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Full text of "Historia de la propiedad comunal"

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HISTORIA . 


V 


w-. 


1. h 


, DE LA 









PROPIEDAD COMUNAL 



POR 



RAFAEL ALTAMIRA Y CREVEA 

DOCTOR BN DEHEÓHO, SECBETAKIO DEL MUSEO PEDAGÓOICO 
con un prólogo de , . 

D. GUMERSINDO DE AZCÁRATE 



MADRID 
* J. I'ópe» Camaeho, liiH»i*<'«or 

Bailen, 24 (viadnoto). 

1890 



( 



*^. 



V 



Precio: 3*50 pesetas, i^ 









<l^A>e^ejC¿.f~0 






Ji'c^X^ S 



HISTORIA DE LA PROPIEDAD COMUNAL 



INDICB 



PágB. 

Prólogo xi 

Introducción. 1 

I.— Concepto de la propiedad comnnal' ^ 

II. — Cómo debe hacerse su historia; 25 

IIL-Plan 80 

CAPITULO PBIMBBO.— Primera Edad: De las civUiza- 

ciodies primitivas al feudalismo europeo 37 

PRIMBR PERÍODO.— TIEMPOS PRIMITIVOS Y TRADICIONALES. 

I. — Tiempos primitivos ó prehistóricos 89 

II. — ^Tiempos tradicionales. • 46 

SEGUNDO PERÍODO. — HISTORIA ANTIGUA HASTA EL FEUDALISMO. 

I. — Civilizaciones orientales 57 

II.— Grecia '. : 67 

in.— Roma 81 

lY. — Los orientales emigrantes en el mnndo no latino 99 

1.— Los celtas. 99 

2. — Iberos y celtas españoles 106 

8. — Los germanos 116 

4.— Los eslavos 128 

V. — Las doctrinas económicas del Cristianismo ^ 180 

CAPITULO II. — Segunda Bdad. Bl mun4o b&rbaro me- 
dieval ; . 145 

PRIMER PERÍODO. — PRIMEROS TIEMPOS DE LA CONQUISTA Y PREPA- 
RATORIOS DEL FEUDALISMO. 

I. — Consideraciones generales 148 

II. — Formas especiales en las distintas naciones 151 

1.— España. 151 



VIH HISTORIA DE LÁ PROPIEDAD OOMÜKAL 

Pigfl. 

2.— Italia 155 

8.— Alemania 155 

4.— Inglaterra 157 

5.— Irlanda 159 

6.— Francia '. • . 161 

III.— El Bajo Imperio 164 

I Y.— Árabes y demás pneblos mnsnlmanes 167 

SEGUNDO PERÍODO.^— EL FEUDALISMO EUROPEO. 

L — Observaciones generales 169 

II.-— Comunidades de hombres libres 188 

1.— Familiares 183 

2. — Comunidad entre los esposos . . . .' 190 

3.— Comunidades sobre-familiares ..^ 192 

III. — Comunidades de siervos ' • 2X0 

IV.— Comunidades religiosas. 219 

CAPITULO III.— Tercera Edad. La época de la Monarqqia* 

y la centralización. — I , > 225 

II.— Francia 229 

III.— Espafia 231 

IV . -Inglaterra 288 

V. — Alemania. 241 

VI.-Rusia. 243 

VII.— Otros paises 247 

CAPITULO IV.— Cuarta ^dad. La revolnción individua^ 

lista.— I 249 

II. —Francia ' 25:^ 

III.— España :/..... 260 

IV.'— Otros paises 262 

CAPITULO V.^Besumen y efectos de la legislación coii- 

tempor Anea p • • 265 

I.— Bienes comunales de los municipios 265 

II.— Comunidad de los grupos rurales en Europa 281 

III.— India y Java. 295 

IV.— Asia y África. 800 

V.— América 801 

VI.— Espafia ,......, 802 

VII. — Comunidades familiares eslavaa. , * . • 818 

VIIL-Alemania 829 



índice iX 

P&gs. 

IX.— Francia 880 

X. — La comunidad familiar en España. ^. 881 

XI. — Bereberes, indos y otros pneblós. 837 

Xn.— Comunidad conyugal 889_ 

XIII.— De otras formas modernas de comunidad 841 

Conclusión 848 

APÉNDICES. 

Núm. 1. — Adiciones 855 

Comunidades de siervos en Espafia. 855 

usos comunales en España 856 

La familia catalana actual : 857 

Núm. 2.— Fuentes bibliográficas » 859 

Erratas notables : 867 



PRÓLOGO 



Si el objeto del prólogo de un libro, cuando no lo es- 
cribe su autor, es presentar á éste en la república dé las 
Letijas, en el caso actual no sobra, ya que se trata de uti 
escritor novel y joven, ni podía excusar la honra de ha- 
cerlo, quien á la desagradable diferencia de los años^ 
reúne la circunstancia de haber sido profesor de aquél. 

Era ayer, puede decirse, cuando encargaba al alumno 
que hiciera en clase «una conferencia sobre el tema que 
fuera de su gusto, y cuando, escogiendo el de la propiedad 
comunal, lo exponía el discípulo muy á satisfacción del 
maestro. Mucho debió interesarle la materia, cuando, á 
poco, la eligió como tesis para el discurso que presentó 
al aspirar al título de doctor, y ahora, ampliando ese 
trabajo, que ya era de valía, escribe sobre el mismo 
asunto el libro que sigue á este prólogo. 

El juzgar de su^mérito toca al público, juez inapela- 
ble en estos asuntos; además de que lo que dijéramos 
aquí, podría parecer no del todo desinteresado é impar- 
cial, dado lo difícil que es desprenderse de simpatías y 
afectos nacidos en las aulas y desarrollados después en el 
seno de una cariñosa amistad. Contentémonos con decir 
que la materia objeto del libro, es de suyo difícil, y que 



XII HISTOBIA DE LA PROPIEDAD COMUNAL 

la manera como se trata y desenvuelve, implica una la- 
boriosidad y un amor á este orden de estudios, que bien 
merecen plácemes que alienten al autor á continuarlos. 

Y no es maravilla que haya despertado en el Sr. Alta- 
mira tanto interés el estudio de la propiedad comunal y por- 
que lo Tiene, y grande, bajo el punto de vista científico 
y bajo el práctico. 

Bajo el primero, en más de un concepto. En primer 
lugar, esa forma de propiedad fué en muchos países la ge- 
neral y común en los tiempos tradicionales de los pue- 
blos aryas y Üe algunos otros; y cuando los historiadores 
luchan con afán por ensanchar los límites de su labor, 
en el espacio, estudiando las costumbres die los pueblos 
salvajes, y en el tiempo, llegando á esas épocas recien- 
tes en cuyos hechos cuasi sólo la tradición nos revela su 
existencia, ó á aquella más lejana aún en que la revjílan 
los restos que la actividad del hombre ha dejada sepulta- 
dos en las capas de la tierra, la investigación de temas 
como el que es objeto de este libro, por fuerza ha de des- 
pertar vivo interés, ya que su autor viene á coadyuvar 
á un trabajo, importante siempre por ser científico-histó- 
rico, pero más aún por el rilo mentó en que aparece. 

Además, esa forma de la propiedad, de que hoy sólo 
quedan vestigios en los más de los pueblos, ha subsistido 
á través de la historia toda, experimentando vicisitudes 
cuyo estudio da mucha luz para el conocimiento de las 
evoluciones económicas y jurídica^ de la propiedad en 
general: porque ésta, en suma, desde los primeros tiem- 
pos hasta los actuales, viene marchaudo y desenvolvién- 
dole, como la misma organización de la sociedad, par- 
tiendo del predominio de lo uno, de lo común, de lo so- 
cial, y terminando en el de lo vario, lo particular, lo 
'individual. 

Y he aquí el interés que el estudio de la propiedad co- 
munal tiene bajo ef punto, de vista práctico. Aparte de 



PRóft)< 



GO XIII 



rectificar errores, antes muy corrientes, como el de ver 
el origen histórico de la propiedad en la ocupación indi- 
vidual y el de considerar como prototipo de aquélla el 
dominio exclusivo y absoluto ¿ iteniendo toda tentativa 
que se encaminara á levantar el abatido elemento social 
por novedad peligrosa, cuando no utopia atrevida, presta 
un importante servicio al poner de manifiesto cómo, si 
esto sólo valiera, el qtwd üb ómnibus^ quod ubique, quod 
seniper, lo tendrían en su favor, como ha observado Lave- 
leye, las formas de la propiedad colectiva; cómo la que á 
través de toda la historia dura y se mantiene, ha* de res- 
ponder á algo esencial y no ser producto de circunstan- 
cias pasajeras; cómo con esas organizaciones han vivido 
muchos pueblos, y viven aún algunos, en paz y gozando 
de un bienestar que les satisface; cómo, en fin, sin rene- 
gar del sentido que, en materia de propiedad, ha inspira* 
do á la Revolución, y reconociendo la profunda verdad 
con que el gran Herculano declaró inmortal el tipo del 
propietario romano, preciso es ponerse en camino de 
levantar el sentido social para componerlo y concertarlo 
con el individual, de restablecer el derecho corporativo 
en punto á las personas y á las cosas, de reconstituir la 
complexión de la sociedad de modo que sea orgánica y 
no atomística, dinámica y no mecánica, üodavía llega á 
tiempo esta rectificación saludable para poner á salvo los 
restos que quedan de esa propiedad comunal en los pue- 
blos viejos, y para que tengan en cuenta sus enseñanzas 
los que comienzan á desarrollar una civilización allí don- 
de, como en Australia ó el Far West en los Estados Uni- 
dos, la tierra es todavía cosa que pueden hacer suya así 
los individuos como las comunidades agrarias. 

Es de celebrar, por último, la publicación de este 
libro, porque si, como es de esperar, ayuda á despertar 
el interés por estos estudios, al poner de manifiesto la 
transcendencia del probleñaa, eso dará lugar á que algu-' 



XIY ' HISTORIA DE LA 7#0PIEDAI) OOMUKAL 

nos penetren por el camino, apenas abierto, de esas in- 
vestigaciones con relación á nuestra patria, con 1^ cual 
se pondrá de manifiesto la importancia de la propiedad 
comunal, se conocerá en gran parte la vida económica y 
jurídica característica de cada región, cosa qu«f podrían 
y deberían aprovechar los legisladores, y. se escribiría 
este capítulo de la historia general de la propiedad comu- 
nal, en que trabajan hoy tantos obreros en cuasi todos 
los pueblos de Europa. 

Y basta con lo dicho. No es menester en los tiempos 
presentes esforzarse mucho en mostrar la importancia de 
los estudios de esta índole, cuando la corriente avasalla- 
dora del positivismo lleva á desteírar del organismo de las 
ciencias las filosóficas, llamando á ocupar su puesto á las 
históricas; cuando, como. ha observado Flint, se manifies- 
ta en la vida del pensamiento una doble tendencia: la dé 
las ciencias á hacerse cada vez más históricas, Ib, de la histo- 
ria á hacerse cada vez más científica. Hubo tiempos en 
que era preciso demostrar qiie la pura historia es ciencia, 
sin necesitar para ello recibir auxilio ajeno del campo de 
la filosofía; hoy, si acaso, hay que poner coto á ías pre- 
tensiones de aquélla cuando se propende á ensanchar in- 
debidamente su propia esfera, como si, no obstante la re- 
lación esencial que se da entre los principios y los hechos, 
no fueran dos distintos objetos de conocimiento y, por 
tanto, asunto, respectivamente, de tíos órdenes de cien- 
cias. 

Gumersindo de AzcArate. 



HISTORIA 

DE LA 

PROPIEDAD COMUNAL 



INTRODUCCIÓN 



I. — Concepto de la propiedad comunal. 

Entre las formas que la relación natnnJ de la propiedad ofrece 
jontamente á la obeeryación del liietoriador y al razonamiento del filó- 
sofo (Bs, qnizá, la más yiva, la de más relieye y la en tnayor razón en- 
carnada en la historia de las sociedades, con todo valor esencial y hn- 
mano, la llamada propiedad colectiva por nnos, comnnal por otros; 
no sin qne al fin esta divergencia de nombre salga, por mucho, de' 
la nnidad de idea con qne debe ser concebida. 

Ese carácter prof nudamente natnrál, qne hace ir á la propiedad 
común engarzada y nnida de raíz con el estado y concepción qne de 
cada vez han dominado en la vida acerca de la sociedad y del'hombre, 
es lo qne, arrancándola del cuadro formal y seco (que á primera vista 
parece) de las divisiones de la propiedad, le infunde ese interés, de 
todo lo que brota de las entrañas mismas de la historia. Ninguna de 
las otras formas hasta ahora vistas y deducidas, con tener todas ellas 
su razón de existencia y sostenerse en algún fundamento que no hay 
que tachar á la ligera de arbitrario, se muestra con el sentido y el 
valor de la comunal, que vista así, todo á lo largo de la historia y en la 
integridad de su desenvolvimiento, se ofrece como un probjema eco- 
nómico y á la vez como el problema y cuestión del individualismo y el 
socialismo, del Estado y la sociedad, de la familia y del sujeto aislado, 
de la libertad egoísta y la solidaridad orgánica; el problema, en fin, de 
las relaciones entre los hombres, que, en formas y aspectos varios ade- 
cuados á cada orden de actividad, y en razón de cada tiempo, se man- 
tiene, fundamental y vivo, en el pensamiento y en la obra de la hu- 
manidad. 

Este carácter suyo funda la esencialidad de la forma de propiedad 

1 



' ' HIStO^IA DB LA PBOPIBDAD COMUNAL 



qne nos ocnpa. Los romanos — se entiende, los romanos de la Boma 
constitnída — ^nnnca la hnbieran definido, porque la dirección de su 
pensamiento jurídico les apartaba , cada vez más, de esta idea; no 
concebían la comunidad social, y por tanto, no podían concebir la co- 
munidad económica: fué está idea una de las de la herencia primitiya 
de aquel pueblo, que se perdió mis pronto y más en absoluto. Lle- 
garon, por toda concesión, á regularen sus ley eé la co-propiedad y 
cierta especie de pro indiviso^ cuyo alcance no iba seguramente más 
lejos de la co- propiedad misma; y siempre junto á estas formas, por 
mucho que el nombre las disfrazara, eixistian una porción de acciones^ 
de facilidades, de reglai^ y excepciones de derecho, que concurrían á 
la división, que la pedían á cada momento y. la precipitaban. Nunca 
se vio la comunión de bienes como un estado permanente de la propie- 
dad (1); para asegurarse de lo contrario creáronse desde' un principio 
acciones como la communi dMdundot la famüiae erciacundae^ y se re- 
comendaba la diyisión que el juez, una vez pedida, no podía negar á 
ninguno de los comuneros. Los derechos de éstos, en vez de compo- 
nerse en la unión, se embarazaban, chocaban de verse juntos, y sufrían 
una relatividad que era mirada con horror. Los romanos, que psicoló- 
gicamente tenían desarrolladas sobre las demás facultades el enten- 
dimiento y la reflexión-r pudiéndoseles considerar en ese Segundo 
grado de la cultura humana de que habla Ahrens— no comprendían la 
indeterminación de los derechos, la relatividad que les parecía ver en 
la comunidad de bienes: gustaban, por el contrario, de la claridad, de 
la determinación precisa en que todos los límites están marcados fuer* 
temente, resaltando la individualidad de las figuras y de las esferas, 
como si estuvieran recortadas en negro sobre fondo blanco. Su con- 
cepto absoluto del poder, que de la política de la ciudad se trasladaba 
al dominio sobre las cosas, no permitía la limitación resultante en la 
co-propiedad, en la indivisión de la herencia, que así y todo, acabó por 
ser un conjunto de derechos individuales. Guando la idea de la fami- 
lia como un todo—que fué la reliquia de lo antiguo durante más tiem- 
po conservada-— desapareció por relajación, empezó á señalarse igual 
fenómeno en el orden de la propiedad; vinieron entonces las divisiones 
de la herencia, y el dominium ya no se llamó así porque vino á susti- 
tuirle la propietas: la propiedad fué plenom in re corperale potsstas; y 
en este sentido se forja la más grande elaboración jurídica romana, U 



(1) £1 reoaerdo de la organizaoión familiar romana, tan falsamente conce- 
bida por macho tiempo, no debe obstar á que se' reconozca este hecho, que es 
el característico de la sociedad romana. Ya veremos en qué paró el primitivo 
grupo familiar. 



IHTBODÜOOIÓH 8 



de los jnrisoonsnltoB, cnya doctrina dominó al fin al derecho legal y es 
la .qne ha libado hasta nosptros. 

8e comprende muy bien qne, de tal origen, no pudieran los glosa- 
dores y los comentaristas avenirse con las ideas ni las costumbres, bien 
diferentes, de los germanos y de la población- indígena de las proyin* 
cias; las cuales, concluida la dominación romana por la caída del Im- 
perio, pudieron seguir su CTolución original, enlazando en muchos 
puntos su vida con la de los bárbaros invasores, y especialmente en 
esto dé la propiedad común. Así es que los romanistas no introdujeron 
esta forma en su cuadro legal. Para elloii hay cosas comunes, pero son 
las naturales cuya comunidad se supone á todos los hombres: hay 
cosas públicas^ cuyo uso es común á los ciudadanos de un Estado, 
porque de otro modo no pueden servir , y que no añaden, de un 
modo directo, ni un ápice á la riqueza y bienestar de los individuos: 
hay cosas de tmiverndcuij pero son de la universitaspersonarum; lo que 
no hay nunca son comunidades cantonales, de tribu, de familia, como 
entre los germanos, los celtas, los francos de la Edad Media ó los es* 
lavos. En las colectividades no ven más que personas jurídicas sin 
vida propia: y es imposible que acepten en buen derecho la propiedad 
llamada común (Gesammteigenihum en Alemania), de que nacen los co- 
munales de los pueblos, el alltrtend, el totvnship y la variedad de formas 
de corporación con vida económica comunista que hay en el Derecho 
germánico. Este sentido se prolonga hasta nuestros días, en que un 
jurisconsulto contemporáneo, muy apreciado entre nosotros, todavía 
define los bienes comunes como los que corresponden á muchas per* 
sonas por derecho de dominio y se hallan sin dividirse. Estos bienes, 
en que el todo pertenece á cada uno de los comuneros ó condueños y á 
todos juntos— añade — deben repartirse entre éstos siempre que alguno lo 
pida. Nunca se les hubiera ocurrido esta idea á los miembros del 
township ó de las comunidadecí celtas. ,Y es tal el influjo de las ideas 
'romanas en nuestra educación y pensamiento jurídicos, que, no obs- 
tante la abundancia de ejemplos de propiedad comunal, que hoy cono- 
cemos, resulta difícil su determinación; y hasta en el nombre hay 
dudas, provenientes también de una acepción errónea en las palabras, 
que. se enlaza con el concepto de la persona jurídica de los romanos. 

Nuestros civilistas no han conocido la propiedad comunal, fuera de 
los bienes comunes de los Municipios que el Derecho romano estable- 
cía (1). Algunos, ni la mencionan; lo que les preocupa es la propiedad 



(1) Cf. lo qne terminantemente dioe Fafltel de Conlanges (Rtv, de queitUms 
historigueSi ATril, 1888, p&gs. 406 y 411) tobre la direooión individnalista del De* 
reoho romano, por lo qne toca & la propiedad, inolnso la familiar. 



BISTOBIA DB LA FBOPIKDAD COMUNAL 



iadmdnaL So repugnaneia á toda relación eoonómica que se eleve sobre 
Ift del individno, se refleja en lo afanosos qae fneron de 1» desamorti* 
sación. €k>n mejor acnerdo hoy, y advertidos por«los numerosos esta* 
dios experimentales que sobre la materia se han hecho recientemente^ 
alganos discuten ya esta forma. Para nosotros, es absolutamente pre* 
dso reflexionar sobre ella, y determinar sn concepto, uites de relatar 
las vicisitudes de su historia. 

La evolución que la propiedad comunal, como fenómeno lustórico, 
ha seguido en la mento de los investigadores, es una Gonsecuencia de 
esto mismo hecho que sefíalamos. Empezaron considwando losejem* 
píos de aquella organización económica como cosas muertas y apenas 
si enlazadas á nuestra vida de hoy, ni aun á la de todo lo que llaman 
tiempos históricos^ mediante relación que transcendiera de la general% 
con que todo lo humano se comunica y une. En cierta manera, no es- 
taba lejos la mayoría de los que estudiaban aquellos hechos, de suscri* 
bir á la frase retórica en que Laveleye comparaba los ejemplos de pro- 
piedad comunal hoy existentes, á restos paleontológicos, perdidos y 
dispersos, por un milagro de supervivencia, en el seno de los grupos 
sociales menos accesibles á la civilización. Pero á medida que se iba 
reuniendo mayor número de dntos y reflexionando sobre ellos, sui^a, 
de cada vez más clara, la conclusión de que el régimen comunal — con- 
siderado muy á la ligera hasta entoncés—tonia un valor fundamental 
en la evolución jurídico- económica de las sociedades; y por fin, se ha 
libado á la convicción de que sin él, sería totalmente imposible formar 
concepto exacto de la historia de la propiedad, ni estimar en su propio 
valor lo que representa el movimiento individualiste. A la vez, mos- 
trábase lo que para muchos es, aún, cosa arqueológica y hasta fósil, 
como viviente de toda vida y desarrollo en nuestra misma época, y 
contenida en el número de los hechos familiares, de cuya importancia 
no nos apercibimos en razón d^ la misma familiaridad con que se nos 
presentan. Así ha podido decir recientemente Carlos de Btefani, que 
<la inmutabilidad durante muchos siglos de la institución (comunal) 
y de su reglamentación, la extensión é importancia que en la misma 
se encuentra— mayores cuanto más se remonta en los tiempos anti- 
guos^-su difusión entre los pueblos más diversos, aun fuer^ de Itolia, 
en circunstancias tales que prueban se trata á menudo de un hecho his" 
tórico común^ y también, por lo tanto, de un hecho económico que pue- 
de haber tenido muchos y diversos orígenes; todo esto, demuestra la 
antigüedad de las ordenanzas relativas á la indicada propiedad (1).^ 



(1) Di aletma propietá coüetHve neÜ*Ap€nino, En el ArehMo per PAntropólogia 
de Mantegazsa. 1888. 



IKTRODVOOldK x $ 

Luego Tino otra conñderadón qne parece inmediatamente ligada á 
lo qne los hechos por si mismos ofrecen. £1 régimen comunal responde 
7 se apoja en nna forma sodat determinada, dentro de la qne ee nn 
«fecto sin el eoal aparece aqnéllá como rota en sn explicación; tanto 
como el mismo régimen económico resulta, sin esta hase puramente 
humana, de nna inconsistencia á todas Incee insostenible. Ligadas ya 
estas obserradones, £tcil fné advertir, siguiendo los hechos, la impor- 
tancia capital que el estudio de aquella institución tiene para la pecu- 
liar historia de las clases j)opnlares, en las que se refugia y sostiene, 
oon todo su valor inicial, cuando las clases superiores entran de lleno 
en el movimiento individualista. Muéstrase esto, espedalmento, en la 
época del feudalismo, una de las más interesantes en la evolución de la 
propiedad comunal. 

Los hechos no son, sin embargo, tan claros, que no susciten alguna 
vez la discusión, que llega hasta negar la existencia de aquel régimen 
en varias de sus formas ó en determinados pueblos. Dos son los auto* 
res que representan esta contra- teoría de la propiedad comunal: uno es 
el profesor Dargun, qne ha tratado de refutarla en lo que toca á los 
tiempos primitivos (1); el otro es el ilustre autor de la Cité cmtique^ • 
Fustel de Goulanges, que ha llevado' su crítica á todos los extremos de 
la doctrina, y especialmente — como hemos de ver— á su historia entre 
los germanos y Íob griegos. 

Los escritos de polémica de Fustel, publicados en diferentes épocas 
y sitios, han sido presentados recientemente, como en resnmen, en un 
largo estudio que abraza el examen de las ideas de Maurer,--el inicia- 
dor de la teoria de la mark—de Viollet, de Mommsen, de Laveleye y 
otros historiadores é investigadores de la propiedad comunal (2). El 
carácter de su argumentación es, como dice, de crítica histórica sobre 
los textos que los autores citados presentan en apoyo de sus teorías 
sobre la comunidad agraria, sin que alcance á negar la existencia de 
ella como posible, tal vez, en algún pueblo. Conviene tomar nota de 
esta declaración, para juzgar con plena conciencia el hecho que se dis- 
cute; porque, desde luego, obsérvase que Fustel reduce toda la cues- 
tión, como Maurer (8), á la comunidad tribal agraria, que es sólo una 
de las formas de este régimen, y en verdad, no la más extendida. Hace- 
«e difícil de comprender por qué razón se resiste Fustel á considerar lo 



<1) Ur9prmng imd JBHiwiekUmg9ge»e7tiehÍe du MfgeñUnuM: en la SMiichrift fUr 
vergleUhendé BUktmofWñtihaftt vol. Y. 

(2) Xe proUéoM Aéi origInéM áe la pToprÍÍUf<meíér$, Bn la Betmé áu quttUm» 
lU$toiriqM9t AttíI, 1888. 

(8) If «arer (Q. L. yon)» aMMtmng wwr GeiéMéhU d€r Uofrk^Bopáeir^Amd 8tad^ 
9€rfa9nmg, 1864; Q€9tihiehté der Mark-vwfMmmg, 1866. 



6^ HÍ8T0BU DB LA. PROPIEDAD COHÜHAL 

que llama o^co-propiedad de, la familia^, como una forma de comu- 
nismo de bienes, en un grnpo limitado, pero qne presenta, con toda 
claridad, los elementos característicos de estas asociaciones económi- 
ca3« Sin dada que hay diferencia entre aqnella forma y la qne Manrer 
estudia, en que el lazo familiar ya no existe; pero es diferencia de su- 
jetos, á saber, en el número y en la relación social que los une, pero 
no en la situación económica. El mismo Fustel dice que la «propiedad 
familiar, puede llegar á ser co-propiedad (1) de vecinos»: y de hécbo 
asi ocurrió muchas veces. 

Nótese igualmente, por lo que á la extensión de la palabra respecta, 
que, según luego veremos, ni el lazo de saogre, ni aun la condición d^ 
agrícola son elementos esenciales de la comunidad; sino que-, tomando^ 
esta forma de la relación jurídico- económica en todo el alcance de su 
significado, presenta dos tipos que ya distinguía Bumner Maine: el fa- 
miliar, y aquel en que la razón de parentesco ha sido sustituida por la 
del territorio; y aún va más lejos la diferencia, puesto que la comuni- 
dad puede constituirse entre individuos que no reconocen entre si re- 
lación alguna de origen, y sobre cosas que no sean la tierra; con lo 
. cual se da entrada, v. gr., á todas las formas germanas de corporación 
comunista, bien diferente de la co-propiedad y del condominio, y sobré, 
cuyo carácter discuten hoy apasionadamente los jurisconsultos que re- 
presentan las dos tendencias clásicas de germanistas y romanistas (2). 

Hay que advertir, también, el punto de vista teórico en que Fustel 
se coloca. Uno de los principales argumentos que emplea para .negar 
la existencia de las comunidades agrarias más extensas que la familia, 
en la Edad Media, es el hecho de que, en la mayoría de los casos, no es 
la misma comunidad el dueño de la tierra, sino que la recibe de otro 
(el señor) á título de colonaje ó en servidumbre. No siendo; pues, la 
cosa propiedad de los comuneros, no puede decirse que hay propiedad 
común* — Dejando á un lado, para más adelante, la cuestión de cómo se 
han producido estos dominios serviles y si las comunidades de aldeanos 
proceden ó no de los clanes antiguos, demasiado se ve que el autor re- 
duce el concepto de propiedad á la forma absoluta é individualista de 



(1) Iioo. cit., p. 438. 

(2) dito tan sólo, sin entrar en la disonsidn, los libros de Gierke, Die Qe- 
nosaeMcha/tetheoriet (Berlin, 1887), Das deutaehe genoBaeMclutftareclU (Berlín, 1881)i 
yQéééhidUé de$ deutB€he Kifrp«rachaft$begrif/B (1878), y el de B. Sohm, Die deuta- 
elle Qenoaaenacha/t (Leipzig, 1879), de los cnalesi por mi;de8conooiiniento del ale- 
mán y por recibir su nota en los momentos de enviar á la imprenta este libro, 
no puedo oonparme oomo fuera de mi deseo.— Vid. especialmente lo que se re- 
fiere & la QeBommta Hand (mancomún) y á la diferencia entre la organisación 
corporativa de los romanos y la germana. 



IHTBODÜOOIÓK 



loe romanos, en cnyo sentido, claro es, no pnede decirse qne hay pro- 
piedad de ninguna clase, donde no existe pleno dominio. Tal es la po- 
sición de la mayoría de los autores modernos. Por fortuna, Ta abrién- 
dose paso un nueyo y más razonable concepto del derecho de propie- 
dad, que viene á reconocerse, no en el conjunto perfecto y cerrado de 
hkprapietaa romana, sino en todos los actos de la relación natural con 
las cosas, de los cuales resulta una utilidad econiómica para el hombre. 
Asi, la idea de la plena potestad de los jurisconsultos declina en la de 
aprovechamiento de las utilidades de las cosas, sin que toque al fondo 
mismo de éstas que permanece fuera del alcance de la voluntad. Dedú- , 
cese de aquí la teoría de los aprovechamientos múltiples de un objeto 
por diferentes sujetos, toda vez que cada uno parece como que no debe 
tener derecho perfecto máa que á la relación en que le es aquél útil, y 
no á las restantes (1). 

De todos modos, resulta que en las comunidades serviles hay un 
conjunto de relaciones de propiedad Qab que implica el uso y posesión 
de la tierra), y que sobre éstas— cuya importancia no negarán los eco- 
nomistas ni los abogados que saben en lo que vienen á quedar, á veces, 
el dominio nudo — ^se ejerce el comunismo. ¿Qué importa, pues, esa di- 
visión de derechos entre el sefior y los villanos — que marca una fase de 
la evolución — si valen tanto económicamente los de éstos como los de 
aqi^él, y respecto á ellos — en la disposición de los frutos, en el reparto, 
en las labores, en el tipo de vida— viven comunalmente? 

No puede afirmarse que todos los historiadores de la propiedad 
comunal presenten con este sentido y por su razón, el ejemplo de que 
tratamos; más bien la mayoría, completamente dentro de las doctrinas 
tradicionales de la propiedad, lo repugnan, y citan el comunismo de 
siervos sólo como degeneración de un \tnpo comunal libre. Por mi 
parte, el motivo filosófico que tengo para incluirlas en mi Historia es 
el que dejo apuntado: de otras razones históricas se hablará en el 
lugar oportuno. 

La crítica del libro de Maurer, es, sin duda, lo mejor del trabajo 
de Fustel de Goulanges; es una crítica sobria, enérgica, erudita y á 
veces decisiva. En los lugares correspondientes hemos de citarla con 
detalle, pero séanos licito aquí consignar breves observaciones acerca 
de la impresión total del artículo á qué nos referimos. 

Por de pronto, los capítulos relativos á los estudios de Mommsen 
y de Laveleye, no tienen, ni con mucho, la fuerza del dedicado á 
Maurer. Bien es verdad que aun en ^ste, la discusión parece llevarse 



(1) Sobre estas ideas acerca de la propiedad, Téaie el estadio de D. F. Giner 
de los Bios, que forma parte del volumen E$Undio9 jurUico9 y polUico9, 



8 HISTORIA DB XiA PROPIEDAD GOMÜKAL 

contra la pretendida antigüedad de las comanidades ruraleB, mes bien 
que contra su existencia; porque concluye afirmando que en el siglo xm 
(Actas de 1279, 1290 y otras) aparecen las comunidades de yecinos de 
tina aldea, formadas para gozar de ciertos privilegios (1); estos yecinos 
no son siervos y los privilegios son nsos comunales. La negativa del 
comunismo agrario de los germanos, tampoco es muy cierta, puesto 
que en la pág. 428 dice el mismo autor que César declara la ausencia 
de propiedad en aquéllos; afiadiendo que, según el mismo César, los 
germanos no conocían los linderos ó términos fjínes) (2). Los argu* 
mentos tocante al mr no son nada decisivos, porque la cuestión de la 
novedad de esta forma (siglo xvi) es muy dudosa; y el examen, en fin, 
de los ejemplos modernos no convjence de ningún modo y está Mto 
de datos: aparte de que el autor ni discute los que ha revelado Sumner 
Maine sobre la India y sobre Inglaterra, ni los que Heam aduce, ni 
otra porción de ellos, posteriores ó no comprendidos en las obras 
que cita (3). 

£1 prejuicio teórico de que Fustel parte y en el cual Saquea bu 
autoridad como critico lo declara bien explícitamente en otro estudio 
anterior (4). Se debe refervar el nombre de comunidad~dice~al caso 
en que la tierra pertenece al pueblo, á la tribu, á todos sin determi- 
nación. Desde el momento en que pertenece á una colectividad ó 
grupo determinado, hay una propiedad colectiva, porque ee lapropie" 
dad de muchos á la vez, pero no deja de %%x propiedad (5). Al tratar de 
los comunales de los pueblos repite lo mismo, porque, sobre todo sen 
los países donde no .pertenecen más que á los que poseen tierra en el 
pueblo y á cada uno en proporción de lo que posee, tales bienes no 
constituyen el régimen de comunidad.^ Claro es que cuando se llega á 
este grado de distribución, la* tierra pierde el carácter de común; pero 
antes de eso, ¿qué importa el número ni las condiciones de los que 
forman la asociación, para que la comunidad económica exista? Por lo 
visto Fustel no, considera propiedad comunal sino á la indivisa en abso^ 
luto para todos los hombres, es decir, la que llaman los autores ilimi- 
tada, ó á lo sumo la que pertenece en común á todo un pueblo. Asi dice 



(1) ¿oc.cí<.»pág.884yno^(4). 

(2) ld.,p&g.429. 

(3) Añádanse para la bibliografía de la oaestión, Waitz, Dw.t9th% VtTfck- 
88ung geaehickte; Sohm, StchU und Qerichta Vvrfa99ung; y Lampreoht, Deuteehes 
Wiríha€hafélébMinmittelaUer(LeipKigt 1886): Virthaehaft mnd BteM derFranken 
zur ZHt dtr VolkirechU (1883). 

(4) Yid. Comptee renduee de la Academia de Cienoias Morales y Políticas de 
:^rancia, 1886. 

(6) Ya se ve que para el autor, propiedad es sólo la individual y comunidad 
fiupone la ausencia de ella. 



IKTB0DÜCN3IÓN 9 



qne no k ha habido más que cuando no se cnltiyaba la tierra. Pero ni 
ese es el criterio qne la voz comnnál snpone, ni á él se refieren los 
autores, ni yaldrfa la pena de oenpar en sn examen y disensión media 
docena de lineas. El concepto tiene mny distinto valor, qne yamos á 
determinar antes de pasar más adelante. 

* * 

Ahrens, cnyo Derecho Natural ha llegado á ser el vademécum de 
nuestros abogados, al ocuparse de las formas de la propiedad, establece 
cuatro criterios ó normaade división. Uno de ellos es el sujeto de la re- 
lación económica. Begún este criterio, la propiedad es: (a) Individual 
ó de persona fisica; (b) De persona jurídica ó moral (1). Demasiado se 
ve que esta división repite la romana, y con ella la tradicional de las 
personas; tanto así, que en la propiedad de comunidad ó persona moral) 
incluye Ahrens tres modos: 1.® Propiedad de la universitas persona^ 
rum; 2.® De las sociedades en que el haber social está dividido en 
partes, correspondientes á cada socio determinadamente (comandita- 
anónimas) y que es sólo una forma de eo-propi^dad; 8.® Propiedad c6- 
mún 6 colectiva (mejor común^ traduciendo la voz Gesammteigenthumi^ 
en que el dominio y el disfrute son, de un modo total, de los miem- 
bros de la comunidad, de manera que sólo para ellos existe y para . 
todos igualmente (no sobre parte ideal de la propiedad, como co*pro- 
pietarios); pero no de modo que puedan disponer de ella á su antojo, 
sino para la serie de individuos que van formando en la sucesión de los 
tiempos la comunidad misma. 

Estas distinciones son, ni más ni menos, las que fija Savigny at 
estudiar la propiedad de las personas jurídicas en Roma, diciendo que 
la corporación puede, ora administrar por cuenta propia, ora arrendar 
los bienes para sacar ]ana utilidad que cede sólo en provecho de la 
persona jurídica y uq de sus individuos (caso, verdaderamente, de la 
universitas personarum), ó también abandonar el goce de los mismos á 
sus miembros (2). El error de la división se percibe considerando que 
la llamada persona jurídica, en cuanto tal, tiene un carácter de unidad 
tan perfecto como el individuo (la persona individual ó física), puesto 
que en ambos casos hay, sea un hombre, sea un grupo, una verdadera 
persona de derecho, que es en el segundo caso independiente y superior 
á los elementos simples que la forman (S). Y en tal respecto, si llama* 



<1) El autor, á pesar de tiu ideas, oontinúa llamando á las personas sociales 
iwrfdieas, usando asi la terminología romana; y no es mejor el apelativo de 
fiMráUs con qne á, yeces pretende sustituir el anterior. 

(2) Sistema del DerecihoTomanOf II, XOl, 

(3) Sobre las modernas teorías acerca del concepto de personalidad, y es* 



10 HISTOBU BB LA PROPIBDAD COMUNAL 

mo6 individualidad á la manera Garacterístíca de mostrát un ser bu pe» 
cnliai nataraleza— no preoisamente á la determinación concreta y física 
de tm hombre, nn indiridno, que decimos aún á la romana— ^tanta in- 
dividnalidad hay en nn hombre, como en nn gmpo de ellos nnidos por 
nn ñn común, según el cnal, nace una persona superior é indepen- 
diente, qne llaman algunos moral, y que en tanto, como desligada de 
las personalidades de sns miembros, muestra una más alta individua- 
lidad y vida propias, ya qne también tiene manera característica de 
poner su sustantiva naturaleza. En este sentido, y por tal razón, se le 
atribuye una propiedad suya— además é independiente de la propiedad 
de los socios — que existe para atender á la yida de ella (v. gr., en un 
Municipio las rentas necesarias para atender á sus obligaciones, como 
corporación), percibiendo para esto las utilidades, que no disfrutan 
amguli sus componentes. 

De aquí que el número de hombrea que forman el sujeto á quien s^ 
atribuye una propiedad, no sea criterio de división (1). Es un criterio 
demasiado externo y cerrado, puesto que al fin, en la misma persona 
soeial, con respecto á su propiedad y á las reladonee jurídicas, los in- 
dividuos, pocos ó muchos, desaparecen, y queda sólo la entidad ideal 
determinada por újmj considerada tan una como el individuo físico. 
Precisamente el error ha venido de no apreciar bien la sustantívidad 
del ser social, deteniéndose en el hecho equivoco de formarlo una 
reunión de hombres. 

Por esto la propiedad de la universitaa peraonarum, como, en cierto 
modo, la de las sociedades por acciones y la co- propiedad, la propiedad 
del Estado ó la de partes determinadas, atribuidas á cada individuo, 
son propiedades individuales (individuas); es decir, en que ya uno solo 
(jA hombre, ó varios hombres cuya reunión es accidental y no absorbe 
su representación), ya la entidad social exclusivamente (no muchos á la 
vez de un modo igual en el todo económico), es propietario; de tal 

peoialmente de Ub personas sodaZeSt consúltese Sohftffle, Estructura y forma 
da cuerpo social, y los trabajos de Wundt, Háokel, Cams, etc. Vid. el articnlo 
del Sr. Giner de los Bios, Sobrs la idea de la personalidad, en la revista La Bs^ 
lM»fta Ifodema.— Febrero de 1888. 

(1) £1 heobo es bien claro. O hay pluralidad de hombres que mantienen in- 
dependiente su personalidad en la relación juridioo-econón^ca, y entonces no 
hay más qae nna sama de propiedades perfectamente individnaleSi ó los hom- 
bres figuran sólo como miembros ó elementos de otra personalidad, frente & la 
cnal pierden ellos la say^ propia en est^ orden de relación, y entonces tam- 
bién es individual, de uno, la propiedad. Lo oaraoteristico de da forma comu- 
nal, es no caber en este cuadro.— Kótese, de pasada, la impropiedad de la fra- 
seología reinante, que toda ella se resiente del individualismo tradicional. En 
rigor, no puede hablarse de componentes, ni- de miembros de una persona de las 
llamadas morales, para designar & los individuos que la representan* 



1BTB0I>ÜCC1ÓK 11 



manera^ qne en la persona Bodal sn propiedad desaparece al desapare- 
cer ella como snjeto, anqqne subsistan sus miembros individualmente, 
y se continúa aun desapareciendo los socios actuales y siendo susti- 
tuidos por otros nuevos. Basta también qué superviva uno, para que 
la propiedad continúe como de la entidad social que se considera sub- 
sistiendo, aunque no ciertamente á provecho particular de quien la 
representa (1). 

Asi e,n la co-propiedad— en que no hay todavía una persona social-' 
cada uno es individualmente propietario en su parte ó sección; y lo 
mismo puede decirse, por ser casos de co-propiedad, de las sociedades 
incluidas en el segundo modo de propiedad comúnj que dice Ahrens. 
Tanto en la forma que llama este escritor individual, como en la 8octal 
d9 primero 6 de segundo grado, se atribuye siempre aquélla á una sola 
persona, jtkfiaica, ya morcU\ mientras que en la comunal ó colectiva 
propiamente dicha, son dueños todos y cada uno de los miembros de 
la comunidad, resumiendo en si, no como individuos, mas á titulo de 
tales miembros, todos los derechos, de tnodo'que ellos sólo perciben las 
utilidades de las cosas, en ves de percibirlas la entidad social, llámese 
eammune, mir, etc. 

El Sr. Azcárate, en su preciosa Historia del derecho de propiedad, 
establece la siguiente clasificación, por razón del sujeto: 

¡Ilimitada. (De todos los hombres: aifó, 
luz, etc.) 
Limitada. (De los ciudadanos de una na- 
ción. Cosas públicas.) 

Individual, comprendiendo la co- pro- 
piedad. 

Universitas persona- 
rum, (Asociaciones, 

J5.— Exclusiva ó particular. •L . i . ^^ ^^^ i Congregaciones, 

ibocialo de per-/ Tn j • x 
I ( Fundaciones.) 
sonas morales.) ^ « ^. . ^ . 
I Colectiva ó común. 

(Corporaciones, pue- 
blos.) 

El criterio aquí es otro, y de él se puede deducir el que parece más 
ajustado á la realidad. 
A. — Propiedad común á todos los hombres (la ilimitada). 



(1) La diferencia resalta vivameiite cuando se considera la separación que 
existo en un municipio entre la fortuna social y las individuales; pudiendo 
haber, como hay de hecho, municipios que tienen cuantiosas rentas y en los 
cuales abundan los pobres. 



12 HISTORIA DB LA PBOFlBDAD COMUNAL 



5.— Propiedad exclusiya (1).. 



¡De una persona^ tanto individual, como 
social, considerada en unidad y para 
sns fines propios como tal persona: 

a.-*IndÍTÍdnal. — Co-propiedad. 
—De la universitoépersonarum. fFun- 
daeiones. Bienes de Propias,,,) 

c— Gompafiias con capital divisible en 
partee. — Caso de co-propiedad. (Aso^ 
daeionesj 

De nn grupo, considerado á la vez en 
nnidad y en cada uno de sns miem- 
bros, í>ara servir á los fines singula- 
res de cada nno, mientras forman 
parte de la comunidad. — Propiedad 
eoleeiiva ó comunal, (Cosas públi" 
cas.) (2). 



(1) Las eliMifioaoiones no pasan nnnoa de nn valor relatiro, qne conviene 
tener en cuenta para no concederles más importancia de la qne realmente 
merecen. No se la concedo yo extraordinaria á esta qne propongo; creo, si, qne 
resalta mny clara, y & este titnlo, de gran valor para la comprensión de la 
historia, dado el pnnto de vista en qué me coloco y el propio oar&oter de la 
historia misma. La diferencia qne hay entre esta clasificación y la del sefior 
Azcárate, fácilmente se advierte; y debo declarar, qne lo qne más me aparta 
de esta última es la comprensión de las cosos ]H¡6tteas,en el grupo de la propie- 
dad eomúnf annque se le añada el adjetivo de limitada; porque si á este tituló se 
la incluye en aquel grupo, ¿no tienen igual derecho las propiedades llamadas 
colectivas ó comune» que radican en T^ia persona social (corporaciones, pueblos) 
al modo mismo que las públicas en la nación, no existiendo entre ambos suje- 
tos más que una diferencia numérica? 

Esto notado, permítasenos que traslademos nna clasificación muy original 
del Sr. D. Francisco Diez González (Vid. en la JBso. d» Jurisp, y Leg,, el Informe 
sobre una cu,estión de montes.— Enero y Febrero de 1882), clasificación cuyo 
valor estriba precisamente en la explicación filosófica á qne sirve de esquema. 
Aprecia el Sr. Diez dos estados en la humanidad, y partiendo de esta base, es- 
tablece los grados de propiedad ó apropiación en esta forma: En el nomadis- 
mo y selvagia, es decir, fuera de la sociedad: Todo es vacante; sólo hay un 
nsnfmcto simple, sin apropiación circunscrita.— En la sociedad, según el mo- 
vimiento social inmanente y la condición de consentaneidad: 1. Jtfuda. Comu- 
nidad negativa (Baldios).^9. Mavifiétta, Comunidad positivO^general (Beálen- 
gos).— 8. Semi^pronuneiada. Comunidad positivo-particular (Comunes de Pro- 
pios).— 4. Pronunciada. Peculiaridad ^Propiedad individual). En relación con 
estas clases, corresp^de la facultad de privar: 1. A la Naóión, respecto á los 
extranjeros.— 2. Alalraministración, respecto á los individuos nacionales — 
8. Al Concejo de vecinos.— i. Concretamente á los individuos. 

(2) Considérese que la mayor parte de las cosas públicas son hoy ya de pro- 
piedad ilimitada. En cuanto á la idea de ésta, conviene hacer nna observación. 
El nonibre viene de un pretendido carácter de inapropiables que se supuso en 



nrTRODüGoidN 18 



La dilermioia pneda verse l»en entre los dos términos de la propie* 
dad excludva^ comparando, no ya una propiedad individual qne deci- 
mos (mi casa, y. gr.)« con nna colectíva, el mtV níso; sino, como ejem- 
plo más cercano y fácál de comprobar, los llamados bienes de Propios 
cbn los comunes ó CommolM de los pueblos. «En los primeros— dice 
el Sr. Azcárate— la propiedad y la utiHdad son y ceden en provecbo de 
la corporación, como persona moral (como una, cualificada por su fin); 
en los otros, la propiedad y el disfrute son de toídos los vecinos, singuli^ 
á tal punto, que restados sus derecbos, no queda nada de derecbo, aun- 
que subsista la propiedad para el grupo, no para los usufructuarios ao- 
tualee sólo, sino para iodos loa sucesivos en igual formaP^ (1). De donde 
se sigue que, realmente, la distíneión estriba, no en el número de in- 
dividuos que aparecen referidos en la propiedad, sinoen el de personas 
que gozan realmente de este derecbo y se aprovechan de él junta é in« 
divisamente; es decir, en la relación de los hombres al fondo mismo de 
la propiedad. En la individual, como en la de una corporación» el pro- 
pietario es, de hecho, uno, y á modo absoluto, ora sea un hombre, ora 
la entidad /na¿ de aquélla; pero no (en este caso) los hombres que la 
han constitoido. 

En la comunal, los propietarios son todos los miembros que forman 
la comunidad, indivisamente; de modo, que aparecen como necesariíjis 
dos condiciones para que exista una propiedad de este género: 1.^ Que 
lo poseído (la cosa), subsista en el grupo, percibiéndose sólo sus utili- 



las OQsas á que se refiere; pero bien claro e8t& hoy que son snsoeptibles de 
igual apropiación que la tierra. La diferencia entre ésta y el aire ó la ha Mciste 
en la relación puramente económica, mas no en la jurídica. La extensión in* 
definida en que pueden ser aquéllas objeto de propiedad y la limitada que el 
suelo consiente, no puede variar su condición en los casos concretos: ig^al de- 
recho tengo y me debe ser reconocido á la lus que ilumina mis habitaciones ó 
al aire que ha de oxigenarlas, que á la tierra cuyo dominio figura en el Begis- 
tro, y de igual modo debe rechazarse toda limitación ó negación de mi dere- 
cho sobre unas y otra. Por otra parte, antes de una apropiación singular, en 
la misma relación de posibilidad para todos los hombres se encuentra el aire 
6 la lúa que la tierra: la diferencia está en que la tierra es limitada y exige 
para su aproyeohamiento una iimitoci^n d^ida que excluye, mientras que el 
aire y la luz son, con relación á nosotros, inagotables, y no exigen siempre 
para su aprovechamiento una limitación que excluya el de los demás. He aquí 
por donde el primer término de la clasificación que adoptamos tiene un valor 
muy relativo y contestable. * 

(1) «Entre los particulares y el cuerpo ó comunidad, no hay, en lo que toca 
ftl derecho de propiedad, más qi^e una diferencia; y es que este derecho, ilimi- 
tado en cuanto á loe primeros al punto de permitirles usar y abusar de Itk 
oosa, tiene por limite en el segundo el derecho de las generaciones futuras.» 
Beohard, Droü munieipal don* VafUiquité.—Bn el Droü munie. au Moyen Age, L Ut 
pdg. 305, repite el concepto, distinguiendo entre el Uso ut universi y el tU singúlU 



14 HISTORIA DII^LA PROPIEDAD COMUNAL 

dades, sin destruirla ó enajenarla. 2/ Que el nso y disfrute sea de los 
individnos que componen el gmpo de cada vez en el tiempo, conside- 
rados singuli', pero no de la persona social (como en los bienes de pro* 
piós). Hay, pnes, dos sujetos: en primer Ingar, el grapo, que mantiene 
sn personalidad y sn valor constantemente, mientras es tal gmpo, ana-** 
que se renneven sus miembros (k>r el transcurso natnral de las genera* 
cienes, ó por otras drcnnstaneias, y en el que radica lo qne llamarían 
algnnos la propiedad nnda ó el dominio directo, que imposibilita á sus 
componentes para enajenar y disponer por si del fondo de la propie- 
dad (1); y en segundo lugar, los individuos qne fórmiín en cada mo- 
mento el grupo, y que perciben las utilidades de la propiedad á él re- 
ferida con un mismo derecho sobre el todo, aunque no siempre mate- 
máticamente igual, sino proporcionado á sus necesidades. La diferencia 
que la comunidad así constituida tiene con la persona representada por 
una fundación, v. gr., es que ésta vive por razón de un fin que la hace 
i|idependiente de los individuos, y al que se aplicaría de todos modos 
con independencia de la vida económica de éstos; mientras quelaco* 
munidad, en la cual radica una propiedad en la forma que estudiamos, 
fuera de los fines y necesidades de lo» individuos que la componen, no 
tiene vida ni razón de ser, económicamente hablando; y por esto, al 
desaparecer todos aquellos cuyos derechos componen el derecho total 
del grupo, desaparece la propiedad, ya quedando vacante, ya tomando 
otra forma, sin género alguno de relación (como debe tenerla en las 
fundaciones) con la precedente. Al mismo tiempo los individuos, sólo 
en su calidad de miembros del grupo, no como de derecho persoi^il en 
cuanto hombres, disfrutan de la propiedad común: estableciéndose asi 
una complejidad de relaciones entre aquéllos, el grupo y la cosa, cuya 
naturaleza sólo en vista de las formas históricas que examinamos, pue- 
de comprenderse. 

De este modo se nos ofrece la propiedad comunal en la historia. En 
los países latinos, donde si quedan muchos vestigios y no pocos ejem- 
plos de tal forma de propiedad, han estado, á excepción de los bienes 
comunales de los municipios modernos, perfectamente ignorados ó 
desatendidos, extraña á la generalidad que se la considere como eseü- 
cial en los estudios jurídico- económicos. 

Y sin embargo, esa forma que, á lo que demuestra todo lo investi- 



(1) En las oomxuiidades serviles la relación varia en aparieneiaj porqne el 
grapo no es propietario del suelo, pero lo posee j aprovecha sus ntilidades que 
son las que se gosan comunalmente; y sobre ellas no tienen los individuos el 
poder de apropiación particular, subsistiendo en el grtipo el cultivo común 
que las produce. 



INTBODUOOIÓK . 15 



gado, nació como una conBecnencia de otra comunidad social, fandada 
en nn cierto concepto del hombre y en las id^as sobre la vida f atnra y 
las relaciones de los muertos con la^amilia á qne pertenecieron; y qne 
luego tuvo más permanente y segura base en razones de utilidad y con« 
yeniencia económicas, unidas al sentimiento fácilmente despertado de 
la solidaridad, conatituye hoy todavía el estado deuna gran parte de la 
propiedad inmueble, y tiene á ctu favor consideraciones tan atendibles 
que no han podido menos de reconocerlas, en mucho, los gobiernos y 
las comisiones oficiales. En la esfera administrativa de los municipios, 
la cuestión está casi ganada ante la opinión pública y el sentido real de 
las necesidades de los pueblos (1): en otros órdenes, las corrientes do- 
minantes ponen graves obstáculos que se relacionan con el total modo 
de ser de la conciencia jurídica y de las costumbres actuales. 

Fuera de tal evidencia de su razón y fundamento, la historia mués» 
tra con gran claridad la idea de esta forma económica, que hemos pro- 
curado exponei; con todos sus elementos naturales. Siempre la propie- 
dad común reside en un grupo, que ora es la familia troncal, ora la 
tribu, ó las subtribus, ora las agrupaciones rurales constituidas admi- 
nistrativamente; en él radica, como fondo sagrado cuyo objeto es ser- 
vir á las necesidades de todos sus miembros, los de hoy y los de ma- 
ñana, porque todos descienden y se suceden respectivamente y tienen 
igual derecho: ya que la entidad social de una ciudad, como la de una 
nación ó la de una familia, la forman, no sólo sus componentes actuales, 
sino éstos en unión y sucesión de todos los que fueron antes y de iodos 
los que han de sucederles, mientras la reunión, el nombre ó la raza no 
se extingan. Por esto, los individuos no pudieron nunca disponer li- 
bremente de la propiedad, atribuyéndosela de un modo exclusivo, pri- 
vando asi á los otros de sus utilidades; pero á la vez, nadie fuera de 
ellos la disfrutaba, porque nadie sino ellos tenia el titulo de compo- 
nente de aquel grupo, cuya razón era generalmente la relación de pa- 
rentesco. Asi se componían de una vez y se organizaban los derechos 
de los vivientes sin exclusión, y los derechos de los qne hablan de sus- 
tituirles luego en el grupo: aquéllos, disfrutando en comunidad, según 
reglas especiales, de los rendimientos de lo poseído, que les aseguraba 
en todo ó en parte la satisfacción de sus necesidades; éstos, por el res- 
peto y la conservación de la Bubsiancia misma délo disfrutado, que se 
hada inmoble, cifiéndose como exclusiva al grupo mismo. 



(1) OtMiérvese» no obstante, que el reoonooimiento de estos bienes oomnna- 
les lleva interiormente la oonsideraoión de su origen moderno, en la ópooa del 
renacimiento mnnioipal, á conseonencia de lo otorgado por los reyes ó los se- 
fiores en los faeros, eartas pneblas, oonoesiones y demás privilegios. Cf . lo que 
deoimos al hablar de las proyincias romanas. 



16 HISTORIA DB LA PROPIBDAD COMUNAL 

Esta, que es la idea general de la propiedad común, no exdaye, ni 
podía pretenderlo en la excesiva concreción y limitación de la forma 
verbal (qne nnnca consigne agotar la riqneza de aspectos de la realidad 
exterior ni del pensamiento), loe matices, variantes y modificaciones 
qne presenta en la historia. Adviértase -qne ésta comprende todo el 
proceso de evolnción de aquel régimen, evolución qne parece ahora ter- 
minarse, y qne cuando menos ha sufrido ya sus más transcendentales 
cambios; y se comprenderá asi lo diñdl que es caracterizar un proceso 
de hechos con una fórmula. 

Hay, ciertamente, elementos fundamentales que no cambian; pero 
dan sólo el esqueleto de una institución, cuya vida y relleno dé'deta- 
lies y relaciones que la infundan el aspecto de lo animado y activo, 
quedan irremediablemente fuera, desapareciendo con ellos, también, 
todo lo esencial histórico que de cada vez aprecian la observación y el ^ 
juicio, pero que no puede meterse sin descoyuntarlo en el potro de las 
fórmulas generales y verbalistas. 

Más saben del régimen comunal los individuos del mir ruso, los de 
la zadruga eslava, los vecinos de muchos concejos asturianos ó de Gas- 
tilla, los labradores suizos, que todos los autores: ellos, mejor que ta- 
die, podrán decir— y viviendo y esltudiando en vivo sus costumbres es 
únicamente como se puede comprender--de qué modo en la propie- 
dad comunal la esfera de cada individuo no limita y excluye, con ca- 
rácter cerrado, la esfera y derecho de los otros, sino que se continúa 
en ellos produciendo un verdadero límite, no una exclusión .que indi- 
vidualice su parte; al paso que el individualismo moderno supone una 
verdadera excisión, una separación atómica de los hombres. 



Defienninada asi la idea de la propiedad comunal — defendida espe" 
cialmente por los germanistas, pero no exclusiva de esta raza, según 
veremos — ^preséntase otra cuestión, si al pronto de menos interés que 
la primera, en realidad muy importante, porque ayuda á fijar la idea 
misma de la cosa , en peligro de ser confundida de nuevo bajo la 
influencia de conceptos romanistas aún poderosos. Esta cuestión es 
la del nombre. Llaman unos autores á esta propiedad, colectiva: 
otros comunal. Los franceses, como Yíollet, Laveleye, el mismo 
Ahrens en las ediciones francesas de su Derecho Natural ^ usan el pri- 
mer nombre; mientras que otros compatriotas suyos, los alemanes, y 
los ingleses, designan siempre aquella forma económica con el apelati- 
vo de común^ comunal. Desde luego, todas las voces alemanas que se 
usan, (gesammteigenthum, allmende^ gemeindeguter ^ gemeindewaldun- 



INTBODÜGCIÓN 17 



gen^ allgemeindej^ corresponden perfectamente á las francesas commu* 
ruUy commune, hiens communava^ y á las nnestras de comunal^ eomún^ 
eamuncUes; y proceden de raíz distinta que las de colectivo, colectividad^ 
colectivamente (1). Los autores ingleses, dicen siempre, commwnity^ coM' 
muniiies^ common tcnure; y unos y otros, cuando estudian los casos 
particulares, usan siempre yoces de la misma derivación, como los 
franceses, que llaman á los bienes municipales que se gozan en la for 
ma explicada, communaux; á las agrupaciones de familias que yiyieron 
y aun yiven en parte bajo dicho régimen, communautéa^ y al régimen 
mismo, régime communcUe: como nosotros decimos organización comu- 
nal^ y llamamos, de modo signifícativo, bienes comunales á los que en 
los municipios disfrutan los yecinos en común, á diferencia de los de 
Propios (2). Aquí quedara la disensión si hubiera de regir la ley de 
mayorías, adoptando desde luego y sin ulterior recurso la voz comu- 
nal, y relegando la de colectiva hasta que los partidarios de ésta alcan- 
zaran mayor número de sufragios. Pero, ciertamente, para la investi- 
gación seria de las cosas, parecería escasa razón, si no mediasen otras 
más decisivas. 

La acepción de las voces comunal y colectiva, que quieren identifi- 
carse, es muy diversa; además, proceden de distinto origen y señalan 
ideas que, si no contrarias, cuando menos no son sustituíbles entre sí. 
Con la palabra colectiva se quiere designar toda propiedad de colectivi- 
dadesy es decir, de grupos, alcancen ó no la superior organización de 
personas sociales; lo cual da á la palabra una acepción demasiado ex- 
tensa que no puede asimilarse á la de comunal. Para que exista prp* 
piedad de esta clase, es preciso, sin duda, que radique en una coleeti' 
vidad de hombres; pero no toda colectividad vive comunalmente. Co- 
lectividad es el Municipio, y no obstante^ puede no tener un centíme- 
tro cuadrado de tierra común. Colectividad es también una asocia- 
ción por acciones, como una sociedad científica ó una corporación ofi- 
cial, en que nada está más lejos de existir que la comunidad de bienes, 
ni aun de vida (8). A lo colectivo ó que es de colectividad, no puede 



(1) Cf. las voces Oemeinaehaft (oomnnidad), QmneinéehafUieh (lo oomún)i 0$- ' 
meinBchafÜichkeü (oaalidad de ser común), Qemeintrift (pasto oomanai), Oemein' 
íoáld (bosque indiviso ó común) y Q^Mammt (común, en común.— Cl^MOiRViM-fiaiid 
en el libro de Qierke). * 

(2) Los bienes de Propios, los del Estado y de las fondaciones, no son siqnie- 
Ta propiedad colectiva; son propiedad de la perwñajwriáiea^ de la persona so* 
oial creada, y de ella no disfrutan lo m&a mínimo sos coniponentes; al rev¿s de 
lo que sucede en las sociedades por acciones. 

(S) Enteramente de acuerdo oon esta opinión se muestra Fustel de Coulan- 
Hes, que la defiende de modo indiscutible. Debe leerse su articulo OhetmoUon^ 

a 



18 HISTOBIA DX LA PROPIEDAD OOMÜKAL 

corresponder siempre la definición jnridica de lo común: <ilo qne no 
siendo privatiyamente de ninguno, pertenece ó se extiende á mnchos, 
todos los cuales tienen igual derecho de servirse de ello; como bienes 
comunesr pastos comunes (1).» Nunca á los bienes comunales de los 
pueblos se les ha llamado colectivos; y mientras una coleptiridad no 
supone inmediatamente aquel modo económico de regirse, la yoz co- 
munidadf constantemente usada por los autores, lo indica desde luego 
sin otra aclaración. La palabra simple eomún^ lo común (communisj, ha 
dado origen á una familia riquísima de deriradas, que todas expresan 
la misma idea, la de la communitas latina cuyo sentido absoluto hizo 
llamar á las asociaciones religiosas, comunidades. Decir colectividad es 
decir muchos^ enyuelye la idea de pluralidad; decir comunidad^ es decir 
de muchos^ encierra el concepto de algo que es para todos de un modo 
igual, de algo, en fin, que les es común (2). 

Por estas razones, y por el temor de que la palabra colsctiva^ deter- 
minando escasamente el concepto, confunda la propiedad estrictamente 
comunal con la de }& persona juridtca, me decido á usar las yoces común 
y comunal^ que expresan bien, desde luego, el concepto de la cosa (8). 



En verdad, que de ningún modo puede determinarse mejor esta 
forma económica, que experimentalmente, ante los hechos, ya que res- 
ponde á un concepto especial, históricamente modificado, del hombre 
y de bn valor y sitio cala vida. Dond^ el principio social, el sentimien- 
to del grupo y de la agregación, el instinto perspicaz de la superior 



8ur une ouvragé de M, de LawXeye, en el tomo 126 de las Memorias de la Aeade- 
mia de Gienoias Morales y Politioas de Franoia.— 1886. 

(1) Esoriohe, Diccionario de Legieladón y Jurieprudeneia, 

(2) Todavía la voz eolectUfidad tiene nn sentido tan individualista de mera 
agregación, que es sospechosa referida & las pereonae eoeialeet porqne deja caer 
sobre ellas demasiadamente el concepto romano de pereonaa jwridieae, 

(8) Según el Dico. de la Aoad^ Esp., eomimal es vos anticuada y equivale & 
com<2ii.'La diferencia de sentido con la palabra colectiva^ aunque parece que 
coinciden en el adv. coUcUvomentet se muestra muy clara en las etimologías y 
en la raiz latina— commimfo, eoflimunfo, eommunaliSi y eoUecHo (de eoUigo, reco- 
ger), eotUetitum (recogido de diversos parajes), eoüeetiwu (lo que tiene virtud 
de recoger; lo recogido de varias partes), en colección.— La razón del uso prefe* 
rente que hago de la voz eomúnált no obstante ser anticuada, es que ha servido 
para designar en derecho el caso más reconocido de comunidad entre nos- 
otros; resultando, & la ves, m&s an&loga con la mayoría de sus correspondientes 
extranjeras. 



INTBODTJOOIÓN 19 



Gonyeniencía que en muchos casos ofrece un estado económico asi 
fundado, han prevalecido, domina también la propiedad común; donde 
se ha concebido al hombre como indiyidno, de nn modo absoluto qne 
lo desliga de todo lazo social, siendo centro y foco de todas las relacio- 
nes, qne han de reyertir en sa beneficio privado, originando asi el 
aislamiento cnyas consecuencias son bien diferentes de las buscadas 
en punto al bienestar de la totalidad de los individuo? mismos, allí ha 
predominado el sentido romanista puro, destruyendo las tradiciones 
g^ermanas y celtas, y haciendo desaparecer, luego de la interpretación 
y elaboración que en las escuelas del derecho natural hubo de sufrir, 
hasta la solidaridad vecinal, mantenida en pleno territorio romano 
(Espafia, la región pirenaica,) por el fondo de población indígena, 
menos latina ni latinizada, durante mucho tiempo, de lo que se ha 
creído. 

Este interés histórico de primer orden que revela la propiedad 
comunal, i)orque se enlaza fundamentalmente á los problemas más 
importantes de la historia de la política, de los cultos, de la organiza- 
ción de las sociedades, no es de tal género que pueda llamarse, con 
frase poco cierta, interés puramente histórico. En primer lugar, debe 
afirmarse que no hay nada puramente histórico, como se dice, pues si 
la historia tiene algún valor es porque arranca de la esencia misma 
de lo humano allí manifestada: base que regenera al simple hecho del 
concepto despreciativo de nudo ^^cAo, divorciado y descuajado en ab- 
soluto de lo real humano en fundamento y en razón, que es el con- 
cepto por mucho tiempo dominante y hoy cambiado en un sentido 
opuesto, pero aún erróneo. Hácese además preciso no contraponer en 
absoluto lo pasado histórico con el pensamiento y razonar actuales, 
como si éstos vivieri^n fuera de la historia y no plenamente en ella y de 
ella, que es lo cierto. Resulta, en fin, que, arraigada todavía la forma 
comunal en las costumbres populares de muchos países, mantenién- 
dose por razones morales y económicas de tanta fuerza hoy como ayer, 
y ofreciendo en muchos casos un estado floreciente en aquellos órde- 
nes de la actividad á que se aplica, reviste una importancia vital pal 
pitante, que enlaza toda su historia y su predominio pasado á la reso* 
lución de los más altos problemas económicos que ahora nos preocupan. 
En el problema de la futura organización de la propiedad y del trabajo 
agrícolas, que e? parte de la cuestión social, seria error negar su legi- 
tima pretensión á ser uno de los elementos y ipedios más dignos de 
tomarse en cuenta (1). Conviene, no obstante, alejar toda ilusión y toda 
exageración del principio., La forma comunal histórica no puede dar, 



(L) Como prueba, reonérdese qne las orisíf iniastriales de 1830 y 1840 pro* 



20 HIBTOBIA DE LA PBOPÍBDAD OOHÜXAL 

para la solnción de cualquier problema social, el que fuere, sino lo que 
propiamente es y ha sido en toda su historia. He aqui por qué interesa 
precisar el concepto general emitido, añadiéndole nueras notas que, 
si de un lado pueden darle mayor comprensión, á la vez lo deli'*- 
miten y distingan perfectamente de otros con los que pocÚa ser con» 
fundido. 



Muéstrase la propiedad comunal en los más remotos tiempos á que 
podemos hoy ampliar su estudio, como forma comprensiya de todos 
loa bienes, sin excepción alguna. A no tener conocimiento exacta da 
este régimen de comunidad, que es el más absoluto, sobrarían las pru0- 
has indirectas de que deducirlo. Circunscrita la forma social á los dos 
grados de la tribu y la familia, y ligada estrechamente en ambos á una 
organización de parentesco cuya base era el culto doméstico y el pr^ 
dominio del grupo sobre los individuos, se ofrece para éstos como el 
único mundo posible, en el que gozan todos de igual condición, doo* 
de están unidos por las mismas costumbres y reglas tradicionales, y én 
cuyo centro se levanta el ara doméstica en que residen, cubriéndolos con 
su poder y demandando sus oraciones y sacrificios, los espíritus in- 
visibles, el otro yo de la extensa cadena de los ascendientes, sobre la 
cual domina el espíritu superior de aquel que fué tronco y germen de 
todos ellos, y cuya memoria, á medida que el tiempo avanza, pierde sus 
líneas para agrandarse y esfumar los contomos en la niebla sagrada del 
mito y de la leyenda. 

Dentro de su familia, en su tribu, está para el hombre de aquellas 
edades todo lo que concibe de la sociedad: allí juntamente se mués- 
tran su Estado, su religión, su ciencia, sus tradiciones y sus deberes y 
necesidades. Fuera de su grupo no hay más alto poder á quien acudir; 
su familia y su tribu lo son todo. Harto sabe la triste suerte de los ex« 
pulsados, de los desterrados miserables del grupo y del culto en que na* 
cieron, cuya vida, arrastrándose infelizmente en el desprecio y la mise- 
ria, había de constituir la base de la fuerza popular en las ciudades fu - 
turas. £1 hombre de aquellos tiempos sabe que abandonando su círculo 
social quedan sin garantía sus derechos, sin templo su piedad y sin tra- 
diciones su memoria; donde vaya ha de encontrar igual exclusivismo 
que en su familia y en su tribu: será considerado como nn esctranOf y 
no tendrá hogar ni disfrutará de los bienes comunes. Esta clase des- 



moTÍeron, en el afán de bnioar remedio al paaperiimo en la organiíaoión de la 
propiedad, los estadios de Hazt^ansen y Maorer. 



INTBODUCCIÓK 21 



gradada 66 ha de crear por sí nneva yida y nneva historia, hasta qne la 
condénela de sa fuerza y de sn nuevo derecho impulse á sus indivi-* 
duoB i la conquista de una ley de igualdad, en cuya exigencia, conser- 
Tandoel espíritu de su yida pasada, no piden que los privilegiados que 
tienen culto y derechos y propiedad se igualen á ellos, sino que piden 
ser ellos también de lo& priyile^do6,.y volver á la vida común de que 
proceden. 

Concibiendo asi las relaciones sociales, el hombre se adhiere con 
todas sus fuensas á la familia en que ha nacido, vive al calor de su pro- 
teodón,y ve en ella expresados todos sus derechos. El individuo es nada 
fdera de su carácter ele componente de la familia; muebles é inmue- 
bles consagrados esendalmente al culto familiar, son tenidos luego en 
común, y de sus rendimientos, que fomenta el trabajo unido, satisfa- 
cen todos sus necesidades. Tal situación, á lo que resulta de los datos 
que hoy poseemos, hubo de relajarse en los albores de nuestros tiem- 
pos históricos, de cuyo lado de allá no pueden aún dedr la cronología 
ni la arqueología, qué edades se extíenden ni qué cambios fundamen- 
tales hubieron de suceder. 

Los muebles se emandpan bien pronto de la comunidad. El princi- 
pio de los peculios con la propiedad adquirida, muéstrase en las cos- 
tumbres y en las leyes de todos Ips pueblos orientales, como luego en 
Roma. La propiedad individual empieza con los muebles, mediante la 
adquisidón por trabajo propio en la guerra, en el comercio, lejos de la 
casa y del rednto natales. Los fenidos llevaron hasta lo último esta 
parte de la evolución económica, y su influencia se dejó sentir en Gre- 
cia marcadamente. 

Esta primera disgregación no modificó en nada la comunidad de 
los inmuebles. La tierra seguía perteneciendo en conjunto á la tribu 
y la casa era patrimonialmente de la familia (1). Por ello, el carácter 
que ofrece desde este punto la propiedad común es el rural, ya 
agrícola, ya pastoril. El comerdo y la industria van generalmente por 
otro camino: son el más poderoso medio de individualizadón, y lo 
fueron también algunas profesiones que añadían cierto carácter impor» 
tanto y augusto á las personas. 

En lo que toca especialmente á la comunidad de la tierra — puesto 
que la de la casa había de sujetarse á reglas distintas-^son tres, fun- 
damentalmente, los sistemas de organización. O la comunidad es tan 
absoluta que aun el trabajo se hace en común, juntándose loe produc- 
tos y repartiéndolos luego: ó se hacen periódicamente distribudones 



(i) Bato ovando ya hubo casa, es dedr, cuando empesó la vida ledentaria 
oon cierto desarrollo de la agricnltiira. 



HISTOBIA DB LA PROPIEDAD COMIINAL 



de parcelas qne cada familia cnltÍTa para^satisfacer sus necesidades: ó, 
por último, la distribución se verifica con carácter de posesión perma- 
xxianente que, sin embargo, no autoriza en modo alguno para la 
enajenación. Esto en cuanto á la tierra laborable: la inculta destinada 
á pastos, y los montes, quedan en absoluta indivisión. 

El^rimer sistema en la comunidad de la tribu, se repite en diferen- 
tes pueblos y hasta tiempos muy avanzados (1); pero es más perma- 
nente y tiene mayor base en la comunidad de la familia. En la tribu, 
donde el antiguo lazo de comunidad de origen y de culto va desapare- 
ciendo más rápidamente, sustituyen al trabajo en común loi» repartos 
periódicos con sujeción á reglas consuetudinarias de cultivo, y en un 
principio, sobre la base de una igualdad rigorosa. Otras veces, indi- 
cando un último grado próximo á la disgregación, rige el tercer 
sistema. 

. De este modo continúa la comunidad hasta nuestros días, princi- 
palmente como rural (agrícola ó pastoril). Otras industrias, apenas si 
han. aceptado aquel régimen: los ejemplos son muy escasos. Lo que 
más se aproxima al carácter de aquella forma son los ensayos comu- 
nistas de este siglo (los de Owen, v, gr.), algunos otros de más acer- 
tada dirección y resultado, como el familisterio de Guisa, y ciertos 
tipos alemanes de asociación industrial, sobre cuyo carácter discuten 
lioy acaloradamente los jurisconsultos. 

La comunidad absoluta de todos los bienes apenas si se ha inten- 
tado restablecer — caso aparte de los reformadores modernos— por las 
comunidades religiosas de todos matices. Las cristianas puramente» 
como se basaban en la pobreza délos individuos, fueron^ en intención, 
comunidades de pobreza y austeridad, y en resultado muchas veces, 
centros de propiedad acumulada referida jurídicamente á la funda^ 
don y no á sus miembros (2). 

Por eso, cuando hoy se habla de propiedad comunal se hace siem- 
pre relación á la inmueble, y de ésta, casi en absoluto, á la tierra; 



(1) Habla de él Aristóteles. POUUiüt, Ub. H, o. 2.« 

(2) Estos oasoB de oomunidad y otros muchos que veremos m&s adelante» 
conforman ooit los caracteres señalados en nuestra clasificación, pero'se dife- 
rencian de la comnnidad tradicional en que son un producto reflexivo de orga- 
nisación que viene desde un estado anterior de régimen individualista: y en 
que, por lo mismo, no tiene su vida el arraigo y la persistencia que aquélla 
ofrece. Asi, que duran, por lo común, muy poco, y al disolverse originan un 
reparto en que la propiedad recobra su estado individual anterior. Todavía 
hay otra diferencia, y es que en la mayoría de las comunidades industriales 
el comunismo no es perfecto, sino sólo de los bienes que proceden de la indus- 
tria especial de que se trata, poseyendo los individuos otros bienes en propie- 
dad particular. 



INTBODUCOIÓN 23 



poique donde snbsiste mejor aquella forma es en los grupos rura- 
les, en que á la coneervación de los laaos sociales de origen tradicional, 
se unen razones suficientes de conveniencia económica que la sostie- 
nen y preservan del individualismo. 

Este carácter de la comunidad tradicional según el modo espontá- 
neo como nació, se ba continuado y se mantiene en nuestros días, bien 
distinto de los proyectos de organización que se imponen de lo alto, y 
que muestran, junto á la pretensión de específicos sociales, el látigo 
del socialismo gubernamental que no razona; y es tan diferente á la vez,' 
y por tantos extremos, del comunismo- socialista del c.ual tan medro- 
sos andan hoy los doctrinarios, que confundir ambas ideas seria un 
error vulgar. 

Fuera del gran vicio de la dictadura, que dice M. Eampal, ó sea, del 
vicio Éocialista que es ya de suyo bastante á inutilizar los más razona- 
bles proyectos, el comunismo moderx^o, económicamente equivocado 
por más que responda á una necesidad sentida que pide vigorosa aten- 
ción, va mucho más lejos que la comunidad tradicional. Indica algo, 
sin duda, la poca frecuencia en la historia de comunidades industriales, 
cuyo hecho no puede explicarse, como quizá se pretende, diciendo que 
la grande industria fabril es un fenómeno completamente moderno; 
épocas hubo en que las industrias fabriles y manufactureras, sin con- 
tar con los grandes medios de hoy, alcanzaron gran esplendor en Italia, 
en la España árabe, en Alemania y Holanda. Dominó siempre en ellas 
por sus especiales condiciones, el sentido individualista llevado hasta 
la exageración y hasta el egoísmo punible, como ha sucedido en el co- 
mercio, cuya base moral (apeni^ influyente en la conducta), discuten 
todavía los autores. La gran fuerza del comunismo moderno está preci- 
samente en el orden industrial fabril, que es el que mayor atención le 
merece; en el agrícola, se limitaría á un reparto definitivo por lotes 
iguales (1), cuyo sostenimiento no tiene ya defensa. Otras restricciones, 
más socialistas que comunistas, de la propiedad individual, no intere- 
san á nuestro objeto. 

En el fondo, el comunismo moderno, que proviene de un individua- 
lismo exagerado (2) aunque sus procedimientos sean, socialistas, es ene- 



(1) Debe observarse— é insistiremos en ello— a^e ía igualdad absoluta de los 
lotes repartidos & las familias en las comunidades tradieionales, es una excep- 
ción aplicable & los menos de los pneblos; lo que las diferencia notablemente 
de los icnialitarios socialistas. (Vid. o. L Y.) 

(2) Obsérvese qne mientras el labrador continúa siervo de la gleba, el in- 
dnstrial, refngiado en los municipios, es un hombre libre, y que esta diferente 
situación habia de imprimir sello en las aspiraciones y en las idea^de ambas 
clases. 



24 HÍBTORIA DB LA PBOPIBDAB COMUNAL 

migo de las eomnnidadeB tradicionales; de las que rechaza el sentímien- 
to enérgico de la propiedad y de la nnidad de yida qne tíenen, y sn 
arraigo en la tierra qne trabajan. 

En las comunidades, el amor á lo qne es sn dominio no cede al 
del más egoísta propietario. Únicamente varia el sujeto, qne es un 
grupo en vez de un individuo, añadiendo asi todas las ventajas de la 
asociación, de la comunidad de intereses, de las tradiciones y de los la- 
zos morales y de sangre, qne son, en muchas, el ánico punto de cultu- 
ra social que muestran. 

Históricamente ha venido determinada sin interrupción esa diferen- 
cia de sentimientos entre las poblaciones del campo y, las ciudadanas: 
la riqueza mueble ha sido, casi desde un principio, circulante é in- 
dividualista, caracteres que hoy van aplicándose á la inmueble. La 
oposición resulta manifiesta entre ambas clases, en todas las épocas, en 
la griega como en la medieval, á orillas del Jónico como en la Guyena 
francesa, en tiempo de Simón de Monfort. 

Que la oposición sea absolutamente esencial, no se puede decir cier- 
tamente; pero hoy continúa en muchos puntos. Las poblaciones ciu-^ 
dadanas, si mejor instruidas, es dudoso que estén mejor educadas que 
las del campo. Tienen éstas en su favor un régimen tradicional más es- 
table, como introducido paso á paso conforme á sus naturales necesida- 
des y modo de ser, que íntimamente conocen. Menos febriles en los 
cambios, se ahorran muchos ensayos infructuosos cuya intención no al- 
canzan; por más que esto mismo redund'e en contra, muchas veces, del 
progreso relativo á su esfera de actividad, cuyas innovaciones suelen re- 
chazar sistemáticamente. El ahorro es un dios del labrador, si bien dios 
que admite hipóstasis con la avaricia y el egoísmo sórdido, sentimientos 
que tan de relieve han puesto las leyes sucesorias de reparto igual y for- 
zoso (1). Las clases trabajadoras de las ciudades pecan de lo contrario; 
sus ct>ndiciones son opuestas. <i:El obrero francés— dice M. Rampal*— 
tiene la inspiración artística intermitente, es febril en la ejecución y 
padece también de imprevisión y prodigalidad. i> A las poblaciones ru- 
rales las mueven sólo dos ideas: la religiosa, y la de sus intereses y dere- 
chos en la tierra; todavía no han entrado por los cambios y las conmo- 
ciones puramente políticas que entusiasman á los obreros. Lo cual, si 
es una falta de educación política, parece derivar de causas ajenas ála 
índole de las clases irurales, que han sabido siempre, en los momentos 
más tristes para la libertad personal, mantener, defender y hasta im- 



<1) Bl ilustre noveliita M. Zola, ha trasado, en los primeros capítulos de su 
obra Ija Ttrre, un enadro, rebosando vida y verdad, de estas escenas de la cla- 
se labradora. 



INTnODUCClÓK 25 



poner sti antonomia y propio ralor. Pero en ellas es siempre más yívo 
el problema social que el politico. 

Hasta qné panto tales diferencias hayan de fandirse en nna más 
total y armónica concepción de TÍda, nonos toca averiguarlo ahora. 
Las consideraciones apuntadas llevan sólo el propósito de establecer 
que no hay solidaridad alguna entre la comunidad rural consuetudina- 
ria, sea de la tribu, de un grupo más concretó ó de la familia, y el comu« 
nismo socialista moderno; falta de correspondencia que es una de tan- 
tas demostraciones de la oposición de vida entre las clases ciudadanas 
y las rurales. La historia de aquella forma de propiedad pondrá más 
en claro esta diferencia, que, sin duda, no sentencia en desprecio ni en 
absoluta condenación de los planes de los reformadores contemporáneos. 



n* — cómo debe hacerse su historia. 

Otra cuestión que debe resolverse preliminarmente, es la del ca- 
rácter que ha de tener una historia de la propiedad comunal. Tratán- 
dose de cualquiera institución humana, parece inmediata la distinción 
de su historia total y de su historia jurídica, no porque sean partes 
diversas, sino porque esta última va comprendida «n la otra y ofrece . 
sólo un aspecto de la realidad. Pero hay tal unidad en la vida humana 
y son tan absurdas las divisiones que de ella se hacen en edades, esfe- 
ras, aspectos y grados, estableciendo separaciones absolutas que seg- 
mentan su perfecta continuidad, que resulta imposible emprender el 
estudio de una de ellas, sin tocar, en cierto modo, al de las otras, es- 
pecialmente cuando se trata de una condición formal de vida, como es 
el derecho. Asi resulta que, siendo cosas distintas la familia y el de- 
recho de familia, la propiedad y el derecho de propiedad, no pueda tra- 
zarse una linea de separación entre los dos objetos, de modo que sea 
fácil hablar de uno, ni siquiera interesarse en él, haciendo caso omiso 
del otro, como de asunto extrafio y aparte del primero; bien asi como 
en la educación de las facultades y en el conocimiento de las cosas del 
mundo, pide el orden racional que se siga aquella manera cíclica y si* 
multánea con que naturalmente se ofrecen á la observación y propio 
trabajo de dirigirse en la vida. El derecho, como la moral, se fundan 
^ labran sobre las condiciones y los hechos que forman la conducta y 
el nataral ser del hombre, quien tan inútilmente se esforzarla por sus- 
traerlos á la influencia y jurisdicción de aquellas dos esferas, como en 
lograr que dejen de componer por si la vida misma, que antes de ser 
vida jurídica, artística ó económica, es vida totalmente, y por ello, de 
todos los aspectos de actividad, que con ser humanos, son de esencia y 



26 HISTORIA DE LA PROPIEDAD COMUNAL 

de necesidad imprescindible. Tal se muestran los hechos, pese á las 
abstracciones intelectualistas qne dividen á la especie humana en gé- 
neros profesionales y al alma en secciones: como si los hombres pri- 
meramente fuesen abogados, médicos ó poetas, y no, ante todo, hom- 
bres, ó la psiquis tuviese tabicada su extensión, caso de sar extensa, 
para dar separado alojamiento á cada especial modo de funcionar, que 
asi puede andar bien él solo, como lo puede un ser aislado del conjun- 
to y medio que la convivencia de todos los seres le proporciona. 

Con estas consideraciones, cuyo carácter elementalisimo con que 
ya figuran en la cultura moderna, nos dispensa de todo detalle, se vie- 
ne en deducción de que la Listoria de la propiedad comunal, aun mi- 
rada desde el punto de vista jurídico, no puede ser una historia exclu- 
sivamente del derecho de propiedad comunal; género de limitación 
imposible, á menos que, incurriendo en un error todavía muy fácil, no 
comprendiera aquel epígrafe más que la historia de la legislación re* 
ferente á nuestro*objeto. Aun así, era preciso concebir la legislación 
del modo abstracto con que por mucho tiempo se ha concebido: como 
un producto formado en la cumbre del Sinaí gubernamental, fruto de 
inspiración semidivina, que así se cuida de la realidad en que debiera 
sentar sus raíces, como el fingido Merlín atendía á la buena voluntad 
de Sancho para imponerle una azotaina que no había de traerle pro- 
vecho alguno. A bien, que los pueblos se llaman Sancho á yeces, y no 
se descuidan en imitar al escudero en lo de cumplir obligaciones mal 
impuestas. 

Resulta siempre, que el modo natural de concebir la historia que 
ya va influyendo y manifestándose en los más ilustres, de los autores 
modernos, pide con razonable exigencia que, aun escribiéndose la de 
esta forma económica que nos ocupa con especial intento jurídico, sea 
junta y necesariamente historia total de la institución referida, en sí y 
en sus relaciones con todas las que son fundamentales en la sociedad. 

No termina aquí la cuestión. Si es cierto que hay más vida y otros 
aspectos de ella que el jurídico, también este abraza, de una cierta ma- 
nera, todos los hechos, y de ellos se construye y forma en la vida misma. 
Por eso todas las actividades humanas corresponden, en un aspecto 
suyo, á la historia del derecho; el cual resulta de tal modo como pro- 
ducto, no sólo de aquella esfera del Estado que por mucho tiempo, y 
aun hoy, se ha creído engendradora de lo jurídico, «ino de todo lo qu^* 
en el individuo y las sociedades se mueve y trabaja, siente necesidades 
y trata de satisfacerlas: desde el pensamiento que concibe medios y 
descubre cualidades en las cosas, al arbitrio momentáneo y forzoso 
que la necesaria é ii^mediata resolución de los conflictos diarios de la 
vida, individual y social, imponen. Tan cierto es, como decía Macan- 



INTRODUCCIÓN 27 



lay, que «las circnnsianoiaa que tienen mayor, influencia en la felici- 
dad de la especie humana... son, en su mayor parte, resultado de cam- 
bios silenciosos. Su progreso indícalo rara Tez lo que los historiadores 
han dado en llamar tucesos importantes. Se produce en cada escuela, 
en cada iglesia, tras de cien mil mostradores, ante cien mil hogares. 
Las. corrientes superiores de la sociedad no ofrecen criterio seguro 
para juzgar de la dirección que las corrientes inferiores lleyan^ (1). Y 
no obstante, unas y otras, aunque más éstas últimas por su número 
y fuerza, por su continuidad y arraigo, concurren á la labor inmen* 
sa de la evolución y cumplimiento de los estados sociales. 

Por tal motivo, aún la historia jurídica de una institución, no pue- 
de ser meramente su historia legislativa, sino que entran en ella las 
costumbres, las ideas, el trabajo popular como el científico, aunque no 
haya alcanzado práctica y reconocimiento general en los hechos; sien- 
do, pues, elemento tan interesante de la evolución de la propiedad, 
y. gr., las Endomre Acta, de Inglaterra, como la institución de los 
Hermanos Moravos y los escritos de Mably ó Brissot. Una historia del 
derecho que fuese historia de la legislación, sería lo que este nombre 
indica concretamente, pero nunca lo que debería ser: ya que hay más 
derecho que el legislado, y aun éste es tal derecho y alcanza cumpli- 
miento positivo sólo en tanto que corresponde- á ese otro derecho cuyo 
culto se sigue calladamente en el mundo no oficial, pero cuyos sacri- 
ficios elevan su humo hasta lo más alto, y fecundan las acciones más 
apartadas. 

Dedúcese de aquí que la historia de la propiedad comunal debería 
comprender, no sólo las disposiciones legislativas á ella referentes y 
todo lo que desde la escuela histórica, á que dio resonancia y prosapia 
el genio hermoso y simpático de Savigny, se llama derecho positivo; 
sino todo lo que ha podido tener influencia en ella ó ha contribuido á 
sn evolución, desde la educación y los sentimientos populares, á las 
discusiones de los prácticos y de los filósofos; desde las condiciones 
por las que el medio físico puede imprimir sello en la constitución so- 
cial, á la disposición de inteligencia y de ánimo, de tradición y de in- 
tereses, que ha podido' llevar á un ministro ó á un Parlamento, hasta 
la adopción de cierta medida legislativa ó gubernamental. Cuan inte- 
resante sea para la historia de una institución (que generalmente se 
toma en concepto de su historia positiva, que dicen) la historia de las 
ideas que á ella se refieren, no puede desconocerse luego de observar 
la importancia que las discusiones de nuestros junsconsultos del xvii 



(i) Ifacaiüay, m$tory. Bn el voL I de sus MUetUanewi vtriUnga, 



98 HI8T0BU DB LA PBOFIEDAD OOMUNAL 



y XYiii 8obr« la desamortización, las d«t lot canonistas sobre el fuero 
religioso, ó de los filósofos y políticos- del Renacimiento sobre el poder 
real, han tenido en la dirección de las legislaciones. En esa literatnray 
entre líneas de los folletos, los papeles, los infolios farraginosos y pe- 
sados, dirigidos casi siempre á la resolución de un caso concreto que 
apretaba á los hombres de bufete con la necesidad de su pronta realiza* 
ción, aunque se lograra forzando motivos y razones, es donde se encuen- 
tra realmente el jugo y miga de la historia jurídica de un pueblo, que 
no se foija ciertamente de un pistoletazo, según la frase de Hegel, ni la 
crea á empujones un secretario de Cámara ó de Ministerio, dictando, 
con todas las impresiones de una opinión subjetiva ó de partido, lo 
primero que le líalte á la mollera; género de concepción de la historia 
muy Tulgar y corriente, alimentado por mil causas que no sabré decir 
si Tan cediendo en fuerza ó están aún de crecida en nuestro tiempo. 
Eso que llaman historia interna de las cosas, es lo que hay que hacer; 
y por culpa de ignorar la nuestra nacional, vamos, sia norte ni arraigo 
de tradiciones que debiéramos tener, á cambios y reformas de las que 
no podremos decir lo que Macanlay de la revolución inglesa: cNuestra 
libertad no es griega ni romana, sino inglesa esencialmente.^» 

Todo esto que pedimos, aunque fuera de nuestro deseo intentarlo, 
no se hallará sino á momentos y muy por lo corto en el presente libro, 
cuyas pretensiones no pasan de las que pueda tener una colección de 
materiales para formar la historia de la propiedad comunal, de los que 
he procurado deducir algunas conclusiones, cuyo valor, dado el carác- 
ter de la investigación histórica sujeta, tal vez más que ninguna, á 
rectificaciones continuas, no me atrevo á dar por decisivo, como tam- 
poco á responder de que un más completo examen de la materia y la 
posesión de nuevos datos, no me lleven algún díaá variar mi punto 
de vista y á rehacer por entero este libro. 

- Por ahora no he podido hacer más, y no debe el lector fundar en 
estas páginas esperanzas de otro género. No huelgan, sin embargo, 
las observaciones apuntadas, que, de un lado, completan y redondean 
el pensamiento latente en los capítulos que siguen, y de otro pueden 
ser quizá punto de arranque para nueva obra, ^sí que haya sentado en 
firme la parte de acumulación de materiales que ésta representa. 



Tocante á lo que pudiéramos llamar la fuerza comprensiva de esta 
Historia, hemos abrigado dudas y vacilaciones. Con la suave gradación 
y enlace de unas formas á otras, of récense en la propiedad comunal al- 
gunas cuya calificación desde luego no resulta fácil y pronta. Tal sucede 



UrTRODUOCtÓK 



con lo que unos llaman oaudalíamiliar, bienes familiares, y otros, comu- 
nidad de bienes matrimoniales ó entre los esposos. Y es qne unas veces 
presenta la institadóa marcado carácter de comunidad, en qne los stx* 
jetos qne disfrutan indivisamente son los esposos, y los bijos en tanto 
que dependen, en educación y cuidado, de aquéllos, y en otras no bay 
rigorosamente más que una co-propiedad; sin que pueda siempre indi- 
carse cuándo ocurre una cosa ó la otra, sólo por la manera con que á la 
disolución del matrimonio se dividen los bienes, suponiendo que siem* 
pre que se dividen por igi^al bubo comunidad efectiva, y cuando no, 
una co-propiedad sobre partes ideales. Oonfíeso que tengo más de una 
duda sobre este punto; dudas que be procurado resolver cuando me ba 
sido posible, en el examen particular de las formas que la bistoria 
presenta (1). 

De otra índole es lo que ocurre con las llamadas por los civilistas 
€0808 páblicíM, cuya comunidad de uso se extiende boy en mucbos ca- 
sos, no sólo á todos los nacionales, sino á todos los bombres Qos cami- 
nos, V. gr.), aunque <íe cierto modo y á cierto titulo que confunden ideas 
añejas sobre el Estado y su valor social. No cabe duda de que tales 
co8(i8 descienden directamente de las comunes indivisas que bubo dé 
tener la tribu arcaica, la necesidad de cuya forma se impone por la 
misma razón de su existencia y de su creación 6 reconocimiento. Tanto 
es así, que parece obvio bablar de su uso común, independiente (por lo 
imprescindible) de todo cambio individualista que las ideas sobre la 
propiedad puedan sufrir (2). 

Por esto yo 90 me be detenido en ellas, pareoiéndome suficiente 
recordar la persistencia de su comunidad, la más inalterable de todas, 
si se exceptúa el periodo del feudalismo en que perdió por completo 
tai carácter, á proveobo del fraccionamiento individualista del terri- 
torio que los señores mantenían, poniéndolo bien de relieve con las 
tasas, impuestos y vejámenes que por cualquier uscf de aquellas cosas 
solían exigir. Fuera de esta excepción, nos parece que no bay comu- 



(1) Cuando la oomnnidad no pasa de las personas de los esposos, es deoir, 
erando puede llamarse 'estrictamente conyugal» no reúne las dos oondloiones 
de que hablamos antes: falta la primera, oamo es de suyo, por la composición 
7 singularidad d^ aquel grupo. ▲ su disolución cesa la comunidad, se indi- 
Tídn aligan los bienes por ambas partes y los hijos ya na tienen la considera- 
ción de comuneros. Hay, á. lo más, una »oeieta$ amnta bonorum yitalieia. 

(2) Bl hecho de que hoy hayan pasado en gran parte de la categoría de 
propiedad limitada en que las induye el Sr. Ascárate, á la de común entre to* 
dos los hombres, obedece á un cambio de ideas en el derecho y en las relaciones 
internacionales; pero ya para una sola nación, ya pi^a todas, en el fondo han 
sido siempre cosas comunes. La necesidad de las relaciones sociales lo im- 
pone asi. 



so HISTORIA DB LA PROPIEDAD 00HX7KAL 

nidad más gendralmdnte reconocida, caso aparte de lo qne los cirilis- 
tas llaman á la romana cosas comunes^ y el 8r. Azcárate distingne con 
el nombre de propiedad común ilimitada (1), cnya comunidad no nace 
ciertamente— según liicimos observar — de nna snpnesta condición de 
inapropiables, sino de la naturaleza de las cosas sobre qne recae la 
propiedad misma qne, como relación , ha de ajustarse al carácter de sus 
términos, y como derecho no puede ir contra sí mismo. 

Es posible que las sociedades prímitiyas no se hiciesen cargo de tal 
género de comunidad, sobre la que no tenían fuerza alguna, ni pensa- 
ran en exclusiones, que sólo habían de ocurrir en parte á los grandes 
Estados que se formaron luego. 

Baste lo indicado para redondear el concepto y límites de la propie* 
dad comunal y completar la exposición de sus especies, tal como histó- 
ricamente se presentan. 



m— Plan. 

La última cuestión que nos corresponde tratar en este sitio, es la 
del plan. Carece de exactitud el paralelismo que se supone en él 
desenvolvimiento de todas las actividades sociales; muchas hay que se 
desenvuelven tan á contratiempo—- resultado de un proceso educativo 
anormal^que puede decirse empieza la una cuando cede la otra. La 
unidad que parece ofrecer la historia general, responde al concepto 
mismo que de ella se tenía, y que aún tienen muoho^ considerándola, 
casi exclusivamente, como historia política, y limitando á este aspecto 
su estudio, que admite así divisiones ciertas aunque- parciales, pro* 
pias de una Jiistoria particular, pero no de la que pudiéramos llamar 
historia de la civilización. 

Vueltas hacia* esta idea nueva las miradas de los historiadores, 
resulta inaplicable é inútil la división tradicional de edades, falsa hasta 
en los nombres, y á la que ya han tenido, los que la siguen, que añadir 



(1) Confrontando estas observaoionef oon los oaadro» de las p&gs. 11 y 12, 
resalta claro qne la llamada propiedad común limitada (cosas p&blioas), es ex- 
cluHva en el sentido qne dice el Sr. Aüo&rate y correspondiente & la eoleetiva 
ó eomún^ último mienfbro de laír divisiones adoptadas. En cnanto A lAÜimUada, 
comprendió en el periodo de la vida nómada y pastoril A la misma tierra, so- 
bre la qne no habla ni la apreciación determinada qne da el establecimiento 
sedente de la tribu, ni la qne produce el trabajo A ella incorporado. Entonces 
es la tierra sólo el lugar donde $e «íve, «el medio en que andan los animales per- 
seguidos por los cazadores y que da pastos y frutos espont&neos, como el mar 
peces, la lluvia agua, aire la atmósfera.» (Vid, O. Martins, Qtiddfo da9 iiatí- 
tuigoes primitivat, p. 17.) 



IlfTBODUOOIÓÑ SI 



nn suplemento con la importancia adquirida por las llamadas épocas 
prehistórica y tradicional. 

De todos modos, aun cuando se adoptara una división más real 
de la historia política, para lo que no faltan proposiciones (}& de 
Hearn, v. gr.)i no serviría sino con muchas reservas en una historia 
particular de la propiedad común; y dudo aún que sirva para una 
historia completa de la propiedad. Ha de considerarse la diferencia que 
hay entre reflexionar sohre determinado objeto de estudio y penetrar 
en lo posible su valor histórico, el modo como ha ido verificando su 
evolución y caracterizándose en «épocas, ó contar lisa y llanamente el 
estado que alcanzaba tal institución, v. gr., la que nos ocupa, en cada 
uno de los períodos correspondientes á la historia de otra actividad 
cualquiera; tal como puede hacerse la del orden político, por ejemplo, 
en correspondencia con las edades de la vida de un individuo, con las 
cuales pueden no tener los sucesos de aquel orden más relación formal 
é inmediata que la de ser contemporáneos. 

No parece tampoco admisible que se ajuste nuestro plan al de la 
historia total de la propiedad. Ni se corresponde con las divisiones 
generalmente^ aceptadas para ésta, ni con el carácter j dirección que en 
conjunto ofrece. La historia de la propiedad se ha venido haciendo, y 
se escribe hoy día, bajo el supuesto de que la forma individualista es, 
no sólo el ideal, y por tanto la norma directriz de su evolución, pero 
también la dominante en todos los pueblos y en todas las épocas, junto 
á la cual las otfas formas que pueden darse son accidentes y anoma- 
lías, como escrecencias y ensayos infructuosos, destinados á desapare- 
cer y perderse, sin arraigar en la sociedad. Según este concepto se han 
fijado las divisiones de la historia, bien distantes, por lo mismo, de 
convenir á un estudio especial de la propiedad común. Contra esta 
limitación, si hoy hubiéramos de adoptar una división objetiva, serian 
criterios el individualismo, los grados de movilización, las relaciones 
de la propiedad con el Estado: y junto á ellos, el de la comunidad— 
que representa el principio social en la vida económica — pediría con 
sobrada justicia un lugar preferente. Dudamos que este criterio expan- 
sivo, en el cual se migaría la evolución de la propiedad de un modo 
completo considerando las dos corrientes jurídicas que en la formación 
de toda institución humana se muestran, fuese aceptado, en todo lo 
que significa respecto al modo de entender la misma historia, por 
muchos de los escritores juristas. Y he aquí cómo, la institución cuyo 
estudio debía traer un cambio radical en el modo de concebir la evo- 
lución económica, no puede aceptar las divisiones de ésta para explicar 
sus particulares hechos. La conjunción vendrá, tal vez, como resultado 
de incorporarse las dos historias formadas con independencia, luego 



HI8T0BIA DB LA PROPIEDAD COMUNAL 



que de nna y otr» parte se reconozca la unión snstancial y viyiente de 
las dos formas económicas extremas; y sólo entonces podrán apreciarse 
ambas en todo su valor. 

La división, propuesta por Hearn (1), en dos edades: la del Clan y 
la del £stado, tiene verdadera importancia para la historia política, 
una Tez depurada; pero no b tiene, sino muy relativa, para la eco- 
nómica. 

La determinación de dos grandes edades caracterizadas por el pre* 
dominio, la una del sentido social orgánico, y la otra del individualis- 
mo, es idea que á primera vista seduce (2). Pero examinados, luego» 
los datos que poseemos hoy respecto á la historia interna de las ideas 
y de las instituciones, el proyecto ya no parece tan fácil. Encerrar la 
primera Edad en los tiempos prehistóricos y tradicionales (ya que en loa 
Estados históricos de Oriente se marca con toda claridad el individua* 
lismo), es desconocer que bien avanzada la Edad antigua y en los co- 
mienzos de la Media aparece una multitud de pueblos (como loa 
germanos y los eslavos), en que el lazo social y el sentido comunista 
se muestran tan vivos como opuestos al individualismo pulverizador 
de Boma. Desde aquel momento empieza la lucha entre aquellas dos 
civilizaciones, manifestándose en la esfera de la familia, de la pro- 
piedad, del Estado, sin que logre completa victoria una ni otra, por 
más que en lo económico llevara ventaja hasta nuestros días el roma- 
nismo. 

Esta dificultad ocurre en todos los órdenes. Porque como por 
mucho tiempo la civilización no ha sido general y no se ha desenvudto 
coetáneamente en grandes extensiones de pueblos y países, sino que 
se ha ceñido á naciones y Estados pequeños que se sucedían, renovan- 
do el mismo trabajo civilizador, aunque la dirección y la importancia 
fuesen diversas — espectáculo que inspiró, sin duda, á la filosofía de 
Vico — resulta que cuando un pueblo ha llegado al límite de su evolu- 
ción y se le puede considerar como insignificante para la historia de la 
propiedad comunal, surge otro en que ésta es firmísima: no marchan- 
do, pues, acordes la cronología general y la que pudiera corresponder 
á nuestro objeto. Hoy mismo, quedan regiones inmensas y razas nu- 
merosas en que la civilización, tal como la entendemos nosotros, ape- 



(1) Aryan Ao««eftolcl.— Londref , 1929.— Capiinlo final. 

(2) A ella responde el libro reciente de Fr. Tonnies, QemeimcJunft vnd G^ 
$ülHh€ifi (B8ti\dio8 sobre el comonismo y el socialismo como formas empiri- 
cas de la olTilisaoión). Leipzig, 1887, Vid. en él el concepto, organización y 
origen de la forma social comnnista. La pintura es admirable como trabi^o 
de conjunto (filosófico, que pudiéramos decir). Resalta muy bien la esenoiaU- 
dad de esta forma en la evolución. 



IRT&ODUOCIÓK %• 



ñas 86 ha iniciado. Y bien pnede decirse qne si es factible escrilnr la 
biftioria de los pneblos europeos civilizados y de los asiáticos, la de los 
americanos es bien escasa unas veces y nula ó desconocida otras, coma 
la de muchoB de África y de Oceanía. Con todo esto , resulta un 
pooo pretencioso el título de historia de la^ humanidad, si es que b& 
conaidera como tal, únicamente, la de los pueblos que hasta ahora la 
lian tenido para nosotros. Por idéntica razón pueden hoy sefia- 
larse las leyes que las instituciones han seguido en cierto número de 
pueblos, mas no, ciertamente, la ley común que puede resultar cuan- 
do se incorporen á la historia la vida y el desenvolvimiento de tantas 
partes y grupos humanos que hoy no figuran en ella. Por eso es muy 
prudente recordar, v. gr., que cuando sé habla de la edad, época 6 pe^ 
TÍodo (todos estos nombres se usan) del feudalismo, dfoese implícita- 
mente del feudalismo europeo, que ha sido hasta ahora el mejor estu* 
diado. 

Esta doble dificultad de la cronología y de la étnica, tiene, á lo que 
me parece, gran importancia. Adoptar una división correspondiente á» 
la historia de la sociedad, que distinguiera las épocas de la familia, de 
la tribu, de la ciudad y de las naciones, encuentra cierto arraigo en el 
paralelismo que las formas sociales y las económicas han revestido 
por mucho tiempo en la historia. Pero el criterio ha mudado, y de ser 
la comunidad una consecuencia de lazos y sentimientos personales 
(fundándose por lo común en el parentesco), ha venido á convertirse 
en institución independiente, basada en ideas casi por entero económi- 
cas, desde que el lazo del territorio sustituyó al primitivo de la san- 
gre(l). 

Teniendo en cuenta, pues, todas las consideraciones que preceden, 
con mira especial á nuestro objeto y en conformidad al estado de la» 
investigaciones acerca de él, creemos pueda adoptarse la división en 
cuatro edades. La primera, que comprende hasta la conquista germana 
en Europa y preparación del feudalismo; la seguiída y tercera, corres- 
pondientes á las dos épocas del feudalismo y la monarquía, ya que en 
esta última la situación de la propiedad varía bastante; y la cuarta, 
que abraza el movimiento revolucionario (signo del triunfo individua- 
lista preparado en la edad anterior), hasta nuestros días, en que se ini- 
cia una reacción contra el desconocimiento de los «atiguos organismos 
sociales en que puede reposar la comunidad. 



(1) En un prinoij^io, la base de la misma oiadad era el nacimiento, no la ze- 
sidencia. Hasta que, oomo dioe Freeman, «las tribus genealógicas son SQStitai- 
das por las tribus locales», en las que se continúan muchos de los elementos 
de aquéllas. (Vid. la exposición de la Política comparada, de Freeman, poT el 
8r. Azcárate en su libro...) 

8 ' 



Sá HIBTOBIA DB LA PROPIEDAD COMUNAL 

La rassón de estas edadei nos parece, desde nuestro punto de vista, 
la más ajustada á los hechos. Durante la primera, la propiedad oomu« 
nal, que es la predominante, radica en grupos cuya hase es general^ 
mente la relación de parentesco y la unidad de origen, tradiciones y 
lengua, y en los cuales la libertad es un prindpio cuidadosamente 
guardado. El sefior de la tierta es la comunidad, y en ella radica tam- 
bién el centro del poder político. Así se continúa hasta el momento 
inicial de la Edad Media; y el mismo espíritu subsiste en la política, 
en pueblos donde la evolución económica había llegado al individualis- 
mo tan por extenso como en Roma, cuya organización centralista y 
absorbente, como dudad, representa un poder destructor de la auto- 
nomía de las familias. 

Con la conquista germana todo cambia. Los bárbaros, que mientras 
vivieron en el Norte de Europa mantuvieron la independencia de sus 
comunidades y el lazo genealógico que no consiente más jefe que el 
ealder é impide la individualización, sustituyeron á estos hechos é ideas 
con los de la servidumbre con que el rógimei^ feudal nuevo sujeta á las 
comunidades, haciendo pesar sobre ellas el poder y el señorío territo- 
rial atribuidos á un hombre (en unas partes el rey, en otras directa- 
mente los señores). La tierra es coia de los señores ó de los reyes, 
como éstos tuvieron luego por cosa suya á la nación. Así se introduce 
un cambio radical y de mucha importancia en la condición de las co- 
munidades. Influye tanto la idea del feudalismo, que no sólo ejercen 
opresión las aristocracias invasoras (como la normanda en Inglaterra}, 
sino los mismos antiguos jefes ó presidentes de las tribus ó grupeé 
(como en Irlanda). Bepresenta también el feudalismo otro cambio en 
lo que toca al género total de vida de las sociedades. Con los germa- 
nos, que na habían conocido la ciudad — puesto que verificaron su evo- 
lución política inmediatamente desde la tribu á la nación, como dice 
Freeman— la vida ciudadana (que era si no la única, la preponderante 
en el mundo clásico, y en el seno de la cual se habían realizado todas 
las revoluciones) pierde su hegemonía; y de acuerdo con el carácter so- 
cial de las tribus invasoras, vuelve la población al campo, recobra éste 
la importancia que tuvo en los primeros tiempos, y la ciudad, en vez 
de ser cel centro de la vid% social^, se convierte, como ocurría antes 
entre los germanos, en una excepción. Así influyen en las comuni* 
dades— que con aquel cambio crecen en número — las ideas políti- 
cas. La fundamental, en Grecia como en Roma, era la presencia de 
la ciudad; su ausencia; entre los germanos'(l). Por eso también, hasta 



(1; Freeman, loe. cit. Bntre los eslavos, á lo que parece, el elemento simple 
sooial es aún m&s oonoreto. La base de la organizaoión agrícola rusa y danabia- 



INTBODUCCIÓN 



que la reTolnoión se verífioa por completo y recoge sus fmtos políticoa 
la monarquía, las ciudades qne aparecen en la Edad Media, y las mis- 
mas que se continúan de origen romano, ofrecen tanta diferencia con 
las clásicas. Estas lo eran todo, dominaban en el territorio y no reco* 
dan superior; las primeras, vivian como nn oasis en medio de una tiC'» 
rra sometida al principe, en la cual, las poblaciones rurales, con otros 
intereses y poder, formaban mayoría. En ellas, sin embargo, empiezan 
á elaborarse las libertades modernas que los campesinos procuraban 
alcanzar junto con los burgueses; y en ocasiones, hablan con tanta 
energía como los de Bayona, quienes resumiendo hermosamente la idea 
que entonces agitaba á los pueblos, decían: diHubg pueblo antes que 
sefior, y el pobre pueblo debe yivir buena Tida... Hicieron un señor 
para restringir y librarse de los que cometían injusticias... El pueblo 
se sometió á un sefior y se entregó á él como estaba, así qae él debe 
mantenerlo lo mismo' (I). 

Tales fueron las bases, olvidadas luego por los pod^osos, con que 
■ se hicieron muchas reeomendacionea en aquella época. 

Semejante estado de cosas cambió con el nacimiento de la monarquía 
absoluta, cuya representación política, en lo que toca al feudalismo, 
prepararon las reyoluoiones de aldeanos y la comunal. 

Renacen las ciudades á la vez que un cierto espíritu clásico, y los 
reyes las favorecen con todo su poder; concéntrase en ellas la pobla- 
ción y viene el absen teísmo de las clases poderosas, especialmente en 
los países latinos (2). Los reyes libertan de la servidumbre señorial á 
todos los vecinos de las ciudades; hacen lo mismo con pueblos meno- 
res, y los mantienen contra las usurpaciones señoriales en centro de 
una propiedad común importantísima; 

La misión libertadora de los reyes no terminó con esto, porque to- 
davía las clases trabajadoras de los campos sufrían mucho en su con** 
dición servil; y la función protectora de las comunidades falló, porque 
empezaron á dar entrada á las ideas individualistas y cedieron á los 
repartos definitivos de tierra, á las leyes de desamortización y á las 



na es la familia, formando granjas aisladas Entre los rnsos primitivos, según 
Stolipine, los grupos qae contentan más de una granja eran muy raros. Los 
pueblos de seis, siete, quince ó veinte casas sólo los formaban los pescadores 
establecidos en las orillas de los rios. El sistema de granjas aisladas es hoy de 
los pioneer» ó éqwUters americanos. Cf. Dahn, ob. oit., pág. 24. 

(1) Bev. W. Webster, Influencia de lo» f itero» pirenaico» en la Conat, ingle»a, 
(En el Boletín de la Inetitucián libre de BhMt^anza, 1883-4.) 

(2) De Inglaterra ño puede decirse lo mismo en absoluto. Es curioso que la 
base de la gentry la formara la antigua aristocracia sajona de los Theng», rele- 
gada & segundo término por los normandos. 



HISTORIA DE LA FBOFIBDAD COMUNAL 



prohibiciones de constituir nncTamente aquellas formas de propiedad. 

Este espíritu lo llera á su grado álgido y lo realiza en firme la re- 
Toluciótt, que, en tal sentido, es un hecho que cierra brillantemente 
k edad que le precede, y un moTimiento de ideas que inaugura con 
grandes esperanzas la nueva edad. 

Con estas indicaciones, parécenos que resulta fundada nuestra pre* 
ferencia por aquMla división, aunque sólo sea de un inodo relativo y 
con mira á ulteriores rectificaciones, según el esclarecimiento de loa 
hechos, de cada día mayor, imponga en toda razón de realidad. 



Para concluir, uña observación acerca del carácter de la presente 
obra. 

Tienen los estudios históricos propia finalidad, independiente de 
toda aplicación á que se les someta, y en esto, esencialmente, estriba 
su altísimo valor. Pero como los hechos que forman su contenido son 
al fin y al cabo la vida toda, y en ella y con sus enseñanzas va nacien- 
do la educación del hombre, refléjase lo histórico en dos consecuencias 
cuyo interés de cada día se hace más manifiesto y se considera con 
mayor amplitud: de una parte, como exj^encia del modo artístico 
según el cual las ideas y las doctrinas han conseguido realizarse; de 
otra, como material sobre que ejercer la reflexión, y de donde sacar los 
nuevos principios, las reglas nuevas que una observación más atenta 
de la realidad perfecciona constantemente. 

Tal es el punto de vista á que tiende nuestro libro. El problema 
económico se impone, I^al que nos pese: llevamos á él todas las pre- 
ocupaciones que la tradición de un régimen individualista (enlazado, 
para mayor fuerza, con el movimiento político) y la ilusión de la inmu- 
tabilidad de las instituciones, producen de suyo; y conviene^ hoy más 
que nunca, orear las ideas demasiado absolutas de los pensadores teó- 
ricos, con el Viento de salud de la historia. Si de esta prueba naciese 
jjgo positivo para resolver los conflictos actuales, la historia habría 
ganado su mejor triunfo. 



N 



CAPÍTULO I 



PRIMERA BDAD.— DE LAS CIVILIZACIONES PRIMITIVAS 
AL FEUDALISMO EUROPEO. 



Teniendo en cnenta las observaciones consignadas en la Introdixc* 
oíón respecto á la dificultad de fijar nna división o»>nológii» para 
nnestra Histobia, y acordes con la proyisionalmente aceptada, corres- 
ponde este capítnlo á la primera edad, comprendida enlM los alboMS 
de la organización social y los tiempos en qne el régimen del fendali»- 
mo (qne marca nno de los estados más originales é interesantes de la 
civilización), forma la base y asiento de la sociedad enropea. La im- 
portancia de este hecho para la historia de la propiedad comunal, no 
reside principalmente en constituir nna fnerza destructora de aquella 
institución primitiva y de los grupos sociales en que radicaba, porque 
este mismo efecto se había ya producido parcialmente, á impulso de 
causas diversas, en Grecia y en Boma; sino, más bien, en la distinta 
condición en que coloca á las agrupaciones comunales. Según ya indi'- 
camos, uno de los fenómenos que la época feudal presenta---inerced, 
en parte, á los nuevos elementos étnicos que entran á figurar en la re- 
gión de la Europa civilizada— es una reversión á la vida rural y á la 
e^cpansión de las poblaciones en el campo: muy «1 revés del aspecto 
que ofrecen el período griego y sobre todo el romano, en que la vida 
se halla concentrada en la ciudad. Oon esto, las comunidades rurales, 
desconocidas para la Boma histórica, pero que formaban la trama so- 
cial consuetudinaria en las provincias, adquieren nueva fuerza, se ex- 
tienden, traen á sí elementos de existencia legal superiores á los de la 
puramente vegetativa que bajo la tutela romana llevaron (1); y ya con 



(1) Tal hAoen presnmir los datos qne poseemos* ¿Será licito esperar que un 
mejor oonooimiento de la vida indígena de las provincias modifique nuestra 
actual apreciación? 



88 HI8T0RIA DB LA PKOPIBDAD COMUNAL 

la forma municipal ó popular, ya con la familiar, representan nno de 
los puntos más interesantes en el estadio de aquel periodo. 

Lo transcendental del feudalismo para las comunidades, y lo que 
nos lleva á dar cierre y término con su aparición á la primera edad de 
la historia de aquéllas, es la condición servil á que la» somete, cuyo 
resultado fué desnaturalizarlas y obrar como fuerza poderosa en su dis- 
gregación; y por ser la más extensa que hasta entonces había influido, 
por vivir en el núcleo de la civilización que ya tenía carácter continen- 
tal, y por coincidir con el movimiento contemporáneo de las ideas, re- 
presenta, con la monarquía absoluta que en esto le heredó, el suceso 
más influyente — en lo que pudiéramos llamar la vida externa de las 
sociedades— sobre la organización comunal (1). 

Guando se abro lo que llamamos generalmente Bdad Media, sólo 
tres pueblos habían llegado á la individualización total de la propiedad, 
pero en un territorio reducido y con una influencia próxima menos 
extensa de Icr que pudiera creerse. La civilización mercantil de los fe« 
nidos fué quizás la primera que llegó á desenvolver el régimen indi- 
vidualista en la cuenca del Mediterráneo: y sin duda llevó más lejos 
que ningún otro pueblo su carácter movilizador, que no sólo hubo de 
sefíalarse en los pueblos de familia semita, pero también en Grecia y 
en las colonias mediterráneas. 

Grecia apenas hizo sentir su influencia legal fuera de su territorio 
y del borde de las costas occidentales del mar Interior; donde mayor, 
quizás, la produjo, fué en la naciente Boma. En cuanto á ésta, no lle- 
gó á uniformar legalmente tanto como se ha creído la vida de las pro- 
vincias; las instituciones tradicionales de los pueblos conquistados se 
mantuvieron en gran parte, para brotar libremente é introducirse en 
la legislación del periodo que siguió á la caída del Imperio. £1 verda* 
dero desenvolvimiento del espíritu individualista romano — vivo plena* 
mente solo, quizá, en Italia— es muy .posterior; y es un movimiento 
casi en absoluto, occidental, puesto que la legislación del Bi^o Impe- 
rio parece llevar otro sentido y tener otra historia, por lo que á la pro- 
piedad corresponde. 

Fuera de estos tres pueblos, la organización comunal, unida á la 
tribal ó á la familiar, es la dominante; y ha llegado al fin de esta épo- 
ca, casi por igual en todos sitios, al primer grado de rompimiento, con- 
sistente en el cambio de la posesión temporal spbre las divisiones de la 
tierra laborable, en posesión permanente á favor de las familias que, 
en este orden, se emancipan de la tribu para formar luego el Estado- 
ciudad. Contribuyen á este cambio, priacipalmente, el nacimiento de 



(1) yid.eleap. n. 



TIEMPOS PRIMITIVOS Sd 



desigrualdades dentro de la tribu, y el crecimiento de población qne ha- 
bía de provocar las emigraciones. 

El carácter de independencia de las comunidades es más ó menos 
absoluto. Menor en China, donde se complica con el desarrollo dé 
la anarqnia feudal (hacia el s. xii, a. de j. G.)f en los imperios cen- 
trales contemporáneos de Grecia,» y sobre todo en Egipto, lo es mucho 
en las demás regiones: en India, entrerlos hebreos y los semitas del 
Sur, en las tribus de las costas del Caspio, las del Cáucaso, y en fin, 
entre los numerosos pueblos que en oleadas continuas venían, desde 
las fronteras chinas y las regiones siberianas, á las arenas del mar del 
Norte, y que en sus primeras emigraciones formaron el núcleo de la 
población europea occidental. Esto que decimos del periodo en que ya 
se han diferenciado las civilizaciones de Oriente, no puede aplicarse al 
primitivo que constituyen los tiempos pre-históricos y los tradiciona' 
les^ durante el cual, la organización comunista de la tribu ó de los gru- 
pos inferiores, es, más que la predominante, casi la única. 



PRIMER PERIODO-TIEMPOS PRIMITFOS Y TRADICIOHALES 

I.— Tiempos primitivos ó prehistóricos. 

Conocido es el progreso realizado modernamente en la parte de las 
investigaciones históricas relativa á los tiempos primitivos. Cierto que, 
sin la debida autorización científica, apoyándose sólo en inducciones, 
salvando lagunas y confundiendo á veces restos y monumentos de épo- 
cas diferentes, se han aderezado cuadros con más ó menos de novela, 
de aquella vida y de la civilización que en ella se supone (!)• La pru* 
denoiaque debe caracterizar toda seria investigación histórica — en ge- 
neral todo estudio científico— impone, sin embargo, gran comedimien- 
to en las inducciones y en el deseo natural y explicable de generalizar; 
más aún, cuando, como observa el 6r. Azcárate, este género de réla- 



0) La oonseoaenoia xn&B trasoendental de estos estudios y de los orienta- 
listas» ha sido ampliar extraordinariamente los horizontes historióos, hacien- 
do retroceder el oomienso de la vida social & nn periodo de tiempo qne no era 
dado presumir en el estado en que se encontraban las investigaciones hace 
pocos años. Asi, aunque la cronología no está completamente determinada, 
bien puede decirse con Le-Bon «que la humanidad ha necesitado mAs de cien 
mil años para llegar & las civilizaciones más elementales.» (Le-Bon» Le9 pre^ 
miére* dvÜUaUoni.—F oriMt ISSa-Lib. I, o. 2.^) 



éO HISTORIA DK LA PBOPIBDAD OOMTJKAL 

áoxaea y de actividad en que entra el punto de naestro estadio, tiene 
menos, elemetitos de comprobación qne otro cnalqniera: como, qne se 
expresa rara vez sobre objetos materiales permanentes, según ha- 
cen el arte y la industria, respecto á los cnalee, bastan los restos mndOB 
(hachas, collares, dibujos sobre mangos, etc.), para conocer sn estado, 
pin necesidad de tradición qne lo explique. 

La constitución social de la humanidad en aquellos tiempos, está 
perfectamente reconocida sobre base experimental. Pero, ¿era su fun* 
' damento la familia^ como lu^o aparece, ó la tribu? Maine propone la 
misma cuestión en estos términos: ¿es la familia patriarcal el' primer 
hecho de la civilización, ó significa un grado más concreto, posterior 
á la rennión de los hombres en tribus? (1). El autor se inclina á creer 
que la primera forma social fué la de grupos extensos (clanes), con je- 
fes patriarcales, y que estos grupos se disgregaron en otros más con- 
cretos é independientes entre si, formando comunidades agrícolas, 
como las indas y teutónicas. Esto, que parece indudable respecto á 
cierto período de la historia (tiempos tradicionales), no puede afirmar- 
se tan en absoluto de los tiempos más remotos en que ahora nos 
ocupamos. 

Ciertamente, la opinión de los autores no es unánime en lo que se 
refiere á esta cuestión. Hearn (2) rectifica lo afirmado por Maine, con 
una obseryación que parece muy natural, dado que en nuestras ideas 
sobre la formación de las sociedades no concebimos el nacimiento de 
éstas sino á partir de un núcleo, el más concreto y elemental posible, 
que ya luego integrándose y aumentando en complejidad. En este sen- 
tido, satisface la afirmación de Hearn, cuando dice que la unidad ele- 
mental debe verse en la familia a:cuyo acrecentamiento produce el clan, 
primera forma en que nos aparecen nuestros antepasados. i> 

Conviene advertir que los estudios de Hearn se refieren especial- 
mente á la familia aria, y al período de su vida que corresponde. á los 
tiempos tradicionales. Spencer pone la cuestión en toda su amplitud, 
remontándose hasta el momento inicial de los grupos, al estudiar la 
evolución de la familia (8). Apoyándose en datos procedentes en su 
ma*yor parte délas observaciones sobre los salviyes actuales (aplicadas 
por analogía á los estados de salvajismo primitivo), considera Spencer 
la existencia de la comunidad de mujeres, del matriarcado, del paren- 
tesco por línea femenina y de la poliviria, como manifestaciones de la 
norma obligada que parece siguen las sociedades en su formación, cuyo 



<1) Smnmeír M«ine, ViUage eimmunitÍ€S,S^ ed. Londref , 1876.-->Leo. 1.^ 
<a) Hearn, 06. eU, Introducción* pág. 5. 
(d) /Sodoloflrfa,— Parte m.— c. IX. 



TIEHP06 PBIMITIYOS %l 



primer grado no puede ser el orgmie^o de la íamilÍB patriarcal, que 
representa ya derto progreso y cierta eleyaeión de ideas imposible de 
anpbner en los primeros hombres; y encirentra en todo esto la detnoe- 
tración de qne el patriarcado no es el primer hecho de & onlinra social, 
sino qne han debido precederlo estados inferiores de agregación (1). 

Sabido es qne eWalor de las noticias referentes á los salvajes ao- ' 
tnales para explicar la yida de los primítiyos, está pnesto en dnda 
por mnchos antores^, y entre ellos Malne. La principal razón al^:ada es 
qne no pnede confiarse mncho en el testimonio de los yiajeros de qnie- 
nes tales noticias proceden, porqne no siempre han estado en condi- 
ciones de onitnra ó de intimidad con el pneblo descrito, suficientes 
para conocer á fondo sns costumbres' é interpretar bien los actos qne 
obseryaban. La contestación deSpencer á este argumento es muy ra- 
Eonable: <ino yeo el motiyo^dice— por qué ha de concederse mayor 
confianza á los ioformes de segunda mano de Tácito, que á los direc* 
tos que nos suministran los exploradores modernos, de los cuales mu- 
chos poseían una completa educación científica, como Barow, Barth, 
Saltón, Bnrton, Liyingstone, Seeman, Dairwin, Wallace, Humboldt, 
Bnrckhardt y otros» (2). Esta observación, justísima en lo que toca al 
yalor relativo de ambas fuentes, no puede decirse que lo sea tanto res- 
pecto al valor absoluto de los datos suministrados por los viajeros: 
pues ni todos eran Humboldt ó Barwin, ni una educación científica 
especial basta para penetrar en cierto orden de cosas y esferas de la 
yida que se funcfan en relaciones morales muy delicadas, ó que tienen 
por base y total explicación ideas que nó se advierten por una obser- 
vación rápida de los actos externos. 

La cuestión no estatuí, sin embargo: reside en la seguridad con 
que pueden asimilarse los estados de salvajez actuales con los primi- 
tivos, y en la relación cronológica en que esto ha de establecerse, su* 
poniendo qne los casos contemporáneos son todos normaliss y no fenó- 
menos teratológicos del orden social, debidos á causas extraordinarias. 

Lo fijo es que no hay datos completos para decidir sobre cuestio- 
nes tan interesantes como el orden en que se han seguido las formas 
de matrimonio, la existencia general de la comunidad de mujeres ó 
hetairismo, la constituoión inorgánica de los primeros grupos sociales 
«n que po había poder ni estaban reconocidas las relaciones de paren* 
tesco; y, en fin, la existencia del matriarcado ó familia cuyo jefe es 



(1) La misma opinión lostiene el Sr. Sales y Ferró en el tomo I de en 2Va* 
todo dé éocMogia, onyo esamen puede verse en el núm. SM del BokHn de la Inat. 
Libre de JEn$tñ.,Vam. 

(2) ffodolo^fo.— Parte tercera, o. IX. 



42 HISTORIA DE LA. PBOPISDAI) COMUNAL 

1a mujer, oomo grado normal j; común de las sociedades, anterior al 
patriarcado. Asi resnlta hoy, qne en la mayoria de los casos corres- 
pondientes á los salvajes de América qne citan los defensores de la 
teoría de Bachofen, no existe el matriarcalismo snpnesto, siendo real- 
mente jefe de la familia el padre, como sucede en el grupo patriarcal^ 
sin embargo de contarse el parentesco por la línea femenina (1). 

Para la historia de la propiedad común, tienen interés inmedia- 
to estos problemas, porque la forma de organización económica de- 
pende de la social, y ésta, á su Tez, de las condiciones de vida que ro- 
dean al grupo. Según Hpencer, los grados que en el primer momento 
de CYolución pudieran señalarse, serían, tomando por criterio el gé« 
ñero de ocupación ó modo de su'bTenir á las necesidades del hombre: 

1. ^aza. Ha de ejercerse sobre grandes territorios; no hay organización 
social, ni propiedad sobre la tierra: la de los objetos muebles (animales 
cazados, etc.)) es individual. Respecto á las relaciones de los sexos, 
promiscuidad y poliandria, y de aquí el^ matriarcado ó ffinecoeracia,-^ 

2. Pastoreo. El hombre ha sometido á domesticidad algunos animales 
y el nucTO género de vida impone la división de los grupos demasiado 
numerosos, concentrándose, á la vez, cada una de sus partes. La vida 
es nómada, con cierta organización, y sirve de germen á la familia pa- 

^ triarcal: la superioridad del hombre va imponiéndose, á la vez que se 
estrechan los límites de la comunidad sexual y se reduce el número de 
mujeres. La tierra que sirve para los pastos es de posesión temporal y 
común para cada grupo.— 8. Agricultura^ sin que se modifique el no- 
madismo: favorece la evolución patriarcalista, influyendo como fuerza 
concentradora.— 4. Forma agrícola sedentaria. Se integra aún más el 
gtupo y se hace plenamente patriarcal y orgánico; limita á menos te-* 
rreno sus necesidades, merced á una producción más intensa: la tierra 
cultivada es común.— 5. Según la familia patriarcal va aumentando, 
se extiende y se constituye en agrupación mayor, como tribu ó sub- 
tribu, sin perder el lazo de unidad que impone el común origen. La fa- 
milia patriarcal extensa se llama dan, y varios clanes componen una 
tribu; pero, juntamente con la extensión, se debilitan los lazos que 
unen al centro* con los extremos, y el organismo se disgrega (2), con- 
servando cada uno de los «lementos separados la configuración del 
todo, con independencia de vida: la familia concreta vuelve á recobrar 



<1) Letoarneau: L'evólution du mariage et de la/amiUe.— Parii, 1888.-->B1 mil* 
mo autor aoaba de publicar sobre la Eüolueián de Za proj><<dad otro libro, que 
■e resiente de precipitación en las ooñolusiones. 

(9 La disgregaoión no se Terifioó siempre de este modo normaL Disentí* 
mientes religiosos ó rasonee políticas, la emigración, la conquista ó el con- 
tacto con extranjeros, fueron causas concomitantes de este fenómeno. 



TIBMFOB FBIMIT1T08 4S 



BtL personalidad^ y ya rednciéndose basto que ll^:a al tipo de la familia 
moderna, en que todo signo de troncalidad ba desaparecido. 

Los dos últimos grados (sobre todo el quinto), pertenecen á tiem* 
pos más modernos qne los prebistóricos de que hablamos ahora. Por lo 
que respecto á los otros, ¿basto qué punto se puede aceptar como exac- 
to la sucesión en que los presenta Spencer? 

En calidad de tipo común de la eToludón social, no podemos aún 
decidir segjiramento de su certeza, no obstonto parecer lo más probable. 
Cuando menos, el becbo de que la familia patriarcal representa un 
grado superior en la formación de las sociedades, al cual ban debido 
preceder otros más rudimentoríos, parece deducirse con bastonte clari- 
dad: la ley natural de vida á que se yieron sujetos los primeros hom- 
bres, cuya rudeza é incultura no podemos figurarnos sino aproxima* 
damente (sobre todo por lo que toca á su desarrollo intelectual), parece 
que decide á esto solución. De todos modos, obsérrese que para nues- 
tro objeto el único mo|pento que parece influyente en contrario (pues- 
to que en los demás se reconoce la existencia de la propiedad comunal) 
es aquel anterior al patriarcalismo y al pastoreo, en que los objetos so* 
bre que recae la relación natural de propiedad son muebles^ y la tierra 
no es más que €el lugar donde ee vive^ el medio donde andan los ani- 
males perseguidos por los cazadores y que da pastos y frutos espontá- 
neos^; tierra sobre la cual, no lleva el hombre su trabajo de produc- 
ción, y que tiene, por tonto, el carácter de vaga. 

Todavía en los casos de familia gimn^cocrátiea, ó en que predomi* 
na la relación de parentesco femenino, la propiedad es comunal, de la 
agrupación ó tribu, como se ye hoy en el clan matriarcal americano; en 
el cual, según Girard Teulon (1), debe considerarse subsistente la co- 
munidad, puesto que si pasan los bienes de unos individuos á otros por 
la linea materna, es en simple usufructo. Asi sucede que donde estos 
clanes subsisten, se reúnen las provisiones «en almacenes públicos 
para repartirlas luego según las necesidades; con una particularidad 
más que llama la atención por lo poco frecuente, y es que se junten 
en común, no sólo los productos del cultivo, sino también los de la 
caza y la pesca (2). 

Notando, pues, lo que demás cierto podemos sefialar, resulto que 
el género de vida llevado durante la edad de piedra y especialmente 
en su período arqueolítico, en el que las ocupaciones dominantes del 
hombre eran la caza y el pastoreo nómada, puede llevar á inducir que 
la propiedad debió ser individual casi toda, porque era principalmente 



(1) OrigineBOnmariagt* 

(2) L6toiirn«áii,06.ett. 



44 HISTORIA BX LA PROPIEDAD COMUNAL 

mueble (1) 7 no se concebía la idea de una posesión territorial absolu- 
ta. Esto daba cierto carácter de comnnidad ilimitada á la tierra, como 
snoede hoy en el territorio de caza de los Pieles Rojas, cuya oomnnidadf 
qne diríamos negatíra, explica mny bien Lnbbock al compararla con 
la división de tierras de los australianos, los cuales, como se alimei»^ 
tan de opotsufMj reptiles, insectos y raíces qne pueden encontrar en 
reducido espado, no necesitan, como los Pieles Rojas, de una gran ex- 
tensión de terreno para la caza mayor. 

De un modo paulatino en que no se puede determinar fijamente 
orden de sucesión cronológica, pero dentro de la misma edad, se ex- 
tiende el pastoreo y aparece la agricultura en su primera forma «6- 
mada, y luego en la sedentaria, atestiguada por la fabricación del pan 
y la existencia de hoces, molinos y otros instrumentos correspon- 
dientes á esta edad; y en tal estado, hay datos irrecusables para afirmar 
que la propiedad era de la tribu y de los grupos inferiores (aunque no 
hubiese fijeza de objeto por razón de la vida nómada): como lo pmeban 
los derechos de abrevadero y pastos, cuyos vestigios aún se descubren 
en tradiciones y monumentos literarios de los tiempos históricos, y el 
conocimiento de la organización social de Itw primitivos arias y semi- 
tas en el periodo de transición desde el nomadismo á la vida seden^ 
taria. 

Avanzando el cultivo que se extiende á mayor número de es- 
pecies que las primeramente conocidas, y establecida la tribu con 
cierta permanencia en un territorio, se determina la propiedad de la 
tierra como cosa de la tribu, yk sedentaria. Esta nueva fase de la vida 
del hombre, que aparece sin duda en los últimos tiempos de la edad de 
piedra, se desarrolla durante la de los metales, cuya extensión — ^im- 
posible de determinar, y más cnanto que su uso es simultáneo, espe- 
cialmente por lo qne toca al bronce y al hierro (2), con el de la piedra 
pulimentada--^ntra ya y se confunde con los tiempos tradicionalee y 
con los estrictamente Jlamados kietáricoeiS)^ en virtud de la suave gra- 



(1) AzGékTAtet Historia det'-derécho dé propiedadt I, 

(^) «La teoría de que la piedra, el bTonoe y el hierro servian & puebloi dig- 
tintoB, y qne el bronce era oónoeido aotefl que el hierro, ha sido definiiiva- 
mente abandonada, no distinguiéndose ahora m&e qne la época de piedra y la 
del metal, pnes el hierro se encuentra por lo Qomún^nnto al bronce y hasta 
lo precede en algrnnos puntos.» (Dahn, BtH, pHm. deloépuébloé germ, y r&m«m*) 

(8) Como que, propiamente, esta división no tiene más q\ie una realidad 
subjetiya, referente al m&s ó menos seguro conocimiento que de aquellos tiem- 
pos poseemos y al género de fuentes que lo producen. Por lo dem&s, no hay 
nada prehistórico, sino que todo está en la historia: y aquellas diferencias de 
nombre, que se explican por la ocasión de su origen, desapareoerAn al cabo. 



TIBMPOB PRlSaTIYOS ^ 



daoiÓQ, conque fie produce^ y más en aquellas edades, el desenyolTi* 
miento y tránsito dé los tipos y grados de cultura. Combinase el úl«> 
timo periodo de los tiempos prehistóricos á cuestiones que hacen du- 
dosa su cronología, como la introducción del bronce en Europa, el 
carácter de los iberos que poblaron el 8. £., y otras circunstancias 
que lo colocan en la penumbra de los hechos sociales faltos de deter- 
minación. 

Conviene tener en cuenta dos observaciones; Los tiempos pre* 
históricos comprenden un periodo larguísimo de la vida de la humani- 
dad, durante el cual se han producido los más elementales, pero tam< 
bien los más necesarios da los inventos, y en que ha reoorrido el iiom- 
bre las primeras etapas de la civilización, tanto más difíciles, cuanto 
que luchaba con la naturaleza en condiciones más duras entonces de 
las que hoy presenta parala vida; y falto, también, de la poderosa ayu- 
da, que en nosotros concurre, de una tradición y de una herencia en lo 
fisiológico y en lo psiquico, que lo preparase mejor para la lucha diaria, 
teniendo por lo contrario que formar lentamente eloaudal inapreciable 
de observaciones y de experiencias, que habían de educar sus faculta- 
des nativas, templarlas al medio natural y darle, al fin, el predominio 
de modificación sobre éste. De otro lado, los datos reunidos para el es- 
tudio de esta primitiva época, si numerosos, no son, debe repetirse, 
suficientes para esclarecer muchas dudas y para llenar vacíos de gran 
importancia; pudiendo i^rmarse que sólo se conoce (en la medida relati- 
• va posible) la historia del hombre primitivo europeo, ya que del ame- 
ricano apenas hay algunas observaciones recogidas, y menos aún del 
hombre de los otros continentes. El peligro, además, que puede haber 
en levantar el cuadro de aquellas sociedades en vista del que los salva- 
jes actuales ofrecen, ya lo hemos notado más arriba. 

De todos modos, resultan dos cosas: que los tiempos prehistóricos 
forman una época de extraordinaria importancia para la sociología, y 
de una extensión. grande, aun hoy no bien determinada, puesto que va 
en cuestión, entre otros, el problema del homhte^terciario (1); y que, 
respecto á la constitución social y á la organización de la propiedad 
durante ellos, lo único que puede afirmarse con alguna certeza es lo 
que llevamos dicho. En la época siguiente, muéstrase ya la humani- 
dad en un grado de adelantamiento muy apreciable, y organizada de 
modo bien distinto á como soñó el individualismo abstracto del si- 
glo xviiK organización reconstruida laboriosamente, merced á los da- 



(1) Yid. la reciente obra de E. Cartailhao: Lea dges prihi9torique9 de VlSe- 
pague et du Portugal— l?ATÍa, 1888. 



46 HISTORIA. DR LA PBOPIBDAD OOMÜKAL , 

tOB tradicionales á qae hoy ae reconoce, con jasticia, tanta impor- 
tancia. 



II.— Tiempos tradicionalea* 

1. cEl origen de la propiedad es conexo con el de la familia. La pro- 
piedad es nna costnmbre: en Estados civilizados^ esta costumbre ha sido 
adoptada, reconocida y fortalecida por la ley, y el origen de ella, legi- 
timada de este modo, es el caito familiar.» Asi establece Hearn (1) 
el carácter prímitivo de aquella institución, su forma arcáicat hasta 
donde podemos tener noticias ciertas de los pueblos. 

Las reservas que á tal afirmación pueden oponerse — no en lo que 
toca & la relación de la propiedad y de la familia, sino en lo que res- 
pecta á la prioridad de esta forma— ya las hemos visto. Recobra, no 
obstante, todo su valor en este sitio; ya que al entrar en los tiempos 
tradicionales, sobre todo de la raza aria, puede afirmarse que el aspec- 
to social que uniformemente se presenta es el de agrupación en fami- 
lias, cuyo jefe es el padre y en las cuales la propiedad de la tierra es 
común. 

Puede caracterizarse la sociedad arcaica, la primitiva sociedad aria 
que con algún detalle conocemos, antes de bu disgregación y de las 
grandes emigraciones históricas, diciendo que lá molécula social era la 
familia (no el individuo como entre nosotros) formando agregados su- 
periores: el clan, la tribu. L^ familia reposa en el culto de los antepa- 
sados (espíritus familiares) y el clan en la relación de parentesco. Es- 
tos son los dos elementos de aquella sociedad; y conforme á ellos, el 
sujeto de la propiedad, ante todo,jes el c/aTi— (<Kla tierra pertenecía al 
clan y el clan se asentaba en la tierral^)— y bajo el clan la familia. 
Guando el grupo tiene mucha extensión, hay un tercer elemento, que 
son los clanes ó sub-clanes agregados formando una sociedad superior: 
hk tribu. 

La reconstrucción del período de unidad aria que precede á las 
emigraciones, no puede hacerse sino á grandes rasgos — como dice 
Schiemann— apoyándose en el estudio comparativo de los idiomas y des- 
pues en el de las mitologías. Siguiendo este método, traza el citado 
historiador un cuadro bastante completo de la civilización de aquel pe* 
ríodo, en los términos que, para fijar mejorías ideas, pasamos á copiar: 

<icEl idioma que fué común á todos los arias— dice (2)~demuestra 



(1) Aryan %ou«eAo|¿.— Cap. XVIII, p&g. 414. 

(2) C. Schiemanai Bu$ia^ PóUmia y Livonia, hasta ü siglo zyii, 1884. Cap. 1.** de 



TIEMPOS TRADIOIOKALEB 47 

claramente qne este pueblo prímitiyo alcanzó en sn patria originaria 
cierto grado de cultura. En él encontramos palabras que expresan los 
fundamentos de la moral, los estrechos lazos de familia y los más es- 
trechos del parentesco. Las palabras: padre^ madre^ hombre f^mt^er^ 
hija^ Jujo^ nieto, adolescente, virgen y viuda, demuestran la existencia 
del matrimonio, que b& disuelve por la muerte sin que la costumbre 
exigiera de la mujer que sigaiera en ella al marido. La poligamia 
7 la esclayitud de las mujeres son cosas desconocidas de los indo-ger- 
manos: al padre de familia se le llama pa¿¿ y á la madre pa¿ma. El or- 
den social es el propio de la yida pastoril, pero la yiyienda no es la 
tienda del nómada, sino la casa cerrada por una puerta. El clan y los 
lazos de &milia constituyen grandes grupos, á cuyo frente se encuen- 
tra el vihpaii (vUc-vi^-vicael) ó sefior del clan. También existe la pa- 
labra rágan para designar al rey. El pacto y la institución (dharma y 
dha-man) son expresiones jurídicas primitivas, junto á las cuales se 
han colocado deriyaciones menos seguras... También se entrevé la 
agricultura en sus primitivas formas: cultívanse algunos cereales y se 
conocen algunos instrumentos de labranzai El molino de mano, donde 
el trigo se convierte en harina, y las palabras ccocer» y <icaBar3>» las en- 
contramos asimismo en el antiguo idioma aria. La gente no iba des» 
nuda: las palabras que expresan las acciones de tejer, entrelazar, co- 
ser y ceñir, nos dan un indicio del vestido de nuestros primitivos an- 
tepasados. Gomo industrias más antiguas ejercíanse las de la alfarería 
y carpintería: se cruzaban los ríos y los lagos por medio de embarca- 
ciones movidas por remos: el mar les era todavía desconocido, i^ Y aña- 
de más abajo: «En la época en que los europeos se separaron, forman- 
do los dos grupos, septentrional y meridional, se consumó la conver- 
sión de los «pastores domiciliados^ en agricultores, que cifraban su 
sustento en los campos y, sólo en segundo término, en la ganadería.^ 
En esta sociedad, la familia reviste una organización tan diferente 
de la moderna, que es imposible inducir del conocimiento de una el 
régimen de vida de la otra. Era su base el culto ie los antepasados (1), 



la historia de Busia. El aaior oita oomo f aentes: A Fiok, Dice, comparado de lo$ 
idUmaB indo germánicos, 2.* ed. y. La antigua tmidad de lenguaje de loa indo-gW' 
manos de Europa (Góttin^en, 1878). — ^J.Sohxnidt, Selaciones de afinidad de loé 
idiomas indo-germdnicos (Weimar, 1872).— Geitler, Estudios lituanos (Fraga, 1875) 
y Sobrade r, Comparación de idiomas é historia primitiva. 

(1) Sobre el oalto de los muertos (el otro yo) y de los antepasados, vid. la 
Boeiologia de Spenoer. En el capitulo relativo al segando ponto, disoate Spen- 
o«r, contra los qne la niegan, la existencia del culto de los antepasados entre 
los arias y los semitas, cosa boy perfectamente probada. Spenoer publicó sus 
Principios de Sociología de 1874 4 1877. 



48 H18T0BL1 BE LA PBOFISDAX» COMUNAL 

onyos espiñtüs son los dioses de la ctsa, y relaa por ella. De aquí el 
primer deber de la familia, que consiste en el mantenimiento de la 
tumba y en los ofrecimientos á los manes^ qna formaban <Kla primera 
carga de la propiedad comuna. Paia esto es. considerada la familia> 
como tina unidad en. qne los indiridnos tienen apenas personalidad, 
ni valor alguno por sí, y cuya representación y je^tura asome el as- 
cendiente más antiguo (pater^ pae^ hmae-faiker). Este no es un jefa 
despótico que se atribuya en proreobo suyo los derechos de la familia, 
sino un mero representante y administrador de ella; y es también, por 
tal razsón, el sujeto de su propiedad y el director y ordenador del cul- 
to. Para esto, cada familia, paralelamente á los clanes, era indepen- 
diente de las otras; tenia su culto especial y su propiedad á él destin»- 
da; de puertas adentro, es autónoma para tales asuntos, y la autoridad 
del padre inmune; carácter que aún muestra la &milia romana de los 
primeros tiempos y la rural inda moderna (1), 

El carácter predominantemente religioso de la familia produce ese 
secreto que rodea todos sus actos y que es muy típico de todas laa 
sociedades primitivas: convierte á los espíritus familiares en guardia^ 
nes de la tierra, dando á ésta un aspecto sagrado que lleva á castigar 
más fuertemente un desconocimiento de limites, que un homicidio; la 
hace inalienable, y por fin excluye de ella á los que no participan deL 
mismo culto. Asi, el respeto á la propiedad no subsiste donde no hay 
lazo religioso; y se establece la división, fundamental en aquellas so- 
ciedades, entre los que están dentro de la familia y de la tribu (á quie- 
nes une el culto) y los que están fuera de estas agrupaciones, los ex- 
traños que no participan de la religión de los eepiritue famüiares] dife- 
rencia que transcendía á todo el orden político y social, y que explica 
muchos fenómenos de la vida arcaica de los pueblos que luego han. 
tenido historia (2). 

Como resultado, á la vez, de semejante carácter de la propiedad, y 
del que asumía el padre, había éste de ceñirse á las siguientes reglas: 
1.* La conservación de la propiedad en la familia; y para ello: 2.^ A la 
muerte del padre continuaba en su lugar, como gerente, el hijo ma - 



(1) Ifaine, ViUagé eommtmüiee inthé Eattand WestS,* Bá. Londres, 1876.— 
Spenoer mnestra algiíha dificultad en admitir esta cualidad del jefe patriar- 
cal, objetando que la relación qne sé supone en los miembros de la familia no 
podía existir en aquella época en que la razón de fuerza y de superioridad era. 
la única que se concebía. Pero los hechos conocidos demuestran lo contrario.. 
Gf. lo que dice Stade (Hist. delpmblo de Israel) para los semitas.— Lib. 7, o. 1,3. 

(2> Fustel de Goulanges^ La cüé antique.^S/^ ed. París, 1870.— En el lib. II, 
o. 6, yid.la explicación de cómo nace el sentimiento de propiedad para el suelo 
donde se implantan las tumbas de los antepasados. 



TIEMPOS TBADICIONALES 49 

yor, sin que la familia sufriera modificación alguna; la sucesión del hijo 
G)ien diferente de la egoísta que imprime sello á los mayorazgos) j esta- 
blecía la prímogenitura con exclusión de las hembras, para que me- 
diante el casamiento de éstas (que entraban por consagración en el culto 
de sus maridos), no pasase la propiedad á otra familia; 8.^ Había de 
sujetarse á las reglas de la costumbre tradicional respecto al cultivo, 
7 atender preferentemente al mantenimiento del sepulcro y de los es- 
píritus familiares. No hay que decir que el testamento, y todo lo que 
sea diyisión del patrimonio, es desconocido en absoluto. 

El dan^ que es la unidad social inmediatamente superior, refleja 
el mismo carácter. Procede, por expansión, de una familia primitiva y 
tejpoM en la relación de parentesco y de culto sobre bases muy am- 
plias (1). Los miembros del clan-^dice Hearn— eran á la vez parientes, 
vecinos, oo- propietarios y aparceros; teniendo en cuenta que se refiere 
á las familias, nunca á los individuos. Las viviendas se lagrnpaban 
en un -centro de población rural cercado, constituyendo la inviola- 
bilidad del recinto una ley tan inexorable como la del domicilio; y ya 
en estas relaciones superiores, el padre de familia veía limitados sus 
d^eehos por los derechos de los demás. Igual fenómeno se observa 
cuando existe lá agregación de clanes procedentes de un mismo tronco 
común, que forman la unidad superior tribu. 

En este caso, la tierra que fundamentalmente es de la tribu (como 
lo es siempre, en principio, del grupo superior que se reconoce, por el 
' carácter de núcleo que para los inferiores tiene), se divide en: 1.^ Pro- 
piedad común indivisa de toda la tribu. 2."* Secciones atribuidas á los 
clanes menores ó sub-clanes. 8.^ Parcelas de cada familia.. Las asigna- 
ciones eran temporales, para conservar la igualdad, distribuyéndose 
periódicamente (2). En la tierra inclivisa— constituida por los bosques, 
pastos, pantanos, etc.— es donde el padre de familia veía limitada su 
independencia por los derechos de los otros, que se componían junta- 
mente en el derecho total de la tribu. El jefe de ésta salía de la rama 



(1) Sobr« el oonoepto d« dam (que asimila & la gens) y an diferenoia da gra- 
do oon la tribu, véafe Freemann; y respeoto al modo de formarse la gmé en 
oomonidad, donde los lasos de parentesco, oomo muy amplios, no son siem- 
pre reales, Snmner Maine, Ancient lawy en el oapitalo relativo á la propiedad. 
Stade (Hi9toria de Itraüjt distingue también tribu de dLan y asimila éste 4 las 
snb-tribus; é insiste mucho, rectificando & Fnstel, en. el oar&oter fingido que 
eoii firecuenoia tiene el parentesco entre los miembros de la familia y del lina- 
je (vid. nota (1) de la p. 160 de 1* traduc. castellana). En verdad, la familia en- 
cerraba elementos que no era^ de descendencia rigurosa. 

(2) No siempre existía el sistema de distribuciones periódicas. A veces la 
indivisión era absoluta y el trabi^jo de cultivo, común. (Véase más adelante.) 

4 



50 HISTOBIA. DB LA. PROPIEDAD COMUNAL 

más cercana y rígarosameñte destiendiente del antepjEtsado comúüf la 
cnal tenia por tal razón cierto caráoter sagrado y consideración más 
distingnida. 

En el disfrute de la tierra laborable, qne sé repartían entre si las 
familias, hay diferentes reglas obligatorias de coltÍTO, según las cir- 
onnstancias de cada clan. Asi se ha notado que los tentones diridian 
la tierra en tres partes: nna dedicada á cereales, otra inculta, y la ter- 
cera para yarias clases de cnltivos; y todas ellas, á sn Tez, según los 
tiempos, las cultivaban ó las dejaban incultas (1). Esta- organización 
la hemos de ver repetida entre los germanos, los celtas y los indos mo- 
dernos. — La asignación, de cada familia era de tres porciones, una en 
cada sección de aquéllas. Al levantarse la cosecha, reaparecía el de- 
recho de la tribu á todo el campo,' y se enriaba el ganado á que 
aprovechase los pastos: costumbre que se continúa en toda la historia. 
El número de partes se mantenía siempre idéntico; no siendo aprecla- 
, ble aún el predominio de la ganadería sobre la agricultura, ó el de ésta 
sobre aquélla, que estableció luego la nota diferencial entre los pueblos 
asiáticos (los indos especialmente), y los europeos (2). 

En los terrenos indivisos reservados á pastos, lefias, etc., cada £»- 
milia tenía, dentro de su tribu, igual derecho qne las demás. 

No se hable en esta organización de propiedad de los individuos. 
Aun el derecho de la fami]ia es — fuera del recinto de la casa 'y del 
huerto anejo— lo mismo en la tierra inculta que en la cultivada, un de- 
recho de disfrute real sobre partes qiie cambian temporalmente, y cuyo 
cambio es la muestra nWis clara del dominio eminente y^ fundamental 
del todo. Así resulta que la ocupación es, jsiertamente, el origen histó- 
rico de la propiedad; pero no la ocupación de los individuos, sino del 
grupo. Repitamos las palabras de Hearn: <i:La tierra pertenecía al clan, 
y el clan se asentaba en la tierra.^» 

Esta organización, marca el apogeo del régimen patriarcal, porque 
en ella se perciben distintamente (con una vida solidaria al propio 
tiempo que diferenciados bajo la suprema unidad del todo, que es la 
razón de origen — á cuyo tronco común afluyen y en cujo centro se re- 
conocen unos é iguales), todos los miembros de la colectividad que 
son frutos de la expansión del núcleo. No es, sin embargo, esta forma 
la inicial en el proceso de formación de ese mismo régimen. Ya lo he- 
mos indicado al hablar de los tiempos prehistóricos: la evolución na- 
tural de las sociedades indica que, allá, cuando germinó en la concien- 
cia de los hombres primitivos^si es que no han sido originarios en la 



(1) Hearn, loe eiU 

(2) Gf. la cita de Sohiemann. 



T1BMP08 TBADIOIOKALKS . 51 

natiiraleza hamana— la idea y el sentimiento de la familia como tía 
grapo definido, tal como la pensamos hoy (qne asi no pudieron pensar- 
la quienes vigían en promiscuidad, ni tal rez los que vivían en relación 
poliándríca) sería este un grado concreto é inmediato de la relación 
familiar entre los padres, reconocidos y determinados, y los hijos; que 
sobre esta 'base se fundó el primar núcleo de la sociedad patriarcal, y 
que así llegó á definirse á los ojos de los hombres, en aquel momento 
en que, según Spencer, se escinden y rompen los originarios grupos 
inorgánicos de la humanidad inferior, y comienza la nueva edad de la 
familia y del organismo, elaborada en el aislamiento de aquella vfda 
errante en que el hombre llamaba por primera vez de un modo reflexi- 
vo á las puertas de la Naturaleza, reuniendo bajo su poder y llevándo- 
los en su peregrinación los primeros rebaños que domesticara: abrien- 
do luego, con. suprema inseguridad, las entrañas de la tierra, para ha* 
óerla crear bajo su cuidado, como la veía crear espontáneamente á im- 
pulsos de una energía para él desconocida, pero grande y poderosa. 

Tal debió ser la familia concreta, el primer momento de la sociedad 
patriarcal cuya expansión ^va sacando de sí los elementos nuevos 
que, sujetos al núcleo por la razón de origen, reconociéndose iguales 
entre si por la procedencia y consiguientemente por el culto del ante- 
pasado común, mediante las tradiciones y las costumbres, forman 
él organismo ya complejo que hemos descrito, en que el todo tribu, que 
viene de la primera familia, se diferencia interiormenl» sin perder 
sus factores el lazo de unión, merced al cual se reducen todos á un 
régimen común, en grupos que concluyen en su grado inferior por 
ser otra vez la familia (1). Y dem^iado se advierte también, que 
si en este complejo organismo llegan á percibirse distintas las partes 
de propiedad que hemos señalado, cuando el grupo era más reducido y 
homogéneo, según se retrocede en el orden del tiempo, aparece más I!- 
' mitado y unitario, casi desaparecidas las distinciones; y la comunidad 
se muestra más absoluta, hasta que lo es por completo, ya que en la fa- 
milia inicial no hay más elementos inferiores que los individuos, cuya 
personalidad, tocante á la tierra y al fondo económico, no era reconocida. 
Entonces existe la indivisión ensoluta, y aun el trabajo es común á to- 
dos sobre la misma porción de suelo ó la misma localidad natural; ré- 
gimen que supervive hasta tiempos muy posteriores, como hemos 
de ver. 



(1) Conviene no olricIaT, por atender demasiado á loi elementos simples de 
esta organización (las familias), qne la tribu tiene personalidad social y eoonó- 
mica mny importante. 



52 HISTORIA DB LA PBO?IBDAD COMÜKAL 

2. Mientras continaó el estado social qne acabamos de reseñar, el 
modo del disfrnte de la tierra era ana veces por cultiyo en común, con- 
siderando á los individnos como obreros de la tribu, y otras (en nn gra- 
do de mayor diferenciación), por cnltivo aislado de las familias sobre 
los lotes eoncedidos temporalmente, y qne después lo fueron á perpe- 
tuidad, ingresando algunos frutos en común. En relación con esto, y se- 
gún las épocas, ó se aprovecbaban por todos los frutos producidos en 
común, ó disfrutaba cada familia lo correspondiente á su lote, ó se 
reunían los de las parcelas para distribuirlos; señalando estos diversos 
modos verdaderos grados en el régimen de comunidad, que se repiten 
con cierta constancia en la historia. 

Oon el tiempo, y á virtud de muchas causas que no es fácil aquila- 
tar (crecimiento excesivo de la población, diferencias veligiosas, luchas 
y relaciones de grupos), aquella primitiva organización tan uniforme y 
concentrada, se rompe, aunque no para disolverse y desaparecer, sino 
para reproducirse y reflejarse en las colectividades menores y en los 
pequeños grupos que se formaron por escisión; bien asi como en al- 
gunos seres del último grado zoológico cada sección reproduce el 
mismo tipo y vida del individuo escindido, ó como en una formación 
geológica, la característica se reproduce y continúa en proporción re- * 
ducida hasta los últimos tramos y eslabones. 

Señálase así, este que pudiéramos llamar segundo momento de los 
tiempos tradidancUes, por la disgregación de la tribu en subtribus 
independientes y en familias separadas, cada una con su culto espe - 
dal y con su esfera de medios propios , aunque conservando cierto 
lazo de unión con la tribu total de que proceden (1). Representa este 
movimiento en la historia de aquellas sociedades un período de mu- 
cha vitalidad, activísimo y de gran transcendencia para su porvenir. 
Empieza entonces de un modo rápido— con la rapidez relativa de los 
hechos históricos en que juegan grandes masas en un estado de civili- 
zación que se caracteriza por lo tradidoncU'^BqvLeí traslado y hormi- 



(1) Heam> pág. S59 y siga. Quisa también, como indioan los libros sendos, 
ñié oansa de la separación y de las emigraciones «el enfriamiento del clima 
en las montañas.» (Ahrens, EncfcLt I, pág. 260.)— ¿Deriva de tal estado de rela- 
jones la idea política de la nacionalidad griega, en que la unidi^d de raBa^len- 
gna y civilización se mantenía junto á la independencia absoluta de las ciu- 
dades? Vid. Política eomp. de Freemann, conf.!^ .a^; y en Gurtius, v. gr., la im- 
portancia y significación de las fiestas comunes.— S^'emplos históricos bien de- 
terminados de estos movimientos de i>oblación, pueden verse en la Efistaria del 
pueblo de Itraelt por B. Stade, lib. VII, o. 1, 2, quien pone bien de relieve la fal- 
sedad de una concepción est&tica de la tribu, que, por el contrario, estaba cne- 
cesariamente en constante movimiento de fasión» y en cambio de elementos. 



TIEMPOS TBABIOIONALBS 58 

gneo de pueblos que se extienden por la haz de la tierra, se separan, 
concluyen por desconocerse, y van formando, con la labor constante 
del tiempo y los cambios de territorio, sn propia personalidad, día por 
día é influjo tras influjo. Chocando y relacionándose de nuevo, aun 
por el medio violento de la guerra, y ejerciendo presión unos sobre 
otros, crean los primeros tratados internacionales (inter- tribales podía 
decirse), los primeros mercados y el germen de la politíca que luego 
se desarrolla en Grecia, en Italia y en todo el suelo europeo. 

Sobrevienen entonces las rivalidades entre los diferentes grupos, 
las envidias, disputas y luchas interiores de que posteriormente dan 
ejemplo los highlanders de Escocia; y cada uno quiei'e para si vida in- 
dependiente y reclama extensión mayor de territorio (1). Cada nueva 
entidad repite el carácter y organización comunista de la superior, y 
lleva sus sentimientos exclusivistas á las nuevas relaciones con los 
pueblos que encuentra en sus cambios de residencia. 

Originanse de aquí las dominaciones guerreras, la superioridad de 
unas tribus sobre otras, el crecimiento de una clase de siervos, de 
clientes y de refugiados, cuya consideración es bastante menos dura 
que la de los esclavos indos, romanos ó griegos; y en fin, las conse- 
cuencias todas, políticas y sociales, que traen estos hechos capitalísi- 
mos en la historia. 

Los mercados son una institución muy típica en aquella época. 
«Hay que figurarse, para entender lo que eran, la situación de las co- 
munidades rurales (clanes) con su tierra propia, en lucha unas con 
otras. A pesar de esto, en muchos puntos— probablemente donde los 
dominios de dos ó tres pueblos convergían — aparece hubo un espacio que 
.podríamos llamar neutral. Allí estaban los mercados. Eran sin duda 
estos los únicos lugares en que se encontraban los miembros de los di- 
ferentes grupos para toda clase de negocios, excepto la vida militar; y 
las personas que iban á ellos eran, indudablemente, al principio, repre» 
sentantes ó apoderados especiales, encargados de cambiar los productos 
y manufacturas de una comunidad por los de otra.*—El Jua gentium del 
pretor fué en parte, 'primeramente, una ley comercial de mercado. — 
A esas ideas de mercado y neutralidad, se unía la de la práctica del en- 
gaño, y la dureza y rigor de la contratación: ideas bien simbolizadas *en 
Hermes ó Mercurio y sus cualidades. En estos mercados, nació la idea 
de la ganancia respecto á los extraños, pero no con los de la propia co- 
munidad, con quienes la idea de contrato y ganancia no domina hasta la 
época en que la comunidad ha desaparecido (2)». Efectivamente; á can- 



(1) Haam, p&g. 268 y sigB, 

(2) S. Maine, VÍOage eonmuniUei. 



54 H18T0RU DB LA PROPIEDAD COMUNAL 

SA del carácter siempre común de la propiedad, ya sea el sujeto la tri- 
bu, los grupos menores ó la familia, la enajenación es imposible, por- 
que ningún individuo puede disponer de lo que no le pertenece partí* 
cularmente, ni el jefe de familia de lo necesario para el sostén de 
ella, y que está consagrado, en primer lugar, al culto. El grado inicial 
de la enajenación, es la efectuada en los mercados por cambios de pro^ 
ductos sobrantes ó menos precisos que aquellos por que se cambian; 
pero quien vende es siempre el grupo. 

Interiormente, las comunidades entran en nueva fase de vida, que 
es el principio de su disgregación. De un lado, convierten la posesión 
temporal sobre la tierra laborable en posesión permanente, punto de 
partida, como dice Maíne, de la destrucción de las comunidades rura- 
les, pero cuyo desarrollo fué limitado por entonces; ya que^ según be* 
mos de ver, subsisten hasta nuestros dias los repartos periódicos de 
tierras. Las familias aseguran también su propiedad extra- comunal 
que las permite cierta vida independiente y que origina un comien- 
zo de distinción plutocrática, cuyos efectos son la mayor ó menor im- 
portancia que adquieren (rango), y el comitoUujs^ institución no pura- 
mente germánica, y de una transcendencia muy notable. A la vez, se 
concede á los individuos, y aun á otras comunidades, ciertos terrenos en 
propiedad absoluta, pero sin facultad de enajenación: ó en posesión 
por terminó £jo, para cultivos más ó menos amplios. A los que ro* 
turaban terrenos conquistados, se hacen iguales concesiones, hecho 
que se repite con mucha constancia en la historia; ó bien se otorgan 
derechos especiales preferentes á familias de cierto rango, en los apro- 
vechamientos de pastos, leñas, pesca, etc., circunstancia que empieza 
también á considerarse para el reparto de la tierra labrantía (1); ó se dan, , 
en fin, por causa de servicios públicos, ciertas recompensas consisten- 
tes en lotes del terreno común. Por último, dentro de la familia, y á 
distinción de la propiedad estrictamente familiar ó vinculada (here- 
ditaria), constituida por la casa, el terreno anejo donde se implantan 
las tuTTibas de los antepasados, y el lote de tierra labrantía convertí- 
do en permanente, surge otra propiedad adquirida, que procede del 
trabajo exclusivo del padre, distinto del usado en la tribu y en la agru- 
pación familiar. En los primeros tiempos, esta segunda forma, que es 
el signo originario de la propiedad individual, se confundía á las tres 
generaciones con la primera, que era la común; pero luego, se hizo 
clara la distinción. Para disponer de los bienes adquiridos era libre el 
padre, no teniendo que sujetarse á reglas, puesto que se le consideraba 
como único propietario: concesión que representa un grado muy.avan- 



(1) ¿Bespondian & esto loi dereohoB privilegiados de oierta9 gint69 en Boma? 



TIBMP06 TBADI0I0NALB8 55 

zado eiulas ideas y en la historia dé aquella «ociedad, pero enyo des-* 
arrollo, detenido dnrante mncho tiempo, corresponde á época mny 
posterior. 

Téngase en cuenta, qne de nn grado á otro de éstos median inter- 
valos considerables, puesto que responden á lentas eyoluciones en las 
ideas y en toda la organización social; pero de cada yez acentúan el 
rompimiento de la primitiva comunidad aria, á pesar de mantenerse el 
principio de la ocupación en común, bajo la cual «e determinaban 
aquellas formas de disfrute. En la tierra indivisa, cada familia seguía 
teniendo el derecho de pastos para sus ganados, el de recoger lefias, el 
de uso délos caminos públicos, etc... De este modo, con las disgrega- 
ciones y las conquistas, diferenciándose poco á poco las tribus, se van 
borrando las formas comunales superiores, y se originan además otras, 
traídas v. gr. por la nueva relación entre conquistadores y vencidos, ó 
entre individuos de la familia y extraños á ella, como excluidos de la 
propiedad, que, sin embargo, se les atribuía luego á título de cultiva- 
dores en posesión. 

Tal es el cuadro de la sociedad aria tradicional, según los datos más 
aproximados de certeza que hoy poseemos, y conforme á la interpre*" 
tación usual que dan los autores. 

Las ramas de la gran familia que se desparramaron por el 6ur y 
que en otra oleada fueron á sentar su pie sobre el mundo europeo (1), 
llevan también consigo, como desprendidas en tiempos diferentes del 
tronco común, aquel grado de cultura contemporáneo á su separación, 
y, á veces, formas más primitivas y puras, en decadencia para las tribus 
hermanas. En uno y otro caso, inauguran con aquellas organizaciones, 
reflejo y continuación de la heredada por ley étnica, los tiempos de la 
historia escrita de las naciones, dándolas luego propio y personal des- 
anrollo en armonía con el carácter de las nacionalidades fundadas y la 
dirección especial de sus ide^s y temperamentos. 

Ck>sa igual puede decirse de los pueblos desprendidos del, tronco 
semita y del urak*altáico, cuya primitiva organización^no es diferente 
de la apuntada sino, á veces, más constante y más exclusiva, como he- 
mos de ver al estudiar la propiedad comunal en los diferentes Estados 
que ellos originaron. 

Eesulta de todo esto una conclusión que debe recogerse cuidadosa- 
mente; y es que la organización y forma de la propiedad, en general, se 
muestran condicionadas y unidas á la idea de la persona , y mar- 



(1) Esto en la snpoBioión de que los ariaS) oomo s« oree generalmente, lean 
afli&ticoi. Sabido es qae algunos eruditos é historiadores defienden hoy la opi- 
nión de sn origen europeo. 



56 HISTORIA DB LA PROPIBDAD OOMüNAL 

cban parftlelas ftl desenvoMmiento de ésta. Gomo primitivamente no 
hay más qne la familia, la propiedad es familiar, y como la familia 
responde al cnlto de los espiritns de los antepasados, la razón del sos- 
tenimiento de la propiedad, y de su origen, y en primera carga también, 
es aquel cnlto. Al extenderse la familia, las nneyamente formadas snb* 
sisten . al rededor de la rama primitiva, originando el clan y la tribu, 
cnyo lazo de unidad se forma juntamente del parentesco y de la base 
de un culto que poco á poco se va diferenciando en cada hogar; y 
entonces el dominio se atribuye en principio á la personalidad superior, 
que es el grupo, y bajo él disfrutan de posesiones parciales las familias, 
ó se reparten los frutos cuando la comunidad es más cerrada. Asi hay 
una extensión de tierra común á todos (la tierra inculta), y la restante 
se distribuye periódicamente para el cuitiyo, no sin que sobre ella se 
manifieste por muchos modos y á cualquier ocasión, el derecho supremo 
y eminente de la comunidad. Relajados los vínculos del parentesco tron- 
cal y del culto (consecuencia necesaria del crecimiento y expansión, 
de la descendencia y de la creación de nuevas familias), pero fortaleci- 
do, en cambio, el sentimiento de personalidad de éstas, cede lentamente 
la subordinación á la primitiva rama, sepáranse en grupos inferiores, 
jparipasau^ se disgrega la propiedad, que va refiriéndose á las colec- 
tividades en que se muestra de cada vez la superior representación 
personal. 

Pero ni al comienzo ni al fin de esta época debe buscarse la pro- 
piedad privada, porque el individuo no existe, no tiene valor algu- 
no socialmente considerado: carece de vida propia y de estimación en 
la esfera jurídica, ante la personalidad de la familia ó el poder de la 
tribu. Y esto, no por un despotismo que él repugne y que se le im- 
ponga co^tra legítimas ideas de autarquía, sino como un hecho natu- 
ral y razonable; porque el individuo no tiene aún. ¿a conciencia de 8u 
propio valer^ ni sabe que le corresponde una esfera de actividad en 
cuyo desenvolvimiento es libre, y que no debe sujetarse á tutelas de 
eficacia^dudosa; que al fin pueden convertirse en trabas. En su evolu- 
ción psicológica, la humanidad aún no había llegado á^la época del in* 
dividualismo: apenas si la aparición de los bienes adquiridos (1) seña- 
la un primer momento; en cuanto á su desarrollo, es muy posterior. 
Tardará aún el día en que, despertada y llamada á vida enérgica aque- 
lla idea, domine en las sociedades, cambie su base de sustentación y 
la marcha de las instituciones, y señale una época nueva, en cuyo 
lapso se cumple casi toda la historia de Europa hasta nuestros días; 



<1) Gnandó apareoe reoonoeida esta libertad, es ya en las legislaciones 
orientales. 



OIYILIZAOIONISB OBIBKTALBS ' 57 

en los cuales, la reyolnción individnalista^ llegada al desbordamiento 
del delirio y de la abstracción, declina y como que empieza á cerrar la 
era de sn predominio. 

Hoy por hoy, esta reacción es sólo una tendencia, nacida del mis- 
mo seno del individualismo. ¿Cuando se bará sangre y aliento de vida 
en nuestras costumbres, y arraigará fírmementeen la conciencia de las 
sociedades? (1). 



SEGUNDO PERIODO-HISTOKIA ANTIGUA, HASTA EL FEUDALISMO 

I. — Civilizacioxies . orientales. 

Dos observaciones de carácter general hay que tener en cuenta an- 
tes de empezar el estudio detallado de cada una de las naciones orien- 
tales, por lo que se refiere á la propiedad común. 

En conjunto, no representan las civilizaciones históricas del Orien- 
te más que la continuación del estado que acabamos de reseñar en el 
segundo* momento de los tiempos tradicionales; advirtiendo que la his- 
toria de aquéllas entra, por mucho, en estos tiempos, llevando hoy la 
tradición buena parte en la tarea reconstructiva emprendida por algu- 
gunos investigadores. Además, cuando aparecen monumentos litera- 
rios cuque fundar positivamente la historia, acusan un grado de 
civilización muy avanzado, y dejan tras sí ancha laguna, imposible 
de rellenar con los datos que poseemos; y á la vez, las diferentes 
partes de que se componen aquellos monumentos (en India como 
en Judea), no pertenecen á una misma época, ni responden á igual 
redacción, sino que fueron, por lo común, adiciones sucesivas, in- 
terpolaciones, y á veces obra de fraudes políticos ó religiosos cau- 
santes de anacronismos muy difíciles de adivinar para los autores 
modernos. Esto explica la diferencia de opiniones que en muchos 
puntos de la historia de Oriente, y en el especial de la propie- 
dad, divide á los^aque de ella se ocupan: ya por residir la divergencia 
en la interpretación de un texto, . ya porque resulte de juzgar con- 
temporáneas instituciones que no lo han sido, ó de alterar su orden de 



(1) Para el estudio y oonoeimiento de la sociedad de los tiempos tradicio- 
nales (de un interés tal para la historia del derecho, que puede decirse ha ve- 
nido á cambiar su base y el sentido dominante en ella), pneden verse los libros 
de Hearn, Maine, Fnstel, Tylor, Lnbbock, etc.; las excelentes exposiciones de 
OliyeiralCartins, la Histeria dü déreého defamüia» de Ninta (ital.) y los datos 
de la Sociologfa de Spenoer. 



58 HISTORIA DB LA PROT*IBDAD COMUNAL 

fluoeeidn, extraTÍadoe por todas aquellas faltas y difícnltades. Obra de 
monografías y no de nn bosqaejo de historia general como el presente, 
debería ser la disensión de los numerosos pantos que permanecen en 
estado de problema. Debemos nosotros sólo recoger los resultados 
más ciertos y cuya depuración esté más comprobada, no perdiendo 
nunca de vista que las civilizaciones orientales son la inmediata con- 
tinuación de aquella primitiva que hemos sefialado; y con esto, la 
diferencia no puede ser radical ni darse de golpe, sino en la medida 
normal en que mudan en la historia las costumbres y las ideas. 

1. India. — Oontinuando el carácter religioso de la propiedad en su 
origen (de los espíritus familiares*-los mane8\ y por consecuencia de 
la división de funciones^ razón de lo que primero fué clase y después 
casta de los sacerdotes, el dominio se atribuye á la divinidad y en su 
representación á los brahmines, quienes la reparten á las dos castas 
regeneradas (xaitrias y vaysias). 

Tal es lo que podríamos llamar la versión ojidal del estado econó- 
mico, consignada en los monumentos literarios que hoy conocemos, 
correspondientes á una época avanzada de la historia inda. La consti- 
tución de los sacerdotes en clase y su elevación posterior á casta^ co- 
rresponde á un período que no es el primero en la evolución social de 
los ario- indos, é indica un cambio preparado lentamente. 

Guando el pueblo indo no había pasado aún de la región del Pend- 
yab, continuaba la función sacerdotal vinculada en los jefes de fami- 
lia, y sólo había sacerdotes especiales— según "Weber (1) — «para los 
grandes sacrificios comunes, á modo de fiestas de raza^, que se celebra- 
ban. La constitución social es en pequeñas tribus nómadas, que viven 
en comunidad sobre la base de la familia patriarcal. Pe la diferenciación 
de funciones que luego se operó, y en la que por las ideas entonces domi- 
nantes había de llevar ventaja (que ya se cuidó ella misma de afianzar) 
la sacerdotal, hay ejemplo y vestigio en las modernas comunidades 
rurales, donde, según Maine, existe una reglamentación casi completa* 
de las ocupaciones; así comprenden, v. ¿r.,^ familias de comerciantes 
hereditarias en la profesión-^como el brahmin y laf bajaderas. A ios 
primeros, se les asigna un lote de tierra permanente, como se hace tam- 
bién con el contador^ cuyas funciones pagan con lote^ ó mediante 
una renta en granos (2). Tales atribuciones de propiedad á las diferentes 



(1) Leee. iobre la hUt d$ la ei9ÜiM. indi Gitado por Ahrens en la JBneicl. jurid. 

(2) Lo onrioBo ei, que en las parroquias inglesas hay á veeea ciertai porcio- 
nes de tierra que llevan el nombre de nñ comercio partlonlar; y se cree que 
el qne po lo signe, no pnede ser propietario de ellas.— Mi^ne, Ob. ett., leo. IV. 



OIVIUZACIOKES 0BIEI7TALBS 59 

clases de fnnciones éociales, y el espfrítn cerrado qne éstas suelen te- 
ner, faeron motívo, sin dnda, de la división ulterior en castas y de la 
correspondiente en la propiedad , sancionadas ambas religiosamente 
merced al predominio de los sacerdotes interesados en mantener y fijar 
aquella organización. La priyación de propiedad qne sufren las dos úl- 
tímas castas {sudras y t^ainda¡a9\ explicase en virtud de su origen: 
son los extraños, los vencidos, los que no tienen familia ni, por tan- 
to, culto familiar. Sufriendo una condición análoga pero más suave, 
han de aparecer luego,— agrupados al pie de la colina sobre la cual se 
levanta la ciudad fundada por loe padres^-— ea la plebe latina y griega 
■ privadas de iodo derecho, porque no tienen religión propia, ni línea 
de ascendientes conocidos (1); y tal ha de ser, durante mucho tiempo, 
la condición de los pueblos subyugados; hasta que poco á f)oco, me- 
diante concesiones parciales ó por conquistas politícas, van adquirien- 
do los derechos y la religión de los dominadores, de los patricios--los 
que tienen padre — ^primero, á título de anexionados ó convertidos 
(como los sudras^ según parece, los ^clientes, refugiados y esclavos), y 
al fin, en toda capacidad jurídica. 

Gomo vestigio de estas condiciones, quedan hoy en el Centro y Sur 
de la península indostánica cciertos pueblos á que va unida heredita- 
riamente una clase de personas, de un modo que la distingue del total 
de aldeanos, ^on miradas como impuras; no entran en el pueblo, ó 
sólo en sitios reservados, y su contacto contamina. Tienen, no obs- 
tante, deberes, como el de establecer los lindes. Eepresentan sin duda 
una población de otra sangre, cuyo territorio fué invadido por los co- 
lonos— vi^ (Weber)— ó invasores que forman la comunidad» (2). 

La organización de la propiedad varia con los tiempos. En época 
avanzada de la civilización, aun después de invadido y colonizado el 
valle del Ganges, se reconoce la propiedad indivisa de las familias, 
puesto que no se admitía el testamento y existía^ la primogenitura; y 
la masculinidad, quedando el hijo mayor como administrador para 
atender principalmente al culto de los antepasados de la familia (3). 

Al religarse lentamente los lazos de ésta, se va perdiendo el carác- 



(1) Fnstel de Coulanges, La cité antiqué. 

(2) Kaine, VÜlag, communUieet leo. IV. 

(8> Por esto, al separarse un individuo de la familia, como variaba de onl- 
to, perdía el derecho de propiedad; por lo mismo, es señal de qne se ha disnel- 
to la oomnnidad ej no tomar parte todos los individnos de ella en los actos 
del onlto privado. De la inalienabilidad del patrimonio, se conservan hoy ves* 
, ligios, desonbiertos por Blphistone y Maine. Gomo testimonio dásico, véase la 
fíase de Nearoo qne cita Strabon y qne se refiere & la oomnnidad familiar. 
Tráenla, annqne interpretándola diversamente, Laveleye y Fnstel. 



HlfiTOBIA DB LA PROPIEDAD OOHÜKAL 



ter indiviso y patrimonial de la propiedftd, y es reconocida la igualdad 
de los hijos para la herencia intestada, aunque no siempre sean mate- 
máticamente iguales las partes: llegando el Código de Manú á auto- 
rizar el reparto entre los hijos que viven big^ ^^ protección del primo* 
génito, cccuando quieren llenar por separado sus deberes piadosos.» 
Aparecen también los bienes adquiridos^ de que ya hicimos mención, 
al lado de los patrimoniales, y respecto á ellos reconoce el Código de 
Manú la pi'opiedad individucd. 

Señala el Código citado, cuya primitiva redacción es del tercer pe* 
rio^o de la historia inc|a antigua (quizás del siglo vi a. de J. C.)f y que 
ha sufrido varias modificaciones y adiciones, un momento de transí* 
ción en que, viviendo el antiguo orden de cosas^ se transigía con el iu' 
dividualismo naciente; asi puede notarse comparando las disposiciones 
que contiene respecto á la familia, su fundamento y conservación, y 
las referentes á los grados de sucesión intestada ó á la propiedad indi* 
vidual. Algo parecido puede notarse, siglos después, én el Koran; cuyo 
sentido individualista no tuvo gran eficacia en buena parte de las tri- 
bus convertidas, cuya base era el patriarcalismo. 

En India, al lado de las comunidades familiares estaban las más 
extensas que formaban población de cierta importancia, y que no son 
sino las comunidades rurales subsistentes hoy, y dadas á conocer por 
Maine y Campbell. Como entran en el cuadro de la historia contempo- 
ránea, reservamos su estudio circunstanciado para cuando tratemos de 
ésta. Para dar idea de ellas, bastará por ahora copiar la definición que 
del toumship ó comunidad germano-bretona escribe Maine; ya que, 
según él, puede asimilarse con ligero desvio de la realidad la cons- 
titución que el township ofrecía, con la que presentan aquellas otras 
comunidades. 

Son, en efecto, como era el township, «un grupo orgánico y autó- 
nomo de familias que ejercen la propiedad comunal sobre una porción 
determinada de tierra, cultivando en común su dominio y sostenién- 
dose con BUS productos.» Si hoy día debe rebajarse algo de esta defini- 
ción, porque las comunidades rurales indas se encuentran en el co- 
mienzo de su fin, no debe quitarse punto ni tilde en cuanto se haya de 
aplicar á las mismas según vivían en aquel tiempo de la historia ar- 
caica; ya que se mantuvieron resistentes y sin disgregarse— como otras 
muchas — al través de las dominaciones militares que han pesado sobre 
la India (1); y ya que también el movimiento de destrucción es muy 



(1) Somnor Maine, Anetení law, o. ni. Y» yeremos cómo también en Espaftft 
resbalaron sobre mnohas costumbres indígenas, sin alterarlas, la dominación 
romana y la visigoda. 



OIVIL1ZAGIONE8 OBIRNTALB8 61 

moderno, casi contemporáneo de la colonización inglesa, qnó, en par- 
te, vino á precipitarlo: annqne luego, con mejor acuerdo, respetase y 
aun se esforzara en penetrar y conocer las leyes y costumbres indíge* 
ñas. Esta persistencia de la propiedad comunal, sujeta á los repartos 
de la tierra arable y á las reglas consuetudinarias de cultivo, muestra 
la importancia, el arraigo y la extensión — ^hóy mismo no escasa— que 
tenía en la época de que hablamos. Politicamente, gozaban á la vez 
estas comunidades de una independencia extraña á los grandes cen- 
tros de población, que sufrieron más gravemente las sacudidas de las 
revoluciones y de las luchas religiosas y de raza. 

2. Bgipto. — Menos se sabe de este pueblo en lo que toca á nuestro 
objeto de estudio. Aunque muy avanzada la reconstrucción de su his- 
toria, y en posesión los investigadores de datos preciosísimos, de cada 
día aumentados, sobre ]|i lengua, religión, artes, literatura y constitu- 
ción política de los antiguos ^pcios, aún se mantienen las dudas y 
las discusiones acerca de la forma que la propiedad revistió en aquel 
país. La procedencia semita (asiático-berebere) de su primera población, 
puede ser indicio de que existiera la forma patriarcal y comunista, por- 
que tal es el régimen de todas las tribus, como parece hoy ya de- 
mostrado. Lo cierto es que sólo conservamos un dato que haga pre- 
sumir, con cierta garantía, la existencia de la propiedad comunal de la 
tribu. Aristóteles dice que las tierras de los particulares estaban divi- 
didas de modo que tenían una parte en las cercanías de la población, y 
otra en los extremos, uniformidad que no puede provenir sino de un 
dominio anterior de los grupos iBuperiores á la familia,vCon repartos 
que habían cesado, aunque dejando aquel vestigio del último y defini- 
tivo que se realizó. 

Algunos (1) dan por cierto que las tierras militares se mantenían 
en cierto grado de comunidad, pues que -se dividían en lotes redistri- 
buidos anualmente, cde modo que ninguno tenía dos afios seguidos la 
misma posesión».— Lo más seguro es que el reparto se hiciera á las tres 
tio»e% ó castas por su profesión, bajo el dominio eminente de la divini- 
dad, cuyos mediadores eran los sacerdotes; hasta que al sobrevenir la 
monarquía despótica, el rey se amparó de la propiedad de la tercera (la- 
bradores, pastores, etc.), que devolvió después en censo, parecidamen- 
te á como se hizo en China. No &ltan tampoco discusiones respecto á 
la existencia de la propiedad común en la familia, fundándola algunos 
en la necesidad de mantener el culto (2). En rígor^ no puede afirmarse 



a) A. Sndre, HímI. del eonucsiltmo— trad. eip. de 1800— nota B. 
00 Dato para esta afirmación puede ser la existencia del li9irado. La del 
onlto familiar de los muertos, esti demostrada. 



HISTORIA DB LA PROPIEDAD COMUNAL 



nada, dejando al cuidado minucioso de los egiptólogos que nos aclaren 
con el tiempo estas y otras dudas, ya que á falta de monumentos no 
puede darse de barato ninguna opinión. 

La comunidad conyugal estaba reconocida, como consta de textos 
recientemente traducidosipor Eevillout. 

S. tttm Hebreos. — Uno de los pueblos que con más insistencia han 
mantenido la forma patriarcal y los principios comunistas, á la vez que 
el exclusivismo propio de las sociedades arcaicas, es el pueblo hebreo. 
8u propiedad —dice un autor — es una inmensa propiedad colectiva, pro- 
cedente de Dios (el elemento religioso tradicional), único señor de 
ella, y distribuida interiormente en asignaciones ó propiedades fami- 
liares permanentes, cuya subsistencia se procuraba por el uso de que 
cada cincuenta años (jubileo)^ revertiesen á las familias de que habían 
salido, los bienes vendidos ó hipotecados (Levitieo^ xxv, 18 y si- 
guientes); marcando á este propósito una diferencia muy juiciosa entre 
los inmuebles urbanos y los rústicos ó rurales, al exceptuar á los prime- 
ros áe\ jubileo si no fueron redimidos en el primer año de la venta (1). 
(2:^r.,xxv, 23 á81.) 

Cada siete años (sabático) se perdonaban las aleudas ó, como quiere 
Bahr, se suspendía la repetición por dejarse la tierra inculta. En efecto, 
durante el año sabático, el propietario se abstiene de cultivar su tierra 
y no puede atribuirse los frutos espontáneos; éstos deben quedar á 
disposición de todos, como la parte de frutos cultivados que se abando- 
na ú olvida en la recolección. (DeuteronamiOj xxiv, 19 á 21.) Está 
reconocido, también, el derecho libre de pastos para los ganados, sobre 
la tierra inculta ó en barbecho (2). 

Hayase efectuado por mucho ó poco tiempo el jubileo (cosa que 
discuten los iTutores) como si^no de troncalidad, y á la vez de orga- 
nización teocrática en que el Señor es el único dueño y los fíeles meros 
colonos y poseedores, hay otros hechos que la están indicando. Tal, 
la prohibición de casarse las mujeres fuera de la tribu (endogámia) 
para que no saliere de ella la propiedad pasando á la tribu del marido; 
el levirado, para obtener un hijo que heredase el patrimonio del difun- 



(1) Nunca se exceptúan las casas de los levitast por m&s qne estén en la cia • 
dad (y. 82). La reversión de las tierras y de las habitaciones rurales, est& rigu- 
rosamente mandada (£ev., 2S ¿ 27 y 81). • 

(9^ Meyer y Ardan t, La Queetion «flrríiíre.— Paris, 1887. T. l.«, pJLg. 278 Bl de -^ 
reoho de todos sobre los frutos olvidados en la recolección (r«&M«ea, eapigueot €$• 
pelliicTL..), es muy común en nuestras provincias. Gomo vestigios de una primi- 
tiva comunidad apoyada en una igualdad absoluta de todos los hombres, es- 
tos datos que citamos pueden revestir importancia. 



OIYILIZAOIOKBS OBIEKTALBS 



ío j continuara la familia; ]a primogeqitnra, como entre los arias 
primitivos y los indos; el retracto gentilicio y la sucesión, ^ne era in- 
testada, pndiendo á lo más el padre distribuir los bienes dentro de la 
familia. 

Estos datos, cuidadosamente depurados y añadidos con otros nue- 
TOS, han conducido á los fautores á la afirmación casi absoluta de que 
eljrégimen familiar y el de los grupos más extensos era análogo al de 
la raza aria, considerando también xEque el culto de los antepasados 
ha sido un factor importante en la formación de la antigua familia 
israelitai>. 

El actual estado de semejantes investigaciones, que tienen ya cierta 
importancia científica, resúmelo Stade en la obra á que hemos aludido 
otras veces (1). 

QcHase demostrado — dice— que entre el modo de ser de aquella 
familia israelita y el de la antigua griega y hasta de la antigua romana 
y antigua india, existen analogías que saltan á la vista, patentizándose 
esto, especialmente, en la situación jurídica déla mujer y en el derecho 
del padre sobre los hijos. De aquí, como inmediata consecuencia, que 
las formas de la antigua familia israelita— y debemos decir con mayor 
propiedad, antigua familia semítica— sean producto de la misma idea 
que engendró las de las antiguas itálica, griega é india, ó mejor dicho, 
indo- germánica... Dada, pues, tal analogía de condiciones jurídicas 
entre Israel y los pueblos mencionados, es natural que nos pregunte- 
mos si no se explica la antigua familia israelita como comunidad de 
culto también, y si no puede demostrarse por medio de seguros indicios 
que este culto es el tributado á los antepasados. Y en efecto, hallamos 
indicios en número bastante en las instituciones y costumbres sociales 
del antiguo ísrael y con sobrada abundancia en las prácticas del culto, 
para poder deducir de ellos que la familia israelita significa una comu'» 
nidad de culto y que debió su formación al tributado á los antepa- 
sados.i^ 

El autor aduce repetidas citas referentes á la sucesión de los agna- 
dos, que era la preferida, á la preterición de las hijas en la herencia 
cporque sólo el hijo ó respectivamente el pariente varón más próximo 
que toma su lugar, perpetúa el culto del heredado; y si de Jue^ 
cesy II, 2, se deduce que los hijos ilegítimos no tienen derecho á la su- 
cesión, esto se explica porque su madre no ha recibido, por medio del 
casamiento, participación en -el culto del hombre.^ Los demás datos 
son ampliación de los que hemos enumerado antes. 



(1) Bernardo Stade, HisUyria del pueblo de Israel, 1686, (Trad. española del 
alemán. Barcelona, 1888.) 



64 mSTOBU DB LA PBOPIXBAB COMUNAL 

Concretamente respecto á la propiedad— «aanqne de la organizaddn 
de los grupos sociales pnede deducirse su forma— el aator sólo dice lo 
siguiente, refiriéndose á los primeros tiempos: ^Es poco probable que 
la propiedad rural de una familia fuera desmembrada al partir la 
herencia entre los varios hijos. Abuer, primo de Saúl, residía en la 
posesión de Kisch, en Gibea, según I, Sean., 10. Asi se explica también 
mejor, que los agnados de un fallecido tengan derecho preferente de 
compra (derecho de redención) sobre su propiedad rural (J^r., 82); 
pudiendo citarse en fayor de esta hipótesis pasajes como Micheas, 2, 2.^' 
Esta organización trasciende de la familia al linaje, al dan y á la 
tribu. cLa antigua familia israelita sólo existe como miembro de un 
linaje que abraza varias familias y que, á su vez, forma con otros lina- 
jes una tribu, ó muchas veces sólo una sub- tribu — á la cual, para abre* 
viar llamaremos clan; ésta, con otras sub- tribus, compone la tribu.^ 
Y es interesante observar, que si han llegado á nosotros pocos datos de 
la época anterior al cautiverio, referentes á la constitución de las tribus, 
débese á que la vida religiosa y política en que posteriormente entra el 
pueblo de Israel, contenía^lementos contrarios á aquella organización. 
El autor demuestra que el principal de ellos fué el culto de Jehová, 
que vino á excluir, en principio, las ideas religiosas en que se basaba 
la tribu. 

Insiste Stade en la necesidad de un estudio comparado del orga* 
nismo de la» tribus de los actuales beduinos (de Arabia, del De- 
sierto asirio y de África) con el de los hebreos, para deducir la form» 
que hubo de ser, en un tiempo, propia de toda la raza semita. — ^Deben 
añadirse los datos relativos á las antiguas poblaciones de Italia y Gre- 
cia y á los pueblos* que hoy mantienen el régimen de tribus. 

El resultado final es que,' probada con *gran evidencia la analogía 
entre IfLorganización social hebrea y la aria (1), hay que presumir con 
gran fundamento que el régimen económico era también análogo. Esta 
presunción general está robustecida por los datos que citamos antes. 

La influencia chamita, desde los sucesores de Áchab, ayudó á la 
disgregación de la propiedad familiar produciendo la acumulación, la 
desaparición de los pequeños propietarios y el abuso de la usura. De 
aquí las protestas celosas de los profetas, que no fueron oídas hasta 
la restauración posterior al cautiverio, merced á Esdrás y Nehe- 
mías (2). En la época de la aparición del Cristianismo, imperaba de 



(1) Bn oaanto al culto de los antepasados— ouya demostraoión no pnede 
detenernos en este sitio— me parecen mny deoislyos los argumentos y las citas 
de Stade. Véase el capitulo correspondiente á Unajt, clan y Mbu^ que es de 
gran interés histórico. 

(2) Meyer y Ardant, 06. ci¿. 



CIYILIZAOIONBS 0BIBNTALB8 65 

mievo la designaldad, causa de la interior efervesceBcia de doctrinas y 
Bectas qne marcan nn momento interesante y animadisimo en la hit- 
toria del pueblo hebreo. * 

4* G]üna.-^8ígQÍ6ndo las indicaciones hisióikas que b^noe ha*^ 
Uado como las más completas y claras en xm Hbro reciente (1), Tamos 
¿ trazar el cuadro de las vioisitiide» -que la propiedad comuíia} ha mt- 
frído en el gran imperio asiátíeow Por los siglos xxx á xxxyii (antss 
de J. C.)) parece que se Teiifíeó «na iñyasióa de pueblos pastores ftri'^ 
hu de las cien famUioBj qne ¥ÍYÍan sobre la base de la familia patrias- 
cal y de la comunidad, como lo más propb al pastoreo y á la sopey* 
ficie ilimitada y sin iK)eidentes de la estepa. Crecáda la población, se es* 
tendió el cultivo de la tierra, y á la vez, el soberano, en el periodo que 
corre desde el comienzo de la monarquía al siglo xit (a. de J. G.>, sé 
proclama dueño legal de todo el suelo. En virtud de este derecho 
^rerificanse durante la dinastía Hta repartos individuales^ gravados ooii 
un impuesto; y al subir k dinastía Ckamg al trono se sigue igual mé« 
todo para las regiones muy pobladas; para las otras, se adopta el tscm 
(p tsingj, esto es, el reparto á favor de grupos compuestos por ocho 
familias, de campos -divididoi^en nueve partes, una de las cuales es cul- 
tivada en común á beneficio del Estado. Efeetbde la delegación de 
funciones que se hizo en los jefes que regían las provincias, empezó á 
marcarse una tendencia acentuada á la independencia, y á constituir en 
bereditarias aquellas funciones. Al fin estalló una revolución (siglo xn 
avtes de J. C.) que destronó á los CTmng; y sobreviene una época de 
feudalismo que se convierte en disgregación y anarquía, hasta la e\^ 
vación al imperio de Th8Ín-C9ü*Hoang-Ti (290 a. de J. O.). Abo^ 
liáronse entonces los teing^ se separareai las propiedades y se ven- 
dieron las tierras cultivables de la coronb. De aquí la acumulación, 
puesto que los nuevos poseedores pudieron comprar y vender; y para 
ponerle remedio, se empezó por declarar inalienable la sepultura de 
familia. 

En el año 9 de J. O., Wang-Mang, usurpador, se declara único 
poseedor de la tierra, y despoja á los propietarios cediéndoles sólo el 
uso. Desde 270, cada jefe de familia recibe en usufructo permcmerUe y 
hereditario una porción. Los mongoles (1260 de C.) no cambiaron este 
régimen. 

Besultado de él es hoy el dominio patrimonial de la familia, espe- 



(1) La gue$tUm agraire. Citan loa aistoves nna obza do E. Simón: La eiU am^ 
Uque y un artioulo (Common Unure land in China) de la CAIiui Rtni^u (vol. TXII» 
1879, p. 967), que no he podido consultar. 

6 



HI8T0BIA DB LA PBOPIEDAD OOMÜtrAL 



cié de asufructo de la propiedad nuda qne tiene el Estado; comprende 
la tumba, casa y campo qne formaba la herencia paterna* Esta pasa al 
primogénito, representante de la familia, quedando común la propie- 
dad;' asi, para dar en garantía el campo se necesita el consentimiento 
de todos los miembros de la familia, ^lo por crecimiento excesiyo de 
ésta se disuelve la comunidad, y entonces repártense las tierras, que- 
dando siempre para el hijo mayor la casa y el campo vinculado, que 
conserva cierta consideración. Aún hacen en común todos los parlen* 
tes algunos trabajos, y sobre todo, en la casa paterna, los funerales y 
otros actos de familia, como las dedHonea del poder j^dioal familiar^ 
que se aplican á todos. Estas divisiones producen gran número de pe- 
queños propietarios, aunque la regla dominante es. la organización pa- 
triarcal rigurosa; sobre la cual, por lo mucho que se ha repetido, no 
hemos de insistir. 

El deber de las honras fúnebres y el culto á los antepasados, está 
arraigadisimo, y sefiala un punto notable de relación con las costum- 
bres arias. A él responden gran porción de prácticas y máximas, exce- 
sivamente elogiadas por algunos (1). 

Una especialidad de la legislación china que Meyer y Ardant seña- 
lan con gran fruición, dado que concuerda con sus ideas económicas, 
son las medidas para 'evitar la acumulación déla propiedad, tales como 
el tributo métrico que tiene por base la superficie y no el rendimiento 
de las tierras; y lo dispuesto en el Código penal, que, según la traduc- 
ción de Jameson, dice: o[La tierra que ha sido abandonada ó confiscada 
por delitos especiales, como también las tierras de familias que se han 
extinguido, se convierten en propiedades del Estado»; añadiendo que 
dos baldíos y tierras de monte que no han sido cultivados nunca, son 
del común ó de propiedad pública» (public property^ cosas públicas). 

5. Pueblos zendos (bactrianos, medos y persas).— Apenas puede 
sacarse en claro, de las encontradas opiniones de los autores, que la 
propiedad era familiar^ puesto que no se conocía el testamento, que en 
todos los países es una institución muy posterior. Parece que confirma 
en esto el carácter que el Zend- Avesta señala para el matrimonio y la 
existencia probada del culto de los antepasados. El profesor Justi, en 
su reciente Historia de la antigua Fersia^ se limita á hacer notar la 
constitución de tribus y grupos (algunos gozando de gran independen- 
cia) de los antiguos medos, hoy continuada por los curdos; y respecto al 



(1) Yid. AhrenB, Eneiclop, juridn J y un artionlo del coronel Tohenir-Ki*Tong 
en 1« JSeoue átt Deux M<mdé$ (Mayo 188A). Es may dudosa la nacionalidad chi- 
na de este señor coronel, que escribe con todo el tprit de nn articulista del 
Fígaro, 



GRECIA 67 

distrito de Persis, de que sació la dominación persa, dice qne sus habi- 
tantes ((continuaron largo tiempo en nn estado prínütiyo de civiliza- 
ción... con sns numerosos distritos y comunidades reducidas^ (1). Al- 
gunos historiadores sostienen que\ en' principio^ la propiedad era de 
los sacerdotes y de hecho pertenecía al pueblo^(2). 

6. De los aeirios, dice Oppert, cqué la tribu estaba constituida 
con el régimen de la propiedad colectiva, característica de la familia 
patriarcal, pues que en todas partes se ve, no sólo á los agnados, sino 
á todas las gentes de la tribu, investidas de un derecho de reivindi- 
cación de la propiedad y de evicción sobre el poseedor. Esas ^tribus 
(itocxpiae de Herodato) parece fueron muy numerosas. » 

De los fenicios, nos basta señalar el carácter mercantilista y movi- 
lizador que les distinguió en la época mas álgida de su civilización, y 
cuyo influjo tanto había de pesar sobre Grecia, como sin duda pesó so- 
bre los hebreos. Gartago ofrece el mismo carácter. 

II. — Grecia. 

1. Es cosa ya fuera de duda para los historiadores modernos, que 
el pueblo griego fué completamente un pueblo oriental en el tipo y ca- 
rácter de las civilizaciones asiáticas; cosa no difícil de advertir hoy si 
se estudia la sucesión de las formas artísticas reunidas en los Museos, 
ó se comparan las instituciones religiosas y sociales, sobre las que te- 
nemos ya datos abundantes y precisos (8). . 

Oon esto, la cadena histórica que aparecía como rota, dando un salto 
considerable de Orienté á Grecia y dejando ver una solución de conti- 
nuidad inexplicable en la marcha de la civilización, como si de repente, 
abandonado su primer movimiento , hubiera tomado otro, distante 
ioto orbe del precedente, merced á las últimacf investigaciones históri- 
cas como que se compone, ligándose en la continuidad de la evolu- 



(1) F. Jasti, Historia de la antigua Ptnia (en al., 1878), trád. española. 

(8) yid. nota (1) del Sr. Azoálrate en la Eneiclop iur$d, de Ahrens,!, p. 299. No 
cabe dada de que este derecho sacerdotal, aqni en la India y en otros países, re- 
presenta sólo la legislación, y tal vea la doctrina religiosa, formulada con res- 
tos de la tradición por la clase dedicada al coito, nna vez qne se diferencia y 
alcanza el predominio. Pero estaba bien lejos de ser el derecho vivado por el 
pueblo, que continúa la evol ación espontánea de sus institaciones. De todos 
modos, aquellas leyes son muy modernas en la historia de los paeblos orien- 
tales antiguos. 

(8) Cf., por ejemplo, el sistema sucesorio griego oon el hebreo ó la sociedad 
conyugal oon la egipcia, según las lecciones de Beyillont. 



HtSTOBIA DB LA PBOPIBDAD COMUNAL 



oíón la cultura oriental á la cultura griega. Y á tanto ha llegado este 
jnioio, qne ni aun se concede la solnción medio ecléctica qne Egget 
daba en sne últimos trabajos, al conclnir qne si los elementos de la ci- 
TÜizaciÓQ helénica derivaban inmediatamente de la oriental, los grie* 
gos habían sabido darles nna dirección propia, originalisima, que, en 
conjunto, les diferenciaba mndio de su fuente; sino que Grecia se pre- 
senta hoy como el resumen y desenvolvimiento más pleno y rico de 
toda la vida oriental, cuya expresión verdadera comenzamos ahora á 
conocer, despejando la ilusión dafiosa de la novela del Oriente^ que 
hasta hace poco, con la sencillez de su concepto, componía todo nues- 
tro saBer de aquellas cosas. 

La organización social de los antiguos pobladores de Grecia era la 
misma que hemos notado entre los primitivos arias. Las familias for- 
mando agrupacione» cerradas, con su culto propio, su casa inviolable 
y el huerto anejo en que reposan los antepasados; la ^^ot agrupando 
Emilias que reconocen un origen común; la tribu como la unidad su- 
perior, y dominando á toda aquella sociedad, el profundo sentido de 
estirpe y de religión que liga k los hombres con el culto, y á la tierra 
con el comunismo (1). 

Refiriéndose á tiempo» más recientes, dice Herzberg en su Historia 
de Orecia y Boma, que la constitución y vida por tribus no está bien 
determinada en la época heleno* dórica; consta, sin embargo, la exis- 
tencia de la familia en comunidad, y lo prueban: la solidaridad de la 
venganza privada entre los consanguíneos, las relaciones de la vida 
doméstica y la división del pueblo en Laconia (general á toda la Gre- 
cia), en tres philas ó tribus: híleos, dimanes y panphiUos, subdivididas 
en diez obes 6 grupos de familias. Fustel de Coulanges, con gran copia 
de datos cuyo alcance quizás limita un poco (2), ha puesto fuera de 
duda y en toda claridad, los caracteres que resaltan en aquella vida prír 
mitiva, antes que la ciudad surgiese como un poder político absorbente 
de todas las formas: el predominio del culto familiar, el Valor y exclu- 
sivismo de las familias fundadas sobre él, la generalidad de la vida ru- 
ral, la formación de grupos superiores y el comienzo de la grande y 
heroica lucha que carac^riza la historia de Grecia y Roma, entre el 
sentido cerrada y estrecho de la geyos y de la familia, impuesto por 



(1) Oliyeira Martina en án Quádro átu InttUui^óéB primitivaSt ha trasado, oon 
la brillantes de estilo qne le oaraoteriza, el más bello onadro (annqne tal vea 
favoretsido). de la familia grriega. 

(2) Sabido es qne pata Fastel la propiedad fné eO'propiedad de la familia, no 
de la triba y en oomnnidad. En esto se aparta bastante de los demás antores, 
no reoonociendo las comunidades sobre familiares, de que habla Hersberg y el 
mismo Cnrtins. (Vid. nota sigtUente.) 



<HLBOiA QQ 

I 111 .11 . l . - - - - ■ ,-■■ --■ ■ I IMH ---■- '! , 

BU mismo .principio r^igioB^ y el poder disolvente, £beral,.de<Mda 
Tez mayor, qne $1 pie de la oolina^en qne se levantaba el fecinto de loe 
patricios iban formando k» £xííhí&ob^ loe deebeiiedadoe, huidos y recogi- 
dos de mil partes, y qne no tenian propiedad, 3oi •dereoboe, ;ni enUo^ m 
familia, ni ascendencia reiipetada (1). 

A todas astas razones bisióricas, qne indirectamente fundan Itt supo- 
sición de comunidad, se unen dos series de4ÍaftoB, unos generales, espe- 
ciales otros, que afirman más y más en aquella inducción. Láveleye los 
recoge con sumo cuidado y cita el primero, la tradición muy extendida 
de una edad de oro, en que todo era común y reinaba la felicidad sobre 
la tierra; tradición continuada en las obras de Platón y más tarde en 
los versos de Virgilio y Ovidio, q«ie testimonian de la abundancia de 
pastos en los .comienzos de la soeiedad, como resultado de la exten* 
sión del pastoreo, que no podta aer sino común. El pasige de Virgilio 
(Oeorg,^ libro I) que empieza: 

Ante Jovétn muIU ttUfiffebímt arva coloni 
es exacto, con referencia á aquel período, y muy lejos de parecer «dee* 
cripción poética de una felicidad imaginaria», como quiere M. Sodre, 
responde á una realidad que tal vez no conocía el poeta en todo su 
valor, pero cuya existencia b^nos visto bien determinada al tratar de 
los tienes tradicionales. Añade, Láveleye otra prueba que parece 
decisiva: el uso del ganado como moneda ó medio de transacción, de 
que es un vestigio el nombre latino de la moneda de metal. Para esto 
era preciso que bubiese pastos comunes; pues que si no, á cada momen- 
to bubiera surgido la desproporción entre el número' de cabezas que 
cada uno poseía, siyeto á continuo cambio, y la extensióii de pastos 
que le pertenecía en proiÁedad, y que unas veces sería mayor que la 
necesaria, y mucbas no bastaría para el mantenimiento del gaüadoad- 
quirído. Gomo esta oscilación era permanente, se deduce la necesidad 
de la organización comunal de los pastos. 

Respecto á la tierra, se&álase la tradición de un reparto primitivo 



(1) Cnrtitu ezplio» de %wté acodo la'orgikiiisaoión'soéial del Atioa: Imi'gé wlw 
AtieM<omi reuniones de fmmIMtm queienten nn MOondioaAe «omtm, tíAm oe« 
manes y otros liusos de igual género. «La gens era nna gran casa, oon nn patri- 
monio del cual ninguna voluntad particular podía enajenar la^enor parcela: 
una eomnnidad cerrada por barreras estreohas y sagradas.» Las 4f&Uetk se 
agrupaban de SO en 80, consüivyendo las phrairia» (herm«ndade8).«-Eatas do» 
formas eran las sociales que la familia suministró al Bstado, ala Oivdad; eo« 
bre ellas impuso ésta su olasifioaeión especial política en tribus ó phyUu, ¡Púr 
ese ao débt eomfwndir9e Ja M¡m pHmtíli^a coa la trihu poliíiea de la oiudaá. «La» 
gentes y phraSna», son «ntsariores & los jonios. Las phyloi son Jónicas. Las pci- 
meras pertenecen & la familia natural; las otras, k la sociedad politiaa.* (EB^ 
loria de QredM, L— Libro U, cap. II.) 



70 HISTORIA DE LA FBOPlBDAD OOMÜKAL 

mantenida en las Giclade^, Tenedos, Lesbos y el Peloponeso; y la exis- 
tencia de la mascnlinidad, la prímogenittir^ y la sucesión intestada, al 
ignai de lo que hemos observado entre los arias primitivos y los indos. 
EnLocres, Tebas y Lencade, se sostenía sin alteración el número primi- 
tÍYO de propiedades, en pmeba de la permanencia de la comunidad fa- 
miliar. No puede afirmarse lo mismo de las comidas en común de que se 
tiene noticia para los Enotrios, los Apicos, Jonia y Creta, porque ya se 
refieran á las públicas (aysaiHa) y oficiales, ya á las privadas (copii)y no 
es posible decir que eran signo de comunidad primitiva, después de 
la brillante refutación que de esta hipótesis ha hecho Fnstel de Gou- 
langes (1). En las colonias de Guido, Rodas y Liparí, se practicaba 
la comunidad de tierras en tiempo de Diodoro Siculo. 

Los historiadores y filósofos griegos nos conservan en sus obras in- 
finidad de datos relativos A>este régimen. Aristóteles, que no será auto- 
ridad sospechosa para M. Sudre, por ejemplo, atestigua que en Táren- 
te los pobses tenían el uso común de las tierras. Diodoro^ señala la di- 
visión periódica de tierras que se hacia en Thurium. Teofrastro, dice 
que en Grecia se necesitaba para vender el consentimiento de los veci- 
nos, que recibían una* moneda en reconocimiento de su co* propiedad, 
ó en pago de su asentimiento; y la prohibición de enajenar la finca pa- 
trimonial, que es segura muestra de comunismo, se halla en C!orinto 
según Phidon, en Tebas, según Philolao, en Locres, Leucade y Calce- 
donia, y está confirmada por la ley de Oxilo y los testimonios de Pla- 
tón y Aristóteles (2). 

Las citas concretas de Aristóteles en su PolUica tienen gran impor- 
tancia, no sólo por lo que en sí dicen^ pero también porque parecen re- 
ferirse á lina comunidad más extensa que la familiar. Positivamente el 
filósofo afirma que en su tiempo se practicaban: 1.^ La reunión en 
¿omún, para consumirlos, de los frutos que se cosechan en el suelo 
repartido individtmlmentei 2.^ La propiedad y cultivo comunes, divi- 
diendo los frutos entre los individuos, costumbre que, (Ksegúnse dice, 
existe en algunos pueblos bárbaros^ (3). Más adelante, al discutir la 
legislación tebana de Filolao, dice que lo peculiar de ella es <thaber or- 
denado que el número de pertenencias (en la tierra) fuese siempre in- 



(1^ La propiedad en E$parta y El problema dé lo$ orígenei dé la propiedad (e- 
rrUorUfL (Vid. más «delante.) La teoría que se refuta es de YioUet, Caratíére 
coüécHf de» premier et propietie inmo&iUéres.— Páris, 1872. « 

' (2) Para estos datos vid. Laveleye, La PropUté et $e$ formee primUioeé, y Ma- 
yes y Ardan t, La Queetion agrairet oap. Greda, Pastel interpreta el texto de 
Teofastro de otro modo: la presenoia de los Vecinos seria sólo para solemni- 
dad del acto, como testigos presenciales. 

(8) Política, U, 2.«, p. 49 de la txad. esp. de D. Patricio de Asoárate. 



OBSOU 71 

mutable.» ¿Se refiere aqni á las seooiones patrimoniales de las familias, 
ó á comimidades superiores? Para Fnstel, la contestación seria llana; 
porque, no obstante los indicios que hemos expuesto, protesta de que 
se confunda la co-propiedad familiar con las comunidades más exten- 
sas, como grados que realmente se sucedieron; y niega que nunca se 
baya pasado de aquel, al cual se refieren, concretamente, las citas de ca- 
lidad que tocante á Grecia pueden aducirse. 

En las que Tan expuestas hallará el lector, sin duda, que las más 
dicen relación al comunismo de las familias y que así lo hacemos cons- 
tar, no yaliéndonos d^ellas para probar más de lo que dicen; pero que 
otras bien declaradas (aparte de la deducción general que el origen aria 
de los griegos y la comparación de formas sociales promueyen), hacen 
legitimo presumir con fundamento de la existencia de comunidades su- 
periores á la familia y aparte de ella. Ya veremos luego cómo había 
comunidades seryiles. 

• 
2. Acudiendo á las legislacicneB de que primero tenemos positivo 
conocimiento, encontramos en la de Záleuco (para los locrios), el re- 
parto igual de bienes con la inalienabilidad del patrimonio, salvo easo 
de extrema neceeidad; en la de Minos (Creta), una organización social 
de la propiedad con banquetes públicos, sostenidos por las donaciones 
de frutos y ganados á que se obligaban los esclayos cultiyadores de la 
tierra, y por los rendimientos de los bosques y montañas dejados en 
común (1). Según algunos autores, no se conocía la propiedad priyada: 
mientras que otros, Pastoret entre ellos, niegan la existencia de la 
comunidad; lo más probable es que ésta se mantuyiera hasta que, 
relajada la primitiva organización, cedió paso á la individual (2). — En 
la de Carondas^ parece que no se conservaba la comunidad m^s que en 
la familia, como lo prueba el matrimonio que se obligaba á contraer á 
la doncella heredera con el pariente más próximo, para que los. bienes 
no saliesen de la casa. La recomendación de la Umosna demuestra 
la existencia dé la desigualdad y de clases desheredadas, indicadora 
de un grado de civilización y un sentido social muy lejanos del pri- 
mitivo. 

• 

8. Viniendo de las islas al Peloponeso y á las tierras del continente, 
la historia nos aparece más clara y completa.— En Laconia, luego 
de la invasión dórica que señala un momento capital para la historia 
de Grecia, «los antiguos y sojuzgados habitantes se dividían en dos 



(1) LftTeleye, Oh, eU,^ p. 179 y nota (1). 

(2) Asoárate, £K«td«kijMHitp.»t.L 



72 . HISTORIA DB LA nUiPlBDAB COMUNAL 

ckses: xiba, de -ellM la de lo« IseecIvimNdos <1} ó prniecog. Primiti- 
Taiiuiiit6,;k iMrte déla polpkcióii «ntañar á los demos, deade i« Gon'- 
<|DÍsta, había por lo nenos comerrad» su libertad peniODal y, mediiate 
un itBpnesto, retenido la poeesióa de sns propiedadee, aldeae y tierras; 
pero no tenia paartíeipaoión en k»e dereehí» pi^ltil^os y «e Tda limitada 
á llevar ana-eKÍsteneia 4sawtmaU laospvopietarios antígnos que eonser» 
Taron la libertad, Tendieron é pooo prado sns proinedades á los dorios^ 
Los ilotas erui los antiguos hM>iiaftitos sometídoe á «idafdtnd, teni- 
dos como «lerTOs del Estado, iq«e ¡los cedía <0n piéstamo á los paFtieu- 
lares, de modo qne^éstoe no podían por sí Tenderlos, ni matarlos, etcé- 
tera... GnltiTabon loe campos y jardinee, apacentaban los ganados y 
debían entregar la mitad de la coeedia á fns «efíores.^ Algnnos creen 
Tsr aqniíma propiedad oomihi <2X como pnmiiiramente se consídoé 
en la tiibn á las mnjieves, principio qne taiTO largas conseonenoias on 
la forma de constituir el matrimonio. 

En mediado esta constitación aristocrática, manteníase la propie- 
dad común de la gepoB y de la fomaUa^ prodnoiendo cierta igualdad 
entre los decios dominadores: pero disnelta «quéila con el tiempo-^ 
como sncedid en el Ática— y sobreponiéndose el interés privado (8)^ 
Ileeó ana época de Terdedsna deeorganinación económica, en qne la 
propiedad cataba acnBMilada<en manos de pocas fsmitías y aun de oier^ 
tos indiridnoe, oríiginaiido las designakladee y la pobreza. En esta 
situación de cada vea más .^rare (y cayo proceso no ha sido aún deter- 
miimdo con toda claridad), rota la agmpaoión de la gend^ borrosos loa 
caitos lamiiiares, predominando la ¿éea de dudad cayo poderío asa- 
mían anos pooos fegQÍsftamente, se biso necesairia nna reforma, y se 
impnso la de licniígo, basada de nn lado <en la «statolatría qne la 
eiw)lación de ks ideas politieas haloéaprodaeido con la elevación de k 
Ciodad, y de otro, en las antignas<oost0mbre8 comnnales qne, natosal^ 
mente, habían de verse, según lo fueron antes, como la megor garantía 
de bienestar y de igualdad aoonómka. 



(1) Se usaba el* nombre de laeedemonio», también par» los espartanos» 
dorios y los peri¿eo«.-Herzberg, Ob, cU^ p. 1.", cap. III, XIIL 

(2) Bsta opinióni que es la general, la oombate Fustel, para el Anal los 
ilota» son siervos rurales, ó mejor, colonos de condición humilde parecidos en 
0u género de vida & los siervos d» la gl«%a, como los tciBalos,lo8 ^eciateiieMlr 
«troo^Sin AeaftasovmaiMi&TeiMiidOfdizé <|iu,aiia«nel{p«im«r supuesto, los ilotas 
no podían «er una profundad común. Siraa,poT elcontraslQ, una prppiadad 
del Estado. ^ 

(3) £1 teatamentOf que significa el cambio del padre como administrador de 
la propiedad familiar, en dueño exclusivo<de'BUa, coa fáooItad^^ata-diipomBr 
¿ su antojo de los bienes, aparece en siglo zir, a. de J. C. 



0BBOÍGI. 73" 

La refonaa 46 Licurgo (eomo 1a de >8<d<m>^dioe Fustéi (l)**íbé 
más poiiticft «que otra -oornt y icataron tkwJbe» de duldfioar el estado idé 
defiiigiialdad ctelas pto^ledades y de mejorar lavuerte de los enlüvado^ 
rea (olienteeX ya de mu ma4o jmdíoal, ya por ttaa transacción. Paca 
aato procuró Licurgo: 3l.% k di^ión de lasitiernts deLaconlay de 
los ilotas, bi^ «n pie dé igualdad, enitre las famiGas espartanas, (de- 
jando, sin duda, tin fondo de ttserva (boi(|iie y montañas) con cnyos 
prodnctos at^Mler 4 los nifios qne él Estado amparaba y & lae comidar 
públicas (2); 8."', laaieBtabilidad del patrimonio en cada fismüia dotía, 
para lo onal los bienes no podian ser vendidos ó repartidos, ni «mn por 
herencia, poes se tEansmátfan cOoino nn ímyorazgo'-^áioe H^rzberg^ . 
cox^nndiendo el eentido dedos &»etitnei<Hies bieín distíntaa,"— Ti^endo 
los bljos segundos bajo ladifteodótn del príüQQgénito, t>on ks rentáis de 
la posesión áóste transasuiida»., posesión qne ora del disfrute de todos, 
no eépecial y priyativa del primogénito, como sucedió con niiestros 
xnayorasgos. Lo que Licnrgo qnefia resucitar era la eaiabilidad y él 
earicter, patrimonial de la i^milia antigua, como existió primeramente 
en la misma Ghrecia; mas perdido en ke costumbres el eentído de 
aquella institución y el lasodreligioso y de estirpe que k mantuvo, toda 
reyersión á lo antiguo no podia ser espontánea -en el pueblo, sino fruto 
dexma imposición kgaJ, venida de lo que entonces era sentimientode 
unión y poder {reconocido (3). La ciudad había reemplazado á k geyo9 
yak familia y subyugaba <al hombre, que, sumiso «n todo, no ae 
avino á lazos que ceSkn su ya despierto deseo de riquezas y de pro* 
vecho propio y egoísta. Por ese;, cuwato más eotíageró Licurgo sus 
prineipioB iguaUtarios y socialistas, tanto n^s trajo la desigualdad }>or 
reacción. 

Guando en las familias llegaba di cpattimonio á mnnos de uivs don- 
ceUa por muerte del poseedor, d vey procuraba que los segundones 
casasen con la heredera. DlecluÓBek comunidad de, los instrumentos 
de trabajo, reaparecieron ka comidas públicas en los días de fiesta, se 
proscribió el^comercio, kmoneda desdatay oio(4)..., seciSé,<€ináji|de 
mil maneras k actividad de los cindadanos, «acídScándolos al Estado 



11) Xadíían«ítíe.— Iáb.inyIV,págs.816y40a 

ti) Aiistótéles páteoe decir que las propiedades Q6iñtíñ6s estaban afeotM 
a4a»«yt«tí«M^-^EAb. n, «.n. 

(8^ 'BoiNra aLtMBáotorda laOábefftald etilos pueblos eUsiooSi v4«ie «Idisoatéo 
de B. Constant» inserto en el i.'III de aa Pól/tUca eonéUtutionáL-lMi. española 
de 1821. 

tA) lia olasiüsattlón fnSIItsír>era mtijr éomtuiftl, por grnpofe, con nna vida pa- 
recida 4 la de las dando* germanas, si bien con reglamentacidn superior, (fienr* 



74 HISTORIA DB LA PBOPISDAD OOHDHAL 

desde la cnna. Pero el remedio de la sitnaoióii eeonómica fué pasajero. 
A poco se introdiúo la sncesión testada, se admitió libremente á las mu- 
jeres en la herencia, se crearon las dotes, se abrió la puerta á la enaje- 
nación, y la desig^ualdad yino más acentuada que antes de la reforma. Ni 
podía ser de otro modo; hay cosas que la ley es impotente para crear ni 
para darles nueva vida, así que han muerto: tienen su arraigo y chupan 
su savia de ese fondo, perpetuamente libre de las imposiciones legisla- 
tivas, del cual arrancan las costumbres y el sentido y carácter de los 
pueblos. Mientras alentó la idea de la comunidad tribal ó familiar, que 
hada vivir á los individuos considerados como parientes y correligio- 
. narios sobre un pie de igualdad completa, que parecía lógica de suyo, 
la comunidad tuvo vida como un resultado de aquellos sentimientos; 
cuando desaparecieron, la comunidad de vida — y con ella la de propie- 
dad que era consecuencia suya^desapareció también. Ante la ciíAdad^ 
los individuos y las familias no eran parientes, ni les unía el culto, ni 
el recuerdo de un padre común; tales elementos se fueron perdiendo 
poco á poco, dejando hoy una costumbre, mañana una práctica, aquí 
y allá, en las emigraciones, en las ludias, en el roce con otros pueblos, 
despertadas nuevas ideas al contacto de huevas ocasiones y sucesos y 
de civilizaciones de otro carácter; y la fuerza misma de la evolución, 
cuando llegara á todo su apogeo en Roma, había de producir aquel 
espectáculo (que es quizá de los más instructivos de la historia por lo 
mucho que llama á la reflexión), en el cual figuraban como sujetos, de 
una parte, el individuo aislado, atómico, y de otra, la snjedón de la 
dudad cuyo poder heredó el emperador. 

No hay que extraviarse, pues, en d juicio de la reforma de Licur- 
go, por su escaso resultado; ya sea derto todo lo que de él nos dice 
Plutarco, ó bien haya que rebajar alonas cosas (no tanto como Grote 
quiere, sin duda), ora en los detalles, ora en la personalidad mis- 
ma del legislador, como dicen Yiollet y otros, lo derto es que Li- 
curgo luchaba con un estado de las costumbres y de las ideas cad im- 
posible de encauzar en otro sentido. Licurgo— á quien por otra parte 
no se pueden atribuir todas las disi>osidones constitucionales que apa- 
recieron en el valle del Eurotas hasta la formación de la confederación 
pdoponésica-^^trabigó con mano fuerte,- como reconoce Herzberg, 
para sacar á su nación de la rudeza y del desorden en que estaba su- 
mida, y para dar de nuevo á la anti^gua raza dórica la fuerza y la con- 
sideradón que le correspondían» (1); Luchaba con la ambición de mu- 
chas familias, con la pérdida de las antiguas costumbres, y con la 
base viciosa de aquella sociedad; donde ciertamente, como dice M. Su- 



(1) 



Herzberg. Ob, ctL^-Oreeia, Part. 1.*, oap. 8.«, XII, p&g, 21 de la trad. esp. 



OBBOIA 75 

dre, la tsdavitud era un hecho dominante qne establecía la desigual- 
dad más odiosa y i^^dical: €rep08aban las cindades sobre la existencia 
de nna clase agrícola condenada á la servidnmbreí», y esta cansa, jnn- 
to con las señaladas, y origen' todas de profnndos trastornos, luibía 
de inutilizar los mejores intentos de reforma. 

Posteriormente bnbo intentos de distribución é igualdad de bienes 
en tiempo de Agis, de Gleomenes y de Nabis, pero sin resultado 
alguno. i 



Como se ye, nos hemos referido principalmente en este número á 
los tiempos históricos de Lacedemonia que mejor conocemos hoy, y 
dentro de los cuales se cumple la gran reYoludón social griega. Este ' 
período es muy moderno en la vida de la Grecia antigua, y supone 
otro larguísimo anterior, en que se mantuTO sin alterarse la organiza- 
cióu tradicional comunista del tronco aria. Importaba aquí, sobre todo, 
señalar la evolución que enfrenólas costumbres comunales, pero aun 
en esto no conforman todos'los autores, y conviene discutir las opinió- 
nes distintas. 

Fu|/;el de Goulanges ha combatido mucho la existencia en Esparta 
de toda comunidad superior á la de familia (2), Paró él, la tradición de 
un régimen comunista general es una leyenda creada en el siglo ni 
antes de J. C, y de la cual sólo hablan los autores posteriores (Sferos, 
Perseos, Polibio, y Plutarco que los resume). Las sysritias ó comidas 
públicas fueron introducidas por Licurgo, y por lo tanto, no significan 
un vestigio de comunidad primitiva; así se desprende de textos de He- 
rodoto. Plutarco 'y Jenofonte. Como prueba de su afírmaci.ón, hace 
notar Fustel que á estas comidas no asistían las mujeres ni los niños, 
ni participaban de ellas los pobres (2); sólo se celebraban una vez al 
día, y cada ciudadano aportaba su cuota. Por otra parte, las citas de 
Herodoto (VI, 57) y Pausanias (III, 20) que trae Laveleye, no indican 
nada de propiedad común que pueda referirse á la tribu ó á grupos 
superiores á la familia. 

Confrontada esta opinión con la de otros autores ya citados y con 
los testimonios históricos que se alegan antes, no resulta de granfuer- 



(1) Memoria 8obr« U PrapUdad $» S$parta^ leid» en la sesión de la Acade- 
mia de Cieneiaa Morales y Políticas celebrada en 22 de Noviembre de 1879.— 
Boletín de la Academia.— 1860. 

(2) Aristóteles, PoUt II, 6, 21. Vid. también para las $y»HHa9 qné, en efecto, 
no revelan entonces carácter comunal, el trabigo citado de Fustel, La qutttUm 
de$ orÍ0iM9 dé la ^rop, f<me. 



76 HI8T0BU DB LA PROPIEDAD COMUNAL 

■ — — ' ■ ' ■ ■ ■ ■ ■■ - <■ - '. 

za, puesto ^ne son mnchos los que hablan de oomnnidadee prímiÜTaS 
superiores á la familiar: 7 ,por otjra parta, de ]a orgaídssación de las 
eptíitias después de Licurgo^) <|ae hubo de resnoitarks, no se pueda 
dedneir que se celebrasen de i^aal modo «n tiempos anteriores, por- 
qne las circunstancias hablan cambiado mneho, y sabido os cnán le* 
jano está siempre todo renacimiento^ como toda yeaccióni del bocho 
original á que pretende dar nneya vida. Pnstel no ve en la sociiBdad 
griega más qne la familia, la cual vivía comunalmente, como testimo- 
nian Plutarco y Heráclito al distinguir entre los lotes hereditarios 
procedentes del reparto primitivo t>^X^poc), que permanecían en in- 
división, 7 los adquiridos por otro medio. La venta de los primeros 
estaba absolutamente prohibida; la de loe eegandos era mal mirada. 
Sólo queda «na duda tocante á las eckidiiíionee de esta oomuaidad 
fastt^ar: el hermano menor, ¿quedaba gostando en común de los bie* 
aes patrimoniaSes como sus otros hennanos y bajo la dirección del 
mayor, eegún dice Políbio, iS ¡se aeparaba de la faodtía para entrar en 
la úkima clase social como pobve? Mas para que esta cuestión pn^a 
afectar en algo á la<creen<3Ía de que primitívamente existieron en Gi»* 
cía comunidades euperiores á la famiHar, eeria preciso que se refirien 
á los tiempos en que afirmamos la existencia de esas comunidades; 
porque si corresponde á una época posterior en que de una p|irte la 
disgregación de las entidades familinrcB extensas, y de otra el au- 
mento de la clase de Jos vencidos^ extraños ala organización tradi* 
dona!, produjeron las desigualdades aoeiales que licurgo pensó des-* 
^ruir, entonces la cueatión sólo reviste para nosotros un interés mny 
secundario. 

4. Casi idéntica evolución eigui5 la propiedad en el Ática. Un 
paeaje de Plutarco relativo á la confirtátucnón de las familias en aquelta 
región, hace presumir que la propiedad era estrictamente familiar y 
de la geyos (la gennj^ que comprendía á los parientes más lejanos, ios' 
dientes y los servidores. 'Prueba este aserto la existencia de la primo* 
genitura, la inalienabrlídad del patrímonie, la sucesión intestada y la 
prohibición de dotes. Dividíanse las gentes áticas en cuatro philai 4 
tribus (1), y cada pMa en tres frcArias de treinta familias relacionadas 
entre irt mediante el culto y los sacríficios.*Por la extensión de este ré- 
gimen, los labradores vivían formando comunidades a^ ft ieolas ^ en reía- 
ción de clientela eon los nobles. £1 dere<^o de ciudadanía era anejo á 
la htdusión en las familias y frtítrias; «éstas tenían entre sí de común 



(1) Vid. nota de la pág. es. . 



OABCIA 77 

d deber y él dereeho de querella, de homicidio, de sepultaría j de pro- 
piedadT^ (1). 

Es decir, que resulta la existeneia de dos formas comunales: U fa- 
miliar 7 la de colonos, cnyi^ oifganización, á sn tck, pudo fundarse en 
el parentesco. 

Nótese que esta eonstítuciófi era aphcable sólo á los ciudadanos. A 
los que no lo eran, se les excluia, y de aquí la desigualdad entre ellos 
(que formabui la masa del demos) y los nobles, exagerada lu^go por la 
riqueza en numerario que alcanzaban Ips ricos. La introducción de la 
iimocracia en Locri y en otros puntos, realizó por algún tiempo la unión 
entre las capas superiores del demos (la burguesía alta) y los aristó* 
cratae; pero acentuó la desigualdad de propiedades. 

No sólo se fué disolviendo la geyos del Ática por el movimiento na- 
tural observable en otras sociedades, sino que vióse favorecida en esta 
dirección por la influencia fenicia. Produjese entonces una lucha diaria, 
de interés capitalísimo para la historia, entre el sentido comercial feni- 
cio, movilizador y numerarista, y el patrimonial y estable de los hele- 
nos*. El primero hacía el efecto de energía disgregadora, movilizan- 
do la propiedad, alentando el comercio, subdividiendo las herencias, 
introduciendo la hipoteca que hacía responsables á los bienes patri- 
moniales, marcándolos con las tablillas de piedra anunciadoras de la 
garantía, que llegaron á verse por todas partes en los campos (2). Asi 
trajo consigo la situación precaria de los pequeños propietarios y la 
ptdverización de la propiedad; hecho que diferencia la evolución ática 
de la espartana, en la cual venció la acumulación, y que produjo en 
el siglo V, a. de J. C, un número de 10.000 propietarios en el Ática. 

En el siglo vi, la carga del servicio militar (resultado de las nuevas 
necesidades y divisiones administrativas), recayente en los labradores, 
los cuales formaban la mayoría de la población, les hizo desatender las 
cosechas que á veces no compensaban el trabajo empleado, y les obli- 
gó á recurrir al préstamo de los nobles, y por fin á caer en servidumbre 
ó en dependencia hipotecaria, como luego había de ocurrir en Boma* 
A remediar esto se dirigió gran parte de la reforma de Solón, que li- 
bertó á los deudores caídos en rieico (esclavitud) y á las propiedades 
gravadas excesivamente con hipotecas, perdonando las deudas. Por esto 
sus ordenanzas se llaman meacUeia ó alivio eficaz del pueblo. Distin- 
gue de este modo á la reforma de Solón la protección «á la propie- 



(1) HeMberg,p.2.a,o.2.» Vn. 

(2) Vid. este interesante fenómeno histórico en la Q^€»tion agraire, tomo I, pá« 
ginas 41 & 43. La hipoteca se prohibió en las leyes Ele&tioas y el aceptarla sig- 
nifica nn gran cambio. 



78 HIBTOBU DE LA PROPIEDAD OOMÜKAL 

dad adquirida por el trabajo contra la nBnra, y así, abolió las hipo- 
tecas y la senridnmbre por deudas; á la peqnefia propiedad, negando 
el derecho de cindadanfa á quien Tendiese sn dominio ó al qne no tra- 
bajaba; y á la patrimonial, dando al hijo mayor, siempre, la casa pater- 
na» (1). Por lo mismo la Constitución solónica contiene las siguientes 
reglas: 1.^, el hijo e»heredero necesario del dominio paterno; 2.®, si no 
hay hijos yarones, es libre el padre para testar, pero el nombrado he- 
redero ha de casarse con la h^a del testador, si la hubiere; caso de falta 
absoluta de hijos, la libertad de testar es completa. Esta disposición, 
como la posibilidad que los ciudadanos tenían, á pesar de todo, para 
Tender la tierra (2), revela bien lo adelantado de las ideas indivi- 
dualistas, y marca el sello de transición y oportunismo que tuvo la re- 
forma splónica. Otra de las muestras de este carácter, son las dos dis- 
posiciones, al parecer contrarias, en una de las cuales el legislador 
recomendó al Areopagq que ningún ciudadano careciera de los medios 
necesarios de rida; mientras en la otra prohibió la división por igual 
de la tierra, como deseaban los pobres. 

Apesar de todas estasxomponendas, la familia troncal, como dice 
Fustel, se deshace completamente. Donde se conservó el sentido co- 
munista fué en la población rural, y en ella influyó Solón moderando 
la presión que los jefes habían ejercido sobre lai^ comunidades agríco- 
las ó demen, concediéndolas el derecho.de elegir un cUmarca encargado 
de la inspección de policía. Siempre se mantienen en la vida rural con 
más insistencia las costumbres tradicionales. La ciudad, desde que 
nació, es el elemento progresivo, y el revolucionario á la vez, y en 
aquel entonces absorbía casi por completo (como hoy día en muchas 
partes) las fuerzas vivas del país. Si el griego vive en medio de la 
naturaleza por el exquisito sentido de la educación y la conducta que 
le distingue, es para llevar toda la (Buergía y salud de espíritu asi al- 
canzadas, á la agora, al Pórtico y á los muelles del Pirco. 

La división de la propiedad, visnció al fin. El antiguo sentimiento 
del grupo, se ha convertido en el de ciudad. Por dos veces la idea na- 
cionalista une á los griegos y los hace fuertes contra los invasores. 



(]) Meyer 7 Ardant. 05. eif . 

(8) En rigor, los inmuebles, aun cuando fueran de propiedad privada, no 
pueden venderse si legarse. Testimonio de Platón, Aristóteles y Phidon.— 
También de Bsparta dioe Heraoledo de Ponto (Frag. des BUU jgrecé. Didot« 
n, 7): «Es vergonzoso entre los lacedemonios vender la tierra, y est& completa^ 
mente prohibido vender la poseída de antiguo», ouya distinción quis&s se refie- 
re & la de bienes patrimoniales y adquiridos^ que hemos visto en India.^A8Í lo 
interpreta Fustel ¿e Coulanges (Prop, en Sparte). En tiempo de Demóstenes 
aún era inalienable la tumba de los antepasados/ 



OKSOtA 79 

Guando llegaron los romanos, Qrecia hizo nn esfaerzo, brilló yiyamen- 
té con la Inz de sns mejores días, pero faé nn instante. Roma se sobre- 
pnso; 7 con ella, la qne fué caraoteriática snja en la historia de la pro- 
piedad. La yida rural griega, había de reaparecer aún. 

» ♦ 

Antes de concluir este párrafo, hay que notar que la mayoría de 
los filósofos griegos es fayorable al comunismo, enalteniéndolo ó pre- 
dicándolo como medio de felicidad social; y cuando no es así, ocupán- 
dose de él y renniendo datos hoy muy apr07echados. 

Sabido es que Pitágoras hizo vivir en comunidad á sus discípulos; 
y no fué esto solo, sino que á su influjo — según dice Porfirio — más de 
2.000 individuos adoptaron igual régimen y organizaron con estahase, 
en la gran Grecia, nn Estado político, ya en tiempos bien posteriores 
á la fundación de Roma (1). Hay sin embargo la duda, manifestada por 
algún autor, de si no se encubrirán aquí hechos de tiempos anteriores, 
recordados |>or tradición y unidos bajo el nombre de Pitágoras. 

Lo especial que distingue á los pitagóricos de las comunidades 
hasta ahora vistas, y lo que les enlaza con la historia de los cenobios 
cristianos, es que, ann cuando los bienes de los que al fin eran ad- 
mitidos se agrupaban á la propiedad de la asociación— administrada 
por ecónomos á este fin nombrados,— el carácter y el sentido de su co- 
munidad obedecen á otras ideas. Hasta entonces, las comunidades ha- 
bían nacido en medio de la vida normal de la sociedad, respondien- 
do á sus necesidades y á su funcionamiento, en atención á todas las 
actividades humanas: ya como consecuencia lógica de aquella relación 
qne imponían el parentesco, la preponderancia del culto común y el , 
no ver sino la unidad en la organización social, ya traídas por las con- 
veniencias de cierto réghnen de vida: el pastoreo, ó el mejor cultivo 
de la tierra; pero siempre con el elemento familiar como base. 

Los pitagóricos, al contrario, resucitando ^n parte el sentido del 
misticismo orjiental, se aislan, forman como un mundo aparte, ades- 
prendidos de las cosas terrenas para ir con libertad en busca de una 
p^ecdón más ó menos ideal.» Su comunidad es, digámoslo así, profe- 
sional; no se crea para la vida de las sociedades, ni se une á las activi- 
dades diarias, ni menos, resuelve la cuestión económica de la organiza- 
ción económica. La renuncia de los goces materiales, la indiferencia 
por los bienes que seducen al resto de los hombres, el cultivo de la 



(1) De Ift misma épooa son algunos de los ejemplos citados al principio: el 
de Lipari, v. gr., contemporáneo de Diodoro Slcnlo. 



80 HIBTOBU. DE LA. PBOFISDAB OOMUSTAL 

oiencia y el afecto á la perfección moral, he aquí los caracteres de estas 
comunidades. A sn conservación contribnia nna disciplina austera, no 
admitiendo en sa seno sino snjetos elegidos y probados por nn noTÍ- 
ciado largo y penoso (1). Al ignal de las comunidades religiosas cris- 
tianas, la pitagórica no era una organización qne pudiera aplicarse ái 
toda la sociedad como la de tribu ó la de familias; y comenzaba en ella 
el largo divorcio entre la vida real y la llamada vida religiosa perfecta, 
qne llenó toda la época medieval, y cuya axtrema peco lógica resul- 
tancia, fuó la creación de la Orden mendicante de S«m Francisco y los 
conflictos disciplinarios y hasta dogmáticos qoe originó* 

Además de esto» la doctrina pitagórica era un socialismo priviler 
giado, que chocaba con los sentiniientos democráticas de los griegos, é 
influido por las corrientes despóticas orientalistas que iban dominando 
en Grecia, y con ambiciones políticas que precipitaron su ruina. 

Del sistema platónico expuesto en la República y en el libro de Za« 
Leyes^ hemos de decir bien poco. Adoleció, en parte, de iguales defeo* 
tos que el de Pitágoras; fué esencialmente socialista y aristoerátio(S 
aunque pareciera tender á la igualdad, y llevó el principia hasta coof 
secuencias tan extremas, que chocaban entonces con el estado del pen- 
samiento y de las costumbres. Por esto no ejerció influencia notable^ 
Aristóteles lo refutó, y á la vez, reflejando otro de los aspectos de la 
civiliSuición de su época, abogó por la propiedad individual, para que 
prospere más^ pero remediando con la beneficencia las faltas qne esto 
pudiera traer (2). Con el mismo sentido eocialistai que impone laa 
reformas según un progirama legislativo ideado en la soledad de un 
bufete, con divorcio completo de la realidad de las cosas y del funcio^ 
nalismo de las sociedades, han resucitado el comunismo platónico loa 
reformadores modernos, que, por otra parte, tan saludable reacción 
señalan en el movimiento de las ideas jurídicas. É importa no despre* 
ciar esta observación que se saca del paralelo entre laa comunidades 
naturales (nacidas por la fuerza espontánea de la costumbre y de sen* 
timientos arraigados en la vida de los pueblos), y las que provienen de 
una construcción á priari^ fruto de la especulación de algún filósofo 
ó de la exaltación de algún sectario;, nunca obedecen éstas á la nata** 
raleza y realidad de las fuerzas sociales, ni concuerdan con el est^ 
de lá evolución económica; por lo cual, ésta se desarrolla en canee 
divergente de aquellas teorías, qne contra toda lógica tienden á impo- 
nerse por la fuerza. Tales son los dos graves errores de las reformas 
comunistas: la abstracción y la fuerza. Por eso, cuando abandonan esta 



(1) A. Sadré, HisL del conmni9mo,''C. lY. 
(8) PWfíícflk-Lib. n. 



BOMA . ■•[ 81 

dirección y se alian con los natnrales elementos económicos y las ideas 
dominantes, aprovechándolas por nna adaptación á su objeto, el resul- 
tado es bien distinto. 



m.— Boma. 

1. Nunca como al estudiar la historia de Boma se hace más nece- 
sario distinguir los periodos de su total evolución, porque tampoco 
sociedad al£[una ha llegado — empezando, como todas, por un régimen 
comunista y un sentimiento fuerte del grupo — á la proclamación del 
individualismo de un modo tan completo como lo verificó la romana. 
En los comienzos de su historia-^hasta donde podemos hoy cono- 
cerla— encontramos ya la propiedad referida á la familia y á la gens» 
Pero antes, en lo que pudiéramos llamar el período de preparación á la 
vida ciudadana, cuando las familias vivian unidas formando un clan y 
habitando determinado territorio (el vicus ó paguaj^ y la unión real de 
varios clanes formaba el pueblo fpoptUw—lA tribu troncal) cuyo cen- 
tro era un lugar fortificado, la propiedad, en un circulo más amplio 
de comunismo, se presenta también como propiedad del vicus y del 
pueblo (1). Tal piensa— á lo menos para los latinos— el ilustré historia- 
dor Mommsen (2); fundándose en que las palabras empleadas y los 
hechos usuales de la vida económica primitiva de los romanos, permi- 
ten afirmar aque la noción de propiedad privada y hereditaria, no se 
aplicaba más que á los objetos muebles^ (8). — Los nombres familia 
(bienes familiares) y pecunia (ganado), que expresan la propiedad pri- 
vada, ó sea el patrimonio hereditario, se refieren á los bienes de Jos 
labradores; y no pueden, según Mommsen, comprender la propiedad 
hereditaria del suelo. «El modo de adquisición que se llamaba manci- 
pium (de manu'caperej^ no se aplicaba á los inmuebles. La aprehen- 
sión material con la mano se necesitaba igualmente en la acción ejer- 
cida para hi repetición déla propiedad (4). La noción áepotestas, el 
poder de disponer del objeto, que era el fundamento de la idea primera 
de la propiedad entre los romanos fpoteetaa^ manue, mandpiumj^ no 



(1) Laveleye, Ob. e<¿., caps. IX y XI. 

(2) En BU reciente obra Éffmi»ehe$ Staatsréehtf 1867, oitada por Laveleye. 
(Rév. d'Eeon. poUL^ 1888.) Cf. HUtor, romana, I. 

(8) Laveleye remite á las Dooe Tablas: Y. 4 y 5. Las expresiones famüiae 
empior jfamüiae éreitcundae prueban también qne familia fignifioaba el patri- 
monio hereditario. Lo mismo para pecunia: Y, 7.— Y, 1.— X, 7. 

\i) eayo.-IV, 16, 17* 

C 



82 HI8T0RU BE LA PROPIEDAD OOMÜKAL 

podía aplicarse más que á los objetos muebles, ganado, esclavos, ins* 
trnmentos de agricultura; pero nunca al suelo.» 

¿Qaé extensión tenía la comunidad de la tierra? ¿Quedaba en la gens 
ó se extendía á ún grupo superior? Mommsen no decide este punto, 
dudoso por la falta de textos; lo único que puede afirmarse es que la 
propiedad de la gens ha precedido á la individual, lentamente emanci- 
pada de la comunidad de familias. Pero, «¿no es probable— añade La« 
veleye — que el territorio comunal ó tribal se distribuyera periódica- 
mente, como hacían las tribus germanas, entre las gentes y las cogna- 
tiones kominum^ que cultivarían la tierra por medio de sus esclavos y 
de sus ganados? Cuando las necesidades de una cultura más intensiva 
hicieron renunciar á los repartos anuales ó periódicos, las gentes con- 
virtiéronse en propietarias de su lote, y entonces surgió un régimen 
agrario parecido al que hoy se encuentra entre los eslavos meridiona- 
les. La familia constituye una persona moral perpetua, que posee la 
tierra, la casa y los bienes muebles, y en cuyo seno jamás se abre la 
herencia» (individual) (1). • 

Esta opinión de Laveleye coincide bastante con los datos históricos 
que luego hemos de mencionar. Pero conviene advertir que, aun en el 
caso de no aparecer el pueblo latino, ni en los más remotos tiempos 
de su vida en Italia, sujeto al régimen comunal de los grandes gru- 
pos, este hecho no podría ser decisivo en contra de la universalidad 
de la propiedad común como primer grado de la evolución económica; 
porque siempre quedaría por resolver la siguiente cuestión: ¿Eran los 
latinos autóctonos de Italia ó emigrantes del Oriente? Y suponiendo 
la emigración, ¿son realmente arias, y en qué período de la historia 
primitiva de esta raza verificaron su desprendimiento del núcleo co- 
mún? ¿Habían llegado ya entonces al primer grado de disgregación en 
la comunidad? (2). 

Sin la determinación de estos hechos, es imposible decidir del al- 
cance que pudiera tener aquel otro á que nos referimos. 

La cuestión de la prioridad del régimen comunista en la historia 
de los pueblos, no puede plantearse sin grave peligro de error con re- 
ferencia á^ pueblos que, partiendo de un centro común de origen, han 
emigrado para fijarse en un lugar donde adquieren á nuestros ojos el 
relieve de una vida sustantiva, como tai vez sucede con los romanos. 

La citidad romana se fundó por la unión de gentes^ disgregaciones 
parciales, parece, de las tribus antiguas, y cuya organización era aná- 



(1) Laveleye, Communautés de f amulé $t de'viUage. (Seo» d^Eeon, poW., 188B, 
número 1.) 

(2) Vid, Tiempos tradicionales. 



ROMA 88 

loga á la de la geyos griega (1). Las gentes yiyían en el recinto de la 
ciudad inyiolable, con sn carácter exclnsivo y cerrado. Formaban 
como una familia extensa ó troncal á la que estaban unidas las fami- 
lias particulares que tenían origen común. En ellas se comprende: 1.** 
la rama prii;nera de los primogénitos ó potreé; 2.^, las otras ramas se- 
gundas, díQ patricius^ descendientes de un p<xter\ 8.^, los clientes^ como 
agregados y dependientes bajo patronato (protección de un padre), par- 
ticipantes del culto familiar por intermedio de los patridus; 4.®, los 
esdayos; cuya condición, en un principio, fué muy benigna, análoga á 
la de los dientes. Como resultado de esta organización, en que predo* 
minaban los dos elementos áel parentesco y el cu^^o (faltando los cua* 
les, DO se pertenecía ála gens), la propiedad era común entre los patri- 
cius (2). Son pruebas de ello: el uso del ganado como moneda, por ra- 
.zón igual á la mencionada respecto á los griegos; el hecho de que el 
primer desenyolvimiento de la propiedad individual es mueble, dato de 
importancia extraordinaria, porque él solo rerela todo un estado social; 
la extensión insuficiente del primitiyo dominio de la herencia inmue- 
ble (dos j«pera,--50,04 áreas), para el sostenimiento de lá familia: lo 
cual hace suponer aproyechamientos en terreno que no fuese heredita- 
rio, sino común (8), resultando aquella extensión análoga al huerto 
anejo á la casa que encontramos en otros pueblos (4); la tradición de 
una edad de oro en que la propiedad priyada era desconocida, tradición 
conservada en las obras de los poetas fOeórgicas', Abreviador de Tro- 
go Pompeyo; Tíbulo, lib. 1,®, eleg. 8."; Metamorfosis, 1185);' la inalie- 
nabilidad del patrimonio que por muchb tiempo hizo imposible la 
existencia del testamento (hecho reciente en la historia romana) y cu- 
. yas consecuencias recayeron, primero sobre los efectos de las garantías, 
y posteriormente sobre la capacidad de las liijas para la herencia, ex' 
cluidas con objeto de mantener la propiedad en la familia; exclusión 
que se mantiene hasta Justiniano. 

Esto se explica teniendo en cuenta que la propiedad era entonces 



* (1) A esto se refiere Carie, oonfirm&ndolo, en su nueva obra Le origine del 
Diritto romano, Tarin, 1888. Hablando de los tiempos primitivos de Boma, 
«cuando comienza la vida de la ciudad, discerniendo la vida privada de la pú- 
blica» merced á la unión de las gentes, dice que éstas continuaron con sus 
tierras poseídas colectivamente r<>fl^'¿-9«nejlie¿/, eompafCMaj, exceptuándose 
sólo de este régimen los tMereéia de los cabezas de familia. 

* (2) «Los Manes eran co-propietarios con sus descendientes vivos.» ^eam, 
Oh, eit, pAgs. 78 79. 

(8) Mommsen, I, 206. Según Fastel, esta limitación del heretum se explica 
por la pequenez del territorio tomano. 

(1) Heretum, hcere-dium, hortum. Vid. Fustel, Qitt antigüe, II, 6.~Plinio, XIX, . 
2, lib. XIX. 



84 HISTORIA BE LA PROPIEDAD COMUNAL 

un derecho natural del qné participaban todos, según costumbre que 
los indiñdnos no podían modificar (1). Por eso, también, la proi>iedad 
no adegnraba nada, no respondía de nada: la responsabilidad era per- 
sonal; el trabajo pudo ser hipotecado de por yida, pero la tierra nunca 
fué considerada como propiedad disponible. «Era más fácil privar á un 
hombre de su libertad, que de su interés en la tierra» (2). 

Ratifica, quizáéy estas afirmaciones, la primera división de tierras 
atribuida á Bómulo, quien hizo estas partes: 1/, para las necesidades 
del culto; 2.^, Áger privatiAS^ distribuido por igual entre los curtas^ 
grupo nuevamente formado é intermedio entre la tribu y la gent; 8/, 
Ager pMicus (indiyiso é inculto). 

. Al lado de la gene y de las familias así constituidas, existían los 
plebeyoe^ que, según la opinión más probable, de Fustel y de Momm- 
sen, eran los extrañoe al culto y los arrojados de él: todos los que no 
están en las gentes^ y que no gozan de la propiedad, ora porque no 
tienen culto ni ritos para consagrar el territorio, ora porque no son 
patríeme (3). Por esto no participan del ager publicue (de la ciudad) 
dado en arrendamiento temporal á los patricios (los verdaderos ciuda- 
danos), quienes convirtieron aquel derecho, poco á poco, en posesión 
indefinida y luego hereditaria, cediéndola á veces en precario á los 
plebeyos, y originando una serie de luchas que llenan toda la historia 
de Roma. 

La comunidad, pued, en la ciudad romana primitiva, es restringida. 
Queda una masa de población, integrante de la ciudad natural, que ni 
pertenece á la ciudad política, ni al populue, ni tiene disfrute en el ager 
publicue^ ni propiedad familiar. Y en este estado ya, la organi^ión 
de las ciudades difiere notablemente de la antigua organización de la 
tribu, de la cual procede. Porque en medio de la rudeza de los primi- 
tivos tiempos y de la absorción del individuo en la familia y en la tribu, 
por el lazo del culto y del poder patriarcal, tiene aquél un cierto valor 
sustantivo, una finalidad é interés propio, origen de la igualdad consi- 
guiente; de donde todos los que viven en un mismo territorio, forman- 
do un pueblo, disfrutan los mismos derechos y gozan de la propiedad, 



(1) Layeleye,0&.e<e. 

(2) Hearn, Ob. cU.^ oftp. 8.«, págs. 76*78^QaÍEá8 son también vestigio de 1» 
antigua oomnnidad de la tribu, la moMcipaUo y la i» iwre ee$»iOt como adqttisi- 
oión por vindioaoión^ 

(8) Los plebeyos, segdn Fastel, prooedian, ya de las familias qne no se hablan 
oreado oulto, ya de las qne lo hablan perdido por extinguirse la rama princi- 
pal ó por imposibilidad moral, ya de las uniones celebradas sin rito (ejemplo 
que no es nuevo en la historia), ya de los elientee que abandonaban las gene por 
malos tratos, etc.— C<<é anHqu^t af70-71. 



BOMA ^ 85 

8Ía exclusión alguna. Sólo cuando por el anmento de población se 
disgrega la tríbn y Tienen las emigraciones, las conquistas y el coa* 
tacto con otros pueblos, nace el Estado, junto á cuya original base 
familiar y por causa misma dé su exclusivismo, queda una masa de 
hombres— los extraños^ los que no reconocen el misnio origen, los 
Tcncidos no participantes del culto — que no tienen derecho alguno de 
propiedad. Subsiste la consideración social igualitaria en la dvitas^ 
pero es sólo para los puros^ los vencedores, los pertenecientes á la fa^ 
milia^ únicos* que se consideran miembros de aquélla; y por bajo 
queda otro pueblo, otra agrupación á la que no se extiende aquel ca- 
rácter y que está desprovisto de todo. De manera que el régimen conau- 
nista, no es completo (1), no gozan de él todos los individuos que in* 
tegran el pueblo, porque en derecho sólo son pueblo los patricios. 

En tiempo de Numa, los abusos da éstos sobre el ager publi' 
cus eran ya tales, que hubo que legislar para reprimirlos: y á la vez, se- 
gún parece, hizo el rey nueva división de las tierras, á favor, no de los 
individuos (tairitim), sino de las asociaciones de familias ó gentes, 
dando á cada una dos yugeras (Varron) (2). Por el carácter de esta di- 
visión, no redbieron nada los plebeyos que estaban fuera de la gene. 
É importa señalar aquí otro detalle de la historia romana muy intei'e- 
sante. La evolución greco- romana de la propiedad — dice Martins-^lft 
griega especialmente) parece ser: 1.^, comunidad indivisa del clati: 2.^, 
patrimonios particulares de las familias, sin pasar por las distribucio- 
nes temporales de sortee (3), de que en efecto no tenemos, hoy por hoy, 



(1) Caestión: el ager publieus fué sin dnda la parte de tierra no distribuida 
que se dejó en común. ¿Cómo aparece luego mantenida por los patricios á ti* 
tnlo de arrendamiento concedido por la ciudad? ¿Es que era una propiedad del 
Estado que se arrendaba como hoy ciertos servicios públicos, según general- 
mente se opina? ¿Qué valor tenia, pues, el ager privatuM? Privatus quiere decir 
especial, no común; pero nunca, entonces, InáividMáL (Vid. Béchard, Droit. mu- 
metp, dans VAntiquHé.) 

(3) Yarron, Festo y otros autores, hablan de esta distribución como hecha 
por Bómulo. Sea lo que fuere, siempre resulta que se hiso & favor de los ca- 
bezas de familia (ciudadanos— los que tedian representación ante la ciudad), 
y en calidad de bienes hereditarios (hoeredium), Yid. Laveleye, Oommunautés 
defamiüe^,iRev»éPI!eon. politiq.—lSBB, n/'i,) Fnstel arguye que teniendo por 
fin la división de Kuma, nueva fijación de limites (térmlnúa)^ esto no quiere 
decir que antes fuera la tierra común. 

(3) iluádro dat imt prkn.f plg. 10& Según Fisoher, citado por Martius, la evo- 
Ikoión del régimen predial inglés (no el irlandés) fué la misma: cosa que no 
parece probada, según veremos. Lo que resulta de la conservación sostenida 
de la primitiva unidad de propiedad (dos ^Mi^era, que luego subió á siete), es 
que el sistema de distribución romano (al revés del germano) era de igualdad 
de partes. Las leyes agrarias llevan igual tendencia, que es también el ideal 



86 ^ HIBTORIA DB LA PBOFIBDAD COMUNAL 

datos segaros. Los repartos que conocemos, todos son de carácter de- 
finitivo; si bien hay que tener en cuenta, para no decidirse de un modo 
absoluto, lo mucho que resta por conocer de la Roma primitiva antes 
de Servio Tulio, cuvas reformas representan una era nueva y una re- 
volución mujftrascendental. Ello es que, en toda la historia conocida, 
los dos organismos que viven y mantienen su carácter hasta bien entra- 
dos los tiempos, son la gens^ y bajo eDa las familias, cuyo carácter he* 
reditario, cerrado é independiente, señaló de un modo decisivo entre 
nosotros, el malogrado Sr. Maraoges (1). Por mucho, serán las fuerzas 
vivas de Roma, y dejarán huella de su institución en las leyes, en las 
cqitumbres, eo la política, hasta en las profesiones. Pero desaparece- 
rán ante el individualismo triunfante, en cuya obra alcanzaron gran in- 
fluencia los plebeyos que no tenian tradiciones que guardar, ayudados 
por el egoísmo y la corrupción que invadieron á Roma, merced al in- 
flujo orientalista y á la propia falta interna de vida de aquel pueblo: y 
por el mismo sentido del poder de la ciudad, cque cuando encarnó en el 
imperio, y aun antes, estableció bajo si la igualdad de la servidumbre.» 

. La reforma de Servio Tulio sefiala transformaciones de gran alcance 
en la organización de la ciudad: si bien es un hecho cuya preparación 
y cuyas causas inmediatas no conocemos. Servio Tulio llama á los ple- 
beyos á la vida pública y les concede siete jugadas en el campo, para 
que cultivaran tierra propia, no la ajena (2); haciéndolas transmisibles 
y entOenables, y libres del impuesto de renta, pero sujetas á otras car- 
gas que no pesaban sobre lo poseído en el suelo común por los pa- 
tricios. 

El carácter religioso de la propiedad familiar, recibe el primer gol- 
pe con esta concesión de tierras y con la introducción de los plebeyos 
en el ejército. Porque no teniendo la plebs dioses lares, ni tradición de 
familia, podía vender su propiedad, que poseía individualmente, repar- 
tiéndola luego mortis caum^ en vez de trasladarla íntegra é indivisa, 
como hacían los patricios antes de las XII Tablas. Resistió, no obstan- 
te, la organización familiar, reaccionando con Tarquino. Las XII Ta- 
blas representan un golpe más rudo, al conceder la libertad de testar 



ele loi griegoi. Aristóteles considera la desigualdad oomo el principio de todos 
los males. 

(1) A(«d<os./Mfiti<coff.— Madridí 1878.— Primer estadio,.sobre el DertchQ d^fa- 
wffim, 

(SO Sabido es que los plebeyos recibieron mnobas veoes en arrendamiento 
las posesiones de los patricios. Las riquezas que adquirieron algunos de ellos 
y que tuvo en cuenta Servio Tulio, ¿eran de numerario y cosas muebles, prime- 
aras sobre las que se ejerce la propiedad privada? 



ROMA 87 

(annque con ciertas limitaciones) y la diyisión.del patrimonio, median- 
te la famüiae erciscundae. 

No declinó inmediatamente, sin embargo, la comunidad tradicional, 
7 pmeba de ello es la conseryación de los antiguos lotes de Biete juge* 
ra, hasta muy entrada la historia de Roniía. Explícalo Rossbach di- 
ciendo que ocnrría con frecnenda, á la muerte del padre, que quedaran 
los hijos con sus familias, reunidos para cultivar en común la herencia 
patrimonial. Objeta Jhering que tal relación pudo sostenerse por dos 
ó tres generaciones, nunca por siglos; pero siempre es un vestigio del 
antiguo espíritu familiar, de mucha importancia al lado de la facultad 
absoluta dé enajenación, como inherente al dominio, y la divisibilidad 
ilimitada de la propiedad, que vienen á ser las características del Dere- 
cho romano (1). 

Desde aquella ventaja de la plebe, la lucha por la conquista de los 
derechos se empeña con más insistencia y con mejores seguridades. 
Explícase que se opusieran á sus pretensiones los patricios, porque 
no elevándose á la idea de humanidad, sino encerrados en la de familia, 
y creyendo que lo que no está en ella no tiene derecho ni éste puede 
salir de la Ciudad creada por un tratado entre linajes, no podían con* 
siderar merecedores de él á los extraños, y repugnarían su asimilación. 
Pero los plebeyos, que tenían de su derecho la conciencia firme que 
tienen todos los desheredados, no cedían un momento en su ejemplar 
labor revolucionaria, cuyo carácter enérgico pero no atropellado, firme 
pero no violento,-*merced quizás á formar parte de la plebe muchos de 
los clientes antiguos--ha quedado como moddo de procedimientos po- 
líticos, en parte copiado por el pueblo anglo-sajón (2). 

A la vez que los plebeyos trabajan de este modo, los lazos de la 
gen8 antigua fueron aflojándose; pierde personalidad la unidad familiar 
y la adquiere el Estado, que se va introduciendo en las delaciones inte- 
riores de la casa. La extensión del imperium áe Roma, que producía 
el roce con los extranjeros, y el nacimiento del jus honorarium con el 
influjo lento y persistentCt acentuado de cada vez, del ju8 gentium^ 
fueron causas para que cediese la idea de la familia como cuerpo ce- 
rrado, que tiene en si, á exclusión, un orden completo de derecho. 
Por eso en la legislación clásica apenas si alguna vez se indican reglas 



(1) Jheringr, EipMHt dU Derecho romano, H, pág* 1^ de la traduoción firaD- 
cesa. La inalienabilidad de la tumba de |oi antepasados y de la tierra que la 
rodea, persiste en la legislación por mucho tiempo.— XIII Tablas. Dig, XVIII^ 
1, e.-Gioer. i>e 2«flr«&., II, 24. 

(8) Yid. La lucha por el Derecho, de Jheringr, y el prólogo, preciosamente es- 
oTito, de D. Leopoldo Alas, que precede & la traducción española del Sr. Posada 
Biosoa. 



HISTOBIA DE LA PROPIEDAD OOMÜKAL 



para la comunidad famili/tr, ni mncho menos para institudonefi de an 
carácter privilegiado como loe fideicomisos de familia, fendos, etc., re- 
sultado del espíritu de igualdad de clases á que se habia llegado. En 
la aplicación de las sustituciones á los fideicomisos, creando los fami- 
liares de cuatro generaciones, la idea que impera es la de evitar la di- 
lapidación de los jóvenes y la reducción á la pobreza de familias de 
cierta importancia; pero no juega casi la de comunidad en el sentido 
antiguo, que daba razón distinta á la prohibición de enajenar el patri- 
monio. Cuando aparecen comunidades entre esposos, hermanos, etc., ó 
son temporales ó impuestas por un testador con más visos de co-pro- 
piedad que de otra cosa (según ocurre hoy en las partes indivisas de 
herencia) ó en interés de otras medidas. Así se desprende de la ley 16, 
§ 8.*», de cUien.; 78, %Sad Se. TrebelL; y 8 y 81, § 4, efe exeus. El 
texto de Virgilio: <mnta communia unanimi fratres sicut kabere sdent 
(BucóL, 8, 9) que cita Jhering, no lo he encontrado en el lugar de 
referencia. £1 § 8, c. 4, lib. 4 de Ya). Máximo, se refiere á la vida 
modesta que en lo antiguo llevaba la familia Elia. 

Los plebeyos avanzan en su obra; y vienen las limitaciones y los re- 
partos de la ley Licinia y los posteriores á las derrotas de Pyrro y de 
los latinos. 

Estos repartos se verificaban sobre las tierras conquistadas, de las 
cuales, parte se vendía á beneficio del Tesoro; ^los bosques y pastos 
se excluían de la^ distribución para que su uso quedase en común á' to- 
dos, y que cada ciudadano pudiera enviar á pacer su ganado y tomara 
la lefia que necesitase para su consumo; era una especie de tierras co- 
munales. Otra parte del ager publicus se atribuía colectivamente á los 
ciudadanos necesitados.» La propiedad del ager fué, como hemos dicho, 
invadida por los patricios, y las rogationes Licinias trataron de re- 
mediar el abuso, limitando el número de cabezas que podían enviarse á 
los pastos en favor de los plebeyos. Lentamente, y según éstos fueron 
obteniendo repartos, participaron del ager putblicus^ que de^ó por en- 
tero de ser propiedad común, porque de posesión perpetua acumulada 
de los patricios, se hizo propiedad dividida é individual de los ple- 
beyos (1). 

A pesar de esto, los pobres no pudieron conservar sus campos por 
ser enajenables, y verse ellos en la imposibilidad muchas veces de culti- 
varlos teniendo que asistir á la guerra; y como á la vez habíaii de sub- 



(1) Meyer y Ardanji, Oh, eit^ p&gs. 79-80. Consúltele también, para el estadio 
de la evolnoión económica, Emile Belot, Htttoir. dea chevaUers roma1ne»f sJHla 
revólwUoñ écoH. et tmmUaire qui eüt lien á Borne au tnUieu du Uf!"*^ tiécle avmt 
Vére éhríUenné,'-lBSKi. 



BOICA 89 

yenir á sus necesidades natnrales, ó Tendían su tierra, ó tomando á 
préstamo de los ricos, caia ésta en comiso y ellos en servidumbre. 

Se originan con esto nuevos trastornos, of récense para remediarlos 
las leyes agrarias de los Gracos, pronto eladidas y derogadas, y cuyo 
objetivo era el cíger publicus; las de Saturnino y Bullo; y los repartos de 
César, de Mario y otros posteriores que, con ser de importanciai, no 
consiguen aminorar gran cosa el proletariado; pero en consecuencia de 
pstas medidas, al propio tiempo que se divide la propiedad, alcanzando 
^ mayor número su goce, se individualiza» Y asi se llega á la nota 
fundamental de la propiedad romana: el individualismo absoluto, egoís- 
ta y abstracto. 

De él deriva la teoría de la ocupación, que supone este acto como 
indtvtdualij cuya significación en la historia de las ideas puede ahora 
reconocerse claramente, asi como él género de ¿u. influencia posterior. 
«Este vicio — dice Maine, refiriéndose al carácter áe individual — se en* 
cuentra en todas las teorías provenientes de Roma, de su derecho na- 
tural, que difería principalmente del civil (conservador del antiguo 
sentido de la ciudad), en que se dirigía ó tenia en cuenta á los indivi- 
duos: y por esto precisamente ha rendido un gran servicio á la civili- 
zación, libertando al individuo de la autoridad de la sociedad primitiva 
(sino que fué demasiado lejos en la liberación, puede añadirse). El 
derecho primitivo no conocía casi á los individuos: no es dé ellos, sino 
de las familias de quienes se ocupa, es del grupo y no del hombre ais- 
lado. Aún, cuando las leyes del Estado llegaron á penetrar en los pe- 
queños círculos de la familia en que no podían entrar en un principio — 
y así, como hizo observar el Sr. Maranges, el desenvolvimiento del 
derecho de familia romano se verifica de fuera (las relaciones exterio- 
res y públicas) á dentro,— el punto de vista desde el que considera á los 
individuos, es singularmente diferente del que adoptaba ctialquier otro 
áerecho menos modernos (1). Nunca hubiera nacido en una sociedad 
arcaica la idea de una ocupación individual: la entidad ocupante era la^ 
tribu; á lo más concreto, \a familia. 

Señalóse más este carácter, porque la debilidad de los pequeños pro- 
pietarios, faltos de apoyo, aislados, sin una fuerza como la que les daba 
antes la familia reunida y la inalienabilidad de los bienes, produjo la 
acumulación de la propiedad, causa dé la famosísima frase de Plinio; 
liatifitndiaperdidere Italiam (2). ¿Fué completamente exacto el hecho 



(1) Samner Maine, ÁneUnt law, VIH. 

(9) Con los Utifandia se desarrolla, como nno de sus peores efectos, la oos- 
tnmbre y mnobas veces la necesidad, no sólo por la extensión de los terrenos, 
sino por considerar el ganado como la mejor riqúesli, de convertir las tierras 



90 HI8T0BIA DB LA FBOPIEDAD COMUNAL 

que esta frase señala? Los úítímos trabajos de Fustel de Gonlanges 
indacen, cuando menos, á sospechar otra cosa. Empieza Fustel (1) 
diciendo que de los datos estadfstioos de las inscripciones de Yiterbo 
(Trajano), Veleitf, Baebiani, etc., conservados en Cicerón y Varron, 
resulta que en aquel tiempo había una infinidad de pequeños dominios, 
coexistiendo con otros grandes, como los de que Plinio habla. En 
efecto, según Basema, un esclavo bastaba para ocho yugadas (ar* 
pene) (2); luego los ocho esclavos que Horacio necesitaba para su agellue^ 
representan 8x8=64 yugadas; en los que poseían ó necesitaban 12 á 18 . 
esclavos (según Cicerón y Varron), 12x8=96 y 18x8=144. Las cifras 
que dan para el terreno son generalmente de 100, 200 y 800 arpen». 
Las mismas palabras de Columela, que habla de propietarios que no 
podrían recorrer en un día á caballo todas sus dominios, se refieren á 
las nuevas propiedades eü terrenos incultos de bosque ó monte (ealtusj 
que se roturaban, sin buen éxito muchas vecei^ La roturación es un 
origen de propiedad en la época del Imperio, como hemos visto que lo 
era en otros pueblos y épocas. — Plinio, si habla del letal influjo de los 
latifundia, dice á continuación que la agricultura estaba floreciente en 
su tiempo. . 

A pesar de estas afirmaciones, reconoce Fustel que en la misma 
Yeleia, colonia de nueva creación como Baebiane, la propiedad pequeña 
desapareció pronto, concentrándose en pocae manoe, por más que la 
unión de varios antiguos fundue (propiedades rurales) bajo el poder de 
un mismo dueño, no les haga perder sus nombres propios, constitu- 
yéndose desde luego, no latifundia, «sino grandes fortunas territoria- 
les — ^propietarios ricosi», — dice Fustel insistiendo en su punto de vista. 
A pesar de lo cual, él mismo añade que cuando varios fundue perte« 
necientes á un solo señor están contiguos, en las inscripciones se les 
señala conjuntamente, lo que es anuncio de la formación de grandes 
propiedades, perdiendo en sustantividad las pequeñas; cambio que so 
hizo muy lentamente por ir contra la costumbre seguida en el campo, 
de llevar y continuarse, á pesar del tiempo y de las manos distintas 



laborables en pastos; abuso que se llevó al extremo en las provincias y que 
trataron de evitar en benefíoio de la agrioulturai pero sin éxito, algunas leyes. 
Otro efecto fué el absen teísmo. 

(1) Le domaine rural chU les romainte.'^Bev, des Deux Mondei, 15 de Septiem* 
bre y Í5 de Octubre de 1886. 

(2) Bl arpent es medida agraria francesa equivalente á 61 &reas 7 oentiáreas; 
corresponde al mor gen alem&n, éljugero italiano y la yugada nuestra. El arpent 
común de las provincias es de 42,21 áreas.— Doursther, JHct uuiv. deepoidi et 
meauree. Según el Sr. Costa, el arpent es medida española antigua, como atesti- 
guan San Isidoro, Y arron y el Fuero Juago. 



fiOHA di 

por que pasabap, los nombres propios de caátí/undua. Sin embargo, las 
grandes propiedades no pasaron, por lo general, de la extensión qne 
hoy ocupa nn municipio. 

Pasando á otro punto de mucho interés para nuestro estudio, 
escribe Fustel: Nótese que no tienen los romanos palabras para 
designar lo que hoy entendemos por pueblo, población rural (vi- 
üage),— Pagua significaba circunscripción rural, pero no un cuerpo de 
habitaciones. Vicu8 contenia la idea de construcciones aglomeradas, 
pero no precisamente rurales: se aplicaba á un barrio, una calle, ;nna 
manzana! Villa es una heredad, y nunca se refiere á un pueblo, ni los 
agrimensores parecen conocer esa entidad (1). Se habla de villas^ ciu- 
dades, municipios; nunca de pueblos ó aldeas. Sólb, á yeces, vicua se 
aplica á un grupo de cabanas en que Tiyen los siervos del señor, con 
dependencia de la villa^ es decir, referido al predio. Si alguna vez se 
constituían vid de hombres libres, cuyos dominios estaban contiguos, 
cía ley no les daba verdadem individualidad»; eran siempre «aparte in- 
tegrante de la población, de la ciudad, del municipioi>. En alguna oca- 
8ión se indican vid mtmeroaoa que luego llegaron á formar pobla- 
ciones; pero, no obstante stt importancia, se les dio aquel nombre 
quizás para indicar que estaban snbordiq/ados á una ciudad (2). — En 
Oriente es donde se arraigan las metrocomiae^ verdaderas comunidades 
de labradores. Fuera de esto, cía comunidad rural, como institución 
regular y universal, no existe». La unidad rural no es, pues, elpueblo^ 
sino el fundo^ la hacienda particular. Nuestros puehlga modernos, naci- 
dos muchas veces de heredades, llevan nombres derivados de los anti- 
guos propietarios. Por eso— concluye Fustel generalizando dema- 
siado—las comunidadea de pueblos deHvanse de los fundoa^ no siendo 
en su origen sino la parta de tierra que el propietario dejaba para el 
diafrute en común de aua labradorea. 

La certeza de estos datos de Fustel, qne ha llegado á reconstruir 
con gran claridad la organización de las propiedades rurales romanas en 
la época de la acumulación de tierras, pone bien de relieve el extremo 
á.que llegó la evolución económica en el sentido individualista. No por 
«sto hay que concederle fuerza negativa contra ejemplos de comuni- 
dad, — vestigios los unos de instituciones primitivas, y formas moder- 



(1) Def pues de 1» invasión de loi firanoof , las de&ominaoiónes yarian. Jfaii«tMii 
ei el dominio de la famiHa rnraL cuando ésta aumenta, el conjunto de varios 
manH forma la viü<h «reanión rural con campos* prados j bosques», la cual, 
una ves fortificada, se Uama eattrum. Las ciudades son wr^M, bwrgi, oppida, civU 
UUe9 6 vumieipia. (Béohard, Ob, eit) 

(8) Savigny, Siatema M Derecho Morntrno, g 87, t. II de la trad. española. 



92 HI8T0BU DE LA PROPIEDAD OOMÜKAL 

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ns8, otros, de las relaciones de oíase, — que podemos recoger en el de« 
recho y el testimonio de los clásicos. 

Desde luego, hay qne figurarse los predios rurales de que habla 
Fustel, como un dominio casi feudal: cnltiyanlos sierros, libertos y co- 
lonos de condición mny aproximada á los de la Edad Media, subordi- 
nados á nn capataz ó villieue qne representa al dnefio, conu> el etarosta 
en el antiguo mir ruso. Ahora bien: ¿en qué forma yirfan esos colonoe 
que en derecho aún se consideran como hombres libres, y los mismos 
esclayos adheridos al fundo? (1). ' 

Punto es que permanece oscuro en la historia del colonatS romano. 
Las opiniones más aproximadas de los autores son favorables á la 
existencia de comunidades, con cultivo y posesión común bajo el supre- 
mo derecho del duefio. Alguno llega á afirmar resueltamente (2) que los 
eolUbérti de derecho romano, asi como los de la Edad Media, fueron en 
un principio cultivadores en común. Biendo esto exacto, tendríamos 
ejemplos de comunidades de hombres libres y de siervos, en relación 
muy análoga de la que hemos de ver en la época feudal; notando que 
los vid de hombres libres cuya existencia afirma Fustel, aunque no 
reconocidos legalmente como cuerpos, yutónomos, de hecho lo fueron, 
habiendo razone? para presumir que vivían comunalmente ó con cierta 
solidaridad análoga al comunismo. 

Quede por ahora como un dato que tal vez nos lleve en su día á 
más sólidas afirmaciones. 

Otra especie dj comunidad, la de los municipios sobre tierras indi- 
visas que los vecinos usan, está perfectamente reconocida en la legis- 
lación romana. Volveremos sobre ella, al hablar de las provincias y de 
la colonización. Pero no terminan aqui los vestigios. El Código Teo- 
dosiaüo admite la indivisión de parte de bosque y pastos entre los pro* 
pietarios de las tierras colindantes cultivadas y en prot>orción á la ex- 
tensión de éstas que posee cada uno (8): ejemplo bien extraño en un 



(1) Para la oondioión d^ lofi poié9ior€M (pequeños propietarios), los libertos, 
eoUmos ádeeriptoe y ttervott su la época á que se refiere Fustel, vid. un estudio 
de D.Eduardo Peres Ft^ol, Ettadode la$ peretmtu en él siglo Yj heobo prin- 
^ cipalmente sobre los datos légrales del Oódigo Teodosiano (Reoieta de Eipaña, 
1884.) En él puede apreciarse con gran claridad la relación de aquellas eUiese 
con la tierra y con los grandes propietarios, y la escasa diferencia de hecho que 
habla entre ellas. 

(8) Guillonard, MHoire áee etXUbefrU, 1878. — Fustel, Obeervatíoiñe eur une 
ouvreige de Jf. d« Laveleye. El autor, lo mismo en este articulo que en el estudio 
sobre Le domaiiñe rtcrol, no niega la probabilidad de que viviesen éomunal- 
mente los cultivadores. • 

(8) 8Ü9arum, montium et paecui, uniquiqM pro rata poeeeeionie euppetU eeee 
eommttne. ¿Hay también en el Oódigo Teodosiano algo de la unión del fundo 



BOXA 9S 

derecho cuya máxima era Nemo in communiane potest invitus detineri. 
£n la legislación jnstiniaiiea hay otro caso aún más raro: el de nna co« 
mnnidad constituida sohre nna donación de terrenos (1), en la misma 
forma qne hemos de ver usada más adelante. 

Deepnés de esto, puede decirse que no se encuentra ejemplo de pro- 
piedad comunal en aquel Estado, sino muy rara yez en la propiedad 
de los colUgia^ carparat untver$iUttÍ8^ en que por encima de su carácter 
social predomina siempre el indiyiduál, representado por el eofUrato (2). 
Las personas jurídica», naturales, necesarias (comunidades, munici- 
pios, colonias, etc.) ó voluntarias (corporaciones y fundaciones), tie- 
nen como tales capacidad del derecho de propiedad, qne ejercitan por 
representación: así, poseen esclayos á quienes pueden manumitir de 
hecho, etc. La forma de su propiedad no es siempre comunal (ni podía 
serlo en las fundacione»), pero lo era algunas veces. Ljeui carporaci<h 
nes (de artesanos^ escribientes, panaderos, etc.), podían arrendar sus 
inmuebles y administrarlos por cuenta propia, 6 ahandonar el goce de 
los mismos á sus miembros^ como en los bienes comunes de nuestros 
pueblos ó los Bürgervermogen de Alemania. En este caso, si el goce ó 
disfrute es verdaderamente total en cada uno de los miembros, no so- 
bre una parte ideal (co-propiedad), ó aunque se marquen divisiones son 
temporales y para el solo efecto del aprovechamiento, hay una verda- 
dera propiedad común. Aun en el primer caso, si el producto del arren- 
damiento ó administración no se consume en el mantenimiento de las 
necesidades naturales á la personalidad de la corporación como tal, 
sino que se distribuyen entre sus miembros, hay, parece, de igual 
modo, comunidad (8). 

Una tercera forma mixta era el disfrute de los miembros, pagando 
como precio de él un canon módico á la corporación. Cuando dentro 
de una l\&mAá& persona jurídica la propiedad pertenece individualmen' 
te á sus miembros (v. gr., en las asociaciones anónimas modernas) ó 



y^rmo al qu« se ooltiyai oomo en derecho biíantíno? Vid. la edición de G-oto- 
fredos, palabra ÁdieeUo en ios indicee. 

(1) Digeito, XXXII, 38, 4&.-'C&rpu» inscHp. laUn^ V, nám. 4057: ^Olfaudii) Ama- 
9(mi(e)ut, ^.^. pra^toriolüm eumhortulo et herpo liherti» libertabusqué posterUqué 
€onm cedi ut uistit, n€ quando d^ famüia alUnUur,* (Vid. ejemplo de Bolonia en 
el cap. II.) . ' 

(S) Sayigny. Ob. ciL—Peramas jwríéieas. T. U, § 85 y Bignientei.— El frag- 
mento de Marciano, Dig., 43, 22, fr. 9.«, qne algunos indican, se refiere á la divl* 
•ion de los bienes: Sed pemUUtur iU (eollegiit), eum dieioUmn^Vt péctmias eommu- 
«M, 9i quai habent, dividerét pécunicm qum inter «e partOur.— Hinojosa, Histeria del 
Deruho espalíolt I, pág. 2S¿; Madvig: Eü Estado romano, t. III de la tradnooidn 
francesa. 

(8) Comp. formas de aprovechamiento en el derecho tradicional. 



M HI8T0BIA. DB LA. PBOPIBDAD COMUNAL 

sólo se atribuye á una clase, la forma de aquélla podrá ser social ó oo^ 
lectiva, pero nunca común. 

Ap^as si puede sefialarse otro ejemplo de comunidad en la de los 
esdavoB públicos^ que eran más bien esclaVps de la ciudad que de los 
ciudadanos; y en las tierras UticoB^ en que puede sefialarse una comu- 
nidad familiar, ó mejor, un Tínculo de masculinidad afecto á un ser- 
tícío. Bthal pudo decir muy bien que en Boma <el derecho es una esfe* 
ra de la arbitrariedad completamente incondicional, soberana*. Al cabo 
no quedan en ella más que dos principios: el derecho absoluto, ilimita- 
do del individuo^ y el dominio eminente del Estado, como restigio del 
poder de la ciudad y transformación última d^l derecho de la tribu (1). 

Para encontrar de nuevo el espíritu corporativo social que templa 
los egoísmos y vigoriza las fuerzas individuales, hay que volver los 
ojos á la vida^ndigena, tradidonal y frescamente conservada, de las 
provincias (2). En ellas vivían pueblos, que como los helenos y los ita- 
Ilotas, habían venido dd Oriente, pero que mantenían sus, costumbres 
primitivas y llevaban en otro sentido su evolución. Más allá, al Norte 
y al Este, hormigueaban las tribus nuevas, fruto de la última emigra- 
ción, en las que vivía también la organización arcaica, y que pronto 
habían de caer sobre el Imperio romano para transformar, en la medida 
que era posible á su fuerza de revolución, el estado de la sociedad. 

2. Examinado en el párrafo anterior el sentido total de la evolución 
económica en Boma, y especialmente su efecto en la agrupación fami- 
liar y en el interés de los individuos; indicado así el concepto gene- 
ral y formada idea de la característica romana en orden á nuestro 
objeto, interesa para concluir el cuadro y para que resulte en lo posi- 
ble con todos los detalles que pide la complejidad histórica de los he- 
chos, fijarse en un punto de la organización administrativa que es, sin 



(1) AEo&rate, Oh, c¿<., 1, 135. Hasta en las oomnnidades temporales entre es- 
posos, madre é hija, eto., en qne se oonstitnye ana toeitUu cmnia ¿ononim, pre- 
domina—como deoimos antes—el sentido de ntilidad personal: ni siquiera hay 
el de fideicomiso familiar, feudo ó vinonlo, con la intención privilegiada de los 
mayorasgros del XYI (Vid., p. 88, y Jhering, Eéptritu áü Dtrtcho romano. II, 09), 
que repngnaba al espirita igaalitario romano. 

(2) Los manicipios romanos de las provincias, tenian machas veces propie- 
dades oomnnales, como en Galia y en Espafta. Qaizás haya qae tener en caen- 
ta, en esto, la formación de muchas poblaciones de las sometidas ó dominadas, 
qae, como Bmporium (Ampnrias), mantenían en nn cuerpo separado de ha* 
bitaciones (barrio ó sección), á los indigenas que hacian vida aparte de los ro- 
manos. Bsta separación de rasas, con la misma disposición amurallada (que 
en Emporlum no se mantuvo siempre), se continúa en la Bdad Media. 



BOMA. 95 

dnda, el de mayor interés para el estadio de la propiedad comunal: 
de nn lado, por la permanencia y extensión de los ejemplos qne ofrece, 
y de otro por ser el qne mis directamente se enlaza á la organización 
administrativa y á las instituciones comunales de la época medieyal. 
Nos referimos á los bienes de los milnicipiosj ciudades y colonias. 

Por más que Bcth^ enumerando en orden á la propiedad las cosas 
que dice yeían necesarias los romanos para la administración muni- 
cipal, señale tan sólo las. que pueden referirse á los bienes de propios^ 
lo cierto es que existían los camunaies perfectamente yisibles en el 
cuadro administrativo de las agrupaciones mencionadas. É iiíiporta 
hacer alto en ellos, porque son, repetimos, el precedente de la propie- 
dad comunal en los municipios, y en su existencia se afirma el derecho 
anterior de los pueblos contra el de los sefiiores. 

Figuran siempre en primer término las llamadas cosas públims^ 
cuyo uso es común en su mayoría á todos, los hombres admitidos en 
relación social con los locales, y cuando menos, á todos los de un Es« 
tado ó de una ciudad. Confirma esto é\ hecho de que hasta Justiniano 
no se hizo separación de las cosas pública» j Iob comunes, teniéndolas, 
pues, en igual categoría jurídica, quizás porque se conservaba el anti* 
guo espíritu exclusivo de los grupos locales que, no admitiendo á nin- 
gún extraño, menos podían pensar en participaciones de uso sobre las 
cosas públicas. Cuando las relaciones, por (efecto de la guerra y el co- 
mercio, se extendieron, y eniró-el peregrinus en la ciudad bajo la sal- 
vaguardia, ora del derecho, ora del interés mismo, la confasión entre 
aquellos dos órdenes de cosas no desapareció: aunque para algunas 
(bosque público, v. gr,), en lo que tocase á su disfrute, hubo de susti- 
tuirse por una delimitación razonable de facultades. Y es preciso que 
venga Justiniano para que se haga distinción entre ellas por razón del 
derecho que las rige: que es, en las públicas, el del pueblo romano, y -en 
las comunes el de gentes. 

Así y todo, las cosas públicas constituyen dentro de cada Estado 
una comunidad importante, porque á esa condición deben su existen* 
cia las más; no concibiéndose una apropiación, ya la hiciese el Estadq, 
ya los particulares: la cual, en efecto, no se ha realizado más que en el 
^ período anárquico, ó mejor poUárchico, del feudalismo, y hoy día, en 
cierto mofio, bajo la paternal solicitud de nuestras Administraciones 
centralizadas. La comunidad de los caminos, las aguas, los paseos, los 
ríos, calles, etc., á pesar de lo absorbente del fisco romano, no faé ne« 
gada nunca: parecía tan natural como la del aire. 

Al lado de las cosas públicas aparecen en las ciudades los bienes de 
propios, que diríamos, los de la universitas, vectigales ó no,. y con ellos 
las tierras comunes para pastos. El jurisconsulto Scaevola, da testimo- 



96 HISTORIA DB LA FEOPIBDAD OOMUNAL 

nio de ello y las llama ager campaseuua (1). Ageno Urbico cita la 
existencia, en la Campania, de bosques asignados en comunidad. Sicnlo 
Flacco {De eonditione agraria)^ dice qne esos bienes proceden de las 
tierras subcesiva 6 excepta: Ineeribuntur est compascua quod est genus 
cuasi siibsecivorum^ sive loca quid proximi quoque vicum. 

Para entender este texto, es preciso recordar qne en las diyisiones 
que se hacían del territorio, al establecer una colonia nuera, luego de 
Terifícados los repartos de lotes (jugera) y marcados los caminos, se 
dejaban como sobrantes, en las alas del cuadrilátero trazado y en el 
extremo del territorio, ciertas porciones de tierra llamadas subse^ 
civa (2), asi como se llamaban rura loe campos incultos (pastos y 
bosques). 

Esto mismo confirma ürbico, diciendo que las colonias tenían á su 
extremo ¿erras procedentes de concesiones ó de excedencias, cuyo uso 
era común á los yecinos y Impropiedad del cuerpo municipal: las deno- 
mina vinacalia. 

En la legislación de una colonia española, Osuna (Urso), se con- 
tiene el reconocimiento de tierras anejas á la ciudad y cuyo uso es co- 
mún para los yecinos (8). El texto, sin embargo, no es tan explíbito 
que resuelya de plano la cuestión de si los bienes á que se refiere eran 
de propios ó comunales, puesto que el mismo Sr. Berlanga, cuya 
competencia en esta clase de trabajos es indiscutible, no presenta cla« 
ro este punto. La frase agri quibus publicae utarUur^ testimonia en fayor 
de la comunidad de uso, que también reconoce el comentarista; pero, á la 
yez, habla el texto de arrendamiento de aquellos bienes fnevetocah lofi' 
giu8 quam in quinquenium), lo cual hace pensar si serían de propios (4). 
Cierto que, á yeces, los comunales se han arrendado sin que perdieran 
por esto su condición, y de ello yeremos ejemplos en nuestra patria y 
en Suiza; pero queda ^n pie la duda del carácter que aquellos bienes 
(agri^ ailvae, aedijiciajieni&n en la ley de Osuna, y de la relación admi- 
nistratiya que con ellos guardaba la corporación municipal, en concu- 
rrencia con los yecinos. Baste el hecho de que los tales bienes <cson usa- 
dos públicamente por los colonos» (5). 

San Isidoro, en los Origines (líb. XV, c. 2), define estos bienes 
así: «Pastos públicos son los que, luego de los repartos ejecutados por 



(1) L. ao, § 1, lib. Yin, Üit. 6, H tervit vindie. 

(2) Este nombre se aplica también A los bienes de propios de ios municipios . 
Sicnlo Flacco. Apnd. Berlanga. 

(8) Ley municipal de Osuna, o. 82.— Berlanga} Loi nuevos br<mce9 de Osunot 
Málaga, 1876, p&gs. 8,14,132 y 148. . 

(4) Yectigales, scripturarius (Festo). 

(5) Berlanga; loe. eit, y pAg. 186. 



BOMA « 97 

los divisores agrum^ se atribuyen á tal ó cual territorio para ntilidfui 
común. ^ Coincide Bienio al tratar de los comunales de los pneblos, 
que se distinguían con inscripciones, y de cuya guarda y conservación 
se encargaban ciertos funcionarios llamados agrimensores. 

En los Scriptores rei agrarie latinos, el autor del Enehiridion y otros, 
se encuentran numerosos testimonios de la existencia de estos mismos 



En la legislación, la confirman la ley 2, Código^ áepascuis publieis, 
que prohibe á los militares invadir los pastos públicos; la 4, Código, de 
censibus; la 20, § 10, Dig,, si servitus vindie. ya citada, que se refiere á 
las tierras comunes de los pueblos; el tit. IV, lib. 8, de Communia pre- 
diorum\ el I, libro 10, áejinium regundorum; el IX, lib. 43, de locopuhli' 
eo fruendo; y hasta el X, mismo libro, de vía pública. A la 2, Código^ 
áepaaouis, corresponde en el Digesto otra en el Hb. 15, tit. XX (1). 

Bespecto á la situación de estas tierras, parece, según ürbico, que 
estaban en los confines del territorio, como la selva común de los ger- 
manos; pero Higino (De limitibus constj, dice que los bosques y pas- 
tos se encontraban generalmente en el centro de los campos asigna- 
dos y que se daban en compascuo á los vecinos. Quizás Higino se re- 
fiere á los terrenos que permanecían indivisos entre los propietarios 
particulares de varías fincas vecinas y que se llamaban consortia. Los 
amsortia parece tuvieron alguna importancia. Ducange los estudia 
desde Tiberio á la época de los borgofiones y visigodos (2). 

Determinadamente, se puede asegurar que en las provincias había 
repetidos ejemplos de tierras comunales. Bespecto á las Galias, lo con- 
firman documentos posteriores á la invasión bárbara, que hablan de 
aquellos bienes como de antiguo origen: y. además lo tienen por cierto 
autores como Guizot, Curasson, Dalloz, Béchard y el mismo Troplong, 
aunque añaden que su número era escaso, que las ciudades no tienen 
casi nunca propiedad de ese género (lo que para algunas que el mismo 
Béchard cita, no es exacto), y que las aldeas modernas eran casi desco- 
nocidas en el siglo v. 

Lo que hay de cierto es que los comunales de los pueblos, así como 
tfu misma independencia, tenían dos graves enemigos: el espíritu cen- 
tralizador romano con la avaricia fiscal, y los lati fundía. Especialmen- 
te, luego de las guerras de César, se hicieron enormes confiscaciones en 
las Gralias, y siempre lo predominante en la fundación de colonias era 
la tierra fiscal y el ager vectigalis, sacado del publicus. Las tierras con- 
fiscadas permanecían incultas, ó el mismo fisco las convertía en vecti- 



(1) Béohard, 0&. ci¿. 

(2) Cf. nota (1) de la p. 92.— Cita del C6d. Teodosiano. 



98 HISTORIA DE LA PROPIEDAD COMUNAL 

gales á proTecho propio. La soldadesca, caja importancia crecía segrún 
anmentaba la desorganización imperial; cometía no pocos abnsos é 
intrusiones, á lo cnal ayudaban los latifundia qne, preludiando las 
usurpaciones de los señores feudales, acaparaban las tierras conTirtién- 
dolas en villas que cultivaban los siervos bajo el látigo del vilUcus, Por 
eso Troplong, aun concediendo que los municipios tenían Henea, no 
obstante hacer la salvedad de que no todos se administraban de la mis- 
ma manera, afirma que por lo general dos bosques y pastos, durante 
el periodo galo romano, eran del fisco ó de los latifundia». El fisco los 
arrendaba casi siempre. Bécbard ratifica esa doctrina en que cmneide 
Guraesoa, diciendo que la existencia de comunales —y no puede referir- 
se sino al último periodo de la dominación romana— es excepcional, 
porqué los bienes eran generalmente del fisco y escasa la libertad de 
las ciudades (1). 

No obstante, muchos de estos bienes subsistieron aun después de la 
conquista, como luego veremos, siendo la base, juntamente con los 
mantenidos en las regiones á que no alcanzó la población romana, y 
con las costumbres de los invasores, de las instituciones comunales de 
la Edad Media. En las provincias, hay otro elemento que debe conside- 
rarse, además del que ofrece la administración romana, en lo, relativo 
al régimen coiúunal. Son las costumbres indígenas primitivas, celtas, 
iberas, celtíberas, que no lograron ser borradas ni aun en los distritos 
en que más fuerte y directi^era la dominación. Así, que la afirmación 
de Béchard, cuando dice que <Iaparted^ raras excepciones, el régpímende 
clanes, las instituciones célticas ó germanas, vencidas en lucha abierta 
fueron absorbidas por el elemento romano», es de muy dudosa certeza. 

Respecto á las germanas, lá absorción se hizo, en la parte que cupo, 
por otras influencias. Pero siempre es inexacto suponer que las pro- 
vincias se romanizaron en absoluto, deponiendo su prístino modo social 
y BUS costumbres originales. En algunas, no tenían los romanos sino 
escaso territorío„v. gr., en Inglaterra. En casi todas, lo general fué que 
el movimiento de asimilación no pasara de ciertos órdenes de la políti- 
ca y de ciertas formalidades administrativas que no trascendieron, en 
mucho, de las ciudades. 

De la verdad de esto hemos de encontrar numerosos testimonios en 
párrafos siguientes. Fué un hecho, por lo demás, lógico: no obstante 
los exquisitos cuidados que Roma ponía en el arreglo de su legislación 
provincial, obra por otra parte riquísima y de mucho precio jurídico; 
que no fácilmente se cambia el ser y la vida de poblaciones extensas 



(1). Dr^tt mttnie. au Moyen Age, n, o. 8.*, lib. X. 



LOS CELTAS 99 



cuando se ejerce influjo sobre ellas desde el recinto, no muy amplio, de 
las ciudades en que se asientan las legiones. Esto, aparte de que m^- 
ehoa de los pueblos que se sometían reservábanse en el pacto la inde- 
pendencia completa de regimiento y la conservación de los usos j 
leyes i>ropias. 

Asi entroncan tales costumbres con las q^e los germanos invasores 
trajeron, y.o&ecen juntas un espectáculo, en lo que toca al régimen co- 
munal, tan distinto del que ofrecía el Imperio romano. 



XV.^Lqs orientales emigrantes en el mundo no latino. 

1. Los celtas. — ^Basta la noticia de las diferencias que existen en 
el modo de explicar los autores las instituciones antiguas de estos 
pueblos, diferencias que median entre escritores del porte de Laferriére 
y Sumner Maine, para comprender la dificultad que habrá en este 
punto histórico, en razón á la falta de datos positivos y á la incierta 
.colocación de su cronología. Así, que cuando se trata de dar en resu- 
men una idea, la más clara posible, de aquellas instituciones, todo el 
tiabajo del expositor, y no es poco, consiste en poner orden en las 
opiniones, ajustarías en la medida de lo factible á los datos de la histo- 
ria general y á las inducciones que se pueda permitir, y aprovechar, 
hasta el último descubierto ó puesto en claro, los monumentos y deta- 
lles que las investigaciones arqueológicas y críticas van desbrozando y 
sacando á luz. 

Eespecto á los celtas, por más que de cada día aumenten los datos 
tocante á su historia, aún no puede trazarse un ^cuadro exacto de lo 
que fueron como pueblo, desde su establecimiento en Europa á sus rela- 
ciones, primero con los romanos y luego con los germanos invasores. 
Besumiremos lo que se considera como más cierto. 

Fué, parece, la raza celta, la segunda de las ramas arias que emigra- 
ron á Europa, si es que hay que contar á los iberos como arias, cosa 
bien puesta en duda. De todos modos, representa el tiempo transen^ 
rrido desde su llegada al momento en que los romanos conquistadores 
empiezan á darnos noticias de los pueblos provinciales, un período 
vastísimo, durante el cual hubieron de sucederse grandes transforma- 
ciones en aquellas sociedades, y de cuyos primeros mpmentos— que 
coinciden con el desarrollo inicial de la nacionalidad griega y luego de 
la romana-rtenemos muy escasas noticias. 

En tres puntos de Europa se fijaron principalmente los celtasi 
Xoglaterra, Francia y nuestra Península. 

Aquí se unieron á los iberos y formaron la raza y la civilización 



100 HI6T0RTA DE LA PROPIEDAD COMUNAL 

iniíctas, Cüeltiberas; en las demás regiones, qnizás vinieron á sustituir 
directamente á las razas prehistóricas. Resulta de todo esto un hecho 
qu,e explica las diferencias encontradas entre autores como Laferríére 
y Bumner Maine; puesto que, sin duda, nacen de que cada uno deriva 
sn relato de fuentes correspondientes á épocas diversas y á' n^odifíca- 
ciones locales (1). 

Puede hoy afirmarse, , después de la publicación de las leyes anti- 
guas de Gales, las de Irlanda, las investigaciones de Maine y otros, y 
la luz que arroja sobre este punto la comparación con épocas y estados 
de civilización correspondientes en distintos pueblos, que los datos uti- 
lizados por Laferríére se refieren á tiempos posteriores á los que aque- 
llos monumentos y trabajos indican. Sobre esta base, trazamos nuestra 
exposición. 

Según Maine, el clan es en Europa la forma céltica de la organiza- 
don de las sociedades. Asi ha podido decir recientemente un expositor 
de las leyes galesas de Howel el Bueno (2), que «la coipunidad de 
tierras es, sin duda, una institución que las naciones célticas trajeron 
del Este en sus emigraciones, tanto á Inglaterra con los cimbrios, 
como á Germania y á Italia donde, según Mommsen, existió origina- 
riamente la organización del clan y las tierras del clan poseídas y cul- 
tivadas en común. 2> ' f 

Sumner Maine se apoya para sus investigaciones en el texto de las 
antiguas leyes de Irlanda (8), Código del s. v al xi, que conserva, junto 
á otras disposiciones que le convierten en ley de transición , infini- 
dad de datos para reconstruir la organización primitiva de los celtas 
insulares. Halla Maine: 1.° El territorio como perteneciente á la tribu. 
2.® Coexistiendo con una propiedad tribal común, porciones desa- 
prendidas de ella y atribuidas á grupos menores. 8.° Formación de 
asociaciones por contrato para disfrutar los terrenos incultos, bajo el 
poder del jefe de la tribu. Las constituyen miembros venidos de fuera 
y unidos por aquel lazo al núcleo. Ocupaban los terrenos vagos, miem- 
bros de la tribu y cultivadores de condición servil, á quienes se autoriza 
para refugiarse. La clase ésta de siervos refugiados es muy numerosa, y 
está unida, por una especié de recomendación al jefe, el cual extendió 
muy pronto su poder sobre las tierras de ellos (4). 



(1) Azc&rate*. 05. eit^ 1. 1.— YL Por ejemplo, las Brehan lawt y las QaletaSj per- 
tenecen á dos países distintos. 

(2) AneUnt laws and Instihite» cf Waüéf, atríhuttd to Howell fhe Good.—f Bdin- 
btirgh Aetiietü.— Enero 1887.) Estas leyes traen la mAs minuciosa desoripóión de 
la organisación tribal ó del oían. 

(8) . Orith Qabhlach, Ane, lawt of Ireíand.— D'Arbois, Etud, sur U Senchuiínór, 
(i) S. Maine, Barly inst of» lato., Leo. B.^ Tradnc. franc. de 1880, p. 115 á 121. 



LOS CELTAS * * *' ' •"• • ibf . 



Mientras hubo propiedad común de la tribn, se hadan distribucio- 
nes periódicas de bosqne, pastos y tierra arable entre los grupos de fa- 
milias. En las posesiones de éstas, se distingue bien entre los bienes 
hereditarios y los adquiridos, permitiendo que éstos se cedan á vo- 
luntad, pero no aquéllos, sin el consentimiento del grupo superior (1). 

En tiempos posteriores, la ocupación temporal ya cambiándose en 
perpetua por tolerancia ó consentimiento explícito; se eluden los re- 
partos periódicos de terrenos, yienen las concesiones de parcelas en 
recompensa de seryicios, y las hechas á la Iglesia; y al fin nace la pro- 
piedad privada, que empieza por la parte de los jefes, ftneja á su cargo. 
Como vestigio de la procedencia de esta propiedad y del régimen co* 
munista, se mantiene sobre ella en Irlanda cierto derecho Se la tribu, 
y aden^s subsiste la extensión del parentesco, .base de la comunidad 
irlandesa, conservado también en la couiinerie de Bretafia (2). En las 
Leyes) se lee una nota de la evolución de la propiedad que, aunque algo 
ideal y añadida tal vez posteriormente, da cierta norma de lo que debió 
de ocurrir de hecho. Befíala cuatro momentos: 1.^, Ocupación de la tierra 
por la tribu: el primer año se cultiva según determina el grupo; 2.**, 
División en lotes; 8¿*^, Fijación de limites; á.^, Al cabo de diez años se 
individualiza. Hay que tener en cuenta que las leyes antiguas son un 
Código de transición, lo que explica que se encuentren disposiciones 
reveladoras de bien distintos sentidos. 

Otro documento, más antiguo, puédese aducir como de gran 
valor, para lo que se refiere al régimen antiguo de la propiedad en Ir- 
landa. 1^ el llamado Causas de la batalla de Cundía, que pertenece al 
siglo iií. M. Pousinet, que lo ha publicado én la Nouvelle reme du 
droit franjáis (8), lo ilustra con un comentario en que deduce las en- 
señanzas históricas del texto, el cual, efectivamente, es muy suges* 
tivo por lo que toca á las costumbres é instituciones de las tribus cél- 
ticas de Irlanda. El autor no se limita á los datbs que el documento 
arroja, claro es; sino que los une y compone con otros yk conocidos, 
para darles significación que aislados no tendrían. Según él, pruébafiíe 
allí: 1.** Que la propiedad era común, salvo la casa y el recinto anejo, 
que era de las familias: necesitándose, sin embargo, permiso del rey, 
para construir una de aquéllas. <i:La propiedad común de la tribu sub- 
siste — dice Pousinet— en teoría, hasta la introducción del derechp m» 



(1) Ltyé» antigua», II, 988; m, 47, eto. (Áneimt latot of Ireland ó Brehon lanas, 
oomenzadat & publicar en 1865). Bs dadora la fecha á qne pertenecen. 

00 8. Maine, loe. ciL Tid. la ampliación de estos datos en el cap. 2.% primer 
periodo. 

(8) 1886. Lo pablioó, también, Hennessy, en la Bevue eéltíque, IL 



-lOZ' '• •'•'•' HISTORIA DE LA 1>I10Í»I«DAD COMUNAL 

glés; pero de hecho, desaparece bajo el reinado de Diarmait y Blath- 
mait, en el siglo yii]> (657-664?). 2.^ La existencia del cnlto familiar á 
los mnerlos, con ignal' carácter que en Grecia y Roma. í)6núnciade 
por el hecho, altamente significativo, de que enterrar á los mnertos hú 
un Ingar era el modo de asegurarse la propiedad de éste: hecho qné 
se relaciona con la inviolabilidad y carácter patrimonial de Ift tumba y 
del terreno en que se levanta, entre los romanos. De él atestigua, igual* 
mente, una leyenda de la Vida de San Qolumha^ publicada por Whitf" 
ley Stokes (1). 

En las leyes antiguas de Gales, cuya traducción se publicó en Ox^ 
ford en 1841 (2), se leen, en una parte (Código Venedociano para Ga- 
les del Sur), reglas aboliendo la primogenitura, mandando que los her* 
manos se dividan la propiedad entre si, y después de fiu mu^srte here- 
den los primos; y en otra G^yes wélsh-walicae?) disposiciones y aforlso 
mos como los siguientes: oiTres lazos mutuos de un estado social y 
tres cosas sin las que no es posible país ni comunidad alguna, son! 
lengua común, jueces comunes y tierra en cultivo común (coUUageJ. 
Bin esto, una localidad no puede estar eh paz ni en unión social.» Fijan 
también la organización política, las funciones, del Arglwydd^ lord 6 
juez, y del jefe del Kindred ó cía», Pen-cenedl, etc. 

Las relaciones de los poseedores con el rey y los jefes, son ya, en 
aqueUa legislación, casi feudales; existe la renta, el servicio militar, Ih 
donación para el casamiento de la hija del rey... «El sistema de Gales- 
dice el expositor— no era manorial, como el del otro lado del Wye»; 
se distinguía de una aldea ó totünahip. El punto de contacto con el siíS" 
tema sajón, era la existencia de personas que no tenían la sangré á6 
la tribu, careciendo, pues, de los derechos de parentesco, sin ser ^ft*- 
clavos (8).'^La tierra, de propiedad familiar, se conservaba indivisa; y 
si morían todos los hijoS) se hacía nnk red(vi»ién sobré igual bttsé en» 
tre los pritnos primeros, y luego entre los segiindos, considerando 
siempre al rey como supremo seño^ de lá tierra^ y revertietido ésta, á 
falta de aquéllod, al jefe del dan 6 Pm-oenedl, como representante áü 
grupo. Otras señales de poder testamentario, que se encuentran en estas 
leyes, demuestran que son Códigos (4) de transición. Be todos modoA, 



(1) Three middle» TiomUie^. 

(2) Por Aneurin Qwen. Yid. número citado de la Edinburgh Reo» Laferriére 
ntifliisa en sus dedttdóionefi estas leye». 

(8) Vid. lo que hemos dioho al hablar de láditfk 

(i) fil expositor sefialá cinco partes en llM l¿ye9: 1.^ Códi|^ VeáedotiKtio 
(Gales del N.) 2.^ Dimentiano (S. de Gales.) 8.» Gwentiano (S. B. de GaltS.) 
L* Leyes anotmalés. 6.* Legé9 WaXHcttt y máadmas latinas de época dudosa* 



J^B CELTAS 103 



arrojan gran Inz sobre la época en qné Inglaterra ha d^ado de ser 
romana y no ha empezado aún á ser inglesa (1). 

Debe considerarse que, para la formación de estas leyes, según dice 
el expositor, se tuvieron en cuenta las costumbres anteriores, de las 
cuales, cunas fueron preteridas, otras enmendadas, otras adoptadas j 
algunas añadidas ó ampliadas^, llevando de todos modos, en el conjun- 
to, cel sello de una gran antigüedadi), como dice Palgrave (2). Su im« 
portancia, desde este puntp de vista, es doble, porque se refiere, no 
sólo á la existencia de un régimen comunal que debió ser aún más ex- 
tenso de lo en ellas declarado, sino á la organización de la dependen- 
cia servil, que parece ser una característica de los primitivos celtas, y 
de los iberos. — La permanencia del cultivo en común, como lazo de 
relación entre los individuos y grupos inferiores, basta para caracteri- 
zar la organización jurídico- económica. 

Respecto á Escocia, no obstante negarse el hecbo de la organización 
patriarcal en comunidades, alegando que si los habitantes vivían uni- 
dos en grupos era por el peligro de ataques exteriores, y que si tenían 
«grandes extensiones de pastos comunesi», es porque no conocían la 
agricultura (8), el hecho mismo de la comunidad — si bien haciendo una 
distinción sobre la que ya volveremos, entre propiedad y uso de la tie- 
rra,— no ha sido negado; importándonos aquí solamente consignar, que 
el comunismo en el aprovechamiento de las tierras era una necesidad 
impuesta por la naturaleza del terreno, el cual no permitía entonces 
más que el pasto ó la caza, sin que se limitasen áreas especiales de pro- 
piedad privada para los ganados; lo cual no quiere decir que el dominio 
(á saber, el^dominio ¿¿trecho ó principal, en la terminología jurídica ro- 
manista), no fuese de un individuo (4), circunstancia que no importa 
á nuestro propósito, ya que, á ser cierta, todo lo más que prueba es que 
la comunidad era de colonos y no de propietarios independientes: hecho 
de que ya hemos visto ejemplos. Por otra parte, el mismo Duque 
d'Argyll— autoridad algo sospechosa, por cierto, en estas cuestiones 
de propiedad, no por falta de competencia, sino por lo que en él pu- 
diera influir la razón ó interés de clase, que aveces limita la independen- 
cia del juicio— dice refiriéüdose á la época de la unión de Inglaterra y Es- 
cocia, que con las enclosures Ó cerramientos qt^e se dictan, ccel toivnshíp^ 



(1) Sdin, Bev.t núm. oit. En el 8. y cesa la dominaoió;i Tomana y se veriflca 
la invasión sajona. Vid. Gildas y la oomp. de líenmins, editadas en Bexlán, 1684,. 
oomo faentes del s. yi. 

<2) BUe and progre$$ of íhe EnglUh eomnumntalth, 

<8) Pu^ne d'Argyll, Stctland a$ tí wa$ and asÜU. ffdinburgh, 1867.— Tomo I» 
p&ginaSa. 

(4) Buqne d*Argyll, ob. cit. 



104 HISTORIA DK LA. PBOPIBftAD COMUZrA.L 

sistema en algún tiempo general á toda Bi^ocia, fné desapareciendo, 
primero en toda la Loifv4and y Inego en las Highlands, y se sustítnyó 
por la práctica de dejar cada heredad ó tierra arrendada (hálcUng) á un 
solo icolono (tenantj indiridnal, ^ae pudiera ejercer sobre ella toda su 
energía y facultades, restringidas por los derechos ó la equivocada su* 
jeción á los antiguo^ prejuicios de sus compañeros de cultivo (cq^ 
tmanta)^ (1); donde juntamente se declara la existencia de comunida- 
des agrícolas de colonos ó siervos y su permanencia hasta el siglo xviii. 

Hablando principalmente de la Galia, y no obstante afirmar como 
carácter de la propiedad galo-celta-pá distinción de la germana— «I ser 
individual (2), cita Laferriére, hechos que demuestran la existencia 
de tierras públicas, y señala como institución indígena las comunidades 
de ¿o^rodare^— análogas á las de refugiados de Irlanda, y mejor, á las 
de arrendadores de Escocia,— que cultivaban tierras sujetas á canon ó 
serviles, dependientes del dominio de los jefes: forma que preludia él 
grupo comunal del feudalismo, que Maine ha llamado manorial. Los 
terrenos, como estaban en común, no se repartían entre los hijos; eran 
considerados como de la asociación^ heredando á lo sumo el hijo más 
joven, la casa paterna, y quedando á título de representante de la fami- 
lia, como administrador suyo. La caujsa de preferir al hijo más joven 
era, parece, por ser él quien estaba directamente unido al padre, pues 
que los otros suponíase que ya habrían conseguido formar patrimonio 
y propia familia (8). Queda esta cuestión por resolver: la emancipación 
por casamiento que se revela aquí, ¿fué una modificación de la antigua 
patria potestad, que existiría al igual que en otros pueblos? 

Fuera de estas comunidades^ presenta Laferriére la propiedad de la 
familia, en el estado q\ie revelan los datos siguientes: 1.^ Necesidad 
del consentimiento para la enajenación; 2.^ El marido y la mujer llevan 
dote, pero aquél no dispone del capital ni de los frutos; 8.® El testa- 
mento no existe sino como secundario: la herencia es legitima; 4.** Se 
distinguen los bienes propios y los adquiridos; aquéllos no suben 
para la sucesión de ascendientes, siguiendo la ley de sucesión familiar; 
para los colaterales rfge el principio paterna, patemis, materna mater^ 
nis, base de la troncalidad; 5.^ Retracto gentilicio é imposibilidad de 



<l) lroe.cf¿.,pág. 66U 

(S) Tal 68 e) testimonio de César, D$ béUo gaUeo. 

(8) Laferriére, Hi$L du droUfrüm^aU, II, p&g. 122. Belativ amenté & los ^ato«, 
sigue Laferriére la opinión de César. Este presenta mny obsenramente la si* 
tnaoión sooial de los celtas-britanos. Winokelman (HímU dé las anglosajones^ 
oree que en aquella época habla ya distinción de clases y fortunas, tteovMiñáa* 
dones y oierto orden feudal. 



LOS OELTA% 105 

adquirir los hermanos por prescripción lo que era de la familia; 6.** Al 
disolverse ésta, la propiedad se divide entre los hijos. 

En la época de la dominación romana, según Fnstel, la forma de 
la propiedad en Galia era distinta en cada nna de las regiones. En al- 
gunos pnntos estaba mny dividida; donde imperaba la aristocracia, 
prevalecía la propiedad extensa, pero atribuida en un principio á la 
familia (troncal?), siendo el dueño directo el jefe y gozando de sus fru* 
ios los pariente^, clientes j servidores. Esto se modificó, pasando á un . 
régimen de opresión, en que el jefe era él dueño de grandes propieda* 
des, con un número excesivo de siervos cultivadores. La conversión 
de éstos en ciudadanos romanos, y la admisión del derecho latino, pro- 
dujo .el desmembramieuto y división de la propiedad que se equiparó á 
la romana. 

Más lejos que Laferriére, ha ido el insigne historiador d* Arbois de 
Jubainville, en opinión del cual, la forma económica jurídica de los 
galos era el comunismo de tribu (1). Los argumentos en que se apoya 
no son de los más convincentes, y asi le ha sido fácil á Fustel (2) re- 
batirlos y mostrar su insuficiencia. A su vez, el autor de la Cité anUque^ 
para probar la doctrina contraria, se apoya en argumentos sacados de 
los libros de César. Pertenecen los que aduce, á dos clases: unos son 
negativos, á saber, que César no menciona ni una vez aquella forma 
de propiedad, como hizo entre los germanos, no obstante advertir que 
expondría las instituciones en que los galos difieren de los demás pue- 
blos que conoce (Grecia y Boma), donde la propiedad es individual (3). 
Otros hay positivos, aunque indirectos, como la comparación entre 
germanos y galos, haciendo constar que se diferencian en* no tener 
aquéllos propiedad ñi límites en las tierras; y la cita de cuestiones so- 
bre deslinde de heredades, que Fustel interpreta como prueba de la 
división de la propiedad. 

No discute Fustel otros argumentos, cifíéndose estrictamente á la 
versión de César, que considera como el único testimonio directo has- 
ta ahora conocido; y lo cierto es, que con respecto á él, tiene razón. 
Los datos de Laferriére no son, sin embargo, para olvidados, ni deben 
apreciarse menos los testimonios indirectos, que diría Freemann (4), 



(1) Oomptei-renduM deVAead, det Imerip. ei BüUa Ltírts, 1887; BtnuéetUi' 
qwt yUJ, 1887; Houv. rev. TUtUtr, du droitfran^.i 1884 y 1887. 

(2) Artio. oit. de la Me», dea queeL hUtor. 

0>) César estuvo también en Bspafta, donde la propiedad comAn no era des- 
oonooida. 

(4) Debo leerse, sobre el valor relativo de las diversas clases de fuentes y la 
importancia de las indirectas, el hermoso libro de Freeman, The meíhod ofhU' 
torieal «eady.— Londres, 1688. 



106 HISTORIA DB LÍ PROPIEIUD COMUNAL 

entre los cuales, el estudio comparado de las diversas ramas celtas 
tiene extraordinario valor. 

Además, las noticias de César se refieren á nna época muy moder- 
na, 7 su libro está escrito desde el panto de vista romano. La existencia 
de grandes propietarios, que acusa, y la de siervos anejos á las here- 
dades ó granjaa, no es prueba en contrario de la subsistencia de co- 
mnmidades: puesto que hay otros ejemplos de haber lávido ambas for- 
mas coetáneamente, como dos fases de épocas contiguas; y en nuestra 
península, la servidumbre del campo* conocida ya entre loe iberos, no 
excluye la vida comunal de tribus y familias. 

Como tipo de comunidad derivada, cita el mismo Fustel — ^y lo re« 
piten Meyer y Ardant en su obr»— que cun contemporáneo de C.. Clo- 
ro (1) dice que éste introdujo en la Galia muchos cultivadores germa- 
nos... Frecuentemente se les colocaba en grupos (comunidades?) sobre 
loB vastos dominios públicos* Formaban asi pueblos rurales en los que 
se perpetuaban de padres á hijosi» (2). 

En este estado se encontraba la propiedad en los pueblos celtas dé 
las islas y entre los galos, cuando decaía Boma y se avecinaban los 
tiempos de la invasión belicosa y triunfante, que había de hacer de las 
provincias nacionalidades con historia propia. En el Norte y en el Este, 
dominaban los germanos y los eslavos, que iban borrando las fronteras 
del Imperio con su avance lento y continuo. De ellos tenemos hoy, en 
lo tocante á la propiedad comunal, datos mejores y tdáb claros, merced 
á las noticias conservadas y á las xedentes investigaciones hechas, que 
expondremos en párrafos siguientes. 

Yerem'os confirmadas estas noticias y ampliadas en lo preciso, al 
tratar de los primeros tiempos de la invaeián hallara, que son también 
los preparatorios del régimen feudal. 

2. Iberos y celtaa eflpAfioles.^Ei eíri¡ado verdaderamente em* 
bzíonario en que continúsa el conoeimiento de nuestra hietoría paitría, 
el cual comienza ahora á formarse de un modo científico, no consiente 
afirmaciones muy absolutas ca todo lo que se refiere á los prímitivoi 
pobladores de la Península. 

Aparte de la opinión tradicional que deriva de los autores clásicos, 
y que todavía sostienen muchos como la más averiguada y segura (8), 



:<1) C. Cloro faé gobetnador do U GkaiMtk tejo Ifanrimiano, omporAdor ee& 
Galerio en 305. 

(2) Para la comunidad conyiic«l,yid. César, TI, 19,1, a. 

&) E. HinojoBa, BUtaria del JJarécho €«pttSol^MadHd, 1888^ I. El testimonio 
de los clásicos hace suponer el siguiente orden de poblaciones inmiirradMB 



^ IBEROS Y CELTAS ESPAJ^OLBS 107 

existen hoy yariantes más ó meóos fondadas que modifican en baena 
parte aquellos datos (sin salir á veces de nn estudio más profundo de 
los historiadores griegos y latinos), en especial |>or lo que se refiere á 
los problemas del origen de los iberos, naturaleza de los Tascos y su 
relación con el pueblo anterior, y la procedencia y venida de los celtas. 
Las teorías que privan en estos momentos entre los cultivadores 
de las antigüedades ibéricas en España, pueden reducirse fundamen- 
talmente á tres: 1.* La del P. Fita^ en cuya opinión las lenguas geor- 
giana y eúskára son hermanas y dimanan del primitivo aria; los pue* 
blos que las hablan han formado uno solo en sus orígenes, constitu- 
yendo, por tanto, una rami^ étnica, desprendida del tronco aria cuando 
la flexión principiaba á dibujarse sobre las formas aglutinativas, 
unos veintidós siglos antee de Jesucristo: de esa rama, una parte es- 
tacionó en el Gáucaso, y el resto siguió avanzando por el mar Negro, 
les Dardanelos, la Tracia, el Adriático y los Alpes, hasta el Mediodía 
de la Gfalia y la Península ibérica: tales fueron los antecesores de los 
Hwros orientales y occidentales (1); 2.^ La del Sr, Berlanga^ que tiene 
también por arias á los iberos, y les hace recorrer el mismo camino 
que el P. Fita, á partir del Oxus y laxartes, pero distinguiéndolos de 
los vascones, á los cuales considera como raza turánica, consanguínea 
de aquella otra de medos que precedió á los semitas en la Asiría: esos 
vascones, habrían sido arrojados de su solar de Asia por efecto de re- 
voluciones políticas acaecidas en la Media, y habrían emigrado por el 
Mediodía de Europa hasta el Pirineo, probablemente después de ha* 
berse establecido ya en España los iberos: eran relativamente en corto 
número, y no han ejercido influjo sensible en la obra de Ta naciona* 
lidad (2): 8.^ La del Sr. Coata^ en cuyo sentiri la primera página de la 
kdfitoria de España (que sigue á la llamada protohistoria ó prehísto* 
lia) ^ la dei Imperio Atlántico, vulgarmente dicho Atlántida (8), 
vasta creación política de la gente que denomina ibero* libia, la cual 
dominó dois de los cuatro lados del Mediterráneo, desde Egipto hasta 
el Norte de Italia: de «u lengua queda el vascuence en el Pirineo 
occidental y el beréber en la mitad septentrional de África, que son, 
reqiecto del ibero- libio^ lo que el italiano ó el español respecto del 



Ibero* va«oo8, celtas y celtíberos, como resultado de la mesóla de las dos ante- 
vioveiSk 

(1) Bl^^trund&Me y la E$pa%a primitiva: discarsos leidos ante la Beal Aoade • 
ttia de la Historia en la recepción pública del B. P. Fidel Vit*.— Madrid, 167». 

(fl^ Lm Ircneet de La^etUa, Bonanea y AlluttTüt por D. HanoelBodrigaes de 
Barlaiiga.-KAlaga, 188L 

(9) De la geografía de la Atltetida y de sa capital, Cerne, trata en el opús- 
culo Ula9 UbicaBí Cyraniet Osme, Hesperia.— Madrid, 1888L 



108 HISTOBli DE LA PROPIEDAD COMUNAL 

latín; á juzgar por ella, esto es, por la lengua y por la mitología, los. 
ibero-libios parecen entroncar con los turanios de la Caldea, y más 
concretamente con los accadios modifi^cados por el elemento asirio: 
las instituciones más genuínamente ibero-libias, como la servidumbre 
adscripticia pública y la ginecocracia, que todavía alcanzaron los ro- 
manos en la Península, han subsistido hasta hoy entre aquellas tribus 
del Sahara á quienes los desiertos han sustraído al influjo de los in- 
vasores extraños, peños, romanos y árabes; y pueden estudiarse en 
vivo como hace dos mil áfios (1). 

La importancia que la resolución de estas cuestiones étnicas tiene 
para la historia del Derecho, es bien palma^pa, ya que las instituciones 
varían en cierta medida de pueblo á pueblo y piden, en cada caso, 
fuentes distintas de estudio y comparación. La misma relación crono- 
lógica en la venida de aquellos diversos pobladores, trasciende á la de- 
terminación de origen de los datos jurídicos y á la interpretación de 
ellos en un sentido ú otro. Aunque la fusión de raza entre celtas é iberos 
no se hizo en toda la Península, ni tal vez produjo una forma mixta de 
derecho en los más de los casos, no puede depurarse siempre si los au- 
tores griegos y latinos se refieren en sus noticias á uno ú otro de estos 
pueblos, ó bien á la mezcla celtibérica, toda vez que la época en que 
escriben es muy posterior á la fusión celtíbera, y sus inforúiaciones no 
podían retrotraerse á mucho tiempo antes, ni merece su terminología, 
muy romana, entera fe para deducir de ella el carácter de las institu- 
ciones indígenas. En. cambio, cuando se ve en ellos afirmada la exis- 
tencia de una costumbre que difiere totalmente de las suyas, y en la 
cual, por tanto, no cabe confusión con una romana, el dato es seguro 
y de mucho precio. 

Lo mismo decimos respecto á los celtas en especial. La fecha de su 
venida y el lugar de origen (Irianda ó las Gallas), hacen variar el carácter 
de algunas de sus instituciones y el de su relación con los iberos; y 
precisamente lo que importa hoy sobre toc^o — ya que el influjo griego 
y el peno en las costumbres indígenas tiene más fácil averiguación- 
es distinguir qué cosas sean iberas y cuáles celtas en los datos de la 
época posterior á la unión de ambos pueblos, que es á la que corres- 
pondencias noticias de los autores griegos y latinos. 



(1) En$ayo de un plan d$ Historia dd derécKo e9pa%ol $n la antigüidlad (Revista 
de LecriBlaoión y Jarisprudenoia.— Madrid, 1887 • 1889);. JEI paraíso y élfmrgatorio 
ds la$ almaai $egún la mitologta ibíriea. (Boletín de la Instituoíón Libré de Enee* 
flanEa, 1888, números S68, 269 y SfTO); ln$eripei6n ibero latina d$ JÓdar. (Boletin oi' 
tado, 1889, números 297 A 288).— En la otea citada de Oartailhao, Agf prekit- 
toriquet de VB$p, et du Portug.f he encontrado nuevos datos por donde rastrear 
el origen libioo de los iberos. 



IBEftOS T OBLTAS ESPAÑOLES 109 

De institaciones prÍTatiTamente ibéricas, características del dere- 
cho que diríamos atlántico^ anterior á las inmigraciones célticas y á las 
colonizaciones tirias, poco ó nada pnede decirse qne no sea aventurado. 
El Sr. Costa cree yislnmbrar, á través de los clásicos y de las inscrip- 
ciones, la existencia de la servidumbre adscripticia entre los libios y los 
iberos y con ella las líneas generales de la organización social y econó- 
mica de las gentes hispanas desde el siglo xv ó xx antes de J. C, hasta 
los umbrales de la Edad Media, y ann tal Vez haéta mny adentro de 
ella. Algo habrá adelantado la resolnción del problema histórico qne es 
objeto del presente capítulo, y alguna luz recibirá de camino la historia 
de la conquista de la Península por Boma, si en la monografía que 
aquel autor tiene anunciada sobre dicha institución, acierta á justificar 
cumplidamente, con testimonios positivos, estas afirmaciones que co- 
piamos de uno de los artículo arriba citados: • 

«Componían el fondo de la población ibero-libia tribus nobles y tri- 
bus vasallas; esta distinción no se ha borrado todavía en absoluto, pues 
' se mantiene con los mismos caracteres entre los berberiscos targuíes 
del Sahara, raza petrificada, que escribe aún con el mismo alfabeto, 
congéner del nuestro tartesio, que los anticuarios han descubierto en 
lápidas numídicas grabadas hace veinte siglos. Las tribus vasallas esta- 
ban distribuidas por las aldeas del término y adscritas á ellas; ocupaban 
sus edificios (oppidum)^ labraban y pastoreaban sus tierras (ager)^ de- 
fendían su fortaleza (turrisj^ los que la tenían, y poseían todo esto en 
precario mediante pago de un vectigal ó canon á la triba ó señor' de 
quien dependían; en tiempo de guerra, debían acudir al llamamiento 
de la tribu soberana, alistarse bajo la bandera del señor ó jeque, con- 
centrarse en la ciudad con -su familia si la invasión era de proporciones. 
El trato que los vasallos recibían de la clase noble, debía ser áspero y 
cruel en demasía, y de aquí alzamientos y confabulaciones con el ex- 
tranjero, que alguna vez acabaron tan trágicamente como en Lascut y 
en Castace, en Castrnm Yergium y en Malia, en Yellegia y en Lutia. 
Los historiadores nos han representado siempre la conquista de la Pe- 
nínsula por Roma como una guerra prolongadísima y laboriosa, de cam- 
pañas infinitas, pero monótona y uniforme, reñida entre dos solos ene- 
migos; de un lado los españoles, de otro los romanos^ Pero mirada más 
de cerca, la contienda resulta harto más compleja que todo esto; los 
lactores son tres cuando menos: clase noble, clase servil y legionarios 
romanos, y sus combinaciones muchas, pues unas veces los vasalAs 
pelean al lado de sus señores contra los romanos, como on Numancia; 
otras al lado de éstos contra aquéllos, como en Castrum Yergium; otras 
por propia cuenta contra sus señores y contra los romanos, como en la 
guerra de Yiriato; otras divididos, siguiendo parte á los señores y parte 



lio HISTORIA DE LA PROPIEDAD COMUNAL 

————————— 

A los romanos, como en Alces; otrss afiliados con romanos en nn parti- 
éOf enfrente de otro partido de romanos abrazado por los nobles iberos, 
como en la gnerra civil que terminó en los campos de Munda. Yiriato 
no fué nn Empecinado; la guerra qne él acandilló no faé una guerra 
por la independencia, sino nn movimiento social, y sns soldados, 
no'patriotas, sino siervos de la gleba, que imploraban de Roma tierra 
y libertad^ En aquella tremenda guerra civil, que decidió de la suerte 
de la república romana, y* de que fu^ teatro Andalucia, los vasallos es^ 
tuvieron, por punto general, al lado de los Pompearos; los sefiores al 
lado de César. 

]»Se consumó la conquista, y las cosas quedaron como estaban; salvo 
contadas excepciones, como la conocida de Lascut, cuyos moradores 
fueron manumitidos, ó la de los soldados de Yiriato, heredados en tie- 
rra de Yalenciaj ó la denlos turdetanos da la Edetania, vendidos ai al- 
moneda como esclavos, los que eran vasallos siguieron en esta condi- 
ción, los libres retuvieron su libertad y loe proceres su nobleza. Tal vez 
los vasallos de una ciudad fueron arrebatados á sus naturales señores, 
y adjudicados por compensación ó por premio á otra ciudad, como los 
de Cartela dados á 8agunto, ó repartidos á legionarios, como los de 
Oxthrace; pero, en sustancia y por lo general, Roma no introdujo un 
nuevo orden político en España: ni puso mano á la división territorial 
que tenían establecida sus tribus, ni tocó á sus instituciones. Los gran- 
des señores iberos, como aquel Tagus y aquel Alucio del siglo ii antes 
de J. C, conservaron sus vastas haciendas y sns enjambres de siervos 
de la gleba; y asi se explica que todavía en el siglo v pudieran hacer 
levas, como Didymo y Yeriniamo de Cauca, en sus estados, y cerrar 
por tiempo, con sus mesnadas, las puertas de España á los invasores 
germánicos que corrían la Galia y amenazaban asomados en el Pirineo. 
Con esto se comprende también por qué no penetró en España el colo- 
nato romano ni preocupó gran cosa el problema de los latifundos; por- 
que revistió la serviAmbre en la España visigoda caracteres singula- 
rísimos, que han desorientado á Davoud Oghlou y á Dahn, á Tallan y 
Gaudenzi; y porque se buscan en balde por Roma y Germania las fuen- 
tes primordiales del feudalismo español de la Edad Media.» 

A este patrón hubieron de acomodarse aquellas bandas de celtas 
que en el siglo vi invadieron una pártele la Península. Pero ¿ingi* 
nerón en él algo propio y original, qne durase al tiempo de la con- 
#ústa romana? ¿Hubo subrogación de instituciones ibéricas por otras 
míticas, ó fujsión de éstas con aquéllas? De otro modo: ¿se diferencia- 
ban en su constitución las tribus galaicas d las celtíberas de las edeta« 
ñas ó turdetanas? 

Este problema es todavía más obscuro, si cabe, que el de los iba- 



IBBB08 Y CELTAS BSPAÑOLEfl 111 

ros. Antes de qae el Sr. Costa señalase á la investigación histórica el 
rnmbo de la Libia, qne tan sazonado frnto promete, aplicó, por nn 
apríorísmo más ó menos razonado, á la historia antigua de España el 
criterio aria, y más especialmente el criterio céltico; y fué resaltado 
de su ensayo un libro (1), en el cual estudiaba la organización política, 
cítíI y religiosa de los celto-hispanos, su literatura y su mitología, 
poniendo para ello á contribución cuantos datos le suministraban la 
erudición clásica, los epígrafes lasdiios, la mitografía, los monumentos 
megalfticos, los fueros y costumbres de la Edad Media, etc., y vivifí- 
cándolo6 por medio de la filología principalmente. El breve cuadro 
que trazó de la sociedad hispana, reconstruida conforme á su hipótesis 
céltica, penetró rápidamente en las aulas, á &Tor del ansia que em* 
pieza ya á sentirse en ellas por conocer los orígenes y la infancia de le 
nacionalidad. De esto se duele ahora el autor, persuadido como está 
de haber ido demasiado lejos en d camino del celticismo, y aun, tal 
Tez, de haber seguido una pista ¿alsa: algo de lo que por céltico ha se- 
ñalado, así en vocablos como en mitos é instituciones, creé probable 
que lo sea, pero en su mayor parte ha de ser ibérico, y por tanto, 
anarya: inferiores en número y en cultura loe celtas á los iberos, hu-- 
bieron de ser absorbidos por éstos desde muy temprano, como habían 
de serlo los godos mil años después por motivos iguales; y la mitolo- 
gía, la lengua, la economía y el derecho de Boma, no tuvieron que 
luchar y que transigir con los de los celtas, sino con los de los iberos, 
que no se habían interrumpido ni eclipsado un punto, como no fuese 
por excepción en comarcas muy reducidas donde se hubiese concen- 
trado gran golpe de invasores con .matanza ó expulsión de los venci- 
dos. Así se explica ahora un hecho que ya le había llamado, entonces la 
atención y que pudo ponerle sobre aviso: la presencia del druidismo en 
la Galia y en las islas británicas, al tiempo de la conquista romana, y 
BU ausencia en nuestra Península. Oon esta prevención por delante, 
he aquí un bosquejo .de su doctrina en aquello que más directamente 
atañe al asunto especial de este libro. 

Principia distinguiendo en la sociedad celto ibera tres círculos con- 
céntricos, que tienen expresión en el sistema de los nombres de perso- 
nas: la famiUa, la gentilidad y la tribu. 

La constitución de la familia^ en los comienzos de la Era cristiana, 
era, en casi ibda la Península, patriarcal, ó más claro, androcrática, 
además de monógama; las tribus que aún conservaban algo del régi* 
men arcaico (ginecocrático), se hallaban en el periodo de transición al 



(1) Poesía |H)puZar etpcMola y mitología y literatura celto-hitpanat , por J. 
Cogta.-MadTÍd, 1881. 



112 HISTORIA DE LA PBOPIEDAD ÓomiNAL 



nuevo sistema: cada sujeto, además del nombre individual , se desig- 
naba con nn patronímico, caracterizado por la terminación iues (verbi 
gratia, «Bovecio Bodecines»), aria de origen, y que es, contraída, el 
i8, es, iz, ez, de los apellidos de la Edad Media y de la Edad. Moderna. 
Como en las demás estiypes del tronco aria, el padre se trocaba á su 
muerte en una divinidad, dando origen al culto de los lares domésti- 
cos, ó sea de los antepasados, y al carácter de vinculado é inalienable 
que tenia el patrimonio de la familia, como destinado que estaba á 
asegurar la perpetuidad de dicho culto. El rito del casamiento era 
enteramente aria, igual al de los griegos, indios y romanos. * 

La penít7íí¿aá era la reunión de todas las familias colaterales ]jro- 
cedentes de un mismo ascendiente y agrupadas en tomo de un Jefe 
común: es la cgen8i> de los latinos, el €clani> de los escoceses, la <iza- 
drugax> de los eslavos: en los nombres de personas se representaba por 
el sufijo cwm, equivalente al gentilicio latino ius (v. gr., «Proculus, 
Lucí filius Tritalicum»). La gentilidad reconocía por lares á sus funda- 
dores, es decir, á aquellos ascendientes que eran comunes á todos los 
gentiles (v. gr., «diis laribus Gapeticorum gentilitatis») y poseía un 
culto especial y privativo suyo: ocupaba una villa ó behetría, colecti- 
vamente llamada ve8cum^=vest'Cum (villa del clan), pero que individual- 
mebte recibía el nombre de la gentilidad que la habitaba, y por tanto, 
el del lar gentilicio venerado por ella, por ejemplo, del lar Coro ó Cb- 
ron, que suena en inscripciones asturianas, el apellido gentilicio Coro- 
eum y la behetría Coraoi&BÍ se denomina hoy aún), expresada en una 
lápida de tiempo del Imperio en esta forma: Cor,ove8cum, 6 sea Coro 
vesUcum, behetría del clan de Coro, behetría de los Córocos. Constituía 
el centro de cada behetría un recinto fortificado (camp?, castro) circu- 
lar ó elíptico, con silos y algibes, dispuesto en un altozano, ó bien 
sobre una croa ó colina hecha artificialmente de tierra á la entrada de 
un valle ó en un lugar estratégico: allí estaba el santuario consagrado 
á los lares de la gentilidad; allí él granero público; allí el lugar donde 
se congregaba la Asamblea de los padres de familia; allí la vivienda 
del jefe del clan, que era como el benefactor de las behetrías de linaje 
de la Edad. Media, y cuya autoridad se transmitía hereditariamente 
con ó sin limitaciones: en derredor de ese centro fortificado y comple- 
tando la behetría, vivían derramadas por el llano las familias colate- 
rales con sus clientes y esclavos, loa cuales, en tiempo de guerra (en 
las guerra locales), se refugiaban en su respectivo castró central, lle- 
vando consigo los muebles y ganadoa. 

La tribu era el círculo social inmediatamente superior al clan y un 
agregado orgánico de clanes ó gentilidades: así, por ejemplo, el clan de 
los Desoncos y el de los Tridiavos constituían dos unidades políticas, 



IBBR08 T 0BLTA8 ESPAÑOLES. 113 ' 

indepeDdientes nna de otra, pero al mismo tiempo formaban con otras 
la gente de los Zoelas. Superior á la tríbuj no existía ya sino la fede- 
ración de tribas: los Zoelas, y. gr., junto con los Pésicos, Lancienses, 
CigurroB y otros, en número de mntidós, comiy>nfaú la federación de 
los Astures. Los romanos designaban la tribu y la federación con el 
vocablo gens, por ejemplo, cPaetinia Paterna, Patemi filia, Amocensis, 
Cluniensis, ex gente CantabromnP. Cada tribu poseía una capital ó 
centro ifuerte (cmtrebiaíj^ oapaz hasta para 10.000 hombres, situado en 
el lugar más favorable para la defensa del territorio y circuido de un 
sistema de fortificaciones, consistente en uno, dos ó cuatro recintos 
con fosos abiertos en la roca, parapetos de tierra, algunas veces ro- 
bustecidos con muros de mampostería en seco, y en todo caso una cin- 
dadela farx) en el centro ó á uno de los lados: tal, por ejemplo. Leu- 
cada, Complega, Cartela, Numancia, etc. En derredor de este castUlo, 
erguíanse los castros y behetrías de las gentilidades ó clanes, formando 
en lo posible círculo, como en los casos que cita: en tiempo de guerra, 
cuando por la importancia de ésta no era prudente mantener disemi- 
nada? las fuerzas en los castros gentilicios, la capital servia de ba- 
luarte y lugar de refugio á toda la población de la tribu. Regíanse 
éstas por jefes, ora hereditarios, ora electivos dentro de determinadas 
familias patricias: los historiadores clásicos los apellidan <crégulos9, 
«dnce8i>: son, al igual délos basileos griegos, jefes de las fratrías reuni- 
das, como los tribunos de las primitivas tribus italiotas: habitaban la 
respectiva capital, rodeados de su pequeña corte de servidores,'clientes 
y devotos, ora entregados á las fatigas de la caza ó haciendo la guerra á 
los vecinos, ora oficiando como supremos pontífices en el altar de la 
tribu, ó presidiendo la Asamblea general, formada por los patricios ó 
jefes de los clanes (^principes^ en T. Livio), ó atendiendo al gobierno 
económico de aquella manera de sociedades cooperativas que labraban 
el suelo en común y de cuyos naturales gerentes era rector supremo. 

La federación de tribus se imponía por necesidades de la guerra y 
traía consigo instituciones especiales, entre otras, una Asamblea fede- 
ral, que entendía en todo lo reUtivo á política exterior, alianzas, decla- 
ración de guerra, tratados de paz, y demás; y un rey de reyes, con po- 
der omnímodo y dictatorial, lo mismo que en Grecia, que en la Galia, 
que en Fenicia, que en América. Ni carecía la federación de aspecto 
religioso, venerando las tribus como deidades comunes á Neton ó á 
Baudvaeto, dioses de la guerra, á Ataecina y Endovélico, dioses chtó- 
nicos y legíferos, y sobre todo á Yun ó Yunovis, el dios sobre toda 
particularidad, el padre común de todos los lares gentilicios, cuyo 
culto, traducido en fiestas (feriae) de carácter general, cantábricas', 
panastúricas, etc., era el principal vínculo y la fuerza más activa que 



114 HISTORIA BK LA PBOPIBDAD COKÜNAL 

atraía qiiob á otros los claues y las tribus, j^rooedentes también de la fe* 
deiTBciÓD eran los pactos de clientela y hospitalidad, que quedaron en 
pie ann después de la conquista rotnana< 

Tal se representa.el 6r. Costa la sociedad celto- ibera de ha(se dos 
mil años. Por loque toca al régimen del suelo, basábase, como no 
podía menos, en la comunidad. Befíriéndose especialmente á la nación 
de los yacceos (tierra de Falencia), dice Diodoro Bíoulo (1), que «cada 
afio se repartían el territorio por suertes, y poniendo los frutos en co- 
mún, se distribuía á cada tino la porción que le correspondía.^) El señor 
Costa encuentra atestiguados aquí dos hechos si no del todo contradic- 
torios, al menos difíciles de conciliar entre sí: la indÍTÍdualidad en el 
trabajo y la mancomunidad en el consumo; por lo cual, se inclina á yer 
en el pasaje transcrito <lel historiador siciliano dos instituciones dife- 
rentes (2), confundidas por él en una sola: 1.^, la distribución periódioa 
de las tierras propias de cada tribu entre los clanes ó gentilidades, pro- 
bablemente serviles, los cuales deberían satisfacer á aquélla (¿¿ los se- 
ñores ó ciase noble?) un tributo ó canon territorial anuo: 2.^, el cultiyo 
en común, por cada dan, de la porción qu^ le había sido adjudicada, 
la comunidad consiguiente de los frutos cosechados y el reparto de és- 
tos entre las familias del clan con arreglo á las necesidades de cada una, 
como todavía se sigue practicando en la thadukeli hujjam (sociedad uni- 
versal de familia) de los berberiscos del Atlas, que tan gran afinidad 
tiene con. la llamada compañía gallega^ vigente por costumbre en Gali- 
cia y por ley y costumbre en Portugal. 

Como quiera que sea, el régimen comunal de la tierra debía de ha- 
llarse, por el tiempo en que Diodoro compilaba su Biblioteca, en un 
periodo de descomposición, si es cierto, como asegura, que había que 
sancionar la costumbre con peba capital para que no se sustrajeran las 
cosechas al acervo común. Los .clanes y las familias pugnaban— dice 
el Sr. Costa — «por salir del sistema comunalista , ensanchando por 
todos los medios su solar privado ó reduciendo el sorteo anual de tie- 
rras á una mera formalidad^. Así, <rpuede asegurarse que en la mayor 
parte de las tribus ó naciones de la Península, se había verificado ya 
en el siglo i, el tránsito desde el comunismo entre los gentiles al co- 
munismo entre los agnados^. El suelo dejaba de ser propiedad eminente 
de la tribu, pasando al dominio colectivo del clan ó behetría: las fa- 



(1) Lib. Y, o. 3i, S3. El texto de Apiriaaio, de rebut hispanUnsibus, 98, tocante 
á la adjudicación de las tierras de Namanoia á los vaooeos, no es tan decisivo- 
^ (2) La interpretación del hecho nos parece aventurada, porque ya hemos 
visto en otros pueblos la existencia del cinismo régimen, sin que se atribuya á 
una relación servil entre el grupo que cultiva y la entidad que reparte. 



IBEROS T CELTA.S BSPAÑ0LS8 115 

milias patricias se esforzaban por retener á perpetoidad determinadas 
^rdones de territorio: al lado de la propiedad. indÍTÍdnal y fsmiliar, 
.mneble y semoyiente, nacia la propiedad inmueble familiar é indi- 
Tidnal, annqne mny paulatinamente y por transiciones casi insensi- 
bles. Al hijo que se establecía fnera de la casa paterna, se le dotaba, 
. sin tocar al yincnlo (1), en proporción á la fortuna de la familia, lo mis- 
mo qne sucede hoy en la zadrnga eslaTO meridional y en la comunidad 
doméstica del Alto Aragón, siendo la dote, como en la Galia, rerersi- 
Ue al tronco en determinadas condiciones: de aqpi nació el fuero de 
Jronccdidad, Los bienes que no coustituian el solar vinculado, eran 
transmisibles, pero únicamente entre parientes, engendrándose de aqi;ii 
el retracto gentilicio. Guando llegaron á escribirse las costumbres de las 
behetrías (en la Edad Media), hasta los racceos habían desusado en 
gran parte (por completo, ya veremos que no) el sorteo anual de las 
tierras cultivables; pero las familias poseían adn en concepto ím inalie- 
nable un solar en que entraba, no sólo lá casa, sino un huerto, era y 
muradal (2), que debían medir cinco unidades agrarias, lo mismo que 
en Frangía, Bretaña y otros pueblos: además, los hijos que se estable* 
€Ían fuera de la casa paterna, fundando nueva familia, tenían derecho 
á recibir cuando menos un heredamiento ó solar de tierra con casa, que 
había de medir, según conjetura, aquellas mismas cinco unidades agra- 
rias (3). 

No debe creerse, por esta persistencia de la comunidad familiar, que 
la agrícola del clan tuvo escasa importancia; ni es prueba en contrario, 
<iue el testo de Diodoro afirmando el hecho, se refiera á una épocit de 
transición, porque claro es que no puede pasarse, como allí se indica, de 
la comunidad de la gens á la de agnados, sin que aquélla hubiese tenido 
antes completa realidad. Atestiguan de ella los usos conservados en 
tiempos históricos y hasta nuestros días algunos, tales como los de 
Sayago, Llanabes, Trevejo, el consignado en el tumbo de Iria y en el 
barral de Lastro ve (4), las derrotas y uso común de los rastrojos, y en 
ñn, el retracto gentilicio sobre los bienes no patrimoniales de la fami- 
lia, costumbre tan arraigada (5), que no consigue extirparla el Código 



(1) Cf. Strabon, lU, o. IV, 18. 

(2> Fuero Viejo, IV, 1.®, leyes 1.a y l.*^ 

(8) Fuero de inmensU en el libro V, de fororum Arag,^ in tisu non habitor., y 
otras citas que en lugar oportuno faan de consignarse. 

(4) Apud Murguia, JSl foro. Vid, más adelante, cap. V. 

(6) Por~o que interesa desde el punto de vista de la hipótesis que mencio- 
namos antes, para la relación entro las costumbres bereberes y las ibéricas, 
debe notarse la existencia del retracto no sólo para los patieutes, más tam- 
bién para los vecinos del lugar, que consignan las ordenanaas particulares del 
pueblo kabila de ThasUnt. Hanotean, Orammaire Kctbyle, 1858. 



116 • HI8T0B1A DB LA PROPIEDAD COMUNAL 

de Alarico, y continua en todas nueetras leyes. De la comunidad pasto- 
ril de tríbn pueden darnos idea las de pastos del Ampurdán y Aragón^ 
y las facerías ó pactos con igual objeto entre pueblos vecinos, que se 
conservan en Castilla, en Asturias y en toda la región pirenaica. Toda- 
vía, recogiendo las indicaciones del Sr. Oosta acerca de las relaciones 
entre tribus dominantes y tribus vasallas, que mantenían el cultivo en 
común, puede aventurarse la afirmación que estos siervos, alguna ves 
manumitidos por Roma qué les dejó en precario el ager y el oppidum^ 
repiten el caso de comunidades serviles—- como las griegas y medie- , 
vales— que luego pasan á libres, según ocurre con frecuencia en la 
época feudal (1). 

Sirva este dato, unido á otros de comunidades serviles, para conte0- 
tar, preventivamente, á la dificultad que presenta Fustel tratando de los 
germanos, contra la existencia del régimen comunal, oponiendo el ca« 
pítulo en que TéUsito habla de esclavos sujetos al campo. El hecho de 
que los hubiera, formasen ó no comunidad, no impide que existiesen 
otras de hombres libres. 

8. Los germanos. — Las dos fuentes que hasta ahora han servido 
principalmente para historiar las costumbres de los germanos priipiti- 
vos, son las narraciones do Tácito y César. Requiérese cierta pru- 
dencia para utilizarlas, porque hay en ellas, sobre todo en la de Tácito, 
el peligro de lo que ha llamado el Dr. Riese la idecUtzación de los pue- 
blos del Norte (2). 

Además— como observa el Sr. Azcárate — debe distingnirise entre 
los tiempos á que se refieren ambas relaciones. La de César (50 años 
antes de J. C.) es anterior: corresponde al tiempo en que los germanos 
hadan vida nómada, cambiando la tribu cada año de lagar, y por tan- 
to, de tierra las familias. En la época de Tácito (á. 100 dej J. O.), con- 
vertidas en sedentarias las tribus, permanecía el mismo territorio, y lo 
que cambiaba era la parte cultivada por las familias en cada año. Te< 
niendo esto en cuenta, pueden señalarse tres grados en el proceso de 
la comunidad, desde los primitivos tiempos, á la época de la invasión. 

Primer grado. — Nada más que conjeturalmente, puede decirse que 
los germanos — penúltimos de los emigrantes arias, luego de los celtas — 
llegaron entre los años 700 y 800 antes de J. O, á las cuencas del Vís- 
tula, Oder y Elba (8), es decir, á lo que los romanos llamaron Gormar 



(1) Fnstol cita un caso, según un acta de 1160. 

(d) Biese, L'iáeal de justiee et de bonheur et la vie primiHve d€8 peuples du Nórdt 
datu la lUL greeqne et romane (al.; trad. fr. de 1885). 
(8) Dahn, Historia primitiva de los pueblos ger minióos y romanos. -In troducoión. 



LOS GERMANOS 117 



nia, y en época contemporánea con el nacimiento deja confederacióii 
latino etrnsca. Ko entraron, sin embargo, en relación ambos pueblos 
basta el 120, fecha de la irrupción de los cimbrios; y es preciso qne 
llegue el año 50 (a. de J. G.)) para que César dé noticias circunstancia- 
das de los germanos, bajo cuyo nombre se comprende á todos los po- 
bladores de la región que al Norte y Este del Imperio romano se ex- 
tendía, desde el mar del Norte y el curso del Rhin, al Danubio y las 
estepas orientales de la Europa. Estos limites cambiaron rápidamente. 
De Asia vinieron los germanos con ciertos rudimentos de agricul- 
tura, pero era todavía la agricultura nómada, de ocasión, que apenas si 
añadía más que el trabajo de arrojar la semilla sobre la tierra, á las fuer- 
zas espontáneas de la naturaleza (1). 6u sistema de cultura era tempo- 
ral, muy primitivo, cultivando cada año un terreno y dejándolo luego á 
la vegetación natural y al pasto en común, para proceder al cultivo d# 
otro trozo, ó bien abandonándolo si se hablan agostado los pastos y 
la caza, para trasladarse >á otro territorio. De este modo se ahorraban 
muchos trabajos agrícolas, no fáciles en aquella época de movilidad y 
careciendo de medios de laboreo. Cultivaban principalmente la avena 
para su consumo y la cebada para fabricar la cerveza; pero sus rique- 
zas más importantes y sus industrias más atendidas, eran la cría del 
ganado y la caza: aun en tiempos muy posteriores (üo sólo en el de Tá- 
cito), continuó siendo el pastoreo la principal fuente de producción. 
Esto hacía necesaria la comunidad del extenso terreno preciso para la 
caza y pastos en la tribu (2). Y, efectivamente; siendo para los germa*- 
nos más importante que el suelo arable y la estabilidad que lleva consi» 
go, la disposición de dilatados terreno^ con libertad de abandonarlos 
cuando se hicieran inútiles para sus necesidades, y viviendo socialmen- 
te sobre la base de la comunidad de vida de la tribu, determinan ambos 
hechos el carácter de sus establecimientos, el género de existencia 
ambulante, pronto á la emigración — como se muestra, incluso en el 
^ipo de sus casas, desmonta)}les y portátiles — y sus relaciones con la» 
tierra sobre la que todavía no ejercen aquel derecho de propiedad con- 
secuencia de la vida sedentaria y de la constante incorporación del tra- 
bajo al suelo, sino una especie de posesión que abandonan cuando les 
conviene. El principio de comunidad en el disfrute, i\o era pqr esto me- 
nos seguido que lo hubo de ser en el periodo agrícola y sedentario; y 
así puede áecit Dahn que dos bosques, pastos, y en general, los terre- 



cí) Dahn. Ob., eit. Laveleye, o. Y, p&g. 72 y signientei. 

(3) Un buen ejemplo de la necesidad qne lleva á los pueblos pastores á po- 
seer en oomún el snelo, son los t&rtaros, qnienes reconocen la propiedad par* 
ticnlar sobre los ganados, pero no sobre la tierra. Apud. Fostel. 



118 HISTORIA DS LA PROPIEDAD COMUNAL 

nos del común, toman sn origen de aqnella>B costnmbres j género de 
tid(a, no menos que el sistema y cambio de cnltito bienal ó trienal.» 

Sólo el trozo de terreno qne cada año se cnltivaba era objeto de nna 
oéupaeián temporal hecha en nombre de la tribn. Gaando los terrenos 
o^npados contenían poblaciones anteriores (celtas especialmente), en 
nñ princiiHo no faeron may respetadas, pero al fin prevalecieron tem- 
I^eramentoB def humanidad qne permitían la convivencia de ambos pue- 
blos, con cierta superioridad del invasor que se atribuía la propiedad de 
hié tierras y conservaba á los sometidos en calidad de siervos y colonos. 

Este roee frecuente de los germanos con los celtas, que habían al- 
canzado una civilización superior, y con los romanos, en tiempos poste- 
riores, influyó en éll catnbio de sus costumbres, tanto como la liíAta- 
Aón del territorio disponible, cefiido de un lado por las continuas in- 
nüigráciones que desde el Este acumulaban población en la Germania, y 
de otro por la resistencia dé los romanos al Sur. 

Asi empezó á prevalecer la vida sedentaria y agrícola, aunque él 
primer carácter no fuera de tan absoluta seguridad, como lo prueba el 
movimiento de pueblos que no cesa hasta el siglo v; y en ese período 
de transición, es cuando César conoce á los germanos, 50 años antes de 
J. C, y escribe acerca de sus costumbres. De aquí la coiftradicción de 
muchas de sus noticias y las discusiones que han producido, al queréis 
determinar los autores el género de vida que llevaban por entonces los 
germanos. De César á Tácito media un período de siglo y medio de fre* 
cuente trato con los romanos; y durante él, lo que llamaríamos el pro- 
ceso de sedentaóión y el aumento del cultivo agrícola, han avanzado ex* 
traórdinariaménte. 

César da idea de la distribución del territorio ocupado por las tri- 
bus, y señala ya-*al lado de los pastos del monte, los pantanos, ríos y 
h¡ Selva vitgen que en los confínes del distrito, son, á la tez que tetre- 
¿ó dé aprovechamiento común, barreta que aisla y defiende,— la existen- 
éia de tierifas desmontadas y cultivadas, que ocupaban, por lo general, 
el centro, y de las que se hacían repartos entre los cabezas de faini- 
Ik (1). Habhmdo dé los suevos, declara también la escasa importancia 
que para ellos tenía la agríénlturá, llevándose el predominio la gana- 
deiffa y la caza; pero eu la tierra cultivada, poca 6 muéha, señala la 
«Otetünidad, con distribuciones anuales de lotes. 

Todavia, pues^ éú el siglo i, antes de J. C, no se fijaban las tribus 
permanentemente en un lugar, ni había nacido la aldea germana agrí- 
cola. Cuando (preció la necesidad y la afición á la agricultura, y los ger- 
manos se convencieron de que no podía ser tan pasajera su estancia en 



(1) Pahn, 06. eiti César, lY, 1» para los suevios; 



LOS 6BBMAN0B » 119 



Alemania, como quizás en nn principio hubieron de creer, se impone 
la inetalación permanente. 

£n tiempo de Tácito (s. i, de J. C), el cambio no se había cum- 
plido enteramente. Estrabon, qne escribe entre César y Tácito^ señala 
la TÍda nómada y poco agrícola de lo» sne^vos y de ctodos los germanos 
en general». En la época de Tácito ya era base de la organización so- 
cial germana la aldea ó parroquia, formando comunidades rurales; 
sobre eDas, conio agrupación superior, estaba el kunáred, análogo á la 
fratría ó centuria] luego el pagus ó ^u (cantón), que era el territorio 
de la tribu (1). P^ro ésta seguía tan propicia como antes á viajar, 
á lo cual ayudaban el aumento de población y las nuevas emigraciones 
qne desde el Este iban empujando. El pastoreo marca todavía la carac- 
terística de las comunida&es europeas, cuyos efectos «se han conserva- 
do á trates de los siglos». 

Iniciado el cambio que, á pesar de todos loe obstáculos, había de 
acelerarse con el trato de cada vez más frecuente y la mezcla de germa- 
nos y romanos, en todo el período que corre desde Tácito al siglo v 
(fecha en que Bustit:ny0 el poder de los primeros al dominio político de 
los segundos), es cuando crece la importancia de la agricultura; y en 
unos territorios más, en otros menos, se muesiran claramente los ca- 
racteres de la aldea germana, de la comunidad rural, cuyos vestigios 
aún pueden hoy observarse. La componían «un grupo orgánico y autó- 
nomo de familias que ejercen la propiedad común sobre una porción 
determinada de tierra,'6u mark^ cultivando en común su dominio y 
sosteniéndose con el producto de él». 

Ál territorio ocupado por una tribu se ha llamado la tnar¿, állmend 
ó ^du, pues la denominación varía según los autores; sus elemen- 
tos, que se repiten en cada aldea, son, según Yon Maurer (2): I.^, la 
marh ó total demarcación del tcwnship ó aldea; 2.°, parte común indi- 
visa ó inculta (bosques, pastos, pantanos, «te,) (3); 8.^, tierra cultiva^ 
da ó arable. La segunda se goza en común; la última, cultivándola en 
lotes atribuidos á cada familia (4) que tenía derecho al disfrute tempo* . 



(1) La nomenclatura administrativa de Táeito no 0e pii«de segnir al pie de 
la letra. Vid. Freemann. — ^Dahn, que llama & las centenas pagoSt dice qne. en 
un principio faeron sólo divisiones militaras y que luego se convirtieron eii co- 
mnnidades de vecindad. 

(2) Yid. nn' extracto en Morier, SisterM cf land tenure, etc,, c. 7.<*, y en ICaincí 
TO^ag, eom.— Denman 'W,'Bo8n,Early BUtory of landholdHig among the Cftrmans, 

<B) lia palabra germánica mark significaba tierra frontavisa, no desmontada 
y bosqnc^Dahn. 

(4) Cuestión: ¿Es esta división la primitiva, ó derivó la 8.^ dase de tierra de 
hb 2.* como un primer paso & la concreción de la propiedad? Esto último cree 
líñint {VÜlage eommuníiié9t 'pikg. Si). 



120 HISTORIA DE LA PROPIEDAD OOMÜKAL 

rcU de una parte en cada una de las diTisiones de la tierra. Sólo es pro- 
piedad 'hereditaria no cambiable de las familias, el recinto de la casa 
con nn huertecillo anejo, cercado. Las casas estaban asi aisladas unas 
de otras, señalando la independencia de las familias: y aun hay qnien 
snpone que mnchas aldeas se formaron por agrupación de caseríos ais- 
lados, que iban estableciéndose llamados por las condiciones del terre- 
no. En ningún caso ofrecía la aldea germana el tipo conglomerado del 
pueblo romano. Esta situación de las habitaciones, que explica todo nn 
concepto de vida más libre y más en relación con la natural^a que el 
de los romanos, hizo que ios pueblos de Germania desconocieran la au- 
dad y hasta que en un principio despreciaran y destruyeran las roma- 
nas. Esta misma oposición se observa hoy, comparando las aldeas ale- 
manas con las de Italia. 

En consonancia con este carácter^ la Tivienda de los germanos se- 
guía siendo de madera y fácilmente desmontable; hasta el siglo iv, no 
construyen los alamanos sus catos de piedra, á imitación de las quintas 
romanas. El interior difiere poco del de la casa patriarcal aña. En ella 
son sus miembros productores y consumidores á la yez, con cierta di- 
visión de trabajo; los siervos, los esclavos que proceden de la guerra, 
cargan con las más penosas labores, y su mayor ó menor niimero, se- 
gún la importancia y la fortuna guerrera del cabeza de familia, es un 
elemento de desigualdad sociaL Los siervos ño sólo se dedicaban á la 
agricultura, á veces en una especie de colonato parecido al de las gran- 
jas romanas (1), sino también á ciertas industrias domésticas. 

Fuera de esta independencia interior de las familias, el senti4o de 
comunidad es tan fuerte, que se imprime en todas las manifestaciones 
intelectuales del pueblo. Grimm dice que no hay en la lengua germa- 
na, palabra que indique la propiedad (individual): sólo existen las que 
expresan uso Ó disfrute. La voz Eigenthum^ que viene de eigen^ pro- 
pium^ lo de un individuo, no aparece hasta después que los germanos 
han entrado en relación con Roma. Los nombres de la propiedad pri- 
vada, Bondergut y aondereigen^ indican su nacimiento por separación 
(eondem) de la común. Laveleye cita un edicto de Chilperico (516), que. 
probaria la introducción en aquella época de la propiedad hereditaria 
en la familia. 

En el townsfíipj como en la primitiva aldea aria, cada familia tiene 
su jefe Cpater familia)^ libre y absoluto en el recinto de la casa. Sus rda 
ciónos son de igual á igual con los otros jefes: e:La esfera de los usos ó 
del derecho consuetudinario, no era la familia, sino la relación de unas 
á otras y con el agregado común.i> Únicamente veía limitado su poder 



. (1) Fastel, Domainé rural ehé» les romains. 



LOS OBBMAK08 121 



el padre^ fuera de la casa, en lo que tocaba á las operaciones de cultivo 
ó á los derechos de uso correspondientes también á los otros miembros 
de la tribu.; De aqui resultan los dos caracteres típicos del hombre li- 
bre germano: <rel de señor en su casa, comunero en la mark; que cons- 
truyen por su acción y reacción la historia política, j^cial y agrícola de 
la raza» (1). 

Partiendo de la base de la familia ^^'^'a, sihjar^ del sánscrito sahhá^ 
comunidad) que es, según vimos, la comunidad primitiva, pasaron los 
germano^s por los grados de la unión de familias en hordas^ fundamen- 
to de una comunidad más amplia que principia en la vecindad y con- 
cluye en el townahip^ y al fin, de las confederaciones de comunidades 
que la situación guerrera frente á los romanos hizo más necesarias, 
preparando el tránsito á la nación (2). Lo que se debe notar es que la 
tribu está compuesta por familias, entre las cuales existe el lazo.de 
consanguinidad; y así se llama á la tribu, sippe, de aibja. Este carácter 
familiaV hemos de ver que se continúa en tiempos muy posteriores, 
aun después de haber aparecido el principio de territorialidad (8). 

Por consecuencia de esta organización, las distribuciones de tierra 
se hacían por los jefes de las tribus entre los clanes (gentibuaj y fami" . 
lias que formaban los diversos grupos rurales— ya según su leal saber 
y entender (César), ya atendiendo al número de casas y rango (Táci- 
to). — Los Getas tenían una perfecta división de trabajos entre los ha- 
bitantes, divididos en dos grupos que cultivaban alternativamente la 
tierra en favor de la tribu, como sucedía entre los suevos (eiunos culti- 
van y otros pelean». — César), De esto parece resultar que, siendo cul- 
tivado en común el campo, los f)ruto8 se distribuirían luego entre las 
familias, que es la segunda forma de comunidad de las que señala Aris • 
tuteles, observable también entre los vacceos, y en la isla Panchaia, 
según Diodoro. Entre los dálmatas él reparto se hacia cada nueve años 
(Estrabón). 

En general, entre los germanos, la división de lotes (sors) suficien- 
tes para el sostenimiento de una familia, se hacía— dice Laveleye —por 
regla de igualdad, trazando las divisiones con una cuerda y sorteán- 
dolas (4). 

Coincide én esto Yon Manrer, diciendo que la primera división fué 
en partes iguales, tantas como familias, y esa se mantuvo por una re- 
distribución; siendo el primer paso á la individualidad, que se confirma 



(1) Horier,loe.e«. 

(8) Dalm,p&g. 83.98. 

(8) Dalm,4041. 

(4) Laveleye. 0&. cit. 



122 HISTORIA DB LA PBOt>IBDAD COMUNAL 

caando ee perpetúa la poaesión de loa lotes. Esto sd obserrá aun hoj 
en Busia, y yestigios de ello en India, Inglaterra y Alemania. Si se 
alteraba la igualdad, el perjudicado podía recnifrir para que se midiesen 
de nuevo las porciones. 

' Contra estos testimonios y opiniones históricas, se oponen Tácito y 
Dahn (I). Desde luego, el jefe de la tribn tenia lote mayor asignado al 
cargo (2); pero tocante á los demás, Dabn razona perfectamente con- 
tra esta igualdad supuesta. aLa medida áéí repartimiento de tierras 
entre las federaciones (de familias) al tiempo de establecerse en ün 
pnis — dice— no podia naturalmente ajustarse sino á las necesidades de 
cada una (8) de ellas. No podía, en efecto, pensarse que el hombre li- 
bre del pueblo, que llevaba una mujer, un hijo, un siervo, una criada 
y seis cabezas de ganado, tuviera el niismo terreno que un noble ó 
qtie otro hombre libre, los cuales llevaran, ademáe de mnjer, cuatro 
hijosy tres hijas, veinte siervos y diez criadas, un número de parientes 
ó quizá una comitiva de 30 ó 40 secuaces libres á quienes mantener y 
albergar. Lo que se entendía por- lotes de tierra, no podia tener de nin- 
gúti modo el significado de dividir el terreno perteneciente á una fe- 
.deración en tantas partes iguales como individuos la compusieran y 
echarlas á la suerte, sino el de ckbr á cada mieníbro independiente lo que 
necesitase y el lote que la comunidad le señalara según sus nece- 
sidades.^ 

Niega también Dahn que se empleara la suerte para el reparto^, 
sino cuando los cabezas de familia lo disponían <i:para evitar contien- 
das y censura6i>, ó cuando distríbuídae las tierras en categorías y re- 
partidas por secciones de 20 familias, éstas «las echaban entre sí á la 
suerte', empleando quizás entonces la medida del martillo lanzado 



(1) t Fastel, en el artieulo oitadb de la Bw, dé 9U««t. hUtár, ilo obstante qne 
en la edición 8.^ de sn Cité anüque (c TI, libro II) afirmaba qne los germanos 
no conooían la propiedad de la tiezrra. Aonqne la parte de critica referente á 
los germanos no es la m&s eonTinoente, debe tomarse en cnenta. 

(2) ¿Procede este privilegio de ser el jefe dispensador del caito faxñiliar y 
tdner á BU cargo la propiedad dedicada & aquel enlto, como entre los primiti* 
vos arias? La noblesa popnlar germana (no la feudal) se componía de laa fa- 
milias m&s antiguas y las m&s directamente enlazadas al tronco; de modo que 
el espíritu patriarcal, en el sentido en que lo ba explicado Fuste!, era el prin- 
cipio de la preferencia. 

(3) «T&cito, Qerrn,'. (agros) tnox inter 9$ seeundum dignutionem pctUuntur; pero 
este digncUionem incluye también la posición, la condición de la persona. tiOS 
nobles, en efecto, en la mayor parte de los casos, tenían m&s número de bom- 
bres y animales que mantener que los bombres libres del comúti, y, por oonii* 
guíente, eran mayores sus necesidades.» (Nota de Dahn, loe. eü.) 



LOS obrmakos ' 128 



al aire, que es de las más primitivas para lá medibión agraria (1). 

La explicación de Dahn parece la más lógica. ¿Qaé iba á hacer tin 
padre de familia sin hijos y sin siervos, ó con escaso número de ellos, 
de un lote de tierra cnltiváble tan extenso como el que otro, que con- 
taba con la ayuda y había de atender á las necesidades de muphos hi-" 
jos y siervos, podía cultivar? Lo que parece debió ocurrir, es lo mismo 
que ha sucedido en Husia, en Java y en otras regiones. Crecida extra- 
ordinariamente la población^ y no aumentando el territorio, la largue- 
za de distribucioneé antes posibles se hubo «de limitar, reduciendo lotf 
lotes y llegando hasta fijarles una extensión igual para todos. Enton- 
ees podía interesar mucho el mantenimiento dé esta igualdad, cuyo^ 
tipo sefía el mínimum posible, porque cualquier desigualdad significa- 
ba, dada la escasez de terreno, una verdadera pérdida de medios de 
subsistencia para los demás. Por eso el perjudicado tenía d^echo de 
recurrir. La desigualdad anterior que Dahn sefiala, es tan lógica, que 
había de imponerse no sólo en los lotes de tierra, sino en la extensión 
del recinto de la casa y del cercado. 

El proceso de limitaciones que hemos supuesto, ocurrió también, 
y está demostrado, en los bosques vírgenes no repartidos, estepas, ce- 
rros y lagos, sobre los que recaía el aprovechamiento común dnhe- 
rente á cada hogar en la comunidad.^ La escasez de tierras obligó en 
un principio á roturar y talar el bosque virgen, y luego el que servía 
de frontera— -sobre el que pesaba antes la más absoluta restricción de 
tala,— «permitiéndose á los labradores jóvenes la roturación de bosque, 
después de tasado por los jefes de familia^» (2). 

No siendo aún esto bastante, vinieron las medidas restrictivas y 
itainuciosamente reguladoras de los aprovechamientos, cortas de árbo- 
les, número de cabezas de ganado que se podían llevar al pasto, etc.: 
limitándolos para los antiguos comuneros, y negándolos ó restriñ- 
iéndolos mucho á los jóvenes y á los nuevamente establecidos. Las 
toturaciones aumentaron extraordinariamente las tierras comunes, y, 
á la vez, suprimiendo barreras, pusieron en relación á comunidades y 
pueblos antes separados, lo que ayudó á la extensión de las confedera- 
ciones. De este modo se proveía al cumplimiento del principio que 
era base de su organización social. aSe consideraba tan esencial— dice 
Laveleyer-que el hombre libre fuese propietario, que aun cuando lue- 
go de la conquista se introdujo la venta, no podía verificar la de su 
lote el que no tenía más propiedad que éste, como puede verse en la 



(1) Esta afirmación de Dahn tiene en ooiitxa varios testimonios. Yid. más 
adelante. 
(8) Dahn. 0&. de. 



124 HISTORIA DB LA PROPIEDAD COMUNAL 

ley de los borgofionee (tit, 84, c. 1).» Entiéndase la frase de Laveleye, 
con respecto á las ideas de los germanos, en el sentido de qne se mi- 
raba como imprescindible condición qne todo hombre libre tuviese cu* 
biertas sns necesidades, sin carecer de lo preciso para la vida; no de 
qne faese propietario en el sentido moderno de la palabra. 

El snelo cultivable se dividía en campos separados, rodeados de em- 
palizada y foso, cnya demarcación constitaia nna fiesta á la qne con* 
cnrrían todos los vecinos. Esta parte de la tierra es muy interesante. 
La división de los campos- respondía á la idea de la rotación de cose- 
chas, y en cada nno cultivaban las familias alternativamente el centeno 
y la avena, y el tercer afio dejaban la tierra en barbecho (1). Be di vi* 
dían los lotes en bandas qne concluían todas en el camino de explota- 
ción común á ellas, seg^dn todavía se observa en Alemania. Guando se 
introdnjo'la amelga (división de la tierra en hojas para cultivarla) de 
tres afíos, se hizo distinción entre el canq)6 dé estio, el de invierno y 
el barbecho. Estas parcelas debían cultivarse á la vez por todos los 
poseedores con la misma semilla, y se abandonaban juntamente al paq- 
to, según la regla.de rotación obligatoria, cuyo objeto era no dificul- 
tarse mutuamente el derecho de pastos sobre la tierra inculta y en el 
rastrojo. Todas las cuestiones y dificultades que ocurrían en el culti- 
vo, decidíanse de común ^cuerdo entre los habitantes del pueblo re- 
unidos en consejo.- 

Fustel rectifica este modo de interpretar los datos históricos, di* 
ciendo que las palabras de Tácito no indican que las familias cambia- 
sen entre sí de lotes de terreno (mutare inter se)^ sino que mudaban de 
parcela laborable dentro de la extensión total del predio poseído (muta- 
re-moverej. El capítulo de Tácito á que alude el autor (xxvi), no es 
tan claro que pueda decidir el problema, aun traduciendo literalmente 
las palabras; de una parte, por lo equivoco de la redacción, y de otra, 
por la reserva que debe llevarse para interpretar los textos latinos que 
se refieren á pueblos de índole diversa con el romano, concediendo-á loe 
términos que se usan un valor igual al que tendrían aplicados á las 
cosas nacionales; pues sabida es la dificultad de expresar instituciones 
ajenas en idioma de un pueblo donde no existen, y el peligro que hay, 
al hacer Ift equivalencia de términos, de confundir cosas en el fondo 
muy distintas. No es otro el argumento que se hace valer para dudar 
de la exactitud de los informes sociológicos que los viajeros modernos 
suelen dar acerca de los pueblos salvajes. 

De la prudencia que ha de haber en aceptar los textos clásicos, ad- 



(1) Primitivamente, el trabajo debió ser en común. Laego no siempre fe 
practicaba, dominando el régimen que se explica. 



LOS GBRMANOS 125 



TÍerte con mncha claridad el de César, en qne se especifican razona 
fantásticas de economia social y de política para fandar la costumbre 
del cambio de tierras entre los germanos (1). 

El sistema de la distribución por la suerte, en muchos casos es in- 
dudable, y produjo la denominación de las partes fsorsj^lo que se 
saca á la suerte— palabra que luego designó á las tierras poseídas here- 
ditariamente, como una determinación perpetua é indiyidual del lote 
asignado (2). Esta costumbre puede hoy reconocerse en Escocia, el 
Eifel, Sasse y MosseUe, y está con8Ígna4a en los documentos del si* 
glo XIII, en que se llama á este uso moa theutonicus. Parece reconocido 
que hubo dos sistemas: 1.^^ Marcar anualmente tantos lotes como dere- 
cho-habientes y sortearlos; 2.^ Considerar el aparcelamiento como per- 
manente, y por rotación regular, cada uno de aquéllos iba ocupando to- 
dos los campos, uno tras otro; de modo, que en vez de cambiar cada 
año las divisiones, las parcelas mudaban de poseedor. Asi ocurre hoy— 
dice Laveleye — en muchos campos ingleses; cosa que de cada día es 
menos cierta. La extensión de esas partes de tierra cultivable, que se 
atribuían á las familias, variaba según la fertilidad del suelo. Sobre lo 
demás del territorio, ya hemos dicho que se ejercían comunalmente los 
derechos de pastos, de leñas, etc. 

La parte hereditaria en las familias (el recinto de la casa), corres- 
pondía al primogénito, con quien, como representante y administra- 
dor, quedaban los demás hijos formando un grupo unido: y para los 
que se casaban, se iba construyendo habitaciones nuevas. Las mu- 
jeres no heredan nunca, ni pueden enajenar los varones la propiedad in- 
mueble: por esta razón, signo de la comunidad, las donaciones y tras- 
lados (donaciones maritales, del patrono, el wehrgeld)^ recaen sobre 
muebles, que aquí, como en otros pueblos, son la primera propiedad 
que se individualiza y adquiere la movilidad del comercio. 

Los trabajos de Maurer sobre las comunidades germanas y su rela- 
ción con las inglesas, no obstante las rectificaciones de Füstel, arrojan 
gran luz acerca de la parte de tierra arable que se distribuía tempóral- 



(1) Vid. también en el cap. XVI de Tácito (Qermania)^ las razones que da 
para explicar el aislamiento de las casas de los germanos. Toda la terminolo- 
gía de Tácito es individaalista. 

(2) Según Fastel (Bev. de» Deux Mond.^ núm. cit.), 8or$ signiñcaba en las ops- 
tnmbres romanas y en los textos del siglo iv al viii, propiedad privada, y asi so 
llamaban eon-aortes los qne se dividían nna heredad, los co-propietarios de nn 
fondo, qne por rasón de sn propio nombre permanecía en unidad, aun cuando 
se dividiese interiormente en portione»j por razón de herencia, etc., lo que cons- 
tituía cierto lazo de reciprocidad de derechos y obligaciones, análogamente á 
lo que hemos de ver en el^Bajo Imperio (Yid. también el núm. de 15 Hayo 87.) 



126 HISTORIA DB LA PROPIEDAD COMUNAL 

mente. De ella ee han encontrado vestigios entfuayor ó menor número 
en todas partes de Inglaterra, é interesa no poco conocer su disposi- 
ción y régimen que afecta otro tipo que el céltico. A estos terrenos se 
les llama comman^ commonable^ open Jields; cuando no están cultiva- 
dos, se les llama lot meadows^ lammoB lamdSf asándose también este 
término para los cultivados sobre Guy9 rastrojo se ejerce el derecho de 
pastos. Los common Jielda están divididos en tres largas fajas separa- 
das por vallas de césped. Las propiedades consisten en subdivisiones 
de estas tiras, y parece que las subdivisiones que se correspondían en 
cada faja, pertenecían al mismo propietario, siendo todas iguales, ó 
poco menos, en un principio. En cada una cultivábanse á turno dos oo- 
secha^, y luego quedaba en reposo. El orden de disfrute era como hemos 
indicado antes. Las cercas de los campos se derribaban en una época 
fija, para que disfrutasen los ganados del rastrojo: especie de derrota 
que aún subsiste en el laminas day inglés. Es una especialidad que el 
número de los que usan los prados, luego de abiertos, fuese mayor del 
de aquéllos que podían cerrarlos. 

Las comunidades inglesas parece que admitieron extraños aun goce 
limitado de los prados, hasta que la tierra llegó á ser exclusiva propie- 
dad de las antiguas familias del grupo. La extensión de los campos co- 
munes y abiertos era extraordinaria en Inglaterra, como lo ha hecho 
notar Marshall: en Cambridge y Oxford se han encontrado muchos 
vestigios, de los cuales hemos de ocuparnos en los párrafos correspon- 
dientes á la época contemporánea. Como se ve, coinciden casi totalmen- 
te la organización de la comunidad inglesa y la alemana (1), en este pri- 
mer grado del desarrollo de los pueblos germánicos. 

Segundo ^rcu^o.—Hasta aquí, el principio de comunidad se ve man- 
tenido en toda pureza. Cada familia que tiene derecho á la propiedad 
común, recibe la parte que le corresponde según sus necesidades y la 
extensión del territorio; pero ninguna posee más tierra que la distri- 
buida. Las diferencias entre ellas, estriban en el abolengo (origen de la 
nobleza), y en el número de sus componentes y esclavos. ISi en la pro- 
piedad territorial ninguna familia puede llamarse propietaria, ni existe 
la acumulación, en los muebles y en los siervos se funda cierta des- 
igualdad económica. Pero nadie carece de alguna propiedad. Las dife- 
rencias, al cabo, se comunican á loe' inmuebles: y así este segundo grado 
se caracteriza por las concesiones de partes de terreno, dadas privati- 
vamente y además de las ordinarias, pero de un modo temporal^ ora en 
posesión gratuita, ora mediante canon. Así, la desigualdad que tiende 
á la disolución de las comunidades, sobreviene en éstas, no por ser des- 



(1; Entiéndase de la comunidad anglo-sajona, no de la bretona-oéltioa. 



LOS aEBMANOB 127 



ignales las parcelas— pneeto que eran, en gran parte al menos, propor- 
cionadas á los necesidades de los poseedores — sino por la acumulación 
en familias privilegiadas que añadían, á sus derechos comunales, tierras 
de propiedad privada (la concesión de cuyo derecho es un rasgo muy 
individualista) ó asignaciones excepcionales, ó que usurpaban el terre- 
no público (como en Roma), haciéndolo de propiedad particular* 

La desaparición de la primitiva nobleza popular democrática — cuyo 
fundamento era la descendencia directa y más inmediata del tronco 
primitivo, participando en algo del carácter sagrado de éste— por la 
nueva, monárquica y palatina, ayudó mucho á esta desigualdad. La 
nobleza moderna, que crece con el aumento del poder real, cuidábase 
más que de otra cosa de obtener del rey cargos lucrativos y propieda- 
des, «objeto que con la conquista alcanzó perfectamente; explicando 
esto, también, la opresión que esa clase convertida en feudal ejerció 
luego sobre el pueblo; cosa que tal vez no hubiera existido á continuar 
la antigua nobleza más en contacto con los populares. 

A la vez, la permanencia de las distribuciones de lotes y el roce y 
fusión paulatina con los romanos, iba preparando la ruptura de la co- 
munidad, cuyas tradiciones olvidaron pronto los nobles y la parte alta 
de la sociedad bárbara, pero no asi el pueblo, como hemos de ver. 

Tercer gfraíío.— El terreno cultivable se convierte en propiedad pri- 
vada. Los prados de pasto y los bosques continúan en común (1), y asi 
se perpetúan en los comunales de los pueblos (Bügervermogen) en Ale- 
mania, cambio que se realiza luego del siglo v. Tal es la evolución de la 
propiedad entre los germanos hasta la época en que, invadiendo las pro- 
vincias romanas, formaron nacionalidades. En ella hay que tener en 
cuenta que los cambios del sujeto propietario van siempre paralelos con 
los sufridos en la personalidad considerada como célula social; y asi, aun 
cuando los lotes de la tierra arable se perpetúan, desligándose del lazo 
comunal de la tribu, es, desde luego, sin salir de las familias, en las cua- 
les forman una propiedad hereditaria é indivisible: hasta que concu- 
rriendo la evolución en el sentido de la personalidad, para la que 
estaban preparados los germanos y á la que ayudaron mucho el Dere- 
cho romano y la Iglesia (que es decir uno), vino la división; al par quei 
torcido el<jarácter del jefe d^ familia — que áúpae aria, viene á ser el 
pater del derecho legal romano, — se le concede un poder sin limites 
sobre las personas y los bienes. Asi va urdiéndose la historia intere* 



e 

(1) Esto confirma la importanoia del pastoreo y su predominio entre los 
germanos, según hicimos notar antes. Yid. para estoDahn, Oh, cit, Introdao- 
ción. Sas fuentes son principalmente romanas, pero es muy interesante. 



128 HISTORIA DE LA FfiO^ISDAD COMUNAL , 

santieima de la propiedad y del orden social de este periodo, tan rico 
en elementos y tan fantaseado, que preside la institución más disenti- 
da quizás entre los historiadores: el feudaUémoé 

8. Los eslavos. — ^Dos son las instituciones fundadas sobre la pro« 
piedad comunal, que se muestran en la historia de los eslavos: la comu- 
nidad doméstica, la zadruga de los eslavo- danubianos y de los rusos del 
Sur, y el mir; cuya permanencia y excelentes efectos (en Servia, 
Croacia y regiones vecinas, y en Kusia), han entusiasmado á no pocos 
autores y convertido en interesantísimo su estudio (1). Parece que ha* 
bian de ser claros y exactos los datos que poseyéramos acerca de esta 
organización; y no obstante, abundan las contradicciones éntrelos que 
de ella se ocupan y no falta tal cual punto oscuro en su conocimiento. 
La zadruga^ incluyela Le Play (asi como á otras formas análogas de fa- 
milia rural de Oriente y Kusia, que ya estudiaremos), en el tipo que Wa- 
maba pa¿r«arcaZ, diciendo que en ella viven juntos el padre y todos los 
hijos casados bajo la autoridad común de aquél (no siempre). La pro- 
piedad es indivisa, salvo algunos objetos muebles: el padre dirige los tra- 
bajos y guarda los productos que exceden del gasto normal. Guando 
la familia aumenta, se divide, y parte funda nuevo . establecimiento 
auxiliada por el ahorro anterior. Es el mismo tipo observable en As- 
turias, en Aragón, en algunos departamentos franceses y en Italia. 
Descríbela el Sr. Pedregal, según Maine, diciendo que es cía gem de 
los romanos, la aept céltica, familia compuesta de varios matrimonios 
correspondientes á un mismo linaje, que cultivan én común l/i tie- 
rra, disfrutando colectivamente de la totalidad de los bienes que ad- 
quiereni>. Son, en efecto, sus elementos, casa, mesa y tierra comunes 
bajo la dirección de un jefe (Kkoziaine^ starskina^ etc.), que era primi- 
tivamente el ascendiente común, el más anciano y luego el considerado 
más apto; y á veces recaía la elección en una mujer, de lo que hay 
ejemplos en otras partes. El principio del parentesco parece — según 
Maine — relajado por las ficciones que abren la entrada de la comu- 
nidad á los extraños, tendiendo á ser con esto la tierra, hoy, el fun- 
damento verdadero de este grupo. La comunidad es absoluta en los 
inmuebles, cod trabajo en común, distribuyéndose anualmente las 
cosechas; pero en algunas partes se reconoce la propiedad privada 
sobre los muebles y el ganado. Como efecto de ésta organización — á 



(1) Lavdleye, De lapropieté, cftp. a.» y 13.~Azoárate, o6. eit^ I, vii.— Nám. U 
de la Forthnighüy iíewew.-Sumner Maine, obrai oit.— Bogisio, La famüU rwraíe 



LOS BSLAVOB \1iÍ 



pesar de la transición qne hoy se va operando y que tiene bnen cuidado 
dé fijar Bogisic, sin negar la existencia de familias compuestas — á la 
muerte del jefe no se deshace la familia ni hay sucesión; así, las leyes 
dictadas modernamente, basadas en la consideración de la propiedad 
individual, son letra muerta para los V, de la población. Subsiste eftte 
tipo de familia n^ral en Servia, Croacia, Esclavonia y la Rusia dol Suff 
donde es un poco más despótica^ 

La antigüedad de esta organización, que trajeron sin duda 4 BSoro- 
pa ios eslavos, implantándola en la región danubiana y en Rusia — y 
que es característica de este pueblo en el cual no se observa la comu-^ 
nidad de la tribu, ya que donde la hay (mir ruso) es por derivación, á 
lo que parece — se ha negado por muchos autores (1), suponiendo qne 
empezó en el siglo xvi; confundiendo sin duda el mir con la asodaeión 
familiar. Es esta institución no exclusiva, como hemos dicho, pero si 
peculiarisima de los eslavos, existente en todos tiempos do su historia 
europea y continuada hasta nuestros días: sobre cuya persistencia, carac- 
terizada más que en pueblo alguno, fundan Laveleye y Lehr la defen- 
sa de su prioridad y arcaísmo en las costumbres eslavas. De su estado 
actual, luego hemos de ocupamos con aquel espacio que requiere la 
importancia de régimen tan extenso, y tan edificante y fraternal como 
Laveleye y otros autores declaran. 

La nota que el historiador debe recoger respecto á la comunidad eB-* 
lava, es el arraigo que tiene en la costumbre y modo de ser de aquel 
pueblo, y el ejemplo de conservación que ofrece, signo á la vez de la 
supervivencia de todo un orden social, que corresponde á otros tieior' 
pos y á otras ideas. La sociedad eslava ha vivido desde hace muchos 
siglos en ese grado de organización; satisfacía asi sus necesidades, y 
no ha dado un paso más (2). 

£l mir— que estudiaremos más por despacio en otro párrafo— es 
una comunidad rural en que todos los vecinos dé una aldea — conside- 
rándose entre si como entroncados — poseen en común el terreno ane* 
jo. Bs institución, al parecer, menos cerrada que la zadruzna^ y, se- 
gún todas las probabilidades^ de más reciente origen. El trabajo se 
hizo primeramente en común con repartos anuales de los frutos, 
como parece ocurrió entre los higlanders (escoceses) que llegaron has-* 
ta distribuir al día los alimentos (3). 



<1) Tchifccherine, Bistram y Maoieiwosky, emtre otros. 
(9) ¿Existia aún en los tiempos de su vida nómada? Cnanto menoff, no seria 
muy agrícola esta oomanidad. 
(8) Snmner Maine, ^nciene Zato. 

9 



180 HISTORIA DE LA PROPIEDAD COMUNAL 



V. — Las doctrinas económicas del CristianisDio. 

Varías razones hay que llevan al estadio de las doctrínas comu- 
nistas de los cristianos. La primera es, qne la historia de una insti - 
iucíón, que representa siempre una idea, comprende también la his- 
toria del pensamiento que á ella se refiere: no ya sólo porque la idea 
es parte de la vida tanto como las acciones exteriores, sino porque la 
produce de sí, desde el punto en que, dominando á la inteligencia, la 
ponen los hombres en amor de su sentimiento, en deseo de su volun- 
tad y en total elemento de su conciencia reflexiva. 

Ya decía Jesús: alo que mancha al hombre es lo que sale del hom- 
bre, porque del interior del corazón de los hombres es de donde salen 
los malos pensamientos...^ Hubo, además, realmente, práctica del co* 
munismo entre los cristianos; y se ha dado demasiada importancia á 
este punto, que en verdad la tiene, sobre todo por las consecuencias 
originadas, para que sea permitido, aun rompiendo con toda otra con- 
sideración, el pasarlo por alto. 

Preciso es no ver el Cristianismo— para adquirir cierto sentido de 
su historia— como hecho aislado, nacido ex nihilo^ con una solución 
de continuidad respecto de los hechos anteriores y coetáneos , ni 
como producido de una vez, con lá unidad y cuerpo de doctrina es- 
tadizo con que hoy se nos ofrece. Prodújose la doctrina en un tiempo 
de verdadera revolución social, muy cerca de la región que era 
entonces núcleo de un renacimiento de cultura y de vida extraor- 
dinario, y en un pueblo que estaba en plena germinación de doctrinas , 
escuelas y sectas — la de Judá, la de Juan, los essenios, fariseos, etcé- 
tera (1)— obedeciendo todas ellas á dos principios que se enlazan: 
l.^^l mesianismo; 2.^ Lá revolución social de pobres contara ricos-, es 
decir, bajo el primero, un movimiento nacionalista,' y dentro de él, un 
segundo movimiento interior, que procedía de la época de los profetas 
Enoch, Amos é Isaías. * 

Becuérdese la desigualdad á que habían llegado los hebreos, por el 
olvido de la antigua organización y el desuso de las reglas de vida á 
ella inherentes. El egoísmo y* la avaricia dominaban, y el mal venía 
de antiguo. No hay sino leer los textos de los profetas, mantenedores 
de las tradiciones y penetrados de un alto sentido político y social que 
escapaba á sus contemporáneos. Isaías truena contra los acumuladores 



(1) El oar&oter de la mayoría era nacionalista, contra los romanos, infor- 
madas del dogma del Apocalipsis y del mtsianUmOi qué habla de volver la pre- 
ponderancia merecida y natural á Israel. El movimiento de péqu€%<x9 igU9ia9i 
continúa luego. 



' DOOTRIKAS EOONÓMICAS BEL GBI8T1AKISM0 181 

de propiedad, ccqne se hacen asi los solos dnefios de la tierral» (c. y, 
ver. 8); Amos se pronnncia contra la soberbia é injusticia de los ricos, 
bien manifiesta (cap. ii y especialmente vers. 6 á 8), y lo mismo se repite 
en otros pasajes de la Biblia (1). El sentimiento contra los ricos lleva á 
concebir á Dios como el vengador de los pobres, y esta idea es mante- 
nida en la época de Jesús, por mnchas sectas. 

Los essenios vivían en comunidades rurales, dedicados á la agri • 
cultura €j á la fabricación de objetos de primera necesidad». e:No te- 
nían esclavos y consideraban Is esclavitud como impla y contraria á la 
naturaleza,— Despreciaban las riquezas, no acumulaban el oro ni la 
plata, aprendían á contentarse con poco.— Sus bienes eran comunes y 
administrados por ecónomos. Los miembros de esta sociedad vivían 
generalmente bajo un mismo techo «y al ser recibidos los novicios, la 
entregaban sus bienes». — Para ellos consistía la virtud en la abs- 
tinencia y la mortificación délas pasiones, y la fuente fecunda que 
sostiene esta comunidad en que la mayor parte eran célibes, es, como 
dice Plinio, «el arrepentimiento y el tedio del mundo», con cuyo ca- 
rácter preludian la vi dar monástica- cristiana, adí como los terapeutas 
inauguran el período de los anacoretas (2). 

Tal estado de la sociedad judía, parece explicar ciertos aspectos de 
la doctrina de Jesús, en que se advierte una evolución ó desarrollo, 
ñeeáe un primer momento de iniciación, hasta la exaltación de los úl- 
timos, meses: y también la influencia de otras doctrinas (la de San 
. Juan Evangelista, v. gr.). Del mismo modo se explica el sentimiento 
general que emana dé sus predicaciones contra el rico y la riqueza 
misma, y el apego al pobre, al desamparado, llegando á ser un ideal 
li pobreza (eb¿onÍ8mo);y un resultado de la igualdad, la comunidad de 
bienes. Quizás anudara á esto la displicente acogida que obtuvo entre 
los ricos y la gente de cierta posición, el carácter de sus primeros dis 
cípulos y hasta el lugar (Galilea), por la oposición entre galileos y 
hierosoli mi taños y Iq^mal vistos que estaban aquéllos. 

El Cristianismo, no obstante, sobrepasó ntucho las doctrinas dé las 
sectas contemporáneas. Al nacionalismo opuso el humanitarismo ^ al for- 
malismo su am^or espiritualista delicado (stf gran concepción del Dios 
Padre), al egoísmo y casuismo, el desinterés, la fraternidad. Por esto 
fque representa su gran obra y su capital pensamiento), si se dejó in- 
ñuir por las corrientes dominantes en ciertos puntos (3), como el que 



(1) Enooh. • ' * 

(2) Sadré. Ob. ciL, c. IV y nota D. . 

(8> En punto al mesianismo y al oaráoter de la revolación leligiosa, estaba 
muy por enoima de aquella oonoepolón de fuerzj que era la popular (Mesías 



182 ttíStbfelA Dte ta PROÍIÉIjaD COMUNAt 

tratamos, no parece haberles dado significación mayor qne la de nü 
detalle; y si hay nna doctrina ebionisth (resultado en parte de sn huma- 
nitarísmo) y existe el hecho de nna comunidad real entre los primeros 
cristianos, no hay nna doctrina acabada y éxpUóita sobre esto últit&o: 
ni t>odia haberla, én rigor, pnes qne Jesús no predicaba un cüfso db 
economía social, como han hecho los comunistas dd nuestros ^ías'; pero 
es ütra óotisecuencia lógica é indeclinttble de stis pHúcipios, ótiya de- 
ducéíón no dejaroíi de hacer la mayor patte de lois intéi'prétéfií. Adt Ik 
coniunidad de bienes era un redultadü tnixtó de do^ pdncipioiá crtsitti- 
nos: 1.^, el desprecio de las riquezas; 2.^, el sentimiento de la igualdad, 
y títñbba le plrestan el carácter espedalísimo que le distingue dé \M qué 
.hástti iihora se nos ha mostirado eü la historia. Riaalnietitc) és diñcil dd 
juz^r el (yensamiento del Cristianismo, no sólo pot \ó dudosos qtlé ^btí 
muchos pasajes de los Byangelios, sino pot la fina ironía que enrüél- 
ven algunas palabras de Jesús, lo cuál les dá un sentido equivoco jr 
diftdl. Obsérrese, además, el sentido trascendente de lo terreno, hacia 
otra eftfera y mundo (reino ideal) que llegó á expresarse en estas pala- 
bras: «Mi reino no es de este mundoi>; lo óual, dejtabá en perfecta indi- 
ferencia respecto á lo terreno (que era de segundo orden) y en espedftl 
á lo político existente, cuya modificación, á lo, que parece, no lé pre- 
ocupa. ^ . 

Para entender bien el alcance de las predicaciones ctii^tianad ét& 
punto á la propiedad, debe recordarse la distinción clásica que va ükii- 
da á la historia moral desde aquella época, y que recogida pot ef esco- 
lasticismo, tuvo su última y más perfecta expresión en la téotfa kaii-' 
tiana de los deberes perfectos é imperfectos. La diferencia entre precep- 
to y consejo en el credo cristiano, Corresponde á esa ot^ de los debeles, 
en virtud de la cual, hay una cierta esfera de actos de que nadré pTíéde 
dispenáiarse para llevar una vida moral, y respecto á ellos, rige él 
precepto: encerrándose en su ejecución la exigencia moral posible para 
ia mayoría de los hombres. Todo lo que de aquí e^ccede, no éabría ser 
impuesto como deber riguroso, dada la ñaqueza de la natúralei^a huma- 
na, á la cual, no puede exigirse de continuo heroísmos ni santidades; 
pero su cumplimiento es recomendado como regla dé mayor perfección 
á qne aspiran los escogidos. 

Traducido esto al lenguaje jurídico, quiere decir, con í&ant, que hliy 
eierta suma de deberes y obligaciones imprescindibles para la con viven- 
cia y el orden sociales, y éptos constituyen el derecho y son exigibles á 
todos; pero más allá queda todavía larga suma de deberes menos necesa- 



vengadoi*) y de lo qué según eeíto esperaban dd él, atin iñnohoS de snS distjlpti- 
lós (vid. Benan, Vie de JesüSt piig. 120). 



IK)CTm]$(A8 BC0N<^MI0A8 DEL OBIBTUNISMO ' 188 

TÍOS, menos d$bi4os ó perfectos, eo^fiádoB á la bnen^ yolantaj de IO0 
boiahjre3t qi?e Qp eatto rígtiroaavieQte sujetos á su cnmplimientQ. Quien 
^97» apreciado Us i^i^scendentalea influencias que e^t^ distinción bft 
producido en h vida del derecbo y en 1^ corrientes de su filosofía, ipom- 
prender^ abor« el verdadero valoT 4q la? predicaciones ^prl^tian;^? en 
punto á la propiedad, todas las cuales, entran en la categoría de conffijo^ 
<} deberes imperfectos, que diríamos abor^. Excusado es decir, quf para 
ld pf emente fervoroso, oomo para el bombre que aprecia igmklij^^iite rsn^ 
oesarii^s todas las acciones bueni^s dé h vida, ni podía ten^ T^i^Ud^d 
jiquella dÍQtínpión, pila boy corriente entre dieres coercibles y no coer- 
ijbles: tomando la cómoda posiciójfi de no cumplir sino aquellofi qOie por 
.ll^ fuerza pueden exigírsele, y creyéndose ya, con esto, cni]f^pUdQr4e#u 
](nisión en la vídi^< 

De todos modos, y teniendo en cuenta cierta vaguedad que Uevi^ fk 
dpdar si el comunismo es para Jesús precepto y doctrina ó merQ coA- 
iPj^JQ, de la leptura de Ioq Evangelios resulta que bay una porpiói^^ lifi 
ideas, las m&s", concordantes al sentido ebio- comunista, y alguni^s 4b 
dignificación extraña. Jesús alaba á un intendente por baber distribui- 
do riquezas entré los pobres i costa de su señor. San Mateo en el gg^* 
pttulo xmi ver. 92, truena contra d embeleso de las riquezas, y OQ q1 
^)x, 21, dice aquella máxima taü repetida: a:Si, quieres ser perfectp, 
anda y vende cuánto tienes y dalo á los pobres^ (1); cuyo sentido e1»9- 
nista se repite en el c. %, ver. 21, 29, 80, en que promete recompa^sa á 
iQb qu9 dejan sus bienes y casas por Dios. ]Lia exageración del prin<}ipi9, 
que ba de llevar directamente al régimen conventual y al de los anaCQ- 
r^tast, es mayor en San Lucas, cuyos vers. 15 y siguientes del cap, %%%, 
^dirigen ^nira el apego á la propiedad y contra la avaricia, tiro qp^ 
. va de lleno sobre los ricos; en el v, JO, 21, se contiene la bienaventuran* 
isa de los pobres y dos que abjQra tenéis hambre^f y los 2¡5, 26, predican 
^nt^a los ricos codiciosos. 

Fuera de las doctrinas, bailamos el comunismo practicado entr.^ Iqjfi 
primero? ^cristianos, según atestiguan el libro de los Hfíchot^ c^im^ 
jo 2.^, vers, 44, 45, 46: c:Y ^dos los que freían estaban unidos y i^U^^ 
jU>da8 las cosas comunes.— Vendían sus posesiones y baciendas y íf^ 
Tf^partian ¿ todos, conforme á la necesidad de cada uno.— Y diariai^epi* 
te peroraban unánimemente en el templo.: y partiendo el pan par )aa 
i^asas, tpmat)an la pon^ida con alegría y eencillez.i> La epístola 1.* ^ Ipf 



(1) Lo mismo en el Evangelio de Lpoas, XVI^I, $9. Uso la Bibl>a Vi^^at^ ^• 
tina, traducida en español y anotada por el reverendísimo padre F, S^o. ;^<li- 
e|ón 4e Kadridí pon el t^t^ latino, X79f -97 <^V tqjyioQ c(l Ant. T«St. f IV el 
Nuevo). 



184 HISTORIA DB ¿A PROPIEDAD COMUNAL 

CorinthioB, capítulo xi, 20, alfinal, habla de 'las ágapas ó comidas en 
común; y San Juan^ xii, 6, trae el episodio de María y Judas, adminis- 
trador de la comunidad, á la que defraudaba como ladrón (rcUero, escri- 
be el obispo Amat). Otros textos (1) repiten los mismos ó análogos 
datos. La comunidad dura hasta el siglo ii ó comienzos del iii, en que 
86 relaja. ' . 

Ocupándose de esto el escritor francés M. A. Sudre, en su aprecia- 
ble Historia del Comunismo ya citada, torciendo un poco el sentido de 
los hechos, con objeto de apropiarlos á su tesis, que es una enérgica re- 
futación de las doctrinas comunistas modernas, y engañado por el pa- 
recido de ideas y fenómenos bien opuestos en muchos sentidos, niega 
lotundamente que las predicaciones evangélicas se refieran á las doc- 
trinas comunistas, por la razón de que resalta en aquéllas <íe\ anate- 
ma contra los actos que atentan á las dos grandes instituciones del ma- 
trimonio y de la propiedad»; ¡como fei ésta no necesitara de respeto en 
uñ régimen comunal que, como el aria primitivo, a:castiga con más pena 
los delitos contra la propiedad que el homicidioi», y copo si el matri- 
monio y la ñimilia sólo tuvieran estabilidad y firmeza en nuestra épo- 
ca individualista, en que es tan poco satisfactorio el estado de aquellas 
instituciones! El principio de la legislación mosaica era el patriarca- 
lismo, y no hacía mucho en favor de los individualistas, Jesús, no 
abrogando la Ley. 

Ni es menos lógico usar por argumentos los errores qu^. pudieron 
deslizarse, hijos del esplritualismo y sobre todo del idealismo que do- 
minaban en las predicaciones, respecto al régimen de aquella primitiva 
sociedad: ni el hecho de que Jesús predicara la limosna (que no es po- 
sible sin la propiedad individual, dice Sudre), porque Jesús predicaba 
á un pueblo en que á la desigualdad producida de antiguo se unía fuer- 
temente el influjo romano; ni el carácter espontáneo del abandono de 
los bienes que hacían los compañeros de los Apóstoles, puesto que 
si no era nn deber, y sólo un acto meritorio, era en cambio acto in- 
dispensable para considerarse dentro de la nueva comunión. Ni es exac- 
ta, en fin, la versión que da M. Sadré del episodio de Ananías (2), en 
que las palabras de San Pedro, según se desprende de la atenta lectura 
de los versículos y según dice un comentador nada sospechoso (8), quie- 
ren decir: a¿Se te ha obligado á que vendieses tu campo; ó se ha usado 
contigo de alguna violencia para que entregases su valor? ¿Te hemos 



(1) Lucae, XXII, 15. EeeJu)9, lY, 82 y siguientes. 

(2) Hécíio*. V, 3, 8 y 4. 

(8) Bl padre Soio enf la edición citada. Huevo Testamento, tomo 2.«, pa- 
gina 281, nota (8). 



D0CTBINA6 ECONÓMICAS DEL CRISTIANISMO 135 

obligado coDira tn Tolnntad á que sigas á Jesucristo é imites su pobre- 
za? ¿Cómo, pues, bas podido escnobar á 8atanás y persuadirte que eiiga« 
natías al Espíritu Santo, con tu bipocresía y doblez de corazÓD?]i> Ana- 
nías es castigado no por la mentira en si, mas porque mediante ella 
quería figurar entre ios cristianos sin imitar en absoluto su despren- 
dimiento. Cierto que Jesús en ningún pasaje de sus predicaciones 
expone la doctrina de la comunidad speciatim^ lo cual és efecto del ca- 
rácter de aquéllas, bien diferentes en su intención política de las mabo- 
metanas. Aunque Meyer y Ardant afirman (1) que <iel Cristianismo no 
se ba presentado al mundo como sistema teológico ó de filosofía moral, 
sino como principio universal comprendiendo en si al hombre y á la 
sociedad en todas las relaciones con el mundo que les rodead», es lo cier- 
to que, contra las pretensiones de los que quieren yer en él basta 
un cuerpo de teorías estéticas, el Cristianismo fué puramente una doc- 
trina teológica y moral, y no inyoluoró, con gran elevación de idea, en 
sus máximas (como bizo el mabometismo), los principios de un orden 
político que luego ba impreso sello en el pueblo árabe. 

El amor á los pobres, quienes formaban el núcleo del séquito de 
Jesús, y que llevó á la doctrina de que sólo ellos se ban de salvar (Lu- 
cíW,'VI, 24, 25,) y el sentimiento de prevención contra los ríeos, son 
elementos que se explican bien por la ocasión en que nació el Cristia- 
nismo. La bondad, la dulzura, el esplritualismo simpático de Jesús, 
puso lo demás, y así se llegó al desprecio absoluto de las riquezas, á 
la incomprensible declaración de que no debe el botíibre preocuparse 
de lo que ba de comer ó vestir: pues así como lo da Dios á los cuervos 
y á los lirios y á la hierba, a:asi á vosotros», puesto que Dios alimenta 
á «los cuervos que no siembran, ni siegan, ni tienen despensa ni gra - 
ñero» (2). Así vino á ser completamente úo que enselió Jesucristo, 
la caridad ^ la terneza mutua, el desprecio de los placeres, la renuncia 
de las cosas terrenas^, doctrina cuyos efectos habían de explanar los 
8antos Padres, exagenir el cenobitismo, y resucitar en toda su pu- 
roza, cuando ya la Iglesia no sólo había entrado en el sentido roma- 
nista, sino que había ayudado á su desarrollo, el exaltado y recto espí- 
ritu de San Francisco. 

Desde el primer momento, el Cristianismo, que parecía deber ser 
genuínamente hebraico, empeió á ser griego, y á sufrir aquella serie 
de influencias y aquella penosa elaboración que cambió en muchos 
puntos BU primitiva tendencia- En este período, que concluye con la 
aparición definida* de la Iglesia católica, y mucho después, aparecen le- 



(1) Ob.eit., página 261. 

(2) l4iea«,o.Xn,^Adl. 



186 ia870BlA DB IiA FB0PS89AP OOMUSTAL 

Yantados por la9 InchdB ieológioM qa« de$do luego abrieron las sectas, 
Iqs ^Qix>& Padres, cnya» dootrínaa reapecto á la propiedad eomn^t 
lejos de ser yagas, encierran todo nn sistema y son bien eategórioaa* 

X>eBenyneIven asi l6s gérmenes del Evaagelio y |del Antiguo Testa* 
mentó, y los lleran basta nn extremo radical, espnesto sin ambages. 
Con ellos, Cabet, Luis Blanc y Villegarde, pueden tener pretensiones 
de filiación, aunque las intenciones disten mucho de los unos á loa 
otros. 

No obstante, dentro de la doctrina general de los Santos Padres, 
se distinguen dos tendencias opuestas, y yarios matices ó direcciones 
secundarías, que im^rta á la exactitud de ia historia sefialar. 

*«.) DXFBHSA PB hA OOKUNIDAP T ATAQÜB A hK PROPIBDAD PEiyA* 

nA« 1, Se quejan del desuso de la comunidad primitiya, Ban Cipria* 
no, Tertuliano y Orígenes, que excitan también á qua se continúe imi<* 
tftndo i, los primeros cristianos, Aoomienzos del siglo lu aún dura, en 
parte, I4 comunidad, y Arnobio (siglo m) señala todayia la existencia 
de aquella institucióu, que Luciano f Muerte de Peregrino) ridiculiza. 
Después pasi} este régimen á los atnóbioe j monaeterioe^ ése cambió 
por distribuciones de colectas (1). 

% Atacan la propiedad indiyidual: San Orísóstomo, que dice: efiólo 
tenemos el usufriicio^ no siendo de nadie lá profúedad, palabra vana y 
qm carcca de aeiUido,y>-^<iEí rico es administrador de los bienes del po* 
bre, y cuando no los distribuye, roba lo€^eno.'í> «Aunque hayas hereda* 
do tus bienes y tu padre de sus abuelos, remontando en la serie de tus 
antepassdos, tropezarás infaliblemente con el criminal (h propiedad 
empieza por defraudación)i>.^4Lo8 crímenes, las guerras y pleitos, na- 
cierpn cuando se pronunciaron aquellae heladas palabrae tupo y mio,^^'^ 
8au Ambrosio: cía tierra se hi^o para ser disfrutada ei> común por 
pobres y ricos.» Llama á la propiedad usurpadón. — cDe todos «s la 
tierra, no de los rico8,»*-cLa tierra es ana propiedad también (como 
el aire) común para todos.»— cEl dere^o natunal es, pues, la cfmvmi- 
dad^ f la iHropiedad tiene en origett «n la usurpación.» Dios quiso fue^ 
se la tierra poseída en común por todos los hombres, pero la avorüia 
concedió el derecho de poseerla. Es ser asesino, negar á un hombre los 
eoeorros que le son debidos, (Yid. sm ExpoSi del Ev» de Scrn Lucas. J^ 
San Basilio; Elogia ^ las naciones «n que existen las comidas en 00* 
mún j la propiedad de la tribu y la familia.-^clA sociedad perfectt* 
simaos Ja que excluye tod* propiedad privada, ^ste fué el bien primi* 



(I) Doctrinat sociales del pueiblo cristiano f por Pedro J?, de la 9aU (B€9ista 
Contemporánea^ tomosIY y V), de donde tomamos muchos de splos da^s. 



Dooa*RiirÁ0 EGONÓirtoAs j>BL cmsTwmBHO 187 

tÍTO qBe se tnrbó por el peeado de nuestros primeros padres. El pro- 
pietario prirado es como él que, apoderándose dé cosas comunes, se las 
apropia^ fundándose únicameoie en la ocQpaoíón.9-*-8an Agnsttn: 
<[Por derecho divino, ]fi tierra y ecianto contiene es de Dios, y Dios 
formó áú mismo bairo al rico qne ai pobre: y á los dos snstenta el 
mismo snelo. La propiedad fHSvada se tiene sólo por derecho hu- 
mano (el áerecho positiTO de los emperadore6).'-^El qne pietenda 
ser agradable á Dios, ^ebe amar la sociedad en común y aborrecer 
la propiedad (l).«^Sólo es nnestro lo qne basta para nuestro sustento 
y el de nuestra familia.» Es muy eurloso el o. xnr del lib. ti de las 
Confesiones, en que se declsdraeómo «determina Augnstino instituir 
el método de vida eomán que ál y sus aiiúgos hablan de obserrar.» 
«Muchos amigos — dice-^que en nuestras conversaciones abominaba^ 
mos'Jas inqmeéudei y molestias de la vida humana, hablamos preme- 
ditado, y casi resuelto y*, el vivir apartados del bullicio de las gentes 
m un odo tranquilo: lo oiwl hablamos trazado^de tal suerte, que todo 
lo que tuviésemos ó pudiésemos tener lo habíamos de juntar, y hacer de 
todos nuestros haberes una haeienda y masa común á todos nosotros, 
de modo que en fuerza de una siilbera amistad no fuese una cosa da 
4^te y otra de a^uél, sino que de todos nnestrm bienes se hiciese un tú- 
ímlo^ y todo él fmse de cada m^, y todas las caeas fuesen comunes á 
todos. Hablamos convenido en qne todos los afios se hablan dQ nom-* 
brar dos de nosotros que, como los annales magistrados, cuidasen de 
todas las cosas temporales que nos fuesen necesarias y los demás goza^ 
sen ée una vida eosegada y quieta, Pero luego que^comenzamos á pen- 
sar si este proyecto podria swibsietír, hediendo de haber niváeres en 
nuestra compañia (pues algunos de nosotros ya las tenían y otros que- 
riamos tenerlas), todo aquel proyecto se nos d^hizo de las manos (2).» 
ISp declara el que fué santo, k raeón de que la presencia de muje-» 
res turbase sus proyectos; pero bien se ve en todo el capitulo, y espe^ 
cialm^nt^ en fragas qne hornos «nbrayadOf que la comunidad i qup se 
indina Agiw^Pi íes la ^elibataria y e«(4ril de los ison ventos. Asi ee pre* 
paraba por todos ladps el régínousn^nventnal, ^yo sentido j aleanoe, 
mantenidos por ptre espíritu» tan lejana estaban de los qne iníorma'*^ 
ron á las comunidades históricas, que si eran religiosas (culto familiar), 
no por esto se divorciaban de la vida y de sus cuidados y necesidades 
naturales. 



a) Bstf dice ^9m MwH4J^,^99f^^ ^^ fí^* 4sffndiwdo 3m rkiM^ftB^ ^b- 
pjriti6— wgAn M, Suidre-'*» sqi J¡¡p, n4t «í^„ dirigida OQ^itra P^laipip. (msioriq^ 
¿^ Cwowf^ientOi |>As9* 38 y 9i^) 

(«) Q9n/eeiene$ a< ÍT, <?. F. SI, 4Hí«4#tf».T-Tradi>POÍ(5n dpi padr^ C^l>aUP3.— lía- 
drid,17ee,I. 



188 H18TOBU DE LA. fllOPlEDAD OOMÜNiX 

San Clemente decía también, que <la yida en común es necesaria á 
los hermanos... si desean servir irreprochablemente á Dios. El aso de 
todas las cosas debió ser común para todos los hombres, pero hnbo al- 
guno qne iniciiamentei hizo esto suyo, y otro aqnéllo.^ ' 

Gregorio el Grande (siglo yi) escribía: cLa tierra, de donde todos 
procedemos, es común. En yano se consideran inocentes los qne guar- 
dan para uso priyado los dones que Dios hizo comunes.'^ — San Jeróni- 
mo: a:E!l qne hace algo suyo es como el que ocupando un sitio en el 
teatro impide á los demás, ó sea, apoderándose de las cosas comunes^ 
las \i9kCQ suyas por la sola ocupación.^ Tiene frases muy enérgicas en 
las que, según el Sr. La Sala, se descubre todo ún sistema. cNo hay 
derecho para ser más rico que los demás— luego tampoco á poseer lo 
adquirido — i^i lo heredado— ni á trasmitirlo.^^» 

b) Sentimiento oenbbal contra los ricos y las BiQUBZAS.T-San 
Jerónimo: a:Con razón llama Dios á las riquezas injustas, porque todas 
yienen de iniquidad: uno no puede ganar sin que otro pierda y de aquí 
el proyerbio; todo rico es inicuo 6 heredero de un inicuo (1). — Las rique- 
zas nos son extrañas; no tenemos otra propiedad que la espiritual.» 
San Anselmo insiste sobre la iniquidad del rico (2), 

c) El comunismo como ideal, reconociendo, por la imposición de 
las circunstancias/ la propiedad individual. — Sentimientos de caridad 
y piedad. San Clemente, Salyiano y Bernabé, que en forma de consejo 
dice: €ioáQ lo pondrás en común. ^ En los sentimientos de caridad y 
piedad, insisteü todos los Santos Padtes (8). ' 

d) Tendencia eadical exagerada, —La propiedad sólo es de los 
justos: dos justos comerán el fruto del trabajo de los impíos.» (San 
Agustín.) 

Otros Padres que defienden la comunidad: Gregorio Nazianceno, 
Gregorio de Niza, Bernardo (siglo xii), Hilario, Teodoreto, San León, 
Leandro. 

e) Bbcónocimibnto de la propiedad iNDiyiDüAL.— La defienden, 
sobre todo, San Peáro y San Pablo. San Crisóstomo declara la necesi- 
dad esencial de la distribución, en medidas diferentes^ de las riquezas; 
y su comunicación luego, según los consejos de San Pablo; sentido 



(1) Compárese con San Crisóstomo, pág* 136. 

(2) Compárese también con otros Padres citados que coinciden en esto. 

(8) «El propietario— dice Salviano~no tiene derecho m&s qne á lo etMeta- 
mente necesario para títít, y es de ador de lo excedente á los pobres; esto es ana 
obligación, no ana earidad,n (Lacordaire, dice lo mismo.)— «M&s vale dar á los 
indigentes que & los hijos.» SaWiano, tirando por otro camino, también se ixx- 
digna con los qne dejan sas bienes á otros qne ¿ la Iglesia. 



DOCTRIKAB BC0KÓHICÁ8 DEL CRISTIANISMO 189 

análogo, dice el Sr. Azcáratp, al armontsmo de Bastiat. Lactancio llega 
á< protestar del comnDismo. ' 

El sentido de la mayoría de los Santos Padres es tan expUcito y 
BUS palabras tan enérgicas, qne no dan Ingar á dada. Defienden la cp- 
mnnidad y atacan la propiedad individnal. Atenuar esta conclusión 
alegando que los Santos Padres no quisieron sentartinadoctrina jurí- 
dica— como si fuera necesario que un pensador dijere «voy á defender 
esto, creo lo otro» para formar juicio de sus ideas, no bastando el exa- 
men de su pensamiento y obras para rtr en el fondo y educir toda 
una teoría, aunque no en fórmulas científicas— es sacar de su sitio la 
cuestión (1). Precisamente lo más verdad del pensamiento suele ser 
lo que se dice cuando no hay intencióá^ especial de decirlo, (lo cual limi- 
ta y sujeta demasiado la idea), sino que sale á otra ocasión y viendo las 
cosas desde otro punto de vista. Ya proceda el influjo directamente del 
Evangelio, ya de Platón, dé la tradición hebraica, del recuerdo de la 
edad de oro, etc., el hecho resulta siempre, aunque esté mezclado con 
cierto sentido moral: el esplritualismo que llevaba al desprecio de los 
bienes de lo terreno, de la Naturaleza (2) y que por fin alcanzó al des- 
precio del cuidado y la higiene del cuerpo 

~ Prueban la realidad viva de esa doctrina de los Santos Padres (3): 
1/ El régimen conventual, tan acentuad<t por San Bernardo y otros. 
2.^ Las comunidades de la Edad Media, que se llamaban á sí mismas 
evangélicas: y hoy los comunistas todos, apoyándose en textos de los 
Evangelios y de los Santos Padres; cuyos dos hechos demuestran que 
existe un prin<íipio de deducción firme de tales doctrinas en aquellos 
documentos. La reforma de San Francisco y la doctrina de los Papas, 
interpretan así el Evangelio (4). 



v(l) Jurídica ó moralmente, dice un autor (sobre todo, por entonces no an- 
daba muy deslindado eso de la Moral y el Derecho)» los Santos Padres son co- 
munistas. ' - ' 

(2) El sentimiento déla Katnralesa flllta en el Cristianismo, el cual, no hu- 
biera nunca producido de si artistas naturalista»t en el juato sentido de la 
palabra. 

(8) Aun tocante á los que disienten, hay que tener en cuenta que en tiempo 
de los Santos Padres las sectas que se formaron, provenientes de la revolución 
oristiana, adoptaron la comunidad de bienes, que extendieron algunas (los 
oarprocianos) hasta á la de las mujeres. Sin duda, contra este torcido modo 
de entender la comunidad y el principio moral que la fundaba, se produjo la 
reacción de algunes Padres, que llegaron 4 abominar de lá comunidad de bie- 
nes como injusta (Lactancio), viniendo muchos A coincidir en que sólo por la 
caridad podía establecerse.— Vid. Laurent, E»tud» sobre la HUU de la Sinman.: 
El CrUtíanUmo, libro 2.«, o. 3.o, V, 2.-Tomos Vn, libro l.<», c. 2.o, seo. IV y VIU, 
libro 8.», parte 2.»^Sudre, ob. cit, eap. lY, página 26. 

(á) Laurent, ob, eU. 



• 

XiO qne hnbo es que éstOi w>vno otros principios oristianos, también 
chocó con el modo de ser social de entonces, que ofrecía un estado 
arraigado y nna evolución potente que aniyistró á la nueva religión, 
mermándola en ens dogmas, y qne llevó A reconocer ó tolerar á varioe 
Padres la propiedad individual existente; concluyendo por baoer de la 
Iglesia un cuerpo de propiedad privada acentuadísimo, fuertemente itiT 
dividualista y muy alejado, sin dude» de aquel desprecio 3e l^s ñquesas 
qne predicaba/Je9Ú^. Ademifi d principio comunistn cristiano tenía, 
como el platónico, tin vicio de origen que había de hacerle infructífero, 
como se manifestó pronto en los conventos, 

Tocante á é^tos, nos limitamos á trasladar iklgunos párrafos de la 
obra de H. Budre, que dan exacta idea de m carácter y de la diferen- 
cie radical dé estas comunidades con las enteriormente estudiadas, i 
la vez que ponen en claro el errc^ fundamental que envolvían. 

<íNo buaearon los monjes eu la vida comAn'--dlce M. Sudre^t-loe 
goces materiales. Fu^, al contrario, para elloei w medio de imponevae 
á sí misnios las privaciones más crueles y las pruebas más rigurosas. 
El ascetismo era el principio y fin de la vida monáAtice.* Jesús bebía 
exhortado á sus discípulos á despreciar las cosas de esta tierra... «^9 
medio de la corrupción pagana bahía brecho el elogio del celibato. A 
trescientos años de intervalo (1) y bajo el imperio de la cruE triunfan- 
te, creyeron, loe moisés deber observar con todo rigor estos preoeptot, 
dados en época muy diferente y á hombre^ invertidos d^ la alia mnó» 
de propagadores d^l evangelio* Hicieron, pues, voto de pobreza y di 
Ci^stidad, pusieron sus bienes en común, se consagraron á la contem- 
plftción y á Ift oracióa, aislándose /completamente del mundo^— Prolon- 
gados ayunos, vigilias, flagelaciones, privacioues, fueron á sus ojos loe 
más seguros medios de ganar la eterna felicidad. Olvidar que se era 
padre^ hijo, esposo ó hermano^ aislarse completamente de la familia^ de 
su pais^ de la humanidad^ llegó á ser la condición de la vida perfecta. 

i>Los primeros habitantes de los monasterios, se dedicaban á tra- 
bajos manuales; algunas Órdenes'fnndadas en lá Edad Media, ee con- 
sagraron al cultivo de la tierra y á roturar .terrenos montuosos. Pero 
la mayor parte de las Ordenes monásticas, no conocieron estos hábitos 
laboriosos ó renunciaron á ellos. Vivieron algunas dé limi^snaA, en nnn 
eanta ociosidad: la mayor parte halló, en bienes aportados por los no»- 
vicios ó en las liberalidades de los legos, la fuente de abundantes ren- 
tas. Durante la Edad Media, 90 enriquecieron inmensamente algu- 
nos conventos: se elevaron sus abades ú rango de se^ofes feudales, y 
tnuehos de entre ellos marcharon á la par de sus soberanos.» 



(1) La vida mon&stioa no empiesa hasta el siglo ir. 



IKfOtlMirM )CGOl!rÓtetÓA& D16L CklSTIAméMO 141 



Acierta M. Sadré cuando dice que el ejem];>}o de lod pitagdricob y 
de loB essenios, como el deBarl*ollo y larga exietenciá de las conliiilidü-» 
des cristiaDas, Dada prueban en favor de la Aplicación de las teorittt 
del moderno, comunismo. Existen, en efecto, profundas difefeuciaiEí 
entre el principio de aquellas teorías (y el que informaba á las comu^ 
nidades de tribu y familia, debe afiadiifse), y él que inspiró las asO" 
cÍMeioBes fíiosófíóM y religiosas cuyo cuadro hemos trazado. 

La oomunidad antigua tietie un fundamento religioso-genético, 
pero Tíve en el mUiído, abierta á todas ks actividades, cuidadosa de 
todos los fines, proveyendo de medios para la s&tislácción cumplida é 
ig^l de las necesidades de sus componentes; fúndase en un princi' 
ptO) i|Qe es de vida y de linmanidiad: el pafentesüo y la familia, el seU" 
tido de origen y die raaa^ al paS(^que ks eomunidadeei religiosas ^tenfftn 
por principio el ascetistnó, ^s decir, la tenuncia de los goces corportí^ 
les: cbodenaban los placef<és, redwóécm ¡<m necesidades^ sofocaban laS 
pUBveme», santijícaban kis pi'iméi&nes y los suñ-imientos. El^náque 
aspiraban era la perfdoeión mornl^ la i^edad trascendental, la santidad 
dd alma. No erii parta sus mieitibros )a vida común sino un medio de 
deéligatse más completumeotí» de kus cosas terrenas y de concentrar 
s<m facultades sobre las celestes^ (1). Asi forman un paréntesis en él 
cuadro de nuestra historia esas singulares comunidades que, ^é- 
mis, perdieron bien pronto lós earaoteres y el desinterés que hemos 
notado* 

«No tesolfieron las oomunidadies religiosas-^concluye Sudre— ^ei 
problema de la abolición absoluta de lá propiedad (individual)^ ni el de 
la producción en común de los objetos necesarios á la vida. Se halla* 
bao colocadas en medio de la gran sociedad, fundada sobre el principio 
de la propiedad (privada), y no se sostenían sino merced á su apoyo, 
consideradas por la sociedad civil como personas jurídica^. Fueron 
protríetarias y subsistieron en general del fruto de un trabajo extraño, 
percibido á titulo ya dé renta, de diezmo ó de censo, ya á título d^ 
limosna».^ 

Con esto se evidencia también el influjo real que tuvo el Cristia- 
nismo en la vida jurídica. La situacióu de los cristianos en los prime^ 
POS siglos, la misma de lá Iglesia durante buen tiempo después de la 
prt>tección de loe emperadores, y el carácter desligado de la política 
que se quiso imprimir á la doctrina evangélica, hicieron que su influjo 
en el derecho romano fuese muy pobre, 

^ No tenía el Cristianismo ningún sistema jurídico, ninguna doc^ 
trina formal de derecho (salvo tendencias que. buscaban otros medios 



(1) ^odí-e, Ób, eit, o. T. 



142 HISTORIA DB LA PBOPIBDAD COMUNAL* 

áe Idealizarse), que oponer al organismo formado y oonelnf do del derecho 
romano, y faé arrastrado por éste. Cuando una evolnción comien- 
za, aunque halle otras en el camino, sigue por mucho tiempo su di* 
rección inicial sin modificarse, y nunca, por más que llegue á Tariar 
algo su modalidad, varia el fondo del movimiento, lo que constituye 
su carácter propio. Estaba demasiado hecho y determinado en sus lí* 
neas el derecho de los pretores y de los jurisconsultos; tenia dema- 
siada fuerza de impulsión, para que pudiese torcerlo el choque con 
una doctrina que no era resultado de labor científica, afirmada por 
el tiempo y la concurrencia de muchos esfuerzos, pues que no tuvo 
en BUS principios semejante intención. Asi que la Iglesia, á pesar de 
todas sus tradiciones, recibió el derecho romano, y fué su mantenedora 
durante la Edad Media: favoreciendo la corriente individualista, aun- 
que ella señalaba el único lazo de unión de los pueblos, introduciendo 
- el testamento contra el sentido germano, entrando de lleno en el feu- 
dalismo sus ministros como vasallos y como señores, y constituyendo 
un centro de propiedad acumulada que llegó á ser excesiva. 

Frente á la familia, á la unidad del grupo y al sentimiento del pa- 
rentesco, el efecto del Cristianismo y su papel eran otros. La familia 
romana, al sobrevenir la disolución del Imperio, estaba en completa 
disgregación. El antiguo estado familiar no existía; todos sus miem- 
bros, afirmando su personalidad de un modo vigoroso y anárquico, fie 
habían emancipado. Ni el padre era el pater de las Doce Xablas, ni el 
hijo acudía á la celebración, ante el ara de los lares, del culto fami- 
liar. Cada individuo tenia, no sólo su derecho, su libertad, sino su pe < 
culio, su dominio privado, su egoísmo legislado y definido. Ni la mu- 
jer, ni los hijos, ni el padre, sabían ya nada de aquella familia pa - 
triarcal primitiva, que unía á todos, sin mermar las necesidades de 
ninguno. 

Frente á semejante estado social, aparecían los pueblos bárbaros 
como representantes del concepto y de los sentimientos sociales de 
unión, de solidaridad, que rebajan un poco el libérrimo individualismo 
soñado por los historiadores del siglo xvni. Las relaciones entre unos 
miembros y otros, subsisten, porque si la tribu ee disuelve poco á poco, 
la familia continúa vigorosa, hace vivir su organización y sentido en la 
Edad Media, pugna por sobreponerlo al romano, y vivifica las asocia- 
Clanes familiares^ típicas de aquellos tiempos. Este es el valor del prin- 
cipio germano para nuestro punto particular de vista. De los romanos 
no había que esperar nada que fuese social, si no era el férreo yugo de 
su administración, opresiva aun después de los cuidadofi que parece 
tomar para conocer la necesidades de cada provincia. Sólo en éstas, en 
la población indígena — en España, lejos de las costas; en Britania, más 



D00TBINA8 ECOKÓUIOÁB DEL 0R1STIAKI6M0 148 

allá de la banda de tierra en qne Incfan las quintas romanas de recreo, 
y en gran parte de Galia, — la ciyilización tradicional continuaba. Era 
preciso qne llegase la arrojada germana para reverdecer la personalidad 
de los pueblo^, sojuzgados, pero no ^empre tranquilos. Gracias á ella, 
y contra la asimilación del derecho romano que favorecía la Iglesia, se 
mantuvo el* principio comunal. En esto si tuvo influjo disgregador la. 
Iglesia; pero no principalmente por la división religiosa que vino á in- 
tsoducir en la familia pagana, como sostiene Hearn, sino por la intro- 
ducción de un derecho nuevo y, en lo tocante á la propiedad, indivi- 
dualista. Y sin embargo, es tal la fuerza de los tiempos, que la Iglesia 
tuvo comunidades de colonos y de siervos bajo su dominio; aunque el 
sentido privativo y absoluto de éste, hubo de predominar. 

En tal situación y con estos elementos, comienza la labor construc- 
tiva de la Edad Media, en que tan extrañas modificaciones habia de su- 
frir la organización comunal independiente, al contacto del feudalismo 
que se constituía. ' 

• 



CAPÍTULO II 

SEGUNDA EDAD.— EL MXINDO BÁRBARO MEDIEVAL. 



Puede ciertamente llamarse i lo qtie los historiadores vienen denor 
minando Edad Media, época ó edad del feudalismo europeo.. En ella 
se prepara, durante ella yive, j á su final, el feudalismo está ya herido 
de muerte: otra fuerza y núcleo social le sustituye, y donde subsiste, 
68 sufriendo una modificación notable. Apenas si en algún pais (Ingla- 
terra y Alenpuinia), en virtud del modo natural de formarse la historia 
de las instituciones que, como la de los grandes sucesos indiyiditales, 
no puede ceiirarse absolutamente en sus extremos por dos cifras re- 
dondas de cronología, continúa el feudalismo, especialmente en sus 
efectos sobi;e la propiedad, aun alentado por los mismos reyes. ? es 
que, interior á la unidad que enyuelve la historia de Europa en todo 
ese lapso de tiempo no concluido, en que se ofrece como preferido 
escenario de la civilización, late y se muestra la divergencia de sentido, 
de procedimientos y de ideales, de los dos mundos que la habitan: el 
latino y el germano; oposición parcialmente vista por Guizot y hermo- 
samente descrita por Gervinus. A pesar de esto, que motiva el contra- 
tiempo histórico de muchos sucesos de una raza y la otra«, y entre 
ellos del feudalismo, — que si en ambas empieza coetáneo, no concluye 
en las dos á la vez, ni del mismo modo, — la época clásica de éste es la 
Edad Media, tanto que no seria error sustituir un nombre por el otro. 
Para el objeto de nuestros estudios así lo consideramos. 

Hay que tener en cuenta, respecto al feudalismo: 1.^ Que es una 
institución que, aun girando sobre la base de cierto estado de la propie- 
dad, se extiende á otras relaciones jurídicas; 2.^ Que no nace de pron* 
to, sino lentamente, preparada por multitud de fuerzas que confluyen 
en tendenoia^en ese periodo de los primeros tiempos de la conquista 

10 



146 HISTORIA DE LA FBOPIBDAD 00MX7KAL 

bárbara— á nn mismo fin, y que producen, como resultado, un snbs- 
tratum que es la propia y cerrada institución feudal. Por esto, en 
el feudalismo^ como en todo estado de posición jurídica resultado da 
una evolución, iniporta tanto estudiaw^el funcionalismo, la actividad 
que lo ha producido, y el cómo— lo que llamamos la gen6«t>.*— donde 
sólo puede verse la entraña y significación intima, el valor total y de 
época de cada institución, en sí y al lado de las otras. Determinar el 
modo de formación del feudalismo, s^ría ya saber propiamente lo que 
es; puesto que todo en 1& historia se está perpetuamente formando, ó 
mejor dicho, deformando de un estado á otro. Esta reflexión tiene in- 
terés sumo para, la cuestión de relaciones de la propiedad feudal con 
otras formas, y en especial la que nos ocupa. 

Pero al decir época ó edad feudal, no se dice más que la dominante 
de aquel lapso de tiempo. Queda á su lado una variedad riquísima de 
formas y relaciones sociales, y entre ellas una de propiedad, la opuesta 
en esencia al feudalismo y que, con la condición de toda forma de acti- 
vidad humana, no se cristaliza y muere: sino que apenas dominada por ' 
aquél, sigue su evolución viviendo una vida segunda, pero al £n una 
vida propia y en progresión, al lado del feudalismo. 

Tal sucede con la propiedad común, mejor dicho, la comunidad de 
vida, porque al fíi> el township, como la familia aria, la eslava, la cel- 
ta y la gens, son comunidades totales de vida, de las que aquí no estu- 
diamos sino el aspecto crematístico. Únese á éstas, en li^ época que aho- 
ra entramos á estudiar, una forma superior é independiente, constituí* 
da por los municipios y las ciudades libres, que copian, no obstante, el 
caiftcter exclusivista y local del feudalismo, y produeen, luego, la clase 
media industrial y mercantil, que viene á declinar enseguida en el 
mismo individualismo que informaba al feudo. Así, lo que hubiera po- 
dido ser XLn centro social completo-— no ya de la propiedad tan sólo — 
que sustituyera al fmdaUimo con ventaja, es, por una desviación la- 
mentable, forma derivada en la misma dirección que aquél, y aun más 
lejos; y que luego de haber ayudado á la monarquía en su obra de reivin- 
dicación jurisdiccional, produce la revolución del derecho abstracto y 
del individualismo, una revolución, plenamente, dentro del sentido ro- 
mano. 

Sucede con el feudalismo y la propiedad comunal un fenómeno 
bien complejo é interesante. Representa aquél, en parte, la destrucción 
de ésta; y á la vez un cambio de vida en todo opuesto al romano y fa- 
vorable á las comunidades rurales. Las energías concentradas durante 
el Imperio en la ciudad, vuelven á los campos, se extienden y ali- 
mentan en ellos y los convierten en núcleo de gran actividad, devol- 
viéndoles la importancia que habían perdido en Roma y hasta en Ore* 



BL MUNDO BÍBBARO HKDIBIT^ 147 

■^— ^— — ^g— e— — ^■— I II I ii mm i ■ iL-j j. ' . i -<ijj»iw..«ju n j -.. . i-u ii^ . 

cia. El mnndo europeo ynelve á ser, en cierto modo, el mnndo tra^ 
dicUmal; el hombre torna á la tierra, Be nne al snelo y compenetra en 
él Btis intereses y su esfera de acción. Es nn cambio de nna importan- 
cia histórica imposible de despreciar, porqne representa nna de las li- 
neas generales más características en el concepto de vida de los pueblos. 
Ouizot ya lo notó, con aquella brillantez y colorido qne daba á sns dis* 
cnrsos históricos (1). Eenace la vida rnral qne en las proviticias roma- 
nas tenia buen arraigo, la conquista respeta la propiedad común, y las 
comunidades, á pesar de la eervidambre en que caen bajo los señores, 
á pesar de las intrusiones y desafueros de éstos, crecen á su sombra y 
compensan su perdida libertad con el crecimiento de su número, alen- 
tado, en la parte que les favorecia, por los señores mismos. Asi es como, 
á pesar de la transformación sufrida por las comunidades al contacto 
dd nuevo régimen, en el modo y forma que ya veremos, puede susci- 
tarse la duda de si el estado de servidumbre ha favorecido, más que otro 
alguno, la organización de comunidades rurales. Cuya duda desvanece 
se, en lo que toca al verdadero interés de aquéllas, fijándose en el carác- 
ter que tenian, en la división de los derechos con el señor, en los abu- 
sos de éste que venían á destruir el régimen antiguo, y en el sentido 
egoísta de su protectorado. Téngase en cuenta, igualmente, ese carácter 
rural de la Edad Media, que había de favorecer el mantenimiento del 
espíritu social de' los grupos, y el hecho de que no pocas de las comu- 
nidades eran libres (en Alemania, v. g^.), y otras se constituyen en 
municipios protegidas por los reyes. 

En suma, la acción del feudalismo sobre las comunidades, se con- 
creta en estos dos hechos: 1»** Eenacimiento de la vida rural; 2." Con- 
versión del antiguo grupo independiente en servil y sujeto al dominio 
de los señores: la conversión de la Tnarh en manor^ que dice Maine. De 
am]|}os hemos de ocupamos detenidamente. 



(1> LtccUmtB sobre la historia de la civilización en Europa, Lecc. IV muy inte- 
rosante; p&g. 76 de la trad. esp. de Olí veres, 1849.— En el renacimiento de la 
Tida rural, el primer elemento son las costumbres délos pueblos invasores que 
en flranoia, por ejemplo, se manifiestan en el notable contraste de liabitar los 
francos el campo, mientras la población romana se agrupaba en los restos de 
las eiudadM arruinada8.~Béchard, ob, cit.t I, c. YI, 77. Sobre el modo social que 
estas costumbres crean, se levanta el feudalismo y de abi su carácter rural y 
local, perdido el qué, deja de vivir propiamente la institución. 



148 HI8T0BIA DK LA PBOPIBDAD OOUtJNAL 

PRIMER PERÍODO— PRIMEROS TIEMPOS DE LA CONQUISTA 

Y PBEPAEATOEIOS DEL FEUDALISMO 



I. — Consideraciones generales. 

Todo es yago en la Edad Medía, indeterminado y sin contornos fijos, 
pero con propio carácter, origen de la variedad riquísima que esta 
Edad ofrece. De áqni lo diñcil de un juicio general en qne se estre- 
llan los antores, y la diversidad de opiniones qne los separa. Como todo 
se opone á todo y cada cosa parece ser negación de otra — en correspon- 
dencia con el carácter de reconstrucción de estos tiempos— la Edad Me- 
dia está calificada como época de confusión, de desorden absoluto, en- 
teramente perdido para la obra del progreso. Y es que en la observación 
de los hechos humanos, ocurre siempre la ley que Gervinus expuso con 
la elocuencia de su estilo: <lLob sucesos históricos considerados en cortos 
períodos de tiempo, se mueven en un solo círculo y presentan el mismo 
carácter general de uniformidad con otros períodos cortos. Períodos ya 
más extensos— comparados entre sí— ofrecen el fenómeno de oscilacio- 
nes incesantes entre impulsiones contrarias; les caracteriza la resisten- 
cia á la preponderancia de una idea, acción ó*autoridad principales. En 
el estuiUo de las grandes evoluciones de los siglos, se percibe el flujo y 
reflujo alternativo de una misma corriente, llevada, no obstante, en 
nna dirección fija, reconociéndose, al través de la serie de edades, los 
progresos de un principio conductor.i^ (1). 

Estos eapéQísmos hay que considerarlos, sobre todo, al ocuparse en 
la historia de la Edad Media; y así precisa en ella, más que en época 
alguna, fijar las cuestiones que la humanidad ventila y resuelve, y la 
característica de cada movimiento concurrente ó divergente en aquer 
Ha obra. 

La dificultad del juicio y del concepto mismo, es mayor en este pri- 
mer período de la conquista, en que los cambios son más rápidos y 
menos definidos. }jo que sucede con el conjunto de formas de la pro- 
piedad, ocurre particularmente con la comunal: reviste á su vez una 
porción de formas y aspectos tan varios y ricos, que hacen punto muy 
complejo su estudio. Guando allá sobre el siglo ix puede considerarse 



(i) IntrodueciSn á la hi9toria del 9iglo X/X-Trad. fr. de 1866, pás- 10. 



FRIMEBOS TIEMPOS DE LA CONQUISTA 149 

constituido plenamente el fendalismo, las cosas toman más carácter 7 
fijeza, pero semnltiplican y combinan nnas con las otras, según ocu- 
rre en los modos de la propiedad común, ó sea en la organización de 
las comunidades. 

Ya veremos enlonces qué criterio de clasificación puede adoptarse 
para ellas. Ahora ocupémonos de su suerte en el periodo á que corres- 
ponde este párrafo. 

El resultado general de la invasión en la propiedad territorial, es- 
pecialmente, fué la atribución de una parte— variable, según los paí- 
ses — á los Vencedores, y las distribuciones que luego hicieron los je- 
fes de las tribus entre sus tenientes y caudillos, distribuciones cuyo 
carácter no hemos de recordar aqui (1). En resumen, puede decirse 
que las formas de la propiedad que entonces se marcan, son: 1.^ Alth 
dial; 2.* Beneficien; 8.* Censal; 4.* Servil, y la Comunal (2). 

Estudiémosla en sus rasgos fundamentales. Subsiste la comunidad 
rural (en Alemania la germano- eslava, en Francia la galo- celta) sobra 
los terrenos no distribuidos entre los vencedores, al ocupar éstos el 
campo, y que eran extensos. En Germania no hizo sino continuar el 
estado de cosas ya estudiado: el township, y el allvn^nd suizo, que co- 
menzaba. Componían esa propiedad, principalmente, los bosques, mon- 
tes y "terrenos incultos, disfrutando de ellos en común los miembros ó 
vecinos del pueblo, lugar ó aldea (3). Servia esa propiedad de base á 
una asociación, que á veces se confundía con el municipio, pero que 
generalmente forma. una personalidad autónoma, con existencia pro- 



(1) Azc&rate, 06. eit^ L—Ahrens, Bneielop. jurid,^ II. 

(S) Azoárate, loe. e<&— Las oonseoaenoias más trascendentales de la invasión, 
poT lo extenso y profundo de sus efectos, fueron el despertamiento de dos ideas 
nuevas sobre el derecho de propiedad: la de que el territorio, y con él las cosas 
p0>liC€L$i existentes tanto entre en los romanos como entre los germanos, son 
del rey, y que éste las concede libremente; siguiéndose de aqui la legitimidad y 
superioridad de los derechos de los señores, que sustituyen & los del pueblo. 
De este principio, combinado con el espíritu del derecho romano en cuanto 4 
la comunión de bienes, nace luego, en los casos en que hay algo común entre 
el sefior y el pueblo (bosques, pastos, etc.)» la idea de lo necesario que es ter- 
minar la indivisión de bienes y derechos, lo cual autorisó, como hemos de ver, 
las reducciones del derecho popular y las reservas á beneficio del sefior. 

(8) La unidad de asociación constituida fué el cantón (pagtt$, gau, $eyré)^ 
(Laboulaye, HUt. du droit de prop.<, lib. YI, o. a.*) Los cantones se subdlvidian 
en centenas y deeenas, y éstas en heredades particulares de las familias. 
Cada división tenia su jefe. «Lo que quedaba fuera^ de aquellas heredades' 
(manair») fué propiedad común— dice Laboulaye— la marché, como se decia en- 
tonces. Esta marca se compuso de inmensos pastos, A los que los invasores en- 
viaban sus ganados, y de bosques en que se entregaban 4 la casa, con aquel 
furor de que los reyes normandos han dejado el último ejemplo.» 



150 HISTORIA DE LA PROPIEDAD COMUNAL 

pia al lado de la& divisiones políticas y administratiyas. 8e necesitaba 
el consentimiento de sns componentes para entrar en ella, snjetán-^ 
dose á los deberes generales de dar asilo á las bestias extrariadas, rea^ 
ponder de los delitos cometidos en el territorio én qne se La refugiado 
nn délibcnente, pagando la composición^ caso de no ser aquél descu- 
bierto. Tenia la comunidad jnrísdiccióti para defender sus derechos y 
mantener la paz— como la tnyieron nuestros valles de las Yasconga^ 
das--con nn derecho consuetudinario que se aplicaba en junta de los 
comuneros, cediendo las multas que se imponían en beneficio de ^ 
comunidad (algo de lo que queda en nuestras asociaciones de regantes 
y jurados de riego). 

En las mismas tierras distribuidas por los vencedores, se encuen- 
tran vestigios de la comunidad anterior. Primeramente fueron dadas 
en posesión^ que hubo de convertirse en propiedad, pesando á veces sobre 
ellas: a) la imposición de sistemas de cultivo consuetudinarios; b) los 
derechos de pasto reservados por el pueblo, en las fincas abiertas de 
barbecho y en las cerradas, recogido el fruto (1); c) el retracto de con- 
9orUe ó habitantes del mismo lugar, que ligaba la venta. Fustel de 
Coulanges (2) afirma rotunáamente, en oposición á esto^ que «los con* 
sartes de que hablan los Códigos turbaros, no son vestigios de comu* 
nidada sino de una co-^opiedad especial dentro de la unidad «Dr«, de 
origen principalmente religioso (3). En el siglo vn ya había desapare- 
cido. Los Códigos posteriores á la invasión franca en las Galiae, regu- 
lan lapropiedad individual; no se refieren á la en común. Asi lo con* 
firman las cartaa y documentos del siglo iv al vii inclusive. 3» Lo cual no 
tiene nada de extraño, si se considera que las fuentes de la legislación 
escrita, en aquella época, son, casi en totalidad, romanas y no com- 
prenden tampoco todo el derecho positivo que se vive: y no pudiendo, 
en ningún caso, borrar el valor de los vestigios y de las noticias 
que poseemos, aun de autores contemporáneos^ acerca de la existencia 
de la propiedad comunal. 

Las mismas concesiones de alodios (propiedades absolutas y libres) 
á los vencedores, proceden del reparto de las tierras conquistadas 
hecho por el rey, en nombre de la tribu, que era-«y no los bandos gue- 
rreros-^\ík conquistadora (4). Sobre ellas pesaban, como vestigios del 



(1) Hay que observar que han empezado ya en esta épooa las ooaoesiones 
de oerramientos de heredad (ex-Mortea ó bif€mg), por los cuajes se soatraian al 
'oso comniial^ temporalmente, partes de terreno, en proveoho de una familia ó 
individao. Más adelante veremos estenderse eate nso. 

(2) Sw, dea Deux Hondea^ 15 l£ayo 1887. 

(8) Vid. el párrafo relativo á Roma, oap. I. 

(á) Azcárate» 0&. cit^ II, y Ahrens, Ende* Jvrid^ U, pág. 260. 



B6FAÑA 151 

régimen de comunidad, el tomko y los derechos de caza, pesca, pasto* 
reo, etc.«. Estoe alodios^ además, no son individuales, sino familiares, 
eomo extensión del derecho antigoo sobre la casa y terreno anejo, y lo 
prueba: que no los heredan los ascendientes; que rige el principio de 
masoulinidad; la necesidad de intervención- de los hijos en la enajena- 
eión, y el retracto gentilicio. A diferencia de éstos, los bienes adqui- 
ridos son verdaderamente individuales^ como entre los arias primiti- 
vos, los indos, germanos y celtas. 

La existencia de la sucesión natural con masculínidad, en los alo- 
dios, procede de la forma de propiedad hereditaria familiar, y de la 
necesidad de que la tierra fuese á manos de quienes podían empufíar 
las armas, representando á la familia, de cuyo principio se exceptúan 
los visigodos. La misma necesidad y frecuencia de las guerras, unida á 
la preponderancia de algunas familias, iniciada en tiempos anteriores á 
la invasión, habían producido el camitatus y la consideración privile- 
giada de aquélks; como hemos de detaUar más adelante; elemento que 
concurrió á que se levantara el feudalismo sobre la disgregación co* 
menzada del grupo. Esta fuerza, y el influjo individualista, roma- 
nista puro, de la Iglesia, habían de transformar á la larga, y por ex- 
tenso, la organización social europea. 



n.— •Formas especiales en las distintas naciones. 

1. Bspafla.— Conocida es la proporción seguida por los visigodos, 
en el apoderamiento que hicieron para sí de los bienes de los vencidos; 
pero téngase en cuenta que las usurpaciones por conquista se ejercieron, 
principalmente, sobre los dominios privados y los bienes de las corpo- 
raciones municipales, como sucedió en la Galia (1), no obstante lo cual 
se conservaron en algunos sitios, v. gr., Marsella. 

Por otra parte, la conquista de los visigodos fué menos perturba- 
dora y bárbara de lo que por mucho tiempo se ha supuesto. Al fin, 
adoptaron los invasores toda la administración romana y respetaron en 
mucho la vida municipaL El carácter burocrático, de minuciosa regla- 
mentación, típico de los romanos, se refleja bien én las leyes visigótK 
cas, que indican desde el precio de la operación de cataratas á las me- 
didas para la anchura de los caminos públicos (2). 



(1) Béohard, Droit nwnie. au Moyen-Áge, II, 464. 

(2) El grado de absorción de la onltara romana que esto significa, se com- 
prende mny bien al reflexionar ca&n distinto era el tipo del antiguo jpue6Zo ger- 
mano, puramente rural, en el que la comunidad se establece por el sistema 



152 HISTORIA DB LA PBOPISDAD OOMUKAL 

No debe esperarse encontrar en^stms leyes —y nos referimos sobre . 
todo al Fnero Juzgo, ya que la lex romana no ofrece novedad y aan 
es dudoso su origen espafiol— otra cosa .que el derecho legal visigodo 
y mixto, en aquellas relaciones en que para la convivencia de conquis- 
tadores y conquistados se hubo de adoptar una legislación que tiene 
mucho de la romana. Pero de las costumbres indígenas, nada se dice; y 
sólo pueden rastrearse, quizá, en algunas indicaciones del Fuero Juzgo. 
Estas costumbres no se escriben, en parte, como hemos dicho, hasta 
muy entrada la Edad Media, y allí veremos los vestigios que los 
fueros y^ costumbres legales dejan entrever. 

Los textos del Fuero Juzgo y las interpretaciones que consienten, 
ponen bien en claro la existencia de usos comunales de diverso género, 
de los cuales destaca la importancia extraordinaria del pastoreo, espe- 
cialmente por lo que toca al ganado de cerda (1). Es regla general, 
también, que estos usos comunes, anteriores á la conquista, continúen 
sin otra modificación que admitir en ellos á los godos, quienes hallaron 
así la continuación de sus primitivas costumbres. Refiérense las leyes 
que corresponden á este asunto, á los siguientes extremos: comunida- 
des de pastos ó aprovechamientos comunes de hierbas; selvas comunes; 
rastrojos; terrenos abandonados; cosas públicas; roturaciones y repar- 
tos. En orden á los bienes patrimoniales de la familia hay, también, 
disposiciones que examinaremos. 

Pastos comunes. Hablan de ellos diferentes leyes, casi todas del 
libro VIII: las 26 y 27, título IV, que reconocen el derecho de pastos 
en los campos abiertos y desamparados, para los ganados trashumantes; 
la 15 del título III, que prohibe este uso en las viñas y mieses, asi 
comq la 12, en los prados adehesados ó cerrados; lo cual hace deducir 
que en los no cerrados era común el uso. La ley 5.^ djsl título V, mismo 
libro, habla de los prados comunes á romanos y godos, que en virtud 
de los repartos resultaban copropietarios en un mismo terreno (2). 
La proporción legal entre los derechos de unoB y otros, guardábase 
también, á veces, en los pastos y boi^ques: y así, por cada 100 cer- 
dos,^ V. gr., que podía mandar á ellos el propietario antiguo, hispano- 
romano, eiiviaba el huésped Ó agregado godo, 200. Cuando cesaba esta 

de granjas aisladas familiares, del qne presenta el municipio romano, urbani- 
Eado y oentralisado. Lo mismo hace notar Blnntschli, al comparar también la 
aldea eélava. En opinión de Stolipine, el sistema germano es el primitivo.— La 
minuciosidad y casuismo de las leyes puede observarse, también, en otras 
oonjbempor&neas, como las de Gales. 

(1) Dahn, HisLprim. de los puehlo$ g'erman, y román, 

(2) Cf. ley 9, tit. I. libro X. La 6.*, 5, Vin, dice: guia illU (consortes) usum fcer- 
barum quae eonclusae non suntt constat esse eommunem. Lo es también para los 
transeúntes. 



ESPAÑA 153 

comunidad en los bosques, por rotnrarse todo ó parte del terreno, la 
división se hacia en partes iguales (1). 

El 8r. Pérez Pujol, una de nuestras primeras autoridades ^n lo 
que se refiere á este periodo de nuestra historia jurídica, comenta las 
anteriores leyes tocante á pastos, del siguiente modo: <tEsta comunión 
no se aplica, según los textos, á las tierras cerradas (por pared ó seto, 
no por zanja), á la tierra huerta (ley 15, título III, libro VIII, Ftiero 
Juzgó) ni á las riflas y mieses (misma ley); pero de aquí se deduce que 
desde que se levanta la mies hasta que se siembra, el uso de los ras- 
trojos y barbechos de las tierras privadas, era común; y que entonces, 
se consolidó en las leyes el principio de las dey^otas en las mieses, que 
ha llegado hasta nuestro tiempo y que era de origen ibérico, á la vez 
que, probablemente, germánico.— En las selvas privadas, en tiempo de 
la cosecha, tempore glandis, no cabía el uso común (1/, título V, li-. 
bro YIII): en las demás épocas el aprovechamiento sí era común, aun 
•pajsk los iter agentes {úob que van por camino^»), cuyo ganado podía 
ramos inddere^ pacer <i:lo6 ramos de los árboles^», y <i:los campos^ (ley 27, 
título IV, y la 5.*, tít. V, lib. VIII) (2). Los terrenos abandonados son 
siempre de uso común, sin que se consienta cerrarlos (3). 

Entre las cosas públicas, además de los caminos cuya libertad 
previenen las leyes 24 y 25, tít. IV, lib. VIII, sé hallan los prados 
comunes de vecinos, ó compascuus agér de San Isidoro (4), los cuales 
reputa el 8r. Pérez Pujol por restos de la propiedad comunal ibérica, 
«que logra atravesar la aparente unidad del derecho romano, sobre 
todo en las aldeas, vid, cuya organización (municipio rural) no partee 
menoscabada por U administración centralista de Boma, reapareciepdo 
en las postrimerías del Imperio, en el Código Teodosiano, como co»- 
verUus vicinorum^ que cobran nueva fuerza en el Fuero Juzgo, sin 
duda, efecto de la población libre germánica que el reparto de tierras 
llevó á los campos».^ Ya hemos visto antes que los prados comunes 
de vecinos se hallan también en la época romana (5). 

En cuanto á los terrenos abandonados ó vacantes [vacantUm campos 
tum), de que antes hicieron mención la lex romana visigotkorum y el 



(1) Ley 9, tit. II, libro X, Fuero JnBgo. 

(2) Debo esta ilustración & la amabilidad del Sr. Peres Pujol, que ha querido 
fayorecerme oon el conocimiento de sus investigaciones originales, destinadas 
á figurar en el anunciado libro Sobre los risigodos, del cual se han publicado 
fragmentos en la revista de Leipsig, Auf der H(fk$, y en el BoUtfn de la In$t LU 
hrt de BmOí^ 188A. 

(8) Ley 28, tit. IV, y 9.«; tit. III, del libro VIII, Fuero Juzgo. 
(4) JBeimo2o9.,XV,12,9. 
(6) Oap.I,pág.94. 



154 HIBTOBIA DE LA PROPIEDAD COMUNAL 

Código Teodosiano (1), qaeeia la dnda de si pueden ooBsiderarsé como 
comnnes de vecinos de los pueblos limitrofes; en cuyo caso, sólo éstos 
tendrían el derecho desaprovechar el fruto en las selvas, y el heno, sin 
que en lo demás pudieran impedir el de los Uer agentes i los aprove^ 
chamientos comunes. 

Por lo que toca á los bienes patrimoniales de la familia, no pode- . 
mos señalar'más que una ley en el Fuero Juzgo, la 6, tít. II, lib. IV^ 
que declara el principio de troncalidad, mandando qne los bienes ad- 
quiridos se hereden, mas los patrimoniales vuelvan á su origen (2). 
Aunque no hay otra dispoeició^i legal referente á este punto, — ^porque 
la ley 20, tit. lY, lib. Y, que aduce Dahn» sólo prescribe la inaliena- 
bilidad de la hacienda de los privadoe, por motivos fiscales (8), — las 
comuniones agnaticias indígenas debieron subsistir como derecho con- 
suetudinario, respetado por las leyes godas, pero no aceptado como 
derecho general, ya que reaparecen luego en la Sociedad gallega y otros 
vestigios de régimen comunal. 

Como un grado inferior, muy transitorio, existía el sistema de ga« 
nanciales, que era muchas veces una eo-propiedad matrimonial, de- 
biendo observ/irse que este primer grado de una comunidad entre cón- 
yuges, procedente de los germanos y visible en otras leyes contemporá- 
neas (la ripuaria, la sajona), significa el primer reconocimiento legal en 
la historia de Europa de este régimen, que se hace costumbre general 
en el siglo xiii, y se muestra también reconocido en las primeras compi- 
laciones e8candinava^, como la OragáB islandesa, la ley del Gulathing 
nojuega, y otras (4). 

El sentido familiar primitivo, que había fundado las comunidades 
rurales germanas, parece que se conservó también diespués de la con« 
quista: y las leyes no sólo establecen los deberes y derechos de vecin- 
dad hasta constituir lo que Webster ha llamado, para la región pire- 
naica, régimen vecinal (5), sino que suponen tácitamente «que el ve- 
cindario es un grupo consanguíneo de Emilias y parientes con derecho 



(1> Lib. X, tu. lY, De bonU vacanübuM. 

(2) «Mas de las cosas que él ovo de parte de sus padres ó de sns aúnelos, de- 
ben tomar & sas padres ó ¿ sos aúnelos, cuerno ge las dieron.» 

(8) Léase la ley, y la explicación que da de ella el Sr. iCI&rdenas, Si$t, de 
laprop» terr. en EapaSla, I. 

(á) D'Olivecrona, De la Comm. de$ bient entre épovx,-^^», Mat du droü /rail- 
QoiSi 1865. £1 autor defendía el origen germano de esta institución. Ya hemos 
visto que algunos papiros egipcios hablan de ella, siendo otra prueba de «nti* 
güedad nuestro ftiero de Bailio, si se demostrara su origen eeitibérioo. Lq0 
galos también conocían la comunidad conyugal.^César, YJ, 19. 

(6) Dahn dice que mucho de este régimen se observa en las poblaciones 
romanas; pero no lo prueba. 



r^' 



ITAUA: ALEMANIA -' 155 



de heredar matnameute los bienes d¡iap0BTbW^é la localidad^), ficción 
observable en otros pueblos yjSHft^'lBignifícatiYa. 

2. Italia.— Dominó pronto el derecho romano, á pesar de lo cnal ' 
subsisten numerosas comunidades familiares ^ como veremos en el 
periodo siguiente (1). Los ostrogodos que se establecieron» verifícaron 
el reparto de tierras sóbrela base de las tribus y grupos consanguíneos 
y por el sistema de distribuciones familiares. El espíritu de «consan- 
guinidad se conservó por mucho tiempo, como entre los auxiliares 
rugios. Las comunidades de colonos están reconocidas en cartas de 
Eárena, de los siglos vii y viii, en lad cuales se dice que el propietario 
arrienda la tierra á un hombre y á sus asociados: cum sodis^ cum 
multis 80CÜ8 suis, 

8. Alemania. — La mayor parte de la propiedad es común, resulta* 
do de la continuación del régimen antiguo (2). Su organización com^- 
prende, según Nasse, Maurer y otros autores: 1.*^, distribución de la 
tierra cultivada en suertes, que alternativamente poseían los miembros 
de la tribu; 2.^, dis&ute en común délos pastos y bosques, base á^ 
las comunidades rurales. La propiedad común hereditaria en la familia, 
la p^eban la sucesión natural y la mascuUnidad. Primitivamente sólo 
había propiedad privada en los muebles; en esta época nacieron los 
alodios sobre inmuebles (8). 

£sta versión del estadp económico de Alemania en los comienzos 
de la Edad Media, corresponde á la teoría de Maurer, que presenta 
como la unidad comunal de los germanos, lo que llama la mark, á 
saber, el cantón donde vive comunalmente una tribu y que luego pro* 
áuce, por recogimiento de la población, aldeas autónomas que conti* 
núan bajo aquel régimen. Supone Maurer, que mark — de marca—signi" 
fica región ó distrito, y co-markonos^ habitantes en una misma marka. A 
esto se opone Fustel, acudiendo con numerosas citas legales, que prueban 
la inconsistencia de aquella teoría en la forma y modo en que Maurer 
la presenta. Hace constar Fustel, que la palabra marca^ usada en la 
ley ripuaria y en las de los kilemanes y bávaros, significa allí limite ó 
frontera^ y por extensión, luego, región fronteriza (4); mientras que co* 



f 



(1) Lavel&ye, ob, c¿^» o. XY. Pahn, Ub. &.<>, o. lY. 

(8) Para las poblaciones dinamarquesas, en qae existía el cambio periódico 
de posesión, vid.- un articulo de Hassen, citado por Dahemann y Sybel, luego 
por Ahrens, Eneiclop,^ II, 238. 

(8) Ahrens, Bneielop.Jurid^ II, S56«6e. 

(á) Fustel, Le próbl. dea orig, de la pr9p./on€. 



156 'HISTORIA 1>9 LA PBOFIBDAD COMUNAL 



márcanos yale por coIiiMÍflilaiy como los eantncanos de las leyes espa* 
fiólas, según el Sr. Pérez Pujol. OVa-'Acepción de la misma palabra 
aduce Fnstel: la de villa 6 propiedad privada (1); pero asi como las 
pruebas que alega para el becbo anterior son decísiyas, por lo que á las 
fuentes legales respecta, las que corresponden á esta segunda acepción, 
son menos conyincentes (2). De todos modos, resulta que mark no ba 
designado nunca, en los ejemplos que Maurer cita, y en los textos de 
las leyeeñoontemporáneas que Fustel ba estudiado, la comunidad canto- 
nal, continuación de la de tribu, como el bistoriador alemán pretende, 
aunque si, como dice Dabn, ctierra fronteriza no desmontada y bosque». 
Sabido es también, que la palabra marca^ sirvió luego para nombrar 
toda región, aun las no fronterizas, en la forma compuesta de ca* 
marca. 

Tales pruebas, que niegan el reconocimiento legal de aquella ins- 
titución, no pueden negarla en absoluto en sí misma. Los vestigios de 
derecbós coniunales en grupos superiores á la familia, abundan dema- 
siado para queje puede en absoluto prescindir de ellos, y en cuanto á la 
comunidad familiar, el mismo Fustel la reconoce: no obstante apuntar 
con notorio error, sobre todo para las clases bajas, 4ue la revolución que 
sigue á la invasión es pasar de la propiedad ñimiliar á la individual (8). 
^El estudio de la época del feudalismo, nos convencerá de la ligereza de 
esta afirmación. 

En la ley burgondia^ se consignan dos usos comunales muy significa- 
tivos: es uno el de la.leña en bosques privados (4), y otro el del bosque 
y pastos entibe los dueños de tierras colindantes cultivadas (5), bajo la 
misma forma que en el derecbo romano. La institución tiene aquf un 
carácter degenerado, puesto que cada uno de los comuneros posee el 
derecbo de vender su parte, indicando con esto, más bien, una co-pro- 
piedad. Asi lo señalan algunas actas posteriores (6). 

De otras formas, no tenemos textos de prueba contemporáneos, 
excepto de las comunidades de siervos, respecto á las cuales, cita el mis- 



(1) Vid. Le domaine rwrctt chex le romains. 

(2) Loe, cU; p&g. 869 y nota (3) de la 870. 

(8) Hay qae notar la tendencia de Fnstel, á no considerar como derecho 
más que el contenido en las fuentes légrales, en el esttícto sentido de la pala- 
bra: es decir, los Códigos y leyes. 

(4) Ley, XXYII, XXYIII, 12. Atestiguan de la existeneia de esta costumbre 
▼arias actas, entre ellas una de 896, y otra de 90S. En ellas se reconoce la fa« 
cuitad de cortar madera para lefia y construcción, y de enviar ganado de cerda 
al pasto. Algo de esto veremos en el Código de Tortosa. 

(6) Titulo 67. 

(6) Fustel, loe, eiU Acta de 815; la núm. 69 del Codez Laureshamensis, y la 7 
de la colección ürkundenbuch (Bajo Bhin), de Lacomblet. 



INGLATERRA 157 

mo Fnstel nn acta de 868 y otra de fines del siglo vii, referente á co- 
munión de bosques entre caltíyadores. En otras posteriores yeremos re- 
conocida la comunidad de bosques y lefias, que es la más permanente. 
En punto á la familiar, afiadiremos, como comprobantes, el art. 81 
de la ley de los alamanos, con la que conforman la sálica, la ripuaria, 
la turingia y la burgondia. Algunas comuniones^ de que habla ésta, son 
restringidas entre los antiguos propietarios del periodo romano y los 
huéspedes bárbaros: tal c<Mno hemos yisto en algún texto del Fuero 
Juzgo, para España. V 

4. Inglaterra.— Debe tenerse presente, para el conocimiento de la 
organización comunal en Inglaterra durante este período, todo lo que 
en el capitulo anterior, al hablar de los celtas, hemos dicho; ya que los 
Códigos que allí citábamos como confiervadores de costumbres anti- 
guas, pertenecen en concepto de fuentes legales á los primeros tiempos 
de la Edad Media (siglo y al x). Considérense, pues, como reproducidos 
todos los textos legales de las leyes irlandesas y las de Howel, por lo 
que se refiere á la organización del clan ó kindred de hombres libres, 
al co-tillage ó cultiyo en común, y á la comunidad entre los hermanos. 
He aquí ahora la exposición que hacen los autores del régimen 
inglés de este período. 

1.^ Existencia del township, grupo de familias que tienen propiedad 
común en determinado terreno cultiyado y de cuyos frutos se sostie 
nen, constituyendo, como dice Maine, da unidad económica y hasta po- 
lítica de la primitiya sociedad inglesa^». En unos sitios, se diyidía la tie- 
rra en hojas, en que se cultiyaban sucesiyamente diyersas semillas, 
centeno, ayena, etc. (1). En cada hoja, tenían cada familia ó individuo 
(según los casos), parte á yeces cerrada hasta la terminación del plazo 
de posesión, en que se derribaban las. cercas (lammas day; derrotas de 
nuestro Norte). Se sembraban á la yez, todas las hojas á que correspon- 
día siembra, para que juntas pudiesen dejarse al ganado. La distribu- 
ción era por partes iguales, mantenidas por redistribuciones periódi- 
cas (2). En otros sitios, el cultiyo se hacía por rotación de 18 á 20 años, 
poniendo en explotación sucesiyamente todas las partes del territo- 
rio, sin distinción entre tierra arable y pastos: cuyo régimen subsiste 
hoy (8). Los yestigios de la constitución comunal en Inglaterra han sido 



(1) Laveleye, o6. el¿., YIII. Del onltivo del trigo y cebada, atestigua el Sen- 
ehni-mor, que forma parte de las leyes de Irlanda. 

(2) S. Maine, ViUag, eomm., 81. 

(8) Lav0leye,Vin;Maine, 06.c<í.,87. 



158 HIBtOBlA DE LA PROPISDAD COMUNAL 

bien estndiadoB por Nacme, enyos trabajos reeoge Snmner Maine, apro- 
vechándolos para el paralelo eon las comunidades de la India (1). 

2.^ Además de la tierra arable, loe terrenos comunes de pasto, de 
qne hablan ías leyes del rey Edgardo como d» propiedad ordinaria de 
cada pueblo {thownship); confirmando asi la característica de la mark 
teutónica, que se dedicaba con preferencia al pastoreo, á diferencia de 
las comunidades de la India, en qne el ganado era nn instrumento para 
el cultivo (2). 

8.® • Gomo derivaciones, quizá, de la tierra común, la hoh-land, pro- 
piedad individual absoluta, originada por la evolución de las concesiones 
y repai;jbos, sustituidos por \tk posesión permanente (8); y la folk-lomá^ 
también derivación de la propiedad común á título de concesión hecha 
para pagar servicios militares, y sujeta á cargas. Las mujeres — por ra- 
zones ya apuntadas referentes al patrimonio familiar y al servicio de la 
guerra — están excluidas en nn principio de ambas; luego, sólo de la 
folk'land. 

Las leyes de Gales, á que antes nos hemos referido, hacen ver bien 
claro que el principio comunista era el predominante en aquel territo- 
rio. La tribu de linaje, según ellas, era el principal elemento de la so- 
ciedad: y en el dan, fundado sobre la misma base, debe reconocerse 
<iuna rama del sistema tribal que se apoyaba en la idea de un agregado 
de familias que se suponían, parientes, bajo la ley del jefe^. El cenedC, 
6 tribu, ó clan, ó linaje (hindredj^ esi^aba formado por galeses libres, 
unidos por la sangre, y que tenían sus haciendas (familiares) extendi- 
das por el distrito rural. El cultivo en común (co'tillagej, no es Bólo de 
los siervos y dependientes, sino de los libres y nobles que gozaban 
también de propiedades familiares (tir gwelyawgj: mientras que los 
extraños, que no tenían lazo de parentesco y vivían en las tierras de 
los jefes, conservaban una forma social análoga á la sajona, según el 
profesor S^ebohm, y su propiedad se llamaba tierra del castillo 6 servil^ 
aunque los poseedores no eran esclavos. 

Así puede decir Sumner Maine, que la organización social de los 
galéses es la primitiva aria (4); y otro autor, que las leyes de Gales se 
refieren «á una sociedad en parte pastora y en parte agrícola, forzada á 
permanecer en muy estrechos limites, á los cuales llevó el pueblo las 
leyes y costumbres que tuvo en territorios más amplios^^ 



(1) Maine, ViUag, comm,, p&gs. 11, 12, 61, 175, 176, 183. 

(2) Maine, id., pAg. 120. 
(8) Hearn,229,981. 

(á) El autor del artioalo citado de la Bdinhwrgh Béviw), aftade qne en ningr&n 
otro doonmento podrá hallarse más minnoiosamente expuesta que en las leyes 
de Howel. 



imLAKBA 159 

Posteriormente, la extensión de las donaciones de los reyes anglo- 
sajones, y la política de la monarqnia normanda con el feudalismo, fae* 
ron reduciendo las comunidades. Los señores se atribuían un deredio 
eminente sobre todo pí terreno q«e se les concedía, y sin negar de un 
modo formal los derechos de los aldeanos, consideraban los trabajos 
de éstos como servidumbres en la propiedad del señor. En un princi- 
po, aún quedaron en común entre ios stores y el pueblo los bosques 
y pastos^ que al fin cayeron en el dominio de aquéllos. Tras un pe- 
ríodo en que esta situación fué la dominante, la conversión de las cor- 
Teas en pago de cánones, la subida de salarios^ y k concesión de los 
terrenos en enfíteusis, preparan el camino al nacimiento de los peque- 
ños propietarios (yeomen)^ nervio de la nación, hasta que los absorbió 
la gran propiedad aristocrática. Tal es, á grandes rasgos, la historia 
de la propiedad comunal inglesa, cuya evolución detallada estudiare- 
.- mos en el período siguiente. En el que nos* ocupa, ya comenzaba á ini- 
ciarse el poder absorbente de la aristocrada. 

5. Irlanda. — Merece párrafo aparte, por la luz que arroja su his- 
toria en la historia total de Inglaterra y por la importancia que su-* 
cesos contemporáneos nuestros dan á todo lo queá este país se 
refiere. 

Ya hemos visto que la constitución primitiva de los irlandeses , como 
de raza celta, es la comunal (1). La agrícola, es llamada éh el Senchijs- 
mdr, comar^ hablando la ley de las asociaciones para el cultivo en co- 
mún. Al introducir los monjes el Cristianismo, la tribu empezó á ce- 
- der cierta parte de las tierras en posesión. Los monjes habían de salir 
de la tribu, y si se extinguían los indígenas, la tierra volvía á stl situa- 
ción de origen: caso de reversión bien frecuente en todos los pueblos (2). 
La independencia de la tribu empezó á perderse en el siglo viii, con la 
introducción del régimen episcopal (8). Las leyes brehonas, las primi- . 
tivas de Irlanda, de que también hablamos, corresponden al periodo 
éste, hasta las luchas con loglaterra bajo Enrique II (1154-89), y de- 
talladamente presentan, al lado del principio de comunidad, las si- 
guientes instituciones: 1.® £1 usufructo hereditario sobre algunas tie- 
rras; 2<® La apropiación del ganado, señalada en el desarrollo del con- 



(1) P»Ta e84w párrafo, vid. Moyer y Ardan t., Oh. eít., cap. Mandan y d* Arbois, 
Étud€9 »ur le 8enchu$ mdr.— Nouy. rev. du droit fran^., 1884. 

(2) An&logamente, en Alemania, hasta el siglo xyi, los que dejaban de labrar 
el suelo entregándolo & la vegetación espontánea, lo perdian en favor de la 
comunidad. 

(3) Cf. con el dato de M. Pousinet, en el comentario á un documento irlandés. 



160 BI8T0B1A BE LA PBOFIBDAD OOMÜHA^ 

trato de arriendo del mismo. Semejante carácter, débese, quizás, á que 
la cansa de estos códigos fué la supremacía del clero y de los jefes como 
clase (Brehanea)^ que motÍTÓ nna rcTolnción y trajo la primera reforma 
en la redacción de las leyesi de nn modo análogo al origen de las Doce 
Tablas. 

La jerarquía y grados de la sociedad irlandesa eran: 1.^ E\ dan; 
2.^ El 9ept (sub- tribu); 8.' La familia; y correspondiendo á ellotí, (a) 
rey de clanes; (b) jefe de clan, de sept^ de familia. Cada uno tenía cierta 
propiedad unida al cargo. 

^ Poco á poco se repartió en usufructo temporal á las familias, la 
tierra, guardando la tribu ciertos derechos y la rigilancia permanente. 
La enajenación sólo se permitía en caso de necesidad y por consenti- 
miento de todos, y existía la ley de cultivo forzoso igual, como entre 
los germanos. A la muerte de cada miembro, hacíase nna redistribu- 
ción de las tierras arables, no de los pastos, ni de la casa, corral y huer- 
ta, que quedaban patrimoniales; ni de ciertas tierras, que, no se sabe 
por qué, se concedían en propiedad hereditaria (1). 

Dentro de la familia, comunidad^ es decir, indivisión, porque la co- 
propiedad en ella no nace hasta que se reconoce el derecho de reparto, 
suponiendo que cada individuo tiene una parte alícuota, como los he- 
rederos myos de cierta época de Boma. Indica esto ya un grado de 
rompimiento: cuando ocurre esa idea, se da el primer paso para desha- 
cer la comunidad, reconociendo la personalidad independiente de los 
miembros. Más tarde, se introduce el reparto igual para los hijos varo- 
nes; y en fin, para las hembras, á falta de aquéllos. 

Al fin del siglo vii, efecto del crecimiento de población, y de la peque- 
nez de los lotes, cesan los repartos, y las fí^milias adquieren la propie- 
dad de aquéllos. La que correspondía al jefe no se dismiuiuyó, y fué asi 
base de una nobleza propietaria (2).— Para mantener el esplendor de 
las familias, en el tiempo en que ya se admitía el reparto igual entre 
los hijos, se introdujo la organización de grupos de diecisiete, subdi- 
vididos en otros según los edades, pasando la propiedad de unos á otros 
(geiljíne], como una especie de sustituciones. - 

Lentamente, el jefe se eleva á sefior y los cultivadores bajan á sier- 
vos. El tránsito señálase por datos, como el de dar á la tribu el nombre 
de la familia del jefe, la introducción de una especie de infurción luc- 
tuosa, y otros. Esta preponderancia, trae la invasión de los pastos co- 
munes, el acaparamiento del ganado, y la necesidad en que se vieron 



(1> Meyer y Ardant, Ob, eit. 

(2) Vid. lo dicho, según Maine, para loi celtas insulares, y el comentario 
de M. Poasinet; p&gs. 100 y 101. 



VBANCIA 161 

los pequeños propietarios de arrendar á los grandes el snyo, por no 
tener pastos; á la vez, 4os jefes prestaban ganado, y se establecía asi 
nna doble fuente de dependencia, recomendación ó vasallaje, que luego 
se extendió á las tierras. — Sobre la base de la riqueza en ganado y las 
reeoméndaciones, nace una jerarquía, viniendo á ser de este modo el 
principio de la nobleza celta, la riqueza, no el nacimiento, como en 
otros pueblois. Por eso la ley de Senchns-mdr, dice: <cdos personas que 
tienen la misma fortuna, tienen igual nacimiento.' (1). 

La división y disgregación de la comunidad, producen la facilidad 
de las conquistas; hasta la d^ los normandos, que rechazó á gran parte 
de la población: la cual, refluyendo sobre los clanes del interior,' divi- 
dió aún más sus tierras; y sin duda— como dice el Sr. Pedregal, — de 
esta desigualdad surgida y del error que llevó á los ingleses conquista- 
dores—de un modo parecido á lo que luego ocurrió en India— á consi- - 
derar como único propietario al jefe, y no á las tribus, ó septs^ nace la 
^dificultad mayor para la resolución del gravísimo problema agrario eto 
Irlanda. «Esta es la razón tal vez de que con nada se dé por satisfecho 
el irlandés, protestando sin cesar contra el despojo de su propiedad 
comunal, cuya transmisión á los poseedores no admite, sean cuales- 
quiera los actos y contratos en que funden, su derecho.' (2). Sin duda, 
esto es punto de dificultad; y con él, el sentimiento irreprimible que 
liga i las generaciones que trabajan la tierra, con la tierra misma, de 
que permanece alejado y sin relación alguna directa, el duefio; senti* 
miento que al cabo, con un sentido de justicia muy rea], traslada la pro- 
piedad de las manos del que se limitaba á cobrar un arriendo ó á ejercer 
un señorío, á las de la clase que por siglos dedicó sus faenas y regó con 
su sudor el suelo que la mantenía. 

6. Francia. — 1.^ Propiedad hereditaria indivisible déla familia: 
la tierra eálica, que en un principio designó la propiedad adquirida por 
la conquista, y que luego, restringiendo el sentido, se asimiló al at^io. 
Por eso, la ley que excluía primero á lá mujer de tota térra, luego se li- 
mitó á excluirla de la sálica (vera sáHca, patrimonio familiar). Es de- 
cir, que rjBgía la sucesión masculina, al contrario de en los bienes ad- 
quiridos, en que hay igualdad de reparto entre los hijos. 

2.^ Propiedad comunal de pueblos y ciudades, existente en la épo- 



(1) Bfl un principio muy oaraoteristieo de Is Edad Media feudal, en que el 
poder depende de la propiedad. La diferencia estriba en la oíase de bienes, qne 
en el continente son, por lo común, inmnebles— la tlerra^y en los celtas de las 
islas, muebles: ganado. 

(2) Pedregal, Apuntes Bobre el derecho depropied(id,^Bol, de la Intt. Libret nú- 
mero 179.--J\iUo, 1884. 

U 



\ 
HISTORIA DE LA PBOPIBDAD OOMUKAL 



ca romana y cpatinnada en la Edad Media, en el tiempo de la redac- 
ción de las coutumea. Los señores, desde Guillermo el Bastardo, empe- 
zaron á despojar á las parroquias de los terrenos para extender los 
suyos de caza: á pesar de lo cual, se mantuTierpn muchas de aquellas 
propiedades. En el período siguiente estudiaremos la cuestión de su 
origen. 

8.® El derecho de pastoreo (vaine páture) sobre el terreno común, y 
en las propiedades particulares después de la cosecha (1), pudiéndose 
sustraer parte de ellas á este uso poniéndolas en defensa (en g<xrewné), es 
decir, cerrándolas con ciettas condiciones; «derecho existente también 
entre los alemanes (bifang), los ingleses y en nuestra Península faUon- 
do de Portugal) (2), 

4.® Comunidades de familias agrupadas (celia), entre aldeanos aso- 
ciados (companij, para un cultivo como el de la zadruzna eslava, con su 
jefe (mayor) y su directora (maporeeaj. Los señores las permitieron, las 
apoyaron ^ llegaron á exigirlas como una seguridad mayor para ellos 
en el cobro del canon. Son del mismo tipo que las italianas, y su desen- 
volvimiento más grande corresponde al período siguiente. Las coututaes 
de Bretaña, de Anjou y de la Grran Perche, hablan también de la co- 
munidad conyugal (8). 

Las comunidades no independientes — de colonos, de siervos, de 
cultivadores libres censatarios — cuya época clásica es la de constitu- 
ción definitiva del feudalismo, aparecen ya en este período perfecta- 
mente definidas en las grandes propiedades de la Iglesia y ^e los con- 
ventos. Dos son los textos principales que testimonian de esta 'Organi- 
zación, y ambos tienen valor extraordinario, por la luz que arrojan 
sobre la condición posterior de aquellas clases y su relación con el 
dominio de la tierra. Uno es el Polyptico del abad Irminon, referente á 
la gran abadía de Saint Germaindes-Prés, y otro el Libro de loe ei.er' 
vos, de Marmoutiers, descubierto posteriormente. 

Aunque el Polyptico corresponde á una época en que aún no era 



(1) La extensión de estáT costumbre y su importancia, proceden, aquí como 
en España, del extraordinario valor de la ganadería en aquella época. Y véase 
cómo vienen á coincidir las costumbres de los invasores con la situación á 
que los latifundia romanos hablan Uevado los campos, destinados principal- 
mente & pastos, y cómo ambas determinan la característica pastoril de las 
comunidades europeas, según S.Maine. 

(2) Aunque coincidieran en lo fundamental de este derecho, cada localidad 
tenia sus costumbres y regulación especial en lo que á él tocaba; ofreciendo asi 
una riquísima variedad especifica en el goce de la vaine i>dttire.^Béchard, Droii 
munic au Moym Age, II, libro X, c. VI, 618-19. 

(8) Arts. 42A y 469, 611 y 102, respectivamente. Nótese en ellos la repetición 
del plazo romano de un año y un dia. 



FBANCIA 168 

sistema general el feudalismo (principios del siglo ix), revela nn régi- 
men de gran propiedad mny próximo á éste, y en el cnal figuran los 
mismos elementos que en el señorío feudal y en condiciones muy apro* 
ximadas. 

La división del territorio poseído por la abadía es el mismo que 
Maine presenta como característico del manor; una parte está cultiva- 
da directamente, bajo el inmediato dominio del convento: es la parte 
señoricU (demonial); otra, la censal ó ienementcU^ está cedida á personas 
más ó menos libres, en usufructo (I); las porciones en que se distribu* 
ye son hereditarias y perpetuas en las familias de los usufructuarios, 
cuya posesión acabó por convertirse en propiedad efectiva, sin más que 
la dependencia de jurisdicción y el pago de un canon (2); dato de 
mucho interés, que hemos de recordar en la discusión de las comuni- 
dades serviles. 

La población censataria de los extensos terrenos dé la abadía, no 
era uniforme. Componíanla 2.829 familia^, de las cuales sólo 120 eran 
siervos en el pleno sentido de la palabra, y la mayoría (2.080), de col<h 
nos. La diferencia entre colonos^ siervos, lides y libres era aún, jurídi- 
camente y de hecho, muy perceptible en aquella época. Todos ellos 
pagan canon á la abadía, lo mismo los libres que los siervos, hecho que 
debe tenerse en cuenta para no confundir más tarde lacondición de las 
personas por la circunstancia de estar sujetas á una prestación en di- 
nero, que á veces se cambia en otra equivalente en especie. Los co- 
lonos, procedentes de los comprendidos en el Código Teodosiano, de- 
ben un canon en especie ó dinero, al señor, y la contribución ó capita- 
ción, al Estado. A pesar de su nombre, no siempre cultivaban la tierra, 
sino que se ocupaban en otras industrias; y bajo los reyes francos, lle- 
garon á estar sujetos á servicios corporales. 

La condición de servidumbre no implica la negación de todos los 
derechos: antes bien, aquél que ha sido objeto de mayor discusión por 
los que niegan la sustantividad de las comunidades serviles, el de pro- 
piedad, se ve con frecuencia atribuido á los siervos en el Polyptico, in- 
cluso sobre porciones de tierra, cuyo disfrute y administración poseían, 
• aunque bajo el dominio eminente del señor. Bien es verdad que los sier * 
vos eclesiásticos, como los de la abadía de Saint Germain, gozaban de 
mejor condición que los de señores laicos, tal vez porque, como los de 



(1) La miama división en parte dominical y mansos Ó porciones serviles 
(hubae) se repite en diferentes actas de 603, 866, 969, eto.~FasteI: Bev* du DewB 
Mondes, Avtil,B9, 

(2) G-nérard, Polyptieo del abad Irminon y Prolegómenos, —VAtia, 1844. 



164 HISTORIA BB LA PROPIEDAD COHUKAL 

Mi^rmontiers, eran cedentes de sus tiérraQ particulares al monaste- 
rio (1). 

Los coUiberti que se mencionan en este período, son nna especie de 
siervos que recibían sn cualidad del fnndo en que nacían: y, según opi- 
nan Grandmaieon y Doniol, eran los continuadores de los colonos 
romanos. Ya vimos, al hablar de éstos, que todas las conjeturas son 
favorables á la afirmación de que vivían por grupos, comunalmente. 
Doniol lo asegura, diciendo que las comunidades familiares del Berry, 
Nivernais y Auvergne, que él ha estudiado, son restos de aquellas 
otras.— Los datos del Pclyptico autoiizan á sostener igual opinión 
respecto á los siervos, colonos, etc., censatarios de la abadía: lo cual 
está confirmado por el hecho de que más adelante, en plena época feu- 
dal, confundidas las clases, aunque mejorada su condición de hecho 
respecto á la propiedad de la tierra, el régimen dominante es el co- 
munal. 

El Polyptico puede considerarse, en sus líneas generales, como ex- 
presivo de la organización que la gran propiedad tenía en todo el país. 

Eespecto á Bélgica, hemos de ver en el siguiente período,' que abun- 
dan los testimonios en favor de un régimen comunal extenso. Con re- 
ferencia especial á los primeros tiempos de la conquista, M. Yander- 
kindere, que ha .estudiado esta cuestión (2), cita solóla prueba indi- 
recta de que, según la ley sálica, no respondían de las deudas más que 
los muebles. <lBí éstos eran insuficientes, el acreedor no tenia otro 
)recurso, porque la tierra, como perteneciente á la comunidad, es inalie- 
nable; y el único medio que le queda, cuando se trata del pago de un 
wehrgeld, que debe cumplirse por encima de toda consideración, es 
obligar al insolvente á que trasmita, por la formalidad de la chr ene- 
cruda^ á su más próximo pariente, sus derechos indivisos en la tierra, 
subrogándole asi en lugar suyo para el pago de la deuda. > La prohibi- 
ción de que hereden las mujeres la tierra, es prueba también deia co" 
munidad familiar. 

Ul.—'EH Bajo Imperio. 

De Boma no quedaba más que el Imperio de Oriente, cuya azarosa * 
historia, no exenta de momentos brillantísimos, cayó al fin en aquel 
marasmo y ruindad que facilitó la conquista musulmana. Es hoy un 



(1) Le Livre des eerfs de MarmoutierSt pablié par A. Salmón et M. Ch.-L. Grand- 
maisqn.— Tours. 1866. 

(2) L. Yanderkindere, Origine dea magiatraU eommunaux et de Vorgantsation 
de la 1/iarke daña les provinces belgea au ^oijen d^e.— Balletln de l*Aoad, royal da 
Belgique, Julio, 1874. 



Bl BAJO IMPERIO 165 



error poner como tipo de cormpción y de envilecimiento al Estado de 
Bizancio, como si nada dé sn vida hubiese sido digno, ni merecedor de 
atento estadio; y así resnlta equivocado suscribir al juicio y á la expo- 
sición dé la misión histórica del Bajo Imperio, que hizo el eminente 
Laurént. No fué tan mala, ni tan despreciable, ni tan absoluta la des- 
organización de aquel imperio, como se supone. Llevó su vida oscura» 
mente en la mayor parte, pero al fin no era ni más ni menos que otros 
Estados dé Europa; y su mayor flato fué estar compuesto por los restos 
degenerados de dos razas,' que habían sido vigorosísimas y altamente 
civilizadas en otros tiempos de su historia. Hijo de Boma y de la Eoma 
imperial, el Bajo Imperio no se limitó á digerir y á parafrasear el lega- 
do jurídico y político que la antigua metrópoli le dejara. En punto á lá 
propiedad, como observa muy bien un autor (1), el genuino derecho 
bizantino tiene otro carácter que el puro romano Gustinianeo); reco- 
noce como fuente dé la propiedad él trabajo^ refleja un empeño decidi- 
do en impedir la acúmiulación de la tierra en manos de un individuo 
Oatifundio), y se muestra respetuoso con las comunidades. Por estas 
y otras razones, el derecho de propiedad reviste un carácter muy es- 
pecial en aquel país; y como resultado de ellas y del sentido autori- 
tario y burocrático que heredó plenamente de Eoma, sé forman ^ 
reconocen estas distintas clases de propiedad: 1.^ Del fisco (del em- 
perador); 2.® De l^s iglesias y monasterios; 8.° De los potentes, pro- 
piedad individual aislada, con catastro especial; 4.^ De los censata- 
rios, ya fnesen de los potentes, ya de la Iglesia, ligados á veces por 
una especie de recomendación fpatrocinium); 5.^ De los militares 
(terrae limitaneae) (2). 

Al lado de estas formas— algunas pertenecientes á tiempos avan- 
zados de la historia del Bajo Imperio— existen las comunidades agri^ 
colas, con propiedad indivisa del suelo: cuya división podía, ño obs- 
tante, pedirse y se cumplió al fin, en el último grado de la evolu- 
ción natural, que ya hemos visto producirse en otros pueblos. La 
comunidad es la que paga el impuesto al Estado, según hoy hacén 
el mir ó el pueblo indo. Como prueba de la comunidad rige el déVechb 
de tafdeo, que tuvo otras aplicaciones, según vamos á ver, y que dero- 
gado varias veces y restablecido al fin, con refoi^ma, por Bomanus La- 
capéntis (922), ebtá perfectamente reconocido pata los comuneros. 
Estas comunidades agrícolas naturales, se originaban, ya de lá primi- 
tiva costumbre de esa forma social, latente en él pueblo, ya dé lá iá- 
migración de tribtts, eslavas principalmente, y la repoblación y traslado 



(1) Meyer y Ardant, th. ¿tt 

(2) Asoárate, ob. eiL, I. 



166 HI8T0BIA DE LA PROPIEDAD OOMCNAL 

de terrenos y poblaciones, qne empezaban por una toma de pose- 
sión comunal (1). — En el siglo tiii (invasión de los eslavos), la clase 
de los cultivadores se compone, por la publicación del nomos georg%ho$ 
que refleja la tendencia tradicional eslava, de: 1.® Labradores libres, 
qne viven sin ninguna sujeción en el territorio de los municipios; 
2.^ Labradores dependientes, que trabajan en las tierras del Esta- 
do, de la Iglesia ó de los grandes propietarios. Para los primeros, las 
tierras son comunes en principio, cultivando cada cual su parcela: 
pero se puede pedir la división, que se hace poV igual y no destruye la 
solidaridad al pago del impuesto. Guando vacaba una porción, se dis- 
tribuía entre los demás y no se consideiluba la tierra baldía ó fuera de 
la comunidad, mientras quedase un solo miembro. 

Paralelamente á estas comunidades, se crearon, por resultado de 
medidas financieras, otras que llegaron á tener importancia. La tri- 
butación estaba perfectamente regulada, y al efecto se instituyeron 
los catastros, que fueron dos: uno para Impropiedades aisladas^ délos 
potentes por lo general, y procedentes de la disgregación de antiguas 
unidades de dominio (possesio^el fundus romano de que habla Fustel 
y del que salieron las porciones, sors)^ y otro para las propiedades de 
fincas incluidas en el mismo territorio municipal (metrocamia), aun- 
que fuesen propiedades individuales, pero que para el efecto de la ca- 
pitación se consideraban como unidas, formando un todo por la soli^ 
daridad al pago del impuesto. Esta solidaridad impuso el nacimiento 
y concesión de ciertos derechos, que dieron á estas agregaciones artifi- 
ciales (cuyo objeto ^ca¿ se puede comparar con el perseguido por los 
señores franceses, al proteger las comunidades de siervos y hasta im- 
ponerlas), verdadero carácter comunal; tales fueron el derecho de tan" 
teo^ la intervención de todos en la administración y régimen de los 
bienes, reunidos para el solo efecto rentístico, cuya importancia se ve 
en otras medidas, como v. gr.: obligar á los propietarios de fincas pro- 
ductivas á que cargasen con las improductivas, pagando su canon, ó 
impedir que los labradores abandonasen sus tierras, como luego en 
Busia, etc. 

Este origen de comunidad es característico y muy curioso, sin em- 
bargo de lo cual, de la existencia de comunidades libres y de la ten- 
dencia de la legislación á proteger las agrupaciones para evitar los lati- 
fundos, al fin se dividieron, y los propietarios libres hubieron de caer 
en especie de servidumbre y patronato bajo los señores, cuyas grandes 
propiedades concluyeron por absorber á las de los labradores. Asi se 



(1) Para la oolonicaoión eslava en Grecia, Herzberg, HiH. d$ Grecia detde la 
d$sapariei(fn de la antigua vida, al pre«en«e.— Ghotha, 1876. 



ÁBA6BB 167 

cumplió en el Bajo Imperio la misma ley de eyolnción histórica qne 
había de cumplirse en otros pueblos y que realizaron antes los ro- 
manos. 

IV.— Árabes y demás pueblos mahometanos. 

La historia del mahometismo y de los pueblos que merced á él su- 
bieron á nueya civilización y obtuvieron puesto interesante en la vida 
de la humanidad, ha venido padecijBudo de todos los mfdes que Ja ene- 
miga religiosa, el fanatismo de raza y de iglesia, y la miopía de los 
autores, cegados por tamaños prejuicios, han dejado caer sobre tantas 
épocas y asuntos históricos en que podían influir aquellos desacertados 
sentimientos. A Dios gracias, hoy nos vamos curando djB tales cosaf , 
y aunque la conversión ha sido para muchos caer en el extremo opuesto 
de un panegírico, bastante alejado de la realidad, en último efecto ha 
producido el conocimiento más exacto, la revisión más concienzuda de 
una civilización que fué esplendorosa y alta en más de una región de 
las conquistadas, y cuyo valor é influencia de época no pueden menos 
de reconocer los hombres seriamente preocupados de la verdad his- 
tórica. 

No obstante, conservando el pueblo árabe, como los demás converti- 
dos, la característica de todos los orientales en punto á la lentitud de 
Iqs cambios de estado, á pesar de la conmoción y el movimiento produ- 
cido desde, la predicación de Mahoma (liiovimiento que fué muy rápido 
en las clases superiores^ se mantienen de tal modo en aquéllos, y es- 
pecialmente en el árabe, estados antiquísimos, que bien se legitima la^ 
apreciación vulgar de que no cambian, permitiendo así el estudio y co- 
nocimiento de lo que fueron antiguamente por el de fo que hoy son. 
Generalmente, se achaca su estabilidad, y Le-Bon coincide en este jui- 
cio, 1.®, á la desaparición de su civilización antigua; 2.^, sobre todo, al 
carácter á la vez religioso, jurídico y social del Koran, que ha traído 
la inmovilidad de las leyes (1). 

No es aplicable esta razón á la permanencia de las comunidades de 
tribu, existentes antes del Koran, más aún cuando éste se pronuncia 
en favor de la propiedad individual, ni concurre á la explicación del 
mismo hecho en otras razas, por ejemplo, los eslavos. Tiene quizás 
fundamento esta permanencia del régimen primitivo, en las condicio- 
nes del suelo, la vida nómada aún mantenida por buena parte de los 



(1) Le Boíl, CiPiUtation de$ oro&M. Parit, 1881. Llb. lY: Costumbres é intii- 
tvoionet. 



168 HISTORIA DE LA PROPIEDAD OOMUKAL 

pueblos musulmanes, y la necesidad á que obedecen las agrupaciones de 
fiímílias bajo un régimen patriarcal; quizás á un mayor arraigo de la tra- 
dición por carácter de raza, á la falta de influencia del romanidmo y 
la continuación, para muchos, de las condiciones naturales de la vida 
anterior. Tal vez puede ser argumento que favorezca estas considera* 
cienes, el cambio que la organización primitiva sufrió luego de la con- 
quista de España, y allá donde se constituyó un centro de vida estable, 
por razón de la mudanza de condiciones. Be nota, por ejemplo, una 
tendencia distinta entre las tribus árabes puras ó arabizadas de Argelia, 
que mantienen su propiedad comunal, y las berberiscas, también inn* 
sulmanas, pero que han cedido, por su mayor roce y su procedencia de 
la antigua población romana, al sentido individualista de la civilización 
europea. Lo que resulta, en general, es que la nueva religión no modi'- 
$có tan radicalmente como se supone, la civilización antigua de estos 
pueblos. 

Dejando esto, vengamos á describir la organización comunal de loa 
árabes, antes de que la predicación coránica los lanzara á figurar de un 
modo importantísimo en la historia de la Edad Media europea. Como 
de raza semita (1), su constitución era la patriarcal, con una solidari- 
dad de vida entre los parientes, tan profunda como entre los germanos, 
incluso la venganza, la composidán por dinero, etc. La propiedad es 
común de la tribu; los terrenos que ésta va ocupando se consideran 
suyos, y se distribuyen para el cultivo entre las familias, análogamente 
á lo que hoy ocurre en las comunidades agrícolas de las tribus seden- 
tarias del Haouran (Siria), según Le-Bon.— Ya Strabon hablaba de 
lotes ó asignaciones familiares que se vinculan bajo la administración 
del hermano mayor; quizás se refiere á un segundo grado posterior á 
la propiedad de la tribu. 

Mahoma estableció una legislación cuya tendencia era bien con- 
traria al estado anterior. Segúp el Koran, la propiedad es de Dios y loe 
hombres sólo tienen el usufructo, previa concesión del sultán (cáli&): 
principio á i^das luces hebraico. Además, se reconoce la propiedad 
irultvidual al que roture una tierra ó la haga producir, sobre toda la 
extensión sometida á cultivo; regla de trascendencia para la civiliza- 
dón, que envuelve el reconocimiento de la propiedad adquirida por el 
trabajo, por modo igual á la concedida en los aaltui romanos. 



(1) Tid. pág. 62. — ün ejemplo de U eicMa inflnenoia que en mnohoa 
pantos aloansó el Koran, ei la eoniervación del culto de los antepasados entre 
los beduinos y otros puebloi.— Spencer, Sbeiciogfüt oon referencia á ottas 
fuentes. ^ 



EL FEUDALISMO EUROPEO 169 

A pesar dé esto, y contra lo qne supone Hearn^ la propiedad comu- 
nal se conservó: 

1.^ En las conquistas, en la parte reservada á los vencedores, aun- 
que al lado aparezcan concesiones particulares. En España la distri* 
buoión se hizo por tribus para el cultivo en común; y á lo que parece* 
la individualización de la propiedad no se verificó hasta la división 
hecha por Al Samah ó Zama, según el cronicón de Isidoro de Beja (1). 
2.® En la familia, que se rige por el principio de masculinidad, lue- 
go relajado, y reducido á dar parte doble á los varones. 

Oreáronse tambiéh posteriormente los ohours ó fideicomisos fami- 
liares, de escasa importancia para nosotros, y al fin aparecen los bene- 
ficios militares cois la propiedad nobiliaria, que crea cierta especie de 
feudalismo (de los sipáhis). 

Es notable que en el siglo vi, antes de la predicación de Mahoma, 
había aparecido en Persia el gran sacerdote Mazdack, que predicó la 
igualdad de los hombres, y la comunidad de iienes y hasta de mujeres 
consiguiendo que se hiciera un nuevo reparto de la propiedad (2). 

El régimen comunal se mantuvo en África y en Asia entre las más 
de las tribus (8), y continúa en nuestros días, según consignaremos al 
ocuparnos del estado actual de aquella organización. 



SEGUNDO PERIODO-EL FEUDALISMO EUROPEO 



!• — Obserraciones generales. 

cNingún pueblo ha Itegado á tal resultado (de formar nación), á 
fundar un Estado y á tener historia, más que uniendo fuertemente las 
familias que lo componían al suelo que se había apropiado... Esta 
xmión se ha cumplido en la historia, bajo dos formas: 

>1.* Ba^ el fégiiEien de la oomunidad; esta comunidad (pueblo ó 
familia) concede el uso del suelo á todos sus miembros, prohibiéndoles 
la enajenación: da el usufructo, la propiedad .útil, y guarda la alta, 
nuda propiedad. 

>2.^ BiQO el régimen feudal; la propiedad depende de una jerar- 



(1) Yid. Cárdena*, o». eif.,L 
(S) Lanrent, o&. Ht,, Y, ed. tr, 470-71. 

(8) LaVeUye cita ootto oanstHaelón oomnnal, la junta de regantei y tribu* 
nal de agnaa de Yalenoia, que son de origen árabe. 



170 HISTORIA BE LA PROPIEDAD COMUNAL 

qnia, cuya cabeza es el soberano y cuya base es el labrador» y por eso 
está sustraída á la disposición del individno^ (1). 

Observación tan interesante y exacta, no debe llegar — ^á pesar de 
esto — ^á la confusión de los principios y sentido de uno y otro régimen. 
En una misma linea, representan puntos extremos, aunque en el orden 
que fijan Meyer y Ardant lleguen al mismo fin. Los dos sujetan á la 
tierra, y fundan la vida estable y el sentimiento de la localidad y de la 
patria; pero aunque la clase labradora es el basamento sobre que Tive 
la señorial, y aquélla continúa en lo que puede las costumbres tradi- 
cionales, la expresión política del feudo se acerca más al dominio ro- 
mano de los latifimdia, que á la organización libre de los primitivos 
grupos (2). Entre uno y otro régimen se cumple la ley de evolución 
de las comunidades que señala Maine: da comunidad, partiendo del 
lazo de la sangre, se modifica por el principio de territorialidad y en 
él se funda últimamente de un modo único.:» I Qué distancia no media 
del estado feudal á la sociedad primitiva de los arias, á pesar de la he- 
rencia que de la una se continúa en el otro! La idea del suelo ha sus- 
tituido por completo á la del parentesco en la comunidad feudal, y la 
de jurisdicción á la de culto familiar, que apenas si entrelaza alguno 
de sus más persistentes vestigios á la devoción del nuevo culto en que 
se han bautizado los bárbaros. El señor, que procede por lo general (8) 
del mismo grupo que sus vasallos, no tiene parentesco con ellos: se 
avergonzaría de que le recordasen el lazo antiguo que los unía; y de 
aquel principio de territorialidad empieza ya á componerse la idea de 
las nacionalidades monárquicas, que habían de sentarse en firme, si- 
glos después, en daño del feudalismo. 

¿Qué relación hay entre las comunidades rurales— la de la tribu es- 
pecialmente—y la organizaciói;! feudal? En la determinación de las 



(1) Heyex y Ardanl}, La question agraire^ p. 5. Introd. 

(2) Las posesiones de los pueblos se reputan meras oonoesiones,>ya da uaOt 
ya de propiedadt qae el señor hace. Y este es el sentido qne guia en las regla- 
mentaciones de aquellos derechos, en las disensiones que sobre su alcance 
sostienen los jurisconsultos, en las reservas A beneficio del sefior, y en las res- 
tricciones que imponen; asi como el sefior de una viüa romana concede terre- 
nos A su viUicus y A sus colonos, con sujeción A las condiciones ^ue cree opor- 
tunas. (Yid^ Fustel, Le domaine rural ches lee romaine,) 

O) Por lo general; porque en muchas partes la repugnancia del parentesco 
se explica por rasón de pertenecer los inferiores (los vasallos menores, los 
Tülanios), A los sometidos, los conquistados, con quienes no hay ningún lasó 
anterior. Pero al fin cayeron en igual sentimiento los antiguos eompafteros 
de armas, ya de los invasores, ya de los vencidos, de lo^ que se reolutó buena 
parte de la nobleza feudaL Entre los germanos, también venia cambiando 
mucho la noblesa, desde antes de la invasión. 



BL FEUDALISMO EUBOPBO 171 

cansas de este hecho histórico, al lado de la escuela romanista^ de la 
germana y la circunstandali aparece esta doctrina: que el feudalismo 
procede de la antigua organización comunal y no es más que una mo- 
dificación de ella. . 

Aureliano de Courson, en sus estudios sobre los bretones, y sobre 
todo, en su «[Memoria sobre el origen de las instituciones feudales en« 
tre los bretones y los germanos^, escrita para refutar lo sostenido por' 
Mignet y en cierta parte por Guizot — á saber: aque la asociación feu- 
dal se forma para la conquista y por ella, y la familiar para la defensa: 
la una á fin de procurar á sus miembros las ventajas exteriores; la 
otra para proteger á los suyos en el interior:», — sostiene que el feuda- 
lismo no es más que el desenvolvimiento de las relaciones familiares 
existentes en el estado patriarcal, entre los parientes y el jefe (1). 

Courson hace resaltar, para el apoyo de sü tesis y fundándose en 
pasajes de César y Tácito, el hecho del modo de pelear que tenían los 
suevos, turnando la mitad de la población ó tribu con la otra mitad, en 
la guerra y en el cultivo de la propiedad común: cosa existente también 
entre los bretones, y acerca de cuya costumbre de alistarse anualmente 
habla el poema de Ermold el Negro,, sobre la vida de Luis el Pío. Los 
germanos peleaban también agrupados por familias (generatimque — Cé- 
sar); y como dice Tácito (2), «sus escuadrones no se forman al azar, 
sed familiae et propinquitates^\ en todo lo cual se ve la unidad entre la 
relación de familia y la guerrera, que son una misma en dos circuns- 
tancias distintas. Además, según se desprende de Tácito, el camitatus, 
que formaba una asociación, existía no sólo para la guerra, sino que 
continuaba y se mantenía en la paz. 

Por otra parte, Laveleye, estudiando las causas 'de la desigualdad 
introducida en las comunidades de tribu, señala: la» concesiones de 
propiedad separada de la común, que se hacia á los que roturaban de 
nuevo un campo; la aparición de familias privilegytdas, á las que se 
reconoce una propiedad especial, á más de la participación en la común, 
y que se produce, ya por la recompensa otorgada á servicios mili- 
tares ó sociales, ya por la mejor consideración de que gozaba la 
rama directa de donde procedían los jefes: señalando siempre un prin- 
cipio de desigualdad y disgregación y un principio de inferioridad y 
dependencia, dentro del cuerpo común, hacia las familias privilegiadas. 
Esto mismo confirma Laudan, quien, según Maine, ha puesto en claro 
que en las mismas comunidades había familias privilegiadas, quizá las 



(1) Mimoire sur Vorigint des imt. fíod, ches let Brtt. $t cAm U$ ufen».— JBetme 
de Lég, et JúrUprudeHU.-lBil, U, p. a67-9i. 

(2) GermatUatTLL 



172 HI8T0BIA DE XA PBOPISDAD COMXJKAL 

deBcendientes direotsB del ascendiente común (1). De ellas salían en 
la gne^a los jefes, quienes se convirtieron en poderes políticos duran- 
te la paz, y adquirían más parte de tierra, que después cerraron y con- 
virtieron en propiedad privada. 

Maine, estudiando lo que él llama el ^proceso de enfeudación», 
sefíála como un hecho probado la sustitución, producida en Inglate- 
rra, del grupo democrático primitivo por el grupo autoritario y depen- 
diente feudal (conversión de la marh en manor)^ en que persistiendo 
el fondo delá propiedad— la relación de parentesco, — el cuerpo orgá- 
nico queda sometido al sefíor, quien cada vez va extendiendo sud de- 
rechos y acentuando su supremacía, hasta hacer del grupo una depen- 
dencia suya. Este es el hecho dominante en el feudalismo y el qtie 
ocupa toda la evolución típica de esta edad, como ya llevamos obser- 
vado; porque si es cierto que antes de ella existían comunidades ser- 
viles, nunca esta condición había adquirido tan vasto desarrollo, hadta 
señalar la característica de todas las naciones europeas. 

Maine se propone esta cuestión: ¿cómo salió el grupo feudal (ma- 
ñor y manoriál group, que dice él) de la markf Y explica el proceso de esta 
manera:, La tribu que conquistaba á otra, tomaba como botín la tierra 
inculta, ya para guardársela, ya para devolverla á los vencidos en po- 
sesión dependiente. La soberanía que producía la conquista y dominio 
de aquella tierra (waste)^ se establecía también por colonias de la co- 
munidad en partes de su tierra común, muy extensa, dependientes de 
la metrópoli. Las guerras, las colonias, las divisiones desiguales, las re- 
compensas, conspiraban como causas acumuladas á la desigualdad ca- 
tre unas comunidades y otras, y dentro de cada una, entre las familias. 
Con la conquista y el concurso de otras circunstancias, crecieron aque- 
llas separaciones y dificultades; y las pretensiones y el poder de las fa- 
milias privilegiadas, con algo del sentido del imperium romano, pasó á 
los jefes constituidos en sefiores feudales. Entonces nace sobre el gru- 
po independiente, el grupo feudal, cuyos elementos son: 1.® Tierras 
libres; 2.* Dominio del señor con cultivo servil^ 8.® El tribunal del 
señor (court- barón), cqmpnesto de los poseedores no siervos, pero si 
dependientes. Si no los hay en número bastante, les sustituye el tri- 
bunal consuetudinario feudal (manoriál) (2). Si lo que falta es tietras 



(1) Vid. en Fustel, (Xtí anHquet la donsideraoión que mereoia en los tiempos 
á qué se refiere, la rama de primogénitos. Véase también su articulo sobre los 
Orfgéne» del sUt féud. (Bev. des Deux Mond., 15 Mayo 1873), en que cita las re- 
compensas de tierras otorgadas en la mark (716-7). 

(2) Este tribunal existe para lá distribución y cobro de los o&nones de los 
poseedores, ó los simplemente UneáiCtreé de la tierra siñorial.^S. Maine, ViÜáge 
eommtm, 188-84. 



^^^^ 



BL FEX7DALI6MQ EUROPEO 17? 

de dominio del señor, ó se dividiere la autoridad de éste sobre los po- 
seedores libres (no siervos), su f^utoridad no es manorial^ sino seño- 
rial, ó meramente de soberano, en lo que toca á la jurisdicción. 

Generalmente, la antigua tierri^ pomúnr se la atribuye para si el 
señor. Sobre los prados, son distintos sus derechos; sobre la tierra ara- 
ble ó cultivada, unas veces tienen los labradores posesión libre (tené- 
mentalj^ derivando de la ajutigua mark: otras, posesión servil. El señor 
acrecienta sus derechos en proporción inversa á la determinación de 
los del grupo: así, son mayores en la tierra indivisa común; menores 
en los prados... (1). Tal es el cuadro de los grupos rurales del feuda- 
lismo: continúan su organización anterior, pero poco á poco el señor 
se erige en dueño' supremo y eminente, y sujeta al yugo de la servi- 
dumbre á los antiguos propietarios, y hasta les merma la tierra, apro- 
piándose la inculta, haciendo de ios campos cotos para la caza, y con- 
virtiendo, lo mismo al subdito antiguo del Imperio que al hombre libre 
venido del Norte, en siervo á quien se puede maltratar, privar de la 
vida y dar tormento a mercy et a misericorde. 

Sobre esta base de injusticia se levanta el crecimiento numérico de 
las comunidades, cuyas causas son: en primer lugar, el carácter emi- 
nentemente rural, de aislamiento y localización de la vida en aquel 
periodo, y la doble necesidad que de áqui se desprende: en los hombres 
libres, labradores independientes de todo yugo (en Dirtsmarchen, v. g.), 
la unión que favorece la defensa, tan precisa á cada paso contra ataques 
exteriores (2): en los señores, la conveniencia que les ofrecía la comu- 
nidad de sus siervos ó censatarios por la solidaridad inherente que fa- 
cilitaba el pagp de los cánones y servicios. Por eso los señores coloni- 
zaron repetidas veces por medio de sus siervos parte de la antigua tierra 
común, copiando la organización del township (8). Y por bajo de estas 
cansas, se mantenía el sentimiento del grupo y de la familia, razón 



(1) Las diferenoUs entre la tierra inculta y la de pctstOi son notables, y con 
eUas la relación del señor pon los poseedores, seg^n que aquél se atribnye la 
propiedad exolosiva por na tiempo del afto, ó sólo tegnla los aprovechamien- 
tos, ó tiene únicamente lo que dejan los habitantes, luego de cercar sus par- 
tes de tierra.— Maine, loe. cit. 

(2) En esta época tiene aplicación exacta lo que dice Le-Bon: cLa razón de 
las comunidades es la necesidad de unirse los individuos para protegerse, fal- 
tos de la protección de un Gobierno.» Y añade, no con tanto aderto: € Asi debi¿ 
ocurrir en todos los pueblos; y sólo cuando nace un G-obierno central que sus- 
tituye ou piu>tección & la de la comunidad, desaparece ésta.>—C¥oiZ. des arab.^ 
págs. 868-4. 

(8) De la importancia del manor para la roturación, y los efectos de la do- 
minación inglesa sobre la fuerza de la costni^bre en la comunidad, trata Mai- 
ne, ViUag, commu».— 164 167. 



1^4 HIBTOBIA DB LA PROPIEDAD OOMUNAL 

primera de las comunidades, y el cnal, á pesar de la derivación roma- 
nista que experimentó, se continuaba no poco en la familia feudal. 

Asi resnlta qne el feadalismo, tan opuesto á las comunidades, se 
levanta y apoya no obstante sobre ellas; adopta su carácter, que es ru- 
ral, exclusivista y local por extremo; pudiendo decirse que en la traba- 
zón y orden de aquella sociedad, elemento de tanto valor es la jerarquía 
de los señores, como la organización de los villanos, puesto que la una 
completa y sirve de asiento á la otra. Sería, pues, truncar la realidad, 
al hacer la historia de esta época, olvidar aquel segundo término inte- 
grante y fijarse sólo en el primero, que á veces parece el único por lo 
saliente y acentuado de líneas que se muestra á los ojos del observador, 
preocupado por .las imágenes de una tradición feudalista romántica, 
poetizada y anti-real. 

Los hechos que llevamos consignados, no pueden negarse, y prueban 
desde luego que existía un principio de desigualdad y autocratismo en 
la comunidad, tiempo antes de la época feudal; y que el predominio de 
algunas familias y del jefe (producido por las necesidades familiares y 
de la tribu), revestía el carácter de relación de dependencia y de servi- 
cios, que en aquella época son, en gran parte, mutuos, puesto que el 
eomitatus produce deberes en el patrono. 

El patrono, elevado á señor, olvidó en muchos casos esta mutuali- 
dad: el compañero^ el recomendado, el vasallo y el siervo, no la olvida- 
ron nunca. 

"Seto no prueban los tales hechos que la antigua comunidad produ- 
jera de sí el feudalismo. Que la disgregación de los lazos comunales, 
democráticos é igualitarios ayudó á su formación, es indudable; y este 
es argumento de la teoría germanista. Pero esa misma desigualdad, 
así llevada, era ya un principio de negación de la comunidad, é iba en 
tanto contra el sentido de ésta. De modo, que lo que puede decirse es 
que el feudalismo acentúa la desigualdad (1), y viene á destruir y á reem- 
plazar—en la medida que de los anteriores datos se induce— á la co- 
munidad democrática, oponiéndose á ella, que no continuándola y des- 
envolviéndola en lo que representaba. Por eso, en la época de mayor 
florecimiento del feudalismo, éste no consigue anular en su seno el prin- 
cipio de comunidad y de igtialdad; y se ofrecen como genuínas conti- 
nuadoras del verdadero espíritu antiguo, y en oposición al régimen 
nuevo, las comunidades libres que se rigen independientemente en al- 
gunas localidades alemanas, suizas, etc. 



(1) Ko obstante, declara Maine que mejoró la oondioión de las clases servi- 
les de las comunidades, originada por el carácter oligárquico y absorbente 
de éstas. 



BL FEUDALISMO EUROPEO 175 

Es oíerto, como dice Courson, que en el eomitatua y en la organi* 
zación para la guerra pudo haber el germen del feudalismo, de aquel 
sentimiento de unión,' de sumisión y dependencia que se apodera de los 
hombres libres (1); pero esto sefiala, precisamente, un comienzo de ne- 
gación de la misma comunidad antigua, que nunca, de su propio sentido 
y carácter, hubiera producido un hecho tan opuesto á su esencia como 
aquél. La división de los derechos sobre la tierra, que se produce 
entre el «efior y el vasallo, no la hubieran entendido los miembros del 
grupo germano, del celta, del indo... ^\ feudalismo procede de un sen- 
tido contrario, que afirma, ante el principio de comunidad de origen y 
de la igualdad de la primitiva tribu, el de territorialidad y poder de 
uno solo. La comunidad no podía producir como un efecto suyo el feu- 
dalismo, por más que ciertos gérmenes de él se den en aquélla, como 
negación suya y sustitución de otro espíritu y sentido en las rela- 
ciones reales y personales (2). Así, el comitatus no significaba, en modo 
alguno, ni que el jefe asumiera todo el derecho de la comunidad al 
suelo, ni que los contpaneros cediesen el suyo al disfrute de la propie- 
dad común. Esta idea no pudo nacer entre los germanos antes de la 
conquista. En cambio, el feudalismo la presenta desarrollada en toda 
BU extensión. El antiguo jefe del comitatus se cree el único capaz de 
derecho, y al fin se erige en dueño real de la tierra: á los compañeros, 
seles niega su primitivo derecho, situación bien diferente de la anterior. 
Cuando más, los derechos sobre lá tierra se dividen entre el señor y los 
plebeyos; pero no es siempre por concurrencia de condiciones iguales, 
sino por contrato, en que el señor es el que otorga (8). 

No hay que olvidar tampoco que ni el feudalismo sujeta por entero 
á servidumbre á la población, ni es en todas partes igual su fuerza 
(ejemplo, en España); y así, lo mismo que hay comunidades dependien- 
tes anteriores al régimen feudal, las hay, mientras éste domina, inde- 
pendientes y de pleno derecho sobre la tierra, según veremos. 

Para comprender bien la situación de un régimen respecto al otro 



(1) Laarent, o&. dU 

(2) Vid. Azo&rate, HUt. de la Prop.t Ü, o. 1.** Es, tan eierto esto y llegan & 
tal panto las asnrpaoiones y el individualismo de los señores, que oon ellos 
se cumple la pximera negación de la comunidad en las cosas públicas (cami- 
nos, aguas, caza y pesca), que ni en el derecho romano, ni menos en el germa- 
no, pierden nunca aquel car&cter. Contra esta negación, hubo cojitr a- negacio- 
nes, protestas y ^reivindicaciones, ya en el derecho legal, como los Usatíei de 
Barcelona (1066), ya en los escritos de los jurisconsultos. 

(8) Asi se realiza otro de los caracteres del régimen feudal, que lo apartan 
del sentido romanista: la división de los derechos sobre la propiedad; donde 
nace la teoría del dominio útil y directo, que, no obstante, tenia sus bases en 
las ideas jurídicas de los romanos.— Azc&rate, ób, eit.j II. 



176. HISTORIA BE LA PBPPIBDAD COICÜÑAL 

eñ esta edad, hay qne tcfner en cnenta^ sin perder uno, iodos los ele- 
mentos de sn historia qne Uoyamos apuntados. Sólo viendo juntamente 
la rica variedad de ellos; puede formarse concepto claro de aquella so- 
ciedad; cuyo tipo, que ya yii pareciendo de ley ^n la erolnción hnma- 
na, se repite hasta nuestros días en otras refi^íones (1). 

Esta misma variedad que sefialamos, hace diñcil la clasificación de 
lasiormas que la propiedad comunal ofrece en esta edad. ¿Qué criterio 
puede servirnos para ella? ¿El total, que se da como ley de la evolución 
de las comunidades, desde un estado en que el lazo es absolutamente de 
parentesco, hasta aquel en que lo es de territorialidad, al través de in- 
finidad de grados? 

Esto, sin duda, se da en toda la historia, y ha permitido á Sumner 
Maine el establecer grados y distinguir radicalmente la asociación fa- 
miliar arcaica, de la eslava, irlandesa, etc., la India moderna, y por 
fin la feudal (2). Pero concurren en esta edad que. nos ocupa causas es- 
peciales, que requieren, dentro de aquélla, otra división. 

Los autores distinguen: 1) comunidad familiar de los esposos; 2) co- 
munidades de familia; 8) comunidades serviles; 4) comunidades rura- 
les. Se puede añadir las industrialeB y las religiosas^ abundantes en 
esta edad. 

La distinción entre la primera clase y las restantes es clara. Forma 
aquélla una especie muy limitada, que en unas partes constituye ver- 
dadera comunidad^ en otras co-propiedad, y que no ^ale de un circulo 
reducido (los esposos, alguna vez la viuda y los hijos), perfectamente 
discernible y limitable. 

Pero ¿y las otras tres? He encontrado confusión en los autores, en 
Laveleye especialmente, cosa que no me extraña, porque es hasta 
cierto punto natural. 

La distínción entre comunidades de familia y serviles^ está perfec- 
tamente establecida por muchos textos y documentos, aplicando el pri- 
mer nombre á las que son libres, aunque las de siervos pudiesen tam- 
bién ser familiares. — Beaumanoir dice, hablando de las serviles: <ila 
compañía (sociedad, comunidad) se hace, según nuestra costumbre, 
por morada en común con el mismo pan y la misma olla por un año 



(1) Un proceETo an&logo al europeo, si l^ien mkñ restringido, ocurrió en la In- 
dia, según observa Maine (ViUa^fe eamm^ 164-160), añadiendo qne nna de las di- 
ferencias cfti^oteristicas entre la evolución inda y la europea, et la falta en 
aquélla de la centralización monárquica, 

(2) Barlyin9t,oflaw,heo,d,'^ 



BL FEUDALISMO EUROPEO 177 

y nn día, puesto que los mnebles de uno y los de otros se encuentran 
mezclados (en común).i> Coincide en esto Loysel; y Laferriére ya decía 
que «las taisiblea de que habla Beaumanoir, por convivencia de un año 
j un día,, mezclando los muebles, esoistían iólo entre loa manoS'muertm 
j pecheros (1),^ La- Laude, hablando de la comunidad en la Cote de 
Orleans, dice: «^Antiguamente era costumbre general que se introdu- 
jese una sociedad tácita entre varios que viven juntos un año y un 
día. Xa sociedad tácito (La- Laudé aplica la terminología romanista), 
se practica particularmente entre las gentes de un pueblo, en el que 
hay familias extensas que viven en sociedad y tienen un jefe que las 
mandad, etc. 

Sumner Maine distingue en el grupo feudal (manorial)^ que susti- 
tuyó á la comunidad rural independiente, dos clases: la libre, teneTnen- 
tal landy y la sierva, dominial. 

Las comunidades propiamente de siervos^ nacen: ó espontáneamente 
entre ellos, buscando en la unión protección mutua y para obviar la 
&lta de derechos sucesorios; ó por cesión de sus bienes en recomenda- 
ción^ recibiéndolos luego en censo; ó por concesiones que hjace el señor 
á los refugiados de otros lugares (Irlanda); ó por la usurpación, por 
parte de aquél, de los derechos de la comunidad, con virtiéndola en 
sierva; ó por exigencia del mismo, para procurar la solidaridad en el 
pago. — Las familiares son continuación del segundo, grado de la co- 
munidad primitiva y exigen la condición de parentesco; á veces, im- 
piden el casamiento entre los que no son parientes (endogamia): las 
mnjeres que salen de ellas por matrimonio, pierden todo derecho; tie- 
nen, como dice un autor, el carácter de servir para la conservación de 
las familias, y en fin, mantienen cierta independencia, muy perceptible 
en algunos casos. 

Resulta que, en general, parece que se pueden establecer dos dife- 
rencias: 1." Por la clase de relaciones que son su fundamento. 2.^ Por 
la condición social de sus miembros y su mayor ó menor libertad. Asi, 
las comunidades familiares libres pueden dar dote á las hijas que se 
casan y salen de ellas, lo que no era posible á los siervos, por carecer 
de la facultad de enajenación. 

Sin embargo de todo esto— y de lo mismo que dicen los autores, 
aunque no se cuiden mucho de distinguirlas— resulta que hay comuni- 
dades de siervos en que el parentesco es una condición, y que son por ^ 
tanto familiares: á veces, en la forma, completamente iguales á las asi 
estrictamente designadas; f aún sucedía que por el transcurso del tiem- 



(1) Hiat. du droit frangaUj II, 122. 

12 



178 HISTORIA DB LA PROPIEDAD COMUNAL 

po y los casamientos entre ellos, los siervos de un señor, no siéndolo 
en nn principio, llegaron á ser todos parientes, 

Annqae esto no resaltara de los hechos, siempre resultaría la falta 

de oposición lógica entre los términos familiar j servil, que no tienen 

ningún punto de contrariedad, pues que á veces las nuevas comuni- 

. dades serviles eran continuación degenerada de las antiguas de familia^ 

sometidas al yugo del señor (1). 

Más aún: al considerar el tercer grupo, aparecen esas comunidades 
rurales teniendo distinto origen, según los casos; unas veces son con* 
tinuación del antiguo clan, y por tanto, sobre- familiares ^ qne diríamofl 
(de varías familias agrupadas); otras veces son propiamente/amentare^, 
y algunas serviles, cuando las ha creado el señor por donaciones. Y 
esto, porque el término rural, que no contradice á los otros, es desig- 
nativo del carácter de actividad que ocupa al grupo y que era el típico 
de aquellos tiempos, como vimos. Parece qne la clasificación en fami- 
liares y serviles es personal, según el carácter ó la posición social de 
BUS miembros; y aquel tercer término, obedece á una división real^ 
cuya categoría puede aplicarse á las comunidades familiares y á las 
serviles; sólo se opone formalmente al dé industriales, que en su 
aspecto manufacturero y comercial (renaciente casi desde el siglo vin), 
ofrecen algunos ejemplos (2). 

Después de esto, y teniendo en cuenta la preponderancia que la 
condición de las personas tiene en la edad feudal respecto á todos los 
órdenes, y caso aparte de divisiones particulares que pueden estable- 
cerse por razón de origen, fundamento, género, etc., podemos señalar 
la siguiente clasificación, qne conserva unidad casi en todos sus miem* 
bros y que nos parece bastante clara: \ 

A. — Comunidades de Tiombres libres. 

I Familiares. 

1, Independientes .jg^i^^^^^^jl.^^^3 

2. De colonos y cen- \ Familiares. 

sataríos ) Sobre- familiares. 

8. Municipios y ciudades libres. 
B. — Comunidades de \ Sobre la base de la familia. 

siervos jSinexistiresarelaciónentre sus miembros. 

C. — Comunidades religiosas. 



(1) Hay la oironnatanoia de que muoliatf veoes, Beg&n Laveleye, las comnni* 
dades franoesas oonstitnidas sobre la base del parentesco, admiten, á ea;erafto«. 
Becnérdese lo que hemos dicho al hablar de la ficción del lazo de parentesco 
en la tribu y el dan. , / 

(2) En 1788, dice LaTcleye, subsistían algunas de las antiguas comunidades 
francesas de familia, con su carácter ináusUriáL 



KL FEUDALISMO BtJROPKO 179 

Ed cada una de estas clases (1) hay que determinar: 1.^, qué cosa 
sea; 2.*, su constitución en general; S.**, su origen; 4.®, sus modifica- 
ciones y modalidades, según los paises; 5.^, su relación al total modo 
de ser de la época y su posición en ella. 

Ante los hechos, no obstante la claridad que parece establecida, 
ocurren muchas yeces vacilaciones y dudas para incluir un. ejemplo, no 
bien determinado, en cualquiera de las clases fijadas. Son estas dificuK 
tades inherentes á toda clasificación y concurrentes con mayor fuerza 
en las qu^ á estos tiempos se refieren, aún poco explorados en muchos 
puntos, y envueltos en la niebla de una indeterminación y vaguedad 
de contornos característica, muy real á veces. Es la indeterminación 
de los estados, de los derechos y de la vida toda, merced á cambios so* 
brado rápidos y producidos por muchas fuerzas y causas, cuyo juego 
va tegiendo la trama de la historia, hasta llevar (insensiblemente al pa- 
recer) al borde de esta edad y limite de comienzo de una nueva. 

Pero antes de estudiar al pormenor cada una de estas especies, in- 
teresa que discutamos de nuevo, para sentarla en firme, la razón que 
nos lleva á incluir en una historia déla propiedad comunal, las comu- 
nidades de siervos, aunque no todas procedan de otras anteriores autó- 
nomas que el feudalismo redujo á servidumbre. 

El Duque d* Argyll reproduce los argumentos de Fustel, á propó- 
sito de Escocia. «Debe recordarse siempre — dice (2)— que el modo cómo 
se usa de la tierra con respecto á la agricultura, es asunto enteramente 
distinto de la forma jurídica en que se goza. El método de aprovecha- 
miento es una cosa; el principio ó condición de la posesión, otra muy 
diversa; y es grave error de pensamiento confundirlas. Vestigios, re- 
cuerdos y supervivencias en abundancia, muestran que grandes exten- 
siones de terreno, fueron, en algún tiempo, disfrutados en común por 



(1) Para esclarecer el cpnoepto total, transcribimos esta otra clasificación 
qne paede hacerse: a) Comunidad originaria sobre la base del parentespo di. 
recto y real (familiar).— b) Comanidad originaria de la marX; antigua (clan- tri- 
bu) convertida en manoVj ó subsistiendo al lado del señorío con mayor ó menor 
independencia, según un sistema variadísimo de relaciones: ya sobre la base 
atenuada del parentesco amplio, ya sobre la territorialidad jurisdiccional, y 
en su grado superior con un carácter independiente (municipios y comunida* 
des autónomas).— cj Comunidad de siervos t creada por las circunstancias, 
ya luego de las donaciones de los señores, por iniciativa de los siervos mis- 
mos, ya provocadas con intención rentística por aquéllos, ya, en fin, por de- 
generación de las precedentes, mediante la invasión de los señores ó la ce- 
sión recomendada. Algunas veces tienen el parentesco por base (Costumbres, 228. 

.Coquille, 230).— cZ; Religiosas é industriales, de nueva creación. -*e) Comunidad 
en el matrimonio . 

(2) ob. cit., I, p&g. ee. 



180 HtSTORIA DB LA PROPIEDAD COMUNAL 

muchos hombres, y de esto se ha querido deducir que la propiedad no 
pmdo pertenecer á un individuo. Pero esto es completamente erróneo. 
8i la propiedad en el pleno sentido no hubiese pertenecido á individuos 
en aquellas épocas, los usufructuarios en común no la hubieran disfru- 
tado mucho tiempo. Sobraban hombres dispuestos á apoderarse de ella 
al primer descuido, si no hubiera estado protegida por el poderoso jefe 
ó barón que tenia el interés de la propiedad exclusiva, para afirmarla y 
sostenerla... Pero el uso comunal fpromiscuous) dé aquellas tierras entre 
sus locatarios y adheridos, era una necesidad provebiente de la natura- 
leza de las cosas. Tierras incultas y baldías, bosques y pantanos, sólo 
podían usarse por una colectividad, aunque el propietario fuese uno 
solo. Semejantes tierras sólo servían para pastos y caza, y como no 
había en ellas cierres ó divisiones de ningún género, los individuos no 
podían tomar para su ganado parcelas separadas. En este sentido, y 
sólo en él, eran usadas en común.3> 

Dos cosas hay que rectificar en este pasaje. Es la una, la forma y 
origen atribuido á las comunidades, que ni siempre fueron dependien- 
tes de un señor, ni puramente pecuarias. No tenemos para qué insistir 
en demostrarlo, porque la lectura de todo lo que antecede basta para 
ello. La suposición de que es preciso el poder de un propietario indi- 
vidual poderoso para sostener el disfrute en común de un grupo, no 
puede tener valor alguno en general, y aun referida á la época anár- 
quica del feudalismo, se ve contradicha por ejemplos de comunidades 
que fueron bastante fuertes para sostener su independencia y su dere- 
cho. Con relación á otras épocas, la regla general es que el grupo se de- 
fienda por sí, como una entidad colectiva: no pudiendo afirmarse que 
tiene más fuerza un solo hombre, ni más interés en su propiedad, que 
una reunión de ellos, cuando el lazo es poderoso como lo era y lo es 
hoy en las tribus y clanes, allá donde subsisten. 

Otra apreciación hay qué rectificar, aunque no se declare explícita 
en lo copiado. La diferencia que el duque d'Argyll nota entre la forma 
agrícola de un aprovechamiento y su* valor jurídico, parece sentenciar . 
en contra de la inclusión de las comunidades serviles ó dependientes, 
en la historia de la propiedad comunal; y aun supone que sólo en aque* 
Ha forma ha existido el uso común de las tierras. Esta segqnda propo- 
sición, ni aun referida especialmente al período de que el autor habla, 
es enteramente cierta: y absolutamente errónea si quiere aplicarse á la 
vida total de las comunidades. La primera se funda en igual principio 
que el de la análoga afirmación de Fustel. Si las comunidades serviles 
no tienen el dominio ó la propiedad plena de las tierras que usufruc- 
túan comunalmente, no por esto han de ser excluidas de la presente 
Historia; puesto que no es lo vox^mo propiedad que dominio^ ni supone 



BL FEUDALISMO BüBOFEO 181 

éste la única forma jurídica de aquella relación natural, sino una for- 
má absoluta ó exclnsiva á qne dio sanción el derecho romano, y en la 
cnal se define la plenitud del poder de una persona, con exclusión de 
todas las demás, sobre la disposición y aprovechamiento de una cosa, 
diferenciándolo dé los que se ba llamado derechos reales (1). Hablan- 
do de este último punto, indica el Sr. Azcárate la distinción que debe 
hacerse: cBl se diese al término propiedad un sentido genérico, y al de 
dominio uiio específico, entendiendo por aquél todas las relaciones jw 
ndicas de esta naturaleza, lo mismo la totalidad de ellas que cada una 
en particular, y por éste, el conjunto de ellas, cuando está indiviso, 
no se supondría esa oposición esencial entre el dominio y los demás 
derechos reales.' Y de hecho, ¿acaso hay menos propiedad, en un usu- 
fructo, por parte del usufructuario que del duefío directo? Así, aunque 
pueda contestarse que la voz dominio se aplique á ^a relación del 
hombre con las cosas en la que el poder de aquél no sea sumo y pleno^ 
¿omo se hizo en la terminología medieval, con las frases dominio di- 
recto y útil, — no cabe negar que cuando el duefío carece de la percep- 
ción de frutos de su tierra, v. gr., cexiste, sin embargo, una relacióh 
jurídica del hombre con las cosas, especial y distinta, tanto del domi- 
nio, porque no la constituye esa exclusiva plenitud de facultades, como 
de todos los otros aspectos ó varias relaciones de derecho del hombre 
con la Naturaleza; por ejemplo, las que muestran los llamadoÉi dere* 
chos de servidumbre, censo, hipoteca, etc., á las cuales, no sin razón, 
fie quiere ofrecer bajo el nombre genérico de propiedad^ (2). 

Para la relación económica y natural, que es la base y razón del ds' 
recho de propiedad, no es preciso que éste comprenda el todo de las 
facultades posibles sobre una cosa, porqUe tampoco necesitan siempre 
los hombres de todas ellas , para el efecto de las exigencias de su 
vida, agotando en cada caso las utilidades: sino que, por el contrario, 
cada persona hállase en particular situación, en la cual sólo nece- 
sita ó le es posible aprovechar materialmente, una utilidad determi- 
nada de las cosas, y á éstas se cifie, sin que pueda negarse á tal 
relación jurídica el notnbre de propiedad; de igual modo,xen la división 
de derechos que supone el colonato y la servidumbre de la gleba 
(caso aparte de los abusos en que se desconoce el derecho de los 
inferiores), en la cual, ni el dueño podría por sí sacar el aprovecha- 
miento á sus tierras — y se ve, pues, precisado á entregarlas á 



<1) Cód. de Jaitiniano, 1. 21, tit. 86, lib. «.o-Partida HI, L l.^ tit. 2B..Código 
cítU francés, art. 614.— Cód. esp., art. 848. 

(2) Sánchez Bom&^, Ettitdios de ampUaet(fn del Derecho eiffil, n, p4g. 886.— 
Granada, 1860. 



182 HISTORIA DE LA PROPIEDAD COMUNAL 

otros, — ni éstos, por no tener la libre disposición de la cosa, son me- 
nos propietarios de los frutos (1) (salvo el canon qne han de rendir al 
señor), y sobre ellos pneden establecer todas las formas jurídicas de 
goce. La tendencia, ciertamente, es á qne desaparezcan estas divisio- 
nes, atribuyendo á una sola persona todo el poáet— dominio — sobre la 
propiedad: pero adviértase que esta concurrencia no es á favor del due- 
ño del dominio directo, sino precisamente á favor de los que poseen el 
dominio útil, es decir, de los qué trabajan la tierra, como demuestra 
toda la historia, y especialmente en este período, con la extensa lista 
de alzamientos y peticiones de la clase labradoia. De manera, que la ca- 
racterística de la evolución es conceder más importancia ante el de- 
recho á los cultivadores, siervos ó colonos, que al mal llamado, por 
antonomasia, propietario ó señor. Tanto es así, que la posesión de los 
colonos y sier^^, que primero fué temporal, se convierte pronto en 
perpetua y hereditaria, como se deduce del Polyptico de S. Germain- 
des-Prés, y al fin en una especie de propiedad únicamente sujeta al 
pago de un canon y al reconocimiento de la jurisdicción señorial. Los 
colonos, especialmente, poseían á título perpetuo y hereditario la tierra 
colonial, y además gozaban de otros bienes en propiedad exclusiva (2). 
Así puede decir M. Guérard que da posesión se convirtió en propiedad 
en manos ^de los siervos cultivadores, cómo en la de los beneficiarios: 
el simple censatario se hizo dueño de la tierra, á la vez qué los funcio<- 
narios reales se apropiaban los honores y beneficios del rey.;., y dé sim- 
ples poseedores que eran antes, se hallaron siendo en el siglo x verda- 
deros propietarios. A partir de esta época, las cartas y demás docu- 
mentos peñalan upa gran revolución, tanto en las clases bajas como en 
las más altas... La propiedad de su campo no le era disputada al villano 
que la había conquistado definitivamente: en adelante no tendrá que 
luchar por la propiedad, sino por la franquicia y la independencia de 
Butierra.» 

De igual modo, los censatarios que menciona el Código de las C7o»-. 
twnhrea de Tortosa, eran, á pesar de los derechos feudales, ^verdaderos 
dueños útiles3> con facultad de dejar por herencia, etc. (3)." Véase, des- 
pués de esto, si hay razón para incluí^ en nuestra Historia, aún en el 
período del feudalismo, las comunidades serviles. 



(1) Hemos de ver, en repetidos ejemplos, que la propiedad de los onltivado- 
. Yes->& pesar de los derechos feudales,— era m&s extensa que lo que pudiera 

duponerse. * 

(2) Polyptico del abad Irminon. 

(8) B. Oliver, mttoria átl Derecho en Oatáluíích MáUarca y Valencia, U, p. i90. 
Madrid, 187a 



00HUKIBADB8 DE HOMBRBB L1BBB8 188 



Il.-^Comunidades de hombres libresw 

1. Familiares. — Las comunidades familiares del feudalismo coq- 
servan mucho el tipo arcaico. Están constituidas, como antes, por la 
reunión de los parientes que reconocen un tronco común (la familia ex- 
tensa), en un grupo cuyos elementos son: casa y mesa comunes, dis- 
frute igual de la propiedad, trabajo en común y administración por 
una especie de intendente, unas reces el de más edad (costa de Orleans), 
otras, elegido sin atender á esta circunstancia, y con una organización 
que transciende á la vida toda, en una intimidad de hogar edificante, 
cuyo tipo más perfecto e? la zadruga eslava. 

Con estos caracteres generales aparecen (lo mismo las libres que 
las serviles, ó de colonos ó coUiberW en Francia, en el departamento 
de la Niévre, según M. Dupin (1), en Auvernia, según ILegrand, ei^La- 
vedan, según Le Play, en el Jura, en Italia, en cierto modo en Irlanda, 
etcétera (2). Dentro de esta fórmula general, hay varios matices, des- 
de el más puro y concordante con la significación de estas comunida- 
des, hasta una forma que declina y se pierde en otra cuyo principio 
es distinto; es decir, desde un primer grado, en que el fundamento de 
la parentela es vigoroso y único, hasta aquel en que se relaja y origina 
una comunidad fuera de los límites de la familia. 

En la forma más pura, se ofrecen con estos caracteres: para no in- 
troducir elementos extraños en la comunidad, los casamientos se hacen 
entre parientes', cuando no, la mujer que se casa con un extraño, sale 
de la comunidad recibiendo una dote, pero perdiendo todos los dere- 
chos que en la propiedad común pudiera tener. Asi puede decir M. Du- 
pin, que cía comunidad no cuenta como miembros efectivos más que á 
los varones^. Las mujeres extrañas, que entran en la familia por casa- 
miento, no adquieren en ella derecho alguno; sus dotes, pues, no se 
confunden con los bienes comunales. — Como resultado de la comuni- 
dad, no hay derecho hereditario; el muerto nada deja: sólo es un miem- 
bro, un usufructuario de menos; el fondo de la comunidad sigue sien- 
do inalterablemente común. Es el mismo principio de la familia ger- 
mana, que, continuándose de generación en generación, en nada se 
altera por la muerte del jefe. Otro viene á ocupar su puesto, y sin ne- 



(1) MMne,AiWy<iM<.Laveleye,aBl,299,aAly9A2. 

(2) En los dominios de la abadia de St. Germain-des-Prés, también existie- 
ron. Los comentaristas del xt y xti hablan mnoho de ellas. Según Doniol» 
(BUU de9 éUuei rwralt$U 1m comunidades del Berry, Nivemais y Anvergne» 
fueron, en nn principio, de eoUfbtirtUi y lo mismo afirma Coqnille para las de 
Nivemais. 



184 HISTORIA DE LA PROPIEDAD COMUNAL 

cesidad de tradición, adquiere todoB los derechos del difanto y continúa 
su personalidad como representante de la familia, de lo qne se originó 
el axioma consuetudinario de la Edad Media: le mort saisi^ le idf 
son lioir. 

Respecto á la vida, la organización es casi totalmente como en la 
zadruzna 6 zadruga eslava. Un jefe, el ascendiente común ó el más an- 
ciano de todos, que se llama mayor ó chefdu chanteau en Francia; re- 
gitore en líalia (1), y una directora para los negocios interiores y las 
faenas mujeriegas (mayorissa, masaaraj. Según lá condición de los indi- 
yiduos, se reparten las faenas (Goquille) (2) enr una verdadera división 
cualitativa de trabajo común. Al describir Legrand las comunidades 
que aún en 1778 existían en las cercanías de Thiers (Áuvernia), marca 
estos mismos caracteres (señala el casamiento sin salir de la comuni- 
dad). Cita muchas familias y entre ellas la más antigua de Güitard, 
cnytí posesión se llamaba Finon. El jefe es el administrador general 
de la comunidad; está prohibido que sea de la misma rama que la ma- 
yorissa, y más aún que sean ambos marido y mujer. 

El trabajo, cuando su índole lo permite, se hace en coínún (3). Para 
la comida tienen una sala también común. Lo mismo señala Dupin 
para los Gault, de la Niévre, cuya sala tiene cuatro chimeneas grandes 
en los cuatro ángulos, para que estén todos reunidos, que es como ce- 
lebran las comidas y la oración de la noche. Algun&s veces se dedican, 
no sólo á la agricultura, sino á otras industrias, formando verdaderas 
comunidades industriales ó manufactureras. 

M. Le Play, en su libro sobre Uorganisation de la famille (vid. su 
examen por Baudrillart, en la Bev. des Deux Mondes^ Abril, 1872), á 
propósito de defender la organización comunal bajo la dirección de uno 
de los hijos, conservando así la familia, cita la existencia dé esta forma 
de origen antiguo, entre los naturales del'Lavedan, que colocan el pa- 
trimonio bajo la dirección de la hija mayor ^ establecen la comunidad de 
propiedad y habitación y se reparten el producto neto del trabajo co- 
mún. Incluye una biografía detallada y viva de una de las familias del 
Lavedan, los Melougas (cerca de Gauterets), haciendo notar el desastro- 
so efecto producido en ella por la ley de sucesión por partes iguales, vo- 
tada en Francia. 



(1) Componen las comunidades familiares italianas, como las f ranoesas, la 
reunión de varios matrimonios ó familias estrictas (ménagM), unidas por pa- 
rentesco.— Laveleye, C. XV. 

(2) Bs dudoso «i Coquille se refiere á estas comunidades, ó & las formadas 
por reunión de gentes extrañas entre sL Laveleye, 229. 

(8) Parece que este carácter lo ha perdido ya la zadruga eslava. 



COMUNIDADES DB HOMBRES LIBRES 185 

Del mismo tipo es la familia rural asturiana, sin dada muy exten- 
dida en esta Edad; y de fijo lo es la comunidad familiar pirenaica, de 
remoto origen, cnyá organización se halla consignada en los fueros. El 
Sr. Costa (1) y el Kev. W, Webster (2), han estudiado con gran copia 
de noticias, y con todo el sentido histórico qne es garantía de sas traba- 
jos, esta forma, tan interesante para nuestro derecho, de la vida comu- 
nal. Entra de lleno, como dice Mr. Webster, en lo que Maine llama 
house commumty: «la propiedad no pertenece á ningún miembro de la 
familia; pero el jefe ó el consejo de familia la dirigen para utilidad de 
todos, sin tener tampoco sobre ella un derecho absoluto. é individual.i» 
Al jefe, lo elige el consejo de familia, aunque también el cabeza de 
ésta puede designar á su sucesor, ya entre sus hijos (sin distinción de 
sexos), ya entre los demás parientes ó los adoptados. Generalmente, 
recae la elección en el hijo mayor, y los demás viven bajo su dirección 
en vida común, que pueden romper para irse fuera á trabajar ó dedicar* 
se al comercio, sin que por esto pierdan el derecho de volver á entrar 
en la tierra; disposición que parece muy conveniente. 

• Gomo en algunas comunidades francesas, los que se casan fuera 
de la comunidad, salen de ella, recibiendo una dote proporcionada, 
«pero que no puede gravar la propiedad territorial de la comunidad^: 
tanto, qke generalmente no se da por completo, sino que se hipoteca 
m valor sobre los bienes de la casa en la cual los miembros de la coniuni- 
dad casados van á entrar^ y si mueren sin hijos, vuelve la dote á la fa- 
milia de origen. Pero como á la vez se admiten los bienes adquiridos^ for- 
mados por los peculios particulares que se procuran los individuos 
con su trabajo, sobve la base de donaciones' que les hacen el jefe ó el 
consejo de familia á cierta fecha de su edad (8), ai el producto del peculio 
es igual ó mayor qué el de la dote debida, no se da dote, y el exceso cede 
en provecho de la casa, sin que puedan aquéllos pedir nada. Por 
esto, generaln^ente, los menores se casan en la casa y los nuevos con* 
yuges entran en ella como miembros del consejo. Este es el que re- 
gula todo lo concerniente á la vida de la familia. Por de contado, no 
vale ninguna enajenación de propiedad hecha sin consentimiento de 
todos los derecho- habientes en ella. Es característica la presencia, en 
esta familia, de miembros en los (fue no concurre la relación de paren- 



0) Derecho cmauetu&inario del Alto ilra^^.— Madrid, 1880. 

(2) líotas grquéclóg. sobre la» costum, é inet. de la re§» pirendiea. En el BóteHn 
de la In», Ub^ números 217, 218 y eignientes. 

(S) Costa, loe. dt, p. 72. L» oondición de reversión de la dote se encuentra 
en machos ftieros de ambos lados de la cordillera, seg^n M. de Lagréze, La 
Navarre frangai»e,—Hi»t. du Droit dans les Pyrinées (citado por Webster). 



186 HI8TOBIA DE LA FBOPIEDAD COMUNAL 

tesco: son los donados ó adoptiyos, yindos ó célibes de avanzada edad, 
por lo g^eneral cpastores ó jorDaleros afectos á la casa, qne han llevado 
á ella BUS ahorros, son adoptados y tienen derecho á permanecer en 
ella, en enfermedad y salñd, recibiendo toda clase de cnidados..., con 
la sola obligación de trabajar para el provecho común... mientras sns 
faerzas se lo permitan» (1). 

Esta comunidad es el tipo que más se acerca á la famille-sottehe 
deseada por Le Play; es ié^éntica á la familia eslava, según observan 
Costa y Webster, y ha dejado (como dice este último escritor), profun- 
das huellas y sefiales de su influencia en los fueros de Aragón y en los 
de la Navarra española y francesa. Además de la región alto- aragonesa, 
en que se ha continuado hasta nuestros días, existia en Andorra (don- 
de sólo se dotaba á los hermanos cuando abandonaban la casa y cuidan- 
do de no tocar á los bienes hereditarios), en Bayona, Labourd, Sóle, 
láan Severo, Bigorra y en Gataltffía. Degeneración de este régimen, por 
el influjo del feudal (el principio de mayorazgatos), afírína Webster 
que es la triste suerte de los segundones de familia, que no sólo se ob- 
serva en la vertiente francesa del Pirineo, sino en nuestra patria. • 

Más bien debe verse el mayorazgo como una petrificación de la for- 
ma patriarca], cuyo objeto era mantener sin división el patrimonio de 
la familia. En la pirenaica — especialmente del Alto Aragón, que hemos 
descrito, — la elección de jefe solía recaer en el primogénito. Lo mismo 
sucedía en Cataluña y en la Navarra francesa, haciéndose legal la cos- 
tumbre en los fueros. Contra ella reaccionó el de Jaca, restableciendo 
la libertad de nombrar representante de la familia á cualquiera de los 
hijos, derecho que confirmó el Rey Alfonso en 1187, y que anticipa el 
Fuero Juzgo (2). Esta libertad pareció tan bien, que fué reclamada 
luego, igualmente, por los nobles aragoneses en 1807 y por los procu- 
radores de las ciudades en ISl^JSl expediente adoptado para modificar 
la primogenítura, consistió en dejar todos los bienes hereditarios ó la 
mayor parte (V4 en Cataluña), al hijo más capaz. Así se adoptó en Na* 
varra, Vizcaya y Aragón, atendiéndose en este último eon gran cuida- 
do á las condiciones de honradez, laboriosidad, etc., del candidato, quOt 
por lo común, elegían los padres mismos: en su defecto, hacíalo, según 
hemos dicho, el consejo de familia, y así se indicaba y puede leerse en 
las capitulaciones matrimoniales del jefe. En Cataluña, se siguió más la 
primogenítura, y de ahí procede la institución del hereu, cuya odiosidad 
estriba, no en el hecho mismo de dejar á uno solo los bieües heredita- 
rios, costumbre cuya razón y origen ya hemos visto, sino, en la fatali- 



(1) W. WehBter.-Bolet, InsHt Líbrt, núm. 218, p&g. 78. 

(2) Leyes I.» y 2.*, tit. V, lib. IV. 



OOMÜI7IDADB8 DB HOMBRES LIBRES 187 

dad de la elección, qne si tuyo razones psicológicas, y tal yez religiosas, 
en un principio, olvidadas éstas por nn nuevo tipo de civilización, pa- 
rece desprovista de toda lógica y eqnidad, pnesto qne no puede saberse 
si el nombrado, por ser primogénito, reunirá ó no las debidas condicio- 
nes que los aragoneses exigían. Téngase en cuenta siempre que, como 
el heredero no lo es á titulo individua^ sino como representante y con- 
tinuador de la familia, pesa sobre él la obligación de <Keducar y asistir 
con todo lo necesario á la vida humana:» á Idh hermanos, mientras están 
solteros, con tal que trabajen para la casa, y si se casan fuera de ella, 
de dotarles segAn'el haber y poder de la misma, reservándoles, además, 
el derecho de volver á la casa para vivir, si lo necesitasen. 

El mismo sentido de conservación del patrimonio, tiene el princi- 
pio de troncalidad, general á toda la Península y unido á la prohibición 
de enajenar cierto fo'ndo de bienes. En el Pirineo se úianifíesta por la 
continuación de la casa ancestral (lar^ llar, la, Vaa) indivisa, en manos 
del hijo ó hija mayor, como mandan las Costumbres de Bayona, csin 
que se pueda enajenar ni dividir entre los.,hijos ni entre los parientes, 
como los otros bienes» (1). Su inviolabilidad, hija del carácter sagrado 
que tenía (apoyado á veces por un sacrificio humano, ó de animales (2), 
al fundar la casa), se halla establecida en distintos fueros navarros y 
vizcaínos, y en una disposición de las Cortes de León de 1188. "^ 

Este fondo no enajenable y vinculado en la familia, consta en el 
Fuero general de Navarra (3) de casa, era, campo, huerta y viña, y en 
el Fuero Viejo de Castilla se designa coa el nombre de buena (4), cuya 
extensión es análoga á la citada- Concuerda con la medida de cinco^ 
acres, vigente en la familia bretona, y se continúa simbólicamente, se- 
gún opina el <6r. Costa, en los cinco sueldos que en las Costumbres de 
Toulouse se reconocía á los hijos desheredados, como en Aragón; en 
los cinco sueldos y una robada de tierra en el monte del común, vi- 
gente en Navarra, y en el tanto de tierra del Fuero de Vizcaya. La 
prohibición de enajenar el heredamiento se repite en los fueros caste- 
llanos, y á ella se refiere una provisión del Eey D. Fernando, dada en 
Burgos en 1801 (5). 

£1 retracto y tai^teo de parientes, medida suplementaria que tiende 



' (1) OoutúmM de Bayonne (1873), oit. por Webster. 

(2) Un ejemplo fué hallado en una casa del siglo xivyen el valle de Aspe. La 
misma costnihbre, en Escocia, Gales y las islas de Ooeanla. Asi arrancan lof 
modernos derechos indÍTÍdaales de las costumbres y el sentido político y so* 
oial de nuestras clases populares. 

C^ Fuero,III, ao, c. 1. 

(i) Fuero Vi^o, lY, l.«, ley 10. Igual limitación en el Fuero de León. 

(5) CoUee. de docum. inídtL para la HUt. de EtpaHa,— Tomo 88.— Madrid, 1887. 



18S HISTORIA DE LA PROPIEDAD COMUNAL 

á hacer yolver los bienes de abolengo á las familias de que proceden, 
como el jubileo israelita, es también general en nuestras leyes de la 
Edad Media y alcanza á veces nn desarrollo extraordinario, ampliando 
el tiempo para ejercitar la acción á nn año y nn día. Los fueros se re- 
fieren nnas reces al retracto y otras veces al tarUeo^ según qne el dere- 
cho de preferencia se ejerce al tiempo de vender, en forma de ofreci- 
miento á los parientes, ó despnés de hecha la venta en forma de reivin- 
dicación familiar. Asi piAde verse en los fueros de Cuenca, Baeza, 
Zamora, Alcalá, Cáceres, Salamanca y otros; en las leyes 2.% 8.^ y 4.*, 
titulo I, lib. IV del Fuero Viejo, y la 13, tít. X, lib. III del Fuero 
Eeal. En el Ampurd^n se mantuvo por otros medios consuetudinarios. 

La troncalidad de la herencia consta en el Fuero de Salamanca, en 
estos términos: cFiio se morier erede su padre ó su madre; é después 
que morier el padre ó la madre, tórnese erencia á erencia é cuanto ganó 
remanezca á sus parientesi» (1). La troncalidad de la dote es costumbre 
en el Alto Aragón y rige en el somontano y pie de la Sierra, cuando 
muere intestado el cónyuge á quien pertenece la dote, regla aceptada 
por el Fuero (2). Otras veces, la devolución es forzosa en todos casos, y 
en la montaña se autoriza que sólo se devuelva una parte. El mismo 
principio en el Fuero Viejo, al tratar de las arras. La costumbre se ha 
mantenido hasta nuestros días en varios pueblos de Guadalajara, en 
Navarra y en Vizcaya. 

En Cataluña existía una forma especial de comunidad en la familia, 
que es la llamada comunidad del campo de Tarragona. Radica siempre 
en casa del padre, y sus condiciones generales no difieren de las que 
presenta la comunidad de Aragón (8). En el mismo tipo debe conside- 
rarse la llamada sociedad ó con^añia gallega, cuyo origen se desconoce, 
pero que debe reputarse practicada ya en esta época. 

Webster resume el estado de la propiedad para la región aragonesa, 
en la época que nos ocupa, según se desprende de los documentos, enu- 
merando del siguiente modo los sistemas de comunidad: I.^ «régimen 
de la comunidad de la casa, en que la propiedad no es completamente (?) 
/"individual, sino que pertenece á la familia entera; 2.®, aquel en que la 
casa, el lar, es como una cosa sagrada que pasa solamente á lo? mayo* 
res, varones ó hembras, pero que les pertenece en plena propiedad; ré- 
gimen que conduce por transición al que es general actualmente^ (4). 



(1) M I\iero de Salamanca, publicado por la Excma. Dipntaolón proyin- 
oial, GOXXin.— Madrid, 1877. 

(2) TI, fuer, di nteeüionibu9 abinteetaio» Parooa, 1811. 

(3) B. Oliver, Sutoria del Derecho en CataUMa, Mállorea y Valencia, lí, p. 881.— 
Madrid, 1878. 

(4) La antigua oomnnidad no snbBÍdte hoy más qne en las montafias del 



COMUNIDADES DE HOMBBBB LIBBES 189 

\ 

Como relajación también de la forma pura de la comunidad fami< 
liar (annqne no tan excesiva), aparecen en esta época comunidades 
sobre base predominantemente familiar, pero en las que se admiten ex- 
traños, como dice Brodeau que había en la Marche, donde la costum- 
bre autorizaba (clas comunidades y sociedades entre parientes y extra* 
ñosT^\ y esto es, afíade, crpara el sostenimiento de las familias^, que 
iban agotándose. El mismo tipo se observa en otros países, y en parte» 
este principio existía, como hemos visto, en la región pirenaica. Pes* 
de este momento, la comunidad se extiende y se convierte en sobre^ 
familiar, poco á poco, sustituyendo el lazo del territorio al de la pa- 
rentela. Es la evolución natural hacia un grupo más amplio. 

Eespecto al origen, Bonnemére las hace derivar del espíritu cris- 
tiano, como imitación de las comunidades religiosas, lo cual ya in- 
dicaba Dénisart en 1768. Doniol las hace un producto de los tiem- 
pos. Pero sin duda que, luego de lo que llevamos estudiado, no 
podri desconocerse ^ue son una continuación del segundo grupo de 
comunidades— las de familia bajo la de tribu, — que ya existían en- 
tre los germanos (1), con toda su solidaridad en \h venganza, el pago 
del wehrgeld,\& continuación, á la muerte deljefe, bajo la administra- 
ción del sucesor, etc. Demostración de este origen en las costum-- 
bres antiguas, es la comunidad de familia eslava que existe en esta 
edad con toda su pureza, organizada, al igual de las de Auvernia, 
con habitación común, comidas, veladas y rezos comunes, concesión 
de peculios, trabajo igualmente en común, etc., ofreciendo un elevado 
ejemplo económico, moral y social. 

Las consecuencias generales de esta comunidad familiar^ continua- 
ción de las arcaicas, eran: 1.°, la necesidad del permiso para las ventas 
de bienes del patrimonio; 2.®, los retractos y tanteos gentilicios; 3.^, la 
adquisición de la herencia, no por adición, sino ipeo facto, en virtud 
del derecho en el caudal, cuya propiedad continúa en la familia (le mort 
saisit le vif,..y, 4.^, la distinción perceptible de los bienes prap/oa (he- 
reditarios ó patrimoniales) y los adquiridos por la industria particular 
de los individuos, que tienen sobre ellos libertad de disposición. Así 
Dupin señala, como bienes indivisos, al hablar de las comunidades de 
la Niévre: 1.^, los bienes antiguos; 2.^, las adquisiciones hechas por 
cuenta común con las economías; 3.^, animales y muebles de toda 



Alto Aragón, en la zona comprendida entre las provinoiaa de Cataluña y Na« 
varra. Puede relacionarse la herencia del lar con la del t€tbaUo y armas del 
primogénito, en los deviseroB españoles. 

(1) Los titnlos de la oomnnidad de la Niévre, ^ne se remontan m&s allá 
del 1500, hablan de la oomanidad como de cosa inmemorial. 



190 HISTOBIA DB LA PROPIEDAD OOMimAL 

clase, elemento qne ee maj de notar, ppr la inclnsión de los muebles 
en el haber común; 4.^, la caja común; y además «cada uno tiene sn 
peculio, compuesto de la dote de su mujer y áe los bienes que ella 
recoge de la herencia de su madre, ó que ha adquirido por dona- 
ciones ó legados:». 

Lo que parece indudable es que este régimen aseguraba el bienes^ 
tar y la holgura á los aldeanos, que con él estaban, como dice Lave- 
leye, á un nivel superior al que alcanzaron bajo la monarquía centra- 
lizadora del siglo xvii. Alguien ha llamado á la Edad Media la época 
clásica de las comunidades familiares, y ciertamente que dice yerdad. 
Al lado del antiguo sentimiento del grupo, de las necesidades co- 
munes y la igualdad de derechos, se alza también en aquella edad 
el espíritu de asociación, que se fortificó en los municipios y en las 
ciudades libres con las asociaciones de o/icios, los gremios, y las corpo* 
raciones especiales, como los Minnesinger de Alemania. El hombre 
siente necesidad de acercarse al hombre y unirse para resistir á la 
opresión, á los yalvenes de la anarquía y á las dificultades de toda 
una civilización que oscuramente se iba rehaciendo para subir á ma- 
yor altura; y la familia es el grupo qae más natural y franco asilo 
da á estos sentimientos. 

2. Comunidad entre los esposos.— Independientemente de las 
comunidades familiares estudiadas, que se formaban por los proce- 
dentes de un tronco común (la parentela ó familia extensa) y que 
se manifestaban, ya v. gr. en las comunidades del Lavedan, ya sin esa 
determinación específica en los derechos de tanteo y retracto genti* 
licios, etc., se produce también comunidad de bienes en lar familia 
estricta (1), ó sea la personalidad constituida por los esposos para 
todos los fines de la vida y, como principal, el cuidado de los hi- 
jos y el sostenimiento de las cargas; hecho, que es efecto del pie de 
igualdad y consideración entre los esposos procedente de las cos- 
tumbres germanas, y tan opuesto á la división de haberes entre 
marido y mujer, ó. al predominio del marido y atribución absoluta 
que se hacía del caudal familiar — que son las dos direcciones del sis- 
tema romano. — Esta comunidad de bienes se muestra como un grado de 
progreso sobre el derecho de supervivencia que tenía la viuda en la 
propiedad del marido, derecho vigente en el primer período de la con- 
quista; y era, ya absoluta, ya relativa ó limitada (ésta, la más general). 



(1) La familia moderna: nueatro conoepto de la familia no pasa de ahi. Ef- 
tamoB jamny lejos de la eanoepción en qae se baeabí^ la familia troncal. 



OOMÜNIDADES ENTRE LOS ESPOSOS 191 

Tiene su forma, entre nosotros, en la institución nacional de los ga- 
Tianciales, Para otras naciones, véase lo dicho en el periodo anterior» 

Los ganancicUes están reconocidos y regulados en la época visigoda, 
según se ve en el Fuero Juzgo, estableciendo que á la disolución del 
matrimonio, se dividieran, no por mitad, según parece que una per* 
fecta comunidad pedia, sino á prorrata de lo por cada cónyuge apor- . 
tado. En los Fueros municipales, el sentido es más restrictivo y abso- 
luto, pues que la división se, hace por partes iguales. La forma más 
perfecta (ya que, tanto los Fueros munidpales como el Juzgo, limi- 
tan la clase de bienes que se ponen en común), es la consignada en el 
Fuero de Bailio, cuyo origen hoy se quiere remontar al derecho pri-^ 
mitivo celtibérico^ Según él, todos los bienes son comunes entre los 
esposos, y conforme á este derecho se siguieron los casamientos en 
Portugal y en parte de Apdalucía. 

Lo mismo consignaron las Costumbres XX y XXI del Código de 
Tortosa (siglo xiii), llamando á esta comunidad universal, migper mig 
(mitad por mitad). Entran en ella todos los bienes, exceptuándose sólo 
el lecho nupcial y los vestidos particulares de cada cónyuge. Lo mis- 
mo en Aragón, donde se conoció con el nombre áe pacto de hermandad. 
El principio de gananciales es también de Aragón (1), presentando 
nuestras legislaciones regionales una variedad riquísima en las formas 
de propiedad del caudal familiar, constituyendo infinitos grados de 
un mismo principio comunal, exigido por la significación j carácter 
que pide el matrimonio, que se constituye para la generación áe la fami- 
lia. El sentimiento de la solidaridad en ésta es tan vivo, que en el de* 
Techo aragonés produce una de las más hermosas manifestaciones con 
la comunidad seguida entre la viuda y los parientes del difunto (dere- 
cho que es también castellano), ó del viudo y la familia de su mujer 
premórtua, incluso mediando un segundo matrimonio: formas todas 
estas que subsisten, y que hemos de explicar detalladamente en la 
época moderna. Los gananciales en el derecho aragonés, tienen la 
particularidad de que un^s veces se dividen por mitad y (Mras en pro- 
porción al número de personas que haya en la casa al tiempo de la 
división. 

Los Fueros particulares de villa ó ciudad, admitían á la participa- 
ción de los gananciales no sólo á las mujeres casadas en matrimonio 
solemne, sino á las unidas en harragania y á yuras. El Fuero Eeal la 
limita á los matrimonios solemnes y acepta la división por mitad. A pe- . 
Bar de esta costumbre, las Partidas resucitan el sistema dotal romano. 



(1) Observano. 83 y 53. Hay comunidad oonsnetudinaria si no existen hijos. 



192 HISTORIA DB LA FÍLOFIBDAD COMUNAL 

combinado con el de parafernales, lo cual prodnjo infinidad de dndas y 
cnestiones jurídicas. 

Las Leyes del Estilo, Ordenanzas Beales y las de Toro, continúan 
la doctrina del Fuero Real (Ub. III, tit. ni). 

En la organización Cendal, el señor tenia cierta intervención y ge- 
rencia suprema en los bienes de la familia (1). 

8. Comunidades sobre-familiares.-— Eran estas comunidades 
propiamente, continuación del cantón ó tribu comunal de las épocas 
anteriores. La existencia general, reconocida en la época bárbara, de 
las comunidades antiguas, vino á perturbarse— como ya llevamos no- 
tado—por el desarrollo del feudalismo, mediante las concesiones de los 
reyes (los anglo* sajones, los francos, los normandos) á la nobleza gue- 
rrera, y las usurpaciones continuas y atribución de derechos de cada 
vez más absorbentes, délos señores, sobre la propiedad libre, realizando 
la evolución del township inglés en propiedad feudal, las depredaciones 
de Guillermo de Normandía, etc. 

Ko alcanzó, sin embargo, este yugo á todas partes, ni aun en aque- 
llas en que se marcó más, borró por completo el antiguo tégimen. 

De aquf que en esta época feudal se reconozcan las antiguas comu- 
nidades del grupo: 

1.^ Sin alteración alguna, con toda su independencia y constitución 
comunal (Dirtmarschen, v. gr.) (2). 

2.^ Cd| cierta dependencia del señor, bajo su derecho Supremo y 
eminente, pero no en servidumbre; ya en el caso del manor anglo-sajón, 
en que atribuyéndose el señor la propiedad de todo el terreno, quedan 
no obstante comunes entre él y el pueblo los bosques y pastos; ya en 
el caso de reversión de las tierras que el señor hace á los pueblos me- 
diante la imposición de ciertas cargas reales; ya por concesiones de los 
reyes. . 

Dentro de estas dos categorias generales, la comunidad es pura- 
mente rural, extendida en el campo y sin organización municipal, ó 
constituye un pueblo más ó menos independiente, creado á la sombra 
de un castillo ó de una iglesia, ó por fuero de población del rey — dando' 
lugar al movimiento municipal, las ciudades libres, etc., en que también 
se ven comunidades industriales— y alguna vez, reviste una forma re- 



(1) Vid. Azoárate, Ob, c<í.,n, 176-7. Para la comunidad, Fuero Beal, m, 6.S 9.* 

(2) Está tan arraigado el sentimiento de utilidad de la comunidad en los 
pueblos, que hasta el siglo xin en Alemania—según G-rimm— los que dejaban 
de labrar el suelo, entregándolo á la vegetación espontánea, k> perdían en fa- 
vor de la íjiorfc. 



COMUNIDADES SOBRE-FAMILIARES 198 

pnblicana, independiente del rey mismo. Además de esto, los nsos co- 
munistas se extendían á todo el territorio ocupado, ó se ceñían á los 
bosqnes, prados y montes. 

Por esta relación entre los señores y los propietarios, ^urgieron en 
la realidad misma de los hechos infinidad de dndas y de polémicas, to- 
cante: (a) al origen de los derechos sobre la tierra de los pueblos; (b) á su 
eztMisión y relaciones. De aquí las dos escuelas: 1.^, los feudiatas* 
(Henriot, Troploug, Balloz), que sostienen el derecho de los señores 
como peifecto, y legitima su adquisición de la tierra, que luego cedieron 
á los individuos ó á las corporaciones; 2.^ los contra- feudistas, que re* 
pugnan el derechodel señor como una usurpación, puesto que la pro* 
piedad de la tierra pertenecía al pueblo, comunidad antiquísima (Le- 
grand, 6alyaing, Imbert, Proudhon, Latruffe). Béchard, en su obra 
Derecho municipal en la antigüedad^ ocupa iodo un capítulo (el 8.^ del 
lib. X, págs. 447 á 49, especialmente) en el examen de estas disputas (1). 
Los defensores del derecho de los pueblos citan hechos y exponen 
razones muy convincentes. Por de pronto, está reconocida la existen- 
cia — aparte de las tierras concedidas por los señores—de propiedades 
libres de los pueblos, procedentes de la época galo- romana. Hablan de 
ellas Festo, Isidoro, Alciato, que les da el nombre de vinacalta, y 
Ageno ürbico, el cual dice que en Etruria se llamaban communalia^ 
y en algunas provincias, proindiviaa: señalando á la vez el hecho de que 
los poderosos usurpasen con frecuencia estas propiedades. Al sobreve- 
nir la conquista (2), los invasores dividieron la tierra común de las co- 
lonias y municipios romanos en tres clases ó partes: 1.^, una que se 
hizo tierra fiscal ó del soberano Y^ómonta/^y; 2.% otra que seconoe* 
dio á las iglesias, particulares y militares, pagando ciertas cargas. — 
Gran parte quedó indivisa entre los partidarios de las villas pequeñas 
(hourgades) que se establecieron sobre las ruinas de las ciudades anti- 
guas. Gomo prueba de esto, citan Thierry, hablando de Amiena en el si- 
glo XII, Berard, de Prumliaco y Ambert, de Arléa^ documentos en que 
se menciona la existencia de terrenos comunales municipcUea (8). El 
concejo de Metz (siglos xi y xii), ;poseía bienes comunales de antiguo 
origen. Muchas cartas existentes en los archivos de los pueblos del Sur 
de Francia, reconocen lo mismo; y desde luego, )a opinión de los auto- 
res meridionales, atribuye la propiedad de las tierras incultas al pueblo 



(1) A 1» fnndamental, que es la apuntada, ge nnian luego otras sobre si los 
derechos de los pueblos en los comunales cedidos eran de propiedad 6 de %no; 
si la vaine páture es facultad 6 derecho, etc. 

(2) Vid. periodo anterior. " 
(8) Béchard, II, Í55. 

18 



194 HIBTOEI\ DB LA PBOPIBDAD COMUÍTAL 

(Canceríus), y otros dicen qae bastaba que una comnnidad cortase leña 
en un bosque ó apacentase ganado, para ser presumida propietaria. Lo 
mismo vino á decir Covarrubias luego, y tanto él como Cancerius, en 
caso de conflicto de derechos entre el señor y los pueblos, se deciden 
por el derecho de éstos (1). 

La constante oposición entre estas dos entidades, forma el tasgo 
'saliente de la yida del pueblo rural en la Edad Media. El dualismo 
entre el municipio y el señor, existe por razón -de los bienes comuna- 
les, en primer término, á saber: los bosques, roturaciones, pastos, de- 
fensas, aguas, caminos y caza; y sobre esta base, el derecho rural se 
caracteriza teniendo por principio la libertad y por objeto la propiedad 
común (2). 

A esto se opone que la propiedad de los pueblos, así como su li- 
bertad,, en los últimos tiempos de Boma, eran ilusorias (8); á pesar de 
lo cual, no puede negarse que al ocurrir la invasión quedan siem- 
pre comunes los bosques y leñas (hoié et foreU)^ ya en propiedad, ya 
concediéndose ó. dejándose al pueblo sólo el uso. 

En el periodo Garloyingio (siglos viii á x), empiezan, según unos, 
las concesiones de uso hechas á las comunidades, ^a directamente 
(como las en favor de los españoles refugiados en los Pirineos), ya me- 
diante las iglesias y señoríos; lo cual indicaría un caso de origen de 
cierta propiedad comunal, pero que no es el de todos; y aun supone 
antes la existencia de esas mismas comunidades. 

La despoblación— dicen los feudistas— >fué causa de que los seño- 
res y las iglesias provocaran la repoblación y nacimiento de pueblos 
mediante las concesiones de tierras, lo cual es cierto para algunas re- 
giones (4). ¿Pero fué tan general como se quiere suponer, esta despo- 
blación? Comiéncese por recordar que el carácter de la conquista no 
fué igual en todos los países, y por esta razón, ni en todas partes se 
produjeron iguales efectos, ni en muchas de ellas se borró en grado 
notable la organización anterior: ejemplo, España. El error que más 
daño hizo en este punto, faé la atribución inmediata de la tierra con- 
quistada, al rey, cuyo derecho eminente, heredado en parte del de la 



(1) Béohard, loe. dt^i pág. 467; n.» IV del o. 90, H, lib. X. 

(2) A. Boators, Lea sourees du droit rur^al, eherehBes dañe Vhiatoire de» t 
naux et dea eomm«ne«.— Paris, 1866. 

(8) Vid. cap. I, III. 

(4) Ya hemos observado las relaoioneB del feudalismo con el cambio de 
asiento de la actividad social desde las ciudades á los campos, y las coloniza- 
ciones que se efectuaron por la misma causa. Las llevadas ¿ término por los 
monjes, especialmente, han sido demasiado repetidas y exageradas para que 
debamos insistir en ellas. 



COMUl^IDADEB BOBBB-FAMILIARSS 195 

tribu, en parte fayorecido por las ideas romanas, íe dio el de repar- 
tirla graciosamente entre sus guerreros y compañeros (yalyassores). 
Esta idea tuyo más arraigo que en parte alguna, en Inglaterra. 

Lo cierto es que las comunidades cantonales, municipales, etc., de 
esta época, aparecen en Alemania como procedentes directamente del 
Unonahip ú allmeinde antiguo; en Inglaterra, como efecto de la oonyer- 
Bión de la mark en manor (1), dentro del que se distinguen bien lo que 
Maine llama tenemmtal lands^ con cierta independencia del señor, y con- 
curriendo sus poseedores á la formapión del tribunal baranial: siendo la 
forma correspondiente!, en esta época, con las antiguas comunidades 
rurales, y mostrándose como «tierras de una clase que nunca dejó de 
ser libre, y que estaban diyididas y cultiyadas como la tierra arable 
del township germánico» (2). Dentro de la época feudal— dice Maine— 
aparece la tierra ocupada por distintas sociedades, que eran ó fueron 
eñ algún tiempo €un conjunto compacto y orgánico de hombrea, ocu- 
pantes de una determinada área de tierral» <, pero que se diferencian 
de las coúiunidades primitiyas en que sostienen yaríadas y subordi- 
nadas relaciones con un jefe feudal; este es el grupo que llamamos 
cmanorial» (manor). En él se distinguen dos clases: (a) una oonstí- 
túida por cierto número de personas que poseen tierra del iefíor, libre 
de derechos señoriales {free tenures); (b) otra de personas que poseen la 
tierra con sistemas que son, ó muestran baber sido en su origen, servU 
les. La autoridad del señor se ejerce sobre ambas clases, aunque en 
modo diferente, á trayés de un- tribunal peculiar, de que ya hemos ha- 
blado (8). Las tierras lleyadas en el primer sistema, son las que se lla- 
man tenemental (de ténement, — heredad dependiente de un feudo). Las 
segundas constituyen el dominio del señor. 

. Respecto al origen — añade Maine— unas propiedades yienen de las 
concesiones reales y otras del tránsito lento y general desde la organiza- 
ción de la comunidad rural {mllage group), al manor (4). Lo importante 
es dejar en claro que la tenemerUal land corresponde á la antigua co- 
munidad libre, y que en ella se siguen las mismas reglas consuetudina- 
rias de cultura, con la diyisión en lotes, etc. (5). 

Fustel insiste, sin embargo, en su opinión de que. todos los bienes 
comunes de los pueblos proceden de concesiones señoriales. Las prue- 
bas que ofrece para esto, se reducen á un acta de 863, de la cual resulta 



(1) Vid. núm. I de este período. 

(9) FiUog. comm., 187. 

(8) Núm. I. de este período. 

(4) VÍUag.e<mm.,196. 

(6) Id.id.,íSn, 



196 HISTORIA DE LA PBOPIBDAD COMUNAL 

qne el dueño de nnas^tierras ha concedido su uso común al pueblo, 
caso nada raro en verdad, pero que no bastaría, ni junto con otros 
muchos, para autorizar la ley general que el autor quiere deducir; toda 
Tez que, en no pocos ejemplos de tierras comunes de vecinos, la conce- 
sión de un señor no aparece en forma alguna, como veremos. Otras 
actas que aduce Fnstel, van más allá, puesto que exigen un precio por 
la cesión (1); lo cual, ni prueba la legitimidad del derecho anterior que 
se cede, ni puede equipararse á los verdaderos casos de comunales dd 
pueblos. Más fuerza tienen los d^ocumentos en que directamente se 
habla de estos bienes (cammunia)^ como son un diploma merovingio 
de 687, las Cartas del Cartulario de Saint Bertin (s. vin) y varias tro* 
didones (actas del siglo viii al xiii). En todos ellos, aparecen los com^ 
munia referidos, como terrenos de un propietario que los deja al uso 
común, pero que no entiende ceder^su dominio: ya que puede vender- 
los, etc., derecho que consta en una de las actas (2). La confírmacióa 
de estos datos, que debemos recoger dándoles todo el valor que tienen, 
supone la destrucción de lá teoría radical que da á todos los comunales 
de pueblos en la Edad Media, el origen arcaico de una comunidad de 
tribu anterior: sentido en el cual escribió Maurer sus libros (8); pero 
no llega á k^rrar el valor de otros documentos en que aparecen aque- 
llos bienes como independientes y anteriores á toda concesión particu- 
lar, confirmando asi una de las características de esta época, que es la 
variedad local de derechos; y juntamente, la necesidad de no elevarse á 
teorías generales sin conocer todos los datos concernientes á un asun- 
to, ni dar á unos pocos hechos la transcendencia de una regla común; 
sin que por ello pierdan el valor que como tales hechos reales tienen, 
en muestra de un estado social de que son efecto. 

Como prueba de ello, debe hacerse constar que en Francia, si la 
invasión destruyó la casi totalidad de las comunidades antiguas, que- 
daron algunas y nacieron luego otras, y á los municipios siempre se les 
reconocieron bienes comunes (á). 

En España, del reparto de la conquista, quedan en común los bos- 
ques y montes, género de comunidad que desaparece en el tetreno 
ocupado por los árabes y reaparece en la Reconquista, en virtud de las 
concesiones que los reyes hacen á los pueblos , de ejidos , montes, 



(1) Yéaae la Coleooión de Laoomblet, II, pág. 42. 

(2) Fastel, art. oit. de la Stv, de quesL hUtor.t pág. 378. 

(8) Especiales á este panto, además de los citados, son: BUtoria de la» po§e» 
tionés serviles, de aldeano» y de la constitución señorial en ^2cf?uim'a.~1862-68, 4 vo- 
lúmenes; Oe»chichte der Dorfeverfa»»ung in DetteMAtan^.— 1866-66, 2 yol8.~Su 
teoría es qne las aldeas {Proceden de la antigua mark. 

(4) Vid. Laveleye, 8S2 nota, 336 y 829. Leyes Bargondias. 



' OOMUFIDADBB BOBRE FAMILlABES 197 

bosqneB, terrenospara fomentar la repoblación (Cartas pneblas, Fne- 
tos). Pero de esto mismo se desprende qne, donde no fneron destmfdas 
aquellas comunidades, habian de continuar. En general, siguió el de- 
recbo sobre los bosques, y el de pastos, aun sobre las fincas priradas, 
mediante las derrotaSi j en el segundo pelo de los prados (1). 
De modo, que podemos asegurar: 

1.^ Que en su mayor parte, las comunidades rurales de esta edad 
0on continuación de las antiguas, ya con independencia absoluta, ya 
con ciertas relaciones que las unen ál sefior feudal. 

2.® Que, no obstante, nacen otras por concesiones del rey y de Jos 
jefes feudales. Los reyes fomentaron especialmente el nacimiento de 
los pueblos libres de señorío (comunes- reiJengos), independientes como 
municipios. 



Aparte de los datos de carácter general que llevamos apuntados, y 
que indican la existencia anterior al feudalismo de propiedades comu- 
nales de los pueblos, y el proceso de desenvolvimiento del poder feu- 
dal qué iba usurpando en mucbas partes estos bienes (2) — como Gui- 
llermo el Bastardo en Normandia, el Duque de Retz en Nantes, los 
normandos en Inglaterra— y reduciendo á dependencia y aun á servi- 
dumbre á los miembros de las comunidades: lo cual, se contrarrestal)a 
por el nacimiento^ precisamente en la misma época, de pueblos libres, 
nacidos al impulso de las fuerzas combinadas de la clase media y de los 
reyes, que persiguieron con ello varios fines; aparte de esto, que es el 
becbo general, expondreo^os el estado de las comunidades más notables, 
entre las mucbas que subsistieron ó bubieron de crearse. 

Comunidad de Ditmarsehen (Holstein). — Comprendia cuatro dis» 
tritos unidos por federación que regía un consejo compuesto de 48 
consejeros, teniendo 12 cada parte. «Garlomagno — dice Laveleye^ 
babfa constituido el pais en un gau ó^distrito,' llamado <£communita8 
terre tbetmarsiae» (8). Un cronista del xiv dice, que vivían «sin señor . 



(1) Asoirate,n, 88-90. 

Oi) A veoes robaban los titalos ó los falsificaban, como indica la Ordenansa 
de 1679 (C&rdenas, ob, eit., 1, 188). Asi llegaron á acaparar grandes dominios y 
á convertir comunidades libres en atrvÜeSt como veremos lY|ego.->8dto una ne- 
cesidad imprescindible de vida, sustrae al poder de los señores, según la opi- 
nión general de los jurisconsultos, las fuentes, manantiales y riachuelos naoi» 
dos en terreno de nn pueblo. La raión es cpara no privarles de agua» y que no 
mueran de sed los vecinos . 

(d) Laveleye, XX. Eran comunidades de alodios ó propiedades Ubres qu* 



198 HISTORIA BB LA PROPIEDAD COMUKAL 

7 sin jefe, y que hacían lo que qnerfan». Igual era la de Westterwold, 
que tenía BQ sello y nombraba sns consejeros y jnez, la de Delbrück, la 
de Drenthe en Neerlanda y otras. 

El Talle de Bcbwitz (Bniza), formaba nna marca en qne se consti- 
tuyeron infinidad de comunidades rurales, como pasaba en üri y Un* 
terwalden. Be diyidió, andando el tiempo, en cuatro distritos que se 
gobernaban propia y libremente, existiendo además la asamblea general 
del Talle (Landesgemeinde), que administraba y Tigilaba el uso común 
de pastos y bosques y demás intereses de la. comunidad (áLlmmd), La 
constitución en allmend (cosa de todos) ó propiedad común, era general, 
como lo atestiguan los reglamentos y decisiones jurídicas de las dÍTersas 
marcas, que ba dado á conocer Heusler, y de los cuales el de Buonchs 
se remonta al siglo xit, suponiendo siempre la existencia anterior con- 
suetudinaria del mismo estado de cosas. La forma del allfhend es aná- 
loga á la de township, es el mismo township que se ba perpetuado en el 
orden de la propiedad y de la política, basta nuestros días. Los ele- 
mentos son iguales, y á su origen y TÍda independiente Tan unidas las 
más hermosas tradiciones,^una}de eUas referente á cierta cuestión de li- 
mites que repite, con ligeras Tariantes, la del sacrificio patriótico de los 
áo^ filenos^ que corresponde á los primeros tiempos de la Bepública de 
Cartago. 

VuelTe á repetirse aquí la discusión sobre el ongen de los bienes de 
uso común. El allmend^ tal como hoy existe y desde hace larga fecha, 
es el terreno comunal de un pueblo ó de un Talle, disfrutado en pleno 
derecho por los Tecinos y consistente en bosques y pastos. Fustel pre- 
tende que su origen son las concesiones de los propietarios particulares 
á sus colonos y sierTOS; y partiendo del hecho general de que el allmend 
no aparece con esta designación y con el carácter de común, hasta el 
siglo XII, cita Tarios documentos en apoyo de su tesis. Es uno el acta 
de 1150 ya mencionada, que se refiere á un bosque común entre aldea- 
nos de una localidad. Estos aldeanos son libres; pero antes habían sido 
colonos, sierros y Tíllanos de un señor, el cual, por el cambio de con- 
dición no había renunciado á todos sus derechos, sino que continúa su 
participación en el allmend de aquéllos, constituido sobre tierras de 
su fundo particular. Lo mismo resulta de otras actas, una de ellas de 
687, que habla de tierras comunales pertenecientes á una y^U^ 7 dis- 
frutadas por concesión del propietario. La pertenencia de una viUa ó 
fundo, resulta clara; pero no tanto que la comunidad sea efecto de 



goiaban por rasón de iti oondioión, y de la lubordinaolón qne en aquella épooa 
tiene el organismo politioo al económioo, de nna independencia eaii abeolnta, 
pneito qne la/NHtdiedofiol respecto al rey era muy dndosa. 



C0MUN1DAI>B8 60BBB-FAMILIABB8 199 

una concesión, sin precedente de derecho alguno. Pnede suponerse, por 
el contrario, como sucediaen Escocia (1) con la .organización de los 
pastos dependientes de los monasterios,— cuyo uso común á favor de 
los arrendatarios era tan absoluto, que no admitían al señor como par- 
ticipe, á no reservarse este derecho de un modo especial, en el con* 
trato— que aquellas comunidades no eran concesiones, como los otorga- 
mientos de libertad política en los primeros sistemas constitucionales, 
sino reconocimiento de un derecho anterior, como en buena doctrina 
democrática. 

Aun en el caso en que se demostrara, uno por uno, que todos los 
casos de comunidad de tierras de los pueblos, en Suiza (porque en 
otras partes, es bien cierto que muchos proceden de la época romana ó 
de la población indígena), tenían por base uni^ concesión, la única varie- 
dad que esto introduciría en la historiar sería la calificación de servilea, 
que en principio convendría á las comunidades llamadas allmend; pero 
sin que desvirtuase en lo más mínimo e\ valor de este ejemplo como 
prueba de la tradición general en favor de aquel régimen, ni la impor- 
tancia de su mantenimiento desde que los aldeanos fueron libres, hasta 
nuestros días. 

En Francia, además de las citadas, en el Delfínado y Franco- Con- 
dado había comunidades de labradores que conservaban sus franquicias 
alodiales y su completa independencia. Bonnemére cita el caso de 
r Alien (Artois), cuyos miembros aún se negaron en 1706 á pagar las 
contribuciones impuestas, alegando sus franquicias. En los dominios 
de k abadía de Baint-Germain-des-Frés, según el Polyptico de Irmi- 
non, había una asociación de tres familias de colonos que cultivaban 
cierta extensión de terreno (2). 

La comunidad irlandesa (clan), debe considerarse como una de las 
que más firmemente se fundan en el parentesco, que era la razón de 
la tribu (8). El conjunto del territorio se dividía en dos partes, una 
distribuida en parcelas, de que disfrutaban los grupos inferiores, y otra . 
no apropiada, que quedaba en común. Sobre esta segunda, todavía se 
concedían ocupaciones temporales á individuos venidos de fuera y 
unidos por contrato á la tribu. Se distinguía, en las parcelas del terreno 
apropiado, la reservada al jefe, que se hacía hereditaria en el cargo. 



(1) Da^ae d'Argyll, 0&. ele. 

(S) Laveleye, aaá, notft. 

(8) Es natural, paesto que la tribu al fin se habla formado por la dilatación 
da una familia primitiva, y por mucho tiempo conservó el recuerdo de su 
origen. 



200 HIBTOBIA DE LA PBOPIBDAD COKÜKAL 

Había también ocupaciones de la tierra inculta, verificadas , ya por 
miembros de la tribu,- ya por siervos refugiados (1). 

Con el tiempo, sncedió que, por el proceso natural á que empujaban 
las fuerzas que entonces empezaban á trabajar la historia, siguiencíola 
linea de etolución que llevaba desde un principio la civilización euro* 
pea, muchas de las antiguas marcas y domunidades, concentrando sti 
población y caracterizándose administrativamente bajo el total régimen 
jurídico que reinaba, constituyeron los pueblos, concejos, comunes ó 
municipios: cuya historia, con la de las ciudades libres creadas sobré 
las ruinas de las antiguas ó sobre la base de una primitiva población 
rural, es tan interesante en la Edad Media. Debieron no .pocas veces 
su origen j unos y otras, á las concesiones reales, recibiendo en muchos 
casos protección decidida, aupque interesada, de la monarquía, allá 
donde la monarquía tenía fuerz» y había empezado á sentir sa misión 
histórica; otras veces, procedieron de la fuerza expansiva, liberal, re- 
volucionaria—como todo elemento que viene á la vida— de laclase me- 
dia, entonces naciente. 

Hay una diferencia notable en el carácter y sentido, entre los mu- 
nicipios rurales entonces creados, y las ciudades, especialmente las 
ciudades libres alemanas y las italianas; porque desde un principio ha 
sido diferencia fundamental la del campo respecto á la vida de ciu- 
dad (2), y lo es hoy, manifestándose en todos los órdenes, desde el ca* 
rácter del obrero y sus condicionéis morales y económicas en ambas es- 
feras, hasta la aplicación y adecuidad del régimen comunal: bien clara- 
mente demostrada, esta última diferencia, en los desgraciados ensayos 
del comunismo revolucionario. Muy pronto estuvieron las ciudades, y 
en general todo grupo áe población urbanizada, á larga distancia en 
ideas, en tendencias, en sentimientos, de la tradición de que partían; 
los grupos rurales se conservaron fieles á sus costumbres tradicionales 
y á su modo de ser, tan perfectamente conservado en muchos países. 

Casi todos los municipios rurales de las regiones que. tenían un po- 
der real que iba formando su unidad política—además, por supuesto, 
de los que se gobernaban por sí, como Suiza, Italia en parte, algunas 
regiones de lo que hoy son Holanda y Alemania del Sur,— poseían, 
ora su propiedad comunal, ora bienes especiales, cuyo disfrute en co- 
mún para los habitantes ó vecinos del pueblo. 



(1) Vid. Oomanidades de siervos. 

(2) Además, la emancipación feudal de los campesinos se prodnoe algo más 
tarde que la de las ciudades. El moTimiento general empiesBa A ser importante 
en el siglo zii. Bn el xm se forma la liga anseática, y en el xrv comieiuia la 
emancipación de los campesinos en Francia.. 



OOMT7RIDADB8 80BBE- FAMILIABBS S^l 

■ — t. ^ . I . , ■ . 

Laveleye estudia los de Francia y Bélgica, sefialando en aquéllos 
todas las vicisitudes qne Ueyamos notadas, las usurpaciones de los se' 
fíores que, ora forzaban á los pueblos á que les vendiesen sus bienes, 
salvo no satisfacer luego el precio, ora se aprovechaban de la necesi^ 
dad de enajenar en que se veían á veces éstos, abrumados de impuestos 
y deudas: arbitrariedades é injusticias á todas las cuales se opuso des- 
pués el poder real, protegiendo con disposiciones continuas el derecho 
de los pueblos. En Bélgica cita Laveleye las comunidades de Ter* 
monde, San Bavon y el Bou del ducado de Bouillon, la segunda con 
un marcado sentido familiar, fundándose en mucho sobre el parentes- 
co: como lo demuestra la regla que hoy la mantiene, según la cual, 
para disfrutar el derecho de pastos, hay que probar que se procede de 
una de las familias que en 1578 tenian tal derecho, cosa parecida á lo 
que ha regido, y aún rige, en parte, en Buiza (1). 

En todos estos concejos, municipios ó pueblos, el derecho común 
de pastos era general, recayendo, en muchos sitios, hasta sobre las fin- 
cas cerradas; en otros, exceptuándose éstas del uso, pero no permitien- 
do á cada propietario que cerrase más que una parte de su propiedad, 
para evitar que, comprendiendo el cierre á toda ella, se hiciere ilusorio 
aquel derecho común. En Francia, este disfrute de pastos, llamado vatn« 
paiure, estaba muy extendido, y se restringían todo lo posible los cerra- 
mierUoa (bifimg en Alemania; alíondo ó atando en Portugal; ex-sortes^ 
mettre en garenne en Francia): cosa que indudablemente existió también 
en nuestras provincias del Norte y Oeste, á juzgar por los vestigios 
hoy observables y por varias leyes de los mismos Códigos castellanos. 
El citado Mr. Webster ha reproducido algunos artículos de las coutúmeé 
generales de la región de Labout, correspondientes *á un régimen tradi- 
cional antiquísimo; en los cuales, luego de sefiálar que en la tierra de 
Labout fLabourd dice la edición de 1714), ccada parroquia tiene y posee 
SU8 tierras comunes y vecinales entre todos los vecinos de la parroquia 
pro mdiviso'¡>^ afiade que cada vecino puede tener en ellas y apacentar 
csus/ ganados mayores y menores, de cualquier calidad y número que 
sean, y en todo tiempo, de día y de noche», pudiendo también aprove- 
charse de la lefia y madera de los bosques comunes, «á condición de no 
venderla ni sacarla de su parroquia» (2). 



(1) Contrario A eite yeitígio del sentido familiar, es la condición' general 
del domicilio, tomada de los romanos y exigida en toda la Edad Media para 
tener opoión al goce de eomwnaU9. Es el mismo principio feudal de territorial 
lidady aplicado A este orden. 

(8) Algunas nci. arquecl* ao^e la rtgiánpirendiea^—Bol. Inét Idbre, núm. 917, 
Fel>rero 1886.— Béehard dice que de 807 costumbre» francesas, 110 regalan la 
vaine páture^ y próximamente 197 oaUan ó la niegan. El derecho reciproco de 



202 HISTORIA DE LA FKOPISDAD 00MT7NAL • 

«cParecidos ó análogos derechos existían en toda la región pirenái- 
ca», dice Webster, no sólo para las parroquias aisladas, sino paralas 
confederaciones ó nniones de las parroquias pertenecientes á nn valle, 
que revestían nna forma autónoma, republicana, como la de Andorra 
y el valle de Aspe, de. quien dice el libro Seguen$e lous Priviled- 
ges (1) o:... que antiguamente era una pequeña Bepública independiente 
de toda soberanía.^ La independencia y el propio regimiento, á lo me- 
nos en aquello que concernía á sus intereses comunales, hubo de ser 
siempre reconocido por los reyes de España, del Beam y Navarra y 
de Francia, y consignado en los Fueros: tales como los del valle de 
Aran (1309), los del de Aspe, Boncal y otros, y respetado en l<i legis- 
lación general de los dos reinos. 

£1 estudio particular de las costumbres y fueros locales, puede 
darnos idea cierta de lo extendidos que se hallaban estos derechos ea 
los municipios y aldeas; y sólo cuando este trabajo se haya hedbo en 
toda su extensión, podrá decirse la importancia de los comunales ea 
la historia administrativa de los pueblos. Puede hoy asegurarse que la 
existencia de estos hienes era general, y como prueba notable, debe ci- 
tarse la colección de Costumbres de los Altos Alpes franceses, corres- 
pondientes á los siglos XIII y xiv, en las cuales se mencionan muy al 
pormenor todos los derechos comunes de pastos, aguas, etc. (2). 

Lo mismo en Bélgica. Según Vanderkindére (8), que ha estudiado 
las Cartas locales, los vecinos de cada pueblo tenían uso común sobre 
una porción señalada de tierra, y se llamaban por esto genossen (compa- 
ñeros de usufructo), ó ganerben (coherederos). Debe tenerse en cuenta, 
que Yanderkindere añade frecuentemente á sus datos otros que toma 
de los libros de Maurer, en los cuales la interpretación es sospechosa. 
Tal puede decirse también respecto á los signos de un reciente cambio 
de la propiedad común en privada, que cree ver en el Keure de Gapry* 
ke, y á otras citas. Pero no sucede lo mismo en lo que respecta á los co- 
munales de municipios, communia^ communi warescaüi^ en latín; tcarea^ 
chais^ en valón; hemede^ ppstcU^ toarcmde, en flamenco. De los docu-^ 
mentos legales recogidos por varios autores, resulta que Anvers tenia 
en 1186 su hemede: Pascua et terror ad commune justüiam pertinenteé^ 
quae vulgo hemetke vocantur, Lovaina poseía praderas comunales, pues- 
to que en 1822 se ordena hacer una requisitoria acerca de ellas; y en 



pasto sobre los respectivos territorios de dos paeblos lindantes, es freouentei 
como en Borgrofia (eompaacuo), 

(1) Pau- Jerdme Dupanx, 1668; citado por Webster. 

(2) Las pablioó el abate P. Gnillanme en la Bev, now* dm droU /ran^.— 1886. 

(3) Ob.cit. 



00MÜKIDADB6 SOBBE-FAMaURBS 



1111, 86 cita un upscU de Ipres. El carácter de comunales y no de pro- 
pios qne tenian estos bienes, se evidencia en el liecbo de que para sn 
enajenación se necesitaba el consentimiento de todos los partícipes; y 
asi, en 1225, con ocasión de comprar la abadía de Cambrón algunos 
prados comunales de Lens, autorizan el contrato el alcalde, el bailio, 
los seis escabinos y todos los Kiew d^ho^l (propietarios de casas; ca* 
bezas de familia). 

Hay también en Bélgica, repetidos ejemplos de usos comunales ori* 
ginados por una concesión. En 1241, el conde de Flandes concede gra- 
tuitamente el derecho de usar en común los pastos y charcales que 
rodeaban á la villa de Douaí; en 1068fersefiorde Boulare, dio á los ha- 
bitantes d& Grammont las tierras de pastos que les faltaban; y en 1264| 
Walter Berthout, cedió á los de Malinas una tierra u«u eommuni ahsque 
clausura hereditario jure perpetuo poeeidendam (1). 

Los reglamentos que se refieren á estos usos, son casi iguales á los 
hoy vigentes en los aUmend. Asi, una Carta de 1248 ordena que no se 
lleven á los pastos comunes más cabezas de ganado que las que se 
alimentaron en casa durtfnte el invierno. Para el mejor cumplimiento 
de estas reglas, nombraban los usufructuarios á funcionaifíoB vigilan- 
tes, ó se reunían con frecuencia en asamblea, como hoy se hace en el 
mir ruso y el allmend suizo. 

ün caso especial de comunidad cita también Yanderkindere; es la 
de explotación de hulleras, según permite deducir un reglamento de 
1248 sobre extracción de carbón en los pueblos de Saint Ghislain, Dour, 
Quaregron y Boussu, y en el cual se hsh]A de parcerners, que tenían, 
unos, veinte pozos, y otros seis. Es el único caso que conozco. 

En Portugal, cuya historia empieza en el siglo xii, existía sin duda 
por extenso el mismo régimen, puesto que quedan vestigios de repar- 
tos de tierras y pastos en común. Correspondientes á esta edad, cita 
Oliveira Martins (2) la división de los terrenos ^pantanosos hecha en- 
tre los vecinos en Ulmar^ en 1291. En Lisboa, D. Alfonso Henríquez, 
después de apoderarse de ella (11S9), ordenó que anualmente se dis- 
tribuyese el campo llamado Vallada entre los habitantes pobres: lo 
que se mantuvo hasta que, en el reinado de Sancho II (1223-48), los 
ricos acapararon la tierra (8). 



(1) Warsters, PretfoM) pág. 212. 

0Í) Quadro áa» insUprimitívn», 

(B) Ejemploi parecidos le observan en Italia, donde Oento y Pieve (oerca de 
Bolonia), poseen dos tierras fértiles de m&s de 1.000 h%o, pada nna, dejadas en 
1286 por el obispo, para qne se repartieran entre los yeeinos: lo que se verifica 
desde 1219 cada veinte años. £1 primer reparto se baoe por casorios, y Inego se 
snbdivide en lotes iguales para los derecbo^habientes. 



204 HI8T0B1A DB LA PROPIEDAD OOMUNAL 

En Inglaterra, el neo de loe pastoe oomnnes y el derecho sobre el 
rastrojo de las propiedades eerradas, segnían con tal constancia y fide- 
lidad á la tradición, que todos los afios en el día de San Joan (lamnuM 
doy) se renoraba la antigna fiesta germana, alimentada por el sentí* 
miento del derecho qne presidia al rompimiento de las cercas y ralla- 
dos, para qne el ganado pudiese entrar en los campos. Del mismo 
modo continúo el disfrute común de bosques, aunque en su mayoría 
estos derechos estaban subordinados al del sefior. La comunidad se es- 
tablecia, á veces, entre recinos de distintos pueblQS, es decir, que ha- 
bía pastos comunes á dos 6 tres de ellos. Existía también el pasto co* 
mún sobre el barbecho de propiedades priradas. Desde Enrique lU se 
inicia la dÍTisión y renta de los bienes comunales (1). 

Los pueblos eslavos presentan una división bien caracterizada en 
esta época. Los del 8ur y cuenca del Banubio, ofrecen como forma tí- 
pica la comunidad familiar; pero los del Norte y centro de Busia, sos- 
tienen comunidades más amplias, por lo cual podemos incluirlos en 
este párrafo. En el período de 1054 á 1228, según Schíemann, había 
aún muchas tierras comunes, no obstante el trecimíento de las propie- 
dades privadas, uno de cuyos orígenes era la roturación. Los cultivos 
se hacian temporalmente hasta que se agotaba la fertilidad del campo, 
conociéndose una especie de aparcería entre los duefios y la clase de 
colonos libres. £1 predominio de la vida rural era tan fuerte, que, hasta 
la invasión de los mogoles en el siglo xiii, cel centro de gravedad del 
pueblo, no son las ciudades», sino el campo. Las que había fundadas 
(unas 800, según Solowief), son lugares fortificados para en caso de 
guerra, á cuyo alrededor iba concentrándose la población (2). Gomo 
forma especial, muy curiosa, debe notarse la comunidad formada por 
los pescadores de Nowgorod para el ejercicio de su arte. Sólo conosco 
dos casos iguales en toda la hisfbria: uno de Comachio (Italia) y otro 
de Cataluña. ^ 

En Polonia, afirma rotundamente Schiemann que no se conoció la 
propiedad comunal, aunque las colonias alemanas tenían cierta consti- 
tución agrupada, con un alcalde empresario, etc. 

Ya veremos más adelante, detiJladamente, la organización de las 
comunidades rusas. 

*** 

En España tiene un interés especial el estudio de las comunidades 
populares en los concejos, municipios, villas, distritos y valles, que 



(1) CárdenM, oft. eK., I, Ui-116. 

(9) LeontowltBt OríUea M trabado de 8amaíewa90ffiobrt lot amtiguas etudad$» 
rM«a«.— 1875. 



ESPAÑA 205 

ofrecen también caracteres propios y diferentes á ios qne muestran en 
otros paises. 

Los municipios romanois en España, asi como los pueblos (eran la 
mayoría) en qué subsistieron respetadas las antiguas costumbres celti* 
bérícas, tenían sus bienes comunes. Los godos, aunque se atribuyeron 
gran parte del terreno oonquistado, respetaron la comunidad de bos« 
ques y montes y los usos de pastos. Con la invasión musulmana des* 
aparecieron en algunos sitios aquellos bienes comunes, que reapare* 
oen después con la Eeconquista, por la repoblación y fundacióp de 
lugares y villas, á las que los reyes dieron ejidos (1), tierras y montes: 
hermoso cebo para la defensa y para la atracción de gentes (2). 
Después se extendieron estas propiedades, porque determinándose loa 
municipios como corporaciones adminiatrativas y sobrados algunos de 
tierras comunes, las dieron en arrendamiento (marcando asi ya la dis^ 
tinción en bienes camunesy deprapioa)^ invirtíendo el exceso de sus 
rentas en la compra de nuevas fincas y adquiriendo otras por donacio- 
nes de vecinos celosos del bien común. Dentro del municipio, la idea 
de la solidaridad y deberes mutuos de sus componentes, se mante- 
nía vigorosa, dando lugar á lo que W. Webster llama régimen ved' 
nal (3), en que el Individuo ese halla sujeto y hasta entorpecido en 
todos los actos de su vida, por deberes y obligaciones respecto á.sus 
iguales, sus vecinos, sus conciudadanos^, del mismo modo que ocu* 
rría, especialmente en lo tocante á las reglas consuetudinarias de cul- 
tivo, en el antiguo grupo aria. Están sometidos los individuos á la ad" 
misión y reconocimiento de vecindad en el lugar á que desean trasla- 
darse, cosa que no se verifica sin ciertos requisitos y sin la cual no 
participarían de la condición y privilegios del lugar; deben ser fiado* 
res y protectores mutuos; servirse de testigos en todas ocasiones, so 
pena de castigo ó multa (Fueros de Ncuxtrra^ lib. III, tit. XXI, capí- 
tulo 1), deber extensivo á las mujeres; y dar fuego al vecino que lo 



(1) cEjido. Campo ó tierra qtie está á la salida del lugar, qne no se planta 
ni se labra; es común para todos los veoinos, y suele servir de era para descar- 
gar y limpiar las mieses^» Dice, de ía Atadenia* 

(3) No hay acuerdo, tocante & este punto, entre nuestros investigadores de 
la historia del Derecho. El Sr. Pórez Pujol, cree que los usos comunales de 
Castilla y parte de León, fueron impuestos por las poblaciones del Norte que, ■ 
según iba avansando la reconquista, se establecían en los territorios ganados 
á los árabes; mientras el Sr. Costa tliene por cierto que tales usos eadstian en 
plena dominación musulmana, entre los pueblos conquistados, como supervi* 
vencía respetada del régimen celtibérico, común á toda la Península y que 
logró atravesar, sin gran detrimento de sus instituciones, los cambios politi- 
oos originados por las invasiones extrañas. 

C8) En las Notae arquéológ.í núm. 218 del Bol, de la Jñit. Lib^ págs. 76»76. 



206 HÍ8T0RIA DE LA PBOFIEDAD CX>MÜNAL 

pida: la negatiya á edte serricio está mnltada con 60 sueldos. Todos 
estos deberes— como observa Mr. Webster— «eran más obligatorios 
por las costumbres qne por la lej>, y se encnentran reconocidos, no 
sólo en las regiones pirenaicas de una y otra vertiente, sino en los fue- 
ros de mnchos pueblos castellanos. El mismo Mr. Webster dice que 
en el municipio de Sare (Pirineos franceses), aún quedan restos de este 
régimen, cuya falta de cumplimiento se llegó á castigar en lo antiguo 
con la ex-comunión social, privando al vecino rebelde de su título, 
dignidad y derechos. Así se procuraba mantener el sentido de la co- 
munidad y el auxilio mutuo en los pueblos (1). 

Volviendo á los bienes comunes, es lo cierto que en esta edad el 
bienestar producido por ellos y la importancia que adquirieron, fueron 
extraordinarios. Las leyes generales, los fueros de los municipios y las 
cartas de población, los mencionan siempre, dándoles más ó menos 
amplitud y libertad en su goce. Citaremos, para que se forme idea del 
carácter de estos bienes, algunos ejemplos. 

El Fuero de Salamanca, que se aplicó en gran parte de Portugal 
(Beira, Alemdouro, Alto Mifío), habla de la defeaa de mficeioy limitan- 
do su uso á cierta clase de ganado, «aquel que venier mauer á la villa», 
y «n éste, el número de cabras, ovejas y vacas que cada cual puede 
llevar. El de Teruel és más explícito (2). Las diferentes clases de tie- 
rras comunes son llamadas montes, boalages, dehesas, pardiñas y 
montes blancos; las par^ifias son lugares despoblados é incultos. La 
naturaleza de estos bienes está bien declarada en dos Ordenanzas. 
La CXXYIII dice: «Por lo mucl^o que conuiene para la conserúación 
de los pastos de los ganados, que ningún vezino ni habitador de la 
dicha comunidad, ni otra persona alguna, pueda ni aun los concejos de 
los lugares de dicha contunidad, ni villa de Mosquernela, concegil ni 
particularmente, puedan artigar, romper, escaliar, ni de nueuo labrar 
en los montes blancos... concegiles de la dicha comunidad. Los quales 
declaramos no ser propios de los lugares de dicha comunidad, ni de la 
villa de Mosquernela, sino que antee bien, eon comunes para todos los 
concejos, vezinos y habitadores de la dicha comunidad...» LaCXLIII, ' 
al prohibir é invalidar las ventas de comunales (montes blancos), dice 
que éstos fueron dados por los reyes de Aragón (8) «para alimentos y 



(1) E]\ alganog puntoi de nueitra región eantábrioa, y aun de la aragroneta, 
llevaba esta oonsideraoión á imponer oiertoi trabajos oomnnes, ó de aynda de 
unos vecinos á otros, según veremos más adelante. 

(S) Inaaeulaeión y 0rdinaeUmé9 dé la comunidad dé Térud y triüa dé Moéquerué' 
lo..., por el Dr. D. M. Ger. de Castellot.— Zaragoia, 1648. 

(8) Para conocer lo que era la comunidad de Teruel, política y administra- 



ESPAÑA 207 

propios nsos de los pobladores della Qa comtinidad), paseados, presen- 
tes y adaenideros, y cada uno dellos, como para propia dote de dicha 
Tilla y aldeas». Las prohibicionee de Tender, cortar, hacer carbón sin li* 
cencía, etc., se repiten mncho, exceptuando, respecto á los montee blan- 
cos, «si no es para nsos propios de los Tezinos de la comunidad que la 
hicieren hacer (lefia)». — Otras Ordenanzas se refieren á bienes de pro* 
pios, como Ja CXLVII, y la CXLII qne habla de arriendo de montes y 
hierbas para ganado. 

El Fuero de Cáceres y otros prÍTÍlegios posteriores (1), hacen men- 
ción d^ ejidos y pastos qne se conceden á los Tccinos: como, por ejem- 
plo, los qne di^ el Eey D. Sancho en 1819 á los de la aldea del Casar de 
Cáceres (2). El dé Brafiosera («iglo ix), concede también tierras para 
pastos, y además el derecho de cobrar, de los ganados qne Tengan de 
fnera, nn tanto (derecho de montazgo, qne se repite en otros documen- 
tos). Un compromiso de 1406 entre Cáceres y Arroyo del Puerco, se 
refiere á las disputas habidaí^ entre ambos lugares por la posesión de las 
dehesas de concejo de Zafra y Zafrílla. Las senaras y bojsques comunes, 
que hoy subsisten, derÍTan de los comunales de esta época. 

El Código de las Costumbres de Tortosa trata muy por extenso este 
punto, enumerando las cosas que deben considerarse como públicas 
(plazas, caminos, mar, aguas, incluso las contenidas en posesiones aje- 
nas no cultiTadas). 6e ocupa luego de los pastos {pastures e hoage) y de 
la comunidad de las llanuras, montafias y terrenos no cultíTados. Lo 
misino en los Fueros de Aragón, en los Usatges' de Cataluña (3) y en 
los Fnrs de' Valencia (4). En el Ampurdán, y por lo común en todo el 
Norte de Cataluña, como en toda la zona del Pirineo, los montes eran 
de Tecinos: de lo cual quedan muchas superviTencias que hemos de es- 
tudiar. 

Las Partidas recogieron este derecho, y combinándolo con el roma- 
no, le dan sanción general. La ley 8.*, tit. XXVIII, Part.8.*, trata de 
las cosas que son comunes á todos los hombres (aire, aguas de lluTia^ 
mar, rios, puertos y caminos públicos «que pertenecen á todos los 
homes comunalmente:* en tal manera que también pueden usar dellos 
los que son de otra tíerra extraña^); y la 9.*, de las que son epropia- 



ÜTamente, vid. el disourso de D. V. de la Fuente en 1» Aoad. de laHistor.,-iobre 
La9 tre$ comuntdadei de ^raptfn.— Madrid, ^1. 

(1) PrivÜegio$ de Cáeeru, Ejemplar de la Bib. Kao.i sin portada y fin oonoluir. 
La impresión debe ser del siglo xyn. 

(2) X.oe. eiL, págs. 104-5. 

(3) LX, De les oomanies.— LZII, Destrades e de vies pabliohe8.7-OXIII, De 
costnmes de ierres. 

(iX I>e 1«> pastures e del nedat. 



208 HIBTORIA DE LA PROPIEDAD OOMUKAL 

mente del común de cada cibdad ó villa, de que cada nno puede asar», 
citando los ejidos, montes, dehesas ce todos los otios Ingares seme-* 
jantes á estos qne son establecidos e otorgados para pro oomnoal de 
cada cibdad ó yilla, castillo ó otro Ingar». Pueden usar de ellos todoa 
los moradores, ce son comunales á todos, también á los pobres como á 
los ricos'; pero no á los de otro lugar, contra la voluntad de aqué* 
Uofl (1). — Enfrente de esta ley, la 10, mismo titulo, trata de los bienes 
de propios, diferenciándolos de los comunales. La doctrina de las Par- 
tidas, está en parte en el Fuero Real y luego se repite en el Ordena» 
miento. Nótese, también, que en las leyes de la sociedad tanto mercan- 
til como oiril, el Código de Alfonso X admite la sociedad ó eompañia 
en que se hacen comunes todas las cosas de los contratantes y las ga- 
nancias (2). 

La existencia de los comunales era, pues, general, y lo mismo la 
prohibición de enajenarlos; á pesar de lo cual, podían los concejos, en 
casos apurados, venderlos: pero acudían poco á este recurso. Todo varió 
al extender sus dominios la monarquía y aumentar los gastos de la ad« 
ministración central, porque los pueblos ae vieron obligados, para sa« 
tís&cer el frecuente pedido de contríbuSones ó recursos extraordina- 
rios, á vender sus bienes; y tan obvio pareció esto y tan adecuado, que 
hasta los reyes concluyeron por disponer de ellos para sun apuros eco-* 
nómicos. No constituyó tal abuso, por lo pronto, un derecho, puesto 
que vemos á Alfonso XI ordenar en 1825 la restitución á los concejos, 
de los bienes de que se les despojara, y en 1829, á petición de las 
Cortes de Madrid, la devolución de loe ejidos, montes, etc., que les 
hubiera ocupado cualquier persona, aun con oarta real; y que los con* 
cejos no pudieran venderlos ni enajenarlos, para que disfrutase de ellos 
el común. 

Don Juan II, también á petición de Cortes, en 1419, declaró nulas 
las mercedes que en adelante se hicieran de aquellos bienes, y en 1453 
revocó las anteriormente hechas. < 

Sobre lo mismo legislaron reyes posteriores, y de un modo más 
especial en la edad siguiente, en que xsomienza una nueva fase de rela- 
ciones políticas y económicas entre la monarquía y los pueblos. 

Además de los bienes comunales, propiedad de los vecinos de cada 
pueblo, mencionan los fueros muchos usos de igual carácter, sobre las 
tierras de propiedad particular: continuación de los que hemos señala- 
do en períodos anteriores. 

El Fuero de Salamanca repite la doctrina del Fuero Juzgo sobre 



(1) Fuero Beal, ley l.% tit VI, libro i. 

(2) Iiey8.Stit.X,Part.6.* 



ESPAÑA 209 

prohibición de entrar en las viñas (LXY); pero en lo tocante á los pra- 
dos establece nna limitación. Considérense acotados en invierno y ve- 
rano— dice—-todos los prados ce sean de 8 aranzadas aynso ó hasta 8, 
cerrados con valladar ó amojonados, y si no, no sean acotados:» 
(LXXIX). De igual modo, declara defesados los castañales y todos los 
árboles con fruto de comer, excepto «arcina é roblen (LXXXI). El 
Fuero de Teruel, como siempre, da más pormenor. Eeconoce el derecho 
de entrar en los barbechos, excepto en los tres días siguientes á haber 
llovido; y en rastrojo, luego de haber segado, si los <íazeB están ya atraz- 
nalados por el dueño de la heredad ó poiisu ordena (CXXIX). Igual- 
mente, no se pagaba por los daños que hiciesen los ganados en tierras 
sembradas, viñas ó a^franes, entre vecinos, excepto en las heredades 
cerradas; y aun en las d:que tienen obligación de dejar porteras levanta- 
da la cogida, no se lleve calonias, no estando sembradas^) (CXXXI). 

El Fuero de Cáceres insiste en lo mismo, diciendo que se conside- 
ran acotados los prados, viñas y huertos que fuesen de 80 estadales en 
adelante, y si no, no, á no haber pared de cinco palmos sobre tierra y 
tres de ancho en redor. 

Por su parte, el Código de Tortosa, aunque exceptúa 4e la condición 
de comunes las heredades (honors)^ dice que podrá entrarse libremente 
en las que hay desde Amposta al mar: y además establece \fk obligación 
de cultivar los terrenos roturados» so pena de perderlos sus dueños y 
volver al común (1). 

Basten estos ejemplos en una historia general, para dar idea de la 
extensión de los bienes comunes y' de los usos análogos, en España, 
durante la Edad^ Media. 

Dos cosas son de observar, tratándose de estas Comunidades sobre' 
familiares: en las que conservan más puro el sentido antiguo y no pre- 
sentan una forma administrativa dependiente del poder central (mo- 
narquia), la distinción de bienes comunes y adquiridos (Buiza, v. gr.), 
componiendo éstos últimos ciertos peculios que podían adquirir para 
sí los individuos; y en los concejos y municipios de los países monár- 
quicos, especialmente, la distinción en comunes y de propios^ conside- 
rados estos últimos como bienes de la untver sitas personarum que el 
municipio formaba. Conviene hacer notar también, como resultado de 
lo dicho, que estas comunidades, cuando son independientes, afectan 
la forma republicana de algunas de Francia, Alemania, región pire- 
naica, etc.; y que por más que fueran principalmente agrícolas, com- 



(1) B. OUver, áb, eit—U, pi. 4U, 4S7 y 428. Trae las oitas legales. 

14 



210 HISTORIA DB LA PROPIEDAD COMUNAL 

binaban á Teces con este trabajo algnnos de carácter industrial, dis- 
tintos de él. 

Esta forma atttoiíómica que permitía una amplia disposición y ad- 
ministración de los bienes comunales, se ve especialmente en los valles 
del Pirineo, cuyas poblaciones, como bemos dicbo, no sólo tenían el 
disfrute de sus prados y montes confórmela sus usos y derecho par- 
ticular, sino que celebraban frecuentemente con otros lugares, aunque 
fuesen de nación distinta (España y Francia), verdaderos tratados para 
regular el aprovechamiento de tierras colindantes en favor de varias 
poblaciones. Este derecho, que con igual valor existía en Asturias y 
otras regiones, y del cual ya hemos citado un ejemplo en Inglaterra, 
fué reconocido por los reyes y se continúa hasta muy avaúzadala Edad 
moderna, en cuyo estudio hemos de incluir otra vez estos casos. 



m.-^OomunidadeB de siervos. 

Para fijar bien las ideas, es preciso considerar atentamente el ca- 
rácter de estas comunidades. El nombre lo declara: son comunidades 
de gentes que están en servidumbre^ y nada más. Involucrar otros ele- 
mentos, sería salirse del caso. Según esto, pues: 1.^ No comprenden á 
las comunidades, ya familiares^ ya de varias familias unidas, ya de in- 
dividuos extraños unos á otros por el origen, que se unen en colecti- 
vidad, si son libreé 6 afectan cierta independencia; 2.^ No es condición, 
siempre que los componentes sean siervos^ que pertenezcan ó se deriven 
de un mismo tronco (familia), ó que no haya entre ellos este lazo. 

La servidumbre se acentuó y mantuvo por el régimen feudal; i veces 
se muestra también en los clanes independientes, si bien es en época 
en que éstos habían entrado en un periodo de oprei^ión por parte de los 
jefes, opresión que realmente entrañaba una relación feudal. 

La condición de los siervos, en el orden económico, se caracteriza 
diciendo que, en general, nó tenían derecho de propiedad alguno; cul- 
tivaban tierras del señor por cuenta de éste. Por tanto, no había tampo- 
co derechos sucesorios entre ellos. Para obviar esta dificultad, se unen 
en comunidades^ y de este modo, á la muerte de uno, su parte, que no 
podrá dejar en herencia, es no obstante adquirida por derecho de aera- 
ción {6 jure non discrecendi^ que dice un autor) por los otros siervos; el 
fomdo de la tierra se continúa en el grupo, se perpetúa en él, y al cabo 
viene á formar una estrecha relación con los cultivadores, fructificada y 
sostenida por el t]|;abajo empleado; relación que da margen á sus pre- 
tensiones de propiedad contra los señores, á las que ayudaban el senti- 
miento y el recuerdo dé haber pertenecido la tierra, en muchos pun- 



oeutnsriDADEs dk sibbyos 211 

tos, antes qne á los señores, á los que luego fneron siervos. Et los 
primeros tiempos, en que aún no ha nacido esta relación ni ,1a preten- 
sión consiguiente, deshecha lá comunidad, la tierra revierte al señor. 

De otro lado, y aparte aquella razón de origen consignada, los sier- 
vos mismos produjeron comunidades, por la necesidad que s^ntian, en 
su condición desdichada, de unirse para hallar unos en otros cierto 
apoyo y protección con que aliviar su suerte. 

Guando los servicios de los siervos se convirtieron, por un conjunto 
de causas muy complejas, en el solo pago del canon, llegando á ser 
ellos: los propietarios de hecho de las tierras (1), los mismos seño- 
res, para tener seguro el cobro, fomentaron y exigieron á veces la cons- 
titución de la comunidad en que los miembros estaban obligados aoli^ 
dartamente^ como condición para cederles sus tierras en cierta .especie 
de censo; lo cual es una fase de la' evolución en que la tenencia Mrvil 
se asimila á la villana^ produciendo así un tercer caso de origen de las 
comunidades a^m^^a. Este. caso se observa en Champagne y en la 
Marche; y está declarado en un edicto del clero y la nobleza franceses» 
de 1545, y en un título de 1625, que cita Dalloz (2). En razón á la 
ventaja que daban á los señores para el cobro de sus derechos, y por la 
que se exigió su constitución, llegó á retenerse en la tierra á los sier- 
vos, sin dejar que la abandonasen; como ocurría en el Bajo ImperiOt 
en Francia, en nuestra Península, .en Eusia luego, etc. Laveleye dice 
que estaban organizadas estas comunidades como la zadruga eslava (3), 
y Beaumanoir las caracteriza bien, y á mi entender diferenciándolas 
completamente de las que los autores llaman fymüiares^ diciendo: 
ccompagnie se fait par notre coutume, par seulement manotr ensemble 
i un pain et á un pot, un an et un jour, puisque les meubks des nms 
et desnutres sont mélós ensemble' (4). Loyseul parece referirse á ellt0, 
cuando habla de la exigencia que llegó á tenerse de la celebradóa de ' 
conirato para su constitución, y sobre todo, de la condición de paren- 
tesco que primitivam^te exigian algunas costumbres, aunque en la 
época del feudalismo haUa desaparecido ya (Laveleye, 228). 

Otras veces, comunidades antiguamente libres, ya simplemenjbe 
familiares (quizás), ya cantonales, se convierten, por la usurpación de 
los derechos que hacen los señores, en serviles^ sin variar en otra cosa 



(X) Cf. lo diobo en el n4m«ro I. 

{2} Yid.LÍTeleye»8a5«aa. ' 

(8) 06. dL, 295-98. 

(4) Yid. Antes ntun. 1«— NAtese cómo se repite el caraoteristioo placo de im 
•ño y «n dia, tpzpado d#l Dere<)ho romano. La tradición romanista no se ^om* 
pe nnnca. 



212 HISTORIA DS LA PROPIEDAD COMUNAL 

sn constitnción. Tal sucede con el totmship inglés — qne es ya mano- 
riáí group—en sn clase de dominicU land (1); en Normandia, en Ale- 
mania y en casi todos los países. 

Es un caso especial el de comunidadea de siervos en el clan irlan- 
dés, creadas, después de las distribuciones, sobre el terreno inculto 
cuya ocupación se daba á gentes serviles, y principalmente á siéryoB 
huidos de otros lugares, á los que se concede el derecho de refugiar- 
se (2). Ya dijimos que esta clase de siervos era muy importante y cre- 
cida, y estaba unida al jefe por una especie de recomendación. En k 
misma Irlanda, cita Walter Scott la existencia de una comunidad de 
siervos de 1» Iglesia, que tenia: 1.^ Praderías de los valles, para pastos 
comunes de verano. £1 pastor de la comunidad llevaba allí los ganados 
del pueblo para que pastasen en común. 2.® En la' tierra laborable, 
cada familia tenía un lote en proporción al número de sus individuos, 
según las concesiones de la Iglesia. Todos los brazos trabajaban indis- 
tintamente, y la cosecha obtenida se repartía, luego de juntarse en 
común, proporcionalmente á la parte de terreno que poseía cada fa- 
milia. 

Besulta, pues, que generalmente esta comunidad era de creación 
artificial, efecto de las circunstancias y la conveniencia de siervos y 
sefiores; y que, por lo común, no se exigía el titulo de parentesco, 
como el mismo Loyseul indica. 

En cuanto al régimen, era de una intimidad de vida tanto mar 
yor, cuanto que la igualdad de condición desgraciada acercaba más 
á sus miembros. Parece que en algunas partes adoptaron completa- 
mente la misma forma que la descrita en las familiaree libres, todos 
cuyos elementos. pueden aplicárseles: jefe por elección, etc. De las 
descripciones que hacen algunos autores (Beaumanoir y otros), aun- 
que no pueda determinarse fíjamepte si se refieren en todo caso á 
estas comunidades (8), resulta que explotaban una tierra en común y 
habitaban un mismo edificio, compuesto da varias construcciones 
anejas unas á otras... Se llamabah celia (célle)^ cuyo nombre ha que- 
dado en el de muchos pueblos franceses (La-GelleSaint-Gloud, Ooúr- 



(1) Maine, Village eommun,f yid. antes. 

(2) Vid. antes. Cuestión: ¿formaban siempre comunidad? 

(8) Parecen referiive á ellas (Be anmanoir, indudablemente), puesto que el 
Diccionario de Trévouz, al hablar del término eoUirUf sefiala que «se dice 'de 
Ifis sociedades de aldeanos que Tiven juntos para poseer del seftor algún pa- 
trimonio (liíritctg$)t lo que iucede partieularmenU entre los manoe muertoi; Loy* 
■eul, Lauriére y algunas Oo»tumbre»i hablando de estas comunidades de par- 
^otmter9i que se constituían por la vida en común durante un año y un día, se 
refieren siempre á los siervos ó manoi muerta». 



COMUNIDADES DB SIEBYOB 218 

celles, Yancel, etc., etc.) y en algnnos españoles. Los asociados se lla- 
maban compañeros, comp<mij porque YÍTian del misino pan, parf^gon- 
niers y frareacheux. La sociedad se llamaba con^pañía, corro ó junta 
fcQlerieJ, fraternidad, domus fratemdtas. 

Con el transcurso del tiempo, perdiendo en libertad las familiares, 
relajándose el principio del parentesco y obteniendo cierta mejora de 
condición los siervos, vienen á confundirse nnas en otras, sin qué sea 
fácil discernirlas. Los siervos llegaron á equipararse á los villanos y á 
obtener la libertad, constituyendo ya las mismias comunidades en igual 
condición á las que nunca dependieron servilmente de un jefe. El 
proceso de la liberación se hizo rápido en esta época, por regla generaL 

De lo que explican los autores, á veces; de un refrán del glosario 
del. derecho francés, que dice; <i:ün partí tout est partí et le chahteau 
part le vilainT>, y de cierta libertad en el uso de la propiedad común que 
en alguna ocasión hacen notar los autores, quiaás se podría concluir 
que, en esta época, asi como había comunidades de siervos^ las había de 
villanos, colonos ó censatarios (1), que gozaban por su condición de 
cierta independencia, y que unas veces se confundían con las comuni'^ 
dades familiares que hemos estudiado, y otras se constituían por exi* 
gencia de los señores para el pago del canon, ó por conveniencia de los 
mismos cultivadores, por la simple existencia de vida en común durante 
un año y un día, sin lazo de parentesco. 

Confirma absolutamente este aserto el que se muestren, como otro 
origen de comunidades dependientes de los señores, las cesiones hechas 
á éstos ó á las iglesias por los pequeños propietarios, con el objeto de 
buscar protección contra la fuerza de otros y recibiendo de nuevo las 
tíerras en censo. Muchas comunidades, no pudiendo por sí defenderse 
contra las exacciones de los poderosos, tomaron este partido (2). En 
igual condición se hallan realmente los poseedores de la tenemental land^ 
de que liabla Maine. En los primeros tiempos de la conquista, cuando 
las diferencias de condición personal eran más notables, ya hemos vis- 
to, según los datos del Polyptico de Saint-Germain, que existia esta 
clase de comunidades. , 

Lo que ocurre es que muchas veces resulta equivoco el sentído de 
la palabra villano y dudosa su diferencia de la de siervo, ya que, aun 



(1) Tid. la nota del Dioo. de Trévotuc «sooiedadeB de aldeanos...» 

(2) Laveleye, 118. Ejemplo de ello, es la antigua coxannidad italiana de (kh 
macchio (Ferrara), que explotaba la laguna de igual nombre, y que en 1297 hubo 
de recomendarse al Duque Azko de Este, quedando en especie de colonato cen- 
sual, con la sola reserva, en absoluta libertad de pago de renta, de algunas seo- 
clones^ las más próximas á la ciudad. Vid. AnuariQ df pesca, Madrid, 1966. 



214 HI8T0BTA DK LA PBOPISDAD COUVTSfÁL 

hoy, niegan algunos baya distinción entre ellas; y los qne la aceptan, 
couTienen en qne por nn proceso no mny largo, Megaron loe siértoe á 
adquirir cierta independencia, ya por liberación, ya por la redncción 
de todas las cargas al pago de nn canon metAlieo (censo), por efeoto de 
la cesión de la tierra, en la qne, según bemos tisto, alcanzan un dere* 
cho igaal y basta superior al de los antiguos colonos. Por circunstan- 
cias politico-económicas, llegó i ser este canon una necesidad y el ser^- 
^cio más apetecido de los señores, cargados, por otra parte, de tietratf 
que por si no podían cultiyar, ni les producían: ó que, en todo caso, 
producían más por el trabajo libre. En este proceso, se equiparan loe 
iiervoi á los villanos^ que á la vez perdían en situación, extendiéndoee 
con frecuencia á elloe las arbitrariedades de los señores; á tal puAto, 
que bay momentos en que todos parecen sierros* y de la condición peor. 
Otras reces, entran en un período de relativa libertad, en corresponden- 
cia siempre con el estado y las tendencias de la aristocracia noble y 
px^opietaria, y con el auxilio de los reyes ó la ayuda de las ciudades y k 
actitud enérgica de los mismos aldeanos; basta llegar á la época en que 
se preludiaba la gran rerolnción, cuyos primeros efectos borraron de 
una rez la situación deplorable en que se bailaban las clases trabajado* 
fññ del campo. 

Merced á numerosas monografías que ban ido haciendo púÚico» 
documentos referentes á la rida local en estos tiempos, conocemos hoy 
con gran pormenor la organización del grupo feudal y el régimen eco- 
nómico y agrícola de los sierros y censatarios. Ya rimos los precedefn- 
tes de ella en la situación de los labradores dependientes de la abadía 
de Saint Germain-des-Prés. Gonserrando el miamo tipo en lo funda^ 
mental, sedesariollan los grupos serriles del feudalismo, con rarias'» 
tes aún no bien apreciadas entre los que dependían de señores láicoe y 
lúB sometidos á las iglesias y monasterios. Un documento imfiortanté 
paira la historia dé estos últimos hemos citado: el Libro de los 9Íerva9 
dé MarmoutierSi que rirían como los descritos por M. Querard, según 
el Polyptico de Irminon • 

£1 manafial graup^ ó sea el township 6 aldea señorial, cuyas lineas 
generales trazamos con arreglo á los estudios de Snmner Maíne, scí 
repite en todos los países donde el feudalismo, con más ó menos fuer- 
za, se introdujo; y á su estudio hanse dedicado muchos eruditos, «a- 
pecialmente de Francia y de Inglaterra, que de día en dia ran 
añadiendo algún pormenor nuero á los ya conocidos. Últimamente, 
Mt. Isaac Taylor, en un artículo titulado Domenday aurvivcds (1), en 



(1) CoMempormry Séeiew* Diciem. 1S80L 



COMUNIDADES DE SIBBYOB 215 

que estudia los restos de la organización social en la época qne sigue 
inmediatamente á la conquista normanda, presenta una descripíción 
circunstanciada del township rural ó aldea de sieivos y yülanos. En el 
centro se elevaban la iglesia j el hall del señor, únicos edificios de 
piedra, y al rededor se agrupaban las casas de los villanos. En la épo^ 
ca á que noi9 hemos referido, consta, según el catastro que entonces ee 
levantó, que en una aldea, la parroquia de Holme, que comprendía 
11.51á acres (l),babia sólo ocho villanos y doce aldeanos ó cottagera (hor^ 
darii). La tierra sé dividía en dos secciones: una cultivada y otra de> 
dicada á pastos. Esta era común indivisamente, y la primera se goza- 
ba, por distribuciones periódicas, en parcelas proporcionadas i los 
bueyes que poseía cada familia. La parte de terreno arable dividíase, ¿ 
su vez, en dos ó tres grandes campos, según q^ue la rotación era bie- 
nal ó trienal, y en cada uno se señalaban bandas paralelas de 200 á 250 
metros de largo por 10 ó 20 de ancho. De éstas, cada villano recibía 
las equivalentes á 6 ó 12 hectáreas, según tenía uno ó dos bueyes de 
labor, pero no eran las mismas, siempre. De tiempo en tiempo, el cam- 
po se dejaba en barbecho para el pasto, y al año siguiente se hacía 
nueva distribución; los prados mejores también se distribuían anual- 
mente en lotes, por suerte, entre los villanos. En reconocimiento del 
derecho del señor, éstos daban prestaciones en especie y las corveas 
necesarias para el cultivo de lo» terrenos de aquél. 

El mismo tipo ofrecen las mazadéa del Mediodía de Francia,, nom- 
bre dado á la reunión de labradores que formaban una aldea y gozaban 
en común de los pastos, las leñas y el suelo cultivado, bajo la depen- 
dencia de un señor á quien pagaban canon. M. J. Bauby, que ha estu- 
diado este régimen, dice que lo que caracteriza á las mazadea es «la 
unióur la comunidad de los posesores y la indivisión de ciertas tierra» 
para su disfrute^ (2). Nótese que para gozar de tales derechos, era 
preciso habitar en la aldea. 

No puedo decir si otro ejemplo á que se refiere Fústel en su discu- 
sión con Maurer, pertenece ó no á este sitio; porque, luego de hacer 
ver cómo la mayoría de los ejemplos que cita el historiador alemán se 
refieren á posesiones serviles ó dependientes de una villa privada, aña- 
de que «á decir verdad, la eommwíitas^ como grupo de aldeanos, no 
•parece hasta el siglo xiii. Sólo entonces ó poco antes, los moradores 
de una villa ó de la mark forman una especie de comunidad y se asocian 
para gozar juntos ciertos privilegios»; y cita, como prueba, tres actas 



(1) Bl «er« inglés equivale á 40 áreaa. 
&) Emúí tur Us inasiidM.— Tonlonse, 1686. 



216 HISTORIA DB LA PROPIEDAD OOMUKAL 

de 1279, 1290 y 1281. ¿Eran ya libres estos aldeanos, ó como pertene- 
cientes á nna villa seguían en cierta dependencia serril? Sea lo qne 
fnere, el hecho de formarse comunidades superiores á la familia, reco- 
nocido por Fnstel,. tiene mucha importancia: y por otra parte, el des- 
arrollo que el derecho de propiedad de colonos y siervos alcanzó, hasta 
el punto de ser los verdaderos dueños, como hemos visto (más dueños 
de lo que son hoy los arrendatarios' de ciertas regiones donde se trans- 
miten la tierra de padres á hijos), debe tranquilizarnos respecto al al- 
cance que el reconocimiento de un derecho señorial pudo tener sobre 
la vida de las comunidades. 

Aunque legalmente, en la vida política y en la consideración social, 
hubiese una enorme diferencia entre los señores y los sometidos, cuyo 
derecho personal se desconocía,— excepto en gran parte en la esfera eco- 
nómica, — no puede concebirse hoy, con los datos que poseemos tocante 
al estado general de aquella época, que las relaciones entre ambas ala- 
ses fuesen tan duras, tan inhumanas, y el abismo tan hondo, que lle- 
vara á la separación: como la leyenda del feudalismo ha supuesto, ge- 
neralizando casos particulares cuya rdftlidad no puede tampoco negarse. 
Es de imposibilidad humana que vivan juntos y en constante roce para 
todo (porque mutuamente se necesitaban), el vasallo más ínfimo, el 
siervo y el señor, sin que se establezca una solidaridad de intereses que 
dulcifica siempre en la práctica la rigidez de la relación que supone el 
derecho legal. Mientras el señor habitó en la aldea, entre sus censata- 
rios, la suerte de éstos, aunque muy dura, porque lo era también la de 
los señores en punto á muchas necesidades de la vida (que hoy llenan 
mejor que ellos los trabajadores pobres de las ciudades y aun de los 
campos), no debió ser tan miserable é indigna como se ha creído; sin 
que entendamos aliviar en un ápice el juicio severo — ^hasta donde cabe 
la severidad contra estados sociales que obedecen á la educación y á las 
ideas reinantes en una época, y no á deliberada maldad cometida vio- 
lentamente — que merecen los dos grandes errores jurídicos del feuda- 
lismo: la desigualdad y el desconocimiento de la libertad de los indivi- 
duos. Tal vez este segundo, demostrado en la sujeción de los cultiva- 
dores al campo, de tal modo que eran vendidos con él, haya sido el de 
peores consecuencias, como de fijo fué el más intolerable. Y así, en 
&vor de la libertad de circulación y de sus derechos sobre la tierra, se 
hicieron todas las revueltas de la gente servil, desde principios de la 
época feudal. Pero cuando la situación de esta clase empeora y se hace 
más insufrible, es cuando los señores dejan el campo y se convierten 
en nobleza palaciega, rompiendo la unidad de su vida con el pueblo y 
siendo para éste exactores sin piedad del dinero que á manos llenas ne- 
* cesitaban. Bastará recordar el estado de las poblaciones rurales en 



OOMÜKIDADBS DB SIERVOS 217 

* * ■ . , . , 

Francia, en los afios que preceden á la Beyolución, para oenYencersa 
de esto. 

La servidambre, en sns relaciones con la tierra, no es nn hecho 
exclnsiyamente fendal. Podemos hoy afirmar sn existencia, no sólo en 
los últimos tiempos de la historia romana, sino mncho antes, en loe 
pueblos qne habitaban de antiguo las provincias. El Sr. Costa cree ver 
en las familias de siervos qne se mencionan en las cartas de repobla- 
ción de los primeros tiempos de la Eeconqnista, v. gr., las del obispo 
Odario (1), comunidades serviles familiares. Mucho hay por averi- 
guar en este punto, no sólo de la procedencia de la servidumbre rural 
en Espafia, sino de la organización que tuvo en la Edad Media, sobre 
lo cual no son tampoco muy expUcitos los documentos hasta hoy co^ 
nocidos. Mas puédese inducir, sin darlo por cierto, que los siervos de 
Odoarío, como los de otros dominios de las iglesias ó conventos y de 
los señores, habían de vivir de un modo análogo á como nos muestran 
el Polyptico de Irminon y los demás textos que hemos citado antes. 
El trabajo de investigación que esto supone, no era de nuestro propó- 
sito dada la índole de esta obra, y por eso nos limitamos á las indica- 
ciones que anteceden (2). 

Al lado de estas organizaciones exclusivamente populares, se levan- 
ta el espíritu, en todo opuesto, de la clase feudal dominante, que se sos- 
tiene en el recinto del castillo ó de la casa señorial, y en el seño de la 
familia. Para concluir de comprender el carácter de ésta y sus relacio- 
nes con ia sociedad plebeya^ debemos aún determinarla un poco; y al 
efecto, no resistimos al deseo de copiar algunos párrafos de las lecciones 
de Guizot, qucr contra los olvidos injustificados y á pesar de su tipo un 
poco retórico, viven todavía la vida^pléndida de su lenguaje elocuente 
y pintoresco y de sus vislumbres rápidos, pero certeros, de la realidad, 
recogida en grandes masas, en sus puntos y lincamientos salientes para 
la narración. 

Beaizando quizás la importancia del poseedor feudal, superior en lo 
económico y enlo gubernativo, dice: <cLa grandeza del poseedor del 



(1) Eipaña Sagrada, XL, Apénd. IX: 0Í969 iMcemm, qui eum Odoario»».^ 
Ap. XII: «...de noiira familia posiesiores et dedimoB illi boyes ad laborandom 
et jumenta at serviendum eie... Super ipsnm portnm (Minei) misi ibi Alario: 
et in alia villa posuimos Avezano, et misimns ad eam nomén Jlyesani de nostra 
presnra: et yilla Ghintini mieimiis G-nntino, et in Desterit, Desterigo-.» 

0} Yid. oomo fnentes, JBtpaña Sagrada; Hnñoi Bivero, OoUedán de Fuero» y 
Carta» püéblaB; el miimo, Da $»tado de la» pereona» en loe reinoe de Aeturiae y 
León, en lo» primero» »igÍo» poeieriore» á la 1mva»ión délo» drabe». Bn mnohas 
cartas pueblas se haoe referencia á las familias de siervos, llamándolas ea»a' 
ta» 6 eossatas.— (Tolsee. de Fuer,, 1, págs. 19i y 163. Siervos de Gauaon y de Oviedo. 



218 HISTORIA DB LA PBOPIBDAD OOMUNAL 

íeado es i&dividaal, nada recibe de otro; todoa aua derecho», todo sn 
poder le yienen de él mismo... sólo en su persona, en su individuo, es 
donde reside toda sn importancia... Bchre él no existe superior algnno 
á f|men pueda representar, ni de quien ser intérprete; junto á él no hay 
ningún igual, ninguna ley poderosa ó común que ditíja sus aotoa, nin- 
gún imperio exterior que tenga acción sobre su voluntad.» 'Al rey, de 
quien bA recibido el feudo, míralo como.un igual, y rompe con él, c«aiir 
do asi le conviene, el paoto de ayuda y unión; atribuye á sus méritos 
penonales, á su valor propios á su esfuerso guerrero, la tierra y poder 
que tiene. Cree merecerlo, y no considera como merced graoiosa que se 
lo Jiayan concedido. En todo el ámbito de su feudo, es la única ley y d 
único señor: <cbo conoce más freno que los limites de su fuerza y la 
presencia del peligro». En su territorio se aisla, se exdusiviza, como el 
jefe del clan antiguo á quien separaba de todo otro hombre la especial 
santidad de un culto. Pero el espíritu de la familia feudal, no ea el de 
la faimlia primitiva. 

dia población que rodea al poseedor del feudo, nada tiene que ver 
con él; no lleva su nombre, no hay entre los dos ninguna relación de 
parentesco, ningún vínculo histórico ni moral. No lleva la misma vida, 
no se dedica á las tareas de los que le rodean; se entrega exclusiva- 
uMnte al ocio y á los combates, mientras los otros fie ocupan de traba- 
jar las tierras. La familia feudal no es numerosa como la tribu: se re^ 
duce á una familia propiamente dicha, esto es, á la mujer é hijos, y 
vive separada del resto de la población, en el interior del castillo. Los 
colonos, los siervos, no fcaman parte de ella; su origen es distinto; la 
desigualdad de condición, prodigiosa. Consideremos á cinco ó seis in* 
dividuos colocados en una posición superior, extraordinaria, y tendre- 
mos una perfecta idea de lo que es una familia feudal. Nada moralmente 
común había entre el poseedor del feudo y los colonos; éstos son parte 
de su dominio, son su propiedad; están comprendidos en todos los de- 
sechos que hoy día conooemos bajo k denominación de derechos de se* 
fiorío público, bien sean de propiedad pavtlonlar (derecho de dar leyes^ 
tasar ó castigar), bien sean de disponer y vender. Entre el señor y el 
que cultiva sus dominios (á pesar muchas veces de loa pactos de reco* 
mendacián), no hay derechos, no hay garantías, no hay sociedad», hasta 
en lo que humanamente puede no haberia. De un grado á otro de la 
jerarquía feudad, reinan el mismo espíritu é iguales intenciones de 
autarquía. Los últimos grados, casi sufren como los plebeyos; y cnanda 
la m<marquia empieza la lucha de reivindicación, son ellos quienes pri- 
meramente la ayudan. 

Además de esta dependencia abusiva, las clases populares sufrían 
una limitación de vida que en el siglo zii empieaa á romperse. cEn esta 



OOMUNIffADBe BBLIG108A8 219 

época, cuantas veces se vallan de la palabra genial pueUo^ qne parece 
comprender una sala sodedad, para designar la población de los cam- 
pos, se faltaba á la verdad. Esta población no gozaba de la sociedad co- 
mún; sn existencia era puramente local. Fuera del territorio que ha* 
hitabas, los colonos nada teñían que faaeer, nada que tratar con los de- 
más individuos y co8as> para ellos extraños.» Se les sujeta á la tierra; 
si salen, se les persigue como criminales, y no deben esperar que se les 
reconozca la libertad en otro territorio; hasta que aparecen los mu^ici* 
píos, no tienen sitio apenas donde refugiarse. «Para ellos no había des» 
tino ni patria común, ni menos formaban un pueblo: así es, que cuan- 
do se habla de la asociación feudal en globo, entendemos hablar tan 
sólo de los poseedores del feudo.» En éstos, el espíritu de heredar está 
arraigadísimo: «el feudo no era una propiedad como cualquiera otra; 
constantemente necesitaba de un poseedor que lo defendiese, que lo 
sirviera, que lo librara de las obligaciones inherentes al dominio, man- 
teniéndole su rango en la asociación general de los señores del país. De 
aquí provino cierta identifícación-entre el poseedor actual del feudo, el 
feudo mismo y toda la serie de futuros poseedores.» — Así se preparan 
los mayorazgos. 

El resultado de todos estos elen^entos y situaciones, es la desigual- 
dad. Otra vez en la historia están las clases separadas, y hay un pro- 
fundo abismo de desprecio y de miseria que las divide. De la familia 
feudal á la familia trabajadora, hay una distancia inmensa; pero esa 
distancia ya no es infranqueable, como en otros tiempos. La organiza- 
ción unitaria se avecina; las clases, populares tienen la conciencia de su 
personalidad y darán cuenta de ella en todas las ocasiones en que posi- 
ble les fuese, en las sublevaciones y en la literatura, en la guerra y en 
los Parlamentos; hasta qne depurada, surgida del todo, extremado 
hasta el último Hneamiento el sentido de la igualdad, se imponga de 
pronto en la hora de una de esas grandes justicias sociales, que, como ^ 
jiosticia de fuerza, no puede borrar de sí, al lado de la nobleza de su 
intención, la mancha de los ei^cesos y de los errores. 



IV. — Comunidades religiosas. 

La tendencia favorable marcada en los Evangelios hiMjia la vida 
en común, el ejemplo de los primeros cristianos, la doctrina acen- 
tuadísima de los S8. Padree y el espíritu general de confratemi- 
dlsd y desprecio á las riquezas, prpdujeron en los primeros siglos 
del Cristianismo la institución y el rápido crecimiento de la vida con- 
ventual, que, basada en los más de los casos en una pobreza y un des- 



HISTORIA DB LA PBOPIBDAD OOmiNAL 



prendimiento de bienes temporales en el grado mayor que la natnra^ 
leza humana y sns necesidades permiten, se organizaba en forma 
de comunidad absolnta de yida y de propiedad. Se hacían en común 
las comidas, nadie debía poseer nada particularmente, y vencía en 
todos casos el espíritu colectivo sobre el individual, aunque más con 
un sentido de perfección religiosa y de práctica elevada, que como mo- 
delo de vid|i cuyo patrón pudiera aplicarse á la totalidad de las relacio- 
nes sociales y al común de los hombres; si bien es cierto que, por ser 
éstos cristianos, debieran vivir la doctrina evangélica en toda su pure- 
za: en cuyo sentido, tomaba aquel ideal carácter manifiesto de obli- 
gación. 

Infecto de este valox que se daba á la comunidad, del espíritu de la 
evolución jurídico- social que imperaba en la dirección romanista á 
que la misma Iglesia secular había cedido, y de las condiciones de la 
existencia humana que siempre se imponen, comenzó á relajarse el gcr 
nuíno espiritu ebionista y ascético, en. una medida y con cierto ca- 
rácter que no debe ocuparnos ahora. — Esto provocó, 09 el siglo xiii, la 
reforma y el nacimiento de las Órdenes mendicantes, personificadas en 
San Francisco de Asís, cuya obra produjo tantos conflictos y disputas 
verdaderamente jurídicas en orden al derecho de poseer bienes la Igle- 
sia, según el espíritu del Evangelio; discusión á la cual indujo la es- 
pecie de censura que parecía representar ante 0I general estado de cosas 
aquella reforma, cuyo sentido puro, estricto, el más ceñido, vino al fin 
á dulcificarse y aminorarse por el predominio de los templados sobre los 
rigoristas 6 zelistas^ contra quienes'se volvía la redacción equívoca de 
las disposiciones papales que tal asunto promoviera, y que no lo resol- 
vieron de lleno (1). 

El temor de invadir la esfera de otros estudios y asuntos que deben 
abordarse con la prudencia exigida para no sacar la verdad de su punto 
.y lugar oportunos, hace que nos limitemos á indicar este importantísi- 
mo hecho histórico, digno de traerse á juicio, y que señala un esencial 
momento en la historia de las relaciones entre la vida religiosa y la ju- 
rídica. Acúdase para su detenidd estudio á los libros de Laurent ó 
Bohrbacher, y entre nosotros, á los de Emilia Pardo Bazán y Menén- 
dez Pelayo, autoridades nada sospechosas de parcialidad contra la orto- 
doxia de la narraeión histórica. 



(1) Vid. la narración de esto, las Inohai de loi conventuales ó miHgado$ con 
los zdanieé 6 espiritnales, la conducta del frater Elias, sucesor de San Franeis- 
00, las discusiones de la Universidad de París, que motivaron el libro de Saint 
Amour, etc., en el San Frandico, de Emilia Pardo Basan, y en Laurent, par- 
te Vn, lib.I, o. II, seco. IV. 



COMUNIDADES RELIGIOSAS 221 

El espíritn religioso, la renovación que había operado el Cristia- 
nismo, no pndiendo, como elemento de vida social, encerrarse y aca- 
bar en nna determinada fórmnla, sino«egnir sn evolución, germinar 
en todos los órdenes á que se babfa extendido y dar sns frutos en un 
paralelismo traído por la unidad del punto de partida, produjo, al lado 
de las comunidades ortodoxas conventuales, otras que, desde una 
separación apenas perceptible y dentro aún de la ortodoxia, llegan 
basta formas completamente beterodoxas de la doctrina católica, y más 
jurídico sociales que religiosas, aunque siempre afectando este último 
carácter. Así puede decir la señora Pardo Bazán €que la propensión, no 
ya liberal, sino comunista en el grado más alto, es distintiva de las be* 
rejías de los siglos sin y xiv». Y afladir en otro párrafo: ocEn el si- 
glo xni, el comunismo se presenta- en forma mística, porque aunque 
la plebe aspire á la anarquía social, no se da cuenta de ello: el período 
es de transición del feudalismo á ]as monarquías: los pueblos entrevén 
la emancipación y los derecbps nuevos que van á conquistar, pero 
sienten el aguijón de la miseHa, y de aquí su brutal comunismo; la 
Iglesia los contiene, y de aquí su leucismo; los inspiradores les prome* 
ten un paraíso; y mezclando los errores dogmáticos y las esperanzas 
políticas, lánzanse á esa lucba con toda la fuerza y virginidad de sus 
utopias, no marchitas aún por ningún desengaño.!^ Rebajando algo de 
estas apreciaciones, el sentido del becbo está bien concebido» 

Obedeciendo á él, se forman comunidades como la piadosa de los 
humillados, de reconocida ortodoxia; la de Durando de Huesca» con 
visos valdenses, pero aprobada por Inocencio III; la de los dulcinistas 
(begardos, fraticellós), la de los valdenses ó pobres de Lyon (insabatta- 
tos), hermanos y hermanas del libre espíritu, apostólicos, patarinos, 
etcétera. 

Los humillados es nombre que se aplicó en aquella época á varias 
sectas ó congregaciones. Los valdenses se llamaron así también;» pero 
á distinción de ellos — que eran de secta heterodoxa — existían otras 
comunidades llamadas del mismo modo y cuya consideración es tal, que 
reconocidas por la Santa Sede, llegaron á constituir una especie de ór- 
denes religiosas. 

Habla Emilia Fardo Bazán de unos humillados, congregación exis- 
tente en Lombardía, compuesta de damas y señores nobles que, por 
humildad y mortificación^ se dedicaban en común al oficio de tejedores, 
ellos, y de hilanderas, ellas. La aprobó el Papa.— Alzog (1), habla de 
otros humillados, colectividad que, dice, «se componía generalmente 



(1) T.n,p. 40-66, 



HISTORIA DB LA FBOPIKDAD OCniüNAL 



de obreros, porqne no teUlan por principio más que yiyir del trabajo 
de BUS manos. Cada miembro trabajaba, no para a», ñno para la co^ 
munidad^ qne provefa á todas sns necesidades. Asi se oon^pensaba el 
trabajo más débil de los yaletndinarios y de los yiejos, por él de la 
juTcntnd y la yirilidad, y se cortaban el descontento y los cuidados;». 
Luego se transformó en orden religioea, mediante la agregación de 
sacerdotes. 

8iguen en ortodoxia, los valdenses de Durando de Huesca, en Ca- 
taluña, que no eran más que una desmembración de los valdenses lie- 
terodoxos de Frorenza, pevo que luego se convirtieron: constituyendo 
una comunidad religiosa sobre la base de la propiedad, reconocida por 
Inocencio III (quien les llama paypena eatholiei), aunque con temo- 
res respecto á la sinceridad de su conversión y ortodoxia. 

Los valdenses propiamente dichos, constituyeron una secta hete- 
rodoxa, cuyo padre fu^ Pedro Yaldo, mercader de Lyón, que hacia 
1160, después de haberse desprendido de sus bienes, comenzó á pre- 
dicar la pobreza, cconvirtíendo en pretíepto—^Ge un autor—el consto 
evangélico y reuniendo muchos discípulos que se señalaron por sus 
raras austeridades». 

Llamóseles , como ya va dicho, humillados^ y mejor pobres de 
Lyon é insaibattatos, por cierta forma de sus zapatos. eiVivian de li- 
mosna y gustaban de censurar la riqueza... Negaban todo linaje de 
propiedad, y entre ellos no había ni tuyo ni mfo. El comunismo y 
el laicismo eran la base de esta secta.» En el fondo, hay que reco- 
nocer que, bajo un movimiento religioso, bullía todo un movimiento 
iocial (1). 

Había también otras sectas, más ó menos formales ó anárqui- 
cas, como la de los fratricellos ó apostólicos, derivación del joaqui- 
nismo^ alzada por Gerardo Segarello; los dnlcinistas, de cuyo jefe 
dice Yilani €que proponía que él era el apóstol de Cristo y que to(ías 
las cosas debían de ser comunes en caridad»: ambas comunistas soda^ 
les; y los begardos y hermanos del Ubre espíritu, que son más bien 
comunistas jeligiosos y panteistas (2). 

Todavía se tienen por comunistas, según muchos historiadores, 
otras sectas, como los pelagianos, los wiclefítas, los hussitas y todas 
las derivaciones de la Orden Tercera. Otros niegan aquella impu- 
tación, como lo hace M. Sudre, quien extiende la negativa á los 



(1) Meneados Pelayo, Het$rodo»09, 1. 1.— Dlokhof, De los valdeme» en lAlBOad 
Media. 

(2) E. Fardo Basáo, San Franeleeo d» Aeie, oap. XIIL 



00MTJK1DADE8 RELIGIOSAS 22B 

yaldenses, albigenses y á toda secta herética (1); y á la verdad, hay 
puntos en que sns argumentos históricos producen, cuando menos, la 
dada. Juzgo temerario, fundándose en tal ó cual fragmento, copiado 
á veces de otra cita, decidir sobre el alcance social de las doctrinas 
comunistas conventuales, yaldenses, dulcinistas, etc.; fuera de que es 
cuestión para mi si esos movimientos estaban en las entrañas de la 
sociedad, suponiendo una discusión libre del problema económico ju- 
rídico, ó si eran únicamente ejisayos de perfección de vida^ que están, 
respecto á tal discusión, en la relación misma de la virginidad con el 
matrimonio, según San Pablo. Después de todo, y rigurosamente con* 
siderada la doctrina de la pobreza, no produce por si sola el comunismo 
social, y en cuanto se exagera, va al absurdo. 

Lo que está fuera de duda, es que todas estas sectas tienen por 
base la protesta enérgica «contra la corrupción, lujo y predominio 
opresor de los eclesiásticos:^». Por eso nótase en las comunidades estu- 
diadas (si se exce^túi^ la de los obreros humillados^ y en otro respecto 
la de los fratricellos)^ que la tendencia á que obedece el comunismo 
religioso — á diferencia del social y laico de los grupos rurales, v. gr., — 
procede de la doctrina y predicación según la cual nadie debe tener 
nada, sino renunciar á los bienes terrenos y condenarse á pobreza^ re- 
duciendo las necesidades económicas y físicas á la mínima expresión, 
y bajo un pie de igualdad: señalando con esto una reacción hacia el 
espíritu del Evangelio (2) y una protesta de reforma que prepara la gran 
explosión del siglo xvi; mientras que el comunismo tradicional, con- 
siderado en las costumbres del pueblo con un sentímiento más real de 
la vida, existe precisamente para la riquezli de la colectividad, para el 
bienestar de. todos, que como iguales (en fundamento vario, según los 
casos), disfrutan en común de aquélla; y está abierto, pot tanto, á todo 
desarrollo y acrecentamiento económicos: disposición que falta ente- 
ramente en la comunidad religiosa, por más que, en cierto modo, 
se relajase su principio inicial, tomando luego dirección distinta. 



(1) Sudre, HUt. del eomunUtno, o. YII. Atribuye la impatación de oomnnií- 
mo, & oalnmnias hijas de la pasión de partido y levantadas por los inquisido- 
res y cronistas católicos contemporáneos. 

(2) Sadré, 05. cit., p. 83, hablando de los pelagianos. 



CAPÍTULO III 



TERCERA EDAD. — LA ÉPOCA DE LA MONARQUÍA 
Y LA CENTRALIZACIÓN. 



I. 

Asi como en la historia de las cosas la idea de límite llera consigo 
no la de cerramiento y conclnsión, sino la de eontimiación con otra y 
otras, asi en la Mstoria de los hechos humanos es imposihle acotar cro- 
nológicamente las épocas con nna fecha absoluta, ni menos presentar- 
las como unidades cerradas que se van colocando cada una junto á su 
anterior, como las cuentas de un rosario, ya redondas é independientes 
y concluidas; sino que — como ya hemos hecho obserrar— ^saliendo cada 
cual de las entrañas de la precedente y elaborándose en ella, en el seno 
misino de una constitución distinta, se desarrollan como cinta sin fin, 
en una continuación perfectamente eyolutíva, en la cual pueden seña- 
larse jalones, grados y tipos de desenyolyimiento, pero nunca solucio- 
nes de continuidad (I). Tal sucede, y. gr., con la determinación de la 
época que se llama del renacimiento^ y tal con la que ya á ocupamos, 
que sé inaugura en distintos tiempos en los yarios países, y que no es 
sino el resultado de una tendencia marcada fuertemente en plena época 
feudal. 

Efecto de ella es la caraoteristica de esta época, que por eso se 
llama de la Monarquía absoluta; cuya significación, aunque se haya 
hecho odiosa en política, representa un movimiento jurídico notable: la 
reivindicación de la soberanía (esparcida y pulverizada en la época an- 



(1) Tanto 68 asi, qae en nna historia politicaí en Ingar de considerar como 
nn solo periodo el qne oomienca en el siglo ▼ y acaba en el xr, pide la realidad 
histórica qne se haga pnnto en el xixi, de donde comiensa todo nn nnevo modo 
de ser en la sociedad política. 

15 



HISTORIA DE LA PROPIEDAD COMUNAL 



terior) y de \a jurisdicción (1), y la resurrección del concepto unitario 
y absoluto del Estado, la consecuencia más importante, en este orden, 
del derecho de Roma. En esta empresa tuvieron que luchar los reyes 
con los señores feudales y con la Iglesia, encontrando ya de un modo, 
ya de otro, el apoyo de la clase media que empezaba á formarse en las 
ciudades, en las que, en más ó en menos, se había conserrado algo del 
tipo de organización romana. Entre los siglos xi y xii, empiezan las 
ciudades, con buena fortuna, á>recabar su plena independencia: nace la 
personalidad regimental y política de los ciudadanos; luchan con los 
señores, parapetados tras la muralla que cierra la ciudad y dentro de las 
torrecillas de sus casas; socórrenlos los reyes allá donde compreuiHeron 
los intereses de su política, danles franquicias ó se las toman ellos, re- 
pitiendo, no obstante, el tipo local y exclusirista de la sociedad feudal; 
abren sus puertas á los fugitivos de la opresión señorial, y al fin el mo- 
vimiento se comunica á los campos, y estalla en sublevaciones como la 
Jacquerie en Francia, la atribuida á Wiclef y de que fueron caudillos 
Wat-Tyller, Ball y Straw en Inglaterra, y las realizadas en los albores 
de la Eeforma, en Alemania. Nuestra ^Península fué uno de las países 
en que más vivo mantuvo el pueblo — á merced de causas varias— el 
sentimiento de su dignidad, de sus libertades y de su importancia po- 
lítica: y á fe que lo hizo valer y lo significó en muchas ocasiones. 

En las ciudades se amontona y crece la bourgeoiste; renacen la in- 
dustria y el comercio al abrigo de aquel refugio, y reverdece la organi- 
zación gremial romana, con nuevo valor. El bourgeois de aquellos tiem- 
pos podía decir, como Werner el de Wilhelm Meisteri (íLos poderosos 
de este mundo se han apoderado de la tierra y en ella viven con la fuerza 
y en la abundancia. El más pequeño rincón de nuestro mundo, se halla 
en poder del señor, y este poder se halla sólidamente establecido; los 
empleos y demás funciones civiles, producen poco. ¿Queda un patri- 
monio legal, una conquista legítima más que el cgmercio? Si los prín- 
cipes de la tierra se han hecho dueños de los caminos, de los ríos, de 
los puertos y sacan gran beneficio de los que por ellos circulan, ¿no de- 
bemos apoderarnos con diligencia de la ocasión de levantar, por nues- 



(1) La reiyindioaoión de la jarisdieoión y de U soberania que hacen los 
reyes al empesar la Edad Moderna, fué nn moyimiento espont&neo, necesario 
y total, que llevó, de un lado, la dirección anti-feudlsta, de otro, la anti*teocr&« 
. tica, puesto que ambos poderes señalaban una desmembración y división del 
poder jurisdiccional, que rompía con la tradición y el concepto absoluto 
que del Bstado tenían los romanos. El concepto de la unidad de poder y de la 
■oberania, es la obra magna y el titulo de gloria en política de Boma. En esto, 
la época del feudalismo, lo que se llama Edad Media, ofrece un espectáculo 
de todo en todo contrario. 



LA ÉPOOA DB LA HONABQÜIA 227 

lira actmdad, un knpnesto en proyecbo nuestro sobre todos los objetos 
qne las necesidades verdaderas ó ficticias de los bombres les bacen in- 
dispensables?!» ^ 

La clase media tenia, como todas en la bistoria, una misión y una 
finalidad que cumplir; y los reyes la apoyaron para favorecerse á si 
mismos, sin sospecbar, no obstante sus frecuentes ingratitudes^ y sus 
veleidades, que la clase media preparaba y babía de cumplir el cambio 
político más notable y más ruidoso que desde el de la tribu á la ciudad 
se ba cumplido en la bistoria. Por de*pro^to, concurriendo los intere- 
ses del pueblo y. de la monarquía, fué aquél la más segura arma contra 
el feudalismo que ésta pudo manejar. 

La lucba con las pretensiones y los esfuerzos de supremacía juris- 
diccional que la Iglesia mantuvo y realizó, era más difícil para los 
reyes. Y no obstante, siempre supieron éstos, como supo el pueblo, 
distinguir entre la Iglesia católica, y los Papas y el clero romano: no 
siendo obstáculo la religiosidad de los monarcas al tesón y á la cons- 
tancia con que casi siempre mantuvieron sus derecbos y su poder, 
basta en los tiempos de la contra-revolución religiosa, cuando reina- 
ban los católicos Carlos Y y Felipe II, cuya acción en el Concilio de 
Trento y en el asunto de la desamortización, siempre reveló la idea- de 
su valor político (1). 

Por todo esto, el municipio adquiere tanta importancia en la tran- 
sición de una á otra época; y por ello, aun cuando el poder real centra- 
liza la administración, y á poco que los anula, son elementos impor- 
tantes ,d6 esta edad, y sus bienes objeto de interesantes cuestiones y 
leyes. De aquí que, de entre todas las formas de propiedad comunal 
que en esta época se continúan de la anterior, sean los bienes comunei 
de los pueblos la más importante; porque al lado del principio social 
que representan, van á aparecer las ideas individualistas, cuya fuerza 
consistió no sólo en estar protegidas por testas coronadas con diadema 
y defendidas por cabezas coronadas del talento, sino en baber calado 
en la conciencia de las clases populares, y ser allí aspiración y sentido 
vivísimos, mucbas veces en daño del interés mismo de los pueblos. 

Al lado de estas comunidades, estudiaremos las independientes y 
los tipos de las familiares que se continúan; y con ellas, las sujetas al 
régimen feudal, que sigue siu alteración en Alemania é Inglaterra, 
basta alentado en sus intrusiones económicas por los reyes, como 



(1) Yid. Maranges, Reeurios de fuerzot en siu Bitud. /«rfd.— Soler, Dtémrso en 
la inangnraoión del curso de 1886 á 86 en la Universidad de Yalenoia, y articn- 
los en la Revista dé Eipa%a (1886) y en el Bol. de la InsU lib,f números 267, 245 
y 847.— Phillippson, La época dé Felipe 11^ primera parte. 



228 HISTORIA DE LA PBOPIBDAD COVÜNAL 

Bucedió en Rasia, en qne pnede decirse comienza ahora la Blarvidom- 
bre de los aldeanos. Asi, pnes, al tratar de los bienes de los pneblos, 
bay qne distinguir ante todo los sujetos á feudo, como en Inglaterra y 
Alemania, de los pueblos libres de él, pero pertenecientes á un estado 
real, y de los autónomos, que con forma también municipal, afectan 
cierta organización republicana; como en Suiza, Andorra, Neerlan- 
da, etc. 

Hay todavía otra clase priyativa de Rusia: pueblos pertenecientes 
al Tsar, que yiyen en comunida'd afectos al pago de un canon, y real- 
mente perdida su independencia. 

Haciendo el estudio por naciones, se impone enseguida la diferen- 
, cía de la erolución económica y comunal en los paises latinos, y aun 
algunos germanos, y el anglo sajón. De aquí que, sin mencionar más 
que á la ligera otros paf ses, tomemos como tipos del movimiento liberal- 
monárquico, á Francia y España; del feudal y concentrador de la 
propiedad, ^ Inglaterra; ocupando Rusia, y mejor Alemania^ como un 
lugar medio. 

En general, podemos decir que sigue en esta edad, cada vez más 
acentuada, la dirección individualista, apenas si detenida por la pro- 
tepción que los reyes de Francia y de España otorgaron á los bienes 
comunes de los pueblos, frente á las pretensiones de los señores; porque 
cuando á los reyes convino, abusaron en lo mismo que impidieron á 
otros, y á la postre hicieron pesar sobre los pueblos su derecho de 
dominio eminente heredado del feudalismo (<Kel rey es el señor de todo 
el territorio^), y las ideas individualistas desamortizadoras, bien ex- 
tendidas, en estado de sentimiento confuso, en los pueblos mismos; 
aunque la tradición y la percepción, clara á veces, de los perjuicios 
que habían de irrogarse, hicieron infructuosas las disposiciones de los 
reyes, pararon los deseos egoístas de los individuos y mantuvieron en 
firme un régimen que les procuraba en más de una ocasión, bienestar, 
paz y seguridad de existencia. 

En Inglaterra, como hemos dicho, la dirección es otra. Se produce 
primeramente el nacimiento de una clase numerosa de pequeños propie- 
tarios, en plena época feudal; para subsumirse luego en manos de los 
señores, ocasionando la acumulación actual que también se efectuó, 
con más grave abuso y daño, en Irlanda. 

Esta doble acción, desamortizadora en unas partes, divisora en 
otras de las herencias, y acumulativa en algunos países, que cede 
siempre en acabamiento y disgregación de las comunidades tradicio- 
nales, es la característica de esta edad. Los bienes comunes, ó los 
reparten los reyes, ó se los apropian á la vez ellos y los señores. Tal 
fué la idea dominante de Aquellos tiempos. 



FRAKCIA 229 



Pero aun con las diyiBiones efectnadad y las nsnrpaciones de los 
sefiores, siempre quedaron en común (ya entre los vecinos de un pne« 
blo ó los de nna región, ya entre ellos y el señor, como derecho mixto), 
los pastos, qne «e extendían á los prados comunes y ánn á las fincas 
particulares, levantada la cosecha. De aquí las protestas alzadas contra 
el cierre de heredades, protestas movidas por el interés común, en 
Inglaterra y Francia, y por el interés particular y privilegiado del Con- 
cejo de la Mesta, en España. De otro lado, subsisten en muchas partes 
el régimen de distribución temporal y rotación de cultivo, y las co- 
munidades de familia: tipos ambos de la organización comunista, tan 
arraigados, que aun hoy se mantienen, á despecho de toda acción con- 
traria, con más vida y mayor extensión de las que se les suponen. 



II. — Francia (1) 

Ya hemos determinado en la época anterior la existencia de los bie- 
nes comunales de que gozaban los pueblos, ó por derecho anterior al 
feudalismo, ó por concesiones, herencias, legados y compras. En el Me- 
diodía, más que en ninguna otra región, eran importantes estos bie- 
nes (2). Los baldíos y vacantes se atribuían en derecho, por Iq general, 
al señor, quien en cambio había de sufragar ciertos gastos de adminis- 
tración de justicia. Los comunales se reputaban inalienables. Sobre 
ellos, según hicimos notar, llevaban su mano muy arbitrariamente los 
señores; y otras veces, como en ocasión de las turbulencias anterio- 
res al reinado de Enrique lY (siglo xvi), algunos pueblos, abrumados 
de impuestos y deudas, vendieron sus bienes á precio vil; motivos aquél 
y éste de la serie de Ordenanzas Eeales que, desde 1567 á 1669 y años 
después, trataron de remediar los daños que se produjeron. La de 
1600 autorizó el rescate de los bienes mal vendidos, con devolución del 
precio en diez años; en 1669, se repitió la' autorización para los enaje- 
nados, arrendados ó acensuados desde 1620. En 1579 y posteriormente 
(1575, 1629, 1659, 1669), se proveyó á la devolución de los bienes co- 
munales depredados por los señores ú obtenidos con fraude; medidas 
que ofrecen ejemplo de la protección dispensada en este punto por los 
reyes á los pueblos. 

Además, en las tierras comunes quehabían concedido los señores 
á título gratuito, tuvieron éstos el derecho de retraer para sí ^/^ de los 



(1) Laveleye, Ob. e<&— Cárdenas, Ob, eU, I, o. X, lib. l.«, § 3.», pág. 18L— Dapin, 
HitU adminUtrative du común, en Juanee, p&g. 176. 

(2) Béqhard, Ob, eit. . 



280 HISTORIA DK LA PROPIEDAD COMUNAL 

montes y prados comunales; y enando sólo habían concedido el nso, 
podían dejar á los pneblos nada más que una parte. Los abasos dieron 
pie á la Ordenanza de 1667, que anuló estas divisiones, repuestas luego 
con tal que concurriese el títulp de donación y el requisito de bastar 
los Vs al aproTebhamiento común. De los terrenos cuya propiedad con- 
servaban los señores (es decir, de los en que sólo tenían uso colectivo los 
vasallos), no se proveyó nada; hasta que á principios del xviii se divi- 
dieron en dos partes, una que pasaba en propiedad á la comunidad y 
otra, libre de cargas, que quedaba al sefior. 

Y sin embargo de estas medidas, {en qué estadc^deplorable y mísero 
no se encontraba la población rural al avecinarse la revolución franco* 
sa y cómo eran aún duros y abusivos los derechos délos señores, que 
no sólo vejaban como antes, sino que habían roto hasta el lazo que, aun- 
que débil, existió entre ellos y el pueblo, mientras vivieron junto & él 
en el campo! Desde que las ciudades comienzan á renacer con su vida 
autónoma, se inicia el decaimiento de aquella época esencialmente rural 
que hemos visto; y cuando los señores .dejan de ser guerreros, y se 
convierten en cortesanos, comienza el absenteismo de las clases altas, 
se centraliza la vida toda como la política, y pesa aquel cambio de es- 
tado en los distintos órdenes de la conducta física, social, jurídica y 
económica de todas las clases. 

Al lado de las tierras comunales, subsistía también como hech(^ 
general la comunidad de pastos (vaine páture), derecho correspondien- 
te á los habitantes de una parroquia ó á los de varias vecinas, á veces 
pertenecientes á distintas naciones (en los Pirineos). Laitriere y otros 
autores del xvii y xviii, hablan de la existencia de este derecho y de los 
modos de evitarlo cerrando las propiedades, cosa que iba siendo fre- 
cuente. 

Las comunidades familiares y de aldeanos, que ya reconocimos en 
la época anterior, se continúan independientes y perfectamente' acen- 
tuadas (tal que casi todos los datos que ha aprovechado Laveleye pro- 
ceden de autores del xvii y xyiii); como 1' Alleu ^el Artois, la de Guit- 
tard, la de Lavedan, Preporché y otras (1). 

En esta misma época, los señores feudales alientan y hasta exigen 
la constitución de comunidades de siervos y colonos, para cederles las 
tierras; como se observa en el edicto de 1545 y en el título d^ 1625, ci- 
tado por Dalloz y alegado ya ppr nosotros. 

En este tipo de comunidades, los dos ejemplos de mayor interés 
son el de los manoa-muertas del Jura, que en 1689 viVían aún en co- 



(1) Lftyeleye, o. XIY. 



ESVARA. 281 

mnnidad familiar qne se llamaba meixj y cnyo nombre particnlar pasa- 
ba á los individuos en vez del de los padres (1); y el de un cantón de 
Lorena donde, según M. de Bogeville (1785), «todas las tierras están 
indivisas, como en tiempo de la creación, y cada año se reparte el cal- 
tivo á proporción del censo qne cada familia debe á los propietarios» (2). 

una Ordenanza de 1777 habla, con referencia á la Flandes francesa, 
de la concesión de derechos en las tierras comunales, mencionando nn 
matrimonio al cnal se otorgan ciertos lotes en posesión durante la vida 
de los cónyuges (3). 

En Bélgica, el Gobierno español había procurado la concesión de 
las tierras vagas (1572 á 1586); y María Teresa, en 1772, decidió su ena- 
jenación, que apenas si se realizó. 



m.— España (4). 

A pesar de que nunca se reconoció en los reyes el derecho de dis- 
poner de los bienes comunei y de propios de los pueblos (aunque en el 
hecho así lo hicieran á veces), y que de los mismos procedieron repeti- 
das disposiciones para restituir á los concejos las tierras de que se les 
había despojado ó para prohibir la enajenación (como hicieron los Reyes 
Católicos siguiendo la conducta de D. Juan 11 y otros), con Carlos I em- 
pezaron de nuevo las espoliaciones, originadas ahora por los donativos 
del emperador, de que se quejaron las Cortes de Madrid en 152S8; pues- 
to que además del daño que de ello se seguía, «muchos pueblos habían 
privilegio para que sus bienes no fuesen dados de aquella manera, 
así como para no cumplir las cartas reales que se dieran contravinién- 
dolo».. La contestación del rey fué más evasiva que resolutoria; y á pe- 
sar de que se prohibieron las enajenaciones sin real licencia, los pue- 
blos, unas veces por satisfacer tributos, otras sin causa justa, enajena- 
ron con tal prisa y desorden, que en algunas comarcas faltaron los 
pastos y se encarecieron las carnes. Esto obligó á ordenar la devolución 
de las tierras enajenadas, rotas ó acensuadas en los diez años, sin licen- 
cia; y que de las de fecha anterior, viese el Consejo, para que si lo fue- 
ron con facultad real y término fijo, al pasar aquél volvieran á los pue- 
blos como dehesas de pasto (5). 



(1) ChM§ín,BéprUdelaBivolMUon,l,lG^jieí 

(2) Citado por Mathien, Vaneien régimt en Xorral«i0. 

(8) P. Legrand, LegUlaUon désportUm» mtnagért» ou si/vrts de marais dcms le 
Tlord de JVaiM». 
(4) Cárdenas, Oh. eO., II, lib. 9, o. y.~ABoArate, Oh. eit, U, 
(6) Ley 6, tit. 7.*, Ub. YU, Nnev. Beo. 



HISTORIA DK LA PROPIEDAD jOOHüNAIi 



Insistiendo las Cortes en negar el atribuido derecho de disponer, 
qne sobre estos bienes se arrogaba la Corona, obtuvieron hacer de sn 
pretensión exigeneia para otorgar los tributos. Asi, al pedir Felipe 11 
un servicio de millones, hnbo de aceptar para obtenerlo la condición 
de qne no se venderían en adelante tierras concejiles... Ignal sucedió 
á Felipe III (1609), á Felipe IV (1632), y á la reina gobernadora (1669). 
So color de justas restituciones, pero en rigor para remediar urgencias 
del Estado, mandó Felipe Y, en 1788, incorporar á la Corona aquellas 
tierras concejiles que fueron en un principio baldías ó realengas, para 
lo que se nombró una Junta. Beclamaron los pueblos, sosteniendo su 
derecho al aprovechamiento de las tierras incultas, y lo pactado cuan* 
do los servicios de millones; pero se les desoyó, hasta que en 1747 Fer- 
nando VI derogó todo lo dispuesto por Felipe V. 

La negligencia de los concejos había hecko que se perdieran mu- 
chos bienes, lo que junto á los crecidos tributos y necesidades, hacia 
aumentar las cargas y arbitrios. Se recurrió al rey, y Carlos III empe- 
zó por intervenir la adoiinistración de los bienes concejiles, poniendo 
el ramo de propios bajo la dirección del Consejo de Castilla y la Conta- 
duría general de propios. 

Se procedió también, como remedio á los vicios de la administración 
municipal, á repartos de tierras en 1761, 66, 67 y 68. Pero no surtiendo 

1 esto, ni las medidas de la Contaduría, el efecto apetecido sobre la admi- 
nistración municipal, y siendo vivo el clamoreo contra la amortización, 

' fie dictó ley en 1770 para repartir todas las tierras labrantías ^pro^as 
de los pueblos (exceptuando <tla senara atierra dé concejo en los pue- 
blos donde se cultivase ó se conviniesen cultivarla de vecinali>, las ya 
repartidas anteriormente si se mantienen en cultivo y las arrendadas, 
en el tiempo que dure el arriendo) del siguiente modo y por estos 
grados: 1.® Labradores con^ una á tres yuntas, sin tierivi para em- 
plearlas? ocho fanegas por yunta; 2.^ Braceros, jornaleros ó sena- 
reros: tres fanegas, que perderán por no cultivarlas en un afío (no 
se incluyen los pastores ni artista alguno); 8.^ Si hecho el reparti- 
miento entre todos estos que lo pidieren, sobran tierras, se repetirá 
entre los mismos labradores hasta completarles las tierras que puedctn 
labrar con sus yuntas; si todavía sobraren, se repartirán á los que ten- 
gan más de tres yuntas, según necesiten; y si no, se sacarán á su- 
basta las tierras, admitiéndose forasteros. Cosa análoga se dispone en 
los números 10, 11 y 12, para las las dehesas de pasto, con respecto á 
la bellota y hierba, en su distribución (1). 



(1) Lib. 7, tit. 26, 1. 17, Nov. Beoop. Ed. PobUoidad, II, p&g. 565. 



ESPAÑA 2S3 

Esta ley, que se anticipaba á las desamortízadoras de la Conven* 
ción y que tenia nn sentido proporcional, bien diferente del ignalitario 
de aquéllas, chocó con grandes inconvenientes y vino á cumplirse en 
pocos lugares. De modo que los pueblos, en su mayoría, siguieron dis- 
frutando sus bienes y el Gobierno interriniendo en su administración: y 
basta que Carlos IV , en 1792, dispuso que el sobrante* de propios (1) ' ' 
y. arbitrios, cubiertas sus obligaciones, se invirtiera en extinción de 
vales reales por ocho año^ lo que en 1794 se conmutó por un impues- ' 
to de 10 por 100, aumentado basta Vs de los sobrantes, cubiertos 
gastos y la antigua contribución del 10 por 100. 

Jovellanos, en su Informe, sefialaba vivamente, siguiendo la co- I 
rriente desamortizadora, los inconvenientes de la propiedad concejil-. J 

Al propio tiempo que los bienes comunes de los pueblos, subsistía ) 
la prohibición del cerramiento de heredades sin licencia real, para que^ 
disfrutasen de los pastos, levantadas las cosechas, los ganaderos; cuya ' 
prohibición, nacida por cositumbre y sancionada ya en el siglo xm, no 
la habían fijado en sus leyes los visigodos, á pesar de que dejaron sub- 
sistente el derecho común de pastos. 

Las medidas estas se acentuaron htijo D. Carlos y Doña Juana, 
pero ya en favor de la Mesta. Las defienden los jurisconsultos del xn 
y XVII, Avendafío, Suárez, Hérmosilla, llegando á decir Covarrubias 
(tan defensor del derecho de los pueblos), que ccada uno puede hacer 
en el fundo ajeno lo que le aprovecha y no dafía al fundos (2). 

Las exageraciones de esto j los privilegios excesivos del honrado 
Concejo,— bien diferentes al disfrute beneficioso de los pastos y ras- 
trojeras que regía en Galicia, Santander, Asturias, Alto Aragón y 
otros puntos — levantaron quejas, de que fueron sujetos Sistemes, el 
diputado por Extremadura; el intendente de Sevilla; el decano de su 
Alidiencia, Sr. Bruna, y en fin, Jovellanos, todos los cuales defienden 
el cierre. 

Dos fuentes principales hay para conocer las vicisitudes de carácter, 
tanto de los bienes comunales de los pueblos, como de otros usos sobre 
tierras privadas, y la importancia y valor de la ganadería. Es una la 
Nueva Recopilación y su segunda parte ó Novísima, que en mucho la 
reproduce. La. otra es la Colección de Ordenanzas y privilegios de la 
Mesta, que en 1781 publicó el licenciado Diez Navarro- (8) y en la cual 



(1) Adviértase que casi todas las disposioiones citadas se refieren á los pro-" 
pios. Aún se respetaban los comunales, 

(9) Este es un aforismo' muy antigno, qne ya eita Champonniére: tpatett qui 
facvtt in clUiM fundo quod ei, etc.» Layeleye, 886 nota. 

(3) Quaderno de leye$ y privilegio» dd honrado Concho de la Meata..,, por el Li- 
cenciado D. Andrés Diez Navarro. En Madrid. Año de MDCCXXXI. 



284 HISTORIA DB LA PROPIBDAD COMUNAL 

86 contienen numerosas' disposiciones concernientes á aqnellos ex- 
tremos. 

De estas dos series de documentos legales, se dednce el siguiente 
estado de la forma de propiedad que nos ocapá. 

A pesar de las usurpaciones de los reyes y de las ventas impruden- 
tísimas de los municipios, la existencia de los bienes comunales seguía 
siendo la regla generaL Tratan de ellos y de los de propios, diferen- 
ciándolos, el libro tu, títulos y, ti y yii de 1» Nueva Recopilación, y 
el vil de la Novísima, títulos jx, xvi, xxi, xxiii y xxiv, más especial- 
mente el xvr que se titula de los Propios y arbitrios de Ion pueblos, y 
el XXIV que trata de los montes. En todas las leyes se procura fo- 
mentarlos y mantenerlos, disponiendo varias la devolución de los usur- 
pados y la reintegración al carácter de comunes, de dehesas que habían 
sido rotas (1). Del mismo modo, se prohibe adehesar terrenos en Gra- 
nada €para que todos los vecinos lo puedan comer con sus ganados y 
bestias y bueyes de labor, no estando planlado ó empanado^» (2); y se 
deroga en 1491 una Ordenanza de Avila para adehesar las heredades y 
hacerlas términos redondos. Muchas veces cedía esto en particular be- 
neficio de los ganaderos asociados en la Mesta, y así se hallan en el 
citado Qaademo repetidas disposiciones que se refieren á su preferente 
derecho sobre los pastos. Pero, al mismo tiempo, se confirma en ellas 
la existencia de los comunales de pueblos, incluso cuando se da entra- 
da en ellos, como si fuesen de vecinos, á los ganados de la Mesta (3). , 

Los usos comunales no se limitaban á las tierras (prados ó montes) 
poseídas por los pueblos como comunidad, sino que continuaban los 
usos sobre las tierras privadas, tal como los hemos descrito anterior- 
mente, y con separación de los privilegios abusivos que se concedían á 
la Mesta. Así en la Nueva Recopilación (4) hay ana ley que prohibe 
adehesar alzado el fruto, para que puedan pastar en común los gana- 
dos; y en una Pragmática de 1638 se alude directamente al uso fre- 
cuente de pastar los ganados en viñas y olivares, alzado el fruto, con- 
firmando este derecho para los lanares, una sola ley hay en que se con- 
cede á gentes extrañas al vecindario poseedor de los terrenos comunes, 
el uso de éste; pero es sólo en los sobrantes de propios, dice la ley, 
que una vez acomodados los vecinos hubieran de arrendarse (5). En la 



(1) NoviBima, ley 4.», tit. XXY, libro YII.. 

(2) Nuev. Beoop., ley 13, tit. Vil, libro VII. Novis., S,*, XXV, VII. 

(8) Provisión de Carlos I y su madre Dofta Jaana en 1699, referente á los 
plantíos de monte en que entren los ganados de veoinos. qiMdtimo.*^ primera 
parte, folio 206. 

(4) 27, tit. VII, lib. VU. 

(6) Ley X, tit. XXVII, Ubro VIL Beales Observancias de 1784 y 1788. 



esfaITa 285 

misma, se alude á comunidades convencionales, que formaban á veces 
ciertos ganaderos y labradores con los municipios. En efecto, como re* 
Bultado de aquella ley que prefería en los sobrantes citados <Eá los gana- 
deros, habitantes y moradores en las sierras», acudieron en queja los ga- 
naderos y labradores de Llerena, que tenían comunidad en los pastos 
sobrantes de algunos pueblos, y los que la disfrutaban en los montes 
de León: á todos los cuales se mantuvo en su derecho. El término de 
propios que usa la ley, es equivoco^ porque en realidad, según los térmi-J 
nos de eu disfrute, los terrenos á que se refiere eran comunales. 

Otras comunidades había; las celebradas entre ganaderos y que se 
llamaban «posesión de compañía» (1). Kesultaban más bien casos de 
co- propiedad,- como las que hemos citado en la Edad Media entre pro- 
pietarios colindantes. 

Los excesivos privilegios del Concejo de la Mesta cuyos rebafios 
habían invadido todas las tierras, produjeron una reacción cuyo efecto 
alcan2íó también á los comunales y á los usos consuetudinarios de los 
vecinos sobre rastrojos y barbechos. 

Carlos m, en 1778, declaró cerrados los olivares, vifíás y huertas, 
y por 20 años los terrenos de árboles silvestres; concediendo por punto 
general este derecho, á los duefios de tierras... Carlos lY reconocía lo 
mismo á las rastrojeras y entrepaños. La ley de 1818 concluyó esta 
cuestión, declarando cerradas de derecho todas las propiedades priva- 
das; lo que sí finó con los abusos del Concejo de la Mesta, no acabó 
en modo alguno con las comunidades de pastos y las derrotas del Nor- 
te y Oeste. . 

Pero el régimen comunal no se limitaba á los pastos en las tierras 
de vecinos ó en las de particulares. 

A esta misma época corresponden las organizaciones comunales 
con repartos periódicos de tierra en Extremadura, Castilla y León, 
las cuales describiremos más adelante. Los datos más extensos relativos 
á la de Llanabes los da« como veremos, la autobiografía de D. Antonio 
Posse,. que escribía de 1798 á 1796. Continúan también las federacio- 
nes de pastos de los Pirineos, las faceriae y. otros restos de organiza- 
ciones comunales que, como aún subsisten en mucho, reservamos, su 
detalle para cuando nos ocupemos del estado actual de este régimen de 
propiedad. 

Una forma muy rara— porque sólo hay de ella tres ejemplos— se 
manifiesta en esta época por documentos autorizados.. Es la comunidad 
de pesca de Cadaqués (Gerona), cuyo estudio se ha hecho en vista del 



f'7\- ^ 



(1) Quademo.. Parte a.\ tit. XXU, Uy 8.« 



HISTORIA DE LA PBOPIBDAD OOMUKAL 



Libro de Ordenanzas qne comienzan en 1542 (1) y acaban en 1792. Esta 
recopilación se debe aJ clarario Antonio Mallol, qne en 1675 trasladó 
de nn yiejo manuscrito las Ordenanzas anteriores, á las cnales fneron 
añadiéndose en el mismo libro (qne se conserva en el archivo parro- 
quial de Cadaqnés),' las sucesivas. De su lectura — dice el Br. Rahola — 
se deduce cque es una recopilación de afiejos usos y costumbres en 
rigor .entre los pescadores de aquella costal»; de modo, que no obstante 
proceder las primeras actas del siglo xvi, de ellas se desprende la exis- 
tencia de la comunidad en tiempos muy anteriores. 

Las Ordenanzas nos revelan un régimen de usufructo común con 
repartos ó distribuciones periódicas. La población de pescadores se di* 
vidfa en compañias ó encem$j formadas por unos cuantos pescadores 
con dos laudes y el boliche ó red; las encesas turnaban en el usufructo 
de las calas que había á propósito para la pesca. Primitivamente ^ estas 
compa/ñiaa tenían tan escasa personalidad ante la colectividad superior 
que formaban todas ellas juntas, que no podían rechazar á los pesca- 
dores que les asignaban los cónsules; pero esto se remedió en 1667, en 
cuya fecha, por acuerdo general de los patrones de boliche, se determi- 
nó que dos cónsules no pudieran poner hombre alguno en las calas, si 
no es con el consentimiento de los patrones de la referida^. 

«Al principio — añade el Sr. Bahola — fneron verdaderas comunida- 
des pescadoras con instrumentos de pesca colectivos, trabajando por 
igual y repartiendo los productos entre los cabezas de familia. Más 
tarde, los instrumentos de trabajo llegan á ser de propiedad particular, 
pero los provechos pertenecen á la comunidad. 

3>Cuando se escribieron las Ordinaciones en que nos ocupamos, to- 
davía existían artes de pesca comunales. En un acuerdo tomado el día 
20 de Abril de 1688, se lee lo siguiente: Y si per cas Deu permetés que 
aqnell holitx que no aura a¿ ais cdtres, los moros lo prengueseri, lo que 
Deu no vulla, que en tal cas los altres bolitxs tingan de llevar tota aquella 
gent del tal boUtx y los. del foch y los agen de donar la part igualment 
com ells, tant como durará V istiu. 

»De la frase que aquell bolitx que no aura ab ais altres, se desprende 
con. toda claridad la existencia de boliches de aprovechamiento común. 
Sin ir más lejos, todavía en el Puerto de la Selva existe un arte comu- 
nal que se echa al mar el día de gran abundancia de atunes, arte que 
estuvo primero en la iglesia parroquial en el altar de San Pedro, y que 
hoy puede verse en la Gasa de la Villa. jBien sabe Dios cuánto tuvo 



(1) Libre áe OrdinwHw» de la pesquera de la vüa de OadaquUy fetos desde Vany 
1542. Mi ilastrado amigo D. F. Bahola, le ha dedicado un interesante artionlo 
en el periódioo baroelonés La Vanguairdia^ de donde tomo estos datos. 



BSPAf^A 287 

que hacer aquel municipio para privar que se incautara el Eetadol» 

Otros acuerdos de 1716 y 1725, repiten el carácter de comunidad de 
usufructo entre todos los habitantes de Gadaqués, con tal que trabaja- 
sen ó ayudaran de algún modo en la pesca. 

. La colectiyidad era tan cerrada, que si algún miembro de la encesa 
moría ó era hecho cautiyo, continuaba percibiendo su parte, como si 
estuviera vivo y trabajando: género de ficción parecida á la que intro- 
dujo el derecho romano para los prisioneros. 

La solidaridad de los pescadores era tal, que constituyeron un teso- 
ro de cautivos, alimentado proporcionalmente por todas las encesas, y 
cuyo objeto era rescatar á los cautivados por los corsarios. Con el mis- 
mo objeto, se ordenó en 1727 que en las noches reservadas ó en que pri- 
mitivamente se prohibía pescar, «se diera una cala por los pobres cau- 
tivoB^D. Además, las encesas contribuían á los ^tos religiosos (edifi- 
cación de iglesias, etc.), y demás atenciones generales; para lo cual 
los patrones, como se declara en repetidos acuerdos, podían crear ar- 
bitrios con entera independencia de sefior alguno y del gobierno cen- 
tral. Semejante autonomía, concluyó con los Borbones. En 19 de Abril 
de 1756, el subdelegado de Marina interviene por primera vez en el sor* 
teo. de calas; y en Noviembre de 1788 empiezan á redactarse las Orde- 
nanzas en castellano, aunque siguiendo el «estilo y consuetud que se 
ha observado y se observa entre estos pescadores de tiempo inme- 
morial». 

A pesar del distinto espíritu de los tiempos y de la embarazosa 
ingerencia de las autoridades delegadas del poder central, la tradición 
continúa, practicándose 0n no pocas Ordenanzas antiguas. 

También, no obstante el espíritu individualista que iba dominán- 
dolo todo, sigue en esta época, muy generalizada, la comunidad de las 
familias rurales. La mayor parte de las capitulaciones que han servido 
al Sr. Costa para sus estudios sobre la familia rural aragonesa, son de 
estos siglos, y especialmente del xviii. En Asturias y en Cataluña, 
aunque con diverso sentido, continúa también la comunidad, y en Ga- 
licia, la 'sociedad gallega es el tipo común. En cuanto á los retractos y 
tanteos que sirven para retener los bienes patrimoniales en la familia, 
la Nueva Recopilación reproduce lo consignado en el Fuero Real, con- 
firmado por Pragmática en 1478 (1). 



<1) En la KotíSm ley 1.% tit. 3:111, libro X. 



HISTORIA DE LA FROPIBDAD COMUNAL 



IV;— Inglaterra . 

Bin necesidad de recordar aqni pnnio por punto el cambio político 
que se prodnce en esta edad en Inglaterra, conviene traerlo á recuerdo 
7 llevarlo por delante, para formar jnicio del estado y medio en que se 
verifican los sncesos tocantes á la propiedad comunal, qne vamos á 
resefiar. 

Nótase desde Inego la existencia ¿e tierras de aprovechamiento co- 
mún de los vasallos ó terratenientes de cada señor, el cual, arrogán- 
dose el derecho directo sobre ellas, concede ó deja el derecho de uso, 
ya en pastos, ya en leñas, etc. Procede este derecho, ó de la misma 
organización del feudo— resoltado del cambio de la mark en manor — 
como resto del derecho del grupo que recaia antes sobre el todo; ó de 
concesión posterior expresa, de prescripción ó por costumbre. A veces, 
el derecho de pasto en la tierra común se extiende á terratenientes que 
no dependen del señor feudal en cuyo dominio radica aquélla; ó á más 
animales que los de labranza, á otros usos, etc. Al igual, hay pueblos 
'que tienen en un mismo terreno mancomunidad de derecho con otros. 
Por último, continúan los campos comunes (commonjíelds), que itson 
tierras destinadas á labranza, pero en las que levantada la cosecha, se 
establece ún derecho común de pasto, ya para los propietarios, ya para 
los vecinos del término^». 

Enrique III (1216) habia permitido que los señores acotaran la 
parte de los ten;enos comunes no indispensables al servicio á que tu- 
vieran derecho sus vasallos. Eduardo I (1272 1807), amplió este dere- 
cho á los terrenos que sólo eran comunes por prescripción ó costum- 
bre, salvo siempre <iel derecho estricto de los vasallos» (1). Jorge 11 
(1727, 1760), ya permitió el acotamiento de toda clase de terrenos, si so 
hacia para plantar monte y con el permiso ó consentimiento de todos. 
Jorge III quitó toda condición, siempre que lo acotado no excediese 
de Vis de la tierra común, y se empleara su producto para mejorarla. 
Siguió esta corriente en las Endo8ur¿ Acta publicadas de 17l6 á 1848, 
que han reducido á propiedad privada 7.660.400 acres O/s^^Ia propie- 
dad cultivada). El movimiento de las Enclomre Acts (leyes de ce- 
rramiento), obedeció— dice Maine — ^con el cierre de lotes en loa campos 



' (1) En igual temperamento y con idéntico espirita ge producen en Francia 
las reseryas de derechos en los comunales, que se suponen concedidos por los 
señores á. beneficio de éstos. Asi, Salvaing y Coquille consideran legitima toda 
restricción en el uso de bosque y pasto, con tal que reste bosque suficiente 
para los usuarios. 



IKGLATERRA 289 



comunes, á la intención de romper la costumbre de los pastos y exten- 
der el cultivo sistemático de las praderas, lo que ja proclamaban los 
escritores del siglo xVi, 

Al lado de esta tendencia, se han individualizado las tierras en otro 
sentido: distribuyéndose á título de censo ó largo arrendamiento entre 
los terratenientes de cada feudo, los campos comunes en la proporción 
de Vie para el sefior y "/,« para los interesados eñ la común, y en reía' 
cien á la tierra^ que cada uno ptíéee. En 1780 se Repartieron proporcio- 
nalmente 12.500.000 fanegas (1). 

Sin embargo de todo esto, la característica general de la evolución 
económico-jurídica en Inglaterra, es la tendencia bacía una acumula- 
ción de la propiedad en manos de los señores, verdaderos laii fundía 
modernos. La relajación de los vínculos comunales en la mayor parte 
del país, combinada con la mutación de los servicios personales de los 
vasallos y sierVos y sus prestaciones, en el pago de canon que les 
ponía en posición de verdaderos arrendatarios: mutación causada á 
su vez por el aumento del precio de los jornales á que obligaba la 
desmedida extensión de las tierras de los sefiores , para cuyo cultivo 
no bastaban los siervos cuyo trabajo rendía poco, relativamente; 
todas estas causas juntas, crearon en la misma época feudal, perb muy 
avanzada, la numerosa é importante clase de los pequeños propietarios, 
cop^ Tioldere, que acusaba el nacimiento de una robusta clase media 
propietaria y agrícola (la yeomanryj, numerosa é influyente en el si- 
glo xvi, y á raíz de la revolución. Pero 'como de otra parte eran los 
señores muy aficionados á atribuirse la propiedad de las. tierras y á in- 
vadir los bienes de los pueblos, en lo que se veían sostenidos y alen- 
tados por los reyes, resultó que les fué cosa fácil por la debilidad, 
consiguientemente mayor, que la desunión é individualidad de los 
yeomanry presentaba, invadir sus propiedades y someterlas poco á 
poco á su dominio privado; con una suerte de proceso igual al que se 
produjo eaRoma entre los pequeños propietarios plebeyos, poseedores 
de lot^s en el ager repartido, y los grandes propietarios que al fin se 
convirtieron en los latifundio^ quienes, constituyendo la regla general, 
no llegan, sin embargo, á la totalidad del orden económico. 

Así desaparecieron la pequeña propiedad de los copy holdera y la 
gran parte de la propiedad comunal de los pueblos, con tanta más fa- 
cilidad cuando que en estas depredaciones de los señores no tenían 
aquéllos el apoyo que en Francia encontraron casi siempre de los reyes; 
puesto que ni la Corona, ni el Parlamento se cuidaron de defender* 



(1) C&rdenae,I,lib,l.«,c.8,§8.« 



240 HISTORIA DB LA PROPIEDAD COMUNAL 

lo8..Ayndó á esta eTolnción la teoría de que al verificarse la conquista 
todo el suelo se redujo á propiedad de los invasores, quienes la repar- 
tieron entre los jefes (luego señores feudales), de donde por merced se 
constituyeron de nuevo las tierras de los pueblos. Esta teoría, aplica- 
da á Irlanda, produjo un despojo pronto y nunca perdonado. 

No se crea por estQ que toda propiedad comunal desapareció. Man- 
túvose en muchos sitios, en las corporaciones municipales que han 
. tenido siempre rentas propias de que se sirven para cubrir sus nece- 
sidades; 7 aun bajo el dominio eminente que se arrogaban los señores 
sobre las tierras, en casi todascontinuó el derecho común de pastos, 
según va dicho, y aun más, el régimen de distribución y cultivo del 
antiguo toumship, 

Mr. William Marshall (1770-1820), escritor de agricultura y notable 
observador de las costumbres populares, nos ha dejado en un librp 
suyo (1) relación del estado del cultivo en varios condados ingleses, de 
la cual resultan los siguientes dates. Hace pocas centurias, todas las 
tierras de Inglaterra ^ran abiertas (lay in an open) y se conservaban más 
ó menos, en estado comunal. Los diferentes modos de estar organizada 
la posesión de las tierras, que en el centro j en la parte alta del reino no 
variaba* mucho, permiten llamarlas en su totalidad , isommon Jklds 
(campos comunes), townshipg, — Cada parroquia ó towmhip era consi- 
derada como una granja ó heredad (farm) común. Había pómeramente 
el sitio común ú homestall, que lo constituían unas pequeñas cercas 
como criaderos de vacas y otfos terrenos para cebar y desarrollar ani- 
males domésticos. Alrededor del homestall se dejaba una serie de 
campos arables; luego seguían los prados de pastos (meadow grounds ó 
inga). Los campos que no se podían cultivar y los especialmente pro- 
pios para pastos, etc., se dejaban para el ganado^ Las tierras más dis- 
tantes tampoco se cultivaban, destinándose para el abastecimiento de 
madera y leña, y aun para pasto común, caso de ser posible, llevando 
cada poseedor un número de cabezas en proporciona las tierras po- 
seídas en el ii^ierno. 

Cada ocupante tenía su parte proporcionada de tierras de varias 
cualidades y en diferentes sitios; pues que las tierras arables, sobre todo, 
estaban divididas en porciones según el rango y el número de los ocu- 
pantes. El todo se dividía en tres partes ó campos en constante rota- 
ción: la sucesión trienal de barbecho, trigo (ó centeno) y una cosecha 
de primavera.— Lo mismo dice Marshall que sucedía en la época feudal. 

Así han podido encontrarse repetidps vestigios en nuestros días de 



<1) BUmmtary end Praetieal TreatUe <m Landed Property (London, 1804). Cita- 
do por Maine. 



ALEMANIA 241 

la propiedad y organización comnnistas, especialmente en Cambridge, 
Oxford, Lauder y otros puntos; merced ^ los cuales, se puede adelantar 
la seguridad de que tenia aquel régimen gran extensión en el siglo pa- 
sado; y aun hay quien afirma, que hace 80 años era esa la organización 
general de los Condados del Norte y Centro. Lo que no sabemos es 
hasta qué punto puede afirmarse que la mayor parte de estos derechos 
de disfrute comunal fuesen concesiones de uso permitidas por los se- 
ñores ó que éstos no pudieron suprimir, pero sobre las que se levanta- 
ba, como derecho superior, el dominio eminente de aquéllos (1). 

En Escocia, que siempre había conseryado, aun cuando formó parte 
de la Corona inglesa, cierta independencia y originalidad de costumbres, 
subsistió con mayor fuerza la propiedad comunal, efecto, á la vez, de la 
subsistencia de la organización patriarcal de los clanes. Sin embargo, 
éstos hablan declinado desde el primitivo régimen patriarcal á una or- 
ganización de fuerza militarista, que convirtió á los jefes casi en seño- 
res feudales, y que, por tanto , perjudicaba mucho á las relaciones 
entre los antiguos miembros de la comunidad (2). En Irlanda, cuya 
historia bosquejamos en la Edad anterior, resultado de la conquista, 
de la lucha de los clanes y de la supremacía casi -feudal de los jefeSj 
el principio de comunidad deja tribu estaba relajado. Como mues- 
tra de ello, nótese que en el siglo xvi ya no» había más que dos gé- 
neros de sucesión: 1.^, la tanistry ó comunidad familiar bajo la jefatu- 
ra del más anciano, para las familias de los jefes; 2.*^, el reparto por 
igual fgavelhind) entre los h^os, para los labradores. En el siglo xvii, 
la parte independiente de la isla no contenía más de 60 clanes/en lucha 
continua y esclavizando los jefes á los demás hombres (8). 



V.— -Alemania. 

Ocupa Alemania, con Busia, un punto intermedio en la evolución 
económica que en dos direcciones divergentes se señala entre Ingla- 
terra y Francia, como tipos de las dos razas europeas más importantes. 
En Alemania, como en Busia, el feudalismo— con todos sus caracte- 
res — es un hecho que subsiste hasta nuestros días con igual valor: en la 



(1) Land latos of EngUmd (8UUm$ of kmd..., III).~ F<Ua^« cwMnun,^ III, pagi- 
nas 97 489. 

(2) Dnqae d'Argyll, Ob, cit., pAg. 646. 

(8) Meyer y Ardanjb, Ob, e«.— Longfield, The Unure qf land in Irdand (SUUms 
tlfland».,!),- 

16 



242 HISTORIA DE LA FBOPIEDAD COMUNAL 

primera, por lo arraigado de la inetitnción; en la segunda, por lo tarde 
que Dace. Verificase, por tanto, el mismo fenómeno obserrado en lor 
demás países, respecto á las intrusiones y abusos de los señores, que 
tendían á hacer propiedad privada snya la comunal de los pueblos, ó 
reducían á condición servil á bus habitantes. Sino que al fin, Alemamflí 
concluye por ampararse de las ideas individualistas de división, que' 
evitan la acumulación inglesa; y Rusia, aunque tendiendo á lo misma, 
mantiene su constitución comunal del m»V, variando tan sólo la condi- 
ción de derecho de sus miembros. ( 

Ya en esta edad, la tendencia en Alemania es á deshacer y des- 
membrar la comunidad de la marh antigua, que había quedado como 
una comunidad agraria, haciendo de sus pordoneñ propiedades particu- 
lares (en lo que seguíase la dirección general de las ideas y de los he- 
chos); ya desmembrando realmente la tierra común, ya con virtiendo la 
posesión de los lotes que se repartían, de temporal en perpetua, por el 
cese de los repartos periódicos. Es que se disgregaba el ^upo social, el 
lazo moral y de sentimiento que formaba su nervio, y los bienes habían 
de seguir la misma suerte que el organismo: disgregarse é individua- 
lizarse. * 

De otro lado, los señores invadían con frecuencia las tierras dé los 
pueblos, atribuyéndose su propiedad con la impunidad y la intensidad 
que el predominio del estado feudal, cuya vida se ha prolongado allí 
hasta nuestros días, aseguraba. A esto respondieron las reclamaciones 
hechas por los aldeanos en los levantamientos que siguieron á la Re- 
forma, en' los cuales se descubre bien clara la conciencia que tuvieron 
siempre de sus derechos y de las espoliaciones de los señores. 

Al fin, yendo de desmembración en desmembración las comunida- 
des, llega el período de desamortización legal; y en 1798 en Hannover, 
luego en Austria, y por Federico II, de 1769 á 71, se ordena la distri- 
bución de las tierras comunales. Quedan, no obstante, grandes vesti- 
gios de'esta propiedad comunal, y notables impresiones de su existencia 
. en las prácticas agrícolas, las cuales han permitido á Maurer, Nasse y 
otros (1), las reconstrucciones y estudios notables que sobre la materia 
llevan hechos, y de los que nos hemos servido para muchos puntos de 
nuestra historia. 

En toda su integridad, subsisten en esta época comunidades como 
la de Drenthe en Holstein, que afectaba forma federal; la de Wester- 
wold, que sólo desde 1316 reconoció la soberanía del obispo de 
Münster, enviándole anualmente un capón curado al humo por cada 



(1) Bofts, y últimamente Khamm, ouy.oa estudios expondremos máá adelante . 



BÜBIA 



familia; la de Delbrnck y tantas otras ya estudiadas en la época ante- 
rior (1), qne pudieron escapar á la opresión feudal (2). 



VI.— Rusia. 

Puede decirse que en esta edad es cuando Eusia empieza á signifi- 
carse con cierto valor en la historia europea, luego que Ivan III re» 
constituyó en unidad la nación subyugada por los mogoles inyasores. 
Foresta razón no hemos hablado aptes de ella, tanto más, cuanto que 
se le puede referir lo dicho á propósito de los eslavos en términos ge- 
nerales. Tratemos ahora de detallar la historia de la propiedad rusa, 
con mira especial á la forma comunista (3). 

La prímitíva organización rusa es, sin duda, lAfcmiUia troncal^ com- 
puesta, ya de un matrimonio, ya de varios ; pero — añaden Meyer y 
Ardant — aún no se ha constituido el mir. Los labradores son dueños de 
SQB campos hasta el principio de la invasión mogola (s. xiii). A su lado 
empieza á formarse la gran propiedad de los príncipes, de la nobleza 
rural, de los leudes que la recibían en henefieio^ las rurales de los ciu- , 
dadanos de las dos repúblicas existentes (Novgorod y Pbkov) y la de la 
Iglesia (año 1000). Al fin, los grandes duques de Moscow reunieron 
en sí los principados waregos (4), empezando la lucha con los boyardos 
independientes, que dura hasta Ivan IV, después de la invasión mo« 
gola. El tsar se atribuyó la tierra señorial, desposeyendo á los boyar- 
dos y ciudadanos, pero concediéndola á los funcionarios con carácter 
señorial. 

Los aldeanos quedaron como arrendatarios libres: pagaban su im- 
puesto al tsar y un canon al señor. En los dominios directos del tsar, 
los aldetoos cultivaban libremente la tierra pagando un impuesto ele- 
vado, pero eligiendo sus jueces y administradores (starostasj, — Por 
fin, en las tierras libres, que no eran del tsar ni de los señores, ;dvian 
labradoriBS también libres, mirados como propietarios absolutos (tierra 
negra). Podían «bandonar sus tierras ó dejarlas á sus hijos. Se regían 
por si y pagaban impuesto al tsar. El principio de que ela propiedad 
se debe al trabajo, que era el predominante— HÜcen los autores cita** 



(1) Cap. II, p&g8. 197-98.— Laveleye, 119^20. 

(2) Morier, The agrarian legitlation qf Pmíta,, (Siitema ef land ténure,., ni). 
AxoArate,0&.ci(.|II. 

(8) Laveleye, c. liJlL^Siatém» of lana ienwéj o. YII. Especialmente Meyer 
y Ardant, Ob, dL, I. 

(4) Los waregos, pueblo que fundó ana porción de principados en la Bcsia, 
y cnya invasión se verificó entre el siglo yiii y ix. 



244 HISTORIA DE LA PROPIEDAD COMUNAL 

dos—les hada más aptos para recibir el nomos georgikos que las XII Ta- 
blas; y así fué el derecho bizantino paro el qne, luego de refugiarse en 
la población eslava del Bajo Imperio, pasó á Rusia y ejerció mayor 
influjo. La herencia no se conoce en la familia agrupada. Más tarde, 
y hoy, cuando se hace la distribución de los bienes por llegar á ser 
aanélla muy numerosa, es siempre en relación al trabajo que cada in* 
dmduo aportó á la comunidad. La casa paterna va al más joyen, ó en 
su vez, la mejor parte de tierras. 

Después de la invasión mogola (1228 á 1402), que abre un largo pa- 
réntesis en la historia de Rusia, toda la tierra, incluso la negra, se atri- 
buye en principio al tsar. Quedaron libres, no obstante, los aldeanos, 
pudiendo vender su derecho. Esto lo hizo más firme Ivan lY, exten* 
diéndolo á toda la tierra. 

Con tal dependencia directa del tsar los labradores señoriales (tierra 
blanca) ganaban en situación; y por eso quisieron tanto á Ivan. 

En sustitución de los boyardos nacionales destruidos, se constituyó, 
en tiempo del primer tsar, como va dicho, una jerarquía de boyardos 
empleados, á los que se dio la antigua tierra blanca (feudal),* como bene- 
fídal: no bastando ésta, los tsares les dieron parte de la negra. De esta 
tierra benefícial, parte la tomó el señor, haciéndola cultivar por aldea- 
nos, en corvea; y la otra quedó á éstos en posesión precaria. — En la 
tierra negra concedida, los aldeanos perdían el usufructo, que pasaba 
al señor, pero con la idea de conservar la propiedad. De aquí el prover- 
bio: «Ya tvoi, no zemlya moya.i> Con frecuencia el boyardo* exigía un 
canon por el resto de la tierra cuyo usufructo dejaba al labrador. Por 
esto, cal sobrevenir la emancipación de los siervos (1861), éstos han 
encontrado inicuo que no se les devuelva el dominio de la tierra culti- 
vada directamente por el señor, y que se les obligue á pagar por anua- 
lidades el valor de la que se les dejó en usufructo. He aquí el germen 
de una nueva revolución agraria* (1). 

Loq tsares introdujeron el principio bizantino de que el señor ó bo- 
yardo era responsable del impuesto debido por los aldeanos. A conse** 
cnencia de las guerras, éstos abandonaban las tierras para ir á otras, 
colonizando así regiones desiertas y fundando c&nfinea militares. Ade- 
más, el contrato entre el señor y el labrador podía romperse anualmen- 
te (día de San Jorge), abandonando éste la tierra. Ivan lY el Terrible, 
condenó á una multa al que abandonase el dominio, lo que produjo la 
sujeción de los labradores de la tierra blanca. 

En lá negra, de que sólo parte habían concedido los tsares, el sta- 



(1) Meyer y Ardant, loe, eiU 



BUBIA 245 

roBia era el responsable; y InegOf solidapamente, los aldeanos. Estos 
Bo pueden dejar la tierra sin poner en su lugar otro que pague el im- 
puesto (1); y semejante solidaridad, origina la idea de un derecho igual 
á la tierra. La idea, de la comunidad familiar se extiende al contacto de 
la rural de todas las familias comprendidas en una circunscripción. La 
antigua inokoma ó zcidruga, se expande bajo la influencia del mir na» 
cienteV cuyo origen — según sostienen Meyer y Ardant — es una medida 
fiscal, como en el Bajo Imperio. Por eso— añaden — es un error tener 
á la comunidad rural rusa fmr) como institución nacional prímitiya (2), 
pues se funda en la disolución de la antigua familia troncal, cuyos ves- 
tigios se encuentran en la relación de parentesco que aún parece unir 
á los miembros del mír y en el hecbo de haberse verificado en un prin- 
cipio el trabajo en común como en la zadruzna. 

La cuestión en realidad, es muy oscura: y asi lo reconoce el mismo 
Fustel, no obstante opinar que el mir antes de la ley de la abolición de 
la servidumbre era una comunidad servil, á la cual, apuesto que el sue- 
lo pertenece ^ otro duefio que el mir mismo, no se puede llamar comti- 
nidad agraria^ (8). Tchitcherine, un#de los más asiduos investigadores 
de estos problemas, parece inclinarse al origen fiscal que Meyer y Ar- 
dant sostienen; y dice que la organización del mir proviene de un ukase 
de Fedor Ivanovitch (1592). De todos modos el origen no influye sobre 
el hecho mismo de formarse una comunidad hoy subsistente y muy 
Oftraoterizada. x 

Según los mismoff autores (con fundamento á lo que parece), es un 
error también el creer que la servidumbre de los aldeanos procede del 
día de San Jorge en 1497. Aun entonces podían abandonar las tierras, 
los de la negra colocando un reemplazo, los de la hlanoa pagando la 
multa fijada; lo cual era fácil, porque decrecida la población, no fal- 
taba un sefior que por atraer cultivadores, pagase la multa 'y ofreciese 
mejores condiciones de contrato. — La sujeción directa á la tierra em- 
pieza por la concesión hecha al monasterio de la Trinidad en Mos- 
oow (1460), cuyo privilegio se generalizó poco á poco, transcurriendo un 



<1) Obséryese la analogía de esta oondjoión y la de los siervos castellaiíos y 
catalanes antes de sn liberación. 

<S) Coincide con esta opinión la de Stolipine, qnien fundándose en los libros 
antiguos del catastro, prueba la existencia anterior al mir, del sistema de 
franiM eUélada* sobre la base de^la familia, sin la solidaridad al pago que dis- 
tingue al mir. Asi existían en la primitiva Gran Busia y en Mosoow. El repar- 
to de lotes por igual, según él, nació con la seryidumbre. 

(3) Art, eit di la Rev. de quéit. JUsUyr. Como se ve, insiste Fustel en nó recono- 
cer & las ¿ervüé» carácter de comunidad. 



246 HISTOBl^ DB LA PROPIEDAD COMUNAL 

eiglo antes de la entera sapresión de la libertad personal de los labra- 
dores de la tierrü blanca. 

Con la casa de Rnrick concluye legalmente la libertad. £1 ukase de 
Boris (1597) ordena que durante cinco años el señor paede reciamftr al 
Ubrador que ha huido del que lo detenga, perseguirlo y Yolverlo á k 
tierra. Después de este plazo, ya no cabe eater derecho. Be aquí el con- 
siderar al aldeano unido á la gleba. La limitación de los cinco años 
cayó en desuso. 

En la tierra negra los aldeanos continuaban libres; pero los boyar* 
dos modificaron la ley á su gusto, igualándolos á loe de la blanca. Los 
aldeanos se opusieron á esto con levantamientoa repetidos, desde De- 
metrio el Falso á Pougatchef (época de Catalina II). A consecuencia 
del de Demetrio, Godunof tuTO que dar en 1601 un ukase devolviendo 
á los aldeanos la libertad; pero fué repuesto el primitivo por Waüdis- 
lao en 1607. £1 Código de Alejo Michelowitz (1645-76) contiene la der- 
fínición de la servidumbre rusa. Los aldeanos que huían se reCugñban 
entre los cosacos, y llegaron á fundar una i^epública de aldeanos libres 
7 armados, que elegían ¿ su jef#ó hetmán. Pedro I (s. xvii) redujo 4 
servidumbre á los que quedaban libres en los distritos de Novgovod j 
Árchangel, luego de sojuzgar á los eohacoa. 

Los siervos, no obstante su condición, podian comprar para sí tierras 
que adquirían en pleno derecho de propiedad, lo qué introdujo un 
principio de desigualdad en las comunidades (1). (Continuó tal estado, 
muy desarrollado el m»V, hasta la ley de libertad de 1861, cuyo ípre- 
cedentefué el reparto que en 1881 se efectuó, por igual/ de las tieroas 
de las comunidades (2); reparto, al parecer de loe datos ^aotuales,lsin 
efecto. 

Resultado de todo el proceso descrito, pueden señalarse en esta 
edad los tres tipos de comunidades siguientes: 

1) Comunidades de aMeanos libres h&jo Ha forma del mir. 

t) De ^rvos propiedad de los señores y especialmente de la iraeva 
Boblesaa hurocrática: estaban sujetos á la tierra como los siervos ofén- 
dales. 

8) Comunidades dependientes directamente del tsar, quien ^se^ons- 
tituyó en propietariade las aldeas que antiguamente eran patrimonio de 
la Corona; las que, sin advertirse del cambio, continuaron en su Dfíisma 
organíjsación comunal, pagando al tsar personalmente el mismo tributo 
que á la Corona antes. 

Además, en el Mediodía, influido menos que otra región por'bl dé* 



(1) Isabel I, tviuda de Pedro I, prohibió esto dereoho. 
<2) Heyer y Ardant. 0&. cit. 



OTR08 PAÍSES 247 



recho romaijio ni el fendal, continúan las primitiTas comunidades de 
familia tipo eslavo, como la zadruzna danubiana. 



Vn. — Otros países. 

La existencia de la organización comnnal como la mark gennánica, 
es indudable en Dinamarca, Suecia, Holanda, Noruega (1), en alguna 
de cuyas regiones hoy día subsisten aún muchos usos comunales, como 
veremos. En Dinamarca, siguiendo la corriente general, á mediados del 
siglo XVIII desparece la propiedad comunal. En Holanda continúa largo 
tiempo en muchas localidades; y en Suiza, su organización económico- 
política de cantones y comunidades ((ülmendB)\\e^ hasta nuestros días. 

Lo mismo puede decirse de la constitución comunal familiar de 
las regiones danubianas, mantenida hoy en mucho, y que es el tipo 
más perfecto de la comunidad familiar. Las de Italia van decayendo 
más rápidamente que las de Francia, obedeciendo á la dirección domi- 
nante de las ideas, y sólo se conservan las comunidades de pastos en la 
montaña. 

En América— cuyo descubrimiento y primera colonización se efec- 
túan en los albores de esta Edad, — se encontró muy extendido el régi- 
men de la comunidad, generalmente sobre pastos y cosechas espontá- 
neas, porque son poco agricultores aquellos pueblos; de lo que atesti- 
- guan viajeros, cronistas 'é historiadores de aquel continente. Según 
Oliveira Martins, los cronistas portugueses señalan la comunidad den- 
tro de la familia, extensiva á los frutos y utensilios, entre los tupinan- 
hcM del Brasil, dato que repite Wrangel para los habitantes de la Amé- 
^ca ex- rusa (2) y Eward para los caraibas y otros indios del Orinoco. 
Podria añadirse que también en nuestros cronistas de Indias, aunque 
no detallen mudho estos hechos (de menos importancia para los más 
que las batallas y las misiones), puede verificarse cosa análoga, respecto 
no sólo de la comunidad de la familia sino de la tribu, sobre la tierra y 
con cultivo en común (8). 



Pertenecen á esta época varios ensayos, establecimientos y proyec- 
tos teóricos de comunidades, que ya continúan el sentido Qiístico de 



(1) Vid. Yon Maurer. — Viüag, comm., leet. I. 

(2) Beflpeoto 4 los indios pieles*roja8, es oiert» la existencia casi total de la 
eomonidad. 

<8) Tal puede verse en la SiÉtaria corographiea^, de la Nueva AndoJMófOt Cu- 
mandt 6hM»yana,'etc., por Fr. Antonio Canlin.— Madrid, 1779.— Lib. 1.*, cap. XII. 



248 HISTORIA DE LA PROPIEDAD COMUNAL 

las religiosas, estudiadas en la Edad anterior, como los Hermanos mo- 
ravos de Hutter y Scherding que presentaron todos los defectos del 
error de sn origen y del principio socialista y autoritario que los múi- 
tenia; y los moravos de Zinzindorf (siglo xviii) que atienen la yida 
común, pero no los bienes», según dice un autor; ya ofrecen un aspecto 
más terreno y revolucionario, co^o los anabaptistas que, confundidos en 
un principio con los aldeanos de Metzler que pedían sus legítimos de- 
rechos á las tierras usurpadas por los señores, concluyeron por formar 
una secta en que el fanatismo religioso sólo servía á los planes de un 
deppotismo como el de Juan de Leyde, ante el que era un engaño el 
principio de comunidad predicado á los comuneros en nombre de las 
doctrinas eyangélicas. Valga para todas estas cdhiunidades nuestro 
juicio de las religiosas en la Edad anterior. 

Los libros de Moro, Bodin y Campanella, aparecidos en el siglo xyi, 
que representan una seria tendencia al comunismo socialista, caen 
plenamente en la apreciación que de los proyectos platónicos expusi- 
mos. Nacidos de una necesidad de mejora sentida y reforzada por el 
triste estado de las clases bajas, concluyen todos, renovando el prin- 
cipio licúrgico, por recurrir al medio que entonces podía parecer más 
fácil — dados los conceptos de Sociedad y Estado que reinaban y que 
luego han influido en obras de contemporáneos nuestros -y no sólo 
fácil, sino natural; pero que ciertamente es el peor, puesto que lleva al 
despotismo en cosas que sólo el prppie convencimiento de su utilidad, 
allá donde la hubiese, ó la existencia de un l&zo moral, étnico ó de pa* 
rentesco, unido á sentimientos de aquí derivantes y reconocidos en el 
curso de esta Historia, pueden fundar. De todas las comunidades que 
llevamos estudiadas (excepto acaso la de Licurgo), á ninguna funda la 
opresión. Nacen de suyo, y por eso se mantienen, atendiendo en todos 
órdenes á las necesidades naturales de los hombres, sobre cuyo olvido, 
así como el de sus naturales sentimientos, nada puede fundarse. 



CAPÍTULO IV , 

CUARTA ÉPOCA. — LA REVOLUCIÓN INDIVIDUALISTA, 



En rigor, ni loe economistas del siglo xviii, ni los revolucionarios, 
tuvieron que hacer grandes esfuerzos para implantar sus ideas. Salvo 
aislados casos, al parecer concretos y reducidos (1), ó limitados á una 
clase especial de bieues y conservados por tradición, el indmdmHsmój 
en los países latinos y en los mismos germánicos, habla vencido y sé He* 
vaba tras si la evolución ecoDÓinica. El individualismo es no sólo un 
principio que al orden de la propiedad puede referirse, sino un principio 
social, político, familiar, científico, aspectos todos de una raíz más 
alta metafísica. Por eso la división de la propiedad no es más que nna 
consecuencia de la exaltación del individuo, de su predominio en 
la vida, de la ruptura y disgregación del grupo, de la asociación, de 
la .familia y del parentesco como una unidad; es^ uuo de tantos efectos 
como los que en política produjo. Y por eso, según el individualismo 
personal — derivante del concepto del hombre y de su fin — va cre- 
ciendo, aumenta también la separación y fraccionamiento de la propie- 
dad, cuyo carácter comunal pierde terreno, defendiéndose y sos- 
teniéndose por la fuerza de la costumbre en unas partes, por las ven- 
tajas que traía, en otras, y al fin borrando de día en día su carácter. 
Así, que donde se conserva más pura, es allá donde la persona social 
que la producía se mantiene menos alterada, donde aún existe el sen- 
timiento y el lazo moral del grupo, de parentela más ó menos real, ge- 



(1) En si eran aún maohisimos. Pero en relación & la propiedad privada, 
la minoría. 



250 HISTORIA DE LA PROPIEDAD COMUNAL 

neralmente; y con él la experiencia de utilidad y conveniencia econó- 
micas.. 

Especialmente en los pais'es latinos, habíase perdido el lazo orgá- 
nico moral que constituye en un grupo perfecto á los pueblos ó á las 
asociaciones familiares (lazo y sentido que se mantuvo entre los esla- 
vos), dejando de reconocer las comunidades como organismos sustan- 
tivos, con personalidad propia y natural (aunque en beneficio de sus 
mismos miembros, cada uno, singuli: en lo que descansaba la propie- 
dad común), formando una persona tuce.swa en el tiempo, digámoslo 
así, puesto que con las generaciones se cambiaban sus componentes; y 
se vio sólo á los individuos en su existencia y necesidades temporales, 
con desprecio de vínculo a\gun o, procurándose la satisfacción de todas 
ellas, en lo físico y en lo psíquico, por sí solos, bastándose con sus pro- 
pias fuerzas, en una propia y cerrada esfera inviolable y amplísima de 
actividad; restaurándose á su favor el concepto absoluto del dominio . 
que imprime sello al derecho romfúio (1). Entonces se vnelve á llamar 
á la asociación persona jurídica^ olvidando las tradiciones germanas y 
su sentido de la vida social. Y para quien conozca la historia de los or 
ganismoB sociales y sepa el valor que tenía el grupo arcaico y la nove- 
dad de la exaltación del individuo — que fué el coronamiento de toda la 
artística y mañosa elaboración jurídica llevada á un grado superior de 
desenvolvimiento por los romanos, — luego de la posición exagerada 
socialista de la ciudad (que sólo lo era en el terreno político, pero muy 
al contrario en el civií)^ le es fácil comprender todo el alcance que tiene 
llamar á las sociedades, á todo lo que sube sobre el individuo (que 
viene á ser la única períowa natural)^ persona jurídica. 

Y no sólo se llegó á la posición atomística de los individuos y á la 
consideración de su vida independiente, aislada de la de los otros, for- 
mando una esfera cerrada sin acceso á los demás, y en la que es abso- 
luto y exólusivo señor, concepto muy á luz en las obras de Housseau y 
de Kant; sino que económicamente se vio un peligro ó una ÍDJusticia 
en toda forma de comunidad, y se la persiguió en todas sus manifes- 
taciones; desde la comunal de los municipios á la de las familias (2). 
En este movimiento individualista se llevó la palma Francia, cuya 
Revolubión , que da nombre á esta época y de' que se originaron 
otros movimientos, es una explosión del sentido romanista, igualita- 
rio^ atomístico; y en otro orden, del dualista de la escuela del derecho 



(1) El feadalismo es, en esencia, indiyidaalista; pero relaja el principio la 
diTlsión de derechos que realmente le domina, y que forma una característica 
de la propiedad en la Bdad Media. 

(2) Yid. Memoria dirigida & la Asamblea de Berry en 1788.— Lav«tey«,i9Q6. 



LA KBVOLUCIÓN INDIVIDUALISTA 251 

•abstracto. — Asi, en este respecto, la Revolnción no hizo nada propio 
ó mejor, nada nuevo. Besamió, dándole remate formal y aparatoso^ el 
sentido individnalista qne había venido creciendo en la política y en la 
«ciencia desde el Renacimiento, especialmente, y al que se debían las des- 
amortizaciones españolas, los repartos de Luis XIV y Luis XV, las 
distribuciones y las Encloaure Acta de los ingleses. Bien pudo decir Le 
Play que dos vicios de la Revolución, cuanto más se estudian, más se 
ve que no' han sido sino la continuación ó la consecuencia de los abusos 
del antiguo régimen decadente^ (1). Lo genuinamente revolucionario y 
suevo, fué la destrucción de los derechos señoriales, la libertad de las 
olases labradoras sujetas á servidumbre y de las industriales forzadís 
al greniio, y el advenimiento á la política y á las altas profesiones de' la 
clase media, que luego habla de dirigir por caminos nuevos y hacia ho- 
rizontes repentinamen4>e descubiertos, el desenvolvimiento jurídico pro- 
vocado, sobre todo, en el orden político. No se ve este doble carácter de 
hi Revolución tan marcado, como en los dos períodos que la francesa 
alcanzó en su desarrollo. En el primero, abolióse el régimen feudal y 
fie concluyó la obra de reivindicación de los bienes que pertenecieran d 
Ids pueblos y habían usurpado los señores, siguiendo así el camino se- 
ñalado por las Ordenanzas Reales. En el segundo, conseguido el objeto 
principal, qne érala gran reforma revolucionaria, se impuso el espíritu 
individualista que latía en su fondo> y vinieron los repartos y Ventas 
de bienes comunales, las leyes sobre herencias y la destrucción de las 
comunidades familiares; de cuyo sentido no se apartó un ápice el ^6- 
digo de Napoleón, hasta merecer la célebre frase de Renán: <kEI Códi- 
jgo de Napoleón está escrito para un hombre nacido expósito y muefto 
célibe.5> 

Bastan las indicaciones apuntadas para fijar el carácter de la Revo- 
lución francesa en lo que toca al: asunto de nuestra historia. El hecho 
total —mirado á veces d«sde un punto de vista limitado ó secundario**- 
cnenta hoy con una literatura tan vasta y varia, desd« Velaunde á 
¡EnGkmann-Chaitrian,de Quinet á Janet y Oncken, del autor incógnito 
de los Crimeneé déla Eevoluáán (I7d^^^) á Aulard:en «us Conferendoi 
de 1886, que sólo el examen de tanta opinión y juicio, sacándonos de 
¡nxLeñito propio campo, nos había de ocupar mucho tiempo. Rigorosa- 
mente llamada poF la fuerza.de los hechos acumulados y de las necesi- 
dades precisas de inmediata satisfacción, fué, en lo bueno y en lo malo, 
sin dada, más de lo que se -propusieron sus inmediatos autores; peso 
axo más allá de lo que sus elementos generadores prestaban. Tx>do io 



(1) S<fomie«oelAZ,UI,pag.481,iioiaia. 



252 HISTORIA DB LA FIíOPIBDAD GOMÜITAL 

' ' lili ; '' " ' ' ' 

qne hizo, lo originó de si misma; y la explicación de sus dos momentos 
esenciales y de las dos revoladones qne dentro de la total pueden se- 
ñalarse , búsqnese enteramente en el modo con qne habla sido prepa- 
rada, en el estado de la conciencia pública, en la disposición de las ideas, 
bien clara en los autores del xviii, y en las consecnencias, si no lógicas 
siempre, fácilmente dednctibles, de los principios qne habían calado en 
el e&piritn del pueblo. Si en el gran movimiento de la política francesa 
en el pasado siglo, hemos de distinguir la ReTolación de 1789 de la Be» 
Yolnción de 1793, y defender y apadrinar á la primera tanto como repu- 
diar á la segunda, hágase tal, puesto que la distinción no puede ser 
más acertada; pero no se tenga á esta última como hija de la locura del 
momento, de la obsesión reyolucionaria, de una maldad reflexiva y 
cruel de los hombres, como suelen decir autores poco escrupulosos del 
respeto á la verdad y al decoro de la historia: porque la Revolución de 
1793 no fné inventada á provecho de {jacciones políticas, sino que se 
impuso, y hay que diputarla, con todos sus vicios, como hija de su tiem- 
po, correspondiente al sentido de la política y de las relaciones sociales 
entonces dominante, tanto como la de 1789, en la que la grandiosidad 
de la empresa, lo noble del cometido y los esfuerzos de sensatez de una 
minoría penetrada de su misión y de la fuerza que esto la daba, supie- 
ron apartar y tener sofocados todos los excesos, deplorables y condena- 
bles ante el tribunal de la historia, pero fatales de suyo. 

Veamos ahora las consecuencias de sus leyes y de su espíritu en las 
formas de la propiedad comunal, lo mismo en Francia que en otras na- 
ciones, en que corrió paralela la misma idea é iguales procedimientos, 
no ciertamente en todos casos copia de los franceses, sino efecto de 
propia energía é impulsión original. 

Desde luego, el efecto mayor de las leyes desamortizadoras recayó 
sobre los bienes de los municipios, ya por ser la masa colectiva y comu- 
nal de propiedad más considerable , ya porque realmente el Estado no 
pudiera influir ni llevar la mano sobre otraií (comunidades de fami- 
lia, V. gr.), ni lo creyó prudente en todas ocasiones. De un modo indi- 
recto se pudo influir sobre un uso comunal, como era el de pastos libres^ 
por el cierre de las propiedades privadas, dictado en 1791 en Francia, 
en 1813 en España y por las Endosure Acts en Inglaterra. Aun las 
leyes sobre los bienes de los pueblos (contando con que hay que excep- 
tuar no pocas regiones: Suiza, Busia^ las eslavo -danubianas), no tuvie- 
ron todo el efecto que pudiera esperarse; pues ni se cumplieron por 
igual, ni muchas veces llegaron á tener realización, merced á deroga- 
ciones légales; y además, en muchos puntos se distinguió entre los bie- 
nes verdaderamente comunales de los pueblos y los de propios^ siendo 
para estos últimos más rigorosas y ejecutivas las disposiciones, aunque 



TRANCIA 253 



aquéllos no salieran bien librados siempre; ya porque de nn modo di- 
recto se ordenara su reparto, como en Francia, ya porque se les in- 
cluyera alguna que otra vez, confusa é indebidamente, entre los de 
^propios. * 

Algunas disposiciones se dieron también que tocan á la comunidad 
del patrimonio conyugal y familiar— que es una especie, aunque redu- 
cida, de comunidad— motivo por el qué nos ocuparemos de ellas. 



n.— Francia. 

La consideración repetida del movimiento revolucionario como in- 
dividualista y desamortizador, pudiera hacer creer que hasta los decre- 
tos de 1792 y 93 no había en lÉ'rancia más propiedad privada que la 
señorihl, ó si había otra, era insignificante. Conviene rectificar este 
prejuicio. El mismo Laveleye, al querer explicar la diferencia de la 
evolución económica en Inglaterra y en Francia, por la persistencia 
con que en esta última se habían mantenido las comunidades, al revés 
dejo que ocurrió en Inglaterra, dice que la disgregación de aquéllas y 
la aparición de la clase de pequeños propietarios, se verificó en Francia 
cuando ya el feudalismo iba de vencida (por lo que no pudo acumular 
la propiedad, como hicieron los ingleses), y cuando se acercaba la Re- 
volución; de modo que <Kentre el momento en que. los comuneros se 
transforman en pequeños propietarios, y aquel en que el Código civil 
vino á emanciparlos completamente, la aristocracia feudal no tuvo 
tiempo de usar de su poder» para ensanchar sus propiedades á costa de 
aquéllos. 

Esta apreciación se funda en los hechos. Según Tocqueville (1), en 
1789 había un número de propietarios privados igual á Vi ^ Va ^^ los 
actuales; notándose, de los expedientes que para la venta de los bienes 
nacionales se instruyeron, que la mayor parte de loi adquirentes eran 
ya dueños de otras tierras. Turgot y Necker hablaban del número ín- 
menao de fincas pequeñas que había, lo cual (caso aparte de la exage 
ración que quizás se puso en el adjetivo), pudo también observar el 
•viajero inglés Arturo Joung (2). 

Por otra parte, Luis XI Y ordenó en su tiempo distribuciones en- 
tre los vecinos, de las tierras de aprovechamiento comuna dando á cada 
familia un lote igual. Asi se dispuso también para la provincia de 
TroisEvechés en 1762: en 1771, 78 y 77, respecto á las Generalitéi de 



(1) Vancfén régime et la Revolwtion. 

(2) Aco¿rate, 06. cJí., n. 



254 HISTORIA DE LA PROPIKDAD COMUNAL 

Ancli y Paq; en 1774, en Borgoña, Maconado, Anxerroie y los pay$ 
de Gex y Bagey; en 1777, para las provinciae franoesas de Flandes; y. 
en 1779, en Artois (1). 

Asi las cosas, sobreviene la Revolución, en la cual, en orden á la 
propiedad comunal y especialmente á la de los pueblos, hay que dis- 
tinguir dos periodos: el de defltrncoión de los derechos señoriales, 
y el de ^repartimiento y redacción á propiedad délos bienes de los 
municipios. Ambos períodos responden, como hemos dicho, á dos 
sentimientos perfectamente lógicos y perceptibles en la Revolución. 
Kunca los pueblos, ni en plena Edad Media (2), ni cuando las discu- 
siones de los juristas en el xvi y xvii, ó las intrusiones de los seño- 
res y de los reyes, habían perdido la noción y la conciencia de sus de- 
rechos primitivos y de las usurpaciones de unos y otros, á pesar de las 
teorías jurídicas hechas al caso. Así, que tanto en los levantamientos 
de los aldeanos después y antes de la Reforma (el de Jhon Ball en In- 
glaterra, el de Metzler en Alemania, la Jacquerie en Francia), comben 
el siglo xvix en Rusia, como en las sediciones'' de tiempo de la Revolu- 
ción con sus excesos terribles, como en las reclamaciones de nuestras 
Cortes, siempre se trató de reivindicar, y se llevaba al frente, un pro- 
grama de los derechos de los pueblos contra las usurpaciones de loa 
señores (8). 

Esto era ciertamente lo que más importaba á las, clases francesas 
no aristócratas. La población rural gemía en un estado deplorable: la 
opresión señorial pesaba sobre ella.* M. E. Levasseur, en su Hiatoire 
des dassea ouvriérea en France, ha trazado un cuadro muy viyo del esta- 
do de la propiedad y de los labradores antes de 1789. «En los últimos 
tiempos de la monarquía antigua— dice — la propiedad era en gran par- 
te feudal y continuaba gravada con la mayoría de las servidumbres 
y desigualdades de la Edad Media, á las que se habían añadido las ser- 
vidumbres y desigualdades reales. — El privilegio vencía al derecho, 



(1) Cárdenas, I, lib. !.•, es. XT y XTI. 

(2) «El despotismo teoorátioo y el monárquico han obtenido más de nna ves 
el reoonooimiento, casi el afecto, del pueblo á qaien sujetaban. El despotismo 
feudal siempre ha sido rechazado, odioso, insoportable: ha oprimido los desti* 
nos de los hombres sin reinar jamás en los corasones; porque en la teooraoiat 
en la monarquía, el poder se ejerce en virtud de ciertas creencias comunes al 
señor y al vasallo..., habla y obra en nombre de la divinidad ó de una idea ge- 
neral, pero no en nombre del mismo, del solo hombre. El despotismo feudal «s 
del todo diferente: representa el poder del individuo sobre el-individuo, el do- 
minio de la voluntad caprichosa y personal del hombre: esta es la tiranía por 
excelencia, que el hombre no ha querido jamás aceptar.»~-G-ttiBot, Hittaria df 
la cío. en Europ., Lee. IV. 

(3) Vid., por ejemplo, los doce artictdos del manifiesto de Motsler y Stock. 



FRANCIA 255 



puedo decir que era la forma ordinaria del derecho, en una sociedad 
que en materia administratiya, rentística y civil, hacia en todos senti- 
dos preferentiias personales. Este era el vicio radical del régimen anti- 
guo... dificultaba el reparto de las cargas públicas y perjudicaba asi el 
desenvolvimieato tle la riqueza del Tptk^.— Labradores pchreSy agricul* 
tura pobre; agricultura pobre ^ soberano pohre^ baibia dicho Qnesnay cus* 
renta años antes del viaje de Arturo Joung^ (1). 

«El rey, el clero y la nobleza, poseían la mayoría de las tierras, las 
tres cuartas partes próximamente; los plebeyos V4 apenas. Y no es que 
la propiedaA no estuviese muy dividida en algunos puntos (2). Al lado 
de los vastos dominios de algunos grandes señores, había pequeñas y 
muy pequeñas propiedades fundadas por aldeanos ó por hidalgos cam* 
pesinos que manejaban por sus propias manos el arado; y por bajo de 
los propietarios grandes ó pequeños, cultivaban parcelas de corta exteuf 
sión y á título diverso, los colonos.^ Fuertes trabas dificultaban lasada 
quisiciones de los plebeyos, y aún, cuando llegaban ¿ ser propietarios^ 
estaban sometidos á infinidad de cargas. Sobre la cosecha recaían el 
champart ó porción reservada al señor, el diezmo, el privilegio de reco- 
ger el vino oon antelación, á favor de los señores: tenían éstos el dere^ 
cho de vender únicamente su vino durante treinta ó cuarenta días para 
evitar la competencia; el derecho de corvea que arrancaba al labrador 
á sus faenas cuando más precisos eran sus cuidados para la tierra pro- 
pia; y sobre todo, -el odioso derecho de caza, que' daba lugar á infamias* 
como la cometida por el mariscal de Broglie con uno de sus arrendaüi^ 
TÍO85 cuyo criado había tenido la desgraciada idea de matar una res- que 
destrozaba el jardín. El mariscal deptruyó toda la cosecha y el arbolado 
del arrendatario, usando de su derecho de caza (3). 

€La monarquía — dice M. Levasseur — había llevado el privilegio 
hasta al pago de las deudas privadas. El deudor insolvente, si era noble 
ó tenía apoyo en la corte, obtenía del rey moratorias, del Consejo de 
Estado decretos de sobreseimiento^ y los vencimientos se aplazaban.» 
La Revolución se dirigió contra este régimen. «El Tercer Estado trazó 
claramente las grandes líneas de la sociedad nueva. — No más cartas- 
órdenes del rey, no más confiscaciones; garantía completa de la liber- 
tad individual, de la libertad de trabajo (impedida oon la tiranía gre-* 
mial), de la libertad de imprenta, inviolabilidad de la propiedad, supre- 
sión absoluta del régimen feudal y redención de los derechos que de él 
derivan, abrogación de todo privilegio pecuniario, reparto igual del 



(i) i.« part., I, pág. 23. . . 

(S) Comp.ant6fl,pág. 96& 

C8) M. Gardin, Le bon vieux tempr, oit. por Bampal en bu Letire aum culL/rane» 



256 HISTORIA. DB LA FBOPIBDAD COMUNAL 

impuesto y votación de las contribuciones por la Asamblea nacional, 
responsabilidad de los agentes del poder ejecntivo: tales eran los votos 
unánimes del Tercer Estado. Para llegar á este fin, hubo que sostener 
numerosas luchas, y sufrir terribles borrascas.» 

A estos votos — impulsados más aún por la conducta délos aldeanos 
que sé tomaban justicia por mano propia — se debieron: el decreto de 4 
de Agosto aboliendo el régimen feudal y sus derechos anejos, y luego 
las disposiciones de 1790 aboliendo el triage y las divisiones que 
hubiera producido sin sujetarse á la Ordenanza de 1669 (1); la ley de 
1791, en que se dio á los pueblos la propiedad de los baldios y vaoanlei 
que tenían los señores, excepto, los poseídos de un modo público y so- 
lemne antes de 4 de Agosto de 1789; la de 1792, en que, extremándose 
el rigor, ya no se respetaron estas excepciones; y en fin, la de 179S, de- 
clarando que todos los baldíos (excepto los adquiridos á título oneroso 
de que había acta auténtica) (2), podían ser reivindicados pior los pue- 
blos, «poniendo así, dice el Br. Cárdenas, á los nobles fuera de la ley». 

xHasta aquí el primer momento de la Bevolución. Libertadas las 
tierras de manos de los señores y acumuladas en las de los pueblos, 
obró el sentimiento individualista (8), y se pensó en la reducción de 
aquéllas á propiedad privada. La Asamblea Legislativa acordó en 1792, 
la división ó reparto de las tierras de los pueblos entre los vecinos, 
exceptuando los bosques, y dando á la medida un carácter obliga- 
torio. En 1798, luego del último decreto relativo á los derechos de los 
señores, se llegó á pensar en repartos generales de bienes, idea que la 
Convención cortó; de raíz, pero disponiendo respecto á los de los pue- 
blos, el reparto, si lo autorizasen los votos de Vs ^^ Iob vecinos; siendo 
de notar que en esta época, Vg del territorio estaba sin cultivar, con- 
tándose grandes abusos de los ricos sobre aquellos bienes (4).— El re- 
parto había de hacerse por cabezas y sin distinción de clases (excepto 
los señores que hubiesen adquirido el triage)^ prohibiéndoseles á los 
adquirentes la enajenación por diez años. 

Esto tocante á los comunales. — De los propios^ se incautó el Estado 
en 24 de Agosto de 1793, mandando venderlos como nacionales, — No 
faltaba oposición' á esto, que con los abusos é injusticias cometidas, hizo 
levantar quejas: como la de un diputado que en 1795 calificaba el repar- 



(1) Vid. cap. in. 

(2)^Art.l.« 

(8) Fj^eoisamente los dos polos de la Bevolnoión parecen ser este sentimien- 
to y el antifeadal; y ciertamente que al último se deben más reformas benefl- 
cipsas, aunqne el primero, de un modo indirecto, trajese mochas. 

(4> Azo&rate, n, p. 800. 



FEAKOU 257 

to de perjudicial é injuBto. ^n 1796,^ el Directorio lo dejó en Btispenso, 
así como la ley de propios (patrimoniaux) ^ dictándose otra dispo- 
sición en 1804 resolviendo dudas, reconociendo las ventas y repartos 
hechos (de unos ú otros bienes), si constaban por escrito, y ordenando 
la devolndón de los no repartidos ó vendidos. En 1813, ^e dio la ley 
d^ enajenación de propios, obedeciendo á los apuros económicos de 
Napoleón, y en ella se respetaron los comunales. También se abolió 
la ley en 1816. 

Entre unas y otras vicisitudes, el caso es que hablan ido desmem- 
brandóse los bienes comunes, y sobre todo, los de propios de los pue- 
blos. A pesar de ello, quedan no pocos comunales, especialmente en 
las Laudas, Altos y Bajos Alpes, Altos y Bajos Pirineos, Gironde, 
Isére, Creuse, Bajo Rhin y Mosela. Bespecto á ellos, se han pronun- 
ciado siempre los Consejos generales (Diputaciones) contra la venta y 
reparto, aconserjando <el atrendamiento á largo plazo para proteger las 
explotaciones agrícolas» (1). 

« Mejor librados salieron los restos del antiguo régimen de comuni- 
dad particular y explotación en común, aún conservados, según vere- 
mos; y en cuanto al derecho dé pastos (vaine páture) que ya reconoci- 
mos en un principio y que existia en pleno siglo xviii con la prohibi- 
ción del cierre de heredades, vino á quebrantarse por la ley de 1791, en 
que se declaró para todos los propietarios el derecho de acotar y cerrar 
libremente sus heredades (2X 

La corriente individualista é igualitaria (3) de la Bevolución, alcan- 
zó aplicación nueva, prohibiendo los testamentos y distribuyendo la 
herencia por partes iguales entre los hijos, no dejando apenas V^o libre 
al causahabiente, y no para mejorar. Esta medida hería directamente á 
las comunidades familiares, subsistentes en el Nivemais, Auvergne y 
Bourbonoais, en las que se señalaban síntomas de disolución; entre cu- 
yas causas, significadas desde el xvi, señala Laveleye el espíritu indivi- 
dualista y el egoísmo, la desaparición de la servidumbre, que era un lazo 
de unión, y la enemiga de los juristas (4). 

En resumen de estas medidas ¿qué había conseguido la Bevolución? 

€La Bevolución, dice M. Bampal, ha libertado al cultivador; le ha li- 
brado de las trabas que le ceñían bajo el régimen feudal. Le ha puesto 

en completa posesión de los frutos de su trabiyo que le arrebataban 



(1) Laveleye, 88Í. ¿Se zeflere k los bienes propiamente eomtmaletf, 6 & loi de 
propios? 

(2) Laveleye, 894-886 & 88. 

(8) T de un docirinsriBmo muy acentuado, en estas medidas. 
(A) LaToleye, 2S7.8. 

17 



258 HISTORIA DE LA FROPIBDAD OOHüKAL 

cmí en total, dos clases parásitas (los señores y el clero). Ha hecho de 
él un hombre, má8 que un hombre, nn ciudadano» (1). Tal fué el prin- 
cipal efecto, no sólo en Francia, sino allá donde el espíritu de la Asam- 
hletk Nacional llevó su influencia. ¿Pero estaba resuelto el problema 
por completo? Precisó es confesar que no, ni era posible, dado el carác- 
ter de aquel movimiento. <ELa Reyolución francesa destruyó el feuda- 
lismo y arruinó á los grandes propietarios: pero dio origen á Ja haur^ 
geoieie foneiére que, comprando los bienes de los sefiorios y reuniendo 
otros de manos muertas..., ha vuelto á concentrar la propiedad. Tal ha 
sucedido también, desapareciendo los pequeños manaas, en el Sur del 
Tirol y la Prusia rhenana; y los ju^^ra en Bohemia» (2). 



\ 
Aunque la Revolución tuvo un carácter negativo y se encontra- 
ba fuera de su misión el problema social, capitalisimo en nuestva 
época, lo cierto es que ya se presentó entonces, si bien con aquella in- 
definición de los primeros momentos, y el temperamento arrebatado á 
que las circunstancias y las ideas llevaban. Antes de estallar la Revo- 
lución, Morelly, Mably, Brissot, hablan discutido los fundamentos del 
derecho de propiedad y habían negado la individual: el mismo Rousseau 
vino á coincidir alguna vez (3) en esta conclusión. Y cosa rara; se ^ó 
en aquella Revolución esencialmente romanista, fruto de un indivi- 
dualismo exagerado, proclamada la comunidad de bienes, limitado el 
derecho del propietario, restringida la libertad de los individuos, y al 
partido radical procurar su exaltación al mando para imponer por la 
fuerza sus planes. Obedeció todo esto á la concurrencia de ideas que 
forman la trama compleja del pensamiento revolucionaiio. La prepo- 
tencia del Estado, el sentido estatolatra, era el dominante; y llevó por 
boca de Mirabeau y de Robespierre á considerar la propiedad como una 
«creación sociab, es decir, de la ley del Estado. Juntábase á este con- 
cepto — que daba gran latitud á la acción de los Poderes— la corriente 
clasicista y los errores económicos que la ^Revolución había completa- 



(1) Lettré aux euUivateurs, ete. En el Síanuel de eoe, eoop, de Sohuhse, 187& 

(2) Heyer y Ardant, I, Introd.— Uno de Iob efectos de la Bevolnción oon 
la libertad de los siervos que se propagó á todo el oontinente, faé la adopción 
del sistema de granjas aisladas preconisado por Tha6r y aplicado en Prusia, 
en las provincias bálticas de Bnsia, donde hoy continúa el movimientOt y en 
Inglaterra misma.— Stolipine, BeeaUe de phüoe, dee eeien^ p&g. 12. 

(8) Y si no véase sn BmüiOf lib. 2,^, p&gs. 146 y 147 del 1. 1.«; trad. esp. de Mar- 
ohena, 1817. 



FRANGÍA 259 



mente heredado del antigno régimen, y qne, copiando las instituciones , 
espartanas (?), iba tan desviada de la verdad histórica y del sentido de 
aquéllas como los psendo-clásicos, imitando á los poetas latinos, del 
yalor de sn literatura (1); y proponiendo por boca de Eabant la fijación 
del máximum de fortuna, continuaba la tradición socialista que bajo la 
monarquía había <»*eado las tasas y las leyes suntuarias. Hasta seguía 
el error de los fisiócratas, cuando Saint Just, pidiendo el reparto de los 
bienes nacionales entre los pobres, declaraba <rque es imposible que 
deje de haber desgraciados si no se busca el medio de que cada uno 
tenga sus tierras^»: porque «no puede haber pueblo virtuoso y libre si 
no es agricultor... Un oficio se concilia mal con el verdadero ciudada- 
no: la mano del hombre no ha sido formada sino para la tierra ó las 
armase, desconociendo así la importancia que ya comenzaban á tener 
el npLobiliario y la industria, base hoy de una riqueza inmensa. 

A todos estos sentimientos y á todas estas ideas, daba siempre fo^a 
y tendencia la corriente igualitaria, que con la estatolatria real que 
dominaba, originó las leyes sobre herencias y el reparto por igual de los 
bienes con^unales; produjo el socialismo de Robespierre-^sla propie» 
dad es el derecho de todo ciudadano á disfrutar de la porción de bienes 
que le asegura lá ley:» — y al fin, los planes comunistas y terroristas de 
los iguales^ origen de la conjuración de Babeuf, que en el Tribuno del 
pueblo abogaba por la destrucción de la propiedad privada, el depósito 
de los frutos en un almacén común y el reparto iguid por la Adminis- 
tración á domicilio (2). 

Así, desde el principio de un individualismo que Bousséau, el gran 
padre intelectual de la Revolución, sublimó á lo infinito, y que pedía, la 
restauración del concepto romano del dominio absoluto, se llegó al mis- 
mo resultado de limitar la propiedad aun usufructo, como cuando el 
individuo ocultaba su personalidad desconocida en la personalidad 
prepotente de la familia ó de la tribu. {Pero por qué. distintos medios 
se llegaba á esa conclusión! No era ciertamente ni podía ser la igualdad 
económica de los radicales, la igualdad naturalmente nacida en el gru- 
po arcaico. Ni el género y los medios de actividad productora eran los 
mismos, ni las ideas mantenían el estado de conciencia que en las so^ 
ciedades primitivas, ni. el comunismo era una consecuencia natural de 
la organización social, sino una imposición del Estado, y más que del 



(1) Sobre este oaráoter de la Bevolnoión francesa, véase nn párrafo mnj 
elponente de Maoaulay en su artlonlo titulado Hi8tory,sraeaulay*s «nisceZZo- 
«eoM wrttíngt, vol. I, pAg. 164. Es párrafo de macho relieve. 

(8) Sadré, 0&. e<e., 08. XIV y XV. 



2d0 HISTORIA DE LA. PBOPIBDAD OOMUKAL 

Estado, del Poder, que creia factible borrar desde su alto asiento el co- 
mercio, la industria, la literatura y las artes. 

Tales consecuencias juntamente de las ideas igualitarias, siempre 
poderosas en los pueblos latinos, las socialistas ó de superioridad del 
Estado y las imitaciones clasicistas, fueron evitadas por la Revolucióa 
del 89 y rechazadas y hasta castigadas por la misma Conyencióú, mien- 
tras vivió libre de la opresión de los radicales. La parte más numerosa 
y sana de los revolucionarios, fieles al sentido jurídico que les tti- 
gendrara, definió siempre del modo más absoluto, en la Constitución 
de 1798 como en la del afío III, el derecho de propiedad individual. 
Los comunistas fueron los menos, pero tenian base perenne de prin- 
cipios de derecho, de que deducir sus consecuencias extremas; y lanza- 
dos una vez fuera de la realidad idel orden social y de la vida económi- 
ca, habían de continuarse en multitud de ensayos y de proyectos, . 
cuyas mayores faltas eran el desconocimiento ú olvido de las condi- 
ciones sociales, y el carácter despótico, autocrático, puramente socia- 
lista que han revestido en los más de los casos y que se eittravió más 
aún con la unión de ideales místicos, conventuales y pseudo-moraMs^ 
tas. No obstante, la piedra estaba echada y esta vez el golpe era se- 
guro: bajo aquellas tentativas desacertadas, aquellos ensayos desgra- 
ciados y los. intentos destructores que les acompañaban, latía una ne- 
cesidad real y un sentimiento legitimo, que sólo perdía en legitimidad 
al adoptar tales medios: la protesta contra el individualismo y la des- 
trucción de los organismos sociales; y con ella, todo el problema social 
había hecho su aparición. Al porvenir tocaba el desengaño de los pro- 
cedimientos adoptados primeramente, pero la necesidad real quedaba 
Qn pie; y cuando se pensara seriamente en darle satisf^^^ción por sus 
caminos naturales, no dejarían. de volverse las miradas hacia las anti- 
guas organizaciones comunistas dejos municipios, de los agricultores y 
de los ganaderos, que la tradición, la seguridad de su conveniencia y el 
bienestar conseguido, mantenían en muchas regiones á despecho de las 
corrientes fraccipnadoras de la propiedad. 



m. — España. 

Efecto de la tendencia general desamortizadora, que veía un gran 
mal en la concentración, desarreglo admiaistrativo y descuido de los 
bienes de propios y bntldíos, dio la Comisión de agricultura de las Cor- 
tes en 1812 dictamen favorable á su reducción á propiedad privada, 
opinando que la enajenación debería hacerse diversamente, según las 



^ . : 1 

citCQDBtaDciaB de cada región. De aquí el decreto de 4 de Enero dé 1818 
para el repartimiento de baldíos, realengoé y propios^ excepto los 
ejidos (1), encomendando la forma á las Diputaciones, qne habían de 
proponerla según conviniese. La mitad de los baldíos se repartía entre 
los soldados ; oficiales inútiles ó cumplidos de la guerra de la Indepen- 
déncia. De los sobrantes aún se distribuía á los vecinos; y luego, fiftltaa^ 
do de aquéllos, de los pr(>pio8, con pago de un canon. Tenía este decre^* 
to el defecto de exigir largos trabajos preparatorios de apeos, etc., y el 
de dejar, á los militares especialmente, con una propiedad para cuyo 
cultivo ni tenían medios ni conocimientos. Se sbolió en 1814; pero en 
1818, el mismo Fernando YII mandó vender los baldíos y realengos, 
exceptuando (en las reglas de ejecución de esta cédula), entre otros, loa 
baldíos de aprovechamiento común y los pastos de los trashumantes. 
La enajenación había de ser en venta, á subasta: no tuvo efecto. En 
1820 se restableció —por consecuencia de aquel juego de quita y pon 
que parece ser toda nuestra política moderna^-el decreto del 18, con 
ciertas modificaciones, confiando su ejecución á las Diputaciones pro- 
vinciales y simplificando los procedimientos. Las dificultades sobreve* 
nidas hicieron que en las Cortes del 22 se nombrara una Comisión in- 
formadora. La Comisión optó por la enajenación inmediata de propios 
y baldíos. El resultado fué un decreto del mismo afio, en que se aumen- 
taron las suertes hasta la extensión necesaria al mantenimiento de cin- 
co personas, ampliándose el derecho de obtener suerte gratuita á loa 
vecinos con tierra que no igualara al vftlor de los lotes, echándose 
mano de los propios (menos V^), á falta de baldíos... Los sobrantes se 
repartirian entre los que lo pidiesen, pagando canon de 20 por 100 del 
importe. Quedó en suspenso tal medida por la reacción del 24, hasta 
que en 1884 se autorizó por Beal orden á los Ayuntamientos para la 
venta de sus raíces. En 1885 se añadió Real orden respecto al destino 
del importe de las enajenaciones, poco acertada. En él mismo a&o se 
prohibieron las derrotas y otros aprovechamientos comunes. 

Por resultado de tanta mudanza legislativa, se' en^jenar(/n pocos 
propios. Pero entre unas y otras de las enajenaciones parciales como 
las leyes distintas ocasionaban, se habían desmembrado mucho 
aquellos bienes, creciendo á la vez Ips gastos municipales. Algunas 
irregularidades ocasionaron varias disposiciones, hasta el decreto de 
1841. La ley de 1855 ordenó la enajenación forzosa de todos los propios, 
fundándose en el dominio eminente del Estado sobre todo el territorio 



(1) En el T6partimi«Bto para redaoir estos bienes & propiedad privada, eran 
preferidos los vecinos de los pueblos Qsafirnctnarios de baldíos, ó dnefloe de 
tierras oonoejlles. 



962 HIBTOBIA DE LA PROPIEDAD COMUNAL 

y SU derecho á cambiar la forma de la propiedad y á incautarse de par« 
te del capital como correspondiente al tributo qne los pneblos pagan; 
y en fin, á ordenar la enajenación en vista de la mala administración 
de los municipios. Nótese que nuestca legislación se refiere siempre á 
los propios, á diferepcia de la francesa, que disponía de los comunales. 
La ley del 55^dice el Sr. Azcárate—declaró en renta muchos bienes, 
entre ellos los propios y comunes de pueblos, exceptuando los montes y 
bosques cuya venta no se creyera oportuna y los terrenos que fueran 
de aprove^chamiento común. La verdad es que por falta de prudencia y 
por confusión, se llevó la mano á veces sobre los comunales, algunos 
de los que se convirtieron^ sin saber cómo, en bienes de propiedad par- 
ticular. 

Eespeoto á las limitaciones impuestas á la propiedad privada en 
favor de la ganadería, concluyeron con el decreto del año 13, que se 
dirigía principalmente contra el Concejo de la Mesta, y á pesar del 
cual, continúa el derecho común de pastos en muchas partes á beneficio 
de los pueblos, quienes en 1878, recordando sus antiguos derechos de 
comunidad (y excitados por ideas que tienen otro origen), rompieron 
las cercas de la propiedad privada; lo que hizo notar al 6r. fiilvela en 
su discurso de 10 de Mayo de 1878, que cel comunismo es en nosotros 
una herencia de antiguo régimen» (1). 



IV. — Otros países. 

La corriente individualista y desamortizadora es paralela en todas 
las naciones, é informa la legislación moderna, ya siguiendo antiguas 
impulsiones, ya la nueva de la Revolución francesa. 

En Inglaterra, á pesar de que en 1844 existían aún muchas tierras 
comunes (common y open ficlds^ lot meadows) que se regían por los usos 
antiguos, las Enclosurc Acta que citamos en la Edad anterior, destru* 
yeron no pocas, cbnvirtiendo gran parte de la tierra en propiedad (Se- 
rrada y particular. Todavía, en 1.® de Agosto se echan abajo los 
cierres en algunas comarcas, para aprovechar los pastos de las fincas 
particulares; y se cita una sentencia de 18 de Noviembre de 1874 que 
condena á los dueños del bosque de Epping (Essex), á demoler las 
cercas y dejar al público el uso libre (2). 



(1) Laveleye, 888-9. 

(8) Vid. oap. sigaienie. En Irlanda, la oonoentraoidn excesiva ha modificado 
tanto el estado de la propiedad, qtne ha ocasionado la deplorable situación eco- 
nómica qne hoy preocupa & los gobiernos ingleses. 



OTBOB PAI8B8 268 



En el O. de Bélgica desaparecieron pronto los comunales, por la 
extensi^ de la agricnltnra y la creación de grandes ciudades. Pero 
continuaron en la Gampine y en la región ardennaise^ en que Labia, en 
1846, 162.896 hec, de las cuales 80.055 y 80.804 en cada una de aque- 
llas regiones, respectiyamente. En 1847 se dio ley autorizando al Go- 
bierno para venderlos, si no están reducidos á cultivo ó explotados, 
cuando los particulares piden la concesión. De 1847 á 1860 se vendieron 
88.000 hectáreas. Quedaron unas 100.000 (1). 

Análogas disposiciones gubernativas, autorizando ú ordenando el 
reparto en las comunidades, se dieron en Hungría, en 1888 y 40; en 
Rusia en 1861 (Ley de libertad de los siervos), con la condición de con- 
currir el acuerdo dé los Vs de vecinos; en Holanda luego; en Austria y 
en Alemania. En Noruega se continuaron los repartos periódicos de 
tierra hasta 1821. Subsisten, no obstante, muchas comunidades, de las 
que, asi como de la legislación vigente, nos ocuparemos en el capitulo 
próximo, detallando el estado actual de la propiedad comunal en todas 
las naciones* 



(1) Laveieye, oap. XXH. 



CAPÍTULO V 



ESTADO ; ACTUAL. — RESUMEN Y EFECTOS DE LA LEGISLACIÓN 
CONTEMPOBÁNEA. 



I.— -Bienes comunales de los municipios. 



Llegada á su grado álgido de desenyolvimiento — ^fnito de muchos 
siglos de preparación— la corriente individnalisia, cnyos más altos re- 
presentantes son^ en la esfera científica Eant y en la política los revo* 
Incionaríos franceses, la reacción, en lo lógico y en lo humano impres* 
cindible, empezó á obrar.desde aquel mismo punto contra las exagera* 
dones alcanzadas por el movimiento triunfante. En la propiedad, que 
por lo inmediata á las necesidades de la yida es la institución más sensi- 
ble á las reformas, el dafio se dejó yer, con aquella ocasión, al descubier- 
to; y desvanecidas de pronto las ilusiones que los desamortizadores del 
siglo zvni y los igualitarios de la Bevolnción, habían en demasía ali- 
mentado. Coincidiendo estas observaciones y las quejas consiguientes 
oon un renacimiento en sentido más real y sano del estudio de la so- 
eiedJad y del derecho, llevóse la reacción á los dos puntos que princi- 
palmente pedían pronto reparo en esta esfera: la destrucción de las 
personas sociales y de su propiedad, y el doble peligro de la excesiva 
división de los tíenés, gracias á las leyes sucesorias, y de la formación 
de la propiedad acumulada, efecto de la libertad absoluta concedida al 
propietario y de la delñlidad é impotencia de los pequeños poseedoras. 

A estas dos tendencias corresponden el movimiento y propaganda 
iimpátíicos, generosos y de influencia rájMda y extensa, de Íie-Play ea 
Fnaicia,de los libros de Laveleye, del recientísimo de Meyer y Ardant; 
y entre nosotros, de los trabajos de Costa, Linares, Azcárale, Podre- 



266 UI8T0B1A DB LA PROPIEDAD COMUNAL 

gal y otros; amén de las tentatiyas de reorganización social, defendida 
en diversas ocasiones por, Renán, Lorimer, etc. 

Caracteriza á todos estos estadios— especialmente los que á la pro- 
piedad se refieren— el no ser mero coro de lamentaciones sentimentales 
7 de programas cortados de ana pieza y á modo de panacea; sino qne 
proveen á sa objeto con el estadio serio, real, de observación sostenida 
sobre la vida de los paeblos, sa estado, sas tradicioncB y costumbres, 
qae son el nervio de la historia de las razas; poniendo asi á la snperfí- 
^cie, todo lo que, teniendo arraigo en las entrañas de las sociedades para 
cnya vida se formalan las leyes, debe imponer sn legítima influencia 
en la marcha, quizás un poco abstracta y de fijo llevada más allá de sn 
camino^ de la legislación contenu)oránea; fruto, después de todo, ma> 
durado y llevado á término, cde los abusos del antiguo régimen:». 

Con este sentido, venían aquellos trabajos á coincidir con los de pro- 
paganda de los eslavistas en lo tocante al mir ruso y á la zadruga esla- 
va, y con aquellos otros de un marcado carácter científico, desinte- 
resado y de transcendencia é interés capitales, que personifican los 
nombres de Maine, Maurer, Nasse, Landau, Fustel, Webster, Hearn, 
Campbell y tantos otros, dignos representantes de los estudios compa' 
rativos^ de tan excelentes resultados en política, en mitología y en la 
obra sociológica toda. 

Con mira especial á estas investigaciones, interesa examinar los dos 
puntos que llaman principalmente la atención en esto de la propiedad 
comunal y de su estado presente; correspondiendo á los dos re- 
saltados extremos del proceso de individualización social y económi- 
ca, en las dos esferas en que mejor y más podía éste ejercer presión: la 
propiedad común de los municipios y pueblos, y la de las familias tron- 
cales. Sobre ambos llevó su mano el espíritu individualista, infiltrándo- 
se en su seno y disgregando ambas instituciones de una manera lenta 
pero segura— porque jugaban en ello incentivos muy despiertos,— más 
acentuada y más de temer hoy dia. 

No hizo la Revolución francesa, ni tampoco el movimiento legisla- 
tivo que en nuestta patria empieza en ks Cortes de Cádiz, sino llevar 
á buen término de un modo radical, en lo referente á los bienes de los 
municipios, el espíritu que durante todo el siglo anterior había produ- 
cido medidas como las de Luis XVI (dé 1762 á 1779), reclamaciones 
cotíio las de Berry (1788), repartos como los intentados por Carlos III, 
y abusos de los propios interesados, como en los municipios españ%lee. 
Ello es que ese espirita, que unido al -de centralización política des- 
truía juntamente la propiedad de los pueblos y su independencia y va- 
lor personal, es el que vive hoy y se mantiene á través de las leyes fran- 
cesas de 1792, 1798, 1804, 1810 y 1816, y las nuestras desde 1818 á 1855, 



. BIENES COHÜKALES DE LOS HUKI0IFI08 267 

produciendo el angustioso estado de nuestros municipios, en que prin* 
cipalmente, por culpa de todos, se extremó la medida, ^y por efecto 
también de la confusión que tanto aquí como en Francia se produjo, 
hija del descuido é imp^ericia, entre los hieneBáe propios y los comunaka. 

En el capitulo anterior hemos citado breyemente las leyes más im- 
portantes de los siglos últimos y del actual, que se dirigieron ala des- 
trucción de las comunidades ó causaron la pérdida de muchos bienes y 
usos de este carácter en los municipios. Debemos ahora, yolyiendo so- 
bre nuestros pasos, reconstruir el proceso legislativo desde el comienzo 
de la época contemporánea, para ver con todo detalle el origen de las 
leyes vigentes y el estado que han producido en el régimen económico 
á que venimos refiriéndonos, en España. 

La enajenación de bienes comunes ie los municipios, por confun- 
dirlos ya con los de propios^ ya con los baldíoa, empieza con el decreto 
de 1818. Bien es verdad que, por una corrupción muy explicable, se 
comprendían en el nombre de propios, tanto los que verdaderamente 
así debían llamarse, como los comunales, distinguiéndolos sólo con la 
adición áe fincas productivas en los primeros jjincas no productivas en 
los segundos (1); y que por estar casi siempre aprovechados por los ve* 
cinos de los pueblos las tierras baldías ó vagas, tenían de hecho conside* 
ración de bienes comunes (2). Sin embargo, la confusión de las dos 
primeras especies no era tan general como el articulista citado parece 
suponer, porque repetidas veces se distinguen en la legislación, defi- 
niendo con toda claridad los propios. Así, en la circular de 28 de Julio 
de 1853, se dice que son biened de propios las heredades ó fincas cper- 
tenecientes al común de una. población y con cfiya renta se atienden a¿- 
gunos gastos públicos^', y en la R. O. de 23 de Abril de 1858, se insiste 
en que <(nunca debieron ni pudieron reputarse como bienes de propios, 
sino aquellos que, perteneciendo al común de la ciudad ó pueblo, daban 
de si algún fruto 6 renta en beneficio del procomunal del mismo, y de los 
cuales nadie ^^ particular podía usar^ (3); añadiendo, para más cer- 
teza, que desde el momento que tierras ó pastos comunes ó de aprove- 
chamiento común se han arrendado ó roto y dividido en suertes ó re- 



(1) Saos HÜAnes: Articnlo sobre propios y arbitrios, publioado én SI CoimmI- 
tor de lot AytmtamteiUos, 1860, pág. SS4. 

(2) Tal era el parecer de la Sociedad Eoonómioa Matritense, en el informe 
que redactó, con arreglo á las bases votadas, D. Salnstiano Olózaga, en 1866, 
cuando se le consaltó sobre el proyecto de ley de cerramiento de heredades 
rurales.— Alcubilla, Dice, de la Admen,f I, p. 18A. 

(S) La misma dlstincijSn en la R. O. de 81 de Mario de 1846 y en otras muchas 
disposiciones legales que definen los propios. 



HI8T0BIA DE LA PROPIEDAD COMÜKAL 



mfttscbui ea el mejor postor, dejan de ser oomniiales y se conyierten en 
propios. 

El decreto de 1818 acudía á la redacción á propiedad particular de 
los baldíos y tierras de propios y arbitrios, distribuyendo suertes á los 
yeteranos de la guerra. En estos cambios de propiedad yinieron á 
enajenarse muchos bienes comunes, y lo mismo sucedió en la época 
eoastítudonal; como lo atestiguan los decretos de 20-28 de Noyiem- 
bre de 1886 y 16-26 de Marao de 1887, que manda deyolyerlos á loe que 
los compraron. 

Sin embargo de esto., eí principio general era respetar estos bienes 
y basta los usos comunales. Así lo indica lá R. O. de 17 de Majo 
de 1888, en la cual se alude á los aproyechamientos comunes de yaríoi 
pueblos yecínoa de un distrito, sesmo ó sierra, mandando se manten- 
gan, sin que se baga tampoco noyedad en los ejidos (1) y dehesas bo- 
yales ó de pasto para los ganados de labor de los pueblos. Eeeuerda 
también que el decreto de cerramientos de heredades dado en 1818, no 
autorizaba para acotar ó adehesar los terrenos públicos «que siempre 
han sido de aproyechamiento común de uno ó más pueblos»; mas sin 
duda la costumbre de poseer estos mismos aproyechamientos sobre fin* 
cas priyadas estaba muy yiya, cuando una R. O. de 8 de Enero de 1841 
tiene que rectificar la interpretación hecha en este sentido de la Real 
orden del 88, diciendo que sólo se refiere ^ los terrenos públicos y al 
uso de ellos por habitantes de distintos pueblos. 

Igual reconocimiento se hizo en R. O. de 2 de Mayo dé 1854, di- 
ciendo además que los pastos y aproyechamientos de los terrenos co- 
úiunes deben disfrutarse occon sujeción á las reglas establecidas en las 
Ordenanzas municipales de cada pueblo, y á falta de éstas, á la prácti- 
ca y costumbre que se siga por general consentimiento». Este respeto 
sabiamente entendido, al derecho local, no duró mucho tiempo. Pronto 
hubieron de desconocerse prácticas muy arraigadas — como eran las 
distribuciones periódicas de suertes — sujetando el uso de los comuna" 
les á un concepto que sólo admitía como buena una /orma, la adoptada 
por el legislador central, para el efecto de sus medidas económicas. 

La opndición de que fuesen aproyechados los comunales por los ye- 
cinos para que no pierdan su cualidad, se repite en diferentes disposi- 
ciones: como también la prohibición de que se arrienden, á no ser, como 
luego se acordó, que se hiciera de parte de ellos sin menoscabar los ubob 
comunes (2), ó cuando se hizo para cubrir, atenciones extraerdinarias, ó 



(1) Lo0 ejidos se hablan ezoeptaado de redaoeión á propiedad pxlyada tn •! 
deereioide 181& 
(9) Sentencia del Supremo de U de Dioiembre del es. 



BIENES COMUNALES BE LOS MUNICIPIOS ^69 

bí el arriendo ó arbitrio se limitó á los sobrantes de los aproyechamien- 
to8 (1). La legislación se refiere á los arrendamientos hechos para ob- 
teaer nna renta, pero no á los que á yeces hay que hacer adjudicando 
anualmente los bienes comunales, en subasta piública, cuando no se 
presten aquéllos á ser utilizados, en igualdad de condiciones, por iodos 
los vecinos (2). 

En esta situación, llega la ley de 1^^ de Mayo de 1855, relatiya á la 
desamortización general, eclesiástica y ciyil. En ella se declaran én 
▼enta, entre otros bienes, los propios y comunes de los pueblos (ar- 
tíonlo l.^\ excepto los que eran de aprovechamiento común (art. 2.'y, 
aclaración necesaria, dado el empleo de la pdabra comunes que hace el 
-artículo 1.^ En la ley de 1856, que aclaró y modificó la de 1855, se ex- 
ceptúan también speciatim, las dehesas destinadas ó que se destinen al 
pasto del ganado de labor (art. 1.^), en los pueblos donde no hubiera 
bienes de aproyechamiento común dedicados á este objeto (8). El yalor 
de los bienes de propios que por no estar exceptuados se yendieran, se 
repartía en dos porciones: el 20 por 100, que le quedaba al Estado, y el 
80, que se restituía á los pueblos en forma de títulos intransferibles de 
la Deuda consolidada al 8 por 100 (4): con lo cual se deckraba que no 
quería arrebatarse á los pueblos su riqueza, sino moyilizar la propie* 
dad inmueble en ellos amortizada. ' 

Un Real decreto de 1855 y una R. O. de 6 de Marzo de 1856, orde- 
naron especialmente lo que se refería á la venta de montes, exceptúan^ 
do los de ciertas condiciones naturales por la especie de plantación que 
tenían (5). Pero este punto se aclaró en 1868 y 1871, disponiendo que 
no se podian yender los bienes comunes. 

La ley de 1855, á pesar de las aclaraciones de 1856, ni era tan explí- 
cita que no permitiese el nacimiento de infinidad de dudas, ni de tan fácil 
cumplimiento que no tropezase con dificultades numerosas. Las más 
procedieron ó de la confusión de propios y comunes, ó del desconoci- 
miento de costumbres locales, ó de las* demoras en declarar las exeep* 
cienes de yenta. 

La inseguridad del concepto de comunales, debida de un lado al de- 
seo de desamortizar los bienes de los pueblos y de otro á la forzosa exi* 
gencia de no matar de un golpe la yida de éstos y de atender á sus re- 
clamaciones, hizo que, á yeces, no se aceptara la excepción de la yenta 



(1) B. D. S. de 26 de Marzo de 1883 y ley de 1878. 

(5) Orden de 22 de Hayo de 1671. 

(8) In^trnooión de 11 de Julio de 1866, art. 1.* 

(á) Art. 16 de la ley de 1856. 

(6) Art. l.« del B. D. de 26 de Octubre de 1866. 



270 HI8T0B1A DE LA PBOFIBDAD COMUNAL 

de un terreno común, por ser labrantío y estar C^nltiyado por los yeci- 
nos del pueblo, á qnienes por lotes y á Ja suerte se repartía cada núme- 
ro de afios (1). Para los legisladores de aquella época, era natural que 
las distribudones periódicas no turiesen eí sentido de propiamente co- 
munistas á que debían su origen; pero lo cierto es que contribuyeron 
mucho á su desaparición, negando á los terrenos sobre los cuides se 
tercian, el carácter de comunales exceptuados, por creer que con aquel 
régimen no se cumplía la condición de ser de aprovechamiento libre y 
gratuito de todos, que exigía la ley de 1855. La costumbre de los re- 
partos periódicos debía ser muy frecuente, porque hay repetidas dispo- 
siciones que i ellos se refieren: dato que tiene para nosotros inestima- 
ble valor frente á las negaciones que de aquel hecho, como vestigio de 
comunidad en tierras labrantías, mantenido en nuestra época, se han 
querido hacer, insistiendo en que las comunidades son únicamente de 
pastos. 

ün ejemplo de distribución periódica tenemos en la autorización 
dada por la Diputación provincial de León, en 1854, para que se rotu- 
mse y repartiese entre los vecinos de la Vega de Espinareda, un te- 
rreno llamado de la Solana, haciendo lotes que se redistribuirían cada 
diez años, á fin de que la posesión ano adquiriera la condición de un . 
derecho perpetuo, ni perdieran los terrenos su condición comunal^». A 
los poseedores se les exigió el pago de 13 reales por parcela para dis- 
frutarla. Al querer efectuarse en 1878 una redistribución, hubo de re- 
clamar en contra uno de los poseedores; y'entonces, conocido el hecho 
por las autoridades centrales, negaron que la Diputación ni el Ayunta- 
miento hubiesen podido acordar el reparto, ya que mediante él, no sólo 
se infringía la prohibición de las leyes vigentes tocante á repartimien- 
tos de tierras, sino que €el propio tiempo que se cedían terrenos para 
convertirlos en propiedad particular, se quería que aquéllos continua- 
sen tehiendo siempre el carácter de comunales^» (2). No hay para qué 
hacer resaltar los errores manifiestos que esta consideración encierra. 

Semejante doctrina vino á ser revocada en Real decreto sentencia 
de 2Q de Septiembre de 1875, por el cual, con referencia al Ayunta- 
miento de Piñuel (Zamora), se dispone: 

cQue los acuerdos adoptados por el Ayuntamiento en uso de sus 
atribuciones, respecto á la distribución anual, por suerte, entre todos 
los vecinos, de la parte cultivable del monte Peña Caballero, con el 



(1) B. o. de 7 dd Mayo de 1892 y D. S. de 4 de Hayo de 1808. 

(2) Orden de 25 de Mayo de 1874. (Gaceta de 21 de Junio.) En B. O. de 80 de 
▲brü de 1880, también se anuló un reparjó de terreno oomunal entre 'yeoinos; 
pero no se dice si fné definitivo 6 temporaL. 



BIBNBS CM)MÜKALBS BE LOS HÜNIOIPIOS 271 

Único y exclnsivo objeto de hacer posible el cultivo y aprovechamiento 
comnnal, no destruyen ni desvirtúan el carácter libre y gratuito (1) de 
éste, sino que lo confirman, toda vez que ningún vecino es excluido 
del repartimiento, el cual varia todos los años, terminando cuando se 
levantan las mieses, aprovechándose entonces por los vecinos en co- 
mún la espiga y pastos y constantemente la mitad de los terrenos va- 
cantes. i> 

Confirmación de tanta claridad no admite réplica, y ya la recogere- 
mos más adelante, al tratar esjpecialmente de los vestigios de la comu- 
nidad primitiva^ 

Sigamos ahora con los efectos de la ley de 1855. , 

Uno de los más estupendos, sin duda, que hubo de producir, sobre 
todo en la inteligencia de los desamortizádores, fué el encontrarse con 
algún pueblo donde la aplicación de la ley suponía la reducción á mi" 
seria absoluta de todos los vecinos, porque no existía un palmo de pro^ 
piedad rústica que fuese individucd, ^A pesar de las leyes desamorti- 
zadoras que España ha publicado en este siglo — dice el Sr. Pella — tuve 
ocasión de defender la comunidad de ciertos pueblos de la montaña 
(Ampurdán), limítrofes á la vieja región de los indigetes, que com^ 
prendia las tierras de todo el término municipal^ y sólo las casas y ha- 
bitaciones del lugar, pertenecían separadamente á los individuos ó fa- 
miliasi) (2). 

El Sr. Pella tuvo que defender el derecho de los comuneros, si no 
recuerdo mal, contra los adquirentes de las tierras que á titulo de des- 
amortizable^ se habían vendido, y para esto, no pudiendo deshacer la 
• venta, hubo de recurrir á la reivindicación de los aprovechamientos de 
aquéllos en concepto de usufructuarios, no dejando á los nuevos ad- 
quirentes más que la propiedad nuda, que con la servidumbre que los 
aprovechamientos representaban, equivalía á bien poca cosa. 

Pero en lo que encontró mayores dificultades la aplicación de la ley , 
fué en la*determinación de las excepciones de ven^a por razón de apro- 
vechamiento común de los bienes. La documentación para justificar 
esta calidad, era á veces imposible para los pueblos, y la hacía aún 
mayor el no reconocimiento de ciertos usos de los comunales, que tra- 
dicionalmente se seguían en algunas ^regiones. Por otra parte, los mu- 
nicipios se resistían á aquella fiscalización de sus actos, y dando por 
valedero su derecho, seguían aprovechando sus comunales, sin acudir 
á la excepción ni preocuparse de la ley desamortizadora. Por esto hubo 
que conceder repetidas veces nuevos plazos para presentar la excep-^ 



(1) En esta oondioión se diferencia de este caso el de Vega de Ef pinared». 
(8) Historia da Ampnrdáfh tomo YJIL 



272 HIBTOBIA DB LA PBOFIBDAD OOMimAL 

ción, de los cuales fné el primero el del Real decreto de 10 de Jolio 
de 1865, en el cnal, luego de declarar las condiciones exigidas por las 
leyes de 1855 y 1856, establece que la reclamación para exceptuar bie- 
nes de aproTechamiento común ó dehesas locales, ijge sólo para las 
fincas que en aquella fecha no hubiesen sido enajenadas, y puede opo- 
nerse sólo hasta el' acto del remate. Nuevo plazo en 1868, esta yez de 
cuatro meses, advirtiendo que, caunque se soliciten excepciones en 
concepto de aprovechamiento común, se pida y designe al propio tiem- 
po la concesión de dehesa boyal, por si aquella solicitud fuese Sene- 
gada». 

No valían las numerosas ordenes y dronlares explicando la docu- 
mentación necbsaria, los trámites que hablan de cumplirse y el alcan- 
ce de la ley: la obra adelantaba bien poco, si bien es cierto que á la 
demora de los pueblos se unia la de la Administración central en el 
despacho de los expedientes ya incoados. 

En 1870 se conceden 30 días de plazo para concluir la documenta^ 
don en las excepciones presentadas; y en 1871 se prorroga aquél por 
otros treinta. * 

En 1886, hubo de declararse que cel número de reclamaciones, igual 
al de los pueblos, dueños ó poseedores por cualquier concepto de te* 
rrenos ó dehesas; la cantidad ó calidad de los datos y documentos exi- 
gidos, alguno8 completamente innecesarioa^ y la inercia de los Ayunta* 
mientos y de la Adminietradán, han sido causa d/B qne, aun en la 
fecha presente, permanezcan indefinidos el derecho de los pueblos y el 
del Estado, sin declararse ni negársela mayor parte de las excepcioneB 
solicitadas^. La confesión es preciosa para hecha en un Real decreto, 
y basta para contestar á los que echan toda la culpa de medidas rigo- 
ristas posteriores, á la pereza de los pueblos que las han piotivado. El 
Ministro, que lo era á la sazón el 8r. Gamacho, se prometía que, «con- 
cretando la instrucción y los requisitos inherentes á esta clase de re- 
clamaciones, á lo estrictamente necesario para deducir el derecho de 
los pueblos ó el del Estado, imponiepdo severos correctivos á las cor- 
poraciones y funcionarios administrativos que. demoren el cumpli- 
miento de los deberes que las instrucciones señalan, y determinando 
la manera de subsanar la falta de los expedientes ó de los datos que 
por el transcurso del tiempo y por las transformaciones del personal y 
de la organizacUn administrativa puedan haberse extraviado», se resol- 
verían pronto las reclamaciones pendientes; y al efecto, se dictaron va- 
rias medidas (1). 



(1) Beal decreto de 13 de AbrU de 1886. 



BIENES COMUNALES DE LOS MUNICIPIOS 278 

En esta situación y para coronamiento de la tendencia desamortiza* 
■dora, se presentó en Enero de 1887 el proyecto de ley -sobre dehesas bo- 
yales, suscrito por el Ministro Sr. Puigcerver, y en él, para casjtigo de 
la incuria ó la ligereza, no sólo de los pueblos, sino también de nuestra 
Administración central, y cuidando en demasía de lo» derechos y bene- 
ficios del Estado, se carga. á los bienes libres de la desamortización 
por reunir las condiciones ya citadas, con un 20 por 100 del valor en 
venta ó un 25 según tasación pericial, á favor de la Hacienda y en pago 
de la generosa concesión á los municipios de su disfrute en común. 

Ya hemos dicho que de los bienes de los pueblos, en la ley de des- 
amortización de Mayo del 55, se reservaba el Estado el 20 por 100, 
quedando á los pueblos el 80 que ingresó en la Caja de Depósitos, de 
(íonde podían retirar aquéllos las cantidades que presupuestaran para 
gastos extraordinarios, según ciertas condiciones y formalidades que 
repite la circular de la Dirección de Administración lo^ al, fecha de 5 
de Octubre de 1886; autorizando además á la mencionada Caja para 
que del 80 por 100 correspondiente á los pueblos, retirase una tercera 
parte. * 

El no haberse despachado los expedientes, no obstante tan largo 
transcurso de tiempo, aprovechó para suponer tanibién un derecho al 
Estado en los bienes que exceptuó, la ley del 55 y Respecto á cuya 
excepción habían transcurrido los plazos. . . 

Proveyendo á la realización de este derecho que importaba mucho al 
Tesoro, y secundariamente á Ja resolución de atranques y dificultades 
surgidas en los expedientes que dormían el sueño de los justos olvidar 
dos, se presentó el mencionado proyecto autorizado por E. D. de 26 de 
Enero de 188*^ El preámbulo contiene párrafos de un valor inestima^ 
ble para penetrar la intención y sentido del articulado. El proyecto, á lo 
que se lee, se propone ^[restablecer el derecho ya prescrito de los Ayun- 
tamientos á reclamar y justificar en nuevos plazos las excepciones...; 
pero sin que las excepciones que en su virtud se concedan,' pr^'v^n al 
Estado del derecho adquirido al 20 por 100 del valor de las fincas no 
exceptuadas:»; y afirma esta disposición diciendo que a:la8 que pueden 
ser y son razones de excepción para los municipios, pueden no serlo 
bastante para que el Estado renuncie á sus derechos, mientras que d«- 
iando éstos á salvo, podrán ser atendidas con más desembarazo (I) las 
exigencias razonables de las corporaciones interesadasi>. El art. 1.® del 
proyecto confirma el derecho que por las leyes del 55 y 56 se reconoció 
para solicitar que se exceptúen de desamortización los terrenos de opro- 
vechamiento común y gratuito de sus vecinos, ó los que en iguales condi- 
eiones se hallen destinados al pasto de los ganados de labor. Las con- 
diciones fijadas son: que los terrenos no hayan sido arbitrados ni arren- 

18 



274 HISTORIA DE LA PROPIEDAD OOMÜNAL 

dados desde 1835 á la fecha de la reclamación; que stis aproYecha- 
mientoB sean efUeramente comunes j grafitos ptkt& todos los yecinos, ó 
sus pastos utilizados de igual modo por los ganados de labor del dis- 
trito municipal. La extensión se fija en 1 hect. 50 a. por yecino; j en 
las dehesas, 2 hect. por cabeza yacana y 1 por la asnal, mnlar ó caba- 
llar. Y en fin, las exceptuadas de antiguo ó cuya excepción se reyisa ó 
reclame, pagarán: 20 por 100 yalor en yenta, si fueron subastadas y no 
adjudicadas; y el 25 según tasación pericial, si no hubo subasta ó que- 
dó desierta. Por el art. 11 se daba la misma ocasión de exceptui^rse coa 
iguales condiciones de pago que para los terrenos de aproyechaniiento 
común, á los predios rústicos ó urbanos que se consideren exceptua- 
dos con arreglo al núm. 10, art. 2.® de la ley del 55 (1), etc., siempre 
que de su yenta corresponda al Estado, según leyes anteriores, el 20 
por 100. 

De modo que después de tales y tantas protestas de excepción, se 
arrebata á los pueblos, del importe de los comunales^ el mismo tanto 
por 100 que en los bienes de propios no exceptuados; y si al ñn qued«a 
en ser de disfrute yecinal, común y libre, ño será sin una depreciación 
notable, condición ineludible para que sea declarada la excepción. En 
esto yenimos después de 83 afios de haberse dictado la ley defíniÜTa 
de desamortizaciones! 

Se aprobó la ley, sin toda la discusión que merecía, porque lo cierto 
es que en el Senado sólo salieron á la defensa de los municipios los se 
fiores Hernández Iglesias, Oliya y algún otro, sin que lograsen yentaja 
alguna (2). 

Según los términos en que fué promulgada la ley en 8 de Mayo 
de 1888, después de modificar la cabida de los terrenos comunes y otros 
detalles del proyecto, se concedían nueyos plazos para incoar reclama- 
ciones y alegar la documentación (siete meses, en junto), lo cual hubo 
de reglanientarse últimamente en la instrucción de 21 de Junio; y con 
esto quedó satisfecha la pretensión fiscal, á costa de los intereses de los 
pueblos, no como corporaciones municipales, sino, lo que es más graye, 
como agrupaciones de yecinos. No sabemos el efecto real de esta ley; 
pero bien puede esperarse que algún día se remedie su falta de equi- 
dad y se salyen sus consecuencias, uniendo al interés del bienestar dd 
los pueblos, sentido en los gobiernos centrales, la conciencia desperti- 
da en aquéllos de su propio yalor y de las necesidades de su yida como 



(1) El núm. 10 dioe: «onalqnier «di^oio 6 fino» ouya yenta no orea oportuno 
el Oobiemo por rasónos grayes.» 

(2), Debe leerse esta disousióni espeoialmente por las deolaraoíonei del Ki- 
nistroi qne son mny signifióatiyas. 



BIEKBS 00MUKALB8 BE LOS MÜNIOIPIOS 275 

agrupaciones, yolviendo en cierto modo á la solidaridad del régimen 
yecinal. 

Los términos de la ley parecen indicar qne los bienes comunales 
cnya excepción no se pida en el término de los tres meses, completando 
la documentación en otros cuatro, serán puestos en y^nta como si no 
fuesen de aproyechamiento común: medida que ha de producir no po- 
cas cuestiones entre la Administración y los municipios, los cuales se 
yerán más de una yez en imposibilidad de justificar su derecho con las 
condiciones pedidas, no obstante poseerlo y disfrutarlo realmente. 

La interpretaron del carácter de comunales, ha de originar tam- 
bien repetidas dudas; porque es muy de temer que la Administración, 
ni reconozca los repartos periódicos, ni la forma labrantía del uso co- 
mún, apartándose del R. D. 8. de 1875. 

Tal es el estado de la propiedad de comunales en España: estado 
que no podemos dar por defínitiyo, puesto que, sin duda, han* de nece- 
sitarse pronto nueyas medidas encaminadas á una mejor regulación de 
la materia, respetando más los derechos de los pueblos y habida consi- 
deración á la falta de personalidad en que han caído por efecto del sen- 
tido centralizador. La apreciación, además, del espíritu del derecVo en 
aquellas agrupaciones— las cuales, como toda la población rural y aun 
las clases bajas de la ciudadana, no comprenden ni estiman necesaria la 
prueba legal de un derecho cuando realmente lo tienen, suponiendo que 
basta el hecho de ejercitarlo en la actualidad y la conciencia de su jus- 
ticia y de su tradición, ~ debe tenerse en cuenta para explicar, como es 
debido, su incuria en pedir las excepciones que las leyes les reclaman, 
aun tratándose de cosas que tan directamente les interesan; apreciación 
sin la cual, queriendo' juzgar los legisladores y la alta Administración 
los hechos de quienes están en diferente grado de cultura y de senti- 
mientos jurídicos, se exponen al mismo fracaso de todos los unitaris- 
tas que desconocen la costumbre y las' modalidades de localidad ó re- 
gión, por imj^lantar el ideal falsamente concebido que lleyan en la ca- 
beza; ó al desengaño del educador que con una psicología absoluta y 
rutinaria, pretende guiar al niño según las leyes y las exigencias que á 
sí mismo, como adulto, se impone. 

La ley municipal yigente, que es de 2 de Octubre de 1877, reconoce 
la existencia de los bienes comunales en los municipios, estimándolos 
acertadamente, como de uso de todos los yeoinos: aunque añade con 
marcado error que estos «adquieren el pleno domnip de la parte que en 
los aproyechamientos comunes les haya sido adjudicada^» (1). 



(1) ATt.a6. 



276 HISTORIA DE LA PROPIEDAD COMUNAL 

El artículo 75, es muy importante, porque fija el modo de división, 
aprovechamiento y disfrute dé los comunales, estableciendo que si los 
, bienes son susceptibles de utilización general, se hará da distribución 
de loa productos; entre todos los vecinos», formando divisiones ó lotes 
que se adjudi<¡^rán conforme á cualquiera de las bases siguientes: 
1.^ por familias ó vecinos; 2.® por personal ó por habitantes; 3.^ por la 
cuota de repartimiento, si la hubiere. 

En la primera forma se hará el reparto con igualdad estricta 
entre cada uno de loe vecinos^ <(8ea cual fuere el número de individuos 
de que conste su familia ó que vivan en su compañía y bajo su depen* 
dencia». A esto se atenderá en la división por habitantes; y en la ter- 
cera se hará en proporción á la cuota que cada vecino tenga asignada, 
dando á los pobres exceptuados del pago, <(una porción que no exceda 
de la que corresponda al contribuyente por cuota más bajai>. 

Por4Íltimo, se autoriza en casos extraordinarios, exigiéndolo an 
las atenciones del pueblo^ que se subasten entre vecinos los aprovecha- 
mientos comunales propiamente dichos, ó fijar un precio que cada uno 
ha de satisfacer por el lote que se la haya adjudicado (1). 

Téngase en cuenta que los bienes comunales pueden consistir en 
dehesas, prados, montes, aguas y otros provechos comunes (2), y que 
en todos ellos queda á los municipios la facultad de arreglar su uso 
cuando no tienen régimen especial competentemente autorizado (3), y 
sin exceder de los limites de la ley de 1877. De todas las formas que 
ésta declara, la más equitativa y más conforme con el carácter origina- 
rio de aquellos bienes, es la segunda, ó sea: la distribución por habitan- 
tes, y así debe recomendarse á los municipios, excitándoles á que no 
recurran á la basé de la cuota del repartimiento. 

Los montes de los pueblos se declararon en venta, considerándolos 
como públicos; mas la ley de 24 de Mayo de 1863, declaró que que- 
daban subsistentes las servidumbres y aprovechamientos vecinales que 
existieran legítimamente, «cuando ni las unas ni los otros sean in- 
compatibles con la conservación del arbolado^» (4); caso aparte de la 
excepción que, conforme á las leyes de 1855 y 56, correspondía á los 
montes <(de aprovechamiento común (es decir, en que hubiese, más que 
un simple uso de los vecinos, una propiedad común de éstos), ó que 
estuvieren dedicados á dehesas de labor» (5). 



(1) Art. 75, nAm. 4.* Es el caso de Vega de Espinareda. 

(2) Art. 90 y B. D. de 7 de Octubre de 18^ 

(8) B. D. de 7 de Octubre de 186a— Of. con la prohibición de la Sent. de 27 de 
Harzo de 1S71. 
(4) Art. 9.0 y el 77 del reglamento de 17 de Mayo de 1866. 
(6) Art. 89 del reglamento citado. 



BIEKBS COyUKALES DE LOS UüNIOIPIOS 277 

La ley de 1877, todavia reconoce npa forma más de usos comunales; 
7 en este punto hay qne confesar qne resulta muy completa y amplia 
de doctrina. Los arts. 80 y 81 autorizan, y aun expresan la intención 
de fomentar y proteger, las asociaciones y comunidades (fazerias) entre 
Ayuntamientos para los aprovechamientos vecinales^ ordenando que 
8e rijan mediante Juntas cotíipuestas por un delegado de cada Ayunta* 
miento; en lo cual, no se hace sino reconocer la costumbre tradicional 
en muchas regiones, t. gi^ Asturias y Vascongadas. 

Bespecto á las antiguas comunié^adea de tierro^^ si se produjeren 
reclamaciones sobre la manera actual de administrarlas, se las podrá 
someter á aquel régimen (1). . 

Ya veremos más adelante lo que queda de estas asociaciones de los 
pueblos, asi como de las mancomunidades entre ganaderos y muni- 
cipios. 



En una ú otra forma, ya autorizando la división, ya ordenándola, 
siguen igual tendencia que nuestras leyes, respecto á los bienes comu- 
nales de los pueblos y á toda forma de comunidad, las legislaciones de 
Hungría, Holanda, Austria, Alemania, Inglaterra y Rusia. Bélgica re- 
conoce la existencia de bienes comunes aá cuya propiedad ó usufructo 
han adquirido derecho los habitantes de rfno ó muchos pueblos^^ (2),' 
sujetando á la inspección y aprobación de la Comisión permanente pro- 
vincial, y á veces del rey, las disposiciones de los Consejos municipa- 
les que puedan afectar á estos bienes, y disponiendo en la ley de 1847 
la venta de los comunales no reducidos á cultivo ó no explotados, si los 
particulares piden la concesión; causa que ha producido, según Lávele- 
ye, desde 1847 á 1860, la venta de terrenos en extensión de 88.000 hec. 
Portugal también reconoce la existencia de organizaciones comunales- 
como la de Ban Miguel de Entre- Rios, que es, sin embargo, excepcio, 
^al, y sólo habla en el Código de comunidad de pastos en terreno pii- 
blico y de la que se establece en tierras de diversos propietarios, forma 
que no ititeresa á nuestro objeto (8). Rusia autoriza en la ley de 1861 la 
división y reparto, habiendo acuerdo de los '/j de vecinos, medida 
menos radical que la francesa de 1793; y en fin, la parroquia (4) inglesa^ 



(1) Párrafo segundo del art. 81 citado. 
(S) Art. 6áa del Código oivU. 
(8) Téase también la ley mnnioipal portuguesa. 

<4) Ultimo grado de las divisiones administrativas del territorio inglés. - 
Las otras son el eon^aá^^ efuAaáu y proofneiM (Inglaterra, Escocia, Irlanda). 



278 HISTORIA DE LA PBOPIBDAD COMUNAL 

poseedora antigaamenie de machas propiedades y centro de aproyecha- 
mientos qae continnaban, bajo formas más ó menos arcaicas ó modi- 
ficadas, sií tipo del lawnship nacional, ye restringidi^s sus derechos al 
impulso de tres cansas nnidas: la acnmnlación de la propiedad, las £^« 
domre ActSf excluyendo de a'proyechamientos comunes, y la disgre* 
gación indiyiduálista de los antiguos grupos, moyimiento muy ante- 
rior en Inglaterra al análogo en otros países. Asi dicen Meyer y Ar- 
dant que ocde 52 millones de acres de la Gran Bretaña, 1.500 personas 
poseen la mitad y 7.000 las '/« partes^». No obstante, el reamen da co- 
munidad se halla reconocido en yarias ciudades, como Lander. según 
atestigua el Retum ofBorougha or Cities irt the United Kingdom^pom^ 
iing eommon Land (1). 

Italia mantiene sólo la comunidad en caso de que su cese hicie- 
ra inútiles para el uso las cosas; lo cual permite que subsistan algunas 
comunidfides de pastos y otras agrícolas en ciertos territorios. Lo con- 
trario en Noruega, donde, á diferencia de esto, la antigua organización - 
agrícola con reparto anual de tierras se hizo imposible, porque el Go- 
bierno cargó á las asi organizadas con doble contribución (2). 

Coincide con todo este moyimiento legislatiyo, otro que tiene base 
y yida en la conciencia popular, muy trabajada, en lo bueno y en lo 
malo, por las ideas indiyidualistas, y que está produciendo la desapari- 
ción espontánea de muchas formas de comunidad, como ha sucedido en 
Bélgica y en Italia; entre ntosotros, con las derrote de Galicia y parte 
de Asturias; en los priucipados danubianos, y aun en Rusia, aunque no 
tan por extenso como se ha dicho. En los Estados Unidos de Norte- 
América, el mismo espíritu de libertad que domina, mantiene, á pesar 
de todo, organizaciones comunales que son la continuación del township 
sajón, Ueyado por los emigrantes ingleses (8). Por otra parte, los pue- 



Además, hay^os grados de an oaráoter eppeoial, difereate de los anteriores: 1a 
unión de parroquiast ouyó objeto es el socorro de los pobres, y las oircnnsorip- 
oiones de población aglomerada, qne se distinguen del eondctdo y se llaman 
Borougha ó Güy. 

(1) Ap.l.M870. 

(3) Bespecto á Italia, véase más adelante. 

(8) «El oaráoter de los municipios norte-amerioanos^dioe Le Flay— los asi- 
mila más al cantón rnf al francés. Los componen dos elementos; las habitacio- 
nes propiamente rurales diseminadas y un centro de población aglomerada 
(townahijf). En los distritos rurales mejor constituidos, cada familia tiens m 
habitación en el centro de su propiedad; Bl municipio se compone de cafas es- 
parcidas: no tiene más habitación central que la iglesia y el local en quf deli- 
beran los jefes de familia respecto á sus asuntos comunes. Bn Inglaterra, ai 
esto hay, pues la Asamblea se reúne en la sacristía (vettry), y entre los tmooí 
bajo un árbol cerca de la iglesia (Quernica).» (Org, soc, III.) La existencia df 



BIBKES COMUNALES BB LOB MUNICIPIOS 279 

blos, perdido el sentamiento del grupo, maleados por el ejemplo de Jos 
abasos que el poder central se permitía, descarriados en ideas económi-* 
cas y de administración, y llevados al fin por la corriente dominante 
que, según Mainé, es la paralela y natural á la civilización, cayeron en. 
descuidos y abusos de mayor monta, que en algunos han hecho comple- 
tamente ineficaz la existencia de propiedades comunales. 

Y sin embargo de todas estas causas que han obrado como fermento 
enérgico en la descomposición de los organismos tradicionales; á pesar 
de haberse borrado lastimosamente en muchos puntos (en especial en 
las regiones latinas), el sentimiento de independencia, de autonomía, 
de vida propia, viril y rica de los pueblos, tiene aún tal fuerza ese 
mismo sentimiento (que como tomando arraigo y savia en lo íntimo 
de las necesidades y de la naturaleza misma de las cosas, es de fácil re- 
nacimiento y se mantiene en rescoldo, pronto á producir llama en 
cuanto mano amiga lo remueva), que aun en los países más castigados 
por la furia del liberalismo abstracto y de la centralización uniformada, 
se mantienen ejemplos vivos y rastros bien notables de aquellas organi* 
zaciones, cuya falta es causa de ese desasosiego, incomprensible para 
ellos mismos, que los pueblos sienten; y donde no se ha roto de pronto 
la tradición y el sentido de la vida antigua y de las necesidades reales, 
como en Suiza, en parte de Alemania, en algunos departamentos fran-* 
ceses, en la misma Eusia^ la vida municipal ofrece un estado cuyo es- 
tudio y observación encierran enseñanzas provechosísimas para todos, 
cuando preside en ellos un espíritu serio é imparcial de comparación y 
de reformas. 



Ha de advertirse en este lugar, reuniendo observaciones antes 
apuntadas pero que conviene precisar ahora, que el objeto de nuestro 
estudio en el presente capítulo no son aquellos bienes cuyo dominio 
y i^rovechamiento corresponde á los municipios como personas jurf<- 
dicas, pero sin participación individual de sus miembros— que son 
los bienes llamados de propios en Espafia, patrimoniaux en Francia; 
sino los que, descansando perpetuamente en el dominio de la corpo- 
ración, son gozados y disfrutados sucesiva y singularmente por 
todos los individuos ó familias que de generación en generación com- 
ponen el cuerpo de habitantes; de tal modo, que siendo la propiedad 



nn árbol en el oentro de la placa en lof pueblos, estA mny repetida, y forma» 
con otros detalles, el tipo común de nuestras poblaciones del campo. 



280 HISTORIA DE LA PROPIEDAD OOMüKAL 

común é ignales los derechos, los productos recaen en beneficio de 
todos y cada nno de los particulares pertenecientes á la comnnidad. 
Por el sujeto del dominio, á primera vista coinciden ambas clases de 
bienes, pues siempre lo es la corporación considerada en la continua- 
ción de su vida; pero en cuanto al disfrute real de esa propiedad, hay 
la enormQ diferencia que puede claramente Verse entre los bienes de 
nuestros municipios, llamados de propios^ y los de aprovechamiento 
común. En la organización arcaica de las tribus ó grupos, de donde pro- 
ceden gran parte de los caracteres de yida de las modernas poblaciones 
rurales, el aprovechamiento común era la base y la regla general. Por 
el contrarío, durante los últimos siglos, hasta el movimiento desamor- 
tizador, crecieron por muchas causas los bienes de propíoé destinados á 
sostener la representación y cargas administrativas de los pueblos, pero 
excluidos del aprovechamiento comunal; debiendo observarse, para no 
caer en un error facilísimo, que muchas veces, bienes cuya administra- 
ción pudiera hacerles incluir en la primera categoría porque se arrien- 
dan ó venden mediante precio alzi^do á individuos ó corporaciones, como 
muchos de propios, son realmente de aprovechamiento común, sino que 
e8te.es indirecto, recayendo, ya que no en los frutos naturales, en los 
civiles, que diríamos: tal sucede en el burgo de Kilinberg-sur Main (Baja 
Franconia), que reparte anualmente á cada vecino 100 á 128 pesetas, 
después de cubrir todos sus gastos (servicio éste natural á los propios)^ 
<^n el valor de los bienes comunales; en Frendenstadt, de Badén, en 
<ine reciben los vecinos, además de la leña y madera de construcción ne- 
cesarias y de tener pastos en común, 50 & 60 marcos por familia y á veces 
más, producto de ventas extraordinarias de leñas; en San Miguel de 
Entre-BíoB (Portugal), respecto á la venta del carbón sacado de los 
bosques comunes; en Sare (Pirineos franceses), mientras existieron los 
bosques comunales, etc., etc: (1). 

El afán desamortizador se llevó entre nosotros principalmente 
(como hemos visto), sobre los bienes de propios, que eran los predomi- 
nantes y á los que con mayor razón podían atribuirse los defectos é 
inconvenientes que se aducían: distinguiéndolos, en principio, de los 
cultivos de vecinal, los de aprovechamiento común de los vecinos y los 
pastos de igual condición, cosa no tan clara en la ley del 55, y descuida- 
da en la práctica; esto ocasionó, según hemos dicho, la venta de alga- 
nos bienes exceptuados por su condición de comunes. Peor marcharon 
las cosas en Francia, cuya ley de 1792 no exceptuó sino los bosques, y 
cuyos efectos no pudo remediar la ley de 1818, abolida en 1816; conte- 



(1) Be vista La España iítf^ionaZ.— Baroeloná, 16 de Marzo de 1887 



COMUNIDAD DE LOB GBUPOS RURALES EN EUROPA 281 

niendo sólo la desaparición total de bienes comunes y de propios, el in- 
cumplimiento de las disposiciones legales. En Inglaterra, los señores 
se cuidaron de privar á las comunidades de sus bienes, apoyados por la 
Corona, y á la vez se destruyeron otras por repartos entre los vecinos, 
y los derechos de pasto por las Enclosure Acts; cuyos derechos, análo-^ 
gos á la vaine páture en Francia y á las derrotas en España, se negaron 
legalmente, á impulsos de causas diversas, en las deposiciones de 1791 
y 1818. En Alemania existía una tendencia marcadísima á disgregarse 
la antigua mark subsistente, convirtiendo la posesión de los lotes que 
se repartían á las familias, de temporal en perpetua, por el cese de las 
distribuciones periódicas; concurriendo de otra parte los abusos de los 
señores, á lo que se dieron al fin las medidas desamortizadoras, hi* 
riendo de muerte, aunque no borrando en absplutp, la tradicional orga- 
nización d|9 la propiedad agrícola germana. También la ley rusa de 1861 
se dirigía completamente á facilitar la división de las tierras disfruta- 
das hu común (hasta entonces en un régimen servil), por los labrado- 
res yecinos de los pueblos. 

Y sin embargo de todo esto, repetimos, y de hallarse en las más 
de las regiones en crisis de disolución espontánea las comunidades 
agrícolas y aun las de pastos, como lo están las propiamente familiares, 
tiene tal fuerza la tradición y tanta el sentimiento del interés de los 
pueblos, allí d,onde otras ideas no lo han desdichadamente cegado, que 
no sólo se mantienen muchas de esas organizaciones, sino que se ob- 
serva cierta corriente de reacción favorable á ellas en los pueblos mis- 
mos (en Rusia, v. gr.); y ya no sólo en los escritores que, penetrados 
de la necesidad, llaman continuamente la atención hacia este punto, 
como ujia de las bases para la organización social y política futura. No 
sin profunda razón decía Laveleye en 1878 y ha repetido luego, cque 
hay dos institucioneB que hubiera convenido conservar y mejorar para 
implantar sobre ellas la democracia moderna: la auúonomia munieipal 
y la propiedad comuiuxlT^, 



n. — Comunidad de los grupos rurales en Europa. 

1. Cuatro son las regiones en que aparece mantenida con mayor 
^extensión la propiedad en común de los grupos rurales: Suiza, Ru- 
sia, Indostán y Java. No menos iiüportantes son Alemania del Sur 
é Italia; y en lo tocante sólo á la comunidad de pastos, la$ nacio- 
nes europeas revisten mayor interés que los pueblos asiáticos, por ra- 
zón de .su característica diferencial, que ya observaba Maine al decir: 
«Se diferencian las comunidades indias de las europeas, en ser más 



282 HtSTOBIA DB LA PROPIBDAB OOMUVAL 

agrícolas y menos pastoriles... Para ellas, la tierra coniún era la parte 
que temporalmente estaba por cultivar, pe^o qne podía ser cnltiyada y 
entrar en la tierra arable (que era la que se distribuía temporalmente á 
las Emilias). Con dificultad se valúa como de pastos, pero sí más espo'- 
cialmente como capaz de cultivo. Esto produce un sentido más enér- 
l^co de la propiedad en la tierra común, que el vago sentimiento de 
derecho que existe «en Europa. Así, hay poca tierra cultivada en la 
India. Las llamadas tierras incultas, vagas, son parte del dominio de 
los comunidades, y respecto á ellas, los labradores sólo esperan una 
oportunidad para ponerlas en cultivo» (1). Esto explica también la no« 
table importancia que en todo el curso de la historia han tenido los de- 
rechos de pastos comunes en Europa, ya sobre la tierra vaga, ya sobre 
el rastrojo de las propiedades acotadas. 

El régimen del aUmend suizo fállgemeináe^ cosa de todos), es hoy 
día lo bastante conocido, gracias á la difusión de los estudios de Lave- 
leye y al interés que la discusión de su importancia en la nueva orga- 
nización agrícola que la crisis actual impone, para que pueda limi- 
tarse nuestro examen á los rasgos más salientes. Llévese por delante 
la consideración de que el cUlmend^ como institución económica, es pa- 
ralela á la política y administrativa de los valles suizos; lo cual tiene 
na poca importancia, por la correspondencia que naturalmente parecen 
guardar, no obstante excepciones notables que envuelven un proble- 
ma histórico, la autonomía de los pueblos y la existencia de bienes 
comunes. Tres son los elementos que componen la propiedad; bos- 
ques, pastos y tierra laborable, con las turbas y junqueras, todos tres 
mantenidos en común, con reglas minuciosas para impedir que se 
dificulten mutuamente los derechos de los vecinos. Estos perciben una 
parte de leñas, madera de construcción, un lote proporcional en la 
tierra laborable, y mantienen en los pastos* comunes un número de ca- 
bezas igual á las alimentadas privadamente durante el invierno. En 
algún lugar donde los lotes son de extensión desigual, se dividen en 
categorías, y los usufructuarios van ascendiendo de clase, según la 
edad y las vacantes, empezando por los más jóvenes, que tienen la in- 
ferior. Las condiciones para gozar de los derechos de. comunidad son 
generalmente tener caSa (que es de propiedad hereditaria) ó formar fa- 
milia independiente (lo que precipita los casamientos), y á veces ser 
mayor de edad; con frecuencia, también, es preciso ser vecino y descen- 
diente de los antiguos habitantes del pueblo que tuvieran iguales de- 
rechos desde tiempo inmemorial— á lo menos antee del principio de 



(1) ViUagé comm. Lectura IV: TKé ikW9tiam ViUagé conummitUi, 



COMUNIDAD DB LOB GRUPOS RÜRALVS )EN BÜROPA 283 

este siglo, — excluyendo á los qiije, aun siendo yecinos, no han sido reci'- 
bidos en la bourgeoim privilegiada, y á los que son meros residentes; 
género de condición y hasta de privilegio, qne ha prodncido quejas y con- 
flictos graves, resneltos, por lo general, en favor de sa derogación. La 
misma regla, observable en otros pantos, como en la comunidad de Saint- 
Bavon (Bélgica), es reemplazada por la igualdad absoluta entre los ve- 
cinos en Badén, Esse, Wnrtemberg; y por la libertad en la admisión de 
extraños, como en la dessa de Java, en las comunidades indas y en las 
de pcutos de Asturias, según las Ordenanzas. Los pueblos suizos son 
autónomos en lo tocante á este régimen, teniendo su Cansío que dirige 
y resuelve los asuntos respecto al uso y al cultivo, al revés de lo que ocu- 
rre en Wurtemberg, Hesse y Badén, en que el Estado dictó reglamentos 
para su administración. La importancia de los aümends consiste en su 
vasta extensión, porque, aunque no falta la propiedad individual, es 
aquella -forma la dominante; en su penúanencia; en la riqueza' que re- 
presentan hoy Gos de Unterwalden, v. gr., 11.850.000 francos; y asi 
otros), y en el estado agrícola floreciente á que contribuyen, causa de 
que algunps ofrezcan esta organización como tipo de la agrícola para 
todos los países. Laveleye los estudia y presenta con gran viveza de 
colorido y los ensalza, en dos capítulos jde sui libro sobre la Propiedad^ 
y recientemente en su folleto La propieté du sol dans différenU pays^ 
examinando otras publicaciones alemanas é inglesas de Ross, Lehr, 
Bücher y Miaskowski. 

En Alemania, los vestigios de la antigua comunidad agraria <mar¿> 
son numerosos y tan notables, á pesar de haber cesado en muchos si- 
tios los repartos periódicos en las tierras labrantías, que Maurer y 
Nasse han podido reconstruir su organización antigua enlazándola á la 
inglesa (1). En Searholzbach, los repartos duraron hasta 1868, y en 
otras partes se mantienen' en las prádsrcis y bosques. En algunas co- 
marcas, los allmends de tierra labrantía proceden, según Laveleye, 
de la roturación de bosques ó prados veriflcada hacia el siglo xvni y 
comienzos del actual. Hay algunos pueblos citados antes, en que el ré- 
gimen de repartos produce un bienestar envidiable entre los vecinos; tal 
es el de Biemheim (Rhin), en que 789 familias poseen lotes vitalicios 
de más de'una hectárea de tierra, y 11 metros cúbicos de leña; Klit^ 
genherg-suf^Main^ antes citado; FrendenstcuU^ en Badén, cuyos 1.486 
ciudadanos reciben leñas y madera de construcción suficientes, y pastos 
en común: atendiendo con los productos de las tierras á todas las ne- 



(1) Sn Dinamarea, según Han en, mbaisten Tiyas las prineipales oonseoneii- 
olas del cambio periódico de posesión en las tierras» que era, según fimos, ^a 
forma general de la propiedad existente en aqnel país durante la Edad Media. 



284 HI8T0BIA DE LA PBOPIBDAD COMUNAL 

cesidades locales y al embelleoimienio de la dndad, después de lo que 
aún sobran dividendos tjne se reparten; Seh&naUi con dos allmendt de 
bosque, prado y tierra de labor: la propiedad individual ocnpa Vt del 
territorio; Gem$bach, con repartos qninqnenales de lotes y rotnración 
obligada, dejando la tierra en los ocho afíos signfentes para pastos, hasta 
nuevo reparto; Eadolfszell^ Lagenbruck, Oberdorf^ Waldenhurg y Staiw 
en análogas condiciones, con asamblea general de los interesados que 
se reúne en Mayo y Octubre, un comité administrativo, compuesto del 
presidente, cajero, etc. En los principados de Hohenzollern, de 84.000 
morgen^ 50.000 son á^cilmenda. En Badén, según la estadística de 
1854, 523 municipios distribuían lefias, y 724 lefias y lotes de tierra. 
Organización parecida al cUlmend existe en algunos puntos de Giney, 
Braibant, Lovet, Emptimpe, Termonde(Flandes), Saint Bavon y Boui- 
llon en que se practica el cultivo sucesivo por parcelas, como en las 
Ardennes. Es de notar que algunas de estas comunidades, por mie- 
do á la expropiación oficial que amenazaba, han repartido los bienes 
recientemente entre los vecinos; tales son las de Yille du-Bois y Viel- 
sain, en 1862. Laveleye dice que, aun después de las ventas á que obli* 
gó el gobierno desde 1847 á 1860, quedarán en la región ardennaim 
G>elga) cerca de 100.000 hectáreas sometidas á aquel régimen. El mis- 
mo es observable en la comunidad de Drenthe (Holanda), que ha goza- 
do de antiguo de una forma federal (1); en la de Westerwald, la de Del- 
brück, la de Diihmarschen, importantísima durante la Edad Media, y 
otras. La comunidad de pastos sobre los bosques del Estado, existe en 
Noruega; mientras que en Inglaterra, donde abundan los vestigios de 
la comunidad tradicional, sólo tiene vida hoy el derecho de pasto sobre 
las propiedades particulares, cuyas cercas se rompen una vez al afio: 
derecho reconocido según vimos, en sentencia de 1£74, para el bosque 
de Epping (Essex), pero mermado más cada vez; las comunidades de 
arrendatarios (crofteri) escoceses, que distribuyen periódicamente en 
parcelas para su cultivo particular la tierra laborable, y tienen en común 
los pastos, conservando cierto espíritu familiar; y el baile de las Hébri- 
das, de organización análoga, muy notable en la isla de Heisgir, cuyo 
territorio se explota en común^ no ocupando ningún lote, permanente- 
mente y cultivando cada afio sólo una parte. 

Baile es el nombre gaélico que tiene en las Hébridas el UMmehip. 



(1) En 1828 oomprendia </s de la provinoia, y en 1800, 82.995 heo. de tierra la« 
borable y todo el territorio sujeto & pastos.— Ahrens (Eneielop., U, p. 288) cita 
también la oonstitaeión comunal de algunos distritos de la región llamada'en 
Alemania Hund$rück, en los que se mantiene el reparto en periodos de tres» 
oinoo y dieciocho años. El dato está tomado de SybeL 



COMUNIDAD DE LOB GRUPOS BURALEB EN BüBOFA 285 

Reviste la forma de un reparto. Bncesiyo j periódico entre las familias, 
según tres sistemas que vamos á exponer: 1.^ En las islas de Barra, 
está á punto de desaparecer la costumbre tradicional: los pastos son 
comunes, pero los lotes consérvalos en propiedad cada arrendatario en 
vez de tener en ellos una posesión temporal; 2.** En Sonthüist: en el 
distrito de Jocar hay nneve townships con 88 cro/ters^ divididos en 
cuatro secciones de 22, con sn presidente particular y el general ó maor. 
El terreno se divide en euatro partes que se sortean, subdividiendo 
luego cada una en 22 menores que se sortean también; dura el cultivo 
tres afíos, abandonándose luego la tierra para poner en explotación otra 
parte del territorio; en las tierras libres y en el barbecho, hay pastos 
comunes; 8.®*Bn NorthUist, se encuentran uno y otro sistema aunque 
domina el segundo; pero en tres comunidades subsiste el primitivo 
(Hosta, Gaolas, Paipil y Heisgir). En la última, que es una isla, se ex- 
plota en común el territorio, según llevamos dicho, no ocupando nin- 
gún lote permanentemente. Gada afio se cultiva parte del territorio y 
en él sé hace la distribución á la* suerte, dejando un campo para el pas- 
tor. Las algas que sirven de abono, si son escasas se reparten á la suerte 
en lotes. 

En la isla de Tiree (y en el 8. de Escocia antes, según el duque dé 
Argill), existe el reparto por suerte, anual ó bianual, y la comunidad de 
pastos en el terreno libre. Atestiguan de lo mismo en el siglo pasado 
autores como Spene, contemporáneo de Marshall, y otros que hablan 
del cultivo por reparto periódico ó en común (parroquia de Glenshiel), 
y de la comunidad de pastos, atendiendo á veces en las distribuciones ál 
rango (de jefe ó padre común), ó dividiendo las cosechas obtenidas y 
juntadas en una (isla de Gannay). El mismo Walter Scott, en alguna 
de sus novelas y en su Diario^ llama la atención hacia las Udal tenures 
de las islas Orkney y Shetland. 

Este régimen no legal, pero reconocido por la costumbre—tanto 
que el propietario suele unir al jefe electivo de cada granja, otro suyo — 
y encarnado en la conciencia de los escoceses, ha ido desapareciendo 
desde fines del xvii, haciéndose e! reparto definitivo y la explotación 
particular en las más de las localidades. Los pastos, donde no han sido 
incluidos en una granja de ganado vecina, continúan como antes. La 
desaparición de este régimen, cuyo reconocimiento legal propuso la 
Comisión enviada para su estudio, debe imputarse como culpa grave á 
los propietarios y á los agentes, según el duque de Argill confiesa (1); 
haciendo asi más dura la vida d^ los arrendatarios, cuya comunidad 
era, de hecho, CQD ti nuación délas serviles del feudalismo. ^ 



(1) Laveleye, La Prop, du «oZ, eto* 



HIBTOBIA DB LA PBOPiBDAD OOMUKAL 



Pero además de esto, son tan tívos y numerosos los yestigios que 
en toda Inglaterra qnédan del tawnship ú organización comunal, que 
resnlta bien clara la existencia de su generalidad casi absoluta hasta 
comienzos de este siglo: existencia qae bien se cnidan de hacer resaltar 
los autores ingleses del xtiii. Los yestigioB de que hablamos se reco- 
nocen en la disposición de las tierras, los derechos de pasto en las 
fajas intermedias de los campos y en les prados de propiedad individual 
(mientras no tienen la cosecha), á favor de un número mayar de indi' 
viduo8 de loe que tentón derecho de cercar sue ogmpos; en la limitación 
del número de cabezas que cada comunero pued^ llevar á los pastos; en 
la permanencia de lotes de tierra, de igual tamafio todos, y arreglados 
en tres secciones; en los cambios periódicos de tierras arables y de pair- 
tes de prado y en la ruptura de las empalizadas de los campos des- 
pués de la siega del heno. Además, muchos terrenos comuneB ahora 
incultos, llevan los rasgos de antigua labranza: lo que se puede ex- 
plicar por haber desplazado la porción arable de un lado á otro del te- 
rritorio, mostrando los trazos de cultivo el sitio que ocupaban los an- 
tiguos campos comunes (1). 

[Jna porción de detalles, como el cambio de secciones y parcelas, la 
asignación por lote, etc..., demuestran— según observa un autor--que 
la forma inglesa-escocesa de comunidad es más arcaica que la germana 
conocida (2). 

Todos esos restos, datos y vestigios han permitido á Maurer, á 
Morier (Sieteme ofUmd tenure) y sobre todo á Sumner Maine, trazar 
un cuadro muy acabado de aquella organización, y traer la reflexión 
inmediata del arraigo y de la savia que habla de encontrar en las cos- 
tumbres y en el interés de las poblaciones rurales, si contra las ideas y 
el estado dominante se protegiera un renacimiento en aquella medida 
que el examen imparcial de la realidad impone, bien lejana de las uto- 
pias comuno"Socialistas, á las que todos estos ejemplos, como nota per- 
fectamente el mismo Maine, no pueden, desde su punto de vista, dar 
fuerza alguna. 

2. A pesar de que las leyes italianas modernas no son lo más' propi* 
eias á la forma comunal de la propiedad, ésta subsiste, y con gran ex- 
tensión, especialmente en las regiones de los Apeninos. Garlos dé 
6tefani ha estudiado algunos de los que, más que vestigios, deben lla- 
marse instituciones^e vida perfecta,* en los territorios del antiguo Es- 



(1) Vid. lo dioho en el oap. II, recogiendo loe dktoe de Taylor. 

(2) S. Maine, Viüage cwam^ Leo. 1.% p. 97. 



COMUNIDAD DB L08 GBÜPOS BUBALEB EN BUBOPA 287 

iado de Módena y tinca; y de «vlb observaciones resnltanlos sigaientes 
datos que transcribimos ci^i Íntegros (1). 

En parte de la provincia de MaBsa, subsiste, á pesar de las tentati- 
vas hechas por la autoridad gubernativa para suprimirla ó transfor- 
marla^ la costumbre de recoger la cosecha de bellotas, pro indivisa. 
Para esto, el día fijado se rennen todos los vecinos en proporción de un 
hombre por cada familia, y cada cual hace suyas laa bellotas que pue- 
de coger. 

Muchos municipios de los de la monta&a poseen aún terrenos la^ 
borables en perfecta comunidad, divididos á veces en campos igu|Jes 
de una fanega (starió) cada uno, separados por fosos ó por márgenes 
cubiertas de hierba. Estos campos se reparten alternativamente, cada 
derto número de años, entre los vecinos que pagan una breve cantidad 
por la posesión y el cultivo, sujeto también á reglas comunes que prea- 
criben el modo y el tiempo en que deben hacerse las varias operaciones 
agrícolas. En Massa y Sassorosso (Ayuntamiento de Villa GoUeman- 
dina), se reparten los terrenos cada cinco afíos, según el número de fa« 
xnilias y de hombres. La manera de hacer la división se rige todavia 
por lo dispuesto en el estatuto de 1696, y conforme á costumbres an- 
teriores aún al más antiguo, que es de 1625. — En Corfino y Ganigiano 
(Ayuntamiento citado), los plazos son de nueve años, dividiéndose los 
terrenos en tres porcioíies; una de ellas se distribuye en paftes iguales 
entre las familias, sin atender al número de los hombres que hay en 
cada una; otra se reparte igualmente entre los hombres útiles del pais, 
y la tercera se da proporcionalmente al impuesto que cada cual paga. 
Del mismcv modo que hemos dicho antes* los participes satisfacen la 
cantidad de tres liras al año por el lote que se les asigna (2). El esta- 
tuto de Corfino, que se redactó en 1656 en vista de las antiguas cos- 
tumbres y que hoy rige sin modificación, decía: «Ordenamos y decla- 
ramos que sea lícito por espacio de nueve años, á cada familia del pue- 
blo, sembrar y partir todos los bienes de Peligli, del Pianaecio, del 
Poggiaccio de abajo y de Campaiana, y que cuando se distribuyan, haya 
de hacerse de este modo, estoes, una tercera parte por libras y sueldos 
(quiere decir según el impuesto), un tercio por familias y un tercio 
por hombres^». — La recolección se hace en común, el día fijado, por to- 



(X) Cario de Stef ani, Di áleune propietd colletHve neWÁppenni noed egli ordituf 
inetit¿r«{a«9<.(Arohivio per VAntropologia e la etnología.— XVni vol. Fasoifi 
oolo primo. Firense, 1888. 

(S) Es el caso citado del pueblo de Vega de Espinaredf^ en la proyinoia do 
Iieón (Bspafia). Tid. pág. 270. 



288 HIBTOBIA BB LA PBOPIBDAD COMUNAL 

dos los labradores; y el día antes pneden hacerlo las yindas y las muje- 
res, con objeto de que encuentren más fác\}mente los fmtos. 

Existe también la costumbre de la roturación libre (calvare ó corva- 
ré/i general en la historia y conservada hoy en nuestras provincias 
del Norte. Puede ejercerse sobre los terrenos incultos á no. estar reser- 
yados para el pasto, los lechos de los torrantes, monte bajo y algunos 
bosques, y produce la exclusiva á favor del que. rotura, por uno ó dos 
afíos, á condición de que empiece el cultivo dentro del mes de haber 
ocupado la tierra. Un estatuto de 1606, correspondiente al territorio 
de JSoraggio (Ayuntamiento de Sillano), determina las épocas en que 
puede hacerse la roturación, concediendo mayores libertades á los 
pobres. 

El lecho de los torrentes, qué siempre se ha considerado como 
cosa común, está sujeto al régimen de roturaciones, para las cuales 
algunas veces se exige licencia del Ayuntamiento y el pago de una 
corta cantidad. 

cLas innumerables costumbres relativas á los pastos — dice Stefa- 
ni— aun en los pueblos de la llanura, tienen, las más de las veces, ori- 
gen en los usos de las más antiguas pebl^iones pastoriles, usos que 
sobreviven á todas las mudanzas de la legislación y á todas las con- 
quistas bárbaras y aun á la romana, y que son los últimos residuos de 
una propiedad que fué colectiva.^» 

En casi todo el territorio de los pueblos de la montaña existe la 
servidumbre de pastos, salvo en Iqs huertos y lugares cerrados, las 
selvas, encinares y los prados en el tiefnpo dé la cosecha. <lE\ derecho 
de pasto en los bienes comunales, está regulado pot ciertas normas, 
que, por lo general, prescriben el tiempo en que los animales pueden 
ser condticidos á este ó el otro lugar». Los terrenos en que está prohi- 
bido pastorear en ciertas época del afio se llaman handiU (vedados) y 
mientras tienen este carácter, está prohibido el pasto á los ganados 
menores, permitiéndose á los animales de carga y á los de labor. En 
los prados no se puede pastorear hasta.haber segado el heno; y para 
evitisir que los propietarios impidan mañosamente el ejercicio de este 
derecho, está mandado que todos sieguen á la vez. En los castañares 
no pueden entrar los ganados menores hasta haber caído la castaña. 
La comunidad de pastos existe, no sólo entre los vecinos de un mismo 
pueblo, sino igualmente entre los que confinan. 

Eesto de la antigua comunidad és también el uso de los bandos 
para la recolección de cosechas, más frecuentes hace ocho ó diez años. 
Todavía se hacen algunos que determinan los días, y á veces las horas 
de recoger la uva, bellota, patatas, nabos y el heno. a:Otra costumbre— 
añade Stefani — que tiene relación con la antigua comunidad y tribu^ 



COMUNIDAD DB LOB QRUFOS BüBALBB BN BTTBOPA 289 

y dirigida en algún tiempo, caso aparte de razones de policía, á disr 
tingnir á las trilins entre si, es la obligación tradicional de tener ani- 
males de carga sólo machos ó sólo hembras , ó de nna especie con 
preferencia á otra; por ejemplo, en Massa y Gorfíno, hay sólo asnos; én 
San Bomano, Bibbiana, Silioagnano y Yerrnoole, sólo yegnas.— Si se 
remontase mncho en afíos con aynda de los docnmentos más antiguos, 
se encontrarla qne todo ó á lo menos gran parte del territorio de mu- 
chos pneblos, hoy secciones de Ayuntamientos mayores, era común 
á todos los yecinos. Con el tiempo, la propiedad fné usurpada por los . 
particulares, ó concedida por servicios sefialados, ó dividida y acensua- 
da entre los recinos, ó vendida al Gobierno. Sin embargo, en la mayor 
parte de los municipios, quedan restos de' los derechos y las restriccio- 
nes que gravaban aquella propiedad en el singular gius congruo ó del 
congruo. Hasta hace pocos años, en la región de que hablo se conserva- 
ba rigurosamente en todos los contratos la prohibición de enajenar de 
cualquier modo que fuere, los bienes acensuados, á personas extrañas 
al pueblo, mientras pudieran darse, concederse en dote, ó vender ó ena- 
jenar de otro modo, á los vecinos... Esta prohibición se extendía, no 
sólo á todos los bienes comunales (1), sino también, en la mayoría de 
los m^unicipios, á los de propiedad particular.^ El que quería vender 
una tierra, debía informarse antes de si algún vecino quería comprarla 
(tanteo); y aun después de verificada la venta á favor de un forastero, 
los vecinos tenían derecho á reivindicarla y obtenerla por precio igual 
(retracto). El plazo para interponer este retracto era unas vecefi indie- 
finido, otras, especialmente en estos últimos tiempos, de 18 años desde 
el día de la venta. Este derecho llamado congruo se aplicaba en los 
contratos de las sociedades feudales, y era reconocido por las leyes ci* 
Tiles á los que gozaban pro indiviso de una cosa inmueble, á los pro- 
pietarios colindantes (2) y á los agnados entre sí. Está confirmado en 
uno de los estatutos más recientes, de Yibiana (municipio de San Ro- 
mano), en 1788. cCon esto — ^añade el articulista — los comuneros conse- 
guían el fin de mantener lo más estrechos posible los vínculos familia- 
res y patriarcales entre los vecinos, mantenerse separados y distintos 
de las tribus y de las comunidades extrañas, é impedir que personas 
de fuera, entrando en la comunidad, vinieran á gozar de derechos que 
no les correspondían, con daño de los vecinos. i> 

Además de estos ejemplos que ha dado á conocer el Sr. De Stefani, 
hay otros no menos importantes que revelan una extensión notable del 



(1) Se entiende, no á los que oontinoaban indivisos, sino & los repartidos en 
posesión ó enfitensis. 

(2) Es el retraoto de colindantes en nnestro Código oivil (srt. 1.639). 

19 



290 H18T0RIA DE LA PBOPlBDAD OOMUVAL 

régimen comuDal. Genio y PioYe, perca de Bolonia, poseen sendas tíe* 
rras, fértiles, dejadas en 1268 por el obispo para qne se repartiesen en- 
tre los vecinos, lo qne viene haciéndose desde 1279 cada veinte años. El 
primer reparto se hace por caseríos (haaneaux) j luego se snbdividen 
en lotes iguales para los derecho -habientes. En el Friftl (1), los pne* 
blos tienen bieQes regidos por el Consejo popular (coMiglio di vidnaj; 
son prados y pastos que se dividen en lotes entre ks familias. Los 
ptfltos en común, que es lo mis subsistente, existen en Ancona, Pe* 
saro y otras regiones, según el testimonio de Ghino Yalentí (2). 

8. El municipio rural ruso afecta generalmente la forma del mtV, 
esto es, de la comunidad agraria constituida entre los vecinos del pue- 
blo con indivisión absoluta de las tierras, puesto que el sujeto de la pro^ 
piedad no lo son los individuos, sino el grupo. Antiguamente, el culti- 
vo se hacía en común: hoy se ha alcanzado el período de 'los repartos de 
parcelas, á períodos más ó menos largos. 8e consideran de propiedad 
privada de cada vecino, la casa y el huerto ó cercado anejo. La organi- 
zación del mtr, sobre todo después de la ley de emancipación de 1861, y 
salvo ligeras variantes respecto á las tierras pertenecientes á la Corona 
y al Patrimonio, es perfectamente autónoma. Tiene su Consejo de an- 
cianos (starchi), su jefe (atarosta)^ que es continuador del antiguo sta^ 
rosta de la tierra negra y de los dominios del csar, y que el mir elige 
libremente. Las únicas relaciones de la comunidad con el Estado, ver- 
san sobre estos tres puntos: 1.^ el cultQ ortodoxo, impuesto del que en 
muchas regiones (Ural) se emancipan; 2.^ el servicio militar, que es 
en mano de los starchi un medio de castigar á los individuos de mala 
conducta (8); 8.** la contribución, de que son responsables, primeramen- 



(1) Yalozii Oaoperazione rwáU. 

(2) El estadio del Sr. De Stefani qae hemos extractado, oonolaye oon algo.* 
ñas consideraciones acerca del origen de la propiedad comunal en Italiat las 
cuales deben leerse como muy interesantes. Bechaza la opinión de que nade • 
ran las costumbres de que se ocupa «en el tránsito de la autoridad feudal A la 
libertad de los municipios» ó por causa de concesiones de los sefiores; asi 
parece desprenderse de los documentoSi que nada dicen de este cambio. «Oreo 
muy Terosimil«-añade— que las instituciones de que he hablado se remontan 
4 los tiempos en que los ligures habitaban en aquellas regiones, y me confirma 
en esta opinión el car&oter tan simple y primitivo del hecho, que se relaciona 
oon sistemas de agricultura antiquisimos» tales que los romanos en su tiempo, 
no los habrían introducido..». La distribución uniforme del sistema en Europa 
y fuera de ella, y en los tiempos m&s antiguos, es también otra prueba de sn 
antigüedad.» El autor cree posible dedicar un trabajo espeeial al problema del 
origen de aquellos bienes; y de desear es que cumpla su propósito. 

(3) Le Play, ^{^/'orfiM Meial«. 



COMUNIDAD DB LOS GRUPOS BURALlBB BN BUROPA 291 

• 

te, el jefe, y Inego solidariamente todos los yecinos. Mientras pagae la 
contribución impnesta, el Gobierno no molesta al miV, cuya autoridad 
es indiscutible (1). En esta solidaridad colocan dos autores moder- 
nos (2) el origen del mtV, que no es según ellos una institución nacio- 
nal ni primitiva (uniéndose asi á los que la hacen deriyar de la época 
en que empezó la servidumbre de los aldeanos), enlazándolo con las 
metrocdmae fiscales bizantinas y el influjo del derecho del Bajo Impe- 
rio en Busia. 

La ley de 1861 ha introducido en el mir menos raríaciones de las 
que se creen. Comprende esta oi^ganización casi toda la Gran Busia; 
según Wallace, Ve ^^^ territorio de^la Rusia Europea (8). Los rusófílos, 
que amén de los verdaderos patriotas son hoy numerosos, en Francia 
especialmente, y entre los cualeii no faltan autores llenos de entusias- 
mos eslavitas más ó menos grandes, ensalzan mucho la organización 
del mir, ya desde un punto de vista histórico ó étnico, ya desde el pu- 
tamente económico; oponiéndola, como mejor, á la del eUlmend suizo- 
alemán. Le Play acusa al mir de ser institución despótica, porque tiene 
en completa dependencia á las familias, sujeta demasiado á la autori- 
dad de los ancianos las que nuevamente se orean (matrimonios jóve* 
nes) é impide las emigraciones, á veces necesarias (4). Otros autores, 
alguno ya citado (5), insisten en proclamar los malos efectos que 
pana la agricultura tiene aquel régimeti y el deseo de salir de él. En el 
gobierno de Koursk, v. gr.,— dice 6tolipine — ^los labradores conside- 
ran la propiedad de la tierra como primada. Lady Verney, en el artícu- 
lo aludido, traza un cuadro poco lisonjero ni agradable de la vida rural 
rusa. Continúan— dice — los sistemas de rotación con cereales, hortali- 
zas y barbecho, mediante repartos anuales que originan el empobreci- 
miento de la tierra por falta de estimulo para su mejora, según atestigua 
Jansen, profesor de Economía política en Moscou. Meyer y Ardant 
dicen que en 1881, y para borrar desigualdades surgidas, cosa que ya in- 
tentó la viuda de Pedro I, Isabel 11, se repartieron por igual las tierras 
en las comunidades. Los lotes son, por regla general, de una extensión 
2 '/s á 20 acres; en la Gran estepa, de 8 Vt ^ ^ Vs (Ley de emancipa- 



(1) Lady Yemey, Burál Mf^ <>* Bu$Ha (HimeUmfh Oéniurff, Bmro, 87). 

(S) Meyer y Ardont. 

(8) Bn el K. pareoe qne la eostnmbre es en las instalaciones nnevas el esta- 
Ueeimieato de grai^as familiares aisladas (gahwO'gaeiJM), Se vuelve, pñes, 4 la 
primitiva Inokotna, 

(4) La solidaridad de los pagos, sajeia á los veoinos 4 no salir del pneblo^ 
mas si dan eanoión de qve pagar4n su parte, pneden irse.— Lehr, DroU eMt 
ru$ei pág. 288. 

(5) Stolipine, JB#faiffdspAaof.de#«ctefie0«;Genéve,1886. 



292 BISTORIA DB LA PROPIEDAD COMUNAL 

ción) (1). La ley de emancipación— continúa Ladj Yerney — ^ha fracasa- 
do, pnesto que hoy, por regla general, el labrador es nn mero indigen- 
te, habiéndose extendido la miseria y el hambre. El anmento de los im- 
puestos municipales y del Gobierno, hace hoy insuficientes para el sos- 
tén de los aldeanos tierras que lo eran en 1861. El labrador no puede 
Tirir y pagar los impuestos. La usura es el demonio de la Rusia rural 
moderna, resultado de la creación artificial de upa clase de labradores 
propietarios, que se propuso la ley. En esto están de acuerdo Meyer 
y Ardant, quienes señalan los dos grandes defectos del mir en la exis- 
tencia de una clase rica (koulaki) ó de usureros, que es un germen de 
disolución, y en que, por el anmento de pobladores, se diñden excesi- 
vamente las parcelas. Bi se introdujera la explotación en común, aña- 
den, se ganaría mucho. La comunidad de lowa (Estados Unidos norte- 
americanos) cultiva asi 70.000 acres. 

No obstante todo lo dicho, es lo cierto que, por de pronto, la ley de 
1861 que directamente huyó deia individualización, aunque dejándola 
paso fácil, no destruyó el mt'r, sino que lo afirmó sobre la base de la li- 
bertad; pero tampoco ayudó á extenderlo donde en vez de él existía sólo 
la familia troncal (comunidades familiares de la Pequeña Rusia, Kiew, 
Podolia, etc.) En estas regiones se creó una masa de pequeños propie- 
tarios, numerosa, aumentada con las tierras de algunas comunidades 
disueltas, y por la compra de las de la nobleza, que se dividieron. To- 
davía el mir posee en los dos distritos del Centro 29.600.000 deciati^ 
fias (2) y las aaociadonea de aldeanos^ 471.000. Estas asociaciones, aan- 



(1) Lady Yerney, artionlo citado. Coinoiden en mnohos puntos eita oicrito- 
ra y Stolipine. 

(2) Medida agraria equivalente & 1,082 heo.—En nn articulo publicado en 
Lé Corré§pondant de 25 de Bnero de 1888, lobre la Situaei&n de lo9 áldeanot eit 
Bu9ia después de la emancipación, dice M. G. Jannet: «No existe la propiedad 
comunal del mir en Finlandia, ni en las p'royinoias B&ltieas, ni en la pequeña 
Busia y la Lituania»; afirmación que es sólo relativamente exacta, puesto qii« 
en la Pequeña Busia, por ejemplo, si no existe la forma clásica del mir^ existe, 
y mucho, la más tradicional de la comunidad familiar. Aquélla, en la antigua 
Moscovia, es la dominante; en la Siberia meridional y la cuenca del Amur, la 
oolonisación se implanta por 4o general con el régimen del mir, y en la Gran 
Busia alcanza el 81 por 100 de la superficie. Ko obstante, el autor afirma que la 
tendencia va dirigida á la destrucción de estas comunidades. Que «la adminifl* 
traoión superior procura inclinar á esta medidla á las comunidades», es indis- 
catible; pero contra aquella afirmación deponen hechos análogos y más con- 
dnyentes aún que los del escritor socialista M. Tikhomirof— á quien cita 
X. Jannet— y el cual todavía dice que en estos últimos afios algunas comuni- 
dades han renunciado á la propiedad individual para volver á los repartos 
periódicos. M. Jannet concluye sefialaudo el positivo servicio que el mit hace 
á las ooloaias nacientes, tanto mayor cnanto más reposan «en las costumbre* 



COHUiriDAD DB LOS GRUPOS RURALES EH EUROPA 299 

que no forman mtV, constituyen nna propiedad colectiva importantfsi* 
ma, en reemplazo de la individual ó la del Estado (1). Además, se han 
fundado Bancos que prestan á los labradoras que compran tierras no- 
bles ó del Estado, si fundctn mir ó comunidad. La corriente nueva en la 
opinión (desde la muerte de Alejandro II) (2), tiende á favorecer al mir, 
7 asi lo pidieron los colonos alemanes en 1880. En la Gran Busia, los 
que no tienen tierra ó tienen poca, compran en común y la explotan 
como si constituyeran mir. Los alemanes fijados (de 1764 á principios 
de este siglo), en las provincias del S. E., tenían tierras concedidas en 
común á los grupos, algunos de los cuales aceptaron el mir. En otros, 
en que subsiste la organización familiar, los bosques y pastos son co- 
munes: y á veces, las tierras se arriendan á los ricos y se funda con el 
precio una caja común. 

Loa bosques, pastos, casas, crías de ganados, etc., también se re- 
parten en algunqs sitios. — Los períodos de distribución varían desde 
un afío (en el S.) á 10-12 (Tambow) y 10-15 (Riazan) ó 18 (Moscou). 

De todos modos, por regla general la condición de los labradores, 
í^egún dice Lady Yerney, es mísera y su grado de civilización ínfimo, 



y las tradiciones de raza»; viniendo asi «la antigua institaoión eslava A faoiii- 
tar al imperio rnso recursos estimables» por la ocupación y roturación de sus 
inmensos territorios del Estle». 

<1) Sn 1864 se constituyeron asi los Baskiros; y en 1869 los aldeanos de Be* 
sarabia en las tierras qne se les concedieron. 

(2) Meyer y Ardant, ob» cit. Bste hecho se contrapone totalmente & la afir- 
mación de Stolipine de que el sistema de reparto igual de tierras, que repre- 
senta el mir, no se mantiene sino por la rutina, dado que realmente ha produ- 
cido un empobrecimiento de la población aun en los puntos en que la tierra 
habia sido tasada en más de su valor. Stolipine, ob, ,e<¿., págs. 16 y 16. 

En el momento de enviar estas páginas & la imprenta, me entero del capitulo 
que M. J. G. Bouctot dedica en su recientisim'a Historia del comuntamo y del «o- 
eiálUmo (tomo I, París, Ghio, 1888) & las comunidades rusas, probando que la 
forma del mir está en progreso, tanto, que alcanza en las diferentes regiones 
la siguiente proporción: Bajo Yolga 98,4 <*/« del territorio; Moscou, 98; Ural, 96; 
Oran Busia, 89 <*/«; Pequeña Busia, 68 *>/o; Busia blanca, 66 «Z»; Ukrama, 16 «/«,. Bn 
las provincias de Kbursk, Woronech,Tambow, Biazan y ax^n en las fronteras de 
Besarabia y Moldavia, el nUr gana terreno. Esto procede de que «la comunidad 
eslava y la servidumbre, son dos hechos distintos é independientes, que se su- 
perponen sin confundirse, como lo indica el establecimiento reciente del mir 
en la BusiA blanca y su desconocimiento completo entre las poblaciones de las 
provincias bálticas, país de servidumbre por excelencia, donde domina el ele- 
mento alemán^. La tendencia comunista es tan general, que con frecuencia se 
ve que varias familias se asocian para explotar en común una tierra ó nna fá- 
brica. Tikhomirov cita dos casos: el de los aldeanos de Grekovska (Pequefia 
Busia) y el de los obreros de Yotkine. (La BuHaf pág. 130.) Léase todo el capi- 
tulo en comprobación de los progresos del mir y para conocer las teorías co- 
munistas del nihilismo, de que no tratamos. 



294 HlftTOBIA BB LA PBOPl^DAD OOMÜHAL 

dominados por el alcoholismo y la indolencia. «El aldeano rnso — aña^ 
de la misma escritora recargando de sombras el cnadro-^-no se cuida 
de la libertad ni de la política, ni de género alguno de educación. Su 
solo interés es saoar lo bastante de su tierra para yiyir y beber el mayor 
número posible de días al año.» Persona en cuya veracidad y cultura 
fio y que ha yiyido algún tiempo en Kusia, me asegura la certeza de 
eate aserto. Las mujeres trabajan en el campo (en el N' O. lo hacen en 
la carga de maderas), descuidando á los niños, de los qué mueren ocho 
de cada diez. El inconyenientje de la excesiva división de los lotes de 
tierra es el mismo con que se tropieza en las tierras de arroz de Java. 

Lo mismo viene á decir Jannet en el trabajo antes citado, en el 
cual comienza exponiendo las condiciones en que se hizo la emancipa- 
ción y el resultado de crear lentamente una clase de pequeños propieta- 
rios sobre las antiguas tierras señoriales, obra en que el Estado ofrece 
gran apoyo á los labradores, hasta haber creado un Banco social, que les 
presta cantidades á un interés de b^/^ 6 4 Va por 100, con reembolso 
^s veinticuatro ó treinticuatro años, para que puedan comprar tierras 
de las numerosas que hay en venta. De esto, ha resultado que en 1.? 
de Octubre de 1887, con 9.000 préstamos á 590.000 aldeanos, se hubie- 
ran comprado 1.876.000 hectáreas de tierra, notando que muchas de 
la^ compras se hacen á titalo colectivo. Así se han reducido en un 30 
por 100 en el distrito de Karkof las tierras poseídas por los antiguos 
señores. Cosa análoga ha sucedido en las provincias de Baratow y de 
Samara. 

La situación no es por esto tan halagüeña como pudiera desearse. 
Hay regiones enteras en que la gran industria ha producido la ruina 
de las domésticas á que se dedicaban en invierno los aldeanos, y los 
coloca á menudo en el trance de la suprema miseria, cuya solución es 
emigrar á las regiones siberianas. Parte de este mal procede de la pe- 
quenez de los lotes de tierra que corresponden á cada familia; motivo 
por el cual estas poblaciones, señalando la nota aguda en el concierto 
del bajo pueblo ruso, son las más esperanzadas en un reparto negro^ es 
decir, en la distribución sin indemnización alguna de las tierras y los 
bosques que aún quedan en poder de los antiguos señores. 

Últimamente, de las tribus del Ural dice Le Play que pueden re> 
conocerse en ellas los distintos grados de comunidad. Los nómadas 
(abas) tienen la tierra en común, participando cada familia de los pro- 
ductos obtenidos, forma muy arcaica; en )a región de los batkiros cada 
familia tiene c^ propiedad su casa y huerto anejo; en la aldea rusa los 
lotes son de frutos (1). 



(1) Para las oomunidadeB más extensas que la munioipal, formadas á veces 



IVBIA T JAVA 295 



m. — India y Java. 

Es sin dnda la peninenla Indica una de las regiones en qtie más á 
la Superficie se ofrece* y con más fidelidad se ha sostenido la organiza- 
ción arcaica de la sociedad aria. Por más que la observación de Le- 
Bon (1), acerca de la diferencia, no tan radical como se supone, del 
cambio y desarrollo de la civilización entre los pueblos de Oriente 
y. lósele Occidente— sobre todo , porqne el movimiento transfor- 
mador en las capas inferiores de la sociedad es menor qne en las qne 
participan de alta cnltnra,— sea observación digna de considerarse, 
no se pnede borrar la característica radical de nnos pueblos y otros 
desde que se abre en la historia el ciclo europeo: la cual, como el mismo 
Le- Bon reconoce, es, para los occidentales, verificar la transformación 
por cambios rápidos que producen en épocas próximas gran diversidad 
de estados; y para los orientales, la lentitud del movimiento que en 
la masa del pueblo (entre los convertidos al mahometismo, poruñas, 
causas, y en la India por otras), mantiene de tal modo estados anti- 
guos, <icque bien se legitima la apreciación de que no cambian, y. sobre 
todo, permiten el estudio y conocimiento de lo que fueron antigua- 
mente por el de lo que son hoy». ' 

No es absoluta la pureza con que la forma de la comunidad rural 
inda Se muestra hoy; porque aun cuando se haya mantenido contra las 
tendencias individualistas del Código de Manü, y no haya sufrido, 
como sus análogas europeas, tantas depredaciones en su territorio por 
parte de los soberanos indos, salvo en la parte inculta, por otras causas 
no muy dilucidadas, la disgregación se iba operando positivamente: y 
asi, cuando se apoderaron los ingleses de la península, aquella antigua 
organización en que, como dice Heam (2), cía tierra pertenecía al clan 
y el oían «se asentaba en la tierra», había entrado en una época de 
disolución, en un principia alentada por los dominadores que no com- 
prendían bien aquel régimen y tomaban al contador ó administrador 
de la comunidad (que es un mero funcionario, aunque importante), por 
el único propietario del pueblo (8). 



en regiones y provinciag, véate Haxihaiisen, m, pág. 166, y Walaoe, La Bu* 
Ha, I» 119. 

(1) CivilisaHon de9 árabes. 

(B) Aryan lunMekold, oap. IX. 

^ Bl Gobierno ingle»— dice Maine—reoonooiendo y concediendo nuevos 
dereokoeal htoémem ó jefe, ha oontribnido & que se le considere como se£or; 
otrai vec^ ha reconocido como propietarios de los pueblos á ciertas famüias 
qne eran ya privilegiadas, como ooarrió en la mark germana. Su inflne»cia 



296 HI8T0BIA DB LA PBOPIBDAD OOMüN AL 

Los caractereB con que boy se ofrecen las poblaciones rurales, cnyo 
estadio y noticia se deben i las observaciones de algnnos oficiales in- 
gleses y á los libros de Snmner Maine y de Campbell, son los de una 
comunidad agraria casi territorial, en que por lo común la relación de 
parentesco que fundaba el grupo antiguo se ha borrado, y en que el 
principio de disgregación ba llegado casi al punto de una co-propiedad 
verdadera, y de la sustitución fácil de los antiguos miembros por ex* 
trafíos á quienes venden aquéllos su parte, mediante aquiescencia de 
todos. 

Realmente es difícil, en la evolución histórica— no en la teoría mo« 
dema, — establecer la linea de separación entre comunidad y copropU' 
dad. Las ideas romanas parece que han influido en esta diferencia, 
puesto que, ciertamente, la co-propiedad es la primer posición acentúa- 
da del derecho individual en la comunidad teniendo su base en la per- 
petuidad de los lotes de tierra asignados, combinada con la individuali- 
zación de la familia; y sabido es que, según la doctrina romana, siendo 
la indivisión de la propiedad un caso excepcional de aquel estado ab- 
soluto de dominio privado á que se llegó, no la llevaban más allá de 
una co-propiedad á cuya división se tenía derecho siempre, y á la cual 
no se podía oponer dificultades: nemo in communioné pote$t invitu$ deti* 
neri. La misma propiedad de la familia, en el tiempo de las leyes escri- 
tas, era, según resulta de los textos y de los estudios de varios roma- 
nistas (1), una co-propiedad. 

La comunidad rural inda, que ya no, ciertamente, puede ser defini- 
da como el towmhip teutónico: «grupo orgánico y autonómico de fa- 
milias que ejercen la propiedad común sobre una porción determinada 
de tierra, su mark^ cultivando en común su dominio y sosteniéndose 
con el producto de él», aunque les unan muchos puntos de relación, 
nace unas veces de agregación puramente familiar, ó sea de parentesco; 
otras, sobre esta misma base con la unión de extraños, admitidos con 
ciertas condiciones, ó por la reunión de dos ó más familias distintas 
(en el Sur); y en fin, por la sustitución completa de los antiguos miem- 
bros déla comunidad por extraños, según decíamos antes. Por eso 
puede decir Maine (2) que el parentesco es ya un lazo puramente eepe* 
eulaüvo^ indefinido, pudiendo compararse la comunidad inda actual á 



tiende á constituir las oomnnidades en corporaciones cerradas, definiendo sna 
derechos. 

(1) Véase el interesante libro de Oogliolo, Saggi $opra V wdhutUmé dd diHUo 
l>rftNfto.— Para la distinción entre ambas, ideas y estados de derecho, téngase 
•en cuenta la que establecen las leyes germanas entre la ICeiteigenthum ^eon* 
domtniumpro áivUo) y la QeaAmmteig^nthum (eonAominium pro indiviso). 

Ot) Early MHory of Zato, lee 8> 



INDIA T JAVA 297 



Iñgens, es decir, <tá la familia extendida por diversas ficciones cuyo 
carácter y origen se pierde en la antigüedad^. 

Consérvanse, no obstante, caracteres tan señaladamente arcaicos y 
comunistas como la sumisión de todos los componentes á las reglas 
consuetudinarias de cultivo; reglas en consonancia con las condiciones 
de aquel clima tropical, minuciosísimas en el reparto de aguas, respe- 
tadas por el Gobierno inglés y que se forman cuando es preciso, su", 
poniéndolas siempre muy antiguas aunque no lo sean; con la circuns^ 
tancia notable y muy significativa en este orden, de que nunca se atri** 
buye su origen al contrato, sino á Ja costumbre y á la autoridad comunal, 
á la que conceden la facultad de crear costumbres. Lia partes de la pro^ 
piedad del pueblo son: la tierra laborable, distribuida en lotes; los pra- 
dos reservados, al extremo de aquélla, y la tierra inculta con los bosques, 
indivisos para pastos, de la que procede por disgregación la primera. El 
pueblo puede ser descrito, como dice Maine, por el teutónico que des- 
cribe Maurer. Oada babitadón contiene una familia, bajo la jefatura 
del padre, absoluta, sin intervención de los extraños y manteniendo 
gran secreto sobre la vida familiar: carácter común á las sociedades 
primitivas, como dice Hearn de la aria, y que explica cómo no 
pueden ser comprendidas muchas cosas de la antigua historia le* 
gal: V. gr., en Boma. No tienen nada parecido al Consejo de adultos 
varones de los germanos, pero si al Consejo de ancianos (elders) (1), que 
lo es de gobierno y que no se encuentra en todas. A veces, la única 
autoridad directora es un jefe, ya hereditario, ya electivo generalmen- 
te de cierta familia determinada y prefiriendo al primogénito. El Con- 
sejo existe donde es más perfecta y más pura la comunidad rural. 8e le 
mira como un cuerpo representativo^ y por el nombre recuerda su anti- 
guo número de cinco componentes. Así se rigen autonómicamente con 
una regla y división muy completa de ocupaciones. El poder casi judi- 
cial y legislativo del jefe ó del Consejo, obliga á tener una especie de 
policía. El Consejo crea reglas nuevas respecto al cultivo y demás inte- 
reses, cuando el caso no está previsto en las tradicionales, produciendo 
así un cuerpo de ellas muy complejo, puesto que median también el po- 
der de los padres de familia y sus funciones legislativas. 

El estudio de esto tiene mucho interés para ver cómo las comuni- 
dades rurales teutónicas, v. gr., se convierten en municipios — que no 
son romanos exclusivamente — ó las indas en ciudades, que se han for- 
mado á veces por agregación de aldeas. 

Los pueblos son considerados por el Gobierno inglés como una tim- 



(1) S. Maine, 06. e<t. 



HI8T0BU DS LA PBOPIBfDAD OOMÜVAL 



dad para los efectos del impuesto— como sucede ea Rusia, — estable- 
ciendo la solidaridad en el pago. La acción del Gobierno inglés se faci- 
lita por la existencia en los pueblos, de yariaQ clases con derechos 
distintos^ ya que al Consejo no puede manejarlo. Continúan, según de- 
ciamos, las reglas consuetudinarias de cultivo con sus cosechas y rota- 
ciones obligadas. En la parte no ana de la población (provincias cen- 
trales), hay ejemplos de una regla por la que periódicamente se cambia 
de uu/lado á oko del territorio la porción labrantía, dejando la anterior 
en uso común parapa«to«; siendo la redistribución, también periódica. 
No hay iguales datos para la población de origen aria. Según testímo- 
nios, parece que esas prácticas se han extinguido, quedando sólo la 
tradición. La fijeza absoluta de loe lotes, antiguamente concedidos 
de un modo temporal á las familias, marca el punto de destrucción de 
las comunidades rurales; en lo que han influido acelerándolo, los in« 
gleses. Las causas son, según Maine, la idea dri derecho personal 
que va introduciéndose, la ambición, el sentimiento naciente de lo sa- 
girado de la obligación contractual, la partición de herencias y la ejecu- 
eióq por deudas sobre la tierra, medida que ya produjo igual resultado 
en la Grecia antigua, merced á la influencia fenicia (1); señales todas 
de la obra individualista en aquella región (2)* 

En el mismo tipo principalmente agrícola, pero más primitívo y 
elemental, se encuentra la deasa de Java, comunidad de la población 
sobre las tierras. Iguales elementos que integran la comunidad inda, 
forman la javanesa: el pueblo lo compone una agregación de familias 
(que son á su vez comunidades troncales), bajo la dirección de un 
consejo y de un jefe CloerahJ. Las clases de propiedad y el género de 
derechoá que sobre ellos recaen, son: en las tierras desiertas, pastos en 
común; uso igual de una parte de bosque; reparto entre las familias de 
las sawaka ó tierras regadas para el cultivo del arros y comunidad 
sobre las aecaa. ^ 

En algunas partes, sólo los terrenos incultos son c&immes: todos los 
cultivadas, de propiedad privada. Como especialidades, existen: d de- 
recho concedido (jasa 6 jasan) al que primero tala y rotura parte de 
bosque ó tierra inculta para gozar de sus productos, ya temporal ya vi- 
taliciamente, revertiendo luego á la comunidad; derecho observable 
entre los árabes, según el Koráu, entre los romanos del Imperio (8) 
de un modo más absoluto, y en otros pueblos; la pérdida de su dere*^ 



(1) Keyex y Ardant, 06. ei¿M <?ree<a. 

(2) Véase para todo esto Maine, ViOog* eomm., leoo.lYij Oampbellj in SiStm* ' 
of land tenwret c^p. IV. 

(8) Fustel de Conlanget, £1 dominio mrol entra lo« roffUMM. 



INDIA T JATA 



cbo sobre los bienes raices que snfre el comunero qne abandona la 
deasa^ pnes qne le está probibido yeoderlos; la admisión fácil de exira- 
fios que ayudan al cultivo y ásoport» los impuestos, y la atribucidn 
bereditaria de la casa y terreno anejo <buerta) q^ue se baee á las fami* 
lías, pero que no constituye un damimo, sino, como dicen bs indi* 
genas, «una posesión perpetua^», con cierto derecho eminente de la co« 
munidad, que en alguní» localidades se bace muy eiettirg. 

El reparto y cultivo se verifican teniendo en cuenta que la propie* 
dad en común unas veces recae sobre las mwcAst otras sobre las tsgalei 
ó tierras secas, bajo la dirección del loerah; ya fijando permanente- 
mente sobre la tierra las porciones en cuyo disfríite y beneficio van 
alternando los comuneros, ya estableciendo la permanencia de los lotes 
en las mismas manos basta que se bace preciso disminuirlos por au- 
mento de población, ya explotando anualmente (como en la primitiva 
rotación del suelo entre los germanos), una parte de los bosques que rotu- 
ran por el fuego, abandonándola cuando.su fertilidad está agotada, para 
pasar á otra (regencia de BantamJ, Este método es el que generalmente 
se sigue para cultivar el arroz seco foryza montana) sobre el bosque 
bajo, cuyas cenizas sirven de abono. Hay proletarios errantes que van 
de dessa en deesa obteniendo el derecho de poner por su trabajo en 
cultivo parte del bosque, mediante un tanto del producto. 

Aparte de la cauna histórica que ha producido este régimen en la 
infancia de las sociedades y lo ha mantenido después, y del inñujo indo, 
la comunidad javanesa se sostiene por la conveniencia que representa 
para el cultivo reinante del arroz, y la necesidad de obras especial- 
mente de riego, que sólo por una comunidad pueden hacerse, favore- 
ciendo además la colonización. En algunas localidades quizás debe su 
origen, de fecha reciente, á la obligación del impuejsto; pero en la ma- 
yoría 4e ellas p^ece tan natural este régimen, que cuando se funda una 
colonia nueva se introduce de un modo espontáneo, no llegando ni á 
comprender algunos lo que se les dice, cuando les hablan de propiedad 
individual. En catorce regenuias domina ó es muy importante la deasa; 
sólo en siete localidades lleva ventaja la individualización. Según la 
estadística de 1888 (1), más de la mitad del suelo cultivado lo era en la 
forma de deséa. Análoga organización se mantiene en Sumatra, Oéle* 
bes y otras islas. 

Dos graves peligros amenazan á la detaa. -De un lado, por el au«* 
mentó excesivo de pobladores, se camina rápidamente á una pulve- 
rización de la propiedad en lotes que no bastan con su producto 



(1) I^avelAye, La prüpUU im «oZ, «le. 



800 HI8T0BIA DB LA PBOPIBDAD COMUNAL 

/ — — 

al mantenimiento de Ibb familias ni de loe individnos; peligro que ame- 
naza en Bnsia del mismo modo. De otro lado, las desigualdades socia- 
les, acentuadas por la ambició^ de los loeráhs^ qne se atribuyen en el re- 
parto lotes extraordinarios, excluyendo de él á los simples trabajadores 
qne no tienen un par de bueyes, y atendiendo para la proporción de los 
lotes á la categoría de las familias, amenaza gravemente á la comuni* 
dad, que en ^esquite ha llegado á absorber en alguna regencia las tierras 
qpe eran antiguos ylnculos de los jefes; en otra fKediei), continúa sub- 
bumiendo las propiedades 'individuales que quedan, y precipita en Ja- 
rapas la reversión al común de las concedidas en jasa (roturaciones 
nuevas). La acción del Gobierno holandés, según el giro que definiti- 
vamente haya adoptado después de las últimas discusiones, puede influir 
mucho en el mantenimiento ó en la destrucción de la desea; parece que 
las razones de cultivo á que obedece, el bienestar que puede producir si 
se evita la excesiva disminución de los lotes, y la independencia que da 
á los pueblos, aconsejan lo primero. En este sentido se pronuncia ca- 
lurosamente Laveleye. 



IV.— Asia y África. 



Indudablemente debe existir el régimen de comunidad más ó menos 
absoluto, y con caracteres diferenciales que no dificulten á la unidad 
de su principio, en otras regiones y pueblos del Asia y África. Una his- 
toria completa de la propiedad comunal deberá contar con todos estos 
datos, puestos á luz y advertidos por los autores así que se penetren 
del interés vivísimo que representan para tales estudios. De los que 
hoy se poseen, recogidos por Laveleye, Le Play, Oliveira Martins y 
otros, puede asegurarse la observancia de aquel régimen en laf monta- 
fías del Afghanistan, entre los Eueof, Cada khail ó tribu forma una al- 
dea que posee las tierras perpetuamente. Divídenla en lotes de disfru- 
te temporal para los individuos, y de tiempo en tiempo las aldeas per- 
mutan sus terrenos para compensarse de su calidad diversa. Lo relativo 
á los' riegos, alumbramientos de aguas (muy escasas) y otros asuntos, 
lo rige un consejo popular (1). Lo mismo puede decirse de los ára- 
bes del Hauran, en los confines del desierto de Siria (2). 8e agrupan 



(1) Oliv. Mftrtins, Quá iro dae immugoé» primUioae, 

(2) Le-Bon, Ob, tit. Hay datos de -una oomnnidad oon j^oligamia en Bousrah 
(Siria) y de otra en Ningpo fon (China). Lf immrier» dei Beux Mandeii U, nú- 
mero 18, y III, núúi. 80. Para el estado moderno de la Ghina Téase oap. I. 



AMÉRICA , 801 

por comunidades compuestas de varías generaciones de parientes bajo 
la autoridad del jefe de familia (constitución patriarcal). La tierra es 
común á todos los habitantes del pueblo, dividida para el cultivo en 
partes proporcionales al número dcbueyes que cada uno tiene. Los ce- 
reales obtenidos se emplean en la alimentajción de los bueyes y came* 
líos, y el excedente se vende. Todos los productos pertenecen á la co- 
munidad, A excepción de pequeños peculios de origen diverso que 
poseen libremente algunos miembros (bienes cKÍquiridos). Entre las 
tribus árabes ó arabizadas de la Argelia (á diferencia de las berberiscas), 
existe la propiedad comunal del adtiar sobre la tíerra distribuida en 
lotes á las familias, ya anualmente por el cheik ó jefe, ya de un modo 
permanente sin poder enajenarlos. Los beduinos, según Niebbur, tie- 
nen dos clases de propiedad: familiar (rebaños, tiendas y muebles) y 
común de la tribu sobre los pastos del territorio en que se fija tempo- 
ralmente. 

En 1878, en el Tell había cinco millones de hectáreas de propiedad 
colectiva de las tribus* y tres millones de uso común á todos los mu- 
sulmanes (cosas públicas, que diriamos, constituidas por bosques, lau- 
das, estepas). 

Fustel ha procurado debilitar el valor de estos hechos, diciendo que 
hay mucha propiedad individual entre los árabes (1); pero LeroyBeau- 
lien, en un libro muy reciente sobre aquel país (2), ha hecho constar que 
'A partes de la tierra argelina es de propiedad común, ya de la tribu 
farehj, ya de la familia (melk}, rigiendo la indivisión absoluta. En 26 
de Julio de 1878 se dio una ley encaminada á individualizar las tierras, 
pero su cumplimiento tropieza con grandes dificultades, llegando á 
decir aquel autor que tal vez están más favorecidos los individuos con 
la forma comunista que con ninguna otra. 



V.— 'América. ^ 

Entre los ipdios y tribus salvajes de la América, los viajeros y los 
historiadores atestiguan la existencia del régimen de eomunidad, ge- 
neralihente sobre pastos y cosechas espontáneas, pues son poco agri- 
cultores aquellos pueblos. Según Oliveira Martins, los cronistas por- 
tugueses sefialtfn la comunidad dentro de la familia y extensiva á los 
frutos y utensilios, entre \ob tupinambos del Brasil; dato que repiten 



(1) Fr. A. Gaulin, 0&. de.t oap. Xn. 

(2) airard-Toolon, QrigiMi du mmriagt. Apud Letonrneau. 



802 H18T0B1A DB LA PROPIEDAD COMUNAL 

WraDgel para los habitantes de la América ex-msa y Edwards para los 
caraibas y otros indios del Orinoco. Podria afiadirse que también en 
nuestros cronistas de Indias, según ya hicimos notar, pnede yerificarse 
cosa análoga, respecto no sólo de Ur comunidad de la familia, sino de la 
^*bn, sobre la tierra y con cnltiyo en común (1), tal como aún subsiste 
entre los ro8holwik$ de Rusia en la región florestal. 

Generalmente, en el clan matriarcal (ó de filiación por la mujer, 
cuando menos) subsiste la comunidad (2), porqne cuando los bienes se 
heredan por la línea materna, es en simple usufructo. Las prorisiones 
se Tenían reuniendo en almacenes públicos, para repartirse después 
según las necesidades. Es notable adrertir que se juntan, no sólo ios 
productos del cultivo, sino también los de la caza y pesca. 

Schoolcraft cita la comunidad- de tierras entre pueblo^ vecinos, 
existente en las tribus de Dacotabs y Comanche^; los indios de Méjico 
(y también algunas tribus del Gongo) tienen los campos comnnes y con 
cultivo en común, conservando sólo en propiedad familiar la casa y 
huerto anejo; igual comunidad en los Todas j cuyos ganados son de pro* 
piedad particular, pero la leche se reparte entre todos (1); y finalmente 
los Iroqueses (2) (así como los pobladores de Nueva Zelanda y de 
Sumatra) (8), sólo conocen el uso individnal délas tierras por tiempo 
limitado y mediante la roturación, siendo en realidad aqnel derecho 
una propiedad nominal. 

Por último: en los Estados Unidos, la costumbre del township lle« 
irada por los emigrantes ingleses, no sólo subsiste en lowa, sino que 
sns vestigios se ofrecen muy claros en la colonia de Plymouth, en Gape- 
God, en Salem (Massachusetts), dos de cuyos towmhip^ con cultivo for- 
zoso y derrotas flamma9 kgnds)^ continuaron hasia fines del siglo xvín, 
y en la isla de Nantucket, cuyos repartos temporales concluyeron en 
1821. El nombre de township ha quedado en los Estados Unidos para 
designar á los municipios rurales. Adams y Fischer se han ocupado 
principalmente en el estudio de estos vestigios; y Troiqg Elting ha 
dado á conocer otras comunidades que existen en la ribera del Had- 
son (4). 

VI.— España. 

A primera vista parece que no hay rtelación formalmente apreoiable 
ñi punto de comparación que pueda ponerlas en la misma línea, entre 



(1) Testimonio de Marahall, oit. por Spencer: Sociológica. 

(2) Testimonio de Morgan. 
(8) Según Marsden. 

(1) Troing Blting, Dutióh víUage wmmunUin on the Bttdion Alvar.— 1886. 



B6PAÑA 808 

las organizaciones municipales de los pueblos enropeos y las que, ob* 
servables en mnchos puntos de los otros continentes, hemos descrito en 
los párrafos anteriores; porque corresponden éstas á un grado inferior 
de cultura y de progreso agrícola, y noi;ienen el lazo impuesto más ó me- 
nos artificial y forzosamente con la distribución y ordenamiento adminis* 
tratiyos, ni sufren el peso duro, pero dominante, del poder central, que 
vemos ya como imprescindible á nuestro Estado. Pero hay que rebajar 
mucho de esto: no es mejor el cultiyo en Busia que en la peninsula 
indostánica, ni grande )a diferencia de cultura en los circuios más ba- 
jos de ambos pueblos. £1 cultÍTO del arroz en Java es muy constante ¿ 
intenso, y cuenta con obras de irrigación notables. Todavía, como ebser* 
vamos, la característica de las comunidades rurales asiáticas es la de ser 
más agrícolas que las europeas, en gran parte dedicadas al pastoreo; 
m es menor, en muchos puntos de Europa la independencia con que se 
ñge el grupo rural (municipio ó parte de él), como en Suiza y en Rusia. 
8uiza es un pueblo en que el cultivo agrícola se muestra adelantado y 
floreciente; y no obstante, subsiste el allmend. Queda el estudiar los 
ejemplos que de la misma organización restan en nuestro país (uno de 
los que han sufrido más por la centralización administrativa y los exce- 
sos individualistas), para comprobar su importancia, el valor que tienen 
en relación á la historia consuetudinaria de nuestros pueblos y su vida 
orgánica, y la reproducción que ofrecen, en medio de nuestra uniformi* 
dad— más superficial y pretendida que real y alcanzada — del régimen 
y construcción rural de los pueblos primitivos. 

Tanta novedad como causó la revelación de estas organizaciones en 
India y sus vestigios en Inglaterra y Alemania, produce el conocimieu'* 
to de las que subsisten entre nosotros. Azcárate, Costa, Linares, Pe- 
dregal, el Rev. Wentworth Webster, Serrano, Martinsy otros, han re- 
unido y publicado en libros y artículos, cuya lectura no es tan general 
como merece, los datos que conciemen á este asunto. Se refieren éstos 
á nuestras provincias del N. y O., en que más se conserva la tradición 
comunal. La cuenca del Mediterráneo ha sido la más influida por el 
individualismo* Oontinúa, en parte, el predominio de los pastos 
sobre el cultivo, en nuestra Península. Hay camunidadeB ¿te pa$to9 en 
Cáceres y en los concejos de la parte central de la montaña de Asturias, 
como el de Caso (1.500 vecinos), que sostiene 20.000 cabezas de ganado 
sin cultivar apenas algunos terrenos en el aro del pueblo; existen en 
esta región bosques y pastos en común muy extensos, del disfrute de 
los vecinos de la parroquia ó lugar 'en que están enclavados, sin más 
limitaciones que las requeridas para el buen régimen del aprovecha- 
miento y la conservación ó aumento de los árboles. (Convienen con este 
régimen las condiciones de vecindad que las Ordenanzas y costumbres 



804 HI8T0BIA DE hA PROPIEDAD COMUNAL. 

de los pueblos consignan, y según las qne es vecino el qne puede cor- 
tor, rozar f cavar, usar y aprovechar los pastos de los terrenos comunes 
para sus ganados (1). 

A veces tienen derecho en estos pastos vecinos de otro lagar, 
por número determinado de cabezas; como en los montes de Mingoyo¿ 
En los bosques comunes no se pueden cortar maderas ó lefias sino en 
los dias que señalan las Ordenanzas ó en que se acuerde. Hay la obli- 
garon de plantar árboles frutales para el aprovechamiento de todos los 
vecinos; costumbre existente también en muchos pueblos alemanes y 
suizos, ya al obtener el lote de tierra, ya al casarse, ya al nacimiento de 
cada hijo. Subsiste asimismo en Asturias (2) el derecho de los vecinos 
á roturar terrenos con permiso de los regidores, y cultivarlos para si 
tres ó cuatro años, sembrando en el último trigo ó centeno para que 
quede luego mejor el pasto. Es muy común la fazeria ó derecho recí- 
proco de ciertos aprovechamientos (pastos generalmente), en los terre- 
nos respectivamente de dos pueblos lindantes. ISe hace llevando los ga« 
nados al limite propio, y dejándoles en libertad, pudiéndose entrar en 
los terrenos vecinos sin que caigan en prenda (á pcdQ en cuello)\ ó lle- 
vándoles al mismo sitio y aguijoneándoles para que pasen la linea di- 
visoria (á reoa vuelta). Oomo vestigios de lo arraigado de este régimen 
en las costumbres de los pueblos y lo general que era, se cuentan las 
obligaciones de no permitir que se recoja el fruto ni siembre en vegas 
y morteras acotadas por los vecinos, antes de acordarse en junta, que- 
dando luego abiertas, para el uso común; de sostener un solo cerra- 
miento común en ve^u y morteras padroneras, y la disposición de las 
Ordenanzas por la que los terrenos abiertos se consideran comunes, 
aunque haya árboles de propiedad privada en ellos. 

A lo mismo se refieren las Beales órdenes de 1888 y 1841 y otros 
documentos legales que hemos citado (8), dando por general costum- 
bre las fazerías y mandándolas respetar. Este derecho se llama alera 
foral en Aragón, y he aquí cómo lo explica un conocido publicista de 
Derecho: 

«El derecho de alera foral es una institución antiquísima del dere- 
cho aragonés, aún subsistente en cuanto no sea incompatible con la 
conservación de los montes. He aquí lo que acerca de ella exponen los 
distinguidos jurisconsultop de aquella región. Al lado de poblaciones 



(1) Maierialee para él eétudio del Derecho nwnieipal eon$uetudinano de Etpaña^ 
por los SreB. Costa, Pedregal, Linares y Serrano, 1886. 

(2) Yéaise nota anterior. También los Apunt6$ ¿obre el Derecho de propiedad 
del Sr. Pedregal, en el BoL de la In§t. libre, núms. 179 y 180, 1884. 

(8) ^^TTtkt I, BiMea comunales de lo» miénicipio». 



ESPAÑA S05 

cnyo término jariediccional alcanza nna considerable extensión y muy 
Superior á las necesidades de sus vecinos, se encuentran otras que no 
tienen bastante con el suyo para el mantenimiento de sus ganados. 
Para remediar, en cuanto fuese buena y equitativamente posible, esta 
desigualdad, se baila concedido el dereobo de alera foral, que consiste 
en la facultad que tienen los vecinos de cada pueblo de introducir sus 
ganados á pastar en los térnjinos de los inmediatos, aunque solamente 
en la porción de ellos que esté en la parte que confronte con los suyos; 

y con el objeto de evitar abusos se ba establecido que tan sólo 

pueda bacérse uso de él de sol á sol, esto es, que deban tardar los ga- 
nados á entrar en los términos del pueblo contiguo tanto tiempo cuan» 
to necesitarían para llegar á ellos partiendo de las eras del suyo después 
^e la salida del sol, de modo que antes de ponerse puedan regresar á las 
mismas eras.» (1). 

El disfrute de los pastos de un distrito municipal ó más extenso, 
recae á veces, no en otros vecindarios, sino en ganaderos, los cuales se 
convienen con los vecinos para tener con ellos en común los pastos. A 
esto se llaman mancomunidade9, A ellos se reñere el Informe de la So- 
ciedad Económica Matritense de 1884; desprendiéndose de una Real 
orden de 21 de Abril de 1853, que existian también sobre los bienes de 
propios (¿estarán bien calificados?), dificultando su enajenación; por lo 
cual, y tei^iendo en cuenta que'babían disminuido por decrecer la im- 
portancia de los ganaderos, se ordena que medie informe particular en 
cada caso para ver si conviene ó no la enajenación de las tierras, cesan- 
do la mancomunidad. 

Pero no era sólo en los bienes comunales, montesi^ prados, en los 
que se ejercia el derecbo de pastorear. También lo babía, según vimos, 
y hoy continúa de hecho, en las tierras de propietarios particulares. De 
sn gran frecuencia quejábase la instrucción de 80 de Noviembre de 
1883, dada á los subdelegados de Fomento, al incluir entre los usos y 
rutÍTias perjudiciales á la agricultura dtk libertad.de que en los rastro- 
jos de uno pazcan los ganados de todos)^. Para conseguir su extinción, 
asi como la del espigueo, muy común entonces, se redactó el proyecto 
de ley de 1834 sobre la propiedad rural, disponiendo que «nadie pudiese 
entrar sin el consentimiento del dueño, en propiedad ajena que estu- 
viese cercada ó cerrada, bajo pretexto de espigar, rebuscar ó recoger 



(1) LaiB Franco y López, Memoria ¿obre las insUtueiones del Derecho civil ara- 
gonés, escrita con arreglo al B. D. de 2 de Febrero de 1880; Asso y de Manuel, 
Instiiucione* dd Derecho de Castilla, pág. 86; Dieste y Jiménea, Diccionario del De» 
recho aragonés, articulo Alera forat—AT^xxá, Alcubilla, BoUíin Jurfd.-adnu, 1868, 
en nota & sent. de 6 de Octubre de 1888, pág. 804. 

20 



806 HISTORIA DE LA PROPIEDAD COMUNAL 

desperdicios de ningún géneroi> (1); y la Sociedad Económica Matri- 
tense se expresaba en estos términos tocante á aquellos nsos: <i:Uii es- 
pirita supersticioso (?) y una compasión mal dirigida, han hecho creer 
.á muchos qne debfan dejarse á los pobres estos recursos y respetarse 
como si fueran su verdadero patrimonio; pero este y otros medios se- 
mejantes, sólo han servido para mantener y fomentar la vagancia de 
millares (!) de españoles» (2). 

Por fin se dio la E. O. de 1858, en que se prohibían expresamente 
las derrotas ó sea el derecho común de pastos sobre las fincas priradaSi 
aunque estuviesen cerradas, una vez alzados los frutos: admitiendo sób 
su existencia previo consentimiento unánime de «todos los propieta- 
rios y colonos de la miesi», con aprobación, igualmente, del gobernador 
de la provincia. 

Las derrotas, i pesar de esta Real orden, subsisten en Santander y 
parte de Asturias; y no hace mucho trazó el Sr. Pereda, en una de sus 
mejores novelas (8), un cuadro de esta costumbre, lleno de vida y ani- 
mación, de verdad y colorido, cualidades que tanto como su amor á la 
tierra, realzan las obras todas del autor de Pedro Sánchez, Análogar 
mente al lammas ingles, á la vainepáture francesa y á la casería vascon- 
gada, se ejercen las derrotas sobre las tierras de heno y maíz, cercadas 
en común en cada pago ó sección de pago, una vez levantados los frutos 
y para aprovecharse de las hierbas. Se exceptúan sólo las huertas fruta- 
les y las heredades de un solo j^articular, cerradas. Todavía en una Beal 
orden de 1872 (4) se hace referencia al pueblo de Mota del Marqués, 
que en 1811 vendió á unos particulares cierto prado con reserva del de- 
recho de pastor á favor de los vecinos, por el cual, el Ayuntamiento 
pagaría anualmente 7.0(X) reales al propietario; disponiendo que sede- 
clare nula la redención de aquella servidumbre que había obtenido el 
poseedor del prado, por no recaer sobre bienes desamortizables sino 
sobre los que fueron de aprovechamiento común, el cual subsistía á 
favor de los vecinos. £1 caso es curioso y de mucha importancia para 
la práctica, por ser esta costumbre de los pastos la que más litigios ori- 
gina aun hoy; y debe tenerse muy en cuenta, también, la sentencia de 
27 de Marzo de 1871, en la cual, luego de hacerse constar lo general de 
estos gravámenes de aprovechamientos de pastos, y otros parecidos 
sobre la propiedad inmueble, á favor de pueblos ó corporaciones— como 
dijo la ley de 1865— se d^rmina, conforme á ésta, que no podrán redi- 



(1) Art.8.« 

(2) Informa de 1834, pan. YI. 

(3) BU sabor de la Herruca. 

(4) 16 Marzo. 



ESPAÑA 807 

mirlos quienes posean los terrenos sobre qne se ejercen, si se decla- 
rase qne eran de n|>o general y gratnito: es decir, qne no procedían de 
los bienes de propios, estrictamente dichos. ' 

Antes existia también el aprovechamiento común de los bosques, 
qne se reducía á la leña, la madera necesaria para la construcción 
y reparación de las casas (véase Suiza), y alguna industria pequeña 
de instrumentos agrícolas (palas, garios, bieldos). Abiertos merciados 
para las maderas — dice el 6r. Linares,— interesada la marina, las ferré- 
rías y los mismos ganaderos, se talaron bosques y se regularon apro- 
Tecbamientos y repoblaciones, interviniendo la inspección del Estado, 
que ha introducido no pocas modificaciones inadecuadas. Bespecto á 
Burgos, Soria y Logroño, puede observarse en las sierras de ürbian, 
Demanda y las Hormazas: primero, repartos de leñas de monte entre 
los vecinos; segundo, aprovechamiento comunal de las hierbas espon- 
táneas en las tierras de labor: tienen derecho el ganado de cerda, va- 
cuno, caballar y lanar, durante la época desde que se levanta la cosecha 
de mies, hasta que se planta en Marzo la alterna correspondiente de 
patatas ó legumbres, y en los pagos más separados, en vez de la alterna, 
se deja en barbecho; tercero, pastos comunes en los bosques de haya 
y roble para los cerdos, y en los puertos (hieroas de la sierra), para los 
otros ganados; cuarto, en los lindes con otro pueblo, zonas interme- 
dias de pastos comunes, aunque no siempre con derecho igual para 
los dos.' 

En el Alto Aragón quedan muchos vestigios de iguales costum- 
bres, algunos subsistentes hasta mediados del siglo actual; hay tam- 
bién el ejercicio mancomunado de la ganadería por asociación, en 
que varios propietarios ponen en común sus pastos y sus rebaños bajo 
la dirección de un solo pastor que pagan entre todos: lo cual permite- 
la creación y sostenimiento de ganados para los que no bastarían los 
pastos de un solo dueño (1). En todos los Pirineos catalanes, la 
propiedad comunal de pastos y leñas es hoy general á casi todos los 
pueblos; así, por ejemplo, en las sierras y altas mesetas del Montgri, 
poseídas en común para el aprovechamiento de sus leñas y pastos por 
los pueblos ampurdaneses de Torroella, Canet, Gnalta, üllá, Bellcaire, 
Albons, Tor y La Tallada (2).— En Extremadura hay muchos pinares 
que son comunes á varios pueblos y aun ciertos aprovechamientos' so- 
bre tierras de propiedad particular (la casa de Frías), que han dado pie, 
según he oído decir, á varios litigios. 

El Código civil, siguiendo la corriente que domina en la legisla- 



(1) Costa, JRev. dt JurUp. y Ltg,, 1884, p&g. 627, y 1879-80, tomos 54, 55, 56 y 57. 

(2) Pella y Forgas, Hiétoria del Ampurdán, II, pá^f. 96. 



HIBTOBI\ DE LA PROPIEDAD COMUNAL 



ción, ba procurado annlar todas estas costumbres, estableciendo que 
la comunidad de pastos sólo pueda establecerse en lo sucesivo <ipor 

concesión expresa de los propietarios y no á favor de una uní* 

rersalidad de individuos y sobre una universalidad de bienes, sino 
á favor de determinados individuos y sobre predios también ciertos y 
determinadosi^ (art 600). A la vez, permite que si bay entre los veci- 
nos de uno ó más pueblos comunidad de pastos, pueda cualquiera de 
ellos sustraerse á esta servidumbre ^ cercando su finca, sin que por ello 
se pierdan las dení&s servidumbres que pudieran existir, ni el derecho 
del propietario á continuar el uso común sobre las demás fincas que 
no se cercasen; disposición que ba de provocar, bien pronto, la disolu- 
ción de aquellas comunidades. Se hacen también redimibles los apro- 
vechamientos de pastos en propiedad particular (art. 603), asi como 
los de leñas y demás productos de montes (art. 604). 

De este modo, vien^ el Código civil á modificar algunas disposi- 
ciones de la ley municipal, aunque diga que la comunidad de pastos 
en terrenos públicos,, de Ayuntamientos ó del Estado, se regirán por 
las leyes administrativas. 



Ya hemos visto que no contaban sólo los pueblos con tierras para 
pastos comunes ó dehesas boyales y aprovechamientos de carácter aná- 
logo sobre las fincas privadas, sino que tenían además terrenos labran- 
tíos que se distribuían periódicamente, ó se cultivaban en común. A 
estas tierras se refieren algunas disposiciones legales, diferenciándolas 
de los pastos comunes. De su extensión, como valioso vestigio de la 
antigua comunidad agraria de tribu, dimos antes algunos ejemplos (1); 
pero aún quedan otros que expondremos á continuación, á título, no de 
derechos de los municipios, sino de supervivencia del régimen arcai- 
co. En Cataluña subsiste mucho de esto. ccLa comunidad de tierras 
para.cultivos emprius — me dice en carta particular el Sr. Pella — se 
halla en vigor en los altos valles del íer y Fresser, y en algunos terri- 
torios de ürgel, á lo menos por lo que yo he visto é intervenido desde 
mí despacho. Pardinas, en el valle de Ribas (cuenca del Fresser, pro- 
vincia de Gerona, á espaldas de las minas de San Juan de las Abade- 
sas), no tenía á principios de este siglo otra propiedad particular que 
la casa y huerto de cada vecino.^ 

El reverendo Wentworth Webster, tan cuidadoso de nuestra histo- 



(1) Vid. p&gg. 269 y 270.* 



bbpaSa 809 

ría, en bvlb Notas arqueológicas sobre la región pirenaica (1) empieza 
fien tando como un hecho general para el Norte de Eápaña, la comunidad 
y la partición periódica de las tierras, según yeremos; y cita también el 
ejemplo de régimen comunal de pastos de Labonrt (al otro lado del Piri- 
neo) y las comunidades federadas depastos, con cierto régimen indepen- 
diente y republicano, entre todos los pueblos incluidos en un valle (de 
Aspe, Aran, Roncal, Barétous), régimen reconocido en los fueros y 
^or los reyes del Bearn y de Navarra. En otro articulo antes cita- 
do (2), el mismo autor insiste sobre este punto y atestigua la existen* 
cia de fazertas ó comunidades de pastos en los Pirineos occidentales, 
mediante pactos délos lugares vascos (Baztán, etc.)t y el municipio 
de Sare y otros (vertiente francesa), trasladando varias de las escritu- 
ras de convenio (3); la costumbre del trabajo en común entre los veci- 
nos, es aún parcialmente observada en los Pirineos, como antes eu' 
Aragón (en el campo común de Benavente, v. gr.) y en Asturias (coi- 
decKaJ. 

Según el Sr. Foronda (4), en Gné la vida en común y la solidaridad, 
llegan hasta fijar un precio al jornal mediante el que cada vecino debe 
trab9.jar; á prohibir los arrendamientos á todos, y á repartirse, según 
sus costumbres ó cálculos, la contribución impuesta, de otro modo que 
en el padrón; así ocurre también en otros pueblos y se observa en el 
Indostán. 

En Asturias, hasta ceno remotos tiempos^, se distribuía la tierra, en 
muchos pueblos, en lotes de posesión temporal. En Gangas de Tineo 
y concejos limítrofes, se divide el terreno en cierto número de varas 
(sin cantiiad fija para la medición superficial), tantas como vecinos 
hay al tiempo del sorteo. Hoy son muchos los que tienen una ó más 
varas, ó fracción de ella, en relación con el número total que hay y la 
extensión del terreno distribuido: cobrando á veces los últimos (los 
que sólo poseen fracción de vara), una renta compensadora, á cargo de 
los vecinos del pueblo. Algo de cosechas comunes en los terrenos de 



(1) Bol de la Inst. libre, 1886, núms. 217 y sigs. 

(2) Ooneideradoneé eugtñridaa por el libro Materiales para él estuáiOt e¿e.— Be* 
vista La Etpaña Región., 1887. 

(8) En el reciente folleto Le mot Reptiblíque dans le» Pyrentea oeeidentaux, 
cita el autor un nuevo dato: las fazerlas de 1800 celebradas entre Sare y Bas- 
tan, muy interesantes <pág. 42), y la Memoria del municipio de San Juan de 
Luz, presentada por Lesemburse, diputado extraordinario en París en 188C^ 
en ella se prueba que los bienes comunales son en el Labourd de propiedad 
indivisa entre todos sus habitantes, y que las contribuciones se satisfacen con 
sus productos (pág. 2A). 

(4) Conferencia en la Soc. Geog. de Madrid, citada por Costa. \ 



810 HI8T0RU BB LA PROPIEDAD COMUNAL 

común aprovechamiento qneda también en aquellas comarcas. La co- 
munidad de Llanabes (León) es notabilísima y ha sido dada á conocer, 
primero por nnas notas del Br. Árambnro, abogado leonés, que apro- 
vechó el Sr. Azcárate en su Historia del derecho de propiedad^ y luego 
por el descubrimiento de la autobiografía de D. Juan Antonio Posee, 
cuca de Llanabes (1793-1796), la que encierra datos interesantísimos 
publicados por el mismo Sr. Azcárate (1) y reproducidos por Went- 
worth Webster, quien compara aquel régimen con el que existe en el 
Norte de Escocia. En Llanabes, además de los terrenos concejiles 
de aprovechamiento común | que se rigen por la legislación ordinaria, 
la tierra laborable se halla dividida desde tiempo inmemorial en lotea 
de unas tres fanegas, alterables cada diez años, según el movimiento do 
vecinos, y distribuyéndose entre ellos por suerte. Cuando en el periodo 
aquel muere un vecino, su parte va á otro nuevo, si lo hubiere, y si no 
á la viuda, ó á los dos por igual; y en su falta, á los hijos, hasta la fecha 
del sorteo. «No hay memoria de que se haya disfrutado de otro modo.» 
Además, se reparten con la tierra dos carros de hierba, según dice el 
Don Juan Possé, quien ensalza mucho este sistema y sus beneficiosos 
resultados-^patentes en el cultivo excelente de los lotes, mejor que el 
de las tierras de los grandes propietarios vecinos é igual al de los pra^ 
dos y tierras particulares, — augurando mal porvenir si se abandona la 
comunidad. La organización comunal se extendía á otros intereses y 
servicios del pueblo. 

Según Oliveira Martins, idéntico régimen ha sido observado en 
nuestras comarcas fronterizas de Portugal. Hay pastos comunes, re« 
parto de lotes laborables cada año, y bosque en común para el ganado 
de cerda; está reconocido el derecho de usufructo hereditario sobre loa 
terrenos que se cierran con piedras, modo de sustraerse al reparto y 
á los cultivos forzosos (como las emortea 6 hifangs en la Edad Media), 
pero que no da el derecho de enajenación. 

£1 Sr. Fernández Duro (2) dio á conocer el reparto anual por suer- 
te entre los vecinos, de las tierras municipales, seguido en Sayago (Za« 
mora), dato que repiten Wentworth y Linares; este último y sus co- 
laboradores en el Derecho municipal coMueiudinario ^ citan varios 
casos de igual organización en nuestras regiones del Norte, tal como 
el prado del concejo de Tudanca, cuya cosecha de heno es de aprove- 



(1) BoUHn de la InsL I4bre, 1888, pág, 2A7. £1 Sr. MurgAia, en su UI>to S^ F^ro 
(Madrid, 1888), cita otso cato de ooipunidad en Galioia, oonflignado en el tAimbo 
de Iría; es el del barrál de Leatrove, que era poseído en común por los vecinos. 
Ya veremos más adelante otros vestigios que se refieren al régimen familiar. 

(2) En la Btv. amUmpcránea, 1880, y Bol. de la Aoc. Otog., 1880, 



B8PA|9íA 811 

chamiento común entre los vecinos, sorteándose los lotes anualmente. 
En el valle de Trevejo (Cáceres), snbsiste la forma del totvnship teutó- 
nico con la división del terreno en tres hojas (de cnltivo, pastos y bar- 
becho), en las que tiene cada vecino sendos lotes. 

En la misma comarca qne forman el antiguo reino de León y Ex- ^ 
tremadnra, con alguna provincia occidental 4e Castilla, el régimen de 
distribución en lotes de las tierras labrantías, se repite con mucha fre- 
cuencia. Es general en las provincias de Salamanca y Zamora, donde 
se llama á los terrenos así divididos y gozados, quiñonea, Ehcuóntran- 
86 en Castellaiios de Yilliquera, Tadaguila y otros pueblos (1), y la 
manera general de usarlos es distribuyéndolos en lotes que se dan vi- 
taliciamente, por ttirno de. antigüedad, á los vecinos. Hay un caso es- 
pecial que es el de Topas, á cuyo pueblo donó, allá por el siglo xv, 
cierto príncipe de Salerno, unos bienes, ordenando que fuesen para el 
común, concho y vecindario de la villa de Topas. Estos bienes se consi- 
deraron y fueron gozados en concepto de comunales, hasta el año 1886. 
En esta fecha, con mottvo de las reformas constitucionales y de la 
nueva organización de los municipios, los vecinos de Topas, fundándo- 
se en que la donación se había hecho al común, concejo y vecindario 
de la villa, solicitaron que los bienes donados por el principe de Saler- 
no, se dividieran en lotes, los cuales se habían de repartir entre los 
vecinos para que gozaran de ellos en usufructo, yendo á parar á su 
muerte al vecino más antiguo que no tuviere ninguno. Con esto se in- 
trodujo en Topas el régimen de los quiñones, en vez del de comunidad 
indivisa que antes había reinado. A poco, los vecinos, queriendo indi* 
vidualizar la tierra, pretendieron la adjudicación de los lotes en propie- 
dad y no en usufructo, promoviéndose con ello un pleito entre el 
Ayuntamiento y los vecinos, pleito que acabó por haber sido degido 
el año 70 un municipio popular que se allanó á lo pedido por aquéllos. 
£1 expediente administrativo que se formó para consignar el cambio 
de forma de propiedad de los^terrenos en cuestión, hállase, según pa- 
rece, en la Diputación provincial de Salamanca (2). 

Nos abstenemos aquí de hacer indicaciones acerca del origen de los 
quiñones, porque ya lo hemos notado en otras partes de éste libro. El 
Sr* Pérez Pujol, reconociendo que los datos legales sobre propiedad 



(1) Lo mismo en algún Ingar de la Flandes francesa. (Beanssire, Lei prind' 
p€t du droiU páig. 806.) 

(8) Debo estos datos & la amabilidad del Sr. Pérez Pnjol y de D. Jerónimo 
Vida, profesor auxiliar de la Universidad de Salamanoa, el cual los recogió de 
D. Mannel Herrero, decano de la Eacnltad de Disrecho de la misma Universi- 
dad y abogado que fué del municipio de Topas en el pleito mencionado. 



312 HIBTOBIA DE LA PBOPIEDAD COMUNAL 

comtiDal de los pueblos modernos de Castilla no pasan del siglo xi, ó 
sea de los fueros en la época de la repobljición, ve en ellos, á nuestro 
parecer con gran aproximación á la verdad, supervivencias ibéricas; 
punto en que coincide el padecer del Sr. Costa (1). 

Los vestigios de comunidad se refieren también á cosas muebles. 
Tal es el arte común para la pesca de atunes, de la Selva (costa N. del 
Ampurdán); la comunidad de una fábrica de teñir redes perteneciente 
á Bagur y otros pueblos de la misma región, y la comunidad de gana- . 
do de labor, establecida entre dos ó más labradores ó un labrador y un 
capitalista que da el dinero para la compra del buey, yunta, asno ó 
animal de que se trate (2). 

En cuanto á los pleitos y aun causas criminales por razón de los 
bienes y aprovechamientos comunes, son muy frecuentes. íáegún el se- 
ñor Pella, hay tres pueblos en el N. de Cataluña que son tres focos de 
aquellas cuestiones: Pardinas, Setcasas y Vallfogona. 



El mismo régimen de comunidad se encuentra en San Miguel de 
Entre Eios y otros pueblos portugueses ya citados; y en una nación 
como Francia, tan centralizada y destruida en su organismo ínter* 
no, ó más, que nosotros. Así hay bosque común y tierras que se re- 
parten, en Avejron; y repartos de los pastos comunes entre los jefes 
de familia, á titulo hereditario, pero bajo la condición de que, extin- 
guida aquélla, el lote revierte á la comunidad para darlo al jefe de fa- 
milia más antiguo de los suscritos después del reparto. En 1798 se 
autorizó el definitivo; luego, como mejor expediente, se usan los tem- 
porales por varios años ó uno solo, y están reconocidos por la juris- 
prudencia del Ministerio del Interior y del Consejo de Estado (8). El 
régimen antiguo y de explotación en cojnún se conserva en puntos 
como Champagne, en que la tierra laborable está, como en Trevejo, 
dividida en tres partes que reciben sucesivamente una cosecha de pri- 
mavera, otra de otoño, y quedan luego en descanso sin más que la ve- 
getación espontánea. En cada parte tiene un lote cada vecino en pose- 
sión temporal, con lo que el cultivo es forzado y preestablecido tradi- 
cionalmente. Los ganados pastan en común, bajóla dirección de un 



(1) Vid. nota de la pág. 906. 

(2) Gosta, Coetumbreé juridico-económieai del Alto Arag6n*^Bev» 4e Leg. y Jur., 
LXIV,p&g.a57. 

(3) Auooc, Le» teetiont de commune» et let bient eommunaux. 



GOMUNIBADBS FAMILIARES ESLAVAS 818 

pastor fancionario del municipio, en las tierras de barbecho, ó en las 
otras, levantada la cosecha. 

Según Laveleye, quedarán cuatro y medio millones de hectáreas 
poseídas en común por pueblos, corporaciones y municipios, aunque 
pertenecen generalmente á los montes del Estado, cuyo dominio emi- 
nente es hoy la regla supFema y común. 

De los bienes propios de los muliicipios, quedan muchos, especial- 
mente en diez departamentos, donde es más independiente la vida 
municipal (1). 



VH.— -Comunidades familiares eslav&9. 

1. Hasta aquí hemos hablado de la propiedad comunal de los pue- 
blos y de los grupos rurales superiores á la agregación familiar, que se 
componen de elementos en los cuales el )azo del pareutesco no aparece 
ó se sostiene débilmente y sin realidad alguna, por tradición del que pri- 
mitivamente los produjo. Eesta ocuparnos de la otra forma en que la 
propiedad comunal se muestra hoy, ó sea la organización de las fami- 
lias troncales á que tanto interés prestaba Le Play, por otra parte, ene- 
migo de los bfenes comunales de los pueblos, cuya posesión indivisa de 
bosques y pastos le parecia responder á un sentido histórico carente 
hoy de vitalidad. 

'Distinguía Le Play, en orden á la disposición de los bienes^ tres 
tipos de familia; uno constituido por la familia inestable^ que él decía, 
en el que rige la división del patrimonio por partes iguales, llevando 
con esto á la pulverización de la propiedad; y los otros dos que nos in- 
teresan particularmente, y son como siguen: 

(a) JPaírtarcaí.— Viven Juntos el padre y todos los hijos casados, 
/bajo la autoridad común de aquél. La propiedad queda indivisa, salvo 

algunos objetos muebles. El padre dirige los trabajos y guarda los pro- 
ductos que exceden del gasto nOrmal. Cuando aumenta la familia (en los 
pueblos agricultores), se divide, y parte funda nuevo establecimiento 
auxiliada por el ahorro anterior. Dificulta esta forma á la iniciativa 
privada— según Le Play— en perjuicio de los trabajadores. 

(b) Troncal (famillcsouche) (2).— El padre asocia á un hijo casado 



(1) En España, en el periodo de 1875 k 80, existían 8.197.858 hectáreas de 
montes de aprovechamiento común; 19.960.926 de bienes de propios, y 904.670 de 
dehesas boyales. {ReeOía geog, y Mtad. dé E»paila.—ise6.) 

(2) pénala Le Play como fuentes: Teissier, Elét á*une aneienné famiUe de PrO' 
vence (1862) y Une /amiUe au XVJ^^ iieele; docmunt trouv$ par de Bibbet publié 
par le B.P. Félix. 



814 HISTORIA DB LA PBOPIBDAD COMUNAL 

y establece á los demás según sus aptítndes. Continúan en ella, 
bajo la autoridad del padre y del asociado, los qne no se casan, los im- 
pedidos y los qne no qnieren abandonar la familia. Los demás salen á 
trabajar, á buscar fortuna, y cuentan siempre como un lugar de re- 
fugio la casa. — Por término medio, se reúnen 18 individuos en el 
momento de asociar ai hijo*, los padres, el heredero y su mujer, un 
abuelo, dos tíos célibes, nueve hijos; dos criados. La fecundidad es sor- 
prendente en estas familias. La muerte y la emigración mantienen ese 
número sin grandes cambios. Si el heredero muere, otro de los hijos se 
casa enseguida. — Se desarrolló mucho este tipo en la Edad Media hasta 
la Revolución. Arturo Joung, en su viaje de 1787-89, pudo observar 
la habitación en común (1). 

De ambos tipos, más ó menos modificados, hemos visto ejemplos en 
el curso de esta Historia: la comunidad familiar de Ids Pirineos des- 
crita por W. Webster, y la aragonesa, corresponden exactamente á la 
famille souche de Le Play (2). Las que hoy subsisten, fluctúan también 
entre ambas formas, aunque ülgunas hayan entrado en un periodo de 
disolución. 

La comunidad familiar clásica, porque ha sido la más permanente y 
más pura, es la patriarcal de los eslavos, que parece ser la primitiva 
forma social de esta raza. Dimos acerca de ella ligera descripción en el 
capitulo I, haciendo constar los elementos fundamentales que la com- 
ponen y BU carácter primitivo de absoluta comunidad. Discuten los 
autores acerca de si este carácter se mantiene hoy, á lo menos muy ex- 
tensamente; pues si Snmner Mainejo afirma, el marqués de Bath (3) 
dice que el régimen existente es el de división periódica ó temporal de 
las tierras; y Bogisio, sin negar la existencia de familias compuestas, 
supone que esta condición es de mediana injportancia hoy ante la que 
tiene la existencia de muchos ó pocos trabajadores empleados por la. 
familia, sea 6 no compuesta: y de cuya composición vienen, según él, 
los nombres de zadruzna é inohoéna que, corrompidos por los autores 
(que escriben zadruga é ikonMtiná)^ se usan erróneamente para distin- 
guir los grupos compuestos de uno ó de varios matrimonios (4). 

Parece, no obstante, lo más cierto, qne la composición de la familia 
tiene gran importancia, como sostiene 'Snmner Maine, ya que la dis- 
tinción entre la rural y la urbana en los países eslavos, estriba en que 



(1) Le Play, Heforme ioeialt in, o. &•, § 80 (FamÜl^90uek€)¡ y Orgam, áe Ut /o- 
mine,§ 8 al 16. 

(2) Tid. cap. IL Segundo periodo, n, 1. 
(8) Obñtrvatiíyns on Bulgarian Af/afrt** 
(4) Apnd Pedregal, art cit 



00MUNIDADB8 FAMILIARES ESLAVAS 815 

sea ó no troncal; y qne, salvo algnnas regiones en las cnales, habién- 
dose iniciado nn periodo de transición, ocurre lo que Bogisic dice y con- 
firma el marqués de Bath con sus observaciones respecto al reparto 
periódico, la forma típica rural es la comunidad doméstica (1), con re-* 
partos temporales ó con indivisión y trabajo en común. 

Los demás caracteres subsisten sin alteración. Tiene la comunidad 
su director {goipodar^ etc*}, cuyo cargo recae generalmente, pero no 
siempre, en el más anciano; y su habitación común para las comidas y 
veladas. Las hijas que se casan, salen de la familia (2) y pierden sus 
derechos. Cada matrimonio obtiene con frecuencia para un afío,.y como 
propiedad privada, un campito cuyo producto le pertenece exdlusiva- 
mente (8). Fuera de esto, los frutos -se consumen en común ó se repar- 
ten con igualdad. 

De su particular trabajo, cada individuo puede arreglarse un pecu- 
lio (bienes adquiridos). Según Maine (4), se reconoce la propiedad pri- 
vada sobre los muebles y el ganado. La tierra no se puede vender 
puesto que es de la &milia, y asi juntamente se perpetúa la unión de 
ésta y se conserva el fondo del patrimonio, con el que satisfacen todos 
los miembros sus necesidades. Existen hoy en Servia, Bosnia, Bulga- 
ria» Herzegowina, Montenegro, Croacia, Eslavonia, Hungría, Dalmacia, 
Macedonia é Uiria. No está reconocida tal forma en la* legislación, que 

Írocura disolverla, ya facilitando los medios, como en Hungría, por las 
syes de 1884 y 40: ya prohibiendo la formación de otras nuevas, como 
en Croacia (ley de 1874). Donde subsisten, reflejan sus efectos no sólo 
en el bienestar de sus componentes, sino en su estado moral y de edu- 
cación: en orden al derecho penal (disminuyendo la delincuencia), á los 
sentimientos de ayuda, de amor al hogar, y á ottas condiciones muy de 
tener en cuenta por los que se preocupan de la organización social y 
eeótiómica más á propósito para conjurar la crisis inidada y la disolu- 
ción amenazante. 

Para conocer al pormenor el régimen de estas comunidades, trasla* 
daremos lo que en Enero* de 1888 dijo en el Journal des Debata^ su 
c(»rresponsal en Djakowo, contando su visita á un pueblo de los esla- 



(1) Bogiflio, La famOle rurale éh€9 lé» iérbet et léi eroaeM.— Snmner Haine 
South Slawmiané and BaJpoaU (Nine. Beta., Deoember, 1877).— FatteraoB, Fior* 
ni§hUy B«v. (núm. 44).— Iiaveleye, oap. XIX. 

(2) QhsórvMe la identidad de organisaolós oon las comunidades familiares 
franeesat» 

(8) Comp&reBe oon la oomnnidad domóstioa de la regidn pirenaica, en la 
femna de oonstitnir peonlios. 
(4) EartyitutUutíont aflato. 



816 HISTORIA DB LA PROPIEDAD COMUNAL 

VOS del 8., donde aqnéllas subsisten (1). Expone, ante todo,. la caree ^ 
terístíca de ellas, trasladando la definición que da Ynk en sn Dicciona- 
rio servio— pZure« familiae in eadem domo— y la que se contiene en el 
articulo 1.® de la ley croata de 1876, algo prolija, pero exacta, por lo 
que toca á la apariencia general externa de aquel régimen. Dice la ley 
que lo forman: cYarias familias ó miembros de familia que habitan en 
la misma casa bajo la dirección del mismo jefe formando un solo todo; 
es decir, que cultiyan juntos bienes indivisos y gozan unidos de las 
rentas.» Continúa el corresponsal exponiendo la característica de la 
zadruga^ cuya institución reconoce como verdadera persona jurídica 
(ó morof, que él dice); notando el hecho, ya conocido, de que algunas 
zadrugas están gobernadas por jóvenes, contra la costumbre tradicio* 
nal, que expresó claramente su idea, llamando al jefe, no ya gospodar 
(señor), sino Harchina (anciano). 

Pero lo interesante ahora no es esto; no lo es la pintura de las con- 
diciones materiales que tiene la casa familiar, que apenas difiere del tipo 
descrito muchas reces con relación á las comunidades de la Nievre, 
con su sala coniún, su gran chimeneii, alrededor de la cual se reúnen 
todos los miembros de la zadruga y sus habitaciones contiguas, p^ro in- 
dependientes, paro cada matrimonio; porque todo esto, asi como las 
condiciones económicas en que viven, la existencia de peculios indivi- 
duales al lado de la propiedad común, lo hemos repetido demasiado 
paro interesar como nuevo y consignarlo otra vez aquí; lo que interesa 
es la situación en que se encuentran hoy aquellas instituciones, frente 
á la legislación y á las tendencias de los legisladores y gobernantes. 

El corresponsal cita las dos leyes de 1870 y de 8 de Marzo de 1874, 
que fijaron las condiciones de reparto de la propiedad común, favo- 
reciéndolo y prohibiendo que^ en adelante pudieran crearse nuevas 
zadrugas, Y afíade esta consideración que conviene recoger : 4:No 
se puede negar — dice — que existen ahora en Francia tentativas 
para producir en la opinión pública un movimiento favorable á la 
reconstitución de las corporaciones y de la asociación; pero los pue* 
blos que poseen tales instituciones desean extinguirías. No obstante, 
en determinados países la zadruga sigue siendo la forma más usual de 
la propiedad; y se dice también que en algunos sitios de los antiguos 
confínes militares, hay ciertas instituciones que, aunque no tienen el 
carácter legal de la zadruga^ se administran según sus reglas.» 

Las zadrugas visitadas por el corresponsal, se compopen, próxima- 
mente, de 20 á 40 personas, cuya clasificación en una de aquellas co- 



cí) Tóaae nuestro articulo La eutHión de la propiedad emunalj publicado ea 
el periódico de Madrid La Juitíciaf 8 de Febrero de 1888. 



COMUNIDADES FAMILIARES ESLAVAS 817 

munidades es aeí: siete matrimonios, dos viadas, tres muchachos, dos 
jóvenes y hasta nna docena de niños. 

Como en las comunidades francesas é italianas, al lado del jefe 
(star china ó starechina}^ hay nna administradora (domatchikaj que diri* 
ge los trahajos de las mujeres; éstas se dedican, especialmente y con 
gran habilidad y gusto artístico, á los bordados en seda y oro de las 
' camisas, que es la prenda más usada y la única en tiempo de verano. 
En esto tienen vanidad, y sostienen entre si una competencia de gran* 
des resultados artísticos, las jóvenes croatas. El corresponsal asegura 
que los dibujos de los bordados son muy bonitos y que la prenda re- 
sulta hermosa y brillante. Generalmente no venden estos trabajos, que 
suelen constituir el mayor lujo en las canastillas de boda. 

Una joven á quien se dirigió el visitante pidiéndola que le vendiese 
alguno de aquellos bordados, contestó que no necesitaba dinero; el 
móvil de estos trabajos, dice el corresponsal, es la coquetería. 

El 8tar china se quejó al corresponsal de lo subido de los impuestos. 
Desde 1867 han aumentado tanto, que quien pagaba antes 187 florines 
paga ahora 860, sin contar las cargas comunales. Los labradores están 
ta% descontentos, qne «chan de menos el antiguo végimen de los con- 
fínes militares, en el que tenían el libre uso de los bosques, hoy des- 
truidos por el Gobierno para pagar sus ferrocarriles.-vsin que en cambio 
haya hecho nada por mejorar la suerte del pueblo,^que bien lo merece, 
ya que, según el autor, a:el pueblo es inteligente é instruido; de las 
personas menores de cuarenta años, son raras las que no saben leer y 
escribir; respecto á las de más edad, se explica su ignorancia por la 
causa de no haberse establecido en aquel país la instrucción primaria 
hasta 1850^. Una de las cosas que más falta les hace, es instrucción 
agrícola; las tierras son excelentes, pero no saben cultivarlas. La cul- 
pa de esto no está en el régimen de la zadruga^ como se quiere supo- 
ner. El corresponsal confiesa que celas tierras pertenecientes á las co- 
munidades, le parecen, por el contrarío, mejor cultivadas que las de 
la propiedad individual^. 

Las dos razones de la deficiencia de cultura, son: la ignorancia y la 
falta de vías de comunicación. A pesar de esto, hace algunos años que 
se viene notando una mejora palpable en el cultivo, merced al ejemplo 
dado por algunos. 

Eecogió estas razones un vedactor del Univers, quien, en un ar- 
ticulo titulado LaZadruga^ expone juicios tan acertados como los que 
vamos á trasladar. 

El articulista es defensor de las comunidades tradicionales. En^pie- 
za sentando el hecho de que la zadruga produce el bienestar de^la po- 
blación; en aquel país no se conoce la mendicidad, y no hay hospitales 



818 HI8T0BIA DB LA PBOHKDAD OOHtJKAL 

ni hospicios, por la sencilla razón de que la comnnidad «mantiene y 
cuida á sus miembros inútiles ó enfermos». 

Ya sé— ^afíade — que no están esos organismos en los gustos del 
eiglo. Sus mayores enemigos son los judíos, los capitalistas, la tropa 
organizada de curiales, que se escandalizan de que haya gentes que no 
tienen necesidad de ellos para Tirir ; que no acuden al préstamo. 

La conducta del Gobierno es, por otra parte, muy injusta con los 
croatas, á quienes se debió en 1^48 la salvación del imperio, y cuyo 
espiritu familiar tradicional es un firme elemento censeryador del pula. 

La destrucción de la zadruga es inminente, sin duda, dadas las co- 
rrientes de la legislación. Pero esto, dice el articulista, significa una 
confiscación de la propiedad: «porque si la propiedad es legitima en sí, 
todas las formas que reviste lo son también. De otro modo, el legisla- 
dor decidiría hasta qué punto es aquélla legítima, y la propiedad ven- 
dría á convertirse en dominio del Estado». 

Y termina diciendo: «El corresponsal del Journal des Dehats^ al 
hacer alusión al movimiento que se manifiesta en Franci$ hacia el res- 
tablecimiento de las corporacioneé, pretende que los pueblos que las 
poseen desean destruirlas. La aserción es contradictoria. Para las (lis- 
tituciones consuetudinarias, la única muerte legitima es el desuso, y 
el corresponsal confiesa que las comunidades se multiplican. ¿Se ha* 
rían leyes en contra de ellas si se extinguieran?» 

2. Sin embargo, no todas las legislaciones son contrarias á la conti- 
nuación del régimen tradicional. Un ejemplo precioso del respeto á las 
costumbres del pueblo y á su conciencia de las instituciones sociales, 
lo da el Código civil de Montenegro, promulgado en 8 de Mayo de 1888. 
Bien es verdad que su redacción se debe al ilustre jurisconsulto y pu- 
blicista Dr. Bogisic, conocido en el mundo científico por sus estudios 
sobre los eslavos meridionales (1). 

Al encargarse el Dr. Bogisic en 1878 de esta redacción, se propuso — 
de acuerdo con el sentido de sus trabajos históricos, — formar un Có- 
digo que fuese reflejo exacto, hasta lo posible, del derecho consuetudi- 
narip, tal como existía en Montenegro antes de la codificación. «Res- 
petuoso con las costumbres seculares y con los usos ventajosos — dice 
M. Toubeau hablando de la obra de Bogisic, — no quería, al codificar, 
producir ninguna novedad fundamental, ningún trastorno, ningún 
cambio radical, como con sobrada frecuencia hacen ciertos supuestos 



(1) Véase nuestro articulo La propiedad comunal en el nuevo Código eivÜ de 
Montenegro» (Rev. de Derecho intemac.—Año II, 1883 89, núm. l,^^Bolet, de la In»» 
tUueión Ubre, 1888.)— Toubean. La /amiUe ei laprop. dañe le «owv. Cod. de'Üonten, 
(Nouv, Bev.t 1 Julio 1888.) 



COMUNIDADES FAUILIARB8 ESLATAS 



legisladbres qne, en el fondo, son nnos déspotas al imponer á un pne* 
blo leyes qne están en completa oposición, no sólo con sus necesidades 
y aspiraciones, sino hasta con sus verdaderos intereses.^ 

Siguiendo este plan, dedicóse Bogisic á completar sus estudios y 
obseryacioneB personales sobre el estado del pais y las costumbres del 
pueblo, recogiendo en los arcbiyos de los Tribunales y de boca dé los 
mismos aldeanos, loe datos que luego habían de servirle para su trabajo 
legislativo. De este modo, dos montenegrinos poseen un nuevo Códi- 
go, pero no tienen leyes nuevasi». 

Por tal razón, reúne mayor interés que otro alguno este Código, el 
primero que en 'el movimiento individualista y abstracto de la legisla- 
ción contemporánea se ha inspirado verdaderamente en el derecho real 
y vivido por el pueblo (1); y el único, también, que ha respetado ciertos 
usos comunales no reconocidos, y aun atacados por casi todas las leyes 
modernas que se refieren á la propiedad ó á la familia. En el Código 
montenegrino, no se ha variado en nada la organización de la propie- 
dad, ni mucho menos la de la familia, en la cual sólo se codifican las 
disposiciones que interesan á tercero. 

En Montenegro, la tierra es de propiedad comunal, no permitién- 
dose la individual más que en las cosas muebles. Los sujetos en quie- 
nes recae aquélla, son las tríiua (plemé), las fraternidades (hraetvo)^ los 
conventos y corporaciones, y las familias. Los pueblos no poseen bie- 
neS) á diferencia de lo que sucede entre nosotros con las tierras de pro- 
pios y comunes. Tampoco el Estado posee la más mínima porción de 
tierra, y si verifica una nueva adquisición, inmediatamente reparte el 
terreno adquirido. 

M. Toubeau, de quien tomamos estos datos, dice que en la parte 
cedida al Montenegro después de la guerra de 1877-78, había, cerca de 
Dulci&o, una vasta extensión pantanosa absolutamente inútil para el 
cultivo ni la habitación. El Príncipe Nicolás mandó desecarla y trans- 
formar en cultivable esa tierra: enseguida, la distribuyó gratuitamente 
por pequeñas parcelas á más de mil familias, que acudieron á estable- 
cerse en aquel sitio. 

El núcleo de la organización social en Montenegro, es la familia. 
8obre ella están las fraternidades^ reunión de varias de aquéllas, y las 
tribus^ reunión de fraternidades. • 

Las propiedades de estos dos últimos grupos consisten, por lo ge- 
neral, en bosques y praderas — la antigua tierra inculta indivisa de las 
tribus germanas. --Sobre tales terrenos se ejerce el derecho común de 



(1) En los trabajos del proyecto de Código civil alem&n ha presidido el 
mismo sentido. Oliver, M Proyecto de Oód, eiv. áL Madrid, 1889. 



820 HISTORIA DE LA PROPIEDAD COMUNAL 

pasto, y del bosque obtieDen las familias de cada tríbn la leña f madera 
de constnicción qne necesitan. Por estA misma razón, las tribus y fra- 
ternidades, casi nunca arriendan sus tierras. 

Los conventos y corporaciones, muy poco numerosos, poseen cierta 
cantidad de inmuebles que arriendan á las familias por un precio anual 
en dinero y frutos, ó en aparcería. Generalmente, las rentas de los con- 
ventos pasan á las escuelas: así se han abso]:bido las del monasterio de 
Cetifié. 

La indivisión del terreno correspondiente á las fraternidades, se 
rompe á veces por repartos hechos entre las familias hermanas. A és- 
tas pertenece el resto del territorio que no poseen aquéllas ó los con- 
ventos, corporaciones y tribus. 

No existen en Montenegro bienes inalienables de hospicios, hospi- 
tales, establecimientos de caridad, etc., porque no se conocen tales 
instituciones. Otra particularidad es que ningún extranjero puede po- 
seer inmuebles en pleno dominio. De este modo se cierra la constitu- 
ción comunal de la propiedad, cuya sola concesión á las tendencias 
individualistas es el derecho reconocido en las fraternidades, de repar- 
tir sus bienes entre las familias, y en éstas de vender el dominio. 

La organización de la familia montenegrina, como la de todos los 
pueblos eslavos del Sur, es la de una comunidad^ y se llama zadruga. 
Puede ser simple ó compuesta^ según la formen un solo matrimonio cqu 
sus hijos, ó varios. La propiedad comunal de la familia, comprende: 
1.^, cierta extensión de terreno con los edificios y plantaciones en él 
contenidos; 2.**, cosas muebles, especialmente ganado; 8,^ los derechos 
en la propiedad indivisa de la fratría ó fraternidad y de la tríbu, á las 
cuales pertenezca la familia. 

El producto del trabajo que verifican los miembros de ésta, perte- 
nece á la comunidad. Así, cuando el padre compra una propiedad cual- 
quiera, enseguida se hace común, y ya no puede venderse sin consen- 
timiento de todos los individuos de la familia; y en caso de reparto, 
aquél no obtendrá más que un lote igual al de los otros. Por la mis- 
ma razón, ningún miembro de ella puede poseer en propiedad partí- 
cular más que un peculio, algunos efectos manuables y el vestido, en 
los casos determinados por la costumbre. 

No se rompe esta solidaridad po&la ausencia. Del mismo modo que 
sucedia en la casa ancestral de nuestras costumbres pirenaicas, el in- 
dividuo que se aleja de la familia para trabajar, ya sea en la misma na- 
ción, ya en el extranjero, no pierde su consideración ni. sus derechos, 
y está obligado á ingresar sus economías en el fondo común. 

Otro efecto de la solidaridad, de un carácter mucho más arcaico — 
observado en los cantones germanos de comienzos de la Edad Me- 



G0HUNIDADB8 FAMILJABB8 B8LAVA8 S2l 

dia, — consiste en que la familia es civilmente responsable de los crime- 
nes y delitos cometidos» de los d|iños causados y de las deudas con- 
traídas por cualquiera de sus componentes, salvo algunas limitaciones 
que hace el Código. . 

Como siempre sucede en la familia patriarcal— según parece clara- 
mente depurado, por lo menos para los arias primitivos,— aunque 
ejerzan la autoridad, por lo cotnún, el padre ó el hijo mayor, cabe se 
les sustituya en caso de incapacidad. Por lo mismo, la autoridad del 
jefe no es absoluta como la del pater familias romano (bien entendida 
la palabra «absoluta!^, que, después -de Bavigny, ha perdido el carácter 
despótico que se le suponia). Los asuntos de interés general para la 
comunidad se discuten siempre en consejo. 

Para el goce de los derechos, no hay diferencia entre los sexos, con^ 
dición que distingue á la zadruga de la familia primitiva clásica, tal 
como la há descrito Fustel. La desigualdad aparece, no obstante, cuando 
se llega al reparto de los bienes; las mujeres no participan entonces de 
la propiedad comunal y sólo se reservan su peculio y algunos efectos. 
En compensación, tienen el derecho de entrar en la familia de uno de 
sus hermanos, en calidad de miembros de la comunidad. Los varones 
que participan del reparto, acogen siempre en su casa á las mujeres 
excluidas. 

Guando la familia es compleja, ó sea cuando está formada por va- 
rios matrimonios con sus hijos, la división se verifica, no por cabezas 
sino por ramas, lo cual supone un, pleno derecho de representación. 
También se hace alguna distínción en los bienes, según su origen. 

Hemos dieho que la parte indivisa de cada miembro en la comuni- 
dad, es inalienable. Este carácter se mantiene mientras dura la unión, 
sin que se pueda vender el derecho n; siquiera á otro individuo de la 
familia. La venta no está autorizada, sino en caso de reparto total ó 
parcial; entonces reaparece también el derecho de transmitir por testa- 
mento la propiedad repartida. Esto último puede originarse, ya para 
separar á un miiembro que desea salir de la familia, ya para constituir 
comunidad aparte, ya para emigrar. 

. ' Hay otros motivos por los cuales se disuelven las familias, además 
del mencionado, y soin: ó por reparto total de los bienes, con el consen- 
timiento de todos los miembros, ó por muerte ó desaparición de éstos. 

Si después del reparto, todos ó algunos de aquéllos conservan su 
parte, ésta forma el núcleo desuna nueva zadruga; de modo que se ve- 
rifica una reproducción del tipo fundamental. Lo mismo sucede cuando 
sólo queda un individuo en la familia; y únicamente cuando el último 
titular muere sin hijos, se abre la herencia. 

En este panto, ofrécese una particularidad bien €igna de ser nota* 

21 



322 HISTORIA DB LA PROPIEDAD COHUNAL 

da, porqne motiva una rectificación del juicio qne haya podido formar- 
se acerca de la consideración de la mujer en la familia montenegrina. 
Cuando el individuo sobreviviente de la comunidad es una mujer, des- 
aparece la excepción que la priva en los repartos de los bienes coma- 
nales, y es considerada como dueña de ellos, quedando en libertad para 
constituir por medio del matrimonio una nueva zadruga. 

Los la20s que unen á las familias con las tribus y fraternidades^ son 
análogos á los del parentesco. Nunca se demuestra tal relación, de un 
arcaísmo bien señalado, como en los casos de enfermedad, muerte, in- 
cendios y otras desgracias: entonces, Ips miembros de la tribu y de la 
fraternidad correspondientes, se encargan de las labores, reparaciones 
y trabajos perentorios que necesita la familia sobre quien pesa la desgra- 
cia. El nuevo Código afirma esta costumbre en el art. 347, que dice así: 
<i:Si los miembros de una fraternidad ó de una aldea, deciden en junta 
la realización de trabajos en beneficio de las viudas, de los necesitados 
6 de las victimas de un incendio ú otra catástrofe, los que trabajen no 
tendrán derecho á ninguna reciprocidad de servicios, salario ni alimen- 
tos, sin distinguir que el trabajo se ejecute durante la semana ó en día 
feriado. ' 

Con frecuencia, se verifican las faenas agrícolas y otras análogas 
bajo condición formal de reciprocidad, ó á cambio de la manutención ó 
de otros servicios: de modo que jamás parezca que la paga tiene carác- 
ter de jornal.^ 

Más allá de los grupos indicados, que forman como el parentesco 
extenso, existen otros lazos artificiales, creados por convención, tales 
como los contratos de adopción, de fraternidad y demás combinaciones 
protectoras de los intereses particulares. 

Cuando llega el caso, muy raro, de que una familia adquiere deudas, 
se arruina y tiene que vender su patrimonio, lo inmediato es que emi- 
gre para sustraerse al recelo y disgusto con que sus miembros son mi- 
rados por los demás que conservan la organización tradicional. 



Una de las particularidades más curiosas c^e la legislación monte- 
negrina, son las trabas impuestas á la concentración de la propiedad 
territorial, de tal modo eficaces, que hasta la fecha no se ha producido 
ese terrible fenómeno económico, tan constante en la historia y siem- 
pre de tan graves consecuencias. 

Cada familia tiene su patrimonio en la forma indicada, y á él se li- 
mita. Los arriendos, de cuya posibilidad hemos hablado, se verifican en 
pequeña escala y^son escasa frecuencia. De esta misma organización, 



OOMUNtDADKS FAM1LIABB8 K8LAYA8 823 

qne hace iáiposible casi en absoluto la propiedad individual de la tierra 
y qne la psohibe por completo á los extranjeros, nacen los obstáculos 
qne M. Tonbean llama civiles, opuestos á la concentración de la pro* 
piedad. 

Hay otro género de impedimentos, uno es el derecho de tanteo ó 
preferencia que tienen los agnados. Este derecho, que nace cuando nn 
individuo ó. una familia, después de verificado el reparto, quieren ven- 
der su lote de tierras, corresponde en primer lugar á los parientes en 
orden de grados, luego á los miembros de la fraternidad, á los veci- 
nos limítrofes, á los habitantes del mismo pueblo, y en último caso, á 
todos los componentes del clan, lia venta á una persona de clan ó tribu 
distinta, no puede verificarse sino después de cumplido el tanteo sin 
resultado. 

Aunque M. Totibeau duda del origen que esta costumbre pueda 
tener, parécenos que no es aventurado el calificarla de muy antigua y 
correspondiente á la organización arcaica, en que la comunidad de la 
tribu era la predominante. A lo menos, asi lo autorizan los ejemplos 
que de esa organización nos son conocidos, en los cuales figura el men- 
cionado derecho como esencial, efecto de la comunidad estrecha exis- 
tente entre todos los miembros de una tribu, antes de la distinción de 
los'snb-grupos y de las familias, que adquieren más tarde cierta inde- 
pendencia, mayor á medida que avanzan los tiempos. Por eso creemos 
poder afirmar que el derecho de preferencia, con la extensión con que 
se reconoce en Montenegro, es, como la existencia de los grupos supe- 
riores ^ la familia cuyas relaciones hemos mencionado, un resto vivo, 
enmedio de la predominante organización familiar, de la primitiva co- 
munidad de tribu. 

Hay ún detalle que parece venir en apoyo de nuestra opinión. Cuan- 
do el lote de tierras «n venta lo adquiere una persona de un clan que 
no es el propio del vendedor, el que compra adquiere simplemente la 
tierra, pero no los derechos que su posesión anterior daba en los bienes 
de la fraternidad y dé la tribu, á menos que el adquirente traslade su 
domicilio al territorio de aquéllas. 

Esta disposición tiene otro efecto, y es, evitar qub adquieran la pro- 
piedad gentes á las cuales no guie otra idea que la de procurarse una 
renta para vivir sin esfuerzo alguno. 

La contribución territorial es otro de los obstáculos para la pro* 
ducción de los latifundia. Recae nada más que sobre la superficie no 
edificada, y proporcionalmente á su extensión, sin atender á las mejo- 
ras, á la renta que da, ni á la naturaleza ó cantidad de los productos; 
con lo cual, se obliga indirectamente á trabajar las tierras. 

Desde luego, se re la dificultad que esto crea para la formación de 



824 HISTORIA DB LA PROPIEDAD COMUNAL 

latifundioi. Prneba de ello, que en RxiBia, cuando se trató de establecer 
el impuesto territorial bajo la mencionada forma (en 1881); la nobleza 
se opuso enérgicamente. 

CouTÍene advertir que la contribución métrica no pesa más que so- 
bre las tierras de las familias, y en cantidad distinta según son. labo- 
rables ó de pradera. Los bosques y las extensiones ipcultas, no pagan 
contribución; y como esta clase de terrenos — que pertenece á las fra- 
ternidades y á las tribus—es la más extensa, sígnense graves perjuicios 
para la economía. 

Con efecto: las praderas y bosques destinados al pasto y á los usos 
domésticos en la forma indicada, representan una considerable exten- 
sión de tierra inculta, lo cual ya es de suyo perjudicial. Pero además, 
las derecho-habientes suelen cuidar muy poco de estas riquezas que di- 
lapidan y destrozan sin regla ni concierto, produciendo su rápida dis- 
minución. De aquí que la mayor parte del territorio montenegrino pro- 
duzca apenas, en relación de lo que pudiera producir. Las mismas 
quejas existen en otras regiones, y más arriba hemos consignado algo 
de esto, al ocuparnos de un artículo de M. C. Jannet acerca del nUr ruso 
y de una carta del corresponsal de ¿* Univers^ sobre la zadruga de los 
eslavos del S. Eefíriéndose al e6tado actual de muchas de estas propie- 
dades indivisas, no dejan de tener razón los que se quejan de sus de- 
fectos; pero la pierden desde el momento en que, según hacen con fre- 
cuencia, extienden su crítica á todo régimen comunal, como impropio 
para la agricultura. El ejemplo del allmend suizo, tan repetidamente 
citado por los autores, basta para desautorizar en gran j)arte el juicio 
mencionado. 

Compensando en parte tal situación, se encuentran los patrimonios 
familiares, en los que se sigue un cultivo, aunque rutinario, de excelen- 
tes efectos. Por desgracia, estas propiedades representan el mínimum 
de la tierra explotable. v v^ 

M. Toubeau dice que el daño procede del abi^.^o del pastoreo, y de 
la codicia. Sea lo que fuere, lo cierto es que han desaparecido muchos 
bosques, talados sin compasión, y que otros sitios donde crecía vegeta- 
ción abundantísima, presentan hoy un suelo de roca, pedregoso y árido. 
El ganado cabrío ha originado la devastación de muchos montes. 

Las praderas están hoy muy descuidadas. Ni se las repone, ni se las 
protege contra las aguas, las excavaciones ú otros peligros, con lo cual 
la esterilidad se propaga con gran rapidez. 

Por todas estas razones, está mirada la gran propiedad comunal de 
las tribus y fraternidades como un obstáculo al progreso de la agricul- 
tura, M. Toubeau pide su desaparición al encarecer sus inconvenientes 
como aisladora de los labradores y enemiga de la iniciativa y del inte- 



COMUNIDADES FAM1LIABE8 B8LAVA8 825 

res que despierta la proximidad de terrenos cnltivados respecto de cada 
UDO de los cnltiyadores. 

Para los partidarios de la agricültnra contra el pastoreo, es el argn* 
mentocitado incontrovertible. No hemos de discutirlo ahora, pero si 
haremos nna observación qne conviene tener en cnenta. Los ataques 
qne justamente se dirigen contra el estado actual de esas propiedades 
comunales, efecto del descuido ó del abuso, no pueden dirigirse contra 
la institución misma, l^os inclinamos á ver en el estado actual un efec« 
to del individualismo que desde hace siglos ha venido minando en la 
conciencia de los pueblos los más útiles de los sentimientos sociales; 
porque si fuera consecuencia natural del régimen, siendo éste tan an« 
tiguo, ¿cómo hubieran podido subsistir tales propiedades hasta nues- 
tros dias, f producir tan excelentes efectos como produjeron en otras 
épocas? Además, los datos que poseemos respecto á la existencia de 
ese régimen en tiempos antiguos y en.diferentes países, no acusan nin- 
guno de los defectos que hoy advierten en él los autores. 

Esta es una consecuencia más, de las muchas que tenemos qve 
agradecer al individualismo. 



Por lo que antecede, se deduce que el Montenegro es una de las re- 
giones eslavas quis conserva más puras las costumbres tradicionales, y 
más vivos los vestigios del primitivo régimen comunal. La importan- 
cia que esto tiene para reconstituir la historia de aquella forma econó- 
mica, no necesitamos encarecerla. Por de pronto, los datos que hemoi 
transcrito, comunicados directamente por Bogísic á M. Toubeau, rec- 
tifican la creencia general de los autores que no señalan como forma 
comunal en los eslavos del Sur, más que la familia llamada zadruga 6 
zadruzna según el propio Bogisic. Como hemos notado, existe también 
la forma más amplia de comunidad tribal. 

£1 Código de Bogisic introduce algunas modificaciones, si bien li- 
geras, en las costumbres mencionadas; por ejemplo, la responsabilidad 
criminal del individuo sustituida á la del grupo, que era la tradicional. 
No hace mucho desapareció también la venganza de familia á familia, 
forma bárbara de justicia que subsistía en Montenegro. 

Debemos notar igmdmente, que al lado de la familia agrupada ó 
zadruga, existe la familia simple, en el tipo moderno, bajo la forma ya 
urbana, ya rural, llamada inohosna^ cuyo estudio ha hecho con todo de- 
talle el mismo Bogisic. 

8. Dentro de las líneas generales que hemos expuesto^ y qne con^ 



82l6 HIBTOBIA DB LA PBOPIBDAD COMUNAL 

Tenia conocer para la idea en unidad de las comunidades familiares 
entre los eslayoB, hay diferencias importantes de una á otra de las re- 
giones qne ocupa esta raza. El tipo más conocido en Europa es el de la 
zddruga servia, aunque la comunidad búlgara ha sido también descrita, 
por Felipe F. Eanitz (1). Acerca de esta última, ha publicado reciente* 
mente el economista búlgaro J« E. Gueshov un interesante artículo (2) 
en el que además de suministrar nuevos datos, desvanece algunos erro- 
res que han corrido como cosa cierta entre los autores occidentales» 

El nombre de zadruga ha pasado ja á ser designativo de todas las 
comunidades eslavas; pero de hecho^ sólo se conoce en Croacia y Ser* 
vía. Los búlgaros no llaman de ese modo á sus comunidades familiares, 
sino kupshtÍTM (de donde skupstckina, que dicen también los croatas). 
La voz zadruga, según Gueshov, viene del griego SpauY'jfo; que emplea 
el escritor bizantino Miguel Acominato {De Thesaalia busque Agro), — 
El jefe de la kupshtina se llama domakin (el hombre de la casa), y no 
atarshina (el anciano) como entre los servios: sólo hay un caso en que el 
jefe sea una mujer. Tiene el domahin la representación legal de la fami- 
lia, y en su nombre verifica los actos de comercio necesarios. A su lado 
hay una directora llamada domahina, que generalmente es la mujer del 
jefe, pero que puede ser también otra, la más anciana, sea cual fuere su 
estado. A veces es una soltera. Ella es la que distribuye los trabajos do- 
mésticos, de modo que no impidan á cada mujer el cumplimiento, de 
sus deberes hacia los hijos, ú otros semejantes. 

Todos los miembros de la comunidad deben trabajar para ésta, segÚA 
la medida de sus facultades. Cuando uno de ellos está disgustado oon 
el trabajo que se le asigna, puede abandonar la casa, y entonces sólo se 
le permite llevar como de su peculio, sus ropas. Las mujeres que se 
casan en segundas nupcias con un hombre extraño á la comunidad, 
también salen de ella; pero no sus hijos del anterior matrimonio» sá loa 
hubiese. El dote de las solteras que se casan consiste en vestidos y 
ropas de cama, por lo cual la comunidad recibe un precio que pa£^ el 
novio. 

La kupshtina existe en toda la Bulgaria, desde Leskowatz al N. has- 
ta Maoedonia. Gueshov habla extensamente de una comunidad esta- 
blecida en Gornya Banya, no lejos de Sofía. Hace ocho afíos cooslabad 
sólo de*28 miembros y hoy tiene más de 85,. presididos por Adomakim 
Todorin, el cual tiene al lado suyo á sus seis hermanos, de los cuales el 
primero es clérigo, el segundo labrador, el tercero pastor, ^ cubito mo- 



(1) ■ DonaubulgaHen wná der Balkan.~-18S0, 

(2) En la revista PerioáichUko SpUanie; extractado en Th$ Academy de 8 de 
▲gotftodelSSe. 



^ COMUNIDADES FAM1LIABR8 BSLAYAB 327 

linero, el quinto mesonero y el sexto. sastre. No existe entre ellos más 
propiedad príviida que los vestidos. Todos trabajan para la casa, y hasta 
lo que gana el sacerdote en actos del culto ingresa en la caja coniún* 
La damakina dispone qué dia ha de amasar y qué otro cocinar cada 
una de las mujeres; y según Gneshov, el amor y la concordia rigen en 
la comunidad. Otras comunidades análogas hay en Peri^ik (donde se 
nombra domakin al más capaz j no al más anciano), en Mochino (re- 
gión carbonifera), Jarlovo, Jablené, Gorna Glogovitzay Dolna-Sikira. 
Todas llevan el nombre de las familias que las forman. En los depar- 
tamentos de Sofía, Trn y Edstendil^ el nombre de muchos pueblos 
termina en efa ó eftd^ lo cual proviene, según M. Jeretchek, de las 
primeras zadrngas que poblaron aquellos distritos. — En Platinitza 
hay una comunidad (la délos Ylikinis) cuyo jefe es una mujer. ' 

La akupahtina no está reconocida en las leyes; pero en la conciencia 
popular es mirada como una institución. El autor cita un caso que 
lo demuestra plenamente. Un individuo de cierta zadruga compró una 
extensión de terreno y pidió el reconocimiento legal de su propiedad 
exclusiva. Las autoridades le apoyaron, mas el pueblo en masa se le- 
vantó contra él y tuvo que reintegrar la tierra comprada, en el uso co- 
mún de su zadruga. Quid leges sine morihu9?y dice Gueshov. ¿Qué valen 
las leyes de un país, si no están basadas en la conciencia pública y en 
las inatítueiones nacionales? La legislación dé Rumania parece que es 
más respetuosa de aquellas costumbres. El grupo familiar subsis^, 
tanto que, en 1882, el reparto ordenado por el Reglamento orgánico se 
hizo por familias (1). También la' ley rural de 14-26 de Agosto de 1864 
habla de los derechos de los aldeanos sobre los bosques de Moldavia 
(art. 9.°); y la de 23 de Abril de 1887, del mismo derecho en los de Ya- 
laquia (art. 140). 

4. En la Rusia meridional, qegún llevamos dicho, se repite la orga- 
nización familiar, independientemente del mir; y^entre los colonos ale- 
manes del SO. que no se constituyeron en comunidad extensa, exis- 
te cierto género de comunidad troncal. Aun habiendo formado mir, 
si llegaba el extremo del reparto, cada familia recibía su lote, que, 
caso de herencia, se dividía hasta cierto limite; y éste llegado, ya no 
se dividía jnás y.heredaba el hijo nienor, teniendo á su cargo á ^s in- 



(1) Cari ameabers, Queatio» aprolre en jRduffuuile f A«twe d< JSooiHMiiift j^oltti- 
que. Mará Avril, 1889). Las leyes rnsas de 1878 y 1881 tienden también á conser- 
var á los aldeanos las oondioiones para el cnltivoi disponiendo que los acree- 
dores no se amparen del mobiliario de aqnéllos, sino en la medida en que el 
$taro$ta lo crea superfino para el onltivo. 



HISTORIA DK LA PROPIEDAD COMUNAL 



dÍTidnos necesitadle. Bi el heredero no tiene más qne hijas, la primera 
qne se casa le continúa en la propiedad. 8i no hubiere hijos y el here- 
dero íbera nn agnado extraño á la comunidad, ó se une á ella ó recibe 
el precio en dinero, pero no la tierra, qne se valúa módicamente.— Si la 
reducción del lote llegó al mínimum permitido, y queda un cierto núme- 
ro de hijos sin herencia, la comunidad compra fuera de su territorio 
. un campo, que da al hijo desheredado; otras veces los hijos que no tie- 
nen herencia, adquieren cierto derecho de propiedad sobre los bosques 
y pastos que quedan en común entre las diferentes familias. 

Por las leyes de 1861 y 1846, se fatoreció la disgregación del mir, 
concediendo tierras á los que lo abandonaban para ir á una región me- 
nos poblada. Aun entonces la tierra concedida era patrimonial é indi- 
visible, cuya propiedad directa recala en el mayor de los herederos, si 
el padre no designó otro (1). 

En general, los bienes de las comunidades familiares rusas forman 
un patrimonio indivisible; todos los individuos trabajan en provecho 
de la comunidad, y en principio, deben aportar lo que ganen fuera de 
ella. Asi dice Lehr que la familia rusa, tiene en común la tierra, el 
ganado, los instrumentos, los frutos y el dinero de las rentas. Las hi- 
jas que se casan reciben un dote, pero no pueden reclamar participa- 
ción en los bienes comunes. 

El jefe se llama Khozain (administrador) y también BoUhoth: él es 
quiíBu administra, ordena los trabajos, vende y compra «como el direc- 
tor de una sociedad anónima^ (2). Para las decisiones de mucha im- 
portancia, consulta á todos ios adultos. — Cuando se produce el repar- 
to, éste se verifica sólo entre los varones adultos que viven en la casa. 

Desde la abolición de la servidumbre^ las comunidades familiares 

tienden á desaparecer, proviniendo, sobre todo, la división, de las rí- 

• validades entre las mujeres (8). Durante la servidumbre, los mismos 

señores imponían á sus siervos la constitución en comunidad de familia. 

En Noruega también existe el mismo tipo con el nombre de gaard 
ó reunión de familias que viven en comunidad, bajo el mismo régimen 
que llevamos estudiado (4). 



(1) Meyer y Ardant, 06. eiUi I. 

(2) Laveleye, art. oit. en la Bev. d'Eeon. pdiL 

(3) Vid. Maokenzie Wallaoe, Rutia, I, paga. 186 y 148. 

(4) Laveleye, De la PrupitU, o. VI; Ghanonnet, BM. 4«f toeaf. pwptU P. 4.*, 
«ap.a.« 



ALBHAKIA 



VIII . —Alemania* 



Hasta hace poco, se ba dndado qne continnasen en Alemania las 
comunidades üamiliares primitivas, á pesar de lo dicho por Maurer (1) 
y por Denman Boss (2). Estas dndas han concluido después de las in- 
vestigaciones de Mr. Karl Rbamm, que ha encontrado aquella forma, 
con una organización parecida á la zadruga eslaya, en las colonias ale- 
miañas del NO. de Hungría. 

<iNo lejos de la ciudad de Kamnitz, en una región montañosa, se 

encuentran muchos pueblos que se llaman Haudi^rfer Tienen de 

uno á dos mil habitantes, y presentan una forma muy característica, 
que se encuentra también en las marcaB de la provincia holandesa de 
Drenthe. Las casas están alineadas en ambos lados del camino, for- 
mando una calle de cinco ó seis kilómetros de extensión. Las tierras 
cultivadas que pertenecen á cada casa, se desarrollan á su espalda en 
bandas larguísimas. Las casas que coi^esponden á comunidades familia- 
res (geschlect hau9e7*)j se distinguen de las demás por sus vastas pro- 
porciones.» Pueden contener hasta 70 personas, y de ordinario tienen 
dos pisos. Todos los bienes, muebles é inmuebles, se ponen ea común, 
formando un patrimonio inalterable é indivisible. El jefe (wtrth)^ que 
generalmente es el mayor de la familia, reglamenta los trabajos y tie- 
ne por consultores á los adultos de la comunidad. Las ganancias que 
fuera de ella perciben los individuos, ingresan también en el fondo 
común. No hay, sin embargo, prohibición de formar peculios, y cuan 
do éstos existen, suelen consistir en cantidades de granos, ó una vaca, 
etcétera. La mujer del wirth hace de directora. Las comidas se verifican 
en común, comiendo todos del mismo plato, y cuando se sirve carne, el 
wirth la divide en trozos y da á cada uno el que le corresponde. — Cuan- . 
do uno de los individuos de. la familia turba el orden de ésta ó desobe- 
dece á las órdenes del wirth^ se le expulsa, dándole dos florines para que 
vaya á buscar trabajo en otra parte. Las mujeres que se casan no tie- 
nen derecho, según vimos en la zadruga, á reivindicar una parte del 
patrimonio común, sino que reciben como dote una vaca, un lecho 
completo y un baúl. Esta comunidad íse mantuvo sin alteración has- 
ta 1862, en que empezaron los repartos, provocados por la reforma de 
las leyes húngaras, en 1848, en sentido individualista (3). 

Los ejemplos más típicos de aquellas comunidades los ha encontrar 



(1) GesehichU der Frohnhiffe, pág. 986. 

(2) Early HUtary qf landholding among th$ QertnaH*^ pág. 26. * 
(8) Laveleye, aW. eit. 



880 HISTORIA DE LA FBOPIBOAD GOHüKAL 

« 

do Karl Rbamm en los pueblos de Gaidel, Münichwies, Krickerb&a y 
«Hochwies; .en la aldea alemana de Tergenye, cerca del Dannbio, y en- 
tre los Eslovacos, vecinos de las Hatuiórfer, 

Existen también en las montañas de Noruega, según dijimos, en 
Lithnania y en latf islas del Báltico, habitadas por sneoos. Busswnrm 
diee de ellas lo siguiente: cEn la isla de Bnno viven en sociedad cuatro 
ó cinco familias comunalmente y llegan á alcanzar un gran bienestar, 
porque se mantienen unidas y cultivan con gran facilidad los campos.» 

Karl Bbamm bace constar que el reparto ba producido consecuen* 
cías ñinestas. cEl trabajo agrícola se baoe peor; cinco ó seis matrimo- 
nios separados cuestan más que la asociación primitiva; la autoridad de 
los ancianos y las tradiciones^ mantenían los sentimientos morales y 
religiosos á impedian las visitas á la taberna, el abuso del alcobolismo 
y el espíritu de insubordinación y de pereza. Desde que los matrimo* 
nios viven aislados, ya no tienen la distracción de las veladas en fami- 
^ lia, en las cuales se cantaban canciones antiguas ó se contaban leyen- 
das y sucesos guerreros. El marido va á la posada, á merced del judío; 
se llena de deudas, vende s,u trigo autos de cogerlo, y al ñn, sus cam- 
pos. Aquí, como en Croada, las fiímilias que han acudido al reparto 
se han atruinado.i^ 



IX.-^J*rancia* 

De un tipo igual al eslavo son las comunidades familiares ¿¡"anceeaB 
que ya estudiamos en la Edad Media, y cuyo análisis y exacto conoci- 
miento se deben, principalmente, á loff investígaKlores de este siglo, que 
como Dnpin, Legrand, Le Play, Souvestre y otros, visitaron las aún 
•subsistentes á pesar de la ley de herencias que prescribió el reparta 
forzoso, en la Niévre, Preporebé, Lavedan, .A^vcrgnc y otras regiones. 
No hay que repetir su forma interior} ya descrita. Basta señalar su 
existencia, muy próspera á veces, como en la de los Ganlt (visitada por 
Dupin), que tenía en 1840, además de su casa común, finca» por valor 
de 400.000 francos; mientras que la de los Gáriots en Preporchó, s« 
había disuelto al influjo del individualismo déla Revolución, efectuan- 
do el reparto, cuyas pésimas consecuencias expone Dopin como las 
expuso Le Play respecto al Lavedan. Observa este autor q«e se man^ 
tienen más fácilmente estas comunidades en lucha con la hj dche- 
rencias> en los países montañosos (Pirineos, v. gr.), en que continúa la 
transmisión íntegra por acuerdo común; al paso que en los países lla- 
nos, confinantes con el Mediterráneo, se introduce mejor la división; 
como ha sucedido de un modo indirecto en el país de Caux (vendiendo 



/ 

LA COMUNIDAD FAMILUB BIT HSPAÑA 3^1 

el patrimonio familiar y repartiéndose el precio), y en absoluto en el 
Limonsin y la Francia central (1). 

De las diferentes formas áe¡ transmisión integra del patrimonio fa- 
miliar — dice el úiismo autor, — existen: el derecho de prímogenitura 
absoluto (no, por supuesto, en el sentido de los mayorazgoB)^ en el pai6 
Tasco, en los Pirineos franceses, La^edan y Bearn; y la de los yarones 
exclusivamente, entre los aldeanos y en las propiedades, ruralea de va- 
rias regiones alemanas, en Bueda, Escocia y Noruega, ayudados de li# 
costumbres tradicionales y de la libertad de testar; en la Suiza alema- 
na, Zurich; y en él municipio de Saint Martin d'Auxigny (Ghér), des- 
cendiente de una colonia escocesa del xy, cuyos componentes eltiden 
siempre que pueden la ley de sucesiones con reparto igual. Le Play re- 
conoce que proceden ya de costumbres antiguas, ya de una medida fís^ 
cal de los señores, como las de Nivernais (2).-- En la extremidad S. del 
Moryan, entre Niévre y Saóne-et-Loire, existen antiguas comunidades 
patriarcales de arrendatarios. Hay más de cien, de 24 á 80 persona», 
en los cantones de Luzy, d^Isey-rEyéque, Meiyres y Touloa-sur 
Arroux (8). 

Lo mismo que de las comunidades francesas, puede decirse de las 
italianas que jBubsisten en Lombardia (Milán y Como) (4). 



X. — La comunidad familiar en Sspaña.* 

La antigua comunidad doméstica délos vascos y gentes del Pirinteo, 
deserita por Webster y Costa, ya dijimos que se conserva en parte del 
Alto Aragón. Con igual fidelidad sigue en Asturias el tipo de la fami* 
lia rural arcaica, que ^n vano sería buscar en la costa meditorrinea. El' 
Sr*. Pedregal ba dado cuenta de esta institución (5), arraigadisima en * 
el sentimiento popular que la hace vivir esk un país montafioso; condi- 
dón que ayuda á confirmar lo observado por Le Play acerca de la reía- 
cíjiSn en que están los lugares y la conservación de las costumbres é 
ideas originarias.— A pesar de regir las leyes de Castilla y ser el patri- 
monio familiar divisible^ rara vez, la familia rompe suv unidad por vo- 
luntad de los padres, csin perjuicio de que formen tiuevas familias los 



(1) OrganUation de la famOle, g 88 y primer apénd;^ar0^ toeiáU, II, g 84. 

(3) Vid.o.II^a.«,párr.II,L 

O) Org. «oeiaL— II, o. V.— Víctor d« Gheverr^. VtrmUir$ <ti amm, 44 HRvtmoiU 
(Óuv, de9 Deux JToiuf €#t V). 

(4) Laveleye, Etud, á*uon, ruraí: Lombardie, pág. 89. 

(5) La /amata rural tn ÁHwria^i en el núBU 19t del Béíi dé ta ItifCXifr.— Bne* • 
«0,.1S6& 



HISTORIA DK LA PROPIEDAD OOMÜNAL 



miembros qae se disgregftn». — cLa familia niral, tiene especial empeño 
en conservar integra la casería que lleya en arrendamiento ó el peqne- 
fio patrimonio del agricultor arrendatario.' Los padres, como en la fa- 
mUle-sauehe^ asócianse á nno de los hijos, el más estimado ó más apto, 
para que, una vez casado, quede con. ellos en la casa. Las reglas de esta 
sociedad, generalmente se establecen en las capitulaciones matrimonia- 
les, como sucede en el Alto Aragón; siendo una especialidad qué se 
c<yi6idere aquella constituida, no entre los dos matrimonios, sino entre 
los individuo» que los componen, cada uno separadamente; razón por 
la cual las pérdidas ó ganancias se distribuyen i>or cabezas. La ley ge- 
neral es considerar que el nuevo matrimonio forma con los padres so- 
ciedad general de ganancias y pérdidas á las que, no obstante, nunca 
se consideran afectos los bienes particulares de la mujer. Es jefe de la 
familia, casi siempre, el padre, apnque el hijo ejerce también actos de 
administración, manejando en común los bienes individuales y conside- 
rando como verdaderamente comunal la propiedad jde los adquiridos 
mientras existe la sociedad. De ordinario, el hijo asociado á cuenta de 
la mejora de tercio y quinto, debe la dote á las hermanas que se casen, 
y el sustento á ellas y á los hermanos solteros que no emigran; siendo 
también cargas de la familia (como en la comunidad pirenaica), las re- 
denciones del servicio militar si son posibles, los gastos de viaje y los 
anticipos necesarips á los miembros de la familia no asociados que salen 
de ella para crearse una posición independiente; á cambio de lo cual, 
<LÁ hijo asociado queda en el goce de la casa y bienes que cultiva». 

La formación de peculios á los demás hijos, hoy ya se verifica sin 
salir del suelo natal; pero en no lejanos tiempos habian de abandonar 
el hogar paterno, emigrando á Ultramar ó al interior de España para 
formarlo: costumbre no desaparecida del todo, y cuya presencia, signi- 
ficando un primer paso en la independencia de los hijos, ha sido, como 
dice Maine y repite el Sr. Pedregal, cel más poderoso disolvente de 
las sociedades primitivas». 

La tendencia á no disgregar la familia y el patrimonio— sentimiento 
de gran valia en nuestra época y más raro de cada vez— se observa tam- 
bién en la constitución de foros, en que solfa ser condición que no se di- 
vidieran los bienes; reflejos de lo cual pueden observarse, en lo que toca 
á los arrendamientos, en otras comarcas de España. cSe pactaba — dice 
el Sr. Pedregal — la indivisibilidad del foro, con el objeto de que fuera 
permanentemente el cultivo de los bienes que lo constituían, núcleo ó 
base de una familia», repitiéndose la forma de asociación del hijo caeado. 
cLo que tiene de importante el foro — añade él Sr. Pedregal — relativa- 
mente á la institución de la familia, se limita á que en su origen fué 
como la formación de un grupo agrarioy que daba gran consistencia i 



LA COMUNIDAD FAMILIAR EN HSPAStA 



la tiDÍdad de la familia. El foro, que nació de la necesidad de ofrecer 
estímulos al trabajo para el cnltivo de los campos, se completaba con 
las ventajas de la sociedad familiar, que, sin desatender los derechos 
de cada uno de ]os hijos, tendía á conservar anido el grnpo de bienes 
que se consideraba necesario para el sostenimiento de la familia'; finés 
qnehoy se consignen con los arrendamientos. Dos elementos señala 
aún el antor en la familia rnral astnriana, qne la enlazan con institu- 
ciones antiguas: uno es la indiscutible autoridad del padre en el inte- , 
rior del hogar, detalle típico en las sociedades más arcaica», según 
hemos visto; el otro se refiere á la importancia de la mujer, que no 
sólo forma parte de la sociedad con plenitud de derechos (y aun privi- 
legios), sino que su consejo pesa mucho en las resoluciones que se 
adoptan: consideración que si no se observa en la familia patriareal, 
donde por efecto del culto ippera la masculinidad, es predominante en 
las comunidades familiares de la Edad Media; sin que nos atrevamos á 
fijar con toda seguridad las causas de este cambio que ya se sefiala en- 
tre los griegos, los germanos y otros pueblos, pero que en la Edad 
Media choca con ciertas reglas ^de la cendición de la mujer. 

La misma forma comunal de Asturias, replícese en Galicia bajo el 
nombre de sociedad ó compañía gallega^ continuación, sin duda, de las 
primitivas (1) y que <cde antiguo ha venido observándose, sobre todo, 
en el país rural, siendo sancionada por los fallos de los Tribunales!». 

El 6r. López de Lago, en la Memoria que escribió en 1885 como 
vocal de la Comisión general de codificación, la describe de este modo: 
. «Esta sociedad, á diferencia de las otras que reconoce el derecho y se 
constituyen en virtud de pacto expreso, debe su constitución al con* 
sentimiento tácito, revelado por el hecho de vivir en familia, bajo un 
taismo techo y en un mismo hogar, dos ó más matrimonios ó personas 
emancipadas, unidas entre sí por Iqb Vínculos de la sangre, cultivando 
en común bus intereses por la cooperación de tjpdos, utilizando sus 
productos sin distinción de origen y en beneficio también común, y 
considerándose todos los socios con igualdad de derechos. — Semejante 
institución, que tiene lugar entre padres, hijos casados, nietoa en la 
misma condición, y algunas veces algún tío ó hermano de los primeros, 
estrecha los vínculos de la familia, fomenta el carifío entre sus indivi- 
duos, y, aunando los esfuerzos de todos, hace que capitales de pequeña 
consideración, que aislados no podrían subvenir á la subsistencia de 
familia alguna, atiendan con desahogo á la de los socios y las suyas 
respectivas. Como la generalidad de las Emilias, al fallecer el que ha* 



(1) YicUpág.lU. 



884 HIBTOBU BK LA PBOPIBDAD COMUITAL 

cffl cabeza, quedan yiyienclo en eomún, oonterrando largo tiempo pro 
indiviflo el oandal hereditario, sin cuidarse de las relaciones jurídicas 
que de aquí surgen, y que cuando se trata en las particiones de la li- 
quidación de .derechos dan lugar á contiendas dispendiosas, un princt' 
pió de equidad aconei^ó Hn duda (?) la adopción de semejante medida, 
y el mismo aconsiBJa también que se haga extensÍTa á todo el resto de 
Espafia, con las modificaciones que indique la experiencia ó el respeto 
á los derechos adquiridos. La asistencia que se prestan los socios entre 
BÍ, ya por carifio, ya por conTeniencia recíproca, previene á ese estado 
de desamparo que ordinariamente acompafia á la vejez y á la miseria, 
y es muy común entre nuestras clases populares. Sin duda por estas 
consideraciones, el legislador portugués ha admitido una institución 
aem^ante (1) y dictado reglas que le pongan á cubierto de supercherías 
que son muy i>osibIe8, cuando no la ley, sino la costumbre (?), es la 
reguladora de los derechos. Y siendo esta razón de conveniencia gene- 
ral, cvee el informante deber recomendarla para que se le dé cabida en 
el Código como institución permanente, y, cuando no fuese esto, la 
existencia actual de muchas familias al amparo de esta costumbre, y 
por consiguiente la existencia de muchos derechos legítimamente 
creados, exigirían la protección de la ley, para que por su silencio no 
se supusiese una derogación que les quitase su eficacia» (2). 

El Código civil recientemente publicado, no ha atendido este razo- 
nable consejo. En su primitiva redaecíón pudo creerse qué derogaba 
la jurisprudencia reconocedora de la sociedad gallega; mas, por fortunii, 
en BU última modificación, ya que no admita directamente la comum.- 
dad familiar, deja subsistente la costumbre que á ella se refiere (3). 

En consecuenáa, la sociedad gallega es una comunidad familiar 
agrícola, en la cual ae comprenden la tierra y las ganancias de los so- 
i ciosf mas no las que éstos adquieran por causas á ellos solos privativas 
y ajenas á su cuali(jy»d de asociados^ Cuando sobreviene partición, las 
ganancias y pérdidas se dividen por igual ó por peroonas, sea lo que 
fuere lo aportado. 

La sociedad &miliar de Portugal, que se corresponde con aquélla, 
se constituye entre hermanos ó padres é hijos mayores. Es, unas ve- 
ces tácita y otras expresa; y comprende el uso y producto de los bienes 



(1) Bn efeoto. el Código civil potingvtén (art. 1S81) reglamenta y reoonooe 1» 
oomnnidad de fanúliaSi aai como otrai formas del mismo Tégimen. 

(2) D. Bafael López de Lago, Memoria tobre foro» y eodedad ^alle^a.— Ma- 
drid, 1885. 

(3) Art. 12.— Menos tolerante ha sido con otras comunidades: las de pastos, 
leñaSi etc. 



LA ÓOMÜKIDAD FAMILIAB BK BSPAÑA 885 

de los socios, de su trabajo ó industria y de sus bienes individuales. La 
división de los inmuebles se hace generalmente por ignal. La de los 
frutos separando dos porciones: una para los propietarios de las fincas 
7 otra para los qne trabajaron én ellas <1). 

Aparte de la forma explicada, qne es la general en Galicia, existen 
otras más parecidas á la aragonesa. Tales son las que describe el señor 
Morgnia en su libro El Foro, Según él, en Bergantines hay lacostombre 
de establecer la comnnidad de familia bajo la dirección y supremacía 
de un hijo mejorado (2); unas veces este hijo es el primogénito, al onal 
se trasmite la casa petrucial, como en Cotovad; otras, la elección es li- 
bre, pero recae generalmente también sobre el primogénito (8), al cual 
se mejora en las capitulaciones matrimoniales, como en Laiin. El ele- 
gido tiene obligación de mantener á sus hermanos mientras no se casan, 
debiendo ellos ayudarle en su trabajo. Esta costumbre— qne ya hemos 
visto en Aragón—- se consideraba como antiquísima en el siglo xv (4). 

Poco hemos de afiadir á lo que hemos dicho sobre la familia troncal 
aragonesa. Aunque no puede decirse que es totalmente análoga á la 
eslava, porque en el modo de formarse y perpetuarse afecta una forma 
especial, tienen muchos puntos de contacto en el régimen interno. Tal 
sucede en la dote de las hijas que se casan, que no ha de quebrantar 
nunca el haber patrimonial de la familia. El consejo de familia tiene 
más fuerza y más amplitud de funciones eñ Aragón que en los países 
eslavos; en cambio, la comunidad en éstos es más cerrada, porque no 
hay tanta fi^ilidad en formar peculios, ni éstos suelen proceder, como 
en el Alto Aragón, de concesiones de la misma comunidad y menos en 
bienes inmuebles ó rafees. 

El derecho alto-aragonés es tan completo en este punto, queal lado 
de la forma general indicada de los heredamientos en las capitulacio- 
nes, tiene otras muchas encaminadas al mismo fin de mantener la uni- 
dad del patrimonio (d). En este orden figura el agermafMmierUo eanÉtié- 
tudinetrio^ ó comunidad conyugal, aplicada en el matrimonio de los que 
no son herederos, y que rigió en Castilla, aunque lu^:o cayó en des- 
uso (6); también el fuero de Bailio se conoce en Aragón, con el nombre 
de pcuUo de hermandad^ y hasta se admite la continuación de comunidad 
entre la viuda y los parientes del difunto, .general antes en los fueros 



(1) ATt8.198B 7 lisaientes del Código eivil. 

(8) Vid. Oomonidad Aragoneía, pág. 186 y sigf. 

(8) Goitambre aragonesa, en parte, y especialmente de Catalana. 

(4) Mnrgnía, M Itoro.— Madrid, 1889, págs. 86 y 88. 

(6) Costa, Dtrecko ewMutíuá, dü AHo Aragón, 

(6) Fuero Seal, Ubre ni, tit. VI, ley 9.» 



836 HISTORIA DE LA PROPIEDAD COMUITAL 

castellanos. En el régimen de los heredamientos, á vecSe se hacen do- 
bles, casándose dos herederos de distintas casas, ó bien dos hennanos de 
nna misma con nn solo heredamiento, para qne TÍyan en común. 

La ceremonia de las capitulaciones, en que se arregla el casamiento 
de nn heredero, conserva todo el tipo arcaico de los contratos comer- 
ciales en las tribns primitivas (1). c8e celebra en nn Ingar nentrál, 
equidistante, si es posible, de la residencia de las dos familias contra- 
tatites; en una casa de campo, en una venta ó al aire libre» debajo de 
una encina.» Concurren los parientes y allegados en numerosa comiti- 
va: las capitulaciones antiguas lo consignaban asi: ccon asistencia de 
éstos (padres, etc.), y de otras varias personas, deudos y amigos de las 
dos partes. Acompáñales casi siempre un ca8amerUeroj especie de no- 
tario lego, órgano inmediato del derecho popular; encargado de mediar 
entre las partes, de dar forma concreta al acto... Reunidas, pues, en- 
trambas familias y el casamentero ó cedulista, los novios se apartan á 
un lado, sin tomar parte en el convenio; los padres despliegan sus res- 
pectivas capitulaciones matrimoniales, para que sirvan de modelo, y 
con esta base principia la discusión^» (2). 

El heredero debe mantener y dotar á sus hermanos según el haber 
y poder de la casa; pero como este criterio es muy vago y á veces los 
herederos lo interpretan con sobrada restricción, en muchos hereda- 
mientos se previene que en caso de no conformidad, intervenga el con- 
sejo de familia en la^jación de las legítimas qne correspondan á her- 
manos ó tíos. Se computa para la evaluación de la legítima, el peculio 
(cabdal, caudal) qne los interesados hayan podido formar del modo que 
ya explicamos; y así se logra obtener que, con un pequeño desem- 
bolso en especie ó dinero concedido como base de peculio, los hijos 
no herederos vayan labrando insensiblemente la legítima, y el pa- 
trimonio de la casa se resienta menos, cuando sus miembros principian 
á dispersarse y á tomar estado. A veces, los hermanos que han forma- 
do peculio, no se casan y permanecen en la familia. Se les llama turnes, 
y llegan á identificarse con ella, ayudando cuanto pueden con su traba- 
jo. Hoy este caso va siendo menos frecuente, de una parte por el creci- 
miento del espíritu individualista, y de otra por el decrecimiento de los 
peculios. Hay que notar que las legitimas, alguna vez se dan no en di- 
nero, sino en bienes, pero atendiendo á la conservación del patrimonio. 

Además de las formas indicadas, hay otras de mancomunidad fami- 
liar, y entre ellas la llamada acogimiento ó adopción, contrato por el cual 
«una familia heredada, con hijos ó sin ellos, recibe en su compañía á 



(1) Vid. pág.68. 

(2) Costa, 06. eit. 



BBftBBltREfi, ' IKDOd T OTROS PUEBLOS 337 

otw ú otraé familias, de parientesó de extraños, en el acto de consti* 
ttiirser ó constituida ya, y coh bijos ó sin ellos, formando entre todas 
tma comunidad familiar, qne ed á nn tiempo sociedad de producción, 
de consumo y de gananciales, j en ciertos limites, de sucesión manco» 
niuiiada (1). Generalmente, obedece al deseo de mantener vivo el apé- 
llído de la caM é fntegf o el pifttrimonio, cuando falta sucesióii directa, 
supliendo la falta de^ hijor y de cabalemos pata el cultivo^ Alguna yez 
el primogénito heredero, mayoráiente si ha quedado viudo y no siente' 
incliaaoión á volterse á casar, acoge á un segundón en aquéllas cíoiidí'' 
cíone»; El co^-usufrueto y la co-administración entre acogentes y acó- 
gidosy son perfectos, no pudiéndose empeñar, vender ni groemr hienén de 
Im camj sino con ¡a intertendón de loe cuatro eányugee. Lo general efi^ 
qnepafa eonservar el patrimonio, se acuerde que un hijo de los acogen* 
tes se» nombrado heredero universal, procurando casarlo con otro de 
losacogidos. 

La razón de que subsista la comunidad familiar en Aragón, procé^ 
de', en parte,- de las coiidiciones del terreno y del clin^a, que obligan á 
la ooncentración de las fuerzas* productivas; y en parte arsentidó pro^ 
fuMbüñente paráctico de la raza alto-aragonesa. o:Pasado el período pa- 
triarcal — dice el Sr. Costa— en que la persona elemental e^ la familia, 
reekxiocido elderecho de la individualidad, proclamado el régimen de 
la libertad civil, no puede subsistir la comunidad /loméstica, sino eü^ 
pueblos dotados de aptitudes muy excepcionales para la vida del dere- 
cho, espíritu flexible, tolerante, conciliador, y al par discreto y agudo, 
voluntario para la obediencia, nada pagado de si mismo y pronto al 
saotificio..... BU pueblo aragonés^ conK> tal pueblo, siente una vocación 
espiscial.para el cMtivo del derecho: brilla poco eú las ciencias y en las 
artes; peío en el derecho, no le ha aventajado ninguno^» (*2).-^6uenar' 
pruebaaonlas üistitueion^s que hemos reseñado brevemente, y para ^ 
cogruteetudio etpeeilaidebe'reeurrirse al trabajo del St. Costa. 



2I.*«-^Bereber6É^ mdos ^ ótros'pueblos'. 

El derecho kabila es riquísima en fbrmas legales y cotíSli%tttdiiiá<^'' 
ría»de asociación^ La má» típica, que parece casi un tMsl^do db la co- 
mtinidad fiMniliar ara^otresaí es la' llamadi» tadukéU biickhí!akm\ caiá*^ 



(1) CoatA,loe,eit, 

(«9 Cbit^^ioe; ett. I>ebe"l0erm toide>él art. II', titulada Ik eúfáéíHiaUé^kkknééH- 
eéfíHtl AUo Aragem, pov Im' <](b8éPvaeione«< veidaderameate* iiot'ftbl«É*^ii<B*'eóíl^" 
tiene. 

92 



HI8T0BIA DB LA PBOFIBDAD COMUNAL 



patriarcal (1). El jefe de ella es el más anciano de los parientes, si fae* 
re capaz, y á su lado existe el consejo de familia. La comunidad no es 
absoluta en cnanto al dominio, pnesto qne los inmuebles que cualquier 
individuo adquiere por donación ó testamento, quedan de su propiedad 
particular y sólo, pasa á ser común el usufructo. El dinero se hace 
también común, menos las sumas muy gruesas; y los muebles todos, 
excepto los yestidos: aun éstos, cuando son femeninos y de lujo, se tie* 
nen en comunidad. — Al lado del jefe, hay siempre una directora, que 
es la de más edad, si puede, ú otra, elegida por todos los miembros. 

Guando hay reparto por disolución, se yerifíca proporcionalmente 
á los derechos hereditarios ó á lo aportado por cada cual; pero la muer- 
te de uno no disuelve la comunidad. Sus herederos, si quieren salir de 
ella, reciben su parte calculftda y la comunidad sigue para los demás. 

Otra forma es la comunidad entre varías familias ó personas extra- 
ñas, nada más que sobre los frutos y los inmuebles adquiridos mien- 
tras subsiste, siendo el trabajo en común* 

En punto á sociedades contractuales, hay muchas especies, y. gr. : de 
todos los productos de una industria ó de un negocio especial; y entre 
las agrícolas, de dos propietarios que ponen en común sus bienes 
(amriri)^ etc..... Queda algo también del dominio eminente de los ve- 
cinos del pueblo. En las enajenaciones se paga á éste cierto dereche 
que representa el de transmisión de propiedad. 

* 

Todavía se encuentra la comunidad de familia entre los indos y los 
javaneses. En India tiene por carácter superior, según MainOt el pre- 
dominio del lazo de parentesco, natural ó adoptivo, derivado de un 
ascendiente común. «Ninguno de sus miembros, mientras permanece 
unida, puede alegar que tiene particularmente una porción de la pro- 
piedad indivisa. Los productos se acumulan en lá caja común y se em- 
plean según las necesidades de los miembros de la familia.-^No for- 
noftu propiamente comunidades rwráUa. Están unidas al suelo acciden- 
talmente y las mantiene sólo el lazo de la sangre. La legislación les 
concede gran libertad para disolverse.» 

En Java, como en todos los países donde hay comunidades exten- 
sas, la casa y el terreno anejo circundante forman el patrimonio de la 
familia fervenj. Está prohibida su enajenación y aun su división here- 



(1) A. Hanotéau y A. Letonmear, La Kábylit $i Ui eoutumé9 kébyl**» ^i P*- 
rlB, 18^. LoB autorea la oomparan á la comunidad de los Jaolt, descrita por 
Dnpin. 



OOMÜNIDAD COITYTJOAL 



ditaría, sin que medie consentimiento del loerah ó de la comunidad 
toda. En cambio, el arriendo se permite; y la hipoteca se yerifíca aban- 
donando el disfrute de los bienes al acreedor basta cubrir la deuda, 
forma no privativa de este pueblo. No se pueden poseer juntamente 
dos erves^ genero de restricción muy general en la historia y repetido 
con alguna modifícación.entre los vascos (1). 

En Sumatra está más caracterizada la comunidad familiar fsoehoe)^ 
cuya organización es análoga á la que tienen las eslavas. Existe la dis- 
tinción entre bienes patrimoniales y adquiridos; y es notable que el 
principio que rige la jefatura y gobierno de la familia sea el Tnatriar-- 
codo (2), forma muy primitiva, por más que, según las últimas ifesul- 
tandas, no parezca tan general como se supuso en un principio. 

Los indios americanos están sujetos á igual régimen, formándose 
los peculios particulares con lo que los individuos adquieren por su 
trabajo lejos de la familia; asi como el montenegrino introduce en su 
zadruga el principio de las peculios con la adquisición á título indivi- 
dual del botín de guerra que alcanza. 

Los iroqueses, en la época en que fueron conocidos, y los mejica- 
nos eñ la de la conquista española, vivían distribuidos en grandes fa- 
milias, que habitaban muchas veces una casa común. 

Las casas grandes de los iroqueses eran edificios de cien pies de 
largo. Un corredor, cerrado en los dos extremos por puertas, los 
atravesaba en toda su extensión. A derecha é izquierda se abrían cel- 
das, cada una de las cuales servía de habitación á una familia. Por lo 
general, vivían juntas de cinco á veinte (8). — Así viven hoy los indios 
Pueblos. 



XII. — Comunidad conyugal. 

En un grado inferior y más restringido, se ofrece últimamente i 
la consideración en este estudio de comunidades, la familiar restringida 
ó de los esposos (4), cuyo estado actual en la legislación y en las cos- 
tumbres, es como sigue. 



(1) «Oaando una familia habia reunido m&s de un lar, por matrimonio ú 
otros medios, el lar paterno debia darse al hijo ó hija mayor; y los demás po- 
dían, en este caso, arrendarse & los menore8.»^CDutumé« de Bayonne, (Webs- 
ter, Kot, arq, de la reg, pir,, núm. 218 del Bol, de la Inrí, Ltbret p&g. 75). 

(2) Laveleye, La prop. du $olt etc., y el libro de Wilken sobre el matriarcado. 
(8) De Oharlevoix, HUt, et d$$erip. gíner, dé la NouveUé Franee, Y, pkg, 898. 

Citado por Letourneau. 
(4) Vid. cap. n, 2.0 periodo, pátr. n, 2. 



dáO HISTORIA. DK LA PBOPIBDAD COMUNAL 

En Francia, lo más general era la comunidad absoluta^ especial* 
mente en el N. (droit coutumierj^ por lo qne el Código de Napoleón la. 
supone siempre qne no kay convención expiesa, annqne regula hasta 
ocho clases de ella, según sn extensión á todos ó parte de los bienes. En 
Italia 4Uoanza sólo á los gemanciales, mientras qne en Poringal, coma 
en Livonia y en Holanda, la forma ordinaria es la oomnnidad atisolnt»' 
de todos los bienes presentes y fntnros (1): en la primera nación, salro 
los exceptuados por el Código, y pudiendo en la última los cónyngee, 
modificar el régimen legal. 

Nuestra legislación castellana, sabido es que presentaba, una mez^ 
cía confusa de gananciales, dotes y sistema parafernal (2); eü Aragón? 
existe la sociedad legal, el paeéo de hermandad ó comunidad absoluta^ 
y en todo caso, la libertad de contratar los cónyuges; en Yietcáya es 
aquélla absoluta cuando hay hijos, y en Extremadura rige aún el fuero 
de BaiHo. Todarfa en el antiguo valle de Eviceo ó Yicedo (SantandeiOr 
se practica igual foi^ma. (Laredo, Ampuero, Sefía, Marrón, Udalla^ 
Cereceda), negada imprudentemente por sentencia de dO de Junio 
de 1860. 

Rigen en Alemania dos sistemas: 1.^, reunión de bienes; 2.**, coma- 
nidad en formas más ó menos amplias, según laA regiones. Eo Dina-^ 
marca, Suecia y Noruega, la comunidad puede modificarse, ya por con- 
trato, entre los esposos, ya en atencióu á la clase social á que pertensN>^' 
cen, ó al género de bienes que la forman (muebles ó inmuebles). Fi-> 
nalmente, en Bosia, si el régimen legal es el de separación de patri?* 
monios, en cambio el observado por la costumbre es el da comunidad^ 

En resumen, la tendencia general es dejar á los cónyuges la libertad:, 
de contratación, y á la vez preferir la comunidad más ó menos amplia, 
como la forma más racional, en relación á la naturaleza de la vida del 
^matrimonio y á las necesidades comunes de4os esposos y sus fines, to- 
cante al sostenimiento y educación de los hijos (8). 



(1) Baj0 el nombve de eo$tume de reino, está raoonooida etv el Código oivil li^ 
eomunidad qne en España regia seg^ún el fuero de BaiUo. 

(2) El naevo Código civil (1888) reconoce la libertad de contratar los cón- 
yuges las condiciones de la sociedad conyugal, entendiendo qvte^ á faltad*, 
eoii trato, rige lajformadegaaanoiaies (art. 13L5); pero se prohiben, laikcláv- 
sulas en que los contratantos determinen d« tiiui minera, general qvud los bleAlN|«,~ 
se souMtan á los fueros y costumbres de las regiones forales (art. 1^17). 

(8) Vid. para este punto D'Oliyecrona: FrecU tUétoriquñ ဠVorigine et d^ 4t^ 
v$b>p.dé la cpmmmxMi^^ de* &tfne« entre ígoux. 



DE 0TBA8 FOBMAB M0DKRFA6 DB OOMVKIDAD 341 



!81tl.— -Bd Otras formas modernas do comunidad. 

No obstante eer nno de los rasgos generales de la historia de la pro- 
piedad comunal, qne se ejerce esta forma principalmente sobre los bie- 
iies inmuebles y sobre la tierra, ya para pastos, ya para el cnltiyo 
agrícola, no debe creerse qne los muebles se libran completamente da 
ella (1), ni qne faltan ejemplos en qne se ha constituido sobre indus- 
trias que no son la ganadería ni la agricultura. Be ambas coéas hetnos 
Tisto templos en las páginas de esta Historia, y no hemos dé repetir- 
los. Lo que ahora nos interesa, son los casos modernos de lo que Üa- 
marfamos, siguiendo la fraseología corriente, comunidades industriáteB. 
TA. I^onetot, refiriéndose al autor ruso Tikhomirov, cita una de «Has 
muy significatiTa: la de los obreros de Yotkine. En Cataluña existe 
otra de pesca igual á la de Comachio (Italia) y la de una fábrica de te* 
fiir redes, etc. Pero lo más notable no son estos hechos aislados, sino 
la corriente general, que lleva á los obreros á reconstruir libremente, 
mediante la asociación en comunidad, los antiguos organismos. Nótese 
que hacemos referencia á hechos, no á doctrinas; y en los hechos, tal 
Tez el más saliente, son las formas cooperativas búlgaras que GueshoT 
nos ha dado á conocer. Establecen se unas veces entre los jardineros ó 
Tendedores de plantas, cuya asociación se llama taifa, y es más ó me- 
nos extensa según las dimensiones del jardín que cultivan y la im- 
portancia de la ciudad en que venden sus productos. El jefe se llama 
maestro (charbadjia 6 taifadjia), administra el fondo común y llévalas 
cuentas. Después de él hay un funcionario llamado procíavacA, encar- 
gado de la venta de los vegetales. Estos dos cargos tienen mayor por- 
ción que los demás socios; pero salvo esto, los fondos de la comunidad 
se reparten á proporción á los ortatd 6 trabajadores del jardín. Análo- 
gas sociedades se forman entre los albañiles, panaderos, segadores, pas* 
tores, alfareros y caldereros; de tal modo, que Mr. W. B. MbrfíU, el 
expositor de los estudios de Gaeshov en I7ie Academy, dice que «si la 
cooperación es, como creen muchos economistas, la última solución 
del problema del trabajo, los búlgaros presentan formas muy desarro- 
lladas de ella, y su sistema merece estudiarse». 

Los arúela rusos, en que los trabajadores juntan sus salarios y sos- 
tienen una mesa común, significan otra institución de igual sentido, 
muy arraigada en las costumbres de aquel país; lo cual, unido almo- 
. vimiento de las sociedades cooperativas, iniciado en Europa desd^ 



(i) I^jeinplo: entre loi indioi americanos; en la %Aéruga eilava... 



342 HIBTORIA DB LA FROPIBDAD OOHUVAL 

SchnlzeBelitzch, tal Tez .produzca na núcleo de organismos qae 
flnctnando, en parte, entre el sentido de co- propiedad de la sociedad 
contractual romana j el más social y unitario de las corporaciones ger« 
manas, represente en la industria moderna y en la futura el papel eco- 
nómico y el espíritu de solidaridad que las antiguas comunidades agrí- 
colas sobre-familiares han llerado en la historia. Lo único que no resa- 
citarán, á no ser por una renoración entera de las idea9 dominantes, es 
el sentimiento de plena comunidad de 7Ída que aquéllas tenian por su 
origen y por las condiciones de existencia de sus 'miembros. Antea 
bien, es.de creer — dado todo el giro de la evolución — que el principio de 
co-propiedad será el latente en las nueras asociaciones: y de todos mo- 
dos, ya por influjo de la legislación, ya por las imposiciones de las 
ideas reinantes, siempre se yerá en ellas un hecho temporal, en el qae 
los individuos estarán prontos, á cada momento, á invocar aquella 
máxima del derecho romano: Nismo in comunione potest invitus detinerL 



CONCLUSIÓN 



Antes de dar por termÍDado este libro, conviene apuntar algunas 
consideraciones é insistir sobre otras anteriormente anotadas, en espe- 
cial por lo que toca á la impresión que los hechos declarados producen 
y á las ideas que la misma despierta. 

Está fuera de duda, respecto á la propiedad comunal, que las cons- 
tantes y laboriosas inyestigadones de hombres de tan elevado sen- 
tido cientifíco como Maine, Nasse, Fustel, Laveleye, Costa, Webs- 
ter, Azcárate y otros; las referencias y estudios parciales de Heam, 
Le-Bon, Muratori, Gogliolo, Freeman, Mommsen, de todos los que 
se ocupan algo de arqueología jurídica y del derecho primitivo, po- 
' niendo al descubierto infinidad de hechos que demuestran la existencia 
de aquella forma en sus diferentes grados, en casi todo el mundo, dan 
un interés grande al problema, que á más, lo tiene en lo que se relacio- 
na con las cuestiones económicas palpitantes. Pero de otro lado, y aun 
con lo mucho conseguido, el estado de esas investigaciones no permite 
formular por completo las leyes de la evolución^ ni menos detallar la 
marcha de ésta paso á paso, y con aquella intención y sentido que agru- 
pan los hechos y los clasifican, sin anegarse en los detalles. Hemos 
procurado esto último, renunciando muchas'veces al pormenor excesivo 
y tratando siempre, puesto que es lo más interesante, de poner de re- 
lieve los grandes puntos de vista, las líneas generales que podían ca- 
racterizar mejor la estructura total de la historia, la representación de 
una época ó el valor de un cambio de estado. Creemos haberlo conse- 
guido alguna que otra de las veces en que lo hemos intentado, guar- 
dando la más absoluta fidelidad á la resultancia de los hechos; deber 
riguroso del historiador, que en ocasiones nos ha llevado á tratar asun- 
tos y escribir opiniones, que sólo la suspicacia sectaria puede tomar 



844 HI8T0BIA DB LA PROPÍBDAD OOMÜNAL 

por ataques parciales en qne la oportunidad encubre los deseos mani- 
fiestos de lanzarlos al público. * 
* La sinceridad que la propia dignidad de conciencia impone al que 
escribe, pide siempre la franqueza de las declaraciones; declaracioneB 
que en materia histórica no han de ser de la mera opinión indÍTÍdnal, 
sino de las resultancias que por si mismos rinden los hechos. 

Una de las más importantes, sin duda, es el paralelismo que los 
cambios en la propiedad comunal mantienen con los de la organización 
de las sociedades, ó mejor, del concepto de personalidad. Nace, en afeo- 
to, aquella forma con }& existencia y régimen del primitivo grupo 
social, que es la familia^ y como un efecto de ese mismo régimen, 
dependiente, á lo que parece, de prácticas como el culto de los antepa- 
sados, la jefatura del progenitor más antiguo, etc. Sigue luego toda la 
erolnción del grupo, extendiéndose al territorio del clan ó de la tribu, 
cuando la familia se expande y se multiplica ó se reúnen varias confe- 
deradamente, subiendo á unidad auperior; continuando en una serie de 
gradoa y posiciones, aegún se disgrega el da^ ó tribu y adquieren ja- 
dependencia y propia y suficiente vida, prim^rp las agrupatíones inter- 
medias, luego las familias troncales y id fin la £amUia concreta; viniendo 
fk morir en el nacimiento de la personalidad libérrima de cada nno 
^e pus individuos, rotos los lazos de unidad, demasiado eatrecboa tal 
y^, que los absorbí^, y pro(sl4.mado á los cna^o victos A principio 
del iiidividualismo con todas sus naturales copseonencias. Aef sqjek- 
p^can la mark germana, el tqwnship^ el aümend^ las comunidades f^ 
xfíiliaires d^ eslavos, francos, italianos, escoces^, árabes; y puede, m 
cpnaecuencii^, formularse una ley de la histori|t económica. Y es que 
^»i como 1^ idea del Estado bajo la concepción del poder director en la 
vida $0QÍal del Derecho, va encamando en las saciedades fiandameiMes 
é independientes de cada época— la familia, la gens, la ciudad, lairi)>i|t 
l^ jpe^óiXi la nación — asi la propiedad si£^e el dese^yolvimi^nto dfíias 
miomas agrupaciones. Lo que ant^p era territorio ele ]a tribuí, lo es boy 
áp la nación, porque la nación ha sustituido á la tribu; y lo qoe.eía de 
1^ pcfipunidad rural, lo es hoy del municipio adjl^inj^trati9rpi y lonufliepi 
de la familia, lo es hoy (donde fiquéHa no subsiste <x)9 sa anidad Oigi- > 
olea) del individuo (1). 

A i^ta primera razón histórica de lafornuí ip propiedad niae ai- 
tu^iiimos, se unen bien pronta, y «1 fia, e^ parte, U stiatitayenoricí- 
zMlpdp otras formas, ya las mipmas neiireaidades del eultívo agrlcala j 



(1) Haita en eite último grado parece seguirse el paralellBmo, puesto que la 
idea de Estado jarldioo se oolooa hoy por machos aatorea en oabeaa de la mis- 
ma ster^üM inéfivi4u$il, aanqao no por ser <s<M«<^4l) tiMo iMir ser purmma. 



OO^OLUBIÓN . M^ 



de la iodnstrlft pecaaría, cómo en Espafia, en iDglatenra, en Francm, 
'en Portngal, en Lotnbardia; 51a el estado social de noa clase, como ibb 
.bs eomnnidades de siervos; ya, en fin, las ideas religiosas ó las imposi- 
oionea administralÍTas, como en los cenobios j en el Bajo Iflsperio. 
Entonces sustituye la base del territorio á la base del parentesco en la 
;^miinidad, como ha' dicho Maine: el cual estudia la eyolución de los 
grupos según ese criterio, empeisando por la asociación de familia nida, 
^uiQ'era continuación de la primitiva aria y cuyo fundamento es predo- 
«linantemente la comunidad de origen, más ó menos exacta; coocluyeB- 
do en UL/eudály en que la idea del suelo ha sustituido á la del pacen- 
tesco, lazo que no puede existir entre el señor y los vasallos (1). 

Asi estos dos principios constituyen, el uno en los comienzos de la 
¿historia, el otro bien avansada ésta y como cerrando ya la evolución, 
las leyes de formación de las comunidades; y ciertamente, que «i el 
primero puede hoy invocarse por lo que toca á las comunidades fami- 
liares, como las eslavas y la redamada por Le-Play, el segundo es fun- 
damental en ellas y único en las formas más amplias. El antiguo espi« 
ritu de comunidad de origen que tan especial género de reketonea 
fundaba, es de los sentímientos que se han ido perdiendo poco á poco 
en la historia: con nueva intención quiso renaoerlo en el mundo clási- 
co el Cristianismo, y hoy sólo se mantiene en las grandea masas bajo 
ks ideas de ra^a ó nación, de un modo muy oscuro. Para encontrarlo 
«n au {iristino modo, hay que acudir á los pueblos en que más elemen- 
tal es la civilización; y por todas estas razones, donde hoy algunos de 
los grados orgánico- sociales — de la tribu á las familias ó á los pueblos y 
aldeas— subsisten, manteniendo su principio de unidad y solidaridad; 
d i4U donde laa condidones del país y las necesidades de la ganadería 
ó la agricultura lo imponen ó lo aconsejan, allí se mantiene la propie- 
dad eomún, enmedio de las exageraciones individualistas que en po* 
Uiiica como en economía nos dominan. 

T aquí conviene advertir otra oosa, que pone de relie¥e un gran 
fCamíbío (Cn la historia humana, aún no cumplido. El espíritu de la £b- 
Biilia antigua, del clan, de la tribu, de la ciudad, es el ^cclnsiviemo; 
exclusivismo reUgioeo y de eangre eo la tribu; política y de nacimiento 
en la ciudad. Estos elementos no eran nada propidoei que naciese la 
idea de humAaidad, que, efectivamente, les falta casi en absoluto, has* 
ta el Cristianismo. La conquista romana extendió el poder de la ciudad: 
pero aunque los resultados fueron otros, la intención no era menos ex- 
clusivista que la de la hegemonía griega. Los resultados los fructificó 7 



a) IkurÍMÍn9t0flwt:lAC.9.^ 



S46 HISTORIA DE LA I^BOPIEDAD OOHÜNAL 

0npo aprovecharlos perfectamente la religión cristiana qne, nacida en 
e> pueblo qnizás más exclnsivista de todos los antiguos, supo eleyarse 
á la idea del Dios Padre común de todos los hombres. El profundo 
sentido de esta concepción, cuyo dominio en los corazones y en ]a con- 
ducta han estorbado tan diferentes como numerosas causas, era nueyo. 
Todavía le desconocemos hoy. El antiguo exclusivismo, bajo nuevas 
formas, reverdece en nuestros dias. Grocio luchó contra él hace tres 
siglos; hoy lo atacan los economistas liberales y los espíritus generosos 
que se afanan por sentar en firme el derecho internacional. La herencia 
psicológica del hombre primitivo, late aún en las fibras nerviosas del 
hombre moderno: tanto, que aparece una vez más como cierta la afir- 
mación en que coinciden Sumner Maine y Freeman, de que muchas 
veces el pasado es lo presente; y €aun cuando esté separado' de él por 
largas distancias, no se pueden determinar como tiempos diversos, 
primero el uno y luego elotroi». Estos resultados que la historia de la 
propiedad comunal da para la historia de las ideas jurídicas y sociales, 
son efecto del carácter comparativo con que hoy, por lo general, se ha- 
cen los estudios de esta índole. 

Convienen los dos autores arriba citados en concebir, el uno, lo 
que llama Jurisprudencia comparada (1), y el otro su Política de igual 
carácter (2), como teniendo por objeto el estudio de las instituciones ó 
sistemas legales de varias sociedades distintas en un punto especial 
de su desarrollo histórico, comparándolos para mostrar sus asalogías 
y diferencias y «establecer, si es, posible, cuáles de ellos se relacionan 
con tales otros en el orden del proceso histórico^ (8). De este modo se 
consigue arrojar gran Inz^ sobre las relaciones de los hechos con las 
cualidades fundamentales de la naturaleza humana, ó con el especial 
temperamento de una raza; ya que unas veces el paralelismo, entre va- 
rios pueblos ó épocas, de un orden de fenómenos, procede de la comu- 
nidad de origen de aquéllos, y otras de una transmisión por roce ó con- 
quista, ó de la ley histórica según la que, causas análogas producen 
resultados análogos en tiempos diversos; y juntamente, se facilita la 
obra de la legislación y el mejoramiento práctico de la ley, por razón 
de que, habiendo seguido los legisladores de diferentes países en la 
resolución de un mismo problema, procesos bien distintos, con su es- 
tudio se obtienen valiosos materiales para las reformas legislativas (4). 



(1) Sumner Haine, ViUag, eamm, Leo. 1.* 

(2) Vre^mAn, Polítíea comparada, Ijeo,!^ 

(8) A pesar de esto» ambos autores tienden & confundir el concepto de la 

UgUlaeióneomparadai ya general, ya estrictamente poZf¿tjca,oon el de la historia. 

(A) S. Maine, loe. eit. Este mismo interés puede reclamarse para el estadio 



GONCL>78IÓN S47 



De este modo auxilia á la vez la legislación comparada á la historia 
7 á la critica, y se obtienen resaltados como los que brevemente r^n- 
me 8nmn^r Maine. «Se considera, dice, cierto número de ideas, eos- 
tambres ó hechos contemporáneos, y se infiere sa forma pasada ó pre- 
térita, no sólo de los recnerdos de tales formas, sino mediante ejemplos 
de lo qae aún snbsiste y lo que en ello se paede encontrar. Caando 
consegnimos en algún modo libertamos de esa limitada concepción del 
mando y la especie humana, sobre la caal las sociedades más civiliza- 
das y machos de los más grandes pensadores no se han elevado; caan- 
do se alcanza algo parecido á ana idea adecuada de la extensión, lo 
vasto y lo vario de los fenómenos sociales; cuando, en particular, 
aprendemos á no excluir en el estudio de la tierra y el hombre esas 
grandes inexploradas regiones que vagamente llamamos el Este (1), ha- 
llamos no ser un concepto erróneo ni una paradoja el áecit que des- 
aparece la distinción entre el presente y el pasado.:» 

Ciertamente, los estudios orientalistas han renovado el punto de 
mira de la historia; y en lo que toca á la de la propiedad, han influido 
poderosamente, como de los capítulos que anteceden puede, en algún 
modo, deducirse. De aquí la importancia de tales estadios, que vienen 
á enlazar el mundo tradicional con el histórico de hoy. La península 
indostánica, que es uno de los países hasta la fecha mejor estudiados, 
ha contribuido con datos numerosos á tal empresa científica. Maine 
ensalza con justicia el valor de los efectos que la observación de la 
India ha producido sobre el pensamiento europeo (2), y merecen cono- 
cerse sus razones. Puesto que á India — dice — fueron llevadas las pri- 
mitivas instítuciones arias en un temprano estado de desarrollo, la 
importancia de su estudio es bien importante. Así, respecto á la pro- 
piedad, <rcualquiera que se pregunte seriamente qué es lo que conoce 
acerca del origen de ella ó de las leyes ó modos de su crecimiento 
histórico, encontrará que sus conocimientos son extraordinariamente 
insignificantes. Los mejores escritores economistas, declinan el discu- 
tir la historia de la misma institución (8), observando á lo más que 



histórioo, annqne no sea comparativo, de las Tarias formas de propiedad, cuya 
existencia debe ser para los legisladores punto obligado de reflexión y & yecefi 
de rectificación de su obra. 

(1) He aqni la misión histórica de maestra época: incorporar el conocimien* 
to y el espirita del Oriente antigao & la formación de la conciencia social. 

(8) Bn el ya citado trabajo I!ffecta of obsirvation of India^ etc. 

(8) Afortunadamente, y de ello tenemos pruebas entre nosotros, no es esta 
afirmación de tan indisoatible certeza como otras de Maine. Lo mismo puede 
decirse de la distinción que hace, por su oaraoteristica agrícola ó pastoril, en- 
tre las comunidades asiáticas y las europeas. Ta hemos yisto que éstas son» 
con mucha frecuencia, agrícolas. 



"BIS HISTORIA DEl/A PROPIEDAD GOMDNAL 

8n existencia es para prorecho de la especie hnmaiia. Hasta do hace 
mitobo, las teorías concernientes á la historia arcAica de la propie- 
dad, escasamente podfan sostener nn momento de examen. La rer- 
bíóh popular de elk, de que tuTO su origen en nn estado de natnralesía, 
•«s meramente vn camino para dar expresión 4 sn ignorancia; y iii 
mayor parte de las teorías que hasta.ahora han ocurrido BCbre la mate- 
ria, no son, en realidad, sino restauraciones más ó menos itigeuiosan, 
dje este pnnto de Tista.^ 

» Ahora hay cierta probabilidad de qne algunas cosas pueden apren- 
derse de la experiencia y obseryación sobre India. De k vasta UteTatu- 
ra oficial produdda durante cerca de un siglo por funcionarios del Od- 
bierno inglés, gran parte la ocupan la discusión de las formas de pto- 
piedad del Estado y de su relación con las del Oeste.^ 

Lo que estos escritores encontraron, fué de interés sumo. Habto 
propiedad acumulada y dividida, mueble é inmueble, renta, interés, 

cambio, competencia Precisamente, concepciones económicas que 

correspóndíaD como una copia, á otras del Oeste. No obstante, había 
propiedad individual, pero la común por agrupaciones de hombres era 
la regla, y las propiedades particulares de los individuos, la ezcep*- 
ción. De este modo, aunque la intención principal de los funcionarios 
anglo indos fué de averiguar cuáles de los fenómenos económicos del 
Este podían ser mejor descritos con la fraseología economista del 
Oeste, ha sido más valiosa su observación de aquellos hechos que sus 
especulaciones. 

«La aplicación del método histórico á la propiedad y á todas laa 
ideas que encierra, figura entre las más modernas empresas. Durante 
los últimos veinticinco afios, los investigadores alemanes se han ocu- 
pado en la historia primitiva y el desenvolvimiento gradual de la pro- 
piedad europea, es á saber: de la propiedad territorial. Pero el método 
histórico en sus manos no estaba animado y corregido por el de com- 
paración; no se habían penetrado ni advertido de que gran parte de la 
Suropa antigua sobrevivía en la India.» 

La observación de los vestigios conservados hasta nuestros días, 
apurados por un cuidadoso cotejo, puso de relieve toda la organisa- 
c^hi de aquella primitiva sociedad, dividida en tribus enemigas unas de 
otras, de las que cada una se consideraba como un grupo de parientes 
sobre una base de igualdad, causa del régimen comunal de las tierras; 
y así los hechos recogidos sugieren la conclusión de que cía propiedad 
de la tierra tal como la entendemos hoy, es decir, de muchos propieta- 
rios, propiedad por individuos, 6 por grupos no mayores que el ftiná- 
Uar, es una institudón moderna, con relación á la propiedad comunal; 
esto es, propietarios en común, en grandes grupos de hombres de la 



OOKGLUStÓK 949: 



misma procedencia Gradualmente, y á lo qae parece bajo la inr 

ñcieiicla de gran variedad de causas, la propiedad iadiridual, institación 
familiar á nuestros qjoe, ha nacido de la disolución de la comunidad ^ 
primitiva». 

Además de- eaie^ñ conclnsionea,. el estudio de las formas primitivas' 
conservadas en India ha producido otras, como son hacer resaltar la 
nv)dernídad dé 1& competencia, del ciunbioi, délas distinciones del poder 
polítleo 7 el eéonómiea,del derecho á imponer tasa y de la renta; depu- 
rad! latantigüédad de la distinción entre muebles é inmuebles, y la exis- 
tencia de la propiedad.de algunos muebles antes de. la apropiación d«. 
I|k.tíerra por los. grupo», lo que ha ejercido gvan influencia en la disdlu- 
cii^Q da lae colectividades primitivas; con otros resultados cuya impor-' 
tanda hemos podido comprobar en el curso de esta Historia. 

Después de un periodo en que se han despreciado las tradioionefr d«' 
los pueblos y relegado á muy segundo lugar las leyendas y las mitolo- 
gías,, hoy con mejor acuerdóse eepiguea labaríoflamente tan feraz cam^ 
po (Ij; y á veces, de los más menudos detalles surge la idea de una ina- 
titucián, de una costumbre ó del carácter de un pueblo. En este trabajoi 
reconstructivo de 1& fisonomía de las razas y de lae épocas, todo lo pe*- 
quefio sirve; porque, al contrario de lo que sucede con el lenguaje, lo8¿ 
fenómenos sociales, leyes é, ideas jurídicas, opiniones y costumbres, se 
d^an influir máfl por las circunstancias extrañas, están má» á merced 
de la voluntad individual, y por tanto> más sujetaa á cambio. 

Be este modo se viene al concepto unitario de la historia de. muchote 
siglos, ya que, según Muñe, cía civilización no es más que un nombre' 
para todo el orden antiguo del mundo aria^ disuelto, pero perpetua* 
mente reconstruido bajo: una amplia variedad de influendae resoluti- 
vas, de las que infinitamente han sido las má« numerosas las que sus- 
tituyen snavemente, y en unos puntos mejor que en otros, la propiedad 
individual á. la común. 6 colectivas. 



Ahora, para terminar, bravesi coneideradones acerca del valor ae^ 
tnal .de los hechos descritos. Nuestro objeto era hacer su historia del 
modo más claro y. más saliente, en interés de la misma institución que 
' representan, y que ha sido por mucho tiempo la dominante en la esfera 
económica. Sumher Maine ha observado, con perfecta razón, que «el 
asunto de las investigaciones históricas no es asegurarse de lo bueno 6 



(1) Algnnoi libroi de hittoriibmodtonioapodiiaii.8eftalaMe oomo informa* 
dos en este espirito. 



S50 HI8T0BIA BE LA PROPIEDAD OOMÜKAL 

lo malo de cnalqniera ÍDBtitación; sino tratar de su existencia y des- 
arrollo, no de ju convenienoiav. Escribir de historia, no es ciertamente 
lo mismo qne escribir de nomotesia; y aunque no excluye la aprecia- 
ción de los efectos que en cada tiempo han producido las instituciones, 
le está prohibida la especulación sobre los que cualquiera de ellas pro- 
duciría hoy si se aplicase. Esto explica la brevedad de este párrafo. 

Ya hemos hecho notar repetidas Teces que no se pueden tomar ar- 
gumentos ó confundir las formas de comunidad estudiadas (y todas 
aquellas que la historia nos muestra, desde la primitiya familia patriar- 
cal), con los planes, si generosos en la intención,. las más Teces inade- 
cuados é inaplicables, del comunismo teórico de todos tiempos y del 
comunismo socialista de nuestra época. Bou dos cosas que Tan por ca< 
minos distintos, aunque ni tan pasada y anacrónica como se supone, la 
una; ni tan subTersiya y criminal la otra, como quería M. Sudre. 

Cierto que «nadie puede atacar la propiedad indiyidual y decir á la 
Tez que aprecia la ciTÍlización, porque la historia de ambas no puede 
Í9epararse> (1). Pero ¿no es menos cierto que en esto de indÍTÍdualismos 
hemos ido demasiado lejos, sacrificando por un egoísmo atómico dis- 
frazado con el error de la libertad absoluta^ que es la libertad arbitraria^ 
intereses y couTeniencias indisputables, que al ^n cedían en provecho 
de los indÍTÍduos mismos? No son ya las quejas de LePlay y de sus dis- 
cípulos contra la diTÍsión por igual de la herencia, ni obserTaciones 
como las de algún diputado francés de 1795 sobre el reparto de. los bie- 
nes comunales (2), ni las frases de efecto, pero exactas, de Renán y 
otros autores, las que llaman á reflexión seria en este punto. Son los 
estudios de LaTeleye, las defensas y los resultados del allmend suizo, 
las excelencias de la zadruzna eslava, las conveniencias que representan 
ó han venido representando la desm de JaTa (3), la comunidad inda, el 
mismo mir ruso; la necesidad imprescindible del régimen seguido para 
los pastos en Asturias, en el Pirineo, en el N. E. de Castilla, en Lom- 
bardía; el bienestar de muchos pueblos de Alemania; son las quejas 
que el actual estado de los municipios leTanta en el generoso espíritu 
del Sr. LiniEires (4); el peligro que Ten en la pulverización de la propie- 
dad como en la acumulación individual, Meyer y Ardant; las notas de 
utilidad que señala para ciertas comunidades el Rev. W. Webster; los 
trabajos de Yiollet; el arraigo queüenen en la costumbre de los pue- 



(1) ll[AixLQ,JB¡f/$etsofobB,(^ India, 

(2) Vid. oitp. IV. 

(8) Bien las expresa M. Wintgens, representante del partido conservador 
holandés, caya sensata opinión traslada Laveleye en su Pntp» du $oli etc. 
(4) La ÁgricuUura y la AdminMraeión mtmieipál. 



OOKOLÜSIÓN 351 



blos, y la resistencia qne ofrecen á las más opnestas disposiciones le- 
güslatiyas muchos de los usos comunistas apuntados, respecto á la tierra 
sobre todo... 

Puede decirse que en materia económica, más que en otra alguna, 
los dos elementos que concurren á determinar las formas de disfrute y 
las organizaciones para la producción y consumo son: primero, las leyes 
naturales Qa condición del país, sus frutos, riqueza natural, etc.); y 
segundo, las necesidades de los individuos. Con la combinación de las 
dos en yista de las segundas, se obtiene la felicidad de las unidades en 
el agregado, que diría Spencer. 

¿Y quién duda que allá donde las leyes naturales asi lo traen — con- 
dicionando el género de actividad productora— son la comunidad y la 
indivisión lo más apropiado á la misma felicidad de los individuos? ¿No 
hay industrias, como la ganadería, que así lo necesitan de todo punto? 
¿Y no es, muy principalmente en las aldeas y pueblos pequeños, el 
modo de evitar el pauperismo, que se presenta de otro modo, dadas sus 
condiciones, que en las capitales populosas y fabriles? Idéntica'reflexión 
viene á esioribir, aunque en términos generales, Jhering en su Eipiritu 
del Derecho Eomano; y respecto á la comunidad de pastos, coincide en 
ella W. Webster. 

La comunidad familiar tiene mayor número de defensores, porque su 
utilidad es más fácilmente reconocida y se relaciona con respetos tra- 
dicionales de derecho que imponen mucho á la generalidad. Antes 
hemos trasladado algunos juicios de los autores, tocante á ella. Trasla- 
demos ahora el resumen ele ventajas que Gueshov aduce en su artículo 
citado, en defensa de la zadruga. La organización que ésta represen- 
ta, 1.**, impide el excesivo fraccionamiento de la propiedad; 2.*^, permi- 
te la división del trabajo; 8.^, favorece el empleo de las máquinas, por 
ser el cultivo intensivo; 4.*^, produce naturalmente una economía gran- 
. de en los gastos comunes y la reunión de capitales mayores; 5.*, 
concluye con el pauperismo, porque la familia cuida dé los huérfanos^ 
jde los viejos y de los impedidos; 6.®, hace imposibles la formación de 
latifundio y los progresos de la desigualdad; 7.'', prepara la gestión de 
los negocios municipales; 8.®, mantiene las tradiciones y las buenas 
costumbres; 9.**, llama á la población hacia el campo; 10, inspira un 
sentimiento de seguridad por la persistencia de la institución; 11, mu- 
chas veces, la dirección de los negocios está en manos del más apto, 
regla no general en las comunidades y que representa un desvío del 
principio del parentesco, desvio muy importante por significar la sus- 
titución de razones y exigencias puramente económicas en la comu* 
nidad, á la rigurosa jerarquía del patríarcalismo, tal como Fustel lo ha 
expuesto. Y debe recogerse con gran cuidado esta enseñanza de los he* 



S52 HISTORIA DE LA PKOPIBDAD COMUNAL 

cboB, uniéndola al tránsito general de las comunidades desde el paren- 
tesco al territorio, para quitarle á la cuestión el sentido arqueológico 
qne le suponen muchos, como defensa de un régimen de vida que sólo 
en las primeras civilizaciones y con todo el valor que tuvo en ellas, 
puede subsistir. 

Tocante á las comunidades de nuestra patria, ahi están los párrafos 
eutasiastas y nada alejados de la^ verdad de la Biografía del Dr. Anto- 
nio Pbsse, antes citado; y está, sobre todo, lo que dice el Br. Pedregal 
(testigo de mayor exoepcíó», porque no peca^de enemigo de-la propie- 
dad privada)^ ocupándose del derecho ¿lunicipal consuetudinario de 
Asturias, de acuerdo con el sentida de la necesidad que expone Jhering 
y fundamenta el mismo Spencer. 

cBl aprovechamiento común — dice el Sr. Pedregirf— ccmstitufa y 
constituye todavía en algunos concejos, la riqueza únicas 6 la fuente dé 
cbnde emanan los principales medios de subsistencia. > Por-eso, á pesaAr- 
dd' las leyes de desamortizaeión, «no se extingulid la vida comunal de 
lo8> pueblos, que no cuentan con más riqueza que la pecuaria^ y que 
antes dejarían de existir que abandonar repente "emente sus más arra»- 
gados usos y costumbres^. Asi, «fuera de^dudí^ está que constituyendo 
la ganadería casi la única riqueza de concejos como el de Caso, la'pro^- 
piedad individual de los terrenos destinados á los pastos smtí» inconci- 
liable con las exigencias de la vid* que llevan esos pueblos». Y «oon^ 
siatiendo esencialmente el derecho de propiedad sobre la tíenraen la 
seguridad jurídica de su aprovechamiento, merecen igual atención^ las 
diversas formas de aprovechamiento^ coa tal que éste^ responda- á la 
consecución de los< fines racionales de la naturiileza humana». Por esta^ 
razón, y sin negarle el fuego y el agua á 1» p^;,t»i^ad individual) «exis- 
tof la colectiva y existirá mientra» duren. las condiciones que reclamen- 
sui permanencia». * 

¿No es cuestíóa de meditas sobreesté asunto verdaderamente vital 
para los^ puteblos rurales, ya que puede ser diseutible el mienta de paaa^^ 
oea délas sodedadee cooperativas agrioolae que, ciertamente, eo lá» fót^' 
mas existentes- en Suiza y Alemania (1), son más deindustria rustique ' 
de^agricultura propiamente dicha? 

^^erdad que en. este punto se h» llegado en machas regiones, peiriel^ 
crítico «stado de transición y la mezcla de las costumbres tradicionales' 
con las ideas ó las imposiciones legislativas. modemas,4un& suerte de' 
atranque y embarazo j en que tan difícil es vdver atrás^ como seguir 



(1) Véase Manual de loé aociedade» eooperatívaé dé produeeUfnf por Sokiili» 
I>éhtS8oh, parte 2." (Trad; fr., de 1879). Bti la parte 1.*; el § inioiati necesita reo- 
tifl^Máónj poi^ lo'^ae tooa^ al donUaia mrai^ 



CONCLUSIÓN 853 



adelante, si es qae hay que poner remedio á los males producidos; al 
igual de lo que pasa respecto á la personalidad de las divisiones regio- 
nales en Francia, como hace notar el Sr. Azcárate. 

Hay que luchar en esta empresa, no sólo contra el espíritu y la in- 
tención de los legisladores, sino en muchas partes con el arraigo que 
las idei^ modernas han tomado — aliadas i& sentimientos egoístas — en 
la násma población rural. 

Toca á los que seriamente se preocupan de estos interese» con uq 
propósito polüico, que diria Ahrens, procurar, aprovechando todas las 
fuerzas vivas y concurrentes — y á un lado apasionamientos doctrinales 
ó puramente arqueológicos — aquella medida y régimen de aprovecha- 
miento que siente mejor á las naturales y totales exigencias de la vida 
rural, que más que ninguna otra es vida de grupo, de asociación, 

Al investigador histórico, al recolector de datos experimentales, 
toca sólo indicar la fuerza que conservan aquellas organizaciones, el 
grado de evolución que alcanzan y la viabilidad que muestran por si 
mismas. Pero debe tener muy en cuenta, como dice el Rev. Webster, 
que los hechos preserHidos sugieren ciertamente la duda de si bajo 
ciertas condiciones y eü terrenos pobres, montañosos ó forestales, al- 
gunas clases de propiedad y administración en común podrían ser pre- 
feribles ala propiedad puramente individual. Porque «el resultado so- 
cial de los sistemas de propiedad común (1) es la antítesis del que se 
obtiene en los países donde sólo prevalece la individual. En uno de los 
casos tenemos un total mucho mayor de riqueza y de capital poseído 
por algunos individuos, pero á la vez hay extremos de pobreza y él 
cáncer del pauperismo; en eP otro, ninguno tiene gran riqueza, pero no 
hay pauperismo; quizá itbu. j^mendiga y todos tienen alguna parte en la 
propiedad colectiva. Ciertamente la institución de una administración 
central de bosques y tierras forestales no ha tenido éxito ni en Francia 
ni en Espafía.i» 

Y. añade en otro lugar: ce Al observar los dive/sos sistemas de pro- 
piedad agrícola usados en las dos vertientes del Pirineo, muchas veces 
me he preguntado cuál es el mejor. Desde hace veinte años próxima- 
mente he interrogado á casi todo el mundo, propietarios, arrendadores, 
terratenientes, granjeros, aldeanos. La variedad de condiciones del 
cultivo territorial es en nuestro país mucho mayor de lo que general- 



(1) Lo dice examinando el libro Derecho municipal consuetudinario t de los se- 
ñores Costa, Pedregal, Linares y Serrano. Análogas consideraciones expone 
Laveleye en sn folleto La propieté du «oí, comparando el estado de las comuni- 
dades suizas y el de los paebloi ingleses sometidos á un señor y al estrecho 
ciroalo de los arrendamientos. 



854 HISTORIA DB LA PROPIEDAD COMUNAL 

mente se cree. Pero no encuentro ninguna de ellas qne tenga nna su- 
perioridad definitiva y absolnta sobre las demás. He observado siempre, 
que los que más saben en esto son los que más vacilan en dar una con- 
testación categórica* Dudo que, con la gran competencia de esta época, 
pueda vivir el campesino propietario tan sólo con el producto de su pe- 
dazo de terreno cultivable, como antes. Sus derechos ó privilegios de 
pastos, forraje, corta de lefia, castañares, etc.— -restos todos del antiguo 
régimen comunal— son los que únicamente le permiten continuar con 
éxito la lucha. Tal es también la opinión de los comisionados ingleses, 
en su informe sobre la condición de los campesinos del Norte de Es- 
cocia. i^ 

Tocante á nuestro país en especial, aún la sola investigación histó- 
rica tiene mucho valor; porque no sólo resulta merced á ella que la pro- 
piedad comunal ha sido y en cierto modo continúa siendo una institu- 
cióu indígena que los legisladores debieran haber tenido muy en cuen- 
ta, especialmente,. por lo que toca á la comunidad familiar; sino que á 
la vez se aprende el género de respeto y de favor, que, no obstante la 
vencedora corriente individualista, goza en otros países, más cautos en 
legislar que lo es ahora el nuestro; y en una nación como Espafía, en que 
predomina tanto el sentido teórico, uniformista y centralizador para 
,1a administración local, olvidando á propio intento unas veces, desco- 
nociendo otras lo que de tradicional y típico ha tenido siempre la vida 
de nuestros municipios y de nuestro pueblo rural, conviene recoger los 
movimientos de la opinión y las medidas de los legisladores en otros 
paises, para contrastar la fuerza de las unas y las consecuencias de 
las otras con el grado qne aquí alcanzan sentimientos é ideas de este 
género (que cuentan con bien escasos defensores), y el deplorable error 
con que caminan nuestros gobernantes, continuadores directos de la 
centralización francesa y á la larga de los planes unitaristas de los 
Reyes Católicos. 

Y esto, porque la cuestión de la propiedad comunal va unida de 
raíz con otras cuestiones de la vida popular, cuyo interés no puede 
negar nadie que conozca á fondo nuestra historia. ^ 

Así, lo que es problema económico, viene en otro aspecto á ser cues- 
tión política y social; porque la defensa de esta^ instituciones tradicio- 
nales en su fondo, no es la defensa de doctrinas conservadoras y reac- 
cionarias, sino la defensa de la autonomía y ^ustantividad de la vida 
del pueblo, en la cual, son aquéllas expresión de su conciencia jurídica. 



APÉNDICES 



APÉNDICE NÚM. I 



ADICIONES 



Comunidades de siervos en España. 

La opinión del 8r. Costa, de que se habla en la pág. 217, está con- 
firmada por el Sr. Murguía, quien en su libro El Foro, interpretando 
documentos relativos á los primeros años de la Reconquista (los cua- 
les pueden verse en España Sagrada f Colección del Sr. Muñoz), 
sostiene que los siervos de Odoario y otros vivían en comunidad;. y cita 
el ejemplo de Haloyto. La obra del Sr. Murguía es muy interesante y 
conviene estudiarla para todo lo que se relaciona con la historia de la 
propiedad en la región gallega. El autor cita también, eii apoyo de la 
existencia de comunidades entre los indígenas anteriores á la conquista 
romana^ dos nuevas fuentes: la tessera de las familias Desonca y Tri- 
diava, y el monumento de San Pedro de Rocas. 

Otro escritor cuyas noticias hemos aprovechado varias veces, el 
Sr. Pella, dedica un capítulo de su Historiadel Ampurdán (el XXXI) 
á estudiar la sociedad feyLddí y comunidades agrarias. Según él, la or- 
ganización feudal pura no hace sino continuar la arcaica de las tribus, 
sustituyendo al patriarca el señor, con un sistema de derechos recípro- 
cos entre él y los vasallos, y manteniendo el régimen comunista de la • 
propiedad, cuyos antiguos derecho- habientes, al pasar á dependencia de 
los señores, se obligan á cierto número de servicios; esto sin contarlas 
exageraciones y abusos que no deben considerarse como regla general. 
La apreciación del sentido de las relaciones entre los vasallos y el se- 
ñor, coincide en parte con la que hemos expuesto. ¿Resultará al cabo, 
ret)ajaDdo la leyenda pesimista del feudalismo y la optimista del grupo 
patriarcal, que anibás sociedades tienen más puntos de contacto de lo 



856 HI8T0RI\ DB LA PROPIEDAD COMUNAL 

qne se ha presumido, sin llegar tal vez á lo qne opinaba Aureliano de 
GonrsoD? Inicio esta dada, en descargo del valor demasiado absoluto 
que pudiera darse á mis observaciones sobre la relación histórica entre 
la tribu 7 el régimen feudal. 



Usos comunales en España. 

Además de las leyes que hemos citado en el capítulo III, hay otras 
en la Novísima Recopilación que atestiguan la permanencia del uso de 
pastos comunes á beneficio no de la Mesta, sino de los vecinos de los 
pueblos. De ellas es muy interesante la XIX, tít. 24, libro VII, que 
trata de la ccfacultad de los dueños y arrendatarios de tierras para cerrar 
y cercar los plantíos de olivares, ó viñas con arboladoi> (1). 

La ley está tomada de una respuesta de Carlos III al Consejo (29 
Abril 1788), y una cédula del Consejo de 15 de Junio de 1788. Dice 
así: «Concedo por punto general á todos mis vasallos, dueños particu- 
lares de tierras y arrendatarios, la facnhad deque puedan cerrarlas ó 
cercarlas; á cuyo efecto, por lo tocante á los terrenos que se destinen 
para la cría de árboles silvestres, amplio el término de seis años, seña- 
lados en la Ueal cédula de 7 «le Diciembre de 1748 (ley 15), al de veinte 
años, que se consideran necesarios para el arraygo y cría de estos árbo- 
les; ei qual cumplido, puedan los ganados entrar á pastar las yerbas de 
BU suelo, en los términos que lo hayan executado antes del plantío, con 
arreglo á las Reales órdenes expedidas en su razón.^ 

Refiriéndose luego también á los plantíos en viñas, huertas, etc. , 
añade: <iOrdeno á los Tribunales y Justicias del Reyno, favorezcan 
estas empresas, sin embargo de cualquier uso ó costumbre en contrario, 
que no debe prevalecer al beneficio común ..; y sólo en el caso de aban- 
donar el cuidado de Ips plantíos y el cultivo de sus huertas y cercados, 
deberán decaer de esta gracia los dueños de tales terrenos, por cesar la 
causa impulsiva de su concesión; quedando el mi Consejo en él cuidado 
de tomar las providencias convenientes para que tengan efecto los plan- 
tíos, y su conservación, y de que no de abuse con pretexto de ellos, de 
la facultad de cerrar y cercar las tierras. 3> 

• El Sr. Alcubilla, añade en su nota lo siguiente: cPor Real cesoln- 
ción comunicada al Consejo en orden de 12 de Septiembre de 1796, á 
queja de que los ganaderos de la villa de Cubillas introducían sus ga- 
nados lanares y cabríos en las heredades y viñas sin otro privilegio qne - 



(1) AloubiUa, Códigos antiguos de Bspafla, II, p&g. 1.420. 



APÉNDICES 857 



la costumbre; maDdó S. M., qne habieüclo en dicba villa pactos Bufícien- 
teB para los ganados se prohibiese absolutamente la entrada de ello» en 
las iftiñas; y qme sólo en caso de necesidad puedan entrar leyantados I09 
frutos, en las antiguas, y de ningún modo en las nuevas ó majuelos, ni 
antes de las vendimias: declarando que, en el caso de permitirse en las 
viñas ya becbas^ después de la vendimia, no se extienda esta gracia á 
los pueblos que tengan mancomunidad de pastos ffazeríasj^ porque 
esta reciproca correspondencia es sólo respectiva á los sitios públicos y 
oomuiies.» 



La ñimilia catalana actual. 

Sobre la organización actual de la familia catalana, en la que snb - 
sisten, como en Aragón, los heredamientos y la comunidad de vida, in- 
teresa conocer lo que expone el Sr. Duran y Bas en su Memoria acer^ 
ca de las institticiones de Derecho civil de Cataluña. 

Befíriéndose á los pactos que suelen añadirse i las capitulaciones 
matrimoniales, menciona los que celebran los padres con los contra- 
yentes, y que toman el carácter de una donación, ya particular, ya 
universal, á favor del primogénito, «por punto general, sobre todo si 
es varón, aun cuando se baga alguna que otra v^z á favor de un segun- 
dogénito, varón 6 hembra.» (Pág. á8.) 

Hablando de los heredamientos, haee constar que se proponen 
cuatro objetos principales: «I.**, dotar á la nueva familia que forma el 
hijo, de los medios necesarios para el desenvolvimiento del fin de la 
uiúón conyugal; 2.**, asociar al hijo á la obra de conservación y mejo- 
ramiento de los bienes que forman el patrimonio familiar; 8.^, conser- 
var la unidad de este patrimonio, evitando su división á la muerte del 
jefe de familia; 4.*^, precaver á la prole que esperan tener los futuros 
consortes, contra las asechanzas que, en el caso de segundas nupcias 
de cualquiera de ellos, pueda emplear la persona que comparta con el 
sobreviviente el tálamo conyugal. A estos cuatro objetos, se agrega 
ordinariamente otro: el de proveer decorosamente á las necesidades 
del consorte sobreviviente, y aun al mantenimiento de su dignidad en 
el seno de la familia por medio del usufructo vidual,!^ (Pág- 87.}^ 

£1 heredamiento es do varias clases. El principal, que se llama 
simple ó absoluto^ puede revestir dos formas: ó el padre ó madre del 
contrayente hacen donación de sus bienes en todo ó en parte á su hijo; 
ó el mismo contrayente la hace á favor de los hijos nacederos, gene- 
ralmente á uno solo de ellos, el primogénito, dándose por lo común 



858 HISTORIA DB LA PBOPlBDAD COMUNAL 

preferencia á los yaroues, aunque á veces los padres se reservan el de- 
recho de elegir. 

Son los heredamientos forma mny antigua del derecho consuetudi- 
nario. iSu razón ya nos es conocida por lo dicho en el transcurso de 
esta Historia. El Sr. Duran cita el dato de que Pedro Albert, en sus 
Costumbres, compilación que se supone ser del siglo 38iit, menciona ya 
los heredamientos como institución muy en uso. Fué reconocida y san- 
cionado su carácter de. irrevocabilidad en la Const. única, tít. II, li- 
bro V, volumen 1.® de las de Cataluña, hecha en las Cortes de Per- 
pignan de 1851. 

Defendiendo el Sr. Duran la legitimidad de esta institución, dice: 
«Dirigidos los heredamientos á mantener la unidad délos matrimo- 
nios, han cooperado, en un país en que nunca ha estado muy acumu- 
lada la propiedad, á la conservación de los de mediana importancia, 

que son los que más favorecen al desarrollo de la riqueza Sin los 

heredamientos, todos los hijos, al contraer matrimonio, tendrían que 
crear su hogar propio, y con él la base de fundación de una casa sola- 
riega:», dividiendo en pedazos la propiedad acumulada por el padi^e. 
«En cambio, llamado el hijo, comunmente el primogénito, á la suce- 
sión paterna por medio del heredamiento, simple ó absoluto, — y nos 
fijamos en éste como el más combatido— se identifica desde el dia del 
matrimonio con el patrimonio que el padre donador ha allegado; al 
lado de éste, ó bajo su dirección, lo vigila, administra ó mejora; trabaja 
en él desde aquel momento, en la seguridad de que no ha de perder el 
resultado de sus a&nes....*. Lo que puede parecer repugnante en este 
heredamiento, ó sea la posición social reservada á los hermanos del 
donatario ó heredado, ha contribuido, por el contrario, á la prosperi- 
dad de Cataluña. El segundogénitc^ha procurado fundar su porvenir 
en el trabajo; y el padre y el primogénito le han auxiliado en ese noble 
empeño.» (Págs. 93 y 94.) 

Finalmente, y para no entrar en mayores detalles, cita el Sr. Duráa 
dos costumbres reveladoras de la comunidad familiar: es una, la exten- 
sión de la sociedad de gananciales á lo^ padres del marido y á los abue- 
los, seguida en el campo de Tarragona y en otros distritos (Reus, Fal- 
set, Yendrell, Gandesa, Montblanch), y que constituye una comunidad 
temporal, resto, sin duda, de la arcaica perpetua. La otra costumbre 
es la del valle de Aran, contenida en el privilegio llamado Querimanta, 
dado en 1818 y confirmado en 1828. En él se reconoce la misma fa- 
cultad de extender los gananciales á los padres; advirtiendo que aqué- 
llos comprenden dos bienes adquiridos ó después adquirideros» y que 
la costumbre se reputa antigua «de tanto tiempo acá, que no hay me- 
moria de hombres!». 



APÉKDICE6 359 



APÉNDICE NÚM. 2 



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(1) Incluyo todas las que me han servido directamente para esta obra, y 
adem&s otras cuyos datos he aprovechado de referencia, ó que son de necesi- 
dad para ampliar los expuestos, y en fin, las publicadas posteriormente á la 
redacción de mi libro, ó que he conocido ya tarde para poderlas aprovechar 
en él. Ko figuran las que se refieren & puntos incidentales. Las erratas come- 
tidas en el teztp, est&n corregidas en el présente Apéndice. 



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tion de la marke daña lea provincea belgea au Moyen-áge . (Bull . de 
l'Acad. Royal de Belgiqúe.— Juillet, 1874.) 

Varios: Colección de-documentoa inéditoa para la Hiatoria de Eapaña. 

Varios: Siatema of land tenure in variauacountriea. — Irlanda, por Long- 
fíeld; Ley y coatumbre de la primogenitura, por Boodrich; Ingla- 
terra, por Hoskyns; India, por Campbell; Francia, por Les- 
lie; Rusia, por Faucher; Pruaia, por Morier; Bélgica y Holan- 
da, por Laveleye; Eatadoa Unidos, por Fischer.— Londres, 1881. 



HISTORIA DE LA PROPIEDAD OOHUKAL 



Vbrney (Lady): Rii/rál Ufe inR^issia. (Ninet, Cent, Rev, — Enero, 1887.) 

Vidalin: VAgricvlture et la vie rurale en Italie. (Rev, de» £>eux Mon- 
des,— 1858.) 

Viollet: Caractére collectif dea pr*emiére8 propiétés inmohiliére8,—Psi- 
ris, 1872. 

ViTALEvi (Marco); Della communione dei heni. — Torino, 1889. 

Waitz: Deutsche Verfassung geachichte. 

WALtACE: Ru88ia. (Trad. fr.) 

Wkntworth Webster: Le mot Repuhlique dcms les Pyrénées occiden- 
taux.—18SS. 

Ídem: Consideraciones sobre el libro «Materiales para el estudio del De- 
recho municipal consuetudinario». (Rev. La España Regio- 
nal.— M.ayOy 1887.) 

Ídem: Notas arqueológicas sobre las costumbres y las instituciones de la 
región pirenaica. (Bol, de la Inst, Lib. de Ens, — 1886.) 

Ídem: La propiedad común en el Norte de España, (Bol, de la Inst, Libre 
de Enseñanza. — 1886.) 

WoLLOWSKi: Les serfs de la Couronne et le commiunisme ruse. (Rev, des 
Deux Mondes. — Agosto, 1858.) 



Debo también citar las noticias particulares con que me han ayu- 
dado eficazmente los Sres. Pérez Pujol, Costa, Azcárate, Pella, Ra- 
hola y Yida« á todos los cuales envío la expresión de mi más profun- 
do reconocimiento. 



ERRATAS NOTABLES 



P^g. 


Linea 


Die€ 


la 


16 


ooleoctiva 


16 


26 


ezoisión 


83 


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Iría y en el 


115 


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Lastrove 


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184 


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sn libro sobre 


187 


85 


eoulümts 


197 


26 


Ditmarchen 


196 


1.* 


Westerwold 


196 


8.» 


Neerlanda 


201 


26 


eoutümts 


203 


88 


Pieve 


248 


2.a 


Cuarta época 


281 


32 


Comunidad 


802