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Full text of "Historia de la Marina Real Española: Desde el descubrimiento de las Américas ..."

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librería puvill 

LIBROS ANTIGUOS Y MODERNOS 

Boters, 10 y Paja. 29 - Jaime i, 5 
Barcalona - 2 (España^ 







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DE LÁ 



MARINA REAL ESPAÑOLA, 



DESDE 



EL DESCUBRIMIENTO DE LAS AMÉRIGAS 



HASTA 



EL GOMBATE DE TRAFALGAR. 



a^ift^^ )ft«i<i^ii^8i<^ 



TOMO I. 



iadrid: 

InrUENTA DI J0S¿ MáRÍA DoGAZC4L, PLAZA DE ISABEL II, M¿MERO 6. 

1856. 



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Esta obra es propiedad de los editores, quienes per- 
seguirán ante la ley al que la reimprima. 



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&a?C4uo6. oteó. yJt^i/Dcute, Vtce-7;ve6u)c4ite a Vocofeó 9ef 6CC- 

ijELOSO como el que mas de las glorias de mi patria, aun á costa de in- 
mensos sacrificios, he querido poner una piedra en el monumento que la 
Historia de todos los tiempos les levanta; pero humilde ante su gran- 
deza, he buscado á mi obra el mas firme apoyo, uniendo mi oscuro nombre 
con el ilustre y memorable del Almirantazgo espafiol, á quien consagro 
reverentemente la segunda edición de la Historia de la Marina y de quien 
me atrevo á esperar la generosa protección que se merece siempre el 
patriotismo. 

ExGMOs. Sres. 
B. L. M. de W. EE. 

Juan Ütanmi. 



ADVERTENCIA SOBRE ESTA NUEVA EDICIÓN. 



Inmensos gastos y sacrificios de toda especie fueron necesarios para llevar á cabo, 
con el lujo que merecia, la primera edición de la Hütoria de la Marina Real 
Española^ única esclusivamente dedicada hasta entonces á dar á conocer en forma 
de historia» y reunidos en una sola obra, los hechos gloriosos de nuestra marina 
de guerra, desde el descubrimiento de las Américas hasta el combate naval de 
Trafalgar. 

Tan brillante pensamiento bien merecia la buena acogida que le dispensaron 
las clases acomodadas de la sociedad; pero al llevarle á cabo sus autores habrían 
querido que todos sus conciudadanos hubiesen participado de su noble entusiasmo, 
acogiéndole del mismo modo y suscribiéndose para procurar la propagación de 
una obra que tanto halaga su amor patrio. No se les oculta sin embargo que lo 
costoso de sus entregas por efecto de los muchos gastos qu^ su lujosa impresión 
y magníficas láminas exigieron, retrajo á muchos de suscribirse, y por esto se 
deciden ahora á publicar esta nueva edición económica , para facilitar su adqui- 
sición poniéndola ai alcance de todas las íbrtunas, lo cual les es hoy posible por la 
circunstancia de contar con algunos residuos de la primera edición y con los di- 
l)ujos, grabados y propiedad del original, pudiendo asegurar al mismo tiempo 
que solo se diferenciará esta nueva edición de la anterior en el número de lá- 
minas litografiadas que se darán. 

De esperar es qu9 sea agradecido del público este pensamiento, y que al pu- 
blicar nuevamente una obra tan importante como la Historia de la Marina Real 
Española, durante la época espresada, se reconozca su mérito apresurándose toda 
clase de personas á recompensar tan laudable propósito. 





INTRODUCCIÓN. 



AI adquirir sus formíis regulares el inmenso 
caos de b creación^ parei^e que la naturaleza 
separó la tierra de bs aguas, incomunicando 
unas con otras bs diversas regiones de que 
aquella se compone: mas no tardó mucho la 
osadía del hombre en sobre [itmcrse á los decre- 
tos providenciales, y á favor de su inteligencia» 
sublime como las concepciones de Dios, á cuya 
imagen fué hecho» dominar todos los elemen- 
tos; es decir, regularizar el fuego, comprimir 
los vientos, domar bs aguas, y reinar sóbrela 
creación entera. 

El arle de b navegación, entre dtras, fué 
naturalmente una de las primeras concepcio* 
nes del hombre, y eso se concibe contemplando el mágico efecto que produciria 
á su vista un tronco de un árbol arrebatado por la tempestad, Optando tranquilo 
sobre las ya pacíficas ondas del ancho piélago. * 

Es muy difícil conceder absolutamente el derecho de invención en el rigor 
de la palabra, á cualquiera délos pueblos que habitaron en la antigüedad las 
márgenes de un rio caudaloso, ó las riberas del mar; porque la razón natural 
y los procederes regulares de la inteligencia del hombre, han sUlo iguales en 
todas las regiones donde la Providencia ha ejercido su divino influjo. Para con* 
vencernos de esta verdad basta echar una rápida ojeada sobre los diversos pueblos 
martCimos déla antigüedad, y aunque faltos dte comunicación entre sí, los veremoi 
á todos en posesión de niform^ y distintas naves^ que después de encontrarstelí 
los trámites de su rudo comei-cio ó \fe 'sos atrevidas invasione.s Negarlo á pe| 

2 



10 

rizarse por medio de las ideas mas exactas que pudieron formar unos y otros en 
el impulso natural de sus investigaciones. 

A proporción que la ciencia de navegar fué adelantando entre nosotros, y 
que el espíritu de conquista nos hizo traspasar los límites naturales trazados á 
la constitución física del hombre, hemos tenido ocasión de observar en los pue- 
blos bárbaros que rindieron homenage á nuestras armas, la misma infancia 
porque habia pasado la marina de nuestras costas muchos siglos antes. Si á 
esta exactísima observación se agrega la industriosa idea que ponen en prác- 
tica los habitantes de tierra firme que poseep las aguas de un rio para facilitar 
el trasporte de sus frutos, no dejarán de sorprendernos sus balsas informes, que 
en nada se parecen á las demás embarcaciones de las costas marítimas, y que nos 
convencen suficientemente de cuanto fué común y espontáneo el arte de la na- 
vegación á un mismo tiempo en los diversos parages donde la mturaleza se pres- 
taba á sus esplotaciones. 

Los chinos, por ejemplo » qa^ se creen con bastante razón la mas antigua 
raza de los hombres, y cuya cronología pasa de cuarenta mil años, han tenido 
siempre sus naves, si bien jamás han adelantado en el arte de la navegación, 
sus juncos han cruzado de tiempo inmemorial las costas que se estienden al Este 
del Asia. Hasta los pueblos donde no es posible la construceion regular por fal* 
ta de maderas, poseen medios de transporte que suplen á los vasos mas ligeros, 
y así los esquimales que habitan entre los (empanes del Septentrión forman sus 
piraguas de cueros y huesos de animales, y en ellas se lanzan á un mar proceloso, 
lleno de escollos y peligros. Otros, como los antiguos salvages del continente ame- 
ricano, construían con frecuencia sus canoas de cortezas de árboles para hacer- 
tas mas ligeras, empleando para las embarcaciones mayores, corpulentos troncos 
que ahuecaban y pulían por medio del fuego. 

Sin embargo ; entre las diversas naciones de la anügúedad que se disputan 
el privilegio de una invención tan atrevida, la historia ha adjudicado á los fe- 
nicios la mejor parte de la demanda, y aunque nosotros no estemos conformes 
con los autores que nos lian precedido m tan aventurada hipótesis, concedemos 
á aquellos la gloria de haber dado los primeros á la^ navea una perfección car 
paz de hacerlas seguras y regulares, aa pf^ra el comercio ea que se distiiignier 
ron, como para la guerra. Ellos fuQroo Ipa qp^ partiendo délas playas estév^r 
lasque habitaban, allí donde brillaron p^r su comercio las mgoific^s ciudades 
¿B Tiro y de Sidon, conduyeron las escuadras de 8alonu)n por el mar H/opt hfia|% 
Ofir, llamada hoy península de IMblaca, y portel IMediterráneo hasta Tarsis^ q^ 
fllgunoa creen estuvo asentada sobre laa mjl^geues donde el Guadalquivir 11^ 4 
confundirse con el Océano. 

Pero fM datao da esta época los pá^fAonlosos argumentos que abrumanoy» 
ha «calas 4al Asia, piiaato que el ruiqíi^q M SaJf^mon no cuanta mas antigñ^ 
dad que k de aiata aigloa e^caaoa ^t^ dfi 4^GrÍ9^« la oélfibre Semíran^^ 
faina de BaUlonia, cuya 4poca ^ remonta al ño 1882 de la creación, es J^ 



II 

€¡r, 2192 antes de Jesocristo, M tM ^oofisiderabie en Tuertas maHtimtfs» que 
i fiívor de sus naves resolvió la proyectada conquista de la India , dando ai tnun^ 
do el sorprendente es(pectáculo de haber pasado el Iodo la primera ai frente dé 
sus ejércKos , no sin haber combatido áñtes con tan buena suerte cbntrá fós éne^ 
migos que le disputaban el paso» que les tomó tOO»000 prisioneros y di conside- 
rable némero de 1,000 bajeles. Semejante hazaña» que coronó las de la inmor- 
tal Semiramis , solo se atrevieron á imitarla en los famosos tiempos de la anti* 
gñfedad el invencible Dáfia y él célebre Alejandro. 

También Sesostris » el mas celebrado rey de Egipto » presentó en el mar Royo 
una armada de 406 velas , con la cual se apoderó de todos sus puertos. Tuvo lu* 
gtf esta brillante y rápida espedicion quince siglos antes de Jesucristo» cuando 
el mismo rey al frente de 600,000 infantes» 24»000 caballos y 7»000 carros sub- 
yugó la Etiopía» imponiéndola un tributo anual de ébano »* marfil y oro; y con- 
isto completamente la Arabia y una parte considerable de la Libra. Por ios de- 
talles de esta espedicion que refiere Herodoto» podemos venir én conocimiento de 
la potencia naval y de los grados de su perfección en aquellos remotos tiempos^ 
Con efecto; no podían ser iníbrmes ni poco capaces aquellas 400 naves que ha- 
biéndose apoderado ráptdam^te » como se ha dicho » de todos los puertos del mar 
Bcjo» protegieron asimismo las eonqaistas sucesivas de Sesostris» el cual después 
de someter toda el Asia al dominio de sus armas » penetró eü la India » mas allá 
de donde llegaron Hércules y Baco; pa^ó el Ganges y llegó hasta el mar Oriental: 
revolvió al Norte y Occidente; sujetó la Escítia» la Armenia y la Capadocia, y 
dijó por último én la Col<¡uide una colonia que por muchos siglos conservó en 
aquel país las cdsiumbres egipcias. 

La espedicion de los argonautas» que las galas déla poesía griega han llegada 
á hacer inverosímil » es también uno de los acontecimientos notables del arte » tan- 
to que el nombre de Ja^on » su géfe » ha pasado á la posteridad bautizando i i'nu- 
cttos buques dé dl^lrttas naciones. Los troyanos» tos pelasgios» los rodios» \(9á 
frigicfe y tantos otros pueblo^ de hi antigüedad que la mano del tiempo ha arrefa^-' 
ttóo déla superfiéie del gldbo» han ostentado á la vez sus numerosas armadérsim- 
fftAsailito su atíménto éoh leyes protectoras » entre las qué se hace notar por su 
bbnditd las de lo^ rodios ^acada^ del libro de derecho de Docimio. 

¿Y cuál sorpWsá no debe causarnos el gigante espectáculo que Ofrece á nues- 
tra consideración la famosísima escuadra de Jerjes» cuando combatió con infeliz 
mcéso sobre lysf aguas de SalaminaT Compuesta de 1 »Í00 naves de guerra y 80»0(X> 
qiie podremos llamai' de trasporte » contenia cada una de las primeras ^30 soMa- 
dos sobre su ordinaria tripulación , y 80 las segundas: de suerte que con tan pre- 
dosé dato que cOÚvienén con Herodoto, Plutarco» Isócrates y Justino, no po- 
demos üinitar nuestro juicio acerca de aquellas naves» conSidei^'ñdcl susí Ü^tsH- 
ñones tan escasaá como suponen algunos autores» siquiera no ocupase ¿áda 
soldado mas que el lugar necesario para la pelea, cuyo cálculo no dejaría de ser 
mas que razonable » absurdo. 



}2 

TambioD en la batalla naval de Aceio, donde Octavio y Marco Antonio se dis- 
putaron el imperio ^de Oriente por los años Z5 antes de Jesucristo , la escuadra 
del segundo, que en su mayor parte pertenecía á la famosa Cleopatra, se compo* 
nia de 800 velas y tripulaba mas de 100,000 infantes y 12,000 caballos. 

En vista de las consideraciones anteriores, y no olvidando la primacía que 
reclaman los fenicios , ya que no en el invento al menos en la perfectibilidad de 
la navegación en las costas del antiguo continente , justo será tomar para nosotros 
la gloria que nos corresponde en el arte náutica , puesto que siendo aquellos los 
fundadores de Gades, hoy Cádiz, y considerándose aquella colonia asentada en la 
península Ibérica el emporio del comercio que entonces se hacia , á los españoles 
están enlazados los adelantos de la navegación cuando de nuestras plazas se la daba 
el impulso mas celebrado. 

Volviendo, pues,*á las fuentes originarias de la marina española , debemos 
consignar aquí que el establecimiento de los fenicios en las costas de la Bética 
debió verificarse en el siglo VII que se cuenta de la creación, según el testo de 
autores respetables. Hay quien supone , entre otros el P. Mariana , que los de Za* 
dnto, pueblo de la Grecia europea , fundaron á Sagunto doscientos años antes de 
la guerra de Troya, pero semejante suposición, que los griegos no celebraron en 
sus escritos, ni consta absolutamente en ningún documento de la antigüedad, 
no puede ser mas que una invención fabulosa , cuyo objeto tendería á desvirtuar 
el verdadero mérito de los fundadores de Cádiz. 

En la firme creencia de que estos y no otros comenzaron á dar á la marina 
de nuestras costas todo el impulso que recibió hasta la decadencia del imperio 
romano , se comprende muy bien cómo sucedió que las naves españolas condu* 
cian en sus primeros tiempos á la célebre Tiro , sus mercancías de cobit y no 
pequeño número de esclavos. 

No es esto decir que desde un principio los fenicios hubieran perfeccionado 
sus naves en tanto grado como el tiempo y la esperiencia les indicaron en adelan* 
te. En su infancia^ lo mismo que las demás naciones, hicieron ensayos groseros cu- 
yos resultados ofrecieron ancho campo á su imaginación creadora , y no tardaron 
mucho en comprender la necesidad de buscar otros agentes mas eficaces que las 
largas varas con punta de hierro de que se servían para calar la profundidad del 
mar, y dar conocida dirección á sus naves sin apartarse de las costas (1). 

De aquí provino la invención de los remos, después de conocer la suficien- 
te fuerza que tenia el agua para encontrar en sus olas el punto de apoyo que an- 
tes no se hallaba mas que en el fondo , y el empuje de los vientos no tardó mu- 
cho en dar á conocer á aquellos célebres marinos el partido que podian sacar de? 
ellos siempre que llegaran á lograr la neutralización de su rápida carrera, opo« 
niándole obstáculos que comunicaran á las naves una parte de su impulso. 

De aquí la invención de las veUs, que se construyeron al principio de dis- 

(4) Aii «sptica el gramfttieo Pestut el procedimiento de Us nates ea sn iafencU, dando ti mencienado ¡na- 
irnflMnto ti nombre de eonto n^vigare. 



13 

tintas formas y materias , oooforme á la loogitud del vaso para que habíao de 
servir , y aun á los mares en que debiah emplearse. Desde las columnas de 
Hércules, por ejemplo, siguiendo las aguas del Mediterráneo» hasta las costas 
del Asia , servian las velas de lienzo ó lona con escasa diferencia de las mismas 
telas que hoy se emplean; pero en el grande Océano las pieles se preferían á 
aquellas materias, suponiéndolas mas á propósito para resistir al doble vigor 
de los elementos combinados. En uno y otro caso la mano del hombre osten- 
taba los adelantos de su ingenio ó del pueblo á que pertenecía, dando á las 
velas un carácter menos monótono del que tendrían si en sus caras vestidas de 
colores no hubieran inscrito una porción de geroglíñcos, ya con alegorías de su 
origen t ó bien consignando las glorias de su religión ó de sus espediciones y 
triunfos. Se cree con bastante fundamento, que los colores nacionales de cada 
país tuvieron origen en aquellos que en la antigüedad se daftan á las velas de las 
naves. 

Los fenicios adelantando siempre en el arte de la construcción , esplotaban 
con sus cambios comerciales todos los demás paises que consideraban útiles á siji 
objeto. Los cedros del Líbano fueron por mucho tiempo los que facilitaron made- 
ras abundantes ¿ sus embarcaciones, así como en el Egipto se proveían de ve- 
lamen y jarcias. 

No entra en nuestro propósito dar minuciosos detalles acerca de todas y cada 
una de las partes que servian para la completa construcción de una nave en las 
edades á que nos estamos refiriendo; pero no dejaremos por eso de oírecer ideas 
generales que fadliten la comprensión de tan importante objeto. 

En tiempo de Sesostris ya hablan adquirido las naves una perfección admi- 
rable con respecto á la facilidad de su movimiento. Sobre un obelisco de Tebas 
fué esculpido uno de los mas célebres combates que dieron las escuadras de aquel 
poderoso rey en las costas del mar Rojo , y de allí está copiado el diseño que 
ofrecemos ¿ la contemplación de nuestros lectores. 




i 



/aMQ^ el celebrado gefe lie losar^wisiut&s, foé el que imwt^ h nave knig&p 
qae puode oonsiderairaa igual á la anterior sí heittos de dar fé á lací noticias qm 
ki antigüedad nos ha deja^Oi Es verdad que en un principio ni los castillos qu|9 
se advtertelí én la popa y en la proa , ni los tablones que se elevan por amboi 
costosos sobrepuestos al apoyo de los remos» fueron absolutos adberentes de b 
oonstrucoleé inventada ; pero la necesidad de reservar un tanto en ios combates 
el cuerpo Í0 k» reteneros « y de facilitar á los combatientes algunas ventajas ao- 
bre sus enelnigos aconsejaron ambos medios de defensa, que bien prdnto de ge-* 
neraliíaran, con pariiariai4da<l en las naves de los fenicios y de los egipcios. 
No tardó i^i^liü T^iaao de Jonia en cubrir los bancos de los remeros , invernan- 
do un segundo piso ed las naves , y bé aqui esplicado el origen de sua puentes: 
de manera , que si bien se repara en la copia que hemos presentado t veremos- 
la marina de ai|uel)a%|^ooa én posesión de sus remos » sus velas cuadradas ^ sus 
vergas f sus escotas, sus puentes y otras varias partes útiles de las que boy se 
usan en nuestras prinoipalea etaibarcaoiones. Para el trasporte de la caballería 
hpbo necesidad de construir otros vasos especiales de distinta forma » los cuales 
toiftaron el nombre de Hipogmes, 

Aá continuó la marina largos años Siempre introduciendo alguna mvenoion 
útil, pero sin salir de la forma trazada á las naves longos, hasta que flt>taron por 
primera vee los ¡nremes sobre las aguas del mar Negro. Los habitantes do sus 
costas creyeron necesaria esta alteración para alcanzar la perfectibilidad del arte, 
y bien pronto á su imitación surgieron de Gorbinto Ite triremss^ las ctiorfríreméa 
de Gartago, y otras naves de semejante construcción, cuyos nombres» como los 
anteriores, se arreglaban ea un todo á sus particulares circunMandaa. Son vM^ias 
las opiniones de los autores que han querido trasmitir á nosotroe el conocimiento 
de estas naves ; pero todos convienen en que llevaban desda doa hasta dkft ó man 
órdenes de remos, suponiendo unos que ettos correspondían al número de sus 
puentes, otros al de los hombres que manejaban cada remo, y otfos por fin, y osi- 
tos son los que mas y mejor se adaptan á las condiciones de la navegación, ase- 
gurando que el nombre de la nave correspondia á la colocación de los bancos de 
sus remeros tal como vamos á esplicarla. 

Dividíase ante todo la longitud de la nave en tres partes iguales, de cuyos 
pisos el de proa habia de estar mucho mas bajo que el del centro, y este guar- 
dar las mismas proporciones con respecto al mas elevado, que por consiguien- 
te era el de popa. Los remeros también se dividían á la vez en tres categorías, 
de manera que los deslinados á ejercer su oficio en la primera subdivisión de 
la nave, ó sea la de proa , se llamaban ThalamüeSf Zigites los del centro, y 
los de mejor condición, que remaban en la popa, tomaban el nombre de 7%ra- 
imites. Siguiendo éMe sistema, que hasta aqui era igual en todos los vasos, se 
colocaba en eada ftso é número de remos por banda que daba nembre é la nave: 
de manera qoe It Mfeme llevaba dos remos por banda ^ cada ptáé, osean doce 
en todas sus partes y costado»; la trireme tres; 6 sean diez y ocho en su to- 



II 

idMad; k cuadrirMie ouaivo, ó veiiHicuatro; y úilimanieiité, la dteeoiréne, 
fue por b regalar era la de mayores dimeosiones, eontaba diez remos por bafidtf 
en cada piso, los cuales equivalen á treinta remos en la ostensión de m costado» á 
bien sesenta en toda la nave. 

Las exageradas pretensiones de los poderosos, inventaron colosales dimeri*- 
flones para ostentar en ios mares los quilates de su pujansa : así se vid i Ptho* 
lomeo soter 6 Salvador, el grande Alejandro , á Ptbolomeo Filadelfo, á Deme- 
trio, hijo de Antogone , y á otros varios que las historias mencionan entre los 
eenquistadores del mundo, presentarse al frente de sus escuadras sobre naves 
tales que algunas llegaron á ocupar cuarenta remos en el costado de cada piso, 
6 sean ciento veinte por banda. Pero tan ridseulas concepciones, que única- 
mente un orgullo sin límites podía llevar á cabo, ni ofuecian el éxito apete- 
cido en los conriíates, ni eran á propósito para hacer frente con ventajas al masí 
Mgero temporal de los que con frecuencia diesman las escuadras. I^n embargo, 
semejante costumbre prevaleció tanto, que «a España, en Francia, en Inglaterra 
y en Yenecia se han botado al agua hace meaos de dos siglos tales navios, que 
ean loe materiales empleados en ellos, sin mas objeto que el de una competencia 
síb fundamento, podian haberse eonsiruido j^or cada uno tres ó cuatro navios res- 
falares de alto bordo. 

La idea en que se apoyan algunos autores para inventar un método de n^ 
menclatura y forma distinto del que hemos esplicado con respecto á las biremes, 
tfiremes, etc., y la cual se apoy^ en el número de hombres que manejaba cada 
remo, carece absolutamente de razón, no solo por los modelos que hemos vistan 
sino también porque ningún obstáculo se opone á la exactitud de nuestro relatoe 
antes al contrario; la razón natural y los qempbs repetidos nos enseñan infimtos 
casos en que en una misma naw manejaba sus remos distinto número de homi*- 
bres, y esto se concibe muy liim, consideaaQdo que los de proa, como mas inme- 
diatos en su colocación á la superficie diel mar, hablan de ser mas ccurtos que \m 
del centro y popa, y por lo tanto serian suficientes menos bracos para darle» 
el impulso necesario. 

Con la invención de la bireme y d^e todos los otros vasos que á su cons- 
tniQcion especial se ciñeron, smmó el fensamiento de comunicar á su casco 
«igun agente ofensivo para oartesponider á Los instintos destructores que eonst- 
tantemente han caracterizado al hombre. Y i fin de Bevar addante semejante 
idea con toda la fiereza que se propusieron comunicarla sus autores, acomo* 
daron en la proa de cada nave un «eamafao, que represealando la efigie de un 
animal horrible, llevaba por lengua iiqo ó mas espolones de hierro para choe:v 
con Ímpetu y horadar, rasando con fai supierfieie del agua , ios cascos de las em^ 
barcaciones contrarias (i). 

(I) Era Ul U impwUneía que se d«ka á los atpolooM lU l«i ^««w, f«« mtmio SoipioB mncift á Apibtl /^fr 
▲Irict, y les e«rt8gin«s«t le pUieroo U pts, leí impaso el TeaeeJor, entre otru, U eeaJicion de no UtkT aa? ti 
twui% 4e gileru* 



16 

Cabierla aquella neeeñdad de la época, se pensó tamUeD eo inventar algo 
con que dar dirección i las naves sin suspender la velocidad que recibían por el 
impulso igual de todos los remos: pero esta vez el ingenio no llegó á comprender 
bien los medios que buscaba , y la invención del timen se aplazó para algunos si- 
glos mas tarde. En cambio se dio salida por el casco en ambos costados de la popa 
á otra especie de remos mucho mas anchos que los otros, y á favor de ellos con 
gran facilidad se ejecutaron en la mar los cambios de dirección que anteriormente 
se hacian no mas que á fuerza de trabajo. 

El velamen también continuó usándose en las embarcaciones á que aludimos» 
bien que su efecto se emplease mas particularmente para el comercio, por las ideas 
incompletas que se tenian de las maniobras, y á fin de que nada faltase en las 
armadas navales cuando tanto se habia progresado, se hizo plaza dentro de los 
vasos á las máquinas de guerra que entonces se usaban , tales como catapultas^ 
balistas y onagros, y finalmente se colocó en la popa un mástil ó asta de bandera 
sobre la cual estendia sus alas triun&ntes el águila del imperio. 

Los romanos, que al cabo se hicieron señores de nuestro territorio, ya que tu- 
vieron sus embarcaciones en el estado que hemos dicho, no trataron de averiguar 
si el arte de lá construcción era susceptible de algunas mejoras. Ellos vieron cu* 
biertas sus necesidades con lo hasta allí inventado para hacerse dueños de los mares 
como lo eran de la tierra i y solo pensaron en mejorar la condición de los marinos 
que en su principio habia sido infame. 

Con efecto : en los &moso5 tiempos del imperio, y en los no menos célebres 
de la república, la gente de mar, si no era forzada en su totalidad, contenia en su 
número aquella porción de hombres que todas las sociedades rechazan por su va- 
gancia ó por sus vicios, de manera que aun para aumentar con la guerra el es- 
plendor de la república sobre el líquido elemento, únicamente, y á fuerza de penas, 
se lograba guarnecerlas embarcaciones con los velites, especie de tropa que en 
las famosas legiones combatía fuera de toda formación, y que se componía de los 
desperdicios del ejército. 

Para combatir esta repugnancia cuando ya la marina estaba regularizada, se 
concedieron premios y franquicias á los que voluntariamente se presentaran á 
servir en ella ; pero era tanta ia preocupación con que hubo que luchar para con- 
seguir el objeto apetecido , que hasta fué forzoso conceder sobre las gracias ya 
diübas, otras por las cuales los marinos podian aspirar, por serlo únicamente, á 
las primeras consideraciones y empleos. 

Tal era el estado de nuestra marina después de la segunda guerra púnica, y 
es de suponer que conr semejaptes vasos sujetó el cónsul Quinto Cecilio Metello á 
los corsarios mallorquines que trabajaban las costas españolas por los años de 
Roma 651, que equivalen á 121 antes de Jesucristo. Y para confirmar la parte 
que damos á la marina española en las prácticas y adelantos de la romana, ya que 
no se considerase bastante la completa posesión que tenian los romanos en nues- 
tra patria, conviene saber, que cuando Quinto Sartorio se reveló contra la 



17 
república, eKgiéndo por campo de sos hazañas las provincias y descontentos 
de nuestro suelo , fué una de sus primeras victorias la naval que consiguió á la 
entrada del estrecho de Gibraltar por los años 79 antes de Jesucristo , 7 es de 
suponer que las naves victoriosas habian de igualar cuando menos en bondad 
á las naves vencidas. 

Pero si alguna duda quedase acerca de los adelantos que en la parte náuti- 
ca se habían hecho en las épocas que vamos refiriendo» la destruirían comple- 
tamente las noticias que nos han dejado por lo general los antiguos autores» 
entre ellos Dion y Plinio , acerca de la toma del puerto Brigantino» hoy la Co- 
rana» al terminarse el último siglo anterior á la era cristiana. Refieren ambos 
autores, y con ellos el P. Mariana»- aquel acontecimiento » y en sus correspon- 
dientes relatos todos conforman en que los naturales se rindieron sin dilación» 
espuitados de la. grandeza de las naves romanas» las velas hinchadas con el 
viento» la altura de los másliles y de las giUnasl cosa de grande maravilla para 
aquella gente» por estar acostumbrados á navegar con barcas pequeñas» cuya 
parte inferior armaban de madera ligera» lo mas alto tegido de mimbres y cu- 
bierto de cueros para que no les pasase el agua. 

Es de suponer que» desf^ies de aquel acontecimiento los habitantes de la 
costa de Cantabria no tendrían nueva ocasión de admirarse de aquellos porten- 
tos del arte» porque como los de la Lusitania» la Bélica y del Mediterráneo 
entrarían bien pronto á formar parte en la marina de los romanos. 

Ni de menores proporciones y consistencia podemos considerar las armadas 
con que por primera vez se tuvo en España conocimiento del continente ameri-r 
cano» cuando Himilcon y Hannon» gobernadores que vinieron á nuestra. penín- 
sula bajo las armas de Cartago » enprendieron los largos viajes que les han deja- 
do fama eterna. Cuentan varios autores ambas espediciones » oon particularidad 
Rufo Aviene y Plinio; pero todos bebieron las noticias en las fuentes que abríe* 
ron á la investigación aquellos navegantes» dejando consignadas sus memcÑ'ias. 
Conforme á ellas» salió el primero de Cartago y el segundo de las columnas de 
Hércules» que es como si dijéramos del puerto de Cádiz. Dirigióse aquella al 
Norte 46 Europa» y esta con rumbo al Sur de África: y como la segunda fué 
ñn duda la mas importante en sus descubrimientos » no me parece estreno al 
conocimiento del arte náutica, el relato compendioso de aquel viaje» que feei- 
litó cerca de veinte siglos después tan famosos productos al comercio del mundo. 

Empezaremos por manifestar que aquellos intrépidos navegantes se lanza- 
ron á la inmensidad del ancho Océano sin tener noticia alguna de la piedra 
imán ni de la brújula» y por lo tanto sin conocer absolutamente el uso del cua* 
drante. En cambio debieron contar sm duda con la bondad de sus embarcacio*. 
nes» las cuales hubieron de ser tan capaces» que en sesenta de que constaba la 
flota de Hannon » iban de trasporte hasta treinta mil personas entre hombres y 
raugeres» porque pensaban adonizarse en las tierras que fuesen descubriendo. 

Dos días de navegación después de pasar las columnas de Hércules» eos- 

3 



18 

tearon el cabo de Eqpartel, que eotODces llamaban promontorio Ampeloaio» y 
en cuya juriadiccion » un tanto mas adelante se estendia el terreno de los Líxios» 
tan célebre en la fiibuta por la lucha de Hércules con el gigante Anteo , y por 
el jardín de las Hespéridos. Reconocidos aquellos lugares continuó la armada 
con rumbo al famoso Atlante hasta el cabo Bojador , al poniente del cual se 
destaca la isla de la Palma ^ sin dar reposo á su atrevida investigación, conti- 
nuaron impávidos aquellos navegantes hasta las islas de Cabo Verde. Pasaron 
las islas Gorgónides y Sierra Leona que se eleva á ocho grados de la Equinoc- 
cial , y no tardaron mucho en salvar esta distancia para arribar á la isla de Santo 
Tomé, que también se conoce hoy con el nombre de Lope González. 

Si hubiéramos de admitir la opinión de - Arriano , convendría terminar aqui 
el relato de la espedicion, porque aquel es de opinión que no pasó de la men- 
cionada isla; pero Plinio afirma -que llegó hasta el mar Rcío (bblando el cabo 
de Buena Esperanza; y como Platón en su Ttmeo dice que enfrente da lascos*» 
tas de África habia una isla cuadrilonga de tres mil estadios de longitud , que 
equivalen á trescientas setenta millas, y dos mil estadios ó sean doscientas ein* 
cuenta millas de latitud , cuando aun en nuestros días la distancia de mar que 
separa la punta de Guinea de la del Brasil est^nalpicada de islas, escollos y 
bancos de arena , pudiéramos muy bien suponer sin equivocación notable , que 
en estos lugares se hallaba la isb de Platón , estrechando la distancia que hoy 
separa ambos continentes, y así dar por sentado que nuestros navegantes hicia- 
ron escala en ella para llegar hasta el Brasil , cuyo conocimiento se perdió con 
la revolución esperimentada en el globo, al sumergirse la mencionada isla. 

Lo mas cierto es que el regreso de Hannon y sus compañeros no tuvo lu- 
gar hasta cinco anos después de su partida ,ay que al verificarlo contaron todos 
cosas tan estrafias de las que hablan visto, y tan semejantes i las que hoy se 
conocen del Nuevo-Mundo , que apenas debe quedar alguna duda acerca de la 
opimon que hemos sentado. 

Por lo demás, la marina antigua llegó á su apogeo con la perfección de sus 
tríremes, que fueron los vasos mas generalizados entre los romanos; y como la 
&ma de estos se estendia por todo el mundo hasta entonces conocido ,^mbien 
sus investigaciones eran aceptadas y puestas en uso por las demás naciones. 
Algunas, sin embargo, prefirieron la colocación de los remeros en un solo pi- 
so ya sobre cubierta , ó bien entre los puentes que también se inventaron para 
reservar lo que en las embarcaciones se llevaba antes á la intemperie. 

En general , cuantos autores se han ocupado de la marina afirman que la 
destrucción del imperio romano fué causa de perderse completamente en nues- 
tras costas el conocimiento de la navegación , tal como se hacia antes que los 
bárbaros se derramaran por el continente. Nosotros diferimos en esta parte de 
cuanto hasta aquí se ha dicho; no porque pretendamos oscurecer el verdade- 
ro conocimiento de las cosas, sino porqué fuera un error admitir tan absoluta- 
mente la hipótesis á que hacemos refereneia. 



19 

En E^fiat por ejemplo» tuvo lugar la invasión por los años de 41 1 de Je- 
sucristo , y no hay duda que Walia, tercer rey de loa godos, juntó una gruesa 
, anndda y en ella se embarcó con poderoso ejército para pasar á la Mauritania, 
cuando ya se contaba el de 417. Es verdad que los elementos no favorecieron 
m empresa , y que tuvo (|ue volver A tomar tierra en nuestras playas sin con* 
seguir el objeto apete<!Ído: pero esto en nada disminuye la certeza de la espedí 
cion , y el uso que los godos hicieron de las naves en el j^incipio de su dominio. 

Bajo el reinado de Teodoredo que sucedió á Walia, y comenzó con el año 421, 
los vándalos asimismo cruzaron el Mediterráneo hasta las islas de Mallorca y 
Menorca, y volvieron después á Cartagena: y es cierto también que su rey Gen- 
sérico, con propósito de ayudar en África á Bonifacio, gobernador puesto allí 
por los romanos, que pretendía alzarse con el señorío de ío que estaba confiado 
á su custodia, desamparó la Bética y atravesó el mar con uñ ejército de ochentjt 
mil combatientes, cuyo tra^orte ya se deja conocer el crecido número de va- 
sos que ocuparía. Sucedió esta espedicion cuando ya se contaba el año 428, 
y por ella los vándalos asentaron y tuvieron en África su imperio hasta que la 
arrancó de su poder el famoso Belisario iin siglo mas tarde. 

Por lo demás, si los autores á quienes hemos aludido, hubiesen fijado sií 
opinión esclusivamente en los godos, nosotros nos conformaríamos con ellos en 
gran maneara, pues no hay duda que las guerras de estos con las legiones de 
Atila y sucesivamente con los francos y ostrogodos en los términos de la Gália 
Gótica , influyeron mueho para que la raza que al fin se hizo dueña esclusiva 
de nuestro territorio, abandonase las costas del mar, á la vez que los romanos 
se retiraron con sus naves á Italia, y los vándalos llevaron al África las últimas 
reliquias qué de la antigua construcción pudieran haber quedado. 

También pudo muy l)ien influir en el ánimo de aquella gente inculta, para 
despreciar las ventajas de nuestras dilatadas costas, el contratiempo padecido 
por Walía en lo mas recogido del Estrecho , cuando pretendió pasar á la Mau* 
rítania. Lo que hay de positivo es: que los godos, después de estar en cumple* 
ta posesión de España , no aventuraron ninguna otra espedicion naval hasta el 
año de 8484)ajo A reinado de Teudis , quien después de derrotar á los francos 
en las hoces y estrechuras de los Pirineos, con ánimo «leendido y ambición de 
gloria, llevó sus huestes contra la plaza de Ceuta en una armada apenaaoon- 
mderable que por ventura pudo reunir con notaUe trabajo. Lo escaso de sus 
fuerzas en aquella malograda espedicion fué causa de que los sitiados hicieran 
una salida con gran provecho de sus armas y desdoro de las.agresoras, puesma* 
tando á muchos godos y oprimiendo á los mas , permitieron apenas que pudieran 
tos restantes con su rey buscar en las naves hr salvación que la tierra les negaba. 

Respetando los acontecimientos, ó tal vez por los continuos cuidados que 
constantemente distraían las atenciones hada las fronteras de las Gálias, los 
godos no volvieron á aventurar en mucho tiempo nuevas empresas por los ma* 
res, á no ser que coom) tal quisiera oontarse la toma de dertas naves franoe- 



20 
sas que cruzaban por las costas de Galicia, destinadas esclusivamente á líci- 
tas contrataciones. Por cierto que esta ocurrencia, acaecida por los años de 880» 
paralizó los tratos de paz que habia propuesto el rey godo Leovigildo á los 
franceses que pretendían satisfacer la muerte violenta del Santo Hermenegildo. 

Asi corrieron los tiempos hasta el siglo Vil de la era Cristiana, en cuyos 
primeros años floreció el reinado de Sisebuto , tan querido por sus virtudes co- 
mo respetado por su fuerza. Este rey, despnes de haber consolidado en la pe- 
nínsula el dominio de los godos, apenas disputado ya por algunos gobernado- 
res romanos que todavía llevaban voz y autoridad en la Bética y la Lusitania 
en nombre del imperio, dio orden que el poder de su reino se estendiese A los 
mares, mandando al efecto la organización de las respectivas escuadras. Cuáles 
hayan sido las bases de la organización y de sus ordenanzas, si es que las hubo, 
no consta ni es posible atendida la incuria de los tiempos : nosotros nos inclina- 
mos á creer que se reducirían á armar y mantener las naves de mayor porte que 
haber se pudieran por cuenta del Estado, sin cuidarse de nuevas construccio- 
nes como^punto general , porque esto hubiera retrasado el pensamiento: y si lie- 
mos de dar crédito á respetadas opiniones de escritores ilustrados, entraba en 
las intenciones del rey Sisebuto estender su dominio al África ansioso de poder 
y avaro de gloria, y semejante pensamiento no admitía dilaciones. 

Conviene advertir aquf que la construcción de los vasos no era ni podía ser 
igual á la que había alcanzado la perfectibilidad de las triremes, pues al cabo 
doscientos años de olvido, y una raza enteramente ignorante de la mayor par<^ 
te de las artes pecánicas que los romanos poseían, alguna diferencia habían 
de producir forzosamente en ambas épocas. 

Las noticias que sobre esta materia nos han quedado de los godos son es- 
casas. Sus leyes consignadas en el código tan conocido con el nombre de Fuero 
Juzgo, nos ponen al corriente en las circunstancias mas minuciosas de su or- 
ganización civil, y no menos de la militar, que para ellos era casi la misma, 
pero no así con respecto A la iiaval , porque apenas echados los cimientos á es* 
te, para los godos, nuevo arte, cuando se promulgó aquel respetable código, 
los jurisconsultos que lo formaron en nombre del rey, ni conocían la cienda 
naval, ni podían sobre ella aventurar leyes que, por consiguiente, resultarían 
defectuosas en su origen. ' 

Sin embargo, no legaremos al olvido las circunstancias que caracterizaron en 
la mar aquella época, puesto que, sobre documentos inéditos que se custodian y 
hemos examinado en el archivo de la Corona de Aragón, poseemos algunos di'» 
senos que las toscas manos de aquellas gentes han dejado i la posteridad en los 
pergaminos, en las piedras monumentales, y hasta en el cobre y en el hierro. 

Al decretar Sisebuto el armamento de las primeras escuadras de guerra que 
conocieron los godos en su organización , las groseras naves que servían al co- 
mercio y á la comunicación de las costas apenas se parecían en nitda á las de 
los romanos, puestp que, sobre haber perdido mucho en su figura y construc- 



21 

múf no usaban mas que un orden de remos ni mas puentes que el piso nata-^ 
ral y primitivo de la nave. Las pieles volvieron á ejercer su antigua influencia 
para reservar de la intemperie los efectos y las personas que en las embarca- 
ciones se conducían , y basta el velamen faabia retrocedido á la infancia del ar-* 
te 9 como si una generación estrana á todo lo pasado se hubiera comprometido 
i inventar por si sola el modo de cruzar y dominar los mares. 

Poco i poco las necesidades para el tránsito y la defensa se fueron perfec- 
donando, de manera que algunos años después de aquella ley marítima, y no 
muchos antes de la pérdida de España, esto es, en el reinado del virtuoso y 
entendido Wamba, ya volvieron á conocerse bien que toscos é incompletos los 
puentes, y en tos árii>oles ó mástiles aparecieron otra vez las velas de lienzo en 
forma cuadrada. 

En un códice gdtico que tenemos á la vista, y que forma parte de los escri- 
tos de San Julián, hay groseramente dibujadas tres naves , de las cuales una no 
tiene árbol, y si únicamente remeros; otra carece de estos, pero en cambio na- 
vega con una vela de la forma ya dicha pendiente de su entena; la* tercera es 
déla propia condición que la segunda, bien qué tiene recogida la vela como á 
estuviese anclada, y la construcción de las dos últimas difiere de la primera en 
algunas notables circunstancias que apuntaremos. Es la primera un vaso largo, 
como si alijáramos , una nave longa de los antiguos , larga , estrecha y media- 
namente aparejada; sobre la popa se eleva un castillejo con sus adarves; h 
punta de la proa es bastante recogida hacia el interior de la nave; en su estén- 
sion nada de particular se nota. Vénse en ella ocho remos que vogan por el 
costado que presenta, y es de suponer que igual número trabajen por la opues- 
ta banda. Sobre el castillo de popa asoma un hombre, que debemos suponer 
sea el piloto ó timonel , por mas que timón no lleve el i>arco , pues los otros dos 
lo tienen , y pudiera muy bien considerarse omisión del dibujante esta notable 
falta. Tanto la figura que -se deva en la popa, como las que representan los re- 
meros, son de muy tosco dibujo: sus cabezas están rapadas, y esto coincide 
perfectamente con la humilde condición del vulgo de aquellos tiempos. 

Dejando por imnecesaria la descripción de la nave que parece anclada, va- 
mos á ocupamos de reseñar las partes y circunstancias de la otra , puesto que 
ambas pertenecen al propio g&iero. Has curva y menos prolongada en propor- 
don que la ya dicha , tiene sobre la proa otro castillo poco menor que el de la 
popa: también están sus bandas defendidas ni mas ni menos que si contuviese 
una batería moderna. A la ^cera parte déla nave^ midiendo desde popa á proa, 
se eleva un mástil tan largo como el casco, el cual tiene á su mitad suspendida 
la entena de donde parte la vela: esta es cuadrada y vá completamente tendida: 
en toda ella no se advierte cabo ni señal que pueda indicar la práctica de tomar 
rizos, de suerte que en un viento largo, no sabemos c¿mo acudirían á la indis* 
pensable necesidad de moderarle. Las puntas inferiores de la vela se confunden 
con el casco de b nave sin dejar ver escota ni cuerda alguna que se le parezca, 



32 

por h que, y por la radeza.de los tiempos estamos dispuestos ¿ creer si acaso 
irian dichas pootas sujetas por si mismas al casco, privando así i la vela de 
acortarse ó alargarse conforme á las circunstancias de ios elementos. Se des- 
prenden de la entena numerosas cuerdas que van á descansar en los bordes del 
casco, y ellas servirian sin duda para subordinar la dirección de la vela á la 
del rumbo que la nave llevase ó á la que marcase el viento: también se advier* 
te una escalera de cuerda que sube hasta lo que hoy llamamos tope y coronado 
«1 la nave á que nos referimos por un castillejo qué en el siglo XVI se llamaba 
g€a<», y servia para vigilar ó combatir, conforme las circunstancias lo exigiesen: 
esta parte ofensiva de la nave se usaba también en la antigüedad, y se cree que 
fué inventada por Temistodes. En la antigüedad: ya llegó á conocerse el palo 
trinquete , y no faltan autores para afirmar que Gimon lo armó de su correspon* 
diente vela: en la nave que vamos detallando únicamente se destaca del casti- 
llo de proa una punta de cortas dimensiones que mas pareoe el espolón de una 
trireme que no el trinquete mencionado ,. puesto que sobre no ser por su longi'»- 
tud suficiente para jel objeto á que hoy se destina, no so 1¡^ á las demis partes 
de la nave con jarcia alguna que le pueda hacer servible á aquel objeto: la in- 
suficiencia del dibujo no nos permite tampoco sentar definitivamente una opinión 
decidida acerca del objeto de aquella punta que se destaca de la nave. En la 
popa se vé por debajo del castillo un timón bastante perfecto. 

Todos sabemos que San Julián vivió en tiempo del rey Wamba, de cuyo 
monarca escribió la historia; y por lo tanto dri>emos creer en la semejanza de 
las naves dibujadas en su códice con las que realmente se usaban. Ni podían 
ser de peor condición si se tiene en cuenta que, después de las leyes navales 
espedidas por Sisebuto para conservar sin duda las posesiones que en África se 
ganaron á moros, y romanos, hubo necesidad de mejorar la manna sucesiva* 
mente hasta ponerla en estado de acudir en poderosa escuadra á la guerra nar* 
bonense que hizo Wamba contra el rebelde Paulo: pues ¿qué formas si no ha-» 
bian de tener las naves peores que las ya esplicadas? ¿Ni cómo era posible qoe 
alcanzasen victoria como la alcanzaron poco tiempo después, contra una armada 
sarracena que intentó aportar á nuestras costas por los años de 677? 

Es verdad que preocupados con la tradición de sus primeros contratiempos, 
nimea los godos fijaron constantes su atención en las cosas navales, principio fu«* 
nesto de su destrucción completa , y sin. el cual tal vez hubieran escarmentado 
mas poderosamente á los enemigos de la fé cristiana , que en varías ocasiones 
habiatt intentado echar ea el suelo español sus numerosas huestes. En compn^* 
don de aquel descuido bastará decir que el servicio de b marina no se ensaya- 
ba por personas dedicadas á él escluáivamente: los soldados, y con frecuencia 
los mismos náuticos, se improvisaban de las tropas de tierra y de los naturales 
délas costas, aunque jamás hubiesen navegado una milla Iqos de sus playas; 

La irrupción de los moros en España trastornó todos los usos y leyes existen* 
tes, al menos en la gran parte de h península que inmediatamente dominaron: 



23 
pero si se atiende al estado insignificante de la marina gótica » este arte no hay 
duda que recibió un nuevo y vigoroso impulso con la venida de los árabes* Sus 
vasost poc(t diferentes de los entonces españoles, se fueron perfeccionando, bien 
que á lo que se puede colegir de cuantos monumentos se conservan» partieo^o 
siempre de lo existente como base de sus adelantos. Quizás no debiéramos ocu* 
parnos del período en que los moros dominaron absolutamente las costas espa- 
ñolas f puesto que no son las nuestras ni sus costumbres , ni sus invenciones» ni 
su historia. Pero algo hay que conceder á una raza que holló con varia fortuna , 
pero sin interrupción, nuestro territorio por mas de siete siglos, y que á no 
dudar ha legado á la actualidad muy provechosos conocimientos y adelantos. 

En sus primeros tiempos ya sabemos que ellos esclusivamimte se hicieron 
dueños de nuestas costas ; pero no es menos cierto que el ánimo de aquellos 
pocos que se salvaron en la famosa cuanto infeliz batalla de Guadalete, conquisr- 
tando palmo á palmo el terreno de sus mayores, dio bien pronto á la marina pura^ 
mente española límites propios en que estendersey vasto hemisferio desús hazañas. 

Se distinguen ios primeros en el arte náutica los catalanes, después de la 
invasión á que aludimos, por consecuencia de ser ellos de los primeros que en 
toda la península alcanzaren pais á propósito para cultivar en él su particular in- 
genio. Cuando los castellanos y demás gente lejana de la Galia Gótica tuvieron 
por mas pronto consuelo i su desgraeia las asperezas de Asturias, los catalanes, 
lo mismo que los aragoneses, traspasaron las cumbres de los montes Pirineos 
para Yeponerse detrás de ellas, y acometer en sus dominios respectivos la mis- 
ma difícil empresa de Pelayo. En día ayudó á los catalanes muy particularmen* 
te Garlo-Magno, y tras de su muerte no fué menos generoso su hijo Ludovico, 
que le sucedió en la carona de Francia. Este monarca , atendiendo á la seguri- 
dad y acrecentamiento de sus dominios , entró en Cataluña con poderoso ejérci«^ 
to» y no tardó en ganar á Barcelona primero en 791 y después en 798 ; pero 
como le demostrase la esperíencia^ue no le seria fácil conservar sus conquistas 
únicamente con las falsas palabras, de loe mahometanos «vencidos , se rescdvió 
por fin á encomendar el dominio de Cataluña á los que existian de sus antiguos 
moradores» bajo el gobierno de Bernardo, primer conde de Barcelona. 

No hay duda que apoderados de la costa oriental de España los cristianos, 
procurarían ejercitarse en el arte de navegar, bien que siempre con los rece- 
los de la antigua tradición que aun alcanzaba á aquellas, gentes ; pero nada 
consta en las historias y manuscritos que hemos visto sobre este asunto, hasta 
de^>ue6 que perdida otra vez Barcelona con todos los lugares de la marina, 
por los laños de 986 de Jesucristo » se volvió ¿ recobrar por el conde Bordo, ei 
mismo que la habia perdido. 

Las primeras noticias que pudieron darse acerca de-espediciones navales 
en esta nueva época , serian forzosamente las eorrespondientes á la conquista 
de la Tierra Santa, puesto que á pesar de tener bien ocupadas las armas en 
sus propias tierras los cristianos españoles , no quisieron negar su contingente 



21 

á aquella empresa. Pero nada digno de mención pudiéramos referir que á nues- 
tro propósito conviniese, concretándonos á tan memorable acontecimiento, por- 
que si ))ien es cierto que á Jerusalen acudieron caballeros espafiol^s» no lo es 
úfenos que para conducirlos no se aprestaron en nuestras costas escuadras que 
pudieran considerarse en son de guerra. 

Perfeccionaban sin embargo el arte náutica los catalanes por aquel tiempo, 
bien que únicamente empleados en el comercio con las costas del continente que á 
los moros no estaban sujetas, y sus adelantos fueron de tal guisa, que pronto se 
vieron dispuestos á aparejar una gruesa armada con que servir al conde Remon 
Arnaldo Berenguer en la primera conquista de Mallorca. Pero conviene advertir, 
para que la exageración no usurpe su lugar á lo mas cierto , que en la indicada 
empresa, acometida por los años de 1114, fueron pisanasy genovesas la mayor 
parte de las naves que trasportaron á la isla Balear Us armas del conde cris- 
tiano , si bien esta circunstancia no obstó para que la emulación diese en adelante, 
y aun entonces mismo , grande impulso al arte de navegar entre los catalanes. 
Por esto fué que al emprenderse la misma conquista por el rey don Jaime , año 
de 1229, cuentan las crónicas de común acuerdo, que el rey conquistador con- 
ducía sus gentes en 150 navios de alto bordo , que en- aqudla época se llamaban 
caudales, sin contar, por supuesto, las muchas barcaerde chusma y gente aUe* 
gadiaa, ni las naves de genoveses y pro vénzales que acudieron á la empresa. 

Habíalas entre todas de muy distintas formas, portes y tamaños; y como ta* 
les se distinguian entre si por su respectivos nombres. Historiadores hay que 
á todas en general llaman galeras, esto por la poca afición que tenian á apro* 
piar su verdadera nomenclatura á las cosas y á las épocas , descuido lamentable 
que nos ha privado de muy necesarios conocimientos ea las artes y ciencias. 
Otros mas allegados y también mas curiosos calificaron distintamente los vasos 
de la armada; y así dicen, por ejemplo, que se componía de 2S naves grue* 
sas, 18 toridaSf que eran navios muy cómodos para pasar caballos, y 12 ga-» 
leras; y entre otros navios que llamaban trabuees y galeotas llegaban á 100, que 
componen justamente los 155 eaudales.de que hemos hecho mención mas arriba. 
El que mas llamó la atención entre todos fué un barco de Narbona , de tales 
dimisiones y capacidad, que contenia tres cubiertas ó puentes, el cual se con- 
templó por todos como grande maravilla. 

En abono de la ventajosa idea que debemos formar de la marina puramen* 
te española , correspondiente á aquellos tiempos, conviene tener presente, que 
toda la armada se dio á la vela del puerto de Salón, en el cual se hablan reu- 
nido tanto número de vasos cual entonces no se acostumbraba , porque la in- 
curia y menosprecio de los godos á las cosas de mar fueron causas bastantes 
para que ^aquel puerto se inutilizara durante siglos enteros. 

Si cumpliera al plan de nuestra obra entrar en minuciosos detalles de las cosas 
de aquella espedicion, sin duda aclararíamos mas la parte descriptiva, no sin de-* 
leitar á nuestros lectores con el interés novelesco que ofrecen el tránsito, borras- 



85 
cas, arribp y combates de los conquistadores, a,nles de. alcanzar completa po- 
sesión de la i§la. Pero nos contentaremos con bosquejar ligeramente el orden 
de la navegación , conforníe se emprendió al Kacerseá la Vela la armada des- 
de el mencionado puerto. . 

Llevaba la vanguardia la nave capitana ; montada por-En <juillen de Mpn-^ 
cada (t), vizconde de Bearnerqúe era la mafe ligera entre todas las que concur- 
rieron á la empresa; y como participaba también dfel carácter de guiadora; 
acomodó en su mástil tinsr linterna por faro. Inmediatamente seguían las naves 
gruesas^ como si dijéramos los navios de línpa,- en pos* de las cuales azotaban 
.sus remos las toridas conductoras de los caballos: á estaé servian de escolta sn-: 
césWaménte los trabuces y galeotas , cferrarido la maroha otra nav^ preferente, 
que en la artoada se llaníaba de En Carrdz, porque tal era el noínbre del có- 
mitre qae te montaba, y en cuy© mástil: lucia como en la primera otra linterna. 
Para dar calor á la espediciony asegurar el. viaje, repartiéronse las- doce gale- 
ras Ajera del orden principa1\ por- los costados ^e la armada,- porque encella su 
instituto ó mi^on* era reconocer y facilitar la navegación, teniendo cuenta de 
joniformar.en lo posible el orden , y remolcar en las ocasiones los navios de ma- 
yor porte. El rey> para proveep-el embarque de^la muchedumbre que preten- 
dte acompañarle en su arriesgada empresa /permaneció algunas horas sobre Ja 
costa , después que lá flota caminaba , contemplando á* la vez cómo la mar lle- 
gaba á parecer blanca por la mdltitdd de velas que do quier se descubría ; pe- 
to-no tardó en ponerse á la cabeza de aquella; montado sobre la galera de 
Mompelter, despnes de- haber* recogido más dedos mil hombres en- barcas y 
, otros vasos menores con que se aumentó la comitiva. 

Tampoco podemos resistiir al justo deseo de citar aquí algunos de los pasajes 
mas arriesgados de la travesía, porque ellos revelan el estado dé laMutica en 
aquellos tiempos. Dice en su propia historia el rey don Jaime , que la armada 
principió á moverse impelida por la ventolina de terral (2) ; pero que apenas 
habría caminado veinte millas de mar cuando el viento rfludó en /evec/^e, por 
cuya razón los cómitres y pilotos le suplicaron que volviese de arribada á las 
recien aBandonadas costas.' Él rey no consinlió, porque su corazón', lleno del 
fuego de la juventud , como que contaba no mas veinte y un años , se dilataba 
en los arrebatos de*su ya próxima gloria, y la Úota continuó su derrotero^ por 
mas que el viento arreciaba obligando á- las. naves á seguirlo á (oda orza, bien 
que continuasen durante lá. noche de la misma bordada. 

Así que la isla se divisó cláramete cuando ya el temporal habia calmado, 
ttivose por conveniente arriar las velas aplano (3), para que la armada no fue- 
se descubierta antes de tiempo: con e^te motivo se navegaba á fuerza de remo; 

(i) En, e^ como si dijéramos Ilon, pues taleraeB.Gatalufta por aquellos tiempos el término corriente para sig- 
nificar la nobleza dé la persona á cuyo nombre se acomodaba.' 

(3> Viento fibjo é inconstante de la parte de tierra^: es mas comnn en las m^dcDgadas, y se considera el pri- 
mero de los aUanos. ' * . * 

(3) Palabras del propio rey en su crónica. 



26 

pero como en la segunda noéhe se dejase percibir la mntolina del OeÉte^ todas 
las naves largaron velas y se pusieron á rumbo con dirección al puerto de Po- 
blenza. Favorecida la flota por la mas su^^ve bonanza, marchaba gozando de 
un 'tiempo tanto mas delicioso, cuanto mas se recordaban los afanes de la pa- 
sada tormenta; pero de pronto se dejó ver una nube, al mismo tiempo *que se 
percibió el viento contrario de la parte de Provenza ó Nor-Oeste, por cuya ra- 
zón el cóoHtre de la galera real se preparó contra el nuevo peligro , colocando 
los marineros en sus correspondientes lugares, unos-á las drisas, oirús en las 
escotas, y los necesarios en las muras. A^í ordenadas las cosas llegó el viento 
mas recio tomando la galera por la lúa, á cuya novedad fué geneiral en la ar- 
mada la vo2?de arria, *bien que la maniobra no se pudó ejecutar jsin* grandes 
peligros y trabajos hasta que todas *las naves quedaron á fulo seco. Hubo un 
momento de confusión generaíl, como que los barcos- llegaron á arremolinacse; 
pero el rey, tan esperto como el mas esperímentado almirante, preguntó á los 
cómitrés si no habría alguñ puerto capaz de cocüener la armada, aunque no 
fuese él antes designado, con tal que el viento reinante favoreciese su derrota, 
y como entre aquellos se contaban algunos que habían aportado á Mallorca en 
otras ocasiones, no faltó quién indicase la faeilidád de arribar al de la Palo^ 
mera , con lo cual la galera del rey dio elii\ievo rumbo izando vela. Todas las 
tlemá^ embarcaciones comprendieron la determinación adoptada, é inmediata- 
mente secundaron la maniobra con éxito tan'feliz , que bien pronto pudieron 
virar con gran facilidad , hasta las que mas se habían sotaventado ; de suerte 
que al dia siguiente hdbia aportado á la Palomera toda la armada , sm que de 
ella se perdiese un solo barco (1). 

Después de tan famosa conquista nada bastó á contener los progresos de la 
marinti catalana , con tanto mas motivo cuanto que la incorporación primero de 
Ibiza , y después del reino dé Valencia á la corona de Aragón , estendió los lí- 
mites naturales de sus costas, puertos, astilleros,* y todo otro género de recur- 
sos navales. * 

Lástima debe catisarnos 'que el proyectado viaje de don Jaime á la Tierra 
Santa por los años de 1269, con una escuadrU de treinta naves gruesas y gran 
número de galeras , se haya malogrado por los temporales , cuando tanto debian 
prometerse las armas cristianas , de los talentos y buenos siicesos con que siem- 
pre habia combatido por la esténsion -de la fe aquel poderoso é intrépido mo- 

(ff) No hemos olvidado las empresas y hazañas maritimas^qoe acometieron los catalanes antes de la tan famosa 
conquisis de Mallorca , por mas que no las citemos con particularidad en nuestra obra , ó las atribuyamos «s«sa y 
aun estraSa importancia. Nuestra reserva 6 aparente descuido cuando tanto nos honran los viajes á la Palestina, la 
espedicion de catalanes contra 'Almería y la conquista de Tortosa, proviene del recto é imparcial juicio que hemos 
hecho de tan memorables acontecimientos, en los cuales, si nos corresponde la gloria de guerreros, no debemos as- 
pirar á la de marinos, porque eran de estrañjeros qué los tripulaban, casi todos los buques que concurrieron ^ ta- 
les empresas. Tanto es cierto esto que , rendida Tbrtosa al conde de Barcelona, como á caudillo de la espedicion, 
hubo de repartirse el territorio de la ciudad, para satisfacer todos los derechos adquiridos, dando -uqa tercera par- 
le á ios genoveses, otra al senescal de Cataluña, Guillermo de Mdncada, una quinta á los caballeros templarios, y 
lo restante á la corona. 



, rt 

narca« Pero este contratiempo no obstó para que la marina continuase sus pro- 
gresos haáta ponerse al nivel de la mas brillante que entonces se conocia; y por 
esto fué que el gran rey don Pedro, hijo y sucesor digno del famoso don Jaime, 
no contentándose con las victorias de sds armas en las fronteras naturales de su 
lerrítorio, aprestó una poderosa flota por los años de 4282, y la condujo en 
persona contra las costas de Alrica. 

Por fortuna sin duda de los sarracenos , acontecieron por entonces las alte- 
raciones en Sicilia, que prepararon al famoso Roger de Lauria aquella serie de 
triunfos que le colocaron en el mas alto lugar, como valiente y afortunado, en- 
tre todos los almirantes de las armadas de Espapa (1). £1 rey don Pedro, com- 
prometido en la empresa contra Garlos de Ñapóles, volvió ^us flotas á los mares 
de Italia , inaugurando la serie de sus no intefrumpidas victorias con la que le 
facilitó en la§ aguas de Calabria su hijo natural don Jaime Pérez , el cual pre- 
sentó por despojos de su triunfo veintidós galeras francesas y cupitro 'mil prisio- 
neros. El ardor juvenil de este almirante le aconsejó en mal hora que acome- 
tiese la plaza de Reggio, contra las instrucciones espresas quede su padre tenia, 
y esto , y el haber perdido sin fruto parte de la reputación ganada y algunos 
soldados , fueron causas bastantes para que el rey le separase del honroso car- 
go que ejercía; nuis como este no pudiera estar vaco mucho tiempo, lo prove- 
yó inmediatamente en el afortunado cuanto ent^odido Lauria. 

De aquí parte la época de sus hazañas, debidas no menos á las concepcio- 
nes atrevidas de su valor , que á la fama sucesiva de su nombre. Era hombre 
de escasa estatura , pero bien fornido y de fisonomía no repugnante : lo que le 
faltlad)a de cuerpo le sobraba de ánimo, y tenia desarrolladas sus fuerzas fisicas 
como el que mas de su época. Su condición era áspera: su trato no correspon- 
día gran cosa á la educación cortesana que habia recibido; pero en cambio se 
acomodaba perfectamente con las costumbres guerreras de su tiempo: era ágil, 
activo y muy capaz de ejecutar como simple marinero lo que mandaba como 
almirante : en los combates duro é impasible , y feroz en las victorias , por lo 
cual la sola idea de su nombre era muy bastante para desanimar á sus mas po- 
derosos contrarios. Su orgullo rayaba tan alto que , después de muerto don 
Pedro , ni siquiera pudo soportar la voluntad del nuevo rey , siempre que no 
estuviese conforme con la suya , y este le hizo mudar de partido en diversas 
ocasicmes. A haber nacido en mas humilde cuna dentro de nuestro territorio, 
su condición indómita , su voluntad absoluta , sus instintos feroces y la inde- 
pendencia de su carácter, sin duda le hubieran hecho señalado lugar entre l^s 
bandas informes de los famosos Ahnogávares. 

Tal era el hombre á cuyo cargo puso el rey don Pedro III de Aragón sus 
fuerzas navales para asegurar en sus sienes la corona de Sicilia, y no hay duda 
que correspondió dignamente á la confianza que en él se habia depositado, 

(I) Boger de Lauria era calabrés de nacimiento ; pero conducido en iu nifiez á la corte de don Pedro de Ara- 
gón/ española fnésu educación, y efpaftola tanbieB toda su gloria. 



2« 
pueslo que el poder coaligado de las mas poderosas naciones, no fué bastante 
para amenguar ni un solo momento la fama conquistada por las fuerzas nava- 
les de aquel monarca. 

Las aguas de Malta atestiguaron de Roger la primera hazaña. Allí fué el 
impávido almirante á encontrar, con diez y ocho que tenia á sus órdenes, vein- 
te galeras francesas, y si bien por el descuido eg que estas se hallaban, y á fa- 
vor de lá noche, pudiera apoderarse de ellas sin ser sentido, quiso batirse como 
general mas bien que vencer como corsario. Al efecto envid una barca á la ar- 
mada enemiga previniéndola que, si no quería rendirse á discreción, se aper- 
cibiese á la batalla cuando hubiesen' pasado algunas horas despaes del mensa- 
je; y no hay duda que semejante confiada osadía debió incluir necesariamente 
en el éxito de la pelea. Roger iñidió sus fuerzas personales con las del almi- 
rante enemigo, el cual, valiente como á su puesto cumplía, no hi^ menos que 
entrar al abordaje por la proa en la nave de Lauría. Por mal de su osadía en 
ella encontró la piuerte á manos de tan terrible adversario; y siendo esta la 
señal de victoria para la armada agresora , no tardó en coronarse con la presa 
de diez galeras y la rendición de Gozo, Lipari y Malta. 




En el año siguiente, que se contaba de i284, fué mas considerable el triun- 
fo que alcanzaron las armas del rey don Pedro, bajo la dirección de su ya acredita- 
do almirante, sobre las costas de Ñapóles. Allí habia concurrido el animoso Roger 
con cuarenta galeras á retar el poder mas considerable desús enemigos, los cua- 
lesnose dejaron esperar mucho tiempo, saliendo ala mar acaudillados por el hijo 
heredero del rey Carlos. Para aumentar la resistencia en el combate, y sostener 



2S 
mas compactas las fuerzas, ambas armadas aferraron por las proas sos galeras 
respectivas , buscándose una y otra banda para chocar por ellas á favor de la 
destreza de sus maniobras, que acreditaron aquel dia mas particularmente en 
nuestra armada los marineros catalanes. De poco sirvió á ios enemigos la supe- 
rioridad de sus fuerzas, ni el wlor desesperado de los caballeros que acudieron 
con su príncipe á aquélla naval campaña. La destreza no les ayudaba en un 
elemento por ellos no frecuentado, y los que en tierra hubieran vencido tal 
vez con la desesperación y el honor , en la mar no pudieron hacer mas que 
pelear y morir como buenos. Para rendir al príncipe y á los pocos que ya á su 
lado quedaban, Roger tuvo necesidad de barrenar, á favor de sus barcas, la 
galera real , con ánimo de echarla á pique ; entonces aquellos desventurados 
no tuvieron otra salvación quejare poderse en las manos de sus vencedoies, 
piira ser conducidos con los demás despojos de la victoria. 

Tras de este nuevo triunfo Roger reforzó su armada , y ooa ella dobló hacia 
las costas de África , con ánuoQO de trabajar las armas enemigas de la fé , en de^ 
sagrario de las cristianas por éf vencidas en tan señalados encuentros. El fuerte 
de ios Gerves y un régulo berberisco fueron el fruto de esta espedicion-, en pos 
de la cual volvió á Mecina , con ánimo de prepararse á ceñir nuevos laureles* 

La proyectada conquista de Aragón por el rey de Francia Eelipe el Atrevi- 
do, que tanto ruido hizo en aquellos tiempos^ fué causa de que el rey don Pedro 
hiciese conducir sus recursos navales á las costas ya invadidas de sus naturales 
estados. Mo tardó Launa mucho tiempo en anunciar su presencia, con señalados 
hechos /siendo el primero entre todos, la completa rendición de la mas pode- 
rosa flota enemiga , de la cual con gran trabajo pudieron salvarse únicamente 
doce naves. Todas las demás, con su almirante y mas de 500 hombres entre 
muertos y prisioneros, sirvieron de timbre á la fama de aquélla acción, la mayor 
y mas difícil que hasta entonces habia Launa alcanzado. Lástima fué por cier- 
to, que tanta gloria se empañase con el fiero porte que este tuvo con los prí-- 
sionerós vencidos, á los cuales y esceptuándose el almirante y otros cincuenta de 
los caballeros , dio bárbaro castigo arrojándolos al mar ensartados en maromas, 
ó enviándolos al campo francés sacados los oios y cortadas las manos (1 ). 

Táfnto orgullo alcanzó Roger con tan marcado triunfo , cual no pudiera es- 
plicdrse*de otra manera que con la anécdota siguiente. Fué comisionado á su 
armada el conde de Fox para proponerle treguas , y como se negase á pactar- 
las, y el conde le acusase de soberbio, amenazándole con una flota de 300 ve- 
las, tal como el rey de Aragón no podría armarla , sabed ^ le dijo el terrible 
almirante , que sin licencia dé mi rey no ha de atreverse á andar por la mar 
flota ni nave: y añadió: ¿qué digo nave? los mismos peces, si quieren levantar 

(I) Zarita ea ios Anales de Aragón : al ocuparse de esta Tictoria se esptica en estos térmipos: Y fué grande 
$1 estrago que Mxo en lo$ franceses la ballestería catalana que Uamahan de Tablas , que era la mejor que 
hubo en aquellos tiempos; y estos eran los que vencieron muy grandes batallas por mar, en las cuales se se- 
alaren tos eátatanes sabré túda$ las otras naciones, ' 



30 

la cabeaa sobre las aguas han de mostrar las armas de Aragón en un escudo, 
ó los castigaré como rebeldes á mi señor y amo. 

Es verdad que los sucesos acreditaban el valor de sus promesas, pues en 
todas partes se veían triunfantes las enseñas cpie daban sombra á los navios de 
sa armada. Los franceses y napolitanos, asi cómalas armas del Pontífice , tuvie- 
ron ocasión de esperimentarlo juntos entre las aguas de Sorfento y Casteiamar 
de Stabia cuando ya corría el ano de 1 287. Allí les fué á buscar Roger con cnar 
renta entre galeras, navios, taridas y leños, sin reparar que subian á 84 las 
naves que tenian sus contraríos, y allí tuvo la buena dicha de apresar mayor 
número que las suyas, con no menos de cinco mil entre marineros y soldados. 
Después volvió á correr las costas de África , resolvió á las de Calabría, trabajó 
las de Ñapóles y Francia, y aunque un «olo contratiempo en su carrera pudo muy 
bien destruir la preponderancia de su nombre en la plaza de Catanzaro, donde 
fué roto su ejército y herido su rostro, no hay duda que en la mar no conoció 
rival en su época , á favor de los marineros y soldados aragoneses y catalanes. 

Si hubiéramos de penetrar en los mas famosos hechos de la historia general 
para ensalzar las heroicidades de nuestros predecesores, ¡cuánto podríamos 
decir en honra y pro de aquellos pocos que llevaron sus armas al Oriente contra 
turcos y gríegosi con tan varia, pero gloriosa fortuna! Allí les viéramos prímero 
contener los progresos de los enemigos de la Grecia, vana sombra de su nombre: 
después convertir sus armas contra aquellos mismos á quienes habían favore- 
cido, y últimamente hacerse dueños y señores de un nuevo estado. Tendríamos 
ocasión de observar la valentía de su espíritu para acometer empresas supe- 
riores á sus fuerzas, y la facilidad de sus manos para acabarlas venciendo: vié- 
ramos en fin, en los llanos de Macedonia, sobre las costas de Tracia y en las 
provincias de Tesalia y de Beocia , atrepellando el poder de príncipes y reyes 
por aquel corto número de aventureros. Es verdad que, servidores del rey don 
Fadrique , la mayor parte se habia amaestrado en la famosa escuela de Roger 
de Lauria , y no pocos hablan sido los conquistadores de su gloria y los instru- 
mentos de sus triunfos. 

Sus espediciones navales no fueron tan venturosas como cumplía á la fama 
de su empresa, porque tampoco eran tales sus recursos que pudieran hacer 
frente á las necesidades de semejante guerra: pero si no fueron capaces de cas- 
tigar en el agua á sus poderosos enemigos, bien supieron defenderse de supe- 
rior armada entre Paccia y el cabo de Gano , donde solamente por la fingida 
amistad de traidores genoveses pudo ser rendido Berenguer de Entenza ^ y des- 
truida su pequeña escuadra. Por lo demás, los soldados hicieron su deber: ga- 
lera hubo que barada la proa en tierra para mejor defenderse, resistió desde el 
castillo de popa á diez y ocho naves enemigas , hasta que no le quedó con vida 
un solo hombve de los que en ella combatieron; y no faltaron en diverso para- 
ge soldados animosos que, al entender la triste nueva de sus compañeros, ade- 
lantaron la hazaña de Hernán Cortés para imitar la de Agatocles , dando bar- 



34 
reno en la rada de Galipoli á las poc0S naves que les ofrecían fiicil retirada, 
por no perder el fruto de sius trabajo6$is oenquistas. 

La de Menorca por el rey don Alfon^ HI en 4 288 : la toma de Ceuta cuan- 
do las fuerzas macf timas de nuestras provincias orientales acudieron eft auxilio 
dejas castellanas para el sitio de Gibrallar en 1 309. La interpresa de los Ger- 
yes, que faizp tributario de la corona de Aragón al rey de Túnez en 431S : la 
batalla naval del golfo de Gallar acaecida en 4 323 , por la cual también foé 
obligada la república de Pisa á rendir parias á la misma corona: en 4252 la no 
menos célebre victoria de Alguer, donde los genoveses vieron destruida una de 
sus mejores flotas, y ei> poder de los españoles 39 galeras y 32.00 hotnbres, ade- 
más de 8000 que habian parecido en el. combate; y por último, las frecuentes es- 
pediciones que^ se hicieron por las armas de Aragón para conservar en Italia las 
posesiones adquiridas en fuerza de sacrificios inmensos y hazañas febulosas^ hasta 
la época d^l rey Católico, son en la historia testigos elocuQutes é imperecederos 
de los laureles que alcanzó la marina españolia del Mediterráneo, hasta la reu- 
nión de ambas coronas en la córteT magnifica y potente de Fernando Y é Isabel L 

Si hubiéramos de continuar detallando tan curiosa qar ración , sin duda des- 
pertaríamos agravios diffciles de satisfacer respecto á la navegación de las otras 
provincias españolas: porque si bien hasta el siglo JUII nada hay de notable en 
los hechos nde las flotas pertenecientes á la corona de Castilla, también es cierto 
que desde aquella época compitió muy ventajosamente con sus émulos y rivajes. 

Dio calor á la organización de la marina de guerra en Castilla la comercialque 
siempre sostuvieron bs vizcaínos y cántabros, prio^ros pescadores de la ballena, 
como que en el siglo X ya eran, considerados grandemente en las naciones ma- 
rítimas de'Europa » así como la 4e Cataluña, que á la vez se entretenia en sus 
contrataciones y cambios en. los mares de Levante y en los puertos de Andalucía. 
. Los monarcas de la edad media no se desdeñaron de promover los adelan- 
tos dél^rte, á pesar de los instintos guerreros que naturalmente les distraían 
de todas las ciencias útiles: y si es admirable la creación de la Orden militar de 
Sonta líar/a de J?5paña por inspiración del sabio del Alfonso, en el año de 
4 273 , esclusivamente para premiar los fechos de mar , no debe sorprendernos 
menos la acuiQulacion de honras y fueros que hizo don Sancho IV á ^avor de la 
marína mercante de Guipúzcoa ,. inventando restricciones para las naves estra-- 
ñas que venían á^cargar en nucstros'puertos,.á la par que las españolas goza- 
ban de muy considerables franquicias y libertades. 

Ya en los primeros años del siglo XI se había ordenado elfuero de León, y en 
él consignándose varios derechosáfavor de los mareantes del reínode Galicia que 
por los maestres de las naos fuesen armados. Por ellos se concedía á cualquier 
marinero condenadora muerte la distinción de morír como los hijosdalgo, Fibre 
de afrenta , y en su industria se les autorizaba para esti^aer su quínlalada do 
toda mercadería que trajesen por lámar; sí fuere sardina^ cinco millares; si olro 
pescado, cuatro quíntales; si vino, el cuarto de un tonel; si pan, cuatro fanegas, y 



32 
si fuere sal medio moyo; sin pagar *por esfo diezmó ni dei^cho alguno. Por los. 
mismos años don Raimundo UI,gconde de.Barcelona^ concedió el •pr(^ip derecho 
de la Ubertaddel quinto á sus subditos > y no hay* duda que ambos privilegios 
se tendHan- presentes por los prohombres de íst ribera de Barcelona, para fun- 
dar su código nxarítimo con el título de 'Ordinatiofies RiparicB, en 125.8. 

Echadas las raices á tan consoladora justa protección , no fueron escasos 
los frutos que de ella se recogieron y tanto mas abundantes cuanto mas se re- 
produjeron las confirmaciones de sucesivos reyes.. Don. Eernando IV no solo 
sanciona cuantas ventajas había dictado su padre* en pro de. la marina y puer^ 
tos de sus. dominios y sino .que aumentó su catálogo con otras nuevas, llegando 
á establecer juzgado privativo y peculiar para la gente que navegaba,. de don- 
de jresultó el sistema de matrícula que -aun hoy se conserva, . - . 

Mas pródigo el- rey don Alfonso. Xrquiso asegurar la pujanza de* su' marina 
por medio.de sueldo» fijos que señaló á cuantos patrones y tripulantes veniari 
con sus naves al servicio de la corona , 'y al efecto se apropió las rentas y ob- 
venciones de todas las escribanías del reino* con las cuales no hay duda que 
Habrá podido asistir con profusión á tan 'importante objeto. • . 

El justiciero don Pedro , con su afición constante á las cosas de marina , mul- 
tiplicó los privilegios á la mercante de sus reinos , conservando además los que 
de sus predecesores tenia. Ni otra cosa podía esperarse del monarca que, sobre 
ser el primero de los de Castilla que se embarcó para mandar personalmente 
sus flotas, gustaba de presenciar en los puertos las mas groseras maniobras de 
sus bajeles ; y no sé desdeñaba de asistir á la pesca de los atunes , confundido 
entre los mas pobres de stis vasallos. Esta circunstancia sin duda le .aconsejó 
la abolición del servicio, de fonsadera emfavor de los marinos de sü reino (1). 
. JExistian, sin embargo /ciertos impuestos sobre la mdustria marítima, á f os 
que los reyes de Castilla no habían podido renunciar por la^ cuantiosas sumas que 
necesitaban para asistir jWderosamente á la guerra contra infieles. Pfero como 
la coronación de don Enrique II, después de la trágica muerte de su hermano, 
amortiguó las turbulencias propias , y puso en circulación los inmensos tesoros 
del rey difiínto; le fué fácil al nuevo monarca ceder agradecido en pro dé sus sub- 
ditos unapSirte de lospechos que constituían las rentas reales;. y del beneficio 
fueron partícipes los mareantes de las costas pertenecientes á la corona de Cas- 
tilla , los ctiales quedaron libres de cuantos* derechos pudiera» entorpecer su co- 
• 

(I) Para dar á conocer la afición del rey don Pcdrp á las cosas de marineria, creelnos oportund nianifedtar que 
en^e sus alhajas eran muy consideradas y de gran valor una nao de oro y una galea de plata que babia mandado 
construir en Sevilla con riquísimas guarniciones de aljófar y piedras preciosas. Las riquezas de aquel célebre mo-* 
narca eran inmensas , tal vez las mayores que tuvo reunidas rey alguno en Castilla. Lo sabemos por su testamento 
que Original hemos visto en un convento de monjas de Toledo , del que fui priora .una hermana de don Fe^, 
poseyendo ademas una copia de dicho testamento por la bondad con que nos ha favorecido su actual mayordomo. 
Solo en mandas para limosnas', fábricas y misas , ordenó que se distribuyesen I (^,700 doblas de oro castellanas y 
40{>,000 marroquíes, pudiendo. inferir de un considerable cantidad cuál seria U que dejase á svs. hijas legitimas y 
á su hijo natural , sobre las 260,000 que en el testamento se consignan para distribuir entre aquellas y este. No 
decimos nada de las alhajas , porque su valor aun en nuestros dias seria inapreciable. 



33 
mercio. Don Juan I continuó con aprovechamiento el sistema de sus predeceso- 
res, y don Enrique III, ansioso de fomentar y promover la construcción de va- 
sos mayores en sus astilleros^ promulgó una ley en Talavera á 12 de marzo 
de 1397 , por la cual, escluyendo de todo cargamento en sus puertos á los bu- 
ques estranjeros siempre que los hubiera propios, mandaba que fuesen prefe- 
ridos en igualdad de circunstancias los de mas á los de menos toneladas, imi- 
tando en esto al rey don Jaime I de Aragón , que habia mandado una cosa pa- 
recida por los años de 1227. 

El mismo don Enrique ordenó á la vez que los buques estranjeros no pudie- 
sen cambiar sus mercancías por oro ni plata , y sí únicamente «por otros géne- 
ros del reino , dando así fácil salida á nuestras producciones, y aprovechándose 
de las estranas con retención de la moneda en nuestros reinos. Esta ley se re- 
pitió por don Juan II y se confirmó por los reyes Católicos en 1 480. 

Las Cortes se ocuparon también en diversas épocas en promover los adelan- 
tos de la marina, ya acordando la construcción de vasos mayores, ó bien conce- 
diendo nuevas franquicias y privilegios á favor del comercio y de las tripulacio- 
nes. En 1422 creyeron oportuno suplicar al rey que se organizasen fuertemente 
las armadas de Castilla para persecución de los piratas y defensa de las costas: 
en 1 436 hicieron notar á la corona la falta de navios grandes que tan necesarios 
se juzgaban para escoltar las mercaderías que se llevaban á Flandes, Francia 
y Bretaña, y en Madrigal insistieron sobre la propia petición, cuando ya el rey 
habia tomado respecto á ella algunas providencias. En 1 482 se concedió. á los 
cómitres mercantes de Sevilla el derecho de usar en sus armamentos las armas 
que mejor estimasen en propia defensa: y en 1 479, cuando tanfrecuente se habia 
hecholanavegacioná las costas de África, espidieron losreyesCatólicos una cédula 
en Trujillo á 1 7 de febrero, mandando hacer armamentos marítimos para quelos 
naturales destos reinos anden y estén pujantes por la mar, los unos para ir á facer 
dichos resgates (el comercio con las costas de Guinea en el rio del Oro) y los otros 
para los defender y segurar. Entre tanto los catalanes avanzaron también en su 
legislación marítima y comercial , hasta consignar lo mas esquisito de ella en 
su célebre código ó libro del Consulado del Mar, que se imprimió por primera 
vez en Barcelona , cuando ya el siglo XYI se habia empezado. 

No hay duda que el sistema protector adoptado por los monarcas en las di- 
versas épocas de que hemos hecho mérito , robusteció progresivamente el po- 
der marítimo de España, hasta que el invariable destino de las naciones marcó 
á la nuestra el período de postración del que trata de salir , aunque paulatina- 
mente , en los borrascosos tiempos que vamos atravesando. 

No menos afortunada que la de nuestras provincias orientales , la marina 
castellana tuvo ocasiones varias en que acreditar las inmensas ventajas que re- 
portaba á la nación dicho sistema , presentando armadas y alcanzando triunfos 
de tal magnitud, que la hicieron un lugar muy distinguido entre todas las na-« 
cione» del continente. 



i 



34 

La conquista de Sevilla por el Santo rey don Femando III es uno de los 
acontecimientos mas notables en los anales de aquella , por la parte activa que 
desplegó en la mas pronta rendición de la ciudad, burlándolos ardides que con 
frecuencia empleaban los sarracenos para incendiar las naves cristianas que 
concurrieron á la empresa, y rompiendo por último, el puente de Triana. Este 
acontecimiento, que en vano quisieron estorbar á todo trance los moros de Se- 
villa , no solo incomjanicó los dos brazos principales de la ciudad, sino que dejó 
harto flaco para defenderla el ánimo de los sitiados. 

No deja de ser curioso el modo de proceder que en aquella operación se 
tuvo. Escogidas entre todas las dos naves mas gruesas y fuertes de la flota, en- 
derezaron sus proas rio arriba y á toda vela contra el puente , que era de bar- 
cas, muy bien fabricado. En las gavias (1), por orden del rey se pusieron sen- 
das cruces para exaltación del nombre cristiano, con tanto mas mérito, cuanto 
que esto fué el dia de la Santa Cruz de Mayo. En tal disposición embistió pri- 
mero la nave mas avanzada ; pero su empuje fué de escaso efecto, y el puente 
se conservara impenetrable á no sobrevenir la otra nave, cuyo choque fué tan 
recio que dividió por mitad el puente de barcas, atravesándole con marcial 
denuedo y aplauso universal de los espectadores cristianos. 

La flota que pudo aprestar el santo rey inmediatamente de conquistada Se- 
villa para marchar contra la plaza de Cartagena ; sus buenos deseos de llevar la 
guerra al África con gran confianza en su poder naval ; y sobre todo, el porten- 
toso armamento de ochenta galeras , veinte y cuatro naves y muchas galeotas, 
leños y bajeles de menor porte, que se destinaron al sitio de Algeciras, fueron 
naturales consecuencias del estímulo que promovieron los reyes para la cons- 
trucción y comercio en nuestros puertos y atarazanas. Ejemplos tenemos vigen- 
tes de poderosas nacjones que á semejantes causas son deudoras de la prepon- 
derancia que hoy disfrutan entre todas las marítimas del mundo, y bien será 
fijar la atención en esta página de nuestra historia, para indagar los efectos 
que pudieran producir en el dia semejantes aplicables disposiciones. 

Continuaríamos el catálogo de las importantes victorias que alcanzó la ma- 
rina de nuestros reinos, si hubiera de entretenemos su historia anterior á la 
época que para esta hemos fijado: mas ya que así no cumpla por consecuen- 
cia de combinados límites, nos concretaremos á mencionar de paso aquellas 
acciones de mas bulto, que tanto influyeron sucesivamente en nuestra, á la 
sazón, naciente preponderancia. 

Las naciones que tuvieron la mala estrella de hacerse enemigas de Espafia 
en aquellos tiempos , y mas particularmente los árabes, alcanzaron repetidas 
ocasiones de arrepentirse al ver invadidos suá puertos y destruidas sus mas 
pujantes armadas. Testigos fueron de esta verdad las fuerzas marítimas de Aben- 

(I) Las gavias do significaban entonces lo que hoy significan: según Cobarrubias, eran unas Jaulas de mim- 
bres que se fabricaban en la parle superior de los mástiles , de donde se infiere con escasa duda que fueron las 
que en el siglo XVI se llamaban gatas , y scrtian mas particularmente de atalayasen las embarcaciones. 



35 
Juceph , rey de Marruecos^ cuando en su tránsilo de Algeciras á las costas de 
África fueron incendiadas por las españolas que las acometieron , esceptuándo- 
se de tan doloroso resultado únicamente trece navíos> que cargados de gente, 
víveres y pertrechos, quedaron en poder de los vencedores; las aguas de Tán- 
ger , donde fué derrotada ocho años después la mas potente armada de Jos 
sarracenos , facilitándose á nuestras armas la conquista de Tarifa : la plaza de 
Gibraltar, desde cuyos adarven contemplaron desconsolados los defensores la 
parte activa que en su mas pronta rendición tomaron las naves de los cristia- 
nos, estorbando todo género de socorros/ y no menos la de Algeciras en tiem- 
po de don Alfonso XI, aun cuando habia tenido antes la buena dicha de recha- 
zar el poder de don Femando IV. ' 

Los portugueses tuvieron, asimismo, ocasiones repetidas en que probar con 
grave riesgo y notables pérdidas la preponderancia de las nuestras sobre sus 
armadas, durante los reinados sucesivos del citado don Alfonso XI y siguientes 
ha^ta los reyes Católicos ; pero sobre nación alguna tremoló mas potente el 
pendón de Castilla que sobre la inglesa , cuando tuvo esta la deijsgracia de li- 
brar batalla naval á nuestra flota sobre las aguas de la Rochela en el año de 
1371, mientras don Enrique de Castilla se entretenía en el sitio de Carmena. 




Mandaba nuestras galeras , que no pasaban de doce en aquella gloriosa 
jomada , el almirante Micer Antonio Bocanegra, el cual las conducia en ayuda 
del rey de Francia: pero antes de llegar á su destino avistaron á treinta y seis 
naos inglesas de las mejores y mas bien dotadas entre cuantas aquella nación 
tenia. Por fortuna de nuestra armada , se habían provisto las naves españolas 



36 
de algunas piezas de artilleria de fuego para la guerra , siendo aquella vez la 
primera que^ según autores respetables, tuvieron uso en las embarcaciones.tan 
destructores agentes, y el efecto irresistible de los disparos, no menos moral 
que material , facilitó la completa destruccioíi de la armada enemiga, cuyos 
buques fueron todos prisioneros, incendiados ó echados á pique (1). 

El Almirante de la flota castellana no Se adormeció entre los laureles de tan 
singular victoria; antes por el contrario , dio calor á la guerra castigando con 
talas, presase incendios las costas británicas. También los célebres almirantes 
don Diego de Mendoza y don Pedro Niño»repitíeron los triunfos de nuestras flo- 
ias en ambos mares, por las aguas del Guadalquivir y sobre la marina de In- 
glaterra, de suerte que no habiendo poder bastante capaz de competir con el 
nuestro, apenas hubo nación de las enemigas que no se apresurase á capitular 
paces, que por lo regular siempre nos fueron en estremo ventajosas, mucho mas 

(i) Son Yarias las opiniones que han lachado sobre el orígep de la pólYora y su inmediaU aplicación á la 
guerra desde que el espíritu investigador ha tratado de fijar á lodas las cosas su verdadera época. Nosotros antes 
de ahora nos hemos apartado de la común opinión , apoyados en razones de tanto peso que no pueden ser cuestio- 
nables, para asegurar que no fué en Alemania ni en Inglaterra donde primero se conocióla pólvora entre todas las 
naciones de Europa: y sobre haber atribuido A su invención un origen harto mas remoto y bien distinto del que ge- 
neralmente se reconoce, hemos probado también que fué en Espafia, sobre nuestro continente, donde primero se 
esperimentaron sus efectos. (Véase el Alhvm del ejército, tomo 4.«, pág. 131 y siguientes). Prescindiendo , pues, 
en este lugar de todo aquello que relación no tenga con el principal objeto de esta obra, haremos las observaciones 
oportunas para destruir el escaso fundamento en que esté apoyada la opinión, sin embargo respetable , de los au- 
tores que han marcado en la batalla naval de la Rochela la circunstancia que origina esta nota. Poco minuciosos 
nuestros escritores de los siglos postreros de la edad media, y menos aficionados A profundizar los hechos que in- 
mediatamente estaban fuera del alcance de sus conocimientos, no se cuidaron de consignar con especial atención y 
apáralo de novedad, aquellas circunstancias que, como el uso de la pólvora, serían mas ó menos tarde de un efecto 
considerable para los progresos del arte de la guerra. Asi fué que solamente á la ventura se encuentran dispersas 
en sus libros algunas citas de Hu cuestionado agente; y como en competencia con este descuido concurrieron hábiles 
estraojoros haciendo alarde de inventores, fuéles fácil ofuscar la raionde los descuidados, y dominar completamente la 
de la ignorante muchedumbre. Por esto se dio ala pólvora un origen muy posterior al uso que de ella hablan hecho 
en nuestro territorio y en nuestras marinas los españoles y los árabes; y dominadas asi la^ inteligencias, no se pensó 
mas en rebatir la fabulosa invención, que si se tratara de una cosa de poco momento. Mas tarde ya fué menos difícil 
el conocimiento de la verdad por el estudio que se hizo de las lenguas estrañas que, por su intimidad con U historia 
nacional, se conceptuaron de indispensable uso entre los sabios y eruditos: y por la de los árabes hemos venido en 
conocimiento de muchas artes y ciencias útiles que no conocíamos olas apropiábamos falsas procedencias. Fué entre 
los deseubrimientos hechos por este medio, el de la pólvora el que mas completamente ha facilitado recursos para 
reprobar su mal aplicado origen , porque en machas y muy doctas historias de la edad media que de las cosas de 
EspaAa escribieron los árabes, se encuentra citado el uso de ella en nuestras guerras, tanto terrestres como marí- 
timas. Concretándonos á estas, nos haremos cargo en primer lugar de la crónica de don Alfonso VI de Castilla, par- 
te de la cual refiere Pedro Megia en su Silva de varia Leeeion, y advertiremos que en ella se habla de una batalla 
naval habida entre los moros de Túnez y los de Sevilla, cuyos navios traían ciertos tiros de hierro con que tiraban 
madMM truenos de fuego. Corresponde el reinado de dicho don Alfonso al último tercio del siglo XI; pero el hecho 
referido tuvo lugar en el primer año del siguiente. El poeta granadino Abu-Hasan ben Bia que escribió en el si- 
glo Xin, al describir las armas é instrumentos bélicos que usaban los espafioles, dá á conocer lo mucho que se 
servían de la pólvora: y aunque nos apartemos de las cosas de Espafia , puesto que el objeto es ilustrar la opinión 
acerca del primer uso de la artilleria en las naves, que no fué, como se cree, en la batalla de la Rochela, conclui- 
remos haciendo particular mención de lo que dice don José Antonio Conde en su historia de los árabes en Espafta, 
cuando refiere el sitio y toma de Maedia por el rey de los almohades Addelmamen en el afio do 1160, sobre el 
continente africano. Dice aquel sabio escritor que por el tesón de los defensores de la plaza, que eran cristianos de 
Sicilia , los sitiadores la batieron con truenos, asi por mar como por la parte de Mediodía. Finalmente, en las 
memorias que de su reinado escribió don Pedro lY de Aragón, dice el monarca refiriéndose al afto de I850, doce 
antes del combate naval de la Rochela, que una de sus naos defendió la entrada del puerto de Barcelona, con los 
tiros de una lombarda, destrozando los castillos de otra nao castellana, y Ucváadole un pedazo de palo mayor con 
que se retiró desarbolada. 



37 
para el comercio de nuestros puertos y buques de flete , que obtuvieron grandes 
rebajas en los derechos de bandera. Ya en el primer año de gobierno de don 
Pedro, el rey de Inglaterra Eduardo III habia concebido muy serios temores 
por causa de nuestra pujanza lüarítíma ; eomo que se dejó decir en ocasiones 
varías , que los españoles intentaban alzarse con el dominio de los mares, pues 
no de otra suerte se debia juzgar en vista de las presas é insultos que frecuen- 
temente hacían á los navegantes subditos de su corona ; y de aquellos temores 
resultó un convenio ajustado en Londres el año 1351 , y firmado por comisio-. 
nados de las villas marítimas de Castilla y Vizcaya^ con el mencionado monarca, 
dirimiendo cuantas diferencias hasta entonces se habian suscitado en el comer- 
cio de ambas naciones* También se verificó otro semejante dos años después 
entre los habitantes de Bayona y los mismos comisionados. £1 primero lo cita 
con frecuencia en sus obras de marina el señor Navarrete, y ambos los hemos 
compulsado en el cuerpo universal diplomático , asi como también nos hemos 
hecho cargo del célebre código del consulado de Barcelona , que puede consi- 
derarse, de la moderna jurisprudencia mercantil, el verdadero fundamento. 
Pero lo que mas debe halagar el orgullo nacional respecto á nuestra marina 
militar de aquellos tiempos, es ver consignada en estranjeras cróuicas la cir- 
cunstancia de que á ella estaba encomendada la defensa de otros reinos y la 
importancia de sus armas. Asi lo dice el P. Daniel en su historia de la Milicia 
Francesa, refiríéndose á su propia nación, cuyos monarcas tenian en gran esti- 
ma nuestra alianza , por las ventajas que alcanzaban con nuestra marina siem- 
pre que á su servicio podían lograrla: y esto es tanto mas elocuente en pré de 
los adelantos que hemos indicado antes de ahora, cuanto mas humildes fueron 
los principios de que nacieron tan portentosas causas. 

Puédese decir que en el primer tercio del siglo XY las naciones europeas co- 
nocedoras de nuestra pujanza supieron respetarla; y á favor de una paz, que sin 
embargo no llevaban á bien , la marina castellana tomó nuevo impulso y sirvió 
grandemente para facilitar la conquista de las Canarias, que desde el segundo año 
de aquel siglo se estaba verificando.. Pero al llegar los últimos años de don 
Juan II, que murió en 1 454 , repitieron nuestras armas sus anteriores triunfos, 
primero sobre la costa de Gibraltar contra las fuerzas coaligadas de Túnez y 
Tremecen, y después ayudando á los franceses en el sitio y rendición de Bayona. 

En esto sorprendió á los reinos de Castilla la época infeliz de don Enrique IV 
con sus ambiciones, su corrupción de costumbres, sus privanzas y sus trastor- 
nos, causas fotales de una decadencia perpetua , á no habernos concedido me- 
jor estrella en la reina Isabel la inmediata sucesora , el único y mas eficaz antí- 
doto capaz de remediar tantos desastres. 

. Corramos un velo sobre aquellas miserias para que no exista un libro mas 
que las cuente , ya que tanto cegaron las fuentes de la pública prosperidad, aun 
que tengamos que indicar de paso la decadencia que por ellas esperimentó la 
marina castellana. Afortunadamente la reunión de las coronas respectivas de 



38 
kabel I y Fernando Y facilitó en este , como en ios otros ramos de nuestra or- 
ganización, may inmediatos reparos» y aquella época desastrosa la vio pasar 
nuestra marina rápida como una nube que-^apenas empaña el horizonte. 

En' 1 481 ya pudieron los reyes Católicos desprenderse de treinta navios que 
se armaron en Vizcaya para arrojar á los turcos de la importante plaza de Otran- 
k) j que hablan ganado á los italianos; y cinco años después asistieron asimismo 
* con poderosa armada en sus guerras marítimas al rey de Ñapóles. El ilustrado 
. Clémencín » en su elogio de la reina doña Isabel, nos dice que fué personalmen*- 
te aquella señora á los puertos de Vizcaya para disponer el armamento naval 
que habia de proteger su gigante empresa; y todo cuanto de aquella época se 
ha escrito nos afirma la honrosa parte que cupo á la marina española en la 
inolvidable copquista de Granada , desde cuyo punto tomará cuerpo detallado 
la proyectada narración de esta historia. 

No fué menos notable la marina castellana enorganizacion, que lo era entonces 
en poder y fuerza, porque el santo rey, queriendo regularizarla subordinando 
las clases para mejor ser dirigidas en las ocasiones, creó el título de almirante de 
Castilla, espresamente para el mando de las flotas navales, por mas que el 
tiempo, la desidia y otras causas lo destinasen después á muy diversos empleos. 
' Fué la creación de tan alto cargo por los años 4845 , y para que podamos co- 
nocer detenidamente sus atributos , no será agena de este lugar la esplicacion 
de sus particulares circunstancias. Almirante equivale á capitán general de la 
armada, oon tan alto poder cuando vá en ella como el mismo rey tendría. Habia 
de ser entonces de muy distinguido linage, con el objeto de que 8u buen porte 
eri el deseippeño de tan especial cargo no oscureciese la reputación de sus ma- 
yores, y aquí se vé claramente de dónde parte la exigencia usual de nobleza 
á toda prueba , que hasta nuestros dias fué precisa condición que acreditasen 
los que pretendieron seguir la carrera de la armada. Como se necesitaba en 
todas las .otras suertes de milicia , el Almirante habia de ser hombre de gran 
esfuerzo, y valiente, y entendido en las cosas de su eargo , y muy justo para 
disponer ó intervenir con equidad en el repartimiento de las presas. 

Es muy curiosa la narración del acto en que recibía la investidura ó posesión 
de su cargo el almirante, desde la época de su creación hasta que por la pri- 
mera vez se perdió su uso en nuestras armadas. A la manera de los caballeros 
de la edad media, habia de velar sus armas en la iglesia por toda una noche, 
después de la cual, puesto en presencia del rey, vestido con ricos paños de seda ^ 
recibía de este una sortija en el dedo índice de la mano derecha como insignia 
de su cargo. En la propia mano le colocaba inmediatamente el monarca una es- 
pada , como símbolo del poder que recibía; y en la izquierda el estandarte real 
en señal de acaudillamiento. En tal estado el Almirante pronunciaba con toda 
solemnidad formal juramento de no escusar la muerte por amparar la fé , por 
acrecentar la honra y el derecho de su rey, y por el pro y bien común de la pa- 
tria t prometiendo guardar y ejecutar lealmente cuanto á su cargo se encomendaba . 




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A los almirantes seguían en autoridad los cámitresj cad^ uno en su respec- 
tiva nave. Estos eran los capitanes de los navios, galeras, eto. ; y tal poder 
tenían sobre las gentes- de su jurisdicción como el Almirante en toda la flota ó 
armada. Su calidad también era de cuenta, y nadie mas que el rey podia nom- 
brarlos, haciendo antes muy científicas pruebas de su oficio en presencia de doce 
hombres esperimeutados y muy sabidores de las cosas navales. Así examinado 
cada cómitre , con juramento que de su idoneidad se recibía á los examinado- 
res , se le daba la investidura de su oficio , vistiéndole de paños bermejos , y 
poniéndole en la mano derecha un pendón con las armas reales: de este modo 
tomaba posesión def navio de su cargo con especial acompañamiento, al son de 
trompas y añafíles, que componían la música militar de aqudlos tiempol^. El 
rey don Alfonso el Sabio en sus leyes de partida dice: E porque dios son jueces 
de los pleitos, é cabdillos délas campañas que en los navios traen, debeti ser fe- 
chos 4 escogidos de manera que hayan aquellas cosas quá dijimos del Almirante; 
es decir, acreditado esfuerzo, estricta legalidad y juicio esperimeatado. Este 
oficio degeneró tanto andando los tiempos, que en el siglo XYI ya no tenia mas 
incunibencia el cómitre que atender al buen orden y castigo de los. remeros: 



40 
pero en cambio se crearon los empleos de capitán y patrón ; el primero para 
sustituir al cómitre en su cargo respectivo , y el segundo para tener cuenta y 
responder al materialismo de la nave. 

£1 naocher era entonces ni mas ni menos que el piloto de nuestros tiempos. 
También habia de ser examinado sobre I09 cuatro puntos capitales de su oficio, á 
saber: el conocimiento práctico de los mares, el valor para acometer empresas 
de grande esfuerzo, el buen éntetidimíento paVa aconsejar al Almirante ó al 
cómitre en los casos dudosos, y la lealtad para bien servir por el acrecenta- 
miento de su patria y por la honra de sus reyes. E si después desto , dice el rey 
don Alfonso , por su engaño^ ó por culpa de su mai guiamierUo se perdiesse el 
navio ó resctbiessen grand daño los que en él fuessm^ deve morir por ello. El 
nombre de naocher se convirtió en piloto antes de terminarse el siglo XY. 

Entendíanse por proeles los hombres de guerra que se ponian en la proa 
de cada vaso para acometer y herir los primeros en los combates, de donde se 
infiérela costumbre que entonces era usuaUde acometerse las naves por la 
proa. Al comenzarse el siglo XYI , ya los proeles no eran hombres de guerra y 
sí únicamente marineros preferentes. Cerca de los proeles iban por las bandas 
otros llamados atieres, del nombre aias que se daba á los costados de los bu- 
ques, y ellos tenían el propio encargó que aquellos, bien que en puesto dife- 
rente. Habia además de la propia condición los sobresalientes , tales como ba- 
llesteros y otros hon\bres de armas, cuya misión era defender á los que iban 
en las naves disparando ó lidiando con los enemigos, según las ocasiones lo 
exigiesen. Al comenzarse la época de nuestra historia , esto es, cuando el in- 
trépido Colon descubrió el Nuevo-Mundo, ya las naves no tenían dotación fija 
de soldados , y así continuaron hasta que se organizó ta armada de la Santa 
Liga, cuyo caudillo fué don Juan de Austria. 

Para que clase alguna no se olvide enlaesplicdcionquevaaoos haciendo, con- 
viene advertir que además de las ya dichas habia en las naves otros oficiales (1 ) 
ó marineros para entender en el servicio de la vela, é facer ^ según las leyes ya 
atadas, otras cosas que les mandaren los naocheres, asi como echar las áncoras é 
tirarlas, é atar el navio en el puerto; y también aquellos que tenian á su cargo 
las proviaíones de boca y guerra , lo mismo que el repuesta de jarcia y demás 
indispensables circunstancias de las naves. Se infiere adeniás, por algunas pa- 
labras oscuras de las propits leyes , que estos hombres tenian ciertos cabos á 
los cuales honraban y obedecían por supeoores. Pero donde mas se aclara esta 
circunstancia con otras nomenosnotables para la mejor inteligencia de este punto, 
es en el estudio detenido de las Ordinacionsde tot veixell qui s' armará peranar 
en cors, é de tota armada que s'faca per mar, las cuales ordenanzas se pro-* 



(f) Esta ptíabn no lenia en los tiempos antiguos ia signifleaeion que hoy so le aeomoda, con ptrÜcvUridod 
en IM ejércitos y armada. Derivada do oficio, se acomodaba á todas las clases I^Jas que eran especiales, de suerte 
que en aquellos se deoian oficiales los cabos de escuadra, tambores^ y basu el verdugo , cuando cada tercio lle<« 
vaba el suyo , y en las armadas dábase igual nombM aun 4 los simples marineros.' 



41 

mulgaron en Cataluña por aquellos tiempos. Según ellas » toda la gente de 
guerra , como eran ballesteros y hombres de armas , tenían su comandante in- 
mediato llamado condestable: en cada embarcación armada había un maestre 
de raciones con el nombre de senescal^ y se llamaba ccfninai al contramaestre. 
Gomo en Castilla , cada nave de las de Cataluña tenia su cómítre, y un nochero 
mayor que era el piloto (i). 

Además del almirante había en las naves un capitán que le sustituía en las 
ocasiones, y aun tenia cuenta de arbitrar entre aquel y los subditos cuando la 
justicia ó el derecho de cada uno se torcía ; así se infiere , al menos , de sus 
obligaciones, como que en ellas se dice : Debe manifestar y espresar todo lo que 
el almirante debe dar á cualquiera hombre de la nave^ y si el almirante no se 
lo cumple 9 él con la tripulación de la nave se lo debe mostrar y pagar hasta 
que se cumpla. Y mas adelante : Debe guardar la parte en la tiave así de los 
mayores como de los menores , de modo qite cada uno tenga su derecho. Seme- 
jante intervención en los actos de la cabeza principal de la armada no debe 
estrañarse, por cuanto el mismo capitán que estaba obligado á ajustar sus cuen- 
tas á todos y á cada uno de los individuos de la nave, no podía verificarlo sin 
la asociación á sus tr^^jos de tres popeles, tres clavarios (2), tres proeles, 
tres ballesteros y tres hombres de armas. 

Y ¿qué juicio deberíamos formar de la indispensable obligación que el al- 
mirante tenía de dar anticipada cuenta á la tripulación de todos sus actos? £n 
el capítulo primero, párrafo nueve de las Ordenanzas de los armamentos mari" 
timos para la guerra del corso (3) se dice: El alf^irante debe pedir parecer á 
toda la tripulación cuando quiera partir de un, par age; cuando quiera pedir 
prestado ó apoderarse de algo de sus amigos en la navegación , cuando quiera 
acometer f cuando quiera trocar la nave ó la jarcia ú otro aparco y quiera dar 
tornas por ello. Esta rara condescendencia de las leyes no podía menos de estar 
basada en la inteligencia y madura condición de los subordinados. ¿Cuáles, si 
no, serían los efectos? El cabo principal de la armada no podría jamás llevar á 
su cumplimiento las mejores concepciones de su esperiencía, sí una ciega con- 
fianza por parte de los subditos no le asegurase de sus voluntades para secun- 
darla. Por otra parte, las leyes tenían previstos con severas penas los casos de 
insubordinación que tales derechos pudieran traer consigo; y así hay un pár- 
rafo en el propio capítulo que dice : El almirante puede hacer justicia hasta 
cortar orejas y dar baquetas en la nave... Puede también ajusticiar á todo 



(1) Aipii debemos hacernos cargo espresamente del articulo que trata de los nocheros en las ordenanzas de 
que nos esiamos ocupando, por cuanto en él se esubicce que toda nate de I oo marineros de tripulación , debia 
Uetar S4 proerot ó poptlet y 16 nocheros menoret. Estos hombres eran oficiales prácticos espresamente para 
las maniobras , y sin duda corresponden 4 los que en las armadas de Castilla se conocían con los respectitos 
nombres de aliortt , proelei , ete. , los cuales ademas de lu cargo en la navegación , estaban obligados á pelear 
en las ocasiones de la manera que hemos dicho. 

(t) El eloeorio era una especie de tesorero 4 cuyo cargo so hallaban los intereses de la nave. 

(3) Tenemos á la f ista el testo lomosin , pero hacemos oso por mas inteligible de la traducción castellana. 

6 



42 

hombre que rompa arca^ bala ó fardo de géneros j y á todos los que no obedez* 
can el mandato de los superiores que anden en la nave. El rigor de esta ley, 
cuando las voluntades y afeociones podían dividirse por mitad, y la circunstan- 
cia de no estar atestadas las crónicas coetáneas de desafueros y rebeliones 
en los armamentos navales , prueban suficientemente que no eran con- 
cesiones ridiculas las que daban á la tripulación una intervención tan directa en 
los acuerdos mas graves del almirante. 

Todos losarmadores, capitanes, ó cómitres, tenían obligación de embarcar un 
escribano en sus naves respectivas para dar fé de cuantos acontecimientos nota-^ 
bles tuviesen lugar en travesías, encuentros, batallas, defunciones, naufragios y 
pérdidas. Autorizaban las cuentas de cada individuo en particular y las generales 
de la nave, y actuaban por último en las causas que se suscitasen en cualquier 
concepto. Los capellanes, médicos y ciruj unos también se conocieron en las ar- 
madas por aquel tiempo. Sin embargo; hemos advertido la falta de capellán en 
la dotación de dos galeras que se armaron en Barcelona y se revistaron en Port- 
vendres el año 1 366, para marchar al servicio del rey de Castilla; y esto prue- 
ba que aquella dignidad no era reputada aun por indispensable en el servicio 
de las armadas. Nos confirma en esta opinión la falta quede ellos se advierte en 
cuantas relaciones y estados marítimos hemos visto posteriores á las leyes que 
nos sirven de pauta, y mas particularmente algunos capítulos de los que en su 
libro de los Inventos de marear escribió , en tiempo del emperador , el célebre 
arzobispo de Mondoñedo y coronista de S. M. don Antonio de Guevara. 

Las guarniciones de gente de guerra consistían mas particularmente en bar 
llesteros y honibres de armas: estos tenían por absoluta obligación la de morir 
antes que permitir en los combates que fuese atropellada la persona del almi* 
rante, de la cual eran esclusiva y constante guardia (1): aquellos habían de 
usar cada uno dos ballestas de dos pies y otra de estribo, con trescientas saetas, 
y unos y otros tenían por armas ordinarias , cota de malla , coraza ó coselete, 
musiera, capacete de hierro, sable y dos garfios. 

Esta ley está en armonía con la 9.* del título 24, partida segunda, que tra- 
tando asimismo de como los navios han de ser bastecidos de ornes ó de armas^ 
dice : E por ende ha menester que hayan para defenderse lorigas é lorigoneSj 

é pespuntes 9 é corazas^ é escudos^ é yelmos é deben aver cuchillos^ épur 

nales; é serraniles^ é espadas, é porras é lanzas é han de aver ballestas con 

estribos, etc., lo mismo que en las leyes catalanas. También hemos compul- 
sado un inventarío de galeras que se halla en la biblioteca del Escorial, escrito 
en lemosin, y que pertenece al siglo xiv: en él se hace mención en el capítulo 
correspondiente á las armas, de corazas con gorgueras y capel^es, paveses, 

(1) No eran úDicamente lot bombreí de armas 4 qvlenet esuba eDoonendada la salvaeloo del Almirante, per 
mas qoo asi se Infiera de las leyes mareadas mas partieularmenie 4 sus obllgaeloDes. Ba el espítale t.o de las ci- 
tadas erdenanias se dice Umblen qoe lodos los htmWii d$ la na9$ €$íám ithHgmdúi, por U Italiaá que déken 
at almiranie^ d ialvarh y defenderle á wMerte y á eúki , •• ley ds kemenege. 



43 

lanzas, tragacetesy dardos , viratones, lanzas romanólas, dagas y alabardas , 
garfios, etc. 

El número de gente de gaerra variaba según las condiciones del buque, y 
bs circunstancias á que iba destinado. Algunas veces pasaban de cien los que 
llevaba cada galera ademas de su tripulación práctica, entre ballesteros y 
hombres de armas, habiendo autores que remontan el número de estos hasta 
300, bien que en muy especiales casos, pues en general no solían ir en cada 
buque mas de 800 hombres de guerra. 

Ocasiones hubo en que, creciendo exageradamente las dimensiones de los 
bastimentos que se destinaban á operaciones militares, se les tripuló hasta con 
700 hombres de guerra en cada uno, esto á mediados del siglo xiv. Es verdad 
que habia entonces para el comercio algunas naves de porte de 400 toneladas, 
y en tal concepto no debe estrañamos que tal fuera la proporción de las que 
estaban destinadas á la guerra. La crónica del rey don Pedro de Castilla nos 
dice, que cuando aquel monarca se determinó á cruzar las aguas de Ibiza en 
basca de la armada aragonesa, escogió para su persona una de las mayores 
galeras que consigo llevaba, tripulándola con 120 ballesteros y 160 hombres de 
armas, ademas de los caballeros, guardas y demás gente de la regia comitiva* 
Haciéndonos cargo de lo que dice Montaner en su Crónica deis reys d* Arar 
gó é comtes de Barcelona, venimos eñ conocimiento de que las tripulaciones eran 
por mitad, en las naves de aquel reino, catalanas y latinas: bien que en algunas 
referentes no hubiese mas que naturales de las provincias de aquella corona. 
Antes de partir á Sicilia el rey don Pedro Ili de Aragón dijo á Lauria que ar- 
mase 25 galeras , de manera que cada una llevase un cómitro catalán y otro 
latino, y aámismo la mitad de los nocheros y proeros catalanes y la otra mitad 
latinos; pero los remeras habían de ser todos latinos, y los ballesteros todos 
catalanes. De esta forma queremos, dijo el rey, que para en adelante se apres- 
ten todas cuantas flotas se armaren, sin que por motivo alguno se haga la menor 
mudanza. También dijo reservadamente al almirante, que entre aquellas gale- 
ras armase cuatat), todas de escogida gente catalana, en las cuales no habia de 
haber un solo latino, ni hombre alguno de otra lengua. En ellas, añadió, que- 
remos embarcarnos, y partir con el favor del cielo. 

La disdplina de aquellas gentes era estremada. Don Pedro IV promulgó 
unas ordenanzas penales ó Capitols del rey En Pere sobre los fects y actes y 
marítims, por los años dé 1340 : y en uno de sus artículos se impone pena de 
la vida al cómitre qae con una galera se estuviese en tierra por huir de dos 
enemigas. Ya hemos indicado en las facultades del almirante de qué manera 
podia hacer justicia en sus inferiores por los actos de insubordinación, y no 
hemos olvidado tampoco hasta dónde alcanzaba el rigor de la ley á los casos 
de robo ó menoscabo de efectos confiados á la responsabilidad del almirante, 
capitanes, cómitres ó armadores. 

En la manera de pelear habia sus reglas particulares y la táctica naval no 



44 

era menos conocida. £1 orden mas regular de combate era en semicírculo» ade« 
lantando las alas, hasta que trabándose aquel con mas generalidad, todas las 
naves tomaban parte en la pelea. A veces las reservas hacian muy buenos 
efectos en los momentos críticos de decidirse la victoria. En el Mediterráneo 
eran la fuerza principal, para el corso y las batallas de todas las naciones, los 
bastimentos de remos. Antes de conocerse la artillería de fuego, las máquinas 
militares de la antigüedad servían para comenzar la acción arrojando piedras, 
grandes dardos y otros efectos del momento, pero esto no ocupaba mucho tiem- 
po el ánimo de aquellos hombres, puesto que inmediatamente aconsejaba la 
costumbre decidirse por el abordaje, el cual se verificaba aferrándose por la 
proa las naves contendientes, valiéndose de grandes trancas con cadenas que 
llevaban á prevención para evitar á la vez que las fugitivas pudieran alcanzar 
tierra. Era muy frecuente en él acto de la pelea el uso de la cal para cegar á los 
enemigos, y del jabón en polvo para hacerles resbalar cuando entraban ai abor- 
daje. Las leyes autorizaban y aun prescribían tan desleales recursos, asi como 
también la acumulación y uso del alquitrán para incendiar los vasos contrarios. 

En el reparto de las presas se advertía una regularidad estraordinaria. Las 
clases superiores tomaban proporcionalmente las partes del botín que á cada 
categoría estaban asignadas, y aun entre las inferiores había algunas mejoradas 
por las leyes. Los hombres de armas, por ejemplo, tenían cuatro tantos de lo que 
era la parte ordinaria, y ademas todo lo que el almirante les prometía en el acto 
de entrar al abordaje ; pero la principal presa que á tales gentes se adjudicaba 
por reconocido derecho, era la armadura de la cabeza de los hombres de armas 
enemigos , siempre que se rindieran en los momentos críticos de la pelea á 
aquellos de quienes vamos tratando, porque si lo hacian pasada esta acción, ó 
sin que el abordaje tuviese lugar, la tal presa había de repartirse entre todas 
las clases. Los oficios especiales tenían esclusivo derecho sobre cuanto se apre- 
saba de lo correspondiente al arte de cada uno. Así, los carpinteros se apropia- 
ban los instrumentos de carpintería, los contramaestres la jarcia, los curuUeres 
las anclas, los escribanos los hbros de caja y todos los documentos públicos y 
particulares > por los cuales solían obtener muy buenos rescates, y lo mismo las 
demás clases de las embarcaciones. 

Para los que conozcan el gusto que en Cataluña se habia desarrollado por la 
popularidad de los acontecimientos gloriosos en cantigas y trovas del mejor gu^ 
to, no será estraño que en las embarcaciones fuesen también de vez en cuando 
algunos dulcísimos trovadores, cuya misión era consignar los hechos de armas 
en sus melodiosas rimas para que los juglares las esparciesen por el viento. Así 
conseguían realzar el entusiasmo de aquellos valientes que en la gloría popular 
fundaban su mejor recompensa y no hay duda que el efecto de las trovas de 
recientes hechos sería maravilloso , en los momentos de disponerse al combate. 

No es una vana suposición la que nos obliga á consignar como un hecho po- 
sitivo la concurrencia de trovadores y juglares en las naves de guerra, por mas 



43 



ilá 'liíl ,f \., \ \ i<i: 1 



ií ¡ * 




que semejante circunstancia no la hayamos visto citada en ningún autor de reco* 
nocido crédito, puesto que en el inventario de galeras que hemos visto original, 
del siglo XIV , se lee el siguiente párrafo {\): En caso que el almirante ó capitán 
lleve juglares se les darán paños de cendales etc. , y respecto á los trovadores, 
como entonces los reyes solian embarcarse en las armadas , con particularidad 
don Pedro IV , á cuya época pertenece el inventario , parece que no debe obje- 
tarse duda alguna, cuando tan conocida es la asistencia constante á su corte del 
dulcísimo Jaime March , del galante Mallol y del belicoso Jorge de San Jorge. 

Es verdad que con el tiempo se fue perdiendo semejante costumbre , con 
otras no menos notables, en especial cuando los instrumentos músicos se multi- 
plicaron y su uso fué común en los ejércitos de mar y tierra. Tampoco fué la 
misma hasta los últimos años del siglo xv la táctica de las armadas , porque 
sus recursos bélicos variaron á proporción que el uso de la pólvora fué cam- 
biando todas las fases de la guerra. 

Las armas ofensivas, concretándonos á las individuales, continuaron con 
escasas variaciones, y no se desecharon tampoco por completo ni la cal, ni el jabón, 
ni el alquitrán, para destruir al enemigo aventajándose en los combates; pero 
á las máquinas que arrojaban dardos y piedras sustituyeron los cañones con sus 
denominaciones especiales, y desde entonces ya no fué considerado de absoluta 
necesidad el abordaje para completar una victoria. Las armas defensivas también 
sufrieron una alteración notable mas visible en los hombres de armas, los cuales 
al llegar á la época de Colon ya iban cubiertos de hierro por medio de bien tem- 
pladas y compactas piezas. Las costumbres ya no eran las mismas: al menos ha- 



i«; 



Esté eo lemosiD , pero iMM«(ros , para au mejor eomprensloi , lo Imoioí pvetto en castellmo. 



46 

bian perdido una parte considerable de su pureza» efecto desgraciado, pero in- 
dispensable de las épocas desastrosas» particularmente en los reinos de Castilla: 
y también los almirantes y demás cabos superiores de las armadas hablan rehu- 
sado la participación á sus subordinados en las disposiciones reservadas de la 
guerra. 

Hasta aquí la organización personal» cuyas condiciones creemos haber ma- 
nifestado suficientemente; pero como noes menos curiosa la general de las naves 
que servían militarmente» nos ocuparemos de ellas en la forma que conviene al 
mejor conocimiento de aquellos tiempos. Eran dos las clases en que por la mar 
estaba subdividido el arte de la guerra ; la primera en flota » que era como si 
dijésemos por tierra en grande ejército, puesto que se componía de muchas ga- 
leas y naves con gran poder de gente: la segunda en armada, que equivalía á 
las cabalgadas ó guerrillas de las fuerzas terrestres » y se formaba de algunos 
teños corrientes, pocas galeas y menos naves armadas en curso, es decir» á la 
ligera. Ya entrado el siglo xvi sufrió alguna alteración esta nomenclatura» á la 
cual se añadió la palabra escuadra, de donde se deriva la que actualmente se 
usa» bien que con muy distinto significado» porque entonces escuadra no era 
mas que una cuarta ó menor parte de la flota , y hoy vale tanto como el con- 
junto de todas las naves que concurren á una empresa. 

Pasando ahora á las circunstancias propias de los bastimentos» y las clases 
en que estaban divididos en las armadas militares» para completar la fisonomía 
de la marina española en la época precisa de donde partirá esta historia , co- 
menzaremos por consignar los nombres de los vasos reconocidos como de orden» 
conforme á la categoría que cada uno representaba. 

La nave era la embarcación de mayor bordo: algunos autores apropian este 
nombre» asi como el de nao que es igual» y el de bajel, á todo género de basti- 
mentos. Nosotros hemos confrontado las diversas definiciones que se han hecho 
sobre este punto; y tanto por ellas» cuanto por lo que arrojan de sí las crónicas 
y los manuscritos que hemos visto» estamos autorizados lo bastante para ase- 
gurar que el nombre de nao ó nave no tenia nada de común con los de las 
demás embarcaciones. Conforme avancemos en el curso de nuestros trabajos lo 
probaremos mas completamente : ahora solo nos resta dar á conocer las cir- 
cunstancias que caracterizaban á las naves en las flotas de guerra. 

Las dimensiones de la nave eran las mayores que se conocían en la marina 
de todas las naciones; asi era que de semejantes bastimentos se servían escasa^ 
mente en las grandes operaciones» y casi nunca en las armadas sutiles. Mo- 
víanse únicamente á fuerza de vela»y por esto solían llevar algunas tresárboles» 
y además una vela latina en la popa pendiente de su entena» en una vara del- 
gada que mas parecía un asta de bandera. De la proa de cada nave salían por 
lo regular tres espolones» y en esta y en la popa tenia sus respectivos castillos. 
Las gavias ó gatas eran completamente redondas, y sobre ellas nada se elevaba 
en los mástiles porque cada uno de estos no llevaba mas que una entena. 



47 

El ilustre señor primer marqués de la Victoria ha dejado , entre otros, un 
libro manuscrito de mérito especial , en el que ha delineado , con pasmosa eru- 
dición y vastos conocimientos de arquitectura naval , cuantos modelos de basti- 
mentos se han conoddo desde los tiempos mas remotos hasta el año de 1 756 , 
en el cual dio fin á su obra. De ella tenemos á la vista una nave arreglada en 
un todo á la esplicacion que hemos hecho , y sentimos infinito que aquel famoso 
marino se haya olvidado indicar siquiera en sus trabajos las fuentes originarías 
de su ciencia para la delincación es:acta de sus modelos. El de la nave que te- 
nemos delante, nos parece demasiado perfecto si ha de corresponder ala inscrip* 
don que al pié de ella se lee en los siguientes términos : Navis Mediterranei an- 
tequam tormentum bellicum inventum fuisset; confortando nuestra opinión otra 
copia de nave que tenemos presente sacada del libro de las Cantigas de la Igle- 
sia Gompostelana del siglo xm , cuyo original se conserva en Toledo , y un 
trabado exactísimo en nuestra Academia de la Historia. 

Esta segunda nave mas curva en su casco que la otra , y mas acomodada por 
consiguiente á la arquitectura naval de la época , no tiene mas que dos mástiles, 
d trinquete y el mayor , este perpendicular, y aquel un poco inclinado hacia la 
proa. Se advierte que en ambos hay atados algunos barriles , no solo en las es- 
trémidades, como hoy se acostumbra para la conservación de las maderas cuan^ 
do los bajeles están desarbolados, sino también el centro; y ni uno ni otro tie- 
nen las ya conocidas gavias. La nave delineada por el marqués de la Victoria 
tiene tres puentes, y la de las Cantigas solamente dos , pero ambas construccio- 
nes estaban en uso , bien que fuese mas común la segunda antes y después de 
la artillería de fuego hasta la conquista del Nuevo Mundo. En el año de 1 304 
comenzaron á flotar sobre el Mediterráneo ciertas naves menores que se deno- 
minaron coca$^ y por mas ligeras y seguras y menos dispendiosas que las ya 
conocidas, llegaron á adquirir mayor importancia durante algunos años ; pero 
con el tiempo las naves gruesas recuperaron la suya, bien que las cocas con- 
tinuasen formando una parte muy importante de los armamentos. 

£1 leño , que ya se contaba entre los bastimentos sutiles , seguia en impor* 
tancia y condiciones propias á la nave. Su arquitectura variaba escasamente de 
la que hemos esplicado , pero sus dimensiones eran menores , y su movimiento 
se practicaba á vela ó á remo, indistintamente, según las circunstancias de la 
navegación ó las condiciones de los vientos. Los habia de dos y tres mástiles, 
pero nunca tuvieron mas de dos puentes. Hay autores que suponen el leño se- 
mejante á la galeota: proposición absurda que se aparta del testo mas conforme 
de cuantas obras hemos consultado, puesto que aquella era mucho menor , y 
este mayor que la galera. 

Era esta clase de bastimentos tan común en todas las flotas y su importancia 
fué tal en todos tiempos, que incurriríamos en una falta gravísima si de ella 
nos ocupáramos tan ligeramente como lo hemos hecho hasta aquí del porte y 
condiciones de los demás buques de guerra. Apoya tanto mas nuestra resolu- 



48 

cien la circunstancia de haber sido en posteriores tiempos las galeras los únicos 
navios ó buques que en la guerra sa emplearon ; de suerte, que detallándolas 
muy especialmente en sus distintas épocas, puédese muy Inen por inducciones 
razonadas tener un conocimiento muy exacto de los otros bastimentos , cuya 
mayor parte de sus condiciones era relativa á las de las galeras. 

También á las carabelas reservamos un lugar preferente en las páginas de 
nuestra historia marítima , enlazando sus circunstancias con las que tuvieron 
lugar en el gran descubrimiento del Nuevo Mundo: que justo y conveniente 
parece hacer un detenido examen de los vasos en que se lanzó á desconocidas 
regiones el mas famoso esperimento de la ciencia » secundado por el incompa- 
rable valor de los marineros y soldados castellanos. 

Siguiendo el orden establecido en los códigos marítimos de los tiempos que 
vamos tratando , nos haremos cargo de las láridas , bastimentos puramente 
conductores, casi redondas y manejables como las galeras, á vela y á remo. 
Ya hemos visto el uso que de ellas hizo el rey don Jaime I de Aragón en su 
espedicion y conquista de Mallorca. 

Aunque en el Mediterráneo apenas se encuentran otros bastimentos de orden 
que los ya nombrados, no hay duda que en nuestras costas de poniente se cor 
nocían algunos mas , con distintas denominaciones. Las zaJbras , cuyo buque no 
pasaba de 4 70 toneladas, y hada el oficio en la costa de Cantabria de los mo- 
dernos bergantines: las charrúas , que mas tarde se llamaron urcas ^ y sirvie- 
ron como las láridas , para cargamentos , pues tenían muchos llenos y bastan- 
te eslora. Las carracas^ que en su origen fueron vasos incendiarios, y después 
tu vieron el mismo destino que las charrúas; y algunos otros que por seme* 
jantes ó dámenos importaücia dejamos olvidados , se advierten con frecuencia 
mencioDadSb^ ^n nuestras crónicas é historias. 

A mediífaque ios tiempos adelantaron, la construcción se fué robustedendo, 
y no hay duda que á esta circunstancia contribuirían poderosamente , primero, 
el espíritu de investigación que se desarrollócon eldescubrímieñto delabrújula, y 
segundo. Ir ii^ínHlnr f ion í^n Irs embarcaciones militares de la artillería de fuego. 

Varios fueron los ensayos que hubieron de hacerse antes de que el primero 
de ambos descubrimientos se acomodase á la práctica en la disposición que hoy 
existe. Gomo hemos dicho ya , en los primeros tiempos la navegación se hacía 
únicamente de cabotaje , y esto con la luz del día , porque los conocimientos 
del hombre;ji& seihábian estendido por otra esfera que la de su natural ele- 
mento. Pero no tardaron los fenicios en acomodar al arte de la navegación las 
nociones elementales de astronomía que los caldeos les enseñaran , observando 
por ellas las estrellas circumpolares para conocer el Norte del mundo. La Ursa 
menor fue desde luego el primer faro que les guió en sus arriesgadas espedi- 
dones, por mas que autores conocidos y respetables pretendan hacer á aque- 
llos famosos marineros poseedores del conocimiento práctico de la brújula, que 
no se introdujo hasta muchos siglos mas tarde. 



49 

Los griegos , que en un principio respetaron con exagerada veneración ó 
sobrado temor sos naturales y primitivas costumbres , fueron después los que 
con mas empeño se aplicaron al estudio de la astronomía : y desvaneciendo los 
errores que se halnan ido introduciendo en la ciencia , por consecuencia na- 
tural de su infancia» jGgaron la verdadera situación de lá estrella polar y de 
sus satélites , conocieron la constelación de la Ursa , observaron la ocultación 
periódica de Sirio, y deduciendo por todas las señales precisas la latitud del 
Polo , llegaron á producir un Hiparco , que fué el primero á situar los lugarea 
de la tierra por sus longitudes y latitudes, para hermanar con la astronomía 
el estudio de los conocimientos geográficos. No hay duda que la ignorancia 
que entonces se tenia de una parte considerable del globo produjo un sistema 
defectuoso é incompleto: como que para asegurarse del conocimiento masper-^ 
fecto de la longitud, contándola por las partes del Ecuador interceptadas entre 
dos meridianos, se fijó la primera, á que todas las demás hablan de referirse, 
en las islas Fortunadas, que hoy se llaman Canarias; pero no es menos cierto 
que este fué un paso jigante dado hacia la perfectibilidad, que á su influencia 
debe hoy el arte náutica. 

Que la tierra era esférica y habitable en toda su redondez , también fuá 
un axioma proclamado por la mayor parte de los filósofos que se aplicaban 
entonces al estudio natural de las ciencias exactas; y aunque con esta opinión 
concurrían varios errores, parecidos al de no reconocer de las regiones polares 
otras, mas allá de los 58^ de latitud , que las llamadas entoiiccs hiperbóreas ó 
fabulosas, bien se puede creer que la geografia hubiera tenido muy poco que 
andar hasta su perfección si la opinión de Lactancio, apoyada por la mas res- 
petable de San ^Agustín , no hubiese oscurecido la. verdad por alg;uno§ siglos 
vertiendo una ciencia enteramente contraria. 

Nuestros habitantes de las costas meridionales se apoderaron inmüdiata- 
mente de todos aquellos conocimientos^por el frecuente trato que en su comer- 
cio tenian con las naciones del Asia, y no les faltó ocasión de acomodarlos á 
la práctica, con harto fruto hasta de sus mismos opresores, á quienes enseña-^ 
ron no solamente la navegación de nuestras costas hacia Poniente y Septen- 
trión, sino también las que practicaban por las de Etiopia hasta el golfo ara- 
bigo, doblando el cabo meridional de África. En particular los de Cartago se 
sirvieron constantemente de los de Cádiz para tripular sus embarcaciones, y á 
favor de ellos y de sus vastos conocimientos, aventuraron las famosas espedi- 
dones de Himilcon y Hannon, que tanta luz dieron á los descubrimientos pos-^ 
teriores. Tanto en estas como en todas las que se hicieron en la antigüedad 
de alguna importancia, se sirvieron aquellos navegantes de algunas aves que 
soltaban cuando el sol se ocultaba y el cielo se oscurecía, para conocer por la 
dirección de su vuelo la proximidad de la tierra y el rumbo que convenia se- 
guir para no perderse en la inmensidad de los mares. 

Respecto á la medición de distancias, no comprendían en el mar otro sis- 

7 



50 

tema que el de las singladuras, cuya palabra apropiaban al camino que hacia 
una embarcación cada veinte y cuatro horas, contadas desde un medio dia al 
siguiente. 

Aqui habian llegado los adelantos en los primeros siglos respecto al arte 
de navegar, refiriéndonos al conocimiento y práctica de los rumbos ó derrote-* 
ros fuera de cabotaje, cuando aconteció en los paises meridionales la irrup- 
ción de los Scitas. Ayudábanse, como era natural, aquellas imperfectas nació* 
nes con la teoría de los vientos, la cual comenzó con tan cortos fundamentos 
como la astronomía. Los griegos, por ejemplo, estaban persuadidos de que el 
viento Norte no nacia mas allá de la Tracia , hasta que aconteció el viaje de 
Jasson , y tampoco distinguían mas que los cuatro vientos fundamentales de 
la rosa náutica. Con las nociones astronómicas que los fenicios les habian co- 
municado , abandonando las costas conocieron la necesidad de subdividir el 
horizonte en mayor número de rumbos, y no tardaron mucho tiempo en mar- 
car ocho en su círculo, y asi sucesivamente multiplicaron hasta veinticuatro, 
bien que sin la aguja les sirviesen de escaso provecho. Algunos siglos mas 
tarde los romanos no señalaban mas que doce vientos en su rosa náutica; cor- 
respondiendo , según el cosmógrafo Alonso de Santa Cruz , al Norte; Sud; 
Este; Oeste; Nor-Nor-Este; Este-Nor-Este ; Este-Sud-Este ; Sud-Sud-Este; 
Nor-Nor-Oeste; Oeste-Nor-Oeste; Oeste-Sud-Oeste y Sud*Sud-Oeste, con los 
nombres de Septentrión, Auster, Susolanus, FavoniuSf Aquilo, Celias mese 
vulturnus, Africus euro. Áfricas Ubis vuUumus; Trarias euruSy Euro auster^ 
Africus y Libonotus. 

Entre los que eran mas familiares á los navegantes de la antigüedad , se 
conocían los Monzones, vientos periódicos á cuyo influjo los pilotos griegos y 
los egipcios se aventuraban á abandonar el sistema de cabotaje para ser lleva- 
dos con el del Oeste desde el golfo arábigo hasta las costas de Malabar , que 
entonces se conocían con el nombre de Musisis, y vueltos cuando por conse- 
cuencia natural y á su tiempo fijo soplaba el monzón contrarío. A pesar de las 
luces que tan estraño sistema debiera haber consignado , no hay duda que el 
siglo IX de nuestra era semejante conocimiento , ó se había perdido , ó no se 
usaba por peligroso, según debe inferirse por la relación del viaje que hizo 
y escribió un traficante árabe desde el golfo pérsico á los continentes de la 
India, por los años 851 . Pero en el último tercio del siglo xm, que fué la épo- 
ca en que floreció el esquisito ingenio del célebre mallorquín Raimundo Lulio, 
á cuyas prácticas observaciones y profundos estudios debió el arte de navegar 
muy considerables adelantos, examinó dicho autor con particular cuidado las 
calidades de los vientos , dividiendo en otros cuatro los cuatro principales, y 
subdividiendo los ocho que resultan en otro igual número, con los cuales legó 
á la posteridad la rosa náutica de que trata , con esclusion de otras por in- 
necesarias é inexactas , según las disposiciones del Sol, en su libro titulado 
Felioo de las Maravillas. 



51 

El flojo y reflujo de los mares, particalarmeate notable en el Océano, no 
dejó de orientar en gran manera á los mas sabios observadores de la infancia 
del arte. Pitheas, de Marsella, fué el primero que se apercibió de sus relacio- 
nes con los cambiantes de la luna, y este fué un nuevo estímulo para la per- 
fección á que en los t'^onocimientos de la navegación se aspiraba. De sus resul- 
tas fué sin duda que se inventó la sonda, llamada entonces bolide, á fin de no 
esponerse á quedar varados en una menguante , bien fuese al tomar puerto 
tras un viage dado, ó ya en una travesía de cabotaje por una costa poco fre- 
cuentada. A favor de los conocimientos indicados, que fueron los mayores que 
se tuvieron en la antigüedad sobre esta materia , los profesores de la ciencia 
trazaron sus cartas de mai*ear tan exactas como les fué posible , marcando en 
ellas el curso de las corrientes en los estrechos, el boxeo ó círculo de las islas, 
y los cabos, ensenadas, bajos, escollos, poblaciones y puertos. Lulio adelantó 
muy considerablemente estos conocimientos, fijando el sistema de las mareas 
y las causas del flujo y reflujo en la esfericidad de la tierra y en la influencia 
de los astros, por una teoría enteramente nueva. Suponía que en el Océano se 
formaba, por consecuencia de la figura del globo, un arco de agua muy düa* 
tado que producía aquellas alteraciones^ respecto á estribar uno de sus estre- 
ñios en las costas occidentales de Europa y África , y el otro en un continente 
que suponía haber en las regiones opuestas. Para esto era necesario, como el 
propio autor reconoce , que las aguas pesasen sobre la tierra, espuestas siem- 
pre al calor del sol, principal agente del flujo, ó á la humedad de la luna, á la 
que asimis0K> atribuye el reflujo. 

La postración de los últimos tiempos del imperio de Roma fué causa del 
completo abandono en que cayó el estudio práctico de las matemáticas, en 
cuantos países le estaban subordinados; como que la geometría no tuvo enton- 
ces mas aplicación que á la medición de las tierras y al arte de fijar los límites. 
Esta circunstancia, y el desprecio con que siempre miraron el oficio de la na- 
vegación aquellos célebres conquistadores , precipitaron la decadencia de sus 
descubrimientos científicos, no menos que la irrupción de los bárbaros en el 
siglo IV de la era cristiana. 

Por fortuna los árabes se encargaron de facilitar á la civilización los me- 
dios de beneficiar un agente tan poderoso , recogiendo de la. antigua Grecia 
sus mas famosos escritos para verterlos á su idioma y enseñarlos en sus aca- 
dernias^ A ellas acudieron todos los sabios conocidos de Europa, bajo la inme- 
diata protección de Almanzor, llamado el Augusto , que tomaba parte en sus 
omferendas, y de ellas salieron la traducción árabe y la española del Alma- 
gesto, asi cómo su ccMnpendio por Averroes , los elementos de astronomía del 
Alfergan, las observaciones de Thebith comparadas con las antiguas para de- 
terminar la longitud del año, las tablas de Albagtenio fundadas sobre las de 
Tolomeo, las cuales, corregidas mas tarde por Arzachel, se llamaron tablas 
toledanas : el tratado de óptica é investigaciones sobre la refracción astronó- 



52 

mica de Alhacen» y finalmente, el que compuso Albohaoen sobre el movimiento 
y lugar de las estrellas fijas, el cual, traducido al español, sirvió con el tiempo 
para corregir los tablas Alfonsinas. 

Hiciéronse estas por inspiración del rey. sabio , el cual desvelándose por el 
pro-comun de aquellos reinos que la Providencia habia confiado á su gobierno, 
no solo veló por el sosiego de sus subditos y la propagación de la fé; sino que 
fomentó con marcado entusiasmo el estudio de las ciencias. Desde Almanzor el 
Augusto hasta su tiempo, la astronomía y las matemáticas aplicadas á la náutica 
hablan recibido maravilloso impulso con la acumulación de escritos y obser* 
vaciones que hablan producido las escuelas asi árabes como judaicas y cris- 
tianas, porque ya las universidades de Falencia y Salamanca, á la par que las 
cátedras de Sevilla y de Toledo hablan despedido de su seno muy sabios doc- 
tores. Pero esta misma acumulación de notas y adiciones produjo en las famo- 
sas tablas de Tolomeo tamaña confusión , que con sabio instinto el rey don Al- 
fonso juzgó necesarias otras nuevas. Para confeccionarlas con toda la exactitud 
que su importancia requería convocó á todos los sabios conocidos de su tiem- 
po, sin distinción de sectas ni religiones, y sin variar el sistema del famoso 
griego acerca de la teoría del mundo, fundó las nuevas tablas sobre las mis- 
mas hipótesis en que aquellas estaban apoyadas, con la sola diferencia de ha- 
ber fijado con mayor exactitud el lugar del apojeo del sol y el movimiento 
medio de los planetas, no por tan casuales procedimientos como suponen al- 
gunos autores. 

Lástima es, por cierto, que no fuese entonces conocida la verdadera teoria 
del globo terráqueo, ó mas bien, que la superstición de la época no permitiese 
el desenvolvimiento de las ciencias naturales con toda la verdad de sus cons- 
tantes sistemas. Quizás entonces el famoso rey, que tan resueltamente fomen- 
taba el esclarecimiento de las teorías astronómicas á favor de sabios congresos 
que en su corte reunia, hubiera adelantado el sistema copemicaco que trastor- 
nó tres siglos después todos los conocimientos existentes. Inspíranos tan aven- 
turada proposición la conocida frecuencia con que don Alfonso apostrofaba de 
incompleto el sistema del mundo, diciendo , en los arrebatos de su ciencia, 
que si Dios le hubiese consultado sobre la creación, sin duda hullera sido la 
c^ra divina mucho mas perfecta. Pero cuando mas seguro, al parecer, se ha- 
llaba en sus cálculos, un acontecimiento mal comentado por casi todos los auto- 
res que lo refieren, vino en ayuda de las tiní^las para oscurecer mas y mas 
el secreto misterio de la ciencia. 

Hallábase el rey en su alcázar de Segovia, por los años de 1 262, si hemos 
de admitir la opinión del P. Colmenares en su historia de aquella ciudad, cuan- 
do el escándalo por los dichos que proferia acerca de la creación se hallaba en 
su mayor apogeo. Con tal motivo concurrió á su presencia un religioso fran- 
ciscano, para suplicarle que abjurase cuantos errores profesaba en oposición 
con los libros sagrados; pero el rey, que con singular instinto fundaba su 



53 




opinión espedal en las ciencias exactas por él tan frecuentadas, le despidió 
de su presencia con prohibición absoluta de volverle á amonestar en seme* 
jantes materias. Por una rara coincidencia, en la noche inmediata descargó 
una furiosa tempestad que lanzó un rayo en la cámara real , y este suceso, 
mas natural aun que cuanto el rey sabio adivinaba con su esquísita ciencia, 
le amedrentó de tal manera que al siguiente día hizo pública abjuración , se- 
gún el fraile le babia aconsejado. 

Los judíos que vivian en Andalucía, á la par que los árabes, tambieor ade- 
lantaron mucho la perfección de los conocimientos astronómicos y matemátí^ 
eos; como que á ellos se atribuye la división de la esfera celeste por medio del 
Ecuador ^i dos partes iguales, y no es de poca consideración y utilidad su 
particular doctrina schre la figura de la tierra, situación de los orbes celestes, 
movimiento de las estrellas, teoría de los ángulos esféricos, de los polos ártico 
y antartico y de los signos del Zodíaco. 

En ayuda de todos los conocimientos indicados concurrió el descubrinuento 
de las propiedades magnéticas de la piedra imán aplicadas á la náutica. Díficil 
es fijar la verdadera época en que tuvo lugar tan portentosa observación, cuan- 
do tantos autores de conocida nota se han perdido en el inmenso caos de sus 
mal orientadas investigaciones, sentando axiomas en su primer conce^ que 
después se apresuraron á negar para proceder con mayor madurez por obras 
no menos folsas. Buffon, por ejemplo , que en un prínpipio juzgaba exage- 
radas las relaciones de algunos misioneros que habían penetrado en las re- 
giones orientales, creyó después que los chinos habían inventado la aguja 
magnética muchos siglos antes de que se conociera en Europa ; proposición 



51 

nada repagnante, 8i se tiene en cuenta que de alli nos vinieron también el co» 
nocimiento de la pólvora y las primeras nociones de la imprenta. Mr. Dutens» 
por el contrarío, creyó primero que la aguja era conocida de los antiguos, y 
después se adhirió á los que apenas la conceden seis siglos de existencia. Mon* 
tuda, en su historia de las matemáticas, después de haberse confundido entre 
las diversas y bien cimentadas opiniones de ambas parcialidades, no consigna 
la suva definitivamente, y se contenta con respetarlas todas , diciendo que di* 
versas naciones perfeccionaron sucesivamente tan maravilloso instrumento; y 
nuestro sabio Navarrete, que tan delicadamente ha tratado las cuestiones mas 
arduas de la ciencia náutica, tampoco se decide en esta con toda la seguridad 
que su importancia exige. 

En virtud de lo dicho parecerá estremada osadía nuestra opinión definitiva 
si argumentos irrecusables no la apoyan suficientemente, al consignar con 
bastante seguridad que los antiguos orientales conocieron é inventaron la aguja 
magnética. Resalta mas la opinión que favorece su existencia en la antigüedad, 
por la circunstancia de que los hombres mas doctos de los que no se adhieren 
á ella, tampoco la niegan definitivamente; y esto prueba, cuando menos, que 
son de mucho peso, ó mas bien indestructibles las razones que existen para 
creer que los chinos hicieron uso de ia aguja desde tiempos muy remotos, á 
cuya opinión nos adherimos con toda la fé de nuestras investigaciones. 

Valíanse del imán adherido á la figura de un hombre que giraba sobre un 
punto dado, de tal suerte, qué su brazo derecho señalaba constante el medio- 
día, sirviéndose de tal agente, mas que en las navales, en sus espediciones 
terrestres. Respecto á su importación á Europa no se puede determinar época 
alguna, si bien no hay duda en que se conoció su uso primeramente en el si- 
glo xn, y estamos por asegurar, no sin acreditado caudal de justificación, que 
ÚÓ& vino su conocimiento á los españoles antes que á otra nación de Europa, 
por conducto de los árabes, lo mismo que el uso de la pólvora. 

En la aplicación se usaron los buenos efectos del imán de distintas formas, 
ya figurando una rana ó bien una flor de lis que fletaba sobre un corcho ó una 
tabla dentro de una vasija; pero como este sistema habia de producir sensibles 
alteraciones por la sucesión alterada de las olas, el italiano Flavio Gioya, na- 
tural de Amaifi en el reino de Ñapóles, se aproximó á su actual perfección, in- 
ventando el modo de suspender la aguja magnética dentro del buque en un eje 
perpendicular, sobre el cual pudiera permanecer siempre horizontal girando 
libremente, y encerrando el aparato en una caja de madera que pudiera con- 
servarlo insensible á las alteraciones del mar y á los balances del buque. El 
todo de esta invenciont que tuvo lugar al comenzarse el siglo xnr , tomó el 
nombre de bossola , propio de la caja dispuesta para contener la aguja, y con 
ligera alteración se aplicó á nuestra lengua por medio de la palabra brújula 
que desde entonces se conserva. 

Con tales conocimientos y el uso de la ballestiUa, el de las cartas planas y el 



55 

del MtrolallñOt se aventuraron los famosos descubrimientos intentados en táseos- 
las de África para fijar por el Océano una senda menos peligrosa al comercio 
de la especería que entonces hacian con las Indias orientales las naciones de 
Europa^ 

La ballestilla fué inventada en la antigüedad por los caldeos: llamóse pri- 
mero bastón de Jacob f y se aplicó á la observación de los astros y á medir las 
distancias medias entre el Ecuador y el punto de la nave. Las cartas planas 6 
marítimas tuvieron su origen natural en las dificultades que se ofrecian para co- 
nocer el verdadero rumbo que habia de seguirse en un viaje dado» respecto á 
no resultar iguales en las cartas esféricas las circunstancias de todos los ángulos 
que debia formar el rumbo del buque con los meridianos. Atribuyese al infante 
don Enrique de Portugal la invención de las cartas planas» por los años de 1 41 5 
ó siguientes; pero está suficientemente jM^obado que á sus famosas academias 
llamó ávarios navegantes españoles que ya las poseian y usaban; y además hace 
muy pocos años que se conservaba en el archivo' de la Real Cartuja de Val de 
Cristo una, cuya inscripción dice así: Mecia de Viladestes mefecit anno Mccccxm, 
Esto es, dos años antes que la convocatoria de los sabios españoles y portu- 
gueses á la corte del infante don Enrique. Respecto al astrolabio no hay duda 
que se inventó en la mencionada corte para aplicarlo á los descubrimientos de 
la náutica. Su objeto fué mas particularmente para sustituir con ventajas á la 
ballestilla , estableciendo el punto y situación del buque en alta mar , á cual- 
quier hora del dia y de la noche, por la observación de los astros. Para per- 
feccionar esta cual correspondia á su importancia, se arreglaron al uso del as- 
trolabio las correspondientes tablas de declinaciones , y asi pudieron desde 
entonces determinarse con mas propiedad las latitudes, y dar al nuevo instru- 
mento toda la seguridad que en la mar necesitaba para su uso. 

Es indudable que fueron españoles los primeros que se arriesgaron á aque- 
llas difíciles investigaciones, perfeccionadas mas tarde por los portugueses, los 
cuales dieron con ellas sobrado motivo para enlazar á las marítimas del siglo xv 
al mayor destello de sus glorias literarias. El insigne Camoens erigió á sus as- 
cendientes en las famosas Lusiadas un monumento digno de la gloria que le cir- 
cunda en el templo de la inmortalidad , no menos que de la grandeza de sus 
hazañas. 

Quizás la idea emitida de haber sido españoles los primeros que costearon 
el África en el siglo xiv, no dejará de hallar impugnadores que pretendan do- 
rar con los argumentos de la pasión los quilates de su envidia. Bastará en 
nuestro abono un documento ya citado en recientes líneas, á saber, la carta 
hidrográfica del archivo de la Cartoja Real de Val de Cristo, cuya copia está 
consignada en un atlas catalán del siglo xv publicado por Mr. Bouchon enParis 
poco tiempo hace. Ocupa dicha carta el tercer lugar entre todas las del atlas, 
y en ella se nota un bajel cuya figura corresponde á la construcción de aquella 
época con un letrero inmediato que dice: Partich T uxer dñ Jac Ferrer per nar 



56 

al riu de VOr tUjom de Sen Lorens qui e$ áxde agost ,yfo en Van mccgxlvi, 
cuya letra que traducida al castellano quiere decir : Partió el bajei de Jaime 
Ferrer para ir al rio del Oro, el dia de San Lorenzo que es á k(> de agesto , y 
fué en el año de 1 346, no deja duda alguna respecto de nuestro aserto, cuando 
ya hemos consignado la época en que de la corte del infante don Enrkpie de 
Portugal se dio calor á los tan celebrados descubrimientos. 

Por lo demás , no hay que ponderar la importancia que habia adquirido el 
arte de la navegación, ni el estado yentajoso enque se hallaba por aquellos tiem- 
pos, cuando tanto la recomiendan por una parte los adelantos geográficos que 
se hicieron durante los siglos xnr y xv á favor de sus investigaciones, y por 
otra el ensanche que recibieron las monarquías portuguesa y española por la 
misma causa; aquella en las costas de Guinea, que sus soldados iban hollando 
con varía fortuna , y esta alcanzando completa posesión de las islas Canarias, 
después de algunos cuidados que la sinrazón quiso anteponer á la justicia. 

Pero cuando todo lo dicho no bastara para completar la verdadera impor- 
tancia que merecen tan inmensos resultados, volvamos la consideración al des- 
cubrímiento del Nuevo Mundo, verificado igual é inmediatamente con asombro 
universal y sin otros recursos de la ciencia náutica, para rodear de gloria in- 
marcesible al intrépido Colon, proporcionando á la vez vasto hemisferío á la 
corona de Castilla, noble emulación á los marinos europeos, incalculables ade« 
lautos á la Civilización, y constante alimento á la epopeya. 





fflSTORIA DE U MARINA REAL ESPAÑOLA. 



LIMO PRIMERO. 



DESCUBRIMIENTO DE AMERICA. 



CAPITULO PRIMERO. 



Bflado jpartieiiiar deBipafia en el áltimo tercio del siglo XV.-— Cristóbal Colon: noticiu osearás de so origen: cau-' 
sas qae preee^efon á la concepción de su famoso viaje : combate y naurragio : sálvase en las playas portuguesas: 
sn arribo á Lisboa : su Cfsamiento é indicaciones l^erca de la in0ueocia que este acontecimiento tuvo en su pro- 
lima gloria. 



ilÁBiAHsv unido para jamás separarse , por los años de 1 474 , las coronas de 
Castilla y Aragón en las sienes de Isabel I y de Fernando V: no estaba mgy , 
distante la época en que habia de robustecerse la unidad de la Península con la 
incorporación del reino de Navarra, y el mismo Portugal, que tantos esfuerzos 
ha hecho para conservar y reconquistar upa independencia» no menos funesta á 
sus propios intere^s que á los intereses españoles^ acababa de reconocer en fre- 
cuentes derrotas la superioridad de nuestra nación, cuyo domiuio, por medio de 
ana princesa bastarda» había soñado. Faltaba, para llevar á cabo la idea primitiva 
y constante de nuestros ascendientes desde Pelayo, la conquista del reino deGra- 
nada, en cuyas plazas mas fuertes aun tremolaba orgulloso el pendón de la Me- 
dia luna ; mas la propagación de la fé estaba encomendada á muy hábiles prin- 

8 



B8 
cipes, y DO era de suponer por lo tanto que tardara mucho tiempo en desmo- 
ronarse hasta los cimientos, el monumento alzado por los africanos en España 
para recordarnos el baldón de Guadalele. 

Comenzado se había ya la guerra entre moros y cristianos después de largas 
treguas, quebrantadas con protestos frivolos ; y aunque en algunos encuentros 
la fortuna' se mostrara enojada con los que conducian el signo de la redención, 
desde luego pudiera adivinarse el éxito de la empresa , considerando la desi- 
gualdad que existia entre ambas partes. La reina Isabel, empeñada en arrojar 
de sus iiaLuralGs dominios á aquellas genios estrañas^ por mas que en nuestro 
suelo hubiesen visto la primera luz, no se descuidó en amontonor cuantos re- 
cursos le sugirió su imaginación pensadora. Acudió á nuestras marinas septen- 
trionales para la fabricación de buques que impidieran de África los refuerzos 
contrarios: solicitó de la Suiza su invencible infantería , de Italia trajo ingenie- 
ros, y no faltaron á la empresa muy adiestrados franceses, alemapes y flamen- 
cos en el arte de la nueva artillería. 

En tal estado se hallaban las cosas de España cuando penetró en ella el 
hombre "eminente^ que tan famoso hizo el reinado de la primera Isabel por su 
mas famoso descubrimiento. 

Gomo si no conviniese limitar al genio propio « porque el mundo y el genio 
se pertenecen mutuamente , aun se ignora hoy el verdadero lugar en que na- 
ció Cristóbal Colon, así como se ignora también quienes fueron sus padres (1). 



( I } La f erdader» patria de Colon, aun hoy ignorada, ha sido origen de tales oontroTenia», de ta^tag opinionea 
discordes, tantas pruebas al parecer conrincentes, y tales argucias, que sí hoy se encontraran los mas auténticos é 
innegables testimonios fara dar á la cuestión nn corte definiUTO y terminante, aun habia de cqsUf trabajo destrnlr 
los argumentos , no ya de tal 6 cual historiador ó comentador oscuro ó mal dirigido en sus fui^damentos , sino de 
mochos y muy reconocidos s&bios que á esta materia dedicaron inútilmente tantas y tan apreciabteg disertaciones. 
En el presente caso parecia regular que nosotros, orillando las dificultades , en Tuersa de lo muy útil que sobre el 
asunto SO' ha escrito, cuando menos, consignaremos una opinión terminante, apoyada en testimonios véridicos que 
Ja hicieran, mas quelsegura, respetable. Veamos, pues, si es posible que tal empresa echemos sobre nuestra condén- 
ela critica, teniendo co cuenta que, mas que noveles efgotistas, aspiramos á la gloria de concienzudos historiadores. 

Naturalmente debiéramos empezar en tal caso por dar entero crédito al mismo Colon , cuando dice en su testa- 
mento que es natural de Genova; y por lo mismo dar concluida la cuestión antes de comenzarla. ¿Pero, será sa- 
ficicnte prueba la ya indicada para despreciar los argumentos y" testimonios de cuantos manejaron la coestion ana 
en su propia época? Nosotros creemos que no, porque el héroe de que nos ocupamos, poseído de las rancias preoev- 
paciones de sa siglo, no ha querido nunca declarar franca y terminantemente la edad que tenia, ni la patria que le 
dióel ser, ni el oBcioú ocupación de sus Tenerables padres. Dice en el testamento )iue es natural de6énoVa;pero no 
dice que sea natural de la ciudad de Genova; y en tal casO, como con el nombre de la capital se designaba todo di 
distrito de ía república, también puede muy bien haber querido decir con tan ambigua frase, aquello en que la ma- 
yor parte han convenido) es decir: que eranatnral'd^ la repúbliea^de Genova. No pretendemos negar que sea de 
la propia ciudad , porque no fundamos opinión terminante f pero si queremos hacer notar que hasta la propia de- 
claración de Colon es muy controvertible. 

Haciéndonos cargo de como rehuye la cuestión su hijo D. Fernando , cuya historia de su padre debemos á nnt 
traducción italiana, de la que se hubo de tomar la castellana que hoy se vé en la colección de Barcia, siendo harto 
raro que tan absolutamente hayan desaparecido todos los ejemplares de la historia original , no podemos menos de 
confortar nuestra opinión respecto al interés que. manifestú el almirante eri ocultar las particularidades de su fami- 
lia ; interés que no puede fundarse mas que en las preocupaciones humanas , que á veces rebajan por si solu él 
concepto del hombre mas eminente. Don Femando rechaza como injuriosas las pruebas que autores italianos pre- 
sentan para manifestar que los padres de Colon se habían ocupado en oficios mecánicos ; pero en cambio no pudo 6 
no quiso justificarse c^o una limpieza de sangre 6 una carta ejecutoria , no dignándose tampoco declarar en qué 
pila habi/i reéibido su padre el primero de los sacramentos. En el capítulo 98 de su Historia del Almirante dice 
estas notables palabras : creo que menos dignidad recibiria yo de ninguna náblexa da abolengo , que do ser hija 
de $al padre: verdad Innegable que bien pudiera haber ilustrado su entendimiento para declarar, si lo sabía, lo que 
ahora tratamos de averiguar tan en vano; porque reconocido está por todo el mundo el mayor mérito de las gran- 
des cosas, cuanto mas débiles fueron sus fundamentos. También el Almirante había dicho antes • en una carta que 
escribió al ama del principe D. Juan, después del descubrimiento: no soy el primer almirante de mi /iMiilfo (re- 
feririaae tal ves á Colombo el mozo.; ) pónganme el nombro que quisieron^ que al fin David, rey muy sáfrto, guat^ 
dó ovejas y después fué hecho rey de Jerusaltn, y yo soy siervo del mismo Señor que puso á Ihívid en esie eeU^ 




CRISTOVAL COLON. 



59 
Sábese Bada mas qoe nació en territorio de GéQOV« por los años de 4436: qne 
estudió en Pavía escaso tiempo para ÍDJciarse con fortuna en las primeras no- 
ciones de las ciencias exactas: que empezó á navegar á la edad de 1 4 años: que 
hizo muchos y muy aprovechados viajes por los mares orientales y por los de 
Occidente , introduciéndose en el círculo polar algunos grados : que durante 
aquellos .perfeccionó sus conocimientos respecto á la geografía y astrología, co- 
mo se llamaba entonces á la ciencia délos astrónomos: que comunicó grande- 
mente con diversas razas y lenguas que le fueron familiares^ y que hacia el año 
de 4470 cruzaba las costas meridionales de Europa en compañía del famoso 
tersario Colombo el mozo» el cual le era deudo, al parecer, muy cercano. 



Í0, Sin embargo de esta 7 aquellas honrosas conformidades , el padre y el byo nos ocultaron cuidadosamente su 
liosfe. 

Bespeeto á las eontiendas mantenidas entre los historiadores de las Indias, desde el cura de los Palacios basta el 
mismo Prescot de nuestros lias , no alargaremos nuestras reflexiones ; porque amigos unos del Almirante , otros 
parciales en pro 6 en contra, y nO pocos mal orientados, si se cuidaron de averiguar la Terdad, 6 no la publicaron, 
6 ñola comprendieron, 6 trataron^de oscurecerla para dar pábulo y calor á las hablillas de los ¿mulos. Dicen unos 
que era Jújo de un mercader de libros: otros acomodan á su padre el oficio de cardador de lana, en (ténova : varios 
le hacen descender de una ilustre Tamilia de Plasencia qué llevaba el propio apellido , y todos se pierden en conje- 
tuas y probabilidades que no llevan II sello de lo mas positivo. 

JEntretanto aparecen en la contienda, eon razones mas copiosas, varios sabios de nuestro continente , ya desen- 
terrando pleitos y deolaraciones de testigos presenciales, ya prestando á la luz de la razón cartas concluyentes'en 
el concepto de los qoe las publicaron 6 bien haciendo referencia «é partidas bautismales. Fué el primero el Sr. 6a- 
leani Haptone, intendente de hacienda del Piam\>nte, el cual en el afto de 1805 publicó una diserUcion en las Me- 
morias de la Academia de Turin, merced á varias piezas que alcanzó del pleito que en el siglo XVI siguieron los pre- 
tendientes al mayorazgo del Almirante. Beclara é Colon natural de Cuccaro, h$jo de Domefttco 6 Domingo Colombo, 
(ibricante de paños , qne residía en aquel lugar seis aftos después de haber nacido Cristóbal : cinco testigotf depo- 
nen en el espediente asegurando que el Almirante había salido del lugar, piecolo, esto es, pequeño. 

En f 818 el Sr. Isnaidi , aaqueólogo piamontés , publicó en la Bevi9ta de Bruñías una carta escrita por el go- 
hieno de la república de Genova 4 su embijador en nuestra corte. Doria, cuya fecha es de 7 de noviembre de 1 586. 
Ono de los párrafos de aquella carta dice : a Cristóbal Colombo , de Cologneta , hombre ilustre como ya debéis sa- 
ber; puesto que os bailáis en Espafia, ha ordenado en su testamento, según tenemos entendido, que se edificara en 
Gteova una casa qoe llevara su nombre^ y que se impusiese una renta para la conservación del edificio. 

La Gacela 4e Madrid, núm. S496, correspondiente al 17 de agosto de 1841, refiriéndose 4 la Re^iiia de Parts, 
dice : que un antiguo prefecto de Córcega , Mr. Guibega , encontró en los registrdk del pueblo de Calvi , con gran 
sorpresa» la partida de bauHsmo d^ Cristóbal Colon. Este hecho, dice el comunicante, es cierto, aun cuando no se 
haifa ^blicado hasta ahora, y por consiguiente Cristóbal Colon es paisano de Napoleón, Las pruebas existen y 
yo las denuncio y^omo que panm en poder de Guibega , que tarda jfu demasiado en publicar su desesihrimientos 
Ifp dmdú que pronto UiS verá la lu* pública , y entonces podrá la Francia levantar un vionumento al mas ilustre 
. navegante del mundo, en el pueblo donde tuvo su cuna, que es hoy la eábeía de un partido de uno de los dfpnr- 
tatsentos franceses. Sin embargo de la oficiosidad con qne la Bevisia de París anunció tan portentoso descubri- 
miento, aun hoy no se ha dignado Mr. Guibega dar 4 luz los comprobantes de so hallaigo. 

En las memorias inéditas de nuestra Academia de la Historia , tomo II , también se lee una , firmada por don 
Francisco Fernandez de Rávago, en la cual se pretende probar qne el Almirante fué natural de Pradelo, pueblo del 
. valle de Nura , en territorio de Plasenoía. La buena critica de la historia , manejada por el 6r. D. José Miguel de 
Flores, secretario qne era de la Academia cuando el Sr. R4vago presentó su escrito, ha desechado con refutaciones 
^ grande erudición y npo juicio las suposiciones del contrincante , cuyas citas no siempre contienen aquel caudal 
de verdad que es necesario en las cuestiones cuyos cimientos hayan de esUr fundados en irrecus^les pruebas. En 
virtud d» tfdas las que hasta el dia se han presentado , no hay duda que obtienen mejor derecho aquellas que se 
refieren al lugar de Cuccaro como probable, mas que cierta*, patria* del Almirante. Sin embargo j nosotros no afir- 
mamos qoe Cal haya jido , porque si bien reconocemos ca4n conveniente seria encontrar la antorcha mas brillante 
paih alumbrar el camino de nuestras investigaciones, tampoco nos parece mal, por l<rque de sobrenatural pudiera 
advertirse en ^ vida y hechos de Colon , que permanezca abierto el cert4men de competencia , como aquel famoso 
«■ ^e se difpBtaban siete ctodades de la Grecia la gloria de haber producido al cantor inmortal de los gentiles, 



60 

Consignado hemos ya el espirita de hostilidad que alimentaban entre sí las 
repúblicas de Genova y Yenecia desde el principio de su importancia marítima» 
después que las razas del Norte se habian derramado por las naciones meridio- 
nales. A través de algunos períodos de falsa conciliación, ambas repúblbas se 
• habian mirado siempre, y se miraban á la sazón, con rencorosa ojeriza, y sus 
armas se esgrimían en recíproco dafío, siempre que se encontraban sus fuerzas. 

Sucedió^ pues> que por el frecuente trato de recíprocos cambios con qtie se 
comunicaban en el siglo XY los pueblos litorales del Mediterráneo con los del 
Océano^ regresaban á Yenecia desde Flandes cuatro galeras de las mas porta-^ 
das y mejor guarnecidas que tenia aquella república. Se encontraba á la sazón 
el famoso corsario con los buques que le obedecían, costeando, sobre el cabo de 
San Yicente y las marinas de Lisboa; y tan pronto como avistó el pabellón de 
sus constantes rivales, no vaciló en acometerlas. Después de cambiarse algunos 
cañonazos^ y por el rencor con que se buscaban^ no tardaron en llegar al abor- 
daje unos y otros bastimentos» aferrándose con ganchos y cadenas por las 
proas respectivas» como entonces se practicaba. Trasmitida á las manos la inten- 
ción de los corazones, fácil es comprender el ahinco con que procurarían des- 
truirse mutuamente aquellos hombres que por su propia fama, mas que por sus 
intereses peleaban ; el combate habíase empezado poco después que la luz del 
día» y ya era la hora en que el sol trasponía el Océano para alumbrar otras re- 
gios cuando todavía duraban el encarnizamiento y la pelea. 

En la nave que montaba Cristóbal Colon, mas particularmente» se habia con- 
centrado la lucha^ como si de ella sola dependiese la disputada victoria. £1 hier- 
ro había hecho y seguia haciendo su oficio de una manera espantosa: multitud 
de cadáveres formaban una doble cubierta en cada bastimeitfo de los dos que 
así reñían: los efectos resbaladizos se prodigaban de ambas partes para comu- 
nicar á los pies los cuidados de las manos, y el alquitrán y demás combustibles 
fueron, por último el recurso á que se apeló cuando nada era bastante para lle- 
var á cabo aquella desastrosa contienda. 

El mar acariciado por muy ligeras brisas» mecía apenas los bajeles,. como 
si tuviera en poco el éidto de una lucha en que su dominio, nada mas, se dis- 
putaba. 

Comunicado el fuego con pasmosa velocidad á todas las partes de ambos na- 
vios, cesó el combate, pero no la lucha» por cuanto los cuidados se aumentaron. 
,Por un instinto de propia conservación cayéronse á un tiempo las armas de las 
manos que aun podían sostenerlas» y venecianos y genoveses se ayudaron á la 
vez contra el terrible enemigo que á todos amenazaba con mas espantosa fiereza. 

Nada es mas horroroso que un combate naval, cuando á todos los elementos 
destructores que el hombre ha inventado se agregan la tempestad ó e( incen- 
dio ; entonces el ánimo requiere múltiples fuerzas, y los últimos arranques de la 
desesperación son ^arto débiles para' luchar contra la mísma^Providencia. Tal 
sucedió en el caso que vamos.refiriendo» de suerte que, cuando todos los afanes 



64 
86 estrellabaD contra los progresos del fuego; cuando á las víctimas de la pri- 
mera lucha se añadían ya algunas otras, consumidas por las llamas ; cuando de 
un instante á otk*o se temía la esplosíon^ que al fin tu va efecto algunos minutos 
después, Cristóbal Colon se arrojó al mar, huyendo del fuego» para encomen*- 
. dar su muerte á mejores agonías. 

Reservábale, sin embargo , la fortuna mayor gloria que la efímera de una 
muerte honrosa en un combate ignorado ; y así como cayó al agua estenuado 
con la fatiga de tantas horas» se adelantaron á su vista dos objetos salvadores, 
de los cualed se aprovech<^ucesivamente. El primero fué un remo que flotaba 
entre los despojos de la pelea.: el seguudo era la costa lusitana, dos leguas dis- 
tante de las olas que le sustentaban. 

Los últimos crepúsculos de aquella tarde terrible alumbraban apenas el der- 
rotero de Colon » cuando* tras de inmensas fatigas pudo sentar el pié vacilante 
en las playas portuguesas. El cansancio y el frío permitíanle apenas moverse, 
pero sobrábale de ánimo lo que le faltaba de fuerzas, y á merced de aquel, pu- 
do llegar hasta la primera casa hospitalaria, donde los cuidados de estrañas gen** 
tes hablan de terminar sus angustiosos padecimientos (4 ). 

Nada hubiera sido mas fácil al náufrago , ya repuesto de aquel malhadado 
percance, que volver á su pais en cualquiera de las^ muchas naves que entonces 
hacían escala en Lisboa. Pero ¿qué había de hacer, ni qué buscar donde reve- 
ses de la fortuna habían agotado la de sus pobres padres, y cuando juzgaba in- 
falible la muerte de su deudo y protector Colombo el corsario , en el combate 
fatal ya referido? Además, que en Portugal se procuraba entonces con estraor- 
dinario aüan el descubrimiento de las Indias Orientales, navegando al Sur, has- 
ta doblar el cabo de Buena Esperanza ; y para sus afecciones marítimas ningu- 
na empresa hubiera sido más satisfactoría que la de contribuir á ilustrar la prác- 
tica de los portugueses con los destellos de su ciencia. 

Fuese, pues, á Lisboa,. con ánimo de observar los adelantos que se hicieran 
en las investigaciones, y tal 'vez con intención de aprovecharlos en favor de su^ 
patria. Allí encontró muchas inesperadas relaciones por la concurrencia de ge- 
noveses á aquella capital , que tanta fama adquiría á la sazón entre las naciones 
marítimas, y ellos le ofrecieron muy buenos parlados para que en su compañía 
se quedase. Pusiéronle casa coo decente acomodo por lo que de su ciencia espe- 
raban, y como era mozo y apiie^o, nada vulgar en pensamíeotos, y dado á la ga- 



. ( I ) la feeht que algwnof hUtoriadtores italíMos atioiBodan á un combate muy aemejante pudiera hacer dndoaa 
-toda la narración anterior, respecto á ser aquélla la de 1485, muy posterior á la llegada de Colon á Portugal y á 
SD avecindamiento en Lisboa. Kosotros hemos aceptado, sin embargo, como verídico lo que nos refiere su hijo don 
Femando, y con él la mayor parte de los escritores' mejor orientados en las circunstancias' del Almirante, dando 
por sentado que puede haber equivocación en la data de los italianos, puesto que algunos, como SabeUico, la igno- 
ran, y otros, como Jostiniano^ no hacen mención ninguna de semejante encuentro , tan glorioso paradlas armas de 
)a repáblien de Otoova. También pudo ser quedos acontecimientos parecidos diesen lugar á la confusión que se 
advierte en lof comentadores favorables y adversos de los suceso^ del Almirante, y en tal caso bien se puede tole* 
rar la data del segundo, sin rebajar ni un quilate de la verdad del primera. 



62 
lanterfa, no tardó mucho en hallarse prisionero de amorosos lazos que tendiera 
con castos intentos á la señora doña Felipa Muñiz , dama noble y caballera en 
el convento de los Santos, é hija del célebre descubridor portugués Bartolomé 
de Perestrello. La antorcha de himeneo alumbró los primeros pasos que dio Co- 
lon con aquel feliz enlace en la carrera de su próxima gloria, y con esto quedó 
afecta á la Península ibérica toda la que habian de reportarle algunos años des^ 
pues la osadía é ilustración de aquel hombre eminente. 

Es verdad que no de otra suerte se hubiera verificado el mas famoso aoon- 
tecimiento de los siglos; porque diseminadas las ci||;unstancias que para él con- 
currieron, no hubiera sido fácil siquiera concebir tamaña empresa. El genio de 
Colon no podia tener igual en su época y condiciones; pet*o Colon con su genio 
tampoco hubiera podido adivinar la empresa acometida, á no coincidir su enla- 
ce con la hija del célebre Perestrello. .Un temporal nada mas , ó la necesidad 
de refrescar las provisiones,, no hubieran sido bastantes causas para detenerle 
en Lisboa el tiempo necesario á sus amores;. el naufragio, pues, era*^ indispen- 
sable después del combate. De cualquier otro modo. Colon se hubiera quedado 
con su ciencia : la hija de Perestrello hubiera dado en vaho á otro que no fue- 
ra Colon algunos medios de esplotarla, y las regiones de América hubieran per- 
manecido ignoradas de nosotros quizá hasta el fin de los' siglos.. 




CAPITULO n. 



Tuélrese á embarcar Cristóbal Colon , y rectifica f ariu observaciones astronómicas y geográficas.— -Reofbe cíe la 
Tiada de Perestrello eartai , obserraciones y diarios que le ilostran grandemente acerca de los ? lajes que practi- 
caban á la saxoB los portagneses. — ^Primeras ideas que concibió sobre la posibilidad de encontrar un nueto der- 
rotero para la India.— Su traslación y permanencia en Puerlo-Santo. — noticias que le dan tarios islefios para 
jDonfortarle en su estraordinarlo propósito.— Dedicase con especial atención al estudio de las ciencíM naturales, 
y saca eonsecnencias favorables para insistir en la empresa : razones y. citas en que se apoya. — ^Regresa á lit- 
boa ; se comunica con los mas acreditados cosmógrafos de su tiempo , y resuéhese por último á indagar prácti- 
camente cnanto de su ciencia Juzgaba posible. 



1 asaSos de la felicidad conyogal los primeros goces, no tardó Colon mncho 
tiempo en volverse á embarcar» con ánimo resuelto de esplotar en pro de su 
fortuna los reconocimientos meridionales que desde Portugal se practicaban. 
Su habilidad en la traza de cartas marítimas era tan especial, que contribuyó 
poderosamente á ponerle en decente posición para fletar un bastimento : po- 
seia muchos conocimientos geográficos : era muy práctico en la geometría, con 
estensas nociones de cosmógrafo, y sobre todo, tenia en la habilidad de sus 
manos cuanto bastaba de seguro para el mas exacto desempeño. Escribía, dice 
su hijo, con tan buena letra, que para ganar de comer bastara (1 )• 

Entregóse, pues^ al mar, como quien en él se habla criado, siendo parte 
muy activa en facilitar el paso de la Zona tórrida, quitando á la realidad lo que de 
recelos la ocultaba ; de suerte que, cuando apenas entre el vulgo délos navegan- 
teisse juzgaba posible la existencia bajo la equinoccial, porque suponían abrasadas 
las regiones que tal situación ocupaban , Colon autorizó las escasas nociones que 
sobre aquel paso circulaban con alguna exactitud desde que se comenzara el se- 
gundo tercio del siglo XT. Intrépido como el mas aventajado entre los de su 

( I ) Lo mifmo asagura Fr. Bartolomé de las Gasas en su bistoria manuscrítrde U India ; y aftade qae apren- 
dió Colon U ariiméiiea, el dibi^Jo y la pintura con destreu suficiente para ganar oon Ules artea la vida. Posteri^H 
res eireunstancias acreditaron te eiactitud de tales suposiciones. 



64 
peligrosa carrera; visitó con so bajel las regiones temidas ; y volviendo á Por- 
tugal con irrecusables pruebas de sus indagaciones, publicó en 1 478 una me- 
moria, probando la existencia de habitantes en el Ecuador, para ilustrar á los 
hombres científicos^ dar calora los recelos y confundir álos ignorantes* Es decir, 
que ño satisfecho el hábil marino con arriesgarse en dificiles empresas, facilita- 
ba con espacial desinterés á la navegación cuantos progresos en ella alcanzaba. 
* Con tan ventajosas disposiciones y mejores procederes, andaba en lenguas 
la fama de Colon, admirado de todos, querido de l6s mas y envidiado de pocos, 
por la b(Midad de su carácter. La viuda de Perestrello, si ^n un principio le ba^ « 
bia admitido en el seno de su familia con la desconfianza natural que inspira la 
calidad de estranjero , ya se congratulaba con la naciente gloria de su yerno. 
'Cierto es que á la sazón miraba en él al futuro padre de su querido nieto don 
Diego, que con el tiempo ejerció el alto poder de almirante y virey de las In- 
dias, y por lo tanto se resolvió á hacerle dueño dé cierto depósito que guarda^* 
ba con respetuosa veneración, porque era el fruto de las constantes observacio- 
nes que en una larga serie de viajen curiosos habia hecho el fomoso descubri- 
dor de la Madera y Puerto-Santo* 

De aquí parte, pues, la historia de Colon, por mas que en los años ante- 
riores hubieran bastado sus hechos para sacar de la esfera vulgar el nombre 
mas ignorado; porque ni su valor personal (1 ), ni la seguridad de sus viajes á 
las regiones mas peligrosas de los liantes desconocidos, podian considerarse en 
adelante mas que como sucesos de escaso mérito, que no llegaron á traspasar 
los límites naturales de la ciencia. 

Ávido se manifestó Colon én el examen de las cartas y observaciones que 
Pérestrello habia legado en preciosa dote al heredero de su fama ; tanto mas, 
cuanto que ellas revelaban al parecer la existencia de algunas islas no visitadas 
aun, mas al Oeste de las ya descubiertas. 

En vista de tan preciosas indicaciones, que tanto armonizaban con la idea es- 
traordinariaqueen su imaginación comenzaba á agitarse, el hábil marino se lanzó 
de nuevo ál mar con rumbo al Sud-Oeste para cruzar la distancia que hay desde 
Lisboa á la Madera ) y así en esta isla como en la de Puerto-Santo, procuró in-* 



( I } Entre lot hechos famoMS qoe ilustran de Cristóbal Colon los aftos anteriores al acontecimiento de donde es-i 
ta histeria toma m erigen, hay uno qne por si solo basta para dar i conocer el carácter taleroso, resuelto y ejecu- 
tivo que le distingnia entre loe mas acreditados navegantes. Hallábase sirviendo á los dai|ues de Calabria cuando 
trataban de reconquistar el reino de Ñápeles, por los afios de 1459 y siguientes : y como ocurriese la necesidad de 
apresar una galera enemiga que se hallaba en el puerto de Tunet , se encomendó esta empresa á Colon para que 
la llevase á cabo con el navio que mandaba. En Cerdella hubo de enterarse U tripulación de que la tal galera e*<- 
taba acompaáada de dos naves y una carraca ( especie de galera menor, de inconvenientes proporciones , y apenas 
usada entonces en (u armadas espaftolas, ) y por no arriesgarse á una empresa de Unto peligro Jut gó mas pruden- 
te amotinarse contra Colon, porque á todo trance pretendía Hevar A término lo que se le habla mandado. Poco su^ 
fldente el atrevido capitán para calmar los ánimos de su recelosa gfuto, no vaciló en ofrecerse á sus exigencias de 
volver á Marsella en busca de refuerzos ; pero lejos de cumplir una promesa que á su reputación juzgaba indeco- 
rosa, mudó hada el Sur la punta de la bi^ula, y dando al viento las velH en la propia Urde que Ul e'aconUcia, 
se encontró al dia siguiente dentro del cabo de Cartagena. Los eonenUrios que eteriblérainea isobre esU hecho no 
podrian. menos de desvirtuarlo. 



65 

fiMnnarse, con estremada minuGiosidad, de la situación y condiciones que, por se- 
ñales mas ó menos autorizadas, pudieran apropiarle á las islas que se indicaban 
como de posible existencia mas engolfadas en el Océano. 

Cierta herencia que por su nuevo parentesco había adquirido en Puerto^Santo 
fiícilitó á sus estudios gran parte del éxito brillante que con el tiempo alcanzaron, 
puesto que per ella se yíó, si no obligado, al menos en posición decorosa para 
habitar en aquella isla, cuyo reciente descubrimiento y especial situación tanto se 
prestaban al curso de sus reiterados consecuentes trabajos. Alh' vio nacer á su 
primogénito D. Diego, y si antes de este suceso agradable habitaba nada mas 
que por recreo ó por consideraciones materiales aquella parte del archipiélago 
Atlántico, no hay duda que desde entonces mayores afecciones á semejante resi- 
dencia le sujetaban. 

Correspondiendo á sus investigaciones los mas aventajados pilotos que aque- 
llos mares frecuentaban, le confíjrmaron sucesivamente en la existencia de tierras 
desconocidas, bien que ninguno le confírmase de una manera inconcusa cuanto 
de probable se le denunciaba. Fundábanse nada mas sus indicaciones que en 
maderos de estrañas labores, colosales pinos y cañas corpulentas, como no se 
conocían en las tierras frecuentadas, cuyps objetos habian depositado en las playas 
de aquellas islas los vientos de Occidente. 

Sobre todo, en las Azores le aseguraron haber visto en la playa de la isla de 
las Flores, dos hombres muertos, cuyas caras y demás proporciones físicas tenian 
poco de común con los de las tierras conocidas; y los moradores del cabo de la 
Verga fueron tan adelante en sus informes, que aseguraron i Colon haber visto 
flotantes en el Océano, por la parte de Poniente , algunas almadias cubiertas con 
cierta especie de gente como jamás se habia conocido. Aunque parece hoy harto 
probable, por la distancia y por las condiciones de dichas almadias, que semejante 
relación tuviera mas fundamento en acaloradas fantasías que en positivos sucesos, 
no hay duda que influyó grandemente en el ánimo ya agitado del futuro Almi- 
rante. 

Desde entonces multiplicó su estremada aplicación al estudio de la geografía, 
de la historia natural y de la astronomía, no obstante la familiaridad con que ya 
trataba todas las ciencias naturales, produciendo sus nuevas observaciones la mas 
completa convicción que en materia alguna puede tenerse. Comparó, con la ma- 
yor exactitud, las condiciones del globo terráqueo, y partiendo del sistema exacto 
de su redondez, juzgó seguro que tomando rumbo hacia Occidente desde las 
costas lusitanas, necesariamente se habia de encontrar, á una distancia modera- 
da, la India Oriental que se buscaba por un derrotero exactamente opuesto. 

Si las ciencias físicas, no desarrolladas ó apenas conocidas aun, no podían 
iacilitar siquiera aquellas nociones indispensables para concebir la posibilidad de 
semejante viaje, porque siendo ignoradas, no podían apreciarse las leyes de la 
gravedad específica y de la. gravitación central, tan necesarias para viajar por 
toda la superficie del globo, suponiéndola esférica, la luz de la razón le hacia ver 

9 



M 

ira» oii^rd que todas los fábioa b^bÍ9á ttsU) tMta au ¿popa, desp^aodit mf^H 
tÍDÜsUaa cuya causa el misvo 6o]|)d ao OQia|ire»dfa, p^r mas qu/a ]^ 9Jip^fí^\U^ 
Y si con frecuencia seguía áPlinio» á StUrab^n y i Pt^alomeo en fü c^rs» 49 «)H 
Dttkioias geográficas y astrootteieas, ao por mtQ eo^ntüal)» gcsiorfc* WBí^ros 
para desviarse algún tanto c|e las teoriaa de ia^flÜM tükí^ tmv^o no ai^flfHH 
modaban á la idea que en su ncfttQ ae estaba deaaprollwdp cm pvQpoccfOiMV 
eeloaaies. 

Buscando síempra razones superiores que' justifi^aaen ao coaaepcioo airay^ 
dá, leía á Séneca y ae ftmiliarí2aj)a con la idea de ppmfi^^caiw fA ek^áo pf^ 
dar otra wz al munde el a^ticinado esipiectáeulo de Tigkyt^ (1)« S4 Fppaii^tJi^ \f§ 
libros sagrados, a los cuates destiwba algunas horas de su CKMfdioaa vi^a, ^wlñv 
se reconocía de superior orígeot suponiendo que Dios le habia p^pír^do pacff fff^r 
lirar los decretos consignados en ios cánticos de la IgM^* Se jmfard^ htes- 
iremos de la tierra, y tudas hut naciones y las lenguas $e umtofiL hqjo las ^a^ 
éeras del Redmíor. Si trataba de i^e^r sqs luces pat^f s)|es en ^qi^orjiíl^iVl? 
conocidas, cofliparaba bs eorpuleitas cato dn Ptolon)l^A con {os arbustos aih- 
fojados per las olas del OcéaM en las Islaa de las Azores {^.; J» figura d^ g)j9^ 
bo le indicaba la posibilidad de fftecueatfar, t^^a su piccupfieiRepcia: y ai flglWf 
vez desechaba por imaginarias las islas de que se creiís^ a^pioada pl pmar, reur 
peoto a la qué suponia mayor cantidad de tieri^» aegUQ l^a leyes i^tprales 
tam^ su penetración las subordinaba» a^udistt á^obuatcicer su yaetp pM las tff^t- 
FÍas de aquellos mismos autores que en otras páginas solian deavirtu^rle^ Fiar 
Um le situaba la Atlántíde de su Timeo: Aristóteles le confortaba tratftndo aqvf 1 
viaje de los mercaderes cartagineses i la graode Anlilla: Séneca, refirjf^dqfP 
á Tucfdtdes, también cerrx)boraba la antigua es^istencia de la Atláatica; y Ffir 
nio, Seboso, Solino y £stacio, le mareaban con atrevida exaptitud la aituapiíPfi 
de las febulosas Hespéridos (5). 

La división del mundo que hiciera Ptolomeo, tal como se conocía en siis tíeqf^- 
pos, en veinte y cuatro horas de á quince grados, facilitaba á Colon un punto 4^ 
partida tan conveoiente en sus cálculos cual pudiera desearlo; porque sieiido ya 
conocidos prácticamente todos los lugares comprendidos en quince de dichas hfi- 
ras, aun antes de que Marco Polo y Juan Mendeville estendiesen los limites ^ 
Asia mas allá del Ganges, y los portugueses basta el Occidente de las Azoreí^, 
fficil era comprender que la distancia ignorada no podía ser mayor que la (erci^ca 
parte del globo, antes bien mucho menor , aceptando, no solaipieate las relí^- 

(4) Fenntel annú 
S<Bevla terit, quibut oceeanus 
Viwltí' r^rum iatti, ei ingwM 
Pateat Íd^u9, Tiphii qus nflvot. 
Ihtegat Orbet^ nee tie terris 

Ultima Thffle (Séneca^ in eor. Medea). 
(2) Cosmografía: lib. U, cap. XVII, 

(5) Platón in Tlmeo: ÁristóteleSj Libro Ae las cosas nataralos. Sénéta^ id. lib. VI. P/tnto, aisioríi Natmrsly 
libro II, cap« UI, ele. 



&óñBi ñt aquello^ célebres viajeros, sino taB^bíMi to opiniones conformes de 
BMrtibbii^ Gtesüas, Onesicríto, Neatco, Plinio, Séneca ^ AriM6teles y offos (1). 

Lá iiArtidon é(^ dia podía moy bien fecOltátr atjgunáB nociones respecto á lae 
ffiáttbeiaá éb nüéstfo globo, y á la penetración del Almii^anCe no se dcalta- 
iKiD IM «bsdHraciotíes consijguientes para subordinar ta rotación M mondo 6 
h óaiféTá dM sol^ & lo que ¿xigUn ^m átáeéñ. ^or eáto, desentendiénddsé 
Mti ffethieMla de todo aquello que pndiera relMérle áé Ifevarle^ á cabo, ari^ 
jíbk las itítUs antiguos 7 se empapaba en la noeva ciedeia de Alfe^gan , acor-^ 
lindo iriígúnoi grados i cada nna de las veinte y cuatro horas de Ptolomeo : 4e 
flailnúndo Lnlio aceptaba el sistema de las mareas, dttndo por sépuesto que el 
desconocido continente , én que se apoyaba dei arco de mar él estremo opueMO 
Él yh cMloeldo , no pedia ser otro que el de ta India. Y pana que sus cálculos 
ito se apafrtasen de lo justo, y girasen constantes en el círculo de lo posible, 
aeeigia con Religiosa veneración el relato contenido en el pergamino del P. Fray 
luán Bosco, denunciando lá Isla de San Brandamo: creia en la de las sieie 
Ciudad&s edificadas por los siete obispos fugitivos de nuestro continente , como 
crdan todos los marineros de su tiempo, sin embargo de que ninguno la habia 
sSqúiera divisado; y por no disentir de cuanto ai aquella época se rectificaba 
t«ipb¿to i la geografía, acababan por satisfacer su voluntad la curiosa relación 
que hace Marco Polo de las islas de Cipango y Antilla, y los treinta años que 
éÉbpItó Mendéville en su espedicion á lo mas oriental del mundo conocido (2). 

Si materializando la cuestión tanto como es conveniente á la verdad de los 
bctehod, la juegamos matemáticamente, ¿hallaremos algo de estraño en que el 
AMiirante, cuando hablaba de ella, lo hiciese con toda la seguridad de que pu- 
diera hallarse convencido quien ya la hubiese prácticamente demostrado? Se- 
|(uramentie 4ue no ; pero tampoco debemos admirar que á los hombres mas emi- 
iMsttes pareciesen delirios de una imaginación fogosa y estraviada aquellos que 
'te realidad no eran sino el compendio de todas tas ciencias físico-matemáticas, 
adicionadas con el talento especial del hombre que <as manejaba con nn atre- 
vimiento entraño á todos los cálculos de la mas esquisíta esperiencia. 

Fortificado Colon con tan indestructibles razones, trató inmediatamente de 

(4) Bttraboñ ifirint qne ningiiioht lle^d eott ej6reito hai'ft «Ifln ét I» lA&iái: CfeiÜlisvpoaé lo descofto- 
iMo ^ áqtteíU pvrte Ufi grande cono el resto Be Asii: Ünésictito cree qtie es li tercera per te ¿e la esTera: Keareo 
Mptfné üllllipeliMlek coatro meses He caminó para átraresar a4|nélla p^n dísfaneia: P/i'mbí meaos eiageraílo 
fik OnetiiHte, eree-^oe és tola la lodit la tercera parte del ¿lobo: AritMekt sienta que et mny corta la dis- 
^íntíwi pofikiva desde las colnoMiiii ik Hércules liaste tts costas de la India, y Sthiecaaftrma qne, con tiento fa- 
VAriMe, ptlAe'Iíacersa eb poeo» dfts semejante tfaje. 

ft) fio f^ián menee de ser tcogidá% «qnettas relaelotes como p^áfUYet, ^Q«sto ^ oe etlstMn Mras anterior<(k: 
ért nnkd^l rabi benjamín ben JonA, de Tndelo, él cuál bebiendo salido de Zaragora en '1 175 para risftartee 
¥éktot db^rsos dé las trfbns bebreas por toda lia ftt de U tierra, penetra en la Cftina y 1\e^ baMa lai Islas del Ser 
ib AbiÉ. fámbfcn «onrtnbnn. por rshcleins propins, los viajes sneesStamente beAos de orden éé Ihoeencio IV por 
W fP.'Cáifhíf 7 Abeélltb, eonm enIbájMores apoéf «líeos, para eonToyit^ ál Gran Kbtm de Tartaria; y no era 
#énos ñtpk9 de fijar la aténeion tfe tbe eittadlok él tf itrio de Oníllefttao anysbrook, que eoá nna seméfiiite comMon 
Itfbbiiáli^etfllflo gririi ptlKe de las i^gioneaae üfeia A kMMIlardos del <Éi||to Xiff , por 4l*den tfé Lai» IX defVatieía. 
tlaMé i Bei^rom, tayagét m ilte, tombl, y al abált áalrés en sn mKtútia ie la IMt9rúiwtUt ottp. TK 



66 

llevar á cabo el gigante pensamiento que revolvía en su mente, con admiración 
de cuantos le escuchaban ; pero sus recursos a^n escasos para empresa tan su- 
perior; tanto mas, cuanto que contaba por necesidad absoluta la de llevar al- 
guna fuerza para el caso probable de que en las nuevas tierras que pensaba 
descubrir tuviese que defender con las armas su bastimento y su persona. En 
tal conflicto adivinó necesaria la ayuda de algún príncipe ó potentado capaz áp 
empeñarse en una lucha de nación á nación, cual pudiera temerse, para dar 
completa autoridad á su tránsito, estender la fé de Jesucristo, y tomar posesión 
de cuantos paises se encontraran fuera de la comunión social que reinaba en las 
naciones de Europa, como lo babian practicado hasta entonces españoles y por«r 
tugueses en el archipiélago Atlántico y en las dilatadas costas de África. 

Abandonó , pues, su morada de Puerto-Santo , y regresó á Portugal con 
intento firme de estender los h'mites de su patria adoptiva, por las que se su- 
ponían mas ricas entre todas las regiones del mundo; y como sus pensamientos 
giraban nada mas que en la esfera de los hombres científicos , de suponer es 
que sus relaciones habían de cultivarse, única , ó. mas particularmente con los 
sabios que á la sazón frecuentaban aquel reino. Uno de sus* amigos, Lorenzo 
Girardo, natural de Florencia, le informó de como aí rey don Alfonso de Por- 
tugal le habia escrito cierto maestro de grande erudición , llamado Paulo Físico, 
dándole muy importantes noticias sobre la navegación que debiera hacerse á 
la India, las cuales acompañaba con una carta de marear ó hidrográfica, suma- 
mente curiosa* De suponer es que tan importante noticia no pasarla despreciada 
del Almirante; así fué que, sin perder tiempo, se puso en comunicación con 
el citado maestro, que también era de Florencia, donde residia, al cual envió 
una esfera ejecutada por el mismo Colon para desenvolver las teorías de su plan 
con mayor y mas conveniente copia de argumentos. No se hizo esperar mucho 
tiempo la respuesta del sabio florentino, quien agradeciendo con muy corteses 
palabras consulta de tanto peso, repitió á Colon las propias noticias que al rey 4c 
Portugal habia comunicado, enviándole un traslado fiel de sus anteriores cartas (i). 



(4) El interés ¿e aquella comonicaclon nos obliga á insertarla en esta péfjina, como «na maestra exacta del 
estado de la geografía é hidrografía en aquella famosa época de deseabrimientos. Dice asi la earta de Paulo 
Físico dirigida al rey de Portugal por conducto do cierto canónigo de Lisboa: 

«A Francisco Hartinez, canónigo de Lisboa.—- Paulo Fífico, salud. — Mucho me agrada saber la familiaridad ^oo to- 
neis con el serenisino y msgnificentiaimo rey, y aunque yo he tratado muchas yecos del broTísino camino que hfy 
de aqoi á las Indias donde nacen las especerías por la vía del mar, el qno tengo per mas eorto que el qne haceia. á 
Guinea. Ahora me decís que S. A. quisiera alguna decloracioo ó demostración, para qne entienda y se paede tomar eate 
camino; por lo cual| sabiendo yo mostrársele con la esfera en la mano, haciéndole ver cómo está el mundo, lin embargo 
he determinado, para mas facilidad y mayor inteligencia, mostrar el referido camino en una cartí semejante á les de 
marear, y asi se la envío i S. A. hecha y pintada de mi mano; en U cual va pintado todo el fin del Poniente, to- 
muido desde Irlandia al Austro hasta el fin de Guinea, con todas las islas qne estin situadas en este viajera enyo 
frente está pintada en derechura por Poniente el principio de las Indias, con los sitios y lagares per donde podráis 
andar y cuanto os podríais apartar del Polo Ártico por la línea eqainocial y por cuánto espacio, esto et, con eaáatat 
leguas podríais llegará aquellos lugares fertilíMmos de especería y piedras preciosas. Y no os admiréis de q«e llame 
Poniente al país donde nace la especería qne comunmente se dice nacer en Lerante, porque los qne naTegarea á 
Poniente siempre hallarán en Poniente los referidos lagares, y los que fneren por tierra á Levante, siempce los hallarán 



69 

Cuando la resolucioo del Almiraale no hubiese estado bastante formada ^ 
para lanzarse á la ventura caprichosa de un inmenso piélago , s'm duda el con* 
tenido de aquella preciosa carta hubiera sido mas que suficiente para disponer 
su ánimo a mas atrevidas empresas, si mas atrevidas fuera posible imaginarlas; 
porque la fama del maestro Paulo Físico estaba reconocida como joya de gran- 
des quilates por todo el mundo de las ciencias, y su opinión no podia ajustarse 
mas á los deseos del grande hombre que la habiá consultado. 

En tal concepto se disiparon los recelos, como las dudas se habian ya des- 
vanecido; y Cristóbal Colon acometió de frente la empresa, entrando inmediata 
y sucesivamente en proposiciones con los principes á quienes supuso dignos de 
ella. Los que rechazaron de su lado como visionario al proyectista que les ofre- 
ciera tan copioso caudal de ciencia para aumentar, el poderío de sus reinos, al- 
gunos años -después hubieran cedido la mayor parte de cuanto hasta entonces 
habian poseido, por la menor porción de la gloria que conquistaron con estre- 
mada generosidad nuestros ascendientes, al secundar prácticamente las inspi- 
raciones del genio. 

Pero la Providencia dispuso que fueran los Reyes Católicos de España los 
que, después de asegurar su poderío y la independencia de Castilla contra las 
pretensiones de don Alfonso de Portugal, después de reunir en un solo trono las 
brillantes diademas que distribuían su. luz á todos los ámbitos de la Península 
ibérica; después, en fin, de haber peleado con heroica constancia por las esca- 
brosidades del reino de Granada , ya venciendo en campales batallas las tostadas 

tnLeTante. Las lineas derechas qae estáa alo largo ea dicha carta, maestrea la distancia que hay de Pooienta á 
Lerante: las oblicaas la que hay desde el Norte al Mediodía. También le pintaba en dicha carta mu ehos. logares en las 
partes de las Indias donde se podrá ir sacediendo algún- caso fortuito, como vientos contrarios ú otro cualquiera 
9Qe no se esperase, y despncs, porque quedéis plenamente informado de todo, diré lo qae he averigaado. Las islas 
deque henioi hablado están habitadas por mercaderes que trafican en machas naciones. Se vé en los puertos ma> 
yor número de bajeles estrangeros qaei en otra parte del muado. t>e solo el puerto de Zañon, nao de los mas her- 
mosos y famosos de Levante, parten todos los años mas deciento cargados de pimieota, sin contar otrot que vuel- 
vea cargados do toda clase de especería. Es graade y poblado el país: tiene muchas provincias y machos reíaos del 
Somioio de no principe solo llamado Et Gran JTam, que es lo mismo qae rey de lot reyet: ordinariamenle tiene su 
residencia en el Catay: tas predecesores deseaban tener comercio con los cristianos, y há doscientos años qqe en- 
viaron embajadores al Papa pidiéndole maestros que los iaslrayesea en nuestra fé: pero no pudieron llegar á Boma 
y ae vieron precisados á volverse por los embarazos que hallaron en el camino. En tiempo del papa Engenio IV vino 
vn embajador que lo, aseguró el afecto que tcnian á los católicos los principes y pueblos de su país; estuve c^n él 
largo tiempo, me habló de la magnificencia de s« rey, de los grandes rios que había en su tierra, y que se velan 
doscientas cindades con poentcs de mármol, fabricadas sobro las riberas de na rio solo. El país es bello, y nosotros 
debíamos haberlo descubierto por los riquesasque contieae y la caatidad de oro, platry pedrería que podia sacarse 
del. Escogen para gobernadores lo^ mas sabios, sia consideración á la Hacienda. Hallareiaeu uu mapa que hayde^de 
Lisboa ala famosa ciudad de Quisai, tomando el camino derecho á Poniente, veinte y seis espacios cada nao deciento 
y cincaeota millas. Quisai tiene treinta y cinco leguas de ámbito; su nombre quiere decir Ciudad del Cielo: véose 
allí diez grandes puei^tes de mármol sobra gruesas oplamnas de ana estrena magnificencia : está situada eo la 
provincia de Mango, cerca de Catay. De la isla Antilla hasta la de Cipaogo se cuentan diez espacios qve hacen dos- 
cientof veinte y cinco. Es tan abundante en pedrería y oro que cubren los templos y los palacios reales con plan- 
chea de ello. Aunpadiera añadir muchas cosas; pero como ós las he dicho, y sois prudente y de buen juicio, bo 
creo debo repetirlas aquí. Deseo que mi carta satisfaga á S. A., á quien os mego digáis que estoy pronto y p«n- 
laal en obedecerie oaando me mande cualquiera cosa. Florencia á 25 de junio de 4474.» Esta carta fué escrita en 
latín «si al rey de Portugal, como á Cristóbal Colon; pero nosotros hacemos uso de la traducción castellana que es- 
tampó don Fernando an la Historia del Álmiranle, 



70 

hmstes de Maboma, ya abatiendo en las plazas fuertes sus estrellados pendones» 
biÉta arrojarlos á todos mas allá de las colomnas de Hércules, distfibuyetan 
táMitotícon desinteresado y religioso celo la luz de la razón & ignoradas re* 
gioneá, donde la cultura y la citilizacíon no habian logrado disipar aun las densas 
litiieblás del tetado primitivo de la naturaleza. 




CAPITULO IH. 



COBJetvrtt retpeeto á los jirineros pisos qiM di6 Colon pira pooer on prácUea su pcnsamíaoto.— íroposioiooM á 
lucorM 4s Poriogal.— Exaouiifitse el proyecto en LUboa por unajunU de hombres cUntífipos. — DirArios.pare- 
ceres.-^Estraña condncU del rey D. Joaa H para averigoar.Io mas cierto.—Veuida de Colon á España. — Llega 
al eoBTento do la R&Hda.^Prtnera entroTiata coa el guardián Fr. Jnan Peres de Marcbena. — Enriase á I9 
atria dé los Reyee Católíeos el proyecto á^ Calón. — CeiMúl(«9é t re spélvese que pase á la oorte el proye«r 
|j|ta.«-Pxsparativos y c^eomondaciones para el Tiaje de Colon é Córdoba. 



JuN todos, ó en la noayor parte de los autores cpie escribieron de las cosas de 
Colon se advierten algunos claros de fecha á fecha> que la oficiosidad de mu- 
cbos ba pretendido llenar con hechos que no sucedieron, o no fueron conoci- 
dos, 6 tal vez se equivocaron. De aquellos hay uno cuyos límites nó traspasan 
mas que el curso de un año: á saber; desde que Colon resolvió dofinitivjf mente 
la realiz^pion de su proyecto, viniéndqse de Puerto-Santo á Portp^al , hs^ta 
las propQsicione^ que hijo á la corte de Lisboa; y este intervalo, que bien pudo 
ser motivado por los estudios ó trabajos preparatorios para desenvolver sus 
teorías ante los doctores que habrian de examinaríais, sirvió de fundamento bas- 
tante para sentar en varios libros, conio hecho innegable, que Colon lo empleó 
en hacer un viaje a Genova, con el objeto de que fuera su patria, y no otra al- 
guna, la que de su ciencia se aprovechase. 

Es verdad que son de acreditada qota los autores que serpejante opinión sos- 
tienen, por mas que en la fecha no acomoden; aunque las modernas conjeturas 
hayan declarado, por conducto del sabio Washington Ifving, insuficientes las 
.pruebas que i tal aserto corresponden, bien merecen alguna consideración las 
ppinio^es contestes de Bamusio, Pedro Mártir de Angleria, Muñoz y otros, cuyos 
esciíitos siempre han merecido entera fé en la r^úbüca de las letras. 

De todos modos nosotros no podemos menos de hacer notar las dificultades 
ijpie se ofcecerian naturalmente á Colon para emprender tan largo viaje: porque 
f^áenm de los recursos indispensables para atravesar decorosamente la distancia 



72 

que separa ambas penínsulas, el estraordinario proyectista se hallaría embara- 
zado para abandonar á estraños cuidados el fruto aun bastante tierno de su enlace, 
cuando los negros crespones de la viudez habian robado su privilegiado lugar á 
los puros encantos del matrimonio. 

Por otra parte, no hay duda que la rectitud de Colon en todos los actos de su 
vida/ y su buena moral necesariamente habian de conservar intacto en su ánimo 
el amor á la patria que el ser íe diera: y nada estraño. debe parecemos que en 
holocausto á tan sagrado objeto sacrificara una parte de sus mas tiernas afeccio- 
nes, y el todo de la fortuna que hubo adquirido en el corto período de su bonanza. 
Lo cier^to es que nada irrecusable se ha averiguado en este asunto, aun cuando mu- 
cho se pretenda probar con la ignorada existencia de Colon en el primer año des^ 
pues de su vuelta al continente, y con la absoluta pobreza que le acompañaba cuan* 
do salvó la primera vez la frontera portuguesa para internarse en nuestro territorio* 

Volviendo; pues, á lo mas cierto, propuso Colon con toda solemnidad su pro- 
yecto al rey de Portugal, sobradamente confiado en la protección que solicitaba 
para llevarlo á cabo desde un país que estaba siendo, hacia muchos años, el 
punto de partida de todos los célebres descubrimientos. No era la corte de Lis- 
boa lo que habia sido el palacio del infante don Enrique. El rey don Alonso ha- 
bia recoiicentrado todas sus miras sobre la corona de Castilla cuando tuvo lugar 
la guerra de sucesión que ya hemos indicado; y aunque don Juan II dio nuevo 
calor á la navegación para seguir esplorando las costas del Sur, ni su amor á lo 
maravilloso, ni su afición á las ciencias podian inspirarle por el proyecto de Colon 
el entusiasmo que sin duda el célebre infante hubiera inmediatamente concebido. 

Oyólo, pues/oon muestras de agrado, si bien no dejaron de asomar á la vez 
en su semblante algunos síntomas de tibieza que parecía desconfianza , y ptfr 
cumplir con las obligacijDnes de monarca prudente, mas que para aco^ieter con 
asiduidad la averiguación de una cuestión tan importante, la encomendó á una 
junta de su consejo para que sobre ella le informase. Hubo allí diversos pare- 
ceres, como DO podia menos de suceder en una época en que las ciencias se- 
guían una senda muy distinta de la que hoy las conduce á la perfección rápida- 
mente, y cada cual las interpretaba según su convicción, conforme á sus cono- 
cimientos, y mas que todo en armonía con los autores que habia estudiado en 
aquella anarquía de sistemas que se disputaban el imperio de la verdad , sin adi- 
vinarla ninguno. Y aquí conviene desvanecer la severidad de la moderna cen- 
sura cuando se ha ocupado de los opositores al proyecto de Colon, teniendo en 
cuenta, no solo el estado de las ciencias naturales^, sino también el espíritu do- 
minante de la época; que nada tiene de estraño que los geógrafos se arrimasen 
á las teorías de Colon tanto como los teólogos se apartaban, por las distintas 
fuentes en que cada uno habia bebido sus conocimientos, para figurar casi todos 
en el catálogo de los hombres que ilustraron grandemente los últimos años del 
siglo XY: y es mas sorprendente la concepción y demostración práctica del ge- 
nio, cuanto mas sabios aparecen los incrédutos que en su origen le impugnaron. 



73 

Para orillar las dificultades suscitadas por la libre discusión en la junta de 
examinandos, asistió Cristóbal Colón á la presencia db los jueces de su proyecto, 
tan grave en sü apostura y tan elocuente en sus palabras, que ál fin , aunque 
sin anunciar nada definitivo» se convencieron interiormente. hasta los mas in-* 
crédulos. Dióse cuenta al rey por último, después de algunos ligeros* debates, 
mas dirigidos á los medios de la realización, que á la verdad de las teorías, y 
don Juan II no tuvo reparo en esplotar el proyecto por los que torpes conseje- 
ros se atrevieron á indicarle. 

La gigante empresa de Colon, si se comprendía tenia émulos ; si se recha- 
zaba tenia detractores ; esto era lo regular porque siempre ha sucedido ; pero 
¿está en los límites de lo posible que un monarca, justo y digno de elogio por 
mas de un concepto , se asociara á la perfidia para despojar de su gloria al 
hombre eminente que habia dedicado toda $u ciencia, todos sus intereses, todas 
sus afecciones á la realización de una empresa gigante? Esto no estaba previsto 
en ningún acontecimiento regular, porque á falta de conciencia religiosa, de 
que tanto alarde se hacia entonces, debia garantizar á Colon su propiedad cien- 
tífica, sino el escaso respeto que un pobre estranjero inspira, al menos la invio- 
labilidad de la real palabra ; que de gran rey deben ser consecuentes costumbres 
lo infalible de monarca ; lo justo y legal de legislador ; y de hombre lo caballero. ' 
Acudieron al rey los individuos de la junta, para manifestarle la posibili- 
dad de encontrar la India por el derrotero que Colon trazaba ; pero al hacerlo 
tuvieron gran cuidado de mezclar algunas desconfianzas, con objeto de sazo- 
nar el pensamiento que habia nacido en el ánimo de alguno de los jueces, por 
un esceso de patriotismo que la historia condenará siempre como inmoral y tor- 
pe. Dijeron al rey que bien pudiera suceder lo que Colon anunciaba , aun 
cuando sus razones no bastaran para desvirtuar los acontecimientos y nociones 
de tantos siglos pasados; y que si por acaso la ventura deparaba á sus vasa- 
llos el alto concepto de modificar las ciencias, por las que atesoraba un oscuro 
Qstranjero, mas justo seria que la fama de tan importante suceso recayese ínte- 
gra en lo que esclusivamente perteneciese á su corona. El rey escuchó el con- 
sejo, y loque es mas punible, dio orden para que así se practicase, armando 
al efecto una carabela que con la mayor reserva y provista de víveres en 
abundancia, se hizo á la vela sin que su tripulación, escepto el capitán, supie- 
se qué rumbo iba á tomar por la inmensidad delOcéano. 

Entretanto se procuró entretener á Colon con lisonjeras esperanzas, para 
que de ningún modo sospechase el mal proceder que con él se estaba usando; 
pero el destino, que siempre se cumple en sus propias condiciones, se encargó 
de poner de manifiesto tanta iniquidad, apenas creíble en tan elevadas perso- 
nas. La carabela navegó rápidamente con rumbo á donde el sol se pone ; pero 
siempre con la desconfianza de una tripulación que temia engolfarse por 
donde la ciencia no habia penetrado. Sin emWgo, el capitán era atrevido, 

aunque no tanto como la empresa requería, y {quién sabe si la gloria de Colon 

10 



74 
se hubiera ocultado para siempre con el descubriniiento de la Tierra-Virgen, á 
no sobrevenir la tormenta *qué puso en confusión á los nuevos argonautas 1 ^ 

Arreciaron los vientos, las olas se embravecieron, y la débil carabela estuvo 
muy próxima á sepultarse para siempre con su secreta comisión en las profun- 
didades del ancho piélago, lo cual sin duda hubiera dejado en mejor lugar al 
rey D. Juan y á los que en semejante proceder le hablan comprometido ; pero 
quiso el destino que la espedicion pudiese alcanzar otra vez Las playas portu- 
guesas, y con esto se apostrofó visionario al famoso proyectista , que por su 
parte no pudo menos de admirar tanta falsía en personas tan respetables como 
debieran ser las que dirigian el consejo del monarca lusitano (1 ). 

Desde entonces ya no volvió á pensar Colon en secundar sus proposiciones 
á la corte de D. Juan 11: antes por el contrario se quejó amargamente al rey 
del engaño que con él se habia usado, y en vano fueron las disculpas y satis- 
facciones que le prodigaron los reales: labios. Quizá el rey D. Juan no había 
quedado satisfecho del malogrado ensayo, y pretendía cautivar el ánimo de 
Colon desenojándole para acometer otra vez la prueba del descubrimiento con 
sus naturales condiciones; pero el célebre proyectista no apartó un solo instan- 
te de su agraviada mente el justo resentimiento dé tan miserable acción, y á 
salir de Portugal se dirigieron desde aquel momento todos sus cuidados. 

Hallábase á la sazón en compañía del célebre almirante , un su hermano 
llamado Bartolomé, hombre de vasta instrucción en el arte de navegar, y no 
menos resuelto para cualquiera difícil empresa. Las continuas tareas de Cristó- 
bal le habían persuadido de la verdad que su ciencia adivinaba, de suerte que 
lo que su claro entendimiento admitía sin réplica, su voz lo afirmaba con enr 
tera confianza, y su valor personal, de que estaba bien dotado, le disponía en 
todos tiempos á demostrarlo prácticamente lanzándose á los mares. De seme- 
jante temple necesitaba Colon hombres que apoyasen sus proposiciones, y como 
no era ya tiempo de permitir que los años trascurriesen sin resultados positi- 
vos, tuvo por conveniente encargar á su hermano en la corte de Inglaterra de 
la misión que á él iba á trasladarle al territorio de España. 

Partió Bartolomé con desgraciada estrella á la gran ciudad del Támesís, 

( 4 ) fio fuera justo hacer pesar toda la maldad de semejante acción sobre uno de los mejores reyes que Portu- 
gal ha tenido , y por lo tanto bien será consignar aqui el nombre del obispo de GenU, CuzoJtlía, que fué el débil 
consejero á quien la historia atribuyó en su propia época la determinación del monarca. Ki de menor cuantía ha*> 
bían de ser las inQuencias que torcieran la rectitud del rey D. Juan , cuya historia no es otra cosa que un admi- 
rable tegido de virtudes y nobleza. Por ellas mereció los renombres de Perfecto y Magno que la posteridad no 
puede considerar mas que como insuficiente recompensa tributada á la grata memoria del monarca que en Porta- 
gal supo centralizar el poder en sus manos , aboliendo los abusos del feudalismo : que administró recta justicia 
entre todas clases y condiciones de su reino ; que no vaciló jamás en dar nobles satisfacciones á aquellos de sus 
subditos que se consideraban injustamente agraviados por la m^estad : que premiaba á los jueces que en legal 
sentencia faltaban contra su persona , que jamás tuvo privado-, porque lo consideraba el peor de todos los vicios 
que un monarca tener pudiera: que consoltaba indirectamente la opinión general antes de nombrar sus ministros: 
que regularizó el* sistema monetario en sus reinos de tal suerte , que aun hoy rige con imperceptibles variaciones: 
que puso coto al lujo y destruyó la avaricia : que fundó hospitales y casas de beneficencia como en eí Mediodía de 
Europa no se habían visto , y por último , que renovando el Impulso dado á la navegación en tiempo del infante 
don Enrique, descubrieron sus marineros el reino de Cpngo, y llegaron los primeros al Cabo de Buena-Eaperanfa. 



75 
porque cuentan algunos autores que en la travesía fué cautivado por unos pi- 
ratas, de cuyo poder logró, con trabajo y pasado atgun tiempo, emanciparse y 
arribar á su destino. A la vez Cristóbal , que en algunos años ninguna noticia 
pudo haber de su hermano, se dispuso á atravesar la frontera lusitana con el 
mayor sigilo, bien para evitar los estorbos que á su marcha tratara de oponer 
el mal aconsejado rey Don Juan, que insistía en detenerle, ó tal vez para des- 
entenderse hasta mejores tiempos de algunas deudas que se habia visto obli- 
gado á contraer durante su última permanencia en Lisboa. 

¡Cuánto padeceriá en semejante caso el hombre eminente que tantas rique- 
zas atesoraba eñ su imaginación, tantas privaciones sufría en su cuerpo, y 
tantas desgracias contemplaba en su azarosa vida ! Hallábase abandonado^ es- 
carnecido y ultrajado en un pais estranjero, sin recursos, sin amigos y sin deu- 
dos; solo en medio de la pobreza. Pero no: no estaba solo: tenia para consuelo 
de sus afanes aquel pedazo de su corazón que le recordaba los goces de su pa- 
sada felicidad, asi como le ponia también de manifiesto todo el peso de su des- 
dicha. Don Diego era muy niño aun: no podría resistir las fatigas de un viaje 
en la estación de un invierno riguroso, y siii embargo Colon no podia ni que- 
ría dejar prenda de tan subidos quilates en poder de sus detractores y enemi- 
gos. Estaba tan pobre que rayaba en miserable: ni podia evitar que las plantas 
de sus pies marcasen hasta su término la ruta que necesitaba emprender, ni le 
era posible tampoco impedir que sobre sus mal tapadas carnes llegasen á des- 
hacerse algunos copos de la nieve que las nubes habian congelado para mejor 
determinar sus pasos. 

Apesar de esto ; el que después habia de ser Grande Almirante de todo el 
mar Océano : el que habia de dar á la corona de Castilla un dia eterno, y al 
viejo continente otro nuevo donde se reprodujese todo el pasado de los tiempos 
primitivos: aquel genio superior, á cuya voz se habian de levantar imperios 
de la inmensidad de mares procelosos , y riquezas inmensas y vastó poderío 
para los grandes de la tierra: que habia de dar nueva vida á la navegación, 
y al comercio una trascendencia incalculable , acomodó ^obre sus'hombros al 
heredero de tanta gloria, y á pié y mendigando el necesario sustento, atrave- 
só la distancia que separa la hermosa Bética de la antigua Lusitania. 

Entre los 36<> 45' 38^ 9' latitud y los 2^ 20' 5° 18' longitud occidental del 
Meridiano dé Madrid, al S. SO. de nuestra Península, está situada la provin- 
cia de Huelva , que compone una considerable porción del antiguo reino de 
Sevilla. Formando un triángulo truncado por el N., de cuyos ángulos el del O. 
marca la frontera de Portugal con dicha provincia, tiene por base el Océano, 
en cuya costa se halla enclavado el famoso convento de la Rábida « media le- 
gua distante del mas famoso puerto de Palos. , • 

En uno de los dias mas rigurosos que tuvo el invierno de 1 484 á 85, cuan- 
do los vientos del N. 0.« que son los mas frecuentes en aquella part^ , azota- 
ban las toscanas paredes del convento y silbaban airados en las góticas torres 



76 
de su iglesia, preludiando la tempestad de la próxima noche > Cristóbal Colon 
atravesaba el nevado sendero que le conducía al convento, agoviado no menos 
que por el cansancio natural del camino, por el llanto desconsolador de su 
pobre criatura, que tenia hambre, sed y frío. A los golpes que dio á la puerta 
del piadoso edificio el desventurado caminante acudió el portero del convento, 
á quien Cristóbal Colon demandaba caridad para aquel niñico, en el momento 
en que otro religioso de mas venerable aspecto se apresuraba á ofrecérsela tan 
completa como en aquellas casas era costumbre. 

El mas caracterizado entre ambos religiosos hubo de notar en el estranjero 
algunas señales características de esas que revelan el genio donde quiera que 
se esconde , y al contemplar el miserable porte y estraña condición que tanto 
contrastaban con su augurio, no pudó menos de dar á su curiosa investigación 
el giro ^ue con venia para satisfacerla. Así, pues, vaciló poco en preguntar 
quién era y á dónde caminaba el hombre que tenia delante, seguro de que 
algún misterio encubría aquella peregrinación tan penosa: «Soy, contestó Co- 
lon, up miserable que no tiene pan con que satisfacer el hambre de su hijo» 
ni agua para apagar su sed, ni vestiduras con que resguardaría del frió, y que 
sin embargo anda errante de reinó en reino y .de corte en corte , ofreciendo 
inmensos tesoros al monarca que quiera aceptarlos.» 




La respuesta original de Colon afectó de varias maneras al guardián de la 
Rábida, pues otro no era el que le interrogaba; no dejó el buen guardián de 
creer un instante que estaba demente aquel hombre; pero los ojos de Colon 
bríllaban con todo el entusiasmo de la verdad; su acento era firme» sqs pala- 
bras moderadas y de sonora coordinación , y sos ademanes nobles, y modestos 



77 
como de quieü ni se eaalteoe con sos pensamientos ni se abate con su desgra- 
cia. Escasos fueron los momentos que el fraile luchó con la duda , puesto que 
brindó inmediatamente el hospedaje que ofrecia el convento á cuantos con tan 
escasos recursos materíalcis caminaban. £1 viajero aceptó cop el alma aquella 
hospitalidad que tanta falta le hacia, y la Providencia marcó con el sello de lo 
maravilloso el diálogo casual que acababa de tener lugar entre Cristóbal Co- 
lon y el guardián del convento de franciscanos de la Rábida, Fr. Juan Pérez 
deMarchena. 

Cuando las fuerzas perdidas en el camino se hubieron recobrado « merced 
á la cooi^unidad » que se apresuró á tributar á Colon todo género de atenciones, 
el prior quiso escuchar de su huésped algunas esplicaciones que aclarasen sus 
primeras misteriosas palabras. Afortunadamente para el acontecimiento que se 
preparaba , el P. Üdarchena había cursado las ciencias naturales, y no le fué 
difícil comprender las teorías de Colon, de las cuales se declaró sin vacilar ar- 
diente partidario. Además, en el vecino puerto de Palos existia á la vez un 
médico , hombre de vasta erudición y de claro entendimiento, que desvaneció 
en sus frecuentes entrevistas las escasas dudas que pudieran quedar en el eour 
vento respecto á la proposición del estrangero : y como el lugar era á propósito 
para discusiones qtie á la navegación afectasen, y dados á novedades los ha- 
bitantes de aquella costa , con mas particularidad en época de tantos descubri- 
mientos , bien pronto cundió la fama del nuevo proyecto con singular acepta- 
ción y entera fé por toda la comarca , desacertando la curiosidad de todos y 
dando calor á mas de una novela marítima , que el fuego de las imaginaciones 
meridionales hubo de purificar para que fuesen aceptadas entre el vulgo como 
verdaderas historias* . 

Entre tanto se ocupaban los Reyes Católicos en estender su señorío por el 
territorio que aun poséian los árabes : duraíi'te aquel año hablan llevado á cabo~ 
su famosa expedición á la vega de Granada mandada en persona por el rey 
Femando, que dio al hierro y alfuego cuanto pisaron sus aguerridas huestes 
y alcanzaron sus victoriosas armas. Coronóse en el estío aquella brillante es- 
pedición de cincuenta diascon la toma sucesiva de las plazas de Alora, Septe- 
níl y otras menos considerables; pero no fueron tan dichosas las armas de los 
cristianos delante de Ronda > contra cuy oX adarves se estrelló su pujanza aque- 
lla vez: y dejando su conquista para mejor sazón, se dispersaron las tropas á 
cuarteles de invierno.' 

Semejante contratiempo , comentado de diversas maneras en todo el reino, 
no causó muy buena sensación al guardián de la Rábida , que habiéndose de- 
clarado ardiente protector de Colon, deseaba á todo trance que sus proposicio- 
nes fuesen escuchadas y admitidas por los monarcas, y creia con razón que no 
podrían cumplirse sus deseos bajo la influencia de un desaire tan reciente. Con 
todo : era íntimo amigo del reverendo P. Fr. Hemapdo de Tala vera , prior en 
Yalladolid del famoso convento del Prado , y' recien nombrado obispo de Avi- 



78 
la y el cual se hallaba y seguía á la sazón la corte con gran valimento entre los 
reyes; como que era confesor de Isabel I ; y aprovechando el de la Rábida la 
oportunidad de la superior dignidad á que habia sido elevado su amigo fray 
Hernando , le escribió el pláceme , intercalando en \^ carta las pretensiones de 
so huésped. 

Cruzáronse como era natural algunas contestaciones dirigidas « mas que á 
la inmediata aplicación del descubrimiento, á la certeza de las teorías; y para 
salvar las inmensas dificultades que necesariamente se ocurrieran , opinai:on á 
la vez Fr. Juan Pérez y Colon enviar un tanto desenvuelto et plan con cartas 
y demostraciones científicas , que lo hicieran mas perceptible á los ojos de los 
que en él hubieran de intere^rse. Con todo, era demasiado grande el pensa- 
miento, para que otro que no fuera su autor supiera esplicarlo ; por lo tanto se 
acordó que^Colon se trasladase á Ja corte; por haber significado semejantes de- 
seos los reyes mismos ; y á fin de que pudiera atender mas desembarazado al 
objeto constante de sus tareas, el guardián de la Rábida se encargó de la asis- 
tencia y educación del niño, en el propio convento. 

Con esto Colon se proveyó de las necesarias recomendaciones para no te- 
ner que mendigar la atención de sus favorecedores, y tan modesto, aunque 
menos miserable que á Andalucía llegara, se puso en camino para Córdoba, en 
donde los preparativos déla próxima campaña, correspondiente al año de 1 486, 
habian hecho necesaria la presencia de los Reyes Católicos. 



CAPITULO IV. 



Uegada de Colon á Córdoba y contrtTíos efectos de sas primeros pasos.— Estado natural de la corle espafiola^— 
laconvenieátes y vii^es.—PTimera audiencia: retratos de Cristóbal Colon y de los Beyes GatóHcos. — Conferen- 
cias en Salamanca : sus resultados. — Operaciones militares que impiden otra ves la determinación de los re- 
yes«— -Yuelta de Colon desesperanzado al convento de la Rábida; * 



Llbgado que hubo á Córdoba Cristóbal Colon, fué su primera diligencia buscar 
al recien alzado á la mitra de Avila, para cuyo prelado mas 'particularmente 
eran las recomendaciones que á la corte llevaba. No era grande la importancia 
que á tan superior uegocio el P. Talayera había dado por las comunicaciones 
hasta entonces cambiadas entre el guardián de la Rábida y su persona : sin 
embargo queria enterarse de viva voz para desvanecer sus escrúpulos, pero la 
I»*esencia de Colon y $us argumentos > quizá por lo gigantes, causaron en 3u 
ánimo todo el efecto contrario. Era sin duda en estremo afecto á las teorías mas 
admitidas, y semejante innovación en las ciencias, si no la comprendió, le pa- 
recería imposible. A pesar de ésto no desahució las pretensiones del extranjero, 
bien que en su pro nada procurase, y mas por atención á la amistad que de- 
bía al P. Marchena, que por deseos de tomar parte en la cuestión propuesta, 
ofreció á Colon que prevendría favorablemente el áninto de los reyes. 

En esto avanzaba la época mas favorable á las operaciones de la guerra ; y 



80 
sea que ellas no permitieran al obispo de Avila ODtretener el tiempo en una 
causa que reprobaba su mente, ó bien porque la voluntad le inclinase á des- 
preciarla, fué ío cierto que se levantaron de Córdoba los reales, y que ningún 
resultado viÓ posible Colon para sus negocios, en tanto que dé la nueva cam- 
paña no llegase el término. 

Inauguróla el rey don Fernando con el cerco é interpresa de la ciudad de 
Loja; gran baluarte de moros en aquella sazón, pero que defendió mal y rin- 
dió con harta mengua el famoso Bpabdil, como queriendo ensayarla mas 
grande humillación que seis años adelante habia de sufrir en la rendición de 
Granada» Marchando de una en otra -victoria los cristianos pusieron á su devo- 
ción otros pueblos y castillos durante la campaña, en especial á Zagra, Baños, 
Móclin é Illora, cuyo último punto dio el rey en guarda al célebre Gonzalo de 
Córdoba por las buenas trazas que en su ganancia se diera. 

Notable circunstancia.es por cierto que en el propio año en que Colon se 
presentó á brillar por primera vez en la corte de Castilla, ante sus reyes se dis- 
tinguiera también por primera vez el famoso capitán de aquella época, cuyo 
nombre habia de resonar tan.alto en las campiñas de Italia. Parece como que 
España á fuer de tan fecunda pretendió devolver genio, por génió; pero escasa 
vista alcanzara quien en semejante parangón desconociese las ventajas que en 
ambas producciones llevó la patria de Colon á la patria nuestra: que al fin el 
genio italiano era el genio de las ciencias humanas» el genio de la luz, el ge- 
nio de los biepes, que venia á proporcionar múltiple importancia á nuestro 
territorio 9 en tanto que el famoso Gonzalo solo el llanto, la. muerte y la de- 
solación pudo sembrar sobre las márgenes del Careliano. Así se cumple sin 
duda el. destino de las naciones, como el destino de los hombres cumplirse 
suele : también la opulenta Roma en los. tiempos que mas gloria alcanzaba 
nos enviaba sus cesares y sus cónsules para arrasar -nuestras campiñas y es- 
clavizar á nuestros ascendientes, mientras estos les enseñaban en cambio el 
arte de navegar, y les servían de pilotos para trasladar sus gentes á las regio- 
nes de África, y para asegurar con ellas el nuevo imperio qué al furor de los 
vándalQS abandonó Bonifacio en el ano 4S18 de nuestra era, y^reoobró Belisario 
un siglo mas tarde. 

Alentaban las esperanzas de Colon los buenos resultados de la guerra: pero 
quiso su desgracia que el conde de Lemos se alzara entonces con la villa de 
Poúferrada , echando de su recinto á lá escasa guarnición que allí tenían los 
reyes, y estos para apagar aquel incendio peligroso que tanta fuerza podía 
quitar á sus propósitos de robustecer el poder real contra él feudalismo, tu- 
vieron por conveniente apersonarse en el lugar de la revuelta, con lo que vol- 
vieron las cosab á su conveniente estado; y después de rendir gracias por tan- 
tas mercedes en su gran ca^a compostelana al apóstol Santiago, volviéronse á 
reposar de tantas fatigas á la insigne Salamanca. 

No desperdició Colon la favorable comcidencia que se presentaba para visi- 



81 
tar aqnel famoso recinto de la sabiduría de la época, y poniéndose en camino 
llegó en breve á las frondosas márgenes del Tórmes. Allí tuvo ocasión de ver 
las ciencias en su renacimiento, desarrollándose con pasmosas proporciones para 
estender la luz por todas las parles del globo , sin que ninguna estuviera desa^ 
tendida de cuantas , en la entonces celebrada universidad de Pavía , se ense- 
ñaban. 

Ck>rrian ya los primeros dias del año 87 , de suerte que uno completo era 
pasado desde que Colon se procuraba en vano una audiencia de los reyes; pero 
esta vez no fundó sus esperanzas únicamente en el obispo de Avila « y así fue- 
ron mas ciertos sus resultados. Andaba en la corle el Gran Cardenal de Espa- 
ña^ Arzobispo de Toledo , don Pedro González de Mendoza, con tanto poder en 
ella por su influencia, que era apellidado vulgarmente el tercer rey de.£spaña; 
y como las simpatías que el estrangero inspiraba, le habian proporcionado ya 
algunos amigos y protectores , fácil fué que el cardenal lé otorgara una au- 
diencia para escuchar su plan y esponerlo á los monarcas, 

Elócuente'é inspirado en sas razonamientos estuvo Colon al tratar con el 
arzobispo , como quien penetra la fácil comprensión del que le escucha ; y 
aunque algunas dudas tocantes á la religión se ocurrieron al cardenal durante 
la conferencia , no hubo difícullad en desvanecerlas incontinenti. Desde enton- 
ces comenzaron á endulzarse los sinsabores que Colon habia esperimentado 
en nuestra patria , bien que otros muchos le. reservara aun la suerte,, puesto 
que le fué otorgada la apetecida audiencia de los Reyes Católicos , que era á 
lo que todos sus afanes se habian dedicado hasta entonces. 

Grande interés ofrecía á los cortesanos presentes aquella entrevista por 
los distintos caracteres que en ella podian observarse. Cristóbal Colon por una 
parte, hombre de venerable aspecto, que rayaba, en los cincuenta y un años 
de su edad, con el pelo cano desde que los treinta habia cumplido: de agra- 
dable fisonomía , con brillantes animados ojos , á los que la luz de la verdad 
comunicaba simpáticos fulgores : de mas que mediana estatura y no descama- 
do; vestido sencillamente', pero con el decoro conveniente á quien en presen- 
cia de monarcas se pone: de noble apostura y magéstuoso aspecto, propio de 
superior inteligencia, que si no fascinaba la atención con la vista, cautivaba 
con razón el entendimiento: elocuente en .sus palabras, pero moderado en los 
arranques de su inspiracioki , como quien desea no cerrar la puerta á la ré- 
plica de los dudosos. ' . 

Bajo regios doseles, con soberana magostad y dignamente cercados de 

consejeros, cortesanos y guardas, dignábanse oir al oscuro estrangero los reyes 

de Aragón y de Castilla, cuyas almas unidas* sin duda por el amor^ no lo es-^ 

taban igualmente por sus tendencias y naturales afecciones gubernamentales, 

bien que en un sólo punto concordasen ; él de hacer sin tregua ni descanso ia 

guerra á los infieles. 

La reina Isabel se ostentaba señora de hermosa presencia en lo que de su 

11 



82 
roslro mostraba , que era bien poco, por lo que de honesta tenía : de estatura 
mediana, pero gentilmente contorneada: ^g amable semblante, blanca de 
cutis y espresiva dulce mirada, como de natural bondadoso: de ingenio agu- 
do y grandeza de ánimo, y por lo tanto de fácil comprensión y liberal fran- 
queza : tan dispuesta para los simples quehaceres de una dama particular, como 
para los negocios mas arduos de la política. ó de la guerra. Resuelta en las 
ocasiones, y de varonil continente en kis empresas. Estrana á las ambiciones 
mundanas, y bien contenta con lo que el amor de los castellanos le había dado, 
únicamente hacia la guerra á los moros por afirmar la fé en toda la península, 
sin otra ambicioq que el agradecimiento de Dios y las alabanzas de sus gentes. 




Bien distinta por cierto era la condición del rey don Fernando. Las propor- 
ciones de sa. cuerpo ^taban en consecuente reldcion con las de su alma, jpor- 
que ambas eran medianas: la dureza de sus robustos miembros y su constitu- 
ción recia también se parecían notablemente á lo empedernido de su carácter, 
que si era luiradp eo las resoluciones, también era inflexible en su cumplí- 
miepto. Sa aspecto era magestuoso por lo animado y penetrante de los Cjjos, y 
^ov lo despejado de la frente, señal segura de su vasta comprensión y de su 
natural tíilento. Poseía, cop efecto, la ciencia de gobernar, tal como él la en- 
tendía, de caliera que üingúB hombre de su época le igualaba. Pero todas 
sus determinaciones estaban fundadas, mas que en la gloria y rectitud de la 
jifóticía, en la ambición del dominio y en el apego que á sus acuerdos pro- 
fesaba. Algunas veces tuvo que sustentar con las armas lo que reprobaba él 
verdadero interés. de sus' pueblos, de lo cual nos ensena la historia algunos 



83 
ejemplos en el establecímienlo de la inqaisicion , qoe al esceso de su piedad 
religiosa fué debido. Era sagaz y receloso « apegado á las rancias teorías , y 
como tal poco dado á las innovaciones, aunque en las ciencias exactas estuvie- 
sen fundadas. En suma, ambos reyes simbolizaron anticipadamente los caracte- 
res de sus dos mas notables sucesores r Isabel inaugurando la política abierta, 
generosa, activa y caballeresca del emperador Carlos V: Fernando estable- 
ciendo el sistema desconfiado, violento , opaco y misterioso del rey Felipe II. 

Los síntomas que asomamn en la conferencia fueron desde luego favora- 
bles á las proposiciones, por mas que el rey tratara de ocultar la galisfoccion 
que á sus tendencias de ilimitado dominio aquellas estaban causando ; pero, su 
desconfianza natural, alimentada por Fr. Hernando de Tala vera, volvió á re- 
concentrar en su ánimo las antiguas máximas que respecto á la geografía im- 
peraban entonces, y si no fué en adelante acérrimo opositor del descubrimien- 
to, estuvo sin embargo muy próximo á destruii; los. incalculables bienes que á 
España bubo reportado. La reina por sii parte oyó con placer é interés al pro- 
yectista, animándose su semblante á la par que la voz de Colon desarrollaba 
con mas calor el sistema de sus teorías.- y aquella primera impresión ^ arrai- 
gó tanto mas en el ánimo de la augusta señora, cuánto mas procuró fortificarla 
con los claros favorables argumentos que en el asunto escuchaba frecuentemen- 
te al eminentísimo cardenal Mendoza. Por lo demás, en los consejos de la cor- 
te fueron varias las parcialidades, y en virtud de ellas , y para dar á la cues- 
tión todo el carácter* de gravedad que en efecto merecía, se encomendó su 
examen á una junta de sabios doctores en las diversas ciencias que entonces 
en Salamanca se cursaban. 

. Verificóse la reunión en una casa de campo inmediata á la ciudad, denomi- 
nada de Valcuevo^ propia del prior del convento de San Estaban , á cuya co- 
munidad se- habia encomendado la presidencia de aquella respetable junta. 
Fuéronse á ella los jueces con sü espositor, para que el buUieio de la ciudad no 
pudiera ser fácil estorbo á la atención que tan considerable asunto reclamaba. 
Allí desarrolló de nuevo Colon sus teorías, y allí hubo de sufrir^ con mas pa- 
ciencia las réplicas de los circunstantes , siendo estas por lo Vegular tanto mas 
empeñadas cuanto mas crasa resaltaba la ignorancia de los ^ue ian gran pro- 
yecto juzgaban quimérico. Los mas sabios entre todos los doctores allí reuni- 
dos, si no aprobaban desde luego la ^complicación y novedad del esppesto pro- 
yecto, tampoco se mostraban sistemáticos opositores , contentándose co» obser- 
var aquellos puntos mas dudosos ó controvertibles, y oir con religiosa atención 
las fundadas respuestas. en que Colon afirmaba el maravilloso resultado de sus 
consecuentes vigilias: que tal ha sido siempre en semejantes casos Isrveordadera 
condición del verdadero talento; Entre los que con mas calor se manifestaron 
eñ la junta partidarios del Almiraníe, merece especial mención el P. Fr.Die^o 
deDezá, doctor religioso del orden de Santo Domingo, que á la sazón desem- 
peñaba en la famosa universidad una cátedra de teología. Los servicios que 



posteriormente prestó ea la corte á ia causa de Ck)loD, fueron muy considera- 
bles, y á su buen juicio y bien cimentada reputación se d^bió en la primera 
conferencia el apego que al estrangero lomaron algunos de los jueces. , 

Continuaba discutiéndose en repetidas juntas de aquel respetable congreso 
et proyecto > antes de ilustrar sobre él á ios monarcas « cuando la continuación 
de la guerra jobligó á la corte á trasladarse al teatro de las operaciones; y oo*^ 
mo 4ina parte considerable de los doctores, entre otros el. antiguo prior del 
convento del Prado, hubiesen de seguirla , se interrumpieron las conferencias, 
y Colon tuvo de nuevo que continuar sus pretensiones á la ambulante sombrando 
los camJDamentos. Oficioso seria ocupamos de cuántos afanes y sinsabores tuyo 
que padecer, que fueron mnchos, durante aquellas célebres jomadas: basté 
decir que en ellas abandonó repetidas veces, el compás de las ciencias para em- 
brazar la lanza del guerrero, porque no creia decoroso disfrutar ayuda de 
costa sin ganarla en el ejevcicio á que todos se dedicaban en aquella corte be- 
licosa: y que sus exigencias, respecto á una contestación categórica, se per- 
dieron mas de una vez entre el rumor de la pelea , ó en el bullicio de los fes- 
tejos con que se celebraba una victoria. 

Al fin , cuando por primera vez pudo escuchar el fallo de los doctores reu- 
nidos en la ciudad de las ciencias, fuéle comunicado por el P. Hernando con 
toda la acritud que de semej.antes casi enemigos Jábios esperaba > correspon- 
diendo 1a$ palabras á los recelos del sábío y á las tendencias del fanático. Di- 
jóle/ con efecto^ el obispo de Ávila que la junta habia desaprobado las pro- 
posiciones; pero que en virtud de las aparienqias de^ verdad que envolvían 
algunos de los argumentos espuestos , y porque no convenía á poderosos prín« 
cipeá dejar de examinar con toda madurez y quietud empresas tamañas en 
honra y acrecentamiento de la fé, era bien que esiperase, si leplacia, á la 
conclusiop de la guerra, y entonces se tomaría en cuenta su proyecto. 

El despego con qué hablaba el fraile á Colon ; no era ciertamente grande 
atractivo pará^que este continuara tan consecuente en la. corte de los Reyes Ca- 
tólicos; pues Qra ya entrado el año de 1 491 ^ y ya hepios dicho que desde .el 86 
comenzara á Iratar su proyecto sin interrupción , viéndose espuesto por él á 
todo género de privaciones y fatigas. Sin en^bargo, gran conocedor como la 
esperíencia habia hecho á Colon de los hooibres , supo hacer diferencia entre 
las palabras de Fr. Hernando y el verdadero mensaje de^ los monarcas , bien 
que del rey escasas bondades esperaba ; y en semejante caso trató de mitigar 
el contrario resultado, procurándose una nueva audiencia real qiie despejase 
su especial situación, y sirviera de norma á sus consiguientes resoluciones. 
Obtúvola fácilmente, porque ya abogabáú por su causa cerca de los monarcas, 
además del gran cardenal, el P. Dezá que desempeñaba á la sazón en la corte 
la tutoría del príncipe D. Juan, Alonso de Quiatanilla, contador mayor del rei- 
no, y otras varías personas que á la bondad de su carácter y á la elevación de 
sus pensamientos se habían apegado con natural y simpático entusiasmo. 



85 
Por mas prevenidos que hubieran estado en contra del famoso proyecto los 
Reyes Católicos , merced á la oficiosa desconfianza del confesor de la reina, 
que x»da vez mas lo rechazaba , no hay duda que en algo habian de tener las 
altas prendas del eslrangero para no despedirle descontento, siquiera en obse^- 
qaio á la perseverancia que cerca de sus magostados habiá demostrado. Ade- 
ísAs, que. en el sitio de Málaga, en la inlerpresa de Baza, y en otras memora- 
bles funciones que eo aquéllos años tran grandemente realzaron el concepto de 
las armas cristianas, Colon habia aconsejado como prudente, y como hbmbre 
de valor peleado ; y semejante desinteresado proceder que de lengua en len- 
gua corría, no podia ni debia ser indiferente á tan hábiles monarcas. La rei- 
na, particuladamente, por mas que la oposición de su mal aconsejado esposo 
sirviera de obstáculo á sus naturales tendencias, se sentía secretamente impul- 
sada hacia la negociación del descubrimiento ; de suerte que al dar su respues- 
ta á Colojí t^ tan desfavorable como el obispo Talavera se la habia ya comunica- 
do, procuró disculparse con estremado empeño , asegurando que solo las su- 
periores atenciones<lel próximo cerco de Granada, podían retardar la definitiva 
resolución de sus pretensiones; pero que terminada ^n perentoria empresa, 
con la buena forCuna^ que hasta entonces el cielo habia deparado á sus armas, 
' se enlablaria de nuevo el negocio, para el que aseguró se encontraba muy fa- 
vorablemente dispuesta. 

La nueva próroga no satisfizo á Colon tan completamente que d^ara de sos- 
pechar en ella cierta embozada reprobación que todas sus esperanzas destruía. 
Con todo, la aceptó resignadamente en la apariencia > como recurso de irreme- 
diable percance, y sin abandonar sus^ negociaciones en la córte,^ procuró en- ^ 
tablarlas á la vez con alguno de los grandes potentados españoles que servían 
á los reyes con pompa y recurso^ de principales soberanos. 

Entre los mas distinguidos de tales señores descollaban los duques- de Me- 
dinasidonia y Medinaceli , cuyas pingües rentas y estados numerosos bien po- 
dia n permitirles acometer empresas, aunque de mayor empeño que la indi- 
cada fueran (1). A ellos acudió, con efecto, el proyectista; pero el primero 
no era fácil á lá comprehsion de tan altos pensamientos, y el segundó, mas 
feliz en lo tocante á las ciencias, no quiso esponer^e al enojo de sus reyes y 
señores naturales. Él sentimiento de Colon en semejante caso no tuvo límites; 
habia recibido del rey don Juan de Portugal una carta* en que le invitaba á 
volver á Lisboa para entablar el negocio de la navegación al O. ; pero además 
deja pasada mala acción , había otra circunstancia que ligaba al Almirante á 
nuestro pais, del cual no quisiera salir para realizar en otra parte $us plan^; 
porque sobre el agi'adecimieDlto debido á los buenos oficios de sus respetables 



[\) Bn el sitio de llttaga «donde Colon se distinguid repetidas veces entre los combaiieotes , tuvo ocasión de 
observar la escuadra de cien velas con que asistió el dnque de Medinaceli á los Reyes Católicos en tan famosa em- 
presa: j esto sin duda le sugerhria la idea de llevar sus pretensione» á los subditos, cuando tan escasas esperanzas 
le quedaban eerca ie los monarcas. 



86 
amigos en la regia comitiva, habia contraido tan íntima amistad t^n una muy 
principal señora ^e la ciudad de Córdoba, que de ella tenia ya á don Feman- 
do su segundo bijo> que fué el primero y mas fiel narrador de las glorias de 
su padre. Sin embargo: ¿qué otro recurso mas que elüe marchar á naciones 
no aun por él frecuentadas, le quedaba á uii hombre que, poseido con intima 
convicción de una id¡ea grandiosa, lucha durante seis años con lodoigénero de 
entorpecimientos para realizarlos, y en el postrer día de aquel largo periodo 
se encuentra con menos esperanza que tenia en el primero? 

Dicese que á la sazón recibió también mensajes de los reyes de Francia y 
de Inglaterra; pero por mas que el propio Almiranteólo haya consignado en 
sus cartas, permitido nos será guardar una modesta compostura respecto á la 
admisión de tales asertos, que mas bien parecen dirigidos á robustecer las en- 
tabladas pretensiones, que ^ desperdiciar las nuevas hulagüeñas ofertas. Lo 
tierto es que mustio y desconsolado, sin muestras siquiera de remota esperan* 
za que le anímase á. continuar su demanda, regresó Colon ál convento de la 
Rábida, pobre de recursos y rico de desengaños, con ánimo, según nps refiere 
su hijo, de llevar sus proposiciones y su ciencia á la corte del Sena, cuya co- 
rona cenia á la sazón las siene3 de Carlos VIII. - . ^ 




CAPITULO V. 



Conferencias en U Rábida Mbre el éxito da la negociacioD. — ^\'a á la corte el guardián Fr.' Juan Perea y obtiene de 
la reina favorable aeogida*— llueva presentación de Colon ante los reyes. — Rendición de Granada. — Entáblense 
las propoaicloBes.-^Nueras diftca)tades*por las qne €olon te resuelve á romper definitivamente con la cóite de * 
Castilla. — ^Buenos oficios de lof amigos del proyeeto y rasgos de notable desprendimiento en la corle. — Colon 
suspende su i^arcba á Francia, y se asientan las bafes para el descubrimiento. — ^Estado marítimo y político de 
ias naeíones que mü directamente habian entendido en la» proposfcioiies del Almlrante.-^Tuélvese Colon al con- 
veoto de la Rábida para llevar á cabo la empresa. 



La inesperada* vuelta de Colon al convento causó en aquel contorno una sen- 
sación difícil de esplíqar], por la favorable acogida que en él habian tenido 
Jos cálculos jdel estrangero. El guardián de la Rábida, mas particularmente se 
afectó de una manera dolorosa^ no tanto por el dedaire que á sus recomen- 
daciones se babia h^cho> cuanto por la irreparable pérdida que iba á seguirse 
á estos reinos, en el caso de queColon pusiese por obra su propósito *de aban- 
ddnarlosu Como ^si estuviese mal seguro de cuanto hasta allí bafbian penetrado 
en el fondo dé su convicción íos razonamientos del proyectista , convocó á su 
sagrada casa al médico de'Palos, de cuyos eonpcimientos tanto aprecio hacia; 
y para afirmar con toda seguridad la nueva determinación que proyectaba» 
hizo de modo que. asintiese á la conferencia el celebrado entre todos los nave- 
gantes de aquella costa, Martin Alonso Pinzón, gefe á la sazón de su ilustre 
familia, residente asimismo en el pueblo de Palos. 

Espuestás de nuevo las teorías que tantos disgustos habian causado al que 
las concibiera i todos concordaron otra Vez en la importancia y veracidad del 
negocio, llegando á tal estreiHo el convencimiento de Pinzón , qué se ofreció á 
ayudarlo con toda su hacienda y su persona. 

Nada mas necesitaba el ^P. Marchena para determinarse á pasar á la corte: 
estaba seguro, y en esto conformaban todos los que hasta allt habian tratado 
tan singular asunto, que la reina no lo abandonaba de grado ; y que á poco in- 



88 
teres que alguno por él se tomase, sin duda lograría- persuadirla á que lo ad- 
mitiese y llevase á cabo. por cuenta de su corona. No se engañaban por cier- 
to los que tal convicción tenian , y la conformidad de pensamientos favorables 
á las bellas disposiciones de la primera Isabel hacen , mas que argumentos no- 
tables , el elogio de sus bondades y el panegírico de sus grandes pensamientos. 
. Solicitado el oportuno permiso de la reina para presentarse en la corte, 
que inmediatamente le fué otorgado, púsose en camino el bondadoso guardián 
para los reales de Santa Fé , donde á la sazón estrechaban los monarcas el 
cerco de Granada; y tanto por su sagrado religioso carácter, tan respetada en- 
tonces en nuestra patria, cuanto por haber sido antes que el P. Tala vera, con- 
fesor de la reina, ya se deja conocer cuan fácilmente de S. M. conseguiría una 
particular audiencia. 

No hay para qué referir con estranos colores , que nunca alcanzarían á la 
brillantez de los naturales, el interés con que el guardián de la Rábida habló á 
la iaugusta princesa, ponderando las inmensas magníficas consecuencias del 
viaje á Occidente, así como las irreparables pérdidas que á España se seguirían 
si otra nación lo practicaba. Baste decir que la reina, iluminada otra vez por 
los argumentos de su antiguo director, acogió el proyecto bajo su irrevocable 
protección, despidiendo ál P. Márchena con la orden de que volviese Colon á 
la corte para arreglar definitivamente sus proposiciones ; y como tanto consta- 
ba á S.M. la pobreza del estrangéro y los escasos recursos con que podría de 
nuevo acudir á su presencia, mandó que se entregaran al guardián veinte mil 
maravedís en florines, que Boy valdrían tanto como dos mil y trescientos rea- 
les, para que aquel se equipase y comprase una bestiezuela para el viaje. 

Lleno el corazón de nuevas y mas bien fundadas espersrnzast se presentó 
€olon en. la ciudad de Santa Fé cuando espiraba el año de 1491 : los reyes le 
recibieron d^ una manera tan agasajadora como basta eqtonces no había suce- 
dido, y los^iBxpedialos acontecimientos de Ib guerra también se presentaron 
favorables en eslremo, para que sus percances no dificultaran |a reajiizacion de 
su proyecto. Con efecto , Colon se haJUába en el campo de los Reyes Católicos 
cuando en la ciudad de lá Alhambra se sustituía el emblema de Mahoma con 
lo& castillos y leones de Isabel I y las barras de Femando Y; pero los regoci- 
jos y el entusiasmo cojí que por toda la iñónarqula se celebró tan glorioso 
acontecimiento , no pudieron menos de causar una pálida indifereiicia al hom- 
bre cuyas conquistas no estaban limitadas nada menos que á las ricas posesio-^ 
nes de un vaslo y desconocido hemisferio. 

En tal situación se comenzaron á discutir la Teprocidad de derechos entre 
la corona , por medio de sus comisionados, uno de ellos el reverendo obispo de 
Avila, y Cristóbal Colon, que era procurador y abogado en su propia causa. Pero 
no tardó mucho en interrumpirse otra vez la buenli armenia que al parecer rei- 
naba en el asunto, porque sin acordarse de la magnitud del pensamiento si á acabo 
se llevaba, creyeron asaz levantadas las exigencias del aventurero , que entre otras 



89 
DO pretendía menos que el título de grdnde almiraáte y virej de cuantos mares 
y tierras descubriese^ mas una décima parte de las ganancias que por su arro- 
jo é ilustración proporcionase á estos reinos. Entre los diputados de la corona 
babo alguno que tuvo la audacia de preguntar á Colon cuál hacienda arriesgaba 
para exigir en su trato tan onerosas condiciones, á lo que replicó este: «Si no 
es bastante la ciencia que cedo y la vida que pongo , también ofrezco suplir la 
octava parte de cuantos gastos para disponer la espedicion se bagan » siempre 
que otro igual de las ganancias me corresponda de derecho.» Sin duda, atre- 
viéndose á prometer caudales que njo tenia, contaba con el ofrecimiento que Mar- 
tin Alonso Pinzón lé había hecho en la última entrevista de la Rábida , de cuya 
circunstancia puede empezarse á considerar la parte de gloria que cupo á los 
generosos españoles en el descubrimiento del Nuevo-Mundo. 

La desconfianza, mas que la envidia que autores suponen, hizo que de nuevo 
la negociación se interrumpiese^ El obispo de Avila se apresuró á manifestar á 
la reina cuánto era el orgullo del estrangero, que no quería ceder ló mas mí- 
nimo de lo que en el contrato reclamaba por una empresa sobrado incierta, y á 
sus pficios se unieron algunas palabras ambiguas del rey Femando, siempre 
incrédulo y celoso de la autoridad que había de ceder la corona, las cuales aca- 
baron por decidir á Isabel, contra todas sus creencias, á romper la negociación 
con tan siniestros auspicios entablada. 

Entonces Celon, mas que nunca desesperanzado, torció ias riendas á la ca* . 
balgadura que por la munificencia de la reina montaba, resuelto á salir de Es- • 
paña con sus ilusiones perdidas, para comentar de nuevo en otras cortes lo que 
tantos años y sinsabores en las de la Península Ibérica le había costado. Pero 
aun le quedaban amigos cerca de Isabel, que tan pronto como se apercibieron 
de la partida del proyectista, se apresuraron á impetrar de S. M. toda la gra- 
cia necesaria para que tan admirable empresa no se abandonase por los mas 
afortunados y mas políticos monarcas que la cristiandad tenia ; y á pesar de la 
oposición que entonces con mayor empeño hizo el rey á la altivez del estrange- 
ro, fueron tales los argumentos empleados por Luis de Santangeí, receptor que 
era de ias rentas eclesiásticas de Aragón , por Alonso de QuintanillaV y por la 
ilustre marquesa de Moya, íntima amiga de la reina, que al fin la decisión de 
Isabel se hizo irrevocable. 

Cuando Fernando se apercibió del resultado positivo sobre que aquella. 

cuestión comenzaba á girar, torció el discurso hacia la pobreza en que el tesoro 

se hallaba^ y para mejor aniquilar la favorable acogida de la empresa, declaró 

solemnemente que se apartaba de ella por quimérica y onerosa á los interesas 

de su corona. La de Castilla, contestó Isabel, la toma por su ctierUa; y si 'las 

cajas del tesoro están vaeíasf por la bondad de Dios que en tan sanias empresas 

nos permitió consumir nuestras rentas, ahí van mis joyas y mis galas para 

12 



90 
que sobre ellas tomedes aquello que darvos quieran y lo bástanle con que la ida 
de Colon pueda facerse {\). 

La mejor acción de la primera Isabel daraate.su taa glorioso reinado fué aco- 
gida en el concurso con todo el entusiasmo que merecia ; todos se apresuraron 
á ofrecer cuanto poseían para rescatar lo que S. M. de empeñar trataba, y hasta 
el rey, que tan opuesto se mostró al pensamiento de Colon por la escasa segu- 
ridad que ofrecía, no tuvo reparo en permitir que Santangel adelantase de las 
reales arcas de Aragón diez y siete mil florines > con que se comenzó á proveer 
lo necesario para la realización del proyec^. 

Dos leguas apenas se habia apartado Colon de la corte cuando le alcanzó el 
correo portador de su triunfo. Al recibir la orden de su vuelta aun llegó á pen- 
sar si nuevas dilaciones interrumpirían la realización de sus planes, y estuvo en 
poco que no se negase á comparecer otra vez ante los monarcas españoles ; pero 
al cabo las afecciones que en nnestro suelo tenia, y las mayores dificultades que 
en otras naciones imaginaba, le decidieron á regresar á Santa Fé, donde la 
reina y sus amigos le aguardaban impacientes. 

Puesta de nuevo la mano en las condiciones, Isabel tío vaciló un momento 
en conceder á Colon cuanto en remuneración de su gigantesco proyecto reclama- 
ba, de suerte que, tras de escasos debates, se ajustaron y ratificaron aquellas 
en los términos que literales trascribimos, por lo interesante que de ellas se 
desprende, al considerar su atrevido objeto y sus maravillosos resultados. 

CAPITULACIONES 

ENTÉB LOS SBMOEKS RETES GATÓUGO^ T GEmÓBAL COLON (2). 

«Las cosas suplicadas é que vuestras Altezas dan é otorgan á don Cristóval 
Colon en alguna satisfacción de lo que ha de descubrir en las mares océanas y 
del viaje que agora con el ayuda de Dios ha de hacer por ellas en servicio de 
vuestras Altezas, son las que siguen : 

((Primeramente: que vuestras Altezas como señores que son de las dichas 
maresi océanas, fagan desde agora al dicho don Cristóval Colon su almirante en 
todas aquellas islas é tierras firmes que por su mano ó industria se descubrie- 
ren ó ganaren en las dichas mares océanas pata durante su vida , y después 
del muerto á sus herederos é sucesores de uno en otro perpetuamente con todas 
aquellas preeminencias é prerogativas pertenecientes al tal oficio ,é según que 
don Alonso Henriquez vuestro.almirante mayor de Castilla é los otros predece- 
sores en el dicho oficio lo tenian en sus dtstritos.=Place á sus Alteza3.=Juan 
de Coloma.)) 



( i ) Cuantos autores de la reina Isabel han escrito se han esiendido en Justos elogios , cuando & este brillante 
rasgo de su Tida han llegado. Nosotros manifestaríamos también cuánto de gratitud nos inspira, si trasmitirse ¡lUr 
pieran al papel, el silencio elocuente de la veneración y las lágrimas del entusiasmo. . 

f%) ArchíTO general de Simancas. BegiitrQ éM Sfllo. 



91 

«vOtrosí: Que vuestras Altezas facen al dicho don Qrístóval Colon su visorey 
y gobernador general en todas las dichas islas é tierras firmes que como dicho 
es él descubriere ó ganare en las dichas mares, é que para el regimiento de 
cada una y cualquier dellas faga él elección de tres personas para cada oficio> 
é que vuestras Altezas tomen y escojan uno> el qué mas fuere su servicio, é así 
serán mejor regidas las tierras que nuestro Señor le dejara fallar é ganar á ser- 
vicio de vuestras Altezas.=Place á sus Altezas.==Juan de Goloma. y> 

«ítem : Que todos é cualquier mercadurías si quier sean perlas^ piedras pre- 
ciosas , oro , plata , especiería é otras cualquier cosas é mercadurías de cual- 
quier especie, nombre é manera que sean, que se compraren^ trocaren, falla- 
ren, ganaren é bebieren dentro de los limites del dicho almirantazgo, que den- 
de agora vuestras Altezas fasen merced al dicho don Cristóval, y quieren que 
haya 7 lleve para sí la decena parle de todo ello> quitadas las costas todas que 
se ficieren eñ ello. Por manera que de lo que quedare limpio é libre haya é 
tome la decena parte para sí mismo é faga delk) ásu voluntad, quedando las^ 
otras nueve partes para vuestras Altezas. =Place á sus Altezas. ==Juan de Co- 
loma.)) 

«Otrosí : Que si á causa de las mercadurías que él traerá de las dichas islas 
y tierras que así como dicho es se ganaren ó descubrieren ó de las que en true- 
que de aquellas se tomaran acá de otros mercaderes naciere pleito alguno en 
el logar en donde el dicho comercio é trato se terna y fará ; que si por la pree- 
minencia de ^u oficio de almirante le pertenecerá cognoscer de tal .pleito, plega 
á vuestras Altezas que él ó su teniente y nó otro juez cognosca de tal pleito, 
é así lo provean dende agora..=Pface á sus altezas si pertenece al dicho^ ofició 
de almirante segund que. lo tenía el dicho almirante don Alonso Henriquez, 
7 los otros sus antecesores en sus distritos , y siendo justo.==^}uan de Colo- 
ma.» (i ) 



(O Mo hay duda que en toda. la baja edad al oficio de Almirante, desde su creación, se concedieron tales pre- 
rogativas que seguramente alcanzarían «n • casos especiales á resolver las cuestiones correspondientes al género de 
que se trata en el anterior capitulo^ Con todo, en las instrucciones adjuntas al titulo de don Alonso Henriquez que 
hemos visto en nuestro Depósito Hidrográfico (Colección diplomática) nada se dice referente al asunto en cuestión, 
sin duda por la escasa 6 ninguna contratación á que dedicarse pudieran las armadas reales de Castilla. Respecto á 
las de Aragón, cuyas comisiones altas se rozahaik mas con el comercio esterior por causa del que se hacia en todo 
el continente con las costas orientales del Mediterráneo, sabido es que el Contulado de Mar de Barcelona y sus 
dependencias en los otros puertos de la corona , tenia á su oargo semejantes -cuestiones enteramente agenas al 
earlcter especial de Almirante. En Castilla , á donde no alcanzaba la legislación mercantil de Aragón por los afios 
á que nos referimos, no hay duda que serian mas amplias las facultades , y de mayor peso , por consiguiente, el 
fallo del Almirante en los litigtos civiles : eon lodo, la ley 14, titulo 8.» de la segunda partida nos manifiesta 
que , en loe fuerioi é en loe oiros hgaret fne ton ribera de la mor euelen ter puetiot jwt$adoret ante quien 
tienen loe ' de loe navioe en pleito eobre el pecio delloe é eobre loe coeae que echan en la mar ó eobre otra 
cota cualquier S quando eeo todo ooiere catado C el judgadorj en la manera que ee eobre dicho, debe li- 
brar lae coniiendoe 4 dar en juicio en la manera que entendiere que lo debe facer. Con esto queda sentado 
que también para los puertos de Castilla y para los litigios mercantiles que en ellos ocurrieran había sn tribu- 
nal especial fuera de la jurisdicción del Almirante. Por lo dicho, y porjque en ninguna parte volvió á esclarecerse 
el d^reebo solicitado por Colon en el párrafo cuarto de sus condiciones, es dificil saber si quedó antoríiado para re- 
solver |)or ti ó^r tu teniente aquellas cuestiones mercantiles que por la índole de sus descubrimientos pudieran 
suscitarse. 



92 

«ítem:' Que en todos los navios que se armaren para el dicho trato é nego- 
ciación, cada y. cuando é cuantas veces se armaren que pueda el dicho don Cris- 
lóval Colon, si quisiere, contribuir é pagar la ochena parte de todo lo que se 
gastare en el armazón, é que también hayaé lleve del provecho la ochena parte 
de lo que resultare de la tal. armada. =*=Place á sus Altezas.==Juan de Ck)loma.)i> 

«Son otorgados é despachados con las respuestas de vuestras Altezas en fin 
de cada un capítulo en la villa de Sancta Fé de la Vega de Granada á diez y 
siete de abril del año del nascimiento de nuestro Salvador Jesucristo de mil é 
cuatrocientos é noventa y dos años.=Yo el eet.==Yo la EEiNA.=7=Por mandado 
del Rey é de la ReLna.=Juan de Coloma.=Registrada.=Calcena.» 

Cuando llegamos al punto de la aceptación tlefinitiva de un proyecto cuya 
menor diBcuItad era la discordancia general en que se encontraba con todas las 
teorías hasta entonces aceptables « no podemos menos de fijar nuestra atención 
en el estado ms^-ítimo y civil de cada una de las naciones que mas 6 menos di- 
rectamente recibieron proposiciones del coloso argonauta. 

Empezando por el vecino reino de Portugal > cuya índole particular en la 
época de Colon no podia ser mas á propósito para la empresa^ nos causa repug- 
nancia familiarizarnos con la verdad de lo que allí sucedió, teniendo en cuenta 
el carácter bondadoso, justo y emprendedor de don Juan II , y la tranquilidad 
que disfrutaban sus estados. Sin duda que, con tan felices disposiciones, y cuan- 
do se ocupaba la marina nacional en averiguar por dónde se haria paso libre 
hasta la India Oriental, á los portugueses mas que á otros investigadores de- 
biera acomodar el pensamiento de nuestro almirante; pero faltando la fé en las 
teorías y sobrando la doblez en los tratos, no podia menos de acontecer el he- 
cho punible que separó á Colon del suelo portugués, hasta que lucieron los dias 
mas felices de sus realizadas ilusiones. 

La señoría de Genova, que blasonaba de potencia marítima con visos de po- 
sitivas pretensiones, tampoco aceptó las proposiciones del mas ilustre de sus 
hijos, á ser cierto -que á ella las llevó Colon antes ó después que en Portugal se 
hubieran conocido. Es verdad que su estado político no era á la sazón muy flo- 
reciente, porque hallándose, como potencia católica, en lucha abierta con los 
turcos, y en rivalidad agresiva con Yenecia, acababa de perder algunas plazas 
importantes de las que poseia en la Crimea, entre ellas Gaffa, que era el gran 
depósito de su tráfico con las naciones mas orientales de las que hasta entonces 
eran conocidas; y poco hay de notable que no entrara en gigantescas e'strañas 
empresas , nación que para conservar lo propio se veia precisada á poner en 
juego todo el caudal de sus recursos. . 

La famosa república de San Marcos, la reina del Adriático, la poética Yene- 
cia merece mayor censura si, como autores afirman, alcanzó á los oidos de su 
düx la voz de la ciencia marítima, y no recibió otra respuesta que la negativa 
de la incredulidad ó el silencio del desprecio. Con efecto : sus guerras con los 



93 
turcos acababan de proporciooaria algunos triunfos qne dieron por resultado una 
paz honrosa y bastante prolongada, y respecto al estado de su marina puede 
afirmarse que era entonces tan brillante como nación alguna lo habia alcanzado. 
Sus naves de guerra se paseaban, señoras^ por todos los mares conocidos, y en 
el comercio con las démas naciones sostenía á la vez el portentoso número de 
tres mil trescientas cuarenta y cinco embarcaciones de todos portes^ con una tri- 
pulación de treinta y ocho mil marineros. Sus espediciones se estendian por el 
Océano hasta el círculo polar del Norte> y no pocas veces tocaban con sus mer- 
cancías en las posesiones mas avanzadas de las que al Sur habian ya descubierto 
los portugueses. En tan largos y peligrosos viajes ya se supone que serian con- 
siderables los riesgos y las pérdidas naturales que esperimentarian , de suerte 
que únicamente á la falta de creencia puede atribuirse que aquella potencia 
marítima . tan floreciente y tan especuladora , rechazara las proposiciones del 
mas fainoso marino y mejor orientado calculista del mundo. 

En hada se parecía á la de nuestros dias la- Inglaterra del siglo XV mas que 
en sus condiciones locales y topográficas. Sus costumbres estaban estragadas por 
los desórdenes que desde la corte se habian promovido durante largos tiempos: 
su espíritu era mas guerrero que mercantil por semejantes causas á las que ha- 
bian destruido su moralidad, y su poder no estaba^ como en el día, basado en 
la importancia de sus escuadras, porque á esQepcion de las discordias tenidas 
con Francia, á cuyo dominio habian aspirado sus reyes, todas sus guerras ha- 
bian sido puramente civiles. Con todo, la muerte de Ricardo III en la batalla de 
Boswofh y el advenimiento de Enrique VII á aquel trono tan ensangrentado, 
fueron las bases de una era bien distinta, que comenzó por asegurar á la In- 
glaterra en las condiciones naturales que hoy la colocan en la primera línea de 
las mas poderosas naciones. El nuevo monarca dio pruebas de que comprendía 
en alguna manera los verdaderos intereses de aquel pais, que el éxito dé una ba- 
talla habia puesto á sus órdenes, porque de su reinado puede asegurarse que 
data el espíritu mercantil que hoy hace de la Gran Bretaña su mayor riqueza. 
A Enrique VII se debió la conclusión del Gran tratado de Comercio con los Paí- 
ses Bajos, y otras medidas de gobierno tan hábiles como aquella, bastaron para 
dar de sus cualidades una ventajosa idea. Pero si hemos de juzgar por el tiem- 
po y los resultados, tampoco fueron satisfactorios los que obtuvieron las propo- 
siciones que Colon hizo á aquella corte por conducto de su hermano ; de manera 
que,, siendo España la nación entonces menos dispuesta á las empresas marí- 
timas, por mas que la osadía y el arrojo fueran las señates características de 
sus marineros, fué la única que se decidió por un proyecto que las mm prác- 
ticas en la navegación habian rechazado ; y esta observación la aceptamos con 
tanto mas mérito,. cuanto que ella es por sí sola bastante para acallar las mur- 
muraciones de aquellos que nuestra cultura de entonces motejan, por los esca- 
sos opositores que el proyecto de Colon tuvo en España. 

Rebosando por el semblante todo el gozo que en el corazón no cabia, dio ei 



94 
faiaoso proyectista la vuelta al convento de la Rábida ^ ansioso de participar á 
sus amigos y prolectores el entusiasmo que le animaba por el éxito anhelado de 
sus afanes y de su constancia. El P. Marcbena, cuya fé en el proyecto habia si- 
do el mas poderoso antemural contra la incredulidad de la corte, se desUzoen 
parabienes al hombre privilegiado que la Providencia habia conducido á su san- 
ta casa , no sin rendir á Dios el tributo de su reconocimiento por la parte que 
en 'el ingenioso plan le habia confiado : el médico de Palos acudió también á 
felicitar al eslrangero, y los Pinzones concurrieron á ratificar sus ofrecimientos, 
comenzando por disponer la opinión pública en favor de un proyecto que hasta 
entonces habia corrido por el vulgo como el parto exagerado de una imagina- 
ción calenturienta y trastornada. 




CAPITULO VI. 



CoBíéDMiife las disposiciones para el viaje. — ^Noevas dificaltacies. — Toman parte personal los Piosones y por su 
inflajo se resuelven aquellas.-— Mercedes concedidas por los Reyes GatóHcos á los individuos de la esj>edicion. — 
Prodigalidad oón el Almirante. — Condiciones propias de las carabelas.— 8n origen , naos é bistorii en las arma- 
das de guerra. — ^Tripnlacion de las que fueron al descubrimiento de América. — Dispónese el equipaje y queda 
embarcado y pronto á darse á la vela. 



LomuAN los dialB intermedios de mayo cuando Colon acababa de acercarse al 
convento de la Rábida, lleno de alegría y rico de esperanzas. La reina le había 
dado una provisión firmada dé su mano para que tomara en el puerto de Palos 
dos carabelas de las que mas seguridades para el viaje ofreciesen, y el dia 23 
se leyó solemnemente la providencia real por el escribano público en la iglesia 
parroquial, autorizándose el acto por el alcalde y regidores, con presencia de 
todo el poeblo. 

Las dificultades que en el acto se ofrecieron á la espedicion en nada se po- 
dían comparar con las ya vencidas ; porque si estas consistían en lá materiali- 
dad de los recursos pecuniarios para disponer lo indispensable á una larga na- 
vegación, aquellas afectaban á la convicción moral de los que á hacerla habían 
de arrojarse. No hay duda qué el carácter aventurero de una época algo mas 
avanzada hubiera facilitado grandemente la resolución de semejante^ dificulta- 
des : pero entonces no era aquella circunstancia la que mas caracterizaba á los 
españoles, y únicamente la serenidad de Colon y el valor proverbial de nuestros 



96 
ascendientes pudieron facilitar, nó sin dificultad, lo que sin tales circunstancias 
jamás hubiera podido realizarse. 

Dícese que la villa de Palos estaba condenada á servir con dos carabelas á 
S. M. por término de un año , á consecuencia de cierta falta cometida por sus 
vecinos en el servicio público ; pero ni aun así fuera dable la ejecución del ar- 
mamento, á no repetirse las reales provisiones y á no hacerse uso de los mas 
rigurosos apremios contra los obligados que se manifestaban morosos. Por for- 
tuna los Pinzones (Martin Alonso, Martin Francisco y Vicente Yañez) se decidie- 
ron á concurrir á la empresa con sus personas y una carabela de su propiedad: 
y por el crédito de buenos marinos que gozaban, y las relaciones de amistad y 
parentesco que tenian en aquella costa> no faltaron aventureros que se alistaron 
voluntarios para arrostrar las consecuencias de una espedicion tan peligrosa. 
Los reyes acordaron mercedes y franquezas á los que se inscribieron : manda- 
ronles satisfacer el sueldo ordinario de la marina de guerra, según las respecti- 
vas categorías, adelantando á cada uno cuatro mensualidades, y llegó tan ade* 
lante su liberalidad , que hasta mandaron suspender todos los procesos crimi- 
nales que se estuviesen siguiendo contra las personas y prc^iedades de los in- 
dividuos de la espedicion ,^sin que pudieran continuarse hasta dos meses después 
de su tan dudosa vuelta (1 ). Con tales disposiciones, y al cabo de dos meses, 
pudiéronse tripular las tres carabelas con ciento y veinte hombres, de los cua- 
les se contaban noventa marineros, algunos soldados, varios criados y tal cual 
aventurero. 

Puestos en el camino de la munificencia los Reyes Católicos , no vacilaron 
en acrecentar las honras que. el Almirante habia reclamado ; de suerte que, 
sobre las ya estipuladas, le concedieron la merced de llamarse Don^ Como los 
mas principales de nuestros ricos hombres : le autorizaron con amplios poderes 
en todas las Jurisdicciones,. como otro de su claseno habia ejercido, y finalmen- 
te, nombraron á su hijo don Diego page del príncipe don Juan, cuyo honor es* 
taba reservado únicaniente á los hijos de los mas grandes señores. Diéronle car- 
tas y credenciales para el jGran Kan, á cuyo imperio pensaba llegar la espedí- 
cion, y otras para todos los reyes de la cristiandad á cuyos estados pudiera ca- 
sualmente la fortuna conducir aquellas miserables carabelas. 

Morosos fuéramos en demasía si por mas tiempo esquiváramos el dar una 
esplicacíon exacta de aquellos bastimentos que el antiguo continente destinó 
desconfiado, para comunicarse por la primera vez con las ignoradas posesiones 
de otro tan vasto y no menos abundante en todo género de riqueza»; y nuestra 
definición se hace tanto mas indispensable, cuanto que el olvido de las cosas 
pasadas, y las pretensiones de la ignorancia presente, pueden causar distintas 
opiniones de las verdaderas que deben acomodarse á los recursos .con que de 
verificó un acontecimiento tan importante. 

( 1 } NaTarrete, Col€eéÍ9% d# ««aJM » tomo «.«, doevmentot 870. 



97 

Varías son las condiciones que autores distintos aconK>dan á las carabeki8> 
bien que por ser estos muy posteriores al uso de aquellas, no pueden hacer ente- 
ra fé siempre que de lo mas natural en sus definiciones se apartan. Covarrubias> 
que es el mas antiguo entre todos cuantos hemos consultado, no facilita á núes* 
tras investigaciones grande luz, puesto que se concreta á decir que es un género 
de navio pequeño que navega á vela; y como la voz navio la acomoda á lodo bas- 
timento> resulta que por sus palabras no se puede inferir ni siquiera la capaci- 
dad aproximada de la carabela. £1 P. Terreros la define así: Embarcación re- 
donda en forma de galera, con la popa cuadrada y fácil para el manejo, sin que 
mayor luz nos fadlrlen, respecto á la construcción, tan moderadas esplicaciones. 
Más esplícito el diccionario de nuestra Academia se aproxima en mayor escala á 
nuestras investigaciones, puesto que.á él ciñéndonos, se.aprende que la cárabe* 
la es una embarcación larga y angosta, de una cubierta, con un espolón á la 
proa; tiene tres mástiles casi iguales con tres vergas muy largas, en cada una de 
las cuales se pone una vela latina ( 1 ). Y terminando el examen de los dicciona- 
rios, nos haremos cargo de lo que dice el Marítimo Español en lo correspon- 
diente al bastimento de que nos ocupamos: su testo es el producto de profundas 
investigaciones, y por lo tanto á su letra habremos de apegarnos en gran ma- 
nera. Carabela, dice: embarcación larga y ^ angosta con tres palos sin cofas, una 
sola cubierta; espolón ó proa,- popa llana y velas latinas. Según alguno délos dtc- 
cionarios que se han tenido á la vista, es una barca pescadora de la costa de Ñor- 
mandia. También hay conocimientos positivos del navio á que los africanos así 
llamaban, el cual era cierto bastimento de guerra turco , muy alteroso y mal 
construido ; y por lo que hace á las carabelas de Túnez que en los siglos ante^ 
rieres eran muy conocidas de nuestros marinos, se sabe que eran^de porte de 
trescientas toneladas, que llevaban aparejo redondo, y que solían qiontar hasta 
cuarenta piezas de artillería (2). 

Apartándonos, después de lo dicho,^ de lo que en tal cuestión los dicciona- 
rios nos ensenan, tomaremos de los documentos inéditos y libros impresos que 
tenemos á la vista cuanto cumpla, á fin de ilustrar todo lo posible el examen que 
vamos haciendo. Servirémonosen primer lugar de una carta deD. García de To- 
ledo, fecha en Genova á 23 de diciembre de 1572, y dirigida á don Juan de 
Austria tomo capitán general de las fuerzas navales, en la que se estienden sus 
consideraciones respecto al mejor sistema de hacer la guerra á las escuadras de 
Turquía. En ella combate como peligrosa é inconducente la compañía de las na- 
ves en las armadas de galeras, por sus condiciones de construcción y por la difi- 
cultad de su^ movimientos. <cYo querría, dice, navios que en una necesidad los 
pudiera retíaolcar fácilmente y llegase con ellos al enemigo, y estos no veo yo 
ningunos mas aptos que carabelas de Portugal, porque demás de ser ligeras son 



( f ) Sn este caso serian entenas mejor qne Torgas. 
( S ) Veitia, Norte de la Coníraiüeion. 

13 



98 
grandes veleras y muy aparejadas para meneallas de una parte á otra sin con- 
fusión ni embarazo ; y llevándolas por popae después de embestir, pueden ser- 
vir para tres cosas : la una que con sus propias barcas haciéndose remolcar de- 
has se pueden poner ellas mismas en medio de los enemigos : la segunda guar- 
dan la popa que los turcos no osen ni puedan venir á embestir por ella, porque 
hallarán quien los castigue; la tercera, cuando para esta^ dos cosas no aprove- 
charen pueden meter siempre gente de refresco y socorrer á las galeras que 
las tuviesen de popa. Son navios muy bien artillados, mas provechosos á mi 
juicio y mucho mas baratos. . . » 

Despréndese de esta carta con hartas pruebas la condición que alcanzaron 
las carabelas en el siglo XYI, que fué la época en que mas se usaron en todas las 
marinas de nuestro continente ; pero no por ella hemos de juzgar tan ventajo- 
sas aquellas en que Colon se lanzó al Océano, cuando otros comprobantes mas 
exactos destruyen en estas la bondad de las de Jnnez y de Portugal á que ha$ta 
ahora nos hemos referido. Las que sirvieron para descubrir el Nuevo-Mundo no 
eran tan largas y angostas como el Diccionario Marítimo Espaíial pretende, ni 
tan : «¡dondas como el P. Terreros equivocadamente dice : su buque era de muy 
escasas dimensiones ; como que mas conexión tenian oon las barcas pescadoras 
de Normandía que con las carabelas africanas, y su porte no ascendia en la ma- 
yor de sesenta taneíadas, siendo las otras de cuarenta (1 ). El célebre Pedro Már- 
tir dice que únicamente una de aquellas carabelas tenia cubierta (2) y el ilustrado 
Washington Irving refiriéndose á varias estampas y pinturas de la época que 
pudo examinar, asegura que eran unas ligeras barcas, no superiores á los bu- 
ques de rio y costas de nuestro tiempo: que eran abiertas y sin cubierta, altas 
de proa y popa, lo cual equiv.ale á lo alteroso del bastimento de guerra turco 
que igual nombre llevaba, con castillos y cama raen dichos estremospara que 
la tripulación se resguardara de las inclemencias del tiempo (3). 

En el Museo Naval se custodia únicamente un cuadro donde se pudieran es- 
tudiar las condiciones dé las carabelas, si la exactitud de la investigación hu- 
biera correspondido á las bellezas de la pintura ; pero en nada pueden tenerse 
ni las proporciones del buque, ni las circunstancias del aparejo, cuando se opo* 
nen en un todo á lo que hemos ví^to consignado, con mas ó menos ostensión, en 
verídicos ya citados autores. Con efecto: las carabelas pintadas en él cuadro del 
Museo Naval que representa la flotilla de Cristóbal Colon en el acto de descubrir 
el Nuevo*Mundo; sobre ser de mayor buque y no menos exageradas en lo al- 
teroso que las de Turquía, enseñan hasta tres baterías por banda, lo cual equiva- 
le á suponer que tenian tres puentes; y tiene cada una cuatro mástiles además del 
bauprés, circunstancia que muy pocas veces caracterizó aun á 4as naves de mas 



( ^) Nararrete, Viajtt d$ Colim, lomo i .• 

(%) Decada I , Ubr. S. 

( 3 } Vida y riajea de Colon , I. I .• 



99 
alio bordo: ni dichos mástiles eran tampoco de las condiciones con que allí 
están pintados, puesto que los de las verdaderas carabelas no tenían ningún 
género de masteleros. Es cierto que para destruir toda la verdad histórica que 
pudiera acomodarse á las carabelas pintadas en el Museo Nayal> bastaría obser- 
var que ostentan el pabellón nacional con los colores que hoy se usan> cuando 
tan sabido es que el origen de estos en nuestras banderas no es anterior á los 
últimos años del siglo XYIII; y que entre el pendón morado de Castilla que en- 
tonces se usaba, y la bandera actual, dieron sombra á nuestros ejércitos y'ar- 
madas, en fondo blanco las cruces de Borgoña. Con esto, y con advertir de 
paso que el generoso pintor á cuyo desprendimiento debe el Museo Naval el 
cuadro en cuestión» se sirvió, para el testo esplicativo, de la traducción de la 
Historia de América de Bobertson, cuando tantos autores nacionales pudo con- 
sultar que mejor le ilustrasen, -fácil será comprender que en la composición de 
su obra tuvo mas parte que el estudio, la fantasía. 

Cuando no fueran suficientes las pruebas amontonadas para destruir lo no- 
civo á la verdad histórica que en esta cuestión se requiere, bastaria en nuestro 
concepto la última y mas autorizada entre todas por las circunstancias especia- 
les que la caracterizan. Consiste esta en un plano que de las costas descubiertas 
por el almirante hizo el piloto Juan de- la Cosa, que le acompañó en su segundo 
viaje /cuyo plano parece que existe original en París, y de él hay una copia 
en nuestra secretaria de Estado. Como principales agentes del descubrimiento, 
no se descuidó el diestro piloto en consignar en su dibujo la figura de las cara- 
belas^ cuyas condiciones pueden contemplarse eh la viñeta que se advierte al 
frente del libro primero de esta obra, puesto que las allí dibujadas son exacta- 
mente iguales á las que nosotros hemos copiado, y coinciden perfectamente con 
la definición qué de ellas hacen los mas bien orientados autores. También están . 
en armonía su porte y dimensiones, así como su construcción y aparejo, con lo 
que hemos compulsado en una contrata que tenemos á la vista correspondiente 
al archivo de Mallorca, y que tiene la fecha del año 1 397. 

Después de todo lo dicho respecto á la condición de tales bastimentos^ bueno 
será ocupamos de su origen, usos y estincion en las armadas de nuestra mari- 
na. La etimología de la palabra carabela es griega, significando como eran en 
efecto navios pequeños que navegaban únicamente con vela. Comenzóse su uso ■ 
en los primeros años del siglo XIV, y fueron muy comunes, primero en el Ar-* 
chipiélago y estendiéndose por el Mediterráneo, hasta que en el propio siglo se 
hicieron generales para el comercio de las costas de Andalucía y portuguesas. 
Al sitio de Algeciras, año 1342, concurrieron algunas en las flotas que los mo- 
ros aproximaron á España, conduciendo cada una hasta cincuente caballos, \o 
cual supone que sus dimensiones se desarrollaron entre. los moros mas que en 
nación alguna (1 ). En el dei^cubrimiento. Conquista y comercio de las islas. Ca- 

(4) Cróniet de don AlfoDM XI, cap. 8SS. ' ' 



400 
narias también representaron un> papel muy activo, así como en las investiga-* 
ciones que hacia el Sor verificaban los portugueses en el siglo XY. En España 
puede decirse que jamás se aceptaron como de orden en la marina de guerra, á 
pesar de las indicaciones mas ó menos acertadas de don Garda de Toledo á don 
Juan de Austria, y que volvieron á servir escasamente en la travesía del Nuevo* 
Mundo , á proporción que se fueron considerando con mas detenoion las difi- 
cultades y peligros del viaje. Por lo demás, su uso en general se perdió á úl« 
timos del siglo XYI, por mas que en algunas naciones de las mas meridionales 
de África todavía se usen, aunque muy distintas en todos conceptos de las pri- 
mitivas carabelas. 

Tripuláronse las que fueron al descubrimiento de América con los ciento 
veinte aventureros que á tan famosa espedicion quisieron arriesgarse: entre los 
hombres de guerra se tuvo cuidado de repartir el número mayor de armas de 
fuego^ y además se montaron algunas piezas de artillería. De víveres se prove- 
yeron todas para un año ^ y no se olvidaron las jarcias , velas y aparejos de 
respeto, bien que en tan escasa proporción como lo esoaso de cada buque per- 
mitía. £1 Almirante montó la mayor de las tres carabelas, sirviéndola en rigor 
de capitán y piloto aun cuando acomodó á su lado las personas oorrespondientes 
de ambas categorías : púsola por nombre Santa María, y en ella izó el pabellón 
nacional como distintivo dé su. elevada x;lase. BauUzó á la segunda con el nomr 
bre de La Pinta y la dio en mando á Martin Alonso Pinzón , que eligió para 
piloto á su hermano Martin Francisco; y finalmente en la tercera , que llamó 
La Niña, puso por capitán á Vicente Yañei:, también con su respectivo piloto 
que se llamaba l^er Alonso Niño ; y aunque esta no estuviese como las otras dos 
aparejada con velas cuadradas^ porque en la travesía á las islas Canarias hubo 
ocasión de observar los inconvenientes que del contraste resultaban, tuvo gran 
cuidado el Almirante de igualarla con las otras dos, antes de engolfarse por los 
mares desconocidos. Así en La Niña como en La-^ Pinta se enarboló una ban- 
dera blanca con una cruz verde, debajo de cuyos brazos se distinguían, verdes 
también y coronadas, las letras F. Y. como lema ó distintivo dé la empresa. 
Además de los dichos se embarcaron otros dos pilotos, Sancho Ruiz y Bartolo- 
mé Roldan, y fueron asimismo por veedor general de la armada Rodrigo Sán- 
chez de Segovia, por alguacil mayor Diego de Arana , y Rodrigo de Escobedo 
por escribano : un médico llamado Maestre Alonso, y un cirujano. Maestre Juan, 
sin que nos pueda constar ninguno de los oorrespondientes apellidos. 

Distribuidas las atribuciones, señaladas las órdenes y repartidas las fuerzas 
cuándo ya nada faltaba á la espedicion mas que darse á la vela ; el Almirante 
con fervoroso recogimiento y contrita intención sé postró ante el prior dé la 
Rábida, su mas celoso protector, para descargar su conciencia con la confesión 
y arrepentimiento de sus pecados. A su ejemplo hizo lo mismo todo el equipa- 
ge, y los PP. del convento gustaron la satisfacción de ver penitentes á sus pies 
á los hombres mas animosos que jamás se hayan imaginado , disponiendo sus 



101 
almas para acometer tranquilos una empresa superior á los conocimientos de 
la ciencia. 

Terminado aquel acto de religiosa piedad, otro mas tierno aun esperaba á 
los animosos argonautas, cuya abnegación rayaba en lo sublime. Los ancianos 
padres bañaban con lágrimas de dolor el rostro de sus queridos hijos, cuya de- 
terminación apenas acertaban : las tiernas esposas renunciaban para siempre 
con Mgul)re' desmayo los puros encantos de su acendrado amor, y los hijos me- 
nos sensibles á tan aventurada fatalidad, también soltaban al aire sus débiles 
lamentos; pero nada fué capaz de contener el arrojo de los satélites de Colon, 
aun cuando muy pocos adivinaban la secreta ciencia del hombre prodigioso; y 
tan sotenos como se alzaron de los pies del confesor se desprendieron de los 
amantes brazos de sus mas caros objetos. Si tanta abnegación, en hombres qué 
á la éspedicion marchaban voluntarios, no és digna de los mayores elogios que 
acción alguna merezca, díg'&nnos con la voz de la razón desnuda de ruines pa- 
siones los que mas pretendan, en qué consiste el verdadero heroismo. 




CAPÍTULO vn. 



Hécese á la YeU la eapedieion el día 8 de agosto de .1492.— Acuerdos y sefiales.-^Consideraciones sobre los mo- 
. tiros del y'n^e é influencia del descubrimiento.— Averia de la Pinta. — Arribo de esta carabela á la Gran Cana- 
ría y continuación del Almirante con las x»tras dos á la Gomera.^-Inútiles pretensiones de adquirir un nuevo 
buque para reemplazar La Nifia.^-Mejóranse las condiciones de esta , y con la almiranta vuélvese á la Gran 
Canaria. — Sale de nuevo al mar la flotilla completa y hace escala en la Gomera para tomar provisiones.-^- 
niestras noticias que se reciben en eSla isla y efectos probables que causaron 4 la tripulación de las carabe- 
las.— Rectificación de varios errores que circulan, como verdades bistórioas. 



Viernes á 3 dé agosto de 1 492, media hora antes de que el sol esparciera sus 
rayos sobre las costas meridionales de nuestra Península, despidiéronse de la 
barra de Saltes las tres carabelas, ofreciendo todo su trapo á merced de un 
viento fovorable que las impelía suavemente con rumbo á las islas Canarias. En 
estas se había propuesto Colon completar sus provisiones de leña y agua, mas 
bien con el objeto de facilitar algún reposo á los restos de escasa timidez que 
aun pudiera abrigar el atrevido equipage de las carabelas, que por la necesidad 
de una renovación de víveres en tan corta travesía. Los habitantes de Palos sa- 
ludaron con sus palabras y acciones á la tripulación hasta que en un dilatado 
horizonte se ocultaron ^ la vista los bastimentos y conductores ; después de al- 
gunas lágrimas , impelidas por las corrientes del rio Odiel que la barra de Sai- 
tes forma á manera de isla en frente: de Huelva, pudieron recordar á los intré- 
pidos marinos cuánto de sus corazones dejaban en la tierra que , antes de sol- 
tarlos, como á inconsolables náufragos perdidos bs lloraba. 

Por demás fuera querer manifestar la satisfacción del Almirante al verse ya 
surcando las olas del ancho piélago que á su investigación comenzaba á subor- 
dinarse, después de tantos años de afenes y zozobras: baste decir que inmedia- 
tamente de fijar el rumbo de la navegación y acordar las señales respectivas, 
seguA las que entonces usaba la marina de Castilla «ñ los diferente^ casos de su 



104 
instituto (1), comenzó á escribir un diario razopado y en eslremo minucioso de 
todo cnanto habia de sncederle en aquel famoso viaje, que á juzgar por el ca- 
lor de s^ fantasía, habia de ser mucho mas de lo que en realidad aconteció, no 
obstante de ser mucho menos lo que hipotéticamente en el terreno de la ciencia 
geográfica el mismo Colon esperaba. 

Contaba, con efecto, alcanzar en su espedicion lo mas remoto de los mares 
orientales, aportando á las costas de Asia, después de hacer^escala en la famosa 
isla de Cipango (el Japón), cuya situación avanzaba en sus cálculos algunas mü 
leguas demasiado hacía el Oriente, colocándole en las condiciones cosmográficas 



i ) En las instrucciones adjuntas al titulo de almirante que hemos citado en otra nota anterior , hay copia do 
ciertas ordenanzas hechas para el buen régimen de su armada por eí muy generoso seftor don Fadrlqne, almicante 
mayor de Castilla por los aftos de 1480 ; y de ellas tomamos para consignar aqni los capitnlos que hacen referen- 
cía á las seftales con qute se entendian las embarcaciones de guerra para comunicarse. Capitulo UI: Qut fahln 
par qué señales eonoieerán que quiere mudar lat velas la ffaUa del a/flifraft<6.— Otrosi : Yendo las gileas de 
noche á remos é vieren en la galea del almirante dos lantemas entiendan que quiere faser Tela del artimon ( palo 
de mesana) é sí vieren una entiendan que quiere faser vela dt\ bastardo ( palo mayor] , é jendo de noche con ei 
irtimon é vieren en la galea del almirante dos lantemas, é tirarse la una, é la otra estoviere firme, entiendan que 
quiere tirar el artimon é poner el bastardo ; é si ftie're con el bastardo é alzare una lántema é después otra, é las 
' toviere firmes ambas entiendan que quiere tirar el basurdo 6 poner el artimon. E yendo las galeas á velas é vie- 
ren en la galea del almirante dos lantemas juntas la uqa alta é la otra bajá entiendan que quiere mudar, é cada 
una galea responda, con una lanteraa é téngala firme fasta que haya mudado, porque aguarden de empadejarse 
las unas con las otras. — Capitulo ////: Que fábla por qué señales eonotteráu que llama el señor almirtmte á ' 
consejo. — Otrosi : cuaftdo en la galea del almirante vieren una lanteraa á media galea asi á remos como á velas 
entiendan que llama á consejo é vengan todas las galeas una á una en tal manera que no se empachen con la galea 
del almirante ni las unas con las otras ; é después que hobieren fablado tirense afuera para dar lugar á las otras; 
¿ estando las galeas al ancla é viendo una bandera á media galea como dicho es entiendan que llama á consejo, 6 
venga cada patrón con su cómitre en Su eopano (bote) á la galea del almirante; é esto mesmo fagan todos los maes- 
tres de las naos que estovleren é podieren venir al dicho consejo. — Capitulo V: Que fabla de- las señas que verán 
en la galea del almirante en tiempo ferroso, — Otrosi: acaesciendo á las galeas un tiempo fonoso de noche é vie- 
ren, en la galea del almirante una lanteraa cerca del fttraon (faro ó fanal) todas las otras galeas pongan cada una 
la suya 6 lénganla firmes toda la noche porque se guarden las unas de las otras. — Capill«/o VI: Que fúbla de la 
señal que verán en la galea del almirante cuando ebrriere á árbol seeo.— Otrosi : siendo el tiempo tan foriaso 
porque non podieren mantener velas 6 por non poder aver puerto é vieren en la galea del almirante tres lantemas 
al pié de Ir vara del pendón real la una sobre la otra, entiendan que non levan vela ninguna é corren árbol teco. — 
Capitulo VII: Que foMa de las señales que deben faser en la galea que fallecieren los aparejos é le vinier 
alguna ocasión, — Otrosi : fallecitado algunos aparejos á cualquier galea ó otra ocasión, alte dos lantemas , la una 
aliada é la otra abajada , é las dos galeas mas cercanas tornen sobre ella é que la acorran é todas las otras galeas 
que amainen é tomen sobre ella. E si esto acaésciere -de dia que «Icen el pendón real é ténganlo firme fasta que aya 
acorro.— Capitulo VIII : Que fabla de la señal que farán en la galea del almirante cuando quisiere posar .^- 
otrosi : si por aventura acaésciere qucf el almirante quisiere posar de noche en algún puerto é lugar cualquier 
que fuese, con cualquier iiempo venlendo de velas 6 á remos ,,é vieren dos lantemas en la galea del almirante , la 
una á popa é la otra á proa , entiendan las otras galeas que quiere posar. E esUndo posado el aneU el almirante 
é queriéndose levantar é fuere tal tiempo que non podieren oir la tormenta , é vieren dos lantemas en la galea 
del almirante en popa Juntas , entiendan que se quiere levantar. — Capitulo IX: Que fabla de las señales que 
farán las galeas cuando ^siere niebla, — Otrosi: si por aventura se levanUse niebla de noche b de día que non 
se vean las unas galeas i las otras, si en la galea del almirante tocaren la trompeta, que todas las otras galeas 
que tovieren trompetas tengan las suyas porque se guarden las unas i las otras. — Capitulo XK : Que fabla qué 
sañas debe faser la galea que viere flota de «umií^m.— Otrosi : cualquier galea que estoviere á la guarda é viere 
flota de enemigos, é si fuere tanta que se non pudiere contar , véngase para tV almirante con el pendón real alto; 
é non sea osado de decir las nuevas i ninguno fasta que las diga al sefior almirante. E si fueren dos galeas á la 
guarda é vieren pocos navios d» naos é barchas, la una galea siga los navios á la otra galea véngase para el almi^ 
ranu con una bandera en proa etc. » Todas las demás sefiales de que tratan dichas instracdoDes s6 refieren i los 
easot de combau , y por lo unto aqui se omiten , ya que ningún hecho de armas caracterixó la espedicion del fa- 
moso primer «ImirMite de lu Indias Oceldentalei. 



I 105 

con que se halla situada la Florida. Se contemplaba ya dichoso poseedor de 
aquellos inmensos tesoros, que fantásticos viajeros habian inventado al des- 
cribir jaspeados puentes, montañas de perlas y palacios de oro, y remontando 
el vuelo hasta la morada de eterna salud, veia la mano de Dios como por su con- 
ducto tocaba en los corazones de razas enteras para destruir los errores de la: 
falsa idolatría. Pero en su arrebato no adivinaba pura y exacta la verdad, que 
por mas que declinase un tanto en la brillantez de las pretendidas riquezas, al- 
canzaba sin duda mayores quilates en la balanza de la humanidad y en las es-' 
peculaciones del comercio (1 ). 

La India, como entonces se llamaban las partes de Asia á que Colotí se diri- 
gía, no pasaba de ser un pais mas ó menos abierto al escrutinio de las ciencias 
naturales que ya lo conocian, y sus producciones se estendian por todo el viejo 
eontinente , sin duda por las que hoy podemos llamar mas felices vias de co-** 
mercio, merced á los adelantos que en los recursos de la comunicación se han 
hecho desde entonces. De suerte que, si al descubrimiento de un núevb cami- 
no á las costas mas orientales de Asia hubiesen quedado reducidas las investi- 
gaciones del nuevo argonauta, sin duda que la fama de Colon seria tan efímera 
como su descubrimiento, por mas que durante algunos siglos hubiesen repor- 
tado considerables ventajas á las especulaciones materiales de los hombre^. Pero 
¿sería bien, haciendo exactas comparaciones, graduar en igual escala el éxito 
calculado de la espedicion, con el que verdaderamente llegó á verificarse? Sin 
duda que injustos fuéramos si tal hipótesis afirmáramos , nó solo con los ade- 
lantos que al influjo de, tan famoso acontecimiento se debe en el terreno de las 
ciencias, sino por lo que de rico y nuevo ofreció al comercio del viejo continente 



( I ) Tenemos á la yíbU el prólogo que Colon escribió al (rente de ra minacloso diario , y con solo estampar 
aqoi algunas de sus cláusulas, robusteceremos eomplelamente la idea innegable de que aquel famoso marino ni si- 
quiera preveía que un nuevo mundo pudiera existir enelavado en ft distancia que separa los limites opuestos del ya 
enlonees conocido : es verdad que en tal ignorancia permaneció basta él úHimo de sus días , puesto que ni Colon 
ni hombre alguno de sus contemporáneos sospecharon que dejá&en de ser las islas avanzadas de las costas de Asia 
aquellas descubiertas, basta después que el Almirante había pasado & mejor yida^ Las cláusulas notables del 
prólogo ó que aludimos son las' siguientes. Y luego «n a^vel propio mea (el de enero de 4409) por la información 
qmo yo káhia dado á ^ouéitras Alte%a$ de <«< tierrai de Indias , y áe un principe llamado Gran Can , que quiere 
deeir en míe$iro romanee Rey de los Reyes , como muehat veeet ély eu§ anteeetoret habian enviado á Roma á 
pedñ' doctor ee «n nu€$lTa SoñUa Fé, y que le emcñaMen en ella porque nunca el SatUo Padre le habia proveido, 
y te perdían ianloe pueblos creyendo en idolatriat,é retdbiendo en «i icetat de perdición, vuettrat ÁUe%at, 
eoMo eaíólieoe critíiamot y principee amadores de la Santa Fé cristiana y acrecentadores delta, y enemigos de 
la secta de Máhoma y de todas idolatrias y hvregias , pensaron de ewHarme á mi Cristóbal Colon á las dichas 
partidas dé Jndiíu, para ver los dichos principes, y los pueblos y tierras, y la disposición dellas y de todo^ y la 
manera que se púdica tener para la conversión dellas á nuestra^ Santa Fé: y ordenaron que yo no fuese por 
tierra al Oriente por donde Sií acostumbra de andar, salvo por el camino de Occidente , por dondeliasta hoy no 
sabemos por derla fé que haya pasado nadie.,, y parti de dicho puerto de (Pilos) muy abastecido de muy muchos 
mantenimientos y de mucha gente de la mar , á tres di'as del merde agosto de dicho año, en un' viernes, antes 
de la salida del sol con media hora , y llevé el camino de las islas de Canaria de- vuestras AUexas , que son en 
la dicha mar Océana, para de alli tomar mi derrota y navegar tanto que yo llegase á las Indias,, y dar la em- 
bicada de vuestras Alteaos á aquellos principes , y cumplir lo que asi me habian mandado etc. (Navarrete. 

Colección de viajes, tomo 4.*, p. 4.) Si se tiene en cuenta la carta que á Colon remitió el maestro Paulo Físico cuan^ 
do comenzaba á germinar en la imaginación de. aquel su gigante empresa , veremos con cuan ciega confianza ad- 
mitió Colon los errores del sabio florentino, al consignarlos compendiados tan eiaetamente en el prólogo dé'su diario. 

14 



106 
un mundo desconocido. Colon se propuso estender las relacionen déla corona de 
Castilla^ dándola una influencia que no tenía en apartadas, pero, ya conocidas re- 
giones, y la Providencia parece que quiso recompensar la generosidad de Isa- 
he\ y el arrojo de sus subditos, regalando á España un nuevo, rico y vastísimo 
hemisferio. ; Lastima es , por cierto , que de aquel don celestial hayan hecho 
tan detestable uso la general codicia y las particulares ambiciones I (1 ). 

^ Con las proas al Sud-Oeste caminó viento eñ popa la flotilla sin que ningún 
acontecimiento notable pudiese turbar el contento de su tripulación durante los 
tres primeros dias; pero al cuarto, que se contaba 6^e agosto,por la mañana, 
hizo la Pinta la correspondiente señal de avería , y aunque las otras dos ca- 
rabelas pretendieron acercarse para socorrerla, un viento duro que en el mo* 
mentó las empujaba , y alguna inquietud peligrosa en que la mar se iba po- 
niendo, no las permitieron mas que acortar algo las velas, á fin de no apartarse 
mucho del bastimento averiado. Por fortuna era notablemente diestro el capitán 
de la Pinta, de los Pinzones, Martin Alonso, y.á sus prácticos oficios se debió 
el nuevo empalme del timón cuyos goznes un golpe de mar habia roto y desen- 
clavado. Es verdad que tomando mayores proporciones el temporal obró de 



( I ) Sin que pretendamos enrolrer en tan amarga censura los mismos injustos cargos con qne autores estraiQ»-' 
roft se entretienen constantes en infamar la memoria siempre gloriosa de ]os primeros descubridores , no podemos, 
sin embargo, dejar de lamentar los escesos de algunos corazones depravados que siempre se alimentan donde quie- 
ra qne bombres habiten, como si la Justicia sobrenatural los hubiera sembrado en el mundo para castigo y azme del 
. género huauno. No hay duda qne á las miras humanitarias y benéficos procederes de Cristóbal Colon con lo» indi- 
genas del Nuevo-Hundo, correspondieron muy pocos 4e los soldados que é la toma de posesión asistieron en lo pa- 
cífico, y á la conquista en lo que trató de donservarse independiente ; antes por el contrario, provocaron en ocasio- 
nes resistencias no imaginadas por lo» naturales, que por su Índole sencilla y por. la superioridad celestial que i sus 
huéspedes atribulan. Jamás se hubieran. atrevida de motu propio, y sin causa agravante, á provocar desiguales 
combates. De aquí resultaron con frecuencia sangrientas escenas en que la incuU< senbillex de la naturalexa hubo 
de luchar con los adelantos de muchos siglos cursados por los invasores en la escuela de porfiadas guerras , dando 
siempre un éxito tan contrario á lajrason como Tavorable á los adelantos de la civilización general del mundo ; bien 
que sin los escesos de nuestros soldados se hubieran obtenido iguales resultados , particularmente en las Antillas, 
sin la erusion de sangre que en tanta abundancia llegó á derramarse. En el curso de nueétra obra tendremos , po? 
desgracia, repetidas, ocasiones de condenar' imprudentes atropellos con que el deleite ó la codicia quisieron cebarse, 
facilitándose con la desolación de pueblos enteros, él odio de los indígenas y la execración del mundo civilizado. La 
causa de la Justicia y de la humanidad no han de tener precisión de acudir á estraftos autores para motejar la eon- 
ducta de groseras soldadescas, ni tan indispensables se han de hacer los cargos de nuestros émulos cuando en causa 
propia condenamos la ley del mas fuerte f no ooino primeros apóstoles de la razón en el terreno de españoles pro- 
cederes, sino como' justos continuadores de otroa publicistas, espafloies también, que al sustentar el controvertible 
principio de adquiridos derechos., no se olvidaron como buenos de condenar los crímenes en nombre de esos mis- 
mos derechos consumados. Si como estranjero quisiéramos repudiar, que tal no haremos, al mismo Colon, que em- 
pezó á condenar los escesos de nuestras gentes por lo que su política torcían , no podremos decir lo mismo de su 
hijo^doii Diego, de Las Casas, de Bernal Díaz del Castillo, de Gonzalo de Oviedo, y otros muchos que habiendo na- 
cido en Espafia, no tuvieron reparo en censurar el proceder de espaftoles hermanoi suyos tanto como pudiera ha- 
berse motejado en Inglaterra ó en Francia, por ejemplo,' bien que sin la acrimonia y siniestra intención de brita- 
nos ó franceses. El último de los autores citados , á propósito dice en su BUtoria Natural de Indias, capitulo. X 
de tierra firme, quejándose de tropelías cometidas allí por soldados espaftoles : y la que han eeido causa de acueste 
daño llaman pacificado á lo despoblado, y yo mas que pacido h'llamo destruido. EsUs palabras dioen por jl so- 
las mas que cuanto decir, pueden en m.engua de nuestros soldados los aulores estranjeros ; pero como están desnudas 
de amargas declamaciones , sin duda no las Juzgaron aquellos bastante duras , y con afán se apresuraron á susli- 
tnirlas con. severos cargos, cual si nosotros no supiéramos comprender y condenar los propios defectos. Desgracia- 
damente nuestra vindicación , fundada en la pervetsidad inherente al hombre civilizado , podemos encontrarla sin 
.gran trabajo en las posesiones Hiue nuestros émulos han hecho propias por medio de la fuerza bruta en las distintas 
regiones de África, Asia y América. 



107 
nuevo sobre tan frágil obra , destruyéndola al siguiente dia sin gran trabujo, 
por cuyo, segundo percance navegaron las otras dos carabelas mas precavidas 
c inmediatas á la Pinta, hasta que el diá 9 pudo esta aportar á la Gran Canaria, 
donde había de reparar sus averías, en tanto que el Almirante con las otras 
dos continuó su rumbó á la isla de la Gomera. 

•Tampoco ja Niña ofrecia grandes seguridades para el viaje comenzadp, 
respectóla sú escasa capacidad, débil construcción y costanero aparejo, que, 
como se ha 'dicho era latino^ y ppr consecuencia fué uno de los principales 
cuidados de Colon en la Gomera proporcionarse otro buqué para reemplazarla; 
-pero esta vez no alcanzó la realización de su proyecto, ni pudiera ser otra co^- 
sa en virtud del. objeto á que el nuevo bastimento habia de destinarse , cuando 
tantos recelos demostraran al resolverse hasta los hopabres mas familiarizados 
con las circunstancias teóricas del viaje. Para llenar en parte las condiciones 
de la espedicion respecto á dicha carabela, ordenó el Almirante qne se lecam^ 
biarael aparjejo, y habiéndose procedido á vestir los palos de la Niña con 
velas cuadradas , conforme las llevaban las otras , ya no le quedó cpidado mas 
inmediato que el completa reparo dé la Pinta, el cual deseaba con ahinco para 
lanzarse de uiía.vez én la profundidad de sus teorías. 

£1 día 23 de agosto las dos carabelas que el Almirante consigo tenia aban- 
donaron la Gomera para trasladarse á la Gran Canaria , donde la Pinta se es- 
taba reparando ; porque la ^impaciencia de Colon mal ' podía avenirse con la 
pérdida de un mes entero que iba. corriendo desde que la avería y sus pruden- 
tes cálculos le habían, hecho aportaren aquellas islas. Pinzón se presentó al 
Almirante él dia de su arribo á darle cuenta^ de su aptitud y la de su basti- 
mento para continuar ef viaje, y con esto la flotilla completa se dirigió otra 
veza la. Cometa, por la escasa seguridad qué céntralos vientos reinantes 
ofrecia el puerto de la Gran Canaria, en tanto qqe se proveyesen de agua y 
leña suficiente para toda la espedicion las tres carabelas. 

Desde el diá 1 .** hasta el 5 de setiembre se entretuvo la flota en refrescar 
sus provisiones én el puerto elegido para el caso ppr el Almirante; y durante 
aquellos días anunciaron repetidos av4sos de la isla del Hierro la existencia en 
las aguas inmediatas.de nn crucero portugués, compuesto de tres buques de 
respetables^ condiciones. No se ocultó á Colon el injusto resentimiento que los 
consejeros del rey don ]uan debían tener por la negativa que se babia dado á 
sus posteriores proposiciones; de suerte que, no sin ceder al temor una parte 
de los cuidado» científicos ,' procuró hacerse. á la mar sin pérdida de tiempo, 
para ver sí conseguía engolfarse antes qué los declarados rivales de la espe- 
dicion consiguieran darle caza en los mares conocidos. 

Por reservadas que pretendieran tenerse noticias de tan maí agüero, no 
hay duda que la tripulación se habia de apoderar de ellas y comentarlas á su 
modo, siempre revistiéndolas ópn cierto siniestro carácter que en circunstancias 
menos , especiales no hubieran jamás tenido. La avería dé la Pinta • la descon^ 



108 
fianza natural do los patrones isleños qae no quisieron tratar respecto á la véne- 
ta de un buqué , y las tendencias agresivas del rey de Portugal contra una es- 
pedicion de índole tan aventurada, si no pudieran apocar el entusiasmo de los 
valientes, no hay duda que contribuirían bastante á estinguir el ánimo de los 

. recelosos ; que al fín los reveses anticipados en las arriesgadas empresas no 
dejan de parecemos hoy avisos de contrarios efectos: y si tal es verdad en 

. una época de positivismo y despreocupacioa, ¿habremos de estrañar que asi 
sucediera en tiempos de ignorancia y fanatismo ? Pero entre semejantes seña- 
les de impaciencia y recelos , y el miedo y cobardía con que se pretende dis-^ 
famar á los españoles que á la empresa concurrieron , hay uña distancia tal' 
que no pueden salvarla ni la mala intención de autores estraños, ni la simple 
credulidad rutinaria de nuestros continuadores. 

Comenzó á destruir la buena fama de nuestros dignos navegantes don Fer- 
nando Colon , por el deseo de aumentar la gloria que á su padre cupo en el 
descubrimiento de América , sin reparar que el mas singular .arrojo que hu- 
biera podido caracterizar at equipaje de las carabelas, no hubiera amenguado 
ni un quilate la bondad del pensamiento ni la gloria que á don Cristóbal por 
SM ejecución es debida. Después, con el fundamento de tan respetable autori- 
dad, se amontonaron suposiciones que al ^bo pasaron por hechos deshonro- 
sos ; y fué tanto el apocamiento que llegó á atribuirse á nuestros marineros, 
que es preciso, admitiéndolo, dudar hasta de su embarque: porque no se 
concilian las opuestas ideas de embarcarse para tamaña empresa unos homr 
bres pusilánimes, cuyos temores fueron mas allá del miedo , inucho antes de 
que el verdadero peligro llamase á la puerta de Ips cuidados. 

'. Fuera dé otros casos de estréúiada cobardía , que el mismo don Fernando 
atribuye á los españoles que secundaron con pasmosa abnegación un pensa- 
miento para ellos incomprensible, dice que al pasar por delante de Tenerife la 
flotilla, se apoderó del equipaje un grande espanto por veri&^rse la erupción 
del volcan que destruye las entrañas del célebre pico. Semejante asertó es tan- 
to menos admisible cuánto. que el Almirante hace, reiferencia de la erupción en 
su diario; y nada dice respecto al terror de las tripulaciones: luego que, te- 
niendo en Cuenta nuestra posesionen las Canarias, y el frecuente trato de 
los marineros andaluces con aquellas islas , no es posible suponer que los 
que tripulaban jas carabelas, eñ su totalidad de la costa de Huelva, no hu- 
bieran visto nunca seniejante fenómeno. Mi tan grande temor puede conciliar- 
se con la intrepidez que, aunque algunos anos, mas tarde, manifestó en la pro- 
pia época el animoso, español Diego dci Ordaz , al reconocer con dos soldados 
mas de su compañía el volcan de Popocalepec en los críticos momentos de una 
erupción espantosa, no obstante el temor de los naturales y las prudentes ad- 
vertencias de Hernán Cortés su caudillo ( 1 ). 

(1 } 3olb , Confiíifto 'd# Mt¡ico / «b. 8 , o«p. IT« 



109 

También se pretende culpar de torcida intención la rotura del gobernalle 
de la Pinta, al cuarto dia de su viaje , atribuyendo el hecho á los dueños de la 
carabela Gómez Rascón y Cristóbal Quin^iero, que contra su voluntad asistian 
á la empresa y por este medio pretendían evadirse ; pero semejante aserto, 
que cuadraría mejor á la invención si la avería hubiera sido algún dia después 
de montar las Canarias, solo está fundado en un vago recelo del Almirante, 
sin que ningún acontecimiento posterior viniese á confirmarlo. 

De sentir es que autores españoles, al poner la mano en nuestras glorías, 
no tengan para nada el raciocinio de la crítica ni la gravedad de la razón, ^ 
para escoger con mesura las verdades y moderar los errados argumentos.* ' 




CAPITULO vm. 



AbandoM la espedieion Its Islts Canarias j se engolfa en alia mar con rumbo constante al O.— Diario de Colon y 
libro de estima: nueras instrucciones para el viaje. — ^Felices auspicios con que lo comiensa. — Desconcierto ge- 
neral por la Tariacion de la aguja magnética , 7 argucia inventada por el almirante para esplicar como natura- 
les sus causas. — ^Primeras ilusiones concebidas acerca de próxima tierra : temores 7. esperanzas.^Variacion del 
rumbo seguido^^Recelos 7 descontento por la influencia de los vientos constanles.-^Rumores de sublevación 
calmados con nuevas infundadas aiegrias. — Continuación del viaje entre varias alternativas.—- Hace sefiale» la 
Pinta de ver tierra, 7 por tercera ves se reconoce el engafio.— ^Prevenciones del Almirante para que no se re^ 
produjese la alarma sin innegables pruebas. — ^Disgusto general de las tripulaciones 7 grave motin contra la j>er- 
sona del Almirante. — Cálmanse los ánimos 7 nuevas señales auguran un éxito completo á la espedicion .^Pri- 
meros síntomas positivos del desonbrimiento.-^Verifícase al cabo en medio de la general satisfacción 7 el mas 
estremado entusiasmo. 



£jL día 6 de setiembre dé aquel año prodigioso que se habia inaugurado con 
las capitulaciones de Granada , se hizo al mar la espedicion taa segura en. su 
propósito como feliz en sus resultados; y tres dias después, el 8, antes de po- 
nerse el sol, se desprendieron los atrevidos nautas del antiguo mundo » al per- 
derlo de vista > ansiosos de realizar las profecías sobrenaturales que en remo- 
tas edades habian consignado los hijos mas sabios de los hombres. 

Pusieron las tres carabelas la proa al Oeste conforme al rumbo que la al- 
jniranta habia marcado^ porque tal era el constante qye Colon pensaba seguir 
hasta dar cima á su empresa : y así qde perdieron de vista las islas Canarias, 
el viento mas favorable comenzó á refrescar, como si pretendieran los eíe^ 
mentes no contrariar por mas tiempo el descubrimiento de la verdad , próxima 
á entronizarse en el terreno de las ciencias exactas. 

Muchas y muy oportunas fueron las disposiciones preparadas por Colon con 



112 
objeto de contrariar cualquier percance fácil por la novedad, é irremediable por 
la situación en que insensiblemente se iba introduciendo, pero despojando 
nuestro. relato de cuanto á él no interese, nos concretaremos á manifestar que 
abrió dos libros de estima; uno para escribir la distancia verdadera que avan- 
zaba en cada singladura , y este lo reservaba á su observación especial , y era 
aquel en que á manera de diario anotaba cuanto acontecía, y otro para su 
primer objeto, bien que de la verdad suprimiese algunas leguas, á fin de que 
la tripulación no desesperase de alcanzar tierra al Occidente , si la distancia se 
hacia en estremo dilatada. A los capitanes de las otras dos carabelas previno 
que después de haber navegado sobre setecientas leguas al Oeste de las Ca- 
narias (1 ) se mantuviesen al pairo ó á la capa de media noche en adelante, 
porque á tal altura pensaba encontrar la isla de Zipango ; y finalmente rectifi- 
có y aumentó algunas señales de las ya convenidas para la comunicación reci- 
proca de los bastimentos, según comprendían que pudieran variar ó multipli- 
carse los casos especiales de la navegación por la especialidad que caracteri- 
zaba aquel viaje. 

£1 dia 14 algunos marineros vieron flotante en aquella mar. desconocida, 
porque ya eran sobre ciento y cincuenta leguas las. que atrás dejaban, un mástil 
cuyas dimensiones convenían á un buque de ciento y veinte toneladas. No falta- 
ron individuos en el equipaje que pretendieron adivinar una celestial amenaza; 
pero los mas se mostraron indiferentes á tan despreciable observación, que nada 
maravillosa caracterizaba, y sostuvieron su ánimo tranquilo hasta que otra mas 
alarmante viniera á alterarlo no sin grave fundamento. Con efecto: en la noche 
del 1 3 de setiembre, después de haber observado durante todo el dia que las cor- 
rientes de la mar eran contrarias al rumbo que la flota seguia, advirtió el almi- 
rante que la aguja náutica se apartaba de la estrella polar de cinco á seis grados 
alN. O., sin que pudiera consistir tan fatal suceso en ninguna descomposición 
física del imán, por. lo que proporcionalmcnte se iba aumentando la separación 
de la aguja á manera que la espedicion avanzaba al Occidente. Tan estraño suceso, 
desconcertándolos atrevidos planes de Colon, si el equilibrio directivollegaba del 
todo á perderse^ cuando la flota no tuviera en sus observaciones mas punto fijo 
que los astros, cuya situación se iba también haciendo distinta conforme á la que - 
los buques ocupaban mas al Oeste, contristó notablemente al almirante, no solo 
por el estravío á que en desconocidos mares se veia espuesto, sino por las conse- 
cuencias inmediatas que semejante peligro habia de causar en las tripulaciones. 
Bienquisiera haber escondido los motivos de su zozobra, que supo contener en la 
cabeza sin que tocasen al cora^n, ni al semblante asomasen; pero acompañábanle 
diestros pilotos que, si en él confiaban respecto ala espedicion, no por eso dejaban 
de hacer sus observaciones para estudiar con detenimiento y exactitud la índole 



(*1 ) De 6 óuatro millas iulianas cada legua , 6 de las de veinte al grado , de cuya clase fué la que adoptó Colon 
para unidad en su memorable empresa. 



113 
característica del viaje. Asi fué que en breve sé apercibieron de la novedad 
qae contemplaron con asombro^ y toda la sangre fría de Colon « unida á la auto- 
ridad de sus palabras , fué don trabajo suBciente para calmar la confusión y 
restablecer la confianza, esplicando de 1% mejor manera que inventar pudo en 
aquel azaroso momento la naturalidad, supuesta entonces y aun hoy descono- 
cida , de tan singular fenómeno. Díjoles que la aguja magnética no se dirijia 
exactamente á la estrella polar, sino á un punto invisible que en aquella di- 
rección giraba constante, y que tanto por el movimiento de rotación en que 
entonces se bailaba, como los demás astros, cuanto por la situación geográfica 
que ocupaban las carabelas, ya contaba él con que habia de tener lugar aque- 
lla alteración natural que sin motivo justo les inquietaba. 

. Cualquiera que hubiera sido la repugnancia que entonces manifestaran los 
navegantes á continuar la espedicion, tendría una disculpa que nadie se atre- 
vería á calificar mas que de sana prudencia: sin embargo, los marineros espa- 
ñoles, aquellos á quienes la vulgarídad supuso de escaso corazón , cuando tan 
gigante empresa acometían, se conformaron con las vagas é inciertas palabras 
de su caudillo, y en sus manos entregaron de nuevo y con doble abnegación 
cuanto mas, caro poseian y adivinaban, á saber : la conservación de la vida y el 
fácil regreso á su querida .patria, después que tan gigante misión se hubiese 
cumplido. Respecto á la esplicácion del Almirante á tan inesperado fenómeno, 
no podemos menos de notar la exactitud aproximada de un sistema planetario 
supuesto en el momento, comparándolo coja el sistema solar que tal vez en el mis- 
mo instante ocupaba toda la atención del célebre y aun entonces desconocido Co« 
pémico. Ambos genios eran contemporáneos, bien que ninguna noiicia uno de 
otro tuviesen : sin embargo, impulsados hacia la verdad, podemos advertir en* 
tre los dos cierta armonía comunicativa, que si no la atribuimos á sobrenatu- 
rales causas, necesaríatnente habremos de encontrarla en la propia atracción 
magnética que dirige el imán hacia el invisible punto del Norte, la cual hace 
comunes simultáneamente las simpáticas inspiraciones del genio. 

Para disipar completamente los temores que la variación de la agt ja habia 
hecho concebir, lo mismo que á la tripulación al propio Almirante, se dejó ver 
al siguiente dia 14 de setiembre un ná^ de junco j pájaro 0si llamado por las 
condidones de su cola al junco parecida, y que siempre duerme en tierra. El 
Almirante bien gustó de la novedad por la tranquilidad que en el equipaje ase* 
gqr^^a; pero harto conoció que.á doscientas leguas de distancia no podia en- 
contrarse la costa oriental de ía India, y por lo tanto hizo escaso aprecio de tan 
vagas é inconducentes señales. A otro día por la noche una manga de fuego 
que se desprendió en la atmósfera á cierta distancia de las carabelas bajo la 
influencia délos trópicos, atemorizó un^ tanto á la tripulación; pero nuevas se- 
ñales de tierra, que se ofrecieron en campos de flotante yerba y bandadas de 
pájaros, suavizaron el mal efecto de los fenómenos naturales. 

Asi continuó la flotilla alternando entre el temor y la esperanza, en conse- 

16 



114 
Cuente armonía con las condiciones de tan singular viaje , basta que entrando 
bajo la influencia de los vientos generales ó constantes que en ciertas corrientes 
de entre los trópicos soplan sin variacioü de Oriente á Occidente, los marineros 
se afectaron ante la consideración de si les seria imposible el regreso á la pa- 
tria querida que tan imprudentes habian abandonado. Por fortuna el mayor de 
los Pinzones creyó distinguir en la dirección del Norte algunas islas , que por 
mas que no existiesen, sirvieron para desviar de las imaginaciones los mas po- 
sitivos cuidados. Suplicaron algunos al Almirante que variase el rumbo para 
visitar las imaginadas islas ; pero Colon/ que fundaba toda su reputación en la 
exacta observancia de sus teorías , no consintió en la súplica é hizo continuar 
el rumbo á Oeste, conforme al salir de las Canarias lo habia marcado. Afortn^ 
nadamente las brisas se encargaron de deshacer las ilusiones ópticas de los mas 
impacientes > y la flota siguió engolfándose cada vez mas impávida en la in- 
mensidad del Océano. Sin embargo, navegaba á la sazón sobre unas rompien-. 
tes á las cuales eran sin duda debidas todas aquellas señales aparentes de tier- 
ras , que tal vez en realidad hablan existido. 

. Las mismas circunstancias que en otras ocasiones apuradas habian contri- 
buido á restablecer la calma en la dudosa tripulación^ sirvieron una vez para 
sofocar toda la impavidez que por regla general la habia hasta entonces ca- 
racterizado. Referfmonos á los campos flotantes de verde yerba que á la vista 
se ofrecían como arrojados de próximas iiefras que al Oeste debian hallarse, 
cuando fué tal su abundancia que á veces impedia el curso de la navegación, 
como si prelendiese encallar las carabelas. El equipaje hubo de alarmarse con 
tan siniestra espesura durante algunas horas, al cabo de las cuales, y cuando ya 
eran bien entradas las del 22 de setiembre, comenzó á disminuirse á favor de un 
viento largo del Sud-Oesle que se levantó tan bien oportuno para desechar los 
temores que exislian á cerca de la imposibilidad del regreso. Pero este consuelo 
no habia de durar gran cosa , pues á proporción que las observaciones de los 
pilotos se multiplicaban , los resultados confortaban la idea primitiva y hasta 
cierto punto exacta de los vientos constantes, y en fuerza da tamaña contrarie- 
dad que los inexpertos nautas consideraron invencible, hubo de notarse alguna 
alteración en los ánimos, que atrepellando los límites de la razón, pudieron pe- 
netrar en el campo: siempre vedado de la violencia. El dia 34 de setiembre co- 
menzó Colon á gustar los sinsabores de la rebeldía que en sus gentes se estaba 
desarrollando; y á pesar de fo suave persuasión de sus razones y del grave res<^ 
peto á su carácter debido, y mas dignamente por él reclamado , no hay duda 
que atrevesó conflictos capaces de apocar en semejantes condiciones el ánimo 
mas altanero. 

La continuación precipitada de sejaales opuestas que tuvo lugar en aquella 
espedicion, no hay d^ida que sirvió de poderoso agente para que el intrépido 
Almirante pudiera dar cima á su comenzado propósito, porque sin duda era tal 
variación indispensable, cuando lo mismo ^rvian para despertar graves temores 



415 

aquellos mismos efectos que boy apeteceríamos como mas favorables á seme- 
janle viaje : y en mas de una ocasión los efectos contraríos sirvieron de cal- 
mante eficaz á las irritadas pasiones, como si en semejantes destempladas al- 
ternativas quisiera consignar la esperiencia cuánto es necesario su auxilio aun 
en el terreno de la verdad mas innegable. En tal situación es evidente la con^ 
veniencia de una notable equivocación que padeció toda la flotilla al siguiente 
dia 25. Surcaban las carabelas con viento fresco del Este aquel inmenso piéla- 
go, cuando algunos gritos descompasados que de la Pinta salían > vinieron á 
interrumpir en su cámara al reflexivo Almirante. Juzgólos en el primer ímpetu 
como si fuera la continuación de aun no bien pasados alborotos, y fué su pri- 
mer cuidado subir al castillo de popa con el fin de hacerse oir de los sublevados 
y conjurar la conspiración con todas sus fuerzas; pero sus recelos cambiaron en 
satisfacciones cuando la voz de su amigo Martin Alonso penetró en sus oídos cla- 
ra y potente que decía : / Tierra I ¡ Tierral Señor : yo reclamo el premio señalado; 
y dfrigia á la vez su brazo mostrando un objeto oscuro que se apercibía confuso 
como á unas veinte y cinco luegasal S.-O.La^ apariencias con efecto existían, 
como que el Almirante creyó en la realidad de la tierra en la parte que se le 
anunciaba > tanto mas, cuanto que su reservado libro de estima señalaba ya 
sobre seiscientas leguas de distancia á las Islas Canarias ; y por un arranque de 
su entusiasmo cayó de rodillas, la goiira en la mano, y los ojos arrasados para 
dar gracias al Altisimo por las infinitas bondades qite derramaba sobre sus esca- 
sos merecimientos. Todp el equipaje de las tres carabelas le imitó con religiosa 
veneracicMi, entonándose en voz alta el Gloria ineoocelsis. 

Todavía, por lo que sus cálculos le indicaban y por loque las relaciones y 
cartas de los viajeros orientales de manifiesto le ponian, hubiera querido seguir 
el Almirante su navegación con el propio rumbo al O. que hasta entonces había 
traido ; pero fueron tantos los ruegos de su& gentes y las súplicas de sus ami- 
gos los Pinzones, que al fin se vio obligado á cambiar algunas cuartas las* proas 
de sus bajeles, para dirigirse á la tierra deseada. En la dirección del S.-O. na- 
vegaron, pues, las tres carabelas durante el poco dia que del 23 les quedaba y 
la noche siguiente ; peto al amanecer del 26 todas las ilusiones volvieron á disi- 
parse, como disipado se había la vespertina nube que le sirviera dé fundamento. 

Vuela, pues, la tripulación á su natural estado de satisfacciones y recelos, 
conforme á las señales características qué de próximas tierras se encontraban, 
y puestas de nuevo las proas al O., de cuyo rgmbo el Almirante jamás por su 
voluntad se hubiera apartado , continuó la flota sin otra novedad considerable 
hasta el dia 7 de octubre, á no ser que como tal consideremos la distancia po- 
sitiva de setecientas y siete leguas á que de la isla del Hierro se encentraba la 
espedicion el dia primero del mes que comenzaba. En dicho dia 7, á la vez que 
el sol comenzó á levantarse sobre el horizonte, como desprendiéndose de la lí- 
quida inmensidad que atrás dejaban las carabelas, izóse también en el palo ma- 
yor de la Niña la bandera de Castilla y se disparó un cañonazo, que eran las 



116 
señales acordadas para anunciar la próxima tierra. No anduvo acertado» sin 
embargo, el capitán que semejantes señales permitió, cuando á pocos momentos 
quedaron desacreditadas por la realidad , que en medio de Id luz escasamente 
debiera haberse equivocado: así fué que Colon, con el objeto de evitar desfa- 
Torables impresiones que semejante sistema de avisos infundados habia de pro- 
ducir en la tripulación , ordenó que en adelante nadie anunciase la tierra , sin 
estar bien seguro de haberla visto ; y que si alguno por malicia ó falsa com- 
prensión lo hacia, quedase para siempre escluido del premio ofrecido por los Re- 
yes Católicos al primer descubridor, aunque mas tardé él mismo la descubriese. 

Con todo si el anuncio material de aquel dia no habia tenido mas fundamen- 
to que los anteriores, se presentaron no obstante mejores pruebas en el terre- 
no de las observaciones, que hicieron por segunda vez al Almirante cambiar su 
rumbo, conteniendo á la par con su estudiada condescendencia el sordo rumor 
que entre los descontentos se oia á modo de lejana tormenta. Multitud de pájaros 
pequeños como hasta entonces no se habian visto, cruzaban en bandas cantan- 
do sobre tas carabelas, y por mas que mediasen no pocos minutos , y á veces 
algunas horas de unos á otros, todos volaban en la dirección del O.-S.-O. Ya 
se sabe cuánta influencia se concedia en el antiguo sistema de la navegación al 
vuelo de las aves, subordinando el rumbo de la nave á su dirección en ocasio- 
nes los mas famosos marineros; y en tal caso, y por la continuación de tal cos- 
tumbre que la brújula no habia podido aun estinguir en la época á que nos re- 
ferimos, fácil es conocer cuánto influiria aquel crucero constante de pájaros que 
á un mismo punto iban, en el ánimo naturalmente agitado de aquellos marine- 
ros que con tan varia fortuna navegaban por un mar de ellos desconocido y no 
surcado , al parecer hasta entonces . Colon accedió al deseo general , como se 
ha dicho , bien que protestando en su interior de ía medida , y ofreciendo en 
público enderezar otra vez el rumbo á Occidente , si dentro de tercero dia no 
se columbraba la tierra apetecida en la nueva derrota. 

El miércoles que se contaba 10 de octubre, y era el tercero y último de 
los dias concedidos por el Almirante para navegar en la dirección del O.-S.-O., 
conforme la tripulación le habia suplicado , desfallecieron completamente los 
ánimos del equipaje , y por lo que de españoles tenian , quisieron pasar del 
desconsuelo de la postración, al desenvuelto lenguaje de la ira. Como es na- 
tural, cuando la prudencia no tiene diques bastantes que oponer al desenfreno 
de una turba insolente , á las murmuraciones siguieron las amenazas , dejaron 
estas plazas á los insultos, y no tardaron por consecuencia en asomar con pre- 
tensiones de tomar parte en la cuestión las vías de hecho. Exigían los amoti- 
nados, que eran de la tripulación la mayor parte, que pues ya hacia dos me- 
ses que se habian entregado al mar y uno largó que no veian tierra alguna, 
sin que al presente mejores apariencias debieran conservarles eti su loco pro- 
pósito de encontrar la India por la dirección que llevaban , se volviese la flota 
á España antes de aumentar con la distancia los inmensos peligros de que ya 



117 
se conceptuaban bastante rodeados. En vano pretendió Colon con buenas pala^ 
bras serenar á los amotinados, que á gritos pedían el regreso á nuestra Pe- 
DÍnsula , porque la sedición crecia por momentos y su vida se hallaba ya en 
gravísimo riesgo. Entonces, cuando otro recurso no le quedaba que su autori- 
dad para hacerse obedecer de los amotinados, desdobló las instrucciones y 
preeminencias que de los reyes llevaba; y con el tono amenazador del gene- 
ral á quien numerosas huestes obedecen, amenazó con terribles castigos á los 
mas tumultuosos, reprendió los que menos culpa tenían en la sublevación, y 
siempre dominante por sus mejores condiciones, consiguió anonadar aquella, y 
tranquilizar á todos. 

Aquí vuelve la emulación á manosear el concepto de nuestros marineros 
para acriminar con terribles cargos un hecho que en realidad no tiene buena 
disculpa , por mas que tan grs^ve no parezca á la filosofía de ta sana razón* 
como á las tendencias naturales de la envidia. Nosotros mas afectos á la verdad 
de la historia que á las fábulas de las parciales pasiones , podemos asegurar 
que fué mucha parte, bien que la mas ignorante del equipaje, la que se estra- 
vió por la áspera senda del escandaloso motín ; pero á la par habremos de ha- 
cer justicia á los buenos que se pusieron de parte del Almirante, y eliminar del 
tumulto á los que indiferentes aguardaban tranquilos cualquier resultado. Si, 
como autores afirman, toda la tripulación estuviera de acuerdo en sublevarse, 
difícilmente se hubiera convenido tan pronto en continuar en la misma direc-' 
cion hasta entonces seguida : debiendo tener presente , para mejor orientar el 
juicio de los dudosos, que Colon ño capituló con los amotinados, como injusta-^ 
mente algunos han dicho. Algunas bandas de menudos y pintados pajarillos 
que cruzaron por encima de la flota en dirección al S.-O: antes de concluirse 
aquel aciago dia, saludaron con arpadas lenguas y risueños trinos el triunfo de 
Colon, y prestaron nuevo valor á los que toda su fé habian perdido. 

Al fin amaneció el dia 1 1 de octubre como el mas feliz entre todos los que 
de tan azorosa havegacion se contaban. Desde Inego un oculto favorable pre- 
sentimiento se apoderó de los ánimos, que no sabian por qué á su desfalleci- 
miento el nuevo sol comunicaba tales fuerzas como en todo el viaje no habían 
esperimentado. Las tres carabelas continuaban en la dirección del Sud-Oeste 
por dar crédito al vuelo de las aves, y tan unidas que de unas á otros sin 
grande esfuerzo con la voz se comunicaba el equipaje. Cierta fragancia en el 
ambiente, la condiciones de las nubes que se aparecían de vez en cuando al 
Oeste, manojos flotantes de verde yerba de la que en los campos se cria, y 
sobre todo, aquella misteriosa alegría que sin anunciai^se nos embarga cuando 
nuestros pesares alcanzan sin verlo el término apetecido , hicieron aquel dia 
de la tripulación la mas alegre compañía que jamás se haya visto. 

Por la tarde, los que sobre la cubierta de la capitana tendian con avidez la 
vista para indagar el misterio de su favorable reacción , vieron sobrenadar 
cerca de su carabela un recién cortado junco, y poco mas adelante acercarse 



118 
al bastimento un verde pececillo de los que difícilmente de las rocas se apar- 
tan. A su vez los de la Pinta, mas afortunados, dieron cuenta de una caña 
que asimismo flotaba, luego vieron un palo y mas adelante recogieron un bastón 
ingeniosamente labrado, pero que en sus labores no se parecía á los del viejo 
continente: y finalmente, la buena ventura de los marineros de la Niña les depa- 
ró con otras semejantes señales un ramo de espino, con sus majuelas coloradas. 

Con tan favorables auspicios^ cuando se puso el sol torciéronse las proas de 
la flota otra vez hacia el Oeste , en cuya dirección el Almirante pretendía en- 
contrar sin duda alguna la primera tierra. El viento era fresco, y por lo tanto 
impelia las carabelas lo bastante para hacerlas avanzar hasta doce millas por 
hora. A las oraciones todas las tripulaciones cantaron sobre cubierta la saivede 
costumbre, y en pos de esta religiosa ceremonia Colon se hizo oir desús gen- 
tes hablando sobre la proximidad de la tierra , con tanta seguridad que hasta 
los mas dudosos creían ya haberla tocado. Encargó el mas esquisito cuidado 
durante la noche así á los de su buque como á los de las otras carabelas, y 
terminó finalmente ofreciendo, sobre las mercedes reales , un jubón de tercio- 
pelo al que mas afortunado anunciase el término de la nsívegacion con pruebas 
irrecusables. Así despertaba la codicia para que no se apoderase el sueño de 
los ojos; pero sus advertencias eran escusadas, pues por las señales vistas no 
habia uno solo en toda la tripulación que no se creyese próximo á la suspirada 
isla de Cipango. 

Así que cerró la noche subióse el Almirante al castillo de popa , y fija la 
vista en el Occidente pretendió añadir los propios á los cuidados del equipaje, 
como el prudente caudillo que juzga escasa al frente del peligro la mas esqui- - 
sita vigilancia. Acosa de las diez creyó percibir una luz movible en la direc- 
ción que las carabelas continuaban ; pero sin dar bastante crédito á sus ojos hi- 
zo fijar la atención de Pero Gutiérrez, repostero del rey, que por allí cerca 
andaba, y este le certificó lo que su mente no acababa de creer, en fuerza de 
lo mucho que su voluntad lo apetecía. En tal situación, la mas crítica sin duda 
de las que Colon había atravesado, un tercero testigo acudió á fijar las apa- 
riencias de verdad que á semejante efecto óptico debía atribuirse ; pero cuando 
llegó al castillo Rodrigo Sánchez de Segovia, que era veedor de la armada, ya 
la luz habia desaparecido , bien que, á dar crédito á los ojos del Almirante, 
otras dos veces volvió á parecer oscilante como si fluctuara en alguna em- 
barcación, presentándose y escondiéndose al influjo natural de las olas ( 1 ). 

(i) No falta quien supone que haya sido una ilusión propia de las circunstancias la vista de la lux que el Almi- 
rante hizo creer á los que con él estaban , fundándose en la distancia de catorce leguas , que según aproximados 
cálculos debia mediar á las diez de la noche en^re la flotilla y la tierra. Los que tal opinan se olvidaron sin duda al 
hacer semejante observación que era costumbre , según 'anteriores prevenciones del Almirante , acortar las velu 
desde media noche en adelante, con particularidad desde que la distancia al viejo mundo se hfbi». hecho conside- 
rable , y que semejante prevención tendría mas cumplimiento en la noche del descubrimiento por las seftales indi- 
cadas. A pesar de esta observación nosotros no insistiremos en probar que efectivamente se debió al Almirante el 
premio ofrecido al primer descubridor , porque no consideramos semejante cuestión de gran fundamento , después 
de haberla espuesto en sus verdaderas condiciones. 



119 

Con semejantes multiplicadas apariencias se multiplicaron también los cui- 
dados, y la vigilancia creció en proporciones, tanto como se agitaban los de- 
seos. La Pinta, que era la mas velera de las tres carabelas, llevaba algunas 
ventajas, las que permília el orden establecido de la navegación, á las que 
tan buenas condiciones no tenian, y por lo tanto, tuvo la buena dicha de ser 
la primera á confirmar el descubrimiento que Colon había imaginado. La no- 
che estaba tranquila , bien que algunas nubes de escasa consistencia empaña- 
ban el suave resplandor de su misterioso faro; pero una ráfaga azotó de pronto 
aquellos pardos crespones, y brillando la luna con lodo su esplendor, permi- 
tió que los afortunados ojos del marinero Rodrigo de Triana (1J, descubriesen 
al Occidente , como dos leguas distante , la verdadera tierra , anunciándola á 
toda la flota por conducto de un cañonazo. 

Las sensaciones que en aquel momento debió esperimentar el Almirante no 
es posible que haya mente humana que las conciba ni esquisita pluma que las 
comente , porque en la esfera de los acontecimientos humanos , aquel tan ma- 
ravilloso pudo verificarse nada mas que una vez , y por lo mismo solo en el ac- 
to de la realización pudiera comprenderse, y únicamente por el mismo Colon 
esplícarse. El contento infinito de las tripulaciones tampoco alcanzaba ni con 
mucho á la estremada satisfacción del genio de la empresa , porque si aquellas 
lloraban de gozo al tocar el ansiado término de sus peligros y el colmo proba- 
ble de su codicia, este, mas sublimado y lejos de la esfera común, veia re- 
suelto por su voluntad el grande sistema de la esfericidad del globo , aun du- 
dada por algunos, y la constante armonía y correspondencia de todas sus par- 
tes, si como sus cálculos le afirmaban eran aquellas tierras pertenecientes á las 
costas orientales del mundo. Alguna ráfaga hubo de cruzar por su mente pre- 
ñada de dudas acerca de las condiciones naturales y geográficas de la tierra 
que tenia delante : pero esto no destruía la existencia de aquellas regiones 
desconocidas , antes abría la puerta del entendimiento á mejores cálculos por- 
que todo lo que fuera apartar la suposición de las costas de la India , concur- 
ría á revelar la maravillosa y eterna verdad de un nuevo continente. 

Encargáronse de mitigar el calor de las consideraciones mundanas los cui- 
dados religiosos que en semejantes casos estaban, mas que previstos, incrus- 
tados en el fondo del pueblo católico á que los aventureros nautas pertenecían: 
todos cayeron de rodillas para alabar al Señor con los mas sublimes cantos de 

( i ) Por regla general todos los aviores coetáneos han atribuido la gloria del verdadero descubrimiento á un 
Rodrigo de Triana , apoyados en la fehaciente autoridad del Almirante , pero en nuestros tiempos , dada la buena 
critica á la investigación , ha desenterrado algunos antecedentes que pueden , cuando menos , motivar una Justa 
competencia acerca de la persona verdadera á quien tanta satisfacción fué debida. En el pleito que mas tarde se si- 
guió por demanda de don Diego Colon entre este j la Corona, existe la declaración de un Francisco Garcia Vallejo, 
el cual , contestando á la pregunta dies y ocho del interrogatorio fiscal , dice lo siguiente : Y en esto aquel jueves 
e% la nodte «cUirtf la luna , é un marinero del dicho navio de Martin Aloneo Pintón, qu» ee deeia Juan ñodri- 
guex Bermejo , vecino de Molinot , de tierra de Sevilla , como la luna aclaró vido una cabeza blanca de arena i 
eixó loe ojo» é vido la tierra i luego arremetió con una lombarda é dio un trueno , tierra, tierra , é te tuvieron 
4 los novios kaeta que vino el dia viemee 1S de octubre , y ^ «e esto lo ia¡be porque lo vido. 



120 
la Iglesia. Y luego, como si un rayo de luz hubiese iluminado los corazones de 
aquellos incrédulos que contra el Almirante habian atentado, para alcanzar 
completa la dicha que su ciencia les ofrecia, se arrastraron á sus pies llorando 
como niños hasta obtener el perdón por los pasados desmanes. 




El hombre eminente que en los momentos de prueba había sabido contra- 
restar con no vista entereza todos los peligros de tan grave motín, no pudo me- 
nos de enternecerse á la vista de semejante espectáculo , y satísfecho con el 
casUgo que la luz de la verdad habia impuesto á las tínieblas del fanaUsmo, 
tendió una mano amiga á aquellos infelices y les devolvió su confianza , con 
los derechos á que se habian hecho acreedores por su abnegación é intrepi- 
dez al emprender un viaje tan peligroso é incierto, como felizmente llevado 
á cabo. La generosidad del Almirante con unos hombres cuya impaciencia hu- 
bo de frustrar el mas famoso acontecimiento de los siglos, no pudo menos de 
interrumpir su alegría y despertar su vergüenza ; probándoles á la vez cuánto 
deben ser mirados los incrédulos en oponerse al curso natural de la razón 
contra el consejo de la ciencia. 

Terminadas aquellas escenas de general contento y recíprocas satisfaccio- 
nes , se ocupó inmediatamente el dichoso Almirante en prevenir los azares de 
aquella novedad y preparar el inmediato desembarque : al efecto mandó que 
las tres carabelas se mantuviesen á la capa hasta que el nuevo sol orientase á 
sus tripulaciones acerca del ansiado objeto que tenian delante : hizo que la ar- 
tillería estuviese pronta á cualquier evento contrario, ó bien para saludar 
la feliz nueva conquista de los Reyes Católicos, y acariciando las armas aren- 
gó á sus gentes para que con ánimo entendido y prudente consejo procediesen 
en la toma de posesión que al amanecer dellS de octubre habia de verificarse. 



131 

Al examina? deteDidameote la magnitud de ua proyecto, como la mas es- 
qmsita.8abiduría no era bastante á confirmar en sus proposiciones teóricas , y 
temeodo ea caenta á la vez el inmenso catálogo de inconvenientes que hasta 
el momento mismo de su práctica realización se fué aumentando , no sabemos 
ai adoEiirar mas la sublime concepción nada propia del estado en que las cien- 
cias ¿ la sazón se encontraban , ó la fuerza de voluntad que á través de los mas 
terribles sinsabores y desconsuelos , jamás abandonó al héroe incomparable de 
la empresa. Sin embargo , el mundo no ha dado aun á Colon toda la importan- 
cia que entre los hombres !e toca: pues aunque alguna^ vez en el terreno de 
las ciencias, y no pocas en la balanza de especuladores argumentos, se pesen 
los quilates de su feliz empresa, sacando de ellos consecuencias incomparables, 
no nos parece bastante tan mezquina recompensa, si se ha de armonizar con 
bs bienes que su concepción produjo á la civilización comunicativa de todos los 
poebtos del mundo. 

Por lo demás , el resultado que obtuvieron en aquel momento de inesplica- 
UegoiBO las teorías de Colon, hoy clarísimas para nuestra inteligencia, pero 
entonces tan difíciles de aceptar como el mas oscuro problema de los tres que 
al presente conturban á los hombres científicos, es una severa lección en que 
deben aprender los poderosos y los sabios ; cuánta protección y respeto es con- 
veniente prestar á la mas estraña investigación y al menos comprensible de los 
ingenios. 




16 



< T 






CAPITULO IX. 



DtMripoion aparente de la tierra descabierta. — Primeros habitantes en ella yistos. — Desembarque de los españo- 
les mandados por el Almirante, y toma formal de posesión en nombre de los reyes de España.— Admiraeion 
nttanl de lot isleSos: bondad de sn earioter y snayidad de sos costumbres. — Or^en probable de los indios de 
.Oteidante. —-Comunicación natnral entre al antigno y el nuevo continente. — Historia anticolombiana dfl Nnevo- 
Mnndo.— Teoeallis ó pirámides. — Identidad de leyes, idiomas, religión, organiíacion y costumbres. — Términos 
da coBiparacion entre los hombres de las islas y los que habitaban la tierra firme.— Diferencia de castas.— 
Potibílídnd de que ninguna analogia existiese entre ambas. 



imo TÍernes^ el segundo notable en esta famosa espedidon , á 12 de octubre 
éB año tan memorable^ amaneció al intrépido equipage de aquella flotilla un 
edén encantado: que tal debió parecer á los ojos escrutadores de nuestros marine- 
ros aquella isla que delante tenian , verde como la primavera , fresca como el 
rodo, y cubierta de árboles tan frondosos como en Europa no hablan visto nunca. 
A manera que la luz del crepúsculo se levantaba perezosa del ancho mar 
que la espedicion habia cruzado» la isla iba ofreciendo á la vista mas grandes 
atfietítos, y despertando mayores deseos de poseerla á los cansados navegan- 
tes* Con efecto : vieron primero que su circuito no «ira de escasas dimensiones» 



1S4 

7 esto les ofrecía la seguridad apetecida en el desembarque: advirtieron i la 
vez que era llana y que tenia dilatadas florestas, y á tan beüa idea no podieroQ 
menos de fortificar sus creencias respecto á la nueva tierra de promisión que 
iban buscando; y finalmente: cuando el torcedor de la duda comenzaba á exa- 
gerar con el temor de las cualidades de los habitantes de aquella región descono- 
cida , empezaron á distinguirse sobre la playa algunos hombres, que por la sen-» 
cillez de su trage no podían ocultar á la razón la inculta sencillez de sus cos- 
tumbres, puesto que desnudos completamente se presentaron como los primeros 
habitantes del Paraíso. 

Nada, pues, había que recelar en presencia de tan suave espectáculo : la 
isla era habitable, ofrecía mas ffle» fS^W^^^^HP^Q^Q albergue, y el aspecto ino- 
fensivo de ios naturales convidaba á ñu perder momento en tocar con la planta 
la tierra que tantas veces había fingido la vista, y que en la ocasión en realidad 
gozaba. En tal estado mandó anclar el Almirante á las tres carabelas, y dispo- 
ner los botes para ir á tierra en son de conquista, con las armas bien adereza- 
das y el ánimo dispuesto á las eventualidades de tan grandioso acontecimiento; 
pero bien pronto hubieron de cambiarse las disposicisnes hostiles , puesto que 
apenas se dirigieron á la playa aquellas lanchas mas relucientes que la luz del sol» 
cuyos nacientes rayos herían las ferradas armaduras para enseñar á los indios m 
cada huésped un ente sobrenatural , aquellos dieron en huir para ocultarse en la 
grata espesura de sus deliciosísimos bosques , y los españoles tomaron tierra ún 
opqsjicion n^, cot^trdtietppQ. 

El pendón de Castilla y las banderas especíales de la empresa s» hunúUaiK>n 
ante el Dios de la creapion, á cuya infinita bondad de tantas mercedes eran deu- 
dores los espedíciooarios en aquel instante sublime, y era de vejr cóioo tan osa- 
dos aventureros regaban con lágrimas de agradecimiento la tierra vtrgea que 
pisaban, elevando á ia mansión celestial improvisados himnos de sublime reco- 
nocimiento (i). Asi que los consuelos de la religión hicieron lugar á las especu- 
laciones mundanas. Colon y sus compañeros levantaron del suelo las rodillas, y á 
la par el pensamiento mas alto que al objeto primitivo de la espedicíon cumplía. 
Con el estandarte real en la mano el famoso Almirante , vestido ricamente de 
escarlata, desenvainó su espada, y haciendo concurrir á su alrededor á los Pin- 
zones, y á los hombres de guerra que habían desembarcado, tomó posesión de la 
isla por la corona de Isabel I , ante el escribano de la flota Rodrigo de Escola 
do , que autorizó el ai^to suficientemente para darle una validez tan graoAe 



(4) En las Tablüi cronológicM de los deseuhrimiefUo$f década primera, del P. Claudio Clemente, hay nnt 
oración qae se dice haberla hecho Colon entonces, y que por orden de los reyes la asaron después Balboa, Cortés 
y rkarra en aat dascabrimientoe. La tal oración dice asi: Dominé Afluí míeme ét omnipaiem» Jwr».fiur«Mfio 
«0/ttm et terram e< mar» cmoHi heMdictUur et glarifieelur nomen tuum, lavideiptr f«a majtstm^ gftff dt^f^^ 
eti per humilem servum íuuní, et ejus sacrum nomen agnosealur et pradieetur in hae ¡ailéra mundi parte, 
IrTÍfig. Ftfl^t de Cóloñ: libro IV, capitulo primero. " . I 



JS6 

emécMniiptfai t fo^weesiTwpaefficosderecfibs k^b d «qaeUas regiones ^dd 
ikpt en adelflille la nación española. . 

Um íáeñoe , que en un principio no babian poilido tnmos dé irterrorkaiM i 
k vista de unas naves tan grandes como dios no hafabn jamás ideado^ j qde 
m movían eoo eqoecial armonía y facilidad á merced de inmensas alas » qUb ta- 
les se figuraron las velas, aumentándose su pámco al ver los seres qae deelihi 
saKan para acometerlos sin duda, cuando observaron que It» españoles lejos 
ée perseguirlos se entretenían sobre la playa en ceremonias que ellos no po- 
dían comprMder, fueron poco á poco desechando sus recelo^; y al cabo, ven^ 
dendo al miedo la coriséídad, se acercaron tanto á sus huéspedes que basta He- 
garon á manosearlos^ tocándoles las barbas , y admirando la blancura de sos 
rostrm y manos, y la brillantez de sus armaduras. Tomábanles las espadas dea^ 
ttodaa por tas hojas con tan simple naturalidad que algunos se cortaron las maz- 
nes: y como á la vea resonase en sus oidos el estampido de los cañones que dispa>- 
raban las carabelas en acción de gracias al Todopoderoso por la dicha que gooa- 
ban, llegaron á creer tan rústicas gentes que los españoles eran aquellos hijos de la 
bóveda celeste, 6 del mundo de cristal que cerraban los horizontes, á cuya voz se 
agitaban los elementos, retumbaban los truenos y los rayos se lanzaban. Muchos 
caían de rodillas y alzaban las manos en señal de adoración á los recién llega- 
dos, é infiriendo Colon por semejantes señales que habia en ellos algunas iáeAÉ 
oscuras acerca de la divinidad, dio nuevas gracias á Dios por las mercedes que 
le otorgaba, proporcionándole la dicha de mostrar las verdades del Evangelio 
y Mi^r bajo las'banderas de Jesuerísto nuevos pueblos y razas enteras. 

Quiénes fuerati ó á qué raza pertenecían aquellos indígenas que asi se apar- 
taban délas leyes sagradas, según la distribución de los descendientes de AdM 
consignada en el Génesis, objeto ha sido de larga investigación y encontrados 
pareceres. Nosotros no habremos de resolver completamente el problema, por^ 
que tal vez al hacerlo dentro de los condiciones naturales tendríamos que atr^i- 
pellar en cierto modo profundas creencias de santos varones, y no nos aparta^ 
riamos menos de lo que á las ciencias exactas se debe, si concretándonos á la 
luz de la religión despreciáramos los profanos resplandores. En cambio estrac-^ 
taremos en lo posible cuanto acerca de la cuestión por doctos escritores se- ha 
^ebo, no sin opinar i la vez aquello que, en virtud de encontrados pareceres 
y mediano criterio, á nuestra razón mejor se adapte. 

Partiendo de loa sagrados libros, no hay medio posible de acomodar un orí- 
gen especial á los habitantes de un nuevo mundo, no interpretando en el reparto 
de la creación al tiempo de verificarse la dispersión de los hombres, y sin em- 
bargo, eran bien desemejantes las circunstancias características de la nueva 
raza, comparada con los habitantes del mundo conocido. Según los autores qu'e 
á la conquista de América asistieron, eran los indios dé regular estatura y no 
desagradable fisonomía, salvo que el color era cobrizo y la cabeza un tanto 
aplanada con el pelo cerdoso, pero no rizado, la frente ancha, los ojos vivos y 



1^ 

hermosos y la nariz abultada (1). Pfer6 tales diferencias bien podrentos ^rilMiir^ 
las á la influencia del clima, siempre que en el curso de nUestm investiga^iéii 
hallemos probables argumentos con: que afirmar la homogeneidad de aqtetias 
dop razas que mutuamente se admiraban. 

Hay quien supone, sin copia de argumentos, que en la antigüedad se po^ 
blaron las Indias <le Occidente a favor de algunas flotas que partieron alU desde 
el viejo mundo (2); pero no hay mas: fundamento en los que tal dicen que el 
deseo de acertar la verdad sin profundizaHa, á fin de no hallarse tal vez en de- 
sacuerdo con los libros que la religión ha canonizado. ¿Con qué elementos, si nfí^ 
contaban los supuestos nautas para engolfarse por el Océano antes de que el 
imán tuviese en la navegación el uso á que hoy se acomoda? Mas fácil seria en 
tal caso suponer que la comunicación habia tenido efecto por el estrecho de Be- 
ring desde los tiempos mas remotos, porque en tal caso no podría amepg^ae9^ 
la razón con los altos quilates de la duda. Es verdad que al caso pudieran atri- 
buirse, como se atribuyeron, tradiciones hasta hoy conservadas de peligrosí- 
simos viajes llevados á cabo mas por la inclemencia de los vientos que por la 
intención de los navegantes; pero tales aventuras, aun cuando se conocieran ep 
Europa á favor de regresos milagrosos, no era fácil repetirlas por los escasos me- 
dios con que contaba la ciencia de navegar fuera de cabotage; que una sola cuar- 
ta en que el rumbo pudiera variarse sin el uso de la brújula, seria mas que sufi- 
ciente para engolfar en un mar sin limites el bastimento mejor preparado. 

En fabulosos acontecimientos cimentan otros las pruebas que como irrecusa*^ 
bles aducen para llegar al conocimiento práctico de las regiones occidentales, 
antes que las teorías de Colon proporcionaran á las ciencias naturales el mas bri- 
Uaate de sus descubrimientos. Pero ¿que fé habremos de dar 4 las espediciones 
■de las naves Salomónicas respecto al continente americano, donde algtínos color 
can al célebre Oñr (5), á no ser que aprobemos con toda seguridad la existen- 
cia innegable de la famosa Attántida de Platón, después de repasar sus particu- 
lares circunstancias? Las armadas^'de los cartagineses Himilcon y Hannon, no 
dejan de ofrecer á la consideración alguna puerta por donde pudieran introdu- 
cirse aquellas creencias, tanto mas teniendo en cuenta lo que Platón nos afirma 
respecto á la isla cuadrilonga situada en frente de las costas de África, como sir- 
viendo de escala á un vasto continente que á la parte mas occidental se dilata- 
ba (4). Tampoco dejan de ser notables ciertas especies vertidas por Festo Rufo 
Avieno, que ha trasmitido á la posteridad algunos fragmentos relativos á aque- 



(4) Navarrtlé, CoUeeian de f tajes f tono I. Irrtng, Yida y viajes d$ Calen, V, Aeosta, Historia Notuirmí. 
Herrara, Decaídas de Indias. Colon (don Fernando), Bisioria del Álmiraníe, etc. 

(2) Solorzao. De Jur Indiar^ lib. I. Hornins, De Oríg Amerie. lib. I. Gercilaso, lib. I, capítulo segando. Tor- 
^■enada, Monarq, índian. Iib. I., capitulo octaTo. 

(5) Bateólo ÍQ Beolis aop. Ariaa Montano, lib. Pkaleg^ capitalo noveno. Boxina ¡h Sigwi» Eties. lib. 1IF.| ot- 
pltolo tercero. Marino, Arca de Noé. Poanario Leffieoñ. Poaevino; Biblioteeaf capitulo quinto, etc. 

(4) Plateo, in Timeo et ín Crüias. 



títt 

Bos iñ»ff»t y m tal caso bien pudleraD desvraeoerse hr dadas qu0 se aiMii**, 
tonao ea la investigaeioa improbable de los primeros pobladores» por maa qar 
á seoiejaotes travesías » mas fácHes de practicar á la vista de tierras que JÁ no! 
existéD, 00 concedamos tampoco en sentido absoluto la época £ja en que debió* 
pobhrse el nuevo continente; 

€ón efecto : todas las probabilidades respecto á la comunicación mas fre^ 
eoente de ambos mundos est¿n inclinadas hacia la parte de los antiguos- oriea« 
tales» no solo considerando la mayor facilidad del transito» sino también ea 
virtud de lo que las leyes naturales yjrecientes descubrimientos nos enseñan. 
Apenas tiene doce leguas de estension el estrecho de Bering» que separa el Ca*^^ 
bo Oriental del territorio americano : y como el mar intermedio está helado fre*^^ 
cttentemente» y ademasen los dias serenos no es bastante la distancia para 
impedir que la vista alcance la tierra de una parte á otra » ya se deja conocer 
coán posible es que arrojados aventureros hayan pasado de uno á otro conti^ 
nente sus naturales investigaciones. Luego, en virtud de las frecuentes altera^ 
dones del globo terráqueo ¿ pudiera absolutamente dudarse que en tiempos mas 
remotos seoMJante estrecho no existiera » cuando las leyes físicas de la natura** 
leza 5e adaptan perfectamente á la ligazón de los cuerpos homogéneos , y por 
lo tanto que todas las partes de la tierra hoy separadas , hayan formado eh lotf 
primeros siglos de la creación un solo cootioMte? Nosotros, lejos de apartar 
nuestra intención de semejantes hipótesis » queremos robustecerla con la mas 
completa adhesión que á su sencilla y natural verdad concedemos » porque si 
así no fuera nos perderíamos en ese mar de congeturas, en que tantos autores 
ban fracasado » con imperdonable ignorancia » cuando no faltan ya copiosos da- 
tos con que robustecer nuestras creencias. 

Empezando por los que la naturaleza suministra , harto sabido es que de 
veinte siglos á esta parte» y aun de treinta» tienen muy escasa importancia las 
alteraciones acaecidas en el globo terráqueo» si se comparan con las revolucio* 
Des que debieron verificarse en los primeros tiempos del mondo ; y esta dife- 
rencia se funda en la facilidad con que se puede demostrar » según las leyes 
físicas» que no habiendo adquirido su solidez todas las materias terrestres» sino 
por la acción continua de la gravedad y demás funciones naturales que identi- 
fican » reuniendo en un solo cuerpo las partículas de la materia » la solidez de la 
superflcie del globo no debió ser tan considerable entonces como después se ha 
hecho ; y de aquí resulta el corolario de que las mismas causas que en el dis- 
curso de mochos siglos no producen ahora sino alteraciones casi imperceptibles» 
en la antigüedad debieron causar mayores trastornos en muy pocos años. Antes 
que el estrecho de Bering se hubiese reconocido en el primer tercio del s^* 
glo XVni » creíase generalmente que la Aniérica Septentrional » distaba nada mas 
que cuatrocientas á quinientas leguas de las costas mas orientales de Tartaria; 
y á pésar de tan larga travesía » que a la sazón se reputaba harto escasa com^ 
parada con los conocimteotos anteriores» no faltaron algunos jesuítas y otros mi** 



fM uveafeMifM h eipem db que «oiboa gopIamiAb^ ae uoiMkiifr # 
ttoltow tíuMJes^ inspiraha^ sem^ola aserto U emiraalaaaiA filMto é ineom^ 
U» év la 4iraeGÍM que toma. amhoa Mttiidas para eMoarrír aft im pupftQiMi»^ 
pMato que Tampa carne b estmsion. sapéealmaal dial antíguo aa iofsli^aial Ocíwpn 
te» del propio modo que la América Kusa vá á rematas eael oaanQÍQqado ^alna^ 
elw de Bem{p, i 96' de latitud maa al OcbideBta que la punta caeridional eo 
qva eatá* ail;iuda ki isla deit Fuaga Y al por ventura babian obaervado en una 
js otra continente: coiaa se debe á muj pequeñaa percMea d» tierra el ^e cada 
cual Bo.esté dividida «a otoea dea, oompletaiaente sepacados« el antiguo por.d 
latiao de Sfiez , j< el necten dlaacübierie poü el de Panamá , na bay dada que- sua 
opiaionea estaba» peifeetamente cimantodas* y quizá' teopn un fondo ^c ter-< 
dbd( que. podrá acreditarse con futuros, deacubrimientoa^ 

Sí apaaiándenoa ahora de raaoqables dongeturasi bu3CamoiS^ la* verdad ea su» 
pooptaa condiciones , Ibabraflaoa de Sjar muy particular nae^t^ la atenaioa ep ia* 
afables fiíagoienMoa: qua» suflesWameote se ban encQntr^do en el suelo ameri- 
cano^ pana aoradilafr una duUurai muj^ sapQrior á la que bo,y;* conocemos en la 
majüM partedeaqaeMaa regioxles^y larguí^iaiaiaeote se{^fiada delectado semí- 
aalvage. en 4}U6 laS' encontfaron: nuestros dea.oubitidores«. Haréoipnos cargo eo prir 
aianlugar de láS!gjQande3 ¿eoeal/i^ ó suntui^s pirámides » de tan. prodigiosa ele^ 
iraciaqialgiina^ de ellas j n«r deseaiejaBte en construcción y materia áihs m^s hr 
BMMaa del) Egipto*. Baiite todaa'.lae.qfie eipk eb territorio de Méjico tuvieran: ocasioa 
4e adipírar loa aoaquiatadbrés» ne seria £&cil qu^. otras que las.de Teotih,uacai\ 
pudiftran me^er s^ritirxips para la^ comparaciones que. habremos de establecer^ 
r^lbtivasvci la antigua^ cuUum de^ Oriento , bien que qo sean menos conducentes 
en sus relaciones principales las de Papan^la» Cholula y otras que se encuentrau 
derramadas porelNuevo-Munde. 

Fonnaada- un conjunto tan sorprendente como simétrico, se elevan las de 
Teotibuacan sobre el valle de Méjico, á ocho leguas N. E. de la capital , deseo- 
Uando entre algonaS: calles de pequeñas pirámides de oseaseis dimensiones las 
dos de Tomüiuch y Meztlip como si dijéramos del Sol y de la Luna. La primera, 
qjil^ es la. mas austral, está cimentada sobre uñábase de ciento cuarenta y c'mco 
pies de laipgo^ cop ciento setenta y uno de elevación perpendiGular : la segunda 
tiene treinta pies menos de elevación que aquella, y tampoco su base es tan 
considerable- Las caras de ambos monumentos están ^ con 52' de diferencia, 
e«acbamente orientadas de Norte á Sur y de Este á Oeste. Cada pirámide tenia 
cuatiro .altos ó cuerpos sucesivos^ bien que hoy la mano del tiempo y la incuria 
de los hombres las tenga desposeídas del que formaba la cúspide de cada una 
da aquellas montañas artificiales , á las que se subia por escaleras de grandes 
piedras labradae. Según las rekcioaea que han quedado de aatores que bao/ vis- 
to.eeaipletoa aqueUos soberbias templos del Sol y de la Uiaa» parece que sobare la 
cóapide de ambos se bailaban colosales estatuas de falsos ídolos wbiertas con lar 
minas daoro^ esta por lo que respecta á las de Teotibaaean» piuea en U de Tor 



m 

nocfatHfattt eo k de Ghobih , cuya descripción oimtimes por lar mobm^qíé dt 
toAis , y en b de Papaolla , se aabe poátitaiDeiite que deAcoltiibail vodaatoa M»- > 
plo6 cometí de Júj^ter Belo, qae refiere Estrábon ea fiabUonia, j aborreeídoeal-' 
tarea deatínadóa al sacrificio de loa hombrea (1). 




Si en todo lo dicho hasta aquí no hubiéramos alcanzado á probar la grande 
armonía que existe entre los monumentos an^ericanos y los egipcios, sin duda 
que la circunstancia del uso igual á que se dedicaban unos y otros, respecto á 
la sepultura de los hombres distinguidos , acabaria por borrar todo género de 
recelo. Con efecto: pocos ignoran cómo en las pirámides de Djyzeny de Sakha- 
rah se conservaban algunos restos de regias dinastías que habian ilustrado su 
nombre , llevando con la guerra la civilización de los egipcios á las regiones mas 
orientales; ni tan desconocido es al presente el célebre mausoleo cónico de 
Calisto en la Arcadia, que siendo un verdadero túmulo funerario servia á la par 
de base á un templo dedicado á Diana: robusteciendo la relación que guardan con 
tan características señales , ios célebres monumentos á que el valle de Méjico da 
paso por el Camino de los muertos. 

,Es verdad que la inmensa distancia que separa ambos pueblos, el egipcio y 
el mejicano, aun suponiendo que en lo6 primeros tiempoa fuese un axioma la 



(4) Heratn Cortéf, SutCmrtmi. Baraal Diat M CasUlloi Conquiiiu ie Méjico, CéMr C«Btá| Miti^n» üniwerMil. 
Bvffon, Bit(orU Ihíurñl. Prascot, Comqmtta de Uéfico. HonboUt, EfiMyo crUieo ie Tfueva Bejtaáa. Idea, ftt#* 
éee coordüiéree et mem^mens de I* Améri^uey etc. 

17 



m 

Mlitidb hi(fóiem de «dmIo eoiitkinte* foiDeota muy |fn(Vi& du|das resfistto i h 
cowmimüitn que ^unw trasladar jr ha^or comua la miaña <m)tura j |^^ ema- 
ñibladoi» la taUtoria 4taáíkl¡$ avan^S haau las costas mas; oriaataies jr por ial ssi^ 
teotrion el invicto Sesostris , mas da catoiue siglas aotes 4a Jasucristo 9 aa desu^ 
neccD aquellos con las probabilidades de que atravesando algunas gentes el que 
entonces no existiría estrecho de Bering» se asentasen sobre el territorio que sir- 
vió de fundamento á la americana nación de los Aztecas. 

Eran estos unos hombres del Norte ¿ quienes se atribuyen las luces que se 
derramaron por el isuelo mejicano al parecer en los siglos ix y x de nuestra era, 
y respecto á los cuales se asegura la construcción de las teocallis ó pirámides de 
que hemos hablado. Nosotros respetando las opiniones de muchos sabios que en 
semejante investigación nos han precedido, no podemos menos de estrañar cómo 
al bajar del septentrión en tan recientes tiempos no dejaron tras sí parecidas 
señales de su cultura en los pueblos que antes habitaran durante largas épocas, 
cuando es una verdad innegable el atraso que en las artes mecánicas, que tan 
bien poseian aquellos, ostentan los pueblos ^quimalelaun en nuestros dias. Por 
otra parte, la razón se resiste á creer que ¡Mtdíann baber asentado su morada 
en un clima tan distinto del suyo como era d de kis esquimabs , los habitantes 
de Egipto, ó aunque fueran de algttnos centenarM de leguas mas avanzados por 
el Asia, y no muchas; pues de otro modo habríamos de prescindir de las com- 
paraciones hasta aqui srattdas y tan fuertemente robustecidas, por mas que «n 
su apoyo no hayamos hecho mención todavía de otras mil pruebas que corro- 
boran la mutua relación que existia entre ambos pueblos. Es verdad que las 
relaciones cronológicas de los sabios comentadores , arqueólogos y naturalistas» 
e^tán fundadas eschisivameúte en geroglífieó^ y pinturas mal explicadas por los 
indígeúas ^1 tiempo de la conquista, y tal v&z trastornadas después por malos 
intérpretes: y nada habría de estráño en que por cualquier accidente se hubie^ 
rab equivocado algunas fechas. 

Por lo demás, \k cofnnnicacioü habida por el Oriente es un axioma quenó 
pudiera destruirse absolutamente ni aun con los argumentos de la mas refinada 
lógica ; pero no uoa comunicación efímera y casual . sino constante y por largos 
tiempos sostenida . como al parecer lo indican ciertas mezclas qué en su len- 
gua . costumbres y organización civil y religiosa conservaban los mejicanos al 
verificarse la invasión de los españoles. La palabra Perú, por ejemplo, es hebrea 
y significa tierra fértü, según afirman autores de conciencia (1), y no falta 
quien pretende encontrar en el mismo idioma la etimología ád nombre propio 
México (2) con no desproporcionada alegoría. Por otra parte, el mismo obispo 
de Avila, conocido vulgarmente por el Tostado, y con él varios autores de 
reconocido mérito , encuentran y señalan en muchos casos de la construcción 



(1) Tostado. Saper Gen^tU, cap. 40. Garcilaio. Comm, Beg, lil». I. 

(2) Fr. Ettébati da Salaiar, aiteiirto 46. 



yiinaiMni grande itfihHlad de It ktagaa fbrmn ceifi ltiid>rM, laaí coip^^i 
lüoaiiá la ifim M pdci» fmxblos con lá Afsiriá (1); gr lOÍBrtraieiile no pniieMí 
halitiM'tpaiinitJMilp MiMjante correspondenoía por Atrá paNe qtte (iróiirnaalta* 
imiho dofiariag QOMtuyíeae. 

Eiíaaa de la afinidad en aiertos tocables da amboa UioflMs, habíala igualiMliT 
le oi tragas y ocatua^bres relatitas á los puaUoa de Asia. AoosU , GarcUaso y 
TonfMeawida, aemtretMien en probar eopab ea ciertas partas de ias laiíiMiae 
uadÍMUí por los nalarhlas ]a túnica y las sandalias del poeblo «|;ipcio» y á esta 
nacioft atribuye Harodoto el origen de la circuncisión, ^e también se practicar 
jMaasiaajkiñoade.laNoeva España algunos dias deapnes da sii nacitaiiento {% 
Les ritos y oeaamonias jpaligioaas taimbien participaban del <Máoter qm idiatingtle 
jaiprmeras edades cenoeidas de nuestro eoatineiite: la adoración i los idíAas^ 
el cqltDiá Jes fallís dasses y los saíorifldm en los adiaras» así coiaa el recato d* 
jas vírgenes y haata el fuego sagrado de Vasta» todo axistia en las regiones oo-r 
nacidas deapqes con el nombre de Nueva Eapaña , antes que Heman Cwtés y ios 
-demás eonqnistadores las bollasen oan su l<r¡unfadoisa planta. 

L^ organiaackil ttidl de los pueblas del nuevo continéate» tan arnuíniisaT 
mente igual á la que auatentaron en el vicio mondo las diversas naciones qi^e de 
doMinarott, repubUasaa ó impeiial ; ya eonoediendo á la anciaiúdad el dn da 
da sabideraa como en lostiempoe pairisrcales, 6 bien cediendo elicnidado diaecr 
tivo de loa negocios i la elecci|pn <i á la herenda » lo misnsa «que en nuestra edad 
ae acostumbra » no deja duda de que ambos mundos conservaban las propias lof 
yesengánicas, no por tendencia natural de difícii esplícacion, sino por una idea 
eonstattte de largas relaciones » imposible de rechazar con los argumentos masMni 
•dmciitades. 

Ni en los restos de una ciencia mas bien cultivada al parecer en tiempos eiir 
teriores, ni en el uso que deh pintura y los geroglifioos hacian jos ip^icMos, 
dejaban de asimüarsa á las naciones occidentales de nuestro continente BUoa 
tenian su almanaque perfectamente comprendido , con sus divisiones lanares y 
sos signos tan semejantes al de los egipcios , al de los griegos y i los de 
nadónos cultas de la antigüedad , que por dios se cjaja conocer ouáfito fue 
tanto la correspondencia de ambos mundos , y cómo se introdujo la desavenenehí 
en las costumbres del mas moderno , según implaron en el viogo contiosMe Iv 
de aqudlos pueblos que sucesivamente lo draninaron ; observándose esta soposí* 
don tan probable» que hasta se entreveen con día algunas rmniniscencias del 
cristíanismo en antiguas ruinas del Nuevo Mundo, y en la aplicación científica de 
sus observaciones astronómicas (3). 



(t) 'ioñtio; \u loe. «fiel. Mp. ti. Bosiorf. Gramúi. Bebé, fooseca. De vita Chrieí. Torqnemift, lik. VI. 
(2) Htr»Joto, lib. II. Gtreil. fU eupra, 

(S) BobMI, eñ M AiUu general , y en to obra oMt reeMoie titvladc: Yieía de Ime eordüUrae y wía nmm em 
M eMrtt de iaiA^a, ptrttWiUmMate «1 hablar de ha rvmat de Ptlaaqaa y 4«1 ctTeatfiri» te loa flwjiaaAoa* 



No por lo dicho hasU aifuf pretendemos destruir las relaeioüeB que uoaera* 
didon mas módem atribuye á los pueblos de la América Septentrional ood bs 
europeos de la Bscandioavia en los siglos ix y x de nuestra era ; porque si bien á 
estos no pudieran en buena razón atribuirse en todo ni en parte los monumentos 
y las ciencias de los mejicanos , porque su cultura estaba muy distante de la que 
en Nueva España ya entonces habia , tampoco bay para qué despojar á nuestros 
normandos de la verdad de unos viajes que ni sus glorias aumentan ni multi- 
plican su fama, sin embargo de la importancia que tratan de atribuirles sus mo- 
dernos comentadores. Referfmonos al voluminoso libro que en diversos idiomas 
ha publicado muy recientemente en Copenhague, con el título de AtUiquitaies 
AmericancBy una Sociedad de Anticuarios dd Norte, tratando de probar, y sin 
duda consiguiéndolo , como en la época aludida algunos aventureros , impehdos 
por la tempestad , aportaron á las regiones mas septentrionales de América , ha- 
ciendo escala en Islándia y Groenlandia. Semejantes viajes tuvieron tan pocos 
resultados en el mundo de las ciencias geográficas y naturales que llegaron á 
perderse por completo , hasta que la mas esquisita investigación , en el siglo es- 
tudioso que atravesamos, desenterró los escasos recuerdos que de ellos queda* 
ron ; no para arrebatar á mas recientes hechos una gloria imperecedera , como 
al parecer en la citada obra se pretende, sino para convencernos mas y mas de 
la facilidad con que por las regiones introducidas dentro del circulo polar era 
fiícil al acaso la comunicación de ambos continente^;. A esto y nada mas pudieran 
llegar nuestras concesiones respecto á un acontecimiento tan inesperado» 7 no 
después repetido mas que vagamente , según las memorias de los Anticuarios; 
pero clamandb siempre contra las pretensiones de aquellos que por un suceso tan 
somero y trivial atentan á la inmensa fama de Colon, tratando de que se desva- 
nezca la novedad de su descubrimiento. 

Pues qué, ¿tienen igual importancia en la esfera de la sana razón los acon- 
tecimientos debidos al acaso y los que se verifican por medio de la mas brillante 
combinación de todas las ciencias exactas? Luego si hemos de apreciar al sabio 
y juicioso Malte-Brun (1), que se hizo cargo especialmente de algunas memo- 
rias délas publicadas, los antiguos dinamarqueses ó escandinavos apprtadosá 
América no descendieron por la costa oriental de las tierras septentrionales mas 
que hasta el estrecho de Belle-Isle, al menos en sus averiguados viajes, por 
itoas que los Anticuarios, sus comentadores, pretendan sin datos oomprpban- 
tes hacerlos llegar. hasta la altura de la Florida , es decir, hasta los 30/ de 
latitud N. 

Si como parece del resumen de los trabajos compendiados en una ingeniosa 
memoria escrita por Garlos Cristiano Rafn, secretario de la Sociedad de Anticua- 
rios 9 los viajes de los escandinavos fijáronla atención de los coetineos, y se re- 
produjeron hasta colonizar alguna parte de la América se|^tentrional , todavía 

(I) C 09 §rmf h «MMfCTMt. 



tu 

ooDcederemos alguna iafloaiicia á sus costumbn», re^peeto á las que en cierlM 
IMS multares tenían los mqieanos cuando la época de la eonqoisU ; que bien 
ñdl es la cointinioacioD insensible de distintas razas cuaádo eÉ un mismo con* 
tinento se juntan al acaso ; mas no por eso concedemos que eUos fueran los Az- 
tecas del siglo IX» qoe, como, se supone por algunos, descendieron del Sejpten* 
trion á civilizar por entonces la mayor parte del Nuevo-Hundo. 

Nosotros no nos obstinamos, á pesar de lo dicho , en negar la hipótesis de 
los Anticuarios del Norte respecto á la ostensión que desean dar en las citadas 
memorias á los viajes de sus nautas de la edad media ; porque si bien se mira, 
k historia anti^colombiana del Nuevo-Mundo, no será estraño que sin ser los 
escandinaTos los Aztecas á que la tradición geroglífica de Méjico se refiere, hu- 
biesen descendido á la par mezcladas las razas ; ó mejor : que tuviese otro nom- 
bre 7 faese mas antigua , como es de creer , la que con su aparición en lo mas 
meridional de la América del Norte, sembró aquellos campos de suntuosos mo- 
numentos , é ilustró aquellos pueblos con la cultura de mas remotas edades. Ni 
de otra manera pudiera victoriosamente esplicarse la mezcla que en la historia 
aprendemos de tan diferentes costumbres , tan apartadas épocas y tan opuestas 
religiones como en el nuevo continente á la par se. sustentaban : no siendo fácil 
suponer que de otra parte que del Nor-Oeste de Europa , se trasmitiese allí la 
cruz latina que se ostentaba en las recien descubiertas ruinas de Palenque , ni 
mucho menos la ciencia del blasón , que teniendo su origen en los tiempos pri- 
mitivos de la edad media , se adivinaba al parecer en el escudo de armas que, 
según los historiadores de las cosas de América , habia sobre la puerta principal 
del palacio de Motezuma (1). 

Aun después de lo dicho respecto al origen posible de aquellas gentes que en 
las Indias Occidentales habitaban cuando á ellas aportaron nuestros atrevidos 
nautas, nos consume la duda que tenemos respecto á si serian de la propia fa- 
milia los que én las islas Lucayas tanta estrañeza estaban manifestando del as- 
pecto, trage, armas, naves y ceremonias de los espedicionarios en el acto de to- 
mar posesión de las primeras tierras que del Nuevo-Mundo pisaron. Y semejante 
duda, que debiera desvanecerse á la sola idea de la proximidad de aquellas islas 
á la tierra firme, se acrecienta tanto mas, cuanto menor es la relación que en 
sus costumbres guardaban los isleños encontrados en un estado de originaría 
sencillez, respecto á los indígenas que en el continente habitaban. Es verdad 
que fuera muy fácil suponer una catástrofe ocurrida en las condiciones materia- 
les del globo por aquella parte , para creer que habiéndose aislado todas las por- 
ciopes de tierra que forman las Lucayas, las Antillas, etc., la cultura degenerase 
en esta , y el estado de la naturaleza 41egara por fin á sustituir , en toda su rus- 
ticidad , á otras edades y á otras gentes mas ilustradas. Pero ¿ se encuentran por 



(I) Btratl IKm M CMtnio,.CofifiM«l«de Uéjie: Solft, l¿, «tt. 



tS4 

feirtura eD laa islaB iguales reatos de pasada civilkaekMi á Joa que m bidl«ran 
w^l ooQtiDeiiteT Segutameate «f ae do ; y por k tuntoi la rMOD MtaMl aps^ 
é pensamiento de tdda idea qoe tienda i idratificar aqiasllas diatíAtas fracciOMP 
49 Ja especie immaDa. 

Ñas que difícil, encontramos peligrosa k adaraeios de este problema , que 
en otras condiciones pudiera resolverse con una verdad naturfil y harto oonvÍQr 
cente por lo que se aparta de inveteradas preocupaciones; robueteeiéndoae mas 
y mas la idea que omitimos en el momento en qtye para apoyarla hubiéramos da 
citar el ejemplo indestructible de las islas habitadas que mas recientemente «e 
han descubierto enclavadas en el' centro del grande Ooéano» á muy cansidera^ 
bles distancias de toda tierra firme, por la que pudiera atribuirse la propipcion 
de nu^tra especie. 




CAPITULO X. 



laatdÍMta fanúliañlad i» los io4MM;-^IaT0*(ig«eMaM Áe G«l»ii rttpecto é U titrra «b qii« m baHaW y e^miv«»- 
eidas noticias ^ve produjo el leogatge mado mal interpretado por ambas partes. — ^Ilusiones y desengaños ros- 
paeto á la abvtid«ne!a de oro y piedras preciosas."— Baotita el Almiraote la isla descubierta y aonorcia eon 
avB BalBralfa.— «Sor^^ndiBBto efaiito qte oa los indias caasan loa iasignifioantaa olg^s da las eapadieionarias.*— 
Sistema de navegación del Nueyo Maodo. — Repelidas cqaiTocaciones que sostenta el Almirante en su acalo- 
rada flmNafa avbra It prohlonAtiea proximidad do las costas asiA ticas. —MSoastioB geográfiea.-^-^nál faa sido la 
Taráadaia isla de San Salvador priaeramante descnbierla.— -Continúa la flola ana desaubriBiiantos.— Toca an 
la isla á qoe llamó el Almirante Santa Marta de la Cone§peion. — Fuga de an intérprete y prudente sistema 
da Galott para deilniir el «lal éfcatáde a^ poroaaee. -Doscnbrimiento da la {ala ftrmnMM.'^U^m da So- 
moet 6 InMa — Arribo y desembarque an la isla de C^nba: sn recanocim&anta y aosteo.— Xmbajadores qoa 
anTÍa Colon en busca de la residencia del Gran Kan^ suponiendo haber ya llagado á la tierra firme. — Descu- 
btindairto.dél CailMCo.^^lIéaMe de uaéto «I mar la aapadiaioa en busca da la iilu da BtfWfne.— DcaeraioD da 
la Piaia*— Dascubrímieoto y toma de poaasion da la isla E^Ma* 



rAMiLiARizADOs coii Id aparente bondad de sus estraños huéspedes los rústicos 
habitantes de aquella isla deliciosa » comunicaron la confianza á los que mas tí- 
midos no se habian atrevido aun á descender á la playa , y asi no fué difícil que 
esta se viera bien pronto llena de una porción considerable de indígenas , entre 
los cuales se veia únicamente una muger de agradable presencia y muy felices 
contomos (1). 

Como e^ de suponer , las investigaciones de Colon se dirigieron inmediata- 
mente á comprender de los naturales cuál era aquella tierra á aue sus continuos 

(4) MMo dd áimi¥étite^m§. da la casi d« Vérag «ai. 



afiínes le habían conducido , suponiendo siempre que á no ser la isla de Zipango 
la que hollaba en son de conquista, cuando menos no podia evadirse de per- 
tenecer á ella como un ramal de tierra destacado , según sus cálculos » al Ñor- 
Este; y esta opinión » que en su principio sin duda fuera vaga , U^ á tomar 
proporciones colosales asi que, dando i gestos incomprensibles una interpreta- 
ción cual'á los deseos convenía , creyó el Almirante que la conservaban los indios 
cuando al preguntarles por señales también, mas ó menos claras, deddode 
adquirían ciertos aretes de oro que pendientes de la nariz llevaban, hadan ges* 
tos y ademanes mirando al Sud-Oeste (1). 

Con todo, antes de apaürtarse de aquel asilo misterioso que la Providencia 
habia inventado en el tránsito contra b impaciencia de las tripulaciones , pre- 
tendió el Almirante examinar las condiciones locales de la isla , por si conviniese 
colonizarla , procurando ante todo asegurar la buena voluntad de los naturales* 
Al efecto repartió entre ellos algunos gorros colorados como los que usaban 
nuestros marineros , muchas cuentas de vidrio y cantidad de cascabeles , cuya 
tosca armonía les llenaba de gozo , asi como de entusiasmo el simple adorno de 
relucientes y ensartadas piedras ordinarias que los españoles les echaban al 
cuello , -devolviendo en cambio á ^us galantes huéspedes grandes ovillos de al- 
godón perfectamente hilado , y algunas tortas de cazaba ó pan de maíz, que era 
el alimento natural de aquellos rústicos isleños* Respecto al oro que en escasa 
cantidad presentaron á los españoles los pobres indígenas de San Salvador , que 
tal fue el nombre puesto por Colon á aquella isla , hasta entonces llamada Gua- 
nahani en la tosca lengua de sus habitantes , impidió el Almirante su libre trá- 
fico por entonces, para hacerlo propiedad de la corona , interviniéndolo al efecto 
el comisionado regio que en la flota iba , asi como después se hizo con el algo- 
don , siempre que de abundantes porciones se tratase. 

Dióse al mas completo descanso aquel primer dia del desembarque , con 
tanta mayor confianza en la seguridad individual de los españoles, cuanto que 
los indios , sobre su carácter bondadoso , tampoco poseían más armas que ciertos 
bastones toscamente labrados, con piedras sin duda, pues el hierro ó al menos 
su uso no lo conocian , y terminados en punta con dientes de pescados ó peder- 
nales á eila adheridos. Por la noche todo el equipaje se recogió á las carabelaSf 
y era de ver cómo á la aurora del siguiente dia mayor multitud de indígenas se 
lanzaba al mar, nadando hasta ellas algunos sin mas buque que su cuerpo flo- 
tante sobre las ondas , y los mas en canoas de troncos de árboles tan capaces 
que deniro de algunas iban hasta cuarenta personas. Su proceder marinero 
respecto al movimiento de aquellos barcos era tan sencillo como todas sus cos- 
tumbres: impehanlas á merced de algunas palas cortas y anchas por el éstfcmo 
que en la mar se introducid , y si alguna vez volcaban se íes veía nadar al rededor 



(4) Diario ¿t NararreU. Cdeccian de ^je$. Coloa. Aif^MiM MmirmU,_ Irrúg« Yi^ y %iáa 4» CWmi* 



kaeÍMdo esfaenos para Tolverits á m natural postura 'baslaeonse^irlo, y ésl 

agÍM- qiie*^eii et restablecimiento quedase» ias acbicabao 6 Tamalean con calá-^ | 

baeas. 

... Asi en estas <{tie haeian frecuentes ínsitas* como en el trato contínoo de los 
espaiolsB, en tanto que «n- aquella iísla permanecieron^ que fueron escasos tres | 

días, Jód(As sus babilantes manifestaron vehementes déseos de adquirir on aban-* I 

daneiá de aqoelias bagatelas que en los momentos del desembarque les habían 
Bueslnis gentes regalado; porque las st^ooiau descendidas del délo, y por la 
tanlo objetos divinos cuantos pot tal conducto recibiesen. Los españoles que 

Mda en gos cambios perdtaa, tampoco se haoian de rogar gran cosa , tanto | 

Beños cusüto que, paca satisfacer los deseos de- los indios y sustentar la propia 
codicia, ks bastaban fragmentos de vidrio ó cachos de rota vaíjiHa que los indios 
recibían con muestras ÍBequivoeás:de maravilloso entusiasmo. 

Pasados los cambios, y repetidas en grande abundancia las muestras recí- 
procas de nnltua cbnfianaa y cariño, embarcóse Cobn en el bote de su nave con 
hi dotación GOfinsniesito de oiarineros para reconocer el circuito de la isla, y ave^' 
rijpnir bis coiiéieioiíes de su conveniencia si por acaso la tuviese. Pusiéronse, 
pues, las proQS'de los tres bateles al íi,^E. , y á fuerza de remo caminaron ea 
dccredor de:la isla- lo suficiente para oonveneersiB de que su posesión ó colonia 
zscion no podía mejorar las pretensiones attnno alcanzadas del famoso viaje. El 
Aiffiiropte ep^éuinvestígieion tuvo lugar de advertir iguales muestras de {tocí- 
fis^ hospitafidad en todos: los babéárntea de la isla, puesto que los de dos ó tres 
pashleeillos que en la ^coaia vieron, notsold manifestaron d mayor respeto. des- 
de la brilla á leS^dicheaosnautas, sii^o qUe corriendo paralelamente á los botes, 
salancaroni^mucbbs deellof dratirodel mar basta alcanzarlos, con Jooual lueron 
bien recibidos y mfqer agasajados <lon regalos de escasa vatia, que si no pudíei;^n 
aatisfteer la codicia de avaros eomeroiantes ^ al menos cautivaba/h por Completo 
eI'á»mo de -aqueUas ^ntes incnibs. . > .. 

*ISontinuandoc3 ramfaa marcarlo' conforma é 1^ -condicjones de b isla, llega-* 
rott los batelesá una pequeña' penfaisuln de- amenísima frescura y fragante am- 
bieDle,'lleM :dí»^vegetacieii y de verdura, con muy bellos jardines y seis cIkh 
aas inliaiías que al mas lisongero deseabso convidaban: lar lengua de .tierra que 
ri> twti deí ki iála ta unia era tan escasa^ que en dos ó tres días Rubiera sido 
fiicil romperla; por lo que no d^d^ pensar el Almirante ouánta tHinvenienoia 
tenia' paira^levan tai* alttuoa fortrieza;. pero harto convencido por otra .parlé del 
fláma^ partido que en coloniaar ¿qaiflla isla sacana, dándola ya por suficitoie-^ 
mente^jéconooida, se volvió.á lasT carabelas, habiendo observado en todo elcir'*- 
eñito ie-^an 8alva4»r una verdura. <^nstante^ jdandó vida á k mas ^lana vegB^- 
tadon que>|^rmücbas corrientes de agua y un» hermoso. lago en el centro estaba 
sin doésk^ sostenida^ 

Todas las noUeias.que por señas discordes habia inventado la acalorada faur 
tasia deCdloft para dar pasto i aus deaeos, le bicmoa precipitar su partida de 

18 



itl^elU Ma faoapitalará. Por eUas te ratiioaba en'li» oeroMifM^ela eaeta i 
ts4 de Asia» y si bien por las oondicioocs iooaks y materiailei de San Salvaéne 
ya estaba convencido de que aun no había alcanzado la tierra de Gipanga, mí 
dudaba que estaría de la que hollaba bien eeroa* Con efeetoá s^gua él pnd^ áom^' 
prender del mudo lenguaje de los ialeSos, había tiernas poderosas con géaiad» 
guerra hacia la parte de Ñor- Este, y otras rniíy ríquisíttas al Sud^Oséte, aé 
que el oro y ks piedras preciosas se criaban en grandísmia abubdaneia. Variea 
indios de San Salvador le moStraroB heridas cicatriaadaB de eoafaates temdM 
ceii los de la parte del Mor^Bste » les cnaks bajaban al Sur haeiende escala eo 
aquella isla y otras inmediatas» paiia cautivar álosaafiíiraies; y pee nMay olrat 
señales creía firmemente. Colon que los hombres dé guerra era» les BÉbditas.<M 
Gran Kan , y las tierras dd Sud^Oeste la riqoísima y fiímosa isla de Cipagge,. 
cuyas fabulosas marai^Has habian encantado al Almiranl» eo laa brilfamlee risia^ 
oiones del veneciano Manío Polo. 

Semejante idea , que á teo larga diataneia estaba de k vevdad » §té aearieiad^ 
tanto mas por el Almirante, ouaolo que ai cruzar por enlra una infinidad de 
islas que eñ su nueva derrota encontré ai emprenderla en la néchft det pMfio 
dia 14 con rumbo al Sud-Oeste, €reia qire ellasJirmaban el aróhipiéiageestoa^- 
dido per la costa de Asia> eonfiyrme el viafero venecbne las describe, eli waít^ 
aaero de siele mil cuatrooientas cinoaenta y eoho. 

^ero antes de fijamos eo su sitoacion y eírouosiaodas , y>á k parqne ae^ 
güimos la bisioria del deaeubrimiedtOy preeeiiidíendo engnan manera de espe^ 
cklidades que pana k ilustfiaoion del "viajeiimporlan desde abara Uen peaov ba«t 
bremos de abordar la cucistion geográfipa promovida por el iUistae aeior Navait» 
rete en la Goleqoion de viaics, y coosigoar nuestra opinioo á favor de la- verdad 
eoostaotemente admitida, y solo por momentos dudada, respecto á k pesitim 
bk del Na0vp->Mundbf eo que Goleo y sos compaaeroi seotaroo.pmmena k planta. 
Cuestión es esta en que llenos de sentimiento habremos de eootrariar laa oretoib 
eias de nuestro sabio publicisU^: y por cierta que tal oo bariáOMs <ai no robus- 
teoieseo k antigua opinión mejores dat)os y nías biej» cioientadoSf los duaka 
traskdaremos i nuestras páginas con esoasas vaiíaeiattes,ftte apeóse tnereeao# 
en la propia forma que consignado loa ha en no ioteresaote artioulo geogváfioe 
de aquellas partes, eierto oficial inteligeoie de la armada.de los Estadea-üoidoa^ 
cuyo nombre no lia permitido dar á la e^tanapa. 

Se ha supuesto, pues, hasta ahora, que noa^de ka islas Bahamas^ qye.aoo 
hoy lleva el nombre de San Salvador, y ^sf) los. ingleses cono^n por ¿ale del 
04Uo^ fué el primer punto en que se pino Golon en eonlaclo con el NueiOf- 
Mundo; pero dicho señor Navarrete ha- ipietida >probar ^pie fuese k Ssla del 
Torco, tma del mismo grupo, la cual dista nada mafMsdeaqbellas qoeKHiaa^ieo 
leguas de veinte al grado, eo la dirección del Sud-Este. Para deaeokzar eetaouaÉ»- 
tion con el aplomo debido, se ha- oensukadoideteoidaawite el« dkrié ddl Almi- 
rantCi comparándolo eo» ks alteriicienes:»btaedocídas portel aefiet Nioñrarreie f 



f I 



iSf 

fmctJMMMi del mU^úú iDarioo.á quien debemai Urnas eomr 
plttla aotucióD q» piiéí^« apetecenve. 

Colea jdeseritei Gii0Qab«|9Í« en que deBen^nreó y i que pu^o por Dombre 
8ttiSaIvadot, cono un bella isiii lony ^rauide» Hana y cubierta de Qoretfasy 
irbbloft frutelee^ eoa aboQdaneie de agua dulee» uo grande lago en el cenlroj, y 
UMtadaporaumenasa genta; dice que la costeó oon su^ botes por considerable 
diftiocia; que tendía bAein el N.-N.-^E,^ y que íA pasar le visitaron los habJK 
ttMofli fli varios tugaren por la costa sembrados. La isla del Turco á que el se^ 
itít Mavarréte alude, 1^ de corresponder i .está descripción, no puede estar 
«as *pneala» oomo que es un cayo bajo compuesko de arena y rocas, que yace 
li N. y S* ; 4ieoe menos de dos leguas de estensíon , está completamente desti- 
tuido de bosques y florestas» y no tiene un sedo árbol indígeno: carece asimia^ 
oo de agua dttlee, y dependen los habitantes para surtirse de la que vierten 
las llkivías y eOos conservan &a cascos y cisternis ; tampoco, bay lagos sino po- 
aM:4eaal> que es Jaániea producción de la isla. JKo pueden, aproxípoarse ¿ las 
del TtJM>cn los buques por el lado del Oriente ó del Nord-Eiite por impedido las 
iKHSHa que la rodetn » m tampoeo tiene puerto » sino una entrada liácia el lado d^ 
Occidente, de la cual los buques que están al aneja tienen que salir al mar 
Giiando qitiem.qUe. baee otro viento que el acostumbrado Iford- Este que eopla 
sobre la isla; porque es tan rápida la costa que no liay anclage sino pegado á 
eUa; y cuando deja da soplar el viento de tierra , ua bajel que estuviese al anr 
daaeria precipitado contra las rocaa» y arrojado á tierra. por la terrible resaca 
• q«e entonces ruge: la poca frecuentada caleta del Nüo del Alcon (Hawik$ 
NeHj^ al S. de la isla, es aivi mas peligrosa. 

La de( X^co>.qaeiio.es susceptible del menor cultiv.o, da muy corta sub^ 
siataneia á pocos cabalas y carneros, y sus habitantes reciben de fuera todas 
\osarAíouWS)deoOnsuRio« áescapcion del pescado y la tortuga,. que por siÑr 
abundantes allí constituyen el principal jumento de losesclavos qoe enla.esr 
plotacioq de las salinas se ocupan. To^^ la riqueaa de la isla oonaifete^n el prO'- 
.dueto de dlchaasalinas y en al provecho que , por medios no siempre licítoa» 
adqttÍ€>rtíB de los. naufragios que inmediatos suceden. La íesIs del Turco no po^ 
dria» pues, estar habitada en un estado primitivo de sociedad, donde sin el co¿- 
IPerebide.los.fMiebloS/Cultos tiene el bembbe que sacar la subsistencia de la ve^ 
getacion , mas ó menos abundante , del peepio panto, que puebla . . 

Por atraparte, Quando iba Colon á saKr de Guan^hani, dadaba cuál \áb vi- 
skaiia prímereí entna la muliitnd de ellas que á su vista se presentaba , y biap 
Ml^ffíe esíque >desdeila isla del Turco no hay .tierra visible mas que los dos ca- 
yoa d« sal'i^uafaoaD al. Sur deelia » y. que forman el.gRupo.á .que la misma da 
nombre. 

El diario del Almirante no especifica el rumbo que llevó para ir desde Gua- 
nahani á la Concepción ; pero las sitúa á distancia una de otra de cinco leguas, 
riéndole en la navegación daiaquellaáesta laa eorríentes oontrarias: á la, vez 



qué es á(AAe la diátan(»a del Tutxso at Gran Careo » supiie^ p0t KiávarMté' la 
Concepción, del Almirante, y la corriente marcha ooñátanieai O.^N.^0., eálr^ 
estas islas, lo cual seria favorable yendo desde la del Turco *á la de Carteos/ 

De la Concepción pasó la flota á una isla que se divisó al Occidente á naere 
teguas de distancia , á la cual puso Colon Fernandina en honor al rey don Sa- 
nando : esta cree Navarrete que sea la pequeña Iguana , la cual dista no meiiOB 
de* veintidós leguas al Gran Caico: luego que al ir á la pequeña Iguana es iiee^ 
sario pasar por junto á tres islas, cada una mayor que la del Turoo, y de nin- 
guna , como era natural, habla Colon en su diario, bescrtbe el Almiranle 4 Fer- 
nandina como dilatándose veinte y ocho leguas S.-E. y N:-E. , mientras la pe- 
queña Iguana tiene su mayor longitud de cuatro leguas en la dirección del S. O., 
de donde resulta que la descripción de Fernandina nada tiene de común coa 'Ka 
pequeña Iguana. De Fernandina salió la flota al S;-E. para Isabela, que supo- 
ne Navarrete fuese la grande Iguana, cuando esta isla está al S.*0. de la pe- 
queña del propio nombre, y su rumbo difiere en 90"* del que siguió el Almiraii- 
te. Además, que refiriendo los sucesos del día 20 de noviembre, dice Colon que 
Guanahaní distaba ocho leguas de Isabela , y ya se sabe que de la íela del Tur- 
co ¿ la grande Iguana , hay nada menos de treinta y cinco. 

Saliendo de Isabela púsose el rumbo al 0.*S.-0. , para la i^ de Cuba, y 
con él llegó la flota á las Aunas : semejante derrotero tomado desde la grande 
Iguana vendría á salir á la citada isla de Cuba cerca de Puerto Ñipe, y Navar- 
rete supone que Colon llegó inmediatamente después é los Cayos S. de los Ju- 
mentos que están al O.-N.-O. de Iguana , rumbo que difiere en 4S* del que lle- 
varon los buques. Después de navegar por algún tiempo en las cercanías de 
Cuba, se halló Colon el 14 de noviembre en el mar de Nuestra Señora, rodea- 
do de tantas islas que era imposible contarlas, y el propio dia le pone el señor 
Navarrete en el cabo Moa , donde solo hay una pequeña isla distante mas de 
cincuenta leguas de todo grupo que pueda de modo alguno convenir á la des* 
cripcion del Diario. También dice Colon que San Salvador distaba del puerto del 
Príncipe cuarenta y cinco leguas , y la isla del Turco dista ochenta del punto en 
que el señor Navarrete sitúa dicho puerto. Al dejar á Cuba observa Colon que 
habia seguido su costa por una ostensión de ciento veinte leguas, y deduciendo 
veinte por haber seguido sos sinuosidades, quedan todavía eieoto, mientras el 
autor de la Colección de Vicges supMie que solo costeó setenta. 

Hasta aquí las mas importantes dificultades que la teoría del señor Navarrete 
presenta (1) y que parecerían insuperables, á no tocar diferentes resultados con- 
siderando el rumbo según Colon lo recuerda en su diaria, y con las mqores 
cartas á la vista. Vamos á examinar ahora como conviene con las opiniones mas 



(4) CUecewñ d« fJs/tr* tomo I.*, firralM 64 7 «5 4m U iatroaMeioa. 



tu 

«dmllidas la innegaUe de qoe Men h iáh actíial de'Saft SdiüdDr dondeí pri- 
mero toeé tierra la Itota que salió del pnerlo de. Palos el día 3 de agosto. 

Nos ifiee el diario de Colon que el 11 de octubre de 1492 oratímió naT^^^ndo 
al 0-S-Q. hasta el sol puesto, c»ando volvió á su antiguo rumbo deoccideatot y 
que bacian lo» bajeles tres leguas por hora^ ctiaudo á ia& diez de la noobe él j 
varios individuos de su tripnlacioir Vieron una luz parecida á una aalorcba que ¿n 
tierra se movía. Continuó navegando en tai estado cuatro horas mas y habia na- 
vegado al parecer otras doce leguas al Oceidaite (1), cuando á las dos de la ma^ 
nana se descubrió tierra por la proa, á la nueva distancia de dos leguas; las 
cuales unidas á las doce que debieron hacer las carabelas desde las diez basta las 
dos de la nodie, forman un total que corresponde exacta y esencialmente con la 
distancia de la isla de Watling, que está al Oriente de la de San Salvador; y de 
aqut se presume que la luz en cuestión^ por la que se adjudicó el premio al Al- 
mirante, estaba en dicha isla de Watling, por frente de la cual á las diez horas 
de la noche del 11 de octubre debia estar pasando la flota. 

Al ver tierra pusiéronse los buques á la capa hasta la mañana del mismo 12 
de octubre, amanecida la cual anclaron en una isla de grande hermosura, cu- 
bierta de florestas y en estremo populosa: la llamaban Guanahaní los naturales; 
pero Colon creyó oportuno cambiarla el nombre por el de San Salvador que in- 
mediatamente la puso , aludiendo al término y solución feliz de sus peligrosos 
afanes. Esplorando su costa por donde corre al Nor-Nord-Este, halló un puerto 
capaz de abrigar muchos bajeles, cuya descripción corresponde circunstancia-^ 
damente con la parte del Sud-Este de la isla conocida como San Salvador, ó isla 
dd Gato que yace Oriente y Occidente, doblándose por su estremidad oriental 
al Nor*Nord-Este, y tiene la misma verde fértil apariencia. Los bajeles llegaron 
probablemente á la bahía del Sud-Este de San Salvador en la mañana del 12 
mientras esperaban la aurora, y Colon no alcanzó á ver mientras permaneció en 
la isla ni cuando salió de ella, que. la que habia creido su entera longitud era nada 
mas que una vuelta de sus estremos, quedando la parte principal de la isla encu- 
bierta á su incompleto examen, prolongándose al Nor-Oeste. 

Desde Guanahaní vio Colon tantas islas que dudó cuál visitaría antes, signi- 
ficándole los indios que eran innumerables, y acomodando nombres propios á 
mas de un ciento de ellas. En tal situación determinó pasar á la major de las 
que tenia á la vista, que le pareció estar á cinco leguas de distancia, sin que 
por esto fuera la mas próxima, creyéndose al presente, según los principios del 
buen juicio, que fuese aquella la que hoy se llama de la Concepción, y las innu- 
merables á que alude en su diario, aquella porción singular de isletas conocidas 
eon el nonbre de La Cadena , dilatándose hasta mas allá de San Salvador en las 
dirscciones ^ Sild^Esle y Nor-Qeste. 



(4) Esto «B el cato improWUe ¿e qae los baques no hubieses acorUdo yelts, como era regalar, aefaa la 
pracaacíooea con qae te debía naTegar ¿Mpaet da ana nofodad Un notable. 



fttt 

Dfapndo á StnSahidor én h Urde del 14 por fe ipia asi elegpda» M Mi ba- 
ber hecho antas j^oviaiotí de agua y leña, y de enlNurtíar.cfla laa earabalas ml^ 
¿od^eoaa para en lo {M>sible tomar IctajgUas re9pecto i laa novedades qoe se 
fueDan ocorriendór se mantu/vieroii los buques á la eapa pior la nocbe.f uoIIq.- 
garoD i ella haita ya bien entrado el oliio dta, por cbusa de Inuy co^lrariaa cofr 
tieades que se oponian al rum^o de la fióla. No marca Co^n bn aii diario el que 
siguió en aquella travesía» ni tampocío la situación que respecto á la de San Sali- 
vador ocupaba la nueva isla: Solo sí sabemos por sUs apuntaciones que la bauli;^ 
con ,el nombre de Sianta Maña de la Concepción, y que en eUa deaembaráS 
como en la primera, en buica del oro que los indígenas le babian indicado ae 
usaba altl para adornos en glande abundanm. Durante asta trav^a uno de les 
•indios se echó al mar, y entráado en una almadía ó caitftfa que á la cAvahdaL iba 
á(ada, eomeQzó' á bdir con tal «leloéidad que ninguno de los botes podo fiarle ea<- 
za; seme^nte pemance bien padí«ra haber enageüado las voluntades ie ios 




nuevos ¡sl^gños, p^r el micida que el fugiiivo cpmunioai?ia,;:si á la Vientura aigmob 
mariueros de la Almiranla qo hubieren aprisionado olro que cerca déla denla en 
distinta c^noa.<;^min^ba, y puesio en preaéiícia d^ Colon obtuvo'con su liherted 
tantos obsequios, que inmediatamente sus.o^inpadeiros géntM0o<4e?.poQ6r6a^cta 
contacto con tan generosos navegantes. 

Volviendo á la aclara(^¡on de los lugares que la flota iba visitando , sabemos 
que en todas aquellas cercanías hay una constante y poderosa corriente há^ia 



for 

el 0-N4>^: y piie^Cdoii bs adviKid dontraiias en útx derrotebaií ámrümtíá q&$ 
iM$í naTegair ea Ift diraccion ojfiuesta> «sto es, al £ S^E^ Ademas cmúÍo esliba' 
afrai de la Gencepcioii vid otra ida a( Occidente»* Ja mayor que basta ébtokiMl 
baUa víate, y no ^ diri^ á ella for ne poder navegar en éu nmhót de todo i» 
enal se infiere eoo evideiieia que la fióla na navegó faácfti el Oooidente al ir 
desde Sao Salvador á la Concepcioa, pues por la contrariedad del viente» no pu^ 
diMdo haber otra toausa» le fué imposible tomar aquel rooabo. Ahora» pues» re«- 
firiéndonos á la carta hallamos la isla donoeida hoy como la Concepción al E-S-^B/ 
de San Salvador» y á la correspondiente distancia de einca leguas. 

Safieron de la Goneepcion nuestros navegantes el 16 de octubre dárigiéndose 
á Una isla muy grabde que hacia Oecidente se veía á nueve le^ae cié distanda» 
la cual se estendia hasta veinte y ocho en las direcciones S-E. y N-0.; pera 
como todo el dia hubiese calma» no llegaron á ella hasta la siguieUte máfiane 
éA 17. lEtí la descripción que de eada una de dichas iáas fanoe en su diarlo el 
Ahnirátlte» resalta el entusiasmo de que se hallaba poseído oonfoeme á los dolo* 
res de su maravillosa pintura. La tercera én que setíti el tpiuufante pié,' le pa*- 
remó doblemente herinosa que las ya vistas» y por creerla Mi» quiso obsequiar di 
los tti(nfarcas españoles perpetuando en ella uno de sus augustos nombres. Llá^ 
mdla» pues» Ferñiandina» y algunas horas después de baotitarla, agradecido trai¿ 
ée recouocei^a euHoso» con ánimo á la ves db^ sírribar á Samoet, que era etvk 
ida inmediata donde los indígenas le significaban hallarse grandes criaderos dé 
oro; pero el' ciento soplaba por el rumbo que él pretendía temar» que era el 
dé iS'^E. por S¿» y habiéndole advertido los indígenas la mayor fiícilidad de ro« 
dear la Pernandiiia con próspero viento en la direcéion del Ü-O., endereaé á ella 
las piroas de sus buques» y á lasados leguas andadas halló un puerto máravHloao 
de estree^ entrada, ó' más bien de dos entradas» poitiue una isla cerraba casi 
toda su abertura» fomtando dentro una grandísima cotích^» muy capaz de con« 
tener cien navios de los de entonces. Saliendo de este puerto por la opuesta en- 
trada al N-0. descubrió aquellas partes de la isla qlue se dilatan al Oriente y 
Occidente; pei^ como los naturales le indicaran que ella era sin embargo mas 
pequeña que la de Samoet» á la cual seria mejor volverse» y á la par el viento 
hnbiese eanibiado soplando del 0-N O. según ponventa para djesandar lo andado» 
d Almirante admitió el consejo itaciendo enderezar las proas alB-S^. para saKr 
i la mar, con ánimo á la vez de correr una tormenta qu^ amenaaiaba » pero q|ie 
al fin se disipó en ilu vía. Al otro dia 18 de octubre» ancl^rou los bajeles enfrenta 
de la estremidad de Ferntfndina. 

El lodo de esfiá descripción corresponde etactí^mamente á la isla de Exu-¿ 
ma» qtie éslá álS. deSan Salvador, y &4}. por 8. de la Goneepcion. Lá sola in*^ 
eeuMcueneia qM se advierte en el relato del A|lmirante» es la; de decir esté 
que Pertiándlna estaba al Oteidente de la Gonoepcion» y que tenia veinte j 
odio leguas idelal'go» cuyo error puede haberser'eriginad0 por considerar Us 
CSayos de ta CadeDa eoitto parte de Exuma» eeguii> la apariencia de conüniñdad 



(fue torata sttaralaietite vistos desde la Gonoepcion por estendeifse lanil>Íe0' %l 
S->E^ y NO.: su situación respectiva^ vistos desde el mismo punto « es jgullr 
Qdeole Orieotal j Sur-^Oocidental. Como prueba de que así era se debe tener m 
ementa que después de haberse acerdado á estas islas, en v^ de aumentarse é.sil 
vista la estension de Fernandina , dice el Almirante que tenia mas de veinte le- 
guas de Iftrgo, cuando antes la había estimado en veinte y ocho; descubrió ede- 
mas que en vei de una isla había muchas» y alteró su curao para llegar á la ma$ 
visible y que de mayores dimensiones se ostentaba. 

La identidad de Exuma con la isla aquí descrita se imprime irresistiblemente 
eo bl animó: la distancia de h Concepción, el notable puerto con. una isla á su 
entrada y h vuelta de sus costas mas allá báeia el Occidente, están con taota 
precisión delineadas que parece que la carta se ha dibujado por las descripciones 
del Almirante. 

El 19 de toetubre salieron los buques de Fernandina, y tomando al 3-E- con 
viento Norte, navegaron por tres horas con este rumbos pero descubriendp en." 
tonces la i^la de Samoet al OrieQte> pusiéronlas proas en su dirección y. llegaron 
á la es^tremidad Norte de ella antqs de medio día. Allí hallaron una pequeña isla 
rodeada de rocas con otra banda de rocas entre ella y Samoet: dio el AlmirantiS 
i la de Samoet el nombre de Isabela ^ y á su punta opuesta á la i pequeña isla (^ 
íi^ coba dd Isleo: al cabo de S-Ol de Samoet llamó ca¿o de la l^uiMf por 
varias que en sus cercanías tenia M isla, y enfrente de él anclaron losbuquA, 
Yace la citada isla pequeña en la dirección de Fernandina é Isabela Oriente y Qo- 
cidente, y. su costa se dilata doce teguas al O. hasta una punta que.ppr su be^ 
Ueza apellidó Colon Femwsa: el Almirante creía que esta fuese un^ istfi aparte 
de Isabela, con otra entre ambas. Desde cabo Laguna, donde permaneció hasta 
el 20 de octubre, salió la flota al N-E. hacia cabo del Isleo; pero encontran4p 
bancos en la isla pequeña no ancló hasta el dia siguiente: ^erca de esta estra^ 
mid^ de Isabela bs^ll^roa un lago del cual los buques hicieron aguada» Toda la 
^ei$ejl¡pdon de la isla Isabela ó de 3amoet conviene tan exactamente con la qxi/f 
boy llamamos isla Larga, al Oriente dQ Exuma, que solo se necesita leerla con la 
carta abierta para quQ de su identidad nos convenzamos. 

Las sonatas esplicatiyas con que Ips indios sustituían para la inteligeiu^i^t de 
twestros navejgantes su incorlnprensible laiguaje^ hicieron creer á Cojoa qja^ en 
aquella i^la babia un. rey poderoso que vestía de oro /todo su cuei;po: semejante 
nueva y k hermosa, vegetación de la isla que acrece ep grap manera á todas, las 
otras ya visitadas, le hicieron ser mas minucioso en su. recon^ipímieinto, cf(p 
mayor ibotivo cuanto mas despertaban sqs deseos de especular en ^ella odoríferos 
árboles de. que estaba llena, y que el Almiraute juzgaba deespaceria, bien que á 
la par manifestase gran pesar por no conocerlos. Al cabo se convenció de que.op 
podía completar el logro de sus esperanzas, puesto que después de cuatip 4i^ 
de Gosteo é investigaciones no alcanzó las preciosidades que bascaba, y cpmo i 
la par le informasen de otra isla mas abundante en oro y preciosoa objetos, lia- 



145' 

mada Cúba^ etiiá óual se prc^veian de aquellos adornos todas las inmediatas, re-' 
5olv¡<5 abandonar la Isabela y pasar á Crpangó, qae tal creyó que debía ser lá 
isía de Cuba^ 

Salió, pues, la flota de cabo de Isleo en la noche del 23 para amanecer el 
24, y dirigió su rumbo al O.-S.-O. El Yieníto continuó ligero con lluvia hasta 
el mediodía, que refrescó mas, y al anochecer/ Cabo Verde, ó' sea la punta del 
S.'O. de Fernándina, esta por el N.-O. á siete leguas de distancia, y porque la 
ifoche amenazaba tempestad se mantuvieron los buques á la capa basta el ama- 
necer siguiente, navegando nada mas que dos leguas, según la estima del Almi- 
rante. 

En la mañana del 25 hito vela otra vez al O.-S.-O. hasta las nueve, a cuyft 
hora habia navegado cinco leguas, y virando entonces al Occidente avanzó once 
leguas mas, hasla las tres de la tarde que descubrió tierra. Componíase esta de 
unas isletas en número de siete ú ocho en la dirección del Norte á Sur, como á 
cinco leguas del punto en que los buques flotaban, y porque ya sus cuidados 
crecieran lo bastante para no dejar de hacer reconocimiento alguno que útil pu- 
diera serle, dirigióse a4 Sur de ellas y allí ancló hasta el otro dia. Guando las 
hubo reconocido, porque eran bajas y arenosas, con Cinco ó seis leguas'nada masl 
deestension entre todas, las llamó en conjunto is/a5 de Arena. 

La distancia navegada por Colon, añadiéndola á la de su partida de Fernán- 
dina, y á la que habia en el momento de descubrirla hasta las islas de Arena, 
dan un total de treinta leguas, que son tres menos que la distancia positiva des- 
de elpunto S.-O. de Fernándina ó Exuma, de donde partió Colon, al grupo 
de Mucaras, situado al Oriente de Cabo Lobo, en el gran banco de Baham^á, ef 
eaal corresponde á la descripción del Almirante. Si fuese necesíirio responder' 
por esta diferencia eri un cálculoen que tanto se saca de Conjeturas, : fácilmente 
Ocnrriria á un marinero que el descuento dedos leguas de návegactotí durante 
una larga noche tle tiempo borrascoso es demasiado pequeño. Aunque el cursó t 
de Exuma á las Mucaras es S.-O. por O.» y el que siguió Colon difiere de este 
afgrin tanto, como era su intención al salir de la Isabela tomar el rumbo de 
O.-S.-O., y después lo alteró al Occidente, podemos creer qué lo baria así en 
consecuencia de haber étáo impelido fuera de su curso por el Sur, mientras es- 
tovó á la capa la noche antes. 

.Ai amanecer el 27 de octubre se dio al mar otra vez la flota aventurera- 
difóde las islas de Arena y Mucaras con rumbo al S.-S.-O. para buscar lade> 
Ctíbtt, ségun los informes de los indígenas; y coiiía al aúocliecer, después 'de ' 
navegadas diez y siete legóas en aquella dirección, sé viese tierra, hubieron dé 
mantenerse á la capa los buques hasta amanecer el dia siguiente. Vueltos á la 
Tela Goo rumbo, al S..S«'0. en la mañana del 23,, entraroaen un hermoso. lio 
oon un buen puerto, i que puso el nombre de San Salvador el Atmii^ante, re- 
pitiendo el de la primera isla descubierta. $uppjQ^e» cpn^r^. la it^jiqiqn de Ña-: 
Ttnrete, que sea esta parte de la isla la que hoy se conoce con la denofnmacÍM' 

19 



de Carandas grm}de^,\ ^t»i^ á QPbo ¡teguas Occideole de Nuevitos 4^^ Püín-r 
c\pe« pujB3tQ qjuie sigi, posioloo y 4U(d»c}»:]^e. I^a Muicart$, cpiítoi^e ;exdctaa)0Q{te 
con el derrotero de Colon, lo mismo que su descripción, en cuanto puc^Q ^^ifi* 
carse por, medio ¡de.-las.cikrla/s co^u. la dd piieriK) (T^Ce^ido H"^ 

El 29, ain.^ue sqpainio$ por d Alicante á qué feor« , alaó la jQóU su^ ^aoclM 
para navegar á Decidenle, y ¿ his 3eis le^^ua^lljegó á. wa pii»ta de la ida ífua^ 
se dilataba báci^ ^1 N.-O. » dáo^ole el nembre; d^ PimtflGorda^ y 4 U^ diea* 
leguas otra dudándose al E.^ 4 qiü^lUtnó Punta Cu^riaua. Una iiagua ma& allá 
descubrió lui pequp^o rio que denoqanó fie La /iimo^ y después, ¿ majordls-^ 
tancia, que no especifica, otro muy mayor que los anteriores, á que puso |iaiE-< 
bre de Üid^íe/Tiar^i^» Desembocaba^ este ea. cierta esipecte.de iago (mm» mia.Mre- 
vi4a eotr^da , y i^eoia' por se^a pactiq^lar de tierra dos moQtaBas iiedoDdbis al 
S»-0. y UQ elevado promopjtorio al 0.*N.-0«, propio para una rorlificacioi» , y 
que proyectaba nuicho oiias dentro. Creemos que sea este el hermoso puerto 
y rio que está al Oriente de Punta Guriana, porque su distancia, segua las hon- 
ras andadas, corresponde coa la que navegó el Almirante desde Carabelas gran* 
des, suponiendo, como parece cierto , que ellas sean el puerto á que Colon re* 
pitió el nombre puesto á la primera isla del descubrimiento. 

Saliendo del Rio de Mares el dia 30 de octubre, siguió Colon el ruñaba del 
N.-O. por quince leguas, cuando vio un cabo á que dio el nombre de Cabo de 
Palmas t y este se cree que sea el que forma la entrada oriental de I^aguna de 
Morón; mas allá de él, y á cuatro jornadas distante de la ciudad de Cuba^ se*- 
gun las confusas sedales de los indios, habia otro rio considerable que Coloo 
dieterminó visitar con su flota. Pasó, pues, la noche á la oapa, y cuando ya erg 
entrado el dia 31 llegó al desagüe del indicado rio» cuya investigación Jiubo de« 
abandonar porque la escasez de su caudal no permitía que las carabelas flota- 
sen en sus aguas. Después de este jrio había un cabo rodeado de bancos y otro 
proyectaba todavía n^as lejos «)Coo|;euiéjíido3e entre Jos dos una habla c^yiaa; úoir 
caipente de ve<;ibir bpqu^s peqi|en|Os. ; . 

La idenlidad que exi3te entre la anterior descripción y la costa inmediata, 
ala Laguna d|3 Morón parece mMj clara : el cabo al Oriente de dioha iag^na* 
coincide coQ el cabo de las P^lo^a^^ la propia laguna coa el somero rio queel^ 
Almirante describe, y en la punta occidental de la entrada* con l^.isl^ de Car* 
bfion eo frente, repoiiocjemos lo^ dos, e^endidos cabos de qtse habla, con 1q <[ue 
parece ifna bahía eptr^ello^; siendo toda, esta una combinación muy notable, y 
biflp difícil de hallar «q;Otra parte que la acepMda por nosotros no>e2^ Mas 1^3^» 
la^ifo^tfi desd^ el pu^to de San JSalvador se tprcia aj Occidente Mst^ el rio de- 

{!)" ...V citatr6 to«B¥Íé lÉtof berÍÉMo f ^ 'ülpeliét^4é>WJM«iio(rMHAM¿rtal«íitéi, f :|él%''U4teta fié' 
ta4#^a poc %\ll ^« mi^y Ufdo y t^ ^*f^ )^^9.UfiM^ Udíil k ^cf,a4 n^ ¿pee ^rMMi J e^l«ieo¡a^^p p^w%^ 
karlaü^atai' ; sargia dtotr9diiq«e á tiro da lombarda. Die« el Atairaote qua nasaa laa hamtfa ^^ ▼idt, II^bo 
ia'át'Ulat, ikfáo ceVoido ñ rf« í<*f Motoi y ñtifk', y aimiOitfé Im ii¿ailrotf...'U itérrc Hoy llana... C¿<«ee¿o»^f 



Wktes per uda etttenJüioir &é dtes 7 -siéle fefiíad» y dosde ^qtrf vi»lviá por R«4>i 
úWb direccíMcM GtWVie Pakii«é: todi^ lo eoal correspotíd^ ^ti la propia túrtúá 
mki \é que « ha supuro. HáMéndose oambtaédel vfedto al N«^ y sion^fo ptfrh 
tanto contrario al rumbo basta entonces seguido, se volvió la espedicioii tfl riú'ét 
JlbtPe», donde pet*inanecM anclada ba^ta «I (Ka 12 de noviembre. 

La« oetíciaB adqaindae anteriormente at deseubrífiyiento y eosteo^ de Cuba; 
0blíg«r0fi á Gólon, ^guiendo el tueleí de sn Fantas^ía^ i saltar en líQri^ páitk eú^« 
fianrciti embijada at rey é aenot príneipalde la ifsla. D^jó, pues, las catialKeltfa 
án mas tripolacidn que la conveniente guardia, y tuvo gran cuidado de indíaigar 
le primero' sv por seftáles positivas era aquella isla tan abundante de oro dono 
atie deseos «peieetan, y aunque en los primeros indígenas que á su preseneitf 
finiereií no balfó vestigio alguno del metat que buscafba, btibo de sostener sü 
«peransa una lámina de pfeta qtie cierto indio pendiente de la nairiz leniá. Pdra 
Mstificar con> apariencias de joíciosa la resolución que tomó bien pronto, volt íá 
é w sistema de fflUdlas joterregaeiotíes, las cuales mat interpretadas regularmen- 
te por los indios, y no mejor entendid^epor tos nuestros sos dontestaciones^ dié<- 
ron el conveniente resutcaido de engaflos, que esta vez hicieron cre^r al Almi- 
Mttti^que se htilhrba eú la tierra firme del viejo continente por sus costad nm 
ei^ientates. 

Eo fo^equivo€^b concepto escogió entre sus soldados lots dbs mas Mbilee» 
Mío Rodrigo de leret, ntftul*al de Ayamonte, y otro cierto judío converso lla^ 
liíado Luis de Terrea, que poseía los idiomas hebreo, caldeo y árabe, los eua^ 
lee aeompañflldos d^ un jadío de los de Guanahaní, y otro de ia costa en que tíé 
haRiilian pá^^que d^ iíiték'préMs tos sirvieran, partieron la tierra ademro eá 
bnsea del Gran Kan i de otro parefcido señor, siendo portadores de las carcae 
eredend^les cfue á Ccdon habitin^ entrado en propia manólos monarcas de Es^ 
paiáv y llevando para mas edinodamente hacer su viaje, porción de cuenteeiltas y 
elrasi bagatelas qtie pudieran eambiar per et sustento necesario, y demás necesii^ 
^Mes que al objeto de h espedicion debían ser complideras. 

Entre tanto, y porque el rio hace en la boca un gran lago con singntaír 
puerto y magníñca playa para varar las carabelas, dispuso el Almirante que se 
echaran en tierra para recorrerlas una después de otra en los- seis dias de térmi^ 
naque para' volver de se comisión Iiabia dado á los soldados embajadores; y por 
lo que habiflf sucedida en* todtfs las islas hasta allí frecuentadas, establecióse en 
h de* Cuba' el^ sfHeAM' de rescates ó cambios de algodón y hamacas ó redes dé 
k'propia matériaenquelos Indios dormian (y que después fueron de constante 
oso en ta marina de todasr hs naciones), por nuestras cuentas y cascabeles, etCé; 
bien que esta vez no se hidera' semejante comercio en tanta abundancia, por 
liaber prohibido Colon todo cambio que por oro no fuese; pero como este na 
abuifdase» antes^ su escasez pareeidr mayor que en las otras islas, y los mam 
interrogados al mostrárselo^ respondieron contestes señalando al S.-E., aborre^ 
ció, al fin, el Almirante sus ilusiones concebidas respecto á la tierra en (ftítBe 



:4« 

faollaltai y ilQtean^pte top^d la- vuelta délos aaviado^ »l- ioleríor para abrir 
atlt segua sus noticias, á darse á la mar en busea de Bffbequef i^ que los íqt 
dios le indicaban «n la citada direceion como muj abttodante de perlas y pre^ 
dosos metales. 

Por fin, en la Docbe del 5 de noviembre . volvieron los enviados bien exjífh 
tentos del recibimiento que les habian hecbo en un pueblo de cincuenta c^sas, 
el mayor al perecer que entonces había en la isla» doce leguas distante del rio 
KJIe Mares;. perq harto pesarosos por no haber hallado las riquezas y el lujo qae 
se habian imaginado. Sin embargo» no fué del todo indifereate su viaje á la« 
condiciones del comercio ni al acrecentamiento de las rentas nacionales, puesto 
que habiendo observado los embajadores cómo tomaban sahumerios por la boca 
los indios del tránsito á favor de ciertos mosquelillos de hojas secas envueltos y 
encendidos que llamaban tabacos» probaron de la costumbre y s^ aficionaroa 
tanto á ella que ya no pudieron dejarla, trasmitiéndola á sus companeros y des- 
pués á todo el mundo ea la forma sorprendente que hoy se conoce, con mara- 
villoso provecho de especuladores y traficantes. 

Bien hubiera querido el Almirante hacerse á la mar el dia 8 de noviembre, 
según en su diario decia, no sin tomar antes algunas muestras de almáciga q^a 
en la isla habia encontrado; pero se lo impidieron los vientos y hubo de dif<;rir 
su partida hasta la mañana del 12. Salió, pues, en dicho dia para ir en busca 
de Babeque, isla que se creia abundante en oro, y que estaba al Este por Sur 
del puerto que abandonaba; y después de ocho leguas navegadas con buen viento 
llegó á un rio en que puede reconocerse el que fluye al Occidente de Punía 
Gorda: cuatro leguas mas allá vio otro, á que puso por nombre Rio d^l Sol^ el 
cual parecia muy grande; pero no se paró á examinarlo porque el viento favo- 
rable convidaba á seguir la derrota emprendida: se cree, sin embargo, que fuese 
el conocido por Sábana. Colon iba retrocediendo en su derrota, y habia nave- 
gado doce leguas desde el rio de mares; pero al ir al Occidente desde el puerto 
de San Salvador al mencionado rio, habia navegado diez y siete leguas, por lo 
€Ual San Salvador quedaba cinco leguas al Oriente del rio del Sol, y según esto, 
refiriéndonos á la carta, hallamos las Carabelas Grandes situadas á la* distancia 
correspondiente de Sábana. 

Habiendo navegado seis leguas desde el rio del Sol, que hacen con las ya 
dichas diez y ocho desde el rio de Mares, vino Colon á un cabo que llamó de 
Cuba, probablemente por suponer que fuese la estremidad de aquella isla, el 
^pal corresponde con precisión en distancia desde Punta Curiana con la isla me- 
nor. Cuajaba, situada cerca de Cuba, y entre la que, y la Grande Cuajaba, 
^1 ir a| puerto de San Salvador, debió pasar el Almirante» Reg.ularmente no lo 
advertiría. por ocupar toda su atención la magnífica isla que. tenía delante, ó lo 
que es también muy posible, flotaron sus bajeles por el pasage que tiene dos 
leguas de ancho, mientras estuvieron á la capa la noch^ antes que á San Sali- 
vador llegasen. 



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' Bl-iS |}e'navi^aibré,%abiefHÍ(> optado los hojelas todi^rla ooohe al (MÁro^t.fka^ 
saroBpor Ifk mtóaiia nnapudU dedos leguaadeiestenMoni y.eiHrdroo de^pueii 
áittii^oiru qiie^se ihclhiaba jhácia él S-^-jO. ^Di^yenda Goloa.que.sepafaba 4 
Cuba dé Bbliio ó Babeqoe, y en oüyó iolerior había U|¡i grande lag^ eotra d)0$ 
OKitataoas^ No se pudo averigiíar por áíitonc^s sí era aquel íia birata de jaiaf^ 
porque na hálláudose abrigó contra el vieaio N.^ tuvo que darse otra vez maf* 
adentro^ Aparece deaqui que debió Colon' na v^gaír en f)arte alrededor de la pet 
quena Giiqaba, la cual pensó qué fuese la estreiiiidad4e Cuba, sm saber que 
algunas horas de navegación le hubieran Uevado por aqaal can.)! al puerto de 
San Salvador» su primer descubrimiento en esta isla » y del mismo modo al rio 
éú Sol que había pasado el dia antes. De las dos montañas vistas en ambos la- 
4lor de esta- entrada, la principal corresponde con el pico llamado Alto de Juan 
Daune^ i siete leguas Occidente de Punta de Maternillos. Gontinuando el vientp 
aíN. tomó al Oriente catorce leguas del Cabo de Cuba, que hemos supuesto 
iuese la pequeña Cuajaba; y aquí se hace evidente que \á punta de la pequeña 
Cuajaba la creía Colon laeMremidad de Cubay porque habla de la dicha tierra 
situada al Sotavento del golfo est)resado como de la isla de Bobio, y dice que 
descubrió veinte leguas de ella navegando al ES*E. y O NO. 

El dia 14, habiendo pasada á la capa toda la noche cpn viento N-E, deterr 
minó buscar un puerto, y si no lo hallaba, volver á los que había visitado en la 
isla de Cuba ; porque debe recordarse que él suponía fuese Boliio todo el Oriente 
de Auajaba : al efecto navegó seis leguas al Este por* Sur, y luego se dirigióá 
tierra. Vio muchos puertos é islas; pero como hiciese viento fresco y estuviese 




la mar muy alta, no se atrevió á entrar, sino que siguió la costa N-E. poí- O 
iasíta diiery ocho leguas, aleábo de tas cuales tuvo ocasión dé reparar en un 



IfiO 

puerto lie espacios €iilr»da par» el que-M ikiffió $«5*0;» y deipoes S-E., 
eiétido toda b imvegaekm cbira y abierta. Allí vid Colon tanUs islas que ers iia» 
posible contarles , altas y cubiertas ée ¿rboles f poniendo al mar vecino ufar de 
NueÉíPa Señora , y al poerlo que cerca de la entrada d^ eatae islas háUa llam< 
Puerto dd Principe, sin entrar en él basta el domingo siguiente, que fiaédMo 
pues de cuatro dias pasados» Ailí levantó una cruz el Almiraiite sobre «na' cidí^ 
naque se elevaba no lejos del puerto, con la doble tendencia de oonsigilar la 
toma de posesión de aquella parte, y de familiafizar á los i¿lefias con el sagni^ 
do signo en que fué redimido el género humano. 

Al llegar á este lugar se advierte cierta oscuridad en el testo corré^pondicofe 
al diario del Almirante, con varías anticipaciones que pudieran atribuirse al es^ 
travagante gusto de mezdar ál copiarlo otras copas. inconexas. Sin embargo^ 
pareoe evidente que mientras seínantuvo á la capa la oücbe anterior con viento 
N-B. habían flotado los bastimentos hacia el N-0. , llevándolos la corriente po^ 
derosa 4el canal de Bahama en la propia direqeíon á muy larga distancia Xtí 
•caando quisieron volver á loS; puertos que habia>dejado en.la isla de Gu{)a se 
los encontraron á sotavento; pero en cambio descubrieron el numeroso grupo de 
islas, cuya principal se conoce al presente con el nombreide Cayo ¡iomanou Abnía 
bien; la corriente del mencionado canal bastaría por sí sda. paira haber impelido 
•ios boques i veinte leguas de distaecia al Occidente, que es caballa que habían 
navegado hacia Oriente desde que alejaron el cabo de Cuba á Guajaba, porqne 
habia obrado en la flota durante un período de treinta horas: ademas no pnede 
dudarse la identidad de aquellos cayos, puesto que los que rodean el principal. 
Cayo Romano, son los únicos de las cercanías de Cuba que no son bajos y hú- 
medos, sino grandes y elevados, circuyendo una navegación libre y abierta con 
abundancia de muy capaces puertos, en los cuales se refugiaban poco há por- 
ciones de piratas, que hallaban seguridad y secreto para ellos y sus presas en los 
recesos de tan levantados cayos. 

Según la descripción de Colon , debieron haber entrado los bajeles por entre 
las islas de Baril y Pacedon, y navegando por junto i Cayo Romaoo con rumbo 
al S-E., alcanzaron al dia siguiente su antiguo crucero en las cercanías de la 
menor Cuajaba. Tampoco nos dice aquí el Almirante á dónde surgió entre a<|iie- 
líos cayos, ni menos habla de haber por entonces dado fondo Iiasta volver de la 
primera inefectiva busca de Babeque; por lo cual parece evidente qne no ancla- 
ron los bajeles esta vez en el Puerto del Principe; pero no es menos cierlo de 
que su distancia seria muy moderada, respecto i que Colon fué desde su cara- 
bela en un bote á colocar una cruz á la entrada, como queda dicho, el dta 19 de 
noviembre. Por otra parte , la descrípcion que de dicha entrada hace el i^mi-* 
rante, inclina fuertemente a creer que el puerto i que se refiere el relato, y el 
que hoy se conoce con el nombre de Nuevüas del Príncipe , son seguramente 
uno mismo. 

El 19 de noviet^Ure se dieron otra v^ ^ Ijit n;iafr las^ carabeas en bu^pa de 



Bibpqte, ad^rtiBBd^ qae'ál aal pueala >«e MkilNi el Pderts éél Mm»pe á éietér' 
legus de distancia ea la: direocion dd S-&t-0; : y habieodo Mvegadd toda la ! 
Doolie aPN-^E. por N. hásto las: diez de la mafiana siguiente; estioaaroo uoáii 
díitaiiciá andada db quioee l^uas en aqóel ruittbow Bien hubiera deseado oon^ ' 
timarlo el Aimirasté ; pero de pronto cooienad ¿ soplar con no escasa faerzael ' 
viento de la misma parte donde Babequie se suponía , y porque i la m se cerré ^ 
diuebo el tiempo, determinó Colon volver á tomar pmrto en el del Pfe^íneí^'i 
disiaote ja 6obre veinte y cinco legwis. Sin duda que con mayor facilidad bu^^ 
bierá podido arríbai á'la Isabela ; pero su escasa distancia de ocho leguas á la- 
isla de San Salvador , y el deseo que manifestaban de volver á sus hogares los 
indios de esta parte que Colon llevaba para intérpretes , le aconsejaron navegar 
doble distancia para encontrar contra la tempestad seguro puerto. Ademas que 
hubo de observar no muy tejos bácia el Sur dos isletas y quiso tentar á visitar- 
las, por mas que luego varió de pensamiento. 

Se ve por lo dicho, que al salir al N«E. por N. desde cerca del Puerto del 
Príndpe, se habia aproximado la flota á una corta distancia de Isabela, cuya 
isla estaba entonces, según los cálculos de Colon, ¿ treinta y siete leguas de 
dicho Puerto del Príncipe, y San Salvador á cuarenta y cinco. La primera su- 
posición difiere ocho leguas, y la segunda nueve de la verdad, ó sea de la dis- 
tancia positiva que hay de Nuevitas del Principe á San Salvador y á la isla larga» 
Ademas de esto recordemos el rumbo seguido por Colon al ir de Isabela á Cuba» 
primero 0-S-O. ; luego O. ; y después &*S*0. ; y considerando las diferenteB 
distancias que navegó en cada uno , se sacará un derroterp medio que apenas 
difiere del S-0.: navegando después por este rumbo desde Isabela, llegó á al- 
canzar el puerto de San Salvador en la costa de Cuba; y saliendo luego al N-E. 
por J9. desde cerca del Puerto del Príncipe , ya se vio como iba en la dirección 
de Isabela. De aquí se deduce que el puerto de San Salvador en la costa de Cuba 
yace Occidente del Puerto del Principe, enlazándose y estableciéndose toda la 
combinación por semejante forma. Las dos islas que se vieron por la flota á las 
diez de la mañana del mismo dia 20 de noviembre , cuando el temporal la obligó 
á Variar el rumbo emprendido en bbsca de Babe^úe, debieron haber sido al- 
gtteos d(é los c^jros'que está'á at Odcideote' de losIumieMós. YolVieudó al Puerto^* 
dé! PHheipé, llegaron i él por la nóché tas carabelas, y Golori pudó obser^ar^í 
entbné¿'qué'lásGi6rrientes lé habían impelido hacia el O., probándose con esto^ 
U faena' ifñptrlsrva de la de Ilahama ,- porque deberá Iheoordiarse que él viento^' 
piün ir ¿Xttbb le liafbia sido favorable. • ' 

Antes de pasar adelaMe en b étíe^tion geográfica que vamos ventilando;* 
cM^ifélie líácér metieien de un suceso^ punible ijue tuvo lugar^ ei^ lá espedicion 
ah^rí^nie' la nuche del dk'df. Bn todo #; por les deseos que el Alrtíirilnlfr^ 
aüméétubaiAel éneotttrar á Babeque , ee^ mantuvieron los bastimentos bo^íeándé^* 
enfrente dé fe costa de Cuba v ün fdener tomar tferra ; péroal eubo i\ié tiiMo^ld< 
qtté tod tikítoe ariteittron at penerse él sel , que (Jeloñ^vsiríó de penéta^aíiiébCé ,'«f 



152r 

biso las ecmi^nitnles señalen |)ara acogerse ¿puerto. Gomo «i^a oonsigaíeiMte pof! 
loqueálá.s laye&de la obadiencia se debía, no tardó la Nma en poder la proal 
hioia b oosía» navegando i par de la Almiranta ; pero la. Prota^ lejos de icBítan 
las maniobras que se la indicdran , conthuió un iai^o separándose de U Qota sin 
causa legal » puesto que ei viento TaYorecia las órdenes del Almirante. En vmo 
ae continuaron repetidas las señales aun durante algunas horas de la no6he por 
medio dé los faroles, como en las orJeOanzas estaba prescrito , puesto que el 
capitán de la Pinta» hasta entonces muy aprecíable Martin Alonso Pinzoo^t did. 
suelta rienda á su propósito torciéndose, malaventui^adb, de las vías de li| jus- 
ticia. 




Achacóse á enviíiiosas tendencias semejante porte, que no otro ofígen pu- 
dier;i ají mentar tan bastardos procederes ; porque Pinzón, harto, celosa d$ la 
g)oic4a que circundaba la espacio^ fremte de Colon , pensó, en mal hora amipii- 
guaría^ bien descubriendo; con anMcipncipn los criaderos del oro que s^ bus<^r . 
haUtaegun entendió por señiiles de los indios que en su carabela llevaba , ó 
mejor anticipando su regreso á la Península Ibéric:i , para gi^rar por ^í so)o, el I 
triunfo debido únio^^imej^Q al coloso de aquel brillante suceso. 

Por tan ain^tra aventura se o^aotu^vieron á ja capa toda M :noc^&.aQi|a¡9i|» 
carímbelas; s)empi^con alguna espei^sá de qoe.b' Pinta ae reuniere ; p^roc<H.: 
nao la lus del sol aUimbi^se desierto el mar que la yista«lcaqzaba » yerifiQÓ$0!«l ^rr . 
ribo ^denado con. muestras visibles de pesar ea lodos Ids mstros: lealen de las. Veír , 
pulacipoe^ Xa mermadn. flcita dio ^sia. ?ez fondo eiL ^n puerto hasta eplA^^cef 9^.. 



163 

íreeuentado por ella , pero que no distaba gran cosa del de el Príncipe , ; al cual 
bautizó Colon con el nombre de Santa Catalina , para hacerse otra vez al mar 
ei día 25 con rumbo al S-S O. , sin apartarse de la costa de Cuba. En fin , des- 
pués de luchar cuatro días, del 19 al 24, con vientos ligeros , contra la fuerza 
de contrarias corrientes » llegó enfrente de la isla Llana , de donde babia par- 
tido la semana anterior en busca de la tan deseada Babeque. 

Así sabemos por accidente que el punto de donde salió Colon para ir á Ba- 
beque fué la mbma isla de Cuajaba la chica» que yace al occidente de Nuevita? 
del Principe; mas al principio no se determinó á entrar por la abertura de las 
doa montanas: porque parecia que la mar se quebraba sobre ellas ; pero ha- 
biendo enviado un bote por la proa á manera de práctico» le siguieron las cara* 
belas al S O. y luego al O. » y entraron en un hermoso puerto. La isla Llana 
estaba al N. » y con otra inmediata formaban todas un seguro tazón capaz de dar 
asilo, como dice el propio Almirante, á toda la armada española: por consiguien- 
te, esta isla Llana se resuelve en nuestro antiguo cabo de Cuba, que se ha su- 
puesto ser la pequeña Cuajaba , y su entrada oriental se identifica con el golfo 
arriba dicho, que yace entre dos montañas, una de las cuales hemos supuesto 
sea el alto de Juan Daune , y cuyo golfo parece como que divide á Cuba de Bohío. 

Desde aquí el derrotero comparativo para aclarar la cuestión geográfica se 
haoe mucho mas inteligible. El 26 de noviembre al amanecer salió Colon de 
Santa Catalina y se dirigió al cabo de S-E. , al cual puso por nombre Cabo dd 
Pico, siendo fácil reconocer en este promontorio el ya mencionado alto de Juan 
Daune: desde cerca de este vio otro cabo distante como unas quince leguas, y 
cinco leguas aun mas allá otro, á que nombró Cabo de Campanas , de los cuales 
debe ser el primero el que se conoce hoy como Punta del Padre , y el segundo 
que lleva la denominación de Punta de Midas. Sus distancias desde el alto de 
Joan Daune son mayores de lo que estimó el Almirante ; pero no es poca la es- 
periencia que se necesita para estimar con exactitud las distancias de los osados 
ponumlorios de Cuba , vistos á través de la pura atmósfera que rodea aquella 
isla , en la cual tuvo á la vez ocasión de admirar , como resultado de su sober- 
bia vegetación , algunas canoas de una sola pieza , cuya capacidad se estendia 
& contener en sí sobre ciento cincuenta personas. 

Habiendo pasado la Punta de iMulas por la noche, observó el Almirante la 
profunda bahía que hay al S-E. de ella; y viendo el promontorio que se inter- 
na en el mar entre puerto Ñipe y puerto Danés coa las anchurosas bahías de 
ambos lados , supuso fuese un brazo de mar que dividia unas tierras de otras con 
ona isla entre ambas. Desembarcó en Faco por un corto tiempo y llegó en la 
noche del 27 á Baracoa , habiendo antes proyectado su desembarco sobre la 
cesta, por haber observado gran número de indios que en son de guerra y ar- 
mados de azagayas acudian á las orillas del mar como queriendo evitar la apro- 
ximación de nuestras carabelas. Es verdad que tan pronto como algunos pocos 
soldados se aproximaron en un bote con ánimo de sosegarlos , mas bien que de 

20 



154 

batirlos» aquellos medrosos indígenas se apartaron ¿ todo correr, dando fiero** 
ees alaridos, hasta perderse en la espesura de saá bosques (I). 

Conviene adYertir« antes de continuar la navegaeiod de las carabelas pain 
Hsirarlas á la isla de Bá toqué, tan buscada pbr sus tripolacioaes, que desde vi 
Cabo d^ ^ico, hasta Puetto Sanio ó Baracoa , distancia dte sesenta leguas , se*^ 
gun relación del Almirante , no pasó menob de nueve puertos buenos y cíiíGli 
caudalosos rios hasta Cabo de Campanas , y de aquí á Puerto Santo ochó ríos 
mas, cada uno con su puerto (2), coincidiendo esta descripción cob la que A 
(a carta puede advertirse entre el alto de Juan Daune y Baracoa. 

Desde el 27 de noviembre hasta el 4 de diciembre entrettiviéroase los capé- 
dicionarios en la investigación de las tierras inmediatas, con muy escasa coná^ 
nicacion de los naturales ; porque menos sencillos y por lo tanto mas n?celosdB 
^ue los de las otras islas hasta entonces visitadas , si alguna vrz se présentaNm 
á la vista de los españoles en grande número , pero en ademan nada pacífico, tK 
alejaron también presurosos y tímidos cuando el brillo de nuestras armaduras iblí 
á herir sus pupilas, no acostumbradas á tan siniestros resplandores. Con todo*; 
icomo los vientos se mostraban contrarios al rumbo que el Almirante trataba tie 
seguir , y ademas el tiempo estaba desabrído con fuertes aguaceros y sídtonnRs 
de recios temporales, hubieron de permanecer allí malgastando aquellos diás res- 
pecto al objeto de la espedicion , mas no para el recreo de los sratidos , puestb 
qiie de aquellas tierras hace Colon tan gratísimas descripciones, que no p:areft 
sino que había llegado á penetrar los términos del Paraiso (3). Allí encontr«rrfeh 
algunos marineros ciertas piedras al parecer minerales en el fondo de un rili, 
con vetas y granos de oro, y no muy lejos del puerto , en una casa ababdoM^ 
da un panal de cera , todo lo cual se trajo como muestra á España cuando Ce- 
len llegó á dar cuenta de su viaje ánté los Reyes Católicos. 

Saliendo de Puerto Santo ó Baracoa la espedicion el 4 de diciembre, bufeo 
de montar el cabo oriental de Cuba al siguiente dia , y entonces no dejó de tm- 
barazarse la imaginación del Almirante cún la duda natural que sobre el rumbo 
mas conforme á sus deseos le conveikdria; porque si de una parte le halagaba la 
ilusión de encontrar por la vuelta del S-B. las regiones mas abundantes y ciVi- 



(1) M. S. de la ca\a de VoroQuas. Natarrcto; Colección de Viajéis (orno I.* Irvin{[. Vida y Vinjrt de Colon. 
tom. 4.**, y en las lluitraeiones, lomo 4" 

(2) Y vído látigo al pié de aqad cabo da Campana uo paorto maraTÍlFoso v un gran rio, y Aa allí é «n ewiio 
de legoa otro rio, y de alli á nwdia le«¡Ma olro rio, y dcndc á otra media legua otro rio, y donde á una Ifgna 
olro rio, y tiende A otra olro rio, y dendo á otro cuarto otio rio, y dende á otra legua otro rio grande, ¿«sdc 
^1 cual hasta el cat>o de Campana habría veinte millieii y le qoadán al Sueste: y los mas dealos riis Mttin 
frandcü totradas y aachas y limpias, con sua puertos maravillosos para naos graodltfitaas, lib bUnií^os de i.rjia 
DÍ de peñas ni restin(;a8. Navarrrte, Colección de Viajes, tomo I.** 

(3) Y certifico & Vuestras Alleiás qee debajo del sol no Me pareee que las puede haber mejorea cu fertilidad, 
eo Umporaucia de fri« y calor, en abundancia de aguas bucnaa y sanas, y no como los rÍM de Guinoa qao'fon 
(odos pestilencia; porque, loado Nuestro Señor, husta hoy do toda mi gente no ha habido persona que le baya 
nal Fa cabexa ñi rstado en cama por dolencia, aalvo un viejo de dolor de piedra, de que él estaba toda su vida 
apaiicnadó, y luego tañé al cibo do ¿o% dias. Ditith di Colon, IT. 6, de U iéia de féhisfuat. ' 



m 

é^h Mi» Oriental , podía». ^im1)q w U Ui^p%9 d» 9» vU^t^um^^ mfí9m 
i •! deaeuiímnieipia Jo la ponderoil^ Bal)^^u^ , que ^\ pMf (w la io^fíf^hm 
lo8 iodios en la «ttreccion del N-E. Eq semejaste perplejidad acudió á ayud^ ^ 
NBoitttioa la ¥Í9te de def tas tierras muy alta9 Meia el S,E* , para ám^Q |iizo 
fmum fo seguid» las proas de sus cairabelas, ansioso da alcawaHas por la lua^- 
nifiea pf rtpefiliira de valles y inaiKams que al padecer ostentaban » rperced á I(^ 
atmósfera transparente de los tnípioos qoe i muy largas distancias ha^e visiJ^^i 
dÍ8ltDteiiieBt« \m olsielos. Parece que los indígenas que Colon llevaba co|i^igo 
no pedieron menos de aterroriaarse al deaoubrír di^bas tierras ; y viendp que ^ 
eapedioioa i eUas se enoaininaba, no faltaron algpnos qn^ ll^tarop dt^ ^rcj^^m 
al agua pera volverse á Cuba , repitiendo con pánico terror la palabra BcifiQ. 
Ooboveroyó que tai ena et nombre de las tierras del $^£. , y hfobQ. de cpiQprAvdj^i; 
poreeialBsde los iadios que sus natuvales eican dq (w>z cQU(í|ieíou y ^U^oe pra-t 
Mfocea, qM no tapian, nías que un cjp m» nii^ip d# k fn^Pte , y qye ^e^ 9}\^mi 
tíkf^Q «en eaia^. dA loa iAeim quo aiMnsabaft á oau.tiva^ w ^^ J^ir^tfí^!^ ^\^ 
(¡tfátí tad% eatai fibuls fofiíi ia a^lanid« k^U^m ^ Ipg q^veg^qfes , pw^sto q^% 
m Mda 9» parcM^iaQ la« verdMlera^ cpii4i«^<»w de |<m b^yt^n^a á la» q(^e eif^^ 
tilNW I» wpUMardn PPQ gfifUM y 9W«ji^» ii^ r^t^dji^ vf\4 ccvppF^ndifja^. pf 
Almirante á pesar de las muestras de teri^ jnanfj^s^<^s pcir }(^ ¡ff^^O^ * y ^7 
lía» 4»^ rmüm wm^^ i«4KOHon?3 , fl^iwó e\ moa)^ á la wPMf^^ |3ph¡o, 
lasa que aoortan^o, i^laa poi; la mifik» » ^qwp «q aqjy|el¡l^ 9^r<f^ ^^^^H^i^^lw^^ 
par no aaMoerle^ * y en la tocdft d^ 6 ifím^ puw^io nn u^o 4 qfffi lis^ d^ %|t 
üficalM, aahre> el ealpemí ocicídwlfl d« I* i^k qm m l^rfQ t|§(9PP ^^^^^ >^ 
Mafere de SmHQ^ DmingQf 

Al afpaiarae de Cuba » dbca Cftlm en su dü^irio» que bat^ia cps^ead/^ en dipjifk 
isla una distancBA dft ciento y v»iule legMas» de las^ cual^» si i>el^jaq>as ffff 
qmfh wiMe qu« podeum atcihuir á la^ gf^laiplowt^ d^ k cjqs^, ^^ fí^ffip 
med\im desA» la fMiula Ms^rfi <»en ex^q|4naiei»te so^;^ el c^yo (jf^bripp 
.anpuaatQ bmiile. gocidec^tal de wf^ dwbsi^rjifi^iftosf 

Las obMiívacianett aatr^tficniKMis 4el AJmrwtfi i^^ pi^ed^p s^rvi^ cjie <wptr/ar 
riedad á la doctrina sentada , porque él misólo dice que el instrun^ento queus?,* 
ba para medin la altura meridional de los cuerpo^ celes[tes estaba descofqppesto 
y no merecía cnédit^ (t). Así yeoias que sitúa su primer 4e8CKbrLp)ie^tp , eptp 
es» la isla de Guanabaní , á que dio nombre de San Sa^vafior » eo la latitud áfi 
la isla del Hierra que viene á ser de unos 27' 30< Nwte: I? que hoy cqnserye 
dieho nombre de San Salvador esti spbre loa 24* 30' de I4 pro^ latitud sepf 
tenliiooal, y la del Tgooo, que quiere el señor Navarrete sea la primera p^a- 
da por los españoles, está á 1^ 21* 30'. En ambsis se advierte una considers^- 
ble diferencia respecto á la situación que señaló el Almirante ; pero al menos 



(4; ííaríú dM ii«ir«»<f, M. S. ^f» Ift CMB d« V^t^n^f. 5>y«rr«llf. CoíeccÍQ^ de fiajett tom. 4.* 



156 

Inteligente se le alcanza la mayor facilidad que hay en comprender y enmendar 
un error de tres que otro de seis grados , cuando ambos se refieren á an nñemo 
objeto. 

Prescindiendo ya de las demostraciones geográficas » bien será torcer el die« 
curso á los recuerdos históricos para ver si convienen con la sentada opiníon« 
de que la actual isla de San Salvador y no otra alguna fue el primer ponto á 
donde se puso Colon en contacto con el Nuevo Mundo. 

Herrera, cuyo crédito de historiador verídico es uno de loa mas robustos 
pilares en que se apoya la sólida reputación de sus escritos, dio á la estampa su 
Historia de las Indias por primera vez en el año que despedía el gran siglo 
de nuestras glorias; y al describir el vi»je de Juan Poñce de León á la Florida 
en 4512, hace la observación siguiente: Dejando agnado en Puerta^Rieo vira^ 
ron al Nor-Oesíe por Norte , y en cinco dias llegaron á una ida llamada d 
Viejo, en latitud ^^^ 30' Norte. Al otro dia llegaron á una pequeña idadehs 
lucayos llamada Caicos. Al octavo dia surgieron en otra ida llamada Yagunü 
en 24" al octavo dia desde Puerto- Rico. De allí pasaron á la isla de Mamega 
en 24* 30', y al undécimo dia llegaron á Guanakaní que está á 25' 40' Norte. 
Esta isla de Guanahaní fué la primera descubierta por Colon en su primer 
viaje, y ala cual le puso San Salvador (1). 

Tal es la sustancia de las observaciones de Herrera , concluyente sin duda 
alguna por lo que concierne á la situación de la primera isla por Colon descu* 
bierta: es verdad que las latitudes están todas mas altas de lo que debieran para 
concordar con lo positivo, siendo tal la de San Salvador que no corresponde con 
la de ninguna otra tierra que no sea con las conocidas hoy por Islas de Berry, 
que distan setenta leguas de la costa mas próxima de Cuba , én tanto que el Al- 
mirante en su diario dejó consignado que solo distaba Guanahaní cuarenta y 
cinco del Puerto del Príncipe. Pero téngase en cuenta que en aquellos primeros 
dias de la verdadera navegación , los instrumentos para medir las alturas de los 
cuerpos celestes y las tablas de declinaciones para deducir su latitud , debían ser 
tan imperfectos que pusieran al navegante mas científico de entonces bajo el 
mas mecánico de los que hoy surcan los mares. 

La segunda isla á que llegó Ponee de León por su rumbo al N-0. fue una de 
los Caicos; y aquí podriamos ya hacer punto en la cuestión, solamente conside- 
rando que están estos harto mas septentrionales por Occidente que la isla del 
Turco : pero como no podemos variar el derrotero de Ponce , habremos de admi- 
tir que la primera isla en que tocó desde Puerto-Rico fué la del Turco , á que el 
señor Navarrete hace muy gratuitamente la Guanahaní primera del descubri- 
miento ; y en tal caso sirvió de tercera escala al navegante que nos ocupa la 



(4) Herrera, Uitloria de Indias, Doc. 4, l¡b. 9, cap. X, y el misino, en el primor capítulo «le la descripeion 
«le las Indias, que sirre como de apéndice á su obra, refiere otra escala de las islas Babamas que eslá en con* 
píela armonía con la preeedcnle, bien qne empieeo al lado epuctto, es decir, al N-0. para bajar al S^E. 



157 

Mariguana; de cuarta la isla de Cooked y de quinta la isla Larga, todas aalpi- 
eaban en el rumbo mas racional de San Salvador ^ partiendo de Puerto- Rico. De 
otro modo» admitiendo la resolución geográfica del señor Navarrete» ¿dónde 
bailaríamos las islas que Herrera nombra, con sus respectivas latitudes tan apro- 
ximadas á las que según los cálculos de entonces tanto se parecían á las que nos- 
otros suponemos? No es de creer que como tales acepte el señor Navarrete los 
bancos que en la carta se marcan enfrente del cabo francés y de Guarico, por 
el N. de la isla de Hay ty ó sea de Santo Domingo. 

Sobre todo lo diebo , acude á robustecer nuestra opinión , conforme con las 
antigaas creencias , la consecuencia que basta el dia ban guardado y guardan 
los nombres de San Salvador, Concepción y Puerto Príncipe , acomodados por 
el famoso nauta á los parages que nosotros creemos sean los mismos que hoy los 
conservan, sin que pueda influir en nuestra mente contra pruebas tan palpables 
y concienzudas la no existencia de la laguna que en la ista de San Salvador 
tanto fijó la atención de nuestros navegantes : que al cabo han pasado hasta el 
presente tres siglos y medio, y á nosotros no nos consta cuáles circunstancias 
pudieron haber cambiado la faz ¡oculta de aquella isla , desde entonces habitada 
por gentes mas emprendedoras y acostumbradas á trastornar las leyes de la na- 
turaleza. Dígannos si no los que así aislada no admiten esta especie, si corres- 
ponde exactamente á la que hizo Hernán Cortés, la descripción topográfica 
que hoy se hace de la célebre Méjico , especialmente en lo que á sus lagunas 
concierne : y si por invisibles no admitieran de pronto las teorías por las cuales 
se esplican semejantes cambios en las condiciones locales de un terreno cual- 
quiera , tampoco nos seria difícil hacerlas completamente aceptables por medio 
de una disertación físico natural , que fuera un tanto agena del capítulo que 
aquí terminamos, fijando la situación geográfica de la verdadera isla de Gua- 
nahaní, hoy poseida por los ingleses con el norpbre de San Salvador que Co- 
lon le acomodara, á 24'' 30' latitud N. y 70 de longitud-al Occidente. 




CAPITULO XI. 



Sc&aT«t positivas de mayor cuitara quo se comienzan á advertir en loa bastimentes de la Isla Española.— Difi- 
cnltades qne se ofrecen psra establecer la comunicación necesaria con los naturales. -«Sale del puerto de Sam 
Hieoíás It flotilla y costea la isla en la dirección de Oriente. — Soberbia vegetación de aquella tierra deliciosay 
y maravillosos efectos qne ciertos tármioos de comparación eansan en los ánimos españoles.— Descubrimiento 
y arribo al Puerto de la Concepción. — Cansas que inspiraron á Colon para la que visitaba el nombre do 
Isla Española. — Espedicion al interior y primera comunicación con los naturales de la isla; agasajos mutuos 
y muestras singnlares qne dan loa indios de sAor y do respeto.— Desevbrimiento de las patatas: uso qnc da 
ellas se bacía en ol Nnevo-Mundo. — Continuación del viaje en busca de Babeque. — Descubrimiento y visita A 
la Isla de las Tortugas. — Encuentro en alta mar con un indio, buen trato que le hace el Almirante y felices 
retnttados.— Primeras ideas de autoridad y sumisión que se advierten en el Nnevo-Mundo: superioridad de los 
caciques, <— Visitas y embajadas. — Vuélvese á la mar la espedicion: arribo al Puerto de Santo Tomás y meo- 
sage especial del Gran cacique Guacanagarf, superior entre todos los de la comarca. — Nuevos y raros presen- 
tes. — Salida de Santo Tomfts y naufragio do la carabela Almirante: buenos oficios de los indios y salvación 
completa de la tripulación y ofioetos. 



Entre las muchas y variadas impresiones que hubieron de sentir nuestros ma- 
rineros al tocar la nueva isla que se ofrecia á sus descubrimientos, como la mas 
galaba en topografía y vegetación de cuantas alh' habian examinado, chocóles 
ravol*ablemente el prodigioso número y la exagerada capacidad de ciertas alma- 
díai» eomo dice el Almirante, canoas según los indios, que á lo largo de la pla- 
ya dentro del puerto de San Nicolás liabia varadas. Al examinar con detenimiento 
algunas de ellas observaron ciertas labores de puro lujo en toda su estension 
como no tenian las de otras islas, de donde llegaron á colegir que su arribo en 
acuella ocasión lo babian hecho á un país mas culto que todos los otros ya 
abandonados; y aunque ningún hombre pudieron distinguir por toda la esten- 
sion que alcanzaba la visia, observaron á trechos, y por la tierra adentro gran- 
des fogatas comb si de señales comunrcaiivas sirvieran á los hombres del pais 
que á reobazar la invlasion se aperoit^ian, lo cual si á gentes menos animosas 
pudiera muy bien infundir reoelos» á los atrevidos nautas que á Culón se^uián 
les facilitaba la mayor espansion en sus deseos de gloria y aventuras^ 



160 

Bien hubo de acariciar el Almiranle en su imaginación la idea nalural de 
hacer un desembarque y lomar lenguas por la tierra adentro, aun cuando para 
ello hubiera de detenerse algunos dias » porque siempre creyó desde el primer 
momento de aportar en aquella isla , que en ella habia de encontrar bastantes 
objetos para colmar los deseos con que su viaje se alimentaba ; pero como el 
puerto en que habia fondeado estaba á un estremo occidental de la isla, y esta 
le pareciese muy estensa , no menos de doscientas leguas , juzgó mas oportuno 
orillar, costeándola, alguna parte de las dificultades que comenzaban á presen- 
tarse por la ausencia de ios naturales» suponiendo que al fin por cualquier acci- 
dente le seria fácil apoderarse de alguno en su escursion, y sembrar la confianza 
en todos por los medios que hasta entonces habia empleado. 

Levó, pues, las anclas y se hizo á la mar desde el puerto de San Nicolás, 
cuando apenas el sol comenzaba á alumbrar la mañana del 7 de diciembre, po- 
niendo las proas al N-E. con el objeto de aprovechar todo el viento que del S-0. 
soplaba. Pero así que por tal rumbo habia navegado sobre dos leguas, torció 
paralelamente en la propia dirección que seguia la isla ; esto es , de Occidente 
á Oriente para reconocerla con detenimiento, según lo practicó, teniendo opor- 
tunidad de observar en toda su estension magníficos valles de lozana verdura 
con campos como de cebadas , bordando las faldas de arrogantes colinas y ji- 
gantescas montañas, muy semejantes á las que caracterizan el aspecto de nues- 
tro territorio. 

A vista de aquel delicioso pais rayó en locura el entusiasmo de las tripula- 
ciones por lo que de su patria les recordaba , que siempre es grato al viajero 
hallar en apartadas tierras algunos términos de comparación con el pa!s en que 
abrió los ojos á la luz primera , y ya se deja conocer cuánto semejante ilusión 
acrecería los recuerdos tras de un viaje de tan especiales y dudosas condiciones. 

A la una del dia , cuando ya se habian apartado las carabelas muy largo tre- 
cho del cabo occidental en que primero fondearan, se hallaron á la altura de un 
puerto de espaciosa embocadura y cómodo surgidero, bien resguardado délos 
vientos por el abrigo que le presta desde quince millas enfrente por el N. la isla 
de la Tortuga. Avaro de novedades mas bien que por el deseo de suspender su 
navegación , dio el Almirante las órdenes oportunas para que ambas carabelas 
entrasen, y así que lo verificaron, antes de recoger las velas, hubieron de en- 
tretenerse algunos marineros en echar al mar las redes, para aumentar las ilu- 
siones con que su fantasea ya se habia refrescado , puesto que en aquellas hubie- 
ron de sacar algunos peces como hasta entonces no habian visto por aquellos 
mares , en un toJo semejantes á las lisas, i los lenguados , salmones , albtires y 
á otros de los mas sabrosos que en nuestras costas se alimentan. 

Visto el puerto y sus condiciones lo bastante para formar de él su capacidad 
y conveniencia , el concc|)to marinero que Colon necesitaba para consignarlo en 
su diario , tratara de volver á la mar con el objeto de seguir el propio rumbo que 
hasta allí habia tí'aido ; pero el cielo comenzó á cerrarse con mal caris y grandes 



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161 

sefiales de fuertes agujeros, y por ift eaposicion que pudiera tener en media, 
de la tempestad el examen de una costa desconocida , se determinó á echar las 
anclas, y esperar en el Ptterto de la Concepción que así poso al que á la sazón 
le dtBiba abrigo» á que los horizontes se despejaran. Entonces se aparejaron los 
boles respectivos para ir i tierra sobre las márgenes de un manso rio qué ali* 
mentaba con sus linfas la mas hermosa vegetación del mundo» al decir del Almi- 
rante (1), y lo que en aquellos climas no había sucedido» oyeron por primera vez 
sobre las copas de frondosos árboles, también á los nuestros parecidos, el gorgeo 
de pintadas aves que daban al viento sus arpadas voces con la propia deliciosa 
armonía de nuestros ruiseñores. {Cuántas impresiones agradables, cuántos re- 
cuerdos nacionales, cuántos suspiros y cuántas lágrimas refrescarían la mente de 
nuestros nautas! A la consideración se deja de todos aquellos que siquiera una 
vez hayan llorado la ausencia de su querida patria , impelidos en un largo viaje 
por las lonas de amigo ó contmrio bastimento. Y como el sabio Almirante que 
asi manejaba los afectos de sus compañeros, no podia ser eslraño á tales muestras 
de natural ternura , completó el entusiasmo dando á tan preciosa tierra el que- 
rido nombre de Ida Española. Los naturales la llamaban Hayii, que en su rudo 
é incompleto lenguaje significa tieiTa alia, y con efecto, la aplicación de seme- 
jante frase no podia ser mas oportuna, por las señales características que marcan 
de dicha isla sus condiciones topográficas. El Bohio ó Babeque continuaron los 
indios de San Salvador señalándolo en la dirección del Sud-Este, y jamás hubo 
ocasión de encontrar semejantes tierras, á no ser que se admita la suposición de 
que en su estado primitivo así se llamase la Jamaica, según quiso indicar en su 
Ksíoria de las Indias el P. fray Bartolomé de Las Casas. 

Durante la primera permanencia de las carabelas en el puerto de la Concep- 
ción» que fué nada menos que de siete dias, por lo que los tiempos se encru- 
decieron , costó gran trabajo á los españoles hablar con persona viviente de la 
isla» puesto que de gran cantidad de indios que en la mañana del i2 divisaron, 
por dar todos á huir, apercibiéndose con gran ligereza, no fué posible dar caza 
mas que á una mujer joven y hermosa como la que mas de aquella tierra; la cual 
fué llevada al Almirante, y regalada y agasajada por este , y luego puesta en li- 
bertad , para que fuese á dar cuenta á sus parientes y connaturales de la libera- 
tidad y buen porte que usaban los espedícionar¡o5. 

Acompañáronla tres marineros bien provistos de armas» con orden espresa 
de n^ar hasta la población que ella por señas manifestaba no estar lejos de la 
playa ; pero aquellos regresaron á la carabela sobre las tres horas de la madru- 
gada del 13 sin haber cumplido su encargo de comunicar con los indios del cer- 
cano pueblo, bien fuese por el temor natural que pudiera inspirarles el viaje 
Doctarno entre gentes fugitivas y recelosas» ó bien por la confianza de que has* 
tarjan los presentes de cuentas » cascabeles y sortijas , hechos á la mujer para 

(4) Ea tm tfam M. S. Í9 U Casa de Veragvas. Laa Casa«» Kfiorm ié íwftM. HaTarreto, CtU tm m de 
fS^iSy ate. 

21 



que s^ ¡apresuraraa ba de^a$ indios eomo eil tas otras tíerfas i lUgNTia i las c^^ 
raheUsfiara ofnecer stis r^ácaiies. Así lo manifestaron» pae9> al Admiraotf, qu4 
úaicameote se tranquilizó por loa resuiiados que obftuto despula de ray^r h 
nueva aurora* La impaciencia por comunicar con gentes de aquetb isla do le 
permitió esperar á que sus naturales viniesen, y en este como en todos sus acuerir 
dos harto acertado anduvo, puesto que aquellos no solo no se daban trasa da 
venir á la playa, pero ni aun quisieron esperar en la población i nueve soldadea 
españoles que á visitarlos iban con presentes del Almirante. Por fortuna habia 
tenido este la precaución de enviar también un indio de Jos de San Salvaidor para 
intérprete, y sus oñcies cerca de los de la Española fueron tales que bien proole^ 
acudieron, no sin recelos, alrededor de los nueve soldados españoles, basta do^ 
mil de aquellos, con tardo paso y llevando las manos sobre las cabera en-aeñal 
de adoración y respeto, porque el interprételes habia comunicado ya su error 
de que eran bondadosos huéspedes bajados del cielo . 

Cuoodo los recelosos habitantes del pueblo inmediato al puerto de la Gon^ 
cepoion (I) se tranquil^ízaron respecto á las tendencias paoíficasde los españoles^' 
dijeron rienda suelta á su alegría, y no escasearon iaa maAifeíattoiones en 4oda$r. 




(i) Segan lo<( QcóQr»tus mu aulortzádot. parece qao osle lugar era el que eo (ieinpos inas recimlo^ se cono-' 
cb eos el iiofobre •«le Grof Uorne^ situado en las rair^feaM dol rio 4 q«o |>afticron íés íraKeeset^Üé.Tro/t Rt^kfU^^ 
que desemboca ft meilla milla del Puerto de Tas p ir Occt«lcntc. Li poblaeion constaba entonces de uaas mil casas 
^ r^filn^^^oosU^e^iDif^ y aicrvinadi Iraipiaki, y pvrece como que en ellas morabaa sobrei.lrts.ariil b^ralAcsj^n 
contar mujeres y niños. " •***«^ 



M3 

ooBcepte»! scdB paniiHi)8ír elipie ú j^iieeer ehi iiitri4o 4 bu» interesado parten- 
tfrde^ft mujer caiUifa yiobaaquiíNiá el dk aoteríer, ae «anifealaba tanreeoso- 
áééé la baaní de bftétpaoalos» coai* Éopoéiii.faieaos de haber ei hemkpe que 
lláUa aleaBiado -par aemqaote medio , para auf nnóer laa niayoros día^^MÍonee» 
oeioaqua loa damas iodioa la paaeabao en triunfo cota grandes vocea de amor y 
da Jibgna. Así acudierm unos y otros á la presencia del Almirante , que nunca 
maa ooropielo resultado pudiera apetecer en semejante propósito» llegando á 
aslasarae un. tanto so pea«amiento can la tista de algunos sarcillos y planobas 
de oro qoe.huimde observar (lendieiitea de las narices y de los labios de los ¡ni- 
dios. Estos t que al parecer nada poseían que común no fuese» guardábanse 
poco de dar lo que teman sin retribución de ninguna especie » bien que tomasen 
con muestras de singular, apredb las bagatelas con que los espedicionarios les 
obsequiaban (i). Bu parlienlar se mostraron muy pródigos de sus alimentos, 
habiendo presentado á nuestros soldados y marineros gran cantidad de pescado 
y pan de mames, que eran UQ«is raices, como dice Colon, parecidas á los raba* 
noa gaandea que siembran y nacen y plantan en todas sus tierras, segundo 
deaauhrímiflnio importante ique la espedioion produjo, puco no sietido otra cosa 
quo las batatas , de las cuales hooian su pan mas sabroso los indígenas de Hay^ 
ti, harto se s^ cuantos bienes pradujo i la humanidad ese antidoto del ham- 
bre , manantial de fecundos resultados aun en los paisas mas favorecidos de la 
naturaleta* También porque el Almirante y varios individuos de la tripulaeion 
manifoataron vivos deseos de poseer algunos loros de que los naturales de la 
isla Española tentan abundancia domesticados, acudieron á semejantes deseos 
con la propia generoádflfd que en todos los denos artículos hablan mostrado^ 

(4) OeMribMB4o Coló» la bandaJ de «qucUa i»U, y mas partíouUraieBta 4« tus iiaUralea, eo ana «arta ^aa 
•leribió 4 Santangel, de quien ya hemos becbo especial mención en este libro, se espliea en los términos signien- 
tasr Xt tardad qm deifuet qite ie ñiegutan y pindén eüe miedo, tíht son tan sin ¿ñjfaño y tan iiberatet de 
h fm tkmen, ^m n» lo cretrfn» eíno el qm lo w$9, Bllo$ do oosa ^«le tengan pidiéndotela jamé$ dkon do no; 
anteo convidan d la ¡Mrtona eon ello y. mneetran tanto amor, que darian los eoraxonee , y quier sea cosa de 
oeior, qmior sea ¿e poco precio f Inego por entdqtuera cosa de caalesqvier manera que sea que se ¡es dé por eUo 
«M eoitfeiilM. Llegando 4 tal eétiedio esta tétdad ^ qme Celos se vio feriado;, por ta concMocia en ocatieoca 4 po- 
ner coto entre su» gentes 4 los cambio» dctignnles «¡ne se hacían de caobos de esendilUs rotos y basta pedazos de 
arcos de pifas , etc., per considerables porciones do oro. (Véase 4 NaTarrete en la Colección de Viajes ^ toms W^ 
péginae 469 y 170.) Pero aiiii és mas igradablto ta descripción que de los liabitaiKes de la EspafioU bace el cé- 
lebre redre. Mártir 4* Anglena ea sotaéód^iiV^il^^ ^> (opudn» s^^n an pi|labra , de Jas ceovcraaciones que 
t«To con el Almirante. Es cierto ^ dice^ que es la tierra tan común entre aqudlat gentes, como el sol i/ lasagnas] 
y fW é/'mío y el tuyo, séñinas de tantos males , no tienen lugar con e!las. $e contentan con tan poco y qae en 
aqndoéimso país-imai'hmitiemn vn^erfMud qjée eteaset ; asi «iláh rti A mundo dioradé> sin trake^j y vt^' 
nm^ <«» akiprtosjprdines, no^eitrincherados ffm diques, ni divididos con oaUadareSy ni eon muros defi^didof,^ 
C omer eü tn justamente unos con otros sin leyes, sin libros y sin jueces. Creen homlhre malo y perjudicial , solo al 
fmsoó*oolnpfueé én'Hacer káñoéf elfo'; y áimtfne no }féstan 9o totas* supérfluas, kaeen^ sin 'embarga proohién 
pmm^elínfHtiml^ do aq^asraieee da dandf^ osfcetn 4 pm, oeñt^íe^ e^ osla eihplo eemúia, eon la cual oo. 
eoneerva la salud y se evitan las enfermedades.. (Véase 4 Washington IrTing, en la Vida y Viajes de Colon , to- 
■tf 1.^ ^í e^di'e te'itémos ^llgécioii de ct-Mk*, 'la píáturá precedente és' exacta , ¡qné graves cargos ñoresnltaá le 
imomUmAm NfMdtflátlitflftNawi-iiiMMtibloctflIilefeHiedff |r»pled»l., U^réreneia de eomlIcioiieajkioaleaN;- 
tacita 4^1 lnjO| la agloi^eracipn de feccaidades^ ^ con todas falu cii;c«a^anctas aociales, las pasiones npaa desorde- 
Badas y los crímenes mas inauditos, concHiyendo por hacer completamente imposible la rebabilitaciou del príncS-' 
pa» df^ W f^«»M^ad erftIétUd j^^é^WhlfU ««t-H<M«' h^^ 



IM 

Gao Un redproeas muesMs de t^ordíal afecto, obligados naUírabs y «b- 
traDÍeros , bubienm de despedirse perqué et Almirattte do tercia sua afrnea del 
suepiraifo aitibo i la iab de Babeque, donde por (br crédito á loa kifoniieaea- 
peraba aetfuro encoatrer la región privilegiada, del oro y de lae ñqiieaaa» AiU 
pues, en ha mañana del 14 de dietenibre se bizo á la' vela^ no sin haber levan* 
tado en el puerto de la CoQce|ieion una soberbia cruz formada con do& grandeá 
troncos en señal de posesión por la corona dé Castilla , pero aunque su intento 
se dirigía á navegar en la dirección del Oriente, los vientos se lo impidieron > y 
se vio en tal caso precisado á visitar la isla que en frente del puerto de la Con^ 
cepeion bemos y^i situado. 

Las impresiones en aquel maravilloso viaje se sucedían siempre en progre* 
ston ascendente, y O>lon las pecibió tan fuertes esU vez, que bubo de bautizar á 
uno de los valles de aquella isla, con el poético y atrevido nombre de valle dd 
Paraíso; pues no de otra suerte pudiera baberse comprendido la hermosura de 
sus condiciones naturales. También puso á uno de los ríos que por alh' aliaoien-* 
taban la vegetación, el nombre privilegiado de Guadalquivir f en vista de lo que 
al de nuestra Península se paréela en lo frondoso y abundante, y ponqué en todo 
lo que visitó de la isla vio gran cantidad de tortugas, no <¡uiso privar al terri- 
torio de aquel carácter especial, y con el nombre de estos animalitos quedó mar* 
cado eu sus apuntaciones. 

Por la noelie regresó al puerto de la Concepción, y al día siguiente hubo de 
ir otra vez á la Tortuga, de cuya isla salió el 46 con rumbo al N.-B. para con-* 
tínuar su reconocimiento por la costa de Hay ti; pero como en el tránsito hubiese 
encontrado á un indio solo en una canoa que diñcilmente podía manejar contra la 
impetuosidad de los vientos y de las corrientes, bizo que se le recogiese con su 
bastimento en la carabela y se le fué á desembarcar en un cómodo surgidero sobre 
la playa, á unas diez y seis millas mas al Oriente , de la tierra que hasta enton- 
ces había visitado, y cerca de la cual se advertía un pueblo cuyas casas eran 
todas al parecer recien construidas. La curiosidad natural de los espedicionarios 
les obligó á estender en aquel parage sus investigaciones, y al efecto no vaciló el 
Almirante en tirar las anclas al mar, tan cerca de la playa las carabelas, que con 
facilidad se podría entrar en ellas sin ayuda de botes ni canoas. 

. Las nuevas que el indio agradecido hubo de esparcir entre sus compatriotas 
causaron tan maravilloso efecto en aquella parte de la bla, que bien pronto se 
vio la playa cubierta de dios, ansiosos de examinar por sí mismos tan raro y 
sorprendente suceso; pero esta vez caracterizó la concurrencia de los indígenas 
una circunstancia, como basta entonces no se había echado de ver en la contir 
nuacion de aquellos descubrimientos. Observaron con efecto los españoles como 
aquellos indígenas rodeaban con muestras de singular respeto á u^ indio joven 
de veinte años ó poco mas, de agradable aspeeto y escasamente mas adornado 
que los otros, pero sin duda de mayor autoridad, por la que en el acto con sus 
palabras ejercía: llamábanle cacique, asi los isleños de Hayti como los que i Colon 



1«6 

desde Sao Salvador aeoiDpaoabaa; de donde se bubo de iaforir, que 8eiDl|ailt0 
pakbra era nooibre eusumivo de cargo ó superioridad, Ueváodola tan alestr^ 
moque k ígualarea á la que de rey se dá en auestro eontioeiite de ceda He»- 
den al primer mafislrado. 

Por lo que á Un alta autoridad se debía , envióle Colon solemne embqadt 
con esmerados presentes y entendidos intérpretes , los cuales por mas que tras^ 
ladaban i sq idioma las (Alabras de los enviados españoles, ni podian ereer ni 
eran creidos que de otra parte que del cielo bobiesen bajado tan sobrenatura-!^ 
ks viajeros. De todos modos, el cacifqne los recibió grave y benignamente ea 
presencia de dos ancianos que al parecer interpretaban sus gestos con el ma-^ 
yor acatamiento, y se ofreció con todo su poder i servir gustoso á los espedi- 
óonario^; y por si acaso las proiestas de su amistad no hubieran sido bastante 
poderosas por embajada, se trasladó á la carabela del Almirante en la tarde del 
propio dia, y allí con soberano respeto fué recibido como el mas poderoso de 
los monarcas. 

Ya en aquel pa^age de la isla fueron nias abundantes las porciones de ora 
que en granos, aretes y pUnchllias , se recogieron por nuestros navegantes, y 
á la par mas ciertas las noticias que pudieron adquirir respecto á los críiNteros 
de aquel metal precioso, sin salir de la propia isla, por cuya razón sin duda na 
volvió i gestionar el Almirante el hallazgo de la tan suspirada Babeqoe. 

Hasta el dia 19 permaneeieron las carabelas fondeadas en aquella playa, 
ñempre visitadas y agasajadas su'^ tripulaciones por multitud de indígenas que 
tan alto favor se disputaban; pero como al cabo se persuadiese Colon de que 
era necesario navegar mas al Oriente, para encontrar la tierra de promisionqoe 
buscaba , levó ánoh» en la mañana de dicbo dia 19 ^ y se díó i la mar con ánimo' 
de continuar aquel rumbo hasta encontrar las regiones del oro. No favoreció^ 
ron sin embargo , los vientos su derrota , y por lo tanto se vio precisado ia ta^^ 
de del 20 4 tomar de nuevo puerto, haciéndolo esta vez en uno tan capsz y có-^ 
modo como el mejor de cuantos hasta allí liabia frecuentado. Púsole por nom^ 
bre Sanio Tornad , por la festividad del siguiente dia, que boy se conoiee por 
bahía de Acul , é inmediaumente desde aquella noche comenzaron las visitas y 
loe obsequios de la gente de tierra. 

En*e0p9!ial recibió mensageel Almirante de varios caciques, y el dia 2^ 
abordaron á la carabela Santa MMa muchos indios en una muy larga canoa con 
embajiída del principal cacique y señor de todos aquellos contornos, el gran 
Guaeanagari , eon fretensiones de que la Aota se acercase algunas leguas mas 
al Oriente^ pava ttegar cerca de eu residencia* Obligaba el cqiiiplimiento de^ 
soikitud con. algunos presentes, entre ios cuales sobresalió un cinto ó tahalí pre« 
ciosamente labrado , que en lugar de bolsa tenia una careta , cuyas ore^s y len*- 
gua eran de^ finísimo oro; pero como los vientos siguieran oponiéndose perlina- 
oes i seinqante'navegaoion, hubo de oontentarse el Almirante por entonces con 
rebomlpensar sos obMquioB ai gran cacique por medio ilel flscribane Bimbedo^ 



dxufl.^ bien acompüaicto decente d» guerra, oanio é ia escekUvd^e tfi im«- 
sÍM/eerrespiNidia^ ofreoió sbitiiinenieQte i GmcaiMigarí, ea iMMfare del Aimi- 
ranle, «pe bs carabelas iríaa«8rea de ra reatdeaeia » así que Dbsl^ fKnnítie- 
se. Estaba aquella asentada en un pueblo mayor y mas bien «dificadki de eaan*^ 
tei hasta alli so habían visto > aobre las márgenes de cierto rio , en lo qiie se 
llamó entonces Punta Sania y. ai presente es Punta Honorata. 

Recibid él caoique la embajada española en una e^aciosa y bien díspuerta 
pl^za « aoompañado de mnltttud de indígenas que á la par de guardarle honra- 
han aiA persona; y cuando á esta llegarcünuestros mensageros» no hube obse* 
qilio posible qae no recibieraoi , ni afecto que gustaran. Esmerábanse los Mtu* 
rales. en su agasqo, y después que Guacanagarí comenzó por regalar á cada 
hnéaped un mando de algodón « continuaron aquellos dándoles cuantp creían 
ha$tante , que no fué poco , para sa&bfacer sus deseos. Allí gustaron de frutas 
esquisitas y variados refrescos con la mas cordial franqueaa ; y finalmente , al 
despedirse del cacique recibieron considerables presentes para el Almirante, com- 
puestos en su mayor parte de pintados papagayos y filísimas phmcbas de oro. 
Eoitretanto no se interrumpieron un solo instante las visitas de los indios 4 
\$A carabelas: todos por lo regular acon^pafiaban su cotteurrenc.ia con gratos 
presentes del metal codiciado, y todos á la vet oonoordaban én que no 1^ de 
la costa» háicia el interior sobne la parte de Levante, había una r^ion á que 
eUos llamaban Cibao^ cuykiabundancia era tal, que basta el cbcique tenia Jban- 
deras de oro labrado» La fiíniasía torció en semejante interpretación la inteligen- 
<{ia delosespedioioiiarios^. puesto que tales banderas no existian , así como tor- 
ció igualmente la exactitud de los cálculos del Almirante, el cual llegó 4 supof- 
qer ^oe Gibao no era «u» qne tttla palabra corrompida ó degenerada de Zipango» 
y por lo tanto 'se creyó muy pn^mo á la magnifica regíoo descrita por el via-» 
joro veneciano. 

. Al fin, porque los vientos calmaron, y por loe deseos ipie se díspertartNS en 
d| ánimo del Almih^anle, en virtud de tan gratas cnal quiíbéricas noticias, .salió 
de Sanio Tomás el dia.24 de diciembre antes que el sol saliera en aqueilds re<- 
leones, á comunicar la luz eon que al propio tiempo estaba desde sn canil alum- 
brando las nuestras. El rumbo que tomaron las carabelas fué cohiq en busca del 
^, esto es, hacia Oriento, y el viento que soplaba era de tierra, pcfo tan es- 
liese,. que apenas alcanzaiía ¿ llenar la mas psí^neña lona, cuando todas iban 
desplelgadas en ambos baalimentos. Fué por consiguiente bien escasa la di>ian«- 
<^a que pudieron «vanaar hasta las oaae de aqnelhi noche, en que se celebra el 
IHacünienlo dsl H^o de fümpat todo el orbe cristiano , y cq la cual aoontecló i 
ia.ciiipedicion el mas siniestro (^realice que pudiera comnoyer el ánimo de niieo-» 
trjffs marii^eresi 

. 6va postutnbre invaimhla^lel Aioutante na apartarse un momeínto delca&ti-*, 
l)o despapa cuando de noche iavegaha , para llenar le mas ipcaela vigitaneia ^ne 
^n de»eodródos maMs; itonvfenia; pero en aquella, por loa infdrmes rneUñ^os de 



MV 

Im Mím práctíco6»'^e ^tégciranm no iiabar p«r alii ÍDooovenieDtíea' mmHe-* ' 
ros» y por lo qua ias- cüldias le abomlMiii; ae retiré é éaaehoaar uo moatento, 
no áo eneargaé ai tiaioMl 'taniaa oomtdeta saalíiiiomi de ana onídadoa. Pero 
como la coafianza ée aa éspertiMOlado caudíUo no puede m^oos de ceoimiiear-' 
se hasta el mas Ínfimo sétdhdó , el tímeoel enooniendó el g^beroaUe á oq gm- 
mete, y eeháodose ádorflakr dio fáeil fljeaipto á los marineros de guardia, - que* 
otra eosa no deseaban para entregarse ai mas abandonado descanteo. 

Mientras el descuido earacterizaba , eontra toda costualbre , la fisonomía yar»'« 
tienbr de ia carabela Almiranta^ las corrientes que fluyen con velocidad en las^ 
aguas de SanU^ Doiniugo i la impeHeron á un banco de arena , sin q«e el pobi^f 
grumete se apercibiera hasta tfue b carabela habk encallado. Entonces, euan*; 
do la concuMon del gobernalle y el tumulto ée las olas ya no dejaban dudar el'f 
paUgro, eomenaó á gritar pidiendo socorro» y como el sueño de Colon ne erat 
natiHral» conforme á la costumbre seguida basta allt» fué su persona la primera' 
qué descdlM sobre cubierla para comenzar el ya imposible remedio. Ordena m« 
mediatamente echar al agua el bote y con él Hevar una ancla fuera por el la4o( 
de la popa para contrariar el empuje de las corrientes; pero los marineros y eP 
miémopatron ifcan eonfuaos coii el estupor natural que embarga nuestros sen- 
tidos osando en medio del peKgro despertamos , y en vez de hacer lo que el Al-' 
mirahte mandado había, bogaron con fuerza para dar cuenta y refugiarse en I 
la oCra %arabela , que estaba distante sobre media legua á barlovento. 

No Hubo queja ^el btien porte 4^e en momentos de tal apuro merecié el AM 
miraDte al honrado capitán de ia Nma y á ta gente que )a tripulaba ^ pueMo qhe! 
tallos á la vez reprochaf«íki ei'^cobtirde proceder de ios fugitivos, obligéndolis á^ 
volver al escollo donde encallara su carabela, y la mf^yor parta se'echlí al boté' 
propio para acudir igualmente al tugar del naufragio. Ya entretanto Geion por- 
que habia observado el escandaloso porte de sus gentes , no disculpable coln l^*^ 
nolrfeza de corazón que hasta alH las habia distinguido en tan aventuradas cor-^ 
rerías, se entretuvo en picar los mástiles de su bast'raiento y aligerarlo todo lo^ 
posible para hacer mas fácil su vuelta á la mar; pero esta se hubo de retirar^ 
untante délbanco tunando ta carabela estaba ya caidade costado y con los va- > 
oíos de las costillas abiertos, y por lo tanto no quedó mas recurso que trasbor- 
dar i la Niña ambas tripulaciones , y sin apartarse mucho del mar del peligro, 
temporejar á la capa hasta la venida del día siguiente. 

Cuando el alba alumbró la catástrofe, fué el primer cuidado del Almirante 
enviar cuenta de lo sucedido al gran^ácíqbe ^e la próxima tierra, el cual tuvo 
tanto sentimiento como no fuera posible esperimentar entre la mas afectuosa 
hospitalidad de nuestros dias : de suerte que mientras los españoles se estaban 
ocupando en los preparativos indispensables para salvar los efectos de la enca- 
llada carabela, el indígena Guacanagari, con lágrimas de hondo pesaren los ojos, 
amonestaba y ordenaba con precipitación y acierto á los suyos , lo bastante para 
hacerles acudir al lugar del naufragio en multitud de canoas , en tanto que sobre 



18» 

la fiaya y en el lugar de su residencia , se disponía cuanto era cumplidero ai 
iBpóAtú y custodia de ios efectos y i la cooiodídad de los nautas. 

Todos los indios se esmeraron á porfía en <Hmtr¡butr con todo el caucbl de 
sus fuerzas, á la salvación de cuanto á sus venerados huéspedes pertenecía, en 
cuya operación se empleó ia mayor parte del dia de Pascua ; y hulM) de adver- 
tirse esta ves, para mayor escarnio de las gentes cultas, que entre ios salvajes 
de la isla Española ni siquiera había ei mas lejano síntoma de esa pasión infer* 
nal que hace a los hombres mortales enemigos por la posesión de una cosa mis- 
ma • Con efecto : incomparable era el aprecio que los indígenas hacían del ob- 
jeto mas insignificante de los que á los españoles pudieran haber pertenecido, 
porque juzgando i estos como seres sobrenaturales , sin duda, adivinaban muy 
portentosas virtudes eu las insignificantes bagatelas con que se concertaban los 
rescates del oro : ni otro valor que moral no fuese , podia tener cosa alguna en 
un pais donde el comercio era ignorado por ia comunidad absoluta de bienes 
que allí existia. Pues á pesar de todo, se custodió con 'tal religiosidad por los- 
indios cuanto de la carabela hubo de salvarse , que ni un solo clavo se permitió* 
ron tomar , que los españoles espontáneamente no les diesen. 

Así y reparado el percance cuanto era posible, y mitigada la pena de los 
náufragos con los asiduos consuelos que los isleños se esmeraban en prodigar** 
les, ya con modales de amantísima fraternidad, bien con regalos de valía don* 
de el oro abundaba , se dio al reposo la gente española , asegurando en el nue- 
%o puerto el único bastimento de que podia disponer para regresar un dia á su 
patria querida , y aprovechándose los soldados y marineros que en la Niña no 
tenían acomodo, del franco albergue que en distintas casas les ofrecieron 
los subditos del gran cacique. 

Por lo demás , no fué del todo perdido para la historia de la navegación 
aquel desgraciado suceso ; del cual aprendió la hidrografía las necesarias pre- 
cauciones para navegar por aquellos mares en sucesivas espediciones , porque 
C!oion tuvo gran cuidado de anotar en su diario las observaciones respectivas,. 
y la ciencia del mando pudo hacerse cargo de cuanto es peligrosa la estremada 
confianza aun en los tiempos , parajes y acontecimientos mas inocentes. 



CAPITULO Xlt. 



Maestras de continuado afecto con que el cacique Guacanagari' procara desechar de la mente del Almirante la 
Utm de la desgractt q«e ▼eéia de a«ont«o«rle.^-ftMfWAt» p«f loi nfadieianatiof UMiy pfdap«ra$ Dtftieilit 

.tthn iM.ftrtanot ab«iid$olM criadaroe qa* ea-laísla te eiicoatraban. — Efectos que semejantes noticifa> pro- 
dncea en.cl ánim» de los españoles. — Alojamiento del Almirante y demás españoles en la inmediata población 
del gran cacique. — Alardes reciprocas de cordialidad.— Danta de los indios.— Ejercicios nilttares de los eepa- 
fta|it.-*-?riiaents dotiaiat d* las eartkat.r*l»veiie4Mi, . trasa j o^a da nuestra, fertalcsa ea lee, inawdiacitiiea 

del paarto.ds la Trinidad.— Soldados voluntarios para qoadarse Reoibease algunas noticias de la Pinta. — 

Vaaas investigaciones para encoalrarla. — ^Dispónese Colon para regresar á España. Prcveneiones á los espa- 

ftolas q«á en la Empéñala se quedaban.*— A fflanaOadoaet á loa indios pera la oaatibnaeion de la aiaietad 

: aAI«a qAa basta aatehcei se. habia obsarTado* 



l/iBiGiÉBONSE los luas asiduos cuidados del gran cacique á tranquilizar el espí- 
rilu sumamente agitado de Colon, por la inmensa pérdida que de sufrir venia, 
esmerándose al efecto aquel en sus visitas y regalos , tanto que alguna vez el 
Almirante hubo de dar gracias á la Providencia » suponiendo que tan adverso 
acontecimiento no era mas que el lazo celestial con que en su comercio recíproco 
se habian de unir los estremos del mundo. Afirmábase tanto mas en su mente la 
sobrenatural idea , cuanto mejores informes recibía por los cambios recíprocos 
de la abundancia de oro que habia en aquellas partes de la isla , los cuales lle- 
garon á su apogeo en la tarde del 26 de diciembre, con ocasión de venir á la 
amiga playa una canoa muy provista de láminas de oro , para cambiar por cas- 
cabeles. Y como el semblante de Colon se animase por la noticia en presencia de 
Guacanagarí , que á la sazón se hallaba dentro de la carabela , fueron tales los 
informes que hubo de dar res|)ecto á los abundantes criaderos de aquel metal en 
la inmediata región de Cibao, siempre supuesta Cipango por el Almirante , que 
algunos gestos hicieron creer en la existencia de montañas anteras con que sa- 
tisfacer los deseos de tan intrépidos esplotadores. 

Con esto hubo de disiparse grandemente la motivada melancolía del Almi- 
rante, el cual no adivinaba sin embargo cuánta cantidad de interés que no de 
gloria pudiera suponerse habia de mermar el percance en sus futuros descubrí- 

22 



170 

mientos, puesto que al nombre de otros aveotureros harto menos merecedores 
hubieron de adherirse los mas importantes del Nuevo-Hundo. 

Para que en el hospedaje ninguna comodidad ni distracción echara de menos 
nuestro gran caudillo, dispúsole Guacanagarí un alojamiento en la mejor casa 
de la población , provista de i#40s Ao$ -fw^jarefi que al apetito brindaban sus 
tierras, así como pescados, utiíis ó conejos, algunas raices, pan de patatas y 
cantidad de diversas frutas , y adornada con varias máscaras de madera tosca- 
mente labradas, en cuyas facciones habia entallados pedazos de oro , y por sillas 
ciertos escaños de ébano y por alfombras gran cantidad de hojas de palma , sin 
olvidar la correspondiente hamaca para su descanso: es verdiad que de todo se 
aprovechaba muy poco el Almirante , porque haciendo justo alarde de buen cau- 
dillo , jamás pasaba la noche que no fuese en la cámara de su carabela , mecido 
por las olas y arruUado per la voz potente de los mares. En cambio los días eran 
defíciósod , cuándo iá 1^ técréAtibú dé Idis isetitidois cedía su lugar la soKtafria pa* 
sion de los cuidados. Unas veces, acompañado del gran cacique y rodeado por 
mía knirilitüd qm eotao i Oibs te lenta , sé emaneiMiba w espiriiu eñh fraudo - 
sidad de aquellas arboledas , ya réspií^ndó el embalsamado áijnbiente dé lós jar- 
dines mas caprichosos que la cultura hubiese inventado , ya escuchando la ar- 
monía del conjunto de la creación en la morada celestial éd Paraiiso. Y etriiBdo 
el afán de los naturales llegaba á su colmo , avaro de proporcionar á sus hués- 
pedes mas agradables sensaciones, entrelazábanse por sus manos formando una 
^pecie de círculo , que al compás de toscas armonías por medio de la voz es- 




Bf)WMl9§,> y da ruilos üiinlv>res forma,dos de huecos tropcos sin otro p^rcjie que 
§11 oatufal corteza f giraban 49n^ndo en derredor, eii l^ propia fproia que de- 
bieron hacerlo aquellos primeros hombres que inventaron la imitación para re- 
medar el Chinto de las aves y los caprichosos remolinos del viento, dando es- 
piDWon á los sentidos y fácil distracción á los graves cuidados de la vida. 

Bjec distinto por cierto fué el espectáculo que ofrecieron los españole? a tan 
i^Oeeates; p^^fienopos» auoque la intención no pasase entonces dé devolver ob- 
^uio pqr obsequio. Htzoles con efecto el Almirante saltar en tierra provistos y 
aderezados de todas armas , desembarcando á la vez algunas bori^ardas (I), y 
|K)r hacer alarde (>ambiep, de la destreza de sus soldados, mandóles evolucJQnar 
sobre Ija playa 9I compás de algunos^ atabales y clarines , cuya armonía, llenaba 
de ffizoi lospjobres isleño^ , los cuales en su natural simplicidad hubieron de fi- 
gurar^ f|.iO los bélicos ejercicios de sus huéspedes , no eran otra easa que las 
daszae que se u^/^n en el ciejo. Después continuó el manejo de las armas, 
y al dijspara.r^e algfinas flechas advirtieron los indígenas á Colon , que de semé- 
j^9|l]^ iq^trmpfipM^ ba^an uso ciertos canílutfes ó caribet , que eaoca^nes so- 
l^H venir % 19. i^la á cautivar para comerlos á sus habitantes, en prueba de lo 
<<D^| algi^qjps bocn.l^res eqieuaban crueles heredas ya cicatrizadas: y fín^lqiente» 
jpif|^<|^ri;^)|^r to^o el prestigio que su po^er militar le comupicaba en agüe- 
l){)9(papífic^.r^gf99^^.inandó el Almirante disparar vario? arcabuces y también 
%ig\ir..eojKi|]t^ ^\iü ^jeto sensible las felota$ ó balas de piedra fie las bopbár- 
das^^ qu^ <)^9f^^nd^ lj^ reinas y «tronchando el tronco, del árbol nías, robusto, dio 
9^^)! ff^^io yrpt^ralesefectQs tal espanto á los indios, que todos. cay erbn ení 
J^f^ efpa|«t¿t4K^ de la teinpestad de rayos y (rueños quf ¡ en medio, de la diafa- 
nida4. 4^>m9^ bn|(^t^ 8^\ djs los tróp¡([;os, liabian invéptado aquellos entes so- 
brehumanos contra todas las condiciones de la natiiraleza. . 

(Qué ^ifi^f^ncia j^ loa* alacies! De una parte les indios enseñando en ^(es- 
t^flct sfili^fli^.^ cnea^inn I9 eapansion del aln^ y los efectos mas tiernos de U 
xída,,.y;po^.)a^8V^a los. d^ de la civilización manifestando los instriimentos de 
(jlo^íf^ ji ¿? ^e^ru.ctaíes agenjU^s de, la ipnerte!... i 

Para moderar los efectos de terror que tantas sensapiones bélicas habían 
fíMM|c| en I(tf .Jvw|jy|[^f^,8t Colpn les aseguró que nunca contfa ellos .ser^^^ian 
j^4l||^^4iri|í{||§^ ^n|fif .por. el contfario los| espfiñoles las emplearían ^nst^ntes en 
^WWí^^^S^'}^ 1^,a^ibe3 que^ en lo sucesivo fueran osados de acercarse á la 
ilfllK;W^^( foont.^yif .{;enit^ pisaba; de s^rte que si hasta entonces el afecto de' 
.JIp^i^íg^Qlf^pqeran^ra cflsa que una consecuencia natural de su carácter hpspi- 
j^lll|^ijr)o.^ í'^f^ffiM)^' HQoojeptp hubo de alimentarse con el deseo de la propia con- 
«fWWftjíi? l^Jtís qK^jf^s/delfagrad^ci.^^^ ,. ^ . 

.ífP^fpf^JB^y^ ^^W^. ^^^^ ^^^^ ^ P?rde otras f^sioW 



172 

hasta el germen del amor; y por la fuerza de los afectos en su estado primitivo 
y la comodidad de la vida donde la sentencia de Dios contra los hijos de Adah 
no había alcanzado (1), no falcaron españoles en abundancia que prefirieron 
connaturalizarsie alh' mas bien que regresar á la querida patria que tantos sus<^ 
piros les habla costado. Acercáronse» pues, al Almirante los náufragos de lá 
Santa Marta ponderando las dificultades con que habría que luchar para volver 
en tan largo regreso dentro de una sola carabela el equipaje que á dos bien pro- 
vistas pertenecia, y aquel por su parte no se hizo rogar mucho, puesto que en 
SQ mente ya habla acariciado semejante pensamiento. 

Para llevarlo á cabo en sus mejores condiciones juzgó necesaria la traza de 
alguna fortaleza en que los españoles quedasen recogidos, no tanto por el te- 
mor que ios naturales pudiesen inspirar respecto á intentona de mngun géfiero 
contra sus huéspedes , cuanto por dejar á estos en buena disciplina recogidos y 
siempre sujetos á la vista y voz de un superior , mas bien que por el país der- 
ramados y en Ubre ejercicio de todas sus inclinaciones. Al efecto hubo de dis- 
ponerse toda la madera que de lá Ffíña se habla recogido , así como su jarcia, 
clavazón , pertrechos de guerra y provisiones , con cuyos elementos y con el tra- 
bajo de los indios mezclados con los españoles, bastaron muy pocos dias para 
que la obra quedase en toda forma terminada , sin olvidar et foso correspondien- 
te ni las piezas de artillería que sé juzgaron bastantes para una formal y vigo- 
rosa defensa. De provisiones de Hoca se almacenaron suficientes para un afió; 
y respecto á la fuerza en hombres escogió el Almirante treinta y nuete de tos 
mas honrados y prudentes, para que bajo las órdenes dé un Diego de Arátta, 
sirvieran en la isla de Hay tí de fundamento á la dominación éspaffolá, dé avan- 
zada á la esplotacion y al comercio , y de amantísímos y celosos protectores á 
los pacíficos y bondadosos isleños. 

Así terminada la fortaleza fué bautizada por el Almirante, como igualmente 
la comarca, puerto y población adjuntas, con el nombre déla Navidad^ conme- 
morando el dia en que fué forzada la gente de la Niña á saltar en tierra , ya 
desprovista de bastimento en que pudiese continuar con alguna comodidad el 
misterioso viaje que hasta allí se había hecho. 

Mientras aquella se levantaba á favor de los restos Ael naufragio , hubieron 
de aportar á la playa en que estaban los españoles , algunas canoas cuyos^ tri- 
pulantes indios , por consiguiente , afirmaban por señales harto inteligibfes la 
existencia de otro buque parecido á la Niña , con hombres de la propia condidon 
que los españoles , que ellos habian visto algunas leguas mas al Oriente. Ya se 
deja suponer la alegría que semejante nueva causarla en el inimo de Cohm, 
apesadumbrado doblemente por la deserción de la Pinta, que no otro bnqtte 
podia ser el que los indígenas decian , y por el naufragio de la Mnúránta , tomo 
que entregado por sí solo á las eventualidades de un largo regreso , no eé fe 66- 

(1^ r d pan q\M eoMM $$rA mmuédo cam el tiMfor á$ tu frmk. <VMt <aw ig .) 



/ 



eáúSiá ia ñiuy fíett podibilitiad de un contratiempo qa¿ podía sepultar para siem- 
pre la gtoria de su édpedréion en tas revueltas ondas del Océano. Así , jpu^s , rcK 
sirTando los agravios con el envío de sinceras saludes, obtuvo de Guacanagd- 
rí una cáúoá tripulada por indios , y con un marinero español la hizo partir «n 
la dii'ección indicada / remitiendo á Pinzón una carta, en que tej(>s de repro^ 
cbarsu pasada conducta se Felicitaba únicamente de las buenas nu^Vas que-áe 
él tenia , y le ordenaba que se le reuniese; pero la canoa anduvo bagando du^^ 
rante tres dias por todos los puertos inmediatos, y porque mas luces no pudo 
adquirir respecto á la existencia de la Pinta, regresó al de la Navidad para 
volver la pésdfdumbre al ánimo de Colon en doble cantidad que hasta allí lo 
faabia trabajado, 'qué tal sucede siempre que columbramos para que se desva*- 
nezca otra vez ét término de nuestros sinsabores . ! - . 

AI fin se resolvió definitivamente el regreso de la Niña á las cosías espaftio^ 
las; pero antes de abandonar aquellas playas hospitalarias, quiso Colon rendir 
un tributo de justo reconocimiento á sus naturales, dando leccioBes teóricas de 
buena moral á las gentes qué allí dejaba. Primeramente reunió en torno de sf^á 
los soldados de la fortaleza, para hacerles la mas razonada manifestación que de 
prudencia humana pudiera esperarse , ya ponderándoles cuanto es conveniente 
la armonía y recíproca amistad entre los que han de mancomunar los respecti- 
vos intereses» ya presentando la ingratitud con los mas horribles colores^ ya, e& 
fin haciéndoles ver cuan peligrosa seria su situación especial» si por consecuen- 
cia de esoesos punibles se enagenasen la voluntad de los indígenas. Para que el 
buen porte cerrara la entrada á semejantes contratiempos» recordó á todos el 
respeto que se debia á la persona que en su lugar quedase representando la regia 
autoridad de que se hallaba revestido en tan apartadas tierras» cuya persona ya 
se ha dicho ser la de Di^o de Arana» natural de Córdoba» que iba por escri- 
baso y alguacil de la escuadra; y á fin de atajar asimismo las discordias que pu- 
dieran surgir de cualquier evento natural que atajase la carrera del nuevo cau- 
dilb» imnbróle por sustitutos sucesivos á Pero Gutiérrez» repostero de eárada 
del rey» y ¿ Rodrigo de Esoobedo» así como tuvo cuidado de dejar entre la guar- 
nición del fuerte» para los trabajos y asistencia que pudieran ocurrir durante su 
regreso» á un foico, un carpintero náutico» un calafate» un tendero» un sastre 
y UD armero» todos hábiles maestros en sus profesiones respectivas. Tambiea 
para que tuviesen ocasión de aprovecharse de la pesca como artículo de primera 
necesidad en aquelbs partes incultas» les dejó el Almirante el bote de su cara- 
bela: ya de que por falta de objetos no pudiera interrumpirse el comercb. de 
oro» entregó igualmente al nuevo caudillo todos cuantos le sobraban de los res- 
cates que hasta alli se hablan hecho. Con todo lo dicho» y con recomendar muy 
especialmente i Di^o de Arana y á sus otros lugar-tenientes que con las pre- 
cauciones debidas se procurasen los mas exactos conocimientos respecto á los 
eriideroB del oro» y á la par el reconocimiento de la costa inmediata por si hu- 
biese otro puerto menos peligroso por su entrada de bancos y rocas que el que 



j 



m 

á U sa^pn ocMi>abw » cr^yó el Alajiirante cMroplkjitiis l^ijg 4^^fW» qfffi e^^if^ 
iippuefttos á su dígpidiid raspeo á los espwoles. Oeppue^ toraíeqdo el cli^r 
cMf9Q á lo9 natura)^ , abra^ repetidas vece^ ^1 goan oapiqu^ , crafuüdiéndQ^ 
)a$ Ugrimas de amji^os personajes , j ^Mplioó á todos, que qontmuas^n ppf l^ 
hM^Da senda de \^ fr^ieroidad que hasta allí habían seguidp, eoipo únjico mq-» 
4m> de asentar ei^tr^ aipbas naciones un comercio recíproco de igH^les yep^j^? 
ji una paz deliciosa y duMera. 

Respecto á la desppdid^ que ipedió eptre los españole? que ^Uí se qpeda- 
ban y lp9 que á las costas de- su p^^ nptal voJviap , cai3(st4épe|^ ^ espíritu qj^e 
imágenes bellas sepa inventar ; si pueden ^rlo tanto que retraten la vardac) dp 
tan tierno espectáculo , doi¡M)p á los afectos de la codicia qw i ^IgiWft^ acooser 
jara su permanencia en tan delicioso clima., austijtuian en aqpfl mpmepto spr 
Uíin« los inefables ^m* de If^ familia y los s^pto^ recaa*4os de la pajiría. A 
WAOtros itoícamepte no^ fa^ta decir que en la noche del 3 de en^ro del apo 1595 
se apartaron vaos y Qlim eon lágrimas en los cjps f^s^ po volv^sp i ^Pn- 
toar jamás spbre la si^p^rlicie de la tierra. 







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CAPITULO XUL 



Sale 4 U mar oon rnuibo al. Este la carabela iY«Aa. — Puerto de GvkaricOf su reeonociniicDto y el de Cabo Sanio. — 
Promonlorio y bahía de Moníe-Cristi] furge en aquella y se detiene dos días. — Vuelve á la mar con c! propio 
ra«i%o.— -Hillaégo do la Pikla y (irvdeáte Jlnimllo del Almirante.-^Tréttito de dicha carabela deade sv.da- 
sarcioo. — Rayaracion do algunas averias j deseubrimieeto del Ato del Oro.-^abo del Cabrón; aa recouMÍ- 
miento y el del golfo de Samaná, — Estaoeia que en esto último haceo ambas carabelas. ^Comunicación con 
loa indfoa de Siwanf ; noticias c^racteristieaí de esta rata. — Primer cómbate entre indios y éspaüolea. PbwN 
attntMUs «aire ambaa pnrtc» ^r medio de máttioa obae<iniot.— Nnevas noticias de la íala de loa earibn y de 
Ja de Mantinino, solamente habitada por mngercs.— Salida de la espedicion del golfo de SamanA^ llamndu por 
Colon de ¡as Flechas. — Ihdccisiooes: mal aspecto de los rspañoTes. — Decidido rumbo A EspaSa. 



Dé/ANDO el puerto de h Navidad i \oi SO^ de latitud septeutriónal Boh^e los 416* 
de longitud al Oeste, se hizo i la mar la Niña i^éniolcada por su bote M la m^ 
fiana del día 4 , no impulsada á tal distema de navegación por calmas ó contra^ 
ños vientos, sitio para mejor evitar los peligros que por algunas millas de es- 
tensión ofrecen la entrada é inmediata costa de aquel paraje. De suponer es qnjie 
así como sus velas se despleg!iron ée puso la proa en la dirección del Oriente, 
bien que sin abandonar la costa » pues á favor de su continuación por dicho 
rumbo queria el Almirante practicar algunos reconocimientos antes de apartars^e 
de ella deGnití va mente. 

En tal concepto vio el puerto del Guarico , á cuyo cabo llamó Santo, y algu- 
nas millas separado mas al Este el famoso promotitorio á que puso y conserva 
d nombre de Monte-Critíi ; y porque el viento arreció por la proa , de suerte 
que la navegación era difícil, ]Mgó conveniente el Almirante recogerse al puer- 
to que del lado occidental de dicho promontorio existe, en el cual hubo de en- 
tretenerse hasta cuarenta y ocho horas. 

Hízose al mar otra vez la carabela cuando el sol comenzaba á dorar los topes 
en la mañana del 6 de éótto , habi^ebdó ordenado Colon que uti marinero sobie- 
8b ¿ lá gata ó cofti Atíl pkh ihayor coMó conístante vigfa para atisar de \m peH- 
gros que la costa ofreciese. D¿ pronto el viento, que por el tránsito de álguMs 



176 

millas había soplado favorable» volvió á cambiarse por la proa; pero cuando iban 
á comenzarse los sinsabores de semejante desventaja, otro acontecimiento rego- 
cijó los ánimos de la tripulación, anunciado por el marinero que vigilaba los es- 
collos, el cual gritó entusiasmado que por la proa se acercaba á todo trapo una 
carabela, que no podía ser otra que la Pinta. Cuánta espansion recibió con se- 
mejante nueva el comprimido espíritu del Almirante no hay para qué decirlo: 
baste saber que reprimió cuanto cabe en humano disimulo su bien fundado eno- 
jo, y que recibió á Martin Alonso con las muestras mas simpáticas de verdadero 
afecto, sin desechar ni siquiera en la apariencia las estudiadas palabras con que 
el marino español trató de disculpar sus bastardos procederes. Es verdad que 
no de otro modo pudiera obrar el Almirante, cuando por mas que su autoridad 
se respetase no hubiera sido fácil borrar las naturales afecciones que tan aparta- 
dos lugares ligaban á los hijos de una misma patria, la cual no era la suya; y 
por lo tanto el inmediato castigo tras de inoportuno hubiera sido peligroso, y al 
comprenderlo así el Almirante y al aparentar en su semblante muy distintos 
afectos de los que en su alma devoraba, dio una prueba mas del tino especial 
que le caracterizaba en todas las circunstancias dificiles.de su azarosa vida. 

Porque el viento continuaba soplando del Este con bastante fuerza, siguien- 
do la propia condición de los constantes que por allí reinan con mas frecuencia 
en las estaciones de otoño é invierno, ordenó el Almirante la vuelta á la bahía de 
Monte-Cristi, donde reproducidas y aceptadas de una parte á otra las disculpas 
necesarias sobre el apartamiento de la Pinta, solo trató de oír Colon cuáles ha- 
bían sido los resultados de sus esploraciones. Estos no adelantaron nada á los del 
Abínirante, puesto que Ja carabela de Pinzón al separarse, no babia hieclio cftra 
cosa que vagar por aquellos mares en busca de la supuesta Babeque, basta que 
los indios que llevaba consigo le condujeron á la costa mas oriental de. la isla Es- 
pañola: allí hubo de adquirir ciertas cantidades de oro, que repartió el capitán 
ppr mitad, adjudicándose á sí una parte, y la otra divisible entre todos sus sub- 
ditos, y tomando ademas en otro puerto cercano, sobre quince leguas de la 
Trinidad, á varios indígenas y dos muchachas á que el Almirante tuvo por con- 
veniente dar libre suelta, bien vestidas y agasajadas para que á su morada se 
volviesen. 

En los dias que ambas carabelas permanecieron dentro de la bahía de Mtonte- 
Crisii, que fueron desde el 6 al 9 de enero, ni se distrageron los cuidados ni las 
manos se dieron al descanso; puesto que habiéndose advertido algunas averías en 
el casco de la Niña, ordenó el Almirante que se calafatease cuanto permitían los 
utensilios existentes, y las seguridades desear pudieran. A la par también dispu- 
so que se hiciese doble provisión de agua y leña, y como al efecto subiesen los 
botes por el rio que los naturales llamaban Yaque, y observase el Almirante en sus 
arenas muchas partículas del metal codiciado, lo bautizó con el nombre de Hio 
de Oro, de la propia manera que se babi^ hecho con p^ro muchos años antes ^ 
las costas occidentales 4e^ África. Al presente aquel caudal no se llamaba sino Rio 



177 

ée Santiojgo^^ TamiHeQ consigoá en su díañoda cáttdi^a oredolicUd' del iMaúraA(0v 
qae en aquella iasUmeia habíoi YÍeto sobpe^bs' bMMfaa tres; sírep^s, jao taob^^ 
efi«io_ la aatigua fiábula las desortbe; pero el P. ibs Caaaa juípiosaa^oite ofpQa 
qae 8eiiic}Mites aDÍmales ao seríao otros (fi» Im Matuaiesi ó vaca$ marinos {^) 
descritas per ei naturalista é historiador Gontalo de Oviedo. 

AI fio, en la tarde del dse hicieron de nuevo al mar: ambasi carabfilaSi y.d«s{p^ 
ám haber costeado y hecho esc^a en algunos poatos donde Pinzón se babia deter 
OMfe á comerciar, montaron el cabo del Enamorado^ q,ue hoy se llama del Cabrón, 
no sabemos por qué analogía, y surgieron un tanto mas allá en una dilatada 
bahía á manera de golfo de m|is de tres leguas de. ancho, y muy ^stendid^ tierra 
«dentrov con una ialeta en el centro. . , 

Bien hubiera querido volverse almiar el Almirante en la mañana del 13» sin 
ana que haber anclado allí la noche antes, porque no contemplaba en tan abierta 
bahía, que no era otra cesa que el golfo de Samanáy suficiente seguranza contra 
las percances da una tormenta; pero el viento de tierra le faltaba, y en tal casp 
hubo de echar los botes á la playa para tomar lengiias, si fuese posible, respecto 
a lasi eondiciones locales del país que á la vista se presentaba. 

Saltaron en tierm con efecto algunos: marineros y soldados, españoles» Q i^r 
mediatamente se presentaron á su vista varios Jiombres de la isla, de bien distintas 
condiciones que todos loaque hasta allí haUen tratado* Eran, en primer lugar, de 
desabrido continente y fiero ademán , que hacían mas imponente por el sucio 
adorno con que se desfiguraban, puesto que todo el rostro y mucha parte del 
cuerpo pintado de carbón tenían, con los cabellos largos y ásperos mal recogidos 
' sobre las espaldas, y ciertos prendidos de plumages brillantes á manera de pena- 
chos. Su siniestro aspecto se aumentaba con la circunstancia de venir armados, 
cosa no vista aun en aquellas partes por los nautas españoles; y sus armas consis- 
tían en altos y flechas de delgados juncos, tan sutiles coma duraa y oferáivaa, y 
de ciertas espadas de madera de palma, tan dura y pesada como el hianrc^, no 
affiadaa ^no anchas, con dos pulgadas de espesor y capaces de enterrar con un 
^pe d jf4nio de un guerrero hasta los seeos (2). 

CwiR) RMwr hutM> de comunicar semejante espectáculo á los soldados espa- 
ñofes^ piü mr ertrafia qo» tal aüioedieie á los hijos de la guerra qw habían me- 
£éi §mwnm\\, siaayr^ triiKifmes, con el béKco podo" (la los moras de Anda- 
lucía: asi tüéít qae sin otro j^reeawiaQes ni mas aKmento fue la caActa , dirigie- 
ron sms pritsHiitivoa cmdaáós á ía prafcnita consabida reapeeio 4 la existencia del 
oro; 7 fúrqpe fea brfhrmea bttbieron de alhafar sus tendencias, psnaroná suplicar 
¿ uno de toe indios q|H^aa (nafaKlase ib aaiabeia Ffiña pasa ^oiKunicarsus buenas 
noticias al AtipHnmte* |Rzo^ con efecto el mas a pn eel a dk aquellos salvages, el 



(4) Lts Casas, iKilm« de Indúu.^OvM*, mthrím Ñmi^rml ie Im /mltM^eap. 85. 

(2) CI, ¡a. e»p. 77 éeX lAr* I. Irñiig. Vid» f fiéfm dt CWm»» toma 4.'' Eb U Co^moo» ^ '"«i/'f M tenor 
NlTarretasa saJíean las eaiáietOBes de dichas affailas, por caasada on clero que se^advierte en el origintl qae le 
sínrió le pasto. Vide, toaio 4.*, pigiat 4SS. 

23 



ns 

cuaU en presencia de Colon» con gran desenvoltura esplícó á su manera que seria 
fácil coger en su país pedazos de Auob (asi nombraba el oro) tan grandes como 
toda la popa de la carabela. Con esto el Almirante le dio algunos manjar^ y be- 
bidas que el indio tomó de buen grado: le colgó al cuello algunas cuentecillas» y 
bien agasajado, y mejor servido se le volvió á la playa, sin que en su rostro se. 
advirtiesen otras señales por semejantes demostraciones que las déla mas inaltera- 
ble indiferencia. Con todo, al saltar en tierra previno á sus amigos que dejasen 
sus armds en señal de paz^ asegurándoles de la boqdadosa intención de sus hués- 
pedes. 

No dejó el Almirante de recelar algún percance entre tan estrañas gentes, que 
desde luego supuso pertenecian á los caribes, y por lo tanto hizo prevenciones muy 
repetidas á los que á tierra iban délos soldados- en número de siete, y diólés por 
guia ó caudillo á uno de sus pilotos , hombre de gran prudencia y no descorazo- 
nado en los casos de la guerra.. Llevaban por especial encargo los españoles apode- 
rarse, por via de cambios, de todas cuantas armas pudiesen de las que usaban 
aquellos indios, los cuales de buena voluntad vinieron en ceder hasta dos arcos y 
no mas: antes por el contrario, asi que nuestros soldados hubieron de manifestar 
deseos de adquirir otros , se retiraron recelosos los indios al parage donde las ha- 
.bian depositado, y tomándolas apresurados volvieron en son de acometida contra 
los españoles, profiriendo en su idioma terribles amenazas. 




A tan brusca insinuación nuestros hombres de guerra contestaron con la es- 
pada desnuda, y otros disparando alguna ballesta, que de las armas de fuego no 



tro 

hicíenm imo en aquelb joraada, cod io cutí 1m indíoB, no obstante ser allí en 
séstofle DétaMHTO , dieron á lusir pórqae Tierén herido en los pechos ¿ uno de los, 
wjos por una saetada : siguiéronlos en el aleance loa españoles é hirieron á otro 
de una enebillada en las nalgas ; y mataran sin duda mueltos de ellos á no opo- 
nerse el piloto que por caudillo i&a interpretando dignamente las órdenes del Al- ' 
mirante, el cual » si por una parte hubo de sentir semejante rompimiento , no le 
pesaba del todo por las seguridades de ráspelo que tan suave victoria ofrecia á 
los que en el fuerte de la Trinidad habiatí quedado* 

Al amanecer del siguiente dia se vio sobre la playa inmensa multitud de in- 
dígenas todos armados» como al parecer era su ordinaria costumbre, y al aper- 
ribirse Colon envió á tierra ía barca con gran golpe de gente biejí dispuesta á la 
pelea ; pero esta vez tos indios se acercaron con señales amistosas y comunicaron 
sin odio ni temor con los españoles, en especial el que antes habia estado cüq la 
cariaibeb, qué i la sazón venia conu) práctico en la comitiva de cierto poderoso 
señor, que era el cacique de aquellas gentes (1). Manifestó este deseos de visitar 
ú Almirante , que mqor resultado de aqndla jornada no pudiera apetecer, y asi 
filé conducido á la carabela con todo respeto , y allí obsequiado como era costum- 
ble con personas de su rango. Ofreciéronse mutuas satisfacciones de una y otra 
parte ^ cambiáronse objetos, tomáronse informes repetidos que dieron por resul- 
tado algunaé equivocadas noticias, y asi llegó el momento de la despedida que tu- 
vo lugar entre las mayores muestras de afecto. 

Bien quisiera el Almirante salir inmediatamente de aquel malhadado golfo, 
siquiera considerando que en sus playas se habia derramado la primera sangre de 
los indígenas al impulso de las armas europeas, precisamente en el propio dia 15 
qoe se jcumplia un mes en que se habían echado con harto mejores auspicios los 
fundamentos de la comunicación apacible entre isleños y españoles; que asi la 
Providencia sella con un propio signo prósperos y adversos sucesos, como si qui- 
siera advertirnos por semejante medio la volubilidad y escasa consistencia de cuan- 
to física y materialmente se ofrece á la contemplación de nuestro calculo. Pero 
los vientos contrarios le entretuvieron hasta el dia 16 , en cuya mañana las brisas 
de tierra le favorecieron un tanto, dándose por consiguiente á la vela para aban- 
donar el golfo de Cumaná, á que por la reyerta allí habida bautizó el nombre de 
Golfo de las Flechas. 

No obstante que era el ánimo irrevocable de Colon el de continuar la vuelta 
de España , cuyas playas deseaba pisar para asegurar eternamente el fruto de 
tantos años de afanes y disgustos, todavía quiso visitar las islas de los caribes que 
los naturales de Cumaná le habian indicado hacia e\ Sud-Este , como también la 
isla de Mantinino, que por la mala inteligencia de los indios que la esplicaban 



{^) CréMe que «r* el qne algunos años después aparace en la historia de la Isla Española €•■ el Bombre 4o 
MñfMuAex, t—éaáenio en los traices de la ^erra, cono piiaeipal y mis aoiraoao caldillo, á los indios ci- 
y iiywo f . fmflg. Vida y Viajes de CotWf tomo 4.* ' 



<1BD 

ydétosiotérfMesqoe larefwtian, ie supuso pobbdaiéQittoientevde niu|Hm2^). 
''Veto aunque rigmuis tece^torcíó fa» prons de ew' buques dispuestM á'buMir 
*sMbes crriglnales nevadas « eon áaímo^de presentar i los Reyes Gatélkos babi^ 
tadtes'de una y otra ; como quiera que los vientos se negaran en ocaáioneaifaeí- 
liíar su nategacion , y ademas ta intranquilidad <de espíritu cundiese entile Iasi4ai- 
pAlaoiones ya dominadas por la idea constante de resucitar en el antiguo nwutdp, 
abandonó aquellos propósitos, que en todo caso no hubieran hecho mas que ade% 
lantar el descubrimiento de la isla de Puerto-Rico. 

Por lo demás, las dos carabelas hacian agua en abundancia, de suerte que 

él peligro crecia á medida que el regresóse dilataba , y la PitUa se resentía tan- 

"bien de tener roto el palo msfyor , eon lo cual habian declinado grandemente laus 

'*m«jores condiciones marineras: de suerte que echando Gblon en la balanssa^^e 

sus encontradas deseos tan considerables circunstandas, viró deeididaniente.Mn 

rumbo á nuestra penmaria^en el mes de enero , con lo cual renació la eqnfiaMa:en 

^fos'semblantes y se conjuróila tempestad que comenzabavi anunciarse en lo8t4)e- 

iajes de la diída , que empañaban^ el adwto «emUante ide marineros y .aoidddps. 



>'(4) PMr«*et^liMr étflNJtate fcMnwao «(ímb IW'hkloriadoMtJ^ao Admitía q «nlnallat á los caribes «Da fes o'aJa 
<ip, y si «I fruto qne ¿ñ so eomniiicacion resaltaba era varen, loego so le lleTaban á la isla en qne sus pa^Ms 
tÍTÍan^pero si era bembra qne Jaba eon las mujeres. 



CAPITULO XIV. 



feptMÍ^ ti 4« •feoiM s«ftti4M por U» iripsUoMoe» al .poi^er.lat proas al OfUnU.— (lalmat y Tientos cocitrariot 
«I la rofiov ie loa fijos.— Difusos resahajoa en loseAl^ulot de loa pilotos y eiaetiia4 en los del Almirante. — 
terribles tempestades.— Desapirieion'ie la- Pinta entre la tormenta asas eap antasa .-^^^r^mesaa y olamntea^ 
Destino de Colon en los sortean ie romerías r«IS||i^as«-:Rep4nwo la.ngvnda de U Kifi« oon agni| salada^ y 
efaietos de esta medida. — Continúa la tempestad ininndiendo graves temores de un pr<6xinio naufragio .>—Pré - 
canelones del Almirante para baeef llegar 4 nolieia de loetteyeaCatótieos los reanltadoa Samansoo de anjriaje.— 
Dee^ébrtsa tierra por la pjroa| grandes dificnlt^des de ala^nxarla.— arribo A la isla de Canta Maca*» — 8ini«tro 
proeeder de sos .babitantes.— 'Esplieaciones y amenaaas.-*Continéa la tempestad y se da al mar la carabela 
can solo la mitad de su eqnipaje.— Segnada recalada en Jante» 'Maria.-^éiversAjirooedor de loa íaleUoaf it^- 
•pAraso. la gante detinida.f-»Vaelye al mar la casiAela en medio de nn temporal deshecho. — Nootos cuidabas 
al atisipse la costa portagneia.— "f elii arribo al puerto de Haatello en las aguas del Tajo. 



3DE qoe comenzó á 'deeiiaar el dia 46 de Miero puede deoirse que empteodíó 
el Almirante sa derreta á E^pÉña oon ambas caral^laa , pues hasta entdnsesito- 
da^ía sos inclinaciofies se dírigianinas d meaos á la euriosidad^iseguo se leides- 
pertaban los indios con su mudo y casir siempre equivocado 4eiigfNije. Al poner, de- 
finitivamente las proas en la direceiotí de Oriente, fué inesplioable el goaoade 
los equipajes: marineros y soldados mamfestaron su entusiasmo con ligrímaside 
gozo y y unos levantando et corazón á Dios , y otros poniendo en los objetoa mas 
queridos de la vida el agitado pensamiento , dieron gracias 8imaltáneamente)6al 
Supremo espíritu que dirige las inteneíones, y al bondadoso Almirante que «^ 
cundaba sus deseos. 

Continuóse pues la deseada navegación bajo la influraciadelos vientos cons- 
tantes, cuya dirección tan favorable habia sido á la flota cuando al descubrimiento 
navegaba , pero que al presente no podia menos de retrasar por algunos diasi.el 
ansiado arribo á las costas españolas. Al fin , sin ocurrencia notable en el tránato^ 
y después de haber subido hasta los S8* de latitud N. , venciendo el considerable 
trecho en que dichos vientos fijos imperan , las brisas comenzaron i mostrarse 
mas prósperas á la navegación» y pudo marcarse el rumbo á España mas dir«e- 
to y desembarazado. Fué esto cuando los primeros días de febrero estaban pa- 



i 



18S 

aando, de suerte que en la mañana del 4 las proas marcaiían con toda eMelilad ei 
rumbo de Occidente á Oriente , y en todo aqud día no avanzó ta espedidon meno» 
de diez y nueve leguas desde el sol levantado á sol puesto» no obstante bs cal^ 
mas con que hubieron de sustituirse los vientos constantes de tos trópicos. 

Mientras que mayores cuidados no cautivaron los inimos de pilotos y mari- 
neros, fué el objeto constante de la travesía comparar el resultado que arrojaban 
de sí las observaciones astronómicas y ios cálculos de estima, para inferir el punto 
que los bajeles ocupaban en la estension del Océano. Y por los cambios frecuen- 
tes de rumbo que se habian operado hasta fijarlo directamente á las costas espa- 
ñolas, advirtióse tal desconcierto en los resultados distintos de las respectivas 
observaciones , que apenas hubiera sido posible^ á ninguno de los mas espertos na- 
vegantes de la flotilla volver con seguridad al punto de donde habian sattdo. Úni- 
camente Colon» siempre atento al curso, de Iqs astros, á las señales característi- 
cas de las aguas, á la dirección de los vientos y á cuantos objetos en semejantes 
observaciones ofrecen punto de partida al esperto marinero » que no al alcance de la 
gente vulgar pudieran ofrecerse, apuntó con tanta exactitud las distancias y hs 
situaciones , que bien pudiera con su libro de estima haberse trazado la mas v^- 
dadora carta que en aquellos tiempos se hubiera conocido. 

Con semejantes auspicios continuaron su navegación sin otra novedad hasta 
el dia 12 de febrero, en que la mar comemEÓ á levantarse y los vimtos habieron 
d^ soplar coaestreraada violencia. No podia convenir gran cosa a )as dos carabe- 
las semejante percance por el mal estado de su respectivo buque y aparejos barto 
averiados después de tan largas y constantes travesías ; pero sin duda habia de 
cumplirse el destino en todas sus condiciones, como si pretendiera amenazar á 
(los atrevidos nautaa por haber quebrantado el secreto constante de tantos siglos 
con inconveniencia de la humanidad , bien que i losi progresos de la civilización 
hubiesen comunicado maravilloso impulso. Bu todo el dia 1 2 se acrecentaron las 
«ozobras, bien que por no chocarse, opuestos los arranques del mar pi la impe- 
tuosidad del viento, continuaran sin perder el rumbo ni otros cuidados que los 
de acortar velas tanto como el temporal aconsqaba ; pero al declinar la tarde 
fueron ya mas características las señales de próxima tempestad , anunciadas por 
el N-N-C. con tres relámpagos, al parecer mensajeros de próxima muerte, en 
pro de los cuales se amontonaron st^re tan frágiles bastimentos inmensas quebra- 
das montañas de agua que amenazaban sepultarlos para siempre en los abismos 
del Océano. Y como los vientos se agitasen furiosos y encontrados, de suerte que 
todo rumbo era imposible , dejáronse correr las carabelas á palo seco en aquella 
. terrible noche á merced de la tempestad, que las trabajó implacable en alas de ^u 
infernal desenfreno. 

Por fin al amanecer del dia lü dejaron los abismos de agitarse para ascender 
á la superficie , y las carabelas hubieron de reposar un tanto de los fuertes temo- 
res ; pero cuando apenas la mente comenzaba ¿ calcular los peligros pasados , se 
ref>rodujeron mayores , por lo que fuei^on mas pertinaces , pues duraron hasta la 



183 

mañana del 18 , sin permitir á los tripulantes de aquellos frágiles bastimentos al 
mas lijero descanso. 

Cuantos sustos y contratiempos» ofertas é invocaciones tuvieron lugar en 
ambas carabelas en tantas borás de zozobra /fuera diffcil esplicar por lo difícil que 
es á la vez recoger tantas y tan variadas sensaciones: bastará decir , que toda espe- 
ranza humana se perdió entre el grito de muerte que las encrespadas olas profe- 
rían á coro con los encontrados vientos, y que si se levantó á Dios la conside- 
ración del precito, sin duda fué para obtener preferente lugar en la mansión de 
los justos cuando el espíritu se desprendiese audaz del cuerpo en el crítico 
trance de la muerte, que como infalible se esperaba. 

Sin embargo; en las tempestades y en los naufragios siempre hay una espe- 
ranza sublime que mitiga la tribulación de las víctimas: el consuelo de la reli- 
gión, que como el flotante mástil sirve de ayuda para alcanzar una playa sal- 
vadora. Dirigiéronse, pues, los ánimos á la suprema Providencia , que de justa 
blasonaría dando seguro puerto á los afligidos equipajes , siquiera por lo que de 
nuevo tenian las circunstancias de aquella espedicion, y apenas hubo desde en* 
toncos un solo marinero que no creyese infalible la próxima apetecida bonanza y 
el arribo seguro al inspirado puerto. En tal estado propuso el Almirante sortear 
un romero (1) entre los que su carabela tripulaban, para ir en santo tributo á 
ofrecer un cirio de cinco libras ala virgen de Guadalupe; y como todos se con- 
viniesen , luego se pusieron dentro de un gorro tantos garbanzos como hombres 
babia embarcados en la Niña , marcando en uno de aquellos la señal de la cruz» 
para que el que lo sacase cumpliese la penitenciaria oferta. Por mas autorizada 
bubo de ser primero el Almirante, quien metió la iñano en el gorro con tal des- 
tino, que á él cupo el garbanzo cruzado, como si por la osadía de su atrevida 
concepción impusiera el cielo á su propia persona el desagravio de las culpas 
que mas tarde habian de cometerse en la tierra virgen. 

Siguiéronse otras varias ofertas , que en el peligro se prodigan siempre , y 
finalmente, toda la tripulación se comprometió ante Dios solemnemente á ir eii 
pública procesión descalzos y desnudos á dar gracias ala Santísima Virgen donde 
quiera que tomasen tierra, á la primera iglesia en que se venerase la imagen 
de aquella inmaculada señora. Ya se deja conocer, por la abundancia de oflreci* 
mientes' piadosos, cuánto acrecerían los peligros en aquellos dias de prueba, 
como que el mar se levantaba de su natural asiento en gigantescas montañas como 
en las tierras mas altas no se conocian, rompiéndose con estrepitoso rugido al- 
rededor de aquellos frágiles maderos, y los vientos, soplando encontrados con 
una violencia infernal, los arrancaban de su liquido elemento algunas veces para 
precipitarlos después con la mayor furia contra las sañadael ondas. ' 

En la noche del 15 se pronunciaron mas frecuentes las rachas del- Sor, l^on 
tanta fuerza, qué ningún trapo era posible conservaren los trabajados mástíieK: 

(4) Asi <lie« til original de U relación del obispo Vr. üartolomé de las Casas, ^uo existe manuscrita eu «I ar- 
cMto de los duques del Infaolado. Por el testo ya se deja conocer su aclnal signilieado. 



184 

con tedo, la carabela del Almirante trató de conservarse cuanto pudo mante- 
niendo el rumbo N-E. á fin de aproximarse á las costas españolas, y lo mismo 
hubo de ordenar por medio de faroles & la Pinta; pero esta por la debilidad de 
80 palo de trinquete no pudo mantener el viento, y tuvo que correr con el 
temporal hacia el N., perdiéndose sus luces bien pronto en la espantosa oscu- 
ridad de aquella larguísima noche. En vano tendió la vista el Almirante por 
a({uéUa larga estension del Atlántico tan pronto como la luz del diase dejó sen- 
tir en los cansados ojos; el mar estaba desierto sin^mas compañía que la tem- 
pestad, y todos los marineros de la frágil carabela enjugaron una lágrima de 
pesar por el supuesto naufragio de la Pinta; 

Guando sobre las elevada» cumbres de aquellas líquidas montañas comenzó 
á levantarse el sol en la mañana del 14 de febrero, arreciaron los huracanes 
tanto como puede comprenderse después de la mas exagerada violencia, de ma- 
nera que los ánimos declinaron suponiendo qjue la constancia del tanporal duraría 
todo el tiempo necesario para que la carabela al fin se sumergiese. En tal estado^ 
y para esforzar en lo posible la humana resistencia» ordenó Colon que se repusiese 
la aguada del buque llenando ks pipas vacías ^e agua salada; y en verdad que 
semejante recurso, llevado á cabo con imponderables trabajos, mejoró grande- 
mente las condiciones del bastimento, cuya falta* de lástrese había dejado sentir 
de una manera harto peligrosa. Terminada esta operación se subió el Almirante 
al castillo de popa, y lomando la* resignación necesaria en tan apurado trance, qiii- 
so escribir compendiada la historia de su descubrimieoto para hacerla sobrevivir 
al ya esperado ilaufragio. Dirigíala en una carta escriba á los Beyes Católicos con 
tan confusa aglomeración de pensanuentos como suele tener el reo á quien se 
cMeeden apenas algunos instantes para despedirse de todos sus mcj.ores afectos. 
AiU se acordó de la gloria que circundaba su nombre» déla or£indad de sus hi- 
jos, del sarcasmo de sus detractores y del fruto perdido de tantos trabajos: pen- 
saba en la tierra virgen, arrancada á los secretos de la naturalesa en un momen- 
to de feliz inspiración para adornar como su perla mqor la diadema que brilbh- 
ba en las sienes de babel I, y perdida para siempre en el entonces proceloso mar 
de sus mejores esperanzas. En fin; terminada la carta y con ella una súplica muy 
reverente para qbe et que la encontrase se sirviera , sin abrir el sellado pergamino, 
presentarla á los Reyes Católicos de España , no sin ofrecer por ^mojante servia 
eio un prenúo considerable en nombre de la corona de Castilla; lo envolvió pri- 
nlero en un pédaoo de hule, después en una torta de cera, y finalmento en m 
barril vado y perfidotaoiente calaAiteado,, el cual arrojó al mar con la seguridad de 
que algiitt dia una mano bondadosa llegaría á recogerlo. Pero por si acaso tal 
memoria no t^iviese la didia de aloanzar feliz dnstino, la^ repitió incontinente con 
las propias «MdíofBoes, y colooó eft segundo barril sobr^.edtpastíllo de popa., para 
que eo el eaio esperado de zozobrar el buque quedara flotante el segundo menss^ 
je, con cuyas precauciones descaigo grandemente su pensamiento el Almirante , 
y volvió con serenidad 4 los cuidados de la tormenta. 



185 




'-'íUSt^ *"^^. 



Cuando empezó á rayar el crepúsculo matutino del dia 15, Ruiz García, ma- 
Irinero dala tripulación, gritó tierra por la proa, en ocasión en que la carabela 
seguía el rumbo de E N-E. Y ¿cómo podríamos interpretar el entusiasmo que 
semejante nueva comunicó á quellas gentes atribuladas?... Baste decir que casi 
abandonando las maniobras todos alzaron con el pensamiento las manos á Dios 
en acción de gracias por el beneficio que les dispensaba , mostrándoles en tan 
apurado trance los estremos del viejo mundo que con singular osadía habían 
abandonado. 

Mientras así manifestaban su gozo los simples marineros y soldados, se agita- 
ban hacia la popa del buque los cálculos mas discordes respecto á la tierra que 
delante se tenia , como que entre los pilotos se dividió la opinión , «revendo unos 
que estaban delante de la isla de la Madera , y otros enfrente de la roca de Cin- 
tra cerca de Lisboa. Mas exacto el Almirante supuso bien que sobre los 58* de 
latitud occidental á que habia ascendido en su derrota, la tierra en cuestión no 
podía ser otra que una de las islas Azores ; y con efecto su cálculo se justificó 
cuando á fucrzi de Irab-^jóS'pudo surgir el dia 18 dentro de una cala que ofre- 
cía contra la consecuente tempestad harto inseguro puerto : como que al enviar el 
bote á tierra se averiguó que estaba la combatida y tan mermada espedicion en 
la isla de Santa María. 

Allí fueron los escesosde admiración que sus habitantes manifestaron, prime- 
ro al considerar la mjraviliosa salvación de un buque tan débil en medio de un 

21 



196 

honicaa tan espantoso, y después cuando supieron la índole de tan singubr viaje} 
trastornaron con efecto á preguntas á los marineros que en el bote acertaron á 
ir i tierra, y después se ofrecieron gustosos censué provisiones para refriescar 
las ya bien escasas de la carabela. Por la tarde tres isleños acudieron i «Ufi con 
mensage del gobem^idor de la isla, Juan de Castañeda, portugués de siniestra 
intención , que en las protestas de su amistad no enviaba otra cosa a| Almirante que 
la seguridad de su infamia , ofrecía trasladarse en persona i dar el parabién al fa- 
moso nauta eiMMio la mañana deM9 se levantase , y entre tanto le brindaba con 
todo lo queden la isla se poseía. A fuer de agradecido hospedó y obsequió bI AU 
mirante por toda aquella noche á los tres mensageros, y al amanan dd d<a si-t 
gttiente los despidió satisfechos con sinceras muestras de reconocido afecto. La 
cordialidad que debían esperar los españoles en aquella isla hospitalaria bien pron- 
to hubo lugar de averiguarla, para mengua del gobernador que tan siniestramente 
procedía , y no gran crédito de los civilizados hijos del vieio continente. Singular 
constraste ofrece á la consideración filosóBca la despedida frateng^l y no mentido 
sentimiento que aconteció al separarse Colon de la lab ^papok o^l^ jHi^.indíge^t 
ñas y nuestras gentes, y el franco recibimiento que se iiaciar.¿'lns hij(^ jla.una 
madre común , en las dependencias de su propia tierra. 

Prestó la ocasión aquel voto que en el rigor de la tormenta habían hecho los 
tripulantes de la Niña , de ir descalzos y desnudos á dar gracias á la Virgen en la 
primera tierra que pisasen , cuya promesa quiso Colon que se cumpliese inme- 
diatamente, como buen cristiano y reconocido marino. Al efecto salió á tierra en 
la forma susodicha mitad de la trjip.ula9ipn, dirigiéndose á un santuario que no 
muy lejos de la playa había, al cual ya de antemano había acudido un sacerdote 
i para decir misa á los espedicionarios; pero cuando estos estaban con todo reco- 
^gimiento en lo mejor de sus oraciones, se vieron cercados y rendidos por algunas 
{¿entes de la isla, á quienes el mencioQado gobernador acaudillaba. Entre tanto 
aguardaba impaciente el Almirante que la mitad de sus subditos regresase á la 
carabela para dar él con la otra mitad completo término á la religiosa promesa; 
pero como ya hubiesen pasado algunas horas y su gente no volviese, temió con 
fundamento alguna mala acción, por la enemiga que los portugueses de la corte 
le habían cobrado en sus primeras negociaciones. 

El crédito de su cálculo no tardó mucho en apoyarse sobre sólidos funda- 
mentos, como que varios hombres armados se acercaron luego en el bote de ja 
carabela , y Colon dio las oportunas órdenes para recibirlos dispuesto & los per« 
canees de un choque sangriento. E)rUre los tripulantes del bote venia el gober- 
nador Castañeda que á muy lajrga distancia tuvo la osadía de exigir seguridades 
personales para él y para los que le acompañaban : ofreciólas el Almirante con 
tal doblez como con él se usaba ; pero el gobernador no quiso por entonces des- 
mentir su natural portugués, todo receloso, y á las amistosas demostraciones^^ 
siguieron las esplicacíones primero de poder á poder, y luego, por la estra vagante 
arrogancia de Castañeda , los insultos y las amenazas. Con esto el bote se volvió 



t h piapía: y el Almirante, Mco de bmfeos para hacer fl^nle á los ookbdoi ii« h: 
tormenta , qué otta vez tolvid á arreciar en la mañana det 90 , tuvo^ue dará» ék 
ilüit ton direécioh i tas islas mas septentrionales de aquel grupo, por á eii ^Uas 
pódjá dílcanzar iMéftfr sui^ero. 

Al Un, después de tres dias i^ontfnoos de sozobras tomó la eartbtab alMobM^ 
ge de Santa Harta eñ Ik tarde del 92 de febrero, y no bien fué visU por Io8 4é 
h íih , cíuando el bote se té aproximó trayendo á bordo dos aaeardotes y un éar* 
cHblaino. Después dé las fMmaíidades que las circunstancias enigiattt 9wbm§mi[ 
h car&l>ela , y ton modo liarte mas compuesto que en la anterior eétnwta, étt- 
pficai^ á Colon t)ue les mostrase tas patentes y órdenes de 4«s reyes de fiepaif 
Sa; porque si ellas fueran tales que bastasen á borrar ciertas MBpecbas qoíh pot 
allí se teniande siniestras gentes, el gobernador estaba dispuesto á devolver, con 
las mayores satisfacciones y agasajos , los prisioneros que en su poder tenian. No 
se ocultó á Colon cuanto aquel mensage envolvia de arrepentimiento ; y así , re- 
primiendo su indignación , vaciló poco en satisfacer la curiosidad dé los isleños, 
con lo cual recobró inmediatamente sus marineros y su bote , mas algunas provi- 
siones de que ya tenia muy sensible falta* 

Con esto y porque el temporal continuaba soplando del Sur sin permitir se- 
gura estancia á la carabela en la playa de Santa María , antes bien » que pudiera 
favorecer un tanto su rumbo á las costas de España , volvió á darse á la mar aqud 
fri^Httstimento el día 24, con próspera navegacbn hasta él 27 ; pero como ai 
aun no estuviera bien purgada la osadía de los nautas , ó mejor porque la Provi- 
dencia quisiera castigar su regreso por los resultados que de producir habia , co* 
menzó de nuevo la mar á levantarse eati^itosa, y los vientos volvieron i soplar 
con furia adversos ó encontrados/Torcióse el iiiimo otra vez á las plegarias, y 
otra vez se sortearon romerías en que el Almirante salió penitenciado , mientras 
la tormenta continuaba con tal ímpetu , que en la noche del 2 de marzo una ráfa- 
ga hirió súbitamente el buque rasgándole todas sus velas, de suerte que durante 
muchas horas tuvo que correr aquel mar proceloso á palo seco , en medio de otro 
mar que del cielo se desprendía , formando siniestro concierto con prolongados 
truenos y continuadas exhalaciones. 

Al ñn, en medio de tanto desconsuelo, y cuando la noche del 3 comen- 
aaba á cerrarse , algunos marineros á la par gritaron tierra ; pero esta nove- 
dad que en otra ocasión hubiera calmado todos los cuidados, en la presente no 
sirvió mas que de doble peligro por los que debian temerse de ser estrellados 
contra alguna roca de la costa. Así fué que el Almirante mandó recoger la poca 
vela con que el buque navegaba , y hacerse á la mar cuando fuera posible ; hasta 
que en la mañana del dia 4 se reconocieron enfrente de la roca de Cintra , á la 
entrada del Tajo. Todavía en tan favorable situación fueron infinitos los trabajos 
con que toda la tripulación hubo de conseguir el arribo enfrente de Rastello^ el 
cual tuvo lugar á las tres de la tarde en medio de las mas vivas aclamaciones de 
los habitantes de aquella playa , muchos de los cuales , habiendo observado desde 



priméri hort tos peligros de 4a carabela ^ oo quisieroa apartar la/ vista del baatí- 
nkúM ni de Dios el coftazoa , basta que la vieroQ Qompletainenito en salvo. 

Así volvió á sootar la planta eo el viejo rnuodo , el hombre eminente que mas 
ilustró el reinado de la primera Isabel , á los siete meaes cabales de haberlo ahan^ 
donado , sufriendo en su viaje de ida á la tierra virgen todos los disgustas de U 
doda y de la insubordinación , como si un pod^r sobrenatural se opusiera jal des^ 
cubrimiento ; yon el de regreso los sinsabores y peligros, de los mas turbulentos 
huracanes, que semejaban i celestiales amenazas. Con todo : el destino liabia mar* 
cado la hora de la universal comunicación » y por el arribo de la Niña á las costas 
de Portugal, no tardó en derramarie la grao novedad de la época por todo^ loi) 
ámbitos del mundo. 




í 



CAPITUI.0 XV. 



! 

Sorpren^tnU «feeto %n9 «•«•• «n Forta|al el arriU 4e CoIod y Ut notíoitt ¿» to «leseabrimieoto.— Enria eti» 
embaja^M á los reyet Católicos y á Don Jaan II.— Aapelidat TÍiiCag que recibe la carabela. — Honorea dispon- 

* aadaa al AfattiranU por. Ut dignaUriof porCngveaaa.<— Bntia el rey Den Juan menaage á Coloof y «ale ae ra- 
ifealva & pasar á la corte loaiUoa.— Honorea y distíneiones reales qve se le prodigan.^YnelTe á su carabela 
el Almiraote. — Siniestros é innobles consejos qoe el rey Don Joan escucha á los émnlos de Iss glorias espa- 
2alaa. — Pk^arativas de ana aspedicíon pertngnesa oontra las liefrras deaeabiertas.— 4ale de Pertogal la ear» 
beta con maabo al S., y con próspera traveaia moata el oabo -út San Vicente y da fondo en la barra de 
Saltes. — Arribo de la Pinta al mismo puerto de Patos. — Itoticias relativas á Martin Alonso Pinson.— Regocijo 
y manifestaciones públicas; 



Iodos los cuidados dei tránsito tornáronse satisfacciones tan' luego como cundié 
h voz de arribo de la carabela, de las condieiones del TÍaje y de la calidad de Én 
jefe. No obstante los muchos años que habían transcurrido desde que Colop 
abandonara fugitivo los estados dei rey don Juan II, apenas habia un portugués 
entre los navegantes que no tuviera noticias mas ó menos exactas de aquél 
famoso proyectó , cuya estravagancia era proveirbial desde que el bisistimento en- 
viado secretamente á esplorar el Atlántico habia vuelto escaso de nuevas eensd- 
cienes y abundante de averías. En tal concepto ya se deja suponer. cuánta ou^ 
ríosidad provocarían las n je vas y efectos det descubierto territorio /y cuánto- ne- 
cesitarían los incrédulos tocar por sí mismos la realidad para no persistir .en su 
añeja desconfianza. Visitaron con efecto al Almirante tantas y tan variadas gentA 
como no podía coBtener la carabela sin grave nesgo de zozobrar en el mismo pueii- 
to que i su salvación se habia ofrecido. Pero entre tantas satisfaeoiones hubo db 
Oamár á la puerta de sus cuidados un meDSiye<ioe nada de particuiar tenia , y que 
8¡ñ embargo se ofreció ofensivo á su dignidad y á su rango. Exístia en la bahía de 
Rastello un gran navio de guerra perteneciente á la corona de Portugal, y su capitán 
don Alonso de Ácufia hubo de requerir á Colon para que se trasbordase á él con áni 
mo de interrogarle. La contestación del Almirante , ian digna como decorosa» torció 



190 

inmediatamente el rumbo déla cuestión i muy satisfactorios resultados, pues no 
bien se hubo enterado el capitán portugués de la calidad de Colon como Almirante 
de SS. NM. los reyes de España , empavesó su navio » y guarneciendo su bote 
^e escogida honorífica escolta» tuvo por muy justo trasladarse i la humilde cara- 
bela para ofrecer sus respetos al mas esperto marino que en el mundo se hubiera 
imaginado. El Almirante se esmeró á la vez en recibir con las mayores atencio- 
nes al digno huésped que á su bastimento venia , y los acordes de algunos clari- 
nes, pífanos y atabales que conJi^ IffeVaTO Á ^á|>itan portugués , prestaron do- 
ble armonía á los que se cruzaron , finos saludos y obsequiosos ofrecimientos. 

Entre tanto , y como primer cuidado del famoso nauta , marchaban ganando 
horas dos raendijes que habiá dirigido , uno á sus reyes y señores adoptivos loa 
monarcas de España , dando cuenta de su milagrosa llegada , y otro al rey de 
Portugal suplicándole el competente permiso para trasladarse con su buque al 
puerto de Lisboa. 

Él rey don Juan no piídló imenos dé admirar et aconlecfmienb con iíiiíif^^Qtf 
entusiasmo; bien que á la par acometiese á so alma gran caudal de remerdiÓMen* 
%, por líaVerse dedí^^^^^ tan ibc]iú^)!i8hté dé % parte tf» gf»ffá ^iW^éil 81 db- 
biera haberle cabido , pues no hay duda que todos los descubrimientos naata 
étitotfcek verifleadois por sus sdbditoid quedaban édipeados isinte la imnensa trab- 
<ienaencia del que Colon liabia ofrecido antes á Si qué á ningiín mpiiarca '^e la 
Península. La grandeza de espíritu que le caracterizaba apartó sin embargo de sa 
sorprendido ánimo toda pasión que noble no fuese, y con muestras de muy espe* 
eial afecto, en una su carta real consignadas, contestó al Almirante suplicándob 
que fuese á verle á la corte de Valparaíso, donde á la sazón residía, á unas nueve 
téj);uas de Lisboa. Al propio tiempo el célebre monarca portugués espidió las <ÍI- 
dcoes cónVenietates para que en el tránsito se prodigaran las mayores deferencias 
y cuidados i sii ilustre huésped , el cual , acompañado del portador del |»liego» 
caballero D. Haritn de Noroñá , stfiió para la corte lusitana en la tarde del o 
de manió. 

Su entrada en Valparaíso al siguiente dia fué regia , como que la flor y nata 
de los caballeros portugués salió á recibirie , y entre sus filas fué conducido al 
palacio real , no sin obtener en el tránsito las mayores muestras de veneración 
y respeto. Por lo que hace á la entrevista con D. Juan , no pudo ser mas deco- 
rosa : el rey salió á recibirle á la puerta de su cámara , y no permitió escuchar 
la narración de su viaje sin que antes el Almirante hubiese tomado asiento ¿ su 
hdo. De cuándo en cuando , y para no perder ninguna circunstancia especial de 
las qué caracteri^ban aquel feliz descbbríraiento , interrumpía el monarca la 
narración con preguntas oportunas que justificaban el buen concepto de enten- 
dido que entre los Abios de su época gozaba ; pero en una de ellas hubo de re- 
velar algo nías qtie'bria mera curiosidad, puesto que provocándola cuestión de 
Kmites, reispecto aldominio^ue recientemente le estaba concedido tpor una bola 
pontificia , hubo de dar á conocer el desto que le acosaba de adjudicar á su co* 



m 

/W #W JWf*^ ffm^9^\^ A^ mf^ ^^ :^<»cubriinj^nto (!)• Así fué que sus 
A^T/WW^^ 9p j^qií^iniqfil^ miiy direptao^pte al coDOcimif|nto de la situacLoD 
jgfog¡t^&»,d» U)s nueyoa ,J»U^> / (or mas cyie Colon jsé esmeró en afirioar^le cop 
SÍÍVPf .«q(pqie)pi|^8,ciMÍDtp.9e apartal]^a de I09 concedidos 4 Portu^l por la bula 
4a Ma^tinp Y, po se tranquilizó el áninio real en semejante cuestión por todo e) 
Xfsto de su yida^ no obstante haber dicho graciosamente á Colon que no habría 
menester de terceros para resolyerla en buena armonía. 

Con todo: babia en la corte d^ rey D. Juan, conip enlodas las cortes, em* 
bpa^os leqeiQÍgQs de la |;rj^j|eui real, que mas la humillan cuanto mas fingen 
jppfiala^rlja por /pedio de ;$iniestros consejos al monarca dirigidos, y estos que en 
jrap número ef:an de los antiguos opositores al proyecto se jssmerfiran al pre- 
ffifúídfia ponderarais arrogancia insultante de Colon, á la par ^e fomen|¡aban ja 
,|i;g|ir¡dad de los derc!cl|08 á la nación portuguesa ^^dheridos. Elrey, por su parte» 
mal curaidp del pesar que los celos de semejante gnyideza le caupban, daba oidos 
^]rorables á cuantos proyectos se inyentaban pa^a .hacerse dueño y señor de las 
.^e^ras desci|b¡0rtas,.bien que rechazase cQmo^^ícuo el asesinato de Colon, que 
J^yipbo de prpponerle con villanas palabras alguno^ de sus torpes consejeros. Por lo 
jprooto^ adhirió al de enviar inmediatamente^ una poderosa escuadra j^ien pro- 
;Via^ de aqig^s^ pertrechos, por si aqasp, como , era probable, tenia que afrontar 
JipB peeqi^nces de una guerra con los soldados de ,España; y en tanto que el Almi* 
jpmte caipDaba satisfecho del regreso á su carabela, y visitaba de paso á la reina 
^4e Portugal en, el mo|iasterio de 3an Antonio de Villafranca, se cruzaban las dis- 
(jiosieioi|es ma? terminantes del armamento, se daban patentes de pensión y se 
iMiinbrahan capitanes J>ara coiicurrir á la roas injusta agresión que en palaciegos 
conciliábulos pudiera concebirse: esto con el^^reto que en las torpes negocia- 
iá/ms suele guardarse, para que ni aun remotamente i)udieran apercibir^ los 
españoles hasta que el golpe estuviere asp^uj^aj^o. 

Volviendo la atencipn al objeto^prinf|i|¡^l^^)e nuestro relato, que no en sinies- 
^tros manejos debemos parar la mente c(^o^no sea para qondenarlos, «conviene 
^ber que el Almirante se dio á la mar el dia,13 de marzo ¿ las ocho de su ma- 
ñana, el propio dia precisamente en que se cumplia un mes que se habia perdido 
,La Pinia; dos que se veriüeara el primer combate entre indios y españoles; tres 

(4) A i^tUncia y solicíial qao el celebro ¡af«a(e D. Enrí^ae ¿e Portngal hcbia hecho á Roma pocos anca 
•Dtet 4e ta araerte, ocarrída eo el año do 4460, el papa Martino V eoDcedíó qae todo lo deteabierto y qve lo 
dMcvbriese dcaae el cabo ile Bojador héeta el M«4iodia, haata laa Indiaa Oríentaka, fooao 4e la ooroaa 4e Por- 
tifal, e«fO broTO aonfiroaaroii deapttea otros avnoa pooUficea. (Véase á Barros Do Aita^ década I, lib. I.— Martioeg 
de la Poeale, Comp, de las Mil. de la índia^ lib. H, cap. II.— Freiré, Tida del Infante^ lib. UI y IV, etc.) 
Despoesea 447<^. cuando se concerCaroo paces eoCre las coronas ieCnstilla y PorUf al, para dirinir laa dÜireaolaft 
qno ae hnbion aasoi(a4o rotpoeto á la poaeaion a« laa iaUs Canarias, so aoonlé qoo el trato y la na? eg ación do la Gninea 
y de la Mina del Oro y la conqnista de Fea, quedasen cscl asi raméate para Portugal, y todas las islas Cañarías 
conquistadas y por conquistar para la corona real de Castilla. (Zorita, Andrét de Aragón f part. T, lib . X.-*-Vfo- 
ra, Bisíoriade Camaria$y lib. Vil.—Montero, Hitíuria mUümr da U$ ida$ CMarta#, tomo I). Comoae aigne do 
Udiaho, en nadase rozaba el deaeabrimionto do las Indias Occidontales oon las eoacesionea pontificias hechas á 
los portugueses: sin embargo, objeto fué aquel de largos litigios, que en ocasiones hubo necesidad de resolver 
con la foena de las armai. 



ld!2 

que se trató con la primera gente de la isla de Haití , y medio ano que se había 
observado con asombro la variación de la aguja magnética. La mar estaba mujr 
levantada; pero como el viento soplase del N-N-O:, desde luego se a^seguro on 
próspero y feliz viaje á la barra de Salles, y con efecto » á las dos y media sin^ 
' gMuras ancló en ella el 15 de marzo después de medio dia , con singular con- 
tente^ de la tripulación , que al cabo de tantos afanes y desvelos se vio por fín 
acariciada en el propio lugar de donde había partido. 

Con el arribo de La Niña á la barra de Saltes sin duda se hubieran promo- 
vido desconsoladoras escenas que trastornaran todo el goce reservado en aquellos 
momentos á los entusiastas vecinos de la villa de Palos, si una coincidencia 
sorprendente no hubiera concurrido oportuna á conjurar las lágrimas y volver á 
todos los interesados personales de la espedicion la mas completa alegría. Con 
efecto : algunas horas después de haber fondeado la carabela de Colon en el 
puerto, se vio adelantar por la barra á toda vela aquella que perdida se conside- 
raba, la cual en el furor de la tormenta habia aportado en Bayona sóbrela costa 
de Cantabria. Dícese que su capitán Martin Alonso Pinzón hubiera querido adju- 
dicarse toda la gloria del descubrimiento, contando como perdido el bastimento 
en que Colon navegaba la noche del 13 de febrero; y que su abatimiento se hixo 
público cuando al entrar en el puerto de Palos, ansioso en demostraciones esclusivas, 
vio que el Almirante con su carabela y sus gentes se habia salvado: tanto mas 
cuanto que desde Bayona habia enviado mejisage á los Reyes Católicos con bri- 
llantes exageradas narraciones de sus servicios. Si tales sentimientos abrigaba 
con efecto el distinguido marino español que tan activa y generosamente habia 
contribuido á aquella empresa, no hay duda que inmenso balden sobre su fama 
pesaria, á no haberlo disipado inmediatamente con las irrecusables muestras de 
su arrepentimiento y su vergüenza; porque los mismos autores que en abultar 
sus delitos se entretienen, confiesan á la par que algunos dias después entregó el 
espíritu á Dios en medio de los mas crueles remordimientos. Corramos, pues, un 
velo sobre pasados desmanes, que á emulación nacional, mas bien que de perso- 
nas, pudieran atribuirle por lo que de eslranjero tenia el Almirante, y no olvi- 
demos, para mancillar la memoria del malaventurado Pinzón, cuántos servicios 
prestó con su personn , influencia é intereses en el descubrimiento del Nuevo 
Mundo. De todos modos el ilustre Pinzón , con su natural franqueza, con su ar- 
rojado porte, Y con su marcial denuedo, caracterizó grandemente la parte marí- 
tima de su época , como que por semejantes circunstancias gozaba de muy alta re- 
putación en toda la Península y aun fuera de ella; de suerte que valorando todos 
los hechos de su especial historia , pudieran servirnos de modelo para imitar ad- 
mirándole sus buenas acciones , y por el terrible efecto de un desliz á su condición 
estraño , para moderar los instintos déla mala ambición , y continuar siempre rec- 
tos por la grata senda de las virtudes. 

Por fin , el recibimiento que á los intrépidos nautas se hizo en toda la co- 
marca donde habian nacido, fué tal como cumplía á personas de su esfera, harto 



193 

separada de la vulgar por lo que se apartaran en sus reciences hechos de las 
condiciones naturales: las campanas sonando i vuelo en la pequeña villa de Palos, 
dieron la señal á las inmediatas poblaciones, de donde acudieron en montón los 
habitantes avaros de tocar con sus manos la novedad que sus oidos sentian; y no 
hay duda que si algún momento de felices visibles sensaciones tuvo Colon en el 
transcurso de su afanosa vida, fué sin duda aquel en que pueblos enteros, consi- 
derándole como á semi-dios, se postraron á sus plantas embriagados de gozo, 
7 vertiendo por los ojos raudales de entusiasmo. 




25 



CAPITULO XVI. 



Preliminares áe otro espedioion á las Indias. — Nuevos bonores que se prodigan al Almirante.—-Su TÍago á Barcelona 
Y reeibimienio qae allí le hicieron los Ueyes Católicos.— Felicitaciones y obsequios en medio del aplauso aniver- 
sal. — Cónchensele atriluciones que únicamente á la corona tocaban.— Efecto que la nueva del descubrimiento 
produce en las naciones caltas de nuestro continente.— Bula pontificia.— Litigio .diplomático: famosa bula divi- 
soria de limitas.—- Preparativos para el segando viaje. — Origen y progresos de la casa de la contratación y Tri- 
bunal Sopremo de Indias. — Fuerzas de la segnnda espedicion. — Primeras noticias de Alonso de Ojeda. — Recelo 
respecto á siniestros procederes de la corte portuguesa.— Esplicaciones poco satisfactorias.-*- Apresúrase al ar- 
maoMntOy y queda pronta la espedicion para darse & la vela. 



JIabia corrido la feliz nueva del descubrimiento con suma rapidez á la corte 
española, en tanto que Colon verificaba su travesía desde Portugal á la bahía de 
Palos, renunciando cortesmente los ofrecimientos del rey D. Juan, que le brin- 
dara todo género de recursos para marchar por tierra : de suerte que, algunos 
dias después de haber saltado en brazos de los andaluces , pues ninguna pro- 
piedad usaríamos al decir que en tierra saltara, le sorprendió graciosamente un 
pliego sellado con las reales armas cuyo sobre así decia : A Don Cristóbal Co-^ 
hn nuestro Almirante del mar Océano, Virey y Gobernador de las islas des- 
cubiertas en las'Indias. 

Como se deja ver, sin duda que no se mostraría indiferente á tan señaladas 
pruebas de favor el Almíiante,bien que sus merecimientos mayores fuesen ; pero 
su entusiasmo creció de punto cuando rotos los lacres que la comunicación real 
guardaban, leyó en esta, con las mayores alabanzas y promesas, la orden de dis- 
poner sobre la marcha en Sevilla un fuerte armamento que habia de conducir á 
las Indias (no sin enviar entretanto á los monarcas una memoria decuanto necesi- 
tase) y el beneplácito que habia suplicado para ir á dar cuenta personal de su 
viaje en k corte, que á la sazón residia en Barcelona, De semejante proceder 
que halagaba en gran manera los deseos de Colon, y los planes que habia formado 
cuando resolvió su vuelta al antiguo continente, se entrevé como una gran lec- 
ción de alta política la oportunidad ^oa que los monarcas españolea precipita- 



196 

ban el envío de nuevas fuerzas á las tierras descubiertas^ para prevenir y con* 
trarestar los procederes de cualquiera nación rival que quisiera anticiparse, re- 
nunciando á las inmediatas brillantes narraciones que en obra cualquiera cdrte 
hubieran cautivado esclusivamente la atención» ligando los brazos á los mas ur- 
gentes procederes. 

AI fin, Colon cumplió en Sevilla los primeros mandatos de los Rejes Católicos 
en medio del concierto universal, manifestado mas particularmente en el entu- 
siasmo con que todo el mundo concurría á la felicitación del armamento; y cuan- 
do juzgó que su presencia no era indispensable á los trabajos, se puso en camino 
para la capital de los antiguos ponderados condes, acompañado de una muche- 
dumbre de caballeros y sirvientes, con seis de los indios en las carabelas traídos, 
y todos los objetos raros importados del Nuevo-Hundo. 

Las manifestaciones que recibió en el tránsito el Almirante, fueron tales cual 
personaje alguno pudiera obtenerlas : y no de otro modo nos ieria lícito espre- 
sarlas á la inteligencia, que trasladando á nuestras páginas la elocuente narra- 
ción que de aquel viaje nos hace un autor muy ilustrado y frecuentemente verí- 
dico, nlíabia resonado, dice, por toda la nación la fama de aquel suceso; y como 
el célebre nauta pasaba su camino por algunas de las mas bellas y pobladas, 
provincias de España, parecía su viaje el de un soberano. Por donde quiera que 
iba llenaban los habitantes de los paises circunvecinos los campos y los pueblos, 
y en las grandes ciudades las calles, las ventanas y los balcones, estaban cu- 
biertos de espectadores entusiasmados que herían los aires con sus aclamaciones. 
Impedían de continuo la proseoucion de su viaje las multitudes que lo rodeaban» 
deseosas de ver á él y á los indios, escitando la apariencia da estos tanta adiaira* 
cion como si fuesen naturales de otro planeta. No poáia satisfacíer la viva curioai*- 
dad que por todas partes le asediaba con innumerables preguntas, porque el ru» 
mor popular había, como saele , exagerado la verdad, llenando el recien hallado 
mundo de toda espef^ie de maravillas (1).» 

Al fin, entró Colon en Barcelona el día 3 de abril, etendo ya pasaba de un mto 
que m aquella residencia provisional de los monarcas se estaban haciendo regio* 
preparativos para recibirle con pompa de soberano, á la que concurrió con sus 
encantos un día brUlante de la mas suave primavera. Precedian los indios la co- 
mitiva con los adornos salvages de toscas pinturas fue soKan ostentar en eu 
cuerpo, y algunas láminas de oro; después varios pages y escuderos eran con- 
ductores de los pájaros mas raros de las Indias descubiertas : de diademas, bra- 
zaletes, caretas de oro y demás objetos dé lujo que ios caciques de la E^Sda 
habian regalado al Aknirante, y de varias plantas que por esquisitas se kdkiaB 
tomado : y por último, cercado de una brillante conlitiva que de todas partes se 
apresuraba á Mieitarle, cerraba la marcha Ck>lon con grave apoetttra y aunque 
¿Kgno, modesto continente, prodigando saludos eotí natural bondad ibuaütos^B 

(4) btÍBf . rUé y «MfM d$ Ctkm. Totto I, traJacelon M|»fioU !• Oarcla ét VílUlli, pk§, HO. 







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80 imneofta gloria se interesaban con públicos obsequios en calles, plazas» bal- 
cones y tejados ; que por parte alguna pudiera estar vacía , donde el campo dila- 
tado ofrecia estrechos limites á la inmensa multitud que se derramaba ansiosa por 
todas las veredl» que conducen ala capital del principado (1). 

.'4) Htoe áltennos ifiof ^aa entro tariii penonn ¡lastradas de la ctrlta Barcelona se leranta, cual sordo mmor 
de lejana tormenta, la equivocada opinión de qne jamás en aqoclla capital huLo do sentar la planta el gran áw*- 
cnbrídor del NneTO-Mnodo , desde que sn fama era pregonada por ambos hemisrorios. Apóyense, los qne tal especie 
tcaríeían como verídica, en el sileneío absoluto que guardan sobre la entrada rógia do Colon en Barcelona cuantoa 
diarios alli so llevaban , que no aran pocos, públicos y privados. Bien conoxco qne en nada, semejante alteración 
de los hechos, pudiera arocngoar la escelsa reputación del intrépido marino^ como que esta:;do aaontada sóbrela 
realización verídica de an pensamiento sobrenatural entonces, de poco sirve el logar en qoc apareció á dar cuenta 
da sm inmortal desenhrimianto ante los reyes de España. Con todo; para desvanecer en lo posible semejante 
mmor, siquiera en pro de la verdad histórica, me hube de entreti^ncr dorante algunas semanas en la investigaeion 
escrupulosa y detenido reconocimiento de cuantos diarios coetáneos en Barcelona se sabe que csislen, y por ellos 
no ha aprendido de la cuestión inaugurada mas que una verdad lastimosa, á saber: que el orgullo marítimo do los 
celebras catalanes aconsejó malamento á los hombres cultos en quienes consistia la fama de los sucesos, un silen- 
cio tan absoluto en lo qne al triunfo de Colon se referia, que bien se puede asegurar hasta la oirculaoion verbal de 
las naceatrías órdenes para qne tan felii acoatecimiento no pasase á sucesivas generaciones en ninguna clase do 
escritora. Eataba tan raciante la unión da Us coronas aragonesa y castellana, y tan viva la emulación de ambas 
naciones, que el proceder se comprende tanto como merece condenarse. Calló al suceso la diputación; lo calló la 
municipalidad , y calláronlo también los magnates que particular diario de p&blicos actos llevaban; pero con tan 
mareada intención que en algunos se pasan en claro varios meses, sin duda <^n propósito de dar cumplimiento á 
la prohibición y disculpa juatificabla á sus procederes. Tal se advierte por ejemplo en el CoMBS : De «iiceaoa noía- 
Uet, manuscritos del siglo XVI que en la casa de la Ciudad se custodia, y aun en los mism.fs Dietariis de la pro- 
pia enaa. Cn loa de la Diputación se loa en el dia5 de abril do 1 id5 la vuelta de un oidor Moien Luis deVoira 
á Barcelona^ con lo cual so prueba la parcialidad estudiada 6 prevenida, puesto que quitando el logar al aconte- 
cimiento mas grande de tos siglos, lo adjudican á novedad tao iosigoificanle. Mi respetable amigo el Sr. D. Manual 
de Dofarvll, actual archivero de la corona de Aragón, también me aseguró la consecuencia del silencio qne sobre 
la ciMtion se guardaba en un dietaria particular que en sn casa conserva, é iguales noticias tengo respecto al de 
la casa qne tlli poseed señor duquo de Medinaceli. El archivo de la catedral, donde fueron bautizados los indios 
de San Salvador, no tuve ocasión de verlo; pero un amigo, el Sr. D. Joan Vivó, que tuvo la bondad do ayu- 
darme ea la investigación , me aaegoró, con referencia al venerable ecleaiástico que lo custodia , que tampoco allí 
podría aclararte la verdad, puesto que no exista el libro de bautizados de aqael año. 

No hay doda que hasta aquí parece como que llevan la mejor parte en la cuestión, los que tan lastimosamente 
daapardietan la verdad de los libros por tributar á los documentos inéditos un culto exagerado, sin hacerse cargo 
qne asi la parcialidad pueda existir en la pública biblioteca, como en el recóndito empolvado archivo. Para daa- 
vanaeer aquella naciente opinión que en cuanta no tendría si de baja procedaneia ae levantase, habré de insistir en 
la aaarcadt intención de los encargados de los díanos en la fecha del suceso: en la parcial manera que los mismos 
otaban an tat apuntaciones , aegnn el negocio ó personado qae trataban, y finalmente en las verdades que facili- 
tan contra la emnlacion local loa mas acreditados autores. Parcial manera digo en lo de apuntar los sucesos, por- 
que aotorizado me considero: qne no de otra suerte me fuera licito atentar á la buena fama de respetables cor- 
poneioooa. En el dietario déla Diputación que corresponde al trienio de 4494 á 4495, alfolio 44 tercero, donde 
•ata apastado el dia7 de diciembre da 4492, que fué cuando al rey D. Fernando hirió un catalán al salir de la 
audiencia, nada se dice en la foja del libro; y únicamente hay á ella mal pegada una tira de papel que dice: divntdref 
ú Til de decembre, vígüia déla Coneepeió de natíro Dona Sánela María $e tegvdlo eat en la pereona de la Ma- 
gttUt dd 8. Eeyy al q^tal naetre Senyor Deu done longua vida^ con cuyo papel parece que se llena la obliga- 
eion, pnaa te apnnta el suceso y se salva la honra no diciendo qué cas6 haya sido. No me esforzaré en amontonar 
otras pruebas de parcial intención, que bastante es la consignada, y así haremo cargo en seguida de loa autores 
eoetánom da mas autoridad qne la entrada de Colon en Barcelona aseguran. En primer término aparece Pedro 
Mártir, onyafajna le releva do prnebu reapecto á sn veracidad: era amigo del Almirante y se halló presenta ásn. 
triunfo, aegnn él mismo aflrma en sus Déeadat. El curado los Palacios en el cup. 454 de sn Bieíoria de loe la- 
3fiif €9iéUeotf dice : Las que de aqvMn inMoe que trajo vinieron preeetUó een loe cotas de oro que trajo al rey é 

la nlM, do Ue cuates él fué muy hün recibido á estuvo desta tez el ALMiaáNTE en la goite y 

aéao la eaiio pormnaació an Barcelona doada el 24 de octubre de 4492, an que todavía Colon andaba datonhriando 
Mas, kaatael 4 da oeíalbra do 4495, en cuya techa ya había emprendido su segando viaje, no hay dnda qno en 
Barcalona había da ser donde al Almirante estuviese én la corte j sagun afirma el cara de lot Palacioa, y donde 



108 

. Para que la felicitación fuera tan solemne como el acontecimiento merecía, 
quisieron los Reyes Católicos que la ceremonia participase de la mayor publicidad 
posible , y al efecto colocóse el trono real bajo rico dosel de brocado de oro , en 
un espléndido salón preparado en público parage» y ambos monarcas» veslidoB 
de gala con el príncipe D. Juan á su lado» y una inmensa comitiva de la mas 
florida nobleza , de ambas coronas» descendieron de su alto lugar para recibir en 
sus brazos al hombre que á la sazón estaba causando en las ideas y en los hechos 
la mas grande revolución que los siglos babian contemplado. 

Para llegar hasta las Magestades descendió Colon de su caballo , y lo mismo 
hicieron cuantos su comitiva formaban; y después» tomada la venia para besar 
las reales plantas , atravesó con magestuoso porte bajo el rico pabellón de bande- 
ras y estandartes, emblemas de todas las provincias españolas» que los Reyes 
Católicos habían mandado prepararen manos de elevados personages, á fín de co- 
municar á aquel [acto una grandeza tal cual mayor no se hubiera ostentado en 
la opulenta Roma allá en los famosos tiempos de sus mejores triunfos. Cuando él 
Almirante quiso postrar en tierra la reverente rodilla , no pudieron los monar- 
cas tolerar tal muestra de humildad en subdito que tanto valia , y levantándose 
presurosos le tomaron de la mano para impedir el acto» y le sentaron gozosos 
á su lado en tanto duró el relato de su viaje» con todos aquellos episodios que 
mas caracterizan la fisonomía especial de tan famosa cuanto singular empresa. 

sentara los ¡odios á los monarcas. Gonzalo Fernandez de Oviedo, á quien si no adornasen otras dotes literarias 
ninguno pudiera apostrofar de inveridico, dice: y en aquel mitmo año descubrió Colon etta$ Indias, y llegó á Barce- 
lona en el siguiente de 4 i93 año^ en el mes de abril, y falló al rey asas flacoy pero sin peligro de su herida. 
Aquestos notables se han traído á la memoria para señalar el tiempo "en que Colon llegó á l\ corte- en 

LOCiAL YO hablo COMO TESTiüO DE VISTA Don Hernando Colon, en la historia de su padre, también refiere 

la entrada en Barcelona, cu ocasión que el se hallaba en la corte en calidad do page , y sucesivamente afirman 
el suceso cuantos do las cosas de Indias trataron, y en tales fuentes bebieron, facilitando algún escritor catalán 
notables pruebas á nuestro axioma de nacionU parcialidad, tales como se desprenden de los Anales de Caíeduño 
que Foliu ha escrito, en los cuales, ya que no se atrevo á negar la entrada de Colon en Barcelona, pretende sw- 
tentar, con ridicula é incierta erudición, que fueron catalanes cuantos d Colon en su primor viaje acompañaron: 
suposiciop absurda y harto desacreditada con las relacione? nominales de aquella tripulación, qne en nueatro ar- 
chivo ác Indias so conservan, por las que resulta que catalán ninguno asistió al descubrimiento: y h<J aquí mejor 
osplicado el motivo de tanto silencio en los dietarios y demás comprobantes do Barcelona. En nuestros dias un es- 
critor novel y poeo autorizado ha publicado un libro que se titula Guia Cicerone de Barcelona : ea él, é la p&gi- 
naflS, so habla de haber estado en ol palacio de aquella ciudad un gcnovés, llamado Cristóbal Colon: que iba á 
ofrecer al rey un nuevo mundo, y dice también que esto gonovós iba acompañado de varios ciudadanas en ocasión 
en que se actrcoban ala macestad tres embajadores del rey moro de Granada, cnyoa nombres dice: paro como cita 
eate acontecimiento en el ano de 1-492, precisamente cuando ya en Granada tremolaba el signo do la redención con 
los pendooes castellanos, y cuando Cristóbal Colon andaba gozando el placer de su descubrimiento por loa mares 
de las Antillas, ningún crédito merece la noticia, que además no está apoyada en autoridad respetable; bien que 
el autor h que alúdese haya valido do muc)i09 datos inéditos que por su destino maneja, y haya trastornado con 
intención 6 sin ella, Us fechas de ambossocesos: en cuyo caso bien podria creerse en la existencia reeónJita de 
algún documento que baslura á imponer silencio ú los que, por fanático apego á la historia inédita en esparcidos 
antecedentes, se atreven á poner en discusión sus mas conocidas verdades. Si de todo lo dicho no se siguiera coa 
tanta claridad la prohibición de consignar el suceso en escritura alguna qne á la posteridad llegase , habrá de aa- 
toVizarla también la circuostaocia que he advertido de que tampoco en los dieUrios se dice cosa alguna respecto 
á los embajadores estrnnjcros que A la corte ^.^ España acudieron en albricias del descubrimiento; y negar también es- 
fts verdades seria atentar á los irrecusable, testimonios ya indicados, y á la veracidad qne ha caracteriaado á AUe- 
gretii en su DiariSenesi; á Muralori, ci Itü. Escript ; i Foglieta, en su íiíoria di Genova; á Hacklajt, en It 
Collcrtion de Yoyaf¡es , y 4 otros varios «; ic de dichas embajadas y acontecimientos se ocupan. 



199 

Guando la relación del viaje se hubo concluido, do hay que dudar á cuales 
influencias se atribuiría el suceso en la corte de España eminentemente católica, 
como que todos los sucesos prósperos se consideraban allí especiales favores que 
la Divina Providencia derramaba sobre nuestros monarcas por la terminación fe- 
liz de la conquista de Granada y estincion en toda la península del aborrecido 
cuito de Mahoma. En tal concepto, y por un objeto de general simpatía, cayeron 
de rodillas á par de los Beyes Católicos, cuantos circunstantes el acto presen- 
ciaban: y al compás de la música de la real capilla, entonaron millares de voces 
el mas solemne Te^Deum que al cielo se dirigió en ocasiones de entusiasmo. Ter- 
minada la cerenrK)nia y no sin besar las manos á los reyes y al príncipe, se retiró 
Colon á su posada en medio de la multitud y todos los magnates de la corte, que 
por mandato real le acompañaron para mayor lucimiento de su persona; y fuera 
oficioso manifestar cuánto fué objeto de la curiosidad y del entusiasmo público 
el famoso Almirante, en tanto que permaneció en Barcelona, donde mas parti- 
cularmente si á la vista ansiosa de los curiosos y admiradores se ofrecia, era en 
compañía de los Reyes Católicos ó de sus mas privilegiados caballeros , que hon- 
rándole y sirviéndole al presente tanto como sus fuerzas permitian , se esforzaban 
en borrar de su memoria la mala impresión de los pasados sarcasmos, cuando por 
un loco era tenido el que á la sazón como semidiós estaba considerado (1). 

Los reyes entre tanto, no escasearon todo género de favores y mercedes en 
pro del subdito que tan inmensos los tributaba á su corona; y á la par que con- 
firmaban en todos sus estremos el tratado de Santa Fé, privilegiaban al Almi- 
rante con el uso de un escudo de armas en que las reales se acuartelaban alter- 
nando con un grupo de islas en campo de gules rodeado de olas, al que se añadió 
mas tarde el siguiente mote: 

Por Castilla y por León 
Nuevo mundo halló Colon: 

le pensionaron con los treinta escudos prometidos al que primero viese la tierra, 

(4) Entre los grandes qao mas agasajaron á Colon por el resaltado de sa brillante e^iprest, hubo de distin- 
guirse el gran cardenal Mendoia, qne antes babia sido mno de los qae mas w apartaran de sns creeneias. Dicese 
qve por ría de satisfacción lo dio un banqnete á qae asistió lo mas florido de la nobleza de las dos coronas, y 
qne en él tnTo Ingar la ttnpopnUrisada anécdota del huevo. La reprodnccion de su relato bien podría ser agena 
de esto lagar, entre otras cansas, siqnicra por la escasa antoridad qne alcansa entre sabios y eruditos^ pero como 
ells, á ser ciertOi tanto caracteriza el espirita sereno de Colon, y su fácil solacion á las caestiones mas difíciles, 
y por otra parto entoolTC en ana tendoaeíat de tritialtdad, nn ejemplo de elocnente reprensión contra los qne 
ann trataban de aoiengnar sna talentos, qneremos hacer mención de ell^ para entretenimiento de curiosos y cor- 
rectivo de arrogantes. Un ligero cortesano, mal avenido con los honores qae á Colon se tributaban, por la en- 
vidia de tanta gloria^ hobo de preguntarle, sin oportuno motivo, si creia que en caso de que él no hubiese drs- 
cubierto las Indias, faltarían otros hombres capaces de acabar la misma empresa. A esto no dio el Almirante res- 
pucafa inmediata; pero en cambio tomó nn huevo, y eiigió de los circunstantes que lo hicieran mantener derecho 
sobre nna de sns puntas. En vano hicieron todos las mas cuidadosas pruebas, hasta que Colon dio fuertemente 
con él sobre la mesa, y rompiendo aquella qne habia de servir de base, lo dejó perfectamente derecho con la fa- 
cilidad qne es consignieate, indicando por tan sencillo proceder, que después de haber descubierto el Nuevo -Mnnde 
lada kabia mas fácil que aprander su camino. 



aoo 

y después tratándose de los armamentos sucesivos, no solo hubo de cooservar 
los títulos del Almirante y Virey de los lejanos paises descobiertos» sino que se 
apadid á sus dignidades la de Capitán general de todas las fuerzas que al Noavo- 
Mundo fuesen, con amplias facultades de proveer todas aquellas plazas cuyo nom* 
bramiento era especial atributo de la corona. 

A tan marcadas muestras del favor real que, por las sucesivas negociaciones 
y rescates, tan abundantes riquezas le ofrecian, no pudo mostrarse insensible 
aquel ser privilegiado; y ageno á toda ambición que de gloria no fuese, renovó 
solemnemente el voto ya hecho de emplear todas sus ganancias en el rescate del 
Santo Sepulcro, por medio de una cruzada mantenida á sus espensas, que cons- 
taría dentro de siete años, á contar desde entonces, no menos que de cincuenta 
mil infantes y cuatro mil caballos, comprometiéndose á duplicar aquella cantidad 
cuando otros cuatro años mas hubiesen pasado. Este quimérico proyecto, que 
por las desgracias sucesivas de Colon no llegó á verificarse nunca, es el mas irre- 
cusable descargo que pudiera exigirse para limpiar la fama del Almirante de 
aquellas torpes calumnias que con el tiempo se levantaron atrevidas para amargar 
sus últimos años, y que le precipitaron al sepulcro, sin duda alguna , antes de 
que la hora solemne debiera haberle llegado. 

Por fin, en los momentos que alcanzamos en la presente historia, fué tan 
grande su descubrimiento como inmensa su fama, de cuyas ambas circunstancias 
se hacían lenguas en todas las naciones cultas del antiguo continente, con un en- 
tusiasmo tal como es difícil comprender, no habiendo vivido en los críticos mo- 
mentos de la novedad que se celebraba. En París se tuvo conocimiento por rela- 
ciones de comercio , y la sorpresa fué semejante á la alegría que doradas espe- 
ranzas derramaron por los ánimos especuladores. En Londres se creyó sobrena- 
tural el suceso, achacándolo á inspiración divina, según palabras salidas de la 
real boca de Enrique VII. Genova celebró la noticia con fiestas públicas, con- 
signándola con gran solemnidad en sus anales, por lo que á su fama tocaba la 
fama del mas privilegiado de sus hijos. En Roma se pobló el aire de himnos al Ser 
Supremo en acción de gracias: y finalmente en todos los Estados de la cristiandad 
tuvo espansion el entusiasmo que causaba la novedad, no sin torcer el ánimo de 
los poderosos que hablan desechado el proyecto, á los mas duros epítetos contra 
su escesiva incredulidad ó su imprevisión impolítica (1). 

Para organizar las consecuencias del descubrimiento con todas las condiciones 
necesarias al grave carácter que los monarcas deseaban imprimir en sus legí- 
timas nuevas posesiones, según la jurisprudencia por donde en aquellos tiempos 
se regia la política de los potentados (2), enviaron los Reyes Católicos solemne 
embajada al Sumo Pontífice recien elevado, Alejadro VI, subdito como hombre 

(4) VéaB8« lot aatorcs ciuJos al fiaal «le la peoéütma nota. 

(2) Desde los famosos tiempos de las Crinadlas, los príneipos erislianoa so habían abrogado el derecho de pro- 
piedad en todas las posesiones qae hollaron ana armas, no pertenecieotea é la eomanidad de la Iglesia Católica 
Romana; ptro segnn las ocasiones, era rcqniaito indispensable la sanción del Pi^a, ai so habían de alegar en 
derecho justos é íoviolablrs títulos á la pos-'sion tranqnila de semejantes nsurpaciones. 



mi 

dbFeroaodé V ftít sér.nataral dé Valencia, pero harto superior én io espiritual 
á m seftor y soberano , no obstante los vicios y flaquezas de que su natural ado- 
lecía* Por dicha- embajada se daba cnenta minuciosa de las tierras descubiertas, 
y ee aoUoitaba la correspondiente bola para continuar con bs descubrimientos 
ea la pacífica posesión de lo ya adquirido por el Nuevo-Mundo y de lo que en 
adelántese fuese adquiriendo: no sin protestar, por lo que convenía ganar la 
acción en el regio litigio que ante el Papa se inauguraba , que nada tenían de 
común las tierras halladas por Colon, con las que estaban investigando al Sur 
los subditos portugueses. Por escasas nociones que de geografía tuviese el tribu- 
nal que en semejante competencia actuase , sin duda que hubiera comprendido la 
verdad de cuanto el monarca español esponia , no obstante las complicaciones que 
mas tarde pudieran aglomerarse respecto á la esfericidad y posible circunvalación 
del globo terráqueo ; de suerte que el Pontífice no tuvo reparo en felicitar á los 
Beyes Católicos por su f^iz hallazgo, y darles á la par la autorización solicitada; 
y á fia de que en adelante no tuvieran eco las pretensiones exageradas de los 
monarcas desde entonces rivales en la cuestión de descubrimientos , se trazó so- 
bre el mapa-mundi una línea divisoria de polo á polo cien leguas al Occidente de 
las Azores y del Cabo de Islas Verdes, para con ella manifestar cuáles habian 
dé ser los rumbos en que cada nadan dé las española y portuguesa habrían de 
dirigir Ja proa de sus bajeles. Con semejante ocurrencia se advierte demasiado 
pronto cnanto quedó la cuestión mas complicada , por la facilidad con que por- 
tugueses y españoles podrían aportar en Unas mismas tierras , por inas que al 
Onente navegaran ios primeros y los últimos al Occidente. No obstante, el re- 
sultado cerca del Papa , de la moción agente perpetuo de sucesivas guerras, se 
tuvo por bastante para acallar las pretensiones del rey D. Juan, que no tardó en 
enviar sus representantes al Santo Padre; y por ellos se convenció fácilmente de 
la inutilidad de sos gestiones, como que no obtuvo contestación mas favorable 
que un traslado de la remitida con la división imaginaria á los Beyes Católicos. 
Pero como quiera que inmediatamente se tocasen las inmensas dificultades que 
la hnea establecida amontonaba en perjuicio de la navegación portuguesa, por 
los estrechos límites que la quedaba para aventurar sus éspediciones al Sur sin 
traspasarlos, siquiera no fuese mas que por las contingencias del mar, hubieron de 
darse i mejores razones ambos monarcas , entrando en el camino de la siqcerídad 
que basta entonces habian despreciado ; y juntos los comisionados de las dos co- 
ronas en la villa de TordesiUas, conchiyeron en 7 de junio de 1494 un arreglo 
amistoso, por el cual se convinieron los españoles en avanzar la línea divisoría 
hasta las trescientas y setenta leguas al Occidente del Cabo de las Islas Verdes, 
en vez de las cien que el Pontífice habia señalado ; pero á condición de que nues- 
tros buques^ no tomando posesión de hallazgo alguno , pudiesen navegar úa di^ 
ficultad por dentro de loe límites concedidos á los portugueses, sin adjudicar á 
estos semejantes derechos. ^^ - \ 

Volviendo á los preparatívos que immdiatanfente hubieron de haceiw* para 



h «efunda aspedtcion al Naevo-MundOt no m descaMaroo los l^ye8 CatdKees ea 
ordenar todo lo cumplidero á tan privilegiado negocio ^ tanto mas eoanto que Ad* 
tando aun el convenio de los limites» conforme á las condiciones que mas taide 
8^ asentaron como queda dicho, toda dilación pudiera fácilmente complicar aque- 
lla causa basta el estremo de llegar á Ists manos españoles y portugueses: que 
tal se llegó á temer en los preliminares de las negociaciones. Por consecuencia » y 
para con mayor desembarazo é independencia trabajar en cuanto á los negodos de 
Indias concerniese » hubieron los monarcas de encomendar la superintendencia 
al arcediano de Sevilla , D. Juan Rodríguez de Fonseca , que mas tarde alcanxó 
las dignidades episcopales de Badajoz, Falencia y Burgos y el patriarcado de las 
Indias , hombre entendido en los bélicos armamentos , de activo proceder y muy 
dado^ las cosas políticas que anteponía con frecuencia á las que mas correspondían 
á su sagrado carácter : ambicioso en las inclinaciones y vengativo ei^ los procederes: 
glande amigo de la gracia real y lleno de sagacidad para conservarla por mas de 
ti^einta años : enemigo implacable de Colon , á quien hizo gustar en distintas oca- 
siones todo el veneno de su rencor , amargando completamente los que debiera 
p^meterse mas felices dias de su afanosa vida. 

Adjuntos á Fonseca nombraron los monarcas á Francisco Pinelo como teso- 
rero de las Contrataciones» y por contador á Juan de Soria , fijándoles para resi- 
dencia ordinaria la ciudad de Sevilla » bien que su especial vigilancia hubiera de 
estenderse al inmediato puerto de Cádiz. En este se estableció una aduana para 
iptervenir las nuevas importaciones con que tan rápido vuelo iba á tomar el co- 
mercio de Europa , y con tales fundamentos quedó establecido el Supremo TVí- 
l^nal de Indias , que mas tarde alcanzó tan alta importancia. En el año de ItfOS 
^ le acomodó el nombre de Casa de (a CórUraiawnt y el á» jueces oficiales de 
la misma á los tres ipdividuos que en el{a funcionaban. Por real cédala de 7 de 
OjCtubre de 1557 se dio á aquellos un presidente, y en 25 de setiembre de 1669 
sq erigió ya en 'tribunal Supremo con su respectiva sala de justicia eompuesCa 
d^ tres (Adores. Tuvo y gozó esta institución muy grandes facultades, prvvilegioe 
yi prerogativas , estando admitida y declarada por Audimcia Real igual á laa 
c^^nciUerias de Yalladolid y Granada» y ejerciendo omniai9damente su jurisdie^ 
ci(m €|n todo lo perteneciente á las Iiylias* (1). 

{A) Moebo bolgariamot de aWnr aqai ol aspado qaa ooapan laa realea instn^iopaa que dieron a| ilpiri»- 
U loa Beyea Católíeoay con oeasioa de su aagnoda empresa; pero ellas aoUras tanto los diTorsos asontoa de q«a 
H tral^ en ef, preieiita eapltnlo, fiio no podepioa menos de copiadlas integras «000 ae enstodUn laatiÉieniadaa ea 
el arebÍTO del sefterdaqne de Veragva. Omitiendo el proemio dicen asi las tales instrnceiones: 

«Primeramente y pees é Dios Nuestro Seftor pingo porsn alta misericordia desenbrir las dichas islas atierra fir- 
mal Sey é A la leina nnestros SfftoreSy por indnsiría del diebo D« Grislábat C«Un , sn Almirante , Viserty é So- 
bernador dallas , el enal ba feebo relación A ana AltcfaSfqM.ltt gentes 511^ enellps CilU ppbladaa» ^onnaciéMlM. 
aér gentes mny aparejadas psra se conTorKr i nuestra Santa Fé Católica: porqneno tienen ninguna le y¡»a¡ seta^ d«^ 
W conl hm plnéfia T ^Um muab* i ana AUaiat, poi^M «a todo es rasen que ae tanga prindj^al meato reapetoal 
as^ií^ U D^. a^l^ SeAor, é ei^l^vncpto fe pm^ Sai(ta FéXaMlÍ<m: por e«de aus Altetin4Í^ndo tf¡á» 
aueatra sánU Fé Católica sea aumentada é acreacentada , mandan é encargan al dicho ^Imirant^ yís^Té^Gni^», 
nador, que por todas laa tiaa é maneras que padiarep procura é trabaje atraer i los moradorea de las dicbpf iaiaa 
4 #fm ^t^^ 4 «M ia tt^i[Pf9^i,^m kPÑ 9 m FACiMiM ; j f^r§t^rmU * e^o , ^s Mtesas M?«an allA al doc- 



Qon 6Éto ae ptftid de^iratM Gobn camiBo de Sé^Ua , en oaya plaia eotfo i 
1» pMMroa ét jtÉiio pata dar calar á la e8pédioimii|ue bayo au condliota había db 
lüllar hr tierhi tírgen del mievb eoBlkíeiite y deade luego comenad á diotai^ ór* 
í tui áiiipKaa y termiiMiBleB oemo el oaao i^aeria , y según ae bailaba atito^ 



ík f\ Fr. MY, jadtai&iité ¿on éiitét réíigíoi^t qíic^ Íie\iú Almirante eoátigo ba ie llévir. Tos ¿oales por mano é 
íftMClU éé fos fifdSokqtfo até TOttíéron, pi^oéareti c|áe sean bien fnformadof'de las cosas «le náestra Sania Fé^p^és 
allef stbráa é enteaderán ya aoebo de nnestra leagna , é procurandé de los instrvir en ella lo mejor que ser paé- 
di; I' porqde éste Aiejorse pueda poteer en' obra, desunes qtie en buen bora sea llegada allá el armada , />rodiira tf 
Hii^él iichd Almirante qué iodoi to$ qm ett ella táñy élút qwmat fueren de aqui adelantéj traten muy hteh é 
(éáMemtíUédUttdi^wiñdiU» nü que lei fa^an eáojo tdgúno f proeurando que tengan toe unot eon loi otrai 
üitidU eontétsaeum é frtnüiáridadf káeiándote loé pujoree cbrat queeerpu^da; é a$i mismo et dicho Álmirdü' 
üíee dé algítnas dádivae graciosamente de las cosas de mercaderías de sus Altezas que lleva para el rescaté ^ 4 
toe "komro mucho-, é neaso friere que alguna ó algunas personas trataren mal d los dichos indios en cualquier 
wltíovd que sea, eí diáio Almiremte , como Visorey é Gehemador de sus Altezas , lo castigue mucho por virtui 
ée los poderes de sus Altetas que piara dio lleta: y porque las cosas espirituales sin las temporales no pnedeñ 
inengttmente dorar, ternft el dicbo Almiranteé Gobernador en lasotrss cosas la orden siguiente: 

«Primeramente para so camino' debe buscar las mejores carabelas que bailare rn el Andalocía, é loa marifteroa 
4 pi^otoa dallas sean lo% que mas saben del oficio y más fiables: y pues que en el poder que sus Altezas dieron 
eí Almirante y á D. Juan de Fonseca para facer esta armada , se contiene que puedan tomar los navios que qw- 
silsren para ella, escójanlos d su voluntad los que mas viere el Almirante que conviene. 

«To^ la gente que fuere en loa navios , si ser j^ndiere , sean personas conocidas é fiables, é todos se han de pre- 
sentar ante el dicbo Almirante de las islas, como Capitán General de la dicha armada, é ante el dicbo D. Juan 
de Fonseca. é por ante Juan de Soria que los contadores mayores envian aíti por su lugar- teniente para esta ar- 
mada stnie et cual se ha de facer la dicha presentación ^ comeante lugar -teniente de los contadores mayores j, y 
ha la de sentaren su tibro, i el pagador ha de pagarles el sueldo que hubieren de haher por las nóminas é íi- 
íramientoi firmados dé los dichos Almirante ^ é D. Juan de Fonseca, i del dicho Juan de Soria ^ é non en otra 



«todos' Ida as¡#a6iá que se bicieren eon cuaíe^nier capitanes, é marinos, é oAciaíes, é otras jpersonas que fné^ 
ran en la dicba armada ; é otrosí, todas las compras que se bebieren de facer asi Áe natfoacomo de mantenimien- 
tos, é de pertrechos, é armas, é mercaderías, é otras coalesquier cosas para la dicha armada, é los navios que se 
taíiiíraB se haga por loá'ii'icbos Allniránte é D. Joan de FonMca> ó por las personas que para ello nombraren^ é eo 
pféáencia del dicbo Joan de Soria como lugar- teniente de los dichos contadores mayores, para que faga libro dello' 
é^otroai, en presencia de otro escribano, si quisiere poner por sí el dicho Almirante: esto para las compras queso 
jíneren en los' lugares donde elloé cslotiér¿n; y las que se bobíeren de facer en otros lugares se fagan por las per- 
sanas que loé' dicbos Almirante é'D. Juan de Fonseca enviaren para ello| é por anfe escribano público: é el que 
leviere cargo de hacer la paga para esta armada, pague los maravedís ^ne en todo lo susodicho montare por nó- 
minas 4' Uttramíentos firmados de los dicbóéí Almirante é D. Juan de* Fonseca , é del dicbo Juan dé Soria, como 



«t<as cnáleadtcWs armas, é mantenimientos, é pertrecbos, é mercadnrías, é otras cosas que se compraren . se 
enregnen á las personas que' eV dicho Almirante nombrare, y á aquellos' baga cargo dellas el dicho Juan de Soria 
¿* fisga litro ¿ euéniÜ' detío : uno pira traer áí sus' Altezas\ i otro para enviar al contador que ha de estar ni 
me {ft«f eon poder de los dichos contadores mayores. 

• Al tiempo que la dicha armada haya' de' partir en buen hora y todos los capitanes ^ é pilotos, émarinoa. égeol« 
deetMiloVdepíéy éoflcibles, é otras personas que fueren enelía'i bayan de registrar toáo lo qtae llevaren por an- 
ís efdicb'o Almíranie é D. Xuan de Fonseca, ó ante las personas que ellos nombraren, é por onle el dicho Juan da 
$o%'e¿niolnyar-leniente de contador y pofqne se sepa las personas que van, d de qué calidad é oficio son cada una 
íSlíit-é ioXes Hayan" de facer é fagan juramento ¿pleito homenaje al Rey éd'la Reina nuestros señores, para 
Itf'jén^'efi ealé maje^fielme^e, é qne'as'ien el camino 4 la i ^a , como después de llegados á las islas é tierra fir- 
ttíf é'k la vóetía, en todo lo 'que se ofresciere eñ'dícliOy ó en fechólo en consejo, guardaran el servicio desús Al- 
tens ^'|fro''de sn haeWoda*cOmo ifielfeÜ* é verJa'á'eros vasallos' é súlíditos de' sus Attesas, é don^e vieren sñ servicio 
A^kll^^Any 'ésT'étWiíhl'arVviSreo, lo arredrarán á todo su poder, ó lo harán saber á sus Altcias, si vieren que 
M^fí'á'a^ iervícti^' ,"4 loliarín sáWr al dicho Almirante é Capitán GeneVal para qne lo remedie; doamimo. que* 
k m»''y ^Ví^W&r^'d^oft^afÍ¿f¿¿tÍi¿^r'¿¿eAo AlúUraÁlé, c¿mo iímiran/é (íe tus' AUezeií en Ü 'misr^ y'eetía 
m/rs£ emdyt\i^'tGiíMWtÍíf de'sy^meÜ's; de manera que t6dos estén conformes con^ él para lo su^' 
«lo, é ninguno pueda facer lo contrario) lo cual todo sns áltexu les mancan por eslía ' p'resenie ¡asinice¡oli%ue 
ft|lr*'WttiíliVlify'sa'1fipelhire'nque''c'ieíi'^los qu'e'^aaebra.Uatf'los^éSeJaiíPea pteítos homenaje;: 

•v(H#*r; ^^'Alimí nilifSiiA'qaéWogiffi^/dC algátfai'peVsoVas', di'f¿\¿e fiiiréiienla'dlfeVarinida^'ifiWtT^ 



rizado para proceder con cedidas reales* Entre «atas poseía una por la caal era 
daeño de embargar para el serrício de la éspwfidoQcsafitos boqaes estimfflBá 
anclados á la sazón ó andasen en ios puertos de Andalucía durante los prepaiMi* 
TOS» medida cuyo uso no tuTo apKoañon forana por la abundancia de 



quier etttdo ó coodicioo qoe sean, non llayeo, ni puedan 11 eyar en la dicha armada , ni en otros nayios, 
dorias «Ignnas para facer rescate alguno en Us dichas islas é tierra firme, porqae niagano lo ha de haeer^ s«Itp 
para sos Altexas^ como adelante será contenido. 

«Al tiempo qne en boen hora llegaren á las islas é tierra firme ^ donde han do desembarcar , el Almirante, como 
Visorey é Gobernador de sos Altesas de las dichas islas é tierra firme , ha do mandar qoe todos los capitaoos , é gen- 
te y é aaTioe^ hagan alarde é presentación ^ asi de las personas , como de los naTÍos, é armas j é pertrechoa, é nan- 
tañimientos I é otras cosas qoe llevaren^ é porqne ningoaa, ni algunas personas^ noo han de llevar mercadoriss 
algunas para facer rescate alguno deoro, ni de otras cosas en todaalas dichas ulas é tierra firme, sin mandamiento 
de sos Altezas 9 como dicho es , ti aeaeteiere llevaren mas de h qite wmmfuiaron al tiempo que de CmetíUa parUerem 
eegun fuere atentado en el libro que ha de llevar e¿ que fuere por teniente de loe dichot contadoret mayoretf que 
ha de reeidir en lat dichat idat que lo pierdan y é ge lo faga tomar el dicho Almirante é Vieorey , ó quien <«jm- 
dsr Aoftiere, é loentregueá lapertona que poreutÁUeMe hade tener allá la t»ereaderia que tue AUexae ommni^ 
en pretenda del dicho teniente de loe contadores , porque él le faga cargo ddlo, 

«ítem: Que cuaiquier reicate que te ficiere lo haga el Almirante ó la pereonaque por tí nombrare y y el Teso- 
rero de tut Áltexat que aUá ha de estar , é no otra persona alguna 6 qoe lo faga en prese é^ia del dicho teniente dn 
los dichos contadores ó ante el oficial qoe para ello el pusiere | por qoel les faga cargo de ello^ é lo asiente en el li- 
hro que ha de teoer de los dichos rescates; y porque podría ser que el rescate se haya de facer en diversas partes, 4 
adonde no pudiere ir el Tesorero^ envié otro en so lugar, juntameote con la persona qoo el dicho Almirante nomhra- 
re , é en presencia del dicho teniente de los contadores ó de so oficial, é non de otra manera. 

«Despoes qoe llegare el dicho Almirante y Visorey é Gobernador, por virtud de los poderes de sos Alteías qoo 
para ellos llevs fhade poner Alcaldet , é alguacUet en lat islas é tierra donde él estoviere, g la gente que Uéva 4 
ütras eualesquier gentet de las que van con el dicho Almirante , é en su Armada ^ para qoe oigan loa pleitoa fo« 
lu>híere , asi ceviles y criminales, como los aoostombran poner los otros Visoreyes 6 Gobernadoraa y donde qoieru qoe 
toa Alletas los tienen; ó el dicho Visorey é Gobernador, oiga y conocca de las apelaciones, 6 de primera ins- 
tancia , como entendiere qoe mas conviene, é segon lo acostombran hacer los otros Visoreyes é Gebernadorat de 
sos Altexaa. 

«ítem : Qoe si fbere menester nombrar regidores é jurados, é otros oficiales para la administración de la gen- 
io, ó de cualquiera población que se hobiere defaeer, que el dicho Almirante ^ fisorey, é Gobernador, nomhre 
tres personas para cada efieiop como está seniado con sus AUexas^ é que dtUas tomen sus Hte%as mna paraos^ 
oficio é asi por provisión de sus Alte%as sean proveidos; pero porqne por esto camino no se puede proveer losdí- 
ehoa oficiales de esta manera, que por esta vea los nombre el dicho Almirante é Visorey é Gobernador en nom- 
bre de sas Altezas. 

«ítem : Que cualquier justicia que se bebiere de faeer diga el pregón : Esta es la justicia que wtsmdsm fluer 
•I ley é la Setna nuestros Señores. 

«Ítem: Que todas Uts provisiones 4 mamdamienltoSf patentes qne d dicho Almirante ^ Visorey, 4 Gobernador^ 
hábtere de dar vayan escritas por Don Femando é Doña Itabel Bey é Beima, efe., é firmadas del dieho D. Cria- 
tobal Colon, eemo Visorey ó sobaeserítas é finnadasdel eacribano qne tobiere, en la forma que lo aeaatombraa loa 
otroa escríbanos qoe firman cartas de loa otros Visoreyes, é teüadae en las espaldas con el sello de sus Alteras, 
eeaao lo acostombran facer los Visoreyes qoe ponen sos Alteías en sus Reinos. 

«ítem: Que luego en llegando, Dioa queriendo , mande el dieho Almirante , é Visorey , queso faga urna casa da 
iduema^ donde se pongan todas las mercaderías de sus Altexas^ asi las que de acá fueren como las que allá se be- 
bieran para enviar aeá, é al tiempo que deseargaren las dichas mercadurías ^ ae pongan en la dicha casa , en presea- 
eia de las personas que el dicho Almirante é Visorey para ello nombrara, é ante el dicho oficial de loa eeatadocee 
naayores que allá ha de catar ó ante otro oficial que ponga por ai el dicho Almirante para que te fagan das libros 
en que todo se escriba^ y por elloe se cargue al tesorero que sue Aliexas aOA envían para que se hagan los ros- 
eúíes, según de soso se dice, é si algo faltare de lo qoe acá les foere entregado qoe lo fagan luego pagar. 

«ítem: Que cada ves qud dieho Almirante é Visorey y viere que cumple que hagan alarde todas las geníee qua 
attá estovieren, sean tenidos de lo fiteer, y so presenten auto él, 6 aate las peraonas qoe para ello él aonsbraraif é 
ante él logar-teniente do los diches eontaderes aayerea qoe allá ha de catar ; e que cuando se hobiere ds p a p a r |l 
sueldo á ia dicha gente y se pague por d dicho alarde, é per némiaaa é libramienteodeldíabe Alwaata, é Ti- 
ierey, é del dieho contador , e no on otra manera. 

«ítem: Qoe si el dicho Almirante despoea qoe foere llegado á las Ulas viera que eaapleenfiareaale8faiara|M» 
fieaeon eaaleaqoier geatea , 4 eaalaiqoier partas para deaeabrir le que faaU aqai no ae ha deíaabierla, ó para roa- 



fiOK 

tos qué se ofrecieron volairtarios , pero que autores esfranjeros j nacionales han 
condenado como harto déspdtica y disolvente para el comercio, sin tener eor 
caenla las ínfiofitas ventajas que á este habia de reportar , en el sensible caso de 
que la espontaneidad de l¿s patrraes y armadores» no se apresurase á evitar su 
cumplimiento. 

Cubiertafs las necesidades materiales de vasos en que navegar por segunda vez 
i al Nuevo-Mondo , hubiérase echado pregón , como entonces era costumbre, para 

! el reclutamiento de marinería , hombres de guerra y oficiales de todas las artes 

I mecánicas; pero abonaba la época con su espíritu aventurero la índole de la es^ 

I pedición , y inas prudente hubiera sido negociarla envuelta en la capa del mas 

I profundo secreto ; porque no haciéndose el primer estremo ni cumpliendo tampo-, 

co el segundo, resultó sin embargo un sobrante de consideración que hizo apre-^ 
da3>le la fortuna de ser elegido , y no pocos descontentos: como que no siendo él 
I ánimo real admitir mayor número que el de mil personas para la dotación it)i)i- 

tar y marinera de los bastimentos , sucedió que en breve plazo pasaban de mil y 
' qmnientos los voluntarios que se brindaron ¿ partir sin paga ni otro emolumento 

déla corona, antes sostenidos y sustentados á costa propia. Tal fué él entusias- 
mo con que se dispuso aquella espedicion , donde los desengaños se sucedieron 
rápidamente cotí mayor sentimiento , cuanto mas brillantes hablan sido las imá- 
gttes de eterna ventura que la exaltada fantasía de los primeros espedicionarblí 
I habia comunicado en narraciones fabulosas. 

I Ya completo el número de bastimentos hasta diez y siete , y las tripulaciones 

convenientes, mas bastante porción de menestrales, labradores, mineros, car- 
pinteros y otros, se proveyó asimismo el embarque de caballos y yeguas para el 
servicio mUitar, y para la procreación de ellos en las partes descubiertas: llevóse 
además todo g^ero de ganado lanar, vacuno y de cerda , que allá no había , y 

! eaUr, ó pan eariarlot acá ó á otras coal«sqaier partea , qne «mii tecados de lo faeer é eumplir todo* loi eapiteoM 

é marifleroa « qviea lo aattdaro, ao las penaa quel lea pvaicre , 1m cwlas por la praanata ana Alteíaa das podar al 
diaho MmiraBlo, é Viaoroy , é Gobornador, para las ojacatar eo las peraonas é Menea do loa qna on oUaa oayartB. ' 
«Otroti: Porqm «n Cádi% Aa de haber una cato de Aduana donde se han de cargar é descargar iodos tas mereo-' 
dmias , é armas é pertrechos , é manienimiegUos , é otra$ cosas que se hohieren de Uewsr , asi para ir en la dioha Ár- 
enla, oaMo fon q«9dnr on Ua diekaa ialaa 6 tiorra kem^, oomt para lo qne da allá «o trajera , lo «imU todo se hode 
carsarédssoargm'enUdieha casa, é non en otra parte algwM, la coaUade tener la persona qne ana Altexaa 

! mandaren , é el díeho Inan de Soria como teniente da los dieboa contadores mayores , ba de eacribir todo lo qne aNl 

I 84 «wgtM < daaaatf aro pam qno por m libro aa faga aar^o 4 dewMtgo dallo t que si sí dicho Mmiranie quisiere po' 

liar M otro ofeial atgwso pora que asimismo ¡o eseriho que lo pueda facer é fltgo. 

«Otroal: i sus áUexas place que hoya ü dicho Almirante lo oehoea parte de lo que se ganare en loque se ho- 
Uere de ero é otras cosas en los *<*«* islas é tierra firme, pogamdo el dsAo AlmkfsnU U ochitoa parió M 
eaaío de lo merestdurio porque se hiciere el dicho rescate^ sacando primeramente lo déeimoparte que dello hade 

I h&ber d diehe Almirante , según é por la forma qne se contiene en la capitulación qne sos Altezas tienen man- 

dada asentar eon el dlcbo Almirante. 

tKM al Eef éli laina,porlapreaentemtBdamoa á vos P. Cristóbal Colon, noaatro Almirante, éViaorey, 4 
Sabemadordo las islaa 4 tierra firme, que por nnestro mandato soban descubierto en la mar Océanaen Uparte do 
laa Indias, é nnoatro Capiten General déla nuestra Armada qne por alié mandamos b«eer, que yoadea «ite Í»stnif - 
dnvanao 4a«ripte , 4 1« ««arMaa> inmpUéaa aefin qna enalU ae oootiene, 4 contra el tenor 4 forma lella naa 
fiyadaani pasados, niconatnUáeair, ni pasar en manera alguna. Fecba en la ciudad de Baroeloia Tainto4naafo 
diu del mea de mayo, afto del Naaeimiento dennestro Seftor Jeaucriato do mil é cuatrocientos noTaata y trea aftea— 
10 n aBT.-Yd lA BtonA.-r^ mmidado del Bey 4 4le la iaina.-ftruflinl AUmres. 



diváraidM de awuuile» dMüéstícos ; bisóse Umbiea grande acopio de granee y 
aemiUaede varias piaotas, vifiaSt caoae dulces, ¡ogertoe y reauevos; se aeopia- 
Ma.para^lciB rescates ÍDOieosas poreicoes de diges y bagatelas , oueiitas, caaear- 
beleS' y espejos; y fiftalcneate, se tmstadareiieB grande abuadaneiai loa luuittes 
provisiones de boca y guerra , medicinas y refrescos. 

Panael acopio y entrega de todo lo oonoAmiente á la dotación de los buques 
JA hubieronide< intervenir». come* era eoneíguient^, loe tarea eficialee'de la Gasa 
Gentratacion de SevUla. recien nombrados, á saber: el ancediano Foaseca,>elle- 
soMr^^ Knélo yr el cantador Soria; y coeio fueaea tan altos los pensamientos del 
Akairante nespeete á la* empresa que toda provisión le pareciese escasa , mn du- 
da por lo que mejor comprendía la Índole del viajei y: ^ propio tiempo creyese 
qii# masque nadaeontenía á sU reputacioa y nuevos cargoe rodearse de un< 8¿- 
qiiite^ nnmeroae de: conlinctt'y guardias propias ^ segiMeracostnmbrode las otros 
capitaneafeneralto ,1 bubieroA.de«aooiHecep algunae diferenoias leatre aq^el tri-** 
bunalt y este' caudillo 9 ias^ cuales resolviepon- los. Reyee Católicos tan i- favor in 
Gafen,, que hasta^ fueren* apercibidos cen severidad los ofiniafes de lai Casa parf 
que en adelante moguniestorbo se. creara- i la empresay ni se ptfieran trabas i 
las mea altae pretenmnes del Almirante: bien qvieen lo de loe continos p^re^. 
ce como qula SS«' MU* peetendieron minorar el rij¡^r usado^ en todo lo otro coi^ 
autf -encelado» adnñnislradores, puesto qoe encarta dirigida con tal motivo á 
don Juan de Fonseca» fecha á 4 de agosta 'del año consabido ,. aprueba, su pro- 
oednr nespeetoi no autoriaar el nomlH*amiento de guardia especial del Alm^ran- 
tci» pennitiendo i este no obstante* que tomase para sí diez escuderos de los cin- 
cuenta* que bebían de ir en la armada » mas otras veinte personae particnliM'es; 
pnman servicio (i). De tan débiles principios tomó cuerpo la constante enemi- 
ga del affCedtano contra Colon , que minó los cimientos de su felij^dad y y aun en 
cierto modo buho de amenguar los quilates de su gloria , para manifestar que 
noneai se' han de reputar escasos les fundamentos de nuestra desdicha , siem- 
pté que inicuos manejos puedan aumentar sus proporciones, como regtriarMen^ 
tesuosde. 

Guando Da:da fóltai>a mas que las órdenes reales para que la nueva armadni 
se diese al mar, hubo de hacerse alarde de la gente de guerra que á la bri- 
llante empresa' ooncorria , y en v^ad que si no por el número , al menos por 
la calidad , hubiera sido sobrante para conquistar y subyugar á la corotía de Ed^ 
pÉna* todo el Nueve^^Mundo. Precisamente acababa de cerrarse con la rendición 
db Granada aquella serie de aventuras peligrosas, de lances caballerescos, de 
combates parciales y hechos heroicos en que tanto habian sobresalicío los mas 
Aimosos campeones del cristianismo , eclipsando la fama de los aniígttOB' cnna- 
dost^ y.no.de.^>tra suerte pudiera calmarse la fiebre de gloria que devorabad. 
áíttimo de nuestros guerreros, mas qUe abriendo nn nuevo palenque donde cjei^ 

(4) NavaVrelc , CoUecion déphiMátk» , ttfá» II, ellafc MfbtitdÉ ea el trohif* |eMn4 d* Iii^it, «»fi««4U». 



citar au8 aniM» y dUftter su OMfoIat espíritu. Las relaciones apasisoaéss de los 
primeros nautas, bien que pintase llenos ée bondad y mansedumbre á los po- 
bres isleffos de las tierras descubiertas, no dejaban tampoco de acariciar los efec- 
tos dominantes de los hombres de guerra, puesto que á la par de ta dulzura dii 
unos, manifestaban la ferocidad de los caribes que se alimentobao de carne hu- 
mana , ineficaban sus piratescas correrías para cautivar las genles comarcanas, 
hablaban de sus armas tan loscas como tarribfes, y finalmente daban ideas de 
su feroz aspecto , que por no haberlo visto , iban animando con siniestros coló* 
res tales como mejor se adaptaban á los deseos de nuestros soldados , nacidos en. 
los campamentos , acariciados por las marciales armonías , mecidos por el empuje 
de contrarios escuadrones, sahumados con el humo de las lombardas , y final- 
mente, criados por la guerra y para la guerra, que tal era la juventud española 
en los últimos aaos 4^1 siglo XV. 

Alli descollaban con apuesta arrogancia hidalgos y caballeros de los prime- 
ros solares de iyM^blcíat oficifiles de la real casa y apasionados aventureros que 
soiatMK ttna aár^ i» acontecimientos gloriosos en lances sucesivos de amores 
y <kf C^o9r«; pei^ qwem «as notaje m ostentaba por sus antecedentes, era el 
esforzado joven Üooso de O^a, cuya reputación sellada con sangre en heroi- 
cas Iiazanas veirtida, hubiera bastado p%ra llenar de autoridad militar la mas 
roí^ eoipfeas^. Era donoUe l'HWge» y como tal habíase educado entre las hues- 
tes 4el 4wpfi <Í6 Medumeb, emi harta refutaiiáon d« sos banderas; pequeño de 
cqarfA OR estelMKi, (wrpí baitaQte pim a ompol á f m bMua lid con los mas le- 
vaftijAw por lo i¡¿m propiM«íoM4ft 2 vijgpcosfr: au ros^o moreno , simpático y 
llett%4í ^ñ^Ax VH^ tevetab» la agilidad de su al«^ sieoafre en movimiento para 
encontrar ocasiones distinguida» : en loi» béfícoa jeíwleMiBLtaA diestro , que igual- 
moite servia con aprovechamiento ya de hombre de armas, ya a la gineta : de 
osado corazón, bien que leal y generoso, tan fiero en el combate coifio pronto 
en bs querellas , y clemente en la victoria. Sus hazañas en las lidto, el naturkl 
abierto y generoso que le caracterizaba , y su nombre lleno de reputación , w^ 
vieron de estimulo para que otros no menos esforzados y tan nobles caballeros^ 
se alistaran en la espedicion , y los posteriores hechos justificaron cuanto eraír 
justos el entusiasmo y los ánimos que su ida comunicó á los que por su* nombnei 
le siguieron (f ). 

(4) Lm aviares eoetáMM qoe 4« lu omas ie lodiai escribieron, baosn de ilvaso ie Oje*B«M Sfora !•%• 
yiBmU eon> eseasaaeole f«ede eaeaatrana ea liiilarias ^qe 4« sobrtn«tert)w ««^ »• IfMe»- CpMleAe: ao» 
•f^.j||rf ce ^f^ «a han sido estforaéos eaaA¿o no^. fijamos eo alginos de los heehes q^e caraeterisarta á aq«e¿ 
oálebre espaftol, de loe ovales no pedemos resistir al deseo do censigaar aqvi one eaya ooasumscíon ¡peaitiTa se 
«fcrta Uato dolo nataral, qne asas que de hisCoria verdadera , parece propio de romaooesces libro* de aBdaate ca< 
lilleHo. Beiereel ebispo Us Cesas, qme balHAdose la reiaa IsaWi ea lo mas alto de la Giralda de ^HilU., «im% 
ilfada «rtretoMrla conmvestrat de s« agilUtd f dsl valer qveev pecho al imanto t t , 7 atefotl»ie4ilid.dp«aaaK- 
per wa Tifa qae projeeiaba fMra de la terre luete teiato piee de diataaeU, pera á toa ceaeidtM^le «lAMa faf Ua, 
fntea qae iban por la calle ao pareciaa mu qae eaaaof. AadMd» fallardameala per U fif», «| •mm^C^^ 
Mafé^tesaeeúamldad era aseasbra de eaaafosle mirdpan; y cerno ai de laata atrajo ao eeMÍ4MarA«MMeekft. 
á U reiaa, levaaU aa« pieraa ea el aire » jgiraadeeebrela «Ira oaaMata lii|Mwm>ea»o.paditr«>%«o«ilA«iitÍMMh 



908 

Por mas que el Almirante se hallase persuadido de que jtaQ bélico aparato 
no^era preciso para asegurar la comenzada cpnquisla , no hay duda que su espí- 
ritu hubo de gozar en presencia de tan gallardo escuadrón muy gratas sensacio- 
nes» que al cabo su corazón de hombre no era insensible á Iqs afectos naturales 
del poder t y quizá en aquellos momentos cruzó por su m^nte la posibilidad de 
estender el dominio español por las vastas y riquísimas posesiones de los mas al- 
tos y poderosos, en armas y riquezas» príncipes del Oriente. 



1^ ' !!3 







De este modo se hallaba entretenido el Almirante cuando vino á sorprenderle 
en sus vastos proyectos la importante nueva de haberse dado al mar una cara- 
bela portuguesa desde la isla de la Madera con rumbo al Occidente; de modo que 
sin esperar órdenes terminantes de la corte» por la distancia que de ella le se- 
paraba» mandó aprontar algunos buques para perseguirla en tanto que partici- 
paba la noticia á los monarcas españoles. No dejó semejante ocurrencia de cau- 
sar alguna sorpresa en el ánimo de nuestros reyes, que por las negociaciones 
que á la sazón se seguian entre ambos paises con repetidas protestas de amistad» 
escasamente pudieran recelar tan estraña infracción de todos los derechos: así 
fué que aprobaron los procedimientos de Colon» autorizándole para que destaca-"" 

iriM» MV^Hi^ á^li torre tan «areno como de ella había salido, bieo que no entrando allí antes de haber ar- 
rojado á (riéda etevaeionunananuija» sin otro apoyo al despedirla con el impulso del eaerpo»qne el de tesar «n. 
pié en la^ftiádsa ^ífa» y otro afirmado contra la pared de la torre. 9espaes de leer semejante anécdota» se foncihe 
perf«etanM«t#«oniO(afirmam dichos antoéea 9«ie eole^aba* el p§tigro como ti U Mia#e» y qi$epareeia q^^ ^^dttiba wkog 
por d fl^écmr^éth^omhaU, quB por d honér qme de la Ud nperaee^ (Véase á Las Casas: Uh. I, mf.— Pitarro», 
VmrmetHuktisHdffvmo-Mundo.'^Uerronf Bittoria i» Imdit, déeada I. eto.) 



209 

86 de la espedídoD algunos buques suliles que dieran caza á la carabela esplora- 
dora , y escribieron al rey D. Juan quejándose agriamente de semejante porte. 
Apresurado andubo en las satisfacciones el monarca lusitano , enviando á los Re- 
yes Católicos repetidas disculpas y afirmándoles en la sinceridad de sus procede- 
res ; y para que mas aína se convenciesen sus Majestades , decia , de la buena Té 
que le guiaba en los tratos » venia de ordenar que otras tres carabelas navegasen 
por el propio derrotero , con órdenes de apresar el bastimento que sin su conoci- 
miento introducid en los tratos tan siniestros precedentes (1). 

La respuesta lejos de tranquilizar alarmó doblemente á los Reyes Católicos, 
pues supusieron por ella que los cuatro bastimentos se juntarían con las propias 
órdenes de tomar posesión por la corona de Portugal de las islas descubiertas; 
y por consiguiente ordenaron á Colon que suspendiese cualquiera desmembra- 
ción de sus fuerzas : que con todas reunidas saliese á la mar sin pérdida de tiem- 
po: que aportase al Nuevo-Mundo tan pronto como los elementos se lo permi- 
tiesen, y que si en las aguas del Atlántico, mas allá de la línea divisoria hasta 
entonces convenida , se encontrase algún buque de otra nación, lo tomase como 
buena presa , é hiciese en la tripulación el saludable castigo que convenia para 
la mejor conservación de los intereses de España. 

Al mismo tiempo se comunicaron al naciente tribunal de Indias, órdenes muy 
apremiantes para que en el caso de salir armada de Portugal hacia el O. , se des- 
pidiese de nuestros puertos en la propia dirección mayor número de velas, y con 
esto quedó recogida la impaciencia y entusiasta espedicion para marchará su des- 
tino, cuando va del mes de setiembre babian pasado veinticuatro días. 







(I) VatooBMlM, Yith de don Juan U. 



27 



OAIPinH.0 XVH. 



8igon«l« eapedicion al Naevo-Mundo. — Arribo á las Canarias. — EngóKaM y'corre fortana. — San Ttlmo.— 'Ita'scn- 
'Irlmientoclela DMáínícv. d« la llaf|a*rHa.* ¿é la -GAadlaUpe^-^-HorribUs •oBdkiiibai' M ««nibalhnd.^-Coo* 
tb4ffM la ínTeatigatioa ft .U.aoaU, siiptoolfioifil ¿alas 4°^'ll&s y >0 descubran sacesívamante las islas de Mon- 

ierra ta, Stata María la Redonda, Santa Marta la Antigua y San Martin Día ^S de noy! embrc, primera escara- 

mia liaTal con los indios. -^Descubrimiento de Santa Cmi, déSanta ürsala^ 7 las Oáes ittil Tit^e^es^ 7 de SdA 
XiHik AiíP<0rtO'BMo,<i*8t6o ie Itf'Mja J6»|»fiol«: Pesercáon. de «n ittdio_D6ác»nso ca Monte-Cristi, y sinies- 
trtt aefialas de moa gran catástrofe. — Arribo al poerto de la Navidad : señales á los españoles que hablan allí 
quedado, 7 absoluto silencio en la isla.— Noticias positivas déla muerte de todos los dichos españolea. «—Recelos 
t'^^^nüan^ee ^Noticias do €koÁ*l»ó.-^VMta de Aiaeaiía^arl 4 Utrttult espéfioTa;— Fii¿«n^ diei indias ret- 
Mfadaa á ki. cuibea : decapare^ todps lol Unüos de las iomediaciones de Navididi íocIumoI cacique. — Re- 
troceso de la flota hacia Oriente. — Puerto 7 fundación de la Isabela. 



mW viwtó fóvovatite y na icoptrarios aitspícios ^e dio al mar la secunda armada 
que atravesó el Océano para arrancar un Nuevo -Mundo á los secretos de la na- 
turaleza. Era el dia 25 de setiembre , casi á la propia hora en que habian partido de 
lá !NÍrra de Saltes las tres carabelas un año antes, llevando la dorda en suá equí- 
fagary ^iejaiide k utas iMida pena en los interesados que partir las vieran. 
PtíH(> ]éu¿ÍD tfifereát^ Séttsáüiónes eran bs qore esta vez se eapeiinaentaban ! En- 
toncea laa trípuiaciones » por anas que se entregasen conformes y áúimadas á tos 
pnmketsfáttmí ^vetutíteUtímná, no podían manos de estremecerse alguoá vez 
af contemplar el misterlo d'e t'áúlós siglos que {féiüetrar qaerfin eoótramiiy dec- 
taa í^fkáoñmpy laa Wgrinaa de los que en la playa despedían á tan osados' nautas 
MAíMb iáj|)l]rsirdsls'p6f^ét ttil^fflio 4tAot que eaosa mt el úMíbio estmne la Uea 
de ía muerte. Ahora por ef contrarío, él misterio liáMa StísSíj^^té&Sb , y'IaT BH- 



212 

liante realidad que se ofrecía á los espedícionarios , coinunicaba á los semblantes 
la alegría de los corazones, por la que causaba á cada individuo la buena dicha 
de verse elegido para una empresa en que era nada común el número de los 80^ 
brantes : y volviendo la vista á los deudos y amigos que partir los veian, tan 
solo animación y gloria y dobladas esperanzas pudieran observarse, por masque 
la envidia ó el sentimiento de quedar en tierra arrugase los semblantes de algu- 
nos pocos. Sin embargo, los resultados de ambas espediciones no podian presen- 
tarse mas diferentes en la imaginación filosófica de quien ambos cuadros estu- 
diase; y no deja de hablar con maravillosa tilMileQcia la inmensa gloria que cir- 
cundó las sienes de los primeros aventureros que llorados quedaban por el vulgo 
de sus deudos, comparada con la escasa admiración que pudiera causar la mu- 
chedumbre que ahora se entregaba á las ondas con envidia de los que no podian 
seguir sus huellas. 

Según hemos dicho , eran diez y siete los bastimentos , de los cuales se con- 
taban tres naos de cien toneladas y las restantes carabelas harto mayores y me- 
jor acondicionadas que las conductoras de la primera empresa (1). Navega- 
ron unidas con rumbo al S-0. de las Canarias, á las que arribaron el dia 1/ 
de octubjre, no sin haber esperimentado algunas calmas que prolongaron la na- 
tural duración de la travesía. En la Gran Cunaría se carenó ligeramente una de 
las naos, que hacia bastante agua ; en la Gomera se refrescaron los manteni- 
mientos y provisiones, y en la del Hierro también se entretuvo la armada , como 
si pretendiera no abandonar el antiguo mundo sino partiendo de su término mas 
avanzado. 

Al fin el dia 13 de octubre se dieron al mar los bastimentos con pliegos 
cerrados del Almirante, que solo podian abrir los capitanes respectivos en el si- 
niestro caso de que la tempestad los separase; y como los cálculos siempre exac- 
tos del célebre marino le hubiesen dado hartas seguridades respecto á la verda- 
dera situación de lasque pretendian encontrar islas de los Caribes , mandó poner 
las proas al S-0. , en vez de seguir la dirección de O. que en su primer viaje 
habia marcado, con harto contrariado empeño, siendo tan singular la exactitud 
de su derrotero, que al amanecer el dia 3 de noviembre , el piloto de la nao alm- 



(1) HabfftM «oolrtta4o y aptrejadloi téemát 4c Us yt «ISefatt , nAyor néaer* it rütrn para la eafe^ieiea ^«a 
lat ocapa, á tabar : uaa earraea día parta da mil «¡OMÍeatM y eiaaaaata toaalat: eaatro naaa it aianCa cincMBta 
á enatroaiaatos y dacaanta iaam, y aaa carabela : asta aa la Tilla ié S i M Wi , y Uéo§ lat diahat baatlaa M ai 1^ 
la aanaaeta 4a liifa ia AHiata, ganaral 4a la aar m9mknÍ9 paia af«clla jornada ; para tía dada par lat gaatai ap* 
pariaiaf y aiaata Irato fae bagaes da tal ealidad liabiaa da repartar á la aoraaa, praaáadkaa al ia ¿t aqaelta 
faarfa,la oaal m acapó aa eoadaeir á lat costas da África al rey asura Malay|Ualíl,aaB ladaa Ida sébdllas y tt- 
aiiliares «fia lesigaieraa eaaalaatiaMsa aspattiaaiaa deapaaa da lapdididadaOraaada. Taabiea se arayé «aaaaa- 
ria la peraMaaaaia da asU amada aa las iaaMdiacioaM daGspaia, par ai» cobm se taaúa, las portafaasasaaaa- 
twasaa el i^asttficabla, bien ^ae preaMditada ^ebrantaaiiaato de los pactes ya bebidas ea la enctfieB de liaiiles. 
CaaTÍaaa aclarar, sin pasar adelanta, qae asi eoüa en las pailas auriláana Ai A»dalntlaiaaa«Éaba«lparfa Aa,lo8 
büfnas pafcr HnifaiÉi , «b laa de Víaoaya a artaban par U m tm, afnTalianda diaa de esloa á daca de a^vallaaf de 
asarla ^aa la asayor da las embaretaíanas contratadas y proristas ea Bermao, na bajaba de mil y qaiaientas ta- 
■aladas. 



ranta anunció la araia<ia , c^n especial cmitíñío, la insta- de tierra por la proa» 
dtepues de teinte dias de navegación^ que am dada;4iuliieran tíio menos i no 
haber <entdo que acortáis velas lodos los bastimentos d«rante la travesía, para 
ceñirse i las condiciones tríenos marineras del que montaba el Abnirante* 

B contento de bis trípnlaciones en aqnél momento de bpena diefaa no hay 
para qué decirlo, puesto que tan próspero y breve fué el viaje» como dichoso «I 
descubrimiento: bien que en aquel no hubiesen fallado algunas «señales de visible 
j justa zozobra por causa de una furiosa tempestad que se anunció tarante cua- 
tro horas en la noche del 27 de octubre» la cual , no obstante , se corrió con fa*» 
vorable suceso» puesto que ningún bastimento se apartó del rumbo marcado por 
lo que el temporal se agitaba por la popa. La aparición repentina del fuego msh 
riño á que los navegantes dan el supersticioÍM) nombre de San Tdmo^ tranqui- 
lizó los ánimos durante el peligro, y les hizo no mirar aquel percance mas que 
como ona señal afirmativa de la celeste protección que «n sn empresa les asís* 
tia (1); por lo que sobre las cubiertas de los buques» coa mística armonía, se 
riiidieron gracias al Todopoderoso. 

Sucedió la aparición de las nuevas tierras sobre los S5*de longitud occiden- 
tal 7 i5* 30' de latitud N. ; y porque era domingo el día que tan veobiroao 
acontecimiento habia de conmemorarse, llamó Colon I>omifitca á la primera isla 
que se descubrió por la proa , que era aproximadamente la situada en aquellas 
condiciones , y formaba con la no interrumpida cadena de otras ialas que sobre 
él N. fué reconociendo mas adelante » hasta llegar á la Española , parte de esa 
barrera semicircular que se estiende desde la costa septentrional de la América 
del Sur, hasta la punta oriental de Puerto-Rico , la cual separa en cierto modo 
del Océano*, el denominado mar de las AníiUas. 

Como era natural , para dar solaz á la mente y aumento i la corona cuyos inte- 
reses servia , tratóse por la armada de tomar tierra en la Dominica ; pero come 

(4) Siti Telno lUnaii lot niTegantet A cierto meteoro ^ae A veees se ¿ejt Ter «■ lot paloi y Tergai drl huqne 
íb fiírtn im bélM 4« ftMgo, 4« Us caalee erta siete tae qae m noiüraroo á la espfldifiita •■ )■ dta4« tormenta. As- 
tigsamoato 4eaian ^ae aapMJaBte feoAoiespaMa loa aiítolAgicoa heroiaaM Ca$hr y Pclu» hoy comprendidos cb 
las constelacioBee, y otros lo desigoaban tambiea con el nombre de JUeiM, de la propia familia. El doetor Chan- 
ca, ^«6 iba por médico déla armada^ escribió ana carta de este segnado tiajede Colea A lot sejkorcs del eabtllo 
: 4a SaWlkf y al'rsférir an alia la tormenta lo Imee de osle moda, tgn toda asta (iamfa tarimas macha boaaoxa, 
\wb en él ni en tada el oamiaa na Aabimas firtumm^ salvo la Tiapera de San Siman, qm n§M «tao «na que por c^a- 
ifúKormg «os ptiso enhmrio tflrecAo.» Oaraate toda la baja edad, así llamaroa loi oaTegantoa A la torment», eü- 
mala Im caaiprabado may roalantemaato en cnantas dacameatoa ha víate al efectaen el Archivo da la Coroaa de 
Aragaa, canaervada en Barcelona j y aai también aaplicM )• frase ¿o earrer fiírí¥ma todos los JKcctoiuirtof Mari- 
iimp$ qaa ha eonsaltado. De todo lo dicho me ha ocarrido si el nombre ie Afortfimmdms ^ue se dA A las islas Cana- 
rias, estaré bastante ajastAdo A la etimología qoe ae le atribaye per el raigo de los aatoras, tomando la espresién 
da Nmía^ i/ik. 6, etp. 1^2.) rhllosAmta (m ipaf/anáe), flatarca (in S€rÍ9rÍ0) y otras. Yo veo ^ne las condicioaes 
da dichas islaa no soa talos qoa aventajen A otros paisas délos conocidos entonaos, antea, por el contrario, no ha- 
hiendo la moderna coltara modificado algvaas de aqnellas, el estado natural de las islas distaba grandemente de la 
aipaaiat eaadiaiOB de •mftrhumdm. Siéndé en gran parta iridaal terrena, y freanente el anote del" viento Bum , qu 
daale al gran deaierto de Zahara ae deja caer en dichaa islas con toda sa faena, laa temporales «a aqoellos mares 
no escasean y siempre habrAn aido freeaentes las foriWMu que alli ae eorrisrtm por los navegantes : de manera qae, 
ain avaatnrar grandeasente la eiaetitvd, Wea sa paada errar mi opinmn ó rachasarla. . 



Qo a|iiifécÍB9e i b viaU seguro puaitnv y ¿ la par se pre8«jU|aB otra ida no me- 
M6 ff ondosa y de mayiM^ etpooiéi hicia.el septentrión, tonáéronae pan ella.Iaa 
pK6e6, y se tono formal posesión del neevo arohipiélago por los reyes de Espánar 
en la tierra de lar oércaAa isla , á qoe llamó Cdon Marigalante, delnofnbrede 
mi nave, en tanto que Otra rodeaba la Dominica para buscar el que al fin llegó á 
taoonti^ar seguro puerto; bien qiiesin anclar en él| solamente lo reconoció para 
oMtíouar su carrera haala reutfirse, en el propio día y dar cuenta al Almirante. 
En i» isla.qbe sinrió de espansivo desembarco á los espedicíonapos, procuráronse, 
en vano siquiera ligerea muestras de que fuese habitable, puesto ^e ni hombres, 
ni chdzas, ni otros. vestigios en ella se vieron, razón bastante para que en Ja ma« 
dragada deldia 4 se tendieran al viepto las velas coninimo de coniiDuar el re^ 
cenoeimlento de aquél' arehipittage hacia la parte d^l N. 

Moy poca» mas de veinte millas babria navegado ia armada , cuando se ofre- 
ció i su desembarco otra ialfi mas dilatada y frondosa que las ya vistas, y con 
«ejores prebabilidadea de noticia, poeeto que por algunas ca^as que cerqa de 
la costa se advertían /daba evidentes señales de estar baintada. Echáronse » ppes^ 
al.agua losf bates (iespiíM de andrir lo^ buques, y no tardaron las investigaciones 
enaoreditar los aJMstadoS cálcalos. del pensamientp. ¡Pero cuál fué la horroro- 
sa vendad cpeaUí ^tpiendíéton \o^ isuropeos, al penetrar en las rústicas vivien- 
das de ios fugitivo» isleños I £1 e^píríiu se amilana ai describir lo que resiste la 
pi*ma,.j el pensamieato se eleva' á la divinidad para dar infinitas gracias por 
la i^Iizada ioapií^on del descubrimiento. Si la gloria de Colon po hubiera 
sido ta(a inmensi^ siquiera por Ip qae á sus cálculos debieron las ciencia^ ^ la 
eomunieable cAftltura, eljcocnercio y. todos Jos intereses, materiales del, globo» 
bastaria sin duda para que superase su fama á todas jas fama$ a^dq^iirida^, la 
entinctton del ^canibalismo, horrible proceder del estado salvage, que e^repiece 
los miembros, y biela: la saugre, cuando en sus feroces condiciona ^.p^f^ la 
mente. 

< Penetraron los españoles en las rústicas chozas, y si alguno tuvo ^d, se 
ofrecieron á su vista para satisfacerla en los multiplicados manantiales dela.íela, 
vasos humanos de ctáneos curtidos ; y si tuvo hambre , tto te fóHaron tampoco 
pedazos de carne de semejantes suyos , ya secándose para sabrosa cecina , ó bien 
asándose en anitríiadsís fogatas. El doctor Chanca , al hablar de estos^horroreSr^ee: 
Los hombres que pueden haber 9 los que son vivos Itévanselos dsus casaspara /Hé- 
cer carnicería dellos , 1^ los que han muerto luego se comen. Dicen que la coa*- 
ne del hombre es tari Vuena , qué no hay tal cosa en el mundo; y bienpareeéy por» 
que los huesos que en estas casas haUamos, iodo lo que se puede roer , lodo lo 
tenían roído: quéitú híMn en eHos sinú h que por sh dwet^ nosepwHtí'eb' 
mer. Allí se halló en una casa cociendo en una oUá ün pescuezo de un hom- 
bre (1).... Los cneMos de los Lesírigones y Pdífemos, dice Pedro Mártir de 

( I ) Carta de! doctor Chance al caMdo da St^Ua^ ti%^arr^\e^Cokemi^ d$ Wfijitp ^nw X, « • • 



ais 

Almería, que de carne AmMfia se nuirumt tfi^ no sen dudm^. {Leed, pnh 
tened cuenta no se os ericen de horror hs eoMtos (i)!.*. Hombres ie la m^ 
dertia cuitara qoe todavía mancülais la fama de los primeros deseolNridores: si 
sois humanos: si la civUtncion de que hacéis constante alarde en vuestros eal^ 
cttiados argumentos, es una verdad sagrada qpe todas las preocupaciones &r 
ntfticas de pasados tiempos no pueden destruir, retroceded en el camino de las 
acriminaciones, y tributad un recuerdo de agradecimiento i tos que con su pre*- 
sencia destruyeron la mas horrible entre todas las costumbres. Cuando envene- 
néis vuestra pluma en el moho de las cadenas europeas con que se aherrcjarqpi 
los sencillos habitantes de la isla Española, purificándola antes de escribir en b 
sangre inocente que desde entonces cesó de manar en las islas de los earU^, 
y para desviar la mente Ó0 las tropelías, que ast se declaman para condenar* 
hi como se desprecian para cometerlas por aquellos mismos que mas las acri- 
minan, tened presente que ya no se verifican en las regiones occidentales, n^r- 
eed á los españoles cuyos procederes acusáis de bárbaros é incultos, aquellos 
feroces banquetes en que los hombres b^ian de su propia sangre, y se alimen- 
taban con la carne de sus hijos (2). 

Las primeras investigaciones practicadas en la nueva isla, dieron por resul- 
tado la prisión de algunos muchachos y varias mujeres que cautivas estaban; 
y porque de sus esplicaciones no se aprendieron bastante las condiciones del 
terreno» ordenó el Almirante que algunos pelotones bicQ armados se interna- 
ran ^r diferentes vias ypa satisfacer sus curiosas observaciones. Hiciéronlo 
con e^^ 39^if jgyg^jM^ de ios i»^es todos, menos un Diego Márquez, que 
er» i»e4||r# jf^ ^^# J^ ^ >p W ^9^ ^^ ^ ^Vfi9» r^jrwfgron de su 
espedicjidp ^n ^ J^fígt P9!^ ^ ^^ indiferentes nuevas, ^ tím ouiSiera 
d Ajm||í^^ coftticiua^o «M nayegacion con la aurore del ^ siguiente; 

perf jjfep^^z se ba^ efJScayi^do con ocho hombres mas ^ le «oompañaban; 
7 Píf^9$ÉMí^W^ hubiera sido también el orj^ de ima fiuerte segura en 
paje ^ ¡SÑ^S^^^'^ ^^ feroces, no zarpó la armada de la ida 4e C^c¿í|É|¿ti^, 
9^ ^ j^ bautizara el Almirante, hast^ que los estraviados esploradores ^y^iie- 
st^^úñ trabajo infinito, volver á encontrar la costa, á través áe wifá >ve|¡e- 
jtacioQ tan frondosa que ocultaba las luces del délo. 

Al fin, otro domingo, i 10 de noviembre, se volvieron á la mar todoj» los 
buques, torciendo el rumbo al N.-O. en la propia forma qoe las islas lo torcían, 
y al medio dia del 11 descubrieron otra á que se puso d nombre de Monserrate^ 
por h influencia dd P. Buil, que pertenecia al odebre monasterio de este nom- 
bre. i>e¡ándda per inhabitada, alcanzar^ en la propia tarde la de Santo María 
ta Redonda, y en la dguiente mañana la que Uamaron desde entonces SaMa 

(i) e^9 JlteUr. C*r4fi á Pom pmf i í lfif f m' Vr¥!f- ^<4f ST «^<^.<^ ^¡^¡^p ^** U. 

O) Lof eariban «i sat eorrariati «si ctatÍTabiD >oaibrM para ^y^iar , come majer^t jÓTasea y ^mloaaa ura 
•lar 1% alias; y á Im h\¡a» Taronat que ¿e aata comercio i^esiilúl^aD, priTáUales án aa iofanda de la firmad 
ptrt eriiofaa mas t'aimstot, y las aacHlUafcaa^ €Méé#o ya ei»B iMctf, f«M tmérmim. 



9i6 

María ia^Anti^i y así contiouaodjs adflaDte fwr el arclitpiéldgo» Ik^^f^/^ 
Itde Son Mariiúi en edjo i!(éctoociiBíeot<^ trabaron d« entreteDerse. Para ye" 
ffifiearlo descendieron en uno de l^s boljes li^U veinte y cipco ;$oldados bien 
feovífitf» de armas^ con que fueron i tiérrp á tomar lenguas» mieniras la arpoa- 
doí permanecía aqclada en un pueflo hartft tüwfido; pero como auo^íera qpp 
«1 vnlversek barea ya desiempeñada la coiDision que a lierra la h;)bi^:^nda- 
cido, hulMese aparecido ante la armada una canoa cqnductora. de cuatro indios 
y dos. mujeres^ y á su presencia, como gente que tal no babia visto qunc^, 
quedaron paraitznd os en todas sus acciones, los de la barca pudieron acercar- 
la la üanoa tanto, que cuando aquellos, pretendieron buir^ y;^ tenían .cortado 
el pasoídeÜa f4]f^. F^H osos entonces bomli^res y mujeres pusieron mano alas 
armas que «n ileciiía;^ cdnsi^tian, de la Condición: cpie en otro lugar leemos ya 
manifestado,! y aunque los españoles jJe una furiosa arremetida lograron ecbar 
a pique la; canora, la ferocidad de los indio*^ sostuvo. el C(^fnl]iate de§de (as po- 
das, durafite >alguiU>s^ minüfoS)^ los bastantes para que eo tan nueva y d^sigu^I 
pelea qiMsdanmJifridos dos ^oidado$ españoles, de tos cuales murió uno pocos 
días mas adelante. 



Jí!tJV>f*»»M ,^:^ll»'rN;vi.-.tlr» ¿üw.fiíi, .fía TI 







'■■ ' 'Toviidrtfn^al (inhWiÉd)os y'las^ mojeresíde la dmoa» y: j)dfliiiranilQttdQ|o cfíipo 
¿U'<aIor1aMl^a1^ («haldad di»susrosli*08^:aiimeQt&dá:aftiQ¿iajbníie;nte\p«^rft iW^S9^ 
espanto de sus enemigos, al siguiente dia 14 se dio otra vez á la vela toda la 
armada para díVmf r ponernombre sucesivamente á las islas de-SarUa GimZf 
Santa Vrsula y las Once miiyírgenes, hasta que en el dia 15 descubrió y tomó 
posesión déla qm'm denominó entonces 5«ii/iiaii y mas adelante riier/o-Aíco, 



y á la cual sus naturales llamaiMn Borióon ó Burenquen. La especial fisoiloaik 
de aquella herniosa isla convidó á Colon á pisar su tierra ^ oms hermosa por el 
concierto de su vejetacion que todas las islas descubiertas hasta entonces en aquel 
archipiélago. Además, que por sus dimensiones merecia mas que otra alguna 
los honores de un reconocimiento escrupuloso, del cual resultó á los españoles la 
idea de una cultura superior á todo lo visto en aquellas partes, asi por lo respec- 
tivo á la construcción de las rústicas poblaciones que se examinaron cerca de la 
playa, como por el orden y feliz distribución de sus labores campestres y de sus 
jardines. Por lo demás, en esta como en las otras islas visitadas, todos los indica 
huyeron á la aproximación de la armada , y al cabo de dos dias de infructuosas 
pesquisas, levó anclas de nuevo para no detenerse basta la punta oriental déla 
isla Española llamada Cabo del Engaño^ á la cual se acercó la espedicionel dia 22 
de noviembre. 

Grande fué el gozo de Colon cuando reconoció que se hallaba ya en los con« 
fines de su tierra privilegiada , siquiera no fuese mas que por los consuelos que 
esperaba prodigar á los antiguos compañeros de su mas arriesgada empresa; 
I pero cuánto se engañaba el famoso nauta en sus cálculos de humanidad y agra- 
decido compañerismo 1 Cerca estaba, es verdad, de sentar la planta en el propio 
lugar donde habia erigido el primer fundamento de la superioridad europea en 
las regiones incultas de un mundo ignorado; pero mas cerca estaba aun deapren^ 
der una terrible verdad que jamás se debiera olvidar por los que aspiran al do- 
minio de sus semejantes , á saber : que el esclavo es débil en tanto que no vé una 
favorable ocasión para quebrantar y pulverizar las cadenas que le oprimen, en cuyo 
caso, desbordados los diques de su razón, no hay venganza que no medite, ni 
crimen que por obra no ponga. 

Costeando la Española continuó la armada hasta el golfo de las Flechas , no 
sin haber recibido antes amistosa invitación de cierto cacique que en los confines 
orientales de la isla moraba, con ocasión de haberse detenido y tomado tierra 
algunos españoles para dar formal sepultura á uno de los heridos en la escara- 
muza del día 15, sobre las aguas de San Bfartin ; pero el Almirante rehusó la in- 
vitación por los deseos que de llegar al puerto de la Navidad le consumían , y 
únicameote en dich(> golfo de las Flechas se entretuvo para enviar á tierra, gallar- 
damente ataviado , á uno de los indios que habia llevado á España , natural de 
aquella isla » por cuya circunstancia sin duda no volvió á dar cuenta de sí ni de 
las cosas que el Almirante b habia encomendado al desprenderse de su persona, 
qim nunca mas. que eútotíoes le habia sido necesaria. 

Al fin, el dib 25 de noviembre sallaron en tierra algunos individuos de la 
espedícioq en el puerto de Monie-Cristiy Como si pretendieran preparar los áni- 
9MS aventureros para las brillantes sensaciones que esperaban; pero cuando 
mas afandsos registraban para admirar los parages deliciosos de la isla , nubló 
la áonrisa de aquellos semblantes la presencia de dos cadáveres que cerca de 
un rio estaban tendidos ^baa unaaifiaobra de yerba, con un lazo al pescueso 

28 



de ellos, y etre eo oo^pienMi. Al (Ka siguieiile praelieando iguales pesquis 
gas, yoWió i presentarse mas adelante ¡fgoal espedioiilo , bien que aumenlaado 
too el horrcNT lee smiestpoe teoiereB, porto que trno 4e ellM i^anífeslaba en va- 
rias señatos 8e»«spaAaU mas parlioolapinenle en tas barbaí& largas que tos isleño» 
M tenían. Con esto, y con el profundo silicio que se advirlid en toda la oosta 
oiiaiido al aMpheoep M siguiente diia iSf se dispararon algunas lofisbardasenfren*- 
le del puerto de la Navidad, para avisar á tos de la fortaleza el arriba de la ar^ 
mada, hulneron de oonGrmarse los temores de nna gran catástrofe, que efecti*- 
vattente había sucedido. 

Las primeras noticias que sobre el acontecimiento alcanxaron los espedício- 
oaños fueron ta» v^gas y contradictorias, que hasta llegaron á suponer la posi-^ 
hto existencia aaq de algunos españoles tal vea internados por la isla } pero las 
esperanzas se desvanecieron en (a mañana del 28 por voz é información de cier* 
to indio venido á la nao dd Almirante , el cual dijo terminantemente que todos 
les españoles eran muertes, qoe la fortaleza había sido destruida y la población 
de los indios incendiada per la fuerza y poder de un cacique llamado Comabd, 
y de otro ñtayreni , tos cuales habían peleado y vencido ficifanente á nuestroa 
oompatricies dentro de su propia fortaleza ó en las casas de toa indios, aprove* 
chandosa de las diaeosiones que entre ellos sucedieran , y del descuido y mo- 
licie en que habian eaído'. 

Parece oon efecto que entre tos principales caudUtos Rodrigo de Escobado y 
Diego de Arana , coa sus respectivas parcialidades , habían nacida diferenciaa 
sobre la superioridad del mando, y que por consecuencia de semejantes par<^ 
cialidades, y de la posesión de ciertas conveniencias de la isla , unos oon otros 
los soldados españoles habiaa llegado á las manos, coq muerte de varios. Sú- 
pose también que una p^rte considerable de los aoismos no volvió á cuidarse 
déla fortaleza, morando en las chozas indianas para dar rienda suelta á li- 
viandades y plaoerea de los que gastan las fuerzas y apocan tos áaimee, y 
también llegó á averiguarse que el mismo Bscobedo , con otros diez de sus par- 
ciales , se bahía internado en la isla en hueca de las minas de Cibao , cuya pon* 
deracion había despertado sus tendencias ambiciosas , sonando gozoso en la mas 
abundante riqueza ; pero que al penetrar en los dominios del cacique Gaonabó, 
caribe de ra:^a , que se babia conquistado en la isla Española una wntajosa po* 
si^ion por lo que sus hechos valían , salióles al encuentro oon multitud de in^ 
djos, y logrando apoderarse de los once> aventureros, á todos diónin<rle, para 
facilitar con ella la estincionde la raza española en toda la isl|ts conforme ha* 
bia proyectado repetidas veoes^ Así, pues, con la disminución del número /harto 
flaco de suyo cuando da guerrear se tratase en tan apartadas tierras , y to di-^ 
viaíeo que vfiqaba esttre los demás españolea» nada pudo serle - mas- paacticable 
que la sorpresa veriftoada en to fortaleza á favor de laa tiniebles., y to aauerte 
sucesiva de todos tos que en las chozas indianas sin ninguna paetsaucíon estaban 
Oiltfcga(^9 al mas compfe(o descaoso. Sopúsoee qua Cruacanagaií bobo de to« 



S19 

mar {Murte en la lueba A favor de «na huéap^ea, y aun «I mUtno oaudállo a* en- 
tretuvo ailgunaa días en au hcmaca^ laatimándoae de cierta hepída ^oeoo tenla^ 
aegun veaukd del reoonociaúenio que en preaenoia de Colon praetícó el doeter 
Ghanisa; pero lo mas cierto es que ae violaron al eabo laa leyes de la hoafHtatidad^ 
ai no GOBoeidaa» al menea piractieadas hasta allí por loa indios» y que todas laa 
ilusiones de confraternidad y arox>ma coa que se hablan alinientado los nuievoa 
aventureros al |>en8ar en las rabiones tras-atUnticas^ se nublaron 'enlonees oon 
el espíritu guerrero de su pais natal, que dio súbito oalor á las feíroeea y natu-* 
rales instintos de la venganza. 

Tal fué el origen de los esoesos que por algunos se cometieron desde enton* 
cas en las poseúones que se iban conquistando, por mas que autores oelosoa 
del colosal poder espafiol en aquelloa y posterioreB tiempos lo achaquen á nw^ 
diversas causas. Bs verdad que algunas teodencias de general codicia, y funes«- 
tos resultados de profúas desavenencias, guiaron el consejo de los incautos ea^ 
pafinles que á la provincia de Cibao ee dirigieron; pero también es verdad que 
no fué el defender intereses inapreciados lo que guió la fuerza de Gaonabó para 
dar muerte á los aventureros que penetraron en sus dominios, y sí úoicamente 
el deseo de estinguir la raza estranjera que á su autoridad causaba tan san- 
grientos celos. Por lo demas^ las consideraciones filosóBcas que desprenderse 
pudieran de la incuria y postración á que condujo á los españoles el uso inmo- 
derado de las pasiones naturales, y la confianza á que se abandonaron por la 
amistosa armonía que conservaban con los indias en los dominios de Guacana- 
garí, no pudieron ser mas que repeticiones enojosaa de casos y consideraciones 
semejantes en mayor escala sucedidos é inspirados, sin otro resultado que el 
convencimiento doloroso del desprecio en que se tienen los ejemplos de la his^- 
toría, mal entendida por los que la estudian distraidos ó presuntuosos de sus 
propios recursos en los casos difíciles, ó mas bien abandonada con frecuencia al 
polvo de los estantes^ por lo que suele carecer de narraciones fabulosas ó de si^ 
tnaciones sobrenaturales. 

Cuando una dolorosa resignación puso término al sentimiento de los espa- 
nole8« hubo de pasar bien acompañado el cacique amigo á la nao del Almirante 
estratégica exigencia que in^ventó Colon para deslumhrar su espíritu, por si te- 
nian fundamento las sospechas que algunos alimentaban con el caudillo de la 
isb ,en la ^luerte de los españoles.» Asistió con efecto Guacanagarí al bastimento 
de Colon» no sin admirarse grandemente al aspecto que ofrecía el conjunto de 
la aripada; j^ero sus ^estos^e multiplicaron á medidla que el Almirante le mostró, 
djBspi^es de las n^y^j^qres piezas de artillería y otra multitud de armas que hastn 
eotoi^p no habia yisto), los aoiipal^, de dii^ersas especies que para poblar^ 
isla se llevaban: y su pasmo creci¿ de.puqto cuapdo (uvp ocasión de contendí v 
los ^ballos: natural.pqnsecuepcia de la inculta sencillez que en el género de los 
¡cwdrupedosno ,canqci^ wayc¡n&s razas que la de l(^ perros mudi^s y U, ipas opior 
ijl^d* delasútiasp.cpneips^ , , ; , 



1 



220 

No obstó la admiración, sin embargo, para que el buen c^eiqae féftarase 
con encendida intención en algunas mujeres indias de las que se habian res- 
catado en las islas de los caribes; en especial se enamoró al parecer de una, 
la mas gallarda y hermosa, á que los españoles llamaban Catalina, con la cual 
se entendió en términos de disponerla á la fuga. Verificóse esta, con efecto, 
en la noche posterior al siguiente dia, confirmada en su propósito por un 
hermano de Guacanagarí que en la tarde mas próxima fué á reanimar el pro- 
yecto, el cual se llevó á efecto por todas las cautivas cuando las altas horas de 
la noche daban natural abrigo á sus desagradecidos procederes. Para ello se 
echaron al agua cautelosamente, aunque no tanto que el centinela del casti- 
llo de popa no se apercibiese: con lo cual se tocó alarma y se tripularon loe 
botes para perseguirlas, dando tiempo sobrado para que al comenzar á bogar 
hacia la tierra, que estaba media legua distante, hubiesen nadado las fugiti- 
vas mas de una tercera parte: con todo , tomáronse cuatro en el momento de 
alcanzar la orilla, y cuando al dia siguiente se fué á reclamar las otras á Gua- 
canagarí, en cuyas posesiones se habian refugiado, ni el cacique ni alguno de 
sus subditos parecieron en todo aquel terreno, como que su lugar no semejaba 
otra cosa que un tosco cementerio, por la soledad que en él reinaba. Seme- 
jante conducta acrecentó las sospechas en los dudosos y los cuidados en el 
Almirante, que se veia de nuevo espuesto ¿ los percances de la conquista sin 
amigos ni aliados en el vasto territorio de que pretendía enseSorear i los 
monarcas de España; y no hay duda que las imaginaciones ligeras que al par- 
ticipar de la empresa no habian soñado mas que escenas de eterna ventura, 
aprendieron en el suceso una lección de cuánto es necesario sacrificar á la rea- 
lidad natural de las leyes del mundo, las narraciones exageradas y las mas gratas 
ilusiones. 

En tan crítica situación, y por que ya iba siendo enojosa á racionales y 
brutos la residencia en los buques, se trató formalmente de erigir una pobla- 
ción en la isla, al modo de las europeas, para cuyo efecto se llevaban las her- 
ramientas y materiales necesarios, faltando únicamente la elección del sitio. 
Por mas próximo á Cibao, donde se suponia la mayor abundancia de oro, y 
mejor calidad del terreno así para la fortaleza militar como para la salud de 
las personas, se designó aquel por último, á unas diez leguas mas al Oriente 
del puerto de Monte-Cristo, en la propia costa de la isla , con espacioso y se- 
guro puerto, en que dos rios desembocaban no distantes, para facilitar ma- 
yores comodidades sobre el propio terreno á los nuevos pobladores : y por lo 
que urgia la pronta construcción de la ciudad, salieron i tierra todos cuantos 
á la ordinaria tripulación de los buques no pertenecían, asi como los animales 
y demás cosas estrañas )al servicio marinero. 

Al rededor de un lago inmediato al terreno marcado para la ciudad se es- 
tableció un provisional, pero muy bien ordenado campamento , desde el cual 
partían diariamente los trabajos; y era de ver cómo el destino, humillando las 



221 




/ 



soberbias pretensiones del bombre, se gozaba en la fatiga y cansancio de aquellos 
aventureros que habian soñado montañas de oro, cuyaestraccion y posesión» 
^ según ellos» no debia costarles mas que la molestia de un largo» pero seguro 
viaje. 

Todavía por lo que tienen de inexcrutables los secretos de la Providencia» 
86 acumularon sobre la espedicion mayores desdichas; como que influyendo 
con los trabajos del cuerpo las diferencias del clima » y los efectos alimenticios» 
desarrolláronse en el campo tales enfermedades» que en breve tiempo mer- 
maron el número de los españoles» poniendo también en lastimoso estado la 
robusta constitución del Almirante» bien que á escepcion de muy escasos días» 
siempre asistió personalmente á la dirección de los trabajos. Edificáronse casas 
en abundancia para mayor número de la gente que allí habia » dando á la cons- 
trucción un orden simétrico por lo respectivo á plazas» calles y travesías : le- 
vantóse á Dios el templo consiguiente» que no sin él pudieran pasar gentes á 
la cristiana religión tan devotamente apegadas : se inventaron fuentes y jardi- 
nes para la comodidad y el recreo» no olvidándose de aceptar las condiciones 
locales en beneficio de los molinos» y otras necesidades absolutas de una po- 
blación improvisada» y finalmente» el alguacil real Bernal Diaz de Pisa» que á 
la empresa asistia como lugarteniente de los contadores mayores de Sevilla 
|>ara el orden de la contratación» obtuvo el correspondiente ventajoso terreno 
para levantar una especie de aduana con todas las condiciones indispensables 
al mejor desempeño de las instrucciones que de los Reyes Católicos llevaba (1). 

(4) Lis íattmecioMs qM^ieroo á Bernal Diai d« Pisa los Beyes CatólicoS| eomo cenUdor de la armada por 
eaeargo de lea eoatadores mayores de la eontratacioD naoieoke entre España é Indias, no podemos menos de con- 
tifnar aqni por el enlace qne gnardan con las dadas al Almirante y por lo qne unas y otras han de ilostrar la 
Ustería del CsMrpo md m init trüiivQ d* Uwrimm, que á sn tiempo se ha de escribir en esta obra. Por lo dicbo, 
pncB, los eopiamoa en esta página Cales como te hallan registradas en el archifode Indias de SctíIU, según Na- 
Tarrtte, CoUecvom dipUwMie&y lomo lU 



9^ 

AI todo de la poblacbn bautizó el Almirante con el mmkv^ ^/amée de 
¡sahdá, por rendir merecido tributo á la mas visible protección de los 

«El Rey é k Beínt: Lo qm ym Bentl DiaiAeY^i Ceiittoe J« nvettrt oata babeit ée faeM*, Dio* qnerttado 
en lat IsUt é Tierri firne ptr nuestro manJtdo to fe il nértti é por tecvbrhr en el mar Oeéano á It parte ¿e Iw 
Iniiaa, «lopde tam, tocante al cargo de la Gonta4nm ¿ell», por Tirina M poder de nneatroa Contedores mayorea 
qne HoTaia es lo aigniante: 

«Primenmente liabeia detoaNr MláoiéüM CaMtiiorlnan de Soria, de laaearabelaa é na?foa fnk Tan m el 
«rmtda, é piesai^ é lombardas, é batleatna) 4 l a á iH>,é otrta aroMitodo por monndo lo qna ya en cada navfn é ca- 
rabela, é aaimiamo de loa Capitanea, éfcMiait nMrfneroa, é Oficialas é gentea de gaern^ é otra cnalqniert que 
Ta k aneldo encada carabela é navio» étt lionalira de cada persona é de dondénsTecino^é el día qne se presenta- 
ren é por el tiempo qae van psgados; é a a la iisai B 4n «náss loa taantemiaiontoa qne tin em^os á dda Cbpiten, 
é asiinisnio de la mercadnria qae llcTare la persona qne Hos mandaremos ; é de tvdna ka otras eaaaa qne st dicho 
Cotftador Inan de Soria ficiere para proToimiento de In dicbn amada; psrqne tos tengáis enenta é rkxon desis^ » 

«Otrsei : el Almirante ba de hacer qne se haga alarde de todn U gente qae fnere en I«b naTioa por «iMs él é 
ante TOS, por la copia qne el dicho Joan de Seria diere é enrinre al tiampo qne se desembnrtsrsn on las Irtaa ca- 
da «arto sobre si, para Tcr si faltare algnna dala dicha gonte , é fiscer el dicho alarde dele gente de caballo como 
de pié, é aaimiamo facer alarde do la goflle qne allá qaedara en las islaa cada mea nna res, é haieia do enriar re- 
lación ante ol dveho Contador Inan de Soria, firmada del dicho Almirante é 4a to», dft la gnnte qne allá qoedare 
é qué personss son é la gente qae acá tomare en los dichos navioo nomlre por nombre, por donde acá se fenesea 
la enenta de cada nario sobre si> é si algunas personas faltaren de lasque hubieren ido en los dichos navios escriba 
en qné tiempo faltaron.* 

«Otrosí: habéis de tener libro é enenta de toda la razón qne el dicho Joan de Soria Tosdiercy é de la merca- 
darla qne de los dichos navios filaren, é habéis de tener enetota é raioYi de todo él Oro é WtlrSa mcMald^iéa qna 
ao ficieran allá y se trugioresi de lo caal todo faabei» de faeer libro apnrle, é al tiempo q«e se otfTgnre sea on 
presencia del Almirante ó de la persona qnel ncmbrarcí é en presencia de vos el dicho Bernal de Pisa ; é hsboia 
deeaeribir por menudo todas laa cosas que cargaren, las cosas qae requieren venir por peso sopesen é las éacVi- 
baia, é Us otras cosas qne no reqakArett ffeso vengata por eMrito é por éaenta, é de todo tilo edVisd la telacion 
firmada del nombre del dicho Almirante, ó de la persona que él sombrare que esté presento á lo ansodicho, é de 
vos el dicho Bernal de Pisa; al dicho Contador Juan de Soria, para qne acá se reciba por la dicha relación, é las 
asi«tate en su libro, é las carguen á las personas qne la han do recibir en la dicha casa.» 

«Olrooi: habéis de enviar cada vei que acá vinieren navios raltrion firmada ddl aonsbre del dicho Almirante, 
6 de la dicha persona que él nombrare para ello, de lo que cada ano trae, asi en oro como en eapecerta, como 
en otra cualquier cosa, al dicho Juan de Soria, para quo al tiempo que los dichos navios acá llegaren, el dicíio 
Jnsbt'de ^ria tome la cuente para la dioba relscioñ qub asi la ebviabodes ^or Is forma SMolidha; é éntiafi li 
dicha relación con la persona que trugiare li^s dichas marcadnrtes, ó o^ra con el Contador qna viene en c«da 
navio, é si no viniere contador con otra persona fiable: después dcsto, enviad con el primiero viaje otra elación 
de lo ^ne asi hobíeredes dado á las snsodichSF, con el Contador ó ton iAfa péteotta de i^cabdo, p4fr teailera ^M 
Tengan trea relacionas, y en todaa se ponga todo baon recabdo.» 

«Ha de haber ana casa en las dichas islas, en la parte qne mas conveniente foera, donde acordare el dicho 
Almirante, para quo allí se descargue cualquier mercaduría de los dichos navios que acá Fdéretl, é ^otfdé be 
faga ó traiga ol oro é otros mercadarias qno se hoblarea de eargal* pira qaa Us ks«ta)s é póngate rMaeínn ila 
todo en vuestros libros^ é fuera de la dicha casa ninguno no ses osado de cargar ni descargar mercadurías al- 
gunas: la cual dicha casa mande Taccr el dicho Almirantea los carpinteros é albañiles, é gente que allá esloviere.» 

•Otrosí: qne los mantenimientos qne fueren á las dichaa Islas piítt toda la ^nte qne klH fastr, ss bvyite 
de repartir cMio 4^ Almirante mandare, ^n vosatra presensia é da vnsalro esaribano.» 

< En las cuales dichos cosas vos el dicho Bernal de Pisa habéis de entender, según dicho ea¿ y en todas las 
otras que halla sucedieren tocantes á la hacienda, por manera qne el tesorero 6" reteptor que haltá' cstorirfre Ho 
pveda hscer cosa blSignna Sin Hát, el dtcfat» contador Banml de Pte^ ptra qm téngala rdson é teimita ^ello.* 

«Otrosí: que ri demás de lo ^ue provea el dicho Juan de Soria, éontedor qne ha de estar acáj se hallare en 
algún navio alguna co^a encubierta, demás de lo que estoviere en la copa del dicho loan dé Soria, Ó mis 
navios deicSqde rao, qoe ct dicho Ahnlrante totee, ó lo embatghe é ojbc^teieír vus^fr* y#éftMria, segtel 6 pm 
la forma é manera que en la cédula que Nos para ello mandaremos dar se contiene, é lo que de lo tel á Moa 
perteneciere, fagáis carpo dcllo al receptor. 

•Por ende Nos vOs mamlamos que veades la dicha instmecion suso-éscrípta, é ta guardéis, é énmiftáil, (^ tíM- 
dea de los poderes quo do los dichos nuestros contadores mayores tenéis, según que -en esta dicha 'insti^ctlinf le 
contiene, é'contra el tenor é forma della non vayades ni paredes en manera algoña. ^echa enlteréétonl ll'Me 
del mas de junio de mil coalrocieatoa noventa y tres aios.— iTo EttlET.— Vo LI llElItA.» 



223 

descubrimientos hechos hasta hoy en todos los confínes del globo terráqueo. 
Tales fueron los síntomas que por una estraña combinación de alternados 
sucesos prepararon los ánimos de nuestros aventureros á la conquista y domi- 
nio de la isla Española , bien distintos por cierto de los que en sus cálculos se 
habian presentado como mas naturales al partir de la Península. Pero si ellos 
perjudicaron en gran manera destruyéndolas, todas las ilusiones de pacifica 
ambición que sobre la playa gaditana habian nacido , también contribuyeron 
en gran manera á desarrollar la magnífica fama con que llenaron los anales del 
siguiente siglo aquellos intrépidos aventureros, cuyos nombres resuenan tan 
altos en los sucesos de la guerra. 




CAPITULO xvm. 



ReooiioeiaiitBlo inUrior de la Wa Kspaftola.-~E6greao da loi iMMfaei á B»f9Aai con miieslraa propicias de la bou* 
dad mineral de la ieU. — Conjoraolon de Benial Dlax de Pisa ; descúbrela y destruyela el Almirante.— Espedicion 
general á las montafias de Cibao : brillantes sensaciones que en ella se esperimentan : erección del fuerte de Sa%^ 
to Tomás 7 regreso de la espedicion A Isabala.— Hoitilidades del cacique Caonab6: enfermedades en Isabela, y 
disposiciones del Almirante para contrariar las primeras y atajar las segundas. — Espedicion de Colon por la cos- 
ta meridional de la isla de Cuba : hace escala en los puertos de GiMntanamo y Santiago de Cuba, y desde la al- 
tara de Puerto Tarquino yira al S. y descubre la Jatnayea, — Anclage en la nueva isla para carenar la carabela 
del Almirante , y combate con los naturales.— Vuélvese la espedicion á la costa meridional de Cuba : sufre una 
espantosa tormenta sobre el cabo de Cru%: atraviesa por entre las islas que Uamó el Almirante Jardinet de la 
Meima: pasa el golfo de Tagua: toca en el mar blanco 7 avanxando hasta la entrada occidental de la gran bahía 
de Batavanó sobre los 76.* y 49.' de longitud al Occidente de Gádix , vira al Sur haciéndose antes una declara- 
ción general por todas las tripulaciones de que la isla de Cuba era Tierra firme. — Descubrimiento dfi la itla de 
Piñot: vnelu á la costa de Cuba y descanso en la de Omofay , por la bondad de sus naturales.— Danse de mio«> 
TO al mar los bastimentos : tocan en Jíamayca, la costean por el 8., y tras de inmensos peligros y reconociendo 
todo el mediodía de la isla Espafiola , vuelve la espedicion á Isabela doblando el cabo del Bngafio , y depositando 
al Almirante, casi cadéñrer por sus graves padecimientos, en braxos de su hermano B. Bartolomé, rocien llegado 
i la Colonia. 



ILirniB los primeros cuidados del Almirante, después de elegido conveniente- 
mente el lugar donde se habian de plantar los cimientos de la cultura europea, 
tenia privilegiada atención el regreso de algunos buques á España, no solo para 
satisfacerla curiosidad de los que interesados esperaban las primeras noticias de 
sus parientes y amigos, sino también por dar cuenta á los Reyes Católicos de 
cuanto en el tránsito hasta el desdichado establecimiento de la Navidad babia 
pasado. No dejaba también de preocuparle el mal efecto que la muerte de los 
treinta y nueve españoles habia de causar en la Península, y para cohonestarlo 
creyó de grande utilidad el envió, cuando menos, de grandes esperanzas, ya 

que por no perder sobrado tiempo, aquellas no pudiera enviarlas convertidas en 

29 



226 
las mas lisongeras realidades. Al afecto destacó desde la Isabela hacia el inte- 
rior de la isla sobre el Sur, dos partidas escasas en el número , bien que fuer- 
tes en los aprestos y autorizadas por lo que sus caudillos valían , como que uno 
de ellos era Alonso de Ojeda, y el otro cierto caballero joven llamado Gorvalan, 
que en nada cedia á los mas apuestos y animados. Llevaban instrucciones de 
atravesar por distintas vias el territorio intermedio basta las montañas de Cibao, 
que eran las supuestas regiones del oro , ya facilitando la espedicion con amo- 
rosos procederes, ó bien poniendo en juego los recursos bélicos de que iban 
provistos convenientemente, por si, como era de temer, el intrépido Gaonabó 
les saliese al encuentro. Por fortuna de nuestros primeros pasos en el estable- 
cimiento y toma de posesión de las Antillas, no hubo necesidad de otra cosa 
que de corresponder graciosamente á la hospitalidad de los indígenas, y de ad- 
mirar en sus campiñas al Supremo Creador por la mas deliciosa de sus obras. 
Pocos dias pasados desde la salida de la Isabela de ambas partidas, regresaron 
una y otra tan llenas de sensaciones como abundantes en pruebas de la rique- 
za mineral de la isla, como que además de los pedazos de oro que recogieron 
en los arroyos ó rescataron de los indios, trajeron evidentes señales de precio- 
sas canteras de jaspe, y algunos pedazos de lapiz-lázuli. 

Harto menos hubiera bastado para tranquilizar con el envío la acalorada fan- 
tasía del Almirante, de suerte que el regreso de la armada se dispuso á cargo 
de Antonio de Torres, alcalde que era de la ciudad de Isabela y capitán de la 
nao Marigalante, no sin dejar para las urgencias de la isla cinco buques bien 
acondicionados (4), dando á dicho oficial bastante comisión para certificar los 
sucesos que la pluma hubiera grabado escasamente. También llevaba un me- 
morial de Colon ajustado á las mas urgentes necesidades de la isla, para que 
SS. MM. proveyesen su inmediato envío (2), y á la par iban en los buques to- 
dos los hombres, mugeres y niños que de los caribes se habían tomado, con 
propósito, según Colon de que en España se instruyesen en las cosas de la Fé 
Católica y moderasen sus feroces instintos (3). 



( 4 ) Bran estos boques dos naos, ¿ saber : la Gallega y la Capitana , y tres carabelas que escogió Colon como 
mas á propósito para el reconocimiento y costeo cercano de aquellas tierras. 

(a ] Llevaba Antonio de Torree la orden de apresurar el envió de dos carabelas fletadas por cuenta y riesgo de 
la corona , para que la deliberación y pausados acuerdos no estorbaran la urgente satisfacción de perentorias ne- 
cesidades : y en el capitulo correspondiente del memorial á los Reyes Católicos , recomendaba que asi dichas cara- 
belas como todos los boques que en adelante hubieran de fletarse, entraran en el ajuste por toneladas y no de otrt 
manera, de lo que resultarían convehiencias á la hacienda, según por esperiencia en la segunda empresa babia to- 
cado. SS. MM. se ciñeron con efecto á la proposición , mandando que asi se concertaren en adelante los fletes, 
abandonando toda otra forma : debiendo advertir que ya la práctica se habia anticipado al concertar con Ifiigo de 
Arieta por semejante medio el armamento que para la segunda espedicion se babia hecho en la villa y puerto de 
Bermeo. 

( a ) Hubo de proponer Colon á los Keyes Católicos, respecto á los caribes, la esclavitud en los propios términos 
que entonces se acostumbraba en las naciones de Europa con los negros de las costas de África, fundado en la in- 
domable condición y perniciosas costumbres de aquellos, y en la conveniencia de sua visarlos con el mas frecuente 
trato de espafioles. Al efecto creia conveniente que se verifloase semejante comercio por medio de cambios consis- 
tentes en animales llevados allá, de los necesarios para el trabajo ; pero SS. MM. suspendieron los efectos de la pe- 
tición basta consultar sos escrúpulos al mismo Almirante , de donde resoltó la benéfica circunstancia de no haber 



227 
Socedlo la partida de la armada el dia 2 de febrero de 4 494 ; y como las 
enfermedades crecían, no obstante la abundancia de cuidados que desplegaron 
con el doctor Chanca todos los que en las cosas de medicina entendian , y por 
otra parte se hubiesen maleado bastantes provisiones de las llevadas allá de 
nuestro territorio, con lo que las raciones se acortaron, decayó grandemente el 
valor de algunos aventureros, y á la vista y consideración de una vida trabajo- 
sa, comenzó á levantarse un sordo rumor* semejante al que de lejos se escucha 
cuando la tempestad se espereza en la inmensidad de los mares. 

Todavía Colon estaba privado por su enfermedad de recibir las impresiones 
atmosféricas, cuando le dieron cuenta del peligro que amenazaba el éxito de 
sus tareas, y su sagaz política no tardó en descubrir la mas inconveniente sedi- 
ción que pudiera levantarse. Estaba al frente de ella el lugar- teniente de los 
contadores Bernal Diaz de Pisa, representante fiel de la rencorosa ojeriza que 
sus principales tenian al Almirante, y se estendian sus propósitos hasta el delito 
de quererse desertar con los cinco buques que en la Española habian quedado, 
volviéndose á España seguros de la impunidad por lo que el tal cabecilla espe- 
raba de las bondades de los Reyes Católicos, en cuyo servicio especial se habia 
entretenido algunos años. Para que el proyecto alcanzase toda la autoridad que 
requería, no hay duda que debía ser poderoso, como en efecto era el número 
y la calidad de los conjurados; ambiciosos que no creían en la existencia abun- 
dante del oro que apetecían, porque Ia4ierra, y los árboles, y las montañas, y 
los ríos, no lo despedían á montones sin la concurrencia del trabajo : caballeros 
de ilustre cuna que por la condición de la empresa se habian rebajado de orden 
superior á poner las manos en la construcción de la ciudad que á la convenien- 
cia de todos se levantaba : regalados cortesanos que en la abstinencia decretada 
para la conservación general de la colonia , tenian que moderar los instintos 
materiales de su gula, y aventureros de fantástica imaginación que inmediata- 
mente no chocaron con ejércitos poderosos de espléndidos reyes , cuyas pose- 
siones ofrecieran brillantes los mas seductores estímulos de la conquista ; todos, 
desconcertados en sus sueños quiméricos de fáciles venturas, se apresuraron á 
entrar en la sedición con la seguridad de que tan crecido testimonio no podría 
menos de ser admitido en España por descargo bastante de su delito. 

Afortunadamente salió Colon al paso de los tratos, y antes de que por obra 
pudieran ponerse robusteció con el descubrimiento del delito la autoridad de su 
persona, aprendió el proyecto de los comprometidos en un memorial de cargos 
é injurias contra su persona que sorprendió al caudillo: aseguró á este y le envió 
á España con los comprobantes de su delito, y desarmó todos los buques escepto 

tomado cuerpo la esclavitud de los indios en el territorio de Espada. A pesar de la cualidad de estraogero que en 
la Península distinguia á Colon, y de la repugnancia con que fué leida y desechada en nuestra corte la propuesta, 
todavía el espíritu torcido de autores estraflos nos hace gravísimos cargos tan solo por una idea inhumana en que 
otra parte no pudiera justamente atribuírsenos que la de haberla rechaxado por voz y mandamtenlo de nuestros 
mas célebres monarcas. Véase el memorial que trajo ¿ la corte Antonio de Torres, impreso en el tomo I de viajes, 
correspondiente á la colección del 8r. Navarrete. 



228 
la nao de mas porte, en la cual puso con los efectos indispensables de aquellos 
una respetable guarnición compuesta de las personas que mas confianza le ins* 
piraban. 

Desecho el motín , y apegados otra vez á su voluntad aquellos que de su 
clemencia participaran, torció el Almirante los procederes á la inmediata rea- 
lización de sus creencias, con lo cual no solo aquietarla los amagos del disgus- 
to sofocado, sino que daría manifiesta satisfacción á los monarcas del objeto 
que á la empresa le conduela. Asi pues, rodeado de cuantos oficiales y opera- 
ríos en lo de esplotar minas entendían y seguido de una hueste numerosa en 
hombres de armas, peones é hijos-dalgo, que no bajaba de cuatrocientos y cin- 
cuenta guerreros, dirígióse por el interior de la isla á las montañas de Gibao, 
guiado por los informes que del tránsito y otras condiciones locales babia reci- 
bido de los que en la esploracion le precedieran. En la continuación y gobierno 
de la ciudad dejó por su lugar- teniente con ajustados poderes á D. Diego su 
hermano , meritorio capitán y bondadoso sugeto , cuya pacífica y suave condi- 
ción le debiera haber conservado siempre en el amor de todos sus gobernados. 

Con semejantes prevenciones se dio al camino la comitiva , y no hay duda 
que su viaje fué de lo mas brillante que hasta entonces se habia ideado. Inter- 
náronse, no sin trabajo, los aventureros españoles por el centro de un país in- 
culto, pero tan abundante y rico en espontánea vegetación, tan regado por cre- 
cidas vertientes, tan poblado de chozas indianas y tan vario en ideales sensa- 
ciones , que un solo individuo en la espedicion no hubo que no diera por bien 
empleados los trabajos padecidos por gozar tan agradable y sorprendente con* 
junto. Los mas osados en el motín de la Isabela, se afanaron allí por borrar el 
surco de sus desmanes, tomando mano de los trabajos mas toscos para satisfac- 
ción de su conciencia, y en la construcción del primer camino que se abrió en 
el Nuevo-Mundo para ascender á una colina de encantadora perspectiva , se 
emplearon tan acreditadas personas, que perpetuando el Almirante su memo- 
ria quiso que en adelante se llamase aquel tránsito el Puerto de los Hidalgos, lo 
mismo que denominó Vega real á la hermosa y dilatada llanura que por la falda 
de aquella montana se dilataba, según Las Casas, mas de sesenta leguas de 
Oriente á Occidente (1 ), en la cual se entretuvo el ejército algunos dias á su re^ 
greso para estudiar las costumbres de los naturales , disponerlos al trato de 
nuestros soldados, y acrecentar con ios alardes la idea de superior procedencia 
que los españoles hablan concebido. 

Llegados que fueron á las montañas de Cibao, no tuvieron dificultad en ad-* 
mitír como verdadera la abundancia de oro que en sus entrañas se encerraba, 
asi por las señales características que por toda su ostensión se advertían, cuanto 
por los crecidos granos con que los indios brindaban el cambio de bagatelas, 
siendo algunos como naranjas^ y no faltando quien asegurase que se hablan ofre- 

( I ) L«fl Gastt. BUioria Imd., Ub. I. 



229 




cido allí como cabezas de muchachos. Bien hubiera querido el Almirante or&ra- 
DÍzar inmediatameDle sus trabajos, para la estraccion del metal apetecido; pero 
las provisiones escaseaban en el campo por la difícil comunicación con el puerto, 
y así, contento con lo aprendido, y seguro de la posesión hizo levantar en conve- 
niente lugar una fortaleza de madera que dejó guarnecida con cincuenta y seis 
. hombres á cargo de un Pedro Margarite, y en seguida torció el camino en con- 
trario para dirigirse con su ejército ala Isabela, donde entró el dia27de marzo 
después de diez y siete diasque de. la improvisada ciudad se habia ausentado. 
El viaje al interior del pais que hicieran Ojeda y Gorbalan habia despojado 
á los indios del tránsito de los temores naturales á aquellas gentes, y el prac- 
ticado en seguida por el Almirante acrecentó la mátua confianza y confirmó el 
inmenso poder de los españoles, por el aspecto singular que la espedicion os- 
tentaba. En particular cautivaron con los ánimos la atención de los indios el 
uso de nuestros caballos, que con el ginete juzgaban al principio un solo vi- 
viente, y la armonía de trompetas, clarines y demás instrumentos bélicos tam- 
bién influyó grandemente para infundir hacia los españoles ciertas ideas de 
religiosa veneración que no eran agenas, como se hubo de suponer, á los in- 
dígenas de aquellas islas. Pero si la sencillez y bello carácter de los naturales 
hubieran alejado para siempre la desconfianza en el trato sucesivo con sus ad- 
mirados huéspedes, no pudieran esperarse los mismos resultados, teniendo en 
cuenta la existencia y poderío de Caonabó, cuyos celos ahora aumentados con 
el mayor número y mejor condición de sus rivales, debían producir alarmas y 
disgustos. Por esto, apenas el grueso de las tropas llegó á la Isabela con el Al- 
mirante, recibió este formal aviso del fuerte de Santo Tomás, que asi se llama- 



230 
ba el recien construido cerca de los criaderos del oro, por el que Pedro Mar- 
gante manifestaba las hostilidades que comenzaban á advertirse contra el fuerte 
por los indios de la comarca; aviso que si no pudo alarmar considerablemente 
la razón por lo que valían los recursos bélicos de los españoles, se sintió no 
obstante por ser el pruludío de sangrientas sucesivas escenas. Contentóse el 
Almirante con enviar algún refuerzo á la fortaleza y en seguida torció sus aten- 
ciones á mayores cuidados con que la naturaleza comenzaba á agobiarle. 

Era ya entrado el mes de abril y el sofocante calor de los trópicos comen- 
zaba á desarrollarse con todo el destructor influjo que suele ejercer sobre los 
europeos: desconocidas enfermedades agravaron el aspecto lastimoso de la co- 
lonia, y algunas defunciones inesperadas acabaron por sembrar la consterna- 
ción donde algunos meses antes no se pensaba menos que en todos los regalos 
de la existencia. Grande fué la eficacia con que los médicos se apresuraron á 
neutralizar los efectos destructores de la epidemia; pero era mas grande el de- 
sarrollo de esta, y asi por evitar en lo posible el contagio, cuanto por no perder 
un tiempo precioso, en tanto que volvian de España los bastimentos allá envia- 
dos, se dispuso á reconocer la costa de Cuba que él suponia ser la isla de Ci- 
pango, ya que no insistiese constante en la famosa idea de haber hallado los 
límites mas orientales de nuestro antiguo continente. 

Armadas para el caso las tres carabelas, con los necesarios aprestos y opor- 
tuna tripulación, se entretuvo en seguida el Almirante en disponer el mejor, 
régimen de la colonia mientras durase su ausencia; tanto porque no holgaran 
con los cuerpos los ánimos, cuanto por seguir el propósito de apartar de la 
Isabela el mayor número por causa de los males que allí crecian, ordenó que ^ 
todos los hombres de guerra se distribuyesen en bandas militares para cruzar 
por el interior de la isla, asi con objeto de reconocer detenidamente las propor- 
ciones locales, como para mantener constante entre los indios la idea del po- 
der inmenso con que los españoles podrían desconcertar todas sus hostiles ten- 
dencias. 

Arregladas y distribuidas las facciones conforme á las necesidades de la em- 
presa, halláronse todavía en disposición de asistir al reconocimiento de la pro- 
vincia de Cibao hasta doscientos y cincuenta ballesteros, ciento y diez arcabu- 
ceros, diez y seis hombres de armas y veinte oficiales, cuyo -ejército había de 
conducir Ojeda á la fortaleza de Santo Tomás para entregarlo á Mosen Pedro 
Margante, que nombró el Almirante para gefe superior de la espedicion, con 
tales instucciones de política y buen gobierno, como pluma de la mas culta ci- 
vilización no pudiera mejor escribirlas (1). Los sucesos posteriores no acredi- 

(1) En la Colección diplomática de Navarrete están incluidas dichas instrucciones á la página 410 del tomo U, 
con una muy notable equivocación en el Índice 6 estrado que sirve de epígrafe al documento , puesto que dice 
Imíruecion... para reconocer tai provinciai de la tela de Cuba, y con solo advertir que entre otras cosas le man- 
daba el Almirante á Margarite darse buena traza para prender á Gaonabó y poner á devoción de los espaSoles 
los indios de su distrito, se viene en fácil y cierto conocimiento de que no era la tf la de Cuba aquellas cuyas pro- 
vincias habia de reconocer Margarite, y si positivamente la tila Etpoftola. 



á3< 

taron ventajosamente el cumplimiento de dichas insirucciones; pero bien será 
decir, en honor de la verdad, que á los primeros procederes y constantes hos- 
tilidades de los indios se debió sin duda alguna la serie de disturbios desórdenes y 
guerras con que mas adelante se ensangrentó el suelo feraz de la isla Española. 

Al fin, el día 24 de abril se dio á la mar la nueva flotilla de descubrimien- 
tos conducida por las ráfagas del Este en buen rumbo hacia el Occidente. Al 
pasar por el puerto de la Navidad quiso el Almirante detenerse para reconci- 
liar la amistad de Guacanagarí por lo que pudiera ser útil á la colonia que en la 
isla quedaba ; pero el receloso cacique evitó la vista de Colon , y este caudillo, 
con una ilusión menos de las que alimentaba , continua su navegación, á veces 
interrumpida por contrarios vientos , hasta el puerto de San Nicolás ó cabo oc- 
cidental de la Española, desde el que descubrió la opuesta estremidad de la isla 
de Cuba. Atravesado el canal que separa ambas islas, tocaron los buques en Pun- 
ta Maysi, que conocian entonces los españoles por Alfa y Omega , y siguiendo el 
propio rumbo de Occidente , bien que costeando el Sur de la isla , anclaron el 
dia 1.*" de mayo en un espacioso puerto, que por serlo tanto se llamó entonces 
Puerto Grande y hoy se conoce por Guantanamo, á unas veinte- leguas de la su- 
sodicha punta. Detuviéronse en tierra con el Almirante algunos individuos de la 
flota comunicando con varios isleños , que si al principio recelaron del trato de 
aquellas gentes tan superiores , á pocos momentos no habia obsequio que no 
hicieran, ni cariño que no inventasen para satisfacer á sus huéspedes. Refrescá- 
ronse allí los ánimos con preparados alimentos á la ventura aparecidos, y dán- 
dose al mar los tres buques alcanzaron al siguiente dia otro puerto no muy dife- 
ferente del anterior en sus condiciones locales , y muy superior en concurrencia 
de habitantes , puesto que toda la costa estaba sembrada de chozas indianas que 
aseguraban á la investigación la seguridad de alcanzar cuantas noticias preten- 
diese. Tomaron tierra, pues los españoles en dicho puerto, que suponemos sea 
el que hoy se llama Santiago de Cuba, y como al preguntar por los criaderos 
del oro que algunos indios llevaban se les indicase que al Sur habia una isla 
abundante y rica , Colon se acordó de la nunca hallada Babeque, y comparan- 
do á la vez las noticias que recibia con la posibilidad de encontrar al fin la fa- 
mosa Cipango, se apresuró á continuar la navegación hasta mas allá delpuer^ 
to Tarquino , virando en seguida las proas exactamente al Sur, con lo que tar- 
dó poco en avistar la Jamayca. 

Dos dias con sus noches respectivas tardó la flota en tocar en la nueva isla, 
cuyos naturales en vez de ocultarse temerosos ó brindarse diligentes, acudieron 
marciales en multitud de canoas, blandiendo y arrojando sendas lanzas contra las 
carabelas, sus rostros y cuerpos pintados de negro, y en las cabezas grandes pe- 
nachos de brillantes plumas. A semejante osadía faltó poco para que los españo- 
les contestaran con la elocuencia de sus armas ; pero todavía por lo que conve- 
nia encomendar al pacífico trato las consecuencias de la conquista, se encargó el 
intérprete indio de Haiti de moderar los ímpetus de aquellas gentes y nuestro» 




buques anclaron pacíficos en la bahía que entonces se llamó de Santa Gloria, y 
hoy es de Sania Ana. La nave del Almirante hacia agua en abundancia, y para 
calafatearla no era el puerto elegido bastante cómodo, por lo que, en busca de 
otro superior, se hicieron á la vela todos tres buques con las proas á Occidente, 
tardando poco tiempo en descubrir el que necesitaban; pero otra vez aqui se 
presentaron los isleños en son de guerra, y siendo al fin necesario despejar la cos- 
ta con algunas manifestaciones de superiores recursos bélicos, dispararon los es* 
pañoles algunas saetas que hirieron en la multitud despavorida, y al perseguir á 
esta en su retirada, se soltó por aquellos, con inhumano proceder un furioso perro 
que acabó por desconcertar y destruir todas las ideas de propia defensa con que 
hasta allí hablan alimentado su espíritu marcial los pobres isleños déla Jamayca. 

Facilitado así el desembarco y reparo de la nave, Colon tomó formal pose- 
sión de la isla, se enteró de sus condiciones, bautizó con el nombre de Puerto- 
Bueno aquel en que halló fácil acomodo para su propósito , y dándose al mar 
otra vez ya refrescadas sus provisiones en lo que la isla permitiera, siguió cos- 
teándola hasta su occidental estremo, desde el cual viró al Septentrión con fir- 
me propósito de seguir sin mas interrupciones toda la costa de la isla de Cuba^ 
para convencerse de si era ó no tierra firme la que tan inmensas dimensiones 
ostentaba. 

y ueltoá alcanzar los límites de dicha isla de Cuba en frente del promontorio 
á que puso y hoy conserva el nombre de Cabo de Cruz , continuó el rumbo de 
su navegación á Occidente, esperimentando al doblar aquel cabo tan recia tem- 
pestad, que á gran dicha pudo tener el que sus buques no se estrallaran en alguno 



233 
da los cayos y bancos que tan abundanles son en el golfo que sobre el N-E. 
forman allí las sinuosidades de la costa. 

Calmada la tormenta, continuóse la navegación con nuevos peligros, por la 
multitud de islas que á la vista se presentaron tan ricas y variadas en vegeta- 
ción, como escasas de gente: al fin, el dia 22, después de infinitas dificultades, 
aportaron en una que llamó el Almirante Santa María sobre los 73° 43' de lon- 
gitud Occidental, y 21^-2* latitud Norte, dando al conjunto de las otras el gra- 
cioso dictado de Jardines de la Reina. 

Bien deseaba Colon continuar sus esploraciones con menos peligro apar- 
tándose de la costa sin perderla de vista ; pero esto , sobre privarle de la exac- 
titud con que gustaba hacer el reconocimiento , estaba en contraposición de sus 
creencias, por la atenta credulidad con que habia leidO la^ relaciones de Mcn- 
deville y Marco Polo, los cuales afirman la existencia de numerosas islas que 
sirven como de avanzada á las costas mas orientales del Asia. En tal concepto, 
y por lo que se consideraba cercano á las ricas posesiones del Gran Khan, 
puso de nuevo las velas al viento, siempre apegado á la costa y atravesando 
entre sensaciones mil de variado contraste el ancho golfo de Xagua; pero 
donde los cuidados hubieron de sustituir á los meros afectos de la curiosidad, 
fué en aquella parte de la costa en que la mar se emblanquece por el movi- 
miento de las partículas calizas que en su fondo se contienen, como que llenos 
de supersticioso temor los mas osados de la flota propusieron el total abandono 
de la esploracion por peligrosa é inconveniente. 

Ni la calidad de aquel mar misterioso para lodos , ni las continuas dificulta- 
« des con que luchaban los buques al cruzar por entre la multitud de islas y ba- 
jos en que á veces encallaban , teniendo que sacarlos por la fuerza de los ca- 
bles, fueron .partes bastantes para que Colon dejara su propósito de reconocer 
aquella costa : antes bien , sobre la altura de la gran bahía de Batavanó , hizo 
poner hacia el N. las proas , bautizando con el nombre de Serafín la que hoy 
se llama punta de Matahambre , y ansioso de averiguar á qué tierras pertene- 
cían las grandes montañas que en el interior se percibían , mandó desembar- 
car esploradores que llenos de superstición y temor volvieron á dar cuenta del 
estado salvaje del terreno. Con todo , en mas cómodo sitio hubo de adquirir 
nolicias el Almirante que en su imaginación se volvieron gratas al objeto del 
viaje , y aunque por ellas hubiera pretendido continuar la empresa con el 
mismo tesón que la habia comenzado, todavía sus gentes insistieron en la idea 
de volverse á la isla Española, siquiera no fuese mas que por el mal estado 
de sus buques; que efectivamente se habia hecho harto peligroso; y el Almi- 
rante , roas que nadie interesado en la conservación de los vasos y en el apro- 
vechamiento de las noticias adquiridas, no tuvo reparo en complacer á sus 
gentes para mejorar á la vez. las condiciones de su obstinado propósito. Con 
todo, para que lo averiguado hasta allí no padeciese menoscabo en lenguas 

ociosas, y se diera crédito al hallazgo que él suponía de la tierra firme, inter- 

30 



234 
rogó indislinlamente sobre esta opinión á cuantos individuos tripulaban la flota, 
los cuales de todo corazón afír marón bajo testimonio de público escribano, qae 
con efecto la reconocida era la costa de un continente, respecto á que no de otra 
manera se podia juzgar por la distancia de trescientas treinta y cinco leguas 
que arrojaban de sí los diarios y observaciones de aquel viaje: siendo de notar 
que en semejante exagerado cálculo no era de los muy inteligentes tan solo'et 
Almirante quien el error difundía, pues en las tres carabelas iban á la sazón 
diestros pilotos y maestros de hacer cartas, entre ellos el célebre Juan de la Cosa, 
que del viaje tercero de Colon nos dejó un derrotero harto apreciable. Sin duda 
contribuyó á la general equivocación, tanto como los recelos que siempre in- 
funde- un viaje desconocido, la condición de la costa que vira desde la bahía de 
Batavanó hacia el S-S-0. , con lo cual todos hubieron de persuadirse que iba 
entrando la parte oriental del viejo continente en sus condiciones naturales; y 
no llegaron á suponer que muy pocos dias de navegación hubieran bastado para 
dar á la cuestión de descubrimientos un giro muy distinto, y á Colon mejores 
luces de las que. hasta la tumba le ofuscaron; pues vivió y murió en la inteligen- 
cia de que formaba parte de un vasto continente la que en la realidad no era 
otra cosa que una dilatada isla. 

Por fin, el dia 1 3 de junio de 1 494, abandonó la flota definitivamente el re- 
conocimiento de la isla por lo que de costa faltaba, y virando al S-E. no tardó 
en descubrir otra de harta mas consideración que la multitud de aquellas que 
tanto habían embarazado el viaje. El Almirante, siempre avaro de novedades, 
y por lo que de agua y leña necesitaba de proveerse, ancló en ella dándola por 
nombre Evangelista, convertido mas tarde en isla de Pinos; y aunque después » 
procuró rodearla para hallar mas fácil travesía á la Española, hubo de equivo- 
car el paso del S. internándose en el seno de Siguanea, y por lo tanto volvió á 
torcer el rumbo al N. para virar al E. tan pronto como se vio en franquía de ia 
Evangelista. 

Al pasar otra vez por aquel trecho de mar blanca que tanto habia afectado á 
las tripulaciones, ^e llenó de ella una vasija con objeto de enviarla á los monar- 
cas españoles; y siguiendo por los mismos rumbos y con muy semejantes incon- 
venientes á los que en la primera travesía se hablan esperimentado, tomaron 
al fin puerto las tres carabelas, para reposo de sus tripulaciones, el dia 7 de 
julio, sobre la costa deliciosa de Ornofay, á los 71 "^ de longitud al Occidente, 
no muy lejos de donde ^1 rio Buey deposita en el mar sus abundantes agnas. 
Pacífica y numerosa fué la concurrencia de indios que allí suministró á los es- 
pañoles todo género de refrescos y provisiones de cuanto el pais ofrecía y gran- 
de también el agradecimiento por ellos manifestado, con lo cual, cimentado el 
trato, se hizo fraternalmente amoroso, y puede asegurarse que fueron los dias 
mas felices de la espedicion aquellos que se destinaron en dicho puerto á tan 
halagüeño descanso. 

Cambiados los efectos con marcada ventaja de los españoles, por lo que los 



235 
indios sintieroD su despedida^ salió de nuevo al mar la flola el dia 16 de julio, 
y al bajar con las proas al S. para montar el que hoy se llama Cabo de Cruz, 
fué tan recio el temporal que la asaltó, que en poco estuvo la pérdida de aque- 
llos trabajados bajeles: aforfunadamente el 1 8 pudieron tomar tierra ya mon- 
tado el cabo, y dos dias después volvieron á darse á la mar con rumbo á la Ja- 
maica. Asi que alcanzaron esta isla, montaron su cabo occidental para costearla 
por el Mediodía, y en el trabajoso reconocimiento que de su costa hicieron por 
los vientos contrarios, lejos de presentarse como la pasada vez, con bélico apa- 
rato sus naturales, siempre dieron á las carabelas numerosa escolta de canoas, 
para regalo de los españoles, provista de cuanto mas bello y sabroso producid 
la isla en metates, piedras y frutos. Para aumentar las varias sensaciones, acón-' 
teció esta vez la venida de un poderoso cacique á la carabela del Almirante, 
rodeado de honorífica comitiva lucidamente ataviada, y acompañado de sus mas 
caras afecciones, como que venian con él su muger, cinco hermanos, dos hijos y 
dos hijas, en una canoa de muy grandes dimensiones, pintada y entallada con 
muy esquisito gusto. En la proa se ostentaba un indio vestido con una especie de 
manto hecho de vistosas plumas, un penacho semejante en la cabeza, y una es- 
pecie de banderola blanca en la diestra mano, señal de la paz que á la flota le 
conduela: otros dos indios, con seinejante atavío y las caras pintadas de colo- 
res, tocaban en la canoa dos tamboriles, y aun supone el cura de los Palacios, 
que otros dos llevaban trompetas de madera negra muy bien entalladas: algu- 
nos sirvientes ó deudos del cacique tripulaban también la canoa con sus penachos 
respectivos: las hijas del cacique no llevaban otros adornos ni mas trage que 




236 
un cioturoD de piedras pequeñas á manera de esmeraldas, del que pendía una 
bayeta parecida á una hoja de yedra, que semejaba al cendal de la madre co- 
mún cuando por primera vez asomó á su rostro la vergüenza en el paraíso; 
pero en cambio el cacique brillaba con una banda de piedras ceñida por la fren- 
te, atada ó sujeta por medio de una faja deoro: pendientes de las orejas caían 
unas láminas del propio metal: un collar de piedras blancas pesaba sobre el 
pecho, con otro adorno de oro en el centro á manera de flor de lis, y por com-? 
plemento de su regia ostentación también llevaba de diversas piedras un cin- 
tiirpn correspondiente: la muger del cacique vestia muy parecidos adornos, mas 
un delantal de algodón y algunas bandas de lo mismo en los brazos y en las 
piernas. 

El aspecto de aquella comitiva, la mas brillante y ataviada que hasta allí ha- 
bían los españoles contemplado, llenó á estos de curiosidad y especial contento; 
y respecto al objeto que la guiaba, que era un deseo vehemente de venir á las 
regiones de sus huéspedes, no lo tuvo por conveniente el Almirante, suponiendo 
que tan poderoso señor podría servirle grandemente en sus futuras esploraciones. 
Así fué que las canoas se volvieron á la bahía de donde salieran, y la flota conti- 
nuó su viaje siempre en ^1 mismo rumbo, hasta doblar Isí punta Morante 6 es* 
tremidad oriental de la Jamaica el dia 1 9 de agosto del propio año que hemos 
indicado. El 20 se avistó la punta occidental de la península española que co- 
mienza por aquella parte en Cabo Tiburón y va á terminar sus condiciones por 
el S. en el puerto de Jacomel, y por el N. en Puerto Principe; y aunque ni el 
Almirante ni otro alguno de los nautas suponían que aquello perteneciese á la 
isla colonizada , continuóse la navegación por toda la costa del S., hasta que por 
algunos amagos de temporal se apartaron de la Niña las otras dos carabelas, con 
lo cual hubo necesidad de que aquella anclase en la isla ó roca de Alto Velo, 
que está en la longitud occidental de 65.^, por si era fácil la reunión de dichos 
estraviados bastimentos. Sucedió esto el 30 de agosto y como fuese el cálculo de 
la reunión tan bien ajustado que bien pronto las carabelas parecieron, volvió á 
la mar la flota siempre navegando hacía el Oriente, y tocando alguna vez, en 
tierra de la costa, donde les fué fácil aprender, para descanso del ánimo, la sus- 
pirada verdad de que se hallaban reconociendo la parte del S. de la isla Es- 



Siniestras señales de furiosa tormenta anunciaron la que bien pronto se de- 
sató con toda la violencia que en aquellos mares acontece; pero esta vez dio 
lugar, aunque escaso, á la precaución, y el Almirante pudo abrigar su carabe- 
la en la i;sla que llamó Saona, no ya lejos del cabo del Engaño ; bien que con 
el senthniento de que las otras dos hubieran quedado por falta de tiempo es- 
puestas á los rigores de la tempestad, de que' se salvaron como por milagro, 
reuniéndose ocho dias después cuando el Almirante , por haberse mejorado el 
tiempo, se echó fuera delx^nal de Saona. 

El día 24 de setiembre, después de tan larga navegación, tan cansadas espío- 



237 
raciones y tan peligrosos sucesos, montaron las tres carabelas reunidas el cabo 
del Engaño, á que Colon llamó de San Rafael según era su piadosa costumbre. 
Ni el estado de sus bajeles, ni el ánimo de sus tripulaciones, ni la importancia de 
la empresa , podían alimentar otros deseos en vulgares pensamientos que de 
descansar no fuesen; pero aquel genio inmenso de la investigación, con su es- 
píritu inflamado y avaro de nuevas y mayores sensaciones, todavía no se con- 
templaba bastante satisfecho de cuanto en su última navegación habia apren- 
dido, sino que ya engolfado en un mar conocido , se propuso visitar otra vez^ 
para reconocerlas detenidamente , las islas de los caribes. Puso al efecto las 
proas al E., y no tardó en aportar en la Mona, que antes habia dejado á sota- 
vento; pero asi que dio á la vela sus bajeles hubo de dar á la naturaleza su es- 
píritu tan rendido, que ya no le fué posible la voz ni siquiera para comunicar 
sus órdenes. Verdad es que otra cosa hubiera sido sobrenatural , puesto que á 
las fatigas comunes del viaje, se hubieron de añadir, contra su salud habitual, 
los cálculos de la imaginación , . la impaciencia del espíritu , siempre agitado y 
pendiente de nuevas sensaciones, la "vigilancia perpetua del capitán en que la 
salud de sus gentes consiste, y sobre todo , la idea maravillosa de cumplir con 
el mundo la realización del proyecto que tan inmensa fama había adquirido. 

En estado tan lastimoso , los capitanes y pilotos de las tres carabelas acor- 
daron lo mas conveniente , que era volverse al puerto de Isabela , en el cual 
anclaron el dia 4 de octubre, y la colonia española que tanto ansiaba; por con- 
trarios sucesos la vuelta del grande hombre á cuya voz todas las dificultades 
cedían, recibió en su seno poco menos que un cadáver, pues no de otra suerte 
pudiera considerarse á Colon, cuando falto de todo conocimiento y en una in- 
sensibilidad absoluta fué depositado en los brazos de su hermano D. Bartolomé, 
que tras de una larguísima ausencia tenia al cabo la dicha de verlo y asistirlo 
en su mas peligrosa dolencia. 



CAPITULO XIX. 



Estado lastimoso de It isla EspafloU al regreso del Almirante. ^Enfermedades y defttDciones. — ^Margobierno de 
Margarite en las faenas militares que se pasieron i sus 6rdenes, y falta de cumplimiento á las que le habia da- 
do Colon antes de su Tiaje. — ^Motin de varios espafioles y su regreso á Espafia. — Sublevación de los indios de la 
isla, y lealtad de Guaeanagarl para con los españoles.— Ataques al fuerte de Santo Tomás , y brillantes acciones 
de Ojeda. — ^Prisión de Gaonabó per industria de este capitán y mandado de D. Bartolomé Colon, en quien el Al- 
mirante declina su autoridad por causa de sos padeceros. — Uega á la isla Antonio de Torres con provisiones de 
Espafia.— -Vuelta de sus baques á la península , y regresa en ellos D. Diego Colon para intervenir por su her- 
mano en la caestion de tti^ites. — ^Restablecida la salud del Almirante vuelve á hacerse cargo de los negocios, y 
aliado con Guacanagarí se pone en campafia con todas sus fuCnas. — Sangrienta* batalla de la Vega Real, é im> 
posieion del tributo á todos los indios.^Nuevos cuidados pesan sobre Colon por algunos de sus derechos que se 
quebrantan en la corte. — ^Residencia de su gobierno por Juan de Aguado. — Preparativos para el regreso de Co- 
lon á la península. — Temporal y naufragio de cuatro baques antes de hacerse i la vela. — ^Manda el Almirante 
que se fabrique una carabela, y entre tanto se descubren las ricas minas de Baina. — ^Esplótanse estas y con 
abundantes muestras de su riqueza. — Sale Colon para Espafia en la nueva carabela, con otra que el temporal ha- 
bia perdonado. — Nuevo reconocimiento de las islas de los caribes. — Porfian los vientos constantes contra el rum-' 
bo de los buques : motivan una larga y penosa navegación en la que muere el cacique Caonabó, y arriba por fin 
la espedieion al puerto de Cádis. 



LuAKDotras de muy solícitos cuidados volvió al uso.de sus sentidos el Almirante» 
esperimenló de nuevo contrarias sensaciones muy capaces de dar otra vez, en 
tierra con el ánimo mas levantado. Pero estas ¡ cuáu distintas eran de las que 
hasta allí habian ocupado su pensamiento 1 Saliéndose de la esfera de la investí-^ 
gacion á que tanto se habia dado, las de la vuelta de su letargo giraban única- 
mente en el círculo de las afecciones personales, y allí hubo de gozar Colon la 
inesperada presencia de su querido hermano D. Bartolomé^ á quien por contra- 
rios sucesos no habia visto desde que le despidiera con sus primitivas proposi- 
ciones á la corte de Inglaterra. Habia llegado á la isla Española en cierta flota de 
carabelas, en que por orden de los Reyes Católicos se enviaban á la colonia 



240 
armas, provisiones y mantenimientos, en tanto que el Almirante reconocia con 
peligros y trabajos las partes de Occidente que hemos nombrado. Pero á la vez 
sucedieron trastornos que, por afectar el gobierno interior y seguridad en la 
posesión de los paises descubiertos, difícilmente pudieran compensarse con la 
buena dicha de volver á la razón entre los brazos de un hermano cuya existen- 
cia era ignorada ; de suerte que venciendo al placer la amargura , acabó por 
enterarse de la serie de males que en la isla habian sucedido, sin que otro po- 
der que el suyo hubiera bastado á contrariarlos. 

En primer lugar, las enfermedades naturales que por la influencia del cli- 
ma se generalizaron en la isla , tanto mas peligrosas cuanto con mayor fuerza 
por la estación se aumentaba la violencia del sol sobre aquellas regiones, 
apresuraron con el decaimiento de muy poderosos ánimos, la muerte de mu- 
chas y notables personas cuya robusta constitución no era bastante, sin embar- 
go, contra los efectos de los astros; y semejante contrariedad , cotidianamente 
repetida, hubo de afectar á la muchedumbre, sembrando hasta cierto punto 
terroríficas ideas que con el tiempo dieron abundante cosecha de misteriosas 
tradiciones y pavoFoSas consejas. 

Gran parte fueron sin duda las repelidas defunciones, para que á la vez los 
osados y descontentos, que uunca faltan á cierto tiempo en toda humana em- 
presa, se animaran con la esperanza de la impunidad fundada en lo que acon- 
tecía, para llevar á cabo su propósito de volverse á Europa, de donde nunca 
debieran haber salido, ya que á sus malos procederes fueron debidos en gran 
manera los trabajos y contratiempos padecidos en la isla Española en tanto* que 
duró la ausencia del Almirante. 

De recordarse ha que al entregar á Mosen Pedro Margarite toda la fuerza 
útil para reconocer el distrito de Gibao, se le dieron tales instrucciones como 
mejores ni mas humanas pudieran inventarse, en armonía con el estado singu- 
lar de aquellas tierras; y también será bien advertir que era tanta la distinción 
y confianza con que á este caudillo consideraba el Almirante, que no solo le dio 
una prueba superior con el mando de las fuerzas y facultades ilimitadas en el 
uso de su categoría , sino que en el memorial antes enviado por conducto de 
Antonio de .Torres á los Reyes Gatólicos, suplicaba que al dicho Mosen Pedro 
por lo bien que habia servido y serviría en adelante, le proveyesen de alguna 
encomienda en la orden de Santiago, de la que tenia el hábito, y por esta reco- 
mendación SS. AA. le mandaron asentar en los libros del sueldo, sobre el que 
gozaba, una renta de 30,000 maravedís cada año. Pues bien: colocado que se 
hubo á la cabeza de las fuerzas el mencionado Margarite, dejando encomendada 
la fortaleza de Santo Tomás al bravo Alonso de Ojeda , en lugar de dirigirse á 
las montañas de Gibao y al corazón del distrito de Gaonabó , según le estaba 
prevenido, se entretuvo en la hermosa y dilatada campiña que riega el Yoqui 6 
Rio del Oro, aquella á que en la primera incursión habian llamado Vega Real 
los españoles. En vano el consejo de gobierno que Golon dejara en la Isabela le 



24< 
amonestó repetidas veces para qoe continuara el objeto primordial de su viaje; 
que el deleite 7 el regalo apocaron los ánimos, y con los goces se acrecentó la 
licencia, tras la licencia hubo desmanes, y en pos de estos no tardó en asomar 
el desconcierto rompiendo los lazos de la disciplina , con lo cual soldados y ca- 
pitanes igualaron los procederes, desacreditando la empresa, y provocando 
contra sus desmanes la escondida venganza de los indios. 

Con efecto: acechaba Cáonabó el momento oportuno de reproducir las esce- 
nas sangrientas que en los términos de la Navidad habia ensayado; y cuando vio 
retoñar el propio mal que habia perdido á los primeros descubridores, no se 
descuidó en proponer una alianza á todos los caciques de la isla para acometer 
y destruir á los descuidados estrangeros. Todos entraron de buena gana en la 
liga , menos Guacanagarí que en ocasiones dio favor á nuestros soldados , y por 
este medio , y á favor de la dispersión natural de aquel ejército dado á los pla- 
ceres , perecieron simultáneamente destacamentos enteros al furor de los indios, 
y al cabo las fuerzas sobrantes tuvieron que replegarse á la Isabela, sin haber 
dado un solo paso de cuantos el Almirante habia encargado. 

Nada hay que menos pueda resistir el criminal que la presencia del juez ofen- 
dido, y en conciencia poco estraño parece que Margante quisiera evitar á todo 
trance la del Almirante , cuya vuelta á la colonia podia suceder de un momento 
á otro. Asi fué , que tras del primer crimen no vaciló en proyectar el segundo, 
pues nada es mas fácil de andar que el ya trillado camino , y poniéndose de 
•acuerdo con ambiciosos desengañados y con ánimos turbulentos, convino el plan 
de tomar algunos buques de los recién llegados de España , y en ellos volverse 
para desacreditar , justificando su porte , todas las condiciones y esperanzas del 
descubrimiento; pero como esto too podia suceder sin malquistar en el ánimo real 
las cualidades del Almirante, se añadió á la traición la ingratitud, y el propio 
Marga rite se encargó de hablar mal en la corte de la misma persona que tan 
buenos oficios por sus adelantos habia hecho; y como hasta el P. Buil se adhi- 
rió á los conjurados embarcándose con ellos, fácil es comprender cuan acredi- 
tada iba la insurrección para presentarse ante los Reyes Católicos. 

Entre tanto, y para que cuidados no faltasen de cuantos eran posibles en aquellas 
regiones, los caciques multiplicaban sus agresiones y la fortaleza de Santo Tomás 
habia sufrido mas de un ataque , pudiéndose decir que su bloqueo era constante; 
bien que por lasbrillantesdolesdeOjeda se volvieran los efectos del asedio en con- 
tra de los agresores. Con todo; el desconcierto era general, la policía se habia cor- 
rompido, las fuerzas eran débiles, el espíritu estaba flaco por los perniciosos ejem- 
plos de autorizadas personas, y sobre todo, la superioridad moral , á que los españo- 
les debían aspirarsobre los indios, apenas existia cuandpestososaban acometerlos, 
no calculando su valor mas que en razón del número. Véase, pues, si la atención 
que tantos males reqoerian para reformarse, podia ser conveniente eslímulo para 
unaprontayradicalconvalecencia, por masqueáfeccionesplacénteras apartaran la 

consideración del mal y concurrieran activas á tener mano de los acontecimientos. 

3Í 



[ 



242 

En semejante caso' fué necesario qae el Almirante declínase en sa hermano 
D. Bartolomé toda la autoridad que de los Reyes había recibido , como harto 
mas apropósíto para sustituirle que el otro D. Diego, por lo que en inteligencia, 
valor y resolución le aventajaba. Los autores que de este personaje se ocupan, 
píntanlo de muy felices disposiciones, casi mejores, salvo la prudencia que las 
que en el estado violento de la isla pudiera desarrollar el Almirante; dicen que 
era su presencia respetuosa por la gravedad del semblante y por la elevación 
del cuerpo: sus modales resueltos, sus órdenes irrevocables, su espíritu mucho 
y su tesón invencible: la penetración esquisita y poco el disimulo: grande en 
los propósitos y oportuno en los cálculos: también suponen que él por sí solo 
jamás hubiera concebido el proyecto de su hermano D. Cristóbal; pero á la vez 
afirman que realizado, hubiera sacado de él mas brillante partido. 

Ya en posesiones del mando D. Bartolomé con título de Adelantado ó gober- 
nador político y militar de las islas, se dirigieron sus primeros cuidados al res- 
tablecimiento de la disciplina, empresa harto fácil después que los mas revoltosos 
se habían ausentado; y luego, torciéndola atención á los mas arduos inconve- 
nientes, quiso restablecer el prestigio de los españoles respecto á los indios, para 
dar á la posesión y colonización de la isla todo el carácter de seguridad que se* 
mojantes empresas necesitan. Concurrió con su pensamiento la inesperada visita 
que al Almirante llegó á hacer el cacique Guacanagart tan pronto como supo su 
regreso de la isla de Cuba, el cual con lágrimas abundantes manifestó el senti- 
miento que le causaba el estado miserable de la colonia, los padecimientos del . 
Almirante, y sobre todo los ataques de sus compatriotas, ofreciendo su persona 
y subditos para arriesgarlas en los mayores peligros én defensa délos españoles. 
Con semejantes protestas, aceptadas inmediatamente como buenas por el Ade- 
lantado, quedaron desvanecidas para siempre las anteriores sospechas respecto 
á los primeros asesinatos de la isla, y se dio el primer paso á la restitución de 
la buena armonía que tan precisa era entre colonos y naturales. En seguida se 
enviaron refuerzos á Ojeda, con qqe le fué fácil ahuyentar las bandas de salva- 
jes armados que le guerreaban, matando algunoá y aprisionando á muchos, y 
luego por evitar la violencia de Iqs procederes militares, se propusieron emba- 
jadas á los mas poderosos caciques, con que se aseguró su amistad, erigiendo 
fortalezas en su propios territorios, y se dio conveniente descanso á las aten- 
ciones de la guerra. Quedaba, no obstante, en pié la indeclinable enemiga de 
Caonabó, el mas poderoso y obstinado de los caudillos contrarios, que manchado 
con el delito de las primeras agresiones, miraba su tranquilidad cimentada úni- 
camente en la completa estincion de la nueva raza que se había introducido en 
la isla; y aunque por la buena industria de Ojeda pronto fué presentado en 
triunfo á los pies del Almirante, bien que no vencido en marcial encuentro, to- 
davía de sus parientes y adictos quedaron armados los suficientes para que los 
combates se repitieran y los cuidados no cesaran. 

Era ya llegado con el tiempo el restablecimiento del Almirante, que al fin 



243 
habían trascurrido alganos meses desde su arribo á la Isabela, basta que las co- 
sas se hallaban en el estado referido. Concurriera para mejorar en cierto modo 
el espíritu de la colonia la vuelta de Antonio de Torres, aquel por quien el Al- 
mirante babia enviado cuenta de su segundo viaje á los Reyes Católicos, el cual 
había llegado de nuevo á la Isabela con cuatro carabelas Uenas de provisiones y 
animales domésticos, armas, municiones y algunos artículos de comodidad per- 
sonal de los que se habiau olvidado en un principio por la brillantez de la empresa. 
Acompañábanle molineros, labradores, diestros pescadores y oíros oficiales me- 
cánicos de utilidad reconocida, mas un boticario con muy considerable porción 
de medicinas, ún facultativo de grande habilidad y un esplorador de minas harto 
mas autorizado en su profesión que el que hasta entonces alli habia residido. 
Trajo dicho capitán para el Almirante muy satisfatorias letras de los monarcas, 
como que aun á su salida de España no habían dado tiempo para otra cosa las 
rivalidades y procederes subsiguientes, y entre otros encargos le pedian con su 
asistencia el consejo para intervenir en la cuestión de límites, respecto ala línea 
divisoria que á la sazón habia de tirarse entre españoles y portugueses, como 
que le suponian y era efectivamente el mas diestro piloto de su tiempo. 

Bien hubiera cumplido á Colon satisfacer la voluntad indicada por los mo- 
narcas españoles regresando al continente, siquiera para desvanecer con su pre- 
sencia los malvados informes de aquellos díscolos que sucesivamente se habian 
alzado en la Española contra todos los vínculos del respeto; pero su salud aun 
quebrantada cuando el arribo de Antonia de Torres, y el desconcierto de la 
isla,, hubieron de aconsejar allí su permanencia y la de su hermano el Adelan- 
tado, bien que apresurando el regreso de los buques con la relación del costeo 
de Cuba ó supuesta tierra firme; y con todos los productos que pudo amontonar 
de los codiciados en España,, mas quinientos indios hechos prisioneros en los 
marciales encuentros, despachó á D. Diego Colon á la corte con el encargo de 
hacer sus veces en la cuestión de límites, y de justificarle contra la poderosa 
enemiga que tanto daño habia de hacerle con el tiempo. 

Cubierta ya aquella obligación, impuesta absolutamente á los cuidados suce- 
sivos, vióse recobrar la salud al Almirante á par que la necesidad la hacia ur- 
gente, por mas que la persona de D. Bartolomé hubiese alcanzado bastante pres- 
tigio en el gobierno de la isla : que al cabo en los estremados sucesos persona 
alguna que la mas interesada no sea , puede apenas quedar airosa en el necesario 
y conveniente desenlace. Agitábanse, con efecto, los indios turbulentos, mal acon- 
sejados por un hermano de Caonabó llamado Maricaotex, también de la raza de 
los caribes , y tan osado é inquieto que no tardó en atraer á su devoción un ejér- 
cito muy numeroso para acometer á los españoles; como que todos los caciques 
antes dados á los tratos amistosos, y en cuya buena fé descansaba la colonia, se 
portaron entonces como rústicos sal vages, sin honra ni conciencia. Únicamente 
Guacanagarf permaneció fiel á sus amistosos afectos, y por él se supo en la Isa- 
bela cuan poderosa era la liga que se formaba contra los españoles, y coan con* 



244 
veniente era oponer el remedio ante$ que el mal tomara mas enormes propor- 
ciones; se comprometió asimismo á levantar sus gentes para defensa de la co- 
lonia, conducta elogiada en demasía por unos , y motejada severamente por 
otros con notable trastorno de todos, que en sus incultas condiciones no pararon 
la mente para disponer los argumentos, y continuó asistiendo con lodos los re-- 
cursos de su poder en obsequio del Almirante. 

Sin duda que harto impolítico hubiera sido el consejo que se decidiera á 
esperar la agresión en los propios límites, que la guerra siempre es convenien- 
te llevarla á casa de quien la provoca; y como el Almirante no era lego en se- 
mejantes casos, dispuso sus fuerzas de modo que pudieran concurrir á una ba- 
talla decisiva, hallando, si el número limitado, porque no escedia de doscientos 
infantes y veinte caballos, el ánimo bastante para obtener en la lucha la mas 
completa victoria. 

El dia 27 de marzo de 1495, salió el pequeño ejército de la Isabela dirigién- 
dose á montar el puerto de los Hidalgos para descender á la Vega Real, donde 
se hallaban los enemigos ya preparados en abundantísimo número, y distribui- 
dos en frágiles por ipas que concurridas divisiones. En tal caso, y por lo que con- 
venia no dejarse acometer súbitamente por la espalda cuando la pelea se hubie- 
se empeñado, el Almirante, por consejo de D. Bartolomé, dividió también su in- 
fantería en cinco porciones, conservando entero el pelotón de caballería bajóla 
conducta de Alonso de Ojeda, y asi verificado el plan de batalla tal como mejor 
convenia á las condiciones características de aquella guerra tan especial,, dio la 
señal de acometida, la cual se comenzó por una descarga general de espingar- 
deros, que bastó para consternar definitivamente á todo el campo enemigo. 

Desde que los.españoles hablan puesto la planta en aquellas regiones, esca^ 
sámente hablan tenido ocasión de hacer uso de sus armas de fuego ; cuando 
mas algunos mosquetes disparados á la ventura y sin objeto de guerra, pudiera 
haber dado á los indios muy escasas nociones de su verdadera potencia. En tal 
caso fácil es comprender el efecto pavoroso que causarla el ruido de la tem- 
pestad lanzada sobre un ejército de incultos y desnudos guerreros, que no co- 
nocían mas armas que los palos y las varas endurecidas al fuego, y sin oíros 
rudimentos del arte militar que su pacifico natural instinto. Las heridas causa- 
das por las balas que en la descarga se aprovecharon, que fueron casi todas por 
la numerosa concurrencia de indios, el brillo deslumbrador de las aceradas ar- 
maduras cegando la vista de aquellos, el aspecto de los caballos y caballeros, 
que suponían ser cada bulto un solo cuerpo, moviéndose rápidamente por lodo 
el campo de batalla, y distribuyendo mortales lanzadas con toda la pujanza que 
basta para derribar de cada golpe un enemigo; el ruido atronador de tambores 
y trompetas, y sobre todo la furiosa acometida de veinte perros de presa que 
los españoles soltaron azuzándolos contra los pobres indígenas « fueron causas 
sobradas para que al primer choque de la batalla se declarase en derrota aque- 
lla miserable multitud huyendo por las florestas, mordiendo el polvo de la vega 



245 
ósucambiendo en las corrientes del río, que á semejante aliado encomendaron 
su salvación los que velan desatados en su contra los mas furiosos elementos. 




Por lo que se creyó que convenia atajar la repetición de semejantes agre- 
siones por parte de los indios, se siguió á estos en su derrota algunos minutos, 
derribando al paso de nuestros ginetes cuanto alcanzaban las lanzas ó alropella- 
ban los caballos; pero al cabo el Turor se calmó con la victoria, los clamores de 
los fugitivos se oyeron, y la jornada se dio por concluida, viniendo á prestar 
obediencia á Colon todos los caciques, á quienes se impuso un tributo en frutos 
y metales que dio abundantes cuidados y no poca exasperación á los indígenas 
de toda la isla, cuya indolencia habitual no podia ceñirse ni se ciñó en largo 
tiempo á las condiciones del trabajo. 

Recorriendo andaba Colon con su ejército las diversas provincias de la isla 
Española para asegurar con la autoridad el dominio de nuestros monarcas, ya 
consolidando la naciente amistad de los subyugados caciques, ó bien levantan- 
do fortalezas en los mas convenientes lugares, cuando le asaltó una indiges- 
ta noticia que le puso en marcha para la ciudad de Isabela. 

Los malos oficios de los Pisas, Margarites, Builes y otros, surtieron al cabo 
en la corte todo el mal efecto que siempre causan las quejas cuando son conti- 
Qaada& y mas por personas de carácter; y aunque en cierto modo los Reyes Ca- 
tólicos hubieron de suavizar con sus procederes los cargos que contra Colon se 
amontonaban, todavía dieron á ellos sobrado crédito para amenguar las prero- 
gativas y. consideraciones del subdito que mas valia. Espidieron en primer lu- 
gar una cédula permitiendo el libre tráfico de descubrimientos á cuantos arma- 



246 
dores quisieran aventurar empresas de tal género por las regiones de las Indias 
del mar Occéano^ sin mas traba que la de un escaso tributo adjudicado á la co-* 
roña, el quinto de cuanto se beneficiase: concesión que trastornaba la disciplina 
en gran manera, y agravaba con la libertad de los procederes, por las distin- 
tas condiciones de los aventureros, el mal trato que ya comenzaban á sufrir los 
indios en sus propias viviendas. Es verdad que por dicha concesión se apresu- 
raban los descubrimientos, y se fijaban mas pronto, con harta ventaja del trá- 
fico universal y de las ciencias naturales, las verdaderas condiciones geográficas 
del globo; pero no hay duda que la resolución debió considerarse atentatoria á 
los derechos del Almirante, el cual por repetidas capitulaciones tenia obcion á 
la décima y octava parte de cuantos productos rindiesen aquellas tierras, que 
solamente por su industria se habían descubierto. 

Dado ya el primer paso en el camino de las sinuosidades que ocultaban las 
verdaderas tendencias de los quejosos, no fué difícil $ los monarcas concertar 
otro acuerdo harto mas significativo, á saber; la residencia mas escrupulosa en 
todos los actos habidos y por haber del Almirante, por lo respectivo á su admi- 
nistración política y económica en la isla: pero en esto, lo que mas dificultades 
ofreciera era la elección de la persona que se habia de comisionar para tan de- 
licado asunto ; porque si con efecto los Reyes Católicos se plegaban á las sinies- 
tras inspiraciones de ambiciosos y amotinados, también es verdad que para no 
desairar á Colon quisieron nombrar, y al cabo nombraron, persona que no le 
fuese sospechosa, que tal se consideró á Juan Aguado, como recomendado que 
habia sido igualmente que Margante á SS. AA. por el propio Almirante. 

Llegado que hubo á la isla Española el levantado inquiridor de los proce- 
deres de Colon, rebajó los suyos con apocado espíritu, de esos que tanto mas 
mezquinos son cuanto sobre mas altos objetos pretenden ostentarse ; y como si 
la comunicación reservada de sus credenciales no fuera bastante para que se 
acatasen en su persona y comisión las voluntades regías, se hizo anunciar á voz 
de pregonero en calles y plazas, como autorizado para proceder con las mas 
amplias facultades. Tal fué la nueva que sorprendió á Colon en su paseo mili- 
tar, y por ella volvió presuroso á la Isabela, tan sumiso á la inspección del al- 
tivo Aguado como el hombre mas delincuente no hubiera podido mostrarse. 
Grandeza de ánimo fué que rara vez consigue ostentar la prudencia, aunque esté 
ligada á las mas bellas seguridades de una clarísima conciencia. 

Cuando recorremos esta página de la vida de Colon, no podemos menos de 
lamentar las, incorregibles por naturales, flaquezas déla condición humana: que 
no otros sentimientos pudieran inspirar lasmezquinasipasionesqueallf se desper- 
taron para mancillar el concepto del hombre puro cuya conducta se aclaraba. Al- 
gunos autores han juzgado con rigorosa severidad á los Reyes Católicos porque 
tal consentían, y por la frialdad con que alguna vez recibieron mas tarde al Al- 
mirante, y en verdad que gran caudal de justicia no abona sus argumentos, te- 
niendo en cuenta que fueron muchas las declaraciones prestadas contra Galón en 



247 
las investigaciones hechas por Aguado^ corroborándose entonces, como otras ve* 
oes, la sensible realidad de que nadie levanta al caido si una vez fué poderoso. 
f También conviene destruir por su base la mala opinión que el suceso pueda 

inspirar respecto del Almirante, cuyos procederes ajustados con frecuencia á las 
leyes de la justicia , fueron sin duda las armas mejor templadas de que se va- 
lieron sus contrarios para combatir su administración civil en la Española. Con 
efecto: en los diversos trabajos porque pasaron los descubridores mientras hu- 
bo que echar mano de las fuerzas corporales para formalizar el aspecto de la 
colonia, el Almirante jamás hizo distinciones perjudiciales á la rigurosa igual- 
dad que aquella empresa especial requeria , y plebeyos é hijos-dalgo trabaja- 
ron confundidos en la abertura de las vias comunicativas, lo mismo que en el 
levantamiento y construcción de la ciudad de Isabela. También en las ocasiones 
que se verificaron de escasos mantenimientos, el Almirante, comenzando por sí 
mismo^ observó tina estricta igualdad en el reparto de las raciones sin distinción 
de categorías, con lo cual aquellas persouas de autoridad que en España esta- 
ban acostumbradas muy justamente,. según el estado y organización civil de la 
época, á obtener en la corte como en los ejércitos todo género de distinciones, 
se dieron por ofendidas, y en la ocasión se aprovecharon para esprimir todo el 
caudal de sus venenosos sentimientos, por cuanto es difícil qué la razón se acos- 
tumbre sin repugnancia contra las leyes inveteradas de la costumbre. 

Por fin: el Almirante, según hemos dicho, se sometió con harta humildad al 
crisol en que debian purificarse sus procederes: y como su hermano D. Diego, 
que con Aguado habia vuelto á la isla , le informase á la vez del menoscabo 
que su popularidad comenzaba á padecer en la corte, dispuso su regreso á Cas- 
tilla en los propios buques que habian de volver con su fiscal y su proceso. 
Prontas estaban las cosas del viaje por los últimos dias de aquel año para dar- 
se al mar los cuatro bastimentos que con Aguado habian fondeado en la Espa- 
ñola, cargados de géneros y provisiones; pero «1 azote de los trópicos quiso 
mostrar á los europeos toda la fuerza de la voluntad superior que rige las cosas 
del mundo, y el mas violento huracán que españoles y naturales habian cono- 
cido, se desató sobre la isla. A su furor, que escasamente la imaginación pudiera 
describir, ni siquiera abitada en los momentos de verificarse, sucumbieron cua- 
tro de cinco carabelas que en el puerto habia, razón bastante para que el viaje 
se suspendiese hasta fabricar, con los despojos de las perdidas, una nueva ca- 
rabela. 

Difícilmente, en las circunstancias críticas del Almirante pudiera acontecer 
mas faivorable suceso que la pérdida de aquellos buques en que se concertaba 
su^ regreso á Europa; puesto que girando la mayor parte de las acusaciones sus- 
tentadas en España contra la inconveniencia del descubrimiento, por la po- 
breza supuesta del territorio^ eran muy escasas las pruebas que podia condu- 
cir, ann entonces, para destruir tan siniestras. creencias. Pero quiso la justicia 
^brehumana, que raras veces abandona la verdad, ostentarla con sus mas po- 



248 
silivos colores para codíusíod de intrigas y vergüenza de ingratos» y mientras 
se fabricaba la carabela necesaria para el proyectado regreso, llegáronla Isa- 
bela seguras nuevas de unas abundantísimas minas de oro (las de Haina), que 
en la costa meridional de la isla un soldado español babia descubierto. Hicié- 
ronse sin perder tiempo las pruebas mas escrupulosas para convencerse de la 
verdad, se tomaron abundantes muestras, se calcularon sus productos, y cam- 
biado ya el concepto desfavorable que el resentimiento, masque la razón, ha- 
bia sustentado, se hicieron á la mar los dos bastimentos el dia 1 de marzo de 
1496, con el Almirante, el comisionado regio y todas. las personas que por in- 
necesarias ó gravosas no debian permanecer en la isla. 

Antos de arribar á las costas de España, quiso el Almirante reconocer con 
mayor detenimiento las islas de los caribes, que en su ida segunda á la Espa- 
ñola apenas habia situado, y á través de algunos inconvenientes de escaso po- 
der, volvieron sus gentes á tocar en Marigalañto y Guadalupe, siendo gran par- 
te para que tal sucediera, la consecuencia de los vientos fijos, no conocidos aun 
como tales por los navegantes de la época, y por lo tanto muy porfiados con- 
trarios de la mas recta navegación á las partes meridionales de Europa. Por 
ellos, y por la escasa esperiencia que el Almirante podia tener de circunstancia 
que hasta alH no habia observado, fué la navegación larga y penosa , como que 
habiéndose dejado las Antillas por ambas carabelas el dia 20 de abril , no arri- 
baron á Cádiz hasta eM 1 de junio, bien que en el tránsito no hubiesen trope- 
zado con las islas avanzadas de nuestro continente. 

Muchosaulores que de esto viaje escribieron afirman que en él se padecieron 
hartas fatigas y miserias, llegando la falta de víveres á inspirar á los españoles 
la horrible idea del canibalismo, poniendo la estraviada razón en la muerte de 
algunos indios que se conducían á España. Repugnante es la especie tanto como 
sensibles los angustiosos padeceres del hambre; pero de lodos modos la mente 
se resiste á aceptarla como verdadera, por masque en muy modernos tiempos la 
hayamos visto practicada para mengua y horror de las gentes civilizadas. Dicen 
también aquellos que tal aventuran, que el Almirante se portó en semejante 
caso con toda la dignidad y justicia que su carácter representaba, evitando-dos 
crímenes á la vez, cuya gravedad no se puede clasificar debidamente por lo que 
ambos tienen de infamantes. 

Por fin, el ya citado 1 1 de junio, las dos carabelas entraron en el puerto ga- 
ditano con harto consuelo de sus tripulaciones y admiración de los circunstan- 
tes, por lo que de escuálido y miserable se advertia en los semblantes de todos, 
asi indios como europeos. Colon dio graciaá á Dios por la dicha del arribo que 
relevaba su autoridad de poner mano en repugnantes motines, y con las prue- 
bas de la bondad de su empresa se dispuso inmediatamente á partir á la corte, 
no sin lamentar la falta del grande y terrible cacique Caonabó, que habiendo 
fallecido de desesperación durante la travesía, tuvo ignorada sepultura entre 
las ondas del Océano. 



CAPÍTULO XX. 



ECralM ^T6rtM qM prodoee la preteiidi ¿el Almirante es Castilla; faliailacion qna \t dirigen loa aoUranot; •« 
ida á la corta, y «onfirmaeíon de todos sos prÍTÍIegios con otros nneTosi— Dispónese la tercera salida de Colon 
al- NaeTO-Moodo.— Gr«Te8 eircunsta ocias lá retrasan: ineíactitnd en los cargos qne se dirigen por tal retraso á 
les espailolca.— Estado político do Eoropa en aquella época.-» Acontecimientoa de la isla Espa&ola: iapopiilari- 
dad del Almirante en ella; fundación de Santo Domingo: riaje del Adelantado á la proTincia de Jaragna: oasti- 
ges en la Vega Real: establecimiento de puestos militares*, y construcción de carabelu.«»Insnrreoeion de Rol- 
dan y BOTimientos liostiles de los indios contra las fuesas del * gobierno: el Adelantado se pone en campaSa y 
■¡jeta á loe nalorales.— Salida de Colon en su tercer visje: rescata una presa que corsarios franceses babian to- 
mado en las islas Csnarios, y continuando por nueTOs rombos quiere atrsTosar la linea Equiooccial antes do ar- 
rumbar al NucTo-Múndo. — Impresiones y oontraliempos.* Arriba á Espsñola una parte de sn flota y so cal- 
man en parte los alborotoa.— Si^ Colon sus descubrimientos: titea la isla de la Trinidad, entra en el golfo 
d$ Paria, y reseotando por sus costas interiores y esteriores, haee escala y dé nombre á las islas Áiwieiot^ y 
Concepción que boy so llamsn Tobago y Granada: toca en la Margarita y en Cubagwty y por la Seata TueWe 
i la Espafiola para dar fondo y tomar tierra en las márgenei del 0%ema, donde al presente se baila el puerto de 
Santo Domingo. 



ÜiL tiempo, que rara vez se ceba constante en loe sucesos, desmayó conside- 
rablemente por lo respectivo & las acriminaciones que en contra de Colon ha- 
bían resonado ea la corte, sin duda porque satisfechos de la impunidad los de- 
tractores de la fama de aquel grande hombre , abandonaron á mas interesados 
ó rencorosos corazones la continuación de la obra que ellos habian tan cié- 
gamaite comenzado» y de la que tal vez se estaban á la sazón arrepintiendo. , 

Por lo dicho» sin duda , aconteció que tan luego como en la corte se tuvo 
noticia del arribo de Colon á la península , se apresuraron los Reyes Católicos 
á felicitarle por medio de la carta mas satisfactoria que de la gracia real pu- 
diera apetecerse, suplicándole también en ella se apresurase á ir en persona 
con las nuevas de sus descubrimientos á la ciudad de Burgos , donde á la sazón 
sus Altezas se hallaban. 

32 



250 

Nunca mas oportunas mercedes pudieran hacerse al mérito del Almirante 
que aquellas que le rehabilitaban para esponer sus agravios á la majestad de 
los monarcas, cuando tanto mezquinas pasiones habian mermado su buena re- 
putación con la importancia de sus empresas, y hasta cierto punto sé habia tam- 
bién menoscabado el conjunto de sus atribuciones y privilegios. Asi fué que el 
Almirante no se descuidó en atravesar el camino que le separaba de Burgos, 
donde alcanzó por segunda vez la gloria de ser escuchado con religiosa vene- 
ración por los mas ricos, poderosos é ilustrados príncipes de la época. 

Fué aquel momento de completa rehabilitación , y no hay exactitud en los 
que dicen que los Reyes Católicos recibieron con frialdad al Almirante ; puesto 
que sin esperar el resultado de la sumaria información que Aguado habia he- 
cho, no solo le felicitaron con protestas de agradecimiento, que los reales la- 
bios fingir no supieran , sino que le prodigaron todo género de satisfacciones, 
ya remunerándole de los perjuicios que se le causaran por impremeditadas ó 
mal aconsejadas determinaciones, ya dispensándole nuevas mercedes con la 
sincera promesa de ayudarle con todo el poder soberano en la tercera empre- 
sa de descubrimientos que Colon propuso , y fué aceptada sin vacilar por los 
monarcas. 

Con efecto: sucedió en el primer caso que tan pronto como fueron espues- 
tas ai trono las fundadas quejas que se desprendían de la libertad concedida 
en general para descubrir por los mares de^ las Indias, se apresuraron á espe- 
dir la mas lata confirmación de todas las capitulaciones hasta alli hechas con el 
Almirante, y délos privilegios concedidos, derogando todo aquello que con- 
forme al espíritu de-la voluntad real se hubiera mandado en contrario: se per- 
mitió al AUnirante que nombrase una persona para representarle en todas las 
armadas ó buques sueltos que navegasen á las Indias, y se regularizaron los 
derechos del tanto que correspondía á Colon según los capítulos de pasados 
contratos (1). Y por lo respectivo al acrecentamiento de favores, bien pueden 
considerarse como tales la confirmación del título de Adelantado hecha á la 
persona de don Bartolomé Colon, puesto que á los monarcas no habia pareci- 
do bien la creación de semejante título sin anteponer el real beneplácito: la 
autorización concedida al Almirante para fundar mayorazgo en su nomlm con 
señaladas distinciones: el nombramiento de pages de la reina á fiívor de los 
hijos de Colcm, doií Hernando y don Diego, cuando sucedió la muerte del prín- 
cipe don Juan, y finalmente las continuas disposiciones que se dieron para fa- 
dlitar la vuelta del Almirante á la isla Española, cuando mudios y muy gra- 
ves accidentes apenas hubieran dejado tiempo para escuchar mejores ventajas 
de mas favorecidos labios, á otros monarcas que tan interesados no estuvie- 
ran en la gloria y ventajas de aquel subdito predilecto (2). 

(1) Navtrrete: CoUeeion diplomátieaj tomo II. CédolM 409, 442, 445 y 444. 

(2) Mem. ídem, tomo II. Céaolas 422, 425, y otr«8. 



261 

Pero los sucesos de la época no favorecian gnn cosa las intencioDes dé Co- 
lon, por lo cual 9 y por la constante enemiga que algunos pocos le conserva- 
rcHd, entre ellos el obispo Fonseca, cuya posición no dejaba de interrumpir el 
deqpacho fayoraUe de los negocios de Indias cuando favorecian al Almirante, 
se supuso muy gratuita ó exageradamente hasta por el mismo Colon una guer- 
ra obstinada contra su vuelta á la Española , á cuya supuesta guerra se atri- 
buyeron sin examen todos los inconvenientes que surgieron de la época, y que 
detuvieron con efecto el viaje por espacio de dos años. 

Se eBtaba entonces inaugurando la incorporación del reino de Ñapóles á la 
corona de España, combatiendo con otra aquella usurpación que los franceses 
habían hecho en lo mas escogido de la Italia, de donde resultó aquella serie 
de brillantes hechos que tanto ilu^raron las armas españolas bajo la conducta 
dd gran capitán Gonzalo de Córdoba. Para arraigar el poder de las coronas de 
España en la famosa contienda, contratáronse á la vez los matrimonios del 
príncipe don Joan y princesa doña Juana , esta con el archiduque de Austria y 
aquel con la infanta ^oña Margarita hermana del mismo archiduque; y como 
si de ambos acontecimientos no se siguieran hartos obstáculos á otra empresa 
cualquiera , el rey de Navarra infaddia serios temores á nuestras fronteras por 
la amistad que coní el de Francia tenia , y el de Portugal tampoco inspiraba 
grandes seguridades, no queriéndose adherir á la liga general que los Reyes 
Católicos habian propuesto contra la Francia. 

Resoltado natural del primer estremo habian de ser los amagos que inme^ 
diatamente se siguieron por las partes eolindantes, de suerte que al Rosellon 
80 hubieron de enviar numerosos refuerzos no solo de tropas , pero también de 
poderosa armada bajo la conducta del almirante don Fadrique Enriquez , y 
aun i veces el mismo rey D. Fernando se vio precisado á permanecer en Ge- 
rona como plaza tan inmediata á la frontera. Del segundo ccmvenio también 
fueron graves las dificultades que se siguieron centra el proyectado viaje de 
Colon , puesto que una armada numerosa se aprestó en Laredo para conducir 
á Flandes á la princesa doña Juana y traer en cambio 4 la infanta doña Mar- 
garita , con lo cual no seria muy posible , por lo que era escaso el poder de la 
marina, concurrir al propio tiempo dignamente á tan variadas empresas, sin 
olvidar la conveniencia de mirar al Portugal que á la sázon se enorguUecia 
con d descubrimiento marítimo de las Indias Orientales. Si á todo lo dicho se 
agregan los cuidados sucesivos de la guerra de Ñápeles , con las sumas que 
consumía de gentes y dinero , y la inesperada tanto como sentida muerte del 
príncipe don Juan, fácilmente se adivinarán las verdaderas causas que atra* 
saron el tercer viaje de Colon á la isla Epañola. 

Entretanto , y por lo que habia ponderado el Almirante la necesidad de man* 
tañimientos y otras provisiones que los colonos estaban padeciendo, se despa* 
charon sucesivamente algunas carabelas bien cargadas de lo mas preciso; y 
aunque alguno de los convoyes, compuesto de cuatro buqués, tuvo la desdicha 



252 
de perecer en el Océano al furor de una tempestad, otros mas afortunados lle- 
garon oportunos ala ida, en especial el postrero, bajo la conducta de Pedro 
Fernandez Coronel, que surgió en e( nuevo puerto de Santo Domingo precisa- 
mente cuando mas necesario estaba siendo para las atenciones de los colo- 
nos 7 sobre todo para la seguridad tle la isla, muy lastimosamente quebranta- 
da por la tan larga ausencia del Almirante. 

La estraña manera con que habia sorprendido á los moradores de Isabela 
el combionado regio Juan Aguado , procediendo tan abiertamente contra á Al* 
mirante , no hay duda que fué ocasión bastante para desvirtuar el prestigio que 
basta entonces Colon habia gozado: y como siempre el mérito y la envidia an- 
duvieron tan cerca, cuando esta vio á aquel en desgracia, se apresuró á hacer 
su oficio, tan pronto como vio fácil camino á sus proyectos. 

Salió, como hemos^ dicho, el Almirante de la isla Española, dejando á su 
hermano D. Battolomé como lugarteniente, encargado ante todo de la esplota- 
cion de las recien descubiertas minas, para lo cual habia de edificar cerca de 
ellas sobre la costa del Sur otro mas cómodo aposento que el de Isabela , por 
lo que se habia averiguado ya sin réplica ser harto nocivo para la salud de los 
españoles. Sin levantar mano, pues, comenzó el Adelantado su misión « dando 
fundamento sobre la margen oriental del Ozema al puerto y ciudad de Santo 
Domingo; y después que ya los trabajos podian continuarse favorables sin la 
indispensable asistencia de su persona, salió poderoso en gente y armas á re- 
correr las provincias de la isla, con ánimo dé asentar el comercio entre con- 
quistadores y naturales, y con la buena armonía asegurar también la recauda- 
ción del ya impuesto tributo. Después de detenerse algún tiempo en la Vega 
Real , haciendo efectivo el que á sus pueblos correspcmdia , resolvió penetrar 
en la provincia de Jaragua, gobernada por el cacique Behechio, cuñado de 
Caonabó, y en cuyo territorio aun no hablan sentado su dominación los sdda- 
dos españoles. Si bien con muestras de guerra al principio, fué delicioso el re- 
cibimiento que en aquella provincia , la mas occidental de la isla, se hizo al 
Adelantado , con danzas combinadasde hermosas indianas, las mas gallardas que 
hasta entonces habían recreado en el simple estado de la naturaleza la vista 
avara de los españoles, abundancia de provisiones de las que el pais producía, 
pan de casaba, pescados y utias ó conejos, y sobre todo un aposentamiento en 
las chozas harto cómodo y halagado con los encantos del mas acendrado y tier- 
no afecto. 

Semejantes. impresiones, tan lejos de la madre patria, hicieron en los es- 
pañoles todo el efecto que pudieran apetecer gentes civilizadas en pueblos tan 
incultos : de suerte que el Adelantado no vaciló en repetir su paseo por aqne* 
lia provincia, tan luego como el cacique Behechio, le avisó que tenia ya dis- 
puesto el tributo que habia de pagar en algodón y pan de casaba; pero an- 
tes se vio forzado á ejecutar rigorosos castigos en los pueblos de la Vega por 
premeditadas insurrecciones, á establecer una cadena de puestos militares des^ 



253 
de babda hasta Santo Domingo, y á entretener la gente ociosa de la colonia, 
ya distribuida en los pueblos del interior para recuperar la salud, ó bien en la 
orastmccion de dos carabelas para el servicio y comunicación de la isla. 

Entretanto, y como si no fueran bastantes los cuidados que amontonaban á 
veces sobre el gobierno de aquellas partes los amagos de varios caciques, no 
ialtaban descontentos española que tnurmurando de la calidad de los Cotones 
por lo que de estranjeros tenian, se esforzaban en desvirtuar todos sus actos 
tanto como supooian ya desvirtuada en Castilla la autoridad del Almirante. Al- 
gunos se propasaban á dudar de la legitimidad del título del Adelantado, asi 
como también del cargo de gobernador de la Isabela que D. Diego ejercía , y no 
foltd quien avanzase tanto en el camino de la murmuración, que aconsejase la 
retiración de toda obediencia á arrogantes estranjeros, solo con el piadoso fin de 
abrogarse quien tal aconsejaba toda la autoridad que los tres hermanos se ha- 
bían légalmente repartido. Era el díscolo promovedor del motin un cierto Fran- 
cisco Roldan, hombre de baja esfera, á quien por sus buenas disposiciones ha- 
bla levantado el Almirante desde su servicio doméstico á la vara de alcalde 
ordinario en la primera ciudad de la Española; y como el tal hubiese olvidado 
con la honradez los beneficios, supúsose harto autorizado para criticar prime- 
ro, mas tarde para desobedecer, y al fin para rechazar con la fuerza de sus 
adulos las disposiciones de sus gefes naturales, llegando á tanto su osadía que 
hasta se propasó á acometer las fortalezas erigidas en el centro de la isla, y 
últimamente declarado en abierta insurrección , se dio importancia de poder á 
poder hasta coael mismo Adelantado. 

Los escándalos y alborotos que entre los españoles andaban, no podian pa- 
sar desapercibidos entre los indígenas , que ya otra vez por semejantes alter- 
cados hablan tenido favorable coyuntura de acabar totalmente con sus domina-' 
dores, y ahora no estaban animados de diferentes intentos; asi fué que, ó por 
el ejemplo ó por la persuasión de los españoles rebeldes, casi todos los caciques 
de la Vega levantaron con sus fuerzas la obediencia al Adelantado: tras de estos 
siguieron los de las montañas de Ciguay, y toda la isla se hubiera puesto en 
conmoción á no haber coincidido entonces el arribo ya indicado de Pedro Her- 
nández Coronel, que procedente dé España con dos carabelas y conveniente 
refuerzo de soldados , dio al Adelantado fuerza y prestigio con las nuevas de la 
gracia especial que gozaba en la corte él Almirante, á les dudosos contuvo en 
la obediencia la noticia de su pronta llegada , y al rebelde Roldan le dejó sin 
mas alientos que los de su delito para refugiarse en la provincia de Jaragua, 
adonde se hizo seguir de todos sus parciales con los halagüeños encantos de 
uña vida licenciosa en el mas poético pais de aquellas reglones. 

Dirigióse ante todo el Adelantado contra la insurreecion de los naturales, 
seguro de la mayor facUidad de someterlos por la astucia antes de recurrir á 
las armas , y como buen político procedió en la elección de campaña , puesto 
que con la sorpresa impensada de algunos caciques, y la persecución activa de 



294 

otros, evitó la destrucción del pais y el desconcierto de sus fiiepzas que hubie- 
ra tocado sin duda á comenzar la empresa por contrario modo. Con esta coin- 
cidió la tercera salida que de España hizo por mar el Almirante, comenzándo- 
la bajo mas felices auspicios; y acabándola t por dierto, de una manera bien 
desdichada. 

El dia 30 de mayo de 1498 salió con seis buques del puerto de San Luear, 
situado á la mitad dé la costa que hay de Cádiz á Huelva , y tomando el irum- 
bo á la isla de la Madera , tocó en ella para refrescarse de agua y leña el dia 8 
de junio, continuando después su derrota por el O. de las Canarias. Al cruzar 
por enfrente de la Gomera el 19 de dicho mes, hubo de observar que un cor- 
sario francés huia de sus buques con dos presas españolas , y enviando contra 
los fugitivos tres de sus bastimentos, luego se le incorporaron trayendo resca- 
tada una carabela, cuyos prisioneros españoles advirtiendo la caza, se levan- 
taron contra sus opresores y les vencieron, salvándose por tal medio de la 
triste suerte de cautivos. 




^.WIMML 



Al montar la isla del Fierro, que en los anteriores viajes del Almirante ha- 
bla sido última escala del mundo conocido, despidió con rumbo directo á la 
Española tres desús buques, los mas capaces para conducir abundancia de 
provisiones, y con los otros, siempre avaro de novedades en su carrera ma- 
rítiiña, se propuso ll^ar hasta la línea equinoccial y tomar bajo de ella el 
rumbo á Occidente, suponiendo por lo que habia visto inclinarse al S. la par- 
te mas occidental de la isla de Cuba , que en aquel paralelo habia dé encon- 



\ 



265 

trar las mas rioas en oro regiones del Oriente. Alimentaban su esperanza va- 
rias nociones que de historia natural y geografía le suministraban los antiguos 
autores , confirmados á la sazón por consejos y argumentos preciosos con que 
el célebre maestro Jaime Ferrer habia enriquecido sus cálculos > suponiendo 
por lo que en la costa de África se Teia, que alli se encontrarian en mayor 
cantidad d oro y piedras preciosas » donde el reino vejetal recibiese del sol 
mayores impresiones» y los hombres fuesen mas negros. 

En tal concepto, abandonando la Gomera el 21, pusiéronse en rumbo al 
S. las proas de la flota , y e^i tal dirección navegaron sudoesteando algún tan* 
to para tocar en las islas de CcAo Verde y arribando ^ la mas meridional el día 
27. Allí se propuso el Almirante, aunque en vano, hacer algunas provisiones; 
pero al fin desistió por la escasez de la tierra , y déndose al mar de nuevo con 
los propios rumbos , descendió hasta los 8** Norte sobre los 28"" de longitud 
occidental del Meridiano de Cádiz, en cuya situación se encontraron los tres 
boques el dia 13 de julio , tan quebrantados y abatidos por el inmenso calor 
del sol, el Almirante y varios marineros enfermos, las provisiones podridas y 
hasta las junturas de los buques tan descompuestas, que nunca debió tenerse 
con tanta razón m la mas completa calnja tan sensible naufragio (1). En situa« 
don de tamaño peligro se viró al O. suponiendo el Almirante entrar muy pron- 
to por semejante rumbo, según observadones anteriores, en una región mas 
plácida y suave que separaba una línea divisoria de N. á S. á unos S'' al O. 
de las islas Azores: creyendo que pasada dicha línea la atmósfera se purifica- 
ba, la mar era mas diáfana y tranquila, las brisas mas frescas, favorables 
y aromosas, y hasta que los astros brillaban con otra luz mas poética que en 
las regiones del viejo mundo. Montaron , pues, los bajeles la línea . imaginaria 
después de ocho dias, puesto que repentinamente se levantaron las bochorno- 
sas calmas, soplaron gratísima y blandamente los vientos de Oriente, desapa- 
recieron los miasmas sofocantes que encapotaban lá atmósfera , y entrando la 
naturaleza toda en las condicioqes que Colon habia imaginado , el sol dejó de 
abrasar, bien que brillase con toda su pureza , y la navegación comenzó á ser 
tan grata como era necesario para refrescar en cierto modo los bastimentos, y 
dar nueva vida á las sofocadas tripulaciones. 

Continuando en su propósito de colocarse bajo la línea equinoccial, bien 
deseaba el Almirante virar de nuevo al S. así que hubo entrado en la plácida 
región de su fantasía; pero sus gentes iban harto trabajadas, los bajeles ha- 
cian mucha agua y las provisiones eran escasas, como que cuando se descu- 
brió tierra el dia 31 de julio, cuya voz dio el primero un Alonso Pérez, na- 



(I) AlgQOos totoret iliceo qae deieeodió hasta los 5® é^ lalitod Norte; poro por las cartas de Nayarrete so 
averigia qae no llegaron les boques ea so derrote al S. mas qoe A loe 8* con escasa diferencia. Además qae de 
los propios aat^rea qae asientan aqoeUe idea ae aprende mas adelante qoe la ilota Tiró ai Oeeidente coandó estsl>a 
en el paralelo de Sierra Leona, conforme diee también el > Almirante A los Reyes Católicos: con lo cual resalta 
qne todaria faltaban algunoa minutos para entrar en la lafitnd de los 8* que nosotros aceptemos por mas verídira. 



M6 
tural de Huelva, que era criado del Almirante, ya no quedaba en las tres ca« 
rabelas mas que un barril de agua dulce. Hallábase la tierra descubierta sohte 
los 19* de latitud septentrional á M* 42' de longitud al Occidente de Cádiz, y 
acercándose á ella por un cabo á que puso el AUptragte de la Gaiea^ y hoy es 
c(ú)a Gakotaj llamó á la isla, que tal era la tierra, /de' la Trinidad, no pu^ 
diendo surgir en ella hasta el siguiente dia 1 .* de agosto, tíos» leguas mas á 
Occidente en la costa meridional de dicha isla.- El dia 2 continu¿^' reconoci- 
miento siguiendo al Oeste hasta llegar á la punta que llamó Colon del Arenal^ 
y hoy se dice de Icacos ; y cerca de ella se divisó una canoa con yeinte y 
cinco indios armados de arcos , saetas y unos á manera de escudos que basta 
entonces no se hablan visto en las islas visitadas por los españoles. Tenían la 
tez mas blanca que los de la Española , y por consiguiente harto bien distinta 
de to que Colon esperaba, según las teorías de Jaime Ferrer , con lo cual se 
desvaneció en su mente la idea regular de la influencia del sol bajo el mismo 
paralelo por todas las longitudes , y comenzó á acariciar otra de mas trascen- 
dencia y que guardaba bastante relación con la quimérica especie de la línea 
divisoria de N. á S. en el Océano. Creyó desde entonces que el mundo no era 
redondo, y sí como una pera, levantado visiblemente debajo del Ecuador 
hasta llegar á las regiones celestes, de manera que el vuelo de su fantasía le 
llegó á infundir la posibilidad de visitar el Paraíso Terrenal que nuestros pri- 
meros padres habitaron , según la Sagrada Escritura. Semejante fantasía au* 
mentó grandemente, á manera que visitando toda la costa del golfo de Paria 
se encontraron en ella deliciosos naturales jardines, purísimos manantiales que 
endulzaban aquel tranquilo mar, verdes florestas de oloroso ambiente , bandas 
de pájaros de brillantes plumas, algunos tan grandes como gallinas, y sobre 
todo una raza mas pura y tratable que las anteriores, con los rostros simpáti- 
cos, los cuerpos bien formados, los cabellos blondos y sueltos, y en sus ador- 
nos láminas de oro y sartas de perlas que hasta entonces no se hablan visto en 
el Nuevo-Mundo, de las que se enviaron en grande porción esquisitas mues- 
tras á los monarcas españoles. 

Después de algunos dias de navegación é investigaciones por la costa interior 
del golfo, cuando las provisiones europeas escaseaban y la salud del Almirante 
padecía grandemente hasta el estremo de casi perder la vista, dirigiéndose las 
proas al N. E. para abandonar aquel mar por canal opuesto al que habia servido 
de entrada, y sin ningún contratiempo, no obstante sus dificultades y peligros, 
se vieron de nuevo en alta mar el dia 13 de agosto con rumbo á Occidente para 
examinar la costa esterior de Paria, que Colon suponía fuese una isla , sin adver- 
tir que por la vez primera habia tocado en los límites de un nuevo continente. 
En su tránsito á la isla Española , á la cual arribó el 19 , cincuenta l^uas mas 
al Occidente del rio Ozema que iba buscando, bautizó con los nombres de Boca 
del Dragón á la que le dio salida del golfo, y Asunción y Concepción á las is- 
las que boy se dicen de Tobago y de Granada: tocó en Margarita y en Cubagua 



/ 



267 

donde rescató abundantes perlas, y finalmente volvió desde la Española á la isla 
Beata, enfrente de la punta del mismo nombre. 

Entre tanto habian arribado- sin contratiempo ¿ la nueva ciudad de la isla Es- 
pañola los tres bastimentos que el Almirante despidiera desde la del Fierro, y 
como su llegada avisase el cercano momento de la vuelta de Colon, el Adelan- 
tado, que ya habia sometido á su poder los rebelados naturales, suspendió la cam- 
paña contra Roldan en tanto que no gozase la dicha de abrazar otra vez á su 
hermano^ dando asi lugar á la ejecución de mas autorizadas disposiciones. Hallá- 
base, pues, en la nueva colonia de Santo Domingo, cuando repibió mensaje di- 
recto del Almirante participándole su arribo á la isla, y el tránsito por donde 
trataba de llegar á la boca del Ozema; por cuya razón el Adelantado se hizo á la 
mar en uno de los recien llegados bastimentos; pero cuando apenas habia ten- 
dido al viento sus lonas encontró la flota de su hermano, y la escena mas tierna 
se siguió al plácido reconocimiento. El 50 de agosto de 1498 volvió á descender 
en tierra de la isla Española el Almirante, pálido, trabajado de la gota, y falto 
>de la luz que tanto necesitaba para entrar de lleno en los cuidados que exigia 
de su autoridad la situación lamentable en que se encontraba la colonia. 




33 



CAPITOLO XXI. 



^eaUbliscimienlo ¿fi Colon y sus disposiciones psrt sosegar á los deseonientos. -*Hace á estos sobradas conce- 
siones qne en adelante influyen grandemente en los cargos que contra su persona y administración se presen- 
taron en It eoHe. — Condiciones especiales que caosabvn aquello» disiarkios.'—FQndamenfDS de la injwta crftloa' 
i}e «atoria naeios^les, é kijvstíeif de los.esiranjero».*--IMsposic¡oaafi da loa Beyes Católiooa para aclarar la 
rerdad do cnanto pasaba en la isla Española, f^ssqne dieron para adelantarlos descnbrimientos.^Malos efectos 
que cansan las primeras por la desorientada política qñe bobo ¿c aconsejarlas. — Viaje de Alonso de Ojeda al 
íMo de fáiiB y eoitat ad^^ente».— Sa arribo á la. Española anmenla laa viaiiitBdas de la iola.— Nnavis io-- 
st^rrecciones, y. actíTÍ/Ud 4csp]egada por el Almirante para sofocarlas.— 'Lleg^a é intertencion del comen- 
dador Bobadilla en lo isla Española.— S«s procedimientos contra el Almirante: encadena á eite y á los dos 
bermanos D. Bartolomé y D. Diego, y juntos los envía & Sspafta en nna oal«bel«y bajo la enatodia do Aiana* 
de Yallejo.—- Genaroaa coaAucta da fffe «apilan y dignidad del Almirante en la traTaaia.— Llegada á C4dis la 
carabela, dase cuenU á los Reyes Católicos del estado en que se hallan los Colenes, é indignados por tan des- 
compuesto proceder, bácen los «poner en Amplia libertad, y con oportuna» mercedes es recibido en la corte el' 
AlmirMifte. 



QANBO llegó á noticia del Almirante el desconcierto en que estaban las cosas 
de la isla, por lo que subditos alterosos la habian escandalizado con descoma 
puestas insurrecciones, parece como que sus áfiimos se reconcentraron para^ des- 
volverte h salud que le era tan precisa, y no tardó en hallarse apto para tomar 
por sí mismo las riendas d^ los negocios, bien que sin bastante seguridad parat 
llegar á la vindicación de la justicia ultrajada, por las vias naCnrales del castigar, 
por lo que era problemática la fidelidad d« los soldados que» sumisos ó diámii*. 
lado», tüdivia quedaban á sus órdenes. 

Poresto'ftteron conciliatorios todos sus prooedimientos poinqae Roldiftyi 
sde^^aeeaaiées vel^tenM it enlnin^ l^sendl^ d^sw\diri^eveB^ crateMattdü poé^JM^' 
tiÉdnr m íMuUo" qiie^ se^pobliéó^iMi fa' idii»\á firtov^dn^oaiiM» • 4épi)»íi»m&fe w- 
jiM^«||r«6}Ml»que<0Mtr|t la»4le9W'€oaiM|i»y y^ 



360 

composición» que en diferentes circunstancias no hubieran debido solicitarse mas 
que por las vias de la fuerza. Con todo: mas de un año duraron las contestación 
nes que de una y otra banda se estuvieron cruzando, y aun al cabo de tanto 
tiempo, no obstante los refuerzos que en ocasiones recibió el Almirante, hubo 
este de conceder á los amotinados cuantos partidos exigieron, hasta la declara- 
ción firmada de que habian procedido en todo y por todo como buenos, sin otra 
causa que el bien y servicio de la cosa pública; y con esto y la conservación de 
la vara de alcalde eii la persona de Francisco de (toldan, motor de aquellos 
desórdenes, y el repartimiento entre los díscolos, ya vueltos á la obediencia, de 
los terrenos mas feraces de la isla, y otra multitud de mercedes de las que solo 
es costumbre hacer á arrogantes conquistadores, pudo tras tiempo tan largo re- 
habilitarse en cierto modo la menguada autoridad de Colon, harto necesaria por 
cierto para atender con ella á nuevos y mas complicados desleales procederes. 

Al entender los acontecimientos que en los anteriores, y mas particularmente 
en este tercer viaje de Colon, retrasaron visiblemente el curso de las investiga* 
cienes tras- atlánticas, cualquiera supone á primera vista que los españoles de 
aquella época eran soldados relajados de una potencia inculta, sin policía y sin 
leyes, estraños á toda idea de justicia; pero estudiando con detenido examen y 
buen juicio la organización civil y mejor concierto que se dio á la nación en tiem* 
po de los Reyes Católicos, y teniendo cuidado de investigar las verdaderas causas 
de los trastornos que por entonces tenian lugar solamente en el Nuevo -Hundo, 
se viene bien pronto en conocimiento exacto de la verdad, para desvanecer las 
hinchadas declamaciones de escritores propios y estraños, que siempre han tenida 
cuidado de exagerar el mal para dar mas interés y doblada autoridad á sus tea- 
dencias celosas, ó i sus pretensiones suversivas. 

Sabido es, por lo que en otros lugares hemos consignado, que para la prU 
mera espedicion del Almirante hubo que echar mano en parte de hombres cri^ 
minales, conmutándoles las penas á que se habian hecho acreedores por sus de- 
litos, en la de concurrir á aquella aventura, tan recelada hasta por los mismos 
que en ella depositaron sus mas caros intereses. También es fácil comprender 
cuántas ilusiones destruyeron en los aventureros los sucesos y enfermedades de 
los segundos espedicionarios, cuya voluntad espontánea limpiara en cierto modo 
la espedicion de alguna chusma que hubiera sido necesaria en diferente caso; y 
así se viene en conocimiento de cómo, al emprender el tercer viaje, se reprodu* 
jeron ciertas órdenes parecidas á las que hubieron de circularse para la primera 
espedicion; como que sin ellas acaso no se hubiera encontrado la gente necesaria 
para la completa constitución de la segunda colonia en Santo Domingo. 

Con efecto: por cédula real espedida en Medina del Campo á 29 de junio de 

1497, esto es, cuando se estaba disponiendo lo necesario para el tercer v|aje, 

nundaroii U» Rejm CatóltcM^^ice todas é cual^$qmer personas varanes é mur 

ch9S fktieilftw aóMitet é n^uraks que heiñeren cwtetido fasta :d 4ia4éh' 

pMieoüion: desta nmestt» Carta^ cualmquier nmorifes é feridas. ó o(sm ^mtkMn 



361 

quier delitas de cualquier naiura é calidad que sean, escepto de heregía 
é Lene Majestatis» ó perduliones^ ó traieUm, 6 aleve, ó muerie segura ó fecha 
con fuego, ó saeta, ó crimen de falsa moneda , ó de sodomía, ó hobieren sa-- 
codo moneda ó oro, ó jdaía, ó otras cosas por Nos vedadas, fuera de nues- 
tros reinos, que fueren á servir en persona á la Isla Española é sirvieren en 
ella á sus propias costas, é sirvieren en las cosas quel dicho Almirante les d¿«- 
jere é mandare de nuestra parte , los que merecieren pena de muerte por dos 
años, é los que merecieren otra pena menor que no sea muerte, aunque sea 
perdimiento de miembro, por un año, sean perdonados de cualesquier crír- 

menes é delitos pragmática ó indulto que se reprodujo en distintos casos 

para otras espedidones» hasta que convencida la corte de los mezquinos resulta- 
dos que producía, se reformaron con la intención los delitos, y entonces queda-« 
ron los sucesos concretados á la política mas ó menos equitativa de los caudillos 
y gobernadores, por desdicha no siempre animados de los mas rectos intentos» 
gracias al brillo del oro que en abundancia pretendían, por lo que tiene de ambi- 
dosa y egoísta la condición humana en todos los paises del mundo, sin distinción 
de gentes ni de naciones (1). 

Concertado con los rebeldes el supremo gobernador de la Española, bien 
hubiera continuado sus esploraciones por las inmediatas costas del recien descu- 
bierto golfo de Paria, rico y privilegiado país que el Almirante habia supuesto 
una de aquellas regiones mas abundosas de las tierras orientales ; pero su estrafia 
posición durante las desavenencias le obligara i transigir con el envío á España 
de los descontentos que tal concertaron, en los únicos buques de que podia dis'- 
poner para su mas privilegiado objeto : y como si la dilación de este no fuera 
bastante causa para mortiñcacion de un hombre cuya gloria estaba cifrada en la 
rapidez de sus descubrimientos ,' todavía acudieron á desvirtuar sus ilusiones 
nuevos sucesos, que si parecen justificados ante la buena razón de una época de 
tres siglos y medio mas adelantada que aquella, pudieran en cierto modo cen- 
surarse agriamente por la escasa meditación y absolutas condiciones con que fue- 
ron preparados, bien que á calmar unos y otros pareceres acudan las malas y 
torcidas pasiones que en contra de Colon por sus émulos se agitaban en la corte. 
El arribo á nuestra) Península de aquellos soldados que por mas de un año 
se entretuvieran en la Isla Española sin ley ni freno, no hay duda que lu^Ma de 
causar, como causó, muy desagradable sensación en cuantos de las cosas de In- 
dias se ocupaban : pues aunque, por el certificado de buenos que habían obtenido 
del Almirante, pareda regular que trataran de apartar con el silencio los resultados 
de nna fiscal averiguación, creyeron, mejor aconsejados, que su delito habia de 
ser maniiesto con el tiempo, y quisieron cohonestarlo con gravísimos cargos que 
propalaban contra la administradon de los Colones én la^ islas recién descubiertas. 

(4) Natarrete. Cofeeeibii DiphmáíUa, folios 203, 209 7 242; y tn •! Suplenunío 4.* 4 dieht ColMeion Diplo- 
^•:-^^ fol. 5/ per. 520. aio 4504. 



I 



263 

AonsabdD ptruiüseamoole al A^lmiranie de ^isiofiarioi e^i\geiado^, cairgü^ que Iqí« 
tifMf)^ naik ms padian dte^haeec yiq&cMrtosaoíiento), y loagc^ tocoiendo» Ib OMaüte' 
á lo que la vista afiímaba , le tacharon de inbqmano y chiqI coii^ loa iDáfm que: 
caigivaira para veoderios como beaUaa m kis públicos mercados de Eapadaiz^j^ 
como 4 k^ paj» damaseu (os talaa distractores coolra kK aspenesa M AdelaaAadovy- 
el {)0^o d^OiBO^ coa que ae ma^eiUabaa por el AUmíran^e varia» pireitogAlívaS} i 
bi¿a9rdal^0) comedidas, s\sí como latnbifip contra cierta easCigo po^a digfia de 
ho;^resv ouíto? j hiunaoos, que, consistía en quitan toda ó parte, de lav ración, i 
Iqs< que delioquiao, tonjió l^oM» peso^ eJa la pública opinkon cuanto aquellos oía- 
cotos depusieron, por lo qu^ participaban de baria verdad aJgunaj^de sus de^la-i 
raciones, que en breve desde la aldea llegaron las quejas hasta la morada végia» 
para amargar con usura los dias mas tenebrosos del Almirante. 

Ya se ha dicho que en su segundo viaje babia propuesto Colon la venia de 
algunos caribes en Espna, y se ha dicho también que los Beyes CaKHkos se 
abstuvieron de sancíooar semejante propuesta hasta consultar sobre ella al tmmfí^ 
Atirante, á la par qjue lo hacían a varbs. teólogos délos masi razona bles > eníMre 
los cuales se levantaron contrarios pareceres. Con tal motivo , y piorque laS; im^i" 
lidades délos indios de la Vega Beal y Cibao, habian proporcionado el transporte 
de mas die trescientos prisioneros, q^ie el Almirante conduJA ásn regresa» a^Ji 
como de otros que se enviaron por consecuencia de suceso Vias agresión^ ,: aini 
n)9p resolución , y creyéndolo ajustado á las leyes de la^ época., se proaqdió.pPff. 
los comisionados de Coloqt ala venta pública de aquellos miserables, de enqifOi 




263 

proceder arbitrario, se enojó muy particukrmente la reina Isabel» y temaron 
origen los mas fundados cargos que se alegaron contra el Almiraiíte. 

No hay duda que á nuestra mente se agolpa la mas severa indignación, si 
ibrtificándola con las leyes úé la hamanidad cerramos los ojos í las condiciones 
de la época, cuando se trata del tráfico inmoral de la raza bumana ; pero después 
de dar descanso á la indignación, y conveniente lugar al raciocinio, no conven- 
dremos en los severísimos cargos que por semejante inbumana arbitrariedad se 
han dirigido á Colon esclasivamente, cuando el tráfico de esclavos africanos, que 
hombres eran como los del Nuevo Mundo, estaba sí^robado por las leyes civiles 
y sancionado por el uso constante en todas las tiátíones del viejo continente. En 
(mrticular nos duele que un escritor español, el dicho Las Gasas, daíndo pasto 
abundante i émulos y enemigos de nuestra gloria, se cebe largamente contra la 
inhumanidad de semejante medida, proponiendo á la par el e&Vio de esclavos ne- 
gros de las costas de África á la isla Española, para alivio y satisfacción de atiue- 
líos naturales. ¡Admirable contraste y estraña aberración de Uán claro é ilustrado 
emendimieolo! (1). 

Por lo dicho, sin duda, fué ocasionada tá' Venta que en él año de 94 habían 
ordenado ios Reyes Católicos de cuantos hltifAft condujo á España desde la Isa- 
Mh, pél^ drdeú diel Aliíiiv^fité, é! capifan AWoiiio de Torres, bien que en se- 
gtfiAa' ée aüuiafiM loe tratos ya verdeados hMáCa nnevas resduciohes (2), y a¿f- 
ÚMáé )m aios pésUíH(Sin$i teda^ifa sé fifi á' loa miamos hnmaty^imos teyeÁ ati- 
térisear en devtés' ease» \k eselatitud de aquéllos inMces, y aun destinarlos eú 
gimides porciones al servicio de las galeras, destino harto mas cruel entonces qnÜ 
feeedwitiid menos hamana (5). 

Como qniera que sea, tales y tan abundante» quejas alzadas hasta el trono poé 
conduelo de ke enemigos mas poderosos de Colon, produjeron los resultados qué 
eran de esperar en los ánimos realce, dé áuerte que sí la duda habia penetrado 
alguna vez en el privilegiado logar del éanrtñd, entonces filié sustituida tras la des^ 
ooNlfiatttt por los rudos afectos def ébc^b^: y los Royese éafdhcos, insiigiádos éé 
«aMtoun por las dedamadonee abultadaif délos descontedCOs, que hasta en el pro- 
pio fdaeía se atrevieron á insultar púMiélimente á los hijos del Almirante, pro- 
tadieron inmediatamente por el camino de la justfda, bien que no escogiendo eii- 
•m todos los majoies medios de olAenerla'. 

Entre otras providencias, y este fué un gran paso dado en el camino de los 

[A] SI r. Las C«Mi, á ^«¡«n (oJm naetlros ealamniaJores hao copiado ó ottraelado para lÜItanar nstatra 
admÍBÍstracion española en las posesiones «Uramarinaa, no pnJo menos de sentir en sns Allinos «ios «1 giro 
^9é Iwbía dado á sns eiageradas narraciones, y sin dada por esto previno é los rr. pradieadorea de San Go- 
Hiámo de Valladolid, en cnyo poder dejó los libros de sn Biétoria ¡fen0rml de Uu Iñdims, f »e á mmgwm iqí%« 
mélot eúiegi*U$ dietm á Uerlü por tiempo de otMrenla añot, y q^e pnMib otU térmimo se pudieee imprimir, 
ri eoñveuia eH hien de loe iitdMoe y de EepoMa. Véanse los do« primeros ToléoMnes de la propia obra^ ^ «a sa 
coBaerran en la Academia de la Historia. 

(2) KaTarrete, Cofeeetoii de mmjee, Introdaecion al tomo I, nota de la páf . LXXXIII. 

(5) ArckÍTO general da Simancas, libro de la Cámara, núm. 5, aio 15Ó4.— ídem Eofistro faneral del Mío, 
libro correspondiente al mea de añera de 4496, cédnla del dia 43. 



264 

descubrimientos que deseaban adelantarse, reprodujeron las concesiones becbas 
otra vez á ciertos capitanes para salir á descubrir en el hemisferio de Occideote, 
concesiones que se babian suspendido á ruegos de Colon cuando volvió de su 
segundo viaje, por lo que amenguaban sus derechos; y tomando alas de aquí k» 
mas atrevidos pilotos y aventureros, inmediatamente se dispusieron á contratar 
con la corona las bases de los viajes que babian de hacer por la inmensidad del 
Océano. La magnitud de aquellos, hasta allí no bien apreciados, requería sin 
duda mercedes y franquezas muy amplias con que se mitigaran los temores é in- 
convenientes que ofrecían, tanto mas, cuanto que hasta entonces los resultados 
obtenidos por Colon no eran tan placenteros como todos esperaban por los ofre- 
cimientos del Almirante. Los Reyes Católicos deseaban con marcado entusiasmo 
estender la fé do Jesucristo y prolongar el conocimiento de las ciencias naturales, 
por el que resultara del nuevo continente (i), y suponiendo que toda concesión 
y estímulo seria justo para promover y sustentar la afición á la nueva carrera que 
se abría á la marina, dictaron repetidas providencias con que las ciencias náu- 
ticas se adelantaron considerablemente, y el comercio entró en mas ventajosas 
condiciones de las que hasta allí lo babian sustentado. Confirmáronse en primer 
lugar todas las pragmáticas anteriores que tendían á favorecer el aumento de 
nuestra marina , en particular las que mandabaq que los eatranjeros cambiantes 
en nuestros puertos, verificasen sus cambios por artículos españoles que no fue* 
sen moneda, y que para los fletes se prefiriesen siempre los navios españolea: 
se espidieron cédulas msa*cando premios á los que construyesen buques de m^l* 
q.uiera clase que no, bajaran de seiscientas toneladas, aunque pilcaran de mil (2) ; 
se suprimieron en el comercio con las Indias los deracbos de almojarifaz^ eft 
tocios los puertos, de España, bien qu^en otro que el de Cádiz no se permitiese 
el desembarco de los objetos de aquella3 partes venidos (3): se establecieron cón- 
sules y factores, españoles en todos los puertas estranjeros donde eomerciafaaa 
nuestros buques sobre las aguas del Norte, con el objejto de que los itenefícioe 
de la contrataciqn quedaran en lo ppsible á favor de subditos españolas (4): díér 
ronsc algunas proyidencias para coartar los abusos que se cometían eo ocasioMS 
por el tribunal de. Indias en el embarga» de llaves y carabebs para las espedioio*- 
nes que al Nuevo .Mundo se baciaq por cuenta de la corona» probibieodOveni 
ocasiones semejantes estremos (5): y finalmeale, las capílulaeioaes hechas coft 



(4) Tal Mtlesproncle do lo que el místno Almirante dice á los monarvas oo sn car(o sobre el (erccr vitje, ha- 
blitido (le* liis inronv<«ní-n(r« que otras personas habian amontonado contra su eniprcia: y vudirm AtiexoM wte 
refpcndíó 'don aquel corazón tjuf »f iahe en todo el mundo que tienen^ y me dijo que no curóse de nada de eM, 
p&i^üe su vf^unlad era de proseguir esla empresn, y sostenerla aunque no fuese sino piedras y peñas, etc. Nt- 
várrefe, tlofeceion tía viajes, tnm. I. 

(2) ttamircf, LiSro de prngmátiens^ ful. 500*. La promulgada en Alfaro á 40 da noTÍcmbre da 4495. 

(5) Vrovisionea de los Reyes Católiros de 23 da abril y 6 de mayo de 1497, originales en el archivo dal 
Bicmo. Sr. duque de Veragua. 

(4) Ramírez. ¿i6ro de pragmáHras, ^>I. 293, 294 y 316. 

(B^ Vavirrcle. Cofeecfon^ diptomóliea^ tomo Tlf, fol. 497 v siguientes. 



SMS 

loís ávenf ureros que en las nuevas regiones habían de engolfarse» se pactaron 
dé sbehe qué únican^ente estos se obligaban i pechar el quinto de todotf sus 
rescates j ganancias á los monarcas, quedando las otras partes á beneOcio de 
los descubridores , con lo cual si hubo con efecto un despojo contrario á los par- 
ticulares intereses de Colon , puesto que se le adelantaban en la esplotacioñ de 
nn mundo por su ingenio descubierto , también es cierto que á mas larga vida 
que la de ún hombre no hubiera sido posible alcanzar el término completo de 
a^elfos (descubrimientos, y que la buena política y la sana razón justifican se- 
méjántes conceáon^; tanto mas, cuanto que á todos los navegantes que sucesir 
valiente partieran de España á descubrir con permiso de los monarcas , se lea 
prohibía contratar ni rescatar género alguno en las tierras ya descubiertas por el 
Almirante basta el año de 1495 (1)« 

Hasta aquí no pudieran con severa imparcialidad motejarse tan convenientes 
disposiciones, cuando por ellas es bien conocido el impulso dado á todas las cien-, 
cias náuticas, en especial las ventajas que se siguieron á la hidrografía, como 
que por causa de los muchos cayos , bancos y bajos que en las costas del Nuevo 
Hundo se advirtieron sucesivamente, asi como por la conveniencia de situar las 
tierras que se descubrieran, se generalizó desde entonces el levantamiento délas 
cartas marítimas que abrazaban todos ios estremos indicados , tomando en pro* 
gresion ascendente las inmensas proporciones que hoy se conocen en esta ciencia, . 
lá cual debe considerarse como uno de los agentes auxiliares mas convenientes 
píTi el pilotaje. Pero no todas las disposiciones que entonces se adoptaron para 
investigar la verdad de lo que pasaba en los disturbios de la isla Española fueron 
confirmados con el sello de la prudencia que tanto requerían : es verdad que las 
quejas habían sido muchas y los cargos hasta cierto punto verídicqs ; pero tam - 
bien es cierto que la maledicencia y la emulación tuvieron gran parte en las acu- 
saciones, y que á los prudentes acuerdos de los reyes está encomendada siempre 
la ilustración de la justicia , por lo que esta se oscurece cuando aquellos no se 
meditan. 

Los Reyes Católicos quisieron acudir, y con efecto acudieron, á la investi- 
gación de lo que en la mencionada isla pasaba respecto á los hermanos Coiones: 
el mismo Almirante habla solicitado repetidas veces la residencia de su adminis-- 
tracion por persona competentemente autorizada, mas por su imparcialidad 
que por el regio nombramiento que llevase; y por satisfacer á unas y otras exi-í 
gencias, bien qbe las mas dignas fuesen menos atendidas en las disposiciones 
adoptadas, nombraron los monarcas para su fiscal, con regias atribuciones, al 
comendador de Santiago Francisco de BobadíUa , oficial de la real casa : primero 
para que pasase á la isla Española á averiguar quién y cuáles personas se habían 
leyantado contra la autoridad del Almirante, prendiéndoles los cuerpos y se- 
cuestrándoles los bienes á los que resultaran culpantes , con el ayuda y favor 

{i) Cap¡taUcioo«s con Alonso Je Ojodt, Cristóbal Gnerrt, Diego de Lepe y otros. Natarrete, tomo IH. 

34 



266 
que en caso de necesidad había de darle el mismo Almirante ({) ; después se 
nombró formalmente al tal comendador Bobadilla gobernador de las Indias^ 
título y cargo que solo á Colon era debido por las capitulaciones anteriores y 
posteriores á su descubrimiento (2) : y como si se tratara ya de la deposición deJ 
Almirante en el tal título» con todos se habla de los que residían en la Española, 
menos con la autoridad principal » á quien el real despacho debiera haberse di- 
rigido : siendo esta circunstancia tanto mas elocuente » cuanto que en la propia 
cédula se dice: é otrosí: es nuestra merced que si el dicho comendador Fran-- 
cisco de Bobadilla, entendiere ser cumplidero á nuestro servicio é ejecución 
de la nuestra justicia , que cualesquier caballeros é otras personas de los que 
agora están é de aquí en adelante estuvieren en las dichas islas y tierra firme, 
salgan deUas é que no entren ni estén en eUas , y que se vengan y presenten 
ante Nos, que lo él pueda mandar de nuestra parte é los faga dellas salir: á 
los cuales y y a quien lo él mandare ^ Nos por la presente mandamos que luego, 
sin sobre ello nos requerir ni consultar, ni esperar otra nuestra carta ni man- 
damiento, é sin interponer dello apelación ni suplicación lo pongan en obra, 
segund que lo él digere é mandare, so las penas que les pusiere de nuestra 
parte y las cuales por la presente les ponemos é habernos por puestas, é le 
damos poder é facultad para las ejecutar en los que remisos é inobedientes 
fueren , y en sus bienes , etc. : mas adelante se previene á este y á sus herma- 
nos , asi como á las demás personas que tuvieren cargo de castillos , fortalezas, 
casas, navios, armas, pertrechos, mantenimientos , caballos, ganados y otras 
cosas de SS. AA. en las Indias, hagan entrega formal de todo al dicho comen- 
dador Bobadilla , bajo muy serio apercibimiento de penas al que en contrarío 
obrare (3); yifínalmente, se dio carta credencial para que Colon prestase oído y 
entera fé á cuanto el comendador le dijese de parte de SS. AA. (4). 

Con armas menos templadas hubiera tenido bastante menor ambición que la 
del comendador Bobadilla para hacerse arbitro absoluto de la contención, aten- 
diendo mas que á la justicia , á sus propios intereses; y en verdad que de ren- 
corosa ojeriza, mas que de conveniente disposición, pudiera tacharse la idea de 
nombrar á la vez en aquel asunto juez y sustituto en tan principales cargos á 
una misma persona , que en los que habían de asegurar su nuevo destino estaba 
interesada mas que los motivados enemigos del Almirante. Sin duda cuando así 
procedieron los Reyes Católicos, estaban ya decididos á dejar á Colon sin el 
gobierno de las Indias, ó confiaron demasiado en la fama de recta imparcialidad 
de que gozaba en la corte su nuevo lugarteniente ; y en ambos casos aparece no 
meditado el acuerdo por lo que tenia de atentatorio contra adquiridos legítimos 



(4) Lat Casal, Bittoria de indiat, lib. I, iiit.»NaTarr«U, CcUeekm dipUmátiea, tomo II.— Imog, futo y 
wtjes de CoUm, tomo UI. 

(2) ídem, U., id. 

(5) laem , id. , U. 
(4) Idem,ia., ia. 



367 

derechos, ó por lo que carecía de esperiencia en el coaocimiento de las huma- 
Das ambiciones , como mas sensiblemente tendremos ocasión de probar en adelante. 

Entre tanto que así se acordaba el desconcepto del hombre mas eminente que 
d siglo XV ha producido , algunos de sus amigos se apresuraban á competir, si no 
con su gloria, al menos con sus ventajas materiales por el camino de los descu- 
brimientos. Fué el primero que obtuvo patente y favor para darse á la mar con 
cuatro navios que aprestó en el puerto de Santa María, el intrépido Alonso de 
Ojeda , acompañado del famoso piloto Juan de la Cosa , los cuales por haber asis- 
tido, como otros varios de la tripulación , á los primeros viajes del Almirante, se 
consideraban y eran con efecto muy suficientes para adelantar las investigaciones 
por las costas del recien descubierto continente. Gozaba el tal aventurero gran 
favor con D. Juan de Fonseca , y por lo tanto no le fué difícil alcanzar un tras- 
lado de la pintura*ó carta marítima que Colon habia dibujado para manifestar su 
reconocimiento del golfo de Paria ; suceso que á la sazón estaba causando muy 
gratas sensaciones entre los que ambicionaban riquezas, por las abundantes mues- 
tras de perlas que el Almirante habia enviado: y con tal auxilio y el del mencio- 
nado Juan de la Cosa , y algunos otros marineros hábiles que en la tercera espe- 
dicion de Colon se habian hallado, se hicieron á la mar los cuatro buques el 
dia 18 de mayo de 1499, con buen viento y mejor fortuna , por lo que de fama 
imperecedera habian de dar al no muy justamente celebrado Américo Vespucio, 
que allí también iba, y que con el tiempo se atribuyó toda la gloria de aquellos 
descubrimientos, dando su nombre al nuevo continente (1). 

Nada hay de notable en la travesía de este viaje , que se hizo siguiendo la 
derrota que el Almirante habia marcado en su tercera investigación por el Nuevo 
Hundo, alcanzando la costa firme por las de Suriñan á los veinte y cuatro dias 
de una navegación tan feliz como pocas veces se logra. Eo ella se advierte, por 
lo que de sí arrojan los diarios y relaciones que á la vista tenemos, así como por 
las cartas que de aquellas partes estamos consultando , que los tales navegantes 
descendieron hacia el S. escasamente algunos tres grados mas que el Almirante 
habia descendido en su tercer viaje, y que después de indagar someramente, y 
no con muy exactos cálculos, según las relaciones de Vespucio, á qué altura se 

(i] Américo Vespocio naeió en FloreneU é\ día ^ ie mano de 4454, y faé adaeadlo bajo la diraecion da «o ta 
tío religioso do la eomnnidad de San Marcos. Sin duda qao eatre ana estudios tnricron privilegiado lagar las cieocias oa- 
Ivalea y las matemáticas, bien qae las primititas ocnpaeioaes de sa vida en España por los años de 1491 ó 95 fueran 
úaieamente la contratación y el comercio en casa de su paisano Joanolo Berardi. Al aprestarse la armada de Alonso de 
Ojeda f ya habiá b'eeho Vespneio mas serios estadios en la naTOgacioa , y een genio bastante para adelanlar en ia 
carrera qntao formar parte del e<|uipage. Conocidos con detenimiento los derroteros que siguió la armada de Ojeda , y 
los descubrimientos que hicieron asi esta como la de Pinxon , efe., ya se deja conocer con cuánta injusticia se ad- 
judicó el nombre del piloto iórentin a! nuero continente , bien que los que tanta gloría le prodigaron lo bicieron 
afuaaadoa por las inveridicas relaciones que Veapneio publieó maa tarde* La nación espaftola , haciendo jus- 
ticia al rerdadero descubridor del Nuevo Mondo , nunca en sus actos oficiales quiso denominar América á las po- 
sesionas que allí supo adquirirse: antea bien, siguiendo el lenguaje de Cristóbal Colon, las llamó en conjunto Indias 
Oeeidéntalei; pera este sistemaba sido ineficas contra la maligna preocupación ó la general ignorancia, las cuales, 
desoyendo las leyes de la equidad, eontionaron ofuscadas por la senda del deapojo que con tanta mengua se hizo al 
mas famoao entre todoa los navegantea. 



/ 



hallaban aquellas tierras desconocidas , viraron hacia el N-0. siguiendo la costa 
por las bocas del Esequibo y Orinoco y tocando en la Trinidad » y a4elantando 
su rumbo hasta introducirse en el golfo de Paria, para surgir en un puerto in- 
mediato á la confluencia del rio Guarapicke. Allí recibieron, con algunos cambjos 
de escasa importancia , abundantes pruebas del afecto de sus habitantes: y cuando 
la especulación sustituyó al agradecimiento manifestado , volvieron i darse al mar 
los bastimentos • saliendo por las bocas de Drago con la propia fortuna que lo 
habia hecho el Almirante, y costeando hacia el O. hasta Curiana ó golfo de l^s 
perlas, que comprende la costa de Gumaná y golfo de Cariaco por enfrente de la 
isla Margarita, la cual se estiende de E. á O. entre los 57* 55' y 58* 25' de lon- 
gitud occidental del meridiano de Cádiz, por los 11* de latitud N. 

En la citada isla Margarita saltó en tierra Ojeda con algunos de sus principa- 
les subalternos , y después de reconocer una parte de ella , «volvió á la mar con 
sus navios hacia las costas del continente para recalar en el cabo de Isleos , que 
hoy se llama Codera , fondeando en la ensenada de Corsarios ^ á la que llamó 
Aldea vencida , por causa de cierto combate que tuvo con los indios de sus Ui- 
mjBdiaciones , en que le hirieron veinte de sus soldados con muerte de otro. Con- 
tinuando los reconocimientos de jmerto en puerto , según declaración que en el 
pleito del Almirante prestó cierto piloto que allí iba [i), arribaron & una ense- 
nada nó lejos de la Vda de Coro , donde se entretuvieron los espedicionarios por 
espacio de veinte días, entre tanto que se restablecian con el necesario sosiego los 
heridos de la refriega anterior, y que á la par de algunos refrescos indispensables 
para continuar la navegación , se tomaron varios productos de aquellas regiones, 
tales como perlas y algún oro de muy bajos quilates. Cuando levaron anclas en 
dicho puerto, fué para reconocer la isla de Curazao que estaba enfrente, pfp- 
yectando de S-E. á N*0. sobre los 63^ de longitud al Occidente de Cádiz , y no 
mucho mas allá de los 12* de latitud Norte. De ella inventó el célebre Ve^pucjo 
una raza de gigantes que en reaUdad no existía, sin duda con objeto de dar con 
la novedad mayor crédito á sus viajes; y lu^o poniéndose las proas al O. toca- 
ron los buques en la península de ^n Román , que los navegantes creyeirifn 
fuese una isla , ha^sta que montado su cabo occidental , se ü;itrodujeron en el gplfb 
de Coquibaca , que denominaron de Venecia , por causa de cierta población que 
en su costa advirtieron fabricada sobre grandes estacas que se afirmaban en el 
fondo del mar, y que para comunicarse de una á otra casa tenian que verificarlo 
i merced de las canoas abundantes que alli habia. Reconocido y esplorado el dicho 
golfo , que hoy da nombre á toda la república de Venezuela, basta el interior de 
la gran laguna de Maracaibo, salieron otra vez á alta mar los bastimentos , ade- 
lantando por la derrota del O. y S-0. hasta el Cabo de Vela , último término de 
este primer viaje de Ojeda , por donde resulta que reconoció aquella armada en el 
nuevo continente una distancia de mas de seiscientas leguas entre los 5* poco mas 

(4) Un N. Morales qa« iba por piloto es ona ¿e lai carabalat, y daelaró largamenta en dielio pleito. 



ó wenos , y los t2* 21' de latitud Norte, por los 51* y 66" de longitud al Oc- 
cidente deijiádiz (1}. 

^ pesar de la considcral^le porción de costas é islas adyacentes que recono- 
cieron los buques de Ojeda ,• fué tan escaso el. provecho material de esta espedí- 
cion que faltó nou^ poco par^ que en ella perdieran grandemente sup armadores. 
D/josc por lo3 hombres principales de la misma que habia tendido su propósito 
al hacerla» mas que á la especulación de interesados» comerciantes, á la ij^vestiga- 
cion deintrépidqs marineros; y no falta quien murmura de la frase como frágil 
remedo d^ las verdaderas intenciones que siempre habian animado al Almi- 
rante (2). Lo cierto es, que á pesar de la prohibición consignada en la cédula ó 
permiso que se espidió á Ojeda para su viaje, respecto á no tocar en la isla Espa- 
ñola sino en caso de urgente peligro , el famoso aventurero mandó poner el 
rumbo de sus buques hacia la costa meridional de dicha isla, y desembarcando 
en ella no lejos del puerto de Jacomel en la entrada oriental de la proyincia do 
Jaragua » parece que con pretesto de carenar sus buques , se entreti^vo en hacer 
larga provisión de palo de campeche ó brasil , como entonces se decia , cuyo co- 
mercio era harto lucrativo en las naciones del antiguo continente. Pero cuando 
en tan deshonesta ocupación se entretenía, atropeliando con las reales prohibi- 
ciones los derechos de mas dignos propietarios , llegó la nueva de semejante in< 
vasion al Almirante, el cual envió para ahuyentar de allíá los raptores las fuerzas 
suficientes, bajo la conducta del mismo Roldan , con quien tan obstinadas desave- 
nencias habia mantenido por mas de. un año; y este caudillo, por lo qne nece- 
sitaba justi^carse de la antigua rebelión, lo hizo tan bien, que á pesar del par- 
tido que Pjeda supo hacerse entre algunos españoles de los que habitaban en la 
proyincia de Jaragua^ antiguos compañeros en la insurrección de Roldan , á quie- 
nes dicen que propuso una espedicion á Santo Domingo contra la autoridad del 
Almirante , dio pronto cuenta de su cometido , obligando á los aventureros al 
reembarco para tomar el rumbo á las costas de España , tocando antes en Puerto 
Rico , donde parece que cautivaron algunos indios , los cuales con las tripulacio- 
nes cansadas de los cuatro buques desembarcaron en Cádiz el dia 13 de junio del 
aqo de 1800 (5). 

La presencia de Ojeda en la isla Española causó mas graves daños á Colon 

(4) Como lis rcUcioncA de esto viaj« no dicen oon precisión el ponto do la costa á qne primero llegaron los 
W^acs en la de Snriñan, y en las cartas de Vespacio se exagera el descenso bácia la Equinoccial , no nos es fé- 
•il oi pooibla situar con exactitud los primeros términos de estas alturas. 

(2) Navarrete , tom. Ifl, fiajet menoret. 

(5^ El señor Natarrete opina qne no pudo sor la oondnecion en tan pequeños bnqnes del exagerado número de 
isdi<»8 qne nuestros historiadores afirman haber t;'ai<lo Ojeda i España como cantivos, y duda con la misma raion 
qae imdiara Terifiearse su venta en España según so desprende de lo que Herrera dice en sna Déeodat^ cuando 
precisamente los Reyes Católicos acababan de decretar la libertad de los qae se habian vendido por orden y en- 
Tia del Almirante. Nosotros croemos muy bien la conducción de algunos en las carabelas de Ojcda^ porque tal se 
certifica por la natnralesa de aquellos viajes; y ounque respecto d la exactitud déla venta no not alienta la propia 
eonfiansa, todavía nos inclinamos á creer que so hubiese íotentsdo, parlo que eoioetde el arribo y desembarco en 
Cidli een la cédala real sobre la libeitad da aquellos infelices | que se espidió en Sevilla á *iO de junio del propio 
«fie de 4500. 



270 

por la confusión que introdujo entre los españolea que en ella residían , que por 
los artículos de comercio que de sus producciones sacase : porque hallándose tan 
recientes los pasados disturbios , y mal contentos con el orden aquellos que al 
delito estaban avezados , sobraron las sujestiones de Ojeda para que en ocasiones 
vinieran i las manos unos con otros por discordaren lo de continuar el camino 
siempre blando de la subordinación ó la espinosa senda de la inobediencia. En es- 
pecial edlió hondas raices entre los descontentos la idea esparcida por Ojeda de 
la desgracia positiva en que en la corte habia caído el Almirante : como que la 
salida de España de dicho aventurero coincidió precisamente con las disposicio- 
nes que se estaban tomando para residenciar á Colon de la manera que hemos 
dicho; y aunque por entonces los buenos oficios de Roldan lograron conjurar la 
plaga que amenazaba otra vez infestar aquellos distritos, no así pudieron limpiar 
los miasmas que en la pestilencial atmósfera de la insurrección quedaron reza- 
gados. Para tomar cuerpo bastábales cualquier protesto, y la pasión mas activa 
entre todas las que avasallan el corazón del hombre acudió bien pronto en auxilio 
«de los malos procederes. 

Refugio de la viuda de Caonabó fué la provincia de Jaragua , cuyo cacique 
^ra hermano de aquella desventurada mujer á quien en su viudez habia quedado 
para consolarla una hija de singular belleza. De esta se enamoraron no pocos de 
nuestros principales caballeros , contándose entre ellos un apuesto joven llamado 
D. Hernando de Guevara , y el mismo Roldan que entonces estaba siendo el bra- 
zo derecho del Almirante. La competencia entre ambas personas debia ser tras- 
cendental , puesto que obteniendo el primero los favores de la doncella , contaba 
el segundo con su carácter indomable, con los recursos de su autoridad y con 
la seguridad de su fuerza. En tal concepto comenzó por querer apartar de Jara- 
gua al apasionado Guevara por la via de amistosos consejos, tomando protesto 
de cierto destierro que le habia impuesto el Almirante : después se siguieron las 
órdenes mas apremiantes, y cuando aquellos y estas fueron despreciadas con la in- 
obediencia, procedió Roldan á la prisión del caballero y de cuantos amigos ó cria- 
dos le protegían en sus amorosos galanteos. 

Era primo de Guevara Adrián de Hujica, uno de los mas aficionados y con- 
tumaces compañeros que Roldan en su facción habia tenido , el cual, contando en- 
tre los mal contentos gran partido, se puso al frente de una nueva insurrección 
jurando vengarse de la autoridad del Alcalde mayor de la isla , por lo que el mis- 
mo Roldan habia enseñado á despreciar otras mas supremas , como si tratara de ^ 
manifestar por semejante agresión contra su antiguo compañero, cuáles son los 
frutos verdaderos que se reservan á los traidores. Afortunadamente se hallaba 
á la sazón harto robusta la seguridad del Almirante , aun recurriendo i las armas 
para castigar á los revoltosos ; como que estando divididos por mitad sus ante- 
riores enemigos, y á la par disitiinuido el número por los que á España se ha- 
bían vuelto , contaba con sus fieles servidores para inclinar el peso de las fuerzas 
hacia el lado de la razón en la balanza de la justicia. Entonces fué cuando un ras- 



811 
go de acción » superior á cuantas ideas habia hecho coucebir Colon en su vida 
pública» le caracterizó como caudillo de los sucesos de la guerra , puesto que sa- 
cudiendo aquel baño de condescendiente transacción que en las ocasiones habia 
manifestado, cayó como un rayo sobre los conspiradores: se apoderó de Mujica 
y de sus parciales, haciéndole ahorcar del mástil de la bandera en el castillo de 
la Concepción : persiguió con estremada actividad los dispersos que buscaban su 
refugio en las distantes florestas y deliciosos bosques de Jaragua , destacando 
al Adelantado con fuerza bastante para concluirlos, y finalmente, revolviendo 
contra los indios morosos que en los disturbios buscaban pretestos para eludir 
el tributo de sus riquezas, regularizó las operaciones déla recaudación, puso 
freno á los revoltosos , escarmentó á los delincuentes , dio principio á la cultura 
de los indígenas que en abundancia se convirtieron, adoptando con la religión 
de Jesucristo la decencia de sus huéspedes en la de vestir sus carnes, y finalmente 
se apresuró á recorrer toda la isla para distribuir convenientemente el respeto á 
la autoridad constituida, siquiera mientras llevaba á debido efecto la mas escru- 
pulosa investigación que pensaba hacer , respecto á las riquezas y beneficios que 
al tesoro real podrían producir las costas de Paría y sus islas adyacentes. 

Tal era el estado halagüeño de la isla Española , cuando en ella sentó la 
planta el comendador Bobadilla el dia 23 de agosto del año 1500, para retroceder 
largamente en el camino del orden que al cabo por la fuerza se habia asegurado. 
Desde que los Reyes Católicos habian estendido y firmado sus despachos hasta 
la salida del comendador hubo de transcurrir mas de un año , como que por las 
dudas que pudieran abrigarse respecto á la inteligencia de otro navegante que 
Colon no fuera, parece se estuvo esperando el resultado de las espediciones que 
habian salido el año de 99 á investigar el mundo recien descubierto. Pero así que 
Ojeda y otros volvieron á la península con los comprobantes de sus esploraciones, 
nada pudo detener los procederes que en la corte se juzgaban indispensables para 
restablecer el orden en la isla Española , y el comendador , con todos los apres- 
tos suficientes, se dio á la vela á mediados de julio del último año correspondiente 
al siglo XV , con dos carabelas en que llevaba 25 soldados á manera de alabarde - 
ros, seis frailes, las tripulaciones de los buques, y gran cantidad de indios 
que por la reciente cédula real volvian en libertad á sus respectivas tierras. 

Los mas inmediatos procederes de Bobadilla , así que desembreó en el puerto 
de Santo Domingo, fueron tales como eran de esperar en persona que llevaba un 
despacho Real para hacerse dueño de cuanto le rodeaba , sin pararse en la inves- 
tigación de los pasados disturbios mas que para asegurar su gobierno con las 
parciales deposiciones de los enemigos del Almirante, á quienes alentó grande- 
mente en la senda de la calumnia. Para esto tomó pretesto de la sentencia de 
muerte fulminada contra algunos rebeldes que todavía se hallaban presos en el 
castillo de Santo Domingo , cuya inmediata libertad pidió con fuero de supremo 
juez al hermano de Colon, D. Diego, que como en la Isabela, estaba siendo go- 
bernador de la nueva villa ; y por lo que este se negó á proceder sin acuerdo 



^2 

áeí Atmii'ante, dio el cotnéifidaclot* jpúbüca ciienlá de todas M cárCáé y [iá^ 
téríteá reales que tráia^ y por lo tatíto, apárláádoise coiíiptetáüiétat^ déí íéá- 
tii6íe;t dé ñscal. se proclamó gobernador único y absdiuto de lá isla, thandíndóse 
éiltf'egar todos los castillos, naves, almacenes , fentás y autoridad corréspolídieri^ 
té§ á lá Corona , y lo que fué mas punible , tomando po.^sioñ de la casa d^l Ai- 
h>ir*áhíe con todos sus bienes y ctoseres, sin respeto á la propiedad dagrada^ d¿ 
^'é pafa contentar á la chusma y hacerse prosélitos, ^tisfiío á todos los ^ü^jb-^ 
^^ cUndtoá sueldos se les adeudaban, sin reparar en que di pagó correspondiese 
& Colon ó á la real hacienda, también eñ mengua de esta y siíi preceder consejó 
qftíe proclamase conveniente el acuerdo , solo por contentar á lod ambibiosoí^ y 
tener largo partido , coucedió amplias facdltades á todos los españoles para res- 
éátor ó sacar oro de las minas cuanto quisiesen o piirdtesen , sin mas carga que 
la de tina utidécima phrte para el tesoro real , en vez de una tercera mas la dé- 
cima qué antes adeudaba este ilñeli^l , objeto inmediato dé tan atentatorios pro- 
cederes. 

Llegaron las nuevas de iodo lo dicho al fuerte dé la Cóncepeiori éú la Vega 
Real, donde aut) sé entretenía el AlrÜiranté , y tan proiltó como elidís le fueron éo- 
mutiicadas, hubo de süj[^oner c^tié slquélío río tuviese mad autbrMad qué la de al- 
gún atrevido tísurparfor éón tendidas lio^tilés háéia sti ptersfoná. Púsose, pues, 
éú camino para conjurar con todo su prestigio et nuevo mal qbe ametíafóba lá 
ttítonü; pero al llegará Bonao le fueron c'omnnicadas por un alcalde ordinario 
ébpias legales de las régiaá provisiones , y entonces ya ño te qoédd m!as recUTSÓ 




que el sentimiento , por la exagerada ingratitud con que se recompensaban sus des- 
velos. Con todo» aun quiso escribir á Bobadilia» representándole la improceden- 
cia de sus disposiciones » en todo atentatorias al bien de la isk : por cuya carta, 
suponiendo el comendador una desleal resistencia , mandd cargar de grillos y echat* 
en estrecha prisión á D. Diego por si quería ayudar á su hermano para resistir- 
le : envió al Almirante ha patentes originales de su ruina , y una drden para que 
se le presentase inmediatamente, y con esto y con la inmediata sumisión que sin 
pérdida de tiempo prestd á la nueva autoridad el Adelantado que en el distrito 
de Jaragua se hallaba garantizando con su presencia la pública tranquilidad, 
bien pronto ios tres hermanos se vieron cargados de hierro dentro de una cara- 
bela que los condujo á España , con mengua del nombre español que tan grande 
escándalo toleraba. Es verdad que á la feroz ambición de un Bobadilla se opuso 
la generosa bondad de Alonso de Vallejo, honrado o6cial á cuyo cargo se puso 
la segundad de los ultrajados personajes, el cual tan pronto como se vio en alta 
mar quiso quitar los hierros á los tres hermanos , interpretando sin duda el enojo 
que el usado rigor habia de causar á los Reyes Católicos, harto ágenos por cier- 
to de que tan violentamente y de tan mala manera se interpretaran sus mal me- 
ditados acuerdos; pero el Almirante no quiso consentir en el alivio que se le 
proponia, prefiríendo llegar obediente y sumiso á la voluntad de los soberanos 
en la propia forma que su lugarteniente le enviaba; y aun después de estar en 
libertad quiso tener presentes los grillos de su desdicha, ordenando á la hora de 
su muerte que en su propia sepultura se encerrasen, como si quisiera llevar mas 
allá de la vida el recuerdo de cuanto son inconstantes y perecederas las grande- 
zas humanas (1). 

Tras de un viaje muy breve alcanzó la carabela conductora la bahía de Cá- 
diz, y las nuevas de su arribo causaron un cambio total en la opinión pública 
respecto á la que se tenia de la administración del Almirante. Los mismos que le 
acusaban en su prosperidad, no pudieron contener la indignación de sus pechos 
al verle tratado de una manera tan contraria á sus largos merecimientos : y la 
murmuración, cundiendo con la rapidez de los malos sucesos , llegó bien pronto 
hasta el regio alcázar de Granada donde á la sazón se hallaban los Reyes Cató- 
licos. Entretanto los prisioneros fueron desembarcados y puestos bajo la custodia 
del corregidor de Cádiz, no sin haber antes permitido al Almirante que escri- 
biese sus agravios á la corte, y como este, siempre digno en su porte, ignorase 
hasta qué punteóla calumnia habría minado los cimientos de su reputación en el 
ánimo de los monarcas, se abstuvo de comunicar directamente con ellos, y úni- 
camente envió una larga y sentida carta á la señora Doña Juana de la Torre, que 
por haber sido nodriza del príncipe D. Juan , era muy justamente querida de la 
Reina. 

No era menos digno aquel documento que la persona que lo habia escrito: 

^i) D. HernaB4« Co!«b. BUioria del ÁlmiranU, 

35 



I 



su estilo fué el ^\ evangelio, |)u/i^U^p^ si^rppre!» ^eco ^^mpre ^Hf^te y per- 
suasivo. Qiipj¿Ne i\fi te 'mii¡f\xcii\ (|p^ lo^ Somi^r^ ^ iiiui;giMq^a (^ 3,if suerte ad- 
versa, pero i la par eqqfiprepdía y af^|a|^{i la inj^g^jdad c^e la JM9ticia. Si mi 
queja del mundp es nuepa, deci^» ^^^^9 ^^ ^'ff?^?^ ^l ^ ^^H antiguo... 
y luego y reQr|én(|ose á ios procederes c||g Bpbadi!|a, ^ui^^l)a una saludable ver- 
dad que Duoca debiera olvidarse por quien tiene np^QO y cargo de custodiar la 
integridad de la justicia. Fo he sido muy mucho agraviado en que se haya en- 
viadQ pesquisidor sobre mí, que sepa que si la pesquisa qtie él enviare fuere 
muy grave 9 que él quedará en el gobi^^rn(f^{^l). 

LiOS monarcas á cuyos oiflos llegó el tesip de 1^ careta a^^es que los cargos 
remitidos por Bobadilla f cQmprendieron perft^ctam^^te Ifs^que contra su preci- 
pitado acuerdo resultaban en aquel senUdp escrito; pero el (^ño estaba ya hecho, 
y su enmienda, por lo tanto urgentísima, fué lo úqico áque s^ dedicaron sin 
pérdida de tiempo, enviaron despachos á Cádiz para que cuq la libertad se die- 
sen todos los respetos y consideraciones que se debij^ii á los ilustres cautivos: 
libráronles con mano pródiga largas cantidades par^ que se ataviase^ con toda 
la ostentación que á su rango convenia : hicieron pújblipp el agravio que habian 
recibido con los procederes injustos de nobadilla , cuya d^eposicion quedó desde 
entonces decretada, y con a|pundantes consuelos y promesas escribieron á Colon 
que sin pérdida de tiempo pasase á la corte, para recibir en los realjes brazos up^ 




(4) NtTtrreU, CoUccíod «le TÍajet, Uin« I. 



276 

parte de la satisfacción que sus agravios estaban reclamando. Cuando el Almi- 
rante se halló en presencia de los Reyes Católicos, fueron las lágrimas y los so- 
llozos de una y otra parte de los mas elocuentes discursos que en la regia morada 
resonaron, que no de otra suerte pudiera manifestar el magnánimo corazón de 
Isabel los tiernos sentimientos que los agravios hechos á aquel hombre eminente 
le inspiraban. Colon por su parte, al ver tan generosos afectos no pudo resistir 
á la mezcla de gozo y placer que le embargó la voz y humedeció el semblante, 
privándole con el sonido de la articulación de las palabras: era ya anciano y es- 
taba verificándose en sus afectos aquella reacción que tras del vigor de la juven- 
tud y de la entereza de la virilidad, nos devuelve la interrumpida sensibilidad para 
acercamos á la infancia cuando un solo paso nos separa del sepulcro. El rey Don 
Femando , á vista de tan tierno espectáculo tomó el aspecto de la bondad para 
proveer en justicia ; y aunque de los propósitos que allí hizo dejó con el tiempo 
de cumplir alguno , es indudable que todas sus órdenes inmediatas se dirigieron 
á la rehabilitación del Almirante. 




CAPITULO xxn. 



T«n4eaeiat ée Im tstraajerot á beneficiar ea to pro Im regiooes del Nuero M'indoi y nedUas tomajjs por loa Re - 
7et CtMlicof ptrt aplastar Im detcvbriuieii tea.— Viajo de Sebaalian Cabolo y doaenbri miento do Terranovaf de 
Tirgiaia f otroa fuatoa deU A»4riea del N.— Sale de Lisboa naeT^espedicioa i laa propias agoas : reconeoe la 
isla de Terranova y entr« en el grdfo ds San Lorenzo p da nombre á la tierra del Labrador : hace escala en las ikloa 
de BulíoHf y deteniéndose á reconocer someramente la granhahíade flu¿«on, regresa al puerto de donde h«li¡a 
eolide.— Viije do Pero Alo«so Niftoy Criatobal Goerra: aoa roanltados aboadantea en lasriqoetas adqnirrdas por 
el desenbrímionto de! criadero de las perlas.—Sale de Saltea YSeenle Yañei Pioxon, y atraTesando al 8-0. la liooa 
E^ainoccia! descnbre el primero la América del Sor por los 8* de aquellas latitudes: toca en el cabo de Sao Agii<- 
tíoy toma posetion datas «aeras tierras por la earoaa de Castilla, y Tirando al hemisferio del N. reeonoee el 
desagike del rio Meary , ea coyas cercaaiaa aoatiene na combate dtadiehado : TÍsita al rio de las imaxoiiaf : eau- 
tita afgoaos iadies y entra al fin en el golfo de Parta. Vuelve surumbo & la Española , toca en la isla Samuel é 
Isabela y y perdíeodo dos de sus buques en los bajos de ttabueea, regresa á Eapafia con muy grandes adelantos ea 
les coBoeimíeatoa de la geogr^ía , y daado á la historia aataral nacToa eatadioa.-* Viaja Diego de Lepe por las 
mitmaa agnaaque Pinxon habia surcado.— Monmiento do loa portogoctes contra los tratados.— Arriba casual- 
mente al cabo de San Agustín Pedro AUares Cabral y toma posesión para su monarca de aquellas tierras que ya 
FinsoB y tepe habiaaTÍsitado.— Espedicioa de Rodrigo de Bastidas al golfo de Ihrlen y hasta mas allá áeleabo 
de SoM JUoj aobre dieg leguas y dirigida por el eelobrado piloto Joan de la Cosa: saa descabrimienloa y resalta- 
dos. ObserTacionea respecto á la broma, y desastroso fin de los bastimentos. — Hace Ojeda su segando TÍaje ; pero 
se le rabelaa sus compaileros y le entregan preso en la isla Española. ^—PrepáraM Pinxon igualmente á «naane^ 
va eapodicioB qae no so Terifica.— Resaltado total do los TÍajos al concluirse el siglo XT. 



JlliBMTEAS que tenían lugar los agravios hechos á Colon por conducto del comen* 
^ador Bobadilla , y antes y después de la triste llegada de aquel á nuestra penín- 
sula, se habia creído necesario proveer con larga mano en las cédulas y permisos 
de descubrimientos , no tan solo para deslumhrar con las riquezas de un Nuevo 
Hundo á las demás naciones del antiguo Continente, ni para encontrar el paso 
que entonces dio en buscarse en las costas Orientales de las Indias para llegar á 
la Especería « primitivo objeto de aquellos viajes , sino mas bien eon ánimo de ade- 
lantar en la toma de posesión de aquellos paises por la corona de Castilla , á ñn 
de que otros monarcas no dejaran rezagados, como pretenrdian, en la adjudica^ 
cion de los nuevos paises , á los que con mejores derechos podían proclamarse 
sus únicos señores. 

Habían , con efecto, salido ya de Inglaterra, por el puerto de Brístol el año 
de 1497, y á favor de las nuevas que en toda Europa se habían derramado de 
los descubrimientos de Colon, algunos aventureros en cuatro buques mandados 



278 

por un Sebastian Caboto , intrépido marinero que poseído de ias observaciones 
del Almirante respecto á ia posible circunvalación del globo terráqueo , puso 
como aquel las proas de sus navios al N-0. » seguro de alcanzar por aquella via 
las costas orientales, no obstante la distancia considerable que separaba su der- 
rota de la que habian seguido los primeros descubridores. Después de navegar 
con feliz suceso , bien que sin el consuelo de ver tierra en muchos dias , el 24 de 
junio se le puso delante la de Terranova, frente ai cabo de Buenaventura; y 
como observase en sus mares una prodigiosa abundancia de bacallaos, la dio 
este nombre, que mas adelanta haliía d^artfáef sobre ella la concurrencia de las 
provincias y armadas mas comerciales del Océano. Reconocida la nueva tierra y 
tomados en ella los refrescos consiguientes , montaron los buques el dicho cabo de 
Buenaventura , y continuando por la costa algunos grados con rumbo al S O. 
fondeó en la bahía de Chesapeak, en la provincia de Virainia^ por los 56* de 
latitud N. , y faltándole las pri>visiones indispensables para continuar visitando 
aquellas tierras incultas, tuvo que volverse á Inglaterra con ánimo de aprestar 
mayor escuadra para esplurar detenidamente su descubrimiento. Es verdad que 
los preparativos que entonces se hicieron por Enrique VII para la guerra de Es- 
cocia , contuvieron por algún tiempo los progresos de la Gran Bretona en la po- 
sesión de la parte que al cabo se apropió en la repartición del Nuevo Mundo; pero 
tampoco debe dudarse que en mejores circunstancias la corte de España hubiera 
tenido mucho que temer por sus legítioMis adquisiciones, y que á la penetración 
de los Reyes Católicos cuadraba no descuidar la estension de su dominio en 
aquellos paises que el antiguo continente debía esdusivamente al valor y pericia 
de los marineros españoles (1 )• 

También se ofrecian percances que temer en los mares mas meridionales, 
respecto al famoso descubrimiento que por entonces acababa de hacer por la co- 
rona de Portugal, realizando los ensueños del célebre infante don Enrique, el 
intrépido Vasco de Gama. Doblado el cabo de Buena Esperanza después de los^ 
infifiiti>» esiiicrzos y no menores gastios qu« para conseguirlo' s(j hslblaaf béélio, e( 
m^fíiofiatln marino dié á conocer priotieaiyiente^ el sos|)ira'éd paso par^ las 'Iri- 
dia» .Omstales, de lasque^ tra^ja abundantéüs noctciad y m^y corivetoletíte^ liiuét^ 
traerrespeotoal^cafl^madeiaesp^eerfa, y como ' si la^ambibiofif dé^ia' corté pcür''^ 
tugMsaMU^ esiuvíerai satisfecha' metiQisi<qile< coi» lei^ eseldsiyé'lHatiií'der láSTégiciMé^' 
dü Owoíef, despacW eon rumiiíaálo^toiai^eS' del Norte á otto*de'sa^^mtti{ inVeK'^ 
geMes tnarinoss G«fBHr<de CortereaK quefiaitieiláif de Li>sbóli^ cM''dd§ cáMbé-' 
las en loa .pfiimards días del ano4$0&¡f alcaMbndd la prupialatitüé^éh ifu^liáfcb 
ptoyecMo «uírumbotSebasCianiCiabolOi liegé'por tai mlMiM agUJÉ^^á lá<9sbi''dél 
TertaooM^ dando nombae de k^meepcim ala bahía qtíé'hoy leW^n§é¥ira/y 
subiendo desde alli hasta los &y retrocedió por causa del escesíVé^'ft*i6 4í¿itá^ el" 



(I) No olfiJemos quo !• naeion ospañoU Jió curta Je nataraleta & Cristóbal Colon, y que todos tus descobri* 
miMttf fe. bicicron coo b |»r-it«eian y ivsilo éé 'litt«*rM modiltw j «leiiBfsIrotf ■m^íiiVH)». 



MU 

Gc^ de San Larenao , dando nombre d^ Tierra dd UArador A la que está al 
N» sobra lo6 50^, por lo que b oreyó benigna para ei cultivo. Dorante su perma^ 
Dencia é investigación por aquellas costas hubo de hacer escala en las islas de 
Bmiionf tocamlo en ei cabo Chidley , y divisando la gran bahía de Hudson , á la 
que denominó estreehp de Anión ^ de dos hermanos compañeros en su navegación 
qMasís6>llainaban; y suponimdo que aquel estrecho daba paso, según pretendía» 
á l<is Indias del Oriente , bien que no tuviese el suficiente ániniD para atravesarlo» 
sin duda por falta de provisiones, regresó á su patria con feliz nueva para au^ 
meotar ios quUates de su reputación , dar pábulo á la desconfianza de los monar- 
cas. españoles » y causar su ignorada desdicha y la de un su hermano en otras dos 
QSpedíeiones que habiendo salido de Portugal sucesivamente por aquellos rumbos» 
minea mas volvieron á parecer ni siquiera en fragmentos por tierras ni mares (1). 

Con semejantes sucesos coincidieron las esperanzas ó mejor magníficas rea- 
lidades de espléndidas riquezas á la sazón llegadas á España en otra espediciün 
q^e tras la de Alonso de Ojeda había partido para el Nuevo Mundo , regresando 
al puerto de Bayona en ¡Gralicia, algunos dias antes que aquel , tan cargada de 
perlas como pudiera de paja ^ según la frase de un historiador coetáneo (2) ; di^ 
suerte que si la ostensión de la monarquía no hubiera sido bastante aliciente para 
que los Reyes Católicos disputaran á palmos la posesión de las tierras que se es- 
taban descubriendo» la esplotacion de sus naturales tributos sería causa sobrada 
para prodigar á m^nos llenas las licencias de descubrir á particulares lo que las 
rentas existentes de la eorona no hubieran podido adelantar en muchos años. 

Fué Pedro Alonso Niño piloto de la carabela de su nombre que habia ido con 
el Almirante en su primera espedicion el armador de aquella , bien que Cristóbal 
Guerra se atribuyese la fama dando su nombre á la espedicion por lo que de fon- 
dos para su apresto le habia facilitado un su hermano llamado Luis » que era 
mercader acaudalado. Salieron de la Barra de Saltes en una carabela los dos aven- 
tureros , sin mas compañía que la de treinta y tres hombres ; y aunque por seguir 
con corta diferencia las mismas aguas que Ojeda hasta el golfo de Paria » cosa 
alguna adelantaron en los descubrimientos cosmográficos que entonces se es- 
taban haciendo » no hay duda que su espedicion se tuvo y fué en efecto la mas 
luiorativa que en muchos años se hizo al Nuevo Continente » respecto á que ha- 
biendo esplotado algunos dias antes que Ojeda la costa Curiana y el criadero 
de las perla»» sobre la isla Margarita» tuvo proporción de hacerse con gran cau- 
dal de tan precioso objeto á costa de muy mezquinas retribuciones ; de suerte que 
cuando los buques de Ojeda llegaron á Cádiz en junio de 1500 , fué negativa la 
fama que alcanzaron por el resultado del descubrimiento que hicieran en la parte 
material de sus especubciones. Con todo» su aproximación á la Elquinoccial» mas 
que otro alguno hasta entonces se habia acercado » influyó grandemente en el 

(4) Frotter» BUtoria de lot detOfihrimUiUot y viajet al JXorie, 
(2) Pedro Mártir, EpMolús. 



sucesivo proceder de las espediciooes que se siguieron , tomando entre todas la 
primacía la del célebre marinero Vicente Yañez Pinzón » fiel compañero é inne- 
gable favorecedor en la primera espedicion del Almirante. 

Con la conveniente licencia dispuso el piloto de Palos una armada de cuatro 
buques , todos útiles y bien provistos para el largo viaje que intentaba ^ y traía 
contratado reservadamente con el obispo Fonseca desde el año de 1495, y dán- 
dose á la mar en los primeros dias de diciembre de 1499 , desde el propio puerto 
que absorto habia contemplado i Colon y los suyos cuando la primera espedicion 
de las tres carabelas , puso el rumbo al S-0. después de pasadas las islas de Cabo 
Verde. Siguiéndolo por mas de quinientas leguas , no obstante haber perdido de 
vista la estrella polar , por lo que esperaban en vano encontrar en el polo del Sur 
una guia semejante; bien que aun fuese desconocida la constelación de la Cruz, 
que en el hemisferio meridional sustituye á aquella, alcanzó con su vista impa- 
ciéntela tierra del Atlántico Equinoccial sobre los 8* de latitud en el dicho hemis- 
ferio ; y habiendo llegado á un cabo que llamó de Santa María de la Consda- 
ciouj y hoy se dice de San Agustín, se procuró en él las convenientes noticias, 
que no pudo adquirir por la ferocidad de sus naturales, incomunicables á todo tra- 
to. Con todo; para dar á su desembarco toda la formalidad que se requería, tomó 
en la mano una bandera , y postrándose en tierra delante de una cruz que mandó 
erigir sobre la playa , con la fé del respectivo escribano , tomó pdlsesion por la 
corona de Castilla de aquellas tierras que hoy constituyen el famoso imperio del 
Brasil, desde el estremo mas oriental de la América del Sur hasta el gran rio de 
las Amazonas (!)• 

Verificada la ceremonia y recogidos á sus buques respectivos los que á tierra 
habian bajado , no sin hacer aguada , se volvieron á tender las lonas al viento 
que favorable á los designios de Pinzón , soplaba del S-E. para conducirle ven- 
tajosamente por la costa que se estiende desde el cabo de San Agustin' hacia 
el N-0. Antes de llegar á la línea Equinoccial , visitó el desagüe del rio Meary, 
y habiendo enviado á sus riberas algunos botes con gente de guerra para reco- 
nocerlas y tomar lenguas respecto al continente que admiraba , no tardaron en 
verse por entre la espesura sobre una colina inmediata multitud de indios pro- 
vistos de mazas , flechas y otras armas semejantes : un soldado español que hubo 
de adelantarse para no infundir temor, con pacíficos procederes les arrojó un 
cascabel en muestra de amigables rescates; pero al bajarse á cojer una varilla 
dorada que los indios le arrojaron á su vez, cargó sobre él tal multitud de aque- 
llos para maltratarle, que solo al inmediato auxilio de sus compañeros debió el 
no ser victima de aquellos salvages. En virtud de semejante alevosía , hicieron 
las espadas y picas el oficio de las razones que se habian despreciado; pero fué 
tanta la multitud y tal la fiereza de los indios , que sin reparar en las mortales 
heridas de los que yacian tendidos, ni en las diferentes condiciones de la pelea, 

(I) Na\'orrelc, Viajes menorete (orno III. 



«1 




.-''^ 



arrolljiron á los españoles, tomáronles una barca de las que en'ia playa habia, 
y á duras' penas dieron lugar á que los otros, con pérdida de algunos solda- 
dos se refugiasen á las carabelas. 

Vueltas al viento las velas, tardaron poco en gustar dulces las aguas sobre 
que aquellas flotaban , por lo que el esperto marino que gobernaba la flota la 
hizo virar al S-0. entrándose por el ya citado rio de las Amazonas , y estiman- 
do su boca en mas de treinta leguas de ancho por entre la costa septentrional 
de la isla de Marago y la opuesta del continente. Reconocidas las islas que allí 
abundan y cautivadas en ellas treinta y seis personas, atravesaron la línea los 
espedicionarios hasta recobrar la estrella del Norte; y guiando por el rum- 
bo de la costa por mas de trescientas leguas, entraron á hacer sus rescates 
en el golfo de Paria, bien que en escasa porción por lo que hallaron recelosos 
á los naturales, y ellos no muy satisfechos de la anterior refriega, de suerte 
que saliendo por las bocas de Dragos, arribaron á la isla F^spañola el dia 25 de 
junio de 1500, con la obligatoria necesidad que tenian de reparar sus buques 
y refrescar sus provisiones. Hechos los convenientes reparos para regresar á 
la península, se hicieron al mar por entre la isla Española y la de Cuba , y ha- 
biendo tocado en la Isabela, á que los indios llamaban Samuet ó Saometo, ya 
conocida de Vicente Yañez desde el primer viaje que por aquellas aguas habia 
hecho con el Almirante, tuvo la mala dicha de correr un temporal que dio al 
traste con dos de sus buques en los bajos de Babueca. Trasbordada la gente 
de aquellos á los dos restantes y puestas las proas al Oriente, alcanzaron las 
costas españolas el último dia de setiembre del año 1500, para desembarcar 
en el propio puerto de Palos con harta menos gente de la que hablan llevado, 
bien que en los diez meses de aquella singular espedicion , la primera que en 

36 



882 

el hemisferio de Occidente atravesó la línea Equinoccial , hubiesen adelantado 
por mas de "200 leguas los conocimientos geográficos del Nuevo-Mundo » dando 
á las artes las mejores nociones de sus adelantos con un riquísimo reino en que 
el palo de tinte abundaba en bosques dilatados , del que trajo para mues- 
tra hasta tres mil libras: arrancando al reino mineral algunas piedras que se 
calificaron de muy finos topacios, y estendiendo los conocimientos del reino 
animal con el hallazgo y conducción á España de la familia de las zarigüeyaSy 
estraño animal con el cuerpo y hocico de zorro, las ancas y pies traseros de 
jimia , los delanteros parecidos á los del hombre , las orejas de lechuza y debajo 
del vientre otro esterior'en tórma de talego, donde esconde sus hijuelos después 
de haberlos dado á luz, sacándolos solo para mamar, hasta que por sí mismos se: 
saben procurar el necesario alimento (1). 

Lo mismo que á Ojeda habian seguido Guerra y Niño , con algunas venta- 
jas en lo de las riquezas del Nuevo-Mundo , imitó á Pinzón el piloto Diego de^ 
Lepe, dándose al mar con dos naves un mes después que aquel lo habia hecho. 
Gomo Pinzón, pasó la Equinoccial y alcanzó por el S-0. el cabo de San Agustin». 
á que él dio nombre de Rostro Hermoso; pero en vez de torcer inmediatamente 
por la costa qve proyectaba al N-0. de aquel continente, lo verificó por el lado 
del S. ; y doblando dicho cabo, reconoció algunas leguas mas de las que su 
predecesor habia visto. El arrojo del nuevo nauta le hubiera conducido por el 
hemisferio del Sur á mas larga distancia , pero perdidas todiis las señales celestes 
porque la navegación hasta entonces se habia guiado, y faltos de las provisiones 
necesarias para esponerse á una investigación que ofrecía larguísimas cortas y 
menores recursos de los que la pequeña flota llevaba , viraron en redondo para 
dirigirse á montar el cabo, y seguir, sin saberlo, con los propios percances y 
por los mismos puertos , la derrota de Vicente Yañez Pinzón , hasta su vuelta á 
España, que se verificó con muy escasa diferencia en el tiempo y en los resulta- 
dos comerciales , así como fué parecida en lo de la pérdida de gente por la va- 
riedad de clima y por los combates con los indios. 

Como se vé por lo dicho respecto á los anteriores viajes, están fuera de 
toda discusión los derechos de primacía que autorizaban la dominación espa- 
ñola en aquellas partes ya descubiertas del npevo continente; pero como las 
leyes de la razón y del derecho se atropellan con frecuencia por los arranques 
de la oportunidad ó por la elocuencia de los cañones, no se descuidaron las 
ingleses por el Norte en preparar sus conquistas , á par que invadiendo los 
portugueses en el hemisferio occidental del Sur una parte de su territorio, 
comenzaron á .tener en poco la fé de los tratados, y solo pensaron como aque- 
llos en echar las semillas de su dominación , por medio del trato abierto con los 
naturales. 

Promovió semejantes escándalos en la parte del Sur una imprevista circun&- 

(4) Oricdo, Historia naiwcU de la* Indiat Occidentalet . 



283 

ianciap si ya no fué maliciosa por lo que atropellaI)a los acuerdos de Tordesi- 
llas y los breves del Papa » respecto á la línea divisoria que imaginariamente se 
habia trazado de polo á polo i una distancia de trescientas leguas mas al Occi- 
dente de las Islas Canarias. El reciente descubrimiento del camino para las cos- 
tas del Oriente dio lugar á que el rey don Manuel de Portugal armase una es- 
cuadra poderosa de trece naves , que bajo las órdenes de Pedro Alvarez Cabral, 
fuese con solemne embajada á los príncipes de aquella tierra » mas que para 
sentar la armonía de monarcas aliados, para combinar los tratos de interesa- 
dos comerciantes. Dados al viento los bajeles con rumbo al S. desde- Lisboa el 
dia 9 de marzo de 1500, quiso el mencionado capitán inclinarse sobre el Occi- 
dente con objeto de evitar las frecuentes calmas de las aguas de Guinea , y ha- 
biendo corrido por aquellos rumbos harto mas de lo que la necesidad aconse- 
jaba y los tratados permitian , pasó la línea Equinoccial, y sobre la latitud de 
los 10* S. echó de ver por la proa cierta tierra de la que ninguno de la arma- 
da tenia noticias. Animado por tan estraña novedad en una época en que seme- 
jantes descubrimientos estaban haciendo la gloria principal de los navegantes» 
arribó algunas mas hicia el austro del cabo de San Agustin , ya reconocido por 
nuestros espedicionarios; y tomando el propio rumbo que habia seguido Diego 
de Lepe , por lo que mas se acomodaba á la índole de su viaje , reconoció toda 
la costa que proyecta hacia el S-0. hasta llegar á un puerto que por su como- 
didad y buena disposición tomó entonces , y aun hoy conserva el nombre de 
Puerto Seguro y sobre los 16* de latitud al austro. La sencilla bondad de los na- 
turales , con quienes trató en cambios de poca monta , y la frondosidad de la 
tierra , así como ciertas noticias vagas de oro con que se alimentó la fantasía atro- 
pellando las realidades , hicieron á Gabral concebir el proyecto de adjudicar á su 
rey aquella tierra ; proyecto que si á un subdito puede disculparse por el amor 
<]esu príncipe y la grandeza de su patria, no puede tolerarse siquiera al monar- 
ca justo que tenga en algo las leyes del derecho y las condiciones del decoro. 

Tomóse, pues, solemne posesión por lo.s portugueses de aquellas lejanas tier- 
ras el dia 22 de abril, esto es, tres meses y dos dias después que los buques de 
Pinzón habian tocado en aquel continente , y aun hubiera procedido Gabral á su 
ocupación y colonización formal, si las mayores ventajas de su primitiva empresa 
no fueran tan palpables , por lo que tuvo que abandonar la nueva tierra : pero 
4)omo llevase en sus bajeles hasta veinte delincuentes condenados al destierro, 
por si pudieran servir de algo en los casos estremos , hizo con previsora política 
desembarcar á dos de aquellos para abandonarlos entre los indios , á fin de que 
se familiarizaran con el conocimiento de la lengua y costumbres de aquel país , y 
pudieran servir de intérpretes á las sucesivas espediciones. 

Semejante proceder habia usado Sebastian Caboto en su incursión por las 
tierras del Norte, puesto que á la tripulación de sus buques pertenecerian , sin 
duda, ciertos ingleses que Ojeda hallara en su primer viaje por las inmedia- 
-ciones de Goquibaooa : de donde resultó que los Reyes Gatólicos , celosos de su 



2frL 

poder y de la concesión que el Papa les había dado para enseñorearse de cuantas 
isfas y tierra firme se descubriesen en las partes de Occidente, no entrando ni en 
sus cálculos ni en las condiciones de su fuerza , la sustentación de sus derechos 
por el camino de la guerra , creyeron en el gran recurso , que pusieron en prác- 
tica, de espedir títulos de gobernadores de las respectivas tierras, a todos aque- 
llos que se diesen á la conquista y colonización de las del Nuevo- Mundo, cuidan- 
do siempre de aumentar las franquezas á los que sentasen su poder en las costas 
y provincias aun no descubiertas en anteriores viajes. 

Primer resultado de semejantes disposiciones fué, sin duda, el famoso via- 
je que para descubrir nuevas tierras^ según los artículos de la capitulación, 
emprendió por octubre de 1500 el escribano de Sevilla Rodrigo de Bastidas con 
dos bajeles de mediano porte, en que se dio á la mar desde el puerto de Cádiz. 
Sin tomar como Ojeda y Niño el camino de Párisr, ni como Pinzón y Lepe tra- 
tar de atravesar el Equinoccio, corrió hacia las islas de los Caribes, y descu- 
briendo una á que llamó Isla Verde ^ entre la de Guadalupe y el continente, se 
entró en el golfo de Venezuela , reconoció después las tierras al Sur, y al Oeste 
de Coquibacoa montó el cabo de la Vela , que hasta allí habia sido el término 
de los viajes por la parte del Septentrión en lo correspondiente á la tierra fir- 
me. Con rumbo siempre al SO. avanzó mas que Ojeda y Niño sobre ciento y 
cincuenta leguas, h»sta que corriendo por las costas de Santa Marta y y atra- 
vesando las bocas del gran rio de la Magdalena, dio vista á ios puertos de la Ga- 
lera de Zamba y de Cartagena , marcó en su diario las islas de Barú y de San 
Bernardo, descubrió igualmente la Fuerte y la TortuguiUa, tocó en el puerto de 
Cispata, reconoció el rio Stnu, y entró por último en el golfo de Darien, mon- 
tando la punt» de Caribana, Dr^spues de recorrido todo aquel profundo seno 
que se interna báeia el Mediodia como unas veinte leguas, volvióse á la costa 
esterior del continente doblando el cabo Tiburón , que sirve de límite Occiden- 
tal al mencionado golfo; y siguiendo el rumbo al N-0. hasta el cabo de San 
Blas, todavía continuó h»eia el Poniente obra de diez leguas que hay desde 
dicho cabo al puerto de Escribanos, que está á la altura de 10'' N. y 72* 50' al 
Occidente, donde puso fin á sus investigaciones. 

Así en los progresos de tan larga navegación , como en los tratos y cambios 
que en ella se hicieron , fué constante la buena dicha que guió á los aventure- 
ros, tanto por la bondad de su capitán Bastidas, cuanto por la industria y co- 
nocimientos marineros que adornaban á su piloto el célebre Juan de la Cosa; 
así fué que no faltaron al rescate de oro y perlas los indios de todos los puer- 
tos en que ambos buques hicieron escala , ni menos los marciales aprestos de la 
guerra perturbaron la recíproca armonía de los cambios. 

Con todo: por lo que tiene de inconstante la fortuna, reservaba i aquella 
espedicion el resultado mas infeliz que nunca pudiera preveerse, como que ta- 
ladrada la tablazón de los buques en toda su obra viva por la terrible brama^ 
especie de gusano de mar cuya abundancia se hace notar particularmente bajo 



28» 

ia zona tórrida , comenzaron aquellos á hacer agua en tanta abundancia , que poco 
les faltó para irse á pique. Los cuidados, sin embargo, que semejante percance 
introdujo en las tripulaciones para animarlas al trabajo constante en el desagüe 
de los bastimentos, permitieron que á duras penas pudiera llegar la espedicioná 
la isleta del Contramaestre , no lejos mas de una legua de la isla Española ; y 
después de haber carenado allí los buques, siempre observantes de las ordene» 
que les prevenían no tocar en tierras descubiertas por el Almirante, se volvieron 
á la mar con propósito de regresar á. España. Sucesivos temporales arrojaron de 
arribada en distintos puertos de la citada isla Española aquellos desdichados bas- 
timentos, hasta que hallándose en el llam^ido Puerto Príncipe , que entonces se 
deciade Jaragua, tan trabajados por los temporales y tan estropeados por la bro- 
ma, se fueron al fondo con la mayor parte de sus adquisiciones, bien que todos 
los hombres se salvasen con alguna, la mas ligera parte de sus cargamentos, de 
los cuales quemaron en la playa los que no pudieron conducir á Santo Domingo, 
y con todas las noticias de las tierras, puertos, rios, ensenadas, cabos é isla& 
que en aquel viaje se habían descubierto. 







£1 segundo viaje de Alonso de Ojeda fué casi en todo igual al anterior , bien 
que los resultados variasen hasta cierto punto, por la deslealtad de sus compa- 
iieros y subditos que le entregaron preso en la isla Española , después de haber 
\agado por las costas y puertos ya conocidos, y de haber pretendido en vano 
colonizar en las tierras cercanas al cabo de la Vela, donde se habían encontrado 
con un español á quien Bastidas habia dejado para que comunicara frecuente- 



286 

mente con los indios, cuya bondad garantizaba su existencia. También habían 
contratado los Reyes Católicos con Vicente Yañez Pinzón , un segundo viaje á 
las tierras del Sud para colonizarlas, adelantando los aprestos que ya se estaban 
haciendo con igual intención en la corte de Lisboa ; pero como los resultados de 
semejantes acuerdos ó capitulaciones se habian observado hasta entonces poco 
digno% de la cordura con que debía proccderse en tan arduas empresas, puesto 
que por acusaciones calumniosas ó verídicas de ocultaciones en lo de los géneros 
del Nuevo-Mundo , se había procedido judicialmente contra Niño, contra Oje- 
da , y hasta contra el bondadoso y desdichado Bastidas en la isla Española , ó no 
creyó conveniente el referido Pinzón esponerse sin< bastante autoridad á los car- 
gos y desdichas que las sugestiones envidiosas de la ambición sustentaban , ó sus 
negocios no le permitieron volver á tomar sobre su responsabilidad la de fundar 
en tan remotas tierras una nueva población con genios díscolos y poseídos de 
muy encontrados intereses. Lo cierto es que hasta la cuarta y última empresa 
<]e Colon, nada mas pudo adelantarse respecto á descubrimientos que aquello 
que ya estaba hecho, cuyos resultados, halagando el espíritu osado de tantos 
aventureros, la justa ambición de nuestros monarcas, las pretensiones menos 
Justificíídas de los demás Reyes de Europa y la filosófica meditación de los hom- 
bres científicos , pusieron de manifiesto á todos por una distancia de 28* d# N. 
á S., entre los 12* de latitud septentrional y los 16 ídem austral, inclinándose 
asimismo de Levante á Poniente sobre 36*, entre los 37 y 73 del meridiano de 
Cádiz, una porción de costa de mas de 800 lejguas, sin contar la que en los 
mares del Norte se estaba á la par descubriendo por los navegantes ingleses. 
Semejante resultado, debido á la pericia y constante osadía de los marineros de 
España y Portugal , fuera de lo que á la inmensa gloria de Colon corresponde, 
no hay duda que hace del último año del siglo XV una época tan brillante co- 
mo no es fácil hallar otra en los anales del mundo, ni en el' apogeo de las na- 
ciones , por lo que ú sus especiales circunstancias debieron las ciencias exactas, 
combinadas con la de la navegación, el engrandecimiento ulterior del comer- 
cio > el arte de la construcción naval , el sistema de la guerra marítima , limita- 
da hasta entonces á una táctica mezquina , y finalmente , por el vasto campo 
que se abrió en tierra y en mar á las imponderables hazañas de nuestros aseen- 
alientes. 




CAPITULO XXIU. 



Nombramiento de D. Fr. Níc'«1ás de Obando p»ra gobernador de la isla Española. ^Aprestos de su eapedicion. — 
bale al mar el día '13 de febrero de 'I50Í con soberana jorisdiccion sobre todos, los gobernadores de cuantos 
países se fueran coloniíaudo. — Temor )s de un naufragio, j escaso^ pero sensible r<>suUado de una fuerte (or- 
nienta. — ^^Proposiciones del Almirante sobrn su cuarto y iWtimo viaje en busca del estrecho que le condujera á 
las regiones de Oliente: son aceptadas, y se procede inmediatamente á la espedicion que se d¡ó al mar el día 9 
de mayo.— Socorre la plaza do Arcilla, t«ca en las Canarias, y haciendo escala en las islas do jfanlmmo y Do- 
minica llega A la altura iel puerto de Santo Domingo. -> Gestiones de Colon para entrar en el puerto: negativa 
deObando y ratones en que esta se fundaba — Señales !o próiinn tempestad aviladas por Colon, se despncian 
por quiméricas ; pero saliendo al mar de regreao para España la flota de Obando con Bobadilla y los acusado- 
res de Colon, se desata el huracán anunciado y todos perecen. — Fortuna que corrieron los buques del Almi- 
raote : su derrota: reconocimiento (?e la isla Guanaja y toma de posesión en el cabo de floneíuraf. —Frecuentes 
tempanadas hasta- el cabo de Graeiat á Diot: visita la espedicion la costa d« Motquitoi , sufre un funesto desas- 
tre en el paerto Bl<>wfiel, y fondea en San Juan de Nicaragua.— Reconocimiento de CoWa-/ltca. — Continúa la 
espedicion en busca del estrecho hasta el puerto de Escribanos, y por no haberlo hallado retrocede per las mis- 
mas aguas surcados hasta Fera^uat.— Fuodacion de la colonia para esplotar las riquezas del territorio y conti- 
naar por tierra los descubrimientos: opóoenso los naturales: calamidades que surgen de la colonización^ y ha- 
zaña especial de IVdro Ledesma. — So abondona en tierra una carabela y las otras parten de aquellas aguas con 
rambo á la isla Española. — Tempestades y peligros por el mal estado de las carabelas. — Aportan i la ealeta de 
Sania Gloria y y salvándose equipages y provisiones se sumergen los bastimentos. 



jTüe, como se ha. dicho, uno de los primeros acuerdos tomados por los Reyes 
Católicos en desagravio del Almirante , la deposición de Bobadilla por lo que 
en el desempeño de su comisión se había escedido á las verdaderas intencio- 
nes de los monarcas; pero lejos de nombrar, como parecia ji>8to, al propio Al- 
mirante para el encargo que se le habia desposeido con tanta ignominia , pf^sá- 
roDse en la balanza de la buena política los consejos de la prudencia , y á Qn de 
evitar nuevos escándalos y posibles venganzas , con muy suaves palabras y lar- 
gas promesas se detuvo á aquel en Castilla por término de dos años , prove- 
yendo el gobierno de la Española en la persona de Fr. Nicolás de Obando, co- 
mendador de Lares en la orden de Alcántara , el cual por su justificada integri- 
dad y amor á la justicia, asi como por su alta capacidad, esquisita prudencia 
y sobrias condiciones, se juzgó á propósito para tomar las riendas del gobierno 
de aquellas posesiones , en donde los disturbios del tiempo de Colon y la pé- 
sima administración de Bobadilla habian trastornado todos los lazos de la buena 
disciplina. 

Cuantos buques venian de Santo Domingo, denunciaban, con efecto, tor- 



288 

pes abusos y manifiestos agravios , en tanto que la administración de Bobadiiia 
no dejó de sentirse en la isla Española; y si bien es cierto que á pesar de haber 
disminuido la parte de derechos que debian pagar á la corona los que esplotasen 
las minas, las rentas habian rendido tan grande^ productos como no se babian 
logrado jamás en tiempo del Almirante, no es verdad menos positiva que seme- 
jantes ventajas se debieron á las arbitrarias medidas del gobernador, por cuyas 
órdenes, contrarias en todo i los líeseos de los monarcas, se estableció la escla- 
vitud regularizada de los indígenas , repartidos como bestias para el trabajo en- 
tre todos los españoles. 

Con todo: estaba ya espirando el año de '1501 , y todavía se continuaba la 
permanencia deObando en España, no tanto por la dificultad natural de los in- 
mensos aprestos que se hacian para proveer la armada que liabia de conducirle, 
la mayor que hasta*entonces se dispusiera á engolfarse en el Océano; sino por 
los meditados acuerdos que, en virtud de los descubrimientos mas recientes, se 
vieron precisados á tomar los Reyes Católicos. 

La considerable estension de tierra firme que desde Lepe hasta Bastidas se ha- 
bía adjudicado á la monarquía española , y la conveniencia reconocida de poblar- 
la con colonias importadas desde el viejo continente , de las que reconocieran el 
señorío de nuestros reyes, como igualmente la multitud de islas que en el mar 
de las Antillas se babia reconocido de grande utilidad para el comercio, todas fue- 
ron causas bastantes para que al decretar el envío de una persona con plenos po- 
deres para el gobierno de la Española , se procurase también subordinar los de* 
mas gobiernos que por aquel hemisferio se establecieran en adelante, ya que los 
matos ejemplos de sucesivas espediciones , en que las rivalidades sofocaron todas 
las garantías del primordial objeto, que era la colonización, habian acreditado la 
necesidad de someter á la acción de un poder superior todos los atributos de los 
demás poderes. 

Al mismo tiempo se entendia en las reparaciones materiales que al Almirante 
ae debian, con tanta mas razón, cuanto que cediendo á otra persona los cargos 
que á él y nada mas pertenecian de derecho , según el contenido de anterio - 
res capitulaciones , convenia á los monarcas desplegar en todo lo demás con- 
cerniente á su persona tal celo , que mitigase la acción arbitraria de sus dispoai- 
eiones. Dióse, pues, comisión al nuevo gobernador de* la Española, para 
tomar residencia á Bobadiiia de todos los actos de poder ejercidos desde el mo** 
mentó de su arribo á Santo Domingo : sobre todo se le ordenó que tan pronto 
como' llegase á su destino procurara indemnizar al Almirante en la persona de 
Alonso Sánchez de Carbajal que llevaba sus poderes , de cuantas cantidades y 
demás objetos le habia despojado Bobadiiia, satisfaciéndose de los bienes de 
este cualesquiera otros que i Colon se hubiesen enagenado ó consumido , y de 
las rentas del país la parte que en el oro y demás objetos le tocasen antes y 
después, según las capitulaciones que sirvieran de base para el primer descu- 
brimiento. 



889 . 

Coa tales prevenciones y otras que tocaban directamente al sin número de 
restriccioaes con qoe se hizo» menos provechoso de lo que pudiera haber sido 
por cerca de trescientos años» el- comercio de nuestras posesiones trasatlánticas, * 
se embarcó por fin Obando con regia comitiva de guardas » escuderos y criados» 
en la armada de treinta buques que le aguardaban en el puerto de Cádiz , de los 
coal* eran cinco naves de mas de ciento y cincuenta toneladas, j los otros ca* 
rabelas de mucho menor porte; conduciendo entre todos sobre dos mil perso- 
nas, en que se codtaban oficiales y artífices de todos los oficios, y algunas fa- 
milias enteras, para echar los cimientos al mejor régimen de la colonia* Puestas- 
ai viento las velas de todos aquellos buques desde la bahía de Cádiz el dia 15 
de febrot) de 4502, á vista de la multitud que se agolpaba en el muelle con 
distintas afecciones, comenzaron los buques á nav^r prósperamente con rum- 
bo i las Canarias; pero cuando apenas hablan avanzado algunas millas, sobre- 
vino contra eUos tan recia tormenta, que en breve se vieron forzados, para 
no perecer, á echar al mar la mayor parte do sus enseres, cuyos restos, der- 
ramados poco á poco en las playas inmediatas al puerto de la partida, hicieron 
correr la nueva de que toda la armada se habia perdido. Semejante noticia, 
propagada con la celeridad que es común á los malos sucesos , consternó de un 
modo lastimoso á cuantos habia interesados en el feliz viaje de aquellos buques: 
en particular los Reyes Catctticos que tanto se hablan esmerado en su apresto, 
negaron su presencia por mas de ocho dias á cuantas personas quisieron ha* 
blarles, por lo que les afectaba la desdicha de tantas víctimas ; pero en segui- 
da se rectificaron aqueUas especies con mas seguras noticias , por las que re» 
saltaba qoe solo un buque habia perecido, y con A hasta el número de 120 
personas; los otros pudieron reponerse ya unidos de nuevo en la isla de la Go- 
mera, desde donde, engolfándose en el Océano, llegaron el dia 15 de abril al 
térmiiio de su viaje , sin mas peiigroe ni contratiempos; 

No estaba ocioso entre tanto el Almirante, que sin embargo veia escapar- 
sde de las manos todos los honores que por su industria habia adquirido muy 
justamente. Su ambición se apartaba de los bienes perecederos , y siempre cons* 
tante en sa propósito de circumbalacion de nuestro globo , se propuso otra 
vez ponerse al frente de los descubrimientos, con mas altas tendencias que los 
que basta alU le hablan seguido. Los descubrimientos de Pinzón y Lepe en el 
henúsferío del Sur , y por el Norte los de Niño y Bastidas , asi como las noticias 
que se tenían de los viajes que sobre los sesenta grados de ktitud septentrio- 
nal habían practicado Caboto y los Gorteredbs, le infundían alguna vez las sos- 
pedias de que fuese todo aquello un nuevo continente muy distinto del que 
hasta allí hablan habitado las razas civilizadas, bien que permaneciendo mas 
apegado á las sagradas doctrinas, volvia con frecuencia á su ilusión de que ha- 
bían descubierto las costas mas orientales del mundd conocido. En ambos ca- 
sos le aconsejaba la razón ciertas teorías que estaban muy dbtantes de ser ver- 
daderas; pero él las aceptaba con todo el fuego de su rica imaginación, y por 

37 



. 390 
coD66CU6Dm de ellas habo de proponer á los Reyes Católicos, que en so com- 
placencia se esmeraban, las condiciones preliminares para su cuarto viaje. 

Si las Indias por industria del Almirante descubiertas , no eran acaso las 
mismas que los portugueses habían bailado doblando el cabo de Buena Espe- 
ranza, todavía se figuraba que por algún estrecho de aquellas se había da 
comunicar con las regiones del Oriente ; y en tal caso , recordando su Cbste^ 
meridional de la isla de Cuba , á que él , de acuerdo con todos los individuos 
de tos buques que mandaba, habia dado el nombre de Tierfa firme, y tenien-r 
do i la vista las noticias del viaje de Bastidas por las costas occidentales del 
continente hasta el istmo de Panamá , las cuales se prolongan paralelas á Santo 
Domingo , Jamaica y Cuba , daba por seguro que doblándose las de esta hacia 
el Sur , como lo habia observado en el término de sus investigaciones, irian 
acercándose á las de Bastidas, ma3 al Oeste del puerto de Escribanos, para for- 
mar el estrecho de comunicación entre ambos mundos : hipótesis que confirma- 
ban en su mente la dirección y la violencia que habia observado en las corrien- 
tes de aquellos mares. Pero si al contrario resultaba mas verdadera su favorita 
suposición de haber llegado á los últimos limites del mar en las regiones orien- 
tales, entonces, dando como natural la rusticidad de4os habitantes de aquellas 
costas, por lo que se apartaban de la civilización con sus esclusivas tendencias de 
sencillos pescadores , también apreciaban grandemente las condiciones de aquel 
estrecho ó golfo que sin duda le conduciria hasta las bocas del Ganges (1). 

Espuso, pues, su doctrina en la corte, y aunque algunos parciales de Fon- 
seca trataron de desacreditar su empresa antes de comenzarla, hablando de la 
falta de fondos y del esceso de los gastos que aquellos viajes producían no sien- 
do por cuenta de particulares, los Reyes que veian los resultados que á Portu*- 
gal rendian sus espediciones, aceptaron gustosos los capítulos, creyendo con 
justicia que, en cualquiera de los dos casos ó suposiciones, ningún otto mari- 
nero que Colon habia de ser tan diestro en facilitar el trato y, comunicación que 
con el Oriéntense deseaba. Diéronle, pues, con nuevas concesiones y con la ra- 
tificación de todos sus anteriores privilegios, transmisibles ¿ sus descendientes, 
cuantos recuri^s necesitó para el apresto de su armada , que esta vez se com- 
puso de cuatro carabelas de escaso porte , y tripuladas nada mas que por ciento 
y cincuenta personas, entre ellas el adelantado D. Bartolomé, y D. Femando 
Colon , el hijo natural del Almirante , que á la sazón contaba trece anos. A su 
otro hijo D. Diego dejó encomendados sus negocios en la corte coa duplicadas 
copias legales de todos sus privilegios , para el caso de una posible -desgracia: 
hizo donación de cierta parte de sus rentas al común de Genova pfra alivb de 
los derechos del trigo y otros artículos en favor de los pobres de su pa* 

(I) Tal«s ton lot cálcBlot qiM ie despr6Bil«A á&lñ carU etcríta p*r Colon en Unáiea oda fecha-? ile jidie 
¿t 4503 y dirigida á los Beyes CaUlieof, oon notieiaa cireaneladeiadaí de eae traba joe é iorestigaciones, donde 
■e lee: iTambien dicen qne la mar boxa á C^iMirf, y de allí á diei jornadaB ee el río de Gangu$i.* NaTairele, 
Micción d$ viajéi, tomo I. 



) 



291 
tria (1)^ 7 con teles cargos cumplidos, se dio á la mar del puerto de Cádiz en 
d año de 1S02, el dia 9 de mayo. 

En vez de dirigir el rumbo como otras veces á las Canarias, por la que era 
costumbre de reponer las provisiones gastadas en ten corte travesía , se tomó la 
derrota de los costas de África para dar socorro á la plaza portuguesa de Ar- 
cilla, que á la sazón tenian allí bloqueada con marcial empeño las fuerzas ma* 
rítimas del rey de Bfarruecos. Por fortuna cuando la flote de Colon dio viste á 
hs playas africanas ya las galeras moriscas surcaban fugitivas las aguas del 
Oe&AO, de suerte que á nuestos buques no les cupo otra gloria que la de em- 
prender su persecución , bien que lejana , para aumenter en lo posible la ig- 
nominia de que ya aquellas iban cubiertas. 

Sobre la altura á que se encuentra la- ciudad morisca que dio nombre al fa* 
moso imperio de las playas africanas , torció Colon de sus boques el rumbo lo 
bastante para colocarse en la derrota de las Ganarías, á las cuales arribó para 
hacer aguada y provisión de lena, saliendo otra vez al mar el dia 2K de dicho 
raes de mayo con tan próspero viento de los constantes , que sin mudar una 
vela llegó á la isla de Mantinino (2), en las de los caribes, el dia 15 del si- 
guiente junio. Después de solazarse en eHa tres días sus gentes, y volver á to- 
mar leña como en las Canarias, desde la parte occidental de Hantinino subió la 
flota á la Dominica, separada de aquella unas diez leguas (3), y luego', aban- 
donando por conocidas las Antillas menores, navegó por la costa del Sur de 
Puerto-Rico hasta la Mtrada del puerto de Santo Domingo eñ la Isla Española. 

Cuando se vio el Almirante tan cerca del parage donde habia recibido los 
mayores agravios de sus enemigos , quiso ostentarse otra vez restablecido en el 
libre ejercicio desús acciones, bien que no con el poder inmenso que en ante- 
mres ocasiones allí habia ejercido. Tomó por preteslo el cambio de un buque 

('I) Procarando guiar aaestra pablicacioa mas eapccialmeiite con documentos inéditos, hemos eifaÍTOcado Ua 
refteiionea relatiras á la rardadera patria de Colon, por haber sido apócrifa la copia que poseimos de su testa- 
■anto. C«aialt«do das pnes este ean mejor critario, nos hemos «oaTencido de qne Colon fué Terdaderamen^ na- 
tural de la propia ciudad de Génora, según lo afirma en dicho su testamento presentado en autos del pleito qne 
le siguió mas adelante sobre la sircesion de su casa, en una de cuyas cláusulas dice asi: .Iten: mando al dicho 
dea Diego, mi hijo, ó á la persona qno heredare el dieho mayoraigo (insiiluyólo el Almirante por facultad real 
concedida á^5 de abril de {497), qne tenga y sostenga siempre en U <fludad da Génora nna persona da noeatro 
linage qne tenga allí casa é mujer, i le ordene reata con que pueda vivir honestamente, como persioia tan 
llegada á nnaafro linage, y haga pié y rait en la dicha eindad como natural della, porque podrá hab^ de la 
dicha jríndnd ayada é favor en laa ooaaa del meneater anyo, roes <H)B DBLLA salí T EN IIX4 llACt.> Con eaCa 
declaración ten clara y conclnyente, creemos que quedarán para lo sucalivo desvirtuados cnantoa argumentos 
se han escrito para probar por distintas vias la misma verdad ú otra on contrario. 

. {%) Bl aeftor Navacreta en su Colección ¿9 Vinjoa supone fuese dicha isla la que hoy m llama de Santa Lucia, 
y Waainthon Irving cree que era la Martiaiea» Las eondieionea con q,na la describe don Hernando Colon que 
iba en el viaje convienen mejor con la opinión del señor Irving, y por la situación respectiva de >mbaB con la 
Dominiea , de que también se trata, parece mas ajustada la opinión del seSor Irving. La cuestión, sin embargo, 
aa de poca monta, y por lo miamo no oreemos oonvenionto analiiarla con mas detenimiento. 

(3) La distancia de Santa Lucia á Dominica es harto mayor qne la de Martinica á la misma Dominica : como 
que la Martinica está en el medio do las dos, y por sus mayores condiciones avistándola , como era forioso, no 
pasaiia deaapcrfibida per loa qno en Ita otraa, mas inaigttiietntea , haeian oséala. También conviane advertir que 
siendo la Martinica muy alta y pudiéndose divUar deede qminee legnaa á la mar, necesaríanente jwria la prit 
mera á ^e se dirigieran loa buquesj 



292 

poc6 velero y de escaaiis seguridadeé, y en tal concepto envitf á tíem^nn bote 
con la nueva de su aproximación para suplicar á Obando que le diese' franea en* 
trada; pero asi el niievo gobernador de la isla como el mismo CcJon teman *i^- 
les instrucciones en contrario , y el permiso fué negado con sobrado esaiadalo 
de los que tal desaire entendieron , bien que por culpa de quien %ú trataba de 
quebrantar los reales mandatos^ por lo que la* vanidad ó la ostentaron frivoh 
de merecidas consideraciones suele cerrar las. puertas del entendimiento. 

Por mas que no gustase á Colon la ne^atiira , que al cabo en tierras propias 
se le hacia» no vaciló en conformarse con el cumplimiento de lo mandado; pe« 
ro como á la sazón estuviese para darse á la vela de regreso á España la con- 
siderable escuadra que habia conducido Obando, y en el cielo observase el 
femoso marino intachables señales de próxima tormenta, todavía volvió á entrar 
en el puerto de SantQ Domingo el bote mensagero á suplicar que no saliesen al 
mar los buques hasta que pasada la tempestad evitaran un posible naufragio. 
£1 tiempo estaba sereno , el cielo despejado » y la profecía de Colon se tuvo por 
una quimera: es verdad que contribuian á su descrédito de una parte los de^ 
seos que la gente de mar tenia de volver á España, y de otra- la voluntad con 
que apresuraba el nuevo gobernador^el envío de Bobadilla con todas los de^ 
lincuentes que hablan tomado parte en las insurrecciones y trastornos de la is- 
la en el' tiempo que la gobernara el Almirante* 

A par que los buques de Colon siguieron su ruta cercanos, á la costa de la 
ida Española siempre recelosos del anunciado peligro, diéronse á la mar los de 
la grande armada, tan confiados en las apariencias de su feliz regreso como si 
dispusieran á su gusto dé los elementos ; pero cuando apenas se hablan aparta* 
do del puerto algunas millas los azotó el huracán repentino , con tal form qne 
en su mayor parte perecieron entre las ondas, si^ido muy pocos los quedes* 
trozados ó inútiles pudieron alcanzar su salvación en el mismo puerto de Santo 
Domingo. Una sola carabela, acaso la mas débil. d& la flota, corrió la tormen- 
ta con felicidad , y aportó segura á las playas de España , lo cual se tuvo por 
milagro respecto de venir en ella el interventor enviado por Colon para el res- 
cate y conducción de sus bienes y caudales. Todos los que á la corona pertene* 
cian se hundieron en la profundidad de aquel mar proceloso, que á la par dio 
triste é ignorada sepultura á Bobadilla , á Roldan y á todos los que , por tan 
culpables medios como referidos quedan , hablan dispuesto la ruina del Almi- 
rante; de suerte que á no haber perecido allí gran número de inocentes, bien 
podría atestiguarse con aquel desastre, la indeclinable justicia de la Provideneia. 

Entré tanto los buques de Colon también sentían los efectos de aquel violento 
huracán, cuyo bramido repetidas veces les anunciaba la mas funesta desgracia. 
La carabela capitana se sostuvo á la capa cercana á la costa; pero las otras, sin 
el necesario conocimiento de la misma , y por temor de estrellarse contra alguna 
roca ó de abrirse en algún banco desconocido, se engolfaron en alta mar, donde 
la rudeza de la tempestad no las permitió permanecer juntas. En mas de una oca- 



203 




ttOD 86 auguró 6n cada una el naufragio de las otras, y el mismo Colon llegó á 
suponer tamUen que ae habrian perdido todas; pues tal era U violencia del hu- 
racán que impoaiUe parecía el que ninguna en alta mar se salvase. Pero des- 
pués de varios diaa que sin rumbo cierto confian á merced de los vientos y de 
las olas, serenada la tormenta y llenas de averías se juntaron las cuatro en el 
Puerto Hermoso al Occidente de Santo Domingo, donde hoy se dice la grande 
ensenada de Ocoa, y después de repararse allí en lo posible, volvieron á la mar 
para entrar de arribo m el puerto Jaquemel, donde permanecieron basta el dia 14 
de julio guarecidas de otra tormenta menos peligrosa que se siguió á la primera. 

Reparadas ya las averías que en tanto peligro halñan puesto los bajeles, se 
hieiamiá la mar con rumbo al O. 1[4 S. O. para tocar el 16 de julio en los 
cayos de Morante f donde se entretuvieron en hacer aguada profundizando la are- ' 
na para obtenerla , después de cuya operación , volviendo i hincharse las lonas, 
navegaroA algunas millas á Occidente basta que, cesando las brisas y quedando 
los buques á merced de las corrientes, fueron conducidos por la derrota del N-0. 
hasta el grupo de las isletarque en el S. de Cuba habia llamado Colon en su 
segundo viaje los Jardines de la Reina*. 

Tan pronto como permitieron los vientos navegar otra Tez se entregó al 
mar la flotilla virando con dirección al & O. , con lo cual, tras de algunoa dias 
de navegación, arribó á una isla pequeña, bien que levantada y tan galana en 
vejetadob como cumplia á la vista de los ansiosos navegantes. Por ios robustos 
pinos que en ella ae elevaban con preferencia sobre todoa Iúb demás arbustos, 



9M 

qaiso darla semejaate nombre el Almiraate; pero sea que ya lo tuviese otra,, 6 
bien que á los sucesivos poseedores do les pareciese mal el que los naturales le 
daban» conservó siempre el de Gudnaja con que aun boy se distingue, sobre los 
16* de latitud N. y no lejos de los 80"" de longitud al Occidente de nuestro meri- 
diano. Allí desembarcó el Adelantado con algunas fuerzas para tomar lenguas de 
los naturales, que sin miedo ni admiración al ver á los europeos entraron eon 
en ellos en suave trato , manifestándoles por señas las riquezas en que abundaban 
ciertos países al Occidente» de donde apababa de llegar una muy .grande canoa 
provista de armas tales como espadas de^ madera con guarniciones de piedra, 
cortantes hachas de cobre y algunas bagatelas como campanillas del propio me- 
tal, vasos de mármol y de barro, etc , con lo cual se confirmaron las noticias de 
los isleños respecto á las regiones mas cultas y abundantes que en el O. existían. 

G>n todo , y á pesar de las instancias que hicieron al Almirante varios de la 
comitiva , como era su primitivo objeto encontrar por las inmediaciones del gol- 
fo de Paria el estrecho que buscaba para llegar áJas Indias del Oriente » vol- 
vióse á la mar decidido á alcanzar las costas de cierta tierra que al S. divisaba, 
para tomar con ellas su propia dirección hacia el Oriente, seguro de que le con- 
duciría su fortuna al paso que buscaba. Llegó, con efecto, tras de corta nave- 
gación al cabo de Honduras , al que entonces llamó de Caadnos por cierta fruta 
que en él abundaba, y otra vez el Adelantado salió á tierra para adquirir noti- 
cias el día 14 de agosto y oir misa sobre la playa : eeremonia á que asistieron 
en su mayor parte todas las tripulaciones de los.cuatro bastimentos. El 17 algu* 
ñas millas mas al Oriente del cabo de Honduras , volvió á tierra el Adelantado 
con mucha gente de guerra en marcial ordenanza: y tremolando las banderas de 
Castilla al son de las cajas y trompetas pregoneras de la ceremonia, se verífieó 
la toma de posesión con todas las formalidades que eran consiguieirtes al acto. 

Tras de ella, y.liabiendo recibido con algunas noticias sobre el territorio, 
varias provisiones de los naturales, ya reembarcadas las gentes se dieron al 
mar. los bajeles, con vientos contrarios, para seguir el rumbo que Colon se 
habia propuesto. Cop todo; el Almirante no quiso destruir por semejante causa 
su propósito, antes bien, bordeando la costa hacia el Oriente, y sufriendo la 
mas terrible y constante tempestad, que liasta entonces habia visto, alcanzó el 
cabo de Gracias á Bios el dia 14 de setiembre, tan cansado y aburrido' de la 
fortuna, como si nuevo en el oficio jamás hubiera esperimentado el mas ligero 
contratiempo. Es verdad que los padecimientos de aquella travesía no pudie- 
ron compararse con los que naturalmente se desprenden de una tormenta 
cualquiera por peligrosa que sea, puesto. que alU, fatigados los marineros, 
apocados los hombres de guerra,* desorientados los pilotos sobre nna costa des- 
conocida, y horadados los bajeles por la influencia de la terrible broma, per- 
didos los botes en dos de ellos, resentida la arboladura > y faltos, en fin, de 
toda esperanza, al impulso de un temporal que eon muy cortos intervalos habia 
soplado furioso y constante por espacio de dos meses , ni Iss fuems humanas 



295 
teaiaiíi poder bastante para hacer frente ¿ loa trabajos sucesivos de semejante á^ 
tnacioD, ni el espirito era capaz de permanecer enaltecido, por masque le 
alentase la mas grande de las empresas. Luego sobre el Almirante pesaba el 
grave cargo de haber comprometido en aquella » contra la propia voluntad , á 
su hermano el Adelantado, y sentía á lá vez los peligros donde había lanzado á 
su hijo D. Femando en la temprana edad de 15 años: de suerte qub todo el 
temple de su ánimo no bastaba para sustentar la flaqueza de su cuerpo , ni los 
temores de cuantos se habían entregado á sus vastos conocimientos.. 

Por fin, dobkndo el cabo ele Gracias á Dios, que tal lo nombró Colon por- 
que en su altura descansaron las tempestades , viraron al S. los buques para 
seguir por toda su ostensión, la que boy se llama cosía de Masquiíos; pero 
eomo á las seswta leguad, poco mas 6 menos , hubieran entrado en un puer- 
to, el de Blewfielf para reponerse algún tanto de los pasados trabajos y hacer 
aguada y lefia , se entraron los botes por el curso de cierto rio que allí de- 
semboca, y al regreso, levantándose repentinamente el mar causó tan grande 
conmoción ea su choque con las aguas de dicho rio, cual fué bastante para 
sq[>ultar en sus mezcladas ondas uno de los botes con todos los infelices ma- 
rineros que lo tripulaban. Colon puso á aquella siniestra vertiente rio dd De-- 
sMre^ y se apresuró á abandonar el. puerto de tal desdicha para fondear el 
dia 25 en el de San Juan de Nicaragua, donde se trató largamente con loa 
naturales, en tanto que se repararon los buques y se refrescaron las provisiones. 

Tomando de aquellas tierras algunos indios para intérpretes, se introdujo la 
flota por la que se llama Cosía Rica, en cuyos puertos, haciendo escala siem-, 
pre que las circunstancias lo aconsqabtn , tuvieron ocasión los aventureros de 
observa la pureza del oro que isus naturales usabaa por adorno , y á sus in- 
fotmacienes debieron también las noticias de que en aquellas tierras era ar- 
tíeub de eatremada abundancia. Guando las tendencias de la primera espedi- 
cion tenían por objeto principal el hallazgo de riquezas, cualquiera que fuese 
el pais en que se encontrasen, sin duda que las muestras adquiridas en la 
Costa Rica hubieran parecido mas que suficientes para colonizar en ella y es- 
plorarla con especial detenimiento; pero* como en el caso que referimos pre- 
dominaba la idea de buscar un paso á las tierras que habían halbdo los por- 
tugueses viajando al Oriente, Golon'no se entretuvo gran cosa por entonces-en 
los rescates, y siempre animado en su propósito continuó reconociendo por el 
rumbo oriental hasta el puerto de Escríbanos, ya visitado por Bastidas. Sea 
que entre los marineros de sus tripulaciones hubiese algunos que en la espe- 
dioon de Bastidas asistieran , ó bien que antes de salir de Cádiz el propio Colon 
hubiera adquirido exactos conocimientos de los parajes en- que aquel tocara, 
lo c^to es que se abandonó el propósito ile hallar el estrecho apetecido, y to- 
mando distinto rumbo con la imaginación del Almirante, los buques que manda* 
ba , retrocedieron por las aguas que habían seguido. 

Era entre los puertos visitados^ al navegar la costa el de Puerío^fielo que 



996 
mas había Umádo lOs dáseos de aquellos avmtoreros, por lo <^e sbs oondieio- 
nes se sojetabaná la cooTeniencia de an espacioso á par que seguro andage: 
por cuya razón, abandonando el hallazgo del estrecho» vohieroa los buques 
con dirección al Occidente hasta alcanzar dicho pu^to el dia 5^ de diciembre* 
Pero en el tránsito anterior habiap adquirido noticias de inmensas riquezas' der- 
ramadas )>or la naturaleza en tierra de Veraguas, todavía mas al Oeste, y por 
loque convenia ¿ Colon justificar las condiciones de aquella empresa, vdvid 
al mar el dia 6 con ánimo de situarse en parage mas conveniente y coreano á 
la esplotacion del terreno. Pero tas tormentas que tanto le habian trabajado en 
aquella espedicion , volvieron á dar cuenta de su terrible iniuencia b^o los 
trópicos , y por üueve días corrieron en alta mar los^bajeles la mas furiosa que 
hasta entonces habian sufrido; tal, quedándose por perdidos marineros, sol- 
dados y pQotos , repetidas veces se confesaron públicamente y en alta voz para 
reconciliarse con la divina misericordia, cuyos efectos aguardaban de un mo- 
mento á otro. Por fortuna , tras de nueve dias de angustias y zozobras oesó en 
parte aquella que en tantos peligros les pusiera, y juntos de nueiro los buques 
lograron tres dias de reposo anclados en un canal de lá costa; pero tan luego 
como volvieron al mar se reprodugeron los vientos encontrados, que levan^ 
tando las olas de su natural asiento ^ sin .duda tos hubieran sepultado á no pres- 
tarles grato refugio otro puerto mal seguro en que estuvieron anclados desde 
el 25 de diciembre de aquel desdichado año, que por fortuna eonduia, hasta 
el 3-de enero del año siguiente, entreteniéndose mas bien que en los cambios y 
esploradones especulativas , en la carena de una carabela á que los, embates de 
las fortunas anteriores habian complétamete desguazado , y en la reposieien de 
algunos víveres. Finalmente : el dicho dia 3 de enero , volvieron á la mar los coa* 
tro bastimentos,' y después de acercarse á reconocer el rio de Veraguas y ojtro 
que corre á corta distancia por el Oriente, entraron las carabdas en el según* 
do, á que llamaron de Belén, de^es de un mes pasado para, atravesar hi insig* 
nificante distancia de treinta leguas que á la sazón las separaba de Puerto 
Belo, 

Dados ya los aventureros á reconocer la rica provincia en que al cabo habian 
sei^do la planta tras de tan laicas fatigas y singulares peligros , no tardó la 
acalorada fantasía del Almirante en acariciar en su* mente taa erróneas ideas 
comerlas que se habia forjado en el costeo de la isla de Cuba. Gansado de bus- 
car en vano el estrecho apetecido para las Indias del Oriente^ y llegando 41a 
parte en que los navq^antes españoles habian marcado el Umite de sus desen* 
brimientos , renunció al hallazgo del paso , seguro de que habia perdido el tiem- 
po inútilmente en semejante objeto ; y como coincidieran con sus nuevos cálculos 
las riquezas del pais en que descansaba, y las nuevas que del interior adquiria, 
desde luego se ratificó en que del mundo conoddo habia bailado los términos 
orientales: que de la costa rica distaba muy pocas jomadas el Gange, y por lo 
tanto , que no mas Iqos se hallarían las opulentas regiones de li^ especer&t an como 



la eulliira y eBpIndor ele que fratabaD las aotígAaa gedgrafiba y los poetmo-^ 
raa.viajerM. 

Tan. erradas, oonvieeionea^e acaríeíaba ea la mente non todo «I enttniaar» 
no. de aa aoalorada fontasía, le- hicieron revolver eattanos cálculos respecto á 
la fytíñst y magnitud del globo >ternl({a^, suiíontendo otta descripción geo* 
grifiea nas: cabal y exacta que onañtas basta enloncea se habian combinado: 
atvevbla aupofflcioni y fevant|da . exigencia qaa los recocieoiaiientos posteriores 
destruyeron por su base, para humillación oportuna de la bomaoa sabiduría. 
1X6 por sentado desde biego qnelá mole dé nuestro globo no tenia tanto diime- 
tro coma sé suponía, acortando cada, grado, de «b linea equinocdel á cincuenta 
y seis muías y dos; teroios^.y r^^qdopor consiguiente la longitud en SXf (1); 
y apresurando la idea de establecer la eomuoioacion mas directa eon aquellas 
tierras, de las. que pensaba adjudicíaur una parte muy estensa á la corona de 
Castilla, desde lu^o mandó echar en tierra todas las gentes ínnecssaris» al ser* 
mo de los bajeles, conámmo de fundar una colonia según faabia procedido en 
la isla Española , y tener una base de operaciones en las que suponía que ha- 
brían de hacerse, hasta alcanzar las ricas proviocias descritas por HarcoPolo 
en los límites del (Viente. 

A la vista desemejante invasión, por mas qué la rustitídad del estado saU 
vage no perañtiera alcanzar á los naturales su Verdadera tendenda, no deja* 
tea de alarmarse con propósito de rechazarla: que al cabo la propia defensa 
es una condiieion inseparable del hombre en cualquiera estado de civilización 
que se encuentre, y la agresión de los aventureros españoles no pedia ser mae 
evidente, aun á la vista d inteligencia del mas exagerado idiotismo. Así, unas 
veces por la astucia y otras por su fuerza y el descuido de nuestras gentes, to* 
davía en mas de una ocasión derramaron furiosos la sangre española : ea par- 
tieolar se apoderaron de un bote que subia por el rio de VeAguás Ueo 
guarmcído de soldados y marmeros, y sin poderlo evitar lossolcfodos que 
sobre la ribera por su número insignificante huyeran de la pelea , dieron 
muorte los indios á cuantos españoles hubieron á las manos ^ precisamente 
Mi ocasión en que Us carabelas estabáu. ancladas. fuera de la barra, y la es* 
cases de aguas que el rio- eonda<»á no dabtf lugar á que a(|uellas la aira* 
vesánn.' 

Únicamente una de dichas carabelas se habia quedado dentro para el ser- 
virá) de la colonia ; pero en nada podia aliviar la situacion.de lesta, puesto que 
oon las otras» y por cimsiguieote con la alta mar, se hallaba incomunicada, y 
sus gentesaeran las mismas, qoe corrian en tierra tantos ' peligros sin poderlos 
coBlunicar al Almirante. 

Para averiguar el estado de, la colonia fuera enviado el bote que los indios 

(4) €tr(ft de Colon des¿t Jamaica', dirigida á loa Reyaa Catdlicot aoa Caaha 7 de jalio de -iSOS, y ettanpada 
en el toow primero de U Cotéedvm 4$ maju del atfter Havarrtle. 

38 



sorpMiMtieroQ aserntiido á todos los que en él ibtn, ioelaso un Diegos TrittaD^ 
qae era capitán de ana carabela : y como no voWiese á la armada diebo boto 
bí otro algmo eb mochos dias, soposieron con buen juicio coantos-se hallaban 
embarcados que algún trabajo le habría sucedido^ llegando todos á tonar 
por la suerte del Adelantado y los que con él se ballabáii en tienra; La situa^ 
cion, pues, no podia ser mas angustiosa ni mas urgente: Colon , sosteniéiido^ 
se en la playa sobre una costa de barlovento, espiiesto á que la mas Kgéñ al** 
teracion de los elementos en que combatia lo estrellase con sus tres, buques: 
tabarra intransitable, no solo por h fiilta de fondo que entonces tesia, siito 
por la furiosa resaca que causaba la confluencia de las aguas, y las tres en* 
rabelás sin mas bote que uno para el cbmun sérrieio, donde tantos y tan pe^ 
ligrosos se iban haciendo de dia en dia indispensables para la seguridad ab* 
soluta de los espedicionaríos, no era posible humanamente averiguar sí la 
prudencia permitía dejar allí aquellas gentes que en lierra se hallaban, y por 
otra parte las provisiones se consumían y la urgencia de reponerlas se aumén* 
taba diariamente. 

En tal estado las cosas le ocurrid á un valiente püdto de Sevilh-llamado 
Pedro Ledesma , esponerse á luchar con las olas y corrientes para crusar la ban- 
ra á nado/ siempre que el bote lo echase donde se comenzaba el peligro; y 
. aunque la prueba era arriesgada, como otro recurso no había , dio su constti* 
timírato el Almirante , y tras muy porfiada lucha con los contrarios obstáculos, 
cogió la tierra' el intrépido nauta, en medio del espanto y alegría á que sucesi^ 
vamente sé entregaron los infelices colonos. 

No eran nuevas semejantes hazañas entre los soldados y marineros españo- 
les de aquella época. Los peligros ordinarios á que los hombres estaban expues- 
tos de continuo , durante la dibtada y sangriento lucha sostenida contra los seo* 
tartos de If ahorna en los campos de la Península^ habían dado á las edades, 
que por entonces estaban cambiando de fisonomía, cierto carácter dé indife-* 
renda háoia la propia conservación, qiie no dejaba lugar á medir la mágmCud 
de los peligros ry los hombres entraban en ellos en las ocasiones con lanta se<* 
renidád como si tales peligros no e&istíerán. Con todo ; el arrojo ne por eso filé 
menos digno dé «loa cuando i gÑmdes remedios conduela , y Ledesma se hizo 
con el suyo muy digno en aquella ocasión del aprecio y cariño de sus agrade^ 
cidos compañeros. 

• Háliáb&nsé recogidos los españoles én un escampado ^rca de la ribera, 
dentro de una especie de baluarte imprbvbado , para resistir los atoques do los 
hidioB, que aun en menos franco paraje hubiera* sido muy temibtes^ bábíase 
hecho dicho baluarte sirviendo de base principal el bote de la carabela qtte4len* 
tro dieh fio permanéoía, y además las vasija, cajobes y otros objíetos basiante 
seguros contra las armas naturales de sus enemigos ; y para que estos no se 
aproximasen sin grave daño en sus personas, dejáronse abiertos dos pequeñas 
troneras entre los útiles que componian la fortificaoioh , y en eUas se colocar 



aee 

ron dos fiilco]i«t68.(i]« miraiido i Ja parto por donde útüeamante se pedían 
recelar las agresiones. 

El arribo de Lbdeaoaia «IohS Iós afanes con qüel^abia Itiehade tras largo 
ti^|k>, lignoraalés de ;la isxist^cia de las cárabdas con la eatistrofe pasada 
que siempre reeetdabañ espantados^ y rCemerosas de quedar allí abandonados 
i mas largas déavenUlras^c así se le man^Bstai^on al psado piloto para qne lo 
oenHinicase id Almirante , aíadíéndo> qnesi de allí áo les sacaba, se embarca- 
rían en ta carabela cuando las crecientes del río lo permitiesen, y se entrega- 
rían en soinorfaldeBesperabioitá la inclémenda de los' mares, que cuando la 
¿^spericion preoede á loa acuerdos> siempre son lastimosos loa efectos de la 
p^K^lica. Por fortuna oyd Colon sus. rueges euabdo traside afimes muy-seme* 
jutfes á los de su ida ¿ tierra, volvió á la armada Ledesma; y entonces 
sobando al msr él bole de la fortificación, y desarmada y dasplutamente des^ 
cargada de cuanto tenia fat carabela , se fabricó en muy corto tiempo una baba 
psra el reembarco de cuantos hombres y efectos sé hallaba* en tíorra. Merced 




á esta operación , nó sin grandes peligros ejecutada , todo volvió á la armada 
sin riesgo de ser interceptado por los ÍDdíos, á escepcion del casco de la 
carabela que, varado en la orilla y todo roido de la broma, quedó in- 
servible á merced de aquellos, y Goíon dejó para mejores días la Csploraciop 
de un terreno que habia de dar nombre y título, desde él hsista s^s pas re- 
motos descendientes. Tales eran sus propósitos: sin embargo, la desdicha que 
tan hermanada corre con los grandes ingenios^ lo tepia dispuesto de otra, for- 
ma; y al Almirante no pudo prevéér, al darse á la velia con rumbo otra vez al 



('I) Eran Iob falcMietM una» pUsat ¿9 «rtílUHa á mpBflrádk émltbphiOTv^T^^^'CfllliiM éa íM h§W§ áa ilot li< 
braa 7 media. (foM(WaWo mtltlar.) 



800 
OriMte, qae 80 apartaba de aquella iiem de sua üiiaíoiies para no YoWer jamda 
á pisarla. 

La derrota marcada por el Almirante al tiempo de darse á la mar, para vol- 
ver á la bla Española» alarmó á sus geútes , qae ea el pésiaso estadode las 
earabelas na juzgaban prudente arriesgar nuevaís inwsligacieiiesi Colon , úu 
embarga, gfMíráó la mas profunda reserva respecto al verdadero objeto dé sus ope^ 
raciones, como de costumbre tema, para no. dar preteÉto ni ocanoa á que se 
anttcipascat los resultados entre mUrúturaciones 'insolentes de gente mal satirio^ 
cha, y contri^ el torrente de icuantee: le advertiao» oorríé tóii h ooeta hasta la 
entrada del golfa de Darien, y de^de állí.vinf . directamente á» la;Bspiifiola» dea^ 
pues de haber abandonado en Puerta Belo une de sus tres boques* por hacei^ mas 
agua de la que podiá achicarse ,< recogiendo, en loa otros dos toda 'su gente» 
proviaiofies y aparejos. Sus observaciones por áquéHas aguas le> hablan comu* 
meado cierta icsperieiicia en lá.hidboghtik i dfes correspondiente, que^no po- 
dían alcanasar los italéntoa vulgares de sus inferiores; • bien qué entregados 
estos con ciega confianza á la dirección de aquel, tampoco se cansarían mu- 
cho en marcar por sí mismos lo que al cuidado esclusivo de -Colon se re- 
servaba. Por lo mismo tomó su derrota basta mas lejos de la Punía de Mos- 
quitos, y aun asi, queriendo arribar cuando menos al Occidente de la provin- 
cia de Jaragua , fué á parar por las corrientes y vientos del Este, nada menos 
que á las islas de Caimanes chicos , desde las cuales siguiendo el propio rumbo 
ancló el dia 10 de mayo á diez leguas de tierra, entre las que al Sor de Cuba 
se conocian ya con el nombre de Jardines. 

Seis dias permaneció Colon con su mermada flota en aquellas aguas fon- 
deado, y en el primero de ellos se levantó un' temporal tan recio que, según 
él propio afirma, parecía como que el mundo iba á disolverse (1). Mucho tu- 
vieron* que trabajar las tripulaciones para salvarse de tantos peligros: los bu- 
ques estaban tan agujereados como uri panal de mielf y durante la última bor- 
rasca se habian abordado ambos con tal violencia/que la popa de uno y la proa 
de otro se destrozaran completamente (2). En tal estado, sin auxilio ni provi- 
siones, no teniendo ni bombas ni brazos bastantes para desaguar los buques de 
la mucha que hacian, lejos de todo trato que con indios no fuese, y en1a; ur- 
gente necesidad de calvarse, volvieron al mar con rumbo á ía Española, que 
al cabo por los contraríos vientos y opuestas corrientes no pudieron alcanzar, y 
tuvieron qué contentarse con el puerto de la Cflleta de D. Cristóbal , á que el 
Almirante, con menos consideraciones á' su persona que los que mas moderna- 
mente lo bautizaron, llamó de Santa Glorí^a, en la copta seplentripnal de la 
isla dé.Jan^áica. ' ; . . 

^ Tan pronto, como de|aroif ¿le nav^r.lpa buques, ^a fondeadQ^ en j^lrefe- 



, (4) ;fMan»toi Cdmkm dé «mjm, Umú i-^farví^: FiiUi y 9mj$$ tU GwUn, loa* Ul. 
(S) Idea, ¡a«a. 



301 
rído puerto el día 25 deí junio, comenzaron i sumergirse» por cuya circunstan- 
cia, y para conservar en lo posible lugar propio donde recogerse, dispuso el 
Almirante que se encallaran á un tiro de ballesta de la orilla , y fabricando so- 
bre sus cubiertas algunos camarotes contra la intemperie, en tanto que algún 
socorro acudía por los medios que proyectaba, permaneció en semejante estado 
fuera de la tierra con sus «gentes recogidas y encastilladas contra cualesquiera 
malicia de los indios. Asi evitaba á la par todos los motivos que con el trato 
frecuente engendrar se pudiera entre los españoles y los isleños, como la espe- 
riencia lo habia demostrado en otras tierras y ocasiones , calculando su previsora 
política los inmensos é i^rremediables males que pudieran seguirse de impruden- 
tes hostilidades en el estado crítico eii que todos se encontraban. 




CAPITULO XXIV. 



Trkto sítMcioii ¿c \m «tjptiiáénariof «n Jai«á¡M.>-«Di«gd Utniet: «n amitiad aoa ol Ahmraate y eafireta» di- 

ficilM que por ella teomete.— Eapeiicioa al interior ¿e la isla y cambios pactados en ella.— Atreiido proyecto 
de Colon para facilitarse socorros de la isla Española ,en la Jamaica, y arriesgada resolución de Diego Mendei 
para realiiarlo.— Armase «na eanoa paca hacer la travesia proyeetadá, y con IMego liendei y otro soldado 
te entrega al mar «on rnmbn al eetremo orioatal de U Jam&iea. — Agresión de los tslefioa por la eoeta sep*. 
tentríonal de la isU: peligro qne corren los pantas de la canoa y sn anticipada Toelta al pnerto de Santa Glo- 
rie. — Armase como la primert otra canos , y las doe conTeníentemente tripnladas por espaüoles é islefio* se 
dan á la tela , y traa dn inflnítaa peligroa anril>an é la isla Espaftole.^^-Preséntansa los nautas á Okando qne 
lea ofrece enTiir prontos socorros á sns compiñeros ; pero la sitoncion politiea de li isla Española retrasa el 
cumplimiento de tan justa promesi.^-Csrácter de ObaodOy ^ TÍndicicion de los nltrijes qne á sus intenciones 
se han hecho por autorea apesionados. — ^Triste estado de miseria á que se ven redncidos los ninfrigos de la 

Inmáiea, y alteraeiones qne por causa de aquel se leyanteroa Loa hermanos Diego y Francisoo de Forráis sa 

colocan al frente de una insurrección que pooe en grate riesgo la tida del Almi'rpnt^.— rPesmanes de los su- 
hletados por el interior* de la isls , y peligros i que los leales quedaron espnestos.-^Industria de Colon para 
proenraree protisionee de los isleños. — Etcasos socorro* reoibidos de le ida Eapsnola. — Nnetas agresiones de 
loe rebeldes y batalla qne les da el Adelantado. — Quedan soifletidos á la autoridad de Coíon, y llegando al 
fin á Jamaica los necesarios bastimentos, todos participan del común benefició trasladándose á la isla España* 
Ia.-^1JUinw ragreso da Cola» á España. 



LiA-sHuacioü de aquella armacU en la Jamaica no podía aer mas precaria ni 
triste de lo que realmente etatalia siendo. Su dUtancia/á toda comuniDacion con 
las gentes civilizadas no bajaba de cuarenta légoás» y estas por un golfo tan 
abundante en oontrarías corrieiites y vientos procelosos entre aquella isla y la 
Española^ que en su návegámon se vieran ^n hartos trabajes á veces muy es-» 
perimentados pilotos. Las des carabelas del Almirante que habian logrado sal- 
varee da las costas del mievo continente, ya inútiles y acalladas sobre las aguas 
del puerto de S^ta Gbria» mal podrian servir para otro viaje, siquiera no 
fuese mas que de una centésima distancia. Las pri)visione6 escasas ó piíidridas 
aíménazaban también á los trffctés espedicionaries con todos los boilrores de uli 
baoQÍbré irremediable; y d único recurso del trato con los indios, sobre parer 
oer radficaz pot* las dificultades edn que llegarían á aeesturabrari$e >á si|us'frugaT 
4e8 f escasos aumentos los europeos it tampoco daba seguridades de bastar, edn 



304 

tra la variable condición que en todos los países descubiertos se observaba 
entre sus naturales. 

Por otra parte, los descubrimientos que hasta entonces se habian prac- 
ticado por otros aventureros en las costas de Tierra firme» después que Co* 
Ion enseñara el camino al golfo de Paria, cerraban- toda esperanza el ar- 
ribo á Jamaica de ningún bajel que pudiera salvar los despojos de aquella 
desdichada empresa , por lo muy al Oriente que estaba el objeto mas lu- 
crativo de las especulaciones mercantes : de suerte que allí desterrados de todo 
trato humano y en tan miserables condiciones, fácil es considerar los recelos 
y pesares que atormentarian á los subditos de Colon , y el grave cargo que pe- 
saría sobre la conciencia de este , al ver tanta gente , por su inocente culpa, 
condenada á no volver jamás á la vida social de la civilización , ¿ no ser por 
medio de algún milagroso accidente. 

Sobre el amor con que agradecia el Almiratíte á cuantos de sus trabajos 
participaban , el interés con que á su gloria contribuian , tenia singular privile- 
gio en sus afecciones personales cierto Diego Méndez que le sirviera de capi- 
tán alguna vez en, su propia carabela, bien que al salir de España no llevara 
en la armada mayor categoría que la de escudero. Era este joven en quien el 
esfuerzo y la razón se aunaban con los procederes, adelantándose á \o que sus 
años permitian, bien que simpatizasen con los pocos que contaba el arriesgado 
carácter de sus naturales empíbsas, que siempre eran verdes entre la madu- 
rez del consejo. Y en verdad que de semejante amistad, que creció con el 
tiempo tan íntima cual es permitido entre humanos afectos, nunca tuvo que 
arrepentirse el Almirante, como en otras ocasiones lo habia hecho mal de su 
grado: antes, parece como que la de Diego Méndez ae encargó de justificar por 
si sola todos los cargos dirigidos por escritores parciales al carácter español, 
por lo que habian obrado contrfi Colon otros falsos amigos ú obligados ingra- 
tos , de esos que las malas semillas de la ambición hacen brotar tan numero- 
sos por todas las naciones del universo. 

Las simpatías y servicios de Diego Méndez, que ya en el estableeiimeDtd 
de Veraguas se habían valuado en muy alto precio , por lo que. eñ difkáles 
oeañones sirvierap ¿ la seguridad* de la cofonia, comenzaron en Jamaica á lle- 
var consigo la mayor trascendencia que pudiera desearse, en las azarosas cir- 
cunstancias porque 4os españoles estaban atravesando. Veia el honrado joven la 
ansiedad de su venerable amigo, por lo que á sos gentes iban fidtando las 
provisiones, y por lo que recelaba de la v^dad de loe naturales, taáto mas 
si recordaba que en su primera investigación y costeo de aquella isla le habian 
salido *á esperar en son de guerra con mas belicoso aparato que los otros isle- 
tos ! sabia á la par cuantos temores cercaban al Almirante por la posilnUdad ét 
un rompimiento si se comenzaban los tratos sin bastante juicio , y adivinaíka lá 
poca fé que tenia en el natural arrogante de los soldados españoles , de los qne 
el mas ligero agravio hecho á los indígenas podía agravar la ñtuadon ya dema* 



ao6. 

siftdo lamwtaMe en qae los espedicionarios se eDcoatralían. T cqiho á Is {Mr 
adivinase coántoeran urgentes las- provisiones de la isla por las escasas que exis- 
tían délas impoftadas en los anegados boques, Heno de esperanzas y sobrado de 
valor se ofreció á penetrar en lo interior de la isla sin mas compañía que la de dos 
eempañeros armados , la cual llevó no tanto para atender á la defensa de Su per* 
sona f cuanto para ayudarle en la inducción de las ropas y bagatelas con que se 
habían de concertar los cambios. 

La espedicion de Diego Méndez y su completo paseo por toda la isla no pudo 
sar de mas efecto para mitigar los cuidados de CóloXi, y satisfacer las femélicas 
necesidad^ de sus compañeros. A costa de insignificantes retribuciones no soló 
condujo á la playa de Santa Gloria por la primera vez numerosos indios cargados 
de frutas , pescados» utias y pan de casaba en grandes porciones , sino que dejan- 
«do en tierra como receptores á los dos compañeros que babia llevado, y envian- 
do de la espedicion á otros dos ó tres á diversos lugares , dejó contratada la dia- 
ria asistencia de ciertas poblaciones á las necesidades de los españoles, en cuanto 
lo permitiesen las producciones del pais y la natural indolencia de los indios, no 
icostwnbrados al trabajo hasta entonces. 

Pero sem^antes contratos, si en cierta manera tranquilizaban los ánimos 
respecto á las posibiKdades que antes amenazaban la vida^ de los aventureros 
por medió deuna agonía desastrosa y prolongada, no así satisfacían la íntima 
necendad que preocupaba todos los deseos. Faltaba la libre comunicación, fai 
fiícultad de obrar siempre por el impulso de inolvidables afecóiones , i que era 
dHicil renunciar no obstaste la mayor imposibilidad que se ofrecia para recu^ 
perarias;y el Almirante, que ansiaba mas que la suya propia la suspirada sal- 
vación de sus queridos compañeros, concibió entonces la más atrevida empre- 
sa que pueden acariciar fuerzas humanas. En uno de les arranques lucidos que 
tanto caracterizaron en vida su imaginación deslumbradora, creyó posible la 
traveria en una canoa del ancho golfo que separa la Jamaica de la isla Espa- 
ñola; y autfque tan ardua comisión no era posible encomendarla á |a buena 
féde los indios , porque seguramente qo la ejecutarían, bien supuso que en* 
troles marineros de su desecha armada no faltaría alguno de levantado cora- 
zón q|ue ár desempeñarla se arriesgase. EL Almirante con la penetración que le 
era iamiíiar acertó esta vez la no menos atrevida concepción de las que hasta 
entonces hablan trabajado su entendimiento, porque conocía cuan dadas á lo 
maravilloso en los cáisos de valor eras las gentes que le acompañaban. Con 
todo» la hazaña que iba á proponer qo todos se alcanzarían dispuestos i aco- 
meterla , y aunque se acordaba del arrojo oon que en la barra dé Veraguas se 
había sobrepuesto ai furor de las ondas el intrépido Ledesma, todavía vacila- 
ba en hacer su nueva proposición, temeroso 4e quedar desairado, y con la 
verdad aprendida; para su mayor tormento, de que tenia que renunciar á todo 
humano socorro. 

En tal combate de dudas y esperanzas se acordó tangen del mal eíboto que 

39 



306 
neoesárianoeqte había de hacer eo los mas tímidos de sos súbdifos aqndla idea 
de vida ó de muerte, si por acaso foese absolutamente desechada; y asi cpiisóf 
antes de proceder á so pública manifestación , hablar en secreto al amigo de 
quien mas alto concepto m k» casos de valor tenia formado. Uamd, pues, i 
Diego Méndez dentro de su camarote , y coii el ánimo encendido , bien que oon 
los ojos arrasados en lágrimas por lo que al amor y amistad se debia en seme- 
jante peligro, le dijo tales razones cuales fueron bastantes para manifestar el 
' proyecto concebido, é inclinar indirectamente á Méndez á que fuese él quien 
lo practicase; pero este, bien fuese por los inconvenientes que la empresa lle- 
vaba consigo, ó porque quisiera reprender la poea franqueza que usaln el Al- 
mirante, respondía asegurando que aquella era mas que dificil, imposible» Ka* 
da replicó Colon, teniendo en cuenta que el sUencio en ocasiones es mas elo- 
cuente que los discursos mas estudiados , pero miró fija y earinosam^rate á so» 
amigo, el cualno pudiéndo contener los afectos de su alma generosa, se 
apresuró con la aceptación de la empresa á calmar los cuidados del Almi- 
rante. . 

Con todo: la promesa envolvía en si la condición de que antes se manifes- 
tase el proyecto á todos los españoles, á fin de evitar ciertas murmuraciones 
que ya corrían contra la preferencia que en los peligros craicedia á Diego Mén- 
dez el Almirante: pero como verificada en pública asistencia la hazañosa pro- 
posición ninguno la aceptase, entonces el valeroso escudero dirigió á Colon k 
palabra enalta voz diciendo: Señor: una vida tengo notnúSf yo la quiero aven- 
turar por servicio de vuestra Señoría y por el bien^^ todos los que aquí ef- 
tán, porque tengo esperanza én Dios nuestro Señor ^ que vista la hUenden eos 
que yo h hago me Ubrará como otras muchas veces lo ha hecho* Oidú le cusa 
se levantó de su asiento él Almirante , y abrazando y besando e<m risibles mués* 
tras de tierna gratitud á su generoso amigo. Bien «Uña jp, le dijo, para hon- 
rarle en presencia de todos, que no había aquí ninguno que osa^ tomar etfs 
empresa sino vos : esperanza! tengo en Dios nuestro Señor saldrns dMz con m^ 
toria como de las otras que habéis emprendido (1). 

Desde aquel momento solemne en que se acababa de eehar el sello á. une 
de los mas arriesgados sucesos que ilustran ^'glorias de nuestros marineroi^ 
no se detuvieron ni un solo momento los preparativos, y asi en poces dias se 
armó una tosca canoa de los isleños provista, como nunca lo había estado /de 
su mástil correspondiente y de una quilla postiza: entráronse en ell* los man- 
tenimientos oecesaríos para seis indios y otro marinero español que se animó 
al suceso, y sin otra compañía ni mas temor se entregaron al mar aqudlss in^ 
tréfúdos navegantes, con asombro de los presentes, y para eterna admiradoü 
de las mas remotas' generaciones. 



(1) BeUcioo ^ae del ottirto Tiaje del AlmiranU hizo en Im cUntaUs dcsn testamento el mismo Diego Méndez, 
f ««f0'MftUaMiii#lse «•ástrfa «a «l'av^liiVó icl BscttoV Sr. B«^im 4e Veraguas. ' ' ' ' ^ 



ap7 

. Aotes de engolfiiírise en ia alta mar aquel fiágH bastimento que al Ironco 
boMMlado de un solo árbol era debido, hubo de buscar sú mas fácil dirección 




por el estremo oriental de la Jamaica; pero antes dé Il^ar á él lo acometieron 
en d tránsito multitud de canoas llenas de salvajes de que milagrosamente pudo 
escapar^ después de haber tenido á Méndez en tierra prisionero y aun senten- 
ciado á muerte por aquellos bárbaros, que no despreciaban ocasión oportuna de 
sacrificar i sus instintos destructores cuantas víctimas alcanzaban sin el ries - 
go da la pelea. En tal situación, y. por lo arriesgado que sería permanecer en- 
tre tan azarosos peligros, cuando el viento soplaba enteramente contrario^ al 
rumbo de la travesía, volvióse la canoa prósperamente al puerto de Santa 
Gloria: y entonces, ya mas animados los españoles con el ejemplo de Diego 
Ifendez, se armó otra canoa mas, que también habia de atravesar el tormen- 
toso canal, y tripulándose ambas con algunos soldados y marineros blancos, 
bien que conservando para bogar los indios necesarios, salieron del puerto es^ 
coltados por otras muchas que , á cargo del Adelantado , les hablan de dar pro- 
tección basta la punta oriental de la Jamaica. 

Fuera de los peligros consiguientes á tan singular viaje, fueron grandes 
los trabajos que pasaron las tripulaciones , en especial por falta de agua en el 
rigor del estío, que tal era la estación en que del año de iSOS se hallaban 
eofUmces. Al fin, tras de cinco dias mortales, bien que en la i^a de Navasa 
hubieran tomado nuevos ánimos para alcanzar la Española , atracaron aquellos 
miserables botes á tierra en el cabo Tiburón, que entonces se llamaba de San 



309 
Miguel, en eil estremo occidental de dicha isla: y conduoidos desde allí con ver 
fresco^ de provisiones y .aguft por la costa del Snr, llegaron los arriesgados 
nautas hasta la ensenada de Azua ó Azoa , abandonando allí el mar para dar 
cuenta de su misión al comendador Obando, que á la sazón se hallaba ocupado 
en la provincia de Jaragua, en cierta guerra harto sangrienta que traía con Jos 
desdichados indios de la Española. 

Pasando nuevos trabajos llegó Méndez hasta la citada provincia qpe «tras 
se habia dejado por faltado las noticias que mas tarde hubo adquirido; pero 
al fin llegó hasta la presencia del gobernador Obando, que grandemente afisctado 
socorrió en sus necesidades á los recien llegados españoles, tributéndotea hala^ 
güeñas palabras de respeto y admiración , y dándoles las mayores seguridades 
respectQ al inmediato envió de los buques necesarios para trasportar á los náu- 
fragos de la Jamaica. Desgraciadamente el gobernador estaba imposibilitado de 
cumplir su .propósito» por muy rectas que fuesen sus intenciones»^ y ^e aquí to* 
marón lugar maliciosos y parciales para sospechar y sostener, que el retardo en 
el cumplimiento de su promesa fué debido, mas que á la absoluta falta de bas- 
timentos, capaces para toda la gente que estaba con Colon, á las siniestras mi- 
ras con que proyectaba la muerte de este el gobernador de la Española , para 
deshacerse de un poderoso rival que con el tiempo pudiera reemplazarle, con 
sobrados derechos en el cargo que desempeñaba. 

Ni el espíritu de la época , ni los antecedentes de. Obando, ni la inmrasa 
trascendencia del suceso autorizan á ruines censores para sostener la poribiUdad 
ni siquiera de la concepción de tamaño atentado.Obandot que en la corte pi^ 
visera y altamente acreditada » y raiinentemente católica y religiosa de la reina 
Isabel, habia sido uno de las doce elegidos para dirigir la educación del infante 
primpgteito , y despuea^ enviado á hacer justicia en las revueltas de aquella 
isla, cus^ndo por la temprana muerte del principe don Juan ya no eran indis- 
piensalles sus consejos en la corte que le engrandecía , no pudiera «sperar que 
nunca tales pensamientos se le achacaran, con mas particularidad por envidiosos 
estrangeros, tomando cuerpo en las exageradas esclamaciones del P. Las Gasas, 
^to suponiendo que fuese nada masquéis persona de Colon la que se hallase 
abandonada eñ una isla desierta , ó únicamente por salvqes habitada: pero coaü- 
do en semejante desgracia estaban envueltos sobre QÍen individuos inooentes, 
¿seria posible que el justificado gobernador quisiera cargar su concieniáa cosa 
tantas muertes á ^u infame ambición debidas, en aquella época en que la r$r 
ligion era todavía la política militante, y «n que la^. repugnantes prácticas de 
la InquÍ9Ícion se reverenciaban por. sps tendencias como inspiradas por d mis- 
mo cielo? 

Hácense cargo t los^iae tal idea sembraron» de los muchos y muy cnielea 
castigos que precisamente entonces estaba ejecutando en los pobres ipdios 4e 
la Española; y no adivinan que justamente este severo y merecido cargo le 
justifica respecto del absurdo inventado para dudar de su estreroada ooDcien-r 



I 

80» 



da; porqae habiéi^diose tratado ya formahneiite 4e la coQwrsion da los ide* 
008, y adoptando la videncia cuando los argumentos de la caridad evangélica 
se depreciaban 9 se juzgaban como casos de religión las rebeldías; y se pro- 
cedía con los contumaces de la propia manera que en España con los judíos ó 
con los árabes falsamente convertidos. 

Es verdad que en mas de ocho meses ningún consuelo se, envió por Oban- 
do á los desterrados de Jamaica, y que tardaron mas de un año los buques que 
fueron á sacarlos de su angustioso estado; pero también es cierto que la guer- 
ra sustentada por entonces én la Española absorbia todos los cuidados del go* 
bemador: que.i^ tenia mas bastimentos disponibles que alguna carabela de 
eecaso porte destinada A servicio de la isla, y que por mas de un año, para 
desdicha de aquellos y mengua de la honra de Obandb, no llegó allí de Espa- 
ña armada alguna» En tal estado hizo, el gobernador lo que pudo, y no menos 
de lo que otro hubiera hecho en semejante caso : primero esperó la llegada de 
algunos buques que fueran capaces de recoger aquella gente: después , .cuando 
i los fugaces consuelos de la esperanza sustituyeron los violentos achaques de 
fai impaeiencia, eavió la pequ^a carabela de que podia disponer, con algunas 
provisiones é infinitos consuelos, previniéndola, no obstante, que no se acer* 
easeá'losde Jamáiea para evitar que algunos quisieran /embargarse donde to- 
dos no cabian; y por último,' cuando hi llegada de navios espñdes facilitó 
la eompfeta salvación de los náufragos , no vaciló un solo momento en animar 
con toda^ su protección á los enviados del Almirante para que fletasen uno de 
aquellos, y partiese en compañía de otro provisto y sustentado por su cuenta (1). 

Tal fué la verdadera conducta del gobernador general de nuestras pose- 
siones idtramarinas, por mas que con razones bastardas se la haya querido dar. 
otra interpretación demasiado torcida, que no cumple ni ha cumplido en seme- 
jante escala ¿ la que entonces , mas que en otro tiempo, se decia justamente pro- 
verbial honradez castellana. Veamos entre tanto cuáles eran las zcMsobras á que 
por. el irremediable retardo del socorro apetecido quedó espuestó Colon durante 
su permanencia én Jamaica. 

El viaje de Diego Méndez por el interior de la isla hubiera en cierto modo 
escurado la subsistencia material de los españoles, si la gula que á estos 
dominaba , estuviera en armonía con la sobriedad de los isleños : pero como 
bs neeesidades de aquellos eran muy superiores á los productos regulares de 

(I) Gm harta rtzoo nos lamenfamos de la ipjusta parcialidad con que en nuestras cosas se introducen loa auto- 
res eairangeroi) iíempre detfigurando loa sucesos,, y siempre (oníando de los encontrados antecedentes aqnrllos 
^M BMa pnoAen iMBortr aaestra fama. Orando ptaeba nos ofrece de esta rerdad el celebrado historiador Was- 
hingtoa Iriing, que siendo délos mas reridicos entre nuestros émulos ^ acepta y sustenta los rargos tan sorpren- 
dentes dirigidos á Obando en la cuestión presente , y no porque le faltaran justificantes -para rechasarlos como 
enmpie ft la sngrada misión de la historia. Irtitg, que tanto copió del F-. Liks.Casas, ¥ió sin embargo paM le com- 
petieio» de en libro «1 testamento de IKego Meadei , á ^ne algunas reees se refiere : y este testigo qu« siempro 
fué celoso defensor délos blasones del Almirante, al tratar el pasage en cuestión , dice: Y esto acabado, vinedt 
pié á íUrra de Sanio Domingo qvo era eeienia leguae de attí, y esíúbe esperando que vinieeen aooc de CaetiUa 
.qiieMif^mped^iiin*año.q*enoh&bian,9enid9. • « 



8M 

la indolencia dé estos^ pronto comenzaron á escasear las provkiones, eayá 
menor abundancia hacia mayores las exigencias de los indios reqiecto á loa 
diges con que las retribuían los españoles. 

Sin duda el hambre entre todas las calamidades de la vida es k que^mas 
pronto abate la constancia de la virtud, por lo que quita de fuerzas al espirito, 
y por ella se acometen á veces tales y tan desastrosos delitos, como no fuera 
fácil presumir que nunca tuvieran lugar en la imaginación , á no estar inspira- 
dos por la grande exigencia de la vida material del individuo. Por eso las le- 
yes suavizan hasta cierto punto la gravedad de aquellos en la imposición de 
las penas respectivas, cuando una prueba segura justifica. la viente necesidad 
que indujo á cometerlos, y por eso la verdadera filosofía debe ensañarse, me- 
nos con los miserables que á semejantes estremos se ven conducidos por su 
condición social, ó lo que es harto mas sensible, por alguoa imprevista dea- 
gracia. 

En el último de ambos casos se contaban los infelices náufragos de la Xa- 
máica algunos .meses después de la partida de Diego Méndez, cuando la esca- 
sez de los alimentos, y su calidad bien distjnta de la que á las provisiones euro- 
peas era común , habian sembrado el apocamiento , las enfermedades y la 
consternación qpnsiguiente entre los habitantes de los anegados bajeles. El afia 
de 1503 se habia terminado, y á pesar de los muchos meses transcurridos des- 
pués ^jue la canoa de Méndez había partido para la Española, ningún soonrro, 
ninguna esperanza siquiera habia llegado al puerto de Santa Gloria: y entre* 
tanto el abatimiento se hacia general, las enfermedades crecíaii, y, aunque^ 
pocos, algunos españoles habian sucutnbido ya bajo el peso de su desdicha. 
Por su parte el Almirante no podía , como otras veces, prodigar sus eonsueloii 
á los que tanto sufrían física y moralmente, porque sensible mas qqe todos á 
la-propia y agena desgracia , trabajado con \m años su. cuerpo y con los CM<-. 
tratiempos su espíritu, se hallaba postrado en el lecho del d(»lor pagando el 
tributo debido á la irritad^ naturaleza. En tan angustiosa situación acababa de 
entrar el año d504, cuando creciendo con el pesar las murmtiracioDes, y ali« 
mentándose con estas proyectos quiméricos, se nuiUiplicaron violetamente las 
desdichas por los mismos que trataban de remediarlas. 

La paciencia no es virtud común á todos los hombres^ mucho menos 
cuando las facultades se amenguan y crecen los trabajos; y como eran mas de 
un centenar los pareceres que en la ocasión se emitían respecto ája posibilidad 
de un inmediato socorro,: los mas impacientes , que fueron los menos numero- 
sos, quisieron poner decidido término á su situación, y en son de exigencia 
se decidieron á esplicar su proyecto al Almirante. Iba por gefe de la sedición 
cierto Francisco de Porras, á quien Colon, por recomendaciones de familia, 
habia dado la capitanía de uns| carabela , y hecho escribano y contador prin- 
cipal de la armada á un hermano del Francisco llamado Diego ; de suerte que 
siendo los dos los que d^ban calor á la rebeldía , y ñendo esta por causas tan 



311 

orgeDtes , iBjastamente puede kcrimioarse á la maltitud coa loe negros colores 
que la dan las pasiones de bastardos argumentos. 

Era el 2. de enero cuando en confuso tropel fué invadida la cámara de 
popa del anegado buque en qué tenia su ' vivienda el Almirante , en cuyo 
cuarto entrando altanero el Francisco de los dos hermanos, dijo al postrado 
anciano que era la voluntad general poner término á la angustiosa situación 
de los náufragos / para lo cual habian creido que convenia darse al mar en 
canoas indianas para atravesar el golfo que media entre las islas Jamaica 
y Española. Semejante* proposición sobresalió al Almirante , que harto mas 
inteligente que aquellos desviados espíritus, conocia cuántos peligros iban 
á correr si á^'ella accedía, tantos mas cuanto que eran muchos los enfer- 
mos á quienes semejante viaje privaría de la vida ; así fué que se negó coa 
buenos modos á taií incauta solicitud, dando inmediato lugar , sin embargo, 
á que ella tomase el carácter de ejecutiva inobediencia , no sin mediar ame^ 
nazas y murmuraciones, que con mengua y baldón de los ingratos. Porras, 
pusieron en peligro la seguridad personal del Almirante. Afortunadamente su- 
peró el número de los leales al de los díscolos ó timidos y desconfiados : y bien 
que por evitar mayores desgracias no se acaríciasen las . armas para volver al 
orden y obediencia que se olvidaban , permitiendo á los amotinados consumar 
su proyecto , Colon sintiendo el suceso recibió entonces una prueba indeleble 
de la grande estima en que por los mas y mejores era tenida su persona. 

De este modo se apartaron del riesgo común hasta cuarenta y ocho entre 
oficialea, soldados y maríneros , que juzgando mas cercana su vuelta al mundo 
de donde habían salido animosos, iban á aumentar los peligros de todo, mul- 
tiplicando con su imprudente conducta los azares dé la falsa, porción en que 
insurrectos y leales por su mala estrella se habian colocado. Con efecto-: dea* 
pues de tomar de los naturales hasta- diez canoas entre las mejores, y armá^ 
dolas como pudieron, bogaron en ellas por la costa septentrional de la Jamaica 
basta su punta del Oriente ; pero tanto en esta navegación como en la qu« pcnr 
dos veces intentaron en la travesía del golfo, se rebelaron los vientos y la mar 
contra su obstinada tMdia,* y al cabo desesperados de alcanzar el término 
de sus trabajos por los medios que' habian ideado, se hallaron de nuevo en la 
tierra hospitalaria que deseaban abandonar entregados á sí mismos: fu^a de 
la ley que aútes les daba el derecho de obtener un socorro míiy posible: apar- 
tados de la comunidad del Almirante, i quien tan osadamente habian ofendí* 
do, y aborvepidos sobre todo y con justa causa dé los mas pacientes, de quie^ 
nes c(m tan malos prooederes se halnaa emancipado, romineñdo los lazos de 
la oomun desdicha. 

Discurriendo por el territorio de la isla, cuando ya los indios comenzaban 
á rbhusar su asistencia de provisiones del puerto de Santa Gloria ,^áumentaron 
con' engentes desmanes b enemiga que entre españoles y naturales cemenza- 
ha á levanftarse; db suerte que i los pocos dias los partidario^ de Colon se vie* 



312 
ron privados absolutamente de toJo recorso, y á nó ser por la estenñoo de ios 
conocimientos astronómico? que el Almirante poseía» sin duda que aquella hu- 
biera sido ia última desdicha que á los hambrientos náufragos trabajira para 
acabarlos. 

Cuando ya ni esperanzas quedaban de obtener provisiones por la vta pa-* 
cifíca de los cambios ó rescates, y tan peligrosa hubiera sido la entrada de la 
tierra en que merodeaban los insurrectos, despachó Colon á varios intérpretes 
para que citaran á todos los caciques ¿ fip de comunicarles solemnemente ana 
misión que le habiá sido confiada de parte del cielo. Cos indios no témañ si- 
quiera remotas ideas de nuestra religión, mas que las vagas nociones que las 
ceremonias de los españoles les inspiraban; pero en cambio profesaban, eemo 
todos los pueblos del mundos la idea de una causa primitiva, y la reverencia-* 
baa á su manera entre ridiculas supersticiones. Por esto üo^íaé difícil que^ 
natural timidez les obligara i acudir sumisos al llamamiento, por lo que su* 
ponian pertenecer nuestras gentes á una raza maravillosa , y entraces desoen* 
dióá la playa el Almirante bien acompañado de sus fieles amigos, á fin d^. 
dar feliz cabo al proyecto concebido para volver i su devoción y socorro i los 
crédulos isleños. ^ 

Eran las primeras horas de una noche serena, en que brillando la luna. con 
toda la pureza de una atmósfera despejada y limpia , daba mayor espresion i 
la inspirada fisonoiiiia de Colon , y cierta belleza al aclo que lo hada mas sim* 
pático y misterioso, como qué alguno de los españoles éntrelos mas adictos al 
Almirante, creyó por momentos, en su arrebato religioso, que era este, con 
efecto., un emisario del cielo. Rodeado se hallaba él astrónomo experto de los 
mas principales gefes de la isla, cuando comenzó- sü razonamiento por máni* 
festar la ofensa que recibía la divinidad por la falta dé los indios en el cum-^ 
plimiento de sus anteriores tratos; y aunque la elocuencia forzada y escasa* 
mente comprendida del inspirado orador , no era bastante para convencer á 
semejantes hombres de la superioridad cdestial que Colon se atribuía , vieron* 
se, no obstante, entre los asomos del respeto 7 la ireneracion algunas mués* 
tras de sincero arrq[>entimimt&. Entonces eh Almirante dio á sus palabras 
distinto giro del que hasta alU hablan tomado: se superó á 8Í mismo en las ges* 
tlculaciones, y tomanda el carácter de semi-dios, anunció por orden derTo*» 
dopoderoso visibles muestras de la ira del délo, contra los que en adelante 
pudieran negarle sus recursos; De reprate comenzó á declinar la luz de la luna 
bajo un negro velo que se interpuso entre dicho astro y la tierra^ hasta que se 
hizo total el eclipse con que el Almirante habia cootiido de antemana, y la 
playa y las florestas siniestramente oscurecidas comenzaron á resonar con los 
llantos y alaridos de aquellos miserables isleños* Todos se arrojaron á las plan* 
tas de Colon , cuyo ropaje tocaban en muestra de reverencia , y con palabras 
y señas ofrecían su contribudon cuotidiana, á parque suplicaban la interven*- 
cíon del Almirante para cahnar las iras del cielo. Para dar lugar i la estincion 



313 



del previsto eclipse y dijo Colon ¿ los caciques que se retiraria á conferenciar 
con la Divinidad para desenojarla : y asi que todas las señatiss celestes concur- 
rieron á la próiima claridad de la luna, volvió á la« playa á ser nuncio bené- 
fico del perdón que la infinita bondad del Ser Supremo les habia concedido. 




Así obtenida la seguridad del Sustento necesario para las gentes que á Co- 
lon eran fieles, aconteció inmediatamente otra novedad, que vino á mejorar 
en gran manera Is situación moral que tanto como la física atormentaba. Des- 
pués de tantos meses que ninguna comunicación teman los pobres desterrados 
con gentes civilizadas» y cuando se creia en Jamaica el naufragio de Diego 
Méndez y sus arriesgados acompañantes » se divisó en alta mar una vela , men« 
sagera fiel de lisongeras esperanzas. Era con efecto la pequeña carabela de la 
isla Española, que dando nuevas del feliz viaje de la canoa de Méndez, venia 
para asegurar la llegada de inmediato soeorro; y aunque el portador de tan 
apetecido mensaje, cumpliendo estrictamente con las instrucciones superiores, 
no permitió con los bajeles del Almirante- otra comunicación que la presencia 
de su bote, y éste á distancia conveniente, renació de tal suerte con la segu- 
ridad del socorro, la natural animación, harto perdida entre los náufragos, que 
hasta los mas enfermos, se mejoraron instantáneamente, merced á la desapa* 
ríci€ín de la causa moral que tanto sostenía los padecimientos físicos. 

Semejante novedad, tan merecida como deseada por los que en la buena 
senda de la resignada lealtad se sustentaban , no dejó de provocar un con- 
flicto de inmensos reiíultados, que pudieran haber sido mayores y mas lasti- 
mosos, si la confianza que presta una causa justa y noble no hubiera también 
prestado valor contra la fuerza y la osadía. Fué el caso que lá lleuda de la 
carabela no tardó en ser sabida de los sublevados, que al mando de los Por- 

40 



314 
ras discurrían por la isla » puesto que el propio Almirante les envió iñensage, 
para que reconociendo I%s faltas cometidas volviesen á su obediencia ; para me- 
jor captárselos ánimos ysu desengañados de los -contumaces, les remitió con 
la embajada algunas pro^siones de las pocas que la carabela de Santo Do* 
mingo habia dejado ; pero estos quisieron ser participes del ofrecido socorro 
tan arrogantes y altaneros, que poco menos pretendían que el ser en las con- 
tiendas habidas declarados los mejores. Colon , cuyo natural bondadoso siem^ 
pre le hacia tener abiertos los brazos á la piedad no creyó prudente/ sin em- 
bargo » tolerar tan bajas humillaciones , y los amotinados por su parte tampoco 
se descuidaron en eligir por la fuer^ una calificación que el derecho y las 
buenas prácticas repugnaban concederles. Apercibiéronse , pues , á dar á los ba- 
jeles una brusca acometida, y enseñorearse de ellos para mejorarse, cargan- 
do sobre los Colones toda la culpa de los sucesos; cuyo proyecto cominal en- 
tendido por el Almirante, se pudo destruir en una batalla campal que á los 
amotinados dio con feliz suceso don Bartolomé Colon el dia 17 de mayo 
de 1504 (1), no lejos del puerto en que estaban anegados los bajeles. En ella 
perecieron algunos de los adversarios mas poderosos : los dos hermanos Por- 
ras quedaron heridos y prisioneros^ lo mismo que aquel intrépido Ledesma que 
tan grande servicio habia prestado en la colonia de Veraguas, y finalmoite 
los demás volvieron á la obediencia , firmando una declaración de su delito, y 
en ella prometiendo, bajo los mas «agrados juramentos, no atentar nunca mas 
á lá honra y buena fama del Almirante. Con tan justo desenlace y la convenien- 
te providencia de Colon respecto á la incomunicación de los malos con' los 
buenos, sustentando á los primeros en tierra bajo las órdenes de un oficial de 
toda su confianza, volvieron las cosas á la calma normal que jamás debieran 
haber perdido , esperando en tan feliz estado el arribo de los ansiados buques, 
que no tardaron desde entonces mucho tiempo en aparecer sobre las costas de 
Jamaica. 

Con efecto: después de un año que habia pasado desde el postrer convoy 
de provisiones enviado desde España á Santo Domingo, llegó por fin otro 
compuesto de algunas naves de alto, bordo, bien provistas de todos los géneros 
mas necesarios en la isla, y varías carabelas de las que se usaban coíno has* 
timento sutil en aquellas espediciones. Los emisaríos de Colon no desperdi- 
ciaron un instante en reclamítr para su señor toda la protección que le era 
debida y merced á la que el gobernador Obando le dispensó, se vieron en 
posesión inmediata de dos de aquellos buques por los medios y condiciones que 
ya dejamos referidos. 

(4) Alganof autores ponen ettt batalla en el dia 49 de mayo; pero en nna relaeion del aoccao qve eserikié 
Diego de Porras, con los nombres de todas las tripulaciones de los cuatro buques de aquella poco dichosa armadt) 
dioe: JuiM SoncAex, pilólo mayor de la Armada: fiUUeió d 47 ife mayo do 4554 : y constando por otra parte qne 
á diolio Juan Sanchei dio muerto el Adelantado en la -batalla referida, se Tiene en conocimiento del verdadero dia 
en qoetuTo logar aqnells. Véase Nanrrete: Coloeeton do Viajes ^ tomo I. Las Casas, Bittoria de Indiat, lib. II- 
Colon: Bistoria del Almirante^ cap. 407. Irving: fida y majee de Oeton, tomo III, etc. 



310 • 

Su afribo á Jamaica, que se Tairificó en los días medios del mes de junio, 
causó un mtusiasmp tal como seria imposible que la pluma describiera: se di- 
rigieroa oraciones al Altísimo en acción de gradas: se besaron los pisos de los 
buques como si del cielo hubiesen bajado, y mas de un rostro de los recien 
venidos tUTo que enjugarse de las abundantes lágrimas con que al acariciarlos 
cariñosamente los habian humedecido los pobres desterrados. Por» fin, todo fué 
alegría, animación, ternura y entusiasmo; en particular el Almirante, sobre 
cuya conciencia pesaba la suerte de todos aquellos infelices, no se cansaba de 
dar infinitas gracias á Dios por un eocorro del que alguna vez habia ya des- 
confiado. 

Las calamidades y padecimientos allí sufridos durante tan largo período, 
no ena seguramente gratos recuerdos que aconsejaran la permanencia en el 
puerto de Santa Gloría, por lo cual se tomáronlas convenientes disposiciones 
para el embarque: de suerte que, acomodados en ambos buques todos los que 
con mas d menos lealtad ^habian conducido en los pasados disturbios, se hi- 
cieron á |9 vela eldia 28 de junio para trasladarse llenos de gozo y ventura á la 
isla Española. Únicamente á los dos hermanos Porras pudo amargar en cierto 
modo el resultado favorable obtenido por los mensageros de Colon, considerando 
que fot él se acrecentaba la gravedad de su delito, el cual iban purgando á la 
sazón entre cadenas aherrojados. 

No sin trabajosos temporales, que en toda aquella malhadada espedicion fue- 
ron tan comunes, pudieron los dos bajeles aportar al Occidente de la isla Espa* 
ñola , desde cuyas partes , después de enviar por tierra *el respectivo mensage al 
Gobernador, se entregaron de nuevo á las lonas para ser copducidos por las 
costas meridional^ hasta la bahía de Santo Domingo. Alli saltó en tierra Colon, 
viejo , pobre y abatido por la fortuna ; pero con mas simpatías de las que le ha- 
bían acompañado en su última despedida. Sobre todo ostentaba en su porte, 
con la dignidad del que triunfa de la maledicencia, la modestia délos honrados 
corazones; de suerte que los rencores injustos se disiparon ante la bondad de 
tan eminente carácter , y los mismos que en su elevación se habian atrevido 
á injuriarle, cuando le vieron abatido no pudieron menos de compadecerle y tri- 
butarle todo género de respetos. El gobernador le aposentó en su casa con la 
mayor deferencia y amistad , complaciéndole en todo aquello que estuvo i sus 
alcances ; bien que entremetiéndose en cuestiones de competencia judicial , le 
despojase con buenos modos del derecho que asistía á Colon en los procedimien- 
tos contra los Porras. Pero esta circunstancia no fué c^sa bastante para des- 
truir la armonía, y con ella se despidió de nuevo 7 por la última vez de su 
vida el célebre Almirante de aquellas regiones en que estaba asentado el pedes- 
tal de su gloria imperecedera. 

Descubiertas por sus científicas meditaciones las numerosas islas orientales 
de regiones desconocidas: abiertas las de un vasto y Nuevo Continente á la 
comunicación de las naciones europeas: rotas las cadenas del Atlántico que 



• 316 
ceñían desde uno á otro pololos límites puestos hasta Colon á la ioveitigacion 
de los navegantes : echados los cimientos al dominio español en el hemisferio de 
Occidente, y puestos en el camipo de su fama tantos y tan af entejados oaaiinos 
como sucesivamente glorificaron su nombre en el vasto mar de los ulteriores des-- 
cubrimientos , nada quedaba por hacer al Almirante para eternizar su memoria 
con ventajas sobre la de tantos héroes como en su carrera le fueroa sucediendo, 
y parece como que el fallo irrevocable de la Providencia asi lo oomprendiera, 
cuando dispuso que nunca masía persona da Colon volviera á esponerse sobre 
las terribles ondas del Océano después de su regreso á la nación española que por 
hijo predilecto lo adoptara. 

Dado al mar en los dos bajeles que en la Jamaica le habian rescatado» con- 
trarios elementos volvieron á acosarle hasta el estremo de desarbolarse uno de 
aquellos; pero trasbordados M que mas útil estaba todos los individuos, cuya 
presencia en España era urgente , siguió este su rumbo hacia el Oriente , en tanto 
que el otro se volvia al puerto de Santo Dominga, y entró en la bahía de San 
Lúcar de Barrameda el dia 7.de noviembre , después de luchar todav(a por dos 
meses menos einco dias con las encrespadas ondas del Atlántico. 




/ 



CAPITULO XXV. 



Ma ¿6 GoloD 4 Satilla ¿«tpaet de su llegailÉ al paerlo de San Láoar» — Comanicaetones con la corte por medio de 
n h^ p%ra tolreral gooede m i^rwboi.'^JBTitiTas del rey do* Fernando y mnertede la reina Isabel que 
dileulU el io|ro de la jusiicia en a^nella contiendm.^Traaládase Colon á la e^rie donde nada consigue y al cabo 
enferma en Valladolid: susdbposieionei.—Va.el Adelantado al encuentro de U reina doña luana , oa demanda 
de jnrtíeia para el Almiránfei pero enando esCá eereana la reparación fallece don Cristóbal y las pretensiones se 
trasladan al nombre de s« bijo primogénito.— Benéíleas dbposÍBiones del testamento de Colon. — ^InTeneiones fal* 
sas de autores eslrangeros en mengua de su buena fama , y aclaraciones pai:^ destruirlas. — Juicio crilteo acer* 
ca del descubrimiento de las Indias Occidentales respecto de la industria y conocimientos que el Almirante des- 
plega «» aquella empresa.— Caréeter de Colon durai^le el eurso de los sucesos relatados.— Destino sucesÍTo de 
los restos del Almirante según lea acontecimientes que ban tenido lugar basta la eonclnsion del siglo IVUI. — 
Ceremonial de su trasladen á la Isla de Cuba donde se custodian actualmente.— Sucesión del Almirant^: altera- 
eiea desús rentas | tlti^oey preeminenelu ^ y cerno llegaron á poder d^ la casa que en el dia los posee.— Fin 
de la TÍda y viajet del Almirante. 



Desde el puerto de San Lúcar , dóode volvió á pisar Golon^ su patria adoptiva, 
tao lastimado por los contratiempos de su fortuna, como trabajado por los acha- 
ques de los años, se hizo conducir á Sevilla, emporio á la sazón del trato con las 
Indias por su industria descubiertas, y residencia del tribunal particular á que 
de derecho se debian las cuentas circunstanciadas jde los sucesos y ganancias, 
que hubieran tenido lugar en aquellas remotas y escasamente conocidas regio* 
oes. No eran muchas las que habia de rendir el famoso Almirante procedentes ¿e 
8u postrero y mas desdichado viaje: pues si bien el reconocin^iento interior de la 
provincia de Veraguas le habia prometido muy abundante cosecha de preciosos 
metales, no es menos cierto que aleccionado con los recientes sucesos de la Es- 
pañola, ó quizá porque difiriese para mejores circunstancias la esplotacion de 
tales riquezas, escasamente tomó las necesarias muestras para acreditar la bon- 
dad de su último descubrimiento (1). 



{4) En la carta que desde Jamaica escribió Colon é los Reyes Católicos, ae eonfirmn cuanto Tamos diciendo 

eon Tarioo de sus párrafos. Tratando de la abundancia* del oro recien descubierto, dice yo videenetta tierra 

de fcr«gr««« lüoyor teñtü de oro en dQ$ diat primeroe, {«e en /a Btpetñola en cuatro años» ... y mas adelante, 



318 

Con todo: la concarrencia del coifiercio en SeviUa^era tal á la sazón, como 
no se conoció mayor en mas aventajados tiempos; y por lo mismo no fáltala en 
dicha ciudad ninguna de cuantas circunstancias hacen grata- la vida» así por la 
suavidad del clima en la próxima estación del rigorosa invierno que se acercaba, 
como por la abundancia de recursos indispensables contra las agudas doleaoías 
de que el Almirante se ^eia acometido: influyendo á la par las simpatías con 
que contaba en dicha ciudad, por la frecuente permanencia que «n día habia 
hecho cuando los preparativos de sus respectivas espediciones. 

Gomo era de suponer, fué*su primer cuidado participar á la corte el arribo 
que acababa de hacer á la playa de San Lúcar y su traslación á Sevilla, enta- 
blando desde luego por medio de su hijo don Diego , que como paje de la reina 
se entretenía cerca de SS. AA«, la conveniente restitución de aquellas preemi- 
nencias y dignidades y rentas á ell^s anejas , de. que tan importuna como descon- 
sideradamente se le habia despojado. Pero tocó su desdicha el inmediato incon- 
veniente de la postración en -que yacia la reina, su mas decidida protectora , que 
sensible á los repetidos golpes con que el cielo se esforzaba en acrisolar sus vir- 
tudes, lloraba en el lecho de sus últimos dolores la pasjada muerte de su hijo 
primogénito, la mas reciente de su hija doña Isabel y de su nieto y sucesor el 
príncipe don Miguel de Portugal , y las desdichas ya conocidas de su otra hija 
doña Juana. En tan lastimoso estado escasamente se la podía hablar de negocios, 
y aunque en alguno de sus regulares momentos pudo saber la vuelta de Colon y 
los trabajos y peligros que le babian rodeado, así como la exageradamente rigu- 
rosa administración de Obando en la Española, no alcanzó á su moribundo po- 
der el remedio de los desafueros de este, ni la inmediata restitución de cuan* 
to pedia y le era debido al Almirante , puesto que k muerte ^jó sus nobjes 
intenciones en Medina del Campo á 26 de noviembre de aquel año calamitoso y 
desdichado. 

Cuando supo Colon tan siniestro suceso, desconfió hasta cierto punto del 
éxito mas regular de sus motivadas exigencias ; y ya que no pudo por si mis- 
mo darlas el conveniente calor ante la Consideración del rey don Femando, 
hizo partir de su lado á sui hermano don Bartolomé. y á su hijo natural, para 
que con don Diego y los otros parciales que ya tenian mano de sus negocios, 
neutralizasen en la regia determinación los malos informes de sus detractores 
y enemigos declarados. 

Desconfiaba con razón, el Almirante, de alcanzar la satisfacción que 
eirá debida á la eminencia de sus merecimientos, y á la excelsitud de sus 
derechos: y no porque unos y otros fueran capaces de aniquilar laS fran- 
quezas de la corona, sino mas bien porque conociendo la suspicacia del mo^ 

jattificando U Moa política de tas procederes ^ se espresa de este inodo:£/ oro ^«m láene $lQmbia» d$ Y0r§gua9 
y lot oirot de la c^inatca , bien qnfi segut^ inforwuieien el eea wmdko , «o me páreme bien ni tervieio de vnet- 
iras Aliexat de telo tomar por via de rebo : la buena drdA^ emietré eteándah y Maltf fama,' y hará qm iodo olio 
ven¡/a al Ttegro ^iie no q^ede un grano. 



319 

rea aragonés, y la calculadora frialdad dé sos acuerdos y especulaciones, 
<Mmpreddia cuánto habian de trabajar sus celos el acrecentamiento de un po- 
^er que cada día era mayor por los descubrimientos de quien lo ejercía, 
«n Yirtnd de legales capituladones, y lo que las riquezas forzadas que acu- 
mulaba Obando para regalo de la corona habian de mermar la regia voluntad, 
cuando tratara de inclinarse á la administración de la justicia. Por esto, con el 
tiempo limitó Colon sus reclamaciones á las que juzgaba indispensables al re* 
paro de su honra; y aunque á veces el rico* ingenio que descubriera un Nuevo 
Mundo ¿najado de oro, se vio pobre, sin knas que su crédito para satisfacer sus 
necesidades, todavia se olvidaba de las rentas que por los beneficios de la isla 
Española le eran debidas , y no satisfechas con la puntualidad indispensable, 
para acordarse nada mas que de la recuperación de su dignidad en el gobierno 
d%|a mencionada isla. 

Guando la estación mejoró en el siguiente año de 1505, y por gracia muy 
especial le fué otorgada á Colon licencia de la corona para cabalgar en muía, 
se presentó en la corté de Fernando Y , residente en Avil|^ ya entrado el mes 
de mayo, con propósito de gestionar en debida forma y personalm^te lo que 
á sus memoriales se reEusaba; pero tampoco alcanzó mayor gracia quien con 
la escasa qué poseia , hartos celos inspiraba , y causado de haber consumido 
Cérea de un año en la corte sin esperanza de obtener por ningún medio la jus- 
ticia que apetecia, cayó al fin postrado en. el lecho de miserias, de donde estaba 
decretado qur nunca mas habia de levantarse. 

Sucedió tan lastimoso caso en Yálladolid , á donde el rey don Fernando se 
habia trasladado, precisamente en ocasión de aparecer sobre la impura atmós- 
fera que rodeaba el cansado genio, el iris de sus mas bellas esperanzas. Era la 
llegada á España por el puerto de la Coruña de la reina doña Juana , conocida 
vulgarmente por la loca , merced al profundo amor con que amenguó su razón 
en holocausto ¿ su esposo el archiduque don Felipe : cuyos monarcas , por las 
mercedea con que tlebian inaugurar su reinado , ó. mejor por que conocieran la 
dosis de justicia que asistia.á Goloif en una carta que con su felicitación les di- 
rigiera por conducto del. Adelantado , despacharon á este con muy favorables 
promesas y mejor fundadas esperanzas. 

Desgraciadamente las que tal vez hubieran contenido el curso destructor de 
los padecimientos que acabaron con el Almirante , siquiera destruyendo el ve- 
nenoso influjo que operaba en el cuerpo físico la causa moral de todos sus afa- 
nes, llegaron con el Adelantado cuando el famoso don Cristóbal Colon habia 
ya desaparecido de sobre la faz de la tierra. Desdicha irreparable fué que ni 
el tiempo ni el curso regular de la naturaleza pueden mitigar en el ánimo de 
quien la contempla , cuando ella se refiere , no al conquistador que conduce la 
desolación en la muchedumbre de sus huestes , qi al sabio que adelanta las 
ciencias vertiendo en torrentes de luz las producciones de su retirado estudio, 
sino al hombre supremo que abarca en su historia con la táctica sublime del 



320 
capitán la prudencia del caudillo, la ciencia del sabio , la antorcha del filóso- 
fo, las primacías del invento, y por consecuencia de sus prácticos descubri- 
mientos , estiende el comercio , ensan^a las dimensiones del globo , fertiliza 
las tieras incultas, da nueva vida á numerosas generaciones, cambia razas 
enteras, perfecciona los conocimientos físicos de las ieyes del mundo, y es- 
tiende la luz del evangelio por todas las partes habitables de la tierra : que tan 
grandes y* aun mayores fueron las consecuencias que produjo el suceso qué 
llenó de luminosa fama al héroe de los descubrimientos. 



Í.M'V'-|»r- 




Murió €on efecto Colon en Yalladolid eldla 20 de mayo de 1500 años, cuando 
los suyos rayaban en los setenta , después de poner la mano eií sus postreras 
disposiciones con tan grave acuerdo como era de esperar de tan recta y señala- 
da conciencia. Ordenó su testamento primero estableciendo con rigorosa escala 
los trámites de la sucesión consiguiente á sus títulos y rentas, ordenando como 
indispensable circunstancia que aquella persoúa que sobre la tierra represen- 
tase sus gloriosos timbres , no pusiera en la firma respectiva otro nombre ni 
mas palabra que El Almirante: con cuya elocuente cláusula dio á conocer muy 
fundadamente en cuánto sabia distinguir las causas verdaderas del engrande- 
cimiento de su fama , suponiendo que ningún otro título, por honroso que fue- 
se, tendria tanto valor como aquel mas modesto en que sus mejores invencio- 
nes estaban simbolizadas. Después , apartando la mente de la cumbre de su 
gForia para descender á las mundanas perecederas atenciones , señaló con pró^ 



321 
diga conciencia crecidas rentas á sus parientes y amigos: ordenó ei pago de 
insignificantes cantidades para hasta entonces ignoradas personas que en sus 
dias de tribulaciones le habian socorrido: mandó distribuir abundantes limos* 
ñas, 7 descargando de su alma, el peso de mundanos estravíos» dotó conve* 
nientemente á dona Beatriz Enriquez , madre de su hijo natural don Fernando, 
y recomendó ambas personas á la consideración mas especial de su primogé- 
nito doft 'Diego. 

Todavía con lo dicho no estaban llenas las circunstancias que debían espe- 
rarse^de tan señalada persona en el último instante de su vida. Los hombres 
eminentes , al entrar en la común jurisdicion , destellan. sus actos de tal modo 
qué no pueden desapercibirse por ninguna persona medianamente orientada 
en los sucesos del mundo; y sin duda el mas ligero de sus descuidos aparece 
como una mancha enorme en el blasón de sus procederes. Colon tendria pre- 
sente esta máxima juiciosa, porque á su penetración se escapaba difícilmente 
ninguna de aquellas que tuvieran un fundamento ndoral de conocida trascen- 
dencia , y no era ignorante tampoco de la gloria imperecedera con qué habia 
de etemnár cuanto estuviera ligado á su ilustre nombre. En tal concepto com- 
predio que no pudiera ser reputado por buen ciudadano en la agena patria 
quiea de lá propia se olvidase, y á ilustrarla acudió con su nombre después 
de dotarla con una parte de sus bienes temporales. . 

Ya en 1502; cuándo se ápercibia para su último viaje, escribiera al banco 
de San Jorge en Genova para que recibiese en adelante la décima de sus 
rentas^ con obligación de entregarla á la universidad ó corporación municipal 
de la ciudad para que en igual suma rebajase los derechos establecidos sobre 
el trigo , vino y demás artículos de mas necesario consumo. También quisieron 
sustentar autores de nota que en parlieuiar documento, impracticable entonces, 
dispuso el Almirante la erección y sustentación en la propia ciudad de Genova 
de un hospital destinado al alivio de los pobres: pero aunque ningún valor 
merece la noticia por lo bastardo de su origen, está tan justificada la invención 
con la piadosa afición manifestada hacia su patria por el Almirante , que induda- 
blemente nos causa grande sentimiento no poderla dar por verdadera; * 

. Colon fué un hombre tan celoso dé sus derechos como respetuoso guardador 
délas agenas preeminei|cias: y el estraño codicilo á que nos referimos , sobre con* 
tar en su forma y práctica un origen harto mas moderno que la época del Almi- 
rante, desvirtúa grandemente la rectitud de tap noble personaje, y hasta cierto 
punto justificaría las sinrazones que en sus preeminencias se cometieron antes y 
después de su muerte (1). 

(4) El aktto ÁBdrée y los tefism TirabMelii y Bwi, «atores ITiM rsp«tiÍM del siglo XVIU, dieroa á eoaoMr 
«a sas okrss respeetiTSs «1 primero do CmrUi fmmUaru^ el segaado de Mittérítí liUrmno de IUUÍ9, y el «lUso 
do U fttfa d» Cúhm , «íoHo deyoeioatrio hallado oa It hiUloCeea parlicalsr do la casa do Cotslai ea Roma , por los 
OBOS de il9$f el eaal se sopoae regalado á Coloa per el Papa Alojeadro VI. Ea sas forres 4 eabier tes de pergeaii- 
ao so leo aa é maaera ile eodieilo aiilitar do los qae ee conoeioroa y saaeioaaroa ea Espafla por la aatoridad real 
ea favor de los militares qae mañosea ah-intestúto , ya eatrada la época del seftor doa Felipe V, nio es: dos ai- 

41 



322 

Mas razonables su§ últimas disposicioaes en lo que á la fama de su patria pu- 
diera contribuir directa mente, ordenó que se edificaseeñ la ciudad de Gédora una 
casa que habiade habitarse por una persona de su famiUa y apellido» casada y con 
renta bastante para sustentar decorosamente el.blason de sulinagCi de suerte que 
nunca faltase alU quien recordara á la posteridad la gloria personificada de sos 
extraordinarias empresas : con lo cual y con el. espíritu levantado á la morada 
eterna, dejó su cuerpo la vida de las tribulaciones, para entrar en Ia*c&fera de 
la fama oue jamás habia de abandonarle, por cuanto á sus hechos era debido. 

Al terminar la brillante narración de los acontecimientos que sustentaron 
el principio del engrandecimiento con que se distinguió entre todas las euro- 
peas la nación española al comenzarse la centuria décima sesta , no cumpliría- 
mos como dignos historiadores si dejáramos de examinar filosóficamente cuan* 
to concierne á la habilidad de la empresa que puso en evidencia , {>ara asombro 
de los sabios , la existencia dé un mundo ctiyo conocimiento estaba envuelto en 
las sombras del mas profundo misterio. Entrando, pues, én el examen de las 
circunstancias que conc\irrieron á facilitar el primer viaie del Almirante, pres- 
cindiremos, por no repetirnos, de los fiíndaméntos en qué estribó aquel den- 
tro de ia imaginación fantástica que con tal vehemencia los acariciaba; y aun 
cuando por la decisión con que se plegaba Colon á las doctrinas é indicaciones 
mas oscuras , no aceptamos , como pudiera aceptarse , ' la inspiración dé un ente 

glot después de Ja raiierle del Aliuírtnte : y por dicbo codtcilo , cuya leira quiere parecerse 4 la qae liaeia Coloi en 
sus escritos, bien que el apócrifo inventor equÍTocira el modelo lo bastante para qae la laz del tiempo descubrie- 
ra §• falso origen, je ordena la instituoion y sustentación del bospital 'mebcionadO| y para mengun de quien tan 
ridicula ficción quiso autorizar con la ignorancia y escaso criterio de sucesivos eseritorof, vertió también la absurda 
especie ó manda que baeeel navegante ilustre del almirantazgo de las Indias á favor de la república de San lorge, 
deficientequé linea mea ma$ettlina in Admiralato meo Indiarum et annexie justa privihgia dietí Begie m tue- 
eeeorem deelaro et $ub$iituo eadem hempiibUeam S. Georg/ei, ... corneo si á la buena penetración del Almirante 
pudiera ocultársele que los títulos y. dignidades que tienen el carácter de un gobierno dado, no pueden ser trans- 
misibles fuera de la jurisdicion real é- que los dominios de dicbo gobierno pertenecen , y mncbo menos por un 
•ébditó qoa k\ efecto no babia obtenido, ni tun siquiera solicitado el beneplácito de su monarca, legitimo duelo 
de cnanto en la manda iba enunciado. Si bubiéramos de pararnos á refbtar la posibilidad de semejante codicilo, sin 
duda tendríamos argumentos sobrados para confundir su origen con datos incontestables, bien que adelantando 
muy .poco á cuanto en la propia cuestión espusé con sabio criterio el sefior don Martin Ferñandei do Navarrelo 
en la Colección diplomática de la de Viajev, tomo II, pág. 30S,á la coa| remitimor á los que mas detenidamente deseen 
ilustrar este asunto j bastándonos á nosotros el apoyo del buen sentido que nunca abandonó al Almirante, y mas 
que todo á U imposibilidad de que se bieiera por tan roicpetable persona un documento que amenguaba la real auto- 
riJud , sin contar la eircunstanoia de que no fué conocido ni puesto en práctica legal basta doa siglos mas tarde. De 
sentir es que el señor Wasbington Irving, cuya fufa y wajes de Colon tan justa fama le ba conquistado, se em- 
peñe en sustentar en su cuarto tomo por medio de una importuna ilustración tan conocida falsedad, sin mas mo- 
tivo ni razen que la do bebería aceptado een jioeo exámea en el tomo I, oltidundo por semejante proceder lo que 
•e debe á la verdad , indispensable siempre en los trabajos bistóricos; y que es de bombres «1 equivoearso como es 
de sabios el confesar sus equivocaciones cuando mejores pruebas las patentizan ; cuya máxima sustentada por las 
justas consideraciones de la equidad, fué mejor apreciada inmediatamente por el mencionado señor Navarrele, que 
al encabezar el tomo III de sn Colección de Viajes españoles con el prólogo d<t costumbre , dice : pero nueetra fran- 
quesa y amor 4 la verdad noe obliytm á roéra elmru at de nneeirat opmie«e« erradae, optando á la iu% de ••eeet do- 
ewmeníat conoeemoe el eetrmtéo é qme noe eomdeíeim d wnemo reepeto ^ U amioridad de aqméttot primero» hieterim- 
doree, ó la ciega eomfia mx a em el dietémem agemo. Quiné ai el eatendide eacriter angto-americane hubiera alcanna- 
do dicho tome III, qne no conoció basta deapuea de publicada a« obra, habría copiado tan neble modelo, y cenél 
se hubiera evitado los gravísimos cargos que en este y otras cuestiones ha de hacer á su fureialidad la rectitud 
de la historia 



323 
sohreDatural (Mira dar cima á las profecías de la Iglesia ; no hay duda que se ha* 
brá de conceder una superioridad en las ideas y una grandeza de espíritu tales 
eoBio concurren pocas veces en un propio sugeto para adelantar tan larga dis* 
tancia en'el caminQ de las investigaciones. ' 

CoUníf como dice un moderno escritor de nuestra patria » tenia un alma 
wperiará la edad en que vivia. Patra él estaba guardada la grande empresa de 
atravesar aquella mar que había dado nacimiento á tantas fábulas, y de desci-- , 
frar él misterio de su siglo (i). El sc^ñor Robertson, por el contrario , en su His- 
toria de América o]>8erva: qucrsi la habilidad del famoso Almirante no. hubiera 
existido, no por eso el continente trasatlántico hubiera quedado oculto á las 
investigaciones europeas al terminarse el siglo XV; cuya opinión, sobrada- 
mente ligera por mas que verídica parézcanse appya con especialidad en el 
casual arribo que hizo la armada portuguesa, mandada por AWarez Cabral, en 
el puerto Seguro del continente americano; como si fuera probable que tan 
considerable armada se engolfara tanto por los mares de Occidente» á no ^tar 
ya recráocidos sus misterios y descubiertas las fábulas con que antes de atra- 
vesarlos Colon se hacían Ssintásticos y. temibles. Al Almirante, pues, se debe 
el descubrimiento con todo el mérito de sus observaciones ; y si alguna parte de 
mérito pudiera deslindarse del que corresponde al genio de la empresa combi- 
nada con las meditaciones mas profundas, sin duda que corresponderia de de- 
recho á los españoles que con sus recursos y con sus personas entraron en ella, 
sin miedo en el corazón, antes con tanto valor y tanta abnegación como esca- 
samente sucede. 

Las mediladones del Almirante, úempre profundas, y su espíritu emprm- 
dedor fueran bastantes para dar cima^ á una empresa tan difícil, si las preocu- 
paciones de sus contemporáneos no hubieran puesto i prueba su constancia, 
que es la virtud que mas resalta en el transcurso de su vida. Con efecto; otro 
hombre menos consecuente ó mas bilioso hubiera desistido de su pasión favo- 
rita ante la inmensidad de obstáculos é injurias con que aquella le regalaba 
cada dia; pero, como dice Gladera, para él estaba guardada la grande empre- 
sa de atravesar el Océano: y nunca con mayor verdad hombre alguno pudiera 
aplicarse como el Almirante aquellas palabras del cínico filósofo que decia: yo 
soy pebre, errante , sin patria , sin asilo. Migado á no cuidar sino dd dia ; pero 
opongo el valor á la fortuna , la naturaleza á las leyes y la razón á las pa- 
siones (2). 

Los celos y la ambición le crearon émulos , como siempre ha sucedido á todos 
los hombres privilegiados: desgraciadamente un rey poderoso túvola flaqueza 
de no conformar al principio con las observaciones teóricas del Almirante, y 
de recelar del poder inmenso que se adquiría con la realización práctica de las 



^4) Clavera. Invcstigacioin^s históricas. 
(2) t^latarco. Yidat de Varonet célebres. 



324 
mismas: por b cual do faltaroa sinsabores á Colon, que vio crecer por seme- 
jante causa el número de sus émulos. En los pabcios son los monarcas el espa* 
jo donde reflejan las acciones dé los cortesanos^ porque todos ^suelen* buscar ^ 
mejor -mo^o de imitar á sus señores para agradarles» y únicamente *aaí puede 
esplicarse la enemiga que profesaron constantes á Colon ciertos personajes ilus- 
tres de la corte de Fernando Y, lo mismo que se esplica cómo varios discípulos 
de Platón afectaban ser cargados de 4Bspalda por parecerse á su maestro (1). 

Es verdad que en cierto modo no faltan severos cargos que bacer á Colon en 
el curso, de sus viajes y en la administración de sU gobierno ; cargos que si bien 
quedan borrados con los procederes de sucesivos gobernadores» no por eso de- 
jan de patentizar la condición humana donde los hechos mas sublimes tan sob 
revelaban la existencia maravillosa dt la Providencia^ Ni de otro modo pudiera 
comprenderse al hombre» que manchando sus infinitas virtudes con algunos de- 
fectos» pues de otro modo la historia se convertiría eú panegírico» y daria lugar 
á la aplicación exacta de la severa reprensión con que el mas profunda de nues- 
tros críticos ha censurado á los parciales historiadores {2), 

La esclavitud de los indios sublevados» aun después de las órdenes contra- 
rias de lá reina Isabel» y la inhumanidad de los castigos impuestos á los espa- 
ñoles inobedientes ó sediciosos» privándoles del sustento necesario» son pruebas 
inequívocas de que no estaba exento de defectos quien tantas virtudes poseía; 
y así nos complacemos en declararlo» no. sólo para que el héroe aparezca hom- 
bre ante la razón de los lectores » sino también para justificap;en cierto modo 
las parcialidades que en su contra se pronunciaron a3Í en la corte como en los 
propios domiaios que estaban sometidos á su gobierno. También concurrió sin 
duda á enagenar algunas voluntades el carácter ejecutivo de don Bartolomé Co- 
lon» en cuanto estuvo sustituyendo al Almirante» ó mejor cuando los dos se 
pusieron eñ armas contra los rebeldes. Este era hasta cierto punto conciliador 
y enemigo de los estremos violentos para con los español.e8 que tan útiles ba-r 
bian sido y estaban siendo á su gloria: aquel » menos capaz de óoncebir grandes 
proyectos» era el alma de la ejecución» y con ánimo levantado y soberbia vo- 
luntad sabia destruir cuantos estorbos se crearan contra el logro de sus empre- 
sas. Colocados ambos á semejante altura por las facultades que el Almirante ha- 
bla declinado en su hermano » y puestos en frente de un pais cuya conquista 
fácil en sus principios comenzaba á levantar inmensos obstáculos» pareóla como 
que simbolizaban á los griegos capitanes Ificrates y Timoteo » prudente y frió 
calculador el uno» severo y activo el otro» y los dos en la ejecución siempre 
constantes y atrevidos. 



{4) Anteareis» Viajet par Grecia» 

(2) A fé (decía D. Qaijoto) qae no fué (an piadMO £oOfl como Virgilio le pinia, ni tan prndenls Clíias oonto le 
describe Homero. Asios» replicó Ssnion ; pero ano es escribir como poeta y otro como historiador : el poeta pue- 
de contar ó cantar las cosas, no como faeron , sino como debian ser, y el historiador las b# 4®. escribir» no como 
debían ser, sino como fueron» sia afiadir ni ^nitar á la verdad cosa alguna. (Gervaotes. Parta segunda, cap. Ilí.) 



326 
' A talar dotes forzosamente habían de acompañar algunos desafueros, y no 
faltan nemorias coetáneas con que tacharen ciertos casos la conducta del Almi- 
rante; pero si ella se compara oon los acreditados gobernadores que tomaron 
desfiues i su cargo la administración de los pailas descubiertos, se comprenderá 
fiicilmente que todos eran menos dignos que Colon en semejante cargo , y que 
masque á sus desmanes se debió á la suspicacia del rey el término infeliz dé su 
carrera. Hacemos esta manifestación como las anteriores eb fuerza de la verdad, 
que debemos al buen criterio y á la sana razón de la mas cierta historia : que no 
de otro modo pudiera concebirla Cicerón definiéndola el testigo de los tiempos, 
la luz de la verdad, la vida de la memoria, la escuela de la vida, y de lá anti- 
güedad mensajenr (1). Por esto hemos consignado t^on severa imparcialidad los 
lunares quera cierto modo mancillan la buena opinión de los personages que han 
figurado en el término principal del gran cuadro que hemos hecho ; bien que 
eüoano pued^ autorizar el descrédito^ la infamia con que apasionados autores 
los ofoscan-, porque siendo aquellos únicamente el espejo fiel de la verdad , nos 
ofrecen harto que agradecer en el terreno de las comparaciones , por lo que tiene 
de injusto y naturalmente torcido el corazón humano al entrar en el campa de 
las naturales ambiciones; 

Noquedarialsatisfechala general afición ni eUn teres qué inspira la gloria de 
Cokm á quien sus hechos estudia si , abandonando su cadáver en el caliente lecho 
déla agonfa, úq diéramos cuenta de los sucesos que le tocaron aun mas allá de 
la tumba« Además: que siendo Colon el primero y mas glorioso Almirante entre 
todos aquellos cuyas biografías han de abrillantar las páginas de nuestra historia, 
fuera imperdonable miston ño seguirie respetuosos hasta la morada de su eterno 
descanso. 

Entre las mandas piadosas que habia. hecho en su testamento una ordenaba 
que, cuando susi^entaslo permitieran, se fabricase y sustentase una capilla en la 
Vega Real de la isla Española donde reposase su cadáver y se hiciesen sufragios 
por su alma: pero como esto no pudo tener lugar inmediatamente ^ por el estado 
especial de abandono en que se hallaban las rentas y privilegios del Almirantea 
la hora de su muerte, fué depositado dicho cadáver primero en el monasterio de 
San Francisco de Valladblid, después trasladado al de Cartujos de Las Cuevas en 
Sevilla por los años de 1S15 , y finalmente , en 1536 fué conducido á la isla Es- 
pañola , y colocado en Ja capilla mayor de la catedral de Santo Domingo , en unión 
con el de sil hijo don Diego Colon que también habia muerto en Montalvan diez 
años antes. 

Cuando por el desenfreno de una potencia belicosa se midieron las armas 
europeas en todos los confines de nuestro continente por los últimos años <leljsi- 
glo XYIII, ya entrado el de 95, y tras de algunos encuentros desdichados en 
que nos cupo la «peor fortuna, se ajustó la paz entre España y la república fran- 

(1) Hittoria tesiis temponnn^ lux vcrtUlu, tíU momoriv, magistra tH», ooneía ▼etostatis. De Oral. lib. Jl. 



326 

cesa» firmándose el tratado eo Basilea» dondd se hallaban reunidos los respecti- 
vos plenipotenciarios. Las ventaías que por entonces obtuvieran los friMases, y 
algunas concesiones que por su parte nos hicieron en elnueyo hemisferio, dieron 
lugar á que por el artículo IX dbl dicho tratado de paz , les eedíóramos lodas 
nuestras posesiones de la isla de Santo Domingo , aquellas donde primero que 
nación alguna habían sentado la planta y arraigado sus nombres» su religión, sus 
leyes y sus fortunas, los primeros descubridores nuestros ascendientes, y donde 
reposaban en paz las cenizas del mas famoso entre todois los almirantes det 
mundo. 

Para dar cumplimiento al tratado se hallaba á la sazoQ fondeada en el río y 
puerto de Santo Domingo una escuadra española que obedecia las órdenes del 
teniente general de nuestra real armada don Gabriel de Aristizabal; y estedig'* 
no español , que por sus buenas prendas supo comprender cuanto se debe á k 
memoria de los hombres ilustres, se apresuró á manifestar al hasta entonces go* 
bernador de Santo Domingo, eí mariscal de campo don Joaquín García, cuanto 
era conveniente no perder con las posesiones 4e nuestro fundamento en aquellas 
regiones, las cenizas del hombre estraordinario que las habia descubierto. Seme- 
jante observación, como era de esperar , resond muy fuertemente en la patridti* 
ca inteligencia del gobernador García, con tanta mas razón, cuanto quoá la vez 
gestionaba la misma conservación de tan ilustre ascendiente el que á la sazón 
poseía con los títulos del almirantazgo de Indias, y ducado de Veraguas , la |^o« 
ría hereditaria del famoso Almirante: y coitiunioandd las órdenes oportunas y 
ob¿enido el beneplácito eclesiástica de la superior autoridad religiosa de aquellas 
nuestras posesionen, se dispuso la ceremonia de ía exhumucion del cadáver que 
reposaba en la capilla de Santo Damingo hacia ya muy cerca de doscientos y se- 
senta años. 

Verificóse la ceremonia con solemne pompa y muy notable concurso, el 
dia 20 de diciembre de 1795, oficiando de pontifical el Rmo. D, Fr. Fernando 
Portillo y Torres, Arzobispo de Cuba, cuya metrópoli mi entonces Santo Do* 
mingo; y por ellas se hallaron en una bóveda que estaba sobre el presbiterio al 
lado del Evangelio , pared principal y peana del Altar mayor, ciertas planchas 
de plomo como de tercia de largo, que atestiguaban la pasada existencia de una 
caja de dicho metaí, y pedazos dé huesos de canillas y otras varias partes de al- 
gún difunto: todo lo cual se recogió en una salvilla, así como la tierra adjunta 
á los mencionados despojos. Asi reunido cuanto á las cenizas del Almirante cor*» 
respondía , se introdujo con sagrado respeto en otra caja de plomo alli prepara* 
da , de una vara en cuadro y una tercia de altura , dorada por fuera y con su 
llave respectiva ; la cual separó dichos restos fúnebres de la pública atención , y 
fué entregada en manos del arzobbpo, en tanto que la caja ya cargada del glo* 
rioso polvo, se colocó en un decente ataúd forrado de terciopelo* negro confinar- 
niciones y flecos de oro. 

Al siguiente dia 21 se repitieron con mayor pompa y no menos concurren- 



327 



cíalas oficios fúnebres de la iglesia , en pcesencia de las ilustres cenizas que' 
en su lujoso ataúd sobre un decente túmulo se ostentaban ; y á las cuatro de 
la tarde volviendo á k catedral los señores del Real acuerdo , con el Rmo. se- 
ñor Arzobispo» el general de Marina Aristizabal, el Cabildo» los Beneficiados 




de la ciudad y las comunidades religiosas de todas las órdenes allí existentes, 
se procedió en solemne cortejo á la traslación de aquellos restos gloriosos al 
buque en que hablan de atravesar otra vez el , por ellos en vida tan frecuentada, 
piélago de las Antillas. Tomaron el fúnebre ataúd á la puerta de la iglesia los 
señores mariscal de campo don Antonio Barba > comandante de ingenieros » bri- 
gadieres don Joaquin Cabrera, de las milicias» y don Antonio Ganzi, teniente de 
rey de la plaza » y coronel del regimiento de Cantabria don Gaspar de Cásase- 
la; los cuales, alternando con otros gefes militares de su misma graduación» le 
condujeron hasta fuera de la Puerta de Tierra, seguidos de un numeroso pi- 
quete -con bandera enlutada y de todas las autoridades y corporaciones civiles, 
locales, religiosas y militares que á la sazón existiañ en la plaza de Santo Do- 
mingo. 

Ya fuera de la Puerta de Tierra » y no lejos del puerto donde todos los bu- 
ques de la armada» con insignias de luto, saludaban con quioce cañonazos 
cada uno al famoso Almirante» se paró el cortejo pái^ despedir con los cánti- 
cos de la iglesia aquellos despojos de tanta gloria:* y entre tanto el Rmo. Ar- 
zobispo hizo formal entrega de la llave del ataúd al general de marina Arisli- 



328 
'zat>aU quien depositó el precioso vaso en el bergantín de guerra El Deseidni- 
dar 4indose á la vela para trasbordarlo, en la ensenada de Ocoa al navio San 
Lorenzo que lo condujo á la Habana. ^ 

Las. comunicaciones que por mas, avanzado conducto se dirigieron desde 
Santo Domingo á las primeras autoridades de la isla de Cuba , dieron bastante 
lugar para que la recepción en el puerto de la Habana fuese tan digna como la 
despedida lo habia sido en la hasta entonces metrópoli de aquellas islas : de 
suerte que y cuando el navio San Lorenzo dio fondo en la bahía de la Habana 
ya numerosas bandas de falúas bien tripuladas y con banderas de luto- forma- 
ban calle desde el anclaje de dicho buque basta el muelle, distinguiéndose en^ 
tre todas por sus adornos y equipaje la que habia de recibir el ataúd que tales' 
funciones provocaba. En ella se trasladó al recien llegado navio el comandan- 
te general de Marina , con todos los oficiales del Estado Mayor ¿e la Armada y. 
el escribano de guerra de Marina que habia de certificar debidamente la cere- 
monia de entrega, la cual tuvo lugar inmediatamente en el nombrado navio, 
cuyo comandante don Tomás de ligarte hizo con toda solemnidad al dicho co^ 
mandante general de Marina , depositando /en sus manos la llave y caja que 
encerraban los fragmentos mas dignos de la veneración de aquellas comarcas. 

Vueltos á tierra los que de tan digno depósito eran conductores, fueron re- 
cibidos en el muelle con religiosa veneración y marcial continente por todas 
las corporaciones de la isla presididas por el capitán general, el limo» Obispo 
diocesano , cada uno en su jurisdicion respectiva , disponiendo tras de los ho- 
nores consiguientes, la solemne procesión del cortejo hasta la Iglesia catedrpl 
de la Habana, por en medio de las tropas tendidas de antemano en el tránsito, 
y de. la muchedumbre que en las calles y en el templo se agrupó á contemplar 
los antecedentes mas preciosos déla historia de su cultura. 

También en dicha santa Iglesia se repitieron las honras y exequias que ha- 
blan tenido lugar en la de Santo Domingo, oficiando de patriarcal, y pronun*^ 
ciando la correspondiente fúnebre oración el limo, señor Obispo diocesano: 
después de lo cual se dio conveniente descanso á las inmortales cenizas en una 
de las paredes del altar m«yor,' al lado del ISvangelio, bajo un monumento 
erigido allí para su perpetua memoria. Forma el dicho monumento una lápida, 
harto mezquina sin embargo, pero mas que bastante paira perpetuar la gloria 
del héroe que encierra. 

En ella se advierte el retrato del Almirante sobre la parte superior, y mas 
abajo con caracteres dorados esculpida la siguiente inscripción : 

¡Oh restos é imagen del Grande Colon! 
Mil siglos durad guardados en la urna, 
y en la remembranza de nuestra nación» 

Allí descansa , con 'efecto, el genio de la navegación, tan admirado » su. 



r^Kiflo eomo lo bakia ñdo doruitt sa gloñofla ^ida; qne no han de toDerte en 
iCoeBtaparaamaigQarla aatis&cokm de sus tduDfo'sí las pardales qoereHasoi 
los desairea pasagéros que so presencia borraba instantfneaiiieDte» como las 
levantadas olas borran el snroo del Hipido bastímento. Alli le veneran las ge- 
lieraoiones que al presente van^paAndo, como las anterícnres le veneraron en 
la catedral de Santo Domingo, y allí ó. donde ^quiera que los acontecimientos 
üondnacan sus predosos restos, aunque desaparezca del mundo conocido, su 
memoria. será bendecida, y* su genio celebrado hasta la estincion de la espteie 
humana , porque solo asi podrá estinguirse la radiante aureola de gloria que 
arcnnda su famgso nombre. 

De la proj^a manera que los .anteriores detalles han de interesar forzosa- 
mente á quien con marcaih afición haya seguido las huellas históricas del AU 
minmte,.así interjssará el conocimiento de cuanto sucedió respecto á sus títulos 
y prívilegipsi y aunque de ms descendientes alguna vez por incidencia tendrá 
que ocuparse la Hisíaria de la Marina- Española^ no será tanto que sirva para 
aclarar lo bastante cuan^ debe-^berse en la' imi^rtante materia que estamos 
anunciando. 

Ya Sjs ha visto coqio *á la muerte Je, Colon sus privilegios y títulos, si. no 
eontrov^bles por ningún ecmceplo respecto al espíritu de las capitulaciones, 
estaban siendo origen de indigestas cuestiones que acibararon la vida y apre- 
suiaron la muerte del famoso Almirante., Su heredero don Diego, tan pronto 
como dio suficiente lugar at sentimiento de tan señalada pérdida, entabló la 
^continuación de bs*pretensiones' justísimas de su padre; pero aunque el rece- 
loso monarca firmó sin pérdida de tiempo la trasmisión y pago riguroso de to- 
das bs rentas y beneficios que al Almirante eorresppndian en favor de don 
IMego, no así fué espontáneo en la confirmación-. é investidura de los títulos. y 
gobierno^ del almirantazgo y yereinato: de suerte que* el joven heredero, 'to- 
mando antes el beneplácito del rey j.la protección de las leyes del reino , en- 
tabló la demanda judidal contra la corona, y de sus resultas siguió y ganó en 
los tribonalea el litigio,. sin que el rey pudiera entonces escusarse por mas 
tiempo de darle, como lo Inzo, la gobernación de la isla Espan(rfa en los pro* 
(Hos términos que Obando \ estaba qerciendo. Es verdad que en la jeal cé- 
dula se escusaba el título de virey á quien tan de derecho le tocaba; pero no 
es maMS cierto que sometiéndose la magostad real & una providencia que re- 
pugnaba, pero que estaba fundada en. las leyes de Ta justicia, dio una prueba 
solemne de integridad y respeto, que realza gn^ndemente la moral administra- 
tiva ^de su famosa época. 

Desde 15iQ> en que tuvo lugar laida de don Diego Colon á Santo Domin- 
go, hasta 1520, ninguna alteración sufrió en sus atribuciOkies , por mas que la 
calumnia se cebase en él como en su padre se.babia cebado: antes bien, aun- 
que mn la real sandon, se titulaba Yvre\i c(uno apetecía, y por último obtuvo 
justicia del emperador Garlos Y, que le confirmó de lleno en los privilegios del 

42 



330 
primer Alouraiite. Cíon todo , algunos tnos despooB tafo que vaiir á la edrte ¡ 
sincerarse de yertos cargos harto graves qiM se le bicieron» y Inbiendo muerto» 
como se ha dicho, al comenzarse el de 1526» en la villa de Montalban á áeb le* 
guas de Toledo , queda por sucesor y universal heredero su hijo mayor den Luis» 
que entonces tenia seis años » bajp la tutela deja vireina viuda doña Maria» scf^ 
brínadelduquede Alva. .^ 

AI investir el emperador al nuevo Almirante de los cargos y títulos que ma» 
asdbndientes poseyeron» por coQsejos de gobierno fundados en la esteoskm 
que diariameúte adquirian nuestras posesiones del Nuevo-Mundo, se negó á 
darle el título Jé virey' ya de antes t^n litigado ; y aunque entablado nMvo li- 
tigio, pudo alcanzar que en 1538 se le nombrase. Cafiian General de la isla 
Española, fuefon tales las restricciones «que se le pusieft>n, y tan grandes los 
dispendios del título, que por medio de áfiíitros se dirinuó la cuestión, renun- 
ciando don Luis los títufos de capitán general y virey, por los üé duque de Ve- 
raguas y marqués de la Jamaica con que hoy se conocen *sus herederos* Res- 
pecto á sus derechos sobre la décima. parte d«- todos |ps productos de aquellas 
tierras también se contentó con renunciarlos por una pensión anUal y fijado 
mil doblones de oro; pero habiendo fallecido peco -tiempo después, gozó esca- 
samente de las mencionadas^ permutas, que comenzó *á disfrutar mi sobrino 
suyo Hamo don Diego, hijo de Cristóbal su hermano, que. también habia fa- 
llecido* . 

La unión del nuevo sucesor con una hija de don Luis cortó las tendencias que 
se advertían entre ambos á disputarse ia herencia ;*,peró en* cambio fué estérU,. 
y al morir sin sucesión dicho don Diego por los anos de 1578, se promovió, 
entre todos los que eran ó se consideraban ser de la familia de Golm , un pleito 
tan ruidoso como hasta entonces no se-viera en la curia' española. Sin embargo: 
las disposiciones. del Almirante estaban muy claras respecto i los derechos de 
sucesión, puesto que prevenían la entrada, de los varones en línea transversal 
con preferencia á las hembras en línea recta: de toerte que, habiéndose deses- 
timado cuantas pruebas se ofrederon por los pretendientes , muchos de ellos 
italianos, que fundaron el catálogo de orígenes en que se oscureci^on por al* 
gun tiempo el linage y la patria verdadera del Aln^rante , se adjudioó la heren- 
cia á don Ñuño de Yelves de Portugal , como único varón que existía con mas 
derecho por la linea femenina*, declarada que fué en absoluta estincion la mas- 
culina, respecto á ser nieto legítimo de doña Isabel Colon, hija tercera de don 
Diego Colon, el segundo Almiíjinte, y hermana por lo tanto de don Luis, el 
quo dejara por heredero á su^sobrino don Diego: la cual dona babel habia jasa- 
do en BU tiempo con don Jorge de Portugal, conde de Yelves , y no lejano pa- 
mnte de la casa de Braganza. 

Hízose dicha justicia en el s^;ttndo año del siglo* XVil, desde cuya fedia 
hasta hoy sin ninguna interrupción ni oratroversia han disfrutado Ips titolos y 
privilegiéis del fiímoso Almirante los sucesores directos por la Unea masculina^ 



f 



331 
Dointarriunptda, de h mencionada casa» habiendo dado á sos timbres el lustre 
correspondieDte para honra de su posteridad y gran consuelo de las cenizas que 
(aú religiosameiite se conservan en la catedral de la Habana. « 

De corazones gmefosos será el deseo vehemente de que en la propia forma 
procedan los futuros descendientes, ya que por ki inmensidad del suceso que mo* 
uva I4 gloria de su alcurnia, no sea posible que puedan imitar jamás los hechos 
maravillosaB del que ha echado los cimientos á tan distinguida rama de la aris- 
tocracia española. 




CAPITULO XXVI. 



^^racMoes Jiplomitibaí y oiiUtam ¿—¿t el prÍDcipio de etU Hittoríi hatU U aegnnja époea del remado Je 
Fenaade V eo lee Eata4«t ée Gastltl^-vAmada que eoB^nce á África el áltíaio rey* aero de Granada.^ 
$)weeoe de Italia: sale una graade araada de Cartagena »1 mande del Gran Capitán: operacionet y eampaSas 
lebre les marea de Nipolea y Francia.^ Armamentos de Laredo para conducir A Flandes A la infanta doSa Jva- 
na: sneceos de esta eepedición Wta sn Tmelta. — Aprestes contra las islas indcpendicates d^l AtlinticO| y^ con- 
qoirta «le laa Cananas.^Prímefa espediciom.eoDtra laaeostna de«Afríe«: toma ¿€ Melilla.— -Inanrrceeion de loe 
moros del reino de Granada | y parte desdichada qne contra ellos tomó algnna focrsa de la Marina espaftola. — 
Segnnda gnerra de Italia: dispónense nncTOs armamentos: sos capitanes y almirante: operaciones en que se 
, emplean: aoeion laímitable de la Marina eopaIkeJa sobro el eereo de Tárente: preses qae haeea nneeiros era- 
ceros darante aquellas campafias.— Acontecimieotos nfTales —krfi las .agnas espaftolas : soeorro de Salsas: com- 
íate enfrente del cabo de Gata.— Segundo armam%nto qne desde Larcdo conduce A Flandes A la archiduquesa 
deia Inane.— NncTas egrcstooes «entra África: ataque y conmista de MaialqnÍTÍr: Tcrdadero carActer de estas 
empresas: aeontecimientos politicoe del ceiao de Castilla por eansa de 1* muerte de ¿oñ% Isabel J.— Disturbioe 
domésticoe en la real familia , y disposiciones poco meditadas del fej don F^rn^Bdo para cTitarlos. — Paces 
con Francia por medio del impolítico enUee del monarca aragonés con deia Germana de Foix.— PreparatÍTOs 
*de don Femando para ir A-Népoles: armada qae se apnata éa BatcoUBa: sactsea del Tffeje: arHhe A NA peles: 
satreteaimienles politicoe del Bey Católica ea aquellos estadoa — Dbpóaese el ragreso A Espafia^ Tistes en Seona 
da Feraando Y y Luis XII : TueWe «1 mar la r^ia espedtcion y llega A Valencia. — Ordenada dispersión de la 
armada.— VaeUa del ñf don Feraandé A Castilla. ' 



La mas alta gloria de que puede. blasonar h Marina esgafioh en A primer 
período de esta historia, esto es, en los ocho últimos anos del siglo XY y du- 
rante el primer tercio del XVI , sin diida es la que alcanzaron sus mas ilus- 
tres hijos en los famosos deséobrímientos que por entonces verificaron. Prime* 
ros á abrir el camino de la investigación en las vecinas tierras por las'costas 
africanas y sos islas adyacentes desde muy largos tiempos, faltó poco para que 
se rezagaran en su propio camino; merced á los -disturbios que asokron estos 
runos durante el fatal reinado de Enrique IV, y á la actividad marinera que 
se desarrolló con la ciencia del infante don Enrique.de Portugal en el vecino 
reino. Pero tan prqnto como la conquista de Granada puso término á las cues- 
tiones de sangre y esterminio que se ventilaban • en nuestro sueb desde ocho 



334 

siglos atrás, y el géoio de la navegación inno'á brillar en h corte de los Re- 
yes Católicos; riesgo ni temor alguno bastó ¿ sofocar los impulsos manvilliH 
sos de nuestros navegantes, y los «españoles nos pusimos al frente y en primera 
Hnea de los mas famosos descubridores. . - 

Por lo que hasta el presente hemos escrito en los capítulos anteriores, ver- 
dad tan clásica no es fácil que halle oposición, ni siquiera por -parte de lá ar- 
gucia mas refinada; pero aun así no es aquello bastante para terminar lá bri- 
llante historia de nuestros viajes y descubrimientos áiarítimos; porque si hasta 
la muerte de Colon fueron tales como no podrán repetirse jamás por la singu^* 
laridad de sus circunstancias, los que mas adelante se 'practicaron tienen tan 
alta importancia como los primeros en el comercio del mundo, y de su histo- 
ria , ^r lo tanto , habremos de ocuparnos con la ^escrupulosa atención que les 
es debida. • 

Con todo: la muerte de la reina Isabel , la venida *á España del nuevo mo- 
narca don Felipe el Hermoso, y la partida á Ñápeles del católico don Fer- 
nando, hubieron de paralizar, con la acción de los. viajes» ol espíritu que por 
ellos agitaba los ánimos regios: y aunque no fué lar^a la interrupción de aque- 
llos por lo que. tardó poco la muértQ' de don Felipe en atsyar las discordias ci- 
viles que á fermentar comenzaban en estos reinos, bien será tomar alientos en 
la suspensión que proporcionaron aquellas cosas, ^ para na dejar en olvido los 
sucesos de distintos giéneros á que concurrió la Marina ei^ñolá dorante k» . 
postreros años de la gloriosa Isabel , y para dar también á las sucesivas nar- 
raciones el nuevo carácter que por sus verdaderas, tendencias les corres- 
ponde. " 

Volviendo, pues, al año de 1492, príndpio y fundamento de la historia 
que vamos escribiendo, conviene saber: que no satisfechos los Reyes Católi- 
cos con haber lanzado la morisma á la otra parte del Estrecho , se decidieron á 
tremolar sus pendones reales sobre las propias tierras de donde aquellas gen- 
tes hablan venido á nuestro suelo, cambiando los sucesos de como en tiempos 
de don Rodrigo hablan pasado. Al efecto dieron cargo á don Alonso de Agui- 
lar, hermano mayor del Gran Capitán, y este á un" Lorenzo de Padilla, regi-* 
dordeAlolá y ji|mlo de Antequen; para re^no^r la désjpo^ion á» k$ 
puertos y villas fronterioas eaAm litadas costas -de África; 

A ftvorecer el dasempeflo de tan ardua empresa oddtribuyó en'los priitti^ 
pies del siguiente aña ta partida delúHimarey íimrode Granada á las tieitarf 
que trataban de recotíoeerBO. Cuéntase que el desdiohado príncipe soKcitó aqnelkr 
ida lefos de I4 patria querida, dpnde tanto» dulcfsímeB reeuevdos le potím do* 
lante su presente desventqrai ,*y no falta ifuien opina que Alé forzada dicha emi- 
gración por la buena traza de don Gutierre de Cárdenas (i). Pero cotnó quiera 
que á nosotros no sea foczoso aclarar los misterios de aquel suceso, nos con- 

{4) PacüUa. Cráñúa dé Ft^jm /, ctf. ?I. ^ 



SS6 

eretamoa á presentarlo» por U parta que ^ ¿1 tomaron algunos bastUnentoa da 
mieatna fiiecsaa navalaa. 

La orden para la eapedicíon fué oooiumeada al conde de TendiUa , entonoea 
capitán general del reino de Granada, el enal hizo pmeren drden de navegar trea 
nafioaen el pnarto da Almería, áaaber : una nave gruata y dos bergantinea, y 
i aa calor {Murció tambíendel mismo pubrto una fuata en que navegaba el comiaíof 
nado para practicar el sigiloso reconocimiento (1). 




Pero aunque el encargo desempeñó á satisfacción el dicho Lorenzo de Padi- 
lla , entrándose solo y disfrazado por el reino de Trémecen , que visitó mas de un 
año , los sucesos que inmediatamente se verificaron en Italia , vinieron á estorbar 
el atrevido proyedto de los monarcas de España (2}* 

Cuestionábanse antiguos derechos sobre el reino de Ñapóles entre Fernan- 
do que lo poseia, y el rey de Francia Carlos YIII, ^ue alegabar títulos bastantes 
en su concepto para conquistarlo : llegóse á esto la enemiga que contra el di- 
cho rey don Ferna^ndo de Ñapóles concibió el duque de Milán , Luis Esforcia, 
el cual no solamente atizó con sus palabras el fuego de la ambición que devo- 
raba los pensamientos dé Carlos YIII, sino que se ofreció con su estado á fa- 



(4) Cüieech» de doeuwtemt9$ ie Mkrwnamu en el Dep^toito hidrográfico. 

(2) Todo lo dieho reCpeeto á la comitioD eaetrgi^t á doD Alonso de Ignllar, y désenpefiada por Loreniode 
Padilla, cootta ea un% Crónica del rey dem Felipe I, Uamado el BerwtoeOf qne se coosenra ms., eo la biblioteca 
del Cecoríal , y dada A Ivi en el tomo octsTe de la Colección de doeumemloe médiéoe de loe señores Salva y B|. 
randa. 



8M 

vorecérieeala conquista. Tan pronto .como eata se rosolvió por ú franoás, y á 
fin de divertir á los- Reyes Católicos para que no s6 la. estorbaran, -envié él rej 
Carlos sus embajadores á nuestra corte con k mas. amplia y espontánea ceñon 
del condado de Rosellon que sus gentes tenían (t): y aunque al tiempo de ve- 
rificarse la entrega de sus fortaleaast parece que contuarias órdenes mandabaa 
ganar tiempo á los gobernadores que las ttaian , sin dar cumplimiento á la con* 
cordia antes de asegurar la neutralidad , de los Reyes Católicos en Ja cuestión 
principal qjue iba á ventilarse , habiá sidostanta la prisa y tan buena la mana de 
nuestros soldados bajo la conducta jie don Enrique Enriquez, bijo del conde 
de Alba de Liste, que cuando quiso recordar el francés la inconveniencia de sus 
precipitados acuerdos., ya se habian posesionado de Perpinan y señoreaban todo 
el condado (2). . 

En tan crítica, iiituacion, y cuando la tormenta estaba próxima á descargar 
los furores de la guerra sobre el disputado reino de Ñápeles, acudió el monar- 
ca italiano á don Fernando el Católico, suplicándole que por sus cosas mirase: 
y aunque el de Aragón en los principios no quiso intervenir. directamente, por 
no romper la concordia asciptada con los. franceses sus .vecinos, tampoco llevaba 
á bien el acrecentamiento que habría de tener el poder de Carlos VID, si del 
codiciado reino al fin se hacia dueño. Por esto, y porque .el rey de Ñápeles es- 
taba casado con*bermana suya, y además era su primo, envió el Rey Católico i 
suplicar al de Francia que se abstuviese de la agresión premeditada , torciendo 
los ánimos de la guerra á mas suaves concordias: el irancés que ya se habia fi- 
jadfo en posesión legítima de un nuevo reino, llevó adelante sus armas por el de 
Ñápeles, y con esto, despejándose en todas partes los inmediatos deberes, los 
Reyes Católicos pusieron manó en los negocias de la guerra, y aceptaron inme- 
diatamente la que fueron obligados á hacer á franceses en los estraños dominios 
de la Italia? • . 

Grandes fueron los aprestos y movimientos que se hicieron por nuestras pro- . 
vincias con ocasión de la próxima guerra, porque los jóvenes paladines espa- 
ñoles que á las distantes y enfermizas regiones del Ñuevo«JSIundo no quisieron 
concurrir en busgji de inciertas aventuras, vieson abrirse m^ digno palenque 
ai ejercicio de sus armas victoriosas, y adivinaron con justicia un campo mas 
seguro, y sobre todo mas digno de sus hazañas. Pero si la gloria que en las ba- 
tallas se adquiere vino á mecerse brillante sobre la atmósfera que respiraban 
á la sázon nuestros ilustres ascendientes , también podemos asegurar que de la 
que en Italia adquirimos, parte indeclinable el .mas cierto principio demuestra 
sucesiva decadencia en la población, en la agricultura, en el comercio, y por lo 
tanto, y como consecuencia indispensable, en las*bases fundamentales sobre que 
naturalmente se apoya la mejor constitución de una respetable Marina. Afortu- 



•{A) Marítn*: JKil^ria de Eijmña, lib. XXVI, cap» IV. 
(2) PaailU: Cránka dt UHpe I^m. 



337 

I d afiui de k» destubridlieDtos que en Oecidmte se yérifieaban enton- 
MB, dio 4SáIorá hi o(»i8tniGcion de naves y á la perseverancia en el oficio de la 
navegación abriendo nuevos estímulos al comercio de nuestra patria , y por lo 
tairto hubo de sostenerse y aun acreeentárse el poder de la Marina española du- 
rante i»a centuria , basta que por los pasos cuyo conocimiento no es de esté iu- 
f^ , ¡kg& al estado de postración mas absoluta que pudiera imaginarse. 

Bemoáéronse en Cartagena las fuerzas que habían de marchar á Italia, bajo 
la conducta del Gnw Cofitan Gonzalo Fernandez de Córdoba » y en el puerto de 
aqoeUa plaza se juntaron asiousrao hasta sesenta buques de todos portes para re- 
cibirlas á su bordo , cuando se estaba al principio délos 1495 años. 

De aqueUa armada tan numerosa, como de largos tiempos otra no se viera 
sobre la costa del mediterráneo, no todos los buques eran españoles, porque 
á Inen para resistir el corso délos ai'gelinos y mas bárbaros de las. opuestas tier- 
ras, se babian alimentado frecuentemente las^ atarazanas de Barcelona, Sevilla y 
otras, no es menos cierto. que los recientes sucesos babian hecho descuidar la 
construcción de galeras para fijarse en la de bastimentos superiores y de vela 
con destino á k navegación de las Indias, y que amlandd los tiempos llegóse á 
dvidar el régímien y ordenanzas que tenian lais dichas armadas de galeras antes 
y después tan famosas^ viéndose al fin los reyes de España precisados á tomar 
á sueldo las de otras naciones para acudir en las ocasiones á sUs necesidades mas 

urgentes (1). • .. 

■ » • 

{\) 'No 'sabemos hasta q«é punto podremos «lar erédito á las palabras qaa en sn Cróniea de OmieKe Barharrt" 
/• «sonta «B etaft* ¿t 4SM0, y dedicada al marqués de A«torga, dejé cottsifnadoft Francisco Lopeí de Gomara, 
lai enales son estas:— E«|0 /W d eomUnxo d§ ht mmUs qw nftettrfi Etpaña Ha rtékiéo de eotarioi detdeq^^ 
ule Omiehe Barharroja eowtenxó á navegar por nwelras mares robando y deetruyendo nnestrae iierrat : demae 
ée ler Omieha Barharroja emimoto y wtlient^ i^ la /bH«iia por $uya en hallar eomo halíó la eoeta do la mar 
4» Eepatfa m galorat, poírqym á la mm» Mbima deeheeho eaíalamee tut galeras y armada. qm era señora 
de uaesira mar y tenia segwra toda la costa de España y de las idas delta sajetas de los cosarios que haibia en 
áfrica. Besarmáronse estas galeras por mofkdado de los Beyes Catélieoe don' Fematkdo y doña JscM y persua- 
«OR ia fraüee q^ lee enearsareí^ las ce meien e ias por* qiee iemasi galeras, dieiendo que ¡Hoe no tenia mas de un 
M^Cemo para todo el mando, y que ellos qv^eriam tener muchos pues cada galera era un in/iemo, Tania fué 
la obediencia que los catalanes tftvieron á sus reyes y que aunque tenian guerra con ginoveses enemigos viejos , y 
emaque hadou y temiam ei daña qise después acá ee lee ha pot esto seguido, eumjdieron luego el mandaanenio; 
y tem bueno fué el conseja d» oqmMoe frailes, que ha sido causa de cuantas guerras y robos han hecho cosarios 
en estos reinos, etc. (Academia de la Historia: un tomo en folio m8.)~Al margen de estas lineas bay tres notas 
de otra del siglo XVIÜ, y por an contenido parece que qaien las poso, harto enemigo de frailes, daba crédito á 
la eapa«i«| cenaaréndola con dvriaímas palabraa. Kaaotres qae oonoeemoe el earieter y !a previaioii de los Reyea 
Católicos, y que poseemos mas de an documento en que Fernando Y llega é rebelarse contra las determinaeioDCs 
del Fapay siempre que en lo mas mínimo puedan perjudicar sua derechos é inmunidades^ 6 la seguridad de ana 
remocy ienMioa per falea ó exagerada la causa A que Gomara atribuye nuestra falta-absoluta de galeras en loa 
tí«mpoa ennneiadoa. AdemAs^ en loa papelea del Archivo de Barcelona que be TÍato, referen tea á tan- glorioso raí- 
nado, tampoco be bailado érden alguna que prescribiera el deaarme de lea galeras eatalanaa. De todos modos la falla 
de galeras ea poeiÜTa cuando todavía gobernaba eeU» reinos el cardenal Gianeroaj pnea en cédula reelf firmada de 
sn mnno y dirigida A don Junn io SUva^ aaiatenta da Sevilla , dioe :... Nos vos eneargaanoe que luego voe infarmeie 
y eepaie laverdad que árdela se 4enia en.el eoetener de lae galeras cuando las habia en loe alaratauae deea etft* 
deL.^ y qué pereouas y ofieiales habia ebligados ed servicio d^ las dichas galeras y ataraitanae, y qué ordlfAon* 
xas tienen detlat y qué efieiaies hay agora de la suso dicho, y en qué se empieam...,. y así misma endeieaeá «n 
eamOre de los di^s oficiales bu0 instrulo é isiformado para que le mmdemoe oir cerca dello,,.. y esto cmn- 
biene que se haga eon mucho reeabdo y diligencia porque cumple mucho saberlo^ por lo que se ha de provdter 
nó seiameute ahi pero en otras partes decios reinos coníra los meros y turcos que p roc u ra n de las ofbnder ; y 

43 



1 



338 

Ya eDtradi la primavera del dkho afio 1495, ne \áto á ki i^a la avmdi 
cuyo mando superior llevaba el almirante de Aragón don Galceran deBequeaenSt 
oon ordeñes egresas de operar cuando hubiese desembarcado el e[6rcito » a^ooi 
las instrucciones que tuviera por conveniente comunicarle el rey d<kn Fernaade 
de Ñipóles; pero como una tormenta hubiese separado los bajeles, halíendo de 
toda la armada dos porciones, la mas afortunada bajo la dirección dri abmrante 
llegó algunos días antes que Gonzalo á la Sicilia , teniendo ocasión de entrar in«- 
mediatamente en operaciones de guerra / dé acuerdo con él tey despojado , sobis 
las aguas de Calabria. Aunque algo lejano el recuerdo, no se había olvidado el 
que por aquellos mares dejaran las armadas de Aragón en las fiímosas contiendas 
de los Alonsos y de los Jaimes: y fué sin duda por esto p^ loque la fortuna no 
, quiso volver U^spalda á nuestros marinos, cuando estrechada la placa de Reg-' 
gio, se debid su pronta conquista á las ace^tadas* operaciones con que en sus 
aguas se presentaron. 

Entretanto, por h banda del Norte se estaba formando la mas peirgrasa 
tormenta que amenazaba dar en tierra con todo el poder do tos frattoeses ^con^ 
quistadores; puesto que coaligados con el rey don Femando el emperador de 
' Alemania y la república de Venecia » escasamente hs tropas de Garios VHI, 
que apenas subian de ocho mil hombres , hubieran podido resistir á las de 
cualquiera de dichos potentados. Convencido el monarca francés de tan dará 
verdad , tomó sin perder tiempo todas las disposiciones para asegurarse con* 
ti:a la liga en el corazón de su reino : y aunque al retirarse del de Ñapólas, 
dejó con la mitad de su gente capitanes de gran nota que le conservaran su re* 
ciento conquista, fácil le fué preveer que sin otros reeursos, bien poco tardaría 
en acabar en Italia el efímero poder de los franceses. En semejante* seguridad 
trató de sacar algún partido ventajoso del paseo militar que había dado; pero 
no tuvo acierto en la elección de las ventajas pretendidas, por indecorosas i 
la buena moral , y los resultados también fueron desdichados para su propó- 
sito. Con efecto: tomando de ios templos sagrados, de los museos reales y de 
los edificios públicos cuanto de mas belto hablan producido las nobles artes , lo 
hizo cargar en algunas naves francesas que por alK sostaiian sus comunicado- 

íawlbhn not infvrfMd ti en tiempo mHigw> ayiMÍaftan m la$ armadát con Uu galeroi algumot «iov^m ó ofrs na- 
n$ra tU futías, (Oqiórito kiarogréfieo: Coleecüm dip¡mnátiea de Stmanem,) T Mosti ¿9 igval niMrt It'firtta ét 
4ielMt bafltiflwntof propios od lof tienpoi •neei ít^ htttt may pocot aftot aoMs ¿e la batalla it liapafeto, ao aa- 
lamante por lot estados de nuestras faenas navales qoe se desprenden del exftnieB detenido de los arebÍTos, sino 
también por lo qne diea ht ettada Crámca dé Binrharreja en el lagar eopíado, y por lo que manifestaba ol mas la- 
moso marqnéa de Santa Crní á la majestad do Felipe |1 desde Lisboa el «iodo -1980^ an «n memorial de snsser- 
tieios qne dice : f oti mUmo eervi á V. M. em dtir l«jí y de$ov¡brir ean e/kta el poder arwmr geierme em ioe rei- 
«09 de y» Mi , que eeto íenúm otemreeidó loe Gmeeeeee , y hecho eiUeñder é $. M imperiol, 9110 eUoe y me etree 
podian arm«r ffeleret, de qw reemlió temer eUloe eiempre ei golpe g flsena de Ime g ederme. qme le eermimm é t» 
toMo eiemdo de GmovoeeSf de que eo eeguim eueleeU&r geUrue que, eu e mt dquieru oeueieu que lee eemmmieee, po» 
díMi dejer el torvteio de 8, M., g ir eomtru él «o awnilo tueeilot. (Academia de la Historia, Mm. aveltos.) Fero 
de todo lo diebo, si algo so desprende en el eoneepto nvestfo, es: que |mr los tiempos de loa Boyes CalóKeosy 
despnes de la eonqvista de Granada, m perdió la costambre de fabricar ningAi género de bnqnes por cnesta do 
h corons, saWo en mny especíales casos, y qne precipitó la eatincion de las galeras el atan de eoBatrair ascln- 
siTsmente baques de yeU qae pudieran serrir á la tci para la guerra y pfrt «1 comercio do lu Indias. 



»9 

M8 mutíAaa», nuMddáadoIas Mvagajr con k rica prasa i los puertea del Me- 
ilia4ía-de la Frambí^; pero otra flotilla ^e por allí andaba de vizeaiiioa y fe- ^ 
Boveses , dio sobre la escuadra francesa con ímpetu bastante para rendirla y , 
dsepeJMrla dcrtan preeioso carfamento (i). 

£1 dia 24 de mayo del año ya ^cfao, apoi;t¿ Gómalo de Tídrdoba á MÁ- 
aína con los boques que baiñan podido mantenerse en su conserva , é in« 
mediatamente el dia SG se trasladó á la península italiana por el puerto de 
Reggio adonde al cabo de algunos dias se reunió toda la armada que de Gar« 
tagena saliera. Durante las. campañas terrestres que tanta fama dieron al var 
knr de nuestros, soldados y á las dotes superiores de su inmejorable caudillo» las 
faenas de mar desembarazadas de todos aquellos bastimentos que eran purar 
mente de trasporte , se -ocuparon ya unidas ó separadas , en alianaa con geno-* 
vesas ó por sí solas, ¿n. las diversas operaciones que requería el espíritu de 
aqudiá guerra. Sobre las aguas de Calabria» y corriendo por las costas de loe 
Salados Pontificios basta la gran cordillera de los Alpes» evitaron frecuentes 
desembarcos y pirajkrías de franceses que por allí se div^ian en corso^ Otras ^ 
teces no respetando los aprestos de mayores fuerzas» invadier<m las playas de 
Ftoancía por las- costas de Tdon y de Marsella» y en mas de una ocasión hicierott 
ncd botinon algunas bien tripuladas naves mercantes» de las que salian ó en^ 
traban en los indicados puertos*. Los soldados qne habian asistido á la bandem 
ó reclutamiento en España» como entonces no babia distinción alguna entre ka 
cuerpos de mar y tierra» sirvieron indistintamente y según, lae ocasiones de la 
empresa.ya embarcados ó ya en el cuerpo grueso de las operaciones tenesn 
troÉ; y el fiímeso Pedro Navarro » que tan señaladas pruebas dü de sa iage« 
nía anular en dificüea cercos» tampoco dejó nada que desear como capitán de 
un bei^ntin cruzando en oorso por aquellos mures (2), 

El Almirante Requesens proveía con tino e^ckl á lae necesidades de la 
gneiva» d arreglo de sus navales operaciones; y así filé quetras el desastre de . 
Senimara» se le vio con toda la armada española' conéurrir al puerto de Meá^ 
na» para tomar i su bordo al rey Femando y á las gentes que con él se 
babian salvado de la rota;. Goo el monarca y los suyos se [M^sentó h armaf- 
da en el puerto de Ñápeles que los franceses poseían: y entré el ánimo que 
infendó la preaeíima de tankes buques» y las acertadas operaciones del de- 
sembarqué^^ fué tan espontánea la reacción en la ciudad á &vor de su rey 

(2) Entre lot dociim«BÍ08 que nos lirTen de gaia ptra comprobar lo ^«e yanos dieienio» hay Tirios que to 
referes á casos moy especíaks, y por minuciosos fuera inoportuno hacer mención de todos. Citaremos, no obs- 
Isnie» el foe ftand reltciéhi coa Redro HÉTarre» por lá imperináefia del svgeto» evya neticia Irae eo en Ctámeade 
dom FeUpe li, capitulo VIII , el ya eitado Lorenio de Padilla » y dico asi : A ia iason aviiodo ti rty FeriMnHto «fe 
Nápolet dd hkn tueedido, acordó de enviar á Gonxmh Femandet quine» mil dueadot para pagar $u gmU em «na 
/ÍMto par mor: y s^uedSó fue «» sMada'atptHlol ya diéka qaa H I hnml a ftdro lÜiMrro, «ndate éarmria con 
«n Urgamtín con atrioi ioldadot españoletf y eotno wió atia fusta fuew para eDo, y eiilKffIrfís ymiréhpor fuaraa 
éiy sui toldadoi, y aviiadoaamm la motmdé qé§ trmm ara para «Mix«to Fffiítfiíte, ffma etmiilm U métm d$ 
CaUMa, y üe^ó los dimeros ó Gonsulo Fsmsmd§%, 



310 

don Fernando, qae ea bre^e b giiarnicion francesa tuvo qae rediH»r»i la^ 
coQ8er?adon del castillo, de donde tardó escaso tiempo en ser tamlMD arro- 
jada (1). 

Finalmente: cuando el Gran Capitán se vid desembarazado de la gaerra de 
Ñápeles por la *total espulsion de los franceses que babian entrado con Gar- 
los VIH en aquellas tierras, juntó los restos de su qéccito, y con elb»en h 
pr^opia armada que le habia conducido en I4d5, regresó á Espafia en Í4M, 
no sin baber antes corrido por las costas de Túnez y Argel con grave perjaieio 
de los moros que en sus aguas encontraron (2). 

Mientras todo lo dicho ocupaba una porción tan conridenibie de ttmes* 
trab fuerzas navales en las aguas de Sicilia, numerosos armamentos se «pres* 
taron asimismo en distintos puertos de ia península para guardar sus costas y 
acudir al par á otras empresas no menos importantes. Gomo consecnrada na- 
tural de la cuestión que sobre el reino de Ñapóles se ventilaba', las fronteras 
de nuestro territorio se^ vieron inmediatamente acometidas por numerosas 
huestes de una y otra banda; y tanto para protege las pkzas Alertes que en 
étla.s poseíamos con todo génm^ de socorros, cuanto para hacer frente á 
fosHU)rsaríos franceses que pudieran intentar el saqueo de las costas, durstf» 
te el transcurso de aquella, siempre se entretuvieron sobre las aguas del Bo- 
sellon y en las de Vizcaya, numerosas flotas ^ cuyo valor y bu»a direccSon 
hicieron menos sensibles los trances agresivos de la guerra (3). 

Ni la que se sustentó en las regiones de Italia y sobre las faldas de los Piri- 
neos, filé causa ya bastante á estorbar otras espediciones y cmiquistás que se 
verificaron en su época, en especial la que hizo á Flandes la armada eqpafio*- 
la, conduciendo i la infanta doña Juana para desposarse con el archiduque de 
Austria don Felipe, y las que salieron de los puertos de Andalucía, para dar 
dma á la total conquista de las islas Ganarías, con la dominación de la toda** 
vía entonces independiente Tenerife, y para fijar los pendones 4e la crazsobi^ 
las fronterizas costas de África. 

Reunióse la primera con regio aparato y gallardo equipage en ú puer- 
to de Laredo, ya entrado el año de 1496, por orden de ambos monarcas 
espedida en Tortosa coa la data del i8 de enero. (4). En eHa se «nbarca- 
ron los glandes y señores prineipales que dd^n acompañar á Flandce á 
la archiduquesa, tanto para guardar de franceses su persona en la. navega* 
cion, como para servirla en el nuevo estado que i tomac iba: y si hubiéra- 
mos de dar crédito á los historiadores coetáneos y á cuantos mas .modernos 
de aquel viaje trataron , diriamos que concurrieran á la espedicion hasta quin- 
ce ó veinte mil hombres de guerra,. bien que msgor^ datos nos oUignen 

(I) ZarUa : AnaUt d» Araga». 4í«mtCM : tfi^MSiÍM eáAt^i. Fm1|«r: Crénia t dé /m BfyM CMmt. 

{2) Padilla : Crúñka d«. F«Iijm /, bm. 

(5) Prdic«ti: ÜMíorta d§ U$ Méf$t 4Máiic9t. (hiedo: Qmmquajfmm y 6«toffa«, mt. 

(4) ArcbÍTO general de Símaaeat. Negoeiado de Eatado. 



Sil 
á bajar tan crecido número al mas razonable de dos mil y.qoinientos (1). 
Púsose en drden la flota bajo las del Almirante de Gastilla nombrado para 

(4) BeiptfUndOy sin embargo , la avtoridad de cuantos en el referir esta espedicion nos han precedido, no 
p si eii i if BMios 09 snspeftder el eréiito, «stos ée darlo «atoro á la rennion y embarque de tan snperíores fner- 
ns. Pedro Mártir de Angleria^ qne pado ver el aman^to, dice qne eran ciento y dios las naves y diei mil los 
hombres qne en ellas fueron. (Mártir: Opas. Epist. Epist. 468.) El cura de los Palacios, también coetáneo, hace 
stbir sqnellaa á eiento y treinta, y á Tointieineo mH el n4mero de hombres qne condajeron. [Beyet Caiélieos. ms.) 
Don UronM de Padilla, díoe f^ oran osnla y wwle m«<m ¿s tito h&rth f qmnce wUl hombres. iCrdniea dd rey 
J>, FtUpel, ms.) Hernando Pulgar en sv CrtfiuMno dá nAoMroni á los bvqnes ni á lu gentes, y lo mismo hace 
en sn Mittona geiurál el P. Inan de Mariana. Forreras signe el compato del cara de los Palacios, y desde enton- 
ces aeá todos Tirlan entre las TcinU y les treinta mil hombres, lo mismo i^ae entre los eiento dies y los ciento 
treinta bastimentos. Nosotros poseemos copia de la cédala qne los Reyes CntóHeos espidieron en Tortosa á 48 de enero 
de 4496, y en ella se marcan mny detall adámenlo las condiciones de aqael armamento en la forma siguiente: 

a mrwuidm pte eo» ay^Oadé iiMffre Mor 4 den^glorioM madre, tenomoi acordado mandar proveher m haen 
hmra» pmrm §1 majé da la weñora ardUdftqíiomntiotira fja^ «s el sigwknU: 

HOMBUS. 



hoi carracas alteroaas de castillos de cada mil toneles, cada una con qoinientos hombres. 

.1^ naos de á quinientos toneles con. é ' 

1íq$ naos do á enatrocientos toneles con • 

Boi$ naos de á trescientos toneles con 

C%atro naos de á doscientos toneles con 

'C«M4ro carabelas rasas^ eqnipsdas de rei&os con 



4,060 
500 
400 
900 
400 
500 



Yiiute navios en lodos con ..• 5^500 

no contar en la tripnlacion los criados é sirvientes de la casa de la seiora archiduquesa nuestra fija, é repartiendo 
los tres mil é quinientos hombres susodichos segnnd y en la forma qne tenemos acordado, la emoles la siguiente: 

Pilotos, maestres, marineros y demás personas de mar 4,000 

El sefior Almirante don Fadriqne Henriquex con trecientos escuderos, con 
los caballeros é eontinos de sn casa, eient espingarderos , é cinenenta ba- 
llesteros, 450 

El soBor marqués Át Astorga, ciento é cincuenta escuderos, cincuenta es- 

pingardoroi , y cincuenta ballesterot 250 

£1 conde de Luna, cien escuderos, «incoenta.espingardercs y cinenenta ba- 
llesteros ' 200 

Elcondode AlVa la Usto cinenenta cscndcros, cinenenta cspingardero^ y 

dnoncnta ballesteros. , 450 

De Castilla la Vieja, (peones).. ............... 400 

De las Asturias de Santilleaa. '.. .^' ....*...... f . 506 

Do Tfasmicrs.. ...'.. 200 

De Yiscaya , 550 

Ep tpdo. 9,900 hombres, etc. 

Sí á los anteriores detalles hubiéramos de' atenernos con esclasion de otros , fijado en mny escaso número que- 
darla el armamento psra la espedición de la infanta á loe estados del arehidaqoe; pero como en la propia cédula 
sa h«cn mcncioado loa pnoviaicacs qne habla i de llevarte, .y estas con ttntns^qno no fncra p«(s»ble conducir en 
loa eorto número de bnqnes , habremos de suponer qne á Ta armada real se agregó crecido- golpe de bastimentos 
de trasporta*, cuya multitud dio logar á las exageraciones do los citados historiadores. Ni otra cosa podia ser cvando 
en Italia te cataba enlMécnicBdo con trabajo escsao áftmero de gentes de guerra, sin .qne para enviar refnenos se 
pndicran aprontar estos con la celeridad y ^andancia que oonvenia: cuando d miemo tiempo se sostenian en 
ambos marca nnmrrosos bajeles que crosaban en defensa de las propias costas contra moros y franceses, y cuando 
abnorbian muy principalmente la atención las espediciones qué por entonces se estaban practicando á las regiones 
reden dcccnbieriaa ca^d Océano Atlántico, y la conqnista de la icla de Tenerife, verificada á U ta<on por las armas 
españolas bajo la conducta de Alonso de Lugo. Con semejantes aclaraciones, deduciendo consecuencias harto ra- 
xooablcs, nos parece ajn&tadoá la cédala real el verdadero número de soldados qne fneron á FIsndes con^ 
doKa Inénay y no mny inferior el «áoúil do hombres al qne «nos dice .Podro Mitrtir- da Anglería, tenifidc en 
cuenta qne aceptamos los ciento y dios baques 4c qne el mismo Pedro Mártir nos habla , bien qne los noventa 
fuesen de trasporte, y que por lo tanto subiesen á diei mil hombres con corta diferencia las tripulaciones de la 
armada eatm loldiidoii y ainrincrca. 



349 



díñgir aqml viaje con toda la autoridad qua á su obfoto coiivema , y á los 23 
dias de agosto , asarpó del puerto de Laredo c(m viento favoral^e y clairos h^ 
rizontes que auguraban una jornada segura y tranquila» 




Tales fueron 9 con efecto, *las dos primeras singladuras, siguiendo en esto 
conformes cuantas relaciones de aquel viaje se escribieron; pero á la tercera, 
dia de San Bartolomé, tuvieron larga fórtuna que duré mas de oeho horas, 
durante las cuaIes*padecieron harto la princesa y cuantos en ló^ azares de la 
mar no estaban curtidos. Por dicha de todos, aí entrar por el canal de la 
Mancha volvió á serenarse el tiempo, y á su &vor el Almirante despidió, siete 
navios ligeros como para flanquear las costas de la Bretaña, en la cual tras de 
corto combate, tomaron dos naves francesas añties dé volver á juntarse con el 
grueso de la armada. Pero cuando ya mas segura de su feliz arribo se contaba 
la espedicion sobre las costas de los Paises-Bajos, vientos contrarios y recios 
la obligaron á recogerse en Porland del vecino reino de Inglaterra , no sin 
pérdida de un navio vizcaíno que Se fué á pique por haberse ábordíNlo con 
una de las grandes Carracas que en la nota anterior hemos citado. 

Refrescadas las provisiones y pasados los cumplimientos que en dicho 
puerto se hicieron á tan regia comitiva, diéronsé al mar' otra vez los bajeles 
con rumbo al continente; y aunque por el peligro de los bancos que en aque- 
llos mares abundan , la princesa trasbordó á una ns^ve vizcaína , mas fácil de 
arribar que la grande carraca, en que había hecho el viaje, y la otra de las dos 
encalló no lejos de la costa con notables averias, al fin toda la' armada dio 



M3 
foiid* án mas eontratieoipo en d piwrto de Kldddbwg, á Iob oeho días de se- 
tíeadl>re y dies y eieto queee ooBteben ptMidos desde ea salida de Leredo (1). 

En el menfeienado poerto se entrela?ieron les boques en taáte qne la iur 
finta , aeempañada de todos los grandes y caballeros que en, h armada babian 
ido, fué recibida y festejada en Amberes por la brillante corte del Arcfaidqqae: 
y m duda bubiera vuelto á España, asi cómo estuvo pronta á embarcarse la 
in&nta doña Ifargarita de Austria , que por esposa del príncipe don Juan yo* 
nia» si el invierno anticipándose crudo 7 borrascoso con sucesivos tf^nporales, 
no bubiora estorbado la ocasión basta ya bien entrado el año siguiente. Al fin, 
serenades^ los borizontes y calmados los vientos, diéronse á la vela todos los 
boques de la flota, karb escasa de gMte por la que la mulicUL de la estación 
les había muerto , 7 á lo» primeros domar») , tras de nuevas tormentas y muy 
serios temores, tocaron las playas de Santander á los fiñete meses de ausMcia, 
con marcada alegría de Jas tripulaciones y no poeo consuelo de cuantos la es* 
peraban (4). ' 

De distinta condición fueron los aprestos navales que á Ja vez se bicieran 
en los puertos meridionales de^Bspafia, bieü que unos y otros, por fas drcuns* 
ta&ciaa deia guerra con franceses, estuvieran igualmente apercibidos para bacei^ 
frente á los azares- de mi combate. 

tiempo hacia y^ que cedida á lá corona de Castilla por bub pontificia y acuer- 
dos délos monarcas español y portugués la libre conquista y posesión de las ís* 
las Canarias, se entreteñian en ellas algunas tropas de aventureros, sujetando á 
los nttttmles en homenage ¿ la nación Ibera. Per^ en los tiraipos á qne nos refe» 
rimos, eetó es, por tos años de 1494, todavía conmwaba su rada independencia 
h isla* de TeáerítFf y el qué á la sazón gobernaba como capitán general en la 
Gran Canaria y la Calma > recien conquistada, Atonso de Lugo, vino á tratar con 
sus amigos de la península pmi que le ayudasen en el equipo del armamento y 
fiíerzas convenientes á tan útil empresa ^ ya que la fideKdad no arraigada aun entre 
los isleños de las que estaban sofnetidas, tenia en constante ocupación á los sel-* 
dados que se entretenían en su guarda. 

Caminadas las garantías de costuflri)re en semejantes contratos, y llegarla 
mas oportuna estación para la empresa, estuvieron prontos para darse al mar 
sobre mil hombres de infantería con ciento y veinte caballos á la gineta, todos 
los cuates con bs armas , viveros y municiones bastmtes para el tiempo calculado 
en la conquista, se hicieron á la vela en quince bergantines bien tripulados de 
^te de mar , y con algunas lombardas y otro» cañones (3). 

(2) PadiUt fn su Crónico de 2). Felipt dice^ que fué el arribo á los últimos de mayo 3 pero os error mani- 
fiesto sofOB las datas mts antoríiadas. También dice qne la armada dio fondo en oí puerto dé Laredo, y en esto 
también es interidico. 

(S) Maémt^^UlaeMtfmüimielawUiéTmBrifrj fmei^madelai ^or^^ 
Ua 2S* al TfQrt0 d§ la Uom. Esta relación es oríginsl, y la poseo ns. de letra del siflo XYI, sin nombre de 
antor. 



344 

No hay para qué entrar en detalles respecta i los sucesos y beclios4e armas 
que tuvieron lugar en los diversos encuentros y choques tenidos con los natunu 
les de Tenerife, en cuyas playas desembarcó Ja ei^NMHcicln el día 20 de abril, 
bastando al propósito saber, que los buques sirvieron oportunamente para man- 
tener la comunicación de Ips conquistadores con la península y con las islas eo- 
metidas, y que sus servicios alguna vez fueron causa de que la conquista se 
abandonase por la pérdida total de los qiie estaban acometiéndola, que al 
fin tardaron dos años en dar cabo á ella tras muchos y muy peligrosos 
sucesos (1). * 

Poco tiempo se hubo pasado cuando un mcidente casual dio Ipgar á que se 
pusiesen eú las costas de África los fundamentos de la dominaron que aun hoy 
tenemos en aquellas partes. €orrían los anos de 1496,, cuando un moro llama* 
do Mebile, de los que con el rey de Granada se Jiabian partido ^l otro lado del 
Estrecho, sea por el mal trato que allí recibiera de los suyos, ó por mayor afi- 
ción á la patria en que naciera, se vino á España y se presentó en la casa del 
duque de Medina-Sidonia. Ta^ pronto como tuvo^ ocasión de hablar con filus- 
tre vastago de Guzman el Bueno, le informó de cómo: era fácil la conquista de 
una ciudad por nombre MeHUa, asentada del reino de Fez en los postreros lími- 
tes, cuya ciudad , por haberse movido contra su rey y señor natural , había sido 
por la fuerza despojada y deshecha. Comunicado el negocio i^m los Reyes Cató- 
licos que tantos deseos tenian de sentar la planta en aquellas partes, dieron pa- 
tente al duque para que emprendiese la conquista; pero este, para mejor infor- 
marse de la verdad del moro,^envió en una fusta y con todo secreto pesquisi- 
dor que ie informase exactamente, y no tardó mucho. el maestro Ramiro Lopes 
de Madrid, &moso artillero de la época , en regresar de su comisión con las mas 
halagü^as esperanzas de buen suceso. 

Desde aquel momento nada fué- necesario ¿ la empresa que no se hiciera mu 
pérdida de tiempo por cu^ita del duque: gentes, armas, caballos, provisiones y 
buques, todo se puso en movimiento con tal empeño , que al cabo de los treinta y 
cinco dias primeros de la vuelta de maestro Ramiro, estuvieron prontos i darse al 
mar en diez carabelas y siete naves hasta tres mU peones, y doscientas lanzas con 
un gran trm de, artillería (2). . 

La travesía fué en estremo rápida y bonaqM^ible> habiendo salido de Gibrtl- 
(ar la espedicion el dia 5 de setíembre al rayar la aurora; y tomado tier* 
ra en la playa africana á la^ propia hora del dia aigufonfae: el desembarco ee 
verificó sin contratiempo, y lo mismo la toma de la. plaia que estaba comple- 
tamente abandonada, si bien no tardaron las armas en hacer su oficio contra 
muy crecidas huestes de sarracenos, que el rey de Fe^ envió con ánimo de 
estorbar aquella empresa. Por ventura nuestros ballesteros y la caballería con 

(4) Btlaeioiñ d§ la e<mqm$la de Tenerife mt.«^Mootcro.- HúlorU MÍUtor de U» ida» CoMiriM.— Viera : Sif- 
twría de U» Ula» Canarioiy tamo 11 , p. 499. 

(2) Depósito hidrográfico. Coleeeion de doeumeníoe importaníe» de Marina^ m«. 



345 

algunas lombardas se encargaron de responder dignamente á la agresión , y 
todos los esfuerzos de los mahometanos no dieron otro resultado que la mayor 
y mas segura fortificación de aquella conquista. 

Terminadas las obras necesarias á la defensa , y provista la plaza de víve- 
res y municiones , el duque con toda la armada y la gente que le sobró de la 
guarnición allí dejada, zarpó del puerto de Melilla, y con tan próspera nave- 
gación como en la ida tuviera» arribó á Gibraltar, des^ donde pasó en per^ 
aona á la corte á dar á los Reyes Católicos la cuenta exacta del suceso : y estos 
agradecidos le pagaron treinta y dos mil ducados que había gastado en la es- 
pedicion, y para relevo de la gente del duque mandaron partir en los propios 
buques desde el puerto de Málaga á Manuel de Vena vides» caballero de Baeza, 
con el cargo de gobernador» acompañado de cien lanzas y quinientos peones^ 
los cien dellos espingarderos (1). 

Hasta aquí la prosperidad habia sostenido los hechos en que se entretenian 
bs fuerzas marítimas de España. De una parte los triunfos en Italia alcanzados 
por nuestras gentes» daban al espíritu marcial de la nación nuevo precio en ta 
consideración de las demás potencias. El descubrimiento de un vasto hemisfe- 
rio» cuyos limites no se hallaban» también concurrió con universal admiración 
á hacer que se respetara mas y mas por todo el mundo nuestra importancia 
política , y los enlaces verificados á la sazón con las principales ramas de los 
monarcas de Europa » acabaron de confirmar el poder de los Reyes Católicos 
tan grande como ningún príncipe» después de la antigüedad» lo habia al- 
canzado. 

Fuera sacrilega la idea de atribuir á tan afortunados príncipes el deseo 
de ceñirse los primeros en los modernos tiempos la corona del universal impe* 
rio ; porque el estado político de las naciones europeas que á los últimos del 
siglo XV figuraban en primera línea» no daba lugar á semejantes sueños; pe- 
ro está fuera de toda duda» sí en cuenta se tiene el orden de los enlaces » que 
entonces se comprendió por ellos la posibilidad de hacer de la península un solo 
reino » cuyas recientes adquisiciones en desconocidas tierras de Oriente y Occi- 
dente » y las que en África pudieran verificarse » lo colocaran en muy supre- 
ma altura » á que no osaran mirar sin profundo respeto todas las demás nacio- 
nes del continente. 

Pero la mano sublime de la Providencia marcó la destrucción de aquellas 
vías» por donde á tan alto grado de esplendor pretendió llegar la casa real de 
España » y las muertes sucesivas del príncipe don Juan» de la infanta doña Isa- 
bel y de su hijo el infante don Miguel» en cuyas sienes debian descansar con el 
tiempo unidas las diademas de Castilla» Aragón» Portugal y Navarra » pusieron 
fin á los sueños dorados y á las esperanzas que hicieran concebir las mas hábi- 
les combinaciones. 



(4) PtJUIa. CrMcaddr^ tfo» ftUpe I, mi. 

44 



9A» 

Taljes y tantos contratiempos hicieron levantar la noano de toda empresii 
^e .nece9itára alguna tranquilidad para meditarse. El mismo Colon , cuandoi 
mas cercano veia y enseñaba el término de sus afanes y propósitoa , se encontró 
detenido en la corte de Castilla harto mas tiempo del que su impacieneia tole- 
raba (1); solo tras del reposo moral que Ins recientes muertes habian beeho íb* 
dispensable á los Reyes Católicos » pudieroQ estos volver la consideraeion á lo& 
sucesos políticos del E^ado. 

Afortunadamente la guerra de Italia permitió algún desahogo con las paoes 
concertadas entre las naciones contendientes; y aunque los cálculos de la ambU- * 
cion tardaron poco tiempo en volver á ocupar nuestras armas y las francesas eiit 
aquellas regiones » todavía las treguas se dilataron lo bastante para torcer la» 
providencias respectivas á nuevos armamentos marítimos por la vía de mas na-* 
turales ocupaciones. 

Con efecto; ya recobrado del poder mahometano todo el territorio de Es- 
paña con la célebre conquista de Granada, preocupó los ánimos de los maa 
consumados políticos del reino la idea de uniformar el pensamiento entre todoa 
los subditos de ambas coronas : ^ aunque el principio político que entonces ser- 
via de norma y pretesto á todos los acuerdos , era el principio inviolable de la. 
religión católica, y por lo tanto nada tenia de estraño en que se tratara d» 
arraigar con absoluto dominio en todas las conciencias españolas, ios medioa 
puestos en juego para alcanzar el triunfo de las sagradas doctrinas, sobre la sík^ 
persticion y las creencias de muchos siglos , abundaron en parcialidades é in- 
jurias que no tardaron en hacerse visibles por conducto de muy sangrientoa re- 
sultados. 

Habíase ya acordado la total espulsion de los judíos, con harto quebitantoda 
nuestra riqueza y de la industria que alimentaban » y no estaba influyendo pocoi 
en la retiración de trabajos y caudales el establecimiento de la Inquisición » tam- 
bién por entonces inventada. Pero, en medio de todo, los pactos de Granad» 
permitian el libre culto de su religión á los sectarios de Mahoma , y atentar con»- 
tra las condiciones acordadas legalmente por otras ví^s que las de la persuask», 
no podia considerarse mas que como un delito de Estado, cuyo castigo se haim, 
de hacer sentir con todo el rigor que merece el perjurio; 

A pesar de lo dicho , las preocupaciones exageradas no pudieron resistir ali 
deseo de adelantar en algunos dias lo que pacíficamente era obra de miféhoa 
años; y por una aberración del entendimiento sucedió» que el mas esquiaíta 
talento de la monarquía española se encargó de sellar, con sus estraviadoa pea- 
cederos, los acuerdos de la mas reprensible intolerancia. 

Por mas que de españoles nos preciemos, y aunque considerando los tko»» 
pos y las cosas , no dejemos de reconocer la sabiduría del cardenal Cíanerda aoi 



(4) N«Tarrete. Coleeeioñ diplomática. Véate (ambíen lo dicho eo el capitulo XX del presaoU libro de ettt 
hiitoria. 



su 

todoB 8U8 acuerdos poKticos, tampoco podremos menos de lamentar la fatal obsti- 
Mcion que le aconsejó su conciencia de introducir las sublimes palabras del Evan- 
{dio en el entendimiento de los pacíficos moros granadinos por la puerta fatal de 
las violencias, con el único objeto de acabar mas pronto la conversión verdadera 
en que con tanto afán se estaba trabajando. Naturalmente semejante conducta, 
en desacuerdo con todas las reglas de la equidad y de la justicia , produjo el le- 
vantamiento espontáneo y hasta cierto punto justo d^todos los verdaderos ma- 
hometanos: y las armas de la cruz que habian callado en la península durante 
«cbo años consecutivos, volvieron á retumbar por las montañas de Andalucía con 
^ran derramamiento de sangre harto preciosa (1). 

Cuando en semejante contienda se ocuparon las huestes castellanas bajo la 
conducta de acreditados caudillos, y á veces á las órdenes inmediatas de los 
propios monarcas, tuvieron estos necesidad de dictar algunas providencias pa- 
ra que la Marina de guerra tomara activa parte en la lucha : no tan solo con 
el político objeto de hacer cara á los inconvenientes que de las partes de Áfri- 
ca pudieran venirnos « sino taimbien para entrar en el camino de la sumisión 
al pueblo de Gastil de Ferro, que siendo puerto de mar se contaba entre los 
rebelados. Espidiéronse, con efecto, las órdenes oportunas al alcaide de Má- 
laga don Iñigo Manrique, para que aparejase cuantos buques le fuese posible 
reunir, y embarcase en ellos toda la gente de la comarca; poniéndose inme- 




(!) Pulgar: drónica de ¡ot reyet don Femando y doña íiafce/.— Bcrnaldez: Reyti Co/ó/irM — PaJillt: Ctó- 
INM de don Éélipe /.—Mariana: Úitioria general de Eipaña. —Vreicoit: Bieioria de loe Beyes Calólieos, etc. 



348 

diatamente con tales fuerzas sobre el puerto de Gastil de Ferro basta el estremo 
de tomarlo por el poder de las armas: y el alcaide» á cuya meritoria actividad 
babian ocurrido los Reyes Católicos para el trance mas conveniente de aquella 
nueva y desesperada guerra, se dio tan buena traza, que en pocos dias se en- 
tregó á la mar con siete navios de todos portes, y en ellos basta dos mil y sete^ 
cientos soldados, los cuales echó en las playas de dicbo puerto el dia 11 de di- 
ciembre del año 1499 (^. 

No estaban desapercibidos los rebeldes cuando la armada embarcó sus ba- 
teles para poner en tierra las gentes de guerra que conducía , por mas que su 
aparente inacción durante él desembarco augurase los resultados mas felices; 
antes al contrario* cuando los moros creyeron llegado el momento de la lucba, 
en la mitad de aquella operación se arrojaron con ímpetu rabioso contra los cris- 
tianos, de tal manera y con tales bríos que les maltrataron grandemente , ma- 
tando á muchos , y obligando á los vivos á que se recogieran á las naves sin 
ánimos para intentar un segundo desembarco (2). 

Cuando los Reyes Católicos entendieron el suceso de Castil de Ferro y otros 
no mas favorables que por las Alpujarras de Granada se habian repetido , ore* 
yeron necesario dar á la cuestión toda la importancia que en realidad tenia; y 
para afrontarla con cuanta pujanza y ventajosas condiciones el caso reclamaba, 
espidieron sin pérdida de tiempo una ley, por la cual mandaron asistir en son 
de guerra á todos los hombres de la Andalucía que tuviesen edad desde quince 
años hasta sesenta, con las armas i punto de combate, y provisiones bastantes 
para quince dias de campaña. También proveyeron que de ios lugares de la ma- 
rina se aparejasen los navios, y fustas y otras naves que en ellas hubiera para 
guardar las costas de agresiones mahometanas, y al mismo tiempo que sobre la 
vega de Granada se juntaron hasta diez y siete, mil y quinientos caballos y roas 
de noventa mil peones (que nadie fué perezoso en acudir al llamamiento, por 
lo que el triunfo á todos los españoles interesaba), cruzaron por delante de aquella 
costa divididos ó juntos sobre treinta y cinco bastimentos, entre dos naves gruesas, 
tres galeras de genoveses, diez y siete bergantines, cinco fustas y otros de dife- 
rentes portes y armamentos (3). 

PueMa la mano con tanto ahinco en aquellas revueltas , no tardaron en sofo* 
carse por el terror de las armas que sin compasión se esgrimieron: y aun- 
que todavía por mucho tiempo las cenizas de aquel incendio brotaron algunas 
chispas peligrosas que pusieron en eminente riesgo la existencia política de Es- 
paña, durante casi todo el siglo XVI que se estaba comenzando, es indudable 
que A la actividad desplegada entonces por los Reyes Católicos se debió la com- 

(4) Ubrú d$ la$ aUeraeionet de Granada^ mi. 
(2) Padilla: CrMca de Fiiipe J, mi. 

(5) Depósito Mdrográfico: Cekeeionee me.^librif de loe mUemeimkei de Granñdm^ id.^PadilU: Crúide^ de 
dem Felipe /. Esto «vtor marea deiaUadamanta laa gantoa e«n qva asiaCié á la amprasa cada caLanero da loa fve 
oUigadoa atUbao, y la qae cada daaaareacMB pvso tu campaBa , de dond« resolta eiaeta y TardaderaawBta el 
néflsero arriU escritO| y ae borran los eaerApiiloa de los que en noeslroa tiempoa lo creen eiagtrado. 



349 

pleta fortuna con que , en las ocasiones sucesivas , se puso inmediato término á 
semejantes alteraciones. 

La importancia que dio á la monarquía la segura pacificación de los moros 
levantados, adquirió dobles proporciones por lo que en mas remotos países es- 
taba sucediendo. Carlos VHI de Francia habia pasado á mejor vida , y ^u he- 
redero Luis Xn , apenas tomó en la diestra mano el cetro de su vasta monar- 
quía, se dio con solemne pompa y levantados pensamientos los títulos de duque 
de Milán y rey de Ñápeles. Si esta manifestación pública y solemne hubiera 
sido escasa para enterar de sus designios á las naciones interesadas en la tran- 
quilidad de los Estados que con ella se amenazaban , los preparativos y alardes 
de guerra que sobre la marcha dispuso, y las negociaciones inmediatamente 
entabladas con los potentados mas débiles ó menos puros de la desdichada Italia, 
serian sobradas para hacer entender la segura é irrevocable voluntad del mo- 
narca francés , apoyada mas que en la justicia de una pretensión razonable , en 
los acontecimientos que á la sazón entretenían y gastaban las fuerzas que pu- 
dieran estorbarla. 

El emperador Maximiliano, por ejemplo, estaba sosteniendo una guerra 
dispendiosa contra los suizos: el rey don Fernando el Católico harto tenia que 
hacer para arreglar los disturbios de Andalucía , y del duque de Saboya estaba 
asegurada la neutralidad por la conveniencia de algunos tratados (1). El papa 
Alejandro VI entraba de buena gana en los propósitos de Luis XII en canribio 
de inmorales concesiones: la república de Venecia no se desdeñó tampoco de 
aliarse con franceses, ambicionando algún aumento en su territorio, y los otros 
soberanos de aquella tierra sucumbieron en los acuerdos al temor de la tormenta 
que amenazaba, y que pudiera muy bien descargar sobre sus Estados, si tra- 
taban por ventura de hacer causa común con la justicia. 

El rey Luis , seguro por todas las vias de alcanzar en poco término el logro 
de sus deseos , se ' precipitó como un torrente por las llanuras de los pueblos 
lombardos , y conforme habia prevbto en sus ensueños dé engrandecimiento, 
se vio en poco tiempo Señor de Milán, y no muy apartado de alcanzar la coro- 
na de Ñápeles. 

Pero entre sus pretensiones y la realidad existia el fantasma de las pasadas 
derrotas sufridas en Italia por las tropas de Garlos Vm, tanto mas sensible, 
cuanto que el rey don Fernando el Católico, en medio de los disturbios que le 
ocupaban en el corazón de Andalucía, no dejaba de observar con ceño adusto las 
pretensiones de su rival y competidor respecto al reino de Ñapóles. 

Quizá hubiera deseado el monarca español que los manifiestos de sus em- 
bajadores causaran en el ánimo de Luis XII la mas completa renuncia á la pro- 
yectada conquista , en tanto que el desventurado rey de Ñápeles, volviendo la 
vista en ademan de súplica á todos sus poderosos amigos, no recibió de ningu- 

(I) Citerpo wUverioi difiaméUeo. 



380 
«o el mas pequeño consuelo. Pero el francés perseveró siempre firme y resuelto 
4 iustiflcar con la posesión del territorio la adjudicación de los títulos que en su 
«mmacion había tomado, y entonces se torció el camino á muy dive«as combi- 
naciones, alimentadas en el terreno de la justicia por el mas imprudente paso 
que el rey don Fadrique de Ñapóles hubiera podido dar en el falso esUdo de su 

natural azoramiento. . . i • 

Seguro de las tendencias ambiciosas con que se sostenía en todas las nacio- 
nes europeas la idea de su despojo, hubo de recordar en hora fatal la enemiga 
que el Gran Turco tenia con venecianos por medio de una guerra abierta, en 
«ue las armas de aquel llevaban la mejor parte; y como si pudiera hallar pro- 
tección generosa en la mala fé del descreyente que tanto ambicionaba echar su 
poder en las tierras del cristianismo, para subyugarlas al dominio oriental de los 
sultanes no Vaciló un instante en solicitar su ayuda por medio de pública emba- 



La política de los tiempos en que tanta sangre se había derramado por el 
triunfo de la religión de Jesucristo, no pudó sufrir tamaño insulto lanzado á la 
fez de la Europa católica, con harto peligro de todas las naciones; y por lo tanto 
el rey de Aragón, por mas que sintiese los padecimientos de un su sobrino, como 
lo era don Fadrique, recordó los derechos que le asistían á la corona de Ña- 
póles por el de conquista, que en tiempos pasados habían ganado los soldados 
araRoneses. é inmediatamente pactó con el francés el mejor acomodo, dividién- 
4(Z entre ambos aquel territorio por iguales partes, á fin, decían los tratados, 
de prevenir y' alejar los inconvenientes de la guerra (2). Hechas y aprobadas 
fas proposiciones entre Femando V y Luís XII, no fué difícil obtener la sanción 
del Papa y así los aprestos que en ambas potencias se verificaban con disimu- 
lados propósitos se hicieron públicos, y el éxito déla cuestión se encomendó 
definitivamente á la fortuna de las armas. 

Prevenidos los Reyes Católicos desde el momento en que Luis XII se po- 
sesionara de Milán sin previo aviso, habían ordenado un fuerte armamento 
en Málaga para marchar en ayuda de. la república de Venecia, á la cual 
con harto peligro de la cristiandad, acababa de quitar el turco Bayaceto U 
isla y fortaleza de San Jorge de Cefalonía sobre el golfo de Lepanto: cuya 
armada bien provista de gentes y municiones, bajo la conducta del Gran Ca- 
pitán , llevaba el doble objeto de hacer frente á las armas francesas en el 
reino de Ñapóles , antes de que se hubiera acordado la partición de aquel 

Entendieron en el apresto de la dicha armada el obispo de Córdoba 
D. Juan de Fonseca , el tesorero Morales y el secretario Fernando de Zafra, 



(!) 6i.niion»: Witvria ii ÍTapoíf.— Murtlori: AnmUl d' tt<Uia.~D»tft: BiHoin i» r««M#.-Z.rUi: Kdmrí» 
in 

tt noTÍ«mbre i* <500. 



dd rty dv» Bernando. 

(» C*»rp» «nírn-wl UflomMeo. Ratifirieion ie\ tnttio eníre Eaptüa j Fnacia, fcck» en GnnaJt éí* 



351 

los cuales, tras de pocos meses de asiduos trabajos y estremada rapidez, tuvie*» 
reo juntas y prontas para darse á la vela en el de mayo, cuatro grandes car- 
racas, veinte y siete naves gruesas, veinte y cinco carabelas, cuatro galeras y 
cinco fustas, en todas sesenta y cinco embarcaciones tripuladas conveniente- 
mente con sus dotaciones marineras, mas cuatro mil infantes y seiscientos hom- 
bres de armas (1), bajo las órdenes de muy famosos capitanes, tales coma 
D. Diego López de Mendoza, D. Alonso de Silva, Pedro de Paz, Gonzalo Pizarro 
y Diego García de Paredes (2). 

Hechas las muestras y alardes de la gente de guerra , embarcados los tre- 
nes, depositadas las provisiones y á punto de navegar los bastimentos, se dio 
al mar el Gran Capitán con aquellas fuerzas navales y terrestres el dia 27 de 
mayo , haciendo poner las proas con rumbo al Oriente y ánimos de no torcerlo 
hasta la isla de Sicilia ; pero las calmas y vientos contrarios le llevaron algunas 
cuartas sobre el Norte , y por falta de agua se vio forzado á tocar en Mallorca 
y en Gerdeña, antes de dar fondo en el puerto de Mecina. A este arribó la es- 
cuadra el dia 18 de julio, y allí acudieron de refuerzo al Gran Capitán hasta 
dos mil soldados españoles , de los qué se entretenian á sueldo en aquellas partes, 
y algunos bageles de la marina siciliana , que entraron de buena gana en las in- 
mediatas operaciones. 

Recogidas de nuevo las fuerzas, y refrescadas las provisiones zarpó la ar- 
mada del puerto de Mecina el dia 27 de setjembre , y dirigió su rumbo á la Mo- 
rca por las aguas del Faro, hasta arribar á la isla de Corfú, que entonces poseian 
venecianos en la desembocadura del Adriático. La presentación de tan numeroso 
armamento en aquella isla hubo de salvarla entonces de la agresión que contra 
ella disponian las galeras de Bayaceto; pero en cambio se dirigieron contra Ña- 
póles de Romanía , ya entrado el mes de noviembre; y como á los 7 de octubre 
se trasladara nuestra armada á la isla de Zacinto , una de las que componen 
el archipiélago de las siete islas ^ y en ella se reunieron con nuestras fuerzas 
sobre cincuenta galeras de venecianos y dos grandes carracas de franceses, losb 
turcos tuvieron por mas conveniente á su seguridad abandonar el asedio comen- 
zado, é irse á recoger con su armada, durante el cercano invierno,. nada menoa 
que á los puertos del mar Egeo. 

Tales habian sido basta allí las operaciones de aquellas fuerzas numerosas^ 
sin que el rumor de las armas y el humo de los cañones hubiesen acariciado 
aun las pretensiones de nuestros gallardos aventureros. En tal estado, y por la 
impaciencia de venir ¿ las manos con enemigos poderosos , según eran los de- 
seos de todos los hombres de guerra que de España habian salido á las órde- 
nes de Gonzalo , tratóse en pleno consejo de la empresa mas conveniente par^t 



(4) Eqoivftie la frftM á los acioalas coracaros 6 caballaHa de linea. 

(3) Oto^ito Uérogr«ia»: Cbkeáiim di^Umitíuí'dé SlimmMf^Fa^iUa: er&mna ie Fdipc /.-^Maríanat M- 
iwria. gemral de E#/kM«.— Preaoott: SUitoriade los Ujfes Wdtí$9if ate. 



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dar gusto á las mas bélicas exigencias ; y aiinque los pareceres fuesen distintos 
respecto á la empresa» como todos convenían en la necesidad de pelear , se 
acordó de acometer el puerto y fortaleza de San Jorge en la isla Cefalonia, 
que» como antes se ha dicho» habia sido recién tomada por los turcos á ve* 
necianos. 

Trasladáronse» pues» las fuerzas combinadas á la citada isla de Cefalonia, 
que hoja sobre ciento y cincuenta millas en la situación que antes hemos indi- 
cado» y tiene al O. uno de los mejores puertos que se conocen. Allí desem- 
barcaron las gentes de guerra sin oposición de los guardadores» que eran 
escasos , y sin perder tiempo » se formalizó el sitio de su mejor fortaleza deno- 
minada' de San Jorge , situada sobre la cima de una roca » cuya fortaleza estaba 
guarnecida por cuatrocientos turcos dispuestos á perecer antes que entregarla i 
los cristianos. 

Ni el aspecto de la imponente armada» ni las recias acometidas del ejército» 
ni la fama bien adquirida de nuestro caudillo» ni los estragos de la artillería» ni 
los ruinosos efectos de las minas , dirigidas con notable acierto por el famoso 
Pedro Navarro » ni la dificultad de obtener socorros » cuando la armada de los 
turcos se habia ido á invernar no lejos de Gonstantinopla » fueron causas para 
amenguar los ánimos admirables de los defensores de San Jorge. Por otra parte, 
el ejército cristiano se mermaba con las bajas ocurridas en los combates par- 
ciales ; la crudeza de la estación también causaba infinitas pérdidas en los sitia- 
dores » obligados á permanecer ¿ la intemperie » y la falta de provisiones acudió 
también al campo de Gonzalo para aumentar los horrores de la difícil situación 
que ya se iban haciendo intolerables* 

Si el Sultán Bay aceto» con mas confianza en los defensores de Cefalonia» hu- 
biera recogido á invernar sus galeras en el golfo de Lepanto» conforme tenia 
por costumbre, y desde allí hubiera intentado durante el sitio algunas empre- 
sas contra sus enemigos» tal vez el valor de aquel puñado de sus vasallos hu- 
biera sido recompensado con los honores del triunfo contra tan crecidas fuerzas; 
pero el temor ó la falta de previsión le aconsejó su retirada hasta cerca del 
Bósfoi'o de Trácia » y en tal situación no le fué posible otra cosa durante aquel 
terrible invierno» que abandonar á sus propios recursos á aquellos heroicos sol- 
dados » dignos de mas brillante fortuna que la que obtuvieron pereciendo llenos 
de gloria. 

Con efecto: los azares de aquel desdichado sitio acrecentaban cada dia los 
peligros que corrian las fuerzas sitiadoras » cuyos caudillos en vano procuraban 
quebrantar la intrépida osadía y estremada constancia de los sitiados. Las pér- 
didas que diariamente se padecían por el frió y el hambre» llegaron hasta i 
poner en duda la seguridad del ejército , y la inmensa aureola de gloria bé- 
Uca que circundaba la frente del Gran Capitán , corria peligro de eelfpsarse ante 
un puñado de valientes. En semejante estremo, y aun cuando por la arliHeria 
no se hábia alcanzado todo el efecto deseado » el almirante veneciano y Gonza- 



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PEDRO NAVARRO. 



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lorde.Gdrdobtt^ dé aMerdo oúnm» tnás valeroiMfiidubaÜernos, resokú^ron lá <mo-^ 
\dftLca6UHo|^|KMr^ medio ié «a asalto lá mierte é á vida. 

?lofi ebptoes eerntra uaa Ibíeoba de «soasa abertofa , |)ueáta8 «a «6r- 
diiiJa0 oolnphfiftifl, y tentadas lia» ooQVCttíeiitesésedhffi., eapAñoles y ^^oedanos 
trepan» con indomable arrojo.por la peña 'vim en que el oasüllo >estaba dimen- 
tadb;(peKO vmqae ia iacemetiila fué ierríbfe, 7 la carnicerta debía de tenerse 
ptnoMijr flíerta en €l eaao eslfetto de ^a éltíuta resistencia; los turóos ne des- 
mÍBtiercm;aa valor en k of»tsion^ puesto iqüie , oda ánimo encendido y e^uer^o 
heféieo, respMdierotí al asalto 00a todo género de mortiTeras oposiciones. La 
Hkiviafde faahs^uede sus íaroabaees y dañones aaliaa , alternaron en la defen- 
aa )Qon imulfitud de «a^as, aceité y fiez hirviendo y iodoigénero de proyecti- 
les ; j touaado aigun teioaaoo 4t las rbáterías sitiadoras acreoenltaba el peligro, 
dennheiidoialgniiiién2ó día la muralla , los badáveres tiaeinados de los «as va- 
fintea^ seifíian de pdrafeto á los menos aforlftnados en perder la vida con tanta 
glóiéa. 

Al cdaa ia ofaatifulda intencioii de Icrs ifaas> llevada á sangre y faeg6 úiú 
folver la vista para mirar á los que en el asalto perecían , llegó á penetrarle* 
éifeiita ^e éstenninio lOn la kerriUe plaza tata bien defendida. Un capitán espa- 
iol^llaiiíaido «H^rtiaOomez, fué el pria»ero qae ^penetró en él carstUlo: y aun* 




l^e sú hehfK^o airólo le tibm dna tiéfldá pcStgrttsa, teito la ^toria lie ver 
¿emoiar la primera sobre las almenas de Sa^ Jorge la modesta bandera de su 

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864 

compañía. A su ejemplo veneciaoos f españoles se disputaron et honor de ayaii- 
zar por la brecha, y escalar la muralla , y tras de fieros choques y trances ter- 
ribles en ios postreros instantes de la defensa esteríor, la plaza principal de la 
fortaleza sirvió inmediatamente de palenque á la mas desesperada lucha que se 
vio dentro de castillo asaltado y entrado por fuerza. 

Por último : cuando ya no quedaban con vida mas de cincuenta turcos he- 
ridos y arrollados, todavía tnitaron de venderse caros, encerrados en un tor- 
reón de la fortaleza; pero el Gran Gi pitan, comprendiendo que para tomarlos 
á la desesperada, babia de sacrificrar á su despecho mayor número, hizo sus- 
pender la acometida , y les concedió de buen grado dignas proposiciones de 
rendimiento. Con esto volvió á la república de Venecia aquella isla que poco 
tiempo atrás habia perdido, la cual distinguirá en sus anales , con letras de san- 
gre, el dia de la vigilia de Navidad del año de i800. A la victoria siguieron 
las recompensas de parte de la socorrida república : muchos y muy ricos pre- 
sentes del senado se distribuyeron entre los soldados españoles , y el nombre 
del Gran Capitán fué iuscrito en el gran libro de oro de los ciudadanos de' Ve- 
necia (I). 

Tan pronto como se dio cabo á la empresa de Cefalonia, recogiéronse á los 
navios las gentes de guerra y gran porción de hombres de mar que habian con- 
currido al sitio de San Jorge; y porque la falta de provisiones era grande, y la 
necesidad de repararse muy urgente, las galeras venecianas se entraron triun- 
fantes por el Adriático, y la armada del Gran Capitán dio h vuelta á la isla de 
Sicilia. En la travesía, por la crudeza de la estación y los grandes temporales 
que reinaban, corrieron las naves varia fortuna; pero tras de algunos peligros 
y no pocas penalidades arribó la mayor parte en conserva con el Gran Capitán al 
puerto de Siracusa , ai E. de la isla , no lejos de cabo Pájaro, y en pocos dias se 
halló de nuevo en aquellas costas reunida toda la armada. 

Allí aguardaba Gonzalo la vuelta del buen tiempo para continuar sus ope- 
raciones sobre ia embocadura de Lepante , en el archipiélago de las siete is- 
las , cuando llegó á sus manos la real provisión que le ponia al corriente de 
las negociaciones acabadas con Luis XII por lo respectivo al reino de Nápdes, 
y le encargaba que tomara posesión, en nombre de Femando Y, de la Pulla y 
la Calabria. No hay para que detenernos en consideraciones acerca del mal 
efecto que produjo en su ánimo semejante repartimiento : baste saber , qne con 
sagaz penetración auguró el próximo rompimiento de tan insostenible alianza, 
y que por los respetos que debia á la magostad , cuyo subdito era , y porque 
los franceses ya avanzaban , sujetando las provincias que en la presa les tocaran, 
apercibió sus gentes para concurrir ai cumplimiento de lo que se le mandaba, 
no sin escribir antes al rey don Fddrique, como leal caballero, renuncian- 

(4) Crámcm 4ti Gr^n CfljwkMi.— 6«rMUes: B«yt< CcMfteof.— Ptdilla: Crúñiea dé Ftlipe /.— Gíotí«: VUm 
ülattri Firomm.— Bembo : Bútorin Feneeiaiía.— Zorita: BiMoria dtl r^y don AnimnmIo.— Miriaoa : Bitíaria dé 
£#;MMIa.— Quiataaa: BtfiOñcUt etffe6re#.'^Goieeíardia¡ : JalorMí 4*ÍI«2mi, eU. 



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do cuantos booores y distiodones sus pasados servicios le babian merecido. 
Fué conductor del generoso despacho el comenHador Ayala , que en la ar* 
maila desempeñaba muy altos cargos, y á la par llevó la misión de esponer en 
Nándes á los emisarios del partido francés las condiciones del tratado del i'epar- 
timiento, por m acaso en la reparticioa se ofreciera algún obstáculo. Z»rpó, 
pues, de la isla de Sicilia la vuelta de Ñipóles, en cuyo puerto entró con dos 
galeras muy bien provistas y engalanadas, y una de las carracas mayores que 
servían en el armamento; y aunque algunas diferencias se suscitaron por la am- 
biciMí