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Full text of "Historia de las misiones de la Campañía de Jesús en el Marañón español"

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HISTORIA DE LAS MISIONES 

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS 

EN EL MARAÑÓN ESPAÑOL 



HISTORIA DE LAS MISIONES 



DE LA compañía DE JESÚS 



EN EL 



marañOn español 



POR EL 



P. JOSÉ CHANTRE Y HERRERA 



DE LA MISMA COMPAÑÍA 



1637-1767 



CON LICENCIA DE LA AUTORIDAD ECLESIÁSTICA 



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p 



4* 




B06TCJN COU.ÍGE LIBRARY 
CHCSTNin- W<tL. MASS. 



MADRID 

4753 -IMPRENTA DE A. AVSIAL, 
Calle de San Bernardo, 93. 

1901 



Cum opus, cui titulus est: Historia de las misiones del Marañón español, por elP. José 
Chantre y Herrera, de la Compañía de Jesús, aliqui ejusdem Societatis revisores, quibus id 
commissum fuit, recognoverint et in lucem edi posse probaverint, facultatem concedimus ut 
typis mandetur, si ita iis, ad quos pertinet, videbitur. 

In quorum fldem has litteras, manu nostra subscriptas et sigillo muneris nostri munitas, de- 
dimus. Matriti, die 2 Junii 1900. 

Jaoobus Vigo S. J. 
Praepositus Provinciae Toletanae. 

Imprímase. 

Madrid G do Junio de 1900.' 
+ José Mai.ía Arzobispo-Obispo de Madrid-Alcalá. 



i;i5553 



PROLOGO 



Hay en la América española, en las regiones fronterizas al Brasil, y 
regadas por los numerosos afluentes del Amazonas, bosques vírgenes, 
que, recorridos ahora tan sólo por el leopardo americano, por alguna 
tribu salvaje, ó tal vez por algún atrevido explorador, fueron un tiempo 
teatro de evangélicas conquistas y asiento de numerosas reducciones, en 
donde, merced al celo de infatigables misioneros, florecieron todas las 
virtudes cristianas. 

Así como la exuberante vegetación de los trópicos, invadiéndolo todo, 
ha borrado hasta los últimos restos de los numerosos y bien coustruidos 
pueblos; así las guerras intestinas, la peste, los vicios todos, á una con la 
vida nómada y errante, han concluido casi por completo con poderosas 
tribus y razas americanas, que, faltas del misionero que las evangeliza- 
ba, y era, por .consiguiente, el alma de su vida civil, han ido disgregán- 
dose hasta consumirse y perecer. 

Nada hubiéramos sabido de esos pueblos y razas extinguidas, y el via- 
jero nada hubiera podido arrancar al silencio de los bosques, si el mismo 
misionero que llevó á esas regiones el Evangelio y la verdadera civiliza- 
ción, no hubiera interrumpido sus tareas apostólicas para narrar á las 
generaciones venideras ó á las falanges de misioneros que le debían su- 
ceder, ora sus triunfos y combates, ora las observaciones de su experien- 
cia y la sencilla historia de los pueblos que cultivaba. 

Merced á ese afán de los antiguos misioneros del alto Amazonas y al 
exquisito cuidado que ellos pusieron en defender sus escritos, tanto de la 
persecución de los hombres como de laiuerza destructora del calor y hu- 
medad de los trópicos, han podido llegar hasta nosotros algunas escasas 
obras de inestimable mérito artístico y literario en que se refiere la his- 
toria de esas gloriosas misiones de la Compañía de Jesús. 

Una de estas joyas, la de más relevante mérito, sin duda, es la Histo- 
ria DEL Marañón Español, del P. José Chantre y Herrera, que ahora 
damos á luz por la primera vez. 

Esta obra ocupa, á nuestro juicio, el primer puesto entre todas las úl- 
timamente publicadas por sabios americanistas, tanto por el interés, 
autenticidad y correcto estilo de sus relaciones, como por la copia de no- 
ticias históricas y geográficas. 

Ella nos da á conocer multitud de cosas y personas hasta ahora des- 
conocidas; traza con viveza y sencillez las heroicas virtudes de los Santa 
Cruz, Majanos, Luceros, Fritz, Uriartes y demás apóstoles del Marañón; 
describe los martirios de los PP. Ferrer, Figueroa, Suárez, Real, Richter 
y otros varios; da cuenta minuciosa del paternal gobierno de las misio- 
nes; nos pinta ios atropellos sin ejemplo de la inicua expulsión de los mi- 
sioneros, debida á la fatal pragmática de Carlos III; contiene, en fin, ta- 
les datos de aquellos ignorados países, que bien pueden sacar de ellos 



VI Misiones del Marañón Español 

partido, tanto la antropología é historia y prehistoria del hombre salva- 
je, como los fastos de las glorias del apostolado católico. 

Para el que sepa lo poco que hay escrito sobre estas materias, y que 
una obra del sigio pasado viene á ser, sobre todo en América, hasta una 
curiosidad arqueológica, es indudable ]a gran importancia de la obra del 
P. Chantre, dotada de inmenso valor documental. 

Por esto nos ha parecido que, publicando tan precioso manuscrito, 
contribuiríamos á llenar un gran vacío en la historia de América y de la 
civilización cristiana, y secundaríamos las miras de su autor, que escri- 
bió su historia con la intención y deliberado propósito de que no se per- 
diesen las memorias de los misioneros, consignadas á la sazón, como él 
dice, en papeles sueltos mal escritos y peor guardados. 

El autor, por otra parte, para escribir su historia se aprovechó de to- 
das las noticias que le dieron los misioneros venidos de América y resi- 
dentes entonces en Bolonia y Faenza, consultó los autores que pudo, y la 
compuso con la cooperación muy inmediata del P. Manuel Uriarte, supe- 
rior por largos años de aquellas misiones (1); de modo que, aunque habla 
por referencia, la autenticidad de sus noticias está asegurada suficiente- 
mente por los escritos traídos de América, por la cooperación y censura 
de los misioneros desterrados, y por su conformidad con las relaciones 
que de esas mismas misiones han publicado abonados escritores, ó se con- 
servan todavía inéditos en varios archivos de Europa y América. 

Deslindado así el valor histórico de la obra, resta indicar algo acerca 
de su mérito literario. El P. Chantre no es un mero recopilador: estudió 
mucho y por largos años el asunto que trata; llegó á poseerse de él, y es- 
cribe con sano criterio y entusiasmo, con orden y unidad, en estilo ho- 
mogéneo, llano y sencillo; nunca se deja llevar del mal gusto de la épo- 
ca: á veces arrebata por sus ingenuas y conmovedoras relaciones, y casi 
siempre deleita sin cansar; hemos creído que vale la pena de imprimirlo, 
y desenterrar con él infinidad de hazañosos hechos de los misioneros de 
la Compañía de Jesús. 

Cuanto llevo dicho no quita que la obra del P. José Chantre tenga sus 
defectos y lunares, y que aparezcan en algunos puntos ciertas lagunas 
que quisiéramos ver llenas y colmadas. 

Con todo, á pesar de esas deficiencias de que el mismo autor se la- 
mentaba por falta de documentos, creemos que es la más completa é in- 
teresante, y dignísima de que salga á la luz pública, esperando que Dios 
suscitará otros escritores que completen lo que al P. Chantre falta, y 
otros misioneros que renueven en la Iglesia las conquistas de celosos 
apóstoles de otras edades. 

Aurelio Elias Mera, S. .1. 

Madrid, 25 de Febrero de 1899. 



(1) También el P. Martín Triarte le ayudó; -Iriarte twster, qui missionar'ms futí apud illas 
gentes, suis narrationibus et ms. juvit multum Josephum, sihi amicissimum.* Raymundus DioSDADO 
Caballero, Biblíothecae script. S. J. stipplementa, supplem. I, pag. 117. 



NOTICIAS ACERCA DEL AUTOR DE ESTA OBRA 



Nació el P. José Chantre Herrera en Villabrájima, de la provincia de Falencia, 
el 18 de Marzo de 1738, y entró en la Compañía de Jesús en Mayo de 1755. Era pro- 
fesor de metafísica en el Real Colegio de Salamanca al ser desterrado de España con 
los demás jesuítas de la nación por Carlos III. Cogióle la muerte el 20 de Agosto 
de 1801 en Piacenza, donde con sumo aplauso enseñaba teología en el Real Colegio, 
erigido por Fernando I de Borbón, duque de Parma. 

Muy al vivo nos pintó el retrato moral del P. Chantre su íntimo amigo y com- 
pañero el P Manuel Luengo, al darnos cuenta de su fallecimiento, con las siguientes 
palabras (1): «El día 20 (2) del mes de Agosto [de 1801] murió en la ciudad de Plasen- 
cia, del estado del duque de Parma, el P. José Chantre, condiscípulo mío en el siglo, 
connovicio, condiscípulo en la Religión varios años, conmaestro otros varios, y, des- 
pués de la extinción de la Compañía, compañero en una casa por veinte años, hasta 
que una forzosa necesidad nos separó. Siempre juntos y siempre amigos de corazón 
y de confianza, habíamos llegado á ser verdaderamente hermanos, y más si es posi- 
ble. Por aquí se puede entender cuánto habrá sido mi sentimiento en su muerte; 
y añadiéndose á otro, poco menor, por la muerte de mi querido discípulo, D. Pedro 
Gil, forman una sobrecarga no ligera á la carga pesadísima de mi segundo destierro 
con sus atropellados viajes y con otras dolorosísimas circunstancias. El Señor me 
aflige por todos lados, y yo hago mis esfuerzos por conformarme con sus disposicio- 
nes y con su santísima voluntad. 

En dos palabras presentaré un carácter moral, sublime y poco común de mi 
grande amigo, el P. Chantre. Protesto que entre nuestros contemporáneos no he co- 
nocido entendimiento más pronto para penetrar las cosas, y más profundo para 
llegar á lo más hondo y más escondido de ellas; y por consiguiente, oportunísimo 
para todas las ciencias graves, sin estar reñido con las amenas. Y no obstante, era en 
todas las demás cosas candido, inocente y casi niño. Este candor é inocencia de su cora- 
zón y de su alma, juntamente con un proceder siempre y en todos los estados en que 
se ha visto, piadoso, grave, sin saber más que sus ejercicios espirituales y sus libros, 
forman un hombre verdaderamente justo, ejemplar y muy cargado de méritos para 
el cielo. Otros muchos ha atesorado en su larga y penosa enfermedad, y todo en ella 
de su parte ha ido tan bien, quQ el P. José Ruiz, de nuestra provincia [de Castilla], 
que está en la misma casa de Plasencia, y le ha asistido en todo, en todas sus cartas 
hasta después de su muerte no ha hablado de él sino como de un ángel; y siempre 
le ha pintado obediente en todo, como un niño, sufridísimo, sin oírsele una queja 
por cosa ninguna, perfectamente resignado en la voluntad del Señor, y muerto como 
un santo. En la iglesia de aquella casa ó colegio se le ha hecho el oficio con toda de- 
cencia, y sus discípulos, de quienes era muy amado, disponen hacerle algunas 
honras 

Con su pronto y penetrante ingenio estudió con grande aprovechamiento y en- 
señó con magisterio y con dominio la filosofía y la teología escolástica y moral , y 
antes había enseñado bien letras humanas, estando bien instruido en las griegas y 
latinas. 

Con la extinción de la Compañía el año de sesenta y tres, se acabaron nuestros 



(1) Diario ms., tona. 35, pág. 551-560. 

(2) El P. DiosDADO Caballero, aupplem.. I, pag. 117, dice que murió el 21, y lo mismo re- 
piten los PP. BACKERy SOMMERVOGEL. 



viii Misiones del Marañón Español 

magisterios y enseñanzas. En nuestra casa no se pensaba en otra cosa que en pasar 
una vida quieta y obscura. Ni el P. José, aunque tenía talento, instrucción, y aun 
gusto para escribir bien en varios ramos de literatura, jamás pensó por sí mismo en 
dar á luz libro alguno. 

Por mi consejo y de otros amigos, con el único fin de que se ocupase y de que 
divirtiese la hipocondría de que estaba muy dominado, emprendió escribir en caste- 
llano una historia de las misiones de los Mainas, de la provincia de Quito, en la 
América meridional; y habiéndose provisto de los convenientes documentos, la es- 
cribió muy bien en un grueso tomo, que no se ha dado á luz, porque no se tiene por 
conveniente en estos tiempos hablar como se debe de tales asuntos. 

Al acabar su historia de los Mainas, apareció el nuevo Sistema de la caridad, del 
jesuíta italiano Vicente Bolgeni, y siendo este asunto el más conveniente á sus estu- 
dios y á su talento, escribió una impugnación de él, fundada, sabia, vigorosa y con 
a conveniente cultura en el estilo, en la crítica y en el gusto. A ella no se ha dado 
ni se dará jamás una mediana respuesta, aunque me inclino á que respondieron al- 
guna cosa en términos generales Hervás Panduro y Bolgeni, ó uno de los dos. 

Sin esta disertación sobre la caridad, era suficientemente conocido el padre Chan 
tre entre los jesuítas españoles, para ser buscado para maestro de teología en el 
nuevo convictorio y casa de estudios públicos, abierta por el duque de Parma en el 
colegio de la Compañía de la ciudad de Plaseacia. Desde el año de noventa y dos, si 
no me engaña la memoria, empezó el P. José á ser maestro de teología en PJasencia, 
y Jo ha sido hasta su muerte, con particaiar crédito y estimación y con un gran con- 
curso de discípulos de varias provincias de Italia. 

En estos años ha escrito y dictado los convenientes tratados ó materias de teolo- 
gía y ha defendido á sus tiempos conclusiones públicas con no pequeño aplauso y 
honor, y en el mismo tiempo ha escrito y dado á luz una compendiosa disertación 
de Infallihüitate Romani Fontificis, en la que se vale oportunamente del estado de 
abatimiento de tribulación y de compunción del clero galicano para hacerle ver la 
falsedad é inconvenientes de hacer reformables con sus famosas proposiciones las 
decisiones dogmáticas de los Romanos Pontífices. 

Escribió también algunos papeles sobre asuntos importantes, por encargo del 
duque de Parma, D. Fernando, que tenía particular estimación del P. José. Y es 
una prueba segurísima de ella el haberle dado secreta y confidencialmente la comi- 
sión de darle él mismo en persona é inmediatamente aviso de cualquiera persona en 
quien descubriese máximas y doctrinas jansenistas...» 

Hasta aquí el P. Luengo. El códice que hoy reproducimos es un volumen en fo- 
lio de 740 páginas numeradas, encuadernado, con este título al dorso: Historia de 
laf misiones del Marañón español, por el P. Joseph Chantre y Herrera, de la Com- 
pañía de Jesús. En trece folios no numerados, que preceden al texto, se hallan los 
preliminares y el índice. Sigue el mapa, hecho á pluma con tinta negra y algunas 
rayas de colores para señalar loa límites de la Misión. Fué trazado en las cárceles 
de Lisboa por el P. Francisco Javier Weigel, misionero desterrado del Marañón por 
el decreto de Carlos IH. 

La obra toda está escrita de una mano algo temblona, con leves correcciones de 
otra letra, ambas españolas. El papel es de hilo y lleva la marca Parma. Tiene bue- 
nas márgenes y en ellas hay á veces añadiduras y correcciones. 



TITULO DEL AUTOR 



Historia de la misión de los indios Mainas y de otras muchas naciones 
situadas en el Marañón español y en otros varios ríos que desembocan en 
él, distribuida en doce libros, sacada principalmente de las apuntaciones 
de los misioneros de la Compañía de Jesús, que por el espacio de 130 años 
trabajaron en aquellas partes de la América meridional predicando, 
plantando y extendiendo la fe de Nuestro Señor Jesucristo hasta derra- 
mar, varios de ellos, su sangre en defensa de la ley santa que predicaban 
y en testimonio del Evang-elio que anunciaban. 

DEDICATORIA DEL AUTOR 



gloriosísimo padre y patriarca san jóse 

No vengo á presentaros obsequios ni á ofreceros dones ó á dedicaros 
mis trabajos, vengo á vos, santo mío, cargado de plegarias, con el solo fin 
de haceros presentes las súplicas justas de unos pobres necesitados que 
se hallan en el mayor olvido y desamparo. La misión de los indios Mai- 
nas pocos años há lozana y floreciente, que plantada por la diestra del 
Omnipotente extendía sus vastagos por 300 leguas de tierra, y tendía sus 
vistosos sarmientos por muchos ríos, se halla en el día de hoy talada, 
destruida y desolada. Exterminavit eam aper de sijlva. 

El infernal jabalí la devastó, y ha sido, sin duda, la causa de un ex- 
terminio tan deplorable la falta de guardas y la ausencia de sus antiguos 
operarios. 

Muy bien preveían su ruina los indios mismos en medio de su corto 
modo de entender, y aun por eso entraron en el pensamiento de hacer sus 
representaciones, para que les dejasen sus Padres. Mas hallando cerra- 
das todas las puertas y conociendo que no era fácil el que llegasen sus 
súplicas al trono de su rey, se retiraron por la ninguna esperanza de ser 
atendidos ó escuchados. 

Pero si á los pobres y desdichados en el mundo son inaccesibles los 
tronos de los reyes de la tierra, les están patentes y abiertas de par en 
par las puertas del cielo, y no puede menos de oir sus voces, su clamor y 
sus quejas el Rey de la gloria. ¿Y de quién se valdrán aquellos pequeñue- 
los tan faltos de pan y de doctrina para que presente su memorial ante 
el divino acatamiento y dé valor y mérito á las rendidas súplicas con su 
intercesión y patrocinio? Paréceme que les dice el corazón. Ite ad JosepJi; 
recurrid á vuestro glorioso Padre y Patriarca San José, cuyo favor y 
amparo experimentasteis por tantos años en dos pueblos consagrados á 
su augusto nombre. 

Yo, santo mío, con todos los indios Mainas, y en nombre de todas las 
naciones del río Marañón, postrado en vuestra presencia, busco vuestro 
amparo, imploro vuestro sufragio, solicito vuestra poderosísima interce- 
sión para el buen despacho de un memorial en que tanto se interesa vues- 
tra gloria, tanto la de vuestra benditísima esposa María y tanto la de 
vuestro hijo putativo Jesús. Acordaos de las dos naciones de Pinches y 
Ataguates que vivían en paz y en inocencia bajo vuestra protección 



X Misiones del Marañón Español 

y amparo . Mirad á tantas naciones que á la sombra del manto de vues- 
tra purísima Esposa vivían en diez pueblos consagrados á tan Augusta 
Señora. Echad vuestros ojos benditísimos sobre la numerosa nación de 
los indios Encabellados que pasaban sus días alegres y serenos en la re- 
ducción del augustísimo Nombre de Jesús, sin pensar en otra cosa que en 
arraigarse más y más en la fe, en crecer en la esperanza y en aumentar 
la caridad. Toda esta viña florida que llevaba frutos muy sazonados, 
desapareció en un momento, Et singularis ferus depastus est eam. 

El lobo infernal la devoró y apenas hay vestigio de lo que fué en otro 
tiempo, ni de que hubiere sido cultivada. No se vé en ella cerca alguna, 
y lejos los guardas y obreros; á la abundancia de sus frutos ha sucedido 
la maleza, los espinos y cambroneras. Pues, ¿cómo no se conmoverá 
vuestro ternísimo corazón ¡oh Padre amoroso! á la vista de tan notable 
mudanza y exterminio? ¿Cómo será posible que os hagáis sordo á nues- 
tras súplicas y clamores, y que no las presentéis añadiendo las vuestras 
á Jesús y á María? Yo sé que si tomáis la causa por vuestra será muy 
bien despachada, consolados los pobres y oídas nuestras peticiones. Ya. 
veo que en lo humano se descubren bien pocas esperanzas. Pero, ¿qué hom- 
bre cuerdo puso jamás límite á vuestro patrocinio, qué corazón piadoso- 
estrechó los términos á la intercesión de vuestra Esposa, y quién hubo 
tan temerario que se atreviese á atar las manos al que cuidasteis 
como á hijo vuestro Jesús, negándole su omnipotencia? Non erit impossi- 
hile apud Deum omne verbum. Dignaos, santísimo Patriarca, de volver esos 
ojos amorosos á los operarios desterrados de vuestra viña, que sus- 
piran con ansia por el cultivo de ella; y teniendo á sus indios dentro 
del corazón, no piensan en otra cosa, noche y día, que en volver al tra- 
bajo, sin que sea parte para entibiar sus fervores, ni la travesía de los 
mares, ni lo largo de los caminos, ni lo destemplado del clima. ¿A quién 
acudirán en este destierro sino á quien supo muy bien y fué probado en 
este género de trabajos y fué consolado finalmente con el aviso de un án- 
gel? Surge, et accipe Puerum et Matrem ejus et vade in terram Israel? 

Por el pesar y consuelo que sintió vuestro piadoso corazón en este 
lance, haced también, Padre nuestro, que pues los misioneros de Mainas 
han probado, por el espacio de diez y ocho años, el llanto de su destie- 
rro, gusten finalmente del consuelo de oir aquellas palabras que tanto 
esperan. Ite, angelí veloces, ad gentem convulsam et dilaceratam. Id, ángeles 
míos y enviados, daos prisa, tomad el crucifijo en las manos, caminad 
bajo la protección de María conquistadora de los Mainas y poned paz en 
las naciones del Marañón, que ardiendo ya en odios entre sí, se deshacen 
y despedazan. Reparad las quiebras ocasionadas en tantos aiios; ó por 
mejor decir, plantad de nuevo la viña, casi del todo desolada. 

Así sea, santo mío, así lo espero de vuestra poderosa intercesión y 
aun me atrevo á decir, que siento ciertos presagios de que no ha de ser 
vana mi esperanza. El más indigno de vuestros devotos, 

J. Ch. H. 



PROLOGO DEL AUTOR 



Bien ajeno estaba yo de emprender este trabajo, cuando llegaron á 
mis manos ciertos papeles sobre las misiones de los indios Mainas ó del 
Maranón español. Leílos no sin trabajo, primero por curiosidad, después 
por afición, y últimamente por aprovechamiento. Que ésta es la propie- 
dad de las cosas piadosas y edificativas, escritas con candor y sencillez 
(cuya eficacia embota comúnmente el artificio descubierto), dejar en los 
lectores buenos efectos, aun cuando se empiecen á recorrer por deseo de 
novedad. Leidos y considerados los papeles, entré en el pensamiento de 
reducirlos á orden , no se me levantando por entonces el ánimo á formar 
una historia, contento sólo con disponer una relación clara y metódica, 
en que leyesen otros sin trabajo lo que habla leído yo con tanta dificul- 
tad. Movíanme á tomar esta tarea las cosas que contenían por interesarse 
en ellas la utilidad de los indios abandonados, la gloria de los misioneros 
que por tantos años habían trabajado con ellos , el bien de nuestra santa 
religión, y aun la curiosidad y satisfacción de aquellos que gustan apro- 
vechar el tiempo en la lección de varones ilustres en virtud y celo, y de 
la propagación del Santo Evangelio en las partes más remotas y escon- 
didas de la América. 

Mas al poner las manos á la obra se me ofrecieron de golpe tantas di- 
ficultades, inconvenientes y obstáculos, que no tenía coraje para escri- 
bir cuatro renglones seguidos ; y es así , que acobardado con el tropel de 
dificultades que tocaba más de cerca, por dos veces arrinconé los pape- 
les sin esperanza de salir con la empresa. Entre otras dificultades que se 
me ofrecían eran las principales estas tres: 

1.=' Que siendo tan extranjero en las cosas de la América y tan pere- 
grino en las misiones de Mainas , lejos de haber registrado con los ojos 
aquellos sitios apartados ú observado la multitud de ríos ó tratado á los 
indios del Marañen, no entendía siquiera muchos de los términos que leía 
en los apuntamientos de los misioneros, ni estaba impuesto en las cosas 
que por sabidas en la América Meridional suponían en sus diarios. De 
donde parecía preciso que se me escapasen algunos yerros, y que en vez 



XII Misiones del Marañón Español 

de dar luz y orden á alguna relación perspicua y verdadera, sacase un 
compuesto de obscuridades y borrones. 

La 2.* dificultad que palpaba era el no estar hecho á este género de 
obras ó composiciones, y como ya barruntaba desde entonces que la pre- 
sente había de ser bien larga, pues había de abarcar los hechos de ciento 
treinta años, me encogía de hombros, casi sin libertad, aterrado del tra- 
bajo, y me daba casi por concluido con los preceptos de Horacio : 

« Sunitíe materiam vestris , qui scrihitis, aequam 
Viribus', et vérsate diu quid ferré recusent, 

Quid valeant humeri 

Tu nihil invita dices faciesve Minerva.» 

Mayor era la tercera dificultad, que consistía en la falta de muchos 
papeles necesarios para la perfección de la obra, y en la calidad de los 
que tenía conmigo; pues una y otra cosa se oponía á una relación seguida 
y continuada. Encontraba desde los años 1686 un claro en que se perdía 
la vista de más de treinta años, á causa de un desgraciado incendio en 
que perecieron las memorias de aquel tiempo, y no era fácil suplir ó lle- 
nar tan largo tramo con las pocas noticias que, de mano en mano, nos 
habían dejado nuestros mayores. Por otra parte, los papeles que tenía 
en mi poder estaban tan maltratados, tan llenos de borrones y remisio- 
nes, los unos sin data de tiempos ni lugares , y los otros tan encontrados, 
que no parecía posible acertar con la cronología y con el orden y suce- 
sión de los hechos y conquistas espirituales , sin cuya diligencia y ave- 
riguación, los mayores esfuerzos, más que en una clara relación, para- 
rían en un embolismo verdadero. 

Estas eran, entre otras, las dificultades que me obligaron á volver 
atrás ó á no continuar en la obra que me había figurado. Pero, como me 
daba lástima dejar perecer unas memorias ya casi olvidadas y de tanta 
edificación, por no querer ninguno tomar el trabajo de avivarlas y reno- 
varlas, volví por la tercera vez á pensar sobre los inconvenientes que me 
habían apartado de la empresa, para ver si encontraba alguna salida á 
tantas dificultades. Ya fuera que en esta ocasión me hallase en mejor dis- 
posición de ánimo, ó ya fuese que se me ofrecieron nuevas razones con 
que deshacer las ataduras que me tenían como aprisionado, me resolví 
eficazmente á romperlas, atendiendo más á la utilidad que podía traer 
la obra, que á su perfección y cumplimiento. Y á la verdad; si al pre- 
sente era bastantemente dificultosa la obra en que pensaba, dentro de 
veinte, treinta ó más años sería punto menos que imposible, siendo el 
tiempo el enemigo mayor que acaba con las Memorias que se hallan en 
papeles sueltos, mal escritos y peor guardados. 

No me faltaron reflexiones para mantener la eficacia de la resolución 
y deshacer en algún modo las dificultades insinuadas. Es así (decía yo), 
que yo no he atravesado los mares del Sur y del Brasil, ni he observado 



PRÓLOGO DEL AUTOR XIII 

aquellos sitios meridionales de la América, y mucho menos tratado los 
indios Mainas; pero no entra la ciencia, ni se adquieren los conocimientos 
por el sentido sólo de la vista, que aunque tan principal entre los demás, 
como la prudencia entre las virtudes, sin embargo, nos da lugar y per- 
mite que nos informemos de las cosas por medio de los otros sentidos. 
¿Cuántas cosas nos entran por el oído, cuántas por el olfato, por el gusto 
y por el tacto? Y sin recurrir á noticias ó principios que nos hayan en- 
trado por los ojos, de ellas disputamos, discurrimos y tratamos, sacando 
conocimientos no menos claros y ciertos, que los que tienen su principio 
de las especies que se nos entran por la vista. 

Bien pocas fueran las Historias, si sus autores hubieran sólo de referir 
las acciones que pasaron á su vista, ó de hacer únicamente mención de 
los parajes, sitios ó provincias en donde se hallaron. Mucho socorro les 
diera este conocimiento práctico, y yo también le tuviera grande, para 
disponer mi obra; pero aunque falte este socorro, no por eso me hallo des- 
tituido de otras ayudas en el sitio en que ahora vivo. Pues habiendo tantos 
misioneros de Mainas en la Italia, con su trato y comunicación , y con 
respuestas que darán á mis preguntas, me darán la luz necesaria y me 
comunicarán los conocimientos que no encuentro en los papeles. Y si con 
todo eso incurriere en algunos errores, no faltará quien los corrija con el 
tiempo, lo que seria fácil encontrando ya hecho el trabajo. Además de 
que no es fácil darme una Historia en que no haya algunos errores, equi- 
vocaciones ó descuidos, no tanto por malicia de la voluntad, que no pre- 
sumo tanto, como por la cortedad del entendimiento humano. Así preten- 
día deshacer la primera dificultad. 

Mayor embarazo hallaba en la segunda; pero quizá desaparecerá á 
la reñexión siguiente: No es lo mismo emprender uno cierta especie de 
obra en que no se ha tenido alguna práctica, y querer ensayarse en ella 
según su talento grande ó pequeño, mayor ó menor, que el caminar 
cuesta arriba ó el ir contra la corriente, que esto quiere decir «invita 
Minerva». Que unos empezaron á ensayarse en algún género de compo- 
siciones, en las cuales, si no llegaron á lo sumo del gusto ó á la perfec- 
ción del arte, tocaron por lo menos cierta medianía. Pues de este género 
de obras pienso yo que sea una Historia de cosas edificantes, como la de 
la misión de los Mainas, de la cual se sacará siempre utilidad y habrá 
de tener su precio, aunque no apure los ápices del arte, como llegue á 
estar escrita con una naturalidad que se deje entender y no desagrade. 
Ni se opone al modo de pensar el precepto arriba insinuado de Horacio, 
el cual habla particularmente de la Poesía, en la cual sólo lo sumo pa- 
rece permitido, y da la razón, porque 

. , .mediocribus esse poetis 
Non homines, non Di, non concessere columnae. 

Que es decir, como se explica un poco después el poeta, que el que no 
arriba á lo sumo, es tenido por pésimo. 



XIV Misiones del Marañón Español 

Si paulum summo discessit, vergit ad imvm. 

Pero no niega, antes enseña claramente que en otras materias, artes 
y facultades en que más se atiende á las cosas que se dicen que al modo 
de decirhis, puede tener estimación una medianía; como es en realidad 
estimado un abogado que sabe proponer con claridad su derecho, aunque 
no tenga la elocuencia de un Demóstenes ó de un Tulio. 

Certis médium et tólerábile rébus 

Rede concedi. Consultus juris, et actor 
Gausarum mediocris abest virtute diserti 
Messalae, nec scit quantum Gasaellius Aulus: 
Sed tamen in pretio est. 

Sobre la tercera dificultad que me embarazaba tanto, echaba los ojos 
sobre muchas Historias que no caminan con igualdad en la relación de 
los hechos, por haber tenido sus autores la misma desgracia que experi- 
mentaba yo mismo, de falta de papeles y memorias pertenecientes á va- 
rios años. Pues, así como éstos pasaron casi en claro algunos tramos, 
contentándose con insinuar como de paso, algunas pocas cosas que su- 
pieron por tradición; creí que yo también podía practicar eso mismo, va- 
liéndome, á falta de noticias escritas, de algunas memorias que los misio- 
neros conservaban. De esta manera, ya que no se continuaba con igual- 
dad el hilo de la historia, se ataba por lo menos un cabo con otro, sin 
particular deformidad. En la cronología empecé á probarme, y aunque 
con muchísimo trabajo salí al fin con ella, no reparando en algunos in- 
convenientes de poca consideración, colocando algunos hechos de data 
obscura é inaveriguable en aquel tiempo y lugar y sitio, adonde me pa- 
reció más probable que pertenecían. 

Alentado con este primer paso, continué mi trabajo, pretendiendo ya 
reducir á un cuerpo de Historia la que pensaba á los principios que ape- 
nas podía llegar á relación. Parecióme distribuirla en XII libros. En el I 
trato de los primeros descubrimientos que intentaron hacer los españoles 
del gran río Marañón, en cuyas márgenes estaban puestas las misiones 
de Mainas; y en él se descubre cómo la divina providencia fué propor- 
cionando suavemente á los jesuítas para que bajasen al cultivo de aquel 
innumerable gentilismo. En el II se describe la calidad de las gentes, su 
modo de vivir, usos, costumbres y supersticiones, y se da una historia 
natural del país, de los frutos que lleva, y de las aves y peces, fieras y 
bestias que mantiene. Los ocho siguientes comprenden toda la materia 
de las conquistas espirituales que hicieron de las almas los misioneros del 
Marañón, desde los años 1638 hasta el de 1768, en que por orden superior 
salieron del Mainas. Han sido necesarios tantos libros, para poder propo- 
ner con claridad y distinción los principios y progresos de la predicación 
del Evangelio, no sólo en el río Marañón, pero aun en otros muchos cola- 
terales, que en él desaguan, así por el norte ó por la banda de Quito, como 



PRÓLOGO DEL AUTOR XV 

por el sur ó por la parte de Lima. Concluida esta materia se da en el li- 
bro XI una idea cabal y muy exacta del gobierno político-cristiano en las 
misiones, según se hallaban bajo la dirección de los jesuítas en el año en 
que salieron de la América. Pone fin á la obra el libro XII en que se re- 
fiere el arresto de los misioneros, su viaje por la vía de Portugal, sus car - 
celes, apreturas y miserias, hasta que lograron entrar en la ciudad de 
Ravena, lugar destinado para la provincia de Quito. 

He procurado en cuanto he podido, que el estilo sea natural y claro, 
no teniendo otro fin, que el darme á entender de un modo sencillo, porque 
no quisiera yo que por querer levantarme sin saber encubrir el arte, como 
sucede á muchos, declinase el estilo en afectación empalagosa; pues sería 
cosa muy fea, que por mi boca perdiesen mucho de su eficacia los cosas 
grandes y admirables que hicieron en favor de la Religión tantos hom- 
bres celosos de la gloria de Dios. Por esa misma razón soy bastante- 
mente franco y liberal en referir varios lances con las mismas palabras 
de que usaron los misioneros en sus diarios, apuntaciones y cartas; per- 
suadido á que no los podría yo contar con aquella lisura, sinceridad y can- 
dor con que los cuentan ellos mismos. 

El método de la Historia se reduce á libros, y los libros se dividen en 
capítulos, á lo cual me han movido, entre otras, dos razones. La primera 
es, porque la distribución en capítulos sirve no poco á retener en la men- 
te lo que se va leyendo; pues con sólo hacer alto sobre la cabeza ó título, 
se viene fácilmente en conocimiento de lo que se ha recorrido en el capí- 
tulo más á la larga, como nos enseña la experiencia. Por el contrario, 
cuando leemos un libro, seguido de muchas hojas, sin tomar, por decirlo 
así, aliento, ni hacer pausa, no conservamos con tanta distinción y clari- 
dad las especies pasadas. La segunda razón es, porque, como á un cami- 
nante en su jornada le sirve de consuelo y toma nuevo esfuerzo en su 
viaje al encontrar de trecho en trecho alguna lápida que señale las mi- 
llas que ha caminado según aquella discreta advertencia, 

Intervalla vicie fessis praestare videtur, 
Qui notat inscriptus millia multa lapis: 

de la misma manera á quien toma el empeño de leer una historia, par- 
ticularmente si es larga, le sirve de consuelo el encontrar nuevo título, y 
si no prosigue la lectura con mayor gusto, por lo menos no siente tanto 
fastidio. 

Sobre todo he puesto mucho cuidado en la verdad, que debe ser el alma 
de la Historia. He sacado la mayor parte de ella de las cartas, apunta- 
mientos y diarios de los mismos misioneros de Mainas, hombres cier- 
tamente de toda verdad y crédito, que notaron lo que pasó por ellos, ó 
lo que sucedió á sus compañeros. Y caería ciertamente en la nota de te- 
merario el que quisiere ponerles alguna excepción, presumiendo que una 
cosa obraban y que otra escribían. 

Es verdad que he tomado algunas cosas del P. Manuel Rodríguez en 



XVI Misiones del Mauañón Español 

sus «Descubrimientos del río Maranón,» otras del P. José Casani en el 
tomo tercero de «Varones Ilustres,» que añadió á los que escribieron los 
padres Nieremberg y Andrade, y tal cual noticia de los «Viajes» de don 
Antonio Ulloa; pero aun éstas las he procurado examinar y sólo se ponen 
las que han parecido conformes al sentir de los misioneros; á los cuales 
por haber vivido más de asiento en aquellas tierras y estar más informa- 
dos de todo, pienso que se debe deferir más que á las demás historias es- 
critas por autores que ó no registraron aquellos países, ó sólo los observa- 
ron de paso, y sin detenerse mucho tiempo. Por último no debo disimular 
que el primer descubrimiento que intentó hacer D. Gonzalo Pizarro, del 
rio Marañen lo tomo todo de los autores del Perú, sin alterar nada en la 
sustancia; porque aunque hallo en él tal cual cosa que no dice muy bien 
con la Geografía que me he visto precisado á observar cuidadosamente de 
aquellas tierras, y por consiguiente con el mapa que presento al fin de la 
obra, sin embargo no me pareció conveniente detenerme en impugnar lo 
que no es de mucha importancia, y por otra parte refieren bastantemen- 
te concordes los autores del Perú. 



protesta 

Siendo el asunto de la Historia que escribo, referir las conquistas espirituales de 
las almas por varones excelentes en virtudes y celosos de la gloria de Dios, ha sido 
preciso hacer á las veces algunos elogios y tocar algunas cosas que tienen visos de 
milagros, de profecías, de revelaciones ó de prodigios singulares. Por lo cual obe- 
diente á los varios Decretos, Bulas y Declaraciones Pontificias, digo desde luego, 
aseguro, y como hijo rendido de la Santa Madre Iglesia, protesto que esta mi rela- 
ción y escrito no merece más fe y crédito que la que merecen humanos fundamen- 
tos, inciertos en realidad y falibles y que sólo pueden fundar una fe humana. Aña- 
do no ser mi intención prevenir el soberano juicio de la Iglesia, á la cual me sujeto, 
en cuanto digo y escribo, así por lo que toca á las personas que alabo, como por lo 
que pertenece á las acciones que refiero. 

JOSEPH CHANTRE. 



EL MARAÑÓN ESPAÑOL 




MAPA TRAZADO EN LAS CÁRCELES DE LISBOA POR EL P. FRANCISCO JAVIER WEIGEL 



USER Y MENET.- 



La linea con cruces blancas señala el limite de las misiones de los Padres Franciscanos; U continuación de ella, parte con puntos blancos y parte sin ellos, indica 
el término de las misiones de la Compañía de Jesús. 



LIBRO I 



CAPITULO PRIMERO 

DEL TIEMPO Y DE LA OCASIÓN EN QUE LOS ESPAÑOLES 
ENTRARON EN LA AMÉRICA 

Llegado ya el dichoso tiempo, en que el Padre de las lumbres había 
determinado alumbrar con la luz de la verdad á las gentes de la Amé- 
rica, por tantos siglos sepultadas en la noche de su gentilidad, dispuso la 
entrada de los católicos españoles en los dilatados reinos de México y del 
Perú, en tal ocasión y coyuntura , en que fuese fácil á pocos hombres la 
conquista temporal de tan grandes imperios, y en que había menos es- 
torbos para la espiritual de las almas. Tenía el gran Moctezuma el domi- 
nio absoluto en México, y con ser obedecido y respetado de muchas nu- 
merosas naciones que le estaban rendidas y sujetas, no faltaba una re- 
pública valiente y esforzada de Tlascala, que le hacía frente; y, amante 
de su libertad, conservaba con el consejo y las armas una entera inde- 
pendencia. Y ésta fué la ocasión favorable de que se valió la Providen- 
cia para que el célebre Hernán Cortés, asistido de las fuerzas de Tlas- 
cala, se apoderase de México y tomase posesión de sus anchurosos domi- 
nios. Reinaba en el Perú desde su corte del Cuzco, por ochocientas leguas, 
el Inca poderoso Guainacapac; pero, introducida la ambición después de 
la muerte del padre entre sus dos hijos, Guascar y Atagualpa, ésta misma 
abrió la puerta á D. Francisco Pizarro para que con bien poca resisten- 
cia entrase en la vasta extensión de los reinos del Perú. 

No fué menos rápida , si bien se considera , la conquista espiritual de 
muchas de aquellas gentes, que lo había sido la temporal de las tierras. 
Porque, puestas ya en alguna sujeción las naciones bárbaras, y hechas á 
cierto género de obediencia á sus soberanos, rindieron más fácilmente el 
cuello al yugo del Evangelio , contribuyendo no poco á la propagación 
de la fe, el florecer ya en uno y otro imperio una lengua casi general: la 
mexicana en los dominios de México, y en los del Perú la lengua del Inca. 
Como no entra la fe sino por el oído; sin el socorro de una lengua, enten- 
dida de la mayor parte de las naciones, que facilitase la enseñanza, no 
hubiera sido posible la instrucción de tantas almas en tan pocos años y 
en tan extendidas tierras. 

1 



2 Misiones del Marañón Español 

Por tan notables circunstancias se deja bien entender que el Dueño y 
Señor de todas las cosas, no tanto ordenaba las entradas de gente tan ca- 
tólica á la posesión de reinos temporales , cuanto á la reducción de las 
almas al gremio de su Iglesia. Se hará más creíble este pensamiento á 
cualquiera que observe con atención el tiempo en que se dignó el cielo 
de ofrecer á los Reyes Católicos, D. Fernando y D.* Isabel, las llaves 
para entrar en las Américas. No bien habían arrojado de España los mo- 
ros y judíos, queriendo más privarse voluntariamente de tantos millares 
de subditos, que recibir obsequios ni tributos de gente rebelde á Dios y á 
su Iglesia; cuando el Rey de reyes, en vista al parecer de resolución tan 
heroica, les pone bajo de su corona un mundo entero, en que sus celosos 
vasallos planten la fe católica de sus padres y extiendan el reino de Je- 
sucristo hasta los últimos términos de la tierra. Y es bien de advertir, 
como notó un diligente autor, que en el año de 1491, en que D. Cristóbal 
Colón heredó de Alonso Sánchez de Huelva, marinero de las Canarias, 
las primeras noticias de la América, y dando la vuelta á la Andalucía, 
prevenía embarcaciones para su descubrimiento; en ese mismo año pre- 
venía la Providencia en el nacimiento de San Ignacio de Loyola un es- 
forzado caudillo, y Padre venturoso de muchos hijos que, en calidad de 
soldados de la Compañía de Jesús, habían de extender su glorioso Nombre 
en tantas y tan retiradas tierras, y con sólo el estandarte de la Santa 
Cruz, sin otras armas ni pertrechos, vencer el fuerte armado que por 
tantos años tiranizaba aquellas almas. 

No se descubre menos la piedad divina con aquella gente desampara- 
da, en enviar al mundo para tanto bien suyo al glorioso San Francisco 
de Borja por los años de 1510, cuando ya Cristóbal Colón había llevado á 
cabo sus ideas, dejando ya descubierto y reconocido el otro mundo; por- 
que se puede asegurar con toda verdad que apenas hubo persona que 
más contribuyese á la conversión de las Américas, que este tercero Ge- 
neral de la Compañía. Él introdujo sus hijos en el reino de México; él los 
despachó al Perú; él los enderezó á las Filipinas, enviando á todas las 
partes descubiertas y que se esperaban descubrir, varones apostólicos, 
llenos de zelo de la conversión de todo el mundo, que, sucediéndose unos 
á otros, sujetaron con la espada de la divina palabra más almas á Dios 
y á la corona de España, que rindieron los primeros conquistadores con 
el fuego y estruendo de las armas. Por esta causa, no sin razón, llaman 
muchos á San Francisco de Borja, Apóstol del Occidente, como allá San 
Francisco Xavier lo fué del Oriente. Siendo cierto, como lo es, que la con- 
versión de aquel Nuevo Mundo se reconoce deudora á su ardiente zelo y 
vigilancia en elegir ministros fervorosos, en enviar operarios infatiga- 
bles, y en facilitar las entradas á las más escondidas naciones. 

Es verdad (y lo confesamos con gusto, dando de corazón gracias al 
Señor de todos), que otras sagradas religiones trabajaron gloriosísima- 
mente, en especial á los principios, reduciendo infieles, instruyendo ru- 
dos hasta dar no sólo asiento, pero aun mucho lustre á la Religión Cató- 



Libro I.— Capítulo I 3 

lica en innumerables provincias; pero como el campo era vastísimo, y no 
se reconocían términos en la viña, estaba sin cultivar la mayor parte de 
ella, y entrando de refresco los religiosos de la Compañía, tuvieron lu- 
gar para extender su zelo por tierras impenetrables y nada conocidas, 
abriendo caminos nuevos, pasando ríos caudalosos, venciendo montes 
ásperos, y atravesando bosques enmarañados. Buena prueba es de lo que 
decimos el rio Marañón, cuyo curso es de más de mil leguas, sobrándole 
mucho para atravesar el continente de la América Meridional. Porque, 
con ser ya tan conocido de los españoles y portugueses que le han nave- 
gado muchas veces, y con haber trabajado en él por tantos años muchos 
y fervorosos operarios, sin embargo, fuera de las reducciones cristia- 
nas de una y otra corona, puestas en las orillas del río, son tantos los 
infieles escondidos en lo interior de sus montes, que no bastaran á des- 
bastar el terreno muchos operarios por trabajadores que fuesen. Y es 
cosa que quiebra el corazón cristiano, el entender que se hallen tan olvi- 
dadas y desamparadas infinitas almas, criadas á imagen de Dios y redi- 
midas con la Preciosísima Sangre de su Hijo Santísimo. Quiera este be- 
nignísimo Señor acordarse de ellas y mover el corazón de muchas per- 
sonas celosas del bien de las almas; pues teniendo una buena voluntad y 
caudal bastante para enseñar gente ruda, harían, si se dedicasen á tan 
santo ministerio, un grande y señalado servicio á su Majestad, y el ma- 
yor bien que imaginar se puede á una gente abandonada y necesitada 
de toda instrucción. 

Este es el verdadero fin, si he de hablar ingenuamente, que me pro- 
puse desde los principios, en escribir ésta, tal cual, Historia de las Misio- 
nes de los Mainas ó del Marañón Español: el animar á las personas reli- 
giosas que sienten en su corazón algún celo de la salvación de las almas, 
á un ministerio tan alto y tan divino, como es la reducción de los genti- 
les. En ella verán los que tuvieren el trabajo de leerla, cómo el santo 
temor de Dios, la buena voluntad, el deseo de la salvación de las almas 
y la confianza en su Majestad, que va creciendo cada día con los efectos 
visibles de su Providencia, son las armas seguras ofensivas y defensivas 
para tan gloriosa conquista, mucho más que la erudición y doctrina y 
otros grandes talentos naturales. Porque, si bien estas partes naturales y 
humanas sirven de mucho cuando se juntan con un zelo verdadero, pero 
una virtud sólida y maciza da más ánimo y confianza en los riesgos y 
peligros que se hallan en este ministerio tan penoso, que la mucha lite- 
ratura con poca virtud cristiana y celo de las almas. 

Mas, para proceder con el debido orden y la claridad que pide la His- 
toria, antes de entrar á referir los hechos de los operarios del Marañón 
y los frutos que lograron con sus sudores y fatigas, nos ha parecido ne- 
cesario anticipar algunas noticias sobre los varios descubrimientos de 
aquel río, en donde veremos cómo la divina Providencia fué encami- 
nando las cosas y proporcionando á los religiosos de la Compañía para 
la entrada en tan dilatado campo. Ni hemos creído menos á propósito á 



4 Misiones del Marañón Español 

nuestro asunto, el dar á los principios alguna idea de las gentes que ha- 
bitaban en sus riberas y montañas, de las costumbres y modo de vivir 
que tenían antes que recibiesen la luz del Evangelio, como también, de 
la calidad de las tierras, de las fieras, aves y peces y de otras cosas cu- 
riosas que se observan en aquellos países, siguiendo en todo los comenta- 
rios y apuntaciones de los misioneros. Lo primero se irá declarando en 
este primer libro, y en el siguiente se contará lo segundo. Sobre estas no- 
ticias, que vienen á ser como lo material ó tabla de la Historia, iremos 
dibujando lo más principal y como formal de ella, que se reduce á las 
conquistas espirituales de las almas, que lograron en 130 años los misio-^ 
ñeros de Mainas. 

CAPÍTULO II 

FUNDACIÓN DE LA CIUDAD DE SAN FRANCISCO DE QUITO. 

Después que hubo vencido en batalla D. Francisco Pizarro al Inca 
Atagualpa, y apoderádose del reino del Perú, procuró extender sus con- 
quistas por todas aquellas partes adonde habían llegado las armas de 
los Incas. Logrólo sin mucha dificultad, porque, rendida la capital, se fue- 
ron dando las naciones que de ella dependían, las cuales eran muchas 
en número y ocupaban inmensos espacios. Porque, aunque el imperio del 
Perú se ceñía á los principios á solas seis leguas en contorno, mas se ha- 
bían dado tan buena maña sus emperadores, que con su valor, consejo y 
prudencia, le habían extendido por ochocientas leguas á lo largo. Tantas 
se cuentan desde el reino de Chile hasta lo último del distrito de la ciu- 
dad de Pasto; bien que la anchura, desde el mar del Sur por el Poniente 
hasta los campos de la cordillera que es la raya de los Andes, abraza 
poco más de cien leguas, no dando lugar á mayor extensión, por una parte 
lo montuoso de las sierras y lo empinado de los tajados peñascos, y por 
la otra las grandes lagunas y pantanos que dejan en vegas y valles los 
ríos caudalosos y frecuentes vertientes de las sierras. 

Logradas tan grandes conquistas, se aplicó Pizarro á restaurar y her- 
mosear la corte del Cuzco y á formar nuevas ciudades, así para dar ma- 
yor estabilidad á lo conquistado, como para repartir con mayor acierto 
y más justa proporción encomiendas entre los que le habían ayudado. 
Porque, si bien era muy crecido el número de los indios, pero eran pocas 
las poblaciones y mal formadas. A ejemplo del conquistador, fueron otros 
españoles, ricos y poderosos, levantando otras ciudades, entendiendo 
desde luego que, sin estos lugares de refugio, poca sería la utilidad de las 
tierras ya ganadas, y ninguno el interés que sacarían de tantos indios. 

Uno fué D. Sebastián de Velalcázar que, observando un sitio ameno 
y delicioso entre varias montañas, fundó en él por los años de 1534 una 
bella ciudad, que llamó San Francisco de Quito. El fundador tenía sus 
miras é intereses puramente temporales, pero el Señor le dirigía y ayu* 



Libro I.— Capítulo II 5 

daba en la ejecución, queriendo poner en aquella parte del mundo un 
castillo roquero, como veremos, contra el poder del infierno, que portan- 
tos años tiranizaba un gentilismo innumerable. 

Está situada la ciudad de San Francisco de Quito, como á medio grado 
hacia el Sur de la línea equinoccial, y casi á los trescientos grados de 
longitud. El sitio es ameno, fresco y apacible, de suerte que parece una 
continua primavera; por lo cual llamaron después á la ciudad «el siem- 
pre verde Quito.» El temple, generalmente fresco por todo el año, como 
no da lugar á los excesivos calores, tampoco admite los rigores del frío, 
y así dicen los naturales de la ciudad; «en Quito, de uno y otro enemigo, 
poquito». Sus campiñas son buenas y fértiles, por ser tierra de buen mia- 
jón, la cual con el cultivo descubrió ser abundante de trigo, de maíz y de 
ganados. Y ésta pienso yo haber sido la causa de no haberse dado tanto 
los quiteños á las inciertas ganancias de las minas, que tienen mejores y 
de metales más refinados que las otras provincias. Pues, teniendo tierra 
pingüe y lográndose tan bien los sudores de los labradores y pastores, no 
quisieron poner en aventuras las ventajas que lograban. Concurrieron 
desde luego á sitio tan ventajoso muchos españoles, y procuraron estable- 
cerse en la ciudad que, distante trescientas leguas de Lima y otras tres- 
cientas de Santa Fe, venía á ser como el centro del Perú y del Nuevo 
Reino. 

Con esta frecuencia y concurso de habitadores se hizo la ciudad de 
Quito una de las principales de aquellas partes de la América, y la se- 
gunda después de la de los Reyes ó Lima. Porque los españoles que lle- 
garon á avecindarse en ella, arribaban á 4.000, y los indios tributarios á 
30.000, no contando los de la comarca y distrito de más de 200 leguas, que 
por los años de 1600 eran de 200.000. Tan poblados de indios eran y esta- 
ban aquellos países, cuando la mayor parte estaba retirada y escondida 
en los montes y bosques, por no caer en manos de los españoles. Con tanto 
número de gentes no es extraño que se hiciese en poco tiempo celebérri- 
ma la ciudad de Quito, por el mucho comercio que fué entablando de sus 
paños, estameñas y lienzos, y por los otros géneros de que abundaba, 
concurriendo á sus ferias los mercaderes de Lima y de Santa Fe, y de- 
jando en sus contratos para la utilidad y ganancia de sus vecinos la plata 
y el oro del Potosí, de Mariquita, de Popayán y de Barbacoas. 

Sólo se ofrece al pensamiento la duda, cómo, estando la ciudad de 
Quito debajo de la zona tórrida, puede lograr, como logra, temple tan apa- 
cible, gozar de aires tan frescos y saludables, y tener campiñas, no sólo 
hermosas á la vista, pero abundantes de granos y de pastos para los ga- 
nados. Porque parece que los rayos solares, desplomándose perpendicu- 
larmente sobre aquellas tierras, debían de abrasar con sus ardores, no 
sólo los frutos que llevasen, sino los habitadores que se atreviesen á vivir 
en semejantes parajes. Pero á todo proveyó el Autor de la naturaleza, 
que supo templar las cosas de manera, que las calidades contrarias, pe- 
leando entre sí, se hermanasen á favor de los hombres por quienes se cria- 



6 Misiones del Maeañón Español 

ban. En efecto; el mucho calor del sol, y el mucho frío de las nieves con- 
geladas son los dos contrarios que contribuyen á formar un clima tan di- 
choso. Puesta la ciudad de Quito entre muchos cerros y montañas neva- 
das, no respira sino aires frescos, templados con la vecindad del sol. Tiene 
casi al Poniente y como á sus espaldas el famoso cerro Pichinche, y toda 
su cordillera que, encerrando en sus entrañas volcanes de fuego, man- 
tiene siempre cubiertas de nieve sus altas cumbres. Por frente está mi- 
rando los Páramos de Pinta y de Antisana, que hacen la figura de unos 
montes continuados de nieve. A un lado se registran las montañas de Sin- 
cholagua y Cotopaxi, y al otro se ven las de Cayambé, de Otavalo y de 
San Pablo, no contando otras muchas, que van siguiendo hacia la ciudad 
de Lima, las cuales están no menos cubiertas de nieve que los montes más 
cercanos. De aqui nace, como se deja bien entender, la frescura del aire, 
lo apacible del temple y lo delicioso del clima. 

No es tan fácil dar una razón convincente de tantas nieves en sitios al 
parecer tan contrarios á su formación y permanencia por mucho tiempo. 
Pues los rayos calidísimos del sol no parece que debían dar lugar á que 
se formase la nieve y mucho menos á que se congelase y casi se petrifi- 
case. El P. José de Acosta, varón erudito en todo género de literatura y 
particularmente en las cosas naturales y más secretas de la América, 
donde vivió tantos años, y de quien cantó con mucha verdad un célebre 
poeta: 

nEst Acosta novo, veteri quod Plinius orbi. 
Sed magis exactus veridicusque magis» 

dáce en su Historia natural de las Indias, que una cosa tan singular y pro- 
digiosa nace, á lo que él entiende, de la mucha altura de aquellas cordi- 
lleras bañadas de la región media del aire, y discurre que son las cimas 
extremo frías por cierta especie de antiperístasis, como puestas entre la 
región del fuego y los vapores cálidos que despide la tierra. Por esta causa, 
. estrechándose y apretándose el frío en aquella región, huyendo de sus 
contrarios y haciéndose fuerte contra ellos , basta para formar la nieve 
en aquellas alturas, y para mantenerla por mucho tiempo helada y cons- 
treñida. A favor de ese modo de pensar de un hombre tan grande se pu- 
diera añadir, que concurriera no poco para una antiperístasis tan ex- 
traordinaria , el mucho fuego subterráneo de las cordilleras mismas del 
Pichinche, del Cotopaxi y de otros cerros. Porque este fuego reconcen- 
trado podrá muy bien causar el efecto á que acaso no bastaran los vapo- 
res cálidos de la tierra que levanta el sol ; y por otra parte no se puede 
negar que estos volcanes despiden muchos vapores sulfúreos, y espíritus 
nitrosos, que no se oponen, antes contribuyen á la formación de la nieve. 
Pero sea lo que se quiera la causa de tantas nieves, como se experi- 
mentan en aquellas alturas, nosotros debemos reconocer en esto la infi- 
nita sabiduría del Criador del mundo , el cual supo trazar sus partes en 
número, peso y medida, moderando un contrario con la eficacia y virtud 



Libro I. —Capítulo III 7 

del otro, y dándonos no sólo por habitables, sino también para lugares de 
recreación y de delicia aquellas mismas partes que la humana sabiduría 
con su corto alcance tuvo por tanto tiempo por inhabitables. 

CAPÍTULO III 

SALE DON GONZALO PIZARRO CON BUEN EJÉRCITO DE ESPAÑOLES É INDIOS 
Á LA CONQUISTA DEL MARAÑÓN 

Fundada la ciudad de Quito, y aumentada, desde luego, en vecinda- 
rio, fué como la ciudad del sol, de donde se fué comunicando la luz del 
Evangelio á las partes más remotas y escondidas del gentilismo, hasta 
penetrar por los montes espesos y bosques cerrados de una y otra banda 
del rio Marafión. Como desde este sitio se había de comenzar á propagar 
la fe de Jesucristo, que habla de florecer por tantos años en las riberas de 
este gran río, determinó la Providencia que desde el mismo paraje co- 
menzasen á intentarse sus descubrimientos. El primero que se empren- 
dió, á los seis años de la fundación de Quito, fué tan infeliz en los princi- 
pios, como trabajoso en el medio y desastrado en el fin; de suerte, que no 
se harían creíbles tantas miserias, si no las contaran uniformemente los 
historiadores del Perú. Reduciremos á dos ó tres capítulos lo que aquéllos 
escribieron difusamente, y daremos una breve noticia del desdichado viaje, 
cuanto baste para que se forme el debido concepto de los trabajos y des- 
dichas que sucedieron, y de la constancia de los españoles é indios en 
aguantarlos. 

Sosegadas las alteraciones del Perú, ocasionadas de D. Diego de Al- 
magro y sus compañeros, y dado ya algún asiento á las cosas, pensaba 
D. Francisco Pizarro en ilustrar más sus valerosas hazañas, adelantando 
las conquistas, y pretendía que sus soldados pasasen con su valor mucho 
más allá de los límites del imperio de los Incas. Con este pensamiento 
llamó desde el Cuzco á su hermano D. Gonzalo que se hallaba en los 
Charcas, y le habló en esta substancia: «Ya vés, hermano mío, las inmen- 
sas tierras que hemos ganado con el valor y las armas, y no ignoras cómo 
nos ha favorecido siempre la fortuna, ó por mejor decir, el Señor de los 
ejércitos, en cuyas manos están las coronas y los imperios, en cuanto 
hemos emprendido, dándonos cuantas provincias han llegado á pisar 
nuestros soldados. Mas todo me parece poco, al considerar que es mucho 
más lo que se descubre y se presenta á nuestras armas. He sabido cómo 
desde los confines de Quito hacia el Levante se hallan dilatadísimas tie - 
rras no conquistadas, las cuales, de buena gana, te cedo si te resuelves á 
su conquista, como de tu valor espero, y de tu prudencia me persuado. 
Para fomentar la empresa te hago desde luego gobernador de Quito y de 
toda su jurisdicción vastísima. En esta rica ciudad bien poblada de espa- 
ñoles, numerosa, como la que más, de indios forzudos y bien trazados, 



8 Misiones del Marañón Español 

abundante de víveres y socorrida de atrezos militares, hallarás todos los 
socorros necesarios para la grande conquista.» 

Oyó con gusto D. Gonzalo la propuesta de su hermano, y sin dudar un 
punto se resolvió con aliento generoso á la conquista que se le encomen- 
daba. Determináronse á seguirle en la misma fortuna más de 200 caba- 
lleros del Cuzco, deseosos de adelantar sus hazañas y movidos de la es- 
peranza de riquezas que por todas partes encontraban. Número al pare- 
cer bien pequeño para tamaña empresa, mas se tuvo por grande en las 
circunstancias, y más cuando llegaron á juntar hasta 100 caballos, en 
que mucho confiaban. Salió la compañía de españoles en alas del valor 
y de la esperanza hacia la ciudad de Quito, á cuyos términos llegaron 
felizmente, vencidas 500 leguas de camino, áspero sí, pero tratable, sin 
haber tenido otro contraste que el de algunas refriegas de poca conside- 
ración con los indios alzados. Tomó en Quito D. Gronzalo posesión de su 
gobierno, y como lo estimulaba su grande corazón á la meditada con- 
quista, comenzó luego, sin divertirse á otra cosa, á prevenirse para la em- 
presa. Juntó otros 100 españoles y aun algunos más, según lo que yo en- 
tiendo; los cuales se ofrecieron de buena voluntad á acompañarle en el 
peligro. Adquirió otros 50 caballos y nombró 4.000 indios de los más alen- 
tados y briosos para que cargasen con armas, bastimentos y bagaje. Tuvo 
por necesario tanto número de conductores, por haber de llevar consigo 
hierro, clavazón, hachas y maromas con otras muchas cosas que se cre- 
yeron necesarias para salir bien del empeño que pedía, si fuera posible, 
seguridades. 

Dispuestas ya todas las cosas y nombrado por teniente en el gobierno 
de la ciudad D. Pedro de Fuelles, persona fiel y de prudencia, partió 
D. Gonzalo á su empresa con un ejército lucido para aquellas tierras, por 
Navidad del año 1539, llevando en su corazón esperanzas ciertas de ha- 
cer fortuna, nada inferior á la del marqués su hermano. Marchó el ejér- 
cito en buena paz y bien asistido de los indios, mientras caminó por los 
términos conocidos de Quito. Pero, luego que entró por la provincia de 
los Quixos, descubrió muchos indios armados en lo interior de las monta- 
ñas, que, reparando en tantos paisanos suyos como acompañaban á los 
españoles, y mucho más en los caballos que, como cosa nunca vista, les 
causaban espanto, se retiraron más adentro de las montañas, sin dejarse 
ver de los nuestros. Libre el ejército de enemigos que les cortasen el paso, 
marchaba sin impedimento por parte de los naturales, mas á pocos días 
de viaje comenzó á experimentar otros mayores enemigos en que no ha- 
bía pensado. Abrióse la escena de las desgracias con un horrible temblor 
de tierra que, abierta en muchas bocas, presentaba precipicios á los ca- 
minantes. Siguieron al terremoto espantoso truenos horrorosos, relámpa 
gos vivos y varios rayos, todo lo cual causaba temor y espanto en los co- 
razones más valientes, creciendo más el susto al ver la grande copia de 
agua que se desgajaba de las nubes, la cual parecía haber de anegar 
toda la tierra. 



LiBKO I.— Capítulo III 9 

Desde luego empezaron á recelarse de malos sucesos, temiendo tener 
por contrarios á la empresa el cielo y la tierra, pues de una y otra parte 
se empezaba á declarar el contraste. Pero como hombres de corazón y 
ya resueltos al empeño, previnieron los ánimos á mayores trabajos, te- 
niendo á menos valer el desistir de lo comenzado, firmes en la resolución 
de morir antes en la demanda, que de volver pie atrás con nota de incons- 
tancia y cobardía. Pasados cuarenta y más días de tormentas continuas 
y peligrosas tempestades, se empeñaron en atravesar una cordillera ne- 
vada, abriendo camino por donde pudiesen, pero fué tanta la nieve que 
sobre ellos cayó y tan grande el frío que experimentaron en la travesía, 
que con ir bien apercibidos, sustentados y vestidos, no pudieron resistir 
rigor tan grande ni temporal tan contrario. Muchos de los indios, hechos 
á poca ropa, y no muy bien alimentados, quedaron muertos del frío y del 
hielo en la cordillera , y era tanta la dureza ó inñexibilidad de los cadá- 
veres, que parecían otros tantos troncos de árboles cortados. 

Deseando huir el ejército de tan contrario clima, y de verse libre de 
una vez de la nieve , que tanto les molestaba , se dio priesa á caminar, 
desamparando el ganado y las provisiones que llevaba, persuadido á que 
no le faltaría comida en las primeras poblaciones de indios que encon- 
trase. Pero, después de la mucha fatiga en vencer á duras penas la cor- 
dillera infausta, no consiguió otra cosa que el topar con otro enemigo aún 
mayor que el que les había molestado. No hallaron de la otra banda del 
cerro ni habitadores que les agasajasen, ni víveres con que sustentarse. 
Era el único arbitrio en tanta necesidad pasar adelante, darse prisa y do- 
blarlas jornadas. Vinieron todos en ello, porque aquejados del hambre, 
no pensaban en proponer sino en satisfacer á la necesidad con alguna co- 
mida. Llegaron al fin como pudieron, desfallecidos y cansados, á un pue- 
blo llamado Zumaco, el cual estaba puesto á las espaldas de un volcán. 
Encontraron en él algunos víveres, aunque bien escasos para tanta gente, 
y les costó muy cara la detención, porque en dos meses enteros que per- 
manecieron en él, fatigados del cansancio, no dejó de ilover ni un día 
sólo, á cuya causa se les pudrió á muchos la ropa que sobre sí traían, 
concurriendo á tan extraordinario efecto no sólo la humedad de las con- 
tinuas aguas, pero también el calor excesivo del temple sobre manera ar- 
diente, ya sea por hallarse cerca del dicho volcán, ya por hallarse de- 
bajo de la zona tórrida, ó ya por la una y otra causa. Notan los historia- 
dores que el país era abundante de canela, por donde juzgamos que este 
pueblo pertenecía á las tierras que después llamaron de los Canelos, to- 
mando el nombre del fruto que dan con más abundancia. 

Determinó D. Gonzalo dejar en este sitio la mayor parte de la gente, 
y tomando algunos soldados más ágiles y esforzados, salió á reconocer la 
tierra y á observar si se descubría camino más tolerable por donde se 
pudiese pasar adelante, porque en cien leguas que había caminado, á lo 
que pensaba, el ejército, no se habían encontrado.sino montañas cerradas 
y espesos bosques, sin apariencia de caminos ó veredas; y era el trabajo 



10 Misiones del Makañón Español 

doble, pues lejos de caminar y subir cuestas sin tropiezo, era preciso abrir 
senderos con hachas y cuchillos para penetrar por la espesura. Recono- 
cido el contorno, que era casi el mismo, rompió Pizarro con su escuadrón 
volante, por aquella parte que creyó menos incómoda para el tránsito de 
su gente , y después de muchas molestias pudo arribar á una provincia 
llamada Coca, algo más poblada que la antecedente y más socorrida de 
mantenimientos. Salió luego el cacique de ella á recibirle de paz, y aga- 
sajó con víveres á los españoles, que recibieron con mucho agradecimiento 
los socorros que les ofrecían los indios. Pasaba por la provincia un río 
que se creyó por entonces ser uno de los principales que descargan en el 
Marañón. Pero si era el río Coca, como parece por el nombre de la pro- 
vincia, éste desagua primero en el río Ñapo, é incorporado con él por 
muchas leguas, se junta finalmente con el Marañón. Detúvose D. Gonzalo 
en este paraje por dos meses descansando del camino , y dando lugar á 
que el ejército que le venía siguiendo por el rastro, y no había podido ca- 
minar con tanta priesa, arribase al mismo sitio. 

Juntos ya todos en la provincia de Coca y tomado algún aliento de 
las fatigas pasadas, continuaron su viaje por las riberas del río, sin tanto 
afán y trabajo como habían experimentado en los bosques y montañas 
que dejaban atrás , pero sin encontrar vado ni hallar puente para pasar 
al otro lado, como deseaban. De esta manera caminaron por una de las 
orillas del río como cincuenta leguas , cuando empezaron á oir un ruido 
sordo como á alguna distancia, el cual se dejaba sentir con más viveza 
mientras más andaban. Parecióles, desde luego, y se iban confirmando 
en el mismo pensamiento, que un tan continuado estruendo sólo le podía 
causar alguna grande cascada , en que el golpe de las aguas del río se 
precipitase desde alguna altura sobre tajados peñascos. No se engaña- 
ron en la conjetura, porque, como á seis leguas del sitio en donde comen- 
zaron á percibir el ruido, vieron que las aguas, precipitándose de un pe- 
ñón de más de doscientas brazas, causaban un estruendo inexplicable, 
admirándose todos de cosa tan extraña y prodigiosa. No quedaron menos 
sorprendidos, cuando, vencidas otras cuarenta leguas en seguimiento del 
río, observaron que todo el golpe inmenso de aguas se estrechaba entre 
dos peñas, y se reducía á un tan angosto canal, que de una á la otra banda 
sólo habría como veinte pies , sobreponiéndose tanto á las aguas los em- 
pinados peñones que desde su cima á la corriente creyeron contarse á 
poco más ó menos otras doscientas brazas. 



Libro I.— Capítulo IV 11 



CAPITULO IV 

FORMA PIZARRO UN PUENTE Y HACE UN BERGANTÍN CON QUE EL CAPITÁN 
ORELLANA SE VIENE Á ESPAÑA DEJANDO Á LOS ESPAÑOLES EN GRANDE 
NECESIDAD. 

Considerando Pizarro y los demás capitanes la estrechura del sitio 
por donde, haciendo un puente, podría pasar la gente al otro lado, como 
mucho deseaba, se dispusieron luego á formarle y á poner manos á la 
obra. No faltaban de la otra parte del río algunos indios que, prevenidos con 
sus armas, querían impedir el paso á los nuestros, pero huyeron al punto 
asombrados del ruido de los arcabuces, y mucho más cuando notaron el 
estrago que hicieron desde lejos en algún otro, y, pregonando por sus mon- 
tes que venía una gente feroz é invencible, cuyas armas eran truenos, re- 
lámpagos y rayos, intimidaron á los demás sin atreverse á parecer nin- 
guno á tiro de los nuestros. Por tanto, libres del embarazo de los indios, 
pudieron los españoles atender sin recelo á la formación del puente. No 
era poca la dificultad de asentar la primera viga en una y otra parte, por- 
que siendo tan prodigiosa la altura , con sólo mirar á la profundidad del 
río, se desvanecían las cabezas. Dícese que un soldado más curioso ó 
temerario que los demás, en observar con mucha atención la distancia 
desde lo alto, pagó con lástima de los presentes, el atrevimiento ó descui- 
do, cayendo, por faltarle la cabeza, en el torrente impetuoso de las aguas, 
sin parecer más ni vivo ni muerto. Sirvió la desgracia de aviso á los del 
más, para que anduviesen más recatados ó no fuesen tan curiosos en me- 
dio de los trabajos. Vencida la primera dificultad de colocar una larga, 
viga, se facilitó el modo de asentar las demás , hasta formar un puente 
mediano, por donde pasaron con seguridad las personas y caballos, con 
las otras cargas que llevaban, dejando armado el puente para volver por 
él si fuese necesario. 

Puesto el ejército de la otra parte del río, emprendió su viaje por aque- 
lla banda, no sin fatiga, por las montañas ásperas y cerradas que se iban 
abriendo con las hachas y otros instrumentos, como lo habían hecho en 
mucha parte del camino pasado. Y sin interrumpir una ocupación tan 
molesta, llegó finalmente la tropa á una tierra que se llamaba Guima> 
tan pobre, estéril y desdichada, que ni parecían habitadores, ni se halla- 
ban frutos de que alimentarse. Es verdad que á los principios avistaron 
algunos indios ; pero vistos los españoles, y que venían caminando con 
tanto equipaje, de tal suerte se hundieron en lo más cerrado de los bos- 
ques, que no volvieron á parecer, por más que los nuestros, obligados de 
la necesidad y miseria, los buscaban. Huían los indios por miedo de los es- 
pañoles, deseando conservar su vida, y los nuestros andaban en su busca 
por conservar la propia. Unos y otros pretendían el mismo fin, aunque 



12 Misiones del Marañón Español 

por caminos contrarios. Era preciso entretener la vida con hierbas, rai- 
ces silvestres y renuevos tiernos de los árboles, pues no se presentaba otro 
medio para evitar la muerte. Y con ser grande este trabajo, no era la 
única miseria que los molestaba; porque, continuando los aguaceros que 
ya antes habían comenzado, y no teniendo chozas, ni cubiertas que les 
defendiesen de un enemigo tan importuno, traían siempre los vestidos mo- 
jados; de donde nació, que cediendo ya la naturaleza, aun de los más 
fuertes, á tanto trabajo, no sólo enfermaron y murieron muchos indios, 
pero aun varios de los españoles tuvieron la misma suerte. No cayeron 
por eso de ánimo los demás, antes rompiendo por dificultades, dándoles 
fuerzas la necesidad misma, avanzaron muchas leguas hasta tomar por 
buena dicha cierto país en que encontrasen gente de alguna policía. Co- 
mían estos indios pan de maíz, vestían ropa de algodón, y tenían sus casi- 
tas formadas para defenderse de las lluvias y malos temporales: ya sea 
porque hubiesen vivido en otro tiempo en tierras más pobladas, ó ya sea 
porque fuesen algunas reliquias de los soldados retirados del Inca, los cua- 
les llegaron á vivir en otro tiempo de un modo muy diferente de los otros 
salvajes que habían encontrado en el camino. 

En este lugar como el más oportuno y ventajoso que hasta entonces 
se había descubierto, mandó hacer alto D. G-onzalo, y enviando corredo- 
res por todas partes, quiso hacerse cargo de las tierras, explorar los si- 
tios y registrar los montes colaterales, esperando hallar algún camino 
abierto para proseguir adelante con menos fatiga, y para no verse en la 
necesidad de alimentarse de raíces y renuevos. Al poco tiempo volvie- 
ron los exploradores con la misma respuesta, diciendo todos, que el con- 
torno era uno mismo, montaña espesa y cerrada, llena de lagunas y pan- 
tanos sin que se descubriese salida á parte alguna, y sin que se pudiesen 
vadear muchos de los lagos. Efecto, sin duda, ocasionado de las muchas 
lluvias en tierras tan cerradas por la espesura de los árboles, que ni el 
aire ni el sol pueden jamás penetrar hasta el suelo y enjugarlas. 

En tan triste situación, dieron en el pensamiento de fabricar un ber- 
gantín para pasar adelante, logrando por este medio atravesar el río, que 
ya tenía en este pasaje dos leguas de ancho, y hacer su camino por la 
orilla que pareciese más abierta y despejada. No es fácil decir con pala- 
bras las dificultades que se ofrecían en la ejecución del proyecto. Pero 
como la necesidad todo lo vence, y no hay arte peregrino á su talento, 
habilidad y eficacia, empezaron á poner manos á la obra. Asentaron en 
primer lugar la fragua para la formación de la herramienta y se ensa- 
yaban en hacer carbón; pero en este trabajo adelantaban bien poco, por 
estar la leña muy verde y resistir mucho al fuego; hasta que levantando 
unos cobertizos que defendían los trabajos de las aguas y á las personas 
de los ardores del sol, fueron amañándose más que medianamente, y sa- 
liendo con lo que pretendían, hicieron la clavazón del navio del hierro 
que llevaban, aprovechándose también de las herraduras de los caballos 
que habían muerto, y de otros que mataban de propósito para dar alguna 



Libro I.— Capítulo IV 13 

substancia á los enfermos. Otros cortaban maderas y las pulían y ajus- 
taban según las medidas que se habían propuesto para el buque de la 
embarcación. Pizarro, como tan gran soldado, echaba mano á los oficios 
más bajos y trabajosos, animando á todos con su ejemplo y siendo el pri- 
mero en desbastar leña, hacer carbón, y trabajar en la fragua. Viendo 
los demás al capitán que no excusaba trabajo, se aplicaban con empeño 
á la formación del bergantín, en que tenían puesta su esperanza. Con 
aplicación tan continua llegaron á fabricar en poco tiempo una embar- 
cación razonable, sirviéndole de brea la mucha resina que encontraron 
en los árboles, y de estopa las mantas y camisas medio podridas de la 
humedad. Echáronle al agua con grandísimo regocijo, dando ya por aca- 
bados sus trabajos. Tanta era la confianza que tenían en su bergantín. 
Pero se engañaron de todo en todo, y lejos de poner fin á sus trabajos, 
cayeron en una nueva serie de mayores disgustos y apreturas. 

Dio orden D. Gonzalo de que se acomodase en el bergantín toda la 
carga y se embarcasen los enfermos, para que fuesen por el río todos los 
impedimentos, mientras los sanos, sin perder de vista la embarcación, 
podían caminar sin embarazo por las orillas del río. Ejecutóse el orden 
puntualmente y pusieron en el navio todo el oro, que arribaría como á 
100.000 pesos, gran cantidad de esmeraldas escogidas, y algunas otras co- 
sas de precio y estimación, lo cual iba al cuidado de los enfermos y de 
algunos pocos sanos que debían gobernar el navio. Estando todo á pun- 
to, se dio la señal para salir de aquel sitio, que les parecía estar distante 
de la ciudad de Quito como 200 leguas, y empezaron á caminar con una 
molestia grande, que no se les había ofrecido hasta que la palparon. 
Porque mientras los de tierra iban abriendo camino con sus hachas, los 
del navio, no pudiendo resistir á las corrientes que arrastraban la embar- 
cación, trabajaban, sudaban y forcejeaban por mantenerse á la vista de 
los compañeros, y era una faena insoportable la de contener el navio, no 
logrando, por otra parte, sino el hacer jornadas muy cortas. Por la no- 
che hacían rancho todos juntos, asegurando el navio con maromas muy 
fuertes. Cuando una orilla del río no permitía por su fragosidad el paso 
á los de tierra, pasaban en el bergantín á la otra, y siendo tan ancho el 
río, empleaban dos y tres días en el pasaje, sin que bastaran para la eje 
cución más pronta cuatro canoas que llevaban de reserva y de que se 
aprovechaban en la ocasión. De esta manera fueron siguiendo el río por 
más de dos meses, padeciendo hambres, miserias y necesidades, que jun- 
tas con la continuación del mal camino, sin mejorar de sitio, en algún 
tiempo eran sobradas para hacer caer de ánimo á los más valientes. 

Pero se alentaron con las nuevas que aquí les dieron ciertos indios que 
encontraron, los cuales, por señas ó por alguna otra palabra que se 
entendía, les significaban cómo, á diez jornadas del paraje en que se 
hallaban, había una muy buena tierra, bien poblada y abundante de 
comida, rica de oro, y abastecida de cuantas cosas podían buscar, pedir 
y desear. Daban por indicios de tan dichosa tierra la junta de otro gran 



14 Misiones del Marañón Español 

río, que se unía con el que iban siguiendo. Con esta noticia se les abrieron 
os cielos. Tan afligidos estaban los ánimos del trabajo, y tan consumidos 
los cuerpos de la hambre, que luego creyeron lo que mucho deseaban. 
Resolvió Pizarro que se adelantase el bergantín hasta la junta de los dos 
ríos y que, dejado allí todo el fardaje, cargase de bastimentos y volviese 
río arriba para socorrer á la gente que perecía de hambre y de miseria; 
pues, fuera de los muchos indios, iban ya faltando algunos españoles, al 
rigor de este enemigo tan cruel. Nombró por capitán de la jornada á uno 
de los principales soldados, llamado Francisco Orellana, y le dio otros 
cincuenta para prevenir á lo que pudiese suceder en el camino. En solos 
tres días, sin velas, ni remos, con sólo dejarse llevar de las corrientes, 
llegó á descubrir Orellana la junta de los dos ríos, y halló haber caminado 
ochenta leguas en tan corto tiempo, lo cual le pareció más extraordinario, 
por estar hecho en pequeñas jornadas. 

En este pasaje no encontraron los navegantes ni poblaciones ni 
bastimentos, como habían creído, lo que dio ocasión á la desobediencia 
del capitán. Veía, por una parte, que no podía caminar en muchos meses 
ó deshacer el camino contra las corrientes impetuosas que no se hallaba 
en estado de vencer. Consideraba, por otra, que el esperar en aquel sitio 
á D. Gonzalo y su ejército era sin provecho de unos y otros, pues no se 
mejoraba de sitio sino se empeoraba. Dando y tomando sobre estos 
pensamientos, se resolvió sin consultarlo con nadie á soltar vela y seguir 
su viaje, creyendo hacer algún descubrimiento notable y aun acaso 
arribar á España, en donde se apreciarían sus observaciones y sería 
agradecido su valor y coraje. Encubría este último pensamiento con 
cuidado, y sólo declaraba que era conveniente, en las circunstancias, 
proseguir adelante. No dejaron de entender lo que tenía oculto en el 
pecho sus mismos compañeros, que se le opusieron con gran fuerza, 
sospechando de mala intención y amonestándole que no excediese las 
órdenes de su legítimo capitán, ni desamparase en tanta necesidad al 
ejército, quitándole el bergantín, único socorro de tanta gente afligida- 
Instábale mucho, entre otros, un religioso llamado fray Gaspar de 
Carvajal, que iba en la comitiva, á que no pasase adelante; pero le 
apretaba más un caballero de Badajoz, por nombre Hernán Sánchez de 
Vargas, el cual hubiera venido á las manos con Orellana, si éste por 
entonces no hubiera blandeado con palabras solapadas. Mas al fin, 
ganando á unos con palabras, animando á otros con promesas, no 
haciendo caso del religioso y arrojando por fuerza del navio al caballero 
Vargas, dejándole aislado en aquellas montañas, prosiguió su navegación 
Orellana, habiendo renunciado los poderes de Pizarro, por no hacer cosa 
como subdito suyo. 

Descubierta á todos su intención, se hizo elegir de los soldados por ca- 
pitán de su majestad. Hazaña ó facción que hicieron otros en semejantes 
conquistas, y que no será la última que repetirá la ambición humana. 
Navegando ya Orellana en calidad de capitán, que no reconocía órdenes 



Libro I.— Capítulo V 15 

superiores, tuvo varias refriegas con indios que salieron á las riberas, y 
una bien reñida con mujeres que, armadas de arcos y flecha, tiraban á 
cortarle el paso. Llamáronlas Amazonas, para engrandecer la jornada. 
Al fin , después de muchos trabajos y desastres, con peligro de perecer 
todos en tan larga navegación, vinieron á pasar los exploradores por un 
ramo del río principal á la isla de la Trinidad, 200 leguas distante de la 
boca mayor del rio Marañón. En esta isla pudo comprar Orellana con el 
dinero que llevaba, un navio, con que se enderezó y llegó con felicidad á 
España. Aquí lo dejaremos contando sus aventuras y haciendo sus pre- 
tensiones, mientras volvemos á Fizarro, que con sus españoles é indios 
queda ochenta leguas más atrás de la junta de los ríos, en donde sucedió 
la memorable facción del capitán Orellana. 

CAPITULO V 

Sigue don Gonzalo su viaje cada vez más desgraciado, y por no ac- 
ceder CON EL EJÉRCITO, VUELVE Á QUITO, Á DONDE LLEGAN MUY POCOS 
CON LA VIDA. 

Detúvose Pizarro por algún tiempo en el lugar desde donde había par- 
tido el bergantín para traer el socorro de que tanto necesitaba el ejérci- 
to. Pero como en las necesidades y apreturas los días se hacen semanas 
y las semanas meses, determinó el capitán pasar adelante como pudie- 
se, no dejando de extrañar la tardanza de Orellana, mas creyendo de 
buena fe que las corrientes le retardaban la vuelta. Mandó hacer diez ó 
doce canoas y aun otras embarcaciones menores y en ellas pasaban de 
una parte del río á la otra, para evitar las peñas que impedían el paso. 
Hacíase el camino parte por agua y parte por tierra, y la esperanza del 
socorro de que no dudaban les aligeraba las molestias, en especial la del 
hambre. Pero como el viaje era largo y no les venía el esperado socorro, 
se iba rindiendo la gente á la necesidad, y murieron varios de miseria y 
desfallecimiento. 

Al cabo de dos meses de penalidades dieron vista á la junta de los dos 
ríos y tomaron aliento, persuadidos á que allí los esperaba el bergantín 
con bastimentos, y que por las corrientes del río no les había podido so- 
correr. Pero cuál sería su asombro, cuando, reconocida la junta de los 
ríos, examinados los recodos y registradas todas las vueltas y ensenadas 
de las aguas, lejos de descubrir navio ó bergantín, ni parecía gente ni se 
veían señales de lo que pensaban encontrar. Pasó el asombro á indigna- 
ción, cuando, topando con el hidalgo Hernán Sánchez, que había sufrido 
el hambre por tanto tiempo sustentándose de raíces, supieron de su boca 
la resolución de Orellana, su descortesía con el religioso, y la venganza 
cruel que había usado con él por haberse opuesto á su temeridad. Bra- 
maba de cólera el ejército y levantaba los alaridos hasta el cielo. ¡Oh, 



16 Misiones del Marañón Español 

cruel Orellana!, decía, ¿cómo has tenido atrevimiento para tan enorme 
atentado? ¿cómo has sido tan ingrato á quien de ti tanto señaba? ¿no 
veías, inhumano, nuestra necesidad extrema? si no tenías respeto á Dios, 
ni te movía el deber para con tu capitán, miraras siquiera á tantos es- 
pañoles amigos tuyos, y á tantos pobres indios que perecen sin remedio 
por tu causa». Pizarro, más sobre sí que los demás españoles, aunque ex- 
perimentaba, muy á costa suya, lo mal' que le había salido la confianza 
que había hecho de Orellana, pero como hombre de corazón en los peli- 
gros, y de constancia en los mayores contrastes, procuró consolar y ani- 
mar á la gente, que estaba á punto de desesperar por la grande pena y 
dolor vivo de verse burlado de quien menos lo esperaba. Decíales que á 
medida de los trabajos y desgracias crecía el nombre y fama de los gran- 
des varones; que era de corazones viles y apocados caer de ánimo en los 
peligros y dejarse arrastrar de la cobardía en las adversidades; que 
antes debían tenerse por dichosos, como escogidos de la Providencia, 
para la conquista de un Nuevo Mundo, y que siendo ésta una empresa 
tan grande, era preciso que hubiese dificultades. 

Animada la gente con estas palabras, y mucho más con el ejemplo de 
su capitán que tanto coraje mostraba, prosiguió el viaje, siguiendo con 
dificultad el río, por tener que pasar frecuentemente del uno al otro lado. 
Y era cosa molesta, y no poco peligrosa, el haber de pasar en tan débiles 
embarcaciones, no sólo los españoles y los indios , que todavía eran mu- 
chos, pero aun los caballos, que serían entonces como unos ochenta. De 
esta manera anduvieron otras 100 leguas, siempre por tierras estériles y 
desdichadas, sin encontrar gentes ni mejorar de fortuna. Todos llegaron 
á persuadirse que la jornada iba de mal en peor, y que el insistir en el 
viaje era caminar á la muerte y acercarse á ella á toda priesa. Cono- 
ciendo esto Pizarro, por el semblante caído de los soldados y por las pa- 
labras que con el dolor se les escapaban, juntó consejo de guerra para 
resolver con los demás capitanes el partido que se debía tomar. Todos 
fueron de parecer, que por no acabar con el ejército, convenía volver á 
Quito, si la vuelta no era del todo imposible , por estar ya distantes de 
aquella ciudad más de 400 leguas. En realidad, no había menor peligro 
en volver atrás, que en proseguir adelante. Porque, ¿cómo habían de ven- 
cer las corrientes del río las barcas y canoas? Por otra parte, no estaban 
en circunstancias de poder fabricar embarcaciones más fuertes, cuando 
tuviesen esperanza de subir con ellas contra el ímpetu de las aguas. Sólo 
restaba el arbitrio de buscar rumbo por tierra, abriendo sendas y cami- 
nos por bosques y montañas. Pero aun esto, ¿cómo se podría ejecutar por 
tan largo trecho? 

Como no podían detenerse mucho tiempo en el sitio en que se halla, 
ban, tomaron, finalmente, el último partido, que sólo se les representaba 
posible, y comenzaron á caminar por la banda del Septentrión, en donde 
echaron de ver que no se descubrían tantos pantanos y lagunas. Iban 
atravesando montañas, rompiendo árboles, cortando malezas y cami. 



Libro I. — Capítulo V 17 

nando con la mayor priesa que podían por no perecer todos á manos del 
mayor enemigo, que fué siempre un hambre rabiosa. Al principio de este 
viaje, los indios, que serían todavía dos mil, se dieron muy buena maña 
en buscar algún alimento, trayendo hierbas, raíces, frutas silvestres, sa- 
pos, culebras y otras sabandijas, que nada se despreciaba, y todo hacía, 
como dicen, buen estómago. De esta manera, aunque exhaustos y consu- 
midos se daban buena diligencia en caminar. Pero picando las enferme- 
dades á pocas jornadas, era mucho mayor el trabajo, y tan grande la mi- 
seria, que llevaban á cuestas los enfermos por los lodazales, y ninguno se 
excusaba de esta obra de caridad, porque D. Gonzalo era el primero en 
cargar con ellos. Era muy largo el trecho antes de subir á Quito, y los 
tríibajos iban subiendo de punto, porque faltando los indios que iban ca- 
yendo á cada paso, y no hallando ya raíces ni frutas silvestres, mataron 
los lebreles y alanos que llevaban, y poco después los caballos hasta aca- 
bar con todas las bestias, y estuvieron, como dice Gomara, para comer á 
uso de los bárbaros las carnes de los que iban muriendo. En tanta necesi- 
dad y apretura en que ya unos no podían socorrer á los otros, aquí deja- 
ban tres expirando, allí cuatro, sin detenerse los demás, por escapar con 
la vida, y no perecer todos. En suma, cuando llegaron á tierras abiertas 
habían ya muerto los cuatro mil indios y sólo venían unos ochenta espa- 
ñoles, desnudos desde el menor hasta el mayor, mojados, descoyuntados 
y desollados de las zarzas y espinos del camino. En este sitio hallaron 
alguna caza de aves y animales que mataron con las ballestas que con- 
servaban, y haciendo algunos de sus cueros cierta especie de calzoncillos 
para la decencia, prosiguieron su camino con mucho esfuerzo por el ali- 
mento que encontraban. 

Luego que reconocieron los términos de Quito, besaron todos la tierra 
y dieron á Dios Nuestro Señor mil gracias de que los había sacado á salvo 
de tantos peligros y trabajos. Ofrecíanles comida en abundancia los in- 
dios pacíficos, pero unos se contenían de propósito y se iban con mucho 
tiento en el comer por temor de repleción, y otros, aunque querían satis- 
facer el hambre, no podían del todo conseguirlo porque, hecho el estó- 
mago por tanto tiempo á tan riguroso ajmno, no podía retener el alimen- 
to. No lejos de la ciudad de Quito, dieron aviso de su llegada y de la des- 
nudez y estado miserable en que venían, pidiendo algún socorro, parti- 
cularmente de vestidos para entrar con alguna decencia. Estaba á la sa- 
zón la ciudad bien despoblada de españoles por las guerras que se habían 
levantado entre los nuestros en el tiempo de las jornadas, y por haber 
acudido en gran número los vecinos de Quito con los caballos que tenían. 
Pero los pocos ciudadanos que quedaron enviaron el socorro que pudie- 
ron de ropa y de camisas, con abundancia de víveres y doce caballos, 
excusándose de no enviar más número de bestias por estar ocupadas en 
la guerra. Señalaron también doce vecinos que saliesen á recibir al go- 
bernador y demás españoles, y les introdujesen en la ciudad, con un 
acompañamiento decoroso. 

2 



18 Misiones del Marañón Español 

Cuando llegaron los diputados á la vista de los conquistadores, queda- 
ron éstos llenos de asombro, viendo unos hombres tan negros, secos, fla- 
cos y desollados y más desnudos que los mismos bárbaros, sin más insig- 
nia que unas espadillas sin vaina y cubierta de herrumbre. No conocían 
á sus amigos y parientes en estado tan miserable, que era capaz de mo- 
ver á compasión á las mismas piedras, cuanto más á sus allegados y co- 
nocidos. Después de un breve rato en que la admiración y asombro no les 
permitía acción alguna, comenzaron sin hablar palabra á deshacerse en 
lágrimas, viendo á sus amigos en carnes, sin talle ni figura de soldados, 
más antes cadáveres que hombres vivos. Al fin se avalanzaron á ellos 
con tiernos y lastimosos abrazos, en que no se oía otra cosa que suspiros 
y sollozos, señales del grande dolor y sentimiento que les causaba una 
vista tan horrorosa y no esperada. D. Gonzalo, habiendo dado lugar á 
que se desahogasen sus amigos, agradeció el socorro que traían y gusta- 
ron todos del pan, como fruta nueva, y de los demás regalos. En cuanto 
á los vestidos, ni Pizarro ni otro alguno, quiso ponérselos, puesto que no 
alcanzaba la ropa para todos. Tampoco quisieron subir á caballo, por 
más que les instaban los vecinos de Quito, que viendo uniformidad tan 
hermanable, ellos mismos llevados de la compasión y queriendo tener 
alguna parte en el padecer con sus amigos, determinaron acompañarlos 
en su desnudez, y quitándose los vestidos, quedaron en calzoncillos para 
entrar á pie y desnudos, como los demás, en señal de dolor y sentimiento. 
Agradeció mucho esta demostración de sus embajadores la ciudad de 
Quito, que toda ella salió á las puertas á recibir á su gobernador y com- 
pañeros, acogiéndoles con la mayor ternura y solemnidad que pudo, 
siendo las lágrimas y gemidos de ver un espectáculo tan compasivo, los 
músicos que festejaron la entrada. Hízose ésta á principios de Junio de 
1542, después de haber gastado en la desgraciada jornada dos años y me- 
dio, pues, como dijimos, fué la salida por Navidad de 1539. 



CAPITULO VI 

DE OTRAS ENTRADAS QUE SE INTENTARON SIN FRUTO EN EL RÍO MARAÑÓN 



De la infeliz jornada de Pizarro quedaron tan escarmentados los qui- 
teños , que no pensaron en repetir experiencias , habiendo probado tan 
mal la primera en que habían perecido todos los indios y la mayor parte 
de los españoles, de los cuales á unos consumió el hambre, á otros acabó 
lo fragoso de los caminos, y una buena parte llevó consigo el traidor 
Orellana. No había por entonces otra esperanza del entero descubri- 
miento del Marañón y de su conquista, que la que tenían algunos puesta 
en aquel soldado fugitivo; el cual, llegando á España y enderezándose á 
la corte, comenzó á entablar sus pretensiones. Contaba grandes cosas de 



Libro I. — Capítulo VI 19 

su largo viaje, y cómo había navegado más de mil leguas por un cauda- 
loso rio, que no estaba muy distante de la ciudad de Quito, vencidas mu- 
chas dificultades de los indios guerreros, que se le habían opuesto en el 
camino. Ponderaba mucho que en la boca de otro grandísimo que des- 
aguaba en el que venía siguiendo, no ya indios, sino unas mujeres varo- 
niles con arcos, flechas y otras armas , le habían hecho cruda guerra y 
querido atajar el paso. Que él tenía para sí que eran amazonas valientes 
y una nación guerrera de hembras varoniles, continuada con otras mu- 
chas hasta lo más alto del río. Añadía, que eran grandes las riquezas, 
minas y tesoros que abrigaban en su seno aquellas extendidas tierras, y 
que no era razón dar de mano á cosas tan preciosas, cuando era fácil su 
conquista. 

De esta manera hablaba Francisco Orellana, como testigo de vista, 
engrandeciendo su jornada, ponderando sus trabajos y dando á entender 
el mucho conocimiento que había adquirido en su viaje de las naciones 
que poblaban el río. Muchos daban crédito á las noticias de Orellana, 
porque los corazones humanos, después de un notable acontecimiento que 
les sale bien, se revisten de cierta grandeza y autoridad, se les oye con 
gusto y son creídos á ciegas. Pero los más cuerdos se iban con tiento en 
asentir á las grandezas que contaba. Finalmente, no le faltando brazos 
en la corte, á que ayudó la novedad que siempre llama, logró conseguir 
de Carlos V la facultad que pedía de conquistador de aquel río, con el 
título glorioso de conquista de las Amazonas; para acreditar con este re- 
nombre lo que decía haber visto con sus mismos ojos, y que no podía per- 
suadir á muchos. Conseguida esta licencia, hizo muy buena provisión de 
bajeles, armas y gentes con que bien equipado, y armado con despachos 
de su Majestad Católica, salió en busca del río de las Amazonas y logró 
llegar felizmente hasta donde desagua en el mar del Brasil. Pero dispuso 
el Señor que su prevención parase en destrozo, las pretensiones en amar- 
guras, y las esperanzas en desgracias; porque no pudiendo subir por el 
río, como pensaba, por ser grandes los bajeles que traía de España, se 
deshizo la expedición como la sal en el agua, no hallando los que le si- 
guieron más que desgracias é infortunios que remataron en la muerte 
despechada de Orellana. Justo castigo del cielo, que cayese en los mis- 
mos trabajos y aflicciones que con su villanía causó á Pizarro y demás 
españoles, dejándolos sin arrimo, ni consuelo y sin poder subir por las co- 
rrientes del río. Con hecho tan infame sólo consiguió este soldado eterni- 
zar vanamentes un ombre en las aguas del Marañen, que llamó desde en- 
tonces Orellana, por haber navegado el primero, y de las Amazonas por 
las historias que contaba de aquellas valientes varonesas. 

No fué ni más útil ni menos desgraciada la entrada que se intentó en 
el mismo río después de algunos años por la parte de Lima. Habían co- 
rrido por esta corte las primeras voces de Orellana, y hecho grande eco 
en los corazones de los españoles, deseosos de honra y de riquezas, las 
noticias de unas mujeres guerreras, y de las muchas minas de oro que se 



20 Misiones del Marañón Español 

hallaban en sus tierras. Como va creciendo la fama, según corre, y más 
de estas cosas que siempre se pintan mayores de lo que son, fueron to- 
mando cuerpo las esperanzas lisonjeras de apoderarse de tantas rique- 
zas, atribuyendo la desgracia de D. Gonzalo á la poca prevención y ex- 
periencia ,y el infortunio de Orellana á su poca advertencia y reflexión. 
Determinó el virrey del Perú enviar en el año de 1560 al general D. Pe- 
dro Orsúa, persona de mucho valor y prudencia, á la conquista de aque- 
llas grandes provincias y al descubrimiento de las ricos minerales que se 
decía haber en los montes y orillas del río Marañón. No se negó á la 
empresa el capitán valeroso, que con toda la prevención necesaria entró 
con un lucido ejército por uno de los ríos principales que por la parte de 
Lima viene á parar y sepultarse en el Marañón. No era poco haber dado 
en el pensamiento de caminar por ríos y traer las embarcaciones nece- 
sarias, que por no habérsele ofrecido á Pizarro perdió el ejército, y la 
experiencia lo mostró con el tiempo que no hay otros caminos en aque- 
llas tierras, sino el canal de las aguas. Pero ¿qué pueden las providen- 
cias de los hombres, cuando la del cielo es contraria? Apenas llegó Orsúa- 
á ver las aguas del Marañón que buscaba, cuando fué muerto á traición 
de Lope de Aguirre, que desde esta infame alevosía se alzó con el nom- 
bre de tirano, y se le pegó tan bien, que nunca le nombran los autores sin 
hacerle la honra de apellidarle tirano. Desembarazado de Orsúa se alzó 
con las embarcaciones y se hizo nombrar por general de los soldados, 
queriendo temerario reinar, aunque fuese entre montes, y gozar de las 
muchas riquezas que se prometía conseguir sin dificultad alguna. Prosi- 
guió su viaje por el río, tratándose como señor absoluto y soberano inde- 
pendiente de los soldados que llevaba consigo. Pero queriendo Dios hu- 
millar tanta soberbia y abatir su terca altanería, no permitió que acer- 
tase con el canal principal del río, ni que pudiese registrarle hasta su boca 
en el Océano, antes confundido con los muchos brazos y ramas vino á 
parar por una de ellas cerca de la isla de la Trinidad, sin encontrar oro 
ni plata y sin topar con las riquezas que se prometía. 

En esta isla tuvo tan mala fortuna como merecía su atrevimiento, por- 
que levantándose contra él los soldados, se retiró con algunos por la cos- 
ta de tierra firme auna provincia, llamada Venezuela, en donde final- 
mente fué vencido y muerto por orden de su Majestad, verificando con 
su desastrado fin, que quien á hierro mata, á hierro suele morir. No dejó 
de alcanzar parte del castigo del cielo á los soldados que le siguieron en 
la culpa, porque padecieron tales desdichas, confusiones y trabajos, así 
al bajar en su compañía como al subir después hacia el Perú, que por Lis 
muchas miserias, enredos y marañas en que se vieron dando vueltas por 
el río, sin acertar á pasar adelante, quieren algunos que el río se llama- 
se Marañón. Aunque parece muy creíble, que se le pusiese aquel nombre 
por las muchas vueltas y revueltas que hace entre varias islas y montes, 
y por los frecuentes brazos, saltos y despeños que forman un confuso y 
enmarañado laberinto de aguas y corrientes. El P. José Acosta, investí- 



Libro I. — Capítulo VII 21 

_^ador exacto de las cosas de la América, dice que averiguó cómo algu- 
nos de los soldados que se retiraron con Aguirre, se vieron precisados, 
para salir al Perú, á pasar por el canal del Pongo (de que hablaremos 
después) contra las rapidísimas corrientes, y que no pudiendo vencer 
este violento remolino de aguas, subieron trepando por las peñas, cla- 
vando las dagas y asiéndose fuertemente de raíces con un afán terrible 
y peligro grandísimo de perecer. Desde este tiempo no pensaron los es- 
pañoles en nuevas conquistas ruidosas y con armas, ó por parecerles di- 
fíciles, ó por tenerlas por inútiles y sangrientas, como habían sido las de 
Pizarro, Orellana y Orsúa. 



CAPITULO VII 

FUNDAN LOS RELIGIOSOS DE LA COMPAÑÍA COLEGIO EN LA CIUDAD 

DE QUITO 

No quería el Señor que se hiciese la conquista del gentilismo del río 
Marañen con el estruendo de las armas y por medio de soldados que mi- 
raban á sus particulares intereses, llevados de la codicia del oro y de las 
riquezas. Tenía reservada esta empresa á la virtud de la palabra divi- 
na, más penetrante que la espada de dos filos, manejada de unos pobres 
religiosos, que dando de mano á todo humano interés y con el fin puro de 
ganar almas al cielo, habían de plantar la fe y extender el reino de Je- 
sucristo entre las muchas naciones de gentiles que fueron descubriendo, 
no sólo en aquel río principal, pero aun en otros muchos que en él des- 
aguan. Y como no era tan difícil la entrada por la banda del Norte ó 
desde la parte de Quito, la divina Providencia fué disponiendo suave- 
mente las cosas para que los PP. de la Compañía se estableciesen en esta 
ciudad. 

Habiendo sabido S. Francisco de Borja, General de la Compañía, la 
mucha mies que se descubría en la América y los pocos operarios que se 
empleaban en echar la hoz en tan dilatado campo, abrasado del celo de 
la gloria de Dios y del bien espiritual de tantas almas necesitadas, envió 
muchos de sus hijos á varias partes de la América. Llegaron algunos á 
Lima, y fueron tan bien recibidos de sus vecinos, que en el año mismo 
de 1567 en que entraron, consiguieron fundar un colegio para bien y ade- 
lantamiento de todo el reino. Aplicáronse desde luego á reformar las cos- 
tumbres de toda la ciudad, introduciendo la frecuencia de sacramentos, 
enseñando á la juventud y criándola en virtud y letras. Catequizaban 
á los indios, asistían á los pobres, visitaban hospitales, frecuentaban cár- 
celes, repartiendo á todos el pan de la divina palabra. Aunque eran po • 
eos en número, pero trabajaban por muchos, porque el celo de las almas 
les daba fuerzas para hallarse en todas partes y no negarse á ninguno 
que pidiese su ministerio. 



22 Misiones del Marañón Español 

No se podía ocultar á los vecinos de Quito el grande fruto que hacíart 
en Lima los PP. de la Compañía, la mejora que habían introducido en las 
costumbres y las ventajas que experimentaban los limeños en la crianza 
y enseñanza de la juventud. Admirados de la singular aplicación de los 
jesuítas y mucho más de su natural despego y notable desinterés en tan 
penosos ministerios, pidieron y lograron llevar á su ciudad algunos de 
los PP. que habían venido de España á la capital del Perú. Hiciéronles 
en Quito, con licencia de su Majestad, una fundación pobre en realidad 
en aquellos principios, aunque con el tiempo fué su colegio bien cumpli- 
do y ricamente dotado. Corría, cuando entró la Compañía en aquella 
ciudad, el año de 1585, cincuenta y un años después que D. Sebastián Ve- 
lalcázar había echado los primeros fundamentos. En este tiempo había 
crecido mucho el número de españoles, y aunque los indios tributarios y • 
de su jurisdicción eran innumerables, por ser esta parte del mundo la más 
poblada, no hallo en particular hasta dónde llegase el número de ellos. 
Sólo encuentro, como indico en el capítulo 2.°, que al principio del siglo 
siguiente se contaban, en su jurisdicción, doscientos mil indios, y como á 
la mitad del siglo, treinta mil tributarios que vivían dentro de la ciudad. 
Mucho campo era éste para tan pocos obreros, pero se dieron tan buena 
maña á trabajar, y se ingeniaron de manera que correspondió el fruto, 6 
por mejor decir, excedió á las esperanzas que habían formado los ciuda- 
danos. 

Desde luego se aplicaron á enseñar la doctrina cristiana á los niños 
en las escuelas, y á los indios en las iglesias. Eran continuas las pláticas 
y sermones y oían de confesión, con mucho agrado, á todo género de per- 
sonas. Creyeron, y no se engañaron, que el medio más eficaz para refor- 
mar las costumbres, era el introducir la frecuencia de sacramentos, la 
asistencia á los templos y los ejercicios públicos de piedad y caridad 
cristiana, que á todos entrasen por los ojos. Para esto establecieron sei^ 
congregaciones, que todas miraban en sus estatutos y constituciones, á 
comulgar frecuentemente, á oír la divina palabra, y á ejercitarse en 
obras de caridad y misericordia con los pobres y necesitados. En ellas 
entraban toda clase de gentes que había en la ciudad. Porque una era de 
estudiantes, otra llamaban de seglares, la tercera era de mestizos, la 
cuarta de indios ladinos y morenos, la quinta era más universal y daba 
mucho más que hacer que las demás, porque entraba en ella todo género 
de indios, gente ruda y más necesitada de instrucción. Pero á todo aten- 
dían con mucha vigilancia aquellos primeros PP-, viéndose precisados á 
predicar cada uno tres y cuatro veces al día á diversas personas, fuera 
de la tarea continua de sus confesiones, que eran muchas, habiendo de 
comulgar por estatuto cada uno de los congregantes á lo menos una vez 
al mes; y aun á los indios que no eran todavía capaces de llegarse á la 
sagrada comunión, se les iba disponiendo poco á poco, hasta ponerlos en 
estado de poder acercarse á este celestial convite. 

Pero la congregación más ejemplar y señalada era la de los señores 



Libro L— Capitulo VII 23 

sacerdotes, en la cual se ponía muy particular cuidado, por ser como la 
levadura que sazonaba la masa de todo el pueblo . Tenía sus reglas es- 
peciales y de mayor perfección, que todos observaban inviolablemente 
sin que se disimulase con ninguno por grado ó autoridad que tuviese. Era 
grande el miramiento en la elección de personas que debían admitirse en 
congregación tan respetable, en donde no se admitía sujeto alguno, sino 
por todos los votos de los congregantes. Ayudó mucho este gremio esco- 
gido de sacerdotes ejemplares con su modestia, gravedad y compostura 
á que las demás congregaciones creciesen en fervor y frecuentasen los 
ejercicios de comunión, de asistencia á los sermones y demás obras de 
piedad y misericordia. De esta manera, en pocos años mudó de semblante 
la ciuda de Quito, porque, quitados los escándalos, y desterradas las bo- 
rracheras antiguas, era grande la compostura en las costumbres, el or- 
den en las casas, la asistencia en los templos y sobre todo muy particu- 
lar la frecuencia de sacramentos, de cuyas fuentes bebían las aguas de 
la gracia y de la salud espiritual de sus almas. 

No eran menos notables los progresos que se fueron experimentando 
en las letras, porque, luego que pudieron los pocos PP. que habían en- 
trado en Quito, abrieron escuelas de enseñanza pública para todo género 
de personas. Siendo ya once los sacerdotes que formaban el colegio, dos 
escolares y algunos coadjutores. Leía un sacerdote teología moral, bien 
necesaria en tiempos en que no eran muy antiguas las conquistas, y en 
que las gentes, atentas á sus particulares intereses y ganancias, suelen 
dar mucho lugar á la ignorancia. Otro, comenzó á leer un curso de filo- 
sofía para que los hijos, que iban allí naciendo de los españoles, apren- 
diesen los fundamentos para las ciencias más altas y sagradas. Y como 
los demás PP. estaban tan ocupados en sus ministerios de predicar y con- 
fesar y atender á tan numerosas congregaciones, señalaron por entonces 
á los dos escolares para que enseñasen en dos clases la gramática. Toma- 
ron tan á pechos los maestros la enseñanza de la juventud, que pasando 
un P. por visitador al colegio de Quito en el año de 1595, tuvo grande 
consuelo al observar el aprovechamiento de la juventud en las letras, y 
celebra en su informe los estudios de Quito, por estas palabras: «Los es- 
»tudios ñorecen en número y fervor, serán por todos ya ciento y ochenta 
«estudiantes y á una mano de buenas habilidades. Comenzóse un curso 
»de artes con cuarenta discípulos y se dio principio á la lección de teo- 
» logia con una prelección muy docta y curiosa, á la cual asistió el señor 
«Obispo, Corregidor y todas la Religiones, yá todas satisfizo mucho. Pro- 
»siguióse lo uno y lo otro con aprovechamiento de los estudiantes, con 
«muestras de él en conclusiones y actos, que en tierras tan nuevas pare- 
»cen bien y despiertan el gusto y apetito de las letras, que por acá estaba 
»muy postrado.» Hasta aquí el P. visitador. Pero así las letras como la 
virtud tomaron nuevo aumento en aquella ciudad con la erección de un 
seminario ilustre, que fué como el caballo troyano, de donde salieron en 
todos los tiempos varones muy señalados para la Iglesia y república, y 



'^^ Misiones del Makañón Español 

muchos fervorosos operarios para la viña del río Marañón. El modo y 
causa de su fundación y el fruto que se experimentó desde luego, se con- 
tará en el capítulo siguiente. 



CAPITULO VIII 

FUNDACIÓN DEL ILUSTRE SEMINARIO DE SAN LUIS 

Obra fué de grande servicio de Nuestro Señor para el bien del obispa- 
do, aumento de las sagradas Religiones, lustre y ornamento del reino de 
Quito, y un medio muy eficaz para extender la fe de Jesucristo en las 
tierras más retiradas, la fundación de un insigne seminario, dedicado á 
San Luis, que en el año de 1594 hizo en la ciudad de Quito su gran pre- 
lado el doctor D. Fray Luis López de Solís, religioso, que fué, de la escla- 
recida orden de San Agustín. Gozoso el celoso Pastor del mucho fruto que 
habían cogido en tan corto tiempo los Padres de la Compañía, de su gra- 
cia singular en criar la juventud y del modo tan desinteresado en ejerci- 
tar todo género de ministerios, puso los ojos en ellos , para que se encar- 
gasen de la dirección de un seminario que formaba, poniendo á su cui- 
dado la enseñanza y educación de los más escogidos jóvenes de la pro- 
vincia. Aunque eran pocos los de la Compañía, y se excusaba el rector de 
admitir aquella carga por no tener maestros y directores bastantes para 
satisfacer cumplidamente á la grande confianza que se hacía de la Reli- 
gión, fueron tan eficaces las súplicas é instancias del señor Obispo, que 
hubo de ceder finalmente y tomar á su cargo el seminario, que de propó- 
sito se había fundado, calle en medio de nuestro colegio. Nombró luego 
rector de aquella juventud, y señaló los maestros y directores necesarios 
para el gobierno, que pensaba ser de mucha gloria de Dios, aunque de 
aquí nacía doblarse la carga á los demás sujetos que apenas podían re- 
sistir ya á tanto trabajo, como vimos en el capítulo antecedente. 

La memoria de tan ilustre prelado y la grande confianza que hizo de la 
Compañía en encargarla su estimado seminario, en una ciudad en que ha- 
bía religiosos de su orden, está pidiendo el que mostremos nuestro agrade- 
cimiento á tanto aprecio y estimación, refiriendo, siquiera en este lugar, 
los motivos y causas que tuvo para entregar esta su obra, más antes á 
la dirección de la Compañía, que á la de otras sagradas Religiones. No 
las diría yo tan bien como las declara Su Ilustrísima en la cláusula de su 
erección por estas palabras en que descubre su celo y su prudencia y el 
deseo ardiente de la gloria de Dios. 

«Para que esta obra, de la cual esperamos tanto servicio del Señor y 
»bien de nuestro obispado alcance su fin, es necesario que las personas 
»que la tuviesen á su cargo sean de mucho ejemplo y suficiencia en le- 
»tras, y tengan experiencia de cómo se ha de criar la juventud, por lo 
»cual acordamos, con parecer de esta Real Audiencia y del Cabildo de 



boí^TON CCK-LtOÉ DUn -^ 

CHcsTNin miX masí. 
Libro I.— Capítulo VIII 25 

T»esta ciudad, que así nos lo pidieron, encargar este seminario á la Compa- 
»ñía de Jesús, por concurrir en los Padres de ella las dichas calidades, si- 
»guiendo en esto las pisadas de los Sumos Pontífices, los cuales han encar- 
»gado á la dicha Compañía los principales seminarios que hay en toda la 
«Iglesia, que son los cuatro de Roma, el Seminario Romano, el Germánico 
»para Alemania, el Ánglico para ingleses, el Griego para griegos; y otros 
«muchos Prelados, señores y ciudades, han erigido y fundado colegios, y 
»los han encomendado á la dicha Compañía y últimamente las ciudades 
»de Sevilla, Lisboa y Valladolid, que los han fundado muy principales, 
»han encomendado la administración de ellos á la dicha Compañía de 
»Jesús: y la Sagrada Congregación de Eminentísimos Cardenales, en las 
«respuestas é interpretación del Concilio de Trento , tiene ordenado que 
«donde los de la Compañía pudiesen ser habidos, se les encarguen las lec- 
»ciones y enseñanza de los dichos seminarios, por el gran fruto que se ha 
»cogido en la Iglesia y se coge de todos los que tiene á su cargo. Y así, or- 
»denamos y mandamos, que mientras la Compañía de Jesús y Superiores 
»de ella nos quisieren hacer esta gracia á Nos, y á todo este Obispado, de 
»tener á su cargo el gobierno de dicho seminario, no se le quite, como está 
«capitulado. Y pedimos y rogamos á los dichos Superiores de la Compa- 
»ñía por la Sangre de Cristo, y el amor que en Nos han conocido, no se 
«exoneren de él en tiempo alguno.» 

Esta es la cláusula de la fundación y entrega que nos dejó este me- 
morable prelado de la obra de su mayor estimación, escrita con pala- 
bras de tanto aprecio de la Compañía; y, lo que más importa, que no res- 
piran otra cosa que la mayor gloria de Dios y celo del bien de las almas. 
Y aunque nos llena de confusión y vergüenza por los muchos elogios que 
contiene de la Compañía, no han sido parte tantas alabanzas para que 
el agradecimiento no las traslade. Quiera el Señor, como esperamos, ha- 
berla trasladado en el libro de la vida, en donde nada se borra ni acaba 
con el tiempo, ya que los de la Compañía no podamos corresponder bas- 
tantemente á tanto afecto, estimación y aprecio. 

No contento este prudente prelado con haber fundado el semina- 
rio de San Luis, de tanta utilidad en la república eclesiástica y civil, 
obtuvo en el año siguiente de Su Majestad Católica, D. Felipe II, la apro- 
bación y protección de esta obra y consiguió una Real Cédula, para que 
no se mudase ni alterase aun en Sede vacante en la más mínima parte 
su gobierno, sino que siempre se estuviese en todo á lo determinado por 
su fundador. Las razones que tuvo su Majestad para tomar bajo su am- 
paro y protección el seminario, las esprime su Real Orden por estas pa- 
labras: «Por la mucha importancia de que es ese Colegio, demás de lo 
«que Nuestro Señor se servirá de que allí se críen y enseñen buenos su- 
» jetos, que puedan ser de provecho en la predicación del Evangelio, edi- 
«ficación de los españoles y enseñamiento de los naturales, por el bien 
«universal de la Religión, ornamento y ennoblecimiento de ella.« Motivos 
dignos de tan católico rey, y es de notar que pone en primer lugar la 



26 Misiones del Marañón Español 

predicación del Evangelio, que cumplieron tan abundantemente los alumnos 
de aquel colegio, como veremos en adelante; porque criados en virtud y 
letras, y transplantados muchos de ellos á la Compañía, hicieron prodi- 
giosos descubrimientos, conversiones y reducciones, esparciendo la luz 
del Evangelio en las tierras más escondidas y apartadas del cristianis- 
mo, llevando sobre sus hombros el mayor peso y carga de las misiones 
de Mainas. 

Pero no se ciñó el fruto y utilidad del seminario á la propagación de 
la fe entre los gentiles, antes logró esta grande obra todas las ventajas 
que se insinúan en la cédula de Su Majestad y que pretendía su funda- 
dor. Porque la catedral de Quito se mostró luego reconocida al beneficio 
de su buen Pastor, por los sujetos ilustres, alumnos del seminario que 
ocupaban sus prebendas y lograban sus canongías. Y lo que más es, ape- 
nas hubo curato á poco tiempo de la fundación que no se diese á colegial 
de San Luis. Tanta era la satisfacción que se tenía de la crianza y edu- 
cación de aquella juventud, que tan bien fundada en virtud y letras sa- 
lió del colegio. ¿Qué diré de los bienes que recrecieron á la república ci- 
vil de aquel dichoso establecimiento? Porque muchos siguieron las togas 
y las ilustraron, como es constante en aquel reino, por su pericia, desin- 
terés y buen ejemplo. Las sagradas religiones para cuya subsistencia, 
honor y aumento parece que la Providencia había dispuesto aquella 
obra, lograron sujetos muy escogidos en letras, juicio, virtud y pruden - 
cia. «Si hubiera de decir los sujetos grandes del seminario de San Luis, 
dice el P. Manuel Rodríguez en el libro I de su Historia del Marañan, al 
capítulo VIII, las dignidades, los catedráticos y predicadores de que tengo 
noticia en los no conocidos, y experiencia de los que he comunicado, ne- 
cesitara escribir no pequeño volumen. 

No es de omitir otro fruto muy señalado que se extendió al nuevo reino 
de Granada, con la ocasión de haberse fundado en Quito el seminario de 
S. Luis. Porque como su fundación fué la época de las letras en el reino 
de Quito, y con el mucho trato y comunicación lo veían y admiraban y 
observaban los ciudadanos de Santa Fe, se resolvieron y obtuvieron el 
llevar jesuítas á su ciudad y fundar un seminario, que llamaron S. Bar- 
tolomé, por la misma norma y con las mismas reglas, instrucciones y ofi- 
cios que el de S. Luis. Fué la fundación de mucha importancia y tan ne- 
cesaria en aquellos tiempos de ignorancia, que no se puede encarecer con 
palabras; porque, cuando ya en Quito florecían las letras y se iban culti- 
vando los ingenios de los criollos, estaban los de Santa Fe al cabo de 
ochenta años después de la conquista en una noche obscura sin entender 
siquiera latín, cuanto menos moral, teología ni otras facultades; tan arrai- 
gada estaba la ignorancia entre los clérigos, que se puede decir de ellos 
que á una mano no habían abierto el arte de la lengua latina: y para que 
ninguno piense ó se persuada que hay exageración en lo que escribimos, 
he aquí dos ejemplos bien sabidos en aquel reino de Granada que refiere 
en esta substancia el P. Rodríguez. Cuando se iban ya poniendo las co- 



Libro I.— Capítulo IX 27 

sas en policía y estaban ya establecidos los estudios, quiso el Sr. Presi- 
dente que fuesen llamados á examen ciertos opositores á un beneficio. 
Uno de los principales, admitido al examen, protestó desde luego abier- 
tamente, que en el tiempo en que le habían ordenado, no se usaba estudiar, 
y que le habían dado las sagradas órdenes sin saber la lengua latina. Y 
así suplicaba, que si le querían hacer merced le diesen el beneficio, pues 
había tenido otros muy buenos. Si este caso no prueba la ignorancia del 
latín en los clérigos, el que se sigue da demasiado á entender una estupi- 
dez asombrosa, no digo en las materias morales, pero aun en los primeros 
principios de la doctrina cristiana. Un sacerdote que residía no muy lejos 
de Santa Fe, cura y vicario de españoles, que tenía otros párrocos sufra- 
gáneos, viendo que no cabía en el viril preparado para la procesión del 
Corpus, la Hostia consagrada, mandó traer unas tijeras y con ellas (cosa 
increíble entre cristianos) la cercenó hasta que pudo acomodarla. Estos 
horrores y crasísimas ignorancias nacidas de la falta de maestros, des- 
aparecieron en poco tiempo, con la luz de la doctrina que esparcieron por 
todo el reino los nuevos directores, que de tal suerte entablaron el con- 
victo de Santa Fe y criaron á sus alumnos, que no cedió en sujetos ilustres 
en virtud y literatura al de Quito, siendo los dos seminarios de S. Bartolo- 
mé y de S. Luis, como los dos polos de aquella parte tan considerable del 
Nuevo Mundo, en que después de una 'noche obscura de ignorancias y 
errores, amaneció un día claro de luces y verdades. 



CAPITULO IX 

REDUCE EL P. RAFAEL FERRER Á LOS INDIOS COFANES, BAJA HASTA EL 
RÍO MARaÑÓN. y MUERE AHOGADO DE LOS BÁRBAROS EN OTRO RÍO 
CAUDALOSO. 

Fundado ya el colegio de Quito, y entablados los ministerios en la ciu- 
dad y contornos, cuando esperaban los PP. lograr en su seminario suje- 
tos que ayudasen á la conversión de las almas, se animaron á probar en 
la reducción de gentiles. Ha parecido poner en este lugar esta primera 
misión en tierras de los infieles, así para seguir el orden del tiempo, como 
porque en ella se descubrieron las naciones del río Marañen, y dio con el 
tiempo ocasión á una demarcación cumplida y exacta de este río. Mu- 
chas eran las naciones de gentiles de que había noticia en Quito , y que 
tenía ocultas el demonio en cerradas montañas , para que no entrase en 
ellas la luz del Evangelio. Entreo tras, era bien sabida la de los indios Co- 
fanes, distante setenta leguas de Quito, y por los Quijos, Zumbos y Ma- 
cas, ya reducidos, no se tenía por dificultoso el pasar y entrar en aquella 
bárbara nación, por no distar de los Zumbos, que eran los más apartados, 
sino doce leguas de camino. Sólo se entendía haber un impedimento na 



28 Misiones del Marañón Español 

pequeño, que era el atravesar un río caudaloso que venía á ser como la 
raya entre los Zumbos y Cofanes. 

Digerida bien esta noticia, que cada día se iba confirmando, determi- 
naron los superiores de la Compañía que entrasen algunos de ella á los 
indios Cofanes. Porque habiendo llegado la Compañía á la viña evangé- 
lica más tarde que las demás religiones, debía doblar en ella el trabajo 
para merecer igual jornal, y conseguir tanto premio como los primeros, 
rompiendo tierra nueva, disponiéndola y sembrándola para que llevase 
el fruto deseado. Ofrecióse luego á la entrada el P. Rafael Ferrer, valen- 
ciano de nación, que de la provincia de Aragón había pasado á Lima, y 
de Lima á la ciudad de Quito. Admitieron los superiores la oferta con mu- 
cho gusto por ser el P. Rafael respetado y venerado en toda la provincia, 
como un varón santo, y que parecía tener en sus misiones poder sobre el 
corazón de los oyentes. Era su celo ardiente, las palabras todas del cielo, 
y las cartas echaban rayos de amor de Dios. Estaba reciente el suceso 
memorable que acababa de pasar en Cali, del obispado de Popayán. Por- 
que haciendo misión en esta ciudad en ocasión en que se hallaba bien ne- 
cesitada por los muchos daños espirituales que la oprimían, envidioso el 
demonio del fruto que temía, dio en una invención suya, para divertir á 
los oyentes de la predicación fervorosa del misionero. Indujo á ciertos 
ciudadanos á que hiciesen una comedia profana en la iglesia, con el pre- 
texto que algo se había de dar á la diversión y desahogo. Hizo lo que pudo 
€l siervo de Dios, que conocía muy bien ser el demonio el autor de la co- 
media, por impedir acción tan disonante , especialmente en tiempo tan 
santo; mas nada pudo conseguir ni con ruegos ni con súplicas de los que 
prevenían aquella función profana; hasta que llegado el día en que se 
había de representar, cuando ya todo el pueblo estaba junto en la igle- 
sia para oir la comedia, poco antes de comenzar, saltó de repente al ta- 
blado con Cristo en mano, y predicó con tanto fervor y espíritu contra 
aquel escándalo, que toda la expectación, alegría y regocijo paró en 
llanto, confusión y dolor de los pecados, volviéndose á su casa contritos 
y confusos, los que habían venido olvidados de sus culpas á gozar de la 
comedia, que no se hizo entonces, ni pensaron en hacerla después. Por- 
que al día siguiente fueron tantas las confesiones y se vio tal mudanza en 
los corazones, que comenzaron á respirar en sus trabajos y á experimen- 
tar consuelo en sus necesidades. Duró por muchos años en aquella ciu- 
dad la memoria de este caso, y de él tuvo principio el grande aprecio que 
tienen en ella á los PP. de la Compañía. 

Salió varón tan señalado, todo encendido en el amor de Dios y del 
celo de las almas, á la empresa que le encargaban de los Cofanes, en el 
año de 1602, deseoso de dar buen principio al siglo en su primer ensayo, y 
que otros siguiesen su ejemplo en la predicación de los gentiles. Propor- 
cionó el tiempo á la entrada en aquellas tierras poco accesibles, á las 
cuales sólo se puede penetrar en algunos meses del año, con guías y gente 
que hagan puentes de palos en los muchos ríos que se pasan. Caminaba 



Libro I.— Capítulo IX 2& 

ei P. Rafael á pie por tierras ásperas y montuosas que no daban lugar á 
muías ni á caballos. Su ordinaria comida era maíz ; la cama , el duro 
suelo con una pobre manta. Escribía por el amor grande que tenia á la 
pobreza, en unos pequeños retazos de cartas viejas, cuanto iba obser- 
vando á sus superiores. No llevaba consigo más libros que la Biblia y el 
breviario; y en tanta necesidad y falta de todo, entró tan gustoso y con- 
tento á los Cof anes, que rebosaba de alegría entre aquellos bárbaros; tan 
lejos estaba de temer los peligros de la vida que tenía jugada, rodeado 
de tantos gentiles, que no pensaba en otra cosa que en ganarles las vo- 
luntades, acomodándose á su modo de ellos, y en hacerles todo el bien 
que podía. Con estos medios, cuya práctica es más trabajosa de lo que 
parece á los que no lo han experimentado, se hizo dueño de los corazones 
de aquellos infieles. Comenzó á instruirlos en nuestra fe, dándoles noticia 
de un Dios, Creador de todas las cosas, que premia á los buenos con su 
felicidad eterna en el cielo, y que castiga á los malos, con fuego que tiene 
preparado en las entrañas de la tierra. El primer fruto de su apostolado 
fué bautizar muchos párvulos que le ofrecían sus padres, y por medio de 
ellos, tomó posesión de aquella tierra para Jesucristo. Finalmente, al 
cabo de año y medio , en que padeció grandes hambres, necesidades y 
peligros, logró con su tesón, aplicación y constancia, formar una reduc- 
ción de indios cofanes, enseñándoles á vivir en población como racionales 
y con algún género de gobierno. 

No estaba satisfecho el siervo de Dios con el fruto que un solo misio- 
nero podía coger en tierras tan dilatadas; volvió al colegio de Quito en 
busca de compañeros que le ayudasen á recoger tanta mies como se pre 
sentaba. Llevó consigo al P. Fernando Arnulfino, aunque el vice-provin- 
cial, en una carta, da á entender que en esta segunda entrada le siguió 
un sacerdote secular, y que Arnulfino le acompañó en la primera, sin 
poder volver con él en la segunda. Como quiera que fuese, los dos misio- 
neros hicieron muchos progresos en la conversión de aquellos gentiles, 
obrando Dios grandes maravillas con ellos por medio del P. Rafael. Ca- 
yendo enfermo en los caminos en que andaba continuamente, y no pu- 
diendo dar un paso, no por eso desistió de sus correrías, ni los indios le 
dejaron; antes, por el amor que le tenían, le llevaban en hombros por 
aquellas montañas. Llegó á registrar muchas naciones y descubrir las 
provincias que están hacia las juntas del río Ñapo y Marañen, en donde 
el pérfido Orellana negó la obediencia, como vimos en el capítulo IV, á su 
capitán legítimo D. Gonzalo Pizarro, y pudo después, volviendo á Quito, 
dar razón de las innumerables gentes que habitaban en aquellas riberas. 

No podía menos el infierno de darse por sentido al ver las muchas al- 
mas que estaban ya libres de su cautiverio por la industria y predicación 
de este varón apostólico. Procuró por medio de los españoles mismos 
apartarle de aquellas tierras y cortar el hilo de su predicación. Conocía 
bien el P. Rafael que no estaba bien á los indios la entrada de los espa- 
ñoles de un presidio que no estaba muy distante, porque como á tan tier- 



30 Misiones del Marañón Español 

nos en la fe, les servían ciertamente, de escándalo los malos ejemplos de 
los cristianos viejos. Ya desde entonces preveía la ingeniosa caridad de 
este ministro de la gloria de Dios, lo que acreditó, con ruina de los recién 
convertidos, la experiencia. Por esta causa estorbaba cuanto podía la en- 
trada de los soldados en los Cofanes. El demonio, que siempre está á la 
mira contra el género humano, y más en particular contra los predica- 
dores celosos que le quitan de sus garras las almas que tiene por suyas, 
levantó con esta ocasión una horrorosa persecución contra el siervo de 
Dios. Dieron los españoles muchas quejas á Quito contra el proceder del 
Padre, y escribieron á su viceprovincial, que impedía la comunicación de 
los cristianos con los Cofanes, pintando, como suele inspirar el ardor de las 
pasiones, las cosas como querían y á su modo. Tanto hicieron y dijeron 
los del presidio, que se vio precisado el superior á llamar á Quito al padre 
misionero. Vino luego á la ciudad el celoso ministro, dio razón de su per- 
sona, expuso llana y sencillamente las providencias que tomaba para 
impedir el daño que temía, y satisfaciendo cumplidísimamente á cuanto 
se le oponía, hizo callar á sus contrarios. Siempre la virtud es respetada, 
y á su presencia suele calmar el tumulto de las pasiones que todo lo obs- 
curecen: nada, finalmente, la virtud sobre la mentira y la razón se so- 
brepone al engaño. 

Deshecha la tempestad, volvió con denodado fervor á su misión, de- 
jando mejor entabladas las cosas para que no se diese oídos en adelante 
á sus perseguidores. Todos admiraban su tesón en proseguir con la re- 
ducción de los Cofanes, y le veneraban por hombre santo, viendo que lle- 
vaba sacrificada su vida en tantos peligros de agua y tierra y mucho 
más de los mismos gentiles que, aunque le querían comúnmente y esti- 
maban, suelen á las veces encubrir con destreza sus corazones doblados, 
hasta que viendo la suya los descubren con traición y alevosía. Espera- 
ban en el camino al P. Rafael algunos de sus indios, que habían venido 
á buscarle, para acompañarle en el viaje y ayudarle á pasar los ríos. 
Llegaron á uno bien caudaloso, y al pasar el soldado valeroso de Cristo, 
por una puente de palos, bien ajeno de lo que dos bárbaros habían pen- 
sado, trastornaron éstos, instigados del demonio, las vigas mal asenta- 
das, y dieron con el siervo de Dios en lo profundo de las aguas. Los in- 
dios tiraron á escapar cuanto antes temiendo algún castigo, y ellos mis- 
mos contaron que estuvo algún tiempo sobre las aguas con las manos 
levantadas al cielo predicándoles su destrucción, como parece se cum- 
plió; porque faltando este varón, no se llevó adelante la conversión de 
aquella nación, ó á lo menos, se interrumpió por muchos años. Su cuerpo 
no pareció jamás, y es creíble que fuese rodando hacia el Marañón, en 
donde entra aquel río, como para señalar á sus hermanos el sitio y lugar 
de sus sudores apostólicos. 

Asi se vengó el demonio de quien le había hecho tanta guerra, y el 
Señor se lo permitió para mayor gloria de su fiel siervo, coronándole, 
■como parece, con la gloria del martirio, por haberle quitado los bárbaros 



Libro I.— Capítulo X 3L 

la vida, en odio de nuestra santa fe que con tanto celo predicaba. Por esta 
causa, muchos hombres de grande circunspección y prudencia le tuvie- 
ron desde luego por mártir, y lo nombraron con el título respetable y glo- 
rioso de venerable, y no pensaron que era indigno de aquella singular 
gracia, el que por toda su vida no respiraba otra cosa en sus palabras, 
conversaciones y pasos, que fuego de amor de Dios y celo del bien de las 
almas. Sucedió su preciosa muerte, por el mes de Marzo, otros dicen de 
Junio, de 1611, después de haber empleado en la conversión de los Cofanes 
nueve años, pues hizo la primera entrada en aquellos gentiles, como apun- 
tamos arriba, en el de 1602. El vicario de aquella provincia hizo en el 
año de 1620, información jurídica de las circunstancias de la muerte del 
venerable padre, pero de su resulta y de las demás acciones de este fervo- 
roso ministro, no han llegado á nuestras manos otras noticias más indivi- 
duales; y, perdidos los papeles, en que habría mucho que añadir á nues- 
tra historia y á la general de la provincia de Quito, hemos recogido las 
pocas que hemos podido del P . Eusebio Nieremberg, en su tomo cuarto 
de «Varones Ilustres,» en donde refiere sumariamente los trabajos de nues- 
tro misionero. Y aun el mismo P. Eusebio se reconoce deudor en parte de 
lo que dice, al licenciado D. Bernardo Montesinos, historiador diligentísi- 
mo, que peregrinó más de mil leguas, por averiguar de archivos y pape- 
les originales, las cosas que escribe en la segunda parte de su «Oflr de 
España» ó «Anales Peruanos», en que se hace mención de algunos hombres 
señalados de la Compañía de Jesús. Yo sólo añado, en confirmación de la 
muerte gloriosa del venerable P. Rafael, que en el colegio de Quito es- 
taba pintado predicando á los Cofanes desde las aguas en que le habían 
arrojado, con los brazos extendidos y levantados en alto. Prueba bastan- 
temente clara de que cuando estaban frescas las noticias, se averiguó bien 
esta particular circunstancia de su muerte. Pues no hubieran pasado los 
PP. de aquel colegio á una demostración exterior tan visible, sino estu- 
vieran muy ciertos de que la pintura se conformaba con el original. 



CAPITULO X 

DESCUBRIMIENTO CASUAL DE LA PROVINCIA DE LOS INDIOS MAINAS 

Desde el año de 11, en que faltó el principal misionero de los Cofanes, 
se interrumpió el curso de la predicación de la fe por aquella provincia, 
rebelada la nación por el horrible atentado y enagenada á los españoles. 

Pero como el Señor, por medio, al parecer, de casualidades y acci- 
dentes, dispone suave y eficazmente las cosas hasta conseguir con certi- 
dumbre su fin, dio traza y modo cómo se abriese otro camino al Mara- 
ñón con un singular acontecimiento, cuando ya los jesuítas iban crecien- 
do en número, y el seminario de San Luis daba jóvenes señalados en vir- 



32 Misiones del Marañón Español 

tud y bien fundados en letras. En el año 1616 en que se formó de los- pa- 
dres existentes en Quito, y en el nuevo reino de Granada, provincia se- 
parada de la del Perú, quiso el Señor mostrar la provincia de los primeros^ 
gentiles del Marañón, por donde había de comenzar aquella grande con- 
quista. El caso sucedió de esta manera. Hicieron algunos indios varias 
muertes en la ciudad de Santiago de las Montañas, que pertenece á la 
provincia de Yaguarzongo; y temiendo el merecido castigo, se huyeron 
de la ciudad y retiraron tierra adentro, bien seguros, á su parecer, de no 
ser hallados. 

No creyendo los españoles que se debia dejar sin castigo tan perni- 
cioso ejemplo, salieron veinte soldados con veinte indios de confianza en 
busca de los fugitivos por el mes de Febrero del referido año. Armaron 
sus canoas, y siguiendo la corriente del río cercano á la ciudad, de unos 
en otros vinieron á descubrir unas rancherías de infieles. Alteráronse al 
principio los indios con la vista de los españoles, que en forma de armadi- 
11a bajaban ya por el río Marañón y acudieron á las armas; pero con las 
muestras de paz que les ofrecían los nuestros, y señales de amistad que 
pretendían, se sosegaron los gentiles y recibieron gustosos en sus casas 
á los soldados, acudiendo, como podían, á su regalo, y trayéndoles varias 
frutas de la provincia. Llamábanse los indios de esta provincia Mainas, 
y parece que tenían ya alguna noticia de los españoles. Viendo éstos tan 
buen natural en los Mainas y el deseo grande de agasajarlos, se detuvie- 
ron en sus casas por algunos días, y tratando con modo cariñoso y agra- 
decido con los caciques y principales de la provincia, lograron que se 
entablaran paces entre la nación y la ciudad de Santiago. 

Dado este primer paso, les propusieron las conveniencias y ventajas 
que tendrían si daban la obediencia á Su Majestad Católica. Vinieron en 
ello los indios, ofreciéndose de su voluntad á ser subditos del rey católi- 
co, y aun prometieron volver con los nuestros hasta la ciudad para ver- 
la y conocer á sus amigos; tanto puede el trato cariñoso y la buena ma- 
nera con los indios más salvajes. 

En efecto: subieron con los españoles en sus canoas y los acompaña- 
ron en parte del viaje; pero como el indio es naturalmente tímido, no pa- 
saron esta primera vez de los últimos términos de su provincia. Aquí se 
despidieron tiernamente y con mucho sentimiento de sus huéspedes, mos- 
trando gran deseo de que volviesen á sus tierras y les trajesen padres, 
porque querían hacerse cristianos y aprender el camino del cielo, como 
lo habían hecho otros indios con la asistencia de los misioneros. 

Esta fué la ocasión de que se valió Su Majestad para salvar las almas 
del Marañón, y este fué el principio de la Misión de los Mainas, debido, 
en parte, al buen modo de unos soldados españoles que, buscando indios 
fugitivos, los llevó la Providencia á una grande nación de gentiles, si- 
tuados en lo más alto del río, desde donde era más fácil el bajar á la re- 
ducción de las demás naciones. 

Llegaron los españoles á Santiago sin los indios que buscaban, pero lo 



Libro I.— Capítulo X , 33 

llenaron de alegría y de contento con la relación de su aventura y ha- 
llazgo. Contaban el buen recibimiento de los Mainas, su natural excelen- 
te, la paz establecida con ellos, el trato y comunicación que habían pro- 
metido, y, sobre todo, celebraban la buena voluntad con que se daban 
por vasallos del rey y los grandes deseos de hacerse cristianos. Corrió 
luego la voz del caso sucedido por las ciudades más cercanas, y llegando 
á oidos de D. Diego de Vaca y Vega, vecino de la ciudad de Lo ja, pensó 
en aprovecharse de tan buena noticia. Informóse muy á fondo de todo lo 
que había pasado con los soldados de Santiago, pensó mucho sobre las 
palabras que habían dado los Mainas, y averiguó muy en particular el 
camino por donde se había abierto la comunicación con los gentiles. Ase- 
gurado bien de todas las circunstancias del suceso, determinó acudir al 
virrey del Perú y capitular la conquista de la nación descubierta y de las 
demás que se continuaban por las riberas del río Marañón. Era D. Diego 
de Vaca caballero muy señalado entre los demás, de tan nobles pensa- 
mientos como acciones generosas. Había sido capitán de infantería en el 
presidio del Callao y servido mucho al rey católico en la conquista y 
pacificación de Santa Marta. No había mostrado menos valor y fidelidad 
al real servicio en la defensa de Panamá, invadida de los ingleses, y 
en otras varias conquistas de indios; pero con ser tantos los méritos de 
D. Diego, era el mayor de todos para con Dios y para que lo tomase por 
instrumento de una conquista más espiritual que temporal, su mucha 
piedad y católico celo de la extensión de nuestra santa fe en tan dilata- 
da gentilidad; por lo cual era tenido de todos y respetado como hombre 
de singular juicio y prudencia, de valor extremado y de cristiandad nada 
inferior á las otras prendas de su persona. 

Era virrey de Lima por los años de 1618 el príncipe de Esquilache 
D. Francisco de Borja, y habiéndose presentado D. Diego de Vaca, y 
pedido á su excelencia la conquista de los indios Mainas ya descubier- 
tos, y el título de gobernador de los lugares que á su costa fuese fundan- 
do por aquella provincia; vistos por el virrey los señalados méritos, ma- 
duro proceder y celo conocido de un caballero tan ilustre, le concedió 
desde luego con ciertas capitulaciones que le propuso, todo cuanto pre- 
tendía y deseaba, entendiendo que no podía caer en sujeto más cabal el 
título de gobernador de los Mainas, y la facultad y licencia de estable- 
cer poblaciones en aquella provincia. Volviendo D. Diego á su patria tan 
bien despachado, pensó en las disposiciones necesarias para la funda- 
ción de una ciudad en la entrada misma del territorio de los indios Mai- 
nas. Pedían éstas algún tiempo, por ser necesario enlazar en la empresa 
algunos españoles que concurriesen á la formación de la ciudad y de los 
lugares en que se pensaba. Entre tanto, se cultivaba la comunicación y 
crecía el trato de los indios con los vecinos de Santiago, que los recibían en 
la ciudad con agasajo, y diciéndoles que podían venir á visitar á sus ami - 
gos cuando les pareciese; con lo cual se iban civilizando, aprendiendo los 
usos y costumbres de los españoles y entrando en algún género de policía , 

3 



34 Misiones del Marañón Español 



CAPITULO XI 



notable resolución de la venerable virgen MARIANA DE JESÚS, DI- 
CHA COMUNMENTE LA AZUCENA DE QUITO, DE BAJAR POR SÍ MISMA Á 
PREDICAR Á LOS MAINAS. 



Como la ciudad de Quito iba creciendo en grandeza, población y ri- 
quezas, llegando casi á competir con la capital de Lima no sólo en el 
buen orden y establecimientos políticos, sino también en las letras y en 
la religión y virtud, tuvo ya en estos tiempos una venerable virgen, lla- 
mada Mariana de Jesús, que con el glorioso título de lirio ó azucena de 
Quito, bien merecido por sus raros ejemplos y virtudes, ilustró á su pa- 
tria, como había ilustrado á Lima la esclarecida virgen Rosa de Santa 
María. Es verdad que no ha subido hasta las aras el culto de Mariana, 
como subió el de Santa Rosa; pero tenemos muy fundadas esperanzas 
de que la veremos algún día colocada en el catálogo de las santas vír- 
genes, habiendo ya la santidad del Pontífice reinante Pío VI, declarado 
sus virtudes en grado heroico con decreto de 19 de Marzo de 1776. No po- 
dían ocultarse á la venerable virgen Mariana, que no pensaba noche y 
día en otra cosa que en las glorias de su esposo Jesucristo, las providen- 
cias y esfuerzos de los jesuítas sus directores para extender el nombre 
de Jesús entre los muchos gentiles que se iban descubriendo. No conten- 
ta con las oraciones, lágrimas y suspiros con que pedía al Señor conti- 
nuamente que enviase operarios á su viña, se determinó por sí misma, 
siendo de solos doce años, partir al Marañón y predicar el Evangelio en 
aquellas partes, como allá Santa Teresa de Jesús, siendo niña, empren- 
dió una resolución semejante. 

El caso lo refiere de esta manera D. Juan del Castillo, canónigo de la 
catedral de Santiago de Chile, en el capítulo IV de la vida que escribió 
de esta esposa querida de Jesucristo, y dedicó al mencionado Pontífice 
Pío VI: 

«Habiendo la santa virgen (por los años de 1630) oído hablar de las 
«misiones de las grandes islas del Japón, de la Morea y de otras partes 
»de la India, así oriental como occidental, se encendió en el celo de la 
«conversión de los gentiles, y en particular quedó profundamente herido 
»su corazón con las noticias de las extendidas provincias del Marañón, 
«dichas de los Mainas. 

«Encendióse mucho más este su celo con ocasión de celebrar en el co- 
«legio máximo de Quito las glorias de los tres mártires del Japón, de la 
«Compañía de Jesús, y haber oido el panegírico en que se contaban sus 
«trabajos, penas y persecuciones. Dando y tomando sobre estos pensa- 



Libro. I — Capítulo XI 36 

»mientos, se resolvió prontamente á tomar la más heroica resolución, 
«corno allá la virgen Santa Teresa de Jesús. Llamó aparte dos parienti- 
»tas suyas, y otra su confidente que la imitaban en sus ejercicios y modo 
»de vida, y las declaró el pensamiento y resolución que había formado 
»de ir á predicar á los Mainas, no pudiendo sufrir por más tiempo que se 
«perdiesen eternamente tantas almas, y no lograsen el fruto de la reden- 
»ción de su Esposo. Que ya veía que el mundo la tendría por loca, y ca- 
»liflcaría de necedad y simpleza esta su determinación; pero que á ella 
»le bastaba agradar en esto á su Esposo, que allá en el fondo de su alma 
»y corazón la pedía este sacrificio. Que así como las daba parte del ver- 
»dadero fin y motivo de su partida, así también les pedía que disimulasen 
»la noticia y no la fiasen á ninguno hasta tanto que hubiese puesto en 
«ejecución lo que pensaba. 

«No sufrió el corazón de sus compañeras el apartarse de Mariana, á 
»quien se ofrecieron con generosa resolución en el empleo de misioneras 
^>de Mainas. Determinaron la noche en que habían de salir; hicieron un 
»f agoto de poca ropa y pan para el camino, y Mariana, enviándolas á 
«recoger á la hora acostumbrada para disimular mejor la fuga de la 
«noche, recogió las llaves de la casa antes de irse á la cama, con la in- 
atención de despertar á las compañeras, poco después de la media noche, 
»en cuyo tiempo se levantaba siempre á tener oración. Pero contento su 
«Esposo Jesucristo con el sacrificio verdadero de su .querida esposa, dis- 
»puso que no despertase Mariana hasta bien salido el sol, y buscando 
«los de casa las llaves que estaban en poder de Mariana, entendieron la 
«resolución que, puesta en movimiento la casa, declararon las compañe- 
»ras. Quedó confusa Mariana, viendo ya imposible la huida, pero conten- 
»ta en haber hecho de su parte el sacrificio á su Esposo.» 

Hasta aquí el autor de su vida. Ejemplo verdaderamente heroico en 
que se declara la fuerza del amor que el Espíritu Santo imprime en los 
corazones de las verdaderas esposas de Jesucristo. ¿Quién no ve en esta 
resolución de una niña tierna que el amor es fuerte como la muerte, em- 
prende cosas imposibles, no atiende á las fuerzas de la naturaleza, todo 
le parece fácil y hacedero, sin dar lugar á excusas ni dejarse vencer de 
impedimentos, porque siempre tira hacia arriba y pone su confianza en 
el Amado, y en llegando á entender su voluntad, rompe por todo, cre- 
yendo que nada hay imposible á quien llama y mueve, y á quien así le 
aviva y enciende en lo interior del alma? 

Pero ya que la venerable virgen no pudo poner en ejecución por sí 
misma su santo pensamiento, pedía é instaba continuamente á su Esposo 
con encendidas oraciones para que se apiadase de tantas almas ciegas, y 
enviase ministros evangélicos que les alumbrasen con la luz de la fe; y 
como tan parecida en el espíritu á santa Teresa de Jesús, encargaría 
apretadamente á sus compañeras que rogasen continuamente por la con- 
versión de los Mainas, como la misma virgen santa Teresa de Jesús, he- 
rida del mismo amor dejó á sus hijas por estatuto y constitución el que 



36 Misiones del Marañón Español 

hiciesen frecuentemente oración por la reducción de los bárbaros y gen- 
tiles. Yo tengo por cierto que á las oraciones de la penitentísima é inocen- 
tísima virgen Mariana debe en gran parte la Compañía el que tuviesen 
buen éxito los medios y diligencias que en esta sazón practicaba en orden 
á la conversión de los gentiles y para facilitar la entrada en el río Mara- 
ñón, como veremos en los capítulos siguientes. 



CAPITULO XII 



PRESENTA EL COLEGIO DE QUITO UN MEMORIAL AL REY CATÓLICO, FE- 
LIPE IV, PIDIENDO SU FAVOR Y AMPARO PARA LA CONVERSIÓN DE LOS 
GENTILES. 



Eran tantos los infieles que se iban descubriendo en este tiempo por la 
jurisdicción de Quito y sus confines, que se creía arribar el número á al- 
gunos millones. Manifestáronse los Gibaros, pación copiosa y que parecía, 
no hallarse en mala disposición para recibir el Evangelio. Tenía esta na^ 
ción la ventaja de poder entrarse á ella por el camino conocido de los 
Quijos, por la ciudad de Cuenca y por un caudaloso río, llamado Paure. 
Hacia la ciudad de Pasto se descubrió una multitud grande de naciones 
de Sucumbios, Tamas, Zeños, Abáñeos y otras más crecidas que las de los 
Paeces, Guanacas y Natagaimas del Nuevo Reino. Los gobernadores de 
los partidos, y mucho más el obispo de la ciudad de Quito, pedían á la 
Compañía que se encargase de recoger tanta mies, como se presentaba, 
empleando su celo en tan abundante cosecha. Pero mucho más lo desea- 
ba la Compañía, y más viendo que las mismas naciones clamaban, al pa- 
recer, por entrar en el gremio de la Iglesia. Mas ¿cómo podrían atender 
á tantas partes con alguna esperanza de fruto permanente los pocos 
jesuítas, empleados unos en el seminario de S. Luis, otros en la enseñan- 
za de la juventud y otros en los ministerios indispensables de predicar y 
confesar á los españoles y de enseñar la doctrina á un prodigioso núme- 
ro de indios tributarios y de tantos otros reducidos en tierras sobrema- 
nera distantes, no sólo de la ciudad, pero entre sí mismas? No tenían 
entre Lima y Santa Fe, camino de más de quinientas leguas, otro colegio 
que el de la ciudad de Quito, y era imposible en la distancia de doscien- 
tas y trescientas leguas, acudir con sujetos y enviar las cosas del todo 
necesarias para empezar, proseguir y llevar adelante misiones tan apar- 
tadas del centro de su colegio. 

En medio de tantas dificultades, ensanchando el corazón los jesuítas 
del colegio y encendidos en deseos de convertir tanta gentilidad, comen- 
zaron á pensar sobre los medios más eficaces de socorrer á tanto número 
de almas, en tanta necesidad y en tan buena coyuntura. Despacharon, 



Libro 1.— Capítulo XII 37 

sin dejar por eso á los Paeres y demás naciones, dos misioneros á la na- 
ción gibara, en cuya reducción empezaron á trabajar con mucho tesón y 
empeño, atendiendo también á observar las distancias de aquellas tie- 
rras y á demarcar los montes, ríos y valles, para facilitar los caminos, 
porque sin esta precaución y conocimiento necesario, no pueden durar 
los nuevos pueblos ó reducciones de los nuevamente convertidos. No con- 
tentos con este socorro, que era el único que podían enviar en las cir- 
cunstancias, determinaron anticipar la congregación provincial con la 
mira de elegir un procurador general que viniese á España, recogiese 
cuantos operarios pudiese y solicitase de su majestad católica licencia 
de fundar algunas casas ó residencias de la Compañía, en las ciudades ó 
lugares más cercanos á las entradas y misiones que se pensaba. Sin esta 
conveniencia de algún colegio que estuviese menos remoto, no se podían 
emprender reducciones que diesen alguna esperanza de la consistencia 
que se deseaba. 

Cayó la elección sobre el Padre Francisco Fuentes, sujeto muy 
á propósito para el encargo, asi por su gran juicio y religiosidad, como 
por la grande experiencia y mucho conocimiento de aquellas tierras, 
como quien había misionado por algún tiempo á los Paeces y había hecho 
largos viajes, observando los sitios y distancias. Pasó con su comisión á 
España el año 1632, y llegado con felicidad á la corte, presentó á la ma- 
jestad católica de Felipe IV un memorial bien razonado, en que decla- 
raba los motivos de su venida y exponía las pretensiones de la provincia 
de Quito, todas muy conformes al pecho católico de tan gran monarca . 
Y porque en él se declara con toda distinción el estado del gentilismo en 
aquel tiempo, los deseos de los españoles de su conversión, el celo de la 
Compañía de remediar tantas almas, y lo que de su parte prometía, si 
conseguía la facultad de fundar en los sitios que pareciesen convenientes, 
lo pondremos al pie de la letra, persuadidos á que será del gusto del que 
leyere la Historia oir hablar á un misionero que por sí mismo estaba to- 
cando el estado de las cosas. El memorial comienza de esta manera: 

Señor: 

«Francisco de Fuentes, de la Compañía de Jesús, procurador general 
de la provincia de San Francisco de Quito en los reinos del Perú, suplica 
á V. M. se sirva dar licencia á la Compañía para que en algunas 
partes de aquel reino y lugares, que son puertas para las provincias de 
gentiles, pueda tener algunas casas ó residencias de asiento, con media 
docena de padres siquiera en cada una, para el socorro y entradas á 
ellas. Para lo cual representa á V. M. lo siguiente: Dejando, señor, por 
brevedad muchos servicios de ambas Majestades y trabajos muy glorio- 
sos que la Compañía pudiera expresar, que son muy sabidos y comunes 
donde asiste, como son la cultura de los españoles, tan necesitados en 
aquellas partes, la enseñanza de la juventud y la doctrina y predicación 
é, más de quinientos mil indios, que hay en todo aquel reino, ya cristia- 



38 Misiones del Marañón Kspañol 

nos y no del todo instruidos en nuestra santa fe; sólo pone á V. M. de- 
lante la razón principal, que es la que siempre tiene el primer lugar en 
el cristianísimo pecho y católico celo de V. M. Esta es el mucho aumento 
de nuestra santa fe católica y extensión de la religión cristiana en un 
nuevo mundo de gentiles que se descubre cada día más, á que siempre se 
han seguido crecidos aumentos de la real corona, que podemos ahora 
prometernos otros mayores de la gloriosa empresa que se espera. 

Hay en aquella provincia de Quito (que sin duda es la más poblada 
de indios que tiene el Perú), muchas puertas, y cada día se abren otras de 
nuevo para la conversión de más de veinte provincias y naciones de gen- 
tiles, como son los Gibaros, Xeveros, Quilibitas, Mainas, Plateros, Zapa-^ 
ras, Cofanes, Abigiras, Encabellados, Iquitos, Omaguas, Acáreos, Atuaras^ 
Becabas, Sucumbios, Baduaques, Abaticos y Miscuaras, con las provin- 
cias de las Esmeraldas, Barbacoas, Paeces, Guanacas y Coyamas, que 
actualmente se van reduciendo, sin otras muchas de ¡que hay noticias y 
no se saben los nombres. El número y copia de gentiles de todas estas 
provincias es tan grande que, según los testigos de vista y relaciones 
ciertas, son muchos millones. Es gente pacífica y de naturales dóciles y 
muy dispuestos á recibir nuestra santa fe, por no ser dados á muchoa 
géneros de idolatrías, y solamente se conoce en algunos que ofrecen á 
sus tiempos oro, plata al sol en un adoratorio grande, que le llaman «la 
casa del sol». Las entradas y caminos se conocen así por tierra, como por 
los ríos que se navegan en canoas; hay noticias de minas de oro y plata,, 
la provincia de los Plateros se llama así, porque labran orejeras y nari- 
gueras de oro y plata con que se adornan, y así salen á veces á nosotros 
vestidos algunos de algodón que tejen y pintan curiosamente. 

Todo lo dicho, con otras muchas circunstancias, consta sin sospecha 
de encarecimiento ó menos verdad, de muchas relaciones é informacio- 
nes que se envían á V. M., y principalmente de las que ahora por orden 
y provisión de la Real Audiencia de Quito, á instancia del licenciado- 
Melchor Suárez de Poago, su fiscal, y del gobernador de los Quijos, Vi- 
cente de Villalobos, se ha hecho en virtud de una cédula de V. M., des- 
pachada el año de 1621, en que manda se hagan con todo cuidado y dili- 
gencia, como vienen hechas, y sobre que informa aquella Real Au- 
diencia. 

Siendo, señor, la conversión de innumerables almas tan cierta, el 
progreso de nuestra santa fe tan seguro, y los aumentos de la Real coro- 
na de V. M. tan sin duda, claman por ellos con humildes súplicas algu- 
nos gobernadores, para que por varias partes se les deje entrar, para 
reducir á Dios y á vuestra real corona tantas provincias y reinos, sin re- 
parar en propias expensas ni peligros, ni pedir otro premio que el servi- 
cio de ambas Majestades, y que les den padres de la Compañía que cate- 
quicen, bauticen y enseñen á los que fueren ganando, por la satisfacción 
que de esta religión tienen, y porque la conquista con que V. M. ha redu- 
cido todo aquel nuevo mundo de las Indias, ha sido más con obreros del 



Libro 1.— Capítulo XIII 39 

Evangelio que con soldados y con armas, trofeo que jamás olvidarán los 
siglos y corona digna de inmortal memoria. 

Claman, asimismo, los obispos que como pastores de las almas, sienten 
el verlas perder, siendo tan fácil su remedio. Claman los cabildos, ayun- 
tamientos y repúblicas, viéndose tan vecinas á un nuevo mundo, y cada 
día piden á la Compañía tome á su cargo tan gloriosa empresa, como lo 
ha hecho en Méjico y otras partes, y sobre todo, clama la misma Compa- 
ñía con continuas lágrimas y suspiros, viéndose por una parte cercada 
de tantos millones de almas redimidas con la sangre de Jesucristo, que 
sin remedio perecen, y por otra, tan sola en aquel reino por no tener en 
el espacio de más de quinientas leguas que hay desde el Nuevo Reino 
hasta Lima más colegio que sólo el de Quito, distante de las entradas y 
de poder acudir al socorro de las misiones que desea.» 



CAPITULO XIII 

PROSIGUE EL MEMORIAL Y SE RESPONDE Á UNA RAZÓN CONTRARIA 
QUE IMPEDÍA SU DESPACHO 

Hemos visto en la primera parte de la memoria que acabamos de tras- 
ladar, las muchas ocupaciones y empleos de la Compañía en los reinos 
del Perú, de Quito y de Granada; las infinitas naciones de gentiles que se 
iban descubriendo y los clamores y deseos de toda la gente española de 
su conversión á la religión católica; veremos en la segunda que reserva- 
mos para este capítulo una razón distinta de los pueblos y ciudades de la 
jurisdicción de Quito, los motivos urgentes para fomentar las misiones de 
los infieles, y finalmente, la súplica que á S. M. hace la Compañía para 
poder entrar en tan gloriosas conquistas. Sigue, pues, el memorial de esta 
manera: 

«Está, señor, la provincia de Quito en medio de la ciudad de Lima y 
de Santa Fe, corriendo de Norte á Sur; extiende el espacio de su gobier- 
no á trescientas leguas poco más ó menos de travesía de asperísimos ca- 
minos, y es la más poblada, así de indios como de españoles, que tiene todo 
el Perú, pues en el espacio dicho, tiene doscientos y trece pueblos de in- 
dios, ya cristianos con sus doctrineros de que tiene dados testimonios, y 
de ciudades, villas y lugares de españoles casi treinta; en toda esta dis- 
tancia de latitud, y en más de quinientas leguas de longitud (como se 
dijo) desde Lima hasta Santa Fe no tiene la Compañía sino sólo el cole- 
gio de Quito, deseando para ayuda de tanta mies tener siquiera algunas 
residencias en algunos lugares cercanos á sus entradas. La primera có- 
moda puerta es la ciudad de Cuenca de la banda del Sur hacia Lima, que 
dista sesenta leguas de Quito, de donde á tres jornadas se llega á la pro- 
vincia de los Gribaros, á donde actualmente están dos padres,, que irán 



40 Misiones del Marañón Español 

pasando á las demás que se continúan de Quilibitas, Mainas, Abijiras, 
Plateros y otras. Más adelante, cuarenta y cinco leguas de Cuenca, está 
la Tacunga, que es entrada para la provincia de los Zaparas, Omaguas, 
Baduaques y Miscuaras. Luego se sigue Quito, que es puerta también 
para las provincias de los Cofanes, Encabellados, Iquitos y otros.» 

«Después de Quito, á la banda del Norte, está la villa de San Miguel 
de Ibarra, diez y ocho leguas distante, que es entrada para las provin- 
cias de los Acaneos, Neguas, Tuaras y para la de las Esmeraldas, que 
han empezado á reducirse. A ocho días de camino desde la villa, y á se- 
senta leguas de Quito, está la ciudad de Pasto, que es de las grandes de 
aquel reino, y es entrada para las provincias de Mocoa y Sucumbios, 
Becabas, Tamas, Zeños, Abálicos y también para los Barbacoas. Final- 
mente, á otros quince días de camino de lo peor que tienen las Indias, y 
más de ciento y veinte leguas de Quito, está la ciudad de Popayán, ca- 
beza de gobierno j obispado, y á cuatro días de camino están las provin- 
cias de los Paeces, Guanacas, Charuallas, Coyamas y Natagaimas con- 
secutivas, en las cuales al presente trabajan dos padres, que con la 
ayuda del cielo han convertido y bautizado á muchos, y el informante ha 
estado en ella algunas veces. 

»Todas estas naciones casi dan clamores por el agua del santo Bau- 
tismo, que á los fieles obreros del Evangelio lastiman el corazón, y aun- 
que desde el colegio de Quito se han enviado en varios tiempos algunos 
padres á muchas de estas provincias, de cuyos trabajos han resultado 
muchos pueblos de cristianos y que hoy goza V. M., y sazonádose tanto 
la mies en algunas, que ellas mismas, con las noticias de estas misiones, 
han salido á pedir el Bautismo; con todo, no se consigue tanto fruto como 
se debía, por ser estas misiones como de paso, gastando más en el viaje 
de ida y vuelta, que en la asistencia, por la distancia del único colegio 
que hay en Quito, para cuyo remedio desea y procura la Compañía tener 
enlas partes referidas, las casas ó residencias dichas, de las cuales entren 
dos ó tres padres, ciento, doscientas ó más leguas de los gentiles, que- 
dando los otros dos ó tres trabajando fuera con un superior que cuide de 
todos en lo espiritual y temporal, y á sus tiempos llamen á los unos para 
que descansen y respiren del continuo trabajo, y envíen á los otros de re- 
fresco á la labor evangélica, pudiendo también socorrerlos con algún 
bastimento para alivio, de cuando en cuando, de las comidas groseras de 
los bárbaros, y lo demás necesario, como harina para hostias y vino para 
celebrar, á todo lo cual no puede acudir un sólo colegio de Quito y tan 
distante.» 

«Para esta representación y remedio de tan grande mal se vio obli- 
gada la provincia del Nuevo Reino y Quito á juntar una congregación 
aun antes del tiempo ordinario para elegir un procurador general que 
con la diligencia y cuidado que pide negocio tan grave, suplique á vues- 
tra majestad, como lo hace con todo encarecimiento, se sirva conforme 
á su acostumbrada piedad y santo celo, de dar á la Compañía para el in- 



Libro I.— Capítulo XIII 41 

tentó referido la dicha licencia para que tenga en algunas partes de 
aquel reino más vecinas á aquel paganismo, algunas casas ó residencias 
de asiento, donde siquiera estén media docena de padres misioneros para 
más permanencia en el fruto de sus gloriosos trabajos, con que sea Dios 
Nuestro Señor más glorificado, V. M. más servida y la Compañía se dé 
por muy premiada con que V. M. la ponga en ocasión de hacerle mayo- 
res servicios y ganarle más almas para Dios, que ha sido y es el blasón 
de los gloriosos intentos de V. M. en la conquista de aquel nuevo mundo 
de las Indias.» 

Un memorial tan convincente y circunstanciado, y que todo él era 
muy conformé á las entrañas piadosas del grande rey Felipe IV, ¿quién 
creyera que había de hallar oposiciones en la corte? Pero muchas veces 
lo más conveniente suele tener mayores dificultades, por lo cual se vio 
precisado el padre Fuentes á disponer otro memorial más extenso para 
informar más á la larga al Real Consejo de Indias, y allanar las dificul- 
tades que encontraba en condescender con las súplicas de la Compañía. 
Hízolo fácilmente, por no ser de momento las razones que exponían los 
ministros. Era la principal de todas, y que hacía más fuerza en dicho 
Consejo, que no convenía gravar las ciudades y lugares de indios con 
nuevas fundaciones de religiones. Así se engañan los hombres de mayo- 
res talentos, aun cuando desean acertar, por la falta de conocimiento 
práctico de las materias sobre que se deben tomar las convenientes pro- 
videncias, si es que acaso no se mezclaban en este negocio algunos ocul- 
tos intereses y pasiones solapadas de algunos particulares, como sucede 
frecuentemente en las Cortes y Consejos. 

Como quiera que esto fuere, el procurador enviado, como práctico de 
las tierras de las Indias, deshizo fácilmente las razones que alegaban, 
haciendo evidencia al Consejo de la nulidad de los inconvenientes que se 
proponían. Y en particular respondió al mayor de todos, que no debía 
nivelarse la grande anchura y extensión de las tierras de Indias con la 
estrechura de las de España, en donde no sin causa se había puesto modo 
y tasa en las nuevas fundaciones de religiosos por la multitud y diversi- 
dad de religiones que se contaban en solas doscientas leguas de travesía 
que tendría toda España. Pero que en las Indias sería la longitud de tres 
mil leguas, de manera que algunos particulares lugares gozaban de tan 
dilatada comarca como toda España junta. Fuera de esto, en la América, 
eran solas cinco religiones las que habían pasado del Continente á las 
Indias y hecho allá sus establecimientos, y aun éstas no se hallaban en 
muchas ciudades y en otras sólo tenían un convento. 

Añadió que no se podían ni debían estrechar las fundaciones de reli- 
giosos, y mucho menos si eran pedidas y deseadas para la utilidad de los 
pueblos, siendo tanta y tan sabida á todos la necesidad de la enseñanza, 
en donde no estábala fe tan arraigada como lo estaba en España. Que 
no importaba el que fuesen algunos lugares y aun ciudades de trescien- 
tos ó cuatrocientos vecinos, porque sobre este número, en realidad pe- 



42 Misiones del Marañón Español 

queño, tenían más de ocho ó diez mil indios dentro de su recinto, y otro» 
tantos á lo menos en su distrito, los cuales, sin la continua instrucción y 
no interrumpida enseñanza, quedarían tan bárbaros y brutos como fue- 
ron hallados en el tiempo de la conquista, Y si se miraba al fin principal 
para que enviaba S. M. misioneros á Indias, era constante al mundo 
todo, que no había otros en aquéllas que cumpliesen con este ministerio, 
sino los religiosos, á quienes se debían todas las provincias ganadas para 
Dios. 

Concluyo, finalmente, con que entre todas las religiones nunca sobra- 
ba la Compañía para la enseñanza de la juventud, y que en los reinos 
del Perú y de Granada parecía del todo necesaria para la mucha genti- 
lidad que se descubría, y que no hacían poco las otras sagradas religio- 
nes en mantener la fe católica en los pueblos ya reducidos y formados, 
en donde estaban las doctrinas puestas á su cuidado. Pero siendo tantos 
los gentiles que hacia todas partes se iban hallando, eran precisos nue- 
vos operarios para romper y cultivar tan dilatados campos y plantar la 
semilla de la religión católica en bosques, selvas y montañas retiradas 
del trato de los españoles y de los indios reducidos. 

Vista la fuerza de razones tan justas y conformes al pecho católico de 
Felipe IV, fué S, M. servido de conceder licencia para que en dos luga- 
res ó ciudades, las más convenientes al juicio vle la Real Audiencia de 
Quito y de su ilustrísimo prelado, fundase la Compañía dos casas ó cole- 
gios para el efecto de las misiones en las tierras de los gentiles, como lo 
ordenó por cédula de 12 de Marzo del año de 1633. Habida esta licencia, 
salió luego el procurador de la corte de Madrid y llegó con un refuerzo 
de obreros evangélicos á su provincia de Quito, porque los deseos gran- 
des de dar calor á la fundación de colegios, medio necesario para reme- 
diar tanta almas con el agua saludable del santo Bautismo, no le permi- 
tieron que se detuviese por más tiempo. 



CAPITULO XIV 

FUNDAN LOS JESUÍTAS UN COLEGIO EN LA CIUDAD DE CUENCA 



Fué recibido el padre Francisco Fuentes en la ciudad de Quito con 
mucho contento y alegría de sus hermanos, así por los nuevos operarios 
que traía consigo, como por la real cédula de S. M., en que se concedía 
á la Compañía el hacer dos establecimientos en los sitios más oportunos 
para la reducción de los infieles. Vista la cédula de la Real Audiencia en 
Quito, conferido el negocio con el señor obispo, y pedido parecer á los 
superiores de la Compañía, se determinó de común acuerdo que funda - 
sen los padres dos colegios, el uno en Popayán, ciudad rica de buen suelo 



Libro 1.— Capítulo XIV 43 

y de un clima saludable, la cual por su situación ventajosa ofrecía en- 
trada cómoda á los Paeces y otras muchas naciones confinantes; el otro 
en la ciudad de Cuenca, como cercana á la grande nación de Gibaros y 
escala proporcionada para pasar al Marañón, y que con sus muchos ríos 
tenia comunicación con los indios Mainas. 

Dejando aparte la fundación de Popayán, que se concluyó en pocos 
años, en donde el mucho fruto que desde allí cogieron los de la Compa- 
ñía en las naciones bárbaras, mostró el mucho agrado de Dios de la fun- 
dación del colegio; diremos algo del establecimiento que hicieron los 
padres en Cuenca para el paso á la provincia de Mainas y para la re- 
ducción de los Gibaros, cuya conquista se procuró con el tiempo por los 
misioneros de Marañón. Envió de su mano el padre Francisco Fuentes, 
siendo ya viceprovincial de Quito por los años de 1637, á dos sujetos de 
grande celo y prudencia para que procurasen establecerse en la ciudad 
de Cuenca. Eecibiéronlos con gusto sus vecinos y se tuvieron por dichosos 
en lograr algunos padres que hubiesen de vivir de asiento en sus pueblos. 
Fué tanto más gustoso el recibimiento, cuanto eran más de su cariño los 
padres enviados á la fundación, porque así el padre Cristóbal de Acuña, 
que iba de rector, como el padre Francisco de Figueroa que le acompa- 
ñaba, eran personas conocidas en el reino, no sólo por su virtud y letras, 
sino también por la nobleza de su sangre. Circunstancia que hace más 
visible y estimable en los ojos de los seglares la pobreza voluntaria y 
suele dar mucho realce á los ministerios apostólicos. 

Hecha la fundación, aunque pobremente, se aplicaron los padres al 
cultivo de los españoles y á la instrucción de los indios. Es verdad que 
duró poco la junta de los dos jesuítas en el nuevo colegio, porque á poco 
tiempo de la fundación fué llamado el padre Cristóbal de x^.cuña, de la 
obediencia, para otro empleo de mayor utilidad para las misiones del Ma- 
rañón, como veremos, y cargó todo el peso de la ciudad y de los indios 
sobre el padre Figueroa. Aquí vio muy cumplidos sus deseos, que eran 
de perfeccionarse en la lengua general del Inga con el trato y comuni- 
cación con los indios, para pasar, maestro en ella, á las misiones de Mai- 
nas que tenía en el corazón. Predicaba fervorosamente en la lengua de 
los españoles á los vecinos de Cuenca, y en la del Inga á sus indios, y con 
ser tan numerosa la ciudad, que en dos parroquias que había, contaba seis 
mil personas, y con tener dentro de sí un número muy considerable de 
indios, á todos atendía, de manera que uno de los párrocos, el licenciado 
D. Juan de Morantes, decía abiertamente: «Mientras el padre Francisco 
de Figueroa ejerza sus ministerios en Cuenca, no tendré el más leve es- 
crúpulo de que no estén bien apacentadas mis ovejas.» Así se ensayaba 
este varón apostólico para las largas y penosas misiones que le espera- 
ban y se consolaba entre tanto con estar á la puerta de ellas para en- 
trar cuando se abriese. 

No parece que se podía haber escogido sitio más oportuno y ventajoso 
para la reducción de un número casi infinito de gentiles y para el fomen- 



44 Misiones del Marañón Español 

to de las misiones que el de la ciudad de Cuenca, porque fuera de ser su 
planta hermosa, grande su fertilidad y las frutas regaladas, tiene la 
ventaja de ser como la puerta por donde se ha de entrar en muchas na- 
ciones por estar colocada entre dos ríos apacibles, uno que llaman Mata- 
dero y otro Machangara, de donde se puso á la ciudad la advocación de 
Santa Ana de los Ríos. En la junta de aquellos dos que cercan la ciudad, 
se unen otros dos de igual caudal y grandeza, que son el Duncay y el 
Tarque, y de todos cuatro sale un río que á media legua de las juntas es 
mayor que el Tajo, Xarama y Guadiana juntos. A cuatro ó cinco leguas 
de su curso recibe el de los Azogues y el nombrado de Santa Bárbara, 
que vienen de los valles fecundos de Gualaveo. De manera que al entrar 
en el valle Paute es ya navegable, y tan diferente río de lo que parece á 
los principios, que muda hasta el nombre y se llama Paute, del mismo 
valle por donde se dilata . Por este rio se entra á tres ó cuatro jornadas 
en la provincia de los Gibaros, de tanto nombre en las Indias por el mu- 
cho oro que dicen hallarse en las playas del Paute, que es persuasión 
común ser aquellas tierras las más ricas de minerales entre todas las 
descubiertas desde Quito. 

A esta persuasión de las gentes, mucho conduce un cerro que se halla 
en aquellos países y se llama Supayurcu ó cerro del demonio, que, según 
sus tradiciones antiguas, es muy rico y abundante en oro. Contaré un 
caso que, puesto que á mí me huele á fabuloso, no me atrevo á despre- 
ciarle por ser voz al parecer constante en la ciudad de Cuenca de padres 
á hijos. Tiene este levantado cerro dos valles colaterales. En uno de ellos, 
que es abundante de trigo, tenía su hacienda un español, natural de Ex- 
tremadura, y se dice que una mañana se halló sin pensar con un paisano 
suyo y comió hogazas recientes de su tierra. El caso lo cuentan de esta 
manera: afligido en España de la mucha pobreza un extremeño, y vién- 
dose á punto de desesperación, se le apareció el demonio, aunque en dis- 
fraz, y, comunicados sus intentos, le dijo el maligno: ¿quieres que te lleve 
á un monte niuy abundante de oro en que, á poco trabajo, puedas tener- 
le?— Sí, respondió el extremeño; y disponiéndose para seguir al diablo 
por la noche, cogió unas hogazas. Luego se halló adormecido y, volvien- 
do en sí cuando ya amanecía, se vio en las faldas de un monte sin saber 
qué tierras eran aquellas que pisaba; fué bajando poco á poco y vino á 
dar con la estancia de su paisano que, conociendo ser chapetón (que así 
llaman á los recién idos de España), le convidó á almorzar. Sacó el hués- 
ped de la alforja sus hogazas, y poniéndolas á la mesa reconoció el otro 
que eran traídas recientemente de España, y apretando sobre esto á su 
compatriota, conoció el misterio, sacando los dos en limpio, que todo este 
enredo había sido por obra del demonio. De aquí, dicen, que se puso á los 
principios al monte el nombre de Supayurcu que quiere decir cerro del 
demonio, porque Supay, en lengua del Inga, significa demonio, j Urcú 
viene á ser lo mismo que cerro ó monte. Pero sea lo que fuere de esta tra- 
dición de los de Cuenca, y de la firme persuasión del mucho oro de los 



Libro I. — Capítulo XV 45 

Gibaros, lo cierto es, que en este tiempo ya se conocían en los contornos 
de la ciudad otros minerales más seguros de oro y plata, aunque sólo se 
labraban los de oro en Zuruma y se empezaban á beneficiar los de plata 
en las vetas de Malal, poco distante de Cuenca. 



CAPITULO XV 

BAJAN DOS PADRES DE. LA COMPAÑÍA AL MARAÑÓN 

Parece que la Divina Piedad, como á dos manos, disponía que entrase 
la luz del Evangelio en los obscuros montes del Marañón, valiéndose de 
religiosos y seglares, de las armas y de la predicación para entablar la 
grande obra que todos deseaban. Mientras el P. Francisco Fuentes había 
trabajado por su parte, como vimos, para abrir entradas á la conversión 
de los gentiles, y se había dispuesto y efectuado la fundación en Cuenca, 
D. Diego de Vaca y Vega, gobernador de los Mainas, no se había des- 
cuidado en su empresa y tenía en buen estado y disposición aquella pro- 
vincia. Entró á los Mainas con sesenta escogidos españoles y les propuso 
el fin y motivos de su entrada que se reducía a que, como ministro de su 
majestad católica venía á tomarlos en su nombre debajo de su amparo y 
protección, si querían reconocer por su soberano al rey de las Españas 
y le prometían fidelidad, obediencia y sujeción. Respondiendo los Mainas 
que en todo venían y aun se tenían por dichosos en ser subditos j vasa- 
llos de tan poderoso monarca, tomó posesión D. Diego de todas aquellas 
tierras en nombre de su majestad con las formalidades necesarias. 

Trató después de elegir sitio para la fundación de una ciudad, y no 
pareciendo á los españoles que le acompañaban el fundarla en el centro 
de las tierras de los indios, por no quedar expuestos á alguna sorpresa, 
volvieron todos con gran trabajo contra las corrientes del río Marañón 
hasta el principio de la provincia. Aquí, en un sitio llamado Pongo, en- 
frente de un cerro dicho Manzanique, descubrieron unas tierras altas 
que presentaban una llanura extendida y hermosa para la fundación de 
la ciudad y para las sementeras que parecían necesarias para el susten- 
to de un vecindario numeroso. No faltaban buenas aguas por la parte de 
tierra, ni camino por la boca de una quebrada ó torrente en que ideaban 
también hacer su puerto al Marañón con todas las comodidades necesa- 
rias. Viene á ser el Pongo un canal ó estrecho como de 50 varas de ancho 
y tres leguas de largo, por donde corren las aguas con una precipitación 
tan grande, que pasan las canoas sin remos, como si fueran saetas, y es 
necesaria mucha destreza y prontitud para evitar con varas largas el 
choque de los peñascos con cuyo golpe se hicieran pedazos. Cuando es 
feliz el paso, en un cuarto de hora se atraviesan las tres leguas y en un 
abrir y cerrar de ojos sale del susto el navegante que por lo regular en- 
tra con miedo por tan peligroso canal. 



46 Misiones del Marañón Español 

Al salir del Pongo eligieron el sitio para la nueva ciudad, pero halla- 
ron grandes dificultades en la ejecución, porque todo el pais era de arbo- 
leda gruesa y de bosques enmarañados y era necesario abrir campo con 
hachas é instrumentos, no sólo para la capacidad de un pueblo des- 
ahogado, sino para las sementeras y heredades. Sorprendió á los nueva- 
mente entrados la calidad de la tierra, donde no podian valerse de ara- 
dos y no podían excusar el molesto y prolijo trabajo de desmontar á puno 
y brazo el sitio necesario para casas, calles, plazas y huertos, y para 
sembrar á lo menos el maiz necesario para sustentarse. Grecia la dificul- 
tad por no ser por lo común gente hecha al manejo de hachas y mucho 
menos á un modo tan pesado de trabajar y layar la tierra. Viéndolos el 
gobernador acobardados, los animó con palabras y con el ejemplo, y dio 
en un pensamiento que facilitó mucho el modo de adelantar la obra y 
concluirla en poco tiempo. Señaló á cada familia un sitio determinado 
para armar casa y formar su huerto, poniendo entre unos y otros linde- 
ros fijos y mojones señalados. Con esta sabia providencia se evitaron dis- 
cordias, pretensiones y pleitos, puesto cada uno en la posesión de su te- 
rreno y atendiendo cada familia al suelo que la tocaba, se fué formando 
suavemente la ciudad, que llegó á concluirse en el año de 1634. 

Dio el gobernador á la ciudad la advocación de S. Francisco de Borja, 
ó por hacer este obsequio al príncipe de Esquilache, D. Francisco de 
Borja, descendiente del Santo, que le había concedido la conquista, ó por 
la devoción especial que ya profesaba desde entonces á San Borja. Y es 
cosa bien digna de reparar que ilustrase este varón esclarecido por 
tantos años aquella ciudad con el epíteto de Santo antes de ser colocado 
por la Iglesia en el catálogo de los Santos; pues el padre Rodríguez, que 
escribió su «Historia de Marañón» muchos años antes de su canonización, 
apellida la ciudad fundada con el título de San Francisco de Borja. Era 
ya mucha la devoción que profesaban al Santo aquellas gentes retiradas 
de la Europa y le miraban desde entonces como el Apóstol de la x\mé- 
rica, no de otra suerte que llamamos todos á San Gregorio Apóstol de 
Inglaterra. Y parece que el cielo quiso glorificar al Santo en aquellas 
tierras y confirmar el nombre de Apóstol de las Indias Occidentales, por- 
que no sólo dispuso que Borja enviase á sus hijos espirituales en Cristo á 
la conversión de aquel Nuevo Mundo, sino hizo también que sus mismos 
descendientes según la carne, contribuyesen por su parte á la reducción 
de muchísimos gentiles. Porque si el príncipe de Esquilache dio la licen- 
cia y facultad para que se abriese la puerta al gran río Marañón, como 
hemos visto, otro descendiente de San Borja, presidente de Santa Fe en el 
nuevo reino de Granada, D. Juan de Borja, procuró con todas sus fuerzas 
la conquista del Chocó y de otras naciones; y dio mucho en que entender 
á todos en el tiempo de su presidencia un prodigio y milagro bien autén- 
tico de un lienzo de San Francisco de Borja, que sudó repetidas veces en 
la ciudad de Tunja. Ya fuese para animar á sus hijos á los sudores y fa- 
tigas del apostolado entre aquellas gentes ó ya para significar á nuestro 



Libro I.— Capítulo XV 47 

tosco modo de entender, el peso y fatiga que tomaba en la protección de 
tanto gentilismo como tenía á su cuidado. 

Acabada la fábrica de la ciudad, eligió luego el gobernador ayunta- 
miento; nombró regidores y demás oficiales, hizo elegir alcaldes ordina- 
rios, dio títulos de capitanes, alféreces y de otros oficios de milicia, aten- 
diendo á los méritos y dignidad de las personas, y declaró á todos los 
vecinos por soldados milicianos con obligación de servir á su majestad 
en las expediciones ocurrentes de conquistas de gentiles. Últimamente 
repartió la nación Maina en 24 encomiendas á favor de los vecinos de 
más mérito y conforme á los empleos que tenian en la nueva ciudad. 
Para evitar los daños que se pudieran temer ó del rigor de los señores y 
amor de los indios, ó de la pereza de éstos en trabajar por aquéllos, de- 
claró lo que pedían las encomiendas de unos con otros, que se reducía á 
que debiesen los indios ayudar á sus amos en el trabajo de hacer ó repa- 
rar sus casas, de disponer las sementeras y de mantener con pesca y caza 
á la familias. 

Arreglados de esta manera los derechos de las encomiendas con con- 
sentimiento de las partes, nada parece que faltaba para la felicidad y 
aumento de la ciudad y para disponerse á la conquista de otras naciones; 
mas poco duró la nueva inteligencia entre los españoles y Mainas, por- 
que la práctica difícil de las leyes de las encomiendas, siempre expues- 
tas á discordias y disensiones, lo turbó todo, no permitiendo en la ciudad 
calma, tranquilidad y sosiego. Es verdad que ayudó mucho á las altera- 
ciones la calidad de la tierra, que no daba lugar á otro género de sus- 
tento que el que usaban los indios de alguna caza ó pesca. 

Los vecinos de Borja hicieron repetidas pruebas de entablar crías de 
ganado vacuno y ovejuno para la subsistencia. No probaban mal á los 
principios; pero como no había más campo abierto que el que se disponía 
á fuerza de brazos y trabajo muy pesado, y por el vicio del país brotaba 
luego ramazón y maleza, que ahogaba la hierba, paraba luego en bos- 
que inútil y de ningún provecho. Cansados de porfiar sin fruto en mante- 
ner sitios limpios de arboleda para sustento del ganado, se hubieron de 
contentar de conservar pocas vacas para leche y para recurso en los 
mayores aprietos, y ya desengañados se acomodaron al modo que tenían 
de mantenerse los indios. Toda la carga del sustento de la ciudad, cayó 
sobre estos miserables que, hechos antes á vivir á sus anchuras y liber- 
tad, sin que los apremiase ninguno, llevaban muy á mal aquella dura 
sujeción de emplear los días enteros en buscar caza y pesca para las fami- 
lias. Allegábase á esto el trato duro y áspero de los encomenderos, que 
los trataban como á esclavos, sin que fuese parte para mitigar tanto ri- 
gor y ponerlo en razón toda la vigilancia y autoridad del gobernador 
mismo. Últimamente entre el párroco secular que tenía á su cargo la ciu- 
dad y enseñanza de los Mainas, y entre los señores de las encomiendas, 
eran continuos los pleitos y disensiones por no dar lugar á los indios á 
que viniesen á la doctrina y fuesen instruidos en los misterios de nuestra 



48 Misiones del Marañón Español 

santa fe; porque como muchos de los Mainas estaban bien distantes de 
la ciudad, si asistían á la doctrina cristiana los días señalados, no podían 
en esos trabajar para sus amos. De aquí nacía que los indios estaban en 
la misma ignorancia de las cosas de la fe en que les encontraron los espa- 
ñoles, y que la ciudad, estragada en las costumbres con tantas discor- 
dias y altercaciones, se viese desde luego en términos de acabarse aún 
antes que comenzara. 

En situación tan triste y estado tan lastimoso, pensaba mucho el go- 
bernador sobre el medio eficaz de remediar tantos desórdenes y violen- 
cias, y asegurar su reputación en la empresa comenzada. Bien veía que 
su autoridad no bastaba para dar algún asiento en cosas tan alteradas, 
porque no se daba lugar al respeto, no se hacía caso de la razón, ni la 
dureza de los españoles cedía á casi necesarios movimientos de com- 
pasión con los pobres indios. Dio, finalmente, en el pensamiento de lia 
mar en su ayuda á los jesuítas, cuya prudencia, buen trato y celo de las 
almas creía ser el único medio de sosegar los ánimos de los vecinos, de 
instruir á los Mainas y concordar las voluntades de los españoles y de los 
indios. Salió á la ciudad de Quito con este pensamiento, y expuso á los su- 
periores de la Compañía, al señor presidente, á la Real Audiencia y al 
señor obispo sus motivos y pretensiones. Tuvo que vencer algunas dificul- 
tades de parte de algunos ministros, que habían embarazado poco antes 
á los jesuítas, como veremos en el capítulo siguiente, otra misión seme- 
jante; pero allanadas finalmente, porque el Señor quería introducir la 
Compañía en el Marañón, obtuvo una provisión real de la Audiencia en 
que se encargaba á los padres de la Compañía la conversión de los gen- 
tiles, pertenecientes al gobierno de Borja, que se declaraba como misión 
suya, sin que pudiese algún otro introducirse en toda la extensión del 
gobierno. 

En fuerza de la provisión, el señor presidente, como vice patrón, nom- 
bró para el curato de Borja al P. Gaspar Cuxía á quien propuso el pro- 
vincial para el empleo, como persona de gran prudencia y juicio y de 
mucha experiencia en el trato con los indios, por haber misionado en los 
Paeces. Dióle la colación el obispo y se aplicó por ambos fueros, dicho 
curato á la Compañía para escala y fomento de las misiones que espera- 
ban ver con el tiempo fiorecientes en el río Marañón. Y á esta causa le 
dieron por compañero al P. Lucas de la Cueva, que venido de España 
había comenzado á trabajar con mucho fruto en el colegio de Quito, y 
dado muestras de paciencia en los trabajos, y de corazón en los peligros. 
Dispuestas las cosas conforme á las ideas y pretensiones del gobernador 
Vaca, él mismo quiso ser el conductor de los padres hasta la ciudad de 
Borja, aunque es verdad que el viaje, como todos los demás que se hicie- 
ron por casi cien años, se hizo á expensas de la Compañía, que éstas son y 
fueron las proclamadas minas que tantos caudales acarrearon al colegio 
de Quito. Tomaron el camino por la ciudad de Loja, patria del goberna- 
dor; de aquí pasaron á Jaén, desde donde tiraron al sitio que llaman el 



Libro I.— Capitulo XVI 49 

Embarcadero. Caminaron después río abajo en sus canoas, y pasado fe- 
lizmente el rapidísimo Pongo, por la industria y destreza de los Mainas 
en tan peligroso paso, entraron en la ciudad de Bor ja, el día 6 de Fe- 
brero de 1638, después del largo viaje de cincuenta días. Aquí dejaremos 
á los dos misioneros á la vista del gran río Marañen contemplando sus 
dilatadas orillas, y la muchedumbre de gentiles que las habitaban, hasta 
que sea tiempo de comenzar á referir sus fatigas que darán principio á 
la misión de los Mainas. 



CAPITULO XVI 

CÉLEBRE DEMARCACIÓN DEL MARAÑÓN POR DOS JESUÍTAS 

Las misiones que empezó la Compañía por los Cofanes y Paeces, re- 
gadas, como vimos, con la sangre de su primer apóstol el venerable pa- 
dre Rafael Ferrer, dieron ocasión ó motivo á una demarcación exacta 
del río Marañón que por los años de 1639 hicieron los padres Cristóbal de 
Acuña y Andrés de Artieda de la misma Compañía. Parece que la di- 
vina Providencia quería luego descubrir á los misioneros de Borja el 
campo grande á donde los había llamado, y darles entera noticia de las 
infinitas naciones que ponía á su cuidado, para que con sus fatigas y su- 
dores plantasen en ellas ¿a única y verdadera fe de aquel Señor que ha- 
bía derramado por ellas su preciosa sangre. No se olvidó del todo la 
Compañía de los Cofanes, después de la muerte de su misionero, y mucho 
menos de los Paeces, aunque tan salvajes, y de otras naciones confinan- 
tes; antes bien, extendieron sus hijos por esta banda sus conquistas, de 
manera que entrado el siglo diez y siete, estaban ya en estado de fundar 
un pueblo de indios Omaguas en la boca de un río llamado Aguarico, que 
hará con el tiempo mucho papel en esta historia. Tenían además de ésta 
dispuestas otras naciones para hacer en aquellas partes nuevos estable- 
cimientos. ¿Pero qué estragos hace la codicia, mala bestia y raíz de todos 
los males? Había ya probado sus dientes en la fama y crédito del vene- 
rable padre Rafael, y ahora se ensangrentó contra sus hermanos, y cortó 
las buenas esperanzas de una lucida cristiandad en la nación Omagua, 
una de las mejor dispuestas para recibir la luz del Evangelio. 

Miraban algunos españoles las conquistas de los nuestros como con- 
trarias á sus intereses, creyendo que tantos indios se les quitaban á sus 
negras encomiendas, cuantos ganaban á Jesucristo los de la Compañía, 
celosos siempre de la libertad de aquellos miserables. Adelantaron sus 
manejos de manera que se vieron precisados los jesuítas á retirarse de la 
empresa y volver á la ciudad de Quito . Aquí alegaron sus razones, y 
vencidas después de algún tiempo las dificultades que oponían los inte- 
resados, tornaron á la comenzada conquista con las licencias del presi- 

4 



50 Misiones del Marañon Español 

dente y obispo y con las facultades respectivas de las cabezas eclesiás- 
tica y secular. Al pasar por la provincia de los Quijos, que era el cami 
no único para los Omaguas, sospechando el gobernador lo que intenta- 
ban los padres, les preguntó sobre el destino que llevaban en su viaje. 
Mostraron ellos prontamente las facultades que traían de Quito, y como 
quienes iban derechos delante de Dios y de los hombres, dijeron abierta- 
mente la verdad. Poco puede la razón cuando se ha dado lugar á la ava- 
ricia, y las potestades superiores en tierras tan distantes de la cabeza del 
reino no se hacen esperar como en Europa. Pie atrás, dijo el gobernador, 
que no estaba en términos de ceder: Yo tengo órdenes en contrario y no puedo 
permitir el pasaje. Cedieron á la violencia ios religiosos y el gobernador 
supo ganar por medio de algunos oficiales á los señores de la Real Au- 
diencia, y obtuvo un despacho para reducir á encomiendas las naciones 
de los ríos Ñapo y Aguarico. Puso los ojos en los padres de San Francis- 
co para que se hiciesen cargo de las conquistas, persuadido á que con 
estos religiosos se entendería mejor para el fin de reducir los indios á en- 
comiendas. Así quieren los mundanos componer á Dios con el mundo, 
haciendo servir el Evangelio á sus intereses y no los intereses al Evan- 
gelio . 

En consecuencia del conseguido despacho, fué nombrado un capitán, 
llamado D. Juan de Palacios, para que con algunos soldados acompaña- 
se á los misioneros franciscanos, que llegados el año de 1637 á las tierras 
de la nación Omagua, hicieron una población de esta gente y la dieron 
el nombre de Ante, acaso por estar algo más arriba de la boca por don- 
de desagua en Ñapo el Aguarico. No pareció del agrado del cielo esta 
conquista, tan violenta y tumultuaria, porque entendiendo á poco tiem- 
po los padres de San Francisco los bárbaros designios de los encomende- 
ros, y viendo por otra parte que no podían continuar en aquellas tierras 
sin grave peligro de sus vidas, se retiraron á Quito dos sacerdotes de 
cuatro que habían salido con otros dos frailes legos. No duraron mucho 
más en la conquista los que habían quedado, porque los indios se mostra- 
ban cada día más descontentos de sus señores y parece que andaban 
buscando causa ó pretexto para sacudir el yugo pesado de la encomien- 
da. Hallaron luego , en la inconsideración del capitán Palacios, que 
dando un pescozón al hijo del cacique, se halló al punto rodeado de 
Omaguas que, enristradas las lanzas, le atravesaron á porfía, y deján- 
dole tendido y muerto en el campo, se retiraron á los montes. Pide mucho 
modo el trato con indios bárbaros, con quienes más puede el ruego y la 
buena manera que las amenazas y el imperio. 

Volviéronse á Quito los dos sacerdotes franciscanos, mas los dos legos 
fray Domingo Brieva y fray Andrés de Toledo (que así los nombra Rodrí- 
guez en su Historia), se arrojaron á la empresa más ciega y temeraria que 
imaginar se puede. Entraron con unos pocos soldados en una canoa, y 
-navegando por el Aguarico hasta el río Ñapo, se dejaron llevar de las 
corrientes á Dios y á ventura, como dicen, hasta encontrar con tierras de 



Libro I.— Capítulo XVI 61 

<}ristianos. Del Ñapo vinieron á pasar al Marañón, y sin saber por dónde 
andaban, llegaron después de muchos días de viaje al gran Para, dis- 
tante del sitio en donde se habían embarcado, más de mil leguas de ca- 
mino. ¡x\ ventura sin duda tan singular y suceso tan improbable como 
cierto, atravesar la mayor parte de un río tan largo y enrevesado como 
el Marañón en una embarcación tan débil y flaca, y por tantas riberas de 
gentiles bárbaros, con tanto peligro y riesgo sin alguna desgracia! Pero 
el Señor enderezó la jornada para los fines secretos de su amorosa Pro- 
TÍdencia con las almas desamparadas de aquel río. 

Surgiendo los navegantes en el gran Para fueron recibidos con huma- 
nidad y agasajo, esmerándose los portugueses al verlos tan trabajados 
del viaje, y al oir contar la temeridad y aventuras del camino, en aco- 
gerles con cariño y socorrerles con regalos. Repuestos ya los religiosos 
de la jornada, no querían otra cosa que volver á Quito, y aunque en esto 
se descubrían muchas dificultades, y no era la menor el surcar un río tan 
grande contra las corrientes poco sabidas en aquellos tiempos, pero el 
genio portugués, resuelto en los peligros, se ofreció á conducir á los es- 
pañoles al destino deseado. Formóse una escuadrilla de pequeños vasos 
bien equipada, y subiendo en ella un capitán de valor y prudencia, lla- 
mado D. Juan Texeira, con algunos oficiales y soldados, salió del Para 
con los españoles, y tomando el río Marañón, fué siguiendo su rumbo 
hacia la ciudad de Quito. Es verdad que el portugués llevaba también su 
mira en esta navegación, queriendo medir el río, tomando lenguas de los 
españoles y observar atentamente los límites del dominio de Castilla 
para proporcionar y alargar por aquellas partes sus conquistas. El su- 
ceso mostró con el tiempo las intenciones del Para, pues en este viaje 
fundan los portugueses el dominio que pretende Portugal sobre aquel río, 
por donde han extendido y ensanchado contra la línea divisoria los tér- 
minos de su corona. 

Llegó la escuadra, como escriben los autores, á las cercanías de Quito, 
y yo entiendo que, dejando el río Marañón y subiendo por el Ñapo, que 
desagua en él, pudieron acercarse á la ciudad. Desembarcaron, á lo que 
parece, hacia la desembocadura del Guayoya, en el Ñapo, religiosos y 
españoles, y dejando el capitán Texeira los soldados portugueses en 
, guarda de la escuadra, subió con otros oficiales suyos á Quito, en donde 
dio razón de su comisión y viaje, pidiendo al mismo tiempo que se le 
aviase con todo lo necesario para volver al Para. Agradeció el presidente 
y la Real Audiencia la bizarría á los portugueses, y tomó tiempo para 
consultar al señor virrey que, conformándose con el parecer de la misma 
Audiencia, determinó que se le asistiese al portugués con todas las cosas 
necesarias para la vuelta, con sola la condición de que llevase consigo 
dos españoles, personas de juicio y práctica, que observasen bien el curso 
y vueltas del Marañón, y se hiciesen cargo y notasen las muchas naciones 
que habitaban en sus orillas. Bien entendido que en llegando al Para se 
debía dar lugar á los demarcadores españoles en los navios portugueses 



52 Misiones del Marañón Español 

para que pasasen á Europa, en donde serían más útiles las noticias del 
río que en la ciudad de Quito. En todo vino el capitán Texeira y se em- 
pezó á pensar en la ciudad sobre la elección de dos sujetos capaces de 
dar el lleno á la comisión. 

No faltaban seculares celosos del servicio de su majestad que, atre- 
pellando por todo, deseaba cada uno ser de los nombrados para tamaña 
empresa. Señalóse, entre todos, para continuar en los muchos servicios 
que había hecho al rey católico, D. Juan Vázquez de Acuña, caballera 
del hábito de Calatrava, corregidor y teniente capitán general en la ciu- 
dad de Quito, el cual ofrecía no sólo su persona, pero también su hacienda 
para levantar gente á su costa, disponer pertrechos y hacer todos los 
gastos necesarios para el viaje. Mas no surtió efecto su liberalidad y buen 
deseo, á que se opuso constantemente la Audiencia, por la mucha falta 
que haría en la ciudad dejando el oficio que ejercía con acierto y venta- 
ja de los vecinos . No quiso el Señor que deseos tan honrados quedasen 
del todo frustrados, y así dispuso que, ya que no iba D. Juan á la preten- 
dida empresa, fuese nombrado en su lugar el P. Cristóbal de Acuña, de 
la Compañía de Jesús, hermano suyo, lo cual sucedió de esta manera. 
Viendo el licenciado Melchor Suárez de Poago, fiscal de la Real Audien- 
cia, que estaba ya de partida el capitán y soldados portugueses, y consi- 
derando, como fiel ministro de su majestad, las utilidades sin ningunos 
inconvenientes, que se podrían seguir de que dos religiosos de la Compa- 
ñía de Jesús fuesen en la armada portuguesa, notando con cuidado (como 
personas celosas del bien de ambas Majestades, divina y humana) todas 
las cosas dignas de consideración en aquel río, y que pasasen con las no- 
ticias á España, á dar cierta relación de todo en el Real Consejo de In- 
dias, ó al rey nuestro señor en su real persona; lo propuso como lo había 
pensado en el Real Acuerdo y, pareciendo á todos bien aquella propues- 
ta, se le dio noticia de lo acordado al provincial de la Compañía. 

Tenía á la sazón este empleo el P. Francisco Fuentes que, estimando 
la honra que se hacía á la religión en fiar de ella cosa de tanta importan- 
cia, se holgó mucho de que por esta vía se abriese la puerta á sus hijos 
para entrar á la predicación del Evangelio á tanto número de almas, á 
quienes por camino más difícil había enviado otros dos padres, como con- 
tamos en el capítulo antecedente. Señaló en primer lugar para la empre- 
sa al P. Cristóbal de Acuña, rector actual del Colegio de Cuenca, y en 
segundo lugar al P. Andrés de Artieda, maestro de teología en el de 
Quito. Aceptado, con estimación de la Audiencia, el nombramiento de los 
dos jesuítas, se les dio amplia y honorífica provisión para que fuesen en 
compañía de Texeira, demarcasen el río, observasen el número de na- 
ciones, pasasen á España y diesen cuenta, como personas autorizadas del 
Gobierno, de todo lo que juzgasen conveniente al servicio de su majestad. 

Obedeciendo los padres á lo que se les mandaba, se embarcaron en la 
armada portuguesa á 16 de Febrero de 1639, y dieron principio al largo 
viaje que duró diez meses, hasta entrar en la ciudad del Para á 12 de Di- 



Libro I.— Capítulo XVI 53 

ciembre del mismo año. Después de haber notado con particular cuidado 
todo lo que hallaron ser digno de advertencia en el río Marañón, demar- 
caron con mucho acierto todas las alturas, delinearon los montes , seña- 
laron con sus nombres los ríos que en el principal desaguan, reconocie- 
ron las naciones que se sustentan en sus orillas, y experimentaron los 
diferentes temples, procurando, en todo cuanto pudieron, ser testigos de 
vista sin fiarse de relaciones. Cumplieron los portugueses fielmente lo que 
habían prometido, dando en sus naves lugar á los exploradores que pa- 
saron á la corte de Madrid para la prosecución de su empeño. Formó el 
P. Cristóbal de Acuña una extendida memoria en que declaraba con toda 
distinción cuanto había observado en la navegación del río Marañón, no- 
tando el sitio de las naciones, las entradas de los ríos, las muchas islas, 
la diversidad de alimentos, los géneros de frutos que había visto por sí 
mismo, añadiendo algunas cosas que no tenía por tan ciertas por haberlas 
entendido solamente de boca de los gentiles. Pedía en ella humildemente 
á su majestad, que puesto que las cosas que aseguraba eran ciertas, y 
que había grandes ventajas y oportunidad en lo que suplicaba, se sirvie- 
se de dar órdenes para el resguardo y población del río Marañón, lo cual 
se podía ejecutar sin gravamen de la real hacienda de Quito, porque mu- 
chos caballeros del Perú se ofrecían á ello, y estaban prontos á la ejecu- 
ción con sólo preceder el real orden y beneplácito de su majestad. 

Estaba la corte de España muy ocupada por este tiempo en otros ne- 
gocios diferentes, y sucediendo por entonces el levantamiento de Portu- 
gal, perdieron los padres las esperanzas de que se diese en la materia al- 
guna favorable providencia. Volvieron á su provincia, y uno pasó á Lima 
para tratar del negocio con el virrey; pero la muerte que, recién llegado, 
le sobrevino, no dio lugar á entablar pretensiones; el otro entró en su co- 
legio de Quito, en donde afervorizó notablemente á sus hermanos con la 
noticia y relación de tanta gentilidad como había visto con sus mismos 
ojos y aun tratado á muchos de ellos en las márgenes del río Marañón. 
Pero ya que el memorial del padre Acuña no logró en España el efecto 
deseado de poblar el río y hacer algunas fortalezas para su resguardo 
(que acaso no se pondría en ejecución, sino con armas, muertes y violen- 
cias), logró él dar mucha luz á los ministros evangélicos, que con suavi- 
dad y blandura, y con medios pacíficos y de caridad cristiana, extendie- 
ron por aquellas partes el reino de Jesucristo; pues en las entradas y 
salidas del Marañón y en las distancias de los ríos y provincias, se go- 
bernaron por la demarcación de Acuña que hallaron siempre ajustada, y 
la miraban como una pauta fiel y arreglada que nunca les engañó en la 
conquista de aquellos infieles. 



54 Misiones del Marañón Español 

CAPÍTULO XVII 

DESCRIPCIÓN DEL RÍO MARAÑÓN 



Después de tantas entradas en el río Marañón, desgraciadas unas y 
sangrientas, y otras felices y prósperas, parece ya tiempo de cerrar este- 
primer libro con una idea general y descripción de aquel río, mayor- 
mente convidándonos á ello la oportunidad que en su relación nos pre- 
senta el padre Cristóbal de Acuña y D. Antonio de Ulloa en sus « Vi^LJes» 
en el libro VI, cap. V, y tanto número de misioneros que le han navegada 
por tantos años y observado su curso con atención y cuidado. 

El río Marañón ó Amazonas ú Orellana, que viene á ser el mismo, 
como insinuamos en el cap. V., es, sin duda, el mayor que se ha conocido- 
en el mundo. Con razón le llaman los indios en su lengua Ápurimac, que 
quiere decir rey, que habla entre los demás ríos. Y puede ciertamente hablar 
y dar la ley, no sólo á los muchos que depositan en él sus aguas, de los 
cuales varios han corrido ya centenares de leguas antes de juntarse con 
el Marañón, smo á todos los descubiertos en las demás partes del mundo. 
Porque ni el Ganges en la India, ni el Eufrates en la Siria y Persia, ni 
el Nilo en el África, con ser tan grandes y caudalosos, pueden mante- 
ner la corona al lado del Marañón. La casualidad, dice D. Antonio de 
Ulloa, parece que le señaló los tres nombres en disimulado enigma, para 
darnos á entender que con cada uno de ellos abraza y corresponde á los 
que corren con celebridad por las otras tres partes del mundo, que son: 
en Europa el Danubio, en Asia el Ganges y el Nilo en África. Aunque la 
reflexión parece un poco galana, pero no carece de fundamento, siendo 
el curso del río Marañón tan dilatado, que la menor longitud que se le 
señala, es de mil y cien leguas marítimas. 

Sobre el origen del río Marañón hubo á los principios muchas dudas,, 
siendo tantas las raíces de este gran río y tanta la abundancia de sus 
fuentes y nacimientos, que sin error alguno se pudieran llamar tales los 
que vienen de la cordillera oriental de los Andes, desde el gobierno de 
Popayán, de donde nace el Caquetá y el Yapurá. Por la misma razón se 
pudiera tomar el origen desde el cerro Cotopaxi, de donde baja el río 
Ñapo, ó desde el Cuzco, por donde viene el Ucayale. Mas la opinión re- 
cibida entre los modernos que han atendido al nacimiento más remoto, 
coloca el origen del Marañón en la provincia ó corregimiento de Tarma, 
empezando á correr desde la laguna de Lauricocha, cerca de la ciudad 
de Guanuco, y en la latitud austral de 11" con corta diferencia. Desde 
dicha laguna, distante de Lima como 50 leguas, dirige su curso al S. hasta 
la altura cuasi de 12® atravesando el país, que pertenece á aquel corre- 
gimiento, y formando insensiblemente una vuelta se encamina al oriente^ 



Libro L— Capítulo XVII 55 

pasando por el gobierno de Jauca vuelve luego á tomar la dirección del 
norte, después de haber salido al oriente de la cordillera real de los An- 
des, y, dejando al occidente las provincias de Moyobamba y Cacha-Poyas, 
continúa hasta la ciudad de Jaén de Bracamoros, que está á los 5° y 25'. 
Aquí, haciendo un recodo, se dirige y sigue siempre al oriente por una 
linea casi paralela con la equinoccial, sin apartarse más que 5" en la ma- 
yor distancia y sin acercarse más de dos en la mayor cercanía, hasta 
que desagua en el océano. Pero dentro de estos tres grados admite tan- 
tas vueltas y revueltas, tantos giros y regiros, que parece á las veces un 
enmarañado laberinto; y acaso de aquí se le dio á los principios el nom- 
bre de Marañen. 

Su distancia desde la laguna Lauricocha hasta Jaén es, en sentir de 
Ulloa, como de 2üO leguas; desde esta ciudad hasta su boca que es por 30 
grados de diferencia en longitud hace como 900 leguas, por donde con- 
cluye que será su curso como 1.100 leguas marítimas. El cómputo de Ore- 
llana es bastante diferente del de Ulloa, pues le da aun después que em- 
pieza acorrer permanentemente hacia el oriente 1.800 leguas; conforme 
á lo cual debía exceder su curso, 2.000 leguas. Uno y otro cómputo tiene 
mucho de arbitrario. Porque ¿quién podrá medir las vueltas, círculos y 
redobles con que va serpenteando á cada paso dentro de más de 40 le- 
guas, en que ya se acerca, ya se aparta de la línea que no pierde de 
vista desde la ciudad de Jaén? Dos cosas ciertas se pueden decir en esta 
materia. La primera es que, si lo que corre el río Marañen hasta Jaén 
formara una línea derecha del poniente hacia el oriente y se continuase 
con lo restante del curso, le sobraba mucho, para abarcar de parte á 
parte todo aquel vastísimo continente; la segunda, que prueba más la 
longitud de su carrera, es que, habiéndose embarcado los misioneros de 
Mainas, en el año de 1768 desde San Pablo, pueblo de los dominios de Por- 
tugal, donde ha corrido ya ese gran río á lo menos 500 leguas, tardaron 
en llegar á su boca 40 días remando noche y día con grande diligencia 
y ayudados los barcos del empuje de las corrientes, por donde formaron 
juicio aquellas personas prácticas que fué mucho más sin comparación 
lo que navegaron por el río que quedaba atrás en los dominios de Es- 
paña. 

Su anchura es varia según las rocas ó montañas que le estrechan, y 
según las arenas que ha podido tragar para extender sus márgenes. Hay 
parajes en donde sólo se ensancha media legua, y aun mucho menos, 
como en el estrecho del Pongo y en el de Pauxis, y hay sitios en donde se^ 
extiende dos leguas: lo que se debe entender del canal más noble ó ramo 
principal porque tiene dentro de sí muchas islas, ya de cuatro ya de 
cinco leguas, otras, aunque no tantas, de diez y de veinte, y la que lla- 
man de Tupinambas se dice que tiene como cien leguas. Otra de las co- 
sas que causó más admiración á los españoles que con el P. Acúñale 
pasaron, fué el observar, cómo un rio tan caudaloso se estrechaba á pa- 
sar todo entre peñas ó rocas que se cortan casi tocando con sus cimas, de 



56 Misiones del Marañón Español 

manera que á la vista solo parecían distar entre sí como un cuarto de le- 
gua. Parecíales un sitio muy oportuno para cerrar el Marañón á cual- 
quiera potencia extranjera con sólo formar dos castillos ó fortalezas que 
no diesen paso á ninguna embarcación, como era fácil por las cercanías 
de las baterías. El pensamiento era tanto más ventajoso á la España (si 
lo permite la línea divisoria), cuanto menos dista el estrecho de la barra, 
que será como de yoo leguas, quedando por la corona de Castilla la ma- 
yor parte del río Marañón. Y por este descuido, inadvertencia ó flojedad 
ha sucedido con el tiempo todo lo contrario, porque extendiendo sus li- 
mites Portugal casi hasta donde le ha parecido, se han estrechado los de 
España, á la menor parte del río. 

Es grande su profundidad y no se halla fondo en muchas partes junto 
al río Chuchunga, que es donde empieza á ser navegable el Marañón, y 
por donde entró en él Mr. de la Condamine: en su famoso viaje de obser- 
vación halló que aun en su mismo principio no encontraba fondo á las 28 
brazas de sonda si no era al tercio de su anchura. Pasados los ríos Ñapo 
y Coani probó ser tanta su profundidad, que no pudo hallar fondo con 
103 brazas de cordel. Pues ¿cuánta será su profundidad en el estrecho de 
Pauxis que está más adelante y en donde las márgenes se estrechan mu- 
cho más? Vese claramente que disimula el Marañón su grandeza, y que 
oculta el golpe de sus aguas con el exceso del fondo; porque muchos ríos 
de los que recibe, engañando en la apariencia por la ostentación que ha- 
cen de mayor anchura, en entrando al Marañón descubren el poco mo- 
mento que causan en él sus raudales, prosiguiendo este gran río sin mu- 
danza sensible, ni en la anchura ni en la profundidad. 

Los ríos que tiran al Marañón como á su centro en carrera t;in larga 
son tantos, que apenas tienen número; pues parece que, próvida la Na- 
turaleza, ocurrió á los calores ardientes del clima con el refrigerio de 
tantas aguas. Véalos quien quiera en la relación del P. Acuña y en la 
del viaje de Ulloa en el lugar citado. Nosotros apuntaremos algunos en 
el libro siguiente, que más harán á nuestra historia por estar compren- 
didos en los confines de las misiones de Mainas. Por ahora nos contenta- 
mos con dar alguna razón de su embocadura, y con ella concluiremos la 
descripción del Marañón. 

Antes de acabar su carrera, empieza desde un río llamado Xingu á 
inclinarse al nordeste, ensanchando la madre para que sus aguas salgan 
al mar por más desahogada puerta, y en este anchuroso espacio deja is- 
las muy capaces y fértiles, entre las cuales se lleva la primacía la de los 
Joanes ó de Marayo, para cuya formación se desata del rio como veinti- 
cinco leguas más adelante de la boca del Xingu un brazo llamado Tagi- 
puru, que corriendo al sur con dirección opuesta á la que lleva el prin- 
cipal, conduce una parte de las aguas del Marañón al río dicho de Dos 
Bocas, compuesto de otros dos por nombre Guanapu y Pacayas; á ellos 
se une después el río de los Tocantines y después el de Muiu, á cuya 
oriental orilla está fundada la ciudad del gran Para. Desde el río Dos 



Libro I.— Capítulo XVIII 57 

Bocas corren las aguas de éste con el dicho canal de Tagipuru, casi al 
oriente, en figura de arco, hasta el río de los Tocantines, desde el cual 
continúan al nordeste, como el otro canal más principal del mismo Mara- 
ñen, dejando en medio la isla de los Joanes, y haciendo una figura algo 
triangular de más de 150 leguas. De esta manera se dividen las dos bo 
cas con que el Marañón sale al mar, de las cuales, la principal, entre el 
cabo de Maguari y cabo del Norte, viene á ser de 45 leguas, y la del ca- 
nal de Tagipuru con los ríos que se le juntan, de 12 que son los que se 
cuentan entre el cabo de Maguari y entre la punta de Tigioca. 



CAPITULO XVIII 

DEL MODO DE PASAR LOS RÍOS EN LAS PROVINCIAS DE QUITO 

Ya que hemos hablado de tantos ríos como se hallan en las provincias 
de Quito, que casi todos vienen á parar en el río Marañón, será bien dar 
alguna razón del modo de pasarlos, y servirá la narración de apéndice 
al capítulo antecedente . 

El Marañón, por ser tan ancho, ni admite puentes, ni maromas, ni ta- 
rabitas, y sólo se puede atravesar en canoas y balsas, como le pasaban 
nuestros misioneros siempre que les era necesario. Mas otros ríos que no 
permiten vado y son de una anchura proporcionada, tienen sus puentes 
en los sitios necesarios. Estos son de tres especies: unos de piedra, que 
son bien pocos; otros de madera, que son los más comunes, y algunos de 
bejucos . Para formar los de madera, buscan el paraje donde se estreche 
más el río, entre dos rocas ó peñascos, y atravesando cuatro palos bien 
largos, forman un puente de vara y media de ancho, por el cual pasan 
las personas y cabalgaduras, no sin grande peligro de las vidas y cau- 
dales. 

Cuando la anchura de los ríos no permite el que los palos, por largos 
que sean, puedan descansar en sus orillas, echan mano de los bejucos, 
tuercen y cachan muchas de estas varitas ó mimbres y forman maromas 
gruesas del largo que necesitan; tienden seis de éstas de una y otra banda 
del río, dejando las dos algo más altas que las otras cuatro; colocan des- 
pués unos palos atravesados, y poniendo encima ramaje, queda formado 
el puente, sirviendo las cuatro maromas de suelo y las dos más altas y de 
las orillas de pasamanos para la seguridad del que pasa; porque sin esa 
precaución sería muy fácil el caer á causa del continuo bamboleo que se 
experimenta cuando se anda por el puente. Esta especie de puentes de 
bejucos sólo sirve para las personas, pasando á nado las muías, y sin 
carga; y llevando los indios á hombro hasta los aparejos, porque las co- 
rrientes suelen ser tan impetuosas que es necesario echar las caballerías 
á pelo, y media legua antes del puente para que puedan salir al otro lado. 



58 Misiones del Marañón Español 

En el río del Cuzco ó Ucayale, que también llaman Apurimac por su 
grandeza, hay un puente de esta calidad, pero tan firme y seguro que 
pasan por él recuas cargadas sin que se tema peligro. 

Hay ríos donde en lugar de puentes de bejucos se pasa por tarabita, 
como sucede en el de Alchipichi, por donde no sólo pasan personas, sino 
caballerías, porque la mucha rapidez del agua y los peñascos que arras- 
tra la corriente no consienten el que se pase á nado. La tarabita consiste 
en una cuerda ó maroma de bejucos ó correas de cuero de vaca, com- 
puesta de muchos como hilos de seis á ocho pulgadas de grueso, la cual 
está tendida de una orilla á otra, con alguna inclinación y sujeta fuerte- 
mente en ambas á dos palos: en uno de éstos hay un torno ó molinete que 
templa y deja tirante la maroma, cuanto es necesario para el efecto que 
se pretende. Descansa sobre la cuerda gruesa un zurrón de cuero de vaca 
capaz de recibir un hombre y de que en él pueda recostarse. Está sus- 
pendido el zurrón, en dos horcones que corren por la maroma, y de cada 
lado tiene su cuerda para la seguridad del que va encima. Puesto el que 
ha de pasar en el zurrón, le dan á éste, desde tierra, un empujón fuerte 
y pasa con el caballero prontamente al otro lado. 

Para pasar los bagajes hay dos tarabitas, una para cada banda del 
río, y la maroma debe ser mucho más gruesa y más pendiente. No tiene 
más de un horcón del cual cuelgan la hostia, bien sujeta con cinchas por 
barriga, patas y pecho. Estando ya pronta y bien amarrada, la empujan 
y pasa con tanta violencia que en corto tiempo se halla al otro lado. Las 
caballerías que están acostumbradas á pasar en esta forma no hacen 
ningún movimiento, antes, ellas mismas, se ofrecen á que las aten; pero 
las que son nuevas en ello, se embravecen huyendo, y cuando se ven en 
el aire cocean y dan corcobos sin entender lo que les pasa. La tarabita 
del río Alchipichi, tendrá de ancho cerca de 40 toesas ó 90 varas, y desde 
la maroma hasta el agua habrá sus 25 toesas ó 60 varas, que es muy bas- 
tante para que á primera vista cause horror este modo de pasar el río, 
por precipitación. 



LIBRO II 



CAPITULO PRIMERO 

TÉRMINOS DE LAS MISIONES DE MAINAS Y NÚMERO DE LAS NACIONES 
QUE SE CONTENÍAN EN ELLAS 

La misión, que es la materia de nuestra Historia, abrazaba un núme- 
ro considerable de varias naciones, puestas en las riberas del río Mara- 
ñen y de otros muchos que en él desaguan por una y otra banda. Su ex- 
tensión sería de casi 300 leguas y empezaba desde la ciudad de Borja, 
poco después del Pongo, hasta el fuerte de San José, que es el primer 
pueblo de la corona de Portugal. No es tan fácil decidir su anchura por 
la multitud grande de ry^s que se atraviesan, pero no cedería mucho á la 
extensión, especialmente en algunas partes. Los ríos que en carrera tan 
larga vienen á parar en el Marañón son innumerables; nosotros haremos 
mención de aquellos por donde se fué propagando el Evangelio, los cua- 
les son por la banda del sur: 1.°, el Cavapanas; 2.°, el Guallaga; 3,*^, el 
Cuzco ó Ucayale, que viene á ser como un árbol con muchos brazos ó 
ramas, que todos se esconden y sepultan en el principal. Por el norte 
tiran al Marañón: el Pastaza, que viene ya caudaloso con las muchas 
aguas que de otro recoge; el Morona, que es muy respetable, y el cau- 
dalosísimo Ñapo, después de haber corrido algunos centenares de leguas 
y haberse enriquecido con las aguas del Aguarico, del Curaray y otros 
varios. 

Las provincias de gentiles, que antes que entrase á ellos la luz del 
Evangelio se hallaban en tan dilatadas riberas y en lo interior de los 
bosques, eran muchas. Daremos una idea general de ellas, para que se 
entienda el número de infieles que habitaban en aquellas partes. La pri- 
mera provincia corría desde la ciudad de Borja, siguiendo las riberas del 
Marañón por setenta leguas, y abarcando en su distrito varios torrentes, 
quebradas y lagunas, particularmente al norte del río. Esta provincia se 
llamaba de los Mainas, que por ser los primeros que se encontraron die- 
ron el nombre á la misión de Mainas, puesto caso que en el año de 1768 
en que fueron traídos los misioneros del Marañón, lo menos que tenía 
dicha misión era de la nación Maina, ya casi consumida y acabada 



60 Misiones del Marañón Español 

de epidemias y pestes, como sucedió á otras varias. A los Mainas seguia 
la segunda provincia de Roamainas, Chapas, Ciures y Miscuaras, los 
cuales, con los Coronados, se extendían por el río Pastaza y otros meno- 
res, subiendo por ellos y habitando también en los montes interiores. 
Treinta leguas más abajo de la boca del Pastaza, y á la mano derecha 
por donde entra en el Marañón el río Guallaga, estaban dos numerosas 
naciones de Agúanos y Barbudos, gente valiente y guerrera y temida de 
los demás gentiles. Decíanse Barbudos por tener barba bien poblada, 
cosa extraordinaria entre los indios del Marañón. Ocupaban estas dos 
naciones más de cien leguas; á lo largo de este río, y por una y otra 
orilla del río Guallaga, se extendían hacia el sur. Siendo tan numerosos 
los Agúanos y Barbudos, y ocupando tanto terreno, ellos solos hacían la 
tercera provincia. 

Enfrente de los Barbudos, y más propiamente en el río Guayaga, 
estaban los indios Guayagas (que daban el nombre al río), que con los 
Cocamillas que habitaban varias islas, y con los Xeveros á quienes á 
poca distancia seguían los Cutinanas, Churitunas, Muniches y Tavalosos 
componían una cuarta provincia. La quinta era de Ugiaros, Aunaras y 
Uñónos, que vivían bajando por el río Marañón, algunas leguas después 
de la boca del Guallaga y antes de llegar al gran río del Cuzco ó Uca- 
yale. A orillas de éste y del Marañón, que se comunican entre sí por me- 
dio de una anchurosa laguna, que á veces desagua en ellos y á veces se 
aumenta con las crecientes de uno y otro, vivía»una nación numerosísi- 
ma, llamada de los Cocamas, y venía á formar la sexta provincia con el 
nombre Gran Cocama. 

Aunque los misioneros del Marañón descubrieron desde los principios 
las seis provincias referidas, no contento su celo con tan grandes descu- 
brimientos, penetraron más adentro por el río Ucaj^ale á otras muchas 
naciones que se nombraban Panos, Chepeos, Pirres y Cunivos. De la mis- 
ma manera por el Guallaga abrieron camino á las Chayavitas, Paraná- 
puras, Xitipos, Maparinas, Otanavis, Tivilos y Chamicuros. Por la banda 
del Norte pasaron desde los Roamainas, navegando por Pastaza, hasta 
los indios Andeas, Pinches, Gayes y Semigayes. Y para que por todas 
partes se extendiera el celo de los primeros misioneros, llegaron á tomar 
posesión del río Ñapo, en aquella parte donde se le junta el Curaray, y 
donde se descubría innumerable gentilismo. Formaron aquí algunos pue- 
blos de indios Gas y Abigiras; mas como gente en extremo bárbara y por 
genio traidora, se retiró á sus escondrijos, dando la muerte á su misionero. 
Pero se consolaron los padres con otras dos naciones copiosas que encon- 
traron en lo más bajo del Marañón, las cuales mostraron otra índole y 
condición más humana con algunos resabios de policía. Estas fueron la 
insigne nación Omagua, y otra muy parecida de Zuriraaguas, que antes 
del año de 1700 vivieron con grande ejemplo de cristiandad en siete pue- 
blos, fundados en aquella parte del Marañón que está ya en el día por la 
corona de Portugal. 



Libro II.— Capítulo I 61 

No se esmeraron menos los misioneros del Marañón en cultivar el 
extendido campo de las riberas y bosques desde el .año de 1700 hasta el de 
1768, en que por orden superior se les impidió continuar el cultivo á que 
sacrificaban con gusto sus sudores. Porque fuera de conservar lo con- 
quistado de sus mayores y dar firmeza y establecimiento á los pueblos ya 
formados, hicieron nuevas conquistas y redujeron otras muchas naciones, 
aunque con diversa fortuna, porque algunas se lograron del todo y fueron 
constantes en la fe, mas otras la recibieron dando grandes esperanzas de 
formar una cristiandad fioreciente; pero ya fuese el genio traidor y volu- 
ble de algunas de ellas, ya las revoluciones y contratiempos que sobrevi- 
nieron, no correspondieron ciertamente al infatigable trabajo y aplica- 
ción cuidadosa de los padres, cuyos afanes se lograron solamente en los 
párvulos y en una parte mediana de los adultos. 

Descubriéronse al principio de este siglo los indios Payaguas en lo 
más bajo del río Ñapo, y se formaron dos pueblos en esta nación. Poco 
más arriba, en el mismo río, se hallaron los Icaguates, que también se 
redujeron á vivir en otro. Subiendo á donde se junta con el Aguarico, 
recibieron la luz del Evangelio muchas naciones ó parcialidades de in- 
dios, llamados Encabellados, y fundaron un número considerable de 
reducciones. Prosiguieron las conquistas en otros ríos que se encuentran 
antes del Ñapo, como en el Tigre, en el Masa y en el Nanai, ganando 
para la fe en el primero á los Zameos, en el segundo á los Masamaes y 
en el tercero á los Napeanes, que formaron un pueblo muy lucido en la 
boca del mismo Nanai. Y desde este tiempo y con esta ocasión de la con- 
versión de los Napeanes, que sucedió poco antes de los años de 40, se 
comenzó á trabajar con mucho celo y constancia en la nación Iquita, 
que habitaba sobre las fuentes del río Blanco y se extendía hasta el río 
Curaray. Casi por el mismo tiempo se extendieron los padres por lo más 
bajo del río Marañón hasta los confines de Portugal, y ganaron los Pe- 
vas, los Zavas, los Caumares y los Cavachis, de que se hizo un pueblo 
numeroso, como también á los indios Ticunas, que recibieron la fe de 
Jesucristo algunos años antes de la partida de los misioneros, y vivían 
en reducción aparte con mucha cristiandad. Últimamente se consiguió 
abrir camino, cerrado por mucho tiempo, á la valerosa nación de los Gi- 
baros, la más copiosa entre todas las descubiertas en este siglo y puesta 
en las riberas del río Paute , al poniente del río Pastaza. Pero cuando 
empezaba á rayar la luz del Evangelio, en estas gentes ciegas, por jui- 
cios inescrutables de Dios Nuestro Señor, faltaron los ministros que ha- 
bían comenzado felizmente esta grande obra, y se hallaron privados los 
pobres indios, deseosos de entender las verdades de nuestra santa fe, del 
socorro que se prometían en los padres. 

Éstas eran en general las naciones que comprendía la misión de los 
Mainas, y éstos eran los sitios que ocupaban cuando entró á ellos la luz 
del Evangelio, como veremos, contando particular y distintamente por 
su orden las conquistas, y notando con la puntualidad que nos sea posi- 



(52 Misiones del Makañón Español 

ble, el año en que se fueron ejecutando. Por ahora, ha parecido conve- 
niente apuntar en este lugar la noticia general de las naciones y de los 
parajes en donde vivían; la cual, no puede menos de parecer algo obscu- 
ra, así por la multitud de ríos y extensión de las tierras, como por el nú- 
mero grande de naciones, cuyos nombres enrevesados y bárbaros se re- 
sisten á la pronunciación y á la memoria. Por lo cual, haciéndonos car- 
go de la confusión indispensable y deseando facilitar al lector la inteli- 
gencia de la geografía de nuestra misión, ponemos al fin de la obra un 
mapa claro y harto más ajustado que lo que suelen ser los mapas comu- 
nes, de todo el distrito de las misiones con una descripción cabal de loa 
ríos, pueblos, reducciones y límites de la jurisdicción del gobierno de 
Borja. Con este socorro podrá el que leyere, á un golpe de vista y sin 
trabajo, hacerse cargo de las naciones convertidas y de los sitios en que 
vivían. 

La misma multitud de naciones diferentes, hizo también más dificul- 
tosa su conversión á nuestra fe, por el número grande y diversidad nota- 
ble de las lenguas que hablaban; y no es fácil que en ninguna misión de 
las muchas que estuvieron á cargo de la Compañía, se hablasen tantas 
lenguas como en la de Mainas. Pero ni éste, ni otros muchos impedimen- 
tos, fueron parte para que no trabajaran en esta viña con singular em- 
peño tantos varones apostólicos por el espacio de 130 años, sin hacer 
caso de los peligros frecuentes de la vida, de la escasez y falta de ali- 
mentos, de la destemplanza de los climas y de la calidad de las gentes, 
sobremanera bozales y dispersas en extremo. Fué sin duda triunfo de la 
gracia del Señor el haber podido reducir naciones tan tercas y obsti- 
nadas en sus antiguas supersticiones, y tan arraigadas en aprensiones 
extravagantes , como veremos en este libro, donde se tocará lo pertene- 
ciente á la condición de los indios , á la calidad de las tierras y á la di 
versidad de frutos, peces y fieras. 



CAPITULO II 

DEL TALLE, FIGURA, VESTIDOS Y ADORNOS DE ESTAS GENTES ' 

La estatura ó talle de las naciones de Mainas, aunque no es igual en 
todas, es por lo común mediana. Su color es obscuro, bazo y tostado, ni 
tan blancos como el de los europeos, ni declina mucho al de los negros de 
Angola. No faltan naciones de color bien claro, especialmente en muje- 
res y niños, como la Pana, la Cunive, la Payagua y Mayoruna, entre 
quienes se ven mujeres de tan clara tez como la de las señoras más blan- 
cas de Europa; es más común esta blancura en los niños y niñas, pero 
creciendo en edad prevalece luego el color tostado, así por la fuerza de 
los rayos del sol, como por el uso frecuente de bañarse. El cabello es or- 



Libro II.— Capítulo II 63 

dinariamente ne^ro y duro, aunque hay naciones cuyas mujeres le tie- 
nen rubio y delgado. Pocas veces le dejan crecer los varones de manera 
que pase del pescuezo, ni las mujeres usan de trenzas; tráenio suelto, y 
apenas le llega á los hombros. Los Ancutenas del Ñapo cuidan del cabe- 
llo con mucho aseo y por eso los llaman Encabellados. Peinanse todas 
las tardes, hacen trenzas y las envuelven con un tejidillo en la cabeza. 
Es gala de esta nación dejar á sus tiempos, suelto y bien peinado el ca- 
bello sobre las espaldas y algunos hasta la cintura. Con la comunicación 
de las demás naciones, le iban cortando y se acomodaban á ellas. 

La nariz es comúnmente chata, gruesa y proporcionada á las caras 
regularmente llenas y anchas. Firme la dentadura, y por todo igual, 
cuando no la dañan con el mascar continuo hierbas de zumo negro; es 
sumamente blanca y la conservan hasta la vejez. Tienen, algunas na- 
ciones, por adorno y por moda teñir los dientes y labios de color negro, 
y á este fin, mascan hierbas y tallos cuyo zumo, mezclado con ceniza que 
meten en la boca, hace, con el beneficio de la saliva, un negro que dura 
por muchos días. Mas, no contentos con una tintura, dan á lo menos cada 
dos días este barniz á dientes y labios para conservarlos así más lustro- 
sos. Causa grima el ver cómo refriegan los labios con lo más áspero de la 
hoja del maiz para quitar el tinte antiguo hasta desollarlos, y echar san- 
gre para que de esta manera asiente mejor el nuevo, y brille más por 
fresco y reciente. La frente es angosta y á poca distancia de las cejas. 
Los ojos, comúnmente pequeños, vivos y sin lagrimales. Es fealdad entre 
ellos dejar crecer el pelo de cejas y párpados, y así le arrancan con des- 
treza y expedición con ciertos hilos que, afianzados á los dedos de ambas 
manos, abren y cierran con ligereza y, cogiendo los cabellos, tiran hacia 
arriba. Los Iquitos y Zameos los arrancan con una resina pegada á los 
dedos que lleva consigo todo el pelo. 

Usan el pintarse caras y cuerpos las más de las naciones. Algunas se 
valen de espejos que hacen de copal derretido en un platillo algo hondo, 
que aunque no muestra claramente el rostro, sirve lo bastante para ver 
donde han de variar los colores. En este uso exceden á los demás los En- 
cabellados, de cuya nación es vanidad característica pintarse los rostros 
así los hombres como las mujeres. Todas las tardes han de pintarse, ne- 
cesariamente los jóvenes y sólo excusan este aliño los avanzados en 
edad. Causa risa ver á estos hombres, empeñados en pintarse las caras 
al acercarse á los pueblos, á cuya causa llevan consigo sus espejuelos y 
colores en ciertos coquillos pequeños. Excusa el misionero de querer im- 
pedir esta necia usanza, porque serán vanos todos sus esfuerzos. Pero si 
mueve á risa este loco empeño, mucho más mueve la deformidad con que 
quedan después de pintados, porque parecen unos demonios: tan fieros y 
horribles están, cuando más galanos. Las mujeres, como por genio, dan 
comúnmente más aire á la vanidad con sus invenciones, pintándose con 
más arte, gusto y simetría. 

Rara es la nación que no tenga su distintivo en alguna deformidad, 



64 Misiones del Marañón Español 

en sus rostros. Atraviesan unas en la ternilla de la nariz cierto palito 
del tamaño de una pluma de escribir. Otras, hacen un agujero en el la- 
bio inferior, en derechura de la nariz, y así la encajan su palito. En las 
fiestas y danzas le quitan, y ponen en su lugar una piedrecita blanca á 
manera de un bolillo de hacer encajes. Asegurada la piedra en el labio, 
queda colgando hacia abajo, y con los movimientos del baile, da sus gol- 
pecitos en la barba. Abren algunas la ternilla de las orejas, y en vez de 
zarcillos ó arracadas, traen atrevesados palillos colorados. Tienen por 
gala los Zameos y Masamaes viejos, abrir el agujero poco á poco, hasta 
encajar una rodaja de la grandeza de una hostia grande, de manera que 
toquen las orejas con los hombros por medio de aquel ridículo cascabel. 
Así unos como otros, andan cargados de tan impertinentes adornos. 

La nación Omagua, aplasta la frente hasta levantarla por arriba de 
seis á ocho dedos, y hace una figura parecida á la de los tupés, que sue- 
len usarse en pelucas y peinados de moda. Para conseguir esto, compri- 
men con dos tablitas, una por delante y otra por detrás, el casco de los 
niños y niñas cuando tiernos, y para hacerlo con más suavidad y sin 
daño de las cabecitas, acomodan entre las tablas y el casco sus almoha- 
ditas de algodón, bien escarmenado. Al principio, aprietan poco, pero 
cada dos ó tres días, comprimen más por frente y cogote, y de esta ma- 
nera alargan la cabeza, según la figura que pretenden. Es hermosura, 
entre ellos, tener un casco bien aplastado y levantado, y lo que más es, 
se ríen de las demás gentes que tienen, como dicen ellos, cabezas de mo- 
nos. Tan extravagantes son los gustos de los hombres. Ya no se veía sino 
tal cual Omagua de los viejos ó viejas con esta deformidad, y en los pue- 
blos lo habían dejado enteramente. 

La nación Mayorana era, en el adorno de la cara, la más monstruosa 
de todas. Los varones tenían claveteado todo lo que corresponde á la 
barba de un hombre, bien cerrado y poblado de barbas entre los espa- 
ñoles. Desde mocitos, empezaban á hacer agujeritos en la barba, y cla- 
var en ellos pedacitos de chonta negra, madera muy fuerte y dura; de 
manera, que vistos desde lejos, parecían hombres de barba negra y muy 
poblada. En la frente tenían dos rayas negras, en los dobleces de la na- 
riz, abrían sus agujeros, en que clavaban dos plumas de la cola de gua- 
camayo, pájaro vistoso, y otras dos en el labio inferior en que á corres- 
pondencia ponían otras dos plumas, que con las otras de arriba, hacían 
la figura de una cruz aspada. Aunque las mujeres de esta nación eran, 
por lo común bastantemente blancas y de buenas facciones, pero afea- 
ban también monstruosamente los rostros con lo que añadían á la natu- 
raleza, porque tenían en la frente tres ó cuatro rayas de una parte á 
otra, y las teñían de color negro y firme de una yerba, cuando hacían 
las cortaduras que atravesaban la piel con abrojos y espinas. Otras 
tantas rayas hacían en las dos mejillas de arriba hacia abajo, y otras 
atravesaban desde el labio inferior por las quijadas, hasta las orejas; 
fuera de tantas rayas negras, de que estaban acribillados, tiraban unas 



Libro II.— Capítulo II 65 

como pinceladas gruesas del mismo zumo, que dejaban unas cintas ne- 
gras que Jamás se borraban. 

Era propiedad de la nación Mayoruna el distinguirse los de una tribu 
ó familia de las otras por algunas rayas ó señales particulares que adop- 
taban ó miraban como hereditarias. 

Los Iquitos llevaban en las orejas atravesados unos palitos largos, 
como de seis dedos, y en el extremo de ellos una planchita de concha 
como un real. Tenían los hombres el cabello tan corto, que se descubría el 
pescuezo; pero el casco lo cubrían con una plancha de achote y cierta re- 
sina cocida, que hacía una figura como de corona de fraile. Y como era 
tan colorada como el carmín más fino, los vecinos de Borja, al verla, le 
pusieron el nombre de birreta de cardenales. Tenían el cuerpo cruzado de 
rayas gruesas de la anchura de dos dedos; lo mismo hacían en piernas y 
muslos. Finalmente, las demás naciones usan también de varios adornos 
en las orejas, unas de un modo y otras de otro, como la Pana y Ticuna, 
que en vez de zarcillos traen planchitas triangulares, y la Maína flores 
hechas de plumas de varios colores. 

Es común la desnudez á hombres y mujeres, aunque por lo común to- 
dos llevan alguna cosa con que cubren lo preciso para la decencia, y es 
una especie de tonelete que llaman pampanilla, y amarrado á la cintura, 
si cubre no pasa de las rodillas. Suelen hacer esta pequeña cubierta de 
un tejido de palma ó algodón; los Omaguas y Zurimaguas son más mira- 
dos que los demás indios, y traen sus pampanillas hasta media pierna, 
pintadas con mucho aseo. No es menos aseada la de los Encabellados, así 
por el tejido como por la pintura, aunque es más corta que la de los Oma- 
guas. Usan estas tres naciones de mantas como basquinas para sus fies- 
tas y danzas. Los Urarinas, Roamainas, Muratas y otras naciones, que 
tejen cachivanvo, andan decentemente cubiertos, así hasta la cintura, como 
de medio cuerpo hacia abajo. Viene á ser el cachivanvo una tela que hacen 
de la corteza exterior y más delgada de una palma que llaman achua. Los 
Xeveros y Encabellados hacen sus vestidos de lanchama, que es una cor- 
teza de árbol ablandada en agua, la cual, golpeada con una macanilla, 
queda como el cuero de un ciervo. 

No faltan naciones cuyas mujeres cubren solamente la distinción del 
sexo con sartas de pepitas de frutas entreveradas con dientes de monos ó 
con una concha. Y como hay varias gentes que andan del todo desnudas, 
uno de los principales cuidados de los misioneros era tener consigo en los 
pueblos estopa ó lienzo para cubrir luego á los que venían de nuevo, á las 
veces del todo desnudos, y otras muchas muy mal cubiertos. He hablado 
muchas veces con un misionero de Mainas, que estando en una ocasión en 
la iglesia de su pueblo haciendo sus Oficios, vio venir una mujer gentil del 
monte, y entrarse por la iglesia del todo desnuda; afligióse el buen hombre 
por no tener lienzo para cubrirla; pero luego se le ofreció que de un ence- 
radilloque tenía en su ventana la podía hacer una pampanilla; hízola luego 
al punto y quedó aquella infeliz remediada y el padre muy consolado. 

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66 Misiones del Marañón Español 

En su misma desnudez tienen estos bárbaros sus aliños particulares; 
el más general es el de los brazaletes. Los Encabellados llevan dos en las 
pulseras y otros dos en las piernas: aquéllos en distancia de tres dedos, y 
éstos en distancia de seis. Los tejen de hilo de algodón con mucha curiosi- 
dad, y forman unas rosetas parecidas al tejido de damasco blanco y fino 
para servilletas y manteles. Los Pevas y Ticunas hermosean sus braza- 
letes con plumas de varios colores. Los Omaguas usan de unas como fajas 
de cuatro dedos de ancho, y llevan por gala en sus altas cabezas unos 
llantos vistosos por la figura que hacen de guirnalda y por la variedad de 
plumas de muchos colores, distribuidas con aseo y entretejidas con gusto. 
Tan natural es al hombre querer parecer bien á los que les miran, pues 
aun estos salvajes, en tanta miseria y desnudez, hacen lo que entienden 
por engalanarse á su modo. 



CAPITULO III 

CÓMO VIVÍAN ESTAS GENTES; DE SU GOBIERNO Y DE LA AUTORIDAD DE SUS 

CACIQUES 

Admiró á Europa la primera noticia que dieron los conquistadores de 
Indias sobre la calidad de sus habitadores. Pintábanlos comúnmente como 
hombres en la apariencia, y como brutos en la realidad. Apenas les con- 
cedían una racionalidad semejante á la de los niños de ocho á diez años 
de la Europa, y lo que no puede menos de extrañarse es que llegasen á 
persuadir efectivamente que se podía dudar de su capacidad en juzgar- 
los perfectamente racionales. Pero condenó este juicio quien podía, de- 
clarando la Silla Apostólica que los indios eran racionales y capaces de 
obrar bien ó mal, según el uso del libre albedrío que concedió Dios al 
hombre. Por consiguiente, se declaró que eran capaces de todos los de- 
más derechos que como tales podían y debían gozar. Véanse las leyes de 
la Recopilación de Indias y las Bulas de Alejandro VI y de Paulo III; esto 
se llegó á pensar de los mejicanos gobernados por los Motezumas, y de los 
peruanos vasallos de los Ingas, cuyas leyes y modo de gobierno han he- 
cho dudar á varios, si tenían que ceder á las leyes de los emperadores 
romanos. 

Yo tengo por cierto que fueron á los principios muy grandes las exa- 
geraciones en esta materia; pero veo también que aquellas gentes hacían 
grandes ventajas y conocidos excesos á los que vivían en los bosques y 
montañas del río Marañen . Aquéllas sujetas á soberanos, éstas sin reco- 
nocer señorío ni dependencia. Aquéllas gobernadas por leyes bien for- 
madas, y las más, según el dictamen de la razón; éstas sin ley ni freno, 
entregadas á los desórdenes de las pasiones más bárbaras . Aquéllas re- 
ducidas á repúblicas con orden y método de gobierno económico, político 



Libro II.— Capítulo III ' 67 

y militar; éstas esparcidas como fieras en los bosques sin avenirse, sin 
ayudarse y sin comunicarse unos con otros. Esta generalidad descubre 
mucha diferencia entre unas y otras gentes, y aun se verá que es mayor 
por lo que iremos insinuando de sus poblaciones, modo de vivir, costum- 
bres y extravagancias. 

Por numerosas que sean las naciones del Marañón, de ninguna se ha 
encontrado propiamente población en aquellos bosques. Unas pocas fa- 
milias en dos, tres ó cuatro casas medianas ocupan el sitio correspon- 
diente. Hacen en el contorno sus siembras, que llaman chagras, y procu- 
ran que sea cerca de algún torrente ó riachuelo que suministre el agua 
necesaria para bebidas y baños y algún poco de pesca para el sustento, 
aunque no dejan de valerse á veces de la caza, según los instrumentos ó 
armas propias de la nación. En todas partes hallan materiales para sus 
casas, que se componen de palos gruesos por pilares, de varas para la 
armazón del techo y de hojas de palma para cubrir la fábrica. Cada uno 
es carpintero y hace por sí mismo lo necesario hasta dejar su choza per- 
fecta y acabada para los usos que se figura. 

'Pocas naciones usan de catres ni de mesas para comer. En lugar de 
cama tienen una red colgada que llaman hamaca y la labran con curio- 
sidad y solidez. En los Zameos, Macamaes, Pevas y otras naciones es 
oficio de las mujeres el hacerla, previniendo los hombres la chambira ó 
cáñamo que tuercen ellas. En los Encabellados está al cargo de los varo- 
nes buscar el material, torcerlo y formar las camas. Cada uno duerme 
€n la suya, fuera de los casados, que duermen acompañados en una que 
se hace mucho mayor que las demás. Esta especie de cama, colgada en 
el aire en dos palos, es cómoda y descansada en temples ardientes como 
son aquellos en que no arma bien el uso de colchones. Aun los españoles 
seglares y misioneros se acomodan á dormir en esta especie de camas ó 
sobre unas esteras por el gran calor. 

El ajuar de la casa cabe casi todo en un cesto ó canasto mediano, con 
que carga la mujer en las mudanzas que hacen frecuentemente á otros 
sitios. Todo se reduce á la cama ó camas para dormir, un par de ollas, 
algunas cazuelas y platos, una tinaja para la bebida y un vaso que lla- 
man pilche, el cual se cría en los árboles, como las calabazas de los pere- 
grinos, y abierto y limpio y bien secado al sol, se endurece y sirve cómo- 
damente para beber. Su mantenimiento se reduce á plátanos, maíz y 
yuca, de que hablaremos á su tiempo largamente. Usan también de va- 
rias raíces que se dan con abundancia en los montes, y algunas veces 
tienen algún pez, mono ó ave que han cogido. Comen dos veces al día: 
por la mañana á cosa de las ocho, y por la tarde entre cuatro y cinco. 
Como no usan de mesas ni manteles, se arriman los hombres, puestos de 
cuclillas, alrededor de una cazuela ó barreñón, y las mujeres, separadas, 
se sientan en el suelo alrededor de otra. El comer lo hacen muy al natu- 
ral, y el verlos era materia de gusto y recreación para los misioneros. 
Los dedos les sirven de tenedores, y de cucharas unas conchas. Acabada 



68 • Misiones del Marañón Español 

la comida, los ancianos se tienden en sus camas y los jóvenes escapan á 
bañarse y refrigerarse en el río; pero tienen la precaución de apartarse 
los hombres de las mujeres. 

La ocupación de los varones entre día es cuidar de sus sementeras^ 
cazar y pescar (si han de traer algo para la familia), hacer armas, ade- 
rezar lanzas, rodelas y anzuelos para la guerra, caza y pesca. Lo demás 
del tiempo, que es mucho, se están ociosos y bien hallados con su pereza 
que les acarrea tantos males y daños, como veremos. El oficio de las mu- 
jeres es hacer de sus raíces y fruto la bebida usual á la familia que á 
todos debe estar franca en cualquiera hora del día, y apenas se levantan 
los hijos y maridos, van corriendo á la tinaja y se echan á pechos su 
pilche ó vaso. No dejan de ayudar las mujeres á sus maridos á limpiar 
sus heredades, acarrear los frutos y acomodarlos en la casa; pero es pe- 
culiar de ellas hacer la loza necesaria, pues son, por lo común, olleras á 
mano; y sin torno y con grande tino, hacen todo género de utensilios, 
ollas, cazuelas, platos, tinajas, tales cuales han menester para los usos 
de casa. Sacan estas piezas tan bien figuradas, tersas y templadas como 
los mejores alfareros. Las Encabelladas hacen loza más fina y delicada 
que las Omaguas; pero son éstas más hábiles para piezas grandes, como 
cántaros y tinajas. Unas y otras saben dar á la loza un barniz perma- 
nente, vistoso y fino, de manera que se limpian las piezas con mucha fa- 
cilidad . 

Hasta aquí llega el gobierno económico de estas gentes. En todo lo de- 
más sólo se ve el desorden, la behetría y confusión. La sujeción de unos 
á otros en esta dispersión es ninguna, porque no reconocen señorío ni 
tienen leyes de sociedad. Los hijos no se sujetan á sus padres, ni éstos les 
dan alguna crianza. En manteniéndoles cuando pequeños, á que se ex- 
tiende todo su cuidado, les dejan cuando pueden mantenerse por sí mis- 
mos, sin pensar en corregir ó castigar sus excesos. Los maridos ruegan, 
más que mandan á sus mujeres, ni éstas sufren imperios ú otro lenguaje 
en sus maridos. No hay recursos para que se haga justicia, porque no se 
observa entre ellos. Cada familia y cada persona de ella se atribuye á sí 
misma una plena libertad para cuanto se le antoja, sin que piense nin- 
guno en irle á la mano, porque todos se niegan á la menor sujeción. Cre- 
cidos los hijos y las hijas, en llegando á casarse se apartan de sus pa- 
dres, y los hermanos se separan unos de otros, acomodándose en sitios 
más ó menos distantes según la mayor ó menor avenencia entre sí y en- 
tre los parientes de sus consortes. Y es prueba de buena correspondencia 
y amistad, cuando no se alejan unos de otros más de uno ó dos días de 
camino. Los misioneros tenían por una avería ventajosa, cuando en sus 
entradas y descubrimientos hallaban algunas familias así repartidas y 
tan poco distantes unas de otras, especialmente en estos últimos tiempos 
en que no había ya tanta gente como en los principios. 

Dispersos los indios y vagabundos por los montes, fijan por lo regular 
por poco tiempo su residencia en el sitio que mejor les parece. Porque 



Libro II. — Capítulo III 69 

fácilmente hallan motivo ó causa para nueva mudanza, aunque hayan 
de hacer nueva casa, y plantar nuevas sementeras. Basta que se avecine 
una familia aun de la misma nación á las cercanías, para abandonar el 
sitio y alejarse enteramente, en especial si hay en ella algún soltero ó 
soltera que cause alguna inquietud y dé ocasión de celo entre marido y 
mujer. Basta también que en los contornos se halle algún indio que se 
figuren les mira de mal ojo y que les pueda hechizar. Basta que no lejos 
de sus campos descubran algunos rastros de gente no conocida ó de que 
puedan temer; y aun sin esto, basta la muerte de alguno de la familia 
para dejar la casa y escapar á otra parte á donde no les siga la desgra- 
cia. Y como todos han de morir, fácil cosa es el conjeturar cuan estables 
serán sus habitaciones. Parece que aun en sus mismas mudanzas quieren 
ejercitar su libertad y dominio viviendo ya en una parte ya en otra, por- 
que tienen por país y tierra propia todos aquellos montes, y así se lo re- 
petían muchas veces á los misioneros, cuando entraban á ellos diciendo: 
cestas tierras son nuestras, y nosotros podemos disponer de ellas sin que 
ninguno nos lo pueda impedir.» De esta manera viven señores de sí mis- 
mos, y con plena libertad para tomar satisfacción de cualquier agravio, 
cuya pena, sea el que fuese el delito, no ha de ser menor que de muerte, 
y sólo puede excusarla el no tener fuerza ó no hallar astucia para eje- 
cutarla. 

Aun aquel principal que reconocen como cabeza de la parcialidad, 
está muy lejos de tener aquella autoridad que significa el nombre de ca- 
cique, con que suelen llamarle los españoles. El es un mero capitán ó co- 
mandante para sus guerrillas, y esto significa el nombre que le dan de 
curaca en lengua Inga, zana en la Omagua, raitín en la Zamea, ejatain en 
la Encabellada y acumerario en la Iquita. En lo demás no se le sujetan ni 
le reconocen por superior, y con la misma facilidad con que se arriman á 
uno, se apartan de él siempre que les parece; y se juntan con otro aun- 
que haya sido contrario y enemigo. Son estos capitanes, por lo regular, 
los más valientes y que se han hecho temer y respetar ó por su brío y 
resolución en acometer á los enemigos, ó por su valor y animosidad en 
defenderse cuando han sido acometidos ó perseguidos. Tal vez se alzan 
con el nombre algunos brujos más insignes, á quienes temen como á due- 
ños de su salud y vida, figurándose neciamente que al menor disgusto 
que les ocasionen pueden consumir y aniquilar á todos á fuerza de hechi- 
zos y brujerías. Aprehensión tan poderosa en los indios, que se deshacen 
de cuanto tienen y aprecian por no disgustarlos. Si bien, como son mu- 
chos los encuentros de la vida, tarde ó temprano vienen á pagar los bru- 
jos sus embustes con la vida á lanzadas, en venganza de alguna muerte 
que se les atribuye de alguno de la parcialidad. 

En tanta independencia y libertad se miran sin disonancia los mayo- 
res desórdenes, los vicios más bestiales y las costumbres más bárbaras, 
corriendo impunemente hasta llegar á ser comunes y como naturales, 
lío se aprecia la honestidad, no se guarda el recato que prescribe la na- 



70 Misiones del Marañón Español 

turaleza; no hay respeto que los contenga, ni hay freno que modere el 
torrente de las pasiones de la naturaleza viciada. De donde nace que 
tantos excesos vienen á parar finalmente en odios, disensiones y encuen- 
tros y ninguno debe extrañar que hubiese entre aquellas gentes una con- 
tinua guerra, conque unos á otros se perseguían y acaba'ban. 



CAPITULO IV 

DE SUS CASAMIENTOS 

En los casamientos de los indios del Marañón no se ven aquellas for~ 
malidades que hacen un contrato claro, formal y expreso, pero no faltan 
aquellas que parecen bastantes para fundar un consentimiento verdade- 
ro de las partes, y para dar al matrimonio alguna firmeza según sus es- 
tilos. El modo más ordinario es, que el pretendiente de alguna mujer 
ponga por algún tiempo á la puerta de la casa donde vive la pretendida 
un brazado de leña. Todas las tardes va el pretendiente al monte, recoge 
la leña y la pone sin hablar una palabra en el sitio dicho. Los primeros 
días afecta la mujer poco aprecio, y, sin darse por entendida, deja con 
todo cuidado de recogerla hasta que se lo avisa la madre ó el padre ó al- 
gún hermano mayor. Continúa el pretendiente en hacer la misma dili- 
gencia á la hora acostumbrada, y poco á poco se insinúa ella, como algo 
inclinada . Y cuando quiere darlo á entender espera al que la pretende 
en el tiempo en que sabe ha de venir con la leña, y ve cómo la pone á la 
puerta en su presencia, pero no le habla palabra. Esta demostración le 
basta al pretendiente para llevarla ya todas las tardes algo de pesca en 
una sarta, que deja colgada en la puerta sin decir palabra, ni á ella ni k 
otra persona alguna. Dura, cuando menos, un mes entero esta asistencia 
en cuyo tiempo se miran en público los pretendientes tan sin afecto, que 
ni se hablan palabra, ni dan señal alguna de inclinación, aunque se en- 
tienden muy bien y conocen cuando se quieren y hay esperanza de con- 
cluir el casamiento. 

Toca al padre de la novia, hermano mayor ú otro pariente cercano,, 
explicarse por ella, y lo hace de esta manera. Manda un día entrar al 
pretendiente en la casa, y le da una información de la que ha de ser su 
mujer, diciéndole que la moza ha de ser mujer casera, que es hacendosa, 
que sabe hacer bebidas, tejer pampanillas, hermosear brazaletes, for- 
mar ollas y platos, que sabe cuidarse á sí misma y sabrá también cuidar 
á su marido. El que ha de serlo, responde por sí mismo y se abona di- 
ciendo: que es cazador, sabe pescar y trabajar, que no tiene pereza al 
trabajo de hacer sementeras, cuidarlas y limpiarlas, que es valiente y 
animoso, y puede mantenerse á sí y á su mujer, cuidándola y atendién- 
dola en todo. Entre los Imaguas todo es al contrario; el padre de la moza 



Libro II.— Capítulo IV 71 

dice que es una mujer ociosa, inútil y que para nada sirve, pero el novio 
la alaba y abona todas sus cualidades . A estas pláticas están presentes 
todos los de casa, y á vista de todos, se levanta el pretendiente de su 
asiento, y sin hablar palabra, pone en manos de la que ha de ser su mu- 
jer, una sarta de abalorios para las pulseras. Ella se mantiene quieta, 
con los ojos bajos, y vuelve el hombre á su asiento; se levanta, toma un 
pilche de bebida y se lo da para que beba. Todo se hace sin chistar ni 
pestañear de parte de los que contraen el casamiento, y así se acaba la 
función, y no resta más que la última ceremonia ó formalidad que cada 
nación ó parcialidad tiene diversa. 

En algunas, acostumbran colgar una cama en medio de la casa, y 
juntos todos aquellos á quienes toca en alguna manera la función, se 
sienta primero en ella la mujer, vueltas las espaldas al asiento de los 
hombres, luego se sienta el marido en la misma cama, al lado opuesto, y 
vuelto de espaldas á la mujer. Estando los dos en esta postura, una de 
las mujeres, más ancianas, toma un vaso de bebida y se le alcanza á la 
novia, que volviéndose de medio lado, se le da al novio diciendo: «toma, 
bebe». Recíbele el hombre diciendo: «beberé», y en efecto, bebe. Vuelve 
el vaso, por manos de la novia, á la anciana que está esperando en pie, 
y llenando segunda vez el vaso, vuelve á entregársele á la novia dicien- 
do: «toma y bebe tú, como ha bebido tu marido». Recíbele la mujer, bebe 
y entrega el vaso á la vieja. Otras naciones tienen el estilo de que el no- 
vio mismo amarre y cuelgue la cama en medio de la casa, y se siente en 
ella, manteniendo conversación con los demás hombres. En esto, la ma- 
dre, hermana ó tía de la novia, que va á su lado, lleva de beber al novio 
que, después de haber apurado el vaso, dice: «ya he bebido»; entonces 
responde la madrina: « pues ésta es bebida que ha hecho la novia, que es 
diestra en hacerla, y en adelante te la hará y beberéis ambos». Diciendo 
estas palabras, hace que la novia se siente al lado del novio, y le encar- 
ga que la quiera, la cuide y la alimente. Sí, haré, responde el marido, y 
hacen que se entienden ambos. En otras naciones usan de otras formali- 
dades, que vienen á significar lo mismo. Sólo añado, que los Ticuras con- 
cluyen sus casamientos con una borrachera de dos ó tres días, y en el 
último, salen todos bailando al rededor de las casas, llevando en medio á 
los recién casados, que con esta función quedan ya declarados por tales, 
sin que tengan libertad de separarse. 

Hemos referido por menudo estas formalidades de los indios, para 
que ninguno dude del valor de sus casamientos; pues claro está, que 
cualquiera de las ceremonias, arriba dichas, que intervengan, son ver- 
daderas señales del consentimiento. Y así, ellos mismos tienen á los ca- 
samientos hechos con ellas, como autorizados y firmes, sin que pueda 
faltar ninguno de los casados. Pero como son tan inconstantes, y á poco 
tiempo se enfadan unos de otros, se apartan con facilidad á poca desazón 
que entre sí tengan, pegándose á quien le parece mejor. Ni los ancianos 
desaprueban tanto la separación antes de tener hijos, como después de 



72 Misiones del Mar anón Español 

tenerlos. Si la mujer, á quien dejó su marido, queda embarazada, se 
venga después en la criatura, haciéndola matar recién nacida, ó ella 
misma la entierra viva, cargándola de oprobios, por ser hija de quien la 
dejó ó no mereció vivir con ella. Tanta es su rabia y despecho por verse 
despreciada. Cuando los misioneros las afeaban tan bárbara crueldad, 
respondían luego, que no tenían cara para tener en sus brazos ni criar 
á sus pechos un hijo sin padre al lado, ni aguante para sobrellevar las 
molestias que trae el mantener una criatura, sin la ayuda del que le ha- 
bía engendrado. Pero la verdad era que querían librarse del embarazo, 
para arrimarse á otro sin el estorbo, y pensaban así tomar venganza del 
que las había despreciado. 

Entre los Iquitos y Zameos había una práctica bien singular. Algunos 
hombres tomaban á su cargo el criar una niña para que con el tiempo 
fuese su mujer. Llevábala el hombre á su casa, y jamás la dejaba de su 
lado á donde quiera que fuese; la llevaba en brazos á ella, le seguía en 
las cazas, pescas y trabajos del campo. En suma, haciendo el oficio del 
más amante padre ó madre más cariñosa, la iba criando á su modo, gus- 
to y genio. No podía menos la niña de tomarle mucho amor, y al paso que 
crecía se le inclinaba mucho más. Hizo esto disonancia á los misioneros, 
y dieron á entender que no les agradaba el que desde tan tiernas las tu- 
viesen consigo para el fin de casarse con ellas. Pero ellos no se aquieta- 
ban, y hacían inducción de varios que teñían mujeres criadas á este 
modo, cuyos casamientos eran los más firmes y duraderos, y aseguraban 
que hasta que fuesen bien crecidas y de edad proporcionada, solamente 
las criaban como á hijas, y que no pasaban del cariño propio de un pa- 
dre. No les convencía esta razón á los padres, pero entre los gentiles disi- 
mulaban lo que no podían remediar, y á la verdad el efecto mostraba 
que por aquel medio tan singular, aunque tan peligroso, conseguían el 
fin de hacer permanecer los matrimonios. 

En estos últimos años llegó á un pueblo de las reducciones un indio 
que venía del monte con una niña de seis á siete años, y se presentó al 
misionero. Pensando éste que era hija suya, le pidió su consentimiento 
para bautizarla. «Bautízala, dijo el indio, que yo también me bautizaré 
después, y nos casarás cuando tenga más edad, como he visto que se han 
casado hoy en la iglesia fulano y fulana.» «Mira, padre, añadió con 
mucha precisión, ésta es ahora mi hija; poco después será mi hermana, y 
cuando sea grande será mi mujer.» Con esta graduación se explicaba el 
indio; y como lo dijo, se fué viendo con el tiempo que lo cumplió. Así for- 
mó este gentil la mujer conforme á su genio. 

Otros casamientos solían ser seguros y firmes; pero por otro camino 
muy diferente, y al parecer opuesto. Eran éstos los que se hacían con 
mujeres de nación distinta ó parcialidad enemiga, las cuales cogían des- 
pués de matar á título de guerra á sus maridos ó padres en cuya compa- 
ñía vivían. Traídas estas mujeres, tenían mucho que aguantar y sufrir 
para avenirse con aquellos que habían quitado la vida á los que má 



Libro II.— Capítulo V 73 

querían, haciéndoseles á los principios intolerables la sociedad y vida 
maridable con los mismos matadores. Pero al fin, con el buen trato que 
las daban, y con la experiencia de ser estimadas tanto ó más que las de 
la propia nación, cobraban amor y agradecimiento, y no saltaban fácil- 
mente. Los casamientos que se hacian con el consentimiento de los 
padres, eran generalmente los más duraderos, y los menos firmes y cons- 
tantes los de los huérfanos, sin querer sujetarse ni fijarse sino después de 
varias mudanzas; pero aun estos últimos, en llegando á tener hijos, eran 
bastantemente firmes y permanentes. 

La multitud de mujeres en los indios del Marañen no es tan común ni 
frecuente como han querido dar á entender algunos que han escrito de las 
costumbres de estas gentes. Es ésta una distinción y regalía de los caci- 
ques, y no tan general que la tengan todos, aun antes de reducirse á la 
fe. Raros de éstos mantienen dos ó tres ó más mujeres, no tanto por des- 
ahogo ó pasión, como dicen ellos, cuanto porque cuiden de hacer la bebida 
en la casa para los huéspedes que concurren. Pero mientras cría la una 
á su hijo se arrima á la otra, y de ambos cuida igualmente el príncipe 
sin denotar preferencia. De esta manera se avienen las dos fácilmente 
en una misma casa, anda la una al lado de la otra y comen siempre jun- 
tas. No se mete una con los hijos de la otra, y en la casa todos parecen 
hijos de un padre y de una madre, sin hacer distinción de unos á otros. A 
todos da el cacique de comer, y previene cama para dormir, que es el 
todo de su providencia para la familia. En una ú otra nación se ve algu- 
na semejanza de la ley del Viejo Testamento, que mandaba que murien- 
do el primogénito sin sucesión, tomase el segundo á su viuda por esposa 
para asegurar la sucesión. Porque muerto el cacique ó principal ó capi- 
tán, entra el hermano segundo, á quien toca de suyo la dignidad, y se 
casa con la mujer de su hermano, cuyos hijos, si los tenía, los adopta por 
propios, aunque sea necesario dejar á su misma mujer y á los hijos que 
haya tenido de ella. 



CAPITULO V 

DE LOS GEMELOS, CONTRAHECHOS Y DEFECTUOSOS 

Dio mucho en que entender á los misioneros del Marañen, no ver en- 
tre tantos gentiles algunos gemelos, contrahechos ó defectuosos. Y pare- 
ciéndoles imposible tanta uniformidad en los partos y en la entereza é 
igualdad de miembros entre tantas gentes, pensaban seriamente sobre la 
causa de aquella novedad. Tardaron algún tiempo en descubrirla, por- 
que el indio tira mucho á ocultar sus cosas y no suele bastar á descubrir 
sus abusos la mayor vigilancia del misionero. Pero luego, hallaron los 
primeros padres, cuando fueron adquiriendo práctica de las tierras, que 



74 Misiones del Marañón Español 

no se encontraban gemelos en ellas, porque los gentiles miraban aque- 
llos partos como efecto de algún influjo del demonio. A la verdad, no cul- 
paban á la mujer que daba á luz dos criaturas á un tiempo ni echaban la 
culpa á su marido. Y aunque no sabían dar razón de dónde aquello pro- 
viniese, pero reparaban en lo que veían, y como no era común, y lo raro 
y singular entre ellos es cosa del demonio, á su malignidad atribuían el 
parto de los gemelos. Por eso decían que el parto de dos era infamia de 
la mujer y del marido, y que no se podía borrar hasta que la mujer no 
tuviese un parto regular y ordinario. 

Lo más común entre ellos, cuando nacían dos criaturas, era el matar 
una de ellas, dejando á elección del padre cuál había de quedar con vida 
y ser criada de su propia madre. No dejaban de disculparse en aquella 
crueldad con la mucha molestia y trabajo de criar dos á un tiempo; pero 
no era éste, sino el insinuado arriba, el verdadero motivo de deshacerse 
de la criatura, y tal vez las mataban ambas si podían ocultar de algún 
modo la causa de la infamia en que incurrían. Alguna otra nación quita 
sin remedio alguno la vida á los gemelos de un modo bruto y bárbaro. 
Porque juntas las dos criaturas y bien ataditas, las entierran vivas, no 
sin haberlas golpeado para que mueran cuanto antes en la hoya ó gote- 
ra en donde las sepultan. 

En el año de 1752, en un pueblo de Encabellados, llamado de la Trini- 
dad, desenterró el P. Manuel Uriarte, que olió esta crueldad, dos criatu- 
ras así sepultadas, en el sitio donde caían las goteras de la casa, por el 
mismo padre que las había engendrado y golpeado sus tiernos muslos. 
Pero quiso el Señor, que había por ellas derramado su sangre, que las 
sacase de la hoya todavía palpitando y con señales de vida, y adminis- 
tróles el santo Bautismo y volaron al cielo con la estola de la gracia. 

La nación Omagua tiene por crueldad el matarlas á sangre fría, y se 
figura poderse librar de tan infame nota con un estilo que guarda en 
deshacerse de una de las dos recién nacidas. Es muy curioso el modo, y 
no puedo menos de referir tan singular extravagancia. Luego que algu- 
na india ha dado á luz dos criaturas de un parto, previenen los de casa 
una tinaja grande, de las que trabajan con más aseo y pintan con más 
curiosidad. Dentro de ésta acomodan á la criatura sobre una porción de 
algodón bien escarmenado. Pénenla por colcha un pedazo de manta pin- 
tada, dejándole descubierta la carita para que pueda respirar. Cubren 
después la boca de la tinaja con otra manta vistosa y bien atada que la 
defienda del sol, aire y agua, con la precaución de hacer en la cubierta 
ciertos agujeritos con arte y simetría para respiradero, á fin de que no 
muera sofocada la criatura. 

Dispuesta de esta manera la tinaja, la llevan como en procesión des- 
de la casa de la madre á orillas del río con acompañamiento de algunos 
jóvenes, que al son de un pífano y tamborcillo, van dando saltos y brin- 
cos delante de la tinaja: alrededor de ella van bailando las mujeres, y los 
parientes cierran la procesión vestidos de gala. En el puerto está prevé- 



Libro II.— Capítulo V 75 

nida una canoa en donde asientan la tinaja y la aseguran escrupulosa- 
mente con cuerdas. Hecha esta diligencia, sacan la canoa tirada de otras 
hasta la mitad del rio y la dejan llevar de la corriente. No hacen alto so- 
bre el peligro de muerte á que exponen á la criatura, porque se figuran 
que alguno de sus zumis (sacerdotes adivinos que creen tener comunica 
ción con el demonio) la tomará á su cuidado y sabrá á quién ha de dar el 
trabajo de mantenerla y criarla. Satisfechos de su providencia, vuelven 
alegres y con algazara á dar noticia á la madre de lo que con toda dili- 
gencia han practicado para que se consuele y atienda únicamente á la 
otra criatura que le queda en casa. Las mujeres la consuelan amones- 
tándola que en adelante procure parir como buena Omagua que, sin oca- 
sionar molestia á los zumis, que no están para eso, sabe criar cada una 
sus hijos. Y que no imite otra vez á los ratones, monos y otros animales 
que paren á montones. Tanto disuena á estas gentes lo singular y raro, 
que dan en tan necias extravagancias. 

No para en esto la superstición de las Omaguas; hay también en este 
caso una molesta é indispensable ceremonia que coje á todas las muje- 
res. Al primer rumor que se esparce en la parcialidad de haber nacido 
dos criaturas de un parto, se alborotan todas ellas y como sorprendidas 
de un terror pánico de que se les pegue el contagio , sacan á plaza 
todos sus utensilios, y á golpe de palo de ciego rompen ollas, quiebran 
platos y hacen pedazos cazuelas, cántaros y tinajas, apagan el fuego, 
echan al río tizones y cenizas, sacuden el polvo de los toldos, barren las 
casas y varean muy bien la ropa de mudar: últimamente corren exhala- 
das al río y con toda la ropa que llevan á cuestas se echan en el agua, 
se chapuzan, se lavan con mucha prolijidad, y así purificadas, vuelven 
á sus casas á mudarse, seguras de que no se les pegará la roña: toda esta 
baraúnda ocasiona á las mujeres el parto de los gemelos. 

Mantuvo esta superstición la nación Omagua con la mayor tenacidad, 
y costó á los misioneros la industria y el trabajo de muchos años el arran- 
carla, y no se consiguió del todo hasta que los viejos más tenaces de estos 
abusos se fueron acabando. Después confesaban llanamente su ignoran- 
cia, se reían de su simpleza y se avergonzaban de la necedad de sus an- 
tepasados. Criaban con mucho gusto sus gemelos, y las madres agrade- 
cidas los mostraban con alegría á los padres misioneros, como prueba 
del mejor modo de pensar que debían á su enseñanza y dirección. Nunca 
tiene más fuerza la razón que cuando está el corazón libre de vicios y 
pasiones: y esta nación de Omaguas mostró no tener mal entendimiento 
al paso que se fué haciendo cristiana. 

Del mismo principio de inhumanidad y barbarie que no daba lugar á 
los gemelos entre aquellas gentes, nacía el no verse entre ellas, ciegos, 
mancos, tullidos y contrahechos. Algunos misioneros piadosos creyeron 
á los principios que nacía esto del amor y cuidado con que criaban las 
madres á sus hijos y de una particular providencia del cielo, que quería 
librar á estos infelices de los trabajos que habían de padecer necesaria- 



76 Misiones del Marañón Español 

mente, entre unas gentes que ni se compadecen de cuitas ajenas, ni se 
mueven de miserias, ni saben de obras de misericordia. Mas poco dura- 
ron en estos piadosos sentimientos, porque luego se descubrió el execra- 
ble abuso de padres y madres. Apenas veían una criatura recién nacida 
con una falta natural que les parecía fealdad, al punto la condenaban á 
muerte, y sin humanidad, compasión ni reparo, la enterraban viva. Esta 
era la única y verdadera causa de no verse entre ellos algún contrahe- 
cho ó defectuoso. 

El P. Francisco Figueroa refiere, en un informe manuscrito, que las 
mujeres Cocamas mataban con la mayor crueldad los hijos que les na- 
cían contrahechos ó con alguna monstruosidad, lo cual hacían de un 
modo que horroriza sólo el contarlo. Llevaban las mismas madres la 
criaturita á la orilla del río y, cogiéndola por las piernecitas, la dividían 
por medio, como tan tierna, de un fuerte tirón y la arrojaban, partida en 
dos partes, á las aguas. De los gemelos dice que, reservándose uno para 
criar á sus pechos, metían el otro en una cestilla abierta y la echaban 
río abajo como á Moisés. Los Cocamas, ya reducidos á la fe, no podían 
oír en paciencia la crueldad que se atribuía á sus mayores en el hecho 
sangriento de partir los niños por el medio y de arrojarlos al río, y se 
quejaban de algunos malignos y rivales que, en odio de su nación, habían 
levantado esta calumnia y se la habían hecho creer al P. Figueroa. Tan 
mal les asentaba, al confronto de la mansedumbre cristiana, la nota in- 
fame de sus mayores, que pensaban cundía su mancha hasta los hijos y 
nietos, por más que quisiesen lavarla. 

La costumbre de matar á los defectuosos no hablaba sólo con los niños 
recién nacidos, se extendía también á los adultos que, por alguna casua- 
lidad ó desgracia, quedaban estropeados, ciegos, cojos ó mancos. En esos 
ejecutaban la misma crueldad que en los niños, si no les contenía el 
amor que con los años le cobraban sus padres ú otros allegados, ó tal vez 
la resistencia que podía hacer la misma persona defectuosa, peleando 
por su vida. No fué poco triunfo del celo y vigilancia de los misioneros el 
haber podido desterrar este uso bárbaro, no sólo en los pueblos antiguos 
de la misión, pero aun de los más modernos, en donde se veían ya tuer- 
tos, mancos y cojos, con otras deformidades. En estos últimos tiempos se 
criaba en una de las reducciones nuevas un niño sin piernas y sin manos, 
rematando sus piernas y brazos en dos zoquetillos redondos y carnosos. 
Pero tenía tantds gracias, que era el embeleso así del misionero como de 
todo el pueblo. Con sus zoquetillos andaba, corría, jugueteaba y bailaba 
con extrema ligereza á compás de los tonos que le tocaban. Cantaba 
como un ángel; tanta era su gala y la suavidad de la voz. Leía mante- 
niendo firme el libro y volviendo con sus zoquetillos las hojas con ligere- 
za y expedición. Escribía no sólo llevando y asentando la pluma sobre el 
papel, sino sacando los renglones tan derechos y de buen carácter, como 
si nada le faltara. A todos los indios excedía en la prontitud y facilidad 
de aprender de memoria las oraciones y el catecismo, que decía con una 



Libro II.— Capítulo VI 77 

pronunciación que cautivabca por su lengua limpia y tono de voz agra- 
dable. Con tan buenas partes se merecía el cariño de todos, y parece que 
la divina providencia había puesto este niño entre aquellas gentes tan 
tenaces en sus errores y aprensiones, para que se desengañasen viendo 
con sus ojos lo descaminados que andaban en sus juicios, preocupaciones 
y extravagancias. 



CAPITULO VI 

DE LA SUPERSTICIÓN MÁS PERJUDICIAL DE ESTA GENTE 
Y DE LOS HECHICEROS, ADIVINOS Y CURANDEROS 

Están puestos los indios del Marañón en otro error y abuso más per- 
judicial que los antecedentes, así por ser causa de muchas muertes, 
como por haber sido siempre uno de los principales impedimentos á su 
reducción y á que vivan juntos en los pueblos. Se puede decir franca- 
mente que no hay nación alguna de cuantas se han descubierto en las 
misiones, que no viva en la persuasión extraña y porfiada creencia de 
que no hay muerte natural. Ellos ven con sus ojos que muere el chico y 
el grande, el joven y el viejo, porque al fin mueren como en todas par- 
tes, de todas edades. Y sin embargo de esto, todos sin exceptuar á nin- 
guno, mueren á su parecer hechizados, ó de muerte violenta, porque se 
figuran que si no les mataran á lanzadas sus enemigos ó con hechicerías 
los brujos y hechiceros, vivirían hasta una vejez muy decrépita, y aca- 
barían de vivir por pura vejez ó podredumbre, como caen de puro po- 
dridos aquellos árboles que no tienen la suerte de ser cortados con sus 
hachas ó de ser derribados de algún huracán furioso. Apoyan éste su 
juicio errado con el que hacen de los animales terrestres , de las aves y 
de los peces, que á su modo de pensar tendrían vida muy larga, si no se 
persiguieran unos á otros, ó no los consumieran los hombres. De aquí 
nace que no reparan en andar al sol, al aire, al agua, ni á otras incle- 
mencias del tiempo, y si se resguardan algo ó se defienden de estos con- 
trarios, lo hacen solamente porque les incomodan, desazonan y mortifi- 
can, no porque teman de ellos algún daño á su salud. Echanse á dormir 
frecuentemente á cielo descubierto y en sitios cenagosos ó en lugares 
cercanos á lagos pútridos; vánse á bañar sudados, y lo que es más, con 
calenturas ardientes y malignas. Y siendo tan natural la destemphinzay 
alteración de humores en su poco resguardo y ningún cuidado, contraen 
enfermedades frecuentes por sus muchos disparates, y se agravan y 
hacen incurables las contraídas. 

Lo extraño y raro es que, siendo muchas veces clara la causa de su 
enfermedad, y aunque sea solamente un dolor de cabeza ú otra leve in- 
disposición, luego empiezan á cavilar sobre quién les hechizó, si será 



78 Misiones del Marañón Español 

éste, si será aquél, si el otro, y con la variedad y confusión de pensa- 
mientos se consumen de melancolía. Lo más ordinario es atribuir el he- 
chizo que suponen cierto á algunas de las naciones ó parcialidades con- 
finantes. Bien que no pocas veces lo atribuyen á algún viejo de la mis- 
ma parcialidad. Basta que el enfermo ó la enferma tenga una cierta 
aprensión de que fulano ó zutano le miró en cierta ocasión de mal ojo, ó 
que pudo resentirse de alguna acción suya, para que se veguen de él los 
parientes del miserable paciente, como causa que suponen del hechizo ó 
fascinamiento. Ni aun es menester tanto; un vano ofrecimiento que le 
venga á un yerno ó nuera de que su suegro quiere hacer el daño de qui- 
tarle su consorte, no repara en atribuirle la muerte. Es lance repetido 
más de una vez en aquellas misiones. 

Mas si el enfermo se descuida en explicarse á quién atribuye la muer- 
te, el padre, la madre, marido ó hermanos se echan encima luego sobre 
él, para que descubra quién le ha hechizado ó sido causa de la enferme- 
dad. Sucede no pocas veces que el pobre no sabe á quién atribuir el mal- 
y se excusa diciendo que á nadie ha dado ocasión de que le haga tanto 
daño, ni se ha visto en lance de disgustar á ningún hechicero. No que- 
dan satisfechos ni se aquietan los parientes, preguntan y repreguntan al 
infeliz sobre el hechicero con tanta porfía y terquedad, que á veces le 
molestan más con sus importunaciones que la enfermedad misma. Así 
respondió una indiecita de catorce á diez y seis años á su misma madre, 
la cual mientras el misionero trataba de disponerla para la muerte, ins- 
truyéndola para el Bautismo en aquella hora, se introducía frecuente- 
mente y la importunaba y apretaba á que declarase quién la había he- 
chizado. Apurada la niña de tanta importunidad y loco empeño: déja- 
me—dijo—madre, que me molestas más con tus preguntas que el mal 
que tengo. Yo quiero bautizarme para morir como cristiana, y no tengo 
otro consuelo que oír al padre que me enseña y me dispone. Poco faltó 
para que la madre furiosa, y echando fuego por los ojos, no acabase de 
matarla. Irritada como una fiera, la cargó de baldones, la amenazó de 
dejarla sin enterrar y llorar, y á mí mismo, dice el padre Martín Iriarte 
en sus apuntaciones, casi me echó á empujones de casa. Siempre fueron 
los viejos y viejas terquísimos en dejar sus antiguas supersticiones, que 
no se desarraigaban de todo punto en los pueblos, hasta que los niños 
criados al lado de los misioneros llegaban á tener autoridad y mando. 

A esta persuasión común á todas las naciones, dan motivo los mismos 
que se jactan de brujos y de hechiceros, que por hacerse temer y respe- 
tar de aquellas pobres gentes, les amenazan francamente con el hechizo, 
si no condescienden á sus peticiones ó si les quieren hacer algún agravio 
ó desaire. Engañados los indios, los respetan y les conceden cuanto piden 
por temor del daño con que amenazan, juzgando que pueden cuanto afec- 
tan. Los brujos más advertidos y más habladores sobresalen en sus arti- 
ficios y saben hacer creer que comunican con el demonio, que éste les 
ayuda, y que con su influjo quitan á quien quieren la vida, causan enfer- 



Libro II.— Capítulo VII 79 

medades y ocasionan otros daños. Pero en realidad, bien examinados y 
tanteados de los misioneros no exceden todas sus artes los límites de unos 
solemnísimos embusteros, que con la arrogancia en las palabras y con la 
afectación en los gestos y meneos, tienen atemorizadas las gentes. 

Hubo dos de éstos muy famosos entre los demás por estos últimos tiem- 
pos. El uno en el partido de la misión de Ñapo, llamado Marcial, y el 
otro entre la nación de los Omaguas. Quiso Dios que á los dos los ganasen 
finalmente los misioneros. Bautizados, confesaron luego llanamente que 
todo cuanto hacían y daban á entender poder hacer con la virtud del de- 
monio, era un puro embuste y verdadera maraña con que buscaban su 
interés. El de Ñapo dijo, en particular, que había deseado muchas veces 
matar á varías personas por vengarse de ellas, y que por más diligen- 
cias que había hecho, jamás había conseguido su intento, que á la ver- 
dad, le tenían por famoso hechicero, pero que se había alzado con la 
fama, con amenazar á todos francamente y no mostrar miedo á ninguno 
en lo exterior, aunque en lo interior quedaba con tanto miedo como otro 
cualquiera de que le hiciesen daño; que se había metido en el oficio por 
haber observado que no había personas entre ellos ni más temidas, ni 
más respetadas. «Somos también, añadió Marcial, los hechiceros muy 
«atendidos y gratificados por ser los únicos curanderos á quienes acude 
»la gente en sus enfermedades. De manera, que por sanos y por enfermos 
ȇ todos los tenemos embaucados, y para esto sirven los embustes, en que 
»yo he sido tenido como por maestro de todos, porque además de haber 
«aprendido lo que otros usaban, he inventado ya otras muchas marañas 
»de engañar á la gente.» Esto confesó el otro hechicero de Ñapo, que era 
el terror de la tierra. En donde se ve que, por lo regular, no tienen pacto 
oon el demonio, como pensaron muchos, sino que son unos pobres hom- 
bres algo más despejados que los demás, á quienes envuelven y atemori- 
zan con sus aspavientos y mentiras. 



CAPITULO VII 

PROSIGUE LA MATERIA DEL CAPÍTULO ANTECEDENTE 

No hay nación alguna, ni aún parcialidad en la misión, que no tenga 
brujos y embusteros, y éstos mismos tienen también la plaza de adivinos. 
Como los indios son naturalmente curiosos, tímidos y suspicaces, les con- 
sultan frecuentemente, si les sucederá ésto ó les acontecerá aquello. 
¿Por qué causa les vino tal desgracia? ¿Quién dio motivo á la epidemia ó 
calamidad? y otras cosas á este modo. Para responder los adivinos, tie- 
nen varios estilos según el genio de la nación. En unas se retiran antes 
de responder, á ciertas chozas que tienen para este efecto dentro del mon- 
te, en donde dicen ellos á la gente que ayunan, invocan al demonio y le 



80 Misiones del Marañón Español 

aprietan con sus conjuros y ensalmos para que venga á parlarlos y des- 
cubrirles lo que pretenden saber. Entre tanto que el adivino está retira- 
do tratando con el demonio, no se atreve ninguno á acercarse á la choza 
porque les hacen creer que se enoja el maligno y los matará sin falta: lo 
más á que tal vez se atreve algún indio es á atisbar desde lejos al adivino 
y sólo llega á entender que grita, que habla mucho y que hace ademanes 
de hombre que se afana. Si sale el brujo de la choza para alguna necesi- 
dad, mira primero á todas partes por si lo observan, corre como atolon- 
drado y vuelve del mismo modo gritando, si le pueden oir, que ya viene, 
que esperen, que no se vayan. Al cabo de algunos días vuelve flnalmen- 
mente á su casa y comunica á los interesados lo que el demonio le ha di- 
cho en su retiro, que por lo común, es alguna cosa contra sus enemigos ó 
contra quienes están dispuestos los consultores á creer fácilmente que 
han sido causa de los daños. Y si esta respuesta no les parece bastante 
en las circunstancias, da otra dudosa y que tenga varios sentidos para 
reservarse el derecho de interpretarla á su modo, conforme á lo que el 
tiempo descubriese. 

En otras naciones se destina una noche entera para la adivinación. 
Para este efecto señalan la casa más capaz del contorno porque ha de 
acudir mucha gente á la función. Disponen bancos por un costado de la 
casa para los hombres y dejan desembarazado todo lo demás para las 
mujeres. El adivino cuelga su cama en medio ó hace su palco ó tabladi- 
11o y pone al lado un infernal brebaje, que llaman ayaguasca, de singular 
eficacia para privar de sentido. Hácese un cocimiento de vejues ó hierbas 
amargas, que con el mucho hervir ha de quedar muy espeso. Como es 
tan fuerte para trastornar el juicio en poca cantidad, la prevenida no es 
mucha, y cabe en dos pocitos pequeños. El hechicero bebe cada vez una 
pequeñísima poción, y sabe muy bien cuántas veces puede probar del 
cocimiento sin privarse de juicio para llevar con formalidad la función 
y regir el coro, porque todos responden á la invocación que hace al de- 
monio. 

Dispuestas así las cosas, toma su asiento el adivino en medio de los 
hombres y á vista de todos echa en un vasito pequeño del cocimiento pre- 
venido y bebe una ó dos veces sin hablar palabra. A poco tiempo hace 
operación el ayaguasca, empieza á calentarse y da principio á una can- 
tinela con estas palabras: T'iña caie, viñare caie. Que en su lengua es lo mismo 
que; empieza la función de adivinar. Todo el coro responde de la misma manera, di- 
ciendo: viña caie, viñare caie, y lo mismo debe hacer en las invocaciones que 
se siguen repitiendo todas las palabras del adivino, el cual prosigue: 
«Achaje, achaje, oye. oye: Bevarachaje, revaachaje, oye bien, oye bien. Baige, raige: 
ven luego, ven luego. Panzi cagi, panzi cagi: no haré lo que me mandas, no haré lo 
que me mandas.» Todos quedan pasmados y llenos de temor pánico al oir 
estas últimas palabras, pensando que está enojado el demonio. Pero el 
adivino, que sabe bien que no tiene por qué temer, hace mano del co- 
cimiento y bebe otra vez, diciendo: Acha coegi acha coegi: no quiere oir, no 



Libro II.— Capítulo Vil ^1 

quiere oir. Míranse unos á otros espantados y temblando de miedo. Repite 
muchas veces el embustero las mismas palabras, y empieza un murmu- 
llo entre la gente en voz baja y temerosa de lo que sucederá. Cuando el 
hechicero ve al auditorio bien clavado y poseído del miedo, da un grito 
diciendo: Acharibi, acharibi, oirá, oirá, y queda la gente consolada y con 
buenas esperanzas. 

Recobrados todos del susto con la promesa del adivino, bebe éste otra 
vez y carga más la mano; transportado casi enteramente, empieza como 
loco y furioso á gritar, parlar sin concierto y hacer ademanes y visajes, 
hasta que cae redondo en la cama ó tabladillo; todo lo que dice cuando 
está ya privado lo tienen por oráculo, porque piensan que el demonio ha 
llevado consigo el alma del adivino, y que es sola la boca la que habla 
por arte del diablo. Si se queda dormido le guardan con mucho cuidado 
el sueño, y en volviendo en si, le preguntan con ansia qué noticias trae, 
qué nuevas les da; que les anuncie lo que ha entendido. Este es el tiempo 
que esperan los embusteros para hacer sus misterios y ponderar cuánto 
les cuesta el darles gusto. Cuentan entonces las visiones que han tenido 
y las inteligencias á que ha llegado el alma, después de tanto trabajo. 
Dicen lo que se les antoja ó lo que habían pensado, pero con reserva, 
confusiones y artificio, de manera que siempre se verifique la predicción, 
venga lo que viniere. En esto para la temerosa función de adivinar, cuya 
ciencia se reduce á emborracharse, tener cara para mentir desvergon- 
zadamente y hallar arte para descifrar á su modo los enigmas, lo cual 
no es ciertamente difícil entre aquellas gentes rudas y bozales. 

De la misma calidad son las mañas y los embustes de que se valen 
para ejercitar con arte y aprobación el oficio de médicos ó curanderos. 
Acuden á ellos las pobres gentes y les llaman en sus enfermedades con 
una persuasión y confianza cierta de que, si quieren curarlas, lo pueden 
hacer fácilmente. Los modos que tienen de curar estos embaucadores son 
varios. Unos, por decirlo así, solemnes y extraordinarios, en que cuesta 
mucho más la cura; otros simples y ordinarios, en que con poco se con- 
tentan. Los solemnes y extraordinarios requieren las funciones noctur- 
nas, propias de la adivinación de que acabamos de hablar. Acabada ésta 
viene al amanecer del día el adivino que hace ahora de curandero á la 
casa del enfermo, y trae consigo en la mano un pilche de agua sobre el 
cual ha hecho ya sus exorcismos, ensalmos y conjuros. Pénese pegadico 
al enfermo, de cuclillas y con el vaso en la mano, repite sus conjuros 
entre dientes sin que se le perciba sino tal cual palabra en su idioma, que 
equivale á estas: vete de aquí, sal de aquí, déjale libre. Así habla con la en- 
fermedad y la conjura. Hecho esto, aplica los labios á la parte lesa y á 
veces por todo el cuerpo del enfermo, chupa con fuerza hacia arriba 
como quien saca la enfermedad, y volviendo la cabeza á un lado escupe 
con fuerza en ademán de quien echa de la boca lo que ha sacado del 
cuerpo. 

El simple y ordinario es llegar con el agua conjurada adonde está el 

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82 Misiones del Marañón Español 

enfermo, ponerse de cuclillas, repetir el conjuro, chupar al modo dicho 
y dar á entender que echa á soplos por la boca la enfermedad que ha sa- 
cado del paciente. En esta última ceremonia está lo sustancial de la 
cura, y el arte del buen médico ó curandero; por lo cual usan de varios 
embustes y marañas con que se engaña la gente. Unas veces meten en 
la boca antes de entrar á la cura varias piedrecitas menudas que reco- 
gen de los riachuelos; otras meten unos trocitos de plátanos ó de raíces 
duras y asadas, tal vez pican y hacen un gigotillo de huesos de aves, ó 
de las espinas de peces, y aun previenen allá á sus solas cabellos de di- 
ferentes colores, ya negros, ya bermejos, ya blancos de canas de algún 
viejo. 

Estas cosas ó las meten de antemano en la boca, ó las encajan en ella 
con grande ligereza y disimulo, cuando van á chupar, y las echan con el 
soplo de manera que lo vean con pasmo y admiración los de casa, por- 
que queden persuadidos que ha salido el hechizo con la virtud y eficacia 
del conjuro. Por última diligencia de la cura debe beber el enfermo el 
agua que el hechicero lleva prevenida con que le hace creer que no sólo 
queda bien curado, pero aun preservado en adelante contra todo male- 
ficio. 

Pero es bien extraño y singular que no caigan los indios en cuenta de 
los embustes y embelecos de sus curanderos, viendo como ven continua- 
mente que todas estas ceremonias no alivian al enfermo, que prosigue la 
enfermedad, que se agrava y muere finalmante el miserable. Más difícil 
de entender es cómo puede caber en aquellas cabezas la satisfacción y 
contento que tienen de estar curado el enfermo, mientras no le ven mo- 
rir, con el juicio que inmediatamente forman de que le ha muerto el 
mismo hechicero, á quien muchas veces quitan rabiosamente la vida 
atravesándole á lanzadas. Tampoco deja de causar admiración el que 
los hechiceros emprendan esta carrera de médicos, sabiendo muy bien 
que los más de ellos vienen á morir desastradamente en las puntífs de 
las lanzas. Parece que les bastaba el ser tan aborrecidos de las gentes, 
como lo son por sólo el nombre de hechiceros, para no entrar en otra 
nueva carrera tan peligrosa y arriesgada de curanderos. Porque las ma- 
dres continuamente aconsejan á sus hijos que huyan cuanto puedan de 
los brujos, y los niños corren y se esconden cuando los descubren de le- 
jos. Lo mismo encargan los maridos á sus mujeres que no se pondrán ja- 
más delante de ellos si están embarazadas . Por esto el mayor apuro que 
puede suceder á una mujer es verse solicitada de algún hechicero, por- 
que si condesciende, queda, á su parecer, hechizada; si se niega, no duda 
que se vengará de ella haciéndola grave daño. En medio de todo esto, 
son muchos los que se dan á tan odiosos y peligrosos oficios; porque la 
vanidad de ser respetados, aunque por miedo y temor, y el interés de ser 
bien gratificados, les arrastra y saca del poco seso que tienen. Además 
de que algunos por este camino llegan á ser nobles y aun al oficio de ca- 
ciques ó capitanes. 



Libro II. —Capítulo VIII 
CAPÍTULO VIII 

DEL MODO QUE OBSERVAN EN DECLARAR LA NOBLEZA 



Por rústicos y brutos que sean los indios del Marañón, no dejan de ha- 
llarse algunas familias en que reconocen las demás cierta distinción y 
superioridad, que podemos llamar nobleza, por conservar un aire seño- 
ril que les concilla mayor estimación y aprecio. Será difícil que un joven 
ó una como señorita de esta clase superior case con quien no sea igual en 
la estimación de las gentes, ni los ancianos á quienes toca el ajustar los 
casamientos de los nobles vendrían en ello fácilmente. Descubrióse esta 
superioridad y preeminencia de familias en cuatro naciones de las misio- 
nes más nuevas, que son los Cavachis, los Ticunas, los Pevas y los Oma- 
guas. Todas cuatro tienen sus ceremonias y disponen sus funciones para 
declarar solemnemente la nobleza de los niños y niñas de las familias 
distinguidas, y todas ellas se practican, según su costumbre, con borra- 
cheras. Los Ticunas y Cavachis arman sus borracheras de dos y tres días 
con sus noches, y al fin de ellas salen bailando y los ancianos llevan en 
medio á los pretendientes gritando que aquéllos y aquéllas son de la raza 
de los principales de la nación. 

De más aparato es la función entre los Omaguas, y es mucho mayor 
la solemnidad con que se ejecuta, y así merece ser explicada con algu- 
na distinción. Los padres del niño ó niña que pretende la nobleza (la cual 
se suele dar á dos ó tres á un tiempo), previenen un banquete con varie- 
dad de peces, abundancia de cacería y gran cantidad de bebida. Hacen 
su convite á todos los indios del contorno para un día determinado, en 
que concurren hombres y mujeres vestidos de gala. El padre del niño ó 
niños va recibiendo á los que van llegando; y la madre, con algunas 
otras mujeres que le ayudan á repartir la bebida, les da la bienvenida 
con un pilche de bebida que las pone en las manos, diciendo: ¿Vripa ene?, 
que quiere decir: ¿ Vienes tú?, y equivale á nuestro seas bien venido. Toma la 
bebida el que llega, y corresponde diciendo: UH ta. Yo vengo. Los hom- 
bres van tomando sus asientos en dos ó tres hileras de bancos prevenidos 
á lo largo de la casa por uno y otro lado, de manera que por el medio se 
pueda andar con todo desahogo. Las mujeres se van acomodando sobre 
ciertas esteras puestas á los dos extremos, de modo que se mantienen se- 
paradas de los hombres. 

En otra casa vecina á la de la función están dispuestas unas andas 
enramadas y vistosas, y en ellas se acomodan sentaditas las criaturas 
cuya nobleza se va á publicar. Los niños deben ir vestiditos de una cus- 
ma ó bata nueva curiosamente pintada; y á las niñas deben de poner las 



84 Misiones del Makañón Español 

madres una nueva y primorosa pampanilla y una como manta ricamen- 
te aderezada, que prendida de los hombros cubre todo el cuerpo. Unos y 
otros traen en la cabeza una corona ó guirnalda de plumas bien distri- 
buidas de varios colores de gusto. Antes de salir los candidatos en sus 
andas, salen seis ú ocho mocitos vestidos de danzantes con cascabeles, y 
al son de un tamborcillo ó pífano van danzando y haciendo sus mudan- 
zas á compás. Detrás de éstos salen cuatro mujeres con mantas largas 
muy pintadas y unas varas altas emplumadas en las manos. Siguen en 
sus meneos el tono de otra mujer que va dando golpes con una maza de 
caucho sobre un remo que mantiene en la mano izquierda á la boca de 
una tinaja que lleva colgada como tambor. Por último van las andas en 
que están sentados los pretendientes, y las llevan las personas que piden 
la mayor ó menor carga. 

Al entrar los niños con este acompañamiento en la casa principal, ca- 
llan todos y se mantienen sin chistar hasta que den vuelta las andas por 
detrás de la casa. Entonces, una mujer anciana que venía entre las dan- 
zantes, manda parar á los que llevan las andas, y, puestas en el suelo, 
hace saltar en tierra á los que van en ellas. A cada uno de los chicos ó 
chicas toma de la mano su padrino ó madrina y la lleva delante del zana 
ó principal, á quien una doncella presenta al mismo tiempo unas tijeras 
en una palangana. El zana corta con ellas á los candidatos la punta del 
cabello y las pone en la misma palangana. Hecha esta ceremonia, el pa- 
drino ó madrina lleva á los chicos á su asiento y les corta de sobrepeine 
todo el pelo. Sírvese entre tanto, segunda vez, la bebida á los que están 
sentados en los bancos, y compuesto ya el pelo son presentados otra vez 
los niños al zana, que levantándose de su asiento y llevándolos por de- 
lante, los va mostrando á los indios, diciendo á cada uno estas palabras: 
Aiquiana ene zana, que quiere decir: Este es tu señor. Mientras el zana da la 
vuelta por todos los asientos y los indios reconocen á sus nobles, los dan- 
zantillos se hacen rajas á bailar al son del pífano y tamborcillo, y al son 
de la tinaja con la maza y el remo danzan también las mujeres de las 
mantas largas. 

Con la presentación de los nuevos señoritos hecha por el principal, 
se concluye lo sustancial de la función, que llaman üsciumata, que viene 
á ser lo mismo que hacer publicar. Sigúese inmediatamente la comida, que 
sirven las mujeres en fuentes grandes, poniendo en cada una lo que co- 
rresponde á cuatro ó seis de los que están sentados, y van tomando de lo 
que gustan. Empieza la comida por plátanos y yuca cocida, que es su 
pan ordinario, como veremos. Luego van poniendo varios platos de ca- 
cería y los mejores peces que conocen en aquellos ríos, todo con abun- 
dancia y ostentación, conforme á sus estilos. Sírvese frecuentemente la 
bebida en pilches muy curiosos que, acabada la comida, prosigue hasta 
que se hace de noche. No se experimenta en esta función de los Oma- 
guas, que desde luego mostraron alguna idea, aunque obscura, de poli- 
cía, aquellos desórdenes que suceden comúnmente en las borracheras de 



Libro II.— Capítulo VIII 85 

los indios del Marafión, y aun acaso de esta sola función, se podrá veri- 
fícar en algún modo lo que escribieron algunos, dando á entender á la 
Europa que las borracheras de aquellos indios tienen una semejanza de 
asambleas. Mas están tan lejos de ser tales, que con más propiedad se 
pueden llamar zahúrdas de puercos, conventículos de iniquidad y sentina 
de vicios. Hablo en boca de un misionero que trabajó, por más de veinte 
años, con aquella gente, é hizo cruda guerra á sus borracheras, como á 
raíz de los más vergonzosos vicios que experimentaba en los indios. 

Dice, pues, de esta manera: «Rarísimas son las naciones que no sean 
dadas á la embriaguez. No se verá, es verdad, un borracho, que por pa- 
sión á la bebida se prive del juicio, bebiendo sólo y sin compañero, como 
sucede en muchos dados al vino y al aguardiente; pero esto no prueba 
más que la falta de ocasión de beber; porque teniéndola no la excusan. 
Todos sus regocijos, festejos y alegrías se reducen á funciones de borra- 
cheras, ármanlas, según los estilos de la nación, más ó menos solemnes, 
y más ó menos duraderas. Naciones hay que pasan días y noches y aun 
semanas enteras en borracheras, bebiendo continuamente sin comer ni 
aun pensar en ello. Son diestrísimos en hacer varias especies de bebidas 
del maíz, de los plátanos, de la yuca que les sirve de pan y bebida 
usual y ordinaria, saben disponer bebidas tan fuertes, que no hay ca- 
beza que resista á su fuerza y actividad. Déjanla fermentar por varios 
días, y al cabo de ellos, basta sólo el tufo para trastornar una cabeza 
menos fuerte. Fuera de esto, usan algunas naciones de otras raíces de 
singular virtud para el efecto de privar del sentido. Los Zameos usan de 
Chaburaza, y los Zurimaguas mezclan hongos que se crían en árboles caí- 
dos, con cierta especie de telilla colorada, que suele estar pegada á 
troncos podridos. Es sumamente cálida esta telilla, y no hay bebedor que 
no caiga con su bebida, á tres pilches. Tanta es su fortaleza, ó por me- 
jor decir, su veneno. 

Al principio de sus bebidas, tienen siempre la costumbre de sentarse 
los hombres separados de las mujeres; mantiénense así mientras están 
algo despejadas las cabezas. Empieza luego el baile, con algún orden y 
concierto; pero como prosigue la bebida, y ésta, con los movimientos del 
baile, se sube más á la cabeza, á poco tiempo se mezclan todos, hombres 
y mujeres, y como en pelotón, van dando vueltas sin saber lo que se ha- 
cen. Rendidos, por fin, á la fuerza de la bebida, aquí caen unos, allí 
otros y todos quedan tendidos por el suelo, lanzando bebida y arrojando 
bascosidades de sus cuerpos, hasta quedarse dormidos unos sobre otros. 
No hay en estas juntas otra moderación que la que guardan las mujeres 
que reparten la bebida, y tal cual madre que, por tener á los pechos 
alguna criatura, se abstiene de la bebida, por no exponerla á peligro. 
Estas son las asambleas de los indios, que celebraron algunos, movidos 
sin duda de lo que oyeron y no de lo que vieron con sus ojos. En ellas, 
como hemos visto, ni reina la moderación ni se ve cosa alguna buena, 
sino el que no empiezan los desórdenes hasta que se calientan con la 



86 Misiones del Marañón Español 

bebida. También se ha de hacer justicia á los Iquitos y Encabellados, 
que jamás han sido dados al vicio de la embriaguez, y sólo acostumbran 
tomar bebidas dulces y ligeras, que no hacen daño á la cabeza. 



CAPITULO IX 

DE SUS ARMAS T GUERRAS 



Las armas que por la mayor parte usan estas naciones , son lanzas y 
dardos de palo duro que manejan á golpe de puño. Los Gibaros las jue- 
gan con dos manos, por ser grandes y no poderlas sostener bien con una 
mano. Los Encabellados usan de unas hojas puntiagudas de una caña 
muy recia que llaman guadua, anchas como cuatro dedos, y largas como 
palmo y medio, con el filo bien aguzado por los dos lados. Asegúranlas 
muy bien en un palo de chonta muy fuerte que va estrechándose de ma- 
yor á menor hasta la punta, y con este peso recibe mejor el impulso. Tal 
vez las arrojan á cosa de diez pasos , pero por lo regular las clavan á 
puño. Los Iquitos, Ticunas y Pevas, pelean con unas lanzas de palo colo- 
rado que rematan en puntas de agujas, ó de madera tan fuerte como el 
hierro. Tienen algunas de estas lanzas puntas por los dos extremos y 
pueden causar estrago en el mismo que las arroja , como sucedió en los 
últimos años á un iquito; porque, atravesando con una de las puntas á un 
jabalí que perseguía en el monte, furioso el animal con la herida, revol- 
vió contra el indio y le atravesó por la ingle con la otra punta, quedando 
el hombre y la fiera tendidos en el monte con una misma lanza. Otras 
naciones se valen de lancillas arrojadizas del tamaño de una baqueta de 
escopeta, envenenadas ; y para esto las llevan metidas por la punta en 
ciertos canutillos unidos entre sí. Acomodan en cada canuto seis ú ocho 
lancillas, y como llevan muchos unidos entre sí, tienen prevenido gran 
número de baquetas para menudear en sus guerras. 

Los Mainas cimarrones ó montañeses usan de flechillas envenenadas 
que arrojan por cerbatana, arma fatal y de estrago inevitable por el di- 
simulo con que se juega. Viene á ser la cerbatana, ó como llaman ellos, 
bodoquera, un cañón de madera que remeda el de una escopeta ó trabuco. 
Socavan dos palos bastantemente gruesos y bien unidos entre sí, los vis 
ten y ciñen de unas varitas flexibles y fuertes como el bramante. Dan 
después á todo el cañón por la parte de fuera un barniz ó goma que lo 
asegura más y no permite respiradero. Metida dentro la flecha, soplan 
con violencia y aliento por un extremo del cañón y sale por el otro la fle- 
cha envenenada, con fuerza bastante para hacer presa en el hombre ó 
animal á quien apuntan. Si llega á sacar sangre, ya queda envenenada 
la persona ó bestia y logra el indio su tiro. 



Libro II.— Capítulo IX 87 

Entre los venenos que usaban los indios en la misión , el más fino , ac- 
tivo y celebrado, era el de los Ticunas, cuyo secreto solo llegaron á en- 
tender los Pevas, Zavas, naciones confinantes. Hacíanlo de más de treinta 
hierbas, frutos y raíces, que buscaban en el fondo de ciertas lagunas. De 
todos estos simples hacían un cocimiento con tanto cuidado y arreglado 
á su receta, que no faltaban en la menor advertencia, porque el más li- 
gero descuido bastara para impedir la eficacia del veneno. Hecho ya el 
cocimiento, parece á la vista triaca de Europa, y cualquiera le tuviera 
por tal, si alguna mayor espesura y el olor ingrato que despide no diese 
á entender que es cosa diferente. Es tanta la actividad de este veneno, 
que untada la punta de la saeta con sólo un adarme de la confección re- 
ciente, mata á una gallina en un minuto si llega á tocar su sangre. Si no 
está reciente el veneno (pues dura muchos anos), no es tan ejecutivo, 
pero tampoco tarda en causar el efecto. El P. Xavier Veigel, en una his- 
toria manuscrita de varias cosas de Mainas, asegura que una saeta un- 
tada de catorce meses con este veneno, mató á presencia suya en medio 
cuarto de hora una gallina. Es rara la antipatía que tiene con la sangre 
que, tocada del veneno, se retira toda al corazón, y el primer efecto que 
causa en la bestia herida, es un deliquio al cual se sigue la muerte cau- 
sada de la sofocación, echando la bestia sangre por oídos y boca. 

Sin embargo de esto, los indios tienen poco reparo en tocar el veneno 
cuando lo hacen, y después de hecho, como no tengan en las manos al- 
guna cortadura por donde asome la sangre, tampoco reconocen peligro 
en meterlo en la boca, si está firme la dentura y no sangran las encías. 
Y lo más es que tragado en poca cantidad, no hace daño si no encuentra 
algún intestino lisiado; pero en cantidad notable, es mortal si no se aplica 
luego el antídoto, que es una buena porción de azúcar y de sal deshecha 
en agua, y en falta de esto, la orina ó excremento, que libra también de 
la muerte, cuando está reciente la herida de la fiecha envenenada. Y 
esta parece la causa de que no haga tanta impresión este veneno en los 
puercos, en especial si han comido poco antes de aquellas inmundicias. 
Los efluvios del caimán y de la tortuga de tierra impiden también la efi- 
cacia, y basta el humo de estos animales cuando los asan, para que la 
confección hecha en el mismo fogón ó cocina no tenga fuerza ninguna. 
Aunque este género de veneno parece inficionar en un momento la san ■ 
gre del ave que muere tocada de él; mas la caza se come sin peligro, 
apartando, como sucede á las veces, con el tenedor la punta de la saeta 
que viene en el plato, y comiendo lo demás. Es una providencia bien 
particular del cielo que los indios de la misión no usen del veneno unos 
contra otros, sino contra la caza, porque en breve se acabarían los pue- 
blos si se les antojara valerse de ello. Están en la persuasión de que el 
que usa del veneno contra el prójimo pierde toda la provisión que le 
queda en casa, y se le hace inútil sin poderse servir de él en adelante. 
Los misioneros les dejaban en esta su creencia, que les era tan saluda- 
ble, ya que no podían apartarles de otras muchas que les traían tantos 



88 Misiones del Marañón Español 

daños. Basta lo dicho del célebre veneno de los Ticunas, quienes por el 
secreto que guardaban en hacerlo, lograban en su gentilidad muchas 
ventajas en sus guerras. 

Los indios Panos manejaban arcos y flecha en que eran muy certeros, 
y alcanzaba el tiro como la bala de una escopeta, tan derecho entre 
árboles espesos como en campo abierto. No tenía esta ventaja la estolita, 
arma propia de los Cocamas y Omaguas, que en campo abierto hacia 
tiro largo y seguro; mas en el monte tropezaba por lo que blandeaba. 
Fué la estolita, arma muy usada de los guerreros del Iní^a, y viene á ser 
un palo tableado, de una vara de largo y tres dedos de ancho, estrechán- 
dose á proporción hacia los extremos hasta rematar en punta. En el me- 
dio, donde más se ensancha, tiene una figura de rosa, y por la parte in- 
terior que se junta á la mano hace una concavidad correspondiente á un 
dedo que se mete en ella, y con los demás dedos se afianza. En la punta 
de arriba está fijo un diente de hueso, en que hace presa una caña ó 
flecha de ocho palmos, y en el extremo de ésta encajan un arponcillo 
con un palo de un jeme; este arpón y palito es el que hace el estrago. 
Porque cogiendo la estolita con la mano derecha y fijando la flecha con 
palito y arpón en el diente de arriba, arrojan la saeta con increíble fuer- 
za, y con tanto tino, que rara es la vez que no hacen tiro seguro á cin- 
cuenta ó sesenta pasos. 

Todas las naciones usan de rodelas, y son diestrísimos en hacerlas 
con aseo y solidez; pero aunque el uso es general, apenas hay nación 
que no tenga diversidad, así en la hechura como en los materiales de 
que las forman. Unas las hacen tan grandes que cubren con ellas todo el 
cuerpo, y son varias de éstas de cuero fuerte de danta ó vaca marina en 
forma de campana. Otros las hacen más pequeñas y manejables. Unos 
las forman de tablas planas, con alguna declinación en el remate, otros 
las hacen de unas como mimbres, que llaman bejucos, del grueso de un 
cañón de escribir. Empiezan por el centro con un círculo pequeño, y 
continuando los círculos bien unidos entre sí, y afianzados con puntos, 
llegan á formar una rodela de tres palmos de diámetro. Después la 
guarnecen para mayor seguridad con un cerco grueso por toda la cir- 
cunferencia, y poniéndola su mango, queda completa, firme y duradera. 
Los Omaguas en lugar de estos mimbres ó bejucos se valen de hojas de 
caña que llaman brava, que bien entretejidas, unidas y guarnecidas de 
buen cerco, forman unas rodelas impenetrables á cuantas armas usan 
los demás indios. 

Su arte militar se reduce principalmente á poner emboscadas, en que 
son realmente muy diestros y prácticos. Usan de trampas en los cami- 
nos que suelen armar en varias maneras. Unas veces disponen fosas lle- 
nas de flechas, y lanzas con las puntas hacia arriba, pero bien cubiertas 
y muy disimuladas con arena, ramaje y hojarasca por toda la superficie. 
Otras ponen troncos atravesados en los caminos, y los sostienen casi en 
el aire con cuerdas que apenas se echan de ver, y vienen á parar á 



Libro II.— Capítulo IX 89 

ciertos palos al parecer caídos, en que verisímilmente han de tropezar 
los caminantes. Movidos estos palos, sueltan un fiador que sirve como de 
resorte ó muelle, y cae el tronco armado sobre el caminante. Esto mismo 
practican también con las lanzas y flechas, que atraviesan á los pasaje- 
ros, con sólo pisar en ciertas varas ocultas que las sostienen. 

Para acometer alguna casa, esperan la noche y entran con gritería 
en ella y atraviesan con sus lanzas á cuantos se les ponen delante. Ra- 
rísima es la vez que provocan á pelear, sostienen la batalla ó hacen cara 
al enemigo, á no ser que sea muy inferior en el número, en la disposición 
ó en las armas. Sólo los Iquitos se han hecho distinguir entre las demás 
naciones en resistir pocos con ánimo intrépido y aun con extraordinario 
valor á muchos más en número 

Las guerrillas son tan comunes y continuas, que se puede decir que 
no gozan Jamás de la felicidad de la paz, ni adañten más treguas que 
hasta poder lograr ocasión de vengarse de algún agravio real ó apren- 
dido. Muchas veces declaran la guerra los caciques por hacerse temer 
de los confinantes, ó por verse respetados de los que se le han agregado. 
Algunas veces la emprenden por sola la complacencia de ser celebrados 
de sus mujeres ó por un genio natural de no querer vivir en paz y ha- 
llarse mejor en guerra, aunque es verdad que se ha descubierto tal cual 
nación, como veremos á su tiempo, que ó por genial cobardía ó por cierta 
natural aversión á hacer daño, no se determinan á hacer ó declarar gue- 
rra ni á perseguir otras naciones sin alguna de aquellas causas que ge- 
neralmente se juzgan por forzosas. Pero las demás fácilmente se deter- 
minan, ya por el interés del despojo, ya por desalojar á sus enemigos de 
los puestos en que viven, ya por no tener cerca de sí quien les dispute 
la conveniencia de caza y pesca. A todo lo cual da mucha ocasión la 
continua ociosidad en que viven, de donde toman por ocupación hacer 
daño, hostilidades y muertes. 

Mas la principal causa y seminario de guerras y muertes es, como 
arriba dijimos é insinuamos, el vivir persuadidos que ninguno falta por 
muerte natural, sino que muere violentamente ó hechizado por algún 
enemigo. Y si el hechicero que se figuran haber fascinado al que murió 
es de otra nación, entonces están del todo implacables, acometen furio- 
sos y fuera de sí y matan bárbaramente cuantos hombres adultos, muje- 
res ancianas pueden haber á las manos. A los muchachos comúnmente 
los traen á sus casas, y los mantienen como á hijos; mucho más cuidado 
ponen en recoger y traer como cautivas á las doncellas para casarse con 
ellas, las cuales no sienten tanto el morir con sus padres como el ser 
presa de sus enemigos. Pero, como apuntamos en el capítulo IV, con el 
tiempo se van ablandando y con el trato bueno que les dan sus maridos, 
se acomodan al modo, estilos y costumbres de la nación vencedora. 

Y aquí nos vemos en la oportunidad de apuntar otra causa bastante- 
mente común de sus guerras. Entre los gentiles del Marañen hay común- 
mente más hombres que mujeres. Nacen, sí, más hembras que varones, 



90 Misiones del Marañón Español 

como sucede en otras partes; pero mueren más niñas que niños, de donde 
resulta la falta de doncellas crecidas para los casamientos de los jóve- 
nes que se hallan ya en estado de casarse, y no encontrando mozas en su 
parcialidad ó nación, se empeñan en procurarlas de las extrañas. Como 
no entienden de negociación amistosa, todo lo hacen por vía de guerra, 
de hostilidades y rapiña. De aquí nace también que la otra nación, cu- 
yas mujeres han robado, se halla escasa de mozas y doncellas, y en el 
mismo caso de hacer guerra y arrastrar hembras para sus casamientos. 
Al volver de sus campañas es indispensable el celebrar las muertes 
hechas en sus enemigos con banquetes y borracheras: ni faltan naciones 
que se sirven de las calaveras de los que han muerto, como de vasos en 
que beben todos. Otras guardan las cabezas de los enemigos clavadas en 
sus lanzas, y las conservan como trofeos é insignias de su valor. Y esto 
es lo que pudo dar ocasión á lo que se creyó á los principios de los 
Mainas, Xeveros, Cocamas y otras naciones, notándolos de caribes y de 
que se alimentan de carne humana. Pero, en realidad, en todo el distrito 
de la misión son pocas ó raras las naciones que pueden llamarse caribes. 
La nación de los Iquitos fué una de las más notadas de esta impiedad por 
los Zaraeos, sus confinantes por el río Nanai, y por los Encabellados, que 
no están muy distantes por el río Curaray. La |misma tacha ponían á los 
Iquitos los españoles de Borja. Mas lo cierto es, que desde los años 1740, 
en que se descubrieron y comenzaron á ser tratados de los misioneros, no 
dieron jamás muestra de comer ni de haber comido carne humana; y los 
padres que con ellos vivieron, después de haber observado bien sus mo- 
dales, y procurado informarse con todo cuidado de unas y otras parciali- 
dades, aseguran que no han hallado fundamento en toda la nación des- 
cubierta para semejante nota. Lo mismo afirman los misioneros de los 
Ancuteres del Ñapo, que tuvieron por algún tiempo la misma fama. Los 
Mayorunas son sin duda caribes, cómense unos á otros y aun matan á los 
enfermos, antes que se consuman, para comérselos. 



CAPITULO X 

DE LA DIVERSIDAD DE LENGUAS EN LA MISIÓN DE MAINAS 



La dificultad de las lenguas, que ha sido siempre en todas las nacio- 
nes de gentiles uno de los mayores estorbos á su conversión, se descubrió 
desde luego y se tuvo casi por insuperable en la misión de los Mainas, por 
ser muchas y diversas las lenguas que abarca en su distrito, ceñido á la 
jurisdicción de Borja. No será fácil señalar otra misión que, en naciones 
tan poco numerosas, haya puesto en precisión á los misioneros de apren- 
der tantas lenguas como ésta de que tratamos. Pasan de 40 las naciones 



Libro II.— Capítulo X 91 

en cuya reducción ha trabajado, en estas partes, el celo infatigable de 
los jesuítas y muchas de ellas hablan lenguas entre sí tan diversas como 
lo pueden ser la española y la alemana. Esta diversidad, atestiguan los 
misioneros prácticos de ellas que interviene entre la lengua Omagua y 
la lengua de los Encabellados; entre la de los Iquitos y la de Xeveros; 
entre la Pana y la Andoa. Añaden que las lenguas que menos se diferen- 
cian entre sí tienen una afinidad semejante á la que se observa entre la 
latina y española. 

De tanto número y diversidad de lenguas y de la grande dificultad 
que se reconoce en los principios de aprenderlas, y reducirlas á método, 
nació el juicio común que insinúa Rodríguez en sus Descubrimientos, 
libro III, capítulo II, Casani en sus Varones ilustres, Magnín en sus Manus 
critos, y el P. Luis Coronado en su Juicio de las lenguas. Todos estos escrito- 
res convienen en que las lenguas de nuestra misión fueron formadas de 
la casualidad y contingencia, que las ideó la barbarie y que las llevó 
adelante el espíritu de división para dificultar la comunicación con otras 
gentes, resultando de aquí una confusión y algarabía por ser lengua sin 
artificio ni reglas; porque no articulan sílabas claras, y se pierden por el 
modo de pronunciarlas bárbaro, gutural y narigal, muchas letras las 
cuales varían cada vez que profieren una misma palabra. Y no es fácil 
entenderlos sino es atendiendo al gesto, visajes, tono y aire de decir. Este 
es el juicio, bastantemente común, que se hizo á los principios y se con- 
firmó en virtud de dichas historias y relaciones; y lo que más es, en el día 
de hoy, prevalece vivo en toda ó á lo menos en mucha parte. 

Si los misioneros de Mainas hubieran puesto tanto cuidado en escribir 
historias ó disponer comentarios, como tuvieron de aplicación en instruir 
á los indios, en padecer trabajos y en acabar cosas grandes á favor de la 
Religión, mucho tiempo ha que estuviera el mundo desengañado de un 
error tan grosero y de un juicio tan evidentemente falso. Nos hubieran 
dado en cara con el hecho incontestable de haberlas reducido á método, 
que nos cubriría de vergüenza por haber creído una cosa de suyo repug- 
nante y, por otra parte, tan poco fundada. Porque ¿qué hombre de razón 
podía persuadirse á que los indios, al fin racionales como los demás hom- 
bres, tratasen y comunicasen entre sí por señas y meneos, más que por 
voces articuladas de algún idioma ordenado que fuese capaz de reglas y 
artificio? Los misioneros, aunque con mucho estudio, aplicación y traba- 
jo, aprendieron aquellas lenguas, compusieron vocabularios, formaron 
artes y mostraron la regularidad de aquellas lenguas, y en varias de ellas 
descubrieron cierta dulzura y armonía que no cede á las más cultas de 
Europa. 

Contra hecho tan evidente y contra la dificultad ya vencida claro es 
que no hace fuerza lo que nos dejaron escrito en sus relaciones los auto- 
res alegados en el número segundo, aunque merecen alguna disculpa por 
haber contado de buena fe lo que oyeron y entendieron, sin haber tan- 
teado ni penetrado las lenguas, ni aun les era fácil averiguar si hablaba 



92 Misiones del Marañón Español 

en los informantes la sinceridad y conocimiento necesario para formar el 
debido juicio. 

Por lo cual otros, fiados de las relaciones que leyeron en la suposición 
y buena fe de que se hicieron con la debida averiguación y prudente dis- 
cernimiento, trasladaron lo que hallaron escrito. Otros dejan advertido 
lo que experimentaron al tomar las primeras noticias de una lengua nue- 
va, y no pudiendo tomar tino en poco tiempo, la calificaron luego por .un 
ininteligible guirigay. Esto último sucedió precisamente al P. Luis Coro- 
nado acerca de la lengua Omagua, que tiene en el día de hoy un arte y 
vocabulario copioso y aun es una de las más fáciles de aprenderse, dul- 
ce, suave y armoniosa, 

Pero si éstos son dignos de alguna excusa, no lo son ciertamente al- 
gunos modernos que se han atrevido á publicar esto mismo, como que lo 
han observado por sí mismos y á cubierto del crédito de prolijos averi- 
guadores que ganaron en otros asuntos, sin conocimiento de causa dan 
una sentencia, ó mejor diremos, censura sobre aquellas lenguas con 
asombro de los misioneros que las han aprendido metódicamente. Tan 
lejos están de ser efecto de la casualidad y contingencia. Es verdad que 
no todas las lenguas son iguales y que hay diferencia de una á otra en la 
dulzura y suavidad, en la expedición y modo más ó menos fácil de pro- 
nunciar; pero no hay una, dice en sus apuntaciones el P. Martin Triarte, uno 
de los mejores lenguajeros y que, por la larga comunicación con los in- 
dios, de más de veinte años había corrido toda la misión, no hay una que no 
se note con reglas ó se sujete á preceptos. 

Al principio se contentaron los padres con hacer sus observaciones y 
advertencias gramaticales, llenando muchos pliegos de papel para sacar 
en limpio los números y las declinaciones más generales de los nombres. 
Lo mismo hicieron para rastrear y reducir á conjugaciones los verbos 
más usuales y señalar los tiempos. Poco á poco y á paso lento, sudando 
y remando llegaron á formar las gramáticas que estaban en uso, por las 
cuales se ve claramente el artificio de las lenguas. Porque distinguen 
nombres y pronombres, con sus números, géneros, declinaciones y casos. 
Tienen sus conjunciones, adverbios y posposiciones en vez de preposi- 
ciones, como se usa en la lengua vascongada, y vemos varias veces en 
la latina. Los verbos se conjugan de un modo regular y tienen sus tiem- 
pos: presente, pretérito y futuro. En suma, se observa una construcción 
cabal de la misma manera que observar se puede en otras lenguas cultas. 

Añade el P, Martín Triarte en sus observaciones sobre las lenguas de 
las misiones de Mainas, que no faltan entre ellas algunas en que se notan 
los caracteres propios de lengua matriz, y otras en que se observan las 
propiedades de hijas ó corruptas, que dimanan de las correspondientes 
matrices. Entre las que se hablaban en la misión por los años 1768, en 
que se apartaron los padres de sus indios, y que tenían sus artes bien 
formados y vocabularios completos, se descubrían estas siete ma- 
trices. 



Libro II.— Capítulo X 93 

1.* La lengua Pinche, matriz de las lenguas Roamaina, Uspa, Arazá 
y Neva. 

2.*' La Xevera, matriz de la Chayavita, Paranapura y Cabapana. 

3/ La Pana, común á otras y matriz de la Chepea y Mayorana. 

4.-'' La Zamea ó Masamae, matriz de la Caumar, de la Cavachi y de 
la Zava. 

5.*^ La Gae ó Gaie, matriz de la Semigae, de la Iquita, de la Iginorri 
y de la Panocorri. 

C)."" La de los Encabellados, matriz de la Icaguate y de la Payagua. 

7.^ La Omagua, matriz de la Cocama, extendida en el Ucayale. 

De esta última lengua de los Omaguas dudaban los misioneros si era 
matriz ó hija de la famosa lengua del Brasil ó de la célebre Guaraní del 
Paraguay, con las cuales tiene tanta hermandad ó semejanza, que un 
padre que pasó de Omaguas al Brasil, trataba por medio de ella con 
aquellos indios y entendía las doctrinas que tenían impresas en su len- 
gua; y lo mismo le sucedió con los misioneros de Guaraníes, cuando ha- 
blaban en lengua Guaraní. 

No es de omitir una particularidad de la lengua de los Encabellados 
del Ñapo, que celebra el P. Casani como excelencia y singularidad de la 
lengua de los indios de Canadá, y consiste en que el verbo tiene géneros, 
como el nombre; v. g.: el verbo Ufaie significa rezar; pues para decir de 
un varón que reza, por ejemplo: Pedro reza, se dice: Pedro ufagi; y para 
decir lo mismo de una mujer: María reza, se dice: María ufaco. La 
misma diferencia guarda en el futuro imperfecto y pretérito perfecto: 
como Pedro rezará, Pedro ufacibi; María rezará, María ufacio; Pedro 
rezó, Pedro ufapi; María rezó, María ufao. Tiene fuera de eso otras sin- 
gularidades, como la de usar con elegancia de verbos impersonales, que 
se forman de nombres con sólo añadirles la partícula gi, como de tutu, 
que significa viento, tutugi, que es lo mismo que corre ó sopla el viento; de 
mumu, que significa trueno, mumugi, que vale lo mismo que truena. Otras 
varias partículas curiosas constaban de las advertencias del arte que 
tenían de aquella lengua los misioneros, y si hubieran traído consigo los 
papeles que se hallaban en los pueblos de las misiones, pudiéramos pre- 
sentar desde los lugares de nuestro destierro, para desengañar á los ter - 
eos, más de veinte gramáticas y veinte vocabularios de las lenguas dife- 
rentes del Marañen. Mas pareció conveniente y necesario dejar este so- 
corro á los señores clérigos que por orden de su majestad católica suce- 
dieron en el empleo á los misioneros de Mainas, y sería una pérdida digna 
de llorarse si no se conservasen, como tengo fundamento para temerlo, 
unos monumentos de tanto trabajo, aplicación y estudio de los jesuítas, y 
de tanta ventaja para la salud espiritual y conversión de los gentiles. 

De lo dicho en este capítulo queda evidentemente demostrada la fal- 
sedad del juicio común que se había formado de las lenguas tan poco 
ventajoso á la misión de Mainas, y tan poco favorable á la cultura y en- 
señanza de aquellos pobres indios. Porque ¿cuántos operarios, en reali- 



94 Misiones del Maranón Español 

(Icid fervorosos y animados del celo de las almas, no se atrevieron á en- 
trar en el cultivo de aquella viña del Señor, con la causa y pretexto de 
ser inútiles, y con decir que no les bastaba el ánimo, ni tenían capacidad 
para aprender tantas lenguas, confusas y bárbaras, cuantas eran las 
naciones del Marañón? El reparo no dejaba de ser fundado en suposi- 
ción de que fuese cierta la común creencia que se tenia de las lenguas: 
porque el instruir ó catequizar por medio de intérpretes, sólo suele usar- 
se en casos particulares de peligro de muerte en que se socorre á los in- 
dios del modo que se puede. 

Pero á Dios gracias, ya la dificultad de aprender aquellas lenguas no 
era mayor que la regular y ordinaria que se experimenta en aprender 
cualquiera otra de las más racionales, cultas y metódicas. No es negocio 
de un mes el aprender una lengua, por fácil que sea. Aun en la Europa, 
con tantos medios y maestros, apenas lo conseguirá uno. Es menester 
más tiempo, y lo que no se consigue en un año se llega á conseguir en 
varios, especialmente cuando hay aplicación y empeño, y se comienza á 
tratar desde luego con los indios, como lo hacían los misioneros á quie- 
nes no les fué difícil de esta manera aprender no una sino varias len- 
guas. En Italia viven todavía algunos de éstos, que predicaban, catequi- 
zaban y administraban Sacramentos en varias lenguas diferentes del 
Marañen, no entrando en esta cuenta la lengua general del Inga, que 
todos sabían. Mucho les ayudaba á esto el hallar ya dispuestas en mu- 
chas de las lenguas, pláticas, exhortaciones y modo de confesar; y en 
todas ellas catecismos con preguntas y respuestas con muchas oraciones. 



CAPITULO XI 

DEL CLIMA DE LA MISIÓN, DE LA CALIDAD DE LA TIERRA Y DE LOS FRUTOS 

MÁS COMUNES DE ELLA 

El clima de las misiones del Marañen, como tan cercano á la línea 
equinoccial, es extremamente caluroso, y aunque los calores ordinarios no 
exceden mucho á los del Panamá, algo templados con el agua del mar, 
y se pueden tolerar por los que han pasado por aquéllos, pero apenas 
pueden aguantarse los ardores del clima en los meses de Noviembre, 
Diciembre y Enero por herir entonces con más fuerza los rayos del sol, 
que hace su carrera por el cénit de los indios. No fuera posible vivir en 
estas tierras en los dichos meses, si no dieran algún refrigerio los muchos 
ríos que previno la Providencia y los innumerables bosques espesos y 
cerrados á donde no penetran los rayos del sol. Los días y noches son 
casi iguales, y apenas hay diferencia de media hora en la mayor des- 
igualdad. Las estaciones de invierno, primavera, verano y otoño se 
notan por la subida de los calores insinuados, y por las lluvias que sue- 



Libro II.— Capítulo XI 95 

len empezar por el Enero y durar hasta el Junio ó Julio. Son bien fre- 
cuentes las tempestades, horribles los truenos y vivos los relámpagos; 
]»ero rara vez despiden piedras ó arrojan granizos. 

Aunque es el clima tan ardiente y tan lleno de fuego, en una de las 
lunas que suele ser la de Junio, á veces la de Julio, y tal cual vez la de 
Agosto, se experimentan constantemente tres ó cuatro días de frío conti- 
nuados. Sopla en este tiempo un viento oriental que declina algo al me- 
dio día, y es, sin duda, la causa de refrescar el temple. Pero no se sabe 
en particular de dónde recibe el viento tanta frialdad, porque otros vien- 
tos más recios y violentos que soplan de algunas montañas nevadas ha- 
cia Quito, vienen calientes como los demás. Acaso este viento oriental, 
que tanto refresca, toma su carrera de otras mayores montañas de nieve 
y puede comunicar su frescura por donde pasa. Los indios esperan con 
ansia estos días de frío, como señal de buen tiempo y de una serenidad 
permanente de muchos meses; y de ellos se aprovechan para recoger 
cuanto pescado pueden, porque mueren con ocasión del frío muchos pe- 
ces en los ríos y lagunas que, traídos á casa, no se corrompen fácilmente 
como en tiempo de calor. Atribuyen la muerte de tantos peces al calor 
intenso del agua que les sofoca. Porque huyendo incautos de la superficie 
fría del agua que les molesta, bajan al fondo en donde el intenso calor 
reconcentrado les ahoga. 

La tierra de la misión en algunos collados es algo gredosa, pero en 
islas, playas y en todo lo llano, es arenusca, ligera y de poca sustancia. 
De aquí nace que no llevan estas tierras trigo, cebada ú otros granos de 
este género, no tanto por lo ardiente del clima, pues no lo es menos el de 
la ciudad de Cuenca, que el de la ciudad de Borja, sin que por eso deje 
de darse bueno y excelente trigo en aquella ciudad, cuanto por la cali- 
dad de la tierra que ni tiene jugo ni hace liga y aunque sale la caña, no 
hay grosura suficiente para formar y sazonar el grano. Los frutos más 
comunes y de uso ordinario para los indios vienen á ser el maíz, la yuca 
y el plátano. Con estos frutos se sustentan diariamente, y como les ten- 
gan en abundancia en las heredades que forman, no envidian á otras 
gentes que buscan otras comidas regaladas. 

No hay para qué tratar del maiz ó trigo de Indias, que es grano bien 
conocido en Europa, como sustento bastantemente usado en algunas par- 
tes montañosas de ella. Diremos algo de la yuca y del plátano, por ser 
aquélla muy poco conocida, y éste ignorado de muchos. La yuca de los 
indios del Marañón es una raíz larga y gruesa como un brazo. Extiénde- 
se por debajo de la tierra muy bien cubierta y guardada de una corteza 
negra: ésta quitada, queda la raíz blanca y hermosa á la vista. Cocida 
en una olla sirve de pan, que no sólo aprecian los indios; pero aun los 
misioneros, sin que les cause jamás fastidio esta comida de buen sabor y 
de no menor alimento, usan también comer asada la yuca y hacen de 
ella un género de pan ó torta que llaman cazave; las yucas más harinosas 
tienen el sabor de castañas, y de éstas cocidas forman una pasta ó masa 



96 Misiones del Marañón Español 

que se dice mazato ó vedaiigas y es de mucha utilidad y provecho á los in- 
dios, á quienes ofrece la pasta desleída en agua una bebida que refresca 
en el calor y conforta en el trabajo. Para sembrar esta raiz no se hace 
otra diligencia que clavar en la tierra ciertos palillos que son la grana de 
la yuca y reservan de un año para otro: de ellos, secos al parecer y sin 
jugo, van brotando á poco tiempo raíces alrededor de la semilla sin aso- 
mar de la tierra, por donde se extienden hasta llegar á la grandeza co- 
rrespondiente. 

Algo más conocido es el plátano en la Europa que la raíz de que ha- 
blamos; pero todavía desearán muchos alguna noticia de una planta tan 
nombrada. Los plátanos que se dan por todas las Indias son, á la ver- 
dad, muy diferentes de los plátanos que celebraron los antiguos, y vie- 
nen á ser una planta ó cepa, la cual echa muchos hijos á un tiempo, 
como el lirio ó tulipán: el hijo principal ó tronco que entre los demás 
prevalece, suele crecer como hasta cuatro varas, y como las hojas son 
grandes, largas y extendidas hacia abajo salen los plátanos frondosos, 
amenos y de mucha sombra. El fruto parece á los principios un higo, y 
creciendo se va alargando hasta que rojo y maduro compite en la gran- 
deza con un pepino. Cuando el brazo ó ramo principal está en sazón, se 
le corta como racimo maduro. Y aunque suele ser tan grueso como el 
cuello de un hombre, con un golpe de espada, hacha ó machete se corta 
fácilmente por ser la madera muy floja, jugosa y esponjada. Llámase 
cabeza del plátano, ó racimo maduro el tronco ya cortado y suele tener 
cuarenta, cincuenta y á las veces cien uvas, plátanos ó frutos, de ma- 
nera que un indio solo no puede levantarle muchas veces de la tierra. 
Después de cortado el primer racimo comienza á madurar otro y cortado 
éste, otro, y así sucesivamente, hasta que todos se lleguen á madurar y 
rendir fruto uno después de otro. Tres especies de plátanos se conocían 
en Mainas: unos llamados cumenes que servían de pan, y llevaban frutos 
largos como el palmo de un hombre. Otros dichos pintones, cuyos frutos 
eran menores. Los terceros eran más celebrados, porque aunque el fruto 
no pasaba de la mitad en la grandeza, era tan dulce como la misma miel 
y á estos los llamaban guineos. 

Fuera de estos frutos que se pueden considerar en los Mainas como de 
primera necesidad, hay otros muchos árboles que llevan otras frutas de 
que se aprovechan para comer y hacer sus bebidas. Hay almendros, 
nísperos, y otros que dan unas como naranjas, pero más gustan los in- 
dios de los árboles que llaman zapotes, altos y frondosos y de fruta rega- 
lada, porque dan unos como melones rojos y de buen gusto, aunque por 
tener la carne muchas ñbras, más se comen chupando que masticando. 
Dicen que el zapote, en medio de ser tan gustoso, enciende la cólera y que 
es ocasionado á tercianas. No faltan plantas que llevan una especie de 
uva que llaman camairona que iguala en la grandeza á una buena man- 
zana. Recién cortada, está llena de jugo y es de buen gusto, pero á po- 
cos días se convierte en babas y queda en extremo fastidiosa. 



Libro II.— Capítulo XI 97 

Son infinitas las especies de palmas que se conocen en la misión, gran- 
des, medianas y pequeñas. De sus dátiles y cogollitos se valen los indios 
para comer y beber, y de su madera para las casas y utensilios necesa- 
rios. Los que llevan mejores frutos se reducen á estas seis palmas: chon- 
ta, achúa, chambeia, palmito, zarera y ungarave. Por la descripción de 
la primera se vendrá en conocimiento de las demás. 

Es la chonta un árbol alto, todo vestido como de púas, el tronco es for- 
tísimo y grueso, tan recio que de la chonta se valen los indios en muchos 
casos á falta de hierro. En la cima misma del árbol se cría el dátil bien 
guardado de una recia cascara, la cual se abre de suyo cuando madura 
el fruto, que viene á ser una como pina grande ó racimos de tantos gra- 
nos que suelen llegar á doscientos. El color del grano es regularmente 
rojo, la grandeza como de una perita, la carne oleosa y balsámica. Los 
Mainas comen el fruto cocido ó hacen de él bebida que conforta. 

De más utilidad les fuera el grano del cacao, que se da en abundancia 
por todas aquellas partes, si la distancia de las misiones á la ciudad de 
Quito y los malos y largos caminos, no impidieran el trasporte de un gé- 
nero de tan buena calidad, porque excede al grano de Guayaquil y es 
mejor que el del Magdalena, y por lo mismo puesto en Quito ha sido 
siempre más apreciado. Pero aun así es cosa averiguada después de re- 
petidas experiencias que más importa la conducción que se ha intentado 
de este precioso género á cualquiera de las ciudades de la América me- 
ridional desde las misiones, que el precio, valor y utilidad que se saca, 
aun cuando todo corra feliz y no suceda algún contratiempo. Puédese de- 
cir francamente que el cacao del Marañen español más es para los mo- 
nos y papagayos que para los indios. Porque fuera de aquel poco grano 
que para su consumo recogían los misioneros, sólo se aprovechaban los 
indios de la tela y lana en que está envuelto el grano, la cual tiene el 
gusto de moscatel. Los portugueses, que tal vez pasan á nuestros térmi- 
nos en busca de cacao para su comercio, suelen cogerlo antes de madu- 
rar para que no acaben con ello los monos, que como son tantos no dejan 
mucho en sazón. Cogido el grano verde y sin llegar á su punto, le dan un 
hervor y todo pasa. Los demás géneros que se desean para el chocolate 
se hallan también en el distrito de las misiones porque en las tierras de 
los Chayabitas y de los Cavapanas se da con abundancia vainilla, aunque 
es verdad que por incuria de los indios falta muchos años, porque arran- 
can fácilmente y sin reparo los árboles en que se cría y tardan después 
años en crecer. Asimismo en las misiones de los Pinches, de los Andoas 
y de los Muratas se halla mucha canela pero tan babosa por no estar 
cultivada, que sólo sirve para sazonar las viandas. Su flor que llaman es- 
vingo es más suave y menos babosa, y suele servir para la botica. 



98 Misiones del Marañón Español 

CAPÍTULO XII 

DE LA CERA, RESINA, MADERAS Y MINERALES 



Creyeron algunos que en las misiones de Mainas se podían recoger en 
poco tiempo y con poco trabajo, muchos quintales de cera blanca y ex- 
quisita, y de hecho uno de los gobernadores más modernos de aquella ju- 
risdicción, entró en el gobierno con esta preocupación, creyendo hacerse 
rico comerciando en este y otros géneros del país. Pero se desengañó bien 
presto viendo con sus mismos ojos la grande dificultad de recoger en mu- 
chos días tres ó cuatro libras de cera blanca; porque son pocas las abejas 
que fabrican aquellos panales y están muy internadas en los montes, y 
para coger el indio alguna cosa notable de este género, ha de faltar, ne- 
cesariamente días, y aun semanas, de la doctrina cristiana y de la asis- 
tencia á la iglesia, y si se les diera licencia franca ó permitiera andar en 
busca de abejas y colmenares sería lo mismo que desamparar las misio- 
nes. No es tan difícil recoger cera negra por ser más frecuentes las abe- 
jas que la trabajan; pero, como es de tan poca estimación, casi sólo sirve 
para las misiones. Hay otras abejitas, muy pequeñitas, que trabajan 
debajo de tierra su miel y cera amarilla; y como son tantas las lluvias é 
inundaciones, es primoroso el instinto que les dio la naturaleza para for- 
mar casa resguardada de las aguas y de los infinitos insectos que se ha- 
llan por todas partes. La entrada al colmenar suele ser un agujero muy 
pequeño formado debajo de alguna corteza prominente de un árbol, y 
está tan disimulado y encubierto que no es fácil á ninguno el observar- 
lo. De aquí empieza el camino de las abejas al colmenar como dos va,ras 
dentro de la tierra, pero por líneas tan diferentes al parecer, tan enreve- 
sadas y opuestas que forman un laberinto por donde, solas ellas, pueden 
acertar á entrar y salir. Todo esto lo observó prolijamente un misionero 
que, con ocasión de caer un rayo sobre un alto cedro, que tenía delante 
de la iglesia, halló en sus raices un colmenar de abejitas muy pequeñitas 
que con admirable orden, economía é industria, habían formado su casi- 
ta dentro de tierra y hecho su miel y cera de buena calidad, sin acabar 
de admirarse de lo enmarañado de las entradas y salidas de aquellas 
prudentes y oficiosas abejitas. 

Pero, lo que con más copia y abundancia suministra el ardiente clima 
de Mainas, es una increíble multitud de gomas, resinas y leches, que des- 
tilan por todas partes los árboles. Unos llevan copal, ya ordinario, que 
les sirve como de pez para empegar las canoas, ya fino y exquisito para 
otros mejores usos. Otros destilan catana que viene á ser un aceite betu- 
minoso, á manera del que se saca del terebinto, y es muy bueno para co- 



Libro II.— Capítulo XII 99 

rregir fluxiones, curar reumatismos, y para otros usos de la medicina. No 
faltan árboles que despiden lo que llaman sangre de dragones parecida 
á la sangre humana; pero, como no se sabe el secreto de solidarla, como 
otras gomas, no se ha hallado en esta sangre muchas ventajas. También 
se ven otros que, dando frutas gustosas como naranjas y como tomates, 
derraman también sus licores, de que se hace engrudo y con que se da 
temple á la tierra blanca y colorada para las obras, y bañadas las pin- 
turas con estos licores resisten á las lluvias y malos temporales. 

Lo que más aprecian los misioneros por traer mayor utilidad á los in- 
dios es el bálsamo célebre de copauva y la leche insigne del caucJio. La 
copauva, que es el sánalo todo en punto de cirugía, se destila de unos ár- 
boles muy altos y duros, por las hendeduras de ciertos tumores sobresa- 
lientes del tronco. Al principio sale clara la copauva, pero después sale 
más espesa. Suelen cortar algunas ramas superiores para dar al árbol 
respiradero y después punzado y aun socavado hasta el corazón, des- 
pide el licor precioso, aunque no tenga desigualdades ni hendeduras el 
tronco. Sirve este bálsamo para toda herida, no sólo reciente pero aun 
envejecida. La historia nos dará á su tiempo casos bien singulares de 
curaciones'prodigiosas con la copauva. Sirve para confortar el estómago 
y tomada en un poco de caldo purga tantas veces, cuantas se toma. 
Vale, finalmente, para dar hermoso lustre á las pinturas y estatuas y 
para avivar en las viejas los colores caídos; el sabor de la copauva es 
amargo, el color rojo, y el olor ingrato. 

El caucho es como una leche que suelta un árbol de este nombre por 
el tronco y raíces, herida la corteza. A poco tiempo de sacado el caucho, 
se consolida y puesto al sol, toma más consistencia. Hácense de él, en 
moldes de barro, ciertas jeringas, que llaman tarapotanas, con virtud 
elástica para comprimirse ó ensancharse como pide la necesidad ó con- 
veniencia de los que usan de ellas. Da un barniz muy duradero á som- 
breros y capotes, que bien guarnecidos del caucho, son impenetrables á 
las lluvias. También los indios se entretienen haciendo de él pelotas 'que 
saltan como si fueran de azogue. El añil y el achote pintan muy bien en 
aquellas tierras si saben sembrarse, y los indios usan de ellos para pin- 
tarse. Con el primero aparecen negros, con el segundo encarnados; pero 
más universal es la costumbre de pintarse con una resina negra que lla- 
man vito, y la sacan de una como nuez recién cortada de un árbol gran- 
de. Como el vito es muy pegajoso y dura por días, hacían los misioneros 
cuanto podían para que dejasen aquella costumbre los indios, teniendo 
por algo disonante el que asistiesen á la iglesia tan feamente pintados. 
Algo conseguían con sus amonestaciones, pero se veían precisados á 
disimular mucho, especialmente, que los indios defendían su costumbre, 
como oportuna y aun necesaria para templar los rayos del sol y embo- 
tar la picadura de tantos insectos como les perseguíiin. Y por esta causa 
no sólo pintaban manos y cara, pero aun todo el cuerpo. Últimamente, 
para concluir esta materia que parecerá por ventura un poco larga, 



iOO ' Misiones del Marañón Español 

advierto que las mejores resinas y el más oloroso incienso lo sacan en 
aquellos países debajo de la tierra de las raíces del cedro. 

La multitud de árboles que se dan en aquella tierra, todos ellos dere 
ches y altísimos, unos blancos, otros rojos, varios encarnados y algunos 
de olor balsámico, es tan grande y prodigiosa, que serían la riqueza de 
aquellos países, si hubiera comodidad para transportarlos á otras partes, 
en donde el uso de tan preciosas maderas tuviera estimación grandísima. 
Pero los pobres indios casi sólo se aprovechan de árboles tan exquisitos 
de cedro, de aguano, de ceiva, de eveiva 6 palo de hierro, para formar sus ca- 
noas y para los postes y pilares de las casas. El palo eveiva tiene una 
ventaja muy particular sobre los demás que le hace más apetecible para 
los edificios; porque fuera de no ceder en la duración al cedro metido 
más de dos varas en aquella tierra húmeda, y sirviendo de pilar á una 
casa, mantiene hasta la corteza fresca por veinte años. Y á esta causa, 
aunque las mejores casas de la misión se hacían de cedro, como de ma- 
dera más ligera, pero las fábricas duraderas se fundaban sobre pilares 
de eveiva. Ya dijimos en el capítulo pasado, cómo se valen los indios del 
árbol yanchama y de la palma achúa para sus tejidos, aquí sólo se debe 
añadir que de otra palma llamada chambira, hacen cuerdas excelentes; y 
de la pita, planta bien conocida, hilos de mucha dura. Aunque es verdad 
que para sus vestidos ordinarios se aprovechan mucho más de un árbol 
llamado gamburusi, que da un algodón finísimo en vainas grandes y pro- 
porcionadas á la grandeza del pie. 

Era muy grande la dificultad que experimentaban los indios en derri- 
bar los árboles grandes ó cortar la madera de que necesitaban para sus 
usos, antes que los misioneros entrasen en aquellas tierras y les surtiesen 
de instrumentos de hierro para sus cortas. Los Iquitos se subían en lo más 
alto del árbol y empezaban desde allí á inclinarle hacia los lados, tiran- 
do al mismo tiempo otros muchos desde abajo de cuerdas y ramas que 
engarzaban, hasta que finalmente, á la fuerza de los vaivenes, rompían 
por donde con sus hachas de piedra le habían picado ó socavado. Otras 
naciones, en los desmontes que hacían, dejaban en pie los árboles mayo- 
res y quedaba á cuenta de las mujeres y niñas el aplicar palos encendi- 
dos al tronco, que al cabo del tiempo penetrado del fuego, y no pudiendo 
sostener la mole, se rompía. 

No parece que se puede dudar que en los términos precisos de la mi- 
sión de los Mainas hubiese algunos minerales preciosos, particularmente 
de oro, porque fuera de las minas de la ciudad de Cuenca, que están á la 
entrada de la última misión, es común persuasión de todas aquellas gen- 
tes que en el gran río Paute, que corre por los Gibaros, se hallan muchas 
minas de oro por sus riberas, y por esta razón han hecho muchos es- 
fuerzos los españoles por penetrar hasta aquella nación valiente; pero 
los Gibaros, siempre fieros é indomables, hicieron inútiles sus entradas. 
Demás de esto, los indios de un pueblo, llamado Ñapo, que está en otra 
parte de la misión, recogen frecuentemente en las arenas del río del mis- 



Libro II.— Capítulo XIÍI 101 

nio nombre muchos granos de oro y con ellos pagan su tributo. Final- 
mente, este río, el Paute y todos los demás de Cuenca, vienen á sepultar- 
se en el gran río Marañón y no es creíble que pagándole todos este tri- 
buto sea menos rico que sus mismos vasallos. 



CAPITULO XIII 

DE LA CAZA Y AVES 



Aunque en la extensión grandísima de las misiones del Marañón se 
hallaba mucha caza por aquellos cerrados bosques y frecuentes quebra- 
das, pero la más común y regular de los indios era la de los monos, los 
cuales son tantos que no es fácil el contar aun la diversidad sola de las 
especies de aquellos animales. Es verdad que no todos son de buen gusto 
y que son algunos hediondos, pero al indio todos le hacen buen estóma- 
go. El más celebrado por su buena carne es el que llaman bracüargo ó 
chuba: es negro, ó del todo ó en gran parte; tiene la barba muy sacada y 
la nariz como comprimida y muestra una cara como de vieja. Después 
del bracüargo es también estimado el choro. Es mucho más grande que los 
demás, muy lanudo y de color castaño. No son los otros de tan buena 
carne como los dichos, antes son algunos de un tufo desagradable, pero 
merecen ser nombrados por sus particulares propiedades. Porque el 
machimblanco es divertidísimo y no hay cosa que no remede castañeteando 
con los dientes. Traído á casa, luego se hace como señor de los perros, 
gatos y de cuantos animales encuentra, sin que se atreva ninguno á dis- 
putarle nada. El bariza ó frailecillo, así dicho porque se parece á un mon- 
je barbado con su capilla calada, despide de sí un olor malísimo, pero es 
de diversión por traviesísimo, y si se hallan dos juntos se están jugando 
todo el día como volatines. El clara todo se reduce á pelo y apenas tiene 
carne; el tutacusillo estáse durmiendo todo el día, pero no cesa de enredar 
y travesear toda la noche. 

Es singular entre todos el mono que llaman chichico, así por su figura 
particular como por sus habilidades. Su cuerpo es menor que el de una 
ardilla. En medio de ser tan pequeño, es fiero y airoso porque tiene la 
cara, ojos, uñas y colmillos y cola de león; divertido y sobremanera li- 
gero, canta como si fuera un pajarito; y si alguno se burla de él ó le llega 
á sacudir, se la tiene siempre guardada, sin olvidarse jamás de la burla; 
mira siempre con ceño al que se la hizo, y en logrando la ocasión luego 
se venga y desquita mordiendo. Todos estos monos usan de la cola como 
de manos para agarrarse de los árboles. A la casta de los monos parece 
pertenecer otra bestiezuela de singular estructura, que por ironía llaman 
periquito ligero, la figura parece de favio, la contextura como de hombre 



102 Misiones del Maeañón Español 

y la cara como de una persona que está llorando. Es lanudo á manera 
de perro de aguas, y tiene dos brazos largos de singular fortaleza, los 
cuales rematan en dos uñas de la figura de colmillos de león. Vive co- 
múnmente en los árboles y se alimenta de hojas. Es cosa divertida ver 
cómo los indios le cazan, porque luego que le descubren en el árbol, su- 
ben con no menor ligereza que los monos mismos, y unos por un lado y 
otros por otro, persiguen al pobre animal con sus garrotes; mas él se de- 
fiende muy bien mientras está en el árbol aguantando algunos palos que 
no le hacen mucha impresión por la mucha lana, y evitando otros con 
los brazos largos con que se agarra de las ramas y anda saltando con li- 
gereza de vara en vara. Su mira principal está en no soltar la rama, 
mantenerse en el árbol y no llegar á tocar la tierra en que es perdido. 
Mas los indios insisten tanto, que le obligan al fin á desamparar el árbol. 
Si cae en el agua, como suele suceder, todavía se mantiene en la pelea, 
y jugando con ligereza los brazos, aparta de si los palos con que le quie- 
ren sacar á la orilla. Pero si ei desdichado cae en tierra aunque sea en 
el borde mismo del rio, se da por vencido. Porque ni puede usar de los 
brazos, ni puede escapar, y la mayor jornada que por un día entero hace 
por tierra, es como de cuatro pasos con tanta dificultad, que cada vez 
que se menea da un quejido lastimoso. Sin duda porque le falta el aga- 
rradero del árbol á que la naturaleza proporcionó sus uñas. Cogido el 
periquito, por más golpes y porrazos que le den los cazadores, no le quita- 
rán la vida; tanta es la fortaleza de sus huesos y tanta la dureza de sus 
carnes. El P. Martín Uriarte escribe en sus diarios, que yendo de camino 
cogieron sus indios un periquito, y cansados de golpearle le ataron con 
fuertes cordeles en la canoa, pero que volviendo al pueblo de su misión 
después de tres ó cuatro días y hallándole todavía vivo, le puso en un ár- 
bol de su casa, y que vivió en él por muchos años. La carne del periquito 
es buena y tiene el sabor del carnero de España; pero como recia, ner- 
vosa y dura, necesita de mucho fuego para cocerse. 

De otra caza gustan los indios y les sirve de mucha diversión, que es 
la de los jabalíes ó puercos del monte, y aunque no son tantos como los 
monos, pero se dan con abundancia y los cazan con facilidad, porque 
hay ciertos sitios pantanosos que por allí llaman achuales, en que rara vez 
dejan de hallarse jabalíes, y aun en los mismos ríos se ven algunos tre 
chos de ciertas palmas, dichas chipates, á donde acuden frecuentemente 
estos animales. Son los jabalíes como los toros de los indios y la mayor 
diversión de la tierra; de manera que cuando salen en sus canoas á ju- 
gar con ellos sus lanzas hasta rendirlos, apenas queda enfermo en el lu- 
gar que no asista al espectáculo; tanta es la afición que tienen á este gé- 
nero de entretenimientos, que no carece de peligro, porque son algunos 
muy bravos y se vuelven contra los que los embisten. Pasan estos puer- 
cos el río Marañen puestos todos en fila y á poca distancia de unos á 
otros, y los más pequeños se ponen siempre en medio de los demás para 
ser socorridos si flaquean en el pasaje . Los jabalíes de que tratamos son 



Libro II.— Capítulo XIII 103 

en todo parecidos á los de Europa, así en la figura como en la grandeza, 
y los indios los llaman cuanganas. Pero se halla también otra especie 
muy particular de puercos que se dicen cahucumares, los cuales son mu- 
cho más pequeños, macilentos, sin rabo y casi sin carne; y lo que más 
admira á los curiosos, es que tienen el ombligo en una espina de la es- 
palda. 

No dejan de verse por las riberas del Marañón y por sus bosques al- 
gunos venados de la misma grandeza y figura que los nuestros, con la 
sola diferencia que los cuernos no suelen ser tan largos. Acaso el Autor 
de la naturaleza les proveyó de cuernos más pequeños para que pudiesen 
penetrar con menos embarazo por aquellas espesuras, ^s cosa bien ca- 
sual el que los indios cacen algún venado, como también que cojan en 
tierra alguna danta ó muía marina no menos ligera, de la cual, por ser 
anfibia y de raras propiedades, daremos algunas noticias cuando trate- 
mos de los peces del Marañón. Aquí diremos algo de las aves que se co- 
nocen en aquellas tierras. 

Entre las muchas aves que se hallan en el distrito de la jurisdicción 
de Borja, unas sirven al gusto por su buena carne y otras á la diversión 
por su canto y figura singular. De las primeras son las perdices, que sue 
len ser de tres maneras. Unas mayores que gallinas, otras medianas, 
como el francolín, y otras que sólo se hallan en los lugares altos, más 
pequeñas que las nuestras, y tienen el pico corvo como las aves de rapi- 
ña. Cazan los indios las perdices en los sembrados y riachuelos, armando 
á ciertos tiempos lazos ocultos y disimulados. Hállanse también garzas 
de buen gusto y de varias especies y colores, que al entrar el verano pa- 
san á bandadas. Las más señaladas son unas que compiten en la gran- 
deza con los avestruces; pero más aprecian los indios las gaviotas por 
dejar en las playas abiertas mucha cantidad de huevos como de gallina, 
de que hacen sus provisiones. El número de patos es muy grande y todos 
ellos se domestican fácilmente y se hacen á la gente. No faltan tórtolas 
grandes, como palomas y otras muchas especies de aves que se ven en 
Europa, fuera de otras particulares de aquella tierra de muy buen sabor 
y gusto. 

Cuando los indios se internan en los bosques en busca de la caza, ha- 
llan en ellos sus botillerías y refrescos para el refrigerio en su calor y 
cansancio. No son éstas cuevas subterráneas, ni helados hechos con arte, 
sino bebidas colgadas en los árboles, en sus vasijas y vasos vegetales 
que, resguardados de los ardores del sol y atrayendo la humedad de las 
plantas, conservan fresco el humor para la necesidad de los caminantes. 
Vense en ciertas palmas unos cocos grandes llenos de agua fresca y del- 
gada por estar bien resguardados con una dura corteza y cierta masa ó 
carnaza blanca. A ellos recurren los indios en sus ahogos, y en una sola 
pieza encuentran agua delicada que gustar, vaso en que beber y comida 
dulce que les hace más agradable el refrigerio. Pero estas bebidas se ha- 
llan más comúnmente en las Mainas En las Misiones de Mainas más fre- 



104 Misiones del Marañón Español 

cuentemente recurrían los indios á otros vasos de agua no menos pura y 
destilada que la de los cocos. Danse por aquellos montes unas cañas re- 
cias, altas y derechas, que llaman guaduas; su grosor en unas es como 
el de un brazo y en otras como el de un muslo, de manera que cada ca- 
ñuto de la caña tiene á las veces el hueco correspondiente á un azumbre 
de agua, y ésta es la que conservan muy resguardada del calor algunos 
cañutos, que conocen por la parte de afuera los indios hallarse llenos de 
aquel humor. Cortan desde luego el cañuto ó cañutos ricos de agua con 
sus hachetas y se sirven de la misma caña como de vaso para gustar có- 
modamente de aquel licor fresco y delicado. Porque bajando desde la 
copa de la caña y pasando destilado por los nudos superiores, siempre 
defendidos de los vapores cálidos y de los rayos ardientes del sol, queda 
fresquísimo, sutil y purificado. Estas son las fuentes que dispuso en aque- 
llos parajes el Autor de la naturaleza para la necesidad de los indios, 
porque si bien los ríos en aquellas tierras son grandes y muy frecuentes, 
pero muchas veces se meten los indios en lo interior de los montes y por 
ellos hacen muchos días de camino, y no era fácil en tan largas distan- 
cias recurrir siempre á los ríos para refrigerar la sed ó humedecer el 
cuerpo. Y era cosa bien regular el que, acabada la caza de los con- 
tornos de un pueblo, saliesen los de él á lugares muy distantes á cazar 
algunas aves ó monos, y sin esta seguridad de hallar agua que beber, 
no se determinarían fácilmente á emprender tanto camino. 

Hay otras muchas aves y pájaros, que no tanto sirven para el regalo 
del gusto, cuanto para la recreación de la vista, ó para la diversión por 
su figura ó propiedades singulares. Diremos de algún otro lo que hallo 
escrito en las apuntaciones de los misioneros. Causa mucho gusto la vista 
de un pájaro llamado tucupisco, cuyo plumaje en la cabeza es negro y be- 
llísimo, y en ella forman una vistosa corona ciertas plumitas tan sutiles 
como cabellos, y ostentando en el pecho una insignia lucida como de es 
capulario, camma con aire y se presenta con majestad. No dejan de agra- 
dar y se hacen notar mucho por la caza unos pájaros que se dicen gua- 
camayos; unos colorados, otros azules y otros amarillos. Aunque son 
hermosos; pero lo que más lleva la atención es la cara que muestran se- 
ria y arrugada, que rodeada de una como toquilla de monja, remeda 
perfectamente la cara de una religiosa anciana. También divierten mu- 
cho unos pajaríllos pequeños, como gorriones que se nombran periquitos, 
y tienen las cabecitas ya blancas ya amarillas : se amansan fácilmente 
y se hacen mucho á la gente; y no hay cosa de que más gusten que de la 
saliva de la boca que vienen á chupar con sus piquitos. Cuando los peri- 
quitos se hallan juntos, como suelen, imitan con su canto una niña ó con- 
versación de verduleras, en que todas quieren hablar á un mismo tiempo, 
y nada se entiende perfectamente. 

Es bien singular otro pájaro que llaman paugi, de bastante grandeza, 
y de pico corvo y colorado, el cual tiene la propiedad de bramar de no- 
che como si fuese un toro. En realidad causara grande espanto á los re- 



Libro II.— Capítulo XIV 106 

cien llegados de Europa, si no se los previniera que aquellos terribles 
bramidos nocturnos son el canto del paugi. No es menos extraordinario 
otro á quien pusieron trompetero, porque sin abrir el pico toca como si él 
mismo fuese una trompeta por un nervio hueco que tiene por todo el es- 
tómago. Es pájaro amigo de la gente, y un misionero que tenía dos de és- 
tos, sin haberlos enseñado, lo acompañaban al salir de casa revoloteando 
y tocando su trompeta. Cuando reñían los gallos acudían prontamente á 
la riña y á picotazos los ponían en paz. Tiene otra cosa singular el trom- 
petero, que si hay alguna gallina criando pollos, se los suele llevar con 
mucho tiento en su pico uno á uno y no deja después llegar á ellos á la 
gallina: él los cría y los mantiene con lombrices, él los arrulla y él los 
acoge bajo sus alas, y los pollitos le siguen por todas partes con mucha 
ley como á madre, olvidados de la gallina. 

Hay otro pájaro muy bello de color blanco, negro y encarnado: tiene 
los ojos grandes y hermosos, y el pico es mayor que todo el cuerpo. Me- 
reció por su canto el nombre de predicador, porque su oficio se reduce á 
estar predicando todo el día en los árboles más altos. Sólo canta tres ve- 
ces cua, cua, cua, en tono de misión, y haciendo una breve pausa vuelve á 
su tono de misión con el mismo canto. Uno de éstos se hallaba en un pue- 
blo de Mainas y estaba todo el día en el tejado de la iglesia predicando 
y convocando la gente. Sólo faltaba de este sitio á las horas de comer 
que tenía bien medidas, y bajando del tejado entraba en el cuarto del 
misionero, echaba fuera á picotazos los perros y gatos, sin perdonar á 
los niños que encontraba, comía lo que le cumplía y tornaba al tejado, 
en donde tomaba con más fuerza el hilo de su sermón. 



CAPITULO XIV 

DE LOS PECES DEL MARAÑÓN Y DEMÁS RÍOS 



La provisión grande que Dios ha deparado de peces de varias calida- 
dades y de diversos tamaños en el río Marañen, y en los que á él tiran 
como á centro, pudiera mantener reinos enteros si se pescasen de un 
modo conveniente, y se usase de la pesca con aquella economía que se 
observa en países de buen gobierno. Mas los indios hacen un increíble es- 
trago en todo género de peces con ciertas raíces venenosas que llaman 
barbasco, y es esto de manera que fuera del barbasco silvestre que se halla 
en los bosques, ellos mismos lo siembran, cultivan y benefician en sus 
heredades para que no les falte este instrumento de su pesca. Con pocos 
hacecillos de estas raíces envenenan toda una ensenada y laguna, y en 
menos de una hora se dejan ver por la superficie del agua innumerables 



106 Misiones del Mará ñon Español 

peces de todos tamaños ya borrachos del zumo de las raices. Los indios 
cogen á su placer los que más les agradan, cargan de ellos sus canoas, y 
dejan morir los demás que desechan, que suele ser la mayor parte. 

En el año de 1754 en que se hizo la dedicación de una de las mejores 
iglesias de la misión en un pueblo llamado San Joaquín de Omaguas, 
vieron esto los varios misioneros que habían concurrido á la función con 
mucha lástima y sentimiento de tanto desperdicio. Salieron los indios con 
50 canoas, á pescar en cierta laguna; y derramando en ella sus raíces de 
barbasco, con sólo frotarlas con las manos subió luego á la superficie del 
agua una cantidad increíble de peces atolondrados. Cruzaban las canoas 
por la laguna, y cogiendo los indios como á brazadas los peces, antes de 
dos horas llenaron de pesca las 50 embarcaciones y dejaron después de 
todo esto llena la laguna de peces muertos que no se aprovecharon. Y 
aun de los peces que llevaron consigo en las canoas, se perdieron mu- 
chos, porque no se puede conservar en temple tan húmedo y ardiente lo 
que no se consume recientemente llevado. 

No es menos extraordinaria la calidad de los peces del Marañón, que 
su abundancia. Entre todos merece el primer lugar el pez buey ó vaca ma- 
rina, que solamente se encuentra en este río y no hay noticia de que se 
haya visto jamás en otros ni en el mismo mar. Es este pez á manera de 
un becerro de año y medio; su piel es más gruesa que la del terrestre á 
quien se parece del todo en boca y dientes. Tiene dos brazuelos ó aletas 
de la figura de remos, con que nada y recoge á las orillas del río hier- 
bas de que se sustenta. Su cola es como un grande y grueso abanico 
bien extendido que le ayuda para nadar y moverse con mucha veloci- 
dad. No tiene cuernos ni pies, y en lugar de orejas sólo tiene un peque- 
ñísimo agujero que cierra cuando quiere con una especie de puertecita. 
Los ojos son también pequeños para tan grande cuerpo; y debe tener 
oído muy tardío porque cuando sale á la orilla á comer hierba deja acer- 
carse demasiado á la gente que lo observa. Mantiénese en el fondo del 
río todo el tiempo que le parece, sin tener necesidad de subir á respirar, 
como pensó el P. Casani en la Vida que escribió del P. Raimundo de San- 
tacruz. La piel es lisa y no tiene pelos, como creyeron algunos que pu- 
dieron equivocarse fácilmente con las barbas que tiene en los labios y 
con las manchas blancas que suele tener hacia el vientre. No pone hue - 
vos, sino pare uno ó dos hijuelos que lleva consigo debajo de las aletas, y 
con la leche de sus tetas que chupan como terneritos, los mantiene y sus- 
tenta hasta que son crecidos. 

Pescan los indios este pez con arpones gruesos, y desangrado le meten 
en sus canoas. Cuando llega ya á nadar el hijuelo por sí mismo, si le cla- 
van á éste el arpón, le aguarda la madre y es causa que se pesquen los 
dos sin mucha dificultad. La carne es de mucha substancia, sabe á ter- 
nera gorda y es algo pesada; salada y seca al sol es apreciada en aquellas 
tierras. La manteca es buena para guisar y sirve también para lámpa- 
ras. Tiene dos huesos medicinales en los oídos, y las costillas hervidas 



Libro II.— Capítulo XIV 107 

detienen los cursos de sangre. La piel, bien seca y estirada, es como una 
tabla, y bien curtida sería una insigne vaqueta. 

Después de la vaca marina es también singular en su género, por la 
grandeza y figura, la danta. Su cuerpo, forma y aire es como de una 
muía; es ligerísima en za'cullirse en el agua, y como es anfibia corre 
por el monte, pero con tanta ligereza, que penetra por lo más enmara- 
ñado de él como una saeta, sin que se la pueda, no digo dar alcance, pero 
ni aun apuntar con arpón ó flecha. No deja de ser sabrosa su carne, y del 
cuero, bien curtido, se hace el ante más estimado. Sus unas son las cele- 
bradas de la gran bestia, que suelen poner á los niños, engastadas en 
plata. Un misionero logró la ocasión de llevar á su casa una vaca marina 
y una danta vivas y sanas. Púsolas en una pequeña laguna que suelen 
tener en los corrales para las charapas, de que hablaremos después; pero 
aunque comían la hierba que se les daba y hubo esperanzas á los prin- 
cipios de que se conservarían, luego murieron las dos. 

Otra especie de peces anfibios se encuentra, que son también harto 
raros por su hechura y por el aire que están papando en los árboles con 
sus bocas abiertas. Llámanse iguanas, y son de una figura ferocísima, 
como un dragoncillo, de media vara. Saliendo del rio se suben á los árbo- 
les, y en ellos se mantienen sin morder ni dar colazos, y abiertas las bo- 
cas están tragando aire y mosquitos. Pero en viendo la suya se desquitan 
contra los pollos y gallinas, de que son enemigos. Los misioneros los te- 
nían por verdaderos camaleones, de quienes se escriben estas propieda- 
des. La carne de la iguana la comen con ansia los portugueses, mas no 
la probarán por ningún acontecimiento los Mainas. Díc?se que es delica- 
da, gustosa y saludable hacia la cola, y que en ella se encuentran á las 
veces piedras medicinales contra el mal de piedra. Parece también anfi- 
bio el pez capiguagra, tan grande como un puerco bien crecido y de su 
figura. Es especie del castor tan alabado en el Canadá. La piel es finísi- 
ma, y cuando sale del agua el capiguagra busca las cuevas más ocultas y 
habita en lugares limpios de la maleza del monte, no imitando en esto á 
los puercos de tierra, que buscan sitios pantanosos y se deleitan en los 
lugares más sucios. 

Hállanse otras muchas especies de peces ya grandes, ya pequeños, ya 
de muchas, ya de pocas espinas unos de buen sabor y gusto y otros más 
insípidos. Entre estos aprecian mucho los indios las gamitarías, que son 
como una vara de largo y más de tercia de anchas, sin más espina que 
la del medio. Frescas y recién sacadas, son preciosas; secas y saladas 
son nuestro bacalao, aunque de mejor gusto y sin sus espinas. Poco se di- 
ferencia de la gamitaría el pacu, que es algo menor; pero no es tenido por 
tan sano, porque si se come en demasiada cantidad es ocasionado á ca- 
lenturas. Los misioneros tenían por el más excelente de todos el pez tucu- 
nari por no tener par en el sabor y por ser el más sano. No excede una 
tercia en la largueza y no tiene espina alguna. Es medio dorado por todo 
el cuerpo, y en la suavidad gusto y delicadeza parece trucha. Tampoco 



108 Misiones del Marañón Español 

tiene espinas la mojarra, más pequeña que una pescada regular y de lindo 
gusto. El pez que llaman rumichalga es estimado por tener en su cabeza, 
casi ovalada, dos como piedrecitas que raspadas en agua caliente, faci- 
litan la orina. 

No faltan otros de más daño que provecho para las gentes, como el pez 
torpedo ó tremielga, que por medio del sedal y la caña adormece la mano del 
pescador; y las que llaman rañas, que saben el arte de cortar el anzuelo. 
De esta calidad son las larrayas. a,nchsLS como un tambor, y de una cola lar- 
ga en cuyo extremo tienen un huesecito con que hieren y causan grande 
dolor, como el caneto, pez pequeñísimo que se introduce por las vías y come 
la carne con voracidad increíble. Si se la deja dentro por algún tiempo es 
cierta la muerte del que ha tenido esa desgracia: es menester para li- 
brar la vida echarle luego fuera con la bebida del jugo de vito y xagua. 

Sería cosa de nunca acabar si quisiéramos hacer mención de los de- 
más peces que cruzan por el Marañón y los otros ríos: nos contentaremos 
con cerrar este capítulo dando alguna más particular noticia de las tor- 
tugas de agua, que allí se llaman charapas, así por ser éstas la pesca más 
regular de los indios y servirles para muchos usos, como por tener varias 
y singulares propiedades. Las charapas ó tortugas de agua, aunque son 
todas de la misma figura, casi redondas, pero son diferentes en la gran 
deza. Hay unas pequeñas como una tercia que salen á las playas pri- 
mero que las demás á poner sus huevos. Llámanlas comúnmente tabique- 
yas, y aunque no son de tan buen gusto como las otras, pero son tenidas 
por las mejores para los enfermos. Hay otras medianas, y á lo que dicen 
los indios, como de cuatro años, mayores que las antecedentes, que aun- 
que no han llegado todavía á la grandeza de su especie, tienen ya la per- 
fección del gusto y del sabor en su punto, á manera de las truchas: que 
no son las mayores las de mejor gusto. Los misioneros que tantas veces 
han probado esta especie de charapas, dicen que son mejores que pollos 
y pichones ó perdices en el gusto y en lo sano de ellas. Otras hay mayo- 
res que la mayor adarga que imitan en la figura, y pesan regularmente 
cinco ó seis arrobas y no ha faltado alguna que ha llegado á pesar tres- 
cientas libras. Hacen los indios de las charapas muchos géneros de gui- 
sos, estiman mucho la carne del pecho, pero aprecian más la tripilla, y 
mucho más la que llaman guagamena en donde se encuentra gran copia 
de huevecillos. 

Es muy difícil de morir la charapa. Hecha ya pedazos, prosigue el co 
razón palpitando, y aun á veces, cortada del todo la cabeza, se menea y 
muerde con un dientecillo que tiene; traídas estas tortugas del río y tira- 
das á la sombra duran meses enteros sin comer ni beber. Cuando los in- 
dios las sacan pequeñitas de los ríos, y cargan de ellas sus cestos y ca- 
nastos, llegan casi todas vivas al pueblo por más apretadas que vengan 
unas con otras. Es cosa bien singular que se hace mucho reparar que 
cuando las sacan del cesto, luego empiezan á mirar todas hacia el Ma- 
rañón, y quedan en esta postura sin mudar la cabeza hacia otra parte, y 



Libro II.— Capítulo XIV 109 

aun corren muchas de ellas en derechura al rio, aunque las pongan en 
partes obscuras y retiradas. Tan singular es el instinto que las imprimió 
el Criador hacia su centro. 

Consérvanse por tres y cuatro años en las casas, en unas chara peras 
ó lagunas que tienen en ellas para este efecto, y comen ciertas hojas que 
remedan la figura de una lengüeta y que los indios recogen con cuidado; 
á falta de estas hojas comen también y se mantienen con yerba regular; 
pero en estos tres ó cuatro años que viven desde pequeñitas en las cha- 
raperas, apenas llegan á crecer un palmo. 

Los huevos de las charapas merecen también particular expresión. 
En las crecientes de lunas se juntan en gran cantidad á manera de un 
ejército y salen á millares á poner sus huevos en las playas. Cavan pri- 
mero con sus manitas la arena, y hecho un agujero como media vara de 
hondo, se asientan después de espaldas y deja cada una en su hoyo más 
de doscientos huevos. Cúbrele otra vez de arena hasta dejar la playa 
igual por todas partes y escapa al río. Si acierta á llegar el indio cuando 
está de espaldas la charapa poniendo los huevos, la coge como quiere, 
porque apenas se puede menear. Los huevos depositados en aquel hoyo 
se fomentan con el calor del sol, y como á un mes ya están vivas las cha- 
rapitas, del tamaño de un real de á ocho. Fórmanse de la clara del hue- 
vo, y la yema les sirve de alimento hasta que puedan correr. Sucede va- 
rias veces que sin acabar de comerla corren hacia el agua y en ella se 
zabullen. En tiempos de muchas lluvias ó de crecientes del Marañón, 
como falta el influjo del sol necesario para la formación de estos pececi- 
llos, se pierden los huevos. 

No conocen los indios en las playas los nidos ó hueveras de las chara- 
pas, por más que acicalen la vista. Tan disimulados están en la superfi- 
cie de la tierra. Pero los conocen luego con el talón del pie, si acierta á 
pisar por ellos por estar la arena más fofa y menos apretada. Cavan al 
punto con la mano y puño hasta media vara y empiezan á sacar huevos 
y más huevos como pelotas de borra, que suelen comer ya cocidos, ya 
asados, ya en tortillas. No pocas veces los suelen conservar después de 
ahumados, porque duran mucho tiempo sin corromperse. Cuando los in- 
dios salen á sus tiempos, como veremos, á hacer provisión de manteca, 
cogen sin mucha dificultad ochocientos mil ó un millón de estos huevos, 
y de ellos deshechos en sus canoas, sacan con conchas la manteca riquí- 
sima que sube arriba. Echanla en los tinajones que llevan y vuelven á 
sus casas hecha la provisión para algún tiempo. Parece que todas las 
charapas son hembras, pues no se encuentra entre todas ellas un macho, 
aunque los indios dicen que de un huevo más grande que los demás, y 
como una bola de trucos que ponen á veces entre los otros, nace su rey, 
y que éste es á quien toca el salir á registrar las playas, en donde las 
hembras han de dejar sus huevos. Pero ninguno de los muchos misioneros 
que tanto vivieron en aquellas partes vio semejante huevo ó alcanzó el 
nacimiento de este príncipe fabuloso. 



no Misiones del Marañón Español 

CAPITULO XV 

DE LAS FIERAS É INSECTOS 



Entre todas las fieras de los montes del río Marañón la más terrible y 
espantosa á los indios es el tigre, por el mucho estrago que suele hacer 
en ellos, cogiéndoles descuidados en montes, selvas y caminos, y aun á 
veces viene este fiero animal acosado del hambre, hasta los mismos pue- 
blos, y metiéndose en las casas, arrastra lo que en ellas encuentra. Mu- 
chas son las especies de tigres dañinos; unos son negros, otros colorados 
y varios pintados de muchas manchas que son los peores y más temidos. 
Los indios para cogerlos arman trampas disimuladas de troncos gruesos 
y pesados, que con el golpe y peso les sujetan; algunos logran atrave- 
sarlos con sus lanzas, ó virotes envenenados. Hay también otra fiera pa- 
recida al tigre en su corte y figura, aunque más pequeño, y por eso le 
llaman tigrillo ó gato montes. Mas ese sólo persigue á las aves y anda en 
busca de monos, sin meterse con los hombres. Parece que la Providencia 
dispuso el que los tigres del Marañón no se propagasen tanto como pedía 
su especie, porque no acabasen con aquellos pobres indios. Pues puso en 
aquel país ciertas moscas que acaban con muchos de ellos. Asiéntanse 
sobre la espalda del tigre, y pasando con su aguijón la piel, dejan entre 
cuero y carne una semilla que, convirtiéndose á poco tiempo en un gu- 
sano roedor, armado de muchos aguijones, no deja sosegar á la fiera. Y 
como no puede parar en postura ninguna, ni comer, ni beber, ni dormir, 
muere finalmente el tigre ya sea de rabia, ya de hambre ó sed, ó ya de 
falta de sueño . Suelen también picar á los indios estas moscas inexora- 
bles, pero como saben el remedio de aplicar á la herida el zumo del ta- 
baco que impide la formación del gusano, no causa en ellos los efectos 
que se observan en los tigres. 

El caimán, lagarto ó cocodrilo es también formidable en aquellos países, 
y no le temen menos los Mainas en el agua que temen en los mon- 
tes al tigre, porque despedaza á muchos cuando están bañándose en 
los ríos, y no perdona á las canoas cuando van bogando. Unas veces 
de un colazo echa á un hombre desde la canoa al agua, y otras de una 
colmillada se lleva una pierna ó un brazo, y suele ser esta dentella- 
da más inocente, que otras con que hace presa en el pecho ó vientre, 
porque como los colmillos son largos, y las heridas profundas, aunque se 
mantenga el indio en la canoa, no tiene remedio la cura. El caimán saca 
de cuando en cuando la cabeza del agua para respirar. Sus colmillos pa- 
san de setenta, y son un insigne contraveneno. El olor es de almizcle 
fuerte. Déjase ver más comúnmente en los meses de mayor calor y 



Libro II.— Capítulo XV 111 

cuando se secan los ríos, y en este tiempo salen muchos á tomar el sol 
en la arena de las playas, en donde no suelen hacer mucho daño por ser 
muy tardos en el movimiento á causa de la grande inflexibilidad del 
cuerpo que parece un tronco. 

Huyen los cocodrilos de los tizones encendidos, y para cazarlos no 
valen escopetas, porque no hace mella la bala en sus durísimas conchas, 
si no da por casualidad en los ojos ó debajo de las aletas. El modo común 
que tenían los indios de pescarle era con anzuelos fuertes ó con un palo 
envuelto con tripa y soga que engulle el animal y queda preso. Los hue- 
vos de los caimanes son delgados y largos como un jeme. Déjanlos co- 
múnmente en las playas más lodosas, pero pocos llegan á manos de los 
indios, porque los gallinazos, que son los cuervos de aquellas tierras, los 
huelen luego y acaban presto con ellos. Suélese comer la carne del la- 
garto que llaman blanco, aunque es dura y pesadísima. 

Estas son las dos fieras más temidas en el Marañón, y se puede decir 
que el caimán y el tigre son los dos ministros de la justicia divina en unas 
tierras á donde alcanza poco la humana. Veremos en la Historia muchos 
ejemplos que comprueban esta verdad, y echará de ver el que la leyere, 
cómo el grande temor de los indios á estos animales sangrientos les ha 
sido siempre saludable y medio bien eficaz para que dejen sus cazas, 
pescas y paseos en aquellos tiempos en que deben asistir al catecismo. 
Misa y rosario con los demás. Así sabe la Providencia convertir en bien 
de aquellas pobres gentes, aquello mismo que tienen ellas, por el mayor 
de los males y trabajos. 

Hállanse también algunos osos, y tienen las mismas propiedades que 
los de Europa. Solo el que llaman hormiguero tiene la particularidad de 
sacar una lengua como de tres cuartas, medio que le dio la naturaleza 
para su mantenimiento. Porque acuden á ella muchas hormigas que 
gustan de aquella humedad sabrosa, y recogiendo la lengua cuando está 
bien cargada de ellas, se las traga. Suele también meter la lengua en los 
colmenares subterráneos y chupa la miel que encuentra. Dícese que el 
oso hormiguero es muy fuerte y que vence al mayor tigre. No se han 
visto leones en aquella tierra, pero se encuentran lobos menores que los 
de Europa y menos dañinos. Más fieros y rabiosos son los perros del 
monte, aunque no son grandes. Ladran con una ira rabiosa, y muerden 
con increíble furor. Por más que se haga con ellos, nunca se llegan á 
amansar, y salen siempre á su maligna casta. 

Las culebras son muchas, y muy varias en grandeza, color y propie- 
dades. Hay una especie de culebras bobas y zonzas que no hacen daño 
alguno y no pican á la gente. Otras se encuentran de color negro como 
una vara de largas, más antes útiles que dañosas, porque entrando en 
las casas cogen las cucarachas y lagartijas, y las limpian de estos in- 
mundos animalejos. Pero hay una casta de ellas en realidad no muy 
grandes, pero tan dañinas que en llegando á picar apenas se encuentra 
contraveneno eficaz contra la picadura, si no está acaso muy reciente. 



112 MlSlONKS DEL MaRAÑÓN ESPAÑOL 

Todas estas culebras son pequeñas: las mayores están comúnmente en- 
roscadas en los árboles, y son tan gruesas como el muslo de un hombre. 
Y no son éstas las que causan más grima á los indios: sino las que llaman 
yucumamas, que son enormes en la longitud como de diez varas y horro- 
rosas en el grosor, en que no ceden á un cuerpo humano. 

Para que á ninguno parezca increíble lo que se dice de las yucumamas, 
me ha parecido poner en este lugar lo que el padre Manuel Uñarte, to- 
davía viviente en Rávena y testigo ocular de lo que refiere en estos cu- 
lebrones, apunta en sus diarios: 

«Estando yo, dice aquel misionero, en San .Joaquín de Omaguas, mata- 
»ron en mi presencia un culebrón de diez varas de largo. Era el cuerpo 
»tan grueso como el de un hombre, aunque la cabeza no correspondía; 
«tiráronle á la cabeza muchos balazos casi á boca de cañón, porque los 
»de las escopetas estaban en seguro y sobre un paredón. Finalmente, 
«después de muchos sablazos acabó de morir la fiera achuchada la ca- 
»beza con una cimitarra. Los indios, con sogas de vaca marina, llevaron 
«arrastrando este monstruo á la casa del gobernador.» 

No sería menor otra yucumama de que escribe en estos términos: 

«Yendo yo de camino y pareciéndome entrar en una casa vieja y mal- 
»tratada del pueblo antiguo de Santa Bárbara de los Iquitos, bajé á un 
«cuarto bajo y reparé que estaba tendida en el suelo una cosa que me 
«parecía viga y atravesaba la pared. Por más certificarme di en ella 
»con el astil de la cruz que llevaba en la mano, y comenzó luego á mo- 
«verse aquella gran máquina. Retiróme al punto, cayendo en cuenta de 
«lo que era: llamé presto á los indios para matar aquel horroroso cule- 
»brón, que iba ya caminando hacia el río. Todos gritaron: ¿Qué haces 
«Padre? Déjale andar que esta clase de monstruos se traga un hombre de 
«una alentada. Con todo eso, poniendo en Dios mi confianza, hice noche 
«en aquella casa que se había apropiado aquel huésped. « 

Todavía es más singular lo que refiere de otra, y en donde se echa de 
ver el amor de un hijo con su padre, de una manera que no se verá seme- 
jante en las historias. «Pasé, escribe, con ánimo de recoger las reliquias 
«del pueblo de San Bartolomé de Necoya á los bosques donde se habían 
«retirado, y hallé al cacique y á su gente muy tristes y desconsolados, 
«por acabar de tragar la yucumama al hijo del cacique, que se halló pre- 
«sente al estrago. Es cosa bien rara la que me aseguraron, que estando 
»ya en la boca del culebrón el hijo, gritó y clamó á su padre diciendo: 
«Huye, padre, que á mí ya me traga. Consolóles como pude, y los traje 
«conmigo. « 

Cosas son estas que parecen exceder la fe humana, pero aquél es 
otro mundo y el testimonio del citado misionero y de los demás es muy 
autorizado, para resistirse á dar crédito á lo que aseguran hombres de 
toda verdad. 

Algunos dan á la yucumama varias propiedades que necesitan de 
mayor examen. La primera es que su cuerpo es muy parecido al tronco 



Libro II.— Capítulo XV 113 

grueso de un árbol envejecido á quien ha faltado el nutrimento de las 
raíces; segunda, que alrededor de todo el cuerpo cría alguna especie de 
barba; tercera, que contiene en el aliento una virtud atractiva tan sin- 
gular, que sin moverse de un paraje arrastra á sí á cualquier animal que 
se halle en los términos á donde alcanza la vehemencia de su atracción, 
si no se corta la línea con algún cuerpo intermedio. No me opongo á la 
primera ni á la segunda propiedad, porque siendo anfibia la yucumama 
y hallándose frecuentemente en lagunas y lodazales, puede formar fá- 
cilmente una delgada costra en las escamas y duras conchas que la 
guarnecen, y puede contribuir á que la costra crezca y tenga permanen- 
cia y á la quietud y lento movimiento con que camina, pues mientras la 
necesidad no la precisa á buscar el alimento, se mantiene en dichos lu- 
gares, y cuando muda de sitio es su paso poco perceptible. De aquí es 
que parece un tronco, como le pareció al misionero citado, y puede tener 
muy bien aquella especie de barbas pegadizas. 

Más dificultad hallo en la tercera propiedad, y no encuentro en los 
papeles de los misioneros que hablan de semejante culebrón una virtud 
tan singular y prodigiosa, y no hubieran dejado de notar una cosa tan 
particular si la hubieran encontrado bien fundada. Paréceme que tiene 
visos de fábula, y por esta razón no la admiten en sus observaciones 
Ulloa ni Condamine. Pero caso que algo de esto sucediese, no creo de- 
berse el efecto que se atribuye á la yucumama de buscar el alimento por 
medio de su aliento ponzoñoso, explicar por la virtud atractiva de atraer 
á si á los animales, como supone la vulgaridad para excitar la admira- 
ción, sino por la embriaguez que puede causar en la persona ó animal 
que no está muy distante. Tomada en este sentido la propiedad, no hallo 
en ella cosa que me parezca increíble, pudiendo ser el aliento pestilen- 
cial de tal calidad, que embriague á quien lo perciba. Pues sabemos que 
los orines del zorrillo tienen el mismo efecto de emborrachar, y la misma 
eficacia se experimenta frecuentemente, como dicen los prácticos, en los 
bostezos de las ballenas, tan fétidos en algunas ocasiones, que no se pue- 
den sufrir y trastornan el sentido. Esto mismo se cuenta de algunos ca- 
dáveres, y no hay duda en que se hallan algunos olores ó vapores tan 
espesos que trastornan las cabezas. De esta suerte, no parece dificulto- 
so que el aliento de la culebra tenga semejante virtud, y que por su me- 
dio consiga el sustento que su gran lentitud no puede facilitar de otro 
modo. Pues perdiendo los sentidos el animal que percibió el vapor enve- 
nenado, y no pudiendo huir, es regular que la yucumama, con su tardío- 
movimiento, se vaya acercando hasta que, teniéndole á tiro, lo pueda 
coger y engullir. Y de esta manera pudo tragar al indio de que hablamos 
arriba. 

De otros insectos y mosquitos está poblado todo el país, expuesto ne- 
cesariamente á la corrupción por los dos principios ocasionados de ella, 
de calor intenso y humedad extraordinaria. Hállanse muchas castas de 
murciélagos y de varios tamaños que tienen una propiedad que no se ob- 



114 Misiones del Marañón Español 

serva en los de Europa, por lo cual se hacen más molestos y aun peligro • 
sos, porque pican con mucha sutileza y desangran á los dormidos de 
suerte que á las veces causan deliquios. A las bestias y crías llevadas de 
Europa no Jas dejan vivir con sus picaduras, y han sido en parte causa 
de que no se hayan propagado las vacas, pero no llegan á las nativas 
del país ni encuentran en ellas aquel sabor y gusto que en las forasteras. 
Moscas, xexenes, cínifes y zancudos persiguen á las gentes á todas horas 
con sus picaduras, y los zancudos no dejan tomar por la noche el reposo 
conveniente, hasta que se hace costumbre de aguantarlo. Lo peor es que 
suelen dejar dentro de la picadura cierta semilla que va creciendo, y no 
se puede sacar sin arrancar parte de la carne con mucho dolor. 

El mismo efecto causa otro animalillo, á manera de pulga, que llaman 
nigua, que, metido entre cuero y carne, va levantando un tumor, y saca- 
do el animalejo, suele proseguir si no se acierta á sacar la semilla para 
lo cual es preciso cortar por lo vivo algo más abajo de la parte á donde 
ha penetrado con su punta. Otro trabajo se experimenta en las casas con 
la muchedumbre de ratones tan roedores que á nada perdonan. Acaba- 
rían bien presto estos voraces animales con todo el maíz, que es la prin- 
cipal cosecha y provisión de los indios, si no tuvieran éstos la prolijidad 
de untar los granos con zumo de la raiz venenosa de barbasco. Con esta 
hierba hacen continua guerra á los ratones y los consumen ó impiden que 
se propaguen. 

Dejo la prodigiosa cantidad de ranas y sapos que, en tantas lagunas 
y pantanos, atormentan los oídos con su música desgraciada. Sólo es dig- 
no de notar que un sapo llamado socto, el cual únicamente canta pre- 
nunciando tempestad, no parece venenoso pues los indios se lo co- 
men sin experimentar daño. Son de varios colores las arañas, entre las 
cuales hay algunas de grandeza extraordinaria, que labran telas finísi- 
mas en los aleros de los tejados. Los indiecitos se divierten en deshacer 
estas telas y cogiendo una por la hebra que suelta, van envolviendo en 
palitos el hilo que suele pasar de 30 varas. Otras hay, negras y peludas, 
tenidas por venenosas, y sin embargo de eso los indios Napeanos andan 
á caza de ellas, sácanlas de debajo de tierra y se las comen como si fue- 
ra mazapán. Bien es verdad que tienen la precaución de asarlas antes 
sobre unas hojas y con esta diligencia depurarlas del veneno. Si los Na- 
peanos comen arañas no es de extrañar que los Encabellados gusten de 
las hormigas y que hagan de ellas cazuelas á su paladar muy sabrosas. 
Hállase entre las hormigas una casta de ellas que llaman arrieras, las 
cuales tienen la mala propiedad de morder como si fueran perros. El do- 
lor dura veinticuatro horas, pero pasa sin dejar mala resulta. 



Libro II. — Capítulo XVI 115 



CAPITULO XVI 

SI LOS INDIOS DE LA MISIÓN DE LOS MAINAS TENÍAN 
ALGÚN CULTO PÚBLICO Ó ADORACIÓN 

No dejará de extrañar á alguno que habiendo tratado tan á la larga 
de la calidad y costumbres de los indios del Marañón, y de los frutos y 
propiedades de las tierras, no hayamos hecho mención alguna de culto, 
veneración ó sacrificio que ofreciese alguna de las muchas naciones á 
ídolos ó dioses falsos, porque no parece posible tanta brutalidad ó barba- 
rie, que unos hombres, al fin racionales, no reconozcan como por instinto 
ó naturaleza algún numen ó deidad á quien acudan en sus trabajos y ne- 
cesidades. Y, en efecto, el P. Francisco Fuentes, en el Memorial que pre- 
sentó á su majestad católica, y nosotros trasladamos en el libro I, dice 
que aunque no son dados á muchos géneros de idolatrías,... se conoce en 
algunos que ofrecen á sus tiempos oro y plata al sol en un adoratorio 
grande que le llaman la casa del sol. De la misma manera escribe también 
Rodríguez en la Historia de los descubrimientos del Marañan^ cuando dice que 
los ritos de toda esta gentilidad, generalmente son unos mismos. Adoran 
ídolos fabricados de sus manos y los ponen sus divisas, como de un pez, 
mas los tienen arrinconados y sólo acuden á ellos cuando los han menes- 
ter para sus guerras. 

Mas los misioneros de Mainas que midieron á pasos toda la jurisdic- 
ción de la ciudad de Borja, y trataron todas las naciones que se conte- 
nían en ella, aseguran y protestan que en todo el espacio de ciento 
treinta y ocho años, en que se trabajó sin interrupción en aquel campo, 
no se vieron jamás vestigios ni reliquias de adoración pública en alguna 
de las naciones. Solamente encuentro en uno de los papeles que me en- 
vió uno de aquellos padres, que en la tierra de los Zetes, parcialidad de 
los Omaguas, se halló algún otro idolillo de barro, pero arrinconado, y 
de que los indios mismos no hacían caso. A este modo, el que se casase 
con la mujer del cacique muerto el hermano segundo, como insinuamos, 
no lo hacían por principio de religión, ni la miraban como cumplimiento 
ú obediencia á alguna ley que observasen, sino porque creían ó se figura- 
ban haber una especie de razón ó conveniencia en que el hermano se- 
gundo sucediese al primero en el oficio y en que la capitana no fuese de- 
gradada de la dignidad de que había gozado en vida de su marido. 

Es así que el P. Fuentes dice en su Memorial al rey, que algunos in- 
dios en un adoratorio dedicado al sol ofrecían á sus tiempos oro y plata 
á este planeta; pero habla de aquella universalidad de gentiles que se 
empezaron á descubrir en la América meridional y aun septentrional, 
por los años de 1620, que eran muchísimos, y hacia todas partes. Y es 
natural ó creíble que en alguna ó algunas de estas naciones, se ofrecie- 



116 Misiones del Marañón Español 

sen las oblaciones ó sacrificios de oro y plata que nunca se vieron ni oye- 
ron en el distrito de nuestras misiones. Y ¿cómo pudieran en Mainas ha- 
cer estos sacrificios de metales que apenas conocían, porque fuera de la 
nación Gibara que se presumía tener mucho conocimiento del oro que 
abunda, como dicen, en sus ríos (donde no se practicaban ciertamente 
los pretendidos sacrificios), ninguna otra tenía noticia ni se aprovechaba 
de aquel metal, fuera de algunos pocos indios en la altura del río Napo,^ 
que en rigor no pertenecían á la misión? El mismo Fuentes, en la memo- 
ria citada, da bastantemente á entender que algunas ó muchas provin- 
cias no reconocían dioses ó ídolos fabricados de sus manos, cuando dijo 
umversalmente: «no son dados á muchos géneros de idolatría.» Rodrí- 
guez siguió, á lo que yo pienso, la relación impresa del P. Acuña, el cual^ 
tratando en general de la inmensa gentilidad que se extiende por todo el 
río Marañón, así español como portugués, pudo muy bien asegurar que 
adoraban ídolos fabricados de sus manos. Pero no se sigue de aquí que 
aquella cláusula se haya de entender precisa y determinadamente de los 
gentiles de las misiones de Mainas. Pues es cosa constante que el viaje 
de Acuña comenzó desde las juntas del Ñapo y Marañón hasta el gran 
Para, que casi todo ello pertenece á la corona de Portugal, y dejó atrás 
la mayor parte de la misión española. 

Pero aunque nuestros indios no profesaban algún culto, adoración ó' 
ceremonia que oliese á religión ó á idolatría, no por eso es de creer que 
tuviesen una total ignorancia invencible de Dios, por más bárbaros, bru- 
tos ó bozales que se les quiera hacer. Porque es muy difícil de entender 
que una criatura racional, dotada de libertad en sus acciones, no tenga 
el juicio necesario ó discreción suficiente para conocer, en general á lo 
menos confusamente, lo bueno y lo malo, lo conforme á la naturaleza y 
á la razón y lo que no es conforme ó disuena; no digo en todas las cosas, 
que esto sería mucho pedir, sino en algunas acciones más claras, obvias- 
é inmediatas que se derivan de los primeros principios. No está Dios lejos 
de nosotros, dice el Apóstol, y su conocimiento parece que se nos intima 
por los mismos primeros y universales principios de la razón y concien- 
cia, comunes á todo hombre racional. Por ellos no deja de conocer el en- 
tendimiento más obscurecido al Criador de todas las cosas en alguna 
propiedad, atributo ó prerrogativa, ya sea de juez, ya de criador, ya de 
legislador, etc., que de tal manera convenga á Dios que no pueda conve- 
nir á la criatura. 

Para dejar disputas, dos cosas se me ofrecen al presente sobre los. 
gentiles del Marañón, para persuadirme que no ignoraban tan universal- 
mente y tan del todo á Dios como pensó alguno. La primera es, que la 
experiencia enseñó generalmente á los misioneros que cuando les anun- 
ciaban por la primera vez la existencia de un Dios, criador de todas las 
cosas, que á los buenos premiaba allá arriba en su cielo, y á los malos les. 
quemaba allá abajo con fuego eterno, les asentaban muy bien estas ver- 
dades, como que hallaban dentro de sus almas algunas semillas de ellas. 



Libro II.— Capítulo XVI 117 

Y si no siempre se reducían á la fe ó perseveraban en ella, no nacía esto 
de que no les armase esta doctrina, sino de que no se resolvían á vivir 
juntos en un pueblo, en que perdían su antigua libertad y era necesario 
irse á la mano cortando vicios, carnalidades y embriagueces. La segunda 
es, porque por brutos que fuesen, no dejaban de experimentar los remor- 
dimientos de la conciencia, que les molestaba, particularmente si habían 
hecho algunos pecados enormes de los que más disuenan. Buena prueba 
es de esto un cacique famoso de los Encabellados, llamado Zamaroa. 
Quiso su Divina Majestad que el P. Manuel Uriarte le trajese á sí, años 
antes de la expulsión de los misioneros de aquellas tierras, después que 
había muerto un criado del mismo padre; y estando en pacífica conver- 
sación con el misionero, «¡Ah, Padre, dijo Zamaroa, desde que hice aque- 
lla muerte, mi corazón está inquieto y no halla sosiego». Estos aguijones 
y punzadas de la conciencia le avisaban, á lo menos, en confuso, de que 
había un juez supremo que le había de pedir algún día cuenta de sus ac- 
ciones y castigar sus delitos. 

Más claro y expreso parecía generalmente el conocimiento que tenían 
del demonio, y no había nación que no tuviese término particular en su 
lengua con que lo significase. Habí áseles aparecido muchas veces en 
figura de hombre blanco, porque á los principios llamaban á los españo- 
les y portugueses con el nombre propio del demonio. Y no es mucho que 
este capital enemigo del género humano, barruntando que por medio de 
los blancos podía amanecer en aquellos infelices la luz del Evangelio, se 
les descubriese en semejante figura, para impedir la comunicación con 
los que podían ser algún día sus libertadores. Aun después que se iba ex- 
tendiendo el Evangelio, se les aparecía varias veces, y nota un misionero 
muy práctico, que los indios á quienes una vez se aparecía el demonio, 
solían vivir muy poco, y que eran los más duros, tercos y difíciles en 
querer recibir el bautismo, aun en la hora de la muerte. Tan buenos 
efectos dejaban las apariciones y visitas del enemigo de las almas. 



LIBRO III 



CAPITULO I 
dAse principio á la misión del marañón por la reforma de los 

VECINOS de BORJA Y POR LA INSTRUCCIÓN DE LOS INDIOS MAINAS 

Después de haber referido por todo el libro primero los varios descu- 
brimientos del río Marañón, y de haber prevenido en el segundo lo que 
nos ha parecido necesario para que se forme una idea de sus habitadores 
y de la calidad de sus tierras, ya es tiempo de entrar gustosos á referir 
los principios de la misión de los Mainas, adonde, con particular destino^ 
llamó la divina Providencia á los religiosos de la Compañía de Jesús. 

Dejamos en el capítulo XV del libro I en la ciudad de San Francisco 
de Borja, cabeza de la misión á los padres Gaspar Cujía y Lucas de la 
Cueva, que acompañados del gobernador D. Diego de Vaca bajaron á la 
ciudad. El primero, en calidad de párroco, autorizado para el oficio por 
los dos fueros eclesiástico y seglar, y el segundo, en calidad de coadjutor 
ó compañero en el empleo, que ya desde aquellos principios se reconocía 
difícil y trabajoso, no sólo por lo estragado de las costumbres de los ve- 
cinos de la ciudad, sino mucho más por la instrucción y pasto espiritual 
de los indios Mainas, que, repartidos en encomiendas, vivían en sitios 
muy apartados y distantes de Borja. 

Luego que llegaron los dos misioneros en el año de 1638 al sitio de su 
apostolado, empezaron su sagrado ministerio por la instrucción de la 
gente española, que se hallaba muy necesitada de este espiritual socorro. 
Hacían frecuentes pláticas espirituales á los adultos, explicándoles los 
mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia, y encargándoles la ob- 
servancia de las obligaciones que pedía el estado de cada uno; pero se 
empeñaban mucho más en la enseñanza de la doctrina cristiana á los 
niños y gente ruda, muy persuadidos á que las grandes empresas han de 
comenzar siempre por los ejercicios más humildes, y que Dios Nuestro 
Señor echa su bendición copiosa á los que empiezan á fabricar el edificio 
sobre el sólido fundamento de la humildad cristiana. En la enseñanza de 
los indios, que tenían en el corazón, hallaron muchas dificultades. Vivían 
distantes y dispersos á causa de las encomiendas, que se habían estable- 



Libro III.— Capítulo I 119 

cido á los principios en los sitios que había señalado el gobernador á los 
vecinos en la distribución de las tierras. Unos habitaban en las riberas 
del río; otros estaban en isletas, y casi todos, en tan poca proporción para 
asistir á la doctrina en la ciudad, que no podían los infelices ser instruí- 
dos en la fe como deseaban durante el riguroso sistema de las encomien- 
das. Los menos distantes estaban día y medio apartados de la ciudad, 
dos días otros, y algunos, tres días de camino. De donde nacía que por 
una vez que asistiesen á la doctrina, se veían precisados á perder muchos 
días de trabajo. Dolíales esto á los encomenderos, y había ocasionado la 
situación crítica y'distante de Borja contiendas enfadosas entre los due- 
ños de las encomiendas y párrocos seculares. Queriendo aquéllos apro- 
vecharse de los trabajos de los indios, y pretendiendo los párrocos que 
interviniesen en la explicación del catecismo, llegaban á tanto los deba- 
tes entre unos y otros, que á influjo de los párrocos, habían sido apremia- 
dos, con censuras y excomuniones, los dueños de las encomiendas. Pero 
era bien claro que, supuesta la distancia entre la única parroquia de 
Borja y la residencia de los Mainas, ó se habían de despreciar las censu- 
ras eclesiásticas, ó los encomenderos no habían de percibir utilidad algu- 
na de los indios. 

No les pareció á los padres seguir en las circunstancias el empeño de 
los curas antecedentes, porque ni se había logrado con él lo que se de- 
seaba, y por otra parte, era un seminario de pleitos y contiendas con que 
enajenados los ánimos de los vecinos de Borja, no era fácil empeñarlos en 
el descubrimiento de otras naciones. La caridad, que es muy ingeniosa en 
los mayores apuros, les sugirió un medio eñcaz y poderoso con que logra- 
ron la entera instrucción de los indios y el conciliar los ánimos de éstos 
con los españoles. El medio, como efecto del celo y caridad cristiana, 
todo cedía en bien de los vecinos de Borja y de los Mainas; pero era muy 
costoso y de grande trabajo para los misioneros. Convinieron con los 
dueños de las encomiendas, en que dispusiesen allá en las cercanías al- 
gunas capillas en donde se juntasen los indios menos distantes para 
aprender el catecismo sin perder el trabajo. Y que las ermitas y capi- 
llas se considerasen como otros tantos anejos del curato. Ellos tomaban 
á su cargo el enseñar la doctrina así en Borja, adonde debían concurrir 
sus vecinos y los Mainas más cercanos, como en las capillas erigidas 
adonde asistirían los indios repartidos en las encomiendas, según la ma- 
yor ó menor distancia en que se hallasen de los sitios señalados. 

Bien se deja entender el mucho trabajo que caía sobre los misioneros 
con la multiplicación de doctrinas, porque uno estaba siempre en la ciu- 
dad, como era necesario, para los casos ocurrentes, y el otro andaba en 
continuo movimiento, y casi siempre en viaje de una doctrina en otra, 
sin detenerse más de lo necesario, para catequizar en un sitio y con el 
pensamiento de haber de pasar sin perder tiempo á los otros. Mas entra- 
ron en ello con mucho gusto y voluntad, viendo que por este camino, no 
sólo ganaban á los señores de Borja, y metían la paz entre todos, sino 



120 Misiones del Marañón Kspañol 

que lograban instruir á los Mainas en los misterios de la fe y disponerlos 
á vida cristiana. Pusieron luego en ejecución lo que dispone el obispado 
de Quito, el cual ordena que en todos los curatos de indios se les explique 
la doctrina cristiana todos los miércoles y viernes, fuera de la doctrina 
de los domingos, que debe ser común á todos; y con la continuación no 
interrumpida de tan saludable ejercicio tres días á la semana, adelanta- 
ban los Mainas en la doctrina cristiana y se iban cultivando con mucho 
gusto de los padres, que daban á Dios muchas gracias de ver el fruto que 
experimentaban en sus indios. 

Más tuvieron que padecer los misioneros en la nñsma ciudad para 
quitar escándalos antiguos y moderar la codicia de los españoles que, 
desatendiendo á las leyes divinas y humanas, no aspiraban á otra cosa 
que á utilizarse del trabajo de los indios y á satisfacer á sus pasiones. 
Pero con la humildad y paciencia y la aplicación continua á su ministe- 
rio, enseñando y predicando y dando buen ejemplo, lograron reformar 
las costumbres de la ciudad con admiración de los vecinos ; introdujeron 
la frecuencia de los Sacramentos y establecieron varias congregaciones, 
así de españoles como de indios, con sus ejercicios de piedad y devoción 
á que todos acudían voluntariamente. Sirvió esto mucho para que los 
anejos de indios á que atendían principalmente los padres, por estar más 
destituidos de socorros espirituales y más necesitados de ser dispuestos 
para el bautismo, se fuesen formalizando; porque los españoles, más hu- 
manos con ellos y menos duros en el trato y en las tareas que les señala- 
ban, les daban tiempo y lugar para enterarse bien de la doctrina. 

Los principales anejos de Mainas que ya en este tiempo florecían, eran 
tres. Uno de San Ignacio, otro de Santa Teresa y de San Luis el tercero. 
Duraron después por algún tiempo, hasta que, disminuyéndose el número 
de los Mainas, unos por huir al monte, como veremos, tratados con du- 
reza y rigor por ios encomenderos , y otros por las muchas enfermeda- 
des y epidemias que sobrevinieron, todos los Mainas se juntaron en el 
anejo y pueblo de San Ignacio, que siempre estuvo á cargo del párroco 
de la ciudad de Borja. Mas en este tiempo, aunque dispersos y esparci- 
dos en sitios muy distantes, vivían con mucha paz y estaban en grande 
armonía con sus amos y no había queja ninguna, pleito ni disensión so- 
bre el punto crítico de la práctica de las leyes de las encomiendas. No es 
de extrañar que mudadas las costumbres de la ciudad y estando á raya 
las pasiones, se diese lugar á la razón y entendiese cada uno las leyes de 
las encomiendas, no conforme á su capricho, sino según las reglas de la 
equidad y justicia. 

El gobernador de Borja, que observaba muy de cerca la prudencia 
celo y caridad con que manejaban los padres Cujía y Cueva un negocio 
tan arduo y dificultoso, como era el poner en razón á los vecinos de la 
ciudad y á los indios en una sujeción tan voluntaria, no acababa de ad- 
mirarse de tan extraordinaria mudanza y daba á Dios muchas gracias de 
haber traído consigo los religiosos de la Compañía. Atribuía á la gracia 



Libro III.— Capítulo II 121 

de su vocación aquella felicidad y destreza con que habían enlazado y 
unido en tan poco tiempo los ánimos tan discordes que no había podido él 
mismo con todo su poder y justicia concordar por el espacio de cuatro 
años; lleno de consuelo por lo que experimentaba, dio luego cuenta á la 
Keal Audiencia de Quito y á su ilustrísimo prelado, y aún con más indi • 
vidaalidad al virrey de Lima, del g-rande fruto que se lograba en la ciu- 
dad de Borja con la incesante aplicación y prudente conducta de los pa- 
dres, suplicando al mismo tiempo á su excelencia se sirviese de confirmar 
en el curato de Borja y en la empresa de la conversión de los gentiles que 
se fuesen descubriendo en su gobierno, á los religiosos de la Compañía. 
Tu^vo su efecto la diligencia del gobernador, y aprobó el señor virrey en 
nombre de su majestad todo lo que se había dispuesto por la Real Au- 
diencia de Quito y por el señor obispo. Desde este tiempo se fijó en la ciu- 
dad de Borja la residencia del superior de las misiones de Mainas, sién- 
dole más fácil, viviendo en la ciudad, el empeñar sus vecinos en el des- 
cubrimiento y pacificación de las muchas naciones que se creían habitar 
por las riberas de los ríos Pastaza, Guallaga y Ucayale. Creciendo des- 
pués la misión y extendiéndose por muchas partes adonde no se podía 
por la mucha distancia acudir en las cosas más necesarias desde esta 
primera residencia, se mudó como veremos la estancia del superior á otro 
sitio más cómodo y oportuno. 



CAPITULO II 



ENTRA EL PADRE LUCAS DE LA CUEVA A LOS INDIOS XEVEROS. 



Aunque se hallaban ocupados los dos primeros misioneros en el cul- 
tivo de los españoles de Borja, y en la instrucción de los Mainas disper- 
sos y reducidos á encomiendas, no estaban olvidados del motivo princi- 
pal de su venida que era la reducción de los innumerables gentiles que 
habitaban por aquellos bosques, y por las riberas de los ríos. La primera 
nación que ofreció la divina Providencia para ser instruida en las ver- 
dades de nuestra santa fe fué la nación Xevera, cuyo descubrimiento y 
pacificación se logró por medio do los indios Mainas. Tuvieron allá en su 
gentilismo muchas guerras estas dos naciones, no sólo entre sí mismas 
sino también con otras confinantes. Perseguíanse cruelmente con horri- 
bles carnicerías, y sin más motivo que el de su innata propensión á gue- 
rrear y el bárbaro gusto de hacer daño, daban frecuentes asaltos, toman- 
do no pocas veces por diversión el provocar á sus vecinos, que no nece- 
sitando de mucho motivo para darse por ofendidos, correspondían del 
mismo modo. 

De aquí resultaba el alejarse unas naciones de otras, retirándose és- 
tas por los bosques más interiores, y aquéllas por las lagunas, quebradas 



122 Misiones del Marañón Español 

y ríos de uno y otro lado del Marañón. Esto sucedió puntualmente á la 
nación Xevera que llevando siempre la peor parte en los encuentros con 
la Maina, había buscado un sitio más retirado para vivir libre de la in- 
vasión de sus enemigos. Tenían en uso los Mainas correr y atravesar los 
ríos en canoas, cuya práctica era desconocida á los Xeveros. Con esa 
ventaja les cogían descuidados entrándose con las embarcaciones en sus 
tierras cuando menos lo esperaban, y ésta era la razón de la superiori- 
dad de los Mainas sobre los Xeveros, y no porque fuesen estos menos va- 
lientes que los Mainas, como lo mostraron bien en las muchas expedicio- 
nes que hicieron con el tiempo en las ocasiones necesarias. Cuando los 
indios Mainas se dieron de paz á los españoles, ocupaban los Xeveros los 
bosques y selvas que median entre el río Marañón, y entre las serranías 
de los Chayabitas y Cavapanas, y en este sitio lograban alguna quietud 
y desahogo con las ventajas de vivir sin las zozobras de enemigos que 
las persiguiesen en tan retirado lugar. 

No se habían descuidado los españoles cuando pusieron el pie en las 
tierras del Marañón de informarse por medio de los Mainas de las nacio- 
nes del contorno, y habían adquirido noticias de muchas, y muy en par- 
ticular de la Xevera, que se creía numerosa. El designio de los españoles 
en procurar su noticia era el de aumentar sus encomiendas; pero el de 
Dios era prevenir á esta nación para que los religiosos de la Compañía 
formasen de ella un pueblo numeroso, que fuese como el principio de la 
misión que se había de extender por trescientas leguas. Para esto movió 
á los misioneros á que se informasen con toda individualidad de las na- 
ciones más cercanas por medio del cacique de los Mainas, indio de más 
capacidad que los demás y que tenía más noticias de aquellas tierras. 
Hizo á los padres el cacique una relación tan larga de solas las naciones 
que él conocía ó había tratado, que quedaron admirados del número y 
de la diversidad de ellas. Entendieron por su informe que una de las más 
numerosas, y no muy distante, era la nación Xevera, y el mismo princi- 
pal de Mainas se ofrecía á conducir á los padres hasta sus tierras, pero 
negábase á entrar en ellas, á causa de los antiguos encuentros que ha- 
bía tenido con ella y por el valor que tenía bien conocido de los Xe- 
veros. 

No detuvo á los misioneros esta circunstancia, que determinados al 
descubrimiento de aquella nación y á entablar paces con ella, dieron 
parte de su designio al gobernador. Aprobó este señor, como tan celoso 
del nombre católico, su resolución, y alabando el celo y caridad de los 
padres, se ofreció él mismo á ayudarlos en cuanto pudiese para dar prin- 
cipio á la conquista y reducción de los gentiles de su jurisdicción y go- 
bierno, como había prometido. Mandó luego aprontar canoas, señaló veci- 
nos que como soldados acompañasen á un padre en la empresa del des- 
cubrimiento, y nombró un cabo de valor y prudencia que con subordina- 
ción al misionero mandase á los vecinos é indios de que se compuso una 
armadilla moderada. Tocó la expedición al padre Lucas de la Cueva, 



Libro III. — Capítulo II 123 

que en el día señalado para la partida hizo una breve pero eficaz exhor- 
tación á la gente congregada en la iglesia para que encomendase á 
Dios por medio de María Santísima la empresa, y se sirviese su Majestad 
echar la bendición á los principios de la conquista y reducción de los in- 
fieles. Dijo después misa en el altar de Nuestra Señora, y desde este día 
quedó con la advocación de Conquistadora. Acabada la misa, entregó el 
gobernador el estandarte real al oficial señalado y le dio las facultades 
necesarias y comisión para que en nombre del rey nuestro señor tomase 
posesión de aquellas tierras y recibiese bajo la protección real la nación 
ó naciones que viniesen en ello, como se esperaba. Mandó después tomar 
las armas á los españoles é indios que debían acompañar al padre, y 
puestos en forma militar, marcharon desde la plaza de la ciudad hasta 
el puerto al son de cajas y de pífanos y al repique de todas las cam- 
panas. 

Embarcados todos en las canoas dispuestas, recibieron con mucha 
humildad la bendición que les echó desde las riberas del río el padre 
Gaspar Cujía, y empezaron á bajar por el río con banderas desplegadas 
al disparo de fusiles y á los gritos del buen viaje que les anunciaban los 
que quedaban en el puerto. Después de algunos días de navegación, lle- 
garon al puerto que tenían ios guías destinado para saltar en tierra. 
Hecho el desembarque y dejados unos pocos indios en guarda de las ca- 
noas, entraron los demás con mucho orden por lo interior del monte en 
busca de los Xeveros. Hubo alguna dificultad en descubrir sus tierras, 
porque los indios Mainas no sabían á punto fijo el último lugar de su re- 
tiro. No faltaron trabajos, como suele suceder en las entradas y caminos 
por montes ásperos y cerrados de árboles espesos, pero se llevaban con 
buena voluntad y alegría con la esperanza de hallar los que buscaban. 
En efecto, á pocos días encontraron algunos rastros, que seguidos con 
todo cuidado, condujeron á los nuestros á la tierra de los Xeveros. Al- 
borotáronse éstos á la vista de los Mainas, sus enemigos antiguos; echa- 
ron mano de las armas, y puestos en orden, hicieron frente á los nues- 
tros, que prevenidos del cabo, se mantuvieron en orden de defensa, sin 
arrojar flecha y sin disparar fusil. 

Entre tanto tiraron los españoles á sosegar á los Xeveros por señales 
que les daban de paz, y con algunas palabras que un indio Maina sabía 
de la lengua de los Xeveros. Viendo el P. Lucas que se iban amansando,, 
tomó consigo el Maina y enderezándose á los gentiles les propuso como 
pudo por medio de este intérprete el fin de su venida, diciéndoles que no 
buscaba otra cosa en tan penoso viaje, que su mismo bien y felicidad 
eterna y temporal; que él los asistiría en persona en cuanto pudiere si 
querían vivir juntos en un pueblo, y que de esta manera lograrían la ven- 
taja de vivir en paz, y sin temores, protegidos de un gran rey que los to- 
maría debajo de su amparo. Repetíales muy de propósito que él se ofre- 
cía desde luego á vivir con ellos, en sus tierras, cuidarlos, enseñarlos y 
enderezarlos en todo lo necesario. Con estas razones dichas por el misio- 



124 Misiones del Marañón Español 

nero con mucho cariño, afabilidad y deseo del bien de aquellos pobres, 
aunque traducidas del intérprete con mucho trabajo y dificultad, se pu- 
sieron los Xeveros en manos de los españoles. Asentóse la paz entre unos 
y otros y quedó encargado el cacique de los Xeveros de juntar su gente, 
convocar alas parcialidades, y dar principio á un pueblo que se debía 
formar en el sitio que tuviesen por más oportuno. El P. Lucas repartió 
á los indios para el desmonte necesario, hachas, machetes y otros done- 
cillos que apreciaron mucho y con que los dejó nuevamente obligados, 
dando muchas gracias á Dios por tomar posesión de aquellas tierras en 
nombre de Jesucristo con el bautismo de los niños y niñas que le ofrecie- 
ron voluntariamente sus padres. También el cabo conforme al orden que 
del gobernador llevaba, tomó posesión de aquellas tierras en nombre 
de su majestad católica y dio al cacique título y nombramiento de gober- 
nador del nuevo pueblo, haciéndole los encargos que le pareció conve- 
nientes para la buena formación del nuevo establecimiento. 

Antes de partirse el misionero de las tierras de los Xeveros, les pidió 
un muchacho de los más despejados que quería traer consigo, para que 
aprendiendo la lengua del Inga, pudiese después servir de intérprete en 
la enseñanza de la doctrina; diósele gustoso el cacique que en todo mos- 
traba muy buena voluntad y deseo de complacer al padre. Hecha esta 
diligencia que le pareció necesaria en aquellos principios en que no era 
tan fácil aprender la lengua de los Xeveros, se despidió de ellos con ter- 
nura, prometiendo volver al tiempo determinado á vivir con ellos, con 
que solo formasen su pueblo y dispusiesen los campos necesarios para las 
sementeras. Volvieron los españoles, llenos de consuelo y alegría por el 
buen éxito y feliz descubrimiento, y en poco tiempo llegaron á Borja 
contando cada cual la buenaventura á su modo. El P. Cuevas informó 
puntualmente al gobernador y al P. Gaspar Cujía de lo que se había lo- 
grado y comenzado con la nación Xevera, y de la disposición en que 
quedaban de recibir misionero. Todos celebraron el descubrimiento y los 
buenos principios de reducción á la Iglesia de una nación de tan buenas 
calidades, y dieron gracias á Dios con una Misa cantada, que se celebró 
solemnemente delante del altar de Nuestra Señora; y en este día se con- 
flrmó la advocación de Conquistadora del Marañón, teniendo todos desde 
■entonces á tan piadosa Señora por patrona, protectora y abogada de las 
conquistas de los gentiles. 

CAPITULO III 

PASA Á VIVIR CON LOS INDIOS XEVEllOS EL PADRE CUEVAS 

Poco tiempo estuvo el P. Lucas en la ciudad de Borja, trabajando en 
su ministerio con los españoles y Mainas. Llegábase ya el tiempo desti- 
nado á su viaje en cumplimiento de la promesa hecha á los Xeveros. Sen- 
tía el gobernador privarse ae un sujeto tan cabal y tan celoso en unas 



Libro III. —Capítulo III 125 

circunstancias en que le importaba mucho su presencia, para la conser- 
vación de los Mainas, que iban ya dando algunos indicios de inquietud y 
descontento; pero se consolaba con la asistencia, aplicación y prudencia 
del P. Cujía. Este envidiaba la suerte de su compañero, en ser el conquis- 
tador primero de gentiles; pero convenía gustoso en darle la preferencia, 
que á su juicio le competía por el lleno de sus grandes talentos, juntos 
con una virtud maciza y con un celo ardiente de la conversión de los in- 
fieles. Parecióle al gobernador acompañar al P. Lucas hasta dejarle en 
las tierras de los Xeveros de parte de su majestad católica, que así creía 
dar mayor autoridad y firmeza á los principios de su misión. Tomando 
algunos soldados salió con el misionero, y en pocos días, por ser ya sa- 
bido el viaje, llegó, sin particular trabajo, al sitio destinado para el pue- 
blo de los Xeveros. 

Esmerábanse los indios en agasajar con su pobreza al gobernador y 
misionero, y no sabían cómo agradecer el bien que veían en sus tierras. 
El gobernador se aprovechó de esta buena disposición para proponerles 
por medio del muchacho xevero, que sabía ya medianamente la lengua 
del Inga, el fin y motivo de su venida: «Hijos míos, dijo al cacique y á la 
«gente congregada, he venido á vuestras tierras con el que ha de ser 
«vuestro misionero, para darme á conocer como ministro que soy del rey 
»de España, á quien os habéis sujetado voluntariamente. Yo os prometo 
»en nombre de su majestad ampararos en todo y defenderos, ser amigo 
»de vuestros amigos y enemigo de vuestros enemigos. Os entrego de parte 
»del rey, mi señor, este ministro de Dios y misionero vuestro, para que os 
«enseñe el camino del cielo, os instruya, rija y enderece en todo lo uece- 
«sario para que viváis cristianamente y gozéis juntos en un pueblo de 
«vida civil y sociable. Pero quiero que entendáis todos que se le debe 
«grande respeto, estimación y reverencia, por ser sacerdote y ministro 
«de Jesucristo, cuya ley santa os viene á predicar. Yo mismo, siendo go- 
«bernador de la ciudad de Borja y teniendo el lugar primero entre los 
«oficiales de su majestad católica, le tengo en grande veneración y esti- 
»ma»; (diciendo esto le hizo una grande reverencia) «porque á los sacer- 
» dotes del Señor siempre tienen y muestran los cristianos, aunque sean 
«reyes ó emperadores, la mayor atención y el más profundo respeto, por 
«tener una señal ó carácter superior á todas las preeminencias de los de- 
»más hombres». Dicho esto, hizo que los Mainas mismos que habían ve- 
nido con él, apoyasen, á su modo, con señas ó palabras lo que ellos prac- 
ticaban en la ciudad y doctrinas con los padres. 

No contento el gobernador con esta primera plática, hizo juntar á la 
partida toda la gente y les volvió á insinuar la obligación que tenían to- 
dos de portarse como buenos vasallos que eran del rey de España, que 
harían en todo su deber si cumplían con lo que les mandase su misione- 
ro, el cual se quedaba con ellos para hacerles el mayor bien que imagi- 
nar podían. Añadió que él mismo volvería en persona á visitarlos antes 
de mucho tiempo, y á examinar si cumplían las cosas siguientes, que 



126 Misiones del Marañón Español 

todas eran en bien de la nación y de todos los particulares: 1.* Deber 
de asistir á la doctrina chicos y grandes en la forma que dispusiese el pa- 
dre. 2^ Se ha de fabricar una capilla para la misa y para la explicación 
de la doctrina cristiana. 3.* Se han de juntar en el pueblo todas las par- 
■cialidades amigas. 4.'** Al padre misionero se le ha de hacer una casita y 
íicudir con él al sustento necesario en aquellas tierras en donde no tiene 
de qué alimentarse, ni puede buscar la comida por haber de ocuparse en 
la enseñanza é instrucción. Para dar más calor á la fiel ejecución de 
estos cuatro encargos, confirmó al cacique en el oficio de gobernador del 
pueblo á quien debían todos obedecer, y señaló á otros indios que mejor 
le parecieron para alcaldes y regidores que ayudasen al gobernador 
para el cumplimiento de sus órdenes. 

Para que la despedida hiciese más impresión en los corazones de los 
indios, volvió á ratificar la palabra de su vuelta al pueblo á pedir cuen- 
ta de lo que dejaba encargado, y muy en particular de lo que pertenecía 
al buen trato del padre que les dejaba, porque ninguna cosa le sería de 
mayor gusto ni de mayor agrado que el entender que le cuidaban, obe- 
decían y respetaban; como al contrario le seria muy sensible y desagra- 
dable si le faltaban en algo. Hecho este último encargo, con alguna vive- 
za, como quien presentía en el ánimo el trabajo y desamparo en que ha- 
bían de dejar á su misionero, se volvió á él, y abrazándole tiernamente, 
le pidió que avisase del modo de portarse de la gente, ofreciéndole en- 
viar después de dos meses alguna gente de Borja para que le ayudasen 
■en algo, si fuese necesario, y le llevasen noticia de lo que pasaba. 

Partido el gobernador, quedó solo el nuevo misionero, lleno de con- 
suelo de verse entre tantas gentes como había deseado por tanto tiempo. 
Hizo nuevo sacrificio á Dios de sí mismo, resuelto y determinado á pade- 
cer por su amor, por el bien de aquellos pobres y desamparados indios, 
las penalidades y trabajos que concebía indispensables en aquellas tie- 
rras desiertas sin algún recurso humano, y esto mismo le servía para 
poner toda su confianza en aquel Señor que le había llamado para tan 
ardua empresa. A la verdad, tuvo harto que padecer en romper una 
viña que se resistió, como veremos, á su primer cultivo, y le fué bien ne- 
cesario en los principios todo el caudal de virtudes de que iba pre- 
venido. 

La empresa no era menos que de amansar unas fieras con aparien- 
cias de racionales. No conocían á Dios, ni su razón pasaba de la raya de 
los niños españoles de siete ú ocho años; pero en medio de tanta cortedad 
del uso de la razón, parece que les sobraba malicia y sagacidad para 
salir con sus depravados designios. La ninguna sujeción de unos á otros, 
sin reconocimiento de superioridad alguna, la libertad casi connaturali- 
zada de seguir sin freno sus antojos, la costumbre envejecida de vivir 
dispersos y separados sin domicilio, y de vaguear por aquellos montes 
como brutos, y sobre todo la ninguna idea de poder ser apremiados en 
ejecutar lo que no fuese de su gusto, eran otros tantos estorbos para re- 



Libro III.— Capitulo III 127 

■ducirlos primeramente á ser hombres y vivir con algún orden y concierto, 
y después á ser cristianos. Solamente los misioneros, que han experimen- 
tado lo que cuesta el meter á estas fieras en el camino que les lleve á una 
sociedad puramente humana, y trasladarlos de su barbarísima rusticidad 
al estado de racionales, saben comprender perfectamente la grandeza 
de ánimo, confianza en Dios, desprecio de la vida, tolerancia, disimula- 
ción, mansedumbre, suavidad y cariño que se necesitan para llegar á 
conseguirlo Es verdad que no son tantas las dificultades cuando se sabe 
la lengua de aquellos con quienes ha de tratar el misionero, porque al ver 
los indios hablar á un europeo su lengua y pronunciarla á su modo con 
sus mismos tonos, meneos y modales, se le aficionan y siguen mirándole, 
sin entenderlo, como á uno de su nación. Pero el P. Lucas no tenía esta 
ventaja, ni se logró en los primeros afios este socorro. Sólo sabía la len- 
gua del Inga, y tenía á su lado el muchacho xevero, por medio del cual, 
como por intérprete, debía comunicar sus sentimientos, que por ar- 
dientes que fuesen siempre se resfriaban y embotaban antes de ser en- 
tendidos. 

En medio de tantas dificultades empezó su apostolado el nuevo misio- 
nero Qon grande ánimo y coraje, y poniendo en Dios su confianza dio 
principio á la doctrina cristiana, á cuya asistencia animaba á los Xeve- 
Tos repartiéndoles para cebo algunos donecillos que había traído consigo 
para este efecto. Señaló días para los adultos, que eran miércoles y vier- 
nes y domingos; pero previno á padres y madres, que á sus niños y niñas 
debían enviar todos los días. Acudían al principio á la explicación del 
catecismo ó por interés, ó por curiosidad, ó por complacer al padre, y no 
mostraron dificultad ó repugnancia por algún tiempo. Rebosaba de gozo 
el misionero al ver aquella prontitud y rendimiento. Trató de dar princi- 
pio, viendo la docilidad de la gente, á la capilla que había de servir de 
iglesia; la idea y plan fué reducido como pedían las circunstancias, y en 
su fábrica fué el P. Lucas maestro, director, arquitecto y principal peón, 
por ser la obra del todo nueva á los gentiles. Con tan buenos principios 
eran grandes las esperanzas del P. Cuevas, y las comunicó por cartas en 
los primeros meses á su compañero Cujía y al gobernador de Borja. Daba 
en ellas muchas gracias á Dios y se deshacía en ternuras por las buenas 
disposiciones que iba observando en sus indios, prontos á la doctrina, dó- 
ciles á sus órdenes y rendidos á cuanto les mandaba. Ha sido común esto 
en los principios de toda misión nueva; pero la experiencia enseñó cons- 
tantemente que no se ha de fiar mucho de las primeras muestras de ren- 
dimiento y obediencia de gentiles, hechos á vivir antes á su antojo y li- 
bertad. No tenía el P. Lucas esta instrucción que á los nuevos misioneros 
daban los antiguos de no pagarse de las primeras apariencias, porque él 
era el primero, y á costa de su propia experiencia había de aprender lo 
que no quería saber y le costó tan caro. 

Aun antes de acabar la iglesia y capilla se dieron por cansados los 
Xeveros, y empezaron á faltar á la doctrina. Uno se excusaba con la 



128 Misiones del Marañón Español 

caza y pesca que tenía que buscar para la familia; otro con que necesi- 
taba escardar la heredad ó sementera; éste decía que tenía que buscar 
un árbol para reformar la casa; aquél se ocupaba en aderezar las lanzas 
y rodelas. Notaba el padre las faltas y disimulaba, hasta que fueron cre- 
ciendo de manera que ya decían abiertamente unos que tenían pereza y 
estaban cansados y fastidiados de tanta continuación de doctrina, otros 
pedían anzuelos, agujas y cuchillos, y no faltó quien le dijese que les 
quería tener juntos en el pueblo para ser^^rse de ellos á su antojo. Lo 
que más hería el corazón del misionero era que ni aun á los niños en 
quienes ponía su principal cuidado, querían enviar los padres y madres 
á la doctrina. Usaba el Padre del ruego, de la súplica y del cariño, pero 
no podía reducirlos á que volviesen á la doctrina ni á que enviasen si- 
quiera á los párvulos. Allegábase á esto el poco cuidado de asistir al mi- 
sionero en el mantenimiento de su persona, sin traerle ni aun lo más ne- 
cesario para vivir, de manera que reducido á la última miseria, apenas 
podía conseguir de éstos un pedazo de yuca ó algún racimo de plátanos 
para conservar la vida. 

En tan extraña mudanza de las gentes no tenía otro consuelo el P. Lu- 
cas que el volverse á Dios, y ofrecerle aquellos trabajos para que ablan- 
dase el corazón de aquellos pobres ciegos. Pedía continuamente al Señor, 
de quien viene todo acierto, que le diese á entender los medios de que ha- 
bía de usar para traerlos á su conocimiento y no sentía en su corazón otra 
respuesta que los de la paciencia y mansedumbre, afabilidad y cariño. 
Con el esfuerzo que daba al alma esta respuesta, se volvía con todo su 
corazón á los gentiles y á todos acariciaba. Agasajaba en su casa á los 
ancianos pidiéndoles y rogándoles que persuadiesen y animasen á los jó- 
venes á no desistir de lo que habían generosamente comenzado. A los 
niños y niñas daba donecillos p¿ira que se le fuesen pegando. Aunque oía 
muchas cosas de poco gusto suyo, todo lo disimulaba con una cara de risa 
y á ninguno trataba sino con amor y dulzura y agrado. Pero nada cuan- 
to aguantó su paciencia ó inventó su celo caritativo bastó para meter en 
camino aquellos bárbaros. Era grande su dolor y pena al ver tanta frial- 
dad é indiferencia de parte de los indios, y por más que se alentaba con 
la esperanza de lograr con el tiempo los frutos de su paciencia, pero le 
abrasaba y consumía el celo, por experimentar cada día más desvío y 
terquedad. 

En este trabajoso estado le hallaron algunos Borjeños que, después de 
diez meses de estancia con los Xeveros, envió el gobernador de Borja 
para saber cómo lo pasaba y cómo se iban entablando las cosas de la re- 
ducción. Compadecidos del olvido y desamparo del misionero, se le que- 
jaron amorosamente de no haber dado antes parte de lo que sucedía al 
gobernador, que hubiera puesto sin duda remedio á la mala correspon- 
dencia de los indios. Hicieron cargo al cacique, alcaldes y regidores, de 
haber faltado en lo que habían ofrecido al señor gobernador; les riñeron, 
apretaron y conminaron en su nombre, si no se enmendaban en adelan- 



Libro III.— Capítulo IV 129 

te, y sin perder tiempo dieron la vuelta á la ciudad de Borja, para dar 
aviso de lo que con el P. Lucas sucedía. 

Cuando supo el gobernador la mudanza de los Xeveros y el abandono 
de su misionero, sintió altamente la inconstancia de los indios y el tra- 
bajo del padre, y quiso luego bajar para tratar del remedio. Pero lo es- 
torbaron las súplicas y ruegos del P. Gaspar Cujía á quien el mismo pa- 
dre Lucas, previendo lo que suceder podría, había escrito apretadamen- 
te que procurase disuadir al gobernador toda visita, añadiendo que su 
venida podría traer grandes inconvenientes; y que él esperaba con el 
tiempo y sufrimiento ir amansando y domesticando aquellos brutos. Ce- 
dió por entonces, aunque de mala gana, el gobernador, y con la novedad 
que sucedió poco después con los Mainas, le dieron mucho en que pensar 
otros cuidados que no le permitieron atender tan presto como deseaba al 
remedio de los Xeveros. Quería Dios fundar el apostolado del P. Cuevas 
en humildad y paciencia sin recurso alguno humano, y así permitió en la 
ciudad de Borja, de donde solo podía venir el socorro, un suceso tan nota- 
ble que así el gobernador como los vecinos tuvieron harto que hacer en 
mirar por sus haciendas, hijos y personas, como veremos en el capítulo- 
siguiente. 



CAPITULO IV 

SUBLEVACIÓN GENERAL DÉLOS MAINAS CONTRA LOS ESli'AÑOLES DE BORJA 

Entretanto que el P. Lucas de las Cuevas trabajaba en los Xeveros 
más con la humildad oración y sufrimiento, que con otros medios, como 
acabamos de contar en el capítulo antecedente, el P. Gaspar Cujía no 
perdía tiempo en su curato de Borja promoviendo á los españoles á toda 
lo que conducía á una vida cristiana y continuando su aplicación en el 
cultivo de los indios. En fuerza de su incesante y no interrumpido traba- 
jo, y con los frecuentes y necesarios viajes á las capillas de las enco 
miendas, llegó á poner á los indios Mainas en un estado que llenó de gozo 
al gobernador, y de admiración á los vecinos, y de consuelo al padre. A 
la verdad, estaban ya los indios tan dóciles, sujetos y obedientes, que 
podía su aplicación y trabajo contener la codicia de los dueños de las en- 
comiendas, si ella pudiese dar lugar á la razón y contenerse dentro de 
los límites de la equidad y justicia. Pero esta pasión cuando prende una 
vez en el corazón humano, va extendiendo por él sus raíces, aun cuando 
cesan las quejas y murmuraciones, que vienen á ser como las ramas ex- 
teriores de un árbol inficionado. Parecían estar contentos y satisfechos 
de los indios los encomenderos; alababan su aplicación al trabajo, y ce- 
lebraban su rendimiento: pero ciegos del interés que es el móvil de las 
almas bajas, y no mirando á otra cosa que á crecer con los sudores de 

9 



130 Misiones del Marañón Español 

los indios comenzaron á abusar de su docilidad y rendimiento, oprimién- 
doles con más y más trabajo, y crecia el hambre del interés mientras 
más se utilizaban de sus servicios. En suma, llegaron con las nuevas 
cargas que imponían, á apurar tanto el sufrimiento de los Mainas, que 
irritados contra sus amos, tomaron la resolución de sacudir de una vez 
para siempre tan pesado yugo. No se contenta con medianías la vengan- 
za cuando ha precedido una opresión muy violenta contra razón y de 
mucho tiempo. La resolución que emprende, suele ser muy valiente y el 
estampido muy grande. 

Tramaron los Mainas, con grandísimo secreto, una conspiración y su- 
blevación general contra los españoles; con secreto la fomentaron y con 
secreto tomaron las medidas necesarias. Vióse de repente alzada casi 
toda la provincia de los Mainas contra los encomenderos. En una sola no- 
che mataron todos los que vivían fuera de la ciudad en sus respectivas 
encomiendas, y no contentos con tan buen principio en su meditada con- 
juración, se enderezaron á Borja, bien armados, con el designio de aca- 
bar con todos los españoles. Acometieron al día siguiente á la ciudad con 
un asalto tan violento, que después de muchas muertes llegaron á con- 
cebir esperanzas de dejar asolada de todo punto la nueva población de 
españoles. Pero, al fin, aunque el número de indios era grande, y un pu- 
ñado de gente los españoles de Borja, prevaleció contra la muchedumbre 
de Mainas, el valor de los vecinos, peleando cada uno con grande esfuer- 
zo y coraje en defensa de sus haciendas y personas, de sus hijos y muje- 
res. Apesar de que los españoles lograron el defender sus vidas y conser- 
var sus casas, no pudieron impedir que los más de los indios se metiesen, 
como lo tenían bien pensado y prevenido, en sus canoas, con mujeres, 
hijos y utensilios, y que escapasen río abajo adonde les pareció más con- 
veniente para no volver ya más á caer en manos de los españoles. Para 
saciar más su rabia y furor en la venganza, al paso que iban atravesan- 
do en la huida, las encomiendas, daban fuego á las casas, talaban las 
sementeras, é inutilizaban los trabajos que tanto habían costado. Final- 
mente, vinieron á parar en unos bosques apartados que pertenecían á sus 
tierras antiguas, y adonde no creían que llegasen, en algún tiempo, los 
que quedaban en Borja. 

Bien se deja entender lo sensible que sería al gobefnador una tan 
grande y no temida desgracia. Fuera de los daños que casi todos experi- 
mentaban, v^eía muy bien el riesgo inminente, en que se hallaba, de que 
embarazase la empresa, sin esperanza de salir con su intento y de satis- 
facer de su parte á las capitulaciones hechas con el virrey de Lima. Tra- 
tó muy despacio, con los vecinos más juiciosos, de lo que habían de hacer 
en circunstancias tan críticas y, después de haber pensado mucho y ha- 
ber oído los pareceres de los más sesudos, se resolvió finalmente á buscar 
á los fugitivos Mainas hasta en sus madrigueras y escondrijos. Parecía la 
empresa temeraria porque los españoles capaces de entrar en ella, eran 
pocos, heridos unos de la refriega pasada, y aun de los sanos había algu- 



Libro III. — Capítulo IV 131 

nos que, horrorizados de la fiereza y furor bárbaro de los Mainas, mira- 
ban como una gran imprudencia, y verdadero desacierto, ir á buscarlos 
■en sus mismos montes, en donde, prevenidos ya y bien fortificados, harían 
<3ostosísima su entrega y venderían caras sus vidas. Y es así, que la des- 
esperación ó la ninguna esperanza del perdón, es la más poderosa arma 
■en la defensa. 

Pero venció en tantas dificultades el valor, reputación y autoridad del 
gobernador, que jamás supo acobardarse en los peligros, ni caer de áni- 
mo en los reveses. Cogió unos pocos Mainas fieles, que se ofrecieron á 
guiarle con toda seguridad, y con algunos españoles bien armados, salió 
con la firme resolución de no dar la vuelta á Borja sin los indios huidos- 
Bien necesitó de una determinación tan valiente para vencer las dificul- 
tades del camino y para evitar los riesgos y trampas de los Mainas, que 
son hábiles en disponer emboscadas, y en el presente aprieto se esmeraron 
-en hacer valer su industria. Pero quiso Dios que, después de haber gira- 
do mucho los españoles por lagunas, montes, quebradas y pantanos, des- 
cubrieran, al fin, el sitio en donde se habían retirado los indios. Fiados en 
su valor y en la superioridad de las armas de fuego, les asaltaron en sus 
mismas madrigueras, y tomaron tan bien las medidas que, rindiéndose 
parte de los Mainas por fuerza, y parte por convenio y capitulación, tra- 
jeron á la ciudad de Borja más de la mitad de indios alzados. 

Tuvo por conveniente el gobernador alguna demostración sensible de 
rigor, y así determinó hacer un castigo que sirviese de ejemplo para 
<iontener en adelante á los Mainas y de escarmiento á las naciones que 
se fuesen conquistando y muy en particular á los Xeveros, que le tenían 
en gran cuidado después de las últimas noticias que había tenido de 
aquella nación. Informado con cuidado de las cabezas del alboroto, ase- 
guró á los más culpados; formó sin perder tiempo la sumaria del delito, 
y convencidos y confesos los principales, condenó á unos á muerte infa- 
me de horca, y á otros á que fuesen pasados por las armas. Todo se eje- 
cutó con la mayor ostentación y aparato de rigor que cabía, y mandó 
que descuartizados dos ó tres de los autores del alzamiento, se clavasen 
sus miembros para ejemplar de los indios en los árboles de las riberas del 
Marañen y en los de la boca del río Pastaza, sitio bien frecuentado de 
varias naciones. En esto paró la sublevación de los Mainas, que incomodó 
tanto á los españoles y puso en tanto riesgo la reputación del goberna- 
dor y la conquista de las naciones del Marañen. Pero Dios nuestro Señor 
de este suceso al parecer contrario á la reducción de los infieles sacó dos 
grandes bienes que facilitaron su conversión; el primero fué que, escar- 
mentados los vecinos de Borja con lo caro que les costaba el mantener 
encomiendas no pensaron más en ellas con las demás naciones, y éstas 
fueron recibiendo el Evangelio, como veremos, libremente y sin temor da 
caer en manos de algunos señores que con rigor y mal modo tratasen de 
-aprovecharse de sus tareas y trabajos. El segundo bien que se experi- 
mentó con el castigo hecho en los Mainas fué el establecimiento fijo y 



132 Misiones del Maeaxón Español 

permanente de los Xeveros, como veremos en el capítulo siguiente. De 
esta manera la divina Providencia tira derecha á sus fines por caminos 
á nuestro parecer contrarios, unas veces disponiendo, otras permitiendo, 
y otras enderezando. Sucedió el famoso alzamiento de los Mainas como- 
á los años de 1640, seis años después de la fundación de la ciudad y casi 
tres después de la entrada de los jesuítas en el Marañen. 

Nada sabían los indios Xeveros de lo sucedido en Borja con los Mai- 
nas, hasta que algunos cazadores y pescadores de la nación descubrieron 
en sus correrías los cuartos de algunos cadáveres colgados de los árbo- 
les. Volvieron llenos de horror y asombro al pueblo recientemente for- 
mado y contaron luego á sus parientes y conocidos lo que habían obser 
vado. A todos inquietó la noticia y les puso en temor el cuidado. Resol- 
viéronse á dar la noticia al P. Lucas á quien tenían abandonado. Luego 
que se insinuaron con el misionero se le ofreció á éste lo que natural- 
mente habría sucedido en Borja con los Mainas, y declaró á los Xeveros 
lo que creía ser causa del efecto y del cast go que habían observado. Con 
esta respuesta los asaltó de nuevo y con más viveza el temor de su mal 
procedimiento con el padre. Siempre el castigo al ojo aviva los remordí 
mientes de la mala conciencia. Empezaron á pedir y suplicar al P. Lucas 
que les favoreciese y amparase, que si el gobernador quería castigarlos 
por lo pasado intercediese con él, porque se enmendarían en adelante y le 
atenderían en todo ejecutando dóciles y obedientes cuanto les mandase. 
Consoló á los indios el padre y procuró aquietarlos y sosegarlos, ofre- 
ciendo su mediación con el señor gobernador; pero ellos por ahora sólo 
se enmendaron de palabra, dejando al misionero en el mismo abandono, 
ni éste se hallaba en estado de poder reconvenirlos. 



CAPITULO V 
estado lastimoso en que hallan al padre lugas de la cueva 

UNOS MOZOS enviados DE BORJA 

Ocho meses habían pasado desde la última visita de los Borjeños al 
padre Lucas de la Cueva, porque el gobernador de Borja ocupado en los 
negocios de los Mainas, que tanto le habían costado, no había podida 
atender en este tiempo al de los Xeveros. Entre tanto el padre Lucas, 
aunque mal asistido y peor obedecido de los indios, no se había descuida- 
do de los gentiles del contorno. Había hecho varias entradas en los mon- 
tes y entablado paz y amistad con los indios Cutinanas. con los Acha- 
guares y con los Pandabeques; pero por las muchas necesidades que pa- 
deció en tan penosos viajes, por las malas noches y las continuas lluvias 
que le pasaron, llegó á postrarse en su camilla, en donde le dejaron en- 
teramente abandonado los ingratos Xeveros. No pensaba ya en otra cosa 



Libro III.— Capítulo V 133 

que en disponerse para morir y persuadido á que ya no tenía remedio al- 
guno, tomó las precauciones que le parecían necesarias, así para que no 
se abandonase aquella empresa, como para que no se castigase á los 
Xeveros. Esta es la fuerza de la caridad cristiana, siempre benigna y ca- 
riñosa con el prójimo, aun cuando no experimenta sino ingratitudes y 
mala correspondencia. 

De esta manera postrado en su pobre lecho ó barbacoa le hallaron 
algunos mozos enviados del gobernador á saber de la salud del padre, 
del estado del pueblo, y de lo que había pasado en los Xeveros desde las 
últimas noticias. Entrados en la chocita del padre misionero, quedaron 
llenos de compasión y lástima viéndole tendido sin poder moverse, consu- 
mido el rostro, hinchado de medio cuerpo abajo, llagadas las piernas y 
€on un semblante más de cadáver que de hombre vivo. Atónitos con esta 
vista, hicieron juicio que no podía vivir ocho días y el mismo padre Lu- 
cas juzgaba lo mismo. A esta causa había ya prevenido á dos Xeveritos 
que le asistían el modo con que le debían enterrar. Asimismo les había 
encargado que en dando tierra á su cuerpo llevasen un papel escrito que 
tenía á su cabecera al padre Gaspar Cujía y al señor gobernador. Es 
digna de lástima y sentimiento la pérdida de este papel (como la de otros 
muchos pertenecientes á la misión de los Mainas), pues en él retrataba 
los afectos encendidos de su alma con aquella gente ingrata; descubría 
la serenidad con que escribía aquella carta y esperaba la muerte de que 
no dudaba. Suplicaba, pedía y rogaba al señor gobernador que perdonase 
á aquellos pobres Xeveros, haciéndose cargo de la cortedad de su juicio 
en la desatención á sus mandatos, el abandono en que le habían dejado 
y todo lo demás en que les hallase culpados. Encargaba en particular al 
padre Gaspar Cujía que atendiese y procurase proseguirla empresa, espe- 
rando con el tiempo lograr el fruto de sus trabajos y el de los sucesores. 
Todo esto hallo que contenía la carta del padre Lucas y quisiera haberla 
tenido á mano, para trasladar sus mismas palabras, que descubrirían 
con más viveza las entrañas de su tierna caridad con aquellos pobres 
infelices. 

Los enviados de Borja trataron como mejor pudieron de fomentar al 
moribundo con algún alimento y con otras cosillas que habían traído 
como de prevención para lo que pudiese suceder. Quisieron llevar consi- 
go á la ciudad al P. Lucas, pero temían mucho que se les muriese en el 
camino. Por lo cual, habiendo afeado con palabras muy sentidas al go- 
bernador y alcalde su descuido, y encargándoles apretadamente que le 
asistiesen con aves y peces y con los fomentos que habían traído, dieron 
la vuelta á Borja con la mayor apresuración. Contaron al P. Gaspar y 
al señor gobernador el estado deplorable del P. Lucas, que á su juicio 
era de bien pocos días de vida. Púsose luego en camino el P. Cujía pre- 
viniendo remedios conforme á la necesidad, aves, huevos y otras cosas 
-de sustancia, y anduvo noche y día temiendo no alcanzar vivo á su com- 
pañero. Mas fué servido el Señor de que no sólo le hallase vivo con mu- 



134 Misiones del Marañón Español 

cho consuelo suyo, sino también algo recobrado con los fomentos que ha- 
bía tomado y con la buena asistencia y cuidado que de él habían tenido^ 
los Xeveros en estos últimos días. A poco tiempo llegó á ponerse fuera d& 
peligro con la venida y vista del P. Gaspar y con el mayor cuidado y^ 
asistencia y mejor alimento. 

Desde este tiempo se observó en los Xeveros una grande novedad y 
mudanza. Acudían frecuentemente, ya unos ya otros, á visitar al misio- 
nero; traían éstos yucas, aquéllos plátanos, y muchos llevaban peces y 
cacería en abundancia. Decíanle que ya las naciones amigas se iban dis- 
poniendo para juntarse, y que estaban determinadas á formar pueblos á 
corta distancia del suyo y que de todas cuidaría. Eran estas pláticas de 
gran consuelo al P. Lucas, á quien habían ya prometido de antemano 
hacer sus establecimientos y entregarse á su dirección, como poco des- 
pués lo cumplieron en la formación de varios pueblos. Pero sobre todo, 
no cesaban de rogar los Xeveros á su misionero que mirase por ellos, que- 
les acudiese y atendiese sin retirarse del pueblo; hacían grandes prome- 
sas y se ofrecían muy de veras á estar en un todo á sus órdenes sin faltar 
á cosa alguna. No contaba mucho el padre con las promesas que tan in- 
constantes había experimentado hasta entonces, pero les aseguraba de 
su parte que se mantendría con ellos, porque les quería y amaba, y pen- 
saba hacerles todo el bien que pudiese, porque estos y no otros eran lo& 
deseos que le habían traído á vivir con ellos desde tierras muy apar- 
tadas. 

Mucho ayudaron para el entero restablecimiento del misionero estas: 
conversaciones de su gusto y genio, y se iba confirmando en su salud con 
la mudanza que iba viendo en los Xeveros, que aunque á los prm- 
cipios entraron en cuidado por el temor del castigo, pero en adelante, 
dentro de pocos años se fueron domesticando y haciendo á la doctrina 
y distribuciones del pueblo, por el deseo de su bien y por las ventajas 
que fueron experimentando. Recobrado el P. Lucas y lleno de esperan- 
zas de coger muchos frutos en las naciones que había tratado, persuadió- 
ai P. Cujía que volviese á su curato, en donde sería necesaria su presen- 
cia, y le permitiera quedar en el pueblo continuando en la reducción de 
aquellas gentes. Vino en ello el P. Cujía y subió á su ciudad de Borja,^ 
desde donde determinó pasar á Quito con el designio de pedir socorro de 
nuevos misioneros para la empresa del Marañón. 



Libro III. — Capítulo VI 135 



CAPITULO VI 



SON SEÑALADOS PARA LA MISIÓN DE MAINAS LOS PADRES BARTOLOMÉ 
PÉREZ Y FRANCISCO FIGUEROA, Y EMPIEZAN i TRABAJAR CON GRAN CELO 
EN LAS NACIONES DESCUBIERTAS 



Considerando el P. Gaspar Cujía las muchas naciones que se iban 
descubriendo y la escasez de operarios para atender á tantas partes, se 
resolvió á subir á la provincia y dar cuenta de palabra, que suele ser más 
eficaz que la escritura muerta, de la mucha mies del Marañóny del esta- 
do del padre Lucas; expuso al viceprovincial de Quito la muchedumbre 
de gentiles que se hallaba por todas partes, los adelantamientos de su 
compañero con la nación Xevera, y las paces y amistad que había enta- 
blado con sus infieles confinantes, los cuales daban muy buenas esperan- 
zas de formar nuevos pueblos y reducirse á vida cristiana. Pedía opera- 
rios que trabajasen en tan dilatado campo, en donde la mies parecía 
estar madura ,y no pudiendo solos echar la hoz en tan grandes distancias, 
luego se ofrecieron dos sujetos de la provincia de Quito de insigne virtud 
y talentos conocidos, que fueron el P. Bartolomé Pérez y el P. Francisco 
Figueroa que, como dijimos, estaba en el colegio de Cuenca como á la 
entrada de la misión, adonde le llevaba su celo. Aunque uno y otro sujeto 
era muy oportuno por no decir necesario á la provincia, no pudo negar- 
se á su demanda el padre Francisco Fuentes que gobernaba la provin- 
cia, porque aunque bien veía la escasez de maestros y predicadores, pero 
tenía puesto el corazón en las misiones de los Mainas. 

Partieron los dos nuevos misioneros con la bendición del superior, y 
desde la ciudad de Cuenca pasaron á la misión por el canal del Pongo, 
que si bien era peligroso, como insinuamos en otra parte, pero no había 
entonces otro camino, porque el rumbo que habían llevado los padres 
Acuña y Artieda llevaba á las juntas del Ñapo y Marañen casi trescien- 
tas leguas más abajo de la ciudad de Borja. Entraron en la capital de la 
misión á los principios del año de 1641, y sin detenerse en ella más que el 
tiempo necesario para descansar del penoso viaje, fueron destinados del 
P. Gaspar Cujía al cultivo de los Xeveros y demás naciones recono- 
cidas por el padre Cueva. Con gentes tan nuevas empezaron su sagrado 
apostolado. 

Parece que el P. Figueroa hizo asiento en el pueblo reciente de la. 
nación Xevera , y que el P. Pérez , ó junto ó separado del P. Cue- 
va, se aplicó á civilizar, catequizar y enseñar las otras naciones amigas. 
El primer pueblo que se fundó de los indios pacificados parece ser el de 
Santo Tomé de los Cutinanas, á quienes redujo con su aplicación, afabi- 



136 Misiones del Marañon Español 

lidad y cariño el P. Bartolomé Pérez á que formasen casas, hiciesen 
iglesia y dispusiesen sementeras en un sitio no muy apartado del pueblo 
de la nación Xevera con quienes estaban bien avenidos. 

Aplicáronse los obreros recién entrados á trabajar cada uno en su 
pueblo, mientras el P, Lucas, en sus continuas entradas y visitas á 
los demás gentiles, iba sazonando la mies. El escollo principal de los pa- 
dres era el entablar constantemente la doctrina cristiana de manera que 
los niños asistiesen todos los días, y tres días á la semana los adultos, por- 
que si una vez se lograba esta constancia en los indios, todas las demás 
prácticas y establecimientos se miraban como menos difíciles ó menos 
repugnantes al inconstante genio de los indios. Pero ¿quién podrá expli- 
car con palabras las industrias de que usaron, la paciencia de que se ar^ 
marón y la mansedumbre de que hubieron menester para introducir la 
asistencia al catecismo, sin la cual era imposible que tan ruda gente se 
hiciese capaz del santo bautismo? Ya vimos algo de esto en los primeros 
esfuerzos que hizo el P. Lucas con los Xeveros , pero dijimos muy 
poco y apenas apuntamos una pequeña parte del trabajo de los misione- 
ros en vencer una dificultad que no tiene igual entre todas las que se 
hallan en los ministerios apostólicos con los infieles. 

Podemos hacer cuenta que el entablar la doctrina cristiana en un 
pueblo recientemente formado , viene á ser como abrir una escuela pú- 
blica para hombres y mujeres de todas edades y de cortísima capacidad, 
que por precisión han de concurrir todos, pero sin deseo de aprender y 
sin la ventaja de concebir utilidad ninguna de aquella tarea. Fuera de 
esto, han de acudir á la escuela con la presunción y aun la seguridad de 
que el maestro no ha de usar de rigor ni castigo, y de que cuando qui- 
siera valerse de él, tienen en la mano el modo fácil de librarse esca- 
pando al monte. ¿Qué maestro quisiera regir una escuela de esta calidad 
y tratar por días, meses y años con unos discípulos tan incapaces, tan 
libres y que tampoco pensasen en aprender, no pudiendo por otra parte 
usar de la más mínima palabra que huela á mandamiento, ni hacer la 
más leve acción ó meneo que insinúe imperio? Todo el oro del mundo no 
me parece bastante para señalar un estipendio congruo al maestro que 
tuviese paciencia, aguante ó insensibilidad para tratar con semejantes 
discípulos; mostrarles siempre buena cara y enseñarles de buen ánimo y 
voluntad con deseo de su aprovechamiento; pues nada se pondera si se 
compara á una escuela pública de esta calidad, la doctrina cristiana, que 
quiere establecer un misionero en un pueblo nuevo de gentiles. 

Propone el misionero cuantas razones alcanza para aficionar á los in- 
dios á la doctrina cristiana y les reparte algunos donecillos para que 
asistan. Estos solos son los que mueven y podemos llamar argumentos 
fuertes que arrastran aquellos genios interesados y escasos de razón. Ha- 
cen luego su efecto los dones distribuidos y parece que asisten con gusto 
y alegría; de donde nacen las bellas apariencias que á los principios en- 
gañan á muchos. Faltan los regalillos, que sólo se pueden dar de cuando 



Libro III.— Capítulo VI 137 

en cuando, y no alcanza á más el caudal del padre; luego se descubre en 
los indios una frialdad, una lang-uidez, un descuido, un tedio, un continuo 
faltar, que llena al misionero de congoja, pena y amargura. Hácese 
fuerza á sí mismo, y pidiendo socorro al cielo, se esfuerza á explicarles 
en los términos más claros y precisos el fin para que fueron criados; pro- 
ponerles la necesidad del bautismo, del todo necesario, para conseguir su 
fin y escapar del fuego del infierno; les dice, les repite, les inculca que no 
pueden recibir válidamente el santo bautismo sin disponerse con la inte- 
ligencia de los misterios de nuestra santa fe. Oyenle por algún tiempo, y 
lo que más es, preguntados si quieren asistir, aprender y disponerse para 
el bautismo, dicen que sí. ¿Si creen los misterios?, también dicen que sí. 
¿Si quieren bautizarse?, no repugnan. ¿Que es necesario aprender la 
doctrina?, la aprenderemos, responden. Pues vamos á la práctica; ma- 
nos á la obra, dice el misionero. 

Empieza: «Por la señal de la santa Cruz»; reza las oraciones, co- 
mienza el catecismo y empiezan á responder. Pero aquel repetir los mis- 
terios, las mismas preguntas y respuestas, las mismas oraciones, oír las 
mismas cosas un día y otro día (porque sólo á fuerza de repetir infinitas 
veces una verdad ó misterio se pueden quedar con algo), les desagrada, 
les fastidia, les cansa; y no lo quieren llevar y sufrir unas gentes que ja- 
más han pensado en otra cosa que en vivir á su gusto , satisfacer á sus 
pasiones y entregarse al ocio y á una vida bárbara y bestial. Al fin, unos 
por fastidio, otros por cansancio y otros por cierto odio y aversión, van 
dejando la doctrina y se van desviando con disimulo del misionero. El 
marido coge los instrumentos para pescar poco antes del toque de la 
campana; la mujer previene la señal empezando á disponer la bebida 
para la casa. Uno se echa en la cama cuando es llamado , diciendo que 
no quiere concurrir en la doctrina con Fulano que es un brujo y le he- 
chizará; otro, abiertamente, que tiene pereza, que es lo mismo en su len- 
gua que no quiero en la nuestra. 

¿Qué ha de hacer el pobre misionero, lleno de confusión, amargura y 
desconsuelo? ¿Condescender con tanto desvío? Fuera bastante para que 
se retirasen de la doctrina enteramente. ¿Disimular las faltas, dándose 
por desentendido á tantas quiebras? Fuera esto poco menos que abando- 
nar la escuela, dejar la enseñanza y desistir de la reducción. ¿Forzarlos 
por rigor y castigo? Ni puede ni conviene, porque ni sufren fuerzas ni 
aguantan malos tratamientos. Porque como necesitan muy poco para 
volverse á sus montes, el menor castigo sería causa sobrada para esca- 
parse luego, cuando no intentasen otra cosa mayor, como veremos en 
adelante. Aquí quiero yo preguntar al maestro que rigiese una escuela 
de semejantes discípulos qué haría con ellos, qué partido tomaría en su 
escuela, de qué medio se valdría para meterlos en camino. ¿Les propon- 
dría sin duda las razones más eficaces para persuadirles la enseñanza? 
¿Les trataría con blandura y cariño? ¿Procuraría ganarles el corazón y 
voluntad? En realidad no haría poco en poner estos medios y practicar- 



138 Misione» del Marañón Español 

los con aplicación y constancia. Pero aún es mucho más apurado y des- 
esperado el caso de un misionero á quien no le queda la esperanza de 
meter en camino á los gentiles por vía de razones, porque ni oyen, ni 
quieren oir, ni desean aprender, ni saben discurrir sino para su bien tem- 
poral en cosas groseras, y miran como una algarabía y lenguaje extraño 
lo que toca á su salvación, y lo que se les dice del infierno ó se les propo- 
ne de la gloria. 

Desengañémonos finalmente, una paciencia invicta, una mansedum- 
bre inalterable, un tesón infatigable juntos con una oración continua al 
Padre de las lumbres que abre los entendimientos y ablanda las volunta- 
des, son los únicos medios capaces de hacer el milagro grande de que los 
indios se aficionen á la doctrina, aprendan el catecismo y se dispongan 
como conviene para recibir el santo bautismo. Estos fueron los medios 
que practicaron constantemente los dos nuevos misioneros en sus respec- 
tivos pueblos, en donde tuvieron la suerte dichosa de topar con una mina 
abundantísima de merecimientos. Pero lograron con el favor del cielo 
entablar la doctrina cristiana, no sólo entre los niños que eran sus espe- 
ranzas y delicias, sino entre los adultos; de manera que aunque no todos 
fuesen capaces de recibir en vida el santo bautismo, pero tenían á lo me- 
nos algunos principios, para que en la hora de la muerte en que por lo 
apretado del lance atendían mejor á las verdades de la fe, se les pudiese 
administrar ó absolutamente ó debajo de condición el santo Sacra- 
mento. 

Estos ejemplos de mansedumbre, aplicación y constancia de los pri- 
meros misioneros fueron más heroicos en aquellos principios por las mu- 
chas razones que concurrieron en ello, porque ni sabían más que imper- 
fectamente la lengua particular de los indios, ni tenían indios traídos de 
otros pueblos antiguos y formados, que con su ejemplo, lengua y moda- 
les, y por decirlo así con el mismo modo de pensar, animasen, atrajesen 
y sostuviesen á los naturales. Eran los PP. Pérez y Figueroa después 
del P. Cueva los primeros que rompían el terreno, y no tenían otras 
ayudas y socorros que las que les suministraba su celo. La experiencia 
enseñó después con el tiempo el grande socorro que da la lengua bien 
aprendida, lo mucho que contribuyen los indios antiguos traídos de otros 
pueblos, y sobre todo, cuánto es del caso para entablar la doctrina en 
un pueblo nuevo, el haber en los contornos otro pueblo antiguo en que se 
observen constantemente las distribuciones del catecismo y de otras 
prácticas de la vida cristiana. Porque viendo con sus ojos los indios re- 
cientemente reducidos tanta uniformidad en los antiguos, se hacen con 
más facilidad á sus prácticas, y ésta es la causa de que algunos nuevos 
pueblos, se vieron, como diremos adelante, en menos tiempo del regular 
florecientes y arreglados. 



Libro III.— Capítulo VII 139 

CAPITULO VII 

ASIENTA PACES CON LOS INDIOS COCAMAS EL PADRE GASPAR CUJÍA 

Entre tanto que los tres misioneros se empleaban, como hemos visto^ 
en la cultura y enseñanza de los Xeveros y demás naciones amigas, no 
estaba ocioso el P. Cujía en su curato de Borja, porque, fuera de los es- 
pañoles de la ciudad, á quienes atendía con cuidado, y de los indios Mai- 
nas que le llevaban muy buena parte del tiempo por estar apartados y 
distantes del lugar, tenía que atender á todas partes, dar como superior 
de las misiones las providencias necesarias y acudir con todo lo conve- 
niente para la subsistencia de los demás padres. Y queriendo concurrir 
también á la reducción de los gentiles de un modo muy provechoso, y no 
menos eficaz que sus compañeros, ideó, promovió y estableció en la mis- 
ma ciudad, dos casas en que se juntasen los niños y niñas de las naciones 
amigas que quisiesen enviar sus hijos á Borja. Una casa era como semi- 
nario de jóvenes que aprendían la lengua general del Inga, la doctrina 
cristiana y se iban haciendo á los usos de los españoles, de quienes toma- 
ban las habilidades, que podían servir de utilidad en los pueblos. La otra 
casa era como un hospicio de niñas recientemente bautizadas que, fuera 
de enterarse bien de la doctrina y de la lengua inga, aprendían de algu- 
nas señoras piadosas de la ciudad, que se ofrecieron á enseñarlas gusto- 
sas, los ejercicios propios del sexo, como hilar, tejer, bordar y otras co- 
sas semejantes. 

Siempre fueron estimados en las naciones más cultas estos servicios de 
jóvenes y de ello se percibieron siempre tantas utilidades en la república 
eclesiástica y secular, como acreditó en todos tiempos la experiencia» 
Pero en las naciones del Marañón, destituidas de toda cultura y policía, 
fueron estos hospicios y seminarios como la levadura que sazonó la masa 
de aquella gentilidad. Porque de estos seminarios salían los intérpretes 
para las respectivas naciones y eran los instrumentos más á propósito 
para introducir en los pueblos la doctrina, el orden y el concierto nece- 
sario para el gobierno espiritual y político: y si aprendían, como con el 
tiempo se fué entablando, el canto, la música y á tocar los instrumentos 
proporcionados á las funciones de iglesia, eran de mucho decoro y servi- 
cio en ella; y sus paisanos les miraban como á hombres de otra clase, los 
respetaban y seguían en cuanto les decían y aconsejaban: las niñas bien 
criadas en los hospicios servían igualmente en los pueblos, no sólo en lo 
espiritual, por estar bien instruidas en la doctrina y enseñarla con celo 
á las demás, sino también 'en lo temporal abriendo escuela en que apren- 
dían cuantas querían aquellos ejercicios que eran propios de las mujeres. 
Procuró el P. Gaspar que los jóvenes y muchachas que se criaban en 



140 Misiones del Marañón Español 

Borja volviesen á sus naciones ya casados, para que, unidos entre si, con- 
tribuyesen mejor á los fines de introducir en los suyos la Ciiltura y po- 
licía . 

Como este medio que inventó el P. Gaspar en su curato de Borja probó 
á maravilla y fué de grande socorro á los misioneros que experimenta- 
ban buenos cooperadores en las misiones, lo fueron poniendo en práctica 
los padres en los mismos pueblos que después fueron fundando, teniendo 
«n su misma casa varios niños que se criaban á su vista á modo de semi- 
naristas; y cerca de la habitación del misionero otro departamento, á 
manera de hospicio ó casa de recogidos, en donde una mujer anciana, de 
virtud y talento, enseñaba á varias niñas las cosas propias de su edad. 
De uno y otro recogimiento salieron con el tiempo indios é indias que hi- 
cieron honor á la misión por su juicio, virtud, edificación y ejemplo. Y 
todo tuvo principio de lo que el P. Gaspar entabló en Borja en los prime- 
ros años de las misiones del Marañón 

No contento el superior de la misión con atender á una obra de tanta 
importancia á la reducción de los gentiles, pensó también en quitar los 
estorbos que se atravesaban en los progresos de la conversión. Y lo que 
le llevó más la atención en el año de 1644, fué el entablar paces y hacer 
amistades con los indios Cocamas, nación bárbara y cruel que tenían en 
continuo miedo á los Xeveros, y no dejaban de asustar á los Mainas. 
Desde que empezaron á poblar el río Marañón los indios Mainas y á jun- 
tarse en un sitio los Xeveros, manifestaron el mucho cuidado que les 
daba la grande nación Cocama. Manteníase ésta en el río Ucayale y des- 
de aquí hacía viva guerra y crueles estragos en ambas naciones, saliendo 
de sus tierras en armadillas de canoas, con que entrando por el río Gua- 
llaga, pasaban al Marañón y cogiendo desprevenidos á los Xeveros y 
Mainas, lograban la suya matando ó llevando indios, como mejor les pa- 
recía. Considerando esto el P. Cujía convino con el gobernador en que 
era necesaria la paz y amistad de los Cocamas, así para la quietud y so- 
siego de las naciones pobladas, como para la seguridad de las demás que 
se esperaba reducir. 

Dispuso el gobernador una armada de soldados españoles y de indios 
Mainas y Xeveros, y dio la comisión de entablar paces con los Cocamas 
á su teniente y al P. Gaspar Cujía, cuyo parecer debía seguir en la 
expedición sin apartarse un punto de lo que tuviese por mejor y le acon- 
sejase. Salieron todos con un intérprete de la lengua cocama, y atrave- 
sando desde Guallaga á Ucayale, llegaron después de muchos trabajos 
al sitio en que pensaban hallarse los Cocamas. Vieron estos los primeros 
á los cristianos que venían á sus tierras caminando en buen orden; y ob- 
servando las insignias que traían .le paz, les esperaron á la banda del 
río, por donde habían de pasar. No hubo desatención ni aconetimiento de 
ninguna de las partes; antes bien, el cacique de los Cocamas, en viendo 
el intérprete que traían los cristianos luego se le entregó y le reconoció 
por cacique; diciendo que sabía muy bien cómo era heredero de otro ca- 



Libro III.— Capítulo VIII 141 

cique difunto cuya alma había pasado á su cuerpo. Entre tantas supers- 
ticiones y extravagancias de aquellas gentes, esta aprensión tan desca- 
minada cedió en utilidad de los cristianos; porque no fué necesario más 
para concluir la paz que se pretendía sin haber casi tratado de ella. 

Fué grande la complacencia de los Xeveros y Mainas al ver tan amigos 
á los Cocamas, y mucho mayor el consuelo del P. Gaspar, porque espera- 
ba no estar lejos de reducirse al Evangelio una nación que por bárbara y 
cruel que fuese, daba buenas muestras de vivir amistosamente con los re- 
ducidos. Informóse cuanto pudo del número de los Cocamas, y haciendo su 
cómputo, según lo que le decían, hizo juicio que llegaba entonces esta na- 
ción ñ once mil almas. Y sería sin duda en la ocasión tan numerosa como 
pensaba, aunque con el tiempo se fué disminuyendo, de manera que no 
llegaba á una mitad del número expresado, en particular por una cruel 
peste que sobrevino después é hizo en ellos espantoso estrago. No pudo 
por entonces quedarse misionero alguno con los Cocamas, ni era razón 
que dejasen á los Xeveros, Cutinanas y demás naciones antes descubier- 
tas y no bien «arraigadas en la fe. Contentáronse con pasar de cuando en 
cuando á Ucayale, visitar la nación Cocama y mantenerla en buena co- 
rrespondencia hasta que, ó el establecimiento más sólido de los pueblos 
comenzados, ó el mayor número de operarios que irían bajando con el 
tiempo, facilitase la reducción de aquel río, como se fué practicando con 
el socorro del cielo y se contará en el año 1651 y en los siguientes. 



CAPITULO VIII 

FUNDACIÓN DE NUEVOS PUEBLOS Y DESCRIPCIÓN DE LA NACIÓN 

XEVERA 

Asentada la paz con los Cocamas, vivían en quietud y sosiego los 
Mainas y Xeveros, sin cuidados ni temores de la parte de Guallaga ni 
Ucayale. 

Los misioneros atendían con calor á la enseñanza y cultura de los 
pueblos comenzados, y fomentaban con visitas continuas, en particular 
el P. Lucas de la Cueva, los Cocamillas y Pandabeques y los Ataguates 
que de tiempo antes tenían buena correspondencia con los Xeveros. 

Ayudaba al fomento continuo el no estar distantes estas naciones de 
los pueblos recientemente formados, y como veían con sus ojos las distri- 
buciones, el orden y concierto que se iba introduciendo en ellos, y las 
grandes ventajas que experimentaban en su junta y población, en breve 
tiempo se hallaron los Cocamillas en estado de formar un pueblo anejo al 
de los Xeveros. El mismo P. Cueva, que había dado á la reducción de 
los Xeveros la advocación de la Concepción, por su devoción á este 
misterio, dio también á los Cocamillas juntos el año de 1646 en un sitio 



142 Misiones del Mar anón Español. 

cercano, la advocación del apóstol San Pablo, y se llamó el pueblo en 
adelante San Pablo de Pandabequeo. A su ejemplo se formaron dos años 
después, es saber, el año 1648, los Ataguates, que hicieron un pueblo lla- 
mado de San José, no lejos de la Concepción de losXeveros. 

Los cuatro pueblos formados, siempre se mantuvieron unidos entre sí, 
y siendo como el centro de los demás la Concepción de los Xeveros, que 
eran los cristianos primitivos y habían servido no poco á la reducción de 
los anejos. Estaba situada la Concepción dentro del monte en la parte 
austral del Marañen, y en sus contornos, Santo Tomé, San Pablo y San 
José, y así no fué dificultoso con el tiempo cuando ya las cosas se fueron 
asentando, y hubo escasez de misioneros, que uno sólo cuidase de todos 
ellos, mientras duraron en aquel paraje, en que según informe del padre 
Figueroa, escrito en el año de 1661, vivían mil seiscientas almas reducidas. 

No les fué posible á los misioneros juntar desde los principios estas 
naciones en un sólo pueblo como querían; porque descubrieron desde 
luego la oposición sobrada de mezclarse unas con otras y desistieron de 
su pensamiento, pareciéndoles mejor el condescender con ellas, logrando 
la principal ventaja de población y reducción, que el exponerse á per- 
derlo todo, por hacer los pueblos á su modo. La preocupación en que na- 
cen de que ninguno muere de muerte natural sino de hechizos, ó por vio- 
lencia, fué aquí como en otras muchas ocasiones la causa de no querer 
juntarse unos con otros y vivir expuestos á los continuos daños que se 
figuraban. 

Pero lo que no pudo entonces la industria de los misioneros, se logró 
después con el tiempo en que mudándose todos del sitio primero, y per- 
diendo ya su fuerza las primeras aprensiones, formaron unidos entre sí 
un hermoso pueblo con la misma advocación de la Concepción de María, 
«n tierras más sanas y abundantes de víveres proporcionados al modo de 
alimentarse de la gente. Entraron por el río Guallaga en otro llamado 
Apena, y subiendo por él como cuatro días de camino, toparon con una 
quebrada ó torrente de poca agua tan angosto y estrecho que con difi- 
cultad andaban por él las canoas grandes. A una legua de este riachuelo 
hallaron una llanura de suelo arenisco muy á propósito para la semen- 
tera de yucas, plátanos y maíz. En este sitio se fijaron y formaron tres 
barrios de casas. El más alto es de Xeveros, que forma un cuadro con 
calles derechas y plaza despejada en medio. El más bajo de Cutinanas 
está con menos orden, aseo y simetría y viene á ocupar un trecho largo 
con algunas casas mal seguidas. El tercero en que viven los demás, está 
detrás de la iglesia y casa del misionero que están en medio de los tres 
barrios. La iglesia es de tapia bien hecha, muy capaz, hermosa y bien 
adornada, y surtida de ornamentos. Fueron después agregándose á este 
pueblo de los mejor arreglados de la misión, varias familias de otras na- 
ciones y fué creciendo en vecinos. Veíanse en estos últimos años Aúna- 
les, Gívaros, Ticunas y Mayorunas, y en el del arresto, contaba la 
Teducción como dos mil y quinientas personas. 



Libro i:I.— Capítulo VIII. 143 

Siempre miraron los misioneros este pueblo de la Concepción con mu- 
cho cariño por ser uno de los principales y más útiles al común de la mi- 
sión, así por la docilidad que descubrió la gente xevera ya cultivada, 
como por el mucho número de indios de trabajo. Era el recurso de los go- 
bernadores y de los superiores en las entradas á tierras de gentiles y en 
los descubrimientos y pacificación de gentes nuevas. Para recoger los fu- 
gitivos y castigar á los alzados, siempre se contaba'con los Xeveros, por- 
que son indios de constancia en los trabajos, fieles, valerosos, muy pre- 
venidos en los lances y avisados en los peligros, no se rinden á penalida- 
des ni se acobardan en las dificultades. Su rendimiento y subordinación 
á los que mandan es ejemplar, y en los mayores riesgos y peligros de la 
vida no saben jamás dejar su puesto, y en él se mantienen firmes hasta 
morir ó sujetar al enemigo. 

Es por otra parte la nación xevera prevenida en sus cosechas, y cu- 
riosa, naturalmente, en sus ajuares y maniobras. En las siembras no sólo 
cargan lo preciso para su mantenimiento, sino también para proveer á 
los que hacen viajes aunque sean de otros pueblos. Solían, de años á esta 
parte, hacer harina de yuca, y al menor aviso del gobernador ó superior 
aprontaban 200 ó 300 ó más tazas (así llaman una especie de cestos muy 
tupidos y apretados que no permiten que salga ni el polvo de la harina) 
para cualquier viaje que se ofreciese en la misión. Por esto gustan de te- 
ner platanares y yucales mayores de lo que necesitan para su gasto or- 
dinario, sin lo cual no pudieran estar prontos para socorrer con yucas y 
plátanos cuando se les pide. 

Las calles del pueblo las tienen siempre limpias y bien aseadas y ai- 
rosas; las portadas de las casas están rodeadas de plantas de limones y 
naranjas; las plazuelas del lugar y el centro de ellas limpio á maravilla. 
Sobre todo, se esmeran en el despejo y compostura de la delantera y cos- 
tados de la iglesia, en que hay puertas diferentes para los barrios res- 
pectivos de las diversas naciones; aunque tienen algunas hamacas ó re- 
des para descansar entre día, pero todos duermen por la noche en bar- 
bacoas. Viene á ser la barbacoa una estera fuerte y bien tejida de ca- 
ñas, que por su material y estructura cede suavemente al peso con cier- 
ta especie de ondulación y por esta razón muy cómoda para el descanso; 
ésta la ponen en alto para librarse de las humedades de la tierra, y 
prendida de cuatro horquillas ó dos palos de un lado y dos del otro, la 
asientan sin peligro de caerse. Los Xeveros andan decentemente vesti- 
dos de mantas que tejen las mujeres, y éstas andan aun en las casas con 
sus anacos á manera de guardapies. Saben las mujeres hacer con primor 
todo género de loza, ollas, platos, tinajas y cuanto se les pide de varios 
tamaños- Mucho les ayuda el tener un barro muy fino para ejercitar con 
tanta hermosura y destreza el arte. Los hombres hacen cerbatanas muy 
pulidas y apreciadas entre las demás naciones, así por su belleza como 
por la ventaja grande del instrumento para la caza. Porque como hiere 
la flecha ó saeta sin ruido alguno y con solo el soplo del que la despide, 



124 Misiones del Marañón Español 

derriba fácilmente el indio con la cerbatana toda una bandada de pavas 
asentada en un árbol, apuntando primero á una y después á otra hasta 
acabar con todas. Finalmente, es propio de la nación Xevera el hacer 
canastos y petacas cuadradas, muy ajustadas de ciertos mimbres tan de- 
licados como alambre que llaman bejucos, los cuales tienen mucho uso 
en la misión y fuera de ella por ser de mucha dura y consistencia. 

Ha parecido poner en este lugar estas noticias de la nación Xevera, 
en parte anticipadas, así porque no hemos podido averiguar ni aun á 
poco más ó menos el tiempo en que hicieron su mudanza al sitio en que 
después permanecieron; como también porque no se ha de ofrecer oca- 
sión en adelante de hacer mención particular de esta nación laboriosa, 
sino en cuanto ayude y contribuya á los adelantamientos de la misión. Y 
no me pareció razón dejar de dar alguna idea del genio y calidad de 
una nación tan curiosa y tan trabajadora, á quien tanto debió la reduc- 
ción de las demás. 



CAPITULO IX 

entra el P. BARTOLOMÉ PÉREZ POR LOS RÍOS GUA LLAGA Y UCAYALE, 
Y REDUCE ALGUNOS COCAMAS 



Como los tres misioneros que trabajaban fuera de Borja debian andar 
en continuo movimiento por atender á tantas naciones, así se sucedían 
mutuamente, ya en el cuidado de los pueblos formados, ya en los viajes 
y visitas á los gentiles que no estaban lejos de poblarse. Tomaron á su 
cargo el P. Cueva y el P. Figueroa atender como de asiento á las cuatro 
reducciones de Xeveros, Cutinanas, Pandabeques y Ataguates, y no sólo 
trabajaban en perfeccionarlas, y en establecer constantemente las prác- 
ticas del gobierno espiritual y político, sino que con sus continuas entra- 
das en los montes cercanos iban trayendo familias nuevas y agregándo- 
las á los pueblos, con que crecía el número de los cristianos y crecían 
también las tareas del ministerio de los padres. Dividían la carga según 
las circunstancias, porque siendo cuatro los sitios en que se habían po- 
blado los indios reducidos, se ayudaban mutuamente los misioneros, y á 
las veces cargaba sobre uno casi todo el peso, mientras el otro andaba 
por los montes recogiendo gentes. Por otra parte, necesitaban de grande 
vigilancia en no perderlos de vista, porque á poco que se descuidasen, ó 
volvían atrás particularmente los más nuevos, ó á lo menos no hacían 
cosa de provecho, faltando el misionero. 

Mientras se ocupaban en esto, no sin grande aplicación y trabajo, los 
P. Cueva y Figueroa, entró el P. Bartolomé Pérez deseoso de ensan- 
char las conquistas de los gentiles por el río Guallaga. Fué bien reci- 
cibido de los Cocamas que habitaban en sus riberas, y logró con su buen 



Libro IÍI.— Capítulo IX 146 

modo y con los donecillos que les rep<artía que se fueran disponiendo para 
juntarse en un pueblo. Hizo esta entrada por los años de 1G49, y dos años 
después formaron sus reducciones los Cocamas de Guallaga en tres pue- 
blos, de los cuales el principal se llamó Santa María de Guallaga. Pero 
le tenían en gran cuidado los Cocamas de Ucayale más crueles y bárba- 
ros que los de Guallaga, porque aunque en las visitas que les habían he- 
cho los padres mostraban buenas intenciones, no se podía contar con 
ellos, mientras no pasase á vivir con aquella gente inconstante y feroz 
un misionero propio que los fuese amansando y entablando la doctrina 
como en las demás partes. Dábale mucho en qué pensar el ser tan dila- 
tada y numerosa la nación Cocama de Ucayale, que á la menor desazón 
ó encuentro acabaría fácilmente con las naciones reducidas, y el que no 
se podía contar con la paz y seguridad de los Mainas y Xe veros, mien- 
tras no entrase por Ucayale la luz del Evangelio. Por otra parte, se le 
proponían las grandes esperanzas de una abundantísima cosecha en 
tanto número de gentiles, y era este un pensamiento que abrasaba su co- 
razón celoso del bien de las almas y no le dejaba sosegar. 

Determinóse, finalmente, lleno de confianza en Dios y abrasado de su 
celo, pasar el río Ucayale y vivir entre aquellos gentiles de asiento y 
como su propio misionero. El peligro era grande, por ser los Cocamas de 
Ucayale los más crueles que en toda la misión se conocieron, y á la fama 
que entonces se tenía de ellos correspondieron puntualmente sus hechos, 
como á su tiempo veremos. Pero nada le acobardaba al celoso padre; ni 
el peligro de muerte, ni la falta de sustento, ni la ignorancia de la len- 
gua, ni las demás incomodidades que conocía indispensables, fueron par- 
te para que no entrase á la^gran Cocama (así llaman una extendidísima 
laguna, en cuyas márgenes habitaban aquellos gentiles), y se resolviese 
á morir en ella por la fe de Jesucristo, ó vivir extendiendo su reino y de- 
rribando el imperio de Satanás que por tantos años poseía aquellas almas 
ciegas. Comenzó á juntar como pudo la gente, ya con palabras cariñosas, 
ya con donecillos y regalos, sin los cuales no es fácil ganar las volunta- 
des de los genios interesados de los indios. Llegó á entablar la doctrina 
cristiana que les explicaba por medio de intérprete y fué amansando 
aquellas fieras con el trato humilde, blando y apacible. Procuraba con 
grandísimo cuidado que se le pegasen los niños, y ellos, como más dóciles 
y mejor acondicionados, no se apartaban del padre que era continuo en 
regalarlos y acariciarlos. Mucho gustaba de esta edad tierna, porque 
aprendían con facilidad la doctrina cristiana, mostraban viveza y dili- 
gencia en hacer lo que les mandaba, y daban grandes esperanzas de que 
se lograría algún día en la gran Cocama una muy florida cristiandad. 

En estos ejercicios tan gustosos y conformes á su celo se empleaba el 
padre Bartolomé Pérez, cuando á cosa de tres meses después de haber en- 
trado en Ucayale, fué llamado á la capital de Borja para vicesuperior 
de la misión en ausencia del padre Gaspar Cujía que, como veremos en 
el capítulo siguiente, debía subir á Quito en busca de misioneros. Obede 

10 



146 Misiones del Marañón Español 

ció puntualmente, sacrificando su celo á la obediencia y dejando como 
trescientos cristianos entre párvulos y algunos adultos bautizados en el 
artículo de la muerte. Como la doctrina había prendido muy bien en la 
gente tierna y los adultos habían comenzado á asistir al catecismo, dejó 
algunos fiscalitos habilitados para que llevasen adelante aquella obra, 
mientras volviese el mismo padre ó les enviase otro misionero. Pero la 
falta de operarios fué causa de que no fuesen atendidos los Cocamas por 
alguno de ellos en persona y como propio misionero hasta el año de 1657. 
Entre tanto, por seis años enteros suplieron los niños habilitados la doc- 
trina, y los padres les ayudaban con visitas y entradas desde los Xeve- 
ros sin poder detenerse con ellos por mucho tiempo. 

Hallo que en el poco tiempo que estuvo de vicesuperior en Borja el 
padre Pérez edificó tres pueblos; pero en ninguno de los escritos encuen- 
tro cuáles fuesen ni cómo se llamasen. Yo presumo, atendiendo al hilo y 
conexión de las relaciones, que el uno fué Santa María de Ucayale, por- 
que cuando se retiró de este río ya dejaba, como vimos, trescientos cris- 
tianos en la gran Cocama, y medianamente establecida la doctrina cris- 
tiana, y como fruto de sus fatigas y sudores, procuraría llevar adelante 
aquella reducción y formalizar el pueblo, visitándoles en persona, sien- 
do vicesuperior de las misiones y dándoles la advocación de Santa María 
de Ucayale, si es que acaso antes de partirse á Borja no se llamaba la 
reducción con aquel nombre. Otro pueblo fué sin duda el de Santa María 
de Guallaga, porque, como dijimos, los Guallagas habían prometido dos 
años antes del de 1651, en que nos hallamos, fabricar su pueblo y poner- 
se en manos de los misioneros. El tercero pudo ser alguno de los anejos ó 
tal vez los dos anejos que tuvo á los principios Santa María de Guallaga. 
En tanta obscuridad y falta de memorias esto es lo que hemos podido 
rastrear, después de haber pensado mucho y combinado las apuntaciones 
que tenemos. 



CAPITULO X 

SUBE Á LA CIUDAD DE QUITO EL PADRE GASPAR CUJÍA, Y TRAE CONSIGO 
Á LAS MISIONES DE MAINAS TRES OPERARIOS 

Son ángeles y enviados del Señor los misioneros que se emplean en 
evangelizar la paz por todas partes, y los podemos llamar con el mismo 
nombre por los muchos viajes, peregrinaciones y caminos con que atra- 
viesan montes, vadean ríos y miden con pies ligeros infinitas distancias, 
que más parecen hacer volando que corriendo ó caminando. Había sali- 
do el P. Cujía á la provincia por los años de 40, y recogido dos insignes 
misioneros que trabajaban con tanto fervor y celo en la viña del Mara- 
ñón, y ahora sube en el año de 50 hasta el colegio de Quito, camino de 



Libro III.— Capítulo X 147 

300 leguas en busca de otros operarios nuevos que ayuden á sus herma- 
nos á tirar A la orilla la red cargada de gentiles. Fué muy bien recibido 
de los nuestros, que se alegraron mucho con las buenas noticias de lo 
que se iba propagando la fe de Jesucristo perlas montanas del Marañón. 
Su primer cuidado fué retirarse á ejercicit'S para descansar algún tanto 
de las muchas ocupaciones, avivar su espíritu y recabar del cielo los 
compañeros que deseaba. 

Luego que concluyó los días regulares destinados á tan santo retiro, 
empezó á convidar á unos, animar á otros y pegar á todos el celo de la 
conversión de los gentiles. Y como era persona muy amable, de modes- 
tia singular y de palabras dulces y cariñosas, todos se le aficionaban y 
le oían con particular agrado. Tuvo muchas y largas conferencias con el 
padre viceprovincial que residía en Quito, y le hizo preséntelo que se ha- 
bía trabajado en el Marañón en los doce primeros años por solos cuatro 
sujetos, que en seis pueblos que estaban ya formados habían reducido á 
los indios Xeveros, á los Cutinanas, á los Pandabeques, Ataguates, Co- 
camillas ó Cocamas de Guallaga, y dado buen principio á la con- 
versión de los otros Cocamas de Ucayale. Proponía la importancia de 
seguir la empresa de la reducción de todo el Marañón, si posible fuese, 
porque era grande el número de gentiles que se iban dando á conocer y 
después de los primeros pasos en las tierras menos distantes de Borja en 
que había ya entrado la cultura, gobierno y cristiandad, no era difícil el 
extender la luz del Evangelio por las tierras más distantes. Pero que no 
pudiendo tres misioneros solos asistir á los pueblos ya formados, mucho 
menos podían acudir al convite de otras naciones que les pedían y de- 
seaban. 

Estas razones, tan conformes al espíritu y vocación de la Compañía, en- 
cendieron fácilmente el celo del superior para enviar á Mainas cuantos 
operarios pudiese. Estaba á la sazón la provincia de Quito bien falta de 
sacerdotes, y sólo se mantenía de las esperanzas de que los procurado • 
res de España trajesen otros de nuevo, para acudir á las ocupaciones de 
la provincia, y á otras varias misiones que estaban á su cargo. Fiado el 
superior de la Providencia que no dejaría de enviar las personas nece- 
sarias para los ministerios de los colegios, por privarse de otras á quie- 
nes llamaba el Señor á las misiones de gentiles, se resolvió á conceder 
al P. Gaspar Cujía tres sujetos que suspiraban por las misiones de Mai- 
nas. Acababan su tercera probación en el colegio de Quito siete sacer- 
dotes, y en un solo día los consagró el superior con mucha generosidad á 
diversas misiones. Destinó uno á las misiones de los Paeces, que todavía 
mantenía la provincia. Otro fué señalado á las montañas de Mocoa por- 
que le pedían algunos vecinos de la ciudad de Pasto. El tercero fué en- 
viado á esta misma ciudad para hacer en ella misión y residir por algún 
tiempo. Al cuarto le cupo la villa de Ibarra para el mismo efecto. Los 
otros tres sacerdotes se le concedieron al P. Cujía para su misión del Ma- 
rañón. 



148 Misiones del Marañón Español 

Desprendido el padre vice provinciíil de tantas personas, experimen- 
tó una bien particular providencia del cielo en la provincia, pues no 
faltaron sacerdotes bastantes para los empleos y ministerios de Quito y 
otras ciudades, como fué sucediendo en adelante, aunque se daban á las 
misiones los sujetos que se juzgaban necesarios para unas empresas de 
tanta gloria de Dios y bien de las almas. Es máxima segurísima que Dios 
socorre más á quien más se le consagra, y que acude con providencia 
más particular á quien promueve con más desinterés y desapego los ne- 
gocios de su gloria. El Señor de todos quiere ser servido de sus criaturas 
no por los caminos que tal vez nos figuramos aunque parezcan buenos, 
sino por los que su majestad nos muestra, y nos da á entender bastante- 
mente. Si por este dictamen se hubieran siempre gobernado los superio- 
res no hubieran puesto tal vez impedimentos á la vocación de algunos 
subditos que deseaban pasar á las misiones de Indias, por la razón ó pre- 
texto de ser necesarios á sus provincias La mano de Dios no está abre- 
viada; si llama á uno de prendas, virtud y talentos para ser servido de él 
en otra parte, sabrá traer otro tan bueno ó mejor que llenará el hueco 
cumplidísimamente. Como por el contrario se ha visto más de una vez 
que por detener en Europa á titulo de necesario en la provincia al que 
Dios llama á las Américas, no ha querido el Señor que se logren las es- 
peranzas, haciéndose inútil y flaqueando en la salud el que hubiera sido 
en Indias útilísimo trabajando por largos años. 

La provincia de Quito no sólo atendió á las misiones del Marañón en- 
viando con mucho cuidado y ejemplarísimo celo, operarios insignes que 
darían por su virtud y letras grande lustre y gloria á los colegios ya fun- 
dados, sino que costeó con mucho desinterés y generosidad incomparable 
todos los gastos necesarios para los largos viajes, entradas y salidas de 
los misioneros, hasta que en el año de 1725, la liberalidad de Felipe V se 
sirvió de señalar á cada uno de los misioneros 200 pesos. Asignación en 
realidad bastantemente congrua, pero que, si bien se mira, cedía más en 
utilidad de los indios mismos, á quienes las entrañas compasivas de los 
padres socorrían con mucha voluntad en sus necesidades, y les acudían 
con los instrumentos de hierro para trabajar la tierra, y con otros dones 
y regalillos que se llevaban buena parte de la pensión fijada. De donde 
nacía, que aún después de la asignación de los 200 pesos, se pegasen á la 
provincia, con ocasión de los misioneros, muchos gastos que hacía vo- 
luntariamente. 

Volviendo á nuestro asunto; salió el P. Gaspar Cujía del colegio de 
Quito con todas las prevenciones necesarias para el largo viaje y con las 
cosas que juzgaba convenientes para la subsistencia de sus subditos y 
bien de la misión. Salieron con él los tres misioneros de Mainas. No hallo 
registrados los nombres particulares de cada uno y solamente encuentro 
en el P. Rodríguez, que el uno de ellos había venido de Europa, llamado 
de Dios á las misiones de gentiles, y que los otros dos habían sido alum- 
nos insignes del célebre seminario de San Luis, que ya en estos tiempos 



Libro III.— Capítulo XI 149 

daba sazonados frutos de virtud y letras. Yo no tengo rastro de duda de 
que uno de estos dos jóvenes, criados en el colegio de San Luis, era el 
P. Raimundo de Santa Cruz, y conviene muy bien la entrada de este in- 
signe misionero en el Marañón con el viaje del P. Cujía á las misiones de 
Mainas; porque así la entrada de aquél como el viaje de éste, concurrían 
en el ano 1G51. 

Un ejército entero le parecía al superior de las misiones que llegaba 
en los tres nuevos misioneros, y en realidad no se engañaba, porque uno 
de ellos había de trabajar por muchos, como veremos, y extender el nom- 
bre de Jesucristo por tantas y tan diferentes naciones, que acaso no le 
excedió ninguno de los sucesores. Caminaban con apresuración porque 
todos tenían el mismo deseo de llegar cuanto antes á las misiones; y lle- 
garon sin azar ninguno al canal del Pongo que, aunque peligroso en ex- 
tremo, como se ha dicho varias veces, pasaron felizmente con la ayuda 
de los indios Mainas. Y es mucho de alabar la divina Providencia que, 
habiendo bajado muchas veces por este canal los misioneros del Mara- 
ñón y habiendo perecido en él tantos otros, no hubiese peligrado ninguno 
de ellos, guardándoles el Señor y sus ángeles para el bien de las almas 
que iban á ganar para el cielo. 

Llegados á Borja, fueron recibidos del P. Bartolomé Pérez, con ex- 
traordinario consuelo y regocijo, así por verse libre del curato y en es- 
tado de volver á nuevas reducciones, como deseaba su celo, como por ver 
nuevos hermanos, de quienes esperaba estrenas muy gloriosas. La ciudad 
se alegró con los nuevos padres, como si viese otros tantos ángeles del 
cielo, y eran grandes las esperanzas de todos, considerando que siendo 
ya siete los misioneros, no sólo podrían atender con cuidado á las reduc- 
ciones ya hechas, sino extender sus trabajos á otras muchas naciones de 
las cuales unas le deseaban, y de otras había buenas esperanzas de que 
se darían. 



CAPITULO XI 

ES SEÑALADO EL PADRE RAIMUNDO DE SANTA CRUZ Á SANTA MARÍA DE 
GUALLAGA, EN DONDE TRABAJA INFATIGABLEMENTE Y CONSIGUE MU- 
DAR EL PUEBLO Á SITIO MÁS SALUDABLE. 

Había tratado en Quito el P. Lucas de la Cueva al P. Raimundo de 
Santa Cruz y conocido á fondo su grande virtud y celo encendido de la 
conversión de los gentiles. Pareciéndole que era nacido para el trato con 
los Cocamas, y para establecer sólidamente los pueblos recientemente 
formados de esta nación, le pidió al superior de las misiones para el cul- 
tivo de los Cocamas de Guallaga, que vivían en un sitio húmedo, mal sano 
é infestado de innumerables plagas de mosquitos, que no dejaban vivir 



150 Misiones del Marañón Español 

ni de noche ni de día. Por esta causa era penosísima la residencia de un 
misionero propio en aquel pueblo, y no dudaba que el P. Raimundo de 
Santa Cruz, con su paciencia y mansedumbre y con el trato blando y ca- 
ritativo que había descubierto en él, recabaría de aquella nación el que 
se mudase á otro sitio más sano, cómodo y despejado. 

Vino en ello el P. Cujía y señaló á Santa Cruz para el pueblo de Gua- 
llaga, con ciertas esperanzas de que adelantaría mucho la reducción de 
aquellos indios y de que daría mayor firmeza á lo que se había comen- 
zado. Recibió el P. Raimundo la voz de su superior como un destino par- 
ticularísimo del cielo, y embarcándose luego en el Maraiión y entrando 
después por el Guallaga, halló á sus Cocamas poblados en la orilla de 
este río; pero tan expuestos á las crecientes y avenidas de las aguas, que 
más parecía el pueblo un pantano, cenagal ó laguna, que un lugar ó te- 
rreno en que pudiesen habitar gentes. Vióse luego cercado de enjambres 
de tábanos, zancudos y mosquitos, y rodeado de sabandijas que llevaba 
en abundancia el lugar húmedo y cíiluroso, en donde todo se corrompía. 
Pero nada le acobardó al nuevo misionero; resuelto á padecerlo todo por 
ganar almas á Dios, sufrió este vivo tormento con grande ánimo y co- 
menzó á cultivar aquella viña con gran denuedo. Entabló las doctrinas 
diarias, señaló el tiempo que se debía asistir á las oraciones, y comenzó 
á practicar aquellos medios, que atento el genio de los Cocamas, le pare- 
cieron más convenientes para ganarles las voluntades, que este fué siem- 
pre en Santa Cruz parto de su carácter, hacerse á los indios de tal ma- 
nera , que no podían menos de quererle y amarle. Y esta fué la causa 
porque acompañado de sus indios, acabó cosas muy grandes, como vere- 
mos. A todos trataba con el cariño de padre; les enseñaba como maestro; 
les dirigía como labrador en el cultivo de las tierras. El salía con ellos á 
rozar los montes, á sembrar el maíz, á plantar la yuca y á disponer los 
plátanos. Y para que lo hiciesen con más acierto y comodidad, les armó 
de instrumentos de hierro, dándoles hachas, azuelas y azadones, y todo 
cuanto su caridad y celo pudo recoger á favor de los indios. Era cosa de 
ver cómo el padre, que por sola casualidad ó curiosidad había visto ejer- 
citar los trabajos y la cultura de los campos, ahora dirigía á los Cocamas, 
con tanto acierto en sus labores, poniéndose él delante de todos con su 
azadón ó hacheta, cavando la tierra y cortando las maderas. Suplía el 
arte de labrador la caridad ingeniosa de este grande hombre que, ani- 
mado de ella, todo lo podía, todo lo sabía y á todo se amañaba. 

Conoció muy bien desde los principios que no podía hacer en los Coca- 
mas aquellos progresos que le inspiraba su celo, sin aprender su lengua, 
y que éste era el medio más poderoso para ganarles los corazones; por- 
que viendo el indio su lengua como honrada y ennoblecida en boca de 
su misionero, se le aficiona mucho, le sigue sin violencia y se muestra 
rendido á las menores insinuaciones. El empeño parecería á cualquiera 
temerario, por no decir imposible, pues no era menos que aprender una 
lengua que se tenía por muy difícil y desordenada y se creía notener re- 



Libro III.— Capítulo XI 151 

glas, cultura y artificios, á que se llegaba la bárbara pronunciación de 
los indios, que no daba lugar á que se percibiesen distintamente las le- 
tras de que debían componerse los vocablos. Mas el misionero tomó tan á 
pechos este trabajo, que le miraba como uno de los principales de su mi- 
nisterio. Oía con atención, notaba con cuidado, preguntaba continua- 
mente y observaba la pronunciación sin que se rindiese á molestia, inco- 
modidad ni trabajo. Pero aunque la grandeza de su espíritu, ayudada de 
la gracia del Señor, le esforzaba á la tolerancia de tanto cúmulo de pe- 
nalidades, no pudo menos de resentirse el cuerpo con el peso de tantos 
males. Contrajo, desde luego, una gravísima enfermedad de calenturas 
ardientes, somnolencia y decúbitos al estómago; pero lo que á otro celo, 
menos ardiente que el suyo, hubiera sido motivo sobrado para pedir el 
que le retirasen á mejor clima hasta recobrar por lo menos la salud, no 
le mereció á Santa Cruz siquiera el hacer cama ó retirarse por algunos 
días de las distribuciones trabajosas del catecismo, rosario y demás ejer- 
cicios. Sin hacer caso de tantos achaques, y como si no pasase nada por 
él, sin cama, sin medicinas, sin compañía y sin remedio alguno humano, 
se mantuvo siempre en pié por todo el tiempo de la enfermedad, no aten- 
diendo á otra cosa que á su ministerio. Y como si fuese el más sano y ro- 
busto de todos, curaba por sí mismo los enfermos y disponía con especial 
cuidado para el santo bautismo los que venían á peligro de muerte. 

A la verdad, es cosa que parece exceder las fuerzas de la naturaleza 
más fuerte, lo que hallo escrito concordemente de todos los que han he- 
cho mención de este gran hombre, que habiéndose arrojado en medio de 
una enfermedad larga y gravísima al estudio de la lengua de los Coca- 
mas, no sólo la aprendió en poco tiempo sin remitir nada de sus tareas 
ordinarias, sino que llegó á formar con un estudio porfiado y con una 
aplicación infatigable Arte de la misma lengua, reduciéndola á precep- 
tos y diccionario suficiente para el manejo de los demás misioneros. Que- 
dó el siervo de Dios feo y monstruoso á los ojos del mundo por habérsele 
caído con la fuerza de la enfermedad y con el mucho estudio los cabellos 
de la cabeza; pero estaba vistoso al cielo y á sus ángeles, y desde enton- 
ces mucho más querido y amado de sus queridos hijos los Cocamas, que 
oyéndole hablar en su propia lengua le amaban más que á sus mismos 
padres, hermanos y parientes. 

Cuando vio Santa Cruz á sus indios tan pegados y aficionados á él y 
que no dudaban de su amor, y que éste le mostraban principalmente en 
la docilidad, prontitud y obediencia con que hacían cuanto les mandaba, 
pensó que ya era tiempo de tratar del gran negocio de la mudanza del 
pueblo á sitio más alto, sano y ventajoso. Era punto arduo y demasiada- 
mente crítico en unos bárbaros recientemente convertidos, dejar el para- 
je en que se habían criado, abandonar las casas que habían hecho con 
tanto trabajo y formar otras de nuevo en donde ni hallarían campos dis- 
puestos para el maíz y la yuca, ni encontraban plátanos crecidos para 
el sustento; pero Santa Cruz para jugar sobre seguro, no pareciéndole 



152 Misiones del Marañón Español 

todavía bastante la docilidad que había experimentado hasta entonce 
con los indios, se valió primero de los principales y más capaces, y ha- 
biéndoles con blandura, carino y suavidad, les hizo penetrar bien las ra- 
zones de conveniencia y aun de necesidad que había para la mudanza. 
«Hijos, les decía, el número de los que van viniendo recientemente al 
pueblo va creciendo mucho, como vosotros mismos lo estáis viendo. Por 
esta causa, se ha extendido la población por sitios más húmedos y menos 
sanos que los primeros, por ser éstos tan expuestos á enfermedades, como 
experimentamos. Vivimos todos en un peligro inminente de que una ave 
nida lleve de la noche á la mañana nuestras casas con todos sus utensi- 
lios y que apenas nos dé tiempo para librar las personas. Subiendo á un 
sitio muy alto, más seco y más despejado, cesarán estos inconvenientes 
y nos veremos libres de estos enjambres de importunos mosquitos que á 
todas horas nos molestan sin dejarnos tomar continuado reposo. Todos 
iremos á ganar mucho, porque se harán casas más cómodas, habitacio- 
nes más anchas é iglesia más capaz y proporcionada al número de la 
gente. Yo sé muy bien el modo de fabricar; en todo os dirigiré como 
siempre lo habéis experimentado, y vosotros no haréis otra cosa que lo 
que vieseis hacer á vuestro padre que con la dirección, con el ejemplo y 
con el trabajo irá siempre delante.» 

Hicieron fuerza en aquellos entendimientos menos toscos y tupidos las 
razones del P. Raimundo, y hablando los principales á la demás gente 
ya dispuesta é inclinada á dar gusto en todo á su misionero, se pusieron 
todos en sus manos, y vinieron en la mudanza á aquel sitio y lugar que 
Santa Cruz escogiese. Había ya éste puesto los ojos en un collado no dis- 
tante, libre por su altura de todas las avenidas, sano por el aire más 
puro y por el terreno seco y por esta causa exento de mosquitos y demás 
insectos. No faltaba el agua necesaria para el uso de las casas, y para 
los baños de los indios por no estar lejos del río mismo el collado. En este 
sitio determinó el misionero formar el nuevo pueblo, y á todos pareció 
bien el poblarse en aquel lugar á donde se podrían llevar sin mucha di- 
ficultad, por estar b¿istantemente vecino, muchos de los materiales del 
pueblo que se dejaba. 

Aquí mudó el P. Santa Cruz de escuela y de ejercicio; y el que antes 
había hecho de labrador y enseñado á los Cocamas á trabajar la tierra, 
ahora los instruía haciendo de peón y de arquitecto á fabricar casas. 
Usaban los indios para su habitación de unas malas chozas, compuestas 
de ramas sin pulir y de cortezas de árboles en bruto cubiertas con paja 
silvestre. En estas habitaciones vivían casi sin abrigo, pero satisfecha su 
aprensión que suele ser en muchos la causa de .sus incomodidades. Pare- 
cióle al misionero atender á la decencia, á la comodidad y al abrigo. 
Para esto tomó bien las medidas para el nuevo ])ueblo. Enseñó á los in- 
dios á amasar la tierra, formar el barro, hacer adobes y fabricar tapias. 
Sobre éstas, como ya tenían hachas, azuelas y otros instrumentos de hie- 
rro se formaba el techo de árboles desbastados y por techumbre se usa- 



Libro IIL— Capítulo XII 163 

ba de lata que se hallaba en las cercanías, cubierta con la paja silvestre 
que servía para despedir el agua. 

La fábrica que emprendió el padre con más empeño que las demás, 
fué la iglesia. Esta la ideó con mucha consideración, atendiendo princi- 
palmente á dos cosas, es á saber, al número grande de indios y á la ne- 
cesidad y estrechez de las circunstancias; por esto procuró que fuese muy 
larga y capaz, y al mismo tiempo baja y estrecha. Así logró que hiciese 
mucha gente y que todos estuviesen á cubierto á la explicación de la 
doctrina, y por otra parte, se atemperó á los pobres indios que ni podrían 
cortar ni trabajar vigas muy largas, ni podrían colocarlas sobre paredes 
muy altas. Quedó la fábrica al parecer fea, tosca y poco proporcionada 
en sus partes, pero muy conforme á las intenciones del padre, y al cielo 
muy agradable. Confirmó en la nueva iglesia la advocación de Santa 
María, que se había puesto á la iglesia del antiguo pueblo y se llamó 
Santa María de Guallaga, en cuyo nombre se diferenciaba de otras igle- 
sias que tuvieron la misma protectora y abogada. 



CAPITULO XII 

REDUCE Á LOS BARBUDOS, AGÚANOS, MUNICHES, CHAYA BITAS 
Y PARANAPURAS. 

No bien hal ía formado Santa Cruz el nuevo pueblo de los Cocamas, y 
puéstole bajo el amparo y protección de María Santísima, á quien mi- 
raba como á conquistadora en sus misiones, cuando comenzó esta pia- 
dosa Señora á favorecerle, asistirle y esforzarle á las mayores empresas, 
y él se arrojaba á ellas con ánimo intrépido, no temiendo con tan pode- 
rosa guía y valiéndose siempre de la buena voluntad de sus Cocamas. 
Era la salutíición ordinaria de éstos: «alabado sea el Santísimo Sacramento y 
la Virgen Santa María,» y por la devoción y amor de esta Señora, su pro- 
tectora, cooperaban cuanto podían á las piadosas intenciones del padre. 
Tuvo éste noticia de ciertas parcialidades de gentiles, enemigos capita- 
les entre sí, que á distancia de algunas jornadas unos de otros, vivían en 
continuos odios, enemistades y guerras. Estaba una de las parcialidades 
cuatro días de camino río arriba del pueblo de Guallaga, y se llamaba 
de los Barbudos; vivía la otra como otro tanto camino río abajo, y se de- 
cía de los Agúanos. Bajaban las dos muy bien armadas á unos valles no 
muy distantes, y hechas allí horribles carnicerías, se retiraban á sus 
puestos sin más comunicación entre sí que el de hacerse daño y mal y 
ofender la naturaleza. 

Queriendo el misionero atajar tantos daños y reducir si fuese posible 
al Evangelio á los Barbudos y Agúanos, comunicó éste su pensamiento 
con los principales de su pueblo, y haciendo á los Cocamas mismos como 



154 Misiones del Marañón Español 

dueños de la acción, emprendió en su compañía la conquista de aquellas 
naciones. La empresa era muy dificultosa porque no se podía tratar de la 
reducción de ninguno de los partidos sin meter antes la paz, unión y 
amistad entre unas gentes crueles y bárbaras que se miraban de tiempo 
atrás con odio, furor y rabia. Hizo primero Santa Cruz, que todos enco- 
mendasen muy de veras á Dios y á su gran protectora este grande ne- 
gocio, y comenzó después á tratar con unos y con otros. No es fácil decir 
en pocas palabras los viajes que le costó al misionero ablandar aquellos 
corazones bárbaros. Iba y volvía acompañado de los principales de su 
pueblo; valíase de los más conocidos de las parcialidades, les hablaba 
con mucho amor en lengua cocama, que entendían y les proponía las 
ventajas de la amistad y buena correspondencia de unos con otros, la se- 
guridad y la dulce y sosegada paz en que vivirían y de que gozarían, si 
se apartaban de aquellas muertes y carnicerías. Poníales por ejemplo á 
sus Cocamas, que sin pensar en hacer daño á otras naciones, vivían quie- 
tos y gustosos y contentos en su pueblo, se dejaban en todo gobernar, co- 
nocían á Dios, Criador de todas las cosas, premiador de lo bueno y cas- 
tigador de lo malo, y con este conocimiento, dejadas á un lado sus 
antiguas supersticiones y extravagantes usanzas, vivían como raciona- 
les y cristianos . 

Rogábales que hiciesen ellos lo mismo, y se alegrarían sin duda si se 
resolviesen á imitarles, porque él había venido de tierras muy distantes 
para ayudarles en cuanto pudiere y para hacerles el mayor bien que 
podían imaginar. «Venid, hijos, en paz, concluía el misionero, y creed en 
un solo Dios verdadero, que nos crió á todos, que todo lo rige y gobierna, 
y de cuyas manos vienen á los hombres todos los bienes. Todo esto creen 
los Cocamas y se hallan cada día más contentos. Preguntádselo á ellos, 
que aquí los tenéis presentes. Confirmaban los Cocamas á porfía todo lo 
que decía el P. Raimundo, y obrando la gracia de Dios en los corazones 
antes duros y entendimientos ciegos de los Barbudos y Agúanos, se logró 
al fin todo lo que de ellos se pretendía Pusiéronse unos y otros en las ma- 
nos del padre, que formó dos pueblos de aquellos gentiles. A los Barbu- 
dos dio la invocación de San Ignacio y de San Xavier á los Agúanos. 

Tomó posesión de aquellas tierras para Jesucristo con el bautismo de 
los niños, y procuró que desde luego se fabricasen iglesias correspondien- 
tes al número de los que se determinaron á vivir juntos. Entabló la doc- 
trina y oraciones regulares para que se fuesen los adultos disponiendo al 
santo bautismo, y él andaba en continuo movimiento de un pueblo á otro, 
pero teniendo siempre fija su residencia en Santa María de Gualiaga, 
que estaba en medio de ellos y era como el iris de paz entre Barbudos y 
Agúanos. Unidos y concordes entre sí , cada día se estrechaban más con 
las idas y venidíis continuas del P. Raimundo. Quitáronse del todo los en- 
cuentros y se apagaron los odios, y no pensaban en otra cosa los nuevos 
catecúmenos que en aprender la doctrina cristiana, en acabar sus casas 
y en disponer sus sementeras dejándose gobernar en todo por las órde- 



Libro III.— Capítulo XII 155 

nes de su misionero, que aguantando y disimulando con singular agrado 
su rusticidad y barbarie, á todos ayudaba y en todo lo licito condescen- 
día con ellos como si fuese uno de los indios mismos. Bien veia el padre 
que era imposible uno solo atender á tantas cosas en pueblos distantes, 
y que para entablar con solidez y fruto duradero el catecismo, era nece- 
saria la presencia de otro sacerdote. Avisó luego al superior de las mi- 
siones de lo que se había dignado el Señor de obrar por su medio de los 
muchos bautismos de párvulos y de la propensión de los adultos ya for- 
mados en dos pueblos, á ser enseñados en la doctrina de nuestra santa 
fe, añadiendo que enviase algún misionero para el cultivo de aquellas 
nuevas viñas que se habían plantado, y que él mismo entre tanto procu- 
raría regar desde el pueblo de Guallaga. 

En este tiempo tuvo noticia de los mismos que se acababan de redu- 
cir, cómo á distancia de cien leguas río arriba, se hallaban otras nacio- 
nes que no era difícil dar con ellas. Al primer eco de esta noticia voló el 
P. Raimundo en busca de ellas, tomando consigo algunos de sus fieles 
Cocamas y llevando por guía algún otro Barbudo y Aguano, prácticos 
en el camino. Era el viaje trabajoso, como de seis días de navegación 
por el río y otros cuatro á pie por tierra. Los seis primeros no fueron tan 
penosos por ser los indios bastantemente diestros en el manejo de las ca- 
noas; pero en los cuatro últimos, todos experimentaron grande fatiga y 
cansancio. Porque no hallando caminos abiertos en aquellos sitios incul- 
tos, el único modo de caminar era cortar árboles para romper por los 
bosques, atravesar laderas y entrarse por lodazales llenos todos de ma- 
leza y muchos de espinas, piedras y troncos encubiertos. A ninguno le 
era tan molesto y trabajoso este modo de caminar como al P. Santa Cruz, 
porque iba cubierto de malos tríipos, llagadas las piernas, sin otro cal- 
zado que el de unas malas alpiirgatas de espadañas que la necesidad ha- 
bía ideado. 

Poco preservativo, por cierto, contra las frecuentes punzadas de las 
espinas y zarzas, que le lastimaban las piernas casi desnudas, y los pies 
casi descalzos. Pero daba el ánimo un esfuerzo casi increíble al cuerpo 
flaco, herido y cansado, y el mismo infundía valor y coraje en los indios 
que viendo á su misionero en camino tan desastroso incansable, hacían 
punto de honor en seguirle y no apartarse de su lado. Finalmente, des- 
pués de mil penas y trabajos dio por buena ventura ó providencia del Se- 
ñor con las naciones que buscaba, y parece que su majestad dándose por 
obligado al viaje penoso que había hecho su siervo por su gloria, le con- 
cedió sin nueva fatiga y trabajo las naciones que buscaba. Porque á dos 
palabras que les dijo Santa Cruz, como si fueran poderosas para obrar 
cuanto pensaba su celo, se redujeron y entregaron á la dirección del pa- 
dre. Instruyólas y catequizólas cuanto permitía el tiempo y formó de in- 
dios Muniches, Chayavitas y Paranapuras, un pueblo con la advocación 
de Nuestra Señora de Loreto de Paranapuras. 

No paró aquí su celo, que como rayo iba dando luz por todas partes y 



156 Misiones del Marañón Español 

abrasándolo todo. Pasó más adelante, y de otras dos naciones una de 
Pambadeques y otra de Cingacuchuscas, así dichas por tener partidas 
las narices para acomodar sus narigueras, formó otro pueblo que quedó 
con el tiempo como anejo de la Concepción de los Xeveros, los cuales, 
como arriba dijimos, se mudaron á estas cercanías, dejando el sitio pri- 
mero en que los redujo el P. Cueva. Mas por ahora Santa Cruz de todos 
cuidaba, residía con los Guallagas, asistía á los Barbudos, miraba por los 
Agúanos, instruía á los Muniches, Chayavitas y Paranapuras, y se ex- 
tendía su celo á los Pambadeques y Cingacuchuscas, sin que la distancia 
de los sitios, lo fragoso de los caminos, la multitud de naciones, la sed, el 
hambre, ni el cansancio pudiesen retardar su celo ó lograr alguna sus- 
pensión en tan penosas peregrinaciones. 



CAPITULO XIII 

CASOS SINGULARES CON QUE CONSUELA EL SEÑOR AL P. SANTA CRUZ 

En ocupaciones tan santas y penosas, como hemos referido en los ca- 
pítulos antecedentes, enderezadas todas á propagar la fe de Jesucristo y 
á extender la mayor gloria de Dios, pasó el P. Raimundo los dos prime- 
ros años de su ministerio desde el año de 1651 hasta 1653, y no es fácil de 
entender cómo un hombre solo en tan corto tiempo pudiese bautizar á 
todos los Guallagas, reducir tantas naciones, fundar tantos pueblos y ha- 
cer tantos viajes por agua y tierra, porque no hubo nación alguna de las 
convertidas hasta entonces á la fe, á donde no se extendiese su fervor y 
que no fomentase con su presencia. Es así que el celo es ardiente en ex- 
tremo y á manera de fuego que, apoderándose de la materia dispuesta ó 
disponiéndola él mismo, todo lo consume y lo transforma en si. Mas esto 
que se dice en pocas palabras, con dificultad se comprende, y no se eje- 
cuta sino á fuerza de sudor y fatiga, y con un cúmulo tan grande de pe- 
nalidades, que no pueden explicar distintamente las palabras. El susten- 
to diario, escaso y propio de la bozalidad de los indios; la cama el duro 
suelo, la habitación en una choza, los viajes continuos sin caminos ni 
veredas, el trato solamente con alarbes; el templar á unos, el condescen- 
der con otros, sufrir su fuerza, acechar á sus traiciones, disimular con- 
fianza, mostrar siempre amor, reprender libertades, catequizar á unos 
brutos, pulir unos salvajes, hacerlos racionales para que se hagan cris- 
tianos, es una tan pesada carga de penas, trabajos y tormentos, que no 
pudiera llevar un hombre flaco, macilento, llíigado, siempre enfermo y 
nunca restablecido. Era necesario un apóstol fortalecido de la gracia, 
sellado con la vocación divina y ayudado especialisimamente de aquel 
Señor que dijo: «Ecce ego mitto vos.» 



Libro III.— Capítulo XIII 167 

Con estas alas del cielo volaba Santa Cruz , y como nube cargada de 
celestial rocío, fecundizaba his naciones por donde pasaba. No podemos, 
es verdad, individualizar en estos varones apostólicos sus excelentes vir- 
tudes, y mucho menos contar las acciones heroicas que hicieron , porque 
quedaron escondidas en las breñas y no las supieron explicar los que ó 
no las conocían ó no las reparaban; pero por los rastros que dejaron im- 
presos, podemos sacar sus pisadas, y por los afanes, incomodidades y fa- 
tigas, echamos de ver aquellos pechos generosos que á nada cedían; 
aquellos ánimos invencibles que lo facilitaban todo, y aquellos espíritus 
elevados, que, poniendo todas las cosas debajo de sus pies, no aspiraban 
á otra cosa en sus obras, acciones y palabras que á la mayor gloria de 
Dios. 

Suavizaba el Señor en parte al P. Raimundo sus grandes trabajos, 
dándole á entender en varios casos particulares, cuan gratas le eran á su 
majestad las peregrinaciones que emprendía y el trato suave, caritativo 
y condescendiente con los indios. Dijo un día cierto indio al P. Santa 
Cruz, cómo había cortado un árbol grandísimo para una canoa, que vi- 
niese con él á verle. Luego el padre se puso en camino para darle gusto, 
mas antes de llegar al término se rindió sin poder pasar adelante por las 
llagas que tenía en pies y piernas, renovadas con las zarzas y abrojos 
del camino. El mismo indio que le había convidado á ver el árbol, co- 
rrido ya y avergonzado y sentido del que le pareció agasajo, le instó á 
que tomase huelgo y fuerzas y lo metió en una cabana que estaba ve- 
cina. Dejóse llevar el padre de la necesidad, pero el cielo le dirigía á la 
choza para otros fines. Porque entrado que hubo en ella, reparó en una 
niña como de diez años que estaba entre unas ollas , y en su tristeza y 
rostro manifestaba mucha debilidad ó algún accidente; tomóla el pulso y 
no le pareció tan débil como mostraba la cara. Con todo eso empezó á ca- 
tequizarla; oía la niña con gusto y admitía la doctrina, cuando de una ca- 
bana vecina , donde ya eran cristianos , vinieron por el padre para que 
descansase más cómodamente en su casa. Determinó al principio ir luego 
adonde era llamado y consolar á los cristianos, con ánimo de volver á 
concluir el catecismo empezado por la niña. Púsose en pie para el viaje 
y le sobrevino un interior impulso que le forzaba á fenecer la obra. Obe- 
deció á Dios, y volviendo á sentarse, instruyó á la chica y la bautizó. 
Hecha esta diligencia, pasó á la cabana vecina, y aun á otras, y bautizó 
otra niña enferma que á poco murió. Llamábale el cuidado de la niña de 
la primera cabana, y volvió á entrar en ella antes de volverse á casa, y 
encontró que ya su alma había volado al cielo á la violencia de un acci- 
dente que no pudo vencer su debilidad. 

Alabó el misionero la inexcrutable Providencia divina que se le ma- 
nifestó en aquellos casos, que nuestra ignorancia llama contingencias y 
accidentes, y son unos efectos muy previstos del Señor y ordenados por 
su divina elección y misericordia. Convite del indio por curiosidad , con- 
descendencia caritativa del padre, rendimiento en el camino, i^enovación 



158 Misiones del Marañón Ebpañol 

de las llagas, ranchería donde acogerse, llamamiento de los cristianos de 
otra choza, todos parecen casualidades, contingencias y accidentes, y to- 
dos fueron efectos de la dichosísima predestinación de dos almas, que en 
menos cúmulo de accidentes hubieran perecido. 

Fué semejante á esta Providencia del Señor la que se descubre en los 
casos siguientes: Habiendo de volver el padre de la Concepción de los 
Xeveros á su pueblo de Santa María de Guallaga, y estando ya dispuesta 
la canoa para ir por agua, mudó de repente, sin saber por qué de desti- 
no y siendo más largo y penoso el camino, quiso con todo eso hacerlo 
por tierra y visitar de paso el pueblo de los Paranapuras. Al entrar en 
él le avisaron que en una casa estaba una mujer de parto y en mucho 
peligro de la vida; acudió al punto á la casa, y al mismo llegar parió la 
dolorida madre un niño. Tomóle luego en las manos el P. Santa Cruz, 
bautizóle sin perder tiempo, y antes de dejarle ni tener tiempo para ello, 
murió en ellas y le envió al cielo. Todavía estaba en la misma casa 
cuando llegó el indio enfermo del mismo pueblo. Preguntóle el padre 
quién era. «¡Ay padre, respondió, yo me muero; soy catecúmeno, y no 
quiero morir sin bautismo!» Examinóle, y hallándole bien instruido, le 
bautizó. Reconociendo de allí á poco por el pulso y la respiración que se 
le acababa la vida, le administró la Santa Unción. ¡Rara cosa! Al aca- 
bar de ungir los sentidos faltaron éstos al enfermo, y voló su alma al 

cielo. 

Es de alabar en estos casos la Providencia amorosa de Dios con aque- 
llos pobres indios; mas en el caso siguiente tiene visos de milagrosa. Lla- 
maron al padre en Santa María de Guallaga para que asistiese á un 
indio cristiano que, poseído de un accidente apoplético, se hallaba en los 
últimos términos de la vida. Acudió pronto, y al entrar en la casa le 
recibió el principal de ella diciendo: «¡Ay, padre, que vienes tarde y en 
vano, porque ni oye ni habla ya el enfermo!» Acercóse el misionero, y 
experimentó por sí mismo lo que le decían. Retirado á un aposentillo, sus- 
piraba, lloraba, clamaba á Dios por la salvación de aquella alma. Cuan- 
do así sollozaba, se halló interiormente movido á levantarse del sitio y á 
ver cómo le iba al enfermo, y acercándose á él le dijo en voz baja si que- 
ría confesarse. A que respondió el enfermo en el mismo tono de voz con 
admiración de los presentes: «Sí, padre; sí, padre.» Quedóse solo con él, 
y se confesó despacio. Hizo después llamar la gente, le administró los 
Sacramentos y le ayudó á bien morir, oyendo el enfermo todo lo 
que le decía, y repitiendo los actos que le inspiraban, expiró en paz. 
Cuando salía el padre, acabado su ministerio, dijo como por despedida al 
principal: «¿Ves cómo no era sordo y cómo hablabíi?» A que respondió el 
indio prontamente: "Padre, sólo á ti te ha oído y á nadie ha podido hablar 
sino á ti.» Esto dijo el indio con sinceridad, porque no alcanzaba á más 
su reflexión; pero nosotros la debemos hacer para alabar la Providencia 
maravillosa de Dios en sus siervos y en la salvación de aquellos misera- 
bles gentiles. 



Libro III.— üapítulo XIV 159 

CAPITULO XIV 

ESTADO DE LA MISIÓN DE MAINAS POR LOS AÑOS DE 1653 

En estos dos años en que el P. Raimundo de Santa Cruz trabajó tanto 
por la gloria de Dios, extendiendo su celo por diferentes naciones y fun- 
dando varias reducciones y pueblos, no estuvieron ociosos los demás mi- 
sioneros. Porque los padres Lucas de la Cueva y Francisco Figueroa 
hicieron muchas entradas en varias partes de gentiles, y aun hallo es- 
crito que fundaron otros dos pueblos, y que mudaron á ellos su residen- 
cia. Pero como no nos consta del nombre de estas recientes reducciones 
sólo podemos decir por conjeturas que para esto tenemos, que fuesen al- 
gunos principios de la conversión de los Roamainas y de los Zapas, que 
poco tiempo después, como veremos, vivieron en dos pueblos respectivos 
de los Angeles de la Guarda y de San Salvador. 

El P. Bartolomé Pérez residía en uno de los antiguos pueblos, procu- 
raba aumentarle en familias, y entablar las prácticas espirituales, y es- 
tablecimientos civiles que desde los principios se consideraron necesarios 
para la duración y permanencia de la misión del Marañen. Otro pueblo 
antiguo estaba á cargo de uno de los dos misioneros que hablan venido de 
Quito con el P. Santa Cruz. Finalmente, el otro estaba en la ciudad de 
Borja en compañía del P. Gaspar Cujía, á quien ayudaba en los ministe- 
rios espirituales de la ciudad y en la explicación del catecismo de los in- 
dios Mainas que vivían, como dijimos, esparcidos en algunos anejos de- 
pendientes del curato de Borja. Los pueblos y anejos que ya en este 
tiempo estaban á cargo de siete solos misioneros, y que, excepción de la 
capital de Borja, habían sido fundados de los nuestros desde el año de 
1638 hasta el de 1653, son los siguientes: 

Ciudad de Borja, de Españoles y Mainas. 

San Ignacio, de Mainas. 

Santa Teresa, de Mainas. 

San Luis, de Mainas. 

La Concepción, de Xeveros. 

San Pablo, de Pandabeques. 

San José, de Ataguates. 

Santo Tomé, de Cutinanas. 

Santa María de Ucayale, de Cocamas. 

Santa María de Guallaga, de Cocamas ó Cocamillas. 

San Ignacio, de Barbudos. 

San Xavier, de Agúanos. 

Nuestra Señora de Loreto, de Paranapuras y Chayabitas. 

Anejo de Pambadeques y Cingacuchuscas. 



160 Misiones del Marañón Español 

Estos fueron los sudores de los primeros quince años de los misioneros 
del Marañón, en donde comenzando á trabajar sólo dos padres los prime- 
ros años, y agregándose otros dos, después de algún tiempo, abrieron ca- 
mino para tantas naciones que fué necesario pedir socorro de nuevos 
operarios, y últimamente, el P. Raimundo de Santa Cruz en los dos últi- 
mos años hizo ver á los superiores de la provincia de Quito que era pre- 
ciso enviar nuevos trabajadores para la cultura de tan dilatada vina, 
pues no era posible que sólo el P. Santa Cruz atendiese á cinco pueblos 
tan distantes entre sí y tan recientes en la fe. Los demás misioneros cui- 
daban á lo menos de un pueblo y algunos de más, y por esta causa era 
necesario en algunos de ellos, que el catecismo diario se hiciese por me- 
dio de fiscales, esto es, por medio de algunos indios más capaces y ya 
bautizados, que sabiendo bien la doctrina cristiana la podían enseñar con 
celo y fruto á los indios. Pero este medio que sugería la necesidad y falta 
de sacerdotes, no era bastante para que los pueblos se arraigasen en la 
fe y prendiesen en ellos los establecimientos políticos, que se contempla- 
ban necesarios para una misión florida. 

Por esto los misioneros clamaban á sus hermanos, y pedían ayuda 
para tirar á la orilla las redes cargadas de tanta multitud de peces, pero 
siendo el camino de Quito á la misión tan largo y escabroso, y siendo 
casi imposible la salida de la misión á Quito, era éste uno de los impedi- 
ir.cntos punto menos que insuperable para ser socorridos. Veremos en los 
libros siguientes los increíbles y repetidos esfuerzos del P. Raimundo en 
vencer este imposible, hasta que hallado y demarcado el nuevo camino, 
perdió su vida en la demandíi . 



LIBRO IV 



r)B XjA. ns^isiói«T IDE 3L.OS 2Vwa:A.ii^.AS 



CAPITULO PRIMERO 

ES LLAMADO EL SUPERIOR DE LAS MISIONES PARA EL GOBIERNO DE LA 

PROVINCIA 

Hallábase contento el P. Gaspar Cujía en su curato de Borja, no tanto 
por la autoridad que le concillaba con las gentes este ministerio, cuanto 
por los buenos principios de la misión del Marañón en que habían influido 
mucho los vecinos de la ciudad, particularmente en los dos seminarios 
que se habían establecido de indios y de indias, para el fomento de los 
pueblos nuevamente formados. Al cabo de catorce ó quince afios de su 
institución habían salido á las reducciones muchos jóvenes que, aprendida 
eminentemente la doctrina cristiana, entendida suficientemente la len- 
gua general del Inga, y enseñados á practicar los oficios necesarios en 
un pueblo de buen gobierno, iban introduciendo en ellas la piedad, cul- 
tura y policía. De la misma manera las niñas enseñadas á coser, bordar 
y otros oficios del sexo mujeril contribuían por su parte al buen orden y 
aplicación de las indias, abriendo escuelas en los pueblos, en que las en- 
señaban aquellas habilidades que habían aprendido en la ciudad. El 
P. Cujía, que había sido el autor de este género de seminarios, estaba muy 
gozoso de coger ahora los frutos que preveía en su primera institución, y 
por lo mismo procuraba llevar adelante una obra de tanta utilidad á las 
misiones. 

No parece que faltaba otra cosa para ver cumplidos sus deseos, que 
una nueva recluta de misioneros que, pasando á los pueblos ya fundados, 
diesen lugar á los antiguos, para hacer nuevas entradas y ocuparse en 
nuevas conquistas del mucho gentilismo que por muchas partes se des- 
cubría. Estos eran los votos y deseos de los siete sacerdotes que trabaja- 

11 



162 Misiones del Marañón Español 

bañen la misión, y ésta era la esperanza del P. Gaspar Cujía, que, como 
cabeza y superior de todos ellos , echaba de ver en las visitas frecuentes 
que hacía de las reducciones una tan considerable falta de obreros, á que 
no era fácil suplir por más que trabajasen sus subditos. Pero el Señor, que 
mide las cosas con sabiduría más alta que sus criaturas, dispuso una cosa 
bien diferente de lo que se pensaba, que si bien á los principios fué muy 
sensible á los misioneros, y al parecer contraria á los progresos de la 
misión, vino á redundar finalmente en aumento de ella y á facilitar la 
venida de nuevos operarios. Llamaron al P. Gaspar Cujía para los em- 
pleos de la provincia, y quitándole la libertad de representar ó proponer 
le señalaron para rector del nuevo colegio de Cuenca. Sintió grande- 
mente esta elección la ciudad de Borja, en donde por su grande pruden- 
cia , celo, afabilidad y buen modo era muy bien visto y estimado de los 
Bor jeños. No lo sintieron menos sus compañeros é hijos , porque como su- 
perior vigilante y amoroso dirigía todas sus entradas y salidas, y desde 
la ciudad de Borja estaba sobre todos , á todos acudía y en nada faltaba 
de cuanto podía enviar á los nuevos establecimientos. 

Como era preciso obedecer, llamó desde luego al P. Lucas de la Cueva 
á la ciudad, y dejándole por superior de las misiones se determinó á la 
partida, encargando mucho que se hiciesen vivas diligencias para hallar, 
si fuese posible, camino más breve, que no sólo diese entrada fácil á la 
misión , sino también que permitiese la salida cuando pareciese conve- 
niente; porque aunque por el Pongo habían entrado hasta entonces á la 
ciudad de Borja, era esta entrada, como insinuamos, peligrosa y la salida 
imposible, no pudiendo las canoas vencer la rapidez de sus corrientes. 
Experimentólo bien el P. Gaspar en la ocasión presente, porque tuvo que 
andar para llegar á su colegio de Cuenca muchos centenares de leguas» 
y esas con riesgos evidentes de la vida. Caminó por el Perú hasta cerca 
de Lima, y de aquí dio la vuelta casi por la costa del mar Pacífico hasta 
encontrar camino por donde buscar el término de su viaje. En peregri- 
nación tan larga tuvo que atravesar muchos ríos, vencer montañas y 
seguir veredas peligrosas cuyos paraderos no estaban bastantemente 
averiguados ; mas al fin arribó venturosamente al colegio de Cuenca , y, 
como llevaba en el corazón sus misiones, procuró socorrerlas largamente 
en cuanto pudo todo el tiempo que le duró el oficio de superior en aquel 
colegio. No las socorrió menos en los años siguientes, porque señalado á 
poco tiempo por provincial de toda la provincia , miró siempre con par- 
ticular cariño las misiones del Marañón , como quien sabía muy bien el 
grande fruto que se podía esperar en estas partes con la predicación del 
Evangelio y las grandes fatigas y trabajos que se habían de padecer 
entre un número tan grande de naciones como él mismo había conocido 
en los quince años de su residencia en la ciudad de Borja. 

Volviendo á nuestros misioneros, luego que se partió de las misiones 
el P, Cujía, comenzó á pensar y á deliberar sobre el modo de buscar ca- 
mino más breve, más fácil y más derecho á la ciudad de Quito, El punto 



LiBKO IV.— Capitulo II 103 

era muy dificultoso, porque no se veía manera cómo por tierra se pu- 
diese hallar camino transitable, cuánto menos fácil y derecho por tantos 
montes como cierran la misión de Mainas y continúan hasta la ciudad. 
Tampoco por agua se podía esperar el conseguirlo, porque dado caso que 
son muchos los ríos que del norte vienen á parar al Marañón, pero todos 
ellos se creí¿in tener su nacimiento de montañas altas y cerradas ó de 
cordilleras inaccesibles é impenetrables. Otro nuevo inconvenionte se 
descubría en este segundo, y eran las corrientes precipitadas con que 
bajaban los ríos al Marañón, los cuales bien que facilitarían la venida de 
las canoas, negarían la salida á embarcaciones tan débiles. 

Entre tantas dudas y dificultades, le vino á la memoria al P. Raimundo 
de Santa Cruz el viaje que habían hecho desde Quito hasta el Para los Pa- 
dres Acuña y Artieda con el capitán Tejéira , y propuso á los demás que 
se podía tentar por este medio y averiguar en particular las entradas y 
salidas de aquel viaje; pues era constante que el capitán Tejeira habien- 
do salido de Quito con dichos padres , y después de haber vencido algu- 
nas montañas, por pocos días había tomado su rumbo por un río grande 
que viene á buscar el Marañón, y que si se hallaba la junta de estos dos 
ríos, aunque se creía estar mucho más abajo de la misión, había mucho 
andado para encontrar la salida por agua , lo que hasta entonces no se 
había podido conseguir. Añadía el P. Raimundo que él se ofrecía á la 
empresa, y que no dudaba hallar entre los suyos indios fióles y constan- 
tes que le acompañarían en el descubrimiento. Agradecieron los demás 
misioneros la propuesta del P. Santa Cruz, pareciendo bien á todos su 
resolución, y el padre comenzó desde luego á tomar las medidas para la 
empresa de que se encargaba. 



CAPITULO II 

EMPRENDE EL P. RAIMUNDO DE SANTA CRUZ BUSCAR SALIDA DE LAS 

MISIONES Á QUITO 

Antes de arrojarse Santa Cruz al nuevo y peligroso descubrimiento 
del camino en que pensaba, hizo que se encomendase muy de veras ne- 
gocio tan arduo á San Francisco Xavier, cuya protección y amparo había 
experimentado especialísimamente en las peregrinaciones y viajes. En- 
cargó después á otro misionero el cuidado de su pueblo y de los anejos, y 
animando á sus hijos los Cocamas, Agúanos y Barbudos á un viaje largo 
de provecho universal de la misión y de todos los particulares, dispuso 
de los que le parecían más fieles y constantes una armadilla de canoas 
con cien indios, todos bizarros y valientes, armados con sus armas y pre- 
venidos de sus provisiones. Hizo también que fuesen parte de lá armada 
dos soldados españoles , que con sus arcabuces podían hacer en aquellas 
tierras la armadilla dispuesta respetable. Y no se olvidó de llamar algu- 



164 Misiones del Marañón Español 

nos Xeveros que ya desde entonces habían mostrado su valor y constan- 
cia en los peligros, y celo por la extensión y aumento de la misión. 

Estando todo á punto, hizo señal el P. Raimundo, como piloto de la 
mayor gloria de Dios y descubridor de nuevas aguas y tierras, para lle- 
var muchas gentes al cielo, y empezó á moverse la armada, que á poco 
tiempo entró en el río Marañón. Desde aquí, bogando por ocho días y 
ayudada de las corrientes, llegó á la embocadura de un río grande. La 
distribución diaria ordenada del misionero, era caminar todo el día sin 
detención ninguna, saltar á la noche en tierra, y hechos ranchos rezar 
las oraciones acostumbradas ; por la mañana muy temprano decía el 
padre sumisa, á que asistían todos, que animados con sus dulces pala- 
bras, volvían alegres á tomar las canoas con que caminaban al día coma 
veinte leguas. 

Asegurado Santa Cruz que el sitio en que se hallaban , después de los 
ocho días de camino, eran las juntas que buscaba de los ríos Ñapo y Ma- 
rañón, mandó doblar á la izquierda y subir por el río Ñapo. Fué grande 
el trabajo y fatiga de los fieles indios para entrar por el río, porque la 
rapidez de las corrientes, que eran grandes á la misma embocadura, ven- 
cían las canoas ; pero al fin, con la porfía, valor y constancia de los Co- 
camas, se consiguió el avanzar á donde no eran ya tan fuertes y se ca-^ 
minaba con más descanso. Navegaron hacia el nacimiento del Ñapo 
como un mes (guardando la distribución insinuada sin azar alguno ni des- 
gracia); pero al pasar por la provincia, que se llamó después de los En- 
cabellados, quiso el Señor probar la paciencia, fidelidad y constancia 
de su siervo Raimundo. Viéronse al pas^r por estos gentiles con otro río 
grande (á lo que yo pienso el Aguarico) que por la derecha desembocaba 
en el Ñapo, y hallándose confusos saltaron en tierra, sin advertirlo el 
padre, cinco Xeveros, que como gente franca y expedita, dejando en las- 
canoas sus armas, se enderezaron sin miedo ni temor á una casa que di- 
visaban en el monte, y encontrando cuatro indios á su portada," les pre- 
guntaron, del modo que pudieron, cuál de aquellos dos ríos era el princi- 
pal. No fué la respuesta como la esperaban, porque apenas habían hecho 
la pregunta cuando se vieron cercados de una multitud de Encabellados, 
que por respuesta mataron con sus lanzas á cuatro Xeveros desarmados, 
y con hachas de piedra les cortaron al punto las cabezas, que llevaron 
en triunfo de su bárbara valentía. Uno de los Xeveros pudo escapar en 
la refriega, y corriendo á las canoas dio aviso al padre de lo que pasaba. 
Atravesado éste de dolor por la muerte de sus cuatro hijos, saltó al punto 
en tierra con los dos soldados españoles y bastante número de indios ar- 
mados : disparados al aire los fusiles, huyó la muchedumbre de enemi- 
gos con tanta apresuración , que dejaron hasta las cabezas de los muer- 
tos, las cuales, recogidas con sus cuerpos, enterró el padre con las preces 
acostumbradas de la iglesia, y volvieron todos á sus canoas. 

Aquí estuvo la prueba y el apuro del P. Santa Cruz, porque los bogas. 
que habían estado hasta entonces tan alentados y animosos, sin ceder á 



Libro IV. — Capítulo 1 1 l(j5 

ti-abajos ni á peligros, llenos ahora de terror y miedo por la muerte de 
sus compañeros, y recelando mayores desastres no querían pasar ade- 
lante : con la aprensión de mayores males se les caían los remos de las 
manos, y clamaban todos por la vuelta á sus tierras. Hirió profunda- 
mente el corazón del misionero esta resistencia no esperada, y encomen- 
dándose por un buen rato á Dios , á la Virgen su abogada y á San Fran- 
<3Ísco Xavier, protector de la empresa , se volvió con resolución á los in- 
dios, y les habló en esta sustancia: «¿Qué es esto, hijos míos; qué es esto 
•que veo en vosotros? Hasta aquí tan fieles, tan constantes y animosos que 
ni os han acobardado los peligros, ni quebrantado los trabajos, ni vencido 
las dificultades; ¿y será posible que os derribe ahora una leve incertidum- 
bre, y que os trastorne un temor vano? ¿Cómo ha entrado en esos valien- 
tes corazones tan fea cobardía, que más que temor fundado es una pusi- 
lanimidad vergonzosa? La desgracia que acaba de suceder debe de en- 
cender vuestro celo y dar nuevos estímulos á vuestro valor y esfuerzo. 
Vuestros hermanos los Xe veros ya recibieron en el cielo el premio de su 
fidelidad y la corona de sus afanes y trabajos. Sus enemigos no queda- 
rán sin el castigo de aquel Señor que todo lo dispone ó permite á favor 
de los suyos. No queráis, hijos de mi corazón, caer en una vileza tan 
grande y dejaros llevar de tan abominable cobardía, que desamparéis al 
que siempre ha sido vuestro padre, que vino á buscaros con tanto trabajo 
de tierras tan distantes, y que siempre ha procurado con todas sus fuer- 
zas vuestra salud eterna, vuestro bien y vuestros adelantamientos. Lo 
más está ya vencido, casi todo está ya hecho. Con poco más de paciencia 
llegaréis en breve á la capital de Quito, descansaréis y seréis regalados, 
y acariciados más de lo que podéis pensar de mis hermanos, que son mu- 
chos, y todos se desvivirán por vosotros. Allí veréis una hermosa ciudad 
de españoles y de indios cristianos que os franquearán sus casas y sus 
haciendas, porque la caridad cristiana les ensancha el corazón con sus 
hermanos. Ea, hijos míos queridos, resolved lo que quisiereis; que yo sólo 
y sin compañía estoy determinado, si volvéis atrás, á vadear ríos, trepar 
por breñas y atravesar montañas, á trueque de hallar camino más breve, 
fácil y derecho para que mis hermanos los jesuítas puedan venir á vos- 
otros y ayudaros y socorreros más colmadamente.» 

Encendiéronse los ánimos de los Cocamas con este discurso, y mo- 
viendo Dios los corazones, clamaron todos, á voz en grito, que querían 
seguir al padre, aunque hubiesen de morir en el camino. Y diciendo y 
haciendo, llenos de coraje y avergonzados ya de su cobardía, dieron 
fuerza á los remos y en pocos días llegaron á un puerto llamado Belo, 
habiendo navegado como cuarenta días contra las corrientes del Ñapo. 
Descubrieron desde este sitio unas chozas de indios no distantes, que pre- 
guntados de los nuestros en dónde se hallaban , respondieron que falta- 
ban como tres días de navegación para llegar á un pueblo que era tam- 
bién puerto llamado Ñapo, y que de aquí á la ciudad de Archidona era 
bien corto el camino por tierra. Abrióseles el cielo con esta nueva y die- 



166 Misiones del Marañón Español 

ron muchas gracias á Dios, que les había conducido hasta aquel término 
sin más desgracia que la de los cuatro Xeveros , librándolos de mil peli- 
gros de fieras, de precipitados raudales y de indios guerreros, en los cua- 
les habían hallado comúnmente, no sólo humanidad, sino matalotaje. No 
acababan de entender los indios cómo en tanta confusión de bocas de ríos, 
habían podido acertar sin guía y sin práctico con el puerto deseado. Pera 
el P. Santa Cruz sabía muy bien que la aguja de marear que le había di- 
rigido y sacado á salvamento, en tanta variedad de rumbos como á una 
y á otra mano se habían presentado, era la confianza en Dios, en cuyas, 
manos se había puesto y á cuya gloria enderezaba su paso. 

Animados los indios con la noticia de las cercanías del pueblo de Ñapo,, 
de Archidona y de Quito, todo les parecía ya fácil, no sólo llevadero. A 
los tres días de navegación tomaron el puerto de Ñapo, en donde dejó el 
P. Santa Cruz un soldado español con más de la mitad de los indios en 
guarda de las canoas, prometiéndoles volver en breve con socorros y 
provisiones. Y con el otro soldado y cuarenta indios , los más recios y 
briosos , prosiguió su viaje por tierra hacia Archidona , á donde llegó á 
los tres días, después de haber vencido, pero con alegría de todos, aspe- 
rísimas montañas. Caminaron otros siete hasta arribar á Baeza, de cuya 
ciudad llegaron en cuatro á la entrada misma de Quito. No le pareció al 
P, Raimundo entrar en la ciudad con aquella comitiva sin dar antes aviso- 
ai padre rector del colegio, y así se quedó esperando sus órdenes en la 
parroquia de Santa Prisca, puesta en la amenidad del célebre ejido de 
Anacquito, que viene á ser un prado vistoso y extendido. Aquí se divirtió, 
mientras venia la respuesta del superior, en mostrar á sus indios monta- 
races la hermosura de aquellos campos abiertos y trabajados , la gran- 
deza de la ciudad, el mucho trajín de su entrada, la superioridad en aquel 
bello país tan diverso del suyo, todo montes, cavernas y soledad; y final 
mente, todas aquellas cosas que les podían aficionar á las conveniencias, 
que hay en las ciudades y que se hallan en el comercio de los pueblos. 



CAPITULO III 

ENTRADA GLORIOSA DEL P. SANTA CRUZ CON SUS INDIOS EN LA CIUDAD» 

DE QUITO 

Luego que se supo en el colegio de Quito la venida del P. Raimundo- 
de Santa Cruz con sus indios, y que estaba esperando el orden de su su- 
perior para entrar en la ciudad, puso Dios en el pensamiento á un her- 
mano coadjutor, de singular espíritu y virtud , que la entrada del padre- 
con aquellas primicias de la fe era propiamente un triunfo glorioso de ella^ 
y que convenía recibir á los nuevos cristianos con la mayor solemnidad^ 
ostentación y aparato. El mismo Señor, sin duda para ensalzar la humil- 
dad de su siervo Raimundo, y para confirmar á los indios en la fe, movió al 



Libro IV.— Capítulo III H'7 

virtuoso hermano para que comunicase con el superior el pensamiento 
que le daba, diciendo que le parecía conveniente recibir al misionero y 
aquellos tiernos cristianos , con una procesión solemnísima para que hi- 
ciesen más aprecio de nuestra santa fe y volviesen á sus tierras bien confir- 
mados en ella. Lo que sería sin duda de grande ayuda y provecho para la 
extensión de las misiones cuando allá en el Marañón contasen á los gen- 
tiles el solemne recibimiento que les habían hecho los cristianos. Cuadró 
al superior el pensamiento, y enviando provisiones al P. Santa Cruz y á 
sus neófitos, y recado de que esperasen cerca de la ciudad hasta nuevo 
aviso, fué á verse con el señor obispo, que á la sazón era el ilustrísimo 
Montenegro, y le propuso su idea Aprobóla desde luego aquel prudente 
prelado, muy gozoso de que se ordenase un solemnísimo recibimiento á 
la santa fe que venía triunfante en los nuevos cristianos de tan lejanas 
tierras. 

Llegado el día señalado, se dispuso á placer del señor obispo y cate- 
dral, de la Real Audiencia y gobernador, la entrada en la ciudad con 
cuanta eclesiástica celebridad se pudo disponer la ostentación de un 
triunfo de la fe. Juntáronse en la iglesia del colegio de Quito sus tres con- 
gregaciones, de Nuestra Señora de Loreto, de la Presentación y del Sal- 
vador; compusieron sus imágenes, aderezaron los estandartes, sacaron 
todos los cirios, de que tenían grande abundancia, y trajeron una multi- 
tud de cohetes , género muy usado en todas las fiestas de la ciudad. Con- 
gregada la gente, y no faltando nada de lo que creyeran necesario para 
una solemne procesión, comenzaron á caminar los congregantes forma- 
dos en dos filas y con sus cirios en las manos. Seguían á éstos los padres 
y hermanos del colegio, de la misma manera. Iba delante de todos una 
insigne estatua de San Francisco Xavier, Apóstol de las Indias, en su traje 
regular de peregrino; en medio llevaban una imagen de Nuestra Señora, 
y cerraba la procesión otra del Salvador, con una buena música de can- 
tores y muchos instrumentos de violines, arpas, chirimías y clarines. Así 
caminaba la procesión hacia la parroquia de Santa Bárbara, cerca de 
los muros de la ciudad. Los fuegos artificiales que se echaban al aire, el 
son de los instrumentos y la voz que había corrido de la entrada célebre,, 
convocaron en breve el concurso de toda la ciudad. 

El P. Raimundo estaba ya con sus indios en Santa Bárbara espe- 
rando la procesión como se le había ordenado, y les había vestido de 
aquel traje, que es p¿tra ellos la mayor demostración de celebridad y 
alegría. Tenían todos puestos sus camisetas blancas de algodón hasta 
media pierna, porque es para los indios el color blanco la mayor gala y 
regocijo ; las cabezas estaban airosamente adornadas de guirnaldas de 
plumas de varios colores. Tenían todos sus rosarios pendientes del cuello,, 
el arco, flechas y carcax colgados del hombro izquierdo, y en su mano 
derecha tenía cada uno una vela de á libra. 

Llegada la procesión á Santa Bárbara , después de una breve oración 
que hicieron todos, distribuyó el P. Raimundo sus indios entre los congre- 



168 Misiones del Marañón Español 

gantes, y se ordenó la vuelta con la mayor formalidad, orden y modes- 
tia en tan gloriosa entrada. Iba el misionero en medio de sus ovejas en- 
tonando las oraciones de la doctrina cristiana en lengua inga, á que res- 
pondían los indios con acordes voces, enterneciendo aun á las piedras y 
derritiendo en devoción á cuantos les oían. Todo encarecía la admiración 
y ternura de la innumerable gente que iba en séquito de la procesión, el 
repique de todas las campanas de la ciudad, el estruendo casi continuo 
de los voladores y el son de los tambores y clarines , que resonaban de 
trecho en trecho, y otros varios instrumentos músicos que estaban alre- 
dedor de la estatua del Salvador, significando al vivo el triunfo de nues- 
tra santa fe, victoriosa en los nuevos cristianos de la ciega gentilidad 
del Marañón. Todo era aplausos, todo aclamaciones. Hombres y mujeres, 
niños y viejos, eclesiásticos y seculares, todos mostraban en sus semblan- 
tes la alegría y regocijo, y cuánto se interesaban en el triunfo glorioso de 
nuestra sagrada Religión. 

Pero lo que más llevaba la atención de todos era el P. Raimundo de 
Santa Cruz, á quien miraban como á un Xavier entre sus indios. Veíanle 
en el mismo traje con que vivía en la misión, con una media sotana tosca 
de algodón negro, que á manera de saco sólo llegaba á media pierna, 
toda hecha jiras por las espinas y abrojos del camino. Su rostro estaba 
denegrido, flaco y consumido, la cabeza sin cabellos y las piernas llenas 
de llagas y los pies con unas malas sandalias. Pero aunque flaco, con- 
sumido y acabado, entonaba con tanto esfuerzo, alegTÍa y espíritu las 
oraciones á sus indios, que sus ecos eran pasmo á la edificación, y movían 
á todos á ternura, devoción y lágrimas 

Entró la procesión en el convento de las monjas de la Concepción, que 
es la primera iglesia para pasar á la catedral, y la recibió el numeroso 
coro de aquellas religiosas, con un solemne y devoto Te Deum laudamus, á 
que se siguieron otros oportunos villancicos como en regocijo del triunfo 
de la fe de su Esposo. Pero si se alegraron mucho las fieles esposas de 
Jesús con la vista de los nuevos cristianos, derramaron muchas lágrimas 
de consuelo y de ternura al ver al misionero tan macilento y desfigurado. 
Pasó de aquí la procesión por la plaza mayor, en donde el señor obispo 
desde su palacio y el presidente y oidores desde sus casas reales, vieron 
con singular complacencia aquel triunfo sin comparación más glorioso 
que todos los triunfos de los emperadores romanos. 

Al llegar á la catedral fué recibida de su venerable deán y cabildo 
que, con sobrepellices y todo aparato, la estaban esperando á la puerta 
de la iglesia. Cantó su buena música otro Te Deum laudanms, y subiendo el 
P. Raimundo por orden del señor deán hasta el altar mayor en donde es- 
taba expuesto con singular aparato el Santísimo Sacramento, hecha una 
breve oración de rodillas con sus neófitos, les hizo una fervorosa exhor- 
tación en lengua cocama, dirigida á confirmarlos en la fe de aquel Señor 
que los recibía en sus brazos. Concluyóse la plática con la salutación or- 
ílinaria de los indios, que esforzando la voz dijeron: «Alabado sea el San- 



Libro IV.— Capítulo III Kíí) 

tísimo Sacramento.» Apenas dijeron estas palabras cuando todo el pueblo, 
lleno de ternura, las repitió á voces, y conmovidos todos de tan glorioso 
espectáculo, clamaban más y más nuevos y antiguos cristianos y se des- 
hacían en alabanzas del verdadero Dios, derramando éstos tiernas lá- 
grimas por ver alabado á su Señor de gentes tan extrañas y que habían 
estado por tanto tiempo sin conocerle. 

Satisfecha á vista de Dios Sacramentado la devoción de tan cristiano 
concurso, comunicándose unos á otros el consuelo por los ojos y exhor- 
tándose á, mirar la maravilla que tenían delante, prosiguió la procesión 
hasta la iglesia del colegio. Cuatro prebendados venerables de la cate- 
dral llevaron en sus hombros la imagen de San Francisco Xavier con 
singulares demostraciones de devoción y afecto, celebrando con el hecho 
mismo los loores de los que imitaban sus pasos y su gran celo en ganar 
almas para el cielo. En la iglesia de la Compañía fué recibida como en 
las otras con el tercero Te Deuní laudamus, cantado en música y con la 
mayor solemnidad; colocóse la imagen del Apóstol de las Indias en la 
capilla mayor, como capitán general de estas empresas, en un altar que 
estaba dispuesto y ricamente adornado. Cantóse su oración y otras en 
acción de gracias, y puestas las otras imágenes en sus respectivas capi- 
llas, se dio fin á tan gloriosa función, que dio mucho lustre y crédito á 
los trabajos apostólicos de los misioneros del Marañón. 

Al deshacerse el concurso hubo muchos convites de varias personas 
calificadas que á competencia querían hospedar á los nuevos cristianos, 
pero no permitió la Compañía que saliese ninguno de su casa, parecién- 
dole debido concurrir con esmero al regalo de los hijos que había engen- 
drado en el Evangelio. Pasaron los indios de la iglesia al colegio, y no 
sin dificultad por el mucho concurso de eclesiásticos y seculares que re- 
gocijados con la vista de Santa Cruz, todos querían saludarle ; unos como 
á concolega,' otros como á condiscípulo, y muchos como á maestro de 
quien habían aprendido letras humanas y retórica. Pero aunque recibía 
el misionero los agasajos y plácemes de todos con agrado, lo refería todo 
á Dios, y atendía principalmente al hospedaje de sus indios, cuya tropa 
iba conduciendo por lo interior del colegio, alabando sus buenas cualida- 
des, y llamándolos hijos suyos, que con tanta fidelidad y amor habían 
concurrido al desempeño de sus empresas. Fueron hospedados en un 
cuarto bajo capaz, donde les repartieron piezas para su habitación; y 
a,sí en este día, como en los demás, se les dio de comer en abundancia. El 
P. Raimu-ndo quiso retirarse á su aposentillo, pero no lograba, como se 
deja bien entender, el retiro que deseaba , ni el olvido de todos que por 
su humildad pretendía; porque ansiosos los padres y hermanos del cole- 
gio de verle á satisfacción y gozar de sus dulces y amorosas palabras, no 
¿icertaban á separarse de él : lo que no es fácil explicar con palabras, y 
dejamos á la consideración de los lectores. 

Esta fué la entrada gloriosa del P. E^aimundo de Santa Cruz en la 
ciudad de'Quito, acompañado de sus hijos los indios, la cual sucedió en el 



170 Misiones del Marañón Español 

afio de 1654, día memorable en aquella ciudad y de tanto triunfo, que no 
parece haberle tenido mayor ninguna hazaña gloriosa de los más valero- 
sos capitanes. Y esto nos trae á la memoria la entrada de D. Gonzalo Pi- 
zarro tantos años antes , después de tantas miserias y desastres. ¡ Cuan 
diferente fué la salida y entrada de este pobre religioso, despreciador del 
mundo á la entrada y salida de aquel conquistador famoso! Sale Pizarro 
de Quito con 4.000 indios y buen número de españoles, lucidos y valien- 
tes, á buscar nombre y fama, y adquirir riquezas y tesoros; y vuelve casi 
solo, y desnudo y muertos todos sus indios en los caminos , y perdida la 
mayor parte de los españoles. Sale Santa Cruz de Quito, olvidado y des- 
preciado en los ojos del mundo, en busca de las almas con solo una cruz 
y un breviario, y vuelve rico como un Jacob . con dos ¡tropas de hijos es- 
pirituales, una que deja atrás en el puerto de Ñapo y otra que trae con- 
sigo, con la cual entra triunfante en la ciudad. Sale Pizarro de Quito con 
todo género de armas, pertrechos y prevenciones, pensando avasallar 
todas las naciones del Marañón y demás ríos, y vuelve después de ha- 
berlo perdido todo sin haber conquistado ni un palmo de tierra y gastado 
casi tres años en arribar con increíble fatiga á las juntas del Ñapo, y 
viéndose al fin burlado de su confidente Orellana. Sale Santa Cruz de 
Quito sin más armas ni pertrechos que la confianza en Dios y descon- 
fianza de sí mismo, entra felicísimamente por el temido Pongo y con- 
quista para Dios y para el rey muchas naciones de gentiles, emprende 
con los nuevos indios desde lo más alto del Marañón un viaje dilatado, 
encuentra sin práctico ni guía las juntas deseadas de los ríos, y en cin- 
cuenta y un días de navegación y otros pocos por tierra, entra glorioso en 
la ciudad sin haber empleado en tantas empresas y caminos mucho más 
tiempo que el que gastó D. Gonzalo en su desgraciada ida y más desgra- 
ciada vuelta de las juntas del Ñapo y Marañón. Sale, finalmente, Pizarro, 
como gobernador de la provincia, con toda la potestad que le correspon- 
día pensando eternizar su nombre en la conquista de un nuevo mundo, y 
vuelve abatido, consumido y afrentado, y perdidos los caudales y muerta 
su gente, sin haber topado con otros enemigos que los mosquitos y pla- 
gas de los montes, y entra en Quito en tiempos de confusión y guerras 
en que apenas pudo conseguir lo necesario para cubrir su desnudez. Sale 
Santa Cruz, pobre y humilde en sus ojos, sin ser visto ni atendido de na- 
die, pensando extender la gloria de Dios á costa de su propia humillación 
y abatimiento, y le entrega el Señor tanto número de infieles y entra ri- 
quísimo en Quito con el tesoro de las almas en tiempos de su. na paz, y es 
aclamado y vitoreado de todos sus ciudadanos como apóstol del Mara- 
ñón, no pudiendo su humildad huir de tantos aplausos. Tanta verdad es 
que sigue la gloria verdadera á quien huye de corazón de los aplausos, 
y que no halla sino confusión y afrenta el que anda en seguimiento de la 
honra. 



Libro IV.— Capítulo IV 17 i 



CAPITULO IV 

ADMINÍSTRASE CON TODA SOLEMNIDAD EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN 
Á LOS INDIOS Y TRATA EL P. RAIMUNDO DE SU VUELTA 

A la entrada gloriosa del P. Santa Cruz en la ciudad de Quito, dispuso 
la providencia que se añadiese otra solemnidad no menos oportuna para 
arraigarlos en la fe y para aficionarlos más á los antiguos cristianos. 
Quiso el señor obispo de aquella catedral confirmar á los cuarenta indios 
y celebrar la función con el mayor aparato en la iglesia de la Compañía 
de Jesús. Todos se alborozaron al entender la resolución del prelado. Re- 
bosaba de contento el misionero, conociendo que el Señor había endere- 
zado sus pasos hacia la ciudad de Quito con la comitiva de los nuevos 
cristianos para el provecho de éstos y para el mucho bien que esperaba 
seguirse de tan sagrada función en todo el distrito de las misiones, en 
donde los mismos indios serían los panegiristas de las grandezas de nues- 
tra Religión y de la caridad de los ciudadanos. Alegráronse los gremios 
todos de la ciudad, el cabildo eclesiástico, la real cancillería, la real au- 
diencia, caballeros y ciudadanos, porque todos pensaban tener parte en 
obsequiar á los nuevos cristianos, ya que no habían podido lograr el hos- 
pedarlos en sus casas. * 

Concurrieron de todas clases al P. Santa Cruz muchos respetables su- 
jetos, deseando tener el consuelo de que el mismo padre de su mano les 
señalase algún indio por ahijado en la confirmación, en que tendrían á 
gran dicha y honra el ser padrinos. Eran tantos los pretendientes que no 
se pudo contentar á todos, pero se tuvo atención con los que parecían 
tener más derecho ó conveniencia, como eran el señor presidente, el co- 
rregidor, varios oidores, prebendados y caballeros. Compraron luego va- 
rias telas preciosas los padrinos para vestir ricamente á sus ahijados, les 
probaban los vestidos y les enseñaban el modo de usarlos y traerlos. Es- 
taban pasmados los indios de tanto agasajo y de que señores tan grandes 
les tratasen con tanta afabilidad y cariño ; pero se les daba á entender 
que todo esto les venía por la gran dicha que habían adquirido por el 
santo bautismo, y por la alteza y dignidad de la Religión que profesa- 
ban, y el P. Raimundo se aprovechaba muy bien de lo que entraba por 
los ojos á sus indios para que formasen un concepto ventajoso de lo que 
era ser cristiano. 

Llegado el día señalado para las confirmaciones de los indios, colgada 
magníficamente la iglesia, puesto su sitial para el obispo, sillas de car- 
mesí para la real audiencia y muchos asientos para el gran concurso que 
habían convocado las prevenciones , iban entrando los señores padrinos 
con los principales personajes de tan vistosa obra, que eran los Cocamasr 
Agúanos y Xeveros. Venían ricamente vestidos y como de corte los quo 



172 MisioxKS DEL Marañón Español 

poco antes parecían salvajes en sus montañas. Todos traian calzones 
a,biertos, á usanza de Quito, de lienzos delicados con hermosas puntas; 
las camisas interiores también eran delicadas, las que llaman camisetas, 
que viene á ser un vestido que coge desde los hombros á las rodillas, eran 
unas de lama, otras de ormesí, la que menos de seda guarnecidas de 
puntas ó de encajes de oro y plata. Venían unos con capa, otros con co- 
bija ó manta cuadrada (según el uso), de tejidos lustrosos; y todos con 
sombreros adornados con cintas de varios colores. Como los indios eran 
bien hechos y de buena disposición, no les caían mal aquellas galas, y se 
llevaban los ojos de las gentes. Pero lo que más se dejaba notar de los 
que les observaban, era lo que ellos mismos se miraban y atendían unos 
á otros, riéndose cada cual de los demás, no por burla, sino por novedad, 
<xplaudiendo el regocijo ae verse tan galanes y bizarros. 

Con esta gala y aplauso recibieron al obispo en la iglesia los padrinos 
y ahijados, y empezaron las confirmaciones, que fué haciendo el ilustrí 
simo prelado, llegando por su orden los indios con sus velas y colonias en 
«Has para vendas. Ejecutáronse las funciones que se siguen con ostenta- 
ción y regocijo de los padrinos é indios, y á todo se dio fin con una buena 
música que recreó á los oyentes, y con un lustroso paseo que hicieron por 
la ciudad los indios con sus padrinos , llevando después todos á sus casas 
á los mismos ahijados para regalarlos ; y en esta ocasión les dieron otros 
vestidos más ordinarios para el viaje, porque no gastasen en el caminó 
las galas y las pudieran enseñar nuevas y lucidas á sus mismos paisanos. 
Todas estas cosas tenían como fuera de sí á los indios admirados de la 
ostentación de los españoles, de la celebridad en las iglesias, de las ce- 
remonias sagradas del obispo, de la piedad católica y liberal de los ciu- 
dadanos de Quito. Cuando volvieron á casa, mostraban á su padre misio- 
nero los dones que traían y le contaban con agradecimiento los agasajos 
que de sus padrinos habían recibido, y el padre prosiguió regalándolos y 
acariciándolos de manera que no pensaba en otra cosa que en sus indios 
y en prevenir las cosas necesarias para su vuelta á las misiones. 

Pero aunque Santa Cruz instaba por volver á las misiones, pareció á 
los superiores conveniente el detenerle ^or algún tiempo, así porque se 
recobrase algo de su quebrantada salud y descansase del largo viaje, 
como porque los indios viesen más despacio las cosas más notables de la 
ciudad. Y así en este tiempo recorrieron lo magnífico de los templos, la 
hermosura, que es grande, de sus tabernáculos, la riqueza de los orna- 
mentos sagrados, de que han hecho siempre mucho caso los quiteños, y 
asistieron á varias funciones eclesiásticas, con las cuales iban haciendo 
más aprecio de la fe que habían recibido y de la Religión que profesa- 
ban. Duró como cosa de un mes la detención en que se recobró algo el 
misionero, aunque andaba siempre como de leva para el viaje, y ha- 
ciendo gente con sus encendidas palabras y con la relación de los pro- 
gresos de la misión para llevar consigo cuantos operarios pudiese al río 
Marañón. No necesitaba de largas exhortaciones, porque sola su vista 



Libro IV.— Capítulo IV 173 

parecía tocar alarma á los de la Compañía que deseaban alistarse á por- 
fía para la conquista de los gentiles. Todo el colegio de Quito se hubiera 
ido con el P. Santa Cruz, según estaban encendidos los ánimos con el 
ejemplo del que veían y con el buen logro de sus trabajos. 

Pero los que con más instancia pidieron y consigieron acompañarle 
fueron tres, y no fué poco en tanta escasez de sacerdotes, absolutamente 
necesarios para los empleos de la provincia. Uno fué el P. Ignacio Fran- 
cisco Navarro, á quien por su edad y por los achaques contraidos en laa 
misiones de los Paeces, habían los superiores retirado á Quito, para que 
se restableciese y descansase de los grandes trabajos que había padecido- 
por diez años entre aquellos bárbaros. Mal hallado con la estancia en eL 
colegio de Quito ó pareciéndole estar en ocio, porque no sudaba tanta 
como con los Paeces, hizo tanto y alegó tantas razones por acompañar ¿i 
Santa Cruz, que vinieron en ello los superiores. La principal que esfor- 
zaba su humildad, era que había venido de España para dedicarse á mi- 
siones, y que sus cortos talentos y balbuciente lengua, no eran para ejer- 
citar los ministerios entre españoles, sino para tratar con los indios. Otra 
fué el P. Luis Vicente Centellas; persona de gran mérito en la provincia 
y que había comenzado á leer en Quito la cátedra de teología, y tuvo á. 
gran dicha el mudarla con la cátedra de la predicación á los gentiles en 
las montañas escondidas y apartadas del Marañen. 

Con estos dos compañeros del P. Santa Cruz, que habían ya dado bue- 
nas pruebas de su vocación en las trabajosas misiones de los Paeces, me- 
reció juntarse el P. Tomás Majano, que aunque era todavía de pocos^ 
años en la Compañía y comenzaba entonces á ejercer los ministerios de 
la predicación, pero era tenido y respetado de todos como hombre santa 
por su oración casi continua y por su mucha mortificación. Había sida 
colegial en el seminario de San Luis, y concolega del P. Raimundo. Y 
viéndole ahora rodeado de sus indios , y con tanto amor y celo del bien 
de las almas, alegó con singular eficacia que lo que á él le había traído 
á la Compañía era el deseo de ganar almas, y que no sosegaba su espí- 
ritu después do acabados los estudios, mientras no conseguía verse entre 
gentiles para traer almas á Dios. Conociendo el superior su mucha vir- 
tud y encendido celo, y siendo bien sabida de todos los del colegio hi. 
grande mortificación del P. Majano, no se atrevió á negarle lo que pedía. 
Porque, aunque particularmente á los principios no se concedía á gente 
moza pasar á las misiones de Mainas sin mucho examen, consideración, 
y prueba, mas la vida ejemplar del P. Tomás no dio lugar á tanta espera 
como se pedía en los demás. Estos tres sujetos fueron señalados para ir 
con Santa Cruz á los Mainas. El uno catedrático del colegio, enfermo el 
otro, y el tercero que comenzaba á llevar sobre sí el peso de los ministe- 
rios de Quito, por donde se ve el aprecio que se tenía de las misionas del 
Marañen y lo mucho que sirvió la vista del P. Raimundo para alistar en 
las milicias de Mainas personas tan necesarias para los empleos de !a 
provincia. 



174 Misiones del Marañón Español 



CAPITULO V 
sale el padre santa cruz con 'iRES compañeros y los indios 

Á sus MISIONES 

Ya, finalmente, llegó el tiempo en que permitieron á nuestro misionero 
volver á sus Mainas. Salió de Quito con sus tres hermanos, dejando llena 
de edificación á toda la ciudad y con mucha estimación de los empleos de 
la Compañía en los gentiles. Iban los indios cargados de dones, ricos de 
vestidos y provistos de otras muchas cosas, así. para las misiones como 
para los compañeros que habían quedado en Ñapo en guarda de las ca- 
noas. Hízose el viaje por Archidona (y á lo que pienso) en cabalgaduras 
que sirvieron á los padres hasta la ciudad. De aquí en poco tiempo arri- 
baron al puerto de Ñapo. No es fácil explicar con palabras la alegría y 
contento de los que habían quedado en el puerto al ver á sus paisanos 
tan mejorados, ni sabré yo decir el gusto que tuvieron éstos en decirles á 
su modo todo lo que les había sucedido en Quito, lo que habían visto con 
sus ojos y cuánto les habían agasajado, no sólo los hermanos del padre 
Santa Cruz, sino las personas más grandes y principales de la ciudad. 
Mostrábanles las galas y presentes que traían y repartían con ellos de 
muchas de las cosas que habían prevenido. Con esto alegres todos y con- 
tentos, después de haber comunicado los unos la soledad y penalidades de 
quien espera y los otros sus festejos aplausos y regalos en Quito, se 
exhortaban mutuamente al viaje, deseando hacer también sabedores 
ouanto antes á sus paisanos de unas nuevas tan gustosas para el común 
de la misión. 

Comenzaron la navegación con mucha alegría, y como era ya por 
rumbo conocido y les ayudaban las corrientes, llegaron en solo quince 
días á la embocadura del río Ñapo, en el Marañón, en cuyo viaje habían 
tardado á la venida casi cincuenta. Hallaron alguna dificultad en subir 
á la misión por el Marañón y aun se vieron en peligro de que las corrien- 
tes volcasen las canoas. Pero con la destreza evitaban los golpes, y á 
fuerza de remo y remudándose frecuentemente por ser mucha la fatiga, 
vencieron los raudales en otros quince días, en que llegaron al primer 
pueblo. Con esto quedó asentado que el camino descubierto era seguro 
en ida y vuelta, y que abierta ya la puerta con las canoas por el Marañón 
y el Ñapo, se lograba la comunicación con Quito, sirviendo de aduana la 
ciudad de Archidona, cosa del todo necesaria para la subsistencia de la 
misión y para recibir las órdenes de los superiores, que hasta entonces se 
habían mirado casi como imposibles. 

Muy gozoso el P. Santa Cruz con tan provechoso descubrimiento, y 
por haber logrado el tener ya (como decía) á los indios mismos por coad- 
jutores en su predicación, los fué dejando en sus pueblos respectivos, 



Libro IV.— Capítulo V 176 

asistiendo él mismo á la entrada que hacían en ellos. Era ésta como un 
triunfo en que recibían los indios á los navegantes con vivas y aclama- 
ciones, celebrando los descubrimientos, admirando los trabajos, y sobre 
todo, pasmados y aturdidos de las cosas que les contaban. No podían con- 
cebir con sus toscos entendimientos las magnificencias que les referían 
de Quito, y estaban al oírlas como extáticos ó embobados, pero rastrea- 
ban algo por los ricos trajes que les enseñaban y más viendo á sus com- 
patriotas que eran antes como ellos, tan cortesanos, abiertos y despeja- 
dos, con un aire de novedad que no acababan de entender. No engañó á 
Santa Cruz el pensamiento en que venía de que los indios confirmados en 
la fe serían de grande provecho para la propagación del Evangelio en 
sus montañas y para el más sólido fundamento y establecimiento de los 
pueblos, porque pasando de unos indios á otros las voces y relaciones de 
los recién venidos de Quito, afervorizaron á unos y dispusieron á otros 
para recibir el bautismo. 

Llegó el P. Santa Cruz con sus tres compañeros, poco más de un mes 
después de haber salido de Quito, á la ciudad de Borja, último término de 
su viaje. Fué recibido con mucho júbilo del superior que estaba ?nuy cui- 
dadoso, y luego que entendió de Santa Cruz lo que se había conseguido 
en el viaje, dio muchas gracias al cielo que les había descubierto ya sa- 
lida para Quito, y agradeció al misionero los trabajos que había pade- 
cido sin volver atrás de lo comenzado, aunque se había visto en tantos 
apuros. Ya desde entonces comenzó á pensar sobre la manera de hacer 
algún establecimiento en Archidona, para aprovecharse con utilidad de 
la misión del rumbo descubierto. Pero lo que entonces no era fácil ejecu- 
tar por la larga distancia y por ser tan corto el número de misioneros, lo 
facilitó la Providencia dentro de algunos años y de una manera que no 
se pensaba ni era posible adivinar. 

La recluta de los nuevos soldados Navarro, Centellas y Majano, fué 
de mucho consuelo para los demás misioneros, que remando y trabajan- 
do noche y día no podían asistir á tantos pueblos recién formados, como 
querían ser servidos y adoctrinados. Sin embargo de efeo, en este año de 
54 en que sucedió, como insinuamos, esta empresa del descubrimiento del 
camino por Archidona, aunque faltó de sus pueblos el P. Raimundo, y 
por tanto tiempo, consiguieron los demás misioneros que todos los genti- 
les reducidos viviesen como cristianos, introduciendo el uso de que los 
bautizados trajesen siempre al cuello el rosario de María Santísima en 
señal de que estaban obligados por el bautismo á profesar la santa ley 
de .Jesucristo. Muchos de ellos frecuentaban ya los sacramentos, hacién- 
dose capaces de recibir la Eucaristía que no se concede desde luego que 
se bautizan, mientras no tengan alguna mayor discreción y conocimiento 
de los misterios sagrados. Hacían sus procesiones y rogativas en los días 
festivos, dando vuelta alrededor de los pueblos, y otras veces por los 
campos, cantando las oraciones y doctrina cristiana. 

Con los más nuevos era mayor el trabajo de los misioneros, porque 



176 Misiones del Marañón Español 

fuera de la doctrina y oraciones ordinarias en que no se dispensaba ja- 
más, les llevaba mucho tiempo el dirigirlos, como era necesario, en las 
obras exteriores de trabajar la tierra y en las artes mecánicas, sin las 
cuales no se podía vivir sin alguna comodidad en los pueblos; porque, 
como los socorros que venían de fuera no eran bastantes para remediar 
tanta gente, era preciso que aprendiesen los indios á escarmenar el algo- 
dón, á hilarlo, y á tejerlo. Así lograban formar sus telas, no sólo del al- 
godón, sino de la pita y de la palma chambira, y andaban todos decente- 
mente cubiertos y bastantemente defendidos de los temporales. Los mis- 
mos padres hacían también con aquellos pobres neófitos el oficio de mé- 
dicos, sin más estudio que el de la caridad que les dictaba las medicinas 
en las hierbas, ó por conocidas en la Europa ó por experimentadas en 
aquellos países. Enseñaron el oficio de sangradores y cirujanos á ciertos 
indios más capaces que con su habilidad, prontitud y diligencia lograban 
dar la salud con este socorro á muchos miserables que hubieran, sin 
duda, acabado la vida en su miseria y falta de todo alivio. Con estos ofi- 
cios de caridad y misericordia tenían unidos y obligados á los nuevos 
cristianas, y se iban aumentando en población las reducciones. 



CAPITULO VI 

ENTKA EL P. RAIMUNDO CON EL GENERAL D. MARTÍN DE LA RIVA Á LA 
CONQUISTA DE LOS GÍVAROS, Y DE LO QUE PADECIÓ EN ESTA EM- 
PRESA. 

Apenas había llegado el P. Santa Cruz con sus indios á los pueblos y 
con sus compañeros á Borja, cuando se le ofreció hacer otro viaje, en 
que no tuvo poco que ofrecer á nuestro Señor, no sólo por los trabajos y 
penalidades y peligros en que se halló, sino aun mucho más por la erra- 
da conducta del comandante de la expedición y por la imprudencia de 
los soldados. 

D. Martín de la Riva, gobernador de Caxamarca, tenía en mira la 
conquista de los Gívaros, cuyas tierras, como hemos dicho más de una 
vez, se tenían comúnmente por muy ricas y abundantes de muchas mi- 
nas. Había juntado cien soldados españoles, que no era poeo número en 
aquellas circunstancias, y se lisonjeaba que con ellos, logrando algunos 
indios montañeses de la misión de Mainas, llegaría á sujetar á los Gíva- 
ros, por valientes que fuesen y por orgullosos que se hallasen á causa de 
la superioridad que habían tenido con los españoles en algunos encuen- 
tros. Parecía que el negocio podía tener muy buenas consecuencias, por- 
que la sujeción de los Gívaros, enemigos capitales de los nuestros, redun- 
daría en servicio de ambas Majestades divina y humana. Por esta causa 
el gobernador de Borja, si bien conocía no tocar á D. Martín aquella 



LiBRa IV.— Capítulo VI 177 

conquista, le concedió el socorro de indios que le pedía, encargando al 
P. Lucas de la Cueva que señalase un padre misionero que, con algunos 
indios de los más animosos, acompañase al general en la empresa. 

Viendo el P. Cueva que se podía sacar mucho fruto espiritual de la 
expedición, puso luego los ojos en el P. Raimundo, cuyo celo y valor era 
tan conocido de todos. Encargóle el cuidado de escoger y juntar los in- 
dios que pedia D. Martín y de llevarlos á la provincia de los Gívaros. 
Admitió la orden Santa Cruz como venida del cielo, en la misma forma 
con que recibía siempre las órdenes de la santa obediencia, y escogió de 
las naciones Cocama y Xeveros como cien indios que le parecieron más 
á propósitb y de mayor coraje. Dispuso embarcaciones con que, subien- 
do desde Guallaga por el Marañón, llegó á las juntas del río Santiago, y 
navegando por él contra la corriente, dentro de pocos días dio vista á la 
provincia de los Gívaros, en donde ya los españoles tenían asentado su 
real. Al descubrir éstos la flotilla del padre con sus indios guerreros, hi- 
cieron la salva por orden del general y dispararon toda la arcabucería. 
Desembarcó Santa Cruz con su gente y fué recibido con singulares mues- 
tras de regocijo. Bien les pagó el misionero el agasajo, porque fué el con- 
suelo de todos en sus males, la alegría en sus tristezas y el desahogo en 
las penalidades. Procuró desde luego la reforma interior y exterior de 
los soldados; hacíales frecuentes pláticas, asi comunes como particula- 
res, conforme al genio de cada uno, componía las diferencias y reprimía 
las libertades. Y como no pueden faltar discordias entre personas que 
sólo aspiran á su particular interés en las determinaciones que toman, 
bien necesitó Santa Cruz de su celo y constancia y de aquella admirable 
condescendencia con que ganaba los corazones que trataba, para man- 
tener la unión y concordia entre tantas voluntades. 

Muchos meses estuvo el P. Santa Cruz en estas tierras con grande de- 
seo de la conquista de los Gívaros, y en ella padeció innumerables tra- 
bajos. Porque siendo continuas las aguas y asperísima la tierra andaba 
siempre á pie, expuesto á las inclemencias del cielo, día y noche, por 
montes y cerros en busca de gentiles, entre continuos peligros de dar en 
las emboscadas que hacían, y en que cogieron algunos de los soldados, á 
quienes quitaban luego la vida los Gívaros. Entre estos desdichados ca 
yeron también cuatro indios de Santa Cruz, muertos á lanzadas como los 
demás, cuyo infortunio causó gran dolor y quebranto en quien tan de ve- 
ras los amaba como si fuera su mismo padre. Pero su mayor pena en todo 
este tiempo era ver la errada conducta del general en la pacificación de 
los Gívaros, á quienes pensaba sujetar con las armas, con sólo el estruen 
do de los arcabuces, cuando no hacían tiro en los gentiles que andaban 
dispersos y bien encubiertos, ó guardados por la calidad del terreno, que 
tenían más conocido que los españoles; de manera que sólo lograban los 
nuestros espontanear la caza, y si entraban algunas partidas en lo inte-, 
rior del bosque, volvían atrás sin fruto alguno antes con daño de los que 
daban en las trampas ó caían en las emboscadas de los Barbudos, 

12 



178 Misiones del Marañón Español 

Considerando el P. Santa Cruz el modo poco acertado del general en 
orden á la pacificación de la .provincia y que la experiencia de tantos 
días no era bastante á desengañarle, se resolvió á hablarle en esta ma- 
nera. «Muchos días ha, Sr. D. Martín, que estamos en estas tierras sin 
ver fruto alguno y sin experimentar ventajas en nuestra conquista, an- 
tes bien estamos todos exquestos al rigor del hambre, de la necesidad y 
desamparo. Por no hablar ahora de los que han sido muertos á lanzadas 
de los gentiles, y de los temporales contrarios á que vivimos todos sujetos 
sin poder valemos en tantas aguas, la conducta del ejército en sujetar 
por medio de las armas á los indios Gívaros no me parece acertada. Por- 
que ya tienen desterradas aquellas aprensiones con que en otro tiempo 
imaginaban ser rayos del cielo los golpes de los arcabuces, y ser mons- 
truos de la tierra los hombres montados á caballo; el trato y comercio de 
estos indios rebeldes con los españoles les ha hecho abrirlos ojosyies 
tiene desengañados. Saben pelear sin miedo; son hábiles y discretos en 
emboscadas propias de su genio traidor, tienen en su modo de pelear 
'muchas ventajas; porque viéndose inferiores, acuden á la fuga y sin gas- 
to ninguno mudan á su placer las rancherías, metiéndose por lo más in- 
terior de los montes y cansando en valde nuestra gente, que va ya fal- 
tando sin haber conseguido en tanto tiempo las ventajas que se figuraba. 
Mi dictamen es que el corto ejército se acuartele, y que no haga movi- 
miento de hostilidades tercio alguno, sino que se mantenga todo unido en 
la defensa. No es posible ya conquistar hombres para el rey, sino ganan- 
do almas para el cielo. El único medio de atraer á los Gívaros es publi- 
carles la paz, mostrarles cariño, halagarlos y acariciarlos. Por medio de 
algún indio se les puede hacer saber que no hemos venido á estas tierras 
sino es para hacerles todo el bien que podamos, para que conozcan á 
Dios y aprendan á ser cristianos. Que no les pedimos cosa alguna, que 
nada les queremos quitar, antes bien, que traemos mucho que darles y 
que repartir á sus niños y mujeres. Sólo de esta manera se puede vencer 
su obstinación y atraer su esquivez bárbara». Así discurría el experi- 
mentado misionero. 

Pero no se acomodaban á esta suavidad y mansedumbre el general y 
los soldados, á quienes parecía que sólo el temor de las armas podía su- 
jetar una gente revelada que no daba lugar á razones ni á propuestas. 
Pensaban que, ocupados los montes, ellos mismos ó se ausentarían de la 
provincia dejando libres las tierras, ó vendrían de suyo á dar la obedien- 
cia á su majestad pidiendo las paces con los españoles. Siguiendo este 
dictamen, ocupaban puestos, disponían salidas y trabajaban en vano, sin 
que los malos sucesos acabaran de convencerlos de su desacertada con- 
ducta. El pobre misionero, no pudiendo apearlos de aquel obstinado error, 
padecía más que todos, tolerando con paciencia y mansedumbre aquella 
diversidad de estilo y de dictámenes, padeciendo no menos en su espíritu 
por la inutilidad de sus esfuerzos, que en el cuerpo mismo, por la debili- 
dad y los achaques. Crecieron éstos con las muchas correrías en que no 



Libro IV.— Capítulo VI 179 

podía desamparar á los soldados, y por las frecuentes centinelas que se 
veía precisado á hacer por las noches en el campo. 

En una de éstas fué tan grande la tempestad de agua, que derribó un 
gran pedazo de un cerro; y represada el agua llegó á formar tal turbión, 
que arrastrando piedras y lodo, por poco no llevó consigo á muchos sol- 
dados. Tocóle á Santa Cruz muy buena parte en el peligro, porque quedó 
de él todo mojado y sin tener más ropa de mudar que la que traía puesta; 
lo llevaba en paciencia con su cara de risa acostumbrada, hasta que el 
mismo general le dio prestado para su abrigo uno de sus vestidos. En 
otra ocasión, habiendo de pasar con los soldados por una estrechura entre 
dos cerros, advirtió el padre con su pronto ingenio (si no fué por inspi- 
ración divina), que ninguno pasase, porque allí podría haber grave peli- 
gro. Obedecieron todos, y el suceso mostró que tenían los enemigos en lo 
más alto de uno de los cerros una emboscada con mucha cantidad de pe- 
ñascos y piedras, para ir despidiendo á los nuestros aquel refresco cuando 
fuesen pasando por aquel lugar tan estrecho. 

Como nada se adelantaba con los medios de que usaba el general don 
Martín, hacía el P. Raimundo sus diligencias secretas para atraer algu- 
nos Gívaros con los medios de suavidad y blandura. Logró, finalmente, 
verse con ciertos indios que vinieron á buscarle, y hablándoles con mucho 
cariño y blandura, les dijo los buenos intentos con que venía á sus tierras, 
y se esforzó á quitarles los grandes temores y miedos que tenían general- 
mente á los españoles. Viendo el general este buen principio, les trató 
también benignamente, y aun les dio algunas hachas y herramientas si- 
guiendo, aunque tarde, ios dictámenes del mejor soldado de su empresa. 
Con los donecillos que llevaban los indios, y con la benignidad y agasajo 
paternal que contaban del misionero, se ablandaron algo los caciques de 
los Gívaros; y no tratando por entonces de hacer algún daño á los espa- 
ñoles, salieron de sus montañas y acudieron al general y al padre dando 
á entender que querían reducirse y fundar un pueblo en aquel territorio, 
con tal que se les diesen los instrumentos necesarios para trabajar las 
tierras y un padre misionero que les dirigiese y enseñase la doctrina 
cristiana. 

Grande fué la consolación de Santa Cruz al oir esta resolución de los 
Gívaros por la gran puerta que se le abría á su fervor, para evangelizar 
la paz entre aquellos gentiles. Instaba al general para que se pusiese 
luego por obra lo que prometían los gentiles, añadiendo que él mismo se 
quedaría con ellos, él los cuidaría y ayudaría en la formación del lugar 
para el cual tenía ya demarcados buenos sitios. Pero D. Martín, que pa- 
recía tener otros intentos, como se descubrió con el tiempo , iba dando 
largas sin acomodarse á las instancias del misionero, el cual no perdió 
las esperanzas de poblar á los Gívaros, hasta que la codicia (bestia insa- 
ciable) que por querer tragar sin descanso, se ahoga en sus mismas an- 
sias, todo lo precipitó en un momento. Sucedió que algunos cabos y sol- 
dados españoles dejasen caer como al descuido delante de los Gívaros al- 



jgO Misiones del Mará ñon Español 

gunas proposiciones sobre las minas de oro y plata de sus tierras; y estas 
palabras fueron bastantes para que entendiesen los gentiles que el fin de 
los españoles en todos sus manejos era la codicia y que se enderezaba su 
mira á hacerlos esclavos para trabajar en las minas que con ansia bus- 
caban. Esta imaginación, que á los principios parecía sospecha, á poco 
tiempo pasó á certidumbre, y labró en aquella gente ociosa, vagabunda 
y enemiga de todo trabajo, la desesperación y el despecho. Despidiéronse 
un día con las armas en la mano, hiciéronse al monte y se retiraron á sus 
cerros y montañas, sin dejarse ver en adelante sino es en emboscadas en 
que hacían el daño que podían. 

Mucho sintió este lance tan mal logrado el P. Raimundo, porque si 
bien el general y soldados perdieron con él la esperanza de los tesoros, 
de oro y plata, el celoso misionero perdió la esperanza del tesoro de mu- 
chas almas que ya tenía entre las manos, mucho más preciosas que todas 
las riquezas del mundo. Viendo ya frustrados sus intentos y que era im- 
posible conseguir la pacificación de los indios Gívaros. determinó retirarse 
á sus misiones, habiendo dado muchas muestras de su celo y padecido 
seis meses de continuos trabajos, riesgos y peligros de la vida. Llegó en 
poco tiempo al sitio en donde se hallaba el superior de las misiones, que 
oyendo de boca de Santa Cruz cuanto había sucedido en la larga expe- 
dición, quedó altamente lastimado de la inconsiderada precipitación de 
los soldados, en las preguntas importunas de oro y plata, y más vienda 
que había llegado la cosa á tales términos, que ya se daban á partido los 
bárbaros antes de ser vencidos. 

El general de la empresa, D. Martín de la Riva, se retiró con poca 
gloria á su gobierno de Caxamarca, gastados muchos pesos y padecidos 
grandes trabajos sin haber conseguido oro ni plata, ni haber pacifi- 
cado á los Gívaros, antes bien, quedando éstos con más enemiga contra, 
el nombre español, y más arraigados en la persuasión de que no preten- 
dían entrar los blancos á sus tierras si no es llevados de la codicia de sus 
tesoros y riquezas. No quiso Dios dar á este caballero las tierras de los 
Gívaros, cuya conquista procuraba, porque no pertenecía á su gobierno 
de Caxamarca, sino al de los Quijos, en cuyo perjuicio se había hecho la 
entrada, como se declaró en adelante. Ni le salió mejor otra empresa que 
capituló sobre la conquista de los indios Motilones, Tabalosos y Calzas 
Blancas. Y no contento ni desengañado de ver siempre inútiles sus es- 
fuerzos, quiso también meterse en la conquista de los Mainas en perjuicio 
del gobernador de Borja. Mas no tuvieron efecto estas sus pretensiones ni 
fué admitido al gobierno de esta ciudad, aunque procuró por todos los me- 
dios, como veremos, ser elegido entre otros competidores. 



Libro IV.— Capítulo VII 181 



CAPITULO VII 

MAJE DEL SUPERIOR DE LAS MISIONES Á LA CIUDAD DE LtMA Á NEGOCIOS 

DEL BIEN DE LA MISIÓN 

El ruido de las armas y los ecos de su estruendo que desde la provin- 
cia de los Givaros, poco distante de Borja, habían llegado á esta ciudad, 
tenían no poco alborotados á sus ciudadanos viendo que se trataba de 
guerra con sus vecinos. Puestos en armas los borjeñCs, se temían otros mu- 
chos desórdenes, particularmente hallándose sin cabeza la ciudad, por 
haber muerto su gobernador D. Pedro de Vaca, que con su juicio, valor y 
prudencia la mantenía en paz, refrenando la codicia de unos y poniendo 
modo á la ambición de otros. Viendo el P. Lucas de la Cueva tanto des- 
orden y alboroto, se determinó pasar por sí mismo á la ciudad de Lima y 
procurar algún remedio para la paz y quietud de los habitadores de Bor- 
ja. El viaje era largo y penoso, pero lo tomaba de buena gana enten- 
diendo bien que de la elección de un sujeto, á propósito para el gobierno 
de la ciudad, dependía en un todo la paz y concordia de los vecinos, y, 
por consiguiente, el adelantamiento de las misiones; y temía mucho no 
fuese señalado para este empleo, quien, en su modo de pensar, sirviese 
más á fomentar la división de los vecinos y á cortar los progresos de la 
misión, que á concordar los ánimos y á propagar el Evangelio por los 
medios suaves con que se iba extendiendo por el Marafión. 

Dejando por superior de la misión al P. Francisco de Figueroa, y re- 
partidos los pueblos entre los otros misioneros, salió el P. Lucas el año 
de 1656 para Lima con las dificultaties acostumbradas de aquellos cami- 
nos, ríos y montañas. Su salida, fué navegando muchas leguas contra 
las corrientes de un río que descarga en el Marañón. Y aunque no le 
nombran en particular las relaciones de los misioneros, tengo por cierto 
que fuese el río Guallaga, por donde les constaba muy bien á los padres, 
que había bajado en otro tiempo desde Lima D. Pedro de Orsúa á su 
conquista desgraciada. Siguió el P. Cuevas este río hasta avecindarse 
hasta Guanuco, y volviendo desde este sitio los Indios de la misión con la 
canoa, caminó por tierra con cuatro Mainas hasta Lima, y después de 
muchos trabajos dio fin á su largo viaje, que fué como de 300 leguas, en- 
trando bueno y sano con sus compañeros en aquella capital; fué recibido 
en el colegio de sus hermanos con grande agasajo y con singulares mues- 
tras de veneración, mirándole todos como á un apóstol que por diez y 
ocho años continuos había trabajado con tanto tesón en la extensión de 
la fe por las montañas escondidas del Marañón. El P. Lucas, bien hallado 
en los desprecios y olvido de todos, recibía estas demostraciones con un 
encogimiento propio de su humildad y sólo atendía á disponer sus cosas 
en el colegio, de manera que viviese en él oculto en cuanto pudiese y 



182 IlIlSIONKS DEL MaRAÑÓN ESPAÑOL 

ejerciendo los ministerios propios de la Compañía mientras durase la 
estancia en aquella ciudad. Escogió confesonario en la iglesia en donde 
estaba constantemente hasta medio día. Después celebraba su misa con 
grande devoción y no se negó jamás á las personas que como á varón tan 
experimentado le buscaban para el bien de sus almas. 

Dispuestas así las cosas interiores de casa para cumplir con las obli- 
gaciones de religioso, tomó las medidas que le parecieron convenientes 
para tratar sus negocios con el señor virrey y satisfaceí á su empleo de 
superior de las misiones. Era á la sazón virrey de Lima el conde de Alba 
de Liste, el cual se hallaba dudoso sobre la elección de varias personas 
calificadas que pretendían el gobierno de Borja. Era el primer preten- 
diente el general D. Gonzalo Rodríguez de Monroy, del orden de Alcán- 
tara, que tenía á su favor una real cédula en que se ordenaba al mar- 
qués de Macera en el tiempo de su virreinato que oyese á D. Gonzalo so- 
bre la conquista de los Gívaros y Mainas, si es que ésta le pertenecía 
como gobernador de los Quijos. El segundo pretendiente era D. Martín 
de la Riva, de quien hablamos largamente en el capítulo pasado. Este 
alegaba que habiendo él capitulado la conquista de algunas naciones 
que confinaban con el Marañen, y estando interpuestas las naciones de 
Cocamas y Mainas, entre las que pertenecían á su conquista, parecía to- 
carle á él el gobierno de Borja, en fuerza de su misma capitulación. 
Apretaba más la pretensión, añadiendo no haber cumplido con las pro- 
mesas hechas sobre la pacificación de los Mainas y demás naciones don. 
Diego de Vaca, primer gobernador de Borja, ni su hijo y sucesor D. Pe- 
dro de Vaca. Todo lo cual pintaba á su modo, exagerando la grande fa- 
cilidad que había en conquistar todas aquellas provincias que eran paso 
unas á otras, y en que se podían labrar en gran servicio de su majestad 
las ricas minas de oro que constaba hallarse en algunas de aquellas na- 
ciones. El tercer pretendiente era D. Juan Mauricio Vaca, como herede- 
ro de los méritos de su padre, el general D. Diego de Vaca, y como her- 
mano de D. Pedro Vaca, que tuvo el gobierno en segunda vista, los cua- 
les habían gobernado las naciones de Mainas, Cocamas, Xeveros y otra& 
muchas ya pacificadas, más con amor de padres y protectores de aque- 
llas gentes, que como señores atentos á utilizarse de los sudores y traba- 
jos de los indios. 

El P. Lucas de la Cueva, llevándolo todo bien previsto y considerado,, 
después de haber encomendado á Dios nuestro Señor de veras un nego- 
cio de que estaba pendiente el buen progreso de la conquista evangélica, 
fué á visitar al señor virrey y á darle cuenta de los pasos y motivos de 
su viaje. 

Mucho se alegró el virrey de una visita que le pareció muy opor- 
tuna para salir de las dudas en que se hallaba sobre el gobierno de Bor- 
ja. Movido á veneración y respeto de ver una persona dedicada por tan- 
tos años al bien espiritual de los gentiles con tantos afanes y trabajos, le 
detuvo por largo tiempo en esta primera visita, y se informó muy á fon- 



Libro IV.— Capítulo VII 183 

do de todo el ser y estado de las misiones de Mainas, de su extensión, de 
Im calidad de las provincias y de la manera de gobierno de los dos Va- 
cas, D. Diego y D. Pedro, A todo respondió el misionero con la mayor 
p iiitualidad y con la verdad más exacta, como quien había visto con sus 
mismos ojos cuanto se había ejecutado en Mainas en los dos primeros go- 
biernos de los Vacas. Satisfecho el señor virrey de las respuestas claras 
y fundadas del P. Lucas, le mandó, por último, que dispusiese un infor- 
me por escrito y se lo llevase, porque quería por él resolver el litigio que 
estaba pendiente sobre el gobierno de la ciudad de Borja. 

Hízolo el P. Lucas en poco tiempo y se lo entregó prontamente al 
virrey, á quien desde entonces no volvió á visitar, si bien el conde de 
Alba de Liste le buscó algunas veces, hallándole siempre retirado en su 
aposento y entregado á los ejercicios de oración y lección de la Sagrada 
Escritura y otros dos libros devotos que tenía solamente consigo. Todos 
estaban admirados de ver al P. Lucas tan entregado al confesonario y 
metido en su aposento, de manera que parecía estar olvidado del motivo 
principal de su venida; pero el siervo de Dios no creía deber hacer otra 
cosa que encomendar á Dios el negocio que le parecía ser de mayor glo- 
ria de Dios, después de haber expuesto simplemente en su informe las 
razones que tenía. Su resumen, como consta de los autos que se forma- 
ron, es de esta manera: 

«Después de lo cual el P. Lucas de la Cueva, de la Compañía de 
» Jesús, cura y vicario de dicha ciudad de San Francisco de Borja y 
«rector de la misión del Marañen, me representó lo mucho que el dicho 
«general D. Diego de Vaca había obrado en la conquista y gobierno de 
»los Mainas que se le había encargado, los riesgos en que había puesto su 
«persona, gastos y pérdida de hacienda que en ello había tenido, y cómo 
»el dicho gobernador D. Pedro Vaca de la Cadena, su hijo, había prose- 
»guido en el dicho gobierno y pacificación con mucho adelantamiento y 
«propagación de la cristiandad en gran servicio de ambas Majestades, é 
«informándome lo bien y desinteresadamente que había gobernado aque- 
«11a provincia y el buen tratamiento y agasajo que había hecho á los na- 
«turales de ella, aliviándolos de muchas cargas y vejaciones, porque ge- 
«neralmente había sido aclamado de ellos y tenido más en lugar de padre 
»que de gobernador, suplicándome fuese servido de premiar los dichos 
«servicios, haciendo merced de aquel gobierno al dicho D. Juan Mauricio 
»Vaca de Vega, de quien se podría esperar tendría el mismo gobierno 
«desinteresado que tuvo el dicho general D. Pedro de Vaca, su hermano, 
«como se podría colegir, pues hacía dejación y no trataba de la parte de 
«más expectativa que tenía el dicho gobierno, que era la tierra de los- 
«Gívaros, y sólo pretendía y quería aquella en que no podía tener otro 
«interés más que el servicio de Dios y de su majestad, lo cual como tes- 
«tigo de vista en diez y ocho años que asistía á la reducción de dichos 
«indios, y, como su párroco, juzgaba era lo más conveniente y necesaria 
«para su estabilidad, progreso y aumento.» 



184 Misiones del Marañón Español 

El informe del P. Cuevas pasó por orden del virrey á los señores fis- 
cales de la real audiencia y al protector general de los naturales. Este, 
desde luego, como amante del bien común de los indios, se acomodó á 
los sentimientos copiados en el informe del misionero y juzgó dignos del 
gobierno los méritos de D. Juan Mauricio, en cuya elección no hallaba 
inconveniente alguno, antes bien mucha conveniencia y utilidad para 
los indios. No fué de este parecer uno de los señores fiscales, que respon- 
dió ser necesario citar al general D. Martín de la Riva, por hallarse, á 
lo que él decía, en posesión de lo que pretendía el dicho D. Juan Mauri- 
cio de Vaca. A esta respuesta, que tiraba á dar largas al negocio, se 
añadió por parte de D. Martín un memorial sangriento en que se pedía 
que ante todas cosas fuese declarado por no. parte en el litigio ó petición 
al P. Lucas de la Cueva, pues en realidad no lo era ni lo podía ser, no le 
tocando esto ni como cura ó párroco de las provincias que no estaban 
todavía conquistadas, ni como á párroco de los vecinos de Borja, de 
quien no tenía poder alguno. 

Sin embargo de la excepción del fiscal, se le dio traslado al P. Lucas 
de lo que se le oponía, y se le trató como á parte, y mandó que res- 
pondiese. El padre lo hizo de esta manera: «El intento que yo he tenido en 
»mi informe no ha sido otro que el informar extra judicialmente lo que 
^>siento en la materia, y no para que se forme litigio, pues en este caso 
»de ninguna suerte me introdujera á hacer informe. Confieso ingenua- 
» mente no tener engaño en el negocio, ni deseo alguno de mostrarme 
^>parte en él, pero no podía dejar de afirmar, con la verdad que profe- 
»saba, que lo era todo lo que en el dicho informe refería, y lo que conve- 
»nía á la conservación y estabilidad de la fe en aquellos indios, por las 
» experiencias que tenía adquiridas en los muchos años que me he ocu- 
»pado en su conversión, y ser muy posible que por otro cualquier acci- 
»dente se volviesen á su gentilidad.» Fuera de esto, suplicó el P. Lucas 
al señor virrey que fuese servido de mandar no corriese el decr(\to en 
que se le daba traslado por no ser parte ni pretender serlo. 

Finalmente, después de varios debates, obtuvo sentencia favorable, 
en juicio contradictorio, D. Juan Mauricio de Vaca, siendo referido como 
parte, entre los demás, el P. Lucas de la Cueva, por más que lo rehusaba, 
y se le adjudicó á dicho caballero el gobierno de La ciudad de Borja, de- 
clarando pertenecer á su jurisdicción los Mainas, Cocamas y demás na- 
ciones en que asistían los misioneros de la Compañía. 

La cláusula que expresa el título concedido, se formó en estos térmi- 
nos: «A vos el dicho maestre de campo, D. Juan Mauricio Vaca de Vega, 
»en nombre de su majestad, y en virtud de los poderes y comisiones que 
*de su persona real tengo, os nombro, elijo y proveo por gobernador y ca- 
»pitán general de la dicha ciudad de San Francisco de Borja que tuvo,, 
«gobernó y pacificó el dicho general D. Diego de Vaca de Vega, vuestro- 
»padre, y de todas las demás provincias, ríos y naciones donde los reli- 
»giosos de la Compañía de Jesús estuvieren haciendo sus misiones, para*. 



Libro IV.— Capítulo Vill i 85 

'>que como tal, teniendo la justicia civil y criminal uséis y ejerzáis, los di- 
»chos oficios.» 

Así consiguió por sus méritos, dados bien á conocer, y por la fundada 
esperanza de su paternal gobierno, la capitanía general de Mainas de 
sus antepasados, D. Juan Mauricio de Vaca, constando de las alegacio- 
nes lo mucho que se había conquistado en las provincias del Marañen, 
no tanto con armas cuanto con el agrado, ayudados los gobernadores 
del celo de los misioneros, que hallaron su quietud y la de los pueblos con 
el nuevo gobernador, que como por herencia se portó siempre como pa- 
dre con los nuevos cristianos. Y parece que quiso el cielo premiar á este 
caballero por su gran piedad y desinterés; porque renunciando después 
el gobierno en su sobrino D. Jerónimo de Vaca, fué confirmada por seis 
anos la renuncia de su real majestad, y en el año de 1683 se concedió á 
dicho D. Jerónimo la perpetuidad del gobierno por todos los días de su 
vMa á causa de los buenos informes que constaron de su persona. 



CAPITULO VIII 

VUELVE EL P. LUCAS Á SUS MISIONES . —REDUCCIÓN DE LOS ROAMAINAS, 
ZAi^ARAS, AGÚANOS Y CHAMlCUltOS 

Ajustado tan felizmente el negocio que había llevado á la capital al 
P. Lucas de la Cueva, y obtenido el título de gobernador por D. Juan 
Mauricio, deseó éste volver á Borja en compañía del padre. Mas otros 
negocios que ocurrieron al general en Lima, no dieron lugar á que vol- 
viesen juntos. Determinóse el misionero á dar la vuelta cuanto antes, en- 
tendiendo ser necesaria su presencia en la ciudad de Borja, que había 
quedado algo alborotada á su partida. Instáronle varias personas devotas 
á que llevase consigo algunas sagradas alhajas para las iglesias de los 
Mainas, y le ofrecieron ornamentos, cálices y campanas pequeñas, aco- 
modado todo á iglesias pobres de montañas. Recibiólas el misionero con 
agradecimiento, y las envió en cargas delante para librarse de aquel em- 
barazo, porque no pensaba salir sino con un bordón en la mano y con dos 
Mainas que le hiciesen compañía . También consiguió con facilidad del 
señor virrey que el estipendio corto del curato de Borja, que se pagaba 
mal en las cajas de la ciudad de Loja, se le situase en la caja real de la 
ciudad de Quito. Últimamente, suplicó que se añadiese algo á tan escasa 
renta, ó se consultase á su majestad sobre algún sínodo más para el so- 
corro de los misioneros de tan pobres provincias, lo cual concedió el conde 
Santisteban, sucesor que fué del conde de Alba de Liste, y quedó asen- 
tado por cédula de su majestad fuese de 400 pesos el sínodo de cada año 
para socorro de las misiones del Marañen. 

Aunque pensaba el misionero salir ocultamente sin despedirse de sus 
conocidos, y sin decir siquiera al señor virrey el día de su partida, pero 



186 Misiones del Marañón Español 

se halló sorprendido cuando ai bajar á la portería para emprender su 
viaje, halló toda la comunidad de sus hermanos que, atentos á sus movi- 
mientos, querían hacer este agasajo á un varón que tanto respetaban. 
Hallóse también con muchas muías dispuestas para el camino y para los 
que le querían acompañar por algún trecho . Excusábase el humilde pa- 
dre en subir en una de ellas, diciendo que no usaba de otra cabalgadura 
que de su bordón, y que con él sólo en la mano sabía caminar muchas le- 
guas, y esperaba en Dios hacer el largo viaje que le restaba. Mas no fué 
oída en este caso su humildad, porque fueron tantas las instancias de los 
padres y de los seculares , que se vio precisado á montar en una muía. 
Montaron en las demás varios padres del colegio y algunos caballeros 
que tuvieron á bien el acompañarle. Iba en medio el P. Lucas, confuso y 
avergozado, como si fuese un pregón de infamia el ruido y aplauso de 
aquel acompañamiento. Muchas leguas de viaje le pareció el trecho que 
le siguieron, hasta que viéndole tan encogido como quien va penitenciado 
ó le sacan á la vergüenza, se fueron despidiendo, ya unos, ya otros, siendo 
los últimos los padres del colegio, á quienes mostró del modo que podía 
humildes agradecimientos por el agasajo y asistencia. 

Quedó con solos dos indios por compañeros, y prosiguió su viaje á pie 
con su bordón en la mano por los valles de Lima, que son unos arenales 
ardientes y en dilatados trechos sin gota de agua. Tuvo también que pa- 
sar caudalosos ríos, que le dieron mucho que padecer, aunque en su boca 
nada hallaba que contar, porque todos los viajes por llenos que fue- 
sen de peligros y riesgos les llamaba buenos, como lo eran en realidad 
para el mérito que cogía de las muchas penalidades. Llegando á las mon- 
tañas de Jaén , bajó como un rayo, tirado del ardiente deseo de ver á sus 
misiones, al puerto del Marañón, y de aquí, por el canal del Pongo, tan- 
tas veces nombrado, entró en la ciudad de Borja. Todos se regocijaron 
de su llegada, porque no sólo los misioneros, sino también los españoles y 
nacionales le miraban como padre, y estaban persuadidos de que sus pa- 
sos iban siempre enderezados al bien é interés de todos. Su descanso fué 
correr y visitar las misiones, dejando en cada iglesia y pueblo lo que ne- 
cesitaba de las cosas que le habían dado en Lima. Y aun fuera de lo más 
necesario proveyó también para los días más festivos de algunos orna- 
mentos más que ordinarios. Todo causaba grande alborozo en los indios 
y mucho consuelo en aquellos solitarios misioneros, y en especial el saber 
cómo tenían ya por gobernador el que habían deseado, y que pensaban 
seguiría en su gobierno la suavidad de sus antepasados. No era menor la 
consolación del P. Lucas, viendo por sus ojos tan adelantados los pue- 
blos, y los indios pacíficos y bien doctrinados. Afirma Rodríguez en sus 
descubrimientos que á la vuelta de Lima halló el superior otra nueva re- 
ducción que se había formado en su ausencia, y no diciendo cuál fuese, 
ni de qué nación, conjeturo que sería alguna de las cuatro reducciones 
que ya subsistían en el año de 1656 de Roamainas, Zaparas, Agúanos y 
Chamicuros, si bien no podemos asegurar en qué año determinado se 



Libro IV.— Capítulo VIII ¡ 187 

agregaron á las misiones. Lo cierto es que el P. Raimundo redujo los 
unos por sí mismo, y ganó á los otros por medio de sus hijos los Cocamas. 

Había comenzado el P. Lucas de la Cueva, mucho antes de su partida 
á Lima, á tratar con los indios Roamainas y Zaparas, y le parecieron no 
estar lejos de recibir la luz del Evangelio; pero era no poco embarazo á. 
su reducción la mucha distancia que había entre los nuevos pueblos de 
la misión y los sitios que ocupaban aquellas gentes. Porque fuera de ser 
necesario navegar por algunos días contra las corrientes del río Pastaza^ 
se habían de atravesar otras tierras montañosas hasta llegar á los luga- 
res de su morada. Sin embargo de esto, creyendo que el P. Raimundo 
rompería con valor y celo por estas dificultades, le encargó la empresa 
de su reducción. Aceptóla el padre, como tan conforme á su celo, y dio 
principio á las misiones del río Pastaza, que fué desde entonces como el 
teatro en que se representaron varias escenas con ocasión del grande 
golpe de gente que habitaba en los bosques interiores de una y otra banda 
de aquel caudaloso río. 

Salió Santa Cruz con sus canoas de Guallaga , y buscando por el Ma- 
rañón la boca del río Pastaza, navegó por él como diez días hasta encon- 
trar uno como puerto á su banda derecha. Desde aquí caminó por tierra 
y se internó por los montes hasta descubrir algunos torrentes que, á ma- 
nera de ríos, descargaban en otro más principal, llamado Tigre. Muchas 
fueron las naciones que descubrió en la larga travesía, pero halló menos 
impedimentos para recibir la fe de Jesucristo en dos más numerosas que 
se decían Roamainas y Zaparas. Detúvose con estos gentiles por algún 
tiempo, y con sus palabras amorosas y donecillos que llevaba consigo^ 
les fué ganando las voluntades de manera que oyendo con gusto las ver- 
dades eternas, y fiados de la dirección de los padres, se determinaron de 
salir á la orilla del río Pastaza, en donde formaron dos pueblos. El uno 
se llamó los Santos Angeles de Roamainas y el otro el Salvador de los- 
Zaparas. 

Apenas fundó estos pueblos nuestro misionero con ciertas esperan- 
zas de fundar otros no muy distantes, cuando los vecinos de la ciudad de 
Borja arrestaron en parte los progresos de la propagación del Evangelio 
que se esperaban por este río. Consideraron siempre los borjefios como 
provincias propias las naciones de Pastaza , y se creían con derecho de 
reducirlas á encomiendas; pero escarmentados con los Mainas,se habían 
contentado con este su derecho imaginado sin hacer diligencia alguna 
para el descubrimiento y pacificación de algunas de ellas, y menos para 
sus conquistas. Los misioneros de la Compañía iban entre tanto exten- 
diendo sus conquistas espirituales, como hemos visto, con tesón y empeño 
sin detenerse en dificultades, embarazos ni peligros de la vida. Y en- 
trando ahora por Pastaza, y comenzando á hacer los primeros estable- 
cimientos, tocaron alarma á los borjeños, que, valiéndose de la fuerza y 
sin atender á las representaciones de los padres, se apoderaron de los 
nuevos pueblos , repartiendo encomiendas á su arbitrio sin más trabajo 



18S MisióíNES DEL Makañon Español 

que el de meterse en reducciones ya formadas. Esta novedad alborotó en 
■extremo á los indios nuevamente reducidos, que alegaban, como era ver- 
dad, haberse determinado á juntarse en un sitio y población para vivir 
libres bajo la dirección de los misioneros y no como esclavos , bajo el pe- 
sado yugo de los encomenderos. Pero no siendo los pobres indios oídos de 
los españoles de Borja, muchos de ellos se tomaron la libertad de esca- 
par á los montes sacudiendo el yugo que les imponían. Con esta ocasión 
y con las pestes que á poco tiempo sobrevinieron, el pueblo del Salvador 
de Zaparas no pudo subsistir por muchos años ; mas el de los Angeles de 
Roamainas duró hasta el año 14 del siguiente siglo. Esta irrupción ó vio- 
lencia de los vecinos de Borja , me hacen sospechar que la conquista de 
estas naciones la hizo Santa Cruz en tiempo que no había gobernador en 
la ciudad después de la muerte de D. Pedro de Vaca. Porque ni este go- 
T^ernador ni su padre D. Diego se habían metido jamás en las conquistas 
■de los misioneros, agregando á encomiendas los que voluntariamente se 
•entregaban al Evangelio. 

Casi por el mismo tiempo en que se redujeron los Roamainas y Zapa- 
ras formaron otros dos pueblos los indios Agúanos y Chamicuros. Su 
conversión se debió también al P. Raimundo de Santa Cruz, cuyo celo 
por la reducción de los gentiles iba prendiendo en sus hijos los Cocamas, 
que hacían también sus entradas por aquellos montes á imitación del 
misionero. La que hizo D. Felipe Manico, cacique de Santa María de 
Ouallaga, á cierta parcialidad de indios Agúanos fué bien señalada, y 
trajo, finalmente , la reducción de esos gentiles y de otros confinantes. 
Aprestóse el capitán de Santa María á pasar con veinte indios esco- 
gidos á donde vivían los Agúanos, resuelto á valerse solamente de las 
armas en su defensa y sin pretender hacer daño. La cosa era bastante- 
mente delicada, como se deja entender, y poca^ veces salieron bien estas 
entradas sin la asistencia de los padres. Como quiera que fuese, D. Felipe 
sorprendió con valor intrépido á los primeros Agúanos que encontró, pero 
viéndose al punto cercado por todas partes de muchedumbre de gentiles 
cedió al mayor número por no empeorar el negocio. Valióle al cacique el 
trato benigno y amigable con que había recibido y agasajado á los pri- 
meros Agúanos que sorprendió y tenía en su poder, usando con ellos to- 
dos los medios suaves y cariñosos que había podido conforme á la instruc- 
ción del misionero. Porque, asombrados los Agu¿inos de la humanidad que 
habían hallado en el Cocama los primeros, que según la costumbre eran 
prisioneros de guerra ó condenados á muerte, recibieron á D. Felipe y á 
los suyos con el mismo agrado, y trataron de paces y amistad. 

No contento el cacique de los Cocamas con estas primeras aparien- 
cias de amistad, pidió á los Agúanos que le condujesen á verse con su 
principal, con quien quería entablar una perpetua paz y comunicación 
mutua de ambas naciones. No tuvieron mucho que andar para encon- 
trarle, pero hubo muchísimo que hacer en amansar aquella fiera que á 
todos amenazaba, llena de furia infernal, sin querer dar oídos ni á sus 



, Libro JV.— Capítulo IX 189 

mismos indios No fué poco que desbravando la cólera se redujese á plá- 
ticas. Oyó primero á sus indios y lo que con los Cocamas les había pa- 
sado, y amasándose poco á poco, escuchó, finalmente, con gusto las pro- 
posiciones de nuestro cacique, conviniendo en la paz que le pedia, y que- 
dando en amistad con las gentes de Santa María de Guallaga. 

La pacificación y amistad de los Agúanos se tuvo desde luego por un 
paso feliz, y por principio de la reducción de los indios Chamicuros de la 
misma nación ; pero ellos mismos descubrieron una dificultad que pare- 
cía más insuperable, atentas las paces establecidas con los Agúanos; 
porque aunque unos y otros eran de una misma nación y hablaban la. 
misma lengua, pero eran parcialidades opuestas y encontradas, tan ene- 
migas entre sí que el odio reconcentrado con las continuas guerras y de- 
bates , no pudo desarraigarse en muchos años después de reducidas las- 
poblaciones. La parcialidad de los Chamicuros, sobre ser más numerosa 
era más valiente y su cacique más bárbaro, fiero y animoso que el de los- 
Agúanos. A todos amenazaba y no temía á ninguno, siempre dispuesto á. 
hacer daño y pronto á la venganza, á la hostilidad y acometimiento con- 
tra las naciones vecinas, aunque no diesen motivo alguno, aun de los que 
fácilmente se tenían por bastantes para la guerra entre aquellos bárba- 
ros. Este fiero y orgulloso cacique rechazó constantemente por mucho- 
tiempo los convites de paz de los misioneros, hasta que el P. Santa Cruz,, 
desde Guallaga, le comenzó á ablandar con el cariño, con las dádivas y 
con el conocimiento práctico que fué formando del trato caritativo y pa- 
ternal del misionero, y aún más viendo por sí mismo la paz y contento en 
que vivían gustosas tantas naciones opuestas antes y enemigas, despué» 
de haberse reducido á poblaciones y puesto en las manos del P. Rai- 
mundo. Por estas razones vino en formar un pueblo dentro del monte 
mismo, ocho leguas de la laguna de Guallaga, en una llanura hermosa, 
que estaba convidando para ello. Llamóse en adelante el pueblo San Xa- 
vier de Chamicuros. Los Agúanos formaron el suyo, más cerca de Gua- 
llaga, en una quebrada que da entrada á las canoas por el mismo río. 
Dieseles la advocación de San Antonio para distinguir la reducción dé- 
la, de San Xavier de Agúanos, más antigua. Los dos nuevos pueblos du- 
raron así separados por más de un siglo, hasta que el año de 1758 se in- 
corporaron los Agúanos con los Chamicuros, en su pueblo de San Fran- 
cisco Xavier. 



CAPITULO IX 

intenta el padre cueva descubrir nuevo camino más derecho á 
quito: nuevos misioneros que bajan á la misión por archidona 

Viendo el P. Cueva tan aumentados los pueblos en número y en fa- 
milias, se encendió en nuevos deseos de traer otros operarios- para el 



190 Misiones del Marañón Español 

cultivo de tantas naciones. Y considerando que la entrada á las misio- 
nes por Archidona y por ol río Ñapo era muy larga, aunque parecía 
segura , se determinó de subir en persona á Quito por un camino que 
se figuraba poder descubrir entre Archidona y Jaén por un río de los 
que descienden de la jurisdicción de Ambato ó Latacunga, entre Quito 
y Riobamba. El pensamiento era muy oportuno y de grande utilidad 
para las entradas y salidas de los misioneros por ser el camino que se 
buscaba una línea casi derecha desde el centro de la misión á la ciu- 
dad de Quito. Pero era necesario mucho esfuerzo para no desmayar 
entre las muchas incertidumbres, que ya se presumían ocasionadas de 
los ríos, bosques y montañas cerradas, que era necesario romper para 
llegar al término. Arrojóse á la empresa el P. Lucas con un hermano 
coadjutor llamado Antonio Fernández, que pocos años antes había lle- 
gado á la misión, y servido con piedad y celo en los ministerios propios 
de su estado. Salieron los dos del pueblo de los Xeveros, por el río Mara- 
ñen con indios bastantes para la navegación y llevaron consigo los ins- 
trumentos necesarios para arrancar malezas, cortar árboles y demarcar 
el camino que buscaban. Llegados á la embocadura del río Pastaza, en- 
derezaron la proa á la resistencia de corrientes, y entrando después en el 
río Bohono, navegaron algunos días con aquellos peligros y molestias 
que lleva consigo el subir contra las aguas, á fuerza de remo, que allí 
llaman canalete, porque muchas veces es preciso valerse de los árboles, 
y agarrarse de las ramas inclinadas al río, para vencer el ímpetu de las 
aguas y traer la canoa. 

Llegaron por el río Bohono hasta las tierras más altas, desde donde 
estrechadas las aguas entre riscos y peñascos levantados, bajaban tan 
despeñadas que no daban lugar al pasaje. Aquí cogieron puerto, en donde 
atadas las canoas comenzaron á subir á pie una montaña encumbrada, 
pensando emprender por esta parte el descubrimiento del deseado ca- 
mino, y en caso que no les fuese posible el penetrar por la espesura, vol- 
verse á las canoas. Arrancaban maleza, rompían ramas, cortaban árbo- 
les, y en varios parajes hacían estribos para los pies, con el ánimo de 
ganar la cumbre de la cordillera. No llevaban otra carga que la de un 
poco bastimento y los ornamentos para decir misa el misionero, que nunca 
sin este sagrado esfuerzo del alma emprendían cosa aquellos primeros 
padres. No podía el. hermano Antonio Fernández, que era ya de alguna 
edad, seguir al P. Lucas, que en tan áspera subida iba como ágatas, más á 
fuerza de puños y asiéndose de ramas y raíces que valiéndose de los pies. 
Viendo el P. Cuevas fatigado al hermano, y que no era posible seguir á 
los demás, determinó que con dos indios volviese al lugar de las canoas, 
y que deshaciendo el viaje tomase el pueblo de los Xeveros, como lo hizo 
el hermano confundido de su debilidad y flaqueza, y admirado de la fuerza 
más de espíritu que de cuerpo de su compañero. 

Por más que hizo el padre y sus indios no pudieron abrir camino por 
donde pensaban, y vinieron á parar después de mucho trabajo al camino 



Libro IV.— Capítulo IX 191 

de Patate, que baja al puerto de la Canela. De aquí con gran fatiga sa- 
lieron á la comarca de Ambato en ocasión en que aquí se hallaba de vi- 
sita el señor obispo de Quito, D. Alonso de la Peña Montenegro. Fué luego 
á visitarlo, como era razón, el P. Lucas con la compañía de diez ó doce 
indios que llevaba consigo. Recibióle el celoso prelado como á un San 
Francisco Xavier, viéndole tan parecido en el traje y en el empleo, pues 
llevaba su esclavina y bordón , el rostro sudado y las piernas bien lasti- 
madas del camino. Oyó muy gustoso de boca del misionero los progre- 
sos de la misión y el aumento tan considerable de las cristiandad en el 
Marañen. Tratóse ya desde entonces cuan conveniente sería para su fo- 
mento y para la entrada y salida de los padres, el que administrase la 
Compañía el curato deArchidona en las montañas, por donde dijimos 
que había salido el año de 54 á Quito el P. Raimundo de Santa Cruz. 
Pero aunque veía la conveniencia el señor obispo y le armaba el pensa- 
miento, costó el ajustarlo después no pocas controversias, porque de or- 
dinario tiene sus contradicciones lo que conoce el demonio que ha de ce- 
der en daño suyo, como lo era el ser derribado por este medio de la po- 
sesión que tenía de innumerables almas en aquellas montañas. 

Pasó el P. Cuevas á Quito con su comitiva de indios, siendo de con- 
suelo y edificación á los pueblos y do(;tnnas por donde atravesaba , de- 
seando todos verle y á los nuevos cristianos que llevaba. Fué recibido en 
el colegio con estimación de todos, que respetando su ministerio, procu- 
raron, su descanso después de tantas fatigas, y su reparo viéndole tan 
lleno de achaques. El Doctor D. Pedro Vázquez de Velasco, presidente 
de la real audiencia, oyendo de boca del P. Lucas el fruto que se hacía 
en el Marañen, y lastimado de ver los afanes con que los misioneros bus- 
caban camino para bajar y subir de sus misiones, determinó resuelta- 
mente le tuvieran por Archidona, creyendo necesario dar á la compañía 
aquella doctrina tan inmediata al puerto de Ñapo, como lo ejecutó después, 
por más contradicciones y dificultades que se levantaron, las cuales ven- 
ció y allanó hasta que el Consejo mismo vino al nombramiento de dicho 
curato, conociendo la importancia de la elección en uno de la Compañía. 

Detúvose algunos días el P. Lucas en Quito, más por la necesidad de 
algunas medicinas para su cuerpo llagado, que por el descanso de sus 
fatigas. Los que tienen algún conocimiento de las distancias desde los 
Mainas á Lima, desde Lima al Marañen, y desde el Marañen á Quito por 
montañas nunca descubiertas, pueden formar algún concepto de lo que 
padecería el P. Cuevas en los referidos viajes. Sólo en la distancia de 
Patate hasta el puerto de la Canela, que es una parte bien pequeña del 
camino de nuestro misionero, se puede ver lo que dice de sus malezas la 
Historia general del Perú del Orden de Predicadores, intitulada: «Tesorg 
verdadero de las Indias», en el tomo I, libro V, cap. XIII, pág. 577, re- 
firiendo en un memorial la entrada que hicieron dos religiosos de la mis- 
ma Orden hasta salir á dicho puerto. Pues ¿qué trabajos tendría que pa- 
decer el P. Lucas, falto de salud y sin sustento por tantos espacios de 



192 Misiones del Marañón Ksi?añol 

tierrainculta y por tantos ríos no navegados hasta entonces? No es de 
extrañar que llegase á Quito todo llagado, flaco y consumido y sujeto á 
varios achaques. Aunque se empeñaron los superiores en curarle, y vino 
en ello, pero fué con la condición de no hacer cama, que no podía sufrir 
su espíritu cuando parece que la necesitaba su cuerpo. 

Todo su cuidado en este tiempo, era regalar á sus compañeros los in- 
dios de la misión, á quienes se dieron aposentos, y se suministraba en 
abundancia el diario sustento. Porque siempre en este particular hospe- 
daje de los indios se portó verdaderamente con magniñcencia el colegio 
de Quito; y aun acaso por eso el cielo le llenó de bendiciones por los 
muchos gastos que tuvo que hacer en todos tiempos por el bien de las mi- 
siones del Marañón. No estaba ocioso el P. Lucas en atender á uno de los 
principales fines de su viaje, y ya que no podía echar las redes á los gen- 
tiles, andaba muy solícito en tenderlas por el colegio sobre sus hermanos 
para pescar misioneros. En realidad eran bien pocos los sujetos que se 
hallaban en sazón de poder pasar al Marañón, y no habiendo llegado la 
misión que se esperaba de España, apenas se podía dar vado á los minis- 
terios indispensables de la provincia. Sin embargo de tanta escasez de 
operarios, hizo tanta impresión la vista del P. Lucas y movieron tanto 
sus palabras, encedidas del celo de los gentiles, que se le ofrecieron dos 
sacerdotes recién ordenados á seguirle al Marañón , y fueron tales sus 
instancias que se hubo de condescender con ellos por la esperanza que 
había de la nueva misión de Europa. 

No se detuvo más el P. Lucas, y determinó volver á los Mainas por la 
ciudad de Archidona con sus dos compañeros, para registrar por sí mis- 
mo el camino descubierto por el P. Santa Cruz, y hacerse bien cargo del 
puerto de Ñapo y del curso del río, porque como ya se trataba de dar á 
la Compañía el curato de aquella ciudad, quería ver el fomento que ten- 
drían las reducciones fijando la entrada á ellas por esta parte, y asis- 
tiendo de continuo uno ó dos misioneros en Archidona. Hízolo con todo 
cuidado, observando las distancias de tierra y diversidad de ríos qtie en- 
tran en el Ñapo, y ya desde entonces tanteó el genio, calidad y condicio- 
nes de los indios tributarios, de quienes á poco tiempo fué señalado pá- 
rroco, como veremos. Luego que arribó á los Mainas, distribuyó á los dos 
sacerdotes que llevaba consigo en los pueblos que le parecieron más ne- 
cesitados, y él prosiguió atendiendo al oficio de superior de todos hasta 
que le llamemos á Quito para los intereses de la misión. La entrada de 
estos dos nuevos misioneros parece haber sucedido hacia el año de 1659; y 
desde este tiempo el P. Lucas de Majano, que era uno de ellos, hermano 
delP. Tomás Majano, comenzó sus apostólicos trabajos con los Roamainas 
y Zaparas, de que hablaremos en su lugar. Por ahora no tengo por inútil 
tocar en el capítulo siguiente un memorable acaecimiento que hubo de 
acabar con la ciudad de Quito, poco después de haberse partido de ella 
para sus misiones el P. Lucas de la Cueva. 



Libro IV.— Capítulo X 193 



CAPITULO X 

PELIGRO GRANDE DE ARRUINARSE EN QUE SE VIO QUITO CON LA ERUPCIÓN 
ESPANTOSA DEL VOLCÁN PICHINCHE EN EL AÑO 1660 

El colegio de Quito y la reducción de los Mainas tenían entre sí con- 
tinua dependencia, como hemos visto, y se daban las manos de manera 
que á su influjo se debían los principios y adelantamientos de la misión, 
y era imposible que sin este fomento continuo pudieran subsistir ó con- 
servarse. Esto me ha movido á dar aquí alguna noticia de un memorable 
suceso que acaeció en la ciudad de Quito, y que acaso también aceleró 
la partida de algunos jesuítas á los Mainas. Y si esta razón no basta para 
excusar la digresión, no dudo que el prudente lector la excusará, siquiera 
por señalada, curiosa y memorable. Por más que la ciudad de Quito goce 
de un temple saludable, sus campos estén siempre verdes y floridos, 
amena y abundante la campiña y todo respire primavera y hermosura, 
no deja de tener un lunar bien considerable que suele templar el gusto 
de sus habitadores. Porque tiene á su lado, casi por la parte del poniente, 
un horroroso volcán , llamado Pichinche, no menos temible á la ciudad 
que el Vesubio á Ñapóles y á la Sicilia el Etna. 

Viene á ser el celebrado Pichinche un agregado de muchos montes 
nevados que mantienen siempre en su centro vivas llamas, las cuales, 
cebadas en abundante materia de alcrebite, rompen las entrañas de la 
tierra, volando parte de los montes y arrojando peñascos encendidos al 
viento. Los montes que principalmente componen este Mongibelo, son 
tres que descuellan entre los demás, y parece que siglos atrás eran coma 
tres hombros monstruosos que sustentaban otra cumbre, como cabeza so- 
bresaliente á todas aquellas eminencias. Mas el mucho fuego interior 
consumió con su voracidad á la cumbre ó la arrojó al viento, deshacién- 
dola en piedras y cenizas. El primer estrago que consta por los archivos 
de Quito haber hecho el Pichinche en la ciudad y campiñas, sucedió el 
año de 1577. Fué grande en aquellos principios de su fundación la cons- 
ternación de la ciudad, mucho el estrago en los ganados, y asombrosa la 
tala délas sementeras, y á esta causa juráronlos ciudadanos desde enton- 
ces fiesta, y eligieron patronos que la defendiesen de tan terrible ene- 
migo como tenían á la vista. Pero aunque se miraban en las puertas mis- 
mas de Quito los horrorosos peñascos de aquel aborto y eran padrones de 
de su memoria, ya parecían estar olvidados los quiteños después de 
ochenta años de los rigores del Pichinche, ó se lisonjeaban haberse des- 
ahogado bastantemente de sus incendios, que ésta es la condición de los 
hombres, creer fácilmente lo que mucho se desea. 

Mas el reprimido volcán á los ochenta y tres años de su primera erup- 
ción, quiso avivar sus llamas con más horror en el año de 1660, por el 

13 



194 Misiones del Marañón Español 

mes de Octubre en que asombró de tantas maneras á los moradores de 
Quito, que no es fácil contar en particular los estragos y efectos de su 
enojo. Un domingo por la noche, á los 24 de Octubre, comenzó el cerro 
Pichinche á mostrarse como con dolores de parto, ó con accidentes de 
algún fiero aborto, dando bramidos y estruendos que de cuando en cuando 
se sintieron en aquella noche, y en el lunes siguiente. Fueron repetidos 
el martes en varias horas del día, y á la noche más continuados, oyén- 
dose con asombro una como batalla en las entrañas del volcán, á manera 
de tiros encontrados de una grande artillería. Asomábase la gente asus- 
tada á ver las cumbres del Pichinche, y entre las tinieblas de la noche 
sólo veía levantados sobre el monte algunos globos de fuego, frecuentes 
relámpagos, y como encendida la atmósfera, cosa que suele verse todos 
los años, aunque no con tanta conmoción ni con tan extraordinario es- 
truendo. Sólo se observó por entonces como cosa singular, que en vez de 
un penacho de llamas que se descubría otras veces, ahora se veían á 
tiempos unas como centellas de peñascos encendidos 

Amanecía ya el miércoles, y como había sido tan temerosa la noche, 
despertó á todos el temor de prevenir la luz deseada para reconocer lo 
que pasaba en el volcán. Conocieron por su ceño encapotado, por los re- 
lámpagos, bramidos continuados y por las peñas encendidas que arro- 
jaba, que había comenzado á reventar, pero deseaban que aclarase el 
día para consolarse con la luz y certificarse mejor de lo que tenían que 
temer ó debían esperar. Mas la poca claridad que asomaba á los princi- 
pios se fué convirtiendo con asombro en una noche tenebrosa, de manera 
que á las nueve del día se hallaba la ciudad en horrorosas tinieblas. No 
se veían los unos á los otros y andaban confusos con tanta obscuridad, y 
espantados con los estruendos continuos que oían. Siguiéronse á tanta 
miseria repetidos terremotos, y empezaron todos á correr turbados por 
la ciudad y á dar grandes clamores , buscando algún consuelo los unos 
con los otros. Salían los seculares de sus casas, y de sus aposentos los re- 
ligiosos, encendiendo luces en las calles, cercanos al medio día, cuando 
de repente sintieron un ruido estrepitoso como de rápidas corrientes de 
un caudaloso río, y todos se dieron por perdidos considerándose anega- 
en los raudales de fuego que despedía el Vesubio. Todo el pueblo corrió 
á las iglesias buscando confesión, y los más advertidos conocieron que 
llovían las nubes unas piedras ó escorias parecidas á la piedra pómez. 
Abrieron sus iglesias todas las religiones, y descubierto el Santísimo, se 
llenaron de gente y de clamores á la piedad divina, aunque se sobrepo- 
nía á las continuas voces de la gente congregada el estampido de la mu- 
cha piedra que caía con fuertes golpes sobre los tejados y por toda la 
ciudad, cuyo continuado estruendo hacía parecer al temor un río cau- 
daloso de fuego ó un diluvio de llamas que corría por las calles. 

En tan terrible aprieto no había otro recurso que el de la penitencia, 
clamando á Dios misericordia y reconociendo las culpas que así irritaban 
á la divina justicia. Todos los sacerdotes de la Compañía (y lo mismo su- 



Libro IV. — Capítulo X 195 

cedió en las iglesias de los otros regulares) estaban en sus confesonarios, 
pero era tanta la gente deseosa de confesarse, que muchos del concurso 
no esperando su vez clamaban á voz en grito publicando sus pecados con 
lágrimas, sollozos y suspiros. Y siendo tan grande el peligro y aumen- 
tándose el temor con los terremotos continuados, y con el estruendo de las 
piedras que no cesaban , se veían precisados los confesores á dar absolu- 
ciones á toda prisa, luego que oían materia de pecado y propósito de in- 
tegridad, si hubiese tiempo para declararlos todos. No de otra manera 
que cuando se va á pique una nave en una tempestad deshecha. Allí se 
oían los votos y promesas fervorosas, aquí se daban de bofetadas; otros 
se mesaban los cabellos, en señal de penitencia y arrepentimiento de sus 
culpas, sin que se acordase ninguno de otra cosa que de prevenirse para 
la muerte que esperaban ó sepultados en la tierra abierta con los terre- 
motos, ó entre el fuego y piedras que arrojaba el volcán. Cuatro predica- 
dores estaban continuamente en la iglesia disponiendo al pueblo y ayu- 
dándole en aquel trance con actos fervorosos de contrición, como si cada 
uno de los presentes hubiera de pasar luego á la otra vida, y así fomen- 
taron en aquel día, que parecía de juicio, las saludables lágrimas con 
que repetía el pueblo los afectos de penitencia que se le sugerían, los 
cuales proseguían por la tarde, aun cuando cesando ya la lluvia de pie- 
dras encendidas, sucedió una arena menos ruidosa y á ésta una ceniza 
tan espesa, que no eran bastantes las luces para romper una obscuridad 
tan densa. Padecieron algunas personas, especialmente mujeres, varios 
accidentes, pasmos, deliquios y apreturas de corazón, y era cosa de mu- 
cha lástima el no poder acudir los sanos por la grande confusión y azo 
ramiento al remedio de los enfermos y flacos. Todos llegaron á la noche 
sin haberse desayunado, y jamás se vio vigilia más bien ayunada que la 
de este día 27 en que se celebraba la de los Apóstoles San Simón y Judas. 
Recogióse todo el pan que se pudo hallar en el colegio, y se dio, por modo 
de colación, un leve sustento á tanto concurso afligido, que gustó verda- 
deramente en aquella ocasión pan de lágrimas, porque no cesaban éstas 
á vista de los rigores que todavía proseguían. 

Estaba la gente en grande expectación y con muchos deseos de que 
amaneciese el día siguiente, después de tres noches continuadas, cuando 
á eso délas ocho del día se dejó conocer el sol en el hemisferio, como 
cuando en un día de niebla muy cerrado alumbra sólo de manera que 
sirve para distinguir el día de la noche. Este género de días pardos y 
anublados, en que se comunicaban poco los rayos del sol, duró hasta el 
día de Todos los Santos ; pero no por eso cesaron los temores, porque se 
sentían fuertes terremotos y alterada la tierra , estaba como palpitando, 
asustada hasta que acabase de desahogarse el volcán. En estos días de 
media luz se volvieron á confesar con alguna mayor serenidad todos los 
vecinos de Quito, y se hicieron muchas procesiones y rogativas, siendo 
de grande edificación las mortificaciones é insignias de penitencia que ins- 
piraban el dolor de las culpas, y el temor é incertidumbre de lo que podía 



196 Misiones del Marañón Español 

suceder. Cada religión hizo la suya, pero la principal de todas fué la que 
se ordenó en la iglesia de la catedral, en donde se celebró un solemnísi- 
mo y devotísimo novenario á la gran Madre de Dios, en su imagen glorio- 
sísima de Nuestra Señora de Guapulo, que es y fué siempre en sus nece- 
sidades el refugio y amparo de la ciudad. Iban los sacerdotes sin man- 
teos y sombreros, descalzos, con soga al cuello y cubiertos de ceniza,, 
causando á todos los que los veían gran ternura y devoción. Apenas hubO' 
hombre ni mujer, eclesiástico ni secular, noble ni plebeyo, que no satis- 
faciese á su deseo ó ansia no sólo de penitencias secretas, sino tambiért 
de las públicas que se hicieron en estas procesiones. Unos iban cargados- 
de grillos y cadenas, otros aspados y ceñidos estrechamente de cilicios; 
éstos llevaban sobre sus hombros cruces pesadas, aquéllos, y era la pe- 
nitencia más común, vestidos de penitentes derramaban copiosa sangre 
con golpes crueles de disciplinas que llevaban según el uso de aquellas 
partes. 

Vióse en un punto renovada la ciudad , porque los bramidos del Pi- 
chinche fueron voces de Dios que despertaron á los más dormidos en el 
letargo en que miserablemente se hallaban como muertos. Algunos bus- 
caban á sus enemigos y se reconciliaban con ellos, dejando sus odios mor- 
tales y sangrientos. Muchos que parecía no tener remedio en su amistad 
torpe se apartaron con generosidad, satisfaciendo con públicas peniten- 
cias los escándalos que habían dado. Restituyóse la honra quitada, vol- 
vióse la hacienda ajena, y no pocas mujeres (que suelen adolecer de su- 
persticiones diabólicas) quemaron los instrumentos de que se valían para 
sus maleficios. En suma, la erupción del volcán, sus llamas, piedras y 
cenizas, juntas con tan terribles estruendos y bramidos que parecían 
poner delante de todos las venganzas de un Dios airado contra los deli- 
tos de la ciudad , fueron la mayor señal de la divina misericordia y el 
medio más poderoso para la reforma de Quito, que desde su fundación no- 
experimentó mayores desengaños ni terror más saludable para conver- 
tirse del todo al Señor. 

Aunque los referidos efectos de la erupción del volcán fueron más me- 
morables, no se deben omitir otros efectos naturales dignos de reparo. 
Cosas se vieron en esta ocasión que parecen increíbles, aunque algunas- 
semejantes á las que ha causado el Etna en Sicilia y el Vesubio en Ña- 
póles. Porque primeramente fué cosa muy averiguada que, si toda la pie- 
dra gruesa y menuda, y si la arena y ceniza que arrojó de sí el Pichin- 
che se juntaran en un lugar, hicieran sin duda un monte tan grande como 
el volcán mismo, que arrojó de sus entrañas tanta materia, quedando al 
parecer tan entero como si nada hubiese vomitado. Hacia la parte con- 
traria á Quito, por donde disparó grandísimos peñascos y piedras más. 
gruesas, taló montes y llenó de materia encendida algunas simas profun- 
das que igualó con la superficie de la tierra. La piedra menuda que voló 
más ligera, á manera de centellas despedidas del choque de los peñas- 
cos en el viento, se extendió á muchas leguas en contorno. Mucho más 



Libro IV.— Capítulo X 197 

alcanzó la arena, como se deja entender, y causa espanto hasta dónde 
arribó la ceniza más sutil que se vio caer en Popayán , en Guanacas y 
en otros parajes de aquel distrito por lo alto de hacia el Perú , en Loja y 
•en Zuzuma, y por las montañas en las reducciones mismas del Marañón- 
De manera que hecho un cómputo prudencial , volaron las cenizas por 
todos los lados del volcán como cien leguas. Y lo que causa grande ad- 
miración es lo que asegura Rodríguez en su historia al libro IV, cap. II, 
que hallándose él mismo en Popayán, cuya distancia á la ciudad de Quito 
<es como de cien leguas, aunque por el aire no es tanta, se oyeren en 
aquella ciudad, el día 27 de Octubre, unos como tiros de mosquete ó arti- 
llería muy distantes, ó como un bramido confuso, que atribuye dicho 
íiutor al choque ó sacudimiento de los peñascos del Pichinche que vola- 
ron por el viento. 

Fuera de esto, se manifestó en esta ocasión la correspondencia y con- 
traminas del volcán con otros de su especie, y que tienen también en sus 
•entrañas forma contraria á las voraces llamas del Pichinche, Tiene 
■este monte enfrente de sí con sola la interposición de dos valles llamados 
Turubamba y Chillo, otros montes de nieve muy vistosos , entre los cua- 
les es muy notable uno dicho Sincholagua, desde donde baja el río Alan- 
gasi, A los últimos estruendos del volcán, disparó contra los peñascos 
•encendidos el monte Sincholagua medio monte de barro y nieve, que ca- 
yendo sobre el río en tanta cantidad, hizo una gran presa, hasta que á 
la violencia del agua y de la pesadez del lodo corrió por la madre misma 
del río tan grande avenida de materia densa y pestilente que ocupó pi- 
cas de profundidad entre los montes, y llegando á un puente fortísimo 
de un solo arco, cerrado éste con el espeso material, tomó su carrera por 
íilgunas horas por encima del puente sin llevarle consigo. En este com- 
bate tan señalado del Pichinche con el Sincholagua, se sintió en Quito 
■el más terrible terremoto que se padeció en todos los días de la erupción. 
Pero de la pelea espantosa de estos dos enemigos nacieron dos efectos, 
que fueron de provecho á los vecinos de Quito. El primero fué que com- 
primido el viento al empuje del Sincholagua, comenzó á soplar hacia los 
desiertos, y esta fué la causa de que no lloviese tanta piedra en la ciu- 
dad y cargase más adonde el viento la arrojaba. No fué despreciable el 
segundo efecto, porque con el terremoto mismo sacudieron las iglesias y 
casas la mucha ceniza que tenían sus tejados , que por el grande peso 
•estaban en peligro de hundirse, como de hecho se desplomaron algunas 
por la incuria de sus dueños que no procuraron limpiarlas, como lo hicie- 
ron casi todos los vecinos. Y por esta razón duró la ceniza por mucho 
tiempo en las calles de Quito, porque aunque Dios proveyó de grandes 
lluvias, muy del caso para llevar consigo tanta escoria, no fueron bas- 
tantes para deshacer tanto material, de manera que por más de un 
año estuvo á la vista la ceniza en la ciudad, campos y montes, y en las 
partes más llanas se reconocieron las arenas y escorias por muchísimos 
años. 



198 Misiones del Marañón Español 

Últimamente, sosegado ya del todo el Pichinche, envió la Real Audien- 
cia personas que reconociesen la boca del volcán, y alcanzaron á ver, 
aunque de lejos y con grandes temores , una sima profunda como de una 
legua entre los tres montes, que parecen las fortalezas opuestas á la te- 
rrible artillería, siempre asestada en la profundidad del volcán, como el 
monte Soma , parece estar opuesto á las llamas del Vesubio. En el año- 
siguiente se sintieron, á principios de Diciembre, grandes terremotos y 
se renovaron los temores; pero sólo cayeron algunos peñascos, que per- 
diendo sus estribos y consumidas las basas en que se mantiene el circula 
de la profunda sima, hicieron algún estruendo sin causar algún daño en 
la ciudad ni en los campos. 

Esta breve noticia de lo que se hizo temer el enfurecido Pichinche, 
baste para memoria de la erupción que se experimentó en el año de 1660,. 
cuando hallándose ya en Quito la nueva misión de España , extrañanda 
los recién llegados Jesuítas el singular recibimiento que les hizo la ciu- 
dad, no estarían muy aficionados á ella y se les avivarían naturalmente 
los deseos de pasar cuanto antes á las misiones. Bella ocasión por cierta 
para que el P. Lucas de la Cueva, á quien llamaron á la ciudad para 
dar asiento á lo que se había ya tratado del curato de Archidona, llevase. 
consigo algunos á las misiones de Mainas. 



CAPITULO XI 

DASE EL CURATO DE ARCHIDONA Á LA. COMPAÑÍA, Y ESTADO DE LA 
MISIÓN DEL MARAÑÓN EN EL AÑO DE ItítriO 

Deseando el padre provincial Hernando Cabero dar estabilidad á las 
misiones del Marañón , y considerando la importancia grande que sería 
para la conversión de la gentilidad que habitaba en las orillas del ría 
Ñapo, el fijar la entrada por Archidona, y formar en esta ciudad uno coma 
seminario de misioneros, promovió eficazmente el pensamiento de que se 
diese á la Compañía la doctrina de Archidona. D. Pedro Vázquez de Ve- 
lasco, presidente de la Real Audiencia, que más que otros seculares, coma 
insinuamos, conocía las ventajas de esta asignación, había on parte- 
allanado las muchas dificultades que se ofrecían, y conferido con el señor 
obispo sobre el modo de conferir al P. Cuevas aquel curato, que no era. 
en realidad apetecible á los clérigos, así por la mucha distancia como por 
no ser crecida su renta. Avisado el misionero de las intenciones del señor 
obispo, volvió á Quito, y se hizo en él el nombramiento de párroco de Ar- 
chidona , pero con ciertas condiciones y calidades poco conformes al es- 
tilo de la Compañía. Sin embargo, aceptó esta carga procurando desde 
entonces que se informase al Consejo de su majestad para que se sirviese 
quitar los gravámenes y condiciones que se le ponían, lo cual produjo el 
efecto deseado, como á su tiempo veremos. 



Libro IV.— Capítulo XI 199 

Por ahora sólo pensó el P. Lucas en dar la vuelta á Archidona y llevar 
consigo algunos misioneros, ya que los nuevos sujetos venidos de España 
le daban ocasión oportuna de hacer gente para el Marañón. En efecto, 
pidieron con instancias acompañar al P. Cuevas cuatro jesuitas que se 
hallaban en Quito, dos de los cuales acababan de llegar con la nueva 
misión, y se llamaba el uno Jerónimo Alvarez, y el otro Ignacio Jimé- 
nez; los otros dos eran naturales del país y criados en el colegio de Quito, 
que por tener ya práctica de la lengua general del Inga, y por esto más 
facilidad en aprender las lenguas particulares de las naciones, siempre 
fueron de grande ayuda en las misiones del Marañón. Salió el P. Cuevas 
para su destino con sus compañeros, con el ánimo de que uno de ellos 
q uedase con él en Archidona como por coadjutor en el empleo de párroco, 
y de enviar á los otros por el río Ñapo á los Mainas. No se sabe si el 
P. Jerónimo Alvarez le siguió desde luego para las misiones, ó si se quedó 
todavía en Quito para concluir los estudios. Por lo menos el viaje que 
hizo al Marañón parece que no sucedió hasta el año siguiente, y que no 
tomó el rumbo por el río Ñapo, sino por las tierras de los Gayes, como 
diremos á su tiempo. 

Comoquiera que esto fuese, llegado que hubo á esta ciudad el P. Lu- 
cas de la Cueva con los nuevos misioneros, tomó la posesión del curato y 
comenzó á trabajar con increíble celo en los españoles é indios, y á aar 
nueva forma á su parroquia. Había en esta ciudad algunos europeos , ó 
descendientes de ellos, que administraban algunas encomiendas de seño- 
res de Quito, cobraban los tributos y trataban de algunos géneros que 
vendían á los indios á trueque del poco oro que sacaban éstos del río. 
Veía el P. Lucas que el buen ejemplo de estos administradores, cobrado- 
res y tratantes, sería de mucha importancia para la reforma é instruc- 
ción de los indios , y por esto puso la mira principalmente en ganarlos 
las voluntades, para que por este medio le oyesen con más atención y le 
obedeciesen con más suavidad. Consiguiólo á poco tiempo y con la efica- 
cia suave de sus palabras les redujo á una vida ajustada, quitando ren- 
cillas y disensiones, arreglando sus negociaciones y haciendo que junta- 
sen á lo lícito de sus contratos mucñas obras de piedad y devoción, y más 
particularmente la frecuencia de Sacramentos. Fué tal la mudanza de 
costumbres de los españoles en esta ciudad, que ellos mismos escribieron 
muchas cartas á los superiores de Quito y á sus corresponsales, que no 
respiraban otra cosa que agradecimiento á la Compañía , teniéndose por 
dichosos de tener por párroco al P. Lucas, que con su amor y cariño, con 
su celo y prudencia celestial y con un desinterés nunca visto, todo lo 
acomodaba, miraba por todos y á ninguno desechaba , en lo cual le ayu- 
daban no poco los misioneros que tenía consigo, pues como dice el P. Her- 
nando Cabero en las annuas de aquel tiempo, «cada carta de Archidona 
es un panal, y rico de aquellos verdaderos hijos de San Ignacio». 

Dado este paso feliz con los españoles , no le fué difícil la reforma 
con los indios. Y para que la doctrina cristiana á que todos asistían in- 



200 Misiones del Marañón Español 

violablemente, y las frecuentes exhortaciones que les hacía les entra- 
sen en provecho, determinó el P. Lucas eximir aquellos pobres de las 
cargas y socaliñas que habían usado sus antecesores, entendiendo bien 
que una de las prendas que más acreditan á un párroco es el desinterés. 
Por esta causa quitó de raíz el manípulo de obligación, el camarico ú ofrendas 
de Pascuas, las ofrendas de difuntos con tales y tales condiciones,. las 
honras, no sólo al fin del año, sino también á la mitad del que allí llaman 
chaupiguata, varios helados que debían las niñas llevar al cura y ciertas 
obligaciones de los niños cuando iban á la doctrina, y aun algunas car- 
gas que tenían los que iban á descargarse de sus pecados en la confesión 
sacramental. No permitió jamás el P. Lucas ninguna de estas cargas en 
aquellos pobres indios, que, siendo naturalmente pusilánimes , no cono- 
cían atractivo mejor que ver desinterés y amor, y que se les defienda de 
las vejaciones que comúnmente padecen de los españoles. Así que ama- 
ban al P. Lucas como verdadero padre, viendo que les asistía con todo 
amor, ayudándoles en sus trabajos, cuidándoles en sus enfermedades y 
componiendo sus dependencias con los cobradores de tributos, diezmos y 
otras obligaciones. Estando los indios en tan buena disposición con su 
párroco, jamás faltaban á la explicación del catecismo, oían con gusto 
sus amonestaciones y practicaban fielmente cuanto les aconsejaba. 

Uno de los vicios más comunes en aquellos indios era la embriaguez, 
á la cual se entregaban de manera que parecía negocio desesperado el 
sacarlos de su tan vergonzosa costumbre, cuando una vez llegaban á 
dejarse poseer de su tiranía. Ellos mismos reconocían que era cosa in- 
digna de quien comulgaba el emborracharse, y por esta causa no se lle- 
gaban á la sagrada comunión, aun cuando se confesaban. Esta privación 
de aquella sagrada mesa, que usada con discreción pudiera ser acaso 
freno á las borracheras, ó medio para que saliesen de ellas, había pasado 
á tanto abuso, que más parecía fomentarlas y quitar á aquellos infelices 
uno de los medios más poderosos para salir del vicio. Porque vivían como 
si para ellos no se hubiera instituido el santo sacramento de la Eucaris- 
tía; y lo que más es, en algunos pueblos de indios dispensaban los párro- 
cos por su propia autoridad (no sé si por ignorancia ó por desprecio de tan 
pobre gente) del precepto de la comunión de cada año, y duros é insensi- 
bles al bien espiritual de aquellos desdichados, les dejaban caminar á la 
eternidad sin el sagrado viático, contentos de oírlos de confesión y de 
administrarles el sacramento de la santa unción, como si hasta en la hora 
de la muerte la embriaguez les hiciera también incapaces de recibir el 
pan sagrado. 

Viendo el P. Lucas tanto desorden y sus funestas consecuencias , tiró 
por el camino contrario y procuró que todos los indios bien instruidos en 
la doctrina cristiana comulgasen como se usaba en las misiones, no sólo 
por la cuaresma, sino también otras veces entre año en algunas fiestas 
más principales. Hizo que entendiesen bien los indios que no había otro 
impedimento que les hiciese incapaces de comulgar, sino el pecado no 



Libro IV.— Capítulo XI 20: 

confesado ni llorado. Y que los que adolecían del vicio de la borrachera, 
si se confesaban de la embriaguez como de los otros pecados, y se dolian 
de corazón y se arrepentían de veras, debían llegarse á la sagrada comu- 
nión como todos los demás. Antes bien, con este sagrado alimento cobra- 
rían fuerzas para resistir á este vicio y llegarían á conseguir una victo- 
ria entera de sí mismos. De esta manera hizo guerra el P. Lucas á la em- 
briaguez por un modo en todo contrario á los que usaban otros párrocos, 
y consiguió casi del todo desterrarlo de los indios, que, aficionados á la 
sagrada comunión, venían con gran recato y temor de Dios huyendo de 
las ocasiones del pecado, y procurando conservar las disposiciones que 
conocían ser necesarias para ser admitidos á la mesa divina , que está 
patente á todos los que se acercan con buena voluntad y corazón contrito. 

Entre tanto que el P. Cuevas así trabajaba en Archidona mejorando 
á los españoles y reformando á los indios , y estaban á la vista y aun lé 
ayudaban en sus ministerios los nuevos misioneros, que debían pasar á 
Mainas. Amaestrados ya sobre el modo de tratar con los indios , y des- 
pués de haber adquirido algunas noticias de la lengua, les envió al Ma- 
rañón por el río Ñapo, quedándose el P. Lucas con uno por compañero 
en su empleo. No es fácil explicar el gusto y contento del P. Figueroa y 
demás jesuítas del Marañón cuando entendieron la asignación del padre 
Cuevas para Archidona , y vieron los nuevos operarios que les enviaba 
de refresco para trabajar en los campos dilatados de aquella numerosa 
gentilidad. ^\ié tanto mayor el contento cuanto más echaban de ver la 
divina Providencia con aquellas misiones, porque habiendo salido poco 
antes un operario por falta de vista al colegio de Cuenca y el P. Barto- 
lomé Pérez á ocupaciones de la provincia, enviaba Dios otros nuevos y en 
mayor número para que sucediesen á los antiguos, y les abría una puerta 
tan cómoda para la entrada en la misión del río Ñapo. 

El estado de las misiones en este tiempo estaba ñoreciente. Eran once 
los misioneros. Los pueblos y anejos eran como veinte, porque además de 
los que pusimos en el último capítulo del libro antecedente se habían fun- 
dado en estos siete últimos años desde el 1653 hasta el de 1660 otros cinco 
pueblos, dos de los cuales pertenecían al río Cuallaga, y se llamaban 
como vimos San Xavier de Chamicuros y San Antonio de Agúanos. Los 
otros tres tocaban al río Pastaza por hallarse en esta parte de la misión, 
y se nombraban los Angeles de Roamainas, San Salvador de Zapas ó Za- 
paras, y el nombre de Jesús de los Coronados ó Hichachapas. No se sabe 
á punto fijo en qué año se redujeron los Coronados ó Hichachapas ; sólo 
sabemos que en este año de 60 vivían ya juntos en un pueblo por los es- 
fuerzos y fatigas, según pienso, del P. Francisco de Figueroa, que aun- 
que suplía las ausencias y cargas del P. Lucas en sus largos viajes , ve- 
lando como superior y más antiguo sobre todos los misioneros, y aten- 
diendo, como era razón, á todas partes, no por eso dejaba de hacer nue- 
vas entradas á los gentiles, disponiendo á unos y reduciendo á otros á po- 
blación. 



202 Misiones del Marañón Español 

Extendida la misión por gran parte del río Marañón , por mucha del 
río Pastaza, por casi todo el Guallaga, y habiendo entrado también en el 
río Ucayale, contaba un número prodigioso de nuevos cristianos. Y aun- 
que no podemos decir puntualmente el número de almas que estaban ya 
reducidas al gremio de la Iglesia por los sudores de los misioneros, en el 
tiempo en que nos hallamos , bien se puede asegurar que no bajaban de 
setenta mil, pues consta de autos hechos en la ciudad de Lima cuatro 
años antes, esto es, en el año 1656, que estaban ya pacificados, y reduci- 
das á la fe más de quince mil familias en Mainas y otros muchos indios 
convertidos, pertenecientes á las provincias de la jurisdicción de la ciu- 
dad de Borja. De manera que haciéndose el cómputo de cinco almas por 
familia, ya entonces arribaban los indios convertidos al número de se- 
tenta y cinco mil ; pues en estos cuatro años no estuvieron ociosos los mi- 
sioneros, como consta de las nuevas fundaciones que hicieron. Y aun es 
muy creíble que aumentasen en familias los primeros pueblos, que solían 
ser pequeños á los principios, y con las salidas, convites y regalos de los 
misioneros, iban creciendo en número, como sucedió en todo tiempo. Y 
si no fuera por las pestes que sobrevinieron después, y por las rebeliones 
de algunos traidores y apóstatas , de que hablaremos en su lugar, la mi- 
sión de los Mainas hubiera sido acaso de las más numerosas entre todas 
las que estaban á cargo de la Compañía, pues en sólo veintidós años de 
cultura, y no de muchos operarios, llegó á extenderse por cuatro ríos 
caudalosos, cuyas orillas estaban llenas de infinitos gentiles. Pero suce- 
dió en el Marañón lo que acaeció también en parte en otras misiones, 
que las naciones en sus principios muy numerosas se fueron disminu- 
yendo ó acabando con el tiempo con pestes, viruelas y catarros. En lo 
cual se descubre la justicia y misericordia del Señor, que, queriendo aca- 
bar con muchas de aquellas gentes, les proveyó al tiempo crítico de su 
ruina, de ministros evangélicos, para que consiguiesen la salud eterna de 
sus almas. 



LIBRO V 



CAPITULO PRIMERO 



TRABAJOS APOSTÓLICOS Y MUERTE GLORIOSA DEL P. LUCAS MAJANO 

La divina y amorosa providencia del Señor con la nueva cristiandad 
de los Mainas, dispuso en su nacimiento las cosas de manera que en los 
veinte primeros años no se viesen en ella traiciones de indios ó rebeliones 
de apóstatas que la dividiesen, ni persecuciones de los de fuera que en 
su fundación la sofocasen; antes bien, habia caminado todo próspera- 
mente con mucha paz y contento de los misioneros, y siempre con nuevo 
aumento de pueblos y de familias. Y lo que más admira es que no hubiese 
muerto desde el año 1638 hasta el de 1660 ninguno de los padres que con 
tanto tesón habían trabajado en climas y temples tan diversos y poco 
saludables, y con tanta falta y escasez de alimentos, vestidos y demás 
cosas necesarias á la vida humana. Pero arraigada ya la fe y extendida por 
tantos ríos sin peligro de faltar, ó por demasiadamente tierna ó por redu- 
cida á un solo sitio, comenzaron las rebeliones de algunos indios, las trai- 
ciones de otros, y empezaron á faltar los misioneros, unos de muerte na- 
tural, otro ahogado en las aguas, y algunos muertos á manos de los após- 
tatas é infieles. 

El primer misionero que acabó gloriosamente su carrera en las misio- 
nes trabajosas del Marañón era el más joven de todos, y casi el último que 
había entrado al trabajo. Porque no es cosa nueva al estilo de la Provi- 
dencia, sino muy conforme á él, que los últimos en el trabajo sean los 
primeros en la paga, como suelen ser remunerados en último lugar los 
que echaron mano del trabajo muy de mañana. Fué este dichoso misio- 
nero el P. Lucas Majano, que, bajando tres años antes por el río Ñapo y 
señalado para el cultivo de las misiones de Pastaza que comenzaban en- 
tonces, hizo mucho en poco tiempo y dio su vida víctima de la caridad 
por sus ovejas. Había el P. Santa Cruz, como insinuamos arriba, persua- 
dido á los Zaparas y Roamainas que formasen sus poblaciones no lejos 
del río Pastaza, pero por la mucha distancia de las reducciones de Gua- 
llaga, en donde era necesaria su presencia, no había dado forma á los 



204 Misiones del Marañón Español 

nuevos pueblos, ni asentado la doctrina , creyendo que se les podría en- 
viar otro misionero para dirigirlos en la fábrica de la iglesia y casas , y 
para instruirlos más de propósito en la doctrina cristiana. Llegó á este 
mismo tiempo el P. Lucas, lleno de espíritu, fervor y celo de la conver- 
sión del Marañón, y conociendo el P. Figueroa el aliento del nuevo mi- 
sionero, le destinó al cultivo de las naciones de Pastaza. Fué volando el 
P. Lucas, sin otra compañía que la de un mozo que le debía servir de 
intérprete, sin más armas que el breviario y Biblia, sin más riquezas que 
los ornamentos para decir Misa y algunos regalillos para atraer á los 
indios. 

No hay para qué detenernos en la fábrica de iglesias y casas, en los 
desmontes para las sementeras , y en el orden y concierto que introdujo 
«ntre unas gentes hechas á vivir á su libertad en los montes sin arreglo 
ni dependencia entre sí. Porque esto fué común en todos los misioneros 
que formaron nuevas reducciones , como hemos visto en otras ocasiones, 
y en el P. Lucas fué bien particular, porque fuera del pueblo de los Roa- 
mainas, tenía que acudir á otras partes por no caber los indios en el sitio 
primero. Su principal cuidado era la instrucción espiritual de los niños y 
la enseñanza de los adultos, para que se hiciesen capaces del santo bau- 
tismo, y no contento con los primeros indios pacificados por el P. Rai- 
mundo, andaba continuamente vadeando ríos y atravesando montes para 
hacer más y más gente que gozase de tan saludable sacramento. Corres- 
pondía el fruto á sus entradas, y formó una cristiandad numerosa. Apren- 
dida la lengua de los Roamainas en bien poco tiempo, pudo formar un 
catecismo en su misma lengua, y era éste el camino más breve, para 
que los adultos se dispusiesen al sacramento del bautismo ; porque los in- 
dios que le amaban tiernamente por sus prendas naturales, pues era ri- 
sueño, liberal, ágil y agraciado, viéndole hablar la lengua de su región, 
y trasladar perfectamente á la boca los afectos de su amor y cariño con 
ellos, no se apartaban de su misionero, le oían con mucho gusto y que- 
rían seguirle á todas partes. 

De esta manera trabajó el P. Lucas por tres años en la viña que le 
había encomendado el superior, hasta que comenzó á rendirse la natura- 
leza á tanto afán y fatiga. Como se veía precisado en sus frecuentes en- 
tradas por los montes á dormir donde le cogiese la noche, unas veces en 
las alturas de montañas empinadas y otras en las honduras húmedas de 
los valles, contrajo por los muchos vientos, calores y humedades una en- 
fermedad complicada de muchos males. Era continuo el dolor que pade- 
cía en los huesos ; la vista llegó á estar tan debilitada que apenas distin- 
guía los objetos, y el estómago tan ñaco y sin calor natural, que no podía 
digerir cosa ninguna. No era bastante la mocedad para expeler la grande 
copia de humores dañados que se habían apoderado del cuerpo. Y no de- 
Jando por eso sus ásperas penitencias diarias de ayunos, disciplinas y de 
otros géneros de mortificación, sin la cual no le parecía poder vivir en 
esta vida, cayó en un continuo y vehemente dolor de estómago, que le 



Libro V. — Capítulo I 205 

excitó los deseos de verse con algún misionero y de comunicar con él sus 
achaques, suponiendo q,ue también en sus hermanos habría causado al- 
guna novedad la calidad del terreno. No le movía menos al viaje otra 
dolor interno que de tiempo le aquejaba, y era el anhelo que tenía de re- 
conciliarse con algún sacerdote, cosa que no había podido lograr en n u- 
cho tiempo, por la mucha distancia en aquellas soledades, y es ésta una. 
de las mayores penas que entre otros ahogos del alma sufren los misio- 
neros privados por muchos meses del santo sacramento de la Penitencia; 
aunque su divina Majestad que jamás se deja vencer en liberalidad de 
sus siervos sabe consolar de otra manera y suplir por otro lado la gracia 
del sacramento, con los que generosamente se consagran á la extensión 
de su nombre. 

Por estas razones se determinó el P. Lucas á bajar al Marañen, y 
echando mano de una mal aviada canoa, navegó con algunos indios de 
su pueblo por diez días hasta el primer pueblo de Mainas. A la entrada, 
misma de la reducción, se vio penetrado de otro nuevo dolor y senti- 
miento; porque halló á todo el pueblo apestado de sarampión y alfom- 
brilla, que consiste en unas viruelas de mala casta y mucho peores que 
las comunes de Europa. Moría mucha gente del contagio, que no habienda 
perdonado al misionero del pueblo le tenía postrado en la cama con re- 
cias calenturas, sin poder asistir como quisiera á sus ovejas. Luego que 
supo la venida del P. Lucas, adoró la singular providencia del Señor en 
traerle á su pueblo en tiempos de tanta necesidad y miseria en que no 
podía socorrer á sus hijos, atado á su aposentillo á causa del contagio. 
Reconciliáronse mutuamente con mucho gozo y consuelo, y al punto em- 
pezó el misionero nuevo á confesar enfermos, administrar viáticos, bau- 
tizar niños é instruir catecúmenos y disponerlos para el sagrado bautis- 
mo, porque á todos se iba extendiendo la peste y era necesario socorrer 
en la hora de la muerte con aquel sacramento á los adultos que no esta- 
ban bautizados. Era increíble el trabajo del P. Lucas en tantas necesida- 
des, queriendo correr á todas partes, porque no sólo se extendía su cela 
y caridad á los feligreses del lugar, sino también á otros anejos que, aun- 
que distantes, estaban sujetos al mismo contagio. Aquí volvió á doblar la. 
fatiga de trepar montes , vadear ríos y atravesar cerros, en que se había 
ejercitado por casi tres años en el río Pastaza ; pero se le hacían dulces- 
al ver el inmenso fruto que lograba de niños y de grandes que volaban 
al cielo recibida la gracia del bautismo. 

Sosegada algo la epidemia , llegó un indio del pueblo de los Angele» 
con las malas nuevas de que comenzaba la peste por el río Pastaza, y 
que estaban los Roamainas y Zapas en la mayor apretura por hallarse 
en circunstancias tan críticas como ovejas sin pastor. Al momento el 
P. Lucas, despidiéndose del otro misionero que todavía se hallaba bien 
postrado, corrió á la necesidad de sus hijos. Subió en la canoa tan de 
prisa y con tanto sobresalto, que se olvidó de llevar consigo algún medi- 
camento para el estómago, que había sido uno de los motivos de su ve- 



y06 Misiones del Marañón Español 

nida, como quien hacía más caso de la vida de sus feligreses que de la 
suya propia. Fué la navegación bien penosa, porque era flaca la canoa, 
los indios remeros estaban enfermos y sin fuerzas, y se caminaba contra 
las corrientes. Pero al fín, librándole Dios con singular providencia de 
dos peligros de muerte, llegó al pueblo deseado. Sin descansar un punto 
se aplicó á la cura y asistencia espiritual y temporal de los enfermos, 
echando aquí el resto de la caridad con los hijos que había engendrado 
en Jesucristo. Fué igual la mortandad en el pueblo de los Angeles, á la 
que se experimentó en los del Marañón , y la peste que despobló los luga- 
res parece que pobló de almas el cielo. Porque, fuera de los nifios'que fue- 
ron á gozar de Dios en mucho número, murieron muchísimos adultos bau- 
tizados en aquella hora, y otros que ya eran cristianos acabaron feliz- 
mente su carrera fortalecidos con los santos sacramentos. 

Como cesó la epidemia del sarampión y alfombrilla , parece que ce- 
saba la necesidad de la vigilante aplicación y la asistencia del P. Lucas, 
el cual echando de menos en sí aquel brío y esfuerzo que le daba la ne- 
cesidad, se rindió á su misma enfermedad y flaqueza. A poco tiempo co- 
noció que se moría sin remedio ; y llamando á sus hijas se despidió de 
ellos tiernamente, y les exhortó con dulces y amorosas palabras á la 
perseverancia en la fe santa que habían recibido. En el día siguiente les 
dijo Misa, en la que comulgó por viático, y retirado después á su camilla 
expiró como otro San Xavier, muy compuesto y puesta la sotana, víc- 
tima de la caridad, holocausto del celo y ejemplo de fervorosos misione- 
ros, día 4 de Julio del año de 1660. Fué sepultado por mano de sus hijos, 
que celebraron las exequias con muchas lágrimas por el sentimiento de 
haber perdido un padre amorosísimo que tanto les había querido, culti- 
vado en las costumbres y adelantado en la religión. Los demás misione 
ros lloraron amargamente la pérdida de un joven de veintiocho años, 
que había podido con su aplicación incesante dar en tan corto tiempo 
a,siento á la cristiandad de Pastaza, que por los destemples de aquellas 
regiones estuvo siempre expuesta á la diminución y exterminio. Mas se 
consolaban de que habiendo cogido el fruto que correspondía á muchos, 
quiso Dios abreviar el período de su vida para coronarle en la otra. 

Fué el P. Lucas Majano, santo desde su niñez. Nacido en Guayaquil, 
le pusieron sus padres desde que tuvo edad para aplicarse á las letras, en 
el seminario de San Luis de Quito. Dióse'aquí tanto á la virtud, que sin 
faltar en nada á la obligación de estudiante hacía vida de religioso. Imi- 
taba muy de cerca, si no le excedía á su hermano mayor el P. Tomás, de 
quien hablaremos después, en la oración y penitencia, y ya decía desde 
entonces que sin las dos virtudes de la oración y penitencia no se cum- 
plía con la obligación de cristiano. Fuera de los tiempos señalados á los 
seminaristas para su oración, daba á este santo ejercicio varias horas de 
la noche que hurtaba del sueño, y las interrumpía con recias disciplinas, 
en cuya práctica fué siempre ñrme y constante todas las mañanas.^Salió 
tan buen estudiante, que acabada la filosofía alcanzó en ella el grado de 



Libro V.— Capítulo II 207 

maestro. Logró ser recibido en la Compañía en su año primero de teolo- 
gía, que concluyó en ella; dando á todos en sus estudios singulares ejem- 
plos de virtud y más particularmente de oración y penitencia, que siem- 
pre fueron los medios de que se valía para unirse con su Dios. Ordenado 
de sacerdote, pidió luego y obtuvo, por el celo que mostraba de la con- 
versión de los gentiles, ser nombrado para las misiones del Marañón , en 
donde en solos tres años, pero con mucho fruto de las almas, acabó su ca- 
rrera consumido á penitencias, pasado de humedades, combatido de tem- 
porales, tocado de peste y abrasado de su mismo celo y caridad. 



CAPITULO II 

VIAJE AL MARAÑÓN DEL P. JERÓNIMO ÁLVAREZ ; SU MUERTE EJEMPLAR 
Á LA ENTRADA EN BORJA, Y BREVE ELOGIO DE SUS SINGULARES VIR 
TUDES. 

A la muerte temprana del P. Lucas Majano, misionero mozo, fervo- 
roso y de grandes esperanzas en Ja misión, se siguió el año siguiente la 
muerte de otro operario de la misma edad, de* virtud muy parecida y de 
no menores esperanzas. Tal era el P. Jerónimo Alvarez, que, venido de 
España y concluida en Quito la teología, consiguió, como insinuamos, por 
sus instancias fervorosas ser dedicado á las misiones del Marañón, 

Salió el P. Alvarez de Archidona (á donde había pasado ya con el 
P. Cueva) á pie con un mozo y algunos indios hacia la tierra de los Ga- 
yes, para bajar por un río llamado Bohonaza, al centro de la misión, por 
entenderse ya que este río descargaba en el Marañón y no muy lejos de 
la ciudad de Borja. Fué muy penoso el viaje desde los principios, por ser 
aquellas tierras muy húmedas, á que se llegaba el hallarse en el invierno 
y ser muchas las aguas. Atravesaba pantanos llenos de agua y barro 
hasta las rodillas, sin poder jamás enjugarse la ropa, por los muchos 
aguaceros de que no podía defenderse en campo descubierto ; su cama 
por la noche eran unas hojas mojadas; la comida grosera, y la compa- 
ñía, de indios bozales. Pero caminaba con tanto esfuerzo y alegría, que 
causaba admiración á los que con dificultad le seguían. Cuando se acercó 
á las tierras de la nación de los Gayes, se aumentaron los trabajos, ries- 
gos y peligros, porque era necesario caminar por montes altísimos y pe 
ñas tan empinadas y derechas, que apenas se podía poner el pie sin riesgo 
de despeñarse en horribles precipicios. Crecía más el peligro con los mu- 
chos bejucos ó varitas enredadas ó como sembradas por la tierra , que 
estorban el paso, y con las espinas agudas y otras plagas y malezas, que, 
hiriendo al padre con mucha continuación, le ocasionaban vivísimos do- 
lores en las piernas. A pocos días de tanta fatiga enfermó notablemente, 



208 Misiones del Mauañón Español 

y en medio de serle forzoso vadear muchas veces ríos con el agua hasta 
la cintura y romper por corrientes impetuosas que casi le arrebataban, 
nada le acobardaba, hacía rostro á todo, enfermo y mozo delicado, rom- 
pía por todas las dificultades con un ánimo superior á sí mismo, y sin dar 
jamás la más ligera muestra de impaciencia ó caimiento. 

Llegaron á tanto los trabajos en tan desastrado camino, que los indios 
mismos con ser hijos de los montes, por donde corren como ciervos, y con 
estar tan habituados á vencer las dificultades mayores, por cerrados que 
parezcan los caminos, tuvieron por imposible superar las presentes y 
se despedían del padre, diciendo que no se atrevían á proseguir por sitios 
tan fragosos y con tiempo tan contrario. Viendo el padre que le dejaban 
en la mayor incertidumbre, sin saber dónde se hallaba, y en tanto riesgo 
de indios enemigos y guerreros, sin alguna defensa, les rogó mucho que 
no le quisiesen desamparar en aquel apuro; que él estaba resuelto á pro- 
seguir adelante aunque perdiese la vida en la demanda; la cual daría de 
buena gana á trueque de no faltar á la vocación divina que le llamaba 
al Marañón por el bien de sus paisanos. No fué menester poco para ven- 
cerlos y persuadirlos á que prosiguiesen ; pero al fin se rindieron á las 
razones del misionero, y tiraron con dificultad adelante. 

En tantas aflicciones, asperezas y penalidades, se le había hecho al 
P. Jerónimo una llaga en una pierna que le era de tormento bien grande, 
así por los encuentros ordinarios y molestos de palos, ramas y espinas, 
como por caminar á pie tantas leguas por tierras desiguales y por muchas 
aguas. Creyendo hallar alguna esperanza de alivio en tantos dolores, 
tomaron el expediente de buscar un puertecillo en el río de Bohonaza, en 
donde se embarcaron en una canoa que hallaron á gran dicha dos años 
antes dejada en aquel sitio de los Xeveros. Estaba tan rota y podrida la 
embarcación, que era preciso aliviarla continuamente de la mucha agua 
que entraba por las hendiduras, tapando con barro los agujeros, porque 
no se fuese á pique, como á cada paso temían. Aumentaban la incomodi- 
dad y fatiga los recios aguaceros que casi todos los días experimentaron 
en tan desgraciada navegación; de donde resultó que aquí también, como 
en tierra, estuviese el padre día y noche empapado en agua, sin tener 
ropa con que mudarse, y sin hallar alivio por las noches en las hojas mo- 
jadas que le servían de colchón. De esta suerte llegó como pudo el P. Jeró- 
nimo al pueblo del nombre de Jesús de los Coronados, en donde se hallaba 
el P. Francisco de Figueroa, misionero tan antiguo y de tanta práctica en 
aquellas tierras. Fué grande el consuelo del P. Alvarez, con un encuen 
tro tan dichoso de aquel hermano y padre suyo, como de todos los demás 
misioneros que se hallaban en el Marañón. Pero no fué menor el dolor 
del P. Francisco, al ver ciquel hijo suyo tan lastimoso, enfermo y de todas 
maneras maltratado. No le pareció detenerle en aquel sitio poco saludable 
y menos á propósito para curarle, y dispuso luego otra canoa mejor en 
que con gente práctica y con la mayor comodidad prosiguiese su viaje 
hasta la ciudad de Borja, en donde creía que atendiendo de asiento á su 



Libro V.- Capítulo II 209 

cura, sanaría en poco tiempo de sus males y recobraría enteramente la 
salud. 

Mas este mismo viaje en que le trataron como enfermo, siendo mejo- 
res los alimentos y más cuidadosa la asistencia de los indios, acabó de 
rematar el P. Alvarez. Porque cuatro días antes de llegar á la ciudad, 
sobre sus primeros achaques y la llaga irritada de la pierna , le asalta- 
ron fríos y calenturas, que llegando á ella prosiguieron y se aumentaron. 
Asistiósele con entrañable cuidado lo mejor que se pudo en aquellos países, 
en que se puede poco por no haber ni médicos ni medicinas- Pensaban los 
demás no ser de riesgo el achaque ó enfermedad, pero el P. Jerónimo se 
persuadió desde luego que moría sin remedio; y así trató de su prepara- 
ción para la muerte, como quien vivía con este desengaño. Diósele á su 
instancia el Viático, que recibió con extraordinario gozo y consuelo y con 
tanta paz interior de su alma, que preguntándole el superior poco antes 
de morir si tenía cosa que le diese cuidado en aquella hora, respondió que 
no, acompañando la respuesta con grandísimos afectos á su Majestad por 
los favores y mercedes grandes que le hacía : en que mostraba bien ser 
muy vivos y singulares los consuelos interiores que experimentaba su 
alma. Pidió después la Extrema Unción, y que se le diese la recomenda- 
ción del alma, que oyó con tanta paz y sosiego, que parecía no tener en- 
fermedad alguna. Duró en esta calma de espíritu una noche entera hasta 
la mañana del día 1.'' de Marzo del año de 1661, en que dio su espíritu al Se- 
ñor, dejando á los padres por una parte envidiosos de su buena muerte, y 
por otra desconsolados por haber perdido un sujeto de su celo, virtud y 
prendas. Parece que mereció tan temprana muerte el buen ejemplo de 
religiosas virtudes que tuvo toda su vida. Pudiérase decir mucho de su 
proceder ajustado en todo tiempo, pero no siendo de nuestro asunto el 
extendernos en las virtudes que practicaron en otras partes los misione- 
ros de Mainas, sólo daré una breve idea de este Joven ejemplar. 

Nació el P. Jerónimo Alvarez, de padres nobles, en la villa de Zigales 
del obispado de Valladolid. Educado en su patria, le enviaron sus padres 
á estudiar latinidad en esta ciudad, en donde á las muestras de ingenio 
propias de aquella edad, añadió también el adelantamiento en la filoso- 
fía. Fué llamado de Dios á la Compañía á los diez y seis años, y renun- 
ciando las bien fundadas esperanzas que le prometían en el siglo su no- 
bleza, capacidad y valimiento, se entregó tan del todo á cultivar su alma 
con las virtudes más sólidas, que ya desde entonces no parecía perder 
punto de perfección en la observancia de las reglas más menudas y esta- 
tutos de la religión. Hallábase muy contento en esta escuela de perfec- 
ción, pero quiso Dios probarle en el noviciado con una llaga en una 
pierna, que no cediendo á los penosos remedios que se le aplicaban^ 
obligó á los superiores á enviarle á la casa de sus padres, para que allí 
se le aplicasen con más despacio y comodidad nuevas medicinas. Sintió 
el lance en extremo el perfecto novicio, que tenía puesto su amor en la 
Compañía, en donde tenía su madre, padres y hermanos. Tres meses 

14 



*210 Misiones del Marañón Español 

duró su aflicción, al cabo de los cuales volvió al noviciado y con tanta 
satisfacción del provinoial, que puso en sus manos la elección del cole- 
gio ó de Valladolid ó de Santiago, para estudiar filosofía. Aplicóse á esta 
facultad con todas veras; pero haciendo más caso de la divina ciencia, 
mereció que le llamase Dios al ministerio apostólico de la conversión de 
infieles. No desatendió al divino llamamiento, y examinada su vocación 
de los superiores, fué señalado para la provincia del Nuevo Reino, cuyo 
procurador se hallaba entonces en España. Partióse á Sevilla; habien- 
do estudiado en esta ciudad dos años de teología, salió para el Nuevo 
Reino, y después de muchas incomodidades de mar y tierra, llegó á 
Q.uito, en donde concluyó l®s estudios. Y como el fin de su venida era la 
conversión de los gentiles, no paró hasta pasar al Marañón, como hemos 
visto. 

Esta fué la serie de su vida en donde se echan de ver las ricas virtu- 
des de su alma, las cuales observaron más de cerca los que con él vivie- 
ron, y nos dejaron una memoria encarecida del buen olor de santidad 
que dio siempre en la Compañía. Porque su celo de 1^ conversión de las 
almas, se echa bien de ver en las ansias que tuvo de emplearse en la 
reducción de los infieles con tantas penalidades, riesgos y peligros. En el 
tiempo que estuvo en Quito, ordenado ya de sacerdote, estaba ordinaria- 
mente en el confesonario como en su centro, sin salir de él, sino para de- 
cir Misa y comer. Acabada la quiete se volvía á él, en donde perseve- 
raba hasta la noche. Iba con mucho gusto á los hospitales, y comúnmente 
buscaba los enfermos más asquerosos, procurando con todas sus fuerzas 
su alivio espiritual y temporal. En la pobreza fué muy señalado, no te- 
niendo consigo sino lo precisamente necesario, y eso lo peor de la casa. 
8i alguna vez le daban algo con licencia, y lo recibía por urbanidad, 
luego se deshacía de ello y con licencia se lo daba á otro. En la castidad 
fué un ángel, y aseguró su confesor que lo fué por algún tiempo del Pa- 
dre Jerónimo, haber tenido el singular privilegio de no ofrecérsele si- 
quiera imaginaciones torpes. Pareció á todos perfecta su obediencia, 
rendida siempre á la voluntad de los superiores, puntual á la primera 
señal de la campana, sin mostrar jamás dificultad en lo que se le man- 
daba, teniendo muy impreso en su corazón, como repetía frecuentemente 
á los de casa que la voz sensible del superior era la señal más clara de 
la voluntad de Dios. No digo nada del despego de sus parientes, que 
harto consta de lo que hasta aquí habemos dicho; sólo añado que jamás 
en Indias se le oyó hablar de sus parientes, no los tomó en boca por lo 
mismo que eran tan principales. Y siendo bien capaz y entendido, siem- 
pre profesó una sencillez tan sana, y una mansedumbre y docilidad tan 
agradable, que se hacía querer de todos y se edificaban de sus acciones. 
Su mortificación se conocía bien, en que padeciendo dolores continuos de 
estómago pedía al prefecto de la iglesia que le señalase siempre para de- 
cir la Misa última, y cuando eran otros señalados para decirla, él mismo 
se convidaba á aliviarlos de aquel cuidado. Con estas virtudes se dispuso 



LiBiCü V.— Capítulo III 211 

para las que ejercitó en grado más heroico, en su penosísimo viaje á los 
Mainas, y en su pacífica y sosegada muerte. 



CAPITULO III 

DE LOS TRABAJOS APOSTÓLICOS QUE SABEMOS DEL PADRE TOMÁS MAJANO, 
Y DE SU MUERTE POR LOS AÑOS 1663 

No pararon en las dos muertes sentidísimas de los dos fervorosos mi- 
sioneros de quienes hemos hecho mención en los capítulos antecedentes, 
las desgracias y trabajos de la misión de los Mainas; siguióse á la falta de 
■aquellos operarios mozos la muerte de otro misionero de poca más edad 
y de igual celo. Este fué el P. Tomás Majano, hermano del P. Lucas, que 
habiendo bajado con el P. Santa Cruz á las misiones por los años de 1654, 
vivió en ellas tan escondido ó tan olvidado, que apenas tenemos noticia 
de sus trabajos y fatigas, que no dejarían de ser grandes en nueve años 
que gastó en su penoso ministerio. Pero por haber sido el P. Tomás un 
varón tan ejemplar y estimado de todos por sus señaladas virtudes, pon- 
dremos en este lugar lo poco que ha llegado á nuestra noticia. Fué envia- 
do este celoso misionero en el año de 1659 á dar asiento á la cristiandad 
de Ucayale, en donde con un hermano coadjutor, llamado Domingo Fer- 
nández, trabajó con mucha constancia y celo, sin perdonar á molestias 
que se creyeron muy grandes por las contradicciones que encontraba en 
la gente. En dos años seguidos en que cultivó á los Ucayales llegó á fun- 
dar, vencidas muchas dificultades, tres ó cuatro pueblos, á que acudía 
unas veces por sí mismo, otras por medio del hermano Domingo, desde 
Santa María de Ucayale, que era como el centro de esta parte de la 
misión. 

Mas este linaje de Cocamas ó Ucayales (que con estos dos nombres los 
llaman las relaciones de aqu€l tiempo), siempre cruel, traidor y rebelde, 
presto mostró el natural doble y genio malicioso que se observó en ade- 
lante. Cansados luego de asistir diariamente al catecismo, que se había 
•establecido con gran fatiga en los pueblos, se negaban á los principios á 
venir á la doctrina. Después abandonaron á los misioneros, no atendién- 
doles en cosa alguna necesaria para el sustento, y haciendo ya como pro - 
fesión de desobedecerles abiertamente en cuanto les mandaban y roga. 
ban; por estos escalones llegaron á la última maldad y traición, que fué 
convenir en sus juntas en la muerte de los misioneros. No hubiera dejado 
el campo el P. Tomás por el miedo á la muerte, porque anhelaba el mar- 
tirio, si D. Mauricio de Vaca, gobernador de Borja, entendiendo las tra- 
mas que se habían descubierto de los Ucayales, no hubiese dado orden á 
los dos misioneros de que se retirasen á las tierras del Marañen y se pu- 
siesen en seguro. Obedeció el P. Tomás con sus compañeros, y se retiró 
á Santa María de Guallaga, trayendo consigo como cien familias de Uca- 



212 Misiones del Makañón Español 

yale, que se habían mantenido siempre en obediencia y sujeción. Y aun- 
que mandó el gobernador que pasase un cabo con algunos soldados para 
contener los Ucayales, examinar las cabezas de la rebelión y castigar los 
culpables, no tuvo efecto alguno el mandato por varios embarazos que 
sobrevinieron, y muy particularmente por la peste que comenzaba á cun- 
dir en aquella sazón por las misiones. 

Desde la vuelta del P. Majano con los pocos Ucayales al río Guallaga^ 
que sucedió en el año de 1659, no tenemos noticia alguna de nuestro mi- 
sionero. No la tuvo el P. Manuel Rodríguez con escribir su historia pocos 
años después; sólo nos dice en ella que de allí á algunos años se public6 
la noticia de su muerte, que pudo ser como á los 63 ó 64 de aquel siglo. Y 
cuando no pudo averiguarse aquella circunstancia tan notable, menos se 
pudieron tener noticias de las virtudes que ejercitó entre los que, ó no le 
conocían ó no se edificaban de ellas. Sólo quedó como muy singular en la 
memoria de un neófito un caso que refirió después, por la grande armonía 
que hizo á su tosco entendimiento tanto valor y constíincia. Y en realidad 
es una prueba bien clara de lo heroico de las virtudes del P. Majano, que 
quedaron escondidas en aquellos valles y montes retirados. Contaba este 
indio, que en una de las rebeliones que levantaron contra el misionero los 
recién convertidos, porque les reprendía sus apetitos brutales y liberta- 
des escandalosas, determinaron quitarle la vida por no tener delante de 
los ojos quien les fuese á la mano en tantos desórdenes. No estuvo la con- 
juración tan secreta que no la oliesen los niños, los cuales, siempre fieles 
á los misioneros, avisaron al padre que se guardase, porque le querían 
matar y estaban ya haciendo las prevenciones. Vengan en hora buena, res- 
pondió el Padre, vengan esos hombres que me quieren matar. Aqui estoy y na 
pienso en huir. Aunque yo temo que no soy digno de una gracia tan grande como de- 
rramar mi sangre por aquel Señor que derramó la suya primero por mí. Diciendo 
esto se fué derecho á la iglesia, en que ofreció gustoso á Dios su vida y le 
dio muchas gracias por el peligro en que se hallaba de perderla. 

Detúvose en ella por mucho tiempo en afectos encendidos del marti- 
rio, hasta que pareciéndole tardar mucho los bárbaros, salió como impa- 
ciente del martirio á buscarlos por sí mismo, y á pocos pasos vio algunos 
apóstatas que venían con sus lanzas en las manos á quitarle la vida. 
Hincóse de rodillas luego, y levantando los brazos al cielo y el corazón á 
Dios, les habló con resolución é imperio, de esta manera: iSi me buscáis á 
mí, aquí estoy, no resiHo al sacrificio; heridme, matadme, hactdme pedazos, con tal 
que vuestra furia, hijos míos, se acabe con mi muerte, y no paséis á apostatar de la, 
fe santa que habéis recibido. Esta vida la ofrezco al Señor por mérito de vuestra 
perseverancia en la fe. No queráis añadir pecados á pecados, y no quiera Dios que 
pare en ruina y precipicio vuestro el odio que os inspira la pasión. Así se explicó 
en el mayor peligro su corazón intrépido, encendido en amor de Dios y 
de sus enemigos. Pero la respuesta de los bárbaros fué encogerse de hom- 
bros, confundirse y venerar al misionero; y como que no podían otra 
cosa, se volvieron á sus casas y dejaron las armas. Di jóse que los traído- 



Libro V. — Capítulo III 213 

res mismos confesaron después, que al salir el padre de la iglesia , y al 
ponerse de rodillas, para recibir las lanzadas, estaba su cuerpo lleno de 
rayos de luz y su rostro parecía un sol que les alumbraba. 

Esto contaba el indio que parecía haberse hallado presente al aten- 
tado de los bárbaros y á la salida de la iglesia del P. Tomás. Nosotros 
quisiéramos alguna mayor confirmación de un caso tan heroico y prodi- 
gioso. Pero es preciso contentarnos con estas noticias mendigadas de al- 
gunos hechos de aquellos humildes varones apostólicos que, retirados del 
trato de gente racional, sólo estuvieron atentos á obrar grandes cosas en 
favor de las almas, y se olvidaron de publicarlas, de escribirlas y de de- 
jarlas á la memoria de los hombres, sabiendo muy bien que se apuntaban 
exactamente en el libro de la vida. 

Entre tanto, tenemos la satisfacción y consuelo de que el P. Tomás 
Majano, mientras se le pudo observar, vivió de manera que no pareció á 
los que lo conocieron indigno de la gracia del martirio. Nació en la Man- 
cha y pasó muy niño con sus padres á Guayaquil, por los años de 1630. 
Enviáronle de pocos años al seminario de San Luis de Quito, en donde 
comenzó, y después prosiguió con su hermano el P. Lucas las letras hu- 
manas, y las ciencias sagradas, pero adelantándose siempre en la virtud, 
de que hacía más caso que de todos los dones naturales y humanos. En- 
trado en la Compañía, fué tenido constantemente, como asegura en el 
libro IV, cap. vi el P. Rodríguez, su connovicio y testigo de vista, por un 
Estanislao en el noviciado, y por un Gonzaga en los estudios. Era su con- 
versación siempre de Dios, la oración casi continua, sin que se le pudiese 
persuadir á que, ó durmiese en cama, ó descansase-siquiera cuatro horas: 
tan poseído estaba su corazón de un anhelo insaciable de tratar con Dios, 
á quien buscaba en todas las horas y momentos, hasta que se rendía la 
naturaleza al poco sueño que tomaba. Una noche, dice el padre arriba 
citado, entré á deshora con luz en su aposento , y le hallé en el suelo 
puesto en cruz con los brazos tendidos y con un madero por cabecera, 
•durmiendo como en un colchón de plumas. La mortificación parecía su 
regalo; eran cotidianas y sangrientas sus disciplinas, los ayunos conti- 
nuos, el cilicio jamás le quitaba y solamente lo variaba; si estaba de pie, 
tenía siempre que sentir en la postura; si sentado, siempre buscaba al- 
guna incomodidad ó molestia, práctico en hallar invenciones solícitas con- 
tra su carne. El aspecto parecía la humildad misma, y no daba lugar su 
modestia á que se descubriese el. color de los ojos. No he visto, ni espero 
ver, dice el mismo autor, en otro alguno, tan ardiente hambre y sed de 
la justicia, como vi en el P. Tomás Majano. Con estas singulares virtudes 
se dispuso y fortificó su corazón para el apostolado, y con la constante 
íibnegación de sí mismo en todas las cosas, llegó á tener un ánimo supe- 
rior á todas las dificultades, trabajos y persecuciones y aun á la muerte 
misma. 



214 Misiones del Mar anón Español 



CAPITULO IV 



sale el P. RAIMUNDO DE SANTA CHUZ EN BUSCA DE CAMINO MÁS FÁCIl* 
Y MÁS DERECHO DESDE LAS MISIONES Á QUITO 

En este mismo tiempo en que se lloraban en las misiones las muerte* 
de unos operarios de tan buenas esperanzas, como hemos visto, no estu- 
vieron ociosos los demás, que no sólo trabajaban con esmero en sus pue 
blos, adelantándolos en cristiandad y policía, sino que miraban adelante,, 
deseosos en extremo de la permanencia de las reducciones, ya formadas,. 
y de la extensión de la fe por otras naciones que hablan descubierto. Y 
como tenían bien entendido que de la comunicación frecuente con la ciu- 
dad de Quito y de las entradas y salidas fáciles de la misión, dependía 
casi en todo la subsistencia y'aumento de ella, comenzaron á pensar otra 
vez en lo que tantas veces se había intentado, sin hallarse todavía satis- 
fechos de los caminos descubiertos. Porque el viaje del P. Lucas de la. 
Cueva, que vino á salir con tantas fatigas y sudores á Patate, no descu- 
brió caminos ni senderos, sino alturas impenetrables, laberintos enredo- 
sos y horrendos precipicios. El que había hecho el P. Santa Cruz por 
Ñapo hasta Archidona, puesto que parecía bastantemente seguro, y de 
algunas ventajas, por tener ya la Compañía el curato de aquella ciudad, 
no dejaba de tener sus inconvenientes, no sólo por ser largo y haber de- 
lidiar contra las corrientes del Ñapo á la salida, y contra las del Mara- 
ñón á la vuelta, sino también por los muchos enemigos que se hallaban 
en las orillas del río Ñapo , de quienes se temían sorpresas y acometi- 
mientos, de que habían dado pruebas en la muerte de los Xeveros. 

Estas razones movieron mucho al P. Raimundo de Santa Cruz para 
que se arrojase á otra nueva empresa que le facilitaba su corazón, siem- 
pre magnánimo, cuando se trataba del bien universal de la misión. Ha- 
bía este celoso misionero reconocido en su vuelta por el río Ñapo, la na- 
ción de los Gayes, interpuesta entre este río y el Pastaza, y echado de 
ver que no parecía estar lejos de reducirse á población una nación tan 
numerosa. Esto supuesto, discurría de esta manera: el camino será más. 
fácil y derecho si se llega á conseguir una de dos cosas, ó el pasar desde- 
el río Pastaza hasta el puerto de Ñapo, por la travesía de los Gayes, gente- 
tratable y que se espera reducir con el tiempo al Evangelio , ó entranda 
desde Pastaza en el río Bohono, y tomando la mayor altura posible, in- 
vestigar bien las montañas de la derecha, poco distantes de Latacunga,. 
cercana á la ciudad de Quito. En lo primero hallaba la conveniencia 
ventajosa de que los Gayes reducidos servirían de escala para el viaje, 
que se hacía por lo mismo más fácil y llevadero. En lo segundo se veía 
más claramente la utilidad, si se pusiese en práctica, porque fuera de ser 



Libro V.— Capítulo IV 215 

más corto, sería casi todo por agua, que era lo que más importaba para 
en adelante. 

Comunicado el pensamiento con el P. superior de las misiones, á quien 
parecieron muy bien las razones del P. Raimundo, se resolvió éste á la 
empresa más difícil y con más falta de noticias que se sabían antes de la 
expedición primera por el Ñapo, porque al fin, aquel había sido camino 
ya hollado de racionales; pero el que ahora se buscaba por las travesías 
del Pastaza hasta el puerto de Ñapo, ó por las montañas que vienen á 
parar cerca de Latacunga, se tenía por cierto que ninguno le había tran- 
sitado. Eligió para la expedición dos mozos españoles, bien hábiles y 
despiertos; tomó un buen número de Cocamas y Xeveros, y puesta en 
Dios su confianza, dio principio al viaje sin saber bien á dónde caminaba. 
No llevaban las canoas otro piloto que la Providencia de que se dejaban 
gobernar. En doce días venció desde Guallaga las corrientes del Mara- 
ñón, hasta la embocadura del río Pastaza, por donde subió por otros 
veinte sondando aguas, hasta entonces no descubiertas. 

Como era el destino imaginario y le pareció haber ganado mucha al- 
tura, saltó en tierra y examinó la ribera y tomó la resolución de empe- 
zar desde este sitio á explorar la travesía hasta el Ñapo , por las tierras 
intermedias, pero sin desistir del viaje por agua. Para esto mandó á uno 
de los mozos, que con parte de la gente siguiese el curso del río, hasta 
donde pudiese; y que si hallaba alguna noticia ó descubrimiento útil, vol- 
viese al mismo paraje á esperar á los demás ; pero si no hallaba algún 
término ventajoso, ó le faltaba el aliento, se refugiase, ayudado de las co- 
rrientes, á la ciudad de Borja. Conviene también el P. Santa Cruz en ha- 
cer la misma diligencia y quedaron todos de acuerdo. Después de esta 
convención prosiguió parte de la gente su navegación y el padre con el 
otro mozo y demás gente, prosiguió su viaje por tierra sin ningún ca- 
mino, atrevesando montes, trepando por riscos y buscando términos que 
no hallaban. Sucedióles alguna vez, después de largo viaje, verse preci- 
sados á desandar lo andado, siguiendo las señales y mojones que iban de- 
jando, por ser el fin del descubrimiento un precipicio. Otras veces vol- 
vían atrás por tropezar con montes inaccesibles, tal vez por verse cie- 
gos con la espesura de los árboles y matorrales, y perdían la esperanza 
de ver luz y observar el cielo. 

Era necesario corazón y no parece qué bastaba el ánimo más valiente 
para romper por tantas dificultades y continuar día y noche entre tantos 
enemigos. La tierra infundía miedo con sus asperezas y soledad , el aire 
con la mudanza y destemple conmovía los humores ; el cielo escondía su 
vista, negando el norte, única guía del rumbo que se llevaba; las fieras 
presentaban sus vivares y los tenían en continuo susto. Ya se hallaban 
én las eminencias de los más altos montes, ya bajaban á las llanuras y 
honduras de los valles; el cielo, el aire, la tierra, bestias, obscuridad, 
precipicios, todo asustaba; pero Santa Cruz á todos animaba en tan 
grande contradicción, y sin más consuelo que el de la Providencia , pro- 



216 Misiones del Marañón Español 

seguía su ciego viaje, ya por un lado ya por otro, tanteando todos los pa- 
rajes, hasta que por fin llegó á un valle grande que regaba un río cau- 
daloso, el cual por sus noticias, debía ser el Curaray. Cobraron aquí al- 
gunas esperanzas, porque según los antecedentes que se tenían en Quito 
de este río, no podrían hallarse muy lejos de tierra conocida y de donde 
era ya trillado el camino para aquella ciudad. Pero se hallaban muy du- 
dosos en si debían tirar á mano derecha ó elegir camino por la izquierda. 
El acierto sólo pendía de la casualidad y fortuna, por no tener principio ni 
razones con que determinarse. Rompió Santa Cruz, en la duda, por donde 
pudo, y pasando el río á ingenio de los indios, diestros en vencer vados y 
atravesar raudales, se disponía la gente á doblar sus esfuerzos, con las 
esperanzas de hallar en breve el término deseado. 

Pero cuando todos vivían alegres esperando el fin de sus trabajos con 
algún hallazgo afortunado, cayó el P. Santa Cruz en la mayor debili- 
dad y ñaqueza, ocasionada principalmente de la falta de alimentos. Por- 
que consumidas ya las provisiones y acabado el maíz, que era el prin- 
cipal alimento, se sustentaban de solos palmitos tiernos y de algún otro 
plátano silvestre que por casualidad encontraban. Apretó de tal manera 
este enemigo terrible que no da treguas, que se vieron obligados por no 
perecer, á volver al sitio señalado, donde se habían separado las canoas, 
contentos por entonces del descubrimiento del río Curaray, con ánimos 
de volver á él con más provisión y bastimentos, caso que las canoas no 
hubieran sido más dichosas en algún encuentro más afortunado. Fué 
breve el camino por ser ya conocido y las señales que habían dejado les 
llevaban al sitio de la separación, en donde, no encontrando las canoas, 
se dirigieron sin perder tiempo, porque les ejecutaba el hambre, á la ciu- 
dad de Bor ja, muy deseosos de saber en qué habían parado las canoas 
después de la división de los viajes. 



CAPITULO V 

SEGUNDA SALIDA DEL P. SANTA CRUZ EN BUSCA DEL CAMINO DESEADO 

Llegó á Bor ja el P . Raimundo de Santa Cruz bien desmejorado de las 
penosas fatigas de su viaje, y cuando parece que le debía dar algunas 
treguas su celo para repararse por algún tiempo de tantos trabajos, se 
avivó mucho más con la relación que le hizo el mozo de las canoas, que 
tiempo antes se había recogido á Borja con los indios que le acompaña- 
ban. Contóle el mozo que, haciéndose río arriba, había encontrado á po- 
cos días de la división una casa con poca gente, y que ésta le había dado 
noticia de un camino que llamaban de Patate, y añadido que no distaba 
mucho de Ambato. Y que con esta noticia, falto de víveres, y no pudiendo 
sustentar á los indios, había dado la vuelta al sitio convenido; no encon- 



Libro V.— Capítulo V 217 

trando aquí al padre con su gente, le había parecido consejo más pru- 
dente no aguardarle con la incertidurabre de que no volviese, que no el 
esperarle apretado de un hambre cierta y de la falta de todas las cosas 
necesarias. Oyó Santa Cruz la relación con mucho cuidado, y combinando 
las especies que oía con las que había observado del río Curaray y con 
las noticias confusas que se tenían de aquellos parajes, hizo juicio que la 
casa encontrada era, sin duda, el puerto de la Canela, adonde pocos años 
antes había arribado después de muchos rodeos y trabajos el P. Lucas 
de la Cueva. Parecióle bien el descubrimiento, y sin más informaciones, 
se resolvió á dar la vuelta por el río Bohono y ver con sus mismos ojos 
dicho puerto, desde donde pensaba empeñarse en nuevas aventuras, ya 
por un lado, ya por el otro, hasta dejar abierto y practicable el camino 
que fuese menos malo y más breve que los que hasta entonces se habían 
descubierto. 

Hecha muy buena provisión de maíz, yuca y plátanos, tomó gente y 
canoas, y navegando de nuevo otro mes seguido por Pastaza y Bohono, 
dio fácilmente con la casa referida, que era verdaderamente el puerto de 
la Canela, como pensaban. Saltó en tierra con intento de pasar á tierras 
de Ambato y de Patate, pero halló un camino tan arduo, fragoso é intra- 
table, que más parecía temeridad que esfuerzo el montarlo. No le hacían 
tan peligroso lo elevado de las montañas, como sucedía en otras partes, 
pero aterraba y causaba espanto al ánimo más valiente lo precipitado ■ 
de los frecuentes torrentes y quebradas que todo lo barrían y las sendas 
estrechísimas que por un lado apretaban y cerraban con montes impene- 
trables, y por el otro ofrecían peligros inminentes de caer en despeña- 
deros, con cuya profundidad se confundía la vista. En suma; todo era 
perverso; como montañas, laderas, lodazales y otras malezas, pero todo 
lo pasó Santa Cruz demarcando con mucho cuidado cuanto alcanzaba la 
vista, sin omitir río, quebrada ni cordillera, y vino á salir con mucha fa- 
tiga á Ambato, y de aquí á Latacunga. 

Mucho había hecho el P. Santa Cruz en arribar á término conocido, 
pero conocía haber hecho muy poco para lo que pensaba, porque veía 
muy bien que el rumbo que había llevado, ni era ni podía ser camino 
para racionales. Y con alguna diferencia venía su descubrimiento á ser 
el mismo que había hecho el P. Lucas de la Cueva, que después de haber 
andado errando por montes y atravesando bosques, vino á parar al 
puerto de la Canela, y de aquí hasta Patate ó los Baños, y desde los Ba- 
ños hasta Ambato, no lejos de Latacunga. Pero hallándose ya el padre 
Kaimundo en esta población, le parecía haber mejorado algo de suerte, 
porque creía poderse rastrear de este sitio alto algún camino mejor y que 
viniese á dar en alguno de los ríos navegables, que era todo su cuidado. 
Comunicó con personas prácticas (que allí llaman vaquianos) sobre las 
entradas y salidas del río de Latacunga y de los otros que bajaban al 
Marañen; y cogidas algunas noticias y derroteros, hizo alto sobre lo que 
constantemente le decían, que bajando por la parte de los Baños indicaba 



218 Misiones del Marañón Español 

la cordillera menos fragosidad y peñas y no tanta distancia del río 
Bohono, ó de otro que desaguase en él. 

Con esta luz, que le dieron los prácticos de la población, bien preve- 
nido de herramientas, comenzó con sus indios á subir por aquella parte 
que le habían insinuado. Rompían, trepaban y seguían cortando árboles, 
y rozando malezas, avivándose más las esperanzas cuanto eran mayores 
las distancias que á fuerza de puño iban ganando. Pero cuando tan ani- 
mosos vencían tierras, se les opuso enteramente el cielo. Empezaron con 
toda fuerza las aguas, y como era desconocido el terreno, la defensa contra 
las aguas ninguna, incierto el término del viaje y se iban hinchando los 
torrentes con peligro de cortar la vuelta,, no pudieron pasar adelante, y 
se vieron precisados á volver al camino de Patate, que, aunque tan ás- 
pero y peligroso como hemos insinuado, les condujo finalmente al sitio de 
las canoas, con que llegaron á Borja, resueltos á repetir la empresa en 
mejores meses, y en tiempo más acomodado. 

En este viaje contrajo el P. Santa Cruz una enfermedad que sobre los 
otros achaques le duró hasta la muerte, porque introducida tanta hume- 
dad en su cuerpo, cargó á la parte más débil y flaca, que eran las pier- 
nas, todas llagadas y ensangrentadas de los abrojos y espinas de que 
abunda el terreno de la misión, y por donde discurría sin reparo y sin. 
resguardo alguno, como si fueran prados y flores que halagasen los sen- 
tidos. Ahora, fuera de las llagas, se le hincharon con la abundancia del 
humor, de tal manera, que jamás volvieron á su estado natural. Pero 
este invencible héroe, á quien ni el cielo, ni la tierra, ni los imposibles 
mismos parecían bastantes á impedir ó suspender sus heroicidades, cedió 
solamente al tiempo, para volver, aunque enfermo, á proseguir su inten- 
to, hasta conseguir camino, como veremos en el capítulo siguiente. 



CAPITULO VI 

sale tercera vez el padre RAIMUNDO EN BUSCA DE NUKVO CAMINO, 

Y LO CONSIGUE 

Poco tiempo se detuvo en Borja el P. Santa Cruz, aunque trabajado 
de sus males; apenas llegó el mes de Setiembre en que se prometía 
tiempo seco, cuando determinó salir la tercera vez con más denuedo en 
prosecución de su empresa, hasta conseguir su intento ó desengañarse 
del todo á que se sujetaba también su resignación. Hallábase bien apre- 
tado del achaque que padecía ordinariamente del pecho, y le obligaba 
muchas veces á toser con tanta violencia, que se temía mucho que le 
ahogase. Pero sin ernbargo de esto y otros muchos males que le molesta- 
ban, habiéndose despedido del P. Francisco Fígueroa, superior de las 
misiones, y pedido su bendición, se puso en camino con las prevenciones 
y comitiva necesarias, como en la mitad de Setiembre del año de 1662. 



LiBKO V.— Capítulo VI 219 

Subiendo por el río Pastaza, como le apretase extraordinariamente el 
ahogo del pecho, se detuvo por dos días en el puerto de los Angeles, de 
Roamainas, que es el más cercano á la provincia de Mainas y curato de 
Borja. Aquí se reconcilió varias veces con su misionero, como quien pre- 
sentía en el ánimo estar ya cercano su fin. De los Roamainas pasó á los 
Coronados, en cuya reducción recogió los bastimentos que le parecieron 
necesarios. Entró después en el río Bohono, y dejando á la izquierda el 
puerto de la Canela, procuró tomar mucha mayor altura que la vez pa- 
sada, pareciéndole que su curso le iba guiando á la tierra de los Baños. 

Cuando juzgó que ya se hallaba en sitio oportuno y en paraje que com- 
binaba con la demarcación que había hecho en el viaje antecedente, de- 
jando las canoas aseguradas, saltó á tierra, y diciendo con mucha devo- 
ción la santa Misa en que todos encomendaron á Dios el intento que lle- 
vaban de vencer dichosamente aquellas montañas, empezó el padre en 
en el nombre del Señor y como capitán que anima á sus soldados á estre- 
nar el filo de sus machetes; picaba ramas, desenredaba malezas, cor- 
taba árboles y todos le seguían en la misma faena. El trabajo de la dura 
experiencia no se podía imaginar ni mayor ni más pesado, porque la 
montaña, además de ser áspera, era espesísima, y no había otro modo de 
atravesar que rozando la espesura y derribando árboles. Juntábase á. 
esto serles forzoso limpiar todo lo ancho que había de servir de camino, 
y el sitio de un lado que había de ocupar la maleza y árboles cortados. 
Tan cerrado estaba el bosque, que no se podía acomodar de otra suerte 
la leña que iban dejando. Cuando en el camino se encontraba con árbol 
grande, doblaba la senda por un lado por no detenerse en cortarle, de- 
rribarle y separarle, y aun entonces más impedía caído, que lo que podía 
estorbar estando en pie. 

Al acabar el día hacían la cama con harto trabajo, porque abriendo 
en la maleza formaban un rancho grande que servía de aposento,. 
en donde dichas las oraciones regulares que jamás se omitían, se acos- 
taban sobre la maleza misma cortada que les servía de colchones, 
mantas y sábanas. Al rayar del día se volvía, celebrada primero la. 
Misa, á la tarea de romper broza y de abrir camino. En esta conti- 
nua faena de tanto sudor y fatiga, sin consuelo y sin descanso, y á ve- 
ces con sólo el alimento de cogollicos de palmas duraron por diez 
días seguidos, cuando por la tarde del último día descubrieron un pre- 
cipicio en cuyo hondísimo pie se dejaba ver una fértil y extendida vega. 
Tendió el padre la vista y llegó á descubrir á lo largo su esperan- 
za, porque divisó y reconoció un sitio bien nombrado en la ciudad de 
Quito y en toda su comarca. Es éste cierto paraje en que, quebrada la. 
cordillera de los montes, hace una abertura que llaman los naturales- 
Boca de Dragón ó Abra, y viene á formar una dilatada garganta entre 
dos montes que se estrechan juntándose casi y abrazándose las puntas, 
toscas de las peñas que sobresalen de uno y otro monte. Dista la Boca de 
Dragón un solo día de camino de Tacunga y tres de Quito, y es el can. i- 



220 Misiones del Makañón Español 

lio á estos parajes bien sabido. Con que descubierta lar quebrada de la 
cordillera por el lado que hasta entonces había estado oculto, se había 
conseguido el empeño. 

No es fácil ponderar el gozo del P. Raimundo cuando vio logrado el 
fruto de tanta fatiga, ni se puede explicar el santo júbilo al pensar que 
ya se miraría en adelante como segura y permanente la misión del Ma- 
rañón, que pendía de hallar una llave maestra que abriese puerta fran- 
ca á los Mainas, y el nuevo descubrimiento ofrecía un camino derecho, 
fácil y suave, porque allanado y compuesto el que acababan de demar- 
car por la montaña, que no era gran negocio, todo lo restante hasta el 
Marañón se debía hacer por agua. El deseo que tenía Santa Cruz de ase- 
gurarse en cosa de tanta importancia, le hizo subir á un árbol altísimo 
para reconocer mejor desde su copa el sitio divisado. Habían hecho ya 
esta diligencia los indios, como más ágiles y acostumbrados á estas subi- 
das. Pero no se aseguraba el padre de su relación, y aunque la hincha- 
zón de las piernas y sus llagas, el ahogo del pecho aumentado con la 
agitación del camino, y la debilidad grande que sentía, parecían impe- 
dir tan arriesgada prueba; pero su espíritu, vigor y coraje vencieron 
estas dificultades. Reconoció desde el árbol y observó despacio y á su 
gusto el sitio de la garganta de los montes, certificóse bien de todo el con- 
torno, hízose cargo de la carrera que llevaba el río, dónde iba derecho y 
dónde torcía, y dibujó exactamente aquella parte por donde era más 
fácil la subida á la montaña. Conoció cómo para bajar al río desde el pa- 
raje en que estaba había camino más breve que el que pensaba, y que 
rozando matorrales y maleza se acortaba mucho la bajada, porque ser- 
penteando las aguas lamían la falda misma de la montaña y permitían 
hacer desembarazo muy cerca de la Boca del Dragón. 

Con estas noticias bien digeridas bajó finalmente del árbol, y no fué 
poco el que no se rindiese su debilidad al trabajo, no pudiendo hacer 
fuerza con las piernas y ahogándole más la fatiga del bajar. Llamó lue- 
go á sus indios y les dio noticia distinta de todo lo descubierto, y muy 
particularmente de las cosas que debían tener presentes en cualquiera 
acontecimiento. No contento con esto, porque quería su cuidado tomar 
todas las seguridades posibles en negocio de tanta consecuencia, informó 
más á la larga y con más especialidad al mozo español que no se apar- 
taba de su lado, para que, como más capaz, fijase bien en su memoria, 
por si él faltaba, la demarcación de todos los sitios que no se habían po- 
dido hallar sino á costa de tan penosos viajes. 

Faltaban ya las provisiones y se habían sustentado los últimos días 
de palmitos, cuyo mantenimiento, fuera de ser nocivo á la salud, no era 
duradero, por la facilidad con que se endurecen. Empezaban las lluvias, 
y, según todas las señales, continuarían por algún tiempo en aquellos si- 
tios. Estas causas obligaron á Santa Cruz á que intentase bajar al río 
por aquel mismo lugar por donde había reconocido estar más cercano á 
la montaña, y no se engañó; pues aun con la detención de rozar camino. 



Libro V.— Capítulo VII 221 

en menos de dos días se halló en la falda del monte y á la orilla del río, 
de cuya corriente se debía dejar llevar hasta encontrar las canoas, de- 
jadas atrás en el río Bohono, de donde habían saltado todos para abrir 
camino por las montañas. 



CAPITULO VII 

MUEKE AHOGADO EL PADRE SANTA CKUZ EN EL RÍO BOHONO 

No era grande el apuro y dificultad de hallarse tanta gente sin em- 
barcación en las riberas de un río que se había de navegar; porque los 
indios son hábiles y diestros por la mucha práctica en socorros de este 
género. Criados en su barbarie y en continuas guerras unos con otros, se 
veían muchas veces en la necesidad de vadear grandes ríos, y tenían 
ideadas especies de embarcaciones para los apuros, todas falsas pero to- 
das servideras. En la presente necesidad se aplicaron luego á disponer 
para el padre y para sí estas especies de barcas. La más fácil de hacer, 
aunque peligrosa para bogar, es la que llaman balsa, y se reduce á unos 
palos ligeros y sin pulir como de dos varas y media; que unidos y atados 
entre sí con venas, juncos ó bejucos, hacen un plano á manera del hon- 
dón de una grande canasta. Para imitar la proa de la nave, cortan los 
palos por la parte anterior con cierta desigualdad proporcionada, de ma- 
nera que remate la balsa en punta. Esto sirve para que rompa las aguas, 
y no juegue alrededor, sino que camine derecha al término adonde se 
quiere arribar. 

En estas cestas ó canastas de tan débil artificio se embarcaron todos 
y se embarcaron propiamente en el agua misma, porque no estando uni- 
dos los palos con brea ú otra cosa que impidiese la comunicación del 
agua y no teniendo borde alguno por los lados, navegaban casi dentro de 
ella. De esta manera caminaron dos días con grande trabajo, y en medio 
de las furiosas corrientes que llevaban precipitadamente los palos, no 
pudieron llegar al sitio de las canoas: tantas eran las vueltas que iba to- 
mando el río entre las peñas y montañas. Poníales en cuidado la mucha 
lluvia que caía, porque no podían enjugarse la ropa, é hinchándose el río 
se hacía la navegación más peligrosa por no poder resistir á las corrien- 
tes. Llegó la noche tercera en que, desgajándose el cielo fué tan grande 
la lluvia ó turbión que, extendiéndose por la ribera, todo lo anegó, ropa, 
trastos y el poco bastimento. Con la humedad extraordinaria y las mu- 
chas molestias de navegación tan incómoda, se hallaba el padre muy de- 
licado, se aumentaba el ahogo del pecho, irritábanse las llagas de las 
piernas y crecía la hinchazón. Pero nada le causaba mayor sentimiento 
en tantas miserias y trabajos que el que se hubiese mojado la caja de los 
ornamentos para decir misa; porque esta fué siempre la alhaja de su ma- 
yor estimación y cuidado, y como se explicó en la misma noche, en tan- 



222 Misiones del Marañón Español 

tos, tan difíciles, tan penosos y largos viajes, no había dejado jamás ni un 
día solo de ofrecer el santo sacrificio de la misa. Tanta era la pureza de 
su alma, tanta la devoción al Sacramento y tan grande la atención al 
estado del sacerdocio. 

En noche tan trabajosa para el P. Santa Cruz, turbulenta por el agua, 
confusa por el destino, obscura por las nubes y temerosa por todas las 
circunstancias, dio á entender por ciertas proposiciones, no del todo cla- 
ras, á los indios, la cercanía de su muerte. Y, sobre todo, encargó mu- 
cho al mozo y á los indios de más capacidad y se lo repitió muchas ve- 
ces, como cosa que tenía muy en su corazón, que diesen al superior de 
las misiones cuenta muy menuda del sitio descubierto y del camino idea- 
do, sin omitir circunstancia alguna para que se pusiese por obra su com- 
postura. Con estas pláticas pasaron aquella noche, ya que no podía 
servir al descanso por las muchas lluvias que caían. 

Al rayar el día tomaron luego sus balsas porque ni el hambre permi- 
tía más detención. Como fué abriendo más el día, se descubrió el sol por 
un poco tiempo y dijo al padre el mozo que iba con él en la balsa, que se 
quitase por un rato la sotana para que se enjugase al sol, y que después, 
cubierto con la sotana, se podrían enjugar los demás vestidos. No hijo, 
le respondió el padre, que con esta sotana me tengo de ir al cielo. Apenas dijo 
■esta respuesta el misionero, cuando de repente advirtió el español que el 
a,guacero de la noche había derribado un árbol de la orilla y que caído 
sobre el río ni formaba puente ni daba lugar al, paso. Forcejó cuanto 
pudo, por tirar la balsa á la orilla del río, á fin de que en tierra se libra- 
se el padre del inminente riesgo que preveía. Pero fueron inútiles todos 
sus esfuerzos por más que hizo, y trabajó con las fuerzas y con el inge- 
nio; y por más ayuda que pidió á los de otra balsa que venían algo atrás 
no pudo vencer el arrebatado ímpetu de la corriente, que venía furiosa. 
Arrojóse al agua para ocurrir al daño, fiado en la destreza de nadar, 
pero por más prisa que se dio para ayudar á la balsa, y echarla hacia la 
orilla, no pudo impedir que arrebatada del agua no viniese á parar con 
grande ímpetu contra el árbol atravesado. Recibió el padre en su pecho 
lastimado un horroroso golpe que le dejó sin fuerzas, y no pudiendo man- 
tenerse por su debilidad por la violencia del golpe en la balsa, pasó ésta 
por debajo del árbol, quedando el padre agarrado de una rama con el 
íigua hasta la boca. Pero eran tan pocas sus fuerzas que sin poder ser 
socorrido ni del mozo que hizo harto en salir aturdido á tierra sin aho- 
garse, ni de los otros indios que sólo le alcanzaron con la vista, cayó lue- 
go en el agua con las manos levantadas al cielo y así se fué sumergien- 
do, habiendo dado antes como por despedida una mirada al río Ma- 
rañón. 

De esta manera acabó su carrera á los 6 de Noviembre de 1662, aho- 
:gado en el agua el que no había podido ahogarse en tantos trabajos. Ver- 
dadero israelita á quien Dios concedió ver la tierra de Promisión sin de- 
jar que la gozase. Tuvo y padeció las penalidades del desierto, pasó el 



LiBHO V.— Capítulo VII TA3i 

mar, siguió siempre la nube de la confianza en Dios, y ahora le falta el 
aliento cuando tiene ya á la vista el gozo y el descanso. Verdaderamen- 
te son altísimos los juicios de Dios é insondables los caminos de su provi- 
dencia . Al mismo tiempo de llegar la otra balsa de sus amados hijos, y á 
su misma vista se ahoga el P. Raimundo, tan necesario en la misión, en la 
edad de solos treinta y nueve años, á los once de misionero, cuando abier- 
to camino llano y fácil para Quito, serían mejor empleados sus trabajos 
y de mayor ventaja sus fatigas. Con la muerte del P. Raimundo de Santa 
Cruz quedaron en un profundo desconsuelo la misiones de Mainas, cu- 
biertas de luto y entregadas á un inconsolable llanto por haber perdido 
en este misionero su luz, su gloria, su amparo, fortaleza y alegría. No 
podían los misioneros contener las lágrimas viendo que les faltaba el 
alma de los pueblos, el animoso en los imposibles, el constante en las ad- 
versidades, el atlante verdadero en cuyos hombros cargó el peso de to- 
das las dificultades, acometimientos y empresas que por once años con- 
tinuos se habían ofrecido en el Marañón. No tenían otro consuelo que la 
viva memoria de sus esclarecidas virtudes, con cuyo olor y fragancia se 
esforzaban y confortaban á seguir la carrera que había consumado fe- 
lizmente el P. Raimundo entre tantas penalidades, contradicciones y 
trabajos. 

Nació este apostólico varón en la villa de San Miguel de Ibarra, dis- 
tante como unas veinte leguas de la ciudad de Quito. Su padre fué don 
Raimundo de Heredia natural de Aragón y de conocida familia en aquel 
reino. Su madre se llamó D.^ Catalina Calderón, de igual nobleza. Cria- 
do en mucho temor de Dios, le entregaron sus piadosos padres á la Com- 
pañía en el célebre seminario de San Luis de Quito, en donde como por 
natural genio, seguía la virtud y se daba al estudio sin ocuparse en otros 
pensamientos. Salió buen gramático y sobresaliente filósofo, y llamado 
de Dios á la Compañía, fué con gusto recibido en ella, en el año de 1643, 
en donde solo mudó de casa quien había hecho vida de novicio en el se- 
minario. Procedió en los estudios con mucho ejemplo de los que le trata- 
ban, dando su modestia singular realce á sus lucimientos. Ordenado de 
sacerdote y nacido á juicio de todos para las letras, procura ocultarse en 
las misiones, armado de virtud y ciencia contra el común enemigo, due- 
ño entonces con dominio despótico de tantas almas. 

No es fácil el determinar qué virtud fuese mayor en el P Raimundo; 
porque fué pobre, y vivió siempre como tal, sin tener con qué cubrirse ni 
alimentarse; humilde en extremo, sin poder oír la menor alabanza suya 
aun en las cosas más bajas y rateras; penitente por los muchos cilicios y 
disciplinas frecuentes con que en medio de sus achaques maceraba la 
carne, sufrido en los ahogos de pecho, llagas de piernas y otras enfer- 
medades; constante en los peligros, magnánimo en las adversidades, 
obediente en cuanto emprendió, prosiguió y acabó. Y ¿quién podrá ex- 
plicar con palabras aquella prudencia, más que humana, con que supo 
ganar á indios de tan diversas naciones opuestas entre sí y mantenerlos 



224 Misiones del Marañón Español 

unidos y concordes, sin que se oyese en su vida la menor división ó ena- 
jenamiento? Tan estrechados estaban con su misionero, que haciéndose 
todo á todos con su dulzura, suavidad y condescendencia, los tenía como 
pendientes de su mano. Fué viva su fe, firme su esperanza y ardiente y en- 
cendida su caridad: de donde nació aquel abrasado celo con que anduvo 
tantas leguas, se expuso á tantos peligros, formó tantos pueblos, corrió to- 
das las reducciones y se ofreció, finalmente, en sacrificio por sus indios, 
muriendo ahogado en el ejercicio de la obediencia más dificultosa y de la 
caridad más heroica. Todas estas excelentes virtudes del P. Raimundo es- 
tribaban como en base fundamental en una profundísima desconfianza 
de sí mismo, y en una altísima confianza en Dios, que fueron acaso su 
carácter, porque á Dios miraba en todas sus acciones y pasos, á Dios 
consultaba en sus dudas y dificultades, y de Dios estaba pendiente en sus 
empresas prodigiosas, como quien echaba bien de ver su patrocinio y 
amparo en la ciudad, en los pueblos, en la tierra y en el agua. 

Dejando al P. Raimundo de Santa Cruz gozando en el cielo, como es- 
peramos, del premio de sus trabajos, volvamos á las tierras del Mara- 
ñón, en donde informado el P. Francisco Figueroa del mozo y demás in- 
dios que dieron la vuelta á Borja, se aplicó, desde luego, á perfeccionar 
el camino descubierto. Emprendió el viaje con gente y bien prevenido de 
instrumentos para allanar el camino y siguiendo los dichos ríos, pasó feliz- 
mente por el camino diseñado hasta la cima de los montes del Abra ó Boca 
de Dragón, y hallando todas las cosas conformes á la relación que le ha- 
bían hecho, puso en poco tiempo corriente el camino descubierto, mucho 
más breve que los demás, aunque algo peligroso, como es necesario que 
sean todos los caminos que atraviesan aquellas montañas quebradas con 
la fuerza de los muchos torrentes. En el año siguiente comenzó á traji- 
narse este camino, y entraron por él á la misión dos jesuítas. Y luego que 
los Gayes se redujeron á poblaciones, como sucedió poco después, se co- 
menzó á frecuentar más con ocasión de servir de escala en el viaje á 
aquella nación. 



CAPITULO VIII 

ALZAMIENTO DE ALGUNOS COCAMAS DE SANTA MARÍA DE GUALLAGA 

En los primeros veinte años de las misiones no se había experimentado 
levantamiento alguno de tantos indios reducidos á la fe, hasta que en el 
año de 1659 empezaron, como dijimos arriba, los Cocamas de Ucayale á 
tramar la muerte contra el P. Tomás Majano su celoso pastor y misio- 
nero infatigable. Previno el padre el golpe, como vimos, retirándose con 
algunos Ucayales al pueblo de Guallaga sin poder el gobernador de Borja 
hacer algún castigo en los culpados por las pestes y epidemias que so- 



Libro V.— Capítulo VIII 225 

brevinieron en los pueblos, y por otras circunstancias críticas que en el 
mismo tiempo se ofrecieron. Pero muerto ya el P. Raimundo de Santa 
Cruz, que manejaba á su arbitrio los Cocamas de Guallaga, y abierto ca- 
mino franco en bien de las misiones, sentido el infierno de sus adelanta- 
mientos y del orden, cultura y gobierno que se iba asentando en todas 
las reducciones, comenzó cá turbar aquel mar pacífico y sosegado, intro- 
duciendo alborotos y disensiones en el pueblo de Guallaga. Empezó el 
demonio, como suele, por pequeñas cosas hasta que causó, finalmente, 
un alzamiento en algunos Guallagas ya cristianos. Publicaban varios 
de ellos abiertamente su odio contra el misionero del pueblo, diciendo 
que no les dejaba vivir, que á todo se oponía y que no le podían tolerar. 
No nos consta de las relaciones de aquel tiempo quién fuese á la sazón el 
misionero de Guallaga. Sospechamos que podría gobernar entonces aque- 
lla reducción el P. Tomás Majano, de quien hicimos gloriosa mención en 
el capítulo tercero de este libro. Y nos mueve á formar esta conjetura, 
el que en el afio 59 se recogió á este pueblo con las familias que trajo con- 
sigo de Ucayale, y que desde este tiempo no pudo asistir á los Cocamas 
el P. Raimundo de Santa Cruz, ocupado hasta su muerte en los varios 
descubrimientos que hizo para encontrar camino para Quito; y parece 
natural que se quedase el P. Tomás en el nuevo pueblo, cuya lengua pa- 
rece ser la misma que la de los Ucayales. Fuera de esto, la muerte del 
P. Majano no se entendió hasta el año 63 ó 64, como insinuamos, en cuyo 
tiempo estaba en su punto la sublevación de los Cocamas. Y el mismo no 
saberse cosa ninguna de sus circunstancias, da algún motivo de pensar que 
le mataron los sublevados, ocultando esta traición como ocultaban otras. 
Sea lo que fuere de esta conjetura, lo cierto es , que los mismos indios 
alzados hicieron patentemente falsa la excusa que alegaban, y declara- 
ron bien ser del todo injusto el odio que profesaban contra su misionero, 
con las muertes que ejecutaron contra muchos cristianos y aun sacerdo- 
tes contra quienes ni tenían ni podían tener particular queja. A la ver- 
dad, uno de los peligros próximos y daños inminentes á los estableci- 
mientos de las reducciones es el hallarse siempre algunos indios de mala 
ralea, que por amor á la libertad ó por su genio traidor y protervo, no 
pueden llevar en paciencia las amonestaciones de sus misioneros. Buscan 
los padres á los infieles en sus montes, y los atraen por medios suaves, 
para conseguir de ellos una vida cristiana. Úñense en poblaciones, pero 
no todos vienen convencidos de la razón, y mucho menos de la fe, que no 
suele prender en algunos hasta pasado mucho tiempo. Unos vienen tirados 
del interés, á otros encariña el buen trato, á éstos arrastra la convenien- 
cia, y aquéllos buscan la novedad. En suma, no todos se reducen con gusto 
al rigor de los preceptos cristianos. Callanysufren cuando se hallan solos 
en el disgusto y descontento, pero si juntándose entre sí, se descubren los 
mal hallados, todo lo turban é inquietan. Como su genio es regularmente 
voluble, el verse privados de muchas mujeres, el no serles lícito el uso de 
sus antiguas supersticiones, el haber de dejar sus borracheras, y estar 

15 



226 Misiones del Marañón Español 

obligados de por vida á la mujer que desposaron, son un inconveniente 
bien contrario á su natural genio, que en soplando la tentación, se rinden 
á ella fácilmente. Y como no hallan otro contrario que le resista sino el 
misionero, que procura corregirlos y enderezarlos, se determinan á des- 
hacerse de este importuno censor, para defender su libertad absoluta 
De esta verdad veremos muchos ejemplos en esta historia. Aunque su 
divina Majestad que por sus altos juicios ha permitido estas traiciones 
de los indios contra sus pastores sabe sacar de ellas muchos bienes, no 
sólo á favor de los mismos misioneros, coronándolos de gloria en la otra 
vida, sino también á favor de los demás indios, que en semejantes revo- 
luciones y atentados suelen arraigarse más en la fe. 

La sublevación de los indios mal hallados en Guallaga, paró final- 
mente después de otros desórdenes que precedieron, en que se huyeran al 
monte sin ánimo de volver al pueblo, y si hubiera sido su levantamiento 
solamente una huida ó retiro á sus antiguos escondrijos, hubiera impor- 
tado menos porque buscados y solicitados, aunque con peligro de la vida, 
se pudieran haber atajado los daños que se siguieron. Pero la desgracia 
fué que hechos fuertes en ciertas cavernas, hicieron partido convocando 
á las demás poblaciones. No dejaron de hallar algunos secuaces, que hi- 
cieron mayor el número de los mal contentos. Ni debe causar admi- 
ración que entre indios bozales, criados en su barbarie, entregados desde 
sus tiernos años al vicio, livianos en sus apetitos y sin freno en sus diso- 
luciones, hubiese una partida de- mal contentos con la ley que les cor- 
taba sus antiguas libertades, pues en los cristianos viejos no siempre se 
ve la perseverancia en la vida cristiana una vez comenzada, cuando 
han precedido costumbres licenciosas ó vicios por algún tiempo arrai- 
gados. , 

Aunque no fueran muchos los indios que de los demás pueblos se jun- 
taron con los Cocamas, pero fueron los bastantes para dar mucho cui- 
dado en la misión. Porque coligados con otros infieles, llamados Chepeos 
ó Chipios, prorrumpieron en excesos que quitaban toda seguridad en los 
caminos y navegaciones. Tropezó primeramente su ira con algunos reli- 
giosos de San Francisco, que venían de Lima, y luego que conocieron 
ser sacerdotes españoles, les quitaron sacrilegos la vida, sin perdonará 
tres soldados que les acompañaban. Con tan buen principio pasaron á 
hostilizar en armadillas por el Marañón y Guallaga á los neófitos de las 
reducciones, y á convidar á sus parientes, allegados y conocidos, parte 
con buenas palabras, y parte con amenazas, á que dejasen los pueblos, 
la religión y los padres. Acudió al remedio el P. Francisco Figueroa, y 
como superior de las misiones visitó los pueblos, confirmó los indios y les 
previno contra las astucias de los rebeldes; y usando de los medios sua- 
ves que le dictaba la prudencia, caridad y mansedumbre, envió personas 
que con buenos términos procurasen reducir á los huidos. Mucho se con- 
siguió con estas embajadas, porque en la ligereza de aquellos genios in- 
constantes algunos habían seguido el partido rebelde más por novedad 



LiBito V.— Capítulo VllT 227 

que por empeño, y á muchos había retirado á las montañas el miedo, y 
soseg-ado éste por el P. Figueroa, volvieron á los pueblos. 

No fué por el camino de la blandura el teniente de Borja que, sa- 
bido el motín y alboroto de los Cocamas, salió con algunos soldados y 
buen número de indios fieles para reprimir su orgullo é insolencia y ata- 
jar los daños que ocasionaban sus armadillas por el distrito de Borja. 
Buscóles por los ríos, montañas y escondrijos, y cogiendo algunos de 
ellos llevó consigo á la ciudad los que le parecieron más culpados. Hecha 
Tina breve sumaria ajustició á seis Cocamas, y á cuatro Chepeos que re- 
sultaron cabezas ó motores principales del tumulto y de la guerra . A 
ciertos indios Maparinas que fueron presos con los Cocamas y Chepeos, 
no pareció castigarlos por hallarlos ó inocentes ó menos culpados en las 
muertes de los religiosos de San Francisco . Por esta causa fueron envia- 
dos con salvoconducto al pueblo de Guallaga, en donde perseveran des- 
engañados. 

Sintió mucho este golpe de justicia del teniente el P. Figueroa, que 
siempre fué de parecer, que más daño traería el castigo, aunque mode- 
rado, ejecutado en solos diez indios que provecho para la vuelta de los 
demás, los cuales obstinados en su pertinacia no desistirían por eso de 
hostilidades y acometimientos en los ríos y montañas. Creía que por los 
medios de blandura, cariño y mansedumbre se hubieran apaciguado mejor 
las disensiones y alborotos, como se dejaba entender bastantemente por 
los muchos que habían vuelto á los pueblos. Sin embargo, no se puede ne- 
gar que el castigo ejecutado en los pocos por el señor teniente, fué medio 
Titilísimo para conservar los reducidos y para cortar del todo la comuni- 
cación de los rebeldes con la gente de los pueblos. Pero tenía muy en el 
corazón el P. Figueroa á los que se habían escapado, y procuraba con 
mayor cuidado el reducirlos, no permitiéndole las entrañas de caridad 
con que los miraba, el omitir alguno de los medios que le sugería el amor 
para atraerlos. Tuvo ocasión de ejercitar con más desahogo y libertad 
este oficio de caridad con aquellos miserables desde el año 64, en que, aca- 
bado el tiempo del superiorato, se vino á vivir con los Xe veros en su pue- 
blo de la Concepción. Enviábales continuos mensajeros, asegurándoles 
del perdón, y proponiéndoles la buena voluntad que les tenía, y les ex- 
plicaba los ardientes deseos en que ardía de verlos en los pueblos entre 
sus hermanos, en donde serían atendidos con todo amor y cariño. El mis- 
mo en persona, con mucho peligro de la vida, hizo varias correrías con 
que atrajo á varios. De una y de otra manera se iba reparando el daño, 
con que volvieron reconocidos y pesarosos de haber seguido el partido 
de los inconsiderados; pero quedó siempre buena parte de Cocamas, obs- 
tinados en su resolución y propósito de no volver á los pueblos, y se pu- 
sieron en términos en que se negaron á toda comunicación, meditando 
siempre la manera de vengarse contra la nueva cristiandad, como lo 
ejecutaron finalmente. 



228 Misiones del Marañón Español 



CAPITULO IX 

MUERE EL P. FRANCISCO FIGUEROA Á MANO DE LOS COCAMAS 

APÓSTATAS 

No desistieron los misioneros y más en particular el P. Figueroa de 
tomar noticias del sitio, aunque r^iuy distante, donde se hallaban los re- 
beldes, y de enviarles con mucha dificultad y peligro de los enviados re- 
cados de paz, convidándoles á que volviesen y aseguriíndoles con el per- 
dón de parte del gobernador. Pero su respuesta era siempre la misma,, 
diciendo que en quitando la vida al misionero de Gruallaga se restituirían 
al pueblo satisfechos ya de su agravio. Tanto era el odio que le tenían 
por haber puesto freno á sus libertades. Puede ser que acaso el dema- 
siado celo en no disimular algunas cosas, que se deben pasar por alto, 
particularmente á los principios, les hubiese irritado, exasperado y ce- 
gado; y puede ser que acaso el modo serio y grave de las reprensiones ó 
la ocasión y tiempo menos oportuno de las correcciones enajenase los 
ánimos. Nada de esto sabemos, pero lo cierto es que en estas circunstan- 
cias se hacía más sensible la pérdida del P. Raimundo de Santa Cruz^ 
que hecho dueño del corazón de los Cocamas, les tuvo siempre fieles, dó- 
ciles y obedientes hasta emprender con ellos las más penosas, difíciles y 
arriesgadas empresas, como escribimos largamente. Y cuando se veía 
precisado á reprender á algún indio, lo hacia con tal tiento, manera y ca- 
riño, que él mismo conocía la razón que tenía el misionero en amones- 
tarlo. Por esto el primer principio que asentaba era ganar por todos los 
medios honestos á los indios la voluntad, porque experimentó desde luego 
que el amor y buena voluntad hacia el misionero, les abría el entendi- 
miento para conocer las cosas que les decía. 

La respuesta repetida de los rebeldes en que respiraban tanto furor y 
rabia contra el misionero de Guallaga, tenía en grande cuidado á los mi- 
sioneros. Miraban con cautela á los que volvían reconciliados á los pue- 
blos y observaban con cuidado sus acciones, temiendo siempre de sus ge- 
nios dobles, traidores y disimulados. Y para que la vuelta de los retira- 
dos se hiciese menos dificultosa, mudaron al padre de Guallaga (si acaso 
no murió por éste tiempo como yo sospecho), y pusieron otro en su lugar, 
con cuya mudanza no dejaron de venir algunos de nuevo, gozando del 
perdón general que se les había prometido. Pero como quedaban allá en 
las montañas los más obstinados y no sabían ó afectaban no saber la mu- 
danza del misionero, disponían sus tiros contra el padre que asistía en 
aquel pueblo, de manera que estaba como cercado, sin atreverse á salir 
de la reducción por el temor de no caer en las manos de los que tan cie- 
gamente le perseguían. 

Esto movió al P. Figueroa á que emprendiese un viaje para visitar al 
padre de ¡áanta María, que se hallaba en tanto peligro, consolarle y es- 



Libro V.— Capítulo IX 229 

forzarle en tanta necesidad. No sólo le estimulaba la caridad á esta vuel- 
ta, sino también el amor y reverencia que le tenian como á superior ac- 
tual de las misiones, y el deseo de reconciliarse sacramentalmente, que 
en tanta distancia de sacerdotes pocas veces se lograba. Con estos fines 
salió de su pueblo de la Concepción con seis indios Xeveros á principios 
de Marzo de 1666, y habiendo navegado ocho días por el Marañón, llegó 
á los quince del mismo mes á la embocadura de un río llamado Apena. 
Aquí descubrió una armadilla de canoas en que venían bogando los in- 
dios con algazara contra las corrientes. Conoció por la lengua que ha- 
blaban ser de los reducidos, pero dudaba, mucho si eran amigos ó rebel- 
des. Y, como en aquellos tiempos venían cada día á los pueblos varios de 
-estos á gozar del indulto, también se le ofrecía que, aun en caso de haber 
sido rebeldes, querrían, por ventura, reconciliarse y agregarse á los pue- 
blos. Con estos pensamientos no dio lugar á temor ó miedo, y mandó á 
los Xeveros que se apartasen á la orilla para aguardar á las canoas. 

Componíase la armada de Ucayales, Cocamas, Chepeos y Maparinas, 
y traía por capitán un Cocama llamado Pacaya, cá quien acompañaba un 
mozo bien hábil y despierto, criado desde niño en la casa y al lado del 
misionero antiguo de Gaallaga. Estos dos guías ó capitanes habían sido 
las cabezas del alzamiento, y por eso, temerosos de que si se les llegaba 
á prender serian, sin duda, ajusticiados como los diez ahorcados en Bor- 
ja, andaban siempre bien acompañados de gente y prevenidos de armas. 
Nada de esto sabía el inocente P. Figueroa que, viéndoles ya cercanos, 
llamó desde tierra á las canoas, para informarse de ellos mismos y seguir 
juntos el viaje si venían de paz, ó tentar su reducción, si eran rebeldes, 
conK) lo había conseguido en muchas ocasiones. Volvieron proa las ca- 
noas hacia donde el padre los llamaba, y en esta vuelta resolvieron 
aquellos impíos la mayor traición contra lo que habían meditado. Porque 
siendo su furor contra el misionero de Guallaga, hacia donde caminaban, 
mudando ahora de intención, la convirtieron contra el que se les ofrecía 
en el camino. Llegaron á la ensenada en donde los esperaba el misione- 
ro, que conoció luego ser de los rebeldes viéndolos tan armados. Mas no 
se asustó por eso, ni cayó de ánimo, creyendo poder vencerlos con amor 
y cariño. No dieron ellos lugar para tanto, porque, saltando á tierra di- 
simulados, en que son muy diestros, y saludándole con la común saluta- 
ción de las misiones «Alabado sea el Santísimo Sacramento», le besaron 
la mano para tenerle divertido y colocarse de manera que consiguiesen 
á su satisfacción el intento. «Hijos (les dijo el padre), ¿dónde es el viaje? 
Vamos juntos, que yo os serviré y acompañaré.» A tan amorosa pregun- 
ta, y oferta tan amigable, un indio fiero y alevoso, que con artificio se 
liabía puesto detrás del P. Francisco, respondió descargando, con mano 
sacrilega, un recio golpe de remo sobre la cabeza del santo misionero; 
<3ayó en tierra desmayado y sin sentido, y al punto el capitán Pacaya, 
según unos, y según otros el mozo criado en Guallaga, cortó con una ha- 
cha la cabeza del cuerpo del venerable padre. Cerraron después con los 



230 Misiones del Marañón Español 

Xeveros que le venían acompañando y acabaron en las manos de aque- 
llos impíos. Uno ú otro pudo lograr el escaparse y, ocultándose por en- 
tonces entre los árboles y malezas del monte, vino á dar noticia del fu- 
nesto suceso al padre que asistía en Guallaga. 

Los apóstatas, sabiendo que el P. Francisco doctrinaba á los Xeve- 
ros, hecha ya la primera carnicería on el Padre y los hijos , mudaron de 
intención, y dejando ya el pueblo de Guallaga, se enderezaron al puebla 
de la Concepción de los Xeveros, pensando poder hacer en él mayor riza, 
hallándole sin pastor. Asaltaron de repente la reducción desprevenida 
en que hallaron bien pocos Xeveros, por hallarse los más fuera en la 
cultura de los campos. Mataron cuarenta y cuatro indios Xeveros y un 
soldado español que alli estaba, llamado Domingo de Salas. Destrozaron 
cuanto pudieron, y con el corto pillaje que hallaron se retiraron á sus- 
montañas, llevando en triunfo y con algazara la sagrada cabeza del 
santo mártir, ya triunfante en el cielo. Ellos la destinaban para tener el 
gusto de bailar al rededor de ella en sus borracheras, porque este triunfa 
de tiranía y traición era, según las costumbres bárbaras á que habían 
vuelto, el trofeo más insigne de victoria; pero el cielo se servia de estos- 
sacrilegos para que conservasen esta preciosa reliquia y para quof vol- 
viese con el tiempo á los misioneros. 

El padre de Santa María, luego que por q1 Xevero tuvo noticia de la 
muerte del P. Figueroa, acudió sin perder tiempo con algunos indios fie- 
les y unos pocos soldados á rescatar, si pudiese, por reliquia, su sagrado 
cuerpo; mas llegado al sitio de la crueldad de los bárbaros, sólo encontró 
la patena y el ornamento para decir Misa, una suma de moral, algunos, 
papeles rotos, los anteojos de que se servía el santo mártir y un zapato. 
Todo lo demás lo habían echado al río los pérfidos apóstatas. Vióse pre- 
cisado á volver poco satisfecho de su viaje, pero consolado algún tanta 
con aquellos preciosos despojos, que como tales, estimaron siempre los 
misioneros y los desearon mucho en la ciudad de Quito, en donde fué 
tiernamente sentida y comúnmente llorada la muerte de varón tan ve 
nerable y de los nuevos cristianos que merecieron acompañarle en su 
triunfo. Dichosos muertos en odio de la fe, como se deja bien entender, 
por haber recibido también la muerte de mano de aquellos apóstatas que 
venían con el ánimo perverso de acabar, si pudiesen, con la nueva cris- 
tiandad del Marañón, como lo declararon los efectos que se vieron en 
ellos de quemar iglesias y de profanar los ornamentos sagrados. 

Pero sobre todas, fué gloriosísima la muerte del P. Francisco, porque 
él mismo hizo señal á los rebeldes para que viniesen, con intento de redu- 
cirlos á la vida cristiana que habían dejado obstinadamente, ni pudo ig- 
norar, al verlos, quiénes eran, pues á todos los conocía. Fuera dé esto, se 
ofreció voluntariamente, víctima de la obediencia y caridad, recibienda 
gustoso en su cabeza el golpe que tiraba á su superior, como lo era en- 
tonces el misionero de Guallaga, hacia donde iban enderezadas las proas 
de las canoas; y era cosa sabida que la rabia y furor de aquellos proter- 



Libro V.— Capítulo X ^231 

vos era principalmente contra este misionero. Además de que el golpe 
parece que vino de mano del mozo apóstata á quien en nada había ofen- 
dido el P. Figueroa, y sólo se daba por sentido del padre que le había 
criado. Finalmente, se conoció con toda evidencia ser incitados de furor 
diabólico á matar al padre y sus remeros y á mudar de rumbo hacia el 
pueblo de la Concepción de los Xeveros, que se habían mantenido fieles, 
y llevádoles de parte del padre tantos recados amorosos, de perdón y de 
convite, para que volviesen de paz á los pueblos y dejasen sus bárbaras 
crueldades. 



CAPITULO X 

ELOGIO DE LA VIDA Y VIRTUDES DEL P. FRANCISCO FIGUEROA 

No me parece fuera de razón ni contra las leyes de una Historia en- 
derezada toda á mover los ánimos celosos de la propagación de la fe en 
las tierras de gentiles, dar en este lugar alguna mayor noticia de las ac- 
ciones y vida del P. Francisco Figueroa, varón singular y universalmente 
respetado dentro y fuera de la provincia de Quito, que vivió por tantos 
años escondido en las montañas de Marañón, sin pensar en otra cosa que 
en plantar la fe de Jesucristo en aquellas partes retiradas á costa de innu- 
merables sacrificios, cuidados y peligros de la vida. Muéveme también á 
esto el haber sido este humildísimo misionero el primer mártir que con- 
siguió regar y fertilizar con su sangre las misiones trabajosas de los 
Mainas. 

Nació el humilde y angelical P. Francisco Figueroa en la ciudad de 
Popayán, de ricos y nobles padres, que á su fortuna juntaron lo que más 
importa, un amor grande á la justicia y virtud. Por esto, para que se 
criase bien y no torciese en su dirección, teniendo en más la educación 
que el cariño, se privaron gustosamente de su presencia y le enviaron 
siendo de pocos años al seminario de San Luis de Quito, en donde su genio 
amable le hizo querer de todos los que le trataban. Creció el afecto vién- 
dole tan inclinado al ejercicio de las virtudes propias de su edad tierna; 
de manera que ya desde entonces empezaron á llamarle sus condiscípu- 
los con el nombre de ángel, como muy acomodado á su vida y porte. 

Acabada la gramática, pidió humildemente y consiguió por su genio 
suave y apacible, por la capacidad que ya mostraba y por su aplicación 
á la virtud, entrar en la Compañía; perfeccionóse en el noviciado en 
todas las virtudes y no se entibió en los estudios, en que salió tan aventa- 
jado entre todos sus condiscípulos, que mereció ser señalado para defen- 
der en acto público toda la teología escolástica, como lo hizo con singu- 
lar modestia y lucimiento. Su ingenio, aplicación y modestia le hacían 
acreedor á los primeras cátedras y empleos de la provincia; mas luego 
que se vio ordenado de sacerdote, tirado del celo de las almas y del deseo 



232 Misiones del Marañón Español 

de vivir escondido y olvidado de todos, pidió con mucha instancia á los su- 
periores que le aplicasen á colegio donde pudiese instruirse en la lengua 
de los indios. Ya desde entonces tenía en su corazón la resolución de se- 
pultarse en el Marañón y trocar las formalidades y sutilezas de la escuela 
con las voces bárbaras y toscas con que podría ayudar á los indios á con- 
seguir el fin de su eterna bienaventuranza. 

No hubiera conseguido esta su pretensión de tanto retiro de las letras, 
si no hubiera deparado el cielo una ocasión favorable en que se vio pre- 
cisado el provincial á enviar un sujeto de toda satisfacción para la fun- 
dación del colegio de Cuenca. Mirábase esta fundación como útil y con- 
veniente á la Compañía, por la menor distancia de esta ciudad á las mi- 
siones de Mainas, que deseaba establecer el superior de la provincia, y 
concurriendo en tan críticas circunstancias la instancia del P. Figueroa, 
fué luego señalado para asistir á la fundación del nuevo colegio. No sólo 
tuvo aquí el noviciado de la misión, perfeccionándose en la lengua del 
inga, sino que su aplicación á los ministerios sirvió de ejemplo, de alivio 
y de consuelo á toda la ciudad, como tocamos más largamente en el libro 
tercero. A poco tiempo de su mansión en el nuevo colegio, sabiendo el 
fruto que hacían en las misiones del Marañón sus fundadores, escribió, 
clamó y lloró por la misión deseada de Mainas, alegando por mérito el 
estudio, aplicación y práctica que ya tenía de la lengua de los indios. 
Cedió el superior á tan eficaces instancias y bajó el P. Francisco Figue- 
roa, hacia el año 40, al centro de sus deseos. 

Aquí vivió escondido este apostólico varón por todos los años que le 
restaron de vida, sin que podamos dar noticia particular de sus heroicas 
acciones, como suele suceder con los demás celosos misioneros, que aca- 
bando cosas gloriosas, dando ejemplos ilustres y padeciendo mil necesi- 
dades, peligros y persecuciones, sólo tienen por testigos indios rústicos y 
bozales, que no saben apreciar lo heroico de la humildad, lo sublime de 
la caridad ni lo subido de la paciencia y mansedumbre cristiana, y no son 
capaces de conocer distintamente cuánta sea la mortificación de un hom- 
bre racional, sabio y prudente, en hacerse rústico con los groseros, rudo 
con los incapaces, ignorante con los necios; en una palabra, todo á todos, 
para ganarlos todos á Jesucristo. En tan dificultoso ejercicio perseveró 
el P. Francisco por veintitrés años, fundando por sí algunos pueblos y 
ayudando á la fundación de otros muchos, que llegaban ya entonces, si 
no pasaban de catorce, fuera de los anejos, como hemos visto en el dis- 
curso de la historia. 

Pero aunque vivió por tanto tiempo retirado de los que pudieran ob- 
servar en particular sus virtudes, no dejaron de traslucirse algunas que 
han llegado á nuestra noticia. Y muy en particular era celebrada de to- 
dos su profunda humildad, que fué siempre como el carácter del P. Fran- 
cisco. Desde el principio del noviciado se dedicó á esta importantísima 
virtud con tantas veras, que mereció ya en aquellos principios el con- 
cepto y nombre de humildísimo; los oficios más bajos de la casa eran sus 



Libro V.— Capítulo X 233 

delicias, nunca salió de su boca expresión ni memoria ni descuido de 
quién era, ni quién había sido, olvidado del todo de sus nobles y califica- 
dos parientes, que desde que salió de sus estudios no le merecieron ni una 
sola carta. Instándole en una ocasión un misionero que escribiese si- 
quiera una carta á un hermano, dándole noticia de su vida, que sería de 
mucho consuelo á su familia, se resistió con cortesía. Volvióle á instar el 
sujeto diciendo: «Cierto, P. Francisco, que no parece V. R. ni hijo ni her- 
mano de quien es.»— «Padre mío, respondió el siervo de Dios, Cristo dijo 
que tenía por hermanos á los que hacían la voluntad de su padre. Yo 
cuando entré en la Compañía tuve la honra de que me tuviesen por her- 
mano los que vivían en ella. No puedo olvidarme de éstos ni me olvido 
de los otros para con Dios. Pero acá, en las misiones, V. R. y yo, debemos 
decir con Job que el lodo y la miseria de estos valles es nuestro padre 
que nos sustenta; y los ^'úsanos ó indios con quienes vivimos nuestros 
hermanos. A estos miro yo como tales y me llevan todo el cariño.» 

Esta misma humildad y olvido de todas las cosas que podrían ser de 
alguna estima y aprecio entre los hombreSj le movió á no admitir dos 
rectorados de los más señalados de la provincia á que le señalaba nues- 
tro padre general respondiendo siempre con eficacia que no había nacido 
para mandar, que su destino era estar entre los indios j ser subdito de 
ellos, y que con esto vivía contento sirviendo á aquellos pobrecillos. Del 
mismo principio nacía el estudio continuo y aplicación á los libros, no es- 
tando ni un solo instante ocioso en aquellos tiempos que le permitían los 
ministerios, porque se suponía ignorante y decía que le faltaba mucho 
que aprender, siendo así que consiguió ser el oráculo á quien todos con- 
sultaban en las misiones, y respondía á cuantas dudas se ofrecían. A esta 
causa había llevado consigo á su retiro muchos libros juzgando que eran 
la más útil alhaja y mercaduría para aquellas soledades. En el Instituto, 
derecho y ciencia particular de la Compañía que deben aprender con 
cuidado sus hijos, era tan eminente, que llegó su fama desde los Mainas á 
Roma. Y esta fué la principal causa porque el general le destinaba para 
rector del noviciado de Tunja, en el Nuevo Reino, que fué el segundo 
rectorado que renunció su humildad, para dar lugar al celo de las almas. 

Sobre tan sólido fundamento edificó el P. Francisco la vida espiritual 
y á una humildad tan señalada no podían menos de acompañar las de- 
más virtudes. Su mansedumbre, dulzura y trato eran tan agradables á to- 
dos los misioneros, que le amaban y querían entrañablemente, y nos 
consta que el P. Gaspar Cujía, aun cuando era provincial, por este solo 
título de su trato, dulce y agradable siempre, le llamaba aquel ángel de 
las misiones. Su castidad era como de puro espíritu sin carne. Su obedien- 
cia como de un instrumento en manos del artífice y como de un hombre 
todo muerto al mundo y á su voluntad propia. Solo trataba como vivo á 
su cuerpo, macerándole con ayunos, cilicios y disciplinas. Vivió como 
justo de la fe, procurando extenderla en aquel nuevo mundo; se alimen- 
taba de la esperanza, teniendo por estiércol todo lo terreno, y ardía en 



284 Misiones del Marañón Español 

caridad abrasado de la g-loria de Dios y del celo de las almas, por las 
cuales se expuso á tantos peligros hasta dar la vida por ellos. Concluyo, 
finalmente, con las últimas palabras de la relación que hace de este in- 
signe varón el provincial del Nuevo Reino. «Vivió siempre entre los nues- 
tros con fama de varón perfecto y justo: y entre los seculares con acla- 
maciones de santo, y en su muerte con piadosa veneración de mártir. Por 
tal fué tenido en Borja, en Quito y en Lima, desde donde su virrey el 
conde de Lemos, en carta escrita al gobernador de Borja á 24 de Octubre 
de 1670, así se congratula con él sobre la muerte del P. Figueroa: « Cuyo 
«suceso debemos envidiar, pues nosdeja tales prendas de haber alcanzado 
»la palma del martirio. » 



CAPITULO XI 

CASTIGO QUE SE HACE EN LOS APÓSTATAS; Y EXTENSIÓN DEl' EVANGELIO 
POR OTRAS NACIONES HACIA EL RÍO ÑAPO. 

El gobernador de la ciudad de Borja D. Mauricio de Vaca, luego que 
supo el atentado de los Cocamas traidores contra el P. Figueroa y contra 
los Xeveros de la Concepción, sintió altamente como tan celoso del bien 
de la religión y de su sólido establecimiento en aquellas partes, la into* 
lerable desvergüenza y criminal orgullo de aquellos rebeldes. Envió al 
punto desde la ciudad de Loja, donde se hallaba, órdenes muy apretadas 
á su teniente en Borja con todos los pertrechos necesarios para que sin 
dilación alguna saliese en busca de los agresores, sin perdonar á traba- 
jos de trasegar ríos y penetrar montañas hasta dar con ellos. Mandó 
también que, cogidos los rebeldes, como esperaba, se procediese al cas- 
tigo pronto y ejemplar no disimulando en manera alguna con las cabe- 
zas ó principales; pero convidando con el perdón á los demás que arre 
pentidos de su temeridad volviesen de su voluntad á los pueblos. Previ- 
no el teniente con toda celeridad una armada de bastantes canoas con 
algún número de soldados españoles y con muchos indios valientes de 
Guallaga y de la Concepción. Llevó consigo por capellán de la armada 
al P. Lorenzo Lucero, misionero á la verdad nuevo ó recientemente lle- 
gado, pero de gran prudencia, corazón y celo, en cuyos hombros se ha- 
bía de sustentar, como veremos adelante, todo el peso de las misiones 
del Marañón. 

Navegó la armada por el Marañón, Guallaga y Apena registrando 
con mucho cuidado todas las ensenadas, lagunas, torrentes, escondrijos 
en que solían retirarse y esconderse los alzados ; y como los Xeveros y 
Guallagas fieles eran tan prácticos de aquellos bosques, riachuelos y 
quebradas, dieron finalmente con la guarida principal de los apóstatas. 
Prendieron sin mucha dificultad á muchos de ellos y los trajeron bien 
asegurados á la ciudad de Borja, habiendo recogido y guardado con di- 



Libro V. --Capítulo XI 235 

ligencia la cabeza del P. Francisco de Figueroa que aquellos impíos la 
conservaban todavía para trofeo de su valor en las funciones bárbaras. 
Hecha en la capital una breve información y prueba de los gravísimos 
delitos y atroces crueldades que habían ejecutado en todo el tiempo de 
su levantamiento, ajustició él teniente las cabezas y perdonó á los demás 
que mostraban algún arrepentimiento. Acabado el suplicio que se hizo 
con el mayor rigor y aparato exterior que fué posible , para causar un 
verdadero escarmiento á los indios, se publicó la guerra contra los que 
perseverasen obstinadamente en su rebeldía, que no fueron muchos, y se 
ofreció perdón general á los que la dejasen reconocidos y volviesen arre- 
pentidos á las reducciones. Consiguióse de esta manera (sin duda por los 
méritos de la sangre del misionero y sus neófitos, derramada en tan glo- 
riosa muerte), que se sosegase la tempestad que había durado tanto tiem- 
po. Volvieron á los pueblos las reliquias que habían quedado de Coca- 
mas y Ucayales, y si dejaron de volver algunos, no pensaron ya en mo- 
lestar á los reducidos y siguió en paz y sin inquietud el adelantamiento 
de las misiones. 

En este mismo tiempo en que irritado el infierno tiró á destruir por 
medio de unos traidores apóstatas las reducciones puestas en las cerca- 
nías del Marañón, quiso el Señor que se comenzase á establecer la fe por 
la banda del río Ñapo, adonde no habían llegado los disturbios de Gua- 
llaga, y por cien indios que apostataron en las rebeliones, se ganaron 
dos mil en el río Curaray y sus vecindades. Fueron éstos, los Oas y Abi- 
giras, años antes descubiertos por el P. Raimundo de Santa Cruz en el 
río Curaray y en otro río menos principal que desemboca en el Ñapo. El 
P. Lucas de la Cueva, siempre atento desde Archidona á la pacificación 
y población de estos gentiles, no omitía diligencia alguna para disponer- 
los y ganarlos por medio de sus indios, los cuales tenían ocasión de tratar 
con los gentiles del Curaray. Salían éstos frecuentemente á pescar en el 
Ñapo y á recoger en sus playas huevos de charapas, y se encontraban á 
veces con las canoas de los cristianos del Ñapo. Bien informados éstos 
del P. Lucas, hacían con ellos las partes de predicadores, dándoles noti- 
cias de que vivían en poblaciones bajo la dirección de padres y misione- 
ros que les querían y cuidaban mucho, que regalaban á sus hijos, que les 
enseñaban á conocer á Dios y á vivir cristianamente, administrándoles 
el Santo Bautismo, sin el cual hubieran sido infelices eternamente, como 
lo serán para siempre ardiendo en el fuego del infierno todos los que no 
recibieren el agua saludable de este sacramento. Que la ley de Dios que 
les predicaban los padres les prohibía el hacer mal á ninguno, debiendo 
estar cada uno contento con lo suyo, y que observándola vivían en paz, 
quietud y sosiego, sin matar á ninguno, sin robar lo ajeno, alegres y con- 
tentos de haber dejado las continuas guerras, odios y rencores en que 
habían vivido antes de ser informados de la ley santa de Dios. 

Fueron haciendo buen efecto en los Oas y Abigiras los sermones de 
los indios del Ñapo, y no dejaban de concurrir para el mismo fin los in- 



236 Misiones del. Mauaxón Español 

dios del Marañón que á las veces tropezaban con los mismos gentiles. 
Informado el P. Lucas de la Cueva de la disposición en que se hallaban, 
juzgó que ya era tiempo de tratar de la reducción á que le convidaba 
también una ocasión favorable. Hablan venido en el año de 1664 tres mi- 
sioneros de Quito á la ciudad de Archidona, y tenido su noviciado con el 
P. Lucas, que, como maestro de todos, les enseñaba el modo de tratar 
con los indios y de ejercitar con fruto y estimación de los mismos los mi- 
nisterios apostólicos. Cuando los vio adelantados y prácticos en la lengua 
del inga, se determinó enviar á dos de ellos (quedándose con uno que le 
ayudase en su empleo) á las tierras de los Gas y Abigiras. Eran éstos los 
PP. Esteban Caicedo y Francisco Guels. El primero, sobrino del P. Diego 
Caicedo, varón apostólico, luz, gloria y ornamento de la ciudad de Quito, 
de cuyas virtudes y heroicos ejemplos, aunque hay mucho escrito, se 
pudiera, sin exageración ninguna, añadir mucho más. Y ya que el siervo 
de Dios no logró misionar á los gentiles por quienes tanto suspiró, nos 
dejó en su sobrino quien llenase el empleo que no le permitieron á él como 
más útil y necesario en las ciudades. Había venido el segundo de la provin- 
cia de Aragón y trocado las cátedras á que le destinaban como á persona 
de grandes prendas y de mucha literatura, por las misiones más apartadas 
del comercio de racionales. T¿iles resoluciones inspira el celo de las almas 
en los corazones generosos, que no reparan en distancias y mueren vo- 
luntariamente á sí mismos en razón de ganar á Jesucristo las almas re- 
dimidas con su preciosa sangre. 

Bajó el P. Esteban por el río Ñapo, y entrando después por el Cura- 
ray, navegó como cinco días hasta encontrar con la nación de los Abigi- 
ras. Hablóles con mucho cariño y dulzura, ofreciéndose á servirles y que- 
darse con ellos en persona, si se resolvían á formar pueblo, en cuya for- 
mación les ayudaría y les enseñaría el camino del cielo, para el cual les 
había criado el Señor de cielos y tierra. Como estaban ya prevenidos y 
sabían bien las ventajas de los cristianos, en poco tiempo se resolvieron 
á juntarse en un sitio y se fué formando una reducción con los trabajos 
ya sabidos de desmontes para el pueblo y sementeras, y con las faenas 
comunes de edificar casas en proporción para las familias. Todo lo ideó 
el P. Caicedo, el cual se esmeró en hacer una buena iglesia, que no era 
inferior, aun desde sus principios, á las de los pueblos antiguos ; porque 
procuró alhajarla con parte de la legítima que había reservado en su 
renuncia para este mismo efecto, aun antes de ser misionero, esperando 
ser admitido algún día á tan soberano ministerio. 

El P. Francisco Guels tomó desde el Ñapo otro río que se encuentra 
antes de la boca del Curaray, y siguiéndole vino á parar á los gentiles 
Gas. Con su maña, caridad y celo los redujo á que viviesen juntos, y que- 
dándose con ellos como misionero propio logró levantar una iglesia razo- 
nable y adornarla decentemente, porque la grandeza de la casa de Dios, 
su aseo y compostura sirve mucho entre los indios para que formen algún 
concepto de la majestad y grandeza de Dios y del respeto y obediencia 



Libro V.— Capítulo XII '237 

que se le debe. No sólo bautizó los párvulos que le ofrecieron sus padres, 
con cuyos bautismos suelen tomar los misioneros posesión de las nuevas 
tierras para Jesucristo, pero aun muchos de los adultos que aprendieron, 
desde luego, las cosas necesarias para el bautismo recibieron con mucha 
voluntad este santo sacramento. Sucedió la reducción de los Abigiras y 
Oas en el ano 1665, y como tuvieron desde sus principios misioneros pro- 
pios que les cuidasen, iban adelantando en la vida política y cristiana, y 
se esperaba por la parte del Ñapo una cristiandad floreciente y exten- 
dida por ser muchas las naciones de gentiles que vivían á una y otra 
banda de aquel grande río. 



CAPITULO XII 

MUEirrK DEL PADRE PEDKO SUÁKKZ, ALANCEADO DE LOS INDIOS 

Mucho era el gusto y consuelo del P. Lucas de la Cueva al ver ya re- 
ducidos á población á los Oas y Abigiras, y al entender las buenas espe- 
ranzas que daban de un establecimiento firme en las tierras que habían 
escogido y de una perseverancia inalterable en la religión católica. Para 
cooperar de su parte á la perfección de la obra, enviaba cuantos socorros 
podía recoger en Archidona para bien de esta misión. Escribía, dirigía y 
animaba á sus misioneros y andaba en continuos viajes adonde podía 
contribuir su presencia y servir de algo su consejo y experiencia. No con- 
tento con las vivas diligencias que hacía desde Archidona y con las na- 
vegaciones que hacía por el Ñapo, determinó pasar en persona á la ciu- 
dad de Quito en pretensión de nuevos socorros y operarios. Era mucha la 
mies que se presentaba, y fuera de los Abigiras y Oas que eran muchos y 
no estaban todos reducidos, le tenían en mucho cuidado los indios Gayes, 
tanto tiempo había descubiertos, cuya reducción no se había emprendido 
por la falta de misioneros, habiendo muerto casi en la flor de su edad 
tantos y tan insignes operarios, como hemos referido en los capítulos an- 
tecedentes. 

Estas consideraciones llevaron al P. Lucas á la ciudad de Quito, en 
donde dando cuenta á los superiores de his redacciones nuevamente esta 
blecidas y de las que se esperaban hacer, pedía nuevos operarios para la 
viña del Señor. Estaba tan escaso de sujetos el colegio de Quito, que aun 
para los ministerios de la ciudad y su contorno se hallaba muy alcanzado. 
Porque los que entraban en Indias no bastaban para los ministerios re- 
gulares de predicar, confesar y enseñar á la juventud, y de la Europa no 
habían venido jesuítas en varios años. Pero la divina Providencia, que 
velaba sobre las misiones del Marañón, no faltó en esta ocasión, como 
proveyó en otras m¿is apremiantes. Puso el Señor en el corazón del pro- 
vincial del Nuevo Reino el pensamiento de que enviase desde Santa Fe 
seis estudiantes de los nuestros á cursar en el colegio de Quito en donde 



238 Misiones del Mar anón Español 

el corto número de escolares acreditaba poco la celebridad y concurso 
de sus escuelas. El viaje fué largo como de trescientas leguas, y no pa- 
recía en lo humano la mayor prudencia enviar expuestos á tantas fati- 
gas y trabajos de un penoso camino á unos jóvenes que podían estudiar 
igualmente y proporcionarse para los ministerios en el colegio de Santa 
Fe. Pero el suceso mostró bien que la determinación venía del cielo. Por- 
que si bien hasta entonces ninguno de los padres de Santa Fe había pa- 
sado á las misiones de Mainas, cuyo peso había cargado siempre sobre el 
colegio de Quito, mas ahora de los seis jóvenes del colegio de Santa Fe, 
acabados sus estudios, dos de ellos, y esos excelentes pidieron con ansia 
el entrar en las misiones del Marañón. 

Uno de éstos fué el P. Pedro Suárez, que ordenado de sacerdote y ha- 
biendo comenzado á ensayarse en las misiones de la provincia con mu- 
cho fruto y celo ardiente del bien de las almas, no pudo ya, viendo al 
P. Lucas de la Cueva, contener en su pecho las llamas en que ardía de la 
conversión de los indios. Pidió en un escrito humilde, expresivo y eficaz 
que presentó al superior, ser señalado para la misión del Marañón. Decía 
en suma: «que nunca se habían entibiado en su pecho los deseos que siem- 
pre había tenido de consagrarse á la reducción de los indios; y que ha- 
biendo celebrado un novenario de Misas para entender la voluntad de • 
Dios, se veía inspirado á proponer sus deseos; que le pedía por la Sangre 
de Jesucristo que le señalase desde luego para tan santo ministerio.» 
Concluía su petición con estas palabras: «Y cuanto más breve V. R. me 
hiciere la merced, tanto más se lo pagará nuestro Señor y se lo serviré.» 
Y pareciéndole que la tinta muerta no declaraba bien lo vivo y ardiente 
de sus deseos, lo firmaba con la sangre misma de sus venas. 

El superior, leída una escritura tan tierna y tan cordial, se vio como 
precisado á condescender con sus ansias; y destinándole para las misio- 
nes de los Mainas, se lo entregó al P. Cuevas para que lo llevase consigo. 
Rebosaba contento el P. Pedro viéndose ya señalado al ministerio de 
evangelizar á los gentiles, y repartiendo con sus condiscípulos los pape- 
les y cartapacios que tenía, «No necesito más, hermanos míos (les decía), 
que el arte de amar á Dios y de aprender lenguas.» Añadía con sencillez 
y candor que esperaba morir mártir, conforme á lo que al entrar en la 
Compañía le había dado á entender el V. P. Francisco Varáis, sujeto de 
gran santidad y muy ilustrado del cielo. Despedido con ternura de todos, 
y pidiendo que le encomendasen mucho á Dios, salió con su jefe, el 
P. Lucas, más alegre, gustoso y contento que si fuese á ser rey y señor 
de todo el mundo. 

Llegaron en pocos días á la ciudad de Archidona, y mientras el nuevo 
soldado de Cristo se instruía en su milicia al lado del antiguo y veterano, 
llegó un despacho desde los Abigiras con la noticia de hallarse postrado 
en su pueblo y casi consumido de unas cuartanas malignas el P. Esteban 
Caicedo. Ofrecióse luego el P. Pedro á ocupar este puesto, teniendo por 
amenos jardines las malezas de aquellas montañas, y mirando como án- 



Libro V.— Capítulo XII 2a9 

geles de su guarda la compañía de los indios; pero aunque se ofrecía con 
toda voluntad á cuidar de los Abigiras se dejaba en todo en las manos de 
su superior, cuya voluntad miró siempre como la regla segura y cierta 
de su destino. Atendiendo el P. Cuevas al espíritu y fervor del nuevo mi- 
sionero, si bien no había tenido tiempo para formarle á su mano para los 
ministerios con los indios, le señaló para que asistiese interinamente á los 
Oas, de donde había de salir el P. Guels, para traer y acompañar al en- 
fermo desde las tierras de los Abigiras hasta la ciudad de Archidona. Era 
este camino peligroso por las muchas naciones guerreras que se hallaban 
en las orillas del Ñapo, y no era razón traer al P. Caicedo por un rumbo 
tan expuesto sin escolta y sin otro sacerdote que le consolase en el largo 
viaje . 

Embarcóse gustoso el P. Suárez en el puerto de Ñapo, con tres ó cua- 
tro soldados que habían de volver escoltando á los dos misioneros, y llegó 
sin desgracia al pueblo de los Oas. Detúvose aquí mientras el P. Guels 
hacía su comisión de conducir á Archidona al P . Esteban y comenzó con 
grande celo y aplicación á hacer las veces del antiguo misionero. Acari- 
ciaba á los indios, les daba donecillos y se esforzaba á enseñar el cate- 
cismo, no sólo á los niños, pero á los adultos, y más particularmente á los 
que se disponían para el bautismo. Conoció desde luego que no se podían 
hacer grandes progresos en la explicación de la doctrina cristriana por 
medio de intérpretes por buenos que fuesen, y emprendió con tesón el 
hacerse cargo de la lengua de ios indios que había comenzado á estudiar 
en Quito. Adelantó mucho en ella en los pocos días que vivió con los Oas, 
así por la voluntad con que se aplicaba como por su entendimiento des- 
pejado y capaz de salir con todo. No le fué inútil esta noticia por ser la 
lengua de los Oas ó la misma que hablaban los Abigiras, ó por darse mu- 
cho la mano entre sí y haber de pasar el P. Pedro á esta segunda nación 
como propio misionero. 

Con efecto, volviendo el P. Guels desde Archidona, en donde dejaba 
el enfermo, á sus Oas, intimó de parte del superior al P. Suárez que ba- 
jase á cuidar del pueblo de los Abigiras . Recibió este destino el fervoroso 
misionero con mucho gusto y consuelo de su alma, así por mirar en esta 
obediencia la voluntad de Dios, como por entrañarse más en las monta- 
ñas del Marañen. Fuéle convoyando el mismo P. Guels, con los pocos sol- 
dados de su escolta y después de algunos días de navegación por el Ñapo, 
y contra las corrientes del río Curaray, arribaron todos á la reducción de 
los Abigiras, cuyo cacique los recibió con mucho agrado y con grandes 
demostraciones de veneración y respeto. Hizo el P. Guels á los Abigiras 
un breve razonamiento, en que les dijo que les traía por misionero á su 
pueblo al padre; que verían los grandes deseos que tenía de cuidarlos y 
asistirlos en lo espiritual y temporal, que sólo para hacerles bien, y por- 
que fuesen dichosos en esta vida y en la otra había dejado el P, Pedro á 
su tierra, á sus hermanos y cuanto podía desear en este mundo; que no 
dudaba corresponderían ellos á tanto amor y cariño con estimación, do- 



240 Misiones del Marañón Español 

cilidad y respeto. Hecha esta breve plática, se volvió luego el P. Guels á 
sus Oas, prometiendo al P. Suárez venir á visitarle en cuanto pudiese 
después de algunos meses. 

Quedó contentísimo el P. Pedro sólo entre aquellos gentiles con la 
compañía de un mozo español, no para que le favoreciese en los peligros, 
porque no era nada tímido, ni para que le ayudase en las necesidades, 
porque era muy ardiente el deseo de padecer trabajos, sino para que le 
sirviese en la Misa é introdujese también por sí mismo alguna policía 
en la nación. Entabló la doctrina cotidiana de los niños, y procuró 
desde luego, que asistiesen los adultos los días de fiesta y algunos de 
entre semana. Explicábales el catecismo, parte por sí mismo, parte 
por medio de intérpretes, sin perdonar á trabajo, por enterarse bien de 
la lengua. A todos hablaba con dulzura y cariño, repartiendo de los 
donecillos y alhajuelas que traía. Llegó á ser tan manirroto con aquellos 
pobres indios que les llegó á dar cuanto tenía, y aun se quitó la camisa 
misma para vestir á un miserable desnudo. Con estos oficios de caridad 
se ganaba los corazones de los Abigiras, que le amaban comúnmente 
como si fuera padre de todos. 

De esta manera pasó algunos meses el nuevo misionero, al cabo de 
los cuales se vio en grandes necesidades ocasionadas de su misma mise- 
ricordia y compasión. Porque como todo lo daba, no quedó con cosa nin- 
guna para remediarse á sí mismo. No sólo le faltaba el vestuario, pero 
aun el vino y la harina para las hostias, y esta falta de materia para 
ofrecer el santo sacrificio de la Misa le pasaba el corazón, porque no le 
parecía poder vivir sin este celestial alimento. Entre tanto no se dejaba 
ver el P. Guels á quien esperaba con ansia, así por reconciliarse, como 
principalmente para tener ocasión de poder celebrar la santa Misa. En- 
vió un despacho á Archidon.a, pidiendo vino y hostias y algunas de las 
cosas más necesarias; pero extraviado el despacho, ni se dejó ver en 
aquella ciudad ni volvió al pueblo de los Abigiras. No había otro reme- 
dio para el P. Pedro que paciencia, encomendar á Dios su necesidad, 
proseguir con la tarea de sus doctrinas, disimular su dolor, y vivir en la 
falta de todas las cosas expuesto á mayores peligros y trabajos. Porque 
los indios, en echando de menos los regalos y donecillos con que los gra- 
tifican los padres, muestran comúnmente su genio interesado y traidor y 
descubren á las veces la hilaza que está encubierta con la lana de los 
abalorios y dijes que se les pega. 

Había pasado casi un año que el P. Suárez había entrado en los Abi- 
giras sin que hubiese habido noticia alguna del nuevo misionero ni en 
Archidona ni en los otros pueblos de la misión, porque el correo enviado 
del padre se había perdido, y el P. Francisco Guels no había podido vi- 
sitarle por ser muy necesario en su pueblo y por no tener escolta para 
tan peligroso viaje. En este tiempo se extendió la voz del alzamiento de 
los Abigiras, y como iba tomando cuerpo, puso en cuidado á los misione- 
ros, que no habían tenido noticia en un año del P. Suárez. 



Libro V.— Capítulo XII 241 

EIP. Francisco Guels, que aunque bien distante estaba el más cerca- 
no á los Abigiras, salió apresurado de su pueblo con algunos socorros el 
día 4 de Agosto de 1667. La navegación fué larga y trabajosa, y se la 
hizo más pesada por la incertidumbre del P. Pedro. Llegó, finalmente, 
al término deseado el día 6 de Setiembre, y en vez de hallar un pueblo 
bien formado con su iglesia ricamente aderezada, las casas bien habita- 
das, bien cultivados los campos y aumentado el número de las familias 
que había observado el año antecedente, no encontró sino un bosque 
lleno de malezas, sin sendas ni caminos por alguna parte, arruinadas 
las casas, quemada la iglesia y reducida á un montón de cenizas que no 
mostraba otra cosa que incendio, ruina y estragos. Quedó atónito con 
este espectáculo que veía, y fué grande su dolor y quebranto haciendo 
comparación de aquella soledad y tristeza con la frecuencia de indios y 
con el contento y alegría de habitadores que había visto poco antes 
en el mismo sitio. Miraba hacia todas partes y no encontraba un alma 
que le diese razón de lo sucedido, porque los Abigiras, temerosos del cas- 
tigo por su atentado, se habían retirado de aquellas tierras Comenzó á 
buscar entre las cenizas alguna seña del P. Pedro, y registrándolo todo 
por aquí, por allá y por la otra parte, encontró el cuello de la sotana, un 
libro que casi no lo parecía y otros -trastillos ya medio podridos, dos dar- 
dos quebrados y una de las tres campanas que había en el pueblo, tan 
abollada de los golpes de piedras, que daba bien á entender haber des- 
cargado los indios su ira, furor y rabia contra ella porque les llamaba á 
la doctrina. 

Prosiguió el P. Guels desenvolviendo y trasegando los despojos de la 
desgraciada lid y tragedia sangrienta; levantaba maderos quemados en 
la ruina y halló en el sitio donde estaba antes levantada la casa del mi- 
sionero la caja de los ornamentos sagrados de la Misa hecha un carbón, 
y que sólo había escapado del incendio el ara y parte de dos candeleri- 
llos que servían en el altar. Todo lo demás había perecido en las llamas. 
Recogió de presto estas reliquias, y haciendo cuanto pudo por informar- 
se en particular de lo sucedido, no encontró persona alguna que le diese 
noticia distinta del padre ni de los Abigiras. Embarcóse luego sin dete- 
nerse por temor de los alzados, y preguntando por el camino á cuantos 
encontraba sobre el estrago y desgraciada ruina del pueblo de los Abi- 
giras, sólo vino á sacar en limpio de lo que corría en aquellas cercanías 
que rebelados los indios contra su misionero, le habían quitado la vidí^ 
por la cuaresma y en el mes de Marzo de aquel año. Volvió el P. Fran- 
cisco Guels con los pocos despojos que había encontrado, hizo sabedor al: 
superior de lo que había entendido en el camino, y nadie dudó desde enton- 
ces de la muerte gloriosa del P. Pedro Suárez, si bien estaban todos im- 
pacientes de saber las circunstancias de ella, creyendo que corresponde- 
rían sin duda á la expectación que prometían los pasos de su fervorosa 
vida. 

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242 Misiones del Marañón Español 



CAPITULO XIII 

AVERIGUASE EL MODO DE LA MUERTE DEL P. SUÁREZ. —CASTIGO QUE 
SE HACE EN LOS AGRESORES CON ESPECIALES PROVIDENCIAS DE DIOS 

Era grande el atentado de los Abigiras para dejac-sin castigo tan 
enorme delito. La muerte violenta que se suponía haber dado á un misio- 
nero celoso de veintiséis anos, y que era la esperanza de las misiones, el 
alzamiento de la nación ya reducida, la quema de la iglesia, casas y 
pueblo, y la tala de las sementeras y campo, todo clamaba por un 
ejemplar castigo, con que se podrían atajar las funestas consecuencias 
de un alzamiento más general. Fuera de esto, estaban todos deseosos de 
saber, en particular, la manera de muerte del P. Pedro, la ocasión de 
ella, los principales agresores y las virtudes y ejemplos que daría en ella 
un joven inocente y fervoroso, y que ardía en deseos de la corona del 
martirio. Desde la misma ciudad de Quito, que lloró mucho 1^ muerte del 
P. Pedro, se dio orden al superior del Marañón que dispusiese una arma- 
dilla para averiguar distintamente el trcígico suceso, y para refrenar 
aquella nación, de quien se temían graves daños en las demás, si se de- 
jaba correr impunemente la insolencia. Aunque esta orden se dio desde 
luego, no se pudo ejecutar hasta después de varios años. Y acaso lo dis- 
puso así la Providencia, porque el tiempo en que se dispuso la armada y 
se consiguieron las noticias que se deseaban saber, era el más conve- 
niente para los buenos efectos que se siguieron. 

Siendo superior de las misiones el P. Lorenzo Lucero, y gobernador 
de Mainas D. Jerónimo Vaca de Vega, nieto de su conquistador, tuvo 
finalmente efecto el salir con la prevención competente al castigo de los 
retirados delincuentes, y á la averiguación de la muerte que habían dado 
.sacrilegos á su misionero. Salió un capitán con nuev.e soldados espa- 
ñoles y ciento setenta indios de los más fieles y probados, llevando por 
capellán al mismo P. Lucero, de quien, como testigo de vista y muy abo- 
nado, tomamos la relación de este suceso. Antes de entrar la armada, 
compuesta de varias canoas, en el río Curaray, en donde había pasado 
la tragedia, se determinó el capitán á coger primero algunos indios Su- 
cumbios, por haberse extendido la fama de haber muerto los de esta na- 
ción al P. Pedro Suárez y al cacique de los Abigiras, de haber cautivado 
muchos de éstos y vendídolos en la provincia de los Quijos. Pero por más 
diligencia que hizo el capitán, corriendo todas las islas del río Ñapo, en 
donde se creían hallarse los Sucurabios, no pudo dar con ellos, ni descu- 
brir uno siquiera de esta nación , cosa que se tuvo por bien irregular y 
extraordinaria no parecer entonces en aquellos ríos los Sucumbios, busca- 
dos con tanta diligencia, cuando antes cruzaban continuamente aquellas 
aguas. Como estaban en realidad inocentes, parece que el Señor quería 



Libro V.— Capítulo XIII ' 243 

guardarlos de las opresiones que se podían temer en aquellas circunstan- 
cias, y acaso la sangre derramada del mártir abogó por ellos, para que 
con su ocasión no padeciesen injustamente aquellos pobres indios. 

Perdida toda esperanza de hallar á los Sucumbios, entró el capitán 
por el río Curaray, pero sin lengua ni intérprete, por haber también 
huido los que entendían la lengua. Logró, sin dificultad, el apaciguar al- 
gunas rancherías de Abigiras que no estaban lejos del pueblo en donde 
había sucedido la desgracia; y á las señales de paz que daban los espa- 
ñoles, y á que correspondían los Abigiras, añadían los principales estas 
palabras: Xevero patire Quiriquare, y al decirlas, señalaban con el dedo el 
río arriba y se mordían las manos. Conocieron los españoles que daban 
á entender los Abigiras con aquellas señas, cómo estaba más arriba el 
principal cacique Quiriquare, y que este malvado se había comido al 
P. Pedro Suárez. Prosiguieron adelante, y dieron con una ranchería más 
considerable que juzgaron podría ser el sitio en que habitaba el cacique. 
No se resistieron los indios, antes recibieron de paz, acaso por temer la 
superioridad de las armas, al capitán y soldados. No encontraron, como 
pensaban, al cacique, que ya era muerto, pero tomando lengua, ó por 
mejor decir, adivinando de las señas que daban en la ranchería, pren- 
dieron algunos indios que se habían escapado al monte. Entre otros, co- 
gieron á uno, llamado Lucas LluUa, grande embustero, y que se expli- 
caba muy bien, como ladino, y criado en otro tiempo al lado del P. Cue- 
vas. Puesto Lucas Llulla en presencia del capitán, y preguntado sobre 
el atentado de los Abigiras, respondió con gran despejo, y con un aire de 
sinceridad, en esta substancia: 

«Puesto que me preguntas sobre la manera de muerte del misionero 
de los Abigiras, en donde ni me hallé ni pude intervenir por estar muy 
distante del sitio en donde se ejecutó, diré lo que he podido averiguar sin 
disimular la causa de mi venida. Yo bajé á esta mi tierra huyendo del 
P. Lucas de la Cueva con otros dos compañeros, Marcos Puma y Lucas 
Barbudo; aunque no dejaba de moverme á esta retirada el saber con fun- 
damento si había muerto el P. Pedro Suárez. He averiguado y puedo 
asegurar con toda certidumbre que los indios Zaparas han sido los agre- 
sores, que entrando de repente en el pueblo desprevenido, robaron y que- 
maron la iglesia, mataron muchos Abigiras, se llevaron la cabeza del pa- 
dre, quitaron el ornamento, y cargaron con la campana de la iglesia sin 
que en este primer ímpetu ni arrebato pudieran algunos resistirles, Pero 
recobrado poco después el cacique Quiriquare, juntó su gente y marchó 
contra ellos á vengar la muerte de su misionero. Cerró con los Zaparas 
con tanta furia y denuedo, que mató á unos y á los demás los puso en 
huida Mientras el cacique cortaba según el estilo las cabezas de los ene- 
migos muertos, rehaciéndose los huidos cargaron contra Quiriquare á 
quien quitaron la vida con alguno de los suyos, y los restantes, viendo 
muerto á su capitán, escaparon como pudieron de las manos de los Za- 
paras.» 



244 Misiones del Marañón Español 

Hizo esta relación el embustero Llulla con tanta serenidad y concierto 
y con un aire de candor y sinceridad tan vivo y natural, que clavándose 
el capitán y los españoles, no dudaron ser cierto cuanto deponía Lucas, 
á quien pusieron luego en libertad con otros compañeros presos, y aun 
pensaron haberle hecho injuria en sólo prenderle, y procuraron reparar 
esta quiebra haciéndole mil caricias y mostrándose muy obligados á las 
noticias que les había dado. Son los indios comúnmente diestros en el arte 
de disimular, de fingir y de adornar sus invenciones, especialmente si han 
tratado por algún tiempo con los españoles, cuyos meneos, gestos y ade- 
manes remedan perfectamente dando á sus cuentos cierto barniz de gra- 
cia y sinceridad con que se concilian el crédito de los oyentes. Quiso el 
capitán aprovecharse de las luces que había adquirido en esta primera 
prisión y determinó pasar al castigo de los Zaparas, que juzgaba ser los 
culpados en la traición. Por tres veces emprendió la derrota hacia el río 
Pastaza, en cuyas orillas vivían los Zaparas, y todas tres veces enfer- 
maban notablemente los soldados, y mejoraban de salud desistiendo de 
la empresa. No sabía el capitán á qué atribuir cosa tan extraordinaria. 
Finalmente se le ofreció que no carecía de misterio el embarazo repen- 
tino que Dios le ponía y tomó el mejor consejo que se le podía dar, de recu- 
rrir á su Majestad y pedirle con humildad acierto en aquel negocio . He- 
cha esta oración, una noche se halló movido por la mañana á prender á 
los indios Abigiras compañeros de Quiriquare. Ejecutólo sin dilación, y 
fué del cielo la determinación; porque luego que Llulla los vio presos, se 
presentó al capitán diciendo que la relación que había hecho en el primer 
examen era falsa, por haber sido prevenido de los Abigiras cuando ha- 
bía llegado á sus tierras para vivir con ellos. Pero que si le prometía su 
merced llevarle consigo, y no dejarle en aquellos países, le descubriría 
en un todo y por todo la verdad. Vino en ello el capitán, y le refirió lo si- 
guiente: 

El cacique Quiriquare vivía como bárbaro, casado con doce mujeres, 
y á su ejemplo los demás Abigiras con cuatro ó cinco, sin que apenas se 
hallase alguno que se contentase con una sola. Este abuso escandaloso 
era el principal embarazo para que el P. Suárez doctrinase y educase la 
gente del pueblo conforme á la ley de Dios, de manera que habiendo de 
bautizar los niños y adultos catequizados, se recelaba y con razón, de 
que estos con el tiempo caerían con el mal ejemplo de los demás en la 
misma costumbre. Aunque veía el padre la grande dificultad que había 
en quitar tan escandaloso abuso, llevado de su santo celo, se resolvió á 
arrancar de raíz, en cuanto pudiese, impedimento tan nocivo. Comenzó á 
predicar con gran fervor y espíritu contra la bárbara costumbre, pon- 
derábales con viveza su fealdad y decíales con energía y palabras gra- 
ves que por este camino se iban irremediablemente con sus antepasados 
al infierno porque vivían como ellos, en medio de tener el conocimiento 
á que no habían arribado aquellos miserables; y que por lo mismo era 
mayor su culpa que la de sus mismos mayores. Que abriesen los ojos con 



Libro V.— Capítulo XIII 245 

tiempo, porque la ira de Dios, si se hacían sordos á sus palabras, iba á 
descargar sobre ellos. 

Los sermones eran continuos y dichos con grande eficacia. Pero el ca- 
cique Quiriquare, grande hechicero, bien hallado con su costumbre bes- 
tial, llevaba muy á mal tan sanas amonestaciones, y poseído de un furor 
diabólico, se resolvió á quitar la vida del cuerpo á quien deseaba tan de 
veras darle la del alma. Juntó seis indios semejantes á sí mismo en lo 
brutal de sus apetitos y armados todos de lanzas y de dardos se fueron 
ciegos á la casa del padre, y acometiéndole de repente le atravesó el 
€uerpo Quiriquare con un golpe de lanza. Cayó el bendito padre en el 
suelo con la violencia del golpe, pero hincándose después de rodillas, 
puestas las manos -en el pecho y levantados los ojos al cielo invocó tier- 
namente cá Dios diciendo: «Dios mío, Dios mío», palabras que repetía mien- 
tras tuvo fuerzas para pronunciarlas. Puesto así de rodillas y fijos los 
ojos en el cielo, recibió con increíble constancia y sin retirar el cuerpo los 
fieros golpes de las otras seis lanzas, que le atravesaron como el prime- 
ro , siendo el último el más cruel y rabioso, porque le metió la lanza por 
la boca para quitarle de ella las dulces palabras: «Dios mío, Dios mío», 
que repetía. Perseveró diciéndolas aunque con voz quebrada, y vivió al- 
:gún tiempo después de tan mortales heridas, hasta que al fin, puesto en 
manos de Dios el espíritu, cayó el cuerpo en tierra bañado en el raudal 
de su sangre, que como la de su Maestro y Redentor Jesucristo pediría 
misericordia para los que tan cruelmente la vertían. Trataron los bár- 
baros de cortarle la cabeza para festejar sus borracheras, bebiendo en 
señal de triunfo en la calavera del muerto; más sucedió un prodigio que 
puso en confusión á los mismos agresores. Todos siete probaron los filos 
de sus cuchillos en la garganta del misionero, pero el cuello parecía de 
acero y las cuchillas de cera; repetía golpes la fiereza de aquellos brutos, 
pero no consiguieron dividir la cabeza de los hombros. Suceso tan raro 
que á los mismos homicidas causó admiración, y así decían atónitos; éste 
no es hombre como los demás, sino de otra naturaleza superior á la de 
los hombres. Lo cual se hizo más de notar y admirar cuando cortaron 
fácilmente la cabeza del intérprete que habían muerto también al lado 
del padre, y conocieron claramente no estar el defecto en las cuchillas, 
que tuvieron filo para cortar la cabeza del intérprete y no la del padre 
Suárez. 

Dejaron los homicidas crueles el sagrado cuerpo, espantados de aquel 
singular prodigio, y los muchachos que asistían al padre, le dieron se- 
pultura. Aunque no falta quien diga que los mismos bárbaros, viendo 
que no moría tan presto, lo enterraron estando aún vivo, que todo se 
puede creer de su inhumanidad y fiereza. Luego que los sacrilegos aca- 
baron con el misionero, robaron las pobres alhajas de su casa y quitaron 
las campanas de la iglesia con los ornamentos de la Misa, sirviéndose de 
todo en la celebridad de sus fiestas . Pero les costó bien cara la profana- 
ción, porque no tardó el cielo en castigar sus enormes sacrilegios. Los, 



246 Misiones del Marañón Español 

que tocaban las campanas ó profanaban los vasos sagrados, morían de 
cursos de sangre; y así, juzgando que de aquellas alhajas se les pegaba 
la peste, las arrojaron todas al río, sin reservar cosa alguna de cuantas, 
habían servido á la iglesia ó al P. Suárez. 

El mozo español, añadió Lucas Llulla, enviado del P. Pedro en busca 
de vino, hostias y harina para el servicio de la Misa, murió ahogado por 
haberse trastornado la canoa, como es fácil con las corrientes de los ríos. 
Bien que otros me dijeron, lo que no tengo por increíble, que le dio la. 
muerte un indio que iba en su compañía, llamado Alonso Xevero; y que 
volviendo éste al pueblo, le había reprendido fuertemente el misionera 
por su alevosía y crueldad. De lo cual se había valido Quiriquare para 
exhortar á Xevero que se retirase del pueblo estando el padre tan eno- 
jado con él; pero que la intención del cacique era muy diferente, porque 
miraba con ojos lascivos á la mujer del indio, que quería para sí, como 
lo consiguió finalmente, dando la muerte á Xevero. 

Por lo que á mí toca, concluyó el dicho Lucas, vine de Archidona con 
otros dos compañeros á informarme de la muerte del misionero. Hubiera, 
experimentado la crueldad de Quiriquare como la experimentaron mis. 
compañeros muertos á sus manos, si no hubiera encontrado amparo y so- 
corro en mis parientes. Porque era la intención del cacique no dejar en 
la tierra quien pudiese dar cuenta de sus maldades, como si faltando en 
la tierra quien lo delatase, hubiera de faltar el castigo del cielo á tan 
enormes delitos No tardó el infeliz en experimentarlo; porque viendo yo 
la insolencia de Quiriquare y qué poco segura estaba mi vida con este 
bárbaro, procuré prevenirme, y juntando á mis hermanos, parientes y 
amigos, le quitamos la vida atravesándole á lanzadas, con que pagó el 
perverso con el mismo género de muerte la que dio sacrilegamente á su 
padre misionero. 

Este fin tuvo el malvado cacique de los Abigiras; veamos ahora el que 
tuvieron los demás cómplices de la muerte del P. Suárez. Hizo el capitán, 
después de haber oído largamente á Lucas Llulla, las averiguaciones que 
le parecieron necesarias. Examinó á los mismos Abigiras y cotejó sus 
respuestas con la relación que acababa de oír; y hallando que todas las. 
deposiciones convenían en la substancia, dio sentencia de muerte contra 
los cómplices del homicidio. Hiciéronsela saber á los reos, que todos seis, 
vivían y estaban presos; y viendo los infelices que se iba á ejecutar la. 
sentencia sin remedio, pidieron por dicha suya ser bautizados. Como es- 
taban bastantemente instruidos en los misterios de la fe, tuvo poco que- 
hacer con ellos el P. Lucero, y los bautizó con mucho consuelo de todos,, 
que veían lograda en estos enemigos la eficacia de la sangre derramada, 
del santo mártir. Inmediatamente después de recibido el bautismo, mu- 
rieron los seis ahorcados á vista de siete parcialidades de Abigiras y de 
otras naciones amigas. Sus cuerpos, hechos cuartos, fueron puestos en 
los caminos más públicos, porque su vista sirviese de freno á una gente 
tan bestial que sólo con un ruidoso suplicio llega á entender su barbarie» 



Libro V.— Capítulo XIV 24J 

CAPITULO XIV 

ELOGIO DEL PADRE PEDRO SUÁREZ 

El P. Lorenzo Lucero, hecho bien cargo del modo y circunstancias de 
la muerte del P. Suárez, del castigo ejecutado en los agresores y de su 
buen fin y paradero por haber muerto recientemente bautizados, escribió 
una relación auténtica de todo lo sucedido que pasó á las ciudades de 
Lima y de Quito, en donde fué venerado de todos el P. Pedro, como glo- 
rioso mártir de la fe y castidad. El conde de Castelar y marqués de Ma- 
lagón, virrey del Perú, luego que leyó el informe del P. Lucero, escribió 
de propio puño al gobernador de Borja una carta en que declara bien su 
sentimiento sobre el martirio del P. Suárez, y porque toda ella respira 
piedad y religión como de tal virrey y tal fomentador de las misiones, 
pondremos en este lugar algunos rasgos de ella: 

«En 30 de Enero del año pasado de 1676 (dice el conde de Castelar á 
D. Jerónimo Vaca), me refiere el P. Lorenzo Lucero de la Compañía de 
Jesús, lo mucho que al celo, atención y fineza del señor general D. Jeró- 
nimo Vaca debe la misión, en que con tanto aprovechamiento de las al- 
mas está extendiendo su sagrada religión... y el glorioso esmalte del 
martirio con que rubricó el mérito de sus virtudes el P. Pedro Suárez; no- 
ticias que después de'dejarme con el consuelo y alborozo correspondiente 
al santo fin de dilatar el nombre de nuestro Señor y su santa fe y mi- 
sericordias que usó con este siervo suyo, premiándole con tan esclarecido 
honor, solicitan en mi reconocimiento repetidas gracias á sus divinas dis- 
posiciones, por hallarse ya, con el amparo y protección de este ínclito 
mártir, conseguida la perfección de esta empresa espiritual, pues á sus 
incesables súplicas y ruegos se allanarán los estorbos é imposibles que 
en lo humano se le pudieran oponer, etc. Quedo con toda confianza de 
que se ha de adelantar mucho esta misión corriendo debajo de la protec- 
ción del señor general y que me dará noticia de los demás favorables su- 
cesos y efectos que espero producirán su fomento. » 

No fué menos celebrada la dicha del P. Pedro, especialmente de sus 
hermanos que envidiaban la suerte de aquel á quien tan tiernamente 
amaban y acababan de abrazar á su partida . Estaban en el claustro del 
colegio de Quito retratados los padres Rafael Ferrer y Francisco Figue- 
roa, engolfado aquél en las aguas que lo ahogaron en los Cofanes, y éste 
en la sangre que derramó en las márgenes del río Apena : pareció con- 
veniente añadir el retrato de este tercer hijo de la Compañía, herido y 
despedazado de los Abigiras, y salió tan vivo y natural, que parece ha- 
blar á los que le miran, y mirar propi clámente. á los que le invocan. No 
era razón negar una copia del retrato de su hijo al capitán ;^edro Suárez, 
residente en Cartagena, que se consolaba más con la compañía de su hija 



248 Misiones del Marañón Español 

muerto en tan gloriosa empresa, que se hubiera consolado con él vivo y 
sig-uiendo la carrera de las armas, á que pudiera haber aspirado su no- 
bleza conocida y su espíritu intrépido y valeroso. Pasaron hasta Roma 
los ecos de la muerte gloriosa de nuestro misionero, pues el muy reve- 
rendo P. General, Juan Pablo de Oliva, procuró recoger el escrito en que 
pedía el P. Suárez las misiones, firmado, como dijimos, con su sangre, y 
viéndola tan roja y fresca después de catorce años, la besó tiernamente 
y mandó que se guardase con la relación de su muerte y circunstancias 
en el archivo de la casa del Jesús en Roma. 

Parece que el Señor previno á este siervo suyo desde niño y le dispuso 
para que muriese en defensa de la castidad. Nacido en Cartagena, de pa- 
dres nobles, entró de pocos años en el colegio de San Bartolomé de Santa 
Fe, donde vivía con singular inocencia y aplicación á las letras. Acabada 
la filosofía, y encomendando á Dios la elección de su estado, se sintió ins- 
pirado á entrar en la Compañía, que logró el año de 1657. Comenzó y 
prosiguió con tales fervores en el noviciado de Tunja, que era el ejemplo 
á todos los novicios, observanfcísimo de las reglas y menudencias más fre- 
cuentes, muy dado á la oración, recogimiento y mortificación, amante de 
la pobreza seguida de la humildad, pero sobre todo, purísimo en el alma 
y cuerpo, esmerándose en elogios de la castidad, para cuya guarda se 
valía de ayunos y penitencias, de un recato singular en los ojos y de mu-, 
cha circunspección en la lengua. 

Hechos los votos del bienio con grande consuelo de su alma, fué en- 
viado á Santa Fe para oír allí la teología. Pero como la Providencia le 
tenía destinado para las misiones del Curaray, dispuso de un modo sin- 
gular, como dijimos, que pasara de Santa Fe á Quito, para aprender en 
esta ciudad más cercana á su destino aquella sagrada ciencia. El P. Ma- 
nuel Rodríguez, que hizo con él parte de este largo y penoso viaje, dice 
en el libro V de su Historia, que observó en el camino unos rasgos de vir- 
tud en el hermano Pedro, que le admiraban, y celebra en particular la 
caridad con que se encargó en el viaje del cuidado económico de toda la 
comitiva. Estudió en Quito la teología con edificación y lucimiento, y dio 
fin á ella en un acto mayor á que se destinan los más sobresalientes. 
Después de la tercera probación se aplicó con tanto celo y fruto á los mi 
nisterios de predicar y confesar, que los superiores le enviaron á la mi- 
sión que suele hacerse por cuaresma en la villa de Ibarra. Fué grande 
la conmoción de la villa y sus contornos con los sermones del P. Pedro, 
que tomaba regularmente por tema la fealdad del pecado y declamaba 
más particularmente contra el de la sensualidad. Celaba mucho que los 
indios de la casa en que vivía se recogiesen á tiempo y cerrasen las 
puertas, y él mismo los visitaba varias veces á deshoras con su linterna, 
de manera que le llamaban el defensor de la castidad. Así le dispuso su 
Majestad paj-a que desde aquí pasase á las misiones difíciles del Marañón, 
y recibiese entre estos gentiles la dichosa corona de mártir de la casti- 
dad, que había celado con tanto esmero por todo el tiempo de su vida. 



Libro V.— Capítulo XV 249 



CAPITULO XV 

FUNDACIÓN DE SAN XAVIER DE LOS GAYES Y DEL CÉLEBRE PUEBLO 
DE SANTIAGO DE LA LAGUNA 

Después de las muertes de tantos misioneros como habernos contado 
en este libro, proseguía experimentándose notablemente la falta de ope- 
rarios, y no parece que era tiempo de pensar en nuevas conquistas, espe- 
cialmente que en esta sazón picó también la peste ó epidemia en las mi- 
siones. Y es cosa sabida que en estas ocasiones se dobla el trabajo de los 
padres en asistir á los indios y curarlos, no sólo en el alma, sino también 
en el cuerpo, acudiéndolos como se puede con remedios que inventa la 
caridad en tierras tan miserables y faltas de casi todo lo necesario para 
la vida. Pero la caridad cristiana no se ciñe ni estrecha tan fácilmente; 
dilata su esfera y extiende su celo por todos los espacios donde no en- 
cuentra obstáculos insuperables. Mucho tiempo había que tenían los pa- 
dres noticias de los indios Gayes y que tenían puesta la mira en su reduc- 
ción. El P. Lucas de la Cueva y su coadjutor el P. Sebastián Zedeño, ha- 
bían procurado disponer las cosas de manera que se fuesen aficionando 
á población. Empezaron á sacarles de sus montañas con donecillos y 
agasajos que les enviaban por medio de los indios cristianos, los cuales 
bajaban al puerto de Ñapo á sus granjerias de buscar polvos de oro, de 
hacer pescas y procurar desmontes. En estos viajes concurrían varias 
veces los indios reducidos con los Gayes; y con la comunicación y trato, 
y mucho más con las cosillas que les daban, les iban aficionando á la re- 
ligión y quitando los temores de los españoles. Los mismos padres tuvie- 
ron también ocasión de comunicar en estos caminos y navegaciones con 
tal ó cual principal de los Gayes, y de conseguir por medio de ellos algu- 
nos muchachos de la nación para que, instruidos de la lengua y de los 
misterios de la fe, les ayudasen á la reducción de toda su gente. 

Estando la cosa en estos términos, se determinó el P. Lucas de la Cue- 
va á enviar á los Gayes al P. Sebastián Zedeño, que se sentía muy incli- 
nado á pasar á sus tierras, por más que le decían no poder ser firme y 
duradera la paz con una gente valiente, que habiendo resistido en otra 
ocasión á los españoles, siempre retenía la enemiga contra los que les ha- 
bían acometido con las armas en la mano. Sin embargo, el P. Zedeño, 
fiado en Dios, se ofreció con denuedo á la empresa, y con un mozo y al- 
gunos muchachos de la nación, se embarcó sin escolta por no dar oca- 
sión á los Gayes de sospecha ó desconfianza. Bajando y subiendo por va- 
rios ríos que dan camino desde Ñapo hasta Pastaza y Bohono, llegó, 
finalmente, á las riberas de éste. De aquí, venciendo una montaña, llegó 
al sitio de la nación que buscaba, el cual estaba extendido entre unos 
montes asperísimos y muy encumbrados. Como vieron solo al misionero 



250 Misiones del Marañón Español 

con los muchachos Gayes, le recibieron, al parecer con mucho agrado, 
en una ranchería principal. Descubrióles el padre sus intentos por medio 
de los intérpretes, dióles algunos donecillos y les ^exhortó á que convoca- 
sen más gente, pues se hallaban las principales familias dispersas por 
varias rancherías, como sucede comúnmente en las otras naciones. Vino 
luego volando un gran golpe de gente sabiendo que era venido á sus tie- 
rras un padre sin escolta de soldados y con algunos niños paisanos suyos, 
que les aseguraban el buen trato que habían experimentado en los misio- 
neros y las entrañas de caridad que tenían con toda la nación. Apenas 
les habló el P. Zedeño, cuando se determinaron los principales á juntar- 
se en un sitio y formar pueblo. Eligió el misionero, con parecer de ellos 
mismos, un lugar que parecía el menos incómodo, á las espaldas de un 
cerro, y se comenzó el desmonte, reservando la madera mejor y más 
gruesa para la fábrica de la iglesia y para los edificios de las casas. 

Quedóse el P. Sebastián Zedeño con los Gayes, por tres años desde el 
año de 1669 en que se determinaron en poblar hasta el de 1672, en que 
vino á vivir con ellos el P. Agustín Hurtado, de quien hablaremos des- 
pués. Y aunque este celoso misionero fué el principal ministro ú operario 
que puso el pueblo en policía y le formó á las máximas cristianas, toda- 
vía el P. Zedeño rompió el primero aquel terreno, edificó la iglesia, 
formó casas, bautizó los niños, y comenzó á entablar la doctrina cris- 
tiana á que asistían, no solamente los muchachos, pero también los adul- 
tos. En poco tiempo se vio ser la nación de los Gayes, más numerosa de 
lo que se pensaba, porque concurrió al nuevo pueblo gran número de fa- 
milias, y se conoció que era falsa la persuasión en que estaban todos, de 
que la nación de los Gayes, era*sí, belicosa pero poco numerosa. Desde 
los principios tuvo esta reducción la advocación de San Francisco Xavier 
que conservó en adelante, y su establecimiento se miró como muy venta- 
joso por no estar muy distante del pueblo de los Roamainas, adonde en 
tres días de navegación se llega desde los Gayes, bien que desde aqué- 
llos á éstos son menester ocho días de navegación. Tanta es la dife- 
rencia de los viajes por los ríos que en tres días se navegaba con el bene- 
ficio de las corrientes, lo cual pide ocho si se ha de navegar contra ellas. 

Mientras el P. Lucas de la Cueva y su compañero extendían desde lo 
más alto del Ñapo sus conquistas, adelantaba las suyas el P. Lucero en 
lo más bajo del Marañón. Había trabajado mucho por el restablecimiento 
de la misión de Ucayale, y después de muchos esfuerzos, viajes y convi- 
tes, no pudo conseguir jamiás la paz y amistad de aquellos obstinados Co- 
camas. Desconfiando ya de su reconciliación, trató de reparar por otra 
parte el daño con ocasión de las nuevas que le dieron los Cocamas de 
Ucayale, trasplantados como vimos al río Guallaga. Dijeron al padre 
estos indios que hncia la parte más alta de las cercanías del río Ucayale, 
ocupaban un grande espacio de tierra ciertos indios llamados Chepeos, 
Panos, Gitipos y aun otras naciones. Que no creían hallarse en tan mala 
disposición para recibir el Evangelio, como los Ucayales, y que ellos 



Libro V.— Capítulo XV 251 

mismos estaban prontos á conducir al padre hasta sus tierras y casas, en 
lo cual no les parecía hacer poco si se lograba entablar la comunicación 
y amistad con unas gentes de quienes, siendo enemigas tenían mucho que 
temer, y siendo amigas podían esperar mucho. Animado con estas noti- 
cias el P. Lucero, púsose luego en camino con algunos de los más fieles y 
prácticos que se ofrecieron al viaje, y después de varios días de camino 
entró por aquellas tierras que no habían pisado hasta entonces los misio- 
neros, y logró entablar paces y amistad con varias naciones. Aunque en 
esta primera entrada sólo se abrió la puerta á la comunicación con aque- 
llas gentes; pero con los repetidos viajes y visitas que les hizo el misio- 
nero, les fué inclinando hacia la religión y reduciendo al propósito y re- 
solución de poblarse. 

Atendiendo el prudente misionero á la distancia grande de aquellas 
tierras, al genio, costumbres y demás calidades de aquellos indios, y al 
corto número de operarios, tuvo por expuesto á las novedades é inconve- 
nientes que se habían experimentado en Ucayale, si se llegaban á esta- 
blecer en parajes tan apartados del resto de la misión. Observó que los 
Chepeos, Panos y Gitipos mostraban sobre igual inconstancia mayor sa- 
gacidad que los Cocamas, y se determinó (ardua empresa) á probar su 
mudanza al río Guallaga, donde sería más difícil la rebelión y más fácil 
acudir con los Borjeños y gente de la misión para atajar cualquiera mo- 
tín, traición ó infidelidad. Hizo en razón de esto mucho más de lo que 
pensaba al principio, porque se ofrecieron muchas y grandes dificultades 
á que hubiera cedido, sin duda, otro corazón menos esforzado y animoso 
que el de este celosísimo misionero. La divina Providencia que había de- 
terminado poner en las misiones de Mainas un pueblo numeroso, que 
fuese cabeza de los demás, ayudó visiblemente á su ministro, allanando 
las dificultades que parecían insuperables, y abandonando á unos y esco- 
giendo á otros, puso en el corazón de aquellos bárbaros una resolución 
valiente de dejar la naturaleza de sus tierras y de venir cargados con sus 
alhajuelas por un camino largo, áspero y trabajoso en seguimiento de su 
misionero, dejando á su elección el sitio del establecimiento. 

Era cosa de alabar á Dios ver subir por aquellas montañas á los pa- 
dres y madres cargados con sus hijos siguiendo al P. Lucero, como siguen 
las ovejas á su pastor, no sólo por uno ni por dos días, sino por muchos días 
continuados en que fué necesario que experimentasen grandes trabajos 
y necesidades. Pero estaba á cuenta del Señor que les movía á tan pere- 
grina mudanza, el suavizar las incomodidades del camino, y el preve- 
nirles un sitio ventajoso en que viviesen contentos y formasen el pueblo 
más lucido de las misiones del Marañen. Llegaron á un paraje al levante 
del río Guallaga y como cuatro leguas de su embocadura en el río Mara- 
ñen. Puso en él los ojos el misionero, por parecerle sano, despejado y de 
aire libre, á que se llegaba el estar dominando una hermosa laguna que 
mantenía gran golpe de aguas puras y frescas. Venían éstas por un ca- 
nal del mismo río Guallaga y se aumentaban con otros pequeños torren - 



252 Misiones del Marañón Español 

tes y quebradas del contorno. En este sitio se formó el pueblo en el año 
de 1670, con la advocación de Santiago de la Laguna, y á poco tiempo 
llegó cá ser tan numeroso, que arribaba á cuatro mil almas. En medio de 
componerse de Chepeos, Gitipos, Panos y Cocamas, naciones diferentes, 
se mantuvo siempre tan unido entre sí, que jamás experimentaron en él 
los misioneros la menor disensión ó alboroto. Parece que atendiendo el 
Señor á su primera heroica resolución de dejar sus tierras antiguas por 
ponerse en las manos de su siervo, echó la bendición al nuevo pueblo, 
porque no obstante el menoscabo que padeció á los principios por las 
pestes que sobrevinieron, siempre conservó un número grande de fami- 
lias, y aumentándose mucho más después de aquellos contratiempos, llegó 
á tanta policía, orden, cristiandad y gobierno, que fué el modelo, cabeza 
y refugio de todos los demás, residencia de los superiores de la misión y 
centro en donde se recogían y conservaban las provisiones y cosas nece- 
sarias para los padres y cristianos del Marañen. 



CAPITULO XVI 

CÉDULA REAL EN QUE SE CONFIRMA EL NOMBRAMIENTO DEL CURATO 
DE ARCHIDONA Á FAVOR DE LA COMPAÑÍA 

Desde el año de 1660 en que había sido señalado el P. Cueva, para ad- 
ministrar el curato de la ciudad de Archidona, había insistido mucho di- 
cho padre para que se obtuviese cédula del rey nuestro señor, que con- 
üriuase el nombramiento, no le pareciendo conveniente á los estilos é 
instituto de la Compañía el mantener el curato sólo interinamente y con 
varios gravámenes y condiciones, sino en propiedad y sin las modifica- 
ciones que se le ponían. Pero como la corte, distraída de tantos negocios 
y de más monta que el presente, no suele proveer á las necesidades de 
los particulares en tan corto espacio de tiempo como ellos quisieran, pa- 
saron diez años enteros sin que se diese providencia en esta materia. Y 
á la verdad, habiendo de preceder informes replicados y venidos del otro 
mundo para la entera decisión del punto, no es de extrañar que pasase 
tanto tiempo antes de venir al despacho de la real cédula, en que se con- 
cedió á la Compañía la propiedad del curato. Ella está informada con la 
deliberación más prudente; declara la necesidad que tiene la Compañía 
de aquel curato, y es un elogio tan calificado del P. Lucas de la Cueva, 
y de las misiones de Mainas que no podemos menos de ponerla en este 
lugar. Dice, pues, así: 

«LA REINA GOBERNADORA 

Presidente y Oidores de la Real Audiencia de la ciudad de San Fran- 
cisco en la provincia de Quito. 



Libro V.— Capítulo XVI 253 

Cumpliendo con lo que el Rey mi Señor (que santa gloria ha), os 
mandó por cédula de 11 de Abril de 1664, sobre que informásedes cerca 
de la proposición que hizo el Dr. D. Pedro Vázquez de Velasco, Presi- 
dente de ella, de que se confirmase el nombramiento que dio á Lucas de 
la Cueva, de-la Compañía de Jesús, para la doctrina de Archidona, en 
esa provincia, por ser tan necesaria para la expedición de la conver- 
sión y enseñanza de los infieles que habitan el río Marañón; referís en 
carta de 15 de Noviembre de 1666, que siendo tan del servicio de Dios 
nuestro Señor el dar á este religioso aquella doctrina en propiedad, para 
que le sirviese de escala y tuviese en ella otro que socorriese á los misio- 
neros, no había pasado el Obispo de la iglesia catedral de esa ciudad á 
dársela más que en ínterin. Y Lucas de la Cueva, habiendo tenido noti- 
cia de ello, representó en esta Audiencia los progresos que había conse- 
guido en veintiocho años de asistencia en aquella conquista espiritual, y 
el perjuicio que recibía su religión, de que se le diese la dicha doctrina 
de Archidona con los gravámenes y condiciones que había puesto el 
Obispo, y que así hacía dejación de ella; de que se dio vista al Licen- 
ciado D. Juan de Peñalosa, Fiscal de esta Audiencia, que pidió se orde- 
nase al dicho Lucas de la Cueva que prosiguiese en aquel curato en con- 
formidad de lo que se mandaba por la dicha cédula y como lo hacían los 
demás curas; pues siendo la religión de la Compañía de Jesús la que úni- 
camente había plantado y propagado la fe católica en parajes y climas 
tan inhabitables, padeciendo tantas penalidades, riesgos y trabajos, se 
podía atribuir á injusticia privarlos de aquella doctrina, encomendán- 
dola á otra religión, demás de que sería abandonar lo que habían redu- 
cido si se hacía novedad, refiriendo juntamente lo ejemplar de su vida 
y lo que esta religión había obrado, así en esta doctrina como en 
las de la ciudad de San Francisco de Borja, provincia de los Mai- 
nas, en la conversión de 'los indios, penetrando hasta lo más remoto 
de aquellos parajes,, y otras razones que se le ofrecían á este fin, y 
con esta respuesta se acordó continuase el dicho Lucas de la Cueva en 
el curato de Archidona en la forma que se servía el de la ciudad de San 
Francisco de Borja en el ínterin que yo mandase otra cosa como pa- 
recía de los autos que remitíades: y lo que podíais afirmar es, que 
esta religión es la que únicamente se emplea en la conversión de 
los indios infieles de los parajes referidos con mucho fruto, y faltando 
por algún accidente su residencia, tenéis por evidente que se cerraría la 
puerta para la continuación, porque los demás religiosos no atienden á 
estas conquistas espirituales ni tienen al presente sujetos para ellas aun- 
que se moviesen por alguna razón de emulación, y los clérigos rara vez 
ó nunca se habían desvelado en esto, antes bien huyen de asistir en los 
curatos de las montañas por las dificultades y riesgos á que están ex- 
puestos, de que se origina el vivir siempre los indios en su idolatría, y el 
dicho Lucas de la Cueva es sujeto de suma virtud y pureza y de ardiente 
celo para la conversión de los indios, y le aman y veneran con gran re- 



*254 Misiones del Marañón Español 

verencia por el abrigo y consuelo que hallan en su comunicación, y que 
tiene mucha experiencia en estas misiones por la continuación de treinta 
años que ha estado en ellas, con el gran fruto que es notorio en todo el 
Perú y lo conocieron los Virreyes conde de Alba y conde de Santisteban, 
y añadís el martirio que padecieron Francisco de Figueroa y Rafael Fe- 
rrer de la misma religión, como también se podía recelar de Lucas de la 
Cueva y de los demás misioneros que le asistían, por la inconstancia de 
los indios.» Y en otra carta de la misma fecha (que se recibió juntamente 
con la referida) «satisfacéis á otra cédula de 11 de Septiembre del mismo 
año 1664 en que os ordenó informásedes sobre el Sínodo que habían me- 
nester los religiosos de la Compañía de Jesús para proseguir en las re- 
ducciones de los dichos indios, no obstante que el Obispo había escrito se 
les podía señalar de 300 á 400 pesos cada año, con calidad de que pidie- 
sen presentación y canónica institución; respecto de que estaban con el 
dominio absoluto, sin pagar diezmos ni tributos más que el camarico que 
habían menester los religiosos: y decís que lo que en todo se os ofrece es 
que la religión de la Compañía de Jesús solamente ocupa las dos doctri- 
nas referidas de San Francisco de Borja en los Mainas y la de Archidona 
de los Quitos, que son fronteras de la gentilidad, y de esta última sólo per- 
cibe 180 pesos de estipendio en las cajas reales. Y aunque en la tierra 
adentro habían reducido los indios á pueblos y policía y erigido y fabri- 
cado iglesias, donde les administraban los santos sacramentos doce reli- 
g'iosos sacerdotes, en esto no pretenden Sínodo por considerarse anejas de 
las de Borja y Archidona, y poco permanentes por la inconstancia de los 
indios y con la buena disposición y régimen que siempre observa esta 
religión, las había mantenido sólo con el Sínodo referido, y otras limosnas 
y socorros del colegio de esa ciudad. De manera que su desvelo sólo 
atiende á la propagación del" santo evangelio y relevar las cajas reales 
de mayor carga. Y os parece que se podría señalar 400 pesos ensayados 
de sínodo á las doctrinas de San Francisco de Borja y Archidona en 
las cajas reales de esa ciudad, libres de mesadas por ser tan corto este 
situado para doce religiosos, y no haber en las cajas reales de la ciu- 
dad de Loja finca fija de donde pagarlo; y que en lo demás que insinúa 
el Obispo tocante á los tributos y diezmos, la miseria de la tierra rele- 
va de que se ponga en práctica este medio, por ser toda arcabuco muy 
cerrado, y no tener más frutos que los silvestres con que se sustentan, y 
se podía recelar que los indios, viéndose gravados, se ausentarían 
la tierra . adentro y se perderían las almas de los reducidos , como 
sucedía aún con menos causa; y habiéndose visto en el Consejo real de 
las Indias con otras cartas y papeles tocantes á esta materia y lo que en 
razón de ella dijo y pidió el fiscal en él, atendiendo á los buenos efectos 
que representáis se experimentan en la conversión, doctrina y enseñan- 
za de los indios idólatras por medio del celo y cuidado con que asisten á 
«lia los misioneros de la religión de la Compañía de Jesús, y á lo mucho 
que conviene para la propagación de la santa fe católica y bien de aque- 



Libro V.— (Japítulo XVII 255 

Has almas, que estas misiones se vayan continuando con todo esfuerzo: 
He tenido j)or bien de confirmar, como por la presente confirmo, y apruebo el nombra- 
miento hecho por el Dr. D. Pedro Vázquez de Velasco, siendo Presidente de esa 
Audiencia, por lo que toca al patronazgo Beal, en el dicho Lucas de la Cueva, de la 
Compañía de Jesús, para la doctrina de Archidona. Y por otro despacho de este día 
encargo al Obispo de la Iglesia Catedral de esa ciudad que luego que le reciba le dé 
la canónica institución. Y mando que la provisión de esta doctrina se haga de aquí 
adelante^ habiéndose cumplido en todo con lo que dispone la Cédula del Patronazgo 
Real; y para que los dichos religiosos tengan los medios precisos para poder cumplir 
y asistir á lo que es tan del servicio de Dios y del Bey mi Hijo, haréis que á los 
misioneros de las dos doctrinas de San francisco de Borja y Archidona, se les acuda 
con 400 pesos ensayados de Sínodo, cada año, libres de mesada que como queda re- 
ferido tenéis por necesarios, y que se paguen de la Beal Caja de esa ciudad como lo 
proponéis, que por otra mi cédula de la fecha de ésta mando á los oficiales reales de 
ella que lo cumplan y ejecuten así. Fecha en Madrid á 21 de Abril de 1670 años. Yo 
la Beina: Por mandato de su Majestad, D. Gabriel Bernardo Quirós. 

Así favoreció y socorrió la reina gobernadora D.*^ Mariana de Austria 
á las misiones de Mainas, proveyendo que se diese en propiedad el cu- 
rato de Archidona á la Compañía, de la misma manera que tenía en pro- 
piedad el curato de San Francisco de Borja, señalando un estipendio 
congruo para que desde estas dos fronteras de la misión se socorriese y 
acudiese á los misioneros que residían en los pueblos interiores de cuyo 
número, cuidadosa administración de sacramentos y del celo con que so- 
licitaban solos los religiosos de la Compañía de Jesús la salvación de las 
almas, de toda aquella escondida gentilidad, es un elogio bien autorizado 
el que se contiene en los informes de los ministros de su majestad referi- 
dos en la misma cédula, de la cual consta también cómo queriendo dejar 
el curato el P. Lucas de la Cueva, por no parecerle conveniente el rete- 
nerlo con los gravámenes que se le ponían, la Real Audiencia de Quito 
no quiso venir en ello y determinó que se volviese á su iglesia, hasta que 
del despacho é informe enviado al Consejo de su majestad, resultase la 
confirmación absoluta que no dudaba haría su majestad del nombra- 
miento hecho por su presidente. 



CAPITULO XVII 

DEJA VOLUNTARIAMENTE LA COMPAÑÍA EL CURATO DE ARCHIDONA POR NO 
GUARDARSE EN LA COLACIÓN LOS PRECEPTOS QUE INSINÚA LA CÉDULA 

Después de una cédula real tan honorífica, y favorable á las misiones 
del Marañen, parece que quedaban éstas no menos sostenidas del go- 
bierno, por la parte de Archidona, que lo estaban por la parte de San 
Francisco de Borja, á que se llegaba también el aumento del sínodo, que 
hasta entonces había sido bien corto y de po(3^ ayuda para los gastos de 



256 Misiones del Marañón Español 

los operarios de Mainas. Pero estas ventajas duraron solamente por el 
tiempo en que vivió el P. Lucas de la Cueva, cuya muerte, sucedida dos 
años después de la publicación de la cédula, como veremos, dio ocasión 
á nuevos disturbios y pretensiones; y no conviniendo la Compañía en las 
onerosas condiciones expuestas á negociaciones y valimiento de prínci- 
pes, que ponía el señor obispo, antes de venir á la colación del curato, 
tuvo por bien de ceder al derecho de aquella doctrina, queriendo antes 
privarse de lo que parecía corresponderle, que fomentar pleitos y ser 
ocasión de disensiones. 

Apenas acabó sus días el P. Lucas de la Cueva, cuando levantaron en 
Quito varias controversias sobre la propiedad del curato de Archidona, 
diciendo unos que sin duda pertenecía de derecho á la Compañía, por la 
cédula de su majestad, que mandaba se les aplicase para fomento y 
frontera de las misiones; y sosteniendo otros que en fuerza de la cédula 
solamente se concedía á la Compañía el curato, mientras se entablaban 
las misiones, y que era singular el nombramiento del P. Cuevas. Por con- 
siguiente, muerto éste, debía volver el derecho á los señores clérigos. Bien 
se deja entender cuan lejos estaba del orden de la reina este modo de 
pensar; pues concedía el curato á los jesuítas, para que los religiosos tuviesen 
los medios precisos con que poder asistir á lo que era tan del servicio de Dios y del 
rey su hijo. Y aun por esta misma razón aumenta el sínodo, no solamente 
de la doctrina de Archidona, sino también de la de San Francisco de 
Borja, en atención á que, siendo doce los misioneros que residían en las 
doctrinas interiores, pudieran percibir algún socorro en sus necesidades. 
Fuera de esto, lo que movió á su majestad al nombramiento del P. Lucas, 
es, como se dice en el despacho, ver los buenos efectos que se experimentaron en 
la conversión y doctrina y enseñanza de los indios idólatras, por medio del celo y cui- 
dado de los misioneros, y lo mucJw que conviene para la propagación de la santa fe 
católica y bien de las almas, que las misiones se vayan continuando con todo esfuerzo. 
Todas estas cláusulas significan claramente continuación, fomento, suce- 
sión, y que no tanto se daba el curato de Archidona al P. Lucas de la 
Cueva, como á la Compañía de Jesús, para que pudiese, por medio de sus 
hijos, continuar con esfuerzo las misiones del Marañón, asistir á los indios, 
doctrinarlos y enseñarlos, y atender á la propagación de la fe. De lo cual 
se colige evidentemente que, estando pendientes todos estos efectos, y 
durando estos motivos y razones después de la muerte del P. Cue- 
vas, se debía dar el curato á otro de la Compañía; pues en solos dos años 
que le tuvo aquel padre, no se lograron aquellos efectos, de manera que 
verificasen las cláusulas arriba dichas. 

Sin embargo de estas razones tan claras y convincentes, se hallaban 
personas que favorecían á los clérigos en sus pretensiones. Pero no es di- 
fícil el adivinar las razones que, á lo que yo pienso, les movían. Tenían 
su parte el interés, y los encuentros y disgustos que habían precedido con 
los administradores de las encomiendas, estimulaban á varios para que 
se solicitase por todos los caminos que volviese el curato á los clérigos 



Libro V.— Capítulo XVII 257 

con quienes pensaban acomodarse mejor en sus intereses. El P. Lucas de 
la Cueva jamás había querido ceder con los españoles en materia tan 
expuesta á vejaciones con los pobres indios. Siempre les protegía, volvía 
por ellos y se ponía de su parte en las frecuentes competencias que ocu- 
rrían de indios tributarios con encomenderos, porque aquellos miserables 
no se negaban regularmente á lo justo y razonable, según las leyes pri- 
mitivas y fundamentales de las encomiendas; pero los administradores, 
como suele suceder, tiraban á adelantar sus fueros á costa de los sudores 
y fatigas de los pobres indios. Este tesón del P. Lucas y esta caridad con 
sus feligreses, le había acarreado algunos enemigos, que no teniendo es- 
peranza de adelantar sus intereses si proseguía la Compañía en la admi- 
nistración del curato, clamaban por los clérigos, en .quienes no habían 
experimentado tanto empeño. 

Otra nueva razón se descubría en las circunstancias, que hacía más 
apetecible el curato de Archidona que lo había sido antiguamente. Sa- 
bían todos las considerables mejoras que había introducido el P. Lucas 
en aquella doctrina, no sólo por los ornamentos de la iglesia que había 
llevado desde Quito, sino también por la policía y buen orden del pueblo 
y por las habilidades que habían aprendido los indios. De manera que 
siendo Archidona poco antes una doctrina bien poco apetecida, así por 
ser de montañas como por su distancia de la ciudad de Quito, ya con ha- 
ber estado en ella la Compañía por doce años se juzgaba (poniendo mu- 
cho de sí la imaginación que se deja llevar bien fácilmente de las apa- 
riencias) un Potosí en las riquezas, un recreo en las conveniencias, no ya 
destierro de las gentes, sino una ciudad muy acomodada para los usos de 
la vida. 

Era muy advertido y discreto el prelado de la ciudad de Quito, para 
dejarse deslumhrar de estas razones: conocía muy bien el derecho de la 
Compañía al curato fundado en la real cédula y en los fines y motivos de 
ella, y que por adelantada que se hallase aquella doctrina en el aseo de 
la iglesia y cultura de los indios y otros buenos establecimientos no se 
podía negar sin injusticia á los padres. Por esta causa no quiso innovar 
nada en orden á las personas á quienes le parecía corresponder el cura- 
to; pero pensó en un modo singular y del todo nuevo para la Compañía^ 
de instrucción y colación. Pretendía que se diese á los jesuítas el curato,, 
pero con una especie de oposición ó concurso, de suerte que, examinados 
varios de la Compañía, se nombrasen tres sujetos, y, hecha la nómina, 
se pasase á la elección del que pareciese más conveniente. El superior de 
la religión que es el que conoce los sujetos proporcionados á los empleos,, 
venía, y no hacía poco, en el número necesario de los que se debían pre- 
sentar y no se oponía á que fuesen examinados; pero propuso eficazmente 
los inconvenientes que había en el modo que pretendía el obispo contra 
el instituto de la Compañía, que no permitía resquicio de negociaciones, 
de conveniencias ó dignidades, ni valimiento de seglares, para las ocu- 
paciones que debían ejercer los que la religión juzgaba convenientes. 

17 



258 Misiones del Marañón Español 

Esta condescendencia del superior en presentar á tres sujetos entre 
los cuales era uno el maestro actual de teología, para que fuesen exami- 
nados, y se pasase á la elección de quien tuviesen por más acertado y 
conveniente, dio nueva ocasión á que se volviese á dudar del derecho que 
tenía la Compañía al curato, lo cual junto con varias hablillas que co- 
rrían de que no era la mira de los gentiles sino el deseo de las conve- 
niencias propias el que movía á los jesuítas á procurar la doctrina, dio 
motivo á la Compañía á dejar la parroquia que se miraba tan útil en los 
ojos de muchos, esperando que no le faltaría el modo de mantener las 
misiones del Marañón sin este socorro, como las había mantenido y lle- 
vado adelante tantos años. 

Hubiera sido negocio bien fácil el conseguir á falta de las misiones la 
declaración del consejo y de la voluntad de su majestad en haber dado 
aquella doctrina á la Compañía, pues duraban, como vimos, los motivos 
de la concesión y perseveraba todavía el fin del católico celo que era la 
conversión de tanta gentilidad. Por otra parte no se podía obligar á la 
religión á que hiciese otra cosa que presentar tres sujetos como lo hacía, 
pues en la cédula misma se ordenaba esto mismo, cuando dice su majes- 
tad: Mando que la provisión de dicha doctrina se haga de aquí adelante habiéndose 
cumplido en todo con lo que dispone la cédala del patronazgo real, que es decir que 
se propongan tres sujetos como en ella se contiene. Pero por evitar ofen- 
siones no se tuvo por conveniente recurrir al consejó ni hacer cosa de 
pleito lo que era sólo de utilidad á las misiones. Dejóse el fuero y el huevo, 
y se confirió el curato á un clérigo, persona en realidad digna de mayo- 
res empleos, por su calidad y letras. Pero, educado con la leche de la 
Compañía, de buenos respetos, é incapaz de hacer traición á la razón co- 
nocida, supo decir en varias ocasiones que se ofrecieron, en qué había 
consistido la oposición con los jesuítas en las controversias contra la 
doctrina, que todo estribaba en los encuentros de los encomenderos con 
los indios feligreses del P. Lucas, que con pecho varonil se oponía á las 
vejaciones de los amos y defendía con tesón la libertad de los encomen- 
deros. También se conoció con el tiempo no ser muy apetecible para el 
descanso ó conveniencia una doctrina en que ni el arte, ni la industria, 
ni los frutos, ni los haberes servían de otra cosa que de poder vivir es- 
trechamente, y con las incomodidades indispensables que llevan las 
montañas, y montañas tan apartadas de Quito, cuyos caminos sólo pare- 
recen transitables á la caridad cristiana y al celo espiritual de las almas. 



CAPITULO XVIII 

MUERTE DEL P. LUCAS DE LA CUEVA Y DE OTROS VARIOS MISIONEROS 

No fué la mayor pérdida para las misiones de Mainas el verse ya sin 
la doctrina de Archidona en medio de haber servido por la parte del 



Libro V.— Capítulo XVIII 259 

Ñapo, como de una ciudad de refugio y presidio de la conquista espiritual 
de los gentiles; harto más detrimento trajo á los aumentos en que se pen- 
saba de reducciones la pérdida de los muchos misioneros que en este 
mismo tiempo faltaron por enfermedades ocasionadas de la mucha fati- 
ga y del destemple poco conforme á los españoles, que en tantas hume- 
dades juntas con tan excesivo calor, comúnmente paran en hidrópicos. 
Había salido de la misión todo llagado y sujeto á diversos achaques el 
P. Vicente Centellas á curarse en Quito. La cura se tuvo por casi mila- 
grosa, pero el no concederle volver á la misión, y destinarle para procu- 
rador á Roma parece que causó á su mismo celo la muerte en la corte de 
Madrid el año de 1671. Otro misionero mozo fué llevado á Quito ético y 
consumido de otros varios achaques, y como hubiese mejorado con los 
frescos de aquella ciudad, le enviaron los superiores, aunque con mucha 
repugnancia del convaleciente, al colegio de Cuenca. Pero, como en la 
primera jornada pasase una noche molestísima con la batería grande que 
en su corazón sentía por dejar las misiones, no pudiendo resistir á tantos 
golpes, despachó desde aquel mismo sitio un propio al superior, pidiendo 
con instancia que se le permitiese mudar de rumbo y volver al Marañen. 
Porque estaba de su parte resuelto á vivir y morir en las misiones con las 
armas en la mano. Condescendió á la súplica el provincial, y parece que 
quiso el Señor dar salud más cabal al misionero, en donde parece que iba 
á sepultarse. 

No sé qué interior atractivo ponía su majestad en los padres que sa- 
lían de la misión á curarse, que todos suspiraban por volverse á ellas 
aun antes de sanar de sus achaques y enfermedades. Esto se observó 
principalmente en tres insignes operarios, que todos murieron en este 
mismo tiempo. Había salido á los colegios, como dijimos, el P. Esteban 
Caicedo, sujeto á unas cuartanas malignas, pero luego que se vio libre 
de ellas, mal hallado fuera del Marañen, volvió á las misiones, en que mu- 
rió con grande edificación y consuelo de su alma. Casi lo mismo sucedió 
al P. Ignacio Martínez, cuyo retorno al Marañen después de su cura sólo 
sirvió para que Dios, llegado al pueblo de su asistencia, premiase el mé- 
rito de sus fervores, con una ejemplar muerte en su deseado destierro. 
Aun más pronta fué la muerte del P. Francisco Guels, que no estando to- 
davía libre de sus males é hinchazón, instó por volverse de Quito al cen- 
tro de sus deseos. Como era operario muy práctico en las misiones y su 
asistencia parecía necesaria, vinieron en ello los superiores. Con esta li- 
cencia luego se dispuso para el viaje, y hecha una confesión general muy 
á satisfacción suya con un padre del colegio, se puso en camino por la vía 
de Archidona. Pasado el valle de Cumbaya y las primeras jornadas de 
tierra limpia, apenas empezó á caminar por la montaña cuando el tem- 
ple húmedo y trabajos pusieron en agitación todos los humores y se vio 
de repente oprimido de todo el tropel de sus achaques. Crecía el ahogo 
de pecho, aumentábase la hinchazón y no hallaba sosiego con la ardiente 
calentura. Llegó como pudo á una estancia cercana á Baeza, y cuando 



260 Misiones del Marañón Español 

pensaba hallar en ella algún abrigo, murió á poco tiempo, tendido en una. 
casa pajiza y ayudándose él mismo á bien morir en tanto desamparo,, 
pero con grandísimo consuelo de acabar su carrera á la vista de las mi- 
siones. 

Fué muy sentida la falta de este esclarecido varón, á quien arrebata 
la muerte á la edad de treinta años, por ser uno de los operarios de más 
esperanzas en los Mainas, pues en solos cinco años de su ministerio había 
trabajado por muchos y adquirido grande práctica y conocimientos del 
natural de los indios y del modo de tratarlos y manejarlos. Pero si fué 
esta muerte llorada de los misioneros, fué generalmente sentida de todos- 
Ios indios cristianos y de todos los padres de dentro y de fuera de la mi- 
sión la del P. Lucas de la Cueva, consuelo de los pueblos, maestro de mi- 
sioneros y primer apóstol del Marañón. Había venido de Archidona con 
algunos indios de la ciudad de Quito, lleno de llagas, consumido de calen- 
turas y casi baldado, de manera que parecía una cosa prodigiosa el ha- 
ber llegado á la ciudad cojeando, agarrándose de los indios y atravesan- 
do por varios días caminos que apenas puede andar el hombre más sano. 
Pero la viveza y valor de su espíritu todo lo venció, y á fuerza de morti- 
ficación grandísima cumplió perfectamente con esta obediencia de los- 
superiores, que viéndole tan postrado, le obligaron á que tomase algunas, 
medicinas para el recobro de su salud. Hizo cama dos días, en que estaba 
tan avergonzado de sí mismo, que pidió por amor de Dios al superior que 
le dejase andar de pie, añadiendo que esto mismo le ayudaría para me- 
jorar si es que sus males tenían algún remedio. Habida esta licencia, en- 
tabló su distribución diaria en el colegio, que se reducía á estar en el 
confesonario toda la mañana, decir su Misa á las diez en los días de tra- 
bajo y en los de fiesta á las once. Comía á mesa tercera con los indieci- 
tos que había traído consigo, quitándose lo que necesitaba de su sustento 
para regalarlos más y acariciarlos. Los ratos que le sobraban de sus ejer- 
cicios espirituales los empleaba en catequizar á dos indios de poca edad 
que se disponían para el bautismo. De esta manera procedió algunos 
meses en el colegio, siempre semejante á sí mismo, el que no hallaba 
otro consuelo que el enseñar á los rudos, hacerse salvaje con los salvajes 
y niño con los niños. 

Pero sobreviniéndole por el mes de Septiembre unas ardientes y 
malignas calenturas, no pudiendo estar en pie, hubo de postrarse en la 
cama. Conocía desde luego que se moría, y en este punto le asaltó un 
cuidado que no había experimentado en otras ocasiones de peligros in- 
minentes de la vida. Era éste un grande pesar de no morir en las misio- 
nes, ya que no fuese derramando su sangre por Cristo, siquiera pade- 
ciendo allí los últimos trabajos entre sus nuevos cristianos. ¡Tantos años^ 
decía, vividos en las montañas tienen en la ciudad su paradero! ¡Yo en 
cama! ¡Yo asistido de médico y medicinas! ¡Oh desdichado de mi! Hubo 
quien le encontró llorando amargamente porque no moría entre sus in- 
dios y en el mayor desamparo. Con este sentimiento que afligía su cora- 



Libro V.— Capítulo XVIII 261 

zón le daba el Señor ocasión de merecer lo que hubiera merecido con 
lina muerte desconsolada en la soledad más incómoda, porque confor- 
maba con valor su voluntad á la divina, causando grande edificación á 
los presentes las palabras encendidas con que declaraba y concordaba 
los afectos al parecer contrarios de su afligido espíritu. No dejaba de 
darle algún consuelo el ver su cama rodeada de los indios y muchachos 
que había traído de Archidona. Sentían éstos, como hijos del P. Lucas, 
su aprieto y el desamparo en que quedaban, y él se enternecía con ellos," 
les consolaba y alentaba á ser buenos cristianos para seguirle al cielo, 
•donde esperaba verlos y vivir con ellos eternamente en aquella patria 
-dichosa de los bienaventurados. 

Cuando llegó el último aprieto, recibidos con mucha devoción todos los 
sacramentos, cayó en un género de modorra ó suspensiones, en que no 
se le oían tanto palabras como ciertos suspiros y afectos hacia el Señor. 
Dos días y medio pasó de esta manera, con dolores al parecer intensos, 
y asistiéndole como al medio día dos padres en aquel trance, les dijo el 
enfermo: no es hora todavía, vayanse VV. RR. á descansar, que yo les 
avisaré. Fuéronse los padres, y entre las tres y cuatro de la tarde los lla- 
mó por un indio, diciendo que era tiempo. Asistiéronle como por dos horas, 
al cabo de las cuales, entre repetidos coloquios con Dios, entregó, como se 
esperaba, su espíritu, para recibir de su piedad el premio de sus trabajos. 

Allí salieron de represa los clamores de sus hijos huérfanos, los mu- 
•chachos de las misiones y las aclamaciones que después de la muerte 
permiten las virtudes de los siervos de Dios. Todos le juzgaban gozando 
inmediatamente del eterno descanso por premio de tantos años de misio- 
nero apostólico . Hízose su entierro en el día siguiente, y necesitó de res- 
guardo su cuerpo para atajar los desórdenes que se temían del concurso 
grande de la ciudad, que prorrumpía en demostraciones de veneración y 
piedad. Consiguieron algunos de fuera tal cual de sus pobres alhajas, las 
que conservaron por reliquia. Y los del colegio, que solamente de paso le 
habían gozado vivo, se holgaron de tener el depósito sagrado de su cuer- 
po, después de haber observado los últimos ejemplos de sus virtudes y 
:admirado un ejemplar digno de toda imitación, modelo de observancia 
religiosa, y más en particular de aquellos hombres apostólicos que expo- 
nen su vida sin temor á los peligros por ganar almas á Dios. 

Murió el P, Lucas de la Cueva de edad de setenta y seis años, en el de 
1672. Su patria fué la villa de Cazorla, y habiendo entrado en la provin- 
■cia de Andalucía pasó á la de Quito, en donde, acabados sus estudios, tuvo 
por empleo de toda su vida el ejercicio de las misiones. Las primeras en 
que se estrenó las hizo en lugares de españoles y en pueblos de indios 
cristianos, con mucho fruto de todos. De aquí pasó al Marañen á romper 
■el terreno de aquel espacioso campo de gentiles, con quienes vivió desde 
«1 año de 1638 hasta el de 1672, siendo el primero que ganó con su pacien- 
cia y constancia á los Xeveros y otras muchas naciones. Gobernó la mi- 
sión por muchos años, fué maestro de casi todos los misioneros, edificó. 



262 Misiones del Marañón Español 

con su porte religioso, á la ciudad de Lima, confundió, con su paciencia 
y humildad, á la de Quito, y dejó, generalmente, un deseo de, sí, no sólo 
en la provincia, pero más principalmente en las misiones, que quedaban 
sin el P. Lucas en grande desconsuelo, los pueblos sin defensa, los padres 
sin abrigo, y echando de menos aquel aliento de vida que les comunicaba 
su celo, siempre solícito de adelantar la propagación de la fe y de pro- 
curar nuevos operarios que, sucediéndose unos á otros, pudiesen llevar 
la pesada carga de su ministerio. Pero el Señor, que llevó para sí al pa- 
dre Lucas y á tantos otros misioneros, supo y quiso conservar, y aun 
aumentar, las misiones por medio de unos pocos operarios en quienes in- 
fundió un espíritu doblado, como veremos en el libro siguiente. 



LIBRO Yí 

CAPITULO PRIMERO 

ESTADO DE LA MISIÓN EN EL AÑO DE 1672. 

Hasta aquí hemos tenido y podido recoger noticias, aunque no siem- 
pre tales como quisiéramos, tocantes á la misión del Marañón, y según 
ellas hemos ido tejiendo la Historia con el orden que nos ha parecido más 
natural y claro; pero desde el año de 1672 entramos en una obscuridad 
tan grande, ocasionada de una quema desgraciada de papeles en el ar- 
chivo de Santiago de la Laguna, que apenas acertaremos con el hilo de 
la Historia y con la cronología de los hechos. Correrá la narración por 
muchos años á manera de índice, y sin determinar algunas veces el tiempo 
en que sucedieron cosas bien notables. A la verdad, este motivo, entre 
otros, nos retraía á los principios de tomar la trabajosa tarea de encade- 
nar las acciones gloriosas de los operarios de Mainas, y de ordenar los 
principios, los progresos y los decaimientos de esta penosa misión. Pero 
pudo más con nosotros para emprender este trabajo, la reflexión de que 
si ahora al presente son tan escasas las noticias de aquellos tiempos, en 
los años venideros serían ningunas y se haría del todo imposible la rela- 
ción de una conquista espiritual de tanta gloria y trabajo, y de tanta edi- 
ficación para las almas en quienes reina algún celo de la propagación 
de nuestra santa fe. Y siendo este el fin que tenemos en disponer esto!^ 
libros, no se nos da mucho de los críticos, que pondrán, sin duda, mil ta- 
chas á esta obra. Estaremos sobradamente contentos si acertamos á de- 
clarar con palabras llanas, y sin confusión de los que las leyeren, lo poco 
que hemos podido rastrear en los años siguientes. 

Después de la falta de tantos celosos misioneros, cuyas muertes ha- 
bernos referido, en el libro antecedente parecía natural que desmayase 
el aliento de los pocos que quedaban sin la compañía de sus hermanos, 
cuando todos juntos apenas podían asistir á tantos pueblos entre sí tan 
distantes, y varios de ellos recién establecidos. Pero Dios nuestro Señor 
á quien tan fácil le es salvar por medio de pocos como por medio de mu- 



264 Misiones del Marañón Español 

chos, infundió tanto espíritu en aquella pequeña grey, que aumentándose 
su fervor extendieron sus cuidados á todas las reducciones, sin perder un 
palmo de tierra de lo conquistado, antes bien, dando nuevo lustre y fir- 
meza á la cristiandad del Marañón. Cinco solos eran los operarios para 
veinte pueblos, y era necesario distribuirse de manera que hiciese cada 
uno su residencia en aquél, desde donde pudiese acudir más fácilmente á 
los anejos que le tocaban. El P. Lorenzo Lucero, superior á la sazón de 
las misiones, y práctico, cual ninguno, de las reducciones, distancias, 
ríos y caminos, señaló para cada uno de los partidos al misionero que le 
pareció en las circunstancias más conveniente. Puso en el pueblo de los 
Oas un padre que les había conocido y tratado, esperando que por el co- 
nocimiento que tenía también de los Abigiras recogería algunos de éstos 
al pueblo mismo de los Oas y aumentaría el número de sus familias. 

Envió á los Grayes como á reducción reciente y que apenas se había 
formado al P. Agustín Hurtado para que la fundase sólidamente y reco- 
giese las muchas familias que estaban todavía en lo interior de las mon- 
tañas. El superior parece que tenía ya su residencia en Santiago de la 
Laguna, y desde este pueblo estaba pronto á las necesidades que ocurrían 
en todo el partido de Guallaga, en donde por ser muchos los pueblos, era 
necesario sujeto práctico y más versado en las misiones. Sólo restaban 
los PP. Miguel de Silva y Francisco Fernández, de los cuales uno aten- 
día al curato de Borja y los tres anejos de los mainas, y el otro, á lo que 
pienso, asistía á los Xeveros y lugares más vecinos. De esta manera, con 
la prudencia, celo y actividad del superior, se fué administrando la mi- 
sión por algunos años, con fatigas sí y con trabajo de los misioneros, pero 
sin menoscabo alguno. Porque la doctrina cristiana, que es tarea ordina- 
ria en todas las reducciones, era ejercicio de muchachos bien instruidos 
en el catecismo y celosos de este ministerio. Tocaban puntualmente por 
la mañana sin omitir esta diligencia ni un solo día, y recogida la gente á 
la iglesia, decían las oraciones acostumbradas y el catecismo en voz alta, 
á que todos respondían; cuando el padre volvía al pueblo, que era bien 
frecuentemente, daban exacta cuenta de todo sin perdonar á ninguno que 
hubiese faltado, y sin tener en esto, por decirlo así, respeto ni con el pa- 
dre ni con la madre. Tanta era la fidelidad que observaban los misione- 
ros en aquella edad tierna y tanto era el celo de los niños por la instruc- 
ción de los grandes. El superior, fuera de los cuidados de los pueblos de 
su partido, visitaba también, animaba y consolaba una vez al año á todos 
los demás misioneros, que en este tiempo lograban el reconciliarse, y sa- 
lían con nuevo esfuerzo para emprender las fatigas y trabajos de su mi- 
nisterio El Señor miraba en este tiempo por la misión con particular cui- 
dado, dando buena salud á los padres, paz y concordia en los pueblos y 
no permitiendo que en circunstancias tan críticas picase la peste ó epi- 
demia en alguno de ellos, como sucedió poco después. 

Esta misma salud lograron los indios Gayes, y su misionero el P. Hur- 
tado, en medio de ser la situación de este nuevo pueblo la más expuesta á 



Libro VI.— Capítulo I 2G5 

enfermedades y epidemias; pero tuvo bien que hacer con ellos el nuevo ope- 
rario hasta dar nuev^. forma á la reducción. Envejecidos los Gayes en sus 
antiguas supersticiones, criados en guerras continuas contra otras nacio- 
nes y acostumbrados al ocio y á vivir sin ley alguna más que la de su an- 
tojo, probaron bien la paciencia, mansedumbre y constancia de su misio- 
nero. Aun el hacerles que acabasen sus casas y que acomodasen^ sus 
rocerías, fué no poco triunfo para el padre, que por no desagradarlos de 
haber dejado sus chozas, albergue que miran con estimación y no dejan 
sin mucha dificultad, procuró traer algunos indios Roamainas que les 
ayudasen en aquellas maniobras, y con su ejemplo, alegría y maña, ani- 
masen á los Gayes y les fuesen aficionando á las comodidades de vivir 
juntos en un pueblo. Salióle bien esta invención é industria para la per- 
fección de lo material del pueblo. Restaba lo espiritual y más necesario 
á que se ordenaba lo primero, y tomó muy á pechos la enseñanza de la 
doctrina cristiana de donde viene á las reducciones toda la forma de 
cristiandad. Con los niños y muchachos era cotidiano como en las de- 
más partes, pero no apretaba con ella á los adultos y viejos, cuyos pre- 
dicadores habían de ser sus mismos hijos, que siendo ya cristianos saben 
persuadir á sus padres y mayores la necesidad que tienen de ser instrui- 
dos para el sagrado bautismo, y ellos mismos con más suavidad van co- 
menzando esta obra en sus parientes, que viéndolos tan versados en la 
doctrina y el celo que muestran de comunicar á todos el bien que ya po- 
seen, se les aficionan, les oyen con gusto y se hacen como discípulos de 
los niños. Este medio, que había probado tan bien en los demás pueblos, 
salió grandemente en la reducción de los Gayes, que sin violencia apren- 
dían la doctrina cristiana y se disponían para el santo bautismo. 

No contento el P. Agustín con dar orden al pueblo, y con la ense- 
ñanza de los Gayes, que había encontrado en el sitio en donde los había 
juntado el P. Zedeño, pensó en aumentar el número y recoger varias fa- 
milias y rancherías de la nación escondidas en las montañas. Hízolo por 
los medios ordinarios, enviándoles algunos donecillos por medio de los 
neófitos y convidándoles á que viniesen á juntarse con sus amigos y pa- 
rientes. Otras veces iba él mismo en persona, les hablaba con cariño y se 
ofrecía á servirlos y cuidarlos como un padre cuida y asiste á sus mismos 
hijos. Tenían muy buen efecto estas industrias de su celo, porque vi- 
viendo las rancherías dispersas en grandes temores y peligros de los ene- 
migos que tenían en el contorno, fácilmente se reducían á juntarse con 
los demás en un pueblo en donde aprendían mayor seguridad de las in- 
vasiones, y en caso de ser acometidos, más fácil la defensa. No siempre 
traen los indios á los pueblos las razones divinas que todavía no com- 
prenden; vienen muchas veces tirados de razones humanas, de conve- 
niencias temporales Pero estas abren el camino y les ponen en estado 
de que oigan las divinas y se les predique el Evangelio, sin cuya predi- 
cación no entraría la fe de Jesucristo en sus corazones, porque fides ex 
audüw, como dice el Apóstol. Y así las disposiciones humanas de los misio- 



26.6 Misiones del Marañón Español 

ñeros, aunque no sean medios proporcionados á la alteza de la fe divina 
ni conduzcan á ella positivamente, pero quitan muchos obstáculos é impe- 
dementos en los gentiles y dan lugar á la predicación que es el ordinario 
medio con que la divina providencia les ilumina. Me ha parecido insinuar 
esta doctrina inconcusa, para que ninguno piense que, cuando decimos 
hallarse estos ó aquellos gentiles en buena disposición de oir el Evangelio 
ó de abrazar la fe , se quiere dar á entender por estas palabras que se 
halla en ellos alguna disposición positiva para la fe, porque ninguna cosa 
natural puede arribar á tanto, como todos saben. Solamente se quiere 
dar á entender que están en buen estado para oir la predicación y que 
se hallan con menos obstáculos é impedimentos para recibir la fe que 
Dios nuestro Señor infunde misericordiosamente y de su bella gracia en 
los corazones de los hombres. 



CAPITULO II 

COSE Á PUÑALADAS UN DESALMADO MULATO AL P. AGUSTÍN HURTADO 

Los sucesos prósperos ó adversos que dispone ó permite la eterna 
providencia del Señor, no tienen varias veces alcance del entendimiento 
humano, ni puede el hombre prevenirlos ciego y sin penetrar adonde se 
encaminan las disposiciones soberanas. Hallábase el P. Hurtado cui- 
dando de los Gayes, muy contento con los nuevos cristianos y harto bien 
hallado con los muchos catecúmenos que por cinco años había recogido 
su celo por los montes vecinos. Conocía la grande afición y amor entra- 
ñable que le tenían los indios por la caridad que descubrían en él y por 
los oficios de pastor y padre que á costa de inmensas fatigas y trabajos 
ejercitaba con ellos. Estaba tan adherido á su pueblo, que habiéndole 
hecho superior de las misiones, no le pareció razón dejar la reducción en 
manos ajenas y fijar su residencia en Santiago de la Laguna , en donde 
vivían ya los superiores, como en lugar más acomodado para acudir á 
todas partes. Quedóse con los Cayes como con gente más nueva, y que 
mostraba tener con él más confianza que con los otros misioneros que no 
habían tratado; pero su cuidado se extendía también á los demás indios 
de Pastaza y cuidaba al mismo tiempo de los Angeles de Roamainas. 
Era ventajoso el sitio de San Javier de Gayes, porque á cualquiera nece- 
sidad que ocurriese en los Roamainas, bajaba pronto por Pastaza en dos 
ó tres días, aunque para volver á subir á su pueblo eran menester, como 
insinuamos, ocho días, aun cuando la navegación fuese próspera. 

Estaban así las cosas en suma paz con los Gayes, cuando llegaron al 
pueblo dos derrotados mulatos que preguntando por el superior de las 
misiones, se le introdujeron luego, y ofrecieron al parecer con buen celo 
á querer asistirle ó á servir á otros padres, ayudándoles en cuanto pu- 



Libro VI.— Capítulo II '2*57 

diesen en los viajes y en las poblaciones. El P. Agustín que era blando 
de condición y de natural piadoso, les admitió con buen modo y les aga- 
sajó según su pobreza, ofreciéndosele ya desde entonces que podrían ser 
útiles en la misión. Dejóles estar en casa sin determinar de su ocupación 
y destino, queriendo antes enterarse y hacer de ellos. alguna prueba 
oyéndoles lo que decían de su venida y de las partes en donde habían 
estado. Porque en tanta soledad y poco uso de hablar el castellano, aun 
el lenguaje de un mulato sirve de consuelo y hacen buen sonido en las 
orejas las palabras españolas en boca de aquellos brutos. Llegaban va- 
rios de éstos á la ciudad de Borja y se les admitía como á otros mozos, los 
cuales habían servido muy bien en ocasiones de castigos ó pacificaciones 
de indios, para lo cual era muy estimable, aunque mezclada en las venas, 
cualquier reliquia de sangre española. Cuando lograba un misionero al- 
guno de estos en su pueblo, lo tenía por grande alivio; y más cuando en 
su proceder y costumbres imitaba las acciones del padre y le ayudaba 
con el ejemplo y palabras á introducir en los indios la cristiandad y poli- 
cía. Tales fueron los que acompañaron á los padres Francisco Figueroa 
y Pedro Suárez, que los asistieron hasta la muerte y es de creer que fue- 
sen partícipes de su gloria. 

No eran de esta calidad los mulatos que aportaron al pueblo de los 
Gayes. Al principio se introdujeron sin ofensión del padre con los indios, 
entraban y salían de sus casas con agrado, ayudaban en algunas cosas, 
y enseñaban á la gente algunas industrias. Pero á muy poco tiempo mos- 
traron bien ser gente desalmada, y de aquella, que no cabiendo en las 
ciudades por sus desórdenes, busca su guarida en los montes. De amigos 
de los indios pasaron á solicitar por amigas á sus mujeres. Terrible arrojo 
en una nueva cristiandad y ejecutado por hombres que habían vivido 
tantos años entre cristianos viejos y que debían con su ejemplo apoyar la 
buena conducta del misionero con quien vivían. Llegaron en pocos días 
á ser el escándalo del pueblo, por su ruin trato y comunicación con las 
indias. Sentíalo en el alma y con extremo el celoso y ajustado misionero 
y no dejó medio que no intentase para echar aquellos malvados del pue- 
blo. Porque todo lo que no es apartar al lascivo de la ocasión no es re- 
medio de tan mortal contagio. Pero nada pudo conseguir de aquellos 
hombres ciegos, y no tenía fuerzas para despacharlos, porque echarlos 
con violencia por medio de los indios no se podía ejecutar sin tumulto. El 
gobernador ó teniente de Borja estaba muy distante para acudir á la ne- 
cesidad y no había mucha esperanza de que atendiese á un desorden 
particular de un pueblo remoto, cuando tantos otros negocios le ocupa- 
ban la atención. El buen padre se abrasaba con su mismo celo; repetía 
continuas amonestaciones, añadía reprensiones, y pasaba á las amena- 
zas del castigo, haciéndoles ver cómo á él y á ellos podían matar fácil- 
mente los bárbaros mismos, encendidos de la pasión brutal de los celos. 
Pero nada bastaba para que abriesen los ojos, ciegos con la pasión tor- 
pe, ni pudo recabar de ellos que moderasen siquiera sus arrojos escanda- 



268 Misiones del Marañón Español 

losos, antes los adelantaban, despreciando abiertamente los avisos del 
misionero. 

Afligido sobremanera el angelical padre, no sabía ya qué hacer con 
aquellos endurecidos mulatos. Volvióse á Dios en su dolor y aflicción y 
oraba con mucho fervor por el remedio de aquellas almas, y con mayor 
ahinco por la conservación del pueblo, porque le oprimía el corazón 
aquel escándalo y lo mucho que temía el daño de los indios que con gran 
facilidad se podrían alborotar, y una vez alzados, y retirados á sus es- 
condrijos por causa de algún español, sería dificultosísima su vuelta. De 
la oración volvía á las amonestaciones cariñosas y no alcanzando éstas, 
reprendía y amenazaba con el teniente y los indios. Apretado en una de 
de estas ocasiones por todas partes uno de los mulatos, ciego y fuera de 
sí con su lasciva embriaguez, se resolvió al terrible sacrilegio de quitar 
la vida al misionero, fieramente encarnecido contra su celo. Acometióle 
una mañana con un puñal en la mano y arrojándose á él con increíble 
ceguera le atravesó el cuerpo muchas veces sin acabar de saciar su 
furia endemoniada y abrió puerta franca para que saliese, holocausto de 
la castidad, el alma del bendito padre que, dejando pocos minutos des- 
pués las fatigas de esta vida mortal, consiguió con la pérdida de ella el 
remedio que deseaba para el pueblo, librándolo de tan malos habita- 
dores. 

Fué sentido el delincuente de algunos indios por el ruido de su san- 
griento destrozo, y buscando á su padre los muchachos que le asistían le 
hallaron desangrado y expirando ya con señales de entregar pacífica- 
mente su espíritu en manos de su Criador . Asustados con aquel espec- 
táculo tan compasivo, dieron gritos y empezaron á lamentarse de la pér- 
dida de su misionero. Presto siguieron á los niños todos los indios del pue- 
blo; que buscando con gran dolor pero con mucha diligencia el agresor 
de tan enorme delito, alcanzaron al sacrilego, y le hicieron pedazos con 
sus lanzas, cuando acaso no había expirado el misionero. Así suele cas- 
tigar la divina justicia donde no alcanza la humana. El otro mulato pa- 
rece que fué en escapar más afortunado, acaso porque no se precipitó en 
el abismo de delitos de su desdichado compañero. Asustados los Gayes 
con la muerte sangrienta de su querido padre, enviaron con diligencia 
algunos indios á las demás reducciones con tan pesada nueva, los cuales 
bajando por el río Pastaza toparon con el P. Miguel de Silva á quien 
comunicaron con lágrimas la tragedia que acaba de suceder en su pue- 
blo. Atónito el P. Silva de la ingratitud, escándalo y sacrilegio del cris- 
tiano viejo, y lastimado con la muerte de su superior en tanta falta de 
operarios, se partió sin tardanza hacia los Gayes. Quisiera ir volando, 
temiendo el daño que se podía seguir en aquella cristiandad, pero las 
corrientes del río no le permitían el cumplimiento de su deseo. Llegó 
como pudo al pueblo después de varios días, y halló enterrado el cuerpo 
del P. Hurtado en su misma iglesia por mano de los muchachos de la 
doctrina que atendían al oficio de sacristanes. Hízole el padre sus exe- 



Libro Vi.— Capítulo II 269 

quias y le aplicó varios sufragios, porque fuera de ser su hermano y su 
superior, era también condiscípulo con quien había vivido en un mismo 
colegio y estimado por su amable trato y porte ajustado. 

Fué natural el P. Agustín Hurtado de Panamá, hijo de padres no 
bles. Entró en la Compañía en la ciudad de Santa Fe, y fué uno de los 
que llegaron á Quito con el P. Pedro Suárez, el año de 61, para tener 
allí sus estudios; sujeto muy virtuoso, recogido y devoto, de particular 
humildad, de mucho trato con Dios, pobre de espíritu, rendido y obedien- 
te; tan puro como recatado, muy celoso de ganar almas á que se dedicó 
desde que se ordenó de sacerdote, pasando á vivir y á morir en las mi- 
siones del Maráñón como logró su dicha, con visos de muerte desgracia- 
da, pero muy preciosa en los ojos de Dios á los diez y siete años de reli- 
gioso y treinta y nueve de edad, bien logrados en su ajustamiento y en 
religiosas virtudes. De esta manera premió el Señor con una misma co- 
rona y en defensa de la castidad á los dos estudifintes que trajo de Santa- 
Fe á Mainas, por ser los dos tan parecidos en el amor de esta virtud y en 
el celo de que todos la conservasen. 

El P. Miguel de Silva, viendo á los Gayes tan sentidos con la muerte 
desgraciada de su misionero, y que suspiraban por el consuelo de tener 
otro padre que los asistiese y doctrinase, se determinó á quedar en el 
mismo pueblo muy consolado de la buena fe y ánimo sosegado de los in- 
dios; y enviando aviso al padre más antiguo que era el P. Lucero, y de- 
bía entrar en el oficio de superior, para que tomase las providencias que 
le parecieran necesarias, comenzó á ejercitar con los Gayes ios mismos^ 
oficios de pastor y padre que había ejercitado el P. Agustín Hurtado. 
Vióse bien apurado el superior cuando supo lo sucedido en San Xavier de 
los Gayes, porque el misionero de los Gas había muerto en su pueblo, y 
el P. Miguel Silva era necesario para su partido y no podía quedar en el 
pueblo de los Gayes, sin hacer mayor falta en las otras reducciones que 
estaban á su cargo. En estas circunstancias tan críticas á la misión, se 
reconoció un rasgo bien particular de la divina Providencia. Acababa de 
llegar al colegio de Quito un padre de casi sesenta años y lleno de acha- 
ques, más á propósito para el descanso en uno de los colegios que para 
las fatigas de una misión. Llamábase Pedro de Cáceres y cuando al pa- 
recer de los hombres estaba ya para dejar las armas de la mano, por 
haber misionado en otros sitios, puso Dios en él una vocación tan eficaz, 
á las misiones, que nada fué bastante para detenerle. No contradijo á 
ella el superior de la provincia como parecía regular ó no necesario^ 
porque el Señor que llamaba al P. Pedro, y quería servirse de él en las 
misiones, supo disponer al superior para que le diese la licencia. Habida 
ésta, dispuso luego el anciano misionero su viaje por el camino de loa 
Baños y llegó felizmente á las misiones en el año de 1679, en que por 
muerte del P. Hurtado no sería fácil sin él sostener las reducciones. 

Adoró el superior de las misiones la disposición soberana; y alegre 
con tan oportuno socorro, ordenó las cosas de manera que no faltase mi- 



270 Misiones del Marañón Español 

sionero en los varios partidos. Puso al anciano padre que acababa de lle- 
gar en el pueblo de los Xeveros, gente antigua y hecha ya á las prácti- 
cas de la misión, dejando también á su cargo otros tres pueblos depen- 
dientes de los Xeveros- Envió á los Gayes, acreedores por su buen porte 
de sacerdote propio, al P. Juan Fernández que había de trabajar tan 
gloriosamente, como veremos, en aquella nación. Lo restante de la mi- 
sión tomó á su cargo el superior, dando una parte de ella al P. Miguel de 
Silva, que á lo que juzgo no gozaba ya en aquel tiempo de mucha salud 
y por esto no pudo perseverar con los Roamainas y Gayes, después del 
P. Hurtado. De esta manera dispuso las cosas el P. Lorenzo Lucero, y 
debieron correr las cosas por algunos años en que apenas tenemos noti- 
cias, fuera de una carta que hemos hallado de un misionero y un infor- 
me que de la misión hace otro. 



CAPITULO III 

cuidados y empleos del P. JUAN FERNÁNDEZ EN EL PUEBLO 

DE LOS GAYES 

Entró el P. Juan Fernández al pueblo de San Xavier en el año de 1677. 
Cuáles fuesen sus trabajos, temores y sobresaltos con esta nueva nación, 
cuáles sus achaques y enfermedades y cuáles las contradicciones del ene- 
migo común del género humano, Dios nuestro Señor, fidelísimo en sus 
promesas y liberalísimo en galardonar los servicios y méritos de sus sier- 
vos, lo tendrá escrito todo en el libro de la vida. Nosotros solamente po- 
demos mostrar algo de lo que acerca de esto escribe el misionero en una 
carta familiar al viceprovincial de Quito: en ella declara la ocupación 
en que se hallaba, los peligros en que se veía, el desamparo á que estaba 
reducido, las contradicciones que experimentaba del demonio y lo mucho 
que los indios le querían y amaban en tanta soledad viéndole cercado de 
peligros. La carta en que representa sus temores y trabajos y en que 
muestra su caridad y celo con sus hijos, toda ella respira soledad y des- 
amparo, y es como sigue: 

«Mi padre viceprovincial Gaspar Vivas. Una de V. R, su fecha á 24 
de Febrero de 1669, recibí en Borja, y ahora respondo á ella desde esta 
reducción de San Xavier de Gayes, donde me hallo, deseoso de saber de 
la salud de V. R., la cual quiera nuestro Señor sea tan cumplida como 
éste su humilde hijo de V. R. le desea. La mía fluctúa cada día con tor- 
mentas ó tormentos de mil achaques que me ocasionan la soledad, los ca- 
lores y destemples de las montañas. Sin embargo, al presente (sea Dios 
loado), me hallo con alguna bonanza y con mil deseos que V. R. me mande 
como á suyo, pues soy su hijo. Lo que rendidamente suplico á V. R. amore 
Dei es no se olvide de encomendarme á nuestro Señor en sus santos sacri- 



Libro VI.— Capítulo III '271 

ficios y oraciones, que las necesito grandemente, porque estoy á pique de 
dar la vida en manos de enemigos infieles que tienen rodeado y cercado 
el pueblo donde estoy, y como hombre temo la muerte. Son indios muy 
belicosos, y aunque los de éste lo son también, son pocos y los enemigos 
circunvecinos muchos; eji recurso al teniente ninguno, pues habiéndole 
escrito el aprieto en que me hallaba, y que necesitaba de su ayuda, me 
respondió tenía otras cosas á que acudir y que no podía; cúmplase la vo- 
luntad de Dios. 

»Los indios me quieren tanto, que dicen darán por mi las vidas; es 
gente la mejor que he hallado en todas las misiones, gente muy apacible, 
muy queredora de los padres y españoles, muy dóciles y deseosos de su 
bien eterno. ¿Hasta cuándo, me dicen, padre, hemos de ser gentiles? Bautízanos, 
que queremos ser hijos de Dios. Pero yo les doy muy buenas esperanzas di- 
ciendo ser conveniente primero saber la doctrina cristiana, á que acuden 
mañana y tarde al son de bobona en la iglesia por falta de campana. 
Muchos tengo ya bautizados, principalmente criaturas, á quienes sus 
madres traen á porfía á la iglesia á que los bautice, no sin gran con- 
suelo mío por haberme puesto Dios en tierra tan fecunda, donde aunque 
indigno é inútil pueda con su divina gracia coger frutos muy abundantes, 
como se van cogiendo, á pesar del común enemigo que lo pretende estor- 
bar, ya con halagos, ya con amenazas. 

A un indio á quien había enviado á que me buscase de comer, se le 
apareció el demonio, y quitándole la caza que traía, le dejó el temor que 
cobró de verle tan mortal, que juzgué moriría luego; catequícele como 
pude, y lo bauticé. Fué cosa maravillosa que luego se le quitó el temor. 
A un muchacho que me asistía en casa se le apareció también el demo- 
nio, llevóle lejos por el bosque y se le mostraba muy amigable agasaján- 
dole y dándole á comer caza del monte que á soplos derribaba, y me- 
tiéndola debajo del brazo la sacaba cocida. Viendo el muchacho en el 
demonio esta facilidad que en sus parientes no veía, le cobró tal amor, 
que aunque lo cogieron y refirió lo dicho, se volvió á huir sin que haya 
parecido hasta ahora. Una noche lloró ó aulló un perro que tenía á la 
puerta de mi rancho, dando indicios de que veía alguna ^osa de espanto; 
salí á conjurar por si acaso era el demonio, y debía de ser, porque por 
virtud del conjuro se ha desaparecido de suerte que no ha vuelto más. 

Una noche, como á las seis y media, estando á la puerta de mi ran- 
cho enseñando á cantar la misa de la Virgen Nuestra Señora á unos mu- 
chachos, y entre ellos al curaca ó cacique y un mozo que me asiste, vi 
salir detrás de una cordillera que está á la mano izquierda de este pue- 
blo una gran llamarada de fuego como si el monte se quemara. Avisó- 
les espantado sobremanera para que lo viesen; levantáronse á ver el 
prodigio; fué creciendo delante de todos la llama, que duraría como un 
cuarto de hora, y luego se fué apagando. Alborotóse todo el pueblo, y 
cogiendo sus armas estuvimos todos en vela toda la noche, porque los indios 
juzgaron que vendrían los enemigos. Fué Dios servido que no vinieron; 



272 Misiones del Marañón Español 

pero estamos siempre con el temor de que vendrán, y yo espantadísimo 
de haber visto semejante prodigio. 

Muchas cosas semejantes á estas han sucedido que por no cansar á 
V. R. las dejo. Tres cometas se aparecieron en menos de dos meses en 
estas partes. Las reducciones todas del río Guallaga y del río Apena han 
padecido muchas pestes y ha habido mucha mortandad. V. R., como be- 
nefactor y padre de estas misiones, las encomiende á Dios, y juntamente 
el alma de mi madre, que he tenido cartas de España en que me avisan 
mis parientes ha muerto. No tengo de quién valerme, sino de V. R., á 
quien he tenido siempre en lugar de padre, de quien he recibido mucha 
caridad y espero recibirla en esta ocasión, y con esta confianza me atre- 
vo á suplicar á V. R. se sirva de decir algunas Misas, que será obra muy 
afecta á Dios nuestro Señor, quien guarde á V. R.— De este San Xavier 
de Gayes, 20 de Mayo de 1681.— De V. R. hijo en Cristo muy rendido, 
Francisco Fernández de Mendoza.» 

Esta es la carta del misionero de los Gayes, escrita con tanto candor 
y ley al viceprovincial de Quito. En ella descubre el grande amor que le 
profesaban los Gayes, su condición dócil y apacible y el deseo que tenían 
de hacerse todos cristianos. Pues esta mudanza tan extraordinaria toda 
era fruto de la religión y conquista espiritual del Evangelio de Jesu- 
cristo. Porque esta misma es aquella nación temible y belicosa que dio 
tanto que hacer á otras, cometiendo en el río Pastaza innumerables hos- 
tilidades. Esta es la que puso los años atrás álos españoles mismos en 
tanto terror y espanto. Esta, finalmente, á la que entró con tanto temor 
y recelo el P. Sebastián Zedeño, y armado de la confianza en Dios, pudo 
reducir á que un golpe de ella se redujese á población. Y ahora con las 
suaves máximas del Evangelio y con el trato blando y apacible de los 
misioneros, parecen unas ovejas, corderitos ó polluelos, los que andaban 
sueltos como ciervos, fieros como los tigres y sangrientos como jabalíes 
por aquellas espesas montañas, haciendo tantas carnicerías, cuantas 
eran las personas que se les presentaban. Así amansa las fieras más te- 
rribles la gracia de la vocación al cristianismo, y el conocimiento de la 
ley de Dios ablándalos corazones más bárbaros, que en vez de sus jun- 
tas escandalosas, borracheras obscenísimas y griterías intolerables, se 
juntan al rededor del misionero para aprender á oficiar la santa Misa y 
cantar las alabanzas á María Santísima, que resonarían en aquellos 
montes y concavidades, y serían de tanto gozo á los ángeles como de te- 
rror al infierno. 

No faltaban enemigos del abismo que en forma visible combatían la 
reducción, pero cedían á las armas de la Iglesia, y el Señor contenía á 
los muchos gentiles para que no se sorbiesen á los nuevos cristianos. 
Porque, á la verdad, eran tantos, que sin particular providencia de su 
majestad no parece que podría durar mucho tiempo la reducción de los 
Gayes. El superior de las misiones, que corrió aquellas travesías, ase- 
gura en un informe que había siete provincias desde los Gayes y Roa- 



Libro VI.— Capítulo IV 273 

inainas que se podían ir ganando para Jesucristo si hubiese misioneros 
bastantes para la conquista. Dice que una de ellas es la de los verdade- 
ros y más copiosos Coronados que hablan la misma lengua de los ya redu- 
cidos, por cuyo medio no sería difícil atraerlos. Que otra se llama de Ta- 
roqueos, y más numerosa, porque arriba á seis mil almas, que entienden 
también la lengua de los primeros. Que la tercera provincia es de los Za- 
paras, que se continúa inmediatamente con otras. Y concluye que todas 
estas tendrán como diez mil almas, sin meter en esta cuenta la provincia 
de los Abigiras que se extiende por el río Curaray, y con la comunica- 
ción y trato por aquellos ríos se habían dilatado por setenta rancherías. 
Entre un número tan crecido de enemigos, se hallaba el P. Juan Fernán- 
dez con su pequeña grey, tan lejos de abandonarla, que en el mismo año 
de la fecha de su carta, salió á Quito con cincuenta indios Gayes, entre 
los cuales iba también el cacique del pueblo , é hizo una entrada en la 
ciudad con aquella manada de corderos de Jesucristo, como en otro 
tiempo la hizo con sus Cocamas el P. Raimundo de Santa Cruz, y volvió 
con ellos al pueblo de San Xavier, confirmados todos por el señor obispo, 
agasajados de los cristianos y cargados de dones y presentes que les ofre- 
cieron á porfía en la ciudad. 

Pudo el P. Fernández hacer este largo viaje con los suyos, por haber 
gozado de salud en este tiempo las reducciones de Pastaza y no haberse 
comunicado á este río la cruel peste que añigió sobremanera á los pue- 
blos de Guallága, como insinúa en su carta. Pero la grande mortandad 
que ocasionó la peste en muchísimos pueblos, los trabajos y fatigas del 
misionero que se halló solo en tantas necesidades y miserias y los buenos 
efectos que se siguieron después de un azote que asoló á tantas familias, 
lo veremos en el capítulo siguiente, en donde oiremos de boca del mismo 
padre que se halló en tantas apreturas, cómo el misericordiosísimo Señor, 
Padre de toda consolación, le consolaba, esforzaba y animaba en su des- 
amparo, para que acudiese á todas partes y no faltase en su asistencia á 
ninguno de los muchos pueblos y no poco distantes que estaban á su 
cargo. 



CAPITULO IV 

INFORME EXACTO DEL P. LUCERO AL P. VICEPROVINCIAL DE QUITO SOBRE 
EL ESTADO DE LAS MISIONES Y RELACIÓN SINCERA DE LA PESTE DE GUA- 
LLÁGA EN EL AÑO 1681. 

Habiendo el P. Lorenzo Lucero, como superior de las misiones, visi- 
tado todos los pueblos de ellas, y puesto en la ciudad de Borja al P. Juan 
Jiménez que trajo el Señor con particular destino para que supliese en 
su empleo al P. Miguel de Silva que acababa de morir, dispuso en forma 
de carta un informe de la misión, que da mucha luz á lo que sucedió en 

18 



274 MisiONKS DEL Marañón Español 

aquellos tiempos en las reducciones de Mainas, y es el único instrumento 
que nos ha quedado para continuar esta Historia. Creo que se agradará 
el lector de leer por sí mismo las cláusulas del superior á su vicepro- 
vincial, en que le refiere sus trabajos con admirable candor de esta 
manera: 



«Mi padre viceprovincial: 

La carta que V. R, se sirvió de escribirme desde Latacunga, recibí en 
estas márgenes del Marañón, y luego al punto visité como superior las 
misiones. Puse en los Roamainas (que pertenecían á los Gayes), al padre 
Francisco Fernández en lugar del P. Miguel de Silva, difunto en Jaén de 
Braeomoros, cuya noticia dio ya por mi orden á V. R. el P. Juan Jimé- 
nez, á quien tengo puesto por cura de San Francisco de Borja, donde 
cuida de tres pueblos de Mainas, San Luis Q-onzaga, Nuestro P. San Ig- 
nacio y Santa Teresa de Jesús. El P. Francisco Fernández, además de 
cuidar del pueblo de los Santos Angeles, de Roamainas, cuida de San 
Francisco Xavier de Gayes. El P. Pedro Ignacio de Cáceres, cuida del 
pueblo de la Limpia Concepción de Xeveros y de otros tres, como son 
Chayabitos, Muniches y Paranapuras. 

Yo estoy en la Laguna, donde tengo tres naciones juntas, como son 
Ucayales, Xitipos, Chepeas, con nombre de Santa María de Ucayale y 
Santiago de Xitipos y Chepeas. Tengo también á mi cargo tres días río 
arriba y á lengua del agua, otras cuatro reducciones, como son Santa 
María de Guallaga, San José de Maparinas, nuestro P. San Ignacio 
de Maroyunas y San Estanislao de Otanavis. Tengo también de gente de 
tierra en distancia de un día tres pueblos como San Lorenzo mártir, de 
Tibilos, San Xavier de Chamicuros y San Antonio Abad de Agúanos. 
Estos últimos pueblos visito en muía, porque los caminos son llanos y 
tiesos, aunque siempre debajo de árboles, por ser todo esto bosque espe- 
sísimo; que aun los pueblos gozan sólo de aquel despejo que les^da la im- 
portunidad de las hachas y machetes, y es tanto el vicio de la tierra, que 
á seis meses de descuido están los pueblos sin forma de pueblos, porque 
la infinita ramazón del selvaje nuevo, los encubre de forma, que parece 
se han desaparecido. 

Las comodidades que tenemos por acá son solamente tener por cierto 
se salvan muchos de estos bárbaros, que parece dijo de ellos David ha- 
blando con Dios: Homines et jumenta salvahis, Domine. Son estos indios, ani- 
males estólidos sin gobierno, porque jamás reconocieron príncipe. Man- 
dan los hijos á sus padres, los agravian y hieren. Matan sus hijos unas 
veces porque nacen mujeres y no varones á que más se inclinan: otras 
veces porque la mujer tuvo pereza de criar su hijo que esta es la razón 
que dan, cuando las reprendemos. El modo de matar las criaturas es 
meterlas vivas en unos agujeros que hacen, donde los ahogan echándoles 
ceniza encima, muy despacio en que fundan la piedad maternal, pues á 



Libro VI.— Capítulo IV 275 

no ser madre del infiínte la que ejecuta la muerte dicha, sino mujer ex- 
traña, con cogerla por un pie y echarla al río, y reir mucho, está todo 
hecho. Cuando muere alguno de enfermedad, dicen lo hechizaron, por- 
que entre éstos la muerte no es natural sino casual, causada de maleficio 
de otro á quien ellos tienen por mohán. Decirles que statutum est hominibus 
semel mori [que está establecido que los hombres mueran una sola vez)^ es hablar- 
les en jerigonza. Pedirles los cuerpos muertos para enterrarlos en la 
iglesia es darles una lanzada; y aunque entierro muchos en la iglesia á 
que asisto con rigor, á una vuelta de cabeza hallo muchos enterrados en 
sus casas. Otros hay que ni en la iglesia ni en sus casas los entierran 
porque dicen es lástima que á sus parientes se los haya de comer la tie- 
rra, con que los descuartizan como á carneros; y entre todos los deudos 
se los comen. Los huesos, muy bien asados, los muelen, y revueltos en sus 
vinos los beben con grande llanto. Hacen luego una grande borrachera 
que dura ocho días donde beben, se embriagan , se tiznan con xagua y 
lloran sus difuntos con grandes alaridos. 

En muchos tiene ya otra forma la nueva cristiandad; porque nuestro 
Señor ha sido servido de mirarla con ojos especiales de piedad. El año 
pasado á principios de Junio entró la peste de las viruelas en los prime- 
ros pueblos del río arriba. Llegó aquí la noticia, y con ella dispuse cinco 
procesiones, en que hubo muchas penitencias á que asistí, predicandacon 
la palabra y con la obra y haciendo cuanto pude por darles ejemplo de 
penitencia. Confesaron y comulgaron muchísimos con tal ternura que 
me hacían llorar; pero viendo que sin embargo de todo caminaba la 
peste; el día 23 de Junio vi setenta y cinco canoas de gente en esta la- 
guna, diciéndome todos desde ella: Retírate, padre, no aguardes la peste por- 
que si la esperas te ha de matar . Lloraban todos, dando desde las canoas 
grandes gemidos, y añadían: no huimos de ti, padre amado, sino de la peste, 
porque tú nos quieres mucho, y ella nos aborrece. A Dios, Cacique tanu papa caque- 
re ura Dios icatotanare, que quiere decir: quédate con Dios , hombre esfor- 
zado, Dios te guarde, y te dé mucha vida. 

Quedé sin esta parcialidad, como en un desierto, porque aunque res- 
taban las dos de Chepeos y Xitipos, juzgué habían de hacer lo mismo, y 
£Cu.n llegué á sospechar me querían matar porque en todo el tiempo de la 
despedida, arriba dicha, no parecieron en el pueblo. Entróme á mi igle- 
sia, encendí luces y descubrí á la Virgen Santísima, donde estuve de ro- 
dillas mucha parte del día aguardando se hiciera en todo la voluntad de 
Dios. Como á las cinco de la tarde vino junta toda la gente restante; sa- 
nies al encuentro á la puerta de la iglesia; eran, como dije, Xitipos y 
Chepeos. Al acercarme, dijeron todos el alabado en tono alto y devoto, y á 
porfía unos por un lado y otros por otro me cogieron las manos, y me las 
besaron. Dijéronme que venían á hablarme. Díjeles que hablasen lo que 
gustasen, que ya les oía de muy buena ga,nsi.— Hemos entendido (dijeron) 
estás muy pesaroso de haber visto la facilidad con que han dejado este pueblo los 
Ucayales, habiéndolos tú reducido á él con tanto trabajo, y ya se ve tienes razón; pero 



27e> Misiones del Marañón Español 

áliora deseamos mucho alegrarte, y para esto te ofrecemos nuestra compañía, aunque 
haya de venir la peste; pues los. que muriéremos, hemos de subir al cielo, porque mo- 
riremos creyendo en Dios, y doliéndonos mucho de haberle ofendido. Los que Dios 
quisiere que escapemos, estamos aparejados á rastrear los retirados, y traértelos 
otra vez. 

Con este razonamiento quiso Dios consolarme. Visité los enfermos de 
arriba consolándolos, confesándolos y sacramentándolos y bautizando á 
muchísimos infieles. Entró aquí la peste y á una dio también en los tres 
pueblos de la tierra adentro y duró desde Octubre hasta principio de 
Mayo. El trabajo que tuve en asistir á tanto enfermo, casi incapaz de 
asistencia por el pestilente hedor del contagio en tierras tan sumamente 
calientes no es decible, ni mi intento el explicarlo, dejándolo todo para el 
día del juicio donde para confusión mía se verán claramente las muchí- 
simas ocasiones que nuestro Señor me ha dado para servirle y lo poco ó 
nada que de todo se ha aprovechado mi alma, pues, como dijo San Agus- 
tín, non quam multum sed quam bene (no cuánto, sino cuan bien). Murieron 
muchísimos, y juzgo que todos se salvaron, porque fuera de confesarse en 
sana salud, lo hacían también cuando les comenzaba el achaque. Los 
gentiles tomaron ejemplo de los cristianos y venían á mí á bandadas, pi- 
diéndome el bautismo; en menos de quince días, sobre asistir á tanto mo- 
ribundo, instado de ellos bauticé y puse óleo y crisma á seiscientos indios. 
Cuando estos morían y yo los enterraba, mandaba repicar las campanas, 
y como para los cristianos antiguos se doblaban dándoles yo la distinción 
de unos á otros, quedó ya por común dicho suyo decirme: Padre, ya murió 
fulano que no debe nada y es fuerza que mandes repicar á su entierro. Cuando mo- 
ría de los cristianos antiguos alguno, me decían: Murió uno que debe y asi- 
roguemos por él á Dios, y las campanas dóblense; con que todavía he tenido co- 
yuntura para explicarles el purgatorio que era de antes imperceptible 
para los indios. 

Habrá como ocho días se me vinieron cinco indios de los retirados y 
me dicen están los demás de camino para venirse; sin embargo de que 
toparon río abajo gran comodidad de poder vivir sin ley de Dios, que es 
lo que la carne tanto aprecia. Toparon con tres pueblos de Omaguas, los 
cuales les hicieron mucho agasajo. Estos tales dicen se me acercan por 
miedo del portugués, que desde la ciudad de San Luis y castillo del gran 
Para donde están haciendo rostro al holandés, se han subido á la gran 
Omagua en busca de cautivos; asegúranme se me vendrán los más, que 
son como tres mil indios, y claro está que los trae el miedo del portugués, 
porque á vueltas del rescatar cautivos juzgo les hacen mucho daño. En 
todo este mes de Junio aguardo aquí la gente retirada de este pueblo, y 
por Agosto juzgo me vendrán á ver los Omaguas que he dicho, y puede 
ser conchave yo con ellos, y se me pueblen seis días de esta laguna. Lo 
que siento mucho es no tener qué darles; porque sin los dones de hachas 
y cuchillos no se hace nada y con ellos se obra más que con las escopetas 
y estruendos militares. Hoy no tiene la misión una libra de hierro, ni una 



LiBKO VI.— Capítulo IV 277 

onza de acero, ya veo que de Quito es dificultoso venga; y así ha cerca 
de cuatro años que no nos envían una hilacha. Las sotanas son de manta, 
y sobre las carnes no dejan de congojar, aunque con mucho consuelo de 
entender servimos á tan Soberano Señor: Nudos amat eremus (agradan al 
desierto los desnudos), dijo san Jerónimo con que por esta parte no hemos 
menester más. Lo que deseamos es , tener con qué proseguir nues- 
tras conquistas espirituales, y por eso diré á V. R. en papel aparte un 
medio que me dieron unos indios de la jurisdicción de Jaén, distantes de 
Borja siete días solos. Guarde Dios á V. R. muchos años para aumento 
de estas sus conquistas de Marañen y Amazonas. Laguna y Junio 3 de 
1681 años. Siervo de V. R., Juan Lorenzo Lucero.» 

Así refiere el superior de las misiones su trabajo en tanto aprieto y el 
esfuerzo que le daba el Señor en tantas necesidades, y como otro Daniel 
en el lago de los leones estaba cercado de tantos bárbaros, aunque con 
recelo, pero sin que le tocasen al pelo de la ropa. Que bien necesaria es 
una particularísima protección del cielo, para que un hombre solo, sin 
escolta ni soldados, pueda vivir por mucho tiempo con alguna seguridad 
entre tantos indios hechos desde su niñez á no conocer otra ley que la de 
sus apetitos, y siendo necesario irlos continuamente á la mano, no parece 
creíble que no hallen algunos que revuelvan contra el misionero de quien 
pueden deshacerse tan fácilmente en defensa de sus antiguas libertades. 
Pero una de las gracias particulares del cielo que se observó siempre en 
todas las'tnisiones que han estado al cuidado de los jesuítas en la Améri- 
ca, fué el imprimir el Señor por disposición secreta tanto cariño en los 
indios para con Jos misioneros, que causaba grandísima admiración en 
los extraños, no acabando de entender tanta subordinación y dependen- 
cia de unos salvajes (á quien ni el fuego ni el hierro de los soldados podía 
domar), de unos hombres desarmados, flacos y consumidos de trabajos, 
como solían ser por la mayor parte los padres que asistían en las reduc- 
ciones. 

Los que no conocen en qué consiste tanto afecto y sujeción como da 
el Señor á los indios para bien suyo, juzgan vanamente, ó con error ó con 
temeridad lo que idea su aprensión, dando á todo lo que se dice y cuenta 
de aquel extraño rendimiento, el color de sus antojos. Si quisieran reco- 
nocer la causa del amor de los indios, hallarían que fuera de la disposi- 
ción secreta de la Providencia, la brújula con que les ganan los padres y 
el imán con que los atraen es el tratamiento afable con que les hablan, 
la caridad que con ellos ejercitan, el saber los indios mismos práctica- 
mente que no les asisten para quitarles cosa, sino para darles todo cuanto 
pueden, favoreciéndoles en las necesidades de cuerpo y alma, mirándo- 
les como á prójimos, como á libres, como á racionales, y como á cristia- 
nos. De donde nace que los indios corresponden de su parte con docili- 
dad, sujeción y rendimiento, prontos á obedecer á los padres, á servirlos 
y respetarlos. 



278 Misiones del Marañón Español 



CAPITULO V 

DE LOS GRANDES BIENES QUE SACÓ EL SEÑOR DE LA PESTE DE 
GUALLAGA, Y DEL NOMBRE DE LOS PUEBLOS DE LA MISIÓN 

La piadosa carta del misionero de Guallaga, que pusimos en el capí- 
tulo antecedente, daba materia para muchas reflexiones; todas ellas muy 
conformes á un corazón cristiano y de singular consuelo para los católi- 
cos que tienen en su corazón el bien de las almas. Al presente sólo pon- 
dremos los ojos en los innumerables frutos espirituales que sacó su Ma- 
jestad de la referida peste. El primero fué la perseverancia final de tan- 
tos indios, como arrastró el contagio en tantos pueblos, adonde se exten- 
dió la peste, muriendo todos, ó recientemente bautizados, ó fortalecidos- 
con los demás sacramentos; pues como afirma con grandísimo gozo el 
misionero que les asistía, murieron muchísimos y juzgo que todos se sal- 
varon, porque fuera de confesarse en sana salud lo hacían también 
cuando comenzaba el achaque. Ni esto debe parecer increíble porque 
aun los gentiles más tercos en recibir el bautismo cuando viven sanos en 
los pueblos, muestran una docilidad que admira en la hora de la muerte 
y claman por el bautismo, como lo experimentaban bien regularmente 
los misioneros. Y es cosa bien extraña y de singular consuelo, La persua- 
sión común en que están los misioneros del Paraguay de que todos los. 
que morían en los pueblos de sus misiones se salvaban, cuanto se puede 
pensar humanamente, atendidas las circunstancias y disposición de los 
que morían. Y si esto se pensaba sin temeridad de los pueblos de aque- 
llos nuevos cristianos que hacían una vida semejante á los fieles de la 
primitiva Iglesia, no me parece ajeno de la verdad que afligiendo tan 
cruelmente la peste varios pueblos del Marañón, el Señor, que hiere con 
piedad y misericordia, derrame sus copiosas bendiciones sobre estos des- 
echados indios, y les previniese, con el azote que tenían sobre sus cabe- 
zas, para una buena y dichosa muerte. Pero sea lo que se quiera de tan- 
ta generalidad como se insinúa en el informe, no hay duda que la mayor 
parte de los que arrastra la peste en aquellas tierras son párvulos que- 
no llegan á los siete años, y que los adultos ó se bautizan en aquel tran- 
ce ó si son cristianos mueren con los demás sacramentos que piden coii 
ansia, y los padres se los administran con toda diligencia. Esto basta 
para que los misioneros den por muy bien pagados sus trabajos y fati- 
gas, dejando á la divina piedad la suerte de los pobres indios. 

El segundo fruto de la peste fué la frecuencia que se introdujo de los 
sacramentos, á cuyas fuentes de salud y gracia concurrían los indios á 
porfía para limpiarse de sus culpas, y adquirir fortaleza para resistir á 
los asaltos del común enemigo y mantenerse firmes en la fe que habían; 
recibido. Y de aquí nació el tercer fruto, porque los gentiles viendo tanto 



Libro VI.— Capítulo V 279 

fervor en los cristianos, llevados de su ejemplo, instaban por el bautismo; 
de manera que en pocos días se bautizaron seiscientos, y aunque no sería 
poca fatiga para el misionero catequizar tanta gente y disponerla para 
el bautismo entre tantos otros cuidados y trabajos de asistir á tanto 
moribundo; pero su corazón lleno de gozo y contento en ver que crecía 
tanto el redil de la iglesia le hacía dulces las fatigas y sabrosos los tra- 
bajos. Ni es de omitir lo que dice el P. Lucero sobre el artículo del pur- 
gatorio, hasta entonces imperceptible á los indios: tanta es la cortedad 
de sus entendimientos. Porque como la aflicción y el azote da entendi- 
miento, llegaron á entender perfectamente en esta ocasión lo que la fe 
nos enseña en esta materia, adelantándose ellos mismos á decir cuándo 
se debían doblar las campanas y cuándo repicar, tomando lo primero 
por señal de las deudas que podían tener los cristianos viejos por los pe- 
cados cometidos después del bautismo, que si bien se borran cuanto á la 
culpa en el sacramento de la penitencia pero no en cuanto á la pena, 
por lo cual se ha de satisfacer á penar; y entendiendo por lo segundo 
que en el bautismo, perdonados los pecados á culpa y pena, no dejan 
deuda alguna en el bautizado. 

El otro fruto fué el arraigarse más en la fe los Xitipos y Chepeos, re- 
sueltos á morir con su misionero, en la persuasión de que si morían de la 
peste en compañía de su padre habían de subir al cielo á gozar dicho- 
samente de la eterna bienaventuranza, porque morirían creyendo en 
solo Dios, que no puede faltar en sus promesas, y doliéndose mucho de 
haber ofendido á tan buen Señor, por cuyo amor se ofrecían á buscar y 
recoger á los Ucayales retirados, si el Señor les concedía la gracia de que 
escapasen algunos de la peste. El último fruto, y que menos se esperaba, 
fué la reducción de los Omaguas., nación generosa y la más culta ó rae- 
nos bárbara de todas las que se descubrieron en el río Marañen. Porque 
habiendo dado albergue y buen hospedaje á los Ucayales huidos de Gua- 
Uaga, tuvieron ocasión de informarse de ellos en todas las cosas pertene- 
cientes á su pueblo de Santiago, supieron el modo que tenían de vivir 
unidos con otras naciones y cómo tenían en su reducción un padre misio- 
nero que les cuidaba y asistía en las cosas temporales y les enderezaba 
en las costumbres, enseñándoles el culto del Dios verdadero, criador de 
cielos y tierra, y que al fin de la vida premiaba ó castigaba á cada uno de 
los hombres, conforme á sus obras buenas ó malas. Estas pláticas de los 
Ucayales con sus huéspedes fueron la ocasión primera que tuvieron los. 
Omaguas para entrar en deseos de conocer al misionero y de ponerse en 
sus manos, particularmente viendo el grande amor que le tenían los Uca- 
yales, pues por vivir en su compañía dejaban aquellas tierras abundan- 
tes de todo género de frutos y se volvían á su antiguo establecimiento, en 
donde era mucha la escasez y en varías ocasiones la miseria. 

Todos estos frutos y otros muchos trajo consigo la peste que hizo tanto 
destrozo en el pueblo de Santiago y en los demás del mismo partido, los 
cuales en este tiempo habían mudado en parte los primeros nombres, ó 



280 Misiones del Makañón Español 

por haberse unido unos con otros, ó con ocasión de otras varias epidemias 
en que la parcialidad que prevalecía solía dar el nombre á la gente que 
quedaba. Y aunque en el capítulo IV pusimos la mayor parte de las re- 
ducciones según el orden de su fundación, y en el postrero del libro V 
apuntamos las que después se formaron, me ha parecido conveniente 
notar ahora los pueblos que se contaban en el año de 1682 con los mismos 
nombres que hallo en una relación hecha por este mismo tiempo. De esta 
manera se evitará la confusión de los lectores, advirtiendo que la varie- 
dad de los nombres que no concuerdan con los que arriba escribimos 
nace de las razones insinuadas y de haberse fundado algunos otros en 
estos últimos años. 

PARTIDO I 

Ciudad de San Francisco de Borja. 
San Luis Gonzaga de Mainas. 
San Ignacio de Mainas. 
Santa Teresa de Jesús de Mainas. 

PAETIDO II 

La Concepción Purísima de Xeveros. 
Nuestra Señora de Loreto de Paranapuras. 
El anejo de Chayavitas. 
El anejo de Muniches. 

PARTIDO III 

Los Santos Angeles de Roamainas. 
El Nombre de Jesús de los Coronados. 
San Francisco Xavier de los Gayes. 

PARTIDO IV 

Santa María de Ucayales. 
Santiago de Xitipos y Chepeos. 
San Lorenzo de Tibilos. 
San Xavier de Chamicuros. 
San Antonio Abad de Agúanos. 
Santa María de Guallaga. 
San José de Maparinas. 
San Ignacio de Mayorunas. 
San Estanislao de Otanavis. 

El partido primero estaba á cargo del P. Juan Ximénez, párroco de 
la ciudad de Borja, que bajando por el río Marañen en una sola mañana 



Libro VI.— Capítulo VI '281 

visitaba los tres pueblos de Mainas, por estar el más apartado distante 
sólo tres leguas de la ciudad, y por esta causa solía decir Misa en dos de 
ellos los días festivos. El segundo partido estaba al cuidado del P. Igna- 
cio Cáceres, hombre de edad avanzada, como dijimos, pero que podía 
llevar aquella carga por ser casi todos cristianos viejos y bien impues- 
tos en las prácticas de la misión. Para entrar á este partido se subía 
desde el Marañón por el río Apena, y se encontraban luego los Xeveros. 
Desde esta nación á tres días de montañas se hallan los Paranapuras, 
y por navegación de varios ríos se visitan los Chayavitas y Muniches. El 
tercer partido, en que asistía el P. Francisco Fernández, abrazaba los 
pueblos de los Gayes, Coronados y Roamainas puestos en las márgenes 
del río Pastaza en la distancia de ocho días de camino de los Roamainas 
á Gayes, y de solos tres días de Gayes á Roamainas, por la diferencia de 
las corrientes, como arriba dijimos. Los Coronados vivían en medio de 
estas naciones, y por consiguiente era la menor distancia y se podían vi- 
sitar más cómodamente. 

Pero lo que causa grandísima admiración era que el superior mismo 
de todas las misiones y que debía incesantemente atender á todas partes 
tuviese sobre sí todo el cargo de los nueve pueblos del cuarto partido, y 
esto en tiempo de tantas necesidades y miserias. Pero la caridad es an- 
chísima y el celo de las almas le daba alas para volar de pueblo en pue- 
blo y no faltar en nada á las ocasiones urgentes. El mismo P. Lucero 
había aumentado su partido en más de cuatro mil almas, y como á ove- 
jas recogidas por él mismo al aprisco de la Iglesia, les asistía con más 
cariño y cuidado, dándoles el pasto saludable de la doctrina cristiana, y 
estuvo tan lejos de rendirse al trabajo increíble de cultivar tantas reduc- 
ciones, que comenzó á meditar nuevas empresas, no viéndose su corazón 
satisfecho ni saciado su celo hasta que viese reducidas al Evangelio las 
innumerables naciones de que fué adquiriendo noticias con ocasión de 
los muchos viajes que hizo él mismo y de los que hacían los nuevos cris- 
tianos. 



CAPITULO VI 

PROVIDENCIAS QUE TOMA EL P. LORENZO LUCERO PARA LA CONQUISTA 

DE VARIAS NACIONES 

Es cosa verdaderamente digna de sentirse no poder seguir con la 
pluma desde el año 1682 á este varón apostólico y operario infatigable 
del Marañón, porque no hay duda de que fueron tales sus peregrinacio- 
nes, viajes y fatigas, y cogió tanto fruto de sus continuados sudores en la 
América Occidental, que mereció ser en alguna manera comparado al 
que cogió con los suyos el Apóstol de las Indias en el Oriente. El P. An- 
tonio Vieira, no menos admirable por el encendido celo de la conversión 



282 Misiones del Marañón Español 

de los indios del Marafión portugués, que por la capacidad y agudeza de 
su vasto y delicado entendimiento, tan celebrado en uno y otro mundo, 
al oir contar los pasos, peregrinaciones y conversiones del P. Lorenzo 
Lucero, se dice que exclamó diciendo: «Como puso Dios en el Oriente un 
sol en Xavier que en el siglo pasado con su luz y doctrina lo ilustrase, 
así en este siglo ha puesto en el P. Lorenzo un Lucero que esparza sus 
luces por el Occidente.» Y aunque este lucero resplandeciente que con- 
tinuó en alumbrar aquel hemisferio, se nos pone á nosotros, observare- 
mos los últimos brillos de que tenemos noticia en las providencias que 
tomó en estos tiempos para la reducción de innumerables gentes, cla- 
mando con instancias al provincial de Quito por nuevos socorros de ope- 
rarios para recoger la mies copiosa que le mostraba el Señor. 

Entre tanto que venían nuevos operarios, fué tomando este insigne va- 
rón desde el año de 82 todas las medidas convenientes y acertadas para 
la conversión de innumerables naciones del río Ucayale; dispuso las cosas 
para la reducción de la Grande Oraagua, y no omitió diligencia alguna 
para la pacificación de los valientes Grívaros. Averiguó que á los treinta 
días de navegación desde la laguna de Guallaga, en donde más frecuen- 
temente residía, se hallaba, entrado por el gran río de Ucayale, un golpe 
considerable de naciones que arribaban como á diez mil almas. Sus nom- 
bres eran Cambas, Remos, Manamobobos, Cunivas y Piros. Supo que estos 
últimos comerciaban con otra nación inmediata que tenía por cabeza una 
persona principal, que llamaban inga, señor de tantos vasallos, que le 
aseguraban no bajarían de doscientos mil. Parecía ser este reino abun- 
dante de riquezas, y en prueba detesto, llevaron al misionero varias pie- 
zas de oro, como orejeras y una media luna ó patena de este precioso 
metal. Para ganar tantas gentes que le robaban el corazón con sólo el 
pensar que por ellas había derramado su sangre el Hijo de Dios, entabló 
amistad con los Cunivas, que serían como mil y quinientos. Dos cosas 
ventajosas á la religión sacó el padre de la amistad con aquellos genti- 
les; la primera fué traer consigo algunos muchachos que le dieron con 
buena voluntad para que aprendiesen la lengua y se instruyesen en la 
doctrina cristiana, los duales á su tiempo serían muy buenos intérpretes 
y servirían grandemente á la conversión de las naciones más altas, cuyas 
lenguas sabían Fué también considerable la segunda ventaja, porque los 
mismos Cunivas, como confinantes con los Piros, amigos del inga, se ofre- 
cieron á ganarlos, proponiéndoles las conveniencias de vivir con padres 
que les asistiesen y cuidasen, sin interesarse nada en sus cosas, antes 
bien, dándoles lo que tenían de suyo. El mismo P. Lucero en carta de Fe- 
brero del año de 82, dice al provincial: «Tengo por cierto según el empeño 
que tienen los Cunivas, que habrán hablado ya y tratado con los Piros 
sobre las conveniencias y ventajas de vivir con misioneros, y yo mismo 
espero entrar á hablarles dentro de poco tiempo, acompañado de trescien- 
tos indios que se me ofrecen alegres al viaje». 

La misma diligencia de recoger niños para intérpretes y para masa 



Libro VI.— Capítulo VI 283 

de los pueblos que pensaba fundar, ejecutó con otros indios llamados los 
Pelados. Vivían éstos tierra adentro, como á cinco días de la Laguna, en 
sitios altos y secos, con camino abierto hacia la parte del río, y curiosa- 
mente dispuesto con arcos vistosos de palmas. Su número era de siete mil 
almas y parecía nación de buena índole y natural acomodado, pues no 
se oponía á que entrasen forasteros por sus tierras como no les hiciesen 
daño. A la banda del norte, enfrente de los Pelados, descubrió los indios 
Zameos, é informándose del número de esta dilatada nación, sacó que se- 
rían por entonces como seis mil almas, aunque es verdad que cuando se 
logró la reducción de los Zameos no pasaban, como veremos, de mil per- 
sonas. Tuvo conocimiento con los indios Payaguas, y llevó algunos mozos 
á Santiago para abrir el camino á la conversión de esta nación incons- 
tante, que dio después tanto que hacer á los misioneros por su genio trai- 
dor y poca firmeza. 

No contento el P. Lucero con estos descubrimientos y con los medios 
que iba tomando de antemano para la predicación del Evangelio, dispuso 
una armadilla de indios con algunos españoles hacia las tierras de los Gí- 
varos, pretendiendo ganarlos más por vía de paz, regalos y caricias^ 
que por vía de fuerza, la cual era muy pequeña para domar unos indios 
tan valientes y guerreros, que por el sitio que ocupaban y por las noticias 
que de ellos se tenían, hacían una nación numerosa y formidable á los 
mismos españoles. Pero ni esta expedición amigable ni otras que se si- 
guieron, después tuvieron el efecto deseado. Porque desde la entrada del 
capitán Martín de Rivas, en que descubrieron, como vimos, la codicia de 
los españoles, tenían un horror pánico al nombre solo de viracocha, ó espa- 
ñol, sin dar lugar á proposiciones ni pactos con una gente á quien abo- 
rrecían de muerte. Tan buenos frutos recogió aquel caballero de su des- 
graciada expedición y tales fueron las resultas que nos quedaron de ella» 
Pues en más de cien años no pudieron ablandarse aquellos duros corazo- 
nes, aunque quiso el Señor que se amansasen estas fieras con las armas 
de la cruz puestas en manos de un pobre misionero que tuvo alientos 
para penetrar aquellas tierras; pero cuando los Gívaros venían ya en po- 
blarse y entregarse á la dirección de los padres, por justos juicios de 
Dios, les faltaron los maestros y quedaron en su ceguedad antigua , como 
á su tiempo contará la Historia. 

La más adelantada conquista del P. Lucero, antes de la entrada de 
nuevos misioneros, era la de la insigne nación Omagua, situada en lo 
bajo del Marañen, como á ocho días de la Laguna. Porque no sólo había 
entablado paz y contraído amistad con los Omaguas, sino también dis- 
puesto las cosas de manera que estaban en su voluntad y manos, no es- 
perando otra cosa sino que les enviasen misionero ó bajase por sí mismo 
á enseñarlos, bautizarlos y dirigirlos. Esta buena disposición de aquellos 
gentiles para la enseñanza en nuestra sagrada religión , creció con una 
invasión repentina que por la banda del Marañen portugués padecieron: 
de los europeos^ Sucedió que éstos, dejándose caer una noche sobre una 



*284 Misiones del Marañón Español 

ranchería de Omaguas descuidados, les rodearon por todas partes y cor- 
taron la retirada. Hechas algunas muertes en los que resistían y ahu- 
yentando con los arcabuces á los que venían á la defensa, llevaron á los 
demás maniatados y esclavos de su tiranía, en especial niños y mujeres, 
que resistieron menos al repentino asalto. Volvieron proas los bárbaros 
europeos con esta cruel y vergonzosa victoria, muy alegres por la presa 
de los pobres esclavos bien asegurados con prisiones. Los Omaguas, al 
principio dispersos y aturdidos con el estruendo de las escopetas, volvie- 
ron luego en sí, y haciendo cólera con la vejación y robo de las mujeres 
y niños, siguieron á los piratas con sus ligeras canoas , y observando á 
remo sordo y con mucho cuidado los puestos de sus enemigos, lograron 
Analmente la suya en una noche, que habiendo hecho rancho en una 
playa, estaban descuidados y muy ajenos de pensar lo que contra ellos 
se tramaba. En la seguridad suele estar el mayor peligro y poco puede 
el que es superior en armas si lo cogen desprevenido. Los Omaguas die- 
ron tan diestramente contra los europeos, y cargaron tan prontamente 
contra ellos, que matando á muchos pusieron en fuga á los demás y reco- 
braron todos sus parientes, que les dieron las gracias de haberlos redi- 
mido de tan dura esclavitud; pues iban ya condenados á ser vendidos por 
esclavos, como lo habían sido otros varios de la misma nación. 

Dieron la vuelta los Omaguas, alegres y contentos del suceso, tra- 
yendo consigo dos muchachos blancos que habían cogido y cierta ropilla 
de los enemigos á manera de anguarina, que podía servir de señal para 
conocer si los enemigos eran holandeses ó portugueses, ya que no se co- 
nociese por los muchachos ó no lo quisiesen declarar. Luego que llega- 
ron á sus tierras enviaron prontamente al P. Lucero quien le diese cuenta 
de todo lo sucedido, con la ropilla, para que por ella juzgase de la cali- 
dad de los ladrones ó piratas. Suplicábanle con más instancia que les en- 
viase misionero con quien pensaban poder vivir con mayor seguridad en- 
tre tantos enemigos, y prometían enviarle los dos mozos blancos que te- 
nían consigo, y trataban como á los suyos. Tan humanos fueron siempre 
los Omaguas, que aun siendo gentiles no mataron á sus enemigos tenién- 
dolos en su mano después de tan señalado agravio. 

Agradeció el misionero la fineza de los Omaguas, alabó su valor, y ce- 
lebró su fidelidad, alentándoles á perseverar en su buena resolución y pro- 
metiéndoles enviar padre que les amparase, ó bajar él mismo en persona 
á vivir con ellos si lo permitiesen sus cuidados. Era su ánimo juntar los 
Omaguas con los Ucayales, que habían dado pruebas de congeniar con 
ellos, en las islas más bajas y retiradas del rumbo del portugués, para 
que estuviesen menos expuestos á sus repentinas irrupciones y piraterías 
sangrientas. Y como era numerosísima la nación, escribió al provincial 
que para sólo los Omaguas eran necesarios dos padres, no pudiendo uno 
solo asistir á tanta gente, particularmente en los principios de su reduc- 
ción. Hizo también recurso á Lima enviando una relación exacta de lo 
que acababa de suceder y suplicando al señor virrey que se sirviese su 



Libro VI.— Capítulo VII '285 

excelencia de dar alguna providencia para fabricar algún castillo ó for- 
taleza contra tan perjudiciales ladrones, y asegurar las tierras de su 
majestad católica. Qué resolución se tomase por entonces para obviar á 
los peligros que amenazaban, ni lo sabemos ni lo hemos podido averi- 
guar. Acaso sucedería lo que después ha mostrado la experiencia; que,, 
conocido el daño inminente, se han dado buenas y convenientes órdenes 
sin que se hayan jamás puesto por obra. Todos conocieron la necesidad 
de este fuerte con algún presidio de soldados españoles, clamaron mu- 
chas veces por la ejecución los misioneros; la corte misma, viendo no 
sólo la conveniencia pero aun la necesidad, mandó que se levantase para, 
poner en seguro á la nueva cristiandad, y tener en resguardo los domi- 
nios de España, pero jamás se ejecutó una orden tan razonable ni se sa- 
tisfizo á tan justa demanda. De tan pernicioso descuido vinieron después 
los graves daños que causaron los portugueses en aquellas misiones des- 
tituidas de todo socorro de los españoles, sin tener otro arbitrio los misio- 
neros, incapaces de resistir á las violencias, que llorar las pérdidas irre- 
parables de la gente llevada por esclava, y retirar, dejando aquellos 
parajes en manos del portugués, los indios á sitios más lejanos y escon- 
didos. 



CAPITULO VII 

VIENEN NUEVOS MISIONEROS DE EUROPA. — CARTA NOTABLE DE UNO DE 
ELLOS Á SU PROVINCIA DE ÑAPÓLES 

Hallábase en España el procurador del Nuevo Reino casi sin espe- 
peranza de recoger misión para Quito y Santa Fe, muy particularmente 
por la falta de medios con que conducirlos á la América, porque los 
gastos de la navegación y viajes tan largos de aquellos padres hasta en- 
trar en Quito son mayores de lo que se piensa comúnmente. Pudo con el 
procurador tanto esa falta de medios, que no se atrevió en España á pre- 
parar misioneros; pero pasando á Roma, el Señor, que miraba con ojos 
de piedad la misión de Mainas, le inspiró á que pidiese (casi á la misma 
partida de aquella ciudad) operarios, ensanchándole el corazón y alen- 
tándole á que confiase en la Providencia, que prevendría los socorros 
necesarios para su transporte. Como el pensamiento venía del cielo, vino 
luego uno de la provincia de Ñapóles, como si estuviera esperando la co- 
yuntura, y se juntó con el procurador, á quien se allegó otro, que le es- 
taba esperando en Grénova, y á poco tiempo concurrieron otros dos ale- 
manes con un ñamenco, los cuales llegaron á Cádiz en tiempo tan me- 
dido para la partida de los galeones, que sin descansar del viaje, se 
embarcaron para el Nuevo Reino sin la compañía de su procurador, que 
dando la vuelta por Madrid para evacuar en aquella corte sus negocios, 
pensaba hallarse en Cádiz á tiempo para la embarcación. 



286 Misiones del Marañón Español 

Con esta partida tan pronta y no pensada de los cinco misioneros, se 
descubrieron varios rasgos particulares de la divina Providencia con las 
misiones de Quito y del Nuevo Reino. Porque primeramente los galeo- 
nes debieran haber salido por el mes de Octubre y por varias cosas que 
ocurrieron y parecieron casualidades, se fueron deteniendo hasta tres 
meses, como si esperaran la misión, y salieron por el Enero, cuando el 
procurador que estaba en Madrid, no creyendo ya que hubiesen de salir 
tan presto las embarcaciones, se detuvo en la corte, de manera que no 
los pudo alcanzar. Pero aun esta última circunstancia la convirtió el Se- 
ñor en bien de las misiones, porque ocho meses después llevó consigo el 
procurador en unos navios de barlovento seis misioneros más, con quie- 
nes no se contaba, de la provincia de Aragón. Fuera de esto, el P. pro- 
curador general de Sevilla por sí mismo y con otras circunstancias que 
concurrieron, dispuso el embarco y despacho de los cinco padres. Cosa, á 
la verdad, bien extraordinaria y poco regular, pues el avío, despacho y 
embarcación de los que pasan á Indias, no pertenece al oficio ni es de la 
inspección del procurador de Sevilla, sino del procurador de las misiones. 
Pero el Señor gobernaba el negocio, y puso en el pensamiento del uno que 
debía disponer en las circunstancias de lo que tocaba á otro. 

Mucho más se descubrió la disposición amorosa del Señor en este viaje 
por otra circunstancia muy particular que ordenó á favor del misionero 
de Ñapóles. Luego que éste se partió de Roma para su destino, ios her- 
manos y deudos que llevaban muy á mal la partida á las Indias de su pa- 
riente, empezaron á poner estorbos é impedimentos al viaje, alegando la 
falta de salud y otras razones que suelen aparecer en estas ocasiones. 
Tanto hicieron y dijeron tanto, que obligaron al general á que escribiese 
resueltamente al procurador de la misión para que no se embarcase el mi- 
sionero, sino que volviese luego á su provincia de Ñapóles. Mas el orden 
cerrado del general llego al puerto dos días después de haberse embar- 
cado el napolitano, cuando iba ya navegando para Indias. No hay astu- 
cia contra Dios, y dispuesta de su eterno consejo la ida del misionero, 
ningún manejo de los hombres podía impedirla. 

Parece que su Majestad dispuso la venida de este fervoroso operario 
á las tierras del Marañón, no sólo para trabajar con celo en aquella ex- 
tendida viña, sino también para desengañar á sus paisanos de las apren- 
siones que tenían contra aquellas desconocidas misiones, y para llamar 
nuevos sujetos al empleo glorioso de la conversión de aquellos gentiles. 
Un año después de haber llegado á Quito, cuando ya destinado á los 
Mainas, no suspiraba sino por la entrada al Marañón, sabiendo las pre- 
tensiones de sus parientes y el modo particular con que le había el Señor 
librado de sus lazos , escribió una carta muy notable á cierta persona de 
autoridad en Roma para que desengañase á la Italia de las preocupa- 
ciones en que estaba contra las misiones del Marañón , y para que influ- 
yese en la ida de muchos sujetos á recoger los inestimables tesoros de 
oro, plata y piedras preciosas que ofrecía la provincia de Quito en las 



Libro VI.— Capítulo VII 287 

almas de innumerables gentiles, redimidas con la sangre de Jesucristo. 
Siendo la carta bien singular y estando escrita con grande sentimiento, 
me ha parecido poner en este lugar las cláusulas en que desengaña, es- 
fuerza y anima á los sujetos de su provincia y á los demás italianos 
que tenían poco conocimiento de aquellas tierras. Comienza su escrito 
con sinceridad y candor, de esta manera: 

«Con lágrimas en los ojos de alegría escribo ésta, y si me fuera per- 
mitido la firmara con mi sangre. Ya sabe V. R. por qué medios dispuso 
Dios mi venida á estas partes, la cual parecía imposible á los padres de 
mi provincia de Ñapóles; pero Dios de todas maneras me quería aquí, 
como siempre me parece me lo decía el corazón, y el Señor venció todas 
las dificultades facilísimamente y con una suave providencia me condujo 
hasta aquí, y me mantiene el más sano y alegre de todos. Un año há que 
estoy en Indias, con el consuelo que no puedo bastantemente explicar; 
sólo una aflicción me atormenta el corazón, y es el ver tanta multitud de 
gentiles y tan pocos operarios. Muéstranos Dios en estas misiones mu- 
cha mies madura , y vemos que no hay suficientes operarios para reco- 
gerla , y por mucho que quieran hacer los padres misioneros , siendo po- 
cos, no pueden dar satisfacción aun á los pueblos que son ya cristianos; 
con que menos podrán abrazar las naciones de infieles tan dilatadas, que 
el decirlo parece increíble, y en mí todo es suspirar, diciendo interior- 
mente al Señor de la mies: Operarios, operarios, sintiendo que no haya 
los bastantes para tanto campo.» 

Después de tan sentido exordio pasa á describir las tierras del Nuevo 
Reino y de la provincia de Quito, á cuya ciudad arribó desde Cartagena, 
después de haber caminado ínil y quinientas millas, y dice que no es po- 
sible ser poblada de españoles tan vasta extensión de tierra. Cuenta para 
satisfacer á la aprensión que se tenía en Ñapóles de aquellos padres , lo 
ameno, abundante y vistoso de la situación de Quito, por ser una conti- 
nua primavera y ser el aire tan perfecto, que no hay peste ni muchas 
enfermedades, por donde gozan los hombres de larga vida, como de 
ochenta ó noventa años. Dice que los bastimentos no sólo son suficientes, 
pero abundantes , y que se sirve más comida en un día en el colegio de 
Quito que se reparte en dos días en Italia. Se lamenta de que no hay cui- 
dado en aquellas partes de escribir las muchas cosas memorables ó glo- 
riosas, ó por humildad de los sujetos ó también por dejamiento. Declara 
las muchas maravillas que en el poco tiempo ha observado, como peces 
que vuelan por los aires, y plantas del agua con raíces en ella y no en 
la tierra ; un animalillo que convierte sus pies en raíces y en tronco de 
árbol su cuerpo y piernas que parece sienten ; culebras que partidas no 
mueren y que juntando sus partes vuelven á reunirse ; madera que se 
vuelve piedra y cosa semejantes , que ya por ordinarias no causan allí 
novedad y parecen increíbles en Italia. 

De ésta, como primera parte de la carta, pasa á la segunda, que le 
atraviesa el corazón y le saca lágrimas al escribirla. Refiere la multitud 



28S Misiones del Marañón Español 

prodigiosa de gentiles que esperan quien los alumbre y parta el pan de 
la divina palabra, y cómo al atravesar por el Nuevo Reino en su largo 
viaje se hubiera metido si le hubieran dado facultad por las dilatadas 
montañas que descubrió á uno y otro lado, pobladas todas de infieles y 
destituidas de predicadores de la ley evangélica. Que por lo que toca á 
las misiones del Marañon, siete mil indios valientes, armados con arco y 
flecha, pedían por sí mismos padres que les predicasen, y que en varias 
islas y brazos de este gran río, se hallaban dilatadas naciones en muy 
buena disposición para oír el Evangelio, y que los misioneros se afligían 
sobre manera y vivían consumidos del celo por ser tan pocos, que no po- 
dían recoger mies tan copiosa; y finalmente, que los gobernadores cató- 
licos de aquellas tierras hacían más caso de un solo misionero para re- 
ducir una entera nación de infieles, que de muchos capitanes seculares 
bien armados y prevenidos con mucho número de soldados. 

«De todas estas cosas y otras, prosigue en su carta, que no es posible 
escribirlas, y que escritas parecen increíbles, sé yo que en Ñapóles me 
darán crédito conociendo mi natural que no sé exagerar ; pero basta lo 
dicho para que pueda clamar á V. R. y cuantos vieren ésta, diciendo 
muchas veces, mesis quidem multa, mesis multa: operarii autem panci , y por 
esto rogo Dominum ut mittat operario. Ruego á N. P. General que envíe mi- 
sioneros determinados para esta dispuesta mies, y que sean de espíritu y 
celo, y el provincial de esta provincia los pide también, j que en los ga- 
leones venideros se embarquen siquiera seis. Escribo también al P. Ma- 
nuel Rodríguez, procurador de ésta y las otras provincias de Indias, que 
procure la licencia de su majestad y el avío para que vengan , pues es- 
tima en tanto esta misión, la cual tengo por tan gloriosa, que no pienso 
en otra cosa que en procurar sujetos , y mientras tuviese vida en esta 
provincia no desistiré de solicitarlos en todas las armadas, pues es lás- 
tima que se pierdan tantas almas. 

»Yo, de verdad, no alcanzo cómo excusar delante de Dios á los supe- 
riores que no quieren dar sujetos para las misiones, ó si los envían son los 
peores , de que sin duda ds causa el no saber el mucho bien que pueden 
hacer con ellos en estas partes. Excúsanse con decir que no deben pri- 
var de los buenos sujetos á sus provincias sin advertir que en premio de 
darlos para las Indias los proveerá Dios de otros mejores , como me es- 
cribe el provincial de Ñapóles, que por los que dio se ha llenado de man- 
cebos muy escogidos el noviciado . Y al contrario, en castigo de la ava- 
da de los sujetos, permite Dios haya esterilidad de ellos y malos sucesos 
de los que retienen. Cierto que no veo disparidad que siendo reprensibles 
los padres que niegan los hijos á la religión, porque no hagan falta en su 
casa, no lo sean los provinciales que rehusan pasen personas á las In- 
dias, porque hacen falta en sus provincias. A mí me decían que no llega- 
ría á ésta, y que si llegara viviría siempre enfermo é inhábil , de que yo 
venía temeroso, y ahora veo que allá no hubiera servido de cosa , y que 
acá puedo hacer muchas en servicio de Dios y bien de las almas, de que 



Libro VI.— Capítulo VII 289 

me hallo tan contento, que con lo que ahora sé y conozco estuviera 
pronto si me hallara en Italia para venirme á pie otra vez á estos em- 
pleos. Supuesto esto, ruego á V. R. que de su parte anime á los sujetos 
que quisieren venir á estas misiones, compadeciéndose de tantos millares 
de almas que se pierden sólo por falta de operarios. Yo desde acá los 
llamo amicis sociis, porque las almas de estos gentiles jam alhae mnt ad 
mesem están ya sazonadas para los graneros de la Iglesia, como escribe 
el superior de la misión, el cual, entre otras cosas que refiere, dice que de 
algunos indios ya cristianos ha sabido días há que á un lado del Marañen, 
subiendo algo, están los descendientes de aquellos cuarenta mil indios 
que se retiraron con un hermano del inga en tiempo de la conquista del 
Perú, y son sin número los que se han multiplicado, descendientes de 
aquellos primeros. Que suceden allí cosas maravillosas, en que por una 
parte muestra el demonio con asombros lo que resiste á la conversión de 
aquellos gentiles, y por otra la facilita Dios con medios que manifiesta 
para poder conseguirla fácilmente. 

«Últimamente, no puedo dejcir lo que siento el poco concepto que se 
tiene de los empleos gloriosos de estas misiones, y responderé á muchos 
padres de Ñapóles que de ningún modo querían que yo viniese acá, sino 
que fuese á la China si quería ganar almas. Espero mostrar, si acierto á 
explicarme en lo que siento, ser esta misión gloriosa mejor por lo que veo 
que hay en ella, que otras por lo que de ellas se dice. Mejor para los mi- 
sioneros en el alma, mejor para los mismos en el cuerpo, mejor para la 
salvación de los gentiles, mejor para el logro de la gracia de Dios. Harélo 
siguiendo sus partes y comparándola particularmente con la misión que 
se tiene por tan gloriosa. Primeramente, para el espíritu de los misioneros 
es mejor; porque ¿quién duda que el trabajar por estos indios pobres (y 
tan pobres que andan desnudos como bestias), es causa de grande mérito 
y efectos de mucha virtud, más que trabajar por los ricotes de la China? 
en esto se imita más de cerca á Jesucristo que siempre predicaba á las 
turbas y conversaba y se acompañaba de los pobres. En el trato con los 
pobres se conserva mejor la humildad, y la predicación es más evangé- 
lica sin andar en atenciones de policía. Además de que es mayor el mé- 
rito por ser mayor el trabajo de andar buscando las almas como caza en 
los montes, recogerlos á los pueblos y darles primero el ser hombres y 
después el ser cristianos que no se hace en la China; porque los chinos ya 
racionales y demasiadamente presumiendo de tales, se pierden por su 
soberbia y pertinacia; pero estos pobres se pierden por falta de quien los 
instruya, cosa que enternece aun á corazones de piedra. 

»En cuanto á lo temporal no faltan en estas misiones algunas conve- 
niencias, aunque juntas con grandes trabajos. Espantan éstos á algunos 
que no reconocen en sí el aliento y corazón de un Xavier, que no tienen 
fuerzas para no rendirse á las penas. Pero hay en el Marañón para pa- 
sar y sustentar la vida bastante providencia y socorros en los montes; 
hay caza de varias animales y aves, en los ríos multitud de peces; las 

19 



290 Misiones del Marañon Español 

frutas silvestres son muchas y sabrosas y sazonadas y, por providencia 
de Dios, para refrigerio del grande calor, se hace de ellas algunas bebi- 
das muy frescas; hay cacao en abundancia y vainillas que llenan de fra- 
gancia los montes, en los cuales se halla también canela. Sólo falta pan 
de trigo y no se da vino, pero se suple con pan de maíz y plátanos, y el 
vino con bebidas de frutas de buen gusto, y á veces se meten del colegio 
de Quito varios socorros de bastimentos, aunque no pueden ser muy abun- 
dantes, porque los cargan á espalda los indios por caminos fragosos y 
montañas cerradas, con que en esta parte tiene el misionero lo bastante 
y conveniente á la vida. 

«Acerca de lo que se sigue que sean estas misiones mejores que las de 
China para salvar almas, se ve ser asi: 1.° Por la multitud de indios que 
hay y la suma facilidad en reducirlos; con el regalo de una aguja, con 
un cuchillo ó cascabel está en un instante ganada un alma en consi- 
guiéndose instruirla y bautizarla. 2." En la China, cuando después de 
mucho tiempo se llega á conseguir hablar con el emperador ó recibir de 
él alguna cortesía, se ha hecho una gran cosa; aquí, en hallando un in- 
dio, no hay sino abrazarle, darle algún regalillo de vestido ú otra cosa, 
instruirlo y después bautizarlo. Allá, después de muchas fatigas y cuida- 
dos, si se convierten unos pocos, otros, temerosos del tirano y tirados de 
los bonzos, otros del interés, no se atreven; aquí que es tierra del oro y le 
tienen á los pies, es bautizarlos á todos el bautizar á uno de los de su nación 
por no tener tiranos, ni bonzos, ni religión, ni secta que les impida con- 
vertirse, sin que se necesite expeler la forma contraria de idolatría que 
casi no la tienen, ni discurren de deidad ni adoran ídolos, sino que viven 
como bestias, tanto que se llegó á dudar si eran racionales. .3.'' En la Chi- 
na los convertidos son señores políticos y presumidos de sabios, y no tie- 
nen la sujeción que deben al padre, sino es que fuese un San Francisco 
Xavier; aquí es el padre, el superior, el patrón, y en su estimación su 
rey y su pontífice, obedeciéndole con todo rendimiento, sin apartarse un 
punto de su voluntad. Allá la lengua y caracteres sínicos son muy difíci- 
les de aprenderse; acá, en tres meses, puede aprenderse la lengua de 
estas naciones, y aun sin ella, con intérpretes, desde luego se obra en 
bien de las almas, y se hace con los indios con agasajos cuanto se quie- 
re. Allá son altivos y soberbios de natural; acá es indecible la humildad 
y docilidad de los gentiles como de todos los demás indios que tanto se 
sujetan por su pusilanimidad á los españoles, aunque tal vez se les han 
rebelado; luego para ganar almas, es mejor la gentilidad del Marañen 
que la de la China. Y si no, pregunto: ¿por qué los nuestros en Europa, 
teniendo cerca tantos turcos, no van á convertir esas almas tan vecinas? 
Dirán que por ser pertinaces é inconvertibles; luego si las del Oriente y 
la China respecto de estos gentiles del Occidente son como los turcos res- 
pecto de los chinos, por más aptos se han de tener para la predicación 
estos occidentales que los chinos obstinados, políticos y altivos. 

»Lo que he dicho comparando estas misiones del Marañón con la Chi- 



Libro VI.— Capítulo Vil 291 

na, en algún modo se puede aplicar á otras misiones nuestras de las mis- 
mas Indias, como á las de Méjico y á las del Paraguay, en que ya el em- 
pleo es cuidar de pueblos reducidos de cristianos antiguos, y quizá no 
hay copiosa gentilidad vecina para reducir almas como en estas extendi- 
dísimas montañas adonde se retiraron tantos con el extruendo de la con- 
<iuista del Perú. Por esta multitud de indios y por ser tan fáciles de con- 
vertir, parece consta ser esta gentilidad la mejor para ganar almas, que 
es el fruto deseado de los misioneros, de donde se sigue también lo último 
•que decía de ser mejores para el logro de la divina gracia que puede in- 
fundirse en tantas almas que no son de peor calidad que las de la China 
y otras partes, y por éstas y por las demás derramó su sangre y murió 
Cristo nuestro Redentor. 

»Una cosa podrían decirme los que aspiran á la China y Japón, que 
alh hay martirio y aquí no, como me decían en Ñapóles. A que respondo 
que aquí en nuestro colegio tenemos en nuestra estimación por mártires 
á tres padres á quienes quitaron la vida los indios, que ojalá se hiciera 
la debida memoria de ellos. Es verdad que estos indios ordinariamente 
son cobardes, mas algunos hay valerosos, y tal vez han sucedido rebelio- 
nes y muertes en odio de la fe, ó que por amor de ella mueran los nues- 
tros gloriosamente. La diferencia que hallo es que en la China y otras 
partes la muerte es en defensa de la fe, en que quieren pervertir al cris- 
tiano los tiranos, y acá es en demanda de imprimirla en los gentiles, á 
quienes en campo abierto dan asalto con la predicación, y es más glo- 
rioso morir asaltando que morir sólo defendiéndose.» 

Estos son los principales sentimientos del misionero de Ñapóles, que 
con tanta eficacia expresa en la carta enviada á Roma para quitar los 
prejuicios de su nación sobre las misiones escondidas del Marañen. En 
ella carga muy bien, y con mucha razón, la conciencia de los superiores, 
que tal vez se atraviesan con títulos menos razonables á las vocaciones 
que da Diosa sus subditos de pasará laslndias, y demuestra evidentemente 
la grandísima ventaja de las misiones de Mainas sobre las misiones de la 
China, que, aunque gloriosas y de mucho agrado del Señor, no presentan la 
facilidad de bautismos en párvulos y de conversiones en adultos, que ofre- 
cen las del Marañen y demás misiones de la América Meridional y Septen- 
trional. Quiera Dios que nunca falten operarios celosos de la predicación 
del Evangelio en estas vastísimas regiones , porque nunca faltarán nuevos 
gentiles que se irán descubriendo en tantas escondidas montañas, larguí- 
simos ríos y llanuras interminables , los cuales perseveran ciegos en su 
infidelidad sin haber penetrado á sus cavernas y escondrijos la luz de 
la verdad anunciada en otras muchísimas partes por los predicadores 
evangélicos. Pero éstos han sido siempre pocos, y aunque fervorosos, no 
han bastado para recoger las mies abundantísima que por todas partes 
se presenta. 



292 Misiones del Marañón Español 



CAPITULO VIII 

ENTRAN NUEVOS MISIONEROS EN EL MARAÑÓN Y S5 TRATA DE LAS 
REDUCCIONES QUE HIZO EL P. ENRIQUE RITHER EN EL RÍO UCAYALE. 

Nunca parece el sol más hermoso que cuando amanece claro después 
de muchas nieblas, obscuridades y lluvias, ni es más apreciable la calma 
y serenidad que cuando ha precedido una larga y peligrosa borrasca. 
Por cuatro años seguidos se habían mantenido de solos cuatro misioneros, 
con increíble trabajo todas las reducciones del Marañón , y aunque cla- 
maban continuamente á sus hermanos para que les ayudasen á sostener 
la barca de aquella nueva cristiandad, que no podían mantener por mu- 
cho tiempo, no eran oidos en tan grande necesidad, en que hacían harta 
en acudir á los ministerios más indispensables de Quito y de su comarca- 
Oyóles sin duda San Francisco Xavier, que, como piloto bien experimen- 
tado de la mayor gloria de Dios y protector insigne de las naciones de 
oriente y occidente, les envió en su mismo día, 3 de Diciembre de 1682,. 
consagrado á la memoria de sus peregrinaciones asombrosas, cuatro mi- 
sioneros ; dos italianos, de los cuales era uno el napolitano fervoroso, de 
que hablamos en el capítulo antecedente; y dos quiteños, tenidos por je- 
suítas ejemplares en la provincia. Partiéronse los cuatro padres en el 
día dicho bajo la protección de San Javier, y con tan buen valedor lle- 
garon con felicidad al Marañón. Cuánta fuera la alegría del superior y 
demás misioneros al ver tan oportuno socorro, como el santo les traía, na 
hay para qué decirlo. Ni permitía el tiempo muchas treguas á las lágri- 
mas de consuelo que derramaban de sus ojos. Luego puso el superior á 
uno de los italianos llamado Lanzamí en los pueblos de Guallaga, cogió 
por compañero para la expedición peligrosa que tenía dispuesta á los 
Gívaros al padre napolitano é hizo que los dos padres quiteños pasasen, 
á los demás partidos en socorro y ayuda de los otros misioneros. 

Empezaron á respirar las misiones con la venida de estos cuatro ope- 
rarios, pero aunque parecían bastantes para conservar y aumentar de 
familias las reducciones ya fundadas, mas no se podían extender á nue- 
vas conquistas, siendo entre todos solos ocho sujetos para veinte pueblos. 
La divina Providencia, que había determinado alumbrar á las naciones 
más distantes, con quienes había ya tratado y entablado paces el P. Lu- 
cero, trajo al Marañón por los años de 1685 dos célebres alemanes, y fue- 
, ron los primeros que de esta nación ínclita, á quien tanto debe la cris- 
tiandad de la América, entraron á los Mainas: llamábase uno Enrique 
, Rither y el otro se decía Samuel Fritz, ambos de buena edad para sufrir 
trabajos, ambos de grande corazón en los peligros y ambos encendidos en 
el celo de la gloria de Dios y bien de las almas. Conociendo el P. Lucera 
en los dos nuevos misioneros tan gran fondo de virtud, y observando en 



Libro VI.— Capítulo VIII 293 

•ellos cierta grandeza de alma, junta con un natural acomodado al trato 
y manejo con los indios, destinó al uno á la grande Omagua, en donde 
había de recoger con el socorro del cielo copiosísimos frutos, fundando 
•en ellos una cristiandad muy floreciente, y envió al otro á cultivar las 
muchas y numerosas naciones del caudaloso río de Ucayale. 

Si en alguna parte de la historia nos causa gran dolor y sentimiento 
la falta de las debidas noticias, es en esta coyuntura, en que habiendo de 
tratar de la misión de Ucayale y de los increíbles esfuerzos y fatigas in- 
soportables del P. Rither en plantearla y en adelantarla, nos hallamos 
tan escasos de ellas por la quema ya dicha de papeles, que sólo podemos 
dar una idea general de las cosas que pedían uno y aun muchos enteros 
libros. No dudo que el lector benévolo perdonará esa quiebra y nos re- 
prendería justamente si llegase á entender el que escribíamos cosas par- 
ticulares poco ciertas ó menos averiguadas. Seguiremos en lo poco que 
decir podremos, las apuntaciones de un misionero que han llegado á nues- 
tras manos. 

Salió el P. Enrique Rither para Ucayale, el día 16 de Enero de 1686, 
<icompauado de una tropa de indios Cunivos que habían venido á buscar- 
le á la Laguna misma por propio misionero. Como las naciones que había 
que cultivar en aquel río eran muchas, y en mucha distancia unas de 
-otras, pareció conveniente que fuese con el misionero un hermano coad- 
jutor (que á lo que pienso acababa de llegar á la misión), llamado Fran- 
cisco Heredia ó Herrera, religioso ejemplar, celoso, de corazón en los 
peligros, y muy parecido en la virtud al sacerdote que acompañaba. No 
:se tenía entonces mucha confianza en los Cunivos por ser gente muy nue- 
Ta y poco conocida de los misioneros; y á esta causa el capitán de los 
Xitipos, parcialidad antigua de la Laguna, se ofreció á seguir al P. Rither, 
para servirle y ayudarle de la manera que pudiese. Con esta compañía 
•entró el P. Enrique, por Ucayale, y llegó á una población de Cunivos 
juntos ya por el P. Lucero, con la advocación de San Nicolás, en un sitio 
llamado Pachüea. Como iba de paz fué bien recibido de aquellos indios, 
más luego comenzaron á mostrar su sentimiento, viendo que no les lie- 
Taba hachas y cuchillos. Procuró el padre sosegarlos con la esperanza 
de regalarlos, luego que llegase el socorro de Quito. Sin este aliciente se 
suele adelantar poco con la gente nueva, como mostró la experiencia en 
otras partes. Entabló con los niños que llevaba de la Laguna la doctrina 
y el rezo en lengua Xitipa que entendían bastantemente los Cunivos, 
hasta que con el tiempo formó catecismo en lengua cuniva. Quiso visitar 
otras rancherías de Mayorunas y otras naciones, y conoció desde luego 
la grande resistencia del infierno á que se anunciase entre aquellas gen- 
tes poseídas del demonio por tan largo tiempo la palabra divina. En una 
-de estas tuvieron su consejo los indios sobre si matarían al misionero ó le 
<enviarían otra vez al Marañen, porque al fin «él es español y los españo- 
les son tan malos, decían, como el diablo», con cuyo nombre (en su len- 
gua, Tusuí) les apellidaban. Pero obrando en ellos la gracia de Dios, ni^ 



294 Misiones del Marañón Español 

uno ni otro determinaron, y salió de su consulta el admitirle y probar 
con el tiempo cómo les trataba, y viendo en él un trato dulce, amigable 
y cariñoso, comenzaron á inclinarse al misionero, á quererlo y respe- 
tarlo. 

Poco se fiaba el P. Enrique de estas primeras apariencias, porque sa- 
bía muy bien las experiencias pas;idas de los primeros misioneros y 
echaba de ver en tanta variedad de naciones un g-enio brutal y una car- 
nicería continua. Tenían muchos dos y tres mujeres, casábanse los hijos 
con sus madres y con la facilidad que hacían sus casamientos así los des 
hacían á su arbitrio. Abortaban las mujeres por cualquier antojo y ma- 
taban con indolencia los hijos como si fueran monos, perros ó gatos; de 
manera que parecían tener borradas las impresiones mismas de la natu- 
raleza. Preciábanse de valientes y era el más estimado el que había eje- 
cutado más muertes. De aquí nacían las continuas guerras de unas na- 
ciones con otras, haciendo frecuentes campañas para matar y coger es- 
clavos. No faltaban hechiceros, como en otras naciones, pero los más 
eran unos embusteros, y sólo tal cual píirecia tener pacto con el diablo, 
que con aullidos y estruendos horrorosos les avisaba de algunas desgra.- 
cias sucedidas en mucha distancia á sus parientes y conocidos. 

Comenzó el P. Rither á recoger indios, enseñarles la doctrina y des- 
arraigar abusos y en medio de la resistencia que experimentaba en 
aquellos naturales, no dejaba de hacer fruto, no sólo en los párvulos que 
bautizados contemplaba ya como asegurados, pero aun en muchos adul- 
tos que daban oídos á la verdad y pedían el bautismo. Pero, conocienda 
la necesidad que tenía de instrumentos y herramientas para ganar y 
atraer aquellos corazones interesados, se determinó, antes de cumplir el 
año primero de su ministerio, á volver á la Laguna en busca de hachas,, 
cuchillos, machetes y otros instrumentos dejando á cargo del hermano 
Francisco (que había recogido los Cunivos cautivos de algunos bárbaros 
y enseñádoles la lengua Inga) toda la cristiandad nueva y catecúmenos, 
de Ucayale. Mientras el misionero hacía el largo viaje, el hermano coad- 
jutor práctico en aquellas tierras por las entradas á otras naciones y por 
las paces que había hecho con los indios Campas, Machovos, y Comavos, 
procuraba aumentar el pueblo de San Nicolás haciendo varias peregri- 
naciones, en que traía algunas familias. 

En una de estas topó con un indio de la nación de los Campas, que 
haciéndose ó vendiéndose por amigo, le prometió pacificar á su nación 
entera con los Cunivos de su pueblo. Siguióle intrépido y deseoso de ga- 
nar aquellos gentiles como había ganado otros, entró por las tierras de 
los Campas no dudando del buen suceso que se prometía de la paz. Mas 
apenas le descubrieron estos bárbaros cuando viniendo en tropel en gran 
número, comenzaron á disparar flechas contra el hermano Francisco que 
viendo ser llegado el fin de su vida, puesto de rodillas y alzando los bra- 
zos y ojos al cielo, recibió con mucha devoción las últimas flechas con que 
le atravesaron, ofreciendo á Dios su vida por aquellos mismos que taiií 



Libro VI.— Capítulo VIII 295 

cruelmente se la quitaban. Despedazaron luego el cuerpo muerto, y bár- 
baramente se lo comieron, para probar, como decían, á qué sabía la car- 
ne de blanco, y encajando la cabeza en una bobona, se la llevaron en 
triunfo, gloriándose de que eran más valerosos que los blancos, porque el 
hermano se había puesto de rodillas y recibido sin resistencia las flechas 
con que le habían atravesado. Los Cunivos que le acompañaban volvie- 
ron, aunque heridos, á su pueblo, y luego salió la nación á la venganza 
contra los Campas y Pirres, que habían tenido también parte en la 
muerte del hermano. Mataron á unos y cautivaron á otros que refirieron 
lo que acabamos de contar, para que no sólo los Cunivos sino también 
los Campas enemigos, fuesen testigos de la circunstancia de la muerte y 
de la crueldad que usaron con el cuerpo difunto. Diose aviso del trágico 
suceso á la Laguna y se intentó enviar algunos españoles al castigo de 
los Campas y Pirros, pero atravesándose en este tiempo negocios más 
urgentes, quedaron sin la pena merecida los agresores, y no se pensó en 
adelante en escarmentarlos. 

No sin providencia particular del Señor dejaron los españoles de en- 
trar en Ucayale al castigo de los Campas y Pirros, que naturalmente no 
se hubiera ejecutado sin alboroto de muchas naciones, en quienes hu- 
biera crecido el odio contra el nombre español y se impidieran los pro- 
gresos de la predicación del P. Kither que volviendo con ánimo intré- 
pido á sus Cunivos hizo desde la muerte del hermano tan rápidas conver- 
siones en los gentiles de aquel río, que no es fácil de contar el número de 
bautismos no sólo de párvulos, pero aun de adultos, que teniendo ya ca- 
tecismo en su propia lengua se disponían en poco tiempo para recibir el 
santo sacramento. Es cosa bien singular, pero digna de todo crédito lo 
que hallo escrito de este santo varón que en solo doce años de predica- 
ción fundó nueve pueblos en las riberas de Ucayale, y que los cultivó de 
manera que los más eran ya cristianos, y vivían con gran fervor, de- 
jando sus antiguas supersticiones, frecuentando la iglesia y sacramen- 
tos, celebrando las fiestas principales del año y con particular devoción 
las funciones de la semana santa que suele ser la cosa que hace mayor 
impresión en los gentiles recientemente convertidos. No hizo tantas fun- 
daciones sin derramar muchos sudores en valles, montes, travesías y 
navegaciones, tomando lengua de unos gentiles y pasando á otros hasta 
recoger al gremio de la Iglesia una parte muy notable de todos los in- 
dios de que pudo tener noticias. Sus entradas á los montes en busca de 
estos desdichados pasaron de cuarenta, y se cuenta que en cada una de 
estas andaría por agua y tierra más de doscientas leguas, cuya suma 
viene á ser como de ocho mil leguas, sin meter en este cómputo los via- 
jes que hubo de hacer á la Laguna, de donde, como centro de la misión, 
se proveía de las cosas más necesarias. Tan encendido era el celo de este 
varón insigne, que en razón de ganar almas al cielo anduvo tantos pasos 
cuantos eran bastantes y sobraban para dar vuelta á todo el m.undo. 

Queriendo el Señor coronar tantas fatigas, dispuso que muriese glo- 



296 Misiones del Marañón Español 

riosamente á manos de los ingratos Cunivos, y lo mismo hicieron los Che- 
peos con D. José Bárgez, clérigo secular y compañero á la sazón del 
P. Enrique, sin que sepamos otras circunstancias, de tan gloriosas muer- 
tes, sino que sucedieron por los años de 1698. Dichosos operarios que per- 
severaron constantes en el cultivo de aquella viña hasta dar la vida en 
la demanda, después de haber enviado al cielo tantos sazonados frutos 
de adultos y niños recientemente bautizados, como morirían en los nueve 
pueblos que tuvieron á su cargo. Plugiera al cielo que aquella numerosa 
y florida cristiandad hubiera sido más duradera y consistente. Pero, con 
las muertes de los dos misioneros, se alzaron las naciones de Ucayale, y 
el medio que se tomó para pacificarlos, por justos juicios del Señor, aca- 
bó de manera de rematarlas, que quedaron perdidas del todo aquellas 
floridísimas misiones. Luego que se supo la muerte del P. Rither, ejecuta- 
da con increíble ingratitud de los Cunivos mismos, y la de su compañero 
Bárgez por los Chepeos, entró el capitán D. Juan Rioja al castigo y pa- 
cificación de la tierra, llevando consigo dos misioneros, cuarenta espa- 
ñoles y cuatrocientos indios. Era la armada respetable, particularmente 
por las bocas de fueoo, tan superiores á las armas de los Ucayales, y el 
capitán Rioja se lo prometía todo con armas tan ventajosas. En efecto, á 
los principios cogieron á muchos fugitivos; pero, fiados los blancos en sus 
fuerzas, y descuidándose de hacer con diligencia las centinelas, fueron 
sorprendidos improvisamente por los alzados que, acometiendo con fu- 
ror y rabia, mataron diez y nueve españoles y noventa indios, y los de- 
más huyeron vergonzosamente. Con esta derrota quedaron acobardados 
los nuestros, y tan orgullosos y soberbios los indios de Ucayale, que die- 
ron al través con aquella nueva cristiandad, á excepción de algunos que 
parecen haberse agregado á otros pueblos, como se puede colegir del li- 
bro de bautismos, del pueblo de la Laguna, en donde se hallan escritos 
indios Manavas que pertenecen al río Ucayale. 



CAPITULO IX 

pasa el P. SAMUEL FRITZ Á LOS OMAGUAS, Y HACE VARIAS 
REDUCCIONES DE ESTA NACIÓN 

Casi por el mismo tiempo en que entró la luz del Evangelio en el río 
Ucayale, tan poco agradecido á los sudores y fatigas de su misionero, se 
comenzó á trabajar en la grande Omagua en que, prendiendo mejor la 
semilla del Evangelio, se arraigó de manera que nunca volvió atrás esta 
nación insigne, y no sólo conservó la fe, una vez recibida, pero aún co- 
operó no poco de su parte para la reducción de otros muchos gentiles. Pa- 
recía esta gente bien acondicionada, más acreedora que las demás á que 



Libro VI.— Capítulo IX 297 

se les diese misionero propio, pues ella misma había subido los años an - 
tecedentes, como vimos, en demanda de un padre que le enseñase el ca- 
mino de la verdad, y el superior de las misiones se lo había prometido. 
Mostraban, por otra parte, los Omaguas (fuera de las vislumbres que en 
ellos se descubrían de policía) mucha fidelidad é igual constancia, que es 
la cualidad á que atienden mucho los misioneros en unas tierras en que 
es casi universal la volubilidad é inconstancia de las naciones. 

Por esta causa uno de los primeros cuidados del superior fué el enviar 
luego que tuvo á su disposición operarios, que llegaron de la Europa, al 
nuevo misionero Samuel Fritz á cultivar la extendida nación de los 
Omaguas. Vivían éstos dispersos por las islas y orillas del Marañón, 
doscientas y más leguas al otro lado del río Ñapo. Llegado el P. Samuel 
fué muy bien recibido de estos indios, como quienes por varios años le 
habían deseado. Hallábase el padre muy gustoso y contento observando 
en ellos un corazón generoso, dócil y atento, que no se había descubierto 
en otras naciones y se prometió desde luego con la gracia del Señor re- 
coger copiosos frutos para la Iglesia en una gente de tan buenas cuali- 
dades y tan deseosa de oír la palabra divina. No le engañaron las espe- 
ranzas porque comenzando su ministerio por el bautismo de los párvulos, 
y por la doctrina de los adultos, prendió tan bien en los corazones el 
grano del Evangelio, que en poco tiempo pudo fundar cuatro pueblos. 
Llamóse uno San Joaquín, puesto en la embocadura de un río que se de- 
cía Guaraní. Otros dos tuvieron por nombre Ntra. Sra. de Guadalupe y 
San Pablo Apóstol, los cuales estaban bajando por el Marañón á mano 
izquierda y el cuarto, que se dijo San Cristóbal, se hallaba bajando á 
mano derecha. Hizo en todas cuatro reducciones iglesias capaces y de 
tapia que salieron vistosas y de dura. Como era mañoso y de habilidad 
en cosas mecánicas, procuró adornarlo con obras hechas de su mano, 
como sagrarios, retablos y otras cosas de este modo, teniendo abundan- 
cia de maderas exquisitas, de las cuales escogía las más propias para los 
usos á que las destinaba. Con esto los indios se aplicaron más á la doc- 
trina, frecuentaban la iglesia y no faltaban jamás á las funciones sagra- 
das; porque es increíble cuánto se agradan los pobres indios hechos á 
ver solamente unas pequeñas chozas mal formadas, de tener en sus pue- 
blos una iglesia fabricada con aseo y solidez que, aunque no sea como 
una catedral en las naciones cultas, supone para ellos sin comparación 
mucho más, y les lleva sin violencia con su majestad para recibir la ins- 
trucción necesaria sin que piensen ya en sus antiguos tambos ó escon- 
drijos. 

Cuando conoció el P. Fritz que estaban ya los Omaguas aficionados á 
su persona y bastantemente arraigados en la fe por los muchos bautis- 
mos que habían recibido los adultos, pensó en ganar otras naciones por su 
medio. Entabló paces y amistad con los indios Zurimaguas con los Azua- 
ros, con los Lliras y con los Ibanomas. Pero halló varios estorbos para 
su reducción. Era el principal de todos el miedo grande á los portugueses 



298 Misiones del Makañón Español 

que los habían molestado muchas veces y llevado consigo muchos escla- 
vos, y si se juntaban en reducción ó pueblo lo harían más á su salvo. 
Porque hasta entonces habían andado los portugueses á caza de indios 
dispersos por los montes, como quien anda á caza de fieras; pero si se 
juntaban en un lugar, los llevarían á todos como una manada de ovejas. 
No era vano el temor de los indios, y el suceso mostró con el tiempo que 
pensaban como muy racionales. 

Considerando el misionero la dificultad grande, y deseando formar 
una cristiandad sólida j que no estuviese expuesta á los peligros de pira- 
tas y ladrones, se resolvió á hacer un largo viaje al Para, acompañado de 
algunos de sus Omaguas. Fué larga la navegación , como de mil leguas; 
pero le pareció dulce y suave, por el bien grande que esperaba resulta- 
ría de ella. Arribado al Para, se presentó al gobernador de la ciudad, le 
propuso con energía y celo los excesos , rapiñas y violencias de los por- 
tugueses, que como verdaderos piratas de los ríos que pertenecían al do- 
minio de Castilla, llevaban cautivos y hacían esclavos á cuantos indios 
encontraban, añadiendo que estos desórdenes cedían en considerable 
daño de la religión católica , porque los pobres indios expuestos á tantos 
ultrajes querían más vivir dispersos por los montes, por donde podían 
huir más fácilmente, que en pueblos ó reducciones en donde serían sor- 
prendidos. Entendió bien el gobernador la razón y el derecho del misio- 
nero, y tomó algunas providencias para el remedio de aquellos desórde- 
nes, prohibiendo estrechamente la presa de los indios, y dio muy buenas 
esperanzas de que se atajarían en adelante y se castigarían con rigor 
semejantes piraterías. Muy contento el misionero de tan buena resolu- 
ción y atención cristiana, dio vuelta á las tierras de los Omaguas é hizo en 
esta navegación una demarcación cabal y arreglada , que dio nueva luz 
á los predicadores del Evangelio del curso, brazos é islas del río Marañón. 

Sosegados á su vuelta los ánimos de los Zurimaguas y demás nacio- 
nes confederadas con los Omaguas, vinieron á formar tres pueblos ó re- 
ducciones, uno en la laguna Coari, otro con la advocación de Santa Ana, 
y el tercero llamado Tracuatuva de Tefe . Estaban las tres poblaciones 
á poca distancia entre sí, en las cercanías del río Putumayo, que los por- 
tugueses llaman comúnmente Iza. No tuvo el P. Samuel que sufrir en 
estas naciones muy semejantes á las de los Omaguas, las pesadumbres, 
penalidades y trabajos que ocasionaron ordinariamente las naciones al- 
tas del Marañón por su poca constancia y sujeción á las órdenes de los 
primeros misioneros, ni se vieron en los Zurimaguas las malas resultas 
del genio cruel y bárbaro de los Cocamas y Mainas, á quienes por otra 
parte no cedían en valor y destreza para la guerra. Eran en particular 
estas naciones diestrísimas, en el uso de la estolica que habían tomado 
de los Omaguas, arma en la realidad bien ventajosa y que sólo hallaba 
igualdad en el arco y flecha de los Panos. 

Como era la gente dócil, rendida y bien inclinada, se fué amoldando, 
con las primeras insinuaciones del Misionero, á las prácticas, orden y 



Libro VI.— Capítulo IX 299 

distribución de los pueblos antiguos. Los mismos caciques intimaron desde 
luego á todos los indios la sujeción y obediencia puntual al P. Samuel, 
porque no era razón, decían, que habiendo venido de tierras tan aparta- 
das y dejando otras gentes, en quienes pudiera haberse ocupado con fru- 
to, no lograse en ellos mismos el fin de su venida. Esta razón les hacía 
mucha fuerza por tener la mente más abierta que los otros indios del Ma- 
rañón, y no les movía menos á ser agradecidos al misionero el ver que, 
sin pretender servicio ninguno personal, ni procurar sus propias conve- 
niencias, se afanaba tanto por el bien de los pueblos padeciendo mil tra- 
bajos en los continuos viajes, en la administración de Sacramentos, y 
más particularmente en la enseñanza de la doctrina cristiana. Era la de 
los niños diaria en todos los pueblos, y la de los adultos se hacía tres ve- 
ces á la semana, y como asistían con gusto y buena voluntad, y no eran 
tan cerrados de entendimiento ni tan faltos de memoria, la aprendían 
en poco tiempo. De donde resultó que aun la mayor parte de los adultos 
recibiese en los primeros años el santo bautismo, dejando que madurasen 
con el tiempo algunos pocos que, ó por su menor capacidad, necesitaban 
de más tiempo para una cabal instrucción, ó, por más arraigados en los 
vicios y costumbres bárbaras, que nunca faltan en los gentiles más bien 
inclinados, no estaban en estado de rendirse suavemente al yugo del 
Evangelio. Los días de fiesta, fuera de la Misa, á que asistían todos invio- 
lablemente, concurrían por la tarde al Rosario de la Virgen. Se celebra- 
ban, con la ostentación posible en tan pobres tierras, las fiestas del Cor- 
pus y de los patronos de los pueblos, y con mayoi* devoción las funciones 
de la semana santa. Admiraba á los extranjeros el gobierno político y 
cristiano de estas siete reducciones numerosas que, en tan poco tiempo, 
llegaron á ser tan puntuales en las prácticas de los pueblos antiguos sin 
usar con ellas de rigor alguno. Tanto puede un natural bueno y amigo 
de la razón cuando es ilustrado de la divina gracia. 

No dejaron de padecer en este tiempo los nuevos cristianos muchas 
vejaciones y tropelías de los portugueses, que como allá desde San Pablo 
molestaron tanto á las misiones del Paraguay, así acá desde el Para in- 
festaban continuamente á pesar del gobernador las misiones bajas deí 
Marañón. No servían las órdenes de este juez bien intencionado ni les 
atemorizaban las penas; ciegos con el furor de su codicia todo lo atrepe- 
llaban y cogían á los miserables Omaguas y Zurimaguas, cuando los ha- 
llaban dispersos y fuera de las reducciones. Pasaron más adelante y lle- 
garon á amenazar repetidas veces á los misioneros que acabarían con 
ellos, si no abandonaban la empresa y dejaban el campo libre á sus cor- 
rerías que como en término propio, á lo que ellos decían, de la jurisdic- 
ción y dominio de Portugal podían ejercer sin tropiezo. Despreciaban 
los padres las amenazas de esta gente malvada y se oponían con tesón y 
constancia á su soñado derecho alegando y presentando las órdenes de 
su mismo gobernador, que lejos de reconocer por términos de Portugal 
.aquellos sitios y confesando pertenecer á la corona de Castilla, dejaba 



SOT) Misiones del Marañón Español 

libremente á los misioneros de España poder formar reducciones á su ar- 
bitrio y recoger indios de todos aquellos parajes. 

El derecho de los padres era claro, la oposición no podía ser más jus- 
ta; las órdenes del gobernador debian ser respetadas y dejar en paz 
y quietud las reducciones con tanta ventaja de la Religión; pero nada 
de esto bastaba para contener la codicia de aquellos ánimos interesados, 
y podía más el prejuicio de las figuradas ganancias, porque con su infa- 
me comercio pensaban hacer fortuna vendiendo por esclavos á los veci- 
nos del Para, los desdichados indios que en sus correrías encontraban. 
Aunque hubo mucho que hacer con tan perversa canalla, pero al fin 
mantuvieron los padres por varios años los siete pueblos fundados, en 
aquellos parajes hasta que una nueva ocasión de rotura de Portugal con 
España abrió la puerta al principio del siglo siguiente á los portugueses 
para la ruina casi total y exterminio de los pueblos, y para el menoscabo 
de la mayor parte d© los Omaguas y Zurimaguas y demás naciones, como 
ájsu tiempo veremos. Tanta fué siempre la porfía de los cristianos viejos 
en arrestar los progresos de la religión que debían promover á costa de 
sus mismos intereses. 



CAPITULO X 

DESCUBRIMIENTO DE LOS CAV APAÑAS Y CONCHOS Y REDUCCIÓN PRIMERA 

DE LOS INDIOS ZAMEOS 

Entre tanto que los padres Enrique Rither y Samuel Fritz trabajaban 
con tanto fruto y bien de las almas, el uno en el caudaloso río de Uca- 
yale, y el otro en la grande Omagua, trabajaba con igual celo aunque 
con menor suceso, en otras partes el P. Gaspar Vidal, que no sólo consi- 
guió recoger los Cavapanas y Conchos, pero aun llegó á dar principio á 
una ciudad nueva de Borjeños con la mira de hacer sólida y duradera la 
conversión de los Zameos. La nación Cavapana y Concha se mantuvo 
en su gentilidad esparcida por varias quebradas que corren á las espal- 
das de los cerros de Chaya vitas, hasta juntarse con el rio de la ciudad 
de Moyobamba. La misma cercanía de esta población de españoles re- 
tardó el descubrimiento y pacificación de los Cavapanas. Preveníanse 
éstos de herramientas, venenos y vestidos de los indios que vivían en 
Moyobamba y en la ciudad de Lamas, y como veían el trato á su pare- 
cer duro que les daban los españoles y mestizos de estas ciudades, ocu- 
pándolos en el cultivo de sus campos y en el servicio continuo de sus ca- 
sas, pareció poco apreciable á los Cavapanas el modo de vida de sus 
amigos, y procuraban no dejarse ver ni dar señales por donde pudiesen 
ser descubiertos. Ayudaban á esto mismo los indios que vivían con los 
mestizos y españoles, que ocultaban cuidadosamente la comunicación. 



Libro VI.— Capítulo X 301 

esperando que algún día les servirían de retirada y guarda aquellos gen- 
tiles, porque se les hacía dura é insufrible la sujeción á los españoles. 
En esta situación era difícil que hubiese comunicación entre las gentes 
de las misiones y los Cavapanas tan celosos de que se ignorasen sus 
puestos. 

El primer misionero que procuró y consiguió tener algunas noticias- 
de esta escondida nación, fué elP. Gaspar Vidal, que hizo una entrada 
sin perdonar á trabajo ni volver atrás por los inconvenientes, á las fal- 
das de los cerros que habitaban. No se sabe con toda certidumbre ni el 
mes ni el año en que hizo este viaje, pero nos consta que entabló paces 
y amistad con esta gente antes del año de 1691, cuando estaban los Ca- 
vapanas en una quebrada llamada Tamia-Zacu. De aquí pasaron á in- 
flujo, como pienso del misionero, al río Angaiza y en sus cercanías, for- 
maron su primer pueblo. La falta de misioneros y el gran desvio de los 
pueblos de la misión, no permitieron por entonces el atenderlos como se 
deseaba, y sólo se trató de fomentar esta reducción con algunas visitas 
de los padres ocupados en la asistencia de tantos pueblos distantes. En 
una de estas que hizo el P. Felipe Feijó consta de algunos bautismos, 
cuya memoria se mantuvo años después entre los apuntamientos de los 
bautismos de dicho pueblo. 

Por el mismo tiempo hizo el P. Vidal la primera reducción de los Za- 
meos, que pacificados desde el año 82 por el P. Lucero, no se habían re- 
ducido por falta de operarios. Mas antes que les redujese el P. Vidal á 
que se poblasen en un sitio, habían sucedido muchos debates y contien- 
das entre los indios vecinos de Borja y los Zameos. Porque aspirando los 
Borjeños al aumento de sus encomiendas y no curando mucho de los nue- 
vos adelantamientos de la misión, repitieron sus entradas á los Zameos,^ 
é hicieron muchas diligencias para ganarlos para sí, más siempre fue- 
ron animosamente rebatidos de aquella nación valiente, en quienes ex- 
perimentaron mayor valor y resistencia á la sujeción de lo que pensa- 
ban. Apenas pudieron conseguir algunos pocos indios á costa de repetí- 
dos y porfiados combates, en que siempre quedaron superiores los Za- 
meos, tenidos desde entonces de los Borjeños por indios guerreros, ani- 
mosos, diestros en armar emboscadas y fieros en los acometimientos. 

Lo que no pudo recabar la violencia de las armas, lo consiguió fácil- 
mente con su buen modo el P . Gaspar Vidal, que lo mismo fué dejarse 
ver de aquellos gentiles, que ponerse en sus manos, y ofrecerse á formar 
pueblo como se quedase con ellos y se encargase de su dirección y go- 
bierno. Era el .P., Vidal de un entendimiento hecho á formar los más vas- 
tos proyectos y de corazón tan grande que le facilitaba las mayores em 
presas. Considerando la mucha gentilidad que se iba descubriendo por 
lo bajo del Marañón, y la mucha distancia de la ciudad de Borja, para 
acudir desde este sitio á todas las ocurrencias necesarias en las nuevas 
reducciones que meditaba su celo, pensó mucho sobre el modo de asegu- 
rar la ejecución de sus designios. Resolvióse (¡ardua empresa!), á formar 



302 Misiones del Marañón Español 

en las cercanías de la boca del río Ucayale, una ciudad respetable que 
fuese como el real para el firme establecimiento y reducción duradera 
de los Zameos y demás gentiles, que pensaba ganar á Jesucristo. Arras- 
tró varias familias de Borja proponiéndoles la ventaja del sitio y co- 
menzó á plantar la ciudad ideada poco más abajo de la boca de dicho 
río en un sitio ya conocido con el nombre de Zarapa, por estar enfrente 
de una hermosa laguna así llamada. Reconvino á los Zameos (admirados 
de la nueva población que se intentaba de españoles), con la palabra 
que le habían dado de formar pueblos, si se quedaba con ellos, y se apli- 
caron desde luego á fundar dos reducciones, cada parcialidad la suya. 
Formóse la una cerca de la laguna Zarapa y en ella como más princi- 
pal comenzó á residir el misionero: establecióse la otra á poca distancia 
poco más arriba del sitio en que se levantó después, andando el tiempo, 
el lucido pueblo de San Francisco de Regís de los Zameos, que era uno de 
los mejores de toda la misión cuando fueron arrestados los misioneros. 

Con tan buenos principios tomaba nuevo aliento el P. Gaspar Vidal 
en la ejecución de su difícil empresa, y para su continuación hizo nuevos 
convites á los ciudadanos de Borja, exponiéndoles las conocidas ventajas 
del sitio limpio y saludable, la mayor abundancia de cacería en sus 
montes y la copiosísima pesca en los ríos y lagunas de su contorno. No 
ponderaba nada el padre en cuanto proponía á los vecinos de Borja, que 
ya experimentaban en sus ríos y montes grande escasez j penuria de 
caza y pesca y mucha esterilidad en los campos, por más que los culti- 
ban. Porque el lugar y paraje demarcado para la nueva ciudad de 
Ucayale ofrecía en realidad todas las referidas ventajas y cuanto se po- 
día desear en aquellas tierras para la vida humana . 

Entre tanto que de Borja venían unos, y otros se quedaban, aproba- 
ban unos el proyecto y lo desaprobaban los más, como sucede común- 
mente en las empresas nuevas y arriesgadas, se aplicó con tesón el mi- 
sionero á la formación é instrucción de los dos pueblos de Zameos. Cate- 
quizaba, bautizaba, dirigía y ayudaba á los indios sin perdonar á trabajo 
ni reparar en peligros de la vida. Iba y volvía del un pueblo á otro para 
formarlos en la doctrina y enseñarles el modo de fabricar sus casas, es- 
tando pronto á todas sus necesidades. Hizo tanto en poco tiempo, que- 
asombrados los españoles que le siguieron, confesaban con admiración 
que no acababan de entender cómo se podía haber hecho lo que veían 
con sus ojos. Cuando todo caminaba prósperamente y conforme á los de- 
seos del misionero y de los que habían dejado á Borja por la nueva ciu- 
dad, parece que el cielo declaró bastantemente no ser de su aprobación 
el proyecto, que declinaría fácilmente en violencia y en esclavitud de los 
Zameos, entregados voluntariamente á la ley del Evangelio. Ni es de 
creer que los ciudadanos, una vez establecidos en su nueva ciudad, de- 
jasen de aspirar á las encomiendas, como las tenían los vecinos de Borja, 
sin ser parte para poder impedirlo el nuevo fundador, que tenía muy di- 
ferentes intenciones. 



Libro VI.— Capítulo XI 303 

Contento el Señor con la buena fe y derecha voluntad del P. Gaspar, 
le envió una enfermedad grave contraída de los muchos y grandes afa- 
nes y de ella murió á poco tiempo en aquel mismo sitio que había esco- 
gido para ejecutar sus designios. Con esta desgracia quedaron sin apoyo 
las familias de Borja, y viéndose sin arrimo, se vieron precisadas á vol- 
ver á su antigua ciudad por estar la nueva poco más que en idea. Los 
dos pueblos de Zameos, no estando aún bien arraigados en la fe, á poco 
tiempo se retiraron á sus tierras hasta que dos años después, como vere- 
mos, se redujeron más sólidamente por medio de los Omaguas, siendo 
misionero de éstos el P. Bernardo Zurmillen. 



CAPITULO XI 

HÁCESE UNA ENTRADA Á LAS TIEKKAS DE LOS GÍVAROS POR ORDEN 

DE LA CORTE 

No tuvo éxito más feliz una entrada ruidosa hecha á los Gibaros en 
los años 1692 que la ejecución del proyecto de la nueva ciudad iu tentada 
en el año antecedente. Había entrado poco tiempo antes por aquellas 
tierras elP. Lucero con una armadilla, más en señales de paz que con 
demostraciones de guerra, pensando recabar más de los Gívaros por me- 
dio del cariño que por via de fuerza. Pero todo el fruto de la expedición 
se redujo á formar un pueblo de aquella gente que llamaron del Naranjo, 
de tan poca dura y consistencia, que no bien había comenzado, cuando 
ya se le vio acabar. Las sospechas vehementes de aquella nación contra 
los españoles que no los buscaban para otra cosa que para hacerlos tra- 
bajar los metales á que miraban, era un impedimento insuperable para 
su reducción. No creían esto los enemigos de la Compañía,* que ponde- 
rando por una parte las riquezas de aquellas tierras, no dejaban de ca- 
lumniar por otra á los misioneros, como que por sus fines particulares 
impedían su reducción. Así paga el mundo los sudores y afanes de unos 
hombres apostólicos que, pródigos de su sangre, exponen cad«, día sus 
vidas por la salud espiritual de los gentiles, como lo habían hecho repeti- 
das veces por la de los Gibaros. No entiende el hombre animal este teso- 
ro y los ojos carnales no llegan á conocer el inestimable precio de las 
almas redimidas con la sangre de Jesucristo. ■ Corrían mucho las voces 
del oro de los Gibaros y crecían en boca de los émulos de la Compañía, 
de manera que el deseo del interés aumentaba el odio, y el odio mismo 
parecía aumentar la codicia. Llegaron las voces á la corte de Madrid y 
sonaba ya muy bien en ella el oro y la plata de los Gibaros. Como no es 
fácil informarse á fondo de las muchas cosas que llegan á los ministros 
de tan lejanas tierras, tomaron éstos la providencia de despachar á 
Quito varias cédulas reales en que se mandaba una expedición vigorosa 
y eficaz en aquellas tierras nunca bien registradas, y puesta en sujecióa 



304 Misiones del Marañón Español 

aquella nación rebelde, una averiguación entera de la verdad ó mentira 
de los preciosos metales tantas veces exagerados. 

En consecuencia de este mandato el P Francisco Altamirano-, visita- 
dor de la provincia de Quito, á exhortación de la Real Audiencia y del 
ilustrisimo prelado encargó apretadamente como era razón, al P. Viva, 
superior de las misiones, que acompañase con indios, canoas, bastimentos 
y todo lo necesario á D. Jerónimo Vaca, capitán general de Mainas, á 
cuyo cargo estaba la empresa de descubrir con su prudencia y sujetar 
con su valor á los valientes Givaros. Obedeció puntualmente el superior, 
deseoso de mostrar el aprecio que siempre hizo la Compañía de las rea- 
les órdenes, y envió luego aviso á todos los partidos de las misiones para 
que se alistasen los tercios de indios más diestros y valerosos que se ha- 
llasen en las reducciones, previno yucas, plátanos, canastas de maíz, 
puercos, botas de manteca y de bebidas, recogió mucho número de ga- 
llinas que ya preveía necesarias para los muchos enfermos que no deja- 
rían de hallarse en una expedición tan larga y de tanta gente. Final- 
mente no hubo fruto en la tierra ni se encontró género de bastimento en 
los pueblos que no procurase aprontar y meter en las canoas para la 
manutención de la armada. Y como tenía experiencia de lo que sucede 
comúnmente en los largos viajes de aquellas tierras, nada tenía por su- 
perfino de cuanto podía contribuir al sustento de la tropa. 

Daban muchas esperanzas del buen éxito de la entrada muchas per- 
sonas de la ciudad de Santiago no muy distante de las tierras de los Gi- 
baros Entre ellos el vicario de la ciudad D. Isidro Moreno, sacerdote 
ajustado y de un proceder edificativo, se alegró mucho con la esperanza 
de ver reducidos á los Gibaros, y contribuyó de su parte á la conquista 
ofreciendo cuantos bastimentos pudo haber sin perdonar á gastos ; pero 
el capitán y soldados españoles se hallaron no poco desanimados por la 
experiencia que tenían de lo pasado, á que se juntaba que no habiendo 
cesado la peste que había picado en seis pueblos de la misión, no era ra- 
zón alistar indios de aquellos parajes por el peligro de que se apestase el 
ejército. Para animar á los españoles, en cuyo semblante se descubría 
cierto decaimiento, prenuncio del mal suceso, nada omitió el superior de 
las misiones y los demás misioneros. Porque dado caso que sólo debían ir 
como capellanes y á las órdenes del capitán , sin embargo fuera de las 
provisiones y gastos, que fueron todos á costa de la Compañía, sin que- 
rer recibir un sólo maravedí de la Real Audiencia, todo lo facilitaban y 
allanaban todas las dificultades, esforzaban los ánimos caídos y metían 
coraje en los soldados, así por servir al rey con sus personas y hacien- 
das , como por hacer el último esfuerzo en bien espiritual de los infelices 
Gibaros. 

A esta causa no sólo juntaron la gente que pudieron de los pueblos 
reducidos, sino también de los gentiles amigos y confederados. Trajeron 
desde muy lejos un tercio de Cunivos y otro de Semigayes, que aunque 
gentiles, eran tenidos por fieles y por valientes, y podrían suplir á los 



Libro VI. — Capítulo XI 305 

enfermos que quedaban en los pueblos. Vino un misionero con otra tropa 
de Cunivos cristianos y otro con buen número de Cocamas. Llegó una 
compañía de Xe veros, Cutinanas y Paranapuras. Bajaron de Lamas y 
de Moyobamba veinte soldados con algunos Muniches y Otanavis, que 
juntos á los Chamicuros, Agúanos y Tibilos, empezaron la marcha con 
la gente del pueblo de Santiago y de Guallaga hasta llegar al real , que 
estaba dispuesto en la boca del río. Apenas junta casi toda la gente de la, 
armada en este sitio, y no esperando indio alguno de los pueblos bajos 
del Marañón, comenzó á caminar hasta ponerse en derechura de la boca. 
de Pastaza, desde donde despachó canoas á la ciudad de Borja, con el 
aviso de que estaba junta la gente y que sólo esperaban las órdenes del 
gobernador. 

Viendo D. Jerónimo que estaban á punto las cosas, envió sus órdenes 
á la armada para que se acercase á Borja. Hízolo así, aunque no sin al- 
guna dificultad por rajarse varias canoas con la violencia de las corrien- 
tes del río que son en aquellos parajes más impetuosas. Mas, al fin, pasa- 
ron todos sin especial desgracia, y tomando de San Ignacio de Mainas los 
indios mejores de esta nación, dieron vista á la ciudad de Borja en donde 
fueron recibidos con muchos vivas y salvas, por ser una de las mejores y 
más lucidas armadas que se habían visto en aquellas tierras. Quiso el 
gobernador asegurar la empresa, y sabiendo muy bien que del Dios de 
los ejércitos ha de venir el valor y la prujlencia, mandó que, saltando to- 
dos en tierra, viniesen en orden militar á la iglesia de la ciudad, en donde, 
postrados delante del Santísimo Sacramento, hicieron sus plegarias im- 
plorando el socorro del cielo para la jornada. Acampándose después cer- 
ca de la ciudad, todo el ejército hizo rogativas por varios días, porque una 
corriente continua que sobrevino impedía el tránsito á la armada por el 
canal del Pongo, bien peligroso, en realidad, aun sin estos accidentes. 
Quiso el Señor que bajasen las aguas, y en el día 9 se resolvieron á pa- 
sarlo, como lo hicieron, sin que pereciese ninguno porque, aunque se vol- 
tearon cinco de las canoas con la violencia de las corrientes, pero las 
que iban en buen orden fácilmente recogieron la gente. 

Pasado el canal del Pongo entró toda la comitiva de canoas por el 
rio de Santiago, en donde se embarcó el general Baca y fué recibido con 
aplauso y alegría de los soldados . Al pasar por la ciudad de Santiago 
metieron nuevas provisiones, y hecha esta diligencia se enderezaron al 
pueblo viejo del Naranjo, adelantándose algunas canoas de Xeveros y 
Cunivos que, como más diestros en pescar, recogieron cuanta pesca pu- 
dieron para el ejército. Llegada la escuadra á un sitio llamado CusaMy 
perteneciente á las tierras de los Gibaros, tuvo por bien el general que 
saltasen en tierra algunos soldados españoles con 30 Xeveros y que re- 
conociesen la tierra, los cuales lograron recoger 21 personas de la gente 
Gibara, por tropezar con un golpe de ella que estaba celebrando con 
grande algazara una borrachera solemne por el triunfo de haber muerta 
dos famosos hechiceros, cuyas cabezas tenían en medio de los concu- 

20 



son Misiones del Marañón Español 

rrentes. Como no pudieron haber á las manos á los demás Gibaros, que 
se estaban bañando á alguna distancia eli el rio, dieron éstos pronta- 
mente aviso á toda la nación, que alborotada se puso luego en armas, 
recogió sus cosas, y llevó la gente inútil á la guerra á sus inaccesibles 
escondrijos . 

Fijaron su real los españoles entre una quebrada y el rio de Santiago, 
y en tres días se fortificaron en el sitio con su palenque y contra-escar- 
pa, formada de palos y de pajas, que aunque no tenía la mayor solidez, 
pero era bastante para impedir los golpes de lanzas, arma usada de 
los Gibaros. Toda nuestra fuerza constaba de 900 indios armados cada 
uno al uso de su nación y de algunos soldados españoles que no arriba- 
ban á 100, en quienes por la superioridad de las armas de fuego se tenía 
principalmente puesta la esperanza de la sujeción de los Gibaros. Se 
hubiera acaso logrado si hubieran venido los indios á una decisiva bata- 
lla; pero bien lejos de medir á este modo sus armas con los nuestros, si- 
guieron la costumbre de pelear que habían conocido más ventajosa 
para ellos en otras ocasiones. No aparecían muchos juntos, sino en pelo- 
tones y en sitios ventajosos, y cuando veían el pleito mal parado, se en- 
comendaban á los pies por aquellas breñas sin que se les diese alcance. 
Salían los nuestros de su real en varios tercios, siempre sostenidos los 
indios de algunos soldados españoles, y hacían varias correrías por todos 
lados y llegaron á penetrar casi hasta la ciudad de Zamora, de la otra 
banda de los Gibaros; pero era tan poco el fruto de las salidas, que echa- 
ron luego de ver ser imposible sujetar aquella nación hecha fuerte en 
sus impenetrables montañas y escondrijos de cavernas, si no mudaban, 
como no se esperaba, la costumbre de pelear, ó si no se presentaban á 
cara descubierta. 

En suma, sólo se logró en cinco meses que duró esta jornada, coger 
072 personas, fruto en realidad bien pequeño, atendidas las grandes pre- 
venciones, el mucho número de gente y el largo tiempo que se gastó en 
expedición tan ruidosa. Ni se debe omitir que varios de los recogidos fue- 
ron fruto de las diligencias y fatigas de los misioneros, que con su buen 
modo y caridad los atriíjeron y ganaron. Fueron luego bautizados los 
niños y remitida la gente á la ciudad de Borja y á la Concepción de los 
Xeveros; pero por más cuidado que se puso en su transporte, se escapa- 
ron algunos que iban más violentados y tiraron á sus tierras. El ejército 
aquejado ya del hambre, picado de enfermedades y disminuido por la 
muerte de varios, que cayeron en manos de los enemigos, se deshizo, y 
cada parcialidad con su misionero respectivo tomó el camino de sus tie- 
rras sin haber comenzado siquiera las conquistas de los Gibaros hechos 
fuertes en sus breñas y rocas, desde donde salían de cuando en cuando 
algunos de los más valientes, dejando siempre á seguro la gente menu- 
da. En lo cual se echó de ver una cosa bien notable y que causó mucha 
admiración á los españoles. Porque las madres por no ser descubiertas ó 
por librarse del embarazo, dejaban á sus hijos ahorcados de los árboles, 



L'.BRO VI.— Capítulo XII 307 

temiendo que los gemidos de los infantes podían dar á los españoles al- 
gunas señales de sus secretas guaridas. En esto paró la expedición hecha 
á tanta costa, que sólo sirvió de desengaño á los que pensaban que todo 
se podría conseguir en aquellas tierras con la fuerza de las armas, par- 
ticularmente uniéndose los misioneros con los soldados. Pero estuvieron 
tan lejos de conseguir los españoles la sujeción de la nación Gibara, que 
parecía el fin principal de su empresa, que ni aun pudieron lograr otra 
mira que llevaban de descubrir algún camino por aquella travesía hacia 
la ciudad de Cuenca. 



CAPITULO XII 

TRABAJOS DEL PADRE NICOLÁS DURANGO EN EL PARTIDO DEL RÍO 
PASTAZA, EN DONDE MUERE FINALMENTE ATRAVESADO Á LANZADAS 

La fortuna de los pueblos formados en el río Pastaza había sido muy 
varia desde su primera fundación. Porque los Borjeños, atentos siempre 
á sus negras encomiendas, les comenzaron á molestar como vimos, sir- 
viéndose de ellos para sus particulares intereses. Los indios llevaban á 
mal estas violencias, y, no pudiendo impedirlas del todo los misioneros, 
abandonaban muchos los pueblos y se volvían á su antigua libertad. Esta 
fué la causa por qué no subsistían todos los pueblos que se hicieron desde 
el tiempo del P. Figueroa, y por qué retirándose los indios más y más de 
la ciudad de Borja, se hallaban esparcidos por los montes y bosques más 
altos del río Pastaza. El P. Gaspar Vidal había trabajado los años ante- 
cedentes en reducir todas las naciones descubiertas en ese partido á uno 
ó dos pueblos, más con poco fruto; porque los Gayes, Zapas, Roamainas 
y Coronados se resistieron constantemente á la unión é hicieron inútiles 
todos sus esfuerzos. Las aprensiones de unos contra otros y el temor de 
ser hechizadas unas parcialidades por las otras, han sido las más veces un 
estorbo insuperable para la junta de varias naciones en un mismo sitio ó 
lugar y no había bastado el mucho tiempo ni la larga experiencia para 
desengañarse que el hombre no muere siempre de muerte violenta, antes 
casi siempre, de muerte natural. 

Cuando ya se desesperó de la unión de aquellas antiguas naciones, 
entró en San Xavier de los Gayes por los años de 1696 el P. Nicolás Du- 
rango, que había dado buenas pruebas de su ardiente celo y del despre- 
cio de su vida en los peligros en la misión baja del río Marañen. Pudo 
juntar, á costa de viajes y penalidades, á los indios Gayes, algunos An- 
doas y Semigayes, que aunque al principio fueron tenidos por naciones 
distintas de los Gayes, pero en realidad eran sólo parcialidades nume- 
rosas de una misma nación, aunque entre sí encontradas, pues usaban 
de la misma lengua y guardaban los mismos usos y costumbres. Anima- 
do el misionero con este primer suceso, hizo entrada en busca de otros 



303 Misiones del Marañón Español 

muchos Semigayes que entendió hallarse en los montes que median entre- 
el río Pastaza y Curaray, y penetró tanto, qne llegó á las riberas de este 
último. Logró muy bien el fruto de su viaje, porque recogió tanta gente^ 
que pudo formar dos pueblos en las orillas del río Bohonaza ó Bohona, en 
cuyas aguas quedó sepultado en otro tiempo aquel ejempio de misione- 
ros Raimundo de Santa Cruz. Puso por nombre á uno de los pueblos 
Santa Cruz de los Semigayes, no sé si aludiendo al nombre del que había 
surcado el primero de todos las aguas del Bohonaza. El segundo se llamó 
Los Santos de Zaparas. Muchos fueron los gentiles que descubrió en estas 
travesías, y aficionándosele muchas familias de Andoas, no tardó en 
formar otro tercer pueblo en las riberas de un río llamado GruaizagaV 
que viene á desembocar en Pastaza. Esta reducción, que se dijo desde 
luego Santo Tomás de Andoas, fué una de las más constantes y arregla- 
das desde su primera fundación, y cuando salieron de aquellas tierras- 
nuestros misioneros era uno de los pueblos más arraigados y florecientes- 
de la cristiandad. 

Parecían bastante campo al cultivo de un solo operario los tres pue- 
blos que acababa de fundar fuera del de los Gayes, que estaba también 
á su cargo; pero el celo ardiente del P. Nicolás, que á manera de fuego 
le abrasaba las entrañas, no decía basta, y se extendía á todos los para- 
jes en donde pensaba hallar materia en que cebarse. Diéronle noticia los- 
Andoas y Gayes de una nueva nación llamada Pinche, cuya situación ó 
morada no podían decir con seguridad, pero tenían por cierto hallarse en 
algunos de los montes de travesía. Al punto se animó el misionero á bus- 
carla, sin más guía que las confusas noticias que le daban. INo es fácil ex- 
plicar las penalidades, riesgos y peligros que tuvo que padecer en tanta 
incertidumbre, antes de encontrar algunos rastros de personas en breñas, 
escondidas, sitios inaccesibles y rocas impenetrables. Quiso Dios que des- 
pués de muchas andanzas y rodeos descubriese algunas señales de racio- 
nales. Siguiólas cuidadosamente con los indios prácticos que llevaba con- 
sigo, y vino á descubrir la nación Pinche, tan deseada, pero á mucha 
distancia del río Pastaza, en donde pensaba poblarla. Fué muy bien re- 
cibido de estos gentiles, á quienes por los medios acostumbrados del ca- 
riño y blandura, proponiéndoles las ventajas de vivir juntos en un pue- 
blo, persuadió que saliesen al río y que en su orilla formasen una reduc- 
ción. Así lo hicieron en poco tiempo, y se llamó el pueblo San José de Ios- 
Pinches. Viendo que la reducción era poco numerosa, pensó en aumen- 
tarla de nuevas familias, y se determinó á repetir nuevos viajes por los 
montes, de donde trajo la reducción ó nación Uspa, con la cual fué to- 
mando alguna formalidad el pueblo de los Pinches. Su primer estableci- 
miento se hizo junto á un torrente llamado Zabalayacu, á la derecha del 
río Pastaza; mas después de algunos años se trasladó la reducción á la 
banda contraria, en donde permanecía por los años de 1768, un poco dis- 
tante de la boca del río Siviyacu, en un tablón de tierra llana en que rei- 
naban comúnmente aires sanos. 



Libro VI.— Capítulo XII 309 

Por lo que en otras ocasiones hemos dicho, sobre la formación de nue- 
vos pueblos, se puede echar de ver los trabajos, fatigas y faenas del 
P. Nicolás Durango, en reducir á civilidad y cristianismo tantas y tan 
bárbaras naciones. Nueve años enteros estuvo en este partido desbas- 
tando aquellos genios bozales, enseñándoles la doctrina, bautizando los 
instruidos y desterrando los abusos bárbaros, andando de pueblo en pue- 
blo siempre con igual tesón y constancia, sin ceder á peligros, sin aco- 
bardarse por dificultades y sin que hiciesen mella en su robusta salud ni 
el destemple de las tierras ni lo grosero de los alimentos, ni la incesante 
íiplicación á ministerio tan penoso. Conservábale el Señor para un género 
de muerte gloriosísimo con que quería premiarle sus trabajos, permi- 
tiendo al infierno que saliese para bien de su siervo con una conjuración 
que tramaba contra él por medio de unos indios ingratos. Sucedió que 
declamando en el pueblo de San Xavier de Gayes contra las libertades 
y abusos de los Semigayes, gente indómita y que oía de mala gana las 
reprensiones, irritados de furor diabólico, pensaron acabar de una vez 
con el misionero y con el pueblo mismo. Como estaban á la mira, fá- 
cilmente lograron la suya estando el padre desarmado y sin defensa 
alguna. Echáronse de tropel sobre el misionero, y á su placer le atrave- 
saron á lanzadas, en el pueblo de San Xavier, sin darle lugar á lo que 
parece para implorar la defensa de los Cayes, que como más antiguos y 
arraigados en la religión lo hubieran impedido. Dado el primer paso 
sin impedimento alguno, quisieron poner fuego á la iglesia y casas, para 
que no restase vestigio alguno de la reducción; pero se opusieron valien- 
temente los Gayes , y no pudiendo los agresores acabar con el pueblo 
como deseaban , se huyeron á los montes, en donde tenían sus antiguas 
guaridas y escondrijos. Este fué el glorioso fin del P. Nicolás Durango, y 
así le pagaron los Semigayes, que era la primera nación recogida del 
misionero, el amor, sudor y fatiga con que por tantos años había querido 
-apartarlos de sus antiguas libertades. 

' No parece justa ni puesta en razón la censura de que quisieron cul- 
par algunos al P. Nicolás por su genio vivo y prolijo y disculpar en 
<iierto modo á los matadores mismos. No ignoramos que con los indios 
«s muy necesaria la paciencia y moderación en el mandar valiéndose 
más del ruego, del cariño y de la dulzura, que del imperio, de la serie- 
dad y aspereza, porque irritándolos contra su imaginada libertad y na- 
tural pereza es muy de temer la rebelión sobre la desobediencia. Pero 
¿qué prueba se da de la supuesta imprudencia del misionero? ¿Qué hecho 
se refiere de falta de moderación y mucho menos de que practicase du- 
rezas que irritasen los ánimos, ó imperios ó severidad por donde fuese 
-aborrecido de los indios? Ningún misionero de aquellos tiempos dejó me. 
raoria de algunos hechos particulares de este operario insigne en que ó 
faltase á la dulzura, ó se olvidase del ruego, ó se apartase del cariño en 
«1 trato con aquellos gentiles. Ninguno de los que hacen mención de la 
muerte del P. Nicolás especifica en qué, con quiénes, con cuántos y de 



310 Misiones del Marañón Español 

qué modo maltratase á la g-cnte. Ciertamente que los Andoas no tuvie- 
ron jamás queja alguna de su trato, ni á los Gayes se les oyó jamás ha- 
blar de ofensa, agravio, fuerza, rigor ó violencia. Solamente el princi- 
pal agresor, indio ladino y hecho á tratar demasiadamente con mestizos 
y acostumbrado k buscar pretextos para acusar á los misioneros, co- 
menzó á publicar su excusa con decir que era el P. Nicolás un hombre 
impertinente, prolijo y sobradamente empeñado en llevar adelante sus. 
resoluciones. Fuera de que si el furor y rabia era sólo contra el misione- 
ro, por sus particulares defectos, ¿por qué quisieron, hecha la muerte y 
satisfecha como debía estar su cólera, quemar la iglesia, arruinar la& 
casas y acabar con la reducción? El hecho mismo está descubriendo que 
otra fué la causa de su arrojo y que la disculpa que publicaron los Semi- 
gayes la discurrieron después para dar algún pretexto que excusase de 
alguna manera su excesiva temeridad. 

Esto supuesto; ¿en qué juicio cabe condenar de duro y porfiado á un 
misionero hecho á ganar tantas almas, y acomodarse á todas ellas? ¿Qué 
razón puede sufrir que se dé el hecho por cierto, por indubitable, y por 
bastantemente probado, sólo porque así lo publicó el reo y lo dijeron los. 
interesados, cuando la misma índole de las gentes, la impunidad de que 
gozaban, la situación y estado de la reducción, la naturaleza y serie de 
los hechos, la posesión en que se hallaba un misionero acreditado, están- 
probando todo lo contrario? Es cosa sabida á los que han tenido algún 
trato con aquellos gentiles que, además de necesitar poco motivo para sa- 
cudir el yugo, se hacen regularmente más atrevidos, orgullosos y sober- 
bios con las muchas experiencias de impunidad de delitos y con la per- 
suasión en que viven de que no es fácil en tanta distancia el castigo de 
sus excesos. Sabían muy bien los Setnigayes que los Abigiras sus confi- 
nantes, habiendo muerto años antes el P. Pedro Suárez, con huir á los 
montes se habían librado de caer en manos de los e.spañoles y que los po- 
cos que cayeron en sus manos, nueve años después del atentado, llevaron 
la pena merecida, porque dejaron sus montes y escondrijos. Estaban cier- 
tos los Semigayes, de que mientras llegase á Borja la noticia de su rebe- 
lión, y viniesen de allá soldados en su seguimiento, les sobraba tiempa 
para retirarse y ponerse en seguro en sus bosques enmarañados. 

Esta firme persuasión hacía sin duda más fuerza que á las demás na- 
ciones á los indios Semigayes, cuyo genio fué siempre opuesto á toda su- 
jeción, su orgullo grande, maravillosa su intrepidez y como innata la 
bárbara propensión á ensangrentarse en los inocentes, sin más motivo 
que ser confinantes; por donde las naciones vecinas les miraban como 
crueles perseguidores. Pues ¿qué maravilla es, que se alzasen contra el 
inocente misionero, por más blandura y cariño que con ellos usase y por 
más beneficios que les hiciese? ¿Qué mayor prueba de la inocencia del 
padre, que haber sabido acomodarse al genio y natural de tantas nacio- 
nes como trató? Supo llevar la inconstancia de los indios Payaguas, en el 
río Ñapo, á quienes comenzó á reducir antes de venir á Pastaza. Se acó- 



Libro VI.— Capítulo XII 311 

raodó al humor de los Pinches, que Scicó de los montes. Ganó la voluntad 
de los Uspas, que redujo á población. Fué amado y estimado de los An- 
doas, que sintieron altamente la sublevación de los traidores. Siempre le 
respetaron los Gayes, que, ó no pudieron prevenir el alzamiento, ó cedie- 
ron á la fuerza de los Semigayes, que los obligaron á tomar partido y 
arrastraron á varios á la retirada después del exceso cometido. 

Finalmente, prueba poco, ó por mejor decir no prueba nada, quien 
sólo se esfuerza á persuadir con generalidades que se pueden aplicar al 
más moderado y circunspecto misionero, si se pretende hablar por len- 
guas y bocas de los indios. 

«Tres y cuatro veces he visitado la misión toda (dice el P. Martín 
Iriarte á este propósito) como sup