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BISTOBIA 



DE Ll 



IIOTATOM LAUNA 



vcm 



D. lAftTIN VIUAR 1 6i!lCU, %^ 







LUBREMHA 

DE LA. 

Se encoeiitia esUytoda. clase de obras yse admiten 
snscririonps álospmníicos de actualidad ie 

JBSPAÑAY BSTRAÍlliERO 

Plaaade La-Seo, n<! 2. 

ZARAGOZA. 

w __. 




ZARAGOZA. 

Imprentó César-Augostaaa de Gregorio Jasle, 
cali» de S. Jorge, nttm. i 0. 



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Bs propiedad de su autor. 



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PRÓLOGO. 



La liferatora lalíoa, qdo de bs mas poderosos elemanlos 
de dvilízacioa qut apunta la historia, es entre lasaBHgoas 
y modernas, la que ha extendido más su acción y «os con- 
secaeodas; el pueblo romano nacido para la guerra y en-^ 
tregado^áetla completamente, aunque mal dotado para el 
cukivo* del arte, cambió sus instintos, y se aficionó á las 
artes y las letras movido sólo por el poderoso influjo del ge*^ . 
nio da la Grecia; á esto se debió que la lengua latina exten^ 
diera {Mr casi toda la Europa la ci?ili2acion greeo-romana^ 
que sirviera para la predicación del Evangelio, y que cuan-^ 
do «I imperio de Roma sucumbió 4 los golpes de los pue*^ 
blos b&i^MtrQs, aome&tara su imperio y se hiciera la de las 
rattain«ncedoms: los teólogos y los historiadores, tos |ro« 
ntetas y los poetas, k» filósofos y los artistas pensaron y es^* 
ciibidrdS;e& latín; la Iglesia lo áddpló como su lengua pro^ 
piá, y oaanéGi en ios siglos XI y Xfl empezaron & formarse 
por 1^'^tedttion dé pueblos y eíémeAtos di^dtos las lenguas 
iiiodenMu^/sirtiÓ il^ básei los n«efQsidlottas;^}e8 dio oa^ 



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— II — 



ricler, flexibilidad y armonía, y fué por siglos enteros el 
único lazo que unió & los sabios del mundo lodo: al lalin 
se debió el carácter de-las nuevas nacionalidades, y á las 
enseñanzas que durante el Renacimiento había extendido, el 
quelos pueblos modernos tuvieran una manera de ser distin- 
ta do la que sin tal influencia hubieran tenido; con razón 
pues la lengua latina es el primer anillo de la exlen?a ca- 
dena que forma nneslra educación literaria. 

Si estas breves indicaciones bastan para comprender la 
importancia de la lengua latina y de su rica literatura, al- 
' gunas oirás podrán servir para comprender también la pre- 
ferente atención que su estudio debe tener de parte de cuan- 
tos dirijan su espíritu al cultivo de las ciencias. La lengua 
latina es la «o qoe por primera vez se ha designado con 
la palabra hmiiíniáades el estudio de las letras, consideran- 
do comofn principal objeto humanizar á los hombres; los 
griegos más artistas, más originales, y autores de los mo- 
delos iiue iDÚtaron los romanos, no conocieron este fin del 
arte ni infenterwi en sa rica lengua una palabra tan bella; 
podría decirse con Herder, que explica la elevada misión 
providenóal que el pueblo romano habia recibido de ex- 
tender por d mondo, preparando su unidad, la ciencia de 

los griegos. 

No debe hacerse el estudio aishido de la literatura laltoa, 
porque forma con la griega un lodo encadenado y sislemáü- 
co y porque dificilmenle se encontrará en ella una obra 
4») no tenga su modelo, su precedente ó su explicación en 
la literatura griega; pero al mismo «empo, aunque me- 
rezca elogio la disposición de nuestro Jieglammtoée estu- 
dios que manda que se estudien las dos, ao puede menos 
de hacerse alguna explicwion que justifique nwtóe método 



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— Ilf — 

y la ¡DteUgeocia que tanto en 6ste libro, como en nucelFa 
clase, hemos dado á esta dísposicioD de la ley; el estadio 
de las literaturas griega y latina en un curso de lecciones 
alternadas, es un imposible que no necesita otra demostra- 
don más que ipdiearse; no solo falta el tiempo sino que 
también los alumnos carecen de los conocimientos necesa- 
rios de literatura general y lengua griega, para hacerlo coü 
provecho; por esta razón hemos limitado nuestra enseOan- 
za en esta parte y limitamos también Ja del libro, á la ne- 
cesario solamente para conocer el cuadro general de la lite- 
ratura griega y poner k los alumnos en el caso de apreciar 
las ideas que en relación á ella, hay muchas reces que 
apuntar; pero no se crea que esta interpretación descansa 
sólo en un hecho a poiletwri, ó sea en la imposibili- 
dad de dar la ense&anza completa; creemos además que tie- 
ne por base la convraiencia; la generalidad de los alumnos 
que asisten á la cátedra de literatura clásica en el curso 
preparatorio, se dedican á la Facultad de Derecho, y ha- 
ciendo el estudio con este Qn, es indudable que les convie- 
ne más conocer la literatura latina que la griega; los que 
S3 dedican á lá Facultad de Filoso/ia y Letras, tienen dos 
corsos separados de estudios críticos sobre los Prosistas y 
Poetas griegos, que son bastantes para darles á conocer jop 
modelos de la más rica de todas las literaturas, y que es 
fuente de todas las modernas. 

A estas reflexiones se acomoda el método de nuestro li* 
bro; precede á la historia de la literatura latina, una ojeada 
geneñed sobre la griega, bastante á nuestro juicio con las 
explicaciones y ampliadon del profesor, para poner á los 
alumnos en pocos dias en disposición de comprender todas 
las refere iHnas que á ella se hagan. 



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— IV — 

Explicado ya el por qué al escribir ud libro de texto para 
mía ensefianza que comprende las dos literaturas clásicas - 
de la aoli^edad, hemos (ijado la atención principalmente 
en la latina, debemos decir algo ahora de loque nos ha mo* 
¥Ídoá esta publicación: la falta de un libro de texto siem* 
pre suspirado por nuestros alumnos, nos ha obligado á su^ 
prímir en la clase óasi por completo el estudio práctico, esr 
decir, de Jos originales, porque nos veíamos en la necesi- 
dad de dar excesiva cxlensióa k nuestras explicaciones; 
por otra parle, lo pasagero de la viva voz impedia á los 
alumnos recordar todo lo que consideramos necesario, y 
Guanda nos preguntaban los textos que podrían consultar, 
veíamos con dolor que los publicados en España en éstos úl- 
timos aOúis eran demasiado elementales para una enseñanza 
algo elevada, cual debe darse á los alumnos de Facultad, ó 
teníamos que indicar libros extranjeros que además de ofre- 
cer las dificultades del idioma en que están escritos, tienen 
acaso graves inconvenientes que la corta edad de la mayo- 
ría de nuestros discípulos no puede vencer. Hé aquí pues 
el fin de nuestro libro; satisfacer una necesidad imperiosa 
en pro de los jóvenes que acuden á nuestra clase; noseerea 
que tenemos la pretensión de dar un libro original en todas 
sus partes y qne creemos haber llenado por completo las ne- 
cesidades de la enseñanza; lo diremos sin temor; nuestro 
libro es el resultado de nuestro estudio y por tanto hemos 
lomado de los que nos han servido para nuestras expfica- 
ciones, cuaoto hemos creído conveniente para formar el jui- 
cio del alumno, debiendo advertir que evitamos las citas 
para hacer tBénos pesada la lectura, creyendo que bastará 
esta indicación para qtíe el que juzgue' nuestro trabajo, ho 
crea que pretendemos pasar por originales en todo; es más, 



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— Y — 

sobre la materia de este libro, no creemos que pueda haoer-^ 
se uno comple tamenfe original . 

Acompañamos al libro en los sumarios con qué van enca- 
bezados los capítulos, lo que podemos llamar nuestro pro* 
grama; asi se puede comprender el método seguido, y asi 
tiene el alumno en un breve volumen tod o lo necesario para 
el estudio; debemos advertir también que de propósito, he- 
mos suprimido la inserción de pasages que justiGcaran nues- 
tros juicios, porque sabemos por experiencia que no seria 
bastante insertarlos en lalin, sino que necesitarían la tra- 
ducción castellana, para ser entendidos de todos; y aunque 
con este método nos acomodáramos á la costumbre de la 
mayor parte de los escritores de literatura, dariamos una 
extensión desproporcionada al libro; por esto hacemos sola- 
mente citas, dejando parala clase el trabajo práctico de dar 
á conocer en sus obras á los escritores que se estudien. 

Debemos por fia prevenir una observación que presumi- 
mos que pueda hacerse fácilmente; la de no comprender en 
nuestra Historia los escritores de la latinidad cristiana dig- 
nos de ser conocidos y estudiados; hemos dudado alguna vez 
acerca de si deberían formar ó né parte demuestro pro- 
grama, pero hemos desistido de hacerlo porque la lite- 
ratura que nació con el Evangelio tiene, aunque escrita 
en latin, otra tendencia, otro carácter, una importancia 
inmensa por su fondo, si bien es de menos interés bajo el 
punto de vista del arte; hemos creido que exige un estu- 
dio separado en que se examine con el detenimiento que 
se debe, no solamente su historia sino sus influencias y mé- 
rito, bajo el doble punto de vista de la religión y de la li- 
teratura; este estudio, el de los escritores del Renacimiento 
y de los Humanistas españoles, cuyos nombres y trabajos 



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— VI — 

a^tma ves iodicanios p«r vía de BO(a, s^n objeto de otra 
voIumeD en el cual, como en el que ahora publicamos, de- 
jemos porloiBeQ06 consignado nuestro deseo de ser útil & la 
juventud que estudia y demos una prueba clara de nues- 
tra afición, por desgracia poco común, al estudiode los es^- 
crit(Hres latinos. 




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íRí¥Wí««Oí¥»¥V¥VWnnf¥W»¥W¥¥W¥V¥»¥W»ífW¥^ 



UTRODUCaON. 






I. 

Enlre todos los pueblos qae tienen historia literaria, niognno mejor 
dotado por la naturaleza para el coltivo del arte, qne el pueblo griego; 
todo contribuía á este fin; la posición geográfica, hacia de la Grecia una 
sala de estadio; el origen incierto que enprgnlloso arranque deCuitasia se 
atribuia á sí mismo, le libndaa de seguir agenas tradiciones; sus ins- 
tituciones, su constitución política, su imaginaáon casi oriental, so eda- 
cadoo, su actividad prodigiosa y siempre creciente que constitoia su 
esencia y se estimulaba jior las especíales circunstancias de su suelo, y 
su lengua rica, íleiiMe, Tariada, como creación de los poetas, filósofos y 
oradores, completaban la original tariedad en que el pueblo griego se 
desenvolvió. Lo mismo la poesía que las artes plásticas, lo mismo la fi- 
losofia que la oratoria, tuvieron tan original como espontánea manifesta- 
ción; de aqui que todo lo «myara, que sos creaciones lleven el sello de 
sn genio, y que tanto en las artísticas eomo literarias haya recorrido to-* 
dos los géneros, y en todos haya llegado á la perfecdon. Sorprende in- 
dudablemente al qne estudia su historia; maravilla su originalidad y su 
cultora: á el filósofo tiende hada él su mirada para estudiar las primera. 
y mas variadas explicaciones déla ciencia sobre los problemas de la vida» 
de k natondeza del hcmibre y del mundo, el artista encuentra también 



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en él ei origen de todas !as arles, que io mismo la música q se la arquitec- 
tura y que la escultura recibieron variada determinación, diversa ma- 
nera de cullivarse, llegando en sus distintos sistemas, siempre originales, 
á ensayarlo lodo, á encerrar en ellos, lo que más tarde siglos y pueblos 
diferentes en tendencias y carácter habian de tener por base de sus crea- 
ciones; diversidad de combinación, he ahí todo lo que en los demás pue- 
blos artistas se encuentra. 

Si esto sucede en las ar^es plásticas, otro tanto y más sucede en la li- 
teratura; la poesia, la primera de los manifeslacíones del arte, la que 
realiza el ideal con mas parfecoion, \hg& entre los griegos á donde des- 
pués en algunos géneros no ha podid3 4legar. Este pueblo ideal, artista 
por excelencia, bajo el poderoso pincel del pintor, el buril de Fidias ó la 
lira del poeta, ha dejado muestras claras de su geiio, y por eso todos han 
seguido sus pasos para aprender la realización de sus conquistas. Nada 
mas bello que las obras de sus poetas, pero ¿cómo se maniñesla la mar- 
cha de su espíritu? ¿como adelanta en el camino de las letras y de las 
dencias? hé aqui el objeto de esta introducción. 

II. 

Ha podido dedrse con razón que la literatura griega no tieae, como 
todas las demás, épocas de preparación, porque apsoas se asiste al nar 
dmienlo del pueblo y de la lengua, se encuentra el mas bello de todos 
los poemas: en la Irada, mil anos antes de J.C., donde antes germinó 
la idea religiosa, hubo cantores sagrados, que mirados con el respeto del 
sacerdote, tenian el nombre y la tendisnda de profeta; atli nacieron las 
musas: en la Tesalia se habian elevado eomo santuario de las musas sus 
montes eternamente poéücps, el Olimpo, di Parnaso, el Piado, el Htslí - 
con; aUi se inventó la lira y el arpa; allí Apolo fué pastor; alli la lucha 
de los Titanes ooiilra ios dioses tuvo lugar, y alii vivieron cantores qae 
prepararon ¿ Homero su camino, y alii por fin se encuentran los poetas 
órficos qoe movidos por el secreto impulso de una sagrada inspiradon 
son los primeros civilizacbres de la Grecia* 
. Las breves dtas que se conservan de , los poetas d^ esos apartados 
tiempos, aunque dédodosa autenticidad, revelan derlo carácter místico, 
propio del Oriente, y que desaparece con ellos para síooipre del su^o 



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- 3 - 

griego. Las obras que se alríbaiaft á Orfeo y Hnieo son de época re- 
cíenle y de an espíritu mas propio dé las escuelas filosóficas, que de kt 
sagrada inspiración de qae se les supone rodeados. 

III. 

Pero perdido casi lodo lo que esas rrgiones produjeron y agoladas, 
al parecer, las fuerzas de su genio, porque nada ¡mportanle vuelven 
áofrecer, ia poesia se cullivaen otra región mas bella, más rka y más 
productora: la Jonía, en la época de las monarquías, qae iodfcan el 
primer cambio político de los griegos, es el centro del movimíenlo peélico 
y Uomero, (900 anos anlesdc J. C.)el representante de una poesia grande 
como los héroes que cania, sublime como ja idea civilizadora que la 
inspira. La guerra de Troya qoe fija la época histórica de Grecia y que 
es el mas grande acontecimiento de la fabalosa , representa la gran lucha 
de dos pueblos diversos en creencias y en civilización, y Homero al can- 
lar un episodio de aquella lucha de una raza contra otra, de un pueblo 
contra olro, supo dar á su poema lodo el interés que tienen siempre 
las obras en que se cantan los pasos que Fa humanidad dá para llegar 
á un estado de liberlad y de perfección superior á la de otros pueblos: 
el Oriente y el Occidente tienen en los poemas de Homero su cantor y 
por ^0 es lan grande su importancia; la lengua por otra parle luvo su 
cultivador más notable hasta entonces, y Homero alcanza bajo esta conr 
sideración la gloria casi siempre reservada á un poeta, de ser el que la 
fija, el qnela da variedad y vida. El plan y las condiciones de desar- 
rollo de los poemas de Homero serán siempre los modelos de este géne- 
ro; porque ni la unidad ni la proporción <le partes ni nada de cuanta 
pueda contribuir á la belleza de una obra de arle, folla en el cantor de 
k grandeza de los griegos: sus |K)6mas son grandes por la forma como 
por el fondo; por la importancia de sus ideas políticas, como por las ideas 
morales que los embellecen y les'dan eterna vida. 

Contemporáneo de Homero según; las. mejores Iradiciones, hay 
otro insigne poeta, que cumple también una gran mi-iion en la 
historia de esta literatura: Hesíodoes el aulor de dos obras de in- 
mensa importancia: los Trabajos y los diasy y la Teogonia: las dos 
satisfedaxm dos grandes necesidades de h vida de lodos los pue- 



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blo8, y aiitique pueda di«tío|[ii¡rsé eo elias cierta tdodencia épico, propia 
déla época del aulor, ambas son de intención didáclica: en los Trabajos 
y los dios se vé ya como desaparece el sentido profundo y misterioso de 
los poetas del Oriente y que en Orfeo y sus discípulos tuvo entre los grie- 
gos sos imitadores: las ideas morales, distintas á no dudar de las nues- 
tras, revelan el estado social de aquella época coa toda la sencillez pro- 
pia de la edad primitiva de un pueblo: las reflexiones que en toda la 
obra esparce el autor acerca de la virtud, del encarecimiento del trabajo, 
y de la importancia de dedicar sus esfuerzos el hombre á la agricultu- 
ra y á la navegación; su estilo templado, serio, y reflexivo han podido 
ser la causa de que se llamara á este escritor poeta gnómico por el gran 
orador Isócrates, y aunque no pueda distinguirse el artificio con que 
se unen las diversas partes, no puede des:oQocerse que existe una uni- 
dad moral que da importancia á esta obra, en la cual el tiempo ha debido 
hacer grandes estragos; en ella, Virgilio y Ovidio encontraron mu- 
cho que imitar en sus Geórgicas y Metamórfoas. 

La Teogonia^ que es el catálogo razonado de las divinidades de su 
tiempo, aunque parece á primera vista de escaso interés por no ser mas 
que una desnuda genealogía, satisfizo una elevada necesidad del pueblo 
griego, y por ella Hesiodo alcanzó en la historia de las letras una signi- 
ficación inmensa: como en los Trabajos y ¡os dios, habia dado ensefiao- 
zas prácticas sobre la vida, en esta las di6 sobre las creencias; satisfizo 
pues una necesidad moral, la de fijar las ideas ya variadas de la religioa 
griega, que sin ser creación de sus poetas, habian sido desfiguradas 
por ellos: no creyendo en la eternidad de sus dioses, parece que vio ea 
su sucesión, la ley del mundo y la historia de su progreso; la lucha de 
los Titanes con los Dioses es el núcleo de la obra de Hesiodo, y el fin, 
el triunfo de Júpiter, ó sea de la justicia sobre la iniquidad y el desor- 
den: considerando asi esta d)ra tiene que ser mirada con el interés in- 
finito que le da el haberse escrito en una época de naciente ilustracíoD. 

lY. 

La constitución deSolon(59laDosantesdeJ.C.) preparó lagrandezade 
Atenas; con ella se verificó un cambio completo en el estado político; el 
paso de la monarquia á la república; las guerras contra los persas fueron 



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— I — 

la causa de la nnioD eairaioadirerBos eslados griegos iadepeadieQUi an- 
tes y poco inidos por los lazos de la leogaa, del origen y de la religión. 
Atenas alcanzó no solo la soperioridad de las letras y de las arles sino 
también la del poder 'Ufttxovia, del que abas6 no poco dando lugar ¿ 
aoonlecimienlos fonestos que regaron con sangre región^, qoe como la 
Jonia, habían tenido grande importancia: cootribuy^on al florecimiento 
de Atenas ilustres hombres como Arísti(fes, Temístocles, y Péneles , la 
actividad industrial de sus habitantes, sus sendllas costumbres, la ha- 
bilidad con qoe harían suyas las hivenciones de otros, la protección que 
dispensaron á todas las artes, creando la lucha del genio, que por pri-> 
mera vez se ve en la historia y que es la más noble que pqede sos- 
tener d hombre; consecuencia de estas adm iraUes condiciones» la poeaa 
qoe sfempre refleja el estado político, sufrió también un cambio completo; 
se pasó de la poesia épica á la lírica que no habia tenido otra expresión 
más, que la que Tirteo y Calino le imprimieron en sus patrióticos cantos. 
En esta época de agitación, la lengua llegó á su mayor brillo y el dia- 
lecto ático, que tiene al jónico por base prindpal, se convirtió en la kn- 
gna dááca para todos los escritores en prosa. 

lÁ arquitectura, ónica de las bellas artes que no puede aparar la 
idea de k) útil de sus creaciones, recibió en esta época también todas 
las formas; con el llamado orden dítaico expresaron los griej^ la gran-* 
* deza y la severidad; con d jónico, la gracia imitando según dice Vi- 
truvio^ ks formas de la muger; con el corintio que es el más bello, la 
elegancia y la majestad: la sencillez de la forma y la adecuidad de las 
proporciones, base déla arquitectura, brilló principalmente en los tem^ 
píos: Ictino y Callícrates son de los oflonbres más iliutres en la historia 
déla arqnitectora. 

También h escultura llegó con Fidias á su mayor grado de elevt^ 
ckm; Polydeles, Calamis, Myron y otpos separándose de la monotonía 
miterior, dolciflcaron las formas y tos contornos, dieroii vida y verdad á 
los movimientos y sino alcanzaron toda la belleza de la disposidon, pre^ 
pararon á Praxitdes h soperioridad qae la ejecudon de sus obras alcan- 
zó, pudiendo caracterizarlas por la grada y la belleza: aunque inforior 
á Fidias, su Vhms ik Onido, es tan dogiada como la Minerva de 
aquel pudiéndose ver cq estos esculleres y ^ Scopas, Lydppo y 
dOWf toda la perfecrion que esta arte alcanzó entre los antros: las 



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^ 6 - 
épocas pc^ri^res 4^ la ^^ullaracomolade Bodas, y la de Roma, 
se caraclerizsaa por la imílacíoo de los modelos anliguos. 

Atenas es pues el eeotra creedm* de^ la Grecia y sigue ea sa crecieDla 
impulso hasta 1$^ épooa de Alejandro el grande, lo mismo en la ciencia 
que en elarte; lodo se intenU^ todo se ensaya y lodo se realiza. La poesia 
lírica expresó lodos los loaos del semimienlo y acompañó los aclos pú- 
blux^sde un pfeblp en donde ^\ genio era' la primera grandeza, y los acon- 
tecimienlos aislados del individuo lu vieron en la jira un sonido, que res*- 
poadia unas Teces á la alegria y acompafiaba oirás el Uanlo de las pe-^ 
Das, Desde el himno dirigido á la divinidad hasla la anacreóntica que 
celebra Ids placeres del amor, de$de la oda que cania el triunfo de un hé^ 
rop y los . grand^8 hischos de la paUria, hasta ]a lieraa elegía qlie lio* 
ra por la de^gra^ía, lodo lo comprendió, ly cbn cüánla variedad, con 
cuáola riqueza de formas y de expresión! 

Los Mmbres de Ibico, Estesícoro, Safo^ Anacreonle* Símónides y Pin- 
dará,* vivirán eternamente etk la odemoria de los amantes de las letras, 
y lástima grande es que el tiempo nos haya robado las más brillantes 
producciones de tan insignes poetas. Las odas de Píndaro, el m^ór de 
todoís los poetas líricos griegos, serán eterno modelo para los cantores^de 
la patria y de los héroes; sa elevación es tal que ninguno de los iEáita* 
dores de Píndaro ha logrado igualarla. 

IJiíida á la poesiaiUrica ál principio la dramática, tuvo también sas 
cultivadores^ y apenas se adivinóos nueva faz, la más completa de la 
poe8Íai,^&ndb sela ve en toda ¿u imponente grandeza. La tragedia, el 
drama satlyríeo y la comedia son las tres ramas en que el instinto ori- 
ginal de ]ps; griegos dividió este género. Deade Tespis y Susarion hasta 
Sófocles y Aristófanes hay una distancia inmensa y sin embargo sos pe* 
eos los ;añosqiie los separaa para explicar el inmeaso adelanto de sn^- 
te. Esquilo coa su imípoDonte terror religioso, sujeto siempre álá'idea^ 
inteiciUe del Destino, imprimió á sus tragedias un sellode grandeza que 
traspasa Jos limiten dé lo humano; por eso sus héroes tienen al^ de jobi^ 
natural, á lo ¡que no contribuye poco lel' tobo eicesivaínente lírico que loa 
acompátia. El ditirambo cantado en faobor de Bacó por el coro popa- 
lar «ra el fandamenlode la tragedia y por eso el coro tenia en Esquilo 
tal'importaotía, que aunquo sea opuesto al baen: gustos es un verdadero 
pecsonage y toma aparte ea 1« adcios ísdMtndi^ei) ai|mi tanto A la verofsi- 



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^. 7 - 
miUtod dramática. Sifodtf , tMh iotródiiockm de irn tercer persoDage, 
colocando á sus héroes od la región del «duq do y dando al coro si^ verda- 
dero papel, el de representar la conciencia] del espectador, ó el de ser el 
amigo y el consejero del héroe, bacieodo qoe sea moras dura la ley del 
Destino, dando entrada á las pasiones y flaquezas humanas, penewCio-* 
Bando la forma, mas dramática qoe en Esqmlo, respira toda la gnu-* 
deza posible y por eso se considera á este escritor como el modele más 
acabado de su género: pwodebiadaran paso más; todavía sera preaso 
qoe la tragedia tuvi^a btró carácter y Eurípides se lo imprime, sepai ^n^ 
dose ^1 recaudo de su origen y atendiendo sólo á la baturaleía humana 
para encontrar en eHa los inóinles de sib recurso^ dramélibos: pierde el 
coro de tal modo sa impartapcía qne úo esáás qoe una agregación he^ 
terogénea, un mero lujo teatral; kideadelt^^ qoe era á no poderlt 
negar poderosa fuente^ pamdei^eplarlofl sentimieotos de.lá tp^g^üa, q 
terror y k eompasioo, de tal modo se debilita qoe mío como siipple ca- 
soalMad puede oonaiderarse eaéMe poeta» arrancando de so manera de 
pintar los héroes, k nota de impiedad <m]|i qoe fiíe le ftñra: k tragedia eo 
soar tres esmtores atenienses coyas Robras se conservan, Ue&ia te tres 
époem de vida de on pueblo; el terror reUgfosé de Bsqoilo, representa k 
infancia sombría; la grandeza heroica de Sófocles, lajotentudenérgicay 
lleiia de devada$a9Írac¡ofie6;.k fórma^humaiMtde Boilpides» él co- 
mento de m^orez y reflexieo propia de k época'de completa vida qoe 
indica casi áempre la derádeocn en kx» poebies comeen los individuos. 

La tragedk griega, mal considerada en algonas épocas de la histom 
literaria es la base det teatro moderno y si en los grandes genibs de ks 
literato»^ nuiáehias ha infl(£do poderosamente, puede asejgorarsé qoe 
con so estadio se desecharían de k escena y basta d^ gusto público, 
tantas ab^raotones y monstruosidades mótales, seeurÉos y complioacío-* 
nesromaoettcas^eomokbafliiivadMky qoe m pertenecen á la histo- 
ria ni se aoomiidaii á k natoraleáa que siettipre debe imitar ^ poeta: 

TamíUeii kioaÍMSaiBnQkk en «o^ origen á ks eerenioni» i^giosás» 
lovoeDestaépocarsaflaGittiénla^yi^tMé^iinei ^ poeta arísMcfata, tk 
enemigó deiasinnot^dNes, el satírféo'por exdelencia, es el misvgentiine^ 
r^tresenlnité de' í^; ¿a •comedien llamada antigua de los griegos es 
siempre aatfricft; fii=peipáoika á Ids^iiombrés^ mas elevados del !Ei»tádo ,iij^ 
i ks más sSnos flésofos li i 1# más degartes poMas; Gteon; Sócrates, 



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— S r- 

Bcripides raí ei^eioaraio déi poeblo aléiMose qóe ks mira eo IftdioeDa 
con stt propio semblante, cóo sa misma vesüdora y con sa mismo nom^ 
bre. Sus grandes hecho^ mirados siempre por el lado ridiculo, sus grandes 
teorías juzgadas por la risa, sos arraoques de imagioacioo y de genio por 
la buria, 890 los asunlos que el pueblo aplaude y con ios que ríe y la opi* 
moD se prepara, y con los que acaso se decreta la muerte del ciudadano 
más bomrado de Atenas, la joya mas preciosa de la denda antigua. Es- 
ta liberladqae solo puede compararse en nuestros dias con la prensa libro 
de algún país, excedia la toleranda basta de la democracia, y la ley tu- 
vo que cortar d abuso con paliatiYos primero, coo terminantes prohibido^ 
nes después. Pero aunque el fondo de la comedia de Aristáfones se preste 
i tristes reflexiones, cuanta bellexa literaria, (coánta fuerzadeinv<endonI 
qué verdad en sus detalles! ¡qué grada en la expriesionl qué perfección 
en el diálogo! qu6 atidsmol Ha didio bien Had Dacier; no se puede co- 
nocer d poeblo gri^i m estudiar á Aristófanes, y podría añadirse que 
ti los recursos de la kngoa, da meditar las dieras deeste escritor. ¿Qué 
mas sitira necesitaba d pueblo griego, que sa comedk?Por eso no es de 
eilraiar que no inventara este género coya gloria queda para d poeblo 
romano, que lo invenl6^ y lo perfacdonó como una de las mas bellas 
creadooes de si» espirito. 

£1 drama satyrico, queseguia á la representación de la trilogía one 
so origen también alas fiestas díonidacas; tenia so parte seria y la que 
se podría llamar bofo, y toaoíaba canto la tragedia sos asuntos déla epo- 
peya; el coro de sátyros, indispenaable acompañamiento, le dio nom-- 
bre y sa naturaleza mista se despnmde daraiaéntede los perao- 
aagesque tomaban parte en él; los Dioses y léroe^ de la tragedia con sus 
f^QStnmbrea y su leoguagie a bien algo itbqado por la ex^jenda de la 
acción, un¡¿)s á otros persomyessobdlenw como ddopes, oenAamros, 
y d coro desátyros» roTelan perfectamente so doble tendencia, d deseo 
de i|QÍr lo grave á lo joooso, la risa al Harto, y qite no proviene OKnQ 
quiere T. Hugo de la doble naloralexa homana expKoada por el Gristia- 
msm. Bíde las ftbohs com(dc}as4a Sduakcqpeare» dno qoe nació de 
los poemas de Homero, dd deaeode entretener y hab^ la masa del 
poeblo q^ adstia á las represeiitadoneB , imijanda la oatordeaa 
«Hsmaqoe o(rece por do qaiera estes oortüastes. Bl drama s^tirioQ ó la 
tragedia ie Immkmor coaiola Uamf oa «editor aaliigoo» que 4 eaoep*. 



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— 9 — 
cioo del Ckhpe de Eurípides se ha perdklo per eorapleto, era ud término 
litedio entre la tragedia yk liceocia de la comedia, y preciso es decirlo, en 
el di»co dediverlir al populacho, iba alguna vez más allá de lo que la 
decencia permile, sin embargo de que Horacio ba dicho, ineakmi gra^ 
tüakjomm tmtamt. El citado drama de Eurípides, el Cíclope, es una 
buena pin^eba de esta verdad: la licenda de algunas de su^ escenas es 
basta repugnante á nuestras coatumbres, y forma un contraste nalaUe 
con el tono elevado de algunas otras en que Ulises aparece á la aitura de 
SQ propia grandeza. Conoo moaumento, áuico de esta dase de composi- 
ciones lilererias^ es de un precio incalculable en la bistortáde las letras. 

Si el pueblo griego ofrece modelos eternos por su belleza en lascom-» 
posiciones poéticas, si lo mismo en la lírica que en la épica, y si tanto en. 
la dramática como en la didáctica llegó á conseguir tales resultados^ 
otro taaio se ha de ver en la historia» en la filosofia y en la oratoria. 

Cinco siglos de existencia y de gloria lUeraría le habían bastado 
para alcanzar la conquista de ia poesía en sus más variadas tenden* 
das; la poesía épica con Homero, la didáctica con Hesiodo , la lírico 
con den ilustres cantores, y la dramática con los más distinguidos va- 
tes, habían llegado á su más alto brillo, coando apareció el lenguage de 
la prosa que siempre y en todas las literaturas es más tardío en su 
apari ion, porque es más diGcil y porque[en la Greda, pais artista por ex« 
oelenda, tenia una razón poderosa para aparecer más tarde: allí don- 
de el poeta habia tenido la sagrada y poética eulonacion del profeta, allí 
donde el oráculo hablaba un verso y donde el legislador y el Glósofo sa- 
crificaron la gravedad de sus preceptos á la forma artística, no es extraño 
que la prosa apareciera más tarde y que este hecho designara uopaso de 
gigante en el camino de la ilustración. 

La poesia en tal pueblo y en tales circunstandas, podía satisfacer 
todas las necesidades, pero no era posible sio embargo que dejara de in- 
tentarse esa manifestación sabia del pensamiento: si se realiza mas lar- 
de es porque las lenguas tienen como parte más delicada en su organis- 
mo y más usada en la prosa que en el verso, las partículas, indispen- 
sable conjunto que expresa las relaciones é imprime las más veces deter- 
minado rarácter á un idioma. 

El pueblo griego tiene en su hisloria la explicadoodii esta nueva tenden- 
cia literaria. £1 marcado antagonismo que desdo sus primeros dias se ma* 



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- 10 - 
niSesla con los pueblos del Oriente, y el tríiinfode la liberlad sobre el áts^ 
polisnio que babia inspirado al primero de los poetas, dio lugar á victo- 
rias frecuentes y prodigiosas que despertaron el deseo de consignar aun- 
que con excesiva credulidad y exagerado palriotisnio en íuiperecederas 
formas, esas proezas que babian acompañado al asiento de los Heleoos 
en el pais que conquistaron. Las logografias, primera forma de la histo- 
ria, es la primera muestra de la presa; acoque no podamos conoeeria á 
fondo, puede sin embargo servir para marcar el tránsito del uno al otro 
lenguage. Pero bien pronto la historia (legó al esplendor d^o y propio 
del pueblo artista que contaba á tan insignes vates entre sus grandes 
hombres, y Herodoto el verdadero padre de la hbloria, hizo una obra 
tan grande que llegó á realizar el plan ideado por Homero en sus so«* 
blimes cantos: la misma idea alienta á estos escritores, y el mismo fin so 
proponen; levantar el ongen y la superioridad del pueblo griego sobre e| 
asiático. 

La historia debía llegar á la misma altnra que los demás géneros 
ciltivados; debia alcanzar todos los tonos que babian alcanzado los 
géneros poéticos. Tucidides el primer historiador después de Herodoto, 
vinculó el dialecto ático para la historia y dio una dirección enteramente 
opuesta á su plan. Si la historia antes habia cantado grandezas, ahora 
cuenta sucesos que destrozan el alma del patricio y despiertan honda pena 
en el filósofo. El carácter grave y severo de Tucidides, los acontecimientos 
desgraciados que cuenta, son las guerras de dos pueblos hennaoos, le 
hacen pensaren las causas de tanta desventura, pretendieado dejar una 
provechosa enseñanza al marcar el origen y el por qué de aquella lucha 
tenaz; Tucidides es el padre de la historia filosófica, es dech* razonada 
profunda, severa, meditadora. Su gravedad reflejada en la concisión de 
su estilo, y su sistema razonador serán siempre imitados por los escrito- 
res posteriores y en la literatura latina sobre todo, hemos de verie como 
modelo seguido por los dos más sabios historiadores, Salustio y Tácito. 

Jenofonte, ei filósofo que guardó los tesoros de la ciencia de su ma- 
estro Sócrates, el político profundo, el distinguido capitán que realizó y 
contó uno de los más distinguidos acontecimientos militares de la histo- 
ria griega, es el último gran historiador de este periodo y quieg le im- 
primió un carácter distinto del que habia recibido de los anteriores es • 
crítores: como continuador de Tncrdidetdió i la historia toda la belleza 



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- 11 - 

de la fonua y discípulo siempre de Sócrates dejó eolrevcr ea lodos sus 
escritos, las ideas religiosas, los príncipios de justicia y de moral apren 
didoscn la escuela de su maestro; las ideas de la Glosofia socrálica Iras- 
cieodeo á la historia lo mbmo que á la oratoria y á la poesia, ayudando 
DO poco á la i>erfecc¡oa de so cultivo. 

La oratoria brilló también en esta época y aunque originaria de la 
Sicilia donde se ensenó antes como arte, tuvo su teatro más importante 
en Atenas: la participación de todos los ciudadanos en los destinos de la 
patria, el deber de tomar parte todos en las discusiones de los asuntos 
páUicos» contribuyeron á que esta manifestación del arte, h más bella, 
la que mejor expresa el ideal, olvidara del lodo su origen y su tras- 
plantación de otro pais, donde eran incompletas las condiciones de 
vida. El arte de la oratoria es álico puro como todas las demás partes 
cultivadas entre bs griegos, y su originalidad supo borrar todas las 
huellas de imitación; ligado el poeblo griego con e¡ egipcio y aun con 
el fenicio en sus primeros dias por su sistema religioso, por su mitolo- 
gía y so lengua, forma el contraste más completo con su literatura, 
desapareciendo toda señal de imitación. Ateniense por su fin y por 
sa tendencia la oratoria, tuvo desde la época misma de Solón, causas 
que le obligaran á un completo y rápido desarrolb. Las instituciones 
republicanas ofrecen más que ningún otro gobierno ancho campo don- 
de brillar. Es verdad que dtesde los tiempos de Homero y hasta en sus 
mismos poemas se manifiesta el espíritu oratorio y las tendencias de 
ese pueblo que tuvo genios para todo, porque fué siempre apasionado 
amante de lo bello. Tres grandes oradores, Isócr^les, Esquines y De- 
móstenes, fueron los que elevaron el arle de la palabra á la altura de- 
bida, en relación con los demás géneros cultivados. Unidos los tres á 
la política y ambicionando regir los destinos de su patria, defendie- 
ron con extraordinario esfuerzo la idea que creiao mas provechosa y más 
salvadora, blandiendo como armas únicas, las de la imaginación, del 
sentimiento y de la pasión por medio de la palabra viva, que es el eco 
del mundo del pensamiento. Colocada la oratoria más alia que la poesia 
porque mediu entre ellas la diferencia que hay entre la ficción y la rea- 
h'dad, se viste con el magnífico trage de los grandes pensamientos que 
tienen por base el amor de lo bueno, de lo verdadero y de lo bello, y 
por fin el sacrificio al deber y á las pasiones generosas. 



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— 12 - 

Niognoo más grande, dadas estas consideraciones y prescindiendo de 
nombrar otros insignes oradores comprendidos en el Canon, que Demos- 
tenes, ei primero de lus oradores dei mundo, el ídolo de las naciones li- 
bres, el que como escritor ba realizado mejor su difícil arte en medio 
del mundo del pensamiento y de los sentidos, y sin recurrir nunca á la 
ficción que alimenta las creaciones del poeta. Artista, filósofo y patricio, 
Uemóstenes se presenta á la consideración del literato como el lipo del 
arte griego en esta diGcilisima manifeslacion. Antes que él cuenta la 
literatura griega, crecido número de oradores; su muerte unida á la de 
la libertad de la Grecia ahoga el grito independiente del hombre que unió 
á su esfuerzo el poderoso valor de la filosofía, de la religión y del arte 
para hacer mejores á los hombres y para trasformar la sociedad según 
la imagen del ideal de la ciencia. 

Atenas, centro de las arles y de lai ciencias, debia llegar en este 
periodo de grandeza á cultivar también Ja filosofía procurando darse 
cuenta de esos problemas que tanto han atormentado á los sabios, inda- 
gando el origen de Dios, del mundo y del hombre, y procurando expli- 
car la fuente y móvil de las acciones bumamas. Unida en sus primeras 
explicaciones la filosofía á la poesía, formuló en sentencias breves y en. 
verso sus observaciones prácticas sobie la vida con los siete sabios; pero 
bien pronto se sucedieron sistemas completos» teorías más sabias que hi- 
cieron aparecer la ciencia de las ciencias, demostrando la unidad de los 
conocimientos humanos y revistiendo la filosofía de forma científica, que 
cs.unodelos títulos de gloria más grandes déla cultura ateniense. Buscan- 
do la explicación de las más difíciles cuestiones, y preferentemente la del 
origen del mundo, la encontró la escuela Jónica (Thales de Milelo) en la 
direaion de la reflexiona una materia primitiva; en la forma de la con- 
templación la escuela itálica (Pilágoras); en la comparación de la expe- 
riencia y la razón la escuela eleática, (Jeoófanes y Parménides); y en la 
unión de una y otra la escuela atomística (Emp¿docle:$), llegando á pro- 
ducid tal diversidad de explicaciones la sofística qu3 amenazaba con la 
destrucción de toda convicción moral y religiosa. 
^jJjOS sofistas, nombre que hoy es casi injurioso, fueron más retóri- 
cos que filósofos; acudieron á Atenas en la época de Pericles,* y como 
los demagogos de la revolución francesa, buscaron el triunfo de su am- 
b¡cion*y su vanidad, único móvil de sus acciones, sin desear ni corrc- 



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^ 43 - 

gir las coslambrcs, oí coseSar» ni reformar las iosUludooes políticas. 
Abusando de la invención de Zenon, la dialéctica, y aficionados ¿ las 
CQCsiionei niclafísicas, hicieron un bien á la Filosofia y á las letras; 
parificar y fijar el lengaage, y despertar la afición de las altas clases 
bácia el estudio, como único medio de conlrarestar el mal que causa • 
ban desatando los vínculos de la moral y de la religión y sosteniendo 
ei estado Inmulluoso y de desorden con que medraban. Pero este mis- 
mo desorden, hizo nacer al más grande de todos los filósofos de la an- 
tigüedad, al restaurador de la civilización griega, al hombre que murió 
por la verdad y cuya mayor gloria es no tener con quien compararse 
ni en la historia antigua ni en la moderna. Sócrates, el precusor de Je- 
sucristo como le llama Ncander, mató á los sofistas demostrando so ig- 
norancia y dio á la filosofia una tendencia práctica qne se siente en to- 
das las evoluciones posteriores de la ciencia. Basta recordar algunos 
puntos de su doctrina para poder apreciar su influencia, y su carácter 
moral y religioso: demostraba que el más digno empleo de la razón es 
conocer el bien que el hombre está obligado á practicar, y que solo se 
puede llegar á él por el conocimiento de si mismo y el dominio del al- 
ma; la sabiduri;) comprende todas las virtudes, y la virtud misma es 
unaticncia: los deberes del hombre para consigo mismo son la tem- 
planza y el valor, y para con los demás la justicia que es el cumplimien- 
^ü de las leyes divinas y humanas; la virtud es la verdadera felicidad 
y á ella va unida la perfección moral. Dios es el supremo autor de las 
Icyi^s; el orden y armenia de la naturaleza atestiguan su existencia; co- 
n)0 ser racional invisible se revela por sus efectos; la piedad es un ho- 
uienage que se le hace practicando el bien: reconocía la providencia y 
ios atributos de Dios, á quien el alma, ser también divino y por tanto in- 
mortal, se acerca por la razón y por su invisible fuerza. Tales doctrinas 
DO podían menos de influir con irresistible fuerza en la dencia y causar 
una profunda modificación en la marcha de los esludios: los sofistas que 
preleodiao saberlo todo, habían perdido su importancia con la vozelo- 
coente del más modesto de todos los sabios, de aquel que habia dicho 
de su ciencia: asoló sé que nada sé.r^ 

Jenofonte conservando en sus preciosos tratados la doctrina de Sócra- 
tes, y Platón deduciendo de sos principios hasta las últimas consecuen- 
cias, son aeree lores á la gratitud de la humanidad entera, y á ellos se 



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- 11 - 

debe que la poesía, la historia y el arte todo, respiraran las grandes ideas 
del ilustre maestro. Por esto le hemos llamado el restaurador de la civi- 
lización griega. 

Derrotados los sofistas con la nueva filosofia ensenada por Sócrates, 
no es extraño que aparecieran entre sos discípulos diversas escuelas 
emanadas de la doctrina socrática y que llegaran á dar por resultado 
la aparición de la ciencia en toda so plenitud. 

]La ds Cyrene fundada por Aristipo, pretendiendo explicar en qué 
consiste la felicidad dio lugar á estas acertadas palabras de Horacio; M%- 
hinSynonmertbussubnntfere conaTj que sin llegar al vacare dolare con 
que Cicerón ha caracterizado la filosofia de Epicuro, demuestran inen 
5U proxiniídrd y que en la emoción agradable era donde encontraba esta 
escuela la dicha. ' 

La de Me gara, fundada después de la aparición de Sócrates, siguien- 
do los principios déla dialéctica eleática, llegó á la sutileza en todas las 
cuestiones; resolvió la del supremo bien diciendo que es el que siempre 
es igual y la misma tosa, quod similesüet idemsemper: el eclecticismo 
tuvo su precursor en Mcnedemo filósofo de esta escuela, así como el es- 
cepiicisíiio que arrancado aquí; pues que no sin razón recibiéronlos 
discípulos de Suclides el nombre de disputadores. 

La escuela cínica arranca también de la doctrina de Sócrates por 
n^as que como las anteriores haya exagerado sus fundamentos, ó hecho 
una aplicación funesta, que si se siente en el fundador Anlíslenes, lle- 
ga á una exageración indigna con Diógenes. El principio fundamental 
de esta escuela parece ser, el vivir conforme á las leyes de la naturaleza. 

PlaloTí conservando y amplificando en sus diálogos la doctrina de 
Sócrates, di6 á la filosofía unidad en su teoría de las ideas gene- 
rales y estableció una perfecta unión entre la virtud, la verdad y 
la belleza. Su genio poético, el único capaz de sostener la tragedia 
que decaía en su tiempo, es la causa de la oscuridad de sus escritos 
que proviene ordinariamente del exceso de imaginación, y que dá á 
la leoría capital de su sistema un carácter demasiado místico, y á la 
expresión una forma excesivamente poética. 

Juzgado Platón sólo conio escritor, único carácter en que nos lo- 
ca examinarle, nada más bello que sus diálogos, siempre anima- 
dos, siempre llenos de interés y de verdad: sus personages no son 



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- IB - 

simples medios salameftle para sesleDer la dúcoáoo, soo caraolóres 
acabados, de maoo maestra; y laoto qae ni Cicerón oi olro algu- 
no de los escritores de la aatigüedad ba podido llegar hasta don- 
de llegó Platoo ; si o^o filósofo se acerca al mis insigne de 
todo^, á Arislóleles, como escritor es el modelo acabado de alici»*- 
mo y acaso ea quien la prosa griega muestra toda so perfeodon y 
toda la pureza de la lengaa. 

Ni el eiámen de so complicado sistema de filosofía nos corres- 
ponde bacer en este rápido bosquejo, ni nos loca señalar las ven- 
tajas é inconvenientes de sos teorías; es bastante para nneslro ob- 
jeto el seialar su importancia como escritor y como filósofo. Por 
esto tampoco nadie extrañará, que no bagamos mención especial de 
los cultivadores de otras ciencias que como la Geografía, la Medici- 
na, y las Matemáticas, tienen en la época de Feríeles, en el flore. 
dmienlo de Atenas, cultivadores ilnslres que las hacen elevarse 
á una altura y consideración importante. De todo esto, así como 
del desarrollo de las bellas artes hemos de hablar cuando estudie- 
mos las imitaciones del arle latino: conste ahora solameíite la idea 
que nos proponíamos fijar, la de que el genio griego recorre con 
admirable fadh'dad y resultado, les difíciles caminos de las ciencias 
y de tas artos todas; que durante esa época maravillosa de la gran- 
deza de Atenas, desde que adquiere la cooslilocion de una repúbli- 
ca libre merced á la legislación de Solón, y mientras dura ese es- 
tado de independencia hasta Alejandro, abarca todo lo que cons- 
tituye la bríllante cultura del pueblo mejor dotado, y al cual ni 
llegaron las grandes conquistas de la razón y de la fantasía en tiempo 
de Augosto, ni oiás tarde en la Edad media las de la Italia, ni en 
fin los brillantes momentos que las modernas nacionalklades han 
tenido como consagrados á la ciencia y al arte. 



Consecuencia sin embargo la cultura intelectual de la vida políti- 
ca y social, 6á lo menos intimamente relacionadas, Atenas pier- 
de su prodigiosa grandeza desde que en la batalla de Queronea 
pierde su independencia y su manera de ser. Alejandro llamado 



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- Í6 - 
grande y coo razón, tanlo por sos conqnislas como por las prodi- 
giosas consecuencias qne tragaron al mando, hizo de la Grecia una par- 
te de ia monarquía macedónica, y cuando después de su muerte se 
formaron di%'ersas monarquías de su inmensa herencia, la literatura grie- 
ga se trasplantó de nuevo, pero á un paisqoc no ofrecía áesa ri- 
ca planta las necesarias condiciones para guardar sus perfumes y 
su brillo: un acontecimiento político había llevado á Atenas el espí- 
ritu original y siempre patriótico y artista de la Grecia, y la Jo- 
nía, cuna del arle griego, había perdido toda su fuerza creadora: 
lodo justificaba esta traslación y todo bacía creer que el nuevo tea-* 
1ro levantado á las ciencias y á las artes, había de contribuir á su 
adelanto: no sucede lo mismo en la época da los sucesores de Ale- 
jandro: depositaría la capital del Egipto del comercio, favorecedora 
de la ioduslría, gobernada la monarquía por espacio de muchos anos 
por principes celosos, y pi^olectorcs de las letras, es el centro litera- 
rio, como antes habla sido Atenas; pero cuan inmensa distanciase* 
para á un centro del otro: es verdad que la creación de la famosa 
biblioteca de Alejandría, la más notable de la antigüedad^ y la del 
Museo, atrajo á los sabios, y que nunca so premió más ni se am- 
bicionó tampoco este título como en aquella época, perp la litera- 
tura griega en otro clima, bajo otro cíelo distinto cambió de tenden- 
cia y de objeto; falta de inspiración buscó en las reglas y en la eru~ 
dicion la originalidad que había perdido y que no podía encontrar por- 
que era sonada ya la hora de decadencia y nada hay que pueda contener 
las consecuencias de los cambios que la naturaleza señala lo mismo á 
los seres que á las instituciones: así es, que Alejandría tuvo sabios pe- 
ro no hombres de genio; supo apreciar y conservar lo que la época an- 
terior había producido Atenas, pero no pudo aumentar tan rica heren- 
cia. La Europa es sin embargo deudora en cantidad inmensa á los eru- 
ditos de Alejandría: á ellos les debe casi lodo lo que conserva de las 
creaciones de la Grecia; inventando el arte de la critica, patrímpníodelos 
pueblos modernos, depuraron el lenguage y ajustaron á su verdadera 
forma las obras de sus ilustres genios; haciendo comentarios, ilustracio- 
nes 6 escolios sobre los escritores antiguos, aseguraron su inteli.^en- 
cía, nos dejaron noticia exacta de la historia, de la mitología, de la 
cronología y de las costumbres antiguas, porque todo lo pusieron á 



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- 17 - 

contribucioQ para baeer alarde de los erocKu» conocimienles que aprea*' 
diao eoire el polt o de lad bibliotecas: formando el Canon de los escri- 
tores que deÜan citarse como modelos del boen decir, aseguraron la 
lengua griega de posteriores adalleraeiones, se determinaron los dialec- 
tos y nacíé, en una palabra, la filología, cieacia hasta enloices des- 
eonorida, y qae dio á la gramática una extensión (|ue nunca babia te- 
nido. Alli se fijó el círculo de cooocimienlós neeesariod para dar el titu- 
lo de sabio, y alK nacieron las siete arles liberales, la gramática, re^ 
tórica, dialéctica, aríloTélica, geometría, asirononiia y música. 

Estos alardes de erudición, síntoma siempre de decadencia, llega- 
ron á ser tada dia más sensibles, y por un lado la lengua perdió sa 
pureza prímiliva predominando el dialecto macedónico en Alejandría, 
pero alterado con neologimos y mezclado con voces de índole diversa 
pro\infente8 en su mayor parte de lenguas poco afines á la grie- 
ga como el egipcio y fenicio, y por otro los géneros cultivados 
perdieron la originalidad del periodo anterior y sólo ofrecían mara- 
villas de erudición, difit^ltadcs de forma y oscuridad en la expresión. 
Licofron, Calimaco y Apolooio de Rodas son los que más pueden ser 
vir para formar idea de la trasfor ntacion que las letras griegas 
faabian experimentado. En frente de Alejandria|y como su rival, se le- 
vantó el imperio de Pérgamo que desde el segando de sns reyes Átalo 
protegió como los Plolomeos en Egipto, las letras y los literatos y 
fondo una biblioteca notable donde se reunieron las glorías del arle 
délos griegos. Menos fecunda que Alejandría, osla nueva patria de 
las dencias en bonibres de genio, sólo cultivó las prácticas, saliendo la 
gramólíca y la erudición favorecidas entre todas. Un becho.singu- 
lar y de iinportaof ia para nuestro estadio se realiza en esta épo- 
ca; el erudito Grates Mallolrs enviado á Roma como embajador de los 
reyes de Pérgamo introdujo la afición á la gramática hasia entonces 
desconocida entre los romanos, que á la manera que en Alejandría la 
filologia, la crítica y la gramática habían sido el estudio de los Aristó 
fines y Aristarcos, lo fueron en Pérg^tmo de hombres distinguidos que 
ayndaron á la conservación de las obras griegas. 

En el afán desconocido con qne se procura en Alejandría reunir. los 
tratos de la inteligencia hunnina, y debido acaso también á necesida- 
des imperiosas de su época, se vierten á la lengua griega, »g«iendo los 



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- 18 - 

Ptolomeos el eoftgejo de Demetrio Faioree, el úiiieo orddor de e^ tiem- 
po, el último de la Grecia y el modelo de la oraloría aaálica, loe libros 
del antiguo te^mealo, ooDtenido de una lileratora orígiaal por excelen 
cía, y de modelos acabados y nanea bien imitados per las lüeraiuras 
posteriores. El género Itrieo y el didáctico, considerados solasM^te bajo 
el punto de vista del arte, tieneii en los Salmos, los Prorerbios y el 
Bclesiastés, las más ricas manifestaciones, y ojala que se estndiaraa por 
nuestros literatos y nuestrc» jóvenes como medios de formar el gusto y 
como los modelos más dignos de imitar; llevan además la ventaja de la 
excelencia de la doctrina y de la verdad de la enseñanza. Ni podemos 
detenerOos en la historia y examen de esa traducción comunmente lla- 
mada de IcsSeíentá, ni (ampoco en noiar las difereticias que la crítiea 
observa en lasobrasdel genio hebreo despuesdela caulividaddel pueblo 
judio y cuando parece perder la antigua originalidad de su literatura. 
Modificadas sus ideas, olvidada su lengua ó á lo nieaos confundida con el 
arameo, sn religión se hizo filosófica, ylas ideas enseñadas por Ifoiscs 
srfire Dios y la Providencia se confundieron y desnaturalizaron con la 
admisión de los sistemas babilóninos y asirios; trasportados los judios de 
nuevo al Jordán entraron en relaciones con los griegos y no debe admi- 
rar que modificadas ya sus ideas, admitieran fácilmente las doctrinas 
de Platón: esta influencia se observa en algunos de los libros bfblicus es^ 
critos después de la cauli\idad, y como so consideración haya sido di- 
versa entre las Iglesias católica y protestante, y queden algunos en grie- 
go como fuentes primitivas por haberse perdido el original hebreo ó ha- 
berse escrito originariamente en griego, hay que anotar este hecho co- 
mo una délas más grandes conquistas de la literatura alejandrina. 

La Sicilia donde ni habia historia literaria ni nada nuevo hemos en 
centrado, tovo en este período la gloría de haber producido un hornt»^ 
original, que representa el genio griego mejor que lodos los eruditos 
de Alejandría. La patria de Timeo, el filósofo inmortalizado por Pla- 
tón y de Arquimedes el más sabio de todos los físicos de la antiglu^dad* 
aumenta su gloría literaria con un escritor insigne, coa Teócríto, ti aman- 
ee de la naturaleza, el poeta que con sencillos cantos se propuso inspirar 
ese mismo amor, el autor de algunos idilios, modelo eterno de las com- 
posiciones pastoriles á que tanta afición mostré nuestro inmortal Cervan- 
tes. Dificil es poder encontrar ni aun recordando la pretensión de Lowüi 



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- 19 - 
(it sa$ra peesi keln'wortm)^ rnodelo de Teócríte: la nattiraleza le ofre- 
ría loa cuadros qne son el asonlo de sos variados idilios y por eso eo* 
piáodok ofrece eo sos poemas landos cosas q«e admirar y tan pocas qne 
poeda «ensorar la criiica,si se exceplua la nnlaral á ana época de deca- 
dencia; sus pastares ni son lan amables ni tan iooeenles eom'> otros de 
posterior creación, pera son más verdaderos y la misma grada j fres* 
cnra encoenira el literato en su preciosa poema, Las StracuíOñas qne 
en sos Segadores y sus Pasíores: Bion y Mosco completan el cnadro de 
la poesía bnoi^lica de los griegos imitada en ana época poco á propósito 
para esia sencilla manifestación del arte por el más insigne poeta latino. 
Hemos visto morir la inspiración de ks escritores griegos desde el mo- 
mento en que se trasplanta á Alejandría el templo de la ciencia y que la 
poesia convertida en arte do complacencia y adulación de los palacios 
pierde su originalidad y so brillo en la corte de las Ptoiomees: en esa 
región extraña ha muerto el genio griego, pero aun lanza brillantes des- 
tellos en la tierra misma donde tantas grandezas babia producido: no 
es posible qne se extinga de repente el fruto de una literatura, ni tam- 
poco que se apague la existencia de una institución en un momento da- 
do. La Grecia propiaosente dicha perdió con la libertad las brillantes con- 
diciones que tenia para el cultivo del arte, y la decadencia se pres otó 
desde entonces, pero caminando lenta y gradualmente á la destrucción. 
La poesía cómica que en la pairiade los Ptolomeos babia tenido cultiva- 
dores, cuyo nombre rolanienta apunta la historia, ofrece en esta épo- 
ca en Atenas un carácter distinto del que anteriormente le hemos se- 
ñalado y del que podencos con razón dmvar el carácter del teatro mo- 
derno; aquella liuertad de la comedia política de Aristófanes, exigió de 
ki ley una innovación y tomó como asunto de sus sátiras, las obras de 
los escritores y de los filósofos: eu esta época dindda una nueva teoden 
cía, su sátira no se personalizó, no se fijó en asuntos de limitado eanipo, 
siró que tomó por base para sos cuadros las pasiones de los hombres y 
lorídículode los carrctéres, eo cuanto las costumbres antiguas lo permi- 
tí») al poeta. Dífilo, Pileinon, y sobre todos Menandro, echaron ios ci- 
mientos del nnevo teatro cómico, de más importancia por sos enseñanzas 
y por la absoluta generalidad de la tendencia que la comedia antigua que 
sólo vivk de los acootecimicntosdel momento juzgándolos con determina- 
do criterio y sin examinar su bondad. Una de las pérdidas más sensibles 



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- 80 - 
de las iiteraluras clásica^ es m díspota la de las obra» del iosigae Me- 
naodro, el poeU unanimemeote elogiado por los escritores aoliguos y al 
que solo cooocenios por las peregrinas imitaciooes de los poetas hUoos 
Plaulo y Ttfreocio. 

La historia y la filosofía» qoe en tao brillanto estado hemos visto en el 
periodo anteríor^tuvieroo también entre los e^toresde Atenasdosgenios 
privilegiados qoe les hicieron dar pasos de verdadero adelanto. PoIyUo 
y Aristoteles pertenecen á este tiempo; el primero como autor de una 
Hisioria general, se adelantó á la idea que los escritores modernos han 
formado de la historia y del ^modo de escribirla: nada más sabio, nada 
más profundo, filosófico y meditado entre los escritores de historia de 
la antigüedad que la obra de Polybio: ninguna de las anteriores se le 
parece, y nioguna tampoco puede servir mejor para formar al historia- 
dor, y al hombre de Estado: con razón Juan de Muller le ha señalado 
como distintivo de su carácter la razón y la verdad. Lástima que no se 
conserve su obra completa y lástima también qoe no hubiera vivido en 
la épjca brillante de la lengua griega; la crítica entonces nada tendría 
que echarle en cara. 

£1 segundo de los grandes escritores en prosa de esta época es Aris- 
tóteles, el grao filósofo que hasta nuestros dias ha sido gefe de uno de 
los partidos en que se ha dividido la ciencia, el más sabio de lodos los 
griegos y el que dio extensión y carácter científico determinado á las ra- 
mas de la filosofía; es el autor del primer sistema de Lógica, y tnn per- 
fecto que n)uy poco ha podido añadir ni quitar la ciencia moderna á 
la doctrina comprendida en el Organon; invenfó la teoría do los silo- 
gismos que mató el sofisma, tormento siempre del filósofo; dio forma 
científica á la Psicología, á la Retórica y á la Poética; escribió el primer 
tri<tado de una ciencia nueva malamente llamada Metafísica; es el padre 
de la Hisioria natural y en fin la Física, la Moral y la Política le deben 
como casi todas las ciencias, un no pequeño impulso; el maestro de 
Alejandro al fundar su sistema de filosofía sobre la razón y la expe- 
riencia, nada sacrificó á la imaginación: á Aristóteles más que á ningún 
otro debe la Europa moderna el conocimiento de la ciencia de la antigüe- 
dad, porque introducidas sus obras por los árabes en España, se extendieron 
después á todos los pueblos modernos; á el se debe el lenguage filosófico 
y mientras la ciencia se cultive, su nombre se pronunciará con respe-* 



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-. íl - 

to y adoraerán; dolado de *uo profundo (idenlo de distÍDcioD y análisis, 
y de ios más grandes conocimientos debidos al estudio y á la propia 
observación, extendió como ya se ba indicado, de una manera inmensa 
el campo de la filosofía, y desechó la teoría de Platón aeerca de las 
ideas generales pretendiendo que todo conocinoienlo es producto de la 
experiencia, que el mundo es eterno y no obra de una Providencia, y 
que la fibsofia, nacida del puro deseo de saber, es la ciencia queco- 
noca según los prindpios. La severa razón de Aristóteles le hace diri- 
girse siempre á la inteligencia ^n sacrificar nada á la poesía, como 
habia becho sa maestro Platón. 

No es posible seguir en este bre\e resumen todas las ideas del 
Estagirita, ni tampoco juzgar so filosofía ; sdaniente como escritor 
importa conocerlo y en este sentido bien puede decirse que sino al- 
canza la periéccion de Platón en sus diálogos, ni puede presentarse 
como un modelo de aticismo, es porque. la severidad cientifica de 
sus tratados, la aridez fria de sos formas, lo descamado de su estilo, 
sin imágenes ni galas poéticas y basta el leoguage especial que 
emplea , contribuyen á darle un colorido propio que le coloca 
en un paulo bien excepcional en cuanto á la parle externa de sus 
escritos. Considerado como talento, quizá sin exageración pueda de - 
cirse que Arístólel s es el primero de la Grecia; desde luego abarcó la 
ciencia en una extensión y variedad desconocida, y que nadie antes que 
Ü haUa alcanzado. 

VI. 

Desde la toma deCorinlo por los romanos, [116 anlesde J. C] basta 
Conslantmo el Grande (306 después), la literatura griega muestra una 
tendencia diversa y un carácter opuesto enteramente á las manifesta- 
cienes anteriores; esta época llamada con razón greco-romana, carece 
de originalidad y basta de frutos interesantes; la Grecia pierde no so- 
lamente su independencia sino que pierde hasta su oonibre ; no es 
masque una provincia romana con el nombre de Acaya; Roma es el 
centro donde se reúne todo , las riquezas, los artistas, y los sabios; 
alli acuden los griegos buscando, resultados positivos que no pueden 
encontrar dentro de Atenas, pero la ciencia griega lo mismo que la 



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- íí - 

literaUíra son eoosideradas eoino perniciosas para la república, y los 
hombres roáa ilustres hacen esfuerzos para echar de Roma los maes- 
tros griegos que pervierlea las costumbres seacillas de los romanos 
y ensenan á la juventud ideas que se oponen á la severidad de prín-* 
dpios grabada en la oónstUucion vigorosa del paeb lo conquistador. 

Tal GOtífideracion debe poderosamente influir en la suerte de las 
letras ; ni Aleoaa ni Alqandría pueden servir de asiento á los sabios, 
y Roma presenta tal oposición que son precisos no solanrcnte anos sino 
el < ambio de la siluaeioo política , la ciiida de la república , para que 
la ciencia griega tenga la protección que mcrcria M pueblo romano, 
que con ella recibió la ilustración qué más larde ensenó al mundo lo- 
do , cumpliendo así el más importable de sus destinos : el encontrarse 
la lengua griega en frente de otra lengua, asi como su literatura 
enfrente de otraülAralura , la libertad de ¡deas que la filosofía ense- 
ñaba, pudo contribuir no poco á la decadencia , si bien es cierto que 
"egado el momento señalado por la Providencia era imposible de- 
tener su destrucción ; esta época por otra parle , corresponde á la 
más bella de la lengua y de la literatura latina, pero los ingenios ro- 
manos de primer óiden así como los emperadores desde Augusto, dis- 
pensaron toda la consideración que merecían, á las letras griegas, sien- 
do no solo enseñadas entre los romanos , sino protegidos sus cultiva- 
dores , conservadas en bibliotecas sus obras , imitadas siempre, y con- 
sideradas como la fuente en donde la literatura latina debia^encontrar 
los n)ás preciados modelos : todo pues indica influencias y consideracio- 
nes a posUriori , pero la literatura griega yace casi muerta y sus 
frutos carecen de la originalidad que caracteriza las obras anteriores; 
dentro dé Roma que es donde principalmente se cultiva, la lengua 
griega debia tener un brillo artificial y una perfección que sólo como 
relativa se puede encarecer. 

La poesía en este largo periodo está limitada á ligeras obras que solo las 
sostiene la moda que obliga á los romanos á preferir la lengua griega 
á la latina , y por eso los esfuerzos de los amantes de las obras clási- 
cas sólo han podido reunir como trabajos poéticos de esta época algu- 
nas colecciones de epigi^mas verdaderas, inscripciones que con objelos 
diversos fueron fruto de los poetas de este tiempo : la poesía didáctica 



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- *i - 
que iiene ea DkNi»io PeriegéneU y en Ofpmo ms coki? adores, aboque 
Iraíga una nueva fas á la IHeralura , no ofreee una obra digna de ser 
comparada con los anteriores mooomealos de la époea álka. 

Más afortonada la prosa en este tiempo, tavo eo la historiat en la ñ- 
losofia^en la gramática y casi en todas las ciencias, caUivadores nota- 
bles que conservaron vivo el foegoqne eo Atenas y Al^aodría babia 
enccodido el genio d^ los griegos: Dionisio de Halicamaso, con su Mi$-- 
tmasniig^a romana Ifenade detalles coriosof, Díodoro, too su Mlkh 
k$a histórica en que compila con bura juicio y eiaclilud todas las obras 
bislóríeas de la aotígOedad; Flavio Josefo, que con sos Antigikdades 
judáieaiy la hutoria de la guerra de Jwha enla loma de Jerustüem oom* 
pleta la del pueblo jodio eo los tiempos antiguos con grao riqueza de 
datos ; el popular Plutarco, con sos variadas obras bísióricas y filosó- 
ficas pero principalmente con sus Vidas paraleku , en qoe dejó modelos 
eternos de retratos, Dion Casio, con su Historia romana, Diógenes 
Laercio , con su Historia de la Filosofía, y otros mucbos de menos 
importancia , pueden servir para formar una idea aproximada del gran 
cultivo que la bisloria tuvo eo esta época de la Uteralura griega. 

La oratoria, que ya en la época anterior hahia llegado en forzosa deca- 
dencia á no contar entre los escritores alejandrinos masque ua orador dig- 
no de recuerdo, sigue esta misma marcha, y sin verdaderos teatros don- 
de cultivarse, sin genios que puedan sostener ei brillo que alcanzó en la 
época ática, y hasta sin asuntos ú objeto verdadero, busca en causas 
imaginarias, ante el falso aparato de los aplausos de los salones y de las 
escuelas, triunfos efímeros que son la más clara prueba de la decaden- 
cia á que habia llegado^. Las lectoras públicas, las escoelas y el foro 
eran los únicos leatros para el orador, que con el falso brillo de la for- 
ma , con el artificio hinchado de la frase , con el tono dedamaterio y 
frío intentó dar interés á situaciones y asuntos imaginarios qoe en me- 
jores tiempos hablan exaltado la iitiagtoacion de los primeros genios 
de la Grecia. Tales condiciones son bastantes para comprender que no 
era posible la restauración de la oratoria, y que por ei contrario el mal 
gu^ que buscaba en la historia y la mitología frases de efecto, había 
de contribuir coda día más á la corrupcioo y decadencia del arte. Los 
sofistas, que en esta época cultivan preferentemente el arle de la elo- 
cuencia y la retórica, inventaron diversas denominaciones para distin- 



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- w — 

guir los diversos géneros lie eoqiposicioDes oraLorías basásdelas en so- 
liles y á veces ridiculas dislinciooes (t.) Bien podría decirse, qoo la 
marcha de la oraloiia es la misiua en la literatura lalioa ijue en la lite- 
ratura griega^ y que Mentidas, sino las mismas cansas, contribuyeron 
á su desaparición desde que perdida la libertad, que es la vida de la 
oratoria, faltó lá fuente de verdadera inspiración á los que se consagra- 
ban á esta interesante arle. 

Lesbonax de la época de Tiberio, Diou apellidado Crisóslomo ó fico 
de oro, de la de Vespasiano, y del que quedan abundantes discursos, 
Polemon juzgado por el emperador Marco Aurelio, cojuo. orador que 
procuraba lo útil más que lo agrá able, y prefería la energía á la 
elegancia, Herodes Alico, Adriano de Tyro, Elio Arístid* s, á quien 
sus contemporáneos comparaban con Demóstencs, y que es el que 
mejor supo librarse de los defectos de su época, Cornelio Frontón, 
Máximo de Tyro, Flavio Pbilóstralo, como autor de la Vida de Apolo- 
nio Tyaneo, en que parece tomar de los Santos Evangelios mochos de 
los milagrosos hechos de la del Salvador^ Atheneo contó autor del 
Banquete de los sofiistiu, obra llena de preciosas noticias sobre coslum- 
bresy literatura entre los romanos y otros muchos, forman el catálogo de 
los oradores sofísticos de este período. Mencioi^ muy especial merece 
en esta breve reseña como el más célebre y más conocido también de 
todos los sofistas, Luciano de Samósata en Siria; dedicado á la filo- 
sofía como estudio predilecto y no satisfecho con las doctrinas de nin- 
gún sistema, no abrazó ninguno, ni pretendió más que el cooocímienlo 
del hombre y para esto tomó de todos los filósofos las ideas que po- 
dian servirle. Original en sus escritos por su tendencia satírica, mane- 
jó la ironía con una gracia superior á la de todos los satíricos de la anti- 
güedad, inclusos Aristófanes y Horacio, y es el primero de los escrito- 
res que, adoptando una palabra moderna por calificar á los antiguos, 
puede llamarse humoristico^ sin que haya en la historia literaria mu- 
chos nombres que puedan dignamente figurar á su lado. Su moral 



f^J Pueden servir de ejemplo : la Systasis en que 9I orador pedía proiec- 
cioo, ia La/ta, que designaba los discursos de gracias, la Proslalia que era 
el ncmbre del exordio de los discursos que se leían en las lecturas públi- 
cas» el Sc^edion que era el discurso improvisado, la Dialexis, EpidixiSf el 
npoxpEicxixóc Xófoc y oíros 



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- 16 — 
siempre buena, las gradas de so estilo, el chisie y anécdotas con las 
caales salpica y embellece sus diálogos, todo contribuye á colocar á Lu- 
ciano en tan elevado lugar, que solo puede motejarse so libertad y la 
licencia de su mucbas veees exagerada sátira, teniendo la gloría de ha- 
ber sido el esorítc»' más correcto de su tiempo, y digno de figurar al lado 
de los que escribieron en los mejores de la lengua griega. La yariedad- 
por otra parte de los asnntos tratados por Luciano ni agotó so origina- 
lidad, ni le hizo cambiar el tono ligero y fácil que conservó basta para 
los de más severo carácter. De aqui la afición de todos á la lectora de 
sos obras, que los mismos cristianos miraron con afición, y qoe boy go- 
zan de la eslimacioo general. Además de los oradores mencionados á 
quienes geoeralmenie se conoce con el nombre de úradores sofistas, 
deben recordarse como pertenecientes á esta época, algouos otros que 
podríamos llamar sip fistos, retóricos, que se ocuparon de dar reglas acer- 
ca de la oratoria, alcanzando un lugar distinguido por los trabajos que 
se les deben. Entre ellos figura el ya elogiado como bisloriador, Dioni- 
sio de Habcaroaso, que no solo nos ha legado tratados sobre la retórica, 
muy dignos de aprecio, sino que además escribió algunos puramente 
críticos en que examinó, aunque no sieopre con buen gusto y buen 
juicio, los oradores antiguos, dejando así una base muy útil parala 
historia (le los oradores. Tbeocloro de Gadara ó Rodas , muy elogiado 
por Quintiliano, Tehon de Alejandría, Libanio, y principalmente Her- 
mógenes y Longino merecieron la primera consideración entre los escri- 
tores retóricos de este período, flermógenes de Tarsis , del tiempo de 
Marco Aurelio, dolado de un genio precoz, consiguió á la edad de veinte 
y einco anos en que se dice que perdió el juido, excitar la admiración 
general é imperar en las escuelas con so gran tratado de Retórica, ob* 
jeto después de repetidos comentarios y el más eslimado para el conoci- 
miento de este arte. 

Pero el más sabio de los retóricos de su tiempo fué Cassio Longino, 
llamado con razón tina bibkoíeca viva, y un Museo ambulante; nume- 
rosos trabajos de Long no se cilao, p^ro aunque eslo pruebe, la varie- 
dad de sus conocimientos, y que estaba adornado de algunos que no 
eran comunes á los retóricos, sin embargo sólo se le puede juzgar por 
su precioso tratado del sublime, que es uno de los más célebres 
de la aolig&edad, porque examina con una profundidad desusada entre 

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- » - 

los ratonóos y con elevado denudo fiiosó6co, la oaliiraleta dd subUme, 
ya en la ext>resion« ya eo lospeosamíeoios, uDÍendaé este exiiucQ una 
juiciosa critica de los escritores antiguos y ana correcion y degancia no 
frecuentes en la época en qne escribid. Largo caltiogode retóricos cila^ 
dos como de este tiempo podríamos presentar aqni» pero basta para 
naeslro olijelo la rápida enumeración qat de los más importantes queda 
sentada ;^ es preciso tratar de la suerte de las letras en otra^ ramas del 
saber. 

k esta época pertenece también ta primera manifestación de la nove* 
la, poco cultivada entre los escritores clásicos y hoy el género más popu 
4 lar y más en boga. £1 politeísmo» dice un espiritual critico moderno, 
absorvia todas las ficciones de la imaginación griega; la sencillez de las 
costumbres, nacida de la esclavitud doméstica, impedía las diarias aven- 
turas de la vida moderna tan indispensables para la novela, como la con- 
sideración de la mi«ger que inspira al hombre los tiernos afectos del amor 
que son su base principal. 

Sin embargo de estos inconvenientes, y de las causas, que en (Ato lu- 
gar tendrán mayor explicación, las cuales impidieron el desarrollo de 
la novela, se encuentran en la época que bosquejamos algunas (Aras de 
conocido carácter novelesco, ya <;on el nombre de Cuentas eróticos^ ya 
con el de Cuentos müesios^ en forma de Historias amorosas ó Cartas 
de amor. 

Aristides de Mileto pasa por el inventor de los cuentos milesíos; per- 
didas todas las obras de esle escritor, no es fácil formar idea clara de 
lo queddÑeron ser, porque las citas que se conservan son muy escasas, 
y solamente podrian servir las palabras de Plutarco, para considerarlos 
excesivamente libres y descompuestos, y lectura por esto muy del gus- 
to de los romanos. Lucio de Patrás, coya existencia se ha puesto en 
duda, pasa como autor de una obra titulada ti Asno que más larde imitó 
Apuleyo en sus Metamorfosis ó :Asno de oro, y que mer.oió á los escrito- 
res antiguos que la citan la consideración de un cuento milesio. Luciano 
ha dejado entre las suyas una titulada El Asno, que aunque in- 
completa, debe mirarse como la más antigua de este género. 

Según el extracto consenado por Focio , Antonio Diógencs fué e| 
primero que en su obra Cosas increibles que se ten más aUá de Tkuh, dio 
un nuevo carácter á las compmcianes novelescas, introduciendo viages 



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- 1? - 

iiMigiiiaríofi, reshrtiéttdose comomice^e con todtt las dkrts de esie gése-» 
ro perlenecienles á la aDiigQedad, de la falta de plan Ueo coicebído» 
y de U pintona exacU y sofitenida de ks caractéiea. Asi aaoede 
con las EphniacM de Jenofonte de Efeso, en las cuales, el aolor ni sa* 
be evitar la confusión entre los persoMges que introduce en la acción, ni 
dar verostojílitud á hs «venturas per qué pasan. 

Las Cartas amoroMs de Akipbron, me\ñ forma qu^s lonia la cem- 
posición novelesca, no ofrecen otro inleiés n>ás que el histórico á los ojos 
d^ la crítica; lOrnadas á lo qoe se cree, de la iroiUcion de los escritores 
conucos de la coiuedia nueta, trfrecen un cuadro i Ueresante sobre hs 
costumbres de Aleñas en la época á qoe se refieren y pueden servir pa- 
ra el conocimiento del estado de la leniza en el tiempo en que se escri* 
bieron; sin embargo la historia de la literatura tiene que encontrar en 
eslas manifestaciones el origen del género á que se refieren, y qoe aun- 
que en la literatura latina siguieron una marcha análoga, no dejaron de 
sen ir en los tiempos modernos para dar impulso á las tendencias nove- 
lesos que desde la edad media se fnaai&estan con gran foerza en las 
obras de imaginación. 

La gramática, en la variada extensión de conocimientos que con 
este nombre se designaba en la antigüedad, fué muy atendida en esta 
época, como estudio propio de los tiempos de decadencia en todas las 
literaturas; cuando falla la inspiración se intenta suplir siempre con ei 
estudio y la crítica; asi se pone un dique á la corrupción que vida el 
ienguage y pervierte el gusto; do aquí los trabajos filológicos que en 
forma de verdaderos diccionarios unas veces, otras como escolios ó co- 
Dienlarios, ó como tratados de gramática , aparecen en este tiempo y 
forman un rico tesoro de la ciencia griega. Alejandría que habia sido 
donde antes se cultivó la gramática fué el teatro de los estodios ÜfAtn 
ff€OS de esta época, merced á la protección dispensada por los empera- 
dores romanos, que fundaron escuelas y Museos donde se enseiaran y 
difundieran. 

Homero y los escritores más notables de los buenos tiempos de la len- 
gua fueron objeto de obras de este carácter; Apdonio el Sofista , en so 
lewkon titulado Palabras homéricas, Erodaoo en su glosario de las 
Pakbrashipoeráíieas, y Timeo en el suyo sobre PUUon, echaron la 
base de esta clase do estudios que aunque conocidos entre los eroditus ale- 



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- Í8 - 
jaodriiios del lieiupo de los Ptolomeos, na tuvieron UnU ápIicacioB como 
en la época que nos ocupa. 

El estudio de los antros dialectos déla lengua griega na podía de- 
jarse de cultivar, siendo esta estudiada y trabajada en lodos sentidos; 
asi es que Tryphon, escritor de la época de Augusto, dej6 dos tratados 
de escaso mérito acerca de las Aftcciones di las pakAras en los que 
explica los dialectos no solo en cuanto los poetas los emplearon, 
sino en cuanto ni diverso us(x que los pueblos hacían de ellos, y 
otro acerca de los Trapos^ en el que se elevaba á reflexiones en el campo 
de la retórica. 

Como escritores de escolios podria citarse un largo numero pertene- 
ciente á esta misma época; Piolomeo Bvérgetes II que escribió comen- 
tarios sobre Homero, Dídymo de Alejandría que además de sus trabajos 
sobre la que podríamos llamar edición deHo:nero p3r Arislaroo, publicó 
comentarios sobre la Iliada y la Odisea, Apion que también escribió co- 
mentarios sobre Homero, Marco Metlio BpaphrodiUi que los escribió so- 
bre Homero y Píndaro, y otros muchos son los citados como más notables 
cultivadores de esta parte de la erudición. 

La gramática propiamente dicha, tuvo como cultivadores á Dionisio 
de Tracia, autor de un T^^vt^ yP'í^ia*^^^* ^^^^ apreciadisima y objeto 
de muchos comentarios, á Tyraauion que escribió sobre las Partes del 
discurso, la Ortografia y la Prosodia, á A^clepiades Apameo muy cele- 
brado entre los gramáticos de España, áTryphon ya citado, á Aper, á Dra- 
con autor de una obra sobre la Métrica, á Apolonio Dyscolo, que escribió 
sobre la Sintaxis, el Pronombre, y Los Adverbios además de otras obras 
de distinto género, á Herodiaao autor de gran número de obras muy 
estimadas en la época de Marco Aui*elio que os cuando vivió, y de las 
que quedan inlercsanlcs fragmentos, á Elio Dionisio de Halicarnaso que 
escribió sobre las Palabras indeclinables, á Dosilheo y otros muchos que 
forman el interesante caláiogo de gramáticos pertenecientes á esta épo- 
ca, la más erudita de todas las d¿ la lengua jariega, y 1^ ^^^ trató más 
de asegurar el lenguage fijando las reglas del buen decir, deducidas del 
estudio de los escritores de los mejores tiempos. 

Intimamente unidos á los gramáticos , se encuentran otros escritores 
que dieron á los estudios gramaticales más latitud y que couiprendieron 
la mitología, la critica y el estudio de las costumbres, dentro de sos ero- 



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- t9 - 
dicw trabajos. Apolodoro de Atenas, Gonoo, Parlheoto de Nnea, maes- 
tro qoe fué de Yirgilio, Ptolomeo Chenno, Aqíodíiio Liberalis, y díga- 
nos otros pueden semr para conocer la tendencia erudita de sus escri- 
\os, pues aunque no se hayan conservado todas sus obras, se debe á 
fotío ei citrado de algunas, y de otras á los «coiiastas y gramáticos 
poAeríores. Los escritores mitftgralbs latinos^ debieron á estos gran parte 
dd caudal de curiosas noticias que gaardan sus escritos , y esla es una 
razón más para que se fije el recuerdo de es!a nueva tendencia de los 
prosislas de esta época. 

La filosofía que había tenido en los períodos anteriores un ca- 
rácter especniativo que la distinguía de los primeros tiempos en su 
cultivo, aparece ahora vacilante entre ^J escepticismo y la increduli- 
dad; la duda se había apoderado de los espíritus, en medio de tanta 
doctrina contradicha, de tanto falso filósofo y de tanta propensión ha- 
cia lo maravilloso y lo antiguo; no contribuyó poco á este fin la 
predicación del Evangeh'o, que con su santa moral demostraba la pe- 
quenez de los sistemas más celebrados; mejor se refleja entre los filóso- 
fos esta vacilación que entre los cultivadores de otras ramas del sa- 
ber ; la filosofía se convirtió en una manera de vivir; multitud de vi- 
sionarios y charíatanes hacían de ella un objeto de tráOco, y en 
Atenas donde principalmente tenían su asiento, se vieron renacer todos 
los sistemas filosóficos y todas las más antiguas teorías, existiendo un ri- 
diculo contraste, que excitó la pluma de Luciano, entre sus ideas y sus 
costumbres; la superstición hizo renacer recuerdos antiguos y nombres 
que habían sido mirados con el mayor respeto. 

Renacido en tales circunstancias el sistema de Pítágoras con el 
nombre de Neo- Pitagorismo, tuvo entre sus cultivadores, hombres 
que abrazaron sus doctrinas religiosas con el más digno entusiasmo y 
como un medio de contener la corrupción' general, pero otros por el con- 
trario haciendo de la filosofía una especulación mercantil, explotaron 
el espirito supecsticioso de su tiempo tomando este sistema por base de 
sus ideas. Quinto Sextio del tiempo de Augusto, en su Mamal traduci- 
do al htin por Rufino con el titulo de Annuks que es por lo que se cono*» 
ce, fué de los más célebres entre los filósofos de esta escuela, y su obra 
mereció insignes elo^ de flotables escritores asi paganos como cris- 
lianoa. Pero aparte de Sodoa de Alejandría, Didymo, Secundo de Ate- 



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- w - 

088 y otros flidsofes de esta escuela, deísmos cilar partíciilarmente ai 
célebre visionario é impostor ApoioDÍode Tyaoa: sa biografia, antes ci- 
tada, pone bien át mam&eslo con la rrople lectura, las contradicciones 
de sa vida y lo absurdo de sus supuestos milagros; afiliado al Pilágo* 
rismo por cálculo, bizo de esta filoso&a a- a absurda aplicación confonne 
¿ 808 extraviadas creencias y ¿ sus pretensiones de pasar por el Mesias 
del polileismo. Las cartas que de este hombre extraordiniirio quedan 
acercan sus ideas á las sostenidas en otra época por Spinosa, por mas 
que pretendiera envolverlas en el misterio del Pitagorismo. 

La filosofía acadé mica que haina cáido en un verdadero escepticismo, 
renadó también en esta época y tuvo numerosos partidario!^: pretendien- 
do llegar á una teoría general que ensandkase d campo de aplicación 
de la filosofia platónica, se llegó adoptando ideas extrañase un verda^ 
AtvoSyncretismo^ formado por diversos filósofos de esta época rue se 
conocen con el nombre de Neo-platéni eos: el sabio Filón , conocido con 
el sobrenombre de el Judio, intentó demostrar que siendo las sagradas 
Escrituras el depósito de toda verdad, estaban en perfecta consonancia con 
la filosofía platónica que era entre todas las griegas, la que más convo-» 
nia por su misteriosa tendencia, con el Judaismo: sus numerosas obras 
prueban el profundo conocimiento que es(e sabio tenia de la filosofía pa- 
gana, y serán siempre consideradas con infinito interés por los amantes 
de los esludios históricos. 

También Plutarco, el célebre biógrafo, en sus obras morales, todas 
de tendencia filosófica, demostró su afición á las doctrinas platónicas aun- 
que no pueda verse en él un gran filósofo, ni un critico siempre justo: 
su odio hacia el Epicureismo y el Pórtico le hacen salir machas veces 
del terreno de la ciencia, pero sus obras son de un interés que no se 
puede desconocer. 

A esta época también pertenece el filósofa Celso platónico según 
anos, 7 epicúreo según otros; alcanzó una poco envidiable popularidad 
por 808 escritos contra el Cristianismo, perfectamente combatidos por 
Orígenes: en su Palabra de verdad, demostró todo el valor de su 
ingenio y de su elocuencia para combatir la doctrina de Jesu- 
cristo fakificaodo los textos sagrados, é inventando toda clase de ab- 
siffdas y ridiculas mentiras. 

La unioB de la filosofia griega con la del Oriente y con el Cristianis-- 



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- íl - 

no, (uodieodo por dedrb asi los más opoestoopmeiiwM, se designó con 
el nombre de Sincretismo; á este resultado contríbayeron por on lado 
ks Egipcios cuyas doctrinas estaban deinasiado en boga en el pueblo 
griego; por otro los Judíos celosos defensores de la filosofía griega y 
propagadores incansables de las dociríoas que habían aprendido en 
Egipto, y por otro la afición desmedida á la vida contemplativa ce- 
yosé?dasis eran considerados eomo la esencia de toda filosofia.— álri- 
biir á los cristianos la foruiaícioo de esta nueva filosofía, es tan inexacto 
como alríboirlo á sus enemigos; fué resultado necesario de la reflexión 
que desde el tiempo de Sócrates habia demostrado lo absurdo del 
poKteismo pora la razón y lo insuficiente para la moral. A falta de ver- 
daderos principios religiosos, se pensó en aoomodar con el euho pagano 
las doctrinas morales del cristianismo como bálsamo necesario para el 
alma. Asi se comprende el nacimiento del absurdo sistema filosófico de 
qae (raíamos, d que se k diera en su origen cierta tendencia divina y 
misteriosa, y los numerosos partidarios que contó. — No siendo ocasión 
oportuna para trazarla historia de esta secta, nos contentaremos con re- 
cordar qoe á Hermés se atribuye el origen de esta escuela, seguida por 
Asdepio su discípulo, por Potamon, Aomionio, Longino, Plotioo, el más 
célebre de todos, Porfirio, Tamblico y otros muchos. 

Peor suerte tuvo la filosofía aristotélica en esta época, que las es- 
cuelas antes citadas; la obscuridad del estilo de Aristóteles, la escasez 
de manuscritos y la dificultad de abarcar tan inmenso sistema, fueron 
causa de que sus partidarios procuraran más düundiria y explicarla, 
que cou* piolarla y perfeccionarla. Los romanos que fueron los prioM^ros 
poseedores de los manuscriios de Aristóteles llevados á Roma coa la 
Ublioleca de ApeUicoo, demostraron también escasa afidon á este siste- 
ma. Aodrónico de Rodas, Sosígenes de Alejandría, Jenarco, Aspasio, 
Adraste, Alejandro de Afrodisia y algunos otros son los únicos partida^ 
ríos del sistema aristotélico, y más bien deben mirarse como comenta-' 
dores, que como escritores de importancia afiliados en él. 

Tampoco la suerte del epicureismo fué buena; ni produjo escritores 
dignos de recoerdo, ni causó influencia poderosa entre los griegos y ro- 
manos de este tiempo, sin embargo de que parecía halagar el desorden 
en que vivían. Apolodoro, Zenon yFüodemo son los únicos de quienes 
CieeroQ hace mencioa hoimrlfica entre los partidarios d6 Epícaro. 



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- 3í — 

Hqor soerle y isás alia consideración alcabeé el esloidamo; la mo- 
ral que era la base de esla doctríoa aventajaba á la de lodos los siste- 
mas y su tendencia práciica y social satisfacía oaejor la necesidad de 
una elevada creencia que sirviera de consuelo en los males y desvcnlu* 
ras de la vida. Introducida la -filosofía del Pórtico en Roma por Paoedo, 
adquirió un grado de importancia tal que todos los hombres ilustres la 
abrazaron con entusiasmo, y hasta el mismo Cicerón que combate re- 
petidas veces las paradojas de esta escuela, aceptó sus máxiams funda- 
mentales en su noble tratado de Officiis, que es una imitación por lo 
menos, del que con igual título había escrito el citado Paneno. 

No siendo posible seguir el largo catálogo de escritores e^óicos de este 
tien>po, que los his1oríadore& de la filosofía apuntan, recordaremos co- 
mo los más ilustres, al modelo délos estoicos Epicleto, y al insigne prín- 
cipe Marco Aurelio: El Manual de Epicteto, escrito por su discípulo 
Arriano, contiene el sistema entero del estoicismo y ha sido objeto de 
los mayores elogios, tanto de parte de los escritores cristianos como 
de los paganos: nada más sano [que la moral sostenida y explicada en 
este precioso libro, y nada sin embargo más difícil de practicar, que la 
doctrina contenida en su precepto capital sufre las penas, y abstmk 
de los placeres. El nombre de Epicleto se pronunciará con respecto 
mientras los hombres amen la filosofía. 

La obra de moral que con el titulo, Ad se ipsum, se debe á 
la pluma de Marco Aurelio Antonioo , eleva su |nombre á un 
grado de elevación entre los filósofos, tan alto como el que porisu go- 
bierno alcanzó para la historia entre los que han sido colocados por la 
Providencia para regir los deslinos de un pueblo: compnesla esla obra 
de máximas filosóficas inspiradas por las circunstancias de la vida, re- 
vela la pureza del corazón del autor y un profundo conocimiento del 
hombre, al que procura los consuelos de la filosofia y de una resigna- 
don verdaderamente cristiana contra las adversidades de la suerte. 

CkHuo revela la breve reseña que acabamos de hacer, la filosofia tu-^ 
voen los escritores de este liempo| una alta consideración; los escriioies 
cristianos la miraron con desprecio al principio, pero desde el siglo II de 
nuestra era viendo en ella un medio de combatir á sus enemigos con 
seguridad de triunfo, y de defender el Cristianismo, estudiaron todos 
los sistemas, refutaron sos errores y se sirviaroo de ellos para demos- 



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Irar ios verdades de ooeslra santa religkm y sa origen divino. Desde 
San JuslÍQO, se abre, una nueva era pera la filosofía, que tomando nn 
carácter también nnevo, se convierte en la pluma de bs Santos Padres 
en servidoia fiel de la Teología. No entrando en nnes'ro plan el tratar de 
los escritores críslianQS ^ dejamos para su logar oportuno, el trazar la 
historia de la filosofía cristiana en lucha con los defensores del paganis- 
mo y de las escuelas filosóficas griegas (1.) 

No concluiremos de hablar de eslo periodo, sin recordar algooos 
nombres ilustres que cultivaron con gran provecho otras ramas de 
la ciencia; las Malemálicits puras tuvieron escritores de alta estima, 
aunque no adelantaron mucho; entre ellos debe contarse áDídymode 
Alejandría, Nícómaco yAnalolio: en los estudios de su aplicación bri- 
llaron en la Astronomía, Gemino de Rodas, Posidonio, Arriano y otros 
muchos, pero eclipsa la gloria de todos Claudio Ptolomeo que vivió ha- 
da la mitad del segundo si^^o de J. C, y que es el autor del sistema 
de su Dombre seguido por lodos los astrónomos hasta Copérnico. Su obra 
Gran Construcción contiene la ciencia toda de la antigüedad res-^ 
pecto de la astronomía, y será siempre un glorioso monumento para 
la memoria del autor s 

También la geografía, elevada al rango de verdadera ciencia por 
Eratóslheoes, y favorecido su progreso por la extensión inmensa del impe* 
río romano, tuvo en esia época notables escritores cuya gloría oscu- 
rece la adquirida por Estrabon, el más insigne de los geógrafos de la 
antigüedad y hoy todavía la fuente más pura para los estudios gco- 
gráfico-híslórícos. Vivió medio siglo antes de J. C, y su obra titula- 
da Geografía , encierra á la vez que ios conocimientos de los geó- 
grafos anteriores á él, las más curiosas noticias respecto del orí- 
gen de los pueblos, de sus grandes hombres y de cuanto notable 
contiene su historia, rcvelaad» el autor una crítica elevada que le 
hace superior á las afinisaciones de escritores respetables que le habían 
precedido. También Pausamias, Marino de Tyro y el citado Claudio 



(4) En la historia de la literatura latina cristiana, que será objeto dentro w* 
ludio se tratará con delenimienlo esta interesente materia procurando dar á co- 
nocer los priDCÍpales escritores do sólo latinos sino griegos, que en lucha con los 
Santos Padres contribuyeron poderosamente al t>rillo de nuestra santa Religión. 
CkxiOGido ^ objeto de esta iotroduccioo» no podemos dar más extensión al texto* 



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- *4 -. 
Ptolomeo, oeupanm oo lugar distinguido eotrc lo6 geógrafos aiirigiiosy 
prepararen el brillanic piogreso de la geografía matemáiica como Es- 
Irabon lo babia kci ho respecto de la geografa bialórica. 

También ia Jorisprodcnria y la Medicina lovieron cultivadores de 
mérito en este periodo escaso en obras originales de beUa Uleratora, 
pero rico en hombres amantes de la ciencia que conservaron y per- 
feccionaron lo que las épocas anlcñores babian producido. No cabe 
en nuestro plan dar mayor extensión á estas iodictóones; ahora de- 
bemos ocuparnos en trotar el cuadro general de las letras griegras en 
su último periodo. 



VU. 



El sexto periodo dejas letras griegas comprende un espacio inmeno 
de tiempo; desde año 306 hasta el 1453 de J. C. ó sea desde el em- 
perador Constantino hasta la toma de Constantinopla por los Turcos. • 

Trasladada la silla del imperio roniano á Byzaocio, conmovido este 
sin cesar por los que aspiraban al cetro, y más fuertemente por las in- 
vasiones de los bárbaros, perdida la paz interior desde la declaración 
del Cristianismo religión del Estado por incesantes luchas religiosas, 
dividido el imperio en 395 de J.C., como medida salvadora, regido por 
principes débiles y corrompidas las costumbres, hasta un punto que pa- 
rece iocreible, era indispensable que la literatura corriera rápidamente á 
su decadencia. El fanatismo árabe destruyó los grandes centros litera- 
rios de Alejandría, donde los cristianos cultivaban con ardor las cien- 
cias, y aunque algunos emperadores como Constantino Porpbirogéneta 
los Comnénes y los Paleólogos utas tarde , dispensaron su protección á 
los sabios, ni esto pudo contener la decadencia ni hacer renacer las an- 
tiguas escuelas, sustituidas por las de los conventos que no sufueron 
nunca dar una dirección sabia á los estudios. La lengua por otra parte, 
tenia tan precaria existencia como el imperio de Oriente que habia so- 
brevivido á los golpes de los pueblos bárbaros, y ni los gramáticos, m* 
los escritores pudieron conservar su antigno brillo y sus perfecciones; 
giros y locuciones orientales dieron nacimiento al lengaage byzantino, y 
la degeneración siempre creciente produjo el griego modemp, oompoesto 



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- M -- 

bclerogéoeo qoe la mismo oooiiene voces y girosde ia iolígna kHigoa 
griega, qBC de las torea, fraoctisa é iialíaoa. 

La sverte de la poesía, que ya en la época aoteríor había sido mala» 
rs peor lodavia eo esta ; la adahdon y Ja lisonja daban frecnenle oca- 
sioo á k» ioQumerables epigramatizas de este período para bacer osleii- 
larioQ de so faeflidad de bacer versos síb liegir i merecer el nombre 
ilustre de poetas. Consbmtiaopla temib eo so corle á lanío versileado^ 
como la historia aponte, pero desgraeiadamenle no saltó de entre ellos 
on poela digno de renombre, ni las aothologias formadas con los epi- 
graoMsqueselesdebcni ofrecen ni destellos siquiera de la inspiración 
que en roejc»^ dias había iluminado á los g^egos* Juliano ei emperador, 
Claudiano el distinguido poeta latino, Tbeon, Nonoo, Colotho, Try fon- 
dero, Cbristbodoro, algunos escritores cristianos y otros mil más, for- 
man el largo catálogo de los autores de los infinitos epigramas que for- 
man las anthologias. También merece un breve recuerdo Agatbias de 
Myrieone como autor de una cekbrada colección de epigramas boy per* 
dida, pero que sir\ió mocho á Constantino Cépbalas, escritor de fines 
del siglo IX para formar la suya,, asi como las de Meleagro y Filippo: 
la división por materias seguida en esta coleccrou revela el frecuente oso 
del epigrama entre los escritores antiguos. Máximo Ptaundio hizo en el 
siglo XIV un extracto de la extensa colección de Constantino Céfalas, sin 
qoe preada á este trabajo ni la erudición ni el gusto necesario para lle- 
varlo á cabo (1.) 

Como en el periodo anterior, también en este fué más afortunada la 
prosa que la poesia; la bislorfa (ovo entre los escritores byiantinos tal cul- 
tivo, qoe puede decirse qoe no hay aconledmiento de interés de la Cor- 
te 6 de la Iglesia, del cual no nos baya quedado noticia detallada; en* 
tre estos historiadores, anos continuaron á los de la época anterior, otros 
fueron simples cronistas ó autores de obras especiales sobre instituciones 



(h) Debemos bacer presente que no entra eo miestro plan el seguir la historia 
detallada de este extenso oeriodo, porque lo consideramos solo propio de una 
obra de fíleratura griega; por eao cKamoa pocos escritores en el texto y omitimos 
de iulenio el ocupsrooe de los poetas bysantinos y del bajo imperío que hicie- 
roo renacer la poesía heroica initaodo servilmente les poemas clásicos y aío 
poder elevarse á una mediana altura; de otro modo> tendríamos que dar inmpo- 
sa extensioB á este resumen. 



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- 3« - 

ó costumbres, muy dignos de aprecio por más qoe fiiogmo de elfos lle- 
gara bajo el punto de vista del arte hasta donde Regaron los grandes 
escritores ateoieofes; Las historias de Jaan Zonaras, la de Nicetas Acó- 
mioato, la de Nicéforo Gfégoras 7 la de Nicolás Chalcóndylas forman 
uo lodo completo porque auaqQe á la manera de simples cronistas, lle- 
nan la historia byzanlina desde Constantino el grande hasta la toma de 
Gonslantinopla. La Eükria rmsea de Zásimo, la de algunos emperado- 
res por León, los Makriaks hiséórieoe de NicMoro , la Historia de 
su fadre, por Ana Comnéne^ y los biógrafos Marino , Eunapo, 
Agathias lieoandro, Constantino Porphirogéneta y otros rarios, son es- 
timables entre los escritores de historiado la época bizanlma. La geo- 
grafía, ni tuvo cultivadores que aumentaran los conocimientos de la épo- 
ca anterior ni amantes qoe los difundieran. Escasos nombres se citan de 
geógrafos de este período, y estos relacionados con la geografía histórica 
más que con la astronómica y matemática que en el periodo anterior al- 
canzó notable progreso. Los nombres de Iforciano, Btien de Byzancio y 
de Heruiolao son los únicos que se pueden unir al catálogo de geógrafos 
de la época anterior. 

También los So/isias ya que este nombre se dá á algunos escritores y 
oradoras de la época anterior, fueron en gran número y de notable impor- 
lancia en la época que nos ocupa, y de ellos mencionaremos los más 
renombrados. Themistio del cuarto siglo de J. G. alcanzó alta (ama en- 
tre s US contemporáneos y fué muy honrado por los emperadores Cons- 
tancio y Juliano; San Agustín fué su discípulo, y amigo intimo San 
Gregorio Naóanzeno: con los sistemas de Pilágoras, Platón y Aristóte- 
les formó uno propo que ensenaba publicamente; sus conocimientos de 
historia y antigüedades, unidos á los de la filosofía, dieron á sos dis- 
cursos, causa principal de su fama, un encanto superior á los que pro- 
porciona la oratoria que tiene por fin exclusivo la lisonja del poderoso. 
Quedan de él numerosos discursos que serán siempre estimados por la 
gracia y elegancia de su estilo, así como por la riqueza de las ideas que 
contienen. 

Libanio, fecundo escritor del siglo lY, ha dejado largo número de de- 
clamaciones sobre asuntos imaginarios unas, y sobre puntos de moral, 
de política y literatura otras. También alcanzó un lugar eminente entre 
los sabios de su tien^po, y también tuvo la gloria de ser el maestro de 



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-^ 87 - 
Sto BasUio y de SaB JoalPCridóstomo» demoslraodo ea sos obras ana 
tolerancia cod los crislianios que conlrasla de uoa manera notable con 
la épocas que vivió. Aunque el estilo artificioso de este orador revele 
la decadencia del gosto en sn tiempo, aonque ei gran historiador Gib- 
bon lo juzgue con extraordinaria severidad no viendo en él mis que al 
rebuscador de palabras» es sin embargo á los ojos de ona eritica impar-* 
cial uno de los hombres más insignes que produjo Constantinopla en este 
siglo no solo mirando en él al onukur sioo al filósofo y al erudito. 

El declamador Himerio, cuyas obras han sido conservadas por Fo- 
cío, es también digno de especial mención aunque en sus discursos 
revele más afit ion á las formas retóricas, más afectacioa y énfasis que 
los anteriormente mencionados. 

También el emperador Juliano, conocido con el sobrenombre de el 
Afóstaía, merece algunas palabras como ilustre escritor y orador 
distinguido^ La historia que para juzgar á este hombre tiene que dése- 
diar lo mismo los elogios de lo» paganos , que las acriminaciones 
de los cristianos, ve en él un hombre de muy distinguido talento: la 
elocuencia y la severa dicción de sus obras aseguran so renombre co- 
mo escritor, y de ellas se desprende claramente su deseo de pasar por 
un hombre extraordinario. Quedan de Juliano, Disatnos, Sátirús y 
Cartas que prueban la variedad de sos conocimientos y la profundi- 
dad de su tálenlo: de su obra coaira los crislíanos y su religión, pue- 
de formarse idea por la refutación que en el siglo V escribí^on 
Filipo, San Cirilo y Teodorelo. 

Ammiano Marcelino , que es el escritor que juzga con mas im- 
parcialidad al principe apóstata, y que ocupa un lugar muy distin- 
guido entre los historiadores latinos, es mirado como el autor de una 
obra en griego sobre los oradores é htsloriadores griegos y de un 
comentario á la retórica de Hermógenes, por lo cual debe tener en- 
trada su nombre entre los escrilore^ de esle tiempo. Asi mismo Seve- 
ro de Alejandria, Máximo, Nicolás el sofista, y varios escritores 
cristianos qo^ según nuestro propósito no deben stn* citados ahora, 
aumentan el largo catálogo de escritures sofistas, y declamadores de 
este tiempo (1.) 



f^J Porta razón expuesta en otra nota, omitimos la historia detallada de los 



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- 38 - 

UmiMi la filoBoflfl á hs caostiones y toeh^ relí^oias, pude decirse 
que no liéne iBStoríá propia y que los sistemas filosóficos de la Grecia, 
solo en euáoto poedeo servir áeste fio, es como se cuhivao: el neo-^a- 
tooisfiío y tt fitosoitt trislolélica se dividen d caoipo, pero más que ver- 
daderos ¿Iteofos hay conteoiadores sobre los escrílos de les fundadores 
de eslas dos escuelas que han sida h» de más larga vida enire todas las 
debidas áh ciencia giiega. 

La gramática en todas sus ramas, mereció de los sabios d< Coos- 
lanfioopla una decidida protección; los profesores tcnmémcos del Tetra- 
disnm, (4) Octógono le dieron nueva forma sujetándola con la teoría 
de Dionisio de Tracia á un »siema invariable. Mas teólogos que gramá- 
ticos inteularoo dar á la ciencia lilolológíca el carácter de una doctrina 
religiosa inalterable, y por eso se cultivó poco basta después de extin- 
guida la célebre escuela de Constan tioopla. Heladio, San Basilio, Teo- 
dosio de Alqandría, Migufl, Syngelo de la iglesia gríega, Manuel Hos- 
cbopulo, Juan Tzelzes , NtcéforeGrégoras, Máximo Planudioy otros 
muchos, son los más notables escritores de gramática , y en sus obras 
se encuentran tratadas todas las partes de la ciencia gramatical, ya* 
mirada en general, ya con aplicación á determinados escritores y lo- 
mando la forma de escolios 6 comentarios, por lo cual muchos escrito- 
res de literatura desi gna n á los gramáticos de este tiempo con el nom-- 
bre de esooliaslas. 

En tanto número como los gramáticos ó más, se encuentran lexicó- 
grafos en este período; muchos de ellos solo se conocen perlas citas 
que hacen Foeio ó los grandes compiladores deque más abajo habla- 



escritores del bajo imperto y bízanlioos, porno dar i esta parte desproporcionada 
exteosíoo. 

(4) El edificio octógono mandado edificar por Constaotioo en la ciudad de su 
nombre, se acerca algo en su destino ó lo que son nuestras universidades. Ha- 
hia al principio quince profesores que llevaban el título de üniversaleSf 
á cuyo frente estaba el gran maestro. La biblioteca de esta escuelat fué tan no- 
table que al primer siglo de su existencia, habia reunido 420.000 volúmeoas. 
En 4*76. fué devorada por las llamas una parte de la biblioteca, y en 730 pereció 
con el Octógono y sus maestros, por orden de Leoo III, que pensó bacer 
con esto un gran bien al cristianismo. Los patriarcas y prelados de la Iglesia sa- 
lían frecuentemente de esta escuela que fué para muchos emperadores un cuer- 
po consultivo «n las cuestiones graves. 



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- S9 - 

remos, y generalmeiilii dieroo á sus trabajos noa (brma muy pareoéa á 

la que tuvieron en el período anterior, corno sueede con el diccionario de 

Valerio Harpocralion fbnnado principalmente sobre las obras de los die2 

oradores áticos. loipor^nte bajo nincbos cooci*ptos y sobre todo por el 

interés qne ba sacado de él la ciencia nioderoa fiié el Diccionario etímo* 

lógico de Orion, asi cqibo el de Ammonio sobre las ugmfieaciones tem^- 

jahies jr diferentes, en que procuró explicar el diverso sentido que la» 

palabras habian recibido con el ^iso, tomaodo por norma para su tra^ 

bajo el qae tenían «n la ^ca clásica; la ciencia moderna ba tenido en 

esla obra un verdadero tesoro para el estudio del griego. Tan>bíen el 

glotario de Hesychto ba prestado un eminente servicio con respeto á 

las voces de más escaso oso en la lengua griega. Filemon con su kxi^ 

con tecnolági^ , Fociocon su glosario, Juan Zonaras, y principalmente 

Suidas coo el suyo, frecuentemente compendiado y escrito teniendo 

presentes los trabajos de doce lexicógrafos, bao proporcionada ñca base 

para los trabajos de los modernos sobre la kngua griega, y á ellos 

se debe el poder apreciar todas las diferencias y todas las principales 

trasformaciones por Us cuales pasó en IdS diferentes épocas de su 

cultivo. 

£1 glosario anónimo conocido coo et titulo de Etgmohgkum Magnum , 
es un conjunto 4e inapreciable estima no solo para los esludios sobre la 
lengua, sino para el conocimiento de la antigüedad por las curiosas no. 
tidas históricas y mitológicas que contiene. La sinta^, la prosodia y en 
una palabra todas las ramas do la gramática, tuvk'ron de parte de los 
escoliastas y lexicógrafos igual proteccioo, y á esto se debe la brillante 
forma en que los estudios helénicos se han cultivado desde el Henacimien* 
lo hasta nuestros dias. 

No contribuyeron finalmeute poco para el epnocimieste de la anti^ 
gñcdad los trabajos de Bibliogra/ia y Miscdauea que pertenecientes á 
este periodo de la lengua griega, se conservan todavía. El Mituéétum 
ó Bibliokca de Fodo, precursor de las grandes obras de crítica y biblo- 
grafía, es un tesoro literario que nunca se encarecerá bastante; aunque 
sin un método acertado y sin una critica siempre justa, la obra de Ferio 
proporciona noticias á veces muy detalladas y completas, acerca de mu- 
cko8 escritores hoy eompletameote perdidos. A este género , pertene- 
ce también la obra de Euducia ó Eudoxia, titulada Jardin, en la 



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- 40 - 
qoe se encueniran noticias cariosas sobre la mitología y anécdotas sobre 
los escritores antiguos pero que es sin embargo de escasísima impor- 
tancia. 

No sucede lo mismo con la Crónica de Eusebio, y aun con las 
obras no citadas antes del polígrafo Máximo Planudto; la traducción que 
este último escritor hizo de los Metamorfosis de Ovidio, la de la Guerras 
de las Galios de César, y los Comentarios á Macrobio, enriquecieron la 
lengua griega y la literatura de este peí iodo. 

Eusebio, uno de los hombres más distinguidos del siglo IV en que 
Ti\ió, no solo fué un decidido defensor del Cristianismo, sino que 
fué uD escritor notable. Su historia ó crónka unioersal traduci- 
da al latin por San Gerónimo , aunque p^^rdído el original griego, 
eleva el nombre del autor á la más alia consideración que se pue-* 
de suponer en el que levantó á la vez un monumento á la ciencia, 
defendió la cronología erisliana y trazó de algún nK>do la historia 
de muchos pueblos casi desconocidos de la antigOedad (1.) 

Vffl. 

Tal fué, en brevísimo resumen, la literatura griega; siempre original y 
bdla, siempre ajustada á las prescripciones que niás tarde han sido la 
base de todas las obras literarias. La Grecia realizó con conciencia del 
arte todas sus obras; su suelo, su naturaleza, su cielo y la prodigiosa ima- 
ginadon de sus habitantes dieron ese brillante resultado. No asi Roma: 
bija de la conquista, y nacida para dominar por medio de la fuerza, 
despreció por siglos enteros las obras del espíritu; le bastaba saber dar 
leyes para gobernar los pueblos que conquistaba, y en esta parle, pre- 
ciso es confesarlo, llegó hasta donde ningún otro pueblo ha llegado. 

Desde el momento sin embaí^ eb que se puso en contacto con el 
pueblo griego, y luego que fueron vencidas las dificultades que so 



f^J Creemos suficientes tas fiotícías dadas en el texto para que se tenga una 
¡dea aproximada del estado de las letras griegas en este periodo, no si- 
guiendo la misma tarea sobre algunas ramas del 8al)er como la Junlsprudencia, 
las Matemáticas y la Medicina, porque exigiria más espacio del que podriamoá 
dodicarles. 



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- 41 - 
oponi«Q ¿la iotrodoccion desús dencias y sos artes, Roma se vio (fi- 
ngida co sus obras literarias por los modelos de la más ilaslre Nteratara; 
y de aquí qoe sigoiendo conslantemcnle sos pasos, ambas literaturas 
tengan entre sí tan íntima relación, que bien puede decirse que forman 
un todo síslrmálico y encadenado, completándose la una á la otra en lo 
que el tiempo ha robado ó en lo que alguna de ellas dejó de cultivar. 
ConOiído el diverso carácter d;5 ambos pueblos , seria imposiUe expli- 
car la relación de sus fileraluras, que son generalmente su reflejo, sino 
atendiéramos á este hecho histórico; la romana foriuada como queda 
dicho, según los modelos de la griega, siguió constantemente sos pasos, 
y ajustó á ellos, dolada de más arle que genio, todas sus creaciones 
literarias. Los romanos inventaron géneros como la sátira y la epístola, 
que los griegos no conocieron, así como también perfeccionaron el gé- 
nero elegiaco del cual se han conservado escasísimos modelos griegos* 
en cambio ni tuvieron teatro propb y sobre todo trágico, ni cultivaron 
la filosofía masque como uoa ciencia exclusivamente griega, ni en las 
Matemáticas y la Geografía fueron más allá que sus modelos. 

Comparadas por otra parte estas dos literaturas, no puede la latina 
sostenerse á la altura de la griega, ni en riqueza ni en importancia: 
apenas llegan á cuatrocientas las obras de la literatura latina, y las de 
la griega pasan con mucho de dos mil, sin contar en ninguna do las dos, 
las pertenecientes á la literatura cristiana. Roma llevó inmensa ventaja á 
la Grecia en el cultivo del derecho, pues aun hoy el romano rige los des- 
tinos del mundo, y esto es debido al carácter mismo del pueblo conquis- 
tador que f.n)noció desde el primer dia que el mejor medio de asi- 
milarse los pueblos conquistados era imponerles su lengua y sus leyes. 
Asi esparció por el mundo toda la civilización griega, así preparó la 
unidad del género humano para redbir la buena nueva predicada por el 
Hijo de Dios y los apóstoles, y así cumplió su magnifico destino en la hí&. 
toria de la humanidad. 

Una breve indicación acerca del desarrollo de la literatura latina pon- 
drá término á esta introducción. El pueblo tjtino, forniado por sucesivas 
agregaciones de pueblos vecinos, nacidas unas veces de la conquista. 
Giras de hábiles transacciones, pasó cinco siglos de su existencia sin dar 
Qua muestra, no ya de genio literario, sino de poseer una lengua ca- 
paz de expresar los diversos sentimientos del corazón. El motor de Roma 



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^ }fi Grecia y basta qu« realha su ceQ(|uisUi) oada isé$ recinmla la his- 
toria, siao que los romanos eriui un pueblo apícola y guerrero. Des^ 
de la loma de Corioto, la literatura dramática se trasplanta de Grecki i 
Roma lo mismo que la filosofía y la gramática; eo breve tiempo aunque 
con tenaz oposición de parte de los más ardientes patricios, la ciencia y 
el arte griego fueron palriuionio de los romanos, que una vez despierta 
su afición á los g03es del espíriiUi recorrieron bien pronto casi todos 
Jos camim^s ensayados por los griegos, ¿ inventaron alguna manera 
desconocida para elevarse al templo de las musas. Desde la caida de la 
república, y merced á la decidida protección que Augusto dispensó á los 
escritores y artistas, alcanzó liorna un cantor épico de magestuosa y no- 
ble inspiración que elevó sú musa basta la del padre de la poesía , y 
un insigne poeta lírico que conservó en sus bellísimas odas, las más 
tiernas concepciones de los poetas de la Grecia. El género didáctico , el 
satírico, el epistolar ^ el elegiaco , el descriptivo y el mitológico, tienen 
en Lucrecio, Lucilio, Calulo, Tibulo, Propercio, Ovidio, Horacio y Vir- 
gilio, cultivadores incignes cuyas obras llenan un siglo de grandeza U- 
teraria, y son la más duradera de las conquistas alcanzadas por el be- 
licoso pueblo romano. 

Al mismo tiempo, la prosa que l^abí i sido d(¡KÚl instrumento del ora* 
dor, del filósofo y del agrónomo, alcanzó ei esle brillante siglo un £s« 
plendor tan grande como el que había alcanzado el l^guage de )as mu- 
sas. Julio César, Salustio y Tito Livio en la Historia, Cicerón en la 
Oratoria, la Retórica y la Filosofía, M. T. Yarron en la Gramática y 
otros cíen ilustres escritores, k elevaron hasta hacerla expresar todos 
los tonos y basta darle la suave flexibilidad que solo alcanzan las len- 
guas trabajadas en todos sentidos por genios eminentes, 

Pero apenas llega la literatura romana á tan alto grado, cuando a- 
guiendo la suerte reservada á todas las obras de los hombres, se ínioíii 
su decadencia, perfectamente marcada en el mlificioso enredo de la 
frase, en el ex^rado afim de lucir erudición y en la tendencia maní- 
fiesta de unir las creaciones del arle, á la obra, siempre creciente eo 
Roma desde el Imperio* de la corrupción y el desorden: las nuevas ideas 
sociales dieron nacimiento á nuevas teorías literarias, que pervirtiendo 
el gusto, retajaron las creaciones de un siglo dotado de genios de pri- 
muerden, qó* lino ít elevaron á U altura de su genio, fué por la fo- 



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- 4á- 

derosa iofloéncia que en'^tos cgerciera el gusto corromj^do <fe su tiein- 
po. Así Séneca el ilustre español, gloría de su patria, abre en i^s cele- 
bradas tragedias un nuevo campo ala poesia dramática, tan separado 
de la sencillez clásica griega, como de los eternos principios qae han 
de regirlas obras qne se dedican al teatro. Lacaoo, Silio Itálico, Esta- 
ció y otros poetas qne intentaron elevarse á la poesia épica, pagaron 
también su Iríbuto al siglo en que vivieron; desfiguraron la naturaleza 
del género que cultivaban, dándole formas históricas opoestasá la ele- 
vación del poeta épico; la sátira en las plumas severa y proftmda de Ju -. 
venal y Persio, adquirió una forma distinta de la que antes babia tern* 
do en la del delicado cantor de Venosa, y en valientes conceptos dejó 
señalada laprofonda indignación que las costumbres de un siglo perver- 
tido dejaban en las almas elevadas: Marcial con la bnrla d^l desprecio 
unas veces, otras con verdadero sarcasmo, halagó ios desórdenes de un 
siglo que no tuvo ningún lazo que le contuviera, ni vio otro fin en la vida 
más que la satisfación de los deseos. 

También la prosa , cultivada en todas ks tendencias que en uñ 
puebfo culto suele tener, sostuvo los recuerdos de su grandeza pa- 
sada en obras filosóficas como las de Séneca, que defendieron la 
doctrina estoica, la mes conforme al espíritu práctico de los romanos, 
ó en obras históricas que como en las de Tácito, Veléyo Patércu- 
lo, Valerio Máximo y otros, se encoenlran los más nobles trabajos 
de historia qiíb la líleralnra latina ha conservado, y principalmente 
en las de Tácito, que serán siempre el modelo de los historiadores 
profundos y filósofos que aspiren á conoce r en sus causas, los cam- 
bios sociales y políticos de más trascendencia, por los coales puede 
pasar un pueblo. 

Conocida de todos la corrupción literaria, viendo los estragos que 
el mal gusto bada, se pensó en poner remedio y escritores de genio 
tomo Séneca el Retórico, Quinliliano y el autor del celebrado Diáhgo 
de Causis corruftm eloquenticB, procuraron fijar los principios del 
buen decir y dar reglas seguras para la práctica de la oratoria, ya 
en decadencia absoluta y que sólo puede contar entre sus cultivadores 
un escritor de genio. (Plinio el jóven-Paoegírico de Trajaoo]. Pero 
aunque la obra de Qointiliano sea de inmortal gloría para] el autor, 
aunque los esfuerzos de las escuelas fueran grandes, no soló'habia 



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- 44 - 

sonado la hora déla decadencia, mo que l^abia llegado á on punió del 
que no la pedia hacer tetroceder el genio de un hombre; se necesitaba 
«Koa Irasformacion social, que llevara consigo la literaria, para veri- 
ficar el cambio apetecido por ilustres escritores; pero en vez de conte- 
nerse, la decadencia dio cada dia nuevos pasos y las letras latinas cada 
vez perdieron más de su lustre y sus antiguos encantos. 

Mención especiaj^^mereccn también en esta época los escritores de 
ciencias naturales; Séneca, Pliniod antiguo y algunos olroade menos 
renombre, llevaron á la literatura latina no solo. los tesoros de observa* 
cion que Aristóteles y otros escritores griegos habian reunido, sino sus 
observaciones propias, enriqueciendo de este modo más y más el caudal 
de conocimientos sobre la naturaleza, que alcanzaron los pueblos de la 
antigüedad, y que han servido á la ciencia moderna de magnifica base 
para sus asombrosos adelantos. 

Después de la muerte de Adriano, que babia dispensado á los escri- 
tores una protección que desde Augusto no tenia ejemplo en la historia 
romana, las letras decayeron más y más, hasta el punto de que sólo 
puede apuntar la historia de la poesía los nombres de Calpurnio y Ne- 
mesiano como sus cultivadores, y los de otros menos importantes, y que 
como verdaderos epigramatistas redugeron á ligeras inscripciones sus 
trabajos, con el fin unas veces de lisongear, ó con el de ayudar á la 
crápula y al vicio otras. 

Más feliz la prosa, tuvo en el novelista Apuleyo una manifestación fi^ 
losófica que aunque no comparable con las obras de mejores tienipos, 
los recuerda siquiera. La gramática y la erudición como esludios propios 
de las épocas de decadencia, tuvieron también numerosos escritores, más 
estimables por el fondo de las noticias y curiosidades que han conserva- 
do que por su mérito literario. Macrobio, Aulo Gelio, Eiio Donato y otros 
muchos pueden servir para comprobación de esta verdad. 

La historia, estudio siempre cultivado de los romanos y al que síem^ 
pre concedieron grande atención, tuvo en la última época de la literatura 
pagana, cultivadores dislioguídgs que han conservado á la posteridad 
noticias acerca de los últimos tiempos del imperio, por más de un concep- 
to interesantes; pero no se crea que los historiadores que pertenecen á es- 
te período supieron llenar las condiciones de la historia; si carecen de la; 
buenas.formas literariasjy de indispensables caracteres, no menos carecen 



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- 4R - 
con relacíoD al foodo de las grandes cualidades que elevan al escritor; la 
vida del principe, no siempre escrita con todos ios dalos necesarícs, es 
la historia toda de este tiempo; el palacio del emperador es á los ojos 
de los hisoríadores de estos siglos, el único panto donde se debe fijarla 
mirada, siendo biendificil que pudiera, escudrinar todo loque la his- 
toria necesita tener presente para formular sus inapelables juicios. 

Así, y con una lentitud agonizante, van las letras latinas perdiendo 
sm antiguas perfecciones, hasla que al llegar al siglo quinto despa^- 
rece por completo la antorcha del saber que habia esparcido torrentes de 
luz por todo el mundo; la Grecia y Roma al ponerse en contacto con los 
pueblos bárbaros olvidan, victimas de sus propios desórdenes y de 
multitud de cansas que en su lugar tendrán completa explicadon, los 
tesoros de ciencia que muchas generaciones habian alcanzado como frutó 
de largo trabajo y de dichosa inspiración. 

Pero la lengua latina aunque el arte pagano haya muerto, ni perdió 
su dominio en el mundo, ni dejó de ser la lengua ilustre de una inte* 
resanie literatura. Desde la venida del Salvador y teniendo por base 
los Santos Evangelios; una literatura diferente en formas y tendencias, 
se elevó en el centro mismo de la Italia; conforme la semilla de la 
nueva vida predicada por Jesucristo y los Apóstoles se esparció por 
el mnndo, conforme la fé se afianzaba, y el Dios verdadero se ante- 
ponía á los falsos Dioses del Olimpo, los poetas se inspiraban en sos 
santas mádmas para ensalzar al Redentor del mundo, y para cantar 
el entusiasmo de la fé que querian comunicar á todos; los Santos Pa- 
dres en lucha abierta con los sectarios del paganismo, buscaron en 
las sagradas Escrituras, en la íé y hasla en la ciencia de los paganos, 
las armas con que defender la más santa de todas las religiones, de 
los ataques indignos que la política ó el interés inspirara á los escrito- 
res enemigos del Cristianismo: así se formó una literatura rica en es- 
critores de historia sagrada, en polemistas, en poetas distinguidos y 
teólogos, que llegó á una elevación é importancia infinitas, y que 
aunque no pueda sostener el brillo de la fon|Da de los buenos tiempos 
del latín, ni sea comparable en belleza de coücepcioBt.y artística con la 
literatura pagana, mantuvo vivo el influjo de la lengua latina hasta que 
d^ndo nacimiento á la9 lenguas vulgares, dejó de ser lengua hablada 
qoedandoreducida á ser br^ficial de la Iglesia y la kngpa dt los sabios. 



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- 4« - 

Sio embargo, no marié la lengua latina coa la aparición de Us 
nuevas lenguas; desde el siglo XIII empiezan á conocerse los modelos 
de la antigüedad, y se trabaja en ellos con tal afición y con tanto em- 
peño, que al mismo tiempo que dan la norma de los nuevos estudios, 
hacen renacer una lileralura qu? podía conpi|depai:sc mqcrta, akaa- 
zando eruditos y privilegiados iogenio3 eterno galardón por el colli- 
TO dQ las lenguas clásicas y por la imitación de las obras más bri- 
llantes que en épocas apartadas habian producido. Es verdad que la 
literatura del Renacimiento era artificial y que por tanto podia consi- 
derarse de corta vida, pero también lo es, que produjp obi;^s de in- 
mensa estimación que mantuvieron[viva la llama del saber antiguo y 
prepararon alas generaciones siguientes el conocimiento completo de 
la antigüedad. Este período, del Clasicismo terminó desde que las len- 
guas modernas se perfeccionaron lo bastante para ser el instrumento de 
qué se sirviera el poeta y el historiador, y comprende un número de 
escritores digno de ler estudiado; entre ellos no sólo merecen men- 
ción especial los autores de obras originales, sino también los comen- 
tadores, los traductores, y en uca palabra, todos los que ó cultivaron 
la lengua latina, 6 contribuyeron de algún modo al mayor brillo de. 
los escritores clásicos, e&tendiendo y facilitando prodigiosamente su 
conocimiento: el descubrimiento de la imprenta ayudó la tarea de 
los eruditos del Renacimiento poniendo al alcance de todos las obras 
que habian sido fruto de la más elevada inspiración 



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- 17 — 



HISTORIA 

LITERATURA LATIIA, 

CAPtrOLO I- 






Hasta el siglo Y de la fundación de Roma, no se designó con el 
nombre de Ilalia más que al pais que hoy se conoce con el de Ca-^ 
labría, y desde esta fecha se dio lambien ¿ la región en que se extien- 
de el reino de Ñapóles y parte de los Estados de la ^esia; los pueblos 
antiguos no designaban á los habitantes por el nombre del pais, sino 
que daban á este, el de los pueblos que lo habilaban. Los límites de 
la Italia tuvieron diversa extensión; en la época del segundo triunvirato 
cecfiendo á una idea política, se extendieron hasta los Alpes, y Augusto 
comprendió entre la» once regiones en que dividió la Italia « la Islría, 
no conocida antes como parte de la península italiana. Es digno de 
apuntarse que la palabra Italia que sólo habia designado la parte me- 
ridional en su origen, se aplicase en época posterior solamente á la parte 
septentrional de esa región . 

Pero si la etimologia de la palabra es incierta, (1) si es dificil seguir 



(4) Los griegos dieron el nombre de ViaX^c becerro, á la lialia, sin doda por 
el mocho ganado vacuno que encontraron al extablecerse en ese pais. 



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- 48 -- 
las diversas modificaciones geográficas qoe se observan eo los escritores 
antiguos, y que no son esenciales para nueslro fin, no es menos dificil 
el señalar el origen de los primeros habitantes del pais cuya historia 
literaria vamos á trazar, porque no existen monumentosy noticias bastan- 
tes para poder apreciar la época en que se asentaron en la Iialia y el 
origen ó procedencia de los primeros habitantes. Los griegos del tiempo 
de Homero , sólo conocían algunas fíbulas de la IlBlia, y basta algunos 
siglos después, la historia no apunta los pueblos qoe la ocuparon: la di- 
versidad de sus lenguas, de sus costumbres y de su cultura exige qoe se 
digan alguna^ palabras acerca de cada una dé las cinco razas de habitan- 
tes, que se encuentran en la italía en los primeros dias de su historia. 
Los Ilirios, los Iberos, los Celias, los Pelasgos y los Eiruscos son los pri- 
mero s pueblos conocidos: respecto de su procedencia, se dividen los cscri 
tores abiertamente; unos creen que su arribo á Italia se verificó por 
mar, y que babian salido del Asia, otros que por tierra y que predo- 
minaba en ellos, aunque reconozcan la existencia de sangre oriental, la 
sangre bárbara. No pudiendo seguir las indagaciones hechas sobre esta 
cuestión, porque nos separariamos de nuestro asunto principal, -diremos 
algunas palabras sobre cada una de esas razas. 

úss Ilirios de origen tracio, pobladores de las provincias meridio- 
nales de Europa y del Asia menor, parece que en la más remota anti- 
güedad se colocaron sobre las costas del mar adriático y que se dividie- 
ron en tres diversas tribus, Liburnos, Siculos y Vénetos: los Libumos 
originarios de la Croacia, son mirados como los más antiguos habitan- 
tes de la Italia; asentados al principio entre el Adige y los^lpes, fue- 
ron extendiéndose por las costas del mar adriático, pero también se re- 
conocen varias tribus que conservaron su lengua nativa, aunque adop- 
taron pronto la latina, razón por la cual se las llamó bilingües : los Sí- 
culos, originarios de la Dalmacia vinieron más tarde á ocupar la Italia 
media hasta el Tíber, pero por aconlecimiealos post eriores, se vieron 
obligados á pasar el mar y poblar la isla á que dieron su nombre: los 
Vénetos, nombre que parece designar en su etimología 4 los habitantes 
de las costas, son la última colonia iliria que llegó á Italia: asentados 
al Norte del Po, permanecieron largo tiempo ludepeBdientes, resistien- 
do el yugo con que los Galos querian subyugados. 



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- 49 — 

Las tiíbus que ocaparon la ItaNa después de las ilirías, son de origen 
íbero; do entrando en la cuestión de si eran de la misma raza que las 
qne ocupaban la España, es lo cierto que se extendieron por la Tosca- 
na, el Lacio y la Campania, llegando basta apoderarse también de h 
parte occidental de la Sicilia: en tiempo de Séneca exisliaa recuerdos 
ibéricos en la lengua del pais ocupado por los iberos. 

Los Celtas, otra de las razas prímilivas de la Italia, ocuparon las 
regiones que existen entre el Danubio y los Alpes en una época com- 
pletamente desconocida, aunque después que los Ilirios babian ocupa- 
do la Italia en la parte antes mencionada. Los escritores romanos distin- 
guen estas razas coo el nombre de Ombrios, y Ligurios, y aunque en 
lucba con los Etruscos, las razas celtas ocuparon la llanura de los Ape- 
ninos y la región que se extiende entre el Po y los Alpes, si bien fun- 
diéndose con los Iberos en época posterior. 

Los Pelasgos ocuparon en época muy remota también, la Italia me- 
dia, quedando vestigios de su religión, lenguas, costumbres y cultura 
en todas las obras posteriores* Dionisio de Halicamaso designa con los 
nombres de Aborígenes y Pelasgos, á dos pueblos de origen griego cu- 
ya entrada en Italia no es fácil explicar siguiendo al citado historiador, 
pero que es indudable que dieron lugar á varias tribus que se conocen 
con los nombres de Sabinos, Sámnilas, Latinos, Ausonios, Óseos, Luca- 
nienses y otras que tuvieron diversa importancia en la historia del pue- 
blo romano, y que todas procedían de los primitivos pueblos asentados 
en la Italia. Los *Sabinos fueron entre los Aborígenes, el pueblo más 
numeroso cuando ios romanos empozaron á extender sus conquistas más 
allá del Lacio. 

Los Etruscos fueron el pueblo más notable por su civilización y cul- 
tura de todos los que ocuparon la Italia; sus instituciones y su religión 
generalmente encarecida con exceso, son un misterio boy, porque los mo- 
numentos que se salvaron de la ira desús conquisladoreslos romanos, son 
insuficientes para conocer áesle pueblo que se cita en la antigüedad con los 
nombres de Tyrrenio, Tusco y Etrusco: el pais que ocupó se llamó Etru- 
ría y su origen debe más bien suponerse celta que pelásgico: asentados los 
Etruscos en las orillasdelPo y en la ^quierda del Tesino fundaron ayuda- 
dos de su marina, un poderoso estahí^cimieoto en la Campania; su gobier- 
no parece haber sido una república federativa conservada entre las doce 



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.1 



trSios en que se habían ifitidido, mandada cada ona por nn gefe he- 
Tedilarío designado con el nombre de Lúcumo, existiendo al parecer una 
^aza privilegiada, que á la Tez tenia la dirección de la fuerza militar 
y de IlEis fundones religiosas, y sin dnr al paeMo participación en estas 
elevadas atribuciones; acaso esta peregrina forma de gobierno pueda 
explicar el por qué les romanos se apoderaron tan pronto de estas tribus: 
el origen del pueblo elrusco parece ser asiático, á bien hay motivo 
para suponer que su escritura era gerogUfica, es decir anterior á la 
alfabética, y que no tenia nada de común con la délas lenguas orientales 
ó semíticas; los pelasgos debieron influir mucho en los primeros grados 
de ilustración de este poebio singular, ya porque entraron muy pronto con 
él en intima relación hasta fundirse, y ya porque eran los más cultos de 
todos los primitivos pueblos de la Italia: aunque no sea fácil apreciarlos^ 
en su justo valor, sorprenden los conocimientos que se atribuyen á los 
elruscos, y cuya influencia alguna vez se sentirá en el curso de esta his- 
toria, respecto de ciencias profanas como la Astronomia, la Medicina y 
la Física; los recuerdos de su origen, les hicieron conservar coino una 
enseñanza interesante que daban sus sacerdotes, las misteriosas signifi- 
caciones que su imaginación y su fé atribuianá los fenómenos celestes. 
La lengua de los elruscos vivió más que todas las que hablaban los res- 
tantes poeblos de Italia, pcío aunque se dice haberse conservado hasta el 
tiempo de Augusto entre las clases bajas de la sociedad en el pais en 
que se habló, es sin embargo dificil poder señalar con sCjguridad la rama 
á que esa lengua pertenecia. 



CAPÍTUtO n. 






Es un hecho indudable que diversos pueblos habitaban la Italia, y 
que eran varias las lenguas qon esos mismos pueblos hablaban : la 
latina ó sea la de los habitantes del Lacio, fué remplazando á todas 



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— 1* -^ 

b» de li» ra»is que Imbilabaii á sos iaffleA'acmes: aiiiH|te haya éq^ 
da para sefialar la procedencia de los laliaos, no se puede dudar de 
que eo la formaciofi drl lalio, bau influido poderosaBneote, el ele- 
ipeolo griego, y el elemento indígíeoa ó bárbaro, ó sea las lenguas de 
los Óseos, Volscos, Sámnilas, puebke independien^ del Lacio, y 
que poeden mirarse como dialectos del laUn prímtliTO á juzgar por las 
corlas muestras que de eUas quedan y que revelan en lo qoe no pro- 
Yiene del ^ego, origfn celta Los romanos lograron la deslroccion^ 
absoluta de sos lenguas, porque comprendieron desde los más anli- 
gnos tiempos que era símbolo de dominación el imponer á otros pue- 
blos la su ja propia: solo la etrosca enlazada con el pueblo que la 
bablaba á tradiciones religiosas, salió de la suerte general y Aié más 
liempo respetada por los conquistadores. 

Basta el baberi saludado la lengua griega para poder conocer que 
la latina se ba ajustado á su organisnio, y que existe] entre ambas 
estrecha analogía de sinlai^is, construcciones, d^inencias y deriva- 
ciones, además de tener la latina número infinito de palabras de pro- 
cedencia griega. Con razón se las considera como bija y madre, 
porque la derivación se puede marcar basta en sus menores detalles, 
y ^ no tiene la latina, ni la riqueza, ni la gracia, ni la flexibilidad 
de la griega, tiene sin embargo, toda la energia, toda la concisión, 
(oda la precisión necesaria para ¡poderla mirar como uqo de los ins- 
Intentos más preciosos de que se ba servido el bombre para} enun- 
ciar sus pensair.ienlos: sino ofrecia la variedad y riqueza de la len- 
gua griega, sino tuvo sos verdaderos dialectos que tanto ¡aumen- 
taron la variedad de sos formas, es lo cierto qoe la latina, puede ex- 
fresar tan bien como la griega y n^r qoe todas las modernas, los 
más variados juicios, los más delicados matices del sentimiento y ser 
i la vez el instrumento más propio del legislador, la lengua del 
orador, áú poeta, y del filósofo. 

Se bace mención por algún escritor latino de la existencia de dos 
lenguas, que Plaoto designa con los nombres de lingua nobiUs et 
lingna plebeja y que recibieron después la denominación de lingua 
clama vel urbana áqueija y de lingua mlgaris v$l rustica esta : más 
qué^ como verdaderos dialectos £eb3a mirarse como expresmo de la 
diferencia de lengoage que eitistia entre las clases más elevadas de 



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- w - 

Roma y el volgo: la lmgmml§0ri$ aíeodoel leogoage dehs pravfaidas 
occidenlales del imperio, iDÜoyó más que la urbana^ en la forroacicm 
de las leogaas provenzal, ilaKana española, francesa, porlognesa y 
sus dialectos, como derivadones inmedialai del latin. Lo cierto es, 
que DO de otro modo se paede a preda r la difereoda de esas dos len- 
guas ó dialectos, porque oada existe que pueda dar á conocer la Imgua 
vulgaris de la cual nanease sirvieron las musas, siendo la diferencia es- 
tablecida CQO esas palabras nada má s que la que existe en todas las 
lenguas según las personas que las hablan. 

¿T cuál es el origen del alfabeto latino? Los gramáticos al paso 
que convienen en que el número de sos letras era diez y seis, no con- 
vienen al señalar su procedencia, pelásgíca según unos, griega según 
otros; menos convienen todavía al designar los caracteres qoecomponian 
esos diez y seis signos que eran el alfabeto primitivo [4 ] y que tenian 
la denomiuacion griega; asi también usaron la escnimsíbottótrófedon, de 
cuyo uso derivan algunos la palabra latina tmsui, aunque se designó 
por otros con las voces arave^ sulcare^ ewarare y otras. 

Formada la lengua latina con el patrón de la griega, se ajusta en 
todas sus partes á su modelo, si bien es verdad que en machas no pue- 
de llegar á su perfecdon y variedad de formas: anotando rápidamente 
las diferendas que más resaltan en el nombre, d verbo y las particulas, 
elementos indispensables de toda lengua, se verá la exactitud de lo que 
queda sentado. La declinación griega lo mismo en los sustantivos que 
en los adjetivos, es más rica que la latina, y tiene el número dual, 
que aunque de poco uso en la lengaa griega , es un hilo que aumenta 
el valor del legido: el artículo , de que carece la lengua latina, y que 
no se puede considerar como el elementtun inutik gentii loqxMcissimm, 
como le ha llamado un critico cscesívamente apasionado al latin, da cla- 
ridad á la frase, permite el uso del infinitivo, del adjetivo y del partici- 
pio como sustantivo, cosa bastante dificil y siempre oseara en latió, y 



(ij Parece que en el primitivo alzabeto faltalMn la I< R que se suplía con la 
D-; la G. que se suplía con la G adoptada por los romanos en vez de la X cappa 
griega: la X suplida por la C, ó per la doble C S.; !a Z que se suplía coa la S. 
doble, ólaCSyGS.La PY y la Znose introdngeron basta el tiempo de 
Augusto. 



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- 68 - 

evila amfifaológias y dificohades frecuentes por el hipérbaton de esta 
lengaa. 

El verbo lalioo ajusta do en su fortoacion al verbo griego, carece 
tambieo de luBoitas variaciones que eslé tieoer la falla de la voz luedia 
para eipresar la acdon reflexiva, de los aoristos para la enunciacioii más 
sendiladel pa^^do^ del modo q)lalivo eu todas sus voces, délos mfiní- 
tos, imperativos, 7 participios de que carece el latín, j que no puede 
suplir (xm el grandioso aparato de sus infinitos, geruncBos y participios, 
da más regularidad, más gracia y variedad al verbo griego que lleva 
al latino ventajas q ue no es posible desconocer. Otro lanto sucede con 
las partículas; también está la ventaja en número y formación en fa- 
vor de la lengua griega; á este elemento tan variado y tan rico se de- 
berá acaso la facilidad de voces compuestas de la lengua griegai 
y que no pasaron á la latina por más que la analogia lo permitiera, y por 
más que la lengua admitiera con extraordinaria facilidad todas las 
palabras que con un poco de cuidado se derivaren del griego: ni en 
preposiciones, ni en adverbios, ni en cORJonciones puede sostener el latin 
la comparación con el griego; la dureza y poca flexivilidad desús par- 
tículas explican el uso de voces absolutamente griegas en la lengua la- 
tina cuando se quería expresar ideas que exijen voces compuestas; se acer- 
ca en esto á las lenguas modernas que tienen que adoptar más aun que 
la latina, voces griegas para expresar con una palabra una idea com- 
pleta. 

Al examinar comparativamente ambas lenguas no se pretende reba- 
jar la latina, cegado por el afao de apasionado helenista; aunque la len- 
gua latina tenga menos excelencias que la griega, no por eso puede de- 
jarse de ver en ella caracteres propios de gran importancia, y cualidades 
que la recomiendan y la elevan sobre todas las demás; en concisión y 
energía aventaja á todas, y esta cualidad que imprime un ca- 
rácter jurídico tan pronunciado á la lengua de Catón, es el que 
más sobresale en todos los escritores latinos sin necesidad de fijar la aten- 
ción en Salus.io y Tácito que brillan especialiueole por ella, ni de citar 
como un fenómeno, como una verdadera excepción á Tucídides, en la 
literatura griega: lo§ latinos sólo han podido escribir en mármol porque 
sdo su idioma ha podido condensar el pensamiento todo lo necesario 
para expresarlo en la {ñedra. Como cualidades literarias, reúne (odas 



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— M - 

iasqiiesepeihnnapetaearpftni eonáderÉria com^ lebgua oratoria ypa* 
ra ver eo so grandeza y majestad, la más propia para la poesía épica 
y para todo lo grande y ms^oosa qoe ei caráter romano podía desear. 
No puede dejarse de apuntar como primer elemento de la lengua la- 
tina (d griego; pero recordando coauto en el capíloto anterior se ha 
ifoko acerca de la cultora de los pnViti vos pueblos de la Italia, tam- 
poco se puede pasar por alto la influencia ejercida e,i la lengua y cul- 
tura romana, de que demos de citar hechos, fht los Sabinos, Óseos y 
Etrusoos qoe nada de común tenían con la Grecia, y que aunque no se 
pueda fijar el cómo y el cuándo, t flayeron poderosaniente. Las inscrip- 
ctéoes y representaciones teatrales de los Óseos , que duraron mucho 
4iempo en Roma, las relaciones reí jíosas y comerciales del misterioso 
pueblo etrusco, suponen una cultura notable y trascendental en la forma- 
don de la lengua klina, por más qu sean tan groseras que no puedan 
por sí solas impriinirie la fuerza necesaria para adelantar en el camino 
de su perfeccionamiento. Hasta la denomioacioo de la Grecia por los ro- 
manos, la lengua permanece estacionada; influyendo el griego como mo- 
tor en un breve período de tiempo, se eleva á la mayor perfección: este 
hecho histórico demuestra mejor que todas las reflexiones la identidad del 
griego y el latín. 



CAPÍTULO m. 






Ni la importancia del estudio de la literatura laiina, ni la justifi- 
cación del título de clásica con que se la apellida con cosas que han 
de ocupamos mucho; en la conciencia de todos está que no es po- 
sible formar el gusto de los jóvenes más que con el estudio de las 
literaturas que realizaron la belleza en todas sus creaciones; es verdad 
que la latina se ha formado con la imitación constante de la griega, 
y que carece de la originalidad y de la perfección que aquella al- 



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- »6 - 

caoz^, pero l^wtmt 1q es, qpe jdo pudiéodose^sUidiar la griega mis 
que por ios qoe hacen especial profesjoa de estas csUidios, porque exi- 
ge lai^ preparadoD para el conocimiento de sa lengua, ninguna otra 
más bella que la literatura latina, fuente donde se han insj^rado los 
escritores modernos, y que ofrece acabados modelos en todos los 
géneros literarios. Si se atiende por otro lado á la afipidad de nuesti^ 
lengua con la latina, si se tiene en coenla la relación de toda lite- 
ratura con las ooslombres y manera de ser de un poeUo, ¿qué estu- 
dio más á propósito para conocer los fundamentos de nuestra lengua, 
los modelos del arte antiguo, y al pueblo que .tuvo la gloría de domi- 
nar al mundo imponiéndole su lengua y su legislación, que el de los 
escritores que forman sa historia literaria? ¿puede desconocerse acaso 
la relación que existe entre Ja v^ política , las coslumbres y la 
literatura? 

Pero es preciso melodiz ir el estudio; es fortoso hacer la división 
conveniente para íadlUarlo, y enemigos de viciosas inno^ciones, adop- 
tamos la división generalmente seguida. Sólo aai se pueden comprender 
de una manera completa los progresos de cada época y el mérito de 
cada uno de los escritores; asi se puede apreciar como general lo que 
corresponde á todos, lo que es común á épocas determinadas, lo¿ pasos 
de progreso ó de decadencia que se adviertan, y los genios á quienes se 
deba la grandeza de la lengua, de la literatura, 6 de un género litera- 
rio cualquiera; habidas en cuenta estas rircuostancías, y las particulares 
de su vida, escomo se puede estar tn disposición de juzgar bien á los 
escritores, siendo indispensable para leerlos y estudiarlos con provecho 
conocer antes la historia de la literatura. 

Desde la fundación de Roma hasta la destrucción del imperio de Occi- 
dente pasan doce siglos, en los que nace, crece, se desarrolla, decae 
y muere la literatura romana; y como se adviertan caracteres especia- 
les en cada uno de esos momentos, se puede hacer una división en cinco 
épocas que abracen completamente el tiempo en que se cultivó la li- 
teratura pagana, para hacer fácil de comprender lo que es común á ca- 
da una de ellas. 

La primera época comprende los cinco primeros riglos de Roma; des- 
de su fundación hasta el fin de la primera guerra púnica, 516 de Ro- 
ma; en este largo período los romanos no tienen Uteralura, ni lengua, 



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- 66 - 
ni nada que revele uti pueblo eullo y civilizado: la Kteralara griega creó 
en sus albores los mejores modelos. 

La segunda época abraza un período de cíenlo cuarenta aoos, y llega 
hasta la muerte de Sila, 78 años antes de J. C, 679 de Roma: la 
lengua se crea por decirlo así, y la lileralura echa los sólidos cimientos 
en que descansa. 

La tercera época comprende un periodo de den afk)s escasos, ó sea 
basta la muerte de Augusto: (año 767 de Roma, {| después de J. C. ) 
Es el siglo de oro de la IHeralura latina, una de las más bellas épocas 
de la historia literaria del mundo, y la más brillante de la lengua y cul- 
tura romana. 

La cuarta época también comprende un siglo; desde la muerte de 
Augusto hasta Adriano: (año 870 de Roma, 147 de í, C.) fecunda en 
escritores ilustres pero pertenecientes á la decadencia que se inicia en 
tiempo de Tiberio, pudiera representar la grandeza literaria de los ro- 
manos, sino hubieran tenido escritores más perfectos. 

La quinta época abraza un periodo de más de trescientos años, y se 
extiende en nuestro plan hasta la destrucción del imperio de Occiden- 
te: se apuntarán también algunas noticias acerca de los escritores de los 
últimos tiempos del imperio y de algunos que escribieron después de su 
caida. 

Pudiera extenderse la historia literaria durante los siglos de oscuri- 
dad que siguen hasta el Renacimiento, pero nuestro intento es compren- 
der solo en este volumen la historia de la literatura pagana sin entrar 
detcnnioadamente en la déla lileralura cristiana, que tiene otro carác> 
ler, y diversa tendencia y que merece por esto mismo un estudio dete- 
nido y aparte del que inlcjlamos hacer ahora. 



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- 67 - 



PRIMER* ÉPOCA. 



CAPtTDu> vr. 

mifmMnteémmm* p0éiiemé^^uiiurm «le !•« t^mfmm09 ei» !•• eim^m jm^í- 
*Mer#» 9igim9 «l« mmmm , — Bi iemiw^ — JE>« •r^ferin, f« JU«f«r<« y 

Comparada la iileratora lalioa con la griega en su manifestación his 
lórica, se echa de ver una diferencia capital; esta aparece desde el pri- 
mer día produciendo modelos, y la latina tiene cinco siglos en los que 
no sólo no existe literatura, sino que por la cultura del pueblo romano, 
por el estado de su lengua, y por sus producciones literarias, no se ve eo 
él más que un pueblo bárbaro, cuya única ocupación es la guerra y 
la agricultura: el contacto con los griegos le inspiró afición y gusto 
literario y artis'.ico; tanto es así, que hasta que este hecho se reab'zó, 
no tuvo arte ni literatura. 

Dadas las condiciones de vida de los romanos de esos antiguos tiem- 
pos, no podía ser de otro modo: fundada Roma bajo el gobierno monár- 
quico, adquirió con lacaidade Albalonga la preeminencia en la confede- 
ración latina, sobreponiéndose al pueblo Etrusco, el más civilizado de 
todos los indígenas de la Italia: una lucha interior (Sil de R.) entre 
el rey, la nobleza y el pueblo, dio por resultado un cambio de gobierno 
que hubiera podido causar la pérdida de Roma, si los gefes déla re- 
pública, aristocrática en todas sus formas, no hubieran comprendido 
que el único medio de contener la revolución interior, era la guerra: con 
esfuerzos inauditos y con fortuna sin ejemplo, hizo Roma, conquistas 
maravillosas, que además de su engrandecimiento, produjeron una mo- 
dificación en el carácter romano, movido desde esta época por Id. idea 
republicana. Los Sabinos, los Latinos, los Hémicos, los Volscos, los 
Equos midieron sus armas con I09 romanos hasta que fueron derrota- 

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- 88 - 
dos; d aio 390 aates de J. C, mediadora Honra eoftiYor de k» Etmaooa 
ooDlra los Galos, hubiera perecido ó sufrido por lo menos su yugo, si 
el alma generosa y grande de Camilo, no se opusiera al abandono de 
la ciudad decretado en un momento de des^eracon; pocos anos des- 
pués de estej^uceso emprendió ijna guerra tenaz , de setenta años de 
duración, con los Sámnilas, que dio por resultado d triunfo de las ar- 
mas de Roma, y el deseo de mayores conquistas: la Magna-Grecia fué 
después el objeto de sus miras y lomada Tárente [27S a. de J. C] i 
pesar de la ayuda prestada por Pyrrho rey de Epiro^ Ja Apulia y la 
Calabria quedaron bajo la dependencia de Roma. La Sicilia disputada 
por los Cartagineses y Siracusanos despertó la codicia de los romanos, 
que bajo pretexto de favorecer á estos últimos, sosi«vi«roii tma guerra 
de veinte y dos años, alcanzando la consideraeion de potencia marítima 
y obligando á los Cartagineses á renunciar á la Sicilia, que había de ser 
el mejor granero para los ociosos habitantes de Roma. 

La guerra q*ie habia puesto en contacto á los romanos con losElrus- 
cos, pueblos comparativamente civilizado, y con los griegos de la Italia 
meridional y de la Sicilia, regiones donde la lengua griega había per- 
dido su perfección y la literatura no habia producido nada grande, fué 
el primer motor de la civjlizaiion romana, y hubiera sido de mayores 
consecuencias si la vida de los romanos de los primeros siglos no hnbiem 
estadotanexclusivamente enlazada á losaconlecimientos déla política. Por 
esosu literatura ofrece tan poco que estudiar en esta época: examinémoslo. 

Primeros monumentos lattnos. 

Las primeras huellas de poesía que se encuentran en la historia li- 
teraria de Roma, son lírico-religiosas como lo son siempre en lodos los pue- 
blos; se conocen con el nombre de cantos de los Arvales (sacerdotes del 
campo) y de invocaciones Axamenta, de los Sacerdotes Salios: Los 
doce hermanos Arvales, al priacipio de la primavera , paseaban una 
puerca preñada por los campos pidiendo la protección de los Dioses, en- 
tonando la siguiente canción: "^ 

Enos lases iuvate 
nevé Inerve marmar sins incurrere in pleores satur fufere nmrs lamen 
sali sta berber semuoes alternei advocapit coactos 



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- M - 

eix» mamor infald 
triumpe triompe iriofnpe Iríumpe. (í) 

Dificil es poder explicar esle canto, imperfecto por la lengua y por el 
metro: se dice pertenecer al saturnino, de exlensioo indeterntinada y 
sin entonaron prosódica que lioy se pueda apreciar; su antigüedad lle- 
ga á los tiempos de Rómulo, fundador del colegio de ios Ar vales; esla 
ioslitucioo y otros muchos hechos de la historia romi^ia, como el ser 
Itt Iríbos rurales Irs más honradas, y la existencia de los viatores^ re- 
velan la i nportancia que tenia en aquellos tiempos la agricultura, ocu- 
pación de las clases más ilustres. 

Los himnos de los sacerdotes Salios, consagrados á Harte como guar- 
dadores de los escudos y aociles de los Romanos, ofrecen para su in- 
teügeocia la misma dificultad que los de los Arvales, á juzgar por los 
firagmeotos que quedan, insuficienles ademáspara adivinar sn objeto; un 
canto lírico-religíeso dirigido al Dios de la guerra por los sacerdotes 
que guardaban los escudos que se miraban como las prendas de segu- 
ridad del naciente Estado , solo parece que debiera pedir el triunfo de 
las armas romanas. Varron que ha conservado algún ligero fragmento 



fi) Se ha intentado por muchos la traducción de este cántico, pero es dificil 
completarla: las proebas hechas dan un resoltado tan distinto que esto basta para 
comprender su dificultad. 

Hé aqui una de la« traducciones: «Nos, lares, jovate; nevé luem, Mamers, si- 
Das incorrere in flores ador fierí, Mars, Xu|Atv maris siste Berber. Semooes al^ 
lerm' advócate cuoctos. Nos, Mamuri, juvato, triumphel etc. Se ve que no es fácil 
latraducdoo y que necesita largos comentarios la que acabamos de estampar eo 
mochas de sus palabras de inexplicable procedencia. 

Eo la obra monumental ¡nseripiiones latinos antiquissimce de Mommseni 
se encuentra en esta forma el Carmen arvaU; 

Enos, Lases, invate. 
' Nevé lúe rué, Marma, síns incurrere in pleoris. 
Satur fu, fere Mars. Limen sali. Sta. Berber. 
Semonis alternei advocapit conctos. 
'^' Eoos, Marmol^ iuvato. 
Triumpe. 

La etelamacion final está repetida cinco veces y tres los versos anteriores: 
parece más sencilla qoe coou) la ponemos en el texto siguiendo á varios escri- 
tores de lüeratura, la forma de este antiquisimo cántico. 



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- 60 - 
confiesa que eo so tiempo oadíe lo eotendia. Hé aqaí lo qae se coDserva 
de los cantos salios, cuyo origen se remonta á Numa: 

Divum exta cante, divum deo supplice cante. 

. . . . omnía 

dapalilia comisse jani casíones 

duonas cernses divias janusque venit. (1) 

Estos versos que solo por conjeturas pueden entenderse, y que pare- 
cen más perfectos en cuanto al metro que los de los Árvales, son con 
ellos todo lo que queda de la primitiva poesia religiosa de los latinos. 
Basta su lectura, para comprender su escaso mérito é importancia. 

Como monumento de gran precio para el estudio de los orígenes de 
la lengua latina deben citarse los fragmentos conservados por Festo, de 
las leyes regias. Si la colección de Papírío se hubiera conservado, ten- 
dría la crítica hoy, medios de poder apreciar hasta en sus más pequeños 
detalles los pasos de perfeciondel latin; con lo que queda, solo puede 
apreciarse la lentitud con que adquirió el carácter literario, ya porque 
es de dudar que los fragmentos á que se alude, estuvieran escritos co- 
mo se conservan, si se ha de creer á Polybio, que dice no haber encon- 
trado un romano que le hiciera entender el primer contrato de comercio 
celebrado entre Romanos y Cartagineses, que es posterior en fecha» y ya 
porque hay lagunas de más de un siglo en que no se puede presentar 
muestras de la lengoa latina. 

La originalidad del pueblo romano en la legislación, y los caracteres 
imperativos ó jurídicos de su lengua se observan desde sus primeras 
disposiciones legales: en esta parte es donde menos se echa de ver la 
imitación griega que constituye el carácter general de la literatura la- 
tina; en comprobación délo dicho vamos á citar algunas de las leyes 
atribuidas á Numa. 

ciSei hemonem fulmin jobisocisil nei supera cenua tolilod; hemo sei 
fulmined ocisus escit oloe iousta nula fíeri oportetod (2.) 

ttSei cuips hemonem loebesom dolo sciens mortei dqit pariceidad es- 



(4) Podría traducirse á un latía inteligible así: «Divum exta caoite, deum 
Jaoum suppliciter caDÍte.=Omoia dapalía comedisse Jani CuríoDes. Boous Crea 
tor Dítíus JaoQsque yeoit. 

(2) Hó aquí como loscomentarístas las traducen. Si bomioem fulmeo Jovisoccisíl 
oe supra genua tollito. Homo si fulmine occisus est, illi justa oulla fíerí oportet. 



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- 61 - 

tod sei im impradeRs se dolo malod oceisít pro capíted ooeisei el nalds 
dios emio concioDed arietem subicilod (1). 

Es digna tamiñeD de citarse otra ley de Servio Taiio, conservada por 
Festo. 

cSei parentem puer verberít asloJoe {dorasít poer diveis parentnm 
sacer esto seí curns sacra diveis pareotnin esto (2).» 

Las leyes de las doce labias (año 301 de R.) posteriores ea ud sigla 
á la de Servio Tulio, son oiro monomenlo importante de la lengua la- 
tina: aparte del interés kgal de ese código, qne Cicerón llama Carmen 
necesa rium del sabio y del jnrisconsulto, como medio de sastifacer las 
exigencias del pueblo en su lucba con el patriciado, y aparte también 
de la historia de su formación, que en cuanto al viage á la Grecia, ofre- 
ce algunas probabilidades de estar adulterada por la fábula, tiene un gran 
interés liter ario: en los fragmentos que se conservan de la admirable ley 
decenvirál se observa bastante perfección en la lengpa, y una concisión 
y energía tales, que pueden considerarse como muestra de la oríginali - 
dad en el modo de dar las leyes los romanos, y como el modelo eter- 
no de sus legisladores. 

Si fuera posible detenerse en el examen de los fragmentos de este có- 
digo, se encontrarian rasgos que mostraran con admirable verdad el 
carácter del pueblo rey, quedando siempre sorprendidos de la belleza 
de la forma y expresión: Citemos alguna parte; alienta, la estimación 
de la calidad de ciudadano decretando en cinco palabras el derecho 
de reivindicación contra el detentador exlrangero y ellas solas re* 
velan la grandeza del odio que los separaba de lodo loque no fuera ro- 
mano: adverius hostem cBterna autoritas esto: el horror con que mira 
al ladrón y la impunidad del que le mate se muestra con estas otras: 
a5t ttox furlum faxit^ siim aliqms occissit^ jure ccrsus esto: establece 
la pena del talioo por lesiones, á no mediar arreglo entre el herido 
y A reo, con estas ^qui membrum rupsü ni cum eo pascit, talio esto. 



(4) Si quis bomioeQi liberum dolo sciens morti dederít, parricida esto. Sí eum 
improdeos sioedolo malo occiderit, pro capito occisi ei oatisejus incoDcione arie- 
tem subjicíto. 

(2) Si pareotem paer verL^ret, at ille pioraverit, puer divis pareoium sacer 
esto; si nuru9, sacra di?is parentum esto. 



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— «s - 

T lo misma se podría decir de tos dmnás si la (ndole de este libro per* 
mitiera taoto detenimifiDto; se enconlraria adelanto en la lengua, y como 
ya se ba dicho, muestras de grao yaior del caráler romaoo, m que por 
masque se diga que esta legislación esta formada con el estudio de la 
griega, haya nada ea ella que rétele imiiadon de las obras de Licurgo, 
Solón y Charondas: original en su fondo y en su forma, es la base de la 
célebre legislaeioD romana que aun impera en el mundo. 

Después de las leyes de las XII tablas pasa siglo y medio sin que 
se pueda apuntar ningún monumento lilerario: la inscripción de la 
tumba de Escipion Barbado, cónsul el año 45G de Roma, es el pri- 
mero que de fecha probable (sobre el año 47A d^R.) se encuentra. 
Se ha querido considerar esta inscripción, la más antigua latina, como 
un elocueotisimo poema; si butúera más abundantes monumentos para) 
apreciar la cultura romana de los primeros siglos, no mereccria más 
que la mención que ordinariamente se hace de todo io que, siquiera 
por su antigüedad,' es digno de aprecio, pero la historia no los ofrece, 
y de aquí que se encarezca tanto: ni forma ni entonación poética hay 
en ella; no es más que la enumeración de títulos, cualidades, honores y 
\ictorias alcanzadas por Escipion, hecha con orden, y en lengoage 
correcto y basta elegante. (1) 

También es notable la inscripción sepulcral de L. Cornelio Escipion 
hijo del anterior, y ofrece la particularidad de que siendo más moderna 
que la del sepulcro de so padre, contiene más arcaísmos, [2] lo que 
se puede ver comparándolas. 



(4) Para que se pueda apreciar en todo su ménto, hé aquí la inscripción. 

Coroetios. Lucias. Scípio, Barl)atus. Guaiaod. 

Patre. Prognatos. Fortís. Yir. Sapiensque. 

Quoíus. Forma. Virtutei. Parisuma. Fait 

Consol. Censor. Aidilis. Quei. Fuit. Apud. Vos. 

Taurasia. Cisauna. Samnío. Cepít. 

Subicit. Omoe. Loucaoa. Opsidesque. Abdoucit. 
Ci) HoQCoioo. Ploirume, Cosentiont. R. Daoooro. Optumo. Fuise. Viro, Lu- 
cíom. Scipione. Filíos, Barbati, Consol, Censor, Aidilis, Hic, Fuet, A,»,>Hec, 
Cepit, Corsica, Aleriaque, Urbe, Dedet, Tempeslalebus, Aide. Mereto. HuQc 
unum plurimi consentiunt Roma tioooram optimum fuísse virum, Luciura Sci- 
piooem. Filius Barbati, cónsul, censor, adilis hic fuit apud vos. Hic* cepit Cor- 
s icam Aleriamque urbem; dedit Tempestatibus sedem mérito. * 



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-es- 
como reétaerdo del triiiefo oaval obtenido contra los cartagineses 
por el consol G. Doilie, se le erigió una colomna rostral, en cuyo 
pedestal se grabó ana inscripción que en parte se conserva, y que 
contiene mochos arcaismos y el uso de terminaciones od y ed de 
aUatÍYo y ai de genitivo, formas todas célticas que el latín no pudo 
desechar besla que en contacto con el griego, pudieron conocer tos ro- 
manos la resistencia qne la lengua oponia á ellas, y la facilidad con 
qoe se asimilaba á las griegas. 

Ningan otro monumento de la lengua latina se puede apuntar con 
relación á los primeros cinco siglos de su existencia (1). En ellos no 
hay literatura; oa(fe se. conserva que pueda manifestar la tendencia 
artística , qoe ningún pueblo civilizado ha revelado más tarde que el 
romano. Debemos decir algo de lo que la historia, apoyándose en la 
tradición ó en los hechos, dedoce para apreciar la cultura romana, 
ya que el tiempo ha destruido las h uellas de lo que debió existir. 

Cultura romana. 

Al examinar los primeros monumentos de la lengua latina, se ha 
visto que los cantos de los sacerdotes Arvales y Salios perleoecian 
á la poesia lírico-religiosa qoe es siempre la primera inspiración de los 
pueblos: tosca en ellos la lengua hasta ser ininteligible, grosera la 



(t) No comprendemos entre los monumentos primitivos de la lengua latina 
ni el senatu-consulto de Bachanalibus^ ni las profecías de Marcio, porque caen 
fuera de! tiempo que hemos señalado á esta época. El senatu consulto de Ba- 
chanalibus de que Tito-Lívio habla extensamente, es del ano 568 de Roma, 
¿poca en que Ennio y Plauto vivían y habían escrito mochas de sus obras, 
más á propósito para estudiar el estado de la lengua que el senatu-consulto 
que nos ocupa, por más que s^ale bien el progreso que había esperimentado. 
Respecto del carmen frimum et carmen alterum Martii Vatis, tenemos 
la razón de ignorar la época de l.i existencia de este poeta, y la creencia fun- 
dada 4^ que las profecías, tales como Macrobio y T. Livio las citan, no pue- 
den considerarse auténticas, y en este caso es inútil cuanto se diga del estado 
de la lengua apoyándose en escritos de época posterior á la que algunos atri- 
buyen su importancia. Con relación al fondo, las pred¡ccío»es de Marcio, no 
merecen | detenernos por considerarlas pcsleriores á los hechos. Seria el pro- 
feta más inspirado si fueran de autor anterior al tiempo en que pawron. 



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- 64 - 

¡dea, iocotnprjeBsible el melro, nada ofrecen que baga presentir en el 
pueblo romano, a 1 creador de una de las más bellas literaturas. 

Pero la poesía religiosa en esa escasa y pobre manifestación, no es 
lodo lo que se sabe de los pri ñeros tiempos de los romanos; bay algo 
más, original, propio de su suelo, que nada debe á la literatura 
griega, y que muaslra tendencia satírica y dramática. Niebnhr y sus 
partidarios siguiendo los principios de la ciencia literaria y la inspira- 
ción de su fácil fantasía, ban pretendido demostrar la existencia de 
cantos épicos en estos primeros tiempos de Roma, pero nada bay que 
pueda dar fuerza á esta suposición que ajusta el desenvolvimiento del 
arle latino á los pasos con que se ba n.anifeslado en otros pueblos; 
tarea dificil porque la literatura latina obedece más que á la inspira- 
ción propia, á la imitación de los griegos y su genio fiero y sublime, 
como dice Horacio, se quedó satisfecho al tomar de Sófocles, de Thespis 
y de Esquilo lo que juzgaba útil. 

Se conociao en esos primeros siglos y Horacio lo recuerda, (1) unos 
cantos, que se apellidaban Fesceninos^ (2) y que se cantaban por los 
labradores en la época de la siega, fiestas en que reinaban la licencia 
más desenvuelta y la más grosera alegría. Expresión los cantos fes- 
ceoinos de estas fiestas, eran indignos de la musa por el asunto, y es- 
critos en versos saturninos, que eran la libertad misnia, cuyo ritmo y 
armonía no se puede explicar hoy, carecían del doble encanto que detra 
tener una composición poética. La licencia que reinaba en ellos fué to- 
ma ndo un carácter satírico tal que tuvo necesidad la ley de las XII ta- 
blas de prohibir este esceso con la pena de muerte. Conformes sin em- 
bargo con el espíritu romano tan groseras sátiras, los cantos fesceninos 
se conservaron en Roma muchos siglos, y fueron el modo de expresar 
la alegría de los amigos en las bodas, los saludos de los compañeros de 
armas en los triunfos solemnes decretados al vencedor, y en los actos 
más importantes de la vida. Este espíritu original, esta tendencia satí- 
rica no era griega pero es indudable que necesitó el pueblo romano cono- 
cer las letras griegas para que sus poetas pudieran darie una digna en- 



(i^J Epístola 4 , 1 ibro II, verso 4 39, 

f%J Este nombre debe provenir ó de Fescenia, ciudad de la Etruria, de Fos- 
dnuSy Dios de les soriilegioe ó de Fascinum, mal de ojo, ó maleficio. 



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- 66 -- 

. looack» ; crear qq género origieal coo formas y expresión digna del 
genk). Nada queda délas primeras composiciones fesceninas, y en verdad 
(]|ie no es muy sensible, porque conociendo su esencia por lo que Ho- 
racio dice en su epístola cilada, de escaso interés es para la historia la 
conservación de tales modelos. También la poesía dramática tiene sus 
lóseos ensayos en esta época; también aparece con carácter sino entera- 
mente romano, indígena al menos, y sin deber nada á la musa griega, 
en las Minos traídos de la Etrur ia y en las representaciones Atelanas; 
introducidos aquellos en Roma en el ano 390 de su fundación como re- 
medio ideado por los elruscos para corlar los males de una epidemia que 
diezmaba á los romanos , aunque fueron de su agrado, recibieron bien 
pronto una modiBcacion afiadieo'io las improvisaciones fesceninas, tos- 
cas y groseras como eran, á la mímica etrusca que formaba por sí sola la 
diversión: las ateUanas, (de Atella capital de los Óseos, boy Arpiño) se 
acercaban algo á la comedia, ya por tener alguna regularidad, ya por 
respetar algún tanto el pudor de los oyentes; se aficionó tanto á ellos la 
juventud romana, que no permitió que los histriones, siempre mal mi- 
rados en Roma, las representasen por constituir esto su diversión favo- 
rita. Se presume que pudieran tener estas representaciones algún pa - 
recido con el drama sal y rico de los griegos, pero nada queda que 
pueda dar una idea exacta. Tito Livio y algún otroescrííor proporcio-^ • 
nan las noticias apuntadas. No habla mucho en favor de este género c 
observar su desaparición desde el momento en que los escritores latinos 
conocen la literatura griega. « 

Como ensayo digno también de recordarse para completar el examen 
de los primeros elementos de la poesía latina, debe mencioaarse la 
fábula que T. Livio (1) recuerda que Menenio Agríppa conté á los ple- 
beyos en el monte Sagrado, y que revela como fábula y como recurso 
oratorio, una cultura notable tanto en el- autor como en los que le es- 
cuchaban. 

La Oratoria, la Historia y la Jurisprudencia. 

Ja oratoria oo puede reconocer á Catón y los Grracos como los pri-< 



f^) 11.32. 



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- 66 - 
meros oradores de Roma; la elocaeocía debió forzosameníe eiislir des- 
de el día en qaese conslítayó la república; con razón concede Cicerón 
el fílalo de elocnenles á los fundadores de la líbetlad romana, annqae 
no se pneda apuntar el nombre de ningún orador más que por conjetu- 
ras: ¿cómo es posible obrar un cambio político de tal trascendencia y en 
que tanta parte tomó el pueblo sin la ayuda poderosa de la palabra? 
¿cómo comprender la realización de tantas conquistas por el pueblo roma- 
no, sin conceder á sus caudillos la enérgica y concisa elocuencia que 
anima el esfuerzo vigoroso del soldado? Es indudable que ni se obran las 
grandes revoluciones sin este recurso, ni se realizan sin él los grandes 
hecbos de armas: si Roma no ofrece en esta época oradores, su historia 
asegura la existencia de una elocuencia natural, hija de la pasión 
que sin los recursos del arte, sin el estudio de las reglas retóricas, pe- 
netraba en el corazón del oyente, y movia su impulso hacia los intere- 
ses de la patria. El establecimiento de la república, las luchas de los pa- 
tricios y plebeyos que tantas veces ensangrentaron las calles de Roma, 
comprando así las franquicias y derechos que alcanzaban, las transacio- 
nes de uno y otro bando, los acuerdos del Senado, la administración de 
justicia después de la república, los tratados celebrados con otros pue- 
blos, todo supone la necesidad absoluta de la elocuencia y de su enér- 
gica manifestación por medio de la palabra. Aunque la historia nada 
conserva, no deja de confirmarla afirmación establecida el recordar dos 
discursos célebres de un hombre importante; los de Appio Claudio el Cie- 
go: ¡cuan fácilmente se podría aumentar este recuerdo! todos los qae 
rigieron la su».rte de la república, todos los que sostuvieron como gefes de 
ambos partidos las luchas de patricios y plebeyos, todos los que realiza- 
ron hechos de armas importantes, debieron estar dotados del talento del 
orador: en las repúblicas es el primero de los talentos, y la república es 
el mejor teatro de la oratoria. 

La historia, en que tanto brillan más tarde los romanos, tenia que ser 
cultivada pronto también en el pueblo rey; orgulloso de sí mismo, sa- 
tisfecho de sos hechos, debia juzgar la tradiccion oral como medio indigno 
para guardar la memoria de sus hazañas: el deseode perpetuarías se ob- 
serva ya desde la época de los Reyes; fos CommentarüRegun, las Imáge- 
nes cerew los Stmmala, la columna de Duilio de que ya se ha hablado, 
los Anmhs pontificm, los Libri lintéi, los tratados de comercio yfitpaz 



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— «7 - 

cttotrMpueUoBeic., eran no historia, peronprecíofosmoBtimeAlttpira 
escribirla. Lástima que perecieran en la invasioB de loa Gaks, porque 
el eelo de ios mejores historiadores no ha podido suplir la pérdida de la 
malaria hisUNrica que la previsioo de loa roinMios habia reunido, y ha 
sido muy poco por desgracia lo que ha escapado del aaufragio. 

Si el poeUo romaoo eo el periodo qac vamos esludiaodo do tiene 
más qoe débiles muestras de poesía, si ni conoce la filosofia (t) ni 
ninguna de las ciencias que de ella se derivan inmediatamente; si la 
historia no es á nuestros ojos más que un deseo tnanifestado en preciosos 
monumentos qoe han desaparecido, si por inducción solamente se puede 
sostenerla existencia de la oratoria, politice y militar, en cambio existe y 
con caracteres absolntamente originales, una ciencia poco cnhivada por 
los griegos, y eo la que los romanos sobresalieron como ningún otro 
pueblo de la tierra. La jurisprudencia tiene entre los romanos casi 
tanta antigüedad como la misma Roma; se citan leyes importantes de 
la época de Rómulo, come la que fijaba el robusto poder de los pa- 
dres sobre sus hijos ; de Numa, como las que determinaban las 
ceremonias reUgíosas; de Tulio Hostilio, de Anco Marcio autor del derecho 
fecial, de Servio Tulio sobre contratos , delitos y administración de 
justicia, en tanto número que Cayo Papírio, del tiempo de Tarquino 
el soberbio, creyó necesario coleceionarias y en efecto lo hiiO: esa 



(4) Tito Livío y Plioio liablan de la aparícioo de \o$ libros atrilniidos á Nu- 
ma, eo el año 481 antes de J, C, dando ano y otro escritor grandes y minu- 
cíoaos detalles para explicar este prodigios suceso, qoe voWia á los romanos un 
tesoro cieotíBco, que habia estado oculto quinientos anos. La manera con que el 
becbo se refiere, sus mismos detalles, el pretender que los libros de Numa 
contenían la filosofia pitagórica, razón por la que el senado á instancia del 
pretor Petilio y de los tribunos de la plebe los mandó quemar, todo induce 
á creer que en la época á que se refieren los escritores citados, no existieron 
en Roma los encarecidos libros de Numa*. conocida por otra parte la ilustración 
de los romanos en tiempo de Numa, preciso es confesar que para conven ir 
en la existencia de esos libros, habria que cooTonir también en que la historia 
nos ha guardado ideas equivocadas acerca del pueblo romano y de su civiliza- 
ción y cultura en los primeros tiempos. Hasta que empiezan á conocerse en 
Roma los sistemas griegos, nada apunta la historia literaria que se refiera á 
la filosofía, y como más adelante se demostrará, el pueblo romano nunca, 
oí aun en la epotta do su mayor ilustración, fué original en los estudios filo- 
sófioof. 



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- 68 - 
colecíioa que se conoce con el nombre de derecho Papiriano , Jus 
Papirianum, en recuerdo del más antigoo jurísconanllo romano , con la 
qae se podrían llenar hoy muchos vacios de la historia del derecho, 
tuvo la misma suerte que los monumentos históricos de aquellos tiem- 
pos, de que se ha hecho mención. Aixrfida la monarquía, las eternas 
discordias sostenidas entre patricios y plebeyos, dieron ocasión al na- 
cimiento de otras fuentes del derecho; de ahí arrancan las Leges cm- 
íuritttt los Phhisáia, los Senatus consulta , la primera ley agraria, 
la forn)acion del cédigo de las XII tablas, enérgica defensa contra la 
arbitrariedad judicial, y muchas otras leyes civiles y criminales, que 
cada vez fueron siendo más frecuentes. 

La costumbre, que en todos los pueblos nacientes es respetada co- 
mo ley, fué en Roma qna razón decisiva, y la causa del nacimiento 
del derecho civil, en la más estricta significación de esta palabra, 
es decir, como el conjunto de reglas y máximas establecidas para la 
aplicación é interpretación de la ley. Cuando los patricios perdieron 
por la ley de las XII tablas esa insigne prerogativa, inventaron lo 
que se conoce con el nombre de acciones de ley, fórmulas san las 
cuales no se podian intentar ni concluir los procedimientos judiciales: 
ocultas á los plebeyos tan esenciales reglas hubieran perdido todas las 
ventajas alcanzadas por la ley decenviral, si Coeo Flavio, escribiente 
de Appio Claudio haciendo traición á su amo', no hubiera publicado 
la colección que este mismo había hecho. El pueblo además de dar su 
nombre, jus flaoiañumy á la colección, le llevó á uno de los más altos 
puestos. Los patricios buriaron otra vez las esperanzas de los plebeyos* 

Pueden citarse como jurisconsultos notables de esta época además de 
Appio Claudio ya citado, el sabio Publio Sempronio, y el cónsul en 17i, 
Tiberio Goruncanio, que fué el primero que en Roma profesó pública- 
mente la jurisprudencia como una ciencia importante. 



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- 6» - 



SEGUNDA ÉPOCA. 



CAPÍTULO V. 

Guerras eoQS^Qles con lodos los pueblos, discordias ialesUoas eolre 
patricios y plebeyos, IlamaroD ia alencioa de los rornanos duraole el se- 
gundo periodo de sa bistoría literaria qoe es el en que nace su lileralo- 
ra: Roma había conquistado la Ilalia, pero al fio de esta época era 
ya señora de casi lodo el mundo. 

Pocos años después de firmada la paz con los Cartagineses, los ene- 
migos eternos de los romanos por carácter de raza y aspiraciones, se 
apoderaron de la Córcega, de ia Cerdeña, de la Galia Cisalpina, y de 
la fliria que les di6 el dominio del mar Adriático y lea bizo aparecer á 
los ojos de la Grecia, con la que entraron en4*elaciones, como sus salva- 
dores: en el año 836 de R. se renovó la guerra con Carlago y jamás 
.estuvo más espuesta la fortuna siempre creciente del pueblo romano; 
diez y siete años de la más cruda guerra, en que na se sabe que admi- 
rar más si la enérgica decisión del Senado, ó la constancia del pueblo 
qoe veia la desvastacion de la Italia, y la pérdida de la más brillante ju- 
ventud, y que sin embargo no^decayeroo un momento: solo asi puede 
explicarse el triunfo y el que aparezca Roma al fin de la lucha lan^ po- 
derosa como estaba al empezarla. 

Tres grandes Estados nacidos del imperio de Alejandro, la Macedonia 
la Siria y el Egiplo, que hubieran podido resistir á los romanos si hubieran 
sabido unirse, fueron pronto el objeto de la ambiciou republicana; la Ha. 
cedoma fué la piimera victima, y Filippo después de la batalla de Cynos. 
céphala, tuvo que renunciar al imperio déla Grecia; el pueblo griego, 
siempre fácil y crédulo, oyó proclamar su libertad, y aplaudió al que so- 
lo intentaba privarle de la protección de sus amigos para encadenarle 
con más facilidad y más fuertemente después. 



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- 70 - 

Ud hombre notable, capaz de resistir el empuje de los dominadores 
de la tierra, conocedor de las perfidias de los romanos, hizo compren- 
der alas naciones todavía libres, la necesidad de unirse contra los tira- 
nos del mundo: Anibal concluyó un tratado entre Carlago, Siria y otros 
Estados más pequeños para herir mortalmenle al pueblo que todo lo sub- 
yugaba; el destino quiso que triunfera Boma: el rey de Siria entreteni- 
do en Eubea en fiestas y en banquetes con los griegos, dejó que los ro- 
mmés se adehüacan, y le vié obligado á retirawe al Asia «leaor; Lu- 
cio Gorn. Escipion siguiéndde con su ejército, obligo cerca de Magne- 
sia á Antiocoá una paz deshonrosa, comprada con grandes sumas y 
con la pérdida de parte de su territorio. 

La Mácedonia hizo bajo Perseo, el último esfuerzo para ref'obrar su 
independencia; una son>bra de libertad bajo formas republicanas, fué 
lodo lo que consiguió en aquellas guerras en que el mismo Perseo hecho 
prisionero fué conducido á Roma Iras del carro del hábil y culto Paulo 
Emilio: la liga achea habia escilado las sospechas de los romanos de*ha- 
ber lomado parte en estas guerras, y mil nobles acheos entre ellos el 
ilustre Polybio, fueron llevados é Roma en rehenes: la impostura del 
PseudofMlipo dio ocasión á los romanos para reducir la Mácedonia á 
proirincia romana, y un ullrage que los de Corinto hicieron á los diputa- 
dos romanos, fué la señal de guerra contra la Grecia: el ilustre Q. Mé- 
telo, que habia sujetadola Mácedonia, se encargó de ella, pero la Grecia 
tuvo la desgracia de que Mummio, fuera el sucesor nombrado por Roma; 
cruel é ignorante vertió sangre innecesaria para su triunfo, y consintió 
que las obras artísticas fueran bárbaramente mutiladas. La Grecia fué 
una provincia romana con el nombre de Acaya, y los griegos fueron ó 
mercenarios del ejército como los Espartanos ó artistas y literatos para 
el pasatiempo de los romanos, como los atenienses. 

Las conquistas inmensas que los romanos realizaron en tan pocos anos 
y que tenian por Hmile de su dominación, las columnas de Hércules por 
un lado, y el monte Tauro por otro, produjeron la más funesta influen- 
cia en Roma: el Senado con su ilimitado poder, habia creado una aris- 
tocracia de familias, como pago de los ilustres hechos de este tiempo, 
el más fecundo en grandes hombres de todos los de la historia romana, 
que aumentó la enemiga siempre viva entre los patricios y plebeyos, y 
que dio lugar á una guerra dvil. La deágual distribución de los terre- 



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- 74 - 

DOS conquistados y la avaricia osararía de los nobles habían prodn- 
cido nna desigualdad de fortunas denasíado sensible; el tener vincula- 
dos el partido del senado los destinos públicos en individuos de su se- 
no» y el deaeo en todos de riquezas para satisfacer el afín de lujo y de 
placer, que la corrupción de costumbres^y las grandes conquistas ali* 
menta baa« fueron causa de este trastorno que regó con sangre romana 
las calles de la ciudad eterna: losGracos, ilustres patriotas, humanita- 
rios y elocuentes, se pusieron á la cabeza del pueblo presentando y 
defendieado con las armas proyectos de ley beneficiosos, pero las dos 
ilustres joyas de Cornelia, estos insignes oradores, perecieron en la lu- 
cha que dirígian contra los nobles; Mario, de origen humilde, ambicioso, 
activo y enemigo de toda collura , célebre caudillo acreditado en la 
.guerra de Yugurtha, y la de los Aliados, siete veces elegido cónsul, fué 
el héroe y el apoyo del partido popular : el partido aristocrático había 
puesto sus ojos en Cornelío^a, polilico hábil, guerrero distinguido, am- 
bicioso é inmoral en extremo: la guerra de los Aliados en que babia 
deq)legado grandes talentos militares, le abrió paso para el consulado 
y para el mando de la guerra contra Mitbridates; la Grecia sintió el fu- 
ror de Sila y Atenas vio con dolor destruidos sus templos, sus veneraii- 
dos edificios y las grandiosas creaciones de su genio; la codicia lo sa- 
crificó todo. Al su vuelta á Italia, vencido el per:ido de Mario, después 
de hacer sentir con horrible rigor su poder, se hizo- declarar dictador 
perpetuo, y por uiedio de sus célebres tablas de proscrífdon « estable- 
ció un gobierno aristocrático, sació su sed de venganza, y cuando este 
hombre singular creyó asegurado el orden, dejó el poder y se retiró á su 
casa decampo, desde donde sus escesos le bajaron al 8epulcro.(78 a. J. C J 
En un pueblo constantemente ocupado en guerras esteriores y des- 
trozado por facciones en el interior, ¿cómo era posible que las arles 
de la paz, la ciencia y la literatura alcanzaran mejor fortuna que en 
la época anterior? Si la guerra no hubiera dado á los romanos la po- 
sesión de la Grecia, si las relaciones con los griegos poseedores de 
tan brilante literatura, no hubieran sido lan íntimas, nada ofrecería 
el pueblo romano que mereciera un estudio detenido bajo el panto de 
vista literario. Pero antes de examinar lo que la literatura romana 
produjo en este tiempo, es preciso decir algo sobre la cultura de los ro- 
manos y su lengua en esta segunda época. 



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- 71 - 

Cuitara. 

La guerra y la agricullora erao las ocupaciones preferentes del pue- 
blo romano hasta en las clases más elevadas en los primeros siglos 
de su existencia, pero á la vez desapareció la frugalidad, la sencillez 
de la vida, y lo que es más. la actividad; la ley tuvo que declarar 
pernicioso para el Estado, al ciudadano que no poseyera siete estadios 
de tierra, y prohibir la posesión de más de ruinienlos ; tuvo ademas 
que tomar determioacioBes solemnes para reprimir f I lujo de las me- 
sas, de los trages y del núnicro de convites y convidados, con que 
los ciudadanos podian obsequiar á sus amigos; medios son estos áqoe 
muchas veces han recurrido los legisladores, pero siempre sin resul* 
tado, porque no se logra con ellos más q ue desvirtuar el poder de la 
ley; la causa de estos males que hadan de Roma el centro de la 
corrupción y mala fe, qne habian corrompido la idea de la moral 
hasta considerar bueno lodo lo que pudiera proporcionar ocio y placer, 
y que habían pervertido exlraordioariamenle las costumbres romanas, 
es dificil dj encontrar, pero quizá sea de gran importancia el des- 
cuido general en la educación de la juventud, de la que se ocuparon 
poco los gobiernos de Roma, debiendo ser una de las primeras aten- 
ciones de lodo Estado. La conquista de la Grecia introdujo en esle co- 
mo en otros puntos, modificaciones importantes. 

Pocas, casi nulas son las noticias que la historia guarda acerca del sis- 
tema de educación de los romanos en los primeros tiempos de la repúbli- 
ca; los elruscos, según T. Livio, fueron los maestros de los jóvenes más 
elevados de Roma, pero si se atiende á lo que sd puede deducir de las 
leyes romanas y de hechos históricos indudables, fácilmente se compren- 
derá que el poder absoluto del padre de familia, aquella patria majestas^ 
exclusiva de los romanos y de que tan orgullosos se muestran, no per- 
mitia la existencia de una enseñanza fuera de la familia; el padre dueño 
absoluto de sus hijos era el director de su educación; las escuelas de qne 
Quintíliaoo, Plinío y aun Horacio hablan, no van utas allá del tiempo 
de César, época de ilustración en lodo distinta de la que inicia la con- 
quista de la Grecia; los romanos más ilustres de este tiempo y los padres 
de familia despreciaron las arles y las ciencias de la Grecia, y 



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- 73 - 

iDtt'gne de lodos, el que ha hecho so nombre histórico, el virtuoso Calón» 
marcó su enojo contra los sabios griegos pidiendo su espolsion de Roma 
como perniciosos para el Estado: creían los romanos que la moderación 
de costumbres solo podía conservarse con la ruda edncacion que los 
mismos padres daban á sos hijos, y de aquí la oposíoion tenaz que h in- 
novación encontraba, y que si fué tolerada al principio no fué juzgada 
nunca como una mira poUliaa; la educación fué desatendida y coande 
pudieron apreciarse los males de tanta negligencia, cnando ya era im- 
posible, se pensó en poner remedio; se quiso desechar las arles griegas 
cnando se habían introducido como vicios en la sociedad fomana; un pa- 
^ge conservado por Macrobio del discurso de Escipion EmiKaoo, el 
acosado por Calón de corruptor de las costumbres, puede servir para 
apreciar sns quejas contra la educación griega y contra k» efectos que 
producía el aboso de las artes de agrado, como la música y el baile, en 
la educación de la juventud romana; ni los egercicios teman otro fin que 
la guerra y el placer, ni la ciencia emponzoñada por sus depositarios y 
maestros, siempre de la condición más humilde, esclavos y libertos, pe- 
dia dejar de alterar las verdades más puras, y las ideas más nobles; el 
desden con que se miró la nueva educación, la falta de una iostilucíon 
que regulara su uso, y los tesoros de las conquistas, sostuvieron el fre- 
nesí qoe se apoderó de lodos, ccrfocando las costumbres en una pendiente 
de corrupción por la que se precipitaron con una fuerza irresistible: la 
ley quiso cortar este mal, pero el lujo varió de forma y la ley quedó 
eludida (1). 

Los Irages de los romanos empezaron en esta época á tomar el {áusto 
tan común del Oriente y Grecia; la loga, pacífica manifeslacíon de man- 



^1) Debemos hacer mención para poder formar idea del desbordamiento 
de las costumbres romanas aun en los tiempos de la república, de las leyes sun- 
toarías: la Oppia que ponia limites á los adornos y lujo de las mugeres; las le- 
yes Orchia y Pannia sobre el lujo de las mesas y numero de convidados, y la 
Didia que imponía penas giaves no solo á los que diesen festines, sino á los 
convidados y asistentes. Las de Sila qub tasaban el precio de los manjares y 
contenían multitud de ellos compuestos de sustancias raras, ñolas apreciamos mas 
que como lujo de severidad y como muestra del camino que la innovación había 
ganado. 

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- 74 - 

do, fué mucho (ieuipo su único Irage; sus distiocioaes graduales podiao á 
los ojos de los republícanps conservar la sencillez que apeledan en la vida 
y las costumbres. No solamente se varió en las mugeres adoptando otros 
opuestos á la toga, sino que en los hombres empezaron á modificarse, coa 
adoróos afeminados poco dignos de un pueblo g;iierrero. Este hecho acaso 
tenga explicación cumplida en la ignorancia y mala consideración del cor 
mercio oolre los romanos de los primeros siglos. (1) Si al principio era 
indigno de un pueblo agricultor, más tarde lo era también del pueblo 
que se habia hecho señor del mundo. 

. Pero si la austera sencillez de la educación paterna sirve para ex- 
plicar la diferencia de costumbres co la época republicana, si hay 
que atribuir gran parte de las innovaciones en las costumbres á las 
innovaciones introducidas por los nuevos maestros en la educación de la 
juventud, aun debemos apuntar otras causas que sino se refieren al lu- 
jo material, como las ya expuestas, dan ideas de esta época porque se 
refieren al lujo de la inteligencia, á las artes, & las letras, á los teatros, 
brillante acompañamiento de los pueblos cultos, que influyen podero- 
samente en el aspecto social y en el carácter de su Uteralura. 

Las luchas del circo, en que lomaban parle los ciudadanos y rccibian 
premios que la ley misma de las XII labias señalaba, aunque en cierto mo- 
do recuerdan los juegos olímpicos de Grecia, se convirtieron en comba- 
tes sanguinarios que< solo la guerra continua, y la necesidad de soste- 
ner la primitiva ferocidad podía conservar. Ni los hombres más impor- 
tantes de la república, ni la filosofia, defendiendo las ideas humanita- 
rias que hollaba esta diversión, levantaron la voz contra tan bárbaro es- 
pectáculo que la aviesa política romana juzgaba útil y conveniente 
para el Estado. La literatura del pueblo griego, que hizo á los romanos 
mostrar su admirable talento de imitación, no pudo aunque dulcificara 
su leoguage, aunque inspirara afición á los gozos del espíritu , modi- 
ficar sus costumbres y arrojar de Roma un espectáculo propio solo de 

{\J La moneda agente iodispeasable det comercio, no se conoció en Roma 
basUi las épocas siguientes: la de cobre en tiempo de servio Tullo; la de plata se- 
gún Plinio, cinco años antes de la primera guerra púnica, y la de oro según 
el mismo escritor, 72 años más tarde en tiempo de Escipion, siendo muy poste- 
rior el adorno dorado en los edificios, y el que los romanos pidiesen oro como 
rescate á los pueblos vencidos. 



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- 75 - 
OD pueblo sakage. Al críslianidino (ociiba destemirlo, sooleDÍet^i) uaá 
larga predicación conlra esa toicua costumbre tolerada hasta por alfinos 
emperadores cristianos. Si lacruedad del Circo perverlia el iftslinto de 
ios rooiaDos, si los bacia iaseosibles á las ideas de amor y homanidad 
eo qoe se iosptra*uD pueblo artista, la Ucencia del teatro eoitríbuia per 
sa parte á desalar los víDcdos religiosos y á despreciar las MAetu pre»- 
crípcioaesde la ley; auaqoe en ti leltro latino que nace en ei^a époet, 
resooarao aiguoa vcb acentos poros, oo s^ pncde düdn* q«e cdsi siempre 
hacia ver la imagen de una aociadad corrompida: atríbayeádo ideas 
falsas á ks dioses, inctirria en un error ccmiun á todos los escritores pa- 
ganos, presentándolos en el teatro tomando parle on arentoras ridfcu>- 
las, y como juguete de nefandas debilidades humanas, loque era más 
peligroso y de peor influencia que {ureaenlarlos víctimas de la ioevitaUe 
disposición del Destino; asi se aomentaba la inoredulidad, se mataba al 
culto y se corrompían las costumbres: la ley cuidó de que en el lealro 
se respétala á los ciudadanos, y permitió todas las injurias que sediri«- 
gian contra los dioses; era mayor la consideración que se daba al Senado 
que la que se daba al Capitolio. 

Si dejando para su logar oportuno la ampliación de la influencia 
del teatro latino en las costumbres^ se 6 ja la atención en los demás 
géneros cultivados en esta época, se encontrará la sátira, no. como 
expresión de uca burla grosera, de un sarcasmo alimentado por k 
ignorancia y la rudeza, como eg la época anterior, sino la sátira oomo 
verdadera concepción poética que excitada por la indignación contra la 
perversión, denuncia al ciudadano inmoral, al magistrado prevarica- 
dor, al vicioso y al corrompido. Loctlio ayudó la obra del poder in- 
menso de aquella magistratura romana que solo inania las penas 
déla opinión y que sin embargo hacia temblará la república toda. 
Tales hecho:{ son la mejor prueba del desorden que se había intro- 
ducido en aquella sociedad y de la necesidad qae tienen los hombres 
de una autoridad á la cual obedezcan para no caer como los Estadas 
libres en la creación de poderes tan exiremos como era esta elogiada 
instítocioo de los romanos. 

Pero al contacto con la civilización griega, el pueblo romano se 
sintió inferior á ella y tan rudo que opuso uaa resistencia tenaz, 
marcada principalmonle en las primecas doses, á Ja introducción de 



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- 76 - 
Ub cenqoislas que había alcanzado; hasla se pensó que la imítacioD 
de las letras griegas deshonraba al que la hacia y que imponía el 
sello de la esclairítud: sin embargo Escipion y Lelio y el nusmo Ca- 
lón se declaraitm sus admiradores y siguieron la corrienle de lo que 
no se podía evitar, porque era qn hecho patrocinado hasta por la mo- 
da, ese misterioso poder que decide muchas veces la inclinación de los 
pueblos hasla en oposición á la ley. En Roma no podía ser de otro 
modo; la literatura latina e^ luja del arte y no del genio, es produci- 
da por la imitación y no por la propia inspiración ; si hubieran te^ 
nido Ulerafura, aun en noediodelas guerras exteriores y de las luchas 
intestinas de los romanos hubiera dado sus frutos más ó menos bellos» 
pero siempre originales; que no la tem'an lo prueba la historia y la 
literatura posterior siempre imitadora , y el hecho de no aparecer 
hasta su contacto con la griega. Digamos algo ahora acerca de los 
adelantos de la lengua, termómetro siempre seguro del gusto literario 
de las naciones. 

Estado de la lengtia. 

Hasta el fin de este periodo no se encuentran maestros de gramáti- 
ca entre Jos que habían venido de la Grecia á ensenar las letras y 
tas artes á los romanos, el lengaage de la prosa no se haUa cultivado 
más que en obras de utilidad iomediala, (agricultura, historia, arle de 
la guerra^ que el espíritu republicano puro oponía á la tendencia 
moderna, y sin embargo la lengua latina se perfeccionó tanto que 
era la lengua correcta de una bella literatura. La época en que es- 
cribieron Planto y Terencio, la de los Gracos, primeros oradores forma- 
dos con la enseñanza griega, de los Escípiones y de Lelio, es mirada 
por Cicerón, como la que sopo hablar mejor la lengua latina. 

Recuérdese lo ya dicho acerca de su estado en la época anterior para 
fijar los adelantos que presenta en esta: Roma, como el punto á don- 
de acudían los griegos, como asiento de las primeras clases, y como 
el sitio que encerraba todas las maravillas que producía la conquista, 
debió ser el centro del buen dedr, donde la lengua recibiera más im- 
pulso hablándose mejor que en las provincias: alli debió nacer la di- 
visión entre d sermo ru$tíeus y el urhams de que se haUó en otro 



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-^ 77 - 
logar, y eo Roma es doode ae operó el Dolabio cambio de lesgoage 
qoe eúle eolre las obras de Livio Andróoico y de Ptaolo, ski me- 
diar entre ellos qq espacio de tiempo de ctecaeiita afios: la aoalogia 
de la lengtia lalioa coa la griega puede sdo explicarlo. Descendien- 
do á detalles, para caracterizar la lengoa de eale periodo y las dife- 
rencias que la separan del siguiente tanto en los nombres, como en los 
verbos y las partículas, se verá la exactitud de lo q&e queda expuesti». 

Desde luego se observa el uso de muchos sustantivos qoe el siglo de 
Augusto desechó (I) el cambio de significación en algunos; (2) el de 
suslanlivos griegos ó á la griega desechados más tarde (Z) y ellle vo- 
ces compuestas sobre lodo en Planto, de una manera bárbara y que la 
índole de la lengua resistía. (I) 

Caracleriza (amblen la lengua de este periodo el uso de terminaciones 
en la declinación de los sustantivos que desaparecen más tarde, asi co- 
mo de diminutivos y de sustantivos cuyo género varia completa- 
mente. (5] 



Pondremos como ejemplos algunos de los qae cita Scboetl toméodolos de 
FuncK, DO permitiendo la índole de nuestra obra la iosercioQ de todos Ioü cam- 
bios que aoola la crítica. 

fij AnquincBt aqualU, bucsida, buceo, bulgaj caproncd, easteria, can- 
chita^ illex ó exlexy aquel á quien la ley do obliga, meá^iaif palabra osea con 
que se designaba |al magistrado y otros mucbos que relativos á tragos y oficios 
pueden verse en Scboell, Funck, y mejor eo el diccionario de Scheller. 

(2) Pueden servir de ejemplo: here$ designando al dueño ó propietario, hos^ 
iis al extranjero; labor significando enfermedad, usus sigoiíicando trabajo. 

(3) Sustantivos formados á la griega y que desaparecen pronto de la lengua; 
archUecton por architectuSt gaulus, miccotrogus, etc. 

(4) Como arggntienterebronidest damnigeruli, dentifrangibula^ peren- 
ticidúi y las onomatopéyicas bilbcre, taxt€ix y otras. 

^) Como angusíitas, concorditasy dtfferitas, opuleniitcís y oiros qaB 
después se declinaron por la primera declinación: gladium por glad%u$f collus 
por collum y otroe con igual variación de la segunda: en la tercera, los qoe tie- 
nen el nominativo en o se terminan en uscomo pavnsí los que or en oa como ar^ 
6o5, timos; los en a« la cambian en do como $imiHta$ y similitudo; los de la 
cuarta terminan et nominativo en a como artua y los neutros se declinan por la 
segunda: los de la quinta bacen el nominativo en a oomo tanpéfalura, en or^ co- 
iDo m<Kor (oíacieB) ó eo dotsmo moUUudo; y asi en todoe^ loa cosos de la de- 
clinación se encuentran* notables diferencias de terminación. Como ejemplos de 
las vanacioaes de género pueden cüarte^ agfiMS, Itiptia, porctis, empleados in- 



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- 78 - 

No es menor la modificMon que se observa ea los adg«tívos: las mis^ 
mas TariaciMes en la dedinaoion, significado y oso se advierten entre los 
eM^ríloi^s de e$ta época y et siglo de oro, qoe la que se ha notado ea 
los sustantivos; nof dos que (^jan de ttsprse y otros qne varían la síg* 
njficacton de «oa manera c«ni|fld«. (i) 

Bn los verbos, como la parle más esencial de toda lengua, se ba* 
Han igaales variaciones; el siglo de Augusto desecha nnichos, (7) cam- 
bia la significación á olross (8) emplea algunos que eran deponentes co- 
mo activos (9) y fija ia conjugación en los qne antes la tenían con- 
fundida. (10) 

Otro tanto poedo decirse de las partículas; igual supresión, igual cam- 
bio de significación, si bien no en tanto número por- su naturaleza de 
indeclinables. (11) 

Claro está que observándose lao capitales modificaciones en lo que 
se refiere al diccionario, se han de encontrar también en la sintaxis y 
no se apuntan detenidamente por considerarlo como trabajo más pro- 
pio de la clase y de la viva voz con el modelo delante, que del texto de 
00 libro didáctico elemental. (12) 



dístiDlamente (Brarium que se encuentra en el masculino, asi como cetas, lux. 
fronsy ntirpB y otros. # 

f6J Como aHatug, capularis, candeus, deliquus.dierectuSf labos^JU, ma- 
cellus, munis^ oculissimus, voluptabilis y otros muchos. Cambian la sígnifíca- 
cion assiduus que signHical)a rico, curiosus delgado ó flaco, intesUMliSf 
teaticuljs privata^9 $uper$t%Ho$us^ adivino y otros. 

(7) Oran número de vert)os usados en esta época desaparecen en la siguien- 
te como abjugo por separo, b$t$te por irt, eausificare por (lecusare, caneen^ 
turiare por colUger$ etc: 

(^J Como decollare por privar, latrare por poseeré, latrocinari por mt- 
Hiare* 

(9) Gomo arhUr^i anspieoj consoló^ imtio^ tmro, proficisoOf vago etc. 

fi^J Ejemplos de cambios eo ki conjugadom se dioe facitur por fii: osus 
$um por edt; potestur por poíesi; poUraiur por po^erat: nequinoni por ne- 
queunt: se^m por sciebam^ capsi por eepi etc. 

^44) Se dice cetalfi» pordiu^ awtu por ashite^ ecceee por eoeei ifoct; por 
noctu^ nuUui por mm: iapp$r per eUo: unwe poc «ifiMil: igual va^iaoioo m 
obtenra en las prtposicionts; «m por círoMr», «por por optMi, ar por od; se 
por sine, endo por in etc. 

(4^ Sirvan é% ej«mphM las frases aéire manwnalkui: coddere sermones. 



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- 79 -. 

TamiMon la ortografía ofrece cambíoB dignos de aooiarse, porque 
tanto la supresión de Tócales como el canbio y el aso de una por otra 
deben tenerse en cuenta para poder comprender más ftcilmente los es^ 
crilores deesta época. (13) 

Sentados estos preliminares, se puede ya entrar en el estodio histó- 
rico de b literatura del segundo periodo. 



Sección primepa.— Poesía. 



CAPÍTULO VI. 



w^8 irágic^B iatit— Méiwio Mnéirómée^^ ^ttlttf* MBmmÍ0f jr«iff*r« ^m- 
«•ff«4«9 if JLm0Í0 Accé0. — M»0B p^e9mé eéamieoB ^múm m oBmb rmé ^B dm 
0B$^ ii^tnpo. — 'IV0940f emftkei0r d^ bub «••n«<M««.-'jr«irr« Aeeim 
^littff •, BU himg§^afia y «w imiitBidmdí e^Bimn^bw^eB y etn^metén^eB 
4irwa B^ pi ^ B mm i m, MfmMiBiB etHiie^ det iemiiñm de iPf«tf#«5 y Bi^ni- 
0emeimu de eBie pmmim en !« MefmSmtHt de «m pmirimt — 'Fméiie 
Tereneio AfiHemne^ neiieimB de Bm rédmf epétBiemeB BtmtigunB meer- 
em de Tereneiej é imflueneiBt de bub r mtme d imB em Íbbb Hiew^imti^mB 
tnedefmmB. — MBimdie BtuBtMiÜee de Tew^eneiej y ee t n p B t rB^eien de 
BUB •^f«« een Iub de ^tmuie. — Ufetieim de otfeB peeimB eétHieeB 
de eB$BB ép meB§ y iceflemiemeB Behre ei $em$re eéti^iee iattiBée. 

Cantos groseros é informes, expresión unas veces del sentimiento re- 
ligioso, y otras del carácter del pueblo romano, habian sido todo lo que 
el literato encontraba en la época anterior, y ahora se vé que la poesia 
remonta su vuelo hasta la más aU;i de las composiciones teatrales; ¿se 
comprcndcria este hecho sin volver la vista airas, sin examinar las causas 



colere vitam, fraud$m frausus est, mulsa loqui, datatim ludere^ de sym- 
bolis este» 

fíSJ Defrude por defraudo: audibam por audiebami caldue por calidus. 
se suprimen sílaluí» eo4eras como cania por dconiay dein por deinde, momen 
por momenium y se aumentan como en duonus por bonus y otros muchos 
cambios sobre todo co el uso do vocales á que acostumbra )a lectura de los escri- 
tores de esta época y que solo pueden aprenderse con el Ofiginal á la vista. 



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-so- 
que lo ocask»aD? de aiogun modo; la Grecia avasallada por las armas 
roiraDas, iippuso á su vez á Boma oo brítlaiüe yogo; sus artislas y sos 
poetas iascioadoa por las hazañas y la grandeza del puebla uacieole, bu 
yeron á Roma llevando consigo los recuerdos de su arle, su propio j^- 
nio y con eslo el dominio poderoso de la inleligeiida sobre el pueblo 
vencedor. Bé aquí explicado el lenómeno, bé aqui, el hecho que dá 
lugar ¿ la modificación que experimentó el genio romano: las represen- 
taciones drau)álicas que hablan proporcionado una de las mayores gran- 
dezas literarias de la Grecia, son á las que primeramente se acogen los 
cultivadores de la nueva literatura sin duda por ser su carácter más 
popular y las que dan forma á la lengua todavía grosera, que hablan los 
habilanles del Lacio: solo asi se puede comprender que en la infancia de 
la lengua y del arte haya poefia dramática, y que el género que de 
biera cultivarse el último, se cultive el primero. 

Teniendo presente la tendencia de este libro, su objeto y sobre lodo su 
calidad de elemental, no es posible detenerse mucho en anotar los prime- 
ros pasos del arte dramático, en recoger las primeras manifestaciones y 
los fragmentos de los escritores de este período. Vamos solo á histo- 
riar rápidamente lo que creemos indispensable para conocer la marcha 
del arte dramático en Roma que es nuestro objeto, paraliacer después 
tt n estudio detenido de lo que fué el teatro y de las causas que impdieron 
su desarrollo, para ocupamos en último lugar de la epopeya y sátira ro- 
mana en esta época, completando asi las manifestaciones que en ella 
tiene la poesía . 

Livio Andrónioo. 

Tan cierto es que se debió á la influencia griega el cultivo del arte 
dramático en la época que eslodiamoj, que hasta los escritores que lo 
introducen en Roma son de origen griego. La poesía dramática fué en 
Roma planta de prematura lozanía, y por eso no dio los frutos que hu- 
biera dado si su desarrollo fuera lento y natural. Es una importación 
con todos los caracteres del pueblo de donde se trae, y que viene en una 
época en que ni el pueblo, ni la lengua , ni lasarles podian contribuir á 
su aclimatación. Livio Andrónico el primero que puso una piedra sólida, 
f ara levantar el edificio de la literatura ronmna, era de origen griego 



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- 8Í - 

y esclavo de condick». Cooocedor de la lileralura griega iotentó dirigir 
la afición del pueblo romano i \9s representaciones légrales por un 
opuesto camino del que hasta entonces habla seguido. ^Las toscas y 
licencióos atebnas que atraían á la muchedumbre se vieron remplaza- 
das por las imitaciones de la alia tragedia ; las üustrea creaciones del 
pueblo griego, las obras de los insignes genios de Atenas, fueron tra- 
ducidas á una lengua naciente y bárbara como la llaman Planto y Lu- 
crecio. No existen más que bs títulos de algunas de las muchas tra- 
gedias que Livio Andróoico había traducido, pero son bastante para po- 
der apreciar no lo que fueron, sino la suerte que debieron tener en un 
pueblo que ni admitía entre sus tradiciones las que habían servido de 
fuentes á los orígiralcs griegos, ni calaba bastante ilustrado para poder 
elevarse hasta los dciícedos goces del espíritu. ¿Cómo podían ser es- 
cuchadas con religioso respeto las inevitables desgracias de Edipo, los 
celos parricidas de Hedea, la sagrada venganza de Oresles, en un pue- 
blo coyos instintos militares y groseros le Itevaban con indeciUe alegría 
á las sangrientas diversiones del Circo? 

La diferencia esencial que existe entre la tragedia y la comedía ex- 
plica el por qué esta fué mejor cultivada y llegó á cierta perfección y 
originalidad; mientras que la tragedia nunca tuvo ni cultivadores, ni 
aficionados á so representación: acostumbrado elpueblo romano á espec- 
táculos que hiciesen por la vista sus más groseras inctínariones, no al- 
canzó ni la ilustración ni la sensibilidad que exige la tragedia;* la come- 
dia y más si es libre como la romana, puede ser grata diversión de un 
pueblo poco culto y grosero, y por eso tuvo mejor suQrle. . 

Livio Andrónico, esclavo del cónsul M. Livio Salinalor, floreció 
inmediatamente después de la primera guerra púnica ; es el pri- 
mero de los escritores latinos : Nil poetis in supra Lmum Androni- 
oim, ha dicho Quinlíliano; de las diez y nueve tragedias que se dice 
haber escrito este poela^ quedan fragmentos iosígoiGcanles que pue- 
den servir para comprender el estado de la lengua, ruda y como es 
de suponer en el escritor que escribe por primera vez una obra de 
empeño en lengua latina, (i ) 



(4) El pasage eo que T. Livio habla de Livio Aodróníco, ha dado lugar á una 
dtacusioo empeñadísima: dice el historiador que^fué el primero quejolrodujo una 



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- w - 

Quinto Buido. 

Natural de Rudia cerca de Tárenlo» y de foimlia disHoguida, sirvió 
ea el ejército romano de Cerdeña, donde trabé amistad oón Catón que 
por ios años 660, de Roma, le llevó á la ciudad eterna donde fné 
considerado por los ciudadanos más distinguidos: conocedor de la lite- 
ratura griega y de las lenguas griega, latina y osca^ alcanzó una 
gran reputación y fué el que despertó en la juventud patricia el 
gusto á las producciones literarias de los griegos; sus servicios en les 
ejércitos romanos sirvieron para concederle la ciudadanía romana y 
la honra de ser enterrado en el sepulcro de los Escipiones. Se citan mu- 
chas tragedias traducidas por esle escritor y quedan fragmentos de la 
Hécuba y Medea de Euri[Mdes: Quintiliano le jnzga más digno de res- 
pelo por su antigüedad que por la belleza de sus composiciones , que 
tienen «que resentirse de ser el autor el primer versificador de esta litera 
tura: al juzgarle como satírico se apuntarán más noticias de su carácter. 

Marco Pacuvio y Lucio Accio. 

So considera al primero de estos dos poetas como el perfeccioondor 
de la (rogedla romana, pero aunque la antigüedad le honrara con los 
sobrenombres de docto y profundo, y aunque se citen hasta diez y aoc- 
ve tragedias suyas, no se puede formar, en atención á los cortos frag- 
mentos que quedan, nna idea aproximada siquiera de su mérito, ni de 
su sistema dramático. 



acción ó fábula continuada en la Báiyra, y que siguiendo la costumbre represen- 
taba él mismo sus obras; fatigada su voz, obtuvo del público la gracia de un cantor 
y sus movimientos pudieron ser más vigorosos; desde entonces los actores tuvie- 
ron á su lado un cantor y solo se encargaron del diálogo, (diverbia); unos han 
creido que Livio Andrónico cantaba y l>ailal)a á la vez, y que después bailaba 
ó gesticulaba solo al compás del cantor; otros y es lo que acaso satisface, que 
hace relación á los entreactos no conocidos en el teatro griego porque el coro 
ocupaba el tiempo, que se entretenía en ésta época con bailes, pantomimas, y 
parecidas representaciones muy del gusto del pueblo bajo; parece pues que la 
palabra diverbia debe entenderse como significando las palabras todas, ya sea 
el diálogo ya el monólogo, fuera recitado 6 cantado. 



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- 83 - 

Otro lanío se lieae que dedr de Lacio Áccio. poela laminen Irágíco, 
ooflvparado á los griegos y mny honrado por la anligüedad: enUe los ti- 
tules de sus tragedias, se eocucntra el de Bmtus, que sirve para in- 
dicar su procedencia y el carácter de originalidad de este poeta. Si la 
Iragedia hubiera seguido un camino más original, si hubiera tomado 
los asuntos de la historia romana que con tanta abundancia los ofrecía 
sin tener que recurrir ni á las tradiciones religiosas ni á las creaciones 
poéticas de otro pucUo, qoizá hubiera podido alcanzar mejor fortuna 
que la que alcanzó y qui?á hubiera preparado el camino para creacio- 
nes importantes en la época siguiente. La Iragedia prmkxíata, hubiera 
sido un medio para llegar siquiera á donde llegó la comedia, que como 
se ha dicho antes, era n)ás propia de la época y carácter del pueblo 
romano. 

Comedia.-Gneio Mevio. 

Por los años 51 9 de Ron)a, un csailor de genio, Cneio Nevio nacido en 
la Campania y griego por su educación, quiso introduiir en Roma la co- . 
media antigua de los griegos, aquella comedia que frecuentemente se 
ha comparado con la prensa política de algunos pueblos modernos, y que 
está representada por el gran poeta Aristófanes; la sálira más libre os so 
carácter y mal podía avenirse con esa libertad, la prepotente importan- 
cia de mando que la casia privilegiada de los patricios tuvo en Roma; 
el carácter dcmocrá!ic*o del gobierno ateniense pudo ser causa de la du- 
ración de este género, que murió en Roum desde el momento en qne apa- 
reció, costando al poeta que luí valor habia mostrado, el duro desenga- 
ño que da una prisión. Escipion el africano, y los Mételos aludidos en 
las obras de Nevio, debieron contribuir á que los jueces encargados de 
valar sd)re la conducta de los cxirangeros, consideraran peligroso al poe- 
ta cómico, que introducía la más libre du todas las creaciones de los grie- 
gos; se apunta por los hisloriadorcs un he;ho notable acerca de esto 
escritor; se dice que alcanzó su libertad por haber escrito dos comedias 
dorante su prisión; á ser esto cierto, ¿no revela que la literatura ilm ad- 
quiriendo una importancia desconocida en Roma antes de esta época, 
y que empiezan á juzgarse dignos de premio y consideración los frutos 
del genio?: tan escasos son los fragmentos que quedan de este poeta quQ 



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- 84 - 
no puedeo dar idea de sa oiaQera,^ el epitafio que se le atribuye, sólo 
tiene la importancia de revelar con escesíva franqneza, el amor propio 
del autor. 

Marco Accio Plauto. 

Este poeta es la gran figura del tealro latino, uno de los genios más 
originales de la antigua literatura romana y un escritor que maneja la 
lengua con admirable y á veces funesta facilidad. Plaulo es también uno 
de los escritores más maltratados; llega la poca afición de algunas has- 
ta pretender que no se lea, ni se estudie en las clases por considerar 
peligrosa su lectura. Sí los poetas y los escritores en general, pero más 
aquellos, se hubieran de juzgar con las reglas del gusto moderno, sino se 
hubiera de tener en cuenta más que el libro prescindiendo del cuando 
y como se escribió, si á Planto se le estudiara solo en una traducción 
libre francesa, es cierto, no mereceria el provecho que haUa de resultar, 
la molestia de leerlo y no debería ponerse en las manos de los jóvenes 
porque sus cuadros están algunas veces demasiado desnudos. Pero si se 
tienen en cuenta por el contrarío algunas refiexiones, tanto acerca de la 
lengua como de las letras y sobre todo del arte dramático, sí se lee en 
la lengua en que escribió y se gozan las bellezas del original, Plauto es- 
un escritor digno de estudio, y las imitaciones que se han hecho de 
sus comedias demuestran bien á las claras, lo apreciado de su sistema 
dramático y las excelencias de su genio. Se ha visto cuáa poco han 
producido las letras latinas hasta la aparición de este poeta; las débiles 
imitaciones que los escritores anteriores hicieron del teatro griego demues 
Irán solo la predisposición de la lengua latina á ser el instrumento de una 
gran Uleralura, y el anuncio de que el genio romano ha de conquistar 
pronto el dominio del arte; en Plauto la lengua es ya robusta, podero- 
sa, enérgica, tiene infinitas bellezas, y su genio anuncia ya los 
insignes escritores del siglo siguiente: con Plauto se realiza á un tiem- 
po la perfección de una lengua y el nacimiento de una literatura. Si 
tiene lunares hay que atribuirlos en su mayor parte á la época y con- 
diciones en que vivió, porque aunque sea cierto que el escritor no de- 
be unir sus trabajos ala obra de la desmorai/zacion, también lo es que 



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- 85 - 
xara vez dejan de iofloir en él con irresistible fuerza las cireanslancias 
que le rodean. 

Pocas noticias hay de la vida de Plaolo: se supone haber nacido en 
el año iik antes de J. C. en Sarsinia y se dice que alcanzó tal reputa- 
ción que á los 4 7 anos se representó una comedia soya, y qoe reunió muy 
pronto una gran fortuna, que vio disiparse en una especulación mercantil 
relativa á representaciones teatrales; no e$ extraño que así le sucediera 
pues rara vez se verán unidos el espíritu couterdal y el genio literario: 
sumido en la desgracia» se vio precisado á ejercer los oficios más bajos, 
esos á que la miseria solo puede obligar y que en Plauto debieron ser 
comparables á la esclavitud, pues algunos le consideran como esclavo. 
Aulio Gelio, dice que escribió algunas comedias durante su miseria y 
cita tres cuyos títulos son SaturiOy Addtctus y Nervolaria, casi del todo 
perdidas. 

íntima parece que debió sef la relación de este poeta con la 
clase degradada de Roma, con los esclavos, al ver cuan bien pinta sus 
costumbres, y su vida: se ignora la fecha de su muerte y la genecalidad 
de los escritores la señalan como ocurrida en el ano 40 de su vida ó sea 
en el 184 antes de J. C. 

Si como se ha indicado antes hay discordancia entre los modernos 
para juzgar á Plauto no la hubo menor entre los antiguos, pues á parte 
de otras citas que se podrían hacer, Varron y Cicerón consideran que las 
musas si quisieran hablar latin, hablarían el de Plauto, y Horacio se bur- 
la de la antigüedad y la llama necia porque le admiraba. La divergencia 
entre estos juicios no puede ser mayor, y no basta enunciarlos, es me- 
nester examinar de qué lado está la razón, que son los tres escrítorcs 
mencionados los más insignes criticos de su época: pero antes de esto, 
conviene dar noticia de las comedias de Plauto, que han Negado hasta no- 
sotros; son en número de veinte, pero de tan raro mérito, que merecen 
un ligero análisis ya que no se pueda hacer otra cosa por la índole de 
nuestro Ubro. 

Ampkitruo: este es el título de la primera de todas, y goza de gran 
estimación, sí Uen sería difícil haberla de colocar como tal en cuanto al 
mérito según alguno ha pretendido. Brillantes escenas cómicas, notable 
habilidad y arte, aunque esceso de impiedad, es lo que notamos en esta 
obra. Júpiter y Mercurio, toman la forma, trage y nombre de Anfitrión 



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~ 86 - 
y Sosia sa esclavo, ]>ara presentarse á Alcuinena duranle la auseoria 
de su marido AnGlrion, y alcanzar de eslc modo el padre de los Dioses 
la salisfaccion de su amor. Basta pinsar en que existiendo dos persona- 
ges dobles el verdadero y falso A \Gtrion y el verdadero y falso Sosia^ 
el enredo, y las equivocacioneá á que se presta, han de sor de gran efec- 
to, y preciso es confesarlo, el autor se aprovecha bien de ellas. Moliere 
itttroíuciendo no personage más, Cleanihis muger de Sosia, ha complica- 
do más y más el enredo y ha hecho el cuadro más cómico. Esta co- 
media que se supone tener su original entre los dorios, revela poco ó m'n- 
gun respeto a los dioses, y Plauto que suele ser licencioso, añade con 
ella la nota de impío á los ojos deja crítica. Bn nuestros teatros es díficil 
conseguir tan gran efecto con estas comedias, como en los romanos que 
por su extensión, la máscara y trage podia ser la ficción casi comple- 
ta (1). Recordando el desenlace del Anfitrión, que consiste en presentarse 
Júpiter á los esposos burlados como el Señor de los Dioses, acouipaña- 
do del trueno y de una luz brillante que anuncia su grandeza, se pue- 
de comprender á qué altura se encontraba entre los romanos la maqui- 
naria y aparato escénico qoe esta comedia exigia coíuo muchas tragedias 
de los griegos y en cuya egecucion llevaban ventaja aun á las trasfor- 
macionesde la ópera moderna, con sus escotillones, gas y otros medios 
que proporciona la industria de nuestros tiempos. 

Asinaria: Esta comedia, que toma su nombre de la compra de 



(t) Lugar oportuno consideramos este para dar una breve noticia de la dis- 
posición material de los teatros antiguos: liasta la época de Pompeyo no se cons- 
truyeron edificios destinados para teatro; se bacian de madera y solo duralun 
el tiempo de tas fiestas para las cuates seoonstraian. La descripción qoe bace 
Plinio de una representación en el teairo de Scauro, nos bace comprender la 
ventaja que en lujo y magnificencia llevaba á los teatros moderaos: eran descu- 
biertos y un lienzo libraba de las inclemencias del tiempo durante la representa- 
ción que siempre era de dia: la parte destinada al público forceaba un semicírculo 
dividido en gradas Prcecintionesy que se ocupaban según el ran^ de los ciuda- 
danos: señalados y numerados los asientos, cada uno ocupaba el correspondiente 
á su billete, tessera; las gradas inferiores eran ocupadas por los caballeros, y las 
superiores por las damas; las dos más inmediatas á la escena se reservaban álos 
principales magistrados, ocupando los senadores el espacio vacio que quedaba 
entre la linea recta de la escena y la circular de la gradería: el ptrlpittifii, muro 
que sostenía la escena, se ocupaba en sus extremos por los músicos. El suela dol 



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-^ 87 ^ 
uaa esclava coa el ¡mporle de algunos asnos, es uo coadro que re- 
pugna y ofende por su esccsiva üborlad. Taiupoco exige su uiérüo 
lilerarío que nos dcleogamos en ella: es tomada del griego Difib. 

Áulularia: Comedía de grao mérito y que ha sido imitada en lodos 
]qs teatros: Moliere se inspiró en la obra de Plauto para escribir su 
Avaro. Como verdadera comedia de carácter ofrece más dificultad, 
pero también su lectura sorá provechosa y útil para los poetas de 
lodos los tiempos y do lodos los paises, porque la avaricia que es el 
vkio qne ataca, tiene por patria al inundo y su vida es eterna. El 
carácter principal está pintado con arte y verdad que los incidentes 
ypersonages de la obra ponen más en relieve. Euclion Hora siempre 
miserias; si dá se cree desgraciado, si recibs, se inquieta: lástima 
es que no enlista conipleta; cl quinto acto escrito posteriormente no 
corresponde á ia obra: cl de Urceo Codro escritor del siglo XV, que 
La Harpe creyó de Plauto, tiene el gran defecto de no sostener el ca- 
rácter; el de Filipo Paré tiene poco interés y poca acción. (1) 



ascBoario era de madera y babia tres decoraciones que se desigoaban can loe 
nombres de su deslinoi trágica, cómica, y campestre. Bl telón bajaba durante 
la representación por uo mecanismo sencillo de cuerdas y de igual forma era el 
que se empleaba para la apari¿ion de sombras y divinidades. Al fin, habia dos 
puertas reservadas al coro; en el centro estaba la llamada real, y oirás dos des- 
tinadas para los extranjeros; la escena estaba decorada con estatuas y columnas, 
y un lienzo separaba el post-scenium que servia para las escenas dobles y 
para vestuario de los actores^ La máscara contribuia mucho á la ilusión y daba 
fuerza y extensión á la voz, asi como el coturno aumentaba la estatura y con- 
tríbiiia ¿ que el actor fuese visto por la inmeasa ooncurrencia que asistia al 
teatro: se dice que en alguno de los romanos se podían colocar bast% SO.OOO 
espectadores, y que el anteriormeole nombrado podía contener basta 40.000, 
cifras verdaderamente asombrosas. 

fij Es frecuente en los escritores de literatura el establecer comparaciones 
entre poetas que bao tratado un asunto, y por eso, La Harpe que considera á 
Plauto como poeta de escasa importancia, da á Moliere la superioridad. Sc- 
blegel por el contrario encuentra en la de Moliere no solo lunares, sino hasta 
f^randes defectos; se olvida del tesoro qu^no deja nunca Plauto de tener presente 
basta que se lo roban, reflexión más justa que la inverosimilitud que encuen- 
tra también de que un avaro se enamore. Si pudiéramos hacer el análisis com- 
parativo, enoontrariamos comparando escenas y épocas, puntos en que ambos es- 
critores sobresalen pero no se puede declarar la superioridad absoluta de nin- 
guno de los dos, por más que esté de parte del escritor francés. 



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- 88 - 

El pkD de la obra de Plaalo es el siguiente: un avaro Euclion po- 
sedor de un tesoro que teme de todos que i$e lo roben, cree que su 
vecino, viejo liberal ha sorprendido el secreto de sos riqoezas^l pedirle 
la mano de su hija. Eaclíoo la concede sin dote; los preparativos dé la 
boda que paga el amante, llevan á casa de Euclion esclavos y personas 
extrañas que le hacen temblar por su tesoro, y se decide á ocultarlo en 
el templo de la Buena Fé; un esclavo d^.l amante de Fedra, lo ve ocul- 
tar, lo roba y lo entrega á Licónides; por fio sabiendo este que en las 
fiestas de Ceres habia gozado los derechos de esposo con Fedra , se 
ajusla el matrimonio con ella y el tesoro vuelve á Euclion. Planto in- 
Iroduce en esta comedia epigramas y alusiones á su tiempo, censurando 
el lujo de las mngeres en los trag(^, adornos y carruages, y ayudaado 
á Catón que pretendía en virtud déla ley Oppia^ restablecer en esta 
parte la antigua sencillez de costumbres. (1) 

Los Cautivos: es una rareza en todo el teatro latino, y el verdaderadra- 
ma moderno; muy poco pueden ofrecer las literaturas que se parezca á 
esta preciosa obra que algunos consideran la mejor de Planto. No hay 
en ella ni anoores, ni mugeres, ni esclavos bribones, ni padre imbécil, ni 
tercera ladina que sirva con sus artes el enredo del drama; el sacri- 
ficio de un esclavo y la felicidad de un padre que encuentra á sus hijos 
que creia perdidos y que el uno habia sido robado en la niñez, y el otro 
hecho prisionero en un combale, es el asunto: por su moralidad es la 



(4) Esta comedia frecaentemeote imíUdá en todos los teatros y en el nues- 
tro por Octavio en su Aventurero honrado , se representó mocho en la edad 
media j se imitó, si es que se puede llamar imitación de Plauto, el Querolus 
que algunos le atribuyen. Más que comedia, más que un drama á la manera de 
|os de Plauto, es un verdadero melodrama puesto en verso por Vital de Blois 
sin que tenga ninguno de los caracteres que hacen bnllar el teatro cómico la- 
tino. 

Algunos escritores antiguos y principalmente Marco Varron y Aulo Gelío, se 
han ocupado de la autenticidad de la^comedias de Plauto, y el primero in- 
tenta fijarla atendiendo al tono caraoteristico que el ingenio y los chistes del 
poeta imprimid n á sus obras; de lasque Varron cita como auténticas, casi todas 
han llegado hasta nosotros si bien incompletas como la Áulularia, las Baehi'^ 
de$t el Mercator y Caüna: IñVidularia, citada también por Varron, se ha per- 
dido y de otras que se le atribuyen solo se conservan insignificantes fragmentos 
que no entra en nuestro plan examinar. 



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— 89 - 
primera de las obras de Plaalo y el mismo la elogia; el chiste qne ha- 
ce agradable la fábula, esta puesto en boca del parásito y la maoia de 
filosofar introducida por los griegos, es uno de los asuntos en que más 
se ceba la burla. La crítica encuentra sin embargo lunares dignos de 
mención; el poco arte del primer acto, la falta de la unidad de tiempo, 
lo mal preparado dtíl desenlace que fácilmente se adivina desde el cuarto, 
y la innecesaria aparición en el quinto del puer ó esclavo que robó, 
que ni fs cómica ni hace falla para completar este interesantísimo 
cuadro. (1) 

Casma: aunque el pensamiento moral de esta comedia sea digno de 
la musa y esté perfectamente pintada la humillación del viejo libertino, 
al verse despreciado por su mnger, su hijo y sus esclavos, no ae puede 
menos de ver en la obra de Plauto un cuadro poco edificante y que no 
solo peca contra las costumbres, sino que falta á la decencia y al res- 
peto á lus dioses. Casina es una joven, de la cual se han enamorado un 
padre y un hijo: el viejo, cuyo ridículo esmero por agradar, nos podría 
recordar á nuestro Lindo Don Diego, intenta casarla con un colono su- 
yo, con quien ha convenido ciertas inlames condiciones, pero un esclavo 
del hijo hace ver á la madre en toda so fealdad lo indigno del convenio, 
y todo el repuguante cinismo del viejo libertino. 

Ctstellaria; nombre tomado de ana circunstancia de la comedia y 
derivado de CUtella, cesiilla; es una de las comedias de Plauto más 
originales en la creación de los caracteres y en el contraste admirable 
que entre ellos resulta: ha llegado incompleta, pero fácilmente se su- 
ple la mutilación que el tiempo ha hecho en la fábula porque nada tie- 
ne de extraña. Silenia, joven abandonada de ^us padres, que vive en 
casa de una Celestina, que dominada por todos los vicios quiere trafi- 
car con ella y su amante el noble joven Alcesimarco, son dos ca- 
racteres justamente elogiados por la crítica: al ver este cuadro y al 
examinar como Planto sabe hacer agradable el carácter de Silenia , se 
couiprendü bien que'su inspiraron podia trazar cuadros tan sublimes como 
los Cautivos y personages iún bellos como éste. Sensible es que la perver- 
sión del gnsto de losrooianos le llevara á pinturas frecuentemente libres. 



(4) Se representó en 4844 en la corte de Berlín por los estudiantes ante un 
ilustrado concurso de hombres emíoentes, y literatos distinguidos. 



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- 99 - 

Curculio: Corcolio (de Curtvirio gorgojo) nombre del parásilo que 
juega en esta comedia gran papel; es el tipo de la comedia antigua; un 
mercader de esclavos avaro é infame, un usurero, un hram sin hazañas 
y una joven robada y que ha de ser libre al fin, son los personages que 
juegan en ella: animada en su acción y diálogo, clara y rápida en la expo- 
sición y romántica á la manera de nuestras comedías en el desenlace, ofrece 
en el cuarto acto un plano de las costumbres y moralidad de Roma, que 
la hacen más interesante. Planeria, que es la heroína, es tan delicada 
y tierna como Silenia^ Siempre que las mugeres de Planto han de ser li- 
bres son honestas; hasta este punto obligaban sin duda al poeta las pres- 
cripciones de la ley. 

Epidicus: Planto consideraba el Epídico como la mejor de todas sus 
comedias; si la posteridad no juzga de la misma manera, en cambio ha 
confesado que no era ciego el amor propio de su autor es de las más 
entretenidas y complicadas por la intriga, y el esclavo Epidico que es 
el alma de la comedia, es el tipo de nuestros escuderos. La exposi- 
ción es notable por lo original; hecha por dos esclavos de los cuales el 
uno desaparece sin explicación, es una bella sátira de su tiempo; 
los ciudadanos que dejan las armas al enemigo , las intrigas por 
ocupar los primeros puestos, el lujo de las mugeres romanas que lle- 
vaban en las orejas un patrimonio, todo es asunto de la sátira de 
Planto: la intriga aunque complicada, está perfectamente conducida y 
sin embrollo; algunas bufonadas que retardan el desenlace previsto, 
es lo que se puede cenisurar. Epídico, esclavo decididamente entregado 
al hijo de su amo, hace maravillosos alardes de ingenio para prote- 
gerle en sus ameres y engaoar al viejo con todas las truhanerías ima- 
ginables. Esta comedia ha podido inspirar muchas en el teatro moderno. 

Baechides: las dos Bacchis son dos cortesanas; la una tiene un aman- 
te ausente llamado Mnesíloco y Pistoclés su amigo recibe el encargo de 
visitarla, cayendo pres'j en los lazos de la segunda Bacchis, cu- 
ya existencia ignora aquel : creyéndose engañado por su amigo y 
. existiendo dos hermanas gemelas y de igual nombre , tiene ocasión 
el poeta de presentar grandes situaciones cómicas , incidentes , quid 
pro quos, una intriga completa, hasta que el error se deshace : en 
esta comedia se encuentra también criticada una costumbre inmoral 
de Roma, la de darse en amndamienio^ las mugeres por suma y 



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- 91 - 

tiempo determinado. El esclavo pedagogo de Pistoclés, de cultura 
superior á nuestros escuderos, es un personage original y un medio 
admirable para comparar la cducadoo primiliva y la moderna entre 
los romanos. 

Mottellaria: el aparecido ó lo maravilloso , podría titularse esta 
coaiedía. Alegre y bien conducida, entraña una idea moral digna de 
la musa: probar que es peligroso seguir los consejos del malo» porque 
el edificio que sus malas artes levantan, viene atierra y le coge entre 
sus ruinas con el que los sigue: el plan es el siguiente: un joven que 
durante la ausencia de su padre, se entrega con un amigo á todos Um 
escesos, completa su ruina adquiriendo con dinero de un usurero , una 
cortesana; á la vuelta repentina del padre piensan en huir pero ei 
esclavo los detiene prometiendo vivarlos, con tal de que se oculten. 
Finge que en la casa hay diablos, duendes, sombras , espíritus in^ 
females, y el padre no se atreve á enUrar. El usurero que se presen* 
ta á reclamar su préstamo compromete el maligno esclavo, y finje que 
el dinero se ha tomado para alquilar otra casa. La visita á su vecino 
Simón suponiendo el padre que la casa que habita es la suya, es muy 
cómica; al 6n, el padre se entera, y el amigo paga. Bay cuadros denia • 
siadó libres para nuestro teatro, como el de la orgia; la vigila al vecino 
que da movimiento al tercer acto es de grao efecto, muy oportuno el 
modo de echar al usurero que todo podía descubrirlo, y muy cómica y 
natural la borrachera del esclavo, que ayuda al desenlace. 

MencBckmi: los Menechmos: equivocaciones prolongadas que la exten- 
sión de los teatros antiguos y la máscara podian sostener, burlas muy 
cómicas forman á la manera del Anfitruo, el enredo de esta comedia: los 
Menechmos son dos hermanos gemelos; uno de ellos ha sido robado en 
la niñez, y el otrq al llegar á la mayor edad busca por todas partes á 
su hermano perdido: enEpidauro, (Durazzo) es donde se encuentran; pe- 
ro todos, pueblo, muger, hijos, parásito, cortesana, esclavos los equivo- 
can y los atormentan sin saberlo, hasta que el enredo se descubre, y se 
reconcilian. Imitada frecuentemente esta comedía y complicada so intri- 
ga, ha dado lugar á polémicas sobre el mérito de las copias y el original: 
quizá este lleve, aunque tenga lunares, ventajas á todas las imitaciones: 
desde luego ni episodio ni personage iouül se observa: y nada mái có- 
mico que las escenas en que el cocinero da al uno la comida que está prc- 



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— 9Í — 
parada para elolro; la en qae la cortesana yfctima del error que á to- 
dos ciega, confunde á su amanle; la en que el parásito descubre des- 
víos del soltero que recaen en el casado y en 6n la de los médicos ; todo 
esto unido al excelente carácter de Sosiclés hace interesante en alto gra- 
do el desenlace. 

Miles ghnosus: el soldado fanfarrón, personage accesorio en muchas 
comedias de Plauto, es el héroe en esta; la caricatura es enteramente 
griega; en Roma no existia en la época de la comedia, pero el héroe fué 
un tipo que tuvo la suerte de hacerse histórico entre los antiguos. Es un 
bravo tan prendado de sus hechos como de sus cualidades; tonto y vano, 
s' vé burlado por la esclava con la ayuda de un amante oculto y de 
an esclavo, y suena con triunfos de amor que solo existen en su ima- 
ginación. És lástima que el esclavo, ingenioso hasta poder ver en él al 
antecesor del Fígaro moderno, no encuentre mas obstáculos para que 
sus ingeniosas artes tengan más brillo. La comedia toda tiene arte y los 
caracteres están bien trazados. 

Mercator: El mercader; no revela este título el objeto de la comedia; 
no se el ridículo de este carácl^'r, por mas que en la antigüedad estu- 
viera tan mal visto el comercio, confíado sólo á los libertos y esclavos: 
la rivalidad entre un padre y un hijo, objeto de otras comedias del mis - 
roo autor, es el asunto; ni el padre emplea para vencer en la lucha otras 
armas que las convenientes á su edad, la discre< ion y la prudencia , ni 
la fábula tiene la libertad obscena que hemos encontrado en otras del au- 
tor con el mismo asunto: la subasta y la locura de la joven son de buen 
efecto, y los celos de la mnger el mejor medio para obligar al viejo á 
renunciar á su amor. 

Pseudolus: el burlador; el cuadro que esta comedia ofrece es poco 
moral y poco delicado; gustaba á los romanos porque la virtud no pro- 
bada en el teatro, aunque muestre su inmarcesible belleza, no consigue 
atraer la atención, lo mismo en la antigüedad que en los tiempos moder- 
nos: Pseudolus, nombre significativo como suele usarlos siempre este 
poeta, es el de un esclavo cuyas ingeniosas trazas se ponen en juego 
para apoderarse de una contrasena que un mercader ha dado y arre- 
batar á Fenicia del militar que ha entregado quince minas por ella. 

Pomulus: cartaginés: esta comedia en que se procura como en otras 
la burla de un mercader, nada tiene de circunstancias, m de nuevo en 



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— Í3 — 
el asQoto: ofrece sin embargo ana págíoa importante eo lengua carta- 
ginesa coya explicacíoiiida mucho que hacer á la critica, no conforme 
eo su verdadero sentido, y que pndiera prestar ocasión para una larga 
serie de reflexiones. ¿Es malíes, irlandés ó vasco? he aquí una cuestión 
diíicil: ¿enlendia fácilmente el pueblo romano esa lengua? pregunta es 
esta también que podia dar lugar á una curiosa digresión; nosotros cree- 
mos al observar la formación y terminaciones de las palabras que con- 
tiene, que esta página pertenece á una de las lenguas de la rama se- 
mítica. 

Persa: el Persa: se dice que esta comedia es de la vejez de Planto, 
pero nada se encuentra en ella que lo anuncie: la originalidad de sus 
detalles es nolabltí, vigoroso el estilo y valiente la invención. Sin em- 
bargo el cuadro es poco moral: el esclavo To\iIo engaña á un infame 
mercader de esclavos por medios poco nobles .y con un fin también 
menguado: la índole de nuestro libro nos dispensa de dar más porme- 
nores sobre esta comedia que contiene curiosas indicaciones sobre la edu- 
cación moral y hasta política de las mugeres. 

Rudens. El naufragio podría titularse esta comedia cuyo fin moral pa- 
rece ser enseñar que los dioses registran las acciones de los hombres 
para darles su justa recompensa: llena de movimiento y de sostenido y 
creciente interés, agradable su fábula, podría muy fácilmente servir pa- 
ra nuestro teatro. Una joven ateniense ha sido robada y vendida á un 
mercader en Cirene; descoso este de sacar buen partido de su compra 
piensí llevarla á Sicilia donde las esclavas se venden mejor; naufraga y 
la joven se salva con otra compañera, quedando ambas bajo la protección 
de una sacerdotisa: el mercader que después de muchas pesquisas ha po- 
dido averiguar el paradero de las jóvenes, intenta arrebatarlas hasta del 
altar de Yenus, y contra la defensa de un viejo ateniense, el joven aman- 
te y la sacerdotisa. El desenlace como en otras comedias de este mismo 
autor es inesperado y violento; un pescador ha recogido en sus redes una 
caja que contiene los juguetes de la joven ateniense y que sirven para 
demostrar su origen libre, y para el reconocimiento del padre y de la bija. 
El mercader pierde sus esclavas, el padre encuentra á su llorada bija, 
y la joven es feliz ca^ndose con su amante. 

SUchus: el objeto de Planto en esta comedia parece haber sido en- 
carecer la Solidad conyugal: dos hermanas casadas, abandonadas de 



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- 91 - 

sos esposos que se bao ausentado para reponer su perdida fortuna, re- 
sisten el empeño de sus padres de celebrar nuevas bodas; por fin vuel- 
Ten sus maridos ricos, y la comedia concluye con una orgía inmoral; 
es lánguida, sin acción ni intriga; faltan amantes que hubieran puesto 
á prueba la constancia de las dos Penélopes, y también se podría 
considerar de efecto el que se hubieran presentado pobres para hacer 
de este modo más interesante el cuadro. 

Trimmmus: el prólogo de esta comedía entre el lujo y su hija la in- 
digencia es notable; el cuadro que en ella se traza ioleresantísimo 
y honesto; su original es del poeta griego Philemon. Al partir €harmi- 
des, confia su casa é hijos á un amigo fiel y desinteresado; el hijo vicio- 
so y disipador intenta vender una casa donde hay oculto un tesoro que es 
la dote de su hermana: el amigo fiel la compra, sofriendo la calumnia 
de un vecino que le pone en el caso de manifestar sus intenciones: el 
hermano se opone al casamiento de su hermana por no tener dote, y 
por fin vuelve el padre rico, se entera de todo, y casa á la hija con su 
amante. El esclavo que se duele de los gastos de su joven amo, ofrece 
un contraste admirable con Calliclés , y es tan dramático como mo- 
ral; hay gran novedad en la escena de la calumnia, y es un ejemplo cía* 
ro de lo poco que la muger significaba en Roma aun en los actos más 
importantes de su vida; se intenta casarla sin consultar su voluntad: con 
pocas modificaciones podría acomodarse á nuestra escena, esta intere- 
sante comedia de Planto. 

Truculentus: califií-ativo con que se designa á Geta esclavo brutal, 
que da nombre á esta comedia; aunque Planto se mostrara satisfecho da 
ella, aunque haya arte en el enredo, verdad en la pintura de los carac- 
léres y esté escrita con gracia y mérito, no puede menos de echarse en 
cara á Planto la escandalosa libertad de toda la obra, y lo poco delica* 
do de que un padre preste á una cortesana su hijo para engañar á otros 
amantes. Lo dicho basta para escusarnos de dar mas detalles acerca de 
esta comedía. 

Después de hecho este ligero análisis de las comedias de Planto, va- 
mos á sentar algunas reflexiones para que su genio se pueda apredar en 
lo que es y en lo que vale, y para que se pueda fallar la contienda que 
tan abiertamente divide á los críticos. Le juzgamos como un gran poeta 
y es preciso demostrario. 



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- »6 — 
¿Hasla dóode llega la origioaUdad de Planto? ¿es un poeta que lo de- 
be todo á los griegos? Qoe Plauto toma de los griegos las fábulas de 
sos comedias, es an becho lao claro» que además de decirlo el mis- 
mo poela 6D sus prólogos y de cootenlarse coo el oombre modesto de 
traductor, eu leogoa bárbara añade algosa vez, lo revelan los nom- 
bres de los personages, el logar de la escena, y los caracteres que 
retraía. Pero aunque el lugar, la fábula, y los personages sean griegos, 
casi puede decirse que solo iientn el trage de tales, porque en todo lo 
demás Plauto muestra su admirable originalidad: en los epigramas po- 
líticos, en las sátiras y alusiones contra el lujo y las costumbres, en los 
pormenores, en esos inle resantes detalles que completan la obra del 
bistoríador y que solo puede proporcionarlos el teatro. Los poetas có- 
micos tienen que ser siempre servidores bumildes del público de cuyo 
favor necesitan más que los escritores de otros géneros literarios; por eso 
balagán tantas veces su afición, por eso llegan los latinos á la licencia 
y á b obscenidad. Y no podía ser de otro modo: la ley romana, más se- 
vera qoe la griega, prohibía á la vez al poeta ridiculizar al bombre de 
Estado, y sacar á la escena otras mugeres que aquellas que por su na- 
cimiento ó su conducta se babian becbo indignas de su atención; las es- 
clavas y las cortesanas, be abi, los dos tipos que podía presentar y ahí 
bs únicas mugeres cuyas aventuras y cuyo amor podía servir de enre- 
do á la fábula de la comedia. (\) ¿Podrá extrañarse que el poeta sea li- 
bre y que presente muchas veces cuadros que pugnan con nuestras* 
costumbres y coo ^1 decoro de nuestros teatros, aunque pudiéramos ci- 
tar hechos que prueban que soleen la forma les llevamos ventaja, por 
ser más delicada y más fina? ¿Si la dama ilustre no puede ser presen* 
lada en el teatro, si la libre que por error yace en la esclavitud tiene 
que ser respetada basta el punto de que casi siempre en este poeta con- 
serva su pureza si ha de rescatar su libertad en el desenlace, si solo 
puede penetrar en la casa de la prostituida, centro donde el caballero y 



(I j Ovidio ba dado en solos dos versos, una idea clara de los caracteres em- 
pleados porMenaodro, el modelo de los poetas cómicos lau'nos, y que son los que 
más frtcueotemeote emplea Plauto por las razones expuestas en el texto; di- 
cen asi: 

Dam fallax servus, duros pater, ímproba lena 
Vivent, dom meretrix blanda, Meiandres erit. 



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- 96 - 
el plebeyo allernaban, y doode el rico y el pobre eran recibidos, asi co- 
mo el bueno y el maWado, ¿qoé extraño es que baya licencia y basta 
liberlioage? ¿Si la niuger en general sin consideración en Roma, sujeta 
á una perpetua tutela, no era nada, ni nada más que el deseo podia 
inspirar, cómo ba de poder el poeta piniar un amor tierno, poro y de- 
sinteresado, un amor á la manera del teatro moderno? si la ley solo per- 
mitía tratar de amores que se alquilaban ó vendían, el de las corte- 
sanas y esclavas, preciso es admirar y no poco, al poeta que sabe dar 
tanta variedad ásus tipos y crear en ese circulo eslrecbo caracteres que 
pueden juzgarse muy diferentes. Foresta razón tiene Pltuto qne valer- 
se de los mercaderes de esclavos, tipo muy mal juzgado por la crí- 
tica, pero sin ellos bien seguro es que no podría darse logar á las peripe- 
cias y lances que ban de entretener la fábula: en el teatro moderno los 
tíos y tutores ban reemplazado este tipo porque ya no podían tener en- 
trada los mercaderes antiguos. Es pues como se ve, muy fácil ei explicar 
los personages de Planto, y justificar los caracteres con que los reviste. 

No se puede negar; Planto dejándose llevar del aplauso y de la glo- 
ria de poeta contribuyó mucbo á la corrupción de su tiempo; por un 
lado desató los vínculos religiosos que todo artista cTebe respetar, ba- 
ciendo á los dioses mismos los béroes de sus comedias y de las más 
desenvueltas aventuras; ejemplo funesto para un pueblo que como el ro- 
mano, empezaba entonces á precipitarse por la corriente del vicio y en 
el que tanto pudo la indiferencia: por otro lado, Plaulo parece que se 
recrea con la infame compañía de viciosos de que se acompaña y que 
goza presentando cuadros libres y basta infames como en la A sitiaría y 
en Casina para balagar el instinto grosero de la multitud que le aplau- 
día: error funesto del que no se le puede dispensar, por masque se 
encuentren razones que lo expliquen: cuando en las obras del arle 
falta el entunasmo por lo bueno y por lo bello, cuando no se ve el 
borror al vicio y el deseo constante de hacer mejores á Igs bombres, 
coando en una palabra el artista se bace intérprete del mal, rebaja su 
talento y ataca á la moral y á la literatura á un tiempo. 

Por otra parte, en este escritor se encuentran sátiras ardientes y lle- 
nas de patriotismo contra todos los desórdenes; ni el lujo, ni la corrup- 
ción, ni el afán de poder, ni la manera de repartirse los destinos pú- 
blicos, ni la cobardía dejan de ser reprendidos, lo mismo en los prólo- 



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- 97 -* 
go8 de las comedías qae en las^comedias mismas, y eoo la enérgica y 
rada franqueza del hombre honrado qne presiéntela ruina de su pálria, 
porque aun cuando la mayor parle de las comedias de Plaolo sean pa^ 
Uiat(By (1) es decir griegas por el lugar de la acción y los persona- 
ges, no tienen de ello más que el trage: Roma se présenla siempre á 
los ojos del espectador, con todas las miserias de la vida, con su pro~ 
pió carácter, con sus instituciones y sus costumbres. Sino fuera así, las 
obras de Planto hubieran muerto al nacer porque el teaira cómico no 
puede dejar de ser nacional en ningún pais. Lástima grande qoe tal 
contradicción se advierta en este poeta; empero, más que á él, hay que 
culpar al pueblo romano que siempre se cuidó poco del respeto que de- 
bia á los dioses, y á la vez que toleró cuantas infamias se decian contra 
ellos anduvo siempre fuerte contra las que se dirigian á los per- 
sonages inOuyentes de la república. 

El uso del chiste en Planto es otro de los méritos que la critica sena- 
la dqjí^ndose de que no se hubiera contenido siempre dentro de la de- 
cencia; pero fácilmente se comprende, habida cuenta de lo dicho que no 



fhj Los escritores romanos hacían de las comedias Yarías divisiones que con- 
YÍene conocer; con relación a la acción, al mayor ó menor movimiento é intriga 
SA dividían, en statari(B j moieriodi las primeras si el enredo de la fábula es 
poco, las segundas si por el contrario es mucho el enredo y la intriga complica- 
da: cuando participan de estos dos caracteres las denominan partirá motoriod 
ét partim statariod. Con relación á los personages, la comedia puede ser pa- 
liata ó fogata: es decir que juegan personages griegos en la primera y romanos 
en la segunda: el nombre se deriva inmediatamente de el del trage que vestian: 
las togat(s ó romanas se subdividen según la clase de personages que toman 
parte en la acción, y reciben su nombre también del que designaba su trage: 
de aqui la subdivisión en comeám prcdtextatce^ trabeatcc etc. Como se ve estas 
dirisiones y nombres no guardan ninguna relación con el arte mismo, y no 
indican particularidad ninguna que deba recordarse. 

Condo caractérisco de la comedía latina en su forma exterior , solo se puede 
anotar el prólogo, en el que habla muchas veces el poeta, y prepara]á los espec - 
tadores bacien4p la historia de la comedia, y sirviendo como medio de exposi- 
ción de la atcfon basta que esta empieza: este uso en teatros de inmensa con- 
currencia se comprende fácilmente y aunque parezca *que pueda quitarse la ilu- 
sión refiriendo el argumento, nunca es tan clara que llegue á exponer todos los 
incidentes. 

Es de esencia en la comedia latina, que no tiene coro como la griega, la di- 
YÍiioo en cinco actoe, que Horado eatableoló deepnes como un precepto. 



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- 98 - 
era posible otra cosa: el lenguagede Plaolo se resiente del afao deboscar 
ia risa en todo, y por eso se echa de ver la formación de voces á la 
griega que estaban en oposición con el carácter del latin, pero que el 
pueblo las entendía, como lo prueba el haberse conservado las comedias 
de este poeta basta los mejores tiempos de la lengua; es tan extraor<* 
dinarío el uso de voces compuestas y arcaismos, que se necesita tener 
costumbre de leer á Planto para poder comprenderlo, y más para ven- 
cer las d ificultades que ofrece^ su traducción, si bien no se debe formular 
por esto un cargo al poeta que lo hacía sélo por imitar al público para 
quien escribía y que siempre le aplaudió. 

En resumen: Plauto es un poeta de genio, original dentro del 
es trecho círculo á que le reducía la prescripción romana: sus caracte- 
res son pocos, pero variados; su arle infinito ; conduce la ai!cion, 
observando casi siempre las unidades dramáticas con habilidad suma, 
y de incidente en incidente llega al desenlace sin tener que recurrir á 
medios indignos del hombre creador; en la Aulularia demuetra la 
profu ndídad de su talento y ofrece un carácter que tendrá siempre 
imitadores porrue será eterno: en los Cautivos traza un cuadro lleno 
de dulces senlinuenlos, que siendo el drama moderno , revela un pro- 
fundo conocimiento del hombre y de los resortes de su corazón, que 
es el estudio preferente del poeta cómico: en el Bpiáico dá una 
clara prueba de la facilidad con que sabia enredar la acción y de 
ingenio en el modo de cortarla: siempre castizo en el lenguage . y 
conocedor de la lengua en lodos sus resortes, abi^^a buscando la risa, 
de ese precioso don; excesivamente descuidado en el metro hasta el 
punto de que casi no existe para nosotros, es la representación grá- 
fica del estado naciente de la literatura latina: la desnudez de muchos 
de sus cuadros, es el mayor de los defectos de Plauto, pero este 
defecto tiene su explicación en el gusto de los romanos, y el poeta 
cómico no puede prescindir nunca de las aiiciones de su auditorio; 
antes por el contrario las sigue y las halaga. 

Terencio. 

Otro poeta cómico de Roma digno de especial estudio es Terenrio, 
uno de los genios más elogiados en todos tiempos como principe de 



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- 99 - 
la poesia colocado á la aliara de Homero, Virgilio y Ifeoaodro; hombre 
de raro destino foé perseguido por la eovidia en sq tiempo y ad- 
mirado por los más ilostres escritores ; la posteridad sigae también 
una manera de ver parecida á la de los antiguos al ocuparse de 
él: d(^a las obras que llevan su nombre, pero como favorecida 
por la oscoridad en que están envueltas las circunstancias de su vi- 
da, se da paso á la conjetura y se intenta privarle de esta gloria. 
Se supone qne Cartago fué su patria de donde se cree que fué robado 
en la menor edad, por los años 861 de Roma (192 antes de LC.) y 
aunque de buena familia, vendido como esclavo al senador Teren- 
cío que prendado de su ingenióle dio brillante edncadoo, su nom- 
bre y más tarde la libertad; debido á la misma causa tuvo amis- 
tad íntima con Lelio y Kscipion Emiliano que lanía importancia 
tuvieron en la trasformacion so ial de su tiempo , y se llegó á con- 
siderarios como co-autores de Terendo: sin embaído no es posible 
dqaorde conocer que ya en la época de Cicerón no se creia cala 
iabula inventada acaso por la malicia de los perseguidofes de Te- 
rencio contra quienes tañías veces dirige sus acentos en los prólogos 
^ sus comedias; (1) y por mAs qne se preste á conjeturas lo in- 
cierto de la vida de este poeta, nada hay en sus obras que pueda 
dar vigor á tal suposición: las comedias que quedan de Terencío cons- 
tituyen un conjunto tan bello, tan perfecto, tan uniforme en la gra- 
cia del estilo, como en la pureza del gusto, y ofrecen tal deUcade- 
za de observadon j^iiciosa y profunda, tal arte en el modo de pintar 
y sostener los caracteres y en el de conducir la acción, que sólo po- 
dría eicplicarse atribuyendo á un sólo escritor, á un sólo genio la obra 
que otros atribuyen á tres: el poeta puede tener consejeros , de nin- 
gún modo colaboradores, y la razón qne sirve generalmente de base 
á tos que sostienen la participación de los ilustres patricios citados 
en las comedias de Terencio, que es la perfección y delicadeza de la 
frase impropia del hombre de baja condición, es hasta ridicula, aun* 



f4J D'ceron dice en una carta á Ático. Teréntius euyus fábukbpropter eh' 
ganiiam sermonis putabantur a C. Lelio scriptcd; y en el tratado de Ami- 
cilta pone en boca del misoM) Lelio estas palabras. Nescio quomodo verum esi 
^piod in Ándria familiaris mew Terenlius dknt. 



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- 100 - 
que la sosleoga Moolaigne porqae inleota imponer cadenas y hacer 
patrimonio de raza lo que es sólo un don precioso del cielo; el hom- 
bre de cualquier rango que sea^ se inmortaliza por jas letras. 

Terencio fué uno de los primeros escritores que intentaron completar 
su instrucción yendo á la Grecia á estudiar y este viage empren- 
dido á la edad de 25 años, guiado solo del deseo de aprender, 
da ocasión á nuevas conjeturas; quien cree que fué por huir de los 
enemigos que la envidia le babia producido, quien que pereció al 
volver en el mar, y quien que perdido su equipage en el que traia 
las traducciones de 4 08 comedias griegas, fué víctima de la pena y 
sentimiento qne esla pérdida la causara. 

Que Terencio tuvo enemigos no se puede dudar; los prólogos lo 
asegurao, y en ellos se ve hasta donde llegaba el deseo de gloria de 
este poeta: se llama siempre imitador de los griegos, y dice con 
orgullo que seguirá esa senda que otros ilustres romanos seguían; ¡pero 
cosa rara! no puede sufrir que le llamen imitador de Planto ni de nin- 
gún escritor latino: véase cuan bien conocían los romanos la ioferioridad 
de su genio con)parado con el griego. Cecilio poela cómico iambien de la 
época de Terencio, tuvo mucha parle en la gloria de este, pues joven aun 
presentó á los ediles su Andria, y estos la sometieron al juicio del poeta 
de más reputación entonces y que es como el lazo á los ojos de los escrito- 
res de literatura, qne une á Planto con Terencio, al poeta del pueblo con 
el poeta de la aristocracia. La recomendación de Cecilio fué bastante para 
que el genio de Terencio brillara y para que sus obras fueran admitidas 
por los ediles; pero no se crea que fué juzgado por todos como por Cecil'o. 
Volcacio Sedígilo le coloca en un lugar muy inferior sin duda por la falta 
de originalidad y de colorido nacional de sus obras; dtfecto grave, cuan- 
do se trdta de un género que debe ser, si ha de tener larga vida, refle- 
jo elocuente de las costumbres nacionales; Afranío, poeta también có- 
mico y de gran renombre, le elogiaba; Julio César le llama semi Me- 
nandrOj y amante del buen decir, y se lamenta de que le falte la vis 
cómica para llegar á los griegos: Cicerón hace de él grandes elogios y 
Quintilíano solo apunta como defecto el descuido de la versificación. En 
los. tiempos modernos ha sido frecuentemente imitado y siempre juzga- 
do, como un escritor de cuyo estudio se puede sacar gran fruto: cono- 
cedor Terencio de los resortes á que cede el cerazon del hombre, me- 



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- 101 - 
ditador, sentencioso, hombre de verdadero tálenlo pinía caradéres rea* 
les, llenos de verdad y como la naluralcza los présenla': dotado del arle 
de la imitarion que lanto distingue al pueblo romano, y de excelente 
gusto literario, combíoó sus planes con esquistta habilidad, y los desen- 
volvió con admirable maestría en el lenguage de la buena sociedad; pero 
Terencio, el mismo lo dice, es siempre griego; no crea nanea, recoge la 
herencia de los siglos, medita y piensa y aunque trasmita las profundas 
reflexiones de su espíritu, aunque desaparezca la huella de la imitación, 
nada nuevo crea, ni caracteres ni situaciones: dulce y tranquila su musa 
no sale de la mahania, en que el poeta cómico debe vivir, y que huye 
lo mismo de la aridez que de la plenitud de vida. 

Ajustado siempre á los modelos de la Grecia, recuerda alguna vez. 
Terencio que de dos comedias griegas babia hecho una , para Henar 
más fácilmente el injustificable precepto de los cinco actos, y acaso en 
otras anadia episodios, incidentes nuevos, pero siempre ajustado al pa- 
trón griego. 

De las comedias que escribió este poeta solamente seis se han sal- 
vado de las iras del tiempo, y en todas ellas se puede asegurar, como el 
mejor de sus ntérítos, que resplandece el servicio prestado por Terencio 
ala lengua latina, porque luce en ellas toda la perfección, toda la pureza 
que más tarde se aseguró con los escritores del tiempo de Augusto. 
Imitadas todas del teatro griego, tienen conocida procedencia y revelan 
en su austera entonación una moralidad más severa que la que ofrece 
Planto en las suyas: no se puede sin embargo decir esto en absoluto: 
el Ennuco ofrece un cuadro repugnante y que nuestras costumbres no 
pueden tolerar, aun sin pretender que el poeta cómico sea siempre rí- 
gido maestro; la escena en que el supuesto eunuco da cuenta con extraor- 
dinario regocijo del resulado de su trama, es de tal colorido que acaso 
pudiera producir consecuencias más funestas que las orgias de Planto, 
porque en el teatro hace más efecto el vicio cuanto más elevado se le 
presenta. ¿Pero se podrá censurar al poeta recordando el hecho inex- 
plicable de haber sido el Ennuco, la más aplaudida de las comedias de 
Teüencio? Tan complacido quedó el auditorio que se hizo repetir la re- 
presentación en el mismo día, y se dio al poeta una cantidad entonces 
exorbitante: este hecho revela bien claramente que el pueblo roniano 
deseaba libertad y licencia en el teatro: difícil era, que los poetas pu- 



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dieran torcer sus inctioadones , oo estando ayudados por la ley. 

Entre las comedias de Terencío, hay tres qae parece que envuelven 
una idea grande é importante, de Id que se podría haber deducido una 
lección provechosa y de gran trascendencia para la familia romana. ^1 
nemUmtimorumenm, los Adelfi y aou la Heeyra, tienen por base la 
educación y presentar las funestas consecuencias que acarrea á un 
padre el excesivo rígor con s i hijo en la primera ; un contraste có- 
mico en la segunda, entre un rigor escesívo y una libertad completa 
en la educación, sin decidirse el poeta por ninguna abiertamente, 
aunque parece preferir lo segundo, y sin presentar al espectador una 
lección elocuente que demuestre la conveniencia de emplear un justo 
medio; y en la ^tercera parece ridiculizar la absurda costumbre de 
casar á los hijos sin consultar su voluntad encerrándose el padre y 
el hijo en una reserva de fatales consecuencias, hasta que un accidente, 
común en las comedias latinas, inesperado y violento, termina agosto 
de todos el enredo: parece qoeTerencio se oponia al violento rígor de la 
ley romana que concedia los más absolutos derechos á los padres sobre 
los hijos. No se puede dudar que el elevado pensamiento de las citadas 
comedias de Terencio, ha inspirado algunas, verdaderas joyas del teatro 
moderno: La escwla de los maridos de Moliere y de Moratin , el Si 
de ¡as mñas del mismo, con sus interesantes atractivos, ofrecen la mis- 
ma idea pero llevada á su más alto desarrollo, acaso hasta donde idea^ 
ba el poeta latino, y á donde no pudo llegar por oponerse la ley ó la con- 
veniencia social. 

Los titulo s de las seis comedias de Terencio imitadas como se dijo del 
griego y principalmente de los poetas Menandro, Dífik) y Apdodoro, 
son los siguientes: kndria.^Hecyra,-Heauk>ntifnorwHenos.''Phormio.-- 
Eunwhus.-Adelfhi (1): las didascalias acerca de estas obras conservan 
pormenores de la época y ocasión en que se representaron y de los acto- 
res y n úsicos que tomaron parte en la representación; siguiendo el mé- 
todo establecido se hará un breve examen analítico de todas ellas. 



(1) La traducción de las comedias de Terencio por Pedro Simón Abril es de 
gran mérito: siempre apegada á la letra, explica todas las diñcultades del texto, y 
lo confesamos con gusto* ayuda á la inteligencia de este poeta más que otras 
francesas que alguna vez hemos consultado , aunque apreciamos en mucho los 
trabajos de los franceses sobre Terencio, su poeta favorito. 



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Andria. Estaoómedhi toma su nombre de Ándros lugar del nacimiento 
de la protagonista; sencilla en d plan, tiene en el primer acto una expo- 
sición admirable; be aqui el asunto; un jévcn ateniense, Panfilo, ha ama~ 
do demasiado á la hermana de una cortesana venida á ilenas de An- 
dros; prometiéndole reparar las consecuencias de su amor por medio de 
an matrimonio, aun cuando sus bodas están ajustadas con otra; Simón 
padre de Panfilo, conocedor de los amores de su bijo y para poner á 
prueba su corazón, prepara las bodas con Ii hija de Cremes; el hijo 
siguiendo los consejos del esclavo Davo, finje obedecer los deseos de su 
padre, pero el futuro suegro encuentra un niño expuesto, sabe que es 
de Pán61o y la boda se desconcierta: un extrang«ro rompe el nudo 
declarando que Glycería es hija de Cremes y lodo se arregla; Panfilo se 
casa con Glyoeria y Filumena con Charin á quien ama y del que es 
amada. En esta comedia hay poca acción, excesiva libertad en algunas 
escenas y el desenlace es inesperado y mal traido. 

Eecgra; la suegra: esla comedia que tuvo la desgracia de no represen- 
tarse hasta la tercera vez en que se intentó porque el público abandonó 
el teatro por asistir á la lucha de unos gladiadores y funámbulos, es un 
cuadro de familia; la acción es fria, lánguida y sin gran interés; Panfilo 
por obedecer á su padre ha tomado á Filumena en matrimonio; tanto 
como ella ama á su marido, este la desprecia; durante un víage de Pan- 
filo y por no sufrir el genio de so suegra, abandona Filumena la casa 
de su esposo y se traslada á la de sus padres; de regreso el marido, ni 
se cree padre de un recien nacido, ni quiere volver á unirse á su es- 
posa: los padres consideran que de todo es causa la cortesana Bacbis 
amiga de Panfilo, pero por medio de un anillo que en cierta fiesta 
nocturna había quitado este á una joven, se rompe el nudo y Filumena 
se hace digna del amor de su marido. 

ffeatUantimarumenos: el que se castiga á si fmsmo: el viejo Hene- 
demo ha obligado á so hijo Clinias á separarse de su a atada Antifila, 
y éste en su desesperación se alista en el ejército de Asia; Menedemo 
se aflige de la soledad en que su hijo le ha dejado é intenta con 
privaciones y excesivos trabajos castigarse de un mal de que su ri- 
gor sólo ha sido causa : vuelve Clinias á casa de su amigo Clitifon 
y después de convenir en el nrodo de tener á sus queridas sin que su 
padre Cremes lo sepa, se descubre que Antifila es hija de Cremes: 



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- If 4 - 
Páafilo fe caá eos eBt y Henedeaio recobn so penfida tranqoiMad; 
en esta comedia do esli se? eraniroie observada la unidad de mcíod, ni 
brilla eo el desenlace como debiera, la idea geoeradof a qoe le sir^e de 
base, es decir, que el excesivo rigor en la educadoo de los hijos sude 
prodonr grandes males, ni tampoco corre con todo el interés y anima- 
ción qoe fuera de desear para proclamar un verdadero modelóla obra de 
Terencio. 

Pharmío: Porudon es un parásito que engaña á dos viejos y los ro- 
ba para servir ésos hijos en sus calaveradas amorosas: la íábula es seo- 
dllay regocijada, y aunque Tereodo la conduce con animación y gracia, 
00 logra excitar la risa como lo consiga siempre Moliere en la imita- 
ción que hizo con el título de Les fowrbtries de Scapin: he aquí una in- 
dicación de la fóbula de la de Terencio: dos viejos al ausentarse de su 
casa, encargan al esclavo Davo el cuidado de sus hijos: ayudado de este 
y de Formioo, uno de* los mochados se casa, y el otro compra por medio 
de sus agentes una esclava en trebta minas; al volver los padres todo se 
descubre y la intriga termina felizmente. 

Euau'ikus: El Eunuco: esta comedia juzgada por algunos original de 
Terencio, es imitada de Menaodro según la confesión qoe en el prólogo 
hace; el cuadro es demasiado libre: un joven se introduce en casado una 
cortesana en trage de eunuco para lograr los amores de una bella joven 
que en concepto de hermana de Tbais, vive con ella; son muy intere- 
lesantes y el asunto principal de esta comedia, los amores de Fedria, 
hermano del fingido eunuco; el hraeo Thrason y el parásito Guatón que 
todo lo arrogla, son caracteres acabados, pero la desnudez de algunas es- 
cenas es tal qoe ofende aun al lector más despreocupado. Esta comedia 
sin embargo gozo más qoe las restantes de Terencio, del favor del públi- 
co y fué representada dos veces y pagada con largueza. 

Adelphi: los Hermanos, esta es una de las más interesantes comedias 
de Terencio, y que como ya se ba dicho ha sido imitada por Moliere y 
Moratin; el pensamienlo es cómico, inora! é interesante : lástima que 
el poeta no hubiera sacado de él lodo el partido que ofrece; Yar- 
ion prefería la de Terencio á la de su modelo Menaodro, y es bien 
cierto qoe aunque se le apunten defectos, es con el Andria la mejor 
de su autor, por el interés dramático, por el modo con que conduce la 
acción y sobre todo por la perfección esquisita del diálogo; hé aquí el 



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- 108 — 
plan; dos yiejos el ano qae todo lo peraiile á su hijo y el otro qae todo 
lo niega, son los caracteres qoe Tereocio pinta; el viejo engañado De- 
mea, hace reir pero sin provecho, porque no hay enseñanzii para la di- 
fícil cuestión de coofo se debe educar á los hijos, y Terencio, al ver que 
pinta como mejor al educado con libertad, y que el viejo rígido, el padre 
deCtesifoa, sufre un cambio brusco é iojuslificrdo variando de sistema, 
parece que juzgaba mejor la educación libre y tolerante; los dos es- 
tremos son igualmente malos. Moliere da una lecdon útil y clara; el tu- 
tor de Leonor solo permite lo decente y digno y asi el contraste aparece 
en sos verdaderas proporciones: en la comedia de Terencio falta además 
el uso acertado del chiste que el argumento exigia. ' * 

Analizadas las comedias de Terencio, hay que decir algunas palabras 
sobre la importancia de eslvi escritor y compararlo con Planto; no es 
Terencio un escritor de alta inspiración qne sienta én sí mismo genio 
bastante para crear cuadros interesantes como Aristófanes y Menandro; 
es un hombre de talento que piensa con detenimiento y esqoisilo gusto 
los cuadros que otros formaron, que conoce al hombre y sus pasiones y 
los movimientos de su corazón y que los sigue siempre que los quiere 
pintar; cuidadoso de todo, hasta de los menores detalles, lima con esme- 
ro su frase, retoca el estilo, y sin salir de la región de la vida , donde 
la comedia se inspira, pinta sus personages, con verdad, con belleza, 
con infinita exactitud. El diálogo, parte importantísima y característica de 
la poesía dramática tiene todos los encantos del genio; ora vivo y ani- 
mado si la situación asi lo exige, ora reposado y severo si el asunto ó 
los personages lo reclaman, es siempre digno modelo que debe ser imitado 
por todos los poetas; pero en vano se buscarán los encantos de la musa de 
Terencio en la traducción* más correcta; hay detalles, hay frases y gi- 
ros que encantan y que pierden si fuerza ó su gracia al traducirlos á 
dlra lengua; por eso debe estudiarse en el original y así se gozarán to- 
das las bellezas y se verá cuanto coalribuyó al perfeccionamiento de la 
lengua: no se debe entrañar que el poeta que mejor ha pintado en la li- 
teratura latina las pasiones del hombre, lo mismo del viejo que del joven, 
el que ha visto en la muger y en el esclavo los resortes á que ceden, 
el que ha pintado con tanta verdad las más opuestas situaciones de la 
vida, haya sido frecuentemente imitado y que desde la monja de Sajonia 
fioswita, hasta Moliere, y desde este hasta nuestros dias, Terendo tenga 



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- 106 - 
siempre apaskmadoseanüores que le estudien y le imiteD coa provecho. 

Es verdad que es menas original y menos alrevido que Plauio; este 
en sos asuntos tomados del griego , introduce pormenores mteresantes 
de la vida de Roma y juega con la lengua creando palabras nun • 
ca empleadas, y corriendo siempre tras del deseo de agradar á la 
multitud sin reparar en ofender el decoro, ni en sacrificar la moral á la 
risa. Tereucio por el contrario, apegado al modelo griego, ni se per- 
mite una frase de mal tono, ni una palabra que no sea castiza, ni una 
situación injustificada; no es decir que alguna vez no ofenda también á la 
moral, pero si Planto que lo hace de propósito y siempre, es disculpa- 
ble, ¿cómo no lo ha de ser el poeta perseguido y calumniado que se ve 
en la necesidad de buscar popularidad ei la libertad de algunos cua- 
dros para atraer á un público desenfrenado que solo apiaudia la desen- 
voltura y la licencia? 

Son en. fin dos poetas de índole diversa y de sistema diferente en el 
modo de realizar la comedia, y con razón les^han llamado el poeta dei 
pueblo y el de la aristocracia; el lenguage, la gravedad de las situa- 
ciones, la licencia de los chistes, y la profundidad de las observaciones, 
morales, separan complelamenle al uno del otro. lerendo lleva ador- 
más la ventaja á Planto de haber perfeccionado la versificación, que aun- 
que no llega al encanto de los buenos liempos, es superior en arte y 
armonia á la de Planto. 

Poetas cómicos contemporáneos de Terencio. 

Aunque son muy escasas las noticias que acerca de varios escritores 
cómicos de este tiempo eiisten, y aun cuando lo que pertenece á la eru- 
dición DO puede comprenderse prolijamente en un libro «len.ental, es 
preciso sin embargo, hacer una ligera mención de algunos poetas de 
osle (iempo para que se pueda formar no solo idea completa de los que 
escribieron para el teatro, sino del florecimiento que las composiciones 
dramáticas alcanzaron en esla época, la única en que puede decirse, que 
se cultivaron en la hteratora latina. 

Al hablar de Terencio, se ha citado á(C8cilio^ poeta de gran celebri- 
dad en su tiempo y queífué el que alenU^ al joven Terencio en su difi- 
cil empresa de escriUr para el teatro: ya entonces se dijo también, que 



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- 4«7 - 
Gedlio era considerado cov^ el poeta que «mió los dos sislérais Wk^ 
pleados por Planto y Tereoeio, y que daba lo mismo entrada en sos co* 
medias á los chistes groseros y bofoaadas de mala ley qae hicieran reir 
al poeblo, como á las graves y senleociosas máximas qae agradaban á 
los espaciadores sesudos, que no apetecían sotamenle la risa; eslo explica 
la grao popularidad que este poela akanió y la cslimadon en que las 
esorílores contemporáneos le la vieron. (1) Aulo Gelio qtie es el qoe 
más noticias conserva de él, le compara con Menandro (t) y eolonoes lo 
eocoealra lleno de defectos y lanares, creyendo que carece del talento 
p^ra seguir las huellas del gran poeta griego, y del arte de escribir 
para expresarlas en latió; acaso Cecilio comprendió perfectamente su 
misión y se separó de Menandro para acomodarse al gusto del púUiee 
que le oia."^ 

QuMiú/A(ta: según Horacio que desprecia como indignas las come- 
dias de este poeta, obtavo gran celebridad pues se representaron hasta 
la época de augusto; citase como su mayor gloria, el haber llevado á 
la escena comedias de costombiss romanas, /ofrufa togak». 

Afronto siguió las huellas de Alia procurando llevar al teatro cos- 
tumbres romanas, y por eso Qaioliliano le elogia hasta el punto de co- 
locarle al lado de Planto y Terendo; en Roma era el más popular de 
los poetas cómicos, á lo que no debió contribuir poco la libertad de los 
cuadros que ofrecia al público y que eraa según el retórico español la 
confesión de sus propias costumbres; (3) los escasos fragmentos de este 
escritor son insnficientes para formar idea de su originalidad que aun 



(4) Aulo Gelío (XV. 24.) ba conservado un breve poema de VolcaUo Sedígt- 
to en que se enumeran los poetas cómicos por el mérito que cada uno tiene á los 
ojos del autor: el órdeo es el siguiente. Cecilio Estacio, Planto, Vevioi Licioio, 
Atilio, TerencÍQ, Turpilio, Trabeas, Lucio Áfranio, Ennio. 

(y Noc. at, I¡b. II cap. XVUl. 

(3) Creemos oportuna ocasión para decir dos palabras acerca del fragmento 
de Afran io que el Sr. Marqués de Morante y D. Raimundo Miguel han traducido 
y comentado en su Cuestión filológicaí hemos leído con mucho gusto lo que se 
ba escrito acerca de los cinco versos célebres qae forman el fragmento, y entre 
las traducciones que hemes visto, juzgamos la más acertada la que el Sr. D. Al- 
fredo Adolfo Camus publicó con un erudito articulo, en el periódico la Discusión. 

No cabe qoe oos detengamos en este lugar en apuntar los motivos que dos de- 
ciden á separamos de los Sres. Marqués do Morante y Miguel. 



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- f08 - 
hoy se le dispata, ni de los encantos de un estilo, ni de los recursos dra^- 
roáticos que empleara; se dice que era amante enlnsiasta de Terendo 
por las excelencias de so lenguage, y la perfección de so diálogo. 

De los poetas de este tiempo Licioio y Atilio, á quienes coloca Yol* 
cacio Sedígito delante de Terendo, de Trabeas y algunos otros que se 
dtan por escritores de la antigüedad, nada se conserva que pueda dar 
idea de su genio y que merezca en este lugar un examen detenido; por 
esto limitamos nuestro trabajo á la simple inserción de sus nombres. 

La pérdida de las obras de los escritores de este tiempo no es muy 
sensible en verdad si se tienen presentes las palabras de Quintiliano, 
tn comedia rmxime claudicamus^ porque si se refieren á la comedia la- 
tina, es decir á la comedia togada, habría forzosamente que convenir en 
que su mérito fué muy escaso, y que los escritores que quisieron dar 
carácter nacional al teatro cómico, apenas tuvieron genio para elevarse 
á la perfeedon con que Terendo imitó á los cómicos griegos. Incompleta 
es á no dudarlo la idea que tenemos que formar de la comedia latina en 
este período, y debemos advertir que apenas se volverá á encontrar 
en los dgoientes más que débiles é insignificantes muestras de ella; la 
degeneración délas representaciones teatrales fué tal, que en las épocas 
siguientes, los mimos, las pantomimas y otras libres diversiones se apo- 
deraron de la escena desaparedendo la parte lileraría que en su origen 
habían tenido algunas de ellas. 



capítulo vn. 



lr« e p m p m y m em 9st0 f<#jM|M; e mm M idmw^mei^n que m^ermemn Uesprne^ 
ifMM de Mii9ie Audt^miee y Mümie, — Aáfifa ImHmm p§^imé49Í9mt 
. mtHgeu de este génew^ y epimiemeM de Hormeie y H^iniiHmwe. 
MBmmie, ¡Fmeuwie y Cmpe Míueiiée — Jmieie de Íes et^Uiees iaUmes 
mee»*em de MjmeiMie^ iimpe»*9mmeim his$é§^iem de es9e gteetmi WmiewHe 
Cmten w*WutHe MihúemMe. — Mi epi^rmm^m em esim épeem. 

Han encarecido tanto algunos críticos la epopeya de los primeros 
tiempos de la literatura latina, que sí pudieran aceptarse sus explicacio- 
nes, sería forzoso ajustar el desarrollo de la poesía latina, á los prínd- 
pios generales por qué se desenvuelve en otros pueblos; es un enor gra- 



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-^ie9 - 

ve el calificar de epopeyas, obras qne apreciándolas por los fragmentos 
que qaedao, descubren ona intención histórica marcada y que están 
muy lejos de remontarse á la grandeza épica, por más que el talento 
del autor sepa llegar alguna vez hasta ía entonación majestuosa de esta 
dase de composiciones; ni obedecen á un plan fijo y determinado, 
ni abarcan bajo on pensamiento grande en un personage ó en un hecho, 
la época á que se refieren, sino que siguen la sucesión histórica de los 
aconlecimienlos faltando de este modo la inspiración que da vida y naci- 
miento á obras de tan dificil concepción: si los poemas de que vamos á 
hacer mención merecieran la consideración de epopeyas, seria preciso dar 
al estudio de la literatura latina una nueva base, y caerian por tierra 
muchas de las reflexiones apuntadas para explicar el origen del teatro 
y su carácter de imitación principalmenle en la tragedia. 

Livio Andrónico, el primer poeta latino, es el primero que se debe 
apuntar en el breve catálogo de poetas épicos de este período; como 
autor de algunas obras dramáticas adquirió un respetable renombre, y 
otro tanto puede decirse de las obras épicas que tradujo, puesto que no 
queda otra cosa desús trabajos: se dice, que fué traductor déla Odisea, 
y algunos escritores de la antigüedad como Cicerón que citan esta obra, 
la encarecen por la majestad de so entonación y la verdad que supo dar 
á la traducción, pero los escasos versos que quedan, apenas pueden servir 
masque para ver en ellos la aparición del verso exámetro, todavía rudo, 
que ha remplazado al verso saturnino: se citan también algunos versos 
de otro poema de Livio Andrónico celebrando los grandes triunfos de 
k» romanos, pero ni se puede hacer más con eHos que establecer una 
remota conjetura de que fuera histórico, ni pueden servir para fundadas 
apreciaciones en otro terreno más elevado. 

También de Nevio se cita un poema sobre la primera guerra púnica, 
muy elogiado por Cicerón; los escasos fragmentos que quedan no sirven 
para dar idea de su plan, pero habiendo en cuenta los juicios de los 
críticos más severos, puede asegurarse que su carácter era hisléríco. 

Más elogiado es el poema histórico también de Ennio y que se dice 
que recorria toda la historía romana desde el origen de Roma hasta la 
época del poeta; Ennio, que es el poeta de carácter más romano.de 
todos los de esta época, goza hoy entre los críticos que hacen de la 
erndicioB la primera prenda, una consideración inmensa; selequie- 



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I 



re elevar basta la connderaoíoQ que soto se concede á los graades 
geaios, mirando en él, al representante de una lileratara nacional 
en la apartada época en que víyíó, y siendo con Calón el qoe ab- 
sorve loda la denda de sn tiempo y la expresión más espontánea 
del genio latino; sin embargo, ni por los fragmentos que quedan del poe- 
ma citado, ni de otro titulado j^jcif^tan,. y que se dice estar escrito en 
versos trocaicos, ni por las traducciones de otros poemas didácticos que 
se citan de los griegos Arcbestrato, Epicbarmoy Eobemere, puede for- 
marse una idea justa y exacta del gecio de este poeta, puesto que aun- 
que algunos fragmentos de los recogidos y estudiados con empano con- 
tengan ideas valientes, no son bastantes para apreciar otros mil puntos 
que la crítica tiene que tener en cuenta para fallar acerca de la impor- 
tancia de un escritor. 

Lo dicbo es bastante para demostrar con cuanta razón se rechaza la 
idea frecuentemente sostenida por algunos, de dar la consideración de 
epopeyas á los poemas históricos de estos primeros tiempos de la lite- 
ratura latina. 

Poetas 8atiri0O8. 

Los cantos féscenicos eran la expresión del genio satírico de los 
romanos, al aparecer las primeras muestras de su literatura; quizá 
para ningún género demostraron tanta aptitud como para éste, que 
además de ser el más espontáneo y de los que antes cultivaron es acaso 
el que más perfecionaron los romanos. 

El origen de la sátira ha dado lugar á una larga contienda literaria 
en que los más célebres escritores del siglo diez y seis, anduvieron 
discordes; la cuestión era verdaderamente de palabras y provenia, á 
no dudarlo, de la semejanza clara, aparente que existe entre las pa- 
labras satyra y satura: su etimología sin embargo es diversa: Ho- . 
racio y Qintiliano declaran toda romana á la sátira, y es difícil en- [ 
centrar razones bastantes para contradeciríos: la satyra griega era 
una composición, con acción, con intrigas y fonnas dramáticas, en que 
el coro de sátiros hacía un importantísimo papel como qne era» por 
decirlo asi, el oUigado de esta clase de representaciones, siendo por 
tanto completamente distinta del poema burlón, licencioso alguna vez 
y de tendencia didáctica, que la literatura latina cultivó con el nom- 



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- 111 -- 

bre de táiira 7 que ni recordaba al drama satyrico» que acaso ae 
imitó en las Aielanas, ni (enia oada de coman con él. Ennio dio á sos 
eomposícioDes el non^bra de sátira, derivándolo de la palabra osea 
ioíura, ramitteie de todas flores , plato de toda clase de manjares, porque 
empleaba en ellas toda ckse de metros y de ahí el nombre, que aun- 
que parecido al griego, nada tiene de común con él: los Sitos que 
JeBófones y Timón escrib ieron y de los que quedan escasas muestras, 
pueden tener algún parecido por su tendencia con la sátira romana, 
pero si se tiene en cuenta que solo los dirigian contra los filósofos y 
los poetas, se comprenderá que no pudieron dar nacimiento á esla 
clase de composiciones: el espirilu satírico, que es patrimonio de 
todos los pueblos aunque se manifiesta más ó menos según su res- 
pectivo carácter, tuvo completa expresión en la comedia de Arisfó« 
&nes que merced al rigor de la ley no pudo aclimatarse entre los 
romanos, pueblo sin embargo de tendencia satírica más pronunciada 
que el griego. Con lo dicho basta, para compiytnder que Ja sátira 
amo composición didáctica, y como poema en la forma qvté hoy se 
cultiva, es de origen romano y que la aseveración de Horado y Quin- 
tiliano es completamente exacta. 

Ennio pasa por el inventor de la sátira; mejor sería decir que es el 
que le dio verdaderas formas literarias; el que hizo de este, un nuevo 
género no cultivado anles y el que comprendiendo su esencia, le re- 
vistió de formas dignas de la musa; los escritores clásicos vincula- 
ron por decirlo asi, los metros para las composiciones poéticas; la 
epopeya y el poema didáctico se escríbian en exámetro; el yambo se 
reservaba para la comedia, el lírico tenia diversas formas que dieron 
nombre á las composiciones, y por esto no es de extrañar que la sátira, 
aunque al principio se escribió en variados metros como hizo Enm'o, 
se escribiera más tarde en el destinado para las composiciones didác- 
ticas con las que se relacionó por su esencia. Ni del mérito de las 
sátiras de Ennio, ni de las de su continuador Pacuvio puede decirse 
nada, ni de las, citas hechas por Yarron y Aulo Celio puede de- 
ducirse la importancia de sos obras. 

La sátira recibió una nueva forma, sufrió una trasformacion com- 
pleta en la pluma del caballero Lucillo : las consecuencias de su 
trasformacion han ádo tan largas que hay mismo se conserva en 



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graa parle la forma de que este escritor revistió al género de qae se 
trata. 

Lodlio era natural de Coossa Auraoca, pequeña aldea del Lacio y 
\ino al mundo en el año 148 antes de J. G. Pertenecía á una familia 
de elevado rango, de notable posición por sus riquezas, y de tales in- 
fluencias en Roma, que Lncilio tuvo por amigos á los personages 
más influyentes de su tiempo: Lelio y Escipion Emiliano y el célebre 
jurisconsulto Rutilio Rufo, y en una palabra lodos los hombres respe*^ 
tables de su tiempo, le estaban unidos por el vinculo estrecho de 
la amislad: es digno de ser recordado , que Lucilio es el primer la- 
tino de origen ilustre que se dedica al cultivo de las letras, prueba 
bien clara de que la mala consideración en que se tenia esla ocupación 
va cediendo ante ideas más elevadas y de que la influencia de los 
maestros griegos deja poderosas consecuencias en la ciudad eterna 
hasta el punto de producir una trasformacion completa en las ideas 

Lucilio fué autor de una notable colección de sátiras de la que des- 
graciadamente solo existen fragmentos que si dan alguna idea del 
genio de este poeta, no es tan completa como fuera de desear, tratándose 
de un escritor juzgado de muy diverso modo entre los escritores de 
la antigüedad; no es fácil decir cuál fuera el sistema seguido por 
Lucilio en su colección, ni tampoco el número de sátiras que escribió, 
si bien debe suponerse teniendo en cuenta la facilidad que le atribuye 
Horacio, que debieron ser muchas y de asuntos variados, aunque no 
puedan pasar de conjeturas, las nolicias que se dan acerca de otras 
obras de carácter lírico y aun dramático que algunos le atribuyen. 

Puede formarse idea del carácter de las sátiras de Lucilio, recordan- 
do sus cualidades personales y algunas ideas elevadas que se encuen- 
tran en sus fragmentos: caballero Lucilio de la primera nobleza, ar- 
diente partidario de las ideas republicanas, intransigente con los cam- 
bios políticos como con las innovaciones sociales, hombre de rígida mo- 
ral, ve con enojo la depravación de costumbres de su época, y medita- 
dor profundo y severo moralista, lanza el sello de su indignación contra 
las personas mismas que cree causa de la degeneración social, con el 
lenguage unas veces de la risa, y en el tono más sencillo y popular, con 
el lenguage otras del más severo estoico y digno hasta del mismo Catón: 
por eso tantas veces presenta recuerdos de la Roma que fué, ejemplos 



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- 113 - 
venerandos de virtod y grandeza qae tanto abundaron en Roma y de 
los qne había en so tiempo nocontionadores, sino escasos partidarios. 
Lncilio era poeta de clase, y aanqoe solo se propusiera conseguir el 
aplauso de las personas que pensaran como él, podía tronar contra lodos 
los que seguían el errado camino de la perversión, enseñando con ele- 
vada entonación, con energía, con gracia niucbas veces, y siempre con 
fé; como quien opone un tiempo de corrupción á un glorioso pasado; 
on presente lleno de vicios á una concepción elevada hija de las más 
rectas ideas de juslicia y de virtud. Hé aquí, porque Lucilio es el ver- 
dadero padre de lu sátira; aunque se permita citar nombres propios, 
6jó el camino que debía Feguir, y adivinando la elevada misión que 
cumplía, dio á la sátira la forma reservada á los grandes poemas épicos 
y didácticos: estas reflexiones y otras muchas que pudieran hacerse se 
desprenden de la lectura de los fragmentos de Lucillo, que de buen 
grado tendrían aquí cabida, sino fuera preciso pensar en la extensión de 
estas lecciones. 

Antes de coocloir es forzoso apuntar algunas ideas acerca del juicio 
que de Lucilio hacen los dos críticos de la literatura latina, Horacio y 
Quintíliano. (l; El primero de estos dos escritores no se explica en todos 
los pasages en que hace referencia á Lucilio de la misma manera; acaso 
las acusaciones y defectos que le señala en su sátira cuarta, le obligaron 
ú justificarse ante la opinión pública pronunciada en favor de Lucilio, 
en la sátira décima del mismo libro en que solamente se ocupa de este 
escritor: en verdad que Horacio al echarle en cara la libertad de sus 
versos, el poco cuidado de su forma, el uso de palabras griegas y algu- 
na Cira imperfección parecida, no dejaba de tener razón, pero también 
lo es que lo declara un escritor de genio y superior á Trevacio y á 
él mismo, considerándolo tan severo que atacó con igual dureza á 
los hombres elevados , que á los de la clase popular ; este juicio 
qne parece ser el último de Horacio eslá cooforme con la idea que los 
modermos han formado de este poeta que solo puede ser conocido por 
fragmentos: Quintíliano, recuerda que Lucilio es el primero que ha al- 
canzado una gloria inmortal por medio de la sátira, y que aunque hay 



(4) Hor. Sat.-tíb. I. IV-X y última: 
Quiot* De instit. orat. iib. X. cap. I. 



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- 111 — 

alganos qse lo copaderao como el primero de los poetas, otros como Bo* 
redo, lo rebajao exceavameote docidiéndose el aotor de las Inrittu^ 
dones por od justo medio, que le oMiga á apreciar á este escrílor por 
sus notables cooocimieulos, y por* su libertad llena de gracia que da á 
sus versos una entonación fuerte y mordaz. 

En resumen; Lucilio, primer escritor aristócrata, dio como ha dicho 
un critico, á las letras latinas el tttuio d^ nobleza; separándose del ca- 
mino seguido por Ennio, fijó la forma de la sátira empleando el verso 
exámetro que no siempre luce en sus fragmentos todos sus encantos, 
puesto que se resienten de poco esmero en el autor y del estado de la len- 
gua lodavia en la época de su formación definitiva; los elogios cons- 
tantes que hace este escritor á la virtud, la severidad de sus ideas, 
propias del mismo Calón, y el tono popular que dio á sqs versos le ele- 
varon al aprecio que en lodos tiempos hicieron de él los escritores lati- 
nos; Horacio que es el que peor le traía en alguna parle de sus obras 
reconoce sus grandes cualidades, y Quínliliano dejándose llevar del mal 
gusto de su época y acaso de la afición hada lo anticuado, creyó más 
duro de lo que era el jnido del gran satírico de la literatura latina . 

Para completar el cuadro de los satirices de esta época debe mencio- 
narse á Valerio Catón, autor de una breve sátira titulada Dirm in Batta- 
rum^ imprecaciones contra el que aprovechándose de las desgradas del 
autor durante la guerra civil, había adquirido los bienes de que él ha- 
bia sido despojado. Suelonio, en su obra sobre los gramáticos célebres, 
día otras dos de este escritor de las cuales nada queda, y conser- 
va dos breves fragmentos de Marco Furío Bibáculo, amigo de Valerio 
Catón y como él poeta satírico; se'elogia la mordaddad de sus versos 
y hasta algunos pretenden colocarle al lado de Horacio; no existiendo 
sus obras, es bastante lo dicho para que so nombre figure entre los poe- 
tas de este tiempo. 

Epigrama. 

La poesía epigramática fué muy del gusto de los escritores clásicos, 
y buena prueba son de esta verdad las ricas Anthologias formadas con 
obras de este género: sin embargo debe tenerse muy presente para evi- 
tar un grave error, que la palabra epigrama designaba entre los escrito- 



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- "8 - 

res de k anli'gSeM hasta la época de Marcial, sotameote «la compo- 
sidoQ qoe servia según sa elitnologia de inscrípcioo, fuera en uamoDu- 
meoto púbKco, fuera en uo objeto privado; claro es que todos los culli- 
yadores de las letras habían de verse obligados á escribir composicioDes 
de este género que aunque muy breves, exigian exquisito cuidado en 
la forma y toda la posible perfección en la expresión y el pensamiento» 
Aunque pocos, pueden citarse algunos epigramatistas de este tiempo» 
sirviendo esta dta para poder formar el cuadro completo de este género, 
imitado de los griegos y muy cultivado entre los escritores de todos loa 
tiempos de la literatura latina. Aulo Gelio (1) cita con extraordinario 
elogio tres poetas epigramáticos de este tiempo, Porcio Licinio, (B70 
de Roma) del que se conservan dos epigramas; Q. Lulacio Catulo 
del cual quedan también otros dos conservados por (Sceron (2) y 
Aulo Gelio , y L. Valerio Aeditus también conocido por otros dos 
epigramas conservados por el mismo escritor. En obsequio á la breve- 
dad que nos hemos propuesto, no se citan las epigramas á que nos 
referimos. 

CAPÍTULO vm. 






La poesía didáctica es una de las grandes conqubtas del pueblo ro* 
mano ; su gloría literaria va unida en gran parte á las obras de 
este género en que aventajó de una manera increiUe, no solo á los 
escritores griegos alejandrinos, sino basta al mismo Hesíodo: los 
poetas didácticos latinos vencieron fácilmente las grandes dificultades 
qae este genero ofrece y que se revelan porfectamenle con el hecho 
histórico de ser muy escasos los modelos que la historia literaria de 
todos los paises apunta, pertenecientes á las obras que exigen del ao- 



(4) AoioGelioXIX— 9. 
(i) Cíe. da Nat. Daorvun L 



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- 116 - 

tor que set do solamente artista, sino sabio; la idea de imitación de 
la lileratora latina puede explicar la perfección qne en este género 
alcanzó el ingenio romano; coando la poesia didáctica apareció en Gre- 
cia, fué obedeciendo á una necesidad imperiosa, la de explicar la 
religión, y dar preceptos para la vida (Let Teogtmia^ks trabtgos y 
los dios de Hesiodo); en Roma no tiene en la primera obra qn objeto 
tan alto; el poema de Lucrecio, no satisface tan alia necesidad, su en- 
señanza es del lodo profana y solo se debe al deseo de ocupar un 
personage ilustre por su rango y su genio, las horas de ocio en el cultivo 
de las letras. Pero ¡cuan grande es la obra y el genio de este poeta! 
Sensible es que no correspondiera el asunto á la grandeza de la inspi- 
ración y de la forma que le dio. Merece no obstante como ba de que- 
dar demostrado uno de los primeros asientos en el templo de las musas 
y su poema la consideración de uno de los más eslimados monumentos 
del arte en la clásica antigüedad. 

La vida de este poeta está como la del Tasso envuelta en fábulas 
que apenas se pueden explicar; han creido algunos que escribió su poe- 
ma en los intervalos lúcidos que le dejaba la locura que un filtro amo- 
roso le habia producido, pero esto que acaso signifique lo melancólico y 
brillante de su ardiente carácter, no es de ningún modo creible porque 
tal circunstancia haria de la obra una verdadera maravilla. Descendien- 
te Lucrecio de la ilustre familia inmorlalizada por una muger, recibió el 
sobreombre de Caro^ debido acaso solo á la estrecha amistad que le 
unió con Memmio. Nació en Roma 95 años antes de J. C, y su 
muerte ocurrida, á los ü de su edad, ha autorizado cuanto se di- 
ce acerca de su locura: se suicidó sin que hoy se tenga conocimiento de 
la causa de tal desesvario, y sin que pueda adoptarse como probable si- 
quiera, ninguna de las explicaciones que generalmente se dan. 

Los escritores de la antigüedad hacen lo mismo que los modernos, en- 
tusiastas elogios del genio de este vale; . Cicerón ve en sus obras todos 
los destellos del genio y todo el arte del poeta; (i) Virgilio (i) le tri- 



f\) Lucrecií poemata, multis iogeoii lumioibus llaslrata , multOD lamen et 
ariis. 
{y Félix qui potuit rerum cogooscere causas, 

Atque metus omoes et íoexorabile faium, 

Subjecit pedíbos, strepítumque Aquerontis avarit 



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- 447 - 
bato un admirable «1(^0 en aquellos ooDoddos versos en qae diee ba - 
ber quilado á la naluraleza los mislerioeos velos cod qae ocoila sus ar- 
canos y á la moerte sus borrores. Ovidio y Estacio, Moliere y YoUaire 
le bao tributado los misfr.os imporlaotes paraUeDcs: sin embargo cree- 
mos que lodos bao demostrado la grandeza del filósofo cuidándose poco 
de bacer conocer al poeta que es como aquí so le debe considerar. Sus 
ideas como fildsofo no pueden sostenerse y son dignas de la enérgica re- 
futacimí del insigne cardenal Poligoac» pero como poeta será siempre . 
cdocado entre los más nobles cultivadores de las musas, en uno de los 
más difictles géneros poéticos. 

Lucrecio escribió un poema didáctico en seis libros, titulado, De 
rtrum natmra, que contienen toda la doctrina de la filosofía epicúrea, 
ia más opuesta al estoicismo, y que babíeodo empezado como una secta 
de apariencia elevada, degeneró en un materialismo grosero quebacia 
consistir la felicidad en la satisfacción del placer y no en los goces del 
espíritu y señorío de las pasiones como había ensenado el maestro y 
fundador Epicoro. En esta funesta degeneración pasó á los romanos la 
escuela del filósofo de Sainos con todas las absurdas máximas que la 
habían hecho lisongera y popular; y no contribuyó poco á que se desa- 
laran los vínculos religiosos de un pueblo que en la época en que Lu- 
crecio escribió, se precipitaba violentamente por el sendero de la cor- 
rupción. Reducido todoá la materia, niega la existencia de una Provi- 
dencia que dirija el mundo, y reviste la idea de los Dioses del mismo fin 
de placer con que pinta la vida del hombre; m'ega la existencia de una 
vida futura quitando así todos los estímulos de la virtud, y como couse- 
coeocia de este absurdo principio niega también la espiritualidad del 
alma y su existencia distínfa del cuerpo. Tal doctrina debió forzosa- 
mente contríboír á la desmorah'zacion de Roma que veía levantar un 
monumento magnifico al ídolo que adoraba, al vicio: sensible estravío 
del gemo, que repetidamente se manifiesta en la liieralura romana. 

Poeta de elevada entonación y de un claro ingenio, busca Lucrecio 
más que la gloria de artista, la gloría de filósofo; discurre con elevada 
argumentación y como hombre de profundo talento sobre el destino y 
origen del mondo, y teniendo presente el principio de su filosofia ex 
nikilo mkil fU, lo encuentra en el amor, al que considera causa de todo 
y como el que todo lo dirige; busca una explicación al origen de las * 



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- «8 - 

rd^ioDes, y su coooieQcta márduta por k» eslravlos de tu imagma- 
don lo eDOuenlra en el temor, fueüte de toda rdígion; Epícoro qae li- 
bró á los hombres de tales temores, es más digno de la veneradon de los 
hombres que las divinidades del trigo y de la vid, á los ojos del filoso^ 
fo-poela. 

Lttoredo no tovo predecesores en la literatura latina ; es d primero 
qye hizo oir un canto ascreo en Roma, y en vano se buscará la fuente 
de inspiración que le guía; conocedor de los poetas didácticos de Greda, 
pudo tener en ellos moddos dd género en que escribía, pero es bien 
cierto que los aventajó ; que no podían servirle para señalar los pasos de 
su poema; guiado por su propia inspiración y por la naturaleza misma 
qae se revda á todos los grandes genios, distribuyó acertadamente las 
paites de su obra, embdleciéodola con episodios interesantes y digaos de 
la pluma dd mismo Virgilio: por esto .su poema es nacional no solo por 
el estilo, sino también por la robustez de los pensamientos y la forma 
de su exposid'iu, Uena siempre de entusiasmo y vida, de expresiones 
valientes, y de gritos patéticos que revelan el alma toda del poeta. 

£1 estado inculto de la lengua en la época que Lucredo empezó su 
poema, da mayor encanto á su obra; tuvo que vencer inmensas dificul* 
tades que ofrecía para hablar de cosas graves y serias; asi Locredo 
se queja alguna vez de la pobreza de la lengua, que por la novedad de 
los asuntos, era instrumento poco dócil para su expresión, pero le cabe 
la gloria de haber sido el que la fijó, el que la dio energía, riqueza y 
flexibilidad hasta entonces desconoddas: ¿qué importa que un gramá- 
tico escrupuloso pueda dtar un verso malo, una frase oscura, un giro 
violento y hasta alguna falta gramatical, á hasta bajo el punto de 
vista de la lengua cumple Lucreqo la alta misión reservada siempre á 
un poela de primer orden, de fijar definitivamente la lengua? 

Pero antes de apantar algunas reflexiones más acerca del mérito del 
poema de Lucrecio, conviene hacer un ligero análisis de su contenido, 
para que al mismo tiempo que se vea su doctrioa, se pueda apreciar 
la acertada dislribucíon de sus parles: 

Primer Ubro: empieza con una bellísima invocación á Venus, madre 
de los hombres y pobladora de la naturaleza, que parece ser imitada 
del Hipólito de Eurípides; sigue la dedicatoria á Memmio con el objeto 
de separarlo de los ncgodos políticos para que se entregue al tranqniio 



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- 11» - 

estndb á¿ la filo0o6a, intentando demostrar, y este es el fin del poema, 
la soperíorídad del sistema dé Epicoro sobre todos los demás; sigue nn 
elogio de Epicoro, y la exposidon y defensa del principio faodamental 
de sn filosofía ex mhilo nikd fii; explica el origen del mondo qae reco- 
noce como base el vacio y los átomos, siendo todo lo extraño á estos 
dementos nada más qoe propiedades ó accidentes de ellos; ocopa por fin 
al poeta la enomeracion de las cualidades de los alómos qoe conside- 
ra salidos, eternos,, infinitamente peqoefios é indivisibles; combate á 
Herádito y Empédocles qoe señalaban otros elementos al mondo y cali • 
fica de ridicula la teoria que enseña la existencia de un centro del 
universo donde caigan los cuerpos pesados. 

Libro segmio: Después de un elogio de su filosofía, explica las 
eualidades creadoras de los átomos, su movimiento y su forma; se 
burla de los que creen en una Providencia divina para la creación, 
juzgando bastantes las cualidades que señala á los átomos para dar 
nacimiento á mundos diversos, sujetos como los animales y las plantas 
á épocas de vida, nacimiento, desarrollo, decadencia, etc. 

Libro tercero: Después de una invocación á Epicuro , sostiene Lu- 
crecio que el temor de h muerte que tanto aflige la vida, consiste en la 
ignorancia en que el bombre vive de la naturaleza del alma ; es una 
parte real del cuerpo, y el espiritu también real y que reside en el cora- 
zón, es su más viva y enérgica esencia; el alma propiamente dicha reside 
en los miembros todos, y la forman asf, como al espíritu, cuatro elemen- 
tos, aire, aliento, calor y otro más tenue todavía y sin otro nombre que 
el de alma de las almas, en comUnacion con los más delicados áto- 
mos: el predominio de alguno de estos elementos forma el carácter del 
individoo; combate á Demócrito qoe creia qoe el alma y el espirito se 
coofundian; cree una fábula ridicula la metempsicosis, lo mismo que el 
temer la muerte que nada deja tras de si; los suplicios del infierno, son 
juzgados por el poeta como la alegoría de los tormentos de la vida 
y concluye exponiendo los reproches que la misma naturaleza hace 
contra los que temen la muerte. 

Xtftro cuarto: Después de una introducción como la del primer libro 
intenta explicar las fuentes del conocimiento, que no son otras más que 
las imágenes y la sensación; los sentidos son infalibles, f)orque el que se 
engaña es el juicio, si bien considera qoe son ímcompletas para satisfacer 



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las necesidades del kombre: condoye con la explieacion de ios soeños, 
de las imágenes volaplnosas que producen, y esto le conduce á hablar 
del amor y de los males que ocasiona al hombre. 

Libro quinto: después de un elogio brillanle de Epicuro, traía de ex- 
plicar el origen del mundo, que no lo cree obra ni morada de los Dioses 
por ser imperfecto, y que es destruible por estar en guerra constante los 
elementos que lo formaron; la materia del mundo se va regularizando 
hasta ser un todo armónico; explica después el sistema y movimiento de 
los astros, los eclipses y el decrecimiento de los dias y las noches; juz- 
ga que la creación produjo sucesivamente, las plantas, los árboles, las 
aves, los cuadrúpedos, el hombre, y con esto, tiene ocasión para ocu- 
parse del origen del leoguage, de la propiedad, del gobierno, de la 
guerra, de la religión y de como se desenvolvieron gradualmente la 
industria, las artes y las ciencias. 

libro sesto: empieza con un gran elogio de Atenas patria dé Epícu- 
ro; explica las causas naturales que producen los meteoros y que sólo la 
ignorancia ha podido creer que son expresión de la cólera divina: ex- 
plica pues la causa del trueno, del relámpago, de las trombas marinas, 
de los huracanes y las lluvias, por qué el mar no se desborda, describe 
las erupciones del Etna, las crecidas periódicas del Nilo y con ocasión 
de hablar de las exhalaciones mefíticas que arrojan los terrenos aver-- 
noSf y que se esparcen por el aire y lo emponzoñan produciendo en- 
fermedades contagiosas, describe la peste de Atenas y concluye el poe- 
ma de una manera inesperada y brusca: acaso el autor no tuvo tiem- 
po para limar y perfeccionar como los anteriores, este último libro. 

Por la breve exposición de las doctrinas contenidas en el poema de 
Lucrecio, se puede fácilmente comprender que ni el asunto es poético, 
ni hay verdad, en la doctrina, ni pureza en la argumentación, ni pro- 
vecho en la enseñanza; por la materia esta obra hubiera muerto, por- 
que la ciencia la rechaza; el genio elevado que dio vida al poema lo 
sostiene y lo eleva como obra de arle en que campean unidas la imagina- 
ción y la energia; pero los encantos poéticos que por todas partes der- 
rama no pueden dar vida á una filosofía que mata toda creencia, y que 
hiela en el corazón los sentimientos elevados: atribuir á la casualidad 
el que el bombín saliera del estado de bruto y que gradualmente apren- 
diera las artes, es una teoría absurda, aunque parezca poética; supo- 



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- 121 - 

ner que el temor produjo las reügioucs, que el alma está sugeia á la sen- 
sación en vigilia y que en sueno la persiguen fantasmas con igual fin, 
qoe el amor lo engendra todo y lodo lo dirige, son leorias tan absurdas 
que rebajan el mérito de la obra basta hacerla despredable. Aunque 
Lucrecio encuentre alguna vez palabras de elogio para la virtud y la 
moderación, uo pueden tener fuerza, carecen de importancia al lado de 
tantas y tantas erradas leorias; desalólos vínculos con que la moral r^m- 
tiene los escesos del vkio y bien puede atribuirse influencia á las doc- 
trinas impías de Lucrecio en la depravación cada dia mayor en su tiem- 
po de la juventud romana; la poesia con esta obra en vez de contener 
ayudó la obra del mal: doloroso estravio que lamentará áenipre el que 
estudie el desenvolvimiento del espíritu romano; sucede con Lucrecio 
lo que sucedería con un pintor de primer orden que con el genio de 
Rafael, hubiera empleado su pincel para pintar orgias y cuadros desho- 
nestos: admiraría á la postetidad el poder de su pmcel, pero tendría que 
llorar ks esiravios de so imaginación. Lucrecio es un gran poeta; su 
genio se eleva á la altura del de Virgilio, pero le falta la verdad de la 
doclrínt; si la grandeza de su umteria poética hubiera correspondido á 
s« genk), sería el poema Dé rtrum míwra^ una de las más grandes 
Cfeadones de las literaturas clásicas; con los defectos inmensos que se 
han señalado, aun sin aceptar ninguna desús explicaciones, d nrte le 
da vida eterna, (1) 



f\) La mayor parte de loi escritores colocan á Lucrecio dentro del siglo de 
oro; nosotros considerándole como el poeta de transición del segundo al tercero, 
creemos que debe tener un capUulo separado, y por eso, le colocamos después 
de los poetas de esta época; lo anticuado de su dicción, los giros, el exámetro 
mismo todavía duro, y otras muchas razones todas lingüisticas, dos han decidi- 
do á adoptar este onéiodo. Después del análisis hecho en el texto, creemos que no 
hay necesidad de señalar las páginas más brillantes del poema; puede el profe- 
sor dar á conocer álos discípulos algunas de sus numerosas descripciones, que en 
todas encontrará bellezas que elogiar y alguno de los que pueden considerarse 
como episodios, llenos de encantos poéticos que tui» hecho sot>revivir la obra de 
Lucrecio á la doctrina que con tanto entusiasmo explicó. 

9 



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— «9 - 



Sección segunda.— f'posa. 



CAPÍTULO IX. 



0tHetfmÉ 4m$9*9éimeUUt9 em JtoJM* y itHmnf^ élm^ Mm 9«9é4««.-^JVf«- 
<f««.-*tfyt*«nt»«l<c<i — 'Cwmt99 Mmtoi09. — ^yWctfffMfAt irmMmdm dTe 

CoD diversa díreccioQ se matüfiesla ea este periodo la prosa y do lle- 
ga sin embargo á ud estado de perfecctoo oolabie como se ba \í$to que 
ba llegado la poesía con Tereodo y Lucrecia): el dialecto poético, si este 
nombra se puede dar al lengoage de las musas, es ^ás fiicfl en las pri- 
meras épocas de ana lengua, porqoe exige truenos uso que la prosa de 
las partículas, parte siempre la más delicada en lodos los idiomas y la 
que se perfecciona más larde; asi se puede explicar el fenómeno de per- 
feccionarse la prosa muchos. a&os después en todas las literaturas que el 
verso: para que se pueda formar una idea clara acerca del mérito que 
distingue á los prosistas de este tiempo, los bemos reunido en un solo 
capitulo porque sino tendriamos que dar indebida extensión á esta 
parte que solo puede contener indicaciones. 

La bisloria se presenta como la forma más antigua de la prosa de es- 
te periodo: ya en el anterior pudimos señalar la afición del pueblo ro- 
mano á la bistoria, que sino alcanzó una forma completa, tuvo por lo 
menos monumentos y materiales en que descansar con magnífica base: 
en esta época aparece la historia con verdadera forma de tal, con recita- 
do seguido y razonado, pero es digno de llamar la atención un becbo 
que se repite en nuestra literatura con singular semejanza: los primeros 
monumentos de la historia de este período están escritos en griego, co - 
mo nuestras primeras crónicas se escribieron en latín: la de Lucas de Tuy 
y la de Isidoro el Pacense pueden servir para sostener la comparadoo 



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- 411 - 

eslahleeidt; acaso la mala eaníderacMNi en que h» peñones ilustradas 
tieneo las lenguas nacieotes pueda explicar esle hecho qoe se ve repe- 
lido DO solo ea nuestra Hleralura sino eo muchas de las modernas; Cin^ 
cío Alimencío, Cayo Aeilio y el uiás profundo de todos los historiadores 
antiguos Poijbio, son los primeros que escribieron historia romana en 
griego: TiloLivio, Cicerón y AobGelío qne loscilail, apenad eonsar^ 
van noticias bastantes para calcular el asunto do sus obras, si se exce[K 
lua la de Polybio de que eo otra parte se ha hecho mendoa. 

Fabío Pictor es el pranero de tos historiadores lalinos; sus Annale$ 
{¡mcuentemente citados por los escritores de hísLofia, se han perdido casi 
por completo; otro laalo sucede con los si(He libros de historia» titulados 
Orígenes ^ que escribió el insigoe Catón, y que han llegado en tan es- 
casa muestra que no es posible formar idea déla obra (I). 

L. Calpurnío Piso Frngi, Cassio Hemina, Q. Fabio Máximo Servilla- 
no, C. Fanoto, distinguido militar en la guerra de Yirialo, Coelio Anti- 
pater y otros, se citan como escritores de historia pertenecientes á este 
periodo, pera son demasiado ligeros los fragmentos que quedan para que 
les hayamos de dar más importancia que la de citar sus nombres. 

Merecen lambien los honores de b mención los biógrafos Emilio Seau- 
ro, que escribió memorias de la vida de Tugurla, Rutilio Rufo, consol en 
649, que escribió en latín la historia de so vida y en griego la de Nu- 
mancia, y el dictador Sylla que escribió Ü libúx» de Memonas que 
completamente se han perdido. ^\ ; • f7/ r 

FUosofia. 

La filosofía no se conoció entre los romanos en la época anterior; la 
Magna Grecia cuna de la fflosofia pitagórica acaso conservara algún re-- 
ciierdo ck grandeza que sirva para explicar el por qué se daba á lodos los 
hombres distinguidos el nombre de pitagóricos: por esto se le daría á 
Numa y á sus libros. 

Los romanos como pueblo guerrero y agricultor, más dados á los in- 
tereses políticos y materiales que á los de la ciencia, no ooaocieron la 



(f ) Aoúhis Víterbieosis, insertó en sos AntiquUates varim, la obra de Ca- 
too como auténtica habiéndolft esoriio el mismo. 



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filosofía haslA despaes de la conqoísla de la Grecia: coido en todo, fucroD 
taiiibieo los griegos s«]s maestros de filosofia^y á ellos se debió la conti- 
Duacioa en Roma de las escuelas de la Grecia: la embajada que en 
el año 86S antes de J. C, enviaron los atenienses á Roma, fué la cau- 
sa ocasional de este adelanto: Caraeades, Diégenes, y Critolao pertene- 
cientes á las escuelas académica, estoica y peripatética, promovieron una 
verdadera revolución durante el tiempo de su permanencia en Roma; 
aunque anatematizados por los ardientes partidarios de la república, 
hasta él ponto de llegar el Senado á derrotar la espukion de lodos los 
filósofos y retóricos, nombre con que generalmente se encubrían, su 
triunfo fué completo, y el mismo Calón, el que no solamente se lamen- 
taba en el Senado de la innovación iatrodudda por los griegos sino que 
escribía obras de opuesta tendencia como la ¡k re rust$ca^ fué en sus 
últimos años presa de la afición general, y esludió la lengua griega co- 
mo indispensable conocimiento de todos los hombres elevados. Aunque 
la filosofia académica tuviera partidarios entre los romanos porque ser- 
via mejor que otras escuelas para la oratoria, sin embargo el carácter 
práctico de este puéblese a venia mejor con la filosofia estoica, que sen- 
tando como base de su doctrina que el sabio debe alcanzar el don»ÍQÍo 
de los sentidos, enseñaba una moral severa y que fué de gran Irascen- 
dencia en la vida y en la jurisprudencia de los romanos: las especula- 
ciones académicas de Gamcades, casi filósofo escéplico, tenian que dis- 
gustar á un pueblo en que la severidad de carácter es sü disliotivo 
desde la curi^. Contribuyeron al asiento de la Gloso6a en Roma no solo 
los filósofos nombrados , sino tantbien las bibliotecas fondadas por 
el rico Lucullo y la traslación de la de Apélícon que conlenia las obras 
de Aristóteles, hecha por orden de Sylla. Es cierto que los romanos no 
hicieron adelantes en la filosofia, pero también lo es que en esta épo- 
ca se pueden considerar ya como depositarios de toda la riencia griega 

Elocuencia 

Sensible es la pérdida de la oratoria de este tiempo; la naturaleza del 
gobierno de los romanos, los debates políticos y judiciales ya muy fre- 
cuentes, dieron ocasión al desarrollo que esta divina arte adquirió. Cice- 
rón conserva en su libro, Bruímsive de chris oratoribus, una historia 



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~ 1»6 - 

preciosa de los oradores de este liempo: lástima es qaeel gran orador da 
hubiera sido más escrupuloso ca el modo de formar ese ioleresanle coa- 
dro de los oradores que le habiao precedido y que yaht>y esimposiblefor- 
mar porque apeaasbay oirás noticias quelas que el mismo Gceron conser- 
va. Los panegíricos fúnebres que se deben suponer dictados por la vanidad, 
fueron tan antiguos en Roma que Cicerón los considera como la primera 
manifestación del arle oratoria; son de alguna importancia como monu- 
mentos históricos, y so pueden unir á las conjeturas que hacen presumir 
en Roma la existencia de la oratoria antes del tiempo á que alcanza 
la historia; (1) pero cuando la ilustración griega empezaba á borrarla 
laz de Roma, coando la filosofia platónica explicada en el bríllanle len- 
guage de Carneades habia hecho prosélitos, la oratoria perdió su primi- 
tiva sencillez» su antigua espontaneidad y empezó á enseñarse como ar- 
le: rocuérdense los aconlecimienlos politicos de más bulto en este lien»- 
po, y les d'^bates á que dieron b^r, y se comprenderá que lodos los 
que influyeron poderosamente en las detemiinadones del Senado, en la 
administración de Justicia, en las revueltas de las clases, fueron ilustres 
oradores, que se pueden considerar formados en las escoelcs oratorias 
latinas. (¿HCoroelio delego, Escipipn el africano, los Gracos, y otros 
muchos merecen el justo renombre de oradores que la historia conserva 
como la única prenda de su ingenio en el uso de la palabra. Catón, el 
personage de este tiempo, figura como el más importante de lodos los 
oradores^en tiempo de Cicerón se eonseryaban con gran estimación sobre 
1 50 discursos, que en la época d¿ la decadencia fueron considerados eo 
nio dignos modelos que imitar para dar á la lengua su primitiva ener^ 
gia y á la oratoria su tracantadora sencillez; pero nada queda de esos 
brillantes destellos de la oratoria republicana, porque solo ha conserva- 
do la historia los del más insigne de todos, Ciccron^ulpicio Galbo, -lai- 
cinío Crasso, C Papirio Carbón, Marco Antonio, fueron ilnstres orado- 
res de este tiempo, pero la posteridad nada puede decir de so mérito 
particular porque nada existe de ellos, y solo en el libro antes citado de 



fíj El de Quinto Mételo á su padre j el de F. Máximo á su liijo, son los pa- 
negíricos fúnebres más antiguos de que existen rectt9rdo9. 

(i) Lucio Plotio Gallo, maestro de Cicerón, y Otacilio Pililo de Pompeyo, 
son los maestros do retórica más antiguos de Roma, cuyo nombre apunta la historia. 



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- 186 - 
CtceroB, es donde se paede ver como eran apreciados per el más insigne 
de lodos los oradores: rennnciamos, en obseqnio de la brevedad, á in- 
sertar aquí los jaldos de este gran escritor, asi eomo á sentar las no- 
ticias recogidas de otros escritores latinos, por no ser materia propia de 
on libro elemental/) 

Gramática. 



La significación de esta palabra varié nolaUemenle entre Jos roma* 
nos: llamaban lifteratm, tradnciendo etaclamente la palabra griega 
Ypaeiitft«nx¿<, al hombre instruido qne hablaba ó escribia con alguna 
perfección; pero bien pronto la palabra grammaticus sustituyó á otras 
y designó al filósofo, al gramático propiamente dicho y al crítico: por 
eso en esta época en sn mas lata acepción la palabra gramática de- 
signó el conocimiento de la historia, la interpretación y pronuncia- 
ción de las palabras y el eiámea de los poetas. 

También fué la Grecia la que proporcionó á los romanos esta inte- 
resante parte del saber. Átalo rey de Pórgame envió á Roma en 168 
[antes de 1 C] como embajador á Grates de Mallas, que tuvo la des- 
gracia de romperse una {Hcrna y durante su larga convalecencia dio 
lecciones pública que despertaron la afición de los romanos hacia los 
estudios crítico-gramaticales que Grates profesaba siguiendo las huellas 
de la insigne escuela de Pérgamo, que como rival de la de Alejandría, 
se babia distinguido tank) en la conservacieo de la literatura griega. 
Aunque los romanos no estuvieron en las mejores condiciones para 
dedicarse á estos estudios» aunque su litieratura ofreciera poco p^o á 
la crítica, es lo cierto que la eoseoanzn dada por Grates Malotes fruc^ 
tífico pronto y que se abrieron escuelas latinas en que se dividía, eo- 
mentaba y explicaba las obras de Ennio y Lucilio; los primeros que 
en Roma egercieron esta ciencia fueron esclavos ó libertos y de otí- 
gen griego: Quinto Yargunleyo, comentador de los anales de Ennio, 
L. Aelio Preconio, Servio Clodio, Sevio Nicanor y otros, son los 
gramáticos más distinguidos á cuyos nombres debe umVse el de Catón 
tantas ve^es citado, como represeotante de toda la ciencia de su tiempo. 



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- Ií7 - 
Agricultura. 

Marco Porcio Prisco Catón, natural de Túsenlo, boy Frasca ti, na- 
ció en el ano S20 de R. y llegó á los primeros poestos de la repá- 
bKca aunque era un hombre nuevo como perteneciente á familia poco 
ilustre; el haber citado tantas veces su nombre es una prueba clara 
de la variedad en que se desenvolvió su genio; guerrero ilustre, ju- 
risconsollo distinguido, insigne orador, historiador y gramático alcan- 
zó alia consideración que la severidad de su carácter y costumbres 
aumentaban cada dia; enemigo de las innovaciones sociales, desple- 
gó sus grandes talentos contra la corrupción y el lujo y demostró en 
muchas ocasiones más pasión que justicia en las determinaciones de 
su vida, y en los resentimientos y odios que su pecho abrigaba. 

Considerando la agricultura como la más noble ocupación del hom- 
bre, cuidaba por si mismo, cuando el servicio público le dejaba li- 
bre, de los campos que poseia en el pais de los Sabinos: allí recogió 
las ot»ervaciooes que forman su tratado de re rustica, único que nos 
ha llegado de todas sus obras; en vano se buscará la forma del libro 
en la obra de Calón: observaciones expuestas sin método, recetas y 
consejos nacidos de su propia experiencia, sin enlace y sin mas preten- 
sión que la de que sirvieran á sus propios dependientes, he ahí lo que 
se observa en esta obra dividida en 162 capítulos: posible y fácil de 
creer es que en elb baya alguna parte que se deba á escritores pos- 
teriores porque la forma de la colección permitía fácilmente la agrega- 
ción; en algunas se ven los defectos del hombre de corazón duro y 
propenso á la superstición; brillan sin embargo las más nobles ideas 
respecto de la agricultura, pero juzga con 4oda la severidad de su duro 
carácter todas las industrias como ocupación del hombre de bien. 

' El triunfo de los plebeyos, desde que pudieron conocer les principios 
que dirigían el procedimiento y las reglas que seguíanlos pontífices 
para la formación del calendario, contribuyó poderosamente «1 ade- 
lanto de esta ciencia ; aunque los patricios inventaron con las fói^mu- 
h» nevas de procedimiento un ntedio de rescatar ^ú 'pérdídaí, fué 



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- 118 ^ 

de escasa imporlaocia porque Sexto Elio Catón publíoó el secreto en 
552 de R. (jus clianutu) y la cicmcia del derecho líb-e de misterios 
y trabias q»e bíÚHBn sido propiedad de la clase oobic, adquirid una 
sólida base, y eo vez de ser arti6ciosa y pueril, se convirtió en una 
verdadera ciencia que descansa en el derecho natural (jus gentium 
según los romanos) en la experiencia de las leyes, y costumbres de otros 
pueblos: la filosofia por un lado, la afición de los romanos al derecho 
por otro, la entrada de la clase media en los tribunales, las escuelas 
fonuadas con estos principios, y la oscuridad que las leyes y decretos 
del pretor ofrecían por sacrificario todo á la concisión, dieron impor- 
tancia á las consullas de los jurisconsultos^ responsa fnderUum^ y 
aseguraron entre los romanos el cultivo de esta ciencia, la que luás en 
armenia estaba con su carácter ' práctico y utilitario: así es que esta 
época ofrece un inmenso catálogo de leyes y un notable oúiuero de 
jurisconsultos cuyos nombres recuerda la historia del derecho, y cuya 
ciencia vino á formar más tarde, parte de la gran colección que lle- 
va el nombre de Dige^ito. Catón el antiguo, su hijo, Manilio, . Hos- 
tilio, Marco Junio Bruto, los dos Escévolas, el pontífice y el augur, y 
otros muchos se distinguieron en la ciencia del derecho en esta época; 
sensible pérdida es la de sus obras para la posteridad. 



TERCERA ÉPOCA. 



CAPÍTULO X. 



Dificil eÉ compendiar los grandes acontecimientos de la historia ro- 
mana de este periodo, porque se tendría que dar indebida extensión 
á esta parte si hu biera de contener todas las indicaciones necesarias pa- 
ra recordar los hechos que la historia apunta en tos cien años que si- 
guieron á la muerte de Sila: la guerra había terminado en todos los 



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- 189 - 
pantos en nae los romanos la sosteman, dando el triunfo siempre á esa 
afortunada raza: los reyes de Pérgamo, lUilridates, las Gallas, la Espa- 
ña, todo babia sido vencido; el templo siempre abierto del Dios de 
la guerra se cerró, y los romanos por primera vez no tenían enemigos 
á quienes combatir: pero si faera todo era prosperidad y grandeza, 
dentro de las calles ardía todayia viva la tea de la discordia que des- 
truía las entrañas de Roma, y qne desde la época de los Gf acos babía 
cubierto tantas veces de sangre romana Jas calles de la ciudad eterna: 
la guerra social era solo el preludio de mayores catástrofes; Sila había 
dejado el mando cuando ya no se creyó necesario, pero babía destruido 
las fumas republicanas, quedando solo el nombre del gobierno de Roma 
en la época de su engrandecimiento: la cuestión era clara; Roma babía 
de tener un Señor; solo quedaba averiguar quien sería, y esto no sin 
catástroies llegó á faberlo el arrogante pueblo roo>ano que viviendo 
aletargado por la grandeza de sus recuerdos, se arrastraba violenta- 
mente por la pendiente del lujo y de la corrupccíon. La oligarquía co- 
nocida por el nombre de primer triunvirato, (Pompeyo, Craso y César) 
era demasiado opresiva para que fuera duradera; en la guerra de los 
Parlbos murió Craso, y en Farsalía se decidió la sangrienta lucha en- 
tre César y Pompeyo, en favor del primero: César, hombre privilegiado 
que hubiera sido el mejor baluarte de la grandeza romana, universal en 
sus aptitudes, conocedor de las necesidades del mundo que debía gober- 
nar, tema un enemigo que sin tregua ni descanso le perseguía y que 
llegó al crimen juzgando su obra como hija del más acendrado patrio- 
tismo; el espíritu republicano mató á César, que era más liberal en sos 
aspiraciones que sus asesinos. (H años antes de J. C.) 

Nuevas guerras civiles y uq segundo triunvirato, cruel y vengativo, 
formado por Antonio, Lépido y Octavio, siguieron á la muerte de Cé- 
sar; el espíritu republicano aunque débil y espirante fué combatido sin' 
descanso hasta que en la batalla de Phiiippos (12 antes de J. C J que- 
dó comple*amente destruido. Once años do lucha siguieron basta que 
el astuto Octavio, favorecido por las armas en la batalla de Accio (31 
antes de J. C.) se declaró Señor del imperio, inaugurándose un nuevo • 
órdeó de cosas y alcanzando Roma con su largo gobierno de cuarenta y 
cuatro anos, la paz tantas veces suspirada. Las fornias republicanas des- 
aparecieron para siempre y solo en remota apariencia y como recuerdo 



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- <3e — 

f^oeslo quedaron en la menioría (fe ios qae haUati sido testigos de tanta 
goerra y de tanto desastre: Los romanos, con la pérdida de sa libertad 
perdieron también su antiguo carácter, desapareciendo casi por com- 
pleto la originalidad (¡ue alguna vez se ha visto brillar en sus obras 
literarias. 

El tiempo que trascurre desde la muerte de SUa hasta la de Augns-- 
to, forma la época más brillante de su literatura, con razón llamada 
el siglo de oro: para explicar las causas que lo producen, se debe en 
primer lugar señalar la influencia del nuevo gobferno de Roma, porque 
"es un hecho positivo, qu3 los cambios políticos de importancia tienen 
inmensa influencia siempre en la literatura: es verdad que muchos es- 
critores sostienen que bajo el influjo de la libertad, es cuando les mu- 
sas producen más bellos fVutos y cuando las letras Ihgan á su más 
elevado esplendor, pero esta idea está combatida por la historia misma 
que presenta en muchos pueblos ejemplos claros de haber tenido su mo- 
mento más brillante bajo el gobierno de más despóticas formas. Asi en 
Roma, cuando Augusto concentró en sus manos lodo el poder, cuando 
solo existia una débil sombra de la libertad pasada, es cuando alcanzó 
la literatura latina el supremo momento de perfección y cuando la len- 
gua se fijó definilivamente; la influencia que en este hecho tuviera el 
poder supremo, no provenia de su esencia, sino que era resultado de la 
paz que concedia y de que tranquilizando los ánimos, inflamaba la imagi- 
nación; la protección que dispensó á los ingenios, se traducia en cantos 
sublimes de gratitud unas veces, en obras de interés infinito otras; las 
letras fueron objeto de especial atención como lo prueba et afán con que 
se procuró generalizar la ilustración facililando el estudio: Augusto, con 
su largo y paternal gobierno, hizo olvidar á los' romanos los funestos 
recuerdos de su origen y favoreció el espíritu científico que desde al- 
gunos aSos atrás se había infiltrado en el pueblo romano. 

Pero no se crea exagerada la influencia política; es una de tantas 
causas y no la primera, porque el movimiento literario estaba iniciado 
desde la toma de Corínto y la suerte de tas letras latinas que podía ha- 
berse creído dudosa alguna vi z, era ya un hecho conocido y claro; 
Roma no podia sacudir la influencia griega, que se siente por todas 
parles: la alta sociedad se sirve de la lengua griega, y vive y viste á 
)a griega y hasta según Juvenal, hace del griego la lengua del amor; 



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- 181 - 

esle het^o tiene sa exp&aciai nalortl; ks mteslroe que en lanío oú- 
meio aoodierúD á Boma se apoderaroo de la jotealiid romana y so 
leBgoa era una de las prímoras enseñantas qne le daban; el joven que 
en RouMi había adquirido coDoctaúenlos elemenlales, completaba su 
edoeadoD en Rodas, en ileoas ó liUyleoe, y et maestro romano sob se 
podia formar en estas cfelebres escoebs; estos elementos Iraian que 
producir las oanseooeacias aponladas y que no son más que efectos na- 
twales de caieas conocidas. 

Pero no soto redbieroo los romanos la idea de lo bello, y con ios 
creaciones de la Grecia, su afición á los trabajos lilerarios, sino qne en 
la época de Angosto, la misota literatura griega se Irasplantd á Roma, 
qne foéet centro del poder y de la ciencia, desde el advenimiento de 
Augusto, hasta la iriidácion de la sillo imperial á Byzaneio; alli si- 
guiendo el ejemplo del ilustre Polybio, cscribieroQ Plutarco y Dioqisio 
de Halicamaso y Flavio Josefo, y tantos otros escritores que fueron los 
úUimos que mantuvieron viva la llama del genio de la Greda , que 
no podia Imir dentro de los moros de Atonas: Roma era pues deposi^ 
tana del arte y de la ciencia do los griegos; dos lileratun», la una lle- 
na de vigor y energía, la otra decayenle y con un pasado ^oriooo, 
contribuían á la vn á la ilustración de un pueblo qoe en sus primeros 
ticmpas babia desdeñado lodo lo que no tuviera intima reiacion eon la 
guerra: las bibliolei^s célebres, verdaderos tesoros Ktorarios , creados en 
este tíenipo, contribuyeron poderosamente al adelanto; á las ya citadas 
de Lucullo y Apélicon, debo ahora añadirse la fundada por Asinio Po- 
lioo y colocada en el templo de la Libertad, en el monto Aventino: Cé- 
sar había dado á Yarroo el encargo de adquirir libros para fundar al- 
gunas oirás, y esle pensamiento se vio realixado por Aogosto con la 
creación de la bíblíotora que recibió 6U< nombre del de Octavia, hermana 
del emperador y ooo otra que se erigié en el monte palatino en el tem- 
plo de Apolo. 

También desde la época de Asinio PoKon contribuyeron poderosa- 
niento al desarrollo literario, las reuniones y lectoras públicas, que en 
la époea de la decadaicia fueron causa de la corrupción del gusto, tanto 
como en este tiempo sirvieron de estimólo á ios cultivadores de las 
letras. 

A edlaa cansas más que á la protección de Mecenas, más qoe al go^ 



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- 132 - 

biemo misino de i.ug«^, hay que atribuir el brillo de la lileralora 
latina durante su imperio, en el que produgeron obras eternas ilustres 
genios nacidos en los áhiinos tiempos de la República. Sólo la oratoria 
pacificada por Augusto como dice un escritor antiguo, murió bajo el 
nuevo orden de cosas que habla destruido los elementos que ella había 
robustecido y que son iodispeRsables para su vida. 

Desde la época de Sila empeió también la de perfección déla loigua, 
pero la que vamos á estudiar, es la más briHanke de todas y la que 
sirve de punto de partida para apreciar el mérito comparativo de los 
escritores anteriores y posteriores de la literatura latina. Los estudios 
que sobre la lengua iniciaron César y Varron, contribuyeron á su 
perfección, tanto couk) las conquistas á su extensión, haciéndola len- 
gua de ntochas provincias; esto dio al latin variedad de formas y de 
expresión que no tenia cuando no se hablaba más que en Italia; las colo- 
nias romanas, el sistema de gobierno de las provincias, la jurispruden- 
cia misma, sirvieron de mucho á este resultado que dio nacimiento al 
lenguage llamado sirmoperegrinuf, y á la variedad del latin de las pro- 
vincias: solamente la Grecia y las provincias que habían formado parle 
del imperio de Alejandro, resistieron la lengua latina que llegó a ser 
hablada en esta época en unaiomcnsa extensión del mundo. Pero aun- 
que ba;a de hacerse después un esiudio detenido de la influencia que 
cada uno de los escritores de este siglo, tuvo en la perfección de la len- 
gua, es preciso formar ahora el cuadro general de los caracteres que 
reviste y d^-los escritores á quienes se debe. 

Con Lucrecio, poeta que se puede considerar como de transición, se 
ha visto de$iaparecer la dureza del lenguage poético; Católo limó la for- 
ma de la expresión poética y Virgilio le di6 armonía, gracia y dulzura, 
creando el lenguage épico y sobre todo el didáctieo; la poesía lirica 
recibió de Horacio la entonación fácil que un asunto ligero requiere, y 
la grandeza y majestad á que se eleva caniando los sentimientos mas 
bellos y más nobles; la sátira y la epístola recibieron también de su 
pluma el tono delicado, y la severidad científica que sus asuntos reda* 
inan; Tibulo» Propercio y Ovid»o fijaron el lenguage de la pasión y 
perfeccionaron la elegía que tenia su origen en la literatura griega. El 
lenguage de la prosa quedó en los últimos tiempos de la república de- 
finitivamente fijado: los ilustres oradores de aquellos diasde lucha y de 



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-- 133 — 

revueltas, dieron á la oratoria el toeo eievado y majestuoso que requie- 
re dislingiuéodosc priocipalnieate CícerOQ, que aunque alguna vez atu^ 
putoso es el modelo de los oradores, y cl que Goolrtbuyó más á fijar el 
lenguage del orador y del filósofo: César, con la elegante sencillez de 
su estilo y la pureza de su diccioo, Salustio con su expresiva concisión, 
Tito Livio con su encanladoi^ abundancia, á la vez que fijaron el len- 
guage historio, completaron la belleza de la prosa. César, M, Teren- 
cioVarron, Ycrrio Flaco y otros ilustres gramáticos, completaron la per- 
fecdon de la lengua, dándole forma cieutifica, y coa ella una robisla 
y poderosa energía que la aseguró de los estragos del tiempo. 

Ocasión es esta para decir algunas palabras acerca del collivo de las 
artes en el pueblo rumano; en lodos los pueblos artistas, el brillo de la 
poesia es sin^ultánéo del que adquieren las demás ntanifeslacíones del 
arle; la época de Augusta ofrece un ejemplo de esta verdad, porque se 
cultivan las arles lodas cuanto era posible que atendido el carácter ro- 
mano,*se cultivaran; Augusto, que repelia esta hermosa frase ael laurel 
es bello pero no da fruto,» tenia que favorecer á los arlistas y llegar 
á envanecerse .de que habiendo encontrado una Roma de ladrillo, él la 
dejaba de mármol; sin embargo no se crea que el pueblo romano culti- 
vó con igual perfección todas las ramas del arte; la escultura y la pin- 
tura fueron siempre complelameole griegas dentro de Roma; los palacios, 
los templos y los teatros debieron su decoración é los arlistas griegos, 
sin que pueda ni deba tener aq^í entrada una historia detenida de estas 
artes que no recibieron del pueblo romano nueva faz porque este pueblo 
no llegó á cultivarlas nunca con espontánea originalidad. 

La arquiteclur.í, la más útil de las bellas artes, bajo el punto de 
Tisla maleríal porque no'puede separar de sus creaciones la idea de uti- 
lidad, fué la más cultivada por los romanos, y la que más en conformidad 
estaba con su carácier positivo y utilitario: el destino de sus edificios y la 
extensión inmensa que muchas veces lenian que darles, fueron causa de 
que inventaran alguna nueva forma, pero sin crear por eso un sistema 
completo de arquitectura; cuando recibieron los vanados órdenes griegos, 
estaban en completa decadencia y hablan perdido su prímiliva majes- 
tuosa sencillez con el uso de una ornamentación que en los buenos tiem- 
pos no habian tenido. Los romanos emplearon todos ios órdenes de la 
arquitectura griega confundidos, y crearon el compuesto que revela no 



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— tu - 

sofe pobreta de invención, sino ignorancia en el efecto de ias eomUnacio- 
nes; el areo qne tntieron qoe adoptar obligados por la extenston inmen-* 
sa de sus edi6cio6. seeocuentra por primera vez en las coostracciones 
romanas, pero faciéndose incompatible con los sistemas griegos, se vie- 
ron oUigados á limitar el empleo de estos para el adorno de les moros; 
las columnas y comisas perdieron su ntifidad y su belleza; se inventó un 
sestenimienlo especial para la columna, y hasta contradiciendo la idea de 
so solidez y haciendo una aplicación desagradable á la vista, se hito uso 
de la columna lordda, coa otra muhilud de particularidades que revelan 
la pobreza de su genio para realizar la belleza por medio de las cons- 
trucciones. La grandeza, la solidez y exagerada extensión de sos edi- 
ficios sen por fin las cualidades que más resaltan en las construcciones 
romatjas, pero sin crear un sisiema y sin una base ideal qoe las dirija: 
sos construcciones eslán en relación con sus grandes caminos mililares, 
sus canales y acueductos de los que todavía existen algunos en estado 
de servir para el fin con que ya se construyeron. 



Sección primera.— Poesía. 



CAPÍTULO XI. 



--C«MM9« ^me hieieif^n deemer al fe«fro. — Muerte de im tw^m^e^ 
dim $f de Itf eemediu — Afte de im deeimtnmeiemf JB90pe $f Mes^ 
eie, — X&peeiúeMiea pmm9 em %i m% i eea,'^ Mt— eseriteret de m%4tmem 
t^éeitne Mémbeirie y ^mbiie M^íi^í f#« t/^netnbt^mdet meieree 
Fitmdet $f mmUhyMe. 

No corresponde la grande del género dramático en el siglo de 
Augusto á la que alcanzaron en él los demás géneros cultivados; sia 
embargo, este hecho no puede sorprender al qoe recuerde las re- 
flexiones sentadas al hablar de los cómicos de la época anterior, y 
hasta se lo explicará fácilmente el que tenga en cuenta el carácter ro- 
mano y las tendoBcias que en esta época de prosperidad se advier- 



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- un - 

tea en tode el imperio. Trasplaolada la tragedia gri^ ccn iodos 
los eocaolQS de sus veneradas Iradiciooes, intímamenle iHiida cod la 
luitokigia y cou la epopeya de aquel pueblo ariista, oo excitaba eo el 
público roiuaoo recuerdos, ni glorificaba sus IradkioDefl, ni en una pa- 
labra, podia ser compreodida en su cuajesluosa grandeza; careciendo 
de originalidad sus cultivadores, sin epopeyas donde encontrar las 
foeales de asuntos nadonales» í^noranle el pueblo, la tragedia no se 
podia cultivar ni menos ser div^-síon del bombre que apeteda 
bárbaros espectáculos que hiriesen por los ojos su escasa sensibiUdadj^ 
sio embargo,, boinbres ilustres, k» primeros en ti orden social, la 
Cfillivatt como elevada tarea.de sn inspirado ingenio, pero como obra 
para la lectura y no para la representación, como tributo de admira- 
ción á la Grecia, y leclura propia de personas distinguidas; á esla 
causa se deberá quizá la poca forluoa de no haberse conservado mas 
qne recuerdos y fragmentos insignificantes de estas producciones: Julio 
César Estrabon» con el Edipo que Augusto prohibió representar, Va- 
rio con su Tieites, que Qointiliano cumpara á la mejor de las grie-* 
gas, cmlibei f/rmcorumpar, y como algunos pretenden con su Tereus^ 
Ovidio con su renombrada Medea, Mecenas con su Octavia jPro^ 
meko, Augusto con su AjaXj y Asinio PoUod elogiado por Virgilio, 
constituyen el catálogo de los cultivadores de la tragedia en esla épo- 
ca: ¿puede conjeturarse siquiera la manera de estos poetes? ¿puede 
sospecharse cuál fuera su modo de realizar la tragedia? de ningún 
modo; los fragmentos que quedan no autorizan más que para hacer 
snposíciones: acaso no sea desacertada la de creer que fueron escritas 
para la lectura. 

¿y qué suerte tuvo la comedia? más afortunada qué la tragedia 
eo la época anterior, decae casi por completo y no solo no ofrece su 
bisloría un Piauto ni un Terencio, sino que desaparece de la escena; 
vana habia sido la tentativa de Ennio de hacerla satírica, sin em- 
bargo de la afición del pueblo romano á la sátira, y por eso se con- 
virlió en ciega imitadora de los cuadros trazados por Menandro y 
Dífilo, pero sus caracteres y costumbres eran demasiado extraños al 
pueblo romano para que pudieran gustarle: la comedia togata, se culti- 
vó poco y por no ser nacional no tuvieron los romanos teatro cómico: 
la ficeacia y la deseavoltura agradaban más que las correctas imita- 



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- <86 -. 
Clones ée Terencio; la mocheduitibre que actidia al teatro querrá en sus 
iflslintos groaros reiry goxar, y el edil se veía en la procisioo de propor- 
cionarle diversiones de espectáculo y pompa que cautivaran sus sentidos 
per inés que nada pudieran llevar á su espfrílu: breve catálogo ile poe- 
tas cómicos de este tiempo ofrece la historia literaria de Roma: el ceit;- 
brado autor de comedias logatas Titioio, de las que los gramáticos bao 
conservado algunos títulos, y las trabólas (1) de Gayo MeKso, Uberto 
de Mecenas completamenle perdidas, son lodo lo que la historia de la 
comedia apunta en esie tiempo. 

Sin embargo de esta escasa importancia del teatro, el arte de la decla- 
mación mal mirado siempre en Roma, llegó á una sorprefidente elevación 
según loque algunos escritores afirman, tanto más sorprendente cuan- 
to más se piensa en la cxtíMDsiou iooiensa de los teatros romanos que 
podían contener hasta ochenta mil personas, lo que debia exigir al actor 
esfuerzos que desnaturalizaran la intención de la expresión que tan- 
to importa, y que hacen dificil de creer la delicadeza que encarecida- 
mente elogian Cicerón y Horacio, mucho más siendo hombres los encar- 
gados de los papeles de muger como csle último recuerda. A pesar de 
estos inconvenientes Esopo Clodio, y !toscio se distinguieron tanto en su 
arte que hay que considerarlos al prinicro como un insigne trágico y al 
segundo como actor cómico adoiirable al decir de Cicerón: uno y otro 
alcanzaron tan gran renombre como notable fortuna. Eu Grecia, mejor 
visto el arte de la declamación, ó no sobresalió, 6 lo que es más de creer, 
no hay recuerdo ninguno de su suerte, y ningún nómbrese conserva. 

Pero vista la fortuna de k poesia dramática en su forma regular, resta 
saber que eran los espectáculos teatrales de la Roma de este tiempo: 
las groseras atelanas« los bailes y mímica ctrusca que habiao sido di- 
versión preferida en la época anterior, se reemplazan en esta coa loa 
mimos {i) y las pantominas, diversión teatral de moda entre los roma- 



fi) Escasos de DOiicias eo muchas de las cosas ctncernieDtes a! teatro roma- \ 
no, podemos presumir que las comedias trabealas, eran aquellas en que toma- 
t)an parte personages de elevada clase, ¿pero cual era la diferencia que las se- 
paraba de las pretea^tatast 

(2) La palabra mimo, es inmediatamente derivada del vertx) griego (jLiixbfxst 
imitar. £1 gramático Diómedes dice que los actores mímicos se llamaron plani^ 
pedéij porque se presentaban en la escena planis pedibus, id est, nudis, y la 



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-^ 487 - 
nos, y tan del gusto del pueblo que fué á no dudarlo, la favorecida 
entre todas. Algo debían los mimos romanos á los griegos, pero ni de- 
ben confundirse con los coadros de ooslombrctí á que Sofron babía 
dado igoal nombre, ni con las ligeras obras dramáticas con él también 
conocidas, más espirituales, más delicadas que las que se intrndugeron 
en Roma con este nou)bre, en tiempo de César. La mochedombre que 
asistía al teatro tío con gusto esta innovación, tanto porque dejaba á la 
vista el medio de trasmitirlas al espíritu, como porque licenciosa y hlire 
halagaba más sus groseros gustos; la protección que Heocnas dispensó 
á I05; renombrados mímicos Pyllades y Bathyllo, fué la rausa ocasional 
de su p<iifeecionaiit¡eolo: pero, ¿qué eran los mimos en cuanto á su par- 
te líferaria? difícil es poder dar una idi^a clara y segura porque el licn- 
po ha destruido todas las obras y solo en nolicias esparcidas cnlre los 
escTÍlon»8 de osla época, se puede fundar la expli^aciort de estas repre- 
sentocioDes: se puede asegurar que estaban precedidas de un prólogo 
en yámbico senario ó trocaico que ponia á los especladores en disposi- 
ción de entender todo lo reservado á la parle mímica tan importante co- 
mo la dramática: ni en el plan, enredo y desenlace de la acción debe su- 
ponerse que se pusiera gran cuidado, ni debe calcularse que el empeño 
del poeta fuera otro que agradar con toda clase de bufonadas, y chistes 
grosero^, licenciososy cbocarreros, al populacho para quien la diversión se 
baria. Ovidio en una de sus elegías hace una pintura de estas 6estas con 
talos colores, que puede' asegurarse solo por ella que no eran digna ofren- 
da de Talía. Grosera esla clase de reprcseotacioacs en su plan, sírf arte 
en su desarrollo, sin otro 6n que el de excitar la risa de la malicia, ni 
ofrecía en sus escenas, un conjunto bello, ni otra cosa se proponía que 
hacer del libertioagc mismo un motivo de enlretcnimiento: dada la idea, 
el actor por medio de la mímica explicaba los pormenores. Largo catá- 



obra se llamaba fábula planipedia. Es preciso do confuDdir las pantomimas con 
los mimos aunque tienen un mismo origeo: al principio se unñ6 al baile el can- 
to, pero después solo hablaron á los ojas y con tal perfección que sin decla- 
mar oi cantar representaban una tragedia ó una comedia con la acción, y no 
es extraño que de esta peregrina arte que Pylades y Bathyllo elevaron ó la 
mayor perfección en el reinado de Augusto, se haya dicho, 

Tot liogu®, quot membra viro; mirabilis ars est, 
Qtt» facít artículos, ore silente, loqui. 

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- 138 - 
logo de escritores de mimos podría presenUrse en esle tiempo: liado, 
gran amigo de César y elogiado por su sabidaríu, PbUistjoo del tiempo 
de Augusto, Calulo del de Nerón, Latino, Lenlulo, Décimo Laberio y 
Publio Syro, son los más celebrados. Algunas palabras se deben consa* 
grao á los dos que figuran de intento puestos en ultimo lugar entre los 
citados; ambos pertenecen á la época de Julio César y son acaso los más 
-distiaguidos escritores de esle género. El caballero Décimo Laberio» 
había alcanzado gran fama de poeta y á esta consideración se debió, se* 
gun Macrobio, qne César le obligara no solo á escribir sino i represen- 
tar sus obras disputando un premio ofrecido al qne se considerara mejor 
y que le fué acyudicado por el hábil y ambicioso dictador que intentaba 
con fiestas hacer olvidar las pasadas discordias: alcanzó el premio el 
caballero Laberio, pero según Horacio, con él su deshonra, y el despre- 
cio de todos los de su clase. Valiente sin embargo y digno de conocerse 
es el prólogo del mimo representado por Laberio y hubiera dejado 
mejor parada la honra del poeta, sino pasara el caso entre los vanidosos 
aristócratas romanos. 

Publio Syro, liberto de condición, es otro de los escritores de mimos 
más encarecidos; no se conoce su sistema, ni existe otra cosa que una 
colección de máximas, más de mil, lomadas de sus obras y que debieron 
formar ridículo contraste con las licencias y chocarrería? propias de este 
género de representaciones. Afecto debia ser este poeta á la filosofía es- 
toica porque en sus máximas bay cierto sabor á esta escuela y por éso 
sehá llegado por algunos hasta atribuir esta interesante y variada co- 
lección á Séneca, el más importante partidario entre todos los romanos 
de la filosofia de Pórtico, y adnurador entusiasta de Syro (4 ). 

Tal fué la suerte de la poesia dramática en este período de la lite- 
ratura latina: puede considerarse la escena romana como desierta, aun- 
que no paró en esto sólo su degeneración; los mimos teoian algoliterario 
que se perdió con la introducción de las pantomimas, la más grosera de 
todas las representaciones leatrales: fueron tan del agrado del pueblo 
romano que constituyeron su ^diversión privilegiada, siendo alguna vez 



(4^ Ed prueba de lo que se diceco el texto, se copiau á conUnuacion al- 
gunas máximas de Publio Syro, tomadas al ocaso eo las primeras páginas de 
la colección y que probarán la justicia del aprecio en que se tienen y la profunda 



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« 4S9 - 

el asoBlo miu grave de la culta sociedad, y daedo lugar ai oaciaiíaA-* 
lo de pertidofi por determinado actor ó actriz que compreiiMiUerot la tran- 
quilidad de Roma en tiempo de Tiberio; 6e cooaervaroa ooq $ií Uceft^ 
ciosa deaiudez hasta co pleoo CrisUaiiiiQio. 

GAPtTÜLO Xn. 
ItOf poeto* ele^aoo* 4el siglo de oro. 

maim prni m^fm .-^ Cmimtmt mapútmen ei^iiem dm. sm» em9mpm9Í€Í9mm9 
If im^mr ^mUm^nte «••• Me vrretfndm emtw*e !•• pmeims de •<• 
É iem^ p m .-^M i%d9iM9 dm •m» p m0 tim9 ,^'lPiém90t em$^dei0§* dm •mt #i»- 
tfimsi ma^mitéim smmMéiiidmd ««f# I«m dÍMiém^mm y mt/^$f4nmiidmd 
dm m»tm pmmimt Jmieim eritiem dm «m« mumt t*« fl^r** dm mimgimm — 
M^ 9 'm p mw'eim^ «w m f m d4 m t mm§ ••»• itmiimeimmmM mmntimmimm dm tmm 
tfiHmtfmti emtñdeimtñ dm m9im pmmim y ••• mmm^pmw^mmimn emn TihuMm» 
— IVmtieim dm éimim y Mmwim^mmm^ pmmtms mimyimmms dm msim pm- 
vHmdm, 

Cátalo* 

Antes de enp^ar el estudio bistóríco-crítico de los cscríiorcs ele- 
giacos cooTiene hacer algunas ligeras reflexiones acerca de la sig«- 
nificacion de la palabra eleg\a^ y de los asuntos en que ejercitaron 



reflexión que re?elan en el autor; generalmente se publican en las colecciones 
de clááioos latinos siguiendo el orden alfabético de la letra inicial « y han sido 
cofi^erTadas en las obras de Aulio Gelio, Macrobio y Séneca: 

' A morta semper bomínes iantuaidem absunuis. 

Absenlem ladit cum ebrio qui líligat. 
' Ad poeoitendum properat, cito qui judicat. 
* Alienum sbs, bomini ingenuo acerba servitus. 

Amicum perderé esi damnorum máximum. 
> Bene vulgo audire» est alterum patrimoniuni. 
*• Beneñcium accipere, líbertatem venderé est 
: Beoevolus animus, máxima est cognatio. 
Bonum' est, etiam booa verba inimicis reddere. 
C*3ta ad virum matrona parando imperat. 
Cave ne quídquam íocipias, quod poet poraiteai: etc. 
Bastan para justiBcar cuaulo queda dicho, las máximis anotadas; la conside- 
ración de su mérito literario y moral, nos hace desear que escogidas con acierto, 
figuren las de Syro en tos libros que i-e ponen eu manos de los jóvenes , por- 
qoe 8Q forma tuere vivaaiente la imaginación y su doctrina puede inspirar prin- 
cipins saludable» da virtud y justicia ao ai corazón da los niños. 



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- 440 - 
este género los escritores de la antigüedad clásica. Es preciso hacerlo 
asi, porque nos expondría á graves errores el comprender en la mis* 
ma significación que boy tiene la palabra EUgia. 

Los romanos son también deodores de los griegos de este génm> 
de composiciones como lo son de casi todos los de su lileratora, pero 
su introducción señala la más brillante época de las letras latinas. Es 
un becbo bistórico que se reproduce en la literatura española con no- 
table semejanza ; Boscan y Garcilaso más, adoptando la metrifica- 
don italiana, el verso endecasílabo y la silva, contribuyeron de ua 
modo sorprendente al progreso de nuestra poesía, como Catulo adop- 
tando el dístico, exámetro y pentámetro, y otros metros griegos, contri- 
1)uyá al de la latina ; tanto es lo que la metrificación influye en el 
desarrollo de la poesía. Influencia también notable se advierte en la 
lengua; la latina dio señales de vigoroso poder, en el momento en 
que este becbo se verificó. No se crea sin embargo que á esto lo 
atribuimos todo ; anotadas quedan las que consideramos causas de 
este adelanto, pero es preMso para evitar ideas equivocadas expli- 
car lo que es la elegía en las literaturas clásicas. Podria decirse con 
Horacio, que era un canto triste, expresión del sufrimiento ó del dolor 
en su origen, y que más tarde tomó un carácter más extenso y por 
lo tanto se vieron tratar como elegías asuntos alegres, principal- 
mente los que provenían del amor. Pero ni la palabra elegía sig- 
nificó para los griegos y romanos lo que para nosotros, ni tampoco 
puede decirse, que sirviera para clasificar las composicíoues, puesto que 
este nombre no podia aplicarse más que á lo esteríor, á lo puramente 
formal, al metro en una palabra. Verso elegiaco tanto quiere decir en 
la literatura clásica como empleo del pentámetro y exámetro alternados 
ó sea dbl distico, y de aqui que más que verdadera idea, más que 
consecuencias en el fondo, traiga esta innovación un cam bio solo eo 
la forma, una modificación útil, conveniente para la manera de producir- 
se y expresarse el pensamiento. Asi es que la palabra eXrfcióv que 
es la que dio origen á la que examinamos, no espresa más que el 
nombre con se que designaba el verso pentámetro. Hay quiea cree 
que su etimología es otra ; de eXrfuv ó de cXcoc, (pena) pero es lo 
cierto que tiene más apariencia de exacta la primera etimología 
y sobre todo, está más en conformidad con las aplicaciones posterío- 



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res. Los griegos^ y sobre lodo Iqs romanos que en esle panto podemos 
conocer mejor, porque nos han legado muchas composkioriii 'de este 
género, dieron el nombre de elegiacas á las que eslabao escritas en 
pentámetros y exámetros alternados, sin atender al asonlo, y sin mí^ 
rar si era triste ó alegre el efecto qne en el lector prodocitn. Véase 
pues cuanta direrencia hay entre esta significación y la qne ordina* 
ñámente se dá hoy á la palabra elegía. Hemos dicho ya que la li- 
teratura griega proporcionó á la latina este nuevo género de compo* 
siciones, pero debemos añadir que esta es la que nos hace conocer lo 
que fué en las literaturas clásicas porque aunque muy cultivado entre 
los griegos se han perdido sus obras basta el ponto de no tener más 
que ligeras muestras de lo que fué en aquella lengua que tuvo un 
dialecto especial para cada una de las diversas necesidades del espí- 
ritu. Guerrera la poesia elegiaca con Tirteo acaudillo de bs Espar- 
tanos, amorosa con Arquíloco, báquica con Minmermo, sentencioaa 
con Solón, Inste con Simónides, recorre todos los tonos de la poesia 
lírica y asi se trasiüile á la literatura latina que aunque alguna vez 
impriuie un sello original á sus obras, tiene siempre la misión de for- 
marse con los modelos de la más rica y original de cuantas bau exi^ - 
tido. Apegada en el primero de los escritores que de este género co- 
nocemos á la letra de sos modelos, rompió bien pronto las trabas de la 
imitación, y pretendió ser original haciéndose aun más dificil de lo 
que babia sido en la literatura griega. 

Catulo, el primero de los grandes poetas del siglo de oro, es el pri- 
mero también que se señala como poeta elegiaco de los cuatro' que tie- 
nen esle carácter entre los seis ilustres genios que llenan un siglo 
de glorioso y eterno renombre. Natural de Verona , vino al mun- 
do en el ano 668 de Roma, ocho después de aquel célebre decreto 
de que ya hemos hecho mención, que babia espulsado de la ciudad 
eterna como corruptores de la juventud, á los filósofos y retóricos, 
y que fué coaipletamenlc ineficaz porque la ciencia griega tenia por 
celosos partidarios á los hombres más eminentes, y se estudiaba algo 
más que Ih disciplina militar: la virtud no consistía sólo ya en d valor, 
ni la gloria en vencer; la que alcanzaban los cultivadores de las letras 
se consideraba de más duración que la adquirida por los prodigiosos 
hechos de armas del caudillo. 



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- US - 

Poeos datM impoiiantes de la vida d« e^le poeía ¡tdámoi consignar; 
0e educó m ftoma y eti ella pasó 9a 4isf|>a4a jdvetiiiid. Amigo de Cice- 
rón, Goroclio fiepeXc y Tito Lirio, á qaieft dedica sus obras, elogiado 
con el tlhik) de docto por Tíbulo, Properrio y Ovidid, y mal juzgado por 
Horacio, aNozó un alio renombre y fué el primer poeta popular de Ro- 
ma, y el primero que cantó co tersos elegiacos. Su viage á Grecia con 
Mumniio debió hacerle conocer las obras de Safo y Calimaco á quienes 
pn'forenlemente imitó. 

E«tr« las CXV composiciones que existen de este poeta, las hay de tal 
variedad de asuntos y de metros que es imposible hacer completa cla- 
sificación de ellas; algunas ^lo constan ;le dos versos, y otras llegan á 
la e!(ten$ion y tono de un canto épico, sin que sea menor la variedad 
de formas en que están escritas. Esla innovación es de tanta importancia 
que pocos años más larde'^íacen Virgilio y Horacio y ya en ellos adquie- 
ren los nuevos metros toda su magnifícencia y toda su gracia. También 
en Qardlaso aparece con toda la fluidez el endecasílabo que babia ge- 
neralizado su amigo Boscan, lo que prueba que una y otra lengua se 
prestaban al cambio ocurrido y que una y otra época eran las más propias 
para el brillo de la poesía. Petrarca prestó un servicio parecido á su 
lengua por oiás que en ninguna otra cosa tenga relación con el poeta 
d^ Yerona, como alguno ha pretendido demostrar. 
/ Partidario decidido de las jdeas republicanas, fué Calólo so celoso 
^defensor dirigiendo agudos dardos al Señor de Roma, pero César 
mirando m el poeta al hijo del aonigo, los rechazó con cariñosa phtec 
cioa; muchos de sus punza^Qtes epigramasvvan dirigidos contra él baja 
el nombre de Mamurra yj están escritos con tal libertad y licencia 
qne es preciso pensar en la grandeza de César para comprender el 
perdón y en las palabras dé Cicerón, al doeir que los dioses hicieron un 
presente al poeta con la muerte que le privó de ver la caída comple- 
ta de la república, para comprender el valor que el atuor á la liberiad le 
babia inspirado. 

Aparte de sus cincuenta epigramas á la manera griega, quedan otras 
cincuenta composiciones que no pueden ni contarse entre las elegiacas de 
que Ittego hablaremos, ni entre las puramente líricas deque también ha\*e. 
mos especial misocion y que nt tienen la elevación de la oda, ni el sentimien- 
to de la elegia. Son verdaderos madrigales, improvisÉdones sobre asuntos 



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- 148 - 

ligeros, ideas del momentoqne el recaerdo de m amada Ledria despertaba 
eo el alma del poeta ó recrímioacioaes de la conduela lioeociosa de esa da* 
ma á la que lanías dedicó. En casi lodas ellas bay oq tono gracioso qoe las 
hace de indudable mérito literario, pero son fan obscenas qae nada hay/ 
que pueda justificar el funesto extravio qoe se observa ei muchos genios y 
de esta época y que es uno de los más fuertes reproches qtie se pueden \ 
hacer á los escritores latinos. Cierto es que en la época de Caíalo no se \ 
juzgaba como un defecto esta funesta libertad que la falla de dignidad y 
trato con la moger y de la vida de sociedad hacen tan sensible, pero tam- 
bién lo es que el mismo Católo y más tarde Marcial intentaron acallar ios 
gritos de su propia conciencia que les acusaba de ese extravio, con el 
menguado sofisma de que lo que al poeta importa es que la vida sea ho- 
nesta y nada que los versos sean lascivos y libres: como dignos de espe- 
cial mención juzgamos dos bellisimos madrigales, dignos del mismo 
Petrarca, uno dirigido á un pájaro delicias de su amada Lesbia, y otro 
á la muerte de ese mismo pájaro. Uno y otro tienen toda la gracia, to- 
do el encanto y toda la delicadeza de expresión y sentimiento que estas 
composiciftes necesitan. No los lascribimos porque seria extendemos^ 
demasiado; esta debe ser la tarea del profesor en la clase. 

Hemos llamado á Católo poeta elegiaco y aunque hemos tenido pre- 
sente que algunos críticos le quitan esta gloria, nosotros considerando que 
es el qtie introdujo en Roma el metro elegiaco, juzgamos que no es posible 
privarlii de esta consideración. Sin embargo solo podemos apuntar como 
elegías, las composiciones señaladas con los números 66, De Coma Bere- 
nices. 67, Ad janum moechm cujusdam, 68, adMapliumy 100 Inferios 
ed fratris /timtil(im,aunque hay algunas otras en su colección escritas en 
dísticos. La elegia De coma Berenices, es imitación de Calimaco poeta 
alejandrino y tiene toda la erudición y mal gusto de los poetas de aqoel 
tiempo; la señalada con el número 67 es oo diálogo entre el poeta y la 
puerta de una cortesana, la 68 es la mejor, sin embargo de que la críti- 
ca puede con razón notar falla deenlace entre sus pensamientosy acaso de- 
masiada extensión en alguna de cusparles: la señalada conel númerolOO 
aunque de diez versos solamente, está llena del verdadero sentimiento de 
la elegia; Calólo al depositar sus ofrendas y recoerdos en la tumba de 
su hermano, al darie un último adiós, deja escapar lágrimas ternísimas 
de amor y de respeto; tas elegías forman la más bella flor de la corona 



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'■■) 



- 141 - 

\> poética de Calillo, (aoto por el looo dfgaote qae las dUlingae, como 
por la itúmitable dulzura con que están escritas. 

Las poesías que Gguran en las colecciones con los números ti, 34, 
51 y 61 , merecen la consideración de líricas, de verdaderas odas díg* 
ñas del mismo Horacio. La primera dirigida ad Purium et Aurelium, 
es una bellísima oda en sáíicos on que da á sos amigos un encargo para 
su amada; la segunda, es un himno eí$crilo con facilidad y gracia en 
honor de Úiana; la tercera una bellísima imitación de Safo qnc Catulo 
dirige á Lesbia, pintándole su amor; y la cuarta es el epilalamio canta- 
do en las bodas de Julia y Haolio, lleno de amor.y poesía, y escrito con 
mucha gracia y originalidad. 

Aunque no .se pueden dejar de comprender casi todas las obras de Ca- 
tulo dentro del género lírico, oo creemos que en la rigurosa accpi'ion de 
esta palabra puedan comprenderse oirás que las que acabamos de citar. 
También merece algunas palabras la intitulada EpiUialamium Pelei et 
ThetüoSy imitada de otras dos griegas distintas y perdidas; en las dos 
partes de que consta, luce el poeta arte, gusto é imaginación; al contar 
las desventuras de Ariadna pintadas en el tapiz del lecho, introduce un 
episodio en verdad desproporcionado á la obra, pero dramático, interesan- 
ley lleno de poesía; la entonación, imágenes y vigor del exámetro en que 
está escrita, hacen de esta composición un verdadero canto épico y 
debe pasará nuestra consideración como obra original, mientras no se se- 
ñalen los modelos. 

En resumen; no es Catulo el poeta de genio que tiene en su pro- 
pia inspiracioq, fuerzas bastantes para llegar por vías nuevas como 
Lucrecio, al templo de las musas; es por el contrario imitador por exce- 
lencia, pero con elevado criterio, y conseguridad absoluta, porquesu buen 
gusto y un arte infinito dirijen la obra de sus traducciones cou)0 algunos 
ban pretendido llamar á sus poesías. No vamos como hace algún crítico á 
establecer una comparación entre los originales y los modelos, pero es lo 
cierto que aquellos marcan el iono hasta tal punto que no parecen del mis- 
mo autor la imitación de Safo núm. 61 y el poema en versos elegiacos, 
imitación del erudito Calimaco sobre la cabellera de Berenicc, y que es 
una composición pesada por sus alardes de erudición y de pompa. Tal 
apoteosis pudo agradar á la corte de Alejandría y á los eruditos de aquel 
tiempo porque se unian con admirable habilidad, la más exagerada adu* 



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- 145 - 

lackm á la frase rebascada, erodila y dificil, pero oo podia agradar á k» 
hüoos aonque tenga como soponemos la imíhickm de Calólo todas las 
maravillas de la obra original. Las roojposiciooes ligeras qoe han que-^ 
dado sin comprender eo las clasificaciones hechas dieron á esle poeta la 
popularidad extraordinaria de qoe gozó y qoe no se poede conceder á 
ningon otro anterior; el pueblo romano va sacudiendo en el orden mo- 
ral el yugo de la Grecia y por eso su literatura adquiere en cuanto pue- 
de desde esle tiempo, el carácter nacional que tanto precio dá á las obras 
del poeta; por eso,,hemos llamado á Católo el primer poeta popolar, y 
es bien cierto que sus composiciones ligeras, iban de boca en boca entre la 
javeniud disipada y eleo:ante de Roma, á cuya desmoralización debieron 
contribuir por desgracia. Alto puesto debe señalarse áCatulo entre los 
cullivadorts de las musas, y aunque no llegue basta la perfección de Ho- 
racio en el género lírico, oi á la de Tifaulo y Propercío en el elegiaco, 
su gloria no es menor, siseiieoen en cuenta las dificultades que tuvo que 
Tencer, y lo que hizo para llegar á la perfección de la métrica latina, siendo 
muchos de sos defectos propios de su siglo y de sus groseras costumbres. 
Escribió siguiendo la iofluenria literaria de los griegos que ofrecía modelos 
á Cicerón co Oeniósteoes, y á Salustio en Tuddides, y sin poder escapar 
de ella, pero con rl buen tacto de haber sabido imitar noblemente á Safo, 
á Anacreonte y Calimaco, no solo tomando sus ideas sino también sus va- 
lladas formas; por eso ha podido decirse con razón que Catulo era un 
griego que escribía en laliu. 

Tibulo. 

El segundo de los poetas elegiacos es Tibulo, el perfeccioaador de la 
elegía y el mas tierno cantor en este género de lodos los romanos: poeta 
de corazón imprime á su lira los más dulces sentimientos, y ojalá que no 
se dejara llevar nunca de las funestas impresiones que un siglo corrom- 
pido y sin respetos religiosos y morales causaba en su alma de poeta. * 

Natural de Roma y pertenecienteá una familia del orden ecuestre, viola 
luz en el año 71 1 debiendo st*gunHorac¡o á la naturaleza hermosura, y á la 
cona una posición ventajosa por la riqueza: á esto, añade el mismo poeta 
reoBía el arte de saber gozar de estos dones; palabras que revelan el al- 



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~ 4ié - 

t»a enlera del amigo de Augusto, (i) Pronto descubrió Ttbolo sq g^itúo 
en el elogio dirigido á Valeria llesala en exámetros y qoe forma parte 
del cuarto libro de sus elegías, pero uingun hecho de su vida se registra eo 
los escrílores de la aotigOedad, que pueda ser de inlerés para la crítica 
moderna: su biografía se puede escribir eo pocas líneas deduciéndola de 
sus obras; que fué amante, y que el amor que le dio la gloria, fué su 
única ocupación y su tormento: entregado á esta, su pasión favorita, 
pasó la vida en funestos devaneos que precipitaron su muerte que caá 
todos ios historiadores de las letras latinas suponen ocurrida á los ?i anos 
de su edad, recordando como muestra de su carácter melancólico su epita6o 
y los cantos fúnebres que este hombre singular habia unido á él, al pre- 
parar con incomprensible calma, los honores postreros que se hablan de tri- 
butar á su cuerpo. Triste es por derto la reflexión que prodoce la vida de 
los poetas elegiacos romanos; con la salud vieron dos perdida su fortuna, 
y Ovidio debió acaso á sus liviandades la relegación que fué el tormento 
de sus últimos anos. 

La celebridad de este po^ta en su tiempo fué tan grande como poco 
envidiable; á ella deinó el ser considerado como un oráculo del amor á 
ella, la amistad intima de Horacio que lo elogia y de Ovidio que cantó su 
muerte en sentidos versos; á ella, el que sus cartas á Mácer, Mésala y á los 
poetas citados, fuesen apetecida lectora de lodos. Soldado y buen gefe en el 
amor como él mismosc llama, (1) descubre alguna vez sentimientos eleva- 
dos que realzan el precio de sus obras; pero en general aunque se le vea 
sintiendo los efeclosde una pasión verdadera, cuantas otras se deja llevar 
de la ira que despierta en su ánimo el conocimiento de una perfidia de 
sus amadas. Enlqpces carita á Baco, procurando ahogar en Chio y Fa- 
lerno las iras que turban su reposo, ó invoca á Priapo pidiéndole nue- 
vos goces y llegando á la más absurda depravación: inútil es buscar eo 
los escriloros elegiacos latinos el tierno sentimiento que inspiró á Petrarca 
una muger, ó las festivas pero tiernas endechas que arrancó otra del 
alma al Marqués deSantillana: Tibulo aunque amante siempre, no bus- 



(4) Non tu corpos eras acné pecftore: Di tibi formam, 
Di tit)i difitias dederunt, artemque fruendi. 

H) . Hic ego dux milesque l)onus. Vos, signa tubsaque, 
|te procul; eupidis valoera ferte viris. 



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^ 1« - 

fó k) ideal, lobelb de este dalce sentimieoloqQC engrandeció elCríslia- 
nismo, y que en medio de la Roma de Auguslo no se pudo adivinar; can- 
'ó las perfecciones físicas de sus amadas y aunque sin la libertad de Ca- 
hilo, con igual fio y fijo su peosamienlo siempre en el placer. {^) Es 
verdad que su lira tiene diversos sonidos para cada situación, y que unas 
veces, pocas, ofrece el suave murmullo del arroyo, y que otras muchas 
se precipita con d estruendo y la fuerza del torrente: sus versos retratan 
siempre el esla^fode su alma impresionable, pero emponzoñada porei 
Tirio; por eso lo sufre lodo y todo lo cuenta, y se cree fcfiz si l(^ra una 
reparación tardía ó arranca con sos versos una lágrima de amor á su fie* 
ra Delia. 

¡A qué funestos excesos le conduce su loca pasión! perdida su fortu- 
na, se Tió precisado á huir de Roma cuyos vicios censura alguna vez, 
movido n ás de envidia que de un sentimiento elevado, y su permanen- 



(4) En la primera elegía, se ve á Tibulo elevarse á la tierna región de un 
sentimiento delicado,. para caer al momento en su? comunes pensamientos; en 
obsequio á la belleza de este pasage y pera que quede justificada la reflexioa 
que en el texto se apunta sobre el carácter de este poeta, lo insertamos á con- 
tinoacion. 

Te speptem, suprema mihi quum venerit borla, 

Te teoeam moríens deficiente manu. 
Flebis et arsuro positum me, Delia, lecto, 
Tristibus et lacrymis oscula mixta dabis. 
Flebis! non tua sunt duro praDCordia ferro 

Viñeta, nec in tenero 9tat tibi oorde silex. 
lilo non juvenis poterit de funere quisquam 
Lomina, ooo virgo, sicca referre domum. 
Tu manes ne laede roeos, sed parce soluUs 
Crioíbus, et teneris, Delia, parce genis, 
loterea, dum fata sínuni> juogamus amores: • 

Jam veniet tenebris Mors adoperta caput: 
Jam subrepet iners atas; nec amare decebí t, 
Dicere nec cano blandítias capite. 
. Nunc levis est tractanda Venus, dum frange re postes 
Non pudet, el rixas inseruisse juvat. 
Hic ego dux, roileaque boous; Vos signa, tub^ue^ 

Ite proculy cüpidis vulnera ferte virís. 
Ferte et opes: ego composito securus acervo 
Despidan dites, despicianque fomem« 



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- 118 - 

cia en el campo le fué tan grata que idealizó esa vid^, que empezaba á 
ser para los romanos ignorada, quexiando su ambición satisfecha, si re- 
cibía la visita de Mésala y la de Delia: lamenta su pobreza porque su 
bella amiga le olvida, y resiste las invitaciones de su amigo Blesala á 
quien se dice que acompañó á la Galia, de ir á reponer su fortuna en el 
Asia, porque no se amsideraba con valor bastante para separarse de la 
muger que amaba: obligado por ella á partir, aun en medio de los más 
funestos augurios que candidamente cuenta, llegó hasta Corfú y fin- 
giendo allí una dudosa enfermedad, abandonó á su compañero y escri-? 
bió una de las más bellas elegias que han salido de su lira. De vuelta 
en Roma, su ocupación y sus tormentos fueron los mismos, y unas veces 
superslirioso couio el último y más ignorante de los romanos, le vemos 
ofrecer ridiculas ofrendas y votos por la salud de su amada, suspirar 
tierno y enamorado otras, desesperarse y sufrir, y suplicar y llegar en 
los extravíos de so funesta pasión hasta pensar en el crimen como me- 
dio de alcanzar la realización de su deseo. (1 ) 

¿Y qué debe la musa romana á Titulo? ¿cuál es el mérito que la cri- 
tica encuentra en las obras de este vate? un poeta que siempre cantó 
su amor, que recibió en las impresiones de su alma ó de sus sentidos la 
inspiración, tenia que dar á sus versos un colorido de originalidad que 
ningún otro poeta antes que él supo mostrar, y por eso nada debe Tibu- 
lo al pueblo griego ni nada hay en él que no sea romano; hasta la forma 
introducida por Calólo se perfeccionó en sus manos, y procuró encerrar 
siempre el pensamiento en el dístico y terminar el pentámetro con yam- 
bo, dificultades que los poetas ^tinos vencieron admirablemente y que 
dan á esta forma más encanto del que tuvo entre los griegos de quienes 
lo tomaron. Dio á la elegia la entonación conveniente; dejó hablar al 
corazón y por eso recorrió todos los tonos conservando el abandono 
aparente en que debe vivir este género: empleó siempre una versifica • 
cion armoniosa y rica, un lenguage elegante y siempre amoroso. 

Esta variada entonación, más que del objeto á quien dirigía la compo- 
sición como pretende algún crítico, provenia del poeta mismo, y si fué 



(4 j Ai mil)i percffideá et facinus sunl dona parando, 
Ne jaceam ctausan flebitis sote domum. 

btb. II eleg. 4. v. U. 



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~ 149 - 
más casto con Neera, más apasionado con ^e/ta, más arrebatado con iVe- 
mem se explica como resultado de la vehemencia de la pasión que le 
inspiraban, pero el poeta es siempre el mismo. 

Materia abundante ha tenido la critica con las obras de Tibulo y los 
diversos sentimientos que enderran para echar á volar conjeturas acerca 
del verdadero autor de sus libros de elegías; el cuarto ha sido el qoe 
máftivs ha despertado, buscando unos como Vossio, una explicación que 
descansa en un cuento, atribuyéndolo otros á la celebrada Sulpicia y sin 
pensar que sus suposiciones son n)ás difíciles de creer que cuanto de ra- 
ro ofrece Tibulo en los sentimientos que canta. 

Estas consideraciones son bastantes para conceder de buen grado á Ti- 
bulo la palma entre los elegiacos latinos: comprendió mejor que los demás 
poetas de este género, la naturaleza de la elegía y abandonándose á los 
impulsos de su pasión, brota su lira seniimiectos siempre en relación con 
el estado de su alma enamorada y vehemente. (1) 

Properclo, Galo y Maximlano. 

El tercero de los cultivadores romanos de la elegía fué Propercio, 
y la musa elegiaca recibió de él una tendencia distinta de la que Ca* 
lulo y Tibulo le habían dado. 

Lo mismo que sucede ron los dos poetas elegiacos anteriores, su- 
cede con Propercio respecto de su vida: se supone natural de Me- 
vania y que vino al mundo por los anos 702 de Roma : ocho ciu- 
dades se disputan la gloría de ser su patria y á pesar de los esfuerzos 
hechos por Taddeo para probar que era de Hipsellum (Speloj no se 
puede asegurar otra cosa sino que era de Umbria, que según el 
mismo Propercio, debía estar orgullosa de ser la patria del falimaeo 
romano. Aunque del orden ecuestre la familia de este poeta, su padre 
fué inmolado en rl altar de César por partidario de Antonio, y el 
hijo qu<^ debía la orfandad y la pobreza á Augusto, le tributó según 



(4) Los franceses bao tradacido mucho á este poeta; Mirabeau juzga que sus 
libros deben saberlos de memoria los amantes; La Harpe, Andrieux, Lebrun y 
Gaatmier ban becho trabajos dignos de conocerse: entre nosotros no ha tenido 
ígaat fortuna. 



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Criníto, altos elogios qac la posteridad oo pudde menos de ceosorar» 
aun reconodeodo las altas dotes de la persona á quien se dir^ian. 

Joven, huérfano, pobre y sin protección entró en Routa Propercio, 
pero bien pronto su talento y sus versos le llevaron hasta M^oas, y 
al lado de sus ilustres protegidos Horacio, Virgilio, Tibulo« Corodio 
Galo y otros. Se supone que nuirió á los cuarenta años de edad, 

ComoCaluloá Lesbia, con>o Tibulo á Delia, caaló P^pcrcio á Cío- 
lia: los críticos ci*een que este nombre oculta el de Hostia que fué la 
bcroioa de sus elegías y cuyo talento y cuyos versos elogian Horacio, 
Ovidio y el mismo Propercio. 

Aunque sea este poeta más casto que Catulo, aunque no cante con la 
licencia que se echa de ver en las composiciones eróticas del mismo Ho- 
racio, no sü puede entregar c«n libertad á los jóvenes: un fuego vio • 
lento y arrebatado dirige casi siempre su pluma, como Ovidio y Pe- 
trarca han notado al ocuparse d¿ él, y muchas veces la libertad do 
su narración vá más allá de la decencia. Enamorado de la bella y 
majestuosa CinUa, canta sus perfecciones físicas y sus excesos livia- 
nos sin omitir circunstancia ni detalle, y llegando á veces basta el 
arrebato; la pasión crece conforme se adelanta en la lectura; tal es 
el orden y esmero con que publicó los cuatro libros de elegías que 
tenemos, aunque parece que debió escribir alguno más porque bay 
citas antiguas de obras de Propercio, boy perdidas. 

Conocedor de los poetas griegos, admirador profundo de Calimaco, 
Philetas, y otros de la época alejandrina, procuró Proparcio imitarlos 
sieuipre, y llegó indudablemente á conseguirlo por completo: es en 
iodo escritor griego; ni su forma es tan romana como la de Tibulo y 
Ovidio, ni en el fondo hay la espontaneidad que exige la elegía: su 
a&n de aparecer erudito y conoa'dor de la historia y la mitología, 
hace su 'estilo didáctico unas veces, mitológico otras y siempre amane- 
rado y poco naluraí: su afán de presentar comparaciones y recuerdos 
mata el efecto y el sentimiento que es el alma de la elegía: Cintia llo- 
ra con las lágrimas de Bríseida ó Andrómaca, y duerme como la hija 
de Minos; Castor y Polux le ofrecen un bello recuerdo para atacar el 
lujó , y en 6n es siempre tan erudito que aunqne haya viveza en el co- 
lorido, fuerte entonación y hasta majestad épica en sus versos, el 
ienguage del corazón se ve rara vez en este poeta. El amor de Pro- 



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- 1«1 - 

percio es on téraiino medio entre el cDlasíasmo de Tibdo y ia b'ge- 
rcia írívola de Ovidio: por olra parle las Iraosiciones demasiado brus- 
cas, unidas á ia enojosa erudición de eslc vate, hacen dificil su inteli- 
gencia y aunque Yossio la juzgue corno su mejor titulo de gloria, 
fué más acertada la idea de los gramáticos que le anotarmí conside- 
rándole demasiado oscuro y como nn escritor exótico, que quitaba á 
este brillante género la nacionalidad que los dos poetas anteriores le 
habían dado. El exceso de arle, lo afectado de la forma, el a&n de em- 
¡dear símiles matan el efecto de la elegía. Se comprende fácilmente 
qtte llegara á hr imreiidon de h Heroída, género que al btbfor de Ovi^ 
dio euminaremoc, y que es el menos natural y el más ficticio de cuan- 
tos poeAu) idearse. 

EfiiaUedda comparación entre Tibulo y Propercio no puede de- 
jar de promifH^rse m Mió favorable á TíBqIo, elegante, apaaionado fa- 
cQ, y áempre romano; Propercio rico por la dicción, arrebatado y vehe- 
luente es siempre -griego: le caracteriza la imitación y la erodiecion de 
sus citas, comoá Tibulo la espontaneidad y claridad de sus sentimientos: 
abundante en adornos Propereio, medita y piensa el sentimieoto; abando- 
nado y sin arte Tibulo pinta la naturaleza mejor y alcanza el más ele- 
vado grado de perfección del poeta. 

Galo á quien Virgilio elogia en una de sus églogas, debe ser contado 
entre los poetas elegiacos: en la antigüedad tuvo gran aprecio un poema 
en cuatro .libros, hoy perdido, en que celebraba sus amores con Cilheris: 
Aldo Hanucio publicó en i 590 una elegia incompleta que con sus epi- 
gramas, es todo lo que queda bajo m nombre; el oráculo de la crítica en 
el sigl'j XYI, J. César Scalígero, encuentra en ella solecismos y bar- 
btrismca impropios de la época, pero Wemdorf, acaso con razón la juz- 
ga obra de algún gramático posterior, y perteneciente á los tiempos de 
la decadencia. 

Se han atribuido á Galo seis elegias que hoy declaran los críticos ser 
del poeta Maximianoy de escaso mérito é importancia: El canto á la 
priwwera ó la velada de Venus, Pertigiliun Veneris^ con que termina 
la colección, ha dado logar i, que la crítica se encontrase discorde, y 
siguiendo los más al P. Sanadon , lo consideran de la épora de la 
decadencia, si bien no ha fallado quien lo atribuyera á Catulo, á Galo y 
á algua «tro poeta de los mejores tiempos. 



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- 188 • 



CAPÍTULO xin. 



Quinto Horacio Flaco. 



Mu himpw^mfim y ém 4m>p^tF$mneim 0m im his^wHm éie f «• r^r«M imii- 

pmimhie «I0 eltm* fi«t* «m imtimMmdf ettiMm y 90trmi^emei0m — CíritM- 
0Í0»m d^ tm 0mt0Mm€Ímm #m f«« •#!«• y ét*éll« ife !« feft^vfM l«if<tf«i 
•M im pÍH§nm 2«í# ir«w*«r<*9 ik§Uem p^eiú ütHe^ 9mt4m0f eimHfieth- 
eÍ0M y tnéiñit0 d0 im9 •dmaf |»«efit« 991^0909 ú ^miet^^a itmiié — 

M^mt séii$f€U.^Kmt0mmcÍ0m yg wf f «I0 miimé AnMUis etHa- 

€0 de loa d09 iíbt/*0m d0 9átifm9. — tUrnt 0pi9t0im9f ««• difetrem- 

eim e0M l«« «lif <»•«»«. F0»*ttuf y mnAMisim «fe !•• «!•• Ill^r«« 

«Te 0pÍ0Í0lm;^^M4m epi^fmim md WH90m09t Ítmp0tñ9,mneim didúeiiem 
de 0mim 0bt*m <M«*«rf «l| pt^eeedeniet «Me H^mié Mt0w^meÍ0 mi 09- 
eWMrl«| imflmefeim de im epiHéim md ]Pis0m09 em im» iiien^müm^ 
tHM p0990ri0r09 ir eemHden'mei^n mn ^ue «# hm t0nid0 



Uo solo género poético, la elegía, es basta ahora el que forma la 
conquista que el genio romano alcanzó en este periodo de grandeza lite- 
raria: la oda, la sátira y la epístola, serán en su más elevada expresión, 
los tres que formen la gloria de este poeta inmortal: antes de examinar- 
los, es preciso apuntar algunas noticias biográtii-ass que dando á conoaT 
al bombre, puedan servir de comentario alas obras del poeta. 

Nació en Yénusia (Apulia) el dia 8 de Diciembre del año 65 antes 
de J. C. Su padre, liberto de condición y poseedor de una fortuna mo- 
desta, pudo darle esmerada educación, primeioen Roma, y más tarde 
en Atenas: al lado del escéptico Carneades y de Epicuro, estudió la fi- 
losofía: completa su educación, volvió á Roma y las revueltas generales 
y más aun la amistad trabada en Grecia con Bruto y Casio, le bideroo 
lomar parte en el sangriento drama que terminó en la batalla de Fi- 
lippos: se cuenta que Horacio no demostró en ella grandes virtudes mi- 
litares y hasta se dice que su cobardía le llevó basta el extremo de ar- 
rojar las armas para huir. Lessing y Vanderboug han pretendido vindicar 
la memoria del poeta, librándole de este borrón, pero seria predao para 



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- 168 - 
ello, ya qne los hechos c&Hao, qae la {¿atura da so caricter ao ealaviara 
lan coofonne cao este temor y que el temperamento que revela cuaado 
habla de sí mismo, no viniera á dar fuerza á esta idea. Después del acon- 
tecimiento que quitó á los republicanos sus últimas esperanzas, Hora- 
do se vio muerto su padre y confiscados sus bienes , solo y pobre, 
teniendo necesidad de recurrir á su propio iageaio para eaoootrar me- 
dio de hacer frenl^ á sn situación. 

Pero bien pronto se abrió paso y alcantó posición y renombra ei ge- 
nio del poeta; sus sátiras fueron los primeros sonidos qoesaU^Hm 
de su lira que resonará mientras los hombres amen lo bello. A estas 
muestras de notable poeU, siguió proalo la amistad con los vates 
entonces más iosigoes, YirgUio, Vario, Tibulo y otros ; los dos pri- 
meros le presentaron á su ilustre prolector á quien acompañó á Brin- 
dis, y á quien dedicó sublimes cantos de gralilud. Tras de la amistad 
de Htfoenas, akanzó Horacio la de Augusto que le dispensó infinitos 
honores y le regaló una quinta en el Tibur, que podía satisfacer todas 
ks ambiciones de un hombre auiaale del estudio y de lus placeres. 
Augusto quiso más; pretendió hacerle su secretario particular, pero 
el poeta rehusó este honor como habia rehusado á ejemplo de Me- 
cenas, otros que le dispensaran, y aunque ofendido el príncipe no 
pagó desprecio por desprecio como lo escribía en algunas de sus car- 
las: coniprcndía il Señjr del mundo que Horacio partidario decidido 
de las ideas republicanas, que nunca olvidó, aun en medio de sus 
criticadas adulaciones hiciera este sacrificio á un recuerdo, y el em- 
perador en sn grandeza supo perdonarlo con facilidad. La sátira sesta 
del libro primero es una interesante pintura de si mismo, y de ella 
puede deducirse que no sólo su temperamento era inclinado al epicu* 
reismo, sino también su moral, que alguna vez llega á los umbrales 
del estoicismo, pero que se encuentra dentro (te aquella escuehi. La 
(Mítica que en todo se para, encuentra graves lunares en Horacio co- 
mo hombre; censura sus lisonjas á Augusto sin considerar que á él 
lo debía todo; le echa en cara su vanidad sin tener presente que á los 
hombres de genio les es dado tener confianza en sus fuerzas; le mo- 
teja el haber juzgado con excesivo rigor á los poetas y escritores la- 
tinos anteriores á su época, sin medir la grao distancia que hay en- 
tre los que tlogjoL y los que censura; por mas qué sea ezacto que 



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- IM - 
eoiBO crltieo algtma vez dqa alge que desear; y por Bn se le consi- 
dera como hombre demasiado amigó délos placeres, áqoe una so- 
ciedad, que había perdido los lazos religiosos, qoe olvidaba el patrio- 
tismo pasado, viviendo sólo de recuerdos, y-^minada por el lujo y la 
corrupción, arrastraba haciendo i. lodos victimas M desorden gei^aral; 
pocos hombres por desgrada ofrece la historia de Roma que se libra- 
ran en la época de Horacio de los mates que el epicureismo, la in- 
diferencia pdítiea y religiosa y el tRm de goces aumentaban. 

Horacio murió veinte días después que su protector y aipigo Mecenas, 
que en su testamento lo recomendaba á Augusto, y este tuvo la gloria 
de ser et ioslituido heredero de sus bienes: murió el día veinte y siete 
de Noviembre del año 8 anles de J. C. á la edad de cincoeola y siete 
anos, dos meses y nueve días. 

Dos grupos forman las obras de Horacio según la clasificación hecha 
por el autor mismo, <lesignado el uno con el nombre de Cat^nina, y el 
otro oon el de Smnomr. el primero comprende cuatro libros de odas, y 
el de los epodos; el segando dos libros de sátiras y otros dos de epísto- 
las. Algunos encuentran fábulas intercaladas en eo/i posiciones de más 
extensión, pero no por esto debe darse á Horacio el nombre de fabulista. 

Odas. 

Dice Qttintíliano que Horado es el único poeta lírico latino que merece 
serlddo por la grada de la expresión, la variedad de las figuras y la ele-- 
vada entonadoB: el juidodoQointiltano esuna verdad indudable, y exi- 
ge alguna reflexión para explicar este fenómeno de la literatura latina. 

La Grecia cootaba un gran número de poetas líricos de primer or- 
den, que habían elevado este género i la altura de todos los demás: 
todos los tonos, todas las fibras del corazón, todos los sentimientos ha- 
bían sido cantados; apasionada en Safo, festiva y alegre en Aoacreonle, 
sentimental en Simónides, grande y majestuosa en Píndaro, había sido 
la poesía lírica fiel intérprete de todos tos secretos del corasoo; lloraba 
con el triste, ensalzaba al héroe, y reía con el alegre. Hoy sin embargo 
existen grandes vacios en la historia de este género en la literatura grie- 
ga, peroel largo catálogo de nombres con que se designaban las campo- 
aidooes, revela claramente su inmenso cultivo. Pueblo artista porexce- 



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- «5 - 
leneia, había kccho de la poesía el más brfllaote adorno de sos fiestas, 
y lo oiísiDo que ea los aconteeiniieolos notables de la vida del hombre, 
tenia entrada en los (k la patria. La poesía lírica, esencialmente sujetiva, 
Tive solo de los scnlicnienios, y eran loi del amor á la patria, á la re^ 
ligtoq y á la gloria demasiado vivos entre los griegos, para que dejaran 
de encontrar eco entre los cultivadores de las musas. Solo el pueblo he- 
breo» movido siempre por el amor á su Dios, ha dejado cánticos de 
mis precio; ios salmos forman el más bello conjunto de obras líricas de 
todas las literaturas. 

Es una verdad innegable que la literatura lalina se formó con la 
imita«^ion de la ¿riega, pero también lo es, que solo se aclimatan en las 
trasplantaciooes literarias las obras que encuentran en la nueva patria 
condiciones de vida; por eso, demostrado queda, no se aclimató el tea* 
Uq; par eso, la poesía lírica no tuv» gran número de cultivadores : el 
pueblo ronuno frió en sos sentimientos, ami.o;o del placer, amante de la 
guerra por los goces materiales que producía, utilitario en sus aspira- 
ciones, sin fé en la época que brilló su literatura en las ideas religio- 
sas que también las adoptó come medio de conquista, supersticioso has^ 
la la exageración, sin patriotismo desde la caida de la república, no 
ofrecía á este género el dulce ambiente que necesita, el tierno arrullo 
del alma siempre iodispensabid para que la poesía lírica muestre todos 
sos encantos: juzgando las obras de los poetas elegiacos como formando 
parte del gran grupo de la poesía lírica, se ha visto que uman 
Um romanos los acentos de la musa á las obras del mal, que más que 
al dulce dios del amor, cantan al dios del vicio y de la deshonestidad. 
Dejando á un lado ese grupo de poetas ya estudiados, se puede asegu- 
rar, que es exacta la frase eo que Horacio dice haber sido el primero 
que cantaba en lengua latina un canto cólico: entre las obras de Catulo 
se 1^0 apuntado aiguoas odas propiamente dichas, pero ha sido preciso 
considerarlas sólo con el valor relativo de la marrada inriladon. 

Horacio, es pues, el primero, y lo que es más todavfo, el último de 
los poetas líricos latióos: tan cierto es que Roma no ofrecía las condicio- 
nes oecesarias «para la vida de esta poesía, y por eso no tuvo aAleceao* 
res ni imitadores. 

Sin dejar de ver que Horacio hizo conocer álos romanos la oda en su 
más alto esplendor, no por eso puede dejarse de ai^ola'r uijue esta cm- 



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- 486 — 
quista es más hija del arte que de la inspiracioa: sabe ennoblecerlo todo, 
darle cierto colorido naciotíal, entretener, interesar, pero se presiente 
siempre la imitación griega en el lenguAge, en los giros griegoa que em* 
plea, en la acertada unión de la dulzura ática con la rudeza romana: 
pone Horado á contribución todos los poetas griegos, imila sos metros, 
sus ¡deas y su manera: Alceo, Safo, Anacreoate, Pindaro y otros ma- 
chos son los modelos en que se inspira, y^en sos composidones no se 
sabe que admirar más si su acabada perfecdon y propordon de partes, 
ó so lenguage puro, ó su armoniosa tersiScacion. 

No es fácil establecer una dasifieacion completa de las odas de Hora- 
cio, ni aun ei análisis de las que justamente se consideran conM> las me- 
jores puede tener entrada en una obra de este género: son trabajos que 
deben reservarse para hacerlos de viva voz Pero sf debe recordársela 
variedad de metros empleada por Horacio que llega basta veintidós, en 
los cuales muestra la lengua latina todos los encantos de su prosodia y la 
ventaja inmensa que lleva á las lenguas modernas: la poesía lírica necesita 
esa variedad para responder á las exigendas del canto. Más fácil sería 
clasificarlas atendiendo al asunto, y formar acerca de sus variados grupos 
un juido que aunque pueda tener excepciones, es el que mejor las baria 
conocer: en la gran colección de Horacio se encontrarán odas de todas las 
clases que los preceptistas señalan, pero los grupos más significativos 
serán; odas religiosas, heroicas, morales y festivas, sin que se pretenda 
por esto que todas las de Horacio están comprendidas en ellos. (1) 

La oda sagrada no pudo llegar en las literaturas clásicas á la verdad 
y elevados sentimientos que inspiró el cristianismo; la religión pagana 
llegaba poco al corazón y los sentimientos que produda no podian lle- 
gar ni al entusiasmo d^os poetas de la Biblia, donde están los grandes 

-^. 

(4) Eoire las var^ traducciones de Horacio que posee la lengua castellana^ 
es muy útil para estudiar las odas, la pubücada de parte de ellas, por el autor 
del Diccionario razonado de Legislación y Jurisprudencia D. Joaquio Escricfae, 
en 4847. Su elegante prosa y las notas que la acompaBan, la hacen de gran pre- 
cio como libro de estudio. La traducción del P. Urbano Campos solo compren- 
de las odat; es demasiado servil y prosaica, y aunque ayuda mucho para vencer 
las di6coltades del texto, uo pue'ie satisfacer las exigencias de un gusto delicado. 

La traducción en verso de Burgos, conserva las bellezas del original; en 'ella 
pueden verse las traducciones sueltas qoe algunos de nuestros escritores dásícoa 
hideron de algunas de las odas de Horado. 



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- 157 - 

modelos de este gteerOi dí i la pnreía yak profondidad de los poetas 
cristianos: Horacio» aonqoe dice que la impiedad quila al hombre el 
soeio y la tranquilidad de su espíritu» es poco firme en las ideas religio- 
sas y lo dicte sio embozo; Parcus Deorum cultor et mfrequens; pero eo el 
Carmen t(Bcuhré escrito por encargo de Augusto para ser cantado co la 
gran celebridad religiosa que de cien en cien aios celebraban los roma- 
nos y que correspondía al 737 de Roma (18 antes de J. G.) llegan los 
sentimienlos religiosos del poeta á la mayor elevación que podian alcan- 
zar dentro de sus creencias; cuando se leen estas y otras parecidas súpli- 
cas, cDioses dad á la juventud un corazón puro, dulce reposo ¿ la vejez, 
gloria y eternidad al pueblo de Rómulo» hay necesidad de no declarar 
escéptico en religión al poeta que pareciendo serlo en filosofía, pretende 
explicar alguna vez la grandeza romana por el respeto del pueblo á sus 
dioses, y que suele hasta confundir estas dos ideas, la piedad y la gran- 
deza de Roma. Las odas III 6, ad romanos ^ til, 1 odiprofanum mlgus et 
arce opueden servir para apreciar las odas religiosas de Horacio, y sobre 
todas el Carmen emulare ya citado. 

Odas heroicas: Píodaro, modelo eterno de esta clase de odas no es 
el poeta griego á quien más imitó Horacio; la elevada entonación, la 
grandeza de pensamiento y de forma déla oda heroica necesita una fuer- 
za de concepción y originalidad superior á la de Horacio, un sentimien- 
to patriótico más vivo y por eso acaso siguiera con más afición la musa 
templada de Alceo y Safo que la arrebatada y vehemente de Píodaro; sin 
embargo no deja de haber modelos dignos de estudio en odas de este ge- 
nera; las que empiezan Ca^lo tonantem etc. Qualem minietrum fuhninis, 
etc. Juetum^et tenacem y otras mochas pueden formar este grupo, y en- 
tre ellas se encontrarán algunas completamente originales, puesto que 
DO se ven huellas de imitación en varias de las dirigidas al pueblo ro- 
mano, á Augusto, á Droso, á Mecenas yHa ^ro que celebra los triunfos 
adquiridos sobre los Partos, los BretonesVyW Españoles cantando 
asuntos nacionales. 

Odas moraks: la musa de Horacio, fácil y profunda se elevó á tal al- 
tura cuando cantó la vida modesta y tranquila, lo fútil de las riquezas, 
k) pasagero de los placeres, la brevedad de los años, los encantos de 
la amistad, y otros parecidos asuntos, que constituyen el fondo de la oda 
moral ó filosófica, que sin disputa coloca al autor en el bgar más eleva- 



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- 158 - 
do entre tos poetas de e^e género: I«s delicadas observaciones qne se 
escapan eolre el senlimienYo y el consuelo que presta una conciencia 
tranquila, la verdad de las reÉexiooes que nacen en el poeta de on pro- 
fundo conocimiento del mundo y de lecciones y desengaños que halh lle- 
nado de amargura su corazón, son las razones que explican el por qué las 
odas de Horacio que pertenecen & este grupo, sean la agradable lectura 
del bombre de edad , curado ya del tormento de las pasiones y una pro* 
vecbosa ensefianza para jel jóveo que es víctima de ellas. Las odas Sea- 
tus ük quiproculnegoíüí, etc.; JBquam memento etc., RecUus tites, ti- 
eim^ etc. Otium divos rogat, etc. y otras mucbas generalmente conocidas, 
pueden servir de ejemplos para comprobar la verdad de lo que se deja 
sentado. 

Odas {estibaos. Las odas de Horacio en que celebra el an)or ó el vino, 
no son ni pueden considerarse como verdaderas anacreónticas porque les 
folta la ligereza frivola que debe caracterizar este género; Horacio piensa, 
medita, y razona siempre; sus canciones báquicas, sos cantos eróticos, sus 
burlas, sus sarcasmos en tono ligero y feslivo revelan al poeta filósofo 
que sin seguir un sistema determinado, todo lo examina, aunque entre 
las sonrisas de la ironía, con un tono profundo. Las odas de esla cla- 
se forman un número considerable esparcidas entre sus cuatro libros de 
odas (1} y los epodos (2) y en lasque se puede considerará Horacio como 
imitador de todos los líricos griegos, cuyos metros y entonación imi- 
tó con toda la gracia y flexibidad que tuvieron en las plumas, de Aicco, 
Safo, Alemán, y Anacreonte. 



(4) CkMno todo lo qoe se reGere ¿ Horacio es de ioterés, s« debe recordar c^e 
aon grandas tm lral>ajof hechos por la crítica para seSalar croootógícamedte la 
poblioacioo de las odas; pretender señalar cuando escribió Horacio cad^una do 
ius composiciones es tarea harto difidl, y superior acaso á ja erudición moder- 
na: son curiosos los trabajos que Scboatl apoota sobre este asunto. 

(%) La palabra Epodus, significa el uso del exámetro con el yámbico, pero 
avoque el libro de los Epodos de Horacio esté realmente escrito en dísticos de 
diversa clase, si asi se puede llamar al oso alternado de versos diferentes, de« 
be tener otra significación y una etimologia clara; quizá provenga de las dos pa- 
labras griegas siti ta>a(&v super odU^ refiriéndose al logar que ocuparon en la pu- 
blicacioD df sai obrasi dt9pf»é$ de loé odas. 



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- 180 — 
SátlTM 7 •^SlOlM. 

La fleguada parte de las tompmki^es de florado fué dtsigaada 
per él^ GOB el nombre ex|irestvo y acertado de &raiofi«i, j ceaapreo- 
de dos Kbros de sátiras y des de ejpistolas, qoe Tanas á exanmiar^ ei- 
ceplo la epislola a¿ Pmn$i^ que por so imporloocía será joftgada por 
separado. 

Bl genio de Horado sopeaeomodar stt nosa lo nrisme id tono ta- 
riado de b ode, qoe al seYen> y profondo de la sátira : si elevada es 
la miaíoii del poeta lirioo, eco de so propia coodencia y reflejo de 
las grandes ideas de sn ^Irie, y si Horado logró aleaiaarU con la 
lira^ también alcantó no poeslo emisenle como salirico y epistológrafo 
per él eievado y noMe tono qne dio á sos sátiras yá sos epístolas. 

En reladon inmediata la sátira con la época en qae se eseríbe, retrata 
eg los extravíos, desórdenes, y ridiculeces qne censora á la sodédad 
misma cubriéndose con sn propio ropage, pero a( mismo tiempo deja 
^er por parte del poeta el ideal beHo y nu)ral que opone á b realidad, 
manifestándose daramenle el antagonismo que existe entre los becbos 
qoe censara, y so coneepdon qoe le eleva á grandes verdades; tini- 
dos*á la pintora de los vicios la leocion preveobosa, el reooeido de pa * 
sadaa virtudes, y los ejemplos de graadeaa, tiene on fin alto y noUe y 
debe estar so tono y sn lei^age en reladeo dkeota con él. La sátira 
en la época anierior se cultivé bajo dos diversos sisteasas represei^dos 
por Ennio y por LudUo; nn vago recuerdo del primero, se encontrará 
en las citas que se bacen del poUgraio Yarron y de que más addante se 
dará netida; d sistema de Lucilio es continuado y perfisociooado por 
Horacio, tanto en la forma como en lo que hace reladon al fondo de la 
sátira. 

La delicada expresión, la verdad con que retrata la vida y las cos- 
tumbres de su tiempo, la sonrisa qoe acoropáia sos agrias censaras, 
loeocofaierlo de las alusiones personales en los tipos que crea, aco- 
modándose al sabio precepto parcere persank, diare de vitíis^ el tono 
siempre acomodado al asunto y unas veces ligero, otras fádl y al 
parecer descuidado, aunque siempre castizo y correcto, la perfección 
y elegaoda del exámetro, sonoro como el ie Yirg^, y la protodi- 



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- 160 - 
dad de Jmk observacioiios morales que contrapone á los hechos que 
censura» revelan nn profundo oonocimieolo por parte del poeta, de la 
sociedad de so tiempo, del corazón del hombre, y del fin de la sátira. 
Horacio, hombre de mondo, ni tmena como LncHio contra el perver* 
so presentando al escarnio del público sn nombre, ni se indigna 
como Jofenal, coyo tono siempre grave, siempre severo, dé á la si- 
tira no diverso coiorído del qoe antes había tenido sin qne so virtod 
le permita mirar, como hace Hondo con la sonrisa en los labios, los 
funestes extravies de la sociedad en que vive; Horacio por el contra- 
rio parece transigir, y como filósofo toloraole excita el desprecio del 
malvado, pero entre chistes y barias qoe revelan la facilidad con qoe 
el poeta encuentra el lado ridicolo de las cosas. Por fin Horario em • 
plea atgmia vez la forma dramática, es dedr el diálogo, lo qne con- 
tribuye á la animación y gracia de las composiciones en que lo in- 
troduce. 

Los dos libros de este género qoe existen de Horacio, contienen el 
primero diez sátiras y el segodo ocho: un brevisimo análisis termina- 
rá estas reflexiones; nuestro objeto al hacerlo, es dar á conocer los asun- 
tos sobre qoe escribía el autor y el orden con que los publicó. 

La sátira primera dirigida á Mecenas, parece ser la dedicatoria de 
toda la colección; pensando el poeta en que nadie está contento con sn 
suerte, que el mercader envidia al soldado, y este al mercader, y qoe el 
jurisconsulto cuando al amanecer llama á su puerta un cliente envidia al 
labrador, tiene ocasión para censurar la inconsecuenda de los hombres y 
más principalmente la sed de riquezas y oro qoe en su tiempo era la 
pasión de todos los romanos, deseosos de medrar á la sombra de las re- 
vueltas politicas que habían derrocado la repúUica; Mecenas, á quien 
todos los escritores pintan como el hombre de mundo más contento de su 
suerte, podía creerse elogiado en esta sátira pues el poeta lo presenta á 
los ambiciosos como un modelo de virtud. 

La segunda sátira de Horacio podría decirse qne obedece al pensa- 
miedto, que encierra este verso. Dum mlant ítuUi titia , tu eankaria 
ewmmt. Ataca como en la anterior la inconsecuencia, pero M ridif^oli- 
zar á los qoe acometen empresas difíciles en amor, llega al mayor ci- 
nismo y con nn lengoage litire y descompuesto. 

La tercera se dirige contra la inclinación g^eral de juzgarroal las 



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- 161 - 
aocieoes y exagerar las follas del prógimo, tenieodo uo criterio mis be- 
nigno para jofgir las propias. 

La cuarta tiene por objeto explicar el por qué ha csníto sátiras, y 
defenderse de los alactaes de que las publicadas anteriormente iMm 



La quinta es una breve tonposicíon en que describe Boracio algu- 
nos pormenores del viage que biao á Brindis en compafiia de Mecenas, 
Vi^io, Plocio y Vario en d ano 37 antes de J. C. Fácil y agradable 
esta composición ofrece un gran interés por la beUeza de la deserípcioo, 
y lambien algo que norstras costnmbres no loleran. 

La sesla es una composición que honra al poeta y al hombre; diri- 
gida á Mecenas, parece que el autor se propone dar alguna ligera pin- 
celada criticando á los que orgullosos de su nacimiento despreciaban 
la cuna humilde, pero lo hace con la Bnora y ddieadeza necesarias, 
estando la composición dirigida al hombre que rehusaba los caicos de 
elección popular por no deber nada al pueblo: Horacio prueba que la 
yerdadera nobleza eslá en la tirtud, y se envanece de su amistad con 
Mecenas debida solo á su mérito personal; traza un breve cuadro de su 
vida tan inleresanle y tan digno, que nada hay en él que no le honre. 
Los pormenores que da de su vida hacen interesante para su biografia 
esta composición. 

La sétima conserva un gracioso ch^e de Penño de Glazomene contra 
Rnpilo Rex en un litigio en que eran contrarios y que debia juzgar el 
célebre Bruto. Hoy es de escaso interés. 

La octava e^á dirigida contra una, al parecer, hechicera, Ihimada Ca- 
nidia, contra la cual tambicn hay tres composiciones en los epodos y pa- 
rece que el poeta intenta^vengarse de eUa y de Sagana; el cuadro que des- 
cribe pugna tanto con nuestras costumbres que casi es incomprensible. 

En la novena pinta Horacio las molestia que le causó un mal poeta, 
hablador y vanidoso, que le detuvo un dia en la Via Sami, y que 
pretendia ser presentado á Mecenas por el mismo Horacio. 

En la décima se defiende del juicio que en la cuarta hizo de LucUio, 
y con esto tiene ocaaon de hablar de los más insignes poetas de su tiem- 
po cuyo aplauso únicamente le satisface; ya se ha hecho mención de 
día al haUar de Lucilio y debe estudiarse para conocer la importancia 
que tuvo en Anua esté poeta. 



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- leí - 

JUk^ 'téfmio: la primera sátini, es m pmm diálogo entre el 
caustico jorísoonsallo Trebado y el poeta; en elia se borla de los ma- 
\oi crílioot x{w haü joigado sos sátiras, con ironía y gracia, y pide 
oooiBJo á so anígor esta sátíra, está llena de enantes. 

Ed la segooda que Horacio pooe en boca de nn campesino sabino fla- 
mado OfeBo, á qoien pinta como hombre de boen itigeirio y como filó- 
sofo sin miettrov ataca be excesos de ia gola y del hqo comoott entre 
los romanos. 

La tercera pnede presentarse oomo un modelo que retela la manera 
espiritual y delicada con que Horacio maneja la ironía; ridiculizando á 
na filósofo y conviniendo con él en que está loco» ataca la roania eomon 
de fifosofar que se había apoderado de todos los espíritus. 

U cuarta tiene por objeto ridiculizar en el gastrónomo Cacto con 
quien habla el poeto, el cuidado de algunos por las coeas de la cocina, 
y es muy agradable el tono eofttsco con que explica una teoria colina* 
ria el ^iüo Caeío. 

La quinta tiene forma dramática; es un diálogo «ntre tJlises y Tire- 
sias, y su objeto ridiculizar á los que adulan á los céKbes y á los en- 
fermos con el fin de heredarlos; costumbre que todos bs satíricos censu- 
ran y que es comptetameole desconocida en los pueblos oDodemos. 

La sesta es un elogio de la YÍda del campo y de la belleza de te 
naturaleza: en esta composición se encoentra la fábula del ratón de la 
ciudad y el ratón del campo, tan generalmente conocida. 

En la sétima un esclavo de Horado en la fiesta de las Saturnales le 
edia en cara sus defectos y la inconsecoencia de su carácter. Publican- 
tío asi sus propios (fefectos, dejó una claro muestra de su corazón. 

La octava es la descripción boHesca de una mala comida con que tm 
avaro había obsequiado á Mecenas. 

El estilo de tes sátiras es tan perfecto como el de todas las obráis de 
Horacio, y como los asootos de las sátiras son tan variados, los tonos 
son también diversos y dependen ^empre del objeto sobre que versan; 
aada de afectación, nada de esfuerzo; es la expresión fácil del hombre 
que al parecer solo toca la superficie de los objetos y siempre con te risa 
y la ironía; en las sátiras todo esta pensado y perfectamente limado; aun- 
que parezca alguna vez que no esasí, puede decirse ten^dose en cuento 
la perfecdon de te versificación, del estilo y de tes partes de cada una de 



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- 163 - 
Us tbtu, que Horitío ha mediUdo con exqeisito coidad^ sobre todo, y 
que senipre logra hacemoa acertada imitación de la nllorateza. 

Las epMolas de Horacio perieoeceú como las sátiras á la poesía 
didáctica eú cuanto á sq escocia, pero no pueden d^rse de anotar 
algunas diferencias que separan estas composiciones; la epístola pue^ 
de ser de intención áioral como la generalidad do las de Horacio, 
de intención satírica, 6 verdadoraa críiiois literarias como son las dos del 
segundo libro dirigidas á Augusto la una, y á Jqüo Floro la otra; la 
sátira tiene siempre el mismo fin, corregir y censurar el vicio y aun- 
que el too6 puede variar, casi siempre emplea la ironia, el chiste y la 
bnrl*!; la epístola por el contrario es más severa en lo forma y suele tener 
eieria tendencia filosófica que le dá colorido; de aqui nace también que 
la epístola tenga siempre una forma más trabajada, y que el estilo y la 
veráficacioo no dejen fódlniente entrever el aparente descuido d*" las sá- 
tiras, ni empleen nunca el diálogo porque siendo ona composición diri- 
gida á determinada persona, cuyas relaciones con el autor suelen im- 
primir el tono, la forma dramática no puede emplearse bien con estas 
condiciones: Horacio comprendió bajo el nombre de sermona, las sátiras 
y las epístolas, conociendo que la esencia de ambas es idéntica: dos li- 
bres de epístolas quedan; el primero contiene veinte, casi todas sobre 
asuntos ligeros y hasta picantes, en que se vé el carácter de Horacio 
con toda la verdad y con toda la ternura, con que generalmente se es- 
presa el amigo con el amigo: el segundo libro comprende tres, las dos 
anteríormeole citadas, y la conocida con el mombre de Afte poétíea. 

No considerando de interés el hacer un análisis detenido de las con - 
teoidds en el primer libro diremos algunas palabras sobre las dos del se- 
gando. 

La priniera va dirigida á Augusto, y en cía con el tono más elevado 
y Olas digno hace Horacio una crítica de los escritores de Roma; críti- 
ca que muchn veces hemos citado y co la que aparece rl excesivo rigor 
€00 que Horacio trata á los escritores anteriores á él; si se le perdona su 
sislemálioo desprecio á los poetas antiguos, quizá nada más encuentre la 
crfticn que censorar en esta acabada epístola literaria. La segunda es 
tamfaira h'tcfaria, si bien el espíritu satirice del autor aparece en tO(te 
etta: eseosándose Horacio con Julio Floro á quien va dirigida, de no ha-« 
borle nmklado algunas composiciones que le tenia oft*ecidas lo hace eou ^ 



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- 164 - 
ineraodo las molestias que los escrílores le fausao, y el tiempo que le 
roban con otra porción de causas que no le dqao escribir. Es nioy 
intcresanle esla epístola para formarse idea dd estado literario de Boma 
en esta época, y ite l(i mnltüad de malos escritores qoe todo lo teniín 
invadido. 

La apistola ad Piionas. 

Todas las obras de Horacio han sido miradas con respeto y adora- 
ción por la posteridad, y annqoe entre las odas se cuenten sus más be- 
llas inspiraciones, acaso ninguna ha sido de superior interés qoe la que 
encabeza esta sección. Desde Quintiliaoo que le dio el nombre de Arte 
poética, se viene trabajando y elogiando pero con tan diversa cposide* 
ración yfor tantos ingenios, que hoy hay gran dificultad para resumir 
lo dicho acerca de esta interesante obra, y para calificarla en su justo 
ponto de vista. Han convenido casi todos los crilieos, en su importancia 
y belleza; al apuntar algunas ideas que despierten en la juventud el 
estimulo para estudiarla como debe, es preciso mirar atrás, y ver la 
significación que una obra de este género puede tener para el critico y 
para el poeta. 

Antes que Horacio, Aristóteles, el más elevado talento de la patria de 
los genios, halia concebido la idea de sujetar á reglas de eterna vida 
las concepciones del poeta: la naturaleza y las obras de los insignes ar- 
tistas griegos habían dado al padre de la Historia natural, y de la He- 
tafisica, la paula de sus preceptos: el tiempo con su saía destructora 
ó nos ha robado en parte la obra de Aristóteles, ó alguna causa desco- 
nocida ha impedido que llegara completa á nuestros dias: dos géneros 
explica solo el texto que hoy tenemos de la obra dd filósofo de Estagi- 
ra, la epopeya y la tragedia, de más importancia esta que la prime- 
ra por la naturaleza misma del género. Ño se crea sin embdrgo, que al 
formular Asistóleles sus preceptos sobre estas composiciones literarias» 
ha hecho estudios solo a posteriori de las obras griegas. Hay bastante 
más; el cuadro qoe ofrece es general, deducido de la naturaleza misma,, 
y elevándose á la consideración más superior del arte; por eso se ha di-* 
cho btea que serviría su poética (si este nombre merece la parle que 



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^ 166 — 
queda/ para conocer bs obres de los puetas épicos y trágicos griegos, 
GODio Bii Iralado de gramilica general serviría para el estudio de uoa 
iei^a deleriotoada. Por eso la obra de Aristóteles ha sido de todos los 
tiempos y de todos los países; útil para el crítico de todas las edades» in- 
tesante para el poeta áñ todas las oacioaes. Lástima es que do haya lla- 
gado completa, y qae los partidarios del filósofo hayao desfigurado sus 
preceptos ooq exageraciones, amplificaciooes y comentarios (1). Horacio 
tenia pues en la literatura griega que conocía tan bien como la romana 
y consideraba de más precio, un precedente , un tratado sobre la 
poética en el que se fijaban los principios de las composiiiooes Uterarias, 
on código por decirlo así, que señalaba las leyes que debía respetar el 
poeta. ¿Se propuso hacer una obra parecida? quiso con la epístola ad 
Pisomi dar en latin esa colección de preceptos, siguiendo las observa- 
dones del Estagirita y las suyas propias? Esta es la primera cuestión: 
resuelta de muy diverso niodo ha sido por la crítica, pero es la primera 
para poder apreciar una de las más bellas composiciones de la antígOe- 
dad. El haber olvidado muchos críticos el nombre de epístola cambian-* 
dolo por el de Arte poética, ha sido la causa de los errores en que han 
incurrido; quien ha visto en ella un tratado complelo y ha hecho es- 
fuerzos maravillosos de ingenio, para separar sus partes y aplicar lo 
correspondiente á cada uno de los géneros literarios por separado, sin 
poder encontrar la unión de ellas, y pretendiendo explicar por causas ex- 
trañas al autor, esta falla (2;: quien ha creído ver preceptos aislados so- 
bre ciarte, dados con la profundidad propia de un gran crítico y po^a; 
quien que el objeto de Horacio había sido, además de hacer una critica 
de los ma'os poetas, sentar la teoría completa del arle dramático y esto 
ha dado lugar á que se le echara en cara como defecto reprensible la 
idea de tratar del arte dramático en un pueblo que no tenia teatro pro- 
pio, y dar las reglas determinadamente del drama saiyrícoen on país en 



(4) No podemos deteneroos más en la Poética de Aristóteles: solo queríamos 
•eotar un precedente histórico digno de tenerse presente al estudiar las letras 
latinas; la viva yoz del profesot puede suplir este vacio que la brevedad exige. 

()) Cáscales en sus tablas poéticas, entre nosotros, por ofrecer una Poética- 
completa, deetrosó la obra de Horacio. 



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qvtt geoeralmefKe a& eree qoe ito fué ooaoddo. (1) La variedad de (eo*- 
ríás coñ que se ba querido explicar esta obra, ha nacido de la idea que 
se llevaba al estudiarla y del olvido ea que se tenia el nombre que 
el autor le babia dado: coosiderindola como Poética, hay falta de ér- 
den y de unión; considerándola cOfBO es, una Epístola, no e^ sujeta á 
tan foertes preceptos y el autor no puede estar expuesto á tantaa cen- 
suras coma injustamente se le hacen. Por eso han considerado muchos 
superior la de Gerónhno Yida y entre etlos merecen alarse el oráculo 
de la critica en el sij^lo XVI Sealigero, Vossió, Neaader y el moderno 
traductor casteHano Sr. Bono Serrano, (2) pero aunque se recooozeafi 



(4) No es faoil asegurar que tos romanos oooocieran el drama saiyríco de los 
griegos^ pero al ver el detenimiento de Horacio en su epístola, el ciiidadq coo 
que Vitruvio eo su tratado de arquitectura se ocupa de la decoración propia para 
e»tos espectáculos, y al recordar que los mimos y las pantomimas trageron altea- 
tro latino todo et repertorio griego, creemos que se obra muy á la ligera cuando 
seuegura positivamente lo contrarío. 

(9) No podiendo entrar en detenidos estudios comparativos, creemos sin em- 
bargo importante el poner algunas noticias por vía de nota acerca de Gerónimo 
Vida: natural de Cremooa se cree que vino al mundo á fines del siglo XY. Su poe- 
ma épieo la Cristiada, el didáctico sobre el gusano de la seda, el del Ajedrez, 
la Poética y otras, muchas obras revelan el profundo talento y genio poético del 
ilustre obispo* gloria de la corte de León X. Dividida su poética en tres cantos, 
se propone dirigir la educación del joven poeta, á la manera que QuintíHano lo 
hace de la del orador, desde la cuna: tas cualidades de sos maestros, los estadios 
que prefereotemeoie debe hacer, la importancia de estudiar á Homero, Virgilio y O 
cerón y el elogio de la poesía* cuya breve historia traxa» asi como los beneficios 
y consuelos que dispensa ¿ los hombres, forman el bello asunto del canto prime- 
ro. Después de invocar á las musas eo el segundo, asienta las reglas de la epo- 
peya sot>re et plan, los episodios, y con grandeza suma explica lo que es la su* 
bUmidad, los esoolfos que se debeo huir, y cual sea el lenguaje propio da cada 
personage; un apostrofe á los genios tutelares de Roma que perfeocioneron las 
obras de Grecia, y la apoteosis de León X, son la terminación de este interesante 
canto. La elocución poética es el asunto del tercero; los defectos que la rebajan, 
las cualidades que deben adornarla, así como las condiciones de un buen estilo, 
y el detenimiento con que deban trabajarse las obras poéticas, todo está expues- 
to con claridad, como preceptos inalterables cuya universalidad da vida á esta 
ot)ra útil para todos. Coocluye cantando la gloria del poeta con un himno de amor 
á los manes de Virgilio. 

De la biografía de Vida por D. Gaspar Bono Serrano, publicada eo el catálogo 
del Sr. Marqués de Morante. 



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- 1»7 - 
lu emÍMotee coafidajei del poeta de Grenona, no ca posiUe aaeDtír á 
esta opiflioa: es oo bríllanle ejemplo délo que poedeo alcanzar el estu- 
dio y d talemo, pero no liene la obra de Vida la elevada enlooadoo, la 
pareza y hasta b grada de la de Horacio. 

Esto seotado, ¿cuál es el 6o que se propuso JBoracto? acaso ao fae-^ 
ra otro que ofrecer á sus amigos Pisón y sos hijos, un cuadro de 
las dificultades que liene qac vencer el poeta, presentándoles los es- 
realas que rodeas el camino que conduce al ñimaso y los preceptos 
n)ás sabios que la ledura de los modelos griegos le habia sujerido 
asi como su propia experiencia y su propia razón. En una epístola 
no debía el poeta elevarse á la entoRadon de un poema didácUoo de 
grande aliento, ni guardar ron exquisito cuidado la unión entre sus 
partes; esto explica la diversidad de tonos que emplea, y la sucesión con 
que presenta sus preceptos; lo bien pensado y bien escrito de sus ver- 
sos, que contienen á no dudar los axiomas del buen gusto, explican 
también la necesidad ee que está b eriUea da no exiqír del poeta nada 
más qoe lo que contiene su obra. Los defectos de omi^on oe lo s6n 
cuaodií el poel^ na présenla el cuadro que se propooa realizar. 

IñBTD el laclo defiendo, el finísimo gusto con que Horacio , poeta de 
g^ bcOidad da sus preceptos, la generalidad fionque están des - 
eoTuetlos sus axiomas derivándolos do U aceilada imitación de la natu- 
snleza^ al paso qun deoMiesüraa que loa piincipioa que rigen las beUas 
artaa no sen variables é arbitrarios sino producto de la razón y del es- 
tudio, ban dado á eala obra una vida eterna; es un código cuya apli- 
cación exacta sabrá hacer distinguir lo bello de lo que no lo es, lo que 
merece aplauso de lo qae merece condenación. He aquí por qué la 
epístola ad Pismes es la más importante de Horacio y la de que la 
posteridad ha sacado más provecho. Por eso se ha traducido (i) con 



<4) No üieron los aspaleies los mássficiociadoB á traducir á Horaeio en elsiglo 
do oro de su lítetatara; au&qoe Fray Luis de Leoo, Vülegas, Argensola j oiros 
ingenios de príoi^r orden liicieroo traducciones de Mgunas de isas odas, no aco- 
meliereo la de hacerla completa; respecto de ta ^oética^ leñemos al^naas que 
apuntar. La de Vicente Espioell, la del jesuíta José Morell de fines del siglo XVII, 
y la de D. Temas Iriarte; las tres tan prosaicas qae Dodaa una idea alara de la obra 
engfoab la de D. Javier de Burgos publicada con iuteresantes notas eo 4828 con 
todas las obras de este poeta y reimpresa con muabaseamieadas despaos, es taa 



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— 4í8 - 
empeüo á todas las lenguas moderaas, hahiéodose publicado ooo toda 
cíase de ilustraciones, oclas y comentarios, y tantas veces, que bien 
puede asegurarse que son las obras de Horario después de la Biblia, 
las que se han impreso más de todas las de la antigQedad; hasta se 
ha hecho una políglota notable de la que ahora nos ocupa. 

Después de lo dicho ¿qué podrán importar los ligeros defectos que 
algunos críticoi notan, y que se refieren á una comparación atrevida* 
á una (rase oscura ó cosa parecida? De nada; son lunares tan pequeSos, 
manchas tan imperceptibles que apenas pueden privamos de un rayo 
de la luz que arroja una obra tan breve en extensión, como mt^g- 
nífica por su belleza y enseñanzas. 

CAPÍTULO XIV. 
PabUo Virg^o Marón. 

•^tHM p gém0ti*0B ú ftte p0w*i9m^€0n tma ^um fm t r w mmm 9u ptmwHm, 

wHtnm9j $f €mrm€§é§f^9 de etie penetre en pemetrmif mti eewne en 
Bm piutnm de Wifpiiief AndÜmia de Bms die» tBp9epms de WUrpiUe* 
— Mims € í eé $ * p iems9 eemHen y iendeneim de esim eé$»m§ preceden- 
8e9 pme eentniié WUñpiiie^ m^tH8e indÍ9pmimh9e de eHe p eem% m 
hmie ei deéte pmnie de eimim eientifiee p mr$i*iieei A ^mnf e dei 
peenui^ 9n díffiHen p mndtimiM — M»m MSneidm. — MwnpetHmneim de 
e9$e p ee m émf m^edete» pne imUié W4rpiiie...^P'ertnmeien de im 
tnmietHm peé$iemj Ídem de im meeien* — *0efee9e» empi8mie9 pme 
mpunim f # ewiiiemf ee nH de r meien pme §nereee hm¿e ei punie de 
ei^im tmmtrmif emti*meié§*eéf episediet p — Itt ü té r gj de im Bneidm. 

El nombre de Virgilio es en la poesía latina, lo que el de Cicerón en la 
prosa: los dos son la expresión más elevada, los puntos más culminan- 
tes del insigqe monumento levantado por los romanos á la ciencia y al 
arte. 



á propósito para et estudio de esta ioteresante obra, como la que tarabieo en Terso y 
anotada publioó algunos anos después entre sos obras literarias el Sr. Martínez de 
la Rosa« En el prólogo que precede á esta traducción, babla el autor de otra cas* 
tellaoa que vióeo París y que es debida á D. Luis Zapata, libro que debe ser muy 
raro porque Iriarte le cita en la suya, sin haberle podido ver. Merece también una 
especialísima meneion la Expoaícioo gramatícal y traducción que de esta epislola 
publicó en 4S65 en Burgos D. Raimundo Miguel, y la considero muy ó propósito 
para el estudio de la obra de Horacio. 



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- 1«9 - 

Si Caiulo, Tibulo y Prapercb haUaa porfecciouado la musa tatioa^ 
GOftsusdalces cantos de amor, si la lengua había recibido nolable ade- 
lanto de sus plumas, si Horacio el grao lírico y maes'tro de los romanos, 
había dado expresión magnifica á la oda, grandeza á la epístola, fiorma 
didáctica y eterna á la sátira, Virgilio hizo más, díd á sa patria jiiade- 
les eternos en lo? géneros más elevados á que el poeta puede remontar 
su ?ock): la poesia bucólica, la didáctica y la épica, tienen en iás 
Éclogas, las Geórgicas y ta Eneida, los más grandes tribotos de 
k lengua latina; belleza eil la expresión y el metro, pureza eael lengua- 
ge^ perfeccúm en el plan, grandeza en los pensanienlos y exquisita ter- 
nura en ios seelitnieotos. 

La variedad que existe entre los tres géneros cultivados por VirgiUo 
no es tal sin embargo que no se vea en todos un carácter idéntico y que 
reveia claramente su origen: las cualidades apuntadas que tanta engran- 
dasen al poeta y que brillan en las tres obras de Virgilio, hacen ver á la 
etílica una identidad notable por más que sean diferentes por el objeto y 
la intención; eíalma de Virgilio les da á todas ese mismo colorido y 
las haoe de tan subido precio. En todas descuellan las mismas cualida- 
des, porque todas son debidas á una misma alma y en toda^ brillan los 
tiernos senlimientos que distinguían algraa poeta de la corte de Augusto. 

Virgilio nació en Andes pequeña aldea cerca de Mantua, el 15 de 
Octubre del ano 684 de Roma, 76 antes de J. C; aunq4ie pobres 
sus padres, no careciaa d^ los medios necesarios para darle una educa- 
ción esmerada; en Gremona y Hilan recibió las primeras ^senanzas, y 
ya que no pudo completarlas como otros escritores de su tiempo en 
Grecia, las completó en Ñapóles, entonces centro del saber y del arte 
de los romanos; Parthenío de Nicea le ensenó la lengua griega, y el fi- 
losofo epicúreo Syron los sistemas de filosofía, habiendo mostrado una 
decidida afición hacia el de Platón» que era entre todos el que más fácil- 
mente debia seducir la imaginación de un poeta; las matemáticas, la 
medicina y cuanto li ciencia abrazaba, todo lo estudió, y con tal pro- 
vecho, que se ha dicho con razón que en materia de ciencia jamás co- 
mete errores Virgilio. 

Dificil es por no decir imposible, haeer una biografía completa de Vir- 
gilio; generalmente se han escrito 6 basadas en las de los antiguos gra- 
máticas, llenas como la de Donato de fábulas y absurdos, 6 tan ideales 



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qoe dote detcansaii eo lo qae el biégrafo ha coboBbM^ ^nt debió ser 
la vida éá poela por la teclora de sus obras: atmqoe sea dífidl irtsar 
lá biografía^ es iDaj^fácíi formar una idea coinjJela de »] caráclér y so 
alma: la lenmra de sos sentimieDlos y delicadeza de su eq^'tu brí* 
Héb es ioiha las obras de Virgilio. 

üo ncoalecimieiito conocido de la inda de eale poeta decidió de su 
destino y acaso de la gloría inuuMlal que sigue á su nombre; Octavio 
en reeompeosa de ios servidos prestados i los triunviros por algunas 
legiones repartió las tierras de la Italia, y Virgilio perdió los campos 
tfoo componían so lierenda parieraaen donde baUan corrido los prime- 
ros años de su vida y en donde su alma de poeta kabia redbido ins- 
píradoneiqae nunca olvidó; obKgadoá irá Roma para alcanzar el 
rescate de sos bienes, biso amistad con Varo, personage hoy descono- 
cido que lo presento á PoHíon y este á Mecenas, hainendoel poeta al- 
canzado el objeto de sos reclamaeiooes y una constante protección que 
le aseguró el elevado puesto que como poeta tiene consagrado por la 
posteridad en el templo de tas mosas: los nombres de sus favorecedores 
han quedado iamiHeo como un recuerdo poético é interesante para todos. 

Virgilio después de diez y nueve anos pasados en Roma, hizo un 
viag^ á Graeia coa el ol^to de pod^ conocer el teatro de la lliada pa- . 
ra retocar su poema, pero su salud siempre delicada le impidió consa- 
grar á su viige poético todo el tiempo pensado; Augusto le encontró 
en Atenas y desde allí le obligó á volver á Roma; en Brindis ó Ta* 
rente le sorprendió ia moerie el dia veinte y dos de Setiembre del ano 
49 antes de J. C, rogando que so cuerpo fuese titisladado á Ñipóles, 
su ciudad querida, porque en ella estaban grabados los recuerdos de 
su juventud (1). 

Los escritores todos de la aatígúedad, que hablan de Virgilio, como 
Horacio y Séneca, lo pintan hombre de inmejorables costumbres, nto- 
desto en su porte, sencillo como d niio que no sabe resistir la mira- 



f4) Todavía se conserva eo Ñapóles junto al camino Puzzoolo una roioa que 
la tradidoo liace se considere como la tumba de Virgilio, y que ae supone ser la 
adquirida por Silio Itálico, el poeta antiguo más devoto del manUiano; eo elte se 
suponen escritos los conocidos versps del mismo que servian de epítaGo. 

Mantua me genail; Galabri rapuere, ienet nunc 

Partbenope; cecini pascua, rara, doces. 



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- 171 — 

ih atrevida que se ija en él y conaagrado eoteranieDls á las éilcaa 
placeres 4el espírílo, la amistad y la teraiira; laa palabras de Horacio 
CQDsiderifldolo como el mejor de todos las koiabres f1), soo bastatles 
para desechar loque aigooos gramáticos, btégrafos del grm Yirgilio, 
bao sopoQf^ Goatra sos coslambres y que ba eooootrMto partidarios 
baaia ea los escritores moderaos; su rima eia toda seotiouento sos y poe*- 
sias lieoao también |M>r foeate de so iaspiradoB el aaotimieíAa; era w 
muodo que el arle de be griegos oo había coooeido. 

Virgilio (» entra ios poetas épicos de. todas U& edades, el úaico que 
logró una oonsíderaciOQ dichosa da sus contempuréoeos \ Angosto adi- 
viaó eo el poeta de la$ églogas al poeta heroico y le^bliogoid eooM 
al mejor de %as protegidos, coido é la gloria más preciada de so íiemr 
po; adivioó id caolor que había de letaolar so sab á Maatiia sioe á la 
ItaMa eotera ua templo de mármol eo cuyo oeotro había de colocar al 
César (2). 

Hechas eslas-io£caGÍooes safare la vida y carácter de Virgilio, 4ebe 
recordarse el catálogo de obras que se le atríbayeB: como la primera 
expresión de su genio se considoraii algunas breves composiciooes que 
aonqoe anuncien al grao poeta, hay que considerarlas como dudosas 
'respecto (fe so origen y por lo que solamente obtendrán aquí los ho- 
nores de la mención; con el nombre de Caialecta, se le atribuyen varios 
epigramas, con el de Culex y Ctrii, el masqmto y ía calandria, dos 
poemitas borlesoos, y otras dos composiciones coa los titnlos de (7opa, 
y Morehun\ la tabernera y el almuerzo. 

Las composiciooes que forman la gloria de Virgilio son las Églogas, 
pertopecienles al género bucólico, las Geórgicas, al didáctico y la Enei** 
da, a] épico; su importancia y su sigoificadon respectiva en la historia 
de las letras exigen que se trate de cada una de ellas separadamente. 

EglOgñB. 

Apenas coolaba Virgilio veiole y cinco aios cuando se vio (Aligado á 
irá áonsa; el fiívor qoe su naciente genio alcanaó entre los ilustres per- 

(I) eor/Sal. I. 3. 

(^ Qeorg» ttb. 3. v. 4i y sigiúentes. 



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~ 112 ^ 
soBéges de aquel tiempo, fué la cansa de qae consagrara so vida toda 
al cultivo de la poesía: Mecenas y Gallo Pdion hicieron que le devol- 
vieran las tierras, y Virgilio hizo sus nombres inmortales pagando asi 
su deuda de gratitud: para esto escogió un género que conservando su 
propia naturaleza, difícilmente se acomoda á lo que exige una composi- 
ción laudatoria: la poesía pastoril que es generalmente lánguida y mo- 
nótona, fué la escogida por Virgilio que vio en esto la introducción de 
un género nuevo en la literatura de su patria: en efecto antes de él na- 
die la bahia cultivado; pero la poesía bucólica con sus falsos atractivos, 
con sos fingidos encantos, ni recibió de la ploma de N irgilio una nueva 
forma, ni cambió de naturaleza; Ja felicidad del pastor, la belleza de la 
zagala, sus delicadas costumbres, sus dispulas y contiendas aniorosas 
que tan puras y sencülas han pintado los poetas, están tan lejos de la 
verdad, que hacen de este género, estimado de genios ilustres, la más 
ficticia de las ramas en que se divide la poesía lírica: es un sueiio 
dé la vida artificial y culta de la ciudad pensando en otra vida más 
pura sin vicios, ni refinamiento: por eso la poesía bucólica no aparece 
en los primeros diasde un pueblo, cuando la sendllez de costumbres es 
tal, que no tiene elescritof que buscar un mundo ideal de superior 
perfecdoD moral ó de inocencia que el en que vive. Es verdad que la 
naturaleza ofrece á la contemplación del poeta bellezas insuperables, que 
la descripción de sos encantos puede por si sola constituir un fondo des- 
criptivo siempre bello y siempre agradable, pero cuando se quiere au- 
mentar ese encanto con fingidas fábulas en que se intenta hacer, que 
las más rudas y groseras costumbres aparezcan como el tipo de senci- 
llez bella, cuando se pretende elevar sus instintos siempre grosellos á 
un ideal sin dar otra marcha á esas ficciones, no se puede dudar que 
es de todo ponto falsa la invención y de escaso interés para el lector 
que conoce la distancia que existe entre la ficción del poeta y la 
realidad. 

Virgilio merece sin embargo disculpa por haber inli*oducido este géne- 
ro en la literatura, porque educado /en el campo recordaba con excesivo 
carino las bellezas de la naturaleza que le habían inspirado los prime- 
ros acentos de su musa, y halagaba no poco su gloría el ser el prime- 
ro que las cantaba en lengua latina. Su aparición estaba en consonan- 
cia con las épocas en que la bucólica suele cultivarse, aunque no ofre-* 



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- lía - 

dtrt la vida db la Sooia de Aagoslo oada qae pudiera inspirar al poe 
la acercándole al carácter ^ae debe tener la poesía bocólíca. 

Precisas son estas reflexiones para poder jnzgar con acierto las égb* 
gas de Virgilio: sin ellas seria difícil colocar al lector en el verdadero ponto 
de vista y comprender como se dio el nombre de poesia bucólica á com- 
posiciones qoe boy sefialariamos como cantos épicos: el nombre con qoe 
las designó yir|[iKo, Églogas, solo qoiere decir escogidas, como si de nna 
colección nnmerosa bubicra separado las qoe le parecían más bellas y 
mejores; sucede con este nonibre lo que con el de Idilio que dio Teócrito 
á sos composiciones pastoriles y que etimológicamente no significa otra 
cosa que magen, pudiendo afrficarse á composiciones de otro asunto dis- 
tinto de los pastoriles qne generalmente designa: tanto es así qoe aun 
con relación á los mismos escritores que la emplearon, solo se podrían 
señalar entre los 30 idilios de Teócrito y 10 Églogas de Virgilio, ocbo 
ó diez que propiamente pertenezcan á este género. 

La poesia bucólica está encerrada en un circulo tan estrecho que tfi 
es de extrañar su poco cultivo: la vida de los pastores, sus costumbres, 
sos escasos conociuiieotosy sos mas escasas aventuras, son los únicos asun- 
tos que caben, y claro está que el poeta puede fácilmente ó caer al ha-* 
cer so pintura en una exagerada rudeza que la poesia rechaza y qoe la 
naturaleza presenta, 6 en una delicadeza impropia de la persona y del 
género: además es muy fácil que caiga en una inonolonia tal que quite el 
interés á la obra. 

Que precedentes tenia Virgilio para este género? Cuales pudieron ser 
los motivos que tuviera para escribir en él? En la época de la decaden- 
cia de las letras griegas, Teócrito poeta siciliano, había introducido en la 
literatura de su patria al lado de algunos cuadros de costombres de la^ 
gentes sencillas del campo, otras composiciones que pueden mirarse co- 
mo las primeras que en las literaturas clásicas se habían dirigido á can* 
tar los atractivos de la vida canípestre y los encantos de la naturaleza: 
las cpmpiuas agradables de la Sicilia y la contemplación de un pueblo 
sencillo de pastores, músicos y cantores, qoe recuerda la edad de oro 
de los poetas, ofrecieron á Teócrito un poderoso estimulo, y preciso 
es confesarlo, este poela logró elevarse siempre á tanta altura que 
deberá ser mirado como el creador de un género nuevo ; conoce- 
dor (mfoiido Virgilio de las obras déla literatura gri^, amante de 



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- 174 - 

U oaUírftieui y acoslumbrado á goastrit comokahtaite de ana peqvemí 
aUea y dueio de algoots propiedades ea desde había pasacb sa iiifiín- 
da, ^eía uo servicio para la Üleralora de su patria y «oa satiafac* 
eiaa á 8«5 primeras impresioiies escrifaieado eo esie género que (aa per- 
ÜDetameale se acomoda á las primeras inspiracioDes del poeta. Virgilio 
00 sapo ser Uta bacólioo como Teót-rko, á qoiea Um oooocidameale 
imita y aoA cuando estia toUmamente unidas las églogas á los aconte^ 
cimienlos de »i vida» revela dotes más grandes como poeta, cuanto 
más se apirta de los extreclKis limites de la bucólica. 

Esta es la reflexión más precisa para juzgar las égk^as de Virgilio: 
es necesario presetfidir de las exígendus de b poética y así se podrá 
ver en ellas anunciada la grandeza del insigne cantor de las glorias de 
Booía: encubierto el poeta muchas veces bajo el poético nombre de 
Titiro» movido por el tierno seatimieotode la gratitud y reoordan^lo 
acontecimientos íntimunente relacionados con su suerte, dirige cantos 
llenos de ternura y que revelan el gran talento del autor. 

Los pastores de Virgilio carecen de la verdad con que la naturaleza los 
presenta; no son personages reales como los de Teócrilo, son verdaderas 
alegorías y hablan un lenguage culto y piensan como piensa el poeta, 
faltando ¿ la verdad con que su modelo Teócrito los pintó en sus idilios; 
el estilo mismo de las églogas está también lejos de tos condictooes del 
buc&iico; es alguna vez oscuro y hasta vago, pero no deja de elevarse 
cuando separándose el poeta del campo de la bucólica toca con el pensa^ 
miento y la entonación jos umbrales de la poesía hen^: un ¿revé análisis 
de las diez églogas que quedan de Virgilio podrá hacer comprender fá- 
cilmente b verdad de cuanto se ha dicho, sintioido que por no dar 
iaddiída extenaon á este capítulo no se puedan insertar algunas. La pri* 
mera (1) titubda Melibeo y Titiro, y que es la cuarta en el orden crono- 
lógico, tiene dos objetos; mostrar Virgilio bajo la personificación de Tíli- 
ro su gratitud á Auguslo que le habia mandado devcJversus tierras, 
como aparece de estos dos versos; 

Manque erti ille mihi semper deus; íUus aram 

(\) Debemos advertir que seguimos en la enumeración el orden con que ge- 
neralmente se publican, por más que estemos coavencídos de que el croDológico 
ó tea el de la época en que el autor las escriM, sea distinto. 



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- 17» - 
Sape tetter ooüris ib ovttbtw nrinitl agm» ; 
y al misiiio tiempo Oamar la coomiseracioA de k^s gefea hacia los qoe 
tniaa qoe bair-áespues de. per<)ida ao kacieiida, produtnáe el des- 
precio coaira bs aoUadoe que poaeiaa aqudles campos cultivados ooi 
laolo esmere. 

Impíos baK tan caMa oovaiia miles habehil? 
Baitarus Ims segeiesi? Ea quo disorjrdia cives 
Perduxil miserosl • 

La seguada égloga titulada Alexis^ y qae ea la primera en el óidci 
f roodógico, es imitación clara del poeta sícHiaDO Tcócrito y su asoiito 
cantar la pasioo del pastor Gorydon hada el hermoso Alexis que tVA 
las delicias de su amo. 

La leroera titulada Meoalcas, Dámelas y Palemoo, es la seguoda en 
fédia, ioiilada también de Teócrito y bajo el aparente asunto de una 
rootieoda entre los nombrados pastores, parece qoe intenta elogiar á 
Asinio Polioo gobernador de la Yenecía y bajo cuyo gobierno los habi- 
tantes podían entregarse tranquilos á la alegría, cantando á la vez la 
proteccioa que dispensaba á ks poetas. 

La cuarta égloga titulada Polios^ que es la se^a en feche, ha sido 
objeto de inmensos comentarios; el poeta canta en ella el Oi'^ciiLiento 
de UB nina que debe cambiar la edad de hierro en una nueva edad 
de oro; la elevada entonación de esta égloga que es un verdadero 
canto épico, la oscurktad con que están expuestos los pensamientos, 
cierto tono profétíco que se presiente en ella y hasta la grandeza mis- 
ma con que el poeta empieza pretendiendo que las selvas sean canta- 
das de una manera digna del cónsul, han hecho creer á algunos que 
cantaba el nacimiento del Salvador; asi lo han sostenido escritores 
ilustres, qoe como Bossuet han visto en las obras de Virgitio un claro 
presentimiento de k doctrina de Jesucristo : la exposición de cnanto 
acerca de esta égloga se ha dicho llenaría much^ págroas y por eso 
nos limitamos á una breve íodicadoo, seguros de que un poeta de 
sentimiento y de rígida moral como Virgilio, tenia que convenir con la 
más tierna y más pura de las doctrinas predicada al mundo por el 
Hijo de Dios. 

La critica bascando un hecho en la historia para explicar esta obra, 
cree encostrarlo en la pax firmada por los triunviros en Brindis en 



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— 176 - 

7H de Roma, y que fué negociada por Aaímo Polioii > oenviniéodofie 
la cdebradoQ de dos matrímonios. 

La qoiola ^loga, tareera en órdea, y Ululada Meoaicas y Mopaa^ 
debe considerarse como ona imilacion del idilio primero de Teócrílo, 
síd que se pueda fácilmente descubrir en las sentidas frases oón que 
los dos pastores lloran la muerte de Dapbnis, joyen q«e era la espe- 
ranza del país, ninguna alusión pditica aunque se oonveoga en que 
Virgilio se encubre bajo el nombre de Menalcas. Daphnis leyendo 
la composición sin prevención ninguna, es el protector de los pastores 
ó un pastor divinizado por la poesía. 

La sesta égloga titulada Sileno, es la sétima en orden y con ella 
se propuso Virgilio dedicándola á Varo, pagar una deuda contraida 
con él: el asunto se reduce á que Si leño, á quien algunos sátyros 
han encerrado y atado estando dormido, recobra su libertad cantan^ 
do con gran contento de todos el origen del mundo y de algunas an- 
tiguas tradiciones. 

La sétima titulada Melibeo, Corydon y Tyrsis , es lo que lla- 
man los gramáticos un canto amabeo y parece ser imitación de Teé- 
crito : es una disputa entre los pastores diados $obre cual canta 
mejor. 

La octava titulada Damon y Alfesibeo , ó la Hechicera, es un 
canto perecido al anterior; inutada también de Teócríto tiene for 
asunto referir los hechizos con que una amante olvidada procura atraer 
al objeto de su amor. 

La novena, quinta en orden, titulada Lyctdas y Merís, tiene inme- 
diata r^don con Virgilio; cuenta en ella los peligros que pasó des- 
pués de haber tomado posesión de sus tierras cuando los veteranos le 
echaron de ellas, salvándose con la fuga. 

La décima titulada Galo , tiene por objeto elogiar á Galo y la- 
menlar la desgracia que sobre él pesa por el desvio de so amada Ly- 
coris: no es dificil ver que el poeta imita á Teócríto en su prin^er 
idilio. 

Lo dicho basta para formar ana idea de lo que son las églogas de 
Virgilio; su lectura demostrará las observaciones de lo que dejamos 
expuesto; de ella aparecerá por un lado el ardiente amor á la naturaleza 
pintada con todos los encantos con que su gran genio la comprendía; 



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- 477 - 
jpor oiré é amor á la paz, qoe su alma tierna miraba eoino el mayor 
bieo para k homanidad y que le inspiró sn coarta égloga, la dul- 
zura de aos senrimieolos ea (odas las eo que aparece el poeta, la 
fleniUKdad y annoDÍa de la lengua con el perfeccionamiento del verso 
exémalro, la pnrexa de la frase y (anlas bellezas en los detalles, en las 
Adscripciones y en los recuerdos de su patria, que aunque se anoten 
defedos con razón porque como se dijo antes es poco bucólico, &n em- 
bargo puede decirse sin temor de sf r contradicho, que Virgilio en las 
Riegas aparece con ledas sus grandes cualidades, y es por decirlo en 
pocas palabras Virgilio entero. 

LasGeórfioas. 

Tenia VirgiKo treinta años ouando por encargo de Mecenas empezó 
á escribir las Geórgicas, trabajo que le ocupó siete; largo parecerá este 
periodo al que piense en la extensión de la obra, que solo coatiene dos 
mil versos, pero no dirá lo mismo el que conozca su perfección y roo 
ella su importancia. El pueUo romano en la época en que Virgilio em- 
pezó á escribir, descansaba de sus crueles discordias y la paz de Octavio 
al mismo tiempo que aseguraba la tranquilidad, estimulaba á gozar de 
las inmensas riquezas de la conquista ; el desorden y el apetito más 
desenfrenado de goces eran el poderoso estímulo de la vida, olvidadas 
como estaban ya las antiguas tradiciones del pueblo roniano, su antiguo 
carácter y hasta las ocupaciones de los ciudadanos de los primeros tiem- 
pos. Conocedor Mecenas de la necesidad en que el gobierno estaba de 
renovar el espíritu del pueblo y con los ojos fijos en que la italiflPlenia 
su prosperidad unida á su suelo porque la naturaleza le ofreda con la 
agricultura todos los dones de la suerte, quiso que el gran genio de Vir- 
gilio alentara también una reforma de consecuencias incalculables can- 
tando la dulzura de la vida del campo, é inspirando á los romanos afición 
al culti vo conio la ocupación más digna del- hombre. Difícilmente pudie- 
ra darse encargo á persona que lo desempeñara mejor, porque Virgilio 
condbió adinirablemenle el pian de su obra y lo realizó con todas las per- 
fecciones que el hombre puede alcanzar: los que han pretendido rebajar 
lasCreórgieas considerándolas ineficaces para so objeto de ensenar las 
prácticas de la agricultura no ban vistoso verdadero fin y desconocen su 



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importancia: Virgilio aoles que enseoér prelefidk ideakiar la vida def 
campo, moslrar las excelencias de k agricultufa como ociipaeion det 
koiubre y encarecer las beUetas de la nata raleza. Su obra no habrá be* 
cbo labradores, pero babrá producido amaates ooliisíastas y des^ 
perlado afioion hacia los Iraoquilos geoesde la vida aeocjUaé iao* 
oenle del labrador; esto es io que Meceaaa pudo exigtf de la plooNi <la 
Virgilio. 

Las Geói^cas e8lán dentro déla poesía didáctica y son el moddo ^ler*^ 
no deesie género siempre dificil porque exige la unión de la ciencia y 
déla poesía, y al mismo liempo ensenan (odo lo que la deooia grie* 
ga y romana había atesorado y todo lo que so misma experiencia ha- 
bía hecbo aprender á su autor que no olvida nunca el odble objeto de 
levantar las excelencias de la primera de las ocupaciones del hombre, 
y de llamar la afición de ios romanos hacia un arte que la histeria, la 
naturaleza y la conveniencia les eocarecian á la vez. 

Precedentes dignos de ser recordados había en la literatura griega y 
en la latina también que debieron servir á Virgilio para su obra; 
Hesiodo en su poema los Trabajos y los Dias^ babia dejado sentadas 
algunas máximas que el poeia latino recc^ envaneciéndose de ser 
el primero que cantaba un canto ascreo, pero es inmensa la dis- 
tancia que existe entre las dos obras no sólo por el plan sfoo tan^bien 
por el objeto y el mérito, y aunque haya ideas y basto versos adopta-* 
dos por VirgHio, seria un error grave el creer que Hesiodo es un 
modelo del que no se separa; lleva infinitos ventajas 'd poela latino 
al poeta griego. 

JetoTooto, Aristóteles, Áralo, Nicandro y otros escrílores de la 
época alejandrina, y entre los ámanos Caton y Marco Terenoio Var- 
ron, debieron ser los maestros en quienes estudió Virgilio sus teorías 
agrchómicas, pero la exposición de los prindpios de la ciencia más 
vulgar, engalanada con lodo el brillo de la más elevada poesía y 
con todos los encantos de una lengua que aunque bella y rica debia 
oponerse á la precisión didáctica, es toda de Virgilio cuyo genio apa- 
rece con toda la grandeza de su fuerza creadora. 

Pero no solo es bella la expresión, noble, elegante y con todas las 
gracias do la lengua el estilo, sino que la versifi^cion es tan acabada, 
que expresa el último grado de armenia de la lengua latina; bajo 



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olft rwflderacMm mis flevida» wterciiiadw con inarftvilkNSPO arie epi-* 
smBos, doacripemocs, cuadros Denos de verdad y aniiuacioo, no sólo 
ae sostieM eo oa Iodo siempre oreneale el iolerés, sino que el lector 
recibe las emociones más (kUcadas: hs Creárgkas son la obra más 
•cftbacb de la poesía latina; no bay m sólo defecto digno de ser apon-' 
lada Y bí el gramático más escrnpnloso podría encontrar ona frase 
ambigua, ai un verso mal formado; ¡cuantas bellesjMpor el contrario! 
{cnanto i|oe admirar! sino son la perfecion absoluta porque esta no 
h alcanza el bombre, son la obra más bella de poesía didáctica y la 
desesperación de los poetas que se dedican á este género; en la his- 
toria del arte quila solólos Proverbios de Saloaion puedan sostener el 
paralela baja el punto de vista de la esencia de estas composiciottes. 

Resta que dar idea del plan y del asunto de las 6eói^;icas; como esta 
uiisma palabra indica, el objeto de Virgilio fué cantar los trabajos de la 
tierra, el cultivo de los árboles, la cría de las bestias y el cuidado de las 
abejas. Los primeros versos de la obra trazan el cuadro que el poeta se 
pr<^)one formar con una concisión admirable. 

Quid facit Imtas segotes» qoo adere terram 
Verteré, Mceoenas, ulmisque adjungere vites 
Conveníal; qum cura boum, qui cultos babeado 
Sit pecori; alqoe apibus quanta cxperientia paréis, 
Hioc eanere iocipiam. 
La obra está dividida en cuatro libros, y con el objeto de que se pue- 
dan conocer bien sus detalles y al mismo tiempo demostrar en contra 
de algunos críticos, que no existe falta de método en la snoesioo de las 
ideas en el poema de Virgilio y creyendo que atendido so méríto, todo 
lo que se diga de esta obra que pueda servir para el estudio es de in- 
terés, vamos á dar un breve análisis sirviéndonos de base el que Scboell 
toma de un escritor alemán* v 

Xi6ro primero: agrieutíwra: después de trazar el cuadro general 
del poema en los versos antes citados, invoca á los Dioses, y al César 
(Angosto); se ocupa como primera idea de los trabajos preparatorios de 
la tierra, época de bacerlos y modo de mejorar los terrenos, dando útiles 
consejos sobre todo y designando las que son más á propósito para cada 
froto; expika después los trabajos posteriores á la sementera con minu- 
cioso cuidado; s^ue ocupándose de los instrumentos y útiles necesarios al 



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labrador como el carro y la era, advírüendo las precaoctooes qee dd» 
leoer presentes coa observaciones acerca de la fecundidad de las tierras; 
signe á esto la distribución de las épocas del aio, la importancia de los 
conocimientos astronómicos con relación á la agricultura, los trabajos 
que debe reservar el labrador para los días lloviosos, festivos y para la 
Bocbc, terminando con una belliama descripción de una noche de invier- 
no; traía después de las precauciones que deben tomarse contra los 
males que las tcmpeslades pueden producir en el campo; de la necesi- 
dad de hacerse propicios á los Dioses espcnalnicnle á Geres, de los 
pronósticos que acere» del tiempo pueden deducirse del viento, de la 
Uuvia, de la lona y del sol: un bríllanle episodio sobre los signos coa 
que el sol y otros prodigios ' anunciaron k muerte de Julio César, y 
la súplica que el poeta hace por la vida de Augusto á los dioses ter- 
minan el primer libro. 

lÁhro segundo: arboríadfura: después de una iovocadon á Baco y 
de pedir á Mecenas su ayuda, explica el modo de multiplicar los árbo- 
les por reproducción natural y arli6cial como la semilla y el injerto, 
su cultivo más conveniente, el modo de mejorar las especies y las cau- 
sas que inOuyen en la diversidad de los árboles y arbustos, como el ter- 
reno y el clima, teniendo ocasión de hacer un magnifico elogio de Italia, 
considerada principalmente en las excelencias de su suelo para la agri- 
cultura; le ocupan después los terrenos más convenientes al olivo, á la 
\¡d, á las bestias, al trigo; los que sirven para lodo cultivo , los que 
para ninguno y la clasificación de los terrenos en fuertes, flojos, 
amargos, húmedos, salados etc. entrando por fio á tratar del cultivo de 
la vid, del modo de plantarla, de los cuidados posteriores á la planta- 
ción y de los que jiiempre exige la vina; el cultivo de otras plantas y ár- 
boles así frutales como silvestres, ó leñosos, las delicias de la vida del 
campo superiores á las de la ciudad, la tranquilidad con que vive el cam - 
pesino, el elogio de las costumbres antiguas de los romanos, así como de 
sus inocentes placeres son el asunto de este precioso libro. 

Libro tercero: De la cria de ganadoe: empieza con una magnífica 
introducción en honor de Augusto, é invocando á Mecenas: ocupándose 
después del ganado mayor, describe de una manera admirable á la vaca 
destinada á la cría y al caballo que ha de servir para semental ó padre; 
trata después del jumento, dá útiles consejos y preceptos para conse- 



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- IM - 

gair qae el ganado mayor reúna las mejores condiciones según el uso 
á que se deslina y acerca de las precauciones que se deben tener en la 
unión del macho y la hembra, del cuidado de la hembra preñada, y de la 
cría, y ¿ propósito de la desertpcioo de un combate entre dos toros, tie- 
ne ocasión de haeer delicadas obsenacíones acerca de la violencia con 
qtie se manifiesta en los aoí niales d deseo de la unión: pasa después á 
«capareo como segunda parte de este libro, del ganado iñenor, del cuí-* 
dado que exige, de la utilidad que da y de los pastos de verano; describe 
la vida pastoril délos Lybios y Esdtas, y sigue ocupándose del produc- 
to de la leche, de la lana, de los perros como guardadores del ganado, 
y de algunas de sus enfermedades: describe después de una manera que 
nunca se elogiará bastante, una epizootia que los ganados de Nóríca pa- 
decieron, expone la inutilidad de los remedios conocidos para atacarla, 
el como se propaga y que sos efeclos llegan á la pie! y á la lana. 

Libro cuarto: De la cria de las abejas: empieza el poeta pidiendo á 
Mecenas una mirada de protección paia su última parte yá los- Dioses 
y principalmente á Apdo, que oigan sus volos: explica las condiciones 
que debe tener el si4io que ha de servir de morada á las abejas, guar- 
dado del viento, rodeado de agua, de árboles y de flores; enseña des- 
pués como y de qué deben construirse las colmenas: habla en seguida 
de los enjambres, del moáo de cogerlos, apadguarios y fijarios y dá el 
plano de un jardín destinado á las abejas: expone el régimen admirable 
de la república de estos animales y sus cualidades más notables, como 
sociabilidad, industria, previsión, orden, sumisión ¿la reina é instinto, 
y después el modo de cortar las colmenas, la época en que debe hacerse 
esta operación, las enfermedades de las abejas, sus síntomas, el modo 
de curarlas, y la manera de reproducirlas artificialmente usada en Egipto, 
y con esto introduce un largo y brillante episodio sobre la invención de 
este medio por Aristeo, en el que tiene también entrada la historia de * 
Orfeo y Eurídice con lo que concluye el poema, que es el más bello y 
acabado ád la literatura latina (1). 



fij Pueden darse á conocer é los alumnos algunos de los interesantes episo- 
dios délas Geórgicas, como el Elogio de Italia, libro II verso 436. La Descripción 
de la vida del campo, iJ. 458; la introducción del libro tercero, la pintura del amor 
en él mismo v. 242, la Descripción de la epizootia ¡v. 474, .la Descripción del 



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La Eneida. 

En en el libre iercero dt lafi Geórgicas kabit didio YirgUío en ver-* 
806 ver4|uleraiiieote épicos y de los más bellos qae bao salido de su pla- 
nta, « To seré ei primero, at vivo largos anos que baga bajar ¿ las mti* 
sas de lo alto del Eonio para (raerlas á mí patria; d primera oh Man-* 
toa mia, qae altsance para tilas palmas d¡e Momea; edificaré un leaipta 
de mármd é la orilla del agna en las verdes praderas por donde el Mia- 
do pasea sos tortoosai ondas y cobre sos orillas con flexible ramaje: 
en medio del templo colocaré al César quesera su sosten, y yo ceñi- 
do d laurel de la victoria y la rica púrpura de Tirio, haré correr por 
las orillas den vdoces cuadrigas; lo ta la Gre ia abnadonará el Alpheo y 
los bosques de Molorco para venir i disputar el premio de la carrera y 
del sangriento pugilato: yo mismo, coronada mi cabeza con un ramo de 
divo, repartiré los premios y me a.;^radará ea extremo condudr al 
templo la pompa triunfal y ver las víctimas sacrificadas; la escena re-^ 
présenla diversos espectácukvs y el Bretón resiste la conlemplacion de las 
ricas tapicerias en que eslao bordadas sus derrotas; sobre las puertas 
dd templo representaré con oro y duro marfil, los combates sostenidos 
por las armas dal vencedor Quirioo contra el babilaote del Ganges, y 
se verá al Nilo bajo el peso de los bageles guerreros engrosar sus on- 
das y devarse hasta ti cielo cdumnas de su brillante cobre; i^adiré 
lasdudades vencidas en el Asta, al rechazado Nifale, al Partho que 



jardín dd tiejo de Cílícia en el IV. v. 496, d episodio de Aristeo ▼. 315, y 
el de Orfeo y Borídioe en el 467, sañcieotes para conocer la elevada entonación 
dd poema, ya que en las clames no es posible hacer un estudio y análisis comple- 
to de todo él, como fuera de desear. 

La traducción de todas las obras de Virgilio ilustradas con varias inter- 
pretacionei y notas, fValeocra 4777 y 4778,) en la cual figuran las traduccio- 
nes del Dr* Gregorio Hernández de.Velasco, asi como la que generalmente se atri- 
buye ¿ Fr. Luis de León es de escasa importancia, porque ceñido el Dr. Velasco 
á la letra del original, aunque exprese sus ideas, es excesivamente prosaico y 
sus versos distan tanto déla entonación de los de Virgilio que nadie formará idea 
delagrandeza.de su genio por la lectura de esta traducción, sin que merezca tam- 
poco dogios la que con el nombre de Fr. Luis de León existe de parte de las obras 
de Virgilio. La consideramos indigna de tan ilustre maestro y poeta. 



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- 188 - 

koseá 9u sahicioii en las fiecfaasque arrcjfl at hair, ios trofeostie dos vic* 
lorias aleantadas en dos regiones diversas y de la ana á la otra orilla, 
k» pollos dos veces vencidos. El mármol de Paros representará en 
imágenes vivas la raza de Asaraco y los nombres de los descendientes 
de Júpiter, de Tros so padre y de Cynitio fundador de Troya. La 
miserable Envkt'a temblará de espanto al contemplar las Forías, d som* 
brío Cocyto, las serpientes de Ixion, la roth fatal y la espantosa roca de 
de Sisypbo....Bien pronto empezaré á cantar los combates de César, y 
aseguraré á su nombre una fama que dure tantos siglos como los que han 
pasado desd*^ Titbon basta César (I).» 

Asi anunciaba el autor de las Geórgicas la epopeya inmortal, cuyo 
juicio critico nos proponemos bacer y bien podia después de concluida 
la Eneida baber dicho que la brillante alegoría del templo de mármol 
se había convertido en realidad y que el templo se haba edificado 
de nna materia más dnra qne el mismo mármol, porque la abra de 
Yirgilio vivirá mientras los hombres amen lo bello. 

Virgilio al escribir la Eneida se encontraba con todas las condiciones 
necesarias para tan grande empresa; su genio conrpletamente desarro-^ 
Hado babia alcanzado tan alto renombre con las Geórgicas, que los es- 
critores todos saludaron en Virgilio, unos al vencedor, otros al rival 
de Homero (i), y todos vieron en ella la obra más grande del ingenio 
romano; el amor á la naturaleza que habia inspirado sus primeros can- 
tos á Virgilio y cuyo entusiasmo no podo apagarse al explicar los 
áridos preceptos del cultiva, so ardiente patriotisoK) que le enorgu - 
llece de ser ciudadano romano, templado sin embargo por un espirí*u 
de justicia y humanidad que le hace considerar la misión del pueblo 
romano como ningún otro escritor lo babia hecho, el conocimiento de 
todas las ciencias y de toda filosofia aparedecdo partidario del espíritoa* 
Ijsmo de Platón, el estudio de los escritores de Grecia y Roma á los qne 
imita mqorando casi siempre sos modelos, el dominio de la historia, 



(4) Geórg. líb. III ver. 40 y sigoientes. 
(9) Gedile Bomaoí scríptores, cedtte Graü: 
Nescio qaid majus naseitur Iliade. 
Prop. 
Se dice que al oír Cicerón alganos versos de Virgilio había esdamado, Mag- 
na 9pe$ aUira Bomctp 



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- 484 - 

de las Iradiciooes, del derecho, de la leogoa y en una patabra de br 
deoda loda de su tiempo, son las cualidades qui brillaa eo Virgilio y 
el úoígo medio de poder explicar el como eslc poela abarca ea su poe- 
ma loda la graod :za de Roma y la relrala ea versos de iofiaila per - 
feccioD para que admiren lodas las generaciones á la vez que al pue- 
blo rey, al poela que supo trazar cuadros tan ioleresaotes. 

Se dice que Virgilio habia empezado antes que la Eneida un poema 
sobre los reyes d$ Alba, pero su genio debió comprender pronto la pe- 
quenez del asunto para cantar al pa.^blo romano en la magoíGca concep- 
ción de su propio pensamiento: necesitaba un asuato más nacional aun 
y sobre lodo más grande, para dar entrada á la vez que á la ciencia de 
su siglo, á los sentimientos del po3ta y á los grandes hechos del pueblo 
romano; es verdad que los asuntos épicos suelen ^cr cogían parte fruto de 
la fantasía popular que herida. por un gran acontecimiento ó un gran 
héroe inventa maravillas do que más tarde se apodera la poesia *para 
darles vida eterna; así se formó el asunto de la Iliada, asi nuestros 
poetas populares prepararon en los romances del Cid la materia de una 
gran epopeya que no ha nacido por faltarnos un genio capaz de dar uni- 
dad á esos magoíGcos cantos: Virgilio fué en esto menos afortunado que 
Homero; tuvo que crear casi toda la materia, porque no tenia más que 
indicaciones vagas, nombres venerados, bastantes sólo para dar la ani- 
mación que la creencia produce, pero insuficientes para que pudiera cao- 
lar idealizando; pero antes de pasar á otras consideraciones esconveoienle 
exponer el asunto da la Eneida siquiera sea con las monos palabras po- 
sibles. 

Eneas despues.de la guerra de Troya, procura arrivar á Italia coo 
los Iroyanos libres para fundar un gran imperio que el destino le ofrece; 
siete a£o6 anda errante por los mares; una lempestad le arroja desde 
las costas de Sicilia á Cartágo, donde la reina Dido perdidamente ena- 
morada del héroe Iroyano intenta detenerle , pero cediendo á la vo- 
luntad de los Dioses la abandona: llega á Italia, visita en los infiernos 
la sombra de so padre Anquises y pide al rey Latino la mano de su 
hija Lavinia, que estaba prometida á Turno, rey de los Rutólos; esta es 
la causa de numerosos combales entre los dos pretendientes y en 
ellos loman parte en favor de los Iroyanos algunos pueblos del Lacio 
y de la Etruria, pero no se llega á un triunfo completo hasta que en 



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- 1«6 - 

síAgoIar combate KneasyTaroo se disputan á Lavioia, y vence Eneas. 

Virgilio para forinar la materia de su epopeya siguió como antes se 
decia, indicaciones y recuerdos, que el pueblo conservaba con el pro- 
fundo respeto que se tiene siempre á lo antiguo, y supo sobre todo dar- 
les un gran interés, revistiéndolos de cíer to colorido nacional y bala- 
gando el vanidoso orgullo de aquella raza que se creia desoriente 
de los mismos Dioses y héroes; el poema de Virgilio elevaba el origen 
de Augusto á Eneas mismo de quien se creia descender en linea recta, 
el de los patricios que pensaban tener por prc^nilor á alguno de sos 
compañeros, y así eocarecia las tradiciones del pueblo, cantadas y en 
eierto modo santificadas por la poesfa, pero que no habían tenido un 
poeta que las revistiera de un colorido tan noble. Virgilio por olra parte 
explicaba el odiode raza que exislia entre el puebloromano y el cartagi- 
nés con el anacronismo ya empleado por Nevio de los amores de Dido y 
Eneas; la antigüedad en que el poeta se colocaba (mil años después de 
los sucesos) podía darle oportuna ocasión para el empleo de maravillas 
sb cuento, indispensable elemento de la epopeya, y sio.el que la Eneida 
perdería su interés y mucha de su vida. Por esto se decia que Homero 
habia encotHrado la materia épica formada; los cantos populares sobre la 
guerra de Troya, las tradiciones conocidas y respetadas por todos acerca 
de los héroes que en ella tomaron parte eran tesoros de poesfa, que 
Homero 'heredó y á los que dio interés y grandeza revistiendo á esos 
mismos héroes de una naturaleza superior y casi divinizándolos. 

Virgilio tomó por modelo y hasta por fuente de su inspiración los 
poemas de Homero y aunque no le alcanzara en el plan general y hasta 
en los detalles, es bien cierto que lleva inmensa ventaja, la que hay del 
tiempo del un poeta al del otro, en lo que hace relación al mundo mo- 
ral que como todo se retrata también en una gran epopeya. En Home- 
ro la conciencia humana se oye pocas veces; el hombre queda abando- 
nado á sus propias pasiones y al Destino que lodo lo guia y todo lo 
produce; los dioses aunque representan los atribuios de la Divinidad, 
están pintados con todas las pasiones humanas; los héroes son crueles, y se 
injurian en las ocasiones más solemnes y sólo pensando en que entre esa 
inmensa mezcla de grandeza y pequenez se ve en Aquiles la represen- 
tación de las ideasdel honor y del deber, asi como frecuentemente elogia- 
do elamot á la patria, á la gloria, á la fidelidad conyugal, encarecido el 

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- 188 - 

respeto á los Dioses yá los muelos, eosalzacUt Ift amisiad y la terotira pa- 
leroa, es como se puede oooocer la expresioa de lo eleroameole bello, 
bueno y verdadero: eo Virgilio no sucede lo mismo; es superior ea 
cuanto al fondo moral porque ei espirílualisino platónico vence la reii-- 
gion material; la conoiencia humana domina la materia y el amor sé 
sobrepone á las pasiones; Dioses y hombres se reconcflian; en la gran lo- 
cha que Homero canta de dos pueblos rivales, se llega al esterminio com* 
pleto de aquel cuya dvilízacion es más atrasada, pero los pueblos rivales 
cnyas luchas canta Virgilio, se funden en uno por el amor» venciendo 
el egoismo nacional perfectamente pinlado en Tumo: nada más bello ha 
legado la antigüedad dentro de este mismo orden, que la pintura de los 
amores de Dido, foque tienen tan noble como patético lenguage el deber 
y la pasión; la amistad de Niso y Euriale superior á la de Aquiles y 
Patroclo, la santidad del matrímcmio que triunfa del amor sensual, la 
inmortalidad del alma, la recompensa que el bueno alcanza en la otra 
vida, la simpatía para la desgracia, la honra que se concede á la po<- 
breza representada en Evandro, la noción clara de la Providencia, la 
explicación del mal por la unión del alma y del cuerpo y otras ideas de 
esta misma importanda, justifican á los que han visto en Virgilio un 
presentimiento claro de la doctrina de Jesucristo y es bien cierto que 
aunque el folafa'smo impere, y las pasiones dominen á los Dioses y el mal 
esté divinizado, el espiritualismp domina á la materia, si bien los lazos 
que le unen á ella no los ha roto ni los romperá hasta qne el cristianis- 
mo enfoque sobre la idea de la fatalidad la idea de la Providencia. 

A mis ojos es innegable la superioridad de ideas morales y de senti- 
mientos ea Virgilio, pero Homero en cambio le aventaja en la originali- 
dad del plan, en el arte de la ejecución, en la grandiosa pintura de los 
caracteres, y en la originalidad maravillosa do sus poemas. 

Virgilio signe constantemente las huellas de Homero y aunque se ha- 
ya dicho que dirige la acción con más arle que Homero mismo, nada más 
lejos de la verdad; el plan de la Eneida tiene defectos de que no es Cácil 
disculpar á su autor; el periodo de siete anos que compréndela acción, le 
hace intercalar sucesos, que debilitan el interés, é introducir episodios 
, que aungue bellísimos, distraen al lector del hecho principal, y acaso se 
deba á una y otra causa la falta de unión íntima entre las partes del 
poema y de movimiento y vida en la acción: hay más; teniendo e& 



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— 1«7 - 

eiieota el amalo de k Eneida, se leadrá que coavenir ea qua Virgilio 
podía haber reducido la aceioa al breve tiempo ea qoe socedea los 
hechos principales y con eslo hubiera podido nlvar loe defedoa que 
geaeralmeDle señalan k» tritícos; por otro kdo, no deba df^jarK de 
apaotar qoe aunque >^íiio signe oonslantefl»en(e las huellas de los dos 
poemasde Homero» la Uíada y la Odisea, ao es diSdl reeooaeer en la 
Eneida rasgas de otros poetas de la Gre^a, y recuerdos de lasaiás ím* 
porlaales obras de so rica literatura. 

Los caraeléres de la Eneida no son tampoco la gloria de Virgilio; 
aun sin dejar de conocer que su objeto (ué elogiar á Augusto* eantan- 
do los orígenes de Roayí, no se puede sostener la opinión de «n escritor 
notable que ve en la pintura del héroe déla Eneida solamente á Augus- 
to: en vordad qoe representa á Roma pero no se pretenda explicar pc^ 
alegorías todos los personajes y todos los moviiuientos de la acción; es 
cierto que el poeta no preadnde ni es posible que prescinda de su tiempo 
y qae Virgilio podia prescindir menos todavía que otros, pero de esto á 
que Eneas sea Augusto, Tumo Antonio, Dido Cleópatra, Achates Agri- 
pa, Lavíttta Livia, Latino Lépido, Amata Fulvia» Oramces Cicerón, y 
á que la bajada de Eneas al infierno sea uaa alusión á la ioiciac*Qo de 
Angosto en los misterios de Eleusis, el abandono de Dido á los lazos que 
Cleópatra tendia á Augusto y otras parecidas, prueban Uiucbo ingenio 
en su autor (1) pero reducen la Eneida á un tegido de alusiones que la 
sana crítica no puede aceptar: por esto aunque hi grandeza de Roma no 
desaparezca ónnca déla intencíoo de Virgilio, en Eneas no se puede ver 
un verdadero héroe de epopeya; es el instrumento de los Dioses á quienes 
ciegamente obedece y por lo que le asigna como atributo prmdpal la 
piedad, pero es frío, impasible, pocoinleresante;los caracteres verdadera • 
mente notables, de mano maestra son los de Turno, superior al mismo 
Eneas, el de Dido, que recuerda la Medea de Eurípides, y que brilla 
tanto por el lenguage como por las situaciones en que el ^loela hábil- 
mente la coloca: el de la diosa Juno, pintada con toda la imponente 
grandeza de su significación mitológica, recuerda sin cesar la fuerza de 
su vengativa cólera, asi como su formidable y majestuoso poder: los 
héroes secundarios son de escaso mérito en su pinlura, y acaso podría 



(^) Duolop. 



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-. 188 - 
96lo decirle que Camilo y AcBata son inleresanies; Latinia qae es el 
lazo que one á loa dos pueblos» no está pintada como á la grandeza de 
SQ mbioQ en el poema correspondía. 

También en las costumbres de la Enekla encuentra la critica algo 
que censurar y que se atribuye principalmente al cxeesiyo influjo, que 
el presente egerció en Virgilio para pintar el pasado; algún anacronis- 
mo producido por atender demasiado el poeta á las coslambres de su si- 
glo, alguna debilidad d falta de enei^ia en la descripción de las batallas, 
y otros parecidos defectos que hubieran desaparecido del poema, a su 
autor hubiera tenido el tiempo necesario para hmarlo y por los que 
acaso lo manda entregar á las llamas. En cambio de .estos defectos de 
ejecución puramente, hay tanta belleza, tanta perfección en la pin- 
tura de las pasiones humanas, tanta riqueza de sentimientos, tanta 
verdad, tanta ternura que es preciso dedarar la Eneida, supe- 
rior á cuantas obras produjo el ingenio humano en la antigüedad 
con relación al mundo del corazón cantado con preferencia por Vir- 
gilio, y casi desconocido de los escritores antiguos. Si de estas consi- 
deraciones se pasa á las de la lengua y el estilo , entonces se verá 
justificado el lugar eminente en qué se coloca á este poeta, y el enca- 
recimiento que se hace délos servicios que prestó tanto á la lengua como 
á la versificación. Virgilio stú embargo deseaba corregir so poema, y 
lo consideraba indigno de su nombre en la forma que nos ha degado. 

En resumen: la Eneida es una de las más grandes obras poéticas 
que el ingenio humano ha producido; su acdoo aunque basada en po- 
bres tradiciones, es interesante y nacional; la variedad de los sucesos que 
comprende debida al extenso período de tiempo que abraza, quita algo 
de la intima unión de parles que debe tener todo poema y debilita el 
movimiento y el interés; pero la perfección encantadora del estilo, la 
dulzura del exámetro, y sobre todo la elevación de ideas morales de un 
orden superior á las que conoció el mundo antiguo, y la verdad de los 
sentimientos, hacen de Virgilio el gran cantor de las ideas eternamente 
bellas, buenas y verdaderas, así como el pintor más fiel délas pasio- 
nes del hombre; el exceso de episodios por otra parte, puede mirarse 
como un defecto para el conjunto del poema, pero en ellos es donde acaso 
se encuentran los momentos supremos de la inspiración siempre feliz de 
Virgilio; nada iguala á la pintura del amor de Dido, y el interés de la 



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- 189 - 
descrípcioQ de la loma de Troya, no se puede desconocer, asi como 
oíros pasages que el poema conUeoe; si los caraclércs no llegan alguna 
vez á la grandeza épica, si Eneas no es lan grande como debiera y me- 
nos qne sn rival Turno, si en las coslumbres del poema hay algún ana- 
cronismo, ó alguna imperfección, en cambio son (antas las bellezas en e! 
conjunto y en los detalles, que bien se pueden olvidar por ellas los lu- 
nares que se citan. 

La fodlidad con que puede verse el análisis de la Eneida, y la ex- 
tensión que habría que dar á esta parte si hubiera de contener más que 
las indicaciones que generalmente acompañan en las ediciones á cada 
uno de los cantos resumiendo el asunto, nos deciden á pasar por alto esta 
parle que el profesor debe llenar con el poema á la vista: de los doce 
libros en qne está dividida la Eneida, no se pueden dejar de preferir el se- 
gundo, cuarto, sesto y noveno come los mejcH-es, y no se extrañe que 
á pesar de la superior perfección que reconocemos en ella, no nos 
detengamos á insertar ningún pasage, porque tenemos para esto la ra- 
zón, además de la de nuestro plan, de no parecemos que pueda darse á 
conocer un poema tan bello, con la inserción de un pasage que habia 
de ser siempre insignificante y que tendría que ir acompañado de la 
traducción, explicaciones y comentarios que distrageran nuestro intento, 
sin fijar por eso mejor la importancia de la obra de Virgilio (1 ). 



(V Puede el profesor hacer traducir y analizar á sus discípulos altanos de 
los siguentes trozos de la Eneida, llenos de interés y de encantos poéticos y mo- 
rales; La toma de Troya en el segundo libro*, los amoru d$ Dtdo, en el cuarto; 
la DeieripeUm de Un juegos en el quinto; el Reino de toa eombroi en el ses- 
to; la derrota de Caco eo el octavo; la amistad de Niso y Euryale, eo el 
Doveno; el sacrificio de Lauso, en el décimo, y la historia de Camilo 
en el undécimo, estando seguros que eo ellos tacontrará ocasión de hacer notar 
la perfección de te lengua y del verso exámetro como la gloría mes grande de 
Virgilio, lo mismo que la excelencia de las ideas morales y la belleza de senti- 
mientos que tanto realzan la obra del poeta maotuaoc. 



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— IM — 



capítulo XV. 



Publio Ovidio Nason. 

Ovidio es el último poeta del siglo de oro cajas obras resta que exa- 
mioar. Los caracteres especiales de so geni* y su exuberante faotasía 
bao sido la causa de que algunos críticos hayan pretendido colocarle 
fuera de la époea más brillante de las letras latinas. Las reflexiones 
que se bagan, jostiflcaráii q^ve le cooiprendamos dentro de este periodo, 
porque sí alguna señal de decadencia se advierte en sus obras, no 
es segurameale bastante para juzgarle indigno de ser colocado en tí. 
Puede asegorarM que por imaginación y genio ?s acaso el primero 
de todos los poetas latinos. Su disposición para la poesia era tal, que 
supo vencer las dificultades del asunto con una facilidad, que acaso 
no tiene igual en la bistoria literaria de lodos los paises. 

En pocos poetas hará mas falta que al tratar de Ovidio, el conocer 
las particularidades de su vida, porque teniendo muchas de sus obras 
íntima relación con el auter, sirven de comenlario unas veces, y otras 
son la explicación de lo que parece á primera vista un extravio del 
hombre. He aquí el compendio de las notícias de su vida. Natural 
Ovidio de Sulnoaa^ y perteneciente á una familia rica y del orden 
ecuestre, Ttáhii wm brillante ednoadon, no sélo e» Rom* sito iam^ 
bien en Grecia, faabiéndolli completado coa viages á Sicilia y al isia 
menor. Dirigicfo por Latton, Ptodo Grippo, y Aurelio Fusco, es- 
tudié en Boma las bellas letras y la oratoria: su rango, su instroc- 
cioB y m tálenlo le abrieron pronta la entrada á cargos importantes 
eu la magistratura, pero muy jévefi toduvia, abandonó esta carrera 



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- 191 -- 
para eolregarse la poesía sn pastos favorita, y perqué como él mkioo 
dice, la admiDisIradoD de jasticia ¡inpoDia difleika obligaciones que lie 
nar. Ovidio habia aieanzado coa sus versos una celebridad lal que era 
elídelo de las damas y el consejero de la joveoUid eo las cueslieoes de 
amor. Listioia es que se dejara dominar tanlo de esta fenesla gloria^ 
y que por ella no inclinara su levantado ingenio á «n asunto lan 
grande conn) so capacidad. 

FeKt y contento babia pasado Ovidio Bl afios de so vida (nació el 
SO de marzo del 711 de Roma) después de haber coolraido basta tres 
matrimonios á los que había seguido pronto el repudio, cuando el ano 
74S, cayó sobre él una desgracia tal que ya no tuvo un éia de 
felicidad si se ha de creer cierta Ja aflicción que pinta en sus versos. 
Augusto le relegó á Tomes ciudad de la Mesía sobre el mar negro, 
sin que baya podido la curiosidad de los críticos averiguar la causa de 
esta grave é irrevocaUe sentencia ()). Quien como Tirabousehi su- 
pone que debió ser la causa el haber i^slo alguna torpeza eo la 
princesa Julia que también fué relegada, y que se cree celebrada por 
el poeta con nombre de Cerina, quieú como Villcoave cree que co- 
nocedor Ovidio de algún secreto de estado relacionado con los intere- 
ses de Agripa, y poco diestro en guardarlo, recibió por castigo de su 
ligereza, el que para el poeta fué insoportable; otros han supuesto que 
fuera la causa de la relegación la libertad y licencia de sus versos. 
Aunque sea cierto que Augusto mandó retirar de las bibliotecas pá- 
Uicas los escritos de este poeta, no es de suponer que esta determina- 
ción conociera otra razón que el enojo, porqne no se puede comprender, 
teniendo eo coenta la época de Ovidio, que ni sos licenciosas elogias, 
ni sos consejos pérfidos sobre el. amor, pudieran escandalizar á Au- 



(0 Ovidio atribuye tu destierro á dos causas; á la poblicaeion del i4fs aman- 
diy que solo debió servir de pretexto, y á un error ó falla que habia cometido y 
de la cual sólo dice 

Ferdiderint qoom me dúo crímioa, carmen ei error. 
Alieriot hctí ctupa sileoda mifai est 
Ten otra parte diot» 

Cur aliqaid vidit cur noxia lumioa feci? 
que son las únicas reveladones que han servido para las oumerosas conjeturas 
de !a critica sobre este oscuro aetoteeimiento de la vida de Ovidio. 



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— 492 — 
gusto y á Fo siglo hasla ser preciso arrojar de Rofna al autor como 
corruptor de las costumbres. 

Ovidio no supo hacerse superior á esta adversidad de la fortuna: su 
pluma solo (raza cuadros llcoos de dolor que rao siempre acompañados 
de recuerdos que le arraocan lágrimas. Asi se verá al baUar de los 
Tristes y de las epístolas ex Ponto. 

Pero los ruegos, las humillaciooes, las lágrimas, todo fué en vano, 
no pudo alcanzar su anhelada dicha de volver á Roma porque el viejo 
emperador no cedió nunca á las instancias de tos amigos de Ovidio, y ' 
cuando al finar los dias de Augusto podia esperar el perdón, fué sor- 
prendido por la muerte el ano 770 de Roma, 17 de J. C. después de 
haber pasado siete en el desliorro. 

Este poeta debe ser considerado como trágico, elegiaco, didáctico y 
como autor de un poema descriptivo. La diversidad de sus^ obras mues- 
tra bien la facilidad con que su genio se acomodaba á todos los tonos 
y como su feliz imaginación abarcaba todos los asuntos. 

Como poeta trágico solo se puede decir que la Medea de que tan or- 
gulloso se muestra y que Quintiliano elogia también, no ha llegado has- 
ta nosotros y por ello no se puede hacer otra cosa que citar el hecho tal 
€omo se encuentra referido, pera que se aprecie una forma más dej 
genio de este poeta. 

Ovidio como poeta elegiaco. 

Si no es Ovidio el principe de la elegía como le ha llamado algún 
crítico, es por lo menos uno de sus más brillantes cultivadores. Es ver- 
dad que se notan grandes defectos en sus obras de este género, pero tam- 
bién lo es, que son los generales á todas sus composiciones; Ovidio no 
podia dar á la elegia la entonación triste y melancóhca que habia recibido 
de Tibulo, el poeta que supo vivir en el mundo ideal del arte, mejor que 
todos los demás elegiacos latinos. Tibulo era un verdadero amante y co<- 
mo tal habia cantado las alegrias y las desventuras del amor. Ovidio por 
el contrarío, hombre de corazón frió, reflexiona siempre, medita lo que 
dice y finge casi siempre lo que no siente. Vive en el mundo de la realidad 
y pinta cuando su imaginación le conduce al ideal, sentimientos que no 
ba experimentado y que sin llegar á su corazón, han abrasado su cerebro. 



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— 493 - 
Gonie poeta elegiaco, reBriéDdooos á sus amorum Ubri tres^ compuestos 
de cuarenta y oueve elegias, es origÍDal eo toda la exteosionde la palabra. 
Ni imila á los griegos ni sigue las huellas de los latinos; menos tierno 
qoe Tibulo, es más original y menos rasfo todavía que Propercio; es el 
héroe de sus elegías, y en ellas se encuentra un diario de sus avenlu- 
ras, con las alegrías y los tormentos que le ocaaonaban. Están sensual co- 
mo su época y brilla por eso más que la pasión el libertinage, más que la 
ternura el talento: recuérdese el retrato de la celebrada Coríoa, la supues- 
ta Julia de algunos crílicos, y se comprenderá la verdad de cuanto que- 
da expuesto, pues aunque se tenga exaclaidea del noble carácter de Ovi- 
dio cooio hombre, no se dejará de censurarle por su aparente deprava- 
ción en sus libros eróticos. Tibulo y Propercio si no platónicos, sí no siem- 
pre decentes, dejan alguna vez que bable el corazón; Ovidio imprime un 
carácter original, un tono picante á sus elegías, que le separan del qoe 
les corresponde, si bien es cierto que hay algunas vcrdaderaoiente tales, 
y se puede citar la inspirada por la muerte de su joven amigo el insigne 
Tibulo (i;. 

Pertenecen también al género elegiaco los cinco libros titulados Tris- 
tmn, que contienen cincuenta elegías, y los cuatro titulados ex Ponto 
que comprenden cuarenta y seis epístolas. Unas y otras son de los últi- 
mos anos de la vida del poeta, escritas por tanto en su destierro, y re- 
lacionadas completamente con este suceso. Dificilmente se encontrará 
un poeta de sen^uiiento en circunstancias mejores que Ovidio para escri - 



(4) BI destino de este libro dos impide entrar en más detalles acerca de los 
Amores de Ovidio: aunque haya muestras de su rara facilidad en las elegías que 
forman estos libros, ideas ingeniosas, y variedad de expresión, se ven también 
sintnmas de decadencia que nos obligan ¿ no considerar como Vossio al autor 
el elegim princeps, pareciéndonos más exacto el juicio de Quintíliano que lo co- 
loca después de Propercio y Tibulo. La lit>ertad y extraordinaria desnudez con 
que están escritas aconsejan que se consulte la edad de los jóvenes antes de po- 
ner en su mano un libro que aunque lleno de poesia y de ingenio, puede pro- 
ducir funestas ioctinaciones. La cHtica ba tenido materia para la discusión pre- 
tendiendo averiguar quien era la celebrada heroina de los Amores de Ovidio» 
citada con el nombre de Corinna^ y unos han creído que ocultaba el de Li- 
vía muger del emperador, otros el de su hija Julia, sin que sea posible, aun re- 
cordando la tradición citada por Sidooio Apolinar, fijar la verdad de este pun- 
to de poco interés bajo ciertas consideraciones, y que sólo ba excitado la curio- 
sidad porque la excita con razón todo lo que se refiere á los grandes hombres. 



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- 494 - 
faír iMüis y descoQsoladonis degías. Los recmrclos de un pat^acb dvlce 
y alegre, y las amargaras de ud presente desgraciado, debiao ser la base 
de las oomposkíoDes de este poeta, pero Ovidio rara vez logré arraiear 
lágríinfts con la piatora de su síloacioo. Cuando se lee aqoeMa elegía 
de k» Tritlef, (3 ttb. IJ en que recnerda la éitioia tristisima noche 
qae estovo en Roma y en la qae tuvo que dejar tantas cosas queridas 
para él, logra que el lector le itcompane con sos lágrimas, porque los 
primeros versos de esa elegfa son acaso lo mejor, lo más dulce y delica- 
do que ha salido de su pluma. Sin embargo este sentimiento, ese dolor que 
lanío le entristece dura poco, y aparece el inspirado poeta, el hoHibre me- 
ditador que sin poderdomioar su arrebatada imaginación, deja en todo lo 
que emprende la señal clara de su frío corazón. Es verdad que campea 
más que en ios A mores el tono de la elegía; es verdad que no es falso ni 
licencioso, pero también to es, que exagera sus sufrimientos, hasta el 
punto de que su lectura fotiga y hace desfallecer al lector, que compren- 
de fácilmcBle la exageración y que los ayes los arranca el cálculo y no 
el dolor. 

Otra tanto se podria decir de las epístolas ts Ponto, que revelan tan 
fría y calculada tristeza, como las elegias Trísíium; la misma monote- 
nia de asunto y estilo, y sólo se diferendan de ellas en que están 
dirigidas á determinada persona, y todas con el fin deque trabajen para 
que se levantase su destierro: los detalles acerca de la sociedad roma- 
na, las noticias preciosas que contienen sobre el pais de su destierro, 
dan á estas composiciones algún interés, ya que carezcan del que debía 
prestarles el sentimiento, el alma del poeta. 

También las Heroidas, deben colocarse dentro del grupo de compo- 
siciones elegiacas de Ovidio: mucho celebra el autor su inyendoo, y 
aunque asi fuera qce no lo es completamente, porque Propertio ha- 
bia dejado alguna muestra, es á no dudar el perfeccionador: pe- 
queña gloría sin embargo para un poeta de elevada entonación: las He- 
roidas, son elegias en lonna de epMok qire tienen por anmlo cantar 
las penas de la ausencia, ó los sufrimientos de la infidelidad, puestas 
en boca de amantes célebres de la época heroica: de esta última dr- 
ounstancia toman su nombre, y de ella nacen sus cualidades y su carác- 
ter;^ aun en )a pluma de Ovidio no son las Herpidas digna ofrenda de 
Jas musas, porque no puede halter ni verdad, ni espontaneidad;, el sen- 



pilitizeéJoyQoOgle 



- 196 - 
lioikttto es calculado, y OvkUo por defuái afidonado á hs galas poélH 
cas, hace alarde de sus conocimientos de milotogia y de sa eleTado 
talento que no es bastante para salvar la monotonía inevitable de este 
géncm» fabo, i propósito para el versificador pero indigno del poeta 
de Mitímietifo. La variedad de los personages que introduce son el 
únieo resorte que empka para dar alguna i sus cuadros, pero 
recuérdese qoe si hasta en las Amores, hay exceso de imaginación, 
¿qué Bo sucederá en las Heróidas, en que nada podia seótir el poeta? 
Yeiofe composiciones de este género quedan de Ovidio, y basta apuntar 
los personages en cuya boca se ponen para comprender con lo dicho 
antes, el interés que pueden producir en el lector: Pcnélope á Ulises, 
Briseida á AquiKs, Helena á Páris, f)ido á Bneas, Hipsila á Jasen, 
Fedra á Hipólito^ Hero á Leandro, Safo á Faon, y otras varias, pudien- 
do apuntarse cpmo modelo de este género la última citada. Puede decir- 
se además que todas (as beroinas de estas elegías hablan un mismo len- 
guage y están movidas por iguales sentimientos; esta falta de variedad, 
el lengoage muchas veces vulgarij hasta las pequeñas pasiones que 
causan sus desgi-aeias, rebajan la grandeza mitológica con que la anti- 
gdedad las rodeaba, sin que se vea por parte del poeta otra cosa más 
qoe el anuncio de los Metamorfosis en la intempestiva erudición que 
campea en casi todas ellas matando el sentimienlo que la elegía nece- 
sita, y perdiendo lo que él llamaba invención soya á los ojos de la pos- 
teridad, la grandeza que tenia á los del autor. 

Obras didácticas de Ovidio. 

Los tres libros titulados Ars amanái, los De remedio amoris y de 
Medieamine faeki, 'se colocan en el grupo de obras didácticas; no se 
puede dejar de ver que hay enseñanza, pero tan menguada que aunque 
Boileau crea que han sido inspirados por el amor, tal es la elegancia y 
mérito literario que eo eUos encuentra, se echa de ver en todasana pá- 
ginas que están Henos de consejos pérfidos, y que no debeU ponerse en 
manos de los jóvenes: no es el arle de amar lo que en ellos se enseña, 
ea el arte de la aedoccion y del agrado. Increíble parece que Ovidio em- 
prendiera su ptibUcacion después de haber cumplido cuarenta años; im^ 
posible que á esa edad un hombre de talento, no viera eu el amor quQ 



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— 4»« - 
quería sujetar á uoa imposible eoseeanza, olra cosa más qoe el placer, 
y que pasarao ios encaolos del alma, las gracias de la mager virtuosa, 
sin llevar una idea honesta y pora á so imaginación; esto no debe ex^ 
trafiar porque Ovidio no habla nunca en ellos de las mugeres honradas: 
en la Í4üposibilidad de entrar en pormenores acerca de estos libros, en 
uno que ha de andar en manos de los jóvenes, es preciso apuntar alguna 
idea que explique su origen, y temple por lo menos algo» el extravia 
del poeta. No se puede negar que el Arte de amar, está escrito con 
gracia, y que tiene atractivo su lectura, por más que ofenda d\¿úm 
vez lo obsceno de sus descripciones, y lo libre de los cuadros que pinta; 
acaso sea e^Lacta la explicación que dá un escritor moderno de que no es 
otra cosa el ars amandi, que la (otografia do la Roma del tiempo del 
autor; un cuadro en el cual con tanta verdad como encanto está retratada 
la vida y la sociedad de los romanos con sus aventuras, sus desórdenes, 
sus aficiones y sus extravíos: otro poeta hubiera añadido áesta pintura 
interesante por su verdad, reflexiones que le dieran precio á los ojos de 
la posteridad; Ovidio anhelaba la aprobación déla juventud que se veia 
retratada con tal perfección, y satisfecho de sus aplausos y de los délas 
cortesanas, tenia también satisfecho su orgullo de poeta y de amante fa- 
vorecido. La popularidad que alcanzaron sus obras eróticas, da una idea 
bien triste del estado moral de la patria de los Catones y Cincínatos (1). 
Los dos libros titulados De remedio amoris, son de menos interés y 
mérito que el Ars amandi; Ovidio en ellos siembra profundas reflexio- 
nes que revelan gran conocimiento del corazón del hombre, pero aunque 
fuera cantar la palinodia de lo que en aquellos habia dicho, aunque 
se le vea guiado por la razón como él dice, y derramando profundas má- 
ximas, muchas veces también ofended pudor y cae en los excesos pro- 
pios de su arrebatada fentasía, haciendo acaso más peligrosos los reme- 
dios del amor, que el amor mismo. 



(4 ) El gran aprecio que obtuvo en toma el Á rU de amar sa comprenderá re- 
cordando que fué no sólo la lectura favorita de todos, sí noque fué también asun- 
to de las represen taciooes mimicas y de los bailes, y sus versos se cantaban pó- 
t>licameote como lo más bello que babia producido la musa romana. Esto puede 
dar una idea de las costumbres del tiempo del autor» que al decir del mismo Ofi- 
dio iban mucho más allá que sus versos y que sus propios extravies, y desgra* 
ciadameote la historia asegura la verdad del dicho del poeta. 



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- U7 - 

Gomo complemento de estos dos poeaias, y cuando pobliciiba el se- 
gundo, escribió Ovidio el titulado Demedieaminefaciei^ del cutí sólo se 
conserva un fragmento de cien versos; pero que tenia por objeto demos- 
trar cuan necesario era para las mugeres el uso de coméstícos y afei- 
tes; debió ser un arte de agradar. Aunque la literatura pueda lamentar 
con razoR la pérdida de esta obra, por el interés que todo lo que perte- 
nezca á la pluma de Ovidio debe tener para nosotros, la moral es bien 
aegoro que no ba debido perder mucbo, porque teniendo en coenta lo Üh 
cilmente que el poeta se extravía aun en los asuntos serios, más debía 
suceder cuando se ocupaba de una materia verdaderamente regadiza, 
y cuando se bada el maestro de la seduccioQ y del agrado. 

Los Fasto8« 

Dos significaciones tiene la palabra fastos en la lengua latina: se- 
gún so etimología designa el cuadro de los dias que se podian dedicar 
á los negocios y á la administración de justicia; los nefastos se consagra^ 
ban á las ceremonias del culto religioso; y como ya se ba dicho en otro 
lugar, los patricios tuvieron con su desiguacioo, generalmente aconse- 
jada por lapolitica, un poder formidable que atajaba contales treguas las 
pretensiones del pueblo en circunstancias graves: según la aplicación que 
de la palabra fasti se hizo á la historia, equivale á la de annaks (1 ): los 
ÜBistos históricos ó consolares, que empezaron con la república, contenían 
después de los nombres de los cóos ules, la indicación de todos los su- 
cesos notables ocurridos en el ano, siguiendo en la exposición el orden 
natural de los dias; Ovidio emplea esta palabra en la significación 
etimológica, y por taolo en la primera de sus aplicaciones , intentando 
hacer por decírío así, una explicaeioa del calendario remano. Ni el asun- 
to, ni la monótona sucesión de los días podian ofrecer al poeta medio 
de elevarse y de dar entrada á los arranques de su genio de primer or- 
den: la materia no era poética, y si la fácil versificación de Ovidio 
aparecía espontánea hasta con este asunto, su genio solo podía brillar 
alguna vez. 

El interés sin embargo de la obra no puede desconocerse en vista 



^"4) Fasti 8UDt annales et reram índices.— Servio. 



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^ lt8 - 
délas agoiaolAs rdkKÍoiias. U adaiMíracioo de justieii bahía sido 
el lazo más fasHe que aprybiMha i h» piebeyes: k» paJndos 
ocokanm la inaierá de ordenar el calendario, Imse de la deuda 
misleríosa del derecho ooo los ammeníarti foníi/iaun^ qoe por tanto 
liempo estovieroa también ocakos al pneUo: poMicadaa par FUtío 
las tablas de loa Foítoi^ Fnlvie NoviUor las expuso al púUioo oolo- 
candólas en el templo de Hércoles, y todos los dndadaoos procu- 
raron lenetlas en sas casas ; esta costumbre se extendió también á 
lo6 muoidpios y Ovidio día algunos fastos ¡ocaks Á asi pueden 
Hnmarse. Las iodicaciones siempre coodsas y variadas que el alma- 
naque contenía^ hicieron necesarias las explicadooes y comentarios, 
que la Índole varia de los recuerdos bada más precisa. De aquí la 
necesidad ya sentida por algunos escritores anteriores y el pensamiento 
de Properdo de hacer un Ubro que satisfadera tales exigencias; de 
aqui la obra de Ciado Atimendo, diada por Tilo Livio, la de un Sa- 
bino amigo de Ovidio, y de aqui por fio arranca el pensamienlo de este 
poeta de rennir en su poema la expli(*acion de todas las indicadones del 
calendario dando ad alguna variedad á un asunto que no podia ofre- 
ceda: so forma elegiaca, tiene acaso explicación en el precedente qiMi 
«oo d poema perdido de Calimaco Ah«a (las causas) ofrecia la litera- 
iura friega: el contenido del de Ovidio le hace ioteresaote para ios ro- 
manos y para la posteridad, que encuentra en él la explioadon de 
mochos pasages de los dásicos: la destgnadon de lo« dias fastos y 
nefastos, el origen de muchas ceremonias religiosas, la dedicadoa de 
los templos, el origen y nouibres de las divinidades á quienes estaban 
consagrados, los recuerdos mis importantes de los acontecimientos de 
la historia profana, tomados de los cmmks m(uÁm\ y de los Fo^t jptcít, 
de que acaso son continuación desde el tiempo de César, los acia u^ 
mahuet popuU diurüa, las observadones astronómicas con pronós- 
ticos sobre d tiempo y acerca de las Ifibores del campo, son el pre* 
doso contenido de este poema, mis interesante aun por su ense- 
ñanza que por su mérito literario, y razón por la que, debe colocarse 
mejor dentro del cuadro de obras didicticas que de las descriptivas ó 
mitológicas como síganos pretetMlen. Listiuia es, que la obra qne 
debia haber comprendido todo d ano, quedara i la mitad, que es la 
parle que nos ha llegado, porque seria un verdadero tesoro para los 



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estudios dásicQs; la relegacioa de Ovidio «eda» foé la ctoaa de qm 
quedara incompleta, por verse privada de los materiales qse pudieran 
darle las uolidaí que babia de estunipar en ella; sia embar^ do se do- 
da, al ver cooipreadido algoo recuerdo de sucesos ocurridos eo la ¿poca 
de so destierro, que h retocó ó revisú por lo Boenos mieniras estuvo bie 
ra de Roma. 

La importancia de fes Fastos es iomeesa; sou un mooumeoio aacio-- 
Dsd, útil como la bisloría de T. Uvio, iateresaote para conocer la de Ro-* 
ma tanto eo sus relaciones exteriores como en sus creencias; la obra de 
Ovidio contiene la historia de los hombres lo mismo que la de los Di»- 
sea, y en sos predicciones, en sus oráculos y en sus bístorietas se encuen- 
tran pioladas las creencias religiosas de los romanos de su época; la ooo- 
sideración de este poema en la edad media fué tan glande que se miró 
como un Martirologio, 

La lectura de los Fastos, mejor que las demás obras de Ovidio reve- 
hn la grandeza de so genio, so fácil insptracioo y su exuberanle Atn- 
tasía: sólo con tales dotes se comprende que llegue á escrílnr en la for- 
ma que lo hizo sobre una materia que como queda dicho rechazaba los 
encantos de la poesía. Un brevísimo análisis deloott&enidode la obrado 
Ovidio pondrá término á esta materia. 

Después de exponer en el libro primero el asunto de que va á tratar 
con una encantadora concísmn y en este solo distico 

Témpora cum causis Latium digesta per annum, 
Lapsaque sub Ierras, ortaque signa canam. 
y do invocar á César Germánico en elegantes versos, indica el plan de 
dedicar un canto á cada mes del ano, pero explica antes algunas ¡deas 
que convienen á todos, como la significación de las palabras fasto y 
nefasto, el origen y etimología áe los nombres de los meses, los días en 
que se celebran los comicios, los de mercado, etc. basta que llegan- 
do por decirlo así á la malería del poema, invoca á Jaoo como la 
divinidad del primer mes del año, y suponiendo su aparición pone en 
boca de la Diosa de la paz y de la guerra, la expUcadoo de sos 
principales atiibulos y la grandeza de su mitológica significación! por 
naedio do una hábil traosicioo Ovidio pasa á ocuparse de la fiesta de los 
Agonales, sobre cuya palabra apunta oinco diversas etimologias, y cuyo 
origen y ceremonias explica, dando curiosas noticias acerca de los divoios 



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- 100 - 
sacrificios de animales qae se hacian á las divinidades paganas y sa mis- 
leríosa significación: 0?idio en esle como en los demás libros procura 
sienipre que la ocasión lo permite lisongear ¿ Augusto, cuyo nombre 
dado en los idus de Enero« envuelve toda la gloria de que se habÍ4 
hecho acreedor. Recuerda después el acuerdo del Senado prohibiendo á 
las damas romanas el uso de literas, y como ellas consiguieron dejarlo 
sin efecto; invoca á la Tierra y á Cércs, madres de los frutos, y con oca- 
sión de la ¡dea de que está diosa era hija de la Paz, hace nuevos vo- 
tos por la familia imperial, ¿ la cual se deben las dulzuras de la tranquil 
üdad de lodo el impeno. 

En el libro segando, después de comparar el objeto que otras veces 
habian tenido sus versos, fáciles in amore mimsíros, con el que ahora le 
ocupa, invoca de nuevo al César, y pasa á explicar la etimología de la 
palabra Febrero, mes que es asunto del libro. 

Februa Romani dixere piamina paires; 

Febrero era el mes de las expiaciones y Ovidio ataca la idea común 
en los antiguos, de que los sacrificios pudieran borrar la huella de los 
crimines. 

Ah! nimium fáciles, qui tristia crimina casdis . 
Fluminea tolli posse putetis aqua! 

Recuerda Ovidio que el mes de Febrero era el último del ano, hasta 
que los decemviros lo colocaron al lado del de Jano, y que en los prime- 
ros dias de esle mes se consagró á la diosa de la doble vista un templo 
que el furor de los siglos ha hecho desaparecer: después de un breve 
recuerdo de Arion, excitado por la corona de estrellas que adornan 
al Delfin, Ovidio pide cien bocas y la inspiración del viejo de Meonia 
para cantar el dia más grande de los Fastos; esle dia es f I en que el 
pueblo y los caballeros dieron á Augusto el nombre ie padre de la 
patria. 

La aparición de la primavera, y la hislcoía de la ninfa Calisto infiel 
á su voto, y convertida en Constelación, ocupan después al poeta; re- 
cuerda el hecho insigne de los Fabios ocurrido en los idus de este mes, 
explica en seguida las fiestas de las Lupercales embelleciendo con rica 
poesía la fábula de la loba que habia amamantado á Roq|}uIo y Remo, y 
cantando la historia de Omphale, la amada de Hércules. 

La fiesta de Fauno y la extraña costumbre de los sacerdotes para im- 



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-Mi- 
norar la fecundidad con el origen de esla ceremonia le ocopan después, 
cantando Iras de una breve digresión la fiesla nacional de Quirino. El 
origen de los honores funerarios que el poelacree iolroducidosen el La- 
do por Eneas, las fiestas de las Charistias presididas por la Concordia, 
la del Dios Término, un recuerdo hecho con graciosos y frescos colo- 
res de los encantos de Lucrecia, los horrores de la noche en que se ata- 
có su pudor y en la que se derrocó para siempre el trono de Tarqufaio, 
encareciendo con robustos versos el alma noble de Bruto, son los últi- 
mos asuntos de este canto, que concluye anunciando una fi<«ta guerrera 
que es como el aviso de la llegada del mes consagrado á Marte. 

El libro tercero empieza explicando por qué el poeta consagrado á 
Minerva, se atreve á canlar al Dios de la guerra; la historia de la vestal 
Silvia, que unida en impensado lazó con Marte fué madre de Bómulo y 
Remo, fundadores de la ciudad de la guerra y de la fuerza, abre oportu- 
namente este canto; recuerda que todos los antiguos pueblos del Lacio 
veneraban á Marte y que fué el primero del ano el mes que su hijo Ró- 
mulo le había consagrado; explica la variación y después busca razones 
en la historia romana para justificar por reflexiones que pone en boca de 
Harte que las mugeres tomen una parle importante en la fiesta consagra- 
da á él. Procura dar razones del por qué los Salios llnmaban Mamurius á 
Marte y la encuentra en un hecho que la Cábula atribuia al reinado de 
Numa; después de algunos consejos dados á los amantes en el tono pro- 
pío de Ovidio, de elogiar á César como pontífice inmortal de Yesta y de 
recordar el tiempo de Vejovis, Júpiter niño, introduce U fábula de Aria- 
na y se detiene en contar la fiesta de Auna Perenna, hermana de 
Kdo, que era popular y alegre; se celebraba en las orillas del Tiber, 
y Ovidio le da una explicación nacional y relacionada intimamente con 
la fuga de los plebeyos al monte sagrado huyendo de los excesos de 
las familias patricias. Un rápido recuerdo de la muerte de César , la 
fiesta de Baco, las de Minerva que duraban cinco dias, y la de la Lu- 
na, son los últimos asuntos de este canto. 

En el libro cuarto, el poeta invoca á Venus á la cual está consagrado 
* Abril que ha de ser asunto de este canto, y recordando su alegre pasado 
dice, 

Et valem, el mensem seis, Venus, esse tuos, 
y después de invocar al César introduciendo un elegante y conciso 

14 



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rectMrdb Irístórioo de los reyes de Alba, precora etpNear la etinidogm 
de ia palabra Aprüis, que cree deritada de la griega ««ppdc» espuma d^ 
mar, y con esto lieiie ocaskmde recordar el DadauéiiftrSe Veoos. Ex- 
plica después el significado de su sobrenombre Yertieordia, y empieza 
en seguida á referir la bisloria y fiestas de Cybeles que ocupan gran 
parte de esle canio. Géres, la bienhechora de los hombres tíene también 
sus juegosy después de referirlos, introduce el poeta la historia de Proser- 
pina: el dia de los idus consagrado á Júpiter Vencedor, ofrece un recuerdo 
á k» romanos porque en él se levantó el pórtico del templo de la libertad. 
Después de alguna digresión se ocupa de la fiesta de I^as, paKlia, cn> 
yo origen presta larga materia al poeta para la critica y para dar entrada 
á una interesante historia. Las fiestas llamadas Vinalia, ó delMpueltm 
migares con su fisonomía propia, vienen después, y recordando el dia ea 
que Yesta fué recibida en el Palatium concluye el canto dirigiéndose á 
Apolo y ai gefe de la casa de los Césares, que como divinidades residen 
en el santuario del Palatium. 

El libro quinto empieza con indagaciones acerca de la eb'mologi i de 
la palabra Hayo. Las musas k explican, derivándola de majestas una, 
de mcgores otras, si bien Caliope pretende explicarla con el recuerdo de 
Mala, madre de Apolo. En el dia de las calendas se elevó un altar á los 
Lares proBStites, guardadores del hogar doméstico. Flora se presenta á 
los ojos del poeta y de esto toma ocasión para recordar su historia y el 
origen de sus fiestas, en las cuales el vino y el amor introducían des- 
compuesta alegría que el poeta celebra en elegantes versos, y que pa- 
rece disculpar en este bellísimo dístico, hablando déla Diosa, 
Et monet statis specie, dum floreat, uti; 
Contemní spinam, quum cecidere rosse. 
Apolo explica después al poeta el origen de las misteriosas expiaciones 
que designa Ovidio con el nombre de nocturnas Lemurales, y la apari- 
ción de Harte le recuerda el teniplo elevado á Augusto donde se rennian 
los despojos del Universo entero, y en cuya descripción emplea el tono 
propio del asunto. 

A la desaparición de la primavera el dia último de los idus, cuando 
todas las Pléyadas muestran su brillante cabeza, llega el verano, y el 
signo de Tauro recuerda al poeta el robo de Europa, y con esto tiene 
ocasión de hablar de tos antiguos sacrificios humanos instituidos eo ho- 



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- M3 - 

• 

BordeSalurDoyqne Hércules abolió. Bldia consagrado al nielo di AiU» 
llega dcspaes y con eslo la ocasioo de hablar del Dios de las artes, de 
los oradores y oiercaderes. La coDslelacioD Gémiois, recuerda la piedad 
filial de Caslor y PoUux, hijos de Tyadaro, y aouncia en segoida que 
las fiestas de los Agonales se reproducen en eale mes, que el dia si- 
guiente se llama Tu^ftiti^.y que está consagrado á Yolcaoo. El templo 
de la fortuna se erigió en Roma, también en este mes, cuyo canto oonclu- 
ye 000 la aparición de la estrella de Hyas. 

Esl Deus in nobís; agtUiate caleañaous ilb. 
De este modo justifica el poeta las explicaciones etimológicas cuo que 
empieza á cantar en el libro sesto, el mes de Junio; este nombre lo de- 
riva de Juno, diosa de la luz, Luana, esposa y hermana de Júpiter; 
pero recordando la unión entre Tacio y Quirino, entre los romanos y los 
Sabinos, apunta otra etimologia;yuntWayt/ne/ti. 

El primer dia está consagrado ¿ Carna, Dea Cardinis, divinidad de 
los primeros tiempos de Roma: después de recordar los templos erigidos 
á Juno Moneta, á Marte y á la Tempestad, elevando la vista al cielo, 
descubre el pájaro de Júpiter y las Hiadas, anunciándola lluvia; ve 
después el templa de Belooa, levantado por Appio el Ciego. El dia si- 
goiente á los idus es favorable á las bodas; el Dios del Tiber tiene sus 
fiestas y Ovidio recuerda los templos erigidos á la inteligencia y al in* 
genio. Lleno de respeto religioso penetra en el templo de Veste, que 
como virgen no quiere ser servida más que por vírgenes; de esta circuns- 
tancia deduce el poeta la elimologia de su nombre, (vi stat; y con deli* 
cado arte ingiere el recuerdo del aliar erigido á Jupüer Pistar, en me<* 
mona de la saludable estratagema que en el sitio de los Galos, presa 
de las llantas el Capitolio, habia salvado á los romanos. La fiesta de 
Matuia, presente numerosos recuerdos al poete; cuenta su historia has- 
te su apoteosis, explicando el por qué estaba prohibido á los esclavos pe- 
netrar en su templo. En el de la Fortuna, se ve una imagen velada del 
rey Servio y con esto tiene ocasión para explicar esta misteriosa repre- 
senlaaon con diversas tradiciones. El templo de la Concordia debido á 
Livia, esposa de Augusto, el alter erigido en los idus de este mes á 
Júpiter Invencible, la fiesta de los quinquatrtis minores que recorrian las 
calles de Roma tocando la flauta en memoria de la entrada triunfal de los 
artistas echados en otro tiempo, la historia del desgraciado Hipólito hijo 



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- Í04 - 
de theseo , excitada p6r ona coostelacum que ve cruzar, ocopui á 
Ovidio hasta Negar á una eolasiasla peroración en favor de la familia 
de Augusto, coQ la cual terroiua este canto y la parte que nos ha llegado 
de los Fastos, poema generalmente poco apreciado, por lo poro q ue se 
conoce. Basta lo expuesto para considerarlo en su importancia y para 
excitar á los jóvenes á estudiarlo como una de las obras en que más brilla 
el genio poético del autor. 

Los MMttinórfbffai. 

Esta es la gran obra de Ovidio, y ojalá que el tiempo que dedicó á 
muchas de las ya anotadas, lo hubiera dedicado á ella. Indudablemente 
entonces sería la más preciosa y completa de cuantas pertenecientes á las 
mitológicas, se han salvado del naufragio de los siglos. En ella brillao 
todas las grandes cualidades y todos los defectos de su autor, y basta 
para descubrir su genio, ver el arte infinito que guia su pluma enlazan- 
do de una manera admirable hasta el punto de formar un solo recitado, 
las 216 fábulas mitdógícas divididas en 1 5 libros y en más de doce mil 
Versos, que la obra contiene. El objeto de Ovidio era hacer una explica- 
ción de todas las creencias del pueblo romano desde el origen del mon- 
do, desde el caos, basta Julio César. Grande era la empresa/y grande 
á no dudarlo, el genio que la acometió: el artificio con que enlaza tan 
variados asuntos perteneciente» á diversos pueblos, proviene unas veces 
de una semejanza entre las fábulas, del sitio en que sucedieron otras, de 
los personages que figuran en unas y que toman parte en otras que re- 
fiere en forma de episodio ó de himno, aumentando de este modo el inte- 
rés y haciendo de los Helainórfosis, la epopeya cíclica más completa de 
la antigüedad. La literatura latina no ofrecia modelos de este género, 
pero los poetas alejandrinos Calistenes, Antigooo,Nicandro, y Partenio se- 
gún los extractos de Antooino JLiberalis, pudieron haber servido con obras 
de género parecido para las explicaciones de Ovidio, pero claro es que 
00 puede esto descansar más que en una probable conjetura. 

Ovidio que alguna vez descendió hasta lo obsceno, peca por la redun- 
dancia y descuido de la frase, revelando el mal gusto que empezaba á 
imperar en los poetas latinos, pero estos lunares no harán que pierda sq 
importancia una obra en que la imaginación y el g^nio campean á la vez, 
y en que la enseñanza es casi siempre útil; el interés ¿"amático de mu- 



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- 105 - 
chas fábalas, el roomoüeísmo que en otras brilla, las refiexioiies mordea 
sobre la vida y las pasiones del hombre, harán derla la profeda del aolor 
qoe asegoró que su obra no moriría al violento empaje de los siglos. Los 
homanistas de la época del Renadmienlo dados á mirar las obras dád- 
cas por el prisma de las ideas cristianas, vieron en este poema qne con- 
tiene 00 Génesis completo, algan recuerdo de las narraciones de la Biblia, 
y por eso algunos designaron la obra de Ovidio con el nombre de BAlia 
pagana ó BibHa de las poetas (í). Es indudable que el plan tenia que 
dar logar á la invencible monotonia que un mismo desenlace en tantas 
fíbulas debía producir, pero de este que algunos miran como defecto, 
le dispensan los versos con qne empieza el poema y que contienen el pen- 
samiento del autor. 

Innova feriammus mulatas dicere formas, 
Corpora, Di c^ptis, nam, Di, motastis et illas, 
Adspirate meis: prímaque ab origine muodi 
Ad mea perpetuum dedudte témpora carmen (2). 



(1) La traducción castellana del Doctor D. Diego Suarez de Fígveroa qve con- 
tiene la que su sol>rino D. Ignacio Suarez de Fígueroa hizo d e las Pántieas y 
Tristes^ Madrid 4732 al 36, se puede consultar con provecho para vencer las 
dificultades que el texto de Ovidio puede ofrecer: el cemento que sigue é esta 
traducción demasiado prosaica y apegada á la letra, puede servir para compro- 
bación de loque en el texto se apunta y del gusto que hacia esta dase de obras 
reinaba: prodigios de ingenio y de indigesta erudición se advierten eú toda ella 
para demostrar su objeto, es decir, que Ovidio conocia las obras de Moisés y que 
á ellad se acomódala cuanto podia en su narración. Por no salimos de nuestro 
plan no ponemos ejemplos de estos trabajos, hijos de la piedad más respetable. 

La traducción castellana con notas, publicada á principios de este siglo por 
D. Francisco Oivell con el titulo de Metamorfoseos ó tras formaciones de Ovi- 
áiOy y con excelentes grabados de D. José Asensio, es un trabajo interesante y 
muy útil para el estudio y conocimiento de esta gran ol>ra: en las reflexiones 
que la preceden preside como idea principal del traductor, la de prestar un gran 
servicio á los escultores y pratores: nosotros creemos además que lo prestó á 
nuestra literatura que carecía de una traducción esmerada y correcta. 

()) No considerando conveniente por la mucha extensión que exigiria hacer eo 
el texto el análisis de los Metamorfosis, y con el fin de qoe pueda el alumno formar 
idea completa de su contaaido, asi como tener una ayuda que le guie en su estudio, 
ponemos por via de nota una brevf^ma indicación del asunto de cada uno de 
lea libros. 

Libro primero: L El chaos; II. Las edades del mundo; III. Crimen y castigo 



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La deserípcioi del Caos 06n que erapiexa* la bciíade los titanes, la 
pitilora de la edad de oro, la fiUmla de Piramo y Tisbe, y otras muchas 
pueden darse á conocer á los almnoos como maestra dd genio del autor , 



de lo6 gigantes; IV. Bl Diluvie; Y. Deucaljon y Pyrrba; \h La serpiente Pytbon* 
VH. Metamorfosis de Daphois. VIII. Metamorfosis de lo y de Syrioz; muerte de 
Argo y nacimiento de Epapho. 

Lilyro segundo: I. Historia de Phaeton; Metamorfosis de Cyeoo; III. De Calis- 
lo; IV. Del Cuervo; V. DeOcyroe; VI. De Batió; Vn De Aglauro; VIII. Robo do 
Europa por Júpiter. 

¿t6fo tercero: I. Cadmo busca á su bija perdida; II. Melamórfosisde Acteon; 
m. Naciroieolode Baco; IV. Tíresias; Metamorfosis de Echo y Narciso; VI. His* 
toria di Pentheo. 

Libro ctMrto: I Alcitboey sos hermanas desprecian el culto de Baco. Interesan* 
te historia de Piramo y Tbisbe. Amores de Marte y Venus, de Apolo y Leocotboe; 
deSalmacis y Hermapbrodita; n. Metamorfosis de loo, Melicerta y sus compañe- 
ros; III. De Cadmo; IV. de Atlas; V. Historia de Perseo y Andrómada; VI. Su ca- 
samiento. 

Libro quinto: I. Metamorfosis de Phineo; II. De Beto y de Polidectos;{de As- 
calapho, de Cyaoa,deATethusa y de las Pieríedes. Robo de Proserpioa» y viages 
de Ceres y Triptólemo. 

Libro eestoi Bfetamórfosis de Aracbna; H. De Niobe; III. De los Licios: VL De 
Marsyas; V. Llanto de Pelops por Niobe; VI. Metamorfosis de Tereo« de Filomela y 
Procne; VH. Bóreas roba á Orithya y de eHa tuvo é los Argonautas Calais y Zetes. 

Libro eétitnó: I. Jasen se apodera del bellocino de oro ayudado de Medeat 
U. Eson recobra su juventud; UI. Igual favor alcanza Aeta de Baco; IV. Medea 
hace que sos hijas maten á Pelias; V. Degüella ¿ sus propios hijos; VI. Egeo la 
recoge en Atenas; VII. Metamorfosis de Aroe*. peste de Egína*. metamorfosis de 
ks Myrmidooes: Baco los envía en socorro de Egeo. VIH. Cépbalo y Prooris. 

Libro ootano. I. Metamorfosis de Niso y de Soylla; II. La lorona de Ariaoa 
aparece eo los cielos; HI. Fábula de Dédaro é toaro: metamorfosis de Perdix 
IV. Meleagro mato ¿ Calydont muerte de Althea su madre. V. Las Náyades me- 
taiiorfoseadas en ÉcUoades. VI. Philemon y Bauds; VH. Proteo y Metra: cas- 
tigo de BrisiohthoB. 

Libro novono: I. Hércules vence á Acheloo: 11. Muerte de Neso; lU. Tormén* 
io deHércales; IV. Apoteosis de Hércules; V. Metamorfosis de Galaothb; VI. De 
Dríopeí VH. De lolas en joven; VIH. De Biblis; IX. De Iphis. 

Libro dédmo: Bajada de Orféo al infierno; H. Metamorfosis de Attis y Cy-- 
pariíaa; UL Robo de Ganlmedes al Olimpo; IV. Metamórfosia de Jacinto; V. De 
Ceraates y délas Propéttdas; VI. De la estatua de Pigaalion; VIL De Mirrha; 
yUL De Adonis, de Atalante y de Hippómene. 

¿i6f o undécimo: I. Muerte de Orfeo; II. Metamorfosis de las Ménades; HI. 
Dato arenaaa oro;IV. Deks ur^ de Mtdas; V. Fundación da Traía; VI. Na- 



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- M7 - 

y del arte con que está escrito este moDomental poema del cual Ovidio 
mismo coD más verdad qa9 modestia había dicbo al coocloirlo, 
Jamque opus exegi, quod nec Jovis ira, nec igoes, 
Neo polerít ferrum, nex edax abolere veloslas. 
Quoffl volel illa dies, qa» nii, túá corporis hojos 
Jus babel, ioeerti spatium mibi finial aovi: 
Parte tameo meliore meí soper alia pereoDis 
Asirá ferar Domemqae erít iodelebile noslram; 
Quaque parte domílís Romana poleotía terrís, 
Ore legar populi, perqué omnia sécula fama 
Si quid babeut veri valum praesagia, vívam. 
Ovidio marca el primer grado de la decadencia de las letras latinas, y 
proviene más del exeso que de la falta de genio: su asombrosa facUidad 
le bace emplear poco esmero en la composición, abosando mochas ve- 
ces de los adornos y galas que su rica imaginación le ofrecía, b que es 
una prueba de que este recurso, es por muchos conceptos peh'groso. 

En sus obras eróticas alarma so moral libre, pero como hombre 
descubre un carácter dulce y grato que siempre le hace hablar bien de 
los demás, y que le honra sobremanera (1). 

eimieoto de Aquiles; YU CrimeD y castigo de Peleo; VIH. Muerte de Ceyx; des- 
cripción del palacio del Sueno: metamorfosis de Ceyx y de Alcyoo; IX. De Esaco. 

LitñTo ditodéctmo: I. Sacrificio de Iphigeoia; II. Templo de la fama; meta- 
morfosis de CycDo; III Néstor; metamorfosis de Cenia: Combate de los Centaurea 
y de los Lapttas; IV. Metamorfosis de Peridémenes; V. Muerte de Aquiles. 

Libro désimo tercero: Ayax y Ulíses reclaman las armas de Aquiles: me. 
tamórfosis de Ayax; II. Muerte de Polisena y metamorfosis de Hecuba; III. De 
Memnon; IV. Fuga de Eneas; metamorfosis de las bijas de Anio; V. Muerte de 
Calatea y Acis; metamorfosis de Glauco. 

Libro décimo cuarto: L Metamorfosis de Scylla; II. Viage de Eneas; me- 
tamorfosis de los Cercopes; III. De los compañeros de Ulíses y del Rey Pico; IV. 
De los compañeros de Diómedes; V. DeAppulo; VI. De las naves de Eneas; VII. 
De Ardis; VIII. De Eneas en Dios; IX. De Anaxarata; amores de Pomona y Ver- 
tumna; X. Rómulo es el Dios Quirino, y Hersilía la diosa Hora. 

£t6ro décimo quinto: 1. Fundación de Cretona; II. Pilbágoras enseña á Ña- 
ma el sistema de las trasformaciooes; m. Trasformacion de Hipólito y de la nin- 
fa Egeria; IV. Nacimiento de Tagés; V. Trasformacion de la lanza de Rómulo; 
VI. Cipo se ve los cuernos en el Tiber; VIL Peste del Lacio; Escolapio en forma 
de serpiente acompaña á los romancé; VIH. Metamorfosis de Julio César en es« 
tralla. Elogio de Augusto. 

(4 ) Generalmente se atribuyen á Oridio varias otras obras, délas cuales oobe- 



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- Í08 - 

Spisranuitiitas del siglo de oro. 

La arUhobgia lalíoa de Burmao, y algunos iogenios de la anligde- 
dad, han conservado epigramas de muchos escrílores de este tiempo y 
de los más notables personagesde la corte de Aogiislo: una ligera eno- 
raeracion de nombres será bastante para formar ¡dea de la afición de 
los romanos á esta clase de escritos, dejando al aficionado señalado el 
lagar donde podrá conocer el núm^^ro de obras de f sla clase, , que 
se ha salvado de la destruccioD general. 

Julio César, autor de unos versos dirigidos á Tercncio, Augusto, de 
quien Marcial cita varios dísticos picantes contra Fulvia, Cicerón y 
su hermano Quinto deben figurar en este catálogo; Cornelio Gallo , Li- 
cinio Calvo, Mecenas, el protector de los escritores, y el que contribu - 
yó tanto como Agripa á la grandeza del reinado de Augusto, Domicio 
Marso, M. Terencio Varron y el mismo Virgilio, deben - mencionarse 
también, porque de todos se conserva algo en la citada colección de 
Burman. 

No deben pasarse por alto ochenta y ocho epigramas comprendidos 
en la misma Anthohgta, que se conocen con el nombre de Príapaa, 
sen in Priafum htsus^ que no se sabe por quien están coleccionados y 
que parecen pertenecer á muchos escritores; algunos se atribuyen ¿ 
Catulo, á Ovidio y á Marcial. 



mos hablado, como §1 poema ifaiieutícon, del que quedan algunos fragmentos, 
la elegía de Nuce y algunas otras que no ban llegado á la posteridad. Se cilan 
también como debidas ¿ la elegante y fecunda plumado este poeta, el P/megirico 
en Terso dirigido á Calpuroio Pisón, y que otros atribuyen á Baso ó á Lucaoo, 
y otras muchas, cuya noticia es más erudita que interesante; por esto, y por 
no hacer excesivamente extenso este capitulo no nos detenemos en apuntar lo que 
comunmente se dice sobre ellas. 



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- Í99 - 

Sección segunda.— Prosa. 

CAPÍTULO XVI. 

Cí^M0r## eMlf <«flMl«« et» pf9m^ Mm muttriui primar— hitMmtHmdm" 
t^9 ««e «0 €Í9mn et» e«fe j»«**<«ir«.— «rttlto Cé^mrf im%pmr9mt^eim iTe 
#«#e ihj w t» f g #ap> i ' n g i «g H t>4ir<#| #•» mp$i$ɧd pmtrm el etfif <«• «I0 Um 
l«««*«M/ •»#•«» 4r««^ «e e4««iM «le él^ Cmta^n^mtmtHm iTe ft«ll« gmMii- 
eo, ef «le éelle eÍ9ÍMi. 4€fHm9 e# el M»^Wfe ele e#l«« eftre«, il«il«i #m 
j»eetfl<«f leiMleftelM^ Swieim dm t %m im h M 99 e«ef<fefe« mtUiffmmB y 
«teilef tte* «cer*e« ile CéMmw. Cmtmiim umé mtrm» ile Cé»mr, 

Cmy Cri9pm Smimtiimt nmiieims de 9U 9idm^ 9us oht^ms hÍM$ér4^ 
cmmj m^nmim Jfmgun^nMtm y M^iHun^ CmÜUnmtHum^ CumHdmd09 
y 4le/'eefe« de e«le fc<#leWflMlef*^ §mieim dm e«eWfef*e# Mel«péle« 
«le l«i mmH^Umdmd «trefe* «le &f e^f «# ^tte eyM<«ee«Ml«i«ive«»f e 
•e <ifW m fe i > il amMmtüm» 

€otif0ÍÍ0 iire|»ef et eéf«« M#l4We«M ^m e le# eterllet^tf «tMl^^Metf 
le «if rlfrMyeM ^ Ib4«lerl«f «le l« ^tte boHmÍb cmn el iétmim^ ^iimm 
ea^eelleMf <«Mi» l«Mj»et^leftMi». CumMidmdmt que K^Bem tniend mn im 
eétMv «le lüepmtmj y nmüeim de 9U e#MleMÍ«le. 

Tile Méiwiet nmiicim* «le #m «<«I«í |f «le •<•• 9rmbm¿0B pmrm e#et«i- 
Mf #M ftl«letS«i| «llvlAlew y iimmpm que emm^pfmndm^ /énMMt et» 
4r««e #••# *« tt^ffmd: MtHpertmneim hisiériem y lller«M^«» «le Ui 
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;V«ice. 

Historiadores. 

Esladiado el desarrollo de la poesía de esla época, es preciso volver 
los ojos bada los prosistas, examinar su marcha, ver cuál ha sido 
sa brillo y los géneros á que corresponden las obras que produjo el ge- 
nio romano, durante el siglo de oro de su literatura. 

En tres grandes grupos se podrian dividirlos escritos en prosa, que 
han llegado á la posteridad: históricos, oratorios y filosóGcos; pero no se 
crea que son estas las ramas únicas que los romanos del tiempo de 
Augusto cultivaron, de las que forman el magníGco árbol do la ciencia: 
hay otras muchas en las que hicieron trabajos dignos de mención y que 
aunque no pertenezcan de Heno al cuadro de su literatura , son sin 
embargo dignas de conocerse para poder tener idea completa de su cul- 
tura: la Jurisprudencia y la Gramática, la Medicina, las Matemáticas y la 



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- 2ie - 

(leografia, sod ciencias qae se cultivaron, algunas con britlanle forluoa, 
oirás con ioleresante perfección. En este tratado solo podrán tener entra- 
da las que caen por completo dentro de la bella literatura, pero caben 
indicaciones de todas por las razones dadas en otro logar. 

Si se recuerda Uen lo que en el capitulo correspondiente queda apun- 
tado acerca del estado de la historia etk el periodo anterior, se podrá 
comprender el aventajado vuelo que dio en este; el pueblo romano que 
habia, como adivinando su porvenir y su grandeza reunido elementos 
para conservar su eterno renombre, supo desde sus primeros días pre- 
parar el camino á sos grandes historiadores; apunta hechos y nombres 
aislados primero, forma anales después, y escribe más larde su historia 
en griego porque no tiene todavía su lengua formada; cuando it lengua 
latifl^se dispone para escribir en prosa, cuando puede ser dócil inslru- 
menlo de la razón, llega muy pronto á tener historiadores dignos riva* 
les de sus poetas, de sus hechos y de los modelos griegos, que en este 
como en los demás géneros imitaba. 

Todo conlriboia á que Roma tuviera grandes historiadores; por un 
lado sus increibles conquistas abriaa un horizonte sin límkes al orgullo 
nacional; por otro las discordias interiores que desgarraban el corazón 
de Roma, ofredan al hombre pensador los cuadros sangrientos, que 
producidos por sus propias pasiones, serán asunto provechoso, del 
que siempre la humanidad podrá sacar fruto y que guió la pluma de 
insigne» varones. 

Al empezar este período, la historia no tiene todavía una forma aca- 
bada, ni es, según los recuerdos quede algunos historiadores quedan, 
la gran conquista de la prosa romana: á la lentitud con que naturalmente 
se crean los géneros literarios, debe agregarse la imperfección de la 
lengua que resistia por su dureza, la armoniosa flexibilidad que el reci- 
tado seguido exige: es un hecho constante en tedas las literaturas-, el 
lenguage de la razón, ]pi prosa, se perfecciona mucho más tarde que el 
de la poesía; acaso el mayor uso que en aquel se hace de las partículas 
pueda explicar este fenómeno. 

Los nombres de Ckudio Quadrigario, de Valerio Ántias, de Pompiiio 
Andrónico,de Hortensio el gran orador rival de Cicerón,* el de Yarron y d 
de Cicerón mismo, pueden colocarse con acierto entre los que la historia 
de las letras apunta como enltivadores de esta importante rama del saber. 



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-. fll ^ 

Pérdidifi por completo sys obras, do es posible formar idea de lo que 
foeroD más qoe por coojeUiras más 6 menos probaUes, y que exigen 
largo espacio para sa iosercioo; por esta razoo se mencionan solo sus 
nombres dejando los pormenores y delaBes para los eserítores coyas 
obras existes. 

Cayo Ittlio CéMT. 

Este hombre extraordinario, el más grande de lodos ios grandes hom- 
bres dfi mondo antígno, oenpa nn logar preferente en el cuadro de 
los escritores latinos; la historia de so vida siempre activa, y siempre 
laboriosa, es tan gran pmeba como sos hechos, de la aptitud universal 
qoe la naturaleza le habia concedido: imposible parece que el conifliis- 
tador de un mondo, el que avasalló todas las regiones hasla donde al- 
canzaba el poder de la república, el que logró matar con su actividad 
pasmosa (\) hasla el espirito republicano, hubiera podido dedicar al- 
gunas horas de su agitada y corta vida al tranquilo cultivo de las musas 
y de las letras; y sin embargo la historia literaria lo considera como poe- 
ta, como gramático, como polemista, como orador insigne, como legis- 
lador y como eminente historiador; tan cierto es que las letras fueron 
onade sos preferentes ocupaciones. 

No es posible seguir en los apuntes biográBcos que vamos á trazar 
todos los hechos de su vida, porque la biografía de César es la historia 
de cincuenta anos de la república romana. ¿Cómo dejar de apuntar al - 
ganos hechor Nadó en el ano 66i de Roma (tftO antes de J. C), 
de una familia que la lisonja hizo más tarde descendiente de un antiguo 
rey latino: su educación (ué brillante como la qoe más; estudió las le- 
tras griegas y latinas, y como todos los jóvenes de la primera nobleza 
de Roma, se consagró á la carrera militar: en Asia á lasórdenes de Ter- 
mo dio á conocer sus talentos militares, y en Roma á donde la muerte 
de Sila y su ambición le llevaron, alcanzó la popularidad á qoe debió 
un gran partido entre las turbas: en la campana contra Mitrídates se 
elevó á la altura de obtener el cargo de cuestor, más tarde el de pretor 



(h) Sos coDtemporáneos llamaron á César, momirwn activitatis^ alrilm« 
yéndole una pasmosa actifidad; Aofrt6ílM áiligmUa. 



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- f H - 

eo España, y después, eo el ano M antes de J. C, ei de formar parte 
eoel célebre primer (rionviralo; (Pompeyo, Craso y César): el gc^emo 
de las Gatias que sapo prolongar por ocho anos, le prestó ocasien para 
lucir sns grandes talentos militares y llevar victoriosas las armas de la 
república desde los Pirineos al Rbin. Mnerto Craso en Oriente, la dís^ 
cordía con Pompeyo estalló pnmlo, y declarado César traidor á la patria 
por no obedecer el senatu-consullo en que se le mandaba licenciar su 
ejército, atravesó el pequeño rio llamado Rubícon, que era término de su 
mando y cayó sobre la Italia y sobre Roma sometiéndola entera, gracias 
¿ la fortuna con que peleó en Farsalia: nombrado dictador perpetuo, 
gobernó c<m alta sabiduría hasta el año 11 antes de J. C. en que fué 
asesinado por Bruto y demás partidarios de les antiguos privilegios re- 
publicanos, creyendo librará su patria de las cadenas que un hombre 
insigne y el m&s liberal de su tiempo, juzgaban que le imponía. 

Cicerón y Quintiliano, ios dos grandes maestros de la oratoria lati- 
na (1), hacen grandes elogios de César como orador; dice el primero 
que reunia la ciencia y el talento á las cualidades naturales de voz, ade- 
manes y presencia de ánimo, y Quintiliano que si se hubiera dedicado al 
foro hubiera sido el rival de Cicerón; Suetonio, Marco Aurelio, Frontón 
y otros recuerdan con e]<^o sus felices disposiciones: desgraciadamente 
la posteridad no puede conocer la verdad de estos juicios mas que por 
conjetura; se han perdido todas sus obras y s(Ao se recuerdan un dis- 
curso contra Dolabella á los 21 anos, su defensa de los griegos contra 
Cayo Antonio, y el panegírico de su tia Julia, viuda de Mario. 

El tratado de Amlogia que César escribió al pasar los Alpes según 



f\) Los elogios de César como orador son unánimes y numerosos: Giceroo di- 
ce, que ol gomo de César se había perfeccioDado por cousteotes ejercicios; que 
su estilo era abundante y escogido, y que la fuerza de la toz y la dignidad de 
sus maoerat dat>ao gracia y encanto á las palabras, pero todo esto de tal modo» 
que formaba un conjunto el más feliz, sin que le faltara ni una sola de las cua- 
lidades del orador... Tomando por guía la razón, corrige los vicios que el uso 
ha introducido en el lenguage, con pureza y severidad de gusto. Unido á esta 
•legante latinidad, necesaria á todo romano bien nacido, el realce de la elocuen- 
cia, sus discursos son como obras maestras de pintura, colocadas á una luz faTO- 
rable. Tan singular privilegio, unido á los requisitos todos del arte, hacen impo* 
síble ponerle en frente un rival; su declamación es brillante, y su voz, su gesto 
y su exterior noble y majestuoso. Brunos, LXXII y UQCV. 



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- S13 -^ 

SneiODÍo, es á juido de Giceroo ^ae lo elogia extraordinariaoieiite, 
ano de los tiUilos más grandes del autor á la consideración de la 
patria; tal obra, justificaría si existiera el de primer hablista que Ci- 
ceroD cooeede á César, y nos daría á conocer la poderosa influen- 
cia que cao ella había tenido el vencedor de los galos en la perfec-' 
cioD OOD que escribieron los escritores de su siglo; Varron, testimonio 
irreeosable en esta materia, le concede también iguales elogios. 

Ni de sos tragedias, ai de sos cartas, ni del tratado sobre el dere- 
eho aognral, ni del Anli-Catoo, obra dictacka por el odio contra la 
que GioNtm había escrito en elogio de Catón, ni de sus máumas ó 
apotegmas, queda más que algún ligero recuerdo, iasufideote para 
dar idea del genio de César, en esta clase de trabajos. 

Solamente loa comentarios sobre la guerra de las Gdias, y la guerra 
civil, Cámmentaria de helio gtUlico, et de beUo eifíili, se han salvado 
áxá naufragio que tas obras de este escritor sufrieron: consta la primera 
de siete libros, y otro de mano posterior, y la segunda de tres; una y 
otra no son otra cosa que uieiuorías militares de las campanas de Cé- 
sar en las Galias, de sos triunfos, de sus hechos, y de la lucha con 
Pompeyo hasta llegar á la batalla de Farsalia. 

Loa Comentarios de César, no se deben considerar co::;o verdadera 
historia, con recitado reflexivo y con observaciones sobre cada uno 
de los hechos que contienen; ni esto se propuso el autor, ni la crítica 
debe exigirlo cuando se ve la roarrba que toda la obra lleva: son me- 
morms militares simplemente, siguiendo el orden natural de los su- 
cesos y refiriéndolos sin reflexiones, sin galas, sin artificio, y con el solo 
olijeto de dejar un recuerdo eterno de ellos ; es verdad que por la 
pureza de su lenguagí) han sido siempre mirados desde Cicerón, que 
los consideró daros y elegantes, tmdi et recti, como excelentes mo- 
delos de la lengua latina, y que esta consideración ba sido á los ojos de 
muchos, el único punto de estimadon hacia un libro, que se ponía 
generalmente en las manos de los jóvenes. Hoy la obra de Julio César, 
gracias al estadio más detenido que de eHa se ha hecho, puede y debe 
ser mirada, como moddo de historia en el género á que pertenece, 
como una fuente, la mejor, para conocer d arle militar antiguo, y co- 
mo estudio por fio, interesante al político y al geógrafo. 

Si la pureza del lenguage, y la grada delei^tílo han llamado la aten- 



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^ tl4 - 

cioQ de iodos siglos, no deben llamarla m^ios tas grandes coalidades qoe 
descubre el anlor; Asinio Pdion ha podido ta mal hora echar en cara á 
César, los elogios con que refiere aceiones de que él mismo era é al-* 
ma (1;, pero ha dejado de ver qoe se eleva sobre iodos los escritores, 
desprendiéndose de las pasiones de hombre hasta tal punto, que si no se 
supiera que era el autor de los comefUarios^ se podría fácilmente dudar; 
Tácito, acaso por esto, le llamó el primero de todos los autores tummus 
autartm dwu$ JuUus; y Juan de Muller, el grao bistoríador siiízo, 
confiesa que alguna fez disminuye su afición á Tácito por César, que 
escribe siempre con tal perfección, que no cabe nada mejor; siempre como 
hombre de Estado, siempre desprend^dose de sus pasiones y eon el arte 
dificil, de no decir nada de más, ni omitir nada. Cicerón, Bossuet, Ea** 
ríquelV, Napoleón, Federico Schlegd, el traductor español Valbuena, 
Nisard y otros mil, han justificado con elevados juicios el mérito que hoy 
atribuye la critica al autor de los Commtarm, y no los reproducimos 
por no hacemos excesivamente prolijos. Es verdad qae la obra de César 
no es de las que una simple lectura puede dar á conocer en toda su pro- 
fundidad; necesita no solo estudb , sino disposiciones especiales para 
apreciarla; su descuido es aparente, como el abandono y la ligereza 
con que parece estar escrita. 

Se ha querido t)or algunos esiabl^ier una comparación entre César 
y Salustio ; pero más que comparación pueden establecerse dife- 
rencias: el primero narra lo que hizo, procurando ser claro y verídi- 
co; el segundo medita y razona sobre asuntos de la historia nacional, 
disertando siempre y procurando hacer su estilo tan conciso, que mu- 
chas veces sin quererlo, se hace oscuro: el asunto y la forma difieren 
en ellos cuanto es posible: no hay otro lazo que los una más que el 
de pertenecer los dos al grupo de historiadores de este periodo. 



(^ } Ni eDire ios escritores aoUguos ni entre ios iofíaitos de los tiempos mo- 
dernos que han estudiado y juzgado las obras de César, se encuentran partida- 
rios de Asinio P(>l¡oo: se dice qoe babia escrito una historia de las guerras ci- 
viles también, y en este caso oo es extraño que su amor propio le llevara basta 
el extremo de encontrar la de César falta de exactitud, y verdad y abundante en 
credulidad y mala fé. El censor constante de Tito Livio, y el quesiempre se mos- 
tró enemigo de Cicerón, no es fácil que alcanzara gran autoridad contra una 
obra que siendo la relación de hechos conocidos de todos, no tuvo impugnadores 
y por el contrario elocuentes admiradores. 



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- 146 - 
tas obras de Jolio César han tenido en nuestros tiempos infinitos tra- 
ductores (1) y entre los antiguos continuadores: Aulo Hircio, lugarte- 
niente de César, que murió en la batalla de ^Módena, añaüd un oc- 
tavo libro á los comentarios sobre la guerra de las Gaitas: los de la 
guerra ci\il también ban sido continuados en los libras De helio ale- 
xandrino. De bello africano y De bello kispaniemi, pero estas obras 
que unos atribuyen i Hircio y otros á Opio, distan mucbo del mérito 
de las de César, y no son dignas de Ggurar al lado de los que indu- 
dablemente se deben á su pluma. 

Gayo Crispo Salostio. 

Si bnbiera de juzgarse del mérito de un escritor por el número de 
sus traducciones y comentarios solamente, C. Crispo Saluslio seria con- 
nderado como el primero de todos los prosistas latinos; tal es el aprecio 
que de él se ha hecho siempre: en el reinado de Adriano fué ya tra - 
ducído al griego, y en las lenguas modernas son tan numerosas las tra- 
ducciones, que llenaría un lar^o capitulo la simple enumeración de 
ellas (I). Entre nosotros que ha sido de los escritores más afortunados 



(4) Los comeoidf ios de J. César han sido traducidos frecuentemente á nues- 
tra lengua» y me parece curioso apuntar algunas traducciones, ea que poder 
consultar la ioteligeocía de los pasages dudosos. 

La más antigua que conozco es del año 4498, impresa en Toledo por maestre 
Pedro Hagembacb alemán, y á costa del honrado mercader Helohor Gorricio; 
el autor de la traducción es Fr. Diego López de Toledo comendador de Castel- 
Dovo y dedica la obra al principe D. Juan, nieto de los reyes católicos: el juicio 
de esta traducción es poco lisongero para el autor que se envanece de haberla 
concluido ¿ los 47 anos de su edad; tiene todos los defectos que esta circunstan* 
cía hace presumir, y los propios además de su ¿poca. 

A fines del siglo pasado la tradugeron D. Manuel de Talbuena y D. José Goya 
y Muniaín; la traducción del primero generalmente apreciada, tiene el defecto 
de haber sustituido á los nombres geográficos antiguos los modernos, dando en- 
trada al error cientifico y de lenguage; por esta razón y por la mayor fluidez 
del estilo, segnn dice el Sr. Müá en el prólogo, se prefirió la traducción de Goya 
en la Biblioteea de autores clásicos, que ba empezado á publicarse en Bar- 
celona, pero con demasiada lentitud per desgracia teniendo en cuenta la imper- 
tanda de esta publicación, y la necesidad que de ella tienen los aficionados á 
los estudios clásicos. 

(2) El infante D. Gabriel de Borbon poblioé ana estélente traducción ^drid 



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- «16 - 
pen* este coooeplo, ha sido IdmbíeQ el más imitado de los latinos por 
nuestros excelentes historiadores. Mariana procaró imitarle mochas Te- 
ces, y el insigne Zurita y Chacón le anotaron y comentaron. 

Dada la idea del aprecio dispensado á Salostio ea todos los siglos, 
se hace preciso para guardar el método establecido apuntar algunas no- 
ticias acerca del autor, antes de hablar de sus obras y de su mérito. 

Cayo Crispo Salustio, natural de Amítemo(hoy San Victorioo), vino 
al mundo en el año 668 de Roma, 86 antes de J. C. La época en que 
corrió su juventud era época de vicios y desórdenes hasta tal punto, 
que dificil seria comprender qtie un hombre, que viviera en medio del 
gran mundo pudiera librarse de los excesos á que conduce el ejemplo: 
por eso en Salustio se ve una contradicción tan marcada entre el escri- 
tor y el hombre; con un claro talento, con las ideas más fijas sobre el 
bien y sobre el mal, la moral de Salustio, si se ha de creer á sus bió- 
grafos, existe sólo en sus escritos. Pensador profundo, pero amahte del 
placer se deja llevar de sus aficiones, cuando no aparece el filósofo; so 
familia que debió ser, sino del orden patricio, de elevada condición, 
hubo de contribuir no poco á que alcanzara los puestos que ocupó en la 
república: esludió las lelras^ griegas y latinas, no con el fio común en 
las p^'sooas de su rango de dedicarse á la tribuna, sino para ser polí- 
tico, porque por ambición y por amor á la gloria hizo de la política su 
ocupación favorita y exclusiva: el estudio de los historiadores le enseñó 
á meditar en los acontecimientos de los pueblos, y en sus inslitodon ? 



4772 uD tiermo^o tomo eo folio) de las obras De bello Calilinario y De bello 
lugurtinOf procurando conservar loda la energía y todo el brillo de la frase latí- 
na; tanto la traducción como las notas que la siguen y el discurso sobre la len- 
gua fenicia, son dignas del mayor aprecio y pueden servir perfectamente para 
el estudio de Salustio; colocado el texto latino detrajo del castellano puede ha- 
cerse la comparación fácilmente. En el prólogo que precede á la traducción, ha- 
bla el infante de las siguientes que no he podido encontrar: la del maestro Fran- 
cisco Vidal y Noya, que en cuanto á la Guerra de lugurlüy por lo menos, no 
hizo más que seguir la de Vasco de Quzman que existe en manuacrito en la bi- 
blioteca del Escorial, y que considera de escaso mérito, aunque en pocos anos 
tuvo la suerte deque te imprimiera tres veces. Otra traducción publicó en 4645 
en Amt>eres, Manuel Sueiro que á juicio del infante D. Gabriel^ lleva poca ven- 
taja á la anterior, pues carece de elegancia en el estilo, y dista macho del 
4ecir nervioio y precieo que caracteriza ¿ Salustio. 



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— 817 - 
y oDfitttnibres apreidíó á ter el orfgeo de los males que la generalidid 
de k» hombres atríbayená caosasdel momento: Salustio ocapó desde 
la edad de S7 aios empleos de imporíaneia, como fl de Irttmiio del 
poebioy llegó á la alta dignidad de senador sia que los desórdenes ee- 
sarao y sin que se apagara su sed de riqueza. Grande debió ser la K- 
' ceociá de su vida cuandase sabe que el senado ^ vio en la necesidad 
de echarle de su seno, eomo indigno, pero César á quien se afilió ded- 
didaoientc, no solóle volvió sus dignidades, sino que le Ifevóá Afriea, 
y le 4ió el car^o de proprelor de Numidia: cuales serian las vejaciones 
que ejerciera « se comprende con solo pensar que después de su gobier- 
no hizo construir en el Tibor una casa de campo , mansión después 
de los emperadores, donde las maravillas del lujo y del arfe se habian 
reunido hasta el punto de que sorprenden las descripciones que de ella 
se hacen, justificadas por las escavadones que en lea tiempos moder- 
nos, han salvado de la de^ucdon, preciosidades de escultura que 
adornaban el jardín de este distinguido personage de tan gran talento co- 
mo escasa virtud: murió en el ano 749 de Roma, 35 antes de J C. 

Dos olM'as de gran interés p^^see la posteridad, debidas á la pluma 
de Salustio: una con el titulo Bétimm CaiiUmrmm y otra con el de 
Belhm Jugwtinum, ya mencionadas. 

La primera tiene por objeto 1 1 conjuración del joven Catüiná que 
apurado por deudas, lleno de travesura y ayudado de la juventud mis 
depravada de Roma, babia concebido la idea de asesinar en una noche á 
los cónsules, incendiar á Roma, y secundado por el pueblo y aun por el 
ejército, apoderarse de la dudad, derrocar la república y establecer un 
gobierno despótico y militar. Cicerón alcanzó entonces uno de los triun- 
fos que más engrandecen la memoria de su nombre, y al ser saludado 
con d título de Padre de la Patria, se le daba la mejor recompensa que 
im hombre público puede desear. Salustio, testigo de estos sucesos en 
los que algunos bao querido verle envuelto sin razón que lo justifique, 
escribió su bisloria, pero no solo como narrador, sano como poHUco in- 
signe que todo lo conoce, que está acostumbrado á meditar en el por- 
qué de las cosas, y en las intenciones de los hombres: máximas de la 
más elevada moral, consejos siempre útiles para los hombres de gobier- 
no, arle, elocuencia, filosofía, todo se encuentra en esA obra debida al 
genio del que era á la vez profundo filósofo y excelente artista. ¡Qué 



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- Í18 - 
OQDcnioQ &k las Barmcmes, qué verdad eo ias descripáoiest qui {»re- 
fiiodidad eo las niáxiaias, qué exacütud en los retcalos! Pero eo meéh 
de'esUtf elogios, no paede dejar de itpuotarse que la paskm y el adío» 
ocultos por el tálenlo^ guíao la pluina de Salustki; el oeuUar ó diseú- 
Duir la parle que Giceroo iomá ei^ ese trágico siioeio, empaia la ^* 
ría del bisloríador, sio que las excelentes cualid<uies aates apooiadas 
puedan disculparle; la posteridad ignoraría la ^ia' del orador roma- 
no, sino hubieran llegado las celebriidas Cütilimarias^ discoraos quo 
conmovieron al Senado y echaron por tierra los nefandci planes de la 
más desenvuelta ambición (1 ). 

La segunda obra de Salustio, Bellum Jugurtinum^ es todavía sepe* 
riur oooM) obra histórica á la de Calilioa: eo ella no ae OBcoentra el de- 
fecto de la parcialidad, que es de los más graves que puede tener el his- 
toriador, porqqe au pluma al referir sucesos de fecha anterior y oemri* 
dos en lugares remotos, ni tiene que ocultar odios, ni va ^uiria par 
pasiones que obliguen á torcer la explicación de los sucesos. Elas«nto 
era muy á propósito para un pensador profundo: Tugurta que haUa da- 
do muerte á sus primos, los hijos de Maxinisa, herederos de la Nomi- 
dia 000 garanlia del senado romano» halna comprado á los senadores 
para hacer provechoso su crimen: las primeras ludias sostenidas por 
los romanos en esta guerra, que el espíritu público moviéndose contra 
tanto escándalo había producido, les fueron desgraciadas*, pero puesto 
al frente de las armas romanas Hételo y más larde Mario, ni la astucia, 
ni lodos los recursos empleados por lugurla pudieron nada contra la 
severidad y activa habilidad de Mario; Tugurla entregado áL* Comelio 
Sila, fué llevado á Roma donde murió de hambre en un encierro. 

El gobierno que Saluslio desempeñó en África, pudo darle á conocer 
exactamenle las tradiciones, monumentos y logares donde habían ocurri- 
do los sucesos de estas guerras; su conocimiento en el arte militar y en 
las cosas de Roma, á la vez que le baria seguir la narración (k la 
guerra con ojo experimentado, le servia para oooiprender las agitacio • 
nes interiores del senado y pintarlas con tanta verdad y elocuencia como 



(h) No apuntamos trozos dignos de darse á conocer, porque la obra es toda 
bella, y por donde qaiera que se abra» se encuentran bellezas y perfecciones 
dignas del primer historiador. 



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ias batallas. Émulo é inítádor ¿e TneüKdes que dié i ta liisloriá la fb^ 
ma severa y reieiita propia del filósofo, llegé hasta ri poetó de que 
le aventaja en eoocisíoB y energía. Séneca, dice, y con razón i este 
propMto, qaeá Tuddides se le pueden suprimir algunas palabras 
sin alterar el sentido, y que á Salustío no; á lo que ayuda la lengua 
Mina que se prestaba mid que la griega á la concisiott y energía de la 
frase: la acertada disposición del asunto, la proporción artística de sus 
partes, la anncnfa que reina entre ellas, la verdad no s¿lo en la narra- 
ción sino en la pintura de los caradéres, la animación del recitado y la 
imparcialidad que como historiador demuestra, son cualidades de tan 
aho precio, que oo se encuentran fácilmente reunidas: al comparar al- 
gira escritor á Salustio con Tácito, que da la misma forma á su histo- 
ria, ba creído poder anotar una falta en aqnel, la de no explicar el orí- 
gen del pueblo africano, como Tácito lo hace del germano, pero esto 
séio puede decirse como un punto en el cual no cabe la comparación 
entre estos dos escritores, porque Salusito no se propuso escribir los 
origines de los habitantes de la Libia, sioo historiar los sucesos indicados 
con la elevada mira del filósofo, que busca su oacimienlo é indica sus 
causas. 

Distingue el estilo dcSalustio, tan conocido de todos los que cultivan 
h5 letras latinas, la concisión y energía de la frase, á lo que no contri- 
buye poco el uso de arcaísmos, que si empleados con mesura pueden 
servir para embellecer, con profusión dan umestras de afectación y pro- 
ducen n)al efecto: asi Saluslio, aunque cuidadoso de la forma porque 
como insigne escritor la considera como la más bella cualidad de un his- 
toriador, es alguna vez osburo por demasiado conciso, y afectado por el 
excesivo empleo de arcaismos, locuciones forzadas y helenismos, pero 
estos lunares no pueden rebajar su mérito. Veleyo Patérculo, Quínli- 
Kaoo, y Marcial le proclaman como el primer historiador de Roma. San 
Agustín y Luis Vives, lo consideran como el que mejor ha poseído el 
arle de embellecerlo lodo, produciendo en el lector tal encanto que 
gusit más cuanto más se lee. 

Suelen publicarse después de las obras mencionadas, dos cartas que 
algunos consideran, aunque no puede afirmarse, como de este histo- 
riador y que suponen dirigidas á Julio Cfear durante su permanencia 
en España: el objeto de estas dos cartas escritas en estilo cortado, á la 



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maiimi del deSaiustb^Mi los asontoB déla repübiiet y el dar á Cé«> 
8ir consejos acerca del gobiemo; se tílolan de repiMca crdmania: 
landHOD hay dos declamadcoes, una m Cieertmem, y otra U Sa l hu tnm 
y qoe se atríbayen á esU» dos escritores, eatre quienes debié exislir oo 
odio bienoopocido de todos en so Uempo; pero por masque méb i eslaa 
obras tan ilustres autores, es de presumir que bayao debido salir de 
alguna escuela de gramática en la época de la decadencia y que una y 
otra sean trabajos debidos i la ingeniosa babilidad de algún retórico 
que la puso á prueba, ^tomando para base para sus escritos una enemis- 
tad conocida. 

Se dice que Salustio tenia intención de escribir una historia de la 
república y que babia escrito con este fin seis libros con el titulo de ki&^ 
torié nrum in repubhca romana gesiarum.qüe comprendía desde la ab- 
dicación de Sila hasta la época del gran poder de Pompeyo en Oriente; 
pero solo quedan dos fragmentos ó discursos en los cuales se ocupa 
de las costumbres de Roma, y de las revueltas del tiempo de Mario y 
Sila. Los demás fragmentos qie existen de esta obra que parece haber 
podido comprender como episodios, las dos ya citadas, son insignifi- 
cantes y no pueden servir, ni bajo el punto de vista de la historia, ni 
de la lengua, para encarecer el mérito de Salustio á quien con lo dicho 
se tiene que proclamar uno de los más insignes escritores antiguos y 
uno de los más perfsolos historiadores del mundo. 

Gomelio Nepote. 

No se sabe ni donde ni coando nació este historiador; todos los críticos 
le consideran del tiempo de César y le proclaman amigo de Cicerón, de 
Catulo, de Ático, y algunos señalan á Hoslilia, cerca de Yerooa, como 
su pais natal. 

Los escritores de la antigüedad que citan á Nepote, le atribuyen obras 
hoy completamente perdidas, y que unos como Catulo llaman hisíona 
umersal (4), otros como iulo Gelio Crónica^ y Jomandeas les dá 4 
nombre de Amales. También se le atribuyen los libros de los Ejem^, 

(4) Catulo al dedicar á Coroelío sus poesías, dice: 
Ausus es» uous Italonim 
Omne (Bvum tribus explicare cbartís 
Doctis, Júpiter! et laboríosis. 



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^ MI - 
la tida deCieerooylasdetoahistoriadoreijriegosy 1^^ peroiuh- 
ím más 86 puede baoer respedo de laks obras qoe apootar ealaa Qotidaa: 
lo raro es qae oiogon eacrítor de la anligOedad hable de la úoica qae 
ba quedado de Coroelio Nepote, y qoe es la lilalada Vik» exeelhiilimí 
émperatortm. ¿Que exiraio es, seolados tales aoleeedentes, que la críp- 
tica haya dudado acerca de m aotor y basta que haya atríbotdo esta io- 
teresaole c(4eccioii á Emíiio Probo, coo cayo nombre se poblkaroo las vi- 
das por primera vez en París en 1 568? El error aoaso tenga una expK^ 
cadoD compteta, recordando qae Emilio Probo, escritor del siglo lY de 
la iglesia presentó un ejemplar á Teodosio, escrito por él, su padre y so 
abuelo, pero sin que acaso hubiera más pretensión que la de pasar por 
los copiantes; hoy la crítica no duda, ni puede dudar, de que Emilio Pro- 
bo hizo una verdadera impostura, y se admira de que por muchos siglos 
haya pasado como de la época de la decadencia, una obra que pertenece, 
al pleno siglo de oro de la literatura y que aunque tenga grandes lu« 
nares en cuanto á la pureza de la frase, no deja de presentar señales 
evidentes de que el autor vivió en los mejores tiempos de k lengua 
latma. 

Qoe las obras de Comelio Nepote han debido llegar corrompidas á 
nuestros días se comprende bien con sólo lo dicho, y por eso al juzgar-- 
le, se debe tener muy en ouenta que las vicisitudes que han viciado el 
texto deben pesar en la balanza del crítico para apreciar el Oiéríto del 
escritor; por no hacerlo asi, se ha dicho y repelido hasta la saciedad 
que la literatura latina no tiene un Plutarco, y se juzgaría mejor 
á Comelio Nepote, diciendo que el Plutarco latino no había escrito más 
que una biog^fia, la de Ático; pero que es superior á las del escri- 
tor griego porque está llena de todos los encantos que la dicción y la 
elocuencia pueden proporcionar; acertada en la distribudoo, eon un 
pian sencillo y perfectamente concebido, con un encanto y con una 
ejecución digna del que en Roma había alcanzado el sobrenombre 
de ático por su pureza y buenas formas en el decir, la biografía de 
Ático es y será siempre un modelo de obras de esta clase, y coa ra- 
zón se pone en manos de los jóvenes para aprender la lengua de Cicerón; 
lleva Comeho Nepote á Plutarco la ventaja de haber vivido en la me- 
jor época de la literatura. 

Después de lo cMcho pocas pelabas bastarán para juzgar las demás 



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bíogrtfiafi desale esorÜM*; sí ñi«ra de 4uda esta qae íod de CorneBo Ne* 
pole, tftwbien lo etlé ({ue hao Uegado la» akeradts j corrompidas qoe 
salo puede disliagaiise boy por ^ teeguage lo que es de la época clási- 
ca, de loque perleoece á los licmpos bártüvos ya de la lengua lalioa: 
los historíadores bao sido desgraciados en la eonaervadon de sos obras, 
y has&a las oooservadas bao teoido la desgracia de sufrir alleraeio- 
oes, BMdifioaciooes y cortes qoe las b» dejado no solo ioeompletas, sino 
desfiguradas. Trogo Pompeyo ba debido aun abrevíador el beberse 
perdido; Comelio Nepote á aa impostor el escaso merecimieelo que tie- 
BCQ algunas de sus vkias para It posteridad; el mismo Tito Livio de- 
be á los copiantes acaso más que al despotismo de los Césares, las h- 
gnoas con que se conserva su magnifica -bistoria. 

Las vidas d$ los üustres capitanes contienen la de veinte griegos; 
atenienses unos como Milciadcs, Temíslecles y Alcibiades; espártanos 
oíros como Lisandro y Agesilao, tebanos como Pelópidas y Epa- 
miaondas, y otros como Timoleoo, Dion y Erimenes pertenecientes á 
los demás estados de la Grecia. Sigue á estas biografías una relación 
de los Beyes más célebres griegos y persas, y las vidas de Amílcar y 
Anibal. La forma en que ba llegado bace que las conjeturas puedan 
entrar en todas las partes; las últimas citadas asf como la vida de Caten 
qoe ba llegado ímcomplela y la de Ático con qoe se termina la colec- 
eioD, parecen tomadas de otros escritos de Comelio, y por eso bay que 
tener muebo cuidado al juzgar su mérito. 

Comelio Nepote sigue en sus narraciones á los bistoriadores griegos 
porque adeoiás de que eiU á todos menos á Heredóte, es presumible que 
fuera á tomar los datos para sus biografías de las fuentes donde mejor y 
más fócilmente pedia beberlos; no se crea qoe procura ¡untar á rus béroes 
en tedas las manifestaciones de su vida, ni que es tan cuidadoso como 
debiera de la verdad bistórica: un rasgo de la vida privada, una rela- 
ción eft ooosooaocia con el tiempo del béroe, es á sus ojos de más estima 
que la enumeración de becbos; en verdad que lo mismo se advierte en 
Plot^rco y en casi iodos los biógrafos; deseosos de bacer conocer al bom - 
bve, dejan miiebas veces de seguir al béroe. Por eso se citan tantos erro- 
es bisi¿rioos y geográficos padecidos por Cornelio (1). Su estilo es da- 



(4) Sob9ll apaotft mochos de e»tos eriores. <]08ltfizQ los ha reprodooido 



en 



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- asa - 

m» degaote 7 moy propio pftra la enseSamuí áé la tengaa latina. 
Sq resámeo: Cornelio Nepote aparece á loa ojos de la posteridad 
eono ofi kombrc amante de lo baeao y de lo grande, y al mismo 
tiempo de la iiberlad repobHcana. Sos ideas sobre h virtod y sos 
reflexioiies sobre la vida de loa héroes, sao dignas de eooomio. ^ eo- 
tno hiHoríador es poco cuidadoso de la verdad; si felta algona \ei h 
crflka necesaria para descebar los et rores donde qoiera que tos en« 
eueotre, es un artista digno de conocerse y habida caenla prindpalmen 
te de so biografía de Pómponio Aticó, es el autor de un verdadero modelo 
en esta clase de obras tan difíciles en so ejecudon: su lalítiidad pura y 
correcta, su eslito claro, sencillo, y elegante, le colocan entre los me- 
jores cultivadores de la lengua latina: Mslima que no baya Hegado 
más completo y con menos adulteración, porque asi no se tendría que 
desechar tanto como se desecha, por más que no sea suyo todo lo 
malo é inexacto de la colección (i). 

Tito LítIo. 

Es el primer historiador romano que inteoftó escribir una historia 
general de Roma, y á la ma gtritud de la empresa debe acaso más aun 
que á su manera , el haber sido considerado como el príncipe de los 
historiadores latinos: la empresa sin embargo era solo realizable por 
un escritor de primer orden como hé Tilo Livio. 

Escasas noticias se tienen de su vida: era natural de Padua; aunque 
descendiente de una famila ilustre, y aunque se sabe su larga perma- 



sa manual de literatura latina; yo do lo hago porque sería demasiado prolijo, y 
porque es más á propósito para la clase con el origioat a la vista. 

(i) Tenemos una muy tmena tradooctoo easlelTaoa beclia por D. Rodrigo de 
Oviedo* catedrétioo de sioiaxis en tos reale» estodÍDe de 9. Isidro^ imprasa en 
Madrid en 4774. Ya precedida de oo prólogo oorioso acerca de la oonveaienoia 
de eoseSar el latió con traduccioaes castellanas. 

Eú la .biblioteca de la universidad de Zaragoxa existe una traducción If . S. he- 
cha por el nsigoe aragonét D. Tomas Fermio de Lezaum y Tornos en 4750. 
Latassa en su biblioteca de escritores aragoneses 00 hace mencíoo de esta tra- 
dticcioQ sin embargo de que habla con gran detenimiento del autor y de sus nu- 
merosas obras; contiene sólo veinte y dos biografías siendo la última la de Amil- 
car; considero muy escaso el mérito literario de esta versión, ' ' 



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- «1 4 - 

ugím ea Koroa, bo se qnee que desempeñara o(ro cargo que el de 
maesUro de Claudio el emperador. Kació en d año i59 de J. d y 
murió el 19 después. De sopoocr es que el tiempo que pasó en Bo- 
ma, lo dedicará exclusivamente á recoger makriales para su bisloria, 
que DO sin gran constancia y trabajo pudo lograr el conodmienlo de 
tantos datos históricos como guardaban los archivos de Roma, y no es 
posible que sin ellos pudiera dar dma á una obra de tan grandes 
proporciones. Tratados, leyes, anales, fastos, inscripcioBes, todo de- 
bió examinarlo: los historiadores, que antes que él habia||kintenlado 
como Polybio un trabajo parecido, debieron ser consult^lros tambfeu 
con gran provecho, y el libro 21 es una prueba de que Tito Livio 
siguió completamente á este escritor cuando lo creia conTenicnle á 
su fin. 

En su tiempo alcanzó tal renombre que Plinio el joven cuenta que 
un habitante de Cádiz hizo un viaje sólo por verle, y S. Gerónimo dice 
lo misma de varios españoles, y franceses; aunque esto sea una exa- 
geración, prueba bien claramente la consideración en que se tema al 
autor de la historia de Roma, que empezando en sos orígenes llegaba 
hasta la guerra de Germania y muerte de Druso. 

Tito Livio había titulado su obra Ánnales] era producto de veinte 
años de constante trabajo, estaba divivídída en 4tS libros, subdivi- 
didos en Décadas, nombre con que generahnente se conoce» y reoorria 
un periodo de 7ii años Ha llegado muy incompleta y solo que- 
dan los diez primeros Jibros que contienen la historia de ios i60 
primeros años de Roma; desde el veinte y uno al cuarenta y cin- 
co, (los qínco últimos llenos de lagunas), que comprenden los años 
que transcurrieron desde la primera guerra púnica hasta la sumi- 
sión de la Macedooia, ó sea desde el 5Si al S8$ de Roma , y varios 
fragmentos de algunos otros, acaso los que debian contener lo más in* 
tercsante de Ja historia romana [1]. Existe además un eompendio ó 
resumen de tan voluminosa historia atribuido á Floro , que debió 
contribuir más poderosamente, que el despotismo de los Césares, á la 
pérdida de la obra de Tilo Livio, porque los copiantes debieron pre- 

f^) No apuntamos los esfuerzos hechos en todas épocas para completar las 
obras de Tito Livio, ni como y cuando se encontraron los libros que poseemos , 
porque esto nos baria ser más prolijos de lo que se puede ser con nuestro plan. 



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- tí8 - 
ferirlo á la obra maestra de doode se haUa formado, y porque acaso su 
lectora como más i)reve, fuera más general: este comp^idio y los 
fragmeoloB de qoe se hace meoekm, han servido para aoa obra de 
alta gloria para d autor, pero de escaso iotcfes Üslóríco, Im m- 
pkmmtos á la hitloria de Tito Lim escritos eo el siglo XYII por el 
áiemaB Freiodiemio ; en eDos á la vez brillan el talento y la erudi- 
ción, para imitar la frase del escritor perdido y para recogtr las noticias 
bisléricas esparadas eo los escritores latinos de todos tiempos. 
^ ComAieda dicbo, la historia de Tito Livio se ha dividido general- 
mente d^rtes de diez libros, décadas, pero esta división debe atri^ 
bnirse más que al autor á los copiantes y libreros, considerándose ade- 
más como nn motivo para qoe se perdiera porqoe acaso se vendiera 
- por partes ó por décadas, coma si fueran tratados separados y com- 



Todos los escritores de literatura latina canccden al estilo de este his- 
toriador las excelentes cualidades que babia notado Qointiliaoo: la ele- 
gancia del siglo de Augusto, la riqueza de su dicdon, la energía conve- 
nienie al asunto, la habilidad con que suele cambiar de tono, hacen que 
Se considere á Tilo Livio como uno de los escritores más elocuentes de 
la antigüedad. Todos sin embargo repten el hecho de que Asioio Polion 
notaba algunos defectos exclusivos del autor á qoe dan el nombre de 
patavimtaler. pero Qointiliaoo, qoe califica admirablemente so estilo 
con estas dos palabras, láctea nhertoí, encantadora abundancia, ex- 
plica el defecto que Polion encentraba, considerándolo cómo prodocido 
por giros especiales, locociooes duras ó frases unidas con poca armonía: 
el pretender hoy buscar esos provincialismos que herian el oido deli- 
cado del persooage citado, seria pretender un imposible, y al querer 
explicarlo por errores en la ortografía, se consigue sólo demostrar la 
dificoltad. 

Qoioliliano liaoe ooa comparacioo entre Herodoto y Tito Livio , tan 
acertada cuanto pueden serio las comparaciones entre escritores que han 
tratado sobre diversos asuntos, y en épocas y lenguas diversas: convie- 
nen ambos no sólo en el objeto de sus historias, sino también en su 
forma, en sus grandes cualidades y tiasta en sus defectos: los dos pro- 
curan demostrar la grandeza de su patria apuntando lodos los hedios, 
que las engrandecen y mirándolos siempre por el lado del más ardiente 



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petríolisino: los do6 dao á la historia una forma amena, m tono variado 
y hasta poético en Herodoio; los dos proe.arao remontarse á los orígenes 
más apartados y recoger, acaso con poca crítica para distingair lo biso 
de lo verdadero, todos ios recuerdos conservados por la tradición: en los 
dos y sobre todo en Tito Ltvio, brilla el ardiente amor á la palria; la 
ooaHdad de ciudadano es i sos ojos el elogia mes grande que pnede ha^ 
oerae de on béroe. 

En vano se busca en Tito Livio la idea política que goia su dama ; so 
impaimlidad como {historiador es tal, que á pesar de reeorrertjj^ocas tan 
diversas de la historia de Roma, lo mismo ensálzala memoria de los 
primeros reyes, que la de Bruto que armó la revoloeion que concluyó 
con ellos, que la de Catón, yCincinato y Decío, y que la de Augusto 
mismo: examina los hombres según las circunstancias en que vivieron y 
los móviles de sus acciones, y ni el republicano ardiente, ni el despó-* 
tico patricio, ni el plebeyo audaz encuentran censuras ni elogios inme- 
recidos. Recordando una frase atribuida á Augusto que HamdMi á Tito 
Livio Ptmpeyano, delna ser Pompeyo el más elogiado de todos los hé- 
roes de la historia romana; no es fácil decir como sería juzgado el rival 
de César, pero no parece aventurado suponer que el historiador que no 
habia prodigado elogios á Escipion, ni eon su ocasión, á la ¡dea que 
representaba, hubiera de atribuirlos al que no había tenido valor bas- 
tante para luchar hasta morir en defensa de la república. 

Tilo Livio, como todos los historiadores de Ja antigüedad introduce 
frecuentemente en su historia arengas, que dan al recitado cierto ca- 
rácter oratorio ó retórico impropio de la historia; aparte de la inverosi- 
militud que este uso Heva consigo, no puede dejarse de conocer 
que dá al historiador ocasión oportuna para que pueda exponer sin 
que deban considerarse como suyas, las ideas de diversos partidos, 
que tienen aspiraciones opuestas, así como para que pueda apun- 
tar todas las razones que debieron pesar en el ánimo de los que 
formaban las antiguas asambleas, cuando eran objeto de discusión. Tito 
Livio se aprovecha admirablemente de este recurso de la historia anti- 
gua, y es digno de recordarse que el mismo temple, igual vida se ad- 
vierte en los discursos que pone en boca de los patricios, que en los que 
pone en boca de los plebeyos cuando recorre los excesos de su larga 
enemistad. Las de Catón y Valerio sobre la ley Op ia, las de Gn- 



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- M7 - 
eniflto yDecio pueden servir para comprobar esla iiMboacioa (1). 

Se acusa generalmeale á Tilo Livio, así como á HerodkHo con 
quiOQ ya se ha diclH) que se suele comparar^ da excesivameale crédulo, 
y de iiaber formado la btDloría de los pritneros liempoa de Roma con un 
conjunto de Iradiciooes y fábulas indignas de^ llamar la atención de tm 
escritor severo. Es verdad que Níebbur ha demostrado eon elevada cri- 
tica en su Müiorta rimana la credulidad de Tito Livio, pero sin em^ 
bargo de esto, es preciso pensar en que se ocupaba de épocas que 
nada bislárico ofrecían y que referia tradiciones generalmente creídas 
y generalmente apreciadas por el pueblo romano; asi cooseguia 
interesar y halagar á los lectores cumpliendo con un precepto ex-^ 
puesto más tarde por Quintiliano, cuando dice que el historiador debe 
agradar al lector como el orador al que le escucha. Adimás de eaio, 
Tilo Livio no refiere la mayor parte de esos acootedmieatos fabulosos 
como indudables, sino que los refiere como verdaderas maravillas reaU 
zadas por la fantasía del pueblo, y como tnlimamente unidas á su par- 
ticular origen. 

Más importante es á nuestros ojos y menos disimulable otro defecto 
que la rríliu moderna echa en cara á este hísloríador; procurando ex- 
plicar la grandeza del pueblo romano y como se babia elevado en me- 
dio de las incesantes luchas que le conmovieron á tan sorprendente 
grandeza, no para casi nunca la consideración en la bistoría interna de 
Roma, en su constitución política, en sus instituciones especiales, causa 
ronchas veces del arrojo de sus hijos, en una palabra en los caracteres 
constitutivos y diferenciales de los romanos. Tito Livio penetra pocas veces 
en el fondo secreto por decirlo así de los hechos, y por eso refiere más 
que explica. Lo cierto sin eu)bargo de todo es, que aun cuando se consi- 
deren como verdaderas bUas estas omisiones, no por eso se puede menos 
de proclamar grande la obra en la forana en que existe, aun cuando no 
penetre en el fondo de los secretos políticos, ni trace la historia de las 
letras, ni de las artes, y baya en ellas otras omisiones parecidas. Sí to- 



(4) La extenskm iomeosa de la obra de Tito Livio dos obliga á no eotrar eo 
el análisis y exámeo detallado: no cabe este trabajo en ao Hbro elemental: el 
análisis y las notas déla edición Nisard pueden servir macho para an estudio de- 
tenido y completo; en eUa también poede» verse apreciaciones curiosas acerca de 
las fuentes en que bebió Tito Livio: aqui no pu^de haber más que indicacionea^ 



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- M8 - . 
dos h» deseof deiacrltiea moderna estabieraQ satisfecÉos rala (to de 
THoUtío, so estimacioQ sería mayor; no oslándolo, esájntdodetodos, 
uno de los más insigoes monameatos de la leogoa latina, y creemos qae 
oslas omisioiies no son más qne peqneios lanares qoe el goslo moderno 
encontrará siempre en ias obras clásicas. 

Pero ni el interés bisléríoo de la obra de Tito Livio, ai la degaale 
elocneocia de so estilo qoe lodo lo embelleoey lodo lo rodea de ana gran- 
deza propiamente épica poeden (kseonocerse, ni tampoco dejarse de ver 
la constante imparcialidad y justicia con que aprecia los acontecimientos 
qoe narra, ano cMndo tengan qoe salir favorecidos los exlrangeros y 
los cpnstantes enemigos del paeUo, coya magdfica epopeya parees qoe 
se propone fiarmar este insigne escritor. Títolos son estantes para 
concederle ona gloria inmortal, y por eso no debe extrañarse el constan- 
te aprecio qoe el bistoríador, el poUlico y el literato han hecho siem- 
pre de la obra de Tito Livio (1). 

Con razón el retórico espafiol Qoiotíliaoo ha elogiado la exqoisita sen- 
sibilidad de este historiador; siempre tierno, y siempre ioteresante deja 
por todas parles entrever la dolznra de so corazón y el ^tosíasmo con 



fl) Seguir lo* pasos de la orítíca acerca de este historiador fuera tarea lar- 
ga y acaso, impropia de este lugar: la veneración á todo lo antiguo debió influir 
en la consideración de aprecio que los romanos tuvieron á la obra de Tito Livio^ 
asi como influyó poderosamente en los escritores del renacimiento de las letras: 
dudar de lo que babia dicho T. LWio hubiera sido entocoes on delito á la antigüe- 
dad casi divinizada por los amantes del sat>er; sin embargo Lorenzo Yatla,'y prio« 
cipalmente Glareano y Perizonio (en 45St y iSS&J abrieron por decirlo asi el 
nuevo camino que había de seguir la crítica en las plumas de Bayle, Beaufort, 
Montesquieu y principalmente del insigne italiano Vico en las Ciencias nuevas. 
Pero el que con mas atrevimiento si no siempre con fortuna, ha juzgado la ve- 
racidad histórica de los escritores clásicos, es el ingenioso é infatigable alemán 
S. J. Niebuhr, conforme con Vico en considerar excesivamente poética la histo- 
ria romana primitiva y en la necesidad de ilustrar las obras de tos historiadores 
antiguos con las de los escritorCjs modernos. La historia de Tito Livto ha perdido 
mucho con tan importantes trabajos bajo el punto de vista de la verdad histórica, 
pero nadie deja de ver so grandeza, las cualidades que adornan al autor y la 
necesidad de fijar la consideración en el tiempo en que vivió para no juzgar ce» 
mo defectos, lo que es un desiderátum de la ciencia moderna, impotente mo- 
chas veoes para llegar hasta los últimos limites de la historia y de la vida de los 
antigaos per carecer de faentes bastantes para ello. 



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- 1Í9 - 
qoe mira á iomt y á todo lo qoeea ronaiio; esU circttostancia feSab- 
da por la critica iDodema gobio aíogolar mérito, le hice apaakmarse 7 
sentir, i la manera de Virgilio con los personages de su poema, como 
síeoteo ios héroes de su historia, porque aonqae ^iado por la severi- 
dad de la razoD, coa que el histortedor debe ir ttempre, sa corazoo toma 
parte eo las reflexiones del filósofo, y no es pcqueia gloria el haber 
sabido onir estas dos gn^odes cualidades; el lalaito de conocer al hom- 
bre, y la facilidad de sentir con él (1). 

Trofo Pompeyo. 

Annqne completamente perdida la historia de este et»crítor, debe su 
nombre figurar entre los historiadores del siglo de oro, á cuyo tiempo 
pertenece , porque no puede mirarde con desprecio al que realizó una 
obra interesante. 

Su historia titulada Eistona phiUpfica eí Mm mundi originu ii 
Éerrat titus^ es mirada con razón como la más antigua de historia uni- 
versal que se ha escrito en latín; los historiadores anteriores habían 
emprendido la empresa de escribir sobre un hecho aislado, habían óch 
GQO Tito Livio, llegado hasta la historia general de Roma, pero ninguno 
hasta Trogo Pompeyo, había salido de las limites del imperio romano; 
es verdad que según lo que se sabe de esta obra, el fin principal del 
autor había sido escribir la historia de la Macedonía y de los Estados 
üurnados de la monarquía de Filipo y iJejandro de donde viene so nom- 
bre, pero por vía de introduccioo y como episodios, referia la historia 
de muchos pueblos dando lugar á que justamente se pueda mirar como 
historia om'versal. Desgracia sensüde es por cierto la pérdida de esta 
obra y no será despropósito atribuirla á Justino, escritor del siglo VI 
de J. C. Sí^n algunos, que hizo un compendio que pudo contri- 
buir á qoe se olvidara el voluminoso original de donde se había forma- 



fi) Tito Livío ha sido traducido diferentes feces á nuestra lengua: en el pró- 
logo que precede á la traduccioo de F. Pedro de Vega corregida por Aroaldo 
Byrkiñan (Uadridi^aS) se habla de otras dos traduceíooes españolas, la de 
Pedro López de Ayala y la de Eodoa: la de Vega está hecha muy á conciencia 
y á pesar de su frase difusa y algunos arcaísmos y latinismos, .debe considerarse 
como una obra hnportante. 



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da. Coandose haUe de Jostíoo, se dario más detalles éoeita de 
esta faisloria, anotando ia marcba del conipeodío. Existen ligeras iotro- 
doisdones ó pról(^ de ios 44 libros, en qae Trogo Pompeyo habia dh 
^idido su trabajo, y aunque «^ de presoniár, q<ie sean debidos á algan 
gramático de los primeros sig^ de J. C, tienen un carácter de antigüe- 
dad que los hace más apreciables. (I ) 

Monmmenkm Ancyramm. Se dá este nombre á los restos que se en- 
contraron en las ruinas del Templo de Augusto en Ancira, de la sudnta 
historia ó relación, que Aoguis^to habia eserilo de los sucesos de su 
largo reinado: no era una historia completa, pero no deja de ser curiosí- 
simo el monumento, que se conserva. Augusto remitió al sena do su tra- 
bajo y el senado mandó esculpirlo en bronce, y con dos textos, latino y 



(4) OcasíoD oportuna es des pues de hat)er hablado de los historiadores, para 
dar algunas noticias acerca de los periódicos romanos; materia que ha ocupado 
plumas tan distinguidas como la de Le Clero, y qoe por ser más erudita que cien- 
tífica no nos paramos á eiamioar con el detenimiento que merece, considerán- 
dola poco propia de un libro elemental y didáctioo. 

Ya hemos citado más de una vez las actas del Senado y las del pueblo; redac- 
tadas aquellas por un Senador a cura actoruin, tuvieron inmensa influencia en 
el desarrollo de la historia. Las aeta populi diurna, que contenían los acuerdos 
y discusiones de las asambleas populares, fueron ana fuente preciosa para ia bis-^ 
toría, y de ellas arranca al parecer la creación de periódicos ó actos como colec- 
ción de noticias. Según el respetable testimonio de importantes escritores de la de- 
cadencia como Tácito, Suetónio, Plioío, Petronio y otros, no se debe dudar de su 
existencia durante el imperio, pero es preciso no confundirlos con las fuentes histó- 
ricas antes citadas con los nombren de ÁnalsM ó aetas, ni menos pretender qoe 
pase por auténtico todo loque parecido á las modernas publicaciones periódicas se 
cita por los rebuscadores de ofício, que pretenden sin descanso asimilar la vida 
antigua á la de los pueblos modernos, intentando descubrir semejanzas en todo, 
siquiera no tengan para ello más que un remoto parecido. En el citado trabajo 
de Le Glerc puede verse cuanto se sat>e aoercade &sta curiosa y erudita materia, 
y en él encontrará el estudioso recogido todo lo que sobre esto se conserva. He 
aquí un fragmento que se supone auténtico perteneciente á la época de Augusto. 

SüB PBINGIPATC AüGüSTI. 

A. ü. C TU. A. C. B. W. 
(A d% iii id. apríl.) In a9tis temporum divi Augusií inveniturXII. consulátus 
ejus, Lucioque Sylla coNega a. d. Itl. idus aprilis, G. Críspinum HHarum ex in* 
genoa plebe Fastilana, cum liben's uovem, in qoo numero fíliea dusd fueruni, 
nepolibus XXll, pronepotibn* XXIX, nepotibus octo, prolata pompe,' cura óm- 
nibus bis in Capitolio immolasse. Plinius. VIL IL 



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• 4*1 - 
griego. Los escritos qtte tanto eo prosa corno eo verso qoedao del primer 
emperador de Roma, le elevan á ia coosideracíoQ de escritor correcto. 

Pastí prom^stini de Vertió Flaco. V^rrío Flaco liberto del juriscon- 
sallo de este nombre, mereció alta consideración en su tiempo y su es- 
cuela tanta fama, que fué nombrado maestro de lo$ nietos de Augusto, 
y alcateó la alta ji(lona de que se le erígiehí iroa estatua en Rtrnt se-* 
guo unos escritores, y en Prénesta según otros. Se dice que habia es- 
crito im Iratedo de gramática del qtic nada queda, con el (Hoto De ver ^^ 
horum sigmficattone^ que se supone reducida á compendio por Scslo 
Ponpeyo Pesio escritor del aígle coarto de J. C. 

Queda, y es obra muy notable, parte de los Pastos que babia escri- 
to, ealazawio eon k» noticias del calendario, las de los sucesos poKticos 
más importantes del tiempo de augusto ó relacionados con este empera • 
dor. Grabados y colocado^ los fastos de Venio Placo» como monumento 
público en Prénesta, se dice haberse conservado basta el siglo IX y 
parte de ellos fue encontrada por Foggini: cootieDe los meses de 
Enero, Marzo, Abril y Diciembre, y fué explicada por, el misoM in- 
ventor en su obra publicada en Roma en 1779. 1. vol. f. (1) 



(4/ Comprende adeoiás esta obra ooticias sobre los fastos siguieoies: el de 
Ilaífeiy bailado eo d oampo de Plora eo 4524; cootíeoe todos los meses pero con 
escasas ooticíasr el de la casa Cuprani que parece corresponder al aoo 354 de 
J. C, abundante eo ootas, pera del que solo se coosenran dos meses, Agosto y 
Setiembre: el do ^fuitermoy hallado ea 4640, oontioAe los seis meses áltímoa 
detaio, y los mismos coatieoe el eocontrado eo el teatro de Ámio; se supone 
referirse al tiempo de Claudio, y foltan los seis primeros días de cada mes: el 
Venusinum soto contiene los meses de Hayo y Junio, y el del Vaticano algu- 
nos día» de Manso y Abril. 



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- t8l - 



CAPITULO xvn. 



$mi0m$9 ff «iM mh tñmt f mm f **«#«4fo« •# Umffum imiimm y •# fl*e 

ito.^cr«|f« Smii0 tK$ff¡imm y v;9it4# #!•«•.— £«m M«#MWilfDMM ••• 
««#« p0KHmdmi am0»*Í0 é0 Mm ttm^gtñmflmf Mm ;tr«tt<f0CfMr«i.— -Mfif^ 
cm Wiitfm9$m íPvIM^m.— ir»flcl«M if« ••• 9iém é Umpmw^Mmm^m S0 9u 
9rm$md9 é0 mt^wiimeBmw^mn'^Mtm M^éécimm.-^Mmiti^m^u^^n S0 mHm 
eimmeim mm M mm% m y ptHmcipmMm» «»^iflr«« if« m»Í0 'jiimm^pm. AteMm- 

pimdm», Mmtmf y C0M— Mém JfmtH tpi ñ m d í mmeémf tAMeMmmimm dm méim 

pimmeimi SmrÍ9€9t%9mM9— müb^ mmiméims é im $ p m w^ mm€im y«t« ««#<»- 



Marco Teranolo Tarron. 

La fama de este escrílor en la aoiigüedad fué lan grande [como la 
del misiDo Cíceroo y hoy solamente es conocido su nombre por loa 
aficionados ¿ las letras ; los escritores latinos prodainaa á Bl. Teren* 
cío YarroQ como el más sabio de lodos los romanos de su tiempo; 
se le atribuye uq número iacrcible d.^ obras, que ajgunos hacen su- 
bir hasta quinientas, y se le elogia como satírico, como historiador, 
como filósofo y como gramático iosig ne. Para comprender su fama 
en la aoligd^sdad y su olvido de hoy, que tanto se estudian las letras 
antiguas, basla pensar en lo dicho y en los insignificantes fragmentos, 
que de sus obras han llegado. M crecen sin embargo algunas pala- 
bras el autor y sus escritos. 

Yarron nació en Roma el ano M6 y murió el 87 antes de J. C. 
Su familia de la más alta nobleza le dedicó á la carrera política, de 
la cual le separó su afición á las letras sin haber alcanzado mas que 
el cargo de pretor: se asegura que en la guerra de los piratas mereció 
su arrojo un señalado premio y que en la civil, ^^rlidarío de Pom- 
peyó, peleó con escasa fortuna en frente de César; éste grande hom- 
bre conocedor de sus talentos le encargó la formación de las bibliote- 
cas de Roma y sólo pudo sacarle de su retiro la proscricioo que Mar- 
ce Antonio decretó contra él. Augusto le restituyó á Roma y con 
sus bienes le volvió su apreciada estimación, dándole el mismo en^ 



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— «31 - 
cargo que César ie habia- coofiado antes: aé podiera su boea lado 
escoger persoaa más á propósito para esta anipresa: su ooaibre y sus 
talentos fe hicieroo merecedor dé aba dtfIíeciaQ poco eofutuí al erí^ 
gtrselé eo la biblioteca de Kshio PoBoo ona estálaa, que era la lois 
preciada reconipeosa qae podia bacerse al sabio* Poce queda de sua 
BQUierosas obras (1) que merezca detenido estadio aparte de sus Ira* 
lados áe lingua latímay J ik f^ ruiticá. 

Como satírico ba dejado «o recuerdo poeo honrtao; los PP. de la 
Iglesia le dan el nombre de romano cbiúo, sía dada por la mordaci- 
dad de algasas obras qoe se consideraban dentro del grupo de obras 
satíricas, boy coópletamenle perdidas, y que sé dice baber estado es^ 
crítas é ia maiera usada por Menipo de Gadara, en prosa y verso, 
y por lo que Debaban el nombre de sátiras men^^eas: solo se puede 
apuntar la cüa de baber escrito una excesiipameole Hbre y mordaz diri* 
gida contra el primer triuntirato. Este sistema de realizar la sátira 
reeoer^ el empleado por Ennio. 

Yarron como filósofo, debe ser considerado partidario de la filesofla 
académica ; pero Cieeroo que lo nombra en esta consideración, juzga 
qoe no merece un lugar eminente, sin duda porque la variedad de 
sus estudios no le permitía dedicar su espíritu con toda la inten- 
sión que requiere, al estudio de la filosofía ; esta reflexión expli- 
ca sus palabras de las Académicas , cusndo hablando de Yarron 
dice, ad impellendum satis, ad edocendum parum. Perdidas sus obras 
filosóficas,, no es posible apreciar boy la importancia de eslegran es- 
critor bajo este punto de vista, y tenemos por ello que limitarnos á la 
exposición de las citas que de él se encuentran. 

luiporlantisimo es el tratado de ¡ingua laíina de Yarron, y si se pose- 
yera completo, fuera uno de los libros que mas utilidad pudieran ofrecer 



CiJ Muchas obras se eocueolran citadas en los esoriiorcs de la anügUedad 
de las escritas por Yarron; aunque solo quedan los tituloB^ puede ser?ir su 
joserctoQ para formar idea aunque remota de sus variados estudies y cooocimieo- 
tos: entré otras se citan las siguientes! de g$nH populi romani, de vita po- 
puU romanía Hbri Iribuum, libri disoif Unarumi de vita $ua, de imagi' 
fUbue^ ephemeris navaUs^ episiotíem qw»eU(mes, uua obra histórica coo el 
UUiIo de Sisena^ ó de la historia, annales sobre el origen de Roma,y aun se cita 
al^unotro tral>ajo de este género, que daría, si boy existiera, la fama de histo- 
riador, al que solo podemos estudiar como filólogo y escritor de agricultura* 

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- 134 -^ 
pMr el oMbcíniíanlo del latío; á los frtgmenios qtiotdé él»qaiidM, se á^ 
be casi tofo lo (pte aoena de br ortgenesde la lengoa btioa se sabe; 
de^ tos IMV libiw eo qoe esUibaí dividido, salo Íiaa Hegade los seia^ 
ladoa oODf k» oóinenn IV al IX. indtaaive. La' obra pareeó que eslabaes^ 
críta cbo el plaa siguksDlie: dividida ei In» parles, se pcopaba en !• 
primera, que coopreodia seis librte de loa que solo han llegado lo» 
tres últimos, del estudio etimológico^ de la lengua na aelo bfeja tína 
cobsÜeráeioa general, sino en ddalles y pomieobres, exáninaBdo qué 
coeaa se dieeo' en. pro y en contradi eala cieneía (1); en la segmidú 
poark'y qée compretnlia diisde d libro octaveai duodécimo, de lotí qoe 
han llagada deále! el ?I1 al IX mity íttcompletos, trataba de las vam-- 
dones.' que sufre» las palabras por la. coajogacíoo, comparatioa y die^ 
cUnacion, si bien se debe*^ advertir que comprende todas las iaflexioeea 
CQD el nombre genteieo de deeünaeioo, que puede sel de dos maneras, 
natural ó' arbitraría, según que la análoga é la anoiualfa la diriges, 
tanto en los nombres como en los verbos, que son las'unieas palabras que 
admire porque asiniila á aquellas ^8) la» demis; cxflmiaa. lígwimente 
la razón de las decKnadoaes, sos diferentes formas yulespoessu origen» 



fl) La mejof manera de formarse idea del pilan de Tarron en eMa primera 
parte, es traecrítrir las palaliráa míamad, oon que empieza el Uhro V, en las que 
loirasarQuem^modanvvocabula e^sedt imposita m língua latine, sex librís 
expooere infltíiui. De.his tris ante buoc feci, quos Septimio misb ín quibua est de 
disciplina, quam vocáot Ixu¡jloXoy(>^'Í|V. Qu» contra ea dicerentur, vohimíóe pri'- 
md: qua pro ea, s^undo: qu9 de ea, tertio. In bt$ ad te fCiceronem) acriban^ 
é qutbtta rebtts fbcilHila iaiKisüa atot ia lingaa latina, et eSr quaa sunl ni cen<- 
saetudine apud poetas: Libro V capitul I. ed. Nisard* 

El plan del libro V( está trazado por el autor en las siguientes frases: «Origi- 
nes verborum quas sin I locorum, et ea qu® in bis, ín príoro libro scrtpsi. lo boc 
dScam de vocabdís temp^rnm et earum rerera qua9 in agendo fiunt aui dioun* 
tur cum tempere aliquo, ut gedetur^ atnbulatur^ loquontor, 

Bl Contenido del libre Vltio expone et aotor en los termines siguientes: «D¡- 
cam in tioc libro devert>i^, qusÉ a poSiSs sunl posita; primum de loois; dm da 
his qute ie loéis ^eot; tertio de ternporibus; tnm qua com temperibos snnt 00»* 
joneta^, sed ita ai qum oun bis sini conjonota, adjuogam,- et^ si quid excidil 
ex bao quadrrpartltíone, iamea ín ea utcomprtbendam. 

(S) El octaTO libro en que ei«>pí^a é tratar de la segoada parte, e» qaB'^*« 
vide la obra, tiene el plan que las palabras siguientes de Varron trasan: «pri«* 
ms parte expósita, de secunda iacipiam hinc; ut propago omois natura secunda* 
quod prtos íHud rectom; unde ea sít dech'nata; üaque deoHnatur in verbis reo« 



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U iercem parto desde el IflirQ XIU al lUV^ 30 cree qin c^ptoni» 
la smiaxis, y la expIicacioQ del modo de ibraiar la frase por la wim 
áe lag palabras; debía ser U mes miporUnte y por de^ri^cM Oida^ dos 
ba llegado. d&eUa; U iniportaacía de e^e esludio es {raade por^Vif la^ 
Jengoas oiarcaa ipejor su €«ré(^er por mediado la sintauíii es dpdr for 
$m cooskucciote» ]f giros especiales, que por su dkckmarM^^sea per la 
colecten de twot de que se sir^ee. 

Sensibie es la pévdid« del treiado d« YarroQ, pera al mjsim)! tiempo 
que leiieuies qtie iaiueiitar la falta de esla preciosa fueele paia los ^ 
ludios ilol4gÍQos, no podemos meóos di» bicer notar el poc^ aprecio qu^ 
i los ojos de esie grao filólogo leoia la l^tia gríiega para bis etimolo- 
gías iaiinas, lo qoe le hace iovenlar iogeaiosas, pero mucbas feces paer- 
riles explicaciones; la bita de correccipa ^0 d estilo rebaja la reputa^- 
cion dtJ autor del tratado tfe Hng$ia lah$ui. Qiiizi la n^ano de algún gra- 
málieo de la época del mal gu$to literario y de decadencia del latía, ha- 
ya sembrado la imperfecciooqac advertimos eoéi, y que no se advierte 
en el tratado de re rústica, que es de los últimos aáos de su vida^ 

Eslp. tratado es ti más H^etodico de todos los que la «mtigúedad nos 
ha trasmirido sobre esta aMiteria; aunque e«críio á la edad de ocheot^ 
a&os, ni faltan los tesoros de la erudicioa, oí los eo^aalo« de una imagit- 
neioQ rica y leaaoa; la perfección de su e^lo, la verdad de los prer 
oaptoSf )aa ebservaeioaes mcvales que el autor introduce, ao unidt^ y 
motado )$stiScan 4 Virgilio que muchas teces siguió en suf GftórgícaB 
d Milo del ^n polígrafo: comparado coa el de Calón» de que en aa 
lugar se habló, hay una diferencia inmensa, que lo nisaMi se. revela m 
el eéliloque ^el plan; y con la lectura de los prólogos de his desfibras 
puede formarse idea de la separación que hay entre ellas; sou un ver- 
dadero contraste. Xa de Yarron está dividida en tres libros; se ocupa el 
primero^ de la agricultura en general y del cultivo de la vid y el arbo^ 
lado; el segando de la cria y oducacioo de las bestias; el tercero de loa 
momks vHkíkee pastíones, y de la caza y la pesca; la obra está dedi- 
cada á s« Bftttger Fundaoia y muchas \eceM emplea en ella la forma del 



lom hamo; obliquum hominis; quod declioatum a recto: 3. De hiijusce muUipIici 
natara duorímionm rallones sont hae; quor et qoo, oi quemadmodum in loquen- 
do declínala sunt verba.» 



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- 436 - 
diillogD dándole todt la anímaciotí y vida qoe Cíceroo aupo dar á los 
sayos. 

Cayó Julio Hygioo, orígioario de España, essegon Yamm ooode 
los gramáticos más célebres de su tiempo: desde la miserable condicioii 
de esclavo, llegó á ser líoo de los persooages más imporlaoies de la 
eófte de Augusto merced á sus tálenlos y á la liberalidad del emperador 
á quien debió el cargo de coDservador de la biblioteca palatina. Su es- 
cbeki fué tan renombrada como cooeurrida, y los escrílores antiguos dtan 
ntmierosas obras, boy perdidas, y entre las cuales figuraban ios Comm- 
tarioi á Virgilio^ las Vidas ié hambns ilustres y otras varían. Las dos 
qoe se conservan y llevan su nombre, ofrecen grandes dificultades coa 
lalación al estilo y á lá forma para creerlas de este escritor y de su tiem- 
po, p(H*que ni corresponden á la grandeza de su fama, ni al buen gusto 
de su siglo. La una es la colección de 277 breves recuerdos mitológicos 
con el titulo de Fábulas, lomados acaso de escritores griegos perdidos, y 
trabajo más propio de un gramático de la decadencia que de un renom- 
brado escritor del tiempo de Augusto. 

La Astronomía poética^ poetteum astronomicum, que también se atri- 
buye á Julio Hygioo, se considera coujo una traducción de Eratóslenes, 
y aunque mal mirada por la imperfeccióa de su estilo, es útil para la 
inteligencia de los poetas y para el conocimiento del estado de la astrono- 
mia en el tiempo eo que se escribió. Aunque parece oponerse á su Ktu- 
to, la Astronomia po^ca eslá e«CTÍta en prosa, y k falta de pian, naci- 
da de la variedad de conocimientos qoe encierra, se debe suponer indigna 
de un escritor de genio. 

,^ Verrio Flaco, de quien ya se ba hecho mención como autor de les 
- Fastos prenestinos, también esdavo de origen y hombre de aha impor- 
tancia en la corte de iuguslo, figura entre los gramáticos de este tiem* 
po, y se considera autor de una obra ya citada con el Ululo De imio-- 
rum sigmficatime, compendiada por Sesto Pompeyo Festo, á lo que aca- 
so se deba su pérdida. También se le atribuyen otras sobre la Ortúgr&- 
fia, Sobre las cosas dignas de recuerdo ele. y de las que nada se con- 
serva. Los gramáticos del siglo de Augusto han sido tan detractados 
que todos los trabajos qoe se han conservado de ellos, han llegado mu- 
tilados é incompletos, siendo tanto más sensible cuanto que han servido 
de base á los esludios modernos sobre el lalin. 



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- 1^7 - 
Se dice qoe Vimio Flaco reooNbndo km ejerckioa de Gorgias y de 
Pffolágoras« fué el que iotrodajaen Aema la coslotobre de hacer eempo* 
ner disciiraos y Iralugos lilei^aríos de todas clases ¿ sos disclpalos, con- 
eedieado premios á los más sobresaüeDlrs: esta eostamive f oé Un del 
Sigrtdode los. maestros de retdriea de Roioa, que ¿ 4a rnaaera de iosso- 
islas griagjcis, lleganm á formar hombres capaces de improváar sobre 
ks asmilos más triviales y má^ impropios de la oratoria. Sia embargo 
de lo muy mtmerosas qoe debieron ser los reléncos eo esle tiempo, oi 
se conservan machos noeifares, di otra» obras de este género más que las 
de CieeroQ de que ea sa lagar nos ocaparmnos. Coroiíicio á quien se ha 
atribuido la R^tórieaáHiTmimo, Cescio Pioy Rotilio Lapo á quien también 
sa atribuye «n tratado sobre las figaras de dicción y de pensamioatOy 
ioteresaote por los recuerdos qoe contiene, son los unióos novnbres que se 
eoossrvan de los retóricos-gramáticos de esta ^oca, y sobre bs cuales 
no hemos iovmado sección aparte, tanto por lo peco que habta qoe apun- 
tar^ oomo^ porque generalmente se confondian oon los gramáticos y «on 
los oradores, empleándose casi iodistiataoRntc estos nombres por loses^^ 
critorasqne los citan. 

Matemátloas. 

Esta ciencia, en la, qoe los fuegos habían hecho grandes adelan- 
tos, y que había producido grandes conseeoeodas en las de su apli- 
cacioa, apenas faé cultivada en el pueblo romano, poco dado siem- 
pre á los estadios de pura razón. ím discípulos de Thales do Milelo y 
principalmente ánaximandro, se habiao distiogoído ya en este estadio: 
al diado Glésoib se atribuye la coostniccion del primer gnomoa , la 
predicción det primer edipscr y otras aplicaciones de las Matemáticas: 
entre los romanos no fué conocida la citada invención hasta el tiempo 
del censor Q. Philipo, (S90 de R.; qoe se dice haber sido el qne hizo 
con^mir nn gnomon arreglado al meridiano de Roma, y hasta el S86, 
segon TÜo Livio, no se tenía eonoctmíeoto de los eclipsu, habiendo pa* 
sado el tribuno militar Sulpicb Galo, que servia á las órdenes de Paulo 
Emilio, como un adivino inspirado por los dioses, por haber predicho 
ano de lana que tendría lugar en la noche siguiente á la predicción (1). 

{íj Anotamos estos hechos tales'como los refieren tos Mstoriadores antiguos y 

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Abí «lioede ttinbiéB csi lag deintecieoaias de afikam<m detotwtie- 
málicM: la Geografía fué coa)pie<aine&<e despreciada síd embarga é^ 
qoe la mmaÉsa domioacíoa de loo rontaoos, parece qae debía baber des> 
^ladé «sla afieioii: Julio €ésar>^je digéyw había aído el proiicvo qoe 
kiteaté faaoer ma Müfkn del iiapetio y tfée este -trabajoso haWa 0m^ 
fiado á ires^joámeiitis, pero no se Uegó á feoKzor^ so dice Uorfiíoo^ ^o« 
Kgriflfí^tíiiasí iolciilado levaolar mapas do todo él, pero la nüerle le 
Mifpreodió en osla eoriooi lareo qoe «piedó aio coadoir. PKnío asegira 
faaber^isio los n^otciiales eooMMntorM, reunidos eon este fio. 

Además de Julio Hygioo que betuosciiado coioo gramático, mitégrafo 
y asHrébomo, debe í^ecordarse á Ntgídlo Figolo, eéfebre asiréibgo del 
tiempo de Cieeréo, amigo y compañero de esle gran orador «n al senado, 
y que pasa por «nóde los más conocedores de las matemáticas «n esto 
tiempo; se le aaira como un liombre de gmodes oooocimréntos y como 
muy ofidonado á la vana ciencia de la aslroiogia jndicial; onti^e voilas 
obras de ^erso asunto, se cita su sistema de astrolc^; nada existe 
de lo qoe escribió y por eso reducimos las notkías á estas Kgeras in- 
dicaciones: Yilruvio en su tratado de Arquitectura, «6 ol qoe se eoosidC'i 
dera como matemático de más importancia entre los que se dedicaron á 
esta ciencia en el siglo de k^gsM. 

Marca ^truTlo Pdllioiii. 

Los biágrafos de Vítrovio han recogido oon «videz las noticias reiatl- 
tas á'di vida, expércídas eoire suslibrosv pero todos eodrantran grandeti 
ywckié para hacer hs indicadonés, qoe una justa corio^dád apetece, cuan 
ido se irata de un lumibre do Um aha impoHaocié, y el éoieo de los qoo 
eo la antigdodad esdrifaíeron sobve ^irq^itectura que baya tenido la for^ 
4ooa de sot respetado por el tiempo. 

Se Ignora cuál fué el lugar de su naciaofento y en vaAo se empeño 
llrifiei en demostrar que Cué Verooa k patria del arquitecto nmmoo: 
lanUcin se ha puesto en duda la época en qie nació poro teníemk» ett 

modernos, aunque tenemos presentes las fundadas razones que Caotú opone á 
tas predicciones de tbales y de Sulpicio Galo; no cabe que en este lugar nos 
dotongamoa é éaaa Ma a É oM coMion tunosa, pero ageoa i aaeairo asunto. 

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eaettla que el mmiñ Vitrovi^^» ikt habcir servido é Jutib GéMir ensés 
guerras, la dedieaioría de sos Khros á Aogoslo^ de c«ya tiermana ^- 
r^a babia, y las nolirias que acerca de^esetitoreadeeatéHiemiio' apun- 
ta, asr cerno acerca déllealro dé Pompeyo, dnko que tita, se oonveadrá 
fitílai^Bte en que vivíé en las épocas de César y Jkogáalo, y no eo la 
de TÜo como algunos han preteadíáo. 

Itedsoes conmderar á Vttrovio como un bombre de gran inslrnc^ 
cioa 7 avoque coo modesta que le lloara recbaee el Mulo de grama ti- 
co, de filosofe y de relóríco, dice sin embargo que conoce las siele arles 
Kberales, y faaUa del dftojo, de la geometría, de la aritmética, de h 
óptica, de la fflosofia, de la músiiía, de la luedieina, de la jurispra- 
deocia y de la astrooomia, como ciencias que deben acompañar en justii 
y litmlada proporción al arquitecto: no se podría negar que Tilruvio 
tenia un conocimiento completo de su arte, tanto eo la arquitectura 
BiiBlar como civil, y sabido es porque el mismo lo dice en el prólogo, 
que e^uvo dedicado en tiempo de César con Lucio Cornelío Aurelio y 
Pubfio Numidio, á la constrocdoo de máquinas de guerra. 

A lodo escritor debe considerarse con relación á las palabras y al es- 
tilo; bajo uno y «tro concepto, dada la calidad de didáctico, debe 
pedirse en primer logar, sendllez 7 claridad : aunque acaso fiíltan las 
tíos condiciones en la obra de Yilrovio, es preciso ser justos y tener en 
cuenta que d primer escrihM* de arquitectura entre los romanos debía 
%-erseenla necesidad de emplear muchas voces nuevas, tomadas de 
los grícgos> y que fonosamenle babian de necesitar explicación; el estilo 
lio es dertameote didáctico; no tiene 4oda la claridad que fuera de 
desear, bien protenga esta circunstancia de las voces qoe emplea, bien 
dé que tundías veces babbra de construcciones quecoooda imperfecta^ 
mente, 6 sólo por diseSos ó refaM;iones, puesto que no ^ sabe que Ti^ 
truvio bullera visitado la Grecia, quecs donde debía haber fbnm^o su 
gusto. 

En grande estimación se ha tenido en todas épocas ta obra de Yifm- 
¥Ío; la ctrcunstanda de ser la ^ca que sobre este asunto ha llegado de 
la aidigOedad, aumenta el precio de su estimación; asi es, que ba sido 
f recuenlemeole júipresa y traducida (l; á todas las lenguas oMMlemas, 



{AJ Sólo citaré como trabajo notable y como monumento iipográfeo impor- 

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— J40 - 

acompañada da grabados y dibujos qup la hacen de más subido precio 
para el estudio de la bisloria de la arqoileciura: eo la di6culuid de se- 
guirla paso á paso, de lo que dispensan la iodole decste libro y el, asuo- 
, lo ndsiDO de la obra, parece oportuno baeer una ioclicadoo de las mn- 
(crias de que trata en cada ouo de los diez en que el aMtor la di- 
vidió: el primero se ocupa del arte en general, de las cualidades y oo- 
OQrimienlosque deben adornar al arquitecto, y de la elección de luga- 
res á propósito para la construcción 4e ciudades: el segundo, de lois ma- 
teriales propios para la construcción, de la eslraccion de piedras y del cor- 
^ de maderas: el tercero, de la cooslroccion de templos, de los órdenes 
de arquitectura en gem^ral y particularmente del }6pko; el cuarto, del 
orden dórico, corintio y toscano; el quinto, de la construcción d/d tifi- 
aos, públicos; elsesto de la conslr uccion de casas en las ciudades y en el 
.campo; el sétimo, de la omamenlacioa y decoración de edificios particu- 
lares; el octavo está consagrado á la hydráulica; el noveno á la g^- 
mónica ó construcción de reloges solares: y el déciuu), traía de la apli- 
cación de la mecánica á la arquitectura, y á las máquinas de guerra. 

Yilruvio muestra en su obra inmenso caudal de conocimientos» y estar 
á la altura de los hombres n;iás importantes de su siglo como artista, y co- 
mo conocedor de lodo lo que tiene relación con su arte: más deseoso de 
conservar en sus libros todas las noticias, que cocsideraba útiles para la 
práctica, que de la gloria de escritor, cuida poco ja forma y desaliado 
los encantos déla dicción y del estilo: la descripdon de la basílica de 
Fano construich por ¿I, es la única obra en que se ve la apUcacioo de 
sus teorías, y aunque no sea posible forn)ar una idea clara de esta 
conslruocion por faltar el dibujo^ único medio de comprenderla, se de- 
duce fácilmente, que Ja arquitectura griega babia sufrido grandes modi- 
ficaciones por el gusto romano; asi mismo puede inferirse también, que 
Jos romanos al tomar de los griegos el arte de construir, no lo introdu- 
jeron en Roma con la sencilla majestad de los primeros tiempos, ano 
cuando el exceso de adornos le habia hecho perder su gracia. 
. Bn resumen; debe considerarse á Vitruviocomo uno de los escritores. 



tante la edición becba en Madrid en 4 787, de los libros de arq oitectura de M. Vi- 
trovio Potlioñ traducidos del latin y comentados por D. Josepb Ortiz y Sanz: en 
Niffard pueden Terse noticias sobre muchos trabajos ediciones y4r8duooiones he* 
cbaa en el extrangero. 



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- ni ^ 

%iie b«D, irisoiílida i I^ posteridad toa obra de ipéa precio: apiíeceá la 
vez que como oq hombre importante por $113 baeoas coalidades, come 
nn arii^ta sabio, á quien acompañaba, 7 es poco comoD, la ciencia .más 
complela, y e^ preciso siendo juslos» que . la oscuridad de es^o, 
que lanío se le ecba ea caiia , .se considere (;omo defecto qoe esii más 
en nosoMiMS^ que en el autor mismo. ¿Por qué se ba de llamar oscuro á on 
autor que siendo el úxÁ'^q que ba cscrilo de arquitectura en la antigüe- 
dad» emplea. palabras, coya significación nos es desconocida? es ipoy 
precisa la consideración qoe haoe un escritor moderno, de que la oscu*- 
rídad de Yitruvio proviene muchas veces de (^ue e 1 lector careciendo de 
conociaüentos, que 90I0 ne adquieren por los ojos.accrca de muchas des- 
cripciones de su obra, no puede formarsejdca del asnoio, ni dar con la 
ycrdera significacioP de (as palabras que no seencuenirao osadas mas{|ue 
por él. Además de estas razones que tanta fuerza tienen para con nosotros, 
es preciso considerarlas como de más peso todavía, con relación á los 
copianles, que han debido desfigurar un texto, que es probable que 00 
entendieran, y asi se llegará á la demostración de que el gran artista ro- 
ntaoo, era un escritor apr^ciable y digno de ser más estimado, ann por 
este concepto, de lo que generalmente ba sido. 

Medicina (I). 

Nigun hecho apunta la historia de Roma, que indique la existencia de 
médicos antes del siglo VI de su fundación: en las grandes calamidades 
públicas se acndia á remedios piadosos que esparcen siempre én los 
pueblos el bálsamo de la tranquilidad con el consuelo de la esperan- 
za; por eso unas veces se consultaban los libros de las Sibilas, se hacían 
procesiones y rogativas para que cesase la ira de los Dioses, y otras 
Se consoltaba á los elruscos d niás adelantado de todos los pudUos del 
Lacio y en el qoe las ideas religiosas también hi|bian más fuertemente in- 



(4) No' nos proponemos hacer om btetoría detenida de e8i« ciencia porque 
seria saiiroos de nuestro objeto: solo queremos apuntar algunas indicaciones 
acerca de la introducción de la medicina en Roma y ée los médicos más cóle- 
bres,'8Ín entrar en sus sistemas medicales que absolotamUnte en nada nos in- 
comben^ pava que se pueda conocer el desenvolvimiento de todu las ramas del 
saber en este brillante periodo de las letras latinas. 



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- 8« — 

fluido. S((riibe que cmilb íiendKo 0t btrodoje tt RoiM el iHe Malrit 
qoe iodorfaUemenle debía eicparar si no ia ategria, algtna ^spansion 
eMlfo los castigados romanos en época ée epidemia^ 

La cliquisia 4t h Greiria fíié como en las demás ciencias, la caos» 
de esle adefenlo; qoieda señalado como se aficiond d ^paéÁo remano á 
los placeres desde este fiempo, cayendo en lal comipcMm j refinmnteflife 
que ni es extraio que la salud se resintiera, ni que bástanle afninorada 
la fé, se tutierao por inátiles los remedks piadosos, que hasta enloBt*es 
se habían considerado baslaoles en un Estado eo qve la irida tenia Indas 
las condiciones de la de nn pueblo prímitiYo: con el lujo y los goces vi- 
nteron las enfermedades y con etiásios médicos, si tal consideradon pue- 
de darse á los primeros, qoe se dedicaron ai arle de curar y qoe acudían 
á Konia huyendo de la Greda, donde eo calidad de esdavos habían 
aprendido alguna nodon de este arte. Pasa bastante tiempo, aiHes quo 
la medicina sea cultivada por hombres libres, y hasta como lojo coosi- 
deraroo las primeras familias el tener noesdavo destinado á este obje- 
to; también entre libertos se vinculó la práctica de la formada compa- 
ñera de la medicina, y libertos fueron los primeros que estaUederoo 
boticas, medwMs, en la dudad eterna. 

Árchagalo y Asclepiades son los dos primeros médicos y los qoe co- 
mo más célebres se apuntan , de los que vinieron de la Arena: el pf i- 
mero despertó la ira de Catón contra esta ciencia, y fué considerado se- 
gún PUnio, como él azote de la homaoidad por la dureza de los reme- 
dios qoe empleaba: no así Asclepiades que era mirado como un presente 
de lois dioses y se dice que en la dieta y él vino encontniba la base da 
una suave medicación. De Su discípulo Marco Artorio, se dice que ha« 
Jna eserílo dos tratados, sobre hidrofobia y macrobiólica, y acaso el se- 
gundo estuviera basado en una cuidadosa higiene. 

También se habla de oítto médico célebre de este tiempo que ideaozó 
altos honores por haber corado á Aogusto y entre ellos él de tener ona 
estátna «n el templo de Esculapio: Musa, que es á quien se hace rafe- 
reúda, se dice qoe habia eserito dea obras, una con el titulo De iumda 
vakludine^ y otra con el De hefia betónica. 

Pero el más cíiebre de todos, el que la anlig Sedad y la pqateridad 
ttlebmi de coaanna^ es Auk^CoroeUoCelao, cuyo nombre, dreaosNinoíaa 
de su vida y basta la época a6 dispotan, podiendo acertadameMe to- 



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-. tu - 

que poetfe eMfUl^arse una vbra, 4a de Cclao mere(« etogiM: «i 
Tttor€ietttUt€0«8létata «iVo c^iiroet vtf€r fÜeraírK) y asi no ^dete 
^xli^llar, ^o« ae la n^t^te ^oma el moAttáieBlé mis elévalo )^ra 
iMc» la bi^a 4t \ñ lóedicnia, y com^ qd libro dígM) 4e estudio de- 
teiMo liof Biisttio, tMí ttímúa i esta cieocía y más auM á la tírogia: 
lílérsriamieiite apreeiadd, es de la! lUérfva qae á nnm ^ aido Itamado 
ti IHos, ^l Cwerén de hs méiitosi #/ úSmin^s escritor iigfu> 4e ser 
emiHuéh Hit yvmke y el ea que se eDCveirtm la toocíáoii con la da- 
rídad y las dos con la elegmda, 4 ^csar de i«Khar can <íida teogo* que 
caretia úei téeiitrismo propio de la tiíedioíoa, liasfa el puolo de que fre- 
eueMcmente tenga que dñ^ir Celso en grifgo lo que por carecer de pa- 
labras» m po#de decir 60 hHio. 

Celft> eaéribió «na obra coo el tnui4 áé aritííHs, dttidida eo vehle 
lAiror tquedaiv desde el Xl al XIY y segwi el filólo y las ooüdas do 
eHa, ddÑi Misiderarse coaao vm terttadera eociclop(4ia. fai paiie con- 
servada sólo se refiere á la nicdieioa y á la cirugía» llrataodo eo los do- 
más, defilosofia, de jurtsprodeoeía, de atie i»Ülar y de euaoias deudas 
tairieraeooodiiieoMi; elfOMor, detqutqM se liayadado oatimieNto 
á una euesliott de esnMb i0(erés: la de si Oto debe ser «irado tomo 
teldadero médico 6 como eoleetoTMle la deiii4a de te médkos ^e su 
tiempo: ai leer siM obras se observa fiidhuenue, que <Bn mucbas oca- 
sidoes haUa ea aombre propio eipouieado su parecer m la euesi^ 
que le ocupa; de aquí que haya de juzgársele como verdaderoeooocedor 
deis medicioa y de las deikias deudas cultivadas en su liempo, batsta 
llegar á reunir un grao caudal de coaodmi'^.nlos y un arte infinito 
pari adaptar la lengua laHna á lá expresión del tecoidámo médico. 
En esto por olrn parle no se ofrece un fenómeno que admire, porque 
Yarroa, y aun el mismo Catón aparecen adornados de los más va* 
riadas estudios. 

Jurispradencia. 

Este período que es el más britlanfe (le la líleratura romana, lo es 
laoibíen de la jurisprudencia, y debe esta ciencia sus addantos por oaa 
parle al empeño con que se estudió por todas las clases de k sededtfd 



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J 



- III — 

roinaoa y príscipalmeale la qiái elevada, y por otra á la armonía qae 
la esiablecióaolre la fiiosofia y el derrcko: loa úllímos ato déla repúbU* 
gi aoQ fecundos ao leyes de graa provaeba, y la jenapriideiida romana 
adqairíditeQ este tiempo su oarácier de Qm'versalidad, que es la cansa da 
qne todavía sea la base de las legislaciones modernas: la decadencia del 
politeísmo hizo desaparecer las trabas y ritos, qae embaraaaban la mar- 
cha del. der^ho: la filosotía qne empezó á ^tndíarse en este periodo, 
ofiM6 máxifnas nniversales y más t>ene6c¡osas á la humanidad; y el 
estado brillante de la líteratnra y de la lengaa, coosecnenda de la pai 
qne prestaba el imperio^ ofrecía á los jnrísconsnUas nn iastromento dó- 
cil y bello de que valerse para la exposición desns etevadás teorías. lafi- 
nüas kyes, tanto polílicas como civiles fueron el resultado de este nuevo 
orden de cosas (i) iniciado por César y consumado por Augusta; 

Entrólas filantes ád der&ho deben anotarse \m constituaíones éa ios 
emperadores qne siendo expresión de $n vdunlad, sod la fuente mis 
foennda y deben unirse á las leyes, plebiscitos y senatU'-eansnUos^.que 
Tormaban el derecho *eaorito. 

U admimstraoJÍDn de juslida y la de bs provincias snfrié también 
cambios nolafates( los casos dudosos se decidían por rescriptos; por prag* 
matices sanciones se arreglaban los intereses de lasprovíndas, que tenían 
dislinto gobierno según, aran senatoriales ó del César; (división quede* 
pondia soiode la consideración de más ó menos militares que se les 
daba); y por fin los fictos pueden con^derarse como la única forma del 
derecho adminií^raUvo. r 

La iofltienria de los jurisconsultos fué ea esta época mayor que ha- 
bía sido Ga las anteriores: la gloría qne antes se alcanzaba en el campo 
de batalla y los honores que eran su consecuencia, so dispensan ahora 
sTlos cultivadores de la ciencia del derecho, la mái conforme al carácter 
romano, y que aunque descanse en las más elevadas teorías, es prácti^ 
ca en sus apUcadones. Augusto se vio en la necesidad de dar á los 
jurisconsultos prerogatívas insignes, según el grado de su saber y su 



{ij No enamoramos las leyes á que se alude en el texto, ni nos detenemos 
más en explicar el adelanto de la jurisprudencia, porque nuestro objeto se cum- 
ple con lo dicho: queremos solo demostrar la relación entre la ciencia del dere* 
dio y los demás estudios: mayor ampliación sólo puede darse á esta parte tn una 
obra de derecbe. 



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- tl5 - 
nombre, y de esle lietnpo arranca la división de los jarisconsukoa en 
autorizados y no auiorííátdós!: -los jN^meros' (oñta» la facollad de crear el 
derecho con sus decisiones, hasta el punto de que se les haya llamado 
jurís autores ó conJitores:, esta autoridad concedida í los joriscon^ltos fué 
definilivameBle marcada en la época de Adriano, como se apuntará en su 
bgar. . .,. .. 

Aünqoe son mochos los joriscoKisuItMr ndtabl^deesttf HemtM; la 
literaluM jvridica no^puede pieaeiilarmá&quelalislay.AO ^oompteta de 
algunas de sus obras; Ivi compibrdohes de Jti^'oiatio conthnen la 
esencia de 4ode loqoe se debe.á tos escritores de .este.líempo, y de- 
ben suponers() causa de la ^pérdida de sos obras que («náidéfamos im- 
portantost dadas las oondicioDcs de adelanto en .que.! se ^ocooltaba,el 
pueblo romano en esta época. . . * 

Los nombres de Quinto Mucio EscévoJa, A(|oil¡afialo,. U¿¿¿ tulio 
Cicerón, Atienio Varo, Servio Solpíeio ftufo, Trebacio 1\Ñta; Toberon, 
Capitón, y oíros muchos, son loa que fiíriuan.ef coadro de juriscopsuiíos 
más célebres en la época dásica de la jurisprudencia rofmanti. Eú este 
tiempA naeen también dos sedas que dividieroo lo^ jurisoonsoítos hasta 
ia época siguiente, y aunque se sabe queetistian üKferentías que se- 
paraban á Capitón y Labeon gefes de los proculéyanos y sabíoianos, no 
es iácil señalar la teoría dentifica, que los separaba: ¿será fundado creer 
que la innovadoo que la filosofía introdujo en e^ deredio sea la base 
de la separadon, y que al paso que unos defendiao el antiguo rigor y 
las fórmulas legales, querían los otros sostener las ideas más generales 
de equidad y juslida, que como derivadas de la naturaleza del hombre, 
ensenaba la fiiosefia y aceptaba el der^o? 



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capítulo xvm. 

Hareo !tiillo Cicerón. 

#0.. — Agít^0€i0 dm Cíee»^9% 0m tm égmem déi ÍI^»^meimU^m$:<^M9 
Ct 00íñ mmimm u9 dm t9§^ m é m $m. SwUéim if# , tm $mi$ t mm m mk 9 •mm H mm 
dm iimm m&im ^éwm #BMiMé.«-£Tlc^«*M» ^mm&idm&^md^ pmm^ •rmdmr. 
^^^rmé0tr0B cMéhr^t C0—Í0tmpmfém00f dm Cíe^w^m, — Mtugmi* #«• 
0vmpm #f» f« M#r#^M Him0*m9*im 9^m^ «t^e^^r Í9$aééUHm9 y tf»* 

etHiiema «f« !•• éii»emf9m9 «míí« l«Nf»«**|«Mf«« if^ ««#• <•••<#••# 

•M#**«ito tf^aM* rwféW0« f Bstmtmmm erUiem mmmiMpm ém 9m$ 
••>f*«« 0^féWe«i« if0 Cl09f#M é im^p0r$mmeim ^m^p^v eUmm mtemt^ 

0U0ámflím m^f «i» «fl^T» ^m ••• f i#lM|»«t 44 «^«< it# 0I|«m <# «|»i- 

d49iH0té mmHtfmm ét0 tm §Hm—fim y emH Mm hr^90 m mé 9Í 0és dm mm 
m^m t ^mi d m. €>iD0i*0m 0mmHd0tñmdm P« f #«eWI«r f^Mem» Mm9 
ifmtmdms ••§••• tmt MéBige» ^ —hf^ im MtmpMUem, M99mdim efiUem 
mmmtiiitm de mirmé ##r»« d0 tHem^mm dm cmm^^idm immdmmmim 
g m UU em. Cé^miñ^m emm^m mmi^r dm 9mt cmrimw q/m0 U09mm «w t%«M»^ 
**•«. Ml#f«**<«y m9é»^0 é 4a»jt*f*f«M«<« d0 e^im Ím90fm9mm90 00- 



La gritt figura déla eimioia itmiafia, la luás alia ropres^laoioo de 
U eloQueaeia judicial, el más ihisire de los escritores en prosa d^ lo- 
das los tiempos do la lengua kUas, e» M. TuKo Cieeroa. Orador iqsig- 
M á qoieo solo se paeden oomparai* Demósteoes ea la attígOoda I, y 
Bossuel en los tiempos modernos; rolóríco ilustre que expUci su arle 
con la profunda meditación del sabio; filósofo eminente que sin afiliarse 
á ninguna secta, las examinó todas adelantándose á su siglo por su ele^ 
vado criterio y demostrando un claro presentimiento de la docffina, 
que había de predicar al mundo el Hijo de Dios; escritor por excelencia 
que tuvo la gloria de asegurar la vida eterna de su lengua y de ser el 
modelo y hasta el ídolo de los primeros siglos del Renacimiento, es el ge- 
nio en fin que abarca toda la ciencia latina, y que como Virgilio, re- 
presenta la grandeza de uno de los más bríllantes períodos de la lite- 
ratura. 

Para juzgar á Cicerón, tarea siempre difícil y que exige mucha me- 



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-• 147 - 

tímkit^ ^ fKtim^ \Hm preMitam prkimr higit, 4m hm coi^s- 
lad» ai» oImftU admirtooft dt neinte siglos ) 411» no se puede sen 
gnir et u» libro efemeolai los pasei de la ciitict poft|oe mm dar 
indebida eiteosieii ¿ eala peiD». Por eso ya qM se taaU dei aotor 
de> ím hiUiateca,. ial es el wBmei<e^ de sus obras^ esBiúeoe irasae el 
euadd» melódico de sv csludja, eo seis parles: 1. Biografia de Giceroo, 
IL CioeroA lelirieo: Ul. Ooereiiofidor, IV. Ciceso» fikwfo, V. Gicei- 
ron politíco: j Y!. Ciceroa epistoMgrafo. 

BlofrafUi 46 Gioerott. 

Sipieciss es y casi sienpre agradable la «otícia de hs vicUludes 
de la vida de fes escritores, es indispensable al iraiarse del orador 
rofttaAs; hay tal diferencie en el modo de jtízgar al bMibre y al es* 
rritor» qne al paso qae al priaiera se k señalan nuicboa kioacM^ al 
segtftdoi sólo se le prodigan elogies: la vida gloriosa de Cicerón 
abarca mcidio síglode la re públice romaot en les ultinos instantes de 
sil exiskenda^ llenos de kiterés para el bistoriador, y para el político, y á 
fé que admira, codk) un houibre que tanta parte tomó >ca los asuntos 
públioes, pudiera leoer tkmpe para las tareas literarias i)oe dan una 
nnestra bien patente de la grandeza de su genio y de la eitiaordína* 
ria fad^oriosidaid de sa vida. 

Mncbos escritores en la aitigoedad y algotes en los tiempos mo^ 
demos, Inn beeho asunto de an pleoia la biogfaCa de Cioasoa^ pero 
las más dignas de nn detenido estudio son la de Pintaroo, y la de 
Ibddiele» (1), ea laá cnaies recomendó lodo I0. que nales se bahía, 
escrito y con gran oooocioiif nto de bs obras de Ciceran^ se ba juzgado 
coa acierto al bombee y al escritor. Coosideíando de ledo panto imposi- 
ble seguir los pasos de esloe ilustres biégraíbs, se linítará la tarea de 
esle capitulo á breves indicaciones sidm loa aoootecímieidas más impor^^^ 
tanttade la vida deeste gran bonbre. 

(4) D. Jos^ Nicolás de Azaré tradojodei instes It obra de€oey«ri Mfddle- 
too, bibKotocariode la^sniversidsd dé CafilM'ídse f no vacilo on acensejar el 
esUidio de esta Iraduccioa como importaotisimo paca el coDOcimienlo de Cice- 
roo y de la historia de su tieitpo*. los grabados que la acompaoan (segunda edi- 
ción Madrid, imp. reaf, 4t04, eo 4 tomos J la hacen más interesante y curiosa, y 
lioorso at emioenle embajadk)r eapefiel eo Rom». 



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- «18 - 

Marco Talio (JiceroQ nació en.Atrpmo el diü ft de Enero del afio 617 
de {tooia, 106 aDlesde J. C: su tioiilia aunque considerada, erir mo* 
desta si ae ha de oter el juicto de Cicerón misnio que se llama repetí* 
das veces hambre nuevo, j despreciando como bijas de la pasión las in- 
nierecidas alaiNmsHS y vituperios, que ba^la cou relación i so iaoiíiia, 
le prodigan sus adm'radores ó detractores: su educación loé briHanle; 
al lado de Arebiasá quien más tarde defendió, esludió en llottm la ien« 
goa y la litcralora griega; al lado del celebrado jurisconsulto Acúleo su 
pariente, esludió la ciencia del derecho, y cuando á los. 17 anos tomó 
la loga viril, se afilió seguu U cosluuibre, al augur^ Mucio Escévola: 
la guerra de Mitridates que l!e\ó á Roma nmchosf maestros griegos y en 
la cual por su corla edad no se \ió obligado á tomar piirte. proporcionó 
á (^i'on como nuevos maestros á Filón, á Uiadolo y á Uilonde Rodas; 
el primero como gefe de la Acadeoáa, le enseñó la doolrina de esta es- 
cu^, el segundo la dialéctica baciendo ejercidos en griego «obre lo- 
dos los asonlos, y el tercero dirigió algunas traducciones que empren-^ 
dio sobre los escritores griegos, como del Económico de Jeoefonte, y de 
los poemas de Arato» los Fenómenos y los Prmóetíoos, casi complela- 
menle perdidas. 

No son sólo estas traducciones el único trabajo poético de Cicerón, de 
que se tiene noticia; en su juventud fué la po^ so pasión favorita y 
asi es que citan su poema Poncks ülaucus, completamenle mitológico, 
la bisloria de su consulado, un poema en bonor de Mario su compatrio- 
ta, que ba merecido grandes el^;ios de Voltaire por un {ragmeoto que 
en el tratado de difomaUone se conserva, olro poema en tres cantos sobre 
el consulado de César, del todo perdido, y el titulado Limón, cuyo asun- 
to y poruMnores se ignoran por eontplelo, porque nada más que cuatro 
verapa de dificil inteligencia se conservan. Sin embargo de esto, no se 
puede prodigar efegíos i Cicerón como poeta, porque escritores de 
tanto juicio ooino Quiotüiano y luvenal lo citaa como modelo de mala 
versificación y basta lo ridiculizan: los pocos versos que de él se con- 
servan, confirman la exactitud del juicio citado. 

El estudio de la literatura y del derocbo absorvieron completamente 
á Cicerón hasta los 26 años, época en que por primera vez se sabe que 
se presentó á pedir justicia en nombre de Roscio Amerino acusado de 
parricidio, pero su salud delicada le obligó á salir de Roma yendo á res* 



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laUeoerla é Grecia: de Yoetta en la cradad elenii. contrajo natrioMiiio 
con Terencia, de qoien lato á su querida Tulia, y fué á k» 39 aSoa 
elegido qftestor de Steilia, cuyo cargo deacmpeftó con intetígoacta y 
probidad: pasada so qftesiora, dedicó exclQ8Í\ amenté doeo anos al ejer* 
cicio de la abogaeia y sos conocimicnlos en Sicilia le proporctooarOQ 
la ocasión de presentarse ant^ Senado á sostener la acosadon formn- 
lada por los Sicilianos contra Yerres, que babia cometido toda dase de 
exacciones y abasos: ni laelocoeocia de Hortensio, ni el bvor qne Ver* 
res y sús riquezas alcanzaban en Roina, ni nada en fin pudo oseurocef 
la fuerza de la acosadon, qoe el orador sostenía; d Senado se vio en h 
necesidad de castigar al funcionario inmoral que prefirió la expatríacioii 
al castigo que le esperaba. 

A los 37 anos fué nombrado edil, poco después pretor de Roma, y 
concluida su pretura, se dedicó al foro basta que en d ano 63 antes dé 
J. C, 13 de su edad, fué elegido cónsul en opo^*cion á GatiKna, qoe 
apoyado por Antonio le disputaba el triunfo; durante el consulado dio 
grandes muestras de rectitud y de amor á su patria; dcs<*nbrió la con- 
juración de (.'alitina y salvó de un inminente y grave riesgo á la repú- 
blica, alcanzando las más grandes muestras de aprecio conque se ha d¡t« 
tinguido á un hombre y el glorioso título de PaJke de la Patria; d 
viento de la forlona sopla sin embargo con poea constancia cuando las 
auras populároslo agitan, y de aquí que no admire qne al Negar á tanta 
grandeza, encontrara Cicerón la desgracia entronizada contra él: apenas 
dt*jó su alta investidura, cuaodo su enemigo personal Clodio, hombre 
de poca moralidad y que babia sido acusado de sacrilegio, atizó la tea 
de la discordia y como tribuno del pueblo pidió la ejecudon de una ley 
por la cnal se castigaba al que hubiera derramado la sangre de un 
dudadano sin formación de causa; Cicerón que no dio en su carrera po- 
lítica grandes moeslras de valor personal, fué rnesia ocasión cobarde, y 
él, qoe sólo habla sido el ejecutor do la vd untad del Senado, se ex • 
patrió á Sidlia y con esto di6 1 al aliento á su eneuiigo, que consiguió la 
confiscación desús bienes, el destierro á 400 millas de Roma, y en el 
Turor del desorden popular que promovió, se incendiaron las propie- 
dades de Cicerón, se demolió su casa y se erigió un ten^plo en el solar 
á la diosa de la Libertad, que se creia ofendida: tales desórdenes solo 
se pueden coiuprendcr en una época de grande^ revueltas y agitadones 

17 



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yonüA» le oenoeen eooMgos péraosife» con» CMim, Vww, Qodio, 
7 dkQü inooliQB que dírígiaQ á h {debo: j^ro b iiU3Mi5tanc0 del jpue-- 
Uo roBUtté subf de posto cuBndo se reeoerda, que habieod^ regresa- 
do Gíeenm á RcMoa fué agasajado con especláealoa y Soaias púbUeas, 
eanaiderando au fuella cobdo ud regocijo público. Deqpoea de abonos 
aooa pasadoi en h? oeopaciooes del foro^úé nombrado aogiur, y máa 
tarde procónsul de la Ciücía, donde el grin orador aletazo trionfos mi- 
litares, que bebieran llamado la atención de Boom, si no estuviera toda 
fija en la grta lucha qne sosieniao Pompeyo y Céair. Gieef<« %iie ha- 
Ua den)oslrado muebas iracas en so vida perplegidad y duda, dio nna 
prneba de indecisión vaciiando entre el partido que debía adoptar; se 
escusó de asistir á la batalla de Farsalia aunque ya se baUa decla^ 
rado pompeyano, pero de$(Mies de sü deitota se desqnieü con sus par- 
dilles porque propuso á Catón vé aoomodamieoto con César, que desean- 
do congradarse con el orador, le envió un honorifico salvoconducto para 
que volviera á Roma. 

Silenciosa fué esta época de la vida de Cicerón, hasta que la conduc- 
ta depravada de H. Antonio después de la muerte de César, le hizo 
romper el silencio pronunciando hasta catorce discursos que en recuerdo 
áñ los de Demóstenes, se coBocen can el nombre de Fitípieas, y qne fue- 
ron la cansa de su última desgracia. Octavio á quien Cicerón defendía, 
suscribió para alemizar d favor del Senado á una condición que solo 
H. Antonio podia exigir y conceder d que estuviera cegado complela* 
mente por la aaibieion: la cabeza de Cicetoo babia sido eondicioo acep-r 
tada al formarse el segundo trionvirato y aunque Cicerón intentó la b^ 
ga qne sus esdavos ayudaban, fué alcanzado por los sicarios de llarco 
Antonio y la venerable cabeza del gran orador y ardiente patrióla, fué 
cortada por mano de dos hombres execrables y que debían á Cicerón 
singular iávor: inmediatamente fué llevada á Fulvia muger ^ntmices do 
M. Antonio y que lo había sido deCLodio, sos dos mií vehementeseneoii- 
gos: se dice que contemplándola en medio del mayor escarnio, esta crud 
muger tuvo d iocreible placer de herir la lengua que había pedido 
justicia contra los desórdenes de sus maridos y que después M . Antonio 
filiando que se cdocára en la tribuna de los oradores. Tal fué la muttie 
y tal d escarnio que se hizo del ilustre Cicerón, gloria de su tiempo, 
modelo de constancia en d trabajo, de amor á so patria y Heno de las 



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- m - 

más grandes vktudes qi^poedea bponur al* boinbfe púhKoo; «n^ (dim^M} 
' ocurrida á los 63 aSos de so vida, corló po^os djgs, de ^m ex^ieocia 
predosa y auoieoló cqq^o la de Sócrates, su iooiorlalidad: o^rii) üía te- 
ner uo defeosor el ^of^ Iwbia pasada la vid^ deCeudieodo á los ávijoi^^ 
y el que ^ i^trígis ai faociooes, sia crioiaQCf y sia fiarluna, í)e habin 
elevado por su propio piefecimieol^ á los prwieros pu^iof die h tífigAr 
Wca. 

Baslan e^ ligeras ipdícaciopQi para cQ^Mtrepder iq ^s^ar^P 4^ b 
vicb de Ciceroi», yfol^coosídfráodolocqD uoa io^ppipfrfb^ f$ciqi| 
al trabajo y al estudio» sq podrá creer que m medio de taol^i ^gíLadop 
pudiera escribir sobre Ifolas malerias coo la cifgapcia qu^ djstipgue sus 
obras; SU9 Qstodios filosóficos eraa coma ^1 luisiiip djce un bál|9inp quf 
curraba las hondas berída;» qmi ^u propífi d^^^ J l^ lo^ ^ ^ 
república abriao eo so c^z^. 

3e b» indicado ya que el aprecio dispeasiidQ á Ciclón ppr la pasfer 
ridad h^ sido tan vario q^e al paso que filgunos le ^fs^ron coo idol^^^ 
olrqs k) r^jar^n bas(a el cieno no consideraAdofu nqn^bre ^\ ^u gtori^, 
oomodigaq^ del recuerdo d^ los booibres: aunqye pp deba Itraer pairada 
«qui \fi explicación de tan síogu)arf^ modos d<^ yer^ es ipdudaUe que 
were^ r^rd^rsfs brev^enle la guerra literaria que §e ifijició ^ el sigb 
XIY eo Roma y en la que lomaron parle los más ilustres e^rilores d^l 
Alemania y Francia. La pasión bácia Cicerón era un delirio lal, que 
en Roma^ ^n el Vaticano mismo, se consideraban cqmo iodigpas de los 
hombres eruditos, las frases que no se encontraran en los escritores de 
siglo de oro de la literatura latina, y principalmenteenCiceroo: tal fi^el 
i^xlfavi^ del gusto que todo se pervirtióllegancb el casQdedi^r los nombre^ 
ale las divinidades paganas á las que mieslra religión s^nla venera: á la 
Virgen se le dio el nombre de Diosa, al Cielo el de Olimpo y el Papa mismo 
.llegóáconminarporlosrftoi^áFrancisco I paraquetomaaeparteeolaguer* 
cacoBtra los turcos: liles habían sidolosprogresos que hizo la imitación del 
cardenal Bembo y Pedro Loogolio, los más erúdilcus cppocedores del latin 
y- de las formas clásicas. Este fanatismo debia tener impugnadores y 
realmente los tuvo, pero el más fuerte de todos y el más digno de ser 
leido es Erasmo que eo 1528 publicó su Ciceroniams sice de óptimo 
gmeri dieendi; es un diálogo lleno de observaciones juiciosas, de reflexio- 
nes justas e&qi^ se propone demorar que la adoraciqo que s^ r^^q á Ci- 



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tena estaba lejos de la qae de derecho le oorrespondia. Erasmo demostró 
que era una locura desechar como de mala lalinklad las voces no em- 
pleadas por Ciceroo, porque ni en sus obras trataba de todas las materias, 
ni iodos sus escritos se habían conservado, ni dejaba tampoco de tener 
defectos que una crítica severa podía justamente señalar; la admiración por 
tanto debía tener limites porque otra cosa era un verdadero delirio: atra- 
jeron tan justas observaciones el enojo de los sabios coolra Erasmo, y aun- 
que su afición áC^iceron eslé perfectamentédemoslrada en el prólogo de su 
edición de las Tusculanas, no pudo salvarse de las injurias que le diri- 
gieron y que tantas penaste causaron. Julio César Escalfgero, en un di9- 
curso que publicó en 1531, y que por haberse atribuido á BeMa, de la 
facultad de teología de Paris, reivindicó en una caria en 1577, Etienne 
Ddet en su Diatogus de únitatione ciceroniana adoersus Desideriwm 
Eraemum, y otros muchos agotaron los nombres del desprecio y de la 
ira contra el que había sido defensor de una crílica justa y respetable: 
Erasmo no pudo ver sin embargo el triunfo de su doctrina; la verdad 
no se vio hasta después de su m^ierte, pero su defensa liabía prepara- 
do el triunfo que alcanzó, cuando Mural en sus Lectwnes varuB, demos- 
tró el error de los ciceronianos y la admiración quedó reducida á sus 
justas proporciones, sin que después volviera á resucitar de nuevo tan 
extraordinaria locura. 

Cicerón orador.-Oradoras da su tiampo» 

Lugar el más oportuno consideramos este para exponer rápidamente 
la suerte de la oratoria antes de Cicerón: así se podrá llegar al estudie 
de este grande hombre con las ideas necesarias para apreciar los emi- 
nentes servicios que hizo á la divina arte que tan admirablemente prac- 
ticó. Habiendo sin embarguen cuenta lasescasas muestras que déla me* 
yor parte de los oradores de este tiempo nos han llegado, en vez de ua 
examen critico, haremos sólo una brevísima enumeración, tomando por 
guía además de los historiadores de la literatura latina, el libro frecuen- 
temente citado y elogiado de Cicerón, cono<*ido con el titulo Brutu9^ 
sm de clarü oratoribus; si bien no consideramos oportuno seguir el 
catálogo del ilustre orador en" todas sus parles, porque nos veríamos 
obligados á ser más extensos de lo que creemos conveniente. 



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- Í58 - 
Después de Catoo, representanle de It eralorii en b época aiHerior, 
eocoDtramos infioilos nombres de oradores iloslres qne oontr^rayeroo 
poderosamente al brillo de sn arte pero qoe no lograron darle el leño 
qne alcaozé en la ploma de Gíoeroo. Ni la oraloria judicial, ni la de- 
mostrativa, alcanzaron notable elevación, ni bay modelos dignos de estu- 
diarse de los oradores de este tiempo: ni Servio Sulpicio Galba, el riyal 
de Catón en sos últimos anos de so vida, ni Esdpion y Lelio á quienes 
también bay que conoederl^s el don de la palabra, ni Lépido Porcina 
^ndemente elogiado por Cicerón, ni Carbón, ni los Grecos, ni otros 
mil más, que impelidos por las drcuostaocias extraordioaríameote fiívo- 
raUes ai desarrollo de la oratoria, se dedicaron á ella, lograron elevarla 
á una consideración importante: esta obra debia bacerla el tiempo di- 
fundiendo la ciencia griega, perfeccionando la lengua y bacieodo nacer 
el buen gusto literario que los romanos tardaron mocho en alcanzar. 

Pero después de conocida en Koma la artificiosa retórica de los grie- 
gos, cuando fueron conocidos también los modelos atenienses, y cuando 
el derecho, la política y la cultura babiau alcanzado notable esplendor, 
sd encuentra otra generación de oradores insignes que prepararon i Ci- 
cerón so camino y qoe forman parte de la cadena, que empezando en 
Catón, llega con aquel orador á su mayor brillo. 

No es posible seguida en todos sus eslabones, ni citar todos los nom- 
bres qoe Cicerón recuerda; la mayor parte de ellos no tienen para nos-- 
otros otro titulo de gloria que el que les da el figurar en la historia tra- 
zada por este escritor; pero mención muy especial merecen los nombres 
ilustres de Craso, Antonio y Hortensio, aunque no se conozcan sus tra- 
bajos n)ás que por breves fragmentos, ó por citas y referencias de es- 
critores antiguos. 

Cicerón cree qoe Craso y Antonio babian elevado la oratoria á la al- 
iara qne había alcanzado cutre los griegos; y por más que se vea d de- 
seo ya conocido en Catón, de ocultar que les deben todo su arte, 
mostrando un patriotismo exagerado y hasta supersticioso, no se puede 
menos de considerarlos formados con el caudal científico que la Grecia 
baba trasmitido á los romanos. Esta idea la expone Cicerón, que por 
balagar el orgullo nacional la aplaudió en el discurso pro Arekia poeta, 
caaodo introduce á los dos insigues oradores que nos ocupan, cqpio per- 
soDag»>s de sos diálogos del Ofoiar. Pero Cicerón no vacila en declarar 



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jmffxm i AiiUmio (4), y t\ miénímipi€Út\m wíiáorm it múMpo, 
i Grato: grweM, injg^iío, oorreeiiQfK pureta, abnndiiiicia 4e ideas y 
«hmles, toA) ae lo eoocede éa buen grade, nsi como exoHeiiIcs dotea mh 
4oraks <|ae coBtríboiao^i n ayor bríNo de las detídas al tálenlo y al ar- 
le. Con laleí coadieiooes, ni es extraio que lodos los asuntos le foeraii 
ígtialmeBle iamiliares, ni qoe<k»deel príocipio desa carrera de ofwfor 
se ekvara harfa donée habían flegada ks uás msigiies* Desgraciada^ . 
mente teaemes qoe ImMotar la pérdida de todos sos discarsos y si m> 
fnera por Cicerón, niogusa particularidad de su manera oraloria se ea- 
■oceria. 

Anlonio, acbueb del célebre Iriunviro, ei^gíco sostenedor del par- 
tido aristotrático, y amigo íntimo de Craso, le disputé su gloría de 
orador, Cicerón lo retrata de una manera admirable en su citado li- 
bro: no escribió ninguno de sus discursos porque quería poder negar 
labtí dídio aqueHo de que se pudiera arrepenlir, y conformes con 
e^le poco booroso principio, estaban sus ideas respecto de los me'** 
díoa de defensa de que se servia; todos eran buenos si centribuian al 
triboi). Por eso su elocuencia era más enérgica qfie brillante, y aun- 
qis se dice que tenia frases propias bábümcnle combinadas, Cicerón 
le juzga descuidado en la expresión y más Meato á la rueraa y eoer-*- 
gia de la idea, que á la gracia de la dicción. Abundante, enérgico, 
arrdmlado, meditador y extraordinnrianiente bábil en la manera de 
exponer, Autonio en superior ai mismo Craso en el foro, porqae estas 
cualidades se aiFonian más á la (H'atoría judit-ial, tal como los romanos 
la practicaban, que á la pellica; y de aqui proviene sin duda la 
fama qae habla alcanzado entre sos contemporáneos y la profunda 
admiración que sus discursos causaban (8). 



(^J Eqoidero, qoaoqoam Antonio taotam trilMio, quantum supra dixi, tamen 
Crasto oihü stotoo fieri poiuísse perfectíus, Brat «umma gravitas; erat cura gra«> 
Wtale joootns fwaliaram el urbaaitatíseratorn», nonaeorrília, lepoa; iaünelo* 
quendi aocurata et sioe moletiía dílígena elcigantia; in diasereodo mira explica* 
tic; quum de jure civili, quum de aquo et bono disputaretur» argumentorum 
et aimilitudÍDe copia. Brutos, XXXVIII. 

{%) He aqui algunas frases de lasque Cicerón consagra á Antonio en el 
Bmtui. Ooinia veniebaot Antonio io mentem; eaque suo quoque loco, ubi 
plorísMMn prefioare at velare poaaent, «I ab jaiperalofa eqoitas» padileo. 



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- 188 ~ 

ffi Lttcio Ihrcio PhiUpo, «i Cotia, oí l^lpício, tti Mío Gééar Bs 
trabón, ni otros mucfaos oiás, ciladoi y el^iaéoa por Ciceroo pae^ 
étn detenemos en esta breve reseña; debeonos consagrar sélo algoaas 

palabras al más ftmoso de los oradores, pero de quien sólo leñemos 

el eco de so gloría, á Qointo HoHeosio (Malo, el amigo, el modelo y 
el rivat de Cicerón. /Las cualidades de so oratoria decidieron al qae 
ecRpsé sa gloria á imitarle con prefereneia á Cotia, que era el único, 
muertos Antonio y Craso, que se la podia «Uspolar /"Bratus XCU).^ 
En el célebre proceso de Verres, que mis adelante se diará, Horten- 
sio se presentó en frente de Cicerón, pero la acusación fué más feliz 
que la defensa y la feína del abogwio del Yerres perdió tanto como 
ganó la de so acusador. Nada se eooserra de los discorsos de este gran 
orador, á quien dn cesar Cicerón proclama el primero de todos, pero 
podemos conocer sus grandes cualidades por el juicio que este nos ba 
trasmitido. Oigamos sus propias palabras para formar idea más exacta, 
(Brnlus XCY). <Si tratamos de explicar por qué el talento de Hor^ 
tensio brilló más en su juventud que en su edad madura, encontrare- 
mos dos motivos exaetísimos^ Prímeraniente porque había un género 
de elocuencia asiática que conviene más á la juventud que á la vejez. 
La oratoria asiática se subdivide en dos especies , una sentenciosa y 
sutil, pero nutrida de pensamientos menos graves y serios, que pícan- 



letis srmalora, src ab illo ío máxime opportums orati oni§ paiütMis ^loca- 
bantor* Brat ioMiBoria summa, nulla meditationiftKM suspUio, imparatus Qem- 
per agradi ad dieaodum ¥idel>atur; sed lia erat páralos, ut, judices, illo dicen- 
te, nomunquam videreotur noD satis parati ad caveodum (uisse. Verba ipsa, ooo 
illa qoidém elegantissimo sermone; ¡taque dilígenter loqueodi laude caruít: 
naque tameo esi admodum inquínate loouius; sed tita , que proprte laus orato- 
ria esl in verbis... Sed quum hmti magna in Aolooio, tam adío siogutaris: quo 
si parUenda est io geslnm atque vocem, gestus erat non vert>a exprímeos sed 
cum sententiis congmens; manus, bucneri. latera, supplosio pedís, status, in- 
cessns, omniíque motus'cu oi verbis seotentüsque consentiens; vox permanens, 
▼ernm sol>rauoa Mtura. Hábebal enim flebile quiddam in queastionibas, ap« 
fomqBe quum ad fidsm Cacieodam, tum ad misaricordíam commovendam: oi 
▼•rom videreiur io boo íllud, quod Demesteoem feront ej, qui quosivisset, 
quid prinum esset in dícendo, actionem; quid secubdum, ídem, et ídem ter« 
iiooi, respoodisse. Nulla res magis penetral ín ánimos eosque fingil, formal, 
flectü, tricsque oratoüé tideri feoíl, qoalas ipt i se víderi toloni. XXXYH y 

xxxvni. 



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_ J8« - 
tes y ddicados. (Tal era el estilo de Tíineo en la historia, y eo la 
oratoria el de Hiéroclés de Alabaoda, y principalmeiile de Menéeles so 
hermaDO que florecíeroo durante nü juventud, y cuyos discursos son 
verdadeaoB modelos del género asiátí(*€^ La segunda especie brilla me* 
nos por la abundancia de pensamientos,'^ (![ue por la ligerexa y movimien* 
to del estilo : esta es la que domina actualmeole en toda el Asia^, 
DO sólo corre la frase con fácil abundancia, sino que la exposición es 
florida y brillante; (asi es como hablaron Escbilode Guido, y mi con- 
tempc^áoeo Esquines de Milelto: sus discursos mostraban una adn)¡- 
rabie facilidad» pero carecían de la elegante combicacion de hs ideiu) 
Mas estas dos especies, como antes dije, son más propias del joven 
porque no se prestan á la gravedad sería deles hombres uiaduros. 
Por eso Hortensio, mientras fué joven alcanzó generales aplausos;(abuR- 
daba como Menéeles en pensauíienlos vivos y delicados, pero lo mismo 
en él, que en el orador griego, eran más agradables y floridos, que 
necesarios, y alguna vez úliles^ Animado y enérgico su estilo, era 
también trabajado y escogido. Por eso no agradaba á los ancianos: 
muchas veces veia yo á Pbilipo reir de lástima y hasta maldecir al 
orador, mientras que los jóvenes se admiraban, y la multitud se 
conmovía. Hortensio joven, era á juicio del pueblo un orador excelente 
y nadie le dispotaba el primer lugar; y aunque tal género de elo- 
cuencia tuviera poca autoridad, nadie negará que era conforme con 
su edad,[porque se veia brillar cierta brlleza á^ genio, que ayudada 
por un ejercicio constante, y unida á la gracia de los periodos exci- 
taba trasportes do admiración^, Pero cuando los honores y la autoridad 
de la edad reclamaban alguna mayor gravedad, Hortensio perma- 
necía el mismo, sin ser la misma la conveniencia: además coo.o que 
se ejercitaba menos, aunque había tenido una extraordinaria pasión al 
trabajoi aunque conservara la abundancia de pensamientos ingeniosos 
de sus discursos, no sabia como en otro tiempo revestirlos con los 
brillantes adornos de un estilo encantador. Por esto sin duda, Bruto, te 
gustó menos de lo que te hubiera gustado, si lo hubieras oido 
cuando poseia todo el entusiasmo de la edad y lodo el brillo de su ta- 
lento.» Después de las palabras de Cicerón, nada podemos añadir para 
dar á conocer á un orador cuyos discursos se han perdido totalmente 
para las letras. 



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- t67 — 
U hija de jSortcDsio, heredó el ilustre talento de sa padre y ana 
energía impropia de su sexo. El discurso de Hortensia pidiendo á los 
triunviros que se libertara á las damas romanas de un crecido impuesto^ 
dice QuintiUano, debe leerse, y no sólo por galantería hacia ella, sino 
por 80 positivo mérito. El singular trabajo do la hija ha tenido la 
misma snerte qoe los del padre. 

Cicerón orador forense. 

Deben juzgarse los discorsos de Cicerón bajo un doble punto de vis « 
ta según que pertenezcan á la oratoria judicial, ó á la política: los de 
la primera clase son modelos do tal perfección que en vano se buscará 
en las literaturas posteriores, nada con que poderlos comparar; Cice- 
rón es el primer abogado del mundo, y la oratoria judicial, aunque más 
tranquila que la política, era á sus cjos más agradable, cobqo se puede 
deducir de sus obr^s retóricas en qoe siempre tiene presente la idea de 
enseaar como se debe hablar ante los jueces: el mérito de sus adnti- 
rabies defensas consiste en el arte con que están escritas; desde las pri- 
meras palatiras dispone el ánimo de los jueces de la manera más conve- 
niente, distribuye con extraordinario acierto las panes del discurso, con 
habilidad suma en la narración, en la manera de presentar los hechos en 
el fuego de )a argumentación, tranquila cuando así lo exigen las cir- 
f unslandas, arrebatada y vehemente cuando creia convenir, pero todo 
sienipre pensado, y admirablemente ejecutado; la habilidad para excitar 
la risa deíjoez y desconcertar ai adversario, el uso ,del chiste y los en- 
cantos que su rica imaginación le proporcíi/naba, brillan en la peroradon, 
la parle del discurso en que se ve á Cicerón entero, lleno de genio y de 
sabkloria. 

No se crean exagerados estos elogios; son tomados de los más insignes 
críticos que han estudiado las defensas de Cicerón: Quintiliano io juzga 
superior al mismo Dcmóstenes en este concepto, pero para poder oom- 
í)render su mérito como orador judicial, preciso es apuntar algunas ideas 
más, antes de entrar en detalles sobre sus discorsos: la oratoria judicial 
antes de Cicerón, tenia el carácter que el derecho mismo: reducido este 
á fórmulas y solemnidades esteriores, el abogado debia llenar su mi- 
sino con citas legales y con prácticas ajustadas alas costumbres del foro 



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Ifáh ótoervatatíá it MO misioo derecho; unida te flMsofii á la jnHs-- 
priidetieia, adqtrifki esU ciencia toda la elevación neoesarta, j el orador 
fon^fü^ pado tener por base de sus discursos la cíeocia del hombre j dei 
derecho: Cicerón, prttí^ esapualario, roaoia todaa las oondíciooeB que 
esta elevada miakm exigfa: el estudie proñiodo del derecho que «ooocía 
en sus más elevadas teorías» merced á te ciencia griega, y el d^l hombre 
cuyo cooociroieoto es indispeofiable para el abogado; era retórico ilustre 
para apreciar la coirc^ion y la forma en el decir en todo su valor, 
y poeta hasta donde el orador debe serlo; condidone^todas necesarias pa< 
ra elevar el arte oratoria hasta donde este insigne orador la elevé. 

Pero ea por cierto bien notable la suerte de la oratotoria forense en el 
reinado de Augusto. Parece á primera vista inceniprensible, que muer- 
ta la oratoria política por faltarle las condiciones propias para su vida, 
muriera también la forense que tenia bajo el imperio los mismos teatros 
que había tenido durante ta repúbliea, y sin eaibargo no se puede me- 
nos de observar este hecho singular; ni se conservan disoursos de abo- 
gados notables denpucs de Cicerón^ ni siquiera se apuntan noaibre que 
alcanzaran insigne fama entre sus contemporáneos por su arte en uso da 
la palabra. La pérdida de la libertad del pensamiento ayudé la decaden- 
cia que se inicia desde la muerte de Cicerón en la oratoria, y que se ex- 
tendió á todos los géneros en que se divide, las escuelas de les retóricos . 
con sua ejercicios de todas clames, dielam(Ukm$i, hudaíionei^ vi íup $ r§ - 
eianit, contribuyeron á que perdiera su primitiva dignidad y eoei^ía, 
y las lecturas públiéns soateniendo el género demostrativo, dieron naci- 
miento á una oratoria vana, pretenciosa y de aparato, que perfeocíonó 
el pan(*girí(^ qne fué toda au gloria, matando la dignidad del orador, 
y la grandeza de so glorioso deslino. Puede decirse que nada se coa- 
servi de los trabajos de los oradores de este género perteneoíeotes al 
tiempo de Augusto, pero en el periodo siguiente se enoontrarén infi- 
nitas influencias de ellos, siendo una de fas cansas que méscoalribayeron 
á la decadencia y á la corrupción del gusto. 

No es posible seguir á Cicerón en todos los pasos conocidos de su 
carrera de orador ni como forense ni como politice, y hay que renunciar 
también como tarea propia para la ciase, al eiámcu de to discursos 
que jucamente se considerao como lo n»ejor que en este eanoepto ha 
falido de su pluma; £«4 ímniUíomi ía Vmmy h9 di$fitr$o$ pr^ Ár- 



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dKk, jf firo Mtíme, mm mifideiitM mcMhrag como modeloidel género 
que DOS ocapa. Desde la defensa pro Qmnetió que es h primera en fecha 
de las pronancítdas por Cteeron» y la Pr0 Bo9eiú AfMrino, qnt le dio 
la coiisideracíon de |$ran abogado, hasta la pronunciada en defensa de 
Mihn, en lodés se encontrará mucho que elogiar, mue^ras atices de 
sus grandes dotes y de su el* vado talento, y nunca se encarecerá bas- 
tante su estoiKopara ei que se dedica á ta dificH prcfesion del abo^ 
gado. 

El proceso contra Yerres proporcioné á Ckeron uno de sus más no- 
tables triunfos y la ocasión de escribir modelos serranos de oratoria ju- 
dicial; Cicerón babia sido cuestor en Sicilia, y á esta circunstancia debió 
que los sicilianos le encargaran la acusación de Yerres qoe babiia sido 
so propretor^ y bajo cuyo gobierno babia cometido actos de horrible 
crueldad, dilapidaciones, robos y cuantos excesos es posible suponer en 
el hombre dominado sólo por la aaibicioo. Cecilio hombre corrompido, 
entregado á Yerres por completo, pretendía con fingida enemistad ser el 
acosador y esto díé logar á una acción preparatoria ^on que fué vencido y 
en la que Cicerón pronunció el discurso m Q. dBdkum; nombrado aco- 
sador de Yerres bizo un viage á la Síciha para preparar las pruebas y 
á su vuelta las presentó tales y de tal modo justificó so acción, que 
Hortensio se negó á defender á Yerres y este tuvo que desterrarse vo*- 
Ivntarianente» Sin «imbargo de qne no los babia de pronunciar. Cicerón 
esbribió cinco discorsos, que son el gran cuadro de los crímenes y de- 
predaciones del ambicioso Yerres y nna de Im glorías del orador roma- 
no; aunque todos notables, no se poede menos de preferir tos Hamados 
segon k» nombres con que los gramáticos distinguen las Fivrñu», los 
supimos f^ las eslakuu, conocidos de todos y los más brillantes de los que 
forman esto célebre proceso, tanto por el interés literario oomo por los 
curiosas é interesantes noticias que contienen acerca de las costumbres y 
de las artes en la antigüedad. 

En la defensa pro Arckia, se presenta un verdadero modelo de ora- 
toria en el género templado que el asunto requerió; Arcbias, poeta 
griego, había sido maestro do Cioeron ^ y después de haber salido este 
del confiado se vio eo ta necesidad de defender los derechos de so an- 
tiguo maestro á la ciudadania romana; Cicerón alcanzó la declaración 
que pedia y dejó m este breve y perfecto discorso, un dogio acabado 



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de la poesía y de las letras, qoe paede colocarse al lado de lo más bri- 
llante y pa télico que escribió. 

El discurso pro MU<me es acaso el más bello, y el más perfecto de 
todos los judiciales prooanciados por Cicerón; el objeto era defender á 
Milon del asesinato de Clodio, turbulento enemigo del orador; la causa 
obtuvo una celebridad tal, que Ponipeyo que presidia el tribunal, se- 
vio en la necesidad de bacer que la fuerza pública ocnipase el foro; 
esto desconcertó tanto á Cicerón que apenas pudo levantar la voz ni re- 
cobrar la perdida presencia de áníoH) tan necesaria en aquel momento; 
su defendido fué condenado, pero queriendo el orador acallar su propia 
conciencia y satisfacer acaso su herida vanidad, escribió el discorso que 
hoy tenemos; aunque lardio para el acusado, reúne todas las grandes 
cualidades oratorias del autor; la argumentación, los movimientos pa- 
téticos, el estilo, todo viene á completar esta gran obra que oaeió coan- 
do no podia servir para su objeto (1). 

Cicerón, oradoi^ politico. 

Muchos escritores han juzgado como el mejor titulo de gloria para el 
orador romano, sus discursos políticos; la critica uioderoa no piensa del 
mismo modo, por más que conceda de muy buen grado, que las cua- 
lidades literarias resplandecen en este, lo mismo que en los demás 
trabajos de Cicerón ; pero al hombre político hay que exigirle más 
que hablar y escribir bien; el orador que se eleva por el talento de 
la palabra al primer puerto en un Estado, el que es arbitro de los 
destinos de un pueblo porque cede al impulso irresistible de so palabra, 
es preciso que reúna las grandes condiciones del hombre poUtioo, y 
Cicerón fuerza es decirio, aparece sin esa perspicacia que hace ver el 
porvenir, apreciando por la historia las necesidades y las aspiraciones 



(4) Las Oraciones escogidoi de D'ceron, tradncidas por D. Rodrigo de 
Oviedo, Madrid 4 SOS* aunque carezcan de la alef^noia qae el origioal reclama, 
8on una muestra de los grandes conocimieotos que poseía el autor eo la lengua 
latina, y de la exactitud y verdad con que nuestros humanistas lian traducido 
casi siempre á tos escritores clásicos. No dudo en recomendar esta traducción 
como reoomieodo la de Nepote del mismo autor, para vencer las diGcultades 
del texto de Cicerón. 



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- Í6I - 
de tos pueblos^ rio Qoa ¡dea constante, qu» sea el norte de sns aclos; 
sia Talor en los reveses, sin desinterés personal, y no siempre molido 
por los sagrados intereses de la patria. Así Feríeles, DemMtenes, Mira* 
beau y otros grandes hombres han dejado grabada la grandeza de su 
genio en la confianza de sus ideas y en la enérgica decisión de su ca- 
rácter; Cicerón por el contrario; lumbre nuevo que no tenia antece- 
dentes de bmilia que le ligaran, se echa prin»ero en brazos del pue- 
blo y sobe mecido por las auras populares; la importancia de sos talen- 
tos, y la celebridad de sus Irionfbs oratorios le atrajo ¿ la nobleza, y 
Cicerón acojió sus favores sin pensar más que en medrar, y llegando 
de este ntodo al óllinio asiento de la n pública; durante su mando dio 
muestras de debilidad y energía á la vez, que eran el fondo de su ca- 
rácter; el período era difícil pero acaso por Cicerón estaUd la conju- 
ración de Catilina , y conociéndola desde su origen por una muger 
que le vendía el secreto y podiendo sofocarla, no lo hizo dejando que 
las armas decidieran de la suerte del Estado; acaso á Cicerón pueda 
atribuirse la formación del primer triunvirato, solamente por no de- 
cidirse por ninguno de los dos elementos, que le habían ayudado, el 
poeUo y la aristocracia; durante la época de sus desgracias, el ilustre 
orador dio muestras bien patentes de debilidad, y arrostró EÚplicas, y 
humillaciones sin ñp^ cuando abandonado del pueblo y de la nobleza se 
desterró voluntaiiamente; pero coando después la nobleza, buscando 
fuerzas contra los triunviros le llamó, sólo consiguió ver un desengaño 
más, y dar una muestra clara de que obedecía á las circunstancias 
como norte de sus ideas políticas: unido al principio á Pompeyo, tuvo 
la debilidad de defender por orden de César, á los procónsules Gabioo 
y Ravirio sus enemigos implacables, y más tarde no teniendo valor 
pora resistir al rival de su íddo de otro tiempo, lo elogió en el sena- 
do como pudiera elogiar al amigo á qnien hubiera estado unido toda 
la vida. 

Estas reflexiones, resumen breve de mochos actos de su vida, son 
bastantes para explicar lo que falla en los discursos políticos de Cicerón; 
considerados á la luz de la historia demuestran las vacilaciones de su 
autor, la debilidad de lu carácter y la falta de un principio fijo, que los 
aliente y les dé vida. Hay momentos notables en la vida pública de este 
eminente repúblico y sus mejores testimonios son los levantados por su 



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~ let - 

efegaaie palabra, pmá as leen 8«s carias, en tUaa m^eti h verdad 
de coaalo ae ba dicfao, y se le verá síemiire vacilante, siempre iadeciao 
y siempre (emeroco del porvenir de sa palria á la quesíoceranteDle ado- 
ra. Como Irabqea Uteraríos, díficil aeria enconlrar difeceaciaficompaFao- 
do loa poülieoes coo los disearaos judidales, pero baj» esta coaaideraqoD, 
Ctceratt et siempre el mismo, y do pedia eacrflbir mal: ¿q ué imporU una 
reduodanda, alguna frase demasiado afaclada y ampulofii? ¿qué el ama- 
eeramieBto y el esludiado ritmo de algún período? estos que son los ám- 
eos defectos, que alguna vcx apunta una crítica uiioocMsa, son nada al 
lado de la multítnd de bellezas que en todas sus ebraa ae ecba de ver 
y que ooostiloyen su estilo. 

No debeuM dejar de recordar el juicio que Quintílilno bace de Ci^ 
eeron, y la comparación que establece enti'e él y Demásleaes, más por-r 
que se tenga una idea de los grandes genios de la elocneacia anligna, 
y de lo en que se aparecen y se separan^ que porque con ^lo se tes dé 
mejor á conocer. Diee QuintUiano, que lo que Homero y Virgilio alcan- 
zaron en li poesía, alcanzaron DemásIoDes y Cicerón en ia elocuencia; 
este elogio revela la grandeza de su genio y el acierto del insi^e retó- 
ricD español. Pero la gloria del orador romano es inferior á la del griego, 
porque le sirvió este de modelo y porque se formó en su estudio^ aédr 
más de que bajo la consideración polilioa tiene excelencias Oemóataoof 
que m alcanzó Cicerón, La fllosofia habia abierto (K)Q la inmensa eiLten- 
skm de sus easenansas, nuevas viaa para el orador, á lo que debió 
Cicerón la Bue\a tendencia que supo dar á la omtoria judicial redu - 
i'ida á las secas fórmulas del derecbo antes de él; por otro lado^ U 
diversidad de tonos que la oratoria habia alcanzado ea los grandes ora- 
dores atenienses, le podia ofreeer modelos variadoa que aupo abrazar 
en su forma, alcanzando á la vez que la energía de Den.ósleiu)s, la ame- 
nidad de Isócrates y la abundancia de Platón ; pero á pesar de todo, 
aunque se propusiera por modelo á Demóstenes, ni alcanzó la graiidiQaa 
sencillet, la fuerza de la demoslracíon y el acertado tono da estilo que 
caracterizan al orador griego, ni tampoco, según antes se dijo, el pro^ 
fundo conocimiento de las relaciopes y necesidades moríales. En cambio 
de esa originalidad y energía que se admira en Demóstenes, Cieerno l(v- 
gró dar á sus discursos una variedad infinita, adornarlos con las galas 
¿ au rica imagínacian, y cubrirlos sieiafíre con la degaiacia propia de 



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ma iiomm tmbejtdt ; Mmpte forvecta y mrnmim. 9em en k par- 
le que sobresalia Hevaodo in&]i(a veakaja á lodos losoraAnfea de so lieni- 
po, fs eo el oso de los aícctoo, ee e) arte de mover el corazoo dd oyeth- 
te. A eslo alríboye Ckeroo ir ocbos de sos trioobs (1) y cree qoe debe 
so gloriosa renooibre; la energía del ataque había descoooeriado á 
Horleosb, el úsko rival qoe iqva Cccroa y á Calí lina oúsno» el aiás 
alrevido de todos loe .hooibrcs ; so arte para excitar la eompasiao era 
tao GOBocido, qoe coaodo hablabsa eo oo misoio asoolo varios ora- 
dores, le cediao la peroracioB cooeidfráodole superior á todos; esta ha^ 
bilidad provenia segoo c3 mismo Cicerón, oiás de su sensibilidad que 
de so lateólo, aooqoe ooselros vcaa^os eo ella oo resultado del gran 
estodio qoe batoa becbo de la fifesofia y de lo bien que bebía llegada i. 
cooooer al bqmbre. Si se atiende al jukio de QuintiUaoo para juzgrr á 
Cicerón^ nada más grande, ni nada más perfecto que sus discursoa, 
bajo el poolo de vista de la elocución y del estilo que en tiempo del 
retérico citado, tenían que ser los fondaniieolos prioeípales de la ora- 
toria, nioerlo oomo estaba el enlostasmo por la libertad y la patria, 
qoe habM ea otro tiempo inspirado á los bombres más eiocoentes de 
Boma. Si no oooformes absolotameote con él, mocbo a>eoos pedeam es* 



^4) Dice Ciceroe en el Orad<>r (XXXVII y XXXYIIi; hablando del patético 
lo sigoieote que consideramos digno de ser conocido eo la belleza del original. 

Qtto genere nos, mediocres, aat mallo etíam míous, sed magno semper usí 
ímpetu, S6»pe adversarios de statooomi dejeciiiiiii* Nobú pro (Mnilarí reo sum* 
mus eraior non reepoodii Rorleosíus. A nobis homo audacissimua Celilioa m se* 
natu aocosatoa obmutuit Nobis privata io causa magna et gravi quum coapísset 
Curio jialer responderé súbito aasedit, quam sibi veoeoia ereptam memoriam 
dieeret. Quid egp de miaeratmibtts leqoarT qoibus eo sum uaus pluribus, qood; 
etiam st plores dicebamus, peroratiooem oUbi tamen omnes retioquebants ia 

quo al vtderer exeellere, non roganiOt sed doiore astfequebar Neo vero mi-^ 

aeratione sólum mens judicum permoveoda est (qua ooa ita dolenter uti aolemua, 
mpiierum infanlero io nutnibus pecoraatem leeuerimaa; ut alia íu causa, exeila* 
lo reo Bobili, subíalo eliam filio parvo, plangore et lameolatiooe oompterkuiB 
forum): sed eliam «st Cacieodum^ ut irascatur judex, mUigetur, invideat fa- 
▼eat, coBtemoat« admiretur, oderit, dilígat, cupial, salietale aífícialur, 
sperel, metual, laatetur, doleat; qua io varielate, dorioruro, accusaliosttppedita- 
bíl exempla; miliorum^ defenstooea mea^ Nullo enlm modo aoimua audieotis aui 
íocüari, aut leoiri potoal, qui oMxkia a me oon leolalus aiU dioeieaa. pecfectem, 
m íla judicarem, oec ío veníale crimen arraganli» exlúneacerem. 



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f 



— t6i — 
lario coD el autor del Diálogo de los oradores que le acusa de defee- 
los que solo exislian eo so cousideracioo; porque aunque Cicerón no 
sea la perfeodoo misma debe ser considerado como el más digno mode- 
lo que imitar y el más perfecto cultivador de la prosa latina. 

No siendo posible seguir á Cicerón en todos sus discursos políticos, 
y no con jderaodo el análisis rápido que podría tener entrada aqui, 
de gran interés, solo se apuntarán algunas ideas acerca de los más im- 
portantes para que con ellas puedan estudiarse más fjcilmente: el dis- 
curso pro lege ManiUa, los pronunciados sobre las leyes agrarias, las 
Catilinarias y las PtUpicas, son bastantes para nuestro fin (1). 

El discurso pro lege Mamlij, es un panegírico de Pompeyo; cuando 
Cicerón lo pronunció solamente tenia á su favor el partido popular, y 
al defender la ley Manilla, por la que se concedía á Pompeyo el man- 
do de todas las armas romanas en el Oríenle para acabar la guerra con- 
tra Mitridales, era so ánimo sin duda el atraerse á so partido al anibi- 
bicioso rival de César: este discurso es acaso por lo mismo que es enco- 
miástico, el más retórico y el más florido de lodos los discursos politi- 
ces; hace una resena curiosa de) estado político de la república, y'deja 
después á su fecunda imaginación, que ensalce cuanto pueda al caudillo 
á quien quería entregar la suerte de las armas romanas; Cicerón cuida 
en este discurso de todo; de la frase, del periodo, de la entonación, del 
ritmo; es una obra que podría presentarse como modelo en el cual se 



(4) GoQ el objeto de que los alumnos puedao leoer noticia exacta de los dia- 
corsos de Cicerón, y teniendo eo cuenta el ^ao interés de su estudio para los 
que asisten á la cátedra de Literatura clásica, porque en su mayor parte se de- 
dican á la Facultad de derecho, vamos siguiendo la edición de If isard, á dar una 
breve noticia de to<los ellos, creyendo deber manifestar que uno dt los esludios 
más convenientes y más útiles en nuestras universidades, dada la idea aates 
expuesta es el de obligar á los discípulos á traducir y analitar los discur- 
sos de Cicerón, más importantes á los ojos d^l profesor. 

Pro P. Quiniio: Et objeto de este discurso fué defender á P. Qointio eo no 
asunto civil y criminal á vez, pues que reclamaba de Sexto Nevio et cumpli- 
miento de ofrecimientos solemnes hechos por este y de lo que se escusalM bajo 
pretexto de liquidar las cuentas pendientes de- una sodedad mercantil. Horteosio 
era el defensor contrario, pero Cicerón obtuvo un triunfo completo en esta difioil 
cuestión jurídica, cuya defensa no existe completa. 

Pro Sexto Amerinoi á este discurso debió Ci«eron su fama de insigoeaboga- 
do; es la defensa deRoscio, iofomemente acusado de parricida; en ella se UEntos- 



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- t65 — 

gnardan coa el aiás exquisito cuidado lodas las rcghs de la Retórict. 
El misioo dic^ eo que Cicerón entró eo las fuodoaes del consulado pro- 
Buoció aole el senado un discurso, contra el tribuno P. ServHio Rolo que 
babia presentado una ley agraria por la que se pretaodia que los do^ 
minius del Estado ae veadieran en favor del pueblo, que nada de parti- 
cular y digno de especial uicnoion ofrece, pero es moynotableel que sobre 
el mismo asunto pronunció aole el pueblo; eo él juzga las leyes agrarias 
cooio excelentes y recuerdan los Uracos para elogiarlas, pero cree que 
la proposición de Rulo, nombrando un deeenvirato para que ejecuta- 
se esta ley, era lo mismo que poner la Italia en poder de diez hombres, 
abiertamente opuestos a Pompeyo á quien se excluía de este námero; el 
orador romano en este discurso habla de si mismo con estudiado y digno 



tra enérgico y valiente no sólo por lo que bace relación al proceso, sído tam- 
bién por ser el enemigo uno de los más decididos partidarios de Sila que en 
tdocesse lial!at)a eo todo su poder. 

Pro Q. ñoscio: El discurso pronunciado por Rosdo, el renombrado cómico eo 
otro lugar citado, tiene por objeto defenderte en una cuestión puramente civil, 
sobre cierta indemnización por el esclavo Panurgo, perteneciente á Fanoio Che* 
rea. Ha llegado muy incompleto. 

In Q, Cmciliumi Eüe discurso fué uno de los más grandes triunfos de Cice- 
rón: lo pronunció en una cue3tion prejudicial en el proceso de Yerres, conocida 
entre los romanos con el nombre de Divinatio, y que coDsistia en la decisión de 
quien había de sostener el proceso, cuando se presentaba más de uno con igual 
pretensión. Fallada á favor de Cicerón, hizo un viage á Sicilia, recogió los datos 
necesarios para justificar las exacciones injustas, robos, prevaricaciones y crime. 
oes de todo género cometidos por Yerres durante su pretura de Sicilia: de vuel- 
ta á Roma, demostró ante los jueces toda la verdad de su acusación y coo esto 
alcanzó un triunfo completo. Sin embargo, como si siguiera el proceso en una se- 
gunda acdon, escribió cinco discursos ó memorias, que contienen lo que ef orador 
juzgat>a que debia haber hecbo eo un proceso real. Los gramáticos han desig- 
nado estos discursos con los nombres de prmtura urbana, al en que traza 
el cuadro de la vida póblica y privada de Yerres; Sieilentis^ al en que refiere 
las grandes prevaricaciones y robos de Yerres; Frumentaria al en que le acusa 
de los robos cometidos eo provisiones; de Signis, al en que se ocupa délos obje- 
tos de arto robados por el mismo, y de SupliciiSy al en que refiere los asesina- 
tos que este célebre criminal babia cometido. . 

La defensa de Cecina, fué pronunciada por Cicerón en una cuestión civil, opo- 
niéndose á la posesión de unas tierras, decretada por medio de un interdicto. 

Pro Ponteio: Defendió Cicerón con esto discurso á Fonteyo acusado de concu- 
sionario por los representantes do la Galia transalpina. Ha llegado muy incompleto. 

Pro lege MmniUa', Eú eí^ ámüTso sostuvo CicercKi la petición del tríbano 

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orgirib^ recoerdasQS nerecimieotos para aktnzar él, koñért mmo^ 
UB puesto que sotia estar reservado á ks desceidientes de loe niás 3us- 
tfce palricífis: todo eo este discurso f» nolable, y acaso solo el deseo de 
eubrírde cierl^ridícaloal tríboBo cuando habla desunoUeza, sea m^ 
digí» del lagar j del orador; animado, palélíoo y lleno de colorido 
lioÉe en Ja peruradoo lal belleza y tal energía, ^e se Té el genio ea- 
tero de Cicerón; es en fin modelo digno de ser leído cod caidado, aca- 
so el triunfo aaés grande (fe Qceron como orador polílíco, y uno de ka 
HMMDentos mis digaos de su iospiracíób. 

El tribuno Ralo, se tió obBgado á retirar so proyecto de ley, pero 
ya que no podia sostener la discusión, á que el cónsul le babia relado, 
le acusó anta el pucUo, de baber combatido la ley agraria sdamenie por 

MaDÍüo en favor de PompeyQ. En el texto se dao noticias acerca dt su mé- 
rito. 

Pro Cluentio kvitoi Este discurso proDunciado en uo juicio públkú^ ó segua 
nueslro tecnicismo judicial, ctiminal, tiene por objeto defender á AjiÜoCluao- 
cio Ávito del crimeo de envenenamiento de su suegro. 

Contra P. Serviliun Orat\one$ lU: En el texto »e hace mención de estos dis- 
cursos políticos pronunciados por Cicerón contra la ley agraria propuesta por el 
tribuno Servilio. 

In Catilinam Orationes IV: Se bace también en el texto usa bieve meocion 
del objeto, mérito y ocasión de estos cuatrp discursos políticos. 

Pro Murena: Sulpicio, competidor de Murena elegido cónsul, intentó anular la 
votación de los comicios, acusando á Murena de haber alcanzado los sufragios por 
intrigas de mala ley y deconcierto con Calón. La posición delicada deCiceron por 
haber presentado en el senado una ley contra los concusionarios, el arte con que se 
burla delante de Catón de las doctrinas estóicas,y las delicadas ironías que se per- 
mite contra los jurisconsultos en un juicio en que tomaban pártelos más renombra- 
dos de su tiempo, hacen interesante este discurso digno deser estudiado también 
por su interés histórico. 

Pro Sylla: En este discurso defendió Cicerón á Sílade la acusación presenta- 
da contra él de estar comprometido en la conjuración de Catilioa. 

Pro Archia foeiai En e! texto se hace mención del asunto de este discurso 
pronunciado por Cicerón en defensa de su maestro. 

ProL, Valerio Flaco: Valerio Flaco pretor durante el consulado de Cicerón 
tuvo grao parte en el descubrimiento de la conjuración de Catilina; después de 
la pretura desemjpeoó el gobierno del Asia menor, y fué acusado de concusiona- 
rio á su vuelta. Hortensio y Cicerón le defendieron; el discurso pronunciado por 
este ha llegado muy incompleto. 

Po$t reditum in Senatuí ad Quirites post reiitum: pro domo $%ta ad 
Pomii/itéi; de H^ruspicwn fespoMii in P. CUMítm: Con \9tím iákiloe se 



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— M7 -^ 

f9vore(^ átios perUdáríoA ik Si!ft> iqueeraví Jos gnioées |in»|NéÉifÍQÉ 
de Ualia: eiHoooes pronniieiá Cicerón su tercer discorso sebrck lé^ 
aglark, elméseoérgko^y vebaiienlc de cnaotos han salida desii^ la-^ 
bios; el Irhinro dd^oradof fué €oibpie(0, poique acoMKio á sú yez á 
Rolo del plan que le airíboie, y o'eláidole á defenderse aolir et putbte, 
el Iribuno no lo hizo y quedó, por UmiIo confondído. 

ía$ Caíiiinarias: oonofída es la ¡Métuí de lotauoésoa que dMtm 
logar á proM&ndar estos diáconos; CíeetoÉi, qse asiaba enleridode Uh 
dos los planes de Calíünaí, esperaba áa deda pruebas com|ietas pmipo^ 
der alabar al senador poderoso, que añenazaba eambiar la^ soefUl del 
EsUido, ó una oeasioa oportuna para revelar ál Senado tedas fos deta- 
lles desn vasto plan; reunido este respetable cu ^^rpo en momcnlos de ía- 



designan los cuatro discursofi que siguei;k 9n las edeccicmes: los cuatro han skfo 
objeto de larga conlroversía preteodreodo algunos demostrar que eran de masd 
posterior y sólo uoa imitacioo de Cicerón; hoy nadie duda de la auteaUoMad, 
auD cuaodo no sea difícil conocer que la alteración es visible en alguna parte. 
En los dos primero» como indica eo uoa carta á Aiíoo^ no tuvo otro eb|t(o que 
dar las gracias al Senaik y al pueblo, el diade su. vuelta 4 Romav dcapueadel 
destierro: en el tercero pretendió que se reedificara por el Estado su casa en 
el meóte palatino, que el odio del trrbuao Clodio babia beobo entregar á las 
llamas. Este notable discurso satisfacía las aspiraciones oratorias de Gioeron. 
por completo. En el cuarto se defendió en el Senado de las indignas tramas 
de Clodio que preteodia hacer caer sobre él todas las respuestas que centra 
acoatecimieotos de aquel tiempo habian dado ios Qrúspipes, principalmente so^ 
bre profanación de lugares sagrados, que el violento tribuno, con el fin de pro* 
vocar otra tempestad como la pasada, prelendia hacer ver al pueblo que de ror 
ferian á la casa de Cicerón doode se había erigido un templo á la diosa libertad. 

Pro Cn. Piando: acusado por Marco Juvencio de manejos que castigaba la 
ley Lidnia de SodaUtUst ert su elección de edil, fué defendido por CiOéroo 
que obtmro un trmofo eompteio. 

Pro Sexlio: como el anterior, fué también este disciu'so una muestra de agrá* 
decímíento de parte de Cioeroo. Clodio, ó susparciales, le acusaron de bal)erpro-^ 
motído un tumulto apoyándose eo la ley Lutacia de «n* 

in Yatinium: este discurso llamado comuneete tnterro^otto, es continua- 
cioo del anterior y tiene por base el mismo proceso. Vatinio era uno de los 
prineipifles testigos que deponían contra Sextio, y Cicerón procura por medio de 
frecuentes interrogaciones, quitar h fuerza é su declaración exponiendo la con- 
docta polHica y privada de su adversario, con una energía y uoa mordacidad 
que DO honra mucho las costumbres romanas. 

Pro Jí. Cmlio: victima Celio de les celos de Clodla hermana del nombrado 
trüniBO, intentó perderlo presentando contra él una aeusaeíon abominable. Cice- 



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- 268 - 
qoiehid eo el lemplo da Júpíier y protegido por la fuerza, Catilioa (ovo 
la audacia de presentarse y entonces es cuando Cicerón pronunció el co- 
nocido diácono, eoyd exordio puede y debe citarse siempre como modelo 
de energía, riendo todo él un verdadero (hito del genio, por más qoe 
en el cuidado con que dpspoes lo esciibió, se vea eieeso de afeclacioQ 
retórica llegando basta la dcclamadon alguna vez. 

Kl segundo diseorso contra Catüina hé pronundado ante el pueblo; 
en él anuncia los planes del célebre coospij'ador, su salida de Roma para 
reunirse con sus aliados, y después procura justificar su conducta en 
ese grave astinlo para acallar las censuras, que sin duda se bacian, de 
no haber obrado desde luego con energía; el juzgar bajo este aspecto 

roo demostró su ínoctncía defendiendo ¿ su amigo y discípulo. Sigue el discurso 
proDODciado por Cicerón en el Senado acerca de la deiignaeion de las provin* 
otas que se batNao de sefialar á los cónsules que dejaban sus fuaciooes: sin que 
haya podido justificar su conducía, defeodid y alcanzó del alto cuerpo que César 
GooUouara en el gobierno de tas Galias, ¿oponiéndose al partido de Pompeyo qoe 
intentaba quitar de sus roanos este gobierno. 

Jhro Lu^io ComeUúBalbo: Defendió Cicerón al español Balbo contra un com- 
patriota suyo que le disputaba los derechos de la ciudadania romana en conside* 
radon ó que siendo de una ciudad federada, no podia obtener esta dedara- 
cton. ni$i is populus fúndue faetus éit. Cicerón triunfó y su defendido fué un 
persooage importante que llegó al consulado. 

In ¿. Cornelium Piionem: En el diticurso fo6ra las provincias consulares 
ae balMa propuesto Cicerón quitar sus gobiernos ¿ Pisón y Gavioio, unidos é Qo- 
dio y enemigos personales del erador. Pisón llenó de injurias en el senado á Ci- 
cerón y este le dirigió la sangrienta acusación que forma este discurso que ba 
llegado incompleto. 

Pro MiUmei En el texto se apuntan alguna a noticias acerca de este belUsímo 
discurso. 

Pro Marcello: Después de la batalla de Farsalia, Macelo amigo Intimo de 
Cicerón y enemigo declarado de César, se expatrió ni pensando en vol?er á Ro- 
ma. Cediendo el dictador é las súplicas del senado, acordó su perdón y so Tuel- 
ta, y Cicerón le dio las gracias en este bellísimo discorso. 

Pro Q, Ligario: el ruidoso proceso para declarar la vuelta de Ligario é Ro- 
ma después de la batalla de Farsalia proporcionó á Cicerón la ocasioo de proouo^ 
ciar uno de sus más bellos discursos. César admiró á Cicei oo, y por su elocoeo* 
cia constotió la vuelta é Roma de uno de \o^ que más tarde le quitaron la vida. 

Pro rege Dejotaro; Cicerón defendió á Dejotaro rey de Armenia qoe había 
sido partidario de Pompeyo, contra la acusación promovida por Castor de haber 
intentado asesinar á César. 

PMUppioarum libri XÍVi dada en el texto idea de la ocasión de oaloa di»- 
coraos, expondremos ahora el asunto década uno en tas monoa palabras poai- 



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- MI - 

á Cicen)D es mis propio de ana obra de tústoría, qoe de ana obra lite- 
raria; el discurso es de eseasa importancia. 

La lercera CalilÍDaría, es on panegírico qae so ador se eanla, sin 
dignidad y cegado por el ham pro(Ho; expone la bisloria de la coo]a- 
ración, baUa de los peügros de la patria, y por baberla salvado con la 
protección de los dioses, se considera como otro Rómvlo, digno de ios 
booores diyinos y de vivir eternamente en la niemoria del pueblo. 

La coarta Catilinaria, es tan notable ooniola primera; fué prominda- 
da ::on el objeto de decidir al Senado á emplear un «steaia de rigor 
contra ios partidarios de Catíliaa, examinando el plan propuesto de Cé- 
sar y el de Silaoo, y decidiéndose por el de este, pero asegurando su 

bles: en la primera filipieaf expcoe Ctceroo los motivos que tuvo para dejar 
ú Roma, f censura duramente la conducta política de Antonio: «n la «e^n(/a, que 
ea un modelo de invectrra, aunque parece ser una improvisación ante el Senado, 
es un trabajo meditado de gabinete, que no debió ser pronunciado, y tiene por- 
objeto contestar á las injurias que Antonio le babia dirigido por su discurso 
anterior. Sn la tercera propuso Cicerón un senatu-cousulto en que se elogiara 
la conducta de Bruto y se dieran las gracias á Octavio y á las legiones que se 
habían opuesto á los ptanaa de Antonio. Bn la tuarta^ pronondada ante el pue- 
blo, le dio cuenta de los acuerdos del Senado elogiando de nuevo ó Bf uto y Oc- 
tavio. Bn la quinta propuso Cicerón que se decretaran premios á todos los que 
se babian separado de Antonio, pidiendo que se lededarara enemigo de la patria, 
¿ cuyo acuerdo interpuso su veto on tril>uno. En la seeta califica ante et pue- 
blo de cobarde elacuerdo de enviar diputados á Antonio, para que levantase el sitio 
de Módena entregando á Bruto su gobierno. En la sétima procura demoatrar la 
infamia que caeria sobre la república si se trataba la paz con Antonio. £n laoota' 
va exhorta con energía á promover la guerra contra Antonio enemigo de la patria. 
En la novena procuró alcanzar altos honores para Servio Sul^cio, uno dé los 
eoviados ¿ Antonio por el Senado, y que marió aniea de poder oumf4ír sus órde- 
nes. La décima es una apol<^ia de Bruto contra la acusación de Fuíio Galene* 
Bn la undécima aconseja al Senado que mande á C. Casio á perseguir 4 Dolá- 
bala ya declarado enemigo público» En la duodécima se opuso con gran vigor 
á la determinactoo que el Senado estaba dispuesto á adoptar de enviar nuevos 
diputados á Antonio entre los cuales debía ir el -mismo Cicerón. Hit la décima 
tercera se ocupa del mismo asunto, oponiéndose á que se entre en tratos coa 
Antonio, indicando la desconfianza que Lepido debía inspirar al aconsejar tal de- 
terminación. En la décima cuarta, último discurso pronunciado por Cicerone 
eíogió á los vencedores de Antonio, Hircío, Pansa y Octavio. Pidió en formas 
muy bríllaotesy recompensas y premios para todos los que habían tomado pa.Ke 
en aquella jornada. Aeconciliado más tarde el joven Octavio con Antonio y poco 
atendido por el Senado, suscribió á la muerte de Cicerón como condición de es- 
ta alianza. 



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disposieíOD i segoiff e» todo el acuerdo de los P&jdreS' Consrrípl^. 

Cicerón abusa quizá de !a salislacciop que le causa ^el Irioofo que faa- 
b|pa almíV(ado sobre CalilÍDa^ pero bay que eonvenir eu que realm enle 
el peligro faubia sido graode, y que sus enemigos sólo pudieron acusar- 
la de bab?r (iftUadQ i lus foromUdades de la si^latdadon de tos proce^ 
S09, y que iiuoca $e separó de las detennioaeiooes del Senado. 

Las PhUipicijís: los catorce discorsus polbicos pronunciados por Cicero» 
coaira Aolonio después de la muerte de César, se conocen con la deoo- 
núnacion de Pkilipicas, que elauior les dio en recuerdo de los que De « 
móBteoes faabia pronúpoiado contra Filipo. El orador romano que babia 
pasado mucbos años lejos de la política y de tos ^suotos públicos, al 
pronunciar estos discursos preparó una tempestad quQ había d(> sumer- 
girle coslándob la vida. Aunque las JPhiÜpicas revelen el entusiasmo de 
Cicerón bácia su palria, aun á l(s sesenta y tres años de so vida, aun- 
que en ellas más que en oíros discursos politicos se vea la falta de un 
principio capital que guíe sus aspiraciones patrióticas, y aunque se con- 
sidere que obró movido $plo por el bien dei Estado, e& indudable que 
¿ excepción de la segunda, eoasiderada cenan divina por Juveoal, y de U 
décima cuarta, en todas se encontrará exceso de lugares comunes, afec- 
tación muchas veces, y falta 3Íen>pre de una idea generadora que sea á 
la voz qu^e fuente de ipspii:acÍQn eq el autfi\r, oiue^a clara de lo que vé 
en el porvenir* Bellas en la expresión y k forma casi siempre, arin<K- 
níosa la frase, correcto y elegante el estilo, las PhiUpicas no (fieron 
ningún rebultado con relación al gran fin por qué se pronunciaron, y aa- 
tes por cl contraria sirvJerpn de propeso á s^ mismo ^utor. .Cicerón des- 
pertó con su enérgica y noble oposicioo á todos los planes de Antonio, 
las iras de este hombre cruel, y Augusto cediendo más á su convenien- 
cia que á los deberes de hombre obligado, no dudó eb permiiir que su 
compañero en el luapdo sacrificara al Áasigne orador que babia publicar- 
do sus desónfenes y sus plaaes, y que le babia faecbo pasar á los ojos 
de todos los ciudadanos romanos como enemigo de la Repfiblica y de las 
libertades publicas. Cicerón que se nabia elevado por su elocuencia, se 
acarreó lai piiuerle por este preoioso dqn, y solo vio en torno suyo la in- 
gratitud y el desengaño en el último periodo de so carrera política. El 
asunto de cada una de las Filípicas puede verse en la enumeración de los 
discursos de Cicerón que aconipaña por vía de nota á estas reflexión^. 



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- «7! -- 

Clceroii retórioo. 

Nada existe en la Hteratnra laUoa, antes de Cioeroo, cpie pueda eoo- 
áderarse oomo perleneoieote á los estudios reteneos, desoonocidos de loa 
romanos eomo queda didio, basta qne la cíenctt de los griegos los ea«* 
sena y tos kaoe parte de sos trabajos: aunque los oradores se formiraa 
desde ei tiempo de los Gracos at lado de maestros griegos, ios latióos no 
peasanm en reducir en su lengua i preceptos escritos, los qae servian 
de base para el arte de la oratoria, la más Aid de todas, porque vive 
aempre en el mupdo de la realidad. 

Cicerón, Goyas primeras tareas literarias fueron dirigidas por maes'» 
tr^ griegos, pensé en su juventud todavía, en llenar este vado de las 
letras latinas, y si bien en las primeras se puede fácilmente echar de ver 
la iuálacion, en las que escribió en su edad madura, se ve el gran ora- 
dor convertida en excelente critico y en ilusUro retórico: comprendiendo 
la grandeza de su arte, no la bace bija de reglas áridas, incapaces de 
producir al orador, si no que la hermana con la ciencia del derecho y 
de )a filosofía como las bases n)ás sólidas para formar al orador perfecto. 
La primera de las obras de este género debidas á Cicerón es la titulada 

MketoriíMrtm adMeremmm lAriqmtor: aunque no contribuya mn* 
cbo ^te tratado á la gloria de su autor, aunque se considere de escasa 
ímponancia en sí mismo, aunque se juzgue como uno de los primeros 
tr^jos debidos ala pluma más elocuente de Roma, y pooo original 
porque el genio del antor no aaba todavía desprenderse de los pasos 
marcados por sus magros, cuyas huellas se presienten al ver el exceso 
de divisiones y de afán de método, es sin embargo digno de Cicerón y la 
grandeza de su genio se descubre ya, en su diocion fácil, armoniosa y 
eo los gífoe y mofimientos de la ft'aser la retórica á Herenmo es un tra- 
tado no súlo digno de ser leído sino también dé ser estudiado, con. se- 
guridad de que ha de ser provechoso el trabajo, sin que se pueda sos* 
lener ya la idea alguna vez apoyada por la autoridad de críticos distin- 
guidos de que sú autor sea el retórico Gomificio, considerando simple- 
niente como plagiQ el efe moeníúmf , ((ue todqs atribuyen á Cicerón (I). 

(I) Esta cuestión merece algunas palabras por fia de nota: ^íd eno^^rgO de 
testimooioa tan respetables oomo el de S. Gerónímoy Rufino y Priicio, que nom- 



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- Í7í - 

ün breve análisis de las malerias contenidas en esta obra deniostrará 
la ¡ffiporlancia que tiene á noestroa ojos^ por explicar los principios de 
la relóríca griega que son los miso)os que enseña la nuestra. 

En el libro primero después de un breve prefacio, califica Jeá ires 
géneros de oratoria, y expone las cualidades que deben acompañar al 
orador; invención, disposición, elocución, memoria y pronuneiadon: 
trata del exordio /cap. 3 al 7) de la narración (8 y 9) de la dtviskm (40) 
y en los siguientes (basta el 1 7) de la confirmación y la refutación, pero 
como dependande la causa las reduce á tres separándose de otros retóricos, 
y las designa con los nombres de conjecturalis conjetural ó de becbos, 
kgüima, de derecho, y juridiciaUs 6 de fi)rma. Se ve pues, que en este 
libro se ocupa de la invención: en et libro segundo se ocupa también 
de la invención en el género judicial, comprendiendo las Ires clases de 



branóCíceroo como autor de Hi Retórica á Herennio, algunos crítíoo9, apoyados 
eo las palabras de Quiotiliano qoe atribuye ¿ ud retórico llamado Goroi6cio 
ciertos pasages que se encuentran en esUí tratado, bao creído que el autor debía 
ser el retórico qoe nombra Quiotiliano y no Cicerón: al profundizar más la cues* 
tioo se encontraron tres escritores del mismo nombre y las opiniones se diviJiao 
eotre los tres para buscar el autor, y la dificultad se hacia por decirlo así cada 
vez másgraode, basta quese ba demo^rado que hay pruebas indudables, de qoe 
perteneceé Cicerón, deducidas de la identidad de sentimientos y de ideas: el prúi 
cipio de la obra no puede convenir más que á Cicerón cuando lamenta que H fal- 
ta tiempo para dedicarse á la retórica, porque se lo roban los cuidados domésti- 
cos y el estudio de la filosofía, cosa que do podía decir oo retéríco de profesión: 
la defensa de la filosofía académica» desdeoaodo la estoica, las ideas demeoráU* 
cas de qoe bace alarde y conformes con las expuestas en otras obras al cantar á 
Mario y al elogiar á los Gracos, las relaciones de estilo son otras tantas reflezío- 
nes dignas de tenerse en cuenta para designar el autor de estos libros. Pero hay 
mes todavía! el tratado dé ^iiDantlona, se ha considerado como una nueva edición 
del que nos ocupa yae ba desigoado eoo el nombre de RkHpHca nooQt para 
distinguirla de la rhetarica v$iu$ que es el dirigido á Herennio, y en est^ dee* 
pues de hablar Cicerón del exordio por insinuaciop, se gloria de haber sido el 
primero qoe fijó sue tres maneras en estas palabras que se encuentran repetidas 
eo el tmtado de inventíone y que prueban que este es una reproduccioo de la 
retórica á Herennio, y que esta es de la ploma de Cicerón: vÁdhuc qum dicta 
stint, arbitfor mihi conslare cum cmteris arti$ scriptaribuif nisi guia de 
insinuationibus nova excogitavimus^qúod salinos, prmter cmteros, in tria 
témpora divisimus, ut plañe certam viam et perspicuam rationem exor- 
iiorwn ho6fremt«a.» Lib. I cap. IX. 



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- S78 - 

camas ó cuestioDes propaeslas, dando conaejosdet^iniíiadofi sobre eada 
Qoa de ellas y exaiDioando despies de las reglas sobre la oarracion jq- 
dkial, el valor de los íodidos, rdaciooes y pruebas ea niateria Griinioal: 
expone las r^las para decidir ooo acierto una caestioa de dereduv orí- 
ginada de escrito ó ley controvertibles, y entra por fio en la óttio^a 
cuestión propuesta, explicando la naturaleza de las pruebas y la manera 
de darles fuerza. 

En el tercer libro se ocupa de la invención en los géneros deliverativo 
y demostrativo: explica los medios de disuadir ó persuadir y las fuentes 
de la alabanza é vituperio: trata después de la disposición y ensjeda á 
distribuirlas parles del discurso y el orden de las pruebas: después se 
ocupa de las cualidades personales del orador, pronunciarioa, voz, fiso- 
nomía, gestos, dedicando los líllimos capítulos á la Mnemónica, ó sea al 
arle de formarla memoria artificial, tratando esta parle con exiensioD 
é ingenio. 

Los siete primeros capítulos del libro coarlo, Uenen por objeto expli- 
car el por qué usa ejemplos propios; desde el octavo se ocupa de la «/o- 
mciím más conveniente eo cada caso, de los tres géneros de estilo y 
de las cualidades de una buena elocnc¡oo< que reduce á U coreccioo, 
elegancia y nobleza que consiste en el buen uso de las figuras de pala^ 
bra y pensamiento, dando reglas y ejemplos de rada figora. 

De inverUione rhetorica: este es el iHuIo de la segunda obra 
retórica de Ciceran. de la cual solo han quedado dos libros de cualit> que 
debió tener, atendida la consideración que á lodos merecede no ser más 
que una segunda edición de la obi^ antes mencionada: dificil es explicar la 
singularidad que ofrece Cicerón en esta parle, es deciri et baber escri- 
to dos obras sobre un mismo asunto, pero este hecho singular se repro • 
doce en sus Académicas, La importancia de esta pu^e considerarse 
la misuia, idéntico el método, y acaso más elegante en la lorma, que la 
retórira á Herennio: la historia de la oratoria trazada en las primaras 
páginas» es de lo más bello y elocoeole que ha salido de la pluma del 
autor. 

Aá Q. Fratnm dialogí III. de OrcUore: este es el título de otra obra 
retórica de Cicerón: escritos estos diálogos á la edad de r«2 anos y cuan- 
do habia alcanzado grandes triunfos de orador, intenta con ellos bor- 
rar la dolorosa impresión que le causaban sus primeras obras retóricas, 



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~ tn - 

hs ya menciettadas; en estoa diálogos, que el mismo autor asegura ha- 
ber escrita cod exquisito cuidado. briHs toda la gracia y toda la ^ande-^ 
za de 90 estilo, y el más elevado conocimiento de la oratoria: ya no es en 
ellos el retórico, que da reglas relat ¡tas á la parte esterior ó formal, sino 
que es el orador filtoofo, que buscando la base eo que debe descansar 
su arte, la encuentra en la filosofla como la úm'ca que enseSa al hombre 
su naturaleza y los recursos á que cede su corazón: todo lo examina; 
desde las más elevadas y graves cuestiones de la oratoria, hasta los tulli- 
mos detalles de la retórica, dando la idea más alta que se ha podido 
concebir de este arte de tanta importancia en Roma, y que exigia á los 
OJOS del primer orador, el conocimiento de todas las ciencias y las arles. 
El genio de Cicerón consagra los principios del buen gnslo y de lo bdlo, 
y sus delicadas ideas, sus profundas y juiciosas observaciones y la magia 
del estilo, dan interés á esta obra, en la cual para que todo sea interesan- 
te lo 800 los personages que introduce como interlocutores. 

El primer diálogo, que parece tener por objeto demostrar la impor- 
tancia y alta ¡dea que debe formarse dA orador, empieza con profundas 
reflexiones sobre la dificultad de la oralona deducida del gran caudal de 
conocimientos que el orador debe poseer, y del hecho histórico de ser 
muy pocos los verdaderos oradores; introduce al célebre jurisconsulto 
y pontífice MucioEscévola, á Graso y Antonio como los oradores más dis- 
tí^guidos de su tiempo, y á los jóvenes de grandes esperanzas 'Sulpitio 
Rtifo y Aurelio Cota: la escena es en Túsenlo en el año 662 de Roma: la 
rapidez del diálogo, causada por las frecuentes interrupciones propias 
de una conversación animada, hacen dificil^ el análisis de este fibro 
también dificü de traducir; ti punto principal que se discute en 
él» es el de loa conocimientos que deben adornar al orador, y des-' 
pues de dar Graso una alta idea de la elocuencia, pretende que el ora- 
dor debe conocer h retórica, la política, la historia^ la jurispruden- 
cia y la filosofia, insistiendo mucho al tratar de esta ciencia, porque en- 
sefia á conocer al hombre y los afectos que le mueven; Antonio le com- 
bate sosteniendo, que basta al orador un buen talento natural y conoci- 
mieótos su perficiales sobre las dencias anotadas. 

En el IíInto segundo los interlocutores cambian; en fugar de MucioEscé- 
vola aparecen Q. Catulo y Julio César; el asunto del (fiálogo es la men- 
ción y h iispo9tcm; Antonio que se dbtioguia en esta parte del discor- 



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- t75 - 
9D, «enta las reglas generales, cómbale las expütacioiiés de los reMricoa 
eoBio nsafieíeDles/ examka leídos los géneros oraforíos y conr laye con 
ota digresión bistto'ea; César iá n^ sobre el oso de la ironia y de' 
cbísle en la otaloiía, y Aátuño confluye de exponer sa sistema daodo 
reglas sobredi género delibera live, el panegirieo y la memoria artificial. 

Ed t) diálogo é libro tercero, habla Craso de la elocución y de la ac-- 
mn. ^oe es elasmlo de él, y debe filarse como interesante el patético 
ex^idiOf <(iie en booor de este orador poso Cicerón á este libro: cree que 
h claridad y la corrección son las reglas fijas qoe se pueden dar sobre el 
estilo; se lanü^nta Jospaes dé la separación qne se ha establecida entre 
la oratoria y la filosofía y i»;oo8eja este estudio; y entrando después en 
«B orden purameBle retórico, da reglas sobre las palabras, frases, ritmo 
y figaras, concluyendo con algosas acerca djel estilo y de la acción 
oratoria. 

Bphíus, «iae de clam wratoribus: este es el título de la cuarta obra 
retórica de Cicerón; si es bella por la Avara, es de un interés infinito 
por el asunto, y b única historia de la oratoria que nos ha legado la 
antigdedid: la fecha en que este libro admirable fué escrito es pos- 
terior i la batalla de Farsalia; empieza lamenlaado la muerte de Hir* 
lefisío y en e) ^rapílulo III, recuerda que paseando m) dia por su jar* 
din de Tóceub, reoibió ia visita de Ático y Broto, y les dio cuenta á 
inatan fias del primero, de la bistorta de los oradores qne hac^a tiem- 
po que estaba escribiendo, y cuyo objeto explican estas palabras qne 
pona en boca de Alteo tg^ando (oratores) este ccepissenf, qui etiúm, et 
qualtif fui$ent,^ Parece que loma la ocasión para esta obra del senti- 
miento, ^m k causa la desgracia de que Brnto dotado de tantas 
cnatidades de estudio y tal««nto, tenga cerrada la carrera de la ora- 
toria por las circunstancias de la época: el nacimiento, progresos y de-* 
cadewia de éste ari«s las cualidades y defectos de los oradores, cuya 
historia traía, iormao^ «n a^^uato interesante; es Apeles inspeccionan- 
do ássde el panto elevad» en que su vanicbídosa eonfiata le coloca, ui^a 
galena de euadroa; eset más insigne orador jazgando á los más ilos* 
trea de todos los tiempos, recetando loa secretos de so arle, haciendo 
oft reaifuep, en que todo es bello y ademas interesante; para la 
historia da las letras es ua Kbro de ioipensa importancia. 

N»la aagfimiMHf en todos aua poraneoorea porque sería demasiado 



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prolija la Urea; después de llorar á Horlensto, y de exponer las idift^ 
cultades de la oratoria, para so ateDcioo ea el hecho de ser la ólliaia 
de las arles cuHivada por los griegos y hace la biaXoría de la alemeft- 
se: los flofislas y su aalagoBista Sócrates, bórralas, el íavealor de 
la armonía de la prosa, Lysias, Deméstenes, y olfos mochos oradores 
son juzgados: al llegar á la decadeocia, Demetrio Falereose presenta 
á Cicerpo como el representante de la oratoria asiátka y coodnye h^ 
mentándose, de qoe Atenas haya existido tanto tiempo sin producir 
ningún hombre elocuente: empieza después á marcar el ca»dro de los 
oradores romanos de los primeros tiempos de la república que es 
cuando nace la oratoria, y sienta como la primera manirestacioo, ios 
elogios fúnebres: largo seria el catálogo qoe se tendría qoe formar, si 
de todos los oradores juzgados por Cicerón se hubiera de hacer men- 
ción: Calón, comparado con Lysias, Escipion, Lelio, Galba, Escévola, 
los Gracos, Escauro, Rutilio, Craso, Antonio Sulpicio, Marcdov Gola, 
César y otros mil, todos son juzgados con acierto, y cuando la ma- 
nera de alguna de estos oradores dá ocasión para ello, discurre sobre 
cuestiones importantes, como la io6oencia de la educación doméstica eo 
la elegancia del Icnguagc^; el fot qué algunos escriben peor que hablan; 
por qué la dialéctica de los estoicos no coovieúe á la oratoria y oirás 
muphas: también Cicerón se juzga i si mismo: habla de sus estudios 
y de sus triunfos y pone en boca de César un juicio, qpo aunque va- 
nidoso, es disculpable porque Mo indica la confianza que en sus pro- 
propias fuerzas tenia el orador: concluye haciendo el retrato de Hor- 
tensio, y lamentándose de que los males de la patria cierren al jáven 
Bruto su carrera; la reflexión que pone como final de sa obra, es una 
confirmación de las dificultades de la oratoria; cada generacioB, dice 
Cicerón, apenas ha producido dos oradores. 

Ad M. Brutum, orator; esta es la quinta obra retórica de Cicerón: el 
mismo la coloca en este orden cuando dice: ita tres erunt de Oraíore, 
quarlus Bruim^ guwtus Orakr.% En la intrndoccion de esta obra^iBri- 
gida á Bruto, da Cicerón la idea de ella en estas palabras: Quotíb igitur, 
idqu^ jam síBfiue, quod eheuenita genus probem masmne^ et quahmi-' 
hi vukaiur illud, cui nihil addipostit, quod ego summum et ysrftcfissi-' 
mumjudicem: nueva manera de exponer la retórica, que condoce a Ci- 
cerón 4 trazar un cuadro que estín>aba macho, y que-se pnade mirar 



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^ vn - 

como oto4e ios más bdloi trabajos, qoe bao aaKdo de so ploma; la 
primera parte de esta obra, la eo que baec el retrate del orador perfec- 
to, es lao idfil y elevada como bella: lo restante qoe es paramente di- 
dáctico, es de BMBos interés y mérito. 

Ád, C. TrebatíMm, Tópica: esta obra, también refóríca, fné escrita 
por Ciceroo en oo breve viage de siete días, qoe tuTO qoe emprender 
coando Marco Antonio se apoderó del poder; escrita sin más recnrsos 
qoe los que so boena memoria le proporcionaba, bace pensar en el vi- 
gor de sos facultades intelectoales, que á los 63 anos, eran bastan- 
tes pora bacer on extracto fiado en los recuerdos que conservaba; no 
otra cosa es eo efecto la obra dirigida al jurisconsulto y amigode Cicerón, 
Trebocio: Aristóteles babia escrito una eo ocbo libros sobre el arte 
de e&cuotrar argumentos (tokcx^ ¿^ %q%o^ logur) parle de )a retórica 
muy estimada y estudiada por los aotigoos: la obra de Cicerón es un bre- 
ve compendio, que sólo contiene 96 capítulos y su materia es la si-^ 
goiente: después de una breve introducción, divide los h^e$ en m* 
kiñseoBi y exlrí$isecos, i^egon que se derivan imnediatamente del asun- 
to, ó están tomados de consideraciones extra&as: explica los primeros en 
los capitules, desde el V al XIX, y los segundos en los dos siguientes: 
examina después las diferentes clases de argumentos con relación á las 
cuestiones deque se trata, dividiéndolas en tesis generales 6 particulares j 
las subdivide en cuestiones de feorto ó de práctica, podiendo estas ólti • 
mas pertenecer á los géneros judicial, deliverativo ó demostrativo, y 
ceocloye exponiendo los lugares convenientes á cada género. Boecio es- 
cribió un coaoenlarío en siete libros, á los tópicos de Ciceroo. 

Departitíone oratoria Dialogus. Esta obra puede coosderarse como 
una ampliación de la anterior: es un tratado elemental pero completo, 
de retórica: está escrito en diálogo entre Cicerón y su bijo, pero diálogo 
eo forma de preguntas y respuestas: la palabra partitiones^ equiva- 
lente á la griega ^mpkftita de ^atpio) dividir, y explicar por deta- 
lles, parece comprender el cuadro general de divisiones y subdivisiones 
que de su arto hacian los retóricos: la forma de esta obra, so monótona 
aridez, proviniente en gran parte de la íomm misma, y so oscuridad bu- 
bieran becbo dudar, sí Quintiliano no lo asegurara, que fuera de Cice- 
rón, pero puede comprenderse bien que lo sea, advirliendo que el es- 
tibes dijpM) de su autor y que su objeto al escribirio no debió ser otro 



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qfQe«l é» atender á tu ensftjMDia de so b^ El )^d es séodllo: ^víd« 
la reUirícaeQ tres parles, lenieodo por objeto la primera, el lalenlo del 
orador, que consisle en la iovencíoo, diaposícion y ei^Hwioo'je iaa ideas: 
la segunda, la forma del discurso, que con)pr«Qde el «Midío, aamicioo 
ronfirotadon y perotaciob: y la kncenit la arntíant y eiAmitaaéiielIá las 
diversas causas que pueden ser otéelo del discurso: iá obra toolieoe ctia^ 
reola capilolos* 

fí$ opiimo ginere oraturutíi Hber. ¿Qaé eré e) atícismo? Varroo^ 
Co^DÍficioyBrulo querían que consi^tiesra en el «so de oo cslilo coriteck», 
pero fiOfo y sin adornos; Ciceroaefcia por et OHürarioqiie ei alicisuioeii^ 
gía cierta pompa y abundancia de expresión, <|uq dieran gracia á la con*' 
cisión que le caraclcriiia: con eslas palabras queda cxpuedl^ el aaaelo 
de «sie libro del que solo nos quedan siele capituios ú párrafos, quo pre-« 
cediao á la traducción de los discursos de Dcmóslenes y Esobines sebre 
la corana, como el mejor ar{;uniento, para impugnar la teoría contraría 
y sostener su explicación sobe el mejor modo de decir. 

Nada ba llegado de las traducciones que Cieeron hizo de esios dis- 
cursos y los fragmentos que quedando los Pe$kómeiidSf del Protúg&ras, el 
Ee(mómico y del Tim^o^ son insuficientes para conocer bien la manera 
de tmdocir de Ciceroo. 

Cicerón filósofo. . 

Antes de exanünar» siquiera sea brevemente, las obras filosófieas de 
Cicerón, conviene decir aJgo del estado de la&Iosofia eoRonta, el cuándo 
se introduce esta cietlci»» qué nombres se apuDlao« y qué sistemas preta* 
lecieroo: todo con brevedad y.como simples indicaciones, porque olracosa 
no cabe en nuestro plan. 

Roma no hubiera cultivado nunca la filosofía abandonada á so* pro- 
pio instinto, pero los maestros griegos la impusieron, no sin graa Irabqo 
y tiempo^ á ios ambiciosos romanos, que todo h sacrífiraban á la idea de 
lo útil: aunque sin oiiginalídad de concepción hasta el punto de invenlar 
un sistema nuevo y completo, hay talentos á quienes la ciencia debe 
mucho, y Cicerón como filósofo ba sido el más útil de los escriiores de 
la antigOedad porque ba conservado todos los sislcoias^ 

Personajes iiuporl^Qtes d^ la historia romana, habjaa significado sü 



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odk> i la oteociit de ios griegos, pero 9I númo tiempo toa lunílils tBá$ 
ilustres enviaban á Grecia á sos hijos para que recibieran una educa-*- 
cion« que RoiBanppodia darles: Locullo con la creación de so celebrada 
bibliotcra, y Sylla con el preseole de las obras de Arit»(dleleS| conlri- 
huyeron poderosamente al desarrollo de esla ciencia^ que pasó por 
completo en el último sigk de la república con todos sus sistemas», ven*- 
cieodo así la oposición de carácter, que los romanos mostraban: laforato^ 
ría encontraba una base sólida en la filosofía académica» Ja severidad 
repobticana un consuelo en la moral estoica, el vicio y la corrupeion una 
defensa en la epicúrea, y el derecho, fin último de lodos los eslodioi 
en Roma, una elevación desconocida en la moral del Pórtico; las obras 
de Aristóteles atraían hacia sí algunos partidarios, pero ni Cratipo, ni 
Popio Pisón fueron bastantes para hacer Iriunfor su elevado sintema; el 
escepticismo de P jrron, era demasiado especulativo para que podiera 
agradar á ua poeblo tan práctico como el romano. 

La antigua academia, el estoicismo, y el epicureisnio son las tres es- 
cuelas que predominan en Boma y de las cuales siguiendo las obras de 
Cicerón, so pueden señalar partidarios, aunque no se puedan oonocer 
sus trabajos; Marco Junio Brulp era partidario déla filosofia platónica» 
si bien en la práctica se dice, que era estoico; Varron el escritor polígra- 
fo era lambiendo esta escuela, aunque es exacto, que dividia demasiado 
su atención para qoe diera un paso más el sistema. 

Catón de Utica, biznieto del grao Catón, fué desde su juventud par- 
tidario de la filosofia del Pórtico, á la que tanto como á so educación, 
debió la rectitud de sa vida; la nioral de esta escuela sancionaba el suici* 
dio como 00 medio de librar al hombre de las ooolraríedadesde la yida« y 
si Catón siguiéndolo aparece grande» la filosofia en cambio aparece sacri- 
ficada á las conveniencias de la casualidad y como una ciencia peqneia« 

Lucrecio y Ático son los representantes del epicureismo; aquel en su 
grao poema de rerrnn natura^ hizo una exposición completa del sistema; 
esle aparece cotiio el partidario más decidido en la práctica de las teorías 
expuestas per Lucrecio; epicúreo por temperamento y cálculo, tiene por 
norte de su vida y de su filosofia el no tener penas, tiacmre á dolore, como 
dice Cioeroo. Roma dominada por el lujo y ios placeres, parecía abrir 
las poerlas con prefen^da á este sistema , pero aunque Cicerón afiade 
nombres como el de Torcuato y Veleyo á loa ya citados» es un consuelo 



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para el que estudia It historia, el ver que los hombres de conocido ta- 
lento despreciaron una filosofia, que aunque elevada en so origen, solo 
procuraba halagar las pasiones y los apetitos; por eio fué hasta afronto- 
so^n Roma el nombre de epicúreo. 

¿A qué sistema se a6lió Cicerón? la dispola frecuentemente sosteni- 
da sobre si Cicerón era ó no partidario de la filosofía acadénu'ca, puede 
quedar resuella con solo distinguir dos épocas; Cicerón jóyen y orador 
estudia ci platonisnio y lo defiende como arma para la oratoria; Cice- 
rón virJQ, lleno de desengaños, enfrente de las desventuras propias y de 
las de su patria, buscando un consuelo en la ciencia que le cure de tan.- 
to dolor sufrído,de tanta Hosion perdida, no lo encuentra más que á medias 
en la filosofía platónica; su moral no le satisface, y tiende la vista hacia el 
estoicismo, que enseñaba la necesidad de dominar las pasiones, y de 
no dejarse vencer del bien ó del mal terreno, solo real en la apariencia. 
Consoladora doctrina, pero que no podia juzgarse asi en todas sus ex- 
plicaciones ápKcabIcs á la vida civil y política, y por eso Cicerón renun- 
ciandoá kiexageracion de tales principios, se acogió al eclecticismo que 
su levantado criterio le ofrecia, por eso el sistema de moral desarrollado 
en las obras de Cicerón, participa de la filosofía platónica, de la estoica 
y hasta de la aristotélica, que bajo la relación social, convenía másá 
sus ideas. El epicureismo solo excita el desprecio en su pluma. 

Las obras de Cicerón han sido de inmensa influencia no sólo entre los 
romanos, álosqae preparó á recibir la doctrina cristiana, de la que se 
ven alguna vez presentimiento» claros, sino que sirvieron de anteceden- 
te histórico á los PP. de la Iglesia, y en la época del reaacimieotd, con- 
tribuyeron á establecer el enlace entre la ciencia antigua y la ciencia mo- 
derna. La seguridad con que sostiene la existencia de Bios, la inmorla- 
lidad del almai el desprecio de la muerte, considerándola como el paso á 
otra vida, la justicia divina como fuente y sanción de la justicia humana, 
la perfectibilidad del hombre, y otras parecidas, son ideas de tan inmensa 
importancia, que por mas que Gaume vea cootradia^iones, no es posible 
dejar de admirar la grandeza del t«ftlenlo, que de tal modo las explicaba. 

Dos divisiones pueden hacerse de las obras filosóficas de Cicerón, una 
con relación al mérito respactivo; otra coa relación al asunto. Bajo el pri- 
mer concepto podria establecerse esta gradación: tratados de los Deberes 
de la Adioínacion^ del Sufremo bien^ de las Leyes^ de la R^ública 



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- S81 - 

aunqoe eslá iooompleto, de Ita Académicos, de ia Naiurehta ds lo$ 
Dioses, d$l Hado, las Tusábanos; estas cuatro importantísimas para ei 
estudio de la hi^oria de ia ciencia, y los tratados sobre la V^ , la 
Amistad y las Paradojas como los menos iivportantes bajo este concepto. 
La segunda división podría hacerse teniendo en cuenta la antigua de 
la (¡losofia en Lógica, Fisica, y Moral, ya en su forma interna, ya en su 
aplicadon externa al derecho: ai ocupamos de cada una de ellas, se dirá 
á la parte que pertenecen. 

Academicorum lU^i III. Esta obra pertenece á la lógica, que sino es 
inmediata en su9 aplicaciooeá para la vida, es fundamental para la ciencia: 
Cicerón trató dos veces este asunto; primero en sus libros Catuio y Lucuio, 
y después en otroscuairo dedicados á Varron. Quedan de esta obra, el se- 
gando libro titulado Lucuio, algunos fragmentos del primero de los de- 
dicados á Varron, asi como del cuarto, que al mismo tiempo que asegu- 
ran quehixo dosedicíones distintas sobre esta materia, obKgan á que se 
lean antes los segundos que los prínieros: el objeto parece ser formar la 
historia de la fiiosoGa desde Sócrates hasta su tiempo, siendo interlocu- 
IcH^ Varron^ Cicerón y Ático. 

Lucuio en el libro de este nombre ataca el neoplatonismo, que defien- 
de Cicerón: ¿Cuál es el criterio del conocimiento? He aqui la cuestión 
qae se trata, después de vindicarse Cicerón del noa)bre de cismático, 
que bigunos le daban, por haberse separado de la antigua academia. En 
esla obra aparece escéptico, porque no conforme con la idea de Zenon, 
de que todo conocimiento nace de la experiencia, no dando á los sentidos , 
mas consideradon que la de criterio í¡erosimil, y viendo que la dialéc- 
tica no puede conducir á la verdad, se decide por el sistema de las proba- 
bilidades, única cosa que el sabio debe procurar; no combale bien lasdoc- 
tríoas estoicas, y deja de resolver las cuestiones más importantes sobre el 
orígeo de nuestros conocimientos. 

fio es posible entrar en más pormenores. 

De fimbus bonorum et malorum libri K La historia, la filosofía y la 
litera lora pueden disputarse este precioso tratado: el campo es hermo- 
ao y la elevación y talento de Cicerón brillan admirablemente en él: Cuál 
es ^ objeto final de las acciones del hombre? Quis finis bonoruml Todos 
los filósofos antiguos se hicieron esta pregunta; todos pensafon en enseñar 
al bombrecuál era ó en que consistia el supremo bien: sólo convenían en 

19 



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. - tai - 

qüoelbombre pait ser feliz debía vivir coDÍorme á las leyes do la neliira- 
leza, perocada esGuela las explicaba de disliolo modo: Epicuro creía qae 
eonsisiíati eo la satisfacción del placer bien entendido, Cenen que en la 
virtud, y Platón y Aristóteles consideraban que adeuiás de la virtud 
hay otros bienes que llevan á la felicidad, y que era preciso salisCicer 
lodos los deseos legítimos de nuestra naturaleza. 

Cicerón examina estos tres sisletoas, considerando que el conocimiento 
del bien es el fundamento de la filosofía, y poniendo la defensa de ellos ea 
las bofías Te Torcuato, Catoo y Pisoa: mostrado el principio, lo combate 
y se eleva desde la historia á la crítica: el análisis mis breve es en esta 
form». Introducdoo dirigida á Bruto probando la necesidad de estudiar 
la filosofía eo lengua ialina; exposicjon de la doctrina epicúrea por boca 
de Torcuato; refutación en el segundo libro por Cicerón; exposición y 
crítica de la doctrina estoica en el tercero y cuarto, y en el quinto expo- 
sición de la doctrina moral de Sócrates, dejando ver la preferencia con 
que la mira. 

DUputatiomm inmílanarwn bbri V. Debe leerse ti prólogo de la 
edición de las Tusculanas de Erasmo porque dá una idea elevadisima 
de Cicerón: le defiende de los ataques que la crítica de su tiempo bacía 
de esta olra por verla separada de las creencias cristianas en muchas de 
las cuestiones que intenta explicar. Su admiración hacia ella sin embar 
go no tiene limites en el autor del Cieeroniafms. 

El objeto de Cicerón en estos libros es demostrar que el hombre puede 
llegar á ser felit, si obedeciendo á sii ra7.oo que le ensena el bien y el mal, 
combate las pasiones que son el funesto veneno de su corazón, y d6dl á 
las leyes de la naturaleza, lucha con las causas de aflicción que le pre- 
senta y las vence; y si coriigiendo los errores de los sentidos, tiene sieni* 
pre presente que ha nacido para amar y practicar el' bien, único me- 
dio de alcanzar la felicidad. Estas ideas de tan pora moral, están de* 
senvueltas en cinco libros, que independientes entre si por el asunto, for- 
man un todo tan bello, que nada podría con rizón oponerse á la exacta 
concepción de esta obra: en el primer libro titulado de contemnendé mer^ 
te, explica la inmortalidad del alma, apoyándose en razonamientos, á 
que siempre han dado importancia los filósofos, y aunque examina coa 
buen criterio todas las escuelas en este punto, encueotk^ en el deseo de 
gloria, en el grito de nuestra ooociencia, y en la previsión humana hqa 



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- t88 - 

ét\ seolímieolo coman, Ua más fuertes razoaes; la moeirle del justo no 
es más á los ojos de Cicerón, (fue la emaodpacíon del alma de ios vlo^ 
culos terreslres; doctrina que apartando del hombre el egoismo, ikne 
una importancia social que no se puede desconocer. El sueno de Ssci-» 
pión en el tratado d$ RepubUca, es ana adición de tanto mérítb emno 
belleza, de este modo de ver, en que sigue priocipnlniente á Platón. 

El segando libro se iRula de tolerando dolore^ el tercero de mgriH-^ 
diñe Unienda, el caarto de reliquis animi perturbaiionibus, el qninto 
VwMem ad beale mf^endum se ipsa tese oontentam; en la exposicjon de 
estas doctrinas, sobre la constancia, que se debe oponer al dolor, á la 
tristeza y otras afecciones, sigue á la escuela estoica, con cuyo últuno 
pensamiento sobre la virtud, medio único para la feücidad* pareos ha* 
liarse conforme. A la importancia filotófica de esa obra, á su orígioaU-* 
dad de formas, á la elevación de su doctrina, debe añadirse el indispu- 
table mérito literario, y se formará una idea aproxintada de su interés. 

De miura Deortan Hbri ÍIL Este tratado, perleneciento como el an^ 
terior á la parte de la íilosofia, que los antiguos designaban con el nomr 
brcde Física, es inleresaote para el estudio histórico sobre todo áa \% 
cujQslioo sobre que versa: un académico, Cota, un epicúreo, Veleyo, y 
un estoico, Balbo, disputan acerca de la naturaleza de los dioses: ei 
académico contradice las doctrinas de los dos sin oponer otra segura y 
positiva: todas las sutilezas de escuela, expuestas en el lenguaje fio- 
rido y armonioso de Cicerón, y con el entasiasmo y animación propia 
de un diálogo, no llevan al ánimo la idea clara de un conocimiento per- 
fecto de Dios, aunque baya más que la grosera creencia del pueblo. Cíco- 
ron, penetrado de la idea de la existencia de Dios, se vale de toda dase de 
consideraciones para inculcarla; el panorama que el Universo presenta, el 
concierto admirable de los astros, ei cielo tachonado de estrellas, el ér- 
den de la complicada máquina de la naturaleza, le hacen esclamar por 
boca de Balbo, aQuid enim potest esse tan apertum tamgue perepi-- 
CMint, cum cíBlwn suspeosmue, ceelestiaque eomten^lati eumus, quam 
use Hquod numen prcestanttssimm mentís quo hcdc reganlurí^ La creen- 
cia general de todos pueblos, que debe considerarse según las palabras 
de Cicerón, como ley de la naturaleza, es otro argumento de gran fuer- 
za, pero Uega por el mismo Balbo hasta apuntar una idea claipa también 
déla Providencia Divina y de la existencia de dioses particulares de cada 



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-. m - 

hombre y pueblo, que puede mirarse como un preseotimiento de los áo- 
geles custodios, que ouesira religión enseña couio dogma. Al ver como 
se explican en él las diversas creencias de escuela, algún escritor ha 
llamado á este libro, la novela teológica de la antigüedad. 

De iwinatüme Kbri dúo, Bn este tratado, escrito en los últimos a&os 
de su vida, aparece Cicerón más original j más filósofo, que en los de- 
más: libre de las doctrinas impuestas por otra escuela, y de sus preo- 
cupaciones anteriores, como se ve en el tratado de kgibue escrito algu- 
nos años antes, se eleva á las más alias consideraciones sobre la vana 
deiicia de la adivinación, á que tanta preferencia dispensaban los estoi- 
cos: expuestas por su hermano Quinto todas las razones con que estos 
probaban la realidad de la adivinación en el primer libro , las combate 
Cicerón ron tal franqueza y valor en el et^guodo, que demuestra lo 
absurdo de creer en los indicios sacados de las entrañas de las victi- 
mas, dando á entender la poca confianza, que el pueblo tenia en los orá- 
culos pronunciados por los augures; cosa á la verdad bien grave, dadas 
las condiciones de vida del pueblo romano: este tratado es con el d^ 
Falo, un complemento del de la Naturakza de los dioses^ y en am* 
bos dá muestras claras de un presentimiento, que eleva su espíritu há* 
cía otras creencias más superiores. 

De falo Uber, Bstc tratado ha Ib^do muy incompleto y no se 
puede por lo que queda ver más que las muchas distinciones de escue- 
la, que con ni fin de conciliar la libertad d(*l hombre con la idea del 
destino, habian inventado los estoicos. También pone la idea propia de 
Diodoro que se revelaba contra la de hacer al hombre victima del Aa- 
ro, pero no es fácil seguir el rumbo de las reflexiones de Cicerón contra 
fel peligroso dogma de los estoicos, que tanta trascendencia tuvo en el 
supersticioso pueblo romano. 

De offlcns Kbri III: el tratado de los deberes goza justamente la 
consideración de ser vi más ¡:nportante de todos los que nos ha trasmitido 
el mundo antiguo acerca de la moral; d genio de Cicerón resplandece 
en toda su madurez por mas que sea debido este tratado á los últimos 
años de su vida: el tono dogmático en que está escrito, la intención que 
guia alaulordequesirvaásu hijo comode complen.ento en sus estudios 
la elevación con que comprende y explica los más elevados principios de 
la moral, adoptando todo lo notable que encoqtraba en tas escuelas 



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- «85 - 

de file>ofiá y sobre todo eo la eslóica, á h vez que revelan la rela- 
ción, qne en esta parte existe entre todos los filósofos, es nna maestra 
clara de qne Ckeroo presintió en medio de las amarguras de sn vida, 
los consuelos, qoc una santa moral puede derramar en el corazón del 
hombre: los elogios que siempre se kan tributado á este tratado son 
dignos de sn elevación, y nada se puede añadir más que el reco- 
mendar á los jóvenes su lectura y estudio, tanto por la pureza desn 
doctrina, como por la perfección de sos formas. 

He aquí el contenido do este admirable tratado: siguiendo á Pa- 
necio, se ocupa en los dos primeros libros, de lo honesto, y de lo 
útil; la mayor parle de las doctrinas que Cicerón expone son tomadas 
de la filosofia estoica, la más grata al pueblo romano: en el primer 
libro empieza ocupándose de la naturaleza de los deberes del hombre, 
y los ámde en p^fectosj medtos; explicada la naturaleza de lo ho- 
nesto, expUca también sus cuatro manifeslacioocs; prudencia ó sabi- 
duría, justicia ó beacficencia, fortaleza y templanza ; la manera con que 
reviste eslas e^iplícaciones hacen que este tratado parezca obra de moral 

ristiana en algunas de sus partes; encarece el empleo de la inteligen- 
cia en el estudio; al examinar las bases de la justicia extiende sus 
benefinos hasta desclavo, para el que reconociendo Qceron su natora- 
leza, pide los derechos morales, ya que no se atreve á condenarla ley 
que le príbaba de la libertad; al hablar de la beneficencia, santifica el 
valor, y enaltece la moderación respecto de nosotros, y t\ amor res- 
pecto de los demás, sean amigos ó enemigos, y comparadas entre si 
las virtudes, cree que la justicia, por la extensión de sus beneficios 
es preferible á l^s demás; hay en él muchas doctrinas que el cristia- 
nismo ba santificado después. 

El segundo libro se o^upa de lo útil: no ba de separarse de lo hones- 
to, porque debe existir correlación entre ambas cosas; divide los objetos 
útiles en inertes y animados y considera al hombre como la fuente de 
todos los bienes; estudia los medios de alcanzar su afecto, las condi- 
ciones ó clases de beneficios que se pueden hacer, y concluye compa- 
rando las cosas útiles entre sí, y considerando como las más dignas, la 
ganadería y la agricultura, condenando á los logreros. 

En el tercer libro más original que los dos anteriores, hace Cice- 
rón la comparación entre lo útil y lo honesto, y llega á este prínci- 



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- S86 - 

piOf que pareoe ser \á base á^l libro: iodo , h h^neslo es útil y mia 
fuede nt úlil sinoes honesio: graodes reflexiones calen de ia piorna de 
Cicerón para apreciar lo útiK que es aprecia^^ion fácil do ser equivo- 
cada cuando se traía de los hocores, las riquezas y loa placeres; sus 
recotoeodacionea acerca de la preferencia que lo bueno lieae sobre lo 
útíl, dá ocasión para explicar ia conducta jusia del boinbro en los 
más imporlaalM aolos de la vida; la santidad de la paldbra, del ju- 
ramento, de la amistad y del amor á la patria, aon tan respetables é 
808 ojos, que creo que el hombre no debe por nada fallar á ellos: 
concluye exponiendo \o liviano de los placeres, que debilitan el alma 
y enervan las fuerzas del hombre para sufrir las contrariedades fre- 
cuentes de la vida. 

Cicerón politico. 

Hasta aqui las obras filosóficas de Cicerón ; las comprendidas en 
esla sección , pueden considerarse por la tendencia que muestran, 
como políticas» y cómo el método en un libro didáctico ^ muy de 
atender, serán objeto de esta parte las que aunque descansando en 
la filosoGuii tienen por fin su aplicaron á k ciencia del derecho ó del 
gobierno de los pueblos: las reflexiones particulares sobre cada una 
justificarán la separación establecida. 

De líepAUca tíbrí VI. Ciceroa en sus obras políticas es menos ori- 
ginal, que en las filosóficas propiamente dichas ; si en moral se ade- 
lanta á su siglo y,á todos los filósofos anteriores adivinando el por- 
venir, en política es par el contrarío el defensor de lo pasado, si bien 
es verdad, que temiendo lo mismo la concentración del poder en uno 
solo, que dejarlo en las masas, hace esfuerzos supremas por conciliar 
la |>arlicipacion que cree justa del Rey, la arístoaacia y el pueblo eo 
la dirección del Estado; estando firmemente persuadido de que sola- 
mente la armonía entre eUos , puede servir de vinculo que asegure la 
vttla de las constituciones: en el tratado de República, se propone por 
oljeto demostrar que el modelo de la mejor constitución polflica^ es 
el que ofreee la historia de Roma en la época de los Reyes; es el úni- 
co meflio que veia siguiendo eo esta parte aj filósofo de Esta gira, pari^ 



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- J87 - 
poBer uii éiqnt á lasprelensÍMef popnltres y salvar ios deferías «ie 
kanligúa aristocracia. 

Cicerón parece qae íaleoló cod esta obra y la ¿f legéuSy hacer lo 
que había hecho Plalon, pero preciso es eoefesarlo, aparece más predico 
qae so maestro y eon la idea siempre fija ea la natarafeza del hombre, 
y eo los dtrechos pdí ticos q ue como iidkereates, le coocedían los filósofos de 
la antigüedad. El tratado de Bepuhtieaioí sido muy deseada por los eono- 
cc^res de la literatura clásica; las cartas, y algiraas otras obras conlieoeii 
frecuentes y pretenciosas indicaciones de él, pero hasta principios de eslc 
siglo, no se rescaté aunque incompleto, para la Uleralura (1). De los seis 
libros en que esta obra estaba dividida, sólo quedan los tres primeros, al- 
gunos fragmentos del cuarto y quinto, y un episodio coooddo con el nom • 
brede el Sueño de Etcifion, sob-ela inmortalidad del alma, pertenecien- 
te al sesto: el asunto de lo que queda es el siguiente. Primer libro; estu- 
dio filosófico del gobierno, examen do las constituciones políticas; ven- 
tajas é inconvenientes de las formas más simples, aristocracia, mooarquia 
y democracia, pudiéndose mirar esta parte como tan completa que dificii " 
Biente se puede añadk nada; la oligarquía, el de^tismoy la demagogia, 
dejeneraciooes fáciles de las formas de gobierno indicadas, le eonduceo 
á invocar el poder míMo apoyado en la historia de Roma: un rey, te^ 
nieodo á su lado la aristocracia y en frente al pueUo á quien debe coo- 
soltar en determinadas ocasiones, es la mejor httA de gobierno, y bien 
podría decirse, que deaqoi arranca en la historia, la teoría del constku- 
cioBaijsmo moderno. 



(4) Aogtl May, hibliotecario da la Ambrosiaoa y después del Vaticano ^ á 
quien las letras deben lo que se posee de la RepúblUa de Ciceroo, asi cerno de 
otras obras que se creían perdidas por completo: por medio de reactivos químicos 
pudo coBs^uir borrar la escritura que cubría los antiguos pergamiuos; en la edad 
media bobo tan pooo cKscernimienlo, disculp^e sin duda por la piedad» que ae 
llegó á borrar lo más noüabio de las producciones clásicas pera insertar otras de 
escaso interés literario, auoque llenas de fé: este procedimiento que ba becbo in- 
mortal el nombre de May, era usado ya por los romanos, y la palabra palimsepto 
se batía osada por el'mismo €iceron; es digno de conocerse el estudio y traduc- 
ckm de TUloaain sobre el tratado de /ÍáptiMío« Uaduetdo al caatellano por Pe* 
rez y García, Bfadríd 4^48. La dificultad de reducii' á breve aotioia la de las 
traducciones y trabajos acerca de Cicerón becbos por los Españoles, y la im- 
posibilidad en 'que basta boy me bailo de bacerle completo, me obligan á pasar 
ea sílendo ésla parte. 



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- Í88 — 

Eq el segundo libro se propone ensalzar la teoría de sn Gonstiltíckm 
resumiendo la historia de Roma durante la monarquía; prefiere la suce- 
sión por elección ala hereditaria, y sigue casi pasoá paso, la relación 
deTitoLivio. 

En el tereer libro se propone desmoslrar, que la justicia debe brillar 
en los gobiernos y naciones, refutando todo lo que en contra de este 
principio opinaban los escritores de la anli^edad; este libro ha llegado 
tan iincomplelo, que no es posible Seguir la discusión, que Cicerón colo- 
ca principalmente en boca de Lelio. Los fragmentos de los demás libros 
no son bastantes para dar idea del asunto de cada uno. 

De hgtíms: Este tratado debe considerarse como una ampliación 
del anterior, y como de tendencia política por su contenido general 
y sobre todo por el del libro tercero: nada hay en la literatura ro- 
mana antes de e¿te tiempo, que marque la diferencia que el derecho 
manifiesta en esta época, con relaeion á la anterior; la idea de buscar 
el origen de la ley y por ianlo el del derecho en Dios, como fuente 
déla justicia; la inmutabilidad en la relación de Dios con el hom- 
bre y en la naturaleza, que los hizo á todos iguales; la de que el 
amor mutuo de los hombres sea la base de la sociedad y que la idea 
del derecho ó de lo justo ^ absoluta y existente por si misma, sin rela- 
ción á la opinión de los hombres, y que su naturaleza le asemeja á lo 
bueno en la realidad y á la virtud en su esencia , aon ideas no co- 
nocidas por los jurisconsultos romanos anteriores á Cicerón. La expli- 
cacbn de estas teorías y una discusión fioal sobre la suprema felicidad, 
forman el cooteoido del primer libro de esta interesante obra. 

En el segundo puede decirse que Cicerón se oeupa casi exclosiramente 
déla religión y de la utilidad de las creencias religiosas para un pueblo; 
y si bien es cierto, que se leen máximas tan nobles, como la de que 
tas ofrendas más gratas á los dioses soki las del corazón , y de que castiga- 
rán al que obra mal, también lo es que parece que Cicerón miraba el vin- 
culo religioso como un lazo político, porque en las alias atribuciones de los 
augures y arúspicos, resplandece más la conveniencia política que la 
fé: la explicación de las ceremonias del culto, de las fiestas, de los ritos, 
del respecto á las sepulturas, y de los sacrificios ocupan este libro más 
curioso que elevado. 

En el tercero, todo político, se ocupa Cicerón de la distribución de Igs 



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- 189 - 
poderes, examinando las magistraloras romanas de mis raiporiancia, 
sos deberes y alríbodones, deteniéndose principalmenle en la romposi- 
cioD, dignidad y autoridad del S'^oado, orden de sos disensiones y 
demás propio de este alto cuerpo. 

Coinon es la creencia de qoe el tratado de Legibus del qoe sólo qne- 
dan tres libros, y estos con lagonas, cmnprcndia seis y s^^gon lasólas de 
Macrobio pnedc suponerse qoe el coarto se ocupaba del poder ejerotÍTO, 
el quinto del derecho páUico, y el Sesto del derecho civil: lo cierto es 
qoe llevó al derecho el espirito filosófico de so tiempo, y que los 
diálogos de las leyes, le acreditan de excelente jorisconsolto. 

Cah majar S'U de senectute ad T. Pompanium Atíicum. Bsle tratado 
justifica las siguientes palabras dn Erasmo acerca de Cicerón; cnó sé 
qué experimentarán los demás al leer á Cicerón, pero cuando lo hago 
yo, qoe soelescr frecuentemente, consid^'roqoe el talento qoe ha pro- 
ducido tan bellas obras, tenia algo d^ divino. » En efecto, el tratado de 
a ve;>ses tan perfecto por sos formas ct^mo interesante por so doctrina 
/y por la excelencia de las reOexiones. Obra de la vejez de Cicerón, y 
dirigido á so amigo Ático, también viejo, parece qoe tiene por objeto ha- 
cerle más ligero el peso de los años y menos espantosa la proximidad 
de la muerte, con los elevados consocios qoe le da. Es una de las obras 
más originales de Cicerón, y ni so talento ni so imaginación moestran 
en ella haber perdido nada deso vigor, cediendo al exceso déla edad; aon- 
qoe el ^otor la llamó diálogo, es más bien on disrorso poesto en boca 
de Catón probando á sus auiigos Lelio y Esdpion Emiliano, qoe son los 
qoe se pueden mirar como interlocutores, las ventajas de la vejez, y no 
es en lo qoe menos se revela el profondo talento de Cicerón, en el boen 
' tacto con que escogió la edad y Jas circonstancias de los personages de su 
obra. So calidad de políticos y la tendencia siempre marcada de probar 
qoe los ancianos deben ser los encargados del gobierno de los pueblos, 
porque so experiencia les coloca en mejores condiciones para ello, nos 
hacen comprender esta obra dentro del grupo de las políticas debidas á 
Cicerón. 

A cuatro puntos capitales reduce d autor los reproches que se hacen 
generalmente á la vejez, y los cuatro tienen una admirable refutación 
en este precioso libro: la vejez aleja al hombre de los negocios, le qui- 
ta sus propias fuerzas, le separa de los placeres y es la precursora de 



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- 199 - 
la muerte. CaioD se propone demostrar qoe estos cargos son iojustifica* 
ridos, adiideode ejenplos de la bisioría y costQrobrai romanas, así 
como d^ los estudios filoeiácos. 

Al primer cargo contesta qoe lejos de atar k» ancíaoos separados de 
los negocios, propios de la joventod, tienen «tros qoe les son exclusivos 
eOoK>Ia dirección de la familia y del Estado, sin que jamás ks falte uoil 
oeopacion qoe es la más digna, el estudio. A este fin recuerda á Solón, 
y sus célebres palabrai» felicitándose de envejecer instruyéndose más ca- 
da dia. 

En verdad, dice Calón al examinar el segundo cargo que suele ba- 
cerse á la vejez, que las fuerzas físicas disminuyen, pero ni las leyes ni 
las costumbres exigen del anciano esfuerzos corporales. Además, las 
fuersas dd espíritu no disminuyen; d los excesos de la juventnd no ban 
quebrantado k salud, queda toda La energía necesaria para dar y sos- 
tener los consejos, para dirigir nuestros asuntos y los del Estado, y prin- 
cipalmente á la juventud que es el más bello pri\ílegio del ancí^oo. Los 
últimof: unos de la vida son ciertamente su ocaso, pero si se lucha con- 
trn la decrepitud se vencerá un mal que generalmente pesa sólo sobre 
;os dibdes i^o eípirito. 

Al examinar el tercer cargo, Cicerón ve un privilegio, en donde la 
generalidad de los bombres encuentra un mal. El no poder gosar de los 
placeres físicos, libra al bombre del funesto veneno de las pasiones, que 
es el tormento de su corazón y de su vida. Hay goces tranquilos y más 
dulces que están reservados al anciano que llega á esta edad cpn su con- 
ciencia limpia. El placer que el mismo Catón disfrutaba cuidando de 
sus tierras en la Sabina, y sobre todo los placeres del espíritu que son 
más gratos, cuanto más se los disfruta; unidos á ellos los que despierta 
en el bombre ya sin pasiones, el tranqm'lo disfrute de los encantes de la 
naturaleza, lejos del buHicio, de bis aspiraciones del joven, sin amargu- 
ra en el corazón y perleneciéndose á si mismo por complete , se eom-« 
prenderá la exceleneia de esta edad, y los delicados goces qoe le sob 
propios. 

La vejez no debe espantarse de la muerte, porque no es más qu« el 
puerto deseado en un largo y penoso viagc: tan inse^^ura es la vida en 
la vejez como en los floridos aflos, aunque parece más natural y como 
la caída 4% un fruto abonado en el primer caso. Además de «sin, la 



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- Í9I - 
iáea it h imiKNliüdad ha «vitado á ks hombres distrogoMos las peoas^ 
de la proximidad de la inuerle, así como hao visto eo ella la verda- 
dera vida . GatOD recuerda qne loa grandes geoios de Roma prosiolieroo 
su iomortalidad y reproduce ks argomeaU» d«l divino Sócrales y olroi 
fitésofoa aatigoos para la coofirmadon de esta verdad, ooocluyendo con 
estaa elocoeitles palabras, cO pr»darom diem, qoum ad íihim divíoom 
aaimomm coosHiam cceittmqae proficiscar, qoumque ex hae lorba el 
coUaviooe disoedam! Proficiscar eaim neo ad eos solum viroa^ de 
qoíbos ante díxi; verom eliam ad Catooem*meam, 'quo Denio vir 
melior oalos csl, oemo píelale praeslantiorlB Para coochiir diremos 
aoQoaejaodo el estadio de este beDisimo tratado, que es sobtime por la 
dectrina y admirable por la. exposición. 

LcBTms sm dn Amieüia ad T. Pomponium Atttam « Goando siendo 
ya viejo escribí el libro de la vejez, lo dediqaé á un amigo vi^ tam- 
bién; ahora como el mejor de losamigoe, dedicó tambieoá un amigo, mi 
tratada sobre la amistad; entonces puse en boca de Calón, el mif sabio 
de los ándanos, las reflexiones que ahora pongo en la de LeKo, el más 
insigne de los amigos.» Asi justifica Cicerón la dedicatoria de sos libros 
y los persooages que introduce en ellos. Principios saoos^ máximas pru- 
dentes que revelan profundo cooodmienlo del hombre, apreciaciones ío- 
teresaotes de muchos personagesde la historia romana, excetenctas de 
corazón, virtudes, sendHez y encanto en el estilo, es lo que encontranto^ 
en el breve libro de Cicerón titulado 4Íe amieiíia: como el mando sin el 
sol, así quedaría la vida sin la amistad, que es el presente más dulce 
y más grato que las hombres han recibido do los Dioses inmortales. 

Al colocar eolre las obras poitlieas este tratado, hemos tenido en 
cuenta qne mochas veces Cioeron parece que sélo tiene presente loa la- 
zos palilicos, y qué al recorrer hi historia romana, se fija en los persooa- 
ges que en esta misma esfera habían alcanzado renombre por la cons- 
tancia en conservar las amistades políticas qne durante so vida les 
habían unidp á otros hombres. Los interlocutores de este diálogo son, 
Lelio, como ya queda dicho, y sos dos yernos Pannio y Mucio Esoévola: 
de una manera, la mis sencilla y natural, hace el autor qne recaiga la 
cenveraadon en la amistad, después de hablar con elogio de Esdpion. 
Este diáh)go no as tan metódico como el de la vejez, y tampoeo llega á 
m perfecdoD en la manera de explicar mochas de las cuestiones qne 



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— 29S — 
se debaion, aboque siempre Cicerón adopta lo qoe poede mirarse co- 
mo más digno. 

El hombre hosca la amistad como quien salisfoce ana necesidad ele- 
vada del espírilu; pero la amistad no paede existir sin la virtud, por* 
que sin día no poede nacer el amor que la engendro; de él loma su nom- 
bre porque del amor sólo naeen los lazos que unen los corazones. Estas 
que son las ideas capitales del libro de Cicerón , están eij^icadas 
con tan bello y patético lenguage, con tanta verdad y con tal entusias- 
mo y energía, que no es posible dudar un momento de la bondad del 
corazón de su autor con sólo leer este tratado. 

Cuando se ve como considera á la amistad, cuando explica sus funda^ 
mentes y se ve como los encuentra en la naturaleza, en la edad, en el 
interés, en las ideas políticas, que tatnhien son frecuentemente causa de 
odios, cuando se oye á Cicerón aconsejar al hombre que prefiera el amigo 
antiguo al nuevo, cuando considi^ra que un amigo lísongero es mayor 
desgrana que tener un enemigo, cuando compara la amistad con ol 
amor y aunque menos vehemente ve en él su esencia y la causa de su 
mayor duraron, cuaoda en fin considera el más dasgcaciado de los hom- 
bres al que no tiene amigos, hay necesidad de elogiar al que de tal ma- 
nera conocia al homhre y en un estilo tan correcto como sencillo supo ele 
varse hasta ideas, no sólo bellas, sino sublimes. 

Paraioaa Stoieorum VI. Si este trabajo, que es de los menos im- 
portantes de Cicerón no tuviera tan frecuentes alusiones á los aconte- 
cimientos de su tiempo, sino se viera en él á Cicerón tronar unas veces 
contra Antonio, otras contra Clodio y algunas contra Craso, nada habría 
que pudiera justificar que lo colocáramos entre las obras políticas. Cice- 
rón no sólo presenta estos recuerdos pellicos, sino qoe también habla 
en más de un lugar con excesivo atnor propio. Bajo otro punto de vista, 
ks Paradtjfos son una obra filosófica, J su objetó examinar algunas 
máximas extraías, fuera del común sentir de los hombres y que con una 
concisión admirable, envolvían principios ó sutilezas que los estoicos de- 
signaban con el nombre de/n«f»á^(« paradoxa. 

He aquí una brevísima indicación de este trabajo: las dos primeras 
formuladas en estas palabras, quod honestum nt id solnm bomm esse, 
y la segunda m guo tirtud sU ei nihü deesse ad honatum vivendum, son 
realmente un mismo principio; en la exposición de la primer;» , emplea 



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CíceroQ la debida gravedad, pero en la de la aeguoda, adeasáa de preaeD- 
(ane como modelo de virlnd, dirige ona invectiva otordaz coolra Antonio. 
En la tercera expnestaen estas palabras, mqualia essepecaUB etrecie fwia, 
pretende igualar el valor moral de las acciones; principio no sAlo insos- 
tenible, sino que admira que Cicerón lo sostuviera. La cuarta Ommm 
stulíum i$wmirey al pretender demostrar que todo el que no sea sabio óes^ 
tftico, pues casi como sinónimas empleaba esta escuela estas palahus, ofre^ 
ce la ocasión al autor de hablar del tribuno Clodío con el enojo propio de 
un enemigo. En la quinta, ^ofam sapientem euel^erumetomenemstullum 
sermm, y la scsta so!um sapientem isu dmtem, más soslenibles que las 
antiriores, eslan bien desenvueltas, pero en medio délas bellas ideas qao 
toma de la filosofía griega, no deja de emplear un tono satírico que 
pareceímpropio del asunto, contra M. Antonio y contra Craso. Aunque 
Cicerón se mostraba satisfecho délas Paradojas, para U posteridad son 
de escasísimo interés. 

Cartas ila Cicerón. 

El epistolario det^iceroo tiene una gran importancia literaria é his- 
tórica; modela de buen dt3'ir, paed'i estudiarse comoíuent*^ de aticis- 
mo y de la mayor corrección: revela mejor que hs obras meditadas el 
talento del autor para escribir y su arte en el conocimiento de las cosas» 
que le ocupan. Se dice generalmente que Tirón liberto de Ciceros reu- 
nió y publicó las cartas de su señor, pero sin orden de fechas ni de 
asuntos; boy formadas colecciones , se publican con apéndices que 
indican el orden croooiógico y evitan la dificultad, que para su lectura 
continuada ciiisle, dando agrado á este trabajo que no es fácil hacer- 
lo con provecho sin ese cuidado. 

Debe ante todo hacerse presente, que las cartas de Cicerón escritas 
en el seno y la confianza de U amistad, no son como las -que en la 
época de la decadencia se citarán, verdaderas obras literarias escri- 
tas con intención de darse al publico y á las que el gusto del tiempo 
en que se escribieron ó el capricho del escritor, les dio esa forma 
que ha sido en l«idos tiempos cultivada; las de Cicerón escritas sin tal 
intento revelan al autor entero y mejor se puede estudiar en ellas al 
hombre, que en todas las demás que ha producido; los afectosde su 



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-• MI - 

roraeoQ, ios peiminíeolos más síoeeros aeerea 4e los «conledmieQtai 
polilioQS 4b so lienpo, sos temores, sus desconfianzas, hasta sos ¡la- 
síooes, tado aparece ea la magnífica eolcoctOQ de eslas carias; depilas 
además se desprende cual era W leogoage camón de la sociedad ele- 
vada de aqoei üampo^ sus castumbros intimas y otras partieularidades 
dignas de apreciarbe; la historia eacoentra tanibten noticias importan- 
tea que aceptar y por eso el interés crece de punto anle tal consK|era-* 
cion. 

No se crea que existe toda la correapoadencia de Cicerón; se citan 
machas cartas ¿ personages notables de so tiempo, que no existen 
entre las conservadas por Tirón. El epistolario, lal como existe, está 
dividido en cuatro coleoriones: la primera titulada Epiétohg ai éimersos, 
contiene 4tl cartas distribuidas en 16 libros, y se conocen generahnente 
eon el nombre de familiatii; entre las comprendidas en e$ta colección 
hay algunas dirigidas á Cicerón por personages importantes de su 
tiempo, y de los cuales algunos figuran en esta historia, por ser cul- 
tivadores ilustres de las leUns ; juzgándola en conjunto puede consi- 
derarse como la que contiene mejores modelos, porque es la que debe 
suponerse escrita con menos pretensiones, y laque revdam^or las 
grandes dotes de Cicerón, al mismo tiempo que le mas íntimo de sus 
afectos; la segunda colección con 396 cartas divididas en 16 libros tam- 
bién contiene las dirigidas á Ático, que generalmente se lachan de osca-^ 
ras y que están couh) las de la anterior, escritas en el sano de la mós^x- 
trecha amistad, porque le suponemos por decirlo asi, colocado en d se- 
creto de sus mas iotunos pensamientos; de esto proviene la oscordad 
freonenlemente censuran y que no debió existir para la persona á 
quien iban dirigidas, por estar enterada de los asuntos sobre qae vf rsa- 
ban, boy casi completamente desconocidos. 

La tercera colección comprende las 89 dirigidas á Q. Cicerón, henna. 
no del autor y en ksqoe le da consejos interesantes, aobre todo oi la épo« 
ca en que aquel estaba de propretor y apunta pormenores euríosos 9o- 
bre su familia. 

Existen además otras diez y ocho cartas dirigidas á Bruto, á las que 
algonos niegan la autenticidad atribuyéndolas á algún retórico in- 
signe; las relaciones de estilo que existen con las que indudable- 
mente son de Cicerón, sea bastantes para dudar por lo monos, de tal su*- 



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- »6 - 
pcfthería qoe probana qat el aotor toúa no ^ao coMtioHeito de Ci- 
ceroD y on talento oada coinao para saberia bafer (1). 

Eelrc las cartas de Cicerón, hay algunas de pereonagee d« sq tí^m- 
po á qoienes se puede mirar como sus corresponsales y de los que es 
forzoso decir algunas palabras ya que sus nombres frecuenlemente fi- 
guran en la historia literaria da los romanos. 

Marco Ánionio el triunviro, es anior de tres cartas que se con- 
servan en la colección de Cicerón, y aunque obtuvo alguna reputación 
como orador, no se puede sía embargo juzgarle como escritor correcto, 
porque las cartas citadas están escritas ron exci^sivo descuido. 

También existen oirás tres de L. Cornelio Balbo, que no revelao 
gpaodes cuaUdadet i% escritor, y otra de Pampeyo BiibioMO eaaríla daade 
SidRa donde era propretor. 

Tito Pomponio ÁUc^, (reaueiUamenia cüada en €9(a obra, ^ra amigo 
íntimo de Cicerón, hombre dolado de iogcoio y gusto, y al mismo tiem- 
po de una forluna considerable que gozó sin tomar nunca cargos políti- 
cos» y por lo que adquirió con su manera de vivir el mereció renombre 
de epicúreo práctico: dice Cicerón que l^bia eserilo con el título de Annor 
¡es un compendio de la historia romana, hecho con arte y siguiendo en la 
narración un escrupuloso orden cronok^ico; de Pomponio Ático hoy no 
queda nada más qub el recuerdo de su aficismo, y los elogios que Cor^ 
aelio Nepote y Ckreron le prodigan. 

Junio Bruto Albino, Maroo Junio Bruto, C. Casio, personages más poli- 
ticosque literarios, Cecina, Julio César de quien quedan aeiscartas, Marco 
CaloQ» Celio Rufo, Manió Curio, PuUio Cornelio Dolábala yerno de Ci- 
cerón, Servio Sulpicio Galba, Aula Hircío el continuador de César, Pu* 
blio Lénlulo Spinlhcr, Marco Emilio Lépído^ L. Lucenio, CaeioPompe^ 
yo Magno, Marco Claudio Marcelo, Cn. Maeio, Quinto Melelo Celer y 
Quinto Melelo Nepute, Lucio Muoacio Plauco, AsinioPolton, Servio Sul- 
pícjo Rufo «C.-Treboñío, PubUo Yalinio, son autores de algunas cartas 
qoe se encucnlra en el epistolario de Cicerón , y aunque sean obras apre- 



(4 ) En Schoel puede verse uo ao41Í8Ís carioso de las carias de CiceroD, así co^ 
moel orden cronológico con que deben leerse; en obsequio á la brevedad no da- 
mos cabida á iodicaciones de este género; y sf algunas noticias sobre los corres- 
ponsales <le Cíeeron. 



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- M6 - 
ciables» do por eso debeiuos deleoernofi en aooiar lo que los críticos bao 
dicho respecto de su mérito particular, porque escritores de niás iolerés 
reclaniao el logar que habiamos de eonsagmrles. 



CUARTA ÉPOCA. 



capítulo XIX. 

tmeimm eUkHem^ l«# l«cf wffM púéUems^^^MmSim» iéemSmB pmw'm cmm" 
fef»0f* tm d9eméÍ0i%eim. — Mmimdm Sm tm Bmmgmmf emm9ms «f# ••• eot^ 

La grandeza literaria de un pueblo es como la virilidad en el hombre, 
pasagera y bre^e; parece inherente á la naturaleza humana, á sus obras 
literarias y á sus instituciones, que todo tenga una corta y rápida exis- 
tencia; el siglo de Perides, el de León X, el de Augusto cup historia 
queda trazada, son tan breves, qnelan.isma generación, que los vio na- 
cer los vio desaparecer y oioríi^ los hombres que intentan oponerse á las 
determinaciones del destino, son impotentes y sucumben al peso de las 
infinitas circunstancias, que producen el nuevo orden de cosas; resul- 
tado la decadencia literaria de la decadencia poltlica y moral, tiene una 
causa de tanta fuerza, que solo con una regeneración completa, es po- 
sible obrar un fenómeno distinto: Boma desde la muerte de Augusto, y el 
imperio lodo, ve sucederse en el trono del mundo emperadores que im- 
ponen un yugo afrentoso al pueblo, malan la autoridad del senado, sofo- 
can el espíritu de patriotismo que babia engrandeddo á Roma, é ios* 
pirado á sos poetas, y en vez de las virtudes republicanas, la bajeza 
y la adulación se en ironizan, no quedando duda que la voluntad del 
príncipe, que es la ley del Estado, es á la vez la que absorve la de to- 
dos los ciudadanos. Tiberio, Calíguta, Claudio y Nerón han llenado de 
horror las páginas de sn historia; hasta Yespasiano y Tito todos los em- 
peradores pasan como meteoros de funesto recuerdo, que tienen en 
la ley demajestate un instrumento de despotismo, y en la guardia pre- 



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— 897 - 
torit, que dosde Claudio dispone dd imperio, no enemigo á qoí^ 
actllar y combatir, que es á k ves el azote de loe dodadaooe y 
la autoridad áoíca, qee puede oponerse á la voluntad del príncipe. 
Yespasíano, Tito, Nerón y Trajano, son loa únicos que la his- 
toria de los Césares señala como dignos de regir los destinos de un 
pueblo en este periodo. La degeneración política es precursora de la 
Kleraría porque no se obran los grandes cambios de gobierno sin iras- 
furuiacioo en todos sentidos: la literatura vive de los grandes senti- 
mientos de los pueblos, y en las ideas de amor á la patria, de religión 
y de moralidad, tiene las fuentes de su inspiración; cuando estas se 
pierden, se hace á la literatura ióstruqiento del vicio; se la rebaja en 
sus tendencias y en vez de engrandecer envilece y corrompe; la voz 
autorizada del que se opone á tales tendencias no es oida, y no consi- 
gne más que dejar un recuerdo respetable de su nontbre. Así suce^ 
dio en Roma, el envilecimiento moral llevó tras de sí el literario y 
aunque escritores de genio ílnstran este período, se ve fátílmente, que 
ha sonado la hora de la destrucción y que la literatura hitioa entra en 
el sendero de la imperfección y la ruina, sin que ningún escritor se libre 
de las drcunstancias generales que todo lo envuelven. 

Además de la corrupción moral, hay otras causas que intuyen 
directamente en la suerte de las letras y que para apredar d hecho 
de la decadencia en todas su» tasa, conviene apuntar. 

La predicación de una doctrina salvadora empieza en esta época; ona 
moral santa se opone i los prindpios que regían á aquella serie- 
dad carcomida por sus desórdenes y sm mas norte en las acciones qne 
el placer; la lucha moral se establece desde hi venida dd Salvador; sos 
discípulos enseñan y predican como El Maestro una doctrina que tiene 
por base la caridad y por fin la eterna felicidad: la filosofia tenia 
que ser como lo fué, impotente ante ella, y aunque desde el pri- 
mer día no humillara su frente, empezó á conocer bien pronto las 
ventajas de la nueva predicación; la duda debía nacer en los espíritus, 
Iraseender al mundo lodo, como en efecto trascendió, y reflejarse en la 
literatura; le hizo perder el entusiasmo hada lo antiguo, inspiránddo ¿ 
les cantores de la nueva religión, más grande que el que había prodn- 
rido la que sólo era hija de ^o iaotasia; la lucha dd cristianismo es 
grande y de siglos, como fué completo su triunfo, pero no es posible 

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4^r áfi ^eiaUr entce li|8 cao^ iqae haoeii varjar b fatd^l oían^o^ al 
^ñflu^acia fue e^ el órdeo mora] Ijefic 4esde al primar dia la más sania 
de lodas las reIjgioDes, piiea auaqu/e no :se «ieate ea las ^rilares del 
j»r|pier siglo» parece que lodos presienta la traarfbrmaQíoD.y dfjao ei- 
trexar ia Yaclacioa eo q^ie el piaado se eocueo^ra* 

Por olra parle la liU^ralnra latíoa, phnla (exótica, enltivada y emba^ 
Jlecída con las tmitacioDes gríegaa, no <uvo vida original aiés que en 
qI alodio del derecho y de la hísloría ; el pueblo |¡riega que había 
sido maeslro 4el roiuaoAt as sólo una províneia qM «o puede hacer 
Qiis qpe.soslener los cecuerdoa de un pasado feliz y grande; la filoÉofía 
q^e se había 4uanifesiado co a»)|hiUid de eseaetas «pnestoa, y la poesía 
que lanías bellezas había producido, bao perdida sa orígiMMtd« y sus 
cultivadores s^ adraban i vencer las fificoltadeA de la forma; ni hay 
modelos vivos que imitar, ni maasiros ^ae con verdadero entusiasmo 
|)rocureo sostener las priocipioe de lo bello y del buen gosta: lainrilacioB 
clásica auoque no olvidada oampletameoie, no puede producir las gran- 
des creaciones del siglo anierioc, pprque el descuidóle la educación 
y de la ioslrucrion de la juventud ex\ ia queseaentia stgun Quin«- 
tiliano, la depravación más que en todo, ia ensefiansa superficial que 
k$ fscuaias de deciftMiacion le daban, y el alan de ser escritor y de 
Ipcir coroqas alcana^as por el talento, habían viciado d gusto mau- 
lando á la vez la inapiracian. Lae lecturas públicas, foooddas desde 
el t^ipo de AuguslOé é intjraducidas como un medio de llegar á ia 
períacciao coa el consejo de los demás por Asinio Polioo, cootribuyuroa á 
ia decadepoja 4a una manera notable/ Todos aspiraban i pasar por 
escritores, lodos deseaban recibir aplausos, y loa mismos emperadones 
más de uaa vee pretendieron ;)a corana de orador, ó de poeta. 

Pliilio el joven pinta con vivos colores y dá en sus carias preciosus 
d^^lalles acerca de estas reuniones: el debiera el que llevaba á los 
que habían de triboUr aplausos; el deudor aplaudía al acreedor, el 
cliente al palrooo, el amigo aj amigo y de este modo todos oonsegoiam 
ó la corona de|>oela i los aplausos por obras en prosa, que sólo podía 
prodigar una sociedad <p)e no dejal» ver en eaie afán literario mis 
que un capri(^ de la moda: asi se podría explicar que algunos de 
loa sucesores da Augusto, verdaderos tirasoa que nada respelabin, 
onllí^iaaan alguna raÉA del arte aunque despreciasen la iiosofia porque 



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- !•• — 

reprobaba su eobdttcíla, Y la btstoHi porque la dejiAa <M>itaigoa4a 
para siempe. Tiberio qae fondé ana biblioteca que inés tarde Yea^ 
pasiaoo colocó en et templo de la paz, se dice que eacríbia veraea eb 
griego y en tatm; Claudio escribió algo de biflora y «omeotó con 
Hrea letras el alhbelo; NeroD diapató á Lucaoo «m glorias de poeta; 
Calígola dio muestras de odio proAindo cootva. los eteritorea, iMeotó 
destruir todos los ejemplares de las obras de Homero, y desterrKi I loa 
filósofos, pero Trajano loa protegió fandaodo la biblioteíca Clpiank y 
escribiendo á mismo obras de las cuales aun se conserva algttoa coa 
la forma de carta. 

Vespasiaoo pensó en poner algún remedio á la decadencia que jcn su 
tiempo se mostraba de una manera completa ; estableció eacadas por 
cuenta del Estado, donde se enseSaron los principios de las bellas le* 
tras, y donde si no la oratoria bija de la pasión y del entusiasmo, ae 
enseñaban los principios de la retórica y se mantenía viva la Uama 
que babtan encendido tantos ilustres palrieíos; Qointiliano, primer mae^^^ 
tro que aleanzó este honor, sostuvo pv espacio de muchos aioa loa 
terdideros principíoi del buen gusto, imprimiendo un carioter désicñ 
i su enseñanza; pero los maestros que le sucedieron, y los griegos 
que alcanzaron un puesto en la dirección d; la juventud, contribuyeron 
desde el fin de este periodo á que la decadomcia fuera más sentida, 
porque las escuelas se convirtieron en centros del mal gusto, y lo que 
' » habm establecido como remedio, fué na mal de inevitables ^ooae- 
ctKBcies. 

La lengua debia forzosamente reflejar el estado de los estudios y la 
corrupción del gusto; causas políticas conocidas influyeron poderosamente 
m su deatruecioo; desde el tiempo de Cicerón se notaban ya locuciones 
introducidas en Italia por los extrangeros que acudiaa á Koma y q«e 
hablaban lenguas de un orígeu distinto, y par eso el gran orador en • 
cargaba que se recibieran coa mucho cuidada; desde la caida de la [re- 
pública las relaciones de todas las provincias con Roma iban siendo cada 
día mayores; César concedió el derecho de la cíudadaiia rumana á la Ga- 
lla traspadana y ji Cádiz, y nombró Sétiadores á algunos galos semi bár- 
baros; Galva extenc(ió este derecho á todas tas Galias; Tespasiiano lo 
aoacedió á España y Antooino Pío á todo el imperio; las colomaa extan- 
dian la lengua latina, los gobernadores de las provincias á qoíoMS «oom^ 



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pilabí imnefíia sequilo, yoIvíhq á Bioma habUinfeU mal^ y bieo po- 
drá decine qoe coaoto gaoaba eo exteosioo, lo perdía eo poraui, de- 
biéodase atríbolr á la eitraordioará afluencia de extrangeros las kico- 
eioQes birbartsqoe se iolrodiiceo, asi como á k roania de vivir y haUar 
á la griega, los muchos grectsmos qae desde este tiempo pervierteo la 
siotaxis latina, y corrompen la lengua. 

Bé aqni una breve rÑefia de las aheraoiones demás bnlio que el latín 
sofre en este período; la adulación y la lisonja qoe rodea la d»pótica 
corte de los Césares, dan nacimiento á palabras no conocidas en el siglo 
de Augusto y á cambios notables eo la sigm'ficacion de otras (1): la 
corrupción de cosluoArcs introduce también un lenguage desconocido y 
libre del que han dejado algunas muestras Marcial, Petrunio, luvenal 
y otros escritores de asta época; el uso de la lengua griega como la len- 
gua de moda, es causa de los ioumerables grecismos que se advier- 
ten produciendo notable alteración en la sintaxis (2); mochas voces cam- 
bian la sigm'ficacion.que habian tenido en el siglo de Augusto (S), otras 
varian de terminación (1) y algunas te unen en composición de una ma- 
nera anteriormente desconocida (6); se crean adjetivos no usados en el 



(I ) Las pilil>rM o(BU$tit y divinui so aplican á todo lo qoe se refiere al prlo- 
cipe, y tiatta se llega el superlativo bártiaro emlet tisf¿m«if : la booiildad fiogída 
produce los nombres abstractos parvUa»^ iédulUoi^ tnédiúcriXmi^ etc. El nombre 
propio Cmiar pasa por diversas adopdooea A las familias Octavia, Claudia y Do- 
miciana» y asi mismo el le Áuguito, se aplicó al señor del imperio é quien 
tamtnen se dio el nombre de Oomlntii , propietario ó dueño, y de M^égtas^ 
que sotes significó la grandeza de la república. 

{%) Pueden servía de ejemplo las locuciones siguientes opu$ habéré^ tofos 
aním» mitei , 6ofitii milífta, y como palabras enteramente griegas de que se 
sirve también üa lengua* monopolium^ kétaria y otras. 

(3) Sirvan de ejemplo; mgritudo, significando enfermedad del cuerpo; inge» 
ñiwn, cualidad natural de cosas inanimadas, avus por atavus; famosus para 
designar á un bombre distinguido por sus buenas acciones, (facodáre significan- 
do decapitar, $tuderé sin régimen, estudiar. 

^4) Como vaticinium por vaiicinatio. consortium^ por eofiaorfio, volu^ 
tuosui por voluptarius, $up$rfluu8 por superfluens^ oeeidentalts por ooeí- 
dens, nutriciuB por nutrioatui* 

(h) Por ejemplo; oasbqvíalU, convenari (hablar é)coiio«ois, tran$mutüU^ 
eonfemifieiif. 



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- 39< — 
siglo de oro (i) y sop^rlativos que tampoco se cooocieroo (7): lambien 
se ÍDvenlaroD verbos nuevos (8) y varió la sigoifiracion de mochas par- 
liculas (9) variando por último también algunas constrnccioDes, qoe eo 
el siglo de oro habian ad(iuirído carta de naturaleza (10). 

La época que empieza para nuestro estudio desde la muerte de Au- 
gusto es notable por las otiras literarias que produjo; la poesía tiene cul- 
tivadores en la fábula, la tragedia, la epopeiya, la sátira y el «pi^arní, 
dignos de alta consídc^racion en la historia de todas las literaturas, y la 
prosa se manifiesta también con gran brillo en los historiadores, filóso- 
fos, retóricos y naturalistas; las reflexiones que se han de apuntar so- 
bre cada uno de ellos, justificarán el gran aprecio en que la posteridad 
tiene á los escritores de la época llamada de plata de la literatura latina; 
pudiendo nuestra patria envanecerse de haber producido ilustres genios 
^qoe podriao mirarse como modelos, si la lengua latina no los hubiera 
tenido todaria más grandes. Veamos que lugar merece cada uno eo 
la historia de la literatura. . 



(6> Gomo /le(te»ti#, vkifnltSi prmsmianeui^ iapiius^ supereiHoius, t)al0- 
íudin^riusp ugr^x. 

fl) Fidi$$knus, piimmti», prud$ntis8%mui. 

(i) Adíxnart^ columbari, abnoctare, restaurare, nepotari, crueifigñ' 
re, etc. 

f9J Como ftoüMntM que se emplea como adverbio de tiempo, adhuef{uñ 
expretóUempo pasado, denota el presente; aliguatenm se usó basta esta época, 
así como clamóse^ exaete, reeenter, jolumnuxfo, neoterioe, ineimul, ete. 

(40y Sirvao de ejemplo invidere rei, por rem; egrediurbem por fir6«, 
adipiiei aUeujus rei. 



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— 30t - 

SeecioR primera.— Poesía. 



capítulo XX. 

*■ 

Ei primer smloma que el l^nguage poético maestra de que la dect- 
deo^ia se inicia, ea el abuso de las figuras retóricas y el cuidado exar- 
gerado por vencer las dificultades de la forma ; cuando el poeta carece 
de inspiración, cuando no llega á la verdadera grandeza de las ideas y 
d^ las verdades, cubre su desnudez con un vistoso ropage, que aunque 
artificioso, sólo tiene un falso brillo con el cual encubre su miseria; esta 
degeneración es común á todas las literaturas, y al ver el parecido 
que en su historia se observa, se debe sentar como principio, la identi- 
dad de vida de las creaciones del hombre; asi se precipita la literatura 
latina; asi la poesía, que antes habia cantado con Virgilio las más gran- 
des verdades, va perdiendo su impcrlancia hasta llegar por este mismo 
sendero, aunque lentamente, á no ser más que el fruto del arte y no de 
la inspiración y á no tener por objeto más que asuntos pequeños, fríos y 
sin in teres. Aun por fortuna hay en esta época escritores notables que re- 
la rdan la destrucción, que la mania de escribir produjo, y que sostienen 
ei brillo de la lengua latina. 

Fedro, primer poeta fabulista de ftoina.y priaier poeta de la edad de 
plata, es al que se debe considerar como el escritor que marca la Mn- 
sicion del siglo de oro, al siglo en que empieza la decadencia; sps iü- 
bulas justifican esta manera de considerarle, así como quesiendo.ua 
esorilor dftXeieha incierta, se le coloque al empezar este período. 

Hasta qna en 1546 eljorineonsulto Pedro Pithou encontró un manos- 
crit9 que publicó su, hermano, las tiíbulas de Fedro no figuraban entre 
las obras legadas áía posteridad en los buenos tiempos. de\l^lilera^ra< 



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- ao8 -- 

l$\m; Fedr» Ma aidi»red le ha sido ccnadenidadt tm amen mh 
gQm eomo anlor de la colecck>o de ]» nombradas ttbokis^ easí» basta 
noeolros diaa» parqpo la cisdalkiadaiftdoda ha becfao<|iie oo sdtwwoh 
tfe diado mi» que porMareiol ealre todoskseacritofeodela antígftedádi 
y bisio so dudo ooo rami m reahnoato so reSoretol fcbdíilo, pÉqtam 
no^ de-olríboír b¡ i sos obras oí á lo qoo é» él se sidie^ lo (fue Marajal 
dioé 00 ieakioaoortdo verso, Án rnmukkAr imprcUjoo» Phidrif{t) Mo^ 
eboo críticos peosaroo qoe no haUeodo ooikias aaguros^do'la existeockt 
de Fedro deberiao considerarse las fábulas sí no da Pithou, que era el <{oe 
las pohUcaba^de'alguo olrodesu tiempo, yaoalribuyeron prÍQcipalQien<eá 
PoroUi araúbispode Maofredcmia, snpooioBdoque las oomprondíd^ es so 
C0nm copim, eran las del arzobispo SldelberioescrHor incorrecto; creen 
olfoo qae no hizo aias que poner en versos yámbicos las qoc en prosa ha** 
bia reunido on Rómulo de quien sólo se conserva el nonbre. No ^an 
estas solas Us eoBJeluras; cada uno eipbcaba ¿ s« atañera el orígea de 
las fíbulas coya corrección era oonocida de los hombres ilosfrados como 
propia de los boenos tiempos de la lengna latina, jiistificáodoi« esta oon- 
sideraeioii por las nomerosas; ediciones que se haciao do ellas: por Ad 
cn48S0 so.paUicó el manuscrito, quehabia servido para la edíoíoa 
prinrcfeó sea la de Pedfo.Kihoo, y desde cnloncfayO' nadie ha lindado 
puesto que el que paseoia teaor mis tituloaála eoamdm'acioii'd^awtor, 
Pivotlí, cofltíesa en el pirefacio (fe so obra qoc oo son sayas (M), 

Por lo que se deja espoeslo so ve que Fedro es un escritor desgw- 
daá», y qoe la gloria que jostaaneate piersos so Big^o, Ua eMado' 
por larH^os siglas eclipsada y basta se le ha disputado para alribirirla i 
esciitovea de may escaso roereciotienle: este es obo de tantea enigmas* 
literaríos^c ha dado Jugar á kiquisiciones, qae demoestitaii ^erndícioo, 
pero ioiposibiKdadi la vez de llegar i na esoisfocimionto^ con»pleto*de 
la verdad; no fué másafortuiMdo el autor dwanie sa vídbsogiiiilad es^ 
rasas noticias qoe de ella proporcionan sus propias fibulas; se duda si< 
era frigbó rooosdonio, áao nombre era Moler ó Bh$dm9 puesto qiie 
los antígmia sáh te citan eoí genitivo y él se llama PieFus: se dispola 



(4) Marcial: Ub. Epígr. m. 90. 
fij Dice asi: Non sunl lií neí qaós putas versicult 
SeA fisopi SQiat» etiA^i'ei^Pbedrí. 



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- 304 - 

lambimí con grao divergencia la época de su nactoiieiiU^ y ae le qniere 
arrebatar por «miplela loda so origiiiaKdad. Coavengames^xm ios más 
•everoa eo qoe el sombre del autor de las tabulas es Fedro, que la épo- 
ca de su Daciníeolo es del imperio de Augusto, que dfbió escribir ea 
ios úitiiDos aiosdesu glorioso ti«npo*y que eutre eiiits tas bay de iu^ 
dispotable orígíoalidad, puesto que á dio conducen las reOexionesquese 
irán sentando: se cree también que Fedraera esclavo,yqne debió á so in. 
genio el que Augusto, á quien pertenecía, le diera la übertád, y que ha- 
biendo empezado á escribir en la época de Tiberio, se graogcé por al* 
guna de sus fábulas en que babia alusiones marcadas á Sejano, la ene* 
niisiad de este persooage asi como por el mismo motivo, la de otro^ 
también influyentes. ¿Cuáles son las (Übulas en que esas alusiones se 
contenían? los esfuerzos de la critica no pa$an de conjeturas más ó 
menos probables, que no debemos detenernos ni aun en apuntar. En cinco 
libros están divididas las noventa fábulas de la colección de Fedro, y se 
suponen escritas bajo ios reinados de Tiberio, Caligula y Claudio; están 
escritas en versos yámbicos, á que los romanos llamaban senarios, y qoe 
eran la mejor imitación del verso escazon de los griegos, pero debe tenerse 
nEuiy presente que el poeta se permite toda clase de Hceoeias, que folta 
frecuentemente i la medida de estos versos, y hasta tal punto qoe podría 
considerarse en algunos pasages como escritor en prosa. 

Sin embargo Fedro es el primer poeta que merece la consídera'rion de 
fabulista en la literatura latina, porque aunque Enuio, Plaoto, y el mis- 
mo Horacio, bayan en alguna parle de sus obras introducido alguna ft- 
bula, 00 pueden considerarse comoíabulistas; este gén^o nuevo, ém- 
teresante por sus tendencias didácticas^ cultivado con mucbo uso y per*- 
feccion en el Oriente, como un medio simbiMioo de eniaeñar, annque se 
realice en obras de escasa extensión, no debe suponerse sin graves di- 
ficultades; Fedro bizo lo que todos los escritores que traian un género 
nuevo á la literatura r<mtana, imitar, seguir con respeto las hudlas 
de los escritores griegos; la Grecia babia tenido un gma fabulista en 
Esopo, y en él es donde se encontrarán mucbos de los originales de las 
fábulas de Fedro, pero con algo nuevo, original y debido al poeta lali* 
no que tuvo esta gloria; la disposición dé Jas partes, la manera y hasta 
la forma son de Fedro, y su originab'dad en esto, indudable; exagerada 
es á no dudar la asfNracion de la critica moderna, que badendo un pre* 



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- 305 - 
teMo» alarde d« erodícíoii, busca el origeo «o sóh de las fábulas de 
Pedro, sim^ de las de Esapo, de quien lautas siglos la separan, pensan- 
do en 4)ue las literaturas del Oriente ofrecen por rompleto el original, 
que las oUmas más tarde cooserru^on en tndooeiooes 6 iuiila- 
ciooes; preciso es dedary de excesivaoieBle arrogante tal prelen- 
sioo, porque si bien es cierto que en alguna ttbola se puede ver mar* 
cada reladon, en la mayor parte es impotente para penetrar por 
entre las. densas nieblas, que tantos siglos arrojan sobeo estos poemas 
tan bretes en extensión, como escasos en su importancia para la buma- 
Bjdad. Fedro se declara en algunas fábulas imilador del poeta griego, 
puesto que ftiucbas de ellas tienen lo -que podría llamarse una fórmula 
que recuerda su origen, £iopo dut, Bsopa cuenUí^, pero bay otras, y 
algunas de poca extensión, que envuelven un pensamiento original, una 
alusión á los sucesos de la corte imperial ó de la misma Roma que le 
valió, como queda dirfao la enemistad de encQn4)rado6 personages. 

El indisputable mérito de Fedro consiste en la sencillez y corrección 
de su estilo, agradable y fácil; en la concisión de sus admirables des- 
cripciones, que se completan sin faltar á la brevedad que la fábula exi- 
ge y sin exceso de imágenes; en la profundidad de sus enseñanzas y en 
la verdad de los caracteres de los personages, que es una de las nía- 
yares dificultades de este genera: estos que son justamente titulas para 
la estimación de im escritor, ban sido la causa de que Pedro se ponga 
en las manos de lodos los que empiezan á estudiar el lalin, do que sus 
fábulas se hayan traducido á todas las lenguas y de que se baya impre- 
so gran número de veces. Sin embargo es forzoso anotar defectos al es- 
tilo de este fobuUsta; cuando escribió, empezaba la lengua latina á per-- 
der su pureza; el gusto literario se separaba de la sendHez y corrección 
clásica y habían escrito no sólo Ovidio mm también los Sénecas; de aqu{ 
que se observen giros conformes á los artificios de los escritores de este 
tiempo, que baya frases rebuscadas, provincialismos, y excesiva afición 
al empleo de palabras abstractas como béntgnüas, mprobitas, knuitas, 
ereiiUifa», ele. par sos adjetivos correspondientes; esto que indica d 
principio de un nuevo periodo en la lengua y en él gusto, no es bai- 
lante para dejar de ver en Fedro un escritor correcto y hasta de pri- 
mer ónden, que al mérito dé sus escritos, añade el que debe suponerse 
en el que siendo extrangero llega á dominar una lengua que no es la 



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— 31» — 
sttja^ eooh fmfmáoia í\míi\» baee. L» relaeÍMi qie algunos poeta- 
den folie TeneDcJo y Ftdro podré bailarse si«9eada:alg«iia ves^ et It 
soveraM de ww aanteoms, ea la versifioaeíta 7 haala es el esHik^ 
peso 00 st) puede- ai: 4ebe per etta establecer» oaa oanipapacía», que bar 
géaerosque cabivaniD, Iwépeca^ea que viyeroD y la laadanda. 4e 
cacbLunOf baceoMnpesíbtev 

A la imporlaecb (|W se acaba de apiinlar» debe unirse olaa no iae«* 
ím; la delicadeKft'de sus ^éscrvacioiiefi morales, revela iagenio y m-^ 
biduiia y; suMupce será «ao de los escritores que se deberá poner ealaa 
maaet^de kM* i^fenas, ooft k seguridad de que sns enseiauas ban 
da praAitír provectaosn resultado^ porque la fomia en que las dá 
cooUibuye púderosaiuente á qoe queden para siempre en la memoria 
cama ilileS' leccíeBes. 

CAPITULO XXI. 



Poesía dramática. 



pm 9 M mm m SrÜ^i^tti 0^Mm€Ímm il# «m • $w*mt^aimB emm «ft# •ar a tf «I0 
$Í9— é0 mi$$0 pmtHméé, 



La aparición de la tragedia en eale liempnes una particoiandad dig- 
na de tenerse en eneota.en la historia literaria de Roma; eaando los 
mimas y las paatomimas afasortian la atención de loa asistentea al tea- 
tro, oaandecada dia era mayor la libertad de las diversiones escénicas, 
penlída la paute Iteraría, olvidado e) deeon^qne el arte exige, eoaa- 
do ya no se representaban por no ser del agrado del péUicor'ni ann hs 
licenciosas comedias de Plante ni agradaba los meditados plaMs de Te- 
rendo, un escritor de primer arden dirige sos esfuerzos y sn inspiración 
bicia la tragedia, y bajo látese de las obras griegas, enriqneca la Ute- 
r<iiura latina oon^aeadonea da impertanoiasumaica^Ubirtofia IMeraria. 



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Na deto crtterse ffm S^oeoh al escribir aoa Ira^jedÍM k^ealaRa resltnrar 
la esce^ romaoa, porque «ra no bechq superior á las tortas ie 115 
hoBi^e; ni; siguiá las csrasaa huellas de las IrAgiecw romaeos» ni' 
recurrió iU bisUria de s^ patria, ptwsto que la tpppcfa ne pedia 
servirle de teeote de inspiración; ÍD4fc6 ^ enbai:gi» i las gw^Ds y de 
eUúS tomó los asuntos si inen mijetáfidolosá; ud plaa nuevo f otiginal, en 
lo que 00 iB^Suian poca las ideas de su siglo y ¡¡a gfandcta' de su genio, 
que no se pendía contener en los exlrecbos víncuJot» de una absoluta mi4^ 
laciofi. 

Los acoBlecimíienlos de hV\d% de los eserkores sinea di comentario 
mafct^s veces á sus obras, poro otras son» como sucedt* con Séneca, 
una prueba real de la vacilación de su espirito y de la. duda, que so tra- 
duce en actos de marcada conlradia-ion. Natural Séneca de Córdoba, 
vino al mundo en el ano tercero de nuestra era y joven aun, fué llevado 
á Roma: Higinio Cestio y Asinio 6aJt> le ensenaron la gramática y 
so propio padre, dehque al baUac de los prosistas aa bará detenida 
mención, la retórica y el arte de la d^U^iadon, muy en boga en 
su tiempo; dedicado a] foro alctnz6 roucbos hiuafiM y tal- renombre, 
que estuvo á punto de perder la vida por los celos qoe so arle desper^ 
td en CaHgola^ que priiltndia la corona de piimer oradoi ; iniciado ea el 
estudia de U iUosofia, Vjacilé Señora ei^tre los.sist^ías queso disputa-* 
bao el triunfo en Roma, sins^tbor distinguir lo bueno de lo malo en las 
diversas explicaciones de Áralo, Spcion, Tabiana y: Deo^uUio (fínico, sas 
maeslros; el pitagorisiop y el estoicismo se disputarop por deoirb asi 
el cspiriltt'del jófcn filósofo, qoe pmelicaba opieslas leerías de ambas 
escuelas, baliíen la aumentado su inde^iysioa na ^ñage^que hÍBoal.Qrian?* 
te^, que le dié ocasión para conocer la ciencia qoe profesaba. la re^ 
nonibfóida esoa^^la de Alegandria. 

Pero alejando^ algún tanto de los esíHcBos^lésófioos, á áu vueba á 
Roma alranzó destinos públicos desempeñando pronto el de qñrstor que 
fué interrumpido por un destierro decretado por ( laudio, que le forzó 
á pasar ocbo anos en Córcega; atribuyese comunn^enle esta condena"- 
cioo á la parle que Séneca lomara en los desórdenes de Julia bemtana 
del emperador: después de la muerte de Mesalina foé Jlámado á la 
corte y recibió el encargo de dirigir la educación de Nerón; el. favor 
de Agripioa su madre, y el lugar qoe por su ciencia, sabia bacerae, 



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-• 308 - 
le \aiicron «itos puestos en el imperio, llegando basta el consolado, y 
reuniendo tales riquezas, qne Lipsio las caleuli en quinientos millones 
de sestercios, que fueron la cansa de so desgracia porque la entidia 
se despertó fuertemente contra él y le acosó de vivir de una manera 
opuesta A las doctrinas que predicaba; Séneca quiso acallará todos 
y congranarse con el emperador baciéndole donación de ellas, pero 
aunque pareciera restablecida la concordia entre el maestro y el 
discípulo, bien pronto, acusado de baber tomado parte en la conspi- 
ración de Pisón, decretó Nerón su muerte, concediéndole el triste pri- 
vilegio de dársela como quisiera ; coa un valor, que bonra sobrema- 
nera al filósofo y que ba merecido elogios de la severa ploma de Tá- 
cito, se mandó abrir las venas dtrigiondo en los más dolorosos instan- 
tes, máximas de consuelo á su amada esposa Paulina qae con valor 
beróico también, siguió la misma suerte que su ^poso. 

Qoiotiliano asegura en sus Instituciones, que Séneca trató de casi 
todas las ramas del saber y aunque boy no existan todos sos traba- 
jos, existen los necesarios para comprender la verdad de tal aserción. 
Seria fl^ar al método de un libro dnláclico, el ocuparse de todas las 
obras de Séneca en un capitulo, porque aun notándose como se bará, 
la reUdon que entre ellas existe, que es la que les imprime el alma del 
autor, pertenecen á tan diversas ramas, que sólo abandonando d plan 
trazado podria tratarse aqui de las filosóficas y Raturales. 

Gomo trabajos poéticos, únicos de que cabe ahora tratar, bay diez 
tragedias que llevan su nombre y que no sin dificultad se te recono- 
cen por loa críticos (í). Hé aquí el titulo de ellas; Meika, Fypohtiu, 
CEdipus, Troades, Agamemnony Sfermtesfurens, Ty estes, Tkebais, Hér- 
cutes CEteus, Octavia: todos menos el último recuerdan tragedias griegas 
y asuntos tratados por los trágicos atenienses, y todas menos la Octoeía, si 
se exceptóla la opinión de José Escaligero, se ajustan á juicio de los me- 



(4) Es imposible detenernos aquí en marcar las diversas opiniones de to< 
escritores antiguos y modernos que como critíoos ó comentadores, tian liablado 
de Séoeca; bay tal divergencia y son ea tanto número, que no Tacitaroes en 
omitir esta parte dirigiendo á Jos afícionade^ á estas cuestiones á la Historia 
crítica de la literatura española del Sr. Amador de los Ríos, donde encontraréo 
eruditas iodioaoiones. 



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jores críticos al mismo siriema liteinm, j guardan muy odnocida relackm 
coo las doclríoas filosóficas del autor. 

Cuo sólo la lectora de las tragólas de Séoeca. se comprende que uo 
están escritas para la representación y que oomo obras de gabinete, 
el poeta busca los aplausos de las personas ilustradas á quienes exclusi- 
vamente se dirige; esto explica en gran parte el diverso sistema que em- 
plea; ni la acdon tiene todo el n^oviinieuto é interés que dr be tener» ni 
los caracteres verdad y contraste» ni los efectos de la pasión se pin- 
tan con los . nimados colores con que la naturaleza los ptsenta, ni por 
fin el poeta se traslada á la región de la poesía, sino que siempre fitóeofo 
procura situaciones para declamar, ocasiones para describir, y motivos 
para poner en boca de sus personages, reflexiones y máxiuias de profun- 
da fiiosofia, coando debieran tablar el lenguage de la pasión; el estilo ni 
es generalmente adecuado á la situación ni en general dramático; procu- 
rando la admiraciao en el lector y creyendo, que el fio de la tragedia 
debe ser producir el espanto y no el terror ni la compasión, emplea casi 
siempre un lenguage que está en relación con esta manera de ver; la hi- 
pérbole reina en todas las partes de la tragedia; en la pintura de los ca- 
racteres siempre exagerados, en las descripciones mempre abultadas y 
npantabks, en los sentimientos siempre analizadoa y d^eidos y hasta en 
la concisión del diálogo, que contribuye muchas veces á producir este 
efecto refiriendo un hecho que es el alma de la acción, con una sola pa • 
labra. 

Expuestas estas reflexiones justas y acomodadas á la idea que la lec- 
lura de las tragedias de Séneca produce, nadie extrañará que se les 
niegue la consideración de verdaderas obras dramáticas, ni que acojamos 
la idea del que las ha llamado tragedias de receta; tal es el parecido que 
existe en ellas, el plan seguido por el autor y la tendencia á filosofar y 
declamar que en todas se descubre; por esto puede fádimente contpren- 
derse también con cuanta razón se decía antes que Séneca no se había 
propuesto restaurar el teatro latino, y ahora añadiremos que el camino 
que sigue eslá muy lejos de ajustarse ni al que la naturaleza enseña co- 
mo el ntás conveniente, ni al que imitándola, halian trazado los insig- 
nes poetas de la Grecia; las escuelas de retórica habían pervertido e| 
gusto en b época de Séneca, y por eso siguiendo las enseñanzas de su si- 
glo y procoraiido halagario, da á su estilo la.entonaeíoa afectada y ora- 



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j 



Xériñ qiíe sedejaanolaÜa, Riliahdo adetiiis á h versiJBranon la sohorá, 
la gracia, y los eocaotosde los buenos ti^ipos de la lengua; poreso lani- 
bien d diilogo, esencüil Torma de la poesía dramiliear, se emplea poco 
para dir éftlradai extensas reflexiones filosóficas, á trarrrilcíODes intere- 
santes, i descrípr iones frecuentes, que son lo que forma et fondo de tstas 
tragedias que aihtqoe se leen rbn agrado, porque satii^foten al espíritu, 
seria imposible resistir su representación; por eso en fin los chracléres le 
ks tragedias de Séneca Son casi lodos iguales; en todos se fatta i lo 
que la tradidoo gri(*ga conser^'aba como propio de ca^a utro, y á lo ¡}uc 
estaba adeniás saticionado por los autores de sus loriginales: alcanzad s&lo 
un neniólo parecido con ías creadas por Esquilo, Sbfocles y Eurípides. 

Queda antes indicado, que la crítica ba vacilado nmcbo en conceder 
i Séneca la decfa ración de ser autor de las tragedias que llevan su noui^ 
bre, y cada uno de los críticos ha explicado de d¡vert*o modo su origen; 
al peso que unos le declaran autor de algunas tragedias, óti^ se las 
niegan todas, y biy también quien la< atribuye átoda la fiamilia de los 
Séneca^; tales juicios han provenido de que la cnlica se ha detenido 
peco en examinar la reladtmque existe entre las ideas que constituyen 
el fondo fflosófico de las tragedias y las ideas de las demás obras de 
Séneca; én que no se ha pairado tam|ioco en la intima relación de estilo y 
de gusto, y en fin en que se ha dejado llevar de la separación que atm 
^e conserva, entre Séneca el trágico, Séneca el fihsófo, y Séneca el natu- 
ralista^ siendo uno mismo el autor aunque ntirado bajo diverso paulo de 
vista. 

La vacilación que caracleriza al siglo de Séneca, ta duda en política 
y en reRgion, que era el resultado de las diversas ideas, que el muQ- 
4o entonces oia predicará los apóstoles del Evangelio y á tos parti- 
darios de las antiguas creencias, el desbordamiento de las pasiones y 
de la corrupción general contrastada por el grito q oe en las conciencias 
levantaban los principios de la más sana moral, el desquiciamiento 
del poder bollando todas las barreras de la justicia, abultado por el 
rectierdo de pasadas prosperidades, la decadencia del arte, unida á la 
perversión marcada por la separación de los ingenios de las sendas de 
sencillez que constituyen los grande^ encantos de ios escrílofes del si- 
glo de oro, y la necesidad en fin de poner térniino á un estado de cosas 
que conducia sólo á ta destruccíori , eslán adm^^Uememe retaatddtt 



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- tw — 

•en bs. obras deSéiect, «xprqsíM gráfea Jel «KftgMlÉao p«r q«á bI 
JMMnbre, lasJéen ^ el niQodo «nmttbfii: Séneoí ^ en ra ^fda <ma 
coQsaoie ccptradjooioo; los becbís y sos estenios se coüradieeii; los 
laclos de m vida tnÍTados en si eiismos ími opoeslos j sos ideas de 
ho;, esfáo Umibien en ábierUi eofitradKcioB fm^lasidcaí de niatena; 
ipues bien; el mismo es el Séneca de las tragedias qm el Séneca de 
las obras de filosafia; so a^rilu vacila por boca lie toa ftííwmtg^s de 
s«s tragedias moslraode predit^da afieioo i Ja doctrJMi estaca, sio dada 
paralar un colorido moral á la obrados buscar esa enseianta romo 
resultado de la accioo dramálíca que es el vaio OKdib de dar varda- 
dero fio Bwral á fes composiciones teairaies; en las obras en prosa, se 
nota la misoia perplegidad de espirita cono se verá coando al jalearle 
como filósofo, se apunten sos principales teorías. ^ 

Un brrve análisis de kis tragedias de Séneca pondrá de manifiesto 4a 
^rtrdad de imanto qoedo eipueslocoo veladaa á so sislena dramático, 
siendo de advertir qoe debe el profesor baoer h comparación que se in- 
tdica con las iragedias geiegas para que aecoaoica bien, cooato se sepa« 
róSéaeca de las tradiciones dramáticas de la UteraloFa que le propor- 
donaba sus modeloa y la difiereocta de ambos sistemas.asi como del es- 
-caso mérito qae en relación nm ellos se le paede eoooeder» por masque 
¿apn coüstiéa épocas ea qae se ka aatepneaio á fes trágíofs ^iegoa, y 
^Hieos como Bscalígero, i{ut le baa considerado el gran modelo <ie la 
liagodia. 

Media; este asunto altamente trágica, debido á la pluma deEari- 
fídes, baUa sido tratado por Ovidio; Medea abandonada de su es- 
poso Jason, qne intenta casarse coa la b^ dé rey de Corvólo, ciega por 
los celos, se venga de so esposo matando á su prometida y derra- 
mando en s« presencia la sangre de sos propios liqos (1). Séaeaa no 



flj Son muy citados los versos siguíeoles qae Séneca pone eo t)oca del coro 
y eco los que concluye el segundo acto: se consideran por algunos como ooa 
^evdadore profecía del descubrimiento de América. 

Veoieol annis secuta saris, 

Qm'bois Oceaous Vincula rerum 

t^axel, et íngens pateat tellus, 

Téttiysque nevos detegat orbes^ 

Nocai* terrls otiima Tlialo. 



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- 31* ~ 
sigoe k haeUi del poete griego, sino qoe origiaftl en la roanert de 
tratar esle asuoto, bace ana dialríbacioQ {Miredda á la que suele em» 
plear aiempre, y que esi Ua poco dramálíca, que cato aóio podría servir 
para eonipreoder que esertUé sus iragedias para la lectura j como 
uiedio de exposicioii de sus leerías filosóficas Miando á (odas las Uradir- 
«¡opes literarias. 

BjfpóUto: lauibíen es eniiwDieaieDte Irégtco el asuuto de esta obra 
lomado de Eurípides, y conocido en el teatro moderno con el nombre 
de Fedra, desde que Raeine dio este ntf.ubre á su trag^a iuiilada de 
la griega y la Jalina. Fedra, uiugcr de Teseo, siente un amor criminal 
é inoestttoso béda su bijo poliltco Hipólito ; no pudiendo vencer su 
pasión la di*scubre á su nodriza y esta lo bace á Hipólito que boye 
borrorizado de baberla excitado; Fedra no puede sobrevivir á este 
abandono y se quita la vida pero dejando pruebas bastantes para 
bacer creer á Teseo la realización de un críuieo nefando, que cas- 
tiga con la muerte de su propio bijo, y cuya inocencia reconoce tarde: 
este asunto en la pluma de Steeca pierde muebo; su Fedra, no inspira 
más que desprecio porque se la ve movida de ua apetito camal, que 
nada disculpa y no oamo en h griega siendo victima de los eoqos de 
Venus; ella misma poco antes dd darse la muerte en la escena, re- 
fiere á su propio esposo para vengarse déla pureza de Hipólito, el 
crift»ea como sucedido y con esto bace más odioso un carácter que Eu- 
rípides babia creado con toda la pureza posible dentro de su plan trágico. 

AgamemnoHi la sombra de Tbiestes excita á so bijo Bgisto á ven- 
garse de Agamenón que va á sentarse en el trono de Troya. Egislbo 
ayudado de la adultera Cbitemnestra, prepara el asesinato y tiene lugar 
según la pri:dia*ion deCasaodra que muere tau)bien, pero salvándor- 
se gracias á los esfuerztiS de Orestes su bermaoa Electra que queda 
encerrada eu una prisión, 

Troades: las troyanas: el lugar de la escena es uno próximo á los 
muros de Troya en el campo de ios griegos que esperan después de 
la toma de esta ciudad viento favorable para volver á su patria. Hé- 
cuba y el coro de troyanas lamentan las desgracias de Priamo y su 
reino; un beraldo, Tbslbybio, anuncia que las desgracias ban de ser 
mayores porque la sombra de Achiles pide la sangre de Polixena bija 
de Príamo, y de Astyanax bijo de Héctor. Pyrrho, hijo de Aquiles pide 



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— 343 - 

el sacrificio, que el interés <k la raza griega (reclama; PélixeDa debe 
morir am tas galas Dopeiales sobre la tamba de Aquilea, y ser pre- 
cipitado Astyanax desde lo alto de ona torre. El coro de mogeres tro- 
yanas reflexiona al terminar el segando acto, sobre la verdad de las 
ipariciones y sobre SI el alma maerc con el caerpo. En el tercero, 
indróma^ anunda qne la sombra de Heclor se le ba aparecido pidien- 
do qoe le salve da su próxima desgracia, y le eípoonde en la tumba de 
Héctor. En la escena siguiente, admirable por cierto, Ulises arranca á 
la temerosa madre su secreto y Astyanax se arroja sponte sua, de la 
torre; Betena obliga á Polixena á vestir las galas nupciales badéndola 
creer que van á celebracse sus bodas con Pyrrho: Andrómaca y Hécuba 
escachan en el quinto acto la muerte de Astyanax y Polixena. En la 
tragedia de Séneca aparece completamente desGgurado de la tradiccion 
griega, el carácter de Andrómaca; ni la temara con que Homero la 
había pintado, ni la sensjbilklad y el ddor propio de una madre se con- 
servan en ella: oye impasible la relación de la muerte de su hijo, y sólo 
se engrandece con algún rasgo de heroica fiereza, más propio de la ma- 
trona romana, que de h tierna madre griega. 

Bercvks furens; esta tragedia está imitada de Eurípides; en el primer 
acto se lamenta Juno en un largo monólogo de las infidelidades de Júpi- 
ter; dedara su enojo con Hércules, que en busca de Cerbero ha bajado 
ai infierno y promete causarle los mayores danos cuando vuelva á la tier- 
ra. Un coro de Tebanos canta las de^^cias qne el destino prepara al 
hombre, la tranqoilidad del pobre y la inquietud del ambicioso, repro- 
bando también la audacia de Hércules; en el segundo acto , Megara su 
irritada esposa se lamenta de la auseoda de este, y de las amena- 
zas de Lyco rey de Tebas, que quiere casarse con ella; en otra escena 
Lyco le hace las mismas amenazas: en el tercer acto Hércules y Teseo 
coodertan la veni^anza, y mientras el coro canta sus grandes hechos, 
Hércales mata á Lyco; en el cuarto acto prepara á los dioses un sacri- 
ficio, pero poseído de repenUoa rabia inspirada por Juno, mala á su mu- 
gery á sus hijos; templada su ira le acomete el sueno y el coro invoca i 
los dioses; recobra la razón y al ver su obra, se quiere quitar la vida; 
las súplicas de Amphitrion su padre le detienen, y Teseo le lleva á Atenas 
para espiar sos crímenes. 

Tkjiestes: la sombra de Tántalo arrojada á la tierra por la Furia siem- 

ít 



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lini.W ámif^ y d odip f»U:e Alr^ y Tbfeülf^ sps AÍetp»; id /^mo 
coimm^lo de Yf^os d^ ^iJ^Q^t rueiga ii ios d¡p$ei$ qu^ libre á la faquiia 
de Pelote ^elos ocales ^ue le ^ax^n^iM: m ?1 segatdo aclp /Vr^ P>^^ 
IHIpa 9pf|lra $u hjorwaftQ opa yepgianza atroz, y fj coro de^e^voelfte k 
[M^radiy'a cs9l6jiafi, (j^e ^\o el hpmbce libris e^ ^j^ decl^ioapd^ cppira 
la «iqbiciori de Jp9 pr{iiQÍ|ie$^ Tbjiasl^, engaa^ido por sa beriMao^ ^va^ 
rp^ j^iepooi^adP 3V$¡ ii)qqieli)de;s^ j el coro siMlucido |K>r Ja fiíykla re^ 
cpaciíjacioo el(9gia 9u fraterojdad: ^oiel c oar^p^clo uo ipis^sagero €i»eo^ 
t9 al cQrp e| bQrnble füsliq que as!^ preparado i Tbyeate^; el aol ^ 
nubla por ¡no ver .eslQ$ exc^os; fX Sttnoz Alrep^ gloria d^ ;si próxÍM 
vcugaoaa; al abrirse fa puerta del palaeip» Tbyesks sentado á la meaa 
procutra desechar ips n^^po^ prasoplimi enüps que lorbap «9 e^rila. 
4M'eo ae acerca áély le dá á beber U saagre d^ aijis.hjijoa, aupao^Midor 
le qi](e Jifi coiuido su carne y arrpjaodp sobre la miaa su cfibe^^ 
Tbyesnes deja oir terribles ioi|irecaaioQef 7 Aireo ep tanta peramoM 
tfaaqtiilo y m mpatrar el pienor remordimieaid, 

ThAaU: esta tri|gedia b^ llegado «oy incpii^lA, y laa ^y^oionaa 
de los críticos soo tan diversas, que Seplimíp ^loreqs la oree sa|pa^ 
rjor á ipdo la qj)e «J art^ 4v' los gri^goa p|:odup, y EscalígerQ el aficio- 
nado de Séneca (t ), }a croe iodignfi de él y la juxga como un cjfínckiQ ea^ 
coiásliao; Ja parte que qu^da contiene petadaa reflexiooaaydiacviw» aia 
aociqn» aip iolf»^ j hasta epa la partipulapidad da w tener <coro« Hé aquí 
qI asunto de Jo qufs queda. Anlígona Iqgra daspuea de ouichas a^pticw 
acpmpafiar á sn desgraciado padre Edipo: en ^I aegmdo apto rpag^ 
un n^epsageroi ^sla desgraciado rey, que venga á cortar laa tít^r 
reacias, qaf hay ^atra sus hijos á Iq qae Edipo aa niega nuddiciéiidolQs; 
es\o comprenden los i 3 verspsque eústcn: en el iero^r acto ci|f o pifiar 
cipio lalta^ Tocaste bace esfuerzos por reconciliar á sus hijos, puya ew-t' 



(\) Escaligero juzgaba el arte de Séneca superior al de lot trágicos griegos. 
coMidataba que las sesteadas son como las Golomnas o pilares eo^que se sos- 
tieae el edifioio de )a Utfedia; geniwMin la^ tr^^o^w $sí f^ioitméa, 8wl^ 
enim qtMti columna quI pilm quídam universa fafyricg^ illius. Cuando 
trazó el plan del Alcyon para inslruccioo de los poetas, pensaba indudablemeo^ 
te en Séneca; esta manera de apreciar la tragedla antigua y la preferencia dispen- 
sada al escritor latino» sólo ha conseguido excitar la risa de crilicos de 1 
gnsto. 



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fresi ijnda laitbm loUgona; tu el€oarto« XútmM ekhMü áflktkiys 
ik pUL, pero PoUníce eootesla, qutohtjimdofQiregtrá ká lltoáf eos 
|Mitfl0, m palrk y so espoit, eén tal dt caasegiür k oounü: Bteock» 
Bodke ni mift ptkbrt éki Ib quede k tnigedk qMdi« 

OMyíü: ei knitidáí del ¿rafl isodeb da Séfcoki^, ^Mfw nf: k 
obra ét Séneca es kMor á k griega ea ^; Mía k «alki 
4el pkay ke e^aMés de ka álif acioiiei v de kaeaiMéMi. Sm-» 
-prza k trágedk ktína cea ana OKCsa eatrfe Bdipe 7 Toeariát k 
ctrte 7 el coro kmentan k puXt qae Aaama á VcbÉs, 6reed qik 
tieaé de eoaaallar al orátab de Délfi» por éideft de Idipo aAtaack 
qoe k cólera de ks dioets do cesaré hasta fue se lia^ta Teagadb 
k inverle de Layo: el adÍTÍoo Tiresks coasolia ea vapo las en-* 
frafias ds las vfctimas, 7 ea ^oo evoea k Deerosaock 7 ks aan^t^ 
kas dd kfierao. Daraate la eerenook, d cara oeieka é Bftce ea 
m ditirambo de ¡omeosa extenskat. Crcoa anoack á Bdipo ^ es 
d aalor dd crfroea qae se quiere cafellgar, 7 Bdipo cre7eQdo qae 
es Creoo, k manda prender. En d cuarto acto Edipo baoe qaH 
Tocaata k cuente las cirenaslandas de k moerle de Lt|ot an 
neaaagero aaooda la mué ríe de Pd7hio 7 enloaoes se desDobee d 
Md secreto; el ooüo cctadoye cantando ks vtalifaá dt k diedkaa 
cDodkiea. Ka d quieto edo on desoóneddo oséala, d cera k cé-^ 
táetrrfB 7 fsle, eomo otro estoico, expene k aeeesídad de soje^ 
ürse d destine: Tocasta se mata eo k eseeoa^ fiüpese saca ks 
ojos 7 abandona d pds, 7a qae la peste qoe k die¿Eia, le respeta* 
Esta tragedk tkne nado perfecto^ peripeck 7 reoaliooimieoto. 8e 
afosla á k qoe , Arísléteks llama mpucf nX^fp-v^. 

HertUks OEtmi Hércules OHeo: Este béreé ae gferia ea d monk 
Geaeo, doade pásala escena, deles servicios qae ha prestada é 
Júpiter, 7 le pide k recompeasa oCreeiik de leoer «o AsísbIq eabis 
les Dkeee; pnpara aa sacrificio 7 ks jóveaés de Bddidia kioeUlai 
k dedada de so patria y de sas amigos; cli d ésgoado Seto 
Déyaníra cdoaa dte lok, medita nna saúgrtenta teagaaia 7 eatia á 
Hénmles una túaica empapada ^a la sangre dd oeataare Nesso; d 
eor» de mujeres de Eklk laoieala k saárte de Deyaaira 7 déckaM 
fOBlra d k^ 7 k aaibicioe: eo d lerceff ede creyéndeei Deyattira 
eagjfaada por Nesso 7 por la nanracko de ks extrages causadas per 



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h láiiea, que k inioe Hyllo, se qoiti la vMt; el coro canta lo 
fciffi de hé ooeas IramaBas, y Hércales, coya sangre ae coosimie 
p6r ^ 00 foego ¡oteríor, ae lameota de oiorif de ana moerte iodigoa 
de él; Almena so madre', le consoéia, é Hyllo le refiere la soeiie 
de Deyaoira; envía so arco y áos Aechas á Phüoolelea y manda qoe 
ae encieoda ona hoguera aobre el Oéta, doide qoiere acabar so 
exiiiencta; el coro anuncia la apoleoris de Hércules. Bl qomto aele 
ánpíeca por coolai' Philoeteles i b nodriza de Hércules la saerle 
del héroe, y Altnena se laiaenla de tal desgracia ea un largo diálogo 
000 Philocle(es« y en ooa verdadera oda de larga exteosieD tamhíen. 
flércoks desciende del ddo^ cuenla su apoteosis y promete laosar con 
mis brio qoe el niisoio Júpiter los rayos de la venganza. La wá- 
fOftM del quinto acto es iodigna de este género; la lentitud de la ac- 
ción, k P<N^ importancia de personages como Almena, y la excesiva 
extensión de todas sus partes, rtrbajan el niérílo de esta tragedia, 
qoe algunos han atribuido á Xucano, pero que está dentro del sistema 
de Séneca. 

Odank: puede considerarse esta tragedia como prmíexUUa^ porque 
su asunto es romano y pasa entre personas de alta clase; el interés es es- 
caso; hé aquí el asunto. Octavia, bija de Claudio y Hesalina, se ha 
visto obligada á casarse con Nerón. Cansado de ella el parricida de 
Agripioa, intenta casarse con Popea; en este estado empieza la tra- 
gedia lamentando su suerte la desgraciada Octavia á quien consuela 
su nodriza; el coro se indigna contra el proyectado matrimonio y 
contra el pudrió que sufre los desórdenes de tal mónsiruo; Séneca 
el filósofo declama en el segundo acto contra los \idos de su siglo. 
Nerón manda al prefecto M pretorio que le traiga fas cabezas de 
los condenados á muerte, y sin qoe los consejos de Séneca inspiráa- 
dolé idei» humanitarias y dignas consigan nada, manda disponer sus 
bodas; la sombra de Agripina en el t^cer acto, aparece doliéadooe 
de haber dado la vida á tal monstruo, y Octavia ruega al coro qoe 
no lamente sus penas; en el cuarto, Popea afligida por un sueño, 
pide consuelos á su nodriza: d coro "elogia su belleza y un mensagero 
anuncia que el pueblo se ha levantado en favor de Octavia; oí el 
quinto, N«*an exasperado por el pueblo, ordena la deportadoo y 
h muerte de su esposa, y el coro conduye haciendo reflexiones 



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- 317 - 

sobre los males que Iraní las simpatías populares hacia la persona 
que qoiereii favorecer. 

JEsta tragedia, la peor de ledas hs de Séneca, oo puede alri« 
buirse ^nÍDgan modo al ilustre cordobés; la profeda de la muarie 
de Nerón, hedía con todos k» porbenoree de la realidad, qnetovo 
lagar tres aSoadespoes de la moeile de so maeslvo, es bulante 
para dedararia obra de algnn imitador de la escoela de este trá- 
gico; por otra parte, como hombre politico Séneca, no bnbíera caído 
en la idea de exdiar al poeblo contra Nerón, porqoe era dema* 
siado cortesano y porque estaría realmente en coatradiecion con sa 
propa conducta, aun sin aceptar, como algunos aseguran, que toma-^ 
ra parle en la muerte de Agrípina: además, ni la versíficadoo, ni el to- 
no, ni la profundidad de sus máximas, pueden sostener d paralelo 
coD sus demás tragedias, y por eso no se puede vacilar al declarar 
la Odam indigna de Séneca. 

Algunas reflexiones pondrán fin á este ya largo capítulo; Séneca 
hace á rasi todos sus personages estoicos; por eso se parecen todos; 
el coro, que como expresión de la coociencia pública se prestaba 
más á filosofiír, tiene siempre presentes las máximas de la eacnela 
eslóica, que era á los ojos de Séneca superior á todas las demás; no 
sola hay esta rdadon con las obras de filosofía, sino qne muchas 
veces el pareddo constante de estilo llega á tal punto, que emplea 
las mismas palabras: por esto dejamos de enumerar las conjeturas 
de la crítica sobre un punto, qoe es casi imposible esdarecer com- 
pletamente, rechazando como poco meditada la idea del que atrí- 
boye á cuatro individuos de la fiímilia Annea las tragedias que lle- 
van el nombre de Séneca; los parecidos que la sangra produce, llegan 
algitna vez hasta la fisonomia, pero pocas hasta la identidad que se 
pretende en las obras de arte, cuando en una familia se cuentan varios 
ingenios. 

Algunos escritores antiguos dtañ á otros poetas dramáticos 
de este tiempo, y aunque nada qneda de sos obras, que como las 
de Séneca debieron ser lectora acaso de gabinete, conviene apuntar 
sos nombres. 

Pomponio Secundo, citado por Pliaio y Quiatíliano, muy elogiado 
como poeta lírico, es nombrado entre los trágicos de este siglo, asi 



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— 81» - 

QaMici* MiterBOt 4e qoieo m ctao onAro IragvdiaB om k» 

Ututos de JffdM, Tkyestes. Catón y Domiekuio, ctiDpletaiiieiite per« 
Mif^ y qoi fligui INoo Ckm, c«ltfOD la tkla á sa aulor p«r de* 
cÍÉ»af edoka k ÜMoi»' 

Vtii ouiade Mimo (H Ub. Vi) blbia de so poda oéttko de esto 
üémiio Uaoiado Virgnío Rehaoo^ iMy dogiado fom» aotor de ininios, 
y de emnediaa á la iñaoeni de Menaodto: es sensible que mdt 
hayarqoedado de too retuMdfirádo enntor, qoe segoa la cita de Piioío 
tof o ralor, en medio del deapoliama de tos Celares, para ioQilor la 
oDOiedia satírica de los priineras tiempos del lea^ griego. 

CAPÍTULO xxn. 



Poesía épica. 






ba fooBt éfioa ütoe aa esta época otiaieroBos oolltvadores, que 
amuHie ao iiaatzat. á ios ofoa de la crltida moderna el gbrioao i»-> 
Bombre de astores de nOlablea epopeyas, soq dJjgnos de ser eshi- 
diados; la poesia^ heréica ae moestin eoo lendeocias nuevas en la U^ 
teratnra latina, haciéndose imitadora de la escuela alfjaodma en, 
oaoÉi^f ó intentando en vano seguir las bdcllas del cantor de üncjoa en 
olcis. B) primero OA orden y mérito do los poetas perteqedentes á esté 
gmpo^es M» Aaneo Locinio que vino al auiaido en el aflo 3fi de J; C. 
en Gérdoba, dudad ilustre por los genios que en todas las edades 
ht peadneido; pertesmneoteá la ihialra fMrilii^ de loo Sénecas^ era 
oiilo éb Sétaaa él «Mnco y sobrÍBo del ilustre maoliio de Merai: 



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- 319 - 
Hevicfoá ftjifia et joven LücáM á (a eáidde ocbo «ios, «i IlMfo 
de PakoMML» Virgimo y Gorfnilo estudió la grámiliba» Móríca y fíhso* 
fia, quedando d«(pues á cargo de «o úo^kl complefiietito de ^ e«hi- 
GidoA Iheniríft y fiioaMcia; ari \of^ eaie poeta d eooddiuiiM(o cota -■ 
l^a de las dociriaas de Séneca y la ataaislad Mima M lu ^regior 
aMáfpk, i quie» debíé dMiocioieb bonrobaa f cÉtffÉ tmió d de^ 
cuestor y aogiir eo edad te»prana; la afieieo de ambos jóvenes i la 
poatiB fuá la desgraete de Lueano; K&itÉi pMéodíá ser ef primer poe- 
ta^ el prítoer másieo y el primer declamsior de so siglo, y d jó-^ 
ven eerdebés liefto de enUastasmo y cod las más brfflaotes (totes de 
iogenio para la poesía , mivíqttt (i^dlera atgtraa vei la glorm á sa 
terrible rival, Negó no día en qae anti^uso el laerel dé artista á las 
coMderacwoes de respeto, y oo sopo contener so genio enando ínten- 
{6 dispotarle el |if6míq»ei» el gran teatro de Pompeyo. Loeano cantó 
la bajada de Orfeo ai iofiemo en bosca de Eoridice, y Nerón la tras« 
formadoft de Ntobe; los jaeces dedararon venet^dor ¿al prtmett) atte 
la inuiensa coOGurreoeia que asistía llamada á o^lebrar el tdnnfo 
del (btnro emperador; vencida la vanidad de artista del (pie no liespe*^ 
taba tf ngno freno, y del que castigaba con doro coraton al que Co- 
rnelia itna ligera faHa , probibió á Lucamef qúh declamara en pnV&dd, 
y más tarde que escribiera; tal mandaio debió para uta ahna de poe- 
ta, llena db vida y i^ontímieíAo, ser tan dora éoÉvo la mnerle ,' y 
por 41 qrnzá tomó tan activa parte eft 1« cMspirttdon de €alpumie Pi^ 
son, que sirvió osas de ana vez de pretexto para qoe el sanguinario 
Nerón, derramáni sangre ia«ecnte. Los bisloriadoires «co^an á Lucaño 
de un erímen horrendo de que no es iadl disculpar su memoria; ame- 
ui^do csHí la muerte, espantado de sus horrores y temeroso de perder 
una vidÉ lídld^ath pot h riqueza, la poesía y el amor, delató ¿ los 
cómplices de P^on y creyendo templar la ira del yiwifit parricida» 
comprendió á su propia madre, 1« i a oc a nt » Caya^ Aieiléa^ m fa bata d« 
los conspiradores; ioexoralbléf él César, le concedió la gracia de elegir 
la muerte, y después de hacer ásu padre Ápneo Hela algunos eo- . 
cargos y de embolar los sentidos eoo la comida y el vino, se maod6 
abrir las venas y concluyó su vida ¿ los 27 anos prodigando caricias 
¿ s« bella y tierna esposa Pola Argantafia; Tácito reeoerda iiaberie 
infundido la severidad estoica tal valor, que en los tíltimos insMl^s 



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-^ 320 - 
pronunció algonos versos de ra Farsalía {Hicskis en boen de on arf* 
dado, que moría de nna muej^te fArecida« 

De las muchas obras de Lucaoo que cilan los escritores de la aoli- 
gfiedad.y especiahnenle Eslado (ih ninguna ba U^do loéa que la 
FarsaUa, y éala iocomplela; dividido este poema en diez libros, ^ 
brusca (erminacioo, bace ver fáciluic^e que no pudo el joven poeta 
cooduirlo. 

Algunos escriiores del tiempo de Locano, ó que vinieron al mundo 
poco después, se hicieron eco de la admiraeion general que la Farsa- 
lia habia producido ; unos viecoa en ella la obra mas grande del es- 
píritu romano, opus romamim, inmenmm ofus, otros como Estado sa- 
ludaron en el autor al emtor ie ¡m hUno$^ considerando so poema 
superior al inmortal de Virgilio ; este juicio sólo se puede explicar 
teniendo en cuenta por ui lado la decadencia del gusto literario que 
buscaba sus fuetes de inspiración ó en los poetas alejandrinos ó en los 
de los primeros tiempos de Roma, separándose de la tradición griega 
que es«:ritores tan ilustres como Horacio y Virgilio habían introducido 
en su patria, y por otro, en la enérgica protesta que los cantos de la 
Farsalia ofrecian al pueblo romano contra la lirania, recordando la 
grandeza perdida con el triunfo de César sobre Poropeyo, á quien hace 
Lucaoo defensor de la libertad romana. 

Bajo una oonside>iicion literaria fócil de explicar, juzga QuintiKano 
al poeta cordobés mis digno de figurar entre los oradores, que entre ios 
poetas (S); el ilustre retórico español acaso no pensó mas que en la ma- 
nera en que el autor de la FlmUa hace hablar i los personages de su 



(4^ He aquí los títulos qae se citan de obras de Lucaoo; O^p^etia» aotaa 
meDcionado; H%fic<my sobre la destruccioQ de Troja; Heeioris lytrüi el rescate 
de Hedor; SatumaUat compostcíooes en honor de Saturno; CatcLscomon que 
otros leen Calacotiamoii, ó Caíaeaumony incendio, y que se duda ai aludía 
al de Troya ó al de Roma por Nerón; Sylvarum X, diez silvas Mt>re asuntos 
desconocidos; Trag(Bdia Medeaj^ citada en otra parte; Saltiom fabulm JT/F, 
y un poema titulado Hyppamata: también se cita á Lucano como declamador, 
pero 00 «e conserva ningona de sus oraciones. 

(2) He aquí sos palabras; lib. cap. X, Lucanus ardens, et ooncitatut; ei sen- 
lentiit darÍMimus, et, utdlcam quodseotio, magia oratoríbus, qoam poetisad- 
oumerandus; 



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- 8fl - 

poema, ett lo§ movimieiikM.irai la energía de loa dtaenrav qaepone en 
stt boca, que iadudableaieate tienen un fondo oratorio qoe k» caracte- 
riza: (1) el jitkio de Qnintiüaoa ba sido la cansa de qne atgnaeade loa 
crítieoecpie han jnzgade deapn^t á Lucane, le miraran conio hialormdor, 
coiNi retórico ó ctNno poetn^ habiendo quien le negara cala última comí- 
deracion, qne han procurado defender otros laneminentta comottemaodo 
de Ifemra; O. Yoeaíó, d fnmte Iradoclor de la Faraalia Martin Laaio de 
Oropeaa, j el anior insigne de la Divina Comedía (4). No es menor tam- 
poco la diferencia al juzgar al poeta español en los escrüores modernos. 
Iscaligero caüiica de necios i los qne pretenden igualar b Faraalia á la 
Eneida, j aunque le concede la caKdad & poeta de grao ímagínacioQ, la- 
menta que muchas veces, por carecer Je freno que la snjete, se aleja 
del mundo maravilloso y divino en que sólo supo vivir Virg^, cooside- 



(4) Sirva de ejemplo el que poot en boca de Gafoo, como elogio fóoebre de 
Pompeyo, eo el coDio IX» q^e por so belleza famoa á Waacríbir. 
Civis obit» íoqoit, muUe mijoritRis impar» 
Noase modum jaris, sed io Imc tameo utilis »? o, 
Cui DOD ulla fuít justi reverentia: salta 
Libértate póteos, et solus plet>e parata 
Príf atoe serTice sil», rectorqoe senatoa, 
Sed re^oiia, erat. Nil belli jori popoacit: 
Qosque dari voluü, voluit sibi poase negari. 
Immodicas possedit opes; sed plura retentis 
Intulit; iovasil ferrom, sed pooere Dorat. 
PriBioKi arma togea; sed paoem arauítiía amsvii. 
JoTít sumpta docem» ju? il dímiaaa poteataa. 
Casta Domos, luxuque careos, corroptaque pumquám 
Fortuoa dommi: clarum, et veoerabile oomeo. 
Geotíbas, ei maltum oostrad qaod proderal urbi 
Olftn Tere fiden Sulla Marioqoe receptia 
Libertatis obil; Pompeío rebU ademipto 
Nudo et 6cta perit. Ñoo jam regnare pudebit; 
Neo color impe'rii, oec fk-oos erit ulla seoatus. 
O fétízl cui sumiiía dies fuít obvia victo, 
Et coi quaareodoa Pfaariom aoelua obtulit eoaest 
Foraitan io aoceri potutases vivere regno. 
Scire morí» sora prima virís, sed próxima cogi. 
Et mihi, ai Catia alíeoa io jora veoímas, 
Da taiem» Fortuna, Jubam: non deprecor boati 
Servan, dom me aervat cervice recisa. 



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dtee q« adora 7 lee á meatdo á Laoaoov nát ^ pbrltt aililo par la 
aaar^yiaffdaddBSÉsjiiicíot. Vohaíite la ottMMatt éeiafn arígíttal jr 
qoe aasbelteas y datMHirie cwfaspoodaa ptr ooi ^pl B ü M alfloatafeaBoéi 
eneaaalra JMtífieadaa aacusisal jugar á Lacado ; por eao aoo Miyares 
laa etegicM qoe las eoaaaraa. Mmnoiitei, La Barpet ViUeáiaíay y príBCi« 
(MkMOla Nisarí y aade nosalioa el ieAar A»ad¿ de lo^Rios, hao jés^ 
gado la FaflMüa bajo 8q iaiporlamía alUatiea é bttWríca« y aooqae nó 
baya Hdl aeaerda entre^lo <|ae taator eaoritoras ban dioho leipeeto de 
fletcfpaetna, ^ pueda tía eifibargv en m visla) fljar la imperlaficia, y li 
coeaídaraaioa qoe akaoia á ka djoa de la critica inadénM. 

Bl geoíede Lacaaotan allameateoolonadaporaos oootemporáaeoe, 
compiwdiélagraDdeca de su poema, cinndodíjp 

Pbarsalia noalra 
Vivet al A Bollo* leeabcta dannabttor »vo^ 
Pero entre tanta dMerencia para jmgar esta obra^ eétre las dadas pan 
apreciar el mérito y la nakirakta del paema, ea úiedio de las censuras 
que contra el autor se han escrito, llamáodole oscuro y orguNóso^ todos le 
han concedido un elevado talento y una grandeza de imagínadoa sólo 
comparable á la de los grandes genios; lástima que s» vida bubieaa sido 
tan corla, y que no pudiera ni Kmar so trabajo, m eaipfeadef otüos qoe 
enriquederan la literatura latina y honratan el nombre ilustre M poeta 
español, qoe á los S7 anos había producido tan notable poema^ 

Dada idea d^ la diversidad de jníaiosqtte li^ critiea iM^eMüdo sobre 
d poema de Lucano, es pred^ parar mientes en sti objetoy naturaleza, 
y asi se podrá acaso fljar la iftr(federá consideración de la Farsatii. 

Las guerras de César y (^ompeyo, uno de los tcontecimieatos más in- 
teresantes de la historia romana, y en las qoa veiaa los pMriotasdé Roma 
la muerte de la libertad enterrada ea los campos de Farsalta, son dasuato 
dd poema de Lucano; grande el hecho, porque dos hombres se dispa- 
iaban el mando de la mitad del muado conocido, ofrecía una vendad his- 
tórica que habia de perjudicar á la obra dd paeta; ¿qaé mayores proe- 
zas podia inventar que las acometidas por los caudilloSii d dejan 



(4) Sao Isidoro de Sevilla dice báblaadó d6 Locano: in nútnero poetarutn non 
ponitar, quía videtur bittoriaB oomp(d«éit6e, OOA púikm. 



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^ 3« - 
afras ios comtelni de h Dkát? ¿(pé mayor graadeaa ¡todja atribufr el 
pMa i Césary pMbpeyo que la <H)inervada por la hisloriá?; hay qm 
faovenir qot etasuaio era demasiado real, cotíocidode todos eomo re* 
dente ^ cea ^oa verdad htsMríüa ta), (|iie oo era posMe qoe ei poeta die- 
ra kleiñiaaoia&á seres y kéroes sóbreoatarales para el eograadechDieiH 
loda ma aoeMí grande ya por su kiierés y porsto deiaRes. Si id «sonto 
esadeopsiado hMdrioo y oo pernea la entrada á la ióeion, hay ofracoo^ 
sÜeracídQ noportante que impide i la obra de Liifano llegará la grande- 
aa de la epopeya: aóse acomoddia i iaJdea qoe hoy se tiene de los asuo- 
les ¿pióos ipie deben ser el refleja de des civilizaciones opuestas repre- 
sentadas por poebloa rívalta, eaatando al qoe mas adelanta en el sendero 
del perftcdoDaa^ieoto mond; 4ft hicha de César y fompeyo representaba 
dos ideaadistintas si, pero en un mismo pueblo; César es ¿ la Itii de la 
historia )a idea popular, que griHi con la voz del pueblo contra los privi- 
legios del palriciado: Poapeyo representa «ndréen de dosas que espira- 
ha; ideas que babian^prodtcido b grandeza de la república pero que 
habíaB f<»)ducido á los romanas al despotismo de muelas, eí más duro 
siempre dé los despatisflQos. De aqut debe despi^oderse también cual fue- 
ra el verdadero objeto ^1 poeta, cual sii héroe, y coal la idea generado- 
ra 4e so poema; la híbloria le había proporcionado el hecho,, y sin salirse 
de oll8> Lnrano dio nacimienU) ásu obra, pero fija la vista en los niales 
de la patria, quehabia coosenltdo un Tiberio, que estaba sufriendo los 
m2S inauditos crimeses en Nerón, encita y recuerda el patriotismo de 
otros tiempos, las virtudes (fe loa antígoas héroes da k repáhlioa, coiho 
úmeamedbde sabar alia sociedad minada por el vido, por la humilia*- 
rion y el descrrimieato; tsta idea apuntada par la historia estacíonforme 
can losaetttinHe&tos de Laeano sobre htgoerra, {i ) eontos colores con qoe 
retrata á los peraanagesdet poema, sobre todo á Pompeyo, que aunen- 
medio de hi vercfod histórica, recibe la apoteosis de parte del poeta, ycoo. 
las máiimas que pone en boca de Calén y de los demás represenlaAtes 
driaotigoo gobierno de Roma, en los magnificos discursos de la Far-* 



(4) Véanse (Tfaarsal, 1^, 20, sig.) las palabrasde Locaoocootra Alejandroli^-. 
00, juzgatio con toa mismos seotímientoa con qoe Séneca le juzgó; ta voz db la 
bamaoidad ha encontrado eco en todos los poetas. 



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- 3Si - 
Ni la época en que escribía Locaoo, ni el amioto eran propios para la 
epopeya; cuando las ideas religiosas de los romanos babian decaído hasla 
no ver nn principia salvador é inuiulable mas que en la fortuna, cuando 
los emperadores revestidos de las insignias de los mismos IMoaes babian 
dado entrada en el Capitolio basta al Dios desconocido y procuraban im- 
poneria por miedo y no por amor, cuando la filosofia impotente para con- 
tener el mal llegaba con el estoicismo, que es la escuela preferida por Lo- 
sano, basta aconsejar como up bien el suicidio, cbando en fin el mundo 
se meda en un posilivísnio corruptor que lodo lo envileria, ¿cmno era 
posible que el poeta que íntei^taba pintar ese estado, se elevara á las re- 
giones ideales de la epopeya, lomando por base un asunto que ofrecía el 
interés y el desenlace de una tragedia y que por su naturaleza bistérica 
no podía salir del terreno bun)ano? Estas reflexiones justifican que no 
demos á la Farsalia la consideración de epopeya: es nn poema bi^órico, 
sin inlervencíon de la fnáquina, es decir Dioses y béroes sobrenaturales, 
y con un fin patriótico y noble ; su plan tiene por otra parte defectos 
notables; falla la unidad do acción y está excesivamente iiecargado de 
episodios como se observa fácilmente al leerio ; en la pintura de k» per- 
sonages no es tan feliz tampoco Lucanocomo fuera de desear, y se com«- 
prende bien que bayan existido dudas acerca del béroe, porque siéndolo 
dada la idea del poema, Pompeyo, César es mncbas veces, más grande; 
la verdad bistánca le conduce á este resultado, y Lucano que seducido 
per el ardiente amor á la libertad exagera el de Pompeyo, rebaja á Cen- 
sar en quien solo quiere ver al béroe sanguinario, cruel y ambicioso, por 
más que otras mncbas veces no pueda menos de darie la importancia real 
que su grandeza alcanzó. Esta misma verdad bistérica que en los per- 
sonages se advierte, es un motivo más para que la Farsalia no ofrezca la 
con«deracion de epopeya, porque no solo tienen esta cualidad los doa 
principales ya citados, sino que sucede lo mismo con los secundarios: Ca- 
tón es excesivamente declamador, por mas que intente bacerlo el alma 
por decirlo asi del partido de Pompeyo y sea el persooage que mejor 
conserva su carácter yla verdad bistérica en la pluma del poeta español, 
de todos los que toman porte en el poema. Bruto, no es mas que nn agen- 
te de Catón, sin vduntad propia y sin recursos; Marcia y Cornelia, y en 
una palabra, todos los caracteres de la Farsalia, ofrecerian algo que cen- 
surar. 



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— tt5 - 

Hto es mfdia de éstos defectos qoe ooIocid el poema de Lücano eo 
h ooQsideraoMm de histórioo descriptiva, nadie podrá negar grandeza al 
genio del poeta; dotes prodigiosas de talento, eiaberanda de imagina - 
don, facilidad asombrosa en el empleo de imágenes y metáforas, qoe 
tonque desfiguren la frase y tuerzan las lineas de la gramática, dan sin 
embargo muestra clara del asombroso poder de su ploma, prindpal- 
mente en las descripciones qoe son después tle los discursos, uno de los 
mayores eDcantoa de la Farsalia y donde bríDa más la imaginación del 
autor. Pocos ó ningún ingenio apunta la historia literaria de Roma, con 
qoien se pueda comparar en dotes el poeta cordobés (t). 

SlUo ItáUoo. 

Indicado queda,, que los cnltiYadores de le letras se babian separa- 
do de la nueva escuela creada y sostenida por Séneca y Lueaoo, pre-- 
tendirado una reacción puramente clásica, iníríada por Marcial y Quin- 
tiliaoo y sostenida por otros distinguidos poetas y prosistas del periodo 
que se estudia; la poesia épica tomó también parte en este movimiea - 
to literario, qo^ pretende variar la teodenda del arte, pero fué impo- 
tente para conseguir tan alto resoltado. SUio Itálico, Cayo Yaiirío 
Placo, y Papmio Estado, son los que en el grupea poetas ¿picos ayu- 
dan el trabajo del sabio Qointiliano, pretendiendo separarse de la senda 
recorridii por el ardiente Lucano. 

Silio Itálico, personage de alto r^iombre en su tiempo tanto por la 
elevada posición qoe alcanzó, como por su saber, ea el qoe se distingue 
más por so amor al estudio clásico, atesorando tan rica eradidont que 



f^J Después de lat ¡odícacíonet hechas en el texto sobre la importancia de la 
Farsalia, no podemos hacer mas qae aconsejar su esladie oo^ao la mejor foeote 
de la poesia latina en la época en que se escril)íó. El dar un aoálisis del poema 
nos llevaría demasiado lejos, y tendria que ser iocompleto si no cootenia mas que 
iodicacíones que es lo que aqui puede tener entrada; puede verlas el estudioso en 
cualquiera de la^ ediciones de la obra de Lucano, y principalmente en la tradoo* 
don en verso de D. Juan de Jánregui, que aunque poco aficionado^ á Iradoocio'- 
nes en tal forma, bemos leido con gusto. No debemos dejar por fin de reoomen* 
dar los Estudios deM. Nisard acerca de los poeta* latinos de la decadencia, en la 
parte que se refieren á Lucano, como el trabajo más completo que conocemos res- 
pecto de este poema tan opuestamente juzgado. 



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adQ i Ciqepoa f VirfHio jfíigii oomo noMoi Aguas de «aeroiNAon 
imitaqpQ; su fomm fué iHQ desahijada que pudo reBdir orfi» á Isa 
idok» qi^ «ioraha bMa pao sus riqíiazas; se dice qoe aáquiríó les 
^anjposqiie babiao parlfuecida á Cicerón y qoe naalafv6 y eotos/arié 
la tamba de Virgilía coii al ^dsctuiMo respete de un hijo; este iksU^ t^ 
panol, á quien ^nponemns orinado de llátka, llegó al eonfuMe en el 
a^o 68 dj&.J. CL y murió el 10^,M el reinado de Trejano. 

Un poema bistéru^^xwiei tUolo Bflbmpunumm «somAmes lot|iie 
queda pa^ apradar ^ ^núo de 8Hio Iiáiieo, puesto que de sus trabajos 
oratorios Mo se conoce la famt que alcanid opo ^llos seguq reanuda 
algún escritor de su tiempo. 

Los dies y siete libros en que esU dhidído el indicado poema pue« 
den dar idea completa de lae dotes que su autor reunía, así oomo de las 
que lefdteba» para llegará k región de la epopeya; éí el asunte enco- 
gido por Lnaano, ni los que más tarde bicíeroil objeto ile sus -poemas 
Eslairio y Valerio Flaco, ni otro alguno de la historia romana, ofrecia 
íMmpQf más gralo á la epopeya que el elegido per 93io ItáKco; las guer- 
ras de Roma y Cartago, podían ser e» un gienio de primer orden eiíjelo 
de ma grao epopeya; la poesía con Enaio y Virgilio, bahía procnrado 
daflesi un origen márarflioso; la eneaiiga de raza toda' su explicación 
poética en el abaadoae de Dido per Eneas; Aníbal, á q«ien S8ie mira 
eomo su vengador, reom'a las grandes cualidades 4e\ qoe baUa de ser 
rival de un héroe digno de epopeya, y que lá historia y lá poesía coa^ 
ceden de buen grado á Escíptoa; los monfienlés dudosos deesa lucha co- 
losal repraaentada par los nombrados caudiNes, penen á Roma en Tra* 
simene yCaonas al borde de so ruina, de lo qoe «n esfuerzo aupre* 
mo la levanta; y la terminación en fin de esa titánica pelea sostenida 
por Cartago en recuerdo dtJ Oriente, y que dio up triunfo complet^a á 
RoHBia, todo bacía del asunto de SUio, el más propio ()ara la epopeya; por 
otra parte la antígOédad de los hechos y loque la poesía los había de^- 
gurado, daba lugar á la intervención necesaria de la máquitM paré dar 
un colprido sobrenatural y una grandeza superior á las hechos del pi^ 
bb tQnHNia,.en los que atento á su u)isma elevación, podía el poeta atí- 
buir lácílmeote la participación á los dioses que habían vencido hi ene- 
miga dé luno contra los romanos y loi$ esfuerzos 4o Aníbal. 

Sin embargo de las exceleRles cpo^icianes que se a4yierl^Q ea las 



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gneagw jy^llieM fir» «swjbo jkffico, Silj» Ii4!p«^ no sojni 9|bqr4jiii9r 
b aqciog i no plao, que las clier9 vi4a y (;rai»dezii; iu)le$ por fi 
(M^mf (alio de gíoio y de guslo, aglamem kfclm sto QOípderto y 
^ reMÍUidi; imcqraiido «gair la bistoria, np se o^ ea el mor 
jB^fiüo «pprtooo jMira lepoir Unia )a jgraodeza i^ ni) Quadro^ ^ue op 
i^M«4iera }os líi^l^s ooocedidoa é h e{X)pe)a, i(méd revisii^o ly 
verdad histórica de la ficcioD« fuera lodo grande, ioleresanle y pjh- 
cional; pero no es el solo defecto grave ea el poema de Silio Ilálico 
el segoir la historia ppso á p^sp^ mo al 4dr« oaa vez adoptado ^e 
plan« entrada ¿ la máquina, desDatoralizando y pretendiendo aoir 
dos cosas qiif s¿loal ¿ktúo lees dadp haceren 09 ca^ipo s¡e«ipre 
poético; sigoijSQdo la historia debía coino Lacaoo bajbter prescindido 
4» la ficpoQ poética, y 00 baciéodojo» einprende ua camino absurdo 
y cuyas üficohades era imposible que venciera; ej «ftéiüo, paes, 4e 
la lobra d^ este éi»co, se ha de buapar en la^ nc^idas Üstárici^ 
y geográficas que encierra, y qne suplen á juicio d^ Vossio al mismo 
Tüifi^ Ljvio y Polybio, qu^^le sirven de gaja, P^ip « el defectgoap 
{dap, la falta de unidad de Mxixm y de grfmdez^ épica deslucen i^l 
hllm fuíiiqm^ fM> deja d^ tener lunares iambiep itm reMoo al 09- 
tilOf i la pintura de los cin^iténes y á la metripc^icion; sigui^do ^ 
Virgilio, copia sus gjaos, sos frasea, baata soa e^imelros, pero sin 
octüt^ 4^ pl^S», ain dar á la imiUcpoo .I4 espopl^oeidad que le 
If^íljiM f m íiaber elevarse desde la erudición á la originalidad; 
pflir >efo d citado poepta 4ebe considerarse aon PIíoío, mas como trá- 
balo del ai te que del it^oio; por eso es /rio y U»guido casi sieiiif- 
pre^ por apo sos pinturas carecen de interés, sgs imiiaeioaes milor 
bigifi^ aon remedos y $u8 retratos descoloridos, sin expresión y sip 
bi^' por es» la üMta de nn béroa que personifique la Igcba se 
ajenia más: aunque se sepane de la aenda tmada por Luoano y que 
eopdiv^ia 4 ia nii9a de la leoigoa, ni s^po llegar á la puresea clási- 
ca, ni librarse d^l gusto que empezaba á corromper el idioma latino; 
sus descrtpejones hechas con (rases lomadas de oíros escritores, m 
darka i^de vida« lú liaoea interéi, ni pueden exjpito nunca al 
jeeluaasmo dsl lector, 

tü 1# aotiglMlad* oílp9 eaeriJAres del ^enacjoiienlo, ni la critica 
fl»odenia, han apreowdo la obra de Sília Itálico 4náli qne cpmo x)f 



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- 388 - 

escaso interés; solo le Qombra come poeta Sidooio Apolintr, 7 
Petrarca parece que acaso lo tuvo presente cuando escribió su era- 
dito poema sobre el mismo asunto; pudiendo citarse eo ella como 
pasages poco comunes las descripciones de los Alpes, del Etna, d 
retralo de Aníbal y atgutios otros, como muestras del genio del poeta 
cuando logra elevarse á la verdadera entonaciop épica, to que pocas 
veces consigue. 

Cayo Valerio Flaco. 

Otro continuador de la reacción clásica de que antes se habió como as- 
piradon de ilustres escritores de este tiempo, aunque escasa en resulta- 
dos porque ni las ideas ni los sentimienlos podían darle vida, fué 
Cayo Vúkrio Flaco: este poeta que Quintiliano eJogia mucho, se su- 
pone que murió bajo el imperio de Domiciano, en el a3o 88 de J. G. 

Los trabajos de los eruditos poetas alejandrinos, escasamente imita- 
dos en el siglo de oro de las letras latinas, propc^ionaron i Cayo 
Valerio el modelo para su poema, titulado Arganauticon y de tenden- 
cia histórica también; el mal gusto de su siglo le hizo ver en las difi* 
cullades de la forma, en el arti6cio de la frase y de la versi6cac¡oo, 
una verdadera maravilla, y se propuso seguir las hudlas de les escri- 
tores de aquel siglo y dar á la literatura de su patria un m(^umento 
en qué se conservaran parecidas tendencias: Apohmio de Rodas autor de 
un poema con el título Argonauticon, fué el modelo escogido pw Cayo 
Valerio: su asunto era referir la célebre espt dicioo de los Argonautas, 
tan llena de prodigiosos sucesos para conquistar el bellocino de oro, 
y Cayo Valerio tomando el nombre, el asunto, los personages y has- 
ta los mitos y dando al poema de Apolonio una gran extensión, siguió 
por completo sus huellas, sin originalidad y sin plan; gran inspiracioa 
necesitaba el poeta que en la época de Vaterio había de dar interés 
á un asunto envuelto en las fábulas mitológicas, y que solo podia ser 
leido por un pueblo que conservara las creencias más sblidas de la antigua 
religión de los griegos; Cayo Valerio pues, olvidando poi^ oomi^eto el 
fin de la espedic^on de Jason, «guió en forma histórica las aventuras 
de aquel prodigioso viage y lo recargó tanto de episodios, que el recita- 
do se hace tangido y monótono y el objeto se olvida, como si el poeta 



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- 3M - 

DO se propusiera niás qae bascar matma para narrar y describir, «* 
gae punió por panlo las peripecias del viage con on deteoimienlo lal, 
que el poema que solo (iene en el original griego caatro caalos, ttega á 
cebo y está incompleto, en el latino; las prelensiones que por otra parte 
abriga de imitar á Virgilio, son vanas; ni el estilo de Cayo Valerio se 
acerca, ni el lengnage poético puede sostener la comparación, ni otra cosa 
se ve en él mas que una elegancia paramente exterior y qoe ni el gasto 
ni la imaginación sostienen; por eso no se debe extrañar la escasa im- 
portancia que conredemt^ y qne en todos tiempos se ha concedido al 
poema de Cayo Valerio Flaco. 

Public Papinlo EaUfkcio. 

Partidario también de la imitación griega en las emditas produc- 
ciones de la época alejandrina, y mas erudito que Cayo Valerio Flaco, 
el poeta Papinio Eslaoio^ siguió sus huellas y como él escribió poemas 
históricos con pretensiones de epopeya, sin alcanzar un logar importante 
en la historia de las letras, ni gran aprecio entre los críticos. 

Natural Pubtio Papinio Estado de Ñapóles, vino al mundo en el ano 
61 de nuestra era; su padre, maestro de Domiciano, dirigió su educa- 
ción y estudió con gran empeño la literatura griega y la laiina; su fa- 
cilidad para improvisar le dio gran nombre entre los aficionados á la 
versificación y á esto tanto romo á la recomendación del cómico Páris, 
es probable que debiera la protección que le dispensó el emperador 
Domiciano, que entre otros obsequios se cuenta el de haberle regalado 
una casa de campo cerr-a de Ñapóles, donde pasó los últimos años de 
su corla vida; murió en el 96 de J. C. 

La prodigiosa facilidad para escribir en verso, que habia valido á 
Papinio la admiración de sus contemporáneos, se revela en sos Silíxu 
mqor que en sus restantes obras: las treinta y dos composiciones que 
forman esta colección dividida en cinco libros, están en su mayor parte 
escritas en exámetrn^y como dice el autor en la dedicatoria en prosa 
del primer libro, casi todas son trabajo de dos dias y algunas hasta de 
uno sólo; la lectura de estas composiciones revela la facilidad, de que 
se niueslra altamente satisfecho y aunque baya alguna llena de gra- 
cia, con sorprendente disposición, es preciso confesar, que falta en todas 

2« 



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- 83« *- 
el mitiniieiitó que las amne: sot ea geoeral Im asmüoa á <)oe laa de* 
dka lambieo de escaso kiterés; la deserípcioo de ua árbol, do uaa cm 
de caaipo, de un baño, la felioílaeion á Domieíaoo por la erecdoa de 
uaa estatua ecuestre, la manifeslacion de su agradecimieate por sus 
fevores, el natalicio de Lucaoo, y otros asuuioa parecidos, son la oía- 
iería de las Silvas de Eslacio, y en ellas desplega el rico tesoro de erudi- 
ción griega, que ferina el fondo de sus poesías (1). 



(4^ Las Silvas de Estado están divididas en ciooo libros, precedidas de pió- 
logos en prosa que soa las dedicatorias. El primero está dedicado é su amigo 
Esleía y eo el prólogo se roueslra altamente satisfecho el autor del poco tiem- 
po que ba empleado en oscríbir las compostciooes que lo forman que están casi 
todas en exámetros. He aquí su contenido: Carmen I. Eqaus Maxim us Doroiliam': 
]|. Epitalamion Stell» et Violaotill». Ul. Villa tiburtina Maolii Vopici, IV. Soleria 
Rutilli Galliei: V. Baloeum Claudi Etrusci. VI. Kaleoda decembres (Saturnales.) 

El libro segundo dedicado á su amjgo Atedio Mélior, conuene las siguíeoles 
composiciones. I. Glaucias Atedíi Meltorís deKcatus. It. Villa surrenuna PolH 
Pelids. fff. Altor Atedii llelioris. IV. PsittaciM IfeHoris. V. Leo mansuetas 
Imp. VI. Couaolatio adFlaviuin Ursum, de amissionepueri delicaU. YU« Genetblia* 
con Lucani. 

El tercer libro dedicado á Polio Fellix, contiene las silvas siguientes. I. Hercu- 
les sulTentinus PolH Felids. H. Propemptícom Metió Celen. Ul. Lacrím» Oaadii 
Etrusci. IV. Capitli Flavii Eartoi. V. Ad Claudiam uxorem 

El libro cuarto está dedicado á Marcelo, y como de los anteriores bace en el 
prólogo una breve indicación de su contenido. Ué aqií los titules de las composi- 
ciones que lo forman. I. XVII. Consulatus imp. aog. Germ. Dominitiani. H. Bucbí- 
ristíon ad imp. august. Germanicum Domitianum. III. Vía Domitlana* IV. Ad 
Viotorium Marcellum «pistola. V. Carmen lyrícum ad Sept. Severum. VI. Herco- 
les epitrapezios Nonii Vindicis. VIL Carnien lyricum ad Máximum Junium. VIU. 
Ad Julium Menetratem ob prolem. IX. Risus Saturnalitius ad Plotium Griphum. 

El quinto libro, cuyo prólogo dedicándolo á Abascancio ba llegado incompleto, 
contiene las siguientes silvas. I. Abascantii ín Priscillam pietas. 11. Protreptiooo 
ad CrispiíMim. IIL Epícedion ín patrem suum. IV. Ad somnura. V. Epicedioo ki 
imerum suum, (imcompelta.^ El plan propuesto nos obliga á no dar muestras aqo' 
del estilo de Eslacio. 

Algunos escritures forman capítulo separado de los poetas líricos de este tiem- 
po, y señalan como odas las silvas de Estacio dirigidas á Septi mío Sereno, y Máxi- 
mo Junio; nosotros considerando que á pesar de citar algunos á Codsio Baso, 
el amigo de Persío como poeta lírico, asi como la colección titulada FaUica de 
Aulo Septimio Sereno, y las poesías de Vestricio Espunna de las que nada se con- 
serva, suprimimos las noticias, que sobre estos poetas suelen apuntar los escrito- 
res de literatura por ser á nuestro j moto de escaso interés no exisUeado las obras. 



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- 331 - 

Si eo las Silvas se abandona Estaio á su propia iospiraci^ 7 *^' 
que dasdo eolrada á sus conodruieotos nútológicos, produce ot)ras 
originales por eJ asunto y por 1^ foraM» en oíros trabajos de ujás en>- 
pcño siguió las huellas de Cayo Valerio é imití como él á los escritores 
de la decadencia de la literatura griega; así sucede con su poema la 
Thebaida, dividida en doce libros. Anlimaco autor de un poema perdido, 
oon igual Ututo, es «I que le proporciona el asunto, acaso el plan y 
hasla los detalles, pero Eslacio se propone seguir y adorar las huellas 
de la divina Eneida i la que intenta llegar; aunque covuello en las 
fábulas de la mitología, la Tebaida ofrecía un asunto verdaderamente 
capaz de ser elevado al interés épico; las guerras de los hijos de ^dipo, 
Eleocles y Polinice, con $us terribles y sangrientas escenas forman un 
cuadro lleno de horror, pero al nu'amo tiempo de grandeza heroica; Es 
tacio, seduddo por el mal gusto del poema de Aqlímaco y por el de su 
£Íglo que no permiüa á los poetas elevarse kjsta la región absoluta de 
la poesía, imprime á su poema la marcha histórica, que* Lucano habia 
dado á la Farsatia y Silio Itálico á sus Guerras púnicas, y como Cayo 
Valerio lo recarga de enojosa erudición que si satisfacía á sus contempo- 
ráneos, se separa de la senda natural del arte matando el sentimienio y 
quitando Ipdo el interés al, poema; de aquí nace también el exceso de 
episodios que entretienen la acción, y la falta de carácter en los per- 
sonagi^ y héroes de su obra. Preciso es convenir, sin embargo, aun- 
que dejando á un lado el juicio de Escalígero par exagerado, que ;si no 
es como quiere este critico el primer poeta épico después de Virgilio, es 
por lo menos más digno de estudio que Cayo Valerio y que Silio Itálico, 
porque los defectos propios de su siglo se observan menos que en los 
autores del ÁrgonaiUicon y del Bellum punicum, %n el de la Thebaida, 

Pero aunque sea indudable que Estacio pretendió seguir á Virgilio en 
todos los pasos de su poema y que el mismo lo creyó haber conseguido 
cuando al terminarlo dcvia, 

Neo tu divinam iEoeida tenta. 
Sed longe sequero, et vestigia semper adora, 
es lo cierto, que más bien que á Virgilio podría decirse que habia 
imitado á Ovidio, siquiera fuera sin conocerlo. La abundancia de su 
dicdoo, la riqueza de sus descripciones, la facilidad de expresar en verso 
cuanto querían, establece enlre estos dos poetas un parentesco que se 



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— 33Í ^ 
adWioa iácilmeote con sa lectura, por más de que no se pueda ni ae 
deba concederá Eslacio la profundidad que Ovidio oculta nmchas veces 
bajo su aparente bgercza. La sabiduría y el arle de Estado parecen 
estar reducidos á cubrirlo todo de enojosa erudición mitológica haciendo 
alardes de imaginación no sólo átenles, sino perjudiciales. Eslacio es 
Ovidio ya demasiado florido, excesivamente recargado de flores. De 
aquí el que pueda fócilmente comprenderse con Mr. Nisard, que la 
(ama sin igual que Estacio alcanzó eii su tiempo, provenia de la pe- 
quenez misma de los asuntos que trataba, y que sabia engrandecer con 
incomparable fortuna. El que escribía un poema á la cabellera de Earíno, 
el que lomaba por asunto de su musa para una composición de larga 
extensión, un árbol, un baio, las lágrimas de un amigo, ó cosas pa- 
recidas, bien podía llegar á dar la forma épica á cualquiera otro, pero en 
esa asombrosa facilidad, se ha de poder descubrir el más grande de sus 
defectos; es decir, la falla de sentimiento, qne es la vida en las otiras del 
poeta. La gracia del estilo, el encanto de la versificación, el ritmo, b¿ 
ahí, lo que debe buscarse en las obras de Eslacio, y el único mérito de 
sus ponderadas Silvas. 

Igual plan, los mismos defectos y acaso también las mismas bellezas 
hubiera contenido la Aguileida dé este poeta, de la que sólo han 
llegado el primer canlo completo, y parte del segundo; Estacio se 
propone, á lo que parece por lo que queda, escribir en verso la vida 
de Aquiles, y era difícil por tanto, que hubiera podido sujetar á una ac- 
ción la vida de su héroe elevándose sobre el plan histórico de la The- 
baida; por esto, no es muy sensible la pérdida del poema de Estacio, 
que aun concluido no hubiera contenido un rasgo de grandeza no can- 
tado por el imnortal autor de la i liada. 

En resumen; dos tendencias diversas ya notadas se observan en los 
poetas épicos del ptioier siglo de nuestra era; Lucaoo, representante 
de la primera, da á su poema un carácter original y humano conforaie 
á la naturaleza de su asunto y á las exigencias del gusto de s i tiempo 
filosofador y erudito; su genio arrebatado y ardiente, su conodmicüto 
de la filosofía estoica, la única que exparcía consuelos entre los grandes 
genios de su siglo, trabajados frecuentemente por la desgracia, y el 
amor á la grandeza pasada de otros tiempos más felices para el pueblo 
romano, explican la entonación general de su obra, sus bellezas ysQs 



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- 333 - 

defectos; ¿qué extrafio es que ana ¡maginamoo qoe todo lo aigrandecia 
abarcándolo todo de ima oiirada poética, le llevara al lujo y á la fos- 
laosidad de los píelas del orieote? De aquí, la abundaocia de su 
frase, el exceso de sus imágenes y el abuso en sus descripciones; es el 
genio de la Bética, que se manifiesta con todo su brillo y toda su ri- 
queza como en época posterior se manifiesta en Góngora; el presente 
por oira parte, se enlaza en la imaginación del poeta al pasado, y mi- 
rando con la severidad del filósofo el decaimiento nK)ral y polilioo de su 
siglo, solo encuentra en el esloicifmo un medio de contenerlo y por eso se 
dej6llevará la vez de las ideas y de la forma declamatoria que los filósofos 
estóicoi daban á la exposición de sus doctrinas, y qui habia contribuido 
no poco á corromper el gusto literario de su tiempo, siguiendo asi con 
orgullo la nueva senda que la familia de Lueano habia abierto y que pre- 
cipitaba la literatura de su patria. La lengua y el arte recibieron de: sus 
manos hondas heridas que en vez de cerrar aumentaron los poetas que 
en este tiempo cultivaron también la epip^ya: educado Lueano al lado 
del más odioso de todos los príncipes, habia sido testigo de crímenes 
nefandos, de viles maf]uinaciones, de excesos de despolisuio que le 
recordaban los tiempos felices del pueblo romano, cuyas grandezas in-- 
Oaman su alma, y cuyo pilriotismo intenta excitar para romper las 
cadenas que le aprisionan; por eso rebaja á César, y por eso se pre- 
siente en su poema el grito de su alma tierna y enamorada del bien pa- 
sado; así es posiUe explicar el nuevo camino por qué quiere Lueano 
hacer marchar á la epopeya, y aunque esté muy lejos de la grandeza 
de Homero y del sentimiento de Virgilio, aunque represente una 
época descreída y vacilante en la fé, la obra de Lueano es importante 
en la historia de las letras; los que le culpan como á los den\^ in- 
genios españoles de la decadencia, quieren explicar por un motivo pe- 
queño una causa que reconoce infinitas circunstancias de las que los 
ingenios españoles, como todos los escritores de este tiempo, recihiecoa 
una influenda poderosa. 

Representantes los demás poetas épicos de este tiempo de la reacción 
clásica, que Quintiliano predicaba en la cátedra y Marcial pretendía 
realizar en el epigrama, ni alcanzan el fin que se proponen, ni llegan 
á la altura en que supo colocarse el poeta cordobés; los poemas de 
Silio Itálico, de Valerio Flaco y de Papinio Estacio no tienen mas precio 



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- 39* - 

((ueél que la imitación les dá; son la somhra de otra sombra, como 
ha díóho un critico, porque sus autores oi supíeronr imitar con fruto 
al poeta que se proponen por modelo, ni librarse de las condiciones del 
gusto de sn tiempo, que era imposible acouKKiar á la sencillez clásica; 
00 siguen i Virgilio mas que en |a parle exterior, ni llegan ala ori- 
ginalidad de Lncano; sus poemas con una base histórica, dan entrada 
á absurdas maravillas que destruyen el plan, y en los tesoros de eru- 
dición que aglomeran, dejan retratada la falla de sentimiento que es 
el primer defecto de los poetas épicos de este siglo, su pobre inspira- 
cron, y sobre todo el mal gasto de la época en que \ivian, y del cual 
fueron víctimas, pretendiendo guiarlo por los carhinos que los poetas 
griegos btíbiao señalado. 

CAPÍTULO xxin. 



Poetas satíricos. 

## f«M élm TmÉ'né y 9m9pieim, 

Persio. 

La sátira, fruto espontáneo del suelo romano, culti\ada desde los 
más anfigaos tiempos de la literatura, nodebia, oo pedia faltar cuando 
la per?ersion babia llegado á donde Ikgó en la época del Cesarismo; 
oi los lazos de la renglón, ni la filosofía, ni nada pudo contener el desen- 
freno de todas las clases; el vicio tenia su primer amante en el príncipe 
misúíio y de aqoi que el ejemplo penetrara en el palacio del mogoate y 
en el modesto hogar del pobre; la religión despreciada generalmente no 
podia íobíeoerlo y la filosofía tenia que ser impotente porque sus cul- 
tivadores la tordan á sn gusto; dos hombres notables por su pureza, 
como p6r su ingenio, Persio y Juvenal, intentaron corregir y ensenar 
émjrieaüdo las armas de Lueilíe y Horacio; fácil era encontrar aesoolo 
para su tospiracioii porque donde quiera que volvieran la vista, ei vicio 



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- a35 - 

y ei desorden eslabao eRtroniudos, b mismo eo la familia que en kr so- 
ciedad; lal era, que no podía menos de producir justa iodignacion en el 
que se viera movido por ideas de moralidad y da virtud; si ncUnra mgai, 
faeit indignatio versuSy decia Juvenal para pintar lo que en so recto es-* 
ptrilu producía la contemplación de su siglo; pero conviene, antes de 
senlar reflexiones, 6j» hechos que deben tenerse presentes, como que 
son su base. 

Anlo Persio Flaco, natural de yolaterra, se supone que nació en el 
año 34 bajo el iuiperio de Tiberio y que murió á los S8 de edad bajo 
el de Nerón; fué llevado á Roma á los doce anos y Palemón y Virginio 
Flaco dirigieron sus primeros esludios; aunque huérfano su educación fué 
digna de su clase y de sus riquezas. Cornulo, célebre estoico de su tiem- 
po, se encargó de enseñarle la filosofía y fué no solo su maestro, sino 
su amigo íntimo. Segnn una biografía, que se atribuye á Suetonio, tuvo 
extrecha amistad con OsioBaso, Calpurnio Estatura, Lucano, Séneca y 
otros ingenios de su tiempo; dulce en sus costumbres, virginal por su pu- 
reza, notable por su hermosura podía servir de modelo por su amor á su 
familia; era frugal y honesto (1;; pero su delicada salud le arrebató en 
len^praoa edad; de}6 á su maestro Comuto un importante legado de su 
considerable fortuna y su interesante biblioteca compuesta de setecientos 
volúmenes: sus obras (8) fueron destruidas por consejo de Comuto que 
solo permitió la publicación de su sátira, que boy se ve dividida en seis 
y que fué tan admirada como extendida, (3) si bien haciendo algunas cor* 
recciones que juzgaba necesarias como la siguiente que cita el mismo 
biógrafo. Persio decia» Aurículas asini Mida rex babel, y Comuto la 
enmendó de este mpdo; Aurículas asini quis non babel? para qoe Nerón 
00 sojuzgara aludido. 



(4) Fuitmomm lenicsimorom, rerecumdis vírgioatia, forai» pulchrarpie- 
latís erga matrem el sororem et amitan exemplo sufficíentís. Fuít ku^l et pudi- 
cus? Suet. Pera. vít. 

(5) Las obras que CorDOto y el editor de la sátira Cesio Baso, no juzgaron 
dignas de la posteridad están enumeradas en la^biograffa de Snetonioeon estas 
palabras; Scripseratetiam ¡n pueritía Flaccus PrBUxtam (Vescio)etÓdo(7iopc}cav 
Gbrom uoam, et paacos uxori Ttirasea in Arriam matrem versos, quo se ante 
Tíram oceiderat. 

(3) Edittim libran tonüooo mirari homioes, e( dfripere coeperuot. id. 



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— 336 - 

Elogiada Persio por los escritores de su tiempo, digoo segan Qainlilia . 
00, Marcial, Lucano y Snn Agusfin de estimación por sus obras y de ser 
considerado como modelo de virtud y como escritor de inmortal gloría, 
ba sido desde, la époita del Renacimiento objeto de tan diversos juicios, 
que si críticos como Casaubon le consideraron poeta admirable y profundo, 
otros como San Creróoimo, Escalígero, Hcinsio, Bayle y Colusío le juz- 
garon digno 'de las llamas, ó absolutaoienle incomprensible; boy Persio 
tiene más admiradores que detractores, sin duda porque los trabajos y 
adelantos de la criticaban becbo inteligibles muchos de los pasages, 
que antes no lo eran ; sin embargo de esto, aunque las tradiciones y 
las notas ayuden la inteligencia de Persio, no se puede menos de con- 
fesar que su oscuridad es real y que los setecientos versos que cons- 
titoyen sus sátiras eugen más comentarios y más trabajo que todas 
las obras de Horacio. 

Pero si la enumeración de los juicios de qoe ha sido objeto Persio no 
puede tener entrada aquí, también es diOcil seguir á la critica en* la ex- 
plicación de este singular defecto, que basta ba tenido la suerte de ser 
elogiado por algún crítico nKMlemo; nadie puede negar que la oscuri- 
dad es de los mayores lunares que pueden afear una obia literaria^ y 
en Persio, preciso es decirlo, la oscuridad es tal, que mui^has veces se 
anda en su traducción por entre meras conjeturas, lo que acaso hace 
que se le mire por los que las han formado como más digno de eslima, 
para págate siquiera de este modo el trabajo inmenso que han em- 
pleado en formarlas. ¿Pero cótito explicar este notable defecto? ¿Pro- 
vendrá del temor de ofender á Nerón, cuyo enojo podia costar la vida 
al poeta como ba sopuesto algún crítico? Publicadas las sátiras de Persio 
después de su muerte, y acaso escritas con ánimo de no publicarlas, 
mal podia temer las consecuencias, y sobre todo, seria absurdo suponer 
que el que quería satirizar no quería ser entendido; es también muy 
notable» qoe los escritores de la anligQedad qoe citan á Persio, le con- 
cedan notables cualidades b'terarias, y no le motejen su oscuridad, qoe 
boy es un hecho positivo para todos los que han escrito acerca de él, si 
se exceptúa además de Gasiuboo, al moderno traductor íraocés M. Per- 
reau, y á algún otro aficionado á desentrañar enigmas. 

En la educación, en los estudios y en la vida de Persio, os donde 
hay que buscar las causas de so carácter y de la forma de sus com- 



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-^ 337 - 

posícioDes, sin* dejar de conceder influencia poderosa al guslo de 
su sigb y principalmeate á la escuela estoica de que no sotameole fué 
partid «rio. sino lauíbien decidido defensor y propagador. 

En medio de la corrupción de su tiempo, Pcrsio supo conservar la 
pureza de su alma y la severidad de costumbres que tanto contrastaba 
con las de su época; desde que su precoz ioteligencia le bizo compren* 
der las consecuencias del mal, Pitsío se separó del bullicio del mundo 
satisfaciendo su pasión favorila, la del estudio; asi adquirió una nota- 
ble biblioteca, asi se despertó en su espíritu, con la lectura de Luci- 
llo y Horacio, el deseo de seguir sus pasos, y así con las enseñanzas 
que Gornuto le babia dado, nació lan)bien el constante deseo de filoso- 
far y de practicar las máximas de la más ele\ada escuela, la que con 
acentos más duros se oponía á la general desmoralización; ahora bien, 
un espíritu severo, indignado del mal presente, inspirado en los daros 
acentos de la musa de Lurilio, alimeolado de la rígida nmral de los 
estoicos, y formado su gusto literario con las obras de los filósofos de 
esta escuela, precisa siempre en los pensamientos, y lacónica en las 
palabras, tenia qt:e llevará sus versos esa niisma oscuridad, que 
formaba su guslo literario por educación y por estudio; por otro lado 
Persio para conservarse libre de los desórdenes de una sociedad de la 
que una repugnancia nacida de su educación científica y de su deli* ada 
salud le separaban, se consagró exclusivamente al estudio y con tal 
ahinco, que babi^indo muerto á los veinte y ocho años era ya on 
hombre docto y capaz de elevarse en la edad del estudio, hasta la re- 
gión severa de la poesía satírica; Persio conocía poco el mundo, que 
satirizaba y se lo representaba en una ilusoria realidad en que entra- 
bao el pensamiento del poeta y la verdad misma, y de aquí que en 
Persio tenga menos representación, que en los demás satíricos, el mun- 
do de los hechos que el uiundo de la verdad, que la sátira debe opo- 
ner siempre en oportuno coptraste. Por eso diserta mocho más de lo 
que debiera, y por eso odia la generación que ataca, sin conocer so 
oíaldad o¡ sus desórdenes, y juzgando al mundo á través de los prio- 
cifios de U filosofía, sin transigir con nada, sin excitar la risa y con 
ona indignación &icmpre manifiesta. 

Se ha dicho tambícn,y puede haber en ello un fondo de verdad atendible, 
que el tentor detúvola pluma de Persio y le hizo encubrir la dureza de 



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-^ 338 - 

sus pcnsflniíenlos; sus sáliras ibaa dirigidas coolra los ma'goales, los se- 
nadores, los hombres en fin de las más elevadas clases, asi como contra 
los libertos que soliao disponer de la voluntad del príncipe, halagando sos 
capríchosy sus maldades don la delación, el mis vil de todos los crímeaes; 
esto pudo detener su pluma y ocultar el pensamionio en estudiada os- 
curidad que solo estuviera al alcance de los mis avisados. 

Persio empezó i escribir sus sátiras i los veinte años y constante- 
mente tas corrí^ió en los ocho posteriores que tuvo de vida; esto debió 
hacerle retocar el estilo bascando ona exagerada concisión propia de so 
filosofía, que dio por resultado ese laconismo y esa oscuridad de que no 
es fácil hoy discelparic; verdad es, que los escritores antiguos no le mo- 
tejan de ella, pero las alusiones que indica con una palabra, los hechos 
á que alude á nuestro juicio, entre tinieblas, debian ser conocidos y de 
ahi el que fueran perfectamente entendidas las obras del poeta; hoy no 
puede la más sabia erudición suplir lo que yace oculto entre los misterios 
que guarda el tiempo y que son indispensables para su inteligencia. 
Explicada asi la oscuridad de las sáliras de Persio, puede no justificar 
al autor, pero sí comprenderse las causas que la motivaron; en cuauto 
á la forma, la versificación de Persio es correcta, más aun, esmeradí< 
sima; se ve la obra del hombre medilador, que corrige con caídado y 
que imita coa escrúpulo; Horacio fué su modelo y si como se dirá 
después no le alcanza en el fondo, llega en la forma, i ser su fiel 
imitador, lo que no procura nunca ocultar. De esta misma imilacioQ 
nace otro defbcto para su inteligencia; Persio emplea el diálogo fre- 
cuentemente, pero dejando al lector que adivine lo que pdne en boca 
de cada ano de los interlocutores, y en vano se buscará el chiste ni la 
ironia en sus palabras; producto del estudio deja entrever las infinitas 
correcciones de que han sido objeto, y la falta de espontaneidad qoe 
acompasa á sus obras, excesivamente revisadas. 

Con no breve análisis de las sátiras de Persio se podrá formar idea de 
los asuntos sobre que versan ya que no es posible sino con el texto i la 
vista, formarla acerca de la falta de claridad en sus pensamientos, y de lo 
singular de su estilo, (t; En la primera titulada De poetis el oratortbus^ 



O ) Aunque de escaso mérito lilerarío, y de escasa utilidad también, vamos á 
trascribir un análisis en verso, debido acaso á los copiíotes y que es por lo menos 



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— 339 - 

qae puede mirdrsc como un ruadro del estado de la literalura en tiempo 
de Qaodio y Nerón, que obliga al aulor á empezar esclamando, 

O curas honiinuml o quantum est ib rebus inanr! 
porque todos pretendían tener el ingenio del poeta 6 el talento del escri- 
tor, ridiculiza esta manía y cl mal gusto que presidia en las lecturas pú* 
bficas donde se aplaudía comunmente lo que merecía la más severa con- 
denación. Al ver Persio la degeneración del carácter romano, colocado 
en frente de la corrupción general y ayudado de los principios estóicM 
y de su notable talento, lanza enérgicas censuras contra la corte y con- 
tra los magnates y en una palabra contra todos los que cree, qne merecen 
su reprensión. Esta sátira es dificilísima porque está escrita en diálogo y 
DO siempre se conoce cual de los interlocutores habla, porquetas transí* 
dones no están marcadas por el autor. 

En la segunda titulada De bona mente, al relicitar á su amigo Macrino 
en su cumpleaños, encuentra ocasión para ocuparse de la religión, y para 
atacar lo niismo la hipocresía del poderoso, que las superstidónes del 
pueblo; lo mismo la inconstancia en el cumplimiento de los deberes y 
votos religiosos, que las ideas miserables y pobres que generalmente tie- 
nen tos hombres acerca de los Dioses. Al censurar las prácticas del culto 
pr¡%ado y aun del público, parece que Persio pretendía elevándose á 
una noble n.ision, separar del culto religioso Ifts ncda¿ torpezas que la 
malicia y la ignorancia habían introducido. 

En la tercera titulada tntrepaíio desidia, toma ocasión para una 
declamación salíricá eh defenfa de Iof principios de la filosofía estoica, 
de la entrada á mediodía de un maestro en la esianda del discípulo, y 
todavía permanece e^le en el lecho. La necesidad de pensar en el por- 
venir, el suplicio de la conciencia cuando está intranquila, el deber 
de cuidar de la salud del cuerpo y de ta del alma cuyo mejor alimento 
es la doctr*na de Zen^n, y otros dogmas parecidos, llenan esta sá- 



curioio y digno de conocerse, como modelo de esta clase de trabajos. 
Prima leves carpit vates, mollemque Neronem. 
Carpit avarhtflB mala vota precesqoe Siídunda, 
Teriia desidiam juvenum fastusqoe lecetait* 
In guarta stultas rex ceoaoresque ootantur. 
Gorootum laudaos aperit penúltima serves* 
lo sexta baaredi taxat nimium cumulankem. 



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- 340 ~ 

l¡ra« en la qoe lavo la juvenlud romana ana severa lección por so ex- 
Iraordioaría afición á los vicios. 

Kn la coarla titulada De procerum superbia et hbidine^ deseo- 
vaelve por boca de Sócrates los mas ^anos principios acerca de la co- 
mún presunción de los jóvenes de creerse aptos para gobernar el Es- 
tado, coando no saben gobernarse á si mismos. La necesidad del es- 
tudio para desempeñar dignamente los cargos de la vida política, la 
oportuna explicación de la importancia de los hombres atendiendo 
sólo ¿ las virtudes y á la ciencia que atesoran, y otras pareadas máxi- 
mas que salen de la boca de Sócrates dirigiéndolas á Alcibiades, llenan 
esta interesante composición. No es difícil, ni extraño de creer que Per- 
sio pensara en Nerón y Séneca al escribir esta sátira, y no podrá de- 
jarse de elogiar la forma de la alusión, si asi se considera. 

La quinta titulada De vera libértate, mas bien puede decirse que 
es una disertación en el sentido de los estoicos qoe una sátira. Comuto 
da á Persio en la primera parte sanos consejos literarios, y él moestra 
su agradecimiento maRifeslando que á él le debe todo lo que sabe y 
estimulando á lodos los romanos á asistir á so escuela para aprender 
la ciencia de la vida. En la segunda parle, Persio discute dentro del 
orden de las ideas estoicas, cual es la verdadera libertad j en q\iñ 
consiste. Se opone á la idea de fundarla en el disfrute de derechos 
políticos, y cree que solo haciéndose dueño de las pasiones es como se 
consigue, y con este objeto explica la fuerza con que tiranizan al hom- 
bre, la avaricia, la molicie, la ambición y la superstición cómelas pa- 
siones más fuertes, y concluye pensando en lo inútil de qoerer expli - 
car la verdadera libertad á un pueblo compnesto de soldados igno- 
rantes que desprecian la sabiduría. 

En la sesla titulada AdBassum ; inamras, Persio ataca lo mismo 
al hombre avaro que se príva de lodo por el gusto de acumular 
riquezas, como al qoe las malgasta sin orden ni razón. Al lado de 
so amigo Cesio Basso tiene ocasión de felicitarse de no ser victima 
del deseo de adquirir y aparentando después hablar con su here- 
dero, se burla de los derechos de sucesión, del oso de los lestamenlos 
y otras prácticas dictadas por la avaricia, llegando á ocasión opor- 
tuna para censurar el rigor que muchos empleaban con los esclavos. 



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- 3« - 

JuveAal. 

Pocos años después qae Persto, en el 43 de noestra era y bajo el 
imperio de Claudio* un géoío ilustre vio la luz del día en Aquino» 
patria bastantes siglos más tarde, de una de las niás firmes columnas 
de la Iglesia. Décimo Junio Juveoal, de familia poco ilustre, liberto de 
eondicioB según algunos, fué contemporáneo de Persío^y satírico tam- 
bién; las escasas noticias que se tienen de su vida, se reducen á que 
esludió con empeño la fiiosofia y la declamacioo y que en edad madura 
se dedicó al cultivo de la poesía, sí bien no se atrevió á publicar sus 
dbras basta la época de Adriano y Trajano que concedieron alguna 
más libertad á los espíritus; sin embargo, Adriano se creyó aludido en 
la primera sátira por la elevación que babia dispensado á un cómico de 
su tiempo, y relegó al autor á Pentápolis de Egipto á la edad ya de 
ocbenta aBos; se cree que murió en el destierro. 

DificUmeste se encontrará otro escritor de esta época, que pinte me^ 
jor que Juvenal el estado de corrupción, á que babia llegado la socie- 
dad romana, considerándolo como una de las mas influyentes entre las 
causas de la decadencia que en lodos sentidos se advierten: el recuerdo 
de la grandeza pasada excita la indignación que guia su ploma y que 
forma el carácter de este poeta siempre apasionado y vehemente; ante 
el coadro de los vh.ios de sus contemporáneos esclama Juvenal, dt/jlí- 
cüe est satiram non scríbere, y cuando observa los negros colores que 
van saliendo de su paleta, considerando imposible que la infamia del 
padre que prostituye á la muger de su hijo, def joven casi niño versa- 
do en el adulterio, de la casada que vende su decoro^ quede oculta 
entre los misterios que guarda el tiempo, dice si natura negat, faeü 
mdignatio verrnm; todo lo examina con el ojo práctico del que intenta 
corregir; todas las acciones de los hombres, todos los sentimientos, el 
deseo, el temor, la ira, la voluptuosidad, las alegrías^ las intrigas son 
objeto de su pluma; 

Quidquid agunl homines, votum, limor, ira, voluptas, 
Gaudia, discursus nostrí est fárrago libellí. 
¿Como no ha de excitar el enojo de su alma virtuosa el ver que la ava- 
ricia dirige muchos espiriluf ; que el juego de azar es un vicio tan 



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— 8ií - 

desenfrenado, que absctfve todos los deberes, y que el hombre que le 
juega cien mil seslerdos, deja morir de frió á un esclavo por folla de 
abrigo, con otros desórdenes y otros excesos que no se pueden eaunierar 
porque seria preciso anguir á Juvonal en todas las parfó de su libro? 
Pero no podrá negar el qai haya ieid^ sus sátiras, que en nombre de 
la nús severa probidad, y que mostrando un amor siempre veiiemenle 
ája virtud mira del mismo modo el vicio; conocedor como hombre de 
mundo de que U hip^orcsia hv^ pasar por filósofos á los joás perver- 
lidos, los combate con la severa argunienlacion que proporciona al 
gmo el CQBOcimienlo del mundo y su propia eoncicncía, y sin afiliarse 
á oíogima seda, porquu la virlud lo mismo que lo bueno á lodos se 
manifiesta coa los brilJaoles colores con q^e la Proyideo<*ia la grabara 
en Mestra alma. El orgullo por <'l nacimiento, la de-lcallad de los 
jueces» el desprecio á las ciencias y á sus cultivadores, la disipa- 
ción de las clases elevadas, los filósafus bipócrílas, las mugares que 
viven desordenadamente, son los asuntos constantes de su severa pluma 
y de su amarga corrección, aunque perdone i los autores, y oculte sus 
nombren. Juvonal, truena riempre contra tale^ vicios, y romo que 
siempre emplea d tono grave del hombre formal que se indí;;oa y 
Hora, no imprime i su estilo el carácter festivo y ligero de alguo olro 
satirice, ni se permite el chiste, que produce la risa, y con ella el des- 
precio de toque se satiriza; rl tono es tan grave y tan severo como d 
lenguaje y como el estilo. 

El análisis de las diez y seis sátiras deiuvenal, suponiendo que la 
última sea lambien suya, lo que es por lo menos dudoso, justiGcará 
algunas de las reflexiones ya sentadas, y otras que después han de 
apuntarse. 

En la prio>era titulada Cur sátiras scribat, de la que estáu loma- 
das algunas indicaciones que anteceden, se propone Juvenal presen • 
lar d cuadro general que ofrecía Roma en su tjempo, el desarrollo de 
la corrupción que no cree posible yaque se aumente (1) y la de- 



(4) Nil erít ulteríus qaod nostrís moríbus addat 
Posteritas; eadem cupient factentque minores. 
Omne in preeipHi viiium sieUl. 

Sat 1. V, 47. 



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- 3*3 - 

cadeocia moral; esto le Ueva i escribir síUrts; expone su sisl^ta 
salíríco prometiendo no citar más que á los muertos por cniar los pe- 
ligros que podría causarla el obrar de otro modo, 
Esperiar quid coocedalur ia illas, 
Quorum Flamioia legilur ciois alque Latina. 

Es muy notable la idea que Juvena] tiene del poeta saliríco y la 
influencia que atribuye á sus versos: 

Eose velut stricto quoties Lqcüius ardeos 
Infremuil, rubet auditor cui frígida mens est 
Críminibus; tacita sudani pr»aurdia culpa; 
lode ira, et lacrymas. Sat. I. Y. íñS. 

Esta sátira debe mirarse como un próto^ de las demás, y por eso 
aunque resuma todos los vicios censurados después» es solo para justifi- 
car su idea de escribir sátiías. 

En la segunda titulada Uypocritw, se propone Juveoal arrancar la 
máscara á tantos preteudidos filásofos de Boma qao reuniendo en si 
mismos los vicios más abominables, censuraban las costumbres de los, 
deiuás; un valiente apóatrofe en boca de Lauraoia iermina este asunto, 
y continua después el poeta satirizando la molicie de los jueces, la 
torpeza de los sacerdotes, y la infame corrupción de los nobles. 

La tercera que se titula Urbis inc^mmoda, tiene por objeto pre- 
sentar un cuadro general de la corrupción de Roma, y de los males á 
que constantemente está expuesto el bombre de bien; Umbricio par- 
ticipa á JuN-eoal que deja á Roma porque ni la probidad ni el talento 
se aprecian, donde los intrigantes y los griegos lo absorvcn todo; la 
]iobreza es sospechosa porque el lujo ioipera en todo, y porque todo 
se veade, estando i cada instante expuesto á ser robado, asesinado ó 
n)allratado, etc. 

Em ]a cuarta, cuyo titulo es Rhomhs^ empieza satirizando la gula 
y la intemperancia de su tiempo que dejaba atrás la del célebre 
Apicio, y recuerda á Crispino, que habia ^tado seis mil sestercios 
en comprar no barbo marino, mullas; este hecho le recuerda que 
Domiciano hizo reunir el Senado para consultaríe sobre el mejor oon- 
dímento de un gran pescado rhombus, cogido en el Adriático; los se- 
nadores que deliberaroo sobre este gra&B asunto, y el tirano que así 
ks despreciaba, están durameate censaradoe por Jovenal. 



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— 314 - 

Ea la quinta 6 sea Parmli, oensora amargamente á los qoe cifran 
el sumo bien en vivir á costa de otro, 

^ Ul booa somata pules aliena vivero qnadra; 
el poeta satiriza lo mismo la crueldad con que los ricos trataban á los 
parásitos, que so bajeza y bumillaciones. 

La ^ta, denominada Itulieres, ofrece un cuadro completo de los 
vicios y desórdenes del bello sexo; Jo venal, con pretexto de bacer 
desistir á Postumo de la idea de rasarse, examina las mugeres de su 
tiempo y las encuenlra impúdicas, capricbosas, pródigas, orgullosas, 
celosas, infieles, aficionadas á vivir, hablar y hacerlo todo i la griega, 
y concluye presentando algunos tipos como el de la sabia, la coqueta, 
la cruel, la supersticiosa, etc. Esta larga sátira ofrece un curioso es- 
tudio sobre las costumbres de Ron)a en el primer siglo de nuestra era 
y ba podido servir de modelo á tos escritores moderno^ qoe como nues- 
tro insigne y festivo D. Francisco de Qnevedo han tratado también del 
mismo asunto. Difícil es añadir nada á lo que Jnvenal dice contra el 
bello sexo. 

La sétima conocida bajó el nombre de Litteratorum egestas, pre- 
senta también un coadro digno de estudio, acerca de la suerte de lo» 
poetas de su tiempo, que despreciados de los ricos, viven en la mise- 
ria, sin que las demás ramas de la literatura, como la bistoiía, la 
gramática 6 la oratoria ofrezcan mejor recompensa á sus cultivadores. 

La octava, Nobiles^ es una de las más notables sátiras de Juvenal; 
imitada frecuentemente, nadie ba aventajado al poeta latino; el objeto 
es como su título indica censurar á los nobles, que cifran todo su 
orgullo eií su nacimiento, sin pensar en que la verdadera nobleza les 
personal y consiste en la virtud y no en el uso de vanos títulos be- 
redados y de riquezas que otros adquirieron. 

La novena, titulada Cinmdi et Palkiei, está escrita en forma dialo- 
gada, y censura con acritud y acaso con excesiva libertad, on vicio mons- 
truoso, que ya en iá segunda habia sido objeto de su noble indig- 
nación. 

La décima llamada Vota, es una declamación notable en qoe mas 
qne el genio satírico, brilla el talento de Juvenal; combate la idea 
común en los hombres de desear y pedir á los dioses lo que falsameote 
creen que constituye te suma felicidad de la tierra y con este motivo 



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- 34S -* 
exanisa lo efiínero 4e la gloria, la belleza, loa ptaceres, k» boiores, 
el poder, Uts ríqiieíaa, ele., que formao k» denos oomones de loa 
hombres. 

Eo la oadédna Ménim luxus, procura presentar na eootraste entre 
la frugal comida que describe y ofrece á su amigo Pérsico, y el lujo 
escandaloso que los romanos desplegaban en la mesa; eo esta sátira 
alguna vez Juveaal desciende del tono grare que le caracteriza, ai fes- 
tivo que tan propio es de este género. 

Sn la duodécima CatuBt reiiiut , censura Jnvenal gravemente un 
vicio muy arraigado en las costumbres romanas y qtte ha desapa- 
recido dd entre los pueblos modernos; con el pretexto de celebrar la 
vuelta ía sn amigo Calulo, tiooe osasíoü para satirizar á los que 
tenían por ocupación hacer la corte á los solterones para alcanzar su 
herencia; eran como dice Séneca, cuervos hambrientos, que solo revo- 
loteaban al rededor de cadáveres; este vicio estaba tan generalizado, que 
¡a$ personas más ilustres, hasta los mismos emperadores, se felicitaban 
de herenctas adquiridas de ese modo; era una consecuencia de la des* 
aparición de los sentimientos de bondad, y del desenfrenado lujo de 
Roma; en esta sátira muestra Jovenal la grandeza de su genio; pinta 
la amistad con la ternura de Virgilio y describe una tempestad con la 
verdad del mismo Lucrecio. 

Sn la décima tercera que se intitula Diposiiui, procura tranquilizar á 
SQ amigo Cal vino á quien injustamente se detiene un depósito; l^hace 
preseote que á los sesenta auos debta conocer á los hombres, y no admi- 
rarse de sos injusticias; que la cometida con él es nada en comparación 
de las que todos los dtas se ha :en en los tribunales, y que debiendo 
considerar odiosa la venganza é inútil el enojo, debe dejar que los re- 
mordimientos de su conciencia y los dioses castiguen al que la ha co- 
metido. 

Eo la décima cuarta, Eatmphm, pensando Jovenal en que la irayor 
parte de los males provienen de la educación, y que los mismos padres 
sinrea de ejemplo á sus hijos, se lamenta de la influencia perniciosa 
que eo las costumbres tiene la enseñanza doméstica sin principios mo- 
rales qoe puedan conducir al bien; los vicios de los padres, tarde 6 
temprano se reproducen en ioi hijos; el asunto de esta sátira es digno 
de Uí ptoma de Juvenal por la inmensa trascendencia que la vida y 



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laediicici<m«de U Unmüa tiftaetea la soctedad; dasde^el veraolOftea 
^delMte se ocapa solo de lar avaricia debiendo cooaiderar eaU paite co- 
mo otra sátira dislinla. 

La sátira décima qoiolt Ululada Supir$tieio^ * refiere*^ á la época 
que Javeoal pasó eo ^plo; después de exponer las falsas ideaa 
religiosas de los egipcios qae adoraban coao dioses tos aoimateÉ y las 
cebollas, cneoia horrorizado que ua bahitanle de Goptos haUa sido de* 
vorado por Taolyrilas, y lamenta este sangriento fanatismo reclaoBando 
los derechos de la hamaoidad; esta sátira finito de un honii^re octoge- 
nario aanqne deje algo que desear por el estilo y los encantos de la 
imagínacioo, brilla por la profundidad de los peasamicntos qno eáderra. 

En la décima sesta que ha llegado incompleta y con el titulo 
MüituB commoda, se propone el autor aiiotar las infotias prero^livas 
de que gozaban los militares, concedidas unas por las leyes, otras por 
las costumbres, y más aun por el favor que el des^tismo imperial 
se habia visto obligado á concederles; generalmente no se ha consi- 
derado como de Juvenal, y acaso sea así, vistas las diferencias, que 
hay entre ella y las anteriores. 

Juvenal, cuyas obras se acaba de analizar, es el últiaio poeta de 
la Roma pagana; su genio superior á todos los que nos qoedan qoa 
examinar, brilla en sus sátiras con una grandeza tal, que los hombres 
de todas las naciones apreciarán siempre su nombre; inspirado por los 
d(esórdeoes de un siglo, sin igual en la historia dd mando, indignado 
por ona relajación sin ejemplo, lanza su. aiuHema siempre grave y se- 
vero en nombre de la moral despreciada y de la virtud escarnacida; el 
aoeotodel filósofo contrasta alguna vez con la pintura libre de sus cua- 
dros, pero hay relación innegable entre lo que puede llamarse ia ma- 
nera del poeta, y la vida social de su tiempo; ya qneda eentado en 
otra parte, el poeta satírico tiene que pintar á su siglo tal como es, y 
oponer á su pintura otro mondo, que su imaginación le ofrece y donde 
la justicia y la virtud tienen su merecido re^to. 

Pero suelea todas los escritores de lileniliu*a comparar los sattriom 
latinos y principalmente á Horacio y Jnvenal para preguntar déspota 
cuál de los dos es superior dentro de la esfera del arte, que es la ea 
que se deben examinar. Aunque poco aficionados á establecer conpa- 
racioaes, que la major parte de las veces caracen de a6lida baae, ano- 



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- JI7 - 

que creamos q«e ftólo cuando dos escritores bán tratado oé nitírmc^ 
astmto» es cuando e^as comparacíoaes .^n acertadas, diremos afganas 
palabras acerca de las diferencias que existen enfre ellos, pues aun- 
que hayan cultivado un mismo género, su manera es distinta, como es 
distinto su genio y diferente ti siglo en que fívieron; la preferencia [k)r 
otra parte e9 bija del gusto del (|ne los estudia ^ claro está i)ue no sería 
fltcil establecerla en absoluto, ni coBvettcer al que manifieste distitotá 
afición: Horario y JoTenal son satíricos, pero al paso que él prihiefo es 
siempre festivo, y procura excitar la risa, herir con él ridículo apare* 
riendo como buen epicúreo, transigente con el vicio, el segundo es 
siempre grave y profonddt ni se permite el chiste ni la ironía, ni tran-^ 
sige jamás con los desórdenes de una sociedad, que ha roto iodos loa 
vínculos morales; en uno y otro se sienle la inspiración de su siglo y de 
su propio cará(íler, pero en ambos tas circunstancias son tan dislintas 
como su genio; emplea Horacio el tono borlón de la comedia )f Juvenal 
podria decirse que se eleva hasta el de la tragedia ó de la oratoria. 
Horacio en sus sátiras es moralista unas veces, crítiVo otras, pero es más 
frauco y más fecundo cuando htlbla de las letras que cuando trata de 
las costumbres; como moralista aconseja sin emplear el tono dogmático, 
lo que él mismo practica, !o que está dispuesto á cambiar por otra cosa 
mejor; Juvenal no trausige nunra con el virio, lo persigue, lo acusa y 
lo juzga siempre con severidad: ve Horacio en la prosperidad de su 
tiempo un medio de acallar los gritos del patriotismo romano que aun 
recuerda la grafideza de la República; Juvenal clama contra el poder 
usurpado de los emperadores, que habían llevado al despotismo al 
pueblo romano y del cual sólo con la anarquía habían de escapar; 
Horario cambia el tono según los personages á quienes se refiere y 
procura poner en boca de otro ó dedr con uo artificio ingenioso, lo que 
él mismo no quiere decirr Juvenal por el contrario critica con igual du* 
reza al doble que se prostituye en el teatro, 6 que está iuMuado por 
su origen y no comete más que excesos y bajezas, que al miserable 
parásito que todo lo sufre por satisfac«!r su hambre; Horado se ríe siem- 
pre,, es licencioso mn disculpa: se nombra y se manifiesta en sus sátiras 
ota todos sus defectos y coa lodo su mérito y hasta se podri4 dec» que 
Itsoogeando sus vicios; Juvenal no ríe ounca, su licencia nace de la 
verdad de su pintura; sus costumbres y so prolndád le hacen venerable 



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^ US - 
y aunque ouuca se nombra, se ve la consecuenda en sus principios 
morales fortificados en su corazón, siempre útil en la enseñanza y opo- 
niendo á la ignorancia la sabiduría, á ¡a licencia el deber, al servilbmo 
la libertad; Horacio se contenta con la apariencia deia virtud, Juvenai 
quiere la virtud sin mancha; aquel no deja nada que desear al corte- 
sano, ni al literato; este recuerda los grandes ciudadanos de la Repú- 
blica y salisbce cpn sus máximas profundas el alma más rígida, y 
aunque cuidadoso de su dicción y de la armonía de 9us versos no 
llega al encanto, á la gracia y á la perfea*íoo del escritor más cor- 
recto del siglo de oro: hay pnes enire ellos la diferencia que entre los 
siglos eo que vivieron; d gusto, la lengua y hasta el fin parece que los 
separan. Después de estas refle&iunis que podrían extendt^rse más y más, 
no hay necesidad de responder á la pregunta indicada de cuál de los 
dos es preferible; depende del gusto del que los estudia como se ha 
dicho arriba. 

El sistema adoptado por Persio, al escribir sus sátiras podría Ih- 
marse misto; participa de los empleados por Horacio y Javenal, y 
puesto que es sin duda ninguna imitador del primero en lo mejor que 
existe en sos sátiras, por eso no ha tenido entrada en el paralelo, que 
se acaba de indicar. 

Para concluir este capitulo, es preciso decir algunas palabras acerca * 
de otros satirices de este tiempo; existe un fragmento de treinta ver- 
sos, descubierto por Balzac y publitado también por Burmann y 
Wernsdoff, que se atribuye á Tumo, poeta satírico muy elogiado por 
Mardal y otros escritores de la antigüedad, que lo citan al lado de Per- 
sio y Juvenai (t ). Turno era natural de Aorunca, patria también de 
Lucilio, y hermano del poeta trágico Seva Memor, y aunque pertene- 
ciente á una familia de libertos, se elevó á grandes honores, merced 
á su talento; los treinta versos citados, que suelen publicarse con el ti- 
tulo, In musas infames^ úqica cosa que queda de ^te escrilor, aun- 
que uiuy bollos, 00 pueden dar idea completa de su genio; ccnsu- 



f\J Existen dos versos de Turno, citados por un escoliador de Jovenal, so- 
bre cuya inteligencia no están conformes los críticos; lieloe aqui como él ios cita- 

Ex quo Cffisaí'eas 8ot)oles hórrida Locusta 
Oocidit, cura aai. verne nota Neronis. 



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- 34» - 
ra en ellos á los poetas y esorílores de su tiempo, qae se rebaja- 
bao 600 80 arle elogiando ios crioieoes de Nerón. 

Una muger célebre merece Sgorar también entre los poetas sati- 
nóos de esta época; Snlpida, modelo según Marcial de esposas, cu* 
yos versos debían leer las jdveoes por agradar á sus maridos y los 
maridos que quisieran agradar á sus esposas (1), la que había ensenado 
castos y puros amores, es autora de una sátira en la que aunque de 
setenta versos solamente, la grandeza de h forma y del asunto corres- 
poode á la nobleza de sentimientos y de ideas; Solpicia estaba casada 
con el filósofo Galeno y quioce años de felicidad habían trascurri- 
do cuando el feroz Domiciano dio un decreto eo el año 95, desterrando 
de Italia á los filósofos y literatos porque como dice Tácito, nada qne 
fuera honrado se pudiera presentar ante su vista ; obligado Caleño á se- 
pararse de su amada esposa, Sulpicía fué herida en sus más nobles 
sentimientos; entonces escribió la sátira á que nos referimos y en la 
que con entonadoo épica se lamenta de la suerte de las letras y del 
destino de Roma; generalmente se publica esta composición con el 



(4) Líb. X. ep. 35..Dícea8f; 

Omnts Sulpitiam legaot puell». 
Uoi qui cupíuot viro placeré; 
Omoes Sulfntiam legsnt marili, 
Uoi qui copinnt placeré oupto. 
Non h«c Golcbidos aaserit furorem. 
Din praodia neo refert Thyesla; 
Scyllam, Biblida neo fuisse credit. 
Sed castos, docei et pioe amores, 
Losus, delicias, facetiasque. 
Cujus carmina qui bene ffistimarii; 
Nullam dixerit esse nequiorem, 
Nallam dixerit esse santiortm*. 
Tales iSgeri» jooos fuisse 
Udo crediderim Numo sub antro. 
Hac condiscipola vel bao magistra 
Bsses dociíor et púdica Sappbo. 
Sed tecum pariter simnlqne visam 
Durus Sulpitiam Pbaon amaret. 
Frustra; oamqne ea nec Tonantís uxor. 
Neo Baochi, neo Apolloois puella 
Erepto sibi viveret Galeno. 



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— »50 — 
título sig^oiente: mSátira de ocnrupto r$ipMicm stolcí temforilms 
Domitiani. 

Los elogios ie Marcial, aonqoe Jiivenal haga dudar de ellos, co- 
locan á Sulpicia eo uu lugar pn^ferenle eotre los escritores de so 
tiempo: se babia distinguido eo cooipesiciones ligeras eo versos yáin-* 
\Hfm de las que nada queda, y en la ^lira euseoaba á las da- 
mas romauas, como ella misma dice, uo suevo camioo para rivalí* 
zar con las griegas. » 

Primaque Romanas docui contenderé GrcUis. 

CAPÍTULO XXIV. 



Poetas epigramáticos. 



Mmrem F«f«rl« Mmv^eime. — 9m vUim..^^SuieÍ0 «le Mmreimi eMft* e !•» 
09CtH90t*0m mnSÍ0m99f ff «íl««r«« «••«í* «fe mptf*0eimr %m C9*iiéem 
tmm é ew^ na !•• iM^f^etmm ff wnéiHtm «fe Mmreími. — Cmn^kei^w ff e«fU« 
«Te mmt^imi,'^»Í9Uimn dm •••• ^pi^rmtmmB* — 9f^9i^^ #• •#•••• 

Bfarcial. 

Todos los poetas notables d^ Roma ' y mucbos, cuyos nombres ape- 
nas figuran en nuestra hislorfa, sou autores d^ epigramas y las 
Anthologias han recc^de los de gran número de escritores casi des- 
conocidos; tal era la afición de los romanos bacía este género que 
llegó á ser tan popular tomo puede serlo en naeslra literatura el 
romance; sin embargo en el príiper siglo de J. C* nació el genio del 
epigrama, el poeta que dio uoa direccian nueva á este género que 
debe reunir en breves frases hsi gracia y la agudeza. 

Marco Valerio Marcial nació en el ano 40 de }. C* en Bílbilis, 
pequeia aldea situada oerc^ de Calatayud: á los SO años fué lle- 
vado á Roma para concluir so edoeaeion» pero la fortuna quf> pe- 
dia esperar de la popularidad que alcanzaba con sus versos, le de- 
tuvo alli, y á dios debió los vanos títulos do caballero, tribuno y 



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- 8S1 - 

padre de faoiUías, qae DoaDicíano (e oeocedió; sa reoonibre de poeta 
le valió la amistad de los escrílores más Dolables de sa tiempo co- 
mo QaiQlílíaoo, JuTeoal, Silio Itálico, Valerio Placo, y Pliaio el 
jófeo: este último le prestó los medios aecesaríos para regresar á 
su patria segua refiere en una curiosa carta (1), cuando á los 66 
años cansado de la vida de Roma y de la pobreza en que ordi- 
nariamente vivía, sintió renacer el deseo de volver é su pais natal ce- 
diendo á una pasión que aun hoy caracteriza á los naturales 
de Aragón; de regreso en Bilbilis contrajo un ventajoso matrimo- 
monio con la viada MarceHa, que unos suponen el segundo, y otros 
el tercero del poeta, y con él consiguió holgada vida de caballe- 
ro; sin embargo no pudo disfrutarla mucho tiempo porque se su- 
pone que su muerte ocurrió en los ^rimeros años del siglo 11 y 
cuando Marcial «staba entre los 60 y 6i de su vida. 

Tan diversa ha sido la manera ád juzgar al poeta aragonés que 
es preciso decir algunas palabras acerca de la consideración que ha 
merecido á la critica; sus contemporáneos admiraron el ingenio y la 
agudeza d'^ sus epigrafías basta el punto de ser conocido de 4o- 
dos, y señalado con el dedo en las calles y donde quiera que se 
presentara; Plinio el joven le llama espiritual, vivo, [Hcante cando- 
roso; Trajaao, se dice que no tuvo en aprecio como lo habia he-* 
cho Damiciano á Marcial, porque le disgustaban la libertad y obs- 
cenidades de sus poesías, pero Roma toda, grandes y pequeños, oye- 
ron eoB agrado los versos en que halagaba á los Césares y al pue- 
blo en súü más groseros instintos; los críticos modernos, partien- 
do desde el siglo XVI« han censurado al poeta bílbililano por la 
obscenidad de sus versos, y basta los que han reconocido la gran-^ 
deza de su géaio« h^o pensado en que debieran publicarse sus obras 
sin los epigramas imfuros, para poder apreciarlo así como uno de los 
primeros vates de su tiempo: tanto es k> que su ucencia ofende, que 
se ha conservado la tradición, que lodos los escritores cepiten, de 
que Navajefo y Múrelo sacrificaban en honor de las musas todos 
los ejemplares del epigramático aragonés que hubieran podido en- 
contrar durante el año; aunque no sea cierto el hecho, está en com- 



(t) St>i8.Hb. m--34. 



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- 858 — 
pleta Gonfloeaocia cod la mioeni de juzgar á este poela en los sí* 
glot XYI y XVII. 

Hoy la crítica, sio deseooocerel foodamcDlo de los juicios anleríores, 
8ÍD dqar de ver la excesiva libertad que campea eo Marcial en per- 
juicio de la moral y de las costumbres, reconoce en él las excelentes 
dotes de poeta y el esfuerzo supremo de conservar en sos versos la 
pereza de las formas clásicas por tantas causas olvidadas. Marcial, á 
juicio del Sr. Amador de los Kios, debe considerarse bajo una triple 
manifestacioo para poderlo apreciar en todo su mériio y cun todos sus 
deleclos, dependiendo los distintos caracteres de sus poesías, de las di- 
versas circunstancias en que se encontraba; en Marcial , dice el citado 
escritor, «se encuentra t;l poeta que se arrastra en los palacios ante la 
púrpura de los emperadores y la insolente vanidad de los poderosos, 
acusando después amargamente su ingratitud; el poeta que se mancha 
eo el cieno de las plazas públicas, tropezando en el más repugnante 
cinismo y desenvoltura, cuando intenta escarnecer las liviandades y 
torpezas de la muchedumbre; y finalmente el poeta, que encerrado 
en sa modesto hogar y cansado ya de tanta corrupción y envilecí- 
miento, se duele dignamente de una y otro y saborea ios bienes de 
una felicidad no gozada, piotaudo con admirable candor los placeres 
de una amistad desinteresada y pura » Asi mirado el poeta aragonés, 
puede ser apredada su musa sin las trabas que una critica injusta 
ha tratado de imponer hasta á los que han visto en él un genio 
ilustre. Mr. Nisard, sin establecer tan acertada diferencia, juzga tam- 
bién á Marcial como digno del aprecio de los amantes de las letras, 
más que del fuego á que le condenara una critica excesivameole piado- 
sa: Marcial es digno de todo aprecio aun para el más escrupuloso crí- 
tico, cuando recuerda la delidosa vida, á que aspiraba su akna fuera 
de la corrompida Roma, ó cuando con un candor que le honra celebra 
los encantos de una tierna amistad; estas composiciones salidas de lo 
intimo de sv alma revelan un admirable carácter qne las drconstan- 
cias habían corrompido. 

Todas las composiciones de Marcial son epigramas, .y el núme- 
ro de 1600, á que ascienden, es una prueba clara de la exceleiicía 
de so ingenio; aunque el epigrama se habia cultivado micho en la 
literatura griega y en la latina antes de la época del escritor de BU- 



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— 3B3 — 
bilí», pocas veces habia tenido el carácter que reviste en él; no son 
|o$ epigramas de Marcial simples inscripciones en qoe se consigna on 
hecho, 6 se hace un elogio; atinr|ae hay nMicbos de este género» es- 
tán caracterizados por la tendencia á encerrar siempre un pensamiento 
agodo, ó picante, un retruécano, ó un juego de palabras; es dedr, es el 
-epigrama á la manera moderna. Ni Católo ni ninguno de los epigra^ 
matistas anteriores habían dado esa marrada tendencia á este género, 
y aunque haya alguno de este carácter la generalidad son á la grie- 
ga, es decir, inscripciones. 

Es innegable el hecho; una gran parte de los epigramas de Mar- 
cial son ágenos á las nociones de la moral y á los sentimientos de pu- 
dor; aunque el poeta intente disculparse de esta grave falta como 
lo habian hecho otros escritoros del mismo género, alegando la hon- 
radez de su vida (I), disculpa qnc también había dado Calólo aca- 
llando el grito de su propia conciencia, aunque demuestre probidad, 
no por eso hace desaparecer el defecto de sus obras; por razones fáciles 
de comprender no seguiremos al vate aragonés en sus epigramas libres, 
ni mucho menos presentaremos muestras de ellos. 

La miserable condición de Marcial, le obb'gó á rendir no homenage 
inmerecido á los emperadores y magnates que premiaron su ingenio, y 
en muchos de los elogios que dirige á Doroiaano, se encuentran algu- 
nos que la historia y el decoro rechazan á la vez y qne revelan un cora- 
zón demasiado corrompido, en el qne de tal manera se humillaba; (t) 



(4) Es curioBa y digna de conocerse la manera con que Marcial disculpa la 
licaocia da sur venas. Hé aquf su epigrama Y. del libro I. 
GooÜgeris nostros Cmntf si forte tibellos, 
Terrarum domioam pone supercilium. 
Gonsuavere jocos Tostrí queque ferré triumphi; 

Maieríam dictis nec pudet ease ducem. 
Qua Tymelan spectas, derisoremqae Latinum, 

Illa fronte pracor carmina costra legas. m 

Innocuos censura potest permütere lusus: 
Lasciva nobis est pagina, vita proba esi. 
En la dedicatoria del primer libro se encuentran también astas palabras» que 
revelan la ¡dea del autor sobre la licencia de sus versos. «Lascivam verborum 
veritatem, id est epigraiamalon lioguam excusaren, si meom esset exemplunu 
sicscribii Gatullus, sic Marsus, sic Pedo, stcGetulicus, sic quicumque perlegitur.j» 
(9) Sirvan daajemplo los epigramas 04 lib. i. y 80 lib. VIH. 



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UKlttvía €8 D)ás grande cuando ofendido porque le folla el favor, qoe aa^ 
tes había alcanzado, Irueoa contra los mismon magnates ó contra el 
emperador ya mnerlo; baj en algunos epigramas, niuestj*|is claras de 
la eiceleole educación de este escrilor y de la honradez de su carácter» 
perodificUoiente pueden hallarse las coodiciones^nocesarías para elevara 
á la musa de Juvcoal ó de Horacio; ¡as costumbres de Roma habian 
pervertido su instinto de honradez y cuando parece que intenta satirmr 
con la severidad de un virtuoso censor, termina la lección más djira 09Q 
vn chiste, con una salida ingeniosa, un equivoco maligno, que pone al 
lector CB e) caso de dudar de la sinceridad de lo que antes ha dicho, ó 
se muestra siempre festivo y con up tono más propio del epigrama que 
de la sátira, porque la ri^ no puede ser buen juez ni aun de las ri- 
diculeces de los hombres. 

Si aunque se pong^ en duda la probidad de Marcial, hay que reoo- 
nocer su talento, su agudeza, su arle, pa^a manejar el chiste y en una 
palabra el ingenio, forzoso es también concederle la perfeopion de la 
forma, porque ningún poela fué en su tiempo ni más correcto ni más 
puro en la lengua, ni má^ 6el observador y guardador de las A^mas 
clásicas; Calulo qu^ era su modelo I/e presta, por decirlo asi, su 
exquisito arle, y alcanza el perfecto empleo de diversos meiro^ y prioci- 
pálmenle del endecasílabo, llegando también al mismo Catulo en b con- 
cisión ion que expresa sus pensamientos, en la gracia de sus versos y 
hasta en la Urna con que los pule; cosa más notable cuamlo se traía 
de con^posiciones que teniendo por asunto acontecimientos del dia, de- 
ben suponerse esoriias bajo la impreáoa del momento y ser conaidera- 
das como verdaderas improvisaciones; por eso algunos de sus epigra- 
mas bao perdido el encanto y la gracia para nosotros; pero Marcial 
considerado con relación á la lengua merece los mismos elogios que an- 
tes le concedíamos de muy buen grado como versificador; su estilo sen- 
cillo y casi siempre claro, correcto y elegante, da á sus composiciones el 
justo f\)recio ^ue licnon entre los cultivadores de las letras; es verdad 
que so encuentran alguna vez giros, y ^Qcudpnc? solo usadas en su 
tiempo, pero aun entonces tiene cierta originalidad y gracia, y es á 
nuestros .ojos esla falla excesivamente pequeta el lado de las grandes 
cualidades que tiene, debiéndose atribuir, no á Ifi harho/ne tsfamla^ 
como pretende «a critico U^m, ^iao á bf iafluap^ fañosa de m 



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- 165 — 
lieflq)a que peaaiM $9bre todos los iogenios y que «oguDO venció Jaolo 
como el poeU de Bilbílis, imitando los buenos modelos del siglo de 
oro, segtto el luisnao criüco conBesa. (1) 

Sobre luii quiuienlos epigramas co&licoe la colección de Marcial, de- 
hieedo advertir que aun cuando en las niodemas denominaciones de la 
poéliea, pudieran encontrarse nombres más adecuados para algunos» 
el autor á todos les dio este nombre; hay además un Nbro preliminar 
que lleva por título De SpeclacuUs, y no deja de admirar que ' un es- 
a itor baya producido tan asombroso námero de co«nposiciones de un 
^ero que exige siempre la sal, la gracia y la agudeza; por eso, 
nuicbos no se acomodan á estas condiciones y por eso el mismo autor 
pudo calificarlos con acierto, ajando su amor propio, en este verso. 
Suní bona, suat quadam mediooria, sunt mala fUnra, 

En el bbro primero titulado De SpedacuUs, solamente se en- 
cuentran elogios de Domiciano y de las fiestas que daba al pueblo, 
superiores á las que bacian oH*os emperadores; I9S siguientes has^ 
ta el décimo tercero, están formados por epigramas que ni se en- 
lazan por el asunto, ni guardan otro orden que el señalado por 
el capricho ó la casualidad; los dos últimos tienen los títulos especía- 
les de Xenia y Apopkoreta, y que designan los moles de los re- 
galos y presenies que los amigos se bacian en las fiestas satur- 
nales; excepto un escaso número, todos los epigramas eom prendi- 
dos en estos dos libros constan sólo de dos versos, laconismo que 
está en consonancia con el objeto á qne se dedicaban. El libro XII 
lo escribió en Bílbilis en los últimos años de su vida (f). 

Entre las obras de Marcial se encuentran también como dedica- 
torias de los libros I, ad lectorem, del II ad Deciawm, del VIII ad Do- 



(1) Los críticos franceses repiten basta la saciedad copiéodose uoot é Ciros 
que los iogenios españoles precipitaron la decadencia de las letras latinas^ 
llevando á la lengua la rudeza y bar t>aríe de so país; esta apreciación bija sólo 
del capricho, será combatida al bablar de Séneca el retórieoy que es el más 
censurado entre los escritores eepaSoIes. 

(f; Teniendo en cuenta la naturaleza especial de tas obras de Marcial, 
su número y objeto^ nadie extrañará que no intentemos bacer su análisis, que 
además de considerar imposible hacerlo completo, seria de escaso interés di* 
dáctico. 



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- 35« - 
fviílMiiitiiii. del IX ai Turiamm, y del XII oef Pnscum, muestras bre- 
bes del (alentó de nuestro poelá para escribir eo prosa, y segara- 
mente que la crítica no puede conceder al vate aragonés grandes elo- 
gios como prosista: sin duda que la Salta de costumbre de escribir 
en prosa y el arle del poeta perjudicaban por este fin á Marcial, en 
quien el amante do la latinidad verá «íempre un escritor correcto y 
castizo, como al juzgar sos epigramas hemos observado. 

Preciso es decir algunas palabras acerca de otros «pigramatistas 
de esta época, mas para completar el cuadro , que por la impor- 
tancia que tengan á nuestros ojos; la mayor parle de los nombres 
que se b>n de citar tienen sólo la importancia que les da la cita de 
algún escritor antiguo porque sus obras se bao perdido totalmente 
para la posteridad; Soetonio ha conservado un epigrama de Lucio Asi- 
nio Galo, hijo del amigo de Virgilio Asínío Polion, y d^l cual di 
ce Plinio que había escrito un Kbro con la pretensión de demostrar que 
su padre había sido mejor orador que Cicerón. Marco Séneca cita 
á un Alfio Flavo como epigramatista; Marcial habla también de las 
poesias de Cornelio Lentub Geiulico; en las cartas de Plinio, en 
las obras Filosóficas de Séneca, y en el Saíincon de l^etronio se en- 
cuentran algunos epigramas, que deb^n tenerse en cuenta al eslu* 
diar este género, por mas q'ie no se puedan señalar sus autores, 
y por último Aulo Septimio Sereno, Vulcatio Sedígilo y Sendo Aa- 
gurino muy elogiado por Plinio, deben comprenderse en el catálogo 
de poetas epigramáticos de esta época, aunque apenas nos queden 
muestras de ellos. 



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"- 857 - 

Sección segunda.— Prosa. 

CAPITULO XXV. 



Oradores y retóricos de esta época. 

he 4irWfrM<0*«« ú Mémecm im ^epmémmeim «fe fu •ti*m9iHmf Mm% p mtñ« 
im m eim Hi^gtnfim ^Im ims 8Mm9m§Hms ff ## I«m €^t»f r #># t * # l<Mt«*'M'#**» 

ims mee tmt m mt i^mms yw» iiemmm #«f •••«•é**«f 0tt ft*«if«if« ^e JTfMfi- 
$u$immm mwmtmrimj #•• tmériim tf ér«HP« immM<«<«.— A<ilto0« ## *!•« 
^ rm é i m t ^m éf m§ it m p m w ^immeim ff «iilef •« 44r«i<^i» #!«*« •• tj i> w # r >g ••• 

Séneca el retórico. 

Si riea es U literatura latina en escritores en verso perteoecienles 
á esta época, no es menos rica en escritores en prosa; todas las ra- 
mas de la ciencia se cultivaron por notables ingenios, que con- 
servaron viva la antorcha del saber, que babia alumbrado en 
la época anterior; la oratoria que nece^a para brillar en la arena 
politice la auras de la libertad, si bien no espiró con el cambio 
de gobierno introducido por Augusto, se podía presumir próxima á 
su ruina porque las asambleas populares sólo conservaban una dé* 
bíl sombra de su pasada importanda , que desapareció bajo el des- 
potismo sanguinario de Tiberio; su campo desde entonces fué tan 
extrecbo, que podia mirarse reducido al foro, donde se practicaba 
la oratoria judicial, al Senado, ya sin libertad y sin importancia 
ante la voluntad absoluta del príncipe, y á las escuelas de los retó- 
ricos donde se adiestraban en el uso de l<i palabra los que aspiraban á 
las lisonjas de un salón; de ellas salieron declamadores que ayudaron la 
decadencia literaria introduciendo en todos los géneros la afectación y el 
mal gusto que distinguía á sus maestros. Cuando la oratoria no puede 
mteresar al corazón de M oyentes, busca en el artificio de la forma 



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- J58 - 
los encantos de que carece. La historia conserva los nombres de 
Asinio Pdion, Mésala Corvino, G. Licinio Calvo, Casio Severo* 
Doniicio Afev, Julio Africano, Julio Secundo, Nibio Crispo, Julio 
Secundo y oíros muchos, como oradores distinguidos de este tiem- 
po, pero no es posible hacer más hoy que citar sus nombres y los 
juicios que Quinlíliano, Séneca, ó algún otro escritor formara de su ar- 
te y de su genio. 

Marco Á.naeo Séacca, ilustré cordobés que vino al imind» en oí ano S8 
¿ntes de J. C. y murió el 33 de la era cristiana, es uno de los más dis^ 
tínguidos retéfteoí y éwslartiadortff de ser ttempo y im (*scr}tdr dé no- 
table influencia en la literatura laliaa; en Roma donde á la edad de 17 
ano6 le llevaron sus peidres, m dedicó al esfndio de la rfocucncia, a] 
lado de su amigo el elogiado español Porcío Latron; su n>emoria pro- 
digios» que repetía dos mil nombres en el orden e<l que erati pfomin- 
ciádos» no sotaiiienle le elevó sobre todos los discípulos de su maestro 
Marilio, sino que logró poseer el rico tesoro de lodos los discursos, 
que oia pronunciar; de vnelta á su pais natal Córdoba, después de 37 
años de estudios, contrajo matrimonio con la celebrada Relvia, de cuya 
uBkm tuvo á Ánneo Novato, Lucio Ánfheo Séneca, y Ánned Mela. cu- 
ya educación le obligó á volver á Roma donde sn reputación como re- 
tórico y declatnador era cada dia más grande; á ruego de sus hqos y 
para atender á su iluslracion, escribió las Suasorias^ las Contnmer^ 
das, sobre cuyas obras la crítica formula hoy al autor mas bien cargos 
que elogios: aunque aquellos sean justos, na se puede sin embargo negar 
que coniieoen un rico depósito de historia, del que la de la Kteratnra pue- 
de sacar gran provecho. 

Ta queda antes indicado; Séneca y todos los que forman la itustre^ 
pléyada de escritorios españoles d» este lieinpo, son á los ojos de mo- 
chos críticos, ios que pervirtiendo el gusto, precipitaron la )uina de las 
letras latinas; no es posible negar, que en ellos se notan señales cla- 
ras de decadencia, pero atribuir sus defectos á la calidad de españoles, 
á la rudeza de su pais natal, es olvidar las numerosas influencias, que 
en e^i^le tiempo rodean á los ingenios; es buscar explicación de un 
efecto grande en una rausa muy pequeña;, pretender que Haroo Sé- 
neca es el corruptor de la elocuencia y de la lileralura latina, y que 
so hijo Séneca y Locano lo son de la poesfa, es dejarse llevar sola- 



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- 359 - 
medie del caprkbo, al estudiar fecómroos que rcconocctt por orf;¡:en 
iü6ttitaa causas ya apuntadas, y que pesan con igual fuerza sobre ellos, 
qoe sobre los demás ingenios; ¿era dado á Séneca el Retórico sostener 
el brillo de la oratoria latina, cuando había sonado la hora de su desapa- 
rícioo con la oHierte de la R^'páblica? Respecto de la poesía ¿no se 
reconocen ya en la ploma dé Chídio defectos, que no se encontrarán 
en olroB escriforts de su tiempo? Annqoe sea cierto, que son los in- 
genios espaSoles los qae dan el tono i la filcralura de esta época, aun- 
que Jraigan algo de la nativa originalidad, aunque conserven su ener- 
gía espalóla y basta cierta independencia de carácter, es preciso re- 
conocer, que cansas superiores á las fuerzas del hombre, han traido Ins 
lelras al sendero de su ruina y que ellos, los uniros por oira parle 
que las cultivan con el aplauso de lodos, Ijis obedecen ún serles po- 
sible torcer el rombo marcado por la Piovidenria, pues como el mis- 
mo Séneca dice, en llegando hs cosas al sumo grado, han de dar en 
ef ínfimo cotí velocidad mayor que jamás subieron (1). Los ingenios es- 
pafioles sintieron como todos \oé escritores de esta época las influencias 
de so tiempo, de las que no hay escritor, ni poeta, ni prosista que 
pueda prescindir; si anteriormente Cicerón habia tachado á los ingenios 
andaluces so manera de decir, pingue qutdam sonantes aíque pere- 
grinum, acaso esle defecto fuera parecido solamente al Palavinismo 
qoe otros echan en cafa á Tilo Livio. 

Cediendo Marco Séneca L las instancias de sos hijos se propuso con - 
aervar los discursos que habia oido en su jnventud y que goardalm en la 
memoria; con esle fin escribió á los 72 años los diez libros Controversia - 
rwn^ de los que se conservan aunque no completos el II, YII, VIH y X con 
algunos extractos de los demás, y el libro Suasoriarum que se conserva 
casi completo; el primer tratado contiene discursos del género judicial 
hasta el número de 7i; el segundo del deliberativo en número de 7: al 
fin de cada discurso añade apreciaciones críticas, en las cuales brillan 
las excelentes condiciones del retórico español y en ellas y los prefacios, es 
donde debe buscarse el estilo propio de Séneca, su manera, y de seguro 
que habrá que concederle buen gusto y una profunda erudición ; en el 
resto de la obra debe mirar^ como recopilador nada más de los discur- 



(4 ) In prtfaticDO I Gonir. 



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— 310 -. 

sos de un largo caiilogo de oradores, que acaso no bajeo de ctealo, y 
etilre tos cuales se cuentan los españoles Porcio Lalroo, de quieo ha- 
ce un completo elogio (\), Junio Galion, y oíros muchos á quienes 
concede este título con excesiva galanteria, porque la posteridad do ha- 
cocontrado ninguno digno de tan alto honor. 

Si se quiere formar idea aproximada de lo que debió ser la oratoria de 
escuela, que coa tanto afán había recogido en sus tratados el ilustre Sé- 
neca, bastará tener presentes los temas sobre que ejercitaban loa maestros 
á sus discípulos y de los que quedan muestras cumplidas en las Ctrntro- 
versias y Suasorias; sirvan de ejemplo los siguientes: ¿Se embarcará 
Alejandro en el Occéano? ¿Huirán los trescientos espartanos abandonados 
|)or los demás griegos? ¿Consentirá Cicerón en queoiar sus escritos si 
M. Antonio le exige tal sacrificio para devolverle la libertad? y otros pa- 
recidos que era imposible* que pudieran excitar el entuHasfuo en el 
orador, y que solo podían dar nacimiento á discursos debidos al trabajo 
y á la paciencia de acomodarse á las reglas retóricas con todo el posible 
esmero; de aquí á buscar el amaneramiento, y el brillo de la forma, 
único medio que tenían para lucir, no hay masque un paso. 

Sin embargo de que las obras recopiladas por M. Sáoeca son de es- 
casa estima, á él se debe h^y el conorímiento de distinguidos ingenios 
y dt un tesoro de curiosos trabajos, que aunque en la esfera de la ora- 
toria valgan poco, marcan su estado en Roma y son grandemente pro- 
vechosos para la historia lileraria. 

Qulntiliano, 

Marco Fabio Quiotiliano es el más notable retórico de su tiempo, 
un escritor de exquisito gusto, de gran erudición y de profundo co- 
nocimiento de la literatura griega y romana; en su tiempo alcanzó el 
primer puesto entre los oradores, y fué también el mejor maestro que 
en esta época tuvo Roma. Nació en Calahorra el ano i2 de J. C. y 
en su propia patria alcanzó tan alto renombre coitio retórico y abogado, 
que Galba al ocupar el trono de los Césares, recordó al ilustre orador, 
que había conocido siendo gobernador de España y le llevó á Roma 



(4) lo preMione I. 



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- 361 - 
ámit alcanzó Iricuift» prodigieios de repirtacioo; \(ñ emperadoras le hL 
cíeroQ mnaUadas disliomoDes; le eoncedieron el iftoio de maestro público 
de etoeaeocia con grao remuoeradon, el uso de la púrpura y los ho- 
nores del cóasnládo, y eo fin, el mundo todo contempló enQnintitianoa] 
primero de los oradores y al primero de los abogados; su cáiedra era ge-< 
neralmenlc frecuentada; do lodas partes venían á escarbar al gran ora- 
dor, Aonra áe la iogu romana; cansado de sos ix)nslanies ocupaciones» 
abandoné la cáiedra y el íbro, p'asa'tdd en que los úlUmos años de 
su vida cerriosen en no tranqtiHo reiiro que habia de ser el que tras- 
fliftiera á las futuras generaciones la ^ríd de su vida y é caudal di su 
saber; sin embarga la Providencia le tenía reservadas amarguras que 
turbaron su feli¿ existencia; p.^rdió sus hijos y su muger quedando 
sumido en tan triste soledad, como lisongcros habían sido los anterio- 
res anos de su vida. En esta úaitiia época escribió el Ira^adi) De IiMti- 
íuHone oraloria que ha hecho imuorlal su nombre, coosen ando la glo - 
ría de que sos contemporáneos le babian rodeado. 

Cond nombre de Qainlilianj se publican ti 5 DinJamaíiones de 388 
que se dice haber compuesto y qtn los críticos han clasificado en dos 
grupos con los nombres de Declamationes majares y Declamationes 
minores; á juicio de Erasmo, Luis Vives, Yossto y otros renombrados 
escritores, unas y otras son indignas del retórico español; so forma no 
corresponde á la ¡dea que las Inslitucion<'s ofrecen de Quiotiliano orador: 
¿serán trabajos de su« discípulos revisados y corregidos por el maestro? 
asi loeslima generalmente la crítica, pero atribuyéndolas onos á un de- 
domador del mismo nombre citado por algunos escritores antiguos, otros 
á Qoioliliano mismo y á su pidre también retórico de profesjoo. Se sabe 
sin embargo que el autor de lis InstitHcionei había escrito una obra con 
el título De tausis corrupks e'oquentta que no ha llegado á la posten- 
dad« aunque existe un diálogo con el mismo objeto y que luego oxa- 
nunaraMijWy y una breve Retórica que tampoco se conserva. Solo exis- 
te su tratado De InslikUúme oratoria de que se ha hecho mención, di- 
vicbdoen XII libros de considerable extensión. 

La obra de QuintHíana no es sólo una Retórica; es un tratado oom- 
píelo de elocuencia, de educación y de crítica; ansiando restaurar el 
arte de Cicerón decaído eo su tiempo por multitud de circunstancias, 
se propone formar el orador perfecto velando su educación desde la 

u 



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^ 3«í - 
emuí; por eso atieo<le lo oísibo á la educacioa que á la ¡oatruonoif, 
para templar coq la primera sns pasiones dirígieodo soseoalumhres, » 
pifándole uti aceadrado pairíolísmo que amorügüe la ambición dosme* 
didade la joventud de su Ciempo, y para proporcioaaile con la segnoda, 
BB rico caudal de conomiieolos q«c sea las armas que lia de blandir 
cft las giorfesas luchas de la iribuoa; presenté siempre su defioicioi 
de fcamar un hombre de bien, hábil en el usa de U palabra: w boms 
dktkdiperüus^ qne es como define al orador, no pierde nooca de viM 
lo que puede ayodaríe eo este ffn. Por esto ha dicho ooo razón Bayle 
que la lectora de la obra de Qoíotiliaoo hace ai lector no sób más 
sensato sioo mejor. Sin embargo la obra de (^iotiliaoo se lee poco y 
hasta se eslima en poco por ciertos escritores: de lo primerojbay que 
culpar á la vulgar creencia que juzga que en un libro de Retórica sólo 
puede haber reglas áridas y frías que expliquen las divisiones y tec- 
nicismo del arte, sin elevación y sin importancia pata el filósofo: de lo 
segundo hay que culpar á ciertos cri ticos, principalmente franceses, para 
quienes el método, la profundidad de la observaron y la severidad de 
los preceptos es de menos valor que la elegancia de la forma y la brt- 
Uaníe eiipoacioO: por eso pretenden quitar la gloria que el mondo 
entero ha concedida á este ilustre maestro, viendo en sus Instititmues 
una obra de gran perfección y uno de los más brillantes monumentos 
debidos á la anligfiedad. Conociendo el plan de Qmntiliano, la impor-^ 
tancia desús pree^ptos y la severidad de sus enseáamias, es como se 
explica ia preferencia que se le ha dispensado aun sobre ol mismo 
Cicerón: es menos brillante y menas florido, pero es más didáctico y 
más retórico, y á la vez que procura dirigir el talenta sirviéndole, de 
guia, dirige el corazón ensañándole lo escabroso del vicio y lo bdte 
de la virtud. Quintiliano recoge lodo lo bueno que Cicerón babia 
eipueslo en sus obras retóricas; ve en sus discursos el modelo que se 
debe siempre imitar, pero lleva sobre d que tomaba como maestro y 
modelo, la ventaja de la observación predicando la enseñanza; coaoee 
los pasos que el hombre <fai en el camino de la vida, los grados de des- 
arrollo de su inlelígenda y procura acomodar á cada edad, los co- 
nocimientos que le son propios. Las observaciones que sobre esta mate- 
ría salen de su pluma son de más precio para conocer el lalento de Qoia- 
liliano que sus preceptos. 



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?tfo es precbo decirlo; la prelension del iloslrc ret^irkt cipsiol, ere 
in^lízable aun coa relación á la oratoria del iart, óoica que ea ao 
tiempo existia, y á la que cqosagra sos esfuerzos; la etperieiicia qwt la 
eúseoanza de veinte aoos le babi i prododdo, so estadio oooit«ite, la 
práctica del orle que ioleotaba eosenar, los eooocimientos de los eaorito- 
res griegos y romaaos, lodo lo pone á cootribocioo para tormar el orador, 
guiando su corazón, enriqueciendo sn inteligencia y dirigiendo sos paaoa 
por todos los umbrales de la vida hasta eoloearle ea la tribuna ¿Mi- 
nando á los demás bombres con la fuerza irresistible de la palabra. 

El piando la obra de Quiotil¡ano,jentrandoen otras coqsideraciones, aslá 
admirablemente concebido y desenvuelto; U gracia y perfección de b^ osIÍt 
k, so írase tersa y limpia, sus profondas observaciones, su baca ffiala, 
su deseo de ^goir los pasos de la época oiásica lomando for modelo á los 
escritores más correctos, sa erodicioo juiciosa y templada por el eonor^ 
amiento profundo del fin de la (elocuencia, lodo vieae á aomenlar el 
mérito ^ su tratado; siendo esto así ^;qué eitraoo es qoe su rapombre 
baya sido tan grande y que los escritores del Benacimieolo vieran en la 
obra del ilustre calagurritaao el grao libro que la ciencia de la anti- 
güedad nos Irasmilia para aprender la i^eoria más piara de la difícil arte 
de la elocuencia? La literatura grie^^a y lo mismo la latina ofracian af 
autor de las Instituciones oratorias precedentes notables en donde beber 
las enseñanzas que comprendía eo su libra; Cicerón mismo era el modelf 
que se proponía segoir, á quien imitaba en su estilo, y á quien copiaba 
en sos preceptos; sin elevarse basta las admír9})le8 pAgioas en qoe el 
gran orador trazó el ideal de so arte, ó ¡áio su bistráía, ó enseñó sos 
más elevadas teorías, Qoinliliano alcanzó más alto renombre y so obra 
ka tenido una consideración acaso mayor, cooqoislando on puesto que 
las obras del orador romano no han podido alcanzar en las escuelas 
doode el escritor español ha reinado puede decirse, solo; esta imporr 
tancía no ef inmerecida, aun concedida la superioridad de Cicerón, ni 
' difícil de explicar; Qoinliliano ha tenido tan alto aprecio y ha cooquis* 
lado tan elevado lugar por el método de su libro, por su tendencia di- 
dáctica pura, porque es, en una palabra, el mejor libro que nos ha 
tnsmüido la antigüedad para estadiar la leoría de la elocnencie. En él 
se comprenden todos los detalles de este arle, en él se explican todas las 
teorías y en él se aprecia (libro X) de una manera admirable y con isl 



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- 164 - 
' fia áe la oralorkri todo lo que la tiieratura griega y laliofi habiao pro- 
^«eiiio más bello. La admiración de QuioliliaDo áñ embargo, no paede 
condneir á ua eiipirítu redo á aconsejar sn estudio en todas las partes 
de sQ obra para akanzar el orador perfecto que era el irrealizable deseo 
dd autor; supo como ningún otro escritor conservar las tradiciones 
clásicas, librándose mucho del gusto de so tiempo en lac tendencias lite- 
rarias, pero no dejó sin embargo de acojer detalles que más que al orador 
debían formar al cómico que estudia la postura, el gesto y hasta los aiás 
ligeros molimientos y las inflexiones de la voz: esta era la influenda 
inevitable de su tiempo; los declamadores hicieron exagerar á Quinti- 
liano los preceptos de la Retórica en la parte exterior, que siempre ha- 
bia sido muy encarecida por bs escritores romanos: %éase una prueba 
mas de que era imposible detener la decadencia literaria de Roma, y 
de que nunca se Ubra el escritor de las influencias que le rodean. 

Un breve análisis de la laslituctan oratoria (1) pondrá 6n á nues- 
tras reflexiones sobre su autor, y al lector en disposición de apreciar 
mejor el plan de su obra inmortal, debiendo advertir que por no dar 
extraordinaria extensión á esta parle,! nos limilanios á traducir los so - 
marios que con el tHulo argumetUum^ ^acompañan á las ediciones de 
Qointiliano. 

Libro primero: liarco Fabio Quintilíano se dirige á Tryphon, (que 
parece ser el editor de la obra) indicándole en breves frases so temor de 
dar al público un libro no limado todavía tanto como deseaba* La intro- 
ducción está dedicada á Marcelo Victorio y en ella explica las razones 
que tuvo para escribir las Instituciones cediendo á las instancias de sus 
amigos, asi como los temores de tratar de difíciles cuestiones después 
de tantos ilustres escritores que las habian explicado con profundidad, 
y entrando en materia se ocilpa en el capitulo I, de las prevenciones 
que se han de guardar con el niño en su primera educación, tanto con 
respecto á la nodriza como á sus primeros maestros. IL ¿Es preferible, 
la educación pública á la privada? Quinliliano decide afirmativamente 
la cuestión, y debe citarse este párrafo como notable por su elocoen- 

(4) La iraduccíoQ que los PP. igoacio Rodríguez y Pedro Stadier pobticart» 
en Madrid eo 4 799, eco el texto latino y castellano, es en nuestro juicio muy 
é propósito para que estudien á Quíatíüano, los que carecen de buenos ooooct- 
míenlos de latió. 



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- 368 - 
cia lanío crnno por sus observadones pitrfttodas y jaidosas. III. Por 
qué se conoce tan difídlmeole la capaddad de los oídos, y cómo se 
debe goiar. IV. Dd la granálica. Y. De las bellezas y defectos del 
diseurso. VI. De las palabras propias y melafóricas, ostiales y iMievas. 
De las cuatro cosas que forman el lenguaje. De las palabras anticuadas, 
y de aquellas de que se d^k> hacer uso. De la aulorídaJ y de la costum^ 
bre. TIL De la ortografía. VIII. De la lectora dd díío. IX. De los de- 
beres del gramático. X. ¿Es necesario para el orador el conocimiento de 
muchas artes? XI. De la proounciacioo y del gesto. XII. Paedeo los 
ni&os aprender muchas cosas á la vez? 

Liiro segundo. I. Eo qné edad debe entregarse el oiooalretéríco? II. 
De las costumbres y deberes dd profesor. III. Debe procurarse desde el 
príndpio el mejor maestro? IV. Primeros ejerddos que debe practicar 
el retórico. V. De la lectura de los oradores é histoiiadores con el retóri- 
co. VI. De la división. VII. De las lecciones de memoria. VIII. Si de- 
be enseñarse á cada uno según su lateólo. IX. De los deberes del dis- 
cípulo para con el maestro. X. De lá utilidad y manera de la dedama- 
cioB. XI. De la necesidad del estudio de la Retórica. XU. Por qué 
los hombres sin instrucción pasan á los ojos dd vulgo por más ingenio- 
sos que los que la tienen. XIII. Limites del arte. XIV. Elimologia de 
la palabra Malárica y su división. XV. Qué es la Retórica y cuál es 
so 6o. XVI. Es útil la Retórica? XVII. La Retórica es arle? XVIII. 
DivisioD general de las arles y á qué dase pertenece la Retórica. XIX. 
Qué ayuda más á la elocuencia, el arte ó la naturaleza? XX. Es la Re- 
tórica una virtud? XXI. Cuál es su verdadera materia? 

lÁbro tercero. I. De los escritores de Retórica. II. De su origen. 
III. De las partes de la Retórica. IV. De los tres géneros de causas. 
V. De las partes del discurso. VI. Qué se entiende por estado en la cau- 
sa: lo determroa el demandante ó el demandado? cuántos y cuáles son 
los estados. VIL Del género deliberativo que consiste en la alaban- 
za ó vituperio. VIIL Del género deliberativo y de la prosopopeya. 
IX. De las partes de una causa criminal. X. Délas diferentes clases 
de causas judiciales. XI Qué se entiende por cuestión; cuál es el me- 
dio de la defensa; el punto que se ha de juzgar; el ftindamental de 
la causa y la necesidad de lodo esto. 

Libro cw^to. Introducción dirigida á Marcelo Victorio. Gap. I. 



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- 8W - 
IM efcordi^ H. De k MrraokMi. III. Di la digregkm 6 exenrsíon. IT. 
De la proposícioD. Y. De h parlicioo. 

Libro quinio. Idlrodoeciod. I. De la dtvisíoQ de las pruebas, ti. 
De Jos prejwkiM. IIL Del mmor y de la (atna. IV. De los (or«* 
medios. Y. De ios documeoloa escritos, kAulú. YI. Del juratneDtd. 
YU. De los leSl¡fj;os. YUI. De la prueba aftíftcial. IX. De los sígaos. 
X. De los arguméotot* XI De los ejemplos. XII. Del uso de los ar« 
gómenlos. XIII. De la refotacioo. XIV. Qué es entkjimema y sus cía-* 
ses: eo qué todsísle el epicberesia y manera de refutarlo. 

Libro testo. Brillante y sentida iotroduceíou en que lamenta el au* 
tOf la muerte de su hijo. Cap. I De la peroración. II. De las clases de 
tontimienlos y como se excitan. IIL De la risa. lY. Del altercado. 
Y. Del juicto y del consejo. 

LAro sétimo* Introducción sobre la utilidad de la disposícioa. I. 
De las regias de la disposición. II. De la ooirjetura. III. De la definí- 
4'ioo. YL De la cuaÜdad. Y. De la cuestión de acción. VI. Del es^ 
lado que nace del escrito y de la voluntad. Yli. De las leyes 
opuestas (aatinomia). YIU. Del silogismo ó razonamiento. IX. De la am- 
biitQedad ó amphibologia. X. De la afinidad de los estados y de sus 
diferencias. 

Cibn octwdo. Introducción. I. Qué cosas se deben atender eo la 
elocución. U. De la claridad. UI. Del ornato. lY. De la amplificacioo. 
V. De las clases depeosamieulgs. VI. De los tropos. 

JJkro nooaiio* Diferencia entre las figuras y los tropos. IL De 
las figuras de pensamiento* m. De la» figuras de palabra. I Y. De 
la composición. 

Libro décima. I. De la abundancia de palabras. II. De la imita- 
ción. UI. Como 80 debe ejercitar eo escribir. IV. De la manera de cor- 
regir. Y. Sobre qué asuntos se debe empezará escribir. VI. Déla 
meditacioo. Vil. Cómo se adquiere y cómese conserva la facultad de 
improvisar. Adeooás de ser muy instructivo este libro» es áe alta im. 
portancía para la historia de la literatura antigua. 

Ubro und^ctMO. 1. hlroducctoo sobre ks coweni^ncias oratorias. n« 
De la memovia. III. De la pronunciación. 

Libro duodécimo. Introducción. L Qué no puede ser orador^ el que 
DO sea hombre ile Un. 11. Que el ostudio de las costumbres y dé la 



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ñkmtíñ esittdispeiMUe para el orador. III. Que también toesd oo- 
Dociffijenla del derecho eivil. IV. Que no pmde prcsckidif M esiodio 
de los hisloriadores. Y. Cuáles son los iostrameotos del orador. VI. 
Goáodo debe empezar á asiMir á los tribunales. YII. Qué debe observar 
el orador en las causas de que se encargue. YUI. Qué debe obser^ 
tar al estudiar las causas. IX. Qué debe cuidar el orador al h;icer las 
defensas. X. De los diversos géneros de eloctteucia. XI. De lo que el 
orador debe haoer coando ha terminado su carrera pábtica, 

Dtálogpo de los oradores. 

Supone el autor de esta interesante obra, que el poeta Guriacio Ma* 
temo, y los oradores Marco Apcr, Julio Secundo y Vipslano Mésala, 
conversaron bajo el imperio de Yespasiano y en una época que corres- 
ponde al año 75 de nuestra era, acerca de la historia y de las cau- 
sas de la decadencia de ta oratoria, procurando juzgar á los orado- 
res anliguos y compararlos con los del tiempo de los Césares; el au- 
tor supone también que asistió siendo muy joven, juvenis admodum á 
esta agradable conversación y que más tarde fiado en- su buena memo* 
ría la escribió; las dudas en que el autor del diálogo ha dejado á la < 
posteridad no nouibrándose, su mérito extraordinario, la excelencia de 
su estilo, los encantos de su dicción, tas profundas observaciones acerca 
de la teoria de la elocuencia y la severidad de los juicios que en él 
se emiten, han obligado á la crítica á curiosas y eruditas investigacio- 
nes acerca de tan preciada obra; seria acaso impropio de este lugar el 
citar las diferentes opiniones sostenidas por los más importantes escrito- 
res; baste por ahora saber que Quintiliano, Tácito, Plinio el joven 
y Suetonio son los que se citan como autores más ó menos probables, 
pero es lo cierto que nada se puede decir oon absoluta seguridad: 
respecto de Quintiliano ^ria difícil conciliar, declarándolo su autor, los 
juicios en él emitidos con los que asienta en las Instituciones oratorias, 
y basta apuntar en confirmación que Cicerón es su ídolo &i estas, y á 
la vez sale gravemente censurado en aquel; las diferencias adeniás que 
con relación al estilo se señalan en estas dos obras son bastantes sin re- 
currir al délnl j repetido argumento de no creer que Quintiliano pu- 
diera llamarse joven á los 23 años, habiendo disfrutado una larga 



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-. 368 - 
vida y sieodo ia época última de ella la que dedicó para escribir. 

Más geoaral es hay la opioíon que lo alribaye á Técilo, y por e&o se 
suele pablicar al lado de las obras del insigne historiador roniaoo; es ver- 
dad que figura dignameole al lado de sus modelos, que por la pro- 
fundidi^d de sus peosamieotos, el indicado Dialogo poede conside- 
rarse digno de su^ genio, y que la manera de apreciar los oradores de su 
tiempo es propia de un gran talento que rinde homeaagejá la verdadera 
grandeza, y^que sabe elevarse basta ella; sin embargo, «el estilo difuso 
muchas veces, abundante y fluido siempre, contrasta tanto con la concisión 
y energía Je las obras hislóricaá, que dke bien un crítico al asegurar, 
que si hoy apareciera el Diálogo, nadie que conociera la manera de 
Tácito en sus historias, se atrevería á dcsignarlu como autor. 

Respecto de Plinio el joven á quien se ha nombrado también como 
autor, bastará una observación; el tener en cuenta que fué el discípulo 
predilecto y más aventajado de Quinliliano, y que nadie siguió con mas 
cii'ga fé los preceptos de su maestro; ¿cómo pues atribuirle un libro en 
que se emiten teorías lan distantes de las que habia aprendido en la escue- 
la del retórico de Calahorra? Suelonio puede menos todavía ser declarado 
el autor; se ha in(licado que por las excelencias de tan cncoiiuada obra, 
^solamente ha podido escribirla la pluma de un gran escritor, y Suelonio, 
disla mucho de esla considei*acion. 

Lo expuesto es bastante para que se pueda conocer esta debatida con- 
tienda que no pretendemos decidir, si bien nos parece que Tácito es i 
quien con más fundamento s^podria atribuir, concedida la profundidad 
de sus obras y la verdad de sus observaciones; d es< rito que venimos 
examinando es un modelo de dialéctica inspirado siempre por la más se- 
vera justicia que obliga á suponer que su autor ha sido un genio privi- 
legiado; en esta época ninguno lo fué más que Tácito y quizá suponien- 
do que fué obra de su juventud la do que se trata, puede salvarse la 
grave dificultad que la diversidad de estilo introduce en esta cuestión que 
solo se puede sostener por más ó menos probables conjeturas, que bao 
alcanzado algún respeto por la consideración que les dan críticos im- 
portantes como Pithou, Brotier, Dureau de la Malle, Bumouf y otros. 

Pero aparte de esto, conocido ya el objeto del Diálogo, é indicadas las 
opiniones acerca de su autor, preciso es decir algunas palabras acerca 
de su importancia histórica y literaria. La simple lectura de este precioso 



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- 36» - 
n.oBumeiHo de la literatura romana, es baslaote para compromler que 
la hisloría de las leiras debe inieresanles noticias á su aotor; sin él oi se 
conooerídD muchos nombres ilustres, ni se podría seguir con paso segure 
la hisloría de los ofadores romanos; en él, más que en otro tratado anti- 
guo, se encuentran designadas las briUaotes cualidades de muchos ora- 
dores cuyos nombres salase han salvado del olvido que produce el üem*' 
po, y en él están perfecla.nente explicadas las causas de la inevitable 
decadencia de una literatura que había ik'gado ya á la mayor altura. 

Los personages de esiajaya literaria ofrecen también alta idea de la 
^grandeza del genio del autor; Marco Aper es el representante de la pri- 
mitiva oratoria romana que no reconocía ni escuela ni niodelo, y qne ce- 
dia solo á la inspiración dtl momento y á las severas id<*as de justicia 
y verdad representadas por Catón; Aper es el que pronuncia las severas 
criticas de los oradores con la dureza de su nombre, sin respetará ningu- 
no, y como si para él foera la naturaleza el único modelo du la oratoria; 
Mésala es el que contradice las exageradas aseveraciones de Aper po- 
niéndolas eo su verdadero lugar; reduce la admiración del pasado á un 
justo término y sin creer en las grando7.a6 del presente, espera gran- 
des frutos todavía del espíritu romano; el poeta Curiacio Materno con- 
testa también á Aper cuando ataca á los poetas y cuando le aconseja 
que deje su cultivo y se dedique á ia oratoria que le podrá dar bono- 
res y riquezas; Secundo es el personage que menos parte toma en la 
discusión, conforme el autor con la idea que había emitido antes, de ser 
poco fácil en el oso de la palabra; el que conozca el libro» compren- 
derá fácilmente «oán difigl es podor bacer un análisis bre\e de él, 
porque teniendo la forma de una discusión hablada, sólo en largo es- 
pacio puede ser comprendida. 

Por fio, la critica no ha podido con razón señalar á este tan renom- 
brado Dta%o, mas que el pequefio^ defecto de ser excesivamenle lar- 
gas las contestaciones de los inleríocu toros, y que no hay por ello en la 
forma, ni el arte, ni la gracia, ni ia animación que caracteriza los de 
Platos y Cicerón. Se. ve un eiupeño decidido en unir á la historia po- 
Htica, la teoría de la elocuemria, siempre á los ojos del autor en relación 
con el estado de las costumbres y de la vida pública: la verdad de los 
caracteres, la exactitud de los retratos) cuando examina y ¡[compara los 
oradores anligAos con los modernos, las observaciones profundas cuando 



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- 87» - 
ex|itioa las rausas de la decadencia de la oratoria y la^ execleodas que 
lleva < la pocsiaj todo aumenta el precio de esta obra breve en exteosioo, 
pero rica en enseflaezas y doctrina. 

Gon el objeto de que se pueda formar tina idea aproximada de h im-* 
porfancia del Diáhgo de los oradores, \anioe á dar un breve extracto de 
Én contenido, indicando los asunlos principales de cada uno de los capi« 
lulos en que se divide. I. Introducdon sobre las causas de este diálogo: 
reunión de los interlocutores Curíiicio Materno, M. Aper» y Julio Se-^ 
cundo. (S). Intenta Secundo separar á Materno de su afición á la poesía 
y que se dedique i la oratoria. (3; Materno defiende su afición, (i). In* 
siste A per pretendiendo demostrar que el interés, la fama, la considera- 
eioB y hasta la propia satisfacción son mayores en el orador que en el poe* 
ta. (B, 6 y 7): aduce ejemplos y cita á Marctlo Éprio y Crispo Vivió que 
habían alcanzado gran fortuna, y considera vana é infructuosa la gloría 
del poeta, por lo cual exhorta á materno á que deje lasiednras públi- 
cas y ta poesía dramática por los trabajos del foro, porque como él mis- 
m^ dice hablando de la gloria del poeta, omnis tita laus itUra únwñ taU 
alterum diem, velut in herba f>ei flore prcseepía, ad nuBam oertam et so-- 
lidampervemt frugem: nec aut amicitíam ktderefert, aiU etmtelam, «rf 
mansurúm in animo cujusdam henefidum^ std chmorem vagum et voces 
inanes, et gaudium volucre: ("8, 9 y 4 0). Materno defiende i los poetas: 
la inocencia y pureza de sk\s trabajos, su divina inspiración,. el brítb 
de su gloria y el placer de vivir en si mismos, son superiores á los tríun-. 
fos del orador que vive siempre una vida inquieta y agitada. ("11^ 11 y 
43). En este estado d**l debate se presenta Yipstanto Mésala y coa 
notable habilidad hace el autor que la discusión tenga por ol^lo la com- 
paración de los oradores cntiguos y modernos, defendiendo Messala, Se- 
cundo y Materno la gloria de los primeros, y Aper la de los segundos. 
(íi, IB y 16): cree este que ni se define bien la palabra antiguos, ni 
se piensa bastante en los diversos géneros de elocuencia, ni se tiene ea 
CNenta como se debiera, que la malignidad humana acostumbra i come- 
ter el pecado de eh^ar lo antiguo por desdeñar lo nuevo. (1 7 ^ 1 8 y 19): 
cree que Cassio Severo á quien se juzga como la linea que separa do 
la antigftedad, ha seguido un nuevo camino, no por ignonmcia, si- 
no por cálculo y por áslema: enuméralos defectos de la antigua eÍo- 
coeMÍa, y reeoerdt las formas bríllaotesde la wñ\%. (tV): jnzgt i Gal^ 



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- 87t ~ 

to, i Celio, á Jttlio César, á Broto, á ksim y Conrint, aponía laa belle- 
zas y defectos de Cicerón, y lerinina asegurando que el arle del orador 
consiste eo lotoar io Jnieoo de los aotigoos y saber unirlo á las excelencias 
de k» ooevos. (ií, 22 y ^}: Maler&o invita á Mésala, no á defen- 
der á los aoligoos porque k> bace baslaole su fama, sino á explicar el por«> 
qué no se cultiva su elocuencia: Jlesala apunta k> que se debe enteo*- 
der por mtígvo$ y se opune á los juicios eiuitidos por Aper. (14 y S5): 
elogia á C. Graco y á Crasso y censura i Mecenas, Galíoo, y Cassio Se^ 
vero. (26): pero advertido por Materno vuelve á su objeto y señala co- 
nni causas de la decadencia de las arles y de las letras, la indolencia da 
la juvenlojl, el descuido de los padres, la ignorancia de k» maestros y 
el olvido de las anliguas costumbres, (il y 28): obligado por Materno 
procora recordar la manera con que los antiguos ayudaban y fomenta- 
ban los talentos y forma el cuadro de la edocadoo antigua señalando 
los defectos de la nueva; (3i): Durante la República la elocuencia en* 
coatraba nuevas fuerzas basta eo las miañas lucbas y en la licencia, por* 
que nadie se elevaba al poder sin su ayuda. ^86 y 37): Pontpeyo impo* 
niendo restricciones, le dio un golpe mortal: el Irage de los oradores, las 
salas de los tribunales y la forma de la di«oosion, onidas á la es( asa 
concurrencia de oyentes, apagan el entusiasmo y le quitan la pompa y loa 
aplausos que le son indispensables (38 y 39): las Tirtudes y la modera-^ 
cion la bao becbo caer en la postración en que^ baila, porqoe es alti* 
va, independíenle y hasta temeraria; amiga de la licencia y compane-* 
ra de la sedición; por eso bao seguido las revolodooes de la elocuen- 
cia á las revoluciones del tiempo, y las ventajas y los inconvenientes 
son relativos á cada época (10 y 41). Prometiendo volveren otra oca- 
sión á tratar del mismo asunto termina este precioso diálogo en el ea* 
pílulo 42, 

PUalo el [dvea. 

Se han citado en este capítulo muchos nombres do oradores y se ha 
hecho referencia á muchos de que se ocupan las obras en él examinadas; 
pero ninguno puede sor fundamentalmente estudiado porque no exis- 
ten sos discursos; ahora se añadirá on nombre más, el del único 
orador de |a decadencia, el discípulo predilecto de Quintiliano, elelfi-« 



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- 37Í - 
gante escritor Cayo Plmio Cecilia Secando, cottocklo cod ti nombre de 
PKnio el joven. 

Vino al mundo en el ano 62 de naeslra era bajo el imperio de Nerón, 
en Como dudad de Lombardia; huérfano en los primeros^ anos de so TÍda 
foé llevado é Roma al !ado de su lio malemo Plinio el antiguo, que fué 
para él un segundo padre, que Teló con entrañable solicitud por su 
ilustración j adelanto; su precoz inteligencia empezó á dar excelentes 
frutos desde edad muy temprana, y siempre manifestó decidida afickm 
á los estudios literarios, de los que no pudo scpararie la de su protector 
hacia los de la naturaleza. Se dice que desde los 1 9 afios empezó á ejer- 
cer la abogada llegando á lan alta reputación, que era mirado como d 
primero de los oradores de su tiempo sin embargo de contarse entre 
ellos al gran historiador Tádlo y al celebrado y sensible Régulo. Plinio 
alcanzó con su reputación honores y cargos de* alta consideración; fué 
tribuno militar en Siria, pero ni su afición ni su temperamento le lle- 
vaban á la carrera de las arm». Nerón y Trajano le llenaron de bono- 
res y distindoncs; fué tribuno del pneblo, pretor, prefecto del trsoro mi- 
litar, augur y gobernador de k Bythioia desempeñando además otros 
importantes cargos. Se captó entre sos contemporáneos la fama de 
hombre amable, afectuoso, humanitario y de protector de las letras, y 
tan decidamente partidario de ellas, que todo parecia quedar subordi- 
nado á esta que era su pasión favorita y casi exclusiva, pues no 
hay acto conocido de su vida que no tenga relación con tan deliitado 
sentimiento; hasta su segunda mugerCalpumia, dirigida quizá por su 
marido, ha dejado recuerdos de su esclarecido talento. 

La fama de Plinio como orador fué tal, que cuando dedamaba era fre- 
cuentemente interrumpido por los frenéticos aplausos de los oyentes que 
criean ver renacida la grandeza oratoria de los buenos tiempos de la 
lengua; sus discursos eran imitados por los escritores posteriores, más aun 
que los de Cicerón porque convenían más á una época en que el arte só- 
lo procuraba llegar á donde alcanza el talento. Se dice también, que ere 
poeta y que sus versos arrancaron más de una vez sentidos aplausos de 
la multitud: aunque nada queda de sus trabajos poéticos, acaso no pa- 
rezca atrevido el suponer, que sólo debieran tener el mérilo de la forma, 
y que el epigrama y la elegía fueran los géneros más favorecidos de su 
pluma. En prueba de esta suposición, basta pensar en la colección de 



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- 878.- 
sos cartas tesoro de emdicioo y de conocímieDlos, que ayudan al ar- 
queólogo y al iilerato para (razar el cuadro de la YÍda, costumbres y a(i- 
ciooes de su tiempo. 

De los trabajos omloríos de Plkiio sólo ubo nos ha llegado, el Pa- 
uegíríeo de Trajam^, pero por fortona es la mejor muestra de la 
elocoeocia declamatoria de este tiempo, y que gobio $e ha indicado, 
eslá perfectamente reflejada en las obras de Si^neea el Retórico. En el 
iAlkao aÍH) del primer siglo de J. €.. Plinio fué elevado por el em- 
perador Trajano á la dignidad consular: rey de los declamadores de su 
tiempo, quiso dejar consignada su gratitud en un discurso que es la obra 
más cuidadosamente trabajada por el autor, pero no es de suponer que el 
pronunciado an!e el Senado tuviera ni la extensión ni el plan del quo hoy 
existe; debe suponerse obra del retiro y de la más profunda obsenrarion. 

El Panegírico dA emperador Trajano, pues este es el lítnlo del dis- 
curso, debió ser el modelo de perfección para k>< declamadores: ¡cuan 
exagoradamcnic aplaudido sería en las tres sesiones, en qne su autor 
lo rentó en público! sv objeto cofiio ya se ha indicado era dar las gracias 
á Trajano que le elevaba, y el elogio es lao cumplido que no hay acto 
de la vida de este emperador que no sea encomiada con las más entu- 
siastas palabras; su buena administraeion, su rmor á las letras, su ge- 
nerosidad, la sencillez de su vida privada, y en un^i palabra, todo lo 
que tiene rehdon con este ios^ne principe encuentra en el orador de 
Como el más hsongero intérprete; nadie con n ás arte para buscar el 
lado laudatorio de las cosas; nadie que baya sabido mejor darles un 
colorido más grato; si el fondo de este moaumento literario es tan es- 
tudiado» no lo es menos la forma; el estilo cuidadosamente pulido basta 
en sus ntenores detalles recuerda á Gorgias y sus partidarios; las figu- 
ras retóricas abundan, y especialmente la anttte^ y la paradoja como 
propias de la elocuencia sofistica y laudatoria que practicaba; la focíli- 
dad con que verifica Ihs transiciones, el brillo que desplega su imagi- 
nación brillante y lozana, el sealimiesto que le anima y te mueve y el 
exquisito cuidado que en todas sus partes muestra, dan á entender que 
Plinio, con un asunto más positivo, y dirigiendo la palabra para con- 
vencer y no para halagar, hubiera llegado muchas veces á la verdade- 
ra elocuencia, que arrebataba á los jueces y que produjo tan alto re- 
nombre para el autor, como abogado. 



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-.-871 - 

Bl Pam^irieo^ es el ¿UioK) eefuenctde k oivlorli rommm, 4 más 
Mío fruio de esla ifWk deebiqialoria y retórica, y eo ejilreaio ioie- 
resante bajo el puolo de visU histórico para cooocer y apreciar el rei-r 
nado de Trajaoo. grato al puebla, rjoo eo oi^^muiiealos de verdadera 
gloria, pero escasp de recuerdos que hayaa IrasAiitido é la poaierídad 
noticia exacta de su grandeza. 

Aunque parez^^a fuera del uielodo Irazadd, forzoso es decir aquí al- 
gunas palabras que eviten repeticiones enojosas en otra parte, acerca 
de otro nMmumentQ curioso, y más preciado que el Panegírico de Tra- 
jaiio, debido á la plauia de Plinio; sus cartas son las que haq hecho 
iluslfe su nombre, y su verdadera gloría á losejos de la posteridad; 
la primera observación que debe hacerse al juzgarlas et la de 6jar 
la atención del lector en que están escritas con intenetoo ddiberada de 
darlas al público y que no son como Itfs de Cicerón, cuyo estHo y iormas 
se propone imitar, verdaderas coafiaozas que la amistad baca en el ae* 
erólo de la correspondencia. 

Plinio. que se creía como QointiUano restaurador de la antigua 
pureza, dio á los variados asunios de que se ocupa la ferma de 
cartas, para traer esla iioilack» más dd siglo de uro; aunque no 
se le conceda toda la perfeccíocí á que aspiraba, es preciso confesar 
que fué oportuna la forma que dio á esa colección de juiciosas ob- 
servaciones sobre la vida, las costpmbres, las ciencias, bis artes, la 
aduiÍDÍslracÍQn de) Sstado, la literatura, y en una palabra, sobre la 
hisloría de su época; divididas en diez libros forman un conjunto de 
tan agradable como ulil lectura, que nunca se encarererá bastante; 
el último, que contiene las dirigidas á Trajano cuando el autor era 
procónsul de Bytinia, y algunas contestaciones del eii)pmidor, es bajo 
el punto de vista histórico el más notable y de más útM y prove- 
chosa lectura, sobre lado cuando siguen á las de Mimo las de Traja^ 
no; pero la variedad de asuntos hacen amena y agradable Ja de las 
demás: curiosas é interesantes son las en queso oeupa de la vida y 
estudios de su tío, el célebre naturalista de so mismo nombre, que 
fué vielima de su amor á la ciencia; las en que dírigiéodose á Tádto 
y Quintiliano da idea del estado de bs letras, ó las eo que se ocupa 
de las casas de campo, de las costumbres de ^ tiempo y da lecdooes 
p«ra saber arreglar la vida á las necesidades de la sociedaii: Plio<o es 



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- Í7fi ^ 
siempre ioslrociivo y siempre agradable; aunqee se advierta el trabajo 
de lima y el exquisito evidadp qne pona m agradar, auoqoe so estilo 
sea alguna vez afectado cerno el gusto de so época, y otras simétrico 
como hijo del arte, no puede oegarsc que es correcto y que escri- 
biendo con la elegancia de un bonibre de mondo, ha conquistado jus- 
tamente la estimación con que se le mira. 

Bay una paria» la m que m ocupa de ks primerM eristianas, <)ue 
merece algunas palabras; su interés no puede desconocerse con la 
iodica^ioA^'de au asuoto^ y aunque su igaarar 4}tt5 su aiilaalki' 
dad ba ááo combatida faertementc y que algunos Ta atribuyen 
i Terlultí^no, ^ ioo^gaUa qii^ la opaaíeioa que €oa»o uúra poUtica 
se hacia á la relij^n cristiana y las persecuciones de que eran obje- 
to jsus ^eaiaces, esü en confiafjsidad cqo la bíaioria* Ua^oPIioio 
«OB losofistianos de atis ideas comunes xle justicia y equidad^ y respe- 
lando la pureza de «»$ i^o^iumbres, pedia aj eioperadar Tn^aoo que 
ateadtera á su iaoceneia para juzgar las acusadones (recuentes que 
coiMrd eQo3 se lanzabaQ (1). Taoto uiáM Mtahle es eaia oanducta 
cuanto que sus mismos amigos, los escritores más célebres de su tiepi- 
po, los miraban como jujia seda iarpia y ddeslable. Esla ba sido la ra- 
zón que algunos han tenido para cootar á Plimo entre los cristianos 
sin que nada demuestre que h :biera llegado á reconocer la santidad de 
nuestra reb'gion, y antes por el contrario, los escriiores críslianos de ese 
siglo y de los siguientes que le nombran, lo hacen de una manera que 
DO puede quedar lugar á la duda. 



(I) Merece leerse ta carta XCYII del libro X, sobre la materia indicada en 
el texto, y la contestacbo del emperador Trajano en la simiente; debiendo 
ficoQsejar la lectura de todo el libro X para conocer la forma lacónica, pero 
elegante y profuoda, con que el citado emperadpr reapandia é las difíciles con- 
sultas de los gobernadores de las provincias. 



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- 376 -. 
CAPÍTULO XXVI. 



EUstoriadores. « 

VmMmy JFmién^emimf e«NilM«Mf#« tif#r«r<«« ««« btHttmm #m ••• mim~ 

hm* 900H9 MiBsemtUin . Mfm^mi* — Smmimmi^f •••• «ét^Cy X## Ma m ^p - 

tHif««*M«» 9iimj JPe 4llM«f r<fttf« |fff*«tMitMtfle<Cy iPa cf«r<c JBJk«t«ff*<- 
ft«M.I<éet*| it m p mv^mneim hiétév^i^m ém ««Te #«et*<i«ff*.-^lf«r»f «ti 
Kpifm%0 ém p^tiis MUmm^mn^r^tn. — Téei$0t sm ^i^gt^mí^f «••• 
lft*«Mife« eumUémdm» e^tnm fiiésmfm y «••••• •••«Ml«r*| •«• •ét^M— 

mim^rm^m ## ^mU« A9tr4€mim*.^m0 miim^ m^mg^ém^f p0pnU9^M0 

* Hhr^t dm !•« /ttMito^.-irlSI 0«f<f« ile Táicir* em9npmrmém e^m mi iie 
' 9mMmm940 |f Im^*** «iMlMtfMfftf ^tt^ Tú0i^ memprn M» I« JM«#*r><«i «la 
r«« !•# f^c. — NímU^im dm •# r»f Jb<«f«r<«i4*r0« ji#rf» w c >< at»tf ^ 
09i0 p0¡Hméim emyrn» 0^wm9 «e hmm perdidmj y t*0fl0ati0n fimmt 90^ 
hr^ im m/$0Í0m d0 Í09 a / ^t n mm 09 d0 acf « é y c « d- 090§*i^r JM«f#rl«.* 

Velejo Patéreulo. 

Los muchos eoiiocHidos del sumario que se acaba de inserlar soo 
uoa prueba paleóle del grao culljvo de ia bisloria eo la época que 
vamos estudiando; la afición que los romanos deraoslraron desde sus 
primeros dias á esle género, va aumenláadose cada dia más» y aua - 
que en esla época lleguen á la historia como á todas las demás obras 
literarias, las influencias del estado de decadencia de las letras, y el de 
la corrupción general, que hace de la adulación y la lisonja el carácter 
de la bisloria, hubo sin embargo genios ihislres, que se sobrepusieroo 
á las circunstancias del tiempo, y que dejaron obras de eterna vida. 

Cayo Veleyo Patéreulo es el primero que eo órdeo de fechas perte- 
nece al grupo de historiadores; son tan escasas las ootidas de su vida, 
que sólo puede presunnrse que nació por los anos 1 9 antes de J. C. y que 
murió, siguiendo la suerte del Seyaoo, del H O al 31 después; joven auo» 
obtuvo algunos cargos militiires iniporlaoles y acompañó á Tiberio eu 
sus espediciones militares de la Germaoia y h Dalmacia; de vuelta á 
Roma alcanzó el cargo de pretor y en los últimos años de su vida escri- 



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- 877 ~ 
Vá aa Bktoria rmmma^ de la qoe solo ba Negado m moy mal ealado, 
tto iMiHiSQríloqoe hay st cree perdida, y cuyo pha ao es ftdl cooooar 
porque íaJla el príoeipio del Vibro primara, qae eo lo qae queda, sa o^a- 
pa de los Estados más floredcotes anles de Roma, roano la Grecia» la 
Ásifk y la llacedooia, empezando despoes de uoa laguna it ooosíde-- 
racioB, al fio del capHo)oof:lavo, la hisloria de Roma desde fiaesdél si^ 
glo seslode so fondacioo, y Ufando eo el segundo hasta et a&o 3# 
de J. C. que es el de la luuerle del aaior como queda indicado. 

Para apreriar el sktema histórico seguido por Yeleyo Patéreala^ pre- 
ciso es pensar eo el gran período que su historia abraza, y eo los corlea 
volámeoesque llena; do es el historiador que refiera con dateoímieQto 
los hechos, procurando ser exacto y ¿ompleto narrador; es el profundo 
peasadar que Uaza cuadros M astadi> dj los tiempos que estudia, pa* 
lando la mirada en las más stgmficalivas circunstancias, con el fio de que 
sus refle&iooes puedan ser entendidas y de que los retratoSt trazados por 
cierto de mano maestra (1), de los principales personagesquc Jian tomado 
parteen kwacoutecimienlos que narra, puedan ser juzgados con toda la 
grandeza de sos hechos; de aquí que la .historia de este escritor sea 
rica en obervaciones políticas y morales, do aquí también que bri* 
lie eo ella un sentido y un modo de apreciar y juzgar los heqbos su- 
perior al de Salustio y de Tito Livio; Kbre Yeleyo Palérculo, de las ideas 
comunes en los escritoros latinos de desear la dominación universal, no 
participando de los odios populares, generalmente ciegos, ai del amar en* 
tusiasta de algaoori á las antiguas coslumbres romanas, examina con un 
criterio más levantado los grandes hechos de Roma, y sin embargo 
de verse en oposieioB con oíros historiadores anteriores á él, juzga, por 
ejemplo, que la tercera guerra púnica fué tan injusta, que no reconoció 
otra causa más que él odio antiguada la raza laltaa á una prosperidad ya 
perdida y qu%4k>r tanto no podía producir oiogun temor; al juzgar la 
guerra de los Altados manifiesta sentimientos de equidad que pocas ve- 
cea aa encuentran en los historiadores antiguos, coaodo reflexiona sobre 
la manera con que habían sido acogidas las pretensiones de los alia* 

(I) Sirva de ejajpfrto el que hace de Milfarídates en esUi pocas palabras. 
Afílhridales, Pooticuárez, vir ñeque sileodus ñeque diceodus sioe cura, bello 
scorrkkHM, viriule enimius, alicuando fortuna, semper ammo máximos, consiJüs 
dux, mauu, odio ia Romanos Anpibai, etc. Líb. H. XVIII. 

1» 



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— 378 _ 

dm^A dtafrifla <ie lM4creék<»4fe k chidadMia romnai y^^Q»^ 
fadnMi reun á tos hiiaiaMt*rí(M peafliaue«KiS| ia «inemom^ so vt« 
dft siempre activa y que hdbm templado la fieresa coa qae giinereboofite 
se maiiiifiesla el patriotismo ot los escritores latiaos. 

k la profoodidlad de los peosamientos su me en ia Bitimarcmma^ 
|a graadeza de la íorioa; m eslüo es el de los graodcs pensadores; d 
estilo de Salastio j de Tácito, conciso y enérgiba; so eUga&ie y cor-^ 
recia diocíoo participa rara vez de los defectos de esta époea y puede 
por este coooepto figorar al lado de los mejores modeiol; la aieetafíoa 
se encuentra solo eo el empleo de arcaismos y ea el exceso de seoteacias 
itH>rales que eipanee. Veleyo Palércalo es mirado coa razoa por algaoos 
críticos coQio el modelo de los oampeodiadores. 

SÍD embargo de todo lo dicho, ao deja de apuntar la eritiea «o defec* 
to de impoi^lapda eo el ftmdo de la Histma romwa; el exagerado modia^ 
de preseatar los hechos que se refieren á Tiberio y m aitoistroi j hasta 
los qoe hacen relación i* Aogosto y Ltvia; aunque el autor no altere 
la verdad de los hechos, aunque no haga mas qde tnlerpretarlos con el 
agradecfmínnlo y la afición, es verdad que la historia ha demostradi^ 
lo inmerecido de los elogios, pero aunque sean ciertos, también lo es 
qiie Veleyo no alcanza la época de erueldade» de Tiberio, y qae como 
militar elogia con razón á su general en el emperador; sMAq es por 
otra parle qoe la presión dt*l podef difíeilmeate se vence y se domina. 
Por m&s que esto sea un lunar, no podremos roñveñir con an erllioo 
que soto vé en este historiador, al oficial humilde ante su general, ai 
envilecido cortesano y al retórico enfático; quizá no se pueda sesteoer 
ninguna déoslas tres apreciaciones segmi queda expoesto. 

Valerio M&xliiio. 

Se sabe que este escritor, perlenecienle á ona familia ilustre y á la 
época de Augusto, alcanzó con St?slo ?oinpeyo «n puesto distiogfndo 
en el ejército de Asia, y el consulado en el último aio del primer empe-^ 
rador de Roma, creyéndose que fué víctima con Seyano en la conspiradon 
que i tantos costóla vida. 

A imitacíoB de algunos escritores griegos de la época de la' decaden- 
cia, Valerio Máximo recogió muhilud de anécdotas procurando^expKoar 



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- «79 - 
Mi-ejiftftipbs tonmlds 4e h libloriá, Its coslnmbres, las virtudes y los 
tíeioft de los udmCBor, el fitt de so obra tilolada Eéemplórum memo-- 
foM&um iürt J, de la qae sólo quedan nueve, es moral 7 elevado; 
procura inspirar amor á la virtud y horror al victo; pone á r ontribucron 
para foroaar esta cdeocíon, á los escritores de Ronda y tjré^ y pi'iod- 
paimente ilos hfsforíadores; y aunque no preside en ella un buen juicio 
eo la eleeeioo de anédbteSf ni mudio gusto en la disposición y el estilo, 
neifipre declamador, afectado y frió, tuvo eo la edad medía lal ibrtona 
que acÉ.^ no hubiera escritor más leido y comentado; el deseo de Valerio 
Mximo de excitarla admiración del lector dando entrada á lo maravillo- 
Ah, qtfe lo acoge siempre con entusiasmo, explica esta notable predilec - 
den, hoy ya casi del todo perdida para su obra. Sin negar las profundas 
observaciones que alguna vez salen de su plunoa, y que revelan senti- 
nfeotos dignos y elevados, porque debe mirarse como panegirista de la 
humanidad, no puede menos de anotarse una obaervacion dolorosa; 
sMlisctojasáfes príncipes, que ho tienen disculpa como hecho histó- 
rico; él prólogo dirigido á Tiberio, es una prueba clara de que tam- 
bién tn h historia tehia su inffuencia el servilismo de la época én que 
eseV^Mó Valerio. €omo monumento histórico que eoderra curiosas no- 
ticias de las costumbres dé la antigtedad, como colección que con- 
serva fragmentos de escritores perdidos, el libro D$ los dichos y hechos 
fUsmordrífes, será siempre tenido en justo aprecio. Debe advertirse por 
últfmo, qUe los títulos que acompasan ios capitula de esta ciletciony 
parecen obra de retóricos ó gramáticos postefiores, y la costumbre oh- 
asrvada poí^ el autor de presentar primero ejemplos y recuerdos roma- 
nos, y diespues eiílrangeros, parece que nace del deseo de engrandecer 
enlodo ásu patria, intentando establecer esa comparación. (1) 

Aunque nida se sabe de la vida de este escritor, y aun cuando los 
críticos varian respecto de la época de su existeacia, pues al paso que 



(4) He aquí slsaoot de 6903 iUutos: De los prodigios eotre los roottioos: De 
los prodigios «Dtre ios extraogeros. De la discíplioa militar eotre los romanos. 
Oe lá disciplina militar eulre tos extraogeros. De la severidad entre los rema- 
De la soveridad entre lot extraogeros etc. 



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uao6 lo coosíderao del primer siglo de Jesucrálo, otros lo colocaa eo «i 
coarlo, parece que deben darse ajgoDa^ policías $qni, porque ni sa 
lalioidad ai la forma de ios fragioenlos que quedaa, poedea ser lu» 
razoo fundada para separar al aptor del libro de los Prodigios, deUa- 
tor de los Dichos y hechos memorables. 

. Los prodigios fuvíeroa en Roma una iiqporlaiicía íameosa; leúiao 
uoa parle separada ea los aisles públicos» y lo tmam» los bisloriado- 
res que los escritores más severos los recog^eroo coa avidez. Eo Tile 
Lívío y Ciceroo puedeo eoconlrarse luueslras para coofirmar esta aae^ 
veracion. Al coleccionar los prodigiosos hecbos qoe la bisloria mta#aa 
apualaba, bizo Julio Obsequens un verdadero servicio, pero la poste- 
ridad no ba tenido la suerle de que se 4X>nscrvara comjrielo so trabajo. 
La parte que queda comprende sólo el tiempo que Irascurrió desdes! 
consolado de L. Scipion y C. Lelio, basla el de P. Pabio y Q. Blio, ám$ 
desde el ano 562, basta el 741 de Eoma. 

El estado de imperfección ea que ba llegado la obra de OfasupeDS 
excitó al sabio Lyeóstbenes á supUr los vacms que en ella se Jiotan, pe- 
ro los trabajos de este género aunque boarea mucbo á sus autores, ao 
suplea la pérdida que lamenta la posteridad, porqu^e no pueden ir más 
allá de donde van las fuentes en qoe ban bebido las notidas que re- 
fieren. 

Lamparte que queda de los Prodigios es inleresanie para la bisloria 
y para la literatura: para la primera porque conlieae noticias qoe se- 
rian completamente ignoradas, y para la segunda porque el autor da 
muestras evidentes de baber skk) un escritor de tanto gusto conM> 
veracidad, reuniendo además el arte de saber conservar el carácter de 
los escritores de quienes toma los prodigios que refiere. 

Quinto. GttrcAo Rnfo. 

Dificilmenle la obra de este escritor titulada da tiebuegeslis ÁkMuéri 
Magniy se acomoda á la cocsideracion de bisloria; se acerca á lo que boy 
se llama novela histórica; el héroe está perfesiamenle pintado, lleno de io- 
terés y de vida y con un carácter más dramático que real: sin cuidarse 
de la historia ni de la cronología, ni de la geografía, refiere Quinto Gur- 
do siempre en estilo florido, los más interesantes acontedmienlos de la 



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^ 38t ^ 
tida del héroe d« Ifttcedooia siguiendo á los escritores griegos» qoe más 
maravillas habian contado, y sin pensar n¡ en sabrar las contradicciones 
m en escoger con sana crítica los boches qae refieren; verdadero ret^ 
rico y declamador, cuida poco de la verdad en sos descripciones, ricas 
por la expresión y la forma; y en las arengas que introduce á imita* 
cíen de Tilo Livio á quien pretende imitar siempre, alguna vez se 
eleva á la verdadera oratoria y liega al interés de la historia; ni la cien- 
da, ni la crítica pueden dar vida á la obra de Quinto Curcio, pero las 
enseñanzai sobre las costumbres de su siglo y los encantos del estilo hacen 
agradable so lectura. (1) 

La Uitlona de Akjaniro cotuprendia diez libros de los que hoy fal- 
lan los dos primeros, el fío del quinto, el principio del sesto y parte del 
décimo, que Freinshemio, Cellarioy otros latinistas distinguidos han pro- 
curado suplir: gozan los suplementos del primero de una estimación 
general que revela el gran aprecio que se ha hecho de los ilustres cono- 
cimientos de su autor. 

Cooio noticia? de Quinto Curcio, sólo se puede decir que la singula- 
ridad de no haber sido citado hasta la época del Renacimiento por Juan 
de Salid>ofy y Pedro de BI(ms, ha dado lugar á conjeturas más ó menos 
exactas acerca de la época en que floreció, y varían entre diversos tiempos 
del largo periodo de anos que van desde Augusto á T^odosio; siguiendo 
á tos mejores criticos le colocamos entre los historiadores de esta época, 
(t) si bien debemos advertir que es tal la variedad de opiniones, que 
llegan hasta el número de trece las que se han sostenido por los escrito- 
res de fiteratora latina. 



(h) Alfonso y de Aragón, se dice que alcanzó la salud oyendo la lectora de 
Qoioto Curcio. Esta es la noticia más aotigua que se cooserva acerca de este es- 
critor. La tradoccioQ francesa de Vaugelas, de inimitable perfección, y los traba- 
jos hecbos por completar el teito de La Vida de Alejandro, han aumentado 
el aprecio en que generalmente se ha tenido un libro que es más agradable que 
ntíi. 

(2) En el siglo XYI, publicó HagoRogerio una colección de cartas que decía 
pertenecer á Quinto Curcio, ó que habian sido dirigidas i él por generales, hom- 
bres de estado y persooages ilustres; la impostura se descubrió pronto. 



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- 38t - 

Gayo 9aetoiilo Tnmfoila* 

Nació Saelooio eo la éf)oca ck Neroo, y foé eo la del emperador Jn- 
jaoo an dislioguido graniáiíco, á lo qae ski duda debió la extm^ 
amblad que le udíó cod Plioio el jóveo, que le elogia grand^menle a 
Oda carta al emperador eo la cual le llama w probissmus^ hm^titñ^ 
* mu y erudUissimus^ y por cuya mediacioo alcaozó algunos honores 
del citado insigue emperador. Hasta el rmado de Adriano que le nom- 
bró su secretario particular, magíster epistolarum, nada raás se S9be qm 
lo que Plínio dice eo alguna de sos carias considerSadole como gramá- 
tico y declamador. Esparciano dice que perdió la alta consideración que 
habia alcanzado bajo Adriano, por motivos qoe ae relacionaban con Sa* 
bina, mqger del emperador, pero á coya relación no se puede Kctt^ 
mente asentir. 

Suelottio coltivó principalmente la biografié, y á las de los doee 
Césares, XII imp^ratartm vüm^ debe toda su reputación como hislorít- 
dor: no puede establecerse comparación entre" be biografías de Sueto^ 
y las de Plutarco; aquellas escritas con el fin de dar i conocer al hom- 
bre en su vida intinia y privada, procurando pintar el carácter de 
cada uno de sus persooages, aunque tengan interés histórico por ú 
tesoro de noticias que encierran, no llegan á todas las observadopea 
que en el orden poliiico ó militar se desprenden Eácilmenie de la hbtoria 
de un hombre á quien ha estado confiado un grao Estado, ni le sigoen 
en todos los actos de su vida, ni contienen las frecuentes reflexioBes 
á que da lugar el recitado sencillo siempre, de interesantes pormenores 
y detalles de la vida; en estas por el contrario, no falta nunca la re- 
flexión que ensena, ni se deja de encomiar la grandeza de los héroes 
cuyas vidas escritas al parecer sin arte y sin plan, contienen todo lo 
necesario para dar una pintura completa: Suetooío es metódire, di- 
vide por capítulos sus biografias y en cada uno comprende lo relativo 
á la materia que es asunto de él; asi ha podido hacerse un sumario de 
cada una de las biografias, muy útil para el que tiene que consollar- 
las: en ellas se observa un plan notable que justifica la acertada distrí- 
bocion de parles hecha por el autor. Sin embargo de estas exce- 
lentes cualidades que lanío realzan las bío^^as de $oeloajio, y de b 



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- 3M - 

etliiBidQD en que ae taríeraft en el siglo XVI» ki tsUtít moátm lai 
ka JQzgido couM de escasa inporlaocia. Ni puede deaoooaeérse en ctm- 
Ira de esta apreciackm, la siacerídad y candor de Soatoaío, nt diiola* 
ble lalenlo qoe coino escritor le disliogue. 

Verídico siempre SoeiOQÍQ» sia aaiar ni odio para con sos persooages, 
corréelo y sencillo en el estilo, sin afectación y sin excesivos adornos, 
hit dejado eo la t Mb dé hi C^ra, ana preciosa enseñanza sobre ros* 
toRibres y antigüedades^ que aum«ala la estimación de sos biogra- 
fias; ílástina que mochasaüi^es maorbe el recitado con recuerdos 
exoesrvamente obaeeoosy Ubres! 

Demás de la obra que se acaba de examinar aunqoe con eiceára bre- 
vedad, Sueiooio escribió segnn la general creeacia, oirá con el lUolo De 
ViFuin Htíúrís illusirAug, de la que se hi creido formaban parte las que 
hoy sefecoerdan con estos títulos; Be illuthibus graimnatim^ Dtctaris 
Mheloribns, y De P^étk. Esta líltima comprende las biografias de Teren- 
cío, Horacio, Lucano, Plioio el jó\en, Jo venal y Persio, pero general - 
menta se considaran afácr&s, alteradas de su primitiva foriM y con 
al aoio interés de reunir malcríales para la historia literari»de ^>ma: 
las da los- gramáticos y retéricos se consídarao de la pluma de Suetoaio y 
sao de inlerés recepocido parque en ninguna otra fuente se podrían be- 
ber noticias sobre estos escritores; contiene la de los gruoaáticos noticias 
sobre Croles de Mallas, el primero que inlrodajo en Roma la afición á los 
eslodiosde la lengua, de L. Blio, de Lutado Daphnw, de Aurelio Opitio, 
de li. Aurelia Gnphoa, de M. Pompiiio Andróntco, de Orbilio Pupilo, de 
Ateio, <k PhilólogO) de Valerio Catón, de Gornelio Epicodo, de Nicias, 
da Cecilio Bpirota, de Verrio Flaco, de L. Gras«cio, de Julio Hygino, de 
C. IfeüsOf de Pompoaio Marcelo, de Palemón, Volerío Probo, y algunos 
otros, pero más bien qoe oomo cdoccioo de notieias biográficas debe 
jozgars» bt obra.de Suetenio como una historia de 1» gramática entre los 
romanos, si Uen parando la consideración en sus más notables cultiva*» 
dores prindpahnente. 

Igual consideración merece en nuestro concepto la parte que queda de 
la obra sobre los retóricos más distinguidos. Despoes de apuntar las di- 
ficultades qm hubo que vencer para introducir en Roma los estudios re« 
toncos y el acuerdo del Senado de echar de ella á los maestros grie- 
gos qoe los ensenaban, apunta alg««tsj»tioiastaceiva de lo» más im- 



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- 8«4 - 

imrliiiiM, y Mire oíros cite kw ngoiontei: L. PkM!Ío 6ib , L. OpUaet- 
lk> Pilito, Sesio (Sodio y Cayo Albucio SHe, que ts d éitíno de quíeci 
geoeopaf 60 lo poco que de esta obra bos ha llegado. 

Lucio Áaneo Roro. 

Segno la opmioo más comon, Ploro perteoeeia i la femila Áonea que 
(anlo ilustraroa los Sénecas y Loeaao; era por coasigoíeole f^paool y 
orígíoario como su foniilia de Córdoba; do es fácil 6jar la íeefaa de so tía- 
cimiento porque los crilicos andao (an discordes, que a] paso que unos 
lo creen de la época de Áugoalo, oíros lo colocan eo la de Adriano de 
quien hasta se citan versos dirigidos al historiador. 

floto es autor de un compendio histórico dividido ea cuatro libres, 
que comprende la historia de Boma desde su origen hasta Augusto, 
mirado generalmente como un panegírico de los romanos, y escrito con 
todas las galas que el gusto retórico y declamatorio podiaexigit; el 
fiefior Amador de los Rios ve en Floro continuada Ja escuda de los 
Sénecas y Lucano, en la excesiva afición á la exageracton y la hi- 
pérbole, en la hinchazón de la frase, y considera su obra aunque de 
plena decadencia, como la última protesta del ingenio español, que 
ludió sin fruto por dar á los estudios la direcciou clásica que Qoiati* 
liano y Marcial habian ioiciado. 

Viciado el estilo de Floro par el mal gusto de su tiempo, es su com- 
paidio de menos interés por la forma que por el fondo; no es el pa* 
negírista de Roma; su libro, como ha dicho un gran critico, noaía da 
á conocer como la oración fúnebre da á conocer al héroe: hay mis jus-' 
ticia en las apreciaciones y no es tan ciego su patriotismo como el de 
Tito Livio cuya historia extractaba: en prueba de esto pnede rteor* 
darse con un escritor moderno que al juzgar las guerras púnicas, ve al 
pueblo romano obrando injusta y bárbaramente ^1); la guerra de Nu- 
manda es á sus ojos la más injusta de cuantas apunta la historia; asi 
también considera, que las guerras sostenidas contratos Cr^eoses y 
los Partbos no tuvieron como todas las dd último siglo de la república 
una causa legítima; y solamente al referir la de los gladiadores y 



(4) Ltb. n. a y 4s, (a) ub. in, to y ai . 



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esclavos, esjuainlo (Mii^ece que faUaa i Floro lot seotíaNMloi lie joati- 
cia que Umk) U distiogiteo de loa 4m\i8 escrkorea fomaBcb ()ae ledo 
lo jozgao generataieiue por el iníeréa de oa «^gp palfi^ismo: aia^náa 
que exlraviaron so boeo joícío las ideas conioaes á (odoa los escríla- 
res de la aaligfiedad sobre loa asdavoa, é loa que Flora luisaio Uama 
MctmAim komiñum g^nus, stgunda espeeie de Aomirei. (Lib. UI, ti .) 
Por álUoM) debe leñarse presente al tratar de este bistoríador que el 
tiempo no ba trasmilido su obra, de una manera que oo ofrezca le- 
oior; se rooore eo eUa (acilipente lo que ba llegado adulterado ó ia- 
completa, y la círcaoatanc ia de beberse dedicado á la poesía ba sido 
la causa de que algunos bayao eoosiderada a Floro autor de «ea oom- 
posicioD que conocida con el litulo de Pereigilium eenerá, será objeto 
de nuestro estudio más adelaaie, y de Ja tragedia (Mwm^ que figura 
en la coieccíoB de laaatribuidas á Séneca. 

También merece recordarse el método del compendio de Floro^ no- 
table por cierto entre loa bbros de la antigüedad que solian preaciadir 
de dif isioaes, porque indica al empezar cada materia can breves pa- 
labras que íaciiilan su estudio, la de que va á tratar: por ejemplo. Be 
Amulan Belhm lalmím, Bétíufn GüUkim. etc. 

Tácito. 

Entre los bistoriadores de esta época se cuenta C. Comeiio Tácito que 
eclipsa la gloria de todos los demás; apenas se tienen noticias de su vi* 
da; se supone que nací6 en Tenií por los anos i% al 60, de J. C.,yqoa 
en su juventud se dedicó al estudio de la elaoueocia alcanzando gfan re-- 
Dombre como su amigo y companero Minio el j6ven ; eo al año 78 casft 
con la bija de Jobo Agricola y desde esta ¿poca empezó á obtener car- 
gos públicos, conio el de pretor, y acaso en la que perfluaneeié feara de 
Boma, desempeñara la propretura en alguna provincia; nombrado consol 
en el imperio de Nerva, pronunció un celebrado discuüo fúnebre en bo- 
Dor de su antecesor Yirgioio Rufo, y eo el 99, se sabe! que sostuvo con 
an amigo Plinio la acusación del proconsol de África, Mario Prisco, que 
vaKó para los defensores una gran repotadoo; nada a.ás se puede decir 
de la vida de Tácito; el año de su muerte sé ignora como casi lodo loque 
ae refiere á este gran eaorílor, y á las épocas de so vida, eoqueesoibió 



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lis dieras liiÉMriea». Debe tdmiüvse cmdo fUfmdeobieB hacha, tft^w 
h» alnhuje á la edad toadora, por^ediAeilmeiiie puede aales etevaraa 
e( bMhre á la graadeza ^ los jxnMmieaU» y de lasfrofondas abaer- 
vaoiones ^oe esle escritor atcaasa. 

PKaio ba trasmilido en sos earías preríosasBottcias aecrea del earác- 
ter de aa camfMñero TAeko, qut wdas á \m lalexipaes easaaadasdesaB 
escritos, sen bástanles para apreciar las elevadas eoodtcioaes de sn espí* 
rílu; los panegiristas éñ este escritor j entre eHosLa Harpe, lo ele%'aa 
basta las nubes no viendo en él ningnn defecto, y hadaido briiiar easa 
retraia las más agradables tintas; en med» de la-eiageraoion á que alga- 
oes Hegan, hay profoodas observaciones qoe conviene apuntar r Táct- 
to es á nuestros ojos, el masanaolede las grandes virtudes que distio* 
gnisroo A los insignes pomaoos de ki repóbliea; su patriotismo lonnado 
como el de Juveoal, con el estadio de Ios-escritores de esa época, guia 
siempre su pluaia y alimenta los poros scotimieotos de su atma; el re- 
auerdo dis ua pasado gloriosa qoe conoce profaodamente, y el presente 
eabíerlo de negras sonbras, le Uei^aa á la iodigoaáan que brota eoea- 
tantemeate de su akna contra los vicios y desérdeoes de ^ tíempo, co»-- 
tra la aduladon, la l»ajeia y el eovüedmientoqoaha roi&los vtacoloaée 
la moral y ha corrompido el carácter de los romaoos,hasta el punto de lle- 
varlos al servilismo y á la abyaeeio&ea que vivieron en las épocas de 
Tiberio y Nerón: por otra parte, Tácito como deposilaríode todo lo be- 
lfo que las titeraturas griega y romana habón producido, como amante 
eatusía^ de la vjrtod, qoe siente y practica, como partidario de la filo- 
sofía esléicaá lo menos en cuanto á au elevada moraK según so despren- 
de desús ideas sob9& el bien y la Providencia, como profundo observa- 
áw que bgra el arte dt&il de conocer el coratoo bu«aao> cuyos iovi*- 
siUes püegocs exanÍM coa una soiajnípada, como poetaal mismo: tiempo 
hasta sabtf su. imaginactoo ver en todo, los colores más vivos^ tiastadáu- 
doloacon su misma fuerza al cuadro que j^la; oomo conocedor déla lea- 
goa, de los recarsas qoe encierra, y delmaravUlQso poder de la elocuencia^ 
posee uaooi^to de cualidades que diflcihoente se ven reunidas, y que 
dan por resultado un escritor de primer orden, un gran £lósofo práctico, 
un pintor admiraUíi, que lo mismo domiaa el secreto de bs oofams que 
la magia, dal pincel, y un orador elocaente que arrd>ata, qoe siente, 
y que en medio de su severidad^ trasmíle alledor todof «as sentimiealos 



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^ MI - 
yloáiiijW^Mttl^mioaii; Mabib Ja ^ Mmdna <k Míe hU^ 

6i& eoibargo» ih>^ crai qgie b eri4ie« m mísIí cm pümi ilguoi 
Ifloares laala al fondo oooi» á la íoroia de ka pbnas de *^a emneote 
eacrilar: b^ la piráen cooaíderaeiúQ, se deba pcet^rdar qm n pa- 
IriotisfDo le ¡leva nMidia& veceti ¿la eiageracíeo, pereda ial medoy qwa 
asi cooo eo la Fi4a 4$ Aykoh (cap* }0t y 31)» ae le ve DMívide de 
coaipasíoB por los puebles que la ataibíctoB rouaea datpnjaha áeacle- 
Yetaba, ecbaodo eo caca A la peli4iea de se peina por boca de oa 
|efe bretoo^ que lodo lo aai^ríficaba al ioteréa, la ferUiaa y les peneeas^ 
eo atraparle {íh oior. Uerm. 33; (1), coosidera nageífioo, qm biéb 
de seseala mil gerjiíaeos bayaa sucuiuJNdo, no al peeo de las artuaa» 
síoo para propordoaar diversión á los créeles romanos; esle odie báeia 
bs eoeeiigos de Roma le Heva á ana croeldul «eoos digna aun, 
como dice Gibboo, de la bem anidad que del bisloriador; Tácito por aer 
ibás romano que lodos los escritores. Ikva so origiBalidfld basta ser el 
que menos siaipaiias muestra hkia ka ^raageroa; jotg^ taaifaiea cae 
poco deteaimíealo y dejándose llevar de las ideas popakres, áksja^ 
dios y cristianos dorameole perseguidoa; en los anales (i) UaoBa 
mii/# suffirsHmn á k religioo de Crislo y cree qae kacristimios < 
reos má&por odiar cU género hmoño, que por baber incendiado á 
Boma; sos suplicios no arrancan de su akra ni una sok idka de pkdad 
y cempasioo; tal manera de juzgar k reÜgieo que deka regeieiar ai 
muodo, k acusa por lo menos de ligero é irrtíkxivo al acoger sk 
examen las ereenciasdel puebk; una iotebgeock de primer arden tome 
k de Tádte, debk baber pesack mejor las eacekocias da;esta docfnuis 
sin emplear aokmeaie el d^sd^'y el desprecio para juzgaik. 

TécitodeMro de Roe)a, no vé mae que el empenáar; ea verdad qoa 
su gobierno despótico habia asimilado á su persona lodaa ka^atí^iw 



(4) He aquí sus palabras: Juxta Teocteroa Bructeri olim ocurrebaot: nano 
ChamaTos et Aogrivaríos immigrase narratur, pnlsis Bructeris ac peoitus excí- 
sis, TÍcinamm oooseusu Dationom, sea soperbi» odio , seu praad» dulcedine, seoí 
fiftf ore qoodam erga nos deorum; nam ne speciacuk) qoidem pmKt toTÍdere: su- 
per sexagiota millía neo aroís telisque romaoís aed,. quod «m^^tnlíui ai I» 
oblectaUoni ocaiísque ceciderunt. 

{%) Lib. XY. Cap. XLIV. Haud perínde io crímÍDe íocendií, quam tdio buman; 
eenerís eoof icii sunl. 



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- 8M - 
prangatitisdel pueUo y del Senado, pero tambíoDio e^ qoe pocas' ve- 
ees ealrao ea loa recilttdoa de Tatito tas iofhíencias de ñ)cra del palacio 
de losCésaMa; en laf «afigrieolas tragedks que refiere, parece qae 
obedece siempre á la pasión de severo moralista, qoe lodo to juzga 
busrandod lado peor dé las accionas y tmjo los principios mis aosleroa 
de la moral ^sldtca: pareoe qoe desempeña, dice Mr. Nisárd, el papel 
qne ealá reservado eannestroa cKas al ministerio fiscal, pero exage- 
rando siempre e^crfni«i y presentándolo por el lado mis repogoanle. 
Conaíderadk) Ticilo dentro de las extrechas ideas del patriotismo roma- 
no, es el más grande de los escritore^tie su patria, pero consideradas 
sos ideas con reheion i la universalidad €on que oí historiador debe 
apreciar las hechos, deja mocho qoe deseat^ i la justicia y hasta i la 
humanidad. 

También en cttanlo i la forma debe rebajarse al elogio de loa pane- 
giristas de Tidto; aunque se reconozca en él nn gran escritor, aunque 
se le conndere como antes se deoia, con todas las grandes cnalidades 
iñ los geoioa ilustres, docoencia, imaginac^n, conocimiento y arte 
para manejar la lengua, es un hecho fácil de comprender que las cir- 
cnnslaecias de su tkmpo debían^ influir en el caricter de su estifo; la 
neeeadad de. ocultar el pensamiento, porqoe el despotismo de los Cé- 
sares no permitía decir lo qoe se pen¿ü)a; A deseo de agradar en laa 
lecturas públicas donde recibia bk aplaosoa de en público, cuyo gusto 
se había viciado por causas ya conocidas, debía contribuir i la oscuri- 
dad de la frase y á la afectación del estilo, de que mas ó menos todos 
los escritores de esta época pueden ser acusados. La critica qne ve en 
Tácito, confundidos el papel del historiador y el del filteofo, y que 
censura la forma, een que aparecen expuestos pensamientos comunes y 
hiMta triviales, será si se quiere escrupulosa, pero no puede negarse 
qoe es exacta. 

Hé aqni una breve noticia de las obras de Tácito; ademis de la Bio^ 
gra/ia de JuHo Agrícola, de la GermcMia^ y de los libros de tas 17»- 
tarioi y de los Amhs, de que separadamente nos hemos de ocupar, 
Ticito se considera autor de dos di^ursos qoe se sabe pronunció en 
honor de Rufo el ano, y en contra de Mario Prisco el otro, que no han 
llegado á la posteridad, asi como de la colección de chistes, qne con el 
titulo de Facetim, le atribuye nn gramático dd siglo aeato, y de varias 



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eoimfom&immytnait^^^ mtor; mcmévime 

para conpleUr ei euadro da ^ ^brm que se le «tribttyM, W que ^aedt 
diclio «eeroa del Diáhgo Se loé oradaresj ó Bé^kucmmts d$ h d^a^ 
4enm dé U an^ia^ tn ei capitula anierior. 

La üografia de JuHq AffríeaiauúméB balfe idobihmbIo qaé U ftxH 
ina de un eacrítiM' ha erigida á la tneoMHrk <ie OB Imn^ aeguDSdMH, 
y Ja desesperacKm 4e loa biógrafoa a^ou ia fe pe: fué pabKeada per 
Tácilo, ee ^ afio 98 de J. C. Ba esle paqveio pero ppeekM^ Kbro, 
todo es admiraUe, deade el pri»loga iiaala laperaracioa: la asqmka 
sensibilidad, la calma del reciladp, la dvknn del eatio, las profeodaí 
ohsenacioQes roaralesy peUlieas, la verdadéioipartialidady el viger 
del pincel del aiilor^ ledo brilla al referir los beehes 4e la v¡¿i del<)tte 
habia sido so suegro y so amigo, del qae babia ca«qoÍ6iado defieití-o 
vameole la isla de loa Breleoea^ y que siendo ioslnuumilo de b polHkt 
romuia, babia permauecido recio y probo en medio de la general cor-* 
ropcioo, sréodo modelo de desinlerés y de buenas coslumbrra. 

Todo, abaolotameate todo es admirable en este libro; sin embargo un 
distinguido escritor Trances muy leído por nuestra juventud, Vr. Pier- 
ron, pretende rebajar el mérito que le hace inmortal y anota (kfeclos 
que aunque lo foeran, están juzgados en so Hieiona de la literatura 
latina eoo eioesifu severidad; la mucha extensión del admirable prólo^ 
go qtie el mismo escritor elogia, cree qne hace desaparecer la proporción 
entre las parles de la obra ; encuentra ¡nverosímil y demasiado retórico 
el discurso de Gálgaoo, y por demás retóricas y evideolemeuie imitadas de 
Cicerón, las refiexiones con que Tácito cuenta la muerte de Agrícola y 
que supone lomadas de las elocuentes frases con que el gran orador se d(dia 
de la muerte de Crasso; ni la imitación es tan clara aomo el crítico francés 
pretotde, ni el estilo tan recargado que pueda verse fádhneote la juaüm 
de su folio: el deseo de decir algo nuevo y de separarse de la opinión ge- 
neral habrá movido quizá la pluma de este elocuente crítico, sin pensar 
en que alguno de isus defectos estarla solo bien exigido por un escropu*» 
loso retórico, que quisiera ajustar á ioedida determinada todas las parles 
de un Kbro (1). 



{ij Qa«rieodo dar á Gooocer alguot parto da la obra de Táotto, vamoa á ia- 
seriar por vía da^nola los «lUiímos GapiU»k>s|>ara que sa poeda canooar el estilo 



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hkíÍBma$mi ipubüeiéiM dabM da J. C. (Mbten, «itéft* «| 
libro mát úttqM ki aoUgftedad not Im Irasikiítí^o; es brete m exteii- 
mm, per^r«eo«ft«i«enaiittSv y el eoopimAo 4|tle 4odo to oicíifra, 
porqti i Qosao dke Mootesqumi, iMb io ve d actor: üflisii es^hdr boj 
oMll«Éfit^«bfelo 4eTé$tei^e«oj>yHiio r<teal<skffiiéA«aeB ^ae 
beiMeto el ppaeiosa^oaciai d» ooljcíaf que ooatieiie; itfeen urna i|iie ae 
prafNiaa prdmilar per asedia del coatfasle, oea ailira eloeoente coalfa 
eldageoerado^f QeUe ramaaa; creen oíros qée acaao le moti^ao á es^ 
ccRmíIo lea graodes ejeoiploB de tiriod y valor qtie encoalrara eo las 
bordea salvages qttefwWabafi la GterinMta ; y «mraNeedo lodos ea<|iie 
m habla TÍattkda e) pata q«e describe, sopenen qoe las obras de PKnk) 
el aatigua» la» relacioiiea y docameatoa que h pudt raa propordooar 
los soldadoB remaeo», y la permadeoda probable del airtor en laa froa-^ 
leras de la Aermaaia^ le sirmraQ de fuentes para su obra; pero sea 



dot autor en «né lié las pégin&armás bellas de la efocuencfs antigua. Nú la da- 
mos eo castellano por teáior de que nuestra iraduceícta haga perder k» eneantot 
del original} asi ademes podrá servir de ejercicio á los aUimnos. 

XLIV. Katus erat Agrícola, Caio Ciesare terlíum consale, id ¡bus juDÜs: ex- 
Cessit sexto et qoiDquagesimo anno, décimo Raleadas septembrís Collega Prís- 
coqae consulfbus. Quod sí babilam qilbqoe ejus posteri nocere v^Iint deceniíor 
quam aublimior fuit; nihiV metas in vnHu; gratía oris svpererais bommi vimmlNi* 
le crederes, magnum libenler. Et ipse quidem quamquam medio in spatio inte* 
grsBietatis ereptus quantum ad gloriam loogissimun (e?um peregit. Quíppeet ve- 
ra bona« qaesB in virtutibus sita sunl, ímpieverat, eonsulafibos áotríumphatibus 
oniamaotis praidito quid altad ad^ruere fortuna poteratt Opiboís nimíis non 
g^udebat, specios» oontigerant; filie atqae uxore aoperilHttoy potest videri 
elíam beatus, iocolumi digoítate, florente fama, salvia affiínita'tibus et aoiicitüsy 
futura eflTugísse. Nain, sicuti durare in bao beatissiroi seculi luce ac príocipem 
TrajsMitn videre, qaod augurio votisque apud nostras aures ominabatur; ita fes- 
tioalü mirtis grande solativm tüIrC, evasis^e posiremumillQd iempas qao D6iaí. 
tianus nom jam per intervalla ao spiramenta temperoni> aed oonlmue el toIoI 
uno ictu, rempublicam exhausit. 

XLV. Non vidit Agrícola obsessam curíam, et clausum armis seoalum, et 
eadem átrage tot cónsttlaríutn taades, tot nobilissímarum femioarum exsitia et 
Tugáis. Ua9 adfaitc victoria Gaevs Metiescefesebatur, et fntra Albaaam arcem 
seotentía Messallini strepebat, et Masus Bebíus jam tum reas erat. Mox oo^- 
tra duxere Helvídíum io carcerem manas*, nos Maurici Ruslicique vísus, noe 
ínnocenti sanguine Senecio perfudit. Ñero tamen subtraxit oculo3,jussítque sce- 
lera« eon apectavü: pracipaa sab l!>omfUaoo'ttiÍ9eri«fam para^rat, vMore etada- 
piel) qaam avspiría usatra sab^rtbereoter, (|aum denotaedH toi bomiaem pt^ 



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de trtft lo que ftthn* « lo cierto que KgníMb el Me» qie eoiMieMí 
d iílolo. «Die 8iu^, moribui, fOféüfué G§mamm IMm^ divide mi 
tres parles lnetM, qtvepaede mmm orno oo tnlado de noegpifié, de 
polilioi ydeoustttmbfee^eioeaAtigiMfferBiai^ 
sobre les di^Fefsos poeblus ydifereodae^de cosiiiobteo que sep^abot 
ealre sí á tos bahiimes.de aquella rsgioQ; la ralígia&> el «¡obieroo, kr 
liQitlia, el artedela guafra» la i^irícoUiira, iodo^eaira eo m obra | 
de lodo dá tilles ens^anzas; aoaqiie oonteiiga algín error de deHiUe 
eo la parle geop'áfica, aoaqoa coo^ioda la reiigíse de loa ^rmanos. 
CQQ la romaoa, k la que preleade asi<iiilarla osuhuiditfado loa noadlNres 
por no conocer la leogua teolóoíca, fs lodafia te obra del ilustre b ja 
de Terni, laraiz, la Terdadera fooole de la híslom priotiUva de morbos 
paeblos moderóos. 
Resla qae baUar de dos dMras de TácUo qnaanaque düeresles por 



ÜorttMift sufficeret saaf os ule voltus et rubor, quo se contra pudorem omoiebat. 
Ta Yero felíx. Agrícola, non vil» taotum claritate, sed etiam opporiunitate roor- 
tís, uft perbibeot qoi ioterfueront dotíssíihís sermoníbus tuis constaos et Ubens 
fíitum excepifíii, taoqaam pro virili portfone ínnocenliéin ()riiicipi dotares. Sed 
mibi fili»que,pr»ier,acerbiiatem pareotís erepll, augei mosUüaní, qood aaside- 
re Taleludioi, fovere deQoíeotem, saliarí vuUu, complexo, nos coDtigíi: excepís- 
semas certe maodala vocscsque, quas peníios animo figeremus. Nosler bic dolor, 
oostrom yuIous; nobis tam long» absentísB conditíooe ante quadrienníom amis* 
sus es. Omnia síne dttfoío, eptiroeparentum, assiéeole amantissiroa uxere, siptr* 
futre beoorí too; paocioribas Umeo laerymis cempoattus es» eiooviasima io luce 
desíderaTere aliquidociili tui. 

LVI. Sí quis piorum manibus locus; si, ut sapienlíbus placel, non cum eor- 
pore extínguaotnr magnas aním»; placida qoíescas, nosque, domum tnam, ab in* 
firmo dasíderío et mníiebríbus lamentís ad contemplatieoem viKotum toaru» t»» 
cea, qoas naque Ingerí oequa plaagi fas este admíratíooete polios, te inmorisHbua 
laudibos, et» si natura aoppeditet, simílítudíne decoremos, fó verus bonos, ea con* 
jonctissimi cujusque pietas. Id filím quoque uxoriqna proceperim, sic patria, sic 
mariti memoríam veoerari, ut omnia facía dictaque ejus secum reTOlvanl, &*> 
namqoe ac figuram animi magia quam corporis eomplectantucí wm quía ioter* 
cedeodum pot^ imaginibus qua marmore aot aare fiogonisr; sed» ut vultus 
bominum» ita simolacra vollus imbedlla ac mortalia sunt; forma mentís £eter«> 
na, quam tenere et exprimera non per alienam materiam et artem, sed tuis ip- 
se moríbus possis. Qoidquld ex Agrícola amavímus, ^oidqutd mirati sumus, ma^ 
net KMDsoromqoeest ioaoÍBdía booúoam» ía atornüate ten»porMB» fkma rcram. 
Kam muUos Yeteram» Yeiut ingloríos et jgpobilea obiiYio obruet; Agrícola^ poa* 
terttati oarratus et traditua, superstea erit. 



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- 39Í - 
losifrolixs, Híthruu j Anales^ tienen forflias y tendeAtiás ^reci<)a$; 
(Ké el \Mh Ei$hFwnm Hki, á la exposkioD de los acoBtecimienlos 
cúntempotáiieos del «titor, oenmdoe desde 6alba hasta Donffdano, 
coniprendieDdAiNi período de W anos; y el do ArmaUum Wm, i h bis* 
loria át los svoesos ocnrrídos, desder la ineérte de Augusto hasta la de 
NeroQ; de \^ Hkkírias, quedan los caalkt» primeros libros y paite 
M qi^oio, comprendiendo solo nn afio, y de los AmUí, que constaban 
de X¥l, los seis primeros, aunque el quinio no compkto, y desde el uo- 
déeisH) hasta el décimo seslo, que ba Hegado con lagunas, y que era 
ei úlUeradeiaóbra. La diferencia de estas dos obras acaso solo seen- 
onentre en el plan; en las Büíúrias da más extensión á la narración 
que en los Anales* pero en unas y otros muestra Tácito toda la gran- 
deza de su genio original; severo como la verdad, y profundamente 
conocedor de las intrigas de la política, todo lo descubre y todo lo su- 
jeta á un maduro examen exponiendo siempre con admirable concisión, 
con las galas de su rica fantasfa, ron la indignación de un hombre apa- 
sionado de lo antiguo y amante de la virtud, á quien disgusta y la- 
menta lanío desorden y tanto error; la excesiva dureza en el modo de 
juzgará los hombres, es acaso lo ánko que se puede echar en cara al 
autor de ios Anales, obra que muchos*han mirado como la mejor de 
Tácito; pero todas fueron objeto de previsoras disposiciones lo nnsmo 
del emperador que se enorguliecia de llevar su nombre, que del gra^ 
Leen X: en el primero para conservarias á la posteridad; ^ el segun- 
do para sacarlas del olvido en que la casuafidad las hubiera colocado; lo3 
esfuerzos de este último no fueron inútiles, pero no han producido el re- 
sultado que era de desear 

Tácito, como Sal uslio, ^ ba forniado en el modelo de Taoídides; 
uno y otro buscan la concisión couio carácter de su estilo, ei más pro- 
pio de los historiadores filósofos, y de los que refieren mas que gran- 
dezas y elogios, desvealuras y males sociales acaso irremediables; el 
primero aun más tx>nciso que el segundo, no es el pi^dicador solamente 
de la virtud; la siente, la ama y acaso también la practicara; ni busca, 
aunque couio SalusUo cuide con exceso de la forma, locuciones anti- 
cuadas, ni frases en desuso que den originalidad y energfa á su estilo. 
Tácito, aunque es d último en orden al tiempo, de todos los escritores 
romanos, es un gran genio que honra como ya queda dicho, la lengua 



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— 3W — 
en que escribió; sq orjgtoalkiad es lal, que dífeiltneBle puede coefua- 
dirse su estilo ni su manera con ningún olre eaerílor; profundo filó- 
sofo y polílico, arlislacoQ el senlioiieoloy la imagioadon de poela, 
conocedor del corazón humano, ardiste patriota, que llora los males 
sin remedio de su tiempo, se forma un estilo qae aunque imitado, 
conserva cierto tinte de originalidad, que corresponde á sus elevados 
pensamientos y á la manera protunda de juzgar los hechos y los hom- 
bres; si hay que censurar algo, es más al escritor que al historia Jor, 
y aun más á su siglo, que representa entero y completo aunque con 
sombríos colores} siempre admirable dentro de las ideas romanas, es el 
historiador, que ha comprendido mejor la misión que la Providencia ha- 
bía confiado al imperio. 

Plinio el joven, Tácito, Suetonio y otros escritores de la antigüedad 
citan algunas otras obras históricas, pertenedeates á este periodo; Tiberio 
babia escrito Memorias de su vida; Claudio y Agrípina su osp3sa son á los 
ojos de Suetonio, autores, el primero de una autobiografia, de otros tra- 
tados sobre los sucesos que siguieron á la muerte de Julio César, y so- 
bre las guerras entre Augusto y Marco Antonio, y la segunda de unas 
Memaria$ en que registraba los hechos de su vida; el mismo autor cita 
también las Memorias de Licinio Craso Mudano; Séneca recuerda que 
Brutidio Niger elogiado por Tádto, habia escrito la vida de Cicerón; 
LéntuloGelúlico, Domicío Corbulo, C. Suetonio Paulino, M. CluvioRufb, 
y otros muchos son citados como autores de obras históricas hoy abso- 
lutamente perdidas. 

De este largo catálogo de historiadores, que aun fádlmente S3 podria 
aumentar, y de la importancia de las obras históricas examinadas 
en este mismo capítulo se desprende una reflexión, que habrá todavía 
necesidad de repetir, que la Historia como estudio á que el pueblo 
romano se habia dedicado con afición siempre y hasta con originali- 
dad, es entre las obras literarias» la más conforme con su carácter, y 
á esto acaso deba atribuirse el empeño con que se cultiva aun en las 
épocas en que la decadencia habia avanzado de tal manera que difi- 
dlmente se dirigía el espíritu á los trabajos literarios; la Historia y la 
Jorisprudenda son los estudios más conformes con el carácter práctico y 
severo del pueblo rpmaoo; y por eso en todos los periodos de su lite- 
ratura tuvo tan brillante cultivo. Pensando en que nunca olvidaron los 

Í6 



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- 8W - 
romáfK» Hi alH mJrioii de so deslñio y eo qilfe tMa ffaittaile la óSitiía 
degenereeioD social había bonbres que eoo^nrabao fot^gro recuerdo dto 
Us graddezas pasudas, sé pocM comprender estaafickm que les Neta- 
ba á perpelear lo üostre de so renooÁre, gratMte'basta en los dias de lu 
decadeneia y abyecctoo. 



Filósofos. 

MHmú m tf# U$ f^M—fim y ^%é—fm9 «le 99$m éifem. mémmemt étméi #• 
•m siéim t mmf — -Mt 099Hei»§n0 c««M<4let^il* ■ c # iw im ^m»0 «le !•« 
f r«M«Ml«« fii—é0e— «le «^Mee«i| 4«*i» «i« li M <W ftl#> ««ic r eiwe « ««»<, 

' «••# «il^Mftetf 9mi^^nmn hm^t* -^atiutUim enlre vele 0témmfm y el 
4|»4«ffel 0«*M f^«fkl#^ — €m§í*áei0*» ^^mm^mi «le !«*• •ét*«*« §Ummépem9 
«le «éMec«i if é«*e«e 4iMNe«e<eM «le •<§ e ei t e«t < « l »r~ 'IPe #t^..'0V 
cie«Mel«ff <e«*e «9«l Mmivimtn tfmir^tm. — iPe f»r^eg <« le«t M « i . «-Ae «f üt t i 
ttNitMr**^'^!**!*--'^^^ €0m9immtim 9apimn9Í9. — iPe €t em % e n § im,-^B0 . 
«»<ev4i«te eH».— i»e etllii W«M«i.^lto Met^e H eU to - «j i tofi ílie «nI 
M/m^iiiwHt^ — éMs «le Sémmem $m m p 9 i0 m M 9 %t«t*le«e«* «leí eMy ie r « i< t r 

Sétteca. 

Abierta (aposición encontró la flfosofía entre los utilitarios Ttmüaínosf; 
mes de una vez focron echadas de la Repúttica los fflósofos cdiho per- 
jodiekkss á las columbres, y d mismo €íceron Iqyo que defenderse 
contra los que le censuraban por dirigir su espíritu á este estudio, 
creyéndolo indigno de su elevada posición; aun vencida la opoacion 
que la ciencia griega habia tenido durante la llepública, bo era de es- 
perar que consiguiera un triunfo completo habiendo sido tan mal reci- 
bida, y cuando se consideró 'útil, to foié solo como regla de conducta 
para la vida; por eso el estoicismo, considerado como doctrina que 
enseñaba á vivir y á morir, fué la escnela preferida. 

El despotismo de los emperadores tenia que ver en los Blósofos, los 
verdaderos enemigos de un estado de cosas, sostenido por la injusticia y 
el envfleciuAento; }a pérdida de la fé religiosa habia dado entrada i h 
superstición del Oriente, olvidando los dioses de la Roma pagana, y mi- 
rando con desprecio los más sagrados intereses de la vida social; ea este 
estado ¿qué sueHe podia tener ia chanda que ensefia la direcdoo del 



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- W8 - 
^éittaiAieiilo, los tanutos de iatrszon y Mi térMtra» priodifiis lie 
k jistlrift, d« ti vivlid y de) déberf Botre la iMbitiníde var&Kbs'rá^ 
H!^>a s que cionodeitn Icms griegos y qoe pasarofi á Boma, wo sale «I* 
eeiníió la muerte de absorter ia iite<ACk»de los rooúifiOB^ por ^M su doo^ 
hída hiímK ttB^mtcm de loaprwdpias de Sócrates, tsksém eo reki-^ 
cioB eoD 8ü carácler, y porque eos londiBeiat prédkaa desde jo éri^ 
géa, lo l^etúé más M la pteoiade Séoeóa, que es el rfprrsentale dt 
esla1rflo$fi)rm|e¡oti del eatokisao* qoa se «hiifiesta iaiiMea en otros 
^escrí(«resroo)aiHis partidarios de esie escuela. 

Bo efecto, «onqoe los Donibres de Conroto, ios PKoies, Tádto y ti- 
garios oíros podievan Sgorar en una historia de la filosofia, ta eooside- 
Hcm de ifue sos. obras perleaeceo é otro grupo, ó de qoe s6lo qtteda 
aa recuerdo ie sus ideas fitosófiras, es bastille para espücat qtié sólo 
fi gore tu este eapüiile el de Lücíe Áoueo Sóoecat 

Bl p«eta en qoien hemos saludado el trágico ét BoiAa, el boiribrede 
ioej^oaUee^ coediadieeioM'S, que Tonuderaade ih virtud como ri uoi* 
co foiedio de aleanxar oaa \ida lelíz, ofendía eoo su luje y sus riquaaas al 
nasina emp^ador; el queen naedíodettiía grandeva alcanzada por el 
tálenlo en diaa de ventura, vivió una vida frugal y murió con la Itaig-^ 
oacftHi eslóica propia ésl aabi», es unú de los genios prt^legiadoa que 
pudieron escapar del desden con que generalmente se estudiaba en su 
época la fillosofíá, en la que solo veian una deuda de adorno, siotepirar 
i profundizar un sistema de los conocidos en la Grecia, ó á dar nacimien- 
to á uno nuevo. 

Séneca, sin embargo de su aficioo á la Ofasofia | de ser el i|Ue 
te su tiempb la cultivó con mas empeño, no ts, ni el autor dé un sís- 
tema> ni un verdadero 61Ó3ofo en la rigurosa acepdon dé la palabra; se 
podria cambiar ese Bombee por el de sabio que es, á través de tantos 
siglos, lodevia proverbial; no es ai pitagórico, ni epicúreo^ M aeadé* 
mico, ni decidido campeoft de la filosofía del Pórtico; no abraza con una 
clara especulación todas las teorias de un sistema, ni fuera de la moral, 
* que es la parle de más apKcadoa á la vida, puede considerársele 
como esfóíco; es verdad « que su carackr práctico le bace tender la mi- 
rada preferenlemcnle á esta parte y que en ella aventaja á Zenon y á sus 
partidarios, pero también lo es quo en Física y en Lógica se le ve 
^^adlatíte y Ueao 4e dudas, siguiendo unas veces á Epiouro, y seo- 



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- »»6 - 

tario «Iras m ios oübrales ée la Academia; eo eoofirmadoB de esta 
verdad, baslará recordar las ideaa de Séneca acerca de Dios y acerca del 
afana; para Séoeea, unas veces no exíe^e Dios, oirás lo ve ref»re9eiila- 
do eo el^rden iomolable de la naturaleza, lo confunde con el Desiino, ó 
cae en un absurdo panteismo: annqne algané vez ju^ al alma espírí^ 
(ual j eleraa, otras cree que es ua delicadísimo átomo, un compuesto de 
laz, pero material, aunque sutil, sin que alcance una id^ tampo'^ da* 
ra acerca del destino del houtbre después de esla vida: ¡que extraio es 
que Quintiliano le considerara poce exacto eo (ilosofia! seguramente 
t}Qa el jm'cio que et relórico español eorile acerca del ilustre filósoib 
cordobés es A'gno de ser conocido por las profundas observaciones que 
ooniiene (1). Per estas considcrackNies, siguiendo la antigua divi^óondela 
filosofia, liay que considerar á Séneca como estíücoeo Moral, y como 
ecléctico en Lógica y Fisica, sin que pueda sorprender esta oonsiderarioa 
tratAndose de ua escritor que llamaha á la visrdad^ un bien común á to* 
dos, y no exclusiva de un sistema, y que ooosideraba que debía dis- 
tinguirse entre la filosofía de escuela y la fitosoíMi de la tida. 

El estoicismo domiii6 eo todos los escritores romanos; en él se inspi- 
raron los' juriscoosnltos; en él bebió Cicerón, que censura darantenle 
la exageración de su moral, muchas de sus doctribas y su ieoria política, 



(I) Auo cuando para justificar laa ¡deas apunladas eo el texto bastariao algu- 
na» palabras de Quintiliano, vamos á traducir todo lo que dice respecto del ilus* 
iré español Séneca, para que el alumno pueda conocer este profundo y exacto 
juício. Dice asi. Inst. orat. lib. X. Gap. I. 

De propósito al hat>lar de lo^'díTerso» /géneros de oratoria, he dejado para e| 
último tu^r á Séneca con el fín de combatir la idea vulgar y falsa de que yo no 
sólo le condenaba, sino que le odiaba. E-^to ha provenido de que se han visto los 
esfuerzos que hacia para contener la corrupción de la elocuencia y conduciría por 
más justos sendero^; Babia ademes otra razón, y es que Séneca era el únicoaa» 
tor que andaba ee manos -de la juventud, y sin intentar yo excluirlo completa* 
mente, no permitía, que se prefiriere é otros escritores que valen más, y sobre lo> 
cuales Séneca mismo desconfiaba ser preferido conociéndola diferente tendencia 
de su estilo. Era sin embargo más apreciado que imitado, y sus partidarios so 
separaban de él, tanto como él se habia separado de tos antiguos. Hubiera sido de 
desear que se hieieran iguales, ó al meno!« que se acercaran en todo lo posible, 
pero comunmente solo agradaban !os defectos y cada uno I s im¡tat>a en lo qua 
podia, y al jactarse de hablar como Séneca, no hacían mas que relajarle. Hay en 
ét sin emt>argo muchas y grandes cualidades; ingenio fácil y abundante, inmen* 
8o estudio, y grao caudal de eradlcion, pero tteoo de errores debidos i los qoe 



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-^ 897 - 
en él (üTieroQ duraale el iuiperíov on consuelo los partidarios cki la re^ 
pábHca, y ona esperanza los espíritus elevados, que sufrían las iras del 
despotisuM), y que anhelaban la regeneraeioo de aquella corr&iupida so- 
ciedad; la moral estoica fué una preparadon, que la Provideocta per-' 
fniúó, para c^^tender por el uiundo una doctrina santa, infinitamente mes 
faenéica y consoladora que la del Pórtico. 

Aun reconociendo al estoicisino como base de la elevada moral de 
Cicerón, no es posible dejar de ver, que en la pluma de Séneca da mi 
paso notable; acaso la diferencia de las épocas pueda explicar la di<- 
versi<fod de miras; Séneca cser ibia cuando d IJigo de Dios bafaia 
predicado al mundo, y la elevación de su nioral podrá conocerse re** 
eordando algunas de sus más culminantes ideas; los deberes del 
hombre para con los demás, estén explicados por la fraternidad, que 
llega hasta los eschivos á quienes considera hijos de Dios y de la mjsma 
naturaleza que los hoinbres libres, (1) (Epist. 95-48) y por la caridad 
qoc la naturaleza proclama dándonos á todos, un uusmo origen y un 
iiiismo fin; el hombre debe tener en el corazón y en la boca este gran- 
«fiosD verso de Terencio. 

Homo sum, nibil hmnani aliowH á me puto. 

Donde quiera que haya un hotnhre puede haber ocasión de haoer 
on beneficio. (0^ ira iU-5) máxima digna de la doctrina que Jesu- 



eocomeodaba sos iovestigacioDes. Trató de casi todas Uts ramas de la ciencia, j 
exi^eo diicursos, poemas, cartas y diálogos. Bn fíloiofia fuipoeo aor^uslo* pero 
ÍBsjgae autagooista de los vicios. Lleno de muchas y claras seoteucias, su lectu- 
ra es útil coa relaciona la^ costumbres, pero su estilo es en general corrompí* 
do y tanto oiiás peligroso cuanto que está Heno de defectos que fascinan {dulcibus 
vUHs>) Se querría que hubiera escrito con su ingenio pero coa e^gusto de otro: si 
ifesprecioQdo ciertas coeaa hubiera aido menos anibicioso, si eslimaikdo manos 
s<is obras^no hubiera desleído tanto sus pensapnientos» tendría el aprecio de loe 
* sabios, en vez del entusiasmo de los jóvenes. Tal comees, sin embargo, det>e leerse 
cuando et gusto esté formado y rotkistecfdo por lectura más severa , porque co- 
mo ya díge, hay en él mucho que alabar y basta que admirar, si se sabe esco* 
ger acertadamente; ojala que hubiese hecho lo mismo. Su geoio era digno de 
iiaber liechomás y mejor, porque bízo todo lo que quiso. 

(4) DeClement. 1. 48.-Ejttsdem natura es^cujos ta: BpiM. 47. Vis te cogí- 
imr^ isium quem sorvom tuom vocaa ex iíadeoí seminibus ortom, eodem frai 
ccdIo, «que spírare» mque vrvere «que morí? Sic cum tnferiore vivas qoeoiad 
modum tecum superíorem velles vivere. 



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cristo predicó ai amndo, tsi como ei reirato del sabio, que despojado de 
b iftdiferenci» é impasibilidad estoica, podría ser mirado oamo trazado 
por el mes elocoealQ apéeiol del críatianismo (i); oonsideraodo Séoeoa 
por otra parle como boroiaaosá lodpslos hombres y al rouodo como 
ss.paUia, Patriam ineamtsse mundumsciamidprmidesdeoi, (Yüí- 
het. i9) establece vloculosgeneraiea dé rekcioQ basados eo senliiniealo? 
goneroaoa que le hacen odiar la goerra y sos grandes héroes, hasta el 
pmto de no tot en los cooquisladores mas que crueles destractores délas 
nieiaaes^ (S]t; y én fin, el clocneate empeño con que predica con re- 
bdoo á los deberes para con nosotros, la necesidad de domtnar las 
pasiones y de vencer las miserias de nuestra condicíoo por medio de la 
yirtodf despreciando los males fisieos, como el dolor, la pobreza, la 
muerte y el desAierro, porque no llegan al alma, únicos males que de- 
bemos sentir, da á este escritor Jo inmensa iraporiancia, cun qoe se 
miran sus obras on prosa y que si no llegan á la grandeza, de fipic- 
teto y de Marco Aurelio^ no por eso dejan de recordar las máíiioMS 
que contiene la moral predicada por los apóstoles^ sin qna piereica 
ser llan)ado wni'filósofo y acéso mmos, como Mr. Kerroo le llaaiai 
aun teniendo en caenta* lo que antes se deja sentado cespeclo del carác- 
ter geanral de.so filosofía y de sus oooocidas vacilaciones. 

admirad oa los Padres de la Iglesia de h pureea qoe la doctrina de 
Séneca encierra, y no buscando dentro del orden intelectual la razón 
de la, m^y^. perfección de. la mctral,. coiipparada, con. la de los fildsolbs 
griegoa^ iO) atoiboy^roQ. á> la doctrina de Jesucristo, y de la qoe San Ge-* 
rónimo y San Agustín le consideran conocedor, dando íéál asenso á la 
tradiciqn, que supone unión y amistad entre el filósofo y San PaUb; 
así, es que alguna, cartas de Ms.qoe figuran en la; colección dídgidav i 
Ln^o^doi que más abajo se hablará, se hancreido«oiéntioasporki 
eitados|Mdl*es: nohn dejado de tener algunos partidarios esta piadosa 



(4) bademeotiaüb. Il*cap«VL 

{Si. SondignasdO' cooooarsa laa^ palatN«f con qpetarmma el libro primero 
De élemeniia, Nulium oroameotua priaoipia featigio dignios pulchcriBsqtteett^ 
quam illa cereña a6 eíoaa aaroalea; non boaUiit arma detraala vieiis, ooo 
oarraii^ Baat>aMrum aai^uioe oruanti, noo parta halle apatía. H«bo diiiea polea* 
lia ^fgaaga^mact pat^ioa^pfare^ nmltoa aetam oaoidMa«.eti imüaorfala^ ia^ 
cendü ad nitoa» poteotía est. 



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- 8M — 
€reeiicia« y ^iilre k» (^to» moderaos piode (álarM iSdideU^ quera^ 
cogiendo reiadpiies de ideas y hasta de palabras entre laa Sagisdas te- 
críloras y ias obras de SéoecaiH concluye afirmapdb qoe debid onasiro 
filósofo tener cooocimiento del Evangelio , y qae acaso también amistad 
con Sao Pablo, toda vez que oomo hecho iüstóríco, nada ofreee de bu- 
posible. Sin einbargo del respeto que el cAadb crílieo roereee, bo hay 
en sos razooamiealos Tuerza bastante para aseolar par cierto, uo hecha 
combatido hoy por la crítica, que dlBclara afMkrifas las oartaa á que se 
refiere y supuestas las relaciones de amistad indicadas; aus aparte de 
la fondada suposición de que á Séneca hubiera conocido la roord cris-* 
tiaoft, la hubiera abrasado con entusiasmo y hubiera dejado consignado 
en más de un lugar su aprecio, teoicodo valor para arrostrar la más 
dura persecución, y aparte también de esa relación casual, qoe algona 
TOK se cita eiire ideas y palabras, y que puede fácilmente provenir d^Ia 
relación que la moral puedie ofrecer siempre, porque descansa en prio- 
c¡pt«6 eleoios é inmatables, no es de atribuir al Cristianismo, lo qoe 
solo se debe al espíritu que fuera de lareligiooi del Crucificado^ se expar* 
cía en el mundo preparando su adivenimiento; asi explica hoy la critica 
estei^ho combatido ya por Erasoio y qu9 ha dadtnlygar i ptoftiadas y 
jiáciesas obsepvadones (1). 

De todo lo dichoea esle capitulo, se deppreode ftcilmeale que el ob- 
jeto, pnefemte de lafilasofia de Séneca es la moral; que oúra las demás 
ramas de esta ciencia como cuestiones de escuela^ y que el tesoro de eo-» 
seteozA que dernuna, se r^re á la vida prielica prooarando foitificac 
el adral coatra toda lo queexterioniiente pueda robar so traoqmUdad; do^ 
tado de un ingenio poderoso, sigue al hombre ea todao los novhnieatoa 
do SI» oorazoo, y eq el rioa arseoal d«r su erudicioa haUa^ medio de ex-- 
paner coa más encanto lo que» su imaginación rica y brUbmle le ofreeia 
ooa delicados colores; no se crea pon esto que Séaoca es á nuestros oj^ 
ua escritor úq lunares; los^ defectos de estilo señalados á sus tragedias, al- 
canzan también alas obras ea prosa, y es preciso verlodeclamador, ft'io«. 
lleno de antítesis y figuras, y buscando casi siempre una concisioo qoe 
oaDqae propia de laieseoeld estoica, eiparee oseuridad y afectaeioo, y es 



(ij^ |ff . Q|tl(«i iKihoctio Ka puhlioida uo at Mí« g:it^¡o;fiel^i^lJ^^»p^wt^ 
relaciooat entre Séneca y el Apo8lol^0i^(j^ áiepo dai|9K cqaopidP* 



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- 400 - 
una de las primeras causas de la corrupción del boeo gusto de que lan 
duramenie le acusa Quiaütiano, Una breve indicación de las materias 
tratadas en las obras de Séneca, pondrá fio á nuestras cortas observa- 
ciones (1;. 

El tratado Db Ira^ dividido en tres libros, es acaso en d que el 
autor aparece más fiel á la doctrina estoica; aunque ha debido llegar 
incompleto, indica ser nna amplificación de todo cuanto la dodrioa de 
Pórtico habia dicho acerca de la cólera 

De eonsólaUone ad Hehiam matrem; el objeto de esta obra, la mis 
antigua en su género, y ajuicio de algunos críticos la mejor de Séneca, 
era consolar ¿ su madre de las penas que la afligían, por las desgra- 
cias de su hijo entonces desterrado por Claudio; no solo se admira en 
este tratado al filósofo resignado y elocuente, sino al hijo, lleno de ter- 
nura y delicados sentimientos. Es tan interesante la leciura de' esta 
obra, que no sólo despierta siempre profunda admiración hiciasu auto^ 
sino que da á conocer cuanto aumentó las teorías de escuela, haciendo 
exacta aplicación de la filosofia á la vida. 

Al mismo género pertenecen otras dos obras de este filósofo tituladas. 
De ctmsolaiione adPoUbyum, y De consobtione ad Marciam; la prime- 
ra honra poco á su auior, que se convierte en humilde panegirista del 
Uberlo de Claudio para conseguir la gracia del perdón, bajo pretexto 
de darle consuelos por la muerte de un hermano; la dirigÚa á Mar- 
cia por la pérdida de un hijo, puede dignamente colocaiso al lado de 
la deHelvia; tal es la relación de sentimientos que entre ellas existe, 
7 por eso se considera como uno de los mejores tratados qoe han salido 
de la pluma de su autor. 

De PromderUta líber, sive quare b<mis viris mala accidant, am sit 
ProviderUia; aunque el autor no muestre en este tratado las ideas más 
fijas, como queda indicado, defiende ti la Providencia de los reproches 
con que se la censura cuando se ve que frecuentemente son desgradados 
los buenos; el aconsejar el suicidio como término de todos los males, e^ 



(4) Digna de recomeodacioo es por mas de un «oncepto la iradocoion del Lie. 
D* Pedro Peroandez deNavarrete publicada eu Madrid en 1887. Contiene \o% sie- 
te libros siguientes; de la Providencia, de la Vida bienaventurada, de <a 
iranquiHdad del ánimo^ de la Constancia del sabiOy de la Brevedad de la 
vida, de la Consolación, y de la Pobreza. 



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-. lOt - 
00 remedia wtéíco conlro el exceso del dolor, que luueslra kieo ¿ las 
dans la insofieicnda de esta moral, y la aeceridad eo qoe el maodo 
se enconb-aba de una doctrma superior que llevara coosoclos al espi- 
rito , 60 las más graodes adversidades de la suerle. 

D$ ammi IranqutlüaU: este tratado va precedido de ooa carta de Áo- 
oeo Sereoo preguolaodo al autor el medio de librarse de las inquietu- 
des que le atoroieotao, y Séneca está dentro del estoicismo y dcmia ele- 
vada moral eo los consejos queda á su amigo y pariente: d ocuparse 
de ks «luolos públicos es un medio de librar el alu.a de tormentosas in- 
qoieludes. 

If$e(mstmdia9apiintí$: dirigida ai mismo qoe la anterior y escrita 
cottfbrme al principio estoico, m sapientum non eadü injuria. 

th Ckmentia ad A'eranem Cmsorem; este tratado debió constar de tres 
libros, de los que solo quedan el primero y parte del segundo: su obje-* 
lo es presentar el gobierno de Augusto como el modelo que Nerón 
debía imitar. La lectura de este bellísimo libro hace resaltar más 
el contraste qoe señala la historia eotre los hechos que apunta de Ne* 
ron en páginas de llanto, y las severas enseñanzas de su elevado maes- 
tro. Difícilmente podrían darse más sabias lecciones á un principe, é im- 
posible nos parece que se presentara el caso de que sirvieran menos. 

Dt breoifaíe toitm: en este tratado Séneca procura inclinar á Paulino 
pariente de su oiuger, al buen e«npleo 'dil tiempo ya que la vida están 
corta, tomando parte en los negocios públicos, y cayendo así en contra- 
diccioQ consigo mismo porque habia dado bien diferentes consejos. 

El tratado titulado De seeessu sapientis, ha llegado muy incontpielo y 
es de escaso interés creyendo algunos críticos que debe formar parte del 
siguieote. 

D$ rtto béaf0; el obJ3lo de este libro ocupó á los más distinguidos fi- 
lósofos; ¿cual es el m^io de alcanzar la felicidad en la tierra? Séneca 
desenvuelve la teoría délos estoicos, que juzgaban como úm'co medio de 
alcanzarla, el practicar constantemente la virtud. 

De bene/iciis hbri Vil: este tratado que Séneca escrilúó en los últi* 
mos aios de su vida, tiene por objeto explicar las maneras de hacer e| 
bien, y las obligaciones del que lo hace y del que lo recibe. Obi-^ 
de los últimos anos de Séneca y cuando habia visto el cambio de Ne- 
rón en el aprecio que le dispeo sara, Ifeno de on conocimiento profondo 



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M eoracoD' kvaiflDo y fertiifeado e» los príocipiw de fat mml eMm, 
wtáme las más bettas máximas q^ie hto salMa de sa^plvait;: oon moa 
se mira* cmw el mejor tratado de SHoeca; 

HpislolcB ad Lucüiwm; Us cieol» veiote y euttro carias de Séaeca di- 
rigidas i Lodlio, SOS' mi vefdadero^tesoro de obBOPvaviirawfMiile»; es- 
critas con áoimo de que se pubUcaran, no tieaen las oaodkáoDes del gó^ 
nere epistolar, tal como 16 eobÍTÓ Gicereo, pero los eaeantoft del estile ; 
la ebTaciOa qae el autor alcaaza- ea ^as^ ha sido la caosa ds que al- 
gunos cHtioos lasooosMereaeoma la más perGn^t» oalne todas hs obras 
de Séneca; la forma de cartas dada á estos tratados, conlríbuíft podero- 
samente á su perfección; no fbrmaado up oonjaniV'eBlaaadot» ao tenien- 
do necesidad de obedecer A un plan ^, siguiendo las ioq»«oiaiies 
del momento, ni podía faltar á la iógicaí, ni á las focmat deon pasa- 
miento extensamente desarrollado. Np todas las cartas pueden miraisa 
como verdaderos modelos; las bay de escaso interés, y basta indignas de 
Séaeca, y las hay lambiea apóiTibs como antes se ha indicado^ pero en 
la miyor parle aparece como una aliua geaerasa y fuerte. Se propone 
en cada una la resoluciooide un tema filosófico siempre unido á la bm- 
ral, y dejándose guiar por su tnsif^ talento se eleva ¿ coasíderacíones 
siempre profiíodas y siempre seveMs. Las carias á Jmcüíoi, soa na es* 
tudio en fin provechoso para el literata, para el filásofo y para al hom- 
bre de sociedad.. 9dn la voz elocuente de un anciano resp^aUe y Ueoo 
de talento, probado como poeos por las iHmtrariedadesi de la vida. Asi 
se comprende queseo pleno* paganismo, cuando la. vos salvadora de la 
religión de Cristo no ksítií» sido esoiohada, se elevara Séaeca i lampro- 
fnndas verdades. Hé aqaí la indicación da algunos temas^de tnáM oéle^ 
bres cartas siempre morales, tomados al acaso entre las que fonaiaft 
lacofeceion. ii. I>i9ermk$lisconmodii,eí morte t»lír%«ffMMík 41. 
^womoda emfm conmlenium. 46. 09 utüitate pkilo$alSm 48. Hb 
obleotet^nilm M^ptwiAía. ti. Ik vm^ phih$opki giorioí 97. NmUmm 
nisi in virMe ííeram vok^Mem. Ek. 

AitonoXo)tt3vT(i><rc<, siw kék$ de morte Chmdií asta aotaUe obra eaoríla 
en prosa y verso suponen algunos qiae no corresponde á hi ploma da 
Séneca. Sn objetóos rídiculiKará Qaodio, cuya metamérioaís ea ea- 
loba2a, da lugar á chistes picantes y graciosos paeatea ea boca de lea 
dioses y de Augaslo, aobveia muerte y aortas de la vida daeslaimbéQii 



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- i«3 - 
finperador. Se doda que sra de Séoera y sólo pnaiMb en so de-- 
seo de ^eftgarw de Claudio qoe «en áemueote b kabia tratado, se 
poede eíMiipreader qae sea (dira soyar to insnf aeza «^saagncnta por* 
qie la Apocohbiñlemi es tiabaj^ muy espMoalv está escriia con §ra* 
fia y lleaa de iagMiissescItislesiitic exeilao i cadki p^a 1m risa. Tieae 
h ferm de las sétif as Uaipadas e«eaipeas qoe Vairaa kabia escrUo 
en preea y viMiaav y ae día aiuy b«na idea del aoior t) pensar que 
cnaeda meditaba esia- giatíosa sátira, estaba escribieada ü elQ|ia qae 
Nerón ba^ da pronvaeiar ea benor áv\ miemo Glaadio. otease basta 
dónde llevan al boutbre la aaibicion y el di ato da peder y de sando. 

OAPtTULO xxvm. 



Ctencias aaturalea. 



De propésKo se dejóiie eooiprcadef! ea. et capilnlo anUníor, d tr^ 
tade de Séaeea conocido con: d lüalo de Cuettionet aoAinrAs; d objeto 
de esta separaoíott era, renair en nno>selo á. Séneca y PUnie d Anti^ 
guo, útticoa cultivadoras de btt ciendeis naiiinileadiirattiaeste periodo 
de bi literalnra latina* 

Solo na genio delado de ardíente^fieion á la eieneta y de Hílente capaz 
da abarcar todas, su&uiás variadas^ teodeodas, podía caltívar estos estu- 
dios á k iree que otros de bien diwrsa. índole: solo asi se comprende 
qae el aalot de laa tragedias y de las cartas á Locüio, sea tamUeo au- 
tor de las eíi$tíumi$ mdvraleti so espirílu observador qie^bibia ana* 
Üzado Ibs aealíiaiintos^ dd bombre y estudiado so caraaan> 1]bv& tam- 
bién la nnfndaescudnnadoca á los fenómenos de la natnraleza, y éte 
ana observaciones bizo nn tratado cteniífiea'di^ de lagar mny pre^ 
lerenle, at se considera lo poco cnitivadas qoe las eiencias naturalea 
habian sido entre ios romanos; en efecto, antes de Pliaio solb aponte 
Ja historia como ctütívadares de la Física, á Lncnecio qneea su cele'- 
brado paema habin dejado consignadas profandas observaciones, y á 
eioara» que eapuao a%on«s leorias en sus traiados fiiosófiess, perosin 



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- Í04 - 
formar cuerpo de doclrína, y sin método. Grandes precedentes teidan 
por Qlra parte en la literatea griega, porque los fiiésófos jóniros, 
Aristóteles y Jos estóíeos haUan <ledirado al eslodio de la naiuraleza 
aleodon muy señalada, pero los romanos aunque se ^vieran indinados 
por las riquezas de las conquistas que todo lo Uetalian á Roma, y 
aunque el inlerfe que ofrecían foera posátivo, y por tanto conforme á 
su caricter, es lo cierto que é no desplegaron gran aScion, é aunque la 
tuvieran, la posteridad no lia tenido la fortuna de que sus trabajos se 
conservaran: PKoio el jóvm cita much os naluralis'as de su líeropo, pero 
sólo se conservan las estimables obras que son objeto de este capítulo. 

Las Cuestiones natwraUs de Séneca son una clara prueba de la eru- 
dición que atesoraba su autor; todo loifn^ la cíonda griega había pro- 
ducido, eslá compendiado en esta preciosa obra: Humboldt, cuyo tes- 
timonio en este asunto nadie puede rechazar, juzga que lo dicho por 
Séneca sobre algunas malcrías y en especial sobre terremotos, con • 
tiene el germen de todo lo que la moderaaeienoíli iia podido afirmar 
sobre vapores cláslicos contenidos en el interior del globo. La obra de 
Séneca fué por muchos siglos la úoica fuente donde «e estudiaba la cien- 
cia de la naturaleza: he aquí ahora una breve^ indicación del conteni- 
do de los sieia libros en que están divididas las Cuestiones natwrabs. 
Después de uoa introducción sobre el interés de este estudio^ se ocupa en 
el primer libro del fuego^ de algunos meteoros celestes y del arco iris: 
en el segundo del relámpago y el trueno, explicando sus caucas y ridi* 
GulizaaJo por frivolos á los que pretenden loer en sus efoetos el por- 
venir: el tercero es un tratado interesante acerca del agua; al consi- 
derarla elemento de vida para los^ peces, tiene ocasión oportuna de ata- 
car el lujo de las mesas de los romanos: en el cuarto empieza ocupán- 
dose del Nik) y sus periódicas toundacionos y trata después de la nieve y 
del hielo, cuyas causas pretende explv*ar; en el quinto Irtta^l aire, 
en el seslo <k ios temblores de tierra y eü el sétimo dé tos couietas, 
procurando ocasiones siempre para dar entrada á sns máximas filosó- 
ficas y para satiriíaír la funesta corrupción de las oosluu»bres de su 
tiempo. La obra de Séneca es no soto interesante por ser la única que 
la literatura clásica ronáoa nos ha trasmitido sobre esta materia, sino 
porque lo átU está mezclado con lo agradable, y porque k lengua 
adquiere con ella uü rico tecnicismo de que carecía: el espíritu de su 



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- 106 - 
autor se deva hasU la más alia coQsiderad<m, cuando deduce de la ar 
monja y grandeza del orden físico, un orden moral superior y eterno (I ). 

PUnio el Antís^QO. 

Dolado de profundo espíríl o de indagación y maravillosamente activo, 
Cayo Plinio Secundo Major, conocido generalniente con el nontbre de 
Plioio el Antiguo, fué durante su vida, incansable para el estudio, y 
víctima de su amor á la ciencia: la naturaleza espleudenle y hermosa, 
por todas partes le oírecia fenómenos dignos de la atención del hombre 
pensador, y la lileralnra griega, modelos que imitar y donde beber 
las primeras nociones de la ciencia natural. Se cree que Plinio .nació 
en Verooa el año 23 de J. C, y que murió el 79, axfixiado por las 
exaladooes de la erupción del Vesubio* que sepultó con su lava á Pom* 
peya y Herculano, y cuyos fenómenos quería contemplar de cerca (2). 
Obtuvo cargos importantes que le ocuparon gran parte de su vida; 
«rvió en el ejército de Germania en tiempo de Claudio, y además de 
loa destinos públicos que desempeñó en Roma, se sabe que bajo el em- 
perador Tit^ y en el año en que murió mandaba la aruiada de Misena. 
De las varías obras que escribió (3) solamente ha llagado la Historia 
natural dividida en XXXVII libros. 

El título de esta obra no es bastante para dar idea de su rico conte- 
nido; el primer libro, que puede considerarse como el índice, contiene 
una noticia de las materias y de los autores que babia consultado, y 
que Plinio el joven no calcula en menos dedos mil; drsde el segundo 
hasta el sesto se ocupa de cosmogra6a y geogra6a; desde el sesto al 
décimo, de zoología; desde el undécimo al décimo noveno, de botánica; 



^4) Además de los muchos traUídos do que se ha hecho indicación en loa ca- 
pítulos dedicados á Séoeca, se lieoe oolica de alguoos otros 6 completamente 
perdidos, ó de los cuales solo exisleo brevísimos fragmentos: se cita uoo sobre 
Temblores de tierra^ otro sobre la SupersUcion^ otto sobre la Muerte prema- 
tura 7 gran número de cartas además de las dedicadas á Luciiio. 

(4) Véanse las cartas de Plinio el joven (lib. UI, 6 y lib. VI. 46,) y en ellas 
se encontrarán preciosas noticias sobre la actividad y trabajos de su tío, asi como 
sobre las particularidades de su gloriosa muerte. 

(4) Plinio el joven en so citada carta enumera las obras siguientes que des- 
graciadamente se han perdido, escritas por su tío: un libro sobre el Arte de ar^ 



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- Ȇ6 - 
dé^é el vígé^fftó ál Iri^iérimo .^uado, de los tnedtcaRienlos que i>ró- 
porcíonan los ivinos animal y vegetal, y desde esté ullimo al Irigésimo 
sétimo en qoe termina la obra, hace la historia de los metales, de la 
escultura y de la piolura, dando noticias de los artistas y obras más no- 
tables. Rica esta enciclopedia en noticias, no ofrece nn cnadro científico 
sobre ninguna de las parles, cuya historia traza: á Pliníó elogiado por 
BuSbn en frases llenas de admir cion, no se puede conceder ni el mé- 
todo necesario para una obra de las proporciones de la soya, ni los co- 
nocimientos médicos necesarios también, para trazar un cuadro sistemá- 
tico de esta cienda, ni el gusto del arlista para apreciar los trabajos que 
en la historia dt^ las artes le ocupan. Aunque carczf^a sin embargo de 
los encan((¿ d^ una dicción clásica y de la elocnenda de los escrílores 
del siglo de oro, á él se dobe, que gran caudal de la ciencia antigua no 
haya perecido en el trastorno de los siglos: |os defectos (fe estilo comunrs 
i tos escritores de esta época, se sienten más en Plroio sin dudé por la 
precipitación con que escribió todas sus obras, por las dificultades, que 
lois asuntos nuevos tienen que encerrar siempre, para empresarios en 
una lengua que no tiene formado el tecnicismo ci(^tiíico, y por la misma 
i^xtension de la obra, que es la de mayoi^ proporciones delodas laá 
que nos han llegado de la antigñedad. 

Con el objeto de que se puedan conocer los juicios que la obra de PIh 
nio ha merecido álos grandes maestros de la ciencia^de la Naturaleza, 
vamos á indicar algunos como el mejor medio de exponer una idea 
exacla acerca de un trabajo, que exige para su apreciación grandas co- 
nocimientos en ciencias qué apenas hemos saludado. Juzgando ButToD 
(prtmer discurso sobre ta historia natural) el plan de la obra de Plioio 
kuás completo que el de Aristóteles, dice que parece que ha medido la 



rtjjar fl^ha^ ti dft&ailo (de ÜacuMotíe équeáti'O M^bloso y ^x^tto: dos Kbros 
«otH'd la vida tf0 Q, P'ompónio Sécunio, las Úuéna$ de úétmantá 6ñ ttini% 
y dos libros, obra cuya pérdida es sfifasíble, porque supliría ta toacisíon d^lTácit» 
ytomp^Ufiii hs noticias que faltan &6bré aquel pueblo; tres 1íbró4 ctfo i^ tfUlo 
de Studiosi fü hotHbr$ TéstudiosoJ en loé que trau d'el orador «¡{giiiéddolé 
desde ta cuna basu so mayor perfección: ocho libros sobre fas anñbotogias, Bu- 
bii getmonis; vemte y un libros de historia, continuación de la de Aufidio Basd 
(á fíne Áufidü, lib. XXI,) y treinta y siete de Blstoria natural, que es Ta de 
qtfe D0<) ocupamos en el texto y que Plioio califica de oput di/fusufn, $rudi$imy 
nte iHUtus vat^ium ijüam ip$a natura: tpiú. h'b. ni.-<5. 



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- «7 - 
■lüyriliü y qie4alK éDOMtrada pequaña prnt la ^¡tttíiBSM He ü g6- 
Mo: fwite ooa»|iircBiie «demás de la Irialoria^ las ^laolaa^ de los tei-* 
whks y esmérales, la htslona del délo *y de la cierra; la nedicna, él 
SDfBercio, ia oasegaoidB, la bistoría de Ims arles Ükuraies y inecáBÍeas, y 
eD'OBa palabra, todas las deacias oaluraies y (odas bscíeüdas kananas: 
b asoi&bsaso es q«e en üodas estas parias, sea iguahiseB<e,graDde« La 
eievidoQ de lasídeas y ia naUea del esiilo revelaa so proAioda enidi^ 
cioo: 00 sólirsabía lado lo que en sa tiempo se podia saber, siao qoe teaía 
la ffm ÜMilidad de eagraodecer la rieacia easaochacdo el peosamieDto. So 
obra, laa cariada oomo la ntfiuraleza, la pmta siempre bella, y aonqoe 
sea ana compilación de todo lo que anteriormente se babia escrito otil y 
digno de saberse, tiene taies caracteres, y tal novedad qoe es pre- 
ferible á los libros original^. Este juido parece qte debia, vioien- 
de de tal maestro ser la idea exacta qoe la dencia ba forniado de la 
obm de Fbnio, pe#o si recordamos el de otros no n»enos iosi|gBes es* 
Gpiieres, veremos oíaiUo pierde en la coasidepacion de aptredo. 

i^vidr {Biú^fia univirsal) cree que ia obra de Pli&iO es ano de 
los más preciosos monumentos que la antigüedad nos ba legada, yprue» 
ha da MNBbroaa erudición cp «4 <ioe fué á la vez militar y liovDíbre 
desastada. Para' apreciarla oon justicia d^ disliagairse entre el plan, 
losiietbos y el estilo. El plan es inmenso: no se propone escribir sola 
Qoa historia natural eo la extricta significación de esta palabra, sino que 
además de la historia de los animales, de las plaaias y de los minera^ 
kSt eoaspi«nde la Astroaomia, la Fidoa, la GeograÜa, el Comercio, la 
Agrieollura, la Medidoa y las Arles... Era imposible sin embargo qoe 
al teeoger tan asombroso número de hechos, no bos hidcra coaocer oaíEi 
multitud de ellos notables y tanto más preciosos cuanto qoe es el único 
que nos los ha trasmitido. Desgraciadamente la manera con que los ha 
recogido les hace perder mucho de su pre.ío, por la mezcla qoe en 
cantidad casi igoal se encoentra de verdadero y falso, y por ia di6cul- 
tad, alguna vez imposibiKdad, de saber de que seres ha querido hablar. 
Plinio lejos de ser observador coiuo Ar¡s(óleles, es todavía menos un 
genio capaz de con)prender las leyes y las relaciones según las cuales 
produce la naturaleza: es solo un compilador que careciendo de ideas so^ 
bre las cosas qoe sostiene con el testimonio de otros, ni puede apreciar 
la verdad de las observaciones que acoge, ni comprenderlo qoe ellos han 



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- 408 ^ 
querido «leeir. Es un cserilor sfai critica qoe después de haber pasado 
iiiucbo tiempo ea baoer estrados, los retine en capilolos añadiendo re* 
flexiones que no están en relación con la ciencia, y que ofrecen i la 
vez las más supersticiosas creencias, y las dedamaciooes de una 
uia} humorada filosofía, que acusa sin ce^r al hombre, á la naluralexa y 
i \o)i dioses mismos .. Es cierto por otra parte qoe cuando se eleva á 
ideas ó consideraciones generales do filosofía, toma su^ estilo energía y 
viveza, teniendo algo de atrevido é inesperado sus pensamientos. . . Bus- 
cando la oposidon encuentra muchas veces el énfasis, alguna vez la 
dureza y otras la oscuridad, más que por el asunto, por el deseo de apa- 
recer pensador y profondo. 

Blainville define la obra de Plinio diciendo que es una colcrcioo de 
aserciones, de hechos, de anécdotas tomadas de todas partes sin elección 
y sin critica; aunque frecuentemente es muy curiosa y hasta bajo algu- 
na consideración interesante, intercalado el estrado de las obras de Aris- 
tóteles y Teophrasto, desfigura por completo el plan por adoptar otro 
opuesto y diferente de los empleados por estos, verdaderos filásobs i 
historiadorosdela naturaleza. 

Por las indicaciones que se acaban de hacer y por otras muchas que 
por no ser indebidamente prolijos no enumeranoos, se ve que la opinión 
de los hombres especiales ha sido contraría á Plinio á quien consideran- 
dde como grande, creen que le falta la experiencia propia, y que 
sos conocimientos son hijos del estudio y no de la observación. A pesar 
de todo, la obra de Plinio merece una consideración muy distinguida 
y el autor un puesto elevado entre los cultivadores do jas ciencias. 
Para apreciarle como hombre basta pensrr en las cartas antes citadas, 
debidas á la plu.na ilustre de su sobrino. 



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- 40» - 

CAPÍTULO xza. 






AscoDÍo P^íaoo,. ^lor de ly^a^ biografía j^i4a de Salustio, se 
dice que có¡ñea(ó las obráis' de tlfceroo y Virgilio: de sus trabajos era* 
ditos, á 1^96 ijió el nombriB de Emvratiom, S9I9 quedt|Q.brei^ frilg- 
mento^,. u!ijes pg^ré . la ÍQlieJigeiHua de pa^es difíciles de l^s discfifSQS di 
Ciperoo» á (|ue^. s^ regereí)^ y nplaÚ^s pof la. claridad d^ su esliJo (4)/ 

P¿ Valerio Pro,l)9. existen dos ubra^ a^Q el Ululo de Grí^mmahcQim^ 
ústilutiomm libri dúo la uaa.y con el Ik inkrfireíandis nolis Mom^mh 
rut^, la otra: tel objelo de la primera se. iparca jcoa. el, Uiulo>< y U se-* 
guada se refiere á la esleoQgrafia (ij. Se cüao laoibieo.coaip d» ^ 
escrílor los conieolarios á las Buci^licas y geórgicas de Yírgilio, ;««e le . 
atribuyen las biografías minores de que hemos hablado al ocuparnos 
d^ Soelonio: difícil es, por no de^ir imposible, deieraiioar de uamodo 
que 00 dejc^. lug^r á duda, (o más ei^acto respecto del aulpr de esla vi- 
tima obra. 

Claro Kemoio Fanbiq palemou, fué el mis vaoo de los ^aiuá(ioos de 
este tiempo: su arrogancia llegaba, á uo punto iacreible; llamaba úitoía 
y puerco al ¡luslre polígrafo Yarron, el más sabio d^ los romaoos, de 



(i) Se dice que Pediano había comentado á Vír^^ilío, pero Odta obra» a^í co- 
mo la btograBa da Salustío indicada en ti texlo, se ba perdido por completo. 

(^ La estttiografia, 6 sea et artto Úíí eéeríbir por abreviaturas, es muy anti- 
guo, y ftvé Jletadoi Rema de Grecia, aegun la mejor creencia, en la época de 
Siia; Tifim, Uberto y ao^gode Giceroo^ liiso tao grande adelanto en este arte, 
que logró (pie ae diera so nombre á lar eaerüura abreviada; bajo el imperio se 
geaer«lia6 mucho esta manera de- escribir^ qae algunos han creído invención mo^ 
deroa. Son pocos los mamiseritos esteoogréécbsqae se conservan, y solamente 
se citan algunos códicet» en ñolas tironianas que existen en Francia. 

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- 4U - 
quien se bd hablado en olro lugaryyjuzgab», que con él oioriríaD las 
¿Iras romaoas; exislc una gramática de «slc arroganle maesiro con el 
lilulo de iárifffomiiwltféí^'líiSfití y Ars secunda para 

dislioguirla de la de Dónalo qne geue r alm enie se cíla con el nombre de 
ixMMMMi. iiM4inai«lta.€e(Mil^^ 4f«M« -^pM^-^am 

Goneiierada^ pM snftMÍajadM i^slnAHbm.f G4fVStiaf^-¿*aélebM <«ilM»7 

u¿^a.¿ k grao^álica i^r^iia eMrilíki^oflHÉan¡amfr4%Eaae^ Vifgi^ 

p^ro'ñadá'eWle-^Wabiasi' r ^^-m .*^\^ »^u.*rM-, x*.\ %v »*-*?«*- 

escritores ile Aericaltiira.— Colamela. 

luci(í Junk) Modéralo Columba, nalorai de Cádiz, vino al martdo «i 
d aíto né& j] ei: loa másrtfijíKogtíiA^ ¡Wridtó; yÍ<é'^fHbrc&Wá 
iludlreá-ije Roma, á dónüe én siü íuvetjlod fué" llevado/ tó'dlsjkítóahiii 
a*»*«Bd; logré ^cnlre sus cootchiporán'eos On altó ren'bmb're comb ^- 
crí^'^ hé mirado feonib nti Wudílo ádrfíipádor % loa Uenos modelos 
dd siglo de onbf á la manferá que Tárrótt y^ olr¿s áabioá déRooia*, díii 
é'ki2 Uti trfHíárrfo Irafadb^óbré agricúltkil-a (1), queba Wreiiío la