese 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1^14 



SSS 




BATALLA DB SADOWA 



una medida patriótica. Los habitantes de los países 
alemanes anexionados á Prusia intentaron oponerse 
al atropello con protestas y motines, pero Bismarck 
los redujo férreamente á la obediencia. 

Veintidós Estados alemanes, de una importancia 
más ó menos considerable, constituyeron con Prusia 
la Confederación del Norte que Bismarck se dedicó á 
organizar durante el año 1867. Además, la Confede- 
ración del Sur, como ya hemos dicho, habia puesto 
sus tropas, para el caso de guerra, á las órdenes del 
rey Guillermo. Un Parlamento aduanero que englo- 
baba los intereses económicos de ambas confedera- 
ciones sirvió al Canciller para ir dando realidad á su 
plan de una Alemania única. 

Esta organización formidable se dirigía especial- 




BBRLiN. LAS BANDERAS TO.MADAS 



A LOS AUSTRÍACOS 

(Grabados de la época) 



mente contra Francia, único enemigo que veía Bis- 
marck para el engrandecimiento de Prusia. Todas sus 
medidas de gobernante y sus gestiones diplomáticas 
fueron encaminadas á preparar una guerra con el 
Imperio francés, arrebatándole las simpatías de las 
otras potencias para aislarlo y asestarle oportuna- 
mente el golpe decisivo. 

La jactancia y la torpeza de los gobiernos de Na- 
poleón III facilitaron considerablemente estos planes. 
Europa estaba fatigada de la supremacía continental 
ejercida por el Imperio francés. Éste, por su parte, 
como todos los gobiernos basados en la fuerza, abusa- 
ba del poder militar, creyéndolo más fuerte de lo que 
era en realidad. 

El gobernante prusiano pudo juguetear como un 
felino con el imperialismo francés antes 
de devorarlo. El embajador de Napo- 
león III en Berlín era el conde de Bene- 
dctti, diplomático de vista corta que no 
supo adivinar los verdaderos propósitos 
de Bismarck ni hizo ver á su país la im- 
portancia militar de Prusia. 

Después de la catástrofe de 1870, Be- 
nedetti intentó justificar su fracaso di- 
plomático afirmando que oportunamen- 
te había dado la voz de alarma á su 
emperador. De ser esto verdad resulta 
que Napoleón fué aun más torpe y con- 
fiado que su representante. 

El astuto Bismarck, para realizar 
tranquilamente sus preparativos de gue- 
rra y los engrandecimientos del terri- 
torio prusiano sin alarma ni protesta 
de Francia, habia encontrado el medio 



266 



VICENTE BLASCO IBAÑÉ2 



de distraer á Benedetti y su soberano hablando vaga- 
mente de una inteligencia posible entre ambas nacio- 
nes para que Napoleón se apoderase de Bélgica. Como 
el Imperio, desacreditado é impopular, necesitaba el 
prestigio de nuevas conquistas para mantener su exis- 
tencia frente al descontento del país y las protestas 
del republicanismo. Napoleón III y su embajador ca- 
yeron fácilmente en esta trampa de la diplomacia 
prusiana. Benedetti y Bismarck hablaron muchas 
veces del futuro reparto de Bélgica, sugerido diabó- 
licamente por el Canciller. El embajador francés fué 
tan confiado, que llegó á entregar á Bismarck prue- 
bas escritas de este propósito de su emperador. Dichos 
papeles, comunicados por el Canci- 
ller al gobierno de Inglaterra, hicie- 
ron enfriarse las relaciones amisto- 
sas entre la Gran Bretaña y Fran- 
cia. Esta fué la causa principal de 
que el gobierno de Londres contem- 
plase impasible la desastrosa guerra 
de 1870 y la ruina del Imperio. En 
aquel entonces, lo mismo que en la 
actualidad, Inglaterra consideró la 
independencia de Bélgica como algo 
sagrado é intangible. Se separó del 
Imperio francés porque habia pen- 
sado atentar contra ella. Bismarck 
tuvo buen cuidado en mostrarse de 
un escrupuloso respeto para la inte- 
gridad de Bélgica durante la guerra 
con Francia. Sabia que era el medio 
mejor para que la Gran Bretaña 
permaneciese tranquila. 

En 1868 se debilitó visiblemente 
la política prusiana dirigida contra 
Francia. Bismarck estaba enfermo 
y tuvo que retirarse por algún tiempo de los nego- 
cios públicos. Una dolencia nerviosa producida por el 
exceso de trabajo y de emociones le mantuvo por al- 
gunos meses lejos del gobierno, pero antes de termi- 
nar el año, el coloso incansable volvió á comparecer 
ante el Reichstag, reanudando con los mismos impul- 
sos de la juventud su política arrolladura. 

Todas sus medidas iban encaminadas contra el 
Imperio francés, siendo extraordinario que Napo- 
león III y sus hombres, cegados por la soberbia de un 
poder que creían invencible, no adivinasen la tor- 
menta que se formaba contra ellos al otro lado del 
Rhin. 

Hubo un momento en que el emperador francés 
pudo ver el peligro con toda claridad. Apenas intentó 
en 1867 adquirir el ducado de Luxemburgo que le 
cedía el rey de Holanda, el Canciller se alzó ante él 
oponiéndose enérgicamente á dicha anexión. La gue- 
rra entre Francia y Prusia estuvo próxima á estallar 
tres años antes de 1870. Pero Bismarck consideró á 
última hora que su país no estaba completamente pre- 
parado para la lucha y que era mejor esperar. Por 




BBNBDBTTI 



esto dio una solución diplomática al asunto, aceptando 
que en la conferencia de Londres se declarase al 
Luxemburgo territorio neutral, desmantelando sus for- 
tificaciones. Esta era la conducta del supuesto amigo 
que un año antes había halagado la complicidad del 
Imperio sugiriéndole la posibilidad de la anexión de 
Bélgica. No ya este reino importante, sino ni un pe- 
queño ducado permitía Bismarck que viniese á agran- 
dar el territorio francés. Un año antes, cuando Prusia 
estaba en lucha con Austria, había sido conveniente 
halagar á Napoleón con mentidas esperanzas para 
mantenerlo al margen de la lucha. Ahora que el reino 
prusiano era fuerte y estaba en paz con Europa podía 
mostrar francamente sus sentimien- 
tos poco benévolos para Francia. 

El emperador, después de esta bru- 
tal demostración, volvió á su apática 
y confiada somnolencia, mientras 
Bismarck continuaba en silencio su 
obra enorme. Para que los Hohenzo- 
llern fuesen, según el deseo de Fe- 
derico el Grande, los primeros mo- 
narcas de Europa, era preciso ven- 
cer á Francia, desmembrarla y ha- 
cerla descender á un segundo rango. 
La actividad de Bismarck, secunda- 
da por la aprobación de Guillermo I 
y el tecnicismo de Moltke y Roon, 
preparó la Alemania hasta en sus 
menores detalles como la más formi- 
dable máquina de guerra conocida 
híxsta entonces. 

«Todo estaba pronto en Prusia 
— dice un historiador francés — , lo 
mismo los hombres que las cosas. 
Nada estaba preparado en Francia. 
Aquí, entre las manos del emperador, aventurero 
siniestro que se había hecho dueño violentamente del 
país, todo estaba dislocado, empequeñecido y corrom- 
pido. La imprevisión y la impericia que dirigían los 
negocios públicos, la ausencia de hombres superiores 
en el gobierno, la desorganización del ejército, la de- 
cadencia moral producida por veinte años de despotis- 
mo, todo concurría en caso de conflicto á precipitar- 
nos en una catástrofe. El gobierno prusiano sabía todo 
esto, y sólo esperaba una ocasión favorable para en- 
tablar la lucha.» 

Esta ocasión, deseada por Bismarck durante más 
de un año, ó sea después de visitar París en 1869 con 
pretexto de la Exposición Universal y ver de cerca 
el estado de Francia, se la proporcionó inesperada- 
mente el pueblo que menos relación tenía con Prusia 
y menos motivos para influir en las cuestiones del 
centro del continente: España. 

Después de la revolución española de 1868, que 
destronó á la dinastía borbónica en la persona de Isa- 
bel II, los directores de este movimiento nacional, 
generales y políticos prestigiosos, en vez de procla- 



HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914 



287 



mar la República como era lógico, persistieron en el 
mantenimiento de la forma monárquica, pero con una 
dinastía nueva, para lo cual fueron sus representan- 
tes mendigando un rey por todas las cortes de Europa. 

Uno de los candidatos ;i la corona de España fué 
el principe alemán Leopoldo de HohenzoUern, parien- 
te de Guillermo I y simple comandante de infantería 
de la Guardia prusiana. Para sostener esta candida- 
tura, el general Prim, jefe del gobierno español y 
enemigo personal de Napoleón III por lo mucho que 
le había perseguido éste en sus tiempos de conspira- 
dor, se puso de acuerdo con Bismarck, que encontró 
en este asunto una doble ventaja para sus planes. Si 
el HohenzoUern se sentaba en el tro- 
no de España, el Imperio francés 
quedaría en un aislamiento comple- 
to, rodeado de enemigos por todas 
partes. De fracasar la candidatura, 
era casi seguro que estas negocia- 
ciones diplomáticas, al ser conoci- 
das por Francia, darían pretexto á 
la guerra que deseaba el canciller 
prusiano. Á fines de Junio de 1870, 
el acuerdo entre Prim y Bismarck 
fué completo, después de largas ne- 
gociaciones. El embajador de Fran- 
cia en Madrid telegrafió el 3 de Julio 
al duque de Gramont, ministro de 
Negocios Extranjeros en París, que 
la candidatura de HohenzoUern al 
trono de España era cierta y de éxito 
indiscutible. El general Prim en per- 
sona le había manifestado su firme 
voluntad de hacer friunfar dicha so- 
lución, pues no encontraba otro can- 
didato aceptable en ningún país. 

La noticia puso en alarma al gobierno imperial. 
El embajador de Francia en Berlín pidió explicacio- 
nes á la Cancillería prusiana, pero Bismarck se había 
ausentado y su reemplazante, M. de Thile, contestó de 
un modo evasivo que el gobierno prusiano ignoraba 
esta gestión y no tenía por qué mezclarse en ella ni 
aceptaba responsabilidad alguna, por tratarse de un 
asunto personal. Únicamente Guillermo I podía inter- 
venir en el asunto, no como rey de Prusia, sino como 
jefe de la familia HohenzoUern. 

La distinción sutil entre la corona de Prusia y la 
familia HohenzoUern, ideada sin duda por Bismarck, 
fué la norma constante de la diplomacia alemana en 
este contiicto. 

La posibilidad de un rey prusiano en el trono de la 
vecina España produjo gran efervescencia en la po- 
lítica francesa. El gobierno, en vez de aminorar la 
agitación, la aumentó el día 5 de Julio en la Cámara 
de diputados con las declaraciones del duque de Gra- 
mont, jactanciosas hasta la fanfarronería. El ministro 
de.Negocios Extranjeros, después de hacer constar sus 
simpatías por la nación española y la voluntad de 




BL DUQUE DE GRAMONT 



Francia de no inmiscuirse «en los asuntos interiores 
de una grande y noble nación en pleno ejercicio de su 
soberanía», añadió con arrogancia en medio de los 
aplausos entusiastas de los diputados bonapartistas: 

«Nosotros no creemos que el respeto á los derechos 
de un pueblo vecino nos obligue á sufrir que una po- 
tencia extranjera, colocando á uno de sus príncipes 
en el trono de (darlos V, desarregle en perjuicio nues- 
tro el equilibrio actual de las fuerzas de Europa y 
ponga en peligro los intereses y el honor de Francia. 
«Tenemos la firme esperanza de que no llegará á 
realizarse esta eventualidad. Para impedirla contamos 
á la vez con la cordura del pueblo alemán y la amis- 
tad del pueblo español. Si no fuese 
así, fortalecidos por vuestro apoyo 
y el de la nación sabremos cumplir 
nuestro deber sin dudas ni vacila- 
ciones.» 

Los diputados de la oposición se 
escandalizaron ante este lenguaje 
audaz. «¿Es que queréis la guerra?», 
gritó M. Crémieux. El presidente del 
Consejo, Emilio OUivier, republica- 
no de la víspera que había reconoci- 
do el imperio y deseaba merecer la 
confianza de la corte extremando su 
política, dijo que ansiaba la paz, 
pero añadió: «Si algún día considera- 
mos que la guerra resulta inevita- 
ble, la emprenderemos sin vacilar.» 
Los detalles de esta sesión parla- 
mentaria causaron en Berlín gran 
cólera, viéndose en ellos una pro- 
vocación á Prusia. Bismarck, fin- 
giéndose igualmente indignado, ex- 
perimentó sin duda una gran alegría 
interior. Llegaba la guerra tan deseada por él. Los 
mismos enemigos se encargaban de provocarla con sus 
imprudencias, dando á Prusia el simpático papel de 
nación agredida. A la fanfarronería del Parlamento 
francés y su ciega confianza, se unieron las irritantes 
exigencias de la diplomacia napoleónica, que preten- 
dió humillar á la corte de Prusia creyéndola débil y 
temerosa. 

El embajador Benedetti visitó al rey Guillermo en 
la estación balnearia de Ems, para pedirle que obli- 
gase al príncipe de HohenzoUern á desistir de su can- 
didatura al trono de España. El monarca contestó in- 
sistiendo en su doctrina de que como rey de Prusia no 
tenía por qué mezclarse en un asunto que era pura- 
mente de familia, y como jefe de la casa HohenzoUern 
lo único que podía hacer era hablar con el candidato 
Leopoldo y su padre, Antonio de HohenzoUern, que 
había preparado y dirigido la negociación con Es- 
paña. 

El gobierno de Paría no se dio por satisfecho con 
esta respuesta é insistió enérgicamente, demostrando 
que no temía un rompimiento, pues más bien parecía 



^.iJíA. 



288 



VICENTE BLASCO IBANEZ 



buscarlo. Napoleón III y sus ministros procedían como 
si ignorasen que Prusia y los demás Estados alemanes 
estaban poderosamente armados, deseando entrar en 
campaña inmediatamente. El gabinete de París había 
recibido desde mucho antes numerosos informes sobre 
estos preparativos, pero una imprudencia irresistible 
lo arrastraba á la perdición. 

Siguiendo sus órdenes, el embajador Benedetti vol- 
vió el 11 de .Julio á Ems para tener una nueva entre- 
vista con el rey de Prusia, insistiendo en la renuncia 
del principe Leopoldo. Guillermo contestó que no 
sabia siquiera dónde estaba el príncipe en aquellos 
momentos, pero esperaba recibir noticias suyas 
aquella misma noche. 

Al día siguiente se supo que el 
príncipe Antonio, padre del preten- 
diente, había telegrafiado á Madrid 
la renuncia de su hijo. Con esto des- 
aparecía la causa del conflicto. En 
Berlín todos dieron el asunto por ter- 
minado, y en París recobraron su 
tranquilidad los que eran ajenos á 
los intereses del imperio y no creían 
necesario una guerra para su exis- 
tencia. Pero quedábanlos cortesanos 
y ministros de Napoleón III, deseo- 
sos de' no perder la ocasión para 
realzar con la gloria de una cam- 
paña victoriosa la popularidad de- 
creciente del imperio; quedaban 
Moltke, Roon y todos los generales 
y oficiales prusianos, ansiosos de 
experimentar en un choque con los 
franceses la fuerza del gran or- 
ganismo belicoso que habían crea- 
do; y sobre todos ellos quedaba Bis- 
marck, genio diabólico que supo impedir el restable- 
cimiento de una calma contraria á sus planes. La im- 
prudencia del gobierno francés continuó viniendo en 
su ayuda. 

El 13 de .lulio, Benedetti se presentó por la mañana 
al rey (Tuillermo para manifestar que si el príncipe 
Leopoldo reanudaba sus gestiones de candidato, el go- 
bierno francés consideraría esto como una ofensa. El 
rey contestó que después de la renuncia no había mo- 
tivo para hablar más del asunto. Por la tarde volvió 
á la carga el embajador con una torpeza irritante para 
exigir que Prusia diese garantías de que el candidato 
Hohenzollern no pensaba insistir en sus pretensiones. 
Irritado Guillermo I por tal insistencia, se negó á re- 
cibir al embajador, manifestándole por medio de un 
ayudante que tendría una gran satisfacción en hablar 
con él de asuntos particulares, pero que no podía darle 
audiencia para tratar de un asunto que había quedado 
ya resuelto por la mañana. Esta grave resolución del 
soberano fué obra del astuto Bismarck, que al mismo 
tiempo que aconsejaba al rey los procedimientos enér- 
gicos mantenía la desconfianza de los franceses con 




BL MARISCAL LBBtEUP 



tortuosas informaciones secretas para que persistiesen 
en sus demandas imprudentes. 

El acto de Guillermo I produjo en Francia gran 
indignación. El imperio se consideró ofendido. Por su 
parte Bismarck aceleró el rompimiento, valiéndose 
de procedimientos reprobables que él consideraba de 
uso legal siempre que sirviesen á sus planes. 

Mientras Benedetti, «el corso irascible» como le 
llamaba Bismarck, se había trasladado á Ems para 
tratar directamente con Guillermo I, el Canciller se 
mantenía oculto en sus tierras de Varzin. Fué un pro- 
cedimiento diplomático semejante al que siguió la 
Cancillería alemana en 1914, durante el mes de .Julio, 
cuando el embajador de la Gran Bre- 
taña trabajaba por el mantenimien- 
to de la paz. La ausencia del Canci- 
ller y las palabras ambiguas de los 
sustitutos no permitieron ningún 
arreglo definitivo. 

lUsmarck desde Varzin estaba en 
comunicación telegráfica con Ems, 
aconsejando á su rey. Además tenía 
junto á éste á un consejero intimo 
de la Cancillería, el literato Abeken, 
hombre de grandes estudios estéticos 
y filológicos, que había puesto al 
servicio de Bismarck su estilo aco- 
modaticio y su carácter sumiso. 

Oculto en Varzin, trabajó el Can- 
ciller para que no pudiese sobreve- 
nir un arreglo y el asunto del trono 
de España produjese la guerra. Al 
ver que Benedetti se trasladaba á 
Ems para ponerse en contacto direc- 
to con Guillermo I, él se dirigió á 
Berlín, esperando con sus consocios 
Moltke y Roon el ansiado desenlace. 

Cuando el rey, á instigaciones de su Canciller que 
le aconsejaba una gran energía, é irritado por las pre- 
tensiones de Benedetti, se negó finalmente á recibirle, 
Abeken, por encargo del monarca, puso un telegrama 
confidencial á Bismarck dándole cuenta de todo lo 
ocurrido. 

Este documento fué el famoso «despacho de Ems», 
célebre en la historia de la diplomacia. Guillermo I, 
al releerlo antes de que lo enviasen al telégrafo, dijo 
á Abeken: 

— Esta vez creo que Bismarck quedará contento de 
nosotros. 

Sin embargo, el telegrama era de un estilo débil y 
no podía contentar al Canciller. El rey se limitaba á 
darle cuenta de lo ocurrido entre él y Benedetti y de 
su negativa á recibirlo en adelante para tratar de la 
candidatura Hohenzollern. Luego dejaba «á la volun- 
tad de Bismarck» el callar este suceso ó el darlo á 
conocer á la diplomacia y la prensa con una publici- 
dad que hiciese irreparable el rompimiento. Guiller- 
mo sentía miedo á última hora ante las consecuencias 



HISTORIA DR LA GUERRA EUROPEA DE 191) 



289 



de estus manejos ocultos de su Canciller, y no se atre- 
vía á adoptar una resolución. 

Bismarek estaba comiendo en Berlín con Moltkc y 
Koon cuando recibió el telegrama. Los tres esperaban 
con la ansiedad del entusiasmo las noticias de Ems 
creyéndolas belicosas. Al leer el telegrama, el viejo 
Moltke quedó desalentado. Una senilidad repentina 
descompuso su rostro y enfrió sus energías. La gloria 
se le escapaba de entre las manos. Iba á resultar 
inútil toda su vida dedicada á la fabricación de una 
herramienta de guerra como nunca se había cono- 
cido. El rey Guillermo no quería la lucha y echaba 
pie atrás en el momento decisivo. Su colega Roon 
mostró igual desaliento. 

Pero el terrible coloso, después de 
breve reflexión, sonrió diabólica- 
mente ante la tristeza de sus amigos. 

- Todo va bien — les dijo — , seguid 
comiendo con tranquilidad. 

Le bastó pasar unos minutos en 
su despacho, pluma en mano, ante 
el famoso telegrama. Borró pala- 
bras, para modificar de este modo el 
sentido del texto, é interpretando 
como una orden ineludible la consul- 
ta que le hacía su rey sobre la con- 
veniencia de dar á conocer el tele- 
grama ó guardarlo secreto, lo lanzó 
inmediatamente á la publicidad. Des- 
pués de esto era irreparable el rom- 
pimiento entre Francia y Prusia, y 
por consiguiente la guerra. 

Algún tiempo después, el socialis- 
ta Liebknecht y otros fueron condu- emilio ollivier 
cidos á la cárcel por acusar á Bis- 
marek de falsificación. Pero el falsario se enorgulle- 
cía de su triste hazaña que había empujado al país 
á una guerra victoriosa. 

El entusiasmo del elemento militar demostró á las 
pocas horas que el Canciller había interpretado con 
su falsificación el espíritu belicoso de la corte prusia- 
na. La noticia de los efectos del telegrama real mo- 
dificado por Bismarek. llegó á Ems en el momento 
que (4uíllermo I con su séquito se disponía á volver 
á Berlín. 

— ¡Es la guerra! — exclamó el príncipe heredero. 
Y todos los generales y oficiales de la regia com- 
pañía repitieron con gozoso entusiasmo: «¡Es la gue- 
rra! ¡Al fin llega la guerra!» 

En París no fué menor la exaltación ante una gue- 
rra que todos los imperialistas consideraban de éxito 
seguro. Napoleón 111, «genio invencible» según sus 
aduladores cortesanos, iba á aplastar á Prusia con 
gran facilidad, asi como años antes había derrotado á 
los austríacos en los campos de Lombardía. En vano 
hablaban los observadores imparciales del desorden 
que había creado el imperio de Francia y de la falta 
de medios para la defensa. Los bonapartistas infun- 




dieron confianza á la nación afirmando que estos pesi- 
mismos no eran más que murmuraciones interesadas 
de los republicanos. Thiers se vio insultado en la 
(íámara, al oponerse á la guerra con palabras profé- 
ticas que anunciaban la próxima catástrofe. Su voz 
autorizada se perdió entre los gritos de protesta de 
los diputados imperiales, que se habían repartido 
como un botín durante veinte años la prosperidad de 
Francia. 

Nimca se había visto un gobierno tan ciego y jac- 
tancioso, marchando á la ruina con la sonrisa en los 
labios y la seguridad de la victoria en todos sus gestos. 
Resulta incomprensible la seguridad con que mintió el 
régimen imperial en estos momen- 
tos. Los ministros — y especialmente 
Napoleón III — sabían con certeza 
que los alemanes gozaban de una 
formidable superioridad en el arma- 
mento, la organización y el número 
de combatientes. Cuando un raes des- 
pués, en 4 de Septiembre, cayó el 
Imperio quedando proclamada la Re- 
pública, los gobernantes populares, 
al examinar los papeles archivados 
en el palacio de las TuUerías, en- 
contraron numerosos informes que 
demostraban cómo el emperador es- 
taba enterado de los enormes prepa- 
rativos de Alemania. ¡Y sin embar- 
go, el Imperio buscaba la guerra, la 
provocaba, como si fuese un autó- 
mata movido por los ocultos tirones 
de Bismarek!... Se iba á cumplir la 
suerte fatal de todo régimen basado 
en la fuerza y el atropello. La orgu 
llosa jactancia de los imperios militares los arrastra 
irresistiblemente á la muerte, aunque estén dirigidos 
por el genio de un Napoleón I. 

En los pasillos de la Cámara, el mariscal Leboeuf, 
ministro de la Guerra, decía con suficiencia á los di- 
putados, atusándose el bigote: 

— No temáis nada. Todo está preparadt) en nues- 
tro ejército. Nada falta: ni el último botón de una 
polaina. 

El jefe del gobierno, Emilio Ollivier. decía con 
una seguridad de caudillo victorioso refiriéndose al 
ejército prusiano: «Soplaremos sobre él y caerá.» Y 
los diputados bonapartistas sonreían y aplaudían. Iba 
á ser una guerra corta y victoriosa. 

Esta demencia gigantesca únicamente puede ex- 
plicarse por la confianza que un imperio militar, fa- 
vorecido al principio por la fortuna, pone siempre 
en la suerte de las armas, creyendo ([ue será eterna- 
mente favorable. Además el bonapartismo necesitaba 
una guerra como un medicamento, para restaurar su 
salud vacilante. 

La emperatriz Eugenia era la que mostraba ma- 
yor energía, violentando los sucesos con la iraprevi- 

3ti 



290 



VICENTE BLASCO IBANEZ 



sión propia de una mujer de capacidad vulgar cuan- 
do se mezcla en los asuntos de Estado. 

— Esta guerra — decía — es mi guerra. La necesito: 
me hace falta. 

Paul de Cassagnac, el primer escritor del bonapar 
tismo, dijo después de la catástrofe con ingenua fran- 
queza: «Para nosotros la guerra era inevitable por los 
intereses de Francia y por las necesidades de la di- 
nastía." 

En las últimas palabras se encierra el verdadero 
motivo de esta carrera 
loca hacia la catástro- 
fe á que se vio impulsa- 
da Francia por el Impe- 
rio. Napoleón III y su 
esposa querían conser- 
var intacto el trono para 
su hijo; la República, 
quese imaginaban muer- 
ta para siempre después 
del asesinato nacional 
del 2 de Diciembre, vol- 
vía álevantarse como un 
espectro que anunciaba 
venganza, y únicamente 
una guerra podía afirmar 
el régimen en peligro. 

El antiguo aventurero 
llegado á emperador sen- 
tía cierto misticismo al 
considerar su ascensión 
prodigiosa. Tenia fe en 
su buena estrella por los 
éxitos conseguidos hasta 
entonces, y se lanzó en 
la aventura, creyendo 
que á última hoi'a ven- 
dría en su auxilio una cir- 
cunstancia inesperada. 

El principal colabora- 
dor de los planes auda- 
ces de Bísmarck fué in- 
voluntariamente Napo- 
león III. En el gran dra- 
ma de 1870 todos trabajaron sin quererlo para la crea- 
ción de los organismos más opuestos á sus propios 
ideales. El emperador Napoleón facilitó el nacimiento 
del Imperio alemán. Bísmarck contribuyó, sin desear- 
lo, al triunfo definitivo de la República en Francia. 



IV 



La guerra de 1870 y el Imperio de Alemania 

La incuria del segundo Imperio napoleónico había 
puesto á Francia á merced del invasor. Sus represen- 
tantes, confiados en el prestigio de la victoriosa leyen- 




BL EMPERADOR NAPOLKOX III 



da bonapartista, no habían hecho preparativo alguno, 
mirando sin inquietud la enorme máquina de guerra 
montada al otro lado del Rhin por un gobernante que 
había de decir con bárbaro orgullo: «La fuerza es su- 
perior al derecho.» 

El hombre que conocía mejor que todos los france- 
ses la verdadera situación de Francia era Bísmarck. 
Tenía á su servicio un espionaje audaz — del que ha- 
blaremos más adelante — , que elevó á la categoría de 
una institución política. Estaba enterado de que el 

efectivo del ejército fran- 
cés, á pesar de las bra- 
vatas bonapartístas, era 
casi irrisorio; que el ré- 
gimen imperial había 
corrompido á los genera- 
les, extinguiendo el sen- 
timiento del deber en los 
oficiales: que la inten- 
dencia se mantenía des- 
organizada y desprovis- 
ta de recursos; que loa 
arsenales estaban casi 
vacíos, y si el patriotis- 
mo del pueblo desperta- 
ba en Francia á la hora 
de la invasión, podría 
hacer muy poco por fal- 
ta de preparación mili- 
tar. El gobierno impe- 
rial, que únicamente se 
ocupaba de la política y 
tenia miedo á las masas 
populares por ser repu- 
blicanas, había desar- 
mado la Guardia Nficio- 
nal desde años antes. 

El desprecio del Can- 
ciller por los gobernan- 
tes del Imperio era enor- 
me. Los había tratado y 
reconocido en sus viajes 
á Francia, dándose cuen- 
ta de su inepcia, sólo 
comparable con su infatuación. El mérito del em- 
perador lo había apreciado al primer golpe de vis- 
ta, al conferenciar con él en Vichy en 1S()6. Sus apa- 
riencias taciturnas hacían creer á muchos en un 
gran talento reconcentrado, que vivía una existencia 
interior de grandes ideas. Bísmarck se dio cuenta 
de que este silencio sólo ocultaba una incapacidad 
aparatosa. 

Con tales enemigos, el Maquíavelo prusiano no 
creyó nunca necesaria una gran habilidad diplomáti- 
ca. Los procedimientos más groseros le bastaron para 
hacerlos caer en la trampa de su política, poniendo 
del lado suyo las apariencias del derecho. 

— Jamás— decía Bísmarck al coronel Stoffel, agre- 



HISTORIA DE LA GUERR;^ EUROPEA DE 1914 



291 



gado militar de Francia en Berlín — desearemos nos- 
otros una guerra con los franceses. Para que esta 
guerra fuese un hecho, sería necesario que vinierais 
vosotros á disparar vuestros fusiles contra Prusia á 
quemarropa. 

Y el terrible gigante reía bondadosamente, como 
si fuese un apóstol de la paz. Lo que él no decía era 
que gracias á sus manejos los políticos mediocres del 
bonapartismo se encargarían imprudentemente de 
hacer estos disparos, dando á Prusia la simpatía que 
acompaña siempre al 
agredido. 

Al iniciarse la guerra, 
los militares franceses y 
la crédula opinión popu- 
lar se mostraron confia- 
dos en el mérito del fusil 
chassepot, superior al 
fusil de aguja de los ale- 
manes. Á esto se limita- 
ban las ventajas fran- 
cesas. En lo demás su 
inferioridad era lamen- 
table. Todo les faltaba: 
cartuchos, municiones 
de todas clases, medios 
de transporte, víveres, 
hornos de campaña. En 
cuanto á la artillería, 
era inferior á la alema- 
na tanto en el número 
como en el alcance. El 
gobierno había podido 
adquirir dos años antes 
cañones iguales á los 
de Krupp, pero Napo- 
león III, antiguo oficial 
de artillería, los bahía 
rehusíido soñando con 
algo mejor, sin querer 
aceptar nada definitivo, 
hasta que le sorprendió 
la guerra. 

En la campaña de 1870 
los franceses se batieron siempre en una proporción 
de uno contra tres, y en ciertos combates de uno con- 
tra cinco ó seis. Nunca, en toda su historia, se vio 
Francia menos preparada para la defensa. Bismarck 
y ]\Ioltke, que estaban bien enterados de todo por el 
espionaje á su servicio, tenían prisa en dar el gol- 
pe, antes de que el Imperio pensase en una reorgani- 
zación. 

«Mientras nuestros generales — dice un escritor 
francés— n