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Full text of "Historia del General Güemes y de la provincia de Salta, o sea de la Independencia Argentina"

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5f) 55^6.1 



HARVARD COLLEGE LIBRARY 

SOUTH AMERICAN COLLECTION 



THE CIFT OF ARCHIBALD CABY COOLIDGE, '87 
AND CLARENCE LEONARD HAY, '08 



5 A d '?■«'■'. / 
HISTORIA 



DEL GENERAL 



D. MARTIN GUEMES 

Y DI LA 

PROVINCIA DE SALTA 



1810 A 1832 

POR EL 

dr. bernardo frías 



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SALTA 

EflT&BLBCIMlKHTO TIPOORAFICO DB -EL CÍVICO— OaLLR CMBEOB. 

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HISTORIA 



DEL GENERAL 



D. MARTIN GÜEMES 

PROVINCIA DE SALTA 



1810 A 1832 



dr. bernardo frías 



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Harvard Collas» Ubrary 

Glft of 
Arohlbald Cary Coolldge 

and 
Clarenoe Leonard Hay 

(3 ^M .) 



23 MAY t9í2 






EL CONCEPTO PUBLICO 

■ ■ ■ • 

FORMADO CON MOTIVO DE LÁ PUBLICACIÓN Dfe'^ESTA OBRA 



Como hubiéramos dado á conocer del público las materias 
que comprende este primer volumen de la Historia del 
General Güemes y de la Provincia de Salta, publicando el 
sumarlo detallado de sus capítulos, ha sido este anuncio bas- 
tante para que la opinión acogiera con generosidad nuestra 
empresa, manifestándose en los conceptos siguientes: 



DÉLA CAPITAL 



GUEMES Y SALTA 



HISTORIA DEL TIEMPO HEROICO 



El doctor Bernardo Frías, conocido intelectual saiteño, 
da cima á una obra de aliento que merece atraer sobre 
ella la simpatía, el aplauso y el apoyo decidido de todos 
los hombres cultos del pais, ya sean profesionales de las 
letras, ya simples lectores de cosas interesantes, gustadores 
del trabajo ageno. Se trata de una «Historia' del General 
Güemes y de la Provincia de Salta» cuyo primer tomo 
saldrá á luz el 15 del próximo Abril. La preparación del 



- VI - 

doctor Frias y, sobre todo, la lectura del resumen capitular 
del primer volumen, que tenemos ú la vista, auspician 
prestigiosamente el nol)le trabajo emprendido, haciendo 
esperar una obra útil, sana, entusiasta y veraz, interesante 
como una novela en la evocación del régimen colonial 
que en Salta marcó huellas singularmente profundas. 

Todo aquel pasado sabroso y característico, movido y 
traido á luz por. un .criterio claro y nxK entilo correcto, 
encausado dentro tie la moderna Tnane^á de hacer historia, 
y luego la leyenda épica de Güemes y sus huestes gauchas, 
todo ese viejo tiempo pintorescio y digno, coballeresco y 
fulgurante dentro de la obra del doctor Frias, constituirá 
una sustancia de predilección para los paladares de buen 
gusto, y debe ser buscada por los inteligentes. Le hacemos 
decididamente el reclame mas franco v merecido al hermoso 
traJjajo que hará honor & las letras argentinas donde no 
abunda el artículo noble de los estudios é investigaciones 
pacientes, y reflejará, sobre la heroica Salta, las luces 
perennes de una gloria lejana, que ha de iluminar todavía 
el porvenir, como ilumina el pasado de la cuna de Güemes. 

{El Diario J. 



Un trabajo de gran aliento se ha empezado en la imprenta 
de El Cívico, en Salta. Nos referimos á la «Historia del 
General D. Martin Güemes y de la Provincia de Salta», 
durante la guerra de la independencia y la lucha por la 
organización nacional de 1810 á 1832, que el Dr. Bernardo 
Frias ha emprendido, habiendo ya entregado a la imprenta 
los originales del primer tomo, que es la parte preliminar 
de los diez de que constará la obra. 

Tenemos 6 la vista los sumarios detallados de las 
materias que comprenda el primer volumen, y allí se 



- VIÍ - 

revela la amplitud de la obra, que abarca desde la creación 
del virreinato de Buenos Aires hasta la revolución de 
mayo, habiéndose reunido documentos inéditos de gran 
interés histórico encontrados en los archivos oficiales de 
Salta y en los particulares de la familia de Güemes. 

El Dr. Bernardo Frias, autor de este trabejo, es bien 
conocido en Salta como hombre de letras, consagrado por 
completo & trabajos de carácter liistórico. 

Siguió los estudios de abogado en la universidad de 
Buenos Aires y hace ocho años que fué laureadp doctor 
en ciencias sociales. Cuenta 34 años de edad y desde muy 
jé ven está dedicado al estudio de la literatura y . de la 
historia. Tiene publicados varios trabajos literarios, reve- 
lándose en todos ellos un escritor galano y observador. 

Con la obra que ahora emprende el doctor Frias, prestará 
un señalado servicio á su provincia natal. 

(La Naciofn), 



DEL LADO DE GU YO 



CQUfio de Santo Mu d« Anillo 

— MENDOZA — 

Señor Doctor Bernardo Frias 
Distinguido señor: 

Con íntima complacencia he sabido que V. se halla 
próximo á editar una importante obra histórica acerca de 
la provincia y ciudad de Salta. 

Me felicito sobremanera, al ver que un nuevo nombre 
se viene á inscribir en el catálogo glorioso de nuestra 
literatura que necesita del impulso de inteligencias de 
primer orden para colocarla en la altura del progreso 



- vm - 

material que alcanza y desarrolla nuestra nación tan joven 
y tan rica en elementos de cultura. 

Apenas si V., señor, era conocido entre los intelectuales 
del país— por eso, todos hemos mirado con sorpresa, pri 
mero, y con júbilo después, esa luz fulgente y nueva que 
nos viene del norte. 

No descanse V.; investigue con ahínco y persistencia 
que, indudablemente, encontrará inmenso é importante 
material para estudiar el pasado de la sociedad argentina 
casi ignorado por el vulgo y poco estudiado por nuestros 
pensadores de talla. Me reflero á las provincias, no & la 
capital que López, Mitre y Obligado hablan en contrario. 

El espíritu cristiano que anima su estudio, según he 
podido deducir por el sumario que publica «El Pueblo», 
es una suficiente recomendación y le imprime un carácter 
propio. 

Sin odios sectarios, sin preocupaciones de partido, sin 
miras localistas, V. penetrará en el santuario de nuestros 
tiempos heroicos para poner de relieve la acción del sol- 
dado, del fraile y del regidor, almas de nuestras civiliza- 
ciones primitivas. 

Desde aquí, le envío un sincero aplauso y me suscribo 
á su obra* 

Su afmo. y desconocido amigo. 



Fiu Rboimaldo de la Cruz Saldaka Retamar 

S. o. P. 

Vice-J^ector. 
Mendoza, Mano 24 de 1902. 



DISCURSO PRELIMINAR 



I 



Vamos a escriJ)ir la historia de un hombre y la historiq 
de un pueblo cuyo paso por la vida ha quedado marcado 
por huella de inextinguible luz. Ambas abrazan una época 
singularmente admirable en donde todo es grande, desde 
la concepción de la idea genial que en lo militar y en lo 
político salva la revolución con acierto peregrino, hasta 
las virtudes comunes y los sacriflcios vulgares de la ha- 
cienda y de la vida. Dos virtudes, dos genios aparecen diri- 
giendo el movimiento en el gran escenario:— el genio militar 
y el genio político, encarnados principalmente en sus dos 
gefes mas famosos, el General D. Martín GOemes y el Dr. 
D. José Ignacio de Gorriti. 

Parécenos, así, su empresa superior, sin duda alguna, 
á aquellas realizadas por Pelayo en España y por Juana 
de Arco en Francia; pues, al lado de la lucha militar, se 
desenvuelve la lucha mas difícil aun de la organización 
del país, alzándose, por nuevo enemigo, el demonio de la 
anarquía y de la torbarie, dividiendo y aniquilando en los 
momentos mas delicados de la prueba y al frente mismo 
del enemigo común, la unidad de los esfuerzos, el centro 
del poder y del gobierno, la fuente de los recursos, sol- 
tando los diques hasta entonces cerrados á las masas 
incultas y por donde se derramaron las corrientes de la 
barbarie que sepultaron en ruinas y en sangre y en ver- 
güenza la república; destacándose Salta como solo luminar 
en medio de noche tormentosa y obscura, por la gloria 



de sus armas, por la rara nobleza de sus virtudes, por lu 
virilidad inquebrantable de su temple cívico, por la firmeza, 
sabiduría y oportunidad de sus principios políticos soste- 
nidos por aquellos sus varones ilustres cuyo talento pode- 
roso, cuya elocuencia y saber llenaron, con justicia, la 
admiración de su tiempo. 

Este gran drama de la revolución se inicia, se desen- 
vuelve y se apaga eíi el espacio comprendido entre 1810 y 
1832; por que conviene recordar que en la revolución se 
alimentaron dos aspiraciones supremas convertidas en dos 
necesidades capitales que forman el doble y magno ideal 
de aquel soberbio movimiento: esto es, la emanínpacion 
del gaís de la corona de España, que dio su origen ú la 
^'uei'ra de la independencia, y la organización de la nueva 
nación, que desenvolvió nuestra guerra civil tan compli- 
cada, tan larga y penosa como original, por una parte; y, 
por la otra, Jos grandes problemas políticos donde el ta- 
lento civil y la elocuencia y virtudes de nuestros ilustres 
varones se levantaron ú una altura digna émula, por 
cierto, de la alcanzada por nuestras armas, y cuya histo- 
ria verdadera no ha sido aun trazada como corresponde 
á la superioridad de su esfuerzo y su grandeza. 

: Todo este cúmulo sorprendente de principios, de accio- 
nes, de virtudes y. dolores; de victorias y de ruinas, de 
conflictos de todo género, forma el cuerpo verdadero de 
la revolución, que no se halla limitado, como hasta lioy 
lo han concebido los espíritus vulgares, en la simple cam- 
paña militar de la independencia, que solo es un trozo 
brillante de aquella grande unidad. La revolm^ion, pues,, 
no concluye en Ayacucho con el vencimiento definitivo de 
España y sus legiones, como no concluyó con el deri^oca- 
miento de sus representantes legales en la plaza de Buenos- 
Aires- el 25 de Mayo de 1810. La revolución, tan grande 
en sus necesidades como en sus pensamientos, abraza todo 
el orden Insocial, político, económico, religioso, ad- 
miríistrativo^é intelectual; por que ese era su objeto; era 
esq J9U acción redentora que, principiando en 1810, concluye 
su gran drama en 1832, cuando caen vencidos todos los 
atletas del pensamiento de Mayo. La aparición de un nuevo 



- XI - 

enemigo y asaltador de la civilización y de los principios 
de la revolución culta, salido como el lobo hambriento del 
desierto,— la l)arl)arie, desafiaba y vencía, ú la postre, ú la 
revolución heroica y gloriosa que habia triunfado de los 
leones españoles. Se alaria una nueva era, un nuevo y 
dolorosísimo periodo desbordante de sangre, de violencias 
y de lágrimas; salpicado de grandezas admirable? aún en 
el mismo campo de los bárbaros, como lo era Quiroga, 
el único digno de entre ellos, por la fuerza de su corazón 
y su talento natural, de ser el vencedor de la revolución 
civilizada y culta. Salvagemente grande, siniestra- 
mente famoso: grande y sublime en su horror como el 
diluvio; cruel y terril)le como el infierno, solo él podía 
vencer sin deshonra el esfuerzo glorioso de Moyo, que no 
podia caer I>ajo la mano vulgar de tiranuelos obscuros, 
á la manera de López, de Artigas ó de Ibarra. 

Hay, pues, dos hechos gigantescos en que se traduce la 
revolución:— la lucha por la independencia y la luclia por 
la organización y las instituciones; la una contra el rey 
de Kspaña y sus legiones, la otra contra la barbarie y 
sus hordas; la primera contra el principio de conquista y 
dominación extrangera, y la última contra las ambiciones 
bastardas agenas de todo verdadero patriotismo; repre- 
sentando ambas los dos mas grandes principios por que 
pueden noblemente sacrificarse los hombres,— la libertad 
y la civilización. 

Para realizar esta obra verdaderamente colosal, se nece- 
sitaba de riquezas y de brazos; mas, solare todos los recursos 
materiales, de cabeza y dé corazón; esto es, de la luz del 
genio y de las virtudes cívicas de los grandes ciudadanos. 
¿Dónde hallarlos? Buenos Aires y Salta, la una en el sur, 
la otra en eLnorte, son las dos poderosísimas columnas en 
que se apoya y sostiene la causa de la revolución; ellas, 
casi solas, libran el tremendo coml>ate por la libertad y 
las instituciones: la una, como capital, iniciando el movi- 
miento, prodigando con generosidad su sangre y sus teso- 
ros y tomando la dirección y gobierno en los primeros 
años; la otra, consagrando a la causa cuonto tuvo;— su 
suelo, sus hombres, su fortuna, su talento, sus virtudes, 
su bienestar, su comercio y porvenir. 



— XII -^ 

Pero, también, qué hombres los sáltenos de aquellos 
tiempos! El Dr. D. José Ignacio de Gorrití, después de 
sancionar en Tucuman la independencia de la república; 
de haber recogido en su frente los laureles de general en 
la campaña de la independencia, desciende del gobierno 
exclamando en el seno de los representantes del país.— 

«Yo os devuelvo la insignia del poder y me restituyo al 

campo que cultivaba mi mano. Allí departiré mi tiempo 
entre los goces apacibles de la encantadora labranza y en- 
tre los votos que enviaré al Eterno por vuestra prosperidad 
y la de la provincia.» Tenia mayores méritos y mas gloria 
que Cincinato el romano. Y cuando, horas mas tarde, un 
grupo de adeptos le ofrecía la reelección, supo rechazarla, 
diciendo:— «Es el mayor agravio que se puede hacer á un 
pueblo libre el reelegir y perpetuar en el poder á sus go- 
bernantes!» La figura de Güemes se destaca con mayor ho- 
nor para su nombre y para su país, rechazando una fortuna y 
títulos de Castilla ofrecidos en precio de su traición y haciendo 
con sus soldados y sus gauchos una guerra civilizada, cum- 
pliendo y aún enseñando al enemigo las máximas tan 
respetables del derecho de gentes, mientras en el ejército 
europeo se fusilaba á los prisioneros, se incendiaba las 
ciudades, se saqueaba los vecindarios, se martirizaba á 
los vencidos y hasta se azotaba á las mujeres. Desde las 
alturas del poder, el General Arenales y el Dr. Bustamante, 
su ilustre ministro, enseñaban, al abolir los fueros milita- 
res, que «los ilustres defensores de la patria nunca honran 
mas la gloriosa profesión de las armas que cuando, des- 
pués de domar el orgullo de sus enemigos, presentan sus 
brazos aguerridos para sostener el imperio de la ley; y, 
confundidos con el resto de sus conciudadanos, solo pro- 
curan distinguirse por el ejercicio de las virtudes.» 

Durante diez años de prueba amarga, las familias de 
Salta, de Jujuy y de Oran, reducidas ú sus ancianos, á 
sus migeres y á sus niños, abandonaban sus hogares 
emigrando 6 Tucuman, ó bien, desafiando con denodada 
entereza los rigores de crudos inviernos y de angustias 
indecibles, los desmandes del enemigo y en un país 
desolado por la guerra, corrían á ocultarse entre los breñas 



- Xffl - 

á fln de que no flaqueara el corazón de sus padres, de 
sus maridos, de sus hermanos transformados en guerre* 
ros, al estrechar por hambre al enemigo. En fin, el Ca- 
nónigo Gorriti decia:— «Todos mis esfuerzos no tienen mas 
objeto que el servicio de la nación, íi quien tengo consa- 
grados, desde 1810, todos los instantes de mi vida.» Y, 
dirigiéndose á los que observaban su conducta, agregaba:— 
«Jamas el estado me hal)ia demandado sacrlflcios mas 
dolorosos que el presente; pero, desentendiéndome de to- 
dos, hasta de la amargura en que quedaría sumergida una 
madre mas que octogenaria al saber que me alejaba cuando 
con mas ardor deseaba no perderme de vista, acepté la 
misión. 1) El celo por el bien general de las Provincias 
Unidas triunfó de mi repugnancia, de mis intereses, de 
mis afecciones de sangre, y de todas mis satisfacciones 
personales y me ha hecho arrostrar no solo todas las in- 
comodidades y peligros de un viage tan dilatado en que 
por mas de cien leguas era necesario atravesar sorbiendo 
á tragos una 'muerte atroz, sino lo que es aún mucho 
mas, las amarguras y disgustos que á un espíritu animado 
del celo mas puro y desinteresado, deben causarle las 
desviaciones de la opinión; el ver escaparse, de entre las 
manos, el bien que podría y debia hacerse. 

«Yo, ciertamente, no puedo lisongearme de hallar iiecho 
al estado el bien que he deseado; pero si, de no haber 
omitido diligencia ni esfuerzo, sobreponiéndome ú cuantas 
consideraciones serían capaces de inducir ó prescindir de 
lo que no era probable evitar. Los diarios de sesiones son 
los testigos intachables que afirmarán esta verdad J* iQUién, 
en nuestros malos dios, puede recurrir li prueba seme- 
jante? 

Mas, estaba en los hados que, si bien á Buenos Air^s le 
correspondía el honor y la gloria de la iniciativa, estaban 
reservados á la provincia de Salta la gloria y el honor de 
recogerla y salvar la independencia. Porque, hasta 18U, 
dos veces las fuerzas militares de la revolucidíj, bajo la 
dirección del gobierno central, hablan invadido las pro 



1) La diputación al Congreso de 1836. 



— XIV — 

ttnclas attÉs del Perú, donde se encastillaba y erguía el 
león de las Españas, y dos veces habían vuelto caras des- 
hechos y vencidas, cayendo sobre Salta todo el peso y rigor 
de las venganzas de un enemigo cruel y victorioso que 
volvió nuevamente á talar sus campos, á arrasar sus co 
seííhas, ü matar sus hijos, ú perseguir con saña sus familias, 
á saquear sus fortunas y desolar sus hogares, y, cuando 
el gobierno central y todos los generales del ejército ar- 
gentino asegural)an hallar la victoria por el rumbo del 
norte y con los solos esfuerzos del ejército nacional que 
abría nueva y desastrosa campaña, con excepción de San 
Martin que ocultó su desden bajo pretextos y abrió sus 
cuarteles en Cuyo para formar nuevo ejército que fuera 
así valiente como celoso de las virtudes militares; cuando 
los esfuerzos del gobierno de la nación solo se confiaban 
en aquellos veteranos gloriosos como desgraciados y las 
miradas de dos millones de argentinos llenos de suprema 
angustia, divisaban como única y segura salvación de la 
patria aquella hueste que marchaba rumbo ú Lima, en i815, 
y oplnal>an todos en acorde movimiento de ánimo, hallarse 
allí la victoria y su camino,— GQemes, Giiemes solo y ais- 
lodo contra toda la opinión de los guerreros y hombres 
de estado, toma sobre sí la responsaJ)ilidad de su visión 
sublime, y, cediendo á la fuerza de su genio, se lanza á 
realizarla con la heroica resolución de un espíritu ilumi- 
nado y convencido. Sepárase del ejército, y, vuelto ú su 
provincia, sus conciudadanos le encomiendan la defensa 
del pais, eligiéndolo gobernador, á pesar de ser un joven 
apenas de treinta años. 

Los hechos subsiguientes, los mas sonoros y brillantes 
de cuantos por la independencia se realizaron en el suelo, 
argentino, mostraron, bien luego, quien tuvo, en definitiva, 
razón y quien habia penetrado con luz verdaderamente 
genial los senos del porvenir y sorprendido la verdad que 
encerraton. Y así vino ú suceder que, cuando en 181C, tras 
la derroto deVIluma, todo el continente americano caía ven- 
cido & los pies del rey de España, Salta, con Güemes 5 su 

frente, era lo único que quedaba en pié en toda la América 

del Sur. Aquel puñado de héroes, con mas felicidad que 



L 



los griegos en Tehñópilas, escalotibdosr en safe 'selvaá, fen 
sus llanos, en sus rios, en el seno mismo de sus ciuda- 
des desoladas, con sus familias alejadas y ocultas en las 
breñas, atajaron el paso al enemigo mas formidable de 
cuantos hablan amenazado la patria y sostuvieron, desde 
aquel dia, solos, los gloriosos estandartes de la revolución 
en diez años de guerrear contra españoles, salvando, por 
este su heroico esfuerzo, la causa de la independencia'. 

«Es notorianiente público, decia el coronel Quiroz, que 
esta provincia ha sido el l)aluarte de nuestra independen- 
cia y que con esos extraordinarios esfuerzos contra el 
poder de los tiranos, consiguió dar lugar y tiempo para 
que se formen, disciplinen y armen los ejércitos del Tu- 
cuman y Mendoza y para que el héroe San Martin liaya 
recuperado Chile y se haya avanzado ó la gigante empresa 
de rendir la capital de Lima y las mas ricas y opulentas 
de sus provincias. 

«fí de qué brazos nos hemos valido para ejecutar tales 
operaciones? Cualquiera que no falte & los deberes de gra- 
titud, confesará que de los gauchos, que han tenido parte 
muy activa en las glorias y triunfos de la América y que 
nos han proporcionado también y nos han librado de tanto 
mal. Ellos han expuesto el importante caudal de sus vidas 
y muchos la han perdido con la mayor energía; ellos des- 
nudos, sin prest y sin aspiraciones se han presentado muy 
prontos é guerrear con los enemigos en las muchas inva- 
siones que han ocurrido sobre nuestra provincia; ellos 
han abandonado sus familias y sus labranzas con la ma- 
yor indiferencia por acudir á los servicios militares, lia- 
ciendo frente ü los excesivos frios, hambres, destemples é 
intemperies que jamas han podido apagar su entusiasmo 
y valor. Ellos nos han servido con todo lo que pueden y 
tienen; y así es que, siendo pobres de dineros ó facultades, 
son muy ricos de méritos.» 1) 

Es así como esa gran revolución de Mfiyo solo produjo 
dos genios en la guerra para salvarse y cubrirse, de. teu- 
reles:— San Martin en la guerra regular y Güeiínes en Ih 






1) Informe del Ooronel D. Jaan Manuel Qairox. Areh. de Salta, iño 
1^22, «Varios sobre hacienda». . 



ii , ■ 



guerra do recursos* iCuál otro de nuestros generales rea- 
lizó campañas singulares, triunrando en ellas deñnitiva- 
mente la causa de la revolución? {La campaña de Chile y 
la campaña de Salta han tenido rival en aquella guerra 
de la independencia? ¿Y no es verdad que ellas son ori 
ginales y grandiosas, parto feliz de inteligencias superiores? 

«En el largo periodo de quince años, la provincia de 
Salta ha sido el sangriento teatro de una guerra desola- 
dora; el campo de gloria donde han sido 'batidas, conté 
nidas y escarmentadas de diversos modos las huestes 
enemigas; el asilo de los ejércitos de la independencia en 
los diferentes contrastes que han sufrido en el Perú; la 
vanguardia de las provincias libres y la frontera de la 
libertad; aun cuando disueltos los ejércitos de la Patria, 
ha quedado ella sola expuesta ú la orgullosa saña y á la 
rabia furiosa de las tropas españolas. De manera que, 
mientras las demás provincias, al abrigo de su localidad 
y de la defensa que aqui se sostenía, podían respirar si- 
quiera de las fatigas de la guerra y preservarse y reparar 
en parte sus ruinas, ella se mantenía constantemente con 
las armas en la mano, peleando unas veces, persiguiendo 
al enemigo otras, siempre amenazada y siempre expuesta 
ú nuevas y mas obstinadas invasiones. 

«De aqui ha resultado que una provincia opulenta, que 
se sentia en otro tiempo oprimida con el peso de un nú- 
mero inmenso de ganados de todas especies; habitada de 
capitalistas pudientes y acaudalados y dotada de una po- 
blación robusta y floreciente, se ve en el dia reducida á 
una pobreza general y & una miseria espantosa:-— destruidos 
sus capitales; arruinadas sus crias; aniquilada su población; 
empobrecidas sus familias y tocándose, por todas partes, 
los estragos de la guerra y los terribles efectos de la cruel 
venganza y del odio envenenado de los españoles. 

«De aqui es también que, á cada paso que se da por el 
territorio de esta provincia, se encuentran viudas sin es- 
posos, huérfanos sin padres, é inválidos miserables sacri- 
ficados en obsequio de la defensa general; que si bien son, 
por una parte, su mayor ornamento y los timbres ilustres 
de su gloria, se resiente la humanidad, por otra, al ob- 
servar su suerte desdichada, Y de aqui es, en fin, que la 



-xvn- 

provincia de Salto se siente recargada de una crecida 
deuda pública procedente ya de los servicios que han ren- 
dido los defensores de la libertad y ya, principalmente, 
de los auxilios de todo género que han prestado sus lia- 
bitantes para la subsistencia y servicio de los ejércitos 
de la Patria y para el sosten de la guerra de la indepen- 
dencia; por que, para salvar la causa de la libertad, nada 
absolutamente ha reservado,— población, riqueza, cuanto 
ha tenido, todo lo ha sacrificado á este ídolo favorito de 
los pueblos civilizados.» 1) 

Salta, de esta manera,— «peleó sin cesar durante 15 años, 
y la mayor parte de este tiempo sostuvo la lucha general 
sola y con sus propios elementos, consumiéndolos de tal 
modo que, al fin de la jornada del año 25, se halló despo- 
blada, pobre; su capital destruida, su campaña arruinada 
y desierta y toda su riqueza proverbial consumida. Y esta 
provincia, una de las mas ricas del antiguo virreinato, quedó 
reducida ú las peores condiciones á que puede condenarse 
un pueblo. La deuda inmensa que hasta hoy la grava, 
tiene allí su origen; su tesoro, empleado exclusivamente 
en la guerra de la independencia, no pagote sino recono- 
cío todo gasto interior; su aduana, cargada de depósitos 
valiosos que se emplearon en auxiliar los ejércitos de la 
Patria que subían al Perú, nos legó fuertes deudas que ha 

pagado lo provincia de tiempo en tiempo Cuondo 

el año 25 dispuso lo Noción reconocer los gastos nocionoles 
y señólo ú los pueblos un limitodo tiempo pora presentar 
sus cargos, concurrieron todas los provincias ú Buenos- 
Aires é hicieron reconocer sus créditos, menos Salta, cuya 
gran deudo, que montobo á millones, no alcanzó ú orga- 
nizarse siquiera; osí es que, vencido el término, quedó 
pesando sobre esta provincia que ha pagado paulatina- 
mente mas de un millón íH esa cuenta. 

«Finalmente, la provincio de Soltó es lo único que, entre 
todos sus hermonos de lo repúblico, cuando el tirano y 
sus satélites les encodenoron los brazos consodos de tanto 



1) Dr. Teodoro SáncUez de Bustamaiite-^Arch. de Salla, 1825, Córreep. 
o Acial. 



- xviir - 

batallar y las ataron al carro del mas pesado y vergonzoso 
despotismo, erigiéndose en mandones al)solutos por mas 
de veinte y de treinta años, y echando por tierra todo 
principio regular de buen gobierno, fué la única, repetir 
mós, que, aun en esa época de general postración y ver- 
gOenzQs no consintió que sus mandatarios se perpetuasen 
en el gobierno por mas tiempo del periodo señalado en la 
ley- del pais. Pudo decir, como Francisco I, que todo se 
había perdido menos aquella ley sagrada.» 1) 

II 

Asi se hizo la guerra de la independencia. Pero la obra 
de Salta va mas lejos. Independiente la patria, era nece- 
sario hacerla libree; y, para ello, debia dársele instituciones 
liberales y conformes á sus condiciones y necesidades. 
■ Hasta aquel momento, Buenos Aires y Salta habian se- 
¿Mido un sotó rumbo, y se sintieron movidas por una misma 
idea, gobernadas ambas y dirigidas por la gente decente, 
ilustrada y culta; mas, cuando las necesidades reclamaron 
Ih organización de la nación, la anarquía, la guerra civil, 
encendida por pasiones estrechas y mezquinas, desgarraron 
la 'Unidad nacional, triunfando en todo el territorio, menos 
én la- zona del norte, y Buenos Aires cae l>ajo su soplo 
destructor sepultándose en 1820, con los hombres notaliles 
que, 'desde 1810, habían conducido la revolución por el sen- 
dero honorable de las buenas costumbres cívicas, del sen- 
timiento del orden, de la cultura y de las superiores as- 
piraciones; Buenos Aires se pierde, pues, en medio de la 
vorágine general y cae envuelta en la nube de polvo de 
los enemigos déla nacionalización. «Las clases cultas que 
'hablan hecho y dirigido la revolución desde 1810, halMan 
perdido en 1820, hasta la conciencia de la posición política 
en que se hallaba el pais y habian caido moral y mate- 
rialmefnte en una postración mortal. El monstruo popular 
levantaba' ya contra ellos sus pasiones.» (López). 
' 'Desde entonces, Salta y Buenos Aires, la una recogiendo 



1). Articolo publicai^o en «La Actualidad*, de^Salt9, 1865, N^ 171. Arch. 
de la ProY. 



j 



- XIX - 

con Tucuiíian y con Jiijuy la tradición gloriosa de Mayo; 
la última con fa nueva idea de la federalizacion por medio 
de la rebelión, de la violencia y de levantamientos de las 
masas poj ulaius, se alzan, la una en frente de la otra en 
campos contrarios, encabezando la gran guerra civil que 
iba á desolar ei pais. Esa lucha formidable iba ó llevarse 
ú cabo librand< • sus combates en los parlamentos, en la 
prensa, en los campos de batalla, en la diplomacia, en el 
orden económico y en lo comercial. Los nombres gloriosos 
é ilustres de Güemes, de Gorriti, de Arenales, de Pueyr- 
redon, de Rivadavia, de Alvarado, de Bustamante, de Zu- 
viría, de Zorrilla, de Paz, y de Funes, de Lavalle y de 
Lamadrid, apar.jcerian sosteniendo el principio de la or- 
ganización nacional por medio de sus congresos y de la 
obediencia á sus leyes, y mirando como adversarios, & su 
frente, á Dorre^^^o, á Ibarra, ú López, ú Bustos, ú Ramírez, 
á Quiroga, al fraile Aldao y, al fin, á Rosas! 

Pues bien: si el memoral)le desempeño del pueblo de 
Salta en la luclta militar no es aún bastante poderoso para 
colocarlo en el pináculo de la celebridad, llevólo el destino 
á desempeñar una misión política que será siempre prenda 
de honor para la civilización argentina y de orgullo noble 
y merecido para sus sostenedores. 

Por que aquel sacudimiento poderoso que produjo el 
derrumbamiento del antiguo régimen español, despertó, 
á su paso, nuevo y poderoso é inopinado enemigo: — la 
barlDarie de las campañas alzada en pugna criminal y es- 
candalosa contra la civilización y la cultura recogida en 
las ciudades. Salta colocada en el norte y Buenos Aires 
en el sur; Mendoza en el poniente y Córdoba en el centro, 
eran los únicos centros urbanos donde la civilización del 
antiguo virreinato se había reconcentrado y acumulado su 
esplendor y po«lerío, asi en la nobleza ó aristocracia de 
sus moradores como en la ilustración de sus hombres y 
en la sabiduría de su clero y en el comercio y en ia cul- 
tura social y adelantamiento de todo género compatible 
con el despotismo; mientras en el resto del inmenso terri- 
torio, rodeadas de poblaciones incultas, casi bárbaras, se 
hallaban encla^adas aldeas miserables, obscuras é impo- 



tentes, como fortines avanzados de la civilización en el 
campo constantemente amenazador de la barbarie. Por 
eso, habiendo sido iniciada la revolución por la clase culta 
6 ilustrada de la capital, Salta fué la primera y la que 
respondió con mayor decisión, ardimiento y uniformidad 
al grito de la libertad que lanzaba Buenos Aires. 

Presidiéndola Güemes, demuestra, mas que en otra época 
talvez, y de manera verdaderamente admirable, ese sen-- 
timiento feliz por la civilización que es la mas brillante 
corona de su constante política. 

Pero conviene establecer que Güemes no ha sido nifpudo 
ser cual se lo han podido imaginar criterios abismados 
con la l>arbarie de famosos gefes de montoneras del sur, 
(Juiroga, Rosas, Ramírez, Artigas, López ó Aldao; porque, 
ú diferencia de estos genios diabólicos que retardaron 
medio siglo los progresos de la república, Güemes, aparte 
de ser gefe de gauchos honrados y valerosos, era, como 
gobernador de provincia, el gefe de la clase culta, ilustrada 
y pudiente; el gobernador de una sociedad distinguida y 
civilizada cual no lo fueron aquellos qCie encendieron y 
sustentaron la guerra civil. Era, así, que manejaJja y diri- 
gía, en plena revolución y abandonado á los solos recursos 
de su heroica provincia, acaso para que la gloria de ella 
fuera mas engrandecida, los dos elementos antagónicos 
por naturaleza;— las masas ignorantes é incultas de los 
campos y el núcleo de población de las ciudades, civili- 
zado, culto, rico, ilustrado, guardián constante que ha 
sido del orden y de la ley; y viéndose obligado, por ende, 
desde la gefatura suprema política y militar, ya atondo- 
nado por la nación disuelta el año veinte, á hacer frente y 
combatir con denodado heroísmo á los dos mas poderosos 
adversarios:— el rey de España con sus ejércitos victorio- 
sos y aguerridos y la barbarie de las campañas alzadas 
en son de guerra en hordas devastadoras y crueles ten- 
diente su espíritu á arrasar toda civilización, toda cultura 
social, toda luz en la inteligencia, todo imperio del orden 
y de la ley; para imponer el chiripá en el trage, la violencia 
por ley, el puñal por garantía social, la embriaguez y el 
robo y la impudencia por costumbres, y un bárbaro sin 



- XXI - 

ley, sin patria y sin Dios, por gefe y arbitro de vidas, de 
haciendas y de famas. 

Salta, inspirada constantemente en aquellos principios 
de civilización y de lionradez política, dirigida sucesiva- 
mente por Güemes, por Arenales, por Gorriti y por Alvn- 
rado, combatió y resistió con i)uen suceso y con íílopia, 
el empuje formidable de ambos enemií?os,— el enemií?o 
de la libertad y el enemigo de la civilización; y, asi, tuvo 
la gloria, que no la alcalzó otra provincia de la república, 
de vencer amlx)s poderosos adversarios; que, mientras 
Buenos Aires era despedazada en 1820 para caer abatida 
mas luego bajo la planta de Rosas; y la Banda Oriental se 
dislócate con Artigas; y el litoral entronízate ú Ramírez 
y (i López, y Córdote á Bustos y Tucunjan á Aróoz y á 
López, y Santiago á Ibarra y la Rioja y Cuyo eran teatro 
de los horrores y de las audacias y energías de Facundo 
Quiroga, el mas terrible pero también el mas grande y 
admirable de entre ellos,— Salta, invencible en la lucha por 
la libertad, se presenta invencil)le también en la lucha por 
la civilización; por que, desde 1816, su contingente fué so- 
licitado para formar en la liga de los desorganizadores y 
asi entonces como en adelante, no transige jamas ni con 
los caudillos ni con la barbarie ni con la anarquía, dando 
eterno respeto por las instituciones, sin que, en tan dila- 
tado espacio, ])árbaro alguno de cuantos deshonraron la 
patria de los argentinos haya osado poner su planta en 
este pedazo sagrado de la patria, respetado siempre por 
misterioso influjo, quiza por ser el panteón donde des- 
cansan las glorias mas heroicas y el honor mas acrisolado 
del puel)lo argentino; que, asi, Quiroga sugetalxi enTucu- 
man sus potros cubiertos de polvo y de sangre y trataba 
con los diputados de Salta, aunque en forma demasiado 
cruel; y Oribe volvía con sus mazorqueros desde el Rio 
de las Piedras, y Aldao, el fraile escandaloso y criminal, 
rendido por mano salteña, si entraba, éntrate prisionero, 
i\ ocupar las cárceles de su glorioso cabildo. 

Desde el fondo de los conflictos de la guerra y al frente 
de la invasión enemiga mas poderosa, los tratejos de la 
anarquía hacen cuanto pueden por socavar los cimientos 



— xxn — 

del orden; y Salta, lejos de romper con la unidad de la 
patria, levanta á altura tal su voz por k: orííanizacion de 
la nación, que encarga ú sus diputados ante el congreso 
de Tucuman, exijan, porfíen y hasta amenacen con su 
retiro sí, antes de correrse ú Buenos Aires, no se dicta 
por aquel cuerpo la constitución de la nación que debía 
consolidar el orden, y salvar la civilización y la indepen 

dencia del país. 

¡Y cuántos esfuerzos no hizo desde aífuella liora en ade- 
lante por la organización nacional! 

Su política honrada y patriótica, manejada en los negocios 
trascendentales por cuerpos especiales y permanentes 
compuestos de lo mas notaJ)le y distinguido de entre sus 
hijos, ya se llamaran el Cabildo ó la Asamblea Electoral, 
fué siempre acatar y sostener la íorma de gobierno y las 
instituciones que creara y sancionara la voluntad de la 
nación solemnemente manifestada en su congreso, ense- 
ñando que nadie, sin violar las leyes del orden, de la 
justicia y del mas elevado patriotismo y justa subordina- 
ción ú sus magistrados, base de toda civilización, podia 
resistir por la fuerza ú las autoridades establecidas; po- 
lítica en la cual no vaciló un solo instante en tan largo 
tiempo de labor ni perdió el runijjo salvador y prudente 
en sus principios profesados, en medio de aquella larga 
y ol^scura noche, en la cual descuella sin rival el numen 
político del Dr. D. José Ignacio de Gorriti, el amigo y leal 
consejero de Güemes y el «oráculo de su tiempo», al menos 
en las regiones del norte. 

Aquel célebre rompimiento con el gefe de las fuerzas 
nacionales, en 1815, suceso que halagó á Artigas y á Bor- 
rego pensándolo anarquía sistemática por una federación 
extemporánea, violenta y extravagante, cual la que por 
entonces se fomentaba por allá, trabajando de imponerla 
por la fuerza, prueba es irrecusa])le de Oíiuella verdad: 
por que, triunfando Salta de las torpezas de Hondean y de 
las fuerzas del rey, en vez de alzarse en rebelde federación 
ó disgregarse rompiendo la unidad de la patria, vive en 
la mas franca y decidida unión con el go])ierno general; 
y, en el desquicio general de 1820 en que la nación se 
disuelve en manos de la anarquía, fué el general Güemes, 






— xxin — 

presidiendo el gobierno ; de Salta, el primero qae in>^tó 
á reunirse en congreso y constituir nuevamente la nación; 
de manera que, al morir, herido por bola española,, sus 
gritos de unión, de concordia y de paz . entre, todos Iqs 
argentinos, resonaban por todos los puntos del horizonte 
nacional. 

Y es digno de observarse, durante aquella época de i su 
mando, un lincho singularísimo en nuestra historia,- En 
su presencia, no es dal)le al criterio humano el<iisceroir 
con verdadera justicia, donde es mayor el mérito qué 
cabe á un hombre público que asi muestra, si nguter ta- 
lento para vencer con la espada como para triunfar en 
el problema político mas obscuro y difícil de cuantos 
pudieran calcinar el cerebro de los horntores; por que, 
cuando rompia con la mayoría de la genta- ilustrada y 
de pensamiento de la ciudad que reclamat)a»ya institu-r 
clones y gobierno regular con nobilísimo :y elevado 
propósito, Güemes tomaba francamente por base y. ele^ 

mentó de su dominio político y militar, la»* masas í?uér- 
reras de la campaña y la plebe numerosísima de la ci-ud^, 
íi quienes tantas veces habla enseñado él caminó de tó 
victoria y de quienes era amado con apasionamiento 
extremado. 

Y, sin embargo,— y aunque llegare á parecer extrañb y 
sorprendente, es allí donde se oculta el singular pedestel 
de su gloria política. Porque, manejando, cual lo hemos 
dicho, elemento tan peligroso y terrible por su condición 
y pasiones, cuales son las masas populares ighorantes y 
subyugadas á una sola voluntad, no fó hizo servir como 
Quiroga, como López ó como Rosas, en el' sistema ne- 
fando y funesto del predominio de su barbarie para ahogar 
la cultura y civilización de las ciudades, y ultrajar sus 
costunibres, y quebrar sus principios institucionales que 
aquellos caudillos persiguieron é ir^famaron; pues, Güeitie^ 
supo respetar en su fondo, aun en medio de aquel VÍ07 
lento estado de los sucesos, y caudillo y arbitro coni9 prá 
de masas sin principios de cultura y buen gobierno,-^ 
instituciones, leyes, costumbres, garantías ó derechos 
individuales y hasta la misma libertad de opinión política^-* 



I 

I 



— XXIV — 

cuya mas elocuente prueba está en esa oposición tan 
enérgica, tan fuerte, tan intensa y tan franca que usaron 
y eí^ercieron sus adversarios. Y Iiarto grandiosa del>e 
ser la capacidad y lionradez de un liombre público que, 
colocado en la cumbre del poder político y militar y en 
medio del desconcierto de una gran revolución, manejando 
la fuerza desarrollada de sus elementos, dueño ai)soluto 
de la voluntad de las masas ignorantes é incultas, arma 
das y fuertes y fanatizadas; abriéndoles diques ú su des- 
líordamiento, haya podido mantenerlas en su cauce y 
gobernarlas liajo los principios del orden y de la obediencia 
y disciplina, sin que su empuge ciego y formidable lo 
haya llevado, vencido y arrastrado, á sepultar en la bar- 
loarle lo civilización y la cultura de su patria. 

Fué GOemes, de esta manera, el único caudillo de 
cuantos capitanearon las masas argentinas, que, mane- 
jando fuerzas seml burilaras, haya salvado de su avance 
el orden social; haciendo valer sus esfuerzos solo en la 
gloría nacional; y que, si llegó una hora en que desave- 
nencias domésticas le hicieron dirigirlas contra sus 
adversarios políticos, jamns las encaminó ú destruir los 
principios é instituciones sociales y políticas de su pais. 

No es solamente Perides el que podia morir diciendo 
n sus amigos:— «Me ala1>als por lo que han hecho tantos 
otros como yo, y olvidáis lo mas grande que hay en mi 
vida, y es que nunca he hecho cargar luto por mi causa 
ü ningún ciudadano.» Güemes, á su turno, pudo l)ajar 
en paz al sepulcro,— mártir de su patria, ídolo de su pueJ)lo, 
gloria de su nación, sin haber hecho derramar por su 
causa una sola gota de sangre ni cubierto de luto ú ningún 
liogar. 

III 

Por el mismo motivo de que el sacudimiento de la re- 
volución ahumzó y comprendió todo el orden político y 
social y en naedida profunda y amplísima, la historia, 
que es el estudio de los pasados sucesos para presen- 
tarlos al conocimiento del presente y del futuro como 
enseñanza y ejemplo descubriendo sus raices, sus ramas, 
sus frutos, sus sombras y su terreno y la savia que le 



j 



— XXV -- 

diera cuerpo y madurez,--debe arrancar desde aquel su 
fondo obscuro, razón y causa de su explosión; por que 
las revoluciones no nacen como el rayo del seno tran- 
quilo de las nubes; son el fruto de un cúmulo de excesos 
y de crímenes acopiados en largos años de injusticias 
y ultrages. Y no se puede conocer ni llegar ú comprender 
una época, ni la razón y justicia de estos grandes trans- 
tornos sociales, sin conocsr su civilización, sus costum- 
bres, sus tradiciones, sus creencias, sus sentimientos, sus 
instituciones, su actividad, su cultura y hasta sus sueños 
y dolores; sus principios políticos, económicos y sociales. 
Para conocerla es menester estudiarla desde sus fuentes; 
profundizarla y comprenderla y juzgarla para explicarse, 
así, la razón de sus esfuerzos y la justicia de sus actos. 
«Y si la historia goza del privilegio de agradar de cual- 
quier modo que se escriba, como decia Marco Tullo, 
cuánto mas deleitalile no será su lectura cuando se ex- 
pongan los hechos, cual lo hace Macaulay, consignando 
en ella así todo lo grande y memorable de los sucesos 
políticos y militares, como todo lo que haya sido parte 
á disminuir ó acrecentar la felicidad de los hombres, 
pintando con vivos colores el cuadro de las relaciones 
domésticas, de los usos, de las costumbres, de los espec- 
táculos y del modo de ser de los pueblos descritos; así 
el estado de la agricultura, de las artes mecánicas, de 
las comodidades de la vida, como el progreso de las 
ciencias, de las artes y de la literatura, é interpolando 
esto de anécdotas curiosas, de relaciones interesantes, 
que asi amenizan la narración imprimiéndola el encanto 
de la buena novela histórica, como contribuyen de una 

manera eficaz á fijar las ideas en la mente de quien 
lee.» 

Desde aquel dia van á contarse cien años. La hora es 
ya avanzada. Y, sin emtorgo, en nuestro concepto, nada 
mas digno ni mas justo podríamos ofrecer al llegar el año 
dies, centenario de nuestra gloriosa revolución, que la rei- 
vindicación del olvido y la restauración en la gratitud y 
admiración nacional de la obra inmortal de nuestros ante- 
pasados. «iCuál es, señores, el objeto de ese monumento? 
Preguntaba en el congreso de 1826 el Canónigo Dr. D. 



- XXVI — 

Juan Ignacio de Gorriti, diputado por Salta, refiriéndose al 
que debía alzarse en la Plaza de la Victoria en honor de 
los proceres de Mayo; y respondía: «Eternizar la memo- 
ria de los héroes, se dice. Y bien; yo pienso que no es 
en pirámides y obeliscos donde se eterniza la mencioria 
de los héroes. Es la historia quien la remite á la poste- 
ridad mas remota. Babilonia ha desaparecido; ya no se 
sabe donde existió la famosa Ecbatanis. Apenas se conoce 
donde fué el sitio de Esparta. Atenas, Tébas, Corinto lian 
desaparecido enteramente; y con ellos todos los monu- 
mentos que habia erigido el orgullo de los mortales; pero 
la historia ha perpetuado los nombres de Leónidas, Mil- 
ciades, Temístocles, Arístides, Gimon, Focion, Epaminón- 
das, Timoteo, Daniel, Mardoqueo, Ester, y ellos no se 
borrarán mientras entre los hombres subsista el gusto 

de saber lo que pasó en las generaciones que les prece- 
dieron.» 
«Mientras la nación subsista, su independencia será el 

mejor monumento que puede consagrarse á la memoria 
de los héroes que la conquistaron, y después será de la 
jurisdicción de la historia perpetuar sus nombres.» 

Convencidos estamos, á nuestra vez, que es la historia 
la gran institutriz de los pueblos, y pensamos que la his- 
toria de nuestros padres es el texto mas fecundo y lumi- 
noso para enseñar las virtudes republicanas y las nobles 
heroicidades del corazón y en el que debe nutrirse el 
espíritu de todas las generaciones argentinas, mayormente 
necesario en esta época de flaquezas y mezquindades, 
siquiera para que sirva de consuelo de las almas nobles, 

que tan pocas han quedado. 
Y hoy, pues, que con tan justa razón deploramos la 

pérdida de las virtudes heroicas; hoy que todo es mer- 
cantilismo y bajeza y pequenez de corazón, cumple á 
nuestro deber arrancar del olvido las figuras perdidas de 
aquellos proceres que, á semejanza de los glorificados 
por el cristianismo, dignos son de levantarse sobre los 
altares de la patria reconocida. 

Pero, para dar cuerpo á esta obra, por su naturaleza colosal, 
superior, sin duda, á nuestros esfuerzos aun que no al 
poder de nuestro deseo, cuesta empinada se nos opone al 



'k 



>\ 



- xxvn - 

paso. De aquellos tiempos heroicos no tenemos ni cróni 
cas ni historias ni memorias escritas; los documentos 
preciosos que los revelarían yacen dispersos y mil de ellos 
destruidos por el tiempo y la incuria, desde Sucre hasta 
Buenos Aires; los archivos de las familias donde antes se 
recogían, destruidos están ya en manera enorme; los 
testigos de aquella tragedia famosísima han desaparecido 
dejándonos apenas, por preciosa casualidad, uno que otro 
recuerdo conservado al acaso; las casas, en fin, de todos 
aquellos personages prolijos en la guarda de sus papeles, 
desoladas por la muerte, con el quebrantamiento ó dis- 
persión de las familias al través de mas de ochenta años 
de complicados sucesos, casi han desaparecido totalmente. 

Mucho se ha perdido, pero también mucho se ha con- 
servado. ¡Y cuánta hermosura y cuánta gloria tenemos 
encerradas en esas vejeces! Por esto mismo, es necesario 
llevar á término esta empresa, con la esperanza de su 
mejoramiento y perfección en el futuro. 

Por lo que á nosotros hace, la quisiéramos ver tan aca- 
bada y comi)leta, á estar á nuestro deseo, que el lector 
pudiera, al recorrer sus páginas, conocer en todos sus 
detalles aquella época memorable y famosa, de quien, á 
pesar del corto espacio que nos separa, no conservamos 
ya ni siquiera sus costumbres. «De Salta no queda mas 
que el nombre.» 



IIST OKIÁ 



DEL GBNBRAL 



D. MARTIN GÜEMBS 



Y DB LA 



PSOYIHCU DE SALTA 



CAPITULO I 



I 

SUMARIO:— Creación del virreinato de Buenos Aires— Sus limite» y orga- 
nización- -El Tirroy; su elección, sus funciones y facultades— Garantías 
de las leyes contra sus abusos— Juicio de residencia— £1 poder judicial 
— La Real Audiencia; casos de su competencia— Sus procedimientos y 
funciones políticas— Composición de la Audiencia: los oidores— La Sala 
de audiencias— Procedimientos judiciales— Tribunales inferiores; su per- 
sonal—La independencia judicial. 

Creación de las intendencias; cuáles eran estas en el país argentino- 
La Intendencia de Salta; limites y jurisdicción— Tenencias de gobierno 
— El Gobernador Intendente; origen de su poder— Los cuatro ramos de 
su gobierno— Kl vice patronato real— Predominio social del gobernador; 
honores con qne era rodeada su persona— Secretarios de gobierno y 
hacienda — Espíritu guerrero de la población de Salta. 

El Consejo Supremo de Indias; su objeto y autoridad— Garantía con- 
tra sus abusos— Corrupción final de esta corporación. 

Los ayuntamientos; su aparición en España— El poder real ayasalla 



DR. BERNARDO FRÍAS 

loR fueros y libertades castellanas— Casos de lieroisino cívio— Los ca- 
bildos, ayuntamientos de América— El gobierno de la ciudad— Atribu- 
ciones de los cabildos— Jurisdicción del cubildo de Salta— composición 
del cabildo; traje de ceremonia; títulos dM cabildo y de sus miembros 
— La presidencia del cabildo — Funcionamiento y honores— Ca&tí do abier- 
to; composición de esta asamblea y el sufragio universal de la rason — 
El ramo de propios— El cabildo, escuela de la democracia y fuente de 
la libertad de la república— Filosofía política. 



I 

El país que hoy se llama la República Argentina formaba, 
hasta 1810, parte constituyente de la monarquía espaíiola 
cuyo vasto imperio se extendía por oriente y occidente en 
dilatadísimas posesiones denominadas las Indias, y su pa- 
bellón, ondeando así en contorno de la tierra, podia confesar, 
hasta entonces, aquella orgullosa verdad de que, en tan 
vastos dominios del rey católico, no tenia puestas el sol. 

Mas, parÉi el gobierno de territorios Um dilatados que la in- 
mensidad de los océanos alejaba mayormente de la corte, 
cuya sede estaba en Madrid, y que los numerosos pueblos 
que comprendían y sus intereses que cada dia alzaban su 
incremento á medida que la civilización se extendía y 
progresaba, hacían por todo extremo diflcultoso y pesado, 
—dividióse su administración en secciones llamadas Virrey- 
natos y Capitanías Generales, tan extensas y vastas cual si se 
hubiera querido con ellas confirmar la misma extraordina- 
ria grandeza de la monarquía. 

La última de estas grandes divisiones administrativas 
de la América del Sur fué la que vino á sufrir el inmenso 
virreynato del Perú, que abrazal)a, de antiguo, desde las 
regiones tórridas del ecuador hasta las australes que li- 
mita el Cabo de Hornos, formándose, de esta suerte, en 
1776, el Virreynato de Buenos Aires como un hecho im- 
puesto mas que por la vidente dirección del gol)ierno 
metropolitano, por la enorme y ya irresistible fuerza de 
las circunstancias; por que ni el gobierno ni los intereses 
económicos ó políticos podían acallar los inmensos males 
que producía aquel antiguo estado de cosas, como que la 
capital y el centro del poder político era Lima, ó 1.000 
leguas de Buenos Aires y á 700 el del asiento del supremo 

tribunal de justicia, llamado Real Audiencia, radicado en 



HISTORIA DE QUEMES Y DE SALTA-CAPÍTULO I 3 

la ciudad de la Plata ó Chuquisaca, donde tenían que 
ventilarse, en grado de apelación, los pleitos de mayor 
importancia, de todos los puntos del territorio. 



II 



El virreynato de Buenos Aires comprendía, dentro del 
radio de su jurisdicción, no solamente los estados argen- 
tinos de hoy, sino también todas las demás provincias que 
forman, en nuestros dias, la república de Bolivia, al norte, 
y las del Paraguay y del Uruguay, hacia el oriente; de 
manera que su vasta extensión abarcaba desde el Desa- ^ 
guadero, cerca del Cuzco, hasta el Calx> de Hornos, por el 
sur, y desde las mas altas cumbres nevadas de los Andes 
hasta las fronteras portuguesas del Brasil y hasta el océano. 
La capital política, administrativa y militar se estableció 
en Buenos Aires; la capital judiciaria quedó dividida en 
dos altos tribunales que eran verdaderas cortes en sus 
funciones,— la Real Audiencia de Charcas, radicada desde 
antiguo en la ciudad de Chuquisaca, que comprendía en su 
jurisdicción todo lo que entonces se llamaba las provincias 
altas ó el Alto Perú, que hoy se nombra Bolivia, en honor 
de Bolívar, su libertador; y la Audiencia Pretorial de 

Buenos Aires, rama indispensable en el nuevo gobierno, 
cuya jurisdicción abrazaba las proviucias de abajo que 
comprendían, bajo esta denominación, desde Jujuy, hacia 
el sur, todos los pueblos del Plata. 

La capital eclesiástica, quizá por influencias poderosas, 
quedó, como hasta entonces, radicada en Chuquisaca, cuyo 
prelado, con el título de Arzobispo de los Charcas, gober- 
naba la iglesia en todo este dilatado territorio, teniendo su 
sede á mas de 700 leguas de los demás altos poderes es- 
tablecidos en la nueva capital. 

UI 
El gobierno civil lo presidia la alta dignidad del virrey, 



4 T>K BERNARDO FRÍAS 

residente en Buenos Aires, que gobernalaa á todo el virrey- 
nato, no en nombre del pueblo sino en el nombre del rey 
de España y de las Indias. 

Pero, para la mayor eficacia del í?obierno, se hallaba 
subdividido el territorio en gobernaciones locales que vi- 
nieron á formar, por la real cédula de 1783, las ocho in- 
tendencias del Rio de la Plata; es decir, que el virrei- 
nato se dividió en ocho provincias con el nombre de 
Intendencias, cada una de ellas con su gobernador y su 
obispo á la calveza; de manera que, bajo el aspecto político 
y administrativo, la colonia española del Rio de la Plata 
tuvo, en el virrey, la unidad de régimen político y, en los 
gobernadores intendentes, el de la descentralización en la 
diversidad de gobiernos locales y que habla de ser, mas 
tarde, semilla de sus libertades populares y fuente princi- 
pal del actual sistema federal de gobierno. 

Mas, conviene advertir que el virrey no era elejido por 
la voluntad del pueblo que venía á gobernar, á la ma- 
nera que hoy sucede con el presidente de la república, 
por ejemplo; que él era directamente noml)rado por el 
rey, y venía con su título y su poder delegado del monarca, 
desde Madrid, la capital de toda la monarquía española. 
Su poder era despótico, como que representaba directa- 
mente al rey absoluto, careciendo, por consiguiente, de 
sujeción á la sanción popular ó nacional de nuestros 
actuales parlamentos; por que fué dada ú ellos la facul- 
tad de alíer ego sin apelación ni recurso, convirtiéndolos 
en déspotas completos; «y aunque en sus instrucciones 
secretas se les limital>an las facultades, como faltaba en 
las leyes quien contrabalancease su poder, y el rey em- 
peñó su palabra en sostener cuanto mandasen, por firme y 
valedero, el remedio fué imposible aún á los mismos 
reyes que se quejan por la Ley de Indias, de que los 
empleados que ellos enviaban eran capitulados y depues- 
tos y no los que ponían los virreyes.» En su carú(íter 
de generales de mar y tierra tenían, en su distrito, la 
facultad de nombrar ó proponer á todos sus subalternos, 
confiriendo por sí hasta el grado de coronel de ejército, 
con lo cual todo lo arrollaron con la fuerza que envuelve 
en sí el despotismo de todo gobierno militar* En sus ma- 



— X- 

m • 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA—CAPITULO I 5 

nos estaba también el poder de nombrar gobernadores 
interinos en las intendencias. Las mismas leyes que dic- 
taba el rey, podían ser, para colmo de arbitrariedades, 
desoídas por ellos; que estaban autorizados para alzar el 
cumplimiento de aquellas que pudieran, según su crite- 
rio, causar escándalo ó daño irreparable. 

Tan delicada facultad por lo peligrosa, llegó á tal ex- 
tremo de corrupción en los ültimos tiempos de la do- 
minación española en América, que, cuando los virreyes 
ponian, al pié de la cédula real, la fórmula de guárdese y 
cúmplase, decia el diputado Feliú á las cortes, «se enten- 
día:— guárdese en el archivo y cúmplase con haberla leído.» 
Los mismos escritores españoles, interesados, por cierto, 
en la justificación de la metrópoli, no hallando entre la 
civilización cristiana despotismo semejante, iban á encon- 
trar su parecido, como lo hacia Adán Contzen, solamente 
en los bajaes de Turquía y en los antiguos sátrapas de la 
Persia. 1). 

Justo es confesar, sin embargo, que el ánimo de los re- 
yes de España siempre habia sido inspirado de honrado 
sentimiento en cuanto á la moralidad del gobierno de las 
Américas, aunque, por causas bien diversas y, á las veces, 
vergonzosas, no se hubieran llegado á realizar tan nobles 
esperanzas. Por que es del caso recordar que los virre- 
yes, como los gobernadores intendentes, se hallaban por 
las cédulas reglamentarias de su ejercicio, rodeados de 
sabias y prudentísimas restricciones que revelan la pro- 
funda sagacidad y penetración que siempre honraron á las 
leyes españolas; como que no podían ser propietarios, ni 
contraer vinculaciones nupciales ni ser padrinos de casa- 
mientos ó bautismos ni formar, en fin, vínculo alguno 
que los ligara con los lazos del egoísmo ó de la pasión 
personal, en la tierra que gobernaban, tendiendo tan sa- 
bias disposiciones á garantir, en los pueblos de América 
sin armas de defensa, la integridad, la imparcialidad y la 
pureza administrativa de los gobernantes reales. 

Para hacer efectivas estas preciosas garantías, los virre- 



1) Guerra» HíbL de la Rev, de Nueva España; T. U, páj. 635; edición de 
Londres, 1818. 



6 DR, BERNARDO FRÍAS 

yes, como los gobernadores de provincias, quedaban su- 
jetos, en sus respectivos distritos, al juicio público de su 
administración, llamado juicio de residencia, en el cual 
tenían los vasallos del rey— hoy llamados ciudadanos de la 
nación— el derecho de presentar sus cargos contra el gober- 
nante criminal é impúdico que hubiese conculcado las 
leyes, oprimido á sus gobernados y vejado sus derechos 
durante el curso de su administración. 

Pero tan justas medidas y leyes tan previsoras quedaron, 
como quedaron la mayoría de las Leyes de Indias, sin re- 
sultado práctico, vueltas ilusorias, por la enorme distancia 
á que debian ser apeladas, á la corte de Madrid, y por el 
favoritismo que siempre goza el poderoso de los gobiernos 
corrompidos, apasionados ó ineptos y desnudos de varo- 
niles energías; por cuya bien triste causa, estos grandes 
dramas moralizadores de los gobernantes de América muy 
rara vez se realizaron, saliendo de ellos los acusados tanto 
mejor «cuanto mas habian robado para participar á los 
sátrapas de una corte lejana y corrompida.» 



IV 



El poder judicial tenía sus tribunales, de primera instancia 
en los cabildos populares de las ciudades, como mas luego 
lo veremos, y su alta potestad radicada en la audiencia, 
y, en ciertos casos, en el rey. La audiencia era, entonces, 
la cámara de apelaciones en las causas civiles que pasa- 
ban de 6.000 pesos y en las criminales que importaban 
penas mayores. Ejercía, así mismo, las funciones de ver- 
dadera corte de justicia, apelándose ante ella de los autos 
de gobierno de los virreyes, los que deberían verse en 
acuerdo de justicia y no en sala particular; estándole ve- 
dado, para evitar el conflicto de poderes, el conocimiento 
en materia de gobierno y guerra. 1). La audiencia, en 
fin, dirimía los conflictos producidos entre la autoridad 
civil y la eclesiástica y entendía en los casos de carácter 
político, declarando ó^salvando la integridad de la consti- 



1) Leyes 48, 43 y 44, T. 15 Lib. 2»— Ley 22 y 24, T. 12, Lib. 5*, de Indias, 



Historia de güemes y de salta-capítulo i 7 

tucion del reino, como se llamaba entonces al estado de 
cosas político y al cúmulo de leyes que lo reglamenta- 
ban, denominándose los autos de esia cñtesoría, provisiones 
reales, acompañados del sello del rey, como se acostum- 
braba en todas las sentencias definitivas, impreso en cera 
blanca.— Todas estas resoluciones de la. audiencia se daban 
Invocando el nombre y representación del rey, fuente, en 

aquellos dias, de toda potestad y jurisdicción. 
En ausencia del virrey ó por su muerte, el oidor mas 

antiguo de la respectiva audiencia, ejercía el gobierno in- 
terino del virreinato, así en lo político como en lo militar. 

Esta alta corporación estaba compuesta de cinco miem- 
bros: uno de ellos la presidía con el cargo de presidente, 
y los demás llevaban el nombre de oidores. Dos fiscales 
atendían ante ella la causa pública y de las leyes; habién- 
dose hecho notables, en la de Charcas, el Dr. Cañete, «an- 
torcha de la justicia» en su tiempo, hijo de la provincia 
del Paraguay; y, en la de Buenos Aires, el Dr. Villota, no- 
tabilísimo jurisconsulto español y abogado del consejo real 
de Indias, que habia de inmortalizar su nombre defendiendo 
la causa de España en los dias gloriosos de Mayo. 

Los miembros de la audiencia eran todos abogados de 
nota; correspondiendo por las leyes, como hemos visto, su 
presidencia al virrey, mas sin voto en la decisión de las 
materias de justicia, aunque firmando las sentencias. 1). 

Casa de esmerada decencia era la casa de la audiencia, 
especialmente la de Charcas; con su salón de despacho 
cubierto de alfombras y tapizados sus muros de damasco 
de seda roja. El escudo real, bajo dosel, ocupaba, en la 
cabecera, el lugar de honor; y, en sitio igualmente hono- 
rífico, la imégen de Cristo, para hacerles recordar que, 
testigo de la conciencia de los jueces, juez sería un dia 
también de ellos; para tomarles cuenta de sus injusticias 
é iniquidades para con el prójimo, de su falta de labor, 
de sus parcialidades inicuas é infames en provecho del 
poderoso, del amigo ó del rico, y de aquellas sus cobar- 
días, en fin, que, como la de Pilato, tantas veces se han visto 



1) Ley 37, T. 3. Lib. 3 y Ley 32, T. 15, Lib. 2« de Indias. 



8 DR. BERNARDO FRÍAS 

cometidas por jueces corrompidos para conservar su puesto. 
«Ese testigo era, á un mismo tiempo, Dios, un soberano 
arbitro y un inocente condenado». 

El procedimiento por donde se tramitaban las causas, 
era, mas que una ley precisa y detallada, una mera prác- 
tica forense, donde jueces y litigantes llegaban á enmara- 
ñar los pleitos haciéndolos, á veces, tan dispendiosos y 
difíciles, que su resolución perdía los años sin alcanzar 
seguro y definitivo fin. 

La justicia de primera instancia no era letrada, condición 
que resistió aún muchos años después de la revolución; 
de manera que al frente de su administración se veian, 
como alcaldes del cabildo, desde comerciantes y hacen- 
dados hasta literatos y generales; no por que los hombres 
de gobierno de aquellos tiempos desconocieran la impor- 
tancia y utilidad de entregar la administración de función 
tan delicada y principal á manos preparadas y diestras, 
sino porque, habiendo sido la época colonial de formación 
y organización social, se careció, en la mayor parte de 
aquel espacio, de abogados y gente preparada en derecho, 
para proveer con ella la administración de justicia en cada 
una de las ciudades del continente, que ni siquiera goza- 
ban, como hemos de verlo, las poblaciones de América de 
escuelas de derecho en sus universidades teologales, á 
excepción de los últimos tiempos en que imperó el régi- 
men español. Ello, por otra parte, no puede sorprender 
la admiración, si se viene á recordar que el siglo XIX 
terminó para nosotros, sin que algunas provincias federales 
argentinas, como Catamarca, Jujuy ó San Luis, por ejem- 
plo, llegaran á alcanzar este culto adelanto de los pueblos, 
manteniendo sus tribunales rellenados con legos ó habili- 
tados por los jueces ó gobiernos anteriores, fuera de toda 
intervención universitaria. 

Pero si aquella justicia no era ilustrada, teniendo nece- 
sidad de valerse de un asesor letrado para dirimir con 
acierto las cuestiones jurídicas que llegaran ó provocarse, 
éralo, si, leal y honrada á toda prueba, no tan solamente 
por que su elección emanaba del pueblo que sabía mejor 
que nadie donde estaba la garantía de sus mayores inte- 



HISTORU DE GÚEMES Y DE SÁLTH— CAPITULO I 9 

reses, si que igualmente por que las personas que la de- 
sempeñaban, al menos en las poblaciones cultas y ricas 
como Salta, Buenos Aires, Córdoba, Chuquisaca, Potosí ó 
la Paz, eran de la clase principal y mas honorable del ve- 
cindario. 

A esta piedra fundamental de la buena justicia, no con- 
vertida entonces en regalía del poder ejecutivo, ó gober- 
nador, para favorecer con ella sus intereses políticos 
convirtiéndola, tantas veces, en el arma de sus crímenes 
ó de sus miserias y venganzas personales ó de partido; debe 
agregarse y ser conservado en imperecedero recuerdo la 
real y verdadera independencia de los jueces, y, por ende^ 
la rectitud, lealtad y honorable desempeño de sus sagradas 
funciones. Por que habiéndose privado á los gobernadores 
durante todo aquel espacio, del peligroso ramo de la po- 
licía de orden y seguridad, y estando esta administrada 
directamente por el cabildo, á cuyo cuerpo pertenecían, en 
primer término, los alcaldes ó jueces de primera instancia, 
las resoluciones de los magistrados judiciales no depen- 
dían en su cumplimiento de la honradez y buena voluntad 
del poder político, ni iba á mendigarle el favor de su 
brazo, para hacerse verdad respetada y temida, la voz, hoy 
desvalida, délos tribunales. Evitábase, así, el escóndalo de 
ver tantas veces, las sentencias y órdenes de los jueces 
burladas ó desobedecidas; á los detenidos ó condenados 
empleados en beneficio é inmoral provecho del primer 
mandatario y sus allegados, ó alistados, en fin, en crimi- 
nales empresas políticas para mantener situaciones tirantes 
y condenadas ya por la opinión pública, como han tenido 
y tienen ocasión de avergonzarse aún el progreso y la 
civilización de nuestros estados, mas especialmente en los 
desheredados y pobres, donde la justicia ofendida no tiene 
ante quien volver los ojos. 



Consultando el mayor bien y paz de estos pueblos, ei 
gobierno del rey creó las divisiones del virreinato de 
Buenos Aires que llevaron el nombre de intendencias y 



10 DR. BERNARDO FRÍAS 

cuya grandeza territorial llena hoy el ánimo de asombro 
y costaría trabajo persuadirse que, en época de tan escasa 
civilización, pudieran regiones tan dilatadas y desiertas y 
de tanto elemento de barbarie, alcanzar las saludables in 
fluencias del gobierno y de las leyes. 

La intendencia de Buenos Aires, á cuyo frente se hallaba 
el virrey en su calidad indivisible de gobernador local y 
de virrey ó gobernador general, comprendía no solo la 
actual provincia de aquel nombre sino también la Banda 
Oriental, Santa Fé, Entre Rios y Corrientes. La segunda 
intendencia la formaba la antigua provincia del Paraguay. 
La intendencia de Córdoba a])arcaba la provincia del mismo 
nombre, la Rioja y todo Cuyo, hoy convertido en las pro- 
vincias de Mendoza, San Juan y San Luis de la Punta. La 
intendencia de Salta comprendía el inmenso territorio que 
actualmente forma las provincias de Salta, de Tucuman, 
Santiago del Estero y Catamarca, de Jujuy y Tarija, y la 
Puna de Atacama. En la comarca llamada entonces el Alto 
Perú, se encontraban las intendencias de Potosí, Charcas, 
Cochabamba y la Paz. 

Salta era la capital de la intendencia de su nombre, en 
cuya ciudad residía el gobernador intendente, como tam- 
bién existía en ella la sede episcopal, la catedral y el ca- 
bildo eclesiástico; pues, la división del gobierno de la iglesia 
correspondía entonces casi exactamente á la división ad- 
ministrativa ó civil. En consecuencia de su rango de 
capital de la intendencia, las ciudades de San Miguel del 
Tucuman, de Jujuy, de Catamarca, Santiago del Estero, 
Tarija y Oran eran ciudades sufragáneas, en lo político 
como en lo eclesiástico, cuyo distrito territorial se llamaba 
tcne^'cia de gobierno, y se hallaba administrado por un 
tcm'epíte gobernador, dependiente del gobernador intendente 
de Salta; y, en lo eclesiástico, por un vicario foráneo; lle- 
vando el nombre de matris el principal de sus templos. 

En cuanto á lo que se refiere especialmente á la actual 
provincia de Salta, prescindiendo de las ciudades y terri- 
torios sufragáneos mencionados, su división administrativa 
y militar, durante el periodo que abarca la presente his- 
toria, estaba trazada en cinco grandes secciones territo- 
riales que se contaban así: el departamento de la Capital 



HISTORIA DE GÜEMES Y DE SALTA—CAPITULO 1 11 

que tomaba desde las lindes de Jujuy hasta las de Tucuman, 
comprendiendo toda la región central de la provincia: el 
departamento de los Valles, con su capital en la aristocrá- 
tica villa de San Carlos, que comprendía toda la región 
occidental en las faldas de los Andes, desde las alturas de 
Jujuy hasta Catamarca; el departamento de la Frontera, y 
el del Campo Santo, desde Tucuman hasta la jurisdicción 
de Oran, comprendían toda la parte del oriente, y, final- 
mente, el de la Puna de Atacama, Cada uno de estos de- 
partamentos, exceptuado el primero, se hallaba bajo las 
órdenes inmediatas de un gefe político y militar, con el 
nombre de comandante general. 

VI 

El gefe de cada una de las intendencias llevaba el título 
de Gobernador Intendente y Capitán General, que, como el 
virrey, de quien dependía en parte, en cuanto concernía 
al gobierno general de la colonia, recibía del rey inmediata 
y directamente su nombramiento. 

Es así que el gobernador de aquellos tiempos llamados 
«del rey» en el lenguaje social, no era elegido por el pue- 
blo que gobernaba, ni representaba, por ende, su soberanía 
y voluntad sino que traía su nombramiento y sus respec- 
tivas facultades de gobierno directamente del rey de 

España. 
Generalmente en su carta de nombramiento, que por lo 

regular conducía desde Madrid el mismo interesado, que 

era siempre español de calidad, venía fijado el sueldo de 

que debería gozar, y también las cargas y obligaciones 

que le eran impuestas en retribución de la gracia recibida. 

Estas, á las veces, llegaban á ser de peso enorme, como 

que el gobernador D. Gerónimo Matorras, por ejemplo, 

que lo fué en 1771, entre aquellas condiciones ú que fué 

sujeto en la provisión de su cargo, se contaba la conquista, 

á sus espensas, del territorio del Gran Chaco. 1). Ya se 

deja suponer, por esta sola revelación, cuan honorífica y 



1) Carrillo, HiST. DS Jdjoy, pág. 102. 



^ 



Id DR. BERNARDO FRÍAS 

de pingües ganancias no debería ser aquel sobresaliente 
cargo real conseguido á precio tan sul)ido; y él aparece 
mayormente interesante cuando se descubre que aquel 
mismo gobernador Matorras, tan recargado de obligacio- 
nes por el soberano, extendía y firmaba, sin embargo, 
piadoso memorial depositado á los pies de la Virgen del 
Milagro, deidad tutelar de la ciudad de Salta, suplicándole 
■i y haciendo votos en honor suyo, para que intercediera é 

j Dios por la continuación de su gobierno en la intendencia 

^ «por los cinco años que se lo concedió el rey, sin que sea 

\ depuesto de él ni en la corte ni por el virrey ni audiencia;» 

y así, según sus deseos, su administración excedió de aquel 
plazo, habiéndola ejercido hasta que falleció. 1). 

Las facultades de gobierno delegadas por el monarca en 
el gobernador como en el virrey, hallábanse divididas en 
los cuati'o ramos de política, justicia, hacienda y guerra; 
de tal manera que este alto funcionario, como represen- 
tante del rey absoluto, presidía y ejercía el mando indivi- 
sible del gobierno político de la provincia, de la justicia, 
' de la hacienda pública, del ejército ó milicias; por que 

! todo poder, toda jurisdicción, todo " mando y admi- 

nistración de la cosa pública correspondía y emanaba del 
: rey. 

i En razón de estas amplísimas facultades, el gobernador 

' dirigía la administración absoluta de la intendencia. Como 

i gefe superior y representante del monarca, presidía el 

* cabildo, donde se hallaban los tribunales de justicia ordi- 

naria, firmando las sentencias en ciertos casos, como lo 
hacían los virreyes en las audiencias, pero sin voto en la 
resolución de los pleitos. Todo tendía á revelar, aunque 
solo fuera en las formas, la magestad suprema del rey. 
:. En lo tocante á la iglesia, ejercía el vice patronato real, 

que era el derecho que tenían los reyes de España para 
intervenir en el nombramiento de las dignidades y fun- 
cionarios eclesiásticos, y que el gobernador ejercía espe- 
cialmente en el nombramiento de curas párrocos, según 
la terna presentada por la autoridad eclesiástica, después 



1) To$eano; Hist, del Señor y de la Virgen del Müagro, pág. 334. 



HISTORIA DE GÜEMES Y DE SALTÁ-CAPlTULO I 18 

del examen en concurso de los postulantes, conforme lo 
exigían con tanta sabiduría y penetración las Leyes de 
Indias, de acuerdo con las pragmáticas del concilio de 
Trento; mandaton en gefe las fuerzas militares, habiendo 
sido siempre estos funcionarios, gefes de alta distinción 
por su linaje y por su grado en el ejército español; go- 
zaban del tratamiento de Exceleutisimos y disfrutaban, por 
lo común, de un sueldo anual de seis mil pesos fuertes 
y de los honores de mariscal de campo; y, para el cum- 
plido lleno de sus funciones gubernamentales, aún el mismo 
virrey estaba obligado, según lo mandaba la ordenanza de 
intendentes, á cooperar á su gobierno local. 

El periodo legal de mando del gobernador, como así 
mismo de los demás funcionarios y empleados de primera 
importancia, estaba limitado por las Leyes de Indias al 
término de cinco años; y como en tan dilatadas provincias 
se hubiera echado también en olvido esta disposición y 
adueñádose los funcionarios de todo el espacio que el des- 
cuido de la administración central les permitía gozar del 
puesto, siempre honorífico y lucrativo, se dictó, 6 princi- 
pios del siglo XIX, nueva orden real recordando y exigiendo 
su cumplimiento. 1). 

Era el gobernador el primero en las ceremonias reli- 
giosas; su asiento ocupaba sitio de honor en el templo, en 
la mesa, en los salones y do quiera que se tratara de reu- 
niones públicas; y su inñuencia social era tan grande, que 
un baile de gran tono ú otra función de igual categoría, 
no daba principio hasta no ser honrada con su presencia. 
El brillante uniforme de brigadier era la vestidura propia 
de su rango, como que era, por sus funciones, el gefe de 
todas las fuerzas militares de su distrito, troje que continuó 
en uso casi permanente durante la guerra de la indepen- 
dencia y de la organización nacional, por los gobernado- 
res de provincias, aún cuando por su profesión no fueran 
ellos miembros del ejército. Lujosa escolta militar guar- 
daba su persona y su casa, en cuya puerta principal hacía 
constantemente guardia de honor, y cuando aquel solemne 



1) Arch. de la Prov. de SalU, 1803, Legajo N«. O á 1810. 



14 DR. BERNARDO FRÍAS 

personaje cruzaba por frente de cuarteles ó por allí donde 
las fuerzas militares desempeñaban funciones de su oficio, 
las dianas marciales de tambores y clarines acompañaban 
ceremoniosamente su paso. 

Justo era, en consecuencia, que se albergara en el ánimo 
y opinión de los gobernados respeto y consideraciones 
proporcionadas á tanta grandeza y dignidad; y natural 
fué también el hallar en el sentir de los mas honrados 
de aquellos y aún de los mas austeros y republicanos que 
trajo la revolución, como lo fué el Dr. Gorriti, por ejem- 
plo, sin ápice de duda, la excelencia é inviolabilidad, diria- 
mos así, de la persona del gobernador, y á tal extremo, 
que se perseguía como á delincuente y se castigaba con 
cárcel y prisión á quien públicamente hablaba en detri- 
mento y ofensa de tan temible personaje. 1). 

Fuera de estos extremos, que solo cuadran en un go- 
bierno despótico ó allá dentro del estado de sitio, la 
magestad del rey derramaba, en aquellos tiempos, mayores 
esplendores que hoy la magestad del pueblo; por que, 
aunque la supieron sustentar hasta ochenta años mas 
tarde los gobiernos republicanos que sucedieron, deseen 
dio al mas bajo nivel al concluir el siglo XIX, que hoy todo 
se ha empequeñecido, todo es plebeyo; todo se ha ultra- 
jado bajo la máscara de la democracia que se la ha con- 
fundido con el aniquilamiento de todas las grandezas y 
con el escarnio de todas las dignidades y virtudes cívicas. 

Para compartir el peso de sus tareas, como auxiliares 
suyos y asesores en la resolución de los asuntos de go- 
bierno cuya obscuridad ó dificultades legales pudieran, 
cual sucede con frecuencia, ser de difícil resolución, acom- 
pañaban al gobernador intendente con el nombre de Se- 
cretario de Gobierno y Guerra, que lo fué siempre letrado 



1) El General Dr. D. José Ignacio de Gorriti, gobernador de Salta en 
1^3, á pesar de haber sido acabado modelo de buon ciudadano por 
sus virtudes cívicas, ordenó el arresto del Coronel D. Antonio María 
Feijóo por haber éste, en dias do excesivo apasionamiento político, di- 
cho denuestos contra la persona del gobernador ante el púolico de un 
casino: y como detenido por ello en los altos del cabildo continuara 
con mayor acritud y á grandes voces y ante el público, hiriendo al 
mismo funcionario, se agravó la pena, sujetándolo con prisiones — 
(Arch. de la Prov. de Salta, 1823, P. Ejecutivo). 



J 



fflSTORIA DE GÜEMES Y DE SALTA-CAPITULO I 15 

de nota, y de Ministro Contador de Real Hacienda, dos 
funcionarios que hoy, en la índole de nuestras institucio- 
nes, vienen á corresponder á los ministros de estado. 

La secretaría de gobierno, que comprendía en sus tér- 
minos el verdadero despacho del gobernador de la provin- 
cia, funcionaba en la casa particular de este; costumbre 
que ha subsistido hasta después de la caida de la tiranía 
de Rosas. 

Como administrador del ramo de guerra, era el gefe 
superior de las milicias de la intendencia, dependiendo de 
la autoridad general del virrey, pero ejercitando, dentro 
de la provincia, cuanto era conveniente al orden y segu- 
ridad de los derechos de Su Magestad el Rey y de la pro- 
pagación de la santa fé católica, en cuyos nobles objetos 
fueron constantemente ocupadas los milicias de Salta, ex- 
pedicionando continuamente á las regiones salvajes del 
Chaco, de cuyos centros inexplorados avanzaban sobre 
las poblaciones cristianas, especialmente de Oran, de Jujuy, 
y vecindarios de la frontera del sur, constantes y pérfidas 
invasiones de los salvajes, que, como á la ciudad de 
Buenos Aires, mantenían en alarma constante la civiliza- 
ción y la vida de estas comarcas. 

Bravos gefes, como Tineo, Matorras, Cornejo, muchos 
de ellos hijos nativos del noble vecindario de Salta, como 
Arias Rengel,cuyo apellido había de brillar con tanta glo- 
ria por su descendencia en los fastos de la revolución, 
llevaron á feliz término estas expediciones guerreras, co- 
bijando á su sombra la cruz del misionero cristiano que 
redujo, bajo la hábil y heroica intrepidez de los jesuítas, á 
los beneficios de la fé y de la civilización, diversas porcio- 
nes de esas razas desdichadas en Miraflores y Balbuena, en 
tanto que la fuerza militar alzaba, en la frontera amenazada, 
los fuertes defensivos de Esteco, de Ortega, de Pitos, de 

Cobos y de la Cruz, ya en las goteras de la capital. 1). 



1) Todos los gobernadores de Salta obtuvieron del rey ó su^ virreyes, 
el título de Goiiquistadores del Gran Chaco;. Entre las expediciones 
mas famosas que se llevaron i cabo en aquella región, durante el úl- 
timo si^lo del gobierno colonial, Pts justicia el recordar la del Briga- 
dier Urizar y Arespacochaga, en 1712 y 1714; las del General D. Félix 



16 DR. BERNARDO FRÍAS 

En razón de esto, las milicias de Salta, en continua cam- 
paña militar, adquirieron el temple marcial, la práctica de 
la guerra, la constancia en la disciplina y penurias de las 
campañas militares en que los rigores del clima, lo deso- 
lado de las llanuras boscosas é infinitas, sembradas de 
fieras imponentes y terribles, de reptiles venenosos, sin 
recursos en el tránsito y hasta sin el agua necesaria para 
sostener la vida, formaban la tropa heroica por educación 
y por espíritu, y una oficialidad experta, conocedora de 
los misterios de la naturaleza allí encerrados y sus rigo 
res y medios de vencerlos; virtudes y secretos y aprendi- 
zajes que, en dias marcados por honroso destino, habían 
de desplegar con suceso felicísimo y con asombro y aplauso 
del mundo. 

VII 

Por cima de todas estas entidades políticas que gober- 
naban el país en el suelo de América, se alzaba el Supremo 
Consejo de Indias, corporación que corría con el gobierno 
general de la América. Gomo consejera de un rey abso- 
luto, absorbía en su potestad idéntico absolutismo, cono- 
ciendo, de esta suerte, en todos los negocios de la mayor 
importancia de Indias,— políticos, religiosos, de justicia <^ 
administración. 

Su creación, allá en los tiempos remotos de la conquista, 
respondía al mejor gobierno de la América; que el mo- 
narca y sus ministros no eran bastantes para conocer un 
cúmulo tan grande de negocios. En vista de aquel motivo 
de su creación, el Consejo de Indias proyectaba las leyes 
y pragmáticas que debía sancionar el rey para el mejor 
gobierno de los intereses americanos, lo que le daba, en 

cierto grado, verdadera fisonomía legislativa; mientras por 
otro lado, conocía y dictaminaba, como asesor supremo de 

gobierno, sobre todo lo concerniente á estatutos, constitu- 



ArÍAs Rengel, de 1735 á 1742; la dol Geaoral D. Domingo de Izasmendi, 
en 1789; la del Gobernador D. Andrés MeRtre en 1777, y la del Gober- 
nador D. Victorino Martínez de Tineo, en 1752, que recorrió 1785 leguas. 
La guerra para someter las tribus calchaquies, dueñas de los valles 
occidentales sobre las faldas de los Andes, duró mas de cien años, 
habiendo llegado una vez, hasta poner cerco á la ciudad de Salta. 



HISTORIA DE GÜEMES Y DE SALTA- CAPÍTULO I 17 

cienes de prelados, de cabildos ó conventos, y en lo re- 
lativo á virreyes, audiencias y consejos de América. En 
las causas mas graves, de índole judicial, era el juez de 
apelación de última y definitiva instancia de las que se 
ventilaban en los tribunales de Indias. Su asiento era en 
Madrid, al lado del rey. 

Aquel supremo consejo de gobierno imperial, seno, en 
un principio, así de sabiduría, virtud y competencia como 
de iniquidad, abusos y delitos de gran bochorno, mas tarde, 
se desenvolvía en sus funciones por medio de vasto per- 
sonal. Uno de sus miembros lo encabezaba como presi- 
dente, y ocho y mas consejeros, togados unos, otros no le- 
trados y honorarios otros, en fin, funcionaban tres veces 
por semana. Sus órdenes y las provisiones que daba 
para los grandes empleos de América iban autorizadas por 
la firma real. 

Para garantía contra sus abusóse injusticias, las leyes que 
lo reglamentaban contenían disposiciones de la mas sabia 
y esquisita prudencia, que mostraban el honrado espíritu 
que animó á los antiguos monarcas españoles por el bien 
de los pueblos de América. En ellas se imponía obligación 
de resolver los asuntos con brevedad; que en la provisión 
de los empleos se tuviera en especial cuenta á los varones 
beneméritos, no debiendo concederse tales mercedes ni á 
los parientes ni ó los allegados; ni podían tampoco los 
miembros del Consejo servir de agentes, solicitadores ni 
procuradores ante el tribunal de que eran parte, ni me- 
nos recibir precio por el desempeño de sus deberes. 1). 

«El Consejo de Indias, puesto por los reyes para servir de 
roca donde se estrellase la iiyusticia del poder y de asilo á 
los desvalidos americanos, como el rey por precisión lo puso 
cerca de sí, participó de la corrupción de la corte, olvidó 
que era un tribunal de Indias y su parlamento, digámoslo 
así. Americanos debian ser en justicia sus miembros, decía 
Solórzano, 2) como los consejos de Aragón, Portugal, Flán- 
des é Italia se componen de sus naturales; pero medio se 
cumplió con llamar para él á los oidores de Indias, especial- 



1) Hkrrbba, Descrip. de las Indias Occidentales. 
9) Politica Indiana, Lib. 5, Cap. 15, pág. 897, Col. 9. 



18 DR. BERNARDO FRÍAS 

mente á los decanos que, como casados por lo común en 
América, instruidos en sus cosas y naturalizados, según cé- 
dulas reales, por la residencia de diez años, se reputaban 

americanos. 

«Igualmente, habiéndose establecido un ministerio par- 
ticular de Indias, pasaron á su consejo sus oficiales ma- 
yores en calidad de americanos, por ficción de derecho, 
con lo cual estaban todos sus oficinistas exentos de la 
jurisdicción de Castilla. Pero al fin prevaleció, al del país 
adoptado, el amor insuperable del país natal; y se vio 
entre los consejeros el escándalo de disputar si los ame- 
ricanos verdaderos debían ser empleados en América.» 1). 



VIII 



Al lado de estos ostentosos y robustos pedestales con que 
el rey de España gobernaba sus posesiones de ultramar y 
en quienes la voluntad de un monarca irresponsable y pode- 
roso hacía resplandecer su despótica autoridad, había sido 
echada en los surcos abiertos por la espada de los conquista- 
dores españoles, al fundar sus ciudades, la simiente fecunda 
de los cabildos^ que tanta fama y gloriosos beneficios hablan 
derramado y mantenido en las ciudades antiquísimas de 

España. 

Estos gobiernos urbanos, guardianes de la vida domés- 
tica de las ciudades, hablan aparecido en Europa cuando 
caía la autoridad del imperio romano al empuje de las 
invasiones de los bárbaros del norte. Todo cayó en la tierra 
en trastorno y confusión y exterminio:— sociedad, leyes, 
costumbres, lenguas, gobiernos, derechos y cuanto habia 
de civilizado é instituido, viéndose en tan cruel situación 
los vecindarios de las ciudades obligados ó tomar en sus 
manos y por su cuenta el gobierno y las armas de la re- 
sistencia para atender á su conservación y salud, en 
medio del desquicio y horror universal. 

Los municipios, guaridas sagradas de la civilización ro- 
mana, se armaron; crearon por su propio esfuerzo, su gobier- 



1 GoERRA, obra cit. p¿g. 696. 



J 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO I 19 

no y autoridades y organizaron su defensa, crearon su jus- 
ticia criminal, su autoridad civil y sus fuerzas militares y 
del orden público para perseguir los malhechores de que 
estaban plagados los caminos. Su triunfo, aunque tardío, era 
indudable, porque estaban en su apoyo la civilización, e\ 
cristianismo, la verdad, la justicia, la razón y todo aquello 
que forma la dignidad y lo mas excelente del destino hu- 
mano. Y fué de esta manera que, mientras los principios del 
evangelio dominaban á los bárbaros haciéndoles compren- 
der y bendecir la paz, la caridad y la igualdad de los hom- 
bres, venidos de una sola pareja é hijos dejun mismo Dios, 
con un mismo destino y un alma sugeta á una misma» 
inmutabley eterna justicia,— la civilización quebrantada del 
imperio acabó por dominar los bárbaros, triunfando por el 
poder de los principios de los vencidos sobre la fuerza brutal 
de los vencedores, haciéndoles amar el orden, las leyes y el 
derecho romano; las costumbres y los ideales políticos, y 
las instituciones y afectos conque hablan florecido y disfru- 
tado los pueblos vencidos; felicidades y goces para ellos hasta 
entonces no conocidos. 

Fué así que, confundidos en una sola masa social los 
godos y los antiguos españoles, formaron la monarquía 
llamada de los visigodos que, derribada por nueva y po- 
derosa invasión— la de los moros, llegados del mediodía, 
reapareció, ya con vigoroso espíritu, á luchar 700 años 
por la reconquista de su suelo. 

Hasta que sucumbió la monarquía de los godos al em- 
puje de esta tan sonada invasión de árabes y africanos, la 
vida política había alcanzado un desarrollo notabilísimo y 
las leyes constitutivas del estado revelaban cuánto era el 
poder liberal de las instituciones y de las franquicias po- 
pulares. Por que, desde Recaredo hasta D. Rodrigo, último 
rey de los godos, diez y seis concilios nacionales se habían 
celebrado en España, formando el cuerpo de sus estatutos; 
las leyes que arreglaban; estos concilios eran sancionadas 
por los jueces diputados de las ciudades y por el asenti- 
miento del pueblo. El rey era electivo y no subía al trono 
por sucesión hereditaria; y, al hacerse cargo del gobierno, 
Juraba, ante sus grandes vasallos, respetar y cumplir sus 



aO DR, BERNARiJO FRÍAS 

estatutos. «El juicio por par ó sea el jurado, era de de- 
recho fundamental; las actas del concilio de Toledo fueron 
la base de los instituios. y> 

Del seno de aquella ruda contienda, cuyo comienzo fué 
enteramente popular desde la fecha inmortal de Covadonga, 
el principio cristiano y el principio de la independencia de' 
gobierno municipal de las ciudades reaparecieron unidos 
con viva intensidad, no como una deliberación de filósofos 
políticos, sino como una vieja costumbre, heredada de los 
antepasados y amada como aman los hombres de corazón y 
de honor la libertad de su personalidad humana y la inde- 
pendencia del gobierno de la ciudad donde han nacido y en 
donde habitan. «La fiereza de las costumbres, dice un sabio 
de aquel país, la ignorancia general, fruto de aquellos tiem- 
pos de guerra, contribuyeron de un modo espantoso al 
desorden, confusión y anarquía. Para poner un dique al 
torrente de tantos males, tuvieron y llevaron á cabo los mo - 
narcas de los siglos XI y XII la idea feliz del establecimiento 
y organización de las comunas y concejos de los pueblos^ 
depositando en ellos la jurisdicción civil y criminal igual- 
mente que el gobierno económico, sin reservarse conoci- 
miento de los casos de corte, el de apelaciones y otros». 1) 

Este gobierno de la ciudad, ejercido no por la chusma 
grosera, ignorante y por instinto servil, que forma el po- 
pulacho ó la plebe,--sinó por la clase culta y distinguida, 
meritoria y de pensamiento, que se denominó decente, 
vino á llamarse el gobierno del común ó gobierno de 
propios; y las autoridades que lo ejercían, elejidas por el 
suftagioMibre de los ciudadanos, tomaron el nombre de 
Ayuntamientos ó Comunidades, habiendo alcanzado á ser los 
mas famosos por su altivez cívica, por su historia llena 
de honor y de grandeza como por el glorioso fin que 
tuvieron bajo la catástrofe general que ahogó las liberta- 
des españolas, los ayuntamientos de Castilla y de Aragón. 

Por que como hubiera Carlos Quinto, extrangero nacido 
en Gante, hijo de austríaco y de princesa española, pene- 



1) JoyeUanoB. 



HISTORIA DE GÜEMES Y DE SALTft.— CAPÍTULO I 21 

irado & España como su rey y pretendido imponer el yugo 
de su voluntad autoritaria y despótica al altivo pueblo es- 
pañol, cuya voluntad habia sido siempre respetada por los 
reyes nacionales y quien un dia, entregaba la corona A 
Alfonso diciéndole: — « Os fazemos rey para que guar- 
déis la ley, é si non, non», su violencia dio origen al 
famoso rompimiento. Y aquej pueblo que hacía reyes, 
que imponía por la fuerza de su brazo y por la altivez 
cívica de su espíritu, deberes al gobierno y que, con las 
armas en la mano supo, hasta entonces, defender la inte- 
gridad de los fueros ó privilegios municipales, para go- 
bernarse libremente, siendo tratadas con desprecio sus 
reclamaciones en las cortes espúreas de la Coruña, cele- 
bradas en 1518, alzó el pendón de la resistencia; empuñó 
la gloriosa y antigua espada cívica y fué á exigir á Carlos 
el respeto y reconocimiento de las libertades comunales. 

Los diputados de las ciudades y villas principales de 
Castilla, se congregaron con este fin en la famosa junta 
de Avila y expusieron en un memorial de agravios, los 
diferentes puntos en que las leyes del reino habían sido 
conculcadas por el gobierno del rey, y en ese manifiesto 
dijéronle derechamente al monarca:— «Que si separaba de 
su lado los malos consejeros, autores de aquella infracción, 
y, convocadas unas cortes libres, confirmaba con su real 
asenso la reparación de sus agravios otorgando las pe- 
ticiones que le presentaban conforme con las leyes y anti- 
guas costumbres del reino que su majestad habia jurado 
cumplir, depondrían las armas que contra su inclinación 
se vieron forzados á tomar y serían ejemplo de fidelidad 
y obediencia.» 1). 

A esta unión de las ciudades amenazadas llamóse, con 
dignísima razón, la Junta Santa ó Comunidades de Castilla t 
cuyos esfuerzos, cuyos fueros consagrados por el respeto 
de cien reyes y de los siglos, fueron vencidos y sepulta- 
dos por dilatado espacio en los campos de Villalar, y su 
heroico gefe,' el noble D. Juan de Padilla, muerto en el 
cadalso. 



1) Jovellaiios. 



23 DR. BERNARDO FRÍAS 

Y no era este famosísimo suceso novedad peregrina en 
las costumbres cívicas españolas, que su antigua historia 
recordaba aún escenas de no menor grandeza y enseñanza 
que aquella; porque como hubiera el rey D. Juan el 
Segundo de Castilla, malamente inspirado por su desventu- 
rado favorito, D. Alvaro de Luna, ofendido los derechos del 
pueblo con una administración escandalosa y abusiva, el 
diputado representante de Toledo, D. Pedro Sarmiento, inti- 
mó resuelta y denodadamente al rey llamara y oyera los 
consejos de los prelados, de los grandes y de los procura- 
dores de las ciudades y villas principales del reino, represen- 
tantes de la voluntad nacional, reunidos en cortes ó congre- 
so: « E non lo queriendo fazer, le dijo, que ellos (los de Toledo) 
se apartaban é substraían de la obediencia y sugecion que 
le debían como á su rey y señor natural, por sí y en 
nombre de las ciudades y villas del reyno; las cuales se 
juntarían con ellos á esta voz é traspasarían é cederían la 
justicia y jurisdicción real al Ilustrísimo Príncipe su hijo 
y su heredero. » 



IX 



Pero vino á coincidir con aquellos sucesos memorables, 
la conquista y colonización del Nuevo Mundo por España, 
á donde los conquistadores trasportaron los ayuntamientos 
no como reto al despotismo militar enseñoreado en la 
península sino como la feliz continuación del sistema po- 
lítico que, por tantos siglos, habia sido sosten y garantía 
de las libertades humanas; y así vino á suceder que en 
cada ciudad que fundaban los conquistadores españoles 
en la América, señalaban lugar de honor y preferencia, 
al lado del templo alzado para honrar sufé católica, para 
asiento del Cabildo, nombre con que en América fueron 
conocidos y han pasado á la historia los ayuntamientos 
ó municipalidades españolas. 

El fln principal de esta institución era el gobierno de la 
ciudad y su jurisdicción; no el gobierno político sino el 
relativo al orden doméstico, á la seguridad, salud, y bienes- 



HISTORU DE GÜEMES Y DE BALTA-CAPÍTÜLO I 23 

tar de los ciudadanos. Era, en este sentido, vasto el campo de 
sus atribuciones, como que comprendía todo lo mas inme- 
diatamente interesante á lu conservación social. En sus 
manos estaba la creación y ejercicio de la justicia criminal, 
lo que comprendía una de las mas preciosas garantías de 
las personas contra los abusos y tiranías de los gobiernos; 
administraba, así mismo, la justicia civil en primera ins- 
tancia garantiendo, de este modo, la delicada independen- 
cia del juez, que no siempre es varón de corazón sino 
débil ó cobarde y se hace, á las veces, peligroso dependiendo 
su nombramiento y su cese de la voluntad del gobierno 
político, cuyas garantías son, por lo general, nominales 
y de burlas en los pueblos débiles; velaba por la conser- 
vación, higiene y embellecimiento de la ciudad; por la 
gestión de los intereses públicos ó de la comunidad; y era 
de su competencia la administración del delicado ramo 
de la policía de seguridad, cuyo conjunto de atribuciones 
ó ramos, como se llamaban en la época de su imperio, 
constituía el depósito sagrado que el pueblo habia liecho 
de sus mas caras y preciosas garantías individuales y de 
sus bienes, privando, así, al gobierno político, depositario 
siempre de la fuerza militar, de todos aquellos poderes 
con que hoy, y entonces en otros paises, cuenta para vejar, 
oprimir y tiranizar á los hombres y arrebatarles sus liber- 
tades y derechos, desde el honor hasta la hacienda y la 
vida. 

Y estos baluartes de las libertades comunales, que sir- 
vieron de manera tan prodigiosa á formar y enaltecer por 
siglos de honra nacional, la altivez cívica, la virilidad dig- 
namente celebrada del pueblo castellano en aquella edad 
tan ajena de serviles y cobardes de que hoy está plagada 
la tierra, hallaron, en el mismo poder político que limitaron 
con sus fueros, el guardián antes que el enemigo de las 
libertades del pueblo; que el ánimo real y honrado de los 
antiguos reyes españoles, habia siempre reconocido y res- 
petado, por que la libertad y la honradez fueron siempre 
atributos primordiales de la nobleza, y era el rey el primero 
de los nobles. 

De esta manera, D. Juan I de Castilla declaraba que las 



24 pR. BERNARDO FRUS 

decisiones de los cabildos no podian ser revocadas por el 
rey; y su influencia era tanta y tan arraigada estaba esta 
institución en el ánimo del pueblo, que los mismos reyes 
absolutos no pudieron dejar de reconocerla, aún en medio 
de su despotismo, declarando por las leyes de la Novisitna 
Recopilación, que las ciudades se gobernasen por las orde- 
nanzas dadas por sus cabildos, y se reuniesen éstos en casas 
grandes y bien hechas, á entender, decían, «de las cosas 
cumplideras de la República que han de gobernar». 1) 

Estas sanciones legales importaban el reconocimiento de 
la independencia de los cabildos del poder político y mili- 
tar, aunque muchos de sus privilegios fueron cercenados á 
medida que el despotismo de los reyes necesitaba de mayor 
dominación. 

Empero, estas instituciones no importaban un parlamento, 
no gozaban carácter de legislatura general, pues no legis- 
laban, alta facultad de soberanía absorbida por el rey; 
solamente administraban, es decir, ponían en ejecución las 
leyes y reglamentos expedidos por los altos poderes del 
estado, y dictaban sus resoluciones de mero carácter local, 
administrativo en el orden doméstico, por lo cual sus miem- 
bros llegaron á recibir el dictado bien honroso y merecido 
de Padres de la República. 



X 



El poder gubernativo del cabildo y su imperio se ex- 
tendían no solamente á la ciudad de Salta sino también á 
todo el territorio que formaba la jurisdicción de ella, el 
que se dilataba hasta el rio del Tala, por el sur, extre- 
midad en que comenzaba la jurisdicción del cabildo 
de Tucuman; y, por el norte, hasta confinar con los cor- 
respondientes á las ciudades de Jujuy y de Oran. Esto 
viene á revelar que, en la época aquella, no existían las 
municipalidades de campaña del presente, cuyos centros 
urbanos, formando aldeas, no hablan alcanzado el rango 



1) L. 1, T, 2> lib. 7— Albbrdi, 8» p¿g. 463. 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPITULO I 26 

de ciudad, categoría que entonces importaba una verdadera 
gerarquía, según las leyes españolas, con sus privilegios 
y preeminencias, cuya mayor elevación la representaba el 
cabildo. 

Los alcaldes de primero y segundo voto tenían en sus 
manos la administración de justicia, siendo los jueces de 
primera instancia, vocales del mismo cabildo, que forma- 
ban su cuerpo, elegidos no por el gobernador político 
sino por el pueblo conciente y responsable, en votación 
directa; mientras, por otra parte, el Regidor Juez de Po- 
licía, miembro también de la ilustre corporación, tenía á 
su cargo la policía de orden y seguridad, que tan preciosa 
garantía social venía á ser en manos de una corporación 
de honorables vecinos de la ciudad, distante y ajena á las 
artimañas del poder ejecutivo, dispuesto casi siempre á 
atrepellar los derechos y arrogarse poder, como admi- 
nistrador de la fuerza militar. 

Al lado de estas sus dos grandes atribuciones, corrían 
otras de menor categoría, mas siempre de verdadero in- 
terés público ó social, como la instrucción primaria de la 
niñez, la apertura y cuidado de las calles y caminos ve- 
cinales; puentes, ornato é higiene de la ciudad; los hospi- 
tales y demás instituciones de beneficencia. 

Para cumplir con estas funciones, el ayuntamiento con- 
taba con el Regidor Decano; con el Regidor Alguacil Mayor; 
el Síndico Procurador de la Ciudad, quien era, por sus 
funciones de gestionar por los intereses públicos, lo que 
hoy llamamos un Fiscal de Estado; con el Defensor de 
pobres y menores y protector de esclavos; con el Fiel 
ejecutor, encargado de vigilar y exigir el fiel cumpli- 
miento de las ordenanzas dadas por el cabildo, y, en fin, 
con el Alférez Real, cargo, acaso, el mas ostentoso en- 
tonces, pues era el encargado de pasear el estandarte real 
en las grandes festividades públicas, ginete sobre corcel 
soberbio, revestido de los mas lujosos arreos de ceremo- 
nia, bordados con primor en oro y plata. Los demás 
miembros del cabildo usaban también su traje de cere- 
monia, en circunstancias excepcionales, el que consistía 
en el chupetín ó el frac, calzón corto, sugeto á' la' rodilla 



d6 DR. BERNARDO FRÍA» 

con hebilla de oro ó plata, media larga, zapato con hebi- 
llas de plata y topacios; toda aquella ropa de terciopelo 
negro, y un falucho, negro también, con una pluma, para 
la cabeza. 

Los miembros de la corporación se denominaban, ea su 
conjunto, cabildantes y capitulares; y el cuerpo por ellos 
formado llevaba el honroso dictado de Muí Ilustre Cabildo, 
Justicia y Regimiento. Lo presidía, en sus funciones gene- 
rales, el gobernador intendente como representante del 
rey, que el déspota, en su sacrilego afán de representar 
á Dios, quería que, como Dios, se hallara su sombra en 
todas partes. Era, así, el presidente nato del cabildo, 
función que en su ausencia desempeñaba el alcalde de 
primer voto. Igual preeminencia tenía, en su caso, el 
virrey, presidente que era de la audiencia ó sea la alta 
corte de justicia del virreynato; pero, tanto este regio 
persónese como el gobernador en su intendencia, tenían 
voz en las funciones deliberativas del cabildo, mas no voto, 
especialmente en la resolución de las causas judiciales, 
donde su intervención se reducía á presidir y firmar la 
sentencia. 1). 

Por su reglamento interno, debían reunirse, por lo me- 
nos, dos veces por semana para ocuparse de la causa del 
bien público, á toque de campana que pendía de la torre 
de las casas consistoriales. Durante la sesión, y por res- 
peto debido al ayuntamiento, los cabildantes, para usar 
de la palabra, debian ponerse de pié, y los asientos de la 
sala eran ocupados según la gerarquía de sus vocales. El 
cabildo tenía lugar de honor en las ceremonias públicas; 
en sus manos se depositaba el gobierno de la provincia 
en caso de acefalía ó ausencia del gobernador; ante él 

se daba cuenta de los grandes conflictos sociales, y su 
personal se renovaba el 1*^ de Enero de cada año. Fun- 
cionaba siempre en casa propia, llamada cabildo ó casas 
consistoriales, levantada siempre en lugar de preferencia, 
en la plaza mayor, señalado, al mismo tiempo que el sitio 
para la iglesia principal, por el fundador de la ciudad: 



l^ Ley 37, Tít. 3, lib. 8» y Ley 82, Tít. 15, líb. 3, de Indias, 



HISTORIA DE GOEMES Y DE SALTA-CAPÍTULO I «7 

como que era el caLildo su sagrarlo civil á la manera 
que el templo lo era en el orden religioso. La religión y 
los derechos del hombre; Dios y la libertad fueron la 
piedra fundamental de la sociedad americana, los dos 
grandes principios consagrados por los conquistadores al 
abrir los surcos de nuestras ciudades, como base y fun- 
damento de la nueva civilización. 

El cabildo funcionaba en sus dias reglamentarios, cual 
lo hemos visto; mas sucedía á las veces, que aconteci- 
mientos de la mayor significación para el bien, el orden 
y tranquilidad del vecindario y sus campañas adyacentes, 
exigían sufragio mas general en sus resoluciones, mayor 
estudio de los sucesos y mas penetración y prudencia y 
sabiduría en la elección de las medidas á tomarse, en 
cuyos casos graves, el cabildo debia llamar á pronunciarse 
directamente á la opinión públi(^a. Mas su asamblea no 
era, en circunstancias tan solemnes, mero consejo de no- 
tables para expresar su buen parecer en voto consultivo, 
para que optara el gobierno el mejor camino, sino que 
era el verdadero congreso popular que discutía, votaba y 
resolvía lo que aparecía de mejor beneficio al vecindario, 
consumando en él, de esta manera, acto de real y ver- 
dadero gobierno. Era á esto, á lo que se llamaba cabildo 
abierto. 

Si graves eran las circunstancias que exigían el llama- 
miento del vecindario á deliberar sobre su suerte, corresr 
pondían á la delicadeza y altura y gravedad de la misión 
que iba á desempeñar, los elementos de que debía com- 
ponerse el ayuntamiento en cabildo abierto; por que no 
era franqueable su asiento á cualquiera de los ciudadanos, 
ni sus sabias prácticas de buen gobierno permitían que 
ocuparan sus asientos las masas dependientes, insipien- 
tes y torpes de la plebe, del populacho ó de la chusma, 
ni las diputaciones que elemento tan desautorizado y des- 
provisto de seria y honrada opinión pudiera conferir. Y 
así, cuando llegaba la necesidad de entregar al pueblo la 
resolución de aquellos gravísimos problemas, el cabildo 
así lo decretaba, y pasaba aviso de citación para formar 
cabildo abierto, « á la parte noble y mas sana y distinguida 
del vecindario.» 



d6 DR. BERNARDO FRÍAS 

En esta clasificación, que reconocía á la mejor porción 
de la sociedad aquel derecho bien precioso pero también el 
mas delicado y peligroso de cuantos pueden ejercer los 
hombres, se comprendía no solamente á la nobleza, que 
en Salta la habia principal y numerosa, sino también, y 
con ella, 6 todo el elemento de valer y significación polí- 
tica y social; á todo el elemento pensante, culto, indepen- 
diente, libre y trabajador; virtudes todas que forman el 
único elemento con derecho para gobernar un pue- 
blo civilizado, por que es el único que tiene conciencia 
de sus actos, el cual se formaba entonces, del clero, de 
la nobleza, del comercio, de los propietarios, de los arte- 
sanos independientes, ó sea, gefes de industrias; de los 
miembros del foro, del ejército; conjunto, que formaba 
«lo mas sano y distinguido del vecindario» y que, con 
tanta exactitud y razón, se llamaba, en aquellos dias de 
limpieza social, la gente decente, 

Alberdi tuvo sobrada razón cuando, cincuenta años mas 
tarde, recordaba, después que todo habia cambiado y pere- 
cido, la veneranda institución de los cabildos, y decía:— 
«En aquel tiempo, no lo olvidéis, la vida política era la 
mala, no la vida concejil ó municipal. » 

Para poder mantener la independencia, tan necesaria á 
los fines liberales de su institución, pudo siempre el cabildo, 
bajo el régimen español en América y á pesar del avance 
siempre constante de los reyes, poseer, respetado y reco- 
nocido, uno délos resortes mas poderosos para conservar 
su autonomía, su libertad de acción y de gobierno en 
medio del espíritu centralista que lo absorbía y avasallaba 
todo; y este era su renta propia, como la tenían las uni- 
versidades y la iglesia. 

Aquella fuente de recursos se la conocía con el nombre 
de ramo de propios^ y consistía en la diversidad de impues- 
tos con que se gravaba al comercio, especialmente, y al 
vecindario, mas no de manera agobiante y tirímica, como 
ha llegado ó verse después. La administración de este 
tesoro del común, de esta hacienda del vecindario, vino (\ 
servir para llamarla el gobierno de propios. 



HISTORIA DE GÜEMES Y DE SALTA— CAPITULO I 29 



XI 



El cabildo, tan antiguo como la ciudad, pues habia naci- 
do el mismo dia que ella, era lo mas amado y venerable 
de todas las instituciones de gobierno; como que los hom- 
bres, las familias, el vecindario completo habian aprendido 
á respetarlo como obra del valor, del honor y de la digni- 
dad de sus mayores, y bajo cuya égida salvadora y digni- 
ficante habian crecido y habian vivido, aprendiendo á ser 
hombres y no siervos; ciudadanos y no parias, extrangeros 
en su propia patria. Era la religión política de la ciudad. 

De todo el antiguo sistema gubernamental de España, 
la institución de los ayuntamientos era, acaso, lo único 
salvado del naufragio general de las libertades de los pue- 
blos; que los reyes, harto satisfechos con su victoria en 
la política, en la hacienda y en la guerra, miraron el go- 
bierno reducido y solo administrativo de las ciudades, 
como cosa despreciable y baladí, sin calcular que esos mo- 
destos gobiernos de la comuna, habiendo conservado, al 
amparo de los desdenes reales, los restos de las libertades 
populares, ídolos fascinadores de los pueblos, sembraban, 
á lo largo del continente americano en cada ciudad que 
levantaban sus capitanes en el desierto, la corriente tardía 
pero fecunda de la independencia de un mundo y de la 
reivindicación de los derechos del hombre, para devolver 
á la humanidad la dignidad y decoro de su destino. Por 
que así vino á suceder que los cabildos formaban el único 
poder público creado por la voluntad del pueblo, cuando 
todos los demás eran creaciones directas de la voluntad 
exclusiva del rey. El pueblo de las ciudades, el vecinda- 
rio honorable aprendió, por costumbre secular, á hacer 
gobierno y á gobernar, formándose, de tal manera, insen- 
siblemente y sin. despertar sospecha, el espíritu democrá- 
tico, la tendencia del ánimo de los pueblos á terciar, 
aunque en escala miserable, en las cuestiones públicas y 
de su particular interés, lo que, á semejanza de lo que 
sucedió en la formación de nuestras pampas y montañas, 
se iban superponiendo los sedimentos tardíos pero de 



aO DR. BERNARDO FRÍAS 

formidable empuge del espíritu cívico que, con todo el 
ímpetu de la revolución, había de estallar cuando las cír- 
cunstancias y la madurez de los elementos se llegaran á 
encontrar. 



Xíl 



Así como las leyes españolas habían señalado inmutable 
autoridad á las decisiones del cabildo, respetando sus 
fueros salvados, aún ante la voluntad contraria del rey, 
las mismas leyes ordenaban que la elección de los capi- 
tulares fuera hecha por sufragio del pueblo; 1) viniendo 
así, los cabildos á representar, en América, el hecho y el 
principio de la soberanía popular; y según un sabio que 
ha penetrado los misterios de aquella edad, «el pueblo 
intervenía entonces mas que hoy, en la administración 
pública de los negocios civiles y económicos. El pueblo 
elegía los jueces de lo criminal y de lo civil en primera 
instancia; elegía los funcionarios que tenían á su cargo 
la policía de seguridad; el pueblo tenía bienes y rentas 
propias para pagar sus funcionarios en que nada tenia 
que hacer el gobierno político. 2) 

Pero así las elecciones de miembros del cabildo como de 
diputados en los casos extraordinarios las efectuaba el vecin- 
dario por medio de un sufragio limitado por razón de la 
calificación del voto; ó, si se quiere, por el sufragio univer- 
sal de la gente decente, honorable é ilustrada, que es la 
democracia verdadera en toda filosofía y buena ciencia de 
gobierno, y no por el sufragio universal basado en el dere- 
cho natural en que creyó la república, desde los días de 
la revolución, hallar las libertades y la felicidad del pueblo 
y la racional manifestación de la democracia. 

Bajo el imperio de los cabildos, la masa común del pue- 
blo, el vulgo servil ó bravo por su inconciencia que, al- 
gunas veces, junto á toque de campana ó por expontánea 



1) Ley 1*. Tít. 4»., Part 8\— Alberdi, T. III, pág. 468. 
3) Albbrdi, Obras, Tom. V, pág. 46. 



mSTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPITULO 1 81 

voluntad ocupaba la plaza municipal al pié de la casa 
consistorial, no iba allí á ejercer soberanía. La masa del 
pueblo bego, ó sea la chusma, no sufragaba en aquellos 
tiempos ni menos deliberaba como poder público; ella no 
tenia mas derecho ni hacia mas en aquellos casos, que 
peticionar. Su presencia allí, como masa común ó rama 
insipiente del pueblo, respondía solamente á prestar su 
voluntad por aclamación pública ó negarla, sin constituir 
voto resolutivo, y como uno de los brazos, aunque por na- 
turaleza inferior, de la sociedad, al nombramiento verifi- 
cado por el cabildo popular. Su misión política era, pues, 
ó bien sancionar por su parte ú observar simplemente lo 
verificado por el elemento popular que poseía el maduro 
criterio y la ciencia política, ó, mas comunmente, peticionar 
reformas y medidas que consideraba de interés general. 

De las comunicaciones de su voluntad se encargaba el 
síndico procurador; era él quien llevaba al seno y conoci- 
miento del cabildo reunido las razones del pueblo y quien 
las representaba ante la sala capitular; y, fuera de ella, el 
que daba, á su turno, las que aducia la ilustre corporación, 
ante el grupo de diputados nombrados por el pueblo al 
efecto. 

Estos representantes populares que en los casos de con- 
flicto trataban con el síndico procurador, eran siempre de 
la clase principal, ecos de alguna tendencia en que se divi- 
día la opinión, dibujándose, desde aquella fuente lejana, el 
boceto del futuro caudillo político de nuestra ajilada y tur- 
bulenta vida pública, por donde degeneró la revolución. 

Las elecciones de capitulares las hacía el cabildo con los 
vecinos afincados, titulares, y con la parte sana y distin- 
guida del vecindario; lo que vale decir que la elección la 
verificaba la gente decente, de suyo capaz é independiente, 
que era el pueblo de criterio, el pueblo de opinión propia, 
de responsabilidad moral y de racional capacidad política; 
verdadera garantía para la decencia y honradez del acto 
y para la decencia y honradez del gobierno que surgía de 
su sufragio. 1) 

1) Véase en el capitulo siguiente, párrafo I lo que oonstituia la gtnU 
decente. 



32 DR. BERNARDO FRÍAS 

Regía, pues, en el régimen electoral de los cabildos, el 
sufragio universal, pero calificado; condición indispensable 
para que sea moral y materialmente libre. 



XIII 



Al frente de estas verdades, grave error seria el pensar 
que, tratándose de gobierno en una sociedad y bajo unas 
leyes tan conocedoras de las miserias humanas y tan pro- 
fundasen los ramos del orden y administración, se enten- 
diera por pueblo, en su sentido político, lo que en la 
época de la república y hasta nuestros dias, tan desgra- 
ciada y erróneamente se ha considerado. 

Las instituciones españolas, hablando del gobierno de 
la república, ó sea de la sociedad, no entendían por pue- 
blo la masa general de la población, cualquiera que fuera 
su competencia, su discernimiento y responsabilidad mo- 
ral, sino que solo consideraron en él, á la parte de la so- 
ciedad que era la depositaría del pensamiento, del criterio 
regular, de la conciencia de las acciones públicas, de la 
libertad en la deliberación y de la independencia en la 
voluntad; condiciones necesariamente indispensables para 
que el gobierno nacido de sufragio semejante, sea gobierno 
libre, respetuoso, decente, liberal y guardián verdadero y 
celoso y leal de los intereses públicos; órgano de la opinión 
conciente, ilustrada y honorable. 

En aquella edad, pues, de buen criterio público, queda- 
ban fuera de la vida política, exhonerados del derecho 
de hacer gobierno, de deliberar y de dirigir los delicados 
intereses de la comuna, todos aquellos hombres que ca- 
recían de los elementos ó virtudes para poder ser perso- 
nalmente responsables de sus actos ante el derecho; para 
poder deliberar con el conocimiento de las cosas; para 
actuar con independencia y dignidad; por que la incapa- 
cidad moral en el régimen de las sociedades,— que la trae 
la falta de conocimiento y de las nociones de gobierno 
con sus fines, medios y principios, lo que se llama igno- 
rancia del espíritu,— es tan semejante, tan peligrosa y temi- 
ble como la incapacidad física; por que una sociedad no 



HISTORIA DE GOEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO I 83 

puede ni debe entregar sus destinos, sus intereses y su 
bienestar y progreso, no solamente á manos de mujeres, de 
niños y de locos, que carecen del discernimiento y volun- 
tad suficientes, sino tampoco á la masa ignorante, mi- 
serable é inculta que carece de toda noción de buen go- 
bierno y de los derechos y deberes sociales, y cuya actuación 
en la vida pública es inconciente ó irresponsable y, por 
tanto, arma peligrosísima y funesta para la libertad. La 
ignorancia y la miseria son también cadenas de esclavitud 
tan positivas y crueles como las declaradas por las leyes. 
Por que es fuerza reconocer que las facultades y condi - 
clones del hombre para gobernar no nacen con la vida, 
sino que se adquieren con el trabajo, con el estudio, con la 
actividad que da la civilización y cultura de los pueblos, 
llevando á su espíritu las nociones y principios en que des- 
cansa el interés social; que el gobierno no es, en conjunto, 
mas que la suma de la felicidad social, y no es el hombre na- 
tural, por el hecho de haber nacido, capaz, sin mayor prepa- 
ración y elementos, para comprenderlo y practicarlo. El 
hombre del derecho natural no es el hombre del derecho 

político; y el pueblo, en el sentido político, no es el pueblo 
en el sentido humano. 
El hombre del derecho general, el hombre presentado 

por la filosofía y el cristianismo; el hombre de la razón 
común, con su igualdad perfecta ante las leyes y ante Dios, 
no es ni puede ser el hombre del gobierno, el hombre de 
la filosofía política, que se forma con el trabajo y en el curso 
de la vida. El gobierno, el derecho de gobernar como su- 
fragante ó mandatario, constituye el primer derecho de la 
sociedad, derecho social y no privado, y, por tanto, no 
constituye propiedad de todo hombre sino derecho apro- 
piable con el desarrollo de sus facultades y posesión de 
condiciones que formen su garantía. Y así como la razón 
humana condenaría & quien diera á manos inexpertas ó á 
la dirección de ciego piloto y falto de total esperiencia en 
los quehaceres de la navegación la dirección y gobierno 
de la nave en que fueran á cruzar los abismos sobre las 
olas su familia y sus tesoros, cúmulo de todos sus afectos 
y ambiciones, así de manera semejante confesaría carecer 
de la noción de todo buen gobierno, quien enseñara que 



34 DR. BERNARDO FRUS 

la sociedad debe entregar la suerte de sus destinos y la 
creación de sus autoridades en manos de las masas in- 
digentes é ignorantes que hoy, después de haber librado 
la patria de la antigua tiranía de los agentes del rey de 
España, nos han traido la tiranía moderna de la barbarie 
sobre la civilización y la cultura, causada por el sufragio 
universal de la chusma. 

Es axioma indiscutible ya en filosofía política que el 
gobierno de los pueblos libres es el gobierno de la demo- 
cracia. El gobierno de la democracia racional y legítima 
es el gobierno de los mas dignos ó sea, si se quiere, la 
oligarquía del talento, de la virtud y del trabego, triple poder 
sin el cual, ningún ciudadano es digno de gobernar un 
pueblo libre; pero esa democracia racional la forma la 
expresión de la opinión del pueblo, manifestada con con- 
ciencia, libertad é independencia. 

El gobierno libre solo puede venir del sufragio de los 
hombres libres. ¿Y puede ser voto libre el voto de un es- 
clavo? íPuede votar con libertad el hombre dependiente 
de otro y del cual pende la subsistencia, la suerte y el 
porvenir de sí mismo y de su hogar? ¿Puede el hombre 
inculto,— que no sabe ni comprende su propio bien ni 
menos llega á sospechar verdades y principios políticos, 
sociales y económicos que distan espacio incomensurable 
de las miserables fuerzas de su inteligencia menesterosa 
é indigente, cual acontece con las poblaciones de nuestras 
campañas y la plebe de nuestras ciudades— llegar á darse 
cuenta de los beneficios ó los males que acarrea á la so- 
ciedad la formación de su gobierno? Qué! íNo estamos 
convencidos todavía que la ignorancia y la miseria son 
los mayores enemigos de los pueblos libres? Cómo! jEl 
voto, el sufragio de estos tan peligrosos y desgraciados 
elementos, es el sufragio que proclaman los principios 
de la filosofía política, como la escencia y vida y salud de 
las libertades del pueblo? (Y la salud de los pueblos, la 
verdad del gobierno de la democracia, la garantía y sus- 
tento de la libertad y derechos del hombre, es posible 
que dependan y es justo entregarlos á la ventura de estos 
resortes bochornosos, hijos de la miseria y de la escla- 



V 

1 



Ik 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA-CAPÍTULO I 35 

vitud, Sin temer que de ellos venga la muerte del civism o 
y de la libertad? 

Todas nuestras revoluciones solo han tenido por objeto 
cambiar el personal de una administración dejando perdu- 
rar su sistema de gobierno; y, sin embargo, la aparición y 
predominio de esa democracia plebeya que tanta sangre y 
lágrimas ha hecho derramar y tanto ha retardado la liber- 
tad del pueblo argentino, fué el origen de nuestros males 
pasados y la causa mayor y funesta de nuestras desgra- 
cias presentes. Elemento generoso á la vez que siniestro 
en la vida de las naciones, el pueblo inculto é ignorante, 
dócil siempre á la voz de su caudillo, ora sea este un genio 
ó un demagogo, ora un hombre de bien ó malvado aven- 
turero, sirve solo como elemento de fuerza gobernable 
para el bien ó para el mal, á semejanza de las fuerzas de 
la naturaleza creadas por Dios solo para el bien y de quie- 
nes hechan mano los hombres para adelantar en sus virtu- 
des ó en sus crímenes; y á la manera de nuestros ejércitos 
que asi siguen á sus gefes, mas entusiastas y ciegos cuanto 
mas felices son éstos, ya sea para sostener la ley, el pro- 
greso y la libertad de los pueblos, ya para alimentar y 
defender la tiranía que deshonra y oprime la especie 
humana. La plebe siguió & los cesares como había seguido 
á los Grecos y como mas antes se habia alejado con sus 
tribunos al monte Aventino. La plebe arrojaba palmas y 
tendía sus mantos para que sobre ellos pasara en triunfo 
Jesús al llegar á Jerusalem, y esa misma plebe, cinco dias 
mas tarde, manejada como siempre por brazo extraño, 
pedía que la sangre de ese Jesús que habia colocado en 
lo mas alto de los cielos, cayera sobre su frente y la frente 
de sus hijos. Tres tiranías se disputan siempre la vida de 
los pueblos:— la del talento y el mérito, la de las armas y 
la de la plebe; esto es,— la inteligencia, la fuerza bruta y la 
ignorancia irresponsable. En cual de ellas se apoya la 
libertad, todo hombre de bien lo sabe. La historia honrada, 
obra de los hombres de bien, se ocupará siempre en de- 
mostrarlo. 

Nuestros antiguos y gloriosos cabildos fueron los que 

nos enseñaron á ser libres, por que practicaban en su go- 
bierno la verdadera democracia; empero, desde que un 



86 DR. BERNARDO FRÍAS 

excesivo entusiasmo por la república democrática caldeó 
las almas de nuestros antepasados, de raza aristocrática 
é ilustre tantos de ellos, el criterio se extravió por su 
propio apasionamiento republicano, llegando á considerar, 
sin darse exacta cuenta, acaso, que la igualdad de todos 
los hombres, que es verdad santa ante la religión y la 
filosofía, debia ser igualmente aceptada tanto en el orden 
político como en el civil. 

Esa falsa idea de la democracia es la que acogió siem- 
pre la clase baja para rebajar con ella todo lo grande y 
digno y venerable y meritorio, para obtener la igualdad 
de la miseria, derribando todo en el lodo. 

La idea verdadera de la democracia es la igualdad de 
todos, pero dentro de lo justo y lo posible; adquirida por 
los méritos y virtudes, por el trabajo y la inteligencia, 
con lo que el inferior puede alcanzar á igualarse con el 
superior; por la igualdad del mérito. La democracia mi- 
serable de la plebe todo lo ha derribado, todo lo grande 
y respetable, formando esa igualdad de las ruinas y de 
la bajeza, á la manera que el polvo de los siglos y el 
polvo de las destrucciones de los bárbaros y el que acar- 
reara tras sí esa larga cadena de desastres é infortunios, 
sepultaron bajo sus capas los monumentos, las vías y hasta 
las colinas sagradas de la antigua Roma, rellenando todo 
de lodo y escombros, siendo hoy su suelo sepulcro de sus 
venerables ruinas. 

No es, pues, la democracia que hoy tenemos, la demo- 
cracia en la igualdad por el lado noble y venerable de la 
virtud y del mérito de los hombres bajos con las antiguas 
familias patricias, á quienes la revolución quizo abrir las 
puertas para que la plebe llegara á la misma altura por 
el trabajo honrado; sino la democracia en lo indigno, vi- 
cioso y miserable; la superposición y predominio de cuanto 
hay de vergonzoso y cobarde y corrompido para dar vida 
y sustento á un padrón de infamia. 

No hay peores tiranos que los esclavos ni hombres mas 
soberbios que los salidos de la nada, ha dicho un ilustre 
escritor; y cuando se medita que hubo magistrados que 
vendían la justicia que administraban por falta de honor, 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA-CAPÍTULO I S7 

por falta de valor, de carácter ó dé virtudes, por complacer 
al gobierno ó atraerse las simpatías del poderoso; cuando 
se medita que las masas rústicas, sin criterio ni indepen- 
dencia personal, forman la gran mayoría de los sufragios 
cívicos ahogando con su voto abrumador y vendido, la 
opinión libre é ilustrada de la gente de criterio y prepara- 
ción; cuando se recuerda que esta democracia plebeya y 
corrompida que se mueve como las nubes cualquiera que 
sea el rumbo ú donde sople el viento, llegó ó formar gobier- 
nos tan indignos, que se vio ú sus funcionarios falsificando 
la moneda del país, comerciando con la cosa pública y en- 
riquecidos con mano deshonesta; ú presentar parlamentos 
que, formados de hombres obscuros y desconocidos de la 
opinión y para bochorno y baldón del honor y altivez histó- 
rica del pueblo argentino, producían la unanimidad del su- 
fragio parlamentario en favor constante del gobierno, á 
semejanza de aquel senado romano de la época de su ver- 
gonzosa decadencia, con la tribuna enmudecida, la indepen- 
dencia y la virtud desterradas, la incondicionalidad de la 
conciencia entregada con ostentación y estrépito, y el voto 
de las mediocridades, mudo, pesado y frío, descargándose 
como el brazo de la muerte sobre el honor, la grandeza y 
los altos destinos del pueblo de la república; y cuando se 
revela, en fin, que todos los resortes se quebrantan al empu- 
je de esta corrupción de la democracia, la sombra veneranda 
de nuestros viejos cabildos con sus sanas prácticas elec- 
torales, se asoma al corazón como un consuelo y una 
esperanza de los espíritus fuertes que resisten aún, vas- 
tagos casi todos de las antiguas familias patricias, como 
esos árboles corpulentos, de raices profundas en la tierra, 
que, cuando pasan las grandes inundaciones arrastrando 
todo en las corrientes cenagosas, quedan aislados y solos, 
siempre erguidos, como testigos del doloroso desastre, 
sobre una tierra devastada é inmunda. 



CAPITULO n 



lia sociedad bajo el antig^no rén^maa 



SUMARIO: — Constitución de la antigua sociedad; la nobleza; la ^ente decenté 
— ^Formación del tipo del cholo — Clases de los mestizos ^ indígenas j negros 
y mulatos — La plebe — La esclavitud; sus condiciones en América— La 
vida del esclavo; derechos del amo. 

El comercio americano; la Gasa de Contratación; el Callao — Salta, centro 
del tráfico comercial— La internación de mercaderías— El comercio de 
muías con el Perú; las tnvema({a«— Casas de Candióti, de Moldes y de 
Gurrachaga; casas de segando orden — Extensión del comercio de Salta 
— £1 comercio de esclavos negros— Beneficios (jue la sociedad de Salta 
recibe del comercio— La riqueza de Salta— Ferias comerciales. 

La inmigración española en América — La aristocracia española se 
avecinda en Salta— Apellidos ilustres; principales casas nobles de Salta 
— La cultura social de Salta; el ü'innfo de la gente decente. 

La población de las campañas— Descripción del gaucho de Salta — La 
clase indígena; el sistema feudal— Descripción de la región del poniente; 
el valle Calchaquí. 

La Salta española; descripción de la ciudad— Cuadros sociales— Fi- 
sonomía general del territorio argentino- Descripción de Buenos Aires 
en 1810. 

La vida doméstica — El padre español— La juventud decente; su altura 
intelectual y social— El gaucho decente- -Traje de ciudad; costumbres 
«ocíales- Descripción de una casa principal— Arreos para el caballo. 



LA8 CASTAS SOCIALES 

I 

Tuvieron las Leyes de Indias particular empeño en es- 
tablecer en América las castas sociales y cuidadosa proligi- 
dad en legislar sobre ellas, clasificándolas y distinguiéndolas 
principalmente en nobles, indígenas, mestisos, negros y 
mulatos. 

La nobleza constituía la glasé principal en toda sociedad 
española. Su origen era tan antiguo como la misma mo- 
narquía, y cada apellido que ostentaban sus miembros 
significaba, por lo regular, una ejecutoria de servicios y 



40 DR. BERNARDO FRUS 

méritos prestados y adquiridos en lionra y gloria de la 
nación. Mas ó menos notorio, mas ó menos ilustre, el 
linaje, ennoblecido por las hazañas y acciones generosas 
de antiguos guerreros ó las virtudes y méritos de servi- 
cios dignos de la gratitud pública, habia recibido en honra 
y recompensa de estos servicios aquella distinción del 
rey que, ennobleciendo la casa, pasal>a como herencia 
dignificando la sucesión de las generaciones. Estas re- 
compensas fueron bien notorias en España y adquiridas 
en ella á fuer de servicio bien cumplido que, en nombre 
de la gratitud del estado, llegaron ú gozar de ellas aún 
las mismas ciudades, así en España como en América. 

Entre la nobleza y las clases inferiores, actúate una se- 
gunda entidad social que gozaba casi de idénticas prerro- 
gativas de consideración é influjo, formada, en su base 
principal, del elemento europeo que no podía ostentar 
título de casa noble, pero que, siendo de raza blanca y 
española conquistadora de estas comarcas, y gozando, al 
arribar á ellas, ademas, la protección y buen lado del nú- 
cleo español residente en América, podia conquistarse 
lugar y buen lado social, siempre que por su oficio, por 
lo bíyo y servil, no lo fuera indigno. En ella figuraban 
las familias de los soldados conquistadores y de los co- 
merciantes enriquecidos afianzados en el título de su 
fortuna. 

A esta porción, bien poderosa por cierto en su número 
y en su influencia, agregábanse ciertas ramos indígenas, 
cuya antigua actuación en la provincia desde las expedi- 
ciones conquistadoras bajadas del Perú, figurando con lus- 
tre en la milicia, cuya carrera ennoblecía, llegaron á 
vincularse en hogares de distinción y abolengo europeo. 

Este elemento social, cúmulo valiosísimo de la raza 
blanca, de la riqueza, del trabajo superior y del mérito 
de las bellas acciones y valiosos servicios que largos años 
de actuación visible lavaron de escorias é impurezas, for- 
maba, entonces,— unido ú la nol)leza, lo que se llamaba 
con suma verdad, la gente decente. En sus manos estaba 
el gobierno de la ciudad, el sacerdocio, la ciencia, el foro, 
la opinión, la cultura, el mando de las milicias, el comercio, 



fflSTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA-CAPITULO II 41 

la fortuna y la figuración personal en todo su valioso sen- 
tido; como que por sus antecedentes, sus virtudes, sus 
fuerzas intelectuales y morales, era la clase dirigente y la 
representante del movimiento civilizado y progresista. del 
país. 

De esta manera la gente decente, como consecuencia de 
esta su posición envidiable, gozaba, ó la par de la nobleza 
—con quien formaba un solo cuerpo social, de distinguidos 
privilegios para imperar sola y sin mezcla de clase baja, 
de cuanto importaba mando, dirección ó lucimiento so- 
cial, basados así en seculares costumbres como en leyes 
positivas y razones de bastante consideración en la época. 

Según aquellos principios aristocráticos, todas las cor- 
poraciones, como el gremio de abogados, los claustros 
universitarios, los colegios médicos, el coro de las cate- 
drales, los cabildos y audiencias judiciales, por ejemplo, 
exigían en sus estatutos para sus miembros, la precisa 
condición de la limpieza de sangre, como se llamaba en- 
tonces á la pureza de la raza. Por consiguiente, el mes- 
tizo y mas especialmente el mulato eran de ellas gene- 
ralmente excluidos; pero es de advertirse, sin embargo, 
que el mestizo de buen padre español en madre americana, 
que no era esclava, adquiría buen linage y no caía bajo 
aquellos rigores, por que, al decir de las leyes,— « la mayor 
parte de la fldalguía ganan los omes por honra de los 
padres. Ca maguer la madre sea villana é el padre fidalgo, 
fldalgo es el hijo que de ellos nasciere. E por fijo dalgo 
se puede contar mas non por noble, » que es de origen 
noble el que lo es por amibos sus padres, según lo enseña 
Gregorio López. De allí vino & resultar que en las pro- 
vincias del Alto Perú, por ejemplo, la raza indígena ame- 
ricana aparecía con su tipo impreso y su color en la mayoría 
de la población aristocrática ó decente de aquellas provin- 
cias, desde Tupiza hasta la Paz. 

Por las ordenanzas militares, los cuerpos del ejército no 
podían recibir como cadetes sino á nobles; los grados de 
doctor no se conferían á ninguno de raza de siervo, y así, 
igualmente, debían acreditar la noble prosapia los aspi- 
rantes á caballeros de las órdenes militares. El título hono- 



42 DR. BERNARDO FRÍAS 

rífico de Don, que en la época antigua solo había sido 

concedido á los mas exclarecidos de entre los nobles, lo 

llevaba, entre nosotros, todo hombre decente; pero la 

partícula de, que unía el nombre personal con el nombre 

de^la casa ó apellido, fué, casi siempre, del uso exclusivo 

de la nobleza. 
La institución nobiliaria habia sido en Europa verdadera 

casta social; y casta fué dominadora en exclusivo y tirá- 
nica de las clases inferiores y débiles del pueblo; por que 
allí, desde los primeros siglos de la organización de las 
naciones con principios de barbarie por una parte y de 
esclavitud y vasallage por el lado que venia del imperio 
romano, la clase principal, elemento propio y necesario 
en toda sociedad humana, habia sido la depositarla y aún 
la dueña por largo espacio, de la fuerza militar y del 
mando político, transformándose naturalmente en verda- 
dera aristocracia, ó sea en la clase política gobernadora 
del estado. Todo en Europa fué, entonces, suyo: el rey, 
las altas dignidades; todo mando y dirección y honor en 
los negocios públicos; la magistratura constituyó por largo 
tiempo una de sus mas preciosas prerrogativas. Y como 
el uso de la fuerza siempre acumula iniquidad, los privi- 
legios de que se fué rodeando, libertaron á aquella clase, 
con desigualdad injusta, de la mayoría de las cargas pú- 
blicas que pesaban con tiranía cruel y abrumadora sobre 

el resto del pueblo. 

Hubo, de esta manera, una clase dominadora y privile- 
giada; una clase libre entregada al comercio, á las artes, 
á la industria y á las nobilísimas tareas del espíritu, y una 
clase inferior, oprimida y pobre, desheredada de libertad y 
elementos de progreso, que formaba la casta de los siervos. 

Pero este último estado, que degradaba los pueblos en 
el resto del continente, habia sido casi desconocido en Es- 
paña. La nación española habia crecido con una educación 
cívica y militar en largos siglos de lucha en forma popular, 
circunstancia feliz no aparecida en los demás estados y 
que habia formado un pueblo de soldados y libertadores 
mas no de siervos; infundiendo en los hombres el senti- 
miento mas pronunciado por la independencia personal, 
que vino á constituir el rasgo distintivo de su raza. 



HISTORIA DE GÜEMES Y DE SALT ^— CAPÍTULO II 43 

«Los españoles tienen la mas alta idea de si mismos. Un 
pastor, al frente de sus rebaños, goza allí de la individua- 
lidad mas absoluta. Las guerras intestinas, que privan del 
derecho de las gentes al vencido, eran en aquellos tienj- 
pos menos frecuentes en España que en otros paises; la 
servidumbre llegó ü ser menos general; los señores no 
tuvieron los privilegios que en Francia é Italia conquistaron 
con la espada, y el feudalismo, apenas fué conocido, según 
tan discretamente lo observa Montesquieu. El pueblo espa- 
ñol, en efecto, se convirtió en pastor, en agricultor ó en 
arrendatario, pero no en vasallo. Las leyes políticas de los 
moros se hallaron en armonía con las leyes políticas de los 
romanos; los compañeros de Muza comunicaron, por me- 
dio de las costumbres, al pais conquistado esa indepen- 
dencia salvaje del árabe que aun sigue existiendo en el 
corazón de la España cristiana. Las primeras cortes á que 
asistieron los diputados del pueblo, fueron las celebradas 
en León, en 1188; esa fecha demuestra que los españoles 
marchaban al frente de los pueblos emancipados. » (Cha- 
tbaubrian). 

Si la antigua aristocracia europea habia sido, siglos 
hacia, abatida por el centralismo real y la monarquía ab- 
soluta; si particularmente en España la nobleza no fué 
aristocracia opresora ú la manera que mostró serlo en las 
demás naciones, error evidente y grande injusticia sería 
juzgar y cargar sobre la nobleza trasladada á las ciudades 
de América, la misma responsabilidad y el mismo abuso 
de que se hizo odiosa en el resto del mundo. Por que si 
en España fueron pocos los siervos, ya no fueron en Amé- 
rica conocidos; ya no existían las encomiendas ni los 
encomenderos de la conquista con derecho sobre los 
hombres. Excepción hecha de los esclavos— agravio intro- 
ducido por las leyes españolas solo en los hombres del 
África, el resto de la población americana se formaba de 
hombres libres, y el americano, cualquiera que fuera su 
origen y su clase, tenia francas á su actividad todas las 
fuentes del desenvolvimiento humano; el comercio, la 
agricultura, la iglesia, los estudios, la propiedad territo- 
rial, base de la libertad individual, podia adquirirlas como 
todos los demás hombres. Solo la mezcla grosera de las 



44 DR. BERNARDO FRÍAS 

razas, principalmente las envilecidas con la esclavitud, 
quebraba su capacidad en cierta y pequeña medida, como 
para obtener, por ejemplo, los honores del doctorado y del 
sacerdocio. 

Desenvuelta bajo estas condiciones, la nobleza de Amé- 
rica,— dilatación feliz de la nobleza española, si conservaba 
y amaba sus virtudes y honrosas tradiciones, no gozaba 
de pesados privilegios y abrigaba un espíritu liberal y un 
principio de igualdad republicana basada en el mérito que 
produjo, desde los primeros dias, la creación de la gente 
decente, elemento social superior d la clase ' media que 
se conocía en Europa, y no inferior á la nobleza con 
quien estaba ligado y hasta confundido en todo su desen- 
volvimiento social y cuyo círculo, que encerraba todo 
cuanto era perfección, civilización y progreso, tenia sus 
puertas abiertas para todo hombre que, no siendo de raza vil, 
se levantara por el mérito de sus virtudes, de su talento, 
de su fortuna y de todo aquello que forma y enaltece la 
dignidad humana. 1). 

Por las mismas leyes dictadas para la América, eraá es- 
ta clase á la que se llamaba y convocaba en congreso, para 
intervenir en el gobierno del país en forma de cabildo 
abierto, denominándosela así, «la parte sana y distinguida 
del vecindario. » 

No formó, pues, la nobleza en América, aristocracia 
propiamente dicha, por que no manejó y dispuso de la 
fuerza militar; por que no se desenvolvió con independencia 
ni del gobierno ni del resto de las gentes sin título nobi- 
liario; por que, cuando se formaba la sociedad civilizada 
del Nuevo Mundo, existía en el estado unidad de legisla- 
ción, unidad de mando y unidad de justicia y adminis- 
tración en todo el territorio, de cuyo benéfico conjunto 



1) £ra convicción profanda en nuestro» antepasados que el Tástago de 
razas viles no f*ra una buena simiente. Los fenómenos del atavismo 
ó sea li herencia de las desgracias ó flaquezas momios de los maro- 
ros, se prooagaban á la deseen -iencia sei^un lo demostrRba una cons- 
tante esperiencia; y, en virtuil suya, nada de noble debia aguardarse 
de hijos de aquellas clases, ni en sus acciones i«i en sus sentimientos 
ni en su conduct*^; untos por el contrario, eran señalados como capaces 
de toda perversión y bnjeza: de toda traición y deslcaltad, y despro- 
vistos do todas las Virtudes caballerescas. 



HISTORIA DE GÜEME3 Y DE SALTA-CAPITÜLO II 45 

emanaba la igualdad, en gran medida, de todos los hombres 
sujetos á las mismas leyes y juzgados por los mismos jueces 
en su honor, en sus personas y en su hacienda, como 
vasallos todos de un mismo y único soberano. 

Esta nobleza de tendencia y espíritu republicano y sim- 
plemente titular, fué raro fenómeno que produjo el sistema 
opresivo de la metrópoli; por que en América, la nobleza, 
desde que dejaba de ser peninsular, pasaba á ser raza 
subyugada y oprimida por el elemento europeo; no ejercía 
gobierno ni mando en el país en que vivía y habia nacido, 
excepción hecha de la intervención en sus cabildos y en 
otros bien raros casos; no administraba ni ejercía el poder 
ejecutivo de sus gobernadores ó virreyes, siempre en 
manos españolas; ni gobernaba las diócesis presidiendo 
el episcopado y las altas dignidades eclesiásticas, ni for- 
maba el cuerpo de sus audiencias judiciales, ni le cor- 
respondían los grandes empleos de la administración 
pública ni siquiera el gobierno de su propia ciudad, 
gobierno doméstico y estrecho que, en la mayor parte 
de las ciudades de América, era ejercido, por derecho 
tradicional, exclusivamente por españoles. 

Y una aristocracia desheredada de todo gobierno en los 
intereses de su propia patria, cuyos antiguos y pesados 
privilegios solo formal>an ya recuerdo histórico de sus 
antepasados; una aristocracia sin independencia de clase, 
sin derechos políticos, -sin influencia decisiva en la dirección 
de los negocios públicos, sin voz ni voto en la sanción 
de las leyes, soportando sobre sus hombros, como el 
resto del pueblo, la arbitrariedad y el despotismo que 
traía el dominio peninsular ó europeo,— ¿qué opresión podía 
ejercer en el gobierno de la sociedad, ni qué odios podía 
despertar en las clases inferiores que no recibían de ella 
ni daño ni injusticia intolerable? 

Así demostraron, durante el desenvolvimiento de la re- 
volución que vamos á ver en adelante, cómo no hubo en 
ellos amor á los privilegios y cómo el pueblo no se quejó 
de ellos por tiranía y despojo; por que si la revolución 
francesa fué llevada por el elemento popular contra la 
aristocracia abusiva, en América fué la gente decente, 



46 DR. BERNARDO FRÍAS 

nobleza ó aristocracia, unida afectuosamente con el pueblo 
que la seguia como á su maestro y protector y guia, quien 
la dirigió contra España y la tiranía de los españoles. 

No cabe, pues, en buena razón hacer del siglo XIX y 
de la sociedad americana bajo el yugo español, en sus 
últimos tiempos, campo común con el siglo XVI y sus 
anteriores y con la sociedad europea formada y mantenida 
por muy diversos principios y antecedentes. Todo cambia 
y se destruye y pasa en la vida. Las antiguas institu- 
ciones y entre ellas mayormente la nobleza, habian sufrido 
el efecto de sucesivas revoluciones que los tiempos acar- 
rean siempre consigo, que cambiaron su pri\nera fisono- 
mía. Por estas revoluciones de los tiempos; por aquella 
legislación uniforme del imperio; por el sistema colonial 
que rigió tres siglos, la América no tuvo aristocracia como 
potencia gubernativa y opresora; solo se formó y hubo 
una entidad social, consorcio de lo noble con todo lo dis- 
tinguido y meritorio que se denominó gente decente, aristo- 
cracia singular, republicana de espíritu, formada bajo la 
tradición de antiguas y honorables costumbres, cuyo seno 
estaba siempre abierto á la virtud y al mérito. La no- 
bleza, pues, significaba en América distinta cosa de lo 
que habla representado en Europa y tenia distinta historia 
y aspiraciones que aquella; representaba, sin duda, algo 
superior y deslindado del común de las gentes, pero era 
solo un círculo honorable de perfección social, fuente de 
inspiración y de imitación de las clases inferiores, lo que 
no es ciertamente condenable si es ley de la naturaleza 
estas diferencias sensibles dentro de la misma igualdad 
en la sociedad de los hombres. 

Empero, cualquiera que sea el grado de verdad ú que 
alcancen las inculpaciones que el espíritu liberal y repu- 
blicano haya arrojado sobre las instituciones sociales que 
partieron la igualdad de los hombres en la edad pasada, 
no puede por menos el espíritu honrado é imparcial de 
la historia que penetrar con verdadero respeto en el san- 
tuario de aquellos tiempos por grandes fases venerables, 
y aún con admiración de grandeza desconocida, partiendo 
de en medio de esta atmósfera de servil mercantilismo, 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO U 47 

de materialismo sofocante y pequenez de corazón que 
hoy domina é infecta la tierra. 

La hora de la justicia debe llegar para todos. Y si las 
revoluciones no tienen medida y todo lo derriban con la 
violencia de su paso, toca á las épocas de calma y desa- 
pasionamiento el establecer el justo equilibrio de las cosas. 
Por que no todo era malo en aquellos dias; y despojada 
la aristocracia de sus fueros y sus abusos, frutos de una 
época perdida y de antiguas leyes que tocaban á desa- 
parecer completamente, la institución social de nuestros 
nntepasados, como fuente de educación de los hombres y 
formación del ciudadano, es la que se revela mas acaba- 
damente perfecta de cuantas ha producido hasta el presente 
la sabiduría humana. 

Por que si algo existe de excelente, de grande y de 
digno de imitación y de eterna memoria en nuestro país 
de cuanto nos enseñó y legó la dominación de España, es, 
sin género de duda, la organización social en lo que se 
refiere á las leyes fundamentales que rigieron entonces 
en la educación de nuestras familias patricias, en el orden 
privado, como el gobierno civil de los cabildos en lo que 
hace al interés público; cuya doble y acaso irreparable 
pérdida jamas llegará á ser suficientemente llorada. 

En vida de nuestros antepasados, la nobleza formaba la 
clase principal y mas distinguida de la sociedad. Repre- 
sentaba, á mas de un privilegio de raza, un alcázar y una 
escuela; por que allí se guardaban las grandezas del pasado 
y allí se enseñaba y aprendía con los principios y el ejem- 
plo, á vivir y á morir como es debido, primera condición 
para que un pueblo pueda alcanzar á ser libre y feliz. La casa 
noble era casa de tradición. A mas de la herencia del 
nombre, de los bienes, de la preeminencia social, con- 
servaba con justa satisfacción, un pasado mas ó menos 
lleno de dignidad, de virtudes, de acciones generosas y á 
las veces también, de glorias que formaban la verdadera 
altura del apellido; herencia que el hijo de familia traba- 
jaba por conservar é imitar y á veces con apasionamiento. 
Un pasado honorable y tantas veces ilustre, se trasmitía 
de generación en generación en la historia de la casa, en 



48 DR. BERNARDO FRÍAS 

el orgullo de la familia, levantando en sus vastagos noble 
espíritu de imitación y de estímulo; educación moral de 
robusto poderío, cuyo apoyo yacía en principios enalte- 
cedores de la dignidad humana, contándose entre ellos, y 
en primera línea, el honor, la hombría de bien, la gran- 
deza y esplendor en las acciones y pensamientos; el valor, 
la fortaleza de ünimo y la altivez del carácter. Todos los 
sentimientos generosos del corazón humano le eran reco- 
mendados; teniendo por modelo, en la vida privada, al 
santo patrono, y en la vida pública, al caballero. 

Porque para conservar esta dignidad de su condición y 
altura moral de su carácter, le eran vedados los oficios 
bajos, entre ellos, por ejemplo, el del teatro, tachado por 
vil desde la edad romana; podia ejercer profesión plebeya, 
pero no degradante, é indigno era del noble como del hom- 
bre decente, el batirse con inferiores, el huir del peligro, 
el atacar con alevosía, el cometer traición, el quebrantar 
la palabra y el juramento empeñados y el mentir; el usar 
de fuerza para con mujeres y con débiles como el ser 
alcahuete y espía. El servilismo y la deshonra eran para él, 
mas que la muerte, odiados y temidos; mientras formaban 
los goces de su orgullo la lealtad y el honor. Las leyes de- 
cían que en el alma del noble debían florecer y prosperar 
cinco grandes virtudes:— la cordura^ « que es virtud que le 
guarda de todos los males que le podrían venir por su 
culpa; )) la fortaleza, « que es virtud que faze á ome estar 
firme á los peligros que avinieren y no ser cambiadizo;» 
la mesura, que hace que los hombres « obren de las cosas 
como deven é non pasen á mas;» Injusticia, «para que la 
fagan derechamente » y la lealtad, en fin, « ca esta es bon- 
dad en que se acaban é se encierran todas las buenas cos- 
tumbres, é ella es assi como madre de todas.» 

No viene á significar todo esto que aquella clase como 
aquellos tiempos se hallaran limpios de toda flaqueza y 
miseria humanas; solo queremos decir que estas vergüen- 
zas eran bien raras entonces, y que una herencia de gran- 
deza moral unida á los ejemplos y principios de honradez 
y altura de carácter, formaba escuela de honor en la vida 
común, y de civismo y heroicas resoluciones en la pública 



HISTORIA DE GÜEMES Y DE SALTA— CAPITULO U 49 

del ciudadano. Quien amara aquellas ideas y venerara 
aquellos antecedentes por ser, aunque no mas que riqueza 
y prez de sus antepasados, no podía penetrar, seguramente, 
en el campo de los malvados i^i mostrar infamia; por que 
era esta la bondad de la educación de nuestras antiguas 
familias, basada en el abolengo tradicional de la casa noble 
—que extendió é hizo suyo la gente decente ó sea la aristo- 
cracia del mérito, llena, por lo general, de antecedentes 
honorables; formando, asi, la mejor escuela del hombre y 
del ciudadano, se nos antoja pensar, no solo por las prue- 
bas que acusa su historia sino por que es firme convicción 
que el ejemplo de nuestros mayores es la mejor escuela de 
nuestras virtudes; que la moralidad penetra mas- por el 
corazón que por la inteligencia, y el corazón humano no se 
educa simplemente odiando el vicio sino amando de veras 
la virtud. 



II 



Flotaba al pié de esta parte distinguida de la sociedad, 
otra clase intermediaria, nacida de los caprichos y de la 
especialidad de nuestra antigua población. Era lo que en 
España constituía la plebe y que en América habla alcan- 
zado el rango de línea superior. Habla nacido y crecido 
lentamente como el sedimento que nuestros rios van de- 
positando á lo largo de las orillas y formando la altura 
de sus riberas; por que, como en la afluencia de pobla- 
dores españoles llegaran de toda estirpe, rango y catadura, 
los de última esfera, el hijo de la plebe burda, ajeno de 
toda instrucción, que apenas si podía trazar su firma 
cuando no señalarla por una cruz,— como el picapedrero 
de Galicia, el barrendero de las calles de Madrid, el pes- 
cador de Cádiz ó el vago de las comarcas andaluzas, no 
podía gozar de la altura social de sus otros compatriotas 
superiores en cuna y condiciones morales, sociales é in- 
telectuales y de cuya preparación carecía, ó, aquellos de 
idéntica clase, pero de superiores aptitudes, que, á pesar 
de plebeyos, venían á ser tenderos al menudeo y depen- 
dientes de las fuertes casas de comercio; pulperos, arrieros 



50 DR. BERNARDO FRÍAS 

y sacristanes,— SU miseria é ignorancia los inhabilitaba 
para enriquecer explotando la fuente entonces tan fecun- 
da del comercio de Salta. De lo bajo vinieron y en lo b€go 
quedaron; sentaron plaza de soldados, de guardianes noc- 
turnos de la seguridad del vecindario, formando en las 
patrullas; corrieron á las quintas y 6 las chacras cercanas 
á la ciudad y allí continuaron su natural oficio de horte- 
lanos, mozos del servicio doméstico, labradores ó peones, 
como se los llaiAó en América. 

Los ahorros ó el matrimonio en familias de los suburbios 
ó de la campaña, de origen obscuro, que por lo general 
gozaban de la pequeña herencia de sus mayores, vino, en 
algunos, á darles ascención á pulperos de segundo orden 
y pequeños propietarios agricultores. 

De estas uniones y del fruto que en ilícitos y ligeros 
amores producía en aquella clase de la población la ju- 
ventud decente,— que era rica, aventurera y galante en 
celebrado extremo, vino á producirse el tipo del cholo, 
cuyo color blanco, en unos; bastante obscuro en otros; 
generalmente de cabello rubio, cantaba bien alto su origen, 
y llegó, en su crecimiento, á formar la clase ligeramente 
acomodada de los barrios pobres y alegres. Era, por con- 
siguiente, la masa de decentones de la ciudad que, aunque 
por su linage, por su carencia de fortuna no llegaban casi 
nunca á trepar y mezclarse con la clase superior, eran 
bien quistos y considerados por el elemento noble y dis- 
tinguido, cuyas relaciones sociales existían como de 
personas conocidas, muchas de las cuales, por su origen, 
se hallaban emparentadas, por la línea espúrea, con la 
nobleza y casas de alto rango social. 

Sus mujeres, por lo general hermosas, rozagantes, de 
espíritu alegre y travieso y de maneras francas y llanas 
llenaban de fundados celos el alma de las jóvenes aristócra- 
tas con la fama de sus amores, cuyos traidores y formida- 
bles lazos lograron ser alguna vez, escala de ascención & 
un apellido aristocrático, en que mujer de obscura cuna 
pero hermosa y de hábil ingenio, cautivó un dia al noble 
como manceba; y, por gracioso engaño, mas tarde, fingien- 
do dolor y las cercanías del paso de esta vida, lograba ligarse 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA- CAPÍTULO II 51 

en matrimonio al noble que formó su familia, viéndosela 

en seguida, alzarse del lecho en buena salud y orgulloso 
regocijo. 

Formaba la clase del mestizo la mezcla del español con 
india. Ella abundaba donde quiera, pero se hacia noter en 
las campañas, especialmente en la parte oriental y en el 
centro de la provincia, por un tipo de hombres inteligentes 
y altivos; generalmente de barba, de color cobrizo claro, 
y muchos de ellos, especialmente en las regiones de Tu- 
cuman y las fronteras de Santiago, hasta blancos y bellos. 
De esta raza, santiagueñas hubo que llegaron á ser famo- 
sas por su hermosura. Estos hombres eran los que, como 
tropa de á caballo, iban á llenar de celebridad la provincia 
que habitaban bajo el nombre de gauchos^ 1)— gauchos 
de Salta; gauchos de Oran, gauchos de la Frontera y gauchos 
de Jujuy. 

Los indígenas eran los naturales de América, de sangre 
pura ó sea sin mezcla de europeo; los indios sometidos por 
la conquista, y que en ciertas regiones, como en los valles 
Calchaquies y en las alturas de Jujuy, formaban la masa 
mas numerosa de la población agrícola y pastoril de la 
campaña, conservándose en ella aquel semblante general 
que tuvieron bajo el imperio de sus incas. Esta raza pagaba 
tributo en las regiones de Iruya, Santa Victoria, y en las 
provincias del Alto Perú. 

La casta de los negros la formaban no solamente los 
hombres de este color, importados para esclavos de las 
costas africanas de Guinea, de Angola, de la Costa de Oro, 
del Congo y de Benguela, sino también su descendencia 
americana de pura sangre africana. 

Los mulatos, llamados también zambos ó pardos, cons- 
tituían una degeneración de la raza de los africanos, pues 
ellos provenían de la cruza del español con las negras. 

Esta clase, la mas numerosa de las ciudades, que era 
famosa por su abundancia en Córdoba y en Chuquisaca 
y que alcanzaba en Salta á una cantidad tres veces supe- 



1) Nombre dado al ginete, de cualquiera clase social que fuera, pero que 
se aplicó mas propiamente al campesino; existiendo asi, gauchos co- 
munes y gauchos decentes. 



52 DR. BERNARDO FRÍAS 

rior á la de la gente decente, era la que componía la 
parte prlncipaljde la plebe, ó, como se la llamaba entonces, 
de la canalla. 



III 



Asi como los negros, los mulatos eran igualmente esclavos; 
pero, la mayor parte de ellos, en las cercanías de 1810, había 
alcanzado la libertad, muchos heredada de sus antepasados 
ya libres; otros comprada con su trabajo ó agraciada por 
testamento, como legado de gratitud. 

Los esclavos negros ó mulatos, vivían agobiados bajo la 
ingratitud de una misma suerte. Institución tan antigua 
como la sociedad la esclavitud, la humanidad tuvo que 
lamentarla en todos los tiempos y latitudes; y fué su exis- 
tencia tan antigua, tan general y aceptada del mundo, que 
los filósofos de fama mas encumbrada y merecida y de al- 
mas tan bellas como Aristóteles, Platón y demás griegos, 
llegaron ó reconocerla y enseñarla como raza distinta ú 
la de los hombres y mas bien equiparable á aquella de las 
bestias. 

Mas acentuada esta doctrina ú medida que la sociedad 
pagana se corrompía y se hundía en sus vicios; para 
deleitar sus sentidos llegaron á aparecer, en los dias del 
imperio, los esclavos de ambos sexos— blancos, jóvenes y 
hermosos, desnudos en absoluto en el teatro de Roma, 
mientras la elocuencia y la filosofía pervertidas salían en 
defensa del jnfame oprobio alegando que, pues las bestias 
no usaban de vestido, el esclavo, bestia también, podía 
honestamente y sin ofensa á la moral, darse en espectáculo 
desnudo. 

Esta degradación humana se contuvo con la influencia 
redentora del cristianismo que vino á dulcificar la suerte 
del esclavo y á rehabilitarlo ante la raza humana; y fruto 
fué de su influencia bienhechora que al aceptarse como 
una necesidad en América esta vejatoria institución, fué 
siempre en ella reconocido el esclavo como hombre mas 
no como bestia, tomando igual carácter los trabsgos que 



HISTORIA DE GOEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO II 53 

le eran exigidos; porque aquella doctrino religiosa de que 
tan profundamente estaba bañada la sociedad, vino á en- 
señar, bajo la fe de la palatra de Dios, que aquellos hom- 
bres socialmente deprimidos eran de los demás, hermanos, 
como hijos todos de Dios, como fruto desprendido de una 
misma pareja y rescatados con un mismo adorable sa- 
crificio. 

Es condición inseparable de la esclavitud el derecho de 
propiedad del hombre señor sobi'e el hombre esclavo; y 
así viene este á entrar y formar parte integrante del pri- 
vado patrimonio y á ser, ante el derecho humano y ante 
el concepto social, una semejanza y equivalencia de las 
cosas, oI)jeto directo del comercio, del dominio y de las 
transacciones. Y así era, por esta razón, frecuente el hallar 
recorriendo las calles de la ciudad, en busca de amo, re- 
quiriendo ú las puertas de las casas, al mismo esclavo 
su venta, por orden de su amo y enseñando (\ los ojos de 
los interesados, el papel que contenió las condiciones del 
contrato y las cualidades y virtudes de la cosa vendible, 
como que en él se expresaba la tasa de su precio, su 
oficio, su edad y el nombre de su señor. 

Fueron consecuencia de estos principios las prácticas 
crueles y dolorosas que con ellos supiéronse emplear y á 
fuer de uso y costumbre natural y bien vista; por que el 
esclavo, á lo manera de las bestias con dueño, era seña- 
lado á rigor de hierro ardiente, en el pecho ó en los lomos, 
con la marca de su dueño, que era, por lo general, forma- 
da con la letra inicial, en forma pequeña, del apellido del amo. 
Grillos livianos, con cadena de largos eslabones, servían pa- 
ra el castigo del esclavo prófugo. 

Los mas noÍ3les y delicados afectos de la naturaleza 
oprimía y vejaba este yugo de la servidumbre; y asi suce- 
día bien á menudo que esclavos de casas diversas y á las 
veces rivales ó enemigas, se amaban y celebraban casa- 
miento, sin poder formar tálamo nupcial, sin abrigarse 
bajo el mismo techo, separados asi como viven los amigos, 
y anhelando vivir como vívenlos esposos. El hijo de ellos 
no pertenecía á su padre, sino que era propiedad del amo; 



ói DR. BERNARDO FRÍAS 



ellos ei'ün esclavos y sus hijos, como ellos, nácfon para 
vivir y morir esclavos. 



IV 



Kn Salta, como en el resto de la república, los esclavos 
no estaban destinados ó las faenas agrícolas de los gran- 
des ingenios industriales, formando congregaciones de 
elementos de labor y labranza de la tierra, como sucedía, 
por ejemplo, en el Perú; ellos llenaban con generalidad 
casi absoluta, el servicio doméstico de las casas de fami- 
lia; figuraban como cocheros y caballerizos y eran, como 
el resto de la plebe libre, los que ejercían las artes me- 
nores ó útiles y demás oficios bajos, como que en sus 
manos estaban las industrias del sastre, del albañil, del 
zapatero y hortelano; de manera que en toda casa pu- 
diente, se contaba en su servidumbre el variado surtido 
de todos estos oficios, con los que llenaban sus necesi- 
dades particulares; sucediendo, en frecuencia de casos, 
que el amo alquilaba sus esclavos como sus casas y demás 
objetos de verdadero índole lucrativo. 

Pero la costumbre tiene leyes que doman los instintos 
déla naturaleza y embotan los ímpetus del orgullo humano, 
para hacer soportable y llevadera la carga, como esta, 
bien amarga de la vida, con la conformidad que engen- 
dra, entre sus maravillas, el amor. Por ([ue aquellos 
hombres, aquellas familias degradadas por la servidumbre, 
al través de las generaciones, vinieron á hallarse con que 
padres é hijos y nietos llevaron y llevaban la misma suerte, 
(jue idéntica servidumbre encontraban doquiera (¡ue ten- 
dieran la vista por la tierra, liallando semejantes suyos 
en todos los hogares blancos, á cuyos antiguos amos 
haJjian servido y enterrado; cuya juventud hablan visto 
nacer y habían acariciado y mecido entre sus brazos, y, 
quien sabe, bendecido, talvez, con sus besos y arrullado 
con sus cantos; de cuyos matrimonios liabian sido testi- 
gos y con quienes, en fin, hablan compartido las ale- 
grías, los dolores y las fatigas y de quienes habían recibido 



HISTORIA DE GÜEMES Y DE SALT ít— CAPÍTULO II 55 

protección, enseñanza, ejemplos tantas veces de nobleza, 
y sentido por ellos la llama del verdadero cariño. 

Bien que aquella unión pudo ser fruto también de otras 
causas igualmente fecundas y poderosos; por que liabien-. 
do la civilización llevado la cultura al vecindario de las 
ciudades, emporio entonces de la fortuna, como lo fueron 
Salta y Buenos Aires, vino con ella la suavidad de los 
actos humanos, y los siervos no se vieron allí mortifica^ 
dos constantemente por la crueldad, hija de la barbarie y 
privación de las nociones morales, que en otras partes 
sembró, en el ánimo del esclavo, el odio y la sed de ven- 
ganza, como está llena de sus ejemplos la historia. Y co- 
mo esta servidumbre habia, en su mayor parte, nacido y 
crecido en la casa donde habian pasado la vida sus mayores, 
venia (i formar, en aquel sentido, parte de la familia del 
pais, beyo cuyo mando suave generalmente y benigno, 
sentíanse los criados naturalmente inclinados por afeccio- 
nes amigas á la casa de sus señores, y, por ende, moral- 
mente unidos, como ramas florecientes, aunque inferiores 
y toscas, del mismo árbol,— la casa señorial, bajo cuya 
sombra habian cerrado los ojos sus abuelos; con cuyos 
hijos habian crecido y dentro de cuya misma morada 
habían nacido y cuyo apellido llevaban. 

De estas circunstancias de familia nacía en ellos, por sus 
amos, aquel su afecto sano y leal, especialmente en los 
negros de raza pura, menos soberbios y de mayor nobleza, 
acaso por la pureza de su sangre, que el mulato, quien, 
por el oprobio de su condición, con que siendo mulato 
libre zahería al mulato esclavo; por la soberbia española 
trasmitida en la sangre; por la envidia de la lii)ertad gozada 
por semejantes suyos, pudo ir formando desde la absorción 
de la vida de los senos maternos, aquella su índole perversa 
que dio el tinte mas subido de la representación de la plebe 
en lo moral y en lo social, guardando y conservando de 
generación en generación, odio inextinguible á la es(5lavitud, 
amor idólatra á la libertad y un rencor inveterado y ven- 
gativo hacia la raza blanca, su dominadora siempre y su 
redentora también. 

Esta esclavitud en las provincias argentinas, donde fué 



56 DR. BERNARDO FRÍAS 

siempre urbana, con singulares excepciones, vino 6 
recoger por aquel conjunto favorable de circunstancias, en 
favor de sus miembros, afectos y consideraciones de que en 
otros países no llegaron á alcanzar; por que, si en la vida 
privada se los* consideró como miembros adheridos á la 
familia, en la vida pública, y mas tarde, en los dias de la 
revolución, lo fueron como sem i-ciudadanos, pues que, á 
la misma altura que los hombres libres americanos, ama- 
ban la patria común, de lo cual dieron grandes y gloriosas 
muestras, como respetaban y amaban las instituciones que 
gobernaban la sociedad. 



Los mulatos libres abundaban en la plebe de las ciudades, 
formando la gran mayoría del pueblo bajo y el elemento 
bullicioso y osado de las turbas. Estos por sus aptitudes, 
por sus servicios, por sus méritos y otras causas llegaron, 
aunque en bien pequeño número, á sobresalir de entre 
los suyos y desligarse, por ende, de su roce social, ro- 
lando en mayor altura, con especialidad durante los azares 
de la revolución, donde alguno de ellos conquistó hasta 
el grado de coronel; mas, á pesar de todo ello, corres- 
ponde ú la lealtad histórica el declarar que, en Salta y en 
la época aquella, no alcanzaron jamas á mezclarse por 
matrimonios con la clase noble. 

A su cuidado estaban entregadas las artes útiles ú oflcios 
bajos, y llevaban, por ello, el nombre de artesanos, dis- 
tintivo de clase ó gremio que ellos mismos se aplicaban 
con apasionado empeño; que el mote de mulato fué 
siempre para ellos insultante apodo. 

No tuvieron en Salta la notoriedad alcanzada por los de 
Lima, donde eran celebrados, á la par de su vivacidad 
de espíritu, por la, á veces, bella regularidad de su fiso- 
nomía, quizá por la mas fuerte dosis de sangre española; 
conservando, en las provincias argentinas, los rasgos 
prominentes del tipo africano en sus facciones toscas y 
gruesas y en su cabello lanudo. Su carécter era de tem- 
ple varonil y belicoso; tan adiestrados en el arte de la 



HISTORIA DE GÜEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO H 57 

riña, tan ágiles en el manejo del arma blanca, que el 
puñal, de que iban siempre provistos, brillaba en sus 
manos con habilidad tan admirable y pasmosa, que mas 
de una ocasión hubo que uno solo de ellos corriera 
partidas de 10 y de 15 hombres, sembrando tajos y esto- 
cadas. Los españoles y los collas un dia, y los colom- 
bianos mas luego, recibieron terribles pruebas de esta 
verdad. 

De espíritu vulgar, de inteligencia ruda, eran locuaces, 
mas sin cultura ninguna al cerebro; borrachos y osados; 
groseros y torpes en su trato y maneras y lenguaje; in- 
dolentes y viciosos; ordinarios en sus gustos y hasta 
crueles en la vida privada. Jamas fueron progresistas; 
versátiles en su opinión casi inconciente y siempre bus- 
cando al caudillo, al demagogo á quien seguir, á quien 
adular con bajeza y aquien querer en un movimiento de 
entusiasmo y por quien luchar hasta morir, como se los 
llegó á ver durante las grandes ajitaciones políticas que 

despertó el huracán revolucionario. 
Aunque así siguieran y se prosternaran al influjo del 

caudillo político, siempre de la clase decente, y aunque 
ambiciosos, por instinto, de ascender socialmente para 
saciar los odios de raza, amaban y seguían y porfiaban 
por imitar las tendencias y la vida y asimilarse las pasio- 
nes y hasta los vicios propios de la juventud decente ó 
clase rica, aquien constantemente servían y cuyo trato 
ante ella era y fué siempre lleno de ceremonioso respeto, 
como debido á raza superior y dominante; pero, en aque- 
llos los últimos tiempos de la dominación española, esa 
adhesión, ese amor, si puede ser, de la plebe á la juven- 
tud y hombres notables del país, fruto era de la igualdad 
de patria, pasión que se levantaba en el corazón de la 
población americana, contraria á los españoles peninsu- 
lares, cualquiera que fuera la clase y color, como una 
muda pero amenazante y poderosísima protesta ^üe se 
ensanchaba mas cada dia, como el esfuerzo del antago- 
nismo que esa misma plebe sentia contra el influjo pican- 
te, hiriente al orgullo local y contra la soberbia de los 
europeos; odio y repulsión no menos justificado que no- 
torio y que cada dia mayor encono producía. Por que 



58 . DR, BERNARDO FRÍAS 

como hubiera' sido . sistema natural seguido por los es 
pañoles el desden á todo y por todo cuanto no fuera hijo 
de España, y la soberbia ostentosa que del simple hecho 
de haber nacido en la península los llenaba de una ter- 
quedad insultante y agresiva que nunca pudieron dejar 
de tratar coa orgullosa dureza á todo lo americano, con 
especial caso de la plebe, á quien consideraban raza de 
origen inferior por excelencia, ayudó esto, en gran ma- 
nera, á la producción de aquel fecundo fenómeno de la 
unión, parto exclusivo de aquellas circunstancias, entre 
todo hombre americano contra la dominación y des- 
potismo peninsular; y los miembros de la plebe vinie- 
ron, de esta suerte, á mirar al blamío americano como 
á real y verdadero compatriota, por que no era extran- 
gero, por que habla nacido como ellos y crecido y amado 
la misma tierra, en cuya misma sociedad se liabian 
conocido y actuado;— los unos, los pobres, gratos de sus 
larguezas, protección y favores; y los otros, los ricos ó 
decentes, reconocidos á sus servicios, llegando, por este 
excepcional y complicado modo, á unirse las razas contra 
lo que ya era considerado por enemigo común. Unié- 
ronse en ese amor patrio, local y ardiente; se doliañ dé 
análoga vejación y asociaron su desprecio y repulsión 
nativa por el extrangero advenedizo y soberbio que, sin 
mas títulos de dominación que la fuerza de las armas y 
el derecho de conquista, aparecía de señor y dueño de la 
casa ajena. 

Justo es, á su vez, el confesar que ú este sentimiento 
hostil y también en mil ocasiones agresivo, correspondían 
los españoles odiando á los mulatos con la mas profunda 
aversión. 



VI 



Cuando Felipe II pasó de esta vida, cien años después 
del descubrimiento de América, España estaba ya en ban-- 
carrota, á pesar de aplicar á sus arcas los* tesoros inago- 



HISTORIA DE GÜEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO II 59 

tables de Méjico y el Perú; y de los monarcas que 
sucedieron en el trono español, ninguno de ellos fué 
capaz de contener siquiera la decadencia de la nación. 

El despotismo político del rey y el religioso ejercido 
por la iglesia, agregándose á estas desgracias las calami- 
dades de las guerras exteriores, mataron toda iniciativa, 
todo progreso en los dominios españoles: y como en el 
seno de todo despotismo se crian y ensanchan las fuentes 
perniciosas de la corrupción de los caracteres ú la par 
que de las conciencias, logróse arrancar de aquella corte 
privilegios de exclusivismo para la explotación de las 
colonias de América, en daño directo de estas como de 
las mismas industrias españolas; por que no solo se cui- 
daron los hombres de aquel gobierno de prohibir bajo 
penas terribles todo comercio de los extrangeros con los 
pueblos americanos, para que solo la industria de España 
pudiera explotarlas y enriquecerse con ellas, sino que, 
los mismos puertos españoles fueron cerrados y prohibido 
en ellos el comercio de ultramar. 

El primer objeto de semejante tiranía era el conceder 
el monopolio de todo el comercio americano á los co- 
merciantes de Sevilla, favor que mas luego pasó ú los 
comerciantes Me Cádiz. Para ello se estableció en aquella 
ciudad privilegiada la Casa de Contratación, tribunal co- 
mercial con quien únicamente podia ser lícito contratar 
los intereses mercantiles del Nuevo Mundo. Sus ganan- 
cias debieron ser fabulosas, y el puerto de Cádiz, siendo 
el único por donde se practicaba el comercio marítimo 
de las colonias, llegó á adquirir fama universal, á con-- 
vertirse en lo que vino á llamarse el emporio del orbe, 
de cuya hermosa bahia partían las flotas y los galeones 
anuales transportando á la América las mercaderías es- 
pañolas, y á donde retornaban cargados de la plata y el 
oro que en tan inmenso mercado recogían. Mas de un 
siglo después, recien se habilitaron, para practicar este 
comercio, los puertos de Barcelona y la Coruña.. • 

Para asegurar los mas gananciosos resultados á este 
monopolio, cerráronse también todos los puertos de Amé- 
rica al comercio del mundo, dejándose francos uno para 
el norte y otro para el sur, por donde practicaban sus 



60 DR. BERNARDO FRÍAS 

desembarcos las flotas de Cádiz. Aquellos puertos eran 
Panamá y el Callao en las costas del Perú. 



VII 



Favorecida indirectamente por estos principios y prácticas 
legales y económicas, Salta llegaba, á mediados del siglo 
XVIII, al apogeo de su esplendor social y mercantil, al 
tiempo mismo que se establecía el virreynato de Buenos- 
Aires. 

Leyes bien combinadas del despotismo y de la natura- 
leza de su situación diéronle, sin duda, esta su prospe- 
ridad envidiable, por que, como fuera el Callao, sobre el 
Pacífico, allá en la costa del Perú, el único puerto habi- 
litado para recibir las mercancías españolas é introducir- 
las desde allí al resto distante de la América, y hallándose, 
por consiguiente, cerrado el tráfico mercantil por Buenos- 
Aires, todo el inmenso territorio comprendido entre el 
Rio de la Plata y las pampas del sur hasta los pueblos 
enclavados en las sierras del Perú, mas allá del Desagua- 
dero y aun hasta el Ecuador, se surtían de aquel único 
puerto privilegiado, repartiéndose los cargamentos y dis- 
tribuyéndose las mercancías en las innumerables pobla- 
ciones derramadas en tan dilatados territorios. 

Salta, colocada en el centro, ó sea en el punto equidis- 
tante de los grandes extremos de lo que era el antiguo 
virreynato del Perú, de donde bajó la conquista y el 
comercio y la civilización de estos territorios hoy argen- 
tinos, habla sido, por un cúmulo feliz de circuntancias, 
la privilegiada entonces por el destino. En ella estaban 
radicados muy importantes intereses militares; en ella 
hacían su confluencia con la lejana capital, que lo era 
entonces Lima, los caminos que de todos los puntos del 
horizonte la unían con Buenos Aires y los pueblos del 
sur, con el Paraguay y los del este, con Catamarca y los 
del poniente, mientras á su plaza central convergían las 
rutas septentrionales de Jujuy y Potosí, Charcas, Tarija 
y hasta Cochabamba y la Paz. Su proximidad con los 
salvajes del Chaco y su fuerte posición la hablan hecho 



HISTORIA DE GOEMES Y DE SALTA—CAPITULO II 61 

el centro de las fuerzas y recursos militares de las regio 
nes centrales, á cuya superioridad hablan cedido los 
antiguos asientos militares y políticos de Esteco y Santiago 
del Estero. 

Esta tan ventajosa situación habla atraído á su seno & 
formar su inteligente y activo vecindario, hombres de 
prestigio, de signiticacion social, generales y nobles, fac- 
tores de saber y de labor. Elementos de comercio y de 
especulación fueron acumulóndose en su plaza con proficuo 
resultado, dilatando la fama de su nombre y dando á sus 
habitantes, así de la ciudad como de la campaña, la in- 
clinación al comercio activo y poderoso y á la explotación 
especial del ramo de trasportes, que fué una de las mas 
célebres especulaciones. 



VIII 



La inmensa distancia entre el Callao y Buenos Aires, 
puntos extremos del trayecto comercial, ofrecía zonas de 
muy diversa topografía las que exigían, á su vez, medios 
diversos para verificar sus comunicaciones. Por que desde 
Salta hasta las riberas del Rio de la Plata, el terreno del 
sur es todo llano y de suave pendiente, lo que hizo em- 
plear mas tarde, como vehículo de transporte de las mer- 
caderías del Perú, descargadas en Salta, las carretas tiradas 
por bueyes y muías, de paso lento y pesado, que para 
conseguir así llegar á su destino, si era Buenos Aires, 
gastaban seis meses de peregrinación en medio de azares 
y peligros. 1). Este pesado sistema de transporte era inútil 
é impracticable desde Salta por toda la región del norte, 
hasta Lima ó el Callao. La topografía del país varia 
completamente; las llanuras y los planos desaparecen á 
medida que se asciende hacia el Perú; los horizontes se es- 
trechan; montañas cada vez mas escabrosas y elevadas se 
suceden desde la Quebrada de Humahuaca en toda una 



1) En 1802 se comenzó recien á abrir el camino para carretas de Salta 
á Tucuman. ordenado por el virrey y practicado por Sierra. Hasta 
esa fecha los cargamentos á lomo de muía se asaban hasta Córdoba, 
por lo ménoB. 



62 DR. BERNARDO FRÍAS 

comarca rocallosa; rios de rápido caudal que bajan con 
estruendo sobre las rocas, cortan con tajo peligroso el 
camino; el frió intenso sucede ü la suavidad del clima 
argentino; camino estrecho y sinuoso por entre las mon- 
tañas continua así sobre las rocas hasta subir al Despoblado, 
elevada planicie donde Ja nieve cubre la tierra en el in- 
vierno y el cierzo helado, libre en aquel campo abierto y 
desolado y desnudo de arboledas, lo cruza y lo azota 
constantemente. Por su centro se ve atravesar, como una 
cinta parduzca, la huella de antiquísimo camino que en- 
dereza hócia el norte hasta perderse de vista entre las 
brumas del lejano horizonte. Por él bajaron las huestes 
del Inca hasta tomar á Chile por Cuyo; por él bajó la 
conquista española con la civilización europea y la raza 
blanca; por él llegaron los jesuítas con sus libros y co- 
legios, y por él cruzó dos siglos el comercio cediendo 
su paso un dia á ejércitos contrarios, victoriosos unas 
veces, vencidos otras, y presentando hoy dia solo el tes- 
timonio por donde cruzó la opulencia de otros siglos y 
el esplendor y poderío de vasto y antiguo imperio. 

Salta venia ú hallarse colocada, de esta suerte, precisa- 
mente en el punto en que, terminando la parte montañosa 
y de dificultoso trayecto, se ai)re la tierra en valles dila- 
tados y planos ó pampas pastosísimas, y por consecuencia 
de ello, venia á ser el punto central y obligado para pro- 
veerse de todos los elementos de transporte. Desde Lima 
ó el Callao (\ Salta, todo el trasporte de las mercaderías 
españolas internadas al interior de la América, hasta el 
Rio de la Plata y Mendoza, se efectuaba á lomo de muía, 
y desde Salta á Buenos Aires, mas tarde, en carretas. 
Además, todo el tráfico interior ó propio y local de los 
pueblos del Alto y Bajo Perú; todos los trabajos de esta 
clase de los asientos mineros de Potosí en el sur y del 
Cerro de Pasco mas allá de la Paz y del Cuzco; el movi- 
miento comercial y todo aquel necesario á la vida activa 
de todas las poblaciones peruanas en la Costa, en la Sierra 
y en los valles, solo se realizaba en cargas sobre muías, 
de manera que no solo el comercio general sino el movi- 
miento entero de la vida económica de todas aquellas 
dilatadas y populosas regiones, desde Jujuy hasta el Ecua- 



HISTORIA DE. GÜEMES Y DE SALTA— CAPITULO H 63 

dor, y desde Santa Cruz de te Sierra eñ los confines de 
los desiertos brasileros hasta Lima, en la costa del Océano 
PacíflcOy' hacian necesario é indispensable este artículo; y, 
con Solo su simple irídicacion, basta para pensar cuan 
inmenso debia ser su consumo y cuan fuertes fortunas 
debieron levantábase á su sombra y manejo. La cria y 
venta de muías formaba, pues, en aquellos tiempos, él 
ramo de comercio mas poderoso para los americanos y 
de pingues ganancias. No habia otro vehículo de trans- 
porte para toda la extensión de las provincias peruanas; 
por que era la muía el único animal capaz de soportar y 
de cruzar, con segurida,cl y resistencia, su clima, su suelo 
rocalloso, la inmensidad de sus distancias, las fatigas de 
viajes penosísimos por sobre montañas bordeadas de in- 
fií^itos y espantosos precipicios; y así era con ellas que 
se trasportaba el comercio entero de casi la mitad de la 
América del Sur, cruzando toda la inmensa extensión 
montañosa que, levantándose desde Humahuaca y Potosí, 
llena dilatadísima zona hasta la angosta faja arenosa y 
fértil tan celebrada bajo el nombre de la Costa y que, 
desde el pié de la Sierra, baja hasta el mar Pacífico, 
apenas de 20 leguas en su mayor anchura y en donde 
estaban asentados Lima, el Callao, y demás poblaciones 
activas, opulentas y mercantiles. Para llegar hasta ellas, 
era fuerza el ascender por caminos tortuosos, estrechos 
y difíciles al través de las montañas heladas y rocallosas, 
áridas y desnudas casi de vejetación, cuyos precipicios, por 
donde solo puede pasar un hombre de frente, unían puéur 
tes colgantes entre una cumbre y otra, soplados por el 
viento eternamente y formados de cuerdas de lana sujetas 
sus extremidades entre peñascos, cuya remota his- 
toria se perdía entre los anales de los incas, y mirán- 
dose en el fondo serpentear sus rios torrentosos como 
cintas dé; plata perdidas en el seno del abisittó; tan hondo 
y tan profundo, que sus ondas, al quebrarse contra las 
rocas de su lecho, no alcanzan á llevar su voz hasta la 
cima, por donde pasan los estrechos y ásperos caminos. 
Abriéndose la Sierra, deja extenderse en su seno* valles 
pequeños y fértilísimos, llenos de activas é industriosas 
poblaciones compuestas casi todas ellas de indios en su 



64 DR. BERNARDO FRÍAS 

gran moyoría, sucediéndose los nombres de Huoncayo, 
Huamanga, Jauja y Tarma entre sus escabrosidades; todos 
cultivados, mostrando una tierra ubérrima y una vegeta 
cion animada y copiosa que desde las ásperas alturas de 
sus montañas heladas y desnudas, se muestran como 
verdaderos vergeles alternando á maravilla lo tórrido de 
su clima con lo árido y frió de la altura de sus montañas 

Era así Salta, por su situación mediterránea en el centro 
de aquel tan inmenso territorio, desde siglos atrns, el 
centro comercial mas importante y poderoso de todo el 
Rio de la Plata, contado en ello al mismo Buenos Aires, al 
Paraguay y Montevideo; por que, estando cerrados á la 
especulación mercantil sus puertos, todo el comercio de 
ultramar, hasta la creación del virreynato de Buenos Aires, 
se hacía por el Perú, por el puerto del Callao y en la fa- 
mosa plaza comercial de Lima; y era así Salta, por aque- 
llas sus condiciones como por la industriosa actividad 
de sus habitantes y sus recursos apropiados y numerosos, 
el centro de todo aquel gran movimiento mercantil y donde 
se hallaba la fuente de su mas fecunda y poderosa espe- 
culación. 

Los ramos principales y dominantes de su riqueza con- 
sistían en el servicio de transportes procurado con las 
muías, y en la provisión de las mercaderías europeas á 
todas las poblaciones centrales, desde la Rioja por el sur, 
hasta Tarija por el norte; pues, respecto de estos centros 
comerciales comprendidos en esta zona central, era Salta 
para ellas, lo que para Salta fueron Lima primero y mas 
tarde Buenos Aires, cuando se habilitó su puerto; es de- 
cir, el centro de las casas introductoras y de los fuertes 
capitalistas. 

Todos los habitantes de Salta aplicaron su actividad á 
este lucrativo comercio. Los campos feraces de la pro- 
vincia, desde la frontera de Tucuman, y desde las faldas 
de los Andes hasta las alturas de Jujuy, especialmente en 
las tierras de pan llevar contiguas á las ciudades y pue- 
blos principales, derribaron sus bosques, limpiaron y 
surcaron su suelo cubriéndolo de cuadros de alfalfa, donde 
preparal>an el ganado mular recolectado desde San Juan 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO U 65 

y Santa Fé, para emprender, formando las tropas d£ muías, 

las famosas expediciones al Perú. 
£1 incremento de este poderosísimo comercio llegó á 

grado tan extremo, que el vecindario de Salta se halló 
aflijido por la escasez de los frutos de la tierra mas in- 
dispensables para su sustento diario, por estar esta, casi 
en todo el valle de Lerma que rodea la capital, destinada 
á la atención de las invernadas de muías. Sus quejas, 
llevadas al conocimiento del cabildo por el Síndico Pi*o- 
curador, en 1811, después de corrido un año ya de revo- 
lución, decían, recordando los pasages bíblicos:—» De todas 
las artes y trabajos, el primero en orden al tiempo y de 
la naturaleza ha sido la agricultura y es también el pri- 
mero que Dios mandó al hCKnbre aún en el estado de 
inocencia; después de su caida, la necesidad del alimento 
y vestido ha hecho necesario el cuidado de los animales 
de que usa de diversos modos. Estos dos trabajos divi- 
dieron entre sí los dos primeros hijos del primer hombre; 
fuU atitem Abel pastor ovium, et Caim agr/cola. » Y se agregaba 
por el síndicx> diciendo que «r su objeto es representar el abuso 
de las invernadas que se toman de cantidad considerable 
de muías, sin tener suficiente terreno para ello. » 1). 

Empresas de notabilísima importancia y de ingentes 
capitales hiciéronse famosas entonces. La casa de Can- 
dioti, de Santa Fé, tenia sus vastos depósitos y criaderos 
mulares por el sur, y las invernadas, como vino á lla- 
marse al engorde de este ganado, se practicaba en los 
extensos cultivos de Salta; y es fama que, esta sola casa 
expedicionaba con 20.000 muías por año, dirigidas y arre- 
gladas por expertos capataces sáltenos, que se llamaron 
arrieros; 2) amparada en gran parte contra la competencia 

1) El cabildo, convencido de la verdad del reclamo, acordó la prohibición 
de invernadas en todo el valle de Lerroa, señalando para ello, desde 
el Rio Blanco hasta la Paerta de Diaz y de oriente & poniente, las 
sierras qae circundan el valle hasta la Lagunilla. (Acuerdo de 80 de 
Marzo de 1811) Mas, como en medida tan absoluta se herían intereses 
bien adquiridos y respetables, la ordenanza no tuvo efecto; y aquellos 
famosos negocios solo cedieron á los intereses de la guerra de la 
independencia. 

2) Los negociantes en muías, capitalistas que por si ó en sociedad eran 
dueños del negocio y que personalmente marchaban con las tropas al 
Perú, llevaban el nombre de troperos: lo eran todos los hombres decen- 
tes que se ocupaban de este ramo de comercio: los conductores asa- 
lariados y prácticos, tenian el nombre coman de arrieros y capataces. 



i 



6e DR BERNARDO FRÍAS 

de Otras de su especie, por la contrata real de que gozaba, 
por la cual, las muías que introducía iban ú proveer ú 
los numerosos pueblos de la Sierra, siendo sus curas los 
que, encabezando á los indios, sus feligreses, sallan con 
ellos á recibirlas, siendo obligación de cada indio de 
aquellos el comprar una, á lo menos, por año, y cuyo 
pago se hacía dinero de contado, si ello era posible, y, en 
caso contrario, á la vuelta del año. 

Este era, entre mil otros, uno de aquellos privilegios de 
que estaba recargado el comercio americano en provecho 
de los favoritos del gobierno peninsular; y una de las tra- 
bas con que se hacía cada vez mas odioso y pesado el 

despotismo. 

Al lado de las empresas privilegiadas de Candioti, figu- 
raban en primera línea y en todos los grandes ramos del 
comercio,— muías, mercaderías, esclavos negros y metales 
preciosos, las célebres casas del general D. Pedro Antonio de 
Gurruchaga y la de D. Juan Antonio de Moldes, españoles 
ambos y casados y vecinos de Salta. Eran estas dos casas 
las de mayor capital y mas extensas relaciones comerciales 
de cuantas existían en el Rio de la Plata. 

Casas de menor empuje y, por tanto, de mas reducido 
vuelo, se contaban numerosas, como las de D. Domingo 
Olabegoya, D. Tomás de Archondo, D. José deOrmaechea, 
D. Pedro José de Otero, D. José Francisco Araoz, D. Igna- 
cio de Gorriti, la de-Bárcena, de D. Domingo de Puch, las 
de D.'José Rincón, D. Vicente Toledo, D. Pedro José Saravia, 
D. Manuel Antonio Tejada, D. Pedro José delbazeta y de D. 
Gabriel de Torres, en fin, quien contaba hasta cuarenta 
viajes á Lima. Y para que pueda calcularse y formarse 
idea mas ó menos exacta de la importancia de las introduc- 
ciones de muías al Perú por estas casas de segundo orden 
y, por ende, imaginarse la poderosa riqueza de las gran- 
des de Moldes y de Gurruchaga, bueno seré saber, por 
ejemplo, que D. Lorenzo Martínez de Mollinedo introducía 
al Perú en 1804 y en un solo viaje, algo mas de 5.000 muías, 
y cuyo costo de adquisición en el mercado é invernaderos 
de Salta, habíale subido á 35.000 pesos fuertes; y que la 
casa de Ormaechea, ya arruinada, dejaba, en 1810, un activo 
de 80.000 pesos de igual moneda. 



HISTORIA DE GÜEMES Y DE SALTA—CAPITÜLO II 67 

La paz inalterable de que gozaba el continente, al monos 
en sus regiones centrales; la fama de estos mercados, de 
aquellas especulaciones y del nombre de aquellos comer- 
ciantes poderosos, conocidos y celebrados en mas de mil 
leguas ú la redonda; el crecimiento, en fin, de las necesi- 
dades y del mismo progreso y riqueza general que, aunque 
oprimidos, se ensanchaban cada dia y robustecían, daban á 
aquellas transacciones mercantiles mayor incremento y 
mayor ensanche ó las fortunas y mas franca puerta al lujo 
y bienestar de las ciudades de donde recibían su impulso. 
En su tranquilo progreso solo tuvieron un tropiezo, de gra- 
vísimos resultados. La sublevación de los indios peruanos á 
la voz de Tupac Amarú, cuyo alzamiento alcanzó por el 
sur hasta la quebrada de Humahuaca, tomó á muchos de 
estos comerciantes en el Perú con sus intereses, y que- 
brantó algunas fortunas que allí cayeron; cortó repentina- 
mente el comercio en aquellas comarcas que, con la paz 
que sobrevino después de 1782, volvió de nuevo é endere- 
zarse con iguales lirios. De solo el Paraguay se compraban 
mas de (>0.000 muías por año con destino al Perú; 1) y 
uniendo ú esto todas las recolectadas en Santa-Fé, en Entre- 
Rios y San Juan, donde se producían las mas famosas, y 
en todo el centro y norte de la hoy República Argentiría, 
para llenar los invernaderos de Salta, de Jujuy, de Tucu- 
man y Catamarca, ú qué prodigiosa suma no alcanzarían! 

La internación de estas recuas de muías & las regiones 
peruanas la verificaban los troperos en toda época del año, 
comerciando principalmente en Potosí, Ghuquisaoa, la Paz 
y, cruzando el Desaguadero, en el Cuzco, en los pueblos 
de la Sierra, en el Cerro de Pasco, en Lima, Arequipa, y 
demás ciudades de la Costa. Pero la afluencia de las tro- 
pas de muías era mas abundante en determinadas estacio- 
nes del año para aprovechar las ferias comerciales que 
se celebraban por allí, descollando, entre las mas farñosas, 
las de Huari. Era en aquellos sitios frecuentados por los 
mayores negociantes, donde se hacian las grandes tran- 
sacciones y en donde los capataces sáltenos, domadores 
y ginetes gallardos y diestrísimos, desplegaban todo el 



1) Mitre, Uist. de Belgratio, T. I púg. 57. 



66 DR. BERNARDO FRÍAS 

brillo de su habilidad y gracia para deslumhrar con ellas 
la admiración de los compradores peruanos. Por que 
como se buscara muchas veces muías de silla, por ejem- 
plo, mansas y adiestradas como para el servicio de aque- 
llas gentes tímidas y poco fuertes en este arte de cal)algar, 
sucedía que, elegida por el interesado de en medio de la 
recua, el capataz, arrollando el poncho sobre el hombro 
y ajitando el lazo con donaire sumo, la extraía aprisiona- 
da del cuello y, saltando sobre ella, la hacía desplegar 
condiciones de mansedumbre, de fortaleza, de elegancia 
y de brios, al mismo tiempo, que triplicaban su precio. 

De regreso del Perú, aquellos trancantes llegaban á Salta 
conduciendo cargamentos de plata sellada, ó bien de 
mercaderías y frutos propios de aquellas regiones, como 
eran el cacao, el chocolate, el café, la coca, el azúcar, 
lienzos y tejidos finos de Santa Cruz; azogue y metales 
preciosos en barras de plata y tejos de oro. 

El Perú gozaba, por aquellos tiempos, de fama uni- 
versal por sus riquezas; y su oro, sin llamar la atención 
del mundo, se derramaba en Salta y en Buenos Aires 
con incesante abundancia en pago de sus mercaderías, de 
sus esclavos, de sus ganados, de sus muías especialmente; 
de sus suelas, de sus harinas, de sus tabacos, de sus al- 
coholes y cigarrillos. Y aquellos viajes lejanos; aquellas 
pampas y sierras y torrentes y precipicios que formaban 
el poético encanto de las narraciones; aquellos grandes ne- 
gocios é improvisaciones de fortunas; aquel Perú, en una 
palabra y aquella Lima, sobre todo, emporio de los pla- 
ceres, era la fantástica ambición de la juventud elegante 
y emprendedora. El viaje á Lima daba una especie de 
nombradía á quienes llegaban á alcanzarlo y de quien 
nadie quería quedarse extraño, formando, en aquella época, 
el objeto verdaderamente satisfactorio y deseado de todos 
veras; el que labraba los sueños dorados y voluptuosos, 
por que era el país del oro y de la fortuna, del juego y 
de los grandes negocios; el seno de las delicias coronadas 
con su cultura de renombre y la mágica seducción de 
sus mugeres; el asiento, en fin, de la moda, del lujo y 
del amor. La fama de sus atractivos se derramaba á 
la manera de la que tiene hoy para los ricos de provincia, 




mSTORIA DE GÚEME8 Y DE SALTA— CAPÍTULO lí 69 

Buenos Aires, y para los de Buenos Aires, Paris.— « ¡Oh, 
Lima; quien no te conoce no te estima! » Así exclamaban 
aquellos viajeros vueltos ó sus pacíficos hogares, recor- 
dando en sus ensueños los encantos de la sultana del 
Rimac. De allí traian las sederías, los terciopelos, los te- 
jidos de plata, las perlas, los brillantes, los perfumes, todos 
los esplendores del lujo para ataviar las damas y las hijas 
de familias acaudaladas. 

IX 

Por los años de 1778, convencido el gobierno español 
de la importancia que adquirirían estas comarcas con 
la libertad del comercio por Buenos Aires, franqueó, al 
fin, su puerto, y con acontecimiento tan extraordinario, 
cambiaron ó, mejor, alteraron los rumbos primitivos. 
Desde aquella fecha, la introducción de las mercaderías de 
ultramar se hizo mas fácil y mas rápida por Buenos Aires 
que no por el Callao para todas estas comarcas que se 
extienden á la parte oriental de la cordillera, y los carga- 
mentos á lomo de muía que tenían que trasmontar las 
elevadísimas y dificultosas serranías del Perú, para surtir 
de efectos ultramarinos estas regiones, se sustituyeron por 
las tropas de carretas, cargadas con los mismos efectos 
introducidos por via de Buenos Aires. 1). Estos cargamentos^ 
así conducidos, llegaban hasta Córdoba, mas tarde hasta 
Salta, y eran otra vez, aunque á la inversa ahora, tras- 
ladados en este punto, en tropas de muías por las regio- 
nes montañosas y de estrechos y ásperos caminos que 
comprendían las provincias altas ó de arriba, conforme se 
las llamaba entonces; de manera que hasta Potosí y Chu- 
quisaca y Santa Cruz, como todas las innumerables pobla- 
ciones de sus contornos colmaban sus tiendas de efectos 
introducidos por Buenos Aires. La Paz y demás pueblos 
septentrionales, quedaron, por motivo de su situación, 
sujetos á proveerse, en gran parte, del Perú, pero, á favor 
de las muías de Salta. 



1) Las que mas tarde deboriau emplearse en el trasporte de los ejércitos 
de la Patria. 



70 DR. BERNARDO FRÍAS 

Para llenar estas necesidades de las plazas comerciales 
del Alto Perú, las casas fuertes de Salta, descollando so- 
bre todas ellas la de Moldes y la de Gurruchaga, efec- 
tuaban las grandes internaciones de mercaderías á las 
provincias hoy bolivianas. Y no debe imaginarse que estas 
casas se surtían del mercado de Buenos Aires, por que 
siendo las mas fuertes y de mayor crédito de todas cuan- 
tas hablan en el Rio de la Plata, eran verdaderas casas 
introductoras que contrataban por su exclusiva cuenta 
directamente en la plaza europea de Cádiz, sirviendo para 
favorecer aun ú las mismas de Buenos Aires, como que 
en 1785, por ejemplo, la casa de Gurruchaga trajo de Es- 
paña en el buque Nuestra Señora de Monserrat, valiosísimo 
cargamento dé mercaderías, y de ellas, en la plaza de la 
capital, de paso, vendía un valor de 73.000 pesos en una 
sola contrata, operación elevadísima que hoy, después de 
mas de cien años de independencia y progreso y liber- 
tades, no alcanza á realizar casa alguna de las que for- 
man el actual comercio de Salta. 1). 

Fué así, por razones semejantes, por residir en Salta 
los mas fuertes capitalistas de entonces y de tener su 
teatro establecido ya de muy antiguo y dominado, que 
aun después de habilitado el puerto de Buenos Aires con 
sus franquicias comerciales y aun durante la revolución 
y la guerra civil que sobrevino. Salta constituyó siempre 
el mercado principal, en los dos últimos periodos men- 
cionados ya con una jurisdicción estrechada por los ex- 
traordinarios acontecimientos, para todas las ciudades de 
segundo orden; y sus casas comerciales y fuertes prove- 
yeron, en tan dilatado espacio, á toda una inmensa región 
con la pujanza y robustez de sus capitales, pues bajaban 
á su mercado para proveer sus tiendas, los comerciantes 
de Catamarca, de Santiago, de Jujuy, de Oran y de Tarija 
y demás pueblos meridionales de lo que es hoy Bolivia. 

A toda esta riqueza y encumbramiento del comercio de 
Salta, hócese necesario agregar en la balanza de su for- 
tuna, un ramo que reportaba las mas pingües ganancias: 



1) Arch. de la Prov. de Salta, Año 1810, J. Lorenzo R. de Villegas contra 
la testamentaria de D. Pedro Antonio de Gurrachaga, f. 1. 



HISTORIA DE GÜEMES Y DE SALTA— CAPITULO II 71 

—la introducción y venta de esclavos negros. Este era 
objeto de lujo. El esclavo neí?ro, escaso como el oro, 
impuesto por la moda en el servicio lujosísimo de las 
casas opulentas, introducido en cantidades limitadas por 
el puerto de Buenos Aires desde las costas del África 
occidental, tenia una demanda y una estimación extraor- 
dinaria y creciente, y su precio era tan elevado, especial- 
mente en el Perú, que cada un esclavo de ellos valía 
desde 1.000 y 1.500 pesos fuertes, arriba. Y esto no lleva 
exajeracion, pues en Salta, á pesar de su lujo, á pesar de 
su orgullo aristocrático y de la opulencia de sus fortunas, 
existieron muy pocos negros; y el valor corriente de los 
mulatos esclavos variaba entre 300 á 400 pesos fuertes. 
Todavía veinte años mas tarde de la época que recorda- 
mos, cuando la moda y las castas hablan desaparecido y 
el servicio doméstico se hizo mas fácil y abundante con 
la libertad y la competencia, en Lima se hallaban pocos 
negros y los pocos que habían eran carísimos 1). Expe- 
culando sobre este ramo tan de lujo y de buen 
tono entonces, aquellas casas de Gurruchaga y de Mol- 
des introducían, desde Buenos Aires para Lima y de- 
mas provincias del Perú, grandes recuas de 500 y de 
1000 negros esclavos para venderlos en aquellos mercados 
afamados por la molicie, el fausto y el lujo, lo cual venía 
á representar no solamente artículo de rápida negocia- 
ción, sino, al mismo tiempo, sumas ingentes de capital y 

de especulación, como que por estos tan ligeros testimo- 
nios que aun se conservan, se revela que rodaban millo- 
nes por sus manos. 2). 

Era, pues, el abasto del Perú lucrativo en grado extremo; 
y como este privilegio creado por las circunstancias, es- 
taba monopolizado, podia decirse con sobrada razón 
gracias á su progreso y fuertes capitales, en las plazas de 
Buenos Aires en un extremo y de Salta en el otro, pues 
Córdoba y Mendoza no compartían directamente en él, y 
las demás ciudades que hoy encabezan los estados argen- 
tinos, apenas si pasaban de raquíticas aldeas, el tráfico 



1) D'Orbígny y Egriés • Viaje por América, etc. • T. II, pág. 13. 

2) V. F. López, «La Revolución Argentina.» 



72 DR. BERNARDO FRÍAS 

comercial de arabos centros de actividad y de negocios, 
era cada dia de mayor incremento, y su vuelo igualmente, 
cada vez mas fecundo y poderoso; como que en 1806 ya 
lo afirma el Dr. Moreno, mas de 300 buques de comercio, 
cargados de mercaderías ultramarinas, arrilDaban anual- 
mente al puerto de Buenos Aires, y de estos valiosísimos 
cargamentos, mas de 18 millones de pesos fuertes se in- 
ternaban al Perú pasando á él por intermedio de las 
poderosísimas manos del comercio de Salta. 1). 

Este tan poderoso comercio, al mismo tiempo que acre- 
centaba la fortuna, el lujo y el bienestar en Salt^, donde 
la pobreza fué virtud desconocida hasta la hora de la 
revolución, daba ú sus habitantes la actividad, la viveza 
del ingenio, la liberalidad de su trato y sentimientos, des- 
precio á los peligros, amor á lo grandioso, á lo mara- 
villoso y aventurado y un anhelo inquebrantable hacia la 
independencia personal, adquirido todo ello por su labor 
y transacciones continuas como recogido por sus largos 
vieyes al través de montañas, de pampas y desiertos, todos 
llenos de atractivos ó novedades ó peligros que amena- 
zaban no tanto su fortuna como su vida; virtudes ellas 
que muy en breve hablan de hacerlas servir para libertar 
la patria de secular opresión é injustísima y torpe ser- 
vidumbre, con aquel brillo, con aquel heroísmo, con aquella 
altura de ideales y de principios y con aquel estruendo 
de su bravura y de sus hazañas con que han llamado la 
atención del mundo. 

Aquella riqueza que originaba el comercio con el Perú y 
demás pueblos interiores hasta Catamarca, que no podían 
proveerse directamente de Buenos Aires por la flaqueza 
y mezquindad de sus recursos, y acudían á Salta á cubrir 
sus necesidades, se hace mas resaltante y se puede apre- 
ciar en algo la importancia de las fortunas formadas á 
su amparo, cuando se contrapesa con esas ganancias la 
facilidad y extrema baratura de la vida, donde una muía 
de tropa valía hasta 7 pesos y era vendida en el Perú de 
25 arriba; donde una vaca tenía por precio corriente de 
2 á 3 pesos, hallándose de ellas los campos orientales de 



1) V. F. López, -llist. Argent.» T. I. Pág. &(36, 



HISTORU DE GÜEMES Y DE SALT^— CAPÍTULO II 78 

la provincia, desde Oran & Tucuman, cubiertos en cantidad 
innumerable; y un caballo de 4 á 8; y una oveja, 4 ó 6 
reales; donde la casa de mas alto precio no excedía de 
15.000 pesos y su alquiler ordinario de 30; y el de una 
tienda en la mejor calle comercial variaba entre 10 y 20 
pesos mensuales; dos reales costaba un par de zapatos y 
2 pesos la confección de la levita de un coronel. 



X 



Al lado de aquella riqueza acumulada por los esfuerzos 
del comercio, Salta contaba con la inmensa fortuna que 
representaba el sólido capital de su producción territorial, 
vinculado mas que en sus minas y sus industrias, en sus 
crias de ganados y su fuerte y activa población. 

No hay, de quellos tiempos, la cifra estadística que 
muestre con verdad matemática la altura de su floreci- 
miento; mas la sucesión de grandes hechos históricos y la 
fé encerrada en venerables monumentos, cubren satisfac- 
toriamente aquel vacío. Salta con sus campos de selvas 
frondosas, sus fértiles valles, sus cerros arbolados y pas- 
tosos, su clima cuya variedad comprende todas las zonas; 
sus ricos pastos de la mas fuerte substancia nutritiva y la 
especial inclinación de sus habitantes á los quehaceres 
rurales, era tierra de predilección para la riqueza ganade- 
ra. La cria vacuna, mansa y ordenada en puestos, hebia 
subido, al rayar el siglo XIX, (i cantidad fabulosa. El vil 
extremo de sus precios,— siendo la carne el alimento común 
de toda la población del país, muestra, mas que nada 
quizá, el exceso de su abundancia. El ganado lanar que 
se habia propagado regularmente en el valle central y en 
el de Calchaquí, era, por su abundancia, la riqueza semo- 
viente de las comarcas del norte de Jujuy, donde en poder 
de cualquier indígena de aquellas latitudes, era cómun el 
hallar rebaños de 10.000 ovejas, siendo la población in- 
dígena de aquellos centros, casi igual á la que contaban 
algunas de las ciudades que son hoy capitales de provin- 
cias argentinas. 

En el periodo que se abrió en 1810, Salta mostró hasta 



74 DR. BERNARDO FRÍAS 

donde alcanzaba la fuerza de su riqueza; por que, desde 
el ejército que, bajo las órdenes de Castelli, llegó á la 
provincia en aquel año, liasta el que volvió vencido en 
1815, después de Sipe-Sip3, fueron sostenidos con pródiga 
abundancia con los ganados sáltenos; y las fuerzas que 
desde 1814 hasta 1832 sostuvo á sus solas espensas esta 
tierra generosa, no tuvieron otros extraños recursos. 
Baste para calcular la suma de ganado consumido ó per- 
dido durante aquellos conflictos que envolvieron la pro- 
vincia de Salta por mas de quince años, traer á la 
memoria una de aquellas campañas militares. El ejército 
español que realizó la invasión de 1817, por ejemplo, 
contaba de 4 á 5.000 hombres; Güemes, con la provincia 
de Salta sublevaba en masa, movía, desde Tarija hasta 
Tucuman, al rededor de 6.000; mientras tanto, el ejército 
nacional en sus cuarteles de Tucuman, contaba cerca de 
3.000 soldados, lo que demuestra un cúmulo de fuerzas 
superior á 12.000 combatientes, sostenidos con los ganados 
de Salta. Añádase á todo esto y olvidando mucho, todos 
los abusos que se cometieron por una y otra parte bajo 
el apasionamiento de la lucha y el desorden que en- 
gendra una revolución; los arreos de hacienda que, 
hasta 1823, tomó por sistema de guerra el general Olañeta; 
el consumo de la cria caballar durante aquella guerra que 
hizo Salta, toda con fuerzas de caballería en constante mo- 
vimiento de un extremo á otro del territorio, y, al cabo de 
todo, 25.000 cabezas de ganado vacuno, 2.000 caballos y 800 
bueyes, con que remató el dilatado sacrificio el tratado de 
paz que le impuso Quiroga en 1832. 

— « De aquí ha resultado que una provincia opulenta, 
que se sentía en otro tiempo oprimida con el peso de un 
número inmenso de ganado de todas especies, se ve en 
el dia reducida á una miseria espantosa. » 

— <( í Honrados y prudentes ciudadanos, preguntaba, al fin de 
aquellos azares, el Dr D. Juan Manuel Castellanos, floreciente 
juventud, copiosos caudales, vacadas inmensas, abundosos 
ganados, qué os habéis hecho? ¡La desolación y la mise- 
ria es el único patrimonio que nos ha quedado! » 

De esta manera, Salta pudo sostener la guerra nacional 
casi sola por tan dilatado espacio y con sus solos recur- 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPITULO II 75 

SOS, por que sus fuerzas eran poderosas; y qué mucho, 
sí, como vamos 6 ver, un hombre solo tenia bastante 
fuerza y largueza para sostener todo el ejército con su 
propia hacienda, mientras pasara por sus heredades! 

La riqueza de Salta, antes de la revolución, era, como se 
ha dicho, proverbial. El nombre de Salta, como ciudad 
y provincia ricas, había corrido por todos rumbos en alas 
de la fama, como el de Buenos Aires por su puerto, su 
comercio y su sede virreinal; como el de Córdoba y 
Chuquisaca por sus estudios; como el de Pasco y el de 
Potosí por sus cerros, y como el de Lima por su opulen- 
cia, por sus delicias y su civilización. 

Remataba aquellas riquezas y actividad la fama que 
alcanzaron sus ferias comerciales. Jujuy tenía la suya 
por la pascua, llamada de la Tablada; pero era de mayor 
renombre y concurso la que, comenzando & mediados 
de Mayo, contaba siete semanas al término de Junio, en 
Sumalao, siete leguas al sur de Salta. 

La pintura de un Cristo, arrollado en su lienzo, hizo 
tan pesada la carreta que lo conducía al lugar de su des- 
tino, que ni á fuerza de muía ni de buey fué posible su 
arranque; y fué así que, cumpliendo su voluntad,— termina 
la tradición, se levantó, para su culto, la capilla de Sumalao. 
Allí, como en la casa de Loreto, como en el sepulcro de 
San Martín de Tours, se abrió la fuente de los copiosos 
milagros, en favor especialmente de enfermos. El Señor 
de la Salud ensalzado en todas distancias por el agra- 
decimiento y la fé de comerciantes, de troperos y de in- 
vernadores, vio, muy luego, acojerse y mezclarse á la 
sombra de sus prodigios los votos piadosos, el comercio 
y las fiestas mundanas. El campo era abierto; el frío y 
los hielos de Junio eran, por aquella edad, acerbamente 
famosos; pero la feria de Sumalao avanzó tal renombre 
entre los pueblos, que formaban su clientela no solamente 
los del contorno sino los de las mas apartadas regiones; 
como qne acudían de Santiago, de Tucuman, Catamarca, 
la Rioja y San Juan de Cuyo los criadores de muías y los 
fabricantes de tejidos finísimos, de vinos, de pasas, de 
pastas, y de mil otros objetos de consumo. 

Era allí donde principalmente se realizaban las grandes 



76 DR. BERNARDO FRÍAS 

compras y ventos de muías con destino á los invernade- 
ros para trasladarlas al Perú, de los ricos caballos y de 
la grande, fuerte y apreciadísima muía de silla de San Juan; 
y también era allí donde los jugadores á las cartas y al 
dado y á las carreras levantaban y perdían fortunas; donde 
las onzas de oro, traídas desde el Perú por los troperos, 
se derramaban copiosamente, 1) y en donde el t>aile vul- 
gar y el baile aristocrático y demás diversiones cultas 
tomaron también su plaza, bajo la carpa portátil ó el 
cómodo rancho mandado levantar especialmente por las 
familias de la mejor sociedad que, sobre lucidos caballos, 
acudían, así mismo, por devoción, por votos que cumplir 
y en busca de placer también. 

LA SOCIEDAD DE SALTA 

XI 

Atraida por la fama de las Indias donde con facilidad 
y en breve tiempo alcanzaba ú formar el hombre activo, 
inteligente y laborioso una fortuna que asegurara su 
vejez afianzando el porvenir de sus hijos, la emigración 
española formalia corriente constante ú las colonias de 
América; por que si es duro y harto difícil y causa una 
honda pena el abandonar para siempre el lugar del na- 
cimiento donde nos ligan tantos afectos del corazón y del 
recuerdo, es también lijera pesadumbre, cuando en la 
tierra distante que señala el porvenir se va á encontrar, 
en vez de clima y raza y leyes extrangeras, la patria 
misma abandonada, vuelta á mirar al lado opuesto 
del mar, con la identidad de su clima, con la misma 
lengua, los mismos usos, la misma religión y la misma 
raza; y allí era donde ton á menudo el compatriota,el amigo 
el deudo se Hilaban á encontrar. 



1) La moneda de oro y de plata era el único medio circulante de la época. 
La onza de oro era el tipo superior de la primera y el peso doble el 
de la segunda. Ambas teoian divisiones en monedas pequeñas: el 
peso duro, por ejemplo, se dividía en ocho reales, el real en medios 
y el medio en cuartillos, representadas cada una de estas divisiones, 
por monedas especiales. Las monedas llevaban, en una cara, el busto 
ael rey, y en la opuesta, el escudo español con su corona real. 




mSTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO II 77 

Y conviene tener muy en memoria que el inmigrante 
español en América venia acompañado, ademas de estas 
ventajas tan excelentes, de la casi seguridad tan fascina- 
dora de labrarse á poca costa, grande y segura fortuna, 
ilusión y confianza que halagaban una de las mas fuertes 
pasiones del corazón humano— la ambición del bienestar 
que se enlazaba con el favoritismo de las leyes, con la ancha 
y tentadora escala de la política, reservada casi exclusi- 
vamente parQ ellos, en donde recogían la satisfacción de 
otra poderosísima pasión dominadora de los hombres, 
—la ambición del orgullo, los halagos del predominio y 
encumbramiento social con el brillo y los esplendores 
del poder. 

La España era estéril de suyo; y los sueños de gran- 
deza y de fortuna solo se aseguraban en las costas y en 
los valles de la América, por donde el hombre trabajador, 
como el vago aventurero ó el hidalgo segundón ó de 
quebrada fortuna, abandonaba la patria ingrata tendiendo 
rumbo hacia las Indias, trayendo á su favor un empleo 
de real merced y de pingüe renta, ó á conquistar por el 
medio mas noble y mas digno del trabajo activo y pa- 
ciente, un nuevo y dichoso porvenir. 

Si esta era la manera de formación de la nueva sociedad 
en América, Salta, por su importancia comercial, fué, 
desde antiguo, sitio elegido de la inmigración española 
de la clase noble y aristocrática que en gran abundancia 
acudió A ella como á Lima, desde el simple hidalgo 
hasta la nobleza mas ilustre y grande de España, esta- 
bleciéndose en ellas, desde la conquista, « lo mas galano 
y lo mas arrogante de los orgullosos segundones de la 
grandeza española. » 

Contaba en su nobleza como lo mas sobresaliente é 
ilustre entre las casas de la aristocracia española, á la 
descendencia de D. Francisco de Toledo Pimentel, virrey 
que fué del Perú y conquistador afamado de estas provin- 
cias, hijo segundo del famoso duque de Alba, D. Fernan- 
do Alvarez de Toledo, una de las mas grandes é ilustres 
noblezas españolas, como que remontaba su origen á los 
palacios de Constantinopla entroncando en la familia de 
los Paleólogos, emperadores de Oriente, y su fama .de 



78 DR. BERNARDO FRÍAS 

guerrero invencible iiabia llamado la atención de la Eu- 
ropa deslumhrando las glorias militares y destacándose 
como el primer capitán de su siglo. Su familia, vincu- 
lada en la sociedad de Salta, formó las casas de Toledo, 
de Alvarado, de Mollinedo, de San Millan y de Figueroa. 

Después de estas, formaban en el núcleo noble del ve- 
cindario de Salta, las casas de Gorriti, de Gurruchaga, 
de Hoyos, de Castellanos, de Arias, de Quiroz, de Güemes, 
de Medeiros, de Torres, de Puch, de Frias, de Aramburú, 
de Otero, de Salas, de Tineo, de Moldes, de Ormaechea, 
de Izasmendi, de Zenarruza, de Arenales, de Alberro, de 
Gorostiaga, de Zuviría, de Archondo, de Ibazeta, de Zavala, 
de Palacios, de Rioja, y algunas de ellas conservando 
como herencia nobiliaria de sus antepasados, posesiones 
territoriales en España, llamadas mayorazgos y de cuyas 
rentas y señorío disfrutaron hasta 1810, época en que la 
revolución trastornó todo, en las que se puede contar la 
casa de D. Manuel de Frias, entre otras, por ejemplo. 1). 

Esta emigración de la nobleza española acudía al vecin- 
dario de Salta en corriente constante hasta 1810; y era esta 
clase quien traía con su preparación y valimiento social y 
político, los elementos dominadores de la fortuna, del talen- 
to, de la competencia y privilegios reales y de casta para 
sobresalir é imperar en estas nuevas comarcas y hacer 
prosperar su fortuna con facilidad y acierto. Porque según 
la constitución social, los hijos segundos de los grandes 
de España, carecían del título hereditario de la casa que 
llevaba el primogénito, ya fuera duque, conde, marqués 
ó señor de algún lugar, y para ellos no quedaba mas car- 
rera que las armas ó la iglesia; ó ya también por que cor- 
respondía al hijo mayor de casa noble la herencia del 
mayorazgo, si lo tenia, es decir, de tierras señaladas para 
el sostenimiento de la dignidad de la casa en el rango que 
la llamaban sus blasones, y que no era, por ende, enage- 
nable. El resto de la familia veíase obligada á buscar for- 
tuna, muchas veces, fuera de la herencia paterna, y las 
aventuras como el porvenir halagüeño á que se prestaban 
los sueños, unas veces, y tantas otras las realidades codi- 



1) Títulos y documentos on poder de nuestra familia. 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO II 79 

ciables de las Indias, eran lazos de atracción á los grandes 
centros cultos y comerciales de América, para toda esta 
clase distinguida é ilustre que venia á ser cabeza social y 
política en el Nuevo Mundo, dejando de llenar en la penín- 
sula los asientos de segundo término, sin brillo ni por 
venir. 

La mayoría de esta noble inmigración que recibía el 
vecindario de Salta fué, como lo atestiguan los apellidos de 
las antiguas familias y las viejas ejecutorias de linaje, de 
la nobleza castellana y vascongada, que es la porción de 
la población española mas honorable y fuerte. Pierde la 
raza vasca las tradiciones de su origen y de su lengua en 
las mas remotas antigüedades del continente europeo. 
Preservada por el baluarte de sus montañas y la fuerza de 
su brazo de la confusión de razas que mezclaron en la 
población de España sangre del ibero, del romano, del 
cartaginés, del fenicio, del vándalo, del godo, del árabe y 
del moro, presenta el ejemplar de raza mas pura y mas 
antigua de cuantas pueblan las naciones de Europa; raza 
noble y famosa no solo por la fuerte honradez de su carécter, 
por la robustez de su constitución física y fuerza muscular, 
por su virilidad moral, sino por las legendarias tradiciones 
de su vida militar y la dignidad adquirida por el trabajo y 
las buenas costumbres. 

De aquellas tradiciones nobiliarias; de aquellas fortu- 
nas levantadas al amparo de fecundo y activísimo co- 
mercio; de aquella opulencia y holgura tan justamente 
celebrada; de aquellos viajes constantes y de aquel trato 
frecuente con tanta gente distinguida por su clase y figu- 
ración, como la que hallaba en Potosí, en Chuquisaca y 
en Lima particularmente, que era en aquellos tiempos 
la ciudad mas culta, aristocrática, opulenta é ilustrada de 
la América del Sur, provenía el celebrado rango y la' altura 
tan distinguida que alcanzó la sociedad de Salta, el orgullo 
circunspecto de sus respetabilísimos personages, cuya 
figuración y valimiento político y social se hizo sentir no 
tan solamente en los demás centros americanos sino aun, 
en la misma corte de Madrid, como á su tiempo lo vere- 
mos; sin que ostentaran el soberbio y rudo desprecio con 



80 DR. BERNARDO FRÍAS 

que acostumbra envanecerse y oprimir ó sus semejantes 
el que llega á escalar las alturas saliendo de la nada. 

Es una verdad histórica que la sociedad de Salta fué 
lujo y ornamento de la civilización del antiguo virreynato. 
La raza, la cultura, la ilustración y la riqueza se hablan 
recogido en aquella ciudad con sus favores y sus fuerzas 
labrando, á su término, la nata y flor de la civilidad 
argentina. Porque su triunfo fué notorio y celebrado y 
memorable, largos años mas tarde pudo decir un grave 
historiador confesando aquella antigua verdad:— « Salta era 
una de las ciudades mas cultas y la del trato mas distin- 
guido y fino de todo el virreynato. » 1) 

Nada había en Salla entonces de cuanto se refiere á la 
acción individual y social de la clase distinguida, que no 
fuera una revelación de la cultura esquisita que habla 
conquistado rodeada de una atmósfera de marcada gran- 
deza, ya fuera en el templo, en la mesa, en el salón, en el 
fondo de la familia, en el baile ó en la calle y doquiera, 
derramaba el esplendor, la gracia y el talento de una 
educación esmerada en el mejor gusto, rodeando todo 
una atmósfera de ceremonia y de respeto rendidos á su 
propia dignidad. El tono y la circunspección hasta en el 
andar, la ^grandeza aristocrática que llenaba todo, las 
maneras distinguidas y el trato tan suave, tan lleno de dig- 
nidad, de franqueza y desenvoltura y de viril animación al 
tiempo mismo, en sus hombres, como delicado y medido 
en sus damas, eran virtudes desplegadas con una elegancia, 
una altura y un gusto casi de corte, que hacían de Salta 
justamente un pedazo de la España aristocrática, ceremo- 
niosa y culta trasladado á este seno de la América. 

Esos mismos gustos acarrearon la perfección de los senti- 
mientos morales en pos de sí; y así eran aquellas gentes 
tan corteses, tan atenciosas y nobles para con los propios 
hijos del lugar como para el forastero, el que era colmado 
de agasajos y generosidades, á la manera que se usa con el 
mejor amigo. 

Mas no debe pensarse que aquella cultura y edu- 



1) F. Vicente López. 



mSTORIA DE GOEMES Y DE SALTA-CAPlTULO U 



81 



cocion, llenas de tanta ceremonia y cumplido y 
gusto aristocrático, fueron circunscritas á meras for- 
mas exteriores, sino que hablan llevado el buen 
gusto y la elegancia y perfeccionamiento también al len- 
guaje como á los ornamentos del espíritu que brillaba, 
especialmente en los hombres, por su ilustración literaria 
que era siempre de corte clásico; ni debe imaginarse 
tampoco que aquellas preocupaciones de raza volvieran 
su sociedad de ambiente fastidioso y pesado y de sem- 
blante terco y sombrío, por que fueron la animación, la 
alegría y la franqueza sin herir la dignidad ni apearse 
del buen gusto, el carácter descollante de su vida en 
aquellos dias, ajitándose en ella un espíritu de actividad 
tan fecunda que era luz y fuego en el talento, en la gracia 
desplegada y en la profunda y finísima agudeza que bri- 
llaba tantas veces anonadando su blanco en el ridículo, 
pero jamas hiriendo ni desmereciendo de su altura. 

Como era propio sucediera, imperio merecido conquistó 
en ella la mujer y renombre y estima general, no solo 
por su hermosura que alimentaban en las familias los 
constantes enlaces con la raza europea que traía nueva 
vida y fuerza y juventud desde los países vascos, sino y 
quizá mas, por su circunspección social, por la aristo- 
crática amabilidad de su trato; por la finísima cultura de 
sus modales, por su gracia chispeante y de buen tono, 
por aqueK en fin, su celebradísimo ingenio, llama pode- 
rosa de su espíritu, que fueron en ella virtudes singulares 
que la llevarían á figurar con asombro en las fases mas 
sorprendentes de la vida, desde rendir á personajes de la 
mas encumbrada talla española, hasta decidir en parte, de 
la suerte de una batalla y fraguar las mas tremendas revo- 
luciones. La salteñu era mujer de corazón y de espíritu, 
de virtudes domésticas y públicas, algo así como la mujer 
antigua. 

Todo lo pudieron con sus encantos ó con su inteligencia 
las mujeres de Salta. Unas, fuertes para sufrir los golpes 
de la adversidad, su entereza y su resignación sin abati- 
miento las levantaría hasta la santidad; otras, arrogantes 
y exaltadas, seductoras y astutas con particularidad en 
política, en lo que fueron profundamente apasionadas, 



82 DR. BERNARDO FRÍAS 

9 

llegaría su arrojo á la temeridad y, alguna vez, hasta mas 
adelante, quizas; y otras, en fln, de una moderación, de 
un recato y de una delicadeza inmaculada, fueron san^ 
tuario de circunspección y de virtud firme y fuerte á toda 
prueba. Hermosas, robustas, intelijentísimas y cultas, 
animadas siempre por una alma viril y por pasiones 
grandes, fueron la verdadera vida y la brillante corona 
de aquella famosa sociedad. 1) La historia social de Salta 
es, en gran medida, la historia de su genio y de sus 
triunfos. 2) 



1) Sobrt^salieron por su belUza renombrada en aquellos tiempos, en las 
filas de la aristocracia, D». Magdalena Goyechea de Güeme». D*. Tri- 
nidad Saravia y Tejada de Huergn, D». Andrea Zenarruza de Uriondo, 
D*. Javiera Lesaer de Boedo. D*. María Josefa de la Corte de Ariap. D*. 
María Antonia Fernandez de Moldes y. entre las mas jóvenes, D». Car- 
men Puch de Güemes. Dv Benjamina Otero de Viola, D\ Pancha Arias 
de Arias, D\ Pancha Güemes de Figiieroa, etc. etc. 

2) Corresponde que consignemos aquí como elementos comprobatorios 
de lo insertado en el texto, hechos de notoriedad hislórica por el pa- 
pel que jugaron sus personajes en los acontecimientos mas sonaaos 
de aqueUos tiempos. Un médico ilustre, «un sabio* por sus profun- 
dos conocimientos científicos y «un filántropo • por el desprendi- 
miento de su corazón, había sido enviado por el gobierno de su país 
á hacer estudios de los secretos naturales de la América, como lo 
había hecho Humboldt, mas antes. Era pI Doctor José Pedhead, in- 
gles de nacimiento. Habiendo llegado ¿ Buenos Aires en 1805, obtuvo 
autorización para ejercer su profesión en todo el virreinato: lo recor- 
rió en su larjg^a extensión permaneciendo dos años en las provincias 
del Alto Peni, hasta que regresó á Salta, donde los atractivos de su 
sociedad tuvieron fuerza suficiente para encadenarlo hasta el día de 
su muerte, en 1844, haciéndole renunciar á todo otro porvenir en 
Europa y en América, é intervenir y apasionarse en sus intereses y 
en sus luchas políticas por quienes sufriría persecuciones'y destierros. 
Seria el médico de Belgrano, el médico de Güemes y el médico amado 
y popular de Salta. 

Valga esto en cuanto al poder social de Salta, en general; mas en 
lo que pertenece exclusivamente á triunfos femeninos, las damas de 
Salta trazaron páginas bien dignas de recuerdo. Habíase radicado 
en esta ciudad en la última mitad del siglo XVIH, el brigadier español 
D. Juan Victorino Martínez de Tineo. Por sus grandes servicios mi- 
litares había sido premiado especialmente por el rey; era dueño de 
una inmensa fortuna y pertenecía á noble alcurnia; había habitado en 
Córdoba, había gobernado en Charcas, v gobernador de Salta, mas 
tarde, no había cedido ni á belleza ni a fortuna ni á gracia y hechizo 
mujeril hasta entonces. Pero elegido por padrino del coronel español 
Luz, gobernador de Salta, que casaba con D*. Rosa Castellsnos, no 
pudiendo resistir la magia de sus encantos, llega el soberbio guerre- 
ro hasta arrebatarle la novia al ahijado en el acto de producirse laa 
bendiciones, diciéndole, por ejemplo:— «Dime, Rosa entre espinos, 
¿aceptarlas por espose al que aceptas por padrino?» 

Y no fué este un caso singular. Los gefes del ejército real que 
duranf) la guerra de la independencia ocuparon por varias ocasiones 
la ciudad de Salta, aunque por cortos meses, y que habían actuado 
en los centros mas distinguidos de la América, desde Caracas y Lima 
hasta Potosí, se encadenaron, tras breve relación» & los pies de laa 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA-CAPÍTULO II 83 

Era que la cultura, como la civilización y la riqueza, 
bajaba del Perú ó llegaba directamente de España; pues, 
la nobleza peninsular que se radicaba preferentemente en 
Salta, desde hacia tan dilatado número de años, traía 
estas condiciones siempre propias de su clase, á lo cual 
vino ó agregarse el elemento de los empleados españoles 
de real merced, que casi todos ellos venían nombrados 
de Madrid y que eran vastagos favorecidos de aquella no- 
bleza «los que eran por lo general, hombres cultos y 
refinados, nada escrupulosos en cuanto al provecho y al 
cohecho;» como por ejemplo, el gobernador coronel D. 
Rafael de la Luz que se quedaba con las bandejas de plata 
en que le presentaban sus obsequios los cumplimientos 
del vecindario. 

Eran estos personajes elegantes y soberbios por su raza, 
por su clase y posición, inclinados con preferencia 
al amor y al juego, especialmente al de los naipes, 
vicio elegante y funesto, propio siempre de las socieda- 
des ricas, y que en Salta imperaba de veras, como conta- 
gio limeño, y en extremo tanto, que era cosa ordinaria 
ver pasar en vela la noche completa, señoras respetabi- 
lísimas, y muy virtuosas y dignas por otra parte, & 



bellezas salteñas en número relativamente asombroso, pues, olvidando 
la baja oficialidad, son de aquel número que se ligó á los hogares de 
Salta, entre otros mas, los coroneles D. Francisco Martínez de Hoz, 
de muy noble linaje, en la casa de Tejada; D. Gaspar Clavel, el gefe 
del estado mayor de Olaneta, y Lavín *en la de Nadal y Guarda: 
Alicedo en la de Sansetenea, Fajardo en la de Maseira, Galarza en 
esta misma; a/ Cobos en la de Ugarteche, y en fin, el mas famoso 
de todos, D. José Carratalá, mas tarde general, con D\ Ana de Go- 
rosliaga, á quien amaba Güemes de soltero, y cuyos desposorios 
fueron dignos de los momentos por que atravesaba el ejercito español 
en Salta. £1 general Laserna, vencido y aterrado por las fuerzas de 
Güemes que lo acosaban fin cesar, había resuelto en consejo de guer- 
ra, salir precipitadamente de Salta, aprovechándola noche para ocultar 
su fuga. Era el 4 de Mayo de 1817; Carratalá precipita las cere- 
monias, y montan los desposados en caballos que los aguardaban á 
la puerta para emprender la retirada, pero con apremio tal, que la 
joven dama no tuvo tiempo, por la rapidez y la turbación, de 
desprenderse ni del ridiculo ni del abanico de sus' bodas, saliendo por 
entre las talas, de la ciudad natal á quien no volvería mas á ver. 

aj El coronel Galarza habia abandonado las universidades españolas 
estando ya á punto de coronar sus estudios, para alistarse en la guerra 
de América. El padre, reprobando aquel paso que cortaba una car- 
rera literaria en su mayor altura, se quejó al rey; mas Fernando VII 
se le negó» diciéndole:— « De estos son los que quiero. « 



84 DR. BERNARDO frías 

la par de gobernadores, ministros y personajes, donde 
rodaban las fortunas con escandaloso abundamiento. 
Esta clase, que con justicia dominaba en la sociedad y 
que, como se ha recordado, la formaba así la gente de 
noble linage como todo el elemento sobresaliente por ser 
de raza española que pudo imponerse, como otras de la 
raza indígena ó mestiza, por sus servicios ó fortuna, im- 
primía su dirección y la ley á la clase plebeya, ó los ar- 
tesanos de la ciudad y habitantes de los campos que 
formaban la clase pobre, y cuya superioridad era reco- 
nocida y acatada con tanta buena voluntad y respeto, que 
jamas ninguno de estos hablaba ú hombre decente sino 
con la cabeza descubierta. Esta dominación, perdomlndole 
las preocupaciones reinantes en la época, era bien justa y 
debida, porque la clase decente era la depositarla de todas 
las virtudes sociales, como lo comprobó por siglos la 
justicia de su nombre y apoyo poderosísimo hallaba, 
mas que en el gobierno que le pertenecía por fuero y 
derecho, y en la riqueza que le procuró el comercio, en la 
altura moral de su espíritu, y en el cultivo intelectual de 
sus miembros que, si los altos dignatarios de la iglesia, 
como el obispo y del estado civil como el gobernador in- 
tendente y demás empleados de categoría venian de España 
por lo común, sin haber cursado aula universitaria, eran, 
á pesar de ello, por su clase distinguida y por el medio 
social á que pertenecían y en que habían actuado en la 
península, personajes adornados de bastante cultura litera- 
ria, como la traían asi mismo, los nobles que manejaban el 
alto comercio, pues era aquella instrucción moda bien 
arraigada en la época, gracias á la influencia liberal del 
gobierno de Carlos III y su avanzado gabinete; y asi, todo 
español distinguido en América tenía su biblioteca particu- 
lar en qne se hallaban autores en romance y en latin, idioma 
que también manejaban, entre ellos ú Solís, á Mariana, á 
Bossuet, á Galludo y á Garcilaso; sol)resaliendo los textos de 
historia y religión. 1) 



1) Testamentaria de D. José de Ormaeclipa, 1810. Este señor, vizcaíno 
y comerciante casado en Salta, hablaba con igual corrccciou cl lutin 
que el castellano. 



HISTORIA DE GÜEMES Y DE SALTA-CAPTÜLO lí 85 

A este núcleo exirangero, representante de la moda y 
tendencias europeas mas en boga, venía á reunirse la 
juventud americana de Ins nobles y ricas casas del país, 
de abolengo español por lo común, que poblaba los cole- 
gios y universidades de Córdoba, de Charcas y de Lima, 
y que, brillando en el altar y en el foro, ostentaba mayor 
y mas rica ilustración y verdadera sabiduría, como lo 
demostró en las pajinas mas admirables que ha escrito 
el elemento civil y clerical de la revolución. 

Por estas sus relevantes cualidades, este elemento for- 
mado así de la gente noble y principal, venía ú producir 
visible contraste no solo con la clase baja, por ley bien 
natural, sino, igualmente, con el elemento también popular 
y de la clase baja venida de España que acudía á avecin- 
darse en nuestros pueblos y cuyos miembros, relegados á 
segundas filas en el rango social, eran, por lo general, tende- 
ros pobres, pulperos, hortelanos, arrieros, maestros de pri- 
meras letras y sacristanes; habiendo algunos de ellos llegado 
á formar, fortunas de primer orden y solidez. 

Todas estas causas de mejoramiento social é intelectual 
que se acal:)an de apuntar, daban sólido pedestal para ad- 
quirir elevación y valimiento en la sociedad de Salta, á los 
elementos distinguidos pero hijos del país, al lado y á igual 
altura de los personages y magnates netamente españoles. 
Por que durante el gobierno español, solo el español era 
llamado al desempeño de los cargos públicos de América, 
que era este su privilegio de conquista, de razón de 
cuna y fruto, en lo mas, de sus padrinos y abogados 
en la corte; y ante esta verdad, cuül sería el poder mo- 
ral ó que pudo alcanzar la nobleza de Salta, que llegó á 
arrebatar no por medios violentos sino por el solo valer 
de sus méritos, los puestos públicos y de gobierno de la 
mayor expectación y codicia, sitios reservados para los 
favoritos españoles, que el pueblo de Buenos Aires, por 
ejemplo, apenas lo consiguió obtener en parte por con- 
secuencia de una revolución, la del !<> de Enero de 1809, 
en que obligó recien al elemento español á ceder la mitad 
de los asientos de su cabildo para 1810, mientras ya en 
Salta, de muy antiguo, era el suyo mixto entre ambas 



86 DR. BERNARDO FRÍAS 

entidades antagónicas 1) y el cargo de gobernador, muy 
superior á los cargos municipales, aparecía, en 1810, en 
manos de un hijo de Salta, el coronel D. Severo de Izas- 
mendi, y en el gobierno de la iglesia, si bien el obispo 
era español, el deán del cabildo eclesiástico, D. Vicente 
Anastasio de Izasmendi, teólogo y abogado al mismo tiem- 
po de la universidad de Chuquisaca, como el Dr, D. José 
Gabriel de Figueroa, que formaban en el coro de su 
catedral, sáltenos ambos, son prueba evidente de esta 
verdad, triunfo de los hijos del país que enaltecía la 
dignidad americana. 

POBLACIÓN DE LA CAMPAÑA; EL GAUCHO DE SALTA 



XII 



La población de las .campañas difería en todo sentido 
de la gente de las ciudades. Toda la parte central y los 
valles que se extienden por la parte montañosa del po- 
niente, eran mas principalmente, como lo son hasta hoy, 
dedicados á la agricultura. En sus planos orientales y 
subiendo hécia el norte, la zona templada que caracteriza 
el clima general de Salta, se transforma en tórrida, mo- 
dificación cuya ubérrima fecundidad alimentaba los inge- 
nios azucareros, únicos entonces en la región del Plata, 
que trabajaban en el Campo Santo, Cornejo; en Ledesma, 
Castellanos; en San Pedro, los Gondaliza; en San Lorenzo 



1) Como prueba auténtica de lo expuesto, citaremos: 

1*^ £1 acuerdo del cabildo de Salta de 26 de Junio de 1794 sobre tras- 
lado de la matriz á la iglesia de los jesuítas expulsos, transformada 
en catedral, donde fijruran como miembros de (ficho cuerpo, D. Ra- 
món García Pizarro, Gobernador Intendente, español; el Dr. D. Vicente 
Anastasio de Izasmendi, Dean del cabildo eclesiástico, hijo de Salta; 
el Dr. D. Juan Estovan Tamayo, peruano y casado en Salta; D. Ga- 
briel de Giiemes Montf'ro, español; el Dr. D. Alejandro de Palacios, 
salteño; el Dr. D. Alonso de Zavala, ramoso después como deán y 
revolucionario, salteño; D Antonio de Figueroa, general español y D. 
Juan Antonio de Moldes, español también. 

2* El cabildo de 1806 lo formaron: los sáltenos D. Hermenegildo de 
Hoyos, D. Vicente Toledo, D. Calixto Gauna, y el Dr. D. Mateo Sara- 
Tia; D. Francisco Aráoz, de Tucuman y el Dr. D José de Medeiros; 
V los españoles D, Lino de Rosales, D. Juan J. Nevares, D. Antonio 
González de San Mülan, D. Calixto Sansetenea y D. Francisco Valdez. 



r 



HISTORIA DE GÚEMES Y DB SALTA-CAPlTULO U 87 

y Otros puntos, los Villar y los Marquiegui, familias estas 
tres últimas de Jujuy. En esos mismos establecimientos 
se elaboraban mieles y alcoholes y se atendían los cul- 
tivos de la zona tórrida mas preciosos, como el café, como 
el arroz ó el tabaco. 

Aunque en estos parajes especiales se distinguieron 
aquellos grandes establecimientos agrícolas, toda esa 
región oriental desde Tarija hasta Santiago del Estero, 
campos inmensos, valles dilatadísimos llenos de selvas 
elevadas y exhuberante vejetacion y atravesadas por los 
grandes rios, quedaron destinadas al pastoreo, á la cría 
del ganado vacuno que, en cantidad incomensurable, según 
lo afirma la fama y monumentos del mayor respeto de 
aquel tiempo, formaba la riqueza ordinaria de las familias 
del país; y los habitantes de aquellos parajes, con el nom- 
bre de gauchos, que iba á pasar á ser una celebridad 
histórica, se ocupaban principalmente de su cuidado y 
conservación. 

Estos, y los del valle central, llamado de Lerma, casi 
eran todos mestizos, revelando el cruce con la raza blan- 
ca en la fisonomía, en la barba, en lo claro de su color, 
donde el tinte blanco europeo no era de lo mas escaso 
ni la varonil hermosura de su porte y fisonomía. 

Si la lucha por la vida dentro de la miseria de recur- 
sos de la clase pobre á que pertenecían, había acostum- 
brado á estos hombres ú la sujeción moral y social 
del poderoso, como acontece siempre en cualquier punto 
del globo, la misma virtud del trabajo individual y libre 
y la inmensidad y grandeza con que la tierra aparecía 
á sus ojos en sus campos, en sus selvas, en sus montañas, 
en el misterio y en el peligro, habíanle infundido un 
espíritu también afecto á la independencia personal. El 
gauclio se levantó así, y á la vez, dócil y altivo. Sus 
afectos sinceros, sus consideraciones respetuosas por 
el propietario y señor de la tierra en que vivia y 
en donde, por lo común, era nacido, y para todos los 
de aquella clase superior, se cambiaba en un sentimien- 
to de igualdad y aun de superioridad también, respecto 
al resto de las gentes, con mas precisión cuando eran 



88 DR. BERNARDO FRÍAS 

forasteras en el lugar. Entonces era el gaucho taimado 
y cauto: varonilmente altivo en su palabra, en su pensa- 
miento y en su apostura; desconfiaba del desconocido y 
aun se burlaba de él, si hallaba resquicio, con agudeza 
singular. Su trato era allí observador y con la misma 
entereza y desenvoltura discutía, como luchaba en san- 
grienta riña, armado del puñal que cargaba siempre á 
la cintura, por que en ella degeneraba, de ordinario, toda 
reunión numerosa y prolongada, cual era, por ejemplo, un 
baile, las fiestas de regocijo de un casamiento ó la reunión 
fúnebre en casa del amigo muerto ó, en fin, la rueda for- 
mada para el juego en un dia de fiesta, no por que fuera su 
naturaleza pendenciera y sanguinaria sino por que, sujeto 
en aquellas horas ú la influencia escitante del licor que 
allí siempre abundaba, los celos, el calor de una disputa, 
un desaire recibido ó malamente supuesto, un contrato 
mal cumplido, un antiguo resentimiento que volvía al co- 
razón, llevaban fácilmente á aquellos hombres á batirse 
en terribles duelos que, á veces, formaban imponentes 
cuadros por el crecido número de los combatientes. El 
gaucho en aquellos momentos de honor y mortal peligro, 
arrancando el puñal con rapidísima acción del cinturon ó 
de la bota, y arrollando en su brazo izquierdo el poncho 
para qne le sirviera de escudo contra los golpes del adver- 
sario, mostraba en sus ojos chispeantes todo el fuego de 
la vida y admirable ajilidad y destreza en sus miembros 
para llavar el ataque y cubrirse en la defensa.' Mil veces 
las súplicas y el llanto de las mujeres y de sus niños 
subía de punto el dramático colorido de la escena. 

Criado siempre bajo las máximas salvadoras del orden, 
de la obediencia y del trabajo, de cuyo seno fecundo 
arrancaba el sustento, no era el campesino del norte el 
vago afecto ú la vida errante. El gaucho de Salta amaba 
la sociedad y sus instituciones como amaba su provincia, 
de cuyas lindes temía siempre salir; y reconocía y venera- 
ba en el patrón, en su familia y en la gente de aquella 
clase, la autoridad, el ejemplo, la enseñanza, la protección, 
la justicia y la ventura misma de su persona y de su 
prole; hermoso fruto, en verdad, de la civilización, del 
progreso y de la cultura social que no riñen, mas sí que 



I 

j 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPITULO H 89 

unen y solidarizan los intereses comunes en todo agru- 
pación humana en que imperan sus principios. 

Nacido y formado bajo la dureza y desamparo de la vida 
rústica, su naturaleza física sufría, sin menoscabo, la 
inclemencia de las estaciones, los rigores de la intemperie, 
del desabrigo, de la fatiga y aun los apremios de la sed y 
del hambre, viéndose obligado, muchas veces, ó no tener 
mas que un sorbo de miel silvestre descubierta casualmente 
en los árboles del bosque. El gaucho poseía una gran 
fuerza moral; era hombre fuerte para el dolor. Bien podía 
desprendérsele una lágrima de los ojos en el extremo del 
sufrimiento; bien llegaba á escapársele gemido ronco y 
varonil arranchado de su alma por mano del tormento; 
pero nunca mostraba debilidad mujeril ni temor indigno 
de corazón bien puesto, suplicando desesperadamente por 
la vida. Así se le vería marchar al patíbulo á ser fusilado 
por patriota un dia, y como víctima de las pasiones po- 
líticas mas tarde, con la misma serenidad y temple de 
ánimo sostenidos, en mucho, por la fe en la justicia de la 
causa por quien sería inmolado. 

Su resignación era en aquellos casos tan heroica como 
su valor. Y no era exclusiva de su sexo esta virtud; el 
heroísmo de la mujer era igual al del varón en el dolor 
y la abnegación por el objeto á quien habla consagrado 
su existencia. 

En medio de aquella su rusticidad, el gaucho era, sin 
embargo, hombre de honrados sentimientos y aun de 
caballerescas virtudes. ¡ Tantas gotas corrían de sangre 
hidalga por sus venas ! De esta suerte, era obsequioso en 
su casa y hospitalario; leal especialmente y tan apasionado, 
á veces, por la grandeza moral que encerraba ante sus 
ojos un hombre ó un principio, fuera ya un caudillo ó 
un partido político, que llevaba su abnegación hasta el 
sacrificio personal, sin que moviera su corazón ambición 
alguna de recompensa. Solo la ingratitud lo ofendía. El 
reconocimiento por generosidades recibidas en los mo- 
mentos supremos del peligro, especialmente, herían tan 
hondo su afecto que, aunque corrieran los años, vivía en 
su memoria y, llegada la oportunidad, lo demostraba con 
otra acción llena de igual grandeza. Su alma noblemente 



90 DR. BERNARDO FRÍAS 

sensible y su imaginación impresionable por todo lo bello 
y grande y maravilloso, lo hacían afecto & la música y 
y al canto donde campeaba cierto espíritu de sentimen- 
talismo quejumbroso, propio de las razas primitivas, 
mezclado con la corriente alegre y viril que derrama el 
gusto ya mas civilizado en el hombre libre. Aquellas mis- 
mas causas lo hacian igualmente inclinado á la leyenda 
poética y supersticiosa. Por que en esa generosa natura- 
leza del gaucho se desenvolvía, en todos los cuadros de su 
vida, un marcadísimo sentimiento poético. La poesía 
romántica, hada de los pueblos primitivos y de ardiente 
imaginación, creyentes y sensibles, aparecía en el alma 
del gaucho, siempre amigo de lo grande, en los senos 
del misterio, del amor, de la ternura, del pavor y del drama. 



XIII 



Imagínese ahora aquel hombre partiendo para la es- 
cursion lejana á practicar la junta del ganado alzado ó 
disperso. Antes de apuntar el dia se alza de su lecho, 
toma su caballo adornado con el guardamonte, con sus 
grandes caronas de agudos extremos formadas de piel 
vacuna cuyos colores conserva; con la ancha lonja al 
cuello, que parece su corbata, para atar al toro al pié de 
un árbol; con el lazo arrollado, atado al apero^ que va 
golpeando el costado del anca y él, el gaucho, con sus 
espuelas grandes y sonoras, cuya cadencia monótona 
acompaña, como marcha musical, al trote de su caballo;— 
abandona su hogar y cruza aquellos campos humedecidos 
por el rocío, aquellos bosques dilatadísimos, de árboles 
gigantes, hermosamente verdes y floridos y refrescados 
por la brisa de la mañana. El canto de los pájaros, lle- 
nando la tierra de alegría, saluda á Dios en un himno, en 
un inmenso coro celestialmente bello. El sol, perdido aun 
tras el cuerpo del monte, dora con sus primeros rayos 
las cimas de los cerros mas altos del ocaso, y, en el fondo 
del valle, se muestran todavía perezosas y dormidas las 
últimas sombras de la noche. 

El gaucho canta también ó silva un aire de la tierra. 



HISTORIA. DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO H 91 

Recorriendo así prolongado itinerario, sucede muchas 
veces que, trepando la eminencia poblada de arboleda, 
se halla, en el mejor instante, en la cumbre elevadísima 
del monte que penetra su frente entre los nubes. El gau- 
cho, desde allí, puede volver la vista hócla las honduras 
del valle, hacia aquellos campos abiertos y aquellos bos- 
ques llenos de un lozano verdor; allá, á un costado, apa- 
rece en lontananza el rio caudaloso, como serpiente de 
plata que se arrastra mostrando á trechos y ocultando su- 
cesivamente su curso entre los variados accidentes del 
terreno; ó, lamiendo soberbiamente la mole de sus aguas 
el pié de la montaña, rodando por su lecho de rocas, 
levanta hasta la cima el estruendo de su caudal, como la 
voz de su poder y del abismo. El gaucho, cabalgado en 
su potro, admira en plácida quietud el cuadro y se 
siente dominando, por un momento, el mundo; las aves 
del cielo tienden su vuelo bajo sus pies; las nubes pesadas, 
que han bajado á la montaña, se cruzan, en forma de 
nieblas entre él y la tierra. ¿Cómo no sentirse poeta mi- 
rándose de pié en la región de los dioses? ¿Cómo no serlo 
si toda la creación se despliega á sus ojos como un divino 
poema? 

Pero, á veces, cayendo la tarde, el cielo ennegrecido con 
nubes enormes de senos obscuros que el rayo de tarde en 
tarde ilumina, anuncia la lluvia tropical. El estruendo de 
su paso en aquellas regiones es ciertamente magnífico. 
Nunca es mas sonoro ni mas lleno de magestad el trueno 
que cuando suelta su voz que se aleja rodando entre los 
cerros. Su grandeza tiene algo de la grandeza indefinible 
y soberana de Dios. Mas de una vez, al descender con 
rumbo hacia el hogar en la hora del crepúsculo, siente 
el gaucho cerca de sí el bramido del tigre, cuyo eco po- 
deroso, retumbando de cerro en cerro, corre hasta espirar 
y perderse en el extremo lejano. 

Dominado de este sentimiento poético, llenas tenia las 
horas de su vida de leyendas supersticiosas. Cuando, por 
ejemplo, en las noches tibias del estío, perdiendo su sueño 
el gaucho siente que pasa el viento silvando entre la selva, 
jura ser el gemido del alma errante y en pena de algún 
ajusticiado ó asesinado en un camino; cuando cruzando 



92 DR. BERNARDO FRÍAS 

de noche aquellos campos, un globo de fuego se levanta y 
camina por el aire, es un manojo de cenizas infernales 
alzado de la región de los muertos que, por misteriosa 
atracción, cuanto mas huye de él el caminante, con mayor 
empeño lo persigue. 

Y el gaucho que no siente miedo ni ante el tigre ni 
ante el enemigo mas bien armado y dispuesto, se san- 
tigua con fé profunda; murmura entre dientes el trozo 
incorrecto de alguna oración que aun conserva su 
memoria; muerde la hoja de su puñal que tiene para 
él influencia feliz contra los habitantes del reino de la 
muerte, y exigiendo á su caballo la fuerza de la carrera, 
llega á su rancho con el corazón enloquecido de pavor ú 
caer enfermo y moribundo. No teme ó la muerte; teme 
solo al misterio. 

La misma religión, sinceramente amada, estatm sujeta 
amostrarse envuelta en un velo de superstición; por que el 
espíritu religioso del gaucho pecaba de aquellas mismas 
brillantes debilidades. Aquel hombre y aquella religión, tan 
llenos ambos de misterio y de poesía, hablan nacido, al pa- 
recer, para pasar juntos la vida. 

Desde tres dias entes de morir, el alma del patrón, esca- 
pándose del cuerpo de su dueño moribundo, iba á despedirse, 
volando al través de las distancias, de sus capataces mas 
fieles. Los deudos de los gauchos, sus amigos mas estre- 
chos repetían esta misma escena en el acto de espirar, 
siempre entre los misterios de la noche. ¡Con qué tristeza 
y con qué expresión relataba ,el gaucho estas despedidas 
de los seres queridos! 

Ante la iglesia y sus atributos, se presentaba siempre 
lleno de una respetuosa veneración, de una fe profunda, 
sencilla, despojada de toda pasión y violencia, que lo hacia 
amar los misterios déla religión en un solo conjunto que 
encerraba, diríamos así, la suma del cristianismo católico. 
Dios,— padre, dueño y juez universal y justiciero, lo coronaba 
con su majestad dulce, hermosa y terrible, ü la vez; des- 
prendíanse de su seno como los raudales de la vida y de la 
muerte, por un lado, la gloria, paraíso de goces infin itos 
preparado, tras de la muerte, para los buenos, para los 
pobres y los perseguidos de la injusticia, de la desgracia 



HISTORIA DE GÜEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO II 9B 

del dolor; y, hacia otro lado, el infierno con el fuego y el 
diablo en su centro, para los asesinos, los crueles y los ini- 
cuos. Jesús, el buen Dios, que miraban clavado en una 
cruz, tan lleno de mansedumbre, habiasido pobre también 
y bueno y justo y santo, y habia muerto, sin embargo, 
perseguido por los malos y poderosos de la tierra. La vir- 
gen Maria llenaba con su dulzura y su poesía y su gracia 
delicada la fantasía del espíritu, la confianza del corazón y 
los cielos rosados del amor. Luego, enseguida se contaban 
aquellos ángeles pequeños y grandes que poblaban las salas 
de la divinidad y que, al lado de cada hombre, lo guarda- 
ban del mal y cuidaban su sueño; el purgatorio con la infi- 
nita tristeza de sus penas, lleno de las almas queridas; los 
santos de la iglesia que, abogados protectores de los hom- 
bres ante la justicia misericordiosa de Dios, les alcanzaban 
mercedes en sus empresas, en sus enfermedades, contra la 
sequía que agosta los campos y sementeras y que aniquila 
los ganados; contra las plagas dañinas, contra las pestes y 
en los momentos de mayor angustia por la vida del hijo, 
del padre ó del marido ausente y en peligro. 

Señalado tenia un dia santo del año para el comienzo de 
sus siembras, de sus cosechas y vendimias. En su rústica 
morada, siempre guardaba la imagen de la virgen ó de algún 
santo; un rosario, un escapulario ó una palma bendita. 
Una vela, ardiendo hasta consumirse delante de la lámina 
protectora, atestiguaba la fe y la confianza con que rogaba. 
El bautismo, la confesión para el trance de esta vida, la 
misa y algún trozo conservado en su memoria de alguna 
oración que murmuraba en los momentos de recogimiento 
ó angustia, eran preceptos que guardaba y cumplía, es- 
tando ú su alcance, siempre en la vida. Jamas el gaucho 
pasaba delante de algún templo, de alguna cruz, tantas 
veces alzada sobre una tumba al borde del camino, ó de 
algún sacerdote sin descubrirse en actitud respetuosa. La 
cruz era talismán eficacísimo para echar lejos al demonioJ 
ella, grabándola en el rastro dejado sobre el suelo por el 
animal herido, ó trazando su señal sobre la llaga, era 
segura medicina en el ganado. La cruz en el sepulcro; 
la cruz en el hogar; la cruz grabada en los cielos por las 
estrellas; la cruz formada con los dedos de su mano en 



94 DR. BERNABDO frías 

los momentos de la promesa ó del peligro y que besaba 
con unción profunda, era el símbolo de su salvación y su 
consuelo. 

Ademas de todo esto, la idea, la creencia religiosa no 
era, á pesar del ningún abono de su cerebro, sombra pe- 
sada que residiera en él sin vida; por que su espíritu vi- 
vaz tenia fuerzas que iluminaban su fe; y así discutía y 
aun llegaba ú explicar, á su manera, los arcanos mas 
profundos y obscuros del dogma católico, diciendo, por 
ejemplo, cuánta naturalidad habia en el misterio de la 
encarnación y en el alumbramiento de Maria sin ofensa 
á su pureza virginal, por que ello era semejante ala 
piedra lanzada en el espejo limpio y tranquilo de las aguas 
que, aunque parecía romper su tersa superficie, atrave- 
saba su seno sin dejar señal alguna de su paso. 

Pero el gaucho simplemente pastor, el de las regiones 
fronteras, feliz siempre y conforme con su suerte, así 
porque no sentia mayores aspiraciones hacia un progreso 
y perfeccionamiento de fortuna que para él no existían 
como por las condiciones adormecedoras y enervantes de 
aquel clima tibio y aun ardiente en que vivía, era, por 
naturaleza, holgazán. Oculto entre el bosque, abandonando 
el ganado, veíaselo pasar en las tardes del estío b(\jo la 
sombra de árbol frondoso y corpulento, el pesado sueño 
de la siesta. Su falta de diligencia no le inquietaba el 
porvenir, por que, su alimento, seguro en su rancho ó 
en la sala, como llamaba la casa del patrón, era, de ordi- 
nario, la carne siempre abundante y A veces el maiz; mas, 
& pesar de su desidia, poseía, en otras circunstancias, 
entereza de ánimo fuertemente varonil y una inteligencia 
por naturaleza despierta y de un talento tan ingenioso y 
rápido y sagaz, que le prodigaba recursos para salir feliz 
del mas inopinado conflicto, ya le fuera ofrecido por el 
cálculo de los hombres ó se lo presentara la misma na- 
turaleza. 

No tenia exparcída fama por su fuerza muscular; pero 
su cuerpo flexible y nervioso y por lo común delgado y 
fuerte, domaba con maravilloso imperio el caballo ó el 
potro indómito, y, dueño de él, fácil le era romper las va- 



HISTORU DE GÜEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO H 95 

lias con que aparecía cortar su paso una naturaleza virgen 
é inculta. 

Resguardaba el cuerpo de las injurias dolorosas con que 
le amenazaba esa naturaleza en el bosque salvaje, donde 
el gaucho practicaba la correría del ganado— por medio 
de un saco de piel flexible y curtida; y sus piernas, mas 
expuestas por su necesaria quietud, con otro arreo, á 
manera de grandes alas de piel fuerte de toro que, suge- 
las á la parte anterior de la silla y cuya anchura en ese 
punto correspondía al resguardo de las caderas, bajaban 
ensanchándose y en forma encartuchada, á mas abajo 
del pié. Aquella pieza se llamaba el coleto y esta última, 
el guardamonte. 1). 

Allí el gaucho de Salta se mostraba hombre maravi- 
lloso y extraordinario. Nadie en la tierra como él para 
correr en el monte. Por que, vestido de esta suerte, gine- 
te invencible era, que cruzaba con igual facilidad un 
campo abierto y solitario con la celeridad del relámpago, 
ó saltaba sobre obstáculo peligroso sin disminuir la mar- 
cha ó atravesaba la selva sin fin, espesa, enmarañada y 
espinosa donde casi no llegan á tierra los rayos del sol, 
tendido sobre el cuello de su caballo, jugando su cuerpo 
con destreza tal, que evitaba de ofensas á su cuerpo en 
el golpe de ramas y el choque de troncos, sin detener la 
velocidad de la carrera, persiguiendo sin descanso, hasta 
recogerlo en lugar oportuno, al ganado disperso. Era allí, 
en el centro de aquel laberinto del ramaje entrelazado y 
robusto y crecido con capricho y en desorden, que, cor- 
riendo siempre, arrojaba el lazo y cenia del cuello, del 
cuerno ó de un pié al toro asustado ó bravio que habia 
tomado la fuga, y corria con todo su aliento por entre 
aquella arboleda impenetrable, sin senda ni camino, ya se 
hallara en el llano ó en la montaña ondulada y en partes 
fragosa y por donde ascendía y bajaba con pasmosa cele- 
ridad, sin turbación ni tropiezo ni perder rumbos, cru- 
zando como sobre alas, por mortales precipicios y des- 
peñándose también desde ellos, alguna vez, pereciendo 



1) Por qae, arrollan iose ó volvíéadose h&cii atrás, guardaba las piernas 
- del ginete hasta la datara, de los daños que podía hRcerie el monte. 



96 DB. BEENARDb FRÍAS 

en el fondo del abismo, unido siempre & su caballo, sa- 
crificados ambos por un mismo arrojo. 

Pero aquello de reducir al toro y al potro indómito; 
aquello de atravesar las selvas y las montañas escabro- 
sas, era empresa para aquellos hombres, vulgar. La gloria 
del gaucho era vencer al tigre, el rey de los bosques ar- 
gentinos; y vencerlo solo, aunque las mas de las veces eran 
tres y aun cinco gauchos que se reunían. Allí, en aquel 
combate singular con el hijo terrible del desierto, la ex- 
posición de la vida era, en verdad, mas cierta é inminente 
que en un campo de batalla; el esfuerzo inmensamente 
superior y una muerte mas terrible se le ofrecía bajo los 
dientes y las garras de la fiera embravecida cuyas fuer- 
zas poderosas llegaban á quebrar el cuello de la bestia 
mas fornida; allí el gaucho de Salta renovaba las hazañas 
de las antiguas leyendas mitológicas; allí aparecía con toda 
la sublimidad de su grandeza y su valor. Seguido de sus 
perros bravos y diestros; penetrando en el bosque ó atra- 
vesando el campo solitario, leía en el suelo, para cualquier 
otro ojo humano imperceptible, la huella dejada por su 
enemigo que la noche anterior habia bajado de su guarida 
tt destrozar el ganado. Rastreaba al tigre. Hábil en su 
empeño, hallábalo, al fin, ora trepado como péjaro en 
árbol corpulento, donde hiriéndolo con el puñal sujeto, á 
manera de lanza, en el extremo de una pica, lo bajaba 
á tierra, donde trababa terrible duelo; ora, deteniéndolo 
en medio de la marcha por el avance de los perros que 
iban quedando tendidos y desgarrados en contorno, se 
lanzaba á luchar cara á cara con la fiera. Quiroga, se- 
guido y sitiado por el tigre en un campo solitario de la 
Rioja, conoció por la primera vez el miedo. El gaucho 
de Salta recibe su asalto tendiéndole la mano izquierda 
oculta bajo el guante de su poncho arrollado que se la 
introduce en la boca enorme y terrible que exhala tufa- 
radas de pestífero aliento, para embotar, así, el arma de 
sus colmillos, mientras con la derecha, armada del puñal, 
le destroza el corazón. Mas de una vez volvía ó era re- 
cogido el gaucho moribundo con el pecho, con los brazos, 
con la cabeza también magullada ferozmente en el com- 
bate. Así era como el gaucho de Salta se adiestraba en 



fflSTORIA DE GOEMES Y DE SALTA— CAPITULO II 



97 



QqueUa escuela de los héroes, en otrora de los dioses, 
pora lidiar mas tarde en mas reñida y gloriosa porfía, 
coa un nuevo adversario, grandemente mas digno, mas 
formidable y famoso:— el terrible león de las Españas. 



XIV 



I>espues de todo esto, bueno será decir que aquellos 
honnbres mostraban también los halagos y los desdenes 
coa que la fortuna acostumbra de tratar á los mortales. 
^ desigualdad, gran lógica de la existencia sea on este 
^^ndo ó allá en el cielo y aun bajo la vista misma de 
^ios, reinaba en ellos también. Habla gauchos ricos y 
&ÜUchos pobres. El gaucho en aquella primera condición, 
era, por lo común, propietario de un retazo de suelo 
donde levantaba su casa, formaba su familia, labraba la 
tierra, cuidaba de su ganado y traficaba gananciosamente 
en el comercio. Y era entonces, cuando llegaba ú esta 
altura de vida, que podia mostrar todas las virtudes civiles 
de que era albergue; por que su familia, desde la hora 
nupcial hasta mas lejos del sepulcro, se gobernaba bajo 
las preceptos del cristianismo; adquiría para ella cuanto 
sus recursos le permitían en orden á cultura y civilidad, 
pues era obsequioso y hospitalario, con un sentimiento de 
inclinación muy pronunciado al lujo y ú la elegancia así 
en el vestir como en el arreglo de su persona, de su 
caballo y de su casa. En el ajuar de su morada se notaban, 
como objetos sobresalientes, las prendas de plata, como 
lo eran su mate ó alguna cuchara de su mesa; los colores 
vistosos de sus trajes y las sortijas de plata y aun de 
oro de su mujer; y en cuanto á los arreos de ginete, 
donde el gaucho concentraba todo su orgullo y vanidad, 
podia verse la espuela de plata, la cabezada y riendas del 
caballo forradas, en gran porción, por 'el mismo metal y 
las monedas de plata grandes y pequeñas que, con el 
busto del rey ó el escudo español, tachonaban casi por 
completo el ancho cinturon, llamado el tirador^ con que 
sujetaba el chiripá ó el calzón, si también lo usaba. 
Los gauchos, ricos ó pobres, vivieron amigos de la 



98 DR. BERNARDO FRÍAS 

raza blanca por tradición, por educación y sentimiento; 
y, por las mismas causas, lo eran de la sociedad, de la 
familia, del amor, del lujo, del canto y del baile. Enorgu- 
llecidos contaban las narraciones de sus proezas en la 
rueda junto al fogón ó al pié del rancho y eran agudas 
sus observaciones y sus críticas. A pié, perdía gran parte 
de sus principales méritos y, á caballo se multiplícate en 
fuerza y recursos. Su hijo varón, antes de los cuatro 
años, era ya jinete que atravesaba las distancias en veloz- 
carrera. Este arrojo, estas hazañas estal)an destinadas á 
colmar el asombro de los generales españoles. La patria, 
en Salta, iba á contar desde aquella tierna edad, el número 
de sus defensores. 

No era, pues, el gaucho de Salta aquel vago sin Dios, 
sin hogar, casi sin patria que cruzaba sin ley ni sujeción 
& autoridad lejítima las pampas del sur; no era el hombre 
errante de los campos, huraño á la ciudad y su dominio, 
sin arraigo ninguno en la tierra, que poblaba las campañas 
del litoral, desde el Paraguay hasta el océano. 1) 

El gaucho de Salta era hombre religioso: conocía y 
respetaba las bases fundamentales de la sociedad civilizada, 
y amaba con pasión su provincia; tenía su casa, su familia 
y sus bienes propios; muchos de ellos eran propietarios 
territoriales, base de toda civilización, y en su inmensa 
mayoría, eran pacíficos colonos en las grandes propieda- 
des que pertenecían ú los poderosos ó ricos; propietarios y 
colonos, todos sujetos á la santa ley del trabajo, virtud 
en que descansan el progreso y la paz de los estados. 
Porque es verdad indiscutible que el campesino de Salta, 



1) • A uno y otro lado del Uruguay, desde el delta del Paraná ¿ las fron- 
teras del Brasil y desde el Paraguay á Jas riberas del Atlántico, donde 
los ganados y ef hombre crecían y se multiplicaban libres y salvages, 
el hombre tenia allí la carne, el fuego y el asua sin ningún trabajo. 
Es imposible pues, que el atiento creador de los intereses económicos, 
que solo se levantan en la vida urbana, hubiese podido penetrar en 
nuestros campos. Asi es que la población errante que se habia apo- 
derado de ellos, habia crecido desparramada, inculta y. vagabunda. La 
extensión indefinida que ocupaba, hacia que el derecho de la propie- 
dad raíz fue^e inútil para sus habitantes, y hasta se puede decir que 
era desconocido. Dueño de los ganados que pacían por los campos, 
era claro que no tenia necesidad ninguna de pedir á la tierra ese 
fruto sabroso de la agricultura, aue civiliza por el trabajo y por la 
influencia de las leyes que rigen las producciones del suelo. £i gau* 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA- CAPÍTULO II 99 

casi sin excepción, si no era propietario, era peón ó salario, 
ó arrendaba por su cuenta la tierra, sujeto y respetuoso 
siempre á esa disciplina social, diriamos así, y, bajo 
cierto aspecto, doméstica que hablan impuesto, al través 
de los siglos, las costumbres patriarcales de nuestros 
mayores. 

Y como las generaciones se habían sucedido bajo la 
sombra de aquellas seculares y pacíficas costumbres, jamas 
llegaron á asomar disidencias por antagonismo de razas 
ni ambiciones ó envidias por gerarquias sociales ó de fortu- 
na que de aquel modo imperaban; por que aquel yugo de 
la condición social que era, en verdad, suave y benigno, 
merced á la índole generosa y liberal del hijo del pais de 
raza española, produjo, en el campesino, el cariño á la tierra 
y el cariño ó su dueño. Esto vino á formar el espíritu de 
unión afectuosa entre los ricos propietarios y las pobla- 
ciones pobres, pero de tan leal y sincera manera, que, al 
estallar la revolución, viéronse alzar de todos los puntos 
del territorio masas de gauchos y escuadrones de soldados 
milicianos, capitaneados y entusiasmados por la voz de 
aquellos patrones, que los costeaban con su propio peculio, 
y correr á hacer la guerra por su cuenta, sacrificando por la 
causa común de la patria, cuanto goce y bienestar les 
ofrecíala paz bajo el benigno régimen que contenían para 
ellos las viejas instituciones españolas. No eran esclavos, 

cho argentino a) vi^ia absoluto é independiente, con un individua- 
lismo propio y libre de bus padres, apenas comenzaba á sentir las 
Srimeras fuerzas de la Juventud. Armado del lazo, podia echar mano 
el primer potro que le ofrecía mejores condiciones para su servicio, 
escogía por su propio derecho, la vaca mas gorda para mantenerse; 
y, si necesitaba algún dinero para procurarse alguno de los objetos 
comerciales que apetecía, derribaba tantos t')ros cuantos quería, les 
sacaba los cuernos é iba á vend^^rlos en las aldeas de las costas. La 
ley civil ó política no pesaba sobre él; y aunque no había dejado de 
ser miembro de una sociedad civilizada, vivía sin sujeción ¿ las leyes 
primitivas del conjunto. Tomaba una mujer de su clase, libre como 
el, sumisa y buena, sin cuidarse mucho de las formas con que se unía 
á ella. Por lo general, apenas llegaban las mujeres á la pubertad, 
eran roh<ida9 del rancho ae sus padres, que desaparecían voluntaria! 
mente con un hombre de su afecto, saltando ¿ las ancas de su caballo- 
V DO pocas veces, volvían con dos ó mas niños k la choza de donde 
oabia huido, sin que esto tuviese consecuencias ni causase la menor 
contrariedad en la familia.» (V. F. López, El Año XX, cuadro general 
y sintético de la revolución Argentina, 

a) £1 del litoral, debe entenderse. 



100 DR. BERNARDO FRUS 

ciertamente, los que iban á labrar aquellas maravillas. 

Conviene notarse, ademas, que el patrón tenia sobre el 
campesino radicado en sus tierras, maravilloso influjo, 
por que, ú mas de la influencia de su altura social, inte- 
lectual, de fortuna y aun de tradición que sobre él ejercía, 
era dispensador de favores para aliviar la miseria de esa 
clase pobre; era el oráculo que iluminaba las dudas de su 
conciencia y las turbaciones de su corazón; el gefe de las 
milicias y de la policía de la comarca, lo que lo convertía 
á sus ojos como única autoridad poderosa en la tierra; 
pues el rey, como hasta cierta medida sus gobernadores 
residentes en el seno de las ciudades capitales, acaso era 
para los campesinos, mito de historia extrangera. 

Pero lo que si fué notorio en ellos, en gran medida 
inspirado por el ejemplo de la clase blanca americana, 
era el vivísimo desprecio que sentían por los españoles 
de la clase bega que, por su origen, eran á sus ojos, ex- 
trangeros que se vanagloriaban de gobernar como dueños, 
la tierra, haciéndose desdeñables en su concepto, no tan 
solo por su ignorancia, su clase y maneras ordinarias y 
duras, á las veces, cuanto muy especialmente por su 
falta de hábitos de á caballo, en aquella época en que el 
aristócrata americano era tan ginete ó gaucho, como en- 
tonces se decia, como el mas afamado campesino, y que, 
ante un pueblo como aquel, crecido entre la grandiosidad 
de sus selvas, de sus campos y de sus rios, aparecían como 
una vergüenza humana y como seres dignos de lástima y 
de risa, mereciendo, al propio instante, los apodos ofen- 
sivos de gallegos y maturrangos con que se expresaba su 
ineptitud y torpeza en el manejo ó dominio de todos 
aquellos elementos de primitiva grandiosidad de que 
eran dueños aquellos hombres famosísimos, que así se 
batían á puñal con las fieras en el bosque como hacían 
juguete de su pericia las selvas espesas y espinosas que 
las cruzaban como los pájaros el cielo; que vadeaban sus 
rios caudalosos como lo hacían sus peces, ginetes incon- 
movibles en sus caballos; y atravesaban los campos, al 
parecer inflnilos y cuya soledad infunde miedo, sin ex- 
traviar rumbos, y conocían, como los trastes de su mo- 
rada, las sendas y las huellas casi imperceptibles al ojo 



HISTORIA DE GÜBMES Y DE SALT fiL-CAPÍTULO II IM 

humano, trazada por la planta mas leve, por todos los rin- 
cones de la tierra, y, á extremo tanto, que no podría de- 
cirse con fe de verdad, donde hobia sido mas grande la 
manifestación de Dios, si en la formación de esa naturaleza 
imponente y maravillosa y espléndida ó en la creación de 
aquel espíritu tan fuerte, de luminosísimo ingenio y de 
valor extraordinario y de apasionados sentimientos que 
encerraba la modesta pero gentil ñgura del gaucho del 
norte. 

Dejando, asi, diseñado lo que era la sociedad de la anti- 
gua intendencia de Salta ahora un siglo, es fécil persua- 
dirse que un pueblo que trabaja; un pueblo que comercia 
con capitales sin rival en su grandeza; que sabe defender 
militarmente su territorio; atraer á su seno la mas distin- 
guida raza; que levanta su cultura social á extremo que, 
á su lado, las demás sociedades casi eran obscuras, á la 
manera que lo fueron los magnates de París ante la cultura 
italiano del siglo XV; un pueblo, en fin, que labra la tierra y 
fabrica sus tejidos y practica las artes útiles y tiene escue- 
las y venera, hasta por la gente de sus campos, los santos 
rudimentos del cristianismo, es fácil persuadirse, decimos, 
de que es un pueblo verdaderamente civilizado. 



XV 



La pequeña propiedad rural pertenecía ó bien ú esta 
clase de campesinos ó á los decentes de la campaña de 
raza española pero vulgar, especialmente en la parte cen- 
tral de la provincia, cuya proximidad á la capital la alle- 
gaba mas al roce de los negocios; tierra toda de pan llevar 
que forma «el valle de Salta ó de Lerma, que es ameno, 
de agradables vistas, anchurosos campos en que, fuera 
de las abundantes cosechas y crias de ganado, tenian sus 
vecinos abundantes quintas y casas de recreo. Coronado 
todo el valle de sierras y montañas, descienden de ellas 
varios rios y arroyos que descansan en el plano y fertili- 
zan sus campiñas. » A lo largo de su carrera, se alzaban 
las villas pintorescas de la Caldera, de Cerrillos, del Ro- 
sariO) de Chicoana, Puerta de Diaz, la Viña y Guachipas, 



102 DR. BERNARDO FRÍAS 

en el extremo sur, tocando las montuosas escabrosidades 
de las sierras. Ellas acusaban la cultura y el progreso 
social que penetraba, con el comercio, al interior del 
territorio. 

Mas, por lo que hace á la pequeña propiedad del gaucho, 
ella era porción reducida, por que, como esta clase fuera, 
por condición, ignorante, vivía, en su gran mayoría, al 
amparo de las grandes propiedades, cuyos gefes, por lo 
general radicados con su familia en la ciudad capital, 
tenían entregados al cuidado de sus gauchos, sus intere- 
ses y sus tierras, en gran parte divididas y dadas en 
pequeños arriendos, donde cuidaban del ganado propio ó 
las cultivaban con florecientes sementeras ó lo eran, allá 
en la parte montañosa del poniente, llamada de los Valles^ 
dadas en censos perpetuos y en enfitéusis, lazos casi in- 
disolubles que adherían estas familias pobres á la tierra 
én un sistema de propiedad que, siendo de ellas, perte- 
necía, por razón de su gravamen, eternamente al primitivo 

señor. 
Era esta la única región en que se estableció y alcanzó 

ú florecer el sistema feudal en sus caracteres mas acen- 
tuados:— la dominación arbitraría y absoluta, por un lado, 
y la servidumbre personal por el otro. Por que aquellas 
regiones, engrandecidas otrora por la civilización peruana, 
habían sido militarmente conquistadas y sojuzgadas y re- 
partidos en encomienda sus moradores, desde el centro 
de Catamarca hasta el desierto septentrional de Atacama, 
tras una resistencia sangrienta, porfiada y heroica por 
mas de cien años contra la conquista y dominación espa- 
ñola. Los nombres de quilmes, de diaguitas, de guachipas, 
de pulares, de tolombones, de chicoanas, de tilíanes y el 
de calchaquies, principalmente, que abrazó con su fama 
los demás pueblos, llenan las antiguas pajinas de sus 
anales. Uno de sus caciques celebrado « por su valor y 
buen gobierno, » D. Juan de Calchaquí, cristiano conver- 
tido por los misioneros, había llegado en sus triunfos 
hasta poner cerco á Salta y aterrar á Tucuman; y los ca- 
pitanes de su ejército, bravos, orgullosos y gallardos, se 
presentaban en el campo luciendo las celadas, los escudos, 
las espadas, las corazas, los puñales y lanzas arrebatados 



HISTORIA DE GOEMES Y DE SALTA-CAPÍTULO II 103 

á los tercios españoles en gloriosa pelea. Vencidos al fin, 
después de empapar su tierra con sangre de enemigos 
y defensores, fueron sometidos á encomiendas, régimen 
peculiar de la conquista que encerraba los tres principios 
inscriptos en su bandera:— el sojuzgamiento del vencido, 
la civilización del bárbaro y la propagación de la fe cató- 
lica. Siguiendo este sistema, el gobierno entregaba en 
encomienda A algún capitán propietario de tierras recien- 
temente conquistadas y dadas en merced, 1) cierta por- 
ción de naturales, para que los gobernara bajo aquellos 
tres principios soberanos, encomienda que importaba, á 
la vez, obligación de amparo y patrocinio para defender 
la persona y bienes de los indios; gozando el encomendero, 
en recx)mpensa de este favor, del trabajo personal de 
aquellos neófltos en la labor de sus tierras. 

Mas aquellos preceptos se olvidaron y se torcieron como 
todas las leyes protectoras de esta raza desdichada, tor- 
nando la encomienda en dura y dilatada servidumbre. 

Sin embargo, sea en honor de la civilización española 
que, por dura que haya sido su dominación, no degfadó 
la especie humana; y así como la raza principal mostró, 
á su tiempo, civismo tan viril y virtudes tan excelsas, las 
razas sometidas no recibieron el envilecimiento de la 
esclavitud. 

Las poblaciones calchaquíes de abolengo militar y heroi-»- 
co, habian perdido, en 1810, la memoria de sus antiguas 
tradiciones; se olvidaron de ellas como se olvidaron de 
sus dioses y de su idioma, el quichua del Perú. Esa 
raza conservó su nobleza, su dignidad moral en medio 
de la servidumbre é que fué sometida, respetando como 
un derecho de clase superior, como se respeta é un go- 
bierno fuerte, si se quiere, mas no corrompido, la auto- 
ridad de mando en los grandes propietarios de raza 
española, que se repartieron su tierra. Aquella servidum- 



1) Donación que hacia «I gobernador en nonabre del rey, de una porción 
de tierras en linderos señalados y sin perjuicio de mejor derecho, y 
que el donatario tenia obligación de poblar en el plazo de seis meses, 
con ffus ganados y servicio, debiendo, en las fronteras, tener armas 
y caballos para acudir ¿ los llamamientos de guerra. De su posesión 
no podia ser privado sin primero ser oido y por fuero y derecho 
veucido. 



104 DR. BERNARDO FRÍAS 

bre, producido por la fuerza de la victoria de las armas, 
de la inteligencia y de una mas adelantada civilización, 
estableció, bajo obediencia casi religioso, lo inferioridad de 
la clase vencida; formó y educó, de esto suerte, su espí- 
ritu, de suyo noble, inteligente, manso, bondadoso y hon- 
rado, y aun despertó en él adhesión mas nunca odio y 
repulsión de clases. 

Bojo este régimen, los calchaquies vivieron propietarios 
de tierras, arrendatarios en las grandes propiedades y 
peones á jornal bajísimo en otros]puntos. Mas, en ciertos 
parages, la dominación del absolutismo señorial era dura 
y por todo extremo abusiva. En la región central, por 
ejemplo, la pequeña propiedad que había quedado en 
general á la raza vencida, aun que existieran algunos 
fundos libres, esta]>a gravada y vinculada eternamente á 
la grande propiedad. Regiones de leguas, verdaderamente 
inmensas, eran propiedad de una sola familia patricia. 
Por los derechos de aquellos feudos, los hombres presta- 
ban su servicio personal, por determinado número de 
dias, al señor del lugar, en pago del derecho de vivir en 
sus tierras; los frutos de su industria no podían venderlos 
óon la soltura de los hombres libres; el patrón se los com- 
praba á precio vil y antojadizo, fijado por él sin observa- 
ción y, dueño del cúmulo producido por sus vasallos, lo 
revendía en los mercados, recogiendo ganancias superiores. 
Así como sus bestias, arrendaba sus hombres, con espe- 
cialidad para guias prácticos en las cerranias y pasos de 
la cordillera nevada. Las mujeres hilaban la lana que 
producían los ganados del fundo señorial; en sus famosos 
'telares, donde eran tan afamados los abrigos de ñnísima 
vicuña, se fabricaton los tejidos de lana, teñidos de colores 
rojos y azules por lo común, con que vestía, sin excep- 
ción, toda aquella población de los valles: allí se pre- 
paraban también sus sombreros y sus ponchos. En aque- 
llos parajes el chiripá, como el gaucho, eran desconocidos, 
excepción de ciertos lugares, como en San Carlos; era su 
troje el calzón y la camisa en el estío;- blusa de lana y pon- 
cho en el invierno. 

Aquel valle, en que se aclimató de esta manera el feu- 
dalismo, es de un semblante completamente diverso del 



I 

I 



raSTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPITULO H 106 

que muastran las regiones orientales y el valle central de 
Salta. Por este lado, lujosa vegetación cubre los planos 
y las montañas de pastos riquísimos que, entre cuatro y 
seis meses engordan de ley el ganado, y de bosques de 
árboles corpulentos, donde reinan las ceibas, de flores de 
escarlata; los molles, de peinada melena é inmortal ver- 
dor; las tipas, de elegante y altísima figura; los cedros, 
los nogales silvestres cuya fronda generosa abre salones 
ú sus pies; parages llenos del alegre amor de los pojaros 
y del suave clamor de las ])ri§as. Pero, hacia el poniente, 
rompiéndose aquellos cerros verdes y arbolados, si son 
vistos de cerco; azules como trozos de cielo derrumbados 
si se los mira en lontananza, se abren en quebradas tor- 
tuosas, recorridas por caudales de aguas turiMas, de lecl|0 
cenagoso, que conducen al vecino valle. Desde allí, cam- 
bia la decoración como en un teatro. La naturaleza se trans- 
forma. Como si odiara sus galas, la tierra aparece triste 
y severa, despojada de sus pompas verdes. En el seno de 
sus hoyas arenosas solo levantan su raida melena solitarios 
algarrobos, y en sus cerros volcánicos, áridos y terrosos, 
rojizos ó cenicientos que cortan el horizonte por doquiera, 
se alzan, trepando hasta la cima, aislados, de trecho en 
trecho, los cardones; ái'boles sin hojas, de tres metn>s y 
mas de elevación, de* entrañas acuosas y blandas, de tronco 
grueso, corto y espinoso de donde se desprenden y se al- 
zan rumbo al cielo, rectos y de un espesor uniforme sus 
cuatro y seis brazos cilindricos, acanalados y de términos 
redondos, que cubren el inmenso lomo de los cerros. Reme- 
dan, á la vista, enormes candelabros ó mecheros que ilumi- 
naron una vez con sus antorchas, el antiguo desposorio de 
aquella tierra con el mar, cuyo suelo de arenas que re- 
mueve el viento, atestigua todavía su tálamo abandonado. 
Por su aridez, por su monotonía, por su tristeza parece 
hubiera cruzado por allí el soplo de la muerte. Y, sin 
embargo, es el pais de la mas noble fecundidad; pais de 
la salud y de la vida, sus moradores casi cuentan él siglo 
y sus cepas se escapan á la brazada de un hombre. Re- 
gión de los vientos, del trueno y del rayo; panteón de 
caducos dioses, de restos sepultados de una civilización 
perecida, de la cual no queda mas que el sol como re 



106 DR. BERNARDO FRÍAS 

cuerdo vivo derribado de su antiguo altar. El lucero de 
la tarde y las estrellas que abrillantan por la noche el 
cielo, representaban para sus antiguos habitantes, las almas 
de sus curacas difuntos. 

Sus planos, áridos al parecer en su mayor extensión, son 
la tierra de la higuera, de los mejores trigos, de la alfalfa ó 
pasto de engorde que por allí es hierba perenne, y sobre 
todo ello, de la uva y del vino. En su centro, en la región 
de San Carlos, sus campos y sus cerros son pastosos y 
excelentes criaderos de ganado; grandes acopios asnales flo- 
recían por allí, que eran vendidos en los pueblos del Alto 
Perú, para la indiada traficante; la vicuña, la chinchilla, 
la oveja, la cabra y las bizarras crias de caballos andaluces, 
tan de elegante moda en aquella época, eran otras de sus 
fuentes de riqueza. 

De esta suerte, mientras las regiones orientales de Salta 
quedaron, cual lo hemos visto, sujetas á la vida atra- 
sada y primitiva de la estancia pastoril, del bosque bravio 
y salvaje, distantes del espíritu culto y progresista 
y privadas de los recursos mas ansiados para hacer liviana 
la carga de esta vida, teniendo sus moradores por vivienda 
el rancho aislado y pajizo, aun tantas veces para el dueño 
de la estancia,— el valle de Calchaquí, « valle famosísimo, 
conocido por la mucha sangre española que vertió en él, 
el esfuerzo de sus moradores, » venia, desde'antiguo, po- 
blado por raza industriosa, rota su tierra por el surco de 
la agricultura, donde imperaban las leyes de una sociedad 
ordenada; y su fama y su riqueza atrajo ó su seno, desde 
temprano, la población española, contándose en esta la 
clase mas distinguida, y formándose villas de noble ve- 
cindario, industriosas y comerciales, con casas amplias y 
fuertes y con templos lujosos, como Cachi, como San 
Carlos, capital de toda la región donde se establecieron 
las grandes industrias de la vid. Las mansiones señoria- 
les, levantadas en todas las grandes fincas, eran inmensas, 
pesadas, de altos, y su frente de doble galería de arcadas, 
y de la misma arquitectura que ostentaban los cabildos de 
las ciudades capitales. 

Tales eran los pueblos que constituían la antigua inten- 
dencia de Salta. Todos reconocían el gobierno político y 




HISTORIA DE GOEBÍES Y DE SALTA-CAPÍTULO II 107 

social establecido; todos vivian y progresaban bojo la ley 
del trab€uo; todos profesaban la religión católica y hablaban 
exclusivamente la lengua castellana. Solo en la población 
bcija de Santiago del Estero— antigua colonia peruana, 
y en algunos puntos septentrionales de Jujuy, linderos con 
Bolivia, como Yavi ó Santa Catalina, se hablaba por los 
indijenas la lengua quichua, todavía. El español no les 
era, sin embargo, desconocido. 

LA SALTA ESPAÑOLA 

XVI 

Era la ciudad de Salta, entonces, mas pequeña, pero la 
población se hallaba mas condensada y puede conjeturarse 
sin mucho riesgo de ser exagerado, que su número era 
próximamente igual al que hoy mantiene, si bien se con- 
sidera que, aun después de haber desaparecido el comercio 
con el Perú, que fué causa principal de su perdido es- 
plendor, y haber padecido por quince largos años las cala- 
midades de una guerra desastrosa y apasionadísima, 
arrojaba, en 1825, una población de 70.000 almas la pro- 
vincia, en cómputo imperfecto, como es de suponerse. 1) Sü 
ediflcacion respondía directamente ó la clase é importancia 
social de sus moradores, pues su fisonomía era, como 
hasta hoy se conserva en buena parte, visiblemente espa- 
ñola; y aquellas mansiones espaciosas y de aspecto seño- 
rial; aquellas ventanas de grandes rejas voladas: aquel 
número considerable de casas de alto, que le daban ele- 
gancia y suntuosidad, hacían, entre mil otras causas, justicia 
á su rango de ciudad de alta nombradla. Como la ciudad 
hubiera sido edificada en una hondonada aprovechando 
los profundos pantanos que la rodeaban para hacerla 
lugar fuerte contra los avances de los bárbaros, la atra- 
vesaban de occidente á oriente, siguiendo el suave declive 
del terreno, dos surcos profundos, uno al norte, al 
sur el otro, por donde se encarrilaban las aguas que, 

1) Documentos de un censo levantado en la administración del general 
Arenales; Arch. de Salta. 



108 DR. BBBNARDO FRÍAS 

de los terrenos mas altos del norte y las loniadas del po- 
niente, llamadas de Medeiros.y San Lorenzo, bajaban é 
inundaban la ciudad en la época de las grandes lluvias, i). 
Eran de traza irregular y tortuosa, de aspecto rústico en 
exceso, cubiertos de aquellas plantas propias de los terre- 
nos anegadizos, unas de hojas pequeñas y flotantes en 
los fangos; otras de grandes hojas de verde alegre, que 
allí se alzaban y florecían hasta que las nuevas crecientes 
las arrastraban, formando fangales á lo largo de sus cos- 
tados. En las encrucijadas del centro de la ciudad, puentes 
de piedra facilitaban su poso. El canal del norte, desti- 
nado á adquirir su celebridad histórica, llamábase Tagarete 
de Tinco, por ser este el nombre del vecino mas expecta- 
ble de la calle que recorría, la que hoy lleva el nombre 
de bulevar Belgrano. Así como este, eran los nombres 
de sus calles, tomados de sus templos, de su comercio, 
de algún lugar público ó del principal vecino. Su piso 
era rústico, como lo eran estos sus canales de desagüe; 
tenian su suelo desnudo, que solo en las esquinas, unia una 
acera ú la otra, una cinta de grandes piedras planas, para 
facilitar la travesía cuando las lluvias del estío las cubría 
de agua ó de lodo, y solo llegaron ó ser cubiertas de 
pavimento de piedra en la época de la revolución, cuya 
obra fué hecha por los rendidos del ejército real, lo cual 
infundía un verdadero orgullo á los cívicos, como enton- 
ces comenzó á llamarse á la plei>e de la ciudad transfor- 
mada en soldados de guerra. 2) En sus esquinas, gruesos 
postes de madera labrada se hallaban clavados en el 
íingulo preciso de la acera, que era de piedra rústica y 
plana, con el objeto de salvarlas de la iryuria de lascar- 
retas al doblar la calle, por que en ellas se efectuaba el 
tráfico continuo de su comercio. 



1) En nlgunas encrucijadas casi centrales de las calles de Buenos Aires, 
se ahogaban los lecheros en los remansos que hacían las aguas en 
los días de grandes lluvia?, y que en Salta se evitaron, merced á estos 
canales de desagüe. 

2) Esta obra solo alcanzaba al cuadro de la plaza mayor y la calle drl 
Comercio, hoy Caseros, deide S Francisco á la Merced; y la del Yoí?ci, 
después, de la Victoria desde el 21 de Febrero de 1813, y desde 1900, £s- 

gaña; (t ) importando esta mutación una doble injuria; una á la Patria, 
errando* sus recuerdos, y otra á España recordándole con su nombre, 
la vía por donde entraron los vencedores. 



HISTORIA DE GÜBMBS T DB SALTA— CAPÍTULO ü 109 

La construcción de los ediñcios era de adobe, con ciertos 
puntos de ladrillo; sus cimientos de piedra y muy rara 
vez sus muros. Las casas* eran, por lo regular, de un 
solo piso, pero, aquellas del núcleo central ó las que 
eran mansión de vecino rumboso y acaudalado, eran, por 
lo común, de altos en su frente ó llevando, á las veces, 
un altillo en su extremidad y constituían la morada de 
la nobleza y del comercio. Su entrada principal presental)a 
una gran portada, adornados sus costados por anchas 
columnas de caras planas, empotradas en la pared, y 
terminando en dibujos compuestos de aglomeración de 
líneas en relieves curvos y angulosos, que formaban su 
pesado frontispicio. Sus puertas, como sus muros, espe- 
sas, de regulares dimensiones y aseguradas y sostenidas 
por enormes herrajes españoles; el zaguán de entrada y el 
salón principal eran algunas veces de alta bóveda; gran- 
des sus patios, de forma cuadrangular, ediflcados en sus 
tres costados, por lo menos, sin ser afeados por chatas 
galerías ó corredores, los que eran relegados ú los inte- 
riores, y su salón principal en extremo espacioso, como que 
era destinado ú las recepciones y al l>aile, tan frecuentes 
y tan en boga en aquellos tiempos; siguiéndose cuartos 
pequeños y obscuros ú otros salones interiores, según el 
gusto y fortuna de su dueño, que lleval)an todos el techo 
descubierto, con sus paredes bañadas con cal, sobre re- 
boques construidos sin regla, que formaban ondas suce- 
sivas en que anidaba el polvo, excepción hecha de la sala.— 
La sala, la alcoba y el aposento, eran las piezas principales 
de una casa de buen tono. Fueron de uso general las 
ventanas, en cuyas puertas solamente se usaba de vidrieras, 
y alguna vez en la principal de la sala; las habla 
tanto sobre la calle, voladas como balcón para dar 
comodidad & la vista, como en la sala y demás prin- 
cipales piezas interiores, y estaban defendidas todas ellas 
por fuertes rejas de hierro de barrotes rectos, como los 
balcones; y los habia también, unos y otros, de madera. 
Una casa de altos llevalia. por lo común, un gran balcón 
sobre la puerta de entrada, y sobre las demás, balcones 
mas pequeños, y muchas veces, ventanas de rejas cerradas, 
precaución con que el celoso y severo padre español 



lio DR. BERNARDO FRÍAS 

guardaba las hijas de las libarlas de peligrosos y noctur- 
nos amoríos. Los techos, en mayoría de casos, eran bajos, 
especialmente en los altos; y los corredores, mas bajos 
aun que las viviendas, sin que ocultaran parapetos la vista 
de sus tejados, los sostenían columnas labradas de madera; 
y como los sitios en que se elevaban estas construcciones 
eran grandes, terminaban casi siempre en el espacio 
abierto del fondo, llamado huerta, destinado al cultivo de 
árboles frutales y jardines interiores. Los pisos eran ves- 
tidos de lajas irregulares en los patios principales y de ladri- 
llos en las viviendas; el suelo desnudo, especialmente en 
los patios, solo se hallaba en algunas casas pobres. 

Aunque para el gusto de nuestros dias aparezca gro- 
tesca aquella arquitectura, eran, sin embargo aquellas 
mansiones, viviendas alegres por lo espaciosas y de un 
coryunto hasta imponente y severo. 

Las viviendas de la clase pobre eran todas chatas, de 
un solo piso, ostentando, á lo largo de las calles, sus ri- 
sibles mojinetes y cuyos techos terminaban, hacia la via, 
por unas prolongaciones casi tan anchas como la acera, 
conocidas con el nombre de alares, que servían para gua- 
recer de los rigores del sol y de las injurias de la lluvia 
á los transeúntes. 

Toda ciudad española se habia fundado señalándose, en 
sitio preferente, la plaza, en cuyos costados se elevaban 
la iglesia mayor y las casas consistoriales con la cárcel 
pública. Salta no tenia mas que una plaza llamada mas 
tarde de Urquiza, y hoy 9 de Julio, y la cual solo era 
espacio abierto, escueto y desnudo de jardines y arboledas, 
atravesada, por su centro, por anchas aceras diagonales 
de piedras planas, y que formaban lo que vino á llamarse 
la estrella. Dos cuadras hacia al oeste, existia la Plasuela 
de la Merced^ de un tercio de cuadra, extendida al frente 
del templo y convento de mercedarios. Al lado de estos 
lugares abiertos que son higiene, comodidad y ornamento 
de las ciudades, conviene hacer memoria de los huecos 
ó sitios que se hallaban vacios, sin edificación, que con- 
torneaban las afueras de la ciudad y que servían de basu- 
rales y depósito de inmundicias, y mas tarde^ durante 
la guerra, de apostaderos de las partidas. La ciudad termi- 



fflSTORIA DE GÜEME8 Y DE SALTA— CAPITULO II 111 

naba, por la parte del poniente y del sur, en sus quintas, 
llenas de jardines y arboledas frutales, que constituían 
lugares de paseo, y mas el sur, por su manso rio « en cuyos 
remansos las hermosas hijas de Salta van á zabullirse 
y triscar como las ninfas de la fábula, abandonando á las 
ondas sus largas cabelleras.» Hablan dos conventos, 
de franciscanos y mercedarios, y, de todas sus iglesias, solo 
la de San Francisco y su claustro hacian honor á la arqui- 
tectura española, estando todas ellas consagradas, á mas 
del servicio del culto, ü servir de enterratorio á la 
población. 

El centro comercial dominaba en parte de la plaza mayor, 
y en la calle del Comercio, hoy Caseros. Las tiendas de 
aquella época no tenian la extensión y elegancia que mas 
tarde adquirieron y estaban encerradas en cuartiyos peque- 
ños, el cuadro de una esquina, por ejemplo, en donde se 
aglomeraba cuanta clase de mercaderías existían fáciles 
de ser expuestas á la vista del público, desde la sedas y 
los paños europeos hasta el papel y los libros y los cristales; 
figurando á su frente, para el expendio, á mas de sus gefes, 
que algunas veces eran doctores y de gran talento, como 
lo fueron Boedo y Zorrilla, por ejemplo, las mismas hijas 
solteras, que reemplazaban á los dependientes, y que 
se turnaban en los quehaceres domésticos. Las mismas 
señoras, y del mas alto coturno, reemplazaban en la regencia 
comercial de la casa, con éxito brillante, al esposo ausente, 
en los períodos de sus viajes. Las pulperías, que se redu- 
jeron á 53 en los primeros años de la revolución, 1), 
ocupaban casi todas las esquinas de la ciudad, hallándose, 
por ende, en todos los barrios, y en donde se vendía 
cuanto había de menor cuantía y significación. 

La iluminación de las calles en las noches obscuras se 
reducía al farol de vela de sebo, de luz mortecina y ama- 
rillenta, que, por orden del cabildo, cada casa de comer- 
cio estaba obligada á mantener el frente de su puerta 
hasta las diez de la noche, la que recibia el concurso 
que prestaban los faroles que pendían en los zaguanes de 
toda casa principal: y es justo tener bien en cuenta que 



1) Archi.de Salta «Hacienda, 1813." 



113 DR. BERNARDO FRÍAS 

este verdadero adelanto urbano, apenas gozaba Buenos 
Aires y otras muy pocas ciudades de América y de Es- 
paña, aun la misma Madrid, donde la resolución del gobier- 
no sobre la adopción del alumbrado público, liabia produ 
cido una verdadera conmoción popular, de espíritu tan 
hostil, que derrocó, nada menos, que el ministerio del rey 
Carlos III. 

Agregando ú este conjunto de detalles aquellas carretas 
tiradas por bueyes que atravesaban sus calles ú paso 
lento, jimiendo horriblemente sus ejes de madera y en 
donde se introducían los efectos del comercio en los últi- 
mos tiempos y las producciones valiosas de la campaña; 
aquellas bestias cargadas del pienso y del combustible» 
aquellos vendedores ambulantes, hombres y mujeres de 
ú caballo que repartían los menesteres diarios ú las familias ó 
ya aquellas sentadas ü lo largo del cordón de los aceras, que 
eran todas mulatas y negras libres, comerciantes en frutas, 
bebidas y amasijos; aquellos paseos ñ caballo de grandes 
cortejos para placer y esparcimiento del ánimo, y los 
banquetes con que celebralia Ins fechas venturosas ú ofrecía 
su cumplimiento ú huésped distinguido la sociedad ele- 
vada, y á donde asistían las damas con igual medida que 
los varones, terminando, según elegante costumbre, con 
la gravedad de los discursos bien compuestos en que bri- 
llaba la elocuencia que encanta y seduce á los hombres y 
también con brindis inspirados y chispeantes; aquellas pro- 
cesiones tan abundantes y solemnes que atravesaban sus 
calles y que, cuando era el viático, su divina presencia vela 
caer de rodillas á todos los habitantes á su paso; aquellos re- 
piques tan prolongados y frecuentes en sus templos, por que 
llegaron á levantar mas de una vez sus quejas al gobierno los 
estudiosos, los enfermos y los hombres de negocios; y aque- 
llos cortejos funerarios con que el difunto noble atravesaba 
las calles en lúgubre procesión, llevado á pulso por sus deu- 
dos yhaciendo posas, osean descansos en cada esquina, don- 
de se entonalDan las preces religiosas, hasta llegar al sepulcro; 
cuando ó todo esto se agrega, en fln, aquella juventud 
elegante, recorriendo la ciudad en sus caballos de ele- 
gante raza andaluza durante las tardes serenas y bajo 
aquel su cuma delicioso en que las familias llenaban las 



mSTOWA DE GOEMES Y DE SALTA— CAPITULO II US 

puertas, los zaguanes, ios balcones y ventanas á lo largo 
de sus calles, ó mas tarde, desde las diez de la noche, 
hora en que la iluminación de la ciudad moría, los grupos 
de calaveras se repartían los barrios, turl:Mmdo con sus 
cantos en guitarra bien templada y de música nativa el 
silencio de la noche, se llegará á formar, después de un 
siglo de distancia entre nuestra época y aquella, una idea 
aproximadamente cabal de los rasgos mas prominentes 
de lo que era la antigua Salta española, rica, alegre y 
dichosa. 

XVII 

Lo que se dice de Salta, formaba los rasgos mas culmi- 
nantes de una ciudad civilizada y principal en la época 
española, y representaba, entonces, el grado de verdadero 
adelanto y progreso, y de los mas sobresalientes en el 
Rio de la Plata. 

Por que conviene recordar que, antes de 1810, no exis- 
tían en lo que es hoy la República Argentina, mas que 
tres centros de población urbana que merecieran el nom- 
bre de ciudades:— Buenos Aires, Córdoba y Salta. Los demás 
solo eran aldeas pequeñas, pobres y miserables, enclavadas 
en medio de vastos y desiertos territorios y sirviendo de 
cabeceras inmediatas á poblaciones diseminadas cuya 
civilización apenas si se habia separado de la barbarie. 
Por esta su notoria importancia fueron designados por el 
gobierno español, como capitales de las intendencias del sur, 
y así como el gobierno político, el gobierno eclesiástico 
correspondía igualmente á estos centros civilizados que 
fueron también las capitales de las diócesis, cuya sede 
arzobispal quedó siempre radicada en la ciudad de la Plata 
ó Chuquisaca. Entre aquellas pobres aldeas obscuras y 
miserables sobresalían por su progreso, las de Mendoza y 
Tucuman, habiéndose avecindado en las de Jujuy, San Juan 
y La Rioja muy distinguida nobleza, ya sea por el comercio 
mantenido con el Perú y el reino de Chile, como entonces se 
llamaba, sea ya por sus minerales, que fueron siempre sue- 
ño dominante de los conquistadores y que los poseía La Rio- 
ja. Los demás centros de población que hoy son florecientes 



114 DR. BEEINABDO FRÍAS 

ciudades, vivían en estado tan primitivo y llevando vida 
tan obscura y pesada, que en ellas no existían ni escuelas, 
ni verdadero comercio, ni fortunas ni las benéficas con- 
secuencias, por cierto, que trae con todo esto, la vida 
civilizada y culta, habiéndolos sorprendido la hora de la 
revolución en estado tan pobre y atrasado, que su labor y 
concurso intelectual en la grande obra nacional fué casi 
nula, como que Corrientes apenas contaba con el Dr. Cossio, 
en 1826 1) y Mendoza recien al despertar el siglo XIX, 
comenzaba á mandar sus hijos á los claustros univer- 
sitarios, mientras Santa Fé, Entre Rios, Catamarca y La 
Rioja y San Juan y San Luis se hallaban huérfanas casi de 
toda intelectualidad y de todo progreso, tal y tanto, que 
decia el canónigo Gorriti, la lumbrera mas poderosa de 
su época:— « Se hizo sentir hasta la evidencia en el Con- 
greso de 1826, la imposibilidad de establecer una federa- 
ción reglada entre tantos pueblos que figuran como pro- 
vincias independientes y carecen de una organización 
interior regular, y tan pobres, que, faltos de lo necesario 
para proveer á sus necesidades interiores, de ningún modo 
podían concurrir con su contingente de fondos para hacer 
frente á los gastos comunes. » 2). Y el mismo grande 
orador agregaba en la Sala de Representantes de Salta, en 
1828, sobre este mismo tópico:— « íCómo, señores, se podrá, 
supongamos, en la punta de San Luis organizar la admi- 
nistración de justicia que es la base de la felicidad y los 
otros tribunales, cuando no tiene ni recursos ni hombres 
que los puedan dirigir y están sujetos á elegir represen- 
tantes que no saber leer ni escribir? De ningún modo; 
pues, en ese estado es que, poco menos, están casi todas 
las provincias. »— 3). 

Aquellas aldeas, por otra parte, tenían vecindario ton 
reducido, que variaba entre 1.500 á 4.000 almas, 4) y 
el territorio de que eran capitales, solo mostraba campos 



1) Alberi>i; Ohraa, T. 3* páj. 5ia 

3) Borrador de contestación á una nota del Dr. D. Josó de Amenábar. 
Sebre. de 1839->Arch. prov. de Salta, 1829, corresp. oflciaL 

8) Sesión del 19 de Abríi de 1^8, Arch. de Salta. 

4) Rev. de B. Aires, tomo 22, p¿j. 802, 804, 807. 



HISTORIA DE GÜEMES Y DE SALTA-CAPÍTULO II 115 

inmensos é incultos con miserables poblaciones tan indi- 
gentes y menesterosas, que en Santiago, por ejemplo, 
como en la Ríoja, los infelices habitantes de los campos, 
haraposos, casi desnudos, se alimentaban, por lo común, de 
algarroba, patay y miel silvestre, como los de Catamarca 
lo hacian con sus pasas; 1) y ya se puede colegir que 
masas tan miserables y desheredadas de la fortuna, ca- 
recían de toda educación social, vagando en sus bosques 
y en sus pampas en el litoral, destinadas á ser, en dia no 
lejano, alucinadas por la violencia y el pillaje en que las 
hablan de desencadenar, bajo el nombre de montoneras 
fedérales, los caudillos retrógrados y bérberos del sur,— 
Quiroga, Ramírez, López de Santa Fé y Rosas en Buenos- 
Aires,— el azote de la civilización del Rio de la Plata, y el 
pedestal de la barbarie sobre que se entronizó el despo- 
tismo de los caudillos provinciales y la mas famosa y 
sangrienta tiranía de D. Juan Manuel de Rosas, derribando 
con su empuge instituciones, leyes, libertades, cultura, 
crédito y cuanto halló de grande y liberal y civilizado en 
la república. 

Mientras tanto. Salta descollaba por su civilización, cultura 
y riqueza con mayor intensidad cuanto mas grande era 
el atraso del resto del país; como que su clero, nume- 
roso y de las casas mas pudientes y distinguidas, habia 
pasado casi todo él por las universidades y ostentaba sus 
borlas de doctor y era poseedor de una ilustración 
científica y literaria en grado inmensamente mayor de 
la que hoy adorna á nuestro clero actual, como que casi todos 
sus miembros eran abogados y oradores famosos que brilla- 
ron sin rival en los parlamentos de la revolución, y conocedo- 
res, á mas, de los famosos escritores del siglo XVIII 
y de toda la literatura clásica. Los doctores en leyes eran 
tan abundantes que, á mas de llenar el foro, se los veía al 
frente de sus casas de comercio, como A Boedo ú Ormae- 
chea, ó entregados á la labor de sus haciendas, como 
Gorriti; y por su número y valer y signiflcacion estaban 
destinados á suplir la falta que de letrados sentían los 
demás pueblos; y así se los vio flgurar, al doctor D. Mateo 



1) J. M. Gorriti, Bl Fomo del Yogei y teBtimonio general 



116 DB. BEBNABDO FBIAS 

Saravia, como diputado por Santiago del Estero y ol doctor 
D. Teodoro Sénchez de Bustamante, de Jujuy, por la de 
Buenos Aires, en el congreso que trató de reunir Bustos 
en Córdoba, el año de 1820; al doctor D. Remigio Castellanos, 
presidente de la sala de representantes de Mendoza, como, 
en fin, al doctor D. Manuel Antonio Castro, presidiendo 
y organizando la administración de justicia de Buenos 
Aires y representándola como su diputado en el congreso 
de 1826. 

Después de la descripción de la antigua Salta española 
como ciudad y como sociedad, puede traerse, como pos- 
trer testimonio, la descripción lijera de Buenos Aires, en 
la misma época, cuyo cuadro comparativo pensamos vendrá 
á ser de primordial importancia. 

A principios del siglo XIX, Azara encontró que la ciu- 
dad de Buenos Aires tenia 40,000 habitantes y el resto de 
su territorio, 31,000, que, como se ve, llega & ser igual 
(^si á la población de Salta, después de las calamidades 
de una larga guerra, en 1825.— « Las casas de Buenos Aires 
eran entonces de un piso, macizas y bajas, si bien las 
habia en gran cantidad de azotea, cosa que no se veía en 
las demás capitales de los virreinatos españoles de Sud- 
América, excepción de la ciudad de Montevideo. Algunas 
de las mansiones bonaerenses de aquella época, tenian 
altillos con rejas sobresalientes, como las que habia al 
frente de la mayor paiie de las casas de personas pudientes 
(ventanas) y que, debido é la estrechez de las veredas, de 
una vara, y á la poca ó ninguna iluminación de las calles, 
durante las noches obscuras, constituían un verdadero 
peligro para los transeúntes. Las viviendas de entonces 
eran blanqueadas por dentro y fuera. El pavimento no 
existia. El marques de Loreto, virrey & flnes del siglo 
XVIII, se preocupó de empedrados, con el laudable pro- 
pósito de evitar que las casas se derrumbaran; pues cree- 
mos oportuno advertir que en aquella época, durante los 
grandes temporales, el agua pluvial corria en forma de 
arroyos, y se desplomaba en algunos puntos céntricos de 
Buenos Aires, en forma de saltos ó cascadas, que hacian 
intransitable la ciudad. Fué Rívadavia el primero que, 
allá por el año 1822, al mandar demoler el muelle de 



HISTORIA DE QUEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO II 117 

manipostería que existía donde mas tarde se encontró el 
de pasageros, dedicó las piedras de la demolición & em- 
pedrar la calle de la Florida,' la cual se llamaba, hace 76 
años, por la circunstancia antedicha, caHe del Empedrado. 
Era el mayor lujo imaginable; y por eso y por otras ra- 
zones, en la misma calle donde hoy figuran nuestros 
principales establecimientos comerciales de boato y de 
valor, expendían las negras de la época, por el dia y por 
la noche, en sus timbas, tortas fritas que no desdeñaban 
y antes al contrario saboreaban con delicia las principales 
y mas empingorotadas damas de 1810. 

«Pero volviendo á las calles de Buenos Aires, diremos 
que su situación era tan mala, que en verano el polvo las 
hacia insufribles y en invierno intransitables por el barro; 
aquellos inmensos pantanos solo vadeables por las muías 
que provenían de las provincias de Cuyo, con cargas al 
lomo de barriles de vino, cajones, petacas, etc. . . . 

«Ademas de los transeúntes á caballo, en invierno, se 
veían también las carretas de los aguateros, tiradas por 
bueyes; que no eran otra cosa que una pipa sobre un 
par de ruedas descomunales. El robinete era entonces 
desconocido aquí, y el agua surgía por una manga de 
cuero. Algunos hombres pudientes tenian para su uso 
particular y el de sus familias, galeras tiradas á la cincha; 
los carruages se contaban por los dedos; queremos decir 
que no pasaban de media docena. 

a Los suburbios de Buenos Aires se encontraban en el 
hueco de Lorea, Allí paraban, en 1810, las tropas de carre- 
tas que provenían del norte y del oeste de la provincia. 

« En el mismo punto donde hoy se encuentra el palacio 
de gobierno, estaba situado el fuerte .... Por allí cerca, 
las negras vendían chicha, tortas fritas, bizcochos y cigar- 
rillos de tabaco negro. 

«La escasa iluminación de la ciudad no se hizo hasta 
principios del siglo. Los faroles de 1810 eran de forma 
estrecha y alongada, ostentando una vela de sebo, de baño, 
cuyo pabilo desprendía una humosidad densa, que en po- 
cos momentos convertía los vidrios del farol en placas 
negras, á través de las cuales solo se percibía un débil y 
fuliginoso brillo de llama amarillenta. 



118 DR. BERNARDO FRÍAS 

« Los que salían por la noche llevaban faroles, muchos 
(Je ellos improvisados, hasta con cascaras de sandías. l-.a 
gente salía poco de noche por que la vigilancia era nimia. 
No había serenos, y las patrullas solo rondaban la ciudad 
en épocas excepcionales. 

« Lo que se denominaba el bajo, era el depósito de ani- 
males muertos, tesuras y pescado inservible. En la ri 
bera, que se hallaba á los fondos de la fortaleza, se toñaban 
en verano, los hombres y las mujeres; estas á bastante 
distancia de los primeros. Por la noche, de 10 á 11 y 12 
se iban á bañar allí mismo los tenderos y pulperos, pro- 
vistos de pan y ñambres para cenar después del baño. » 1). 

XVIII 

Como perteneciera á los españoles por razón de conquis- 
ta el gobierno en América, recogían necesariamente los 
frutos de su situación privilegiada,— la preponderancia 
política y social en poder y consideración; y como constan- 
temente acudía esta inmigración li las colonias, su número 
era considerable y fuerte y, cual lo hemos visto, en cier- 
tos puntos, como Lima y Salta, acudía de lo mas distingui- 
do á labrar sus fortunas colosales. Su inñuencia general 
fué, pues, poderosa. Hasta mediados del siglo XVIII, casarse 
con español era pleiteado honor para la mujer. En todas las 
casas nobles ó distinguidas de Salta, los hijos de ellas 
pudieron contar, al amanecer el siglo XIX, con el padre 
español, rico y de cuna limpia, que acababan de sepultar 
ó que ostentaba una ancianidad venerable. Esta su influen- 
cia social, su imperio y su superioridad política, llegó por 
sus vinculaciones seculares ya con las familias criollas ó 
del país, á imprimir á la sociedad, especialmente en la fa- 
milia, aquel aspecto adusto que mostraba, debido á aquel 
carácter poco espansivo, huraño á toda confianza y llaneza 
con los suyos que mostraba y sostenía generalmente el 



1) De un artículo titulado Progresos de Buenos Aires; ojeada retrospectiva 
de 1810 á 1898 publicado en La Nacim, el 35 de Mayo de 1896,— Buenos- 
Aires. 



^ 



fflSTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA-CAPÍTULO H 119 

padre español, de carácter duro, terco y porfiado en sus 
opiniones con que se distinguía especialmente el vizcaíno; 
carácter de aspereza que luchaba en su influencia y pre- 
dominio con la soltura y franqueza y liberales espansio- 
nes que fueron siempre propias del hijo de 1^ América; 
mas cariñosa su alma, mas fraternal su índole aunque 
bien celosa, por cierto, del honor de su cuna y distinción 
de su sangre. Las costumbres y rasgos del antiguo 
caballero español, terco, casi sombrío y^tenaz, se manifes- 
taban y mantenían, de esta manera, en la sociedad aristo- 
crática de Salta, donde el padre español infundía el cariño 
y amor propio de la naturaleza revestido de aquel velo 
de respetuosísima veneración, casi terrible, que infundía 
en los hijos, como una especie de dios doméstico, aquien 
el corazón amaba, pero ante cuya presencia se recogía y 
temblaba. No habia con él la cariñosa intimidad que hoy 
distingue al padre con el hijo; que el padre de familia, 
en aquella época, siempre era hablado de usted, y el 
título de señor padre, para invocarlo, dado por sus mismos 
hijos, alejaba de entre el y ellos toda esta moderna y dul- 
císima y satisfactoria confianza que el amor paterno ins- 
pira en nuestros dias. « El padre español tenia entonces, 
algo del padre patricio entre los romanos » siendo el señor 
absoluto y juez de la familia; duro, extravagante, autori- 
tario hasta el exceso, y, muchas veces, hasta torpe en 
acciones, palabras y maneras. 

Su religiosidad era extremosa y abundante, como que 
en aquella época el sistema monacal era el que dominaba 
en todos los dominios españoles; la invocación á Dios 
presidía sus saludos, sus comidas, sus fiestas, sus trabajos 
y formales deliberaciones por que su alma era sensible y 
honradamente piadosa; la religión se extendía en todos 
los actos de su vida pública y privada; hasta en el 
bostezo la señal de la cruz obstruía, en la boca abierta, la 
entrada del demonio, entidad teológica divulgada para 
subyugar por el terror, y que se filtraba como un dios 
del mal, en todos los resquicios de la vida colonial. Este 
carácter, unido á aquel mal entendido y exajerado patrio- 
tismo de que el español de entonces dio tantas prueban, 
vino á producir en la sociedad americana así españolizada, 



120 DR. BERNARDO FRÍAS 

rarísimo y sorprendente fenómeno; por que aquel padre 
no fué como el común de los padres ni aquel su amor 
paternal como fué siempre este amor. Los lazos de la 
afección y del recuerdo que unían á España al padre 
europeo, hacían que toda su protección y todas sus prefe- 
rencias, en la gran mayoría de los casos, fueran antes que 
para los hijos y miembros de su familia, para el paisano, 
para el español llegado á América en busca de fortuna; y 
generalmente eran, entre estos, preferidos los mozos de 
su aldea. Estos obtenían la mejor colocación en su co- 
mercio, como dependientes ó como socios industriales ó 
habilitados, especialmente en la tienda, en el almacén ó 
én la pulpería, de dónde salían, por lo común, provistos 
de capital propio, á establecer nueva casa bajo su giro 
personal. Pero el orgullo español no estaba con esto sa- 
tisfecho ni los inmigrantes peninsulares hallaban limitado 
á solo esto los favores de la fortuna; el despotismo del 
padre europeo absorbía, en su exagerada soberbia, hasta 
la personalidad de sus propios hijos. «Los emigrados es- 
pañoles miraban & los blancos como inferiores suyos, y 
hasta los niños de padres españoles, nacidos en América, 
eran tratados por ellos como si hubieran perdido su rango 
en la sociedad. » 1). El español de entonces solo aceptaba 
por su igual, al español nacido en España: este fué su 
común sentir en América y llevado por tan irracional 
extravagancia, el padre español buscaba con predilección 
á su paisano para ofrecerle todos sus favores y este, fuera 
mozo ó viejo, «era el preferido de la voluntad paterna 
para enlazarse con las hijas de la casa y sucederle en el 
comercio,» mientras que el joven del país, ágil y de- 
senvuelto, « vivía de los favores ocultos de la madre ó de 
las hermanas casadas. » 2). Tales matrimonios se reali- 
zaban bcgo tan duro despotismo con prescindencia casi 
absoluta de la libre voluntad de la desposada; la hija era 
obligada á aceptar por esposo á aquel que su señor padre 
habíale elejido, lo que venía, muchas veces, á turbar y 
romper un amor ya antes definido por ella. 

1) «Viaje pintoresco á las do3 Américas, etc.* por D'Orbigny y £grié8— 
Tomo II, páj. 11. 

2) y. F. LÓPEZ. El año XX, epilogo. 



fflSTORIA DE GÜEMES Y DE SALTA— CAPITULO II 121 

AI lado de este despotismo que se cernía en la familia 
rodeado de la mas alta veneración y respeto, pero bajo 
las austeras virtudes religiosas y sociales de aquellos dias; 
ante el ejemplo de un cristiano viejo que representalxí 
el tipo mas perfecto del caballero español de aquel enton- 
ces; de la dulce y santa piedad de las madres americanas 
de aquella época que ni encendían fanatismo ni derra- 
maban supersticiones y que si no dejaban obscuras de 
Dios las almas de sus hijos al bañarlas con la luz de la 
religión, solo temblaban ante el escándalo , y el pecado, 
como la madre de San Luis; criados, en fin, entre aque- 
llas costumbres escencialmente americanas de la actividad 
varonil para el manejo del cnballo y con la sagacidad que 
despierta aquella vida en que el imperio del individua- 
lismo y de la ardiente y noble emulación por lo hazañoso 
y digno de aplauso, despiertan tanto la audacia, el valor, 
la imaginación y la vivacidad del espíritu, como conservan 
y robustecen la salud y las energías físicas del cuerpo,— 
los hijos de familia, la juventud de Salta, que iba á de- 
sempeñar tan brillante papel desde 1810, recibían en el 
hogar aquella educación que hizo tan famosos á nuestros 
antepasados por el temple de su espíritu, por el valor y 
grandeza de sus almas, por la altura moral, la altivez 
personal, el honor cívico y la honradez á toda prueba que 
recibieron y les enseñaron sus padres, los antiguos hidal- 
gos españoles. 

Desde mediados^ del §iglo XVIII, los hijos de familia, 
especialmente el primogénito, empezaron á aplicar su acti- 
vidad al estudio; por que, hasta entonces, el alto comercio 
estaba en manos de los españoles, y sus hijos, americanos, 
se contraían á la atención de sus propiedades rurales ó 
á gozar desde temprano de la fortuna de su casa, entre- 
gándose ó una vida de holgura y calavera, que llegó á 
ser famosa. Desde entonces, los estudios, las carreras 
liberales llegaron á imponerse como una moda y como 
un distintivo de verdadero honor, á tal extremo que el 
doctor, ya fuera clérigo ó abogado, constituía gala y or- 
gullo de la familia en toda casa de rango y de buen tono. 

Por que la riqueza y la opulenta posición de las familias 
patricias de Salta llegó á ser de tal pujanza, que sus hijos 



193 DR. BERNARDO FRÍAS 

recibían su educación en el colegio de la ciudad, fundado 
por los jesuítas ó iban ü mejores aulas los que se dedi- 
caban á las carreras liberales y así poblaban los colegios 
y las universidades de Córdoba, de Chuquisaca y aun de 
Lima, donde llamaban la atención por el vigor y sagacidad 
de su talento, cuyos esfuerzos liberales y avanzados ha- 
blan de brillar y honrar tanto los días de la revolución y 
cuyo carácter inquebrantable habíalos de llenar de tanto 
honor y dignidad. Los mas pudientes, y también los pa- 
dres de familia mas orgullosos, mandaban sus hijos hasta 
Madrid & su Colegio de Nobles y d sus universidades, ó 
& vivir en la corte como los Moldes, como los Gurruchagas, 
ó ü sacudir del corazón inconvenientes é imprudentes 
amores, como Tineo; ó ¿ya los costeaban como alx>- 
gados defensores de su honra, cual lo hizo el nobilísimo 
D. Estanislao de Toledo Pimentel, quien enviaba á la 
corte de Madrid & su hijo el Dr, D. Pedro Toledo, canó- 
nigo mas tarde de la catedral de Santa Cruz de la Sierra, 
ú defender su honor comprometido por el gobernador de 
Salta, D. Ramón García Pizarro. 1). 

Cuando esta juventud volvió de los claustros, de 1780 & 
1810, conocedora de su valer y de su mérito; orgullosa de 
su cuna, de su raza, y de su cultivada inteligencia, á la 
que habla nutrido con los estudios jurídicos, filosóficos, 
históricos y literarios, económicos y políticos, fuera del 
programa universitario, en los textos españoles y france- 
ses de Montesquieu, de Raynal, de Rousseau, de Volney, 
de Montagne, de Adam-Smith, de Mariana, de Solís, de 
Zolórzano; y en los antiguos y clásicos de Plutarco, de 
Cicerón, de Salustio, de Juvenal, de Jenofonte, de 
Eschylo, de Aristóteles, Platón, Demóstenes, Heródoto, 
César, de Tácito, de Tito Livio y demás romanos y griegos 
famosos en el mundo de las letras, que les enseñaron los 
derechos del hombre, los principios políticos, la igualdad, 
la libertad y el progreso; la fisonomía de los grandes ciu- 
dadanos, los trastornos y reivindicaciones de los derechos 



1) Gonyiene advertir que en aquella época, casi todo el clero era docto- 
rado til utroque jur%8, siendo asi hus miembros teólogos, canonistas y 
abogados al mismo tiempo. 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPITULO H 123 

sociales como el engrandecimiento y la caida de los im- 
perios, todo sensibilizado en sus espíritus con los gran- 
diosos sucesos de la revolución francesa derrlbadora de 
los antiguos reyes, y de las antiguas violencias de las 
instituciones sociales y políticas,— encontráronse al fícente 
de las irritantes injusticias que el régimen español sostenía, 
y de un poderosísimo elemento de resistencia que ese 
mismo despotismo y torpe y abusivo régimen habia la- 
brado; por que si aquellos jóvenes doctores educados para 
el pensamiento y el gobierno social se hallaron con las 
puertas del gobierno de su patria cerradas y solo francas 
para el extrangero, para los españoles muy inferiores, 
por cierto, aun aquellos que gozaban título de suflciencia, 
como el obispo, por ejemplo, en su preparación intelec- 
tual, encontraron aliado poderosísimo en todo el elemento 
americano. Sus hermanos y todos los demás hijos de 
buena casa, ricos, orgullosos y altivos hablan llegado & 
formar una entidad social valiosísima y temible por su 
número y significación: eran los poseedores del derecho 
privado en el país, y formaban «el eslabón entre el pue- 
blo bcyo de artesanos y siervos y los jóvenes que, ha- 
biendo logrado una educación literaria, ¡habían alcanzado 
título de abogados y doctores» adquiriendo estos cada dia 
mayor influencia, como representantes de los hijos del 
país. Toda esta masa, desde el doctor hasta el artesano, 
desde el sacerdote hasta el campesino y el esclavo ame- 
ricano, alimentaba por todas aquellas causas que hemos" 
visto, desde el seno de la familia hasta las esferas del 
gobierno, marcadísima y profunda enemistad. 

Especialmente los españoles ordinarios, hijos de la plebe 
de España, que por su baja esfera y mala educación no 
podían imponerse en la sociedad, llegaron ú convertirse, 
en los últimos años, en verdadero blanco de los odio3 y 
rivalidades de los hijos del país. Tildáronlos con el nom- 
bre general de gallegos; sus torpezas y desaciertos y ri- 
diculeces se contaban y tejian por diversión, á lo que 
venían ú dar confirmación de justicia, ciertas torpezas 
públicas ó rarezas de genio que llegaron a sorprender al 
vecindario; como que hubo uno de ellos, recordaremos, que 
edificó su casa colocando hücia el interior del patio los 



134 DR. BERNARDO FRUS 

balcones y no á la calle, para guardar á sus hijas de las 
miradas y del amor peligroso de la juventud elegante y 
calavera 1) y otro, de nombre Fernández, llegó á clavar 
viva á su mujer en la caja funeraria, cansado ya de verla 
enferma tantos años y para que muriera de una vez. 

Esta animosidad, este odio y repulsión que sentían los 
hijos del país por los españoles, era por estos bien y 
nutridamente correspondido, manifestándose el ardimiento 
de su apasionada rivalidad, hasta en los actos públicos 
y sociales; por que como hubiera sucedido que en cierta 
ocasión se hiciera necesario dar una representación tea- 
tral, el elemento español, aprovechando su pericia en el 
arte, confeccionó una pieza de comedia de costumbres, 
donde, entre otras cosas, con espíritu despreciativo se decía, 
por ejemplo:— « El español huele á tienda nueva y el ame- 
ricano á charque gordo. » 



XIX 



Leyes sociológicas que no son de nuestra incumbencia 
analizar, vinieron á producir, con otras causas comple- 
jas, una raza de hombres de constitución vigorosa y tan 
robusta que su descendencia de hoy solo acusa degene- 
ración y flaqueza. La continua mezcla de las familias ya 
formadas desde antiguo con el nuevo contingente que 
traía la inmigración vasca y castellana que acudió por 
excelencia á Salta, era, acaso, una de esas causas de 
mayor poder, uniéndose á todo ello, la educación física 
que se recibía entonces, como poderosísimo auxiliar. 

El niño, desde que comenzaba á andar, comenzaba tam- 
bién á ejercitarse en el manejo del caballo; en todas las 
provincias argentinas del norte, y aunque el hijo de la 
ciudad fuera mas considerodo, no llegaba á los diez años 
sin ser un verdadero ginete. Los viajes comenzaban para 
él desde temprana edad y ya en ellos, ya en las tempe- 
rados de vida campesina que pasaba en las estancias, 
aprendía y acostumbraba su naturaleza al rigor de calores 



1) La casa existe aún. 



HISTORIA. DE 60EMES Y DE SALTA.— CAPITULO 11 125 

y de fríos, desafiando la intemperie y las privaciones con 
6j]¿ereza varonil. Noble espíritu de dignidad alentaba su 
org-ullo á sobreponerse ó, al monos, á igualar á los gau- 
chos campesinos en destreza, valor y ajilidad en todo 
^íuello que importaba á su predominio, como que era el 
señor ó superior, y de tal manera, que el hombre decente que 
^eíiia sus labores en la campaña, era el primero de los 
^^Uchos de la comarca, y como ellos se vestía, y como 
^/^^s manejaba el caballo mas fogoso y esgrimía el puñal, 
^'^Onpre al cinto, con habilidad consumada; y lo mismo 
g^^^fiaba los rigores de la naturaleza y del desierto, como, 
A ^^rios, los embates de las fieras de los bosques, retadas 
^^Xnbate singular en medio de la selva, como lo acos- 
NíÍLfl\braba hacer, por ejemplo, Don Pachi Gorriti, entre 
otros. Por la raza y por la varonil educación física que 
recibían desde tan temprano, aquellos hombres eran tan 
robustos y valerosos, muchos de fuerzas hercúleas, de 
contextura fuerte, desarrollada en varoniles proporciones; 
y de una salud que condecía con todas estas excelentes 
cualidades, pues, tan bien pasabají largas y repetidas no- 
ches durmiendo sobre las piezas del recado de ensillar y 
al solo abrigo de un árbol desnudo de follaje, ó veces, 
en el invierno, como en el blando y abrigado lecho bajo 
el techo de la familia, sin recibir por ello quebrantamiento 
ninguno. 

Así se formaron y así fueron los gauchos decentes, en 
que se contaban casi todos los hombres distinguidos de 
la época. Hombres de ciudad y educados, hijos de buena 
casa, doctores muchos de ellos, y casi todos de familia 
acaudalada, fueron caballeros dignísimos en la vida social 
y de salón que transformaban sus hábitos y su traje, to- 
mando el de los gauchos, cuando pasaban á dirigir la 
atención de sus intereses rurales. Durante aquella tem- 
porada, la barba crecía con toda su libertad; el chiripá 
de tela fina reemplazaba al calzón; la bota de grandes es- 
puelas de plata, al zapato; un ceñidor bordado de seda y 
cubierto de metales preciosos, sujetaba el chiripá por la 
cintura donde guardaba el puñal, de empuñadura lujosa. 
Un sombrero de anchas alas, el poncho de tejido superior, 
y un pañuelo de seda al cuello, cubrían el cuerpo que 



126 DR. BERNARDO FRÍAS 

vestía chaqueta ó camiseta especial y completaban su 
traje, en lo común. El caballo en que montaba era siem- 
pre de ejtcelentes condiciones, llevando crecidas la cola y 
á veces la crin, y sus enseres, desde la rienda hasta la 
silla y los estribos, todo de lujosa ornamentación de plata, 
con cuya vistosa estampa se presentaba en su hacienda, 
donde tan hábilmente manejaba el lazo como dominaba 
el potro mas impetuoso. 

La mujer, ya fuera la dama mas noble y encumbrada, 
ya la rústica campesina, manejaba el caballo con igual 
elegancia y gallardía, haciendo en él sus viajes, á veces 
hasta Lima, sus paseos y escursiones veraniegas; y que 
habla de aprovechar muy en breve, estas sus virtudes de 
amazona, en las continuas emigraciones á Tucuman, ú 
las estancias fronterizas ó á las breñas recónditas do las 
montañas, para dejar solamente al enemigo una ciudad 
desolada y sin vida en quince años de una guerra la mas 
enconada y sangrienta, ó para huir hasta Tupiza, hasta 
Potosí, hasta la Paz y hasta el Cuzco, de las venganzas de 
la revolución. 

En la gente de la ciudad solo se veía el traje europeo, 
y por aquellos días cercanos & la revolución, era de moda 
el calzón corto sujeto á la rodilla, la media alta y el za- 
pato. Para el diario se gastaba la chaqueta ó chupetín, 
de faldas cortas, pues, apenas pasal^a de la cintura y cuyo 
imperio resistió, aunque extraño, hasta después. El ves- 
tido de gala ó de ceremonia, usado de ordinario el dia de 
fiesta, lo formaban la levita y mas especialmente el frac 
de largos faldones, de cuello y hombros altos y grandes 
solapas de largas puntas; el chaleco era abierto y muchas 
veces de lujoso género de hilo de plata que hoy solo se 
emplea en ropages sacerdotales; la camisa, de holán de 
hilo con la pechera ancha, llena de vuelos y encarrujados, 
terminaba en un cuello alto, ceñido por grandes corbatines. 

La gente rica usaba este traje de terciopelo, de sedas y 
de paño, la media alta, de seda; el calzón sujeto fx la ro- 
dilla por hebillas de oro ó de plata con esmeraldas y 
topacios, las que usaban también en los zapatos. En in 
vierno llevaban capas de paño ó de gruesa anafalla de 
seda, generalmente negras, verdes y granas. Si era sa- 



HISTORIA DE GÜEMES Y DE SALTA-OAPITULO II 127 



cerdote, usaba sotana de raso de seda en las grandes ce- 

'^emonias del culto; y el doctor, fuera eclesiástico ó seglar, 

"ftvaba anillo de oro con roseta de diamantes en el índice 

^^ la mano derechai El peinado lo usaban tendido el pelo 

^^cia adelante con cierto desorden, y no se veían calvos 

eatOnces, pues, la peluca era de uso general; y la barl>a 

^ llevaban rapada, dejando solamente una corta patilla. 

^-•0^ mujeres usaban la blusa de talle corto; el cuello y 

í^orte superior del pecho completamente descubierto, 



ei^íX 



de diario, y la manga apenas cubría hasta el codo; 



vallera era redonda, plegada y tan corta que no pasaba 
\^\ tobillo, dejando lucir el zapato y la media de seda de 
\(ji dama; y el peinado, apartando el pelo con la raya en 
medio, caía á los costados cubriendo casi las orejas total- 
mente en forma abultada y las dos trenzas sujetas bajo 
la coronilla y cubriendo el cuello. El traje de gala de 
una dama aristocrática era de sumo lujo; desde la enagua 
hasta la media eran de seda, y sus vestidos de baile y de 
ceremonia bordados en hilo de oro y de plata y de len- 
tejuelas del mismo metal. Usábase el vestido angosto, 
llamado de medio paso, y algo corto de faldas, llevándo- 
lo las señoras en el baile con larga cola. Grandes 
pendientes con perlas y diamantes; cinturones de eslabones 
de oro y perlas y piedras preciosas, cayendo en lazos por 
la falda, é igualmente las demás alhajas mujeriles, enrique- 
cían el tocado. No habla dama de distinción que no tuviera 
el collar de perlas, muy de moda entonces, y algunas lo 
usaban aun de diario. Los abanicos, cuyos ejemplares 
conservamos, eran de largas varillas de marfil, primo- 
rosamente talladas, con dibujos de oro y de plata y 
luciendo rosetas de diamantes, en ellas; algunos tenían 
sus varillas de oro. En su parte superior, una tela de 
raso presentaba paisajes de finísimas pinturas entre len- 
tejuelas y bordados de oro. Una niña, como una señora, 
no salían jamas en talle suelto á la calle ni ufaban 
tampoco el sombrero; chales ó mantos de merino y de 
seda envolvían su cuerpo, dejando, sin embargo, al descu- 
bierto la cabeza, que solo se la cubrían en la iglesia, á 
diferencia de las costumbres tan celebradas de Lima. 
Se almorzaba á las doce, con la puerta de la casa cer- 



128 DR. BERNARDO FRÍAS 

rada; se dormía la siesta hasta las tres, y se cenaba á las 
ocho. La mañana y la noche eran las horas destinadas á 
las visitas de sociedad. 

Saber bailar era virtud de buen tono y mejor educa- 
ción entonces, y el minuet fué la pieza mas celebrada de 
la época. A estas reuniones sociales se agregaba la cos- 
tumbre de las frecuentes visitas, que se hacían de dia 
como de noche y especialmente los domingos; en ellas se 
obsequiaba con dulces y refrescos en el estío; con café y 
chocolate en el invierno; el mate dulce era de uso general 
en todo el año. Las señoras olían rapé aromético guar- 
dado en cajillas de oro ó carey, muchas veces una joya, 
que llevaban siempre en el bolsillo de la pollera y del 
que obsequiaban á las visitas de su edad y que lo absor- 
vían, como ellas, á pulgaradas. En las cereníonias de un 
salón, no se acostumbraba dar la mano, cuya moda im- 
presionó sobremanera al nacer, pero sí estuvo muy en 
boga y su gusto perduró hasta mediados del siglo XIX, 
el cantar, con acompañamiento de guitarra, que aun no 
llegaron los pianos, en las reuniones de buen tono, los 
jóvenes y las niñas. En razón de todo esto, de los mu- 
chos dias de fiesta, de la holgura general de la vida de 
entonces, como por mil otras causas, formóse una socie- 
dad de espíritu verdaderamente alegre, afecto á la diver- 
sión y al placer, ya fueran estas fiestas religiosas, donde 
se mostraba honradísima piedad, ya fueran aquellos otros 
festivales y aun los mismos juegos de azar, efecto todo 
ello, en su fondo, del sociego á que reducían la vida de 
entonces las instituciones coloniales. Basta pensar, para 
darse cuenta de su extremo, que aquella antigua gente 
prolongaba hasta por quince dias, especialmente en la 
campaña, los regocijos de pascuas y carnavales, costum- 
bre que sobrevivió muchos años todavía al derrumba- 
miento del antiguo régimen colonial. 

Del resultado de este continuo roce social, se formó el 
espíritu sumamente atrayente, liberal y obsequioso de 
aquellas familias y de aquellas gentes: y en estos actos 
mismos, notable era la diferencia entre las personas de 
rango y aristocrática educación, de aquellas otras mas 
llanas y francas y de espíritu con tendencias democráticas; 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO ü 129 

por que si en las primeras, en un banquete, por ejemplo, 
resaltaban las cultas y respetuosísimas maneras y pen- 
samientos, en las segundas, heredando en cierto grado las 
costumbres demasiado familiares de los españoles de la 
c/ase plebeya que pinta Larra en el Castellano vfejo, llega- 
^n ú colocar en violento* compromiso [á la persona 
^6 mas alta educación, especialmente si era dama, al 
expresarle sus finezas. Por que sí en España esta buena 
^^nte acostumbraba, por acto de cariñosa cortesía, pa- 
^^ s\i bocado ú su huésped, nuestros antepasados con 
P^í"ticularidad los de segundo rango de la ciudad y los 
. ^^ ntones de la campaña, pasaban la presa del pollo, por 
^j^^^^plo, en un almuerzo, tomada á dedo limpio, que no 
^^pre lo estaba, diciendo al obsequiarla:— « Por ser de 
'^X^ manos» Y así era forzoso el aceptarla, como asi 
trvtemo el beber, á instancias de cualquier vecino, en la 
fiesta, lo que sí era arma poderosa para los triunfos de 
la alegría y del amor, violentaba y aun colocaba en 
peligro á quien no llevaba aquel camino. Por lo demás, 
las gentes de aquella época eran obsequiosas y rumbosas, 
cada una en su clase; y como nó existieran entonces ho- 
teles ni posadas ni aun en las ciudades capitales, los 
viajeros y forasteros en general, se hospedaban en casas 
de vecinos de su relación ó á quienes eran recomendados. 
La amabilidad de ese su buen trato, hacía que la familia 
forastera fuera visitada y obsequiada con cariño y fran- 
queza, cuando así lo merecían su clase y las credenciales 
que la acompañaban; y si era personaje de valía, á mas 
de este agasajo común, era obsequiado con bailes y ban- 
quetes. 

En una casa de buen tono se veía lujosísimo ajuar 
haciendo contraste, hoy en verdad asombroso, con la sen- 
cillez ó rusticidad, acaso, de otros usos y objetos; que 
sus muros ni eran decorados ni empapelados, ni el ma- 
deramen de su techo cubierto como lo es hoy de costum- 
bre general; mientras en su recinto, el salón principal 
tenia cubierta la pared cabecera hasta cierta altura, de 
telas de riquísimo damasco de seda color carmín, siendo 
de igual especie los cortinados de sus puertas; en igual sitio 
se alzaba el estrado, que era cierta leve eminencia donde 



130 DR. BERNARDO FRÍAS 

las damos recibían los visitas; del techo colgaba una gran 
araña de cristal, y sus muros eran cubiertos de grandes espe- 
jos de marcos y elevadas coronaciones de cristal, que res- 
plandecían hermosamente con los rayos déla luz; por la 
noche era iluminado por bujías de sebo, sobre hermosos sus- 
tentáculos ó candeleros de plata, y era esta, finalmente, la úni- 
ca pieza alfombrada. Este lujo, importado especialmente de 
España, le prestaba al salón aspecto verdaderamente 
regio cuando en noches de bailes, por ejemplo, lo pobla- 
ba aquella brillante y lujosísima aristocracia, al compás 
de la orquesta de violines, flautas y otros instrumentos 
musicales que manejaban los esclavos de ciertas casas 
opulentas. 

El interior de la casa mantenía su lujo relativo. En toda 
casa decente y de recursos, la vajilla era de plata, com- 
pletamente toda, y aun los trastes destinados & los usos 
mas viles; las sillas de madera tallada, de asientos y res- 
paldos de terciopelo y mas comunmente de suela ó ba- 
queta esculpida, y ellas, como los muebles principales, de 
nogal y Jacaranda, importados directamente de la penín- 
sula, algunos de los cueles, como los escritorios y los 
cómodas, llevaban chapas y tiradores de plata y de bronce; el 
lecho de la señora de la casa, llevaba cortinas de damasco de 
seda, generalmente carmín, como la sala, siendo del 
mismo gusto la sobre cama ó colcha, que también la usa- 
ron de terciopelo con galones y rapacejo de oro. No era 
menos brillante un señor de esta categoría, el presentarse 
á caballo en las fiestas y paseos urbanos; que los arreos 
de ginete eran todos revestidos de plata y aun de oro. 
El acaudalado español, D. José de Ormaechea, lucía una 
cabezada con ciento y ocho piezas de plata, i) La silla 
de paseo la usaban forrada en terciopelo, lo mismo que 
el mandil, rojos por lo general, con galón de oro y, en 
sus ángulos, grandes cabezas de leones, de realce el 
dibujo y bordados con hilo de oro ó de plata. 

Las damas usaban una silla con espaldar y pequeños 



1) Dato tomado de su expediente testamentario, como también tomamos 
de esta fuente, gran número de los que consignamos, agregando á 
estos los suministrados por la mas respetable tradición y por machos 
objetos conservados. 




HISTORIA DE GÜEME8 Y DE SALTA— CAPÍTULO II 



181 



brazos, forrada en terciopelo y con estribo firme, de 
manera que no daban frente á la dirección que llevaban 
sino al costado. La silla inglesa que hasta hoy se usa, 
fué introducida recien en la moda por los años de 1820. 
La riendas eran de cordones de seda para las señoras y 
las niñas. Un hombre derramaba mayor esplendor en su 
traje y en los arreos de caballero cuando, desempeñando el 
cargo muy honroso entonces de Alférez Real del cabildo, 
paseaba por las calles el real estandarte español en la 
gran fiesta de la ciudad, que recordaba su fundación, y 
era celebrada el !<> de Mayo de cada año, día de sus santos 
patronos. 



CAPÍTULO m 



Belid^on é Instraooiom Pública 



SUMARIO:— Carácter reli(^oso de loi pueblos de América— La fe religiosa 
en la sociedad de Salta— Ordenes religiosas — ^Prácticas piadosas — ^Las 
Capeílanias, su objeto y su forma; sus consecuencias— Altura intelectual 
del clero ae Salta; sus virtudes. 

Administración eclesiástica; las sedea episcopales— Riqueza del cuUo 
y de la iglesia— Privilegios que gozaban los bienes eclesiásticos— In- 
munidades del clero — ^La Iglesia y el Estado— El patronato real; provisión 
de curatos. 

La ilustración baja del Perú á la» comarcas argentinas— Los jesuítas 
en Salta; la misión del Tucuman— Fundación de colegios; ramos de su 
enseñanza -Cabezón y el Dr. Acevedo— La pl^^be y la- instrucción ^La 
instrucción superior— El Colegio Máximo— El obispo Trejo funda la 
universidad de Córdoba— El Colegio de Monserrat y el de Loreto— Di- 
visión universitaria; facultad de artes, de teología y de leyes— Grados 
universitarios—Colación de grados; descripción oo la ceremonia— Pres- 
tación del Juramento; profesión de fe— Las insignias doctorales— Pro- 
hibiciones. 

La nniversidad de Charcas— Altura y progreso de su enseñanza— 
Faentes en que se ilustra la juventud— El espíritu revolucionario— Es- 
tado intelectual del pais— Hombres ilustres salidos de 'los claustros de 
Córdoba y de Charcas. 



1 

I 

La conquista de estas comarcas había sido practicada 
por virtud de dos poderosos auxiliares,— por la espada y 
por la cruz; y como los civilizadores y nuevos pobladores 
de ellas vinieron desde España, país donde por siete siglos 
las generaciones habían luchado por su libertad á la som- 
bra del cristianismo, las nuevas poblaciones que se alza]:)an 
en América, eran profundamente religiosas. Y bien puede 
asegurarse que, por esta clase de razón á la vez que por 
las leyes que con entero celo velaban por la pureza de la 
santa fe, todos los habitantes de América eran en- 
tonces católicos, apostólicos, ronianos, sin un solo disidente 
ó hereye, como entonces se lo llamaba y aborrecía. Mas con- 



184 DR. BERNARDO FRÍAS 

viene dejar establecido para honra del Nuevo Mundo, que 
aquel odio enconado que sentía el español de aquellas 
épocas por el hereje, que era, para él, enemigo de su Dios 
y de su patria, no fué sentido siquiera por la sociedad 
americana, de manera que el espíritu religioso que en- 
cendía la viva fe de nuestros antepasados, era tranquilo y 
suave, sin haber sido manchado y obscurecido y des- 
prestigiado por aquel fiero fanatismo y aquella rigurosa 
intolerancia que con tanta prepotencia y en tanta altura y 
con tanto poder y tanto horror reinaba, desde siglos atrás, 
en la península alimentado por aquel carácter lleno de 
fuego, de apasionamiento y exaltación que ha distinguido 
siempre al español, especialmente en negocios de fe y de 
patriotismo, fuente que ha sido de pajinas heroicas mas 
también, de tristes y lamentables errores. 

Y como los odios que trabajan el corazón de los hom- 
bres no se heredan entre una generación y otra, mayor- 
mente si la descendencia se desarrolla en punto diferente 
del globo; y como también las grandes y poderosísimas 
causas que engendraron aquellos odios verdaderamente 
nacionales, no se produjeron ni fueron sentidas siquiera 
por refleccion distante por las sociedades americanas, su 
espíritu fué siempre limpio y ajeno 4e estas sombras pe- 
sadas, por que ni hubo en estos países disputas teológicas 
que enardecieran y discordaran los espíritus ni disidencias 
de je encendieron en América guerras religiosas que tan- 
tos estragos engendran por ser las mas apasionadas y 
violentas de cuantas perturban la paz de los pueblos^ 
como las tuvo que soportar y lamentar la Europa en 
siglos bien largos en que sembraron sus fatigas y lamen- 
tables consecuencias. Uno que otro hereje aislado ó sos- 
pechosos de heregía sorprendidos por la policía de la 
inquisición del Perú; uno que otro judaizante, ó poseído 
del demonio ó brujo que cayó en las garras de aquel 
espantoso tribunal de la fe, no conmovieron la sociedad 
ni sembraron discordia, por que ni ejercieron apostolado 
ni levantaron partido ni fueron, por ende, conocidas del 
pueblo sus doctrinas. La religión católica con la gran- 
diosa sublimidad de sus misterios, con las ostentosas 
y poéticas manifestaciones de su culto, y las tradiciones 



HISTORU DE GOflüES Y DE SALTA— CAPÍTULO lU 135 

venerandas de la raza á quien venían ligadas instituciones, 
libertades, afectos poderosísimos y pajinas seculares de 
heroicidades y de glorias, extendía su imperio poderoso 
y tranquilo y amado y popular por toda la América es- 
pañola. La plebe urbana como los habitantes de los cam- 
pos, fueron lo que son estas clases sociales en todos los 
tiempos y países:— toscos en sus concepciones; apenas 
conocedores de los rudimentos del dogma y de espíritu 
asombradizo y supersticioso, sin que en las comarcas 
argentinas haya tomado, sin embargo, alarmante extremo 
esta predisposición natural de los hombres al terror y á 
plagar de temerosos misterios lo desconocido; pero sí, 
mezclados, en leve medida, con ciertos giros y costum- 
bres y creencias del ritual indígena que la nueva religión no 
pudo extirpar del todo entre los antiguos habitantes del país. 
La clase pensadora, que habitaba la ciudad; la clase civilizada 
y culta, era de creencia honrada, de fe profunda y sincera, 
desde el simple comerciante hasta el doctor preparado é 
instruido en las universidades* La ciencia eclesiástica en 
ellos fué de bases tan sólidas; los principios dogmáticos y 
religiosos & mas de la fe inquebrantable sobre la verdad 
y excelencia de la religión de sus padres, reposal)an en 
sus espíritus ilustrados en razonamientos tan elocuentes 
y robustos, que no hubo ejemplo, en el clero ni en el 
doctorado seglar de Salta, que figuraron entonces á la 
cabeza del progreso intelectual del país, que renegaran 
del Dios de i^us padres y de la religión de sus mayores, 
que había sido siempre gloria y orgullo de su raza. Bien 
que el culto en aquellos días fuera mas ostentoso y de 
mas frecuentes manifestaciones, la piedad 4e la gente 
docta é ilustrada fué tan profunda, tan delicada y sincera, 
cual hoy es imposible el concebirlo, como que en él se 
desarrollaba todo el ardor del corazón en el temor y el 
amor. divino, y la luz del espíritu ayudaba á la profunda 
convicción d» la verdad sagrada, rindiéndose, así, culto 
verdaderamente digno de Dios. Por que conviene recor- 
dar que aquellos hombres eran grandes en todo: grandes 
en la fe como grandes en el valor; invencibles en sus 
principios religiosos á prueba de la mejor dialéctica, 
como inquebrantables en sus anhelos liberales y en el 



136 DR. BERNARDO FRÍAS 

credo político que estaban destinados & conquistar con 
la espada en la mano, en dia no muy lejano; y asi sería 
torpe y gravísimo error ó fruto de condenable é irijusto 
fanatismo^ confundir su piedad religiosa, ilustrada, y sin- 
cera, con el aparato ordinario y raquítico del beato, de fe 
dudosa y de cerebro obscuro; que ellos representaban, en 
su altura moral, al caballero cristiano de la antigua Es- 
paña, y, en la potencia intelectual, al ñlósofo moderno, 
siendo tan verdadera y general la fe ilustrada en la buena 
sociedad, que no . solo ellos, sino una dama en aquella 
éppca^ era digna de escuchársela, tai era la altura y el 
brillo de sus argumentos al razonar en materia religiosa; 
altura y sagacidad y brillo con que mas tarde habia de 
razonar en materia política. 

Los católicos de aquella época fueron sin vacilación ni 
impostura; la ciencia no dio en contradicciones con el 
dogma ni los principios religiosos de tan virtuoso cato- 
licismo fueron una sola vez en ellos, obstáculo para la 
libertad política y social de su patria; antes, por el con- 
trario^ vio la revolución al clero pronunciarse desde la 
hora primera, luchar sin descanso y perecer, á la postre, 
por. la grao causa. Basta á su honor recordar que fué el 
Dios del catolicismo, el Dios que alentó su espíritu en 
la azarosa contienda; fué ese Dios el que invocaron en los 
momentos . mas supremos y al realizar los actos mas 
trascendental^, mos liberales y mas inmortales de la re- 
volución; fué e^ Dios, en'íln, y fué su culto, el que los 
acompañó en la expatriación y en la adversidad, ancianos 
fatigados, mas cargados de laureles y de «glorias que de 
años y de achaque^, y aquel cuyo nombre dejaron esca- 
par sus labios moribundos en el postrer aliento. 



II 



Apesar de aquella piedad, no prosperaron entre nosotros, 
cual lo hicieron en el Perú, las órdenes religiosas. Fuera 
de los franciscanos y mercedarios, no se conocieron en 
Salta conventos de otros frailes, después de expulsados 
los jesuítas. £n el rosto del país del Plata mas^ ó menos 



HISTORIA DE GOJCMES Y DS SALTA-^GAPÍTULO III 1S7 

era lo mismo, contándose á mas de eslas órdenes, la de 
Santo Domingo de Guzman. Sin embargo, las prácticaá 
piadosas no desdijeron en nada de las ocodtumbradas en 
las demás regiones de la Amériqn; y viéronse las iglesias 
convertidaB» en enterratorios de los fleles; siendo los tem- 
plos cementerios de la clase decente, dedicándose el pres- 
biterio & la cla^e. sacerdotal y altos personajes, y las 
adyacencias, que eran extensas, servían de campo santo 
para laclase pobre. y humilde, conviniendo advertir' que, 
aun en el arancel fúnebre se hallaba bien marcada la 
división de castas; que los derechos funerarios eran dis 
tintos para el español y. su descendencia; delcorréspon- 
diente á tes demás de las gentes. Era de uso general te^ar 
reglapientando minuciosamente- estas poefreras ceremo- 
nias y ruro era, en verdad, quien* no dispusiera ser sepul- 
tado con el hábito, de San Francisco, de la Merced ó del 
Carmen, ropaje que fué^ conocido mes comunmente cón 
el nombre de mortaja. Y como por la santa fe la divini- 
dad extendía y derramaba su providencia donde quiera 
y su favor era mas fácil de posiesion mezclando ó la súplica la 
eficaz intercesión de los santos abogados de la corte 
celestial, eran nuestros antepasados en extremo escrupulo- 
sos y exactos en el cumplimiento de sus deberes reli- 
giosos, y no solamente llenaban de suntuosidad las nú- 
merosas procesiones y cofradías, sino que eran severos 
en los ayunos y ejercicios espirituales de penitencia y 
llevaban reliquias y amuletos, descollando por cima de 
ellos^ el lignum cwas, objeto rarísimo^ y ■ que lo formaba 
una astilla de la verdadera cruz en que espiró Jesucristo, 
adherida á un disco de blanca cera bendito todo por 
el Santo Padre y guardado en relicario de oro y cristal 
y fuente poderosísima de milagros y misericordias. Las 
casas de familia tenían una imagen de su mayor devoción, 
la que» por lo común, jrepr^sentaibQ . á la virgen. .María; y 
de sus muros pendia gran cantidad de láminas de bien- 
aventurados, aun sobre la parte interior de la misma puerta 
de entrada, como para librar la casn de fascinerosos y 
enemigos; imágenes, láminas y reliquias á quienes lleva- 
ba constantemente sus preces la familia que era suma- 
mente devota. 



n 



laa DR. BERNARDO PRIA8 

Protejiendo las leyes civiles estas ideas como la pros- 
peridad y añanzomiento de la iglesia, vióse, entonces, la 
propiedad raiz gravada con censo perpetuo en bien di- 
recto de las almas del purgatorio y en favor indirecto, 
aunque real, del fomento y sostenimiento del clero. Esta 
institución, á la vez civil y religiosa, era la que se conocía 
con el nombre de capellanía, y era rara la familia de nota 
que no corriera con el patronato de alguna. 1). 
En el sentido teológico, se llamaba insiUucion pía, y en el 
mundano, beneficio, según que se la tomara en bien def 
alma ó en favor del clérigo. Consistía la capellanía en un 
gravamen real y perpetuo que el dueño de una Anca es- 
tablecía en ella, para que con su producto se costearan 
los. estudios del clérigo, el cual, una vez ordenado, tenia la 
obligación de celebrar cierto número de misas en sufhíglo 
del alma del fundador, aprovechando del resto del beneficio. 

Instituciones de esta naturaleza ocurrían á fomentar de 
una manera directa la carrera y estudios eclesiásticos; y 
como sucediera que por aquellos tiempos no hubieran mas 
profesiones liberales donde brillara la inteligencia de la 
juventud que la abogacía y el sacerdocio, toda familia de 
distinción enviaba á sus hijos, especialmente al primogé- 
nito, á doctorarse en las universidades, donde la carrera 
eclesiástica era mas frecuentemente seguida, no tan solo 
por que en ella alcanzaban mayor consideración y luci- 
miento, por sus consejos y por el pulpito, única tribuna 
entonces, donde la elocuencia brillaba con cierta libertad, 
sino también por que el doctor en leyes, con las puertas 
del gobierno cerradas, sin parlamentos, sin imprentas, 
sin libertad política, sin teatro en fin, donde brillar, pros- 
perar y hacer fortuna, hallaba su capacidad reducida á 
la lucha obscura entonces del foro, cuyos beneficios pe- 
cuniarios no eranrni fuertes ni abundantes. 

Por esta causa, digna de la mayor consideración, el clero 



1) Kl cura de Cochinoca y Gasavlndo, D. José Gabriel de Torres» f andaba 
veinte capellanias á dos mü pesos cada una para otros tantos miem- 
bros de su familia que era de las primeras de Salta. Su fortuna era 
tal, que de solo la venta de las pastas de oro que poseía, se obtuYO 
euarenta y tres mü pesos. (Datos tomados de algunos de sus papeles 
testamentarios, en nuestro poder.) 



HISTORIA DB 6ÜEMBS Y DE SALTA— CAPITULO m 189 

de Salta que precedió á la revolución era ilustrado y nu- 
meroso, 1) casi todo él doctorado en Ins mejores es- 
cuelas y perteneciente á la clase decente, la mas honorable 
y distinguida de la sociedad, descollando en aquellos días 
por su saber y virtudes, el famoso deán D. Alonso de Za- 
vala, que presidió al clero de Salta en su pronunciamiento 
por la revolución y aquien sus virtudes rodeaban de una 
atmósfera de santidad y de quien contaban que las almas 
del purgatorio íbanlo A urgir diariamente y antes que na- 
ciera la luz, se alzara del lecho para que fuera & cantarles 
la misa del alba, en sufragio de ellas y para descanso de 
sus dolores; y ios doctores D. José Gabriel de Figueroa, 
D. Juan Ignacio de Gorriti, D. Vicente Anastasio de ízas- 
mendi, D. Juan Manuel Castellanos, D. Manuel Antonio 
Acevedo y D. Manuel Antonio Marina cuyos trabemos por 
la educación de la juventud atrajeron á estos dos úItimo$^, la 
veneración de la nuevas generaciones. Y asi como ere\ su 
raza, su cuna y su saber, nobles y distinguidos, fué tam- 
bién así la honorable y digna altura en que conservaron 
su carrera por la tierra; como que aquellos varones ilus- 
tres y beneméritos que de tanto honor y santidad, ungieron 
las horas de la revolución, no bajaron al fango de las 
miserias humanas ni deshonraron su ministerio con bo- 
chornosos pecados, como llegó á verse mas tarde cuando, 
venciendo las montoneros, arrojaron la ilustración fuera 
de la patria y cubrieron la tierra de violencia y de bar- 
barie; haciendo ellos así, singularísimo contraste con el 
clero relajado del Alto Perü, donde, entre otras debilida- 
des, bien famosas que fueron sus barraganas, sin embargo 
de que el concilio de Trento enseñaba que « nada hay que 
mas instruya y exite continuamente los hombres á la pie- 
dad y ejercicios santos, que la buena vida y ejemplo de 
los que están consagrados al servicio divino. » 



III 



Bien notoria es la foi'ma como aquellos sacerdotes cutn* 



1) La sola casa de Meadiolaza contaba con cuatro hermanos clérigoSé 



140 DR. BEBKARDO frías 

• • • 

plierpn su ministerio, con toda piedad y sacriñcio, como 
lo revelan los anales parroquiales de la época, en que, la 
mayoría de los curatos de la campaña de Salta se hallaban 
servidos por doctores y teólogos del mayor respeto y 
nombradla; sacrificando, de aquella manera, en honra de 
Dios y bien de sus semejantes, la comodidad, el honor de 
los cargos públicos, la sociedad y el centro, en fin, de 
vida ú que estaban llamados & ocupar por su clase é ilus- 
tración, para perderse en los campos y en miserables al- 
deas como el buen pastor que dé la vida por sus ovejas, 
conforme les tenía enseñado Jesucristo, su divino maestro. 

Esta santa y austera y nobilísima conducta de nuestra 
antigua clerecía, provenía en algo, quizá, del delicado y 
prolijo expurgamiento que se hacía de las personas de 
los aspirantes al sacerdocio; de cuya rara costumbre re- 
sultaba que no podía recibir las órdenes sagradas, ni el 
mal nacido ni el defectuoso, ni el mulato ni el mestizo; 
por que el ministro de Jesucristo debía ser perfecto, sin 
deshonra y de sangre pura, como lo era su Señor y su 
maestro; y era, por tal razón, que el indio de pura raza 
podía servir sin tacha en el altar. 

La ilustración de aquel clero noble y activo, estaba en 
directa consonancia con la notable cultura de su inteli- 
gencia, mérito de primera magnitud, si se tiene en cuenta 
que poseía, ú mas de las ciencias eclesiásticas, todas las 
ciencias profanas que era posible adquirir bi^o aquel 
régimen de fuerza, basado en la prohibición y el mono- 
polio. Por que es justo recordar que el clero de enton- 
ces, que había cursado universidades, era casi todo buen 
conocedor de los textos jurídicos; algunos ostentaban 
hasta el título de abogado; y como cuanto mas prohibi- 
das son las cosas mas tentadoras se hacen á la curiosidad 
humana, aquellos sacerdotes llegaron á poseer textos 
franceses prohibidos por las leyes españolas, y se hicieron 
conocedores de la historia y literatura clásica, como de 
la historia europea y de la cónquisln, y de los problemas 
filosóficos, sociales y políticos y económicos que hicieron 
tanto ruido en «u época; nutrieron -con ellos el cerebro, 
fortalecieron el espíritu y aclararon la razón en materia 
social y política^ puntos hasta delictuosos en aquellos dias. 



HISTORIA DE GÜBMES Y DE SALTA-CAPÍTULO in 141 



IV 



Por su parte, el virreinato de Buenos Aires comprendía 
lo que se llama canónicamente una provincia eclesiástica, 
dividida en nueve diócesis casi como sus intendenciasi 
llevando un obispo con su catedral y su coro cada una 
á su frente, siendo las sedes episcopales de Buenos Aires, 
del Paraguay, de Córdoba y de Salta, las del sur, y con- 
téndose en el Alto Perú, las de Potosí, de Charcas O 
Cliuquisaca, de Santa Cruz, de Cochabamba y de la Paz. La 
metropolitana quedó siempre en Chuquisaca, y en Madrid 
residía el Patriarca de Indias, qreado en el siglo XVI pQi^ 
Paulo III, pero sin jurisdicción ninguna sobre los obispos 
de América, reduciéndose su pomposa investidura á solp 
un título honorífico y de palacio. 

Ck)mo tanto el espíritu del gobierno y de las leyes como 
el déla sociedad eran decididamente protectores de la iglesia 
católica, á tal extremo que, siendo ella la única religión 
del estado no era permitido la profesión de ningún otro 
culto, bajo penas horribles, la riqueza y el lx>ato alcanza^ 
ron un grado sorprendente. Los templos tenian todo el 
li^o de la época, aunque grotesco ó pesado en sus forii^as. 
Los objetos del culto, especialmente en las ciudades ricas^ 
eran todos de plata y oro; hasta altares de plata completos 
se veían en algunas iglesias del Alto Perú; y, en confor- 
midad con este pié de prosperidad eran las rentas y 
bienes eclesiásticos. El arzobispado de Charcas, por ejem- 
plo, gozaba de la masa decimal, un producido de 122.775 
pesos duros el año de 1786; el deanato, de 36.000 pesoa; 
las cuatro restantes dignidades, de 3.000 y las seis canon- 
gfas de su coro, de 2.003 pesos fuertes cada una. 1). 
A consulta del Consejo pleno de Indias de 4 de Octubre de 
1805, resolvió el rey la división del obispado del Tucuman 
y la erección del nuevo obispado de Salta, quedando, en 
consecuencia de este cercenamiento, como renta al de 



1) De un infonne inserto eu la real cédula de 13 de Enero de 1787; en el 
ttrch. de Sucre.— C7<i<d(<vo dA Areh^ Nal. ék Sucre, por Ernesto O. Rück, 



142 DR. BERNARDO FRÍAS 

Córdoba 16.615 pesos al año; el deanato quedó dotado con 
3.194; las dignidades con 2.678 y las canongías con 2.119 
pesos anuales. El obispado de Salta, ó su vez, quedó 
dotado con 8.461; el deán con 2.036 y las dignidades con 
1.357 pesos cada una por año. 1). 

Ya en los últimos tiempos, los diezmos fueron apropia- 
dos por el Asco en atención á las necesidades públicas, 
y eran rematados cada bienio, al mejor postor. 

La iglesia poseía, entonces, vasta suma de propiedades 
raices, tanto en las ciudades como en las campañas. Fué 
este el mismo sistema y un semejante fenómeno al que 
presenciaron los pueblos de Europa, por que es de re- 
cordar que, durante la edad media— época de la mayor 
piedad y fervor religioso, la iglesia poseía, en virtud de 
donaciones que le habían sido hechas, un inmenso número 
de tierras. « Pertenecíanle, quizás, dice un ilustre escritor, 
una tercera parte de la Alemania; una quinta parte de la 
Francia y de la Inglaterra y parte de la España cristiana é 
Italia; i> 2) y, aunque las revoluciones y los siglos vi- 
nieron á cercenar esta su inmensa riqueza territorial, 
continuaba gravosísima para el estado al estallar la revo- 
lución francesa. Pero si en Europa fué objeto de retar- 
dación y de ruina este poderío antl-económico, por ser 
la propiedad escasísima y reducida al frente de su. exor- 
bitante población, en América, presentando caracteres 
inversos, no prodigo aquellos tan desastrosos resultados. 

Estos bienes de la iglesia gozaban de exagerados privile- 
gios: ellos no estaban sujetos á pechos y contribuciones 
como los demás de los particulares; y á pesar del con- 
cordato de 1737, celebrado entre la Santa Sede y la corte 
de España, solo quedaron obligados al pago de derechos 
fiscales, los que se adquirieran desde • esa fecha en ade- 
lante^ Y coTtio la iglesia era una pei*sonalidad moral, su 
riqueza territorial no seguía los vaivenes de la -fortuna 
ordinaria, sino que se mantenía quieta, inmutable en el 
dominio eclesiástico, sin que fuera por las leyes permi- 
tida su enagenacion, á no ser por causas de necesidad, de 

1) Papeles del Dr. I). Guillermo Ormaeeliea. 

2) V. Duruy. 



HISTORIA DE GOBMES T DE SALTA— CAPÍTULO m 143 

Utilidad ó de piedad, requiriéndose para ello grandes 
tramitaciones canónicas que engrandecían su dificultad. 
En virtud de estas leyes torpes y retardatarias del engran- 
decimiento de la riqueza pública que venían, así, á in- 
movilizar la propiedad raiz de la iglesia, cortando el vuelo 
productivo de los capitales que representaba, estado que 
tomó el nombre de manos-muertas; y de los anatemas 
que los preceptos canónicos liabían consagrado en su de- 
fensa contra cualquiera que atentara contra ellos, como 
también por efecto de la profunda piedad de los fleles, que 
la enriquecían cada dia mas con sus donaciones y legados 
para aflanzar con ellos, principalmente la salvación eterna 
de sus almas,— el cúmulo de su poderío económico alcanzó 
vuelo sorprendente y amenazador. Mas un delicado prin-^ 
cipio de derecho público vino á contrarrestar eSta gran- 
deza creciente de su patrimonio; por que fué en virtud del 
derecho de soberanía y del real patronato, que se reconoció y 
se sostuvo con bien plausible celo, que los bienes de las 
comunidades, por ejemplo, ó de los conventos é institucio- 
nes pias de este jaez, que llegaran á extinguirse, corres- 
pondían derechamente al patrimonio del estado y no á la 
iglesia romana, como pretendieron algunos exaltados, con- 
siderándose como bienes nacionales. Así llegó á acontecer 
que, por motivo de la expulsión de los jesuítas de los 
dominios españoles, su inmensa riqueza territorial, en lo 
que ninguna otra orden llegó á rivalizaría, correspondió al 
Asco, constituyendo sus bienes y su administración, lo que 
entonces fué conocido por el ramo de temporalidades. 

Al lado de estos enormes privilegios con que vivía y 
holgaba la iglesia I)ajo el dominio español, existían las 
inmunidades personales de los miembro^ 4^ su clero, en- 
tre las cuales se distinguían principalmente las conocidas 
del canon y del fuero. Su institución era antiquísima en 
la iglesia, y habia sido erigida con justicia y con razón, 
talvez, como un escudo contra la violencia y los , abusos 
con que el sacerdocio pudo llegar á ser oprimido allá en 
épocas de desorganización y barbarie por donde con tanta 
gloria para la civilización del mundo, habia atravesado la 
iglesia católica, desde Constantino hasta la creación de 
las monarquías absolutas. Pero, instituciones hijas de las 



144 ... DR. BEBNAEDO FRU8 

circunstancias, habían perdido con ellas su razón y su 
derecho de existir, y los gobiernos civiles las habían ido 
restringiendo y destruyendo á medida que avanzaban en 
la fuerza de su der^ho. 

Por el privilegio del canon, el clérigo no podía ser atacado 
en forma alguna sino por causa excepcional. « Manos aira- 
das metiendo. alguno en clérigo ó en ome ó en mujer de reli 
gion, decía la ley, para ferirlo, ó para matarlo ó para prender- 
lo, cae en dos penas: la. una de dexcomunion, la otra que ha 
de ir á Roma que lo absuelvan. » Pero el privilegio del fuero 
personal era altamente mas grave;, que él atentaba direc- 
tamente 6.1a soberanía nacional, puesto que por su esta- 
tuto, el clérigo que cometía un delito, un simple tonsurado 
que lo fuera, no podía ser juzgado por la, justicia ordinaria, 
por los jueces del estado, de institución civil, sino por 
jueces eclesiásticos. Y obvio es comprender que toda ins^ 
titucíon lleva la humana debilidad de proteger su crédito; 
que el espíritu de compañerismo es una pasión que ofusca 
el corazón como cualquiera otra, y que, si bien un santo 
en la magistratura podría, como varón entero y limpio, 
administrar severa justicia, esta no era de razón el espe- 
rarla de manos de compañeros del reo en que la santidad 
no solamente era dudosa y aun ajena de sus almas, mas 
también, y muchas veces, ofendida y vejada por eclesiás- 
ticos que fueron escándalo y deshonra de la iglesia. 

El gremio militar gozaba también de fuero propio. Todas 
estas injusticias y estos abusos debían arrasar los vientos 
redentores de la revolución. 



Habla, pues,- de eáta manera, en la monarquía española* 
dos potestades soberanas casi dentro del estado:-— el poder 
civil representado por el rey, y el poder eclesiástico 
por el sumo pontífice de Roma. Pero, á pesar de su ca- 
tolicism'o y religiosidad, los monarcas españoles fueron, 
siempre celosísimos guardianes de las concesiones que, 
en obsequio de sus servicios como brazo secular, les 
había hecho la iglesia romana. Esto dio nacimiento y 



HISTORIA DE GOEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO ffl 145 



constituyó el real patronato y el derecho de regalía de que 
gozaba el soberano y fuente que fué de prolongadas 
disputáis y discordias entre ambas potestades y sus teó- 
logos" y canonistas. Felipe II mismo, sin embargo de su 
cruel y exagerado catolicismo, no aceptó las resoluciones 
del oorieilio de Trento en toda su integridad, sino con las 
restriciciones prudentes y salvadoras de sus privilegios y 
dere<5l-i.os de gefe del estado. 

Po r* el derecho de patronato que la Santa Sede concedió en 
repetidos concordatos al rey de España, el soberano interve- 
nía on triple manera en el gobierno de la iglesia; qué así te- 
nía i>otestod de nombrar ó presentar en el beneficio vacante, 
6 coroso lucrativo y honorífico, coíno 6 los prelados y los 
párrocos, por ejemplo, al clérigo que se quería promover 
ó instituir, como permitía, otorgando el pase ó exequátur, 
que se conocieran y publicaran y cumplieran en sus do- 
minios las leyes y disposiciones de la corte romana; ó 
como, en fin, y en razón de todo esto, destinaba porción 
considerable del tesoro público para el sostenimiento del 
culto y necesidades particulares de la iglesia y para su 
sesnridad y respeto y exclusivismo en la universalidad 
de Ids olmas, la fuerza del brazo secular. En virtud de 
potestad semejante, correspondía al rey, como su derecho 
dfe regalía, el presentar á la Sede Apostólica los candida- 
V>^ elegidos por él, para ocupar las vacantes del episco- 
pado; y nombraba las dignidades del coro de las iglesias 
éaledrales y los individuos que hablan de llevar la cura 
4e almos en las parroquias. 

Estas facultades las ejercía el rey en América, por medio 
de la delegación otorgada á sus virreyes y gobernadores po- 
líticos. No podía la iglesia, en consecuencia de ello, estable- 
(jer nuevos obispados ó dividir los ya establecidos sin el 
concurso de la voluntad real; ni constitución, ni encíclica 
ni decreto alguno del papa podía sin ella, ser publicado 
ni cumplido, ni se podía fundar conventos ni monasterios 
sin la autorización regia, habiéndose llegado á demoler, 
• por orden del gobierno civil, según narra Solórzano, un 
convento que se levantó sin la real licencia. Y de la 
misma manera que el soberano ejercía su derecho en el 
nombramiento de estas autoridades eclesiásticas, así 



146 DR. BERNARDO FRÍAS 

igualmente lo tuvo paro conflnar obispos rebelados contra 
su poder, y aun de separarlos y destituirlos del gobierno 
diocesano; por que, todo culto oficial implica forzosamente 
autoridad secular ü oficial del estado; y, como del poder 
civil habían recibido las autoridades eclesiásticas juris- 
dicción fuera de las conciencias de los fieles y efectos 
civiles sus actos, y del poder civil racibian el auxilio del 
brazo secular y los emolumentos de sus funcionarios, que 
solo otorgan las leyes de una nación, para el respeto de 
sus propias instituciones y el sostenimiento de sus auto- 
ridades,— resultaba que, bajo este respecto, el patronato 
convertía las autoridades de la iglesia con asiento en los 
dominios españoles, en verdaderos y legítimos empleados 
públicos del estado. 

Si por este derecho el soberano intervenía tan directa- 
mente en la elección y nombramiento de los prelados y 
dignidades superiores de la iglesia, no quedándole al sumo 
pontífice mas que la facultad de la institución canónica 
ó el rechazo justificado del presentado, intervenía también 
el patrono aun en las dignidades inferiores, como eran 
los curas párrocos, llevando su concurso á la elección y 
exigiendo la sabia disposición del concilio de Trento, de 
proveer los beneficios vacantes por medio de examen de 
concurso, como segura garantía para la idoneidad del 
candidato, obligado á dar pruebas de su competencia para 
evitar, entre otros graves inconvenientes y peligros, el 
empeño de los aspirantes ó de los ya nombrados á con- 
graciarse la voluntad del prelado, no por cierto en todos 
los casos con los méritos adquiridos en el cumplimiento 
de sa debePy lo que em éññoB» él la sociedad como al 
mismo decoro de la iglesia. 

Los párrocos, entonces, recibían el curato en propiedad 
y no podían ser removidos del beneficio por los prelados, 
sino por causa grave y justificada, lo cual venia á cons- 
tituir un verdadero derecho de defensa de los párrocos 
contra la posible arbitrariedad de los prelados. 

VI 

A la manera que la conquista y la civilización europea, 



HISTORIA DE QUEMES Y DE SALTA— CAPITULO m 147 

^ talqueza, el comercio y la opulencia de las comarcas 
,^^ \^Iata bajaba del Perú, la corriente luminosa de la 
Míuccion pública, bajó por idéntico sendero; de manera 
que, á la inversa de lo que vino ü acontecer en la época 
de la república, Buenos Aires venia á ser, así, la última 
población favorecida, durante casi todo el periodo del viejo 
régimen. Mas no fué ciertamente el gobierno de España 
quien se empeñó ni preocupó siquiera de esta tan im- 
portante necesidad de sus pueblos de ultramar; que es á la 
iglesicf y especialmente á la famosa orden de la Gompa- 
ñia de Jesús, á quienes corresponde la gloria de la ilustra- 
ción de las sociedades de América, y allá, en lo remoto, 
de ser la causa principal, aunque lejana, de la indepen- 
dencia. 

Durante los últimos dias del siglo XVI, bajaron, en 
efecto, los religiosos jesuítas del reino del Perú, con su 
carácter de misioneros, á evangelizar estas comarcas, que 
recibían los primeros toques de la conquista. Por los 
años de 1586, llegaron tras de fatigosísimo camino, á la 
ciudad de Salta, y pasaron ú la de Santiago del Estero, 
que, en aquel entonces, era la capital de la' provincia, 
formando allí, lo que se llamó la misión del Tucuman^ 1) 
desde cuyo punto comenzaron ú derramar los frutos de 
su apostolado haciéndose famosísimos por sus trabajos tan 
meritorios. Pero la orden de Jesús, al lado de la con- 
versión, propagaba la escuela, como estrella principal de 
su institución; y así llegaron á gozar, desde sus primeros 
dias, Santiago, Córdoba y Salta, de un colegio para la 
educación de la juventud. El colegio de Santiago pasó 
luego, como pasó de ella también al rango de capital del 
Tucuman, á la de Córdoba, qne mas tarde debía recibir 
la de Salta, al erigirse la intendencia de su nombre: mas 
el colegio de Salta se sostuvo y prosperó con fuerza du- 
rante casi todo el periodo colonial, cerrándose y conclu- 



1) Con el nombre de el Tucuman se conocía antiguamente todo el terri- 
torio comprendido éntrelas fronteras de Potosí y la pampa del sur de 
Córdoba.^ desde los Andes y las fronteras de Cuyo hasta las del Chaco 
y Santa Fe, ó del litoral; y así es corriente hallar en los monumentos 
de la época, expresiones como estas, por ejemplo: la ciudad de San 
Migud del Tucuman ó el ohiapo de Córdoba del Tucuman* 



148 DR. BERNARDO FRÍAS 

yendo, al fin, con la expulsión de los jesuítas, cerco de 
medio siglo antes de la revolución. En estos colegios se 
enseñaba, como ramos principales, latinidad y humanida- 
des; lo cual requería la escuela primaria, nula ó muy 
extraña en aquella época, por lo cual la enseñanza se daba 
en las familias ó por maestros particulares. Disuelto el 
colegio de los jesuítas, la enseñanza de la juventud no 
mató su vuelo; los conventos de los otros frailes, espe- 
cialmente el de San Francisco, abrieron las puertas de la 
escuela primaria; y, poco tiempo mas tarde, fundó su 
famosa escuela de gramática y latinidad el honrado es- 
pañol Don José León Cabezón que regenteó 30 años y en 
la cual aprendió á manejar la lengua de Virgilio y Cice- 
rón la mayoría de la juventud decente, especialmente los 
hUos de familias acaudaladas, amantes de las letras. En 
1799, el Dr. Don Manuel Antonio de Acevedo, sacerdote 
ilustre, que mas tarde había de firmar el acta de la in- 
dependencia argentina como diputado por Catamarca, y 
& la que también había de representar en el Congreso 
de 1826, fundaba en Salta una cátedra de filosofía, desem- 
peñándola por muchos años gratuitamente, iiasUi que el 
torbellino de la revolución cerró sus puertas, colocando en 
la tribuna parlamentaria al maestro. 1) 

Esta constante instrucción de la juventud formaba, por 

espíritu de tradición, por orgullo de clase y por la dig- 
nidad que infunde en la sociedad la inteligencia cultivada, 
una inclinación general en toda persona decente á los tra- 



1) Creemos haber leido alguna Tez que era hijo de Oatomarca, quizá 

Sor haberla representado en los congresos y haber sido en 181G, cura 
el departamento de Belén, en esa provincia, como lo fué del de Santa 
Maria, en la misma, el doctor D. Pedro Antonio de Gurruchaga, el 
primogénito de la familia salteña de aquel nombre. £1 doctor Acevedo 
nació en Salta el año de 1770, siendo sus padres D José Manuel de 
Acevedo y D*. Maris Juana Torino. Hizo sus iBstudios preparatorios 
en Salta y pasó ¿ la universidad de Córdoba, donde recibió los gra- 
dos de doctor en 1793. Fué hombro d^ mucha ilustración, orador 
respetable, y patriota desinteresado. « No perdía oportunidad, como 
patriota ilustrado, de encarnar on el corazón de sus alumnos loa sen- 
timientos de Justicia y de amor á la patria. > En la carrera acleslás- 
tica alcanzó i ser canónigo de la catedral de Salta« y en la politica, 
hasta por dos veces diputado al cnngr^so, on cuya misión lo sorpren- 
dió la muerte en Buenos Aires, el 9 de Octubre de 1825. fVéasé "Re- 
cuerdos de 8aUa en la época de la independencia^ por Mariano Zorre- 
guieta, 1881; pág. 17.) 



fflSTORIA DE.GOEMES Y DE SALTA— CAPITULO III 149 

tm¡os intelectuales; y era tan común en Salta, durante 
aquellos días, que los principios y jiros filosóficos como 
el manejo de la lengua latina y la abundancia y sólida 
preparación de sus doctores, fueron el óprmo fruto reco- 
gido de estas tan nobles tendencias. Pero, á pesar de 
este adelanto, la miyer permanecía víctima aun de las 
rancias preocupaciones de la época, pues los padres es- 
pañoles, demasiado celosos del honor y buen nombre de 
sus hijas, si todas ellas sabian leer, era muy rara aquella 
á quien se le ensenara & escribir, limitándose, en ellas, 
este ramo, al simple aprendizaje de la firma. Y así se veían 
obligadas aquellas aristocráticas damas, á valerse de 
amanuense para escribir las comunicaciones que dirijian 
á sus hijos ausentes, estudiantes en los claustros de Cór- 
doba ó de Charcas. Mas al rayar el siglo XIX, el espíritu 
de reforma y de adelanto intelectual lo invadió felizmente 
á todo. 
Todos estos beneficios que traía el lento progreso de 

estos países, escollaba contra las preocupaciones de exa- 
geradas divisiones de razas, mas allá de donde era racio- 
nal y necesario; que así se mantuvo, durante todps aquellos 
pesados siglos del antiguo régimen, la clase plebeya ol- 
vidada y cyena de todo principio de ilustración. Esta jente 
habia nacido para el servicio y para vivir dirijida y am- 
parada por la raza superior; de manera que ella no pisó 
jamas las escuelas durante aquellos tiempos, por que es- 
tas solo tenían por objeto, en el concepto antiguo, prepa- 
rar, para el gobierno político ó social la clase noble, 
por que era ella la destinada á mandar. Hoy, esa clase 
baja del pueblo, devoradora de la libertad, fuente creada 
por los abusos de la democracia para hacer fantasmas 
de gobiernos, se venga con su tiranía ciega, pero degra- 
dante y corruptora en grado extremo, de aquel abuso de 
nuestros antepasados. La libertad tiene sus peligros como 
la navegación ó el uso de las armas, y es el mayor de 
ellos el concederla á quien no puede manejarla. 

VII 
La instrucción superior habia alcanzado, desde el último 



150 DR. BERNARDO FRÍAS 

tercio del siglo XVIII, un esplendor cada dia mas robusto 

y famoso, cuyos focos exclarecidos se hallaban en Córdoba, 

en Charcas y en Lima, siendo este último con el de Mé- 

gico, los mas famosos centros universitarios del Nuevo 
Mundo 1). 
Cualquiera que llegue á ser la opinión que el espíritu 

liberal del siglo se haya formado de la orden de los je- 
suítas y por mas justiflcados que puedan ser los peligros 
de una sociedad por la influencia clerical en el gobierno, 
cumple á la honradez de la historia, desnuda, cual debe 
ser, de odios y apasionamientos fanáticos, reconocer y 
proclamar los inapreciables beneñcios recibidos por los 
pueblos americanos de los esfuerzos de la Compañía de 
Jesús en su progreso, en su civilización y en el desen- 
volvimiento de las potencias del espíritu, fuente principal 
que fué de la revolución de Mayo. Por que, mientras las 
demás órdenes de frailes se concretaban y reducían su 
celo ó la propaganda de la fe católica entre los indios 
salvfiges, como los franciscanos, ó yacían en las ciudades 
holgando en los conventos y solo sacramentando á los 
devotos, como los de la orden de la Merced, los jesuítas, 
á mas del apostolado que ejercieron derramando la luz 
del cristianismo entre los salvcges, cuyo héroe mas cono- 
cido fué San Francisco Solano, llevaron, al lado de la cruz 
y del evangelio, la escuela de las artes y la escuela de 
las letras primarias y superiores, como apóstoles de la fé 
y de la instrucción pública; bastándonos citar, ]K)r ejem- 
plo, que en 1745 tenían fundados en las regiones del Rio 
de la Plata, diez colegios y 38 misiones, alcanzando en lo 
que se llamaron misiones del Paraguay á levantar 30 pue- 
blos y á reducir y civilizar con el aprendizaje de las 
artes, de la religión y del comercio, mas de cien mil 
guaraníes, de que hoy no nos restan mas que las ruinas 
de su antiguo progreso. 

Pero la instrucción de la juventud fué lo que vino á 
singularizarlos mas en sus méritos. De todos aquellos 



1) La universidad de Charcas llevaba sa nombre por estar sil 
la provincia de los Cliarcas, cuya capital era la ciudad de La 



situada en 
La Plata ó 
Ghüquisaca: por esta razón llámasela indistintamente con cualquiera 
de estos nomores:— de Charcas, de Ghüquisaca ó de La Plata. 



HISTORIA DE GOEMES Y DE SALTA— CAPITULO IH 151 

colegios, el fundado en la ciudad de Córdoba, en la vasta 
región llamada el Tucuman, adquirió la primacía de entre 
ellos y llamóse el Colegio Máximo, donde, ú mas de la 
imprenta, única conocida entonces, poseían «el tesoro 
inestimable de su hermosa y selecta biblioteca, cuya dis- 
persión será siempre lamentada; y en sus claustros si- 
lenciosos meditaron Techo, Pastor, Lozano y Guevara los 
trabegos literarios en que descansa el edificio de la histo- 
ria colonial de estos países. » Por los años de 1610, el 
benemérito obispo del Tucuman, Don Fernando de Trejo 
y Sanabria, fundaba sobre el Colegio Máximo, la célebre 
universidad de Córdoba que obtuvo licencia real y ponti- 
ficia, cual era menester entonces para conferir grados de 
bachiller, de licenciado y de doctor. Este ilustre prelado, 
primer apóstol de la ilustración argentina, había nacido 
en 1554 en la ciudad de la Asunción, capital de la gober- 
nación del Paraguay; estudió en Lima para la carrera 
eclesiástica y profesó en la orden de San Francisco siendo 
premiado por el rey Felipe II, sabedor de sus virtudes, 
con el obispado del Tucuman, en 1592. « Era Trejó perso- 
na de gran literatura, aventajado talento de pulpito y de 
gobierno y celosísimo del bien espiritual de sus ovejas.» 

<« Sus misiones entre los indios; la generosa intervención 
en su favor para que fuesen redimidos de los trabajos 
forzados á que los obligaban; la fundación de asociaciones 
del Santísimo Nombre de Jesús en beneficio de los escla- 
vos, constituyen tan solamente algunos de los principales 
méritos de este gran cristiano, para quien la fe era una 
gran milicia, dando prueba en ella de su infatigable ar- 
dor y de su constante abnegación. » 

Antes de morir, decía en su testamento: « Quisiera te- 
ner los bienes que me bastaran para fundar un colegio 
en cada pueblo de mi obispado. » Concluyó su vida en 
Córdoba, con una muerte santa como fueron sus días, el 
24 de Diciembre de 1614. 

Desde 1022, el Colegio Máximo funcionó como univer- 
sidad en virtud de las superiores licencias, aumentando 
cada dia su fama y sus progresos á medida que la civi- 
lización crecía y la inclinación á los estudios tomaba 
cuerpo; y como sucediera que en toda la región del Rio 



158 DR. BERNARDO FRÍAS 

de la Plata, desde el Paráguay á Montevideo y desde Buenos- 
Aires á Jujuy, este fuera el único centro de eestudios su- 
periores, acudía & sus aulas la juventud aristocrática, rica, 
inteligente y deseosa de adquirir saber, de todo el dilatado 
territorio. . 

VIII 



Para la mejor preparación de sus estudios como para 
comodidad y garantía de las familias que desde tan largas 
distancias enviaban hasta ella sus hijos menores y casi 
todos ellos de muy tierna edad, se establecieron, al lado 
de la universidad, el Colegio de Monserrat y el Semi- 
nario Conciliar de Loreto. 

En ellos se enseñaba los ramos preparatorios como gra- 
mática, retórica y latinidad, por ejemplo; pero, el Colegio 
de Monserrat era mas una casa de pupilage, especialmente 
para los estudiantes forasteros. 

£1 Colegio Real Convictorio de Nuestra Señora de Mont-- 
serrat fué creado por licencia concedida por real cédula, 
en 1685 y merced al generoso celo del Dr. D. Ignacio 
Duarte de Quiroz, natural de Córdoba, su fundador; quiea 
consagró para ello, 30.000 pesos acumulados como heren- 
cia venida de sus padres y como fruto de su activa labor 
particular. 

En la portada principal de la casa y en la capilla se 
hallaban colocadas las armas reales á la derecha y como 
signo del real patronato, y, á la izquierda, aparecían pues- 
tas las de su fundador c( que son un ciprés que lo coro- 
nan dos llaves cruzadas y una estrella; al pié, cuatro 
rosas y otras tantas azucenas, rodeado todo el escudo de 
ocho cruces. » Este colegio estaba anexo y era « como 
parte y ramo del colegio de la compañía. » 

De la dotación asignada por su fundador, debían soste- 
nerse seis becas para muchachos pobres pero « de buenas 
costumbres y habilidad. » Para ser admitidos en el Mont- 
serrat debía comprobarse «ser cristianos viejos, limpios 
de toda raza de judío, moro ó penitenciado por el santo 
oflcio é hijos de legítimo matrimonio; » debían saber leer 
y escribir, contar doce años de edad por lo menos y, 



HISTORIA DE GOEMSS Y DB SALTA— CAPÍTULO m 153 

finalmente, no haber dado mal ejemplo con su vida, ó en 
su caso, constancia de su enmienda. Entre ellos, debian 
ser admitidos cccteris paribus de los que se hubiesen de 
admitir por pobres, los hijos y nietos de personas nobles 
y calificadas de la república. 

La entrada á la casa del nuevo colegial daba motivo 
para una larga ceremonia. El forastero era introducido 
en la «sala secreta de comunidad» en medio de sus fu- 
turos compañeros reunidos, y el padre rector, en breves 
palabras, le exponía el fin que tenía en el colegio y los 
medios de alcanzarlo; poníale el manto, y los colegiales, 
en seguida, lo abrazaban todos «en señal de caridad» y 
de que lo admitían « por compañero y hermano, » pasando 
de allí á misa en donde comulgaba y hacía « voto y ju- 
ramento de sentir y defender la inmaculada concepción 
de la purísima virgen María, nuestra Señora, » voto y 
juramento que se renovaba por todos los colegiales cada 
año, el dia de la Purísima Concepción. 

El vestido era para todos uniforme dentro y fuera de 
casa. En público usaba el colegial manto negro y veca 
colorada con el escudo del nombre de Jesucristo y una 
corona real; mangas negras, bonete, «cuello de clérigo 
llano y honesto, » es decir, esclavina y sotana. Dentro de 
casa llevaba «ropas pardas sin alamares ni pasamanos y 
monteras, cuanto posible fuese, uniformes. » No debian 
usar «sombreros ni zapatos blancos, ni jubones, ni cal- 
zones ni medias que no sean pardos, morados, negros ó 
azules de lana.» Pagaba el colegial por alimento, liü 
pesos al año; pero eran muy pocos los que contribuían 
con esta cuota, y ella se determinaba según las facultades 
de cada uno, llegando á rebajarse á algunos hasta la mi- 
tad. Por los años de 1800, costaba dos pesos la mesada. 1). 

La universidad de Córdoba fué, con el tiempo, eclipsada 
por el brillo y nombradía de la de Charcas, cuyo principal 
motivo fué que, en Córdoba, no se dictaba cátedra de 
jurisprudencia hasta los últimos años del gobierno colo- 
nial, siendo sus estudios destinados, cual fué el espíritu 



1) Pupeles del Dr. OrmaecheR, citados: Tesiamt de Boedo» Areh. de 
Salta, leOé^ 



54 DR. BERNARDO FRÍAS 

de su fundador, á la perfección de la carrera eclesiástica. 
La universidad llevaba su escudo: coronalja su cima la 
diadema real; en su centro se notaba un sol naciente. 
Heno de luz, símbolo brillante de la idea, y en su parte 
inferior, de pié, un águila coronada, con las alas itijier- 
tas, símbolo del pensamiento. De izquierda á derecha se 
leía esta frase latina: — Ut portet nomem meum coram genti- 
bus. La patrona de la universidad era la Purísima Con- 
cepción, y el personal de su enseñanza lo formaron los 
padres jesuítas hasta su expulsión. La universidad se 
liallaba dividida en dos facultades: una de teología y la 
otra de artes. La facultad de artes comprendía la lógica, 
la física y la metafísica aristotélicas, y su enseñanza du- 
ral^a tres años; la de teología era de cuatro años y com- 
prendía, bajo esta denominación, el estudio también del 
derecho canónico ó de sagrados cánones. Solo desde 1791 
se comenzó á estudiar leyes, funcionando, desde esa fecha, 
la cátedra llamada de instituía de jurisprudencia, y fué> de 
esta manera, la universidad de Córdoba la última en en- 
señar el derecho civil entre todas las de América. En 
1808, y á esfuerzos del deán Funes, se creó una cátedra 
de matemáticas. Tal era el diapasón lento y exiguo con 
que marchaba, bajo el régimen español, la ilustración de 
los pueblos de América. 



IX 



La facultad de artes otorgaba tres clases de grados: 
de Bachiller, de Licenciado y de Maestro. El primero se ob- 
tenía después del segundo curso de artes y á mérito de 
examen público y general de toda la lójica. Su examen 
era característico. El alumno debia estar sentado en una 
piedra que estai>a en medio del aula, sin sombrero ni 
manteo; los examinadores, en sillas. El licenciado rendía 
su examen, para recibir el grado, después del tercer año 
de artes, acto solemne en el que se defendían todas ellas 
en doce conclusiones: 3 de inetafísica, 3 de física, 3 de 
ánima y generación, é igual número de lójica. El examen 
para el grado de maestro, que era el mas alto que otor- 



I 



fflSTORIA DE 6ÜEMES Y DE SALTl-CAPÍTÜLO ffl 165 

gaba la facultad de artes, era poco diferente del anterior, 
y él se reducía al examen general de toda la filosofía. 

Estos mismos grados de bachiller, licenciado y doctor 
se usaban en la facultad de teología; y para obtenerlos, 
era menester haber cursado la facultad de artes en los 
grados correspondientes. El grado de doctor en sagrada 
teología era el mayor que concedía la universidad y el 
que « ponía honroso término á la carrera literaria. » Para 
poseerlo, el estudiante era sometido & cinco exámenes 
rigorosos de teología. « De estos, cuatro son dedicados á 
María Santísima, y se llaman parténicas, y duran tres ho- 
ras. La primera parténica versa sobre la primera parte 
de la Suma de Santo Tomas, y sus conclusiones son tres 
de Deo el prcedestinaU'one, tres de Trinitate, ó igual número 
de angelis; los de la segunda parténica se distribuyen en 
esta forma: dos de beatiiudine, una de honitate et malitia, 
otra de legibus, dos de peccaiis y tres de gratia; la tercera 
contiene tres de fide, spe et charitate, dos de contractibus, dos 
de resiitucione y otras tantas de censuris;—\ñ cuarta, tres 
de incarnatione, una de sacramentis in genere, dos de pcB- 
niientia y tres de eucharisiia, 

«El quinto y último examen, qué es el principal, se 
llama ignaciana, «á devoción de Nuestro Santo Padre 
Ignacio, » y dura cinco horas entre mañana y tarde. . . . 
Estando junto al teatro (ó tribuna) se levantará el padrino 
acompañado de los bedeles con sus mazas y traerá al 
doctorando á la cátedra. Y subiéndose á ella el docto- 
rando leerá una hora entera, como se usa. Después, sen- 
tado en la silla delante de la cátedra defenderá por espacio 
de cuatro horas, dos por la mañana y dos por la tarde, 
la teología. » 1). 

Después de los exámenes generales, la universidad pro- 
cedía á la solemne fiesta de la colación de grados, la cual 
tenía lugar en la catedral, conforme lo disponían las Leyes 
de Indias^ 2) y en el día de la Purísima Concepción 
para los doctores en artes, y en el de San Buenaventura 
para los de teología. 



1) J. M. G 

2) Ley 16, 



Garbo, — Bom, h4H. de la Univ. de Córdoba p. 63. 
" T. 33, L. l^ de India: 



I 
¡ 

166 DR. BERNARDO FRÍAS 



El dia de la flesta, los graduados, que era de su deber 
asistir á ella, se presentaban con su insignia de ceremonia, 
la que consistía, para los bachilleres y licenciados, en el 
capirote, llevándolo puesto los últimos y los bachilleres 
doblado y sobre el hombro; y para los maestros era el 
bonete con borla azul, llevándola blanca los doctores. 

«Anticipadamente se disponía un tablado con capacidad 
bastante para contener á los doctores, maestros y demás 
graduados, á cuyo frente se colocaba, bcjo dosel, las armas 
reales; á la derecha de ellas, las del obispo; á la izquierda, 
las de la universidad, y un poco mas abajo, las del gra- 
duando. Colócase igualmente delante del teatro ó tablado 
una mesa con tapete, y sobre ella, en fuentes ó salvillas 
de plata, las insignias doctorales: —bonete con borla, anillo 
y el Maestro de las Sentencias; el libro de los evangelios 
y las propinas. Agregúese á lo dicho ricas colgaduras, 
alfombras lujosas, espléndidos sillones, flores y perfumes 
y se tendrá una idea aproximada del improvisado templo 
de Minerva. 

« Ocupados los asientos por los que forman el concurso, 
en el orden de su antigüedad, sube el padrino á la cátedra 
y propone al doctorando, en breves y elegantes frases latinas, 
una cuestión para que la discuta, lo que hace en igual 

brevedad puesto de pié al lado de la mesa Llevan 

los bedeles . al padrino de su asiento á la mesa, donde 
toma al graduando para ponerlo de pié delante del que ha 
de darle el grado, á quien lo pide en corta y elegante 
oración latino, que es contestada en igual forma por el 
graduante. » (Garro). 

Prestaba en seguida el juramento reglamentario, pues- 
to de rodillas, con las manos sobre los evangelios, que 
en seguida lo entregaba Armado al rector para ser guar- 
dado en el archivo. Entre los puntos que comprendía su 
juramento^ se contaba «la opinión pia sobre ¡a concep- 
ción de la Virgen Santísima sin mancha de pecado ori- 
ginal » pues que, en aquellos dias, aun no estaba declarado 
este delicado misterio como dogma de fe del catolicismo, 
lo cual fué proclamado recien por el concilio de 1870.— 
Inmediatamente, el nuevo doctor hacía su profesión de 
fe diciendo:— « Creo en un solo Dios, padre todopoderoso, 



HISTORIA DE QOEMES T DE SALTA-CAPlTULO UI 157 

creador de la tierra y de los cielos, y de todo cuanto hay 
de visible é invisible. Y en un solo Señor Jesucristo, hijo 
unigénito de Dios, nacido del padre antes de todas las 
cosas; Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero del ver- 
dadero Dios; generado y no hecho, consustancial con el 
padre por quien son hechas todas las cosas. Que por 
nosotros los hombres y por nuestra salud descendió de 
los cielos y tomó carne en el seno de la Virgen María y 
fué hecho hombre por la gracia del espíritu de Dios, 
siendo por nosotros crucificado, bajo el poder de Pilato y 
muerto y sepultado, resucitando al tercero dia según es- 
taba dicho en las Escrituras y ascendió á los cielos y 
tomó en ellos asiento á la diestra del Padre; y de allí él 
debe venir en su gloria á juzgar á los vivos y á los 
muertos y cuyo reino no tendrá fin. . . . . » 

Continuaba, de esta manera, confesando todos los santos 
principios del credo de la Iglesia Católica, entre ellos, la 
interpretación de las Escrituras; la unidad de la iglesia; 
la remisión de los pecados por la gracia del bautismo; 
la hermosa esperanza en la resurrección de los muertos 
y la vida eterna; la misa como sacrificio propiciatorio 
para vivos y difuntos; el dogma de la presencia real en 
la eucaristia; el misterio de la transustanciacion; la efica- 
cia de la oración para obtener el favor de Dios, y el culto 
de los santos y sus reliquias, y la potestad superior, una 
y univeraal del papa, como vicario de Cristo en la tierra. 

En los últimos tiempos, se ensanchó este juramento en 
virtud de leyes expresas, agregándose á sus cláusulas— 
« las de DO ir, en manera alguna, contra las regalías del 
soberano ni defender jamas la doctrina del tiranicidio,» 
coronando todo este grandioso compromiso, el juramento 
de obediencia y lealtad al rey. 1). 

Una vez terminada la profesión de fe, el doctorando, 
permaneciendo siempre de rodillas, recibía de manos del 
graduante el grado de doctor, lo cual se verificaba colo- 
cándole en la cabeza el bonete. Allí se hablaba en latin, 
y haciendo uso de esta lengua, por tanto concepto sagrada, 
el graduante manifestaba hacerle esta concesión en virtud 

1) Uy 14, T. 22, L. 1*. di 



166 DR. BERNARDO FRÍAS 

de la autoridad real y pontificia, coa todos los privilegios 
é inmunidades que le eran concernientes, y terminando 
sus palabras bendiciéndolo en el nombre del Padre del 
Hijo y del Espíritu Santo. Luego el padrino le daba las 
demás insignias doctorales, «comenzando con el ósculo 
en la mejilla acompañado de estas expresiones: nAccipe 
osculum pacis in signum fraternitatis et amicilí<B\ » esto 
es,— recibe este beso de paz en señal de fraternidad y 
amistad. Poníale, en seguida, el anillo en el dedo, dicién- 
dolé: — « Accipe anulum aureutn in signum conjugü ínter te 
et Sapientiam^ tamquam sponsam charisstmam) » — lo que 
vale decir:--« recibe este anillo de oro como señal del des- 
posorio celebrado entre tú y la Sabiduría, tu carísima 
esposa. » Y, Analmente, entregándole el Maestro de las 
Sentencias, le decía: « Accipe librum Sapientice ut possis 
libere et publice alios docere, » lo que significa en romance: 
—«recibe el libro de la Sabiduría para que puedas libre 
y públicamente enseñar á los demás. » Hacía recordar esta 
última parte de la escena, la despedida de Jesús en el 
monte Olívete cuando, infundiéndoles saber á sus discípu- 
los, los enviaba á predicar la buena nueva á todos los 
hombres de la tierra. 

Cubríasele en seguida la cabeza con el birrete de 
doctor colocado in vértice capitis^ el cual era de seda con 
los colores simbólicos de las diversas ciencias que 
aquel joven cerebro atesoraba, los cuales se manifestaban 
por medio de tiras ó filetes que remataban sus cantos y 
partían del centro superior que adornaba una borla tam- 
bién de idénticos colores. El color de púrpura simboli- 
zaba al doctor en cánones; el verde, al de leyes, y el blanco 
al doctor en sagrada teología. 

Aquella hermosa fiesta era mas suntuosa en Chuquisa- 
ca por que mayores y mas poderosos elementos se reunían 
allí para su brillo; -su numerosísima clientela doctoral, 
como que era la ciudad de la Plata, por motivo de su 
audiencia real, el centro de la mayor labor forense; su 
lujo social, sus hábitos aristocráticos, el mayor número 
de alumnos que coronaba y la presencia en ella del arzo- 
bispo, que presidía solemnemente la fiesta, le daban el 
esplendor sin rival en el virreinato. 



HISTORIA QE QUEDES Y DE SALTA— CAPÍTULO m 150 

Terminada la ceremonia, se le extendía al nuevo doctor 
el diploma como testimonio legal del carácter con que 
pasnba desde el claustro al mundo, el cual era redactado 
en latín, de larga leyenda manuscrita, y en la forma que 
lo revela, por ejemplo, el siguiente del doctor Gorriti:— 

« En el nombre db Dios . Amen. 

«NOS el doctor D. Bernardino de la Parra, Prebendado de 
esta Santa Iglesia Metropolitana de los Charcas, Abogado 
de la Real Gancilleria de esta ciudad; Vice-Cancelario de 
esta Real y Pontificia Universidad por el Ilustrísimo y 
Reverendísimo Dr. D. Fr. José Antonio de San Alberto:— á 
todos y cada uno de los que leyeren las presentes letras, 
salud en el Señor. 

«Hacemos notorio y damos fe de que en la supredicha 
universidad y en la capilla, el dia 20 de Mayo de 1789 
hemos conferido el grado de Bachiller, Licenciado y Doc- 
tor al Señor José Ignacio Gorriti, en las facultades de 
Sagrados Cánones y Leyes civiles, por la imposición del 
birrete in vértice capitis con borla y fimbrias color verde 
y púrpura, habiendo precedido las plenas aprobaciones 
y rigurosos exámenes tanto públicos como privados de 
los doctores moderadores, según la costumbre de esta 
universidad y las bulas apostólicas de Nuestros Santísi- 
mos Padres Gregorio XV y Urbano VIII, habida primero 
por Nos la oración suplicatoria del predicho honor, preemi- 
tida la profesión de fe y el juramento de defender la 
inmunidad de la Virgen Madre de Dios de la mancha de 
pecado original; de propagar la doctrina contenida en la 
Sesión XV del concilio constantiense, donde se proscriben 
el regicidio y el tiranicidio] de guardar fidelidad y obe- 
diencia á nuestros señores los reyes católicos de España, 
como también de prestar sumisión al rector de esta uni- 
versidad; y ojitada después una cuestión sutil de la facul- 
tad de sagrados cánones por el doctor decano y por el 
padrino, Dr. D. Antonio Castro, fundando y refiriendo 
opiniones preliminarmente, y dado por él mismo el ósculo 
ni laureando en signo de fraternidad y del mismo modo 
dados que le fueron á aquel el libro en signo de la facultad 



leo DR. BERNARDO ^RIAS 

de enseñar públicamente y el anillo áureo en señal de 
su desposorio con la sabiduría; estando presentes los doc- 
tores llamados con este objeto para los predichos grados, 
en fe de los cuales venimos en conceder y concedemos las 
presentes letras, Armadas de nuestra mano y munidas con 
el sello de la universidad y suscritas por nuestro secretario 
en esta ciudad de la Plata á 20 dias del mes de Mayo del 
año de 1789.— Dr. Bernardino db la Parra,— De mandato 
del Dr. Vice-cancelario, Dr. José de Navarro, Secretario. » 

1). 

Empero, si la universidad de Córdoba era suflciente para 
preparar las jóvenes inteligencias que iban & dedicar sus 
afanes principalmente al servicio del altar, no llenaba, en 
verdad, las legítimas aspiraciones de los que anhelaban 
conocer y resolver los problemas de la vida civil, política y 
social; que antes de la época del virrey Liniers, en que 
recien fué elevada al grado de universidad mayor, solo 
confería, cual lo hemos visto, grados de maestro, licencia- 



1) Traducción del diploma original que conserya la familia de Gorrití» 
cuyo tenor latino es como sigue: 

In Dei Nomine. Amen, 

NOS D. P. Bemardinua de la Parra. Preevendatus hujus Santet EodeeÚB Me- 
ircpolitancB de los Charcas, Advocatua Éwúb ChaneéUartm isíiua Cxvitatia, Viee- 
eanceüariua Regcdia, H PorUiflcÚB hujua Univeraüaiia ab TUmo. et Rtno. Dr, D, 
Fr, Joaefo Antonio a Sancto Alberto: Vniveraia et aingulia preeaemtea litteroa 
inapeeturia, Salutem %n Domino. Notum fadmua, et fidem damua, quod in «u- 
pradieta Univeraitate, et in efua íSaceüa XIII Kálendaa Junii anni MDCCLXXXIX 
eoutuUmua Baealaureati, Ltcenciati atque Doctoria qraduaDomitto Jobkvo Ionatio 
GoRRiTi, in Sacrorum CanWium, Legum que civilium faeuUatibua per impoaitúh 
nem pUei in vértice ea^ia, éum fioaculo, fimbria i¡ue purpureif viridia que eoio- 
riaf precedentibua pierna aprobationibua, rtgoroaia que Examinibua, tumpublieia, 
tum privatia Doetorum Moderatorum, aeeundum eonauetidinem iatiua Umverai' 
tati8f et Bulaa Apoatolieaa 8. 8. Domini Noatri Oregorii XV et Urbani VIII, priua 
a nobia habita oratione auppHeatoria pnedictt honoria, premiaa, fidei profeaaume, 
d juramento de tuenda Dbipar<£ Viroinis immunitfúe a labe oriainalia peecatia 
de propugnanda doctrina contenta in Seaa. XV Coneilii Conaianetencia ubi proa- 
eribuwtur Rkoicidiuu et Tirakicidium, de aervanda fidditate et obedienfio Ca- 
toUeia Dominia Noatria Siapaniee Reoibus. nec non de aumiaione preatanda Ree- 
tori hujua Univeraitatia, áj^tata que postea de aacra canónica facúltate aubÜU 
quteatione a Doctore Decano, ét Patrino Doctore Domino Antonio uaatro fkmdando, 
et referendo opinionea preel/íminaliter, dato que áb ipao oaculo Laureando in aignum 
fratemitatia et aimíli modo datia illi Ubro in aignum faeuUatia pubtiee docendee, 
et annulo áureo in aignum deaponaationia cum Sapientia; ad predidta$ gradúa 
adatantibua Doctoribua in hune finem vocatia; in quorum fidem preaentea íitteraa 
manu nostra firmataa et SigiUo Univeraitatia munitaa, per nostrum que Secreta- 
rium aubacriptaa duximua concadendaa et concedimua in hac dviíate PUstemei 
Oie XIII Káemdaa Junii, anni MDCCLXXXIX. 

Dr. Bbbmárdxnus db la Parra. 



mSTOBU DE QUEMES Y DE SALTA-GAPÍTÜLO DI 161 

do y doctor en teología; y fuerza era que el estudiante que 
aspiraba á las borlas de doctor en jurisprudencia, tuviera 
que pasar á la de Chile ó bien ala de Chuquisaca, distan- 
te ésta 300 leguas de Salta y 700 de Buenos Aires, y que 
después de la de Lima, era, á la sazón, la mas celebrada y 
famosa de la América del Sur. 

Esta universidad, llamada también de Charcas por la 
provincia en que se hallaba, fué fundada asimismo, bajo la 
dirección de los padres jesuítas, en 1723, y se titulaba 
pomposamente «Real y Pontificia Universidad de San 
Francisco Javier.» Habíale concedido el rey, á fln.es del 
siglo XVIII, las mismas prerrogativas y privilegios de que 
gozaba la muy famosa de Salamanca. 

Como la de Córdoba, su enseñanza principal fué eminen- 
temente teológica y clerical; pero ella alcanzó desde mayor 
tiempo atrás, que se agregara á sus facultades de ci^inones 
y de artes, una de leyes, donde no se dictaba, sin embargo, 
mas que una cátedra de JnsHtuta. A su lado se creó una 
Academia de Jurisprudencia cuyo objeto principal era dar 
y recibir lecciones de práctica forense civil y criminal. 
El estudiante de leyes, para obtener el grado de Hcenciado 
ó doctor, debía practicar en ella dos años y rendir dos exá- 
menes; en seguida rendía la última prueba de suficiencia 
ante la audiencia. 

La universidad de Charcas alcanzó, bien pronto, á eclip- 
sar con el brillo de sus estudios á la de Córdoba y su fama 
llegaba hasta las riberas del Rio de la Plata, arrebatando 
hacia su seno, la juventud mas distinguida y de mas altas 
aspiraciones de todo el virreinato, por que estaba en ella 
radicado, hasta por la moda, la verdadera y mas ruidosa 
enseñanza jurídica y literaria, alcanzando áser, sin disputa 
alguna, « el foco de la grande enseñanza y de los altos 
estudios; de una enseñanza no circunscripta á la letra de los 
textos sino iniciadora » que, sin formar parte verdadera de 
la del claustro, « habia penetrado en el espíritu de los 
estudiantes y se había apoderado de la juventud. » Desd? 
1730 á 1810, fué Charcas « el centro de elevada y trascen- 
dental iniciación, que dio á la educación literaria el espíritu 
cívico unido con el saber y con los gérmenes de la reforma 
social. » iDe dónde procedía este brillo; de dónde venia 



16a DR BERNARDO FRÍAS 

esta superioridad y este progreso? Causas múltiples y 
complejas produjeron el brillante fenómeno. Chuquisoca, 
enclavada en el centro de la América de Sur, entre los 
desiertos dilatados y no explorados aun entonces y las 
mas altas montañas del continente, se hallaba, sin em- 
bargo, con su lujosa antigüedad donde, desde el principio 
de la conquista, la habla visitado la civilización naciente, 
con toda su cola de riquezas, comercio, blasones y demás 
congéneres del poder y del encumbramiento, como que 
era, desde antiguo, también la mas alta sede del episco- 
pado y de la real audiencia que gobernaban en lo canó- 
nico y en lo judicial, hasta los últimos tiempos, todo el 
territorio del Plata. 

Su situación era, á pesar de todo, feliz, gracias ú las 
leyes administrativas de la colonia, pues se hallaba en 
cercanía relativa con Lima, centro antiguo y el mas opu- 
lento del gobierno, foco que era de la civilización y cul- 
tura social é intelectual de América; que, aun bajo tan 
pesado despotismo, Lima conoció ya periódicos y escrito- 
res cuyas producciones llamaron la atención en Europa; 
su universidad, llamada de San Marcos, era sin rival y la 
mas antigua del Nuevo Mundo, 1) poseyendo una her- 
mosa biblioteca; habiendo sido en tan preclara ciudad cul- 
tivada la literatura con esmero y buen suceso por la 
juventud noble española que acudía á ella de lo mas es- 
cogido y sobresaliente por su linaje y por su ingenio. 

Las irradiaciones benéficas de este centro social é inte- 
lectual, emporio de la aristocracia y la fortuna, llegaba 
sin cesar 6 Chuquisaca, y casi se contenia en sus latitudes 
sin descender mas hacia el sur, por lo que en esas re- 
giones abundaban los artistas, como los legistas y genera- 
les. Los pintores, por ejemplo. Id visitaban con frecuencia, 
siendo en el sur desconocidos, y á tal extremo, que solo su- 
biendo á tierras del Perú, podían las personas de la época 
conseguir sus retratos. Esta es la causa por que de la 
mayor parte de nuestros hombres ilustres, no conservamos 
memoria física alguna. 

Formóse, de esta manera en Charcas, envolviendo como 



1) Fué fundada en 1551. 



HISTORIA DE GÜEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO lU 163 

atmósfera luminosa su universidad, una escuela nueva, 
sin caso, sin autoridades, sin nombre que enseñaba, fuera 
del claustro, las novedades de la político, el ruido y 
explicación de los sentimientos liberales y revolucionarios 
de Europa y las que causaban con su novedad y belleza 
de verdad, las ideas nuevas en el espíritu ardiente de 
aquella juventud vigorosa. Los viejos hombres letrados, 
aun los mismos ministros de la iglesia, tenían noveda- 
des literarias y filosóficas en sus bibliotecas privadas; 
libros peligrosos entonces, pero que comenzaron á pene- 
trar en América con la mas prolija cautela, y que á muchos 
de ellos, como ó Rousseau, era necesario leerlos ú ocultas y 
bajo escrupulosas garantías. El espíritu de ilustración 
dominó de lleno á la juventud, eíitónces, como la literatura 
clásica, de tendencia política de los griegos y romanos; 
los libros filosóficos mas en boga, ingleses y franceses, 
como Montesquieu, Adam-Smith, Volney ó Montagne; 
la discusión y estudio de la política del siglo y el del 
real patronato que viene & ser, en cierta medida por 
sus fundamentos, el estudio «de la soberanía política de 
las naciones, con el derecho de gobernarse á sí mismas 
en las graves y delicadas materias de la vida pública.» 
Llegaban ta mbien hasta allí, donde eran comentadas y some- 
tidas á crítica científica, las noticias de la revolución 
francesa y de sus doctrinas que descubrían la grande 
iniquidad del obsolutismo de los reyes, dejando conocer 
los derechos de los hombres y los pueblos pora gober- 
narse; se comentalia y se envidiaba la revolución mas 
cercana y mas simpática y el triunfo de la independencia 
de los Estados Unidos, cuyos progresos llevaban hasta Char- 
cas los vientos de la fama y de la parcialidad. El aflo- 
jamiento de la intolerancia sobre la lectura de los libros 
prohibidos en materia política y otras tiranteces del añejo 
despotismo y de la inquisición, moderados yo con el 
régimen y reformas liberales de Cérlos III, que protes- 
taba continuarlo Carlos IV, dejó penetrar por estas estre- 
chas rendijas, aunque con ocultación y cautela, ciertas obras 
modernas de filosofia política que, como aves roras y 
peregrinas, se ocultaban en una que otra biblioteca parti- 
cular, con justo temor de la persecución y el fuego, y que 



164 ER. BERNARDO FRUS 

venian & revelar ideas emancipadoras de la dignidad 
Iiumana, á las que conviene agregar ciertas publicaciones 
de algunos escritores españoles que, amparados de estas 
concesiones tolerantes, se atrevieron en la península á 
pensar un poco, como Campomanes, Olavide, Roda, ó 
Jovellanos, 

Es fácil de comprender, así mismo, que, entre aquellos 
libros de novedad que comenzaba á devorar la juventud 
estudiosa de Ghuquisaca y de Lima, no se contaban ni 
podían hallar eco simpático y sí de condenación y repulsa, 
aquellos que enseñaban la ñlosofía materialista, y aquellos 
otros autores impios que tanto dieron que decir á la sazón 
en Europa. A mas de la vigilancia de la inquisición y de 
la misma autoridad civil,*-perseguidores oflciales de los 
hereges famosamente conocidos, hallábase, contra la cor- 
riente perturbadora de las antiguas y venerandas creen- 
cias religiosas y morales de la sociedad española trasladada 
á la América, la sólida instrucción y la educación esme- 
rada y profunda asi del corazón como del espíritu de 
aquella juventud estudiosa y pensadora, por que su ilus- 
tración religiosa y sus principios de fllosofía espiritualista 
no eran superficiales sino profundos; la fe era honrada y 
sincera, sostenida y defendida por teólogos consumados, 
por filósofos de aliento poderoso y por abogados y litera- 
tos, en fin, de gran vuelo y elocuencia avasalladora. 

Si aquellos textos traían errores y tendencias perniciosas 
al dogma, á la fe, á las antiguas costumbres, eran bien 
luego reconocidas y condenadas sus teorías contra aque- 
llos fundamentos sociales, con la poderosa y bien fortale- 
cida inteligencia de sus lectores. Y así llegó á notarse 
que, si de aquellos centros surgieron cabezas revolucio- 
narias en política y en instituciones generales de gobierno, 
casi no hubo ejemplo de que trastornaran los viejos funda- 
mentos de la fe y los principios morales de aquellos 
hombres y en que descansaba la sociedad. 

Aquella juventud conocedora del latin, aderezaba su 
espíritu nutrido de la ciencia de la cátedra oficial— con 
la lectura de Bossuet, de Virgilio, de Masillon, de Homero, 
de Horacio, de Cervantes, de los poetas españoles como 
Granada y fray Luis de León y Garcilazo, y de los clásicos 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA-CAPÍTULO ffl 166 

griegos. La historia antigua, la historia romana y la 
griega, y la historia de Europa moderna hasta las recien- 
tes guerras caballerescas de Carlos XII, les eran conocidas. 
En Plutarco aprendían á conocer, á amar y á aplaudir 
las virtudes cívicas de los grandes hombres de la antigüe- 
dad; en Cicerón, en Aristóteles, en Platón profundiza- 
ban la fliosofia que daba explicación de los gobiernos, de 
los pueblos, de las leyes y del despotismo y de los abusos 
del jKHier, aprendiendo á conocer en Tito Livio, cómo 
Roma se engrandece, y en Tácito, cómo Roma sucuinbe. 
Los mismos anales españoles, que estaban acostumbrados 
¿ leer, cuántos ejemplos no les presentaban de alzamien- 
tos gloriosos contra la opresión que hablan transformado 
en héroes populares y hasta en santos de la iglesia á sus ilus- 
tres antepasados! Por que la historia de Espaiia les ftióstfa- 
ba, verbigracia, al principe Hermenegildo aizátldoée para 
derrocar al rey de España, su padre, cotitálderíido como 
opresor y tirano de su pueblo, y, utia vez vencido y sa- 
crificado por la justicia del trono, se levantaba sü efigie 
en los altares, santificado por la justicia dé lá iglesia; y 
mas luego, durante la edad media, leían que sus padres, 
ilustres y poderosísimos representantes dé los derechos 
populares, hacían los reyes de España, y al conferidles 
la corona y el mando y gobierno de la nación, con toda 
aquella altivez cívica que aplaudirán eternamente los 
siglos, les decían:— Os facemos ftBv sí ouAt^nAis La Lkv k 
SE M6N, non; »— y, en fin, allá en la edad inoderha, mien- 
tras eñ América se echaban los cimientos de sus ciuda- 
des, ios nobles de Aragón y de Castilla se levantabatl contra 
CáHos Quinto y reñían contra él hasta morir en él éádalso, 
defendiendo las libertades de su pueblo y las antiguas ins- 
tituciones dé su patria. I^ historia general les habla en- 
señado cómo se forman y se derrumban los iriipétios; la 
república romana y su senado ahogado ihas tardé por el 
dtíápkHlsmó imperial; las seculares cortea españolad, or- 
gullo cívico y nacional de nuestra raza; los {iaridniéntos 
fitinfce^; el parlamento ingles que funcionaba coiiio poder 
vivificador del gobierno, y cuyas iras hablan heckó rodar 
lá cábezd del rey Carlos I én el (cadalso; él pueJDJo dé i^aris, 
(fué Üii 6S6s mismos diá^ acababa dé d6cai)ltar al r^y de 



166 DR. BERNARDO frías 

Francia y á la familia real como aquel encumbramiento y 

coronación y hermandad con los viejos reyes de Europa, 

que les mostraba un simple general afortunado, con el 

nombre de Napoleón I, les acabó de convencer de dos 

verdades políticas de inmejorable simiente para su país: 

—la mentira de la irresponsabilidad de los reyes y de la 

soberanía de su voluntad; y el derecho y la fuerza de los 

pueblos para hacer y derribar gobiernos, instituciones y 

leyes. 
Sin embargo, excesiva lijereza de ánimo acusarla quien 

pensara que fué la revolución francesa la que inspiró á 
nuestros antepasados la revolución de la independencia 
contra España, por que probaria solamente, ignorancia de 
los tiempos, de las ideas, de las costumbres y del común 
sentir de las gentes de la época. Pocas cosas hay, en 
verdad, mayormente notorias que el escóndalo y el pavo- 
roso espanto que causó la revolución francesa en el alma 
de nuestras sociedades. Cuando aquel acontecimiento se 
prodigo, no había madurado aun la idea revolucionaria 
en América; y como vino acompañado de una corte es- 
truendosa de escándalos, en vez de hacerse simpático y 
apetecible por pueblos lejanos y de principios tan arraiga- 
dos como los españoles, todas las almas que leyeron ó 
escucharon estas tremendas novedades, se sintieron ene- 
migas; por que la nobleza, la fortuna, la clase pensadora 
y de espíritu conservador, vio por él perseguidos á 
quienes tenian iguales derechos é intereses semejantes; 
los crímenes del Terror llenaron de indignación y contra- 
ria simpatía los corazones; y las impiedades cometidas, en 
fln, con la religión católica, con sus mas venerables reli- 
quias convertidas en ludibrio público; sus dogmas reales, 
su culto, corriendo idéntico infortunio, viéndose aventar 
liasta las cenizas de los muertos, y el Santo Padre, en 
fln, arrastrado prisionero por aquel nuevo César que para 
tpdos era el hijo terrible de la revolución; todo aquel cú- 
mulo de sucesos y bochornos, presentaron á la revolución 
francesa como el credo de la heregía, de la inhumanidad 
y del crimen. tQuién podia ver en ella el libro abierto 
del derecho, de la justicia y de la libertad? {La tiranía 
torpe y sangrienta de la plebe no habia sucedido con ere- 



HI8T0RU DE GOEMES Y DE SALTA— CAPITULO m 167 

ees, á la antigua y orgullosa tiranía de los reyes? íY el 
nuevo tirano que avasallaba los pueblos y amenazaba 
conquistar España, derramando cadenas y repartiendo re- 
yes á su antojo, no era parto también de la revolución? 

Antes, por el contrario, fueron estos sucesos lecciones 
terribles que recibieron desde lejos aquellos hombres y 
que, antes de servirles de ejemplo é imitarlas, vinieron, 
ú su tiempo, & evitar, en mucho, que la revolución de 
mayo se precipitara en los mismos desbordamientos; por 
que si en Francia la revolución cayó en manos de la clase co- 
mún dirigida por tanto demagogo plebeyo, entre nosotros 
la revolución iba á ser hecha por la gente decente, por 
el elemento noble, distinguido y pensador, defensor infa- 
tigable hasta morir, del orden y la virtud; la revolución 
iba á ser hecha por el clero, por los doctores, por I03 
abogados y literatos y por todo el elemento culto, quien 
debía conducirla por la senda del honor y de la gloria, 
sin manchar su túnica con los horrores y las vergüenzas 
de que acababa de ser escandalosa prueba la revolución 
de Francia. 

En nuestro sentir, el verdadero poder que tuvieron los 
pueblos del Plata para lanzarse y consumar de manera 
tan digna y tan honorable la revolución, fué, ante todo, 
por la educación y la ilustración de que era poseedora la 
raza distinguida cuyos hombres deberían iniciar, dirigir 
y consumar el grande y tenebroso problema; por que 
«es el cultivo de las letras quien eleva las ideas; quien 
fortiflca las generosas disposiciones del hombre; es él 
quien, combinado con la educación doméstica de nuestros 
padres, de nuestros colegios y de nuestras familias, ha 
conservado la distinción y la verdadera nobleza de senti- 
mientos y ha sido una de las fuentes mas vivas del pa- 
triotismo y del honor cívico. » ( Chaveau. ) 

Por que siendo verdad, cual lo sostienen escritores en 
nuestro concepto bien equivocados, que fué la revolución 
francesa quien informó las ideas del derecho en los hom- 
bres pensadores é ilustrados de la América, jcómo podia 
llegar á explicarse este raro y sorprendente fenómeno de 
que, estando la ciencia en los conventos y claustros uni- 
versitarios, las ideas nuevas no tuvieron otros apóstoles 



168 DR. BERNARDO FRÍAS 

que el elemento clerical y sus discípulos, siendo singular 
el que los primeros, tanto ó mas, quizé, que los seglares, 
tuvieron fanático ardor por la revolución si se atribuía ó 
recibían inspiración solamente de los enciclopedistas y de 
las sociedades secretas del extrangero? 1). 

Y recuérdese que tanto el poder civil como la inquisición 
perseguían la lectura de los libros no publicados con cen- 
sura y licencia real; que en las bibliotecas de América, 
que solo poseían los particulares, no existían libros de 
hereges, como eran clasificados entonces; que alguno dé 
ellos, oculto y rarísimo, no era suficiente para obra tan 
magna; que la sociedad era profundamente religiosa, ca- 
tólica romana; que su piedad en el culto y su fervor reli- 
gioso, á pesar de no haber sido manchados de fanatismo, 
eran tan sinceros y tan intensos en sus almas, que hoy es 
imposible imaginarlo siquiera; que el partido liberal que 
alcanzó á formarse en España, no llegó á tener eco en 
América por causa de los acontecimientos que se cruza- 
ron; que si la invasión francesa dio franquicias, aunque 
ocultas al espíritu innovador é incrédulo que soplaba del 
lado de la Francia y dio por resultado la constitución es- 
pañola de 1812 y mas tarde la sublevación y anarquía de 
1820 en la península, no se introdujo en América sino con los 
soldados de Laserna, pero cuyo liberalismo no rompía 
con la iglesia romana y, en política, solo pedía monarca 
conlstitucional mas no república. 

¿Cómo es entonces que la revolución de Mayo es tan 
clerical en sus elementos y tan liberal en sus doctrinas 
y en sus hechos? Por que á la manera que los filósofos 
de la enciclopedia no aguardaron una revolución extraña 
para adquirir sus ideas liberales de religión y de go- 
bierno, sino que les bastaron sus propios esfuerzos y la 
fuerza de su talento, así entre nosotros, nuestro clero, 
nuestros doctores, abogados y literatos vieron y com- 
prendieron con el estudio y la fuerza de su inteligencia 
poderosa, con la virtud de sus principios basados en las 



1) .VéaM e«ta obs^rracion qn* refutamos, h«6ha «n el artículo «Declara* 
ciQu de la independeocia argentina*— publicado en La Nación del 9 de 
Julio de 1901, Buenos Aires. 



HISTORIA DE GORMES Y J)E SiXT i— CAPÍTULO m ^09 

mas santas lecciones evangélicas; por su edueacion .social 
y moral levantada sobre la concepción mas elevad^ de. la 
dignidad del hombre que tanto les revelaba su clase, Qris- 
tocrática; y por su ilustración, en el va3tp escenario.de 
ios griegos y de los romanos y aun de las mismas, his- 
torias que en España y en América enseñaban c6pio ad-- 
quirian y perdían los reyes el gobierno y cómo los pueblos 
hablan luchado y enseñado y mas.de una vez triunfado 
de la arbitrariedad y el despotismo. Por que los princi- 
pios religiosos, no obscurecidos en América por el fana- 
tismo, pues jamas habla la pasión religiosa abrasado las 
almas por no haber existido en ella cuestiones ni guerras 
de religión,— basados en el evangelio, les enseñaban mejor 
que los filósofos y los demagogos de la Francia revolu- 
cionaria, los claros y legítimos é inalienables derechos 
del hombre; y no como opinión ó doctrina . humana dis^ 
cutible, dudosa y cuestionable, sino como dogma de fe, 
como base de virtudes en que yacia el descanso de la 
vida futura en toda una eternidad de dichas ó dolores 
cual eran la libertad, la igualdad, la fraternidad entre 
todos los hombres, enseñada como la aspiración sublime 
del Dios de nuestros padres desde la tribuna de la cruz; 
principios destructores, por ende, del privilegio divino 
del rey para mandar sin responsabilidad y á su antojo ú 
los pueblos. « El evangelio es democrático; el cristianismo 
es republicanol » lo confesaba ya, en aquellos mismos dias, 
el orador francés desde lo alto de la tribuna revolucionaria. 
Nuestra revolución es, pues, eminentemente nacional y 
su gloria no es gloria prestada de allende los mares sino 
gloria también exclusivamente propia y eminentemente 
nacional, la cual, realizada sin deshonras ni crímenes por 
una sociedad que por la vez primera se hacia cargo del 
gobierno para reconstituirlo en bases progresistas y libe- 
rales, sobre los escombros de un secular despotismo, 
forma una pajina verdaderamente limpia y hermosa en 
la historia del mundo. 

XI 
Córdoba y ; Chuquisaca llegaron á ser los dos centros 



170 DR. BERNARDO FRÍAS 

exclarecidos de la ilustración del Rio de la Plata; los que, 
favorecidos por las circunstancias de los tiempos, inspi- 
raron, con la ciencia, la revolución en el corazón y el 
cerebro de nuestros mayores. Su prestigio era cada dia 
creciente y su obra cada vez mas robusta y poderosa; las 
consecuencias que resultaron para la civilización y pro 
greso de nuestro país fueron numerosas y felices. La 
instrucción que se daba en Córdoba permaneció siendo 
siempre de espíritu mas teológico y clerical; y aquella 
ciudad mereció recibir el título de Córdoba la docta, y su 
universidad, á la larga, hobia infundido en la sociedad 
cordobesa « el lustre de un culteranismo exagerado y doc- 
toral que la crítica y malicia de las demás provincias ta- 
chaba de pedantesco; pues, por los hábitos y por los fueros 
de gremio que prevalecieron en aquel tiempo, los cordo- 
beses adquirieron el aire y las formas de los pedagogos, 
trasmitiendo el mismo empaque hasta en los mulatos por 
el influjo de la imitación y el contagio. » 

Ghuquisaca, la togada Chuquisaca era, por el contrario, 
mas ilustrada ^y liberal; su universidad llegó á ser la es- 
cuela de moda de la época, tanto por su brillante fama 
cuanto por la instrucción literaria que había sentado allí 
sus reales; de manera que la afluencia & su centro de 
gente ilustrada y doctoral era numerosísima. 

Así, por ejelnplo, con motivo de la elección del nuevo 
rector de aquella real universidad de la Plata, llegóse á 
ver reunido todo su claustro en 1795, compuesto de 140 
doctores. 1). Ese mismo claustro alcanzaba á contar 
350 doctores al rayar el siglo XIX. 2). 

Por aquellos mismos dias, en 1792, á fln de rodear de 
mayor tono y respeto la administración de justicia, vino 
la audiencia á reglamentar los trajes que debían vestir 
en sus funciones los abogados, escribanos y demás su- 
balternos.—» Los abogados sin distinción de casados y sol- 
teros, decía, usarán precisamente golilla y manteo, con 
peluca ó pelo propio decentemente peinado; ropilla de 
falda cerrada y manga redonda ancha; sombrero forrado 



1) BoleUn y Cdttálogo del areh. d« Suera, dt. T. h v4* 17S N\ 78. 
9) Raf . dé Buenos Airee» Tom. U» páj. 839* 



HISTORIA DE GOEMBS T DE SALTA— CAPITULO TU 171 

de seda fuera del tribunal y, en las salas, gorra igual- 
mente forrada y de ala corta. 

Los escribanos de cámara,— casaca negra y su chupa, 
sin golilla, con peluca blonda y capa corta; espadín y som- 
brero de picos fuera del tribunal; los procuradores, peluca 
blonda, sin golilla, chupa de falda corta, nlanga ajustada 
y manto corto que lleigue á la corva; sombrero redondo 
sin forro.» 1). 



XII 



Con relación á la delicada cuestión de la intelectualidad 
del país, se notaba que ella obedecía tanto á la influencia 
directa de estos dos centros de instrucción como á las 
condiciones propias de civilización, comercio y riqueza de 
cada una de sus diversas comarcas. Buenos Aires, favo- 
recida con las franquicias comerciales de su puerto, atrajo 
á su plaza capitales, movimiento mercantil activísim,o, 
elementos de población de primer orden, y su juventud 
acudió, á su vez, á Córdoba, á Chile, á Chuquisaca en 
abundante número: muchos de ellos pasaron, como en 
Salta, & educarse en España; Córdoba sobresalía, como lo 
hemos visto, por la ilustración de su clase distinguida, 
destacándose, mas que en parte alguna del virreinato, aquel 
su espíritu religioso con cierto colorido de terquedad á 
intolerancia que llegó á conservar hasta en los últimos 
tiempos; Tucuman comenzaba también á tomar el camirio 
de las escuelas, sin distinguirse ó sobresalir por ello, sien- 
do, entonces, bien escaso de recursos y de pobre comercio, 
aunque lleno de elementos de actividad y de espíritu pro- 
gresista; de Salta . conocemos ya como era de extensa la 
cuenta de sus doctores, que podía, con derecho, colocar- 
se entre Chuquisaca y Córdoba. La ciudad de Jiguy com- 
partía, aunque reducida como era, de la aristocracia, de la 
riqueza é ilustración que honraban á Salta, contándose 
entre sus hüos ilustrados, á mas de los Gorriti, avecinda- 



1) Catálogo del areh. de Sucre, «it. Tomo I« pá|. }86, N*» 08, 



dofi en S,Qtlta, á Ips doctores Biji^taiQa^te, Mopteafirudo, 
Zégada, Gordaliza, Portal, Oterp, etc. 

«Kn Mendozfi y Sai^ J.uaa, la sociedad culta era mas biea 
agricultora y traficante; no habia doctores, pero babia 
viñateros, arrieros y empresarios; » en una palabra, los 
pueblos de Quyo eran cultivadores de la tierra y empresa- 
rios de transportes. El resto del territorio lo poblaban 
masas obscuras destinadas á aparecer cop su barbarie 
contra los centros cultos de la via comercial del Perú, en 
las sangrientas violencias de la guerra civil; siendo tan 
grande su ignorancia y obscurantismo, que cuando Sar- 
miento abria en San Luís de la Punta su escuela de pri- 
nieras letras, en 1825, aun los hombres ricos no sabían 
leer ni escribir! 

La instrucción universitaria, bajo el régimen español, 
tuvo su origen en el deseo de formar un clero americano 
lleno de luz y de virtudes; fué de esta suerte el clero, el 
civilizador y el primeramente civilizado como poseedor y 
propagador de las luces; la filosofía escolástica, el latin y 
la teología eran las cátedras mas antiguas y que, hasta la 
época de la revolución, llenaron casi la totalidad de sus 
programas oficiales. Esta clase de enseñanza revela cuan 
clerical era el espíritu que reinaba en la época en materia 
de estudios superiores; parecía que el sistema español que- 
ría perpetuar la secular ignoroncia de la clase civil y que 
solamente el clero fuera el poseedor de la civilización y de 
la luz en América, como que es muy temible la ilustración 
para la salud de los déspotas por ser, acaso, su mayor y 
mas formidable enemigo; pues el clero habia sido siempre el 
mas leal y mas fuerte y mas adicto amigo del trono; pero 
que el clero americano debia desengañar tan pronto y tan 
brillantemente aquella constante afirmación de la historia. 

Mas, á pesar de todo ello, y haciendo justicia la histo- 
ria, se debe reconocer que no podia ser otro el aspecto y 
la tendencia que llevara la instrucción superior en Amé- 
rica, por que es debido solamente á los esfuerzos del clero, 
de sus obispos, como Trejo, ó de la Compañía de Jesús, 
esa luz que ennoblecía los espíritus en aquellos dias, 
sustraída de los claustros universitarios y como el or- 
namento literario que los envolvía, fuente de la idea re- 



"^ 



mSTORIA DE 6ÜRWE;S y DJ& SALTA-CAPÍTULO III 178 

dentoca cl^ la ind^ip^ndeacia; que fué de aquel seinteerio 
de Loreto, de aquel colegio de Mont-serrat, alegren coo 
la juveniud aristocrática en Urfijes sacerdotales; de aque- 
llos claustros veoera^bles de Córdoba y de Charcas, donde 
96 nutrían de luz Ips jóvenes de las ví3pera3 d^ ISIO, de 
doode habían de salir, coronado^ de doctores^ de ctórigos, 
de abogados, los nuevos soldados á redimir la Uerra de tanta 
¡(Úusti^ia é iniquidad. Como el poeta polaco, bien pudo el 
ndmen de América exclamar, al ver entrar á la vida pública 
aquella leg¡,on brillante de mancel^os:— « Salud, aurora de la 
libertad; detrás de tí, & tu espalda, se levanta el sol de la 
independencia! » 



XIII 



De aquellos centros se vieron corr^er á tomar las armas, 
á los primeros estruendos de la guerra, jóvenes como D. 
José María Pa^, de Córdoba, ó D. Juan Francisco Sevilla, 
de Salta, que cortaban el vuelo de sus estudios en las 
letras para alistarse bajo los gloriosos estandartes de la 
revolución. (1) 

Entre aquella pléyade de jóvenes doctores, nuestras an- 
tiguas universidades pueden justamente gloriarse de contar, 
& mas del res^peto de sus 250 años y mas de brillante 



1) • En aquellos dias de amargura y de gloria llenos, en que la juventud 
mas notable de los pueblos argentinos as levantó ardienflo en 4eseo 
de formar un pueblo libre y con la conciencia de los santos derechos 
del hombre, el joven Sevilla, cuyo talento y provecho en ios estudios 
fueron un&nimementa reconocidos en el colegio de Córdoba;, cediendo 
k ese impulso general que forma el mas alto timbre de los americanos, 
abandono su carrera literaria en los mejores momentos, y, arrebatado 
del común vértigo que tanto enalteció ¿ los sáltenos, corrió, con otros 

1'óvenes de su pais, á enrolarse en las filas de los Decididos, > . . . Fué 
lerído en la pierna en la batalla de Tucuman, formando parte del 
ejército de Belgrano,iCuya bala le fué extraída á los treinta y tres Añoñ 
de la herida, y él murió al año siguiente, de 1866. • Era h^o de una 
notable familia cueros vastagos han Quedado dispersos en varias par* 
tes. > Fué condíssipulo de zuviria, de Zorrilla, de I). Dámaso Uribu- 
ru y otros qUe figuraron con tanta altura en la vida civil, como lo 
veremos mas al fondo de esta historia. Por les contrastes de la guerra 
civil pasó emigrado á Tarija y, regresado á la patria* sostuvo su vida 
defendiendo como abogado ante loa tribunales. (Datos tomados del 
periódico El Comercio. N*. 9^ de 11 de Abril de 18S3, <¿ie conUene su 
neerologia, en el Archivo de Salta, y de otras fuentes de la mas res* 
patable Information. ) 



174 DR. BERNARDO FRÍAS 

existencia, varones de mérito notabilísimo ó que dejaron 
huella bien profunda en nuestra historia. 

De Córdoba salieron: el deán D. Gregorio Funes, tan 
célebre desde los primeros dias de la revolución; D. Juan 
Ignacio de Gorriti, arcediano de la catedral de Salta, go- 
bernador y vicario general del ejército del norte; brillante 
celebridad en los anales políticos y parlamentarios de la 
república; D. Juan José Passo y D. Manuel Alberti; D. Juan 
Manuel Castellanos, orador de poderoso vuelo, cuyas doc- 
trinas políticas sobre buen gobierno presentadas desde el 
pulpito al saludar la primera convención constituyente de 
Salta, en 1821, no han escuchado ni escucharán mejores 
los mandatarios de los pueblos libres;— D. Pedro Ignacio 
Castro Barros, D. José Colombres Thames, D. Valentín 
Gómez, D. Manuel Antonio de Acevedo, D. Juan Antonio 
Saráchaga, Ministro de la Guerra de la Liga del Interior, 
,en 1830; D. José Ignacio Thames; D. Gaspar Francia, ti- 
rano del Paraguay, y una serie de sáltenos que figuraron 
con distinción en aquellos dias, como D. Mariano Zenar- 
ruza, D. Manuel Antonio Marina, D. Guillermo Ormaechea, 
D. Alejo de Alberro, D. Antonio González de San Millan 
y D. Marcos Salomé Zorrilla. 

De las numerosas celebridades que preparó la universi- 
dad de Charcas, se cuentan:— D. Mariano Moreno, el fogo- 
so secretario de la primera junta revolucionaria, D. José 
Ignacio de Gorriti, la mas hermosa figura política de 
cuantas fueron en su tiempo. El curso de la revolución 
debía hacerlo ascender hasta el grado de general, en 
el ejército, convirtiéndose como consejero de Guemes y 
mas tarde, como gobernador de Salta, en lamas firme 
columna del orden y de las instituciones de su patria, 
aplastando la anarquía y llenando de asombro á sus con- 
ciudadanos con la grandeza de su genio político; conten- 
dor famoso de Ibarra y de Quiroga, habia de llevar á cla- 
var en el corazón de la Rioja las lanzas saltanas. Su in- 
maculQdo patriotismo; su carácter inquebrantable y su 
honor cívico, servirán para presentar la figura de un gran 
ciudadano á la admiración general y como ejemplo á los 
siglos futuros;— D. Juan José Castelli, el procónsul del 
año diee; D. Mariano Boedo que, juntamente con el Dr. 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO 10 176 

Gorrili, había de suscribir por Salta el acta de la indepen- 
dencia nacional; D. Bernardo Monteagudo, secretario de 
San Martin; D. Vicente López, el cantor de la guerra; D. 
Mariano Serrano, cuya ilustración y elocuencia lo hicieron 
tan famoso y popular; D, Manuel Antonio Castro, renombrado 
jurisconsulto; D. Facundo Zuviría, tan famoso en nues- 
tros anales políticos; Buitrago, Molina, Ulloa, Castellanos 
y en fin, D. Teodoro Sánchez de Bustamante. El, el 
deán Funes y el canónigo Gorriti fueron las plumas mas 
hermosas y mas bien cortadas de cuantas se conocieron 
en el largo período de la revolución. 

Todos estos hombres, A mas de otros que sin haber 
coronado su inteligencia en las universidades, brillaron 
con la pluma, como D. Toribio Tedin, verbigracia;— eran 
abogados y literatos de talento poderoso y variada y 
profunda ilustración; y ante ellos, como ante las culmi- 
nantes personalidades de nuestro antiguo clero represen- 
tado especialmente por Funes, Gorriti, Castro Barros, 
Izasmendi, Agüero, Castellanos, González, «hacían bien 
triste flgura, por cierto, los obispos y familiares que nos 
venían de España, como Lúe, Videla y Orellana, » y por 
eso, ante el espíritu de la población, los prelados espa- 
ñoles estallan destituidos y suplantados por el clero 
patrio. 



XIV 



Salta, con todos estos elementos de ilustración y pode- 
rlo, asi físico como social y moral, iba & sostener en el campo 
de la lucha, desde 1810 hasta 1832, es decir; en un período 
de 22 años de constantes esfuerzos y sacriflcios incalcu- 
lables, la independencia y libertad de la patria, sola casi 
siempre; y en su glorioso esfuerzo, gigante cual ninguno 
en la historia del mundo, iba á consumir hombres, paz, 
comercio, riqueza y porvenir; y á no conquistar y reco- 
jer después de conseguida la independencia y el triunfo 
de las instituciones liberales, mas que los laureles de su 
gloria, la prolongada ingratitud de los pueblos, el crimi- 
nal olvido de sus hazañas y á no conservar mas que los 



176 DR. BERNARDO FRUS 

escombros y ruinas y miserios en el sepulcro de su 
antigua opulencia y nombradía. Sacriflcio heroico ea 
que todo lo consumió, no contando al presente mas que 
con sus ruinas; ruinas en sü sociedad y en sus hombres; 
ruinas en su comercio; ruinas en el carácter y en sus 
virtudes. 



CAPITULO IV 



Jvatlola áe la reT^lMOÍom 



SUMABIO:— Misioú dé España en Améríea— La Urania política f admlóla* 
tTAtiTa— Monopolios y prohibicion«s— £1 extrangAro— £1 exclttsiTisitto 
español— Tendencia j espíritu de la Política y de la legislación de 
Xiidias— Persecución á la ilustración del pueblo; dictamen del fiscid 
H laya— La corrupción administrativa. 

La imprenta en España y en las colonias— La poesía popular reem- 
plaza á la prensa. 

Decadencia de las artes é industrias en España— Los artesanos es- 
pañoles en América -Atraso de lofe pueblos americanos. 

La política española y el tídcuIo de la unidad nacional— AméHca 

f^ara los españoles— £1 rey de España; títulos de su corona— £1 abso- 
Qtismo del rey— t*isonomia del pueblo toptñol áñtes dé 1810; el rey 
absoluto— JoTellanos y la soberanía— La idea de la independeaela. 



I 

Sobremanera grande fué la misión que el destino con- 
fió á España at descubrir la América, y aun que lói^ 
errores de sus gobiernos y de sus hombres, y las torpes 
preocupaciones de Ib época y el espíritu tosco y fanático 
y violento que infundieron en el pueblo español siete si- 
glos de guerras con los moros impidieron su feliz cum- 
plimiento, no puede la imparcialidad de la historia, al 
pronunciar su fallo, dejar de proclamar que aquella misión 
grandiosa ' forma, acásó, la gloria mas culminante dé la 
nación española. 

Por que la España, al colonizar la América, civilizaba 
la mitad del mundo, en el sentido de haber echado én 
ella' los cimientos de los grandes principios morales, 
políticos y religiosos de la civilización cristiana que enno^ 
bliícía' la Europa; el espíritu europeo, traido por la con- 
qliista, venia á sustituir, con su trlunfb y su progreso, 
las instituciones toscas y los principios bárbaros de que 
aun estaban impregnadas las sociedad^ indfgéhas de 



178 DB. BERNARDO FRÍAS 

América, aun en sus centros de mayor cultura y civiliza- 
ción, como Méjico y el Perú; por que, aunque en Méjico 
el progreso de sus pueblos hubiera alcanzado un grado, 
á la verdad, admirable, la civilización en el resto del con- 
tinente era primitiva en los centros organizados, como 
el Perú, y desconocida en la mayoría inmensa de exten- 
sión poblada solo de tribus salvajes. En sentido general, 
la América antes de la conquista, no tenia mas que su 
suelo y sus tesoros escondidos; y sus poblaciones mas 
celebradas del hemisferio sur, apenas saliendo de la bar- 
barie en los grandes imperios que habió llegado ú formar; 
pero los preciosos principios de la libertad; las grandes 
concepciones y conquistas de la filosofía europea, de la 
política. ^y del orden civil; la raza blanca, cuya inteligencia 
es superior á todas cuantas pueblan la tierra; la verdadera 
riqueza y la verdadera industria, en fin, solo son debidos 
ó la conquista. Ella produjo la comunicación de tan vasto 
y perdido continente con el resto del mundo que consti- 
tuye para la América su nacimiento á la vida; España 
fundó, en los senos de los desiertos americanos, nuestras 
actuales ciudades, á ciiya presencia el Cuzco y el Quito 
antiguos acusan un atraso lastimoso y miserable y pri- 
mitivo, « como que el mayor de sus monumentos arqui- 
tectónicos no vale una cornisa ó un arco griego ó arabesco 
de los que debemos á España » y sus monarcas, los incas, 
eran semi-salvajes, a monarcas de salvajes como ellos, 
sin religión verdadera, sin ciencias, sin leyes, sin insti- 
tuciones cultas.» 1). A la conquista europea debemos 
cuanto somos en orden á progreso, civilización y cultura; 
á ella el idioma, las costumbres, las artes; á ella las 
ciencias, el comercio, las instituciones y las leyes, que 
trasportó á este mundo en el estado en que se hallaba 
todo ello en Europa en el siglo XV; ella nos trajo á Amé- 
rica las razas de animales que hoy forman nuestra principal 
riqueza; las bases y principios morales en que descansan 
las sociedades cultas; ella, en fln, trasladó & la América el 
cristianismo, alma de todo el progreso social moderno, 
con que fué redimida de su primitiva barbarie, desde la 

1) ALBBftDi— ObrM. T. 8*. p¿j. 83. 



mSTORIA DE GÚEME8 Y DE BALTA^GAPÍTULO IV 179 

adoración de los ídolos en el culto y la poligamia en la 
sociedad, hasta los sacriñcios humanos que coronaban 
sus antiguos actos ó ceremonias públicas. 

Pero, al lado de estos beneficios que acarreó la fuerza 
misma de los sucesos, los errores y torpezas de la política 
del gobierno español de entonces llenaron todo de violencias, 
de mezquindades, de injusticias y tiranía. Realizada la 
magna empresa déla conquista sin plan, sin orden alguno 
y sin principio fijo de procedimiento y por solo la mano 
de audaces y valerosos aventureros, mezclando en ella la 
fuerza de la licencia militar y las .violencias del ipillaje, el 
aniquilamiento y extirpación de la raza indígena se 
hizo sentir de manera general y espantosa por mas de un 
siglo. Los reyes de España inútilmente dieliiban medidas 
y lanzaban sus cédulas reales en favor de los indios, que 
ellas eran violadas y olvidadas por sus tenientes .aquende 
el océano; y, cuando para evitar esta situación lastimosa en 
gran extremo se enviaron los virreyes al Perú y á Méjico, en 
1543, ya hablan perecido de 12 á 15 millones de hombres. 
El padre Las Casas se constituyó en el famoso abogado de 
los indios; « repasó diez y siete Veces el océano, cuatro fué 
hasta Alemania en busca del emperador, se presentó á los 
tribunales, disputó con los sabios y llenó el mundo de sus 
gritos con muchos, sólidos y eruditos escritos, baste que 
los reyes se aplicaron & formar un sistema de leyes. » 

De esta manera, la devastación del país acompañaba á 
la conquista y, sin embargo, el dilatado continente ameri- 
cano, cuyas inmensidades casi las comprendían los bos* 
ques y los llanos desiertos y salvajes; el interés de su 
destino y las conveniencias políticas, económicas y de todo 
otro género de la misma España conquistadora no 
consistían, por cierto, en reducir la nueva tierra á de- 
sierto inhabitado para poblarlo de nuevo, sino en 
sostener las poblaciones propias del país y ensancharlas 
y fortalecerlas con la inmigración europea. Pero esta 
verdad de rudimentaria administración, tan obvia y sencilla 
en nuestros dias, fenómeno fué entonces despreciado y 
condenable, porque no solamente no se cuidó la poKtiea 
española de la conservación y fomento de las poblaciones 
del país, nada bravias por cierto y bien dóciles á la civili- 



180 m. BERNARDO FRÍAS 

zacíon, sino que, en su insigne torpeza, en su avara mez- 
quindad se cubrió con el antifaz del fanatismo. Aquel su 
espíritu estrecho y su extremoso y funesto apego a! exclu- 
sivismo nacional, que por tres siglos que gobernó el Nuevo 
Mundo fué su bandera mas rudamente sostenida, levan- 
taron el monopolio en toda la extensión y riqueza 
del territorio. Trabas y prohibiciones enormes impedían 
la inmigración europea á la América reservada exclusi- 
vamente para las emigraciones españolas. 

Las Leyes de Indias condenaban & muerte al americano 
español del interior que comerciaba con extrangeros, y, 
sin embargo, la ley 7^ que establecía esto, era la mas suave 
de ellas. En la Recopilación Indiana se hallan 38 leyes 
destinadas ó cerrar herméticamente el interior de la Amé- 
rica del Sur al extrangero no peninsular. Por la ley 9» 
se manda limpiar la tierra de extrangeros, en obsequio del 

mantenimiento de la fé católica. 1) 
Por el exclusivismo patriótico y por la pureza de la fé 

cuyas primeras disposiciones de las Leyes de Indias se 
dirigian á asegurarla en las colonias, la España monopoli- 
zaba en todo sentido su dominio en estos paises; y aquel 
su espíritu de estudiada y celosísima intolerancia en reli- 
gión, política y españolismo en América, «enseñó á 
odiar bajo el nombre de extrangero, á todo el que no era 
español. » Extrangero, en aquellos dins, equivalía en la 
conciencia popular, ú herege y enemigo. (Cuál era la 
razón que en lo legal y en lo popular, convertía al que no 
era espai>ol en enemigo de Dios y del pueblo? Todo el 
pasado de la raza española, bien visible y glorioso por 
otra fiarte, había amasado, al través de siglos, su espíritu 
eminentemente singular, y la convertía, eii cierta manera, 
en la reproducción de lo que, allá en la edad antigua, había 
sido el pueblo judío: el conservador de la personalidad na- 
cional inoorruptible y absoluta. Porque el espíritu religioso 
transformado en espíritu guerrero que ajitó los pueblos de 
Occidwile en su gran lucha contra el mahometismo, dio 
solo ocupación pasajera en ella, en tanto que para el pue- 
blo español, la guerra santa, la cruzada nacional contra los 



i) áLBBiu)j« obra citada, pág. 481. 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA-CAPÍTÜLO IV 181 

moros constituyó la vida ordinario, guerreando contra los 
ínfleles, que al mismo tiempo eran usurpadores y opreso- 
res de la patria, durante setecientos años en que se libra- 
ron mas de 3.000 batallas, sin contar las de las Alpujarras, 
pues casi diariamente se reñía; y así ero que el español 
nacia y moria bajo esa tensión del corazón, en lucha siem- 
pre contra el extrangero, enemigo de su Dios y de su tierra. 
« Al comlmtir por la fe de sus padres, combatían por su 
existencia; pues, los enemigos de su fe eran también los 
enemigos de su independencia. De aquí provino que la 
fe católica y la nacionalidad española se confundieran. » 

Aquella guerra, que abíircó la vida casi entera del 
pueblo español, formó la índole particular de su espíritu, 
distinguiéndose, entre todos los pueblos de la tierra, 
por ese odio nativo al extrangero, y aquella idea de 
superioridad sobre todos los demás pueblos del mundo; por 
que las costumbres forman, sin duda alguna, el carácter, y en 
España fueron seculares las que formaron la repulsión al 
extrangero; y así llegóse á ver que, una vez definitiva- 
mente vencidos los moros, extrangeros por tradición, al 
mismo tiempo que con la rendición de Granada, último 
baluarte de la dominación agarena, se constituía la unidad 
nacional, pueblo y gobierno, todo el sentimiento acorde 
del nacionalismo vio con satisfacción y aplauso, la expul- 
sión de moros y judíos fuera de tierra española, & pesar 
que con ella se quebrantaban grandes intereses nacionales 
y se comprometía el porvenir mismo de la nación. 

Que estos famosos sucesos quedaran siglos atrás, en 
nada interrumpió la vida de aquel singular afecto nacio- 
nal, que á mas de leyes protectoras y de las guerras que 
en Italia, en Alemania y en Francia ó en aguas del turco 
se sucedieron bajo los estandartes españoles, las leyes de 
la naturaleza regían á favor de su conservación, aun al 
llegar el siglo XIX; por que, como lo ha dicho un ilustre 
pensador, siglos son necesarios para arrancar de roiz lo 
que han sembrado los siglos. Y aun hasta entrado el si- 
glo de nuestra revolución, España cultivaba la simiente 
antigua, con el mismo ardiente tesón y empeño. 

Bajo estos principios de gobierno, la población de Amé- 
rica marchaba con lentísimo crecimiento, formando ver- 



182 DR. PEPNARDO FRÍAS 

dadero contraste con lo que acontecía en la América del 
Norte gobernada por principios políticos y económicos 
mas liberales y justos. Pero no debe creerse, sin embar- 
go, que aquella exclusión del extrangero del suelo ame- 
ricano no llegara & verse excepcionada alguna vez; lo 
era, perp en cantidad demasiado insignificante, de tal 
manera que hallar un extrangero en América, fuera de 
los españoles, era caso verdaderamente raro. Para tener 
entrada y avecindarse en América, eran requeridas espe- 
ciales condiciones; entre ellas, y la primera, el ser cató- 
lico. Y no debe tampoco pensarse que la inmigración 
española era formada de gente malvada y perniciosa, por 
que las Leyes de Indias prohibían que pasasen á América 
los gitanos por ser gente viciosa; como también los ber- 
beriscos, los hijos de judíos y hereges y los ensambenitados. 



II 



La política general del gobierno estaba concorde y como 
inspirada por aquel exclusivismo de lo español en hom- 
bres, en instituciones, en manufacturas y en cuanto era 
peninsular. Todo lo que no era español no tenia entonces, 
para ellos, valor ni aprecio alguno; y este tan extremoso 
y ciego patriotismo los llevaba, cual lo hemos visto ya, 
ú considerar en su descendencia en América, como si hu- 
biera perdido el antiguo rango la raza española. Esta in- 
justa concepción del nacionalismo fué tan vasta y formi- 
dable, que ante ella vinieron á estrellarse leyes, razones 
de gobierno, las reclamaciones mas justas y la mas in- 
dudable conveniencia nacional. 

Por que así vino á suceder que los reyes españoles desde 
el dia del descubrimiento, como Isabel la Católica, toma- 
ron las Indias como parte integrante de la monarquía 
y agregaron á su escudo, sol)re los demás títulos 
reales que disfrutaban, el de reyes de Indias, no conside- 
rándolas, por tanto, como colonias ó factorías de su co- 
mercio. Mas esto no llevó larga vida, y con el tiempo, los 
abusos del monopolio dejaron sin efecto esas leyes, y la 
América fué convertida en una verdadera colonia, cuya 



mSTORIA DE GOEMES Y DE SALTA-iOAPÍTULO IV Ifiy 

entidad, en el orden político ó social, era mirada como 
inferior á la última provincia española de la península y 
su destino fué señalado á no ser mas que la región con- 
denada á la explotación y al enriquecimiento del tesoro 
español y de las fortunas particulares de España. Toda 
la legislación y toda la política del gobierno tomó, en ade- 
lante, este irritante objetivo; que « todo el derecho colonial 
no tenia por principal objeto garantir la propiedad del 
individuo sino la propiedad del fisco; las colonias españo- 
las eran formadas para el fisco, no el fisco para las co- 
lonias. Su legislación era conforme á su destino;— eran 
máquinas para crear rentas fiscales. » 1). 

Para conseguir este fin supremo de su política, el go- 
bierno derramó su vigilancia por todo cuanto pudiera ser 
causa de renta fiscal y, llevado por este avaro sentimiento, 
« adquirió el espíritu de gobernarlo todo y, al fin, no go- 
bernaba nada; era un gobierno suspicaz, medroso, avaro, 
cruel, que se valía de todos los medios para eternizar la 
conquista; interviniendo en todo con la mira de paralizarlo 
todo. » Las industrias, producciones y cultivos de valo- 
res respetables como la sal, como el tabaco, como el azogue 
ó los naipes, quedaron prohibidos de tener curso ó venta 
libre; el fisco, tomando la venta de ellos á su cargo y cuenta, 
por medio de sus empleados, dio origen al monopolio real 
de la venta de estos productos, que tomó el nombre de 
estanco. El gefe del ramo de tabacos llevaba el título de 
Administrador de los tabacos del Rey. Durante el ministerio 
de Gálves, las rentas del erarlo español, de solo el produ- 
cido de los estancos, subió á 20 millones. 

Los diezmos, que la iglesia había cedido ó la autoridad 
civil para que su producto fuera aplicado al sostenimiento 
del culto, los absorbió con el tiempo, casi por completo el 
erario, y los ensanchó tanto que, según lo afirma un con- 
temporáneo, se pagaban diezmos hasta de los ladrillos. 1). 
La real hacienda, pues, cuya prosperidad era el supremo 
ideal de la política en América, pesaba, como se vé, en 
todo y con exceso, cuyo avaro espíritu habia llegado hasta 



1) Alberdi, ObroBy lll, pág. 453. 



184 DR. BERNARDO FRÍAS 

tx^mar la mitad délas multas j udiciales para la real cámaro, 
ocupándose de todo este inmenso detalle la multitud de 
las cédulas reales. De las minas, tan ricas y numerosas 
en América, el quinto de sus productos correspondía al 
rey, y el cargamento en que se conducía este tesoro paro 
España se llamaba el situado. Las aduanas se hallaban 
esparcidas por todo el territorio: las situadas en Salta y en 
Jtyuy eran de las mas ricas del interior. Los derechos de 
alcal:>ala, de sisa, de media annata que pagaban de sus 
sueldos los empleados; de sellos, de almojarifazgo, de guias 
y cien otros gravaban la industria raquítica y el comercio 
de la colonia; y cosa extraña! no se pagaba entonces 
contribución territorial. 

Como si este enorme cúmulo de impuestos que agobia- 
])ün (i los pueblos americanos no fuera suficiente,— ú mas 
de estarlas industrias casi del todo prohibidas y el comer- 
cio oprimido, los gastos extraordinarios pesaban también 
sobre los flacos recursos de estos pueblos y las exigencias 
extraordinarias como los gastos de guerra europea, por 
ejemplo, las soportaba tam])ien la América en sumas cuan- 
tiosas y repetidas. Asi llegó A verse, por ejemplo, en 1808, 
cuando el general D. José Manuel de Goyeneche vino 
enviado por la Junta de Sevilla á buscarle prosélitos y 
recursos en América, que los gastos del viaje, de tren lujoso, 
desde el pienso hasta los coches, eran costeados por los 
cabildos de las ciudades argentinas, conforme á la orden 
superior. Los donativos patrióticos excedieron á toda 
ponderación: porque habiendo sucedido en aquel año la 
invasión francesa á España con visos de conquista, las 
juntas que se organizaron en la península excitaron el patrio- 
tismo de los españoles radicados en América y exaltaron 
el sentimiento religioso de las poblaciones, solicitando 
auxilios pecuniarios para arrojar á los franceses, presenta- 
dos por hereges, irreligiosos é impíos; y fué su éxito tan 
asombroso, que, desde 1808 hasta 1811, se habian enviado 
á España como donativos patrióticos mas de 90 millones 
de pesos fuertes, sin contar en ellos los donativos y remesas 



1) GuKRRA, T. ir, pág. 630; obra citada. 



HISTORIA DE GÚEBiBS Y DE SALTA— CAPÍTULO IV 18B 

particulares. No pareció bastante tan inmenso tesoro, y 
la junta de gobierno de España mandó pedir, en 1811, la 
plata labrada de las iglesias de América 1). 

Siendo toda la tendencia del gobierno colonial procurar 
el enriquecimiento de España con cuanto fruto y ganancia 
era dable extraer de las Indias, las leyes se ocuparon de 
conseguir, por medio de las mas inicuas prohibiciones & 
la industria americana, un mercado de toda la América, 
donde solo la industria española pudiera llenar sus ne- 
cesidades sin competencia de ningún género; y no sola- 
mente este exclusivismo de la producción peninsular 
alejaba del comercio y trato humano la industria de na- 
ciones extrangeras sino que, para colmo de iniquidad y 
tiranía, era, en la misma América, prohibida casi la to- 
talidad de las industrias. España producía vinos, y fueron 
prohibidas las viñas en América; solo por excepción y sin 
causar alarma, florecieron un tanto en Salta y Mendoza. 
« Y solo estas leyes prohibitivas se han llevado á puro y 
debido efecto, como el comercio con los extrangeros bajo 
pena de muerte, ley bárbara que está demostrado haber 
sido la que arruinó la industria de España, ha impedido 
progresar á la América y no ha producido otro fruto que 
un enorme y pernicioso é inmoral contrabando; mal ne- 
cesario é inevitable en tan absurdo sistema, á pesar de 
los ejércitos de odiosos espiones en tierra y de los cor- 
sarios en la mar que el rey mantenía para completar la 
ruina de sus vasallos. Aun ese poco comercio per- 
mitido entre España y América lo recargó con tantos 
derechos de rejistros, almojarifazgos, averías, comidos, 
aduanas, etc., que de tres flotas, la una tocaba al rey. Para 
conservar las Américas sujetas á su dominio, dice Eslrar 
da, creyó que el mejor medio era no permitirles estable- 
cer ninguna fábrica ni manufactura concedida en España, 
ni beneflciar en su suelo casi ninguna de las producciones 
de la península. » 

Eran así prohibidos en América la producción de vinos, 
aguardientes y pasas; el mismo tabaco, la plantación de 



1) GüKRKA, obra cita la, páj . 651. 



186 DR. BERNARDO FRÍAS 

olivares, la exportación del bacalao, y recien en los últimos 
años de aquella dominación, se permitió la extracción del 
hierro de nuestras minas. « Algunas fábricas de géneros del 
país que la necesidad levantara, fueron mandadas destruir 
ó recargadas de. derechos. No se contentaron con esto: 
« habiendo precedido, dice la ley 79, título 45, libro 9, últi 
ma resolución del conde de Chinchón y acuerdo de ha- 
cienda, ordenamos y mandamos á los virreyes del Perú 
y Nueva España que infaliblemente prohiban y estorben 
el comercio y tráfico entre ambos reinos por todos los 
caminos y medios que fuere posible. » 1). 

Para que los hombres de América no llegaran á alcan- 
zar el peso de tanta enorme injusticia, y para que, igno- 
rantes siempre desús derechos no llegaran jamas niá pensar 
en sacudir el yugo y se alcanzara á fundar así una 
eterna dominación, el gobierno aceptó como sabia política, 
el mantener y perpetuar por sistema la ignorancia y el 
embrutecimiento de los pueblos americanos. La ilustra- 
ción en América fué, de esta manera, enemigo perseguido 
abierta y constantemente par la política metropolitana. 
Era prohibido en América el libro que tratase de cosas 
de Indias, aunque tuviera libre curso en España; envuelto 
esto en la prohibición general que se habia dictado, 
de muy atrás, de introducir á la América « libros profanos 
y fabulosos ni historias fingidas. » 2). En Cartagena se pro- 
hibió estudiar matemáticas, y los estudios de química 
fueron prohibidos también en Nueva Granada; y como esto 
aun no satisfacía el satánico anhelo de nuestros antiguos 
gobernantes, el fiscal de la audiencia, Blaya, por ejem- 
plo, habia prestado dictamen aconsejando se cerrara toda 
clase de estudios, reduciéndose la instrucción en América, 
& solo leer, escribir y la doctrina cristiana; petición que 
fué repetida por otros, ante las mismas cortes de Cádiz. 3). 

En Caracas se cerró la academia de derecho que tenia y, 
para que todo esto alcanzara toda la autoridad de la opi- 



1) Guerrí: Obra citada, II páj. 628. 

2) Ley 4, T. 24, Libro 1«. de Indias. 

8) Guerra» obra citada» II, páj. 633 —Las cort<>8 de Cádiz tuvieron lugar 
en 1810. ^ 



HISTORIA DE GÜEMES Y r>E SALTA-CAPÍTULO IV 187 

nion regía y mostrara ser la aspiración decidida también 
del gobierno y no raras extravagancias de locos ó faná- 
ticos, el mismo rey Carlos IV, que se preciaba de conti- 
nuar la política liberal de Carlos III, y «d consulta tlel 
Consejo de Indias y con parecer fiscal, negó el estableci- 
miento de una universidad en la ciudad de Mérída, por la 
razón expresa de que Su Magestad no consideraba conve- 
niente se hiciese general la ilustración en América . » Razón 
tuvo, durante la guerra de la independencia, el general 
español D. Pablo Morillo, cuando contestando «brutal- 
mente» ú la súplica que se le hacía ppra que no- fuera 
fusilado el patriota D. Francisco José Caldas «famoso 
geómetra, físico, astrónomo y naturalista, gloria de la 
América y honor del mundo sabio, » decía proclamando 
por la postrera vez y de manera cruel, la doctrina que 
para América profesó constantemente su país:-« La España 
no necesita de sabios ! » ■ "^ • ^ 



, I. 



ni 



A todo esto, que solo es pálido reflejo de lo que fuerbn 
las cosas tanto en su calidad como en su número, viettiá- b 
ngregarse la corrupción escandalosa de los empleados 
públicos, dañinos tanto pora España como para los pueblos 
que gobernaban. 

Los gobernadores españoles en América eran, por Ib 
general, jefes militares salidos del ejército para ejercer él 
mondo político y administrativo' en* el Nuevo Mundo, por- 
fiando en él siempre en ajustar los procedimientos de 
gobierno civil á las reglas y exigencias de la estrecho su- 
bordinación de la milicia, ú que temaban por someter á tos 
ciudadanos. Por su profesión, salvo casos rarísimos, eran 
ineptos en la ciencia del gobierno como para llenar las 
necesidades de los pueblos de su mando, teniendo que 
^valerse de asesores que ilustraran su criterio legal y ad- 
ministrativo, cuando no era que cometían los atro- 
pellos y torpezas propias de quien maneja negocios de los 
cuales carece de noción y fesperiencid. ContrS'^'^los daños 
dé «u mala adm'íñistí^afeíon/ las -quej&s debían 'úiarchftr á 



188 DB. BERNARDO FRUS 

1q corte, radicada en Madrid, distante mas de G.000 leguas 
y con el océano de por medio. Tales remedios se tornaban 
ilusorios, y asi se vio que D. Francisco de Paula Sanz^ 
empleado de alto rango en la real hacienda de Buenos Aires, 
como que decian era hijo del ministro de Indias, D. José 
Galves, gozó de completa inmunidad por los grandes crí- 
menes cometidos en el desempeño de su cargo; pues si 
las quejas llegaron hasta la corte, de ella vino no el casti- 
go del delincuente, cual era de justicia el esperarse, sino 
su traslación ú Potosí, honrado con el cargo de gobernador 
intendente de aquella tan rica provincia «donde tenia ma- 
yor campo para sus robos y para la ostentación del fausto 
y la grandeza de que rodeaba su vida. » 

Como una consecuencia del terror & las luces, que abriga 
siempre el alma de los tiranos, mas acaso, que las trabas 
ú la enseñanza, fueron las impuestas & la propagación del 
pensamiento y de las ideas por medio de la imprenta. 
España no gozaba, por cierto, de esta preciosa libertad de 
la prensa, como no gozaba casi de ninguna bcgo el cetro 
absoluto de aquellos reyes; pero en América se la persiguió 
con mas celo y mayor penalidad. La tiranía, como el 
demonio, se halla mas holgada en la noche que á plena 
luz; y el trono unido con el altar, ligalja el despotismo 
político y el despotismo religioso, siendo la prensa y 
el libro, su fruto mas preciado, el enemigo declarado 
de ambas potestades y perseguido con maldiciones y fuego. 
Y como la libertad política había sucumbido en España, 
Felipe II suprimió el ejercicio libre de la imprenta, tribuna 
de la libertad, en las cortes celebradas en Tarazona. 

Pero la imprenta no podía morir; fuente de popularidad 
y poderío en la opinión de las gentes, los déspotas corona- 
dos la acogieron é su servicio: estableciéndose la censura 
previa y exigiéndose, é mas, la real licencia para dar ú la 
estampa un libro. 



IV 

Esta persecución á la prensa, datalMi de muy antiguo. 
Desde 1502, los reyes católicos prohibieron la impresión, 



HISTORIA DE GOEMES Y DE SALTA-^GAPÍTULO IV 189 

introducción y venta de cualquier libro, sin licencia real- 
Cincuenta años mas tarde, se renueva la prohibición, la 
cual, si era así para España, tomó mayor severidad para 
la América, donde ni imprentas existieron liasta los últi- 
mos tiempos, porque la orden real dictada por Felipe II en 
1556, decía:— « Nuestros jueces y justicias de estos reinos 
y de los de Indias Occidentales, no consientan ni permitan 
que se imprima ni venda libro que trate de materias de 
Indias, no teniendo especial licencia despachada por nuestro 
Consejo Real de Indias, y hagan recoger, recojan y remitan 
con brevedad á él, todos los que hallaren, y ningún impre- 
sor ni librero los imprima, tenga ni venda, bajo pena de 
200.000 maravedíes y perdimiento de la impresión é instru- 
mento de ella. » 

Para la persecución de estos libros se astableció, en 
1560, á mas que para las cuestiones de fe, el Santo Oflcio 
de la Inquisición; y, como no todos las impresiones po- 
dían ser perniciosas para la conservación del dominio y 
paz de la América, se concedió en 1575, al monasterio de 
San Lorenzo el Real, el privilegio exclusivo para imprimir 
libros de rezo y oficio divino y enviar á Tender en Indias. 

En España misma, el castigo contra las prohibiciones de 
la prensa era la pérdida de bienes y el destierro perpetuo. 

A fines del siglo XVIII, mientras estallaba la revolución 
en Francia, hacia su aparición en España la prensa perió- 
dica, que nacía, como se vé, bajo muy malos auspicios. 
Temeroso de sus efectos, el gobierno organizó en 1788, 
detalladamente la censura, cuya mayor notabilidad aparece 
en las siguientes palabras de su reglamento, prohibiendo 
—«cualesquiera voces ó cláusulas que pudieran interpre- 
tai'se ó tener alusión directa contra el gobierno y sus ma- 
gistrados. » Allí mismo se ordena que ni en libros ni 
papeles se trate de asuntos resueltos por el monarca ó 
sus ministros y tribunales, sin el permiso del rey. Mas 
como viera el gobierno que, á pesar de la censura, los 
papeles impresos llegaban á tocar puntos perjudiciales á 
los derechos del absolutismo real, se mandó, por ley de 
1791, cesaran de aparecer todos los periódicos de España 
« quedando solamente La Gaceta d^ Madrid^ que deberá 



190 DR BERNARDO FRÍAS 

ceñirse á los hechos, sin que en él se pueda poner versos 
ni otros especies políticas de cualquiera clase.» 1). 

Así se perseguía por el déspota español la lil^erlad y 
los garantías que todo hombre tiene el derecho de gozar 
para cumplir su nobilísimo destino, y que todo gobierno 
civilizado y racional está en el deber de otorgarlas y 
respetarlas: pero si á la propia tiranía infundía recelos y 
cuidados la discusión pública, aunque velada, de 
los actos del gobierno, el eco emancipador del vasallaje 
humano, resonaba desde el seno de la tribuna francesa, y 
sus ecos y sus doctrinas subversivas al actual orden de 
cosas en la península, llenaban de pavor el gabinete de 
Madrid; tal y tanto, que « habiéndose aprehendido ú un 
francés con un chaleco guarnecido de cuadritos, ñgurando 
en su centro un caballo á carrera tendida, con el mote 
liberté, mandó el rey, por real orden de 6 de Agosto de 
1790, que por ningún término se permitiera la introducción 
de semejantes chalecos. » 

¿Y si esto pasaba en España, qué no sucedería en las 
colonias? En América, hasta fines del siglo XVIII, no se 
usaron imprentas; y aun en estas, lo que era lícito pu- 
blicar en España no lo era en las colonias, que é tal 
extremo llegaba la susceptibilidad de sus antiguos seño- 
res. La explotación y la devoción era lo de mayor cui- 
dado de la política del gobierno español en este mundo. 
En el Rio de la Plata se hallaba un espíritu mas liberal 
por cuanto, su carencia de minas habia hecho despre- 
ciable esta tierra á los intereses peninsulares de entonces; 
en tanto, Chile era un inmenso beato. La América parecía, ú la 
postre, condenada ano tener mas derecho y porvenir que el 
de servir y rezar. Pero ese mismo Dios que la tiranía en- 
señaba para consolidar la opresión y el vasallaje de los 
americanos, habia de inspirar, justo como era, los anhe- 
los de la libertad y habia de santificar el torrente redentor 
de la revolución. 



Pero á la manera que la corriente de un rio ó el vapor 



1) Albbrdi, Obras, T. 11, páj. 99. 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTÍL— CAPÍTULO IV ' 191 

en cerrada caldera no pueden contenerse aprisionados y 
luchan y, á la postre, vencen la resistencia opuesta por 
sitio inopinado, así también todo lo que es luz ó emana- 
ción del humano espíritu,— ideas, pensamiento, creencias, 
afectos, aunque oprimidos y cercados por leyes y circuns- 
tancias tiránicas, escapan y, de algún modo, dan satis- 
facción ú sus imperecederos anhelos; y fué así que, 
siguiendo esta ley de la expansión y la libertad,— aspira- 
clon suprema de todo cuanto tiene movimiento y vida, la 
sociedad americana, vedada de la prensa libre, del libro 
instructor y revelador de la verdad; condenada á no re- 
chazar ni oponerse ni analizar siquiera en contrario los 
actos del gobierno, de suyo autoritario y corrompido, 
holló en la poesía la débil y lijara nave con que surcar 
los mares cerrados de la superior política. La poesía 
anónima reemplazó á la prensa, y en forma de décimas 
ó redondillas solas unas veces; formando cadenas de estrofas 
otras; en endecasílabos muchas veces y en sonetos que toca- 
ron la corrección clásica, que componían las plumas ilustra- 
das, codensaba el poeta en ella el crimen, el error, los 
desbarros, la inmoralidad del gobierno: ó ya hacía reso- 
nar en expresión enérjica y varonil, el aplauso á la víc- 
tima que caía bajo el hacha de la injusticia ó á la acción 
noble y liberal del magistrado honrado. Expresada la 
crítica ó el apostrofe en esa forma medida, gráfica, de 
tan fácil impresión en la memoria, la audaz idea corría 
de lengua en lengua, de secreto en secreto, hasta hacerse 
popular y convertirse en pensamiento público conocido 
de todos y por todos repetido, formando, así, el criterio 
de la opinión pública, de manera parecida á lo que, según 
es fama, los pueblos del antiguo oriente, los pueblos 
griegos, recibieron, relataron y trasmitieron en sus rap- 
sodias los poemas de Homero, que constituían la his- 
toria de famosos acontecimientos. Los poetas han sido 
siempre y á su modo, útiles y provechosos ajos pueblos. 
Este original é ingeniosísimo sistema, se conservó y 
practicó por muchísimo tiempo. La revolución inspiró 
los versos, como los denominaban entonces, en copiosidad 
igual á la lluvia del cielo; con ellos levantaron el ánimo 
y el entusiasmo de los guerreros; los cantaban los gau- 



192 DR BERNARDO FRÍAS 

chos y los soldados en los campamentos; las mujeres y 
las niñas nristocróticas un sus fiestas ó como la música 
de sus labores y las damas exaltadas Jos recitaban en las 
reuniones y los componían hasta los secerdotes mas vir- 
tuosos y graves. Tristan, Pezuela por los patriotas; Que- 
mes, Gorriti, Arenales, Alvarado por sus adversarios 
locales; Lavalle por los unitarios perseguidos; Rosas como 
tirano cruel y sanguinario fueron los blancos mas famo- 
sos de sus dardos satíricos, de sus entusiasmos cívicos, 
ó de sus patrióticas imprecaciones. 

El numen poético fué generoso así en la ribera del Plato 
como en los valles y montañas de Salta cuyo cielo claro 
y alegre, pintado por el sol y las nubes, tanta semejanza lleva 
con el cielo griego. La carencia de elementos, como la 
imprenta, alejaron de su suelo toda empresa de mérito 
poético; pero algunas raras piezas conservadas y el estilo 
tan elegante y tan correcto y bello que se descubre ú 
cada paso en los escritos sueltos de sus hijos de entonces, 
prueban la pureza y la altura de perfección ú que habia 
llegado su buen gusto literario. Las musas tomaron 
el arpa del amor y de la sátira: el sentimiento y la gra- 
cia campearon respectivamente en ellas, y la música y el 
canto ú que era tan inclinada la población, aun en la 
clase rústica, hermanaron hasta la vulgaridad ambas 
artes. La vidalita, cantada de á caballo ó al calor del vivac 
del campamento en las horas calladas de la noche; la 
letra también compuesta en metro menor y consagrada 
entonces con predilección al amor y mas tarde á la pa- 
tria, tañendo la guitarra, completaban la fisonomía moral 
del hombre de aquellos dias, mas singularmente del gaucho 
del norte, decente 6 plebeyo, que representaba, mas que 
ninguno, el tipo de un espíritu guerrero, heroico, generoso 
y amante. 



VI 



No fué mas venturosa la suerte de las artes que lo que 
fué la de la imprenta; por que como la América fuera fuente 
sellada para la unión extranjera, la civilización y pro- 



HIStORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPITULO IV 1«3 

greso del resto del mundo no tenían reflejo en ella, sopor- 
tando y siguiendo la suerte de la nación española, en 
grado mas pesado que lo que era en la misma península 
donde la decadencia comenzó & sentirse al mismo tiempo, 
casi, que se establecían sus colonias ultramarinas, 

Y efectivamente. Carlos V con las guerras exteriores 
en que tanto ocupó su reinado, y con las glorias militares 
que elevó ú fama europea las dotes guerreras del pueblo 
español que regía, produjo dos resultados funestos:— ha- 
cer al despotismo popular deslumbrando al pueblo con la 
gloria militar y el orgullo de las victorias y conquistas 
y uniéndolo al trono, defensoí- declarado de la religión en 
Europa, tras de haberlo sido por siete siglos en España; 
y en segundo lugar, la desaparición de la libertad políti- 
ca como consecuencia de Ja ocupación guerrera & que 
condigo la nación; y « ¿qué mucho que la España de entonces, 
al decir de Larra, trocase su libertad interior por el do- 
minio en lo exterior, si hemos visto en los tiempos 
modernos á una gran nación que se decia harto mas 
adelantada coronar á un déspota, en cambio del efímero 
dominio del mundo? » 

Las artes, las industrias, los estudios corrieron la misma 
suerte y sintieron la decadencia y ruina que conducen tras 
sí las guerras prolongados y un sombrío despotismo. 
Todo decayó y se lx)rró del cuadro del antiguo esplendor 
de España en sus afanes de progresos sociales: el fana- 
tismo religioso y la tiranía política unidos y formidables 
por trescientos años, concluyeron con los tirunfos de la 
literatura, de las fábricas y los talleres. Apenas con- 
seguida la unidad política con la toma de .Granada, 
los reyes y sus hombres de estado, por un gravísimo 
y lamentable error, expulsaron del territorio españoló mo- 
ros y judíos para conseguir la unidad religiosa; siendo 
verdad que aquellos pueblos habían brillado bien alto por 
su civilización y adelantamientos en las manufacturas, en 
las artes y ciencias y en el comercio. Y cuando cien años 
mas tarde la monarquía guerrera y temible se transfonnal>a 
en la monarquía silenciosa y monacal desde Felipe III 
hasta la revolución, perdiendo sus prestigios, sus conquis- 
tas, su fama y sus fuerzas, quedando «juguete de las na- 



194 Da BERNARDO FRÍAS 

ciones, » como la lloraron sus bardos; el pueblo sin la 
guerra, sin las artes, sin el comercio que las cria y ensancha; 
sin la libertad que todo lo alienta y engrandece, llenalm la 
nación de gente desocupada, la que emigraba á la Amói'icn 
tras de asegurar la vida con la carga liviana de algún 
empleo ó de un acomodo fócil en el mostrador de algún 
paisano en el comercio de Indias. El artesano ero, pues, 
por estas causas apuntadas entre cien otras, nada abundan- 
te en España y, como por lo mismo, su oficio le daba ren- 
dimientos suficientes para vivir, continuaba en su pueblo y 
no emigraba; y en América era bien raro, por consiguiente, 
el dar con artesanos españoles. 

Aconteció, pues, que siendo la conquista verificada por 
gente aventurera y guerrera de profesión, y habiendo el 
periodo colonial solo atraído militares, comerciantes, em- 
pleados y gente desocupada ó sea sin oficio ó profesión útil, 
como lo era casi toda la plebe española que se trasportaba á 
Indias en busca de mejor suerte y condición; el elemento 
peninsular no fué quien trajo para la América la civilización 
en las artes. Y á la manera que los jesuítas fueron los que, 
con la escuela, el colegio, la universidad, creados con sus 
afanes y laudables esfuerzos enseñaron á los pueblos de 
América á pensar, fueron ellos también quienes enseñaron 
á las numerosas poblaciones indígenas ó españolas de la 
América, las artes útiles y la industria; que entre aque- 
llos frailes se contaban maestros en todos los oficios: 
arquitectura, ebanistería, carpintería, agricultura, todos 
en fin, cuantos son indispensables al bienestar hu- 
mano. «Los jesuítas, pues, como lo dice Vicuña 
Mackenna, habían sido nuestros primeros maes- 
tros en todo lo que significa progreso, bienestar, sabiduría. 
Ellos habían ennoblecido la humillada cerviz de los colo- 
nos, enseñándoles á pensar, ú discutir, á raciocinar sobre 
todo lo creado, cuando el interés de los amos civiles que 
tuvimos, según lo declaró uno de sus últimos visires, 1) 
era mantenernos en la abyección y el embrutecimiento 
como bestias productoras de oro. » 



1} Abascal, virrey del Perú. 



HISTORIA DE GÜEMES Y DE SALTA-*CAPlTULO IV 196- 

Dueña la orden de las mejores ñncas y disponiendo de 
inmensa servidumbre, como esclavos y clientes sometidos 
al gobierno de la compañía, tenia verdaderos planteles de 
artesanos que alquilaba, como los all>añiles, por ejemplo, 
para las construcciones en las ciudades ó que trabajaban 
en sus talleres, mientras los colonos españoles y sus sier- 
vos ocupaban su tiempo en el gobierno, en el comercio, 
en las atenciones y faenas rurales, en el servicio común 
y especialmente en la guerra constante por mas de cien 
años con los salvajes. De esta suerte, los jesuítas, casi 
sin competencia, proveían y comerciaban con la industria 
urbana que, á la larga, se difundió en la plebe libre ó es- 
clava de las ciudades, que formó el gremio de artesanos. 
Los maestros españoles, que rara vez llegaban, dirijían, 
por ejemplo, en el ramo de carpintería, las decoraciones 
artísticas del interior de los templos y en arquitectura, 
los buenos ediflcios de la época, bien raros también. 

«Muy apenas hubo en esta ciudad de Salta como en las 
otras de América, dice el Dr. D. Manuel Ulloa, testigo de 
aquellos tiempos, un solo español que fuese útil ó la so- 
ciedad, y este fué el herrero Echáis. 1) Para que se 
comprenda esta verdad, referiré que haciéndole corte al 
emperador de las Rusias, Pedro I, varios embajadores, y 
entre ellos el de España, que aplaudía con admiración las 
excesivas rentas y lujo de los grandes de Madrid; (que 
mas propiamente debían llamarse grandes holgazanes) des- 
pués de oir esta larga y frivola conversación, les dijo:—' 
« Sabed que estimo mas un herrero que mil hombres de 
estos que me nombráis; «—expresiones que solo un gran 
filósofo, un grande emperador y un grande patriota, como 
el Czar Pedro, podia producir; por que las manos de 
aquel artesano le servían para la construcción de barcos 
para dar á su nación la navegación que aun no conocía, 
mover sus manufacturas, adelantarlas y hacer felices á 
sus subditos. Así es que el herrero Echáis con las rejas 
que hacía paro labrar lo tierra, con las hachas para cor- 



1) JJebe entendortie oii lo relativo ú la» urtes y á bu producción econó< 
mica. 



196 DR. BERNARDO FRÍAS 

tar leña y otros obras se daba alguna importancia. 1). 

« Otras artes y oficios han ejercitado únicamente los 
americanos. Los capataces y gentes del campo son los 
que han amansado bestias feroces para caminar largas 
distancias y nos proporcionan el alimento primario de lo 
carne; los labradores son los que nos abastecen del pan y 
demás menesteres que exige nuestra conservación; el za- 
patero, de la comodidad de los zapatos para andar; el al- 
bañil, el adobero, el ladrillero, el carpintero, etc., paro 
darnos casas en que habitar y resguardarnos del calor y 
del frió; los fabricantes de paños y otras telas, para ves- 
tirnos; los mineros que se entierran en los montes, pora dar- 
nos metales, y, sea como mercaderías ó como signos 
monetarios de representación, facilitar y aumentar e! co- 
mercio. 

«Mr. Volney dice que el patriotismo es la caridad con 
que los hombres se unen en sociedad y la patria un Iwn- 
co de común interés. No era así, en la época pasada, por 
que cada español era un Fernando Séptimo y una mano 
auxiliar de la tiranía. » 2). 

Es, pues, notorio en la historia colonial del Nuevo Mun- 
do que la plebe española que emigraba de la península 
en pos de mejor fortuna, poco traia de contingente pai^ 
el progreso de estos países; sus individuos, al llegar, solóse 
ocupaban de empleados inferiores en las casas de comercio, 
de soldados, de serenos, de pulperos, de peones, rara vez de 
troperos, y lo mas común, de empleados en la administración 
pública, que no les daba para mas sus alcances intelectuales, 
pues, apenas si sabían leer, escribir y contar los mas favo- 
i*ecidos; de manera que en la nueva sociedad en que se ave- 
cindaban, nada casi enseñaban ni nada casi producían. 

Las artes útiles eran ejercidas casi exclusivamente por 
la plebe de las ciudades, con especialidad por los mulatos 



1) Debe conprenderse que dichas expresiones se refieren solammte á 
la plebe sin oficio útil que emigraba entonces ú la America, y tonor- 
se en cuenta el apasionamiento de los tiempos en que esto se escri- 
bía. (1824). Por idéntica razón suprimimos en esta trascripción otras 
frases que consideramos injustas y demasiado violentas. 

2) £scrito del Dr. Manuel Ulloa en el exp. de J. C Sánchez contra U tes- 
tament. de Francisco Sánchez, f. 44— Añ 18*34, Archivo de la Prov. 
de Salta. 



HISTORIA DE GOEMES Y DE SALTA-CAPITULO IV 197 

y algunos negros; aun hasta los oficios de cantores y mú- 
sicos de los principales templos eran de su cargo, recordán- 
dose, entre ellos, al negro Soinz, cuya voz hermosa se puso 
al servicio de la revolución mas tarde, para cantar la Marcha 
^e la Patria en las grandes solemnidades cívicas de Salta. 
Esta clase del pueblo bajo de las ciudades se consagró ex- 
clusivamente é esas profesiones y llegó á formar una 
clase ó gremio social bien acentuado. Aun algunos hijos 
<lel país, de la clase distinguida, se pusieron al frente de 
^los oficios, de aquellos que por su naturaleza eran 
nías propios, cual les correspondía, como la carpintería, 
por ejemplo, para emplear honestamente el tiempo. 

£n algunos otros puntos de América, en que la clase 
de los mulatos era numerosa y de excelentes condiciones 
tos mas veces, llegaron li conquistar altura y nombradía 
por sus triunfos intelectuales y de ingenio, como en la 
música y en la cirugía. «En Caracas y en Lima, dice 
un autor de aquella época hablando de los pardos de 
Amérioa, ejercen casi exclusivamente la cirugía; y aun- 
9ue por cédulas arrancadas á la corte por médicos de 
Lima no les es permitido recibir el doctorado en medi- 
cina, todavía lo han merecido dos por su celebridad.» 1). 



VII 



^*^r>ero, no solamente este cúmulo abrumador de erro- 
res políticos y económicos y el duro régimen implantado 
en América fué parto del ánimo del déspota y sus minis- 
tros, ^¡ que también lo fué de lo conciencia nacional, que 
en tocia España se pensaba lo mismo, entonces, respecto 
¿>^ Suerte ó destino que debía llevar la América y sus 
hotnh>res. Igualdad con España; libertad y garantías con- 
^^^ los intereses españoles que alegara el Nuevo Mundo, 
P^^lension era condenable y solo digna del mas insigne 
dft^precio. Y qué mucho que tal sucediera, cuando en los 
^^Utnos dias de su dominación, uno de sus personages 



1) Guerra, obra citada; Tomo n, pój. 665. 



196 DR BERNARDO FRÍAS 

mas culminantes, el conde de Toreno, furioso enemigo de 
los americanos, llegaba á preguntar si en América exis- 
tían liómbres, y chistosamente agregaba que no sabía en 
qué clase de animales clasificarnos? 1). 

Conforme al espíritu dominante de la época, era la 
suerte que cupo á la legislación de Indias. Comenzada 
á dictarse por los reyes para el bien y provecho de los 
nuevos pueblos que se agregaban al dominio de su corona 
úl este lado de los mares, los intereses mezquinos de per- 
sonages y de^gremios mercantiles de la península, fueron 
constantemente alterando la índole y tendencia primitiva 
de aquella legislación: volvióse un laberinto de disposicio- 
nes contradictorias, donde se encerraban, sin embargo, las 
grandes promesas reales sobre la seguridad y protección 
ó los derechos americanos. 

• Pero, «á luengas distancias luengas mentiras.» Y así 
las Leyes de Indias, donde todavía existían los errores ó 
extravagancias del siglo XVI, no eran cumplidas en Amé- 
rica cuando de su formal obediencia se atacaba los in- 
tereses de los peninsulares, ó ya cuando de su obstrucción 
podían las autoridades obtener ganancias ilícitas. « Se ha 
visto, dice el Sr. Guerra, no ha muchos años, á un virrey 
de Méjico recibir 50.000 duros por no dar el pase ú una 
cédula que agregaba ciertos curatos de la mitra de Valla- 
dolid á la de Guadalajara; y luego, recibir 100.000 para 
otorgarlo. » 

Condensando en breves palabras la tiranía del régimen 
colonial, dice en sus Cartas el Americano^ citado por el 
Dr. Ulloa:— «que con aquel régimen, los europeos no 
tuvieron mas oficio que explotar la colonia con las dos 
varas; de la justicia la una y de la mercancía la otra.» 



VIII 



Que la política es la ciencia de gobernar los pueblos es 
verdad reconocida y, acaso, el problema mas difícil para 
el humano espíritu; porque es conveniente tener muy en 



1) Albbrdi, Obras, T. I., p. 84. 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO IV IW 



cuenta que ella no reposa sobre base flja ni la guían le- 
yes seguras sino, mil veces, supuestas y engañosas, y en 
sus misterios solo le es dable penetrar á quien le cupo 
por la naturaleza, ser iniciado en ellos. Es su gran ci- 
miento el talento personal, esa luz del alto buen sentido 
que hace conocer las cosas y los hondos pliegues del co- 
razón humano, el cual debe guardar relación en dosis 
bien segura con el carácter y las pasiones; con la educación 
y hasta con los vicios mismos del hombre para evitar 
ser obscurecido ó sofocado por ellos. 

La España, & quien los caprichos del destino le entre- 
garon en sus manos la suerte y el porvenir de un mundo, 
era la mas impolítica de las naciones, á tal extremo que, 
desde que puso el peso de su mano sobre los destinos de 
América, fué cavando, sin quererlo y sin sentirlo ni sos- 
pecharlo, el hondo abismo de separación lejana aunque 
segura, entre la colonia y la metrópoli. Pues, ¿qué hizo 
el gobierno español para producir, robustecer y perpe- 
tuar ese sentimiento general de afección, de vinculación 
expontánea, de ardiente simpatía que constituye lo que en 
el mundo político se llama la opinión publica, fuerza irrem- 
plazable y que, como el calor en los cuerpos, da vida, 
cohesión y fuerza y poderío á los gobiernos! La América 
tenida y considerada siempre como colonia, no pudo cons- 
tituir con la España la unidad nacional, la entidad moral, 
una é indivisible de una misma patria; la América no 
era igual á España ni en su rango, ni en sus instituciones 
ni en sus derechos ni siquiera en sus hombres; era in- 
ferior en su entidad moral é inferior en su destino y en 
su misión; que ella servia solamente como uno tierra des- 
cubierta y conquistada pora la explotación con rigor y con 
exceso, pero de un modo que hería, que humillaba y que 
sublevaba el ánimo. Toda la América no era mas que una 
inmensa cantera á lo largo de sus montañas para extraer 
y trasportar á España el oro de su seno; y en sus disemi- 
nadas poblaciones, un inmenso mercado con solo dos puer- 
tos abiertos por donde nadie podía entrar á satisfacer las 
necesidades de sus pobladores, excepto los españoles car- 
gados con sus mercancías y productos peninsulares im- 
puestos por la fuerza, sin competencia alguna, al consumo 



■1 



300 DR. BERNARDO FRÍAS 

americano. De leyes prohibitivas estaban llenos los códi- 
gos; de excesivos y abrumadores privilegios sus favoritos. 
Sin carreteras, ni puentes, ni posadas; con inmensas 
distancias desiertas entre poblaciones apenas unidas por 
caminos estrechos y primitivos, de costoso trayecto donde 
peligraba tanto la vida del viajero en ciertos parages, que 
requería de fuerza armada para cruzar aquellos campos 
vastísimos y desolados, desprovistos de toda protección 
humana y cruzados de salvajes y bandidos; con las abusi- 
vas explotaciones de la iglesia que marchaban á la par de 
las del trono, como que cobraba, por ejemplo, á mas de 
los diezmos, un peso duro por persona, aunque fuero de 
la servidumbre, para dispensarla del ayuno ordinario du 
rante el año, conforme ú la bula de la Sania Cr usada; sin 
escuelas para sus poblaciones; con sus universidades cle- 
ricales que no llenaban las exigencias de una mediano 
civilización ni menos las de la época; sin imprentas; con 
sus ciudades mezquinas, sin higiene y casi sin aceras y 
sin alumbrado público la mayoría de ellas; con sus ca- 
lles sin pavimento, lechos de polvo en la estación de seco, 
estanques de aguas ó de lodo en la de lluvias, cual caminos 
en país inculto y desierto; con sus moradores gastando su 
vida y energías en las siestas, procesiones, juegos viciosos 
de todo género de que hasta la mujer participaba; diver- 
siones y aventuras amorosas; bailes y banquetes; con sus 
ejecuciones capitales, crueles hasta el exceso y bárbaras 
hasta el oprobio, enseñando el suplicio de Tupac Amarú 
y su familia la prueba mas evidente y terrible; sin tole- 
rancia política ni religiosa, velando el tribunal del Santo 
Oflcio de la Inquisición de toda novedad en las conciencias 
y egusticiando y quemando vivos todavia por hereges y 
judaizantes y endemoniados y brujos; con su odio invete- 
rado al extrangero y á cuanto no fuera español, como el 
antiguo judío, que no hallaba entrada en América sino 
tras mil requisitos y trabas, con la indispensable ejecutoria 
de buen católico; con hombres esclavos marcados con 
hierro ardiente en el pecho, cual bestias con dueño; sin 
bancos ni hojas impresas ni libros abundantes y libres; 
sin bibliotecas, ni cementerios, ni vigilancia regular en sus 
ciudades, empleándose patrullas de á caballo cual en país 



HISTORIA DE GOJSMES Y DE SALTA— CAPÍTULO IV 201 

enemigo Tal era el cuadro que ofrecía la civilización 

española en América al llegar el año de 1810. 

Entonces, sí, que podia decirse con profunda y amarga 
verdad, que América era de los españoles y solo para 
los españoles. Todos los gastos de la administración pú- 
blica, aun los mismos extraordinarios de guerra, eran 
satisfechos con las rentas americanas; y, á pesar de. los 
galeones cargados de oro que anualmente zarpaban del 
Callao para las arcas españolas, de España no vino una 
sola moneda destinada á cubrir los gastos públicos, sin 
dispensarse por ello de exigir auxilios extraordinarios 
cuando la metrópoli se miraba en apuros por sus guerras, 
generalmente desastrosas; todo cargo y empleo de im- 
portancia eran privilegios y gracia concedidos al español, y 
de España venian los nombrados y los nombramientos; 
rara y estúpida política, basada^ toda ella en la explota- 
ción refinada, en la negación de toda igualdad moral y 
política de España con América y el mejor sistema, ai 
mismo tiempo y el mas propicio para despopularizar y 
hacer odioso un gobierno de suyo antipático en estas 
tierras. 

De todo aquello, y á mas de un cúmulo mayor de cau- 
sas que siempre serán presentadas por la revolución como 
un inmenso memorial de agravios, provino aquel espíritu 
de aversión, de desprecio cada dia mas ostensible y de odio 
creciente del americano; y á tal extremo hablan subido las 
cosas que, al rayar el siglo XIX, los españoles— pobladores 
y civilizadores, hasta cierta medida, de la América, llega- 
ron á convertirse por aquel sistema de soberbia y despo- 
tismo, en lo que fueron el dia de la conquista, es decir, 
en extrangeros. Faltaba, por que estaba rota y muerta 
para siempre, la unidad de la patria en el sentimiento 
popular, que es la base de la opinión pública y el apoyo 
mas poderoso y eficaz para la estabilidad de los gobiernos. 
Hombres venidos del otro lado del mar, extraños y des- 
conocidos, ú mandar directamente sin la voluntad ni las 
simpatías del pueblo, ¿qué vínculos de unión podían formali- 
zar ni robustecer? ¿Un rey que jamas se dignó poner su 
planta en esta tierra ni mostró su magestad á sus vasar 
Uos y que moraba allá, océano de por medio, y de quiep 



aOi DR. BERNARDO FRÍAS 

llegaban solamente las nuevas benéflcas de sus derrotas 
cuando no de sus humillaciones, vergüenzas y cobardías, 
qué poder moral podía ejercer sobre unos pueblos tan 
naturalmente divorciados de su señor? 

Inepta para gol>ernar, su incapacidad política lo perdió 
todo por absorberlo todo. Llegada la hora suprema de 
la necesidad, de la aflicción y de la prueba, España no encon- 
tró apoyo popular para su causa; volviólos ojosy no halló 
mas que enemigos en vez de haber encontrado, si lo hu- 
biera sabido formar, un poderosísimo partido con (jue 
aplozar,por lo menos, la pérdida de sus colonias. 



IX 



El monarca español, el^ rey, era el gefe supremo de la 
nación; el gefe supremo de España, de América y de 
las posesiones españolas del África y del Asia. 

El nombre particular del rey de España que presidió la 
monarquía hasta 1808, época en que fué derrumbada por 
la invasión francesa, era Curios IV. En el escudo español, 
que se veía al frente de los documentos públicos, se os- 
tentaba este lema:— Carolus IV Hispaniarum Rex. Pero 
en el cuerpo de las cédulas reales ó leyes de la monarquía, 
lucía la larga categoría de los títulos de su corona, lla- 
mándose de esta manera, rey de España, de Castilla, de 
Leoñ, de Aragón, de las Dos Sicilias, de Jerusaiem, de 
Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, 
de Mallorca, de Menorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Cór- 
doba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de Algarbe, de Al- 
geciras, de Gibraltnr, de las Islas Canarias, de las Indias 
Orientales y Occidentales, de la India y del Continente 
Oceánico; Archiduque de Austria; Duque de Borgoña, de 
Bral>ante, y de Milán; Conde de Apsburgo, de Flándes, del 
Tiroly <le Barcelona; de Molina, etc. 

El rey, áegujíi la doctrina impía del derecho público 

europeo que imperaba entonces, obtenía el poder de 

gobernar á sus subditos y á la nación como delegación 

direéta de Dios; por que, habiendo encontrado en remotas 

^enseñanzas apostólicas que todo poder vierte de Dios, lanto 



HISTORIAIDE GÚEMES Y DE SALTA-CAPÍTULO IV 208 

el monarca como la filosofía política que al3ortó el despor 
tismo se acogieron á ella, transformando el gobierno de 
los pueblos, siempre de derecho humano, en la monarquía 
de derecho divino. 

De aquí, el rey era « rey por la gracia de Dios, » según 
él mismo se llamaba, y no por la gracia del pueblo.. 

Para fortalecer aquel sofisma real, aprovechando el pro- 
picio elemento de la suma religiosidad del pueblo, rodea- 
ron al trono de todo cuanto ceremonial, máximas é ideas 
eran capaces é imaginables que pudieran hacer intervenir 
el consenso divino en la confirmación de aquella doctri- 
na y en el mantenimiento y protección de aquel sacrile- 
gio que daba por fruto. Para llenar de esta fe real ú la 
conciencia pública, al pisar por la primera vez el trono, 
el rey era jurado por sus vasallos en todos los pueblos 
de la monarquía y este juramento era de lealtad y fideli- 
dad al soberano, siendo, por ende, perjuro y criminal á 
mas que por el derecho público, por aquel ligamento re- 
ligioso de la conciencia, quien se alzara contra la orden 
del rey ó atentara contra sus derechos de soberanía. 

Como representante de la divinidad en la tierra, el rey 
aparecía con idéntica potestad ó la que ejercía el sumo 
pontífice de Roma; que si el papa gobernaba las concien- 
cias del mundo católico como vicario de Cristo en la tier- 
ra, el rey de España gobernaba, también á su albedrío, los 
hombres y las cosas en sus inmensos dominios; y, en virtucl 
de la representación divina que ejercían, se consideraron 
y llamaron soberanos los reyes; es decir, que para gober^ 
nar los pueblos, el rey tenia el derecho de soberanía ad- 
herido á su persona, y la soberanía implica el derecho 
de mandar en último recurso, sin reconocer superior de 
quien depender ó á quien rendir cuenta de sus actos; or-r 
denando y disponiendo ú su antojo ó á su sola voluntad, 
sin explicar siquiera sus motivos si así le placía, reser- 
vándoselos en su real ánimo; y reasumiendo en 3í la suma 
de los poderes públicos. El rey, arrebatando al pueblo 
estos derechos inalienables, representaba, como hemos 
dicho, el mas acabado, completo y neto despotismo. 

El rey absoluto ejercía, gobernando la nación, todos los 
poderes públicos. Era el supremo mandatario; jera el sur 



904 DR. BERNARDO FRÍAS 

premo juez; era el supremo legislador. A su frente, no 
habia parlamento por cuyo intermedio el pueblo dictara 
su voluntad; ni existían jueces capaces de decidir contra 
la real voluntad, que era, mas que la del pueblo, mas que 
la de la nación, la suprema ley. Cuando Luis XIV dijo — 
(( el estado soy yo, » dijo una gran verdad. 

En virtud, pues, de la potestad soberana, el rey de Es- 
paña era quien hacía la ley; quien disponía á su albedrío 
de las fuerzas de la nación, de los dineros públicos, de 
la paz y de la guerra; de los destinos, en una palabra, 
de la nación española. Los honores como la justicia que 
administraban los jueces en todo el territorio de España 
y sus dominios, eran dados y administrada en nombre 
del rey. 

Por el derecho público europeo, la monarquía era pro- 
piedad particular de la familia real; y todas las casas 
reales de Europa,— la de Inglaterra, de Austria, de Fran- 
cia, de Rusia, de las Dos Sicilias, se consideraban por 
una sola y augusta familia; titulándose hermanos y primos 
los reyes en su correspondencia y alegando, con relación á 
sus dominios, los mismos principios del derecho común 
para adquirir los bienes por sucesión. Por que era verdad 
legal en el derecho de las naciones, que el gobierno era 
patrimonio privado de la familia real, cuyo gefe lo admi- 
nistraba y dirigía; no pertenecía al pueblo, sino ó aquella 
casta privilegiada; y, en conformidad á este principio, ei 
hijo mayor heredaba el gobierno al rey su padre, de la 
misma manera que cualquier hijo hereda una quinta ó 
una mansión ó cosa cualquiera del comercio entre los 
hombres. Y así vino ó suceder que en la misma España 
se produjera sangriento pleito por el derecho de suceder 
al trono, invocando título de familia y título testamen- 
tario los dos poderosos pretendientes; por que como Carlos 
II, rey hechizado, juguete de una vieja y cuya simpleza é 
ignorancia avergonzaba la dignidad real, á tal extremo 
que llegó á preguntar á su ministro si Mons, plaza fuerte 
de sus dominios, era alguna posesión inglesa,— no hubiera 
sido capaz ni de producir descendencia, la rama española 
de la casa de Apsburgo espiraba con él y el trono espa- 
ñol iba expuesto ó quedar vacante. Mas, inspirado su 



fflSTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO IV 306 

ánimo en los principios absolutos que enseñaban el dogma 
sacrilego de la herencia divina del gobierno, legó por 
testamento el derecho de gobernar como soberano la Es- 
paña y la América á su pariente, el nieto de Luis XIV, 
que, rey de España, llevó en ella el nombre de Felipe V. 

Gobernado bajo aquella educación, el pueblo español 
aparecía al comenzar el siglo XIX, como el pueblo mas 
devoto y absolutista. Su rey era amado de corazón y re- 
conocido como un rey de derecho divino. Dios y no el 
pueblo, le habia conferido el gobierno de España y de 
la América; por eso la magestnd era sagrada. De esta 
manera, el rey era el señor después de Dios; y, á la manera 
de Dios, su voluntad era la suprema ley, y de sus actos, 
de sus errores y de sus crímenes él no debía dar cuenta 
á nadie en la tierra, sino á Dios. Era aquello el poder 
absoluto en toda la terrible sensibilidad de la palabra. 

Así, aquella teoría impía del derecho público que derribó 
la revolución y que hacia servir á Dios de escudo de los 
tiranos que degradaban los hombres y humillaban los 
pueblos, hizo de los reyes una raza diversa y extraña á 
la humanidad por la mentira y por la fuerza, para quienes 
no habla autoridad humana bastante legítima y poderosa 
que tuviera derecho de pedirles cuenta de sus actos, por- 
que ninguno de los hombres era su igual ni menos supe- 
rior y porque la autoridad de la corona era la única 
autoridad que tenia soberanía en la tierra. Por eso la ma- 
gestad era irresponsable. 

Fuerza es reconocer que el despotismo político y el 
despotismo religioso habían conseguido el mas acabado 
triunfo de sus aspiraciones, pues, amasando al través 
de los siglos la conciencia de la nación, con la prensa 
muerta y las escuelas cerradas, hablan llegado á divinizar 
al rey en la misma ó mayor altura quizas de lo que lo 
estaba el sumo pontífice romano y, acaso, tocando la 
misma línea de Dios; por que, gefe como era de la nación 
y de la religión nacional, presentaba al pueblo la imégen 
adorable del representante de su Dios y de su patria; y á 
la manera que en su piedad decía todo corazón español 
—«hágase tu voluntad» al Dios de los cielos, conforme 
á la enseñanza evangélica, la voluntad del rey era así 



306 DR. BERNARDO FRÍAS 

igualmente recibida y acatada sin murmuración ni exúi- 
ínen. 

Dios y el rey, en aquella edad, se confundían casi en ua 
mismo culto; que el pueblo español en aquel entonces ero 
tan adicto á su monarca como ú su Dios y á su patria, y 
de un espíritu tan absolutista en sus ideales políticos, que 
parecía ver alguna emanación de la divinidad sentada en 
el pesado trono español cuando los gobernadores y las 
mas encumbradas eminencias y autoridades de todo géne- 
ro, antes de romper los sellos y de besar con rendido 
amor la firma del monarca en las cédulas reales, las colo- 
caban ceremoniosamente encima de la cabeza, en señal de 
humilde y servil vasallaje, ó cuando el sacerdote desde el 
pulpito, para pronunciar el nombre dé aquella mageslad 
tan adorada, la cual, á veces, como en Cérlos II, era tan 
estúpida é infeliz que vivia poseída del demonio, se quitaba 
el bonete y descubría su tonsura, rindiendo honores solo 
merecidos por la hostia consagrada. 

La persona del rey era sagrada, represental3a á Dios y 
á la nación; por eso el mas alto y orgulloso magnate se 
arrodillaba á sus pies en las ceremonias de palacio. Se le 
llamaba Su Mageslad, título que se daba á Dios; se le lla- 
maba \amhien AugNsto, nombre que habia sido, asi mismo, 
reservado solamente para honor de los dioses en el anti- 
guo imperio, y arrebatado para los déspotas por el segundo 
César, en Roma. Gloriál>anse sus vasallos, así en España 
como en América, en exaltar la magestad real humillando la 
dignidad humana en cuanto era posible, y asi decían, por 
ejemplo:— « nosotros que somos los vasallos; nosotros que 
somos los criados de Su Magestad, » como lo atestiguan 
los papeles públicos de nuestros archivos; y para hablar 
del soberano se lo hacía en estos términos:— c* El rey nues- 
tro Señor que Dios guarde » ó « el rey nuestro amo; » 
llegando el servilismo á manifestarse por cuanto motivo 
encontraba, bastando recordar que todos los atributos del 
rey, ya se dyera:— su real ánimo, su real corona, su real 
mano ó sus reales pies, los calificativos de estas sus pren- 
das personales eran escritos con mayúsculas siempre, 
mientras en la colecta de la misa el sacerdote debía orar 
por la magestad real, preces que la revolución habia de 



HISTORIA DE OOEMES Y DE SALTA—CAPÍTULO IV 2«7 

tornar en favor de la Soberana Asamblea de las Provin- 
cias Unidas, borrando el nombre del rey de nuestros alta- 
res. El misHio monarca, para alejar todo parentesco y 
comunión con los hombres, no usaba de su nombre per- 
sonal para firmar los documentos públicos, sino de esta 
leyenda y en esto misma forma: YO EL REY. 

La persona del rey llegó á ser la encarnación de Dios 
y de la patria. Todo cambió en España desde aquel dio 
para no pertenecer mas que al rey. El rey suprimió la 
patria. No se decía ni se diría en la guerra de la inde- 
pendencia: — viva España! sino viva el rey!; ni se diria 
« ejército español » sino « el ejército real » ni bandera espa- 
ñola sino «de su magestad», ni serian derechos de España 
los que se alegarían en el debate de Mayo, sino los dere- 
chos del rey; ni se nombrarían, finalmente, ciudadanos 
españoles sino « vasallos y subditos de su magestad. » . . . El 
pueblo y la patria habían desaparecido en su individuali- 
dad como los antiguos ídolos y los caducos dioses del 
paganismo oriental cuya llama de amor y veneración habia^ 
se apagado para encender la de esta nueva y fervorosa 
idolatría. 

Y, sin eml^argo, toda aquella adhesión al rey que pre- 
sentaba en espectáculo el pueblo español en aquellos dias, 
no era ni degradación ni servilismo. Solo era una al)erra- 
cion, un sorprendente descarrío de la conciencia nacional. 

(Cómo se produjo este fenómeno, este prodigio único, 
acaso, en la historia del mundo, que un pueblo el mas alti- 
vo y orgulloso de la tierra fuera en conciencia y en cora- 
zón el mas sumiso & su rey? El pueblo español que 
habió impuesto á sus reyes la ley, que se había alzado en 
armas llamándolos tiranos y usurpadores, como lo cantan 
sus gloriosos anales, llegaba, en esta hora postrera, hasta 
divinizar y adorar al despojador de todos sus derechos y 
libertades y protestaba morir por él y por su real servicio, 
como en aquella otra edad corría á morir por su Dios y 
por la libertad é independencia de su patria! ¿Quién ha- 
bía producido tan extraordinario suceso? No puede en- 
contrarse otra causa para explicar tan singular fenómeno, 
que la influencia siempre funesta del clero en el gobierno 
político de la3 nacione&i; aporque, asi se vio que, desde Fa- 



908 DR. BERNARDO FRÍAS 

Upe n que se declaró protector armado de la religión, el 
ascendiente clerical en el gobierno, principiando por el 
confesor del rey y rematando en el Sonto Oficio de la In- 
quisición que llegó ú imponer al mismo monarca, á medi- 
da que su influencia crecia en el gobierno de España, el 
fanatismo por el rey, lo divinización de lo voluntad real 
alcanzaba mayores y mas sorprendentes proporciones; que 
la enseñanza que difundió al altar, auxiliado por el fuego 
y los armas del poder civil, hizo confundir ambas mages- 
tades, Dios y el rey, ante la conciencia devoto y el cora- 
zón opasionodo y ardiente del pueblo que, ciego y á 
obscuras de toda otra enseñanza, fué criado y educado, 
al través de tres siglos en aquella veneración y bajo aquel 
doble temor que inspiraban aquellos dos formidobles potes- 
tades; la una con la justicia de su espoda inapelable; la 
otra con los rayos de la iglesia, que, presentando al rey 
como representante de Dios paro gobernar al pueblo, y solo 
ante la divinidad responsable, enseñal>a la obediencia pasivo 
al soberano, cuyos injusticias, cuyas iniquidodes debió el 
bueno y celoso cristiano recibirlas como todos los males y 
pesadumbres de la vida, con resignación y en paz: méritos 
que eran enriquecimiento de su alma poro el mejor premio 
en lo vidü futura y el mayor brillo de su místico corona. 

Fué de esto monero y en oquellos tiempos, el rey de Espa- 
ña el gobernante mas popular de lo tierro, precisamente por 
que era intensamente amado del pueblo. Encarnación de la 
patria y de la religión; ceñido con la corona que representaba 
en sí el soberbio cúmulo de glorias nacionales, tocaba 
todas las Abras del corazón humano, todo lo fe de la con- 
ciencia ^n cuya tenebrosa esclavitud no penetraba, hacía 
siglos, rayo de la mas débil luz; y la creación del rey 
absoluto ocupó el mismo sitio en la opinión pública y 
aun de los que fueron los pensadores de la época, que el 
que llenaba, en la opinión del mundo católico, el soberano 
pontífice, cuyas decisiones en materias de fe, aun pasando 
por las de teólogos y concilios, sus meros consejeros, 
son universalmente acatadas como verdad infalible, inspi- 
rada por el mismo Dios. 

Y aquel fenómeno de lo opinión pública española con 
referencia á su rey, no era. cual pudiera suponerse, parto 



HISTORIA DE GÚEBfES Y DE SALTA— CAPÍTULO IV 809 

menguado y exclusivo de la clase inculta, del pueblo bajo 
ó ignorante de los campos; por que esa opinión hallaba honda 
cabida y era proclamada y enseñada con profunda con- 
vicción por los mas distinguidos talentos de la época. Y 
DO se piense tampoco que tales ideas fueron rancias 
preocupaciones solo conocidas en edades ya remotas; 
aquella teoría del despotismo, y la condenación de la vo- 
luntad del pueblo en la formación del gobierno de la socie- 
dad, eran así sostenidas como credo político, en 1810, por 
la conocida pluma de D. Gaspar de Jovellanos, entre otros, 
quien decía:— « Haciendo, pues, mi profesión de fe política, 
diré que, según el derecho público de Europa, la plenitud 
de la soberanía reside en el monarca y que ninguna parte 
ni porción de ella existe ni puede existir en otra persona 
ó cuerpo fuera de ella. Que' por consiguiente, es una he- 
regia política decir que una nación cuya constitución es com- 
pletamente monárquica, es soberana ó atribuirle las 
funciones de la soberanía; y como esta sea por su natu- 
raleza indivisible, se sigue también que el soberano mismo 
no puede despojarse ni puede ser privado de ninguna 

parte de ella en favor de otro ni de la nación misma 

Que en caso de imposibilidad del soberano, la voluntad 
nacional, sin comunicar la soberanía, puede determinar 
la persona ó personas que deban encargarse del ejercicio 
de su poder. » Según el mismo autor, en el orden legis- 
lativo los parlamentos no tienen derecho de legislar,de dictar 
la ley, sino el de aconsejar las mejores medidas á tomarse 
para bien del pueblo y satisfacción de las necesidades genera- 
les, 6 éiáe representar al soberano los abusos cometidos por 
su gobierno para que les ponga remedio, según fuere su real 
voluntad. En el orden judicial, «es del rey toda jurisdic- 
ción; suyo el imperio. » 

«Tal es el carácter de la soberanía según la antigua y 
venerable constitución de España, y al considerarla, no 
puede haber español que no se llene de orgullo admi- 
rando la sabiduría y prudencia de nuestros padres que, 
al mismo tiempo que confiaron é nuestros reyes todo el 
poder necesario para defender, gobernar y hacer justicia 
ó sus subditos, señalaron en el consejo de la nación aquel 



1 



310 DR. BERNARDO FRÍAS 

prudente y justo temperamento al ejercicio de su poder. i> i) 



Los americanos, sea por la distancia, sea por la costumbre 
de no conocer la realidad de la monarquía sino de nombre, 
como quien se acostumbra A oír un cuento terrible desde 
niño, ó ya por la grandiosidad de su territorio donde sus 
viajes, atravesando extensiones inmensas y desiertas le 
hicieron concebir y amar la idea de la independencia 
personal, la verdad histórica nos dice que los pueblos 
americanos no amaban al rey: que para ellos,— que no 
podian vivir bajo una eterna ficción política, el monarca 
vivia y moria en tierra extranjera, transformándose, por 
ende, en rey extranjero también; que eso y no mas signifi- 
caba para el americano el rey de España, que ni inspiraba 
adhesión ni amor, ni menos subyugaba por el terror y miedo 
de sus armas; que sus ejércitos no se hablan visto desde 
hacía siglos cruzar las vastas extensiones coloniales, ni 
sus escuadras, corridas por los mores ó juguete de las 
olas, no hablan podido siquiera libertar los costas ameri- 
canas de los asaltos de piratas y filibusteros. 

Su último esfuerzo naval, en unión y ayuda de un otro 
conquistador y destructor de los libertades del mundo, se 
sepultaba estrepitosamente en los aguas de Trafalgar, en 
1805, pagando esta soberbia gloria con su vida el almirante 
ingles, por lo cual bien merecieron sus cenizas el descan- 
so de que gozan en la abadía de Westminster, al lado 
de los genios y bienhechores de la humanidad. Y mere- 
cedor es del doble y eterno aplauso de la humanidad y de 
la América libre aquel tan glorioso triunfo de las armas 
inglesas, porque en aquella hora solemne se salvaron los 
mares y la suerte de la independencia de las naciones 
europeas del despotismo cesáreo de Bonaporte, al propio 
tiempo que, desapareciendo su poder marítimo, la España 
quedaba militarmente cortada de sus colonias y quebran- 
tada ó perdida la mitad de su poder para sofocar la in- 
dependencia. No, no era posible detener la mano del 



1) JovELLAMOs, Obras, Tomo V, páj. 470 y 472, de la Memoria, 



fflSTORIA DE GÜEMES Y DE SALTA.— CAPÍTULO IV 311 

destino ó la providencia de Dios, que se alzaba por la 
libertad del mundo. Ella habia arrancado, con el genio de 
Nelson en el cabo de Trafalgar, un brazo del león ibérico, 
y el otro, que aun le restaba medio libre, seria sujeto 
también y en breve término, por el genio colosal de Na- 
poleón. Entonces, equilibradas las fuerzas, pudo la Amé- 
rica desenvainar la espada y jurar su independencia. 

XI 

« La autoridad de la España sobre América, tarde ó tem- 
prano debe tener un fln, se escribia ya, en 1810, por los 
defensores de la revolución. Así lo quiere la naturaleza, 
la necesidad y el tiempo. España está demasiado lejos 
para gobernarnos. Qué! siempre atravesar millares de 
leguas para pedir leyes, para reclamar justicia, justificar- 
nos de crímenes imaginarios, solicitar con bajeza ó la 
corte y á los ministros de un clima extrongero? Qué! 
¿Aguardar durante años cada respuesta y al cabo no hallar 
del otro lado del océano sino injusticia? No; para grandes 
estados es necesario que el centro y la silla del poder 
estén dentro de ellos mismos. Solo el despotismo del Oriente 
ha podido acostumbrar pueblos á recibir sus leyes de amos 
remotos ó de bajaes que representan tiranos invisibles. 
Pero, no lo olvidéis jamas: mas la distancia aumenta, mas 
el despotismo abruma, y los pueblos, entonces, privados 
de casi todas las ventají^s del gobierno, no tienen sino las 
desgracias y los vicios. 

«La naturaleza no ha creado un mundo para someterlo 
á los habitantes de una península en un otro universo. 
Ella ha establecido leyes de equilibrio que sigue constan- 
temente en la tierra como en los cielos. 

«No puede haber gobierno sin una confianza mutua 
entre el que manda y los que obedecen. Ya sucedió; este 
comercio se ha roto, y no puede renacer. La España ha 
hecho ver en demasía que ella quiere mandarnos como 
ü esclavos; la América, que conocía igualmente sus de- 
rechos y sus fuerzas. A cada uno se le ha escapado su 

secreto. » 
Este era el pensamiento americano, el grito que resonaba 

en todas las conciencias pensadoras del Nuevo Mundo al 



212 DR. BERNARDO FRÍAS 

despertar su aurora el siglo XIX. Era una convicción 
general y profunda cuyas raices tan hondas no era posible 
las arrancara ya el gobierno ni por convencimiento ni por 
transacciones. La América, siyeta entre dos océanos, en 
toda la inmensidad de su extensión, de su cautiverio y de 
sus dolores, representaba la verdad de Prometeo encadena- 
do en la roca. 

Ante aquel aspecto que presentaban los ánimos y las 
cosas, descubrió su aurora inmortal el año de 1810; y tarea 
lijera y facilísima será, aún para el espíritu menos avisa- 
do y observador, comprender, al través de este lijero 
examen, que la revolución estaba preparada por la mano 
misma de la política española y que liabia llegado á su 
completa madurez cuando la fuerza ciega del destino ó la 
mano justiciera de Dios hubo encadenado el poderlo de 
España en la tierra y en las aguas, para que la lucha no 
fuera tan cruenta, tan desigual y costosa. Porque, como lo 
dice el mas sesudo y lucido pensador de nuestra revolución, 
— -« es preciso persuadirse que revoluciones de la naturale- 
za de la nuestra no pueden hacerlas los hombres particu- 
lares; son los gobiernos los que las causan. Solo á ellos 
les es dado preparar sus materiales y amontonar sus 
causas. Solo á los gobiernos es dado enajenarse ó ganar- 
se los corazones de los subditos. No hay en los ciudada- 
nos particulares poder bastante para hacer aborrecer un 
gobierno que se hace amar por su rectitud y su beneficen- 
cia. Podrían fascinar en un punto, seducir i\ algunos, 
causar algunos tumultos pasajeros, pero eso no sería mas 
que una llamarada que se extingue tan pronto como se 
encendió por falta de pábulo. Pero si el gobierno tuvo 
la desgracia de enajenarse los espíritus, él mismo amon- 
tona los materiales en que se cebaría la llama revoluciona- 
ria; la menor chispa causarla una explosión formidable. » i). 

De esta suerte, el grito lanzado el 25 de Mayo por el 
pueblo de Buenos Aires no fué mas que la explosión de 
aquel volcan inmenso y poderoso que halló cráter, al fin, 
por donde lanzar su fuego puriflcador. 



1) Dr. Juah Ignacio db Gorriti; Discurso pronunciado en el Congreso 
de 1826, en la sesión del 31 de Mayo, que insertamos integro en el 
apéndice. 



CAPITULO V 



La B«p«Aa Antes d^ 1810— Ia conjura patriota 



SUMARIO:— Grandaza de España; el imperio español— Establecimiento del 
despotismo real— La decadencia española; sus causas— Atraso general 
de la nación al subir Carlos IV al trono — Datos curiosos— Katado 
intelectual del país— Las artes útiles y el empleo— Decadencia del espi- 
rita literario— La cultura social— £1 fanatismo religioso— Supersti- 
ciones. 
Cftrlos IV, su carácter— La revolución estalla en Francia— Coalición 




m^asion francesa en España— Femando VII— Situación de España en 
aquellos dias— Bayona y el 2 de Mayo— La anarquia; abgoluiistas y li- 
herále»; loa afrancesados. 

La juventud americana residente en España— D. Francisco de Gur- 
mchaga, sus antecedentes; su retrato — Gurruchaga, correo de gabinete — 
D. José de Moldes, sus antecedentes — El guardia de eorps — Condiciones 
peraonaleB de Moldes; su retrato— Moldes y el enviado de Napoleón- 
Prestigio del coronel Moldes— Organización de la conjura patriota- 
Trabajos patrióticos en España— Fuga .de Pueyrredon— Prisión de los 
conjurados— Servicios de Gnrrachaga- Fuga general de Madrid— Mi- 
sión del coronel Moldes en LóndrAs— Las iun/a« de España; alzamiento 
contra los franceses— La hora de la revolución; los conjurados se em- 
barcan con rumbo ¿ Buenos Aires. 



I 

^í&lo de gran resonancia fué el siglo XVI y colocado, con 
^Qzor^^ entre los mayores de la historia; por que como 
J^Jiíg-t^n otro fué fecundo en maravillosas novedades, ha- 
tó&nciose en él todo conmovido, desde los intereses cor 
mero tales y económicos, hasta las afecciones mas caras 
4h Corazón humano. Todo fué en él continua revolu- 
cvoa; revolución hubo en las ideas que ajitaron el espíritu 
^^^ la nueva invención de la imprenta; revolución hubo 
^^ la fe, pero formidable y estruendosa, que acaudilló 
Uilero desde el fondo de la Alemania y que combatió Lo- 
cóte en la zona meridional; revolución hubo, en fin^ en 



214 DR. BERNARDO FRÍAS 

las artes, como en la política y en la literatura, brillando 
los genios de Miguel Ángel y Rafuel en primer término. 
El papa León X, protegiendo saludablemente el renaci- 
miento, daba, como Augusto y como Pericles, su nombre 
á su siglo. Audaces navegantes españoles y portugueses 
descubrían por Oriente y Occidente mundos nuevos, donde 
los aventureros conquistadores, salidos del seno del pue- 
blo, llegaban á ser grandes hombres y donde el celo del 
espíritu religioso encendido por las disputas teológicas en 
Europa, corría al seno de comarcas desconocidas y dis- 
tantes en pos de su apostolado. Al lujo y al esplendor de 
la vida corrompida de los potentados, sucedió el espíritu 
austero y heroico de los primeros tiempos apostólicos, 
volviéndose á ver santos y milagros. Pió V. purifica- 
ba con la santidad de sus virtudes el trono pontificio y 
las alturas del poder, mientras San Francisco Javier lle- 
naba de gloria las legiones democráticas de los obscuros 

misioneros. 

Por el lado militar, el duque de Alba imponía la mo- 
derna disciplina en el ejército y encadenaba como nadie 
la victoria á sus pies; mientras por los mares de Oriente, 
la escuadra española, llevando los votos de la cristiandad 
y al mando de D. Juan de Austria, sugetaba por la pri- 
mera vez el poderío otomano en las aguas de Lepante, 
salvando la libertad de la Europa y, con ella, la civiliza- 
ción del mundo. La inquisición convertía en formidable 
su espantoso poderío ,y los reyes, transformándose en so- 
beranos absolutos, levantaban las monarquías de los tiem- 
pos modernos. 

Descollando por cima de toda esta grandeza, esplendor 
y poderío, aparecía España por su civilización, por su 
inteligencia, por su valor, su riqueza y su poder, en medio 
de las naciones civilizadas del orbe. A imitación de Roma, 
su madre, bien pudo entonces, con sobrada razón, ape- 
llidarse como ella, la señora del mundo. Felipe II, su rey, 
gobernó por espacio de >42 años el imperio mas vasto de 
la tierra. En España llevaba cuatro coronas: la de Casti- 
llo, la de Aragón, la de Navarra y, mas tarde, la de Por- 
tugal; fuera de la península, poseía los Países Bajos, 
ambas orillas del Rin, el Franco Condado, el Rose- 



HISTORU DE GOEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO V 815 

llon, en Francia; el Milanesado y las Dos Sicilias en Italia, 
teniendo bajo su dependencia 6 Toscana, Parma y demás 
estados italianos; en Asia era dueño de las ricas posesio- 
nes portuguesas de Coromandel y Malabar y las Islas 
Filipinas eternizaban su nombre, mientras en América 
sus dilatados dominios se extendían por uno y otro lado 
del Ecuador. Por eso llegó 6 exclamar con extrema 
verdad contemplando su poderío, que se dilataba por la 
redondez de la tierra:— «El sol no se pone en mis esta* 
dos. » 

I.a España había llegado así, al pináculo de la grandeza. 
A mas de sus provincias, dominaba á la corte de Roma 
por su influencia; á Francia por medio de las guerras 
civiles, y su monarca liabia sido, por matrimonio con 
María Tudor, rey titular de Inglaterra. Desde el gabinete 
de Madrid su poderosa política tramaba las revoluciones 
en Dinamarca y en Londres; su influencia social llegó 
hasta imponer la moda en las cortes de Europa, y la so- 
berbia de su orgullo alcanzó á extremo tonto que, al saber 
el desastre de su escuadra, llamada la invencible, por le 
fuerza de la tempestad, que cundió de pavor ó Inglaterra, 
se contentó con exclamar por boca de su rey:— « Nada 
importa; es una rama cortada de un árbol floreciente. » 
Su influencia política como nación era inmensa, y, al de- 
cir de un ilustre escritor, llegó una hora en que la gran- 
deza de España sobrepujó á la del primer Bonaparte, por 
que este nunca tuvo el dominio de los mares, ni alcanzó 
& poseer, como España, el vasto comercio de sus colo- 
nias y sus factorías « recibiendo y distribuyendo todo el 
oro de Occidente y todas las especias de Oriente. » Sus 
capitanes fueron los primeros generales de la tierra y sus 
hombres de estado no hallaron rival en su época, espe- 
cialmente en la celebrada habilidad de sus diplomáticos; 
y si bien sus hijos no habían alcanzado la verdadera 
cultura, el buen gusto y los instintos tan delicados que. 
dislingüian la sociedad italiana, habia en ellos mayor 
orgullo, mas entereza y altivez de carácter y mucho mas 
valor personal; y, como consecuencia de todas estas va- 
roniles virtudes, su culto por el honor era, sobre todas 
sus afecciones, el primero. 



216 DR. BERNARDO FRÍAS 

No desdecía la civilización de España del justo prestigio 
alcanzado en el manejo de los negocios públicos: la guer- 
ra y la política internacional. Las antiguas y venerandas 
instituciones de Castilla y Aragón que cimientos tan pode- 
rosos fueron para las libertades públicas, unieron sus 
frutos preciosos á la dichosa cosecha que hicieron los 
conquistadores y guerreros españoles en las ciudades 
italianas, cunas esclarecidas entonces de las bellas artes^ 
de la cultura y perfeccionamiento del espíritu; por que á 
la manera que Roma trs^o de sus conquistas los dioses 
recogidos de los altares de los pueblos avasallados, así 
también España, guerrera y política, recogía la riqueza 
intelectual de los vencidos, apareciendo con brillo en la 
línea mas culminante, como Italia, con sus escritores, sus 
poetas, sus pintores, muchos de los cuales y de los mas 
célebres al tiempo mismo, eran soldados, guerreros de 
primer orden, como Ercilla que hizo flgura distinguida 
en la guerra de Aráuco, la que debía cantar mas tarde en 
uno de los mas hermosos poemas escritos en lengua caste- 
llana; como Garcilaso déla Vega, poeta también y alistado 
en la carrera militar; como Lope, que se embarcó en la, /«- 
vencible que marchaba á la conquista de Inglaterra, para 
cantar la victoria; como Cervantes, en fin, cuya obra de 
celebridad universal mereció la traducción en todos los 
idiomas civilizados de la tierra, que fué herido en la bata- 
lla de Lepatito al borde de una galera. 

La poesía y el teatro tomaron desde la época aquella su 
moderna fisonomía; la literatura, la historia, la filosofía y 
la pintura alzaron el vuelo mas poderoso, contándose, & 
mas de aquellos ya antes recordados, á Calderón, á Que- 
vedo, & Santa Teresa de Jesús, á Solís, á Fray Luis de 
León, á Góngora, á Velázquez y Murillo, entre sus espíri- 
tus mas luminosos y celebrados. 



II 



Pero este hermoso fenómeno que tan alto levantó la 
civilización de España, era la emanación mas delicada y 
noble de un pueblo viril á quien la libertad gozada y vene- 



fflSTOMA DE QUEMES Y DE SALT^— CAPÍTULO V 917 

rado por siglos llenos de valor y de grandeza pública, habia 
fortalecido é inflamado las virtudes del corazón y de la 
inteligencia humana; y cuando el espíritu de la libertad 
fué sofocado, comenzó, á raiz de su muerte, la decadencia 
de la nación española. Los consejos privados, sumisos 
y serviles sucedieron 6 las cortes, los antiguos y libires 
parlomentos españoles; las venerandas instituciones castella- 
nas y aragonesas, que con los fueros de las ciudades guar- 
daban las libertades de los pueblos contra las violencias de 
los reyes, fueron holladas desde que comenzó la casa de 
Austria & reinar, y fueron destruidas y casi totalmente arra- 
sadas; el fanatismo religioso, llegando A criminal extremo 
en su intolerancia, expulsaba las últimas é industriosas 
poblaciones moriscas, por que no pensaban de Dios lo 
mismo que el gobierno; la persecución á muerte, en alas 
del terror que rastreó toda novedad contra el orden políti- 
co y religioso, aun en el seno sagrado de la conciencia y 
de la opinión humana, cegaron los últimos esfuerzos de la 
inteligencia; desaparecieron las instituciones déla antigua 
y sacra monarquía; perecieron las libertades públicas; 
se sacriñcaron, en vida y robustez de la tiranía, todas las 
garantías individuales; y la educación y la enseñanza bajo 
el terror divino y el terror humano con que la iglesia y 
el poder civil en consorcio espantaron ú los hombres, 
sojuzgaron la opinión y el sentimiento público, y con- 
cluyeron por transformar la España liberal, guerrera, 
triunfante, pensadora, industriosa, altiva y gloriosa, en la 
España devota, silenciosa y vencida. Por que si el trono 
se robusteció arrancando la vida al pueblo, la nación per- 
dió con su libertad, sus antiguas conquistas, su poderío 
entre las naciones, su industria y bienestar; por qué el 
despotismo es árbol de maldición, de cuyo seno ingra- 
to no emanan mas que las tristezas de la muerte; que 
bajo su sombra todo se corrompe y se derrumba; el 
carócter de los hombres se quebranta; las virtudes públi- 
cas se olvidan; los principios desaparecen y la carencia 
de independencia personal engendra la dependencia de los 
hombres, la dependencia de los afectos y hasta la depen- 
dencia del pensamiento. Por eso cayó la Grecia que 
destrozó á los bárbaros con su brazo y enamoró al mun- 



218 DR. BERNARDO FRÍAS 

do con SU pensamiento; por eso Roma sepultaba la 
pública y el águila imperial que había señalado los límites 
del mundo por los límites de su poderlo, plegaba sus alas 
en Rávena y se desplomaba á los pies de un bárbaro del 
norte: por eso cayó también España en una postración de 
doscientos años en que se sepultó en la península. Posó 
como pasaron los grandes pueblos dejando eterna memoria 
en los siglos; pasó como pasó Grecia con sus poetas, sus 
artistas, ^sus fllósofos, sus maestros; pasó como pasó Roma 
con sus legisladores, con sus guerreros y conquistadores; 
pasó, en fln, como pasaron Curtago y Tiro, sus remotos 
progenitores, con sus colonias y sus exacciones admi- 
nistrativas y flscales. La España, de esta suerte, pasó 
como un dios caduco, doscientos años de abatimiento 
y postración, basta que la despertaron los estruendos 
de la revolución de Francia, su vecina. Durante ellos, 
habia perdido sus posesiones de los Paisas Bqjos, el 
Poilugal, el Artois, el Franco Condado, el Rosellon; los 
holandeses fundaban sobre sus ruinas vasto y poderoso 
imperio en los paisas de Oriente; la Inglaterra, ate- 
rrorizada en otros dias, clavaba su pabellón en las cos- 
tas de Méjico; las escuadras holandesas y británicas 
hablan saqueado é insultado, por mas de una vez, las 
mismas costas de la península, y Gibraltar, su plaza 
fuerte meridional, en el propio suelo español, pasaba al 
dominio ingles. Su infantería, tan famosa en los anales 
de las guerras europeas, pereció en Rocroy á manos del 
gran Conde; y su marina se sepultaba entre las olas y el 
fuego de Trafnigar, en 1805. 

Su estado interior y administrativo corría en igual misario 
que sus intereses exteriores.— « Mientras en el siglo XVII 
otras naciones se ocupaban en formar grandes estableci- 
mientos militare3,el ejército, que fué tan formidable y temido 
bajo las órdenes del duque de Alba y de Alejandro Farnesio, se 
hallaba reducido á unos cuantos miliares de individuos mal 
pagados y sin disciplina. Inglaterra, Holanda y Francia 
tenian grandes armadas y la española escasamente llegaba 
á la décima parte de la poderosa escuadra que. J>ajo Felipe II, 
puso terror al Océano Atlántico y al mar Mediterráneo. 
Los arsenales no tenian maestranza; los almacenes nada 



mSTORIADE GÚEMES Y DE SALTA-OAPlTÜLO V 319 

guardaban; las fronteras y las fortalezas carecían de pre- 
sidio; era ineficaz la policía; se cometía todo género de 
crímenes á todas horas; matones de oficio y lacayos sin 
amo se entregaban en calles y plazas á mil excesos, tur- 
bando la pública tranquilidad y haciendo escarnio de la 
justicia; la hacienda se hallaba en el mas espantoso desor- 
den; pagaba el pueblo sumas enormes, pero el gobierno 
solo percibía los residuos que dejaba la rapacidad de sus 
agentes; y los virreyes de América y los empleados del 
fisco se hacían poderosos, en tanto que los comerciantes 
se presentaban en quiebra, que los labradores morían de 
hambre, que ios funcionarios de palacio no cobraban y 
que los soldados iban á comer la sopa á la puerta de los 
conventos. Los despachos se acumulaban sin abrir en 
las mesas de los secretarios de Su Magestad, en tanto 
que estos intrigaban para despojarse mutuamente; y las 
potencias extrangeras podían insultar y robar con notoria 
impunidad al heredero de Curios V. » (Macaulay). 



III 



Carlos IV fué llamado al trono en 1788, y, aunque la 
España llegó ú despertar un espacio de su letargo bajo el 
gobierno liberal de Carlos III, tornó á caer, bajo este nuevo 
reinado débil y enfermizo, á tan bajo nivel como cayó en 
tiempos de Carlos II. El nuevo rey había llevado al go- 
bierno el buen ánimo de imitar la administración ruidosa 
de su padre, mas no tuvo, como este, ni el talento ni 
las energías ni menos el buen tino en la acertada elección 
de sus ministros; Godoy, que lo acompañó en él hasta la 
hora postrera, era el hombre mas inepto y á quien por 
irrisión del destino, le tocaban circunstancias por todo 
extremo trabajosas y difíciles. De esta mañera, mientras 
en los demás países de Europa los gobiernos mas adver- 
tidos de su situación abrian paso, aunque estrecho, & las 
refórmas; mientras el rey de Cerdeña concedía á sus 
subditos el rescate de los derechos feudales, y el empera- 
dor José II abolía en Austria los diezmos, los jómales 
gratuitos de los vasallos, como los derechos señoriales y 



220 DR. BERNARDO FRÍAS 

Iqs conventos y subordinaba la iglesia al estado; mientras 
Gustavo III prohibía el tormento en Suecia, y la czarina 
Catalina III fundaba escuelas, aunque, como los hombres 
de estado españoles, seguia la opinión del cardenal Polo, 
quien decía á León X que era peligroso hacer demasiado 
sabios í\ los hombres,— España permanecía estacionaria si 
acaso no retroc;edía, dejándose sorprender por el nuevo 
espíritu dormida entre añejas preocupaciones. 

« Por España no pasan los dias, decia 30 años mas tarde. 
Larra, lamentando la decadencia de su patria;— siempre 
jugando 6 la gallina ciega con su felicidad, empeñada en 
atraparla, por el estilo de aquel loco, maniático por atra- 
parse con la mano izquierda el dedo pulgar de la misma 
mano que tenia cogido con la derecha, y siempre mas 
convencido la última vez que todas las anteriores. » 1) 

Después de aquellos doscientos años del mas sombrío 
y sin embargo, el mas popular despotismo, la España 
aparecía un siglo atrás, también, de las demás naciones 
civilizadas de Europa. Con su libertad había perdido su 
poderío, su actividad, sus industrias y su labor intelec- 
tual que con tanto lucimiento figuró en el siglo XVI. Sus 
industrias, que lo fueron de primer orden, hablan descen- 
dido al último nivel con la expulsión de las poblaciones 
laboriosas de moros y judíos y con la larga serie de 
guerras sostenidas en el exterior, llegando en los últimos 
tiempos del absolutismo á ser tan general la miseria que, 
al decir del conde de Campomanes, escritor español de 
aquella época, el estado miserabilísimo de España habla 
subido & tal extremo,— « que se velan tres millones de 
españoles casi en cueros por que no tenían con qué 
comprar telas suficientes para cubrir sus carnes, llegando 
ú dos millones los que pasaban su vida sin conocer en 
ella la carne como alimento, » 2). 

Déjase fácilmente comprender por aquel estado de ge- 
neral postración en que yacía la península, que en ella 
existia mucha gente desocupada, sin el ejercicio del tra- 



1) Larra, Obras, T. I, páj. 146. 

2) Escrito dol Dr. Mnnuel Ulloa en el expediente de J. C. Sánchez contra 
la testainent de Francisco Sanctiez f. 44 año 1824; Arch. de Salta* 
Cambiamos algunos términos del original por ser demasiado hirientes. 



HISTORIA DE GOEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO V 321 

bajo que da virilidad y engrandecimiento á los pueblos 
y sí, con todos los vicios que dimanan de la miseria, 
del desgobierno y de un sombrío y prolongado despotismo; 
lo que, uniéndose á ciertas peculiaridades nacionales, hacia 
mayormente extremoso su atraso. La torpeza de su 
administración habia cegado todas las fuentes de la pros- 
peridad pública sin que recojiera mayor beneficio que 
asegurara su bienestar, su inmenso imperio colonial; el 
oro y la plata acuñada que existia en la península en la 
época anterior ü la guerra con Bonaparte, no excedía 
mas altó de unos 500,000.000 de pesos fuertes; y sin em- 
bargo, las poderosas fuentes de Méjico y del Perú hablan 
derramado en su suelo 56.000.000.000 de duros, según los 
cálculos hechos por Gerónimo Ustóriz, no contándose en 
ellos los 6.000.000.000 que entraron desde 1742, fecha en 
que Ustáriz escribía. Por que de muy antiguo, hablase 
arraigado en el criterio de sus hombres de estado, el 
gravísimo error económico de que la verdadera riqueza 
de una nación solo consistía en la suma mayor de metales 
acuñados, exclusivamente en la moneda; de manera que 
descuidadas todas las fuentes de producción y verdadera 
riqueza pública, despreciado el trabajo con ostentóse alta- 
nería el gobierno español sufrió, desde Felipe II, una 
continua bancarrota, pasando por sus manos los tesoros 
arrancados de sus colonias para ir á enriquecer las fá- 
bricas extranjeras. 

Era el progreso casi desconocido; algunas carreteras y un 
solo canal en proyecto servían para las comunicaciones; 
no existia en la producción de su suelo ni el trigo sufi- 
ciente para el consumo del año, viéndose en la necesidad 
de importar del extranjero veintidós millones de fanegas 
de cereales y una considerable masa de carne fresca y 
y carne salada. Rodeado de esta miseria, en un pais en 
que de todo se carecía, el gobierno británico se vio pre- 
cisado, al intervenir como aliado de España en la guerra 
contra Bonaparte, desde 1808, á formar para el uso de 
su ejército en la península, un tren de diez mil muías de 
carga y, por medio de prensas, hizo que el heno fuera 
transportable desde los puertos de Irlanda á los de Lisboa 
y Cádiz. La Inglaterra llevaba á su ejército protector de 



222 DR. BERNARDO FRÍAS 

la España y lidiando por ella en su suelo, todo lo que 
este necesitaba, desde la avena que alimenta al caballo, 
hasta el dinero que hay que dar al soldado, 1). 



IV 



Lo que sucedía con las industrias y el . comercio tenio 
un triste símil con lo que pasaba por el espíritu de los 
hombrefe y sus ideas, y con el movimiento literario y 
científico de todo el país; porque en aquellos dias, según 
la amarga duda de Larra, «no se leía en aquel país poi* 
que nada se escribía, ó no se escribía nada por que nada 
se leía; » y esto era convicción en el buen sentido público 
que, al decir del mismo autor, en la clase noble no se 
aspiraba ú llegar á la posesión de la ciencia del médico 
ó del abogado, por que « las gentes de sangre azul no 
deben trabajar como la canalla. No comprendemos en 
estas proposiciones generales, tal cual joven aplicado, agre- 
ga, tal cual poeta original, tal cual hombre de nota que 
se esfuerzan por salir del común oprobio que nos alcanza, 
descollando entre el general abatimiento y luciendo como 
menuda luciérnaga entre las tinieblas de obscura noche. » 2) 

La aspiración general de sus hombres era el ser em- 
pleados. «íQuerrá usted, pregunta aquel autor, que unas 
gentes acostumbradas á su oficina y sus once y su gaceta 
y su cigarro vayan á enfrascarse media docena de cien- 
cias y artes útiles, como las llaman, para vivir de otra 
manera que han vivido hasta ahora, sin el descanso de 
la mesada ni los gajes de manos puercas?» 

El movimiento literario apenas si era percibido en la 
propia España por espíritus despertados é inspirados por 
las ideas francesas. Por este singular decaimiento de las 
letras, puede medirse el grado de civilización hasta dónde 
había alcanzado en otrora y hasta dónde habia retrocedido 
al presente. La España aparecía, á la verdad, mas que 
estacionaria, retrógrada. 



1) y «fase Chatkaobriand, Congreso de Verona y Querrá de Sapaña, 

2) Larra, Obras, T. I, páj. 52» 



HISTORIA DJB: GOEMBS y de salta— capítulo V 328 

Por que es la literatura la expresión del progreso de 
un pueblo y España contaba ya dos siglos en que no pro- 
ducía nada de digno; el despotismo político y religioso 
reprimió y persiguió en ella el cultivo de la literatura, 
de la filosofía, de las ciencias y de las artes, cubriendo todo 
de un espíritu pesado, medroso y sombrío, fijándose 
en lo hasta entonces producido con Lope y Calderón, 
el nec plus ultra de su vuelo civilizado. Desde aquella hora 
funesta en que el clero y el militarismo ahogaron con el 
terror, con la cárcel y con la muerte las libertades pú- 
blicas, concluyó el glorioso movimiento de sus ingenios. 
« Callaron los cisnes de España, » Garcilaso, Lope dé 
Vega, Quevedo, Santa Teresa de Jesús, Cervantes, Fray 
Luis de León, Góngora y Calderón de la Barca, solo vi- 
vían consignados en la historia, brillando en aquella no- 
che de profundo letargo « para servir de eterna recorda- 
ción ú las degradadas generaciones posteriores y como 
blanco perpetuo de envidia para las que después de ellas 
hablan de venir. » 



A fines del siglo XVIII, con las nuevas ideas que llegaron 
hasta las gradas del trono, comenzó á revivir la literatura 
española brillando, entonces, escritores de elojiado mé- 
rito, como Moratin, Irlarte, Ayala, Cienfuegos, Huerta, 
Quintana, Meléndez ó Jovellanos. Mas esto no era sino 
lijero paréntesis en su largo abatimiento, sin que tan 
tristísimo estado fuera llorado cual merecía desgracia se- 
mejante; que la casi totalidad del pueblo español, formado 
y educado en esa secular escuela del despotismo tanto 
en la conciencia personal como en la conciencia pública, 
amaba de veras aquel su estado, cual si fuera brillante 
progreso y ó la manera que amaba á su rey y á sus ins- 
tituciones tiránicas,— como sus establecimientos jpfionacales, 
sus escrúpulos y sus supersticiones religiosas; sus autos 
de fé, su inquisición y su monarca absoluto é irrespon- 
sable; todo fortalecido por su amor ciego á cuanto era 
español, «que es tal su patriotismo, que dará todas las 



_ 3iS4 DR. BERNARDO FRÍAS 

linderas del extrangero por un dedo de su país; y esta 
ceguefjad le hace adoptar todas las responsabilidades de 
tan inconsiderado cariño. » (Larra). 

Se explica que un pueblo no progrese, que se quebrante 
y aun qiie retroceda, pero es maravilla que haya existido 
alguno, 90010 el pueblo español en aquella época, que no 
haya tenido conciencia de su atraso. Creíase siempre, y 
en medio de tanta miseria, á la vanguardia del progreso 
del ipundo, ciego y temático en su inquebrantable supe- 
rioridad, como lo pinta Larra, aplaudiendo todos sus errores, 
por que no quería ver jamas otra cosa que su gloria, 
su heroísmo y demás decantadas grandezas. Por eso, re- 
flriéndos^ á aquella admirable tenacidad del pueblo espa- 
ñol. Larra decia:— « Y si me añades que no puede ser de 
ventaja alguna el ir atrasados con respecto á los demás, 
te diré que lo que no se conoce no se desea ni echa 
menos; asi suele el que va atrasado creer que va adelan- 
tado, que tal es el orgullo de los hombres. » 



VI 



La cultura social acusaba igual atraso que los demns 
ramos del progreso público; que mientras el italiano ó el 
francés, por ejemplo, eran celebrados por la suavidad de 
sus modales y la templanza general de sus afectos, el es- 
pañol continuaba conservando la antigua rusticidad y 
dureza de la sociedad de la edad media, haciendo notable 
contraste con los adelantos del siglo. Ellos, los españoles, 
se contentaban, fuera de las clases privilegiadas, con saber 
leer, escribir y contar; algunos entendían de teneduría de 
libros; los nobles, como hemos visto masantes, aprendieron, 
por el espíritu de la moda, las bellas letras, como la his-> 
toriayla retórica; el francés y el latín, según lo confirman 
los textos qjie nos han dejado. 

El emplécedo, que era el tipo popular en España en 
aquellos tiempos, era notable por su orgullo, por el tono 
con que quería revestirse, por el despotismo pesado de 
su trato. Trabajaba poco en las oflcinas públicas, donde 
al interesado se lo trataba « como si hubiera entrado un 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA-CAPITÜLO V 285 

perro.» (Larra.) Si se le preguntaba de un asunto, ni 
se dignat)a contestar. ¿Qué hacía toda esta gente? Holgar. 

Aun en las mismas regiones del trono la decadencia de 
la cultura social se mostraba con tintes los mas acentua- 
dos y cuanto mas elevados mas visibles. El rey era, al 
decir de graves historiadores de aquella época, ridículo 
en extremo; su trato social se producía en modales toscos 
y sus palabras y sus actos usados para con Napoleón y 
con Godoy, lo mostraron reñido con toda dignidad. La 
reina, de malas costumbres, pasto de la murmuración 
del mundo, era en su educación, ordinaria como en su 
moralidad, depravada. « Su ignorancia está manifestada 
en el malísimo francés usado en sus escritos; » y la falta 
de cultura en sus maneras y de elevación de alma, se 
notaba «en las verdaderas necedades y expresiones pro- 
pias de la gente del vulgo. » 1) 

En aquella hora tremenda, ni urbanidad ni grandeza 
quedaba ya en la corle. 

En el vulgo del pueblo la gente era, con mas razón, 
sin cultura; dura, desatenta, nada urbana en sus deberes 
sociales. Ya fuera en las tiendas, en los cafées, en las 
fondas; en el servicio doméstico mas que en nada, su 
torpeza cruzaba los límites de lo común; su trato era 
duro, altanero, ofensivo al respeto; y esta altanería atre- 
vida é insolente daba & todos un espíritu que los levan- 
taba á igualarse y á considerarse de igual rango y altura, 
y A tal extremo que «no habia aguador ni carbonero que 
no le pida la lumbre y lo detenga en la calle y lo manosee 
y empuerque su tabaco y se lo vuelva apagado aunque 
sea un grande de España. Llamaban á quien necesitaban 
hablar «por su apellido seco y desnudo» como si todos 
fueran de su nivel, de su amistad ó de su confianza. 
Nadie pedia perdón ni nadie cedia el derecho. «jQué 
orgullo es aquel que impide á las clases ínflmas de nuestra 
sociedad,— dice el autor de quien tomamos estos datos, 
— acabar de reconocer el puesto que en el trato han de 
ocupar? 2) 



1) Galiano, HíH. de Eépaña, tomo VI, páj, 133. 

2) Labra, Obras T. í páj. 236. 



236 DR. BERNARDO FRÍAS 

En Américo, por el contrario, la sociedad estaba mejor 
cimentada en cuanto ú este orden de cosas se refiere, 
pues en ella, jamas llegó á verse tan singular espectá- 
culo; por que, entre nosotros la plebe guardó siempre 
profundo respeto y hasta ceremoniosa humildad ante la 
gente decente; respeto bien marcado, por cierto, y bien 
impuesto. Nuestra plebe no seria culta como la clase 
civilizada, pero sí era bien respetuosa y sumisa ú su con- 
dición de inferioridad social, aunque altiva y soberbia en 
las ciudades. España, por su parte, tenia la democracia 
de las maneras, la democracia de su plebe, y, al mismo 
tiempo, la sumisión, el respeto y la adhesión incondi- 
cional y fervorosa y ciega al despotismo del rey absoluto 
y al despotismo de una clerecía absorbente, ú quienes 
sometía no solo sin explicación ni reserva sino con la 
beata convicción del fanático, su conciencia, su persona 
y su hacienda. Por que, en lo tocante á la fe religiosa y 
á la política, el pueblo español era fundido en bronce; era 
tan absolutista como intransigente y su fe religiosa ha- 
blase conservado en tal nivel de atraso que, confun- 
diendo en un mismo dogma la doctrina católica con la 
superstición, hija del populacho ó de rancias y añejas 
preocupaciones, vivia con su fe en los duendes y en las 
brujas y en los endemoniados, como en los hereges para 
quiénes conservaba tribunales de persecución, como en 
los milagros de á diario que llenaban sus leyendas y acom- 
pañaban sus empresas. Santiago, patrón general de Es- 
paña, compartía con él los peligros de las batallas 
acuchillando enemigos. ¡Santiago, cierra España f era su 
antiguo grito de guerra; el diablo alternaba en la vida 
pública y privada, desde el palacio de los reyes hasta Ja 
choza del pescador; San Lorenzo le había dado el triun- 
fo en San Quintín, abatiendo ú la Francia, en cuya gra- 
titud se alzó la suntuosa fébrica del Escorial en forma 
de parrillas volteadas, recordando el instrumento con que 
fué atormentado el mártir español, y la virgen del Rosa- 
rio habia tejido los laureles de Lepanto; beatos ilumi 
nados, en ñn, como la madre Agreda, escribían, por re- 
velación celeste, la vida mas íntima de la Virgen María y 
de Jesucristo, llegando hasta el escándalo y el asco las 



raSTORIA DE GÚEME8 Y DE SALTA— CAPÍTULO V 297 

profundidades de sus locuras; y bueno será decir, en suma, 
que aquella copiosa superstición no era el patrimonio solo 
de la clase obscura é indigente de la plebe ó pueblo bajo, 
si que también lo fué de los magnates, de sus obispos, 
de sus doctores y aun de sus propios reyes, como que 
Ciirlos II se creyó poseído del demonio « consultando res- 
pecto á su dolencia ú una bruja que vivía en Asturias; 
llegando hasta el extremo de acusar á muchas- personas 
de haberlo hechizado, por cuyo motivo el cardenal Por- 
tocarrero aconsejó que se sometiera su magestad á la 
medrosa ceremonia del exorcismo, la cual se verificó, » 
propinándole los sacerdotes sus confesores, brebajes ade- 
cuados para ahuyentar demonios, que pusieron en peligro 
su vida. 1). 



VII 



Desde 1788, Carlos IV gobernaba la nación española y 
su inmenso imperio colonial. Su indigencia personal era 
igual ú la indigencia de la nación; por que si bien es 
verdad que su corazón era animado de muy nobles sen- 
timientos para su patria y su pueblo, carecía de la gran- 
deza de espíritu y de carácter, tan necesaria para presidir 
el gobierno de una nación en que, como la España enton- 
ces, se acumulan los mas azarosos y difíciles problemas' 
políticos, económicos y sociales. Como ú Luis XVI, su 
contemporáneo y vecino, de nada le sirvieron sus honra- 
das condiciones de hombre de bien, que ni el uno ni el 
otro eran hombres de gobierno capaces de salvar de la 
catástrofe la Francia ó la Kspaña de entonces. Carlos 
contaba 40 años cuando llegó al trono. Era un príncipe 
manso, lleno de bondad, que hacía gala de guardar el 
recuerdo y de seguir el programa liberal del gobierno de 
su padre, Carlos III; y para ello se sentía instruido, de ín- 
dole laboriosa y pacífica, dando comienzo á las reformas 
ó continuando las comenzadas ya en materia económica, 
comercial y de instrucción pública; librándolas de las tra- 



1) Mac AULA Y, Querrá de Sucesión, páj. dO. 



238 DR. BERNARDO FRÍAS 

bas mas pesadas que agobiaban hasta la agricultura. Cítan- 
se entre estas reformas, la prohibición de manos muertas 
en los testamentos y la acumulación de mayorazgos. 

Hombre modesto pero estólido, sin razón ni discurso; de 
carácter suave y benigno, de corazón honrado y recto, pero 
cuya cultura y maneras no estaban á la altura que recla- 
maban su rango y su puesto; carecía de aquella chispa 
iniciadora que ilumina la inteligencia de los grandes espí- 
ritus, únicos que pueden reinar sobre grandes aconteci- 
mientos y conflictos; y su bondad y modestia, hijas de su 
propia carencia de virilidad moral, y su estolidez, lo 
tornaban débil é indeciso y tímido, formando de él uno de 
aquellos entes sin malicia, llenos de una buena fé tan can- 
dida y tan sin luz ni sospecha, que asi beben los engaños 
de los que se burlan de su triste debilidad moral, como 
sirven de instrumentos dóciles y ciegos ú las artimañas y 
miserias délos aventureros que los rodean y como soportan 
inocentes ó engañados, las afrentas á su honor, que, en 
cuanto ú Carlos, las recibió de su esposa, miyer astuta y 
liviana, con escándalo de la corte y ruido en el mundo. 

En esta vida de inocente tranquilidad y en aquella labor 
pacíflca para su pueblo, vino ú sorprenderlo y á inter- 
rumpir su obra la revolución francesa y la ambición de 
Bonaparte. 

Como una burla del destino, á aquel bueno é infeliz mo- 
nan*^ venia ú tocarle presidir la nación en las horas mas 
obscuras y borrascosas cual no las pasó otra vez España 
desde la invasión agarena. Por que coincidía la iniciación 
de su reinado con el estallido de la revolución en Francia, 
nación fronteriza de España que solo la separa la cadena 
de los montes Pirineos; y como aquella revolución por todo 
extremo memorable crecía en exigencias cada día y, á la 
manera del abismo, con nada se saciaba; de la simple 
reforma pasaba á la destrucción de cuanto hallaba estable- 
cido y ]*espetado hasta entonces en la tierra. Los reyes 
y las instituciones de su pesado despotismo fueron, desde 
un principio, el blanco de sus rayos y maldiciones; y como 
la idea redentora de la libertad y del derecho de los hom- 
bres hubiera comenzado ú salvar las fronteras francesas 
y á repercutir con creciente ardor entre los pueblos opri- 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPITULO V 289 

midos, el rey de España como los demás de Europa, sin- 
tióse amenazado en sus derechos de déspota absoluto, y 
comenzó su gobierno á dictar medidas que impidieran la 
aparición en sus dominios de la propaganda revoluciona- 
ria. Su espíritu, amigo de las reformas, cambió desde 
entonces, y solo ocupó sus horas en la salvación de su 
trono con toda la enorme potestad con que lo habia here- 
dado de sus mayores. 

Entre tanto, la ajitacion revolucionaria se desbordaba en 
Francia. La Convención, habiéndose apoderado del go- 
bierno, proclamó la república el 21 de Septiembre de 1792, 
y el antiguo rey de Francia, Luis XVI, manso é inocente, 
era enjuiciado ante un tribunal parcial, apasionado y por 
quien estaba condenado de antemano. El embajador espa- 
ñol en París, recibió orden de su gobierno para interce- 
der por la salvación del rey. Sus oficios fueron desechados 
y Luis subió al cadalso el 21 de Enero de 1793. 

— « Desafiémoslos arrojándoles al campo una cabeza de 
rey, » habia dicho Danton desde lo alto de la tribuna de 
lo revolución, refiriéndose á todos los monarcas de Europa. 
Los tronos, retados de este modo, recogieron el guante; el 
dominio del Terror se derramó con espantosa sed en 
todo el territorio, y España, Népoles, Holanda, Portugal y el 
Imperio entraron en la coalición contra la Francia. 

Para colmo de desventura, tan inútil é incapaz era en 
España el ministerio como lo era el monarca amenazado y 
lanzado en la mas tremenda aventura. Don Manuel Godoy, 
de simple guardia del rey pasó, por sus atractivos varo- 
niles, á ser el favorito de la reina María Luisa, la esposa 
de Carlos, desde los principios del* reinado; y, valido de 
la miyer, lo fué del marido; ómlx>s lo amaten con entra- 
ñable cariño. El afortunado favorito pasó á desempeñar 
luego, er cargo de primer ministro. Llevaba las mismas 
inclinaciones de labor de su dueño, pues era, aunque cor- 
rompido, afecto á la política liberal y hasta cierto punto 
progresista, habiendo refrenado el colosal poder de la in- 
quisición y mostrádose amigo de las lucesi protegiendo las 
ciencias y las artes que se hallaban postradas en la mayor 
decadencia, tendiendo su mano á Moratin, á Meléridez, á 
Jovellanosydemas pensadores y literatos de aquella época. 



230 DR. BERNARDO FRÍAS 

Mas aquellos tiempos no eran de letras y de paz sino 
de armas y de guerra, y la España desorganizada y em- 
pobrecida no era la potencia capaz de medirse con los 
legiones francesas. Los ejércitos españoles que penetra- 
ron en Francia hasta el Rosellon, fueron arrollados por 
los generales franceses Dagobert y Dugommier y arroja- 
dos al lado de acá de los Pirineos, mientras que la coa- 
lición era vencida en todas partes. Estos desastres, que 
aparecían en todos los puntos del horizonte, hicieron 
cambiar de política al gabinete español, separándose Es- 
paña de la coalición, como lo hacia la Prusia, y Armando 
la paz en el tratado de Basilea. (1795) 

En premio de este tratado, Godoy fué proclamado Prin- 
cipe de la Pas. El terror que había embargado el ánimo 
del gobierno español durante la guerra, premió la paz 
labrada sobre su derrota, como una bendición del cielo, 
que le devolvía su seguridad amenazada. 

Desde aquel dia, Godoy entró en los intereses de la Fran- 
cia y se hizo aborrecible á los españoles que tributaron su 
afecto al príncipe de Asturias, que no valía mucho mas. 
Pof'el tratado de San Ildefonso, en 1796, España entraba 
de humilde aliada de la república francesa. 

Lanzada en esta corriente, España iba á participar de to - 
das las peripecias y sacriflcios de las guerras de la revolu- 
ción y luego del imperio, sin ningún beneflcio positivo, 
d^'ándose arrastrar por el formidable coloso ú quien temia 
para no ser por él devorada, sin recordar que la libertad 
y la independencia de los pueblos solo se conquista y se 
mantiene, no con el oro ni las humillaciones, sino con ei 
ñlo de la espada. 

La paz de Amiens, que disolvió la segunda coalición, en 
1802, fué, al fin, rota por la Inglaterra, formándose la ter- 
cera alianza de los reyes. 

Era el ano de 1805. Napoleón invadió el Hanóver, patri- 
monio del rey de Inglaterra, mientras la flota de Bolonia, á 
cuyos buques los ingleses llamaban cascaras de nueces, se 
preparaba para trasladar á Inglaterra 150.000 soldados en 
sus 1.300 bcueles. 

La escuadra de Tolón, al mando del almirante Villeneu- 
ve, recibió orden de proteger la travesía: mas la flota 



HISTORIA DE GOEMES Y DE SALTA-CAPÍTULO V 381 

SSe'*v'l'''"^'''*'^r^''' ^' '"«"^° ^« "^'•««í'' Nelson, su 
de Trafellf ?° «"«''•«"'«' ««'•role el paso frente al cabo 

traW erin n ? T^ ''P""°'" ^«' «"••• Ei combate se 
tr^randinU , "'"■^' ^' ««P^^tóculo era verdaderamen- 
ent?e r. h.!L H '^"^"^t ^ ^"'•'•*^'«- E' '"«^ ««"día. Pronto, 
otes vil pT.? 'J° /'^'"°''" ""y°^ "«™«s enrojecían las 
Sido Ll^ h2^" '' '' "'•""^'■''^' ^«'«•'"' 'í"^ habla pre- 
Sñon ri^v^lr , ?™' *'"'" destrozado por una bala de 

ef fuSo 2ií , ^!:'"«^''«« ^••«"««sa y española deshechas; 

rematf írfóZ^l^ 'f f "*" ^^'"^''^ ^^ "" l>"q»e español 
TuTo dp Tr^H'"*' "^ ««tóstrofe cubriendo el cie^ de 
aue vueln .. ''^' ncendiados y de restos humanos, 

?as o as en " - T^ """'« ^^ f»««o y de muerte sobre 
las oías ensangrentadas. Fué tal la bizarría con aue la 

S"s^,;i"'^^«« ^"^ «^- ^¡« íeí:r nr^ó: 

trozX^I n H"''P"'*'^'"°"^'"P'*®"dersu viaje, de des- 

iTnemí ZJ'^^'T' "^''«^ "^«« ^^^^^ «1 almirante Vi^ 

"tes costad ^^'''^**" "' *'°'^^*^° de uno estocada, frente 

darle c^p^l^r^^^f"^^' ^"*®"^« presentarse á su amo é 
aarie cuenta de su desastre. 

fnstedo su "n^°! í! '*^ ™«'^«' í^Pe'-'e 1«e tanto habia 
iJ^n consln? '^^*'''^''' *' emperador francés; pero Ñapó- 
la Euron^nir ''T^'' ""elemente por tierra Tcasi tSda 
la Europa coahgada en su contra 

lleSdaT trT^ ""'""í^" '" ^' "'''^«' Bonaparte pen86 
de ^H pL- ^"^ ''®^"^^'* *"« planes de la agre^cion 

Primer iro"n,.T° '"'T *'''''"*°''^° ^ «" '^^^^o. El 
de Satería n 5°"^"'«t« de Portugal, por ser aliada 
tt Sí^^'.^^"^ ^"^ *'"*'' P»^esto de acuerdo con Godoy 
S)6 aue fr níf ^'f '1 Fontenebleau, el 29 de Octubre d¿ 

trov¡s de ,1 "nr^ ^' ,^^^ *** '"" ^'^P^^ francesas al 
iraves de la penínsute. Junot, general del imperio nene- 

ÍTvoridaTf;' Z *'"'' '■ '' ^«"'"'^ '•^»' h^yendoTs- 
pavorida de su patria, emigraba 6 su colonia del Brasil. 



VIII 



Mientras tenían lugar estos sucesos en Europa, la Amé- 



28d DR. BERNARDO FRIA8 

rica era sorprendida y sacudida de su letargo por sonado 
y brillante acontecimiento. 

La Inglaterra, después de Trafalgar, habia resuelto con- 
tinuar la persecución de su enemigo por mar, y labrar 
su propio engrandecimiento imperial con los despojos 
coloniales de sus contrarios. Con este fin, una de sus flo- 
tas se apoderaba, en aquel mismo año de 1805, de la co- 
lonia holandesa del Cabo de Buena Esperanza, en el 
extremo inferior del África. 

El almirante de aquella escuadra, Popham, una vez 
asegurada la conquista del Cabo, persuadió al gefe de la 
expedición, interpretando los intereses comerciales y los 
políticos del imperio britano, de la bondad de conquistor 
para su corona los pueblos del Rio de la Plata que, á su 
juicio, empresa debia ser tan fácil y mucho mas esplén- 
dida que la del Cabo africano. 

Acordado el plan, el almirante Popham zarpó con su 
escuadra rumbo á Buenos Aires, conduciendo 1800 hom- 
bres de combate bego las órdenes del general Berresford, 
entt*e cuyas fuerzas se contaba el regimiento 71 de línea, 
que venia con la fama de haber rechazado el asalto llevado 
por Napoleón sobre San Juan de Acre, cerca de Jerusalem. 

Con estas fuerzas, los ingleses se apoderaron de la ciu- 
dad de Buenos Aires casi sin disparar un tiro, pues el 
virrey Sobremonte, sin preocuparse de ningún preparativo 
de defensa en la capital, solo dio en pensar en la fuga, á 
la cual se dio cobardemente y con el ánimo de volver 
con fuerzas del interior, grandes en número, á echar de 
la tierra á los enemigos y hereges. Pero acertó á hallarse 
empleado en las fuerzas militares del virreinato un noble 
francés, D. Santiago Liniers, buen militar, de talento 
organizador, á quien sus cualidades sobresalientes entre 
la gran vulgaridad de los gefes y las circunstancias mis- 
mas lo iban á inmortalizar con una brillante celebridad. 

En el siguiente mes de Agosto, dirigiendo este perso- 
nage las fuerzas de la reconquista precipitadamente re- 
clutadas en Montevideo y en las Conchas, cercanías de 
Buenos Aires, se acercó resueltamente ú la capital inti- 
mando rendición á los ingleses. Como estos se resistie- 
ran, Liniers rompió el fuego sobre ellos con un entusiasmo 



HISTORIA DE QUEMES Y DE SALTA-GAPlTULO V 988 

por parte de $us tropas acantonadas en los ediflcios, que 
rayaba en el delirio, consiguiendo la rendición del enemigo 
ese dia mismo 12 de Agosto, y en aquella misma plaza mayor 
que, desde entonces, comenzó & llamarle de la Vicioria. 
Tan inopinado acontecimiento prodigo «n el virreinato 
una doble revolución que fué tomando cuerpo en lo su- 
cesivo; por un lado en la autoridad superior de la colo- 
nia y, por otra, en la conciencia pública. Por que, en la 
misma hora del triunfo, los defensores y el pueblo de 
Buenos Aires se hallaban victoriosos y sin su cabeza po- 
lítica y militar, que lo era el virrey. El paso dado por 
este miserable mandatario habia llenado de indignación al 
país, especialmente á la capital, donde, para proveerá la 
defensa del territorio amenazado de nueva invasión,— pues 
la escuadra inglesa permanecía dueña del Rio de la Plata, 
se celebró el 14 de Agosto un cabildo abierto, el cual, 
cediendo á los temerosos reclamos del pueblo convertido 
en soldado victorioso y armado, confló al gefe de la re- 
conquista, el general Uniera, el mando en gefe de las armas, 
reasumiendo el político la audiencia, por ausencia del 
virrey, y según las leyes fundamentales de la monarquía. 
Por su parte, el virrey Sobremonte, que habia huido 
hasta Córdoba abandonando la capital á manos del invasor, 
habia alzado allí la l)andera de la resistencia y de la recon- 
quista, llamando los contingentes de todos los pueblos del 
interior y recogiendo los subsidios de dineros, de armas 
y municiones para la defensa del país. Gobernaba por 
aquel año en la intendencia de Salta, un acaudalado 
comerciante español y vecino de ella, D. Tomás de Archondo, 
que presidía por la tercera vez la provincia. En frente de 
tan grave conflicto, puso en actividad su diligencia «pro- 
moviendo con eficacia y oportunidad todos los resortes 
convenientes para auxiliar á la capital con armas, dinero 
y demás útiles para su defensa, remitiendo 600 quintales 
de pólvora, plomo en mucha cantidad y 6.000 pescfs de 
donativos del vecindario. » 

Conduciendo estos pertrechos de guerra, marchó el 
contingente de Salta á formar en el ejército del virreinato 
que, fuerte de 3.000 hombres y bego las órdenes del mismo 
virrey, marchó desde Córdoba á rescatar su capital. 



384 DR. BERNARDO FRÍAS 

En medio de su marcha recibe el virrey la noticia de los 
alborotos y nuevos sucesos producidos en la capital, hijos 
ambos de su ausencia y cobardía, y cuyo punto que mayor- 
mente afectaba su dignidad consistía en liaber traspasado 
de sus manos á las de un general su subalterno, el mando 
supremo de las armas. Presentarse como virrey á rei- 
vindicar los jirones de su autoridad para representarla en 
la integridad legal que le correspondía, era paso difícil, 
pues, debia necesariamente producir una sublevación san- 
grienta en las tropas victoriosas de Buenos Aires á quienes, 
por un mismo espíritu y por un mismo sentimiento de 
dignidad podian seguramente responder los contingentes 
del ejército del interior, por que la gloria es seductora y por 
que abochorna y ultraja la cobardía y la vergüenza, 
que representaba para todos, entonces, el virrey. Todo, 
pues, se conjuraba contra el inepto Sobremonte y este, 
con la prudencia de la cobardía, aceptó los hechos y 
siguió camino A Montevideo, que aparecía mas inmedia- 
tamente amenazada por los ingleses. 

La escuadra inglesa, como hemos visto, permanecía en 
el rio aguardando resfuer/os, los que llegaron bien luego 
contándose 8.700 hombres procedentes de Inglaterra, 1.400 
del Calx); ú los que se agregaron 1.630 hombres mas ve- 
nidos con Wihtelock, nombrado general en gefe de lo 
nueva expedición, fUerzas que ascendían á un total pró- 
ximo á 12.000 ingleses. 

El ejército ingles dio comienzo á sus operaciones apo- 
derándose el 3 de Febrero de 1807 de la plaza fortificada 
de Montevideo después de un sangriento asalto y de donde 
habla huido con tiempo el virrey. 

Al conocer esta peligrosa novedad y aquel nuevo bo- 
chorno y cobardía, los ciudadanos armados de las legio- 
nes de la capital, se agolparon á las puertas del cabildo 
pidiendo la destitución y la prisión del virrey, que apa- 
recía, ú la vez, como traidor y cobarde; por que así en- 
tregaba la patria al enemigo sin hacer por su defensa, 
como huía nuevamente del peligro sin combatir. Era el 
10 de Febrero de 1807; el cabildo, escuchando la petición 
popular é inflamado de igual indignación, declaró que el 
representante del rey de España en el Rio de la Plata 



mSTORIA DB GÚEMfiS Y DB SALTA-GAPlTULO V d85 

había caducado en el mando, y en consecuencia, ordenó 
fuera despojado de toda autoridad. Nueva y mas terri- 
ble lección que recibió el poder español en América; 
complemento necesario del movimiento antl^rior del 14.de 
Agosto, ejercido por el cabildo, autoridad popular, eco 
verdaderamente legítimo de la opinión púj)lica que, pa- 
sando por cima de las leyes de la monarquía, mostraba 
cómo podía derribarse las viejas instituciones, y que una 
vez lanzada en esta corriente como el agua impetuosa; 
y una vez atizada por este viento, viento de libertad, como 
el fuego, no hallaría fácilmente poder que contuviera su 
paso. Y el desquiciamiento fué mas lejos todavía; por que 
toda la organización del ejército de^de el nombramiento 
de gefes y oficiales, que es lo mas íntimo eii la vida de 
un gobierno, hasta el arreglo de los batallones según la 
procedencia de sus plazas, fué entregado & míanos del 
cuerpo militar formado todo de las masas organizadas 
del pueblo y cual si fuera una entidad independiente. 

Un dia de tantos, el 28 de Junio de 1807, up velas aparecie- 
ron en el horizonte, sobre el rio. Era la armada inglesa que 
se acercaba á las playas de Buenos Aires, conductora de 
9.000 soldados que desembarcaron tranquilamente en la 
costa del sur no lejos de la ciudad. Cuatro días mas tarde, 
el 2 de Julio, salió una columna de la plaza (i batir la 
columna inglesa que se acercaba y fué deshecha, sin ma- 
yores esfuerzos en los Corrales de Miserere, en los su- 
burbios del poniente. El general Liniers que la mandaba, 
desapareció del campo, perdido entre los dispersos. 

AI tomarse noticia del desastre en la ciudad, el cabildo 
presidido por su enérjico alcalde, el español D. Martin de 
Alzaga, se ocupó durante los horas de aquella -noche de 
angustiassr con todo el vecindario en abrir foz'os y levan- 
tar trincheras y armar los ciudadanos. Con est^s tropas 
se ocuparon las azoteas de las casas de todas las manza- 
nas próximas á la plaza moyor, convertida en la cindadela 
armada de la defensa. A la por de los soldados, el pue- 
blo rivalizaba en entusiasmo y valor por defender la po- 
tria; hombres y mujeres, ancianos y niños apostados en 
los balcones, ventanos y azoteas, esperaban ol enemigo 
provistos de toda clase de proyectiles para arrojarlos & 



5Í86 DR. BERNARDO FRÍAS 

SU poso, desde piedras y granados de mono hasta calde- 
ros de agua liirviendo paro bañar oí invasor cuando atra- 
vesara las calles cambiándolas en « los senderos de la 
muerte » y haciendo así, mas ardiente y popular la gloria 
de vencer ó morir por la independencia. 

El 3 de Julio los ingleses intimaron rendición rt la ciu- 
'dod y Buenos Aires contestó con varonil energía y con la 
difínidad 'que pedían' aquellos momentos solemnes:— «Te- 
nemos tropas bastantes y animosas llenas del deseo de 
morir por la defensa de la patria. » 

A pesor de tan heroica decisión, reinaba en el dnimo 
de los • defensores tristísimo presentimiento. Según él, 
serian forzosamente vencidos y la ciudad tomada por los 
■ ingleses;' por que el enemigo era numeroso, aguerrido y 
tocaba ú las puertas de la ciudad recientemente victorioso, 
mientras el general de Buenos Aires, derrotodo en Mise- 
rei-e, no solo no óporecío á dirijir y encabezar lo defensa 
de lo ciudod, pero ni siquiera se tenion noticias de él, 
hasta que ú los doce del dio, en medio de uno lluvia 
torrencial, penetró ú lo plazo con 1.000 hombres, rena- 
ciendo, con su presencia, el entusiasmo y la confianza de 
los defensores. 

El domingo 5 de Julio los ingleses se lanzaron ol asalto 
'de Buenos Aires atravesando sus calles de poniente ú na- 
ciente, rumbo hacia el rio, en tres columnas con el arma 
al brozo, con aquello temeridad y aquel valor frió, impa- 
sible y sereno que singulariza su genio militar, sem- 
brando lus colles de codáveres y perdiendo lo mayor porte 
de sus gefes. Lo división habia disminuido su fuerza y 
su avance descubierto por calles rectos, atrincherados en 
el fondo, y bordeodos de cantones, diezmóte sus flias, 
cuando llegaron por el norte y por el sur, á apoderarse 
de los templos de las Cotolinos y de Sonto Domingo, poro 
dominor y rendir, según su pión, la plazo fortificado. En 
situocion idéntico pero siguiendo muy diferente inspira- 
ción, Escipion Eíüiliono con 59.000 hombres, empleó seis 
dios y seis noches de combote hostn Ilegor ol pié del al- 
cázar de Bírso, la ciudodelo de Cortogo y á costo de rendir 
cosa por coso á lo largo de los calles en que se habían 
atrincherado los defensores. 



HISTORIA DE GOEMES Y DE SALTA-CAPlTÜLO V 387 

Llegados & aquellos puntos, las columnas inglesas no 
pudieron avanzar y levantaron bandera de parlamento y 
copitulbron, abandonando Buenos Aii'es, evacuando Mon- 
tevideo y todo el Rio de la Plata. 

Entre las glorias de aquellos días brillaron D, Santiago 
Liniers, general en gefe de la defensa; D. Cornello Saave- 
dra, coronel de los Patricios, entre los argentinos; D. Mar- 
tin de Alzngo, desde el cabildo, como cabeza de los españoles; 
y entre los cuerpos militares, se hicieron famosos los 
Patricios, con su penacho de color blanco y celeste; los 
Arribeños^ l)ajo el mando de D. Antonio Ortiz de Ocampo; 
los Caíalanest Véscainos y Gallegos, entre los españoles; 
y en fin, los Granaderos Provinciales mas tarde llamados 
de Fernando VII, entre cuyas filas asistió el teniente 
entonces, D. Martin Güemes. 



IX 



Por el lodo de España el conflicto adquiría mayores 
proporciones cada dio. La invasión francesa, cuyas siniestras 
intenciones aun no se llegaban á adivinar, acumulaba sus 
fuerzas en lo frontera, y el 24 de Diciembre de 1807 el 
segundo cuerpo del ejército francés se acantonaba en Irun. 
El estado de la opinión en la península y la exaltación de 
los espíritus llegaba á su colmo ante el misterio de su 
actual destino y la tenebrosa noche del porvenir. El odio 
público contra Godoy subió de punto en la gran generalidad 
de los corazones presidido por el príncipe de Asturias, 
heredero de la corona, quien, ayudado de los suyos, 
Qbrigó las siniestras intenciones, cumplidas ya en parte, 
de sacrificar al rey su padre, para sentarse en el trono. La 
conspiración fué descubierta, gracias d la malicia de la 
reina, y el príncipe reducido á prisión y de carácter pérfido 
y cruel como era, hizo cobardes revelaciones delatando á 
sus mas fieles amigos. 

Por un capricho singular, la opinión pública en España 
seguía con su aplauso los cambios de la política del go- 
bierno, pasando de la amistad de los ingleses, á dar su amor 
á los de Francia, ó quienes había reñido poco hacía, conven- 



288 DR. BERNARDO FRÍAS 

cido el pueblo, como en especial el príncipe de Asturias por 
otra extraordinaria rareza, que de la mano de Napoleón y 
los franceses, dias antes enemigos de la fé y de la patria y 
de las instituciones de la monarquía, debían bajar para 
España las bendiciones y las dichas Y asi se vela á ciu- 
dades como Victoria, como Burgos ó Valladolid y & las 
gentes de toda esfera y aún— lo que era mas sorprendente, 
& los mismos clérigos y religiosos, colmarlos de honores 
y cariño; por que las gacetas de la corte, inspiradas por 
las nuevas ideas políticas del gobierno que habia retirado 
su mano de Inglaterra para tenderla á la Francia, pintaban 
con obsequioso estilo á Napoleón, como el restaurador y 
protector de la religión y de la santa fé, como sacerdote 
incorruptible de la justicia, del orden y de las leyes, y como 
el mejor amigo, en fln, de España, de su grandeza y de su 
gloria. 

Y asi vino á suceder que la presencia de las tropas fran- 
cesas en España, en vez de infundir indignación y sobre- 
salto, se pensaba que entraban en el)a como aliadas de 
Fernando y en contra del príncipe de la Paz, para derribar- 
lo, por la sola razón de obscuras palabras del embajador 
francés que asi había dejado entrever al príncipe español 
que el emperador le otorgaría la mano de alguna de las 
princesas de la casa imperial. Esta creencia se robustecía 
con la ignorancia en que estaban aun del tratado de Fonte- 
nebleau, sin embargo de que la actitud mostrada por el 
general francés y por sus tropas llenas de un tono arro- 
gante é insolente, debia persuadirlos de otra cosa que de ser 
todo ello fruto de la genialidad francesa, como decían, del 
orgullo que engendra la victoria y del odio, en fln, que se 
imaginaban y, suponían contra Godoy en el ánimo del 
ejército extranjero. 

En los primeros dias de Enero de 1808, el mariscal Mon- 
cey penetraba hasta Castilla con el tercer cuerpo del ejér- 
cito imperial, sin permiso y aun sin dar siquiera aviso al 
gobierno español, lo cual apenas si levantaba extrañeza 
en la gente de Madrid. En Pamplona, plaza fuerte militar, 
Armagnac se apoderaba de la ciudadela por sorpresa 
echando de ella & la guardia española; una división al mando 
del general Duhesme, atravesaba la Cataluña, penetrat3a 



raSTOMA DE GOEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO V 289 

sin resistencia en Barcelona cuya ciudadela igualmente 
sorprendieron y tomaron; el fuerte castillo de Monjuich 
entregó sus llaves, como también lo hizo el bien defendido 
de San Fernando de Figueras, rendido por simple amena- 
zo; y para colmo de maravilla, el mismo príncipe de la 
Paz, ordenaba que les fuera entregado también á los fran- 
ceses, el castillo de San Sebastian de Guipúzcoa. De esta 
manera, todas las plazas fuertes de España, por el lado 
del norte, quedaban en manos de Napoleón, y el público, 
no obstante, permanecía obsecado en la amistad y alianza 
francesa. 

En la corte, no tan estúpida como medrosa é indignada, 
las intenciones de Napoleón, aunque tarde, comenzaban, 
al fin, á adivinarse, y el temor y el recelo asomaban ya 
dilatando la angustia y las zozobras; por que^ ó mas de 
estos sucesos, D. Eugenio Izquierdo, ministro español en 
Paris, llegaba repentinamente anunciando que estaba re- 
suelto en el gobierno imperial, que el solio español fuera 
adjudicado á un príncipe de la familia Bonaparte, y por 
que, en el mes de Marzo de 1808, el mariscal Bessiéres 
llegaba á los Pirineos con 19.000 hombres mas, cuando ya 
estaban acantonados en los fuertes de España mas de 
100.000 soldados franceses, sin explicación ni objeto ofi- 
cialmente visible. 

Toda esta fuerza, formidable mas que por su número, 
por su disciplina y esperiencia y buena dirección, fué 
confiada á Murat, cuñado de Napoleón y hecho por este, 
príncipe soberano de Alemania con el título de gran du- 
que de Berg, quien en España tomaba el de lugar teniente 
del emperador. Digno era el nuevo gefe para tan sober- 
bia empresa; Murat se lanzaba & la pelea con un entu- 
siasmo que rayaba en la embriaguez; tenia un ademan 
lleno de grandeza y un valor á lo antiguo; generoso y 
bueno, hacía gala en declarar no haber dado muerte & 
nadie en la mas ruda batalla. Era un acabado héroe de 
leyenda, que se lanzaba á la carga al frente de sus bata- 
llones, con el sable corvo al ludo, aretes de oro en las 
orejas y brillantes plumas ondulantes en el casco. 

En circunstancias tan penosas y aflijentes, Godoy pensó 
en la fuga de los reyes á Méjico, ó la manera que la fa- 



240 DR. BERNARDO FRÍAS 

milía real portuguesa, en igualdad de conflicto, Iiabia 
huido al Brasil, su colonia ultramarina; y acariciando esta 
idea, propuso su proyecto en consejo de ministros, opi- 
nando confiar en Dios y en la nación y levantar en se- 
guida el pueblo contra los franceses. 

El rey en un principio desechó el proyecto, por desca- 
bellado; y acaso tenia razón por entonces. España carecfa 
de ejército; Napoleón, el vencedor de la Europa, ero el 
enemigo con quien debia batirse; y lo que es peor, el pue- 
blo, en cuyos brazos se proyéctate arrojarse, era todavía 
amigo de los franceses; el príncipe heredero, napoleonista, 
encabezaba la anarquía bajo la creencia de que los fran- 
ceses venian por él y por su causa, y con plan de derro- 
camiento contra Godoy. El rey, por otro lado, aceptó la 
fuga y el abandono de su pueblo, comenzándose 6 dar los 
primeros pasos con este objeto; mas la oposición popular 
fué unánime y decidida. Fernando, como los suyos, seguía 
pensando candorosamente que la misión de los franceses 
era solo el darle el trono de su padre. Esta oposición 
rugiendo contra Godoy, produjo, al fin, la sublevación de 
las tropas de palacio hermanadas con la plebe de Aran- 
juez y la atraída por la curiosidad desde distantes lugares; 
«y aquellas sombrías alamedas y aquellas puras aguas 
cantadas tantas veces por Calderón en sus bellas poesías » 
fueron esta vez teatro del mas bochornoso espectáculo. 
La mansión del ministro fué hollada y saqueada; y peree- 
guidores contra la vida de su dueño penetraron en su 
busca, mientras el desgraciado favorito sin escape posi- 
ble, pasaba horas amargas y fatigosas envuelto entre vie- 
jas esteras para ir á parar, mas tarde, en un desván. No 
dando con el ministro, las turbas rodearon el palacio 
dando vivas & Fernando y mueras á Godoy; el secular 
respeto & la magestad católica fué profanado, mientras la 
reina solo se angustiaba por su favorito; y el rey, en me- 
dio de la catástrofe y de los peligros públicos en que pa- 
recía hundirse la monarquía, solo acertaba á preguntar: 
—¿Y Manuel? ¿Dónde está Manuel? 



En aquel conflicto, Garlos IV, sintiéndose sofocado y 



fflSTORU DE GÜEMES Y DE SALTÍl— CAPÍTULO V 941 

bajo la presión de la fuerza, abdicó la corona en favor de 
su hijo, el príncipe de Asturias, ó quien el pueblo español 
amaba con frenesí, y que tomó entonces el nombre de 
Fernando Séptimo. 

Fernando VII de Bor)x)n, el nuevo rey, era un joven de 
23 años cuando el motin de Aranjuez le abrió por vez 
primera las puertas del trono. Su figura ruda y sombría 
sin ningún destello simpático ni de genio ni de corazón 
ni de aspiraciones, estaba destinada ú representar en Es- 
paña la empecinada y ciega resistencia del antiguo abso- 
lutismo de los reyes sin mostrar, no obstante, ninguna 
de sus virtudes en fuerza, en inteligencia ó en poder, y 
sí solo todas las vergüenzas de aquella su irremediable 
decadencia; mientras que para América había de ser el 
monarca enemigo, enemigo de su civilización, de su li- 
bertad y de sus derechos, contra quien se habia de sos- 
tener la memorable guerra de la independencia, siendo 
solo por estas circunstancias que su figura abominable 
viene á presentarse interesantísima en la historia. 

Era de cabello rubio, el busto delgado mas bien, por su 
edad juvenil, de nariz larga, el labio inferior saliente, sus 
ojos con ingénita dureza en el mirar. Como si Dios se 
hubiera complacido en presentar á las miradas del mundo 
y de la posteridad los efectos de su maldición contra los 
eternos enemigos de los hombres, aparecía este postrer 
representante de los déspotas, antes levantados cerca de 
Dios, como la expresión y visible imagen de la miseria, 
humana en cuanto hay en ella de repugnante y de inno- 
ble, de despreciable, de ruin y de bajo; por que así tenía 
Fernando la maldad del infame como la perfidia del villano 
y la cobardía del eunuco; acababa de atentar contra la 
vida de su padre por su ambición y por sus odios, y 
aborrecía y difamaba & su madre y habia vendido ü sus 
amigos, como mas tarde hollaría, bajo su planta de tira- 
no, el juramento que ligaba su conciencia de hombre y 
de gobernante á los respetos de la constitución española. 
Dueño de un alma medrosa, era, sin embargo, cruel y 
sanguinario, como lo es todo cobarde; astuto y vengativo, 
nada le obligaría A la lealtad ni le sacudirían nobles emo- 
ciones el corazón, por que era pérfido de suyo, dando 



242 DH. BERNARDO FRÍAS 

abrigo en el fondo de su pecho solo ú rencores sin tér- 
mino contra sus enemigos, sin que iiallara jamas en su 
corazón un eco amigo la voz de la misericordia. Poseedor 
del poder, con todos los rayos en la diestra, todo lo in- 
molaría al encono de su alma implacable así contra sus 
enemigos como contra la felicidad de sus vasallos, para 
aparecer blando, rastrero y dócil siempre á pasar por 
toda clase de humillaciones cuando se hallara rodeado ó 
presa de sus enemigos; por que ningún rasgo de gran- 
deza, de heroísmo, de talento ó clarovidencia del destino 
iluminó un solo momento su alma de déspota vulgar y te- 
merario, abrigando, hasta su hora postrera, mortal ene- 
miga contra las libertades de su pueblo y el espíritu 
liberal de su siglo. 

Y asombroso portento de la pasión política! El pueblo 
español, á pesar de ser el nuevo rey el hombre de ma- 
yores condiciones para gobernante impopular y de hacer 
gala de ser ignorante, amábalo con extremoso cariño, 
llamándole « nuestro adorado Fernando. » Acaso era ello 
fruto caprichoso de las circunstancias y de las luchas in- 
ternas, ó quizas por tener este monarca cultivadas con 
predilección y entusiasmo las inclinaciones y los gustos 
populares de la nación, como que era este rey muy dado al 
juego de la barra y especialmente á las corridas de toros 
que su enemigo Godoy, á quien se echaban en rostro las 
humillaciones por que pasaba la monarquía, habia man- 
'dado abolirías, declarando ser « contrarias á la agricultura, 
ó la ganadería y á la industria; y por ser impropias de 
la cultura y de los sentimientos de humanidad que debia 
lucir el pueblo español. » 



XI 



La exaltación de Fernando VII al trono se apresuraron 
á comunicar las nuevas autoridades por toda la extensión 
de la monarquía, reclamando su jura. Mas la revolución 
operada en Aranjuez no contaba para sostenerse con la 
libertad de la nación ni con las fuerzas de las armas, por 
que España no estaba ya libre; las tropas francesas enea- 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO IV 248 

denaban su voluntad al Ínteres extrangero, que no dejaría 
de tener bastantes parciales en el propio país, asi fué que Na- 
poleón, en cuanto supo el atentado cometido con el rey, vio 
llegado el momento tan deseado de poder intervenir fran- 
camente en los negocios internos de la nación. Finjiendo 
hallarse indignado de la violencia ejercida para con el ancia- 
no rey, ofreció su mediación para arreglar las desavenencias 
entre padre é hijo. 

El emperador anunció que bajaría á Madrid; y como lle- 
garan nuevas de su aproximación ó las fronteras, tenién- 
dose por ciertas que vendría camino de Madrid, el nuevo 
rey comisionó para salir ú recibirlo y cumplimentarlo, ilu- 
minado mas en este sentido por las torpezas del canónigo 
Escoiquiz, hombre lijero, fatuo y vano, á los duques de 
Medinaceli y de Frias y al conde de Fernán Núñez, de las 
mas altas noblezas del reino, habládoase en la gaceta ofi- 
cial de este nuevo huésped cual del mas grande amigo 
de España; pero del aguardado emperador no llegaron 
mas que un par de botas suyas y un sombrero de hechura 
peculiar, que fueron depositados en el real palacio, al 
lado de una cama ya preparada y mullida para su due- 
ño. 1). 

Por fln, el 23 de Marzo, hicieron las tropas francesas su 
entrada en Madrid, con Murat á su cabeza, solo desper- 
tando su presencia, en vez de la ira nacional, la animación 
y el deslumbramiento en el pueblo por lo lucido de su 
caballería, lo vistoso de la guardia imperial, el orden de la 
infantería, el vesturio, en general, de las líneas y la velo- 
cidad y rareza moderna de las maniobras. 

Sin embargo, desde su llegada á Madrid y en presencia 
del nuevo rey, las fuerzas de Napoleón desconocieron la 
autoridad real de Fernando. El viejo rey, con la protesta 
de su renuncia, tenia su corte secreta en Aranjuez, comu- 
nicándose con Murat como soberano español. 

Variando de procedimiento, Napoleón citó á audiencia A 
los monarcas españoles, en la ciudad francesa de Bayona. 
«Medios rastreros se pusieron en juego para llevará cabo 

1) GALiiNOy Hist de España T. VI, pag. 827. 



244 DR. BERNARDO FRÍAS 

esa empresa, confiada ú los paladines de la policía y ú 
diplomáticos del medio. » Carlos IV marchó ú Bayona en 
busca de su juez, y Fernando lo siguió dejando, al salir 
de Madrid, una junta suprema de gobierno presidida por 
su tio el infante D. Antonio, « personaje casi estúpido, oí 
decir de un historiador de su país, ignorantísimo, preocu- 
pado, temoso, de modales y usos toscos por demás y 
grosero. » 

En aquellos momentos, Madrid contenía 25.000 soldados 
franceses que, desde el sitio real del Buen Retiro, domi- 
naban la ciudad amenazándola con formidable 6 inmensa 
artillería. Las divisiones de Dupont ocupaban ú Aran- 
juez, Toledo y el Escorial; la capital solo podia ofrecer ol 
frente de estas fuerzas aguerridas y formidables, 3.000 
hombres que jamás hablan visto la guerra y cuya prepa- 
ración militar era, en verdad, olvidada por demás y las- 
timosa; mientras la plebe, de suyo soberbia y atrevida, 
buscaba ya un rompimiento con los franceses. 

El 2 de Mayo, habiéndose resuelto la traslación igual- 
mente á Bayona del resto de la familia real, aunque odiada 
del pueblo, el acto, que déjate huérfana de amos á España, 
exacerbó la indignación del populacho que lo presenciaba, 
por lo que quiso asesinar á uno de los ayudantes de Mu- 
i^at que llegaba en aquel momento. El tumulto cundió su 
alma á todos los puntos de la población; los madrileños 
corrieron á empuñar las armas y se proveyeron de lasque 
encontraron, á cuya resistencia, las tropas francesas contes- 
taron haciendo jugar su artillería y derramando las descar- 
gas de sus fusiles sobre los amotinados,enardeclendo la peleo. 
Las escenas terribles de esta clase de conflictos se multipii- 
caiinn por las calles de la ciudad, salpicadas de heroicos 
rasgos del valor, hasta ser arrollados y ahuyentados los 
tumultuarios, cual era de esperarse, por las tropas aguer- 
ridas del imperio; por que las fuerzas españolas cum- 
pliendo órdenes superiores, bien prudentes, acaso, per- 
manecieron en sus cuarteles aunque bramando de coraje 
al presenciar, la matanza de sus hermanos por manos 
extrangeras y desde pocos días aborrecidf's. 

Mas sucedió que el parque de artillería, del que fueron 
los franceses á apoderarse, opuso resistencia, rompióse el 



mSTORIA DE QUEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO V 345 

fuego sobre la tropa del cuartel que, defendiéndose en su 
puesto, honró aquella hora famosa, pasando gloriosamente 
& la historia los nombres de Daoiz y de Velarde, sus ofi- 
ciales, que cayeron sacrificados á su frente. 

El alboroto se apaciguó en seguida por la intervención 
de las autoridades españolas y francesas, saliendo las 
tropas de ambas en ostentoso maridaje, juntas en patru- 
llas por aquellas calles de la capital, apareciendo á los 
ojos del pueblo, los primeros con semblante de traidores. 
Provocados como lo hablan sido, los franceses, dueños 
de las plazas y calles principales comenzaron, por sistema 
político, á extender el terror en la población como reme- 
dio para evitar la repetición de estos males, prendiendo 
á cuanto transeúnte hallaban por las calles que llevara la 
navaja, la amada prenda de la plebe española, y aun 
cualquiera otra arma y siendo por ello pasado por las 
armas en el patio de la iglesia del Buen Socorro, con cuyo 
sacrilegio, á los ojos españoles, se engrandecía lo insigne del 
crimen y la ipjusticia. Por otro lado, una comisión de 
oficiales franceses sentenciaba á muerte por montones á 
españoles, reos por otras razones políticas, por lo que se 
hizo horrible en Madrid la noche del 2 al 3 de Mayo, cu- 
yas horas pasaban entre las descargas continuas de las 
ejecuciones ó de aquellas lanzadas al aire para llevar el 
terror al alma del vecindario. Horas mas tarde, la Junta 
Suprema española, lanzaba un manifiesto condenando el 
alboroto del 2 de Mayo, como un atentado contra la exis- 
tencia y buena alianza de los franceses. 

Murat presidió entonces el gobierno supremo, por la 
partida & Bayona del infante D. Antonio que lo presidía, lo 
cual, en el hecho, importaba el destronamiento de losBor- 
bones pasando la autoridad real á un príncipe extrangero. 



XII 



Como si todos estos males no fueran bastantes á mostrar 
que la seguridad de España se hallaba en inminente ries- 
go, la desorganización y la desmoralización eran completas 
en medio del terror, de las pasiones exaltadas y divididas 



246 DR. BERNARDO FRÍAS 

y de lo incierto del porvenir, mientras al contacto yo ton 
inmediato con los elementos franceses, se derramaban 
las mjUximos y hasta los vicios de la revolución en porción 
aunque reducida del pueblo. 

Para colmo de confusión, lo anarquía, la diversidad de 
tendencias y de ambiciones é intereses separaban los hom- 
bres y dividían los fuerzas esterilizando el patriotismo y 
debilitando la nación que tanto habia menester de la unión 
para solvor su independencio amenazada. 

Dos partidos se dividían entonces la península y se re- 
partían los fuerzas y la opinión. El primero arrastraba 
en pos de sus banderas á todo el pueblo del campo, excitado 
y dirijido por el clero que dominaba con absoluto poder 
á aquellos hombres fundidos en bronce por lo tocante & 
la fe religiosa y ü la política; era el partido clerical y absolu- 
tista, defensor intransigente y tenaz de los antiguas institu- 
ciones despóticas de la monarquía que veía en el ejército 
francés el ejército de lo heregío, de lo revolución, de la liber- 
tad y de la república; ejército que obrozaba así el resumen 
de lo que mas era aborrecido por el 'alma de aquel pueblo. 

El segundo partido componían los entonces llamados 
liberales, nombre modernísimo en España, que hacía su 
aparición recien en aquellos dias y que, al decir de Mr. 
de Chateaubriand, lo formaba «gente supuesta de mas 
ilustración y por esa misma razón, menos petrificada por 
las preocupaciones ó menos consolidada en la virtud. » 
Las poblaciones marítimas, por su situación, habían adqui- 
rido, por lo general, este espíritu nuevo, recibido del con- 
tacto con los extrangeros, haciéndose accesibles & las 
máximas y á los vicios de la revolución. 

« Entre estos dos partidos se distinguía una opinión ais- 
lada; esto es, la de los admiradores que el egoísmo había 
amarrado como esclavos al carro de Napoleón. » Así, Na- 
poleón, antes de declararse conquistador y dueño de España, 
ya encontraba partidarios suyos españoles en la península. 
Los que con razón se llamaron patriotas españoles, tildaron 
& aquellos cobardes ambiciosos, con el nombre de afrance- 
sados y apóstoles del napoleonismo, 1). 



1) Chateaubriand: Querrá de España, 1824. 



HISTORIA DE GÜEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO V 847 



XIII 



Envuelta entre aquellos elementos extraordinarios y 
aquella situación tan azarosa, se ajitaba, bajo la fuerza de 
muy diversos sentimientos, la juventud americana que en 
cantidad numerosa, hija de la clase aristocrática y pudiente, 
se encontraba en aquellos dias por España. 

Su presencia allí respondía & aquella noble y legítima 
aspiración que sienten los hombres á la superioridad, y 
que los lanza á buscar teatro mas dilatado y fecundo para 
sus esfuerzos; y como la España era la metrópoli de la 
América y entonces, como hoy, la estadía en Europa era 
mirada como símbolo de grandeza y formaba la cumbre 
del orgullo humano, las familias acaudaladas de América, 
especialmente aquellas que tenían por gefe á un español, 
comenzaron á mandar sus hijos & educarse A España, 
y aun á radicarse allí, validos de su nombre y de su for- 
tuna. Esta superioridad de la metrópoli era conocida y 
racional; en ella se ofrecía mayor brillo en la carrera de 
las armas; especulaciones mas poderosas en el comercio; 
los goces de la vida civil mas reflnados, cultos y gene- 
rosos; todo lo que venia á formar, en el ánimo del padre 
de familia como en el del joven que arribaba á España, las 
mas lisongeras esperanzas de un porvenir brillante y di- 
choso, y la satisfacción de la vanidad humana halagada y 
cumplida. Para la educación de la juventud rica y aris- 
tocrática, habíase fundado en Madrid, al lado de la corte, 
el Seminario de Nobles, en 1727, reinando Felipe V. y como 
una semejanza de los establecidos en Francia por Luis XIV. 
Aprendíase en él la perfección del latin, del francés y del 
castellano; el baile y la música; la retórica y la poética y 
el dibi^<T natural; nociones de geografía, de física, de his- 
toria natural y matemáticas puras, como ornamento del 
espíritu y del buen porte social. La educación física se 
reducía especialmente á la esgrima y la equitación. 

El joven grupo americano era, 1807, numeroso y perte- 
neciente á todos los puntos del continente, y estaba es- 
parcido en el ejército y en la marina aprendiendo á luchar 



248 DR. BERNARDO FRÍAS 

con ingleses y franceses; otros en el foro, en el comercio, 
en puestos honoríficos ó, en fin, en las aulas de sus cole- 
gios y universidades. En esas condiciones vino & sor- 
prenderlos las ideas revolucionarias de Francia que, ante 
todo, enseñaban las doctrinas republicanas y democi-áti- 
cas, en frente de esa metrópoli cargada de culpas y de 
abusos; la posibilidad, cada dia mas evidente, de la des- 
trucción de la monarquía y de la conquista de España 
por Napoleón, como ya lo habia hecho con Italia y los 
Paises Bajos, y aun con la misma Alemania. Vieron la 
España sin escuadra, sin ejército, sin libertad de acción, 
medio subyugada por las tropas francesas; con un go- 
bierno débil, estúpido casi y vacilante, donde desde el rey 
hasta el consejo de estado se hallaban dominados por la 
influencia francesa; sin recursos, en ñn, y en completa 
anarquía los españoles. En este momento extraordinario, 
apareció en la iñente de aquella juventud ardorosa y en- 
tusiasta el problema de la independencia de la América 
que comenzó ú calcinar sus cerebros y á ser la afanosa 
preocupación de las horas de su vida pasada en el ex- 
trangero. 

Ya su iniciativa habia sido lanzada al mundo. Desde 
1790, Miranda, el infatigable patriota venezolano, principió 
& tratar con Inglaterra acerca de la emancipación america- 
na. Estas negociaciones volvieron ú entablarse en 1797, 
1801, 1804 y 1807. 



XIV 



Es de las grandes revoluciones el nacer del seno ardo- 
roso de la juventud, que en aquella edad llena de fuerza 
y de vida, limpio se halla el espíritu de la mezquindad de 
pasiones egoístas que infectan la existencia y coronado 
de ilusiones que dan aliento y vigor, antes que lleguen á 
quebrantarnos los desencantos amargos de la experiencia 
del mundo. En aquella generosidad, en aquel noble entu- 
siasmo de sus almas, habia confiado la providencia el hon- 
roso encargo de producir el primer paso de la independencia 
argentina. 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPITULO V 349 

Hallábanse en Madrid, durante aquellos dias por todo 
extremo famosos, los hijos de dos familias saltanas: los 
Moldes y los Gurruchaga. Estos jóvenes hablan sido envia- 
dos desde Salta, para educarse en Europa y para fijar en ella 
su residencia al amparo de la distinción de su nombre y de 
la poderosa fortuna de que disfrutaban, participando de los 
esplendores de la corte y habitando el palacio de los 
reyes. , 

Porque conviene recordar que aquellos sus nombre§, 
como lo hemos visto anteriormente, representaban muy 
distinguida prosapia y figuraban al frente de las dos casas 
comerciales mas poderosas y de mas extensas relaciones 
mercantiles de todo el Rio de In Plata, cuyo asiento princi- 
pal se hallaba en Salta. Sus padres con estos recursos, pen- 
saron en el brillante porvenir que podían dar ú sus hijos; y al 
efecto, los hermanos D. Francisco y D. José de Gurruchaga, 
fueron enviados á España, niño de ocho años el primero 
y de menos edad el segundo, ú educarse en los colegios 
de Europa y ú fijar alió su residencia. Cursaron sus 
estudios en el Colegio de Nobles de Madrid; el hermano 
menor abrazó la carrera del comercio y se radicó en la 
plaza comercial de Cádiz; D.- Francisco de Gurruchaga, de 
espíritu mas audaz, de temperamento mas activo y mas 
inclinado por sus afectos á la vido bulliciosa del gran 
mundo, & los estudios y á la política, poseia con perfec- 
ción el francés, era habilísimo y apasionado en el juego, 
costumbre elegante que era tan extensa en aquellos dias; 
y en cuanto á su instrucción, era abundante y liberal, por 
que después de terminados sus estudios en el Seminario 
de Nobles, pasó ó estudiar jurisprudencia en la universi- 
dad de Granada, donde obtuvo el grado de bachiller; y 
como coincidían aquellos sus trabajos intelectuales con las 
novedades de la propaganda francesa de la revolución, 
nutrió su espíritu con el estudio de los autores de la 
enciclopedia, entre los cuales le eran bien conocidos Rous- 
seau, Voltaire y Montesquieu. Era de estatura baja, de 
temperamento nervioso y contextura flexible; no poseía la 
belleza de su hermano, pero era de una fisonomía tan 
expresiva y al mismo tiempo tan bondadosa y atrayente, 
que recogía, desde el primer momento, las simpatías y el 



fSdO DR BERNARDO FRÍAS 

cariño de quien lo trata))Q; sus ojos eran azules, algo 
pequeños, pero de una mirada tan llena de vida é inteli- 
gencia, que revelaba, sin esfuerzo, la celebrada vivacidad 
de su espíritu agudísimo y chispeante, que iba adornado, 
á mas de su ilustración y conocimiento del mundo, de un 
chiste y una gracia que lo hacian hombre el mas atrayente 
.y ameno; el pelo tenia el color castaño claro; su nariz 
era larga y ligeramente curva; blanco el color, y óvalo 
prolongado el de su cara; la voz sonora y su portfe lleno 
de la noble altivez de su raza, mas sin la petulancia ni 
la soberbia que hace pesados y odiosos á los' hombres, 
siendo por el contrario de sentimientos tan generosos, de 
mano tan desprendida con su hacienda y de ideas tan re- 
publicanas, que su situación social y de fortuna sirvieron 
solo para hacerlo amable y querido del mundo, por su 
extremada cultura con sus iguales, y su extremo generoso 
con los inferiores, sin descender, no obstante, con ellos, 
al ultraje de su posición y de su cuna. 

Homl>re valeroso, de carácter enérgico, audaz y activí- 
simo y de alma viva y ardiente, no pudo contenerse en 
la vida pacíflca del bufete, del salón y del estudio en Ma- 
drid, cuando estalló la guerra contra Inglaterra. Entró 
como oflcial en la marina real, carrera que solo estaba 
abierta á la juventud de muy noble linage, privilegio sos- 
tenido con mayor rigor aun que en el ejército de tierra; 
y en esta nueva profesión habla de adquirir con talento, 
los especiales conocimientos de la marina, que muy en 
breve habia de aprovecharlos para formar la primera es- 
cuadra argentina en el Rio de la Plata, llegando así, & 
ser el padre de nuestra marina nacional. En aquel noble 
ejercicio, pudo participar de los riesgos y de la gloria 
que cubrió la marina española en la batalla naval de Tra- 
falgar, combatiendo en el Santisima Trinidad, al lado del 
capitán de navio D. Baltazar Hidalgo de Cisneros, último 
virrey que habia de sostener al yugo español en su patria, 
y de quien él era, entonces, su oñcial ayudante. 

Deshecha la escuadra, su profesión de marino quedó 
sin horizontes, y en premio de su comportacion como 
por su valimiento entre los personajes de la corte, obtuvo 
del rey el cargo honorífico é importantísimo de Correo 



mSTORIA DE GOEMES Y DE SALTA-CAPÍTULO V «>l 

de Gabinete, empleo que solo se concedía á personas de 
mucha valía, el cual no solamente le daba franca entrada 
en el palacio del rey, si que también podía recorrer con él el 
territorio de loda la península sin que autoridad alguna 
pudiera detener su paso ni averiguar su objeto y derrotero. 
Luego veremos cuan provechosos fueron para lo causa de 
la patria aquellos títulos y aquellos privilejios. 

Por aquellas causas, por su empleo como por ser hijos 
de la misma ciudad, Gurruchaga se puso de acuerdo con 
D. José Moldes, otro de los argentinos residentes en Madrid, 
para organizar los trabajos y preparar la gran revolución 
que debería estallar en América buscando su independencia. 

Era Moldes también de distinguida familia y pertene- 
ciente á aquella casa rival de la de Gurruchaga, en Salta, 
por su riqueza y signiflcacion mercantil. Su padre, D. 
Juan Antonio de Moldes, comerciante español avecindado 
en Salta, le habla preparado en América para que 
alcanzara gran encumbramiento social, haciéndole 
adquirir la mas esmerada educación. Dueño de ella, de 
la nobleza de su casa y del abundante dinero de que de- 
bía ser provisto continuamente en Cádiz por las casas 
correspondientes, fué enviado á España, joven de die2i y 
ocho años, en 1803, á solicitar el puesto de alférez de 
guardias de corps, cuerpo aristocrático y distinguidísimo, 
que formaba la escolta del rey. Por la clase como por 
las funciones que desempeñaba, las mas encumbradas y 
brillantes por cierto de la milicia en un país monárquico 
por excelencia, aquel cuerpo de la guardia real era for- 
mado de la juventud mas noble del reino; grandes de 
España eran sus gefes, y el acceso 6 sus filas, honor era 
bien costoso y difícil. Sus miembros gozaban de soberbios 
privilegios; el guardia de corps no solo habitaba el palacio 
y compartía, al lado de la magestad real, de todas las 
ceremonias y grandezas de la corte, llevando una vida 
aristocrótica y lujosa, sino que sus miembros, militares 
todos educados en la escuela mas moderna del ejército 
de línea, aunque en las filas de la guardia representaran 
grados militares inferiores, se equiparaban estos, por gra- 
cia de sus privilegios, & los de mas elevada gerarquía del 
ejército español. 



95d DK BERNARDO FRÍAS 

Sin embargo, esa elevación y dignidad que por sus pri- 
vilegios gozaba aquel cuerpo real, eran en su brillo y reputa- 
ción obscurecidos y ajados por yacer en diferente nivel 
la moral y los ideales que acariciaba la casi totalidad de 
sus mieml)ros; por que, como sus filas se formaran de la 
clase alta, liija distinguidísima de las mas nobles y en- 
cumbradas casas del reino,— soberbia por raza, orgullosa 
por su posición y fortuna; poderosa, en fin, por su valer 
en las vinculaciones sociales y en la corte, condiciones 
que así daban facilidades y medios para el brillo y la do- 
minación, como para encenagarse en los vicios girando 
desde lo mas encumbrado y costoso hasta lo mas hondo 
de Madrid que, como toda capital populosa y en épocas 
de decadencia, de postración y aflojamiento de las mas no- 
bles cuerdas del espíritu, focos son de corrupción y per- 
vertimiento de las virtudes privadas,—aquella juventud, 
la mas dorada de la monarquía, rodaba desbarrancándose 
en una vida liviana y disoluta, esterilizando en ella sin lás- 
tima el espíritu, cegando las nobles fuentes del corazón 
y malbaratando la fortuna propia ó agena como el tiempo 
mas aprovechable de la vida, en una holganza y en un 
libertinage ostentoso y desenfrenado, que era en aquellos 
dias lujo y brillo y mérito bien visto y codiciado por 
aquella gente elegante y ligera como timbre de buen tono 
y mejor gusto, aunque en verdad vergCienza de las fami- 
lias y prostitución de las sociedades; que así pasaba sus 
horas ajenas del servicio, sin labor ni provecho, batién- 
dose en duelos por la primera quijotería, indigna de se- 
riedad; entregando las noches al afán ingenioso del juego, 
en cuyo innoble placer sorprendíalos á menudo el dia, ó 
yá, después de las funciones, hurtándose las actrices de 
los teatros y pasando con ellas el resto de las horas en 
cenas bulliciosas y locuras de aquel género. 

Merced á su nombre bien relacionado en Madrid por 
los intereses mercantiles de su casa, á sus recomenda- 
ciones é influencias de palacio y también de su dinero. 
Moldes, el joven salteño, consiguió con facilidad el puesto 
tan honorífico y distinguido del que fué en busca, y á 
pesar de aquella sima profunda de peligros para un joven 
de su edad, supo en él conducirse con una altura y dig- 



HISTORIA DE GDEICES Y DE SALTA-^CAPITULO V 968 

« 

nidad admirables, sin dejarse seducir y arrastrar por 
aquel fango de inmoral desorden donde sus camarades 
enlodaban su nombre y sus galones. La altiva dignidad 
de su carácter fruto era, en buena parte, de aquella edu- 
cación que habia recibido en Salta, la que habia inocula- 
do en su sangre un sentimiento tan grande por el honor, 
por la dignidad humana y por todo cuanto era bello, no- 
ble y enaltecedor de las acciones y de los afectos del co- 
razón, que jomas compartió con sus compañeros de armas 
y camarades de palacio, de aquellas escandalosas frivolida- 
des de su vida, manteniéndose en aquella austeridad de 
antiguo caballero cristiano; no porque fuera devoto ó pu- 
sieran en su espíritu miedo infantil aquellos desórdenes; 
no por que careciera de recursos ni de magnanimidad 
para derramarlos con mano generosa aunque no loca, sino 
por que la hermosura de la virtud y la mas alta concep- 
ción de la dignidad del hombre hablan dado en su per- 
sona con un carácter de hierro apasionado por ellas. 

Su vida fué, así, insospechable moralidad, como inta- 
chable su conducta; lo que en otro que no él, bien pudo 
acaso, haberle alejado consideración y estima del lado de 
sus compañeros de cuerpo; mas era Moldes de carác- 
ter arrogante, lleno de imperio y, por instinto y por orgu- 
llo, altivo y dominador; grandioso y magnánimo en sus 
manifestaciones de generosidad; apasionado del lujo, del 
esplendor, como necesario complemento de la soberbia 
grandeza que anhelaba desplegar en su persona. Por su 
brillo y por la varonil belleza de su figuro, era admirado; 
por su valor y destreza en el manejo de los armas, respe- 
tado y temido.— « Moldes tenia una figura arrogante con 
hermosos rasgos de detalle, pero antipática en su con- 
junto, exactamente como su carácter. Sus maneras eran 
grandiosas; pero no eran abiertas ni fáciles, sino mas 
bien retraidas y menospreciativas. Moral y honorable 
bajo todos respectos, inspiraba odios instintivos, pero nun- 
ca desprecio ni falta de consideración social. Era alto y 
robusto, perfectamente formado; ancho de espaldas, el 
pecho saliente; la cabeza grande, elevada y soberbia estaba 
magníficamente vestida por un cabello negrísimo y ondu- 
lado. La patilla, negra también y cortada á la mitad de^ 



954 DB. BERNARDO FRÍAS 

• 

corrillo, hacía brillar la tez flna y esmaltada de su rostro^ 
varonilmente sombreado por el azul de la barba. Los 
ojos eran bellos y negros, pero de un mirar recio y ofen- 
sivo, con cejas bien pobladas, pero no montuosas. Tenia 
la cara un tanto ancha; la nariz algo ñata y extendida en 
sus remates, y parecía puesta siempre al viento por el 
ademan altivo y natural del cuello. » ( López ). 

Moldes consiguió desde mny luego, dominar la opinión 
derramando respeto á su persona, ú pesar de la corriente 
contraria de la moda, labrándose en palacio envidiable y 
honrosa reputación, aflanzada su nombradla singularmente 
por diversos lances de honor que siempre habían sido coro- 
nados por éxito feliz. Pero singularísimo suceso vino inopi- 
nadamente en aquellos dias á producirse y ruidosa y audaz 
aventura de Moldes á vanagloriar en él inmensamente el 
orgullo español, extendiendo entre el aplauso y la admi- 
ración su popularidad y buena fama por todo Madrid y 
entre lo principal de España. 

Porque habiendo llegado á Madrid un enviado de Napo- 
león en aquellos dias de forzado maridaje en que se lle- 
garon á estrechar, por cobarde política del gobierno, 
aquellos dos pueblos incontenibles bajo una misma dia- 
dema, fué obsequiado con un banquete en palacio, de 
congratulación y bienvenida cuyos asientos poblal)an 
españoles y franceses. Era esle un jefe de caballería del 
ejército francés que traia pliegos para el ministro de Na- 
poleón ante la corte de España; llamábase Reguiéres, de 
la familia de Mouton y sobrino del general francés del 
mismo apellido que alcanzó después el bastón de maris- 
cal y el título de conde de Lobau. 1) 

Llegando el banquete ó la sazón de los postres, aquel 
oñcial francés, teniendo ya alterada su sensatez y su cor- 
dura por el vapor de los vinos españoles, comenzó con 
desmesurada altanería á herir el orgullo nacional de la 
vieja monarquía, en el acaloramiento de imprudente dis- 



1) Mouton, en francés, signiñci tamero, y aun, camero mutilado; lo que 
conviene tenerse muy en memoria, para comprender, mas adelanta, el 
significado que con tanta habilidad sapo darle el coronel Moldes en 
este incidente. 



HISTORIA DB GOEMES Y DE SALTA-OAPITÜLO V 255 

cucion política, que en mala hora para él se llegal^a á 
producir. 

— Quél exclamaba el soldado de Napoleón; los franceses 
somos invencibles; los ejércitos del emperador han recorrido 
toda Europa victoriosos, y en cuanto se nos antoje, conquis- 
taremos también la España y nos haremos dueños de 
ella y de sus colonias de América! 

Solo un sordo murmullo de protesta dejóse sentir de 
en medio de la porción ofendida; mas del seno de ella, 
alzóse como un león, formidable y arrogante militar. Era 
D. José Moldes. 

— Los ingleses, dijo con una pasión visible y haciendo 
alusión á los sucesos de Buenos Aires,— han probado que 
eso es mas difícil de lo que usted se figura! 

— Bah! Esos fueron unos estúpidos que se dejaron cor- 
rer por la canalla de la calle!— replicó Mouton con des- 
precio. 

— Esa canalla, le contestó Moldes, avanzando hacia él, 
no es de la familia de los moutons; pero tiene el pecho 
mas fuerte que el de usted,— le dijo asestándole un golpe 
de puño sobre el pecho que lo derribó en tierra; ya us- 
ted lo ve! 

Arreglóse seguidamente un duelo á espada, cual era de 
buena ley entre gentes de su clase, y Moldes tuvo, una 
vez mas, la honrosa suerte de dejar en el campo á su 
adversario, herido malamente en la cabeza y en el costado, 
de cuyas resultas murió. 

Así era vengado por la vez primera en el extranjero 
y de manera ruidosa y brillante, el honor del pueblo 
argentino, por manos del coronel Moldes. 

Aquel fué grandioso triunfo para la popularidad y la fa- 
ma de Moldes, y lo rodearon los aplausos y las simpatías. 
Había vengado, en un solo golpe, el honor ultrajado de 
España y América. El mismo rey lo colmó de favores 
complacido y orgulloso al mismo tiempo, distinguiéndolo, 
ademas, con el ascenso á teniente primero de guardias 
de corps, inmediatamente después de la revolución de 
Aranjuez, grado equivalente al de coronel efectivo en 
cualquier cuerpo del ejército español. 



256 DR. BERNARDO FRÍAS 



XV 



Moldes y Gurruchaga eran, de esta manera, los america 
nos mas altamente encumbrados en la corte y de mayor 
viso social de cuantos por aquellos tiempos habitaban 
España. Esta posición, la influencia de su fortuna y re- 
laciones y la popularidad y prestijio conseguido por el 
primero con motivo de aquel lance feliz, liacian de ellos, 
unido todo á otras causas secundarias, los jefes de la 
colonia americana en la península, y reconcentraban en 
sus nobles pasiones y valimiento personal, las esperanzas 
patrióticas de aquella juventud que acariciaba en sus sueños 
la idea de la independencia de América. Intima y fecun- 
da amistad trataron desde principios de 1807, estos fogo- 
sos precursores de nuestra libertad con D. Juan Martin 
de Pueyrredon, que había sido enviado por el cabildo de 
Buenos Aires como comisionado ante la corte, para dar 
cuenta al rey de la invasión inglesa al Rio de la Plata en 
1806, y del venturoso triunfo del pueblo de Buenos Aires. 
Naturalmente este personaje, por su cargo y su misión, 
era conocido y rodeado de la curiosidad, de la admira- 
ción y simpatías que la victoria del Rio de la Plata des- 
pertaba en todos los ánimos, llenando de verdadero 
orgullo el corazón de los americanos. Su claro talento, 
su serenidad de espíritu y el patriotismo noble y leal 
que lo animaba, venian ú formar concierto y unidad de 
acción, de afecto y de intereses con aquellos otros dos 
ilustres argentinos. 

Al calor de todos estos acontecimientos, que el avance 
general de los franceses y la nueva victoria alcanzada 
sobre los ingleses en Buenos Aires, en 1807, venian á 
enardecer el entusiasmo, se formó la conjura patriota, 
en el mismo seno de Madrid, y presidida por el genio 
del joven coronel Moldes. 

Era una asociación secreta de jóvenes americanos que 
hablan resuelto lanzai*se á trabcyar por la independencia 
de la patria, sacriñcando por su sagrada causa, con nobi- 
lísimo heroísmo, fortuna, posición social, placeres y gran- 



I 



mSTORU DE GÚEMES Y DE SALTÍL— CAPÍTULO V 257 

dezas de una vida aristocrética, y todo el porvenir ya 
brillantemente asegurado que les daba su nombre y po- 
sición social. Ya la hora llegaba . Su pensamiento generoso 
y heroico estaba unánime en sus almas y encerrado en 
este voto supremo:— « Nosotros tenemos derecho de tomar 
las armas. Nuestros derechos son la necesidad, una justa 
defensa, nuestras desgracias, las de nuestros hijos, los ex- 
cesos cometidos contra nosotros. Nuestros derechos son 
el título augusto de nación. Separémonos y ya está for- 
mada; la guerra será nuestro único tribunal. Si amamos 
á nuestro país, si amamos nuestros hijos, separémonos. 
Leyes y libertad es la herencia que debemos dejarles. Esta 
sola causa puede recompensarnos dignamente nuestros 
tesoros y nuestra sangre!» 1) 

Componían entre muchos otros aquella conjuración se- 
creta el coronel D. José Moldes, el gefe y el alma de ella; 
D. Francisco Gurruchaga, D. Juan Martin Pueyrredon; 
D. José Gurruchaga, el coronel D. Eustoquio Moldes y 
el Dr. D. Juan Antonio Moldes, D. Bernardo O'Higgins, 
Zapiola, Balcarce, los Lezica, D. Manuel Pinto, D. Carlos 
de Alvear. Ellos se comunicaron con los demás ameri- 
canos, muchos de los cuales andaban guerreando ó pres- 
tando servicios en el ejército español de la península, 
como D. José de San Martin, el genio militar por exce- 
lencia, á quien no conocía Moldes, pero cuya correspon- 
dencia se ha confesado; ó D. José Miguel Carrera, uniendo 
en la conjuración patriótica todos los corazones americanos. 
Este comité central estaba ramificado con la gran asocia- 
ción patriótica que fundó en defensa de la causa de 
América, el general venezolano Miranda, cuya casa ma- 
triz residía en Londres, y que, desde los primeros años 
del siglo, habíase esparcido por España contando entre sus 
adeptos no solo á los americanos, sino aún á elevados 
personajes españoles, y tomando el nombre de Z^o^ia Znw- 
taro ó Sociedad de los Caballeros Racionales. Era una 
asociación secreta por su carácter, terrible por sus com- 
promisos, formidable por los medios que podia disponer, y 
que solo las circunstancias que le hablan dado nacimiento 



1) GuBRRA, obra citada, II, páj. 710. 



258 DR. BERNARDO FRÍAS 

y razón de ser, podían disculpar ó darle, si es mejor decirlL>, 
la moralidad en los medios y resortes que eran de suplan 
emplearse, pero sí, noble y heroica en sus grandiosos y 
santos propósitos. Como todas las sociedades se(;retas que 
ya se extendían por toda Europa, un juramento terrible 
los unía sobre la fidelidad de su compromiso. Su primer 
objeto y primer eslabón de aquel juramento, era tratojar 
por la independencia americana y por el gobierno demo- 
crático, concluyendo por obligarse ó « no reconocer por 
gobierno legítimo de las Américas sino á aquel que fuese 
elegido por la libre y expontánea voluntad dolos pueblos. » 
Cádiz, como puerto y plaza comercial por excelencia de 
España en aquel entonces, y por su situación, puerta de 
entrada y salida casi forzosa para los americanos, fué sitio 
elegido para el establecimiento de una logia, como la prin- 
cipal de España. 

Eran Madrid como asiento de la corte y capital del reino 
y Cádiz como empóreo del orbe y sede del comercio 
español, los dos puntos en que la colonia americana era 
mas conocida y numerosa. En la capital. Moldes y D. 
Francisco de Gurruchaga manejaban ó poseían los elemen- 
tos políticos y en Cádiz, que por su movimiento mercantil 
estaba en constante y activa comunicación con todos los 
puntos del reino, D. José de Gurruchaga, radicado en el 
comercio de aquella plaza que suministraba los fondos^ 
completaba ese triunvirato secreto que dirigía los intereses 
políticos de los americanos en sus trabajos patrióticos, 
como eran, así mismo, los protectores y hasta los pres- 
tamistas donde ocurría « una porción de oficiales jóve- 
nes americanos, como San Martin, Carrera, Bolívar y 
muchos otros que por diversas causas se encontraban 
arrojados por allí en aquellos difíciles momentos. » Pri- 
maba como gefe natural de todos ellos, el coronel Moldes, 
ayudado siempre por la rara habilidad y sagacidad de 
espíritu de su compañero Gurruchaga, y eran estos los que 
iban á burlar cuanta vigilancia opusieran las policías, y 
cuantos tropiezos las circunstancias y los sucesos. 

Es opinión fundada en buena fama, que por aquellos 
dias en que la invasión francesa y la política de Napoleón 
comenzaron á revelar el próximo conflicto en que iba á 



HISTORIA DE QUEMES Y DE SALTA— CAPITULO V 260 

comprometerse España, el general Miranda, en su incan- 
sable apostolado por el mundo para conseguir la inde- 
pendencia de la América, habíase introducido oculto 
bajo el incógnito á la plaza de Cádiz, donde haciendo junta 
de los principales elementos americanos aplicados al par- 
tido libertador, conferenció y obtuvo de ellos el acuerdo 
decisivo de llevar ú cabo la empresa tantas veces soñada 
de insurreccionar la América, aprovechando aquellas cir- 
cunstancias que tan propiciamente se brindaban. Asegú- 
rase que se puso en comunicación con Bolívar, con San 
Martín, con Zapiola, con Balcarce, con Pueyrredon, con 
los LezicQS, con O'Higgins y principalmente con Moldes 
y con los dos Gurruchagas, « que eran de los que prima- 
ban en aquella colonia de jóvenes erguidos, perdida en 
medio de la Europa convulsionada. Moldes, en cuyo ge- 
nio y en cuya influencia todos aquellos conspiradores 
depositaban grandes esperanzas, debiu ser uno de los pri- 
meros que debia evadirse de España para traer á Buenos- 
Aires el fuego sagrado de la Patria libre é independiente. » 

Mos como el nombre de Miranda fuera un fantasma 
maldito que perturbaba, años hacía, al sueño del gobierno 
español, y para cuya persecución se tenia advertidas A 
todas las autoridades de las costas de uno y otro lado 
del mar, no tardó su presencia allí en despertar sospe-*- 
chas, por lo que se vio obligado á fugar á la plaza inglesa 
é inmediata de Gibraltar, desde donde se disponía á pres- 
tar su apoyo para la evasión de los jóvenes militares que 
debían partir á levantar la insurrección de los pueblos 
americanos bajo la bandera de la independencia. 

Los acontecimientos que vinieron y nuevas razones, á 
la vez, hicieron variar este primitivo plan. Moldes era 
aun mas necesario en Europa para asegurar el éxito de 
la empresa, por que era allí donde tenia su prestigio, su 
autoridad, diríase así, para presidir y llevar la unidad de 
aquellos trabajos preliminares, precursores necesarios de 
la revolución, por lo que vino en convenirse que fuera 
enviado ú Buenos Aires, ciudad de su nacimiento y de 
sus notorias relaciones sociales, D. Juan Martin de Pueyr- 
redon, para advertir á la lejana colonia, del estado las- 
timoso y débil é impotente de la España, media invadida 



260 DB. BERNARDO FRÍAS 

ya y media oprimida, y preparar así los ánimos con 
tiempo á que estuvieran dispuestos y alertos ü la primero 
señal. 

El plan resuelto revelaba en verdad, madurez y sensato 
tino político, no tan solo en el sistema si que también en 
el hombre elegido para acometerlo. Por que las i-evo- 
luciones no es dable como los simples motines de cuar- 
tel, el prepararlas y el llevarlas á las alturas de la victoria 
con precipitación y arrebato, sin estar de antes preparados 
y estudiados sus medios y resortes y la hora y el punto de 
su estallido y dirección primera; como por otra parte, era 
Pueyrredon verdadero hombre de gobierno, mejor aún, 
verdadero hombre de estado, con el talento claro y madu- 
ro para comprender los problemas políticos, obscuros y 
misteriosos siempre para las vulgaridades, y la serenidad 
para no confundii^se en el lai3erinto de los sucesos parcia- 
les ni marearse en la corriente sofocante de los grandes 
acontecimientos, y con la mesura en el juicio y la luz enet 
criterio para alcanzar sin esfuerzo la verdad de las cosas, 
y la prudencia y aún la modestia del verdadero talento 
para abrirse á los consejos y opiniones de los hombres, 
convencido' de que solo Dios es perfecto; cómo también 
abogaban en su favor, su buen trato para con los hombres, 
y las vinculaciones sociales y antecedentes de su corta vida 
pública que lo hacían en Buenos Aires, foco que debería ser, 
pero en línea principal, de la revolución, simpático, respeta- 
ble y popular. 

Por su parte, la solemnidad de los momentos era reco- 
nocida por doquiera y los acontecimientos íbanse precipi- 
tando con una celeridad no común. En consecuencia de 
ello, el enviado del comité revolucionario de Madrid, partió, 
pues, de la capital del reino el dia í^ de Mayo de 1808 con 
dirección á Cádiz, precipitadamente y de manera oculta y 
furtiva, con el mandato de embarcarse en aquel puerto, 
rumlx) á Buenos Aires. 

Pero es el caso que la personalidad de Pueyrredon era 
muy visible en los centros oficiales de Madrid, especial- 
mente por la misión que iiabia traído hacía poco del ca- 
bildo de Buenos Aires para la corte, y como estuviera 
en el ánimo de Murat y en los intereses de la política 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA-*GAPlTULO V 261 

• 

francesa en España, el extender la mano imperial sobre 
las colonias españolas para transformarlas en francesas, 
habia comenzado á fijar interesadamente su atención y 
á acariciar y halagar á este grupo de americanos dis- 
tinguidos con acceso en la corte, con el ánimo bien cal- 
culado y visible por cierto, de atraerlo á favor suyo y 
contar con él como base segura y fecunda para el tras- 
torno político de la monarquía que meditaba el gabinete 
imperial. Fué de esta suerte que, teniendo sobre él 
puesta la mirada, Murat se alarmó con la salida clandes- 
tina de Pueyrredon que le hizo concebir sospechas nada' 
favorables á los intereses que representaba, de un plan 
de resistencia, por lo menos, que se pensaba hacer en las 
colonias, por lo que le fué intimado regresara inmediata- 
mente á Madrid, orden que le sorprendió ya en Cádiz, 
ocupado en los arreglos y preparativos de su viaje; mien- 
tras que, por otra providencia del gobierno no menos 
alarmante y peligrosa, eran reducidos á prisión D. José 
Moldes y D. Francisco de Gurruchaga, como cómplices y 
sospechosos de maquinaciones subversivas. 

De regreso Pueyrredon é Madrid y presentado al go- 
bierno, Murat que lo presidía ya y dirigía por (jompleto 
como gefe supremo de la nación después de los aconte- 
cimientos del 2 de Mayo, desaprobó su conducta y puso 
el mayor empeño en seducirlo, seducciones y promesas 
á las que el joven argentino resistió con aquella altura 
de carácter, con aquella serenidad y honradez política de 
que dio tantas pruebas durante su fecunda y brillante 
carrera pública. 



XVI 



A pesar de tan serios contrastes, el ánimo de los conspi- 
radores no desmayó un instante. Varones de fortaleza y 
virtud requieren las empresas de magnitud y peligro, y 
Dios los habia elegido para esta la mas peligrosa y mag- 
nífica, por que, á la vez, era también santa y heroica. La 
hora urgía; porque desaparecidos los reyes de España, 
desaparecido el gobierno español y sentado en el solio de 



262 DR. BERNARDO FRÍAS 

• 

la monarquía un lugar teniente de Napoleón, los momen- 
tos llegaban á ser supremos y precioso para la causa de 
la independencia de la América el tiempo que volaba en 
aquellas horas. 

Comprendiendo de esta manera la situación, redoblaron 
sus esfuerzos y aguzando la habilidad del ingenio, el caso 
fué que, á fuerza de dinero, Gurruchaga y Moldes lograron 
sobornar la guardia que los detenia y evadirse de la 
prisión. La policía imperial, ahora irritada y ofendida, 
debia lanzarse necesariamente en seguimiento de los fu- 
jitivos y tender su red de persecución y venganza sobre 
todos los sospechosos, por lo que, con la premura y cele- 
ridad que exijía lo angustioso de las circunstancias, se 
comunicó la orden de la fuga ú todos los patriotas com- 
prometidos en Madrid. Pueyrredon era el primero de 
ellos; y como D. Francisco de Gurru(;haga tuviera una 
inteligencia riquísima en recursos y un valor atrevido ú 
toda prueba, hizo que Pueyrredon montase en su calesa, 
mientras él, oculto bajo el disfraz de calesero, dirijía su 
tiro, saliendo así de Madrid en actitud de paseo. 

De esta ingeniosa manera, salvaba 6 su amigo como 
á sí propio, y penetraban ambos á Sevilla, donde se 
comenzaban á reunir los demás miembros de la conjura- 
ción. 

D. José Moldes, á su vez, fugó de Madrid el 12 de Mayo, 
burlando, como los otros sus compañeros, la vigilancia de 
los franceses; dejando todos, abandonado en sus domici- 
lios, cuanto tenían de ajuar en sus moradas, cargando 
solo con lo enteramente necesario; que la orden del aban- 
dono de la capital fué tan repentina y tan urgente como 
perentorio y exacto su cumplimiento. 

El punto de reunión era Sevilla. Instalado allí de nuevo 
el comité patriota y reunidos sus miembros principales, 
deliberaron sobre la determinación que se debía tomar en 
presencia de tan extraordinarios sucesos. Al lado de otras 
cosas, se sostuvo y se aceptó como la mejor medida por 
entonces, y á ejemplo de lo que obraba el general Miranda, 
provocar la insurrección de América por su independencia 
bajo el ala protectora de Inglaterra, cuya política liberal 
mas de una vez se habia mostrado amiga y cuyas doctrinas 



HISTOlUA DE GOEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO V 363 

sobre la separación entre América y España y de libertad 
comercial y de cultos en el Rio de la Plata, habíalas hecho 
derrramar como esperanza de una hora de redención para 
estos pueblos, durante las breves horas que ocuparon sus 
tropas á Buenos Aires. Y como al presente se hallaba en 
guerra sostenida con España y fuera á los ojos de todos, 
y mas claramente 6 los del gobierno británico, cosa noto- 
ria é indudable que Napoleón labraba á paso firme la 
anexión de la corona española A su imperio, el arrebatarle, 
por lo menos, las riquísimas y dilatadas posesiones espa- 
ñolas de la América, era de todo punto plausible como 
medida de guerra contra el formidable enemigo, y puerta 
de nueva y brillante prosperidad para los intereses po- 
líticos y comerciales de Inglaterra. 

Fué entonces que convencido de estas verdades, el comi- 
té revolucionario instalado en Sevilla confió al genio y á 
la resolución del coronel Moldes el honroso encargo, deli- 
cado y elevadísimo bajo cualquier aspecto, de presentar al 
gobierno inglés el complicado negocio de la independencia 
de la América del Sur, y enterados cual lo estaban de su 
celo, de su patriotismo y habilidad se le dieron los pode- 
res de su representación y las instrucciones necesarias, 
entre las que estaba señalada, á mas del negocio 
principal, la de gestionar de aquel gobierno el préstamo 
de un buque para trasladarse sin pérdida de momento 
& Buenos Aires, & fin de instruir á sus habitantes de los 
actuales sucesos y situación de España, encadenada ya y 
envuelta en un confiicto supremo, como de las verdaderas 
intenciones de Napoleón sobre la suerte de la monar- 
quía. ' 

Inmediatamente de serle conferida esta misión diplomá- 
tica,— la primera que delegaban los intereses argentinos 
ante el extrangero, el coronel Moldes partió de Sevilla 
en compañía de uno de sus colegas, D. Manuel Pinto, 
comerciante de Buenos Aires, con dirección á Cádiz para 
embarcarse allí camino á Londres. 

Como para su salida de Madrid, nuevas dificultades y 
mayores y mas temerosos peligros le ofrecía el puerto 
de Cádiz. Por que como hasta entonces la España conti- 
nuaba en guerra declarada con Inglaterra, sosteniendo 



964 DB. BERNARDO FRÍAS 

como aliada que era, la política imperial de Bonaparte, 
la escuadra inglesa bloqueaba el puerto desde tiempo atrás, 
cerrándole la libre comunicación con el mar. 

Tres dias permaneció Moldes en aquella ciudad ocupado 
en los preparativos de su lejana expedición y en proveerse 
del dinero necesario, y mas todavía en la difícil empresa 
de conseguir una embarcación que se atreviera ú condu- 
cirlo furtivamente y en sí jilo, burlando los reglamentos 
de la guerra, hasta la escuadra inglesa; empresa audaz, 
costosa y peligrosísima en los momentos aquellos, en que 
se habla pregonado la pena de muerte contra todo aquel 
que comunicara con la escuadra enemiga, por lo que dos 
cañoneras españolas cruzal)an constantemente el puerto, 
practicando la guardia de vigiloncia. Pero su empeñosa 
actividad como la de sus amigos lograron obtener la pequeña 
embarcación, fletóndolo Moldes por 300 duros, para efectuar 
en ella la peligrosa travesío. 

A la mitad de la tercera noche de su permanencia en 
Cádiz, el coronel Moldes se despidió de los suyos y bajó 
á las playas del puerto, dispuesto á arrostrar la muerte 
por su patria. El mar estaba negro y estaba negro el 
cielo. Sijilosamente penetraron á la embarcación que 
corpenzó á surcar las olas del puerto burlando la vigilan- 
cia de los cruceros españoles, con la serenidad del que 
cree y se siente copaz de dominarlo todo, con esa su 
frente altiva, la mirada fuerte, el pecho henchido de emo- 
ción y aquella su figura marcial, nermc-a y brillante, 
oculta ahora entre las sombros y solo descubierta por las 
brisas del mar. En la grandiosidad del peligro y en lo 
generoso de la acción la figura de Moldes se magnificaba; 
á sus espaldas, tenia el patíbulo que lo aguardaba; á su 
frente, la escuadra inglesa, objeto de sus actuales espe- 
ranzas, rompiendo el seno de las sombras con sus luces 
brillando en lontananza; y allá, en el confin del lóbrego 
horizonte, alzábase la patria amada. Dios, desde lo alto 
del cielo, dirigía sus pasos. 

Verificada la travesía con buena ventura, aborda su em- 
barcación al buque almirante. Recojido por la escuadra 
inglesa, Moldes, al siguiente dia, conferenció con el almi- 
rante conquistando las simpatías por su persona como por 



HISTORIA DE GOEMES Y DE SALTA-CAPÍTULO V 365 

la causo por cuya defensa exponía su vida, lo que fué 
acojida con interés por el gefe britono, mas dis- 
puesto ahora á serle deferente por haber en esos dios 
el general marqués de Solano, capitán general que lo 
era de Andalucía, declarado que jomas trataría con Ingla- 
terra. Moldes consiguió, de esta su primera entrevista, 
que de la escuadra bloqueodora se le facilitara un bergan- 
tín, en el cual se hizo á la vela rumbo á Londres. 

Gobernaba entonces en Inglaterra, como gefe del gabi- 
nete británico, Jorge Canning, el incansable adversario 
de Napoleón, que sostenía y fomentíiba las coaliciones y 
la guerra, derramando por todo el continente su oro y 
sus esfuerzos, y en cuyo espíritu hallaron siempre calor 
y buena acojida los conatos de independencia de la Amé- 
rica del sur. Una vez hallado en Londres, una serie de 
entrevistas se sucedieron entre el gefe del gabinete y el 
coronel Moldes, arribando en sus arreglos sucesivos á las 
mas satisfactorias y halagüeñas conclusiones, como que 
en ellas Inglaterra ofrecía á Moldes darle toda clase de 
auxilios para la expedición libertadora, entre lo que es 
digno de mención el convenio & que vinieron de facilitarle 
un cuerpo de 8.000 hombres de tropas regulares que 
prestaban servicio en aquellos dias en los costas de Suecia. 

Pero estaba en los hados que aquellas generosas tenta- 
tivas y aquellas esperanzas tan prontas á realizarse, se 
malograran y desaparecieran, por que de los nuevos aconte- 
cimientos soplaron vientos contrarios. Habiendo llegado á 
Bayona el 5 de Mayo la nueva de los sucesos de Madrid del dia 
dos, en que aparecían los españoles lanzados á matar france- 
ses, Napoleón los llamó asesinos, é indignado juntamente con 
Carlos IV y su mujer, echaron todos la culpa sobre la ca- 
beza de Fernando y de sus parciales como enemigos 
de los franceses. Fernando amenazado, devolvió la corona 
que llevaba desde el motín de Aranjuez, en nianos de su 
padre, renunciando sin condiciones sus derechos á la 
corona de España el dia 6 de Mayo. Pero el dia anterior 
ya Carlos IV habia concluido con Bonaparte un pacto 
por el cual y á su vez, renunciaba y cedía la corona de 
España ú Napoleón, con la sola condición de que conser- 
vara la integridad de la monarquía y mantuviese el culto 



366 DR. BERNARDO FRÍAS 

de la religión católica « sin mezcla ni tolerancia de otro 
alguno. » Los demás príncipes herederos firmaron igual- 
mente la renuncia de sus derechos & la sucesión de Es- 
paña. 

Mientras todo esto se hacía, Fernando expedía el 5 de 
Mayo dos reales decretos: revistiendo, por el uno, á la 
Junta Suprema de los poderes mas amplios para ejercer 
la autoridad soberana, por carecer él de libertad; y por el 
otro, convocando el reino á cortes para sustentar la inde- 
pendencia de la nación. 

Por otro lado, el alcalde de Móstoles, pueblecillo cercano 
de Madrid, comunicaba con laconismo militar los atenta- 
dos del 2 de Mayo, y era el primero que lanzaba el grito 
de guerra d los frmtceses! La alarma y la insurrección 
comenzó á extenderse por toda la península, insurrección 
expontánea y eminentemente popular, pues era de pronun- 
ciamiento repentino y sin contar con cabeza reconocida y 
encargada de la dirección del movimiento ni pacto siquiera 
de comunidad entre los diversos puntos de la nación, ini- 
ciándose la resistencia por pronunciamientos aislados que 
darían á la guerra de la independencia española una fiso- 
nomía peculiar. El 25 de Mayo, la Junta formada en 
Oviedo por el partido de la resistencia de Asturias, allá, 
en el confín septentrional de España, fué la primera auto- 
ridad que declaró la guerra á Napoleón. Como en la 
época de Pelayo, la reconquista de la patria volvía ó apa- 
recer de los lados de Covadonga. Rey, Patria y Religión 
era el grito que ajilaba la bandera de la insurrección es- 
pañola. 

El gobierno central, residente en Madrid, dirijió para 
aquel punto, como á diversos otros donde aparecía ó se 
temían alborotos, comisionados políticos, elegidos de en- 
tre los personages de mas encumbrada consideración por 
sus altos empleos ó su fama, los que fueron rechazados 
por las poblaciones y el paisanage y aun estropeados y 
puestos en peligro casi de perder la vida, cual pasó, 
por ejemplo, con el conde del Pinar y con el célebre y 
suave poeta D. Juan Meléndez Valdez, que formaban la 
diputación enviada sobre Oviedo. 

Lanzada en este camino de la insurrección, la junta de 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO V 967 

Oviedo mientras con una mano armaba la guerra, con la 
otra dirigía sus proposiciones de alianza á la Inglaterra. 
Cosa semejante sucedía en Galicia, cuya junta instalada 
en la Coruña, tomaba el dictado de soberana, y lo mismo 
en Andalucía y otras provincias del reino. 

Los diputados de estas diversas juntas de gobiernos es- 
pañoles, comenzaran á llegar ú Londres con sus proposi- 
ciones de alianza para llevar la guerra & Napoleón. Hacía 
45 dias que Moldes habió llegado á Inglaterra cuando vi- 
nieron á interrumpir sus trabajos y á anularlos comple- 
tamente la presencia y las proposiciones de los diputados 
españoles que, reunidos todos en Londres, formaron una 
especie de congreso de embajadores. Porque como con 
la insurrección de España cambiaba completamente el esta- 
do de relaciones entre Inglaterra y la península, y como 
fueran de mayor importancia, infinitamente, las cuestiones 
de Europa que venían á tomar en España nuevo é intere- 
santísimo semblante, el gobierno británico prefirió la amis- 
tad y alianza de esta nación á la aislada y lejana aventura 
que le proponía el comité americano. 

Asi concluyó, de esta manera, por causas poderosas ó 
imprevistas, y superiores á la voluntad humana, la misión 
de Moldes ante Inglaterra; quien daba la vuelta á España 
después de haber gastado en el cumplimiento de su misión, 
3.000 pesos satisfechos de su propio peculio, dejando en 
Londres á D. Manuel Pinto. 



XVII 



Cuando estuvo de vuelta en España, aquel país se hallato 
completamente insurreccionado y en guerra á muerte 
contra los franceses. En Sevilla había sucedido cosa idén- 
tica á lo que pasó en las provincias de Asturias y Galicia. El 
26 de Mayo se alborotó el pueblo, y como no fuera en un 
principio reprimido el movimiento, se formó una junta 
de gobierno, hija de un motín, compuesta de los vecinos 
de la ciudad, tomando el título arrogante de Junta Su- 
pretna de España é Indias. 

El avance aquel, incalificable en verdad ante la auste- 



268 DR BERNARDO FRÍAS 

ridad del derecho, que cometía la junta de Sevilla apro 
plóndose la representación de toda la monarquía y lo que 
es mas, arrogándose la soberanía, en sustitución del rey, 
—si bajo el lado político era medida de alta sabiduría y 
prudencia para dar (\ la nación un poder central que la 
representara ante el extrangero y que en lo interior del 
país pudiera salvar la unidad del gobierno evitando la 
anarquía y el desquicio de la nación que rigurosamente 
acarrearía la diversidad de gobiernos por juntas sin rela- 
ción entre sí ni dependencia de un poder general ó nacio- 
nal, ante pI criterio público sirvió en mediia poderosa 
para sembrar odios y rivalidades; pues, su actitud de po- 
der general que presentaba, disgustó y sembró la división 
entre los otros cuerpos iguales, formados en otros varios 
puntos de España. 

y como si no fuesen bastante las calamidades públicas 
que aflijían & la nación y comprometían su independen- 
cia, el ánimo de las disputas por el formulismo legista 
se dio cita á un palenque de discusión, cuando la patria 
en peligro exigía el enmudecimiento de todas las pasiones 
para que no respirara mas que la de su salvación, acu- 
saban los letrados del cargo de usurpación de la autori- 
dad soberana, á la junta de Sevilla, por que según ellos, 
«residiendo la plenitud de la soberanía en el monarca, 
ninguna parte ni porción de ella existia ni podia existir 
en otra persona ó cuerpo y era heregía política afirmar 
que una nación cuya constitución era completamente mo- 
nárquica, fuera soberana. » 

Pero como los acontecimientos no dieran mucho lugar 
á disputas y pendencias filosóficas y fueran el patriotismo 
popular y la razón del peligro público mas poderosos que 
la elocuencia de los teorizadores del absolutismo real,— 
varias juntas de las principales ciudades de Andalucía se 
sujetaron ala primacía de la Junta Central, como se llamó 
la de Sevilla, que absorbió gradualmente las demás, por 
lo que vino á servir de mucho provecho para dar al 
levantamiento general del pueblo español contra los fran- 
ceses que se acentuaba cada dia, cabeza y unidad de 
dirección. 

La antigua España ya no existía; ya no existía ni en sus 



raSTOMA DE GOEMES Y DE SALTA-OAPITULO V á«9 

reyes ni en su gobierno ni en su independencia ni en su 
política. Todo habia desaparecido en ella de cuanto habia 
de legalizado en la secular monarquía, y solo un pueblo 
alzado en armas por su sola cuenta, sin gobierno, sin 
orden, sin concierto general ni dirección suprema ni 
representación visible y legítima ante las demás naciones, 
se batía á todos rumbos contra las huestes extrangeras. 
Los reyes legítimos hablan renunciado la corona & favor 
de Bonaparte y, en consecuencia de este acto, el 6 de Junio 
Napoleón dictó un decreto traspasando la corona de España, 
que tenia en su poder, á la frente de su hermano José, 
proclamándolo como tal. Este, viniendo precipitadamente 
de Népoles donde habia sido hasta entonces rey, tomaba 
el título de José I rey de las Españas y de las Indias. El 
9 de Julio de 1808 entraba el nuevo monarca en Madrid, 
y el 25 era jurado como soberano español. 



XVIII 



Al frente de cuadro semejante, cuando la España sin 
gobierno y ocupada de su propia salvación no podía dis- 
poner ni de un ejército ni de un navio ni de una mirada 
siquiera para atender ú sus negocios de América y am- 
parar, como en otrora, los dominios en ella de la corona 
de Castilla,— comprendieron todos aquellos jóvenes, ilustres 
precursores de la independencia americana, que España 
había caducado al fln, y que para la América la hora de 
la revolución había sonado. En Europa ya nada que- 
daba por hacer. Inglaterra habia retirado de ellos los bra- 
zos contratando con los enemigos; mientras que en América 
nuncios iban á ser del verdadero estado de los sucesos de 
la península, de su impotencia para salvar en breve cam- 
paña del aprieto en que el poderío de las armas de Napo- 
león la habia llevado y de la acefalía del gobierno, de la 
soberanía, único vínculo que ligaba las colonias ú la suer- 
te de la quebrantada meti'ópoli y que descargaba é los pue- 
blos del peso de la antigua obediencia y les devolvía el 
derecho que les hubo dado Dios para proveerse de gobierno 
legitimo que atendiera & sus inmediatos intereses. ¿Po^ 



270 DB. BERNARDO FRÍAS 

dion haber presentado los sucesos y haber deparado la 
providencia de Dios ocasión mas propicia para que los 
pueblos americanos se lanzaran á sacudir de su cuello el pe- 
sado yugo español? ¿Podian los peninsulares radicados en 
Indias y defensores de la dominación española alegar textos 
venerables é interpretaciones del derecho español que fueran 
bastante elocuentes á probnr que, muerto ó desaparecido 
el amo, los americanos eran obligados ú soportar papel 
semejante á aquel que, á fe de humildad, cargaron los 
romanos pontífices para con Dios, permaneciendo siervos 
de los siervos del rey? 

A la vuelta de mil años, y mas, como ya lo eran cor- 
ridos, venia ú reproducirse en el imperio español el gran- 
dioso espectáculo que produjo, en el acto de morir, el 
antiguo imperio romano. Por que vino una hora en que 
Roma, señora que se llamaba del mundo, sufría á lo largo 
de su imperio, vasto como la tierra, irrupciones podero- 
sísimas de pueblos demoledores de todo orden social y 
de toda ley establecida y que, á semejanza de las inunda- 
ciones que en las edades primordiales corrieron con ím- 
petu gigante abriendo valles y torciendo rios y alzando 
montes, l^ajaban entonces del norte como subían del me- 
diodía á sofocar la vida del imperio. Y Roma, que se miró 
sorprendida en su miseria, sintió que al. corazón ya no 
movían alientos capaces de llevar vigor á sus extremos; 
pidió calor y fuerza y halló sin luz su cerebro y sin res- 
peto su espada en otrora universalmente temida; y como 
al decir de los sabios, del sol fecundizador y primitivo se 
desprendieron y rodaron por el esi>acio los mundos lu- 
minosos que hoy pueblan sus abismos, así de los miem- 
bros destrozados del imperio, sede del cristianismo, de la 
lengua culta y. del poder; cuna de la legislación y de las 
instituciones pivilizadas del mundo, refugio de las artes y 
panteón de los dioses, se formaban las naciones indepen- 
dientes de la Europa cristiana, en cuyo centro principal 
alzaba España su nombre, la cual, en 1808, invadida tam- 
bién, sin cabeza y sin fuerzas para imperar, elaboraba á 
su despecho este otro nuevo y sublime alumbramiento 
de las soberanías independientes de la América latina. 
Son leyes eternas de la historia; los esfuerzos de los hom- 



fflSTORIA DE GÚEMES Y DE SÁLTA-CAPÍTÜLO V 271 

bres jamas alcanzarán á contrarrestar este desenvolvi- 
miento del progreso del mundo, marcado por el dedo de 
Dios en el camino de la humanidad. Es su gloria, y la 
gloria de Dios debe triunfar. 

Con estas convicciones, los conspiradores resolvieron 
dirigirse inmediatamente ú América ó preparar la revolu- 
ción y hacerla estallar en el momento propicio. Habia 
que ilustrar al pueblo, y el tiempo que corría era precioso 
para su noble apostolado, de manera que entre los postre- 
ros dias de Septiembre y los primeros de Octubre, los 
Moldes, los Gurruchaga, Pueyrredon y otros conjurados 
patriotas americanos hasta el número de cuarenta y seis, 
se embarcaron en Cádiz en la fragata Castillo^ con rumbo 
á Buenos Aires; y como por la situación personal ó la 
precipitación de la marcha, algunos de los expedicionarios 
no tuvieron el dinero necesario para los gastos de la par- 
tida, el coronel Moldes suplió esta vez mas, de su bolsillo 
particular, los gastos de sus compañeros de causa. 

El buque expedicionario arribó á Montevideo al poco 
tiempo de su partida; y como la llegada de toda vela espa- 
ñola provocara en aquellos dias ruidosa novedad por causa 
de los sucesos de la época, atrajo la viva curiosidad del 
vecindario y autoridades del puerto. Por desgracia, el 
gobernador de la plaza de Montevideo era el coronel Elío, 
hombre brusco y colérico, el cual, habiendo tomado cono- 
cimiento de algunas comunicaciones sospechosas que desde 
España dirigiera poco untes Pueyrredon, ordenó su inme- 
diata prisión. El resto de la tripulación siguió camino ó 
Buenos Aires, donde desembarcó el 7 de Enero de 1809. 



1) Para componer la parte del presente capitulo relativa á la conjura de 
los patriotas en España, nos han servido de fuentes de información: 
una exposición publicada por el coronel Moldes, el año de 1816, la que 
se conserva impresa en el archivo particular del Sr. Manuel Sola, 
en Salta, y que publicamos integra en el a/péndice — la Bevoludon Argén» 
iinaj por el Dr. V. F López; — Don Juan Martin Pueyrredon, por Zinny, 
publicado en hi Revista de Buenos Aires, T. 14, páj. 4: — las tradiciones 
conservadas pn las familias de Gurruchaga y de Moldes; un boceto del 
coronel Moldes, por Sola, etc. etc. 



CAPITULO VI 



La conspiración ««pañoia 



SUMARIO:— Efecto que produeen en el país las invasiones inglesas^-Los 
espnnoles pierden su predominio político y militar— El partido español; 
D. Martin de Alzaga — Los españoles proponen al virrey el desarme de 
los patrieiaa—El virrej Liniers; sus antecedentes y conaiciones — Efecto 
que produce en la opinión la renuncia del rey á favor de Napoleón 
—Los españoles proyectan la independencia; de qué manera— El comi- 
siooado Goyenecne; sns intrigRs políticas— Su viaje al interior -Rebe- 
lion de Montevideo— Motín español en Buenos Aires; castigo de los 
revoltosofl— Deposición de Liniers— £1 virrey Cisneros» su srribo ¿ 
Montevideo, sus recelos y precauciones— Elio y Cisneros; la política del 
terror. 



I 

En el virreinato del Rio de la Plata, desde Buenos Aires 
hasta la Paz, el espíritu público hallábase, desde 1807, 
ajitado bajo la fuerza de una nueva pasión. No era su 
antiguo genio comercial quien lo movía; no era el ardor 
religioso provocado por querellas sectarias ni nueva rebe- 
lión de la raza de los incas que en otrora llenara de sor- 
presa y pavor el ánimo. La corriente que ahora atrave- 
saba su extensión, era sorprendente y nueva; creciente, 
simpática é incendiaria en grado altísimo, y capaz, como 
el ardimiento religioso, de levantar la pasión hasta el fa- 
natismo. Era el pensamiento político que llenaba la con- 
ciencia pública, cuyos fenómenos se elaboraban al impulso 
de dos fuentes poderosas: la ilustración y la discusión en 
las clases superiores y dirigentes de la sociedad y las vic- 
torias alcanzadas en Buenos Aires sobre los ingleses que 
habia servido á despertar la conciencia popular revelán- 
dole su fuerza, su valer y de cuanto era capaz; y como á 
esta Vision halagadora se uniera el justo orgullo de la 



374 DB. BERNARDO FRÍAS 

gloria oonseguidQ y la satisfacción del mérito encontrado, 
recogió temple el espíritu cívico y la personalidad del 
pueblo argentino, dejando de lado los sostenes tutelares 
en que habia hasta entonces confiado su suerte, comenzó 
i sentirse fuerte para vivir con libertad como fuerte ha- 
bia sido para morir con gloria en salvación de la inde- 
pendencia de su tierra. En España, la nueva de la victo- 
ria causó indecible júbilo. Buenos Aires era un nombre 
que resonaba como un eco de gloria por todos los extre- 
mas de la monarquía, y en el nombre de Buenos Aires, 
todos los diversos pueblos argentinos se sentían aplaudidos 
y envidiados por viriles, por gloriosos y fuertes; como 
que todos ellos, hablan contribuido ü la realización de la 
jornada con sus armas, con sus hijos y con sus tesoros, 
y después de la victoria en todas sus ciudades capitales 
se realizaron funciones de regocijo público y exequias 
solemnísimas costeadas y dirigidas por las damas rogan- 
do ü Dios por los defensores de la patria caldos en las 
calles de Buenos Aires, vueltas sagradas para el pueblo 
argentino por la sangre en ellas derramada. 

La campaña militar contra los ingleses, aparte de los 
efectos producidos en la opinión, habia dejado en los he- 
chos materiales y en manos de los hijos del país, elemen- 
tos poderosísimos de acción y de predominio político. 
Porque como para la defensa del territorio hubiera sido 
menester armar en pié de guerra y darles enseñanza 
militar á batallones de americanos con sus gefes y oficia- 
les de igual origen, por carecer estas comarcas de tropas 
españolas que aseguraran sus respetos,— pasado que fué 
el peligro y vencido por el valor y esfuerzo de estos ele- 
mentos, vinieron los americanos, como resultado de aque- 
lla conjunción de extraordinarios acontecimientos, é en- 
contrarse dueños de la situación política del país, en cuanto 
lo permitía la sujeción reconocida á la corona, fenómeno 
que consistía en la desposesion de los españoles de todo 
poder é influencia decisivos en el gobierno local de Buenos 
Aires. 

De aquellas fuerzas militares y mantenidas sobre las 
armas, solo eran, en efecto, formados de españoles los 
batallones llamados de catalanes y gallegos y la parte 



HISTORIA DE GÜEBIES Y DE SALT H—C APlTULO VI 275 

principal del de vizcaínos, fuerza relativamente insignifican- 
te y débil, en el seno de una población de 70.000 almas en 
que la colonia española se sentía sofocada y pequeña; y 
en presencia de fuerzas superiores, rivales y enemigas: 
2.000 bayonetas y los cañones de la artillería que sostenían 
el cuerpo urbano de los Patricios de Buenos Aires; el de 
Arribeños que representaba ú las provincias del interior; 
el de Húsares de Pueyrredon; el de Granaderos de Terra- 
da, el de Pardos y Morenos y también el de Cántabros y 
Andaluces, que por razón de sus gefes y oficiales, corres- 
pondían á las tendencias anti-españolas. 

Así, la fuerza de las armas, el peso de las bayonetas se 
hallaba en manos americanas; y como estaban en su país 
y se trataba de sus intereses y de su suerte, les pertenecía 
también la inmensa mayoría de la opinión pública que 
representaba la población nativa. Pero los sucesos hablan 
avanzado á mas lejos. Hasta la llegada de los ingleses, 
el gobierno era manejado exclusivamente por manos 
españolas; pero en 1806, cuando en medio del peligro de la 
primera invasión, ante aquellos enemigos de la religión y de 
la patria se dio á la fuga, con insigne cobardía, el gefe 
español del gobierno, marques de Sobremonte, el pueblo, 
salvado bajo la dirección de un oficial francés al servicio 
de España, D. Santiago Liniers, airado al verse vendido 
por su gefe legal; orgulloso y altivo al mirarse libre por 
sus esfuerzos y con las armas en las manos, había pro- 
cedido á nombrar nuevo virrey, á elejir y conferir la 
potestad política del mando del virreinato, contra todo el 
orden proscripto por las leyes de la monarquía y apare- 
ciendo rebelde {\ la voluntad anterior del soberano. 

El nuevo virrey era el mismo gefe de la defensa, D. 
Santiago Liniers. Su cargo, de origen popular y extraño 
i\ las prédicas del reino, fué en seguida confirmado por 
la corte, la que le confirió, á mas de ello, el título de 
conde de Buenos Aires. 



n 



En un solo momento y de manera inopinada los espa- 



276 DR. BERNARDO FRÍAS 

ñoles, los antiguos señores del pais, habían perdido el 
predominio en el Rio de la Plata, el prestijio, la superio- 
ridad moral, militar y política hasta entonces sostenida 
sin disputa. Honda impresión y justísima alarma fueron las 
producidas en ellos por este fenómeno que venia á arre- 
batarles de las manos el gobierno absoluto de la colonia, 
apareciendo la raza hasta entonces dominada, obediente 
y sumisa, dueña orgullosa y altiva ahora del poder, de la 
opinión y del mando del país. Y como las circunstancias 
siguiendo para ellos desfavorables, hubieran, con la ra- 
tificación hecha por la corte al nombramiento popular de 
Liniers, dado viso delegaUdad que le faltaba á la exalta- 
ción de los americanos á la vida política, una misma 
pasión, un mismo interés é iguales inquietudes unieron, 
desde aquel dia, ü todos los españoles residentes en Bue- 
nos Aires y Montevideo, no solamente para detener esta 
corriente demoledora del antiguo régimen que los sepul- 
taba en la derrota, manteniéndolos apeados del poder, sino 
por impulso poderoso de su ambición y de cierto extraño 
honor, hijo de su orgullo soberbio é impolítico, paro pre- 
valer de nuevo, reconquistando las posiciones perdidas, 
mas siempre excluyendo de toda participación en el go- 
bierno & todo el elemento americano. Esa misma pasión 
bastarda y cruel del exclusivismo que habia cavado ya 
profundo abismo de separación entre los hijos de España 
y los de América, aparecía, esta vez mas, puesta enjuego 
y persiguiendo su triunfo; como si Dios cegara, á las ve- 
ces, los hombres que quiere perderlos para que no alcan- 
cen ü leer el libro sin mentira de la experiencia. Por que, 
ú pesar de todo el peligro que ofrecía la falta de unión y 
transacciones, y de igualdad de derechos y de cargas, de 
intereses y de sentimientos que partían hasta entonces los 
miembros de una misma familia, abriendo odios profun- 
dos y cada dia mayores,— continuaban los españoles im- 
pertérritos en su añeja y dura convicción de que eran ellos 
hombres de rgza ó destino superior al de los americanos en 
todos los órdenes de la vida, en el comercio como en la 
familia, en la sociedad y en el consejo, en la preparación 
intelectual y en el :joder moral y físico; que la igualdad 
entre americanos y españoles era para éstos proposición 



fflSTORU DE GOEMES Y DE SALTl— CAPITULO VI 377 

indigna de atención, como un vejamen al nombre español, 
á pesar de que aquellos americanos en porción conside- 
rable eran hijos puros de españoles como lo eran, A la vez, 
los hijos de los actuales señores. 

Contaban por cabeza dirigente en el gran movimiento 
reivindicatorío de la posición perdida, á uno que entre 
ellos sumaba en su persona todo cuanto era capaz de 
presentar la terquedad recalcitrante y soberbia del espa- 
ñol de aquellos tiempos. Era D. Martin de Álzaga, miem- 
bro acaso el mas poderoso del alto comercio español de 
Buenos Aires y que se consideraba él mismo como el mas 
eminente y respetable de entre los suyos. Su prestigio 
y buena fama entre sus conciudadanos europeos eran legí- 
timos y notorios, indiscutibles é indisputables entonces, lo 
cual ofrecía en favor de la causa española medio abatida, el 
gran beneflcio de la unidad y del sometimiento uniforme á 
una sola cabeza dirigente del negocio público; y ella 
provenia, en grado remoto pero vulgar, de la preemi- 
nencia que da la fortuna, que Álzaga la poseía de pri- 
mer orden labrada en el comercio de la capital, y del 
inmediato y reciente de haber presidido, como gefe civil 
de Buenos Aires, los populares y gloriosos acontecimien- 
tos que produjeron las invasiones inglesas; y aunque 
durante ellos pasara las horas supremas encerrado en la 
morada del gobierno al lado de sus compañeros de poder 
y no se le hubiera visto una sola vez aparecer en los 
sitios del peligro y exponer la vida dirigiendo la defensa 
de la patria y desafiando las balas enemigas, su puesto 
espectable, en el que se mostraron sin flaquear su tesón y 
enérgica actividad en los preparativos, en los consejos 
y en los planes para desaflar y resistir con heroísmo el 
peligro, brillaron en su persona, haciendo resonar su 
nombre con una popularidad rival, hasta cierta altura, de 
la de Liniers, el gefe militar; méritos, virtudes, servicios 
y glorias que se agigantaban en el concepto apasionado 
del círculo español. Asi, pues, desde aquella hora para 
todos feliz, en que la victoria coronara los esfuerzos de 
argentinos y españoles en la común fatiga, D. Martin de 
Álzaga se levantó, merced á estas circunstancias, como 
el gefe natural del partido español que aparecía, desde el 



278 DB. BERNARDO FRUS ' 

día siguiente á la victoria, bien delineado como rival te- 
mible y amenazador enemigo de las patrióticas aspiracio- 
nes argentinas. Su nombre fué desde entonces que sirvió 
de bandera para una campaña política que se elabora Ixi 
en el secreto y las tenebrosidades de las conspiraciones, 
de los odios, de las venganzas y castigos que se apunta- 
ban como el programa que sucedería al dia siniestro de su 
triunfo. 

Pero aquel imperio de su nombre no era, sin embargo, 
simple capricho de la fortuna, como tantas veces se ha 
visto en aquella deidad traviesa con la liviandad de los 
pueblos* Álzaga era sin rival en aquel poder de imponer- 
se con verdadera simpatía en el ánimo español, desper- 
tando con la conexión de sus cualidades y las de sus 
parciales, la entusiasta adhesión de éstos y la fe en el 
acierto de sus resoluciones y la esperanza en la efícacia de 
$us planes. Por que si la naturaleza lo habia dotado, sin 
disputa, de las cualidades de un gefe de partido, por que 
era hombre de valor y resuelto, y de carácter dominador, 
y respetado, rico y prestigioso, como que habia probado 
ya la fuerza de su genio absorbente logrando imponerse 
por verdadero dictador en el cabildo,— complacía, á la vez, 
el ánimo español de aquellos tiempos que Ajaba en él 
sus ojos como en el salvador de su suerte en el Plata; pues 
era de una soberbia y dureza de carácter que lo tornaban 
de aspecto adusto y sombrío aún en su trato doméstico, 
cuya revelación constante era su gesto autoritario y orgu- 
lloso; era ambicioso por instinto y por orgullo, y aspirante 
al mando político del virreinato, pasiones que se enarde- 
cían y agigantaban no solo por los últimos sucesos que 
l'odearon su nombre de una aureola popular, si que tam- 
bién por la rivalidad, por el odio, quizá por la envidia que 
despertaba en su corazón donde hervían estos anhelos 
indómitos, la suerte del general Liniers, dueño del gobier- 
no, extrangero como ft'ancés, y mirado por él y los suyos 
como traidor á la causa española, por estar entre- 
gado de lleno á la influencia de los hijos del país, á quie- 
nes públicamente y en detrimento de los antiguos amos, 
tendía la mano y reclamaba apoyo y solidaridad. 

Pero, mal por su suerte, sus facultades intelectuales 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPITULO VI 379 

hallábanse bien lejos de alcanzar igual altura que las ener- 
gías de su ambición y aspiraciones, por que así carecía 
de instrucción como de ideas elevadas. Era de aquellos 
soberbios vulgares que el torbellino de los sucesos y las 
gracias de la fortuna ciega y el poderío del dinero suelen 
transrormar de mediocridades pesadas y rudas, en entida- 
des de simple valor material, de brillo torpe, con todas 
las pretenciones ilimitadas de la ignorancia y todos los 
anhelos del vulgo audaz y temerario. Infatuado y vani- 
doso, se consideraba dueño de toda suñciencia, pecado & 
que lo ayudaba A caer su espíritu lijero y poco obser- 
vador; que toda su actividad y toda la fe de su triunfo 
solo las confiaba á las maravillas de la intriga, único arte 
de su ingenio que manejaba con obstinado convenci- 
miento. 

La torpeza de sus planes, fruto á la vez de la torpeza 
de su elección, era lo que llevaría é aquel partido y á su 
famoso gefe de fracaso en fracaso y de escalón en esca- 
lón, descendiendo el uno á su eterna derrota, y el otro 
á apagar su sed de dominación y de ingénita crueldad, 
en el término infamante de un patíbulo. Por que es fla- 
queza constante de la humanidad mostrar á la cabeza de 
las grandes agrupaciones humanas, formadas para la sal- 
vación pública en el orden político ó militar y dirigiendo 
la marcha y gobierno de sus elementos, al mas querido, 
al mas prestigioso ó al mas adulado de sus hombres, sin 
comprender que es la política como la guerra, la ciencia 
mas difícil de cuantas Dios ha puesto para martirio del 
orgullo humano, habiendo sido siempre raro el hallar 
talento verdadero entre los gefes de bandas humanas que 
calcule con acierto fijo y comprenda lo que para el resto 
de los hombres solo son sombras y angustias, y adivine, en 
fin, si posible es decirlo, con la fuerza del genio, los acon- 
tecimientos guardados todavía en el señó del futuro; á la 
manera de un Bonaparte ó de un Talleyrand; como un 
San Martin y un Güemes; como un Gorriti y un Rosas 
también, entre nosotros, que en campos y medidas di- 
versas y aplicados al bien ó al mal, mostraron la mara- 
villosa clarovidencia del genio político ó militar, muy 
distinto del genio literario, cientíñco, mercantil ó popular. 



280 DR BERNARDO FRÍAS 



UI 



Nada vino ú revelar tanto la debilidad y mujeril con- 
fianza de sus concepciones que el plan que hospedaron en 
la mente D. Martin de Alzaga y sus compañeros para re- 
conquistar el poder. Por que así se les vino en antojos 
proponer al virrey, que no era español ni parcial y si 
mas bien adverso á las ambiciones y tretas de los euro- 
peos,— la notable ocurrencia del inmediato desarme de los 
batallones de patricios, bego el pretexto de ser gravoso al 
erario su mantenimiento, y ofreciendo, en cambio, hacer 
el servicio de la guarnición con los tercios netamente 
españoles, que renunciaban su sueldo. 

Proposición era esta que presentaba todos los caracteres 
de una infantil quimera; pues, ni era político ni prudente 
el desarme de las fuerzas cívicas para dejar en poder de 
extrangeros odiados los intereses sociales, sin exponer el 
orden público á prueba de un alboroto y quizás á un mo- 
tin armado dada la creciente animosidac^ de los partidos; 
ni era cuerdo el pensar que el virrey asintiera en apearse de 
su popularidad, á la que era tan afecto, y en reñir con la 
opinión y romper en odios con sus amigos y compañeros 
de gloria, para encontrarse ahogado entre dos formidables 
enemigos: el bando español airado contra él é indómito 
y el pueblo entero de Buenos Aires que lo maldeciría 6 
su vez, como desleal é ingrato y como causa de su ruina 
consumada sin justicia, sin razón, sin pretexto alguno de 
disculpa. 

Sucedió, pues, lo que era de esperarse. La proposición 
fué rechazada por el virrey; y como el hecho fuera público 
é hiriente y ofensivo en grado eminente, el estallido de 
la cólera contra los españoles se hizo sentir tomando un 
semblante amenazador. La enemistad entre ambas clases 
sociales fué así públicamente declarada. La fracción mas 
soberbia y aspirante, mas impaciente y belicosa habia 
arrojado el guante; y el pueblo lo recogió como provoca- 
ción á una separación irreconciliable en el porvenir. 

Ni el pretexto tomado ni las medidas propuestas ni las 



fflSTORIA DE GOEMES Y DE SALTA— CAPITULO VI 281 

circunstancias siquiera eran propicias á lan desacertado 
proyecto. Precisamente era en aquellos días que Liniers 
aparecía sin disputa, corao el ídolo popular de Buenos Aires; 
y aquel amago solo vino á servir para vigorizar mas la 
adhesión que sentía el pueblo por su gefe. 

Liniers habia conquistado con justicia y con honor la 
elevada posición á que lo alzaron los sucesos; y grandes 
por extremo debieron ser sus méritos y el peso de su 
nombre cuando en 1808 el gobierno de Madrid confir- 
maba su nombramiento popular de virrey con quebranto 
de las leyes y del orden secular de la monarquía; y lo que 
era mas temible todavía, para sus intereses, legalizaba la 
intervención del pueblo en el nombramiento de sus man- 
datarios inmediatos, prerrogativa que era de las mas 
eminentes de la corona y hasta entonces no disputada ni 
contradicha en toda la extensión de su imperio; porque 
venia ú consagrarse con ello una costumbre perniciosa 
para el absolutismo real y en momentos en que la pugna 
de intereses entre argentinos y españoles era notoria, 
ardiente y sostenida y en la cual se cedia ante el poder 
de un pueblo ya numeroso y armado y engreído con un 
espléndido triunfo militar. 

Con Liniers estaban todos los hijos del país; en él mi- 
raba el agradecimiento público al héroe salvador de la 
patria, y en él hallaba su venganza y el guardián de su 
dignidad el pueblo contra sus opresores ensoberbecidos 
aun en medio de su derrumbamiento é impotencia. 
Liniers, á su vez, era hombre cuyas cualidades personales 
eran abiertamente diferentes y también contrarias á las 
ostentadas hasta entonces por los peninsulares; los miem- 
bros del ejército daban en él con el militar europeo, de 
bastantes y buenas cualidades y en verdad sobresalientes 
entre los generales* y gefes españoles que lo rivaliza- 
ban, como el coronel Elio ó el general Velazco, acreditados 
en prueba de guerra, ante los ojos de todos; los hombres 
de letras y de estudios, bastante instrucción y conoci- 
mientos que apreciar; los mujeres, que tan poderoso 
elemento significan para la popularidad ó la. ruina .de la 
buena fama de los hombres, velan en el virrey» al aten- 
cioso cortesano, haciendo gala y derroche de la cultura 



282 DE. BBRNARDO FRÍAS 

de la aristocracia francesa, ostentando ante ellas los es 
plendores del lujo, de la gloria y del poder, las finas 
facciones y la no escasa belleza de su rostro, la gentil 
apostura de su persona, y en fin, el culto á la belleza y 
el rendimiento al amor, cuyo fuego, dirigido con acierto, 
tiene tanto poder para reinar; los hombres cultos halla- 
ban en él un modelo á quien imitar y un contraste que 
admirar recordando la dureza de carácter y maneras que 
distinguían al gefe enemigo y sus parciales; por que tenia 
modales finos, un trato lleno de gracia y movimiento en 
la imaginación. La religiosidad del virrey, que era un 
hombre sinceramente devoto, la tenia consagrada al culto 
de la virgen del Rosario, á cuyos pies había ofrecido las 
banderas tomadas á los ingleses, como signo de gratitud ú 
su protección; actuaba entre los primeros, en las proce- 
siones y festividades de la iglesia católica, donde era fre- 
cuente el verlo revestido con las insignias y arreos de 
hermandades y cofradías, rezando & coro con el clero; lo 
que cerraba toda sospecha de heregía que podia caberle 
por francés, crimen entonces tan terrible como el de traición 
á la patria y que podia ser explotado con creces por sus 
enemigos. 

Pero el virrey Liniers no pasaba, sin embargo, de ser 
un hombre bueno; bueno á la manera de Carlos IV; bueno 
& la manera de Luis XVL Cuando se vio al frente del 
gobierno, dejó crecer el desprestigio de su popularidad, 
cizaña que nace siempre á la sombra de la buena simiente 
y que la riegan y cultivan las lenguas emponzoñadas; y 
esta fué así creciendo y aniquilando su primitivo vigor. 
Reveló en ésto poco ó ningún tino político, no volviendo por 
su honra mancillada & diario por sus adversarios y empa- 
lidecida por el natural enfriamiento que producía en los 
ánimos la distancia en que quedaban las pasadas glorias. 
No cuidó de su nombre, pensando como muchos hombres 
honrados, pero faltos de la esperiencia del mundo, que 
bastal)a la verdad de sus méritos ante la opinión para 
que ésta mirara satisfecha como él, el interior de su con- 
ciencia de hombre recto, dejando crecer la maledicencia 
pública en torno suyo, por que tenia aquella debilidad de 
las naturalezas secundarias y de las almas pobres que se 



filSTORU DE GÜEMES T OE SALTA— GAPtTULO VI 288 

adormecen entre las pompas, la holgura y la satisfacción 
que brindan las alturas del poder y de la gloria. Sus 
mismos abusos, hijos todos de su sencillez de espíritu, 
como aquella liviandad ostentóse de sus costumbres pri- 
vadas, con que dio comienzo al escándalo del vecijidario 
y á la murmuración de índole adversa, minaban su 
antiguo prestigio y popularidad que, al decir de un escritor, 
solo es un puñado de polvo recogido en el camino de la 
vida. 



IV 



Las asombrosas novedades que por aquellos dias acer- 
taron á llegar de la península, contándose mas entre ellas 
las renuncias de los reyes nacionales consumadas en Ba- 
yona en el mes de Mayo de 1808, y á su lado la invita- 
ción que hacian á los pueblos de la monarquía las autori- 
dades regentes de la España para que como ellas, recono- 
cieran por su rey y señor é José Bonaparte, aparecieron 
con fuerza bastante para traer á la unión las facciones 
populares de argentinos y españoles. Pero aquella unión 
solo era fenómeno aparente y pasajero. El lazo que con- 
fundía aquellas dos entidades rivales y enemigas era el 
común sentimiento, expontáneamente brotado en los cora- 
zones argentinos y españoles de rechazar, á cualquier pre- 
cio, la nueva dominación que amenazaba. En el fondo, 
aquella fraternidad ocultaba una nueva semilla de discor- 
dia mas abierta y poderosa que la que hasta entonces 
habla divorciado los elementos pensantes de la población. 

Ante la conciencia general, la España estaba perdida. 
Cualquiera que fuera la heroicidad de sus esfuerzos, debe- 
ría, á la postre, sucumbir; por que, si la Europa entera, 
habia caído arrollada bajo las legiones invencibles de!Na- 
poleon, ¿cómo un pueblo aislado, sorprendido, invadido ya 
por numeroso ejército, sin preparación ni tropas regula- 
res, sin gobierno fuerte, y lo que era mas cruelmente 
desconsolador y que mas desfallecía el ánimo, con la san- 
ción legal de sus reyes que traspasaban la corona á sienes 
extrangeraS) y con ios autoridades nacionales encabezando 



384 DR. BERNARDO FRÍAS 

en Madrid no la resistencia á la nueva dinastía, sino, bien 
al contrario, su acatamiento y sosten; cómo podía, pansa- 
l)an lodos, un pueblo en tan estrechas circunstancias, 
anarquizado y dividido, luchar y vencer al genio militar 
mas poderoso del mundo cuyo nombre infundía pavor á 
la tierra, y al ejército hasta entonces no vencido una sola 
vez en cien batallas? ¿No era el pensamiento contrario 
locura verdadera? 

De esta suerte, hízose convicción profunda y general que 
España sucumbiría. Los esfuerzos por su causa serían 
inútiles; toda esperanza, sueño y quimera grande. Asi fué 
que un común pensamiento brotó de americanos y espa- 
ñoles, y este era la independencia de la colonia, solución 
de la crisis necesaria y preferible en el ánimo de todos, 
antes que continuar y seguir la suerte de la España, al 
parecer de la opinión, uncida al carro del emperador 
francés. \jOS españoles conmovidos y exaltados, juraban 
acompañar á su madre patria en su mas cruel infortunio 
y seguir unidos á su suerte en las fatigas de la lucha y de 
la resistencia, pero se negaban á compartir de su adversi- 
dad siendo vencida. Por lo menos, proponíanse salvar para 
sí un trozo de su imperio. 

Pero, admirable torpeza de su política! La inde- 
pendencia que proyectaban los españoles no era, 
como pudiera creerse por cualquiera, para la forma- 
ción de una nación nueva, con su pueblo y su go- 
bierno basado tanto en la mayoría de la voluntad nacional 
como constituido con la igualdad y la intervención activa 
de todos los hombres nacidos en el estado; sino la per- 
duración indeñnida de la antigua colonia, privada de me- 
trópoli, dominada siempre por españoles. Raro capricho 
de una fantasía torpe y calenturienta; por que, hasta en- 
tonces, no se habla visto cómo era posible subsistiera ante 
sí ni menos ante los conflictos exteriores, una nación 
cuya población fuera sierva en su totalidad de mezquina 
porción de extrangeros adueñados del gobierno y de los 
destinos de la so(Medad, sin mas apoyo ni razón que las 
armas; y aun estas, en la lejana hipótesis de que llega- 
ran á poseerlasl Las oligarquías, para subsistir év impe- 
rar, siempre han contado con raices y vinculaciones prof un- 



HISTORIA DE GOfiUBS Y DE ftALTA^-CAPÍTULO VI 285 

das en lo sociedad que dirigieron, y por cima de todo, con )a 
gran virtud del nacionalismo, cuya falta en los españoles del 
Plata, era el pecado que los hacía incapaces y aborreci- 
bles. En aquella hora, políticamente nada poseían, excep- 
ción hecha del cabildo, y á pesar de ello y con pertinacia 
que maravilla, lo aspiraban todo, absolutamente todo, para 
dominarlo, para poseerlo, para disponerlo & su albedrío, 
ú la manera de una, herencia, como que invociaban su 
derecho de sucesores del rey, para que los pueblos ar- 
gentinos continuaran en su misión de siervos perpetuos 
de estos modernos icsos, venidos del lado opuesto del 
mar Á gobernar la tierra. 

Nada les hablato con fuerza capaz de disuadirlos de 
tan loco empeño. No les bastaba aquel aliento cívico y 
aquella pujanza militar que el pueblo argentino hacia 
tan poco habia mostrado poseer y manejar en las calles 
de la capital, venciendo un cuerpo de ejército aguerrido 
ante sus ojos; ni el poder y la influencia con que, en esos 
mismos dias, habia impuesto su voluntad aun en la mis- 
ma corte de Madrid, separando ú un virrey inepto y eli- 
giendo el sucesor contra las mas respetadas y seculares 
leyes de la monarquía; ni la condena popular de que 
eran objeto de un extremo á otro del dilatado virreinato; 
ni el reciente fracaso sufrido con su audaz propuesta del 
desarme de - los fuerzas cívicas argentinas para quedar 
dueños ellos de los resortes de la tiranía; ni el ver al ge- 
neral Linters, su poderoso rival, de gefe del gobierno y 
entregado al apoyo y favor de sus adversarios armados 
y acuartelados en notable mayoría y sin contar tampoco 
con la opinión pública del país ni con los prestigios si-' 
quiera de una bandera generosa que arrastrara á su som- 
bra á los pueblos, ni con la esperanza de recibir auxilios 
militares del lado de España para consumar la obra. ' 

Hablan debido bastar estas circunstancias para modifl- 
car su criterio político; pero los españoles alzaron la ban- 
dera de su exclusivismo soberbio é irritante, renegando 
de toda vinculación con elementos americanos y la lle- 
varon con ciega obstinación á la manera del apasiona- 
do jugador que arroja al compromiso el último resto de 
su fortuna atando en él toda su ventura y porvenir, por 



286 DR. BERNARDO FRÍAS 

perseguir empecinado una suerte que lo abondonu y que 
escapa y huye de sus manos. 



Aquellos sucesos de 1808 que desconcertaban la España, 
turt)aron profundamente la paz de los pueblos americanos. 
Los hombres de estos paises eran sorprendidos por un 
cuadro - 4© trastornos y vacilación que, envolviendo 6 la 
madre patria, dejaba caer una nube de tenebrosa incerti- 
dumbre sobre el porvenir. Por que la España presentaba 
en aquellos dias un desconcierto tan general y tan profun- 
do, un desquiciamiento de sus autoridades tan notorio y 
se desgarraba en contienda tan complicada y ardiente sobre 
la legitimidad de la ocupación del trono entre las aspira- 
ciones que se lo disputaban, como si hubiera fenecido la 
nación y se estuviera lidiando sobre el repartimiento de 
sus despojos. Todo fué entonces confusión y peligros. 
A aquella renuncia de la corona de España que hacían 
en Bayona los reyes á favor de Napoleón, se unía la voz 
contraria de Fernando VII protestando de despojo y vio- 
lencia; al frente de aquel nuevo rey, hermano de Napoleón, 
que los españoles afrancesados proclamaban en Madrid 
por rey de España y América y de aquellas autoridades 
nacionales que representaban en la forma la legalidad de 
las instituciones é invitaban en ese carácter ú todos los. 
pueblos del imperio al reconocimiento y jura del nuevo 
monarca, se levantaban las juntas populares en casi todas 
las provincias españolas, declarándose depositarías de los 
derechos de Fernpi^do, rey de España cautivo, y contesta- 
ban al llamado del gobierno vendido á los franceses, pro- 
clamando la guerra á Napoleón. 

Para colmo de confusión, la hermana mayor de Fer- 
nando VII, D». Carlota de Borbon, mujer torpe y ambi- 
ciosa que yacía emigrada en Rio Janeiro, enviaba ajentes 
á todos los pueblos principales de América para que se 
la reconociera como la lejítima depositarla de los dere- 
chos del rey su hermano y de su familia cautiva, y dic- 
taba planes para conservar sin mengua los dominios de 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA-CAPÍTULO VI 397 

la corono de España en América y salvarlos del usurpa- 
dor. Añadamos á todo esto callando cien cosas mas, las 
maquinaciones y los planes ambiciosos que los mismos 
españoles residentes en Indias ajilaban para resolver la 
crisis por su cuenta, y tendremos diseñada la sofocante 
situación política y la intensa ajitacion pública, creciente 
y exaltada mas cada hora, en que se hollaban estos 
países en aquellos dias memorables, llenos de vacilaciones 
y anarquía, de incertidumbres, de conflictos y peligros. 

En medio de aquel trastorno icuál era el gobierno le- 
jítimo? iAquién debian obedecer? ¿Cuál era el camino de 
la salvación pública y de las inmediatas conveniencias de 
los pueblos de América? [No tenían ellos también el de- 
recho de formar juntas, como lo hacian los de España, 
en salvaguarda de los derechos del soberano y de los 
suyos propios? Hé ahí el problema complicado y tre- 
mendo que se presentaba der repente 6 la resolución de 
la conciencia pública de América. El fué quien alarmó el 
espíritu de la colonia y trastornó su paz en asonadas y 
tumultos; el que destemplaría el ánimo de las autorida- 
des reales, y les borraría la fe que en ellas hasta entonces 
se tenia, dudando el pueblo y aun negándoles el derecho 
de imponer obediencia y gobernar; y él. Analmente; seria 
el motivo inmediato del rompimiento deflnitivo entre ar- 
gentinos y españoles y la causa ocasional de la revolución. 
La misma metrópoli, dando á las colonias el ejemplo de 
juntas de gobierno, como autoridades independientes y 
populares, provocó el movimiento contra el viejo orden 
de cosas, haciendo vacilar todas las fuerzas y resortes de 
la antigua dominación 

Durante aquellos di^is, el pensamiento de la independen- 
cia absoluta y radical de los pueblos argentinos de la do- 
minación de España no reinaba aun de manera uniforme 
en las voluntades de los hombres políticos que en Buenos 
Aires formaban la opinión pública. Lo que preocupaba 
entonces el espíritu era solo romper con España en la 
hipótesis de su perdimiento, mas bien por no caer bajo 
la dominación napoleónica que por el halago de formar 
nación nueva; y, en caso de formarla, evitar que el nuevo 
estado fuero gobernado por manos españolas. De manera 



388 DR. BERNARDO FRÍAS 

que el gran problema que llenaba la opinión pública se 
reducía entonces ú saber cuál de ambos partidos sucede- 
ría al rey en el ejercicio del gobierno en el país emanci- 
pado. 

Tentativas aisladas, que hubieran rematado impopulares 
por lo ridiculas, se llegaron á intentar por algunos hombres 
ilusos, llevados de sueños temerarios. Asi, D. Saturnino 
Rodríguez Peña, por ejemplo, inició la tentativa por su 
sola cuenta con la hermana de Fernando VII, Carlota de 
Borbon, reina de Portugal que, como hemos visto, se ha- 
llaba refugiada en su colonia americana del Brasil, para 
coronarla emperatriz del Rio de la Plata. El plan de aquella 
loca aventura era transformar, conforme á las ideas 
iniciadas por los gefes ingleses de la pasada invasión, el 
virreinato de Buenos Aires en una monarquía indepen- 
diente de España, pensando que la felicidad pública se 
conseguiría por este medio pacíflco sin trastornos ni ma- 
yores sacríflcios, adquiriendo el pueblo de este modo, un 
gobierno libre y honroso, lo cual era quimera inaudita, 
pues se trataba de un déspota igual en principios y en 
torpeza al rey de España; y un pueblo que se somete ú la 
conñanza y á la fe de un tirano sin imponerse con la 
fuerza de su brazo y heroica resolución, no conquista li- 
bertades ni derechos, mas solo cambia de amos y cade- 
nas. {Qué numen benéflco podría reatar la voluntad del 
nuevo monarca cuando el pueblo para nada aparecíal 
Aquien no se teme no se respeta, ni recoje veneración 
aquel que no es amado. 



VI 



Uno de los primeros expedientes de salvación pública 
de que echó mano la Junta de Sevilla, fué el envió de 
comisionados á las provincias de América como heraldos 
lanzados 6 proclamar la guerra á Napoleón que ella habia 
decretado y asegurar en estos dominios los derechos del 
rey Fernando VII, cautivo de Bonaparte, cuya posesión 
alegaba el nuevo rey de España, hermano del emperador. 

El 19 de Agosto de 1808, el comisionado destinado & 



HISTORU DE g0£MES Y D£ SALTA-CAPÍTULO VI 9» 

trabajar esta política en el virreinato de Buenos Aires y 
en el del Perú, desembarcaba en Montevideo exclamando 
al pisar el muelle: « ¡Viva Fernando séptimo! » grito de 
guerra que repitió con un clamor unánime lá multitud 
que salió á recibirlo y en cuyos brazos fué introducido á 
la ciudad y llevado hasta la morada del gobernador que 
lo era el coronel D« Francisco Javier Ello. Aquel perso- 
ncye eraD. José Manuel deGoyeneche, de las flias del ejér- 
cito español que, al enviarlo la Junta de Sevilla por su 
representante, lo nabia condecorado con el grado de bri- 
gadier de los reales ejércitos. 

Este nuevo actor que se añadía á los que ya figuraban 
en el gran drama que iba desarrollándose en el Rio de lá 
Plata, era oriundo de Arequipa, ciudad del Perú, donde 
habia nacido en 1775 y contaba á la sazón 3S años de 
edad. Dueño de una inmensa fortuna y perteneciente á 
familia muy principal y distinguida, abrazó, desde tem- 
prano, la carrera de las armas, pasando á España en 1795 
donde siguió hasta el grado de capitán en la milicia. Por 
los años de 1800, el gobierno español lo comisionó para 
hacer estudios al través de la Europa. Con este fln, pre- 
senció las maniobras militares de Berlín y Postdam man- 
dadas por Guillermo de Prusia; las de Viena por el 
archiduque Garlos y las de Bruselas y París por Bona- 
parte. Sus trabajos, que presentó al príncipe de la Paz, 
sometidos á examen de la comisión real, fueron aproba- 
dos por el gobierno, lo que le hizo gozar desde entonces 
en España, de distinguido concepto militar. 

Las credenciales de que venia provisto y su arribo á 
Montevideo, cuya población y sentimientos eran exclusi- 
vamente españoles, vinieron & servirle para desarrollar 
con éxito cabal aquel papel de oráculo que intentó desde 
un principio el atribuirse. Pero aquel personage era en 
el fondo, un aventurero audaz y sumamente artero y pér- 
fido, que llevaba marcado parentesco con aquella familia 
humana que no siente mas pasión que el egoísmo ni 
acaricia otro ideal que el engrandecimiento propio, ni la 
ajita otro afán que el de hacer fortuna sin reparar en 
los medios; derramando promesas y seguridades donde 
quiera y recibiendo los favores de cualquier parte que 



390 DR. BERNARDO FRÍAS 

vinieren, siempre con la doblez en la palabra, con las 
maquinaciones en el espíritu y la falsía en el corazón; 
hombres menguados, nacidos solo para sí, que abrazan 
todas las causas, que siguen todas las banderas, que pro- 
fesan todos los credos religiosos, que halagan con tojeza 
en la prosperidad y desconocen con ingratitud en la des- 
gracia y que, en horas de oprobio y de ignominia, suelen 
llegar hasta deponer é inmolar en los altares de su propia 
conveniencia, sin resistencia ni protesta, el último resto 
de la virtud y del orgullo humano. 

Goyeneche demasiado frivolo, excesivamente aspirante^ 
manejando con asombrosa habilidad lá mas astuta intriga, 
llegaba engañando & los unos, vendiendo á los otros, en- 
volviendo en su red de maquinaciones todos los poderes, 
todos los principios y todas las ambiciones para asegurar 
su triunfo personal cualquiera que fuese el semblante que, 
á la postre, llegaran ú adquirir los sucesos. 

Este hombre, en efecto, se habia puesto en España en 
inteligencia con los tenientes de Napoleón y con los espa- 
ñoles afrancesados que trabajaban en el partido de José 
Bonaparte recientemente coronado rey de España, y que 
contaban con amigos ocultos aun entre los principales 
personajes de la junta de Sevilla, contacto de traición en 
un enviado que representat>a precisamente en aquellos 
momentos, la autoridad que, guardando los derechos de 
Fernando VII, declaraba la guerra á los franceses, pero 
que él sabría explotar del modo mas hábil y disimulado 
en el curso de su misión. 

Jugando ú dos cartas, como que la suerte de estos dos 
rivales al trono «ra dudosa aun, Goyeneche, al tocar en su 
viqje el Brasil, habia tenido conferencias en Rio de Janeiro 
con Dk Carlota de Borbon, la hermana del rey cautivo, y 
siguiendo su doblez, se puso asi mismo en cxinnivencia 
con ella al efecto de hacerla reconocer en las colonias 
como la representante de su familia cautiva, y aun de 
tentar, si era posible, el problema de su coronación. 

Usando con maña de esta triple inteligencia, fué recibí- 
do en audiencia pública en Montevideo, donde sin levantar 
la mas leve sospecha, hizo la narración circunstanciada 
de los sucesos de España, entre los que aparecían dos de 



HISTORIA DE GOEHES Y DE SALTA--GAPtTULO VI 991 

sorprendente importancia: el cautiverio de Fernando VII, 
forzado á deponer su corona, y el alzamiento de Madrid 
el 2 de Mayo seguido de la insurrección general del pueblo 
español; cuadro que se hacia mas interesante bajo la fé 
de aquel testigo presencial que traia en medio de esto, 
el secreto, hurtado por su habilidad y pretexto con que en- 
volvía su doblez, de los planes de Napoleón para el someti- 
miento de España, como los de la junta de Sevilla para 
organizar la resistencia. Y según lo confesaba, bábia me- 
recido el honor de secretas conferencias con Fernando VII, 
siendo así su pecho sagrario que guardaba el verdadero 
pensamiento del monarca; igual conflanza, decia, habia 
recibido de Murat, donde habia sorprendido los arcanos 
de la política francesa. 

El había conseguido que la junta de Sevilla lo enviara 
por su ministro para ante los virreyes de Buenos Aires y 
de Lima; y con el fln de hacer mas meritoria é interesan 
te su persona, y encender por ella los corazones y desvir- 
tuar toda sospecha de deslealtad, contaba novelescas peri- 
pecias por las que decía haber pasado burlando la vijilancia 
de las tropas y espías franceses hasta evadirse y partir. 
Su misión en América conñada por la junta de Sevilla era 
proclamar la guerra á Napoleón en nombre y defensa de 
los derechos de Fernando VII; instruir á los pueblos del 
estado de España conmoviéndolos porsuffuerte, y recabar, 
despertando por este medio la simpatía y el dolor, los 
recursos pecuniarios para la resistencia, y anunciar. Anal- 
mente, que, en consecuencia de aquella resolución suprema 
del gobierno revolucionario de España, se habia celebrado 
armisticio con Inglaterra. 

- Era Goyeneche un hombre cuya fisonomía mostraba la 
satisfacción del joven rico, afortunado y pretencioso; y su 
cuerpo, de formas delgadas y crecido, desplegaba una ele- 
gancia varonil y distinguida que la hacia brillante y no- 
vedosa aquel traje lujoso de brigadier que vestía, llevado 
al último rigor de la moda europea. Era el calzón color 
claro, de la mas fina gamuza, sujeto 6 la corba por bolas 
granaderas de vueltas color de paja; el uniforme era lije- 
ro, con precillas rojas, y con galones y bordados de oro. 

Aunque no era soberbio ni terco en el carácter, como 



d9S DR. BERNARDO FRUS 

no lo son los de su país, llenaban su alma ambiciosa las 
aspiraciones á la grandeza, ú la consideración y al domi- 
nio público, asi en la admiración de los hombres como en 
los consejos de estado; en. los conciertos militares como 
en la influencia política que presumía haber gozado y 
aun gozar en España y que ahora trabajaba por ejercerla 
desde Buenos Aires hasta Quito. Inteligente y despierto, 
de maneras suaves y cultas en su trato social, de palabra 
insinuante y de una elocuencia natural, era halagador por 
estudio, y poseedor de todas aquellas prendas que hacen 
amables á los hombres entre sus semejantes. Sagaz, su- 
mamente astuto y dueño de una vivacidad de espíritu y de 
ingenio no común, era habilísimo en el manejo de la in- 
triga, inspirando una constante perfidia el fondo de sus 
mancos públicos. 

Sus dotes militares como gefe organizador y diligente, 
lo debían hacer famoso muy luego, ]>uriando con éxito 
feliz la torpeza de nuestros primeros generales, en orden 
al tiempo, arrebatándonos la victoria de entre las manos. 

Aunque, ségun lo demostró en esto era un hóbil general, no 
mostró tener, sin embargo, rasgo genial alguno; era cruel 
en sus castigos especialmente cx^n los vencidos, sin ser 
por esto soberbio ni déspota con sus subalternos y sin 
tener ambición mayor que la de imperar, lucir y brillar 
en altura distinguida y principal, pero al amparo siempre 
del poder establecido ó que ofrecía mayores seguridades 
de triunfor, de quien era y seguiría siendo un decidido 
defensor, aunque tuviera que sacriñcar en holocausto de 
su ambición, como lo sacriflcó, los deberes mas caros para 
con sus conciudadanos y su patria. 

Sus prendas naturales y su educación social le presta- 
ron eflcaz concurso por su lado, para llevar adelante la 
misión en que basaba su gran figuración política y mi- 
litar y su postrera prepotencia en los gobiernos de Amé- 
rica, pues así era fácil y desenvuelto en el hablar como 
culto y elegante en las maneras, dando á sus formas 
de expresión un revestimiento visible de solemnidad. 

Inmensa, cual es fécil suponer, fué la conmoción que 
sus narraciones circunstanciadas produjeron en el espí- 
ritu público,: y el partido español quizo aprovecharse de 



HISTORIA DE GOEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO VI 998 

la influencia que tendría seguramente este hombre pere- 
gríno, por el carácter que revestía y por la misión que 
de8e[mpeñat>a, para llevar adelante sus planes de hostili- 
dad al virrey. 

Montevideo era en aquellos dias el asiento principal 
del partido español, aun mas que la capital, y el foco 
también de sus maquinaciones contra Buenos Aires, los 
argentinos y Liniers, el aventurero francés, como dieron 
en llamarlo desdeñosamente. 

Acaudillaba al elemento peninsular de Montevideo el 
gobernador de la plaza, coronel Elío, hombre arrogante, 
altivo y valiente; de carácter atropellado é impetuoso, 
fruto de su lijera educación, pues era de pasiones violen- 
tas y de maneras torpes y hasta brutales. El arma de 
sus puños solía manejarla . con igual destreza y fre- 
cuencia que su espada. Militar ordinario y fanfarrón de 
antigua y vulgar escuela, sin instrucción ni talento, per- 
tenecía á aquella clase de déspotas soberbios, sin mas 
recursos que la fuerza bruta y que se sienten capaces 
de sepultar la tierra en los abismos con el solo prodigio 
de sus músculos. Como gefe militar, habíase distinguido 
por su arrojo y valor en la defensa de la capital, en 1807, 
aunque sin fortuna, pues habla sido cuatro veces derro- 
tado; aborrecía con pasión visible á los argentinos, y en 
especial, & los porteños ó hijos de Buenos Aires que 
llevaban la voz por sus hermanos. Del bando español, 
Elío era el gefe militar y el hombre de acción como Al- 
zaga era el gefe político y el hombre de consejo, director 
presumido de suficiencia en las tramas de la política y 
en los planes de conjuraciones secretas. En aquel brazo 
y en aquel cerebro; en aquella fuerza y en aquel pensa- 
miento tenían fyas sus miradas y puestas sus esperanzas 
personales y políticas los españoles residentes en ambas 
orillas del Plata. 

Y bien: desde su arribo á Montevideo, el comisionado de 
la Junta de Sevilla se encontró con las diferencias y riva- 
lidades alimentadas entre el virrey y los españoles; y, 
queriendo aprovechar de aquella autoridad que revestía 
personage semejante para explotarla en su favor y en el 
de su partido, Elío, como los principales europeos, le pin- 



394 DR. BERNARDO FRÍAS 

toron la situación del virreinato de colores siniestros y 
en inminente riesgo la causa española en estas playos, 
tanto por el origen francés, de Liniers como por aquella 
su política tan americana en el orden interior. El virrey, 
según la expresión de sus enemigos, era un traidor ven- 
dido á Napoleón, y á España interesaba mas que nunca 
en la hora presente, barrerlo de la posición que ocupaba 
indignamente, como cabeza legal y armada del virreinato. 

Goyeneche que jugaba entre los dos partidos y que, como 
mas antes lo dijimos, traía consigna de los afrancesados 
españoles para preparar la opinión ú favor del usurpador 
francés, aparentó caer bajo el calor de esta elocuencia del 
patriotismo español y de las pruebas que le ofrecían para 
mostrar la traición y el peligro interno por el espíritu 
de independencia que se sospechaba en Buenos Aires; y 
como fuera Goyeneche entonces y mas tarde declarado 
enemigo de la independencia de América, de aquellas 
conferencias que revestían todo el colorido apasionado de 
una nueva conjuración contra el sistema establecido en 
la capital, resultó convenido, como medida mas acertada 
y política para evitar complicaciones y, acaso, una guerra 
civil entre una y otra potencia rival, que ninguna de 
ambas recojería el gobierno del virreinato, mas si que 
este fuera devuelto, como en los tiempos pasados, al virrey 
del Perú, autoridad de conflanza, antiquísima, que ofrecía, 
al parecer, un espíritu imparcial en esta contienda y que 
podía honrosamente imponerse por el solo prestigio de 
su autoridad sobre ambos rivales, salvando, así, la situa- 
ción de la anarquía y del terrible porvenir que la amena- 
zaba, Y no es costoso el pereuadirse, conocidos los ante- 
cedentes de aquel hombre, su naturaleza aspirante y 
ambiciosa, el cargo casi real que desempeñaba y el peso 
mismo de su nombre en la suerte de los acontecimientos 
que llenaban aquellos días, que acariciaba al urdir esta 
trama en Montevideo, y por medio de tal extratagema, 
la ilusión de sentarse muy luego en el solio de los virreyes 
de Buenos Aires. 

Una vez en la capital y en conocimiento del virrey por 
ojos propios, comprendió Goyeneche que era llegado el 
momento de aprovechar para sí de la posible verdad de 



fflSTORU DE GÜEMES Y DE SALTA— CAPITULO VI 295 

aquellos temores que se sentían en Montevideo respecto 
de la lealtad del virrey. Por que como fuera ó la vez co- 
misionado oculto de los agentes de Napoleón y del partido 
francés de la península para procurarles el voto de Amé- 
rica, el origen particular de Liniers, sus recientes comu- 
nicaciones oficiales con Napoleón y la voz que lo conde- 
naba en Montevideo por traidor y bonapartista, circuns- 
tancias eran que le mostraban prendas de seguridad de 
que hallaría en él su cómplice y el mas poderoso auxi- 
liar para esta su mayor perfidia. 

Producidas sus conferencias con el virrey, en vez del 
caluroso partidario del usurpador como se lo pintaban los 
españoles de la banda opuesta y como él mismo se lo 
deseaba, solo halló al hombre pusilánime ó irresoluto, ho- 
nesto en el fondo, que se colocaba en el punto equidis- 
tante de ambos extremos y compromisos, vale decir, en 
el terreno mas propicio para mostrarse & todos sospecho- 
so. Leal hasta cierta medida ú los intereses españoles y 
á los derechos jurados del rey Fernando, tomó, sin embar- 
go, una posición equívoca, adoptando una neutralidad casi 
delincuente, á lo espera de los resultados para decidirse y 
plegarse á quien definitivamente triunfara; para ofrecer su 
adhesión y rendimiento al vencedor, quedando, entre tanto, 
de frió espectador de la contienda. Abrazaba el virrey, de 
esta suerte, aunque con buena fé, si cabe, aquella política 
medrosa, de inspiración inmoral, seguida siempre en el 
mundo por criaturas débiles y cambiadizas; por los que 
cavilan en la venta de su dueño en cuanto vacila su fortu- 
na, dispuestos siempre á buscar amos nuevos sin compro- 
meterse en cuanto á ellos hoce, ni en defender ni en sal- 
var al amigo ó al gefe amado la víspera y desconocido ó 
discutido en la hora del peligro, porque no se sienten con 
valor bastante para herir de frente, con la altura, con la 
franqueza y honradez que cumple á todo hombre bien 
nacido; política acomodaticia, de suyo cobarde y ruin, que 
no es mas que una felonía permanente y disimulada. 

Goyeneche, pues, á pesar de sus amaños, luchó en vano 
por seducirlo é inclinarlo al partido francés. El virrey, al 
negarse, procedió con arte y buen tino. ¿Quién le asegura- 
ba que este enviado de la junta de Sevilla, después de pa- 



396 DR. BERNARDO FRÍAS 

sar por entre sus adversarios de Montevideo, no fuera un 
espía que le enviaban sus enemigos? £1 sentimiento del 
país que él tan bien conocía, por otra parte, era pública y 
unánimemente adverso al cambio de señor; el pueblo pre- 
fería lo antiguo y malo, antes que pasar á manos fran- 
cesas. 

A pesar de todo esto, si el virrey Ljniers no se completó 
con Groyeneche, vaciló al menos en su virtud, que es el 
primer paso dado hacia el abismo. La protección personal 
en vez de la prisión y de toda otra medida contra el trai- 
dor, muestran, sin duda, el grado de moralidad política 
de su conducta ó, si se quiere, la prueba de su secreta 
complicidad con el partido francés. 

Y es curioso observar aquí, en cuanto á Goyeneche, 
cómo se desenvolvía en el cumplimiento de las tres comi- 
siones antagónicas y repulsivas entre sí, de que venía en- 
cargado, dos de ellas contrarias á los derechos de la corona, 
encontrando, sin embargo, á lo largo de su camino y 
como gracia peregrina del destino en complicidad, al pa- 
recer, con sus intereses y ambiciones, unos tras otros las 
autoridades, los elementos y las fuerzas convenientes que 
representaban, como por capricho, cada una de sus intri- 
gas;— D». Carlota en el Janeiro, los españoles adictos á 
Fernando VII en Montevideo, Liniers, casi afrancesado, 
en Buenos Aires y el gobernador Pizarro en Chuquisaca. 

Dando fín á sus intrigas y desprendiéndose de aquellas 
querellas de carácter simplemente local entre dos partidos 
políticos en lucha que ansiaban mutuamente derribarse, y 
sin notar que el espíritu público en Buenos Aires se halla- 
se agitado por la idea de la independencia, pues aun no 
habia alcanzado é tomar sazón ni cuerpo, Goyeneche par- 
tió de Buenos Aires con rumbo & Lima. En las ciudades 
del tránsito sembradas á lo largo de la ruta del Perú, era 
recibido por las autoridades con ceremonias públicas, y los 
gobiernos de las provincias, & su paso, se ocupaban de su 
viaje, suministrándole coches, dinero y demás elementos 
de transporte; por que era de añeja costumbre que el 
gobierno de España no debia hacer erogaciones para el 
sustento de sus enviados en Indias. 

En el trayecto de su viaje, Goyeneche dióse el rango de 



HISTORIA DE (SÚEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO VI 297 

un comisario regio. Los cabildos se congregaban y se 
dirigían en corporación y revestidos del traje de ceremo- 
nia, & su posada, para introducirlo con honores en el sa- 
lón del ayuntamiento y recibir allí las órdenes é informes 
de que era conductor. El 20 de octubre de 1808 Goyene- 
che fué recibido de esta honorífica manera por el cabildo 
de Salta, en cuya sala capitular «hizo una prolija narra- 
ción de lo acaecido en Madrid, traición de Napoleón y 
estado de nuestro soberano Fernando séptimo,--como dice 
el acuerdo capitular de aquel dia— añadiendo «que el 
objeto de su misión era pedir donativos voluntarios para 
auxilio de la península. » 



VII 



El fracaso de esta nueva tentativa no hizo retroceder, 
sin embargo, el ánimo resuello de Álzaga y Elío; antes, 
por el contrario, dejando de lado el camino de las necias 
proposiciones hasta entonces seguido, acordaron lanzarse 
francamente á la revuelta. 

Dos circunstancias que encontraron ó su juicio propi- 
cias, alentaron aquella vez su resolución. Era la una la 
victoria de Bailen, alcanzada por las fuerzas de la insur- 
recion española sobre el ejército francés al mando de 
Dupont, con el rescate de Madrid desalojado por las auto- 
ridades napoleónicas; y era el otro Montevideo y sus 
recursos, donde, como se temiera nueva agresión á estos 
dominios por parte de los ingleses, el virrey habla forti- 
ficado aquella plaza importantísima con abundantes per- 
trechos de guerra, confiando el mando y diii^cion de 
todo al coronel Elío. Álzaga, á mas de esto, contaba en 
la capital con los cuerpos de catalanes y gallegos forma- 
dos de tropas y oficiales notoriamente españoles, á los que 
ofrecía su apoyo todo el numeroso grupo de sus paisa- 
nos, resueltos como ellos también á aventurarse á un 
gran golpe de mano. El plan habla sido fraguado en 
Montevideo, á donde habla marchado Álzaga en los últi- 
mos días de Agosto á acordarlo con Elío, proveyéndole 
de una gruesa suma de dinero para la leva de tropas 



396 DR. BERNARDO FRÍAS 

que, unidns á las de la guarnición de Montevideo, debían 
marchar sigilosamente á la Colonia y caer sobre la capital. 

En tal sazón, el gobernador de Montevideo, dando paso 
insólito, propio solo de su carácter violento, mandó pe- 
dirle al virrey la renuncia del gobierno, porque era fran- 
cés, y como el gobernante agredido por un subalterno 
político y militar, le contestara dándole orden de prisión, 
Elio, rompiendo de frente con la autoridad nacional, si 
puede decirse, organizó una junta de gobierno, al estilo 
de las erigidas en España, que presidió él mismo como 
gobernador. La junta de Montevideo se declaró, desde su 
primer paso, en rebelión contra el virrey, desconociendo, 
por decreto, su autoridad y declarándolo enemigo de Es- 
paña y de los españoles y reo de alta traición contra la 
patria y el rey. Sus parciales se denominaron leales y 
llamaron traidores á quienes estaban del lado de Liniers. 

En Buenos Aires era proyectado realizar cosa parecida, 
pero Álzaga encontró serias diflcultades para que estallara 
el movimiento; los hombres en que confiara, vacilaron en 
el momento de la prueba y hasta en los cuerpos milita- 
res de su devoción, tropezó con resistencias formales. 
Solo el cuerpo de catalanes se le ofreció resuelto y firme. 

La resistencia española triunfante de aquel modo en 
Montevideo, quedaba obligada á sufrir las torturas de la 
conspiración todavía en Buenos Aires. El comité español 
de esta ciudad, donde tenia figura principal el mismo obis- 
po, acordó estallara el movimiento el !<> de Enero de 1809, 
dia señalado por las leyes para la elección de los nuevos 
miembros del cabildo,— con cuyo pretexto podian reunirse, 
sin despertar zozobras, en la plaza municipal. La acción, 
encomendada á los gefes, debia ser rápida; los españoles 
se presentarían armados, impedirían la entrada á los que 
no lo eran, que pocos acudirían, pues la elección de ca- 
pitulares era hasta entonces privilegio y monopolio de 
los españoles. Llegado el momento de proceder, acome- 
terían inopinadamente la fortaleza, que era el antiguo 
palacio de gobierno y residencia privada del virrey, se 
apoderarían de Liniers por sorpresa, y procederían- en se- 
guida á organizar el nuevo gobierno, por medio de una 



mSTORU DE QUEMES Y DE SALT^^GAPlTULO VI ád9 

junta absolutamente española, con D. Martín de Álzaga á 
su cabeza. 

La elección del !<> de Enero fué tranquila: la plaza mu- 
nicipal, como el ediflcio del cabildo y las azoteas de las 
ca$as inmediatas estaban guardadas por los revoluciona- 
rios; las tropas españolas ocupaban su centro. Guando la 
campana del cabildo comenzó á sonar, un clamor unánime 
y amenazador se alzó de aquella multitud. Los gritos de 
—Junta! junta como en España! ¡Muera el francés LlniersI 
llenaban con su estrépito el espacio. 

A la voz de la sedición, el cabildo, presidido por Álzaga, 
organizó una comisión encabezada por el obispo D. Benito 
Lúe, que se dirigió al fuerte á recabar del virrey la di- 
misión. 

Pero los conjurados no tuvieron la virtud que salva las 
mas veces á las conspiraciones: el secreto. El plan español 
habia trascendido al público y liabia prevenido á sus ad 
versarlos; de manera que estos contestaron al bullicio sedi- 
cioso que se levantaba en la plaza principal, tomando las 
armas y acudiendo en defensa de la autoridad amenazada. 
D. Cornelio Saavedra, ya famoso coronel de los patricios, 
penetraba con su legión armada por la puerta escusada de 
la fortaleza y ocupaba su patio; García, con su batallón de 
cántabros y ocho cañones y sus artilleros, cubría las calles 
cercanas & la plaza por el norte; los arribeños, ó su vez, 
permanecían en armas ' desde la noche anterior. Otros 
grupos armados acudían también en defensa de la autori- 
dad. 

Pero el virrey vacilaba; aunque el apoyo de los hijos del 
país le era base inconmovible de poder, oprimido por su 
carácter de francés en aquellas circunstancias, temblaba 
de pronunciarse de manera ruidosa contra los hijos de 
España. Bojo esta impresión y creyendo calmar por sí 
solo el tumulto, ordenó el retiro de sus omigos. Pera estos 
volvieron de nuevo á intervenir y de manera resuelta para 
terminar aquel conflicto que se prolongaba demasiado. 

Formando una columna de dos mil soldados, penetraron 
á la plaza en son de guerra y ocuparon el recinto con 
sus armas. Saavedra mandaba la columna del orden y 
que debía llamarse también de la libertad. 



30O DR. BERNARDO FRUS 

Bastó SU presencia en la plaza para que la tormenta se 
disipara sin que sonara un tiro ni tiñera el suelo una gota 
de sangre. Los amotinados ni intentaron hacer resisten- 
cia. Los cuerpos españoles se desbandaron y corrieron por 
las calles tirando las armas al pasar. 

La plaza de la Victoria, antes recinto dominado por 
los revolucionarios, aparecía invadida ahora por una ola 
inmensa de pueblo y guardada por las armas argentinas, 
vencedoras con su sola presencia. Liniers fué sacado en 
brazos del pueblo, con la cabeza descubierta y colocado 
en la plaza al frente de los patricios. Los dos héroes, 
Liniers y Saavedra, aparecían por la última vez saborean- 
do unidos las emociones de la victoria, saludados por el 
aura popular y aclamados por el regocijo público. A la 
vuelta de un año, la lealtad . por el rey en el uno y la 
lealtad por su patria en el otro, los habla de separar en 
campos enemigos. 



VIII 



En aquella noche que siguió al triunfo, el virrey reunió 
en acuerdo á la real audiencia y con intervención d^ sus 
dos fiscales, se declaró la tentativa sofocada aquel dia 
como alentado y traición. D. Martín de Álzaga, su gefe, 
como los principales personages comprometidos en aquel 
golpe frustrado, fueron condenados á conflnamiento en 
Carmen de Patagones, allá en las lindes meridionales de 
Buenos Aires; y como medida de prevención y cordura 
para el porvenir, fueron disueltos los famosos cuerpos de 
catalanes y gallegos, base de fuerza regular única con 
que habla contado hasta entonces la conspiración española. 

Desarmados, disueltos y abatidos en el primer momento, 
no cedieron en su inquebrantable tenacidad; Elío, arrebató 
á su compañero desde su prisión y lo introdujo triunfal- 
mente en Montevideo; y juntos allí, volvieron al antiguo 
camino de las maquinaciones é intrigas. Volaron hasta 
la junta central de España los memoriales de sus agra- 
vios, acusando al virrey de traidor y faccioso, donde se 
dieron encuentro con los dirijidos por Liniers en que 



fflSTORIA DE GOEMES Y PE SAIíTA-^OAPITÜLO Vi flOl 

aparecian de rebeldes, díscolos y perturbadores de la paz 
pública. 

Las quejas dirijídas por los gefes de ambos partidos & 
las autoridades españolas no consiguieron otro objeto que 
aquel que era de temerse. La Junta Central, asesorada 
por el marques de Casa Irujo, su embajador ante la corte 
portuguesa emigrada en el Brasil, resolvió nombrar un 
nuevo virrey, como medida la mas prudente, para alla- 
nar el conflicto del Rio de la Plata. La sustitución de 
Liniers por un nuevo virrey, era plan trabajado por el partido 
español después de la derrota del I® de Enero, que alcanzaba 
el primer triunfo de esta manera, tentando en grande es- 
cala al demonia de la intriga, una vez que habla fallado 
el demonio de las conjuraciones. 



IX 



El nuevo virrey nombrado por la Junta Central de Es- 
paña como reemplazante de Liniers, era D. Baltazar Hidalgo 
de Cisneros. Al nombrarlo, el gobierno de España apare- 
cía inclinado solo en obsequio del bando español absolu- 
tista y, al efectuarlo, aquel acto violento de su política, 
en vez de abrigarlo de peligros, solo iba & producir pre- 
cipitación en los sucesos, lo que toda sana política hu- 
biera aconsejado evitar. 

Cisneros desembarcó en Montevideo en los principios de 
1809, pues erqn tales los recelos de que venia cargado 
desde España, que pensaba de seguro encontrar resisten- 
cia armada en Buenos Aires. Llegaba enviado no como 
mediador sino con el ánimo prevenido y con el plan insensato 
de someter nuevamente á toda la población argentina 
al estado de su antigua servidumbre, no solo para que f<ie- 
ra vasalla del rey, mas también de todos los españoles. 

Lleno de aquellos recelos y sospechas, cual si se acercara 
& país enemigo, fantasmas que engrandecían las declama- 
ciones y aturdimiento de Elío y de Álzaga y demás par- 
ciales que los rodeaban en Montevideo, resolvió como 
acto de política preventiva, intimar al virrey caduco de 
Buenos Aires le prestara reconocimiento. 



902 DR. BERNARDO FRÍAS 

Pero hubo mas. No contento con esta medida de pre 
caución, se dirigió intimación á los gefes de las fuerzas 
armadas de Buenos Aires para que bajaran ó la Coionio, 
puerto cercano en la Banda Oriental, ú prestar juramento 
de fidelidad al nuevo gobernante que los aguardaba allí 
defendido por fuerte escolta militar al mando del general 
D. Vicente Nieto, que acababa de llegar también de España. 

Consumados estos aparatosos compromisos y en medio 
de aquellas inusitadas precauciones, anunciaba Cisneros 
pasar ú la capital A posesionarse del gobierno. Mas todo 
aquel horizonte que parecía despejarse de temores, 
merced ó tales medidas, una nueva y torpe imprudencia 
volvió & cerrarlo de escollos y ú punto tal, que fué de temer- 
se la resistencia armada; por que el gobierno español 
habia agregado á la injusticia la ofensa; injusta era la 
separación de Liniers y ofensivo hasta el extremo el nom- 
bramiento del coronel Elío, el decantado enemigo de Bue- 
nos Aires, de los argentinos y sus derechos como gefe su- 
perior de la fuerza militar. 

Súpose, á la vez, que este hombre feroz aconsejaba al 
nuevo gobernante empleara para con los enemigos la po- 
lítica del terror y el exterminio, como el único medio de 
matar en su cuna el espíritu criminal de la independencia, 
sospechado por todos los españoles como albergado en el 
ánimo de los habitantes del Plata; y apuróse la certidum- 
bre de que aquel terrible enemigo, destinado ú gobernar 
como gefe superior las milicias del virreinato, habia pro- 
puesto ya como primera medida de Imen gobierno, la 
formación de causa criminal como traidores ú lamagestad, 
á Liniers y los mas esclarecidos gefes de las milicias 
argentinas, y el completo aniquilamiento de estas; y lo qye 
era mas amenazante todavía,— la reorganización de los 
cuerpos militares de españoles, vencidos y disueltos en el 
molin del 1^ de Enero. 

El nuevo virrey desistió, sin embargo, de aquel loco y 
temerario empeño, obligado á ello por la fuerza de las 
circunstancias y los prudentes consejos de Liniers; porque 
la exaltación del espíritu público, al frente de aquellas 
amenazas, subió de punto, encabezada por la fuerza mili- 
tar amenazada y por que Liniers corrió & servir de inter- 



HISTORIA DE GÚEMBS Y DE SALTA-CAPÍTULO VI 808 

mediano alzando bandera de concordia y concesión polí- 
tica, á fé de fiel vasallo, aunque de un gobierno ingrato. 
Rabia sido en Europa amigo estrecho de Cisneros, y ale- 
gando esta circunstancia, pudo conseguir llevar al pueblo 
de Buenos Aires persuacion aunque no convencimiento, 
de que el nuevo virrey no aceptaría para su gobierno la 
política de fuerza que aconsejaban sus enemigos; que no 
entrarla ú la gloriosa capital como conqnistador á imponer 
condiciones y castigos, mientras que, por su lado, persua- 
día, así mismo, á Cisneros cuánto era provechoso y con- 
veniente se animara de un espíritu de contemporización, 
templanza y liberalismo político, sin guardar ni recelos 
ni prevenciones con un pueblo que, si era altivo y nada 
dócil á la vejación por los españoles intolerantes, era 
vasallo fiel del monarca español. La suma de su prudente 
consejo era decirle continuara la política que él había 
seguido con tan feliz suceso, manteniéndose, como una 
justicia y una imposición de las cosas y de los tiempos, 
aquella situación política en que hallaba el gobierno; por 
que, si esto era un mal para la ambición insaciable de 
los peninsulares, era también fuerza el reconocer no 
alcanzaba remedio y que había pasado para este pueblo 
la época del absolutismo y vejación antes sufrida. Polí- 
tica era aquella liberal y prudente que había enseñado 
la esperiencia al espíritu generoso de Liniers, y que Cis- 
neros se vio forzado ú aceptar en parte por precaución, 
algo también por el convencimiento, tomando la resolu- 
ción inmediata de negar á Elío la gefatura de Ins fuerzas 
militares, colocando en ella al general Nieto recién llegado 
de España, y respetando el estado actual de organización 
de las milicias. El partido español sufría, así, una vez 
mas, la derrota de sus aspiraciones y en momentos en 
que se miraba como victorioso y feliz. Nueva y severa 
lección que no le serviría, sin embargo, ni de escarmien- 
to ni de ejemplo. 



CAPITULO VII 



Lit peTolvel 



SUMARIO:— Entrada de OíRneros A Bunnos Aire»; aDtecedentes de este 

f^ersonage— Nueva política del virrey— Rey oluciOD es de Chuqaisaca y 
a Paz— ju castigo y sus efectos—Desprestigio del ffobiemo— La inep- 
titud del virrey— Ideas revolucionarins': conferencia ael coronel Moldes 
— Plan político de Moldes: sn ofrecimiento— La Sociedad Secreta rea- 
parece en Buenos Aires— Politica de Saavedra— El apostolado de Mol- 
des en el interior— La pérdida de España — Reunión revolucionaria en 
«asa de Pueyrredon— Noticias de España en Marzo, destmecion de la 
Junta Central, creación de la regencia— Estado y conducta de los pa- 
triotas—La opinión pública— Actitud que asume el virrey; proclama del 
18 de Mayo— 20 y 21 de Mayo; petición de cabildo abierto— Entrevistas 
con el virrey— Preparativos revolucionarios— 22 de Mayo; la plaza de 
la Victoria, la policia patriota y la libertad del sufragio— El cabildo 
abierto; descripción de la sala capitular — La inesperí^ncia de los .patrio- 
tas—Alocución del cabildo— El debate; discurso oel obispo — Un momen- 
to critico— Discurso del Dr. Castelli— Discurso del Dr. Villota— Efecto 
que produce su palabra- Réplica del Dr. Passo — Los defensores de 
España sé si«»nten vencidos— La autoridad del virrey es puesta en^ Jui- 
cio—La votación: creación de una junta de gobierno — Los españoles 
burlan la resolución del 22— Sus manifestaciones de júbilo— Indignación 
de los patriotas— Gonf<>rencia con el virrey: renuncia la presidencia de 
li junta— La rtpresmiacion al cabildo- Í5 de Mayo; actitud dM ca- 
bildo — El pupblo envía sus diputaciones al cabildo— Sanción popular de 
)a nueva Junta de gobierno; fin de la dominación española— La politica 
de la revolución— Instalación de la Junta de Mayo; regocijo público. 



I 

Terminado el periodo de las conjuraciones merced & la 
política de conciliación adoptada desde aquel dia por el 
nuevo virrey, el espíritu público llegó á descansar un es- 
pacio de aquella tan continua ajitacion. 

El 30 de Julio de 1809, Cisneros hacia su entrada triunfe! 
en Buenos Aires. Los e3pañoled de la capital festejaron 
con visible alborozo aquel su triunfo en el que el aven- 
turero francés acabarla por ser deportado. Músicas y 
colgaduras; procesiones y gritos de aclamación y noctur- 



a06 DR. BERNARDO FRÍAS 

ñas luminarias atestiguaban su alegría por la ciudad; mas 
los patriotas, nombre que desde aquellos dias comenzal>a 
á distinguir ó los argentinos como partido político,— ofen- 
didos aun con los primeros pasos del virrey desde Mon- 
tevideo tan llenos de saña y torpeza que hacian vislum- 
brar oculto y pérfido enemigo, se abstuvieron de participar, 
con justicia, de aquel regocijo de sus enemigos. Algunos 
exaltados recorrieron las calles aquella noche, cegando 
las luminarias que solo nabian puesto al frente de sus 
casas los españoles y los empleados del gobierno. 

El nuevo personage que se sentó aquel dia en el solio 
de los virreyes de Buenos Aires y que estaba destinado á 
llenar entre ellos el número postrero, era varón de pro- 
sapia ilustre; un oflcial distinguido de la marina española 
que, entre los servicios prestados á su país y que le va- 
lieron el grado de teniente general, contaba el de la par- 
ticipación en la batalla naval de Trafalgar, donde, al mando 
del Santísima Trinidad, había compartido de la gloria de 
los vencidos, luchando con. honor y viendo arder y hun- 
dirse en los abismos del mar la última escuadra de su 
patria. 

Bastante tino mostró el gobierno de España al fljar sus 
ojos en las condiciones y dotes de la vida particular de 
este personaje, para dirimir el conflicto del Rio de la Plata, 
Si vencer no pudo ni llenar su compromiso el nuevo 
virrey, causa fué mas de su política retrógrada que no 
de sus cualidades personales; por que si como gobernante 
le hubiera acompañado un espíritu liberal, una conciencia 
pública honrada y recta y una llama de buena inspiración 
hubiera iluminado su cerebro, mostrándole que no es eter- 
na la dominación de la fuerza y que á la postre solo de- 
ben triunfar la razón, la verdad y la justicia en la tierra, 
hubiera respondido en su puesto de la integridad de la 
monarquía salvando con feliz suceso la borrasca. 

Cisneros se trazó, desde el primer momento, una política 
de observación y de estudio del país que venia á gober- 
nar sin conocerlo, con la calma y serenidad que le per- 
mitía su espíritu frió y reflexivo, y guiado de las preven- 
ciones y teqiores de que venia provisto desde Europa. 

Aquella serenidad é independencia de su política des- 



HISTORIA DE QUEMES Y DE SALTA-CAPITÜLO VII 807 

compuso el Animo del partido español desde los primeros 
pasos de su administración, y especialmente el de su gefe 
que, sin comprender ni admitir contemporizaciones ni 
transacciones prudentes, anlielaba se procediera inmedia- 
tamente por la liuella tantas veces funesta ú su política; 
por lo que la adhesión española enfrió su primitivo en- 
tusiasmo, despecliada ahora viendo al nuevo virrey ne- 
éjarse á ser el instrumento dócil y ciego de sus pasiones 
por el momento, persuadiéndose de que el nuevo gefe era 
un político inepto, timorato y el menos llamado á salvar 
1q causa española de aquellos peligros; pues ni se acom- 
pañaba de Elío y sus consejos ni siquiera ponia en eje- 
cución, como acto inaugural de su gobierno, sus pasadas 
promesas de la reorganización militar de los cuerpos es- 
pañoles que habia traído como encargo especial desde 
España. Por el contraigo,— « formemos todos desde hoy, 
decía, una misma familia, pues somos subditos fieles de 
un mismo soberano que, en su desgracia, nos pide á todos 
como á sus hijos, el apoyo y la dedicación de su amor.» 
En nuestro sentir, ni el partido español ni el virrey 
acertaban en su política. Por que si la empecinada ce- 
guera por el absolutismo de partido, ó mejor, de casta, 
de aquel bando arrancaba maldiciones contra el sistema 
de confraternidad que predicalja el gobierno, el virrey por su 
parte, pecaba de torpeza al no reconocer los elementos con 
que actuaba ni menos persuadirse de los antecedentes que 
habían producido aquel abismo de repulsión entre unos 
hombres y otros. I.a fraternidad, la unión y la concordia 
entre argentinos y españoles era ya imposible; por que no 
se pueden borrar en un momento los males y las pasiones 
sembrados por los siglos, como no se puede cambiar la 
fe religiosa ni la opinión política de los pueblos con de- 
cretos y leyes autoritarias de gobierno. Y en aquel pro- 
blema que preocupaba el cerebro del virrey, la verdad de 
las cosas demostraba que los argentinos, en Buenos Aires, 
eran dueños de la situación, sosteniendo con ella el dere- 
cho de gobernar en la tierra en que habían nacido, de- 
pendiendo como vasallos, solo del rey, único soberano 
legal, mas no de los españoles y estos, notorio era que no 

transigían con nada en su absolutismo tradicional; porque 



a06 DR. BERNARDO FR[AS 

ellos, como el virrey y como el gobierno de entonces de 
España estaban inspirados por genio de orguUosa intole- 
rancia política y religiosa, tanto, que nada aprendían ni 
nada les enseñaban la esperíencia de los siglos y los 
dolores del fracaso. Temaban aun en reducir ú siervos 
de los hijos de España ó cuanto hijo de América existiera, 
consentidos en que nada del mundo podría vencerlos ni 
nada deberían temer. La ceguera del orgullo les perdía 
la razón. La pasión, como la ignorancia, tiene el secreto 
de velar la verdad ante el espíritu y de persuadirlo de ser 
el dueño de ella. 



II 



Ante- aquella actitud del gobierno, el partido español se 
declaró ofendido y se consideró burlado; la causa de su 
patria le pareció comprometida en el mismo peligro que 
antes lo estuvo; y como sus recriminaciones ú la política 
de conciliación— que él llamaba debilidad é inepcia, subie- 
ran crgrado tal que ofendieran la dignidad y delicadeza del 
virrey, cayó este en disputas, riñó con los gefes del bando 
absolutista, perdió sus simpatías y se ladeó, al parecer, con 
habilidad hacia el lado que viviñcaba la situación el aliento 
popular; actitud final que no era mas que el reflejo de lo 
política recelosa, suspicaz y ai^tera para realizar un plan 
de mas seguro avasallamiento que se tramaba en su alma 
italiana del siglo XV. Mas, en el campo de los patriotas 
habían sobrados antecedentes para no entregar fe y con- 
fianza en un gobernante que habia llegado con la segur y 
la horca para ellos, y que, impotente por el momento, cam- 
biaba de voz, mudaba el semblante y extendía la mano con 
ademan amigo y generoso. 

Sucede, ú veces, que los vaticinios de la opinión pública, 
revelados ú ella por no sé qué genio de salvación social, 
llegan á ser, en breve, verdad en los sucesos. Y aquella 
repulsión y desconfianza que el pueblo mostrara al nuevo 
virrey, cambióse, tras breve espacio, en maldición y con- 
denación unánime y general en todo el país. 

El hecho fué que Gisneros gobernaba con doblez su 



mSTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA-OAPITÜLO VH 809 

pueblo. Mientras tendía mano amiga allá donde su poder 
vacilal)a, como en la capital, alzaba el puñal de la injus- 
ticia y crueldad donde lo apoyaba un ejército español. 
Los acontecimientos producidos el 25 de Mayo de 1809 en 
Chuquisaca y el subsiguiente alzamiento de la ciudad de 
la Paz, prueba mostraron á la opinión y al mundo que, 
aquel magistrado que llamaba á la concordia y á la fra- 
ternidad á los pueblos argentinos y ó sus opresores, pro- 
clamando una política de olvido y concesiones mutuasi 
era el ministro de la hipocrecia y del miedo que tramaba 
en los abismos de su alma una política diabólica. 

Sucedió que al llegar á Chuquisaca, Groyeneche, desar- 
rollando su plan secreto convenido con la infanta D*. Car- 
lota para proclamarla representante y heredera del rey 
Fernando VII, cautivo de Napoleón, trató el negocio con 
el gobernador presidente de Charcas que lo era á la sazón 
el mariscal de campo D. Ramón García Pizarro, de la 
orden de Calatrava, hombre anciano y tímido; 1) lo con- 
venció de la lejilimídad y provecho de esta su misión 
oculta de tal manera que, contando con su apoyo y aluci- 
nado con este su primer triunfo, se aventuró á sondear 
la opinión de los miembros de la real audiencia. 

Esta corporación recibió con indignación y alarma la 
proposición que se le hacía en nombre de D«. Carlota que, 
á juicio de aquellos hombres, envolvía una traición cuyo 
fln solo era el trasponer estas provincias al dominio de la 
corona de Portugal. 

La audiencia celosa de patriotismo, hizo pública su alar- 
ma que se extendió por todo Chuquisaca con extraordi- 
nario ardimiento y enconando intensamente las pasiones. 
Quizo aquel tribunal como primera providencia, apresarlo á 
Goyeneche como á traidor, pero este, hábil siempre y 
protejido por los ministros del rey que le seguirían pres- 
tando favor y mano fuerte, se dio á la fuga, siendo mal- 
decido y caricaturado en Chuquisaca, y refugiándose en 



1) El general Pizftrro faé gobernador intendente de Salta, v durante su 
admiaiatracion, da 1791 4 1798, fundó la oiadad de San Raocon da la 
nueva Oran el 81 de Agosto de 1794, cuyo nombre provania de ser 
Btt fundador español natural de la ciudad de Oran, en África. 



310 DR BERNARDO FRÍAS 

el Perú, cuyo virrey lo premió con el importante gobierno 
de la intendencia del Cuzco, vacante en esos días. 

Aquel golpe de estado que se frustraba de esta manera, 
y en el cual se hallaba complicado el gobernador español 
Pizarro, indignó de tal modo ó los americanos y ú los 
españoles leales al soberano lejítimo, que se produjo una 
conmoción popular la cual, presidida por la real audiencia 
en alianza con los americanos y españoles leales y apoya- 
dos por la plebe abundante y poderosa de aquella ciudad, 
hizo estallar el tumulto armado de la noche del 25 de Mayo 
de 1809. 

La revolución acusó de complicidad en el crimen de 
traición al gobernador Pizarro, lo atacó en su propio pa- 
lacio, lo depuso del mando y lo encerró en un calabozo. 
En reemplazo suyo se creó una junta de gobierno presi- 
dida por la misma real audiencia, cuya autoridad se declara- 
ba dependiente del virrey de Buenos Aires, como lo estuvo 
la anterior, protestando, al frente de aquella tentativa de 
Goyeneche, su leaf adhesión al rey Fernando. 

El gefe militar de aquel movimiento con el título de 
comandante de armas era, aunque español de origen, un 
hijo ilustre de Salta por haberla adoptado como su patria 
y haber formado en ella su familia,— D. Juan Antonio Al- 
varez de Arenales que iba á llenar muy luego aquellos 
regiones con la fama de sus virtudes y la gloria de sus 
hazañas; pero el ardimiento revolucionario se reconcentró 
en la juventud ilustrada, donde se sintieron resonar los 
nombres de Monteagudo, de Zudáñez, de Lemoine, de 
Fernández que, llevados por su entusiasmo y su fe en el 
porvenir, comenzaron á formar, bajo el calor de aquellos 
sucesos, sociedades secretas de propaganda por la inde- 
pendencia. 

Pocos dias mas tarde, el 16 de Julio de 1809, la populosa 
ciudad de la Paz era sacudida por un movimiento mucho 
mas franco y audaz que, & los gritos de / Viva Fernando Vil; 
mueran los chapetones / nombre con que se designaba 
á los españoles, destituyó las autoridades, levantó 
ejércitos y proclamó un gobierno exclusivamente ame- 
ricano. £1 25 de Julio se instaló la nueva junta de go- 
bierno cuya aspiración fundamental era la defensa, protec- 



HISTORIA DE QUEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO VH 811 

cion y amparo de los derechos americanos hasta entonces 
oprimidos, por lo que tuvo el nombre adjunta Tuitiva de 
los derechos del Rey y del Pueblo. 

Inspirada de estos nobles sentimientos bajo el genio de 
la libertad y el derecho, el 29 de Julio lanzaba la revolu- 
ción su famosa proclama en que decía:— « Hasta aquí he- 
mos tolerado una especie de destierro en el seno de 
nuestra patria; hemos visto con indiferencia por mas de 
tres siglos sometida nuestra primitiva libertad al despotismo 
y tiranía de un usurpador injusto que, degradándonos de la 
especie humana, nos ha mirado como á esclavos. Ya es 
tiempo de sacudir yugo tan funesto á nuestra felicidad 
como favorable al orgullo nacional del español. Ya es 
tiempo de organizar un sistema nuevo de gobierno 
fundado en los intereses de nuestra patria. Ya es tiem- 
po, en fln, de levantar el estandarte de la libertad en 
estas desgraciadas colonias, adquiridas sin el menor título 
y conservadas con la mayor injusticia y tiranía. 

« Valerosos habitantes de la Paz y de todo el imperio del 
Perú, revelad nuestros proyectos; para la ejecución apro- 
vechaos de las circunstancias en que estamos; no miréis 
con desden la felicidad de nuestro suelo ni perdáis jamas 
de vista la unión que debe reinar en todos, para ser en 
adelante tan felices como desgraciados hasta el presente. » 



III 



El levantamiento de Ghuquisaca no habia enarbolado 
bandera de independencia; el movimiento mas franco y 
atrevido de la Paz, llegando d mas lejos, solo habia clama- 
do por la redención de los americanos, excluidos por sis- 
tema de todo derecho político; ambos invocaban la guarda 
de los derechos del rey Fernando VII, como las juntas de 
España, como la junta creada por Elío y los españoles en 
Montevideo; y lo que en España era derecho y gloriosa 
inspiración, lo que en la banda oriental del Rio de la Plata 
era lealtad y patriotismo, por que en uno y otro actuaban 
intereses españoles,— en aquellos que se alzaban en el centro 
de la América por los hijos de esta tierra, crímenes fue- 



812 DR. BERNARDO FRÍAS 

ron de alboroto y traición y objeto de castigos feroces. 

El virrey del Perú encomendó á Goyeneche, ya gober- 
nador del Cuzco, la sofocación de aquellos movimientos, 
al frente de un ejército de 5.000 hombres; y el virrey de 
Buenos Aires, cooperando al mismo objeto por el sur, 
llegaba para ello al extremo de destinar algunas tropas de 
patricios de Buenos Aires, que yacian en el punto opuesto 
de los sucesos. Al mando de estas fuerzas que sumaban 
1.000 hombres, marchó el general Nieto al Alto Peni. 
Fué este expediente disimulado, aunque no invisible, para 
ir destruyendo las milicias argentinas que mantenían al 
león encadenado en su propia guarida, mientras se orde- 
naba á Goyeneche, por oficio expreso del virrey, proce- 
diera contra los rebeldes militarmente y con todo el rigor 
de las leyes. 

La revolución de Chuquisaca, encabezada por españoles, 
se sometió contra la voluntad de su comandante de armas. 
Arenales; la revolución de la Paz resistió y fué vencida. 

La ferocidad délos castigos empleados con los sublevados 
como rebeldes y traidores,— por que todo era crimen en- 
tonces, fuera de la servidumbre, desbordó en la opinión 
americana la copa de la paciencia, y un grito de indigna- 
ción desprendido de todo el elemento culto é ilustrado del 
país, resonó como una maldición de un extremo á otro del 
virreinato, condenando como á enemigos públicos y rompien- 
do por la postrera vez y para siempre con el virrey aleve, 
con los españoles intransigentes y también, y como último 
recurso, con el soberano mismo. Por que, á mas del 
espectáculo mismo y de aquella siniestra resolución, ha- 
llábanse entre los condenados, sacerdotes y abogados que 
hablan sido amigos y condiscípulos de los primeros hom- 
bres del pais y otros eran hasta deudos inmediatos de las 
mejores familias, como sucedía con Arenales, por ejemplo. 

El virrey Cisneros se dejaba sorprender en estos acon- 
tecimientos, en su política de tirano que hasta entonces 
ocultara. El sacerdote de la paz y de la concordia dejó 
caer al fin la blanca vestidura que solo guardaba mentira 
é hipocrecia, mostrándose el verdugo terrible con el ha- 
cha enrrojecida con sangre americana, con sangre de 
patriotas, sangre entonces argentina. Y sin embargo, era 



fflSTORU DE GÜEMES Y DE SALT 1— CAPÍTULO VH 313 

la hora de las transacciones y no del castigo! Las hor- 
cas alzadas en aquellas latitudes, mostraban entre el cielo 
y la tierra, los primeros mártires de la redención de 
América, conducidos al patíbulo por traidores, infames, 
aleves y subversores del orden público, según los térmi- 
nos de su sentencia. De la cárcel habían sido conducidos 
ol suplicio, atados de pies y manos, arrojados sobre una 
estera ó piel seca de bestia, cual si fueran montones de 
inmundicias, arrastrados por un asno y suspendidos á la 
horca por mano de verdugo. D. Juan Antonio Figue- 
roa, español, habiéndose reventado las cuerdas al suspen- 
derlo, fué bárbaramente degollado por el verdugo. Des- 
pués de quedar seis horas en espectáculo los cadáveres, 
fuéronles cortadas las cabezas y colgadas en escarpios y 
clavadas en los caminos. Las penas de presidio en las 
casas matas del Callao, prisión horrible y mortífera, entre 
cuyos prisioneros se contaba al que había de ser en el 
futuro el glorioso general Arenales, de confiscación y 
pérdida de bienes, de degradación en las carreras y con- 
finamiento á puntos remotos, comprendieron á los de- 
Uncuentes de orden secundario. 1). 

Tan intenso fué y tan grande el enojo, el dolor y la 
exaltación que estos atentados de una política tiránica 
produjeron, que á punto estuvieron los mas exaltados de 
entre los patriotas armados de Buenos Aires de lanzarse 
á la revuelta, derribando una autoridad que así ultrajaba 
la altura de su cargo y que aparecía de enemigo público. 
El terror, cuando solo sirve de escudo á la injusticia, en 
lugar de intimidación y escarmiento, solo produce resis- 
tencia y decisión contraria. La indignación contra el go- 
bierno y su gefe llegó á su colmo; aquellos atentados re- 
velaron cuan criminal era aquel mandatario que, repre- 
sentante en el poder de la justicia de Dios y del rey, de 
la honorabilidad que debe llevar un alto funcionario y del 
respeto á las leyes del país, era juez entregado al ene- 
migo, juez acusador de sus víctimas, menguado y bajo. 



1) Entre estos se contaba al Dr. D. Juan de la Cruz Monje, confinado á 
Córdoba, de donde pasó A Salta en el curso de la revolución, casán- 
dose en la casa de San Millan, y regresando á su país después de 
1825. 



dl4 DtL B£1R1^ÁRÍ)0 FttUS 

pues, al mismo tiempo que ordenaba el castigo con todo 
el rigor militar para los que en la Paz y Chuqulsaca solo 
se alzaron contra un partido político, en Buenos Aires 
perdonaba y amparaba con su favor á los españoles que, 
con Álzaga ú la cabeza, se hablan amotinado el l'^ de Enero 
de ese mismo año, pidiendo con las armas en la mano, la 
deposición del virrey. 

El odio público rodeó desde aquel momento al virrey de 
Buenos Aires; los hombres le rehusaron su conñanza; las 
familias le negaron su amistad. El tirano aparecía opri- 
mido bego dos iras poderosas: la de Dios y la del pueblo. 

Ante la conciencia americana, el virrey solo fué, desde 
aquel dia, el magistrado inicuo y el enemigo declarado de 
la patria, verdugo de los americanos. 



IV 



Convencidos están los historiadores, y entre ellos escri- 
tores muy graves, que fué la separación de Liniers la causa 
mas poderosa, sino la verdadera, de la pérdida de las 
colonias por España. 

Por lo que ú nosotros respecta, se nos antoja pensar 
que la causa de la revolución solo estaba en el sistema 
gubernativo empleado para las colonias y en aquella polí- 
tica dura y tenaz seguida en ellas por sus virreyes y demás 
autoridades. La separación de Liniers, si con ella no hu- 
biera ido también la de su política, no hubiera servido ni á 
precipitar siquiera los sucesos que se consumaron des- 
pués 

Porque á Cisneros tocábanle momentos de alzarse tan 
popular y quizás mayormente que su predecesor si hubie- 
ra llegado con otro ánimo y otros principios. En aquella 
época, la idea de lo separación de España no era pensa- 
miento madurado sino en ciertas cabezas de fuerza supe- 
rior y vuelo mas atrevido; mas en la generalidad de los 
hombres, en el sentimiento público, el rompimiento con 
España no era aun el supremo ideal apetecido. En Buenos 
Aires el pueblo se sentía satisfecho y orgulloso también 
al mirarse arbitro del gobierno de su país, de dirigir con 



HISTORIA DE GOEMES Y DE SALTA-CAPÍTULO VII 816 

SU influencia la política del virreinato en obsequio desús 
intereses políticos; de haber alejado de los consejos de 
gobierno y de la actuación directa y principal en las esfe- 
ras oficiales á sus enemigos vencidos aunque indomables, 
que sentían á su vez contra esta situación y sus hombres 
aquel odio implacable que han mostrado en toda época los 
partidos españoles. La justicia de su causa y su triunfo 
asi cual lo habían conseguido bajo los últimos dias de la 
administración de Liniers, llenaba en la generalidad las 
exigencias del patriotismo argentino, por que viendo todos 
sus males y agravios venidos de la tiranía particular de 
los españoles actuando en el gobierno, aquellos hombres 
cuyos padres y deudos eran españoles en gran medida y 
que vivían aun al lado suyo tantos de ellos, no tenían por 
enemigos ni á España ni al rey. 

Con la misma religión, la misma raza é idénticas cos- 
tumbres y tradiciones nacionales; con la misma lengua, 
las mismas leyes escritas y el mismo soberano para todos, 
el vínculo nacional era para América verdad tradicional 
y respetable, aunque se sintiera como un pueblo distinto, 
por que España y el rey estaban lejos; porque desde allí 
no aparecían ante el pueblo americano como la causa 
inmediata de sus males y el objeto de sus odios. La re- 
volución fué preparada por la tiranía, y la tiranía nacía de 
fuentes mas cercanas, conocidas y observadas: nacía del 
predominio que ejercían en América los españoles, injusto, 
cruel y despótico, y de la política que, protegiendo^ este 
estado de fuerza y ofensa inaudita, ejercían los virreyes 
y gobernadores de las diferentes provincias. Y como esta 
política impopular y dura, basada en el absolutismo espa- 
ñol, política sin disculpa la mas torpe, estúpida y ciega, 
era sostenida, aunque con disimulo, por Cisneros,— el pue- 
blo se vio lanzado á recurrir á las armas, cuando la oca- 
sión le fué ofrecida, primero contra esta política europea 
y española, y, mas tarde, por consecuencia natural de la 
discordia armada y sangrienta, contra el rey y contra 
España. 

Aquella política mezquina y avara, sin luz ni acierto, 
confundió en su terquedad y ofuscación de pasiones las 
aspiraciones racionales de los americanos al gobierno 



316 DR. BERNARDO FRÍAS 

particular ó local de estas provincias y en sus ramos in- 
feriores, con la idea de la independencia y emancipacioo 
de España. Este fué el último y grande error de su po- 
lítica; error que igualmente concibió Cisneros y trató de 
inspirar en él sus pasos, sin comprender que había lle- 
gado una época ya en que los hombres de América esta- 
han en sazón, y lo habían probado con las armas en la 
mano, de gobernarse á sí mismos; y aquellos que mas 
cercanos, á él lo rodeaban en Buenos Aires, con bastante 
elocuencia le mostraban que, la situación política que ha- 
bían conquistado, les pertenecía por derecho y por la ra- 
zón mas clara aun de los hechos; que la amaban y que 
la defenderían, en fin, por justicia, por ínteres y haata 
por honor. 

Y fácil será comprender que si al llegar Cisneros á la 
dirección del gobierno hubiera continuado, aun mas allá 
también, la política liberal de su predecesor, ante la que 
era imposible retroceder,— ensanchando con generosidad 
y talento una era de reconstrucción política en favor de 
los naturales del país, entregándoles francamente la por- 
ción de gobierno que les correspondía; si hubiera convo- 
cado entonces con propósito firme, la junta general del 
virreinato, á la manera de una gran asamblea constitu- 
yente, que preparaba, por otro insigne error, para allá 
cuando sucediera la catástrofe final del perdimiento de 
España, y si hubiera tratado en ella de la formación de un 
gobierno popular, de un gobierno americano, nacido y 
fortalecido por la opinión pública de todos los pueblos y 
aseguradas las nuevas instituciones en bases de realidad 
y con las armas, el pueblo argentino, entonces, dignifi- 
cado, amparado y agradecido á su virrey, colocado á la 
cabeza de su redención, hubiera continuado unido á él, 
con la conquistoi. de sus libertades basadas y aseguradas, 
á la vez, en el mismo trono. 

Aquel sistema liberal hubiera prosperado como una 
bendición, pues, como lo mostraremos en el curso de esta 
historia, los hombres mas eminentes por su talento y 
virtudes que brillaron en la revolución, tenían la convic- 
ción republicana, pero, también aquella de que la mo- 
narquía era la única garantía por el momento, para la 



HISTORIA DE GÜEMES Y DE SALTA-CAPITÜLO VII 811 

salvación é imperio de las instituciones; abrigaban 
profundo horror á los tumultos, á la anarquía, y al 
escándalo político de las revueltas; en sus cavilaciones 
políticas, buscaron en la forma unitaria de gobierno un 
resorte salvador contra la barbarie de las poblaciones que 
se extendían á uno y otro lado de la ruta del Perú, para 
salvar, con la fuerza de la nación concentrada, la civili- 
zación, la cultura del país, el orden y la paz, y afianzar 
la libertad y el progreso, objetos supremos de la revolu- 
ción de Mayo. El rey estaba mar de por medio, sin mas inge- 
rencia que nombrar los gobernadores políticos de la 
colonia y prestar su nombre para los actos públicos, 
recojer su cuota en la hacienda y dejar circular su busto 
y su nombre, y actos eran estos, entre otros de su especie, cu- 
yo ejercicio ni engrandecía ni dañaba al país, lo que venia á 
servir para evitar la conflagración social, el caos que vendría 
con la desaparición del antiguo poder y en donde era fuerza 
empeñarse en la formación de un nuevo gobierno entre 
los azares, de una revolución desencadenada é inmensa, 
cuyos ejemplos terribles acababa de enseñarlos la Francia 
desde 1789. Por que, desatados los diques que encierran 
el océano, ¿quién sino Dios ó la muerte podría reducir á 
quicio sus aguas? Pues bien; Dios ó la inteligencia de 
nuestros grandes hopíibres sucumbió en la lucha formida- 
ble que fueron á sostener por salvar los principios de la 
revolución sofocados por la barbarie desbordada de nues- 
tras aldeas, de nuestros campos y aun de nuestras selvas, 
y la muerte, por el agotamiento de todos los esfuerzos, 
trasmina lucha sangrienta y una tiranía prolongada y san- 
grienta también, pudo sujetar, al fln, las fuerzas desenca- 
denadas desde 1810. 

Los- hechos universales han llegado á conñrmar que el 
único . vínculo durable entre colonias y metrópolis, es el 
vínculo de la opinión pública basado en la libertad y en 
el derecho. Ningún pueblo se levanta contra un buen 
gobierno. Y esto se puede aplicar á las colonias españo- 
las de la América, toda vez que la Nueva Inglaterra como 
las naciones subordinadas del mar índico, nos ofrecen el 
ejemplo de poderosísimos pueblos civilizados y grandes, 
que, sin reñir por una absoluta independencia, continúan 



B18 DR. BERNARDO FRUS 

y se Sienten felices, como colonias ]il)res, parles componen- 
tes de vasto y poderoso imperio. 



El ánimo del virrey se conturbó ante el colorido som- 
brío de la nueva situación que rodeaba su gobierno y ten- 
tó su malicia nueva reconciliación con el pueblo. Ero ya 
tarde. 

Valiéndose de los últimos amigos que le quedaban, ideó 
el plan extravagante y lírico de atraei*se la voluntad de los 
hombres influyentes del país, trazando nuevos rumbos ú 
la atención del espíritu público, procurando con ello se 
olvidara de sus errores. 

Hallábase entre aquellos personages de mayor especia- 
bilidad y predicamento social en Buenos Aires, el Dr. D. 
Manuel Belgrano. hombre que llevaba un gron corazón 
consagrado con pasión honrada al bien y progreso de su 
país, con aquella generosidad y celo de un apóstol; pero 
que poseía un espíritu desnudo de malicia y penetración, 
cuya buena fe se dejaba seducir por los helogos de las 
perspectivas y promesas, creyendo, al prestarles su confian- 
za, que allí se encontral^an la honrodez de los hombres, 
la verdad de los hechos y el triunfo de los intereses de su 
patria. 

El espíritu perspicaz y astuto de Cisneros halló en este 
hombre de bien palanca segura, al parecer, para este nuevo 
giro de su política instable, conviniéndose en la fundación 
de un periódico que, alejando de la cuestión política la 
atención de los hombres de pensamiento, de discusión y 
valer, la fijarran, como á su criterio y esfuerzos intelec- 
tuales, en negocios menos comprometidos en el gobierno. 

Era esta una publicación que se ocupaba de ciencias, de 
artes, de historio, de filosofía y de todo aquello que, sí 
bien era provechoso y conveniente á la sociedad, era igual- 
mente apropiado y eficaz, al pensar del virrey, para distraer 
la opinión pública. D. Manuel Belgrano fué encorgado 
como gefe principal, de la empresa, por que era dado al 
estudio de las letras y en especial, al de la economía pOr 



HISTORIA DE GÜEBíBlS Y DE SALTA— CAPÍTULO VA 819 

líüoa, ciencia nueva en aquellos dias y cuyas enseñanzas 
interesaban por todo sentido la atención de los hombres 
útiles. 

Pero, por mayor que fuera la malicia del virrey en 
eslo de proponer recursos para envolver 6 sus adversa- 
rios, ridículo aparecía siempre aquel político de cuyo ce- 
rebro no brotaban mas que estas niñerías y miserias, en 
las cuales no era dable, á juicio de ningún hombre sensato 
y prudente, que se pudiera adormecer y desarmar el espí- 
ritu revolucionario en acción resuelta, por que el espec- 
táculo que se le ofrecía, no llevaba fuerzas bastantes para 
avasallarlo y dirigirlo. Bien al contrario, aquella hoja 
periódica sirvió, en el cálculo generoso de su director, 
de velada tribuna, pero al fin, de arma amiga para pro- 
pagar las ideas de la revolución; que en sus columnas se 
vieron estudios políticos que menguaban, sin atacar ni 
herir de frente, el pesado régimen español ya renegado 
por el pueblo. 

VI 



Contrariando aquellos propósitos políticos del virrey, 
acertaron á llegar, al mismo tiempo, noticias bien des- 
consoladoras para su causa del lado de España, las que 
tenion, como era natural, la fuerza suficiente no solo para 
volver la atención pública á los negocios políticos y de 
gobierno, sino el de enardecer y exaltar el espíritu pre- 
venido de la población. 

Napoleón, para vengar la rota de Bailen, había penetrado 
ó España y llegado hasta Madrid con nuevas fuerzas de 
combate, y con su empuje, los generales españoles habían 
sido destrozados y corridos, unos en pos de otros, por 
todos los puntos del horizonte; y al conocerse estas nuevas 
en Buenos Aires, se confirmaron los hechos que desde 
tiempo anterior se anunciaban en secreta propaganda como 
signos visibles y seguros de la caida de España. Por que, 
luego que llegaron los conspiradores patriotas venidos de 
Ja península en 1809 directamente á traer el fuego de la revo- 
lución, encabezados por Moldes, Pueyrredon y Gurruchaga, 
pintando y enseñando como testigos presenciales la sitúa- 



830 DB. BERNARDO frías 

cion de la España y despertando la idea de la independen- 
cía digna de ser aprovechada en momentos tan preciosos, 
—la aspiración al rompimiento con España y de la opor- 
tunidad de que estallara el movimiento armado que le 
asegurara el triunfo, comenzó á formalizarse y tornar 
ensanche y vigor, aunque lentamente, entre los hombres 
mas importantes de la capital. Pueyrredon en ella era el 
brazo principal para propagar el fuego de aquel incendio 
destinado & fundir tantas cadenas; por que era personage 
de lo mas distinguido de su centro; hombre de fortuna, 
popular y cuya influencia social y política por sus relacio- 
nes personales y sus servicios, que le habla valido su 
brillante misión ante la corte de España, era excelente 
garantía; D. José Moldes, como algunos de sus compañeros 
relacionados y respetabilísimos en el interior del país, 
llevarían el apostolado de la libertad al través de las pro- 
vincias dormidas entre sus pampas, sus selvas ó sus 
montañas. 

Y así sucedió, en efecto; por que después de algunos 
días de su arribo á Buenos Aires, el coronel Terrada con- 
dujo al coronel Moldes á una reunión secreta de patriotas 
donde era esperado, la que tenia lugar en una quinta apar- 
tada de los suburbios. El asunto que había congregado 
en aquel apartado retiro á aquellos hombres, era el gran 
negocio de la independencia americana, y Moldes, en el 
seno de aquella reunión hizo una detallada narración de 
los sucesos ocurridos en España, informándolos del estado 
verdadero en que se hallaba aquel país casi aprisionado 
por Napoleón, sin gobierno y anarquizado todo él; sin 
fuerzas para repeler la invasión francesa, y menos aun 
para destinarlas 4 socorrer á sus virreyes amenaza- 
dos ó d^[^estos en América. Él había actuado allí 
personalmente; estaba en el secreto de las desgracias de 
palacio, como de las debilidades y miserias, como de los 
apuros de la nación. La justa recomendación de su per- 
sona, la dura severidad de su lenguaje sencillo, vulgar 
á veces, pero lleno de fuego, de nervio y convicción; y 
aquellos sus conocimientos militares que eran notorios 
para los que habían cruzado por Madrid, envolvían en la 
mayor elocuencia á las verdades que revelaba y á los 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO Vil 821 

propósitos que exponía como necesarios de acometerse; 
mostrando como el objeto supremo de su conferencia que 
la hora era preciosa para lanzarse con éxito á la revolu-^ 
clon. 

Pero, hombre sesudo como era, con su genio elevadísi- 
mo, claro y robusto, comprendía y enseñaba á la vez, que 
acción tan santa, tan arriesgada y grandiosa, que tantos 
esfuerzos y tantas h^grimos y sangre costaría, y que com- 
prometía la suerte futura de la patria, no debia realizarse 
con esperanzas seguras de fruto y buen suceso, por el 
medio vulgar de un motín militar, aislado y repentino, á 
la manera de aquel que acababan de intentar los enemi- 
gos en la plaza de la Victoria en Enero de aquel año. La 
revolución, según la alta inteligencia de aquel severo pa- 
triota, debia ser popular, general y uniforme; proclamada 
y sostenida con igual decisión, con igual fe, con igual 
ardimiento por todos los pueblos del virreinato, y aun de 
la América entera, por todas las fuerzas del país, físicas 
y morales, para que fuera grande, poderosa, invencible 
y feliz. 

Y como aquellos hombres eran, & la vez, maestros y 
apóstoles, el coronel Moldes, dando un ejemplo mas de 
su desprendimiento y consagración & la patria, ofreció, al 
terminar su exposición, entregar & favor de la sagrada 
causa sus servicios, su persona y su fortuna; mientras se 
ofrecía él mismo para llevar la propaganda de la idea, 
heraldo de la revolución y de la independencia, 6 través 
de las ciudades principales del virreinato; por que en ellas 
tenía sus vinculaciones de familia y por que allí era 
de grande y popular crédito su nombre, merced á las 
vinculaciones mercantiles y de amistad que forman los 
negocios y la fortuna y de que disponía la poderosa casa 
comercial de Salta que llevaba aquel su nombre. 



VII 



La falta de entera convicción sobre la posibilidad de 
aquella tan difícil empresa; la falta de perseverancia y 
buen áninio en los momentos de la adversidad, destna- 



3^3 DR. BERNARDO FRÍAS 

yoron el espíritu de los mejores amigos que la idea de la 
independencia hallara en Buenos Aires. La empresa apa- 
recía, en verdad, inmensamente superior á sus fuerzas; los 
peligros del porvenir incierto oprimían el corazón; los 
elementos con que contaba eran pobres y desprovistos de 

seguridades y recursos tan aislada parecía aquella 

ilusión en el seno de la capital y tan vigilada, que para 
respirar necesitaba proceder como el penitente 6 la con- 
fesión de su delito. 

Fué de esta manera que la repentina separación de Li- 
niers y la presencia en el gobierno de Cisneros, fruto 
como era de las maquinaciones españolas y que represen- 
taba el triunfo del partido enemigo, desconsoló y descon- 
certó de tal manera el espíritu, que los mas decididos 
sectarios de la causa libertadora abandonaron desesperan- 
zados sus banderas. Belgrano, entre ellos, habíase alejado 
á la Banda Oriental á continuar, en la soledad de su re- 
tiro y para matar las amarguras de la decepción, sus ta- 
reas literarias, desengañado de sus ideales políticos, hasta 
que los últimos sucesos que hemos recordado de España, 
volvieron 6 reavivar sus esperanzas. 

Los trabcgos de la conspiración patriótica se renovaron 
entonces y tomaron vigor con este tan alarmante motivo. 
La junta literaria que se habla organizado bajo el ala aus- 
piciosa del virrey para la redacción del Correo del Comercio 
de Buenos Aires, hizo servir aquel local de reunión y sus 
flnes, como pretesto seguro para los conciliábulos de la 
conjuración, evitando la murmuración y sospechas del 
gobierno. 

Tomó, entonces, cuerpo y carácter definitivo una socie- 
dad secreta, á semejanza de la que vimos se había for- 
mado en España, y que podía considerarse como aquella 
misma trasladada y engrandecida en el suelo de la patria. 
A sus reuniones se vela frecuentar á los gefes y oficiales 
de las milicias armadas que de allí pasaban á sus cuerpos 
el espíritu de la exaltación política y del patriotismo en 
calorosa actividad. 

La sociedad secreta de los patriotas buscaba para reu- 
nirse y deliberar, como lo practican siempre las de su 
especié, lugares apartados para alejar y burlar la vigilan- 



HISTORIA DE GDEMES Y DE SALTA-GAPÍTULO VII d38 

cia del gobierno. La quinta de Orma, la fábrica de Viey- 
tes, y mas frecuentemente la quinta de Rodríguez Peña, 
eran los sitios preferidos para aquellos concilios y en ellos 
aparecían destacándose como lo principal, D. Manuel Bel- 
grano, D. Nicolás Rodríguez Peña, D. Cornelio Saavedra, 
el Dr. D. Juan José Passo, D. Juan Martin Pueyrredon, los 
doctores D. Juan José Castelli y D. Vicente López; D. 
Francisco Terrada, D. Francisco Antonio Ocampo, D. Juan 
Ramón Balcarce, D. Hipólito Vieytes, D. Eustoquio Diaz 
Vélez, D. Feliciano Chiclana, D. Manuel Alberti, D. Tomás 
Guido, Viamonte, Irigóyen, French, Donado, Dorragueira, 
Tompson, Beruti y D. José Moldes en los primeros tiem- 
pos. 

Entre todos ellos, sobresalía y dominaba por su presti- 
gio en el ejército y por su influencia social, el coronel de 
patricios D. Cornelio Saavedra. Como el año anterior 
ante el motin de los europeos, aparecía ahora en 1810, 
decidiendo con su poder é influjo personal, de la dirección 
y del momento en que las fuerzas militares hablan de 
salir en apoyo del pueblo. 

El virrey comprendía, sentía y conocía también estos 
peligrosos movimientos, aquel espíritu subversivo que se 
cernía en torno suyo, amenazador y sofocante; por que no 
• lo ocultaban los exaltados ó aquellos de menos juiciosa 
conducta por su ligereza ó juventud, elemento siempre 
propio de los partidos políticos que, si bien le llevan á 
sus filas el fuego que les da calor y movimiento, también 
los compromete y precipita y, á las veces, destruye en el 
fracaso los planes mas bien combinados. 

Todo este grupo de exaltados opinaba en lanzarse in- 
mediatamente á la revolución; pero sus ímpetus eran 
contenidos por la falta de elementos de guerra. Las 
fuerzas militares obedecían á Saavedra, que era su gefe 
y su caudillo; y Saavedra con su buen juicio, prudencia 
y serenidad de espíritu—que son virtudes de sabiduría en 
un buen gefe de gobierno, se resistía á cooperar á lo 
que él pensaba era decisión prematura, y, por ende, peli- 
grosa. c< Paisanos y señores, acostumbraba el decirles: aun 
no es tiempo. » Y como todo hombre de estado no debe 
dar explicaciones sobre la razón de su política, Saavedra 



aS4 DR. BERNARDO FRÍAS 

no ponía su mandato en discusión. <( Dejen ustedes que 
las brevas maduren, y entonces las comeremos, »— agre- 
gaba por toda explicación. Como el enardecimiento de 
las pasiones llegara á punto demasiado subido, puso 
á prueba el patriotismo y la flrmeza inquebrantable de 
este ilustre gefe, pues, los partidarios de la revolución 
inmediata llegaron, en vista de su actitud, hasta el extremo 
de desconñar de su lealtad, antojándoseles pensar que 
era parcial de Cisneros. 

Sin embargo, preciso es convenir que la pasión y el 
ánimo arrebatado, si son fecundos en producir héroes y 
espectáculos trájicos, no son los que deciden, por lo co- 
mún, con acierto y felicidad de los destinos de los pueblos 
ni los que ilumina el genio; siendo, las mas veces, quie- 
nes quebrantan las fuerzas y obscurecen con nubes de 
volcan la serenidad necesaria en los grandes momentos 
de la vida. 



VIII 



Mientras de esta manera el espíritu revolucionario se 
extendía y avasallaba toda la capital, los agentes de la 
conjuración patriótica, lanzados con generoso denuedo á 
recorrer los pueblos interiores del virreinato, preparaban 
la opinión y las fuerzas del pueblo argentino en una sola 
idea y en un solo voto:— hacer independiente la patria y 
libre el pueblo. Era esta la verdadera revolución, la que 
revelaba en sus promotores y agentes talento verdadera- 
menttd superior; y su nacionalización, su popularidad, su 
americanismo también, que fué calculado por ellos, 
desde antes de 1810, el gran principio que debía salvarla. 
Moldes y Pueyrredon lo predicaban desde su arribo de 
España:— « Es preciso no contar solo con las armas 
sino también con los pueblos. » 1). 

Entre aquellos comisionados secretos, nuncios valerosos 
de la libertad, descollaba por su importancia, su intrepi- 



1} Mitre, Hint^ de Belgrano, T. I pág. 276—y Exposición del coronf 1 Mol- 
des, citada. 



HISTORIA DE 6ÚEMES Y DE SALTA— CAPITULO Vil 825 

dez y entusiasmo el coronel D. José Moldes, el que, cum- 
pliendo id palabra empeñada ante sus correligionarios al 
iniciar su propaganda en Buenos Aires, habia llegado á 
Córdoba, donde consiguió comunicarse con el coronel D. 
Tomas de Allende, personage del mayor predicamento en 
aquella capital, tratando de insinuarle sus proyectos de 
emancipación; mas su tentativa llega á despertar las sos- 
pechas del gobierno, cuyo gefe, el coronel D. Juan Gutiér- 
rez de la Concha, lo expulsa del territorio de su mando. 
En Santiago del Estero se pone de acuerdo con D. Fran- 
cisco Borges, 1) y en Tucuman con D. Nicolás Laguna. 
Llega á Salta y allí forma combinación con sus persona- 
jes mas notables; penetrando de allí á las provincias del 
Alto Perú, llega hasta la Paz, donde compromete á D. 
Mariano de Medina, ministro tesorero de real hacienda; y, 
salvando las lindes del Perú esparce sus comunicaciones 
hábiles y precavidas asi en este reino como en el de 
Chile. 2). 

Cauto debió ser y hábil en extremo aquel propagandista 
de la independencia americana, cuando no fué descubierto 
en tan dilatado trayecto por donde fué derramando el 
espíritu revolucionario, y demasiado grande y audaz su 
arrojo, cuando asi expuso la vida en una época en que, 
según sus propias confesiones, « no existía mas garante 
que el pescuezo. » 



IX 



Por el lado de la capital todo era confusión y sobresalto. 
La opinión pública, ya viniera del campo español, ya del 
de los patriotas, era uniforme en convenir que sucumbiría 
España al empuje de Napoleón. 

La pérdida de la metrópoli y la orfandad de sus colo- 
nias americanas era sentida y confesada por verdad segura 



1) Distinguido oficial mas tarde de la revolución, fusilado por orden de 

Bel^rano, por revoltoso, en 1816. 
3) Moldes no menciona en sa manifiesto los nombres de los personages 

que entraron en la conjuración en el Per& y Chile, por no compróme* 

torios; pues, publicado este en 1816, aquellos países se hallaban bajo 

la dominación del enemigo. 



826 DR. BERNARDO FRÍAS 

por el virrey, por los españoles y por el pueblo. Ya no 
habría España; España debía de un dia á otro, pues, 
necesariamente caducar. En conflicto semejante, volvía 
& renacer con ardor en la capital la antigua lucha de eu- 
ropeos y americanos; en el caso de ahora, para resolver 
cuílil de ambos elementos se apoderaría del gobierno del 
virreinato; porque, sucumbiendo la metrópoli, desapare- 
ciendo con su rey y sus últimas autoridades bastardas^ 
en verdad, pero, al fln, reconocidas, su potestad de mando 
y soberanía, desaparecía también, para la América, por ra- 
zón de derecho. 

Pensatxa el virrey en tan crueles circunstancias, llevar á 
efecto ef plan que desde su arribo á playas argentinas tenia 
combinado con el del P^rú, el que respondía solo ó man- 
tener en quietud estos pueblos y bajo el mando inalterable 
y perpetuo de los españoles. Estos gobiernos tenían 
resuelto de esta manera, en llegando el momento de la 
pérdida total de España, « unir su autoridad con la repre- 
sentación de sus provincias para instalar un gobierno cual 
conviniese en las circunstancias, entre tanto que, con 
los demás virreinatos se establecía una representación de 
la soberanía del. señor D. Fernando Séptimo.» 

Plan y acuerdo semejante, antes hubiera dado resultado; 
pero, aguardar á la catéstrofe para proponer el remedio 
y aplicarlo, era desgraciada torpeza. Los acontecimientos 
no daban ya treguas para negocios tan largos y penosos; 
la causa española contaba con enemigos poderosos en su 
seno y, á su frente, trabajos practicados de contrario espí- 
ritu, sin contar en [sus manos, por lo que hace al Rio 
de la Plata, con el principal elemento que es sosten y 
respeto de todo gobierno débil,— la fuerza militar. Aquel 
congreso universal de los virreinatos sería la reunión 
de todas las fuerzas y de la representación casi exclusiva 
de los intereses netamente españoles, concediendo, acaso, 
algún concurso miserable y reducido á los americanos. 
Este era el sistema ideado para la creación de un gobier- 
no sucesor del rey de España y guardián del antiguo des- 
potismo; y así como los españoles lucha t)an por formarlo 
ú su manera, con sus elementos propios y ''solo en su pro- 
vecho pei*sonal, los patriotas trabeyaban en sentido opuesto. 




HISTORIA DE GDEMES T DE SALT^-CAPÍTULO Vn 

Los unos pugnaban por junta netamente española; los otros 
netamente americana. Este era el momento decisivo, el 
momento supremo de los destinos de América. De la 
solución de aquel problema pendia ó la revolución con su 
término deflnitivo,— la independencia, ó el sojuzgam lento, 
definitivo también, de las aspiraciones y tentativas ameri- 
conas y el afianzamiento del absolutismo español por años 
bien largos. 



X 



Mostrándose los momentos llenos de ajitacion y la sal- 
vación pública en inminente riesgo, una noche celebró en 
su morada particular D. Juan Martin Pueyrredon, una 
numerosa reunión para resolver la actitud que deflnítiva- 
mente convenía tomarse, á la que concurrieron todos los 
gefes militares, entre los que se contaban algunos españo- 
les, confusión que formaba necesariamente un escollo 
peligroso. Esto se alcanzó á ver aquella misma noche; 
porque, mientras los mas conocidos americanos alli reuni- 
dos sostenían en ardiente debate que era llegado el mo- 
mento de obrar procediendo & la fprmacion del gobierno 
que imponían las circunstancias, los gefes españoles hicie- 
ron oposición tenaz á toda medida atrevida que viniera á 
atacar directamente la autoridad del virrey. Llegaron las 
I cuatro de la mañana y aquel debate continuaba difícil y sin 

I solución, cuando, interviniendo el coronel Saavedra, vino á 

decidir, como arbitro supremo, de la suerte del negocio; 
: por que, siendo el gefe prestigioso del ejército, era el brazo 

armado del portído, y su voto, acompañado ademas del 
valor personal de quien lo daba, impuso el procedimiento 
! ó seguirse, echando sobre sus hombros las responsabilida- 

I des inmediatas de la revolución y de su suerte. 

Habiendo la discusión llegado á una sazón suficiente 
para el talento bien maduro del coronel de patricios, Saa- 
vedra se pronunció resueltamente por el movimiento con- 
tra la autoridad del virrey, declarándola caduca y desapa- 
recida, empeñando su palabra de sostener con las armas 
de que era gefe, el pronunciamiento, en este sentido, del 



328 DR. BERNARDO FRÍAS 

pueblo de Buenos Aires. Mas la hora de este proceder la 
aplazaba para el momento aquel en que, nuevas noticias 
de España anunciaran que Sevilla hubiera caido en manos 
francesas, que, por lo que decían las últimas noticias reci- 
bidas, estaban ya á punto de trastornar la Sierra Moreno 
é invadir la Andalucía. 

Este aplazamiento solo respondía & una medida de es- 
tudiada prudencia política, porque, de esta manera, venia 
á quedar justificada ante los sensatos del mundo su con- 
ducta. Nadie podría con razón tacharlos, desde entonces, 
de Ínfleles ó rebeldes á las autoridades metropolitanas, ni 
clasificar el momento del estallido de imprudente, prema- 
turo y peligroso. La causa de la independencia quedaba 
así apoyada bajo el popular pretexto de no ser franceses 
y era mas seguro el contar con la adhesión de los pue- 
blos del interior, cuya opinión y simpatías era indispen- 
sable el recoger. 

A la vez que esta solemne resolución compartía de las 
aspiraciones moderadas y exaltadas de aquella asamblea, 
revelaba la mayor cordura, precisión y habilidad política; 
pues, si por una parte era necesario quedaran desarma- 
das las postreras esperanzas de los españoles sobre Iq 
suerte de la península, bajo otro aspecto, el movimiento 
contra el antiguo orden de cosas vendría á colocarse den- 
tro de todas las exigencias legales, una vez que el sojuz- 
gamiento total de la metrópoli probara y mostrara al espíritu 
mas porfiado, la caducidad da» sus autoridades y el pere- 
cimiento, por tanto, de todo vínculo ya de obedecimiento 
y sujeción al centro de unidad; de todo conducto que 
diera vida, fuerza y nombre de legalidad á la autoridad 
de los virreyes que, desde momento semejante, quedaban 
de personeros de un ente desaparecido, suprimido noto- 
riamente de la vida política, volviendo la soberanía ó ma- 
nos del pueblo, su fuente primitiva. El partido español 
no tendría elocuencia bastantemente poderosa y sobre- 
humana, para convencer al espíritu público en el interior 
del virreinato alegando la perduración de los representan- 
tes del rey cuya fuente de vida y poder mostraban los 
hechos quedar cegada, y sus ecos contrarios, contra- 
rios á la materialidad de los sucesos confesados por los 



HISTORIA DE QUEMES Y DE SALTA-GAPtTULO VD 889 

papeles públicos de procedencia española, no llegarían, con 
segurídad, á encontrar resonancia en el país y servir de 
voz á la resistencia. 

XI 



Pocos dias después, aquellos momentos llegaron. El dia 
13 de Marzo de 1810 arribaron á Montevideo dos buques 
ingleses salidos de Gibraltar conduciendo gacetas británi- 
cas y también diarios y algunas proclamas impresas en 
Cádiz, en quienes se narraban los últimos y decisivos su- 
cesos de que habla sido teatro la España. Estos acababan 
de consumar la destrucción completa de la monarquía. 
Todo habia sucumbido: reyes, magistrados, ejércitos, jun- 
tas de gobierno, ciudades y reinos y provincias, quedando 
solo como restos vivos de la antigua maravilla, una ciu- 
dad, una isla y el mar; la ciudad de Cádiz, la real isla de 
León y el mar océano. 

Por aquellos papeles, heraldos de la agonía española, 
se sabia que los ejércitos franceses hablan traspuesto la 
Sierra Morena y derramádose por Andalucía, arrollando 
toda resistencia y avasallando la tierra, después de haber 
dado fin y deshecho y dispersado las últimas fuerzas es- 
pañolas en Despeñaperros; que en Sevilla, al conocerse 
este desastre, se añadía otro trastorno: el pueblo furioso 
se habia amotinado contra la Junta Central, fugando sus 
miembros hacia Cádiz, donde eran perseguidos por trai- 
dores y obligados á refugiarse en lo isla de León, huyendo 
de la execración universal. En Cádiz, un otro motín abor- 
taba una sombra escandalosa de gobierno que tomaba el 
arrogante dictado de Suprema Regencia de España é Indias. 

A pesar de los esfuerzos de las autoridades españolas 
de Montevideo, aquellos impresos cayeron y circularon 
al dia siguiente por la población de Buenos Aires. El 
efecto producido con su lectura fué inmenso; la ajitacion 
pública no conoció ya límites. <( En menos de dos dias, 
decia mas tarde el virrey recordando aquellos sucesos, 
conocí el fermento, la conmoción y la inquietud de los 
facciosos, sin que se me ocultasen sus criminales intentos. » 
« España ha caducado » era la exclamación que, al saberse 



ddO DR. BERNARDO FRUS 

los últimos desastres españoles ya desde antes aguarda 
dos, pronunciaban todos los labios americanos. Y ella 
importaba reconocer y proclamar el perecimiento y deso 
parición de la última sombra que hasta entonces quedaba 
de una autoridad nacional, y que con ella se habia roto 
el postrer eslabón de la unidad del imperio. 

Y aunque los españoles conformes con el virrey, dispu- 
taban contra estas verdades que confesaban los liechos y 
la razón sosteniendo que España vivia aun, pues le que- 
daban todavía libres algunas provincias y que el gobierno 
nacional no habia desaparecido por que allí estaba el Su- 
premo Consejo de Regencia formado en Cádiz con los 
fugitivos, restos corridos de las juntas populares, su ra- 
ciocinio solo era lógica de desesperados. Era ya inútil su 
esfuerzo. Desde tiempos atrás los americanos se sentían 
en gran manera ofendidos al ver que aquellos gobiernos 
populares que se erigían en la península, pretendían man- 
dar soberanamente en América, tal como lo hacía el rey, 
enviando sus empleados á gobernar por su cuenta las 
colonias. ¿Con qué derecho, por qué superioridad aquellas 
juntas populares que se formaban y se deshacían en las 
ciudades de España venían á mandar como gobiernos 
soberanos la América? ¿Quién les habia conferido la repre- 
sentación nacional? Esta era la interrogación general que 
resonaba en toda América y su respuesta no podía ser otra 
que la negativa y la guerra. Aquellos gobiernos intrusos^ 
con el pecado de su origen, no podían aspirar á ser aca- 
tados por que no eran por América reconocidos. 

Y para comprender cuál sería el estado de exaltación 
y desconfianzas á que habia llegado la opinión pública en 
aquellos dias, baste recordar que sobre aquellas cruelda- 
des é injusticias cometidas con los patriotas de Chuquísaca 
y de la Paz; á mas de aquella ofensa al amor propio de 
los americanos que causaban las juntas de las ciudades 
de España al pretender ejercer tutela sobre los pueblos 
de América, sus iguales; y de la misma inquietud que causa- 
ron y el descrédito en que cayeron aquellos gobernantes espa- 
ñoles que mandaban en el país, virreyes, gobernadores y co- 
misionados políticos como Liniei*s, como Pizarro, como Go- 
yeneche que acababa de sorprendérselos en pasos tortuosos. 



HISTORIA DE GÚEMES T DE SALTA-^GAPITULO VII 831 

haciéndose sospechosos como reos de traición centro la 
patria y el rey, venia & aumentarse una otra alarmante 
novedad; otro verdadero peligro público de felonía y des- 
lealtad del que en Buenos Aires mandaba en nombre del 
rey; porque, aunque Liniers, cuya política era sospechada 
de napoleonismo, había sido removido del virreinato, « le 
había sucedido Gisneros, criatura de D. Martín Goneis^ 
Secretario de la Junta Central, que acababa de descubrii'se 
aliado de los franceses, y, por lo mismo, la Adeudad de 
su ahijado no tenía mejores títulos á una conñanza. To- 
do esto hacia sentir la necesidad de un cambiamiento 
que nos pusiera fuera del alcance de las juntas de España 
y de las tramoyas de los empleados del rey. » 

Así, pues, en toda la extensión del virreinato, « un mo* 
vimiento é inquietud general indicaban que en todas 
partes se sentía la necesidad de un cambiamiento que 
nos pusiese al abrigo de los riesgos que nos amenaza- 
ban; » una inmensa ajitacion extremecía los espíritus, y 
las nobfes fuerzas del patriotismo se hallaban sublevadas. 
El desprestigio del gobierno era profundo; formado de auto- 
ridades espúreas y pérñdas en sus principales cabezas, el 
sentimiento público las condenaba por su origen y por 
sus crímenes. 

Pero, gracias á Dios, los patriotas en Buenos Aires es- 
taban necesariamente llamados & triunfar; por que de su 
lado y favor estaban los hechos y los principios de de- 
recho público y la constitución de la monarquía que solo 
reconocía al rey por soberano; con ellos estaban a3í.mismo, 
la opinión pública, el pueblo con la inmensa mayoría de 
las voluntades notoria 6 indiscutible y, coronanjlo todos 
estos elementos, el último recurso de la razón:— la fuerza 
militar. (cEl virrey, su cautivo, ern una ñera sin uñas 
ni colmillos. La audiencia también estaba bajo su férula. 
No dependía sino de ellos oprimirlos con el peso del poder 
real que poseían. » 

Mas es honroso el confesar que la revolución, dueña, 
así, de todos estos elementos, no deshonró su nombre al ma- 
nejarlos. Por que como los que encabezaran el movi- 
miento emancipador fueran hombres de temple é inteli- 
gencia preparada y robusta, procedieron^ desde sus pri-* 



1 



882 DR. BERNARDO FRÍAS 

meros pasos, con aquella calma, medida y solemnidad 
que da los suyos la naturaleza, sin dejarse dominar y 
arrastrar por el ímpetu de las pasiones produciendo el 
atropello, el desorden y el escándalo, sino que mostraron 
conducirse por la senda honorable de las antiguas cos- 
tumbres, de los respetos y de la ley. Movimiento dirigido 
é inspirado por la gente decente, docta y culta, no había 
de ser imitador de la Francia revolucionaria; por que la 
revolución de Mayo no nació hija de las turbas, del po- 
pulacho inculto que, á la manera de la lava de los vol- 
canes, tiene la siniestra propiedad de arrasarlo todo á su 
paso, dejando su huella marcada por ruinas, por sangre 
y lágrimas y crímenes sin cuento. El pueblo no es mas que 
un arma noble, como la espada, para servir en la obra 
de la inteligencia; ciega, como son ciegas las armas, tie- 
ne el peligro de su aplicación; de ella puede provenir 
tanto la vida como la muerte. 



XII 



La cjitacion pública que produjo el conocimiento de 
estos sucesos, llevó á extremo tal la alarma del gobierno, 
que el virrey pensó era prudente hablar al pueblo. Hizo 
con este objeto propagar por todo el virreinato la narra- 
ción oflcial de aquellos resonantes acontecimientos, y ex- 
pidió, en seguida, un maniñesto predicando en él la paz 
y la confianza en su gobierno.— « Ellas son demasiado sen- 
sibles y desagradables al filial amor que profesáis á la 
madre patria, decía en su manifiesto refiriéndose á las 
últimas noticias llegadas. íPero, qué ventajas produciría 
su ocultación si al cabo ha de ser preciso que apuréis 
toda la amargura que debe produciros su inexcusable co- 
nocimiento? Mi intención, pues, es hablaros hoy con la 
franqueza debida á mi carácter y al vuestro y deciros en 
el lenguage propio del candor y de la sinceridad, cuáles 
son mis pensamientos y cuáles espero que serán los vues- 
tros. Suponed que la España, mas desgraciada que en el 
siglo VIII, está destinada por los inescrutables juicios de 
la divina Providencia á perder su libertad é independen- 



HISTORIA DB aOBMBS Y BB SALTA— CAPÍTULO VH 83d 

cia; suponed mas; que llegaran á extinguirse liasta las 
últimas reliquias de aquel valor heroico que, quebrantan- 
do las cadenas de setecientos años de esclavitud, la sacó 
con mayor esplendor & ser la envidia de las naciones y 
representar el papel glorioso que ahora perdiera por su 
confianza ó su desgracia. {Podrán los tiranos lisongearse 
de haber esclavizado & toda la nación? ¡Qué insensatos 
sí llegaran á concebir un plan tan desvariadol Esto seria 
desconocser, aun mas que la enorme distancia que los 
separa, la lealtad innata, el valor y la constancia que os 
han distinguido siempre. No, no llegarán á manchar las 
playas que el Ser Supremo, por un efecto de su Inmensa 
liberalidad, destinó para que dentro de ellas, y en la ex- 
tensión de tan vastos continentes, se conservase la libertad 
y la independencia de la monarquía española; sabrán á 
su costa, que vosotros conservareis intacto el sagrado de- 
pósito de la soberanía para restituirlo al desgraciado mo- 
narca que hoy oprime su tiranía, ó á los ramos de su 
augusta prosapia cuando los llamen las leyes de la suce- 
sión. . . . 

« Tales son los sentimientos inalterables de que, con la 
mayor complacencia mía, os veo animados; ahora resta 
que con la franqueza de mi carácter os mahiflesle los mios. 
«Vosotros sois testigos de que no me dispenso una 
alabanza á que no tenga justos y conocidos derechos; pero 
ni estos ni la general benevolencia que os debo, y á que 
siempre viviré agradecido, me dispensan del deber que 
me he impuesto de que en el desgraciado caso de una 
total pérdida de la península y falta del supremo gobier- 
no, no tomará esta superioridad determinación alguna 
que no sea previamente acordada en unión de todas las 
representaciones de esta capital á que posteriormente se 
reúnan las de sus provincias dependientes, entre tanto 
que, de acuerdo con los demás virreinatos, se establece 
una representación de la soberanía del señor D. Fernondo 
Séptimo. 

<i Después de una manifestación tan ingenua, nada mas 
me resta que deciros, sino lo que considero indispensable 
á la conservación de nuestra felicidad y de toda la mo- 
narquía. Vivid unidos, respetad el orden y huid como 



asi DR. BERNARDO FRÍAS 

de Áspides los mas venenosos, de aquellos genios inquie 
tos y malignos que os procuran inspirar celos y descoa- 
ílanzas reciprocas contra los que os gobiernan; aprended 
de los terribles ejemplos que nos presenta la historia de 
estos últimos tiempos y aun de los que han conducido 
á nuestra metrópoli al borde de un precipicio; la malicia 
ha reñnado sus artificios de un modo tal, que apenas hay 
cautelas suficientes para libertarse de los lazos que tiende 
á los pueblos incautos y sencillos. 

« Todo os lo dejo dicho; aprovechaos si queréis ser fe- 
lices, de los consejos de vuestro gefe, quien os los fran- 
quea con el amor mas tierno y paternal. 

Buenos Aires, 18 de Mayo de 1810. 

Baltazar Hidalgo db Cisnbros. » 

La proclama que acal)a de verse, según las intenciones 
del virrey, fué publicada « como el mas prudente medio 
de consolar á los buenos, de calmar la inquietud de los 
ilusos, de desengañar á los seducidos y de quitar todo 
pretexto á los malvados; pero ella no produjo en los úl- 
timos el efecto despado: la obra estaba meditada y re* 
suelta. » Pero es virtud del talento político el conocer 
estas verdades antes que no después de los fracasos; y A 
qué extremo llegarla la mezquindad del gobernante es- 
pañol cuando, conocedor de lo que buUfa en torno suyo, se 
imaginaba que las grandes revoluciones se las puede 
contener y disipar con manifiestos expresivos de las 
desgracias de su causa, de la confesión de sus apuros, 
de la ridicula, y vanidosa recordación de sus antiguas 
glorias y fuerzas.ya pasadas, y de sus dificultosos entre- 
mos; y con proclamas lacrimosas & trechos y á trechos 
amenazadoras con las iras de un porvenir que no estalia 
en sus manos disponer! Acaso no hubo, en aquellos dias, 
mandatario español que apareciera mas inepto y porfiado 
que Cisnopos. -Elío hubiera roto lanzas desde el primer 
amago; Abascái, virrey del Perú, lucia una dHigeneia y 
habilidad que burló, mas de una vez, los ataques de la 
revolución que amenazaba sus dominios. El virrey de 
Buenos Aires, aferrado en su fe tradicional de que nada 



mSTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA-OAPITÜLO VH 886 

seria bastante á derribarlo y que de nada precisaba un 
mandatario español sino es el ordenar para ser obedecido 
y temido, ni aventuró una política audaz é inteligente ni 
se ocupó, en tanto espacio en que sentía amenazantes se- 
ñales de insurrección, en preparar y disponer medidas 
necesarias á la defensa de su autoridad, sin embargo de 
estar bien convencido que, en la capital, no contaba el 
gobierno con una bayoneta segura. 

Y sin embargo, fácil le hubiera sido preparar valiosos 
elementos para resistir. Todo el inmenso virreinato apa- 
recía sumiso á la autoridad; todos los gobernadores de 
las provincias interiores pertenecían á su misma bande- 
ra; cada uno de ellos, en sus provincias, era gefe militar 
provisto de armas y recursos, para disciplinar y formar 
cuerpos de ejército; el de Montevideo poseía fuerzas ve- 
teranas, formidable armamento y las naves del rio; el 
del Paraguay era el general Velazco, entendido y valero- 
so que disponía de una provincia pobladíslma y fuerte; 
el de Charcas era el general Nieto, que mandaba en la 
actualidad un ejército veterano; el de Córdoba, que 
lo era el general Concha, de buena fama en la guerra, 
tenia á su lado á Llniers que, á mas de sus buenos co- 
nocimientos militares, poseía gran popularidad y cariño 
en Buenos Aires y respeto en las provincias, y allá, en 
el extremo superior, el Perú se presentaba como una 
fuente inmensa é inagotable de recursos. Todos aquellos 
gobernadores no habían sido hasta aquel día despertados 
de su tranquilo sueño administrativo ni con un solo toque 
de alarma! 

Pero, sí no abrigaba propósitos de resistencia, tampoco 
el virrey quiso tentar al destino poniéndose, antes que 
nada, á la cabeza del movimiento, organizando por la sola 
fuerza de su autoridad y sin darla ni reconocerla en ca- 
bildos, corporaciones ó pueblo, uñ nuevo gobierno en el 
cual, al lado suyo, entraran á flgurar las personalidades 
mas conspicuas, sobresalientes y prestigiosas del com- 
plot revolucionario; arrebatando, por éste medio, al ele- 
mento exaltado su cabeza y su poder real, por que hay 
momentos supremos en la vida de los gobiernos que solo 
un paso extraordinario é imponente que llene á la vez lo 



8d6 DR. BERNARDO FRÍAS 



mos urgente de las aspiraciones públicas y conmueva 
con su lado generoso el sentimiento de la multitud, pue- 
de salvarlos. 

XIII 



Los patriotas se pusieron, por su parle, en franca y de- 
cidida acción. Siendo el cabildo, por su origen popular, 
la única autoridad que subsistía con carácter de legalidad 
ante la teoría revolucionaria que enseñaba que, caducan- 
do España, todas sus autoridades que ejercían poder en 
América por su delegación, caducaban también,— el gefe de 
los revolucionarios, D. Cornelio Sadvedra, acompañado del 
Dr. D. Manuel Belgrano, se presentó al presidente or- 
dinario del cabildo, que lo era D. Juan José Lezica como 
alcalde de primer voto, pidiéndole, á nombre del partido 
y del pueblo, que el cabildo celebrara acuerdo para tratar 
y resolver la importantísima cuestión de saber si el virrey 
habia ó no cesado en el mando; y, en caso de que así lo 
fuera, se formara una junta superior de gobierno que 
velara por los destinos de la patria. 

El 20 de Mayo, á eso de las doce del dia, el presidente 
del cabildo se presenta en el despacho del virrey; le in- 
forma dé lu convulsión que se nota en el pueblo causada 
por la nueva de los últimos acontecimientos de España, y 
Je conñesa haberle sido hechas repetidas instancias para 
que el cabildo se ocupara de tratar sobre la incertidum- 
bre en que se hallaba la suerte de las Américas. Agre- 
gábale, y era todo eHo verdad, que el cabildo habia re- 
sistido hasta aquel momento con flrmeza tratar tan delicado 
negocio, pero que, al fln, las circunstancias oprimían; 
pues, tras el pedido, habíasele presentando amenaza de 
verificarlo el pueblo por su cuenta sí el ayuntamiento se 
negaba á escuciiar su voz. 

Notando en aquellos informes de Lezica que el cabildo 
vacilaba ante la amenaza del tumulto, y hallándole razón, 
sin duda, tentó el último recurso, abrigando todavía la 
ridicula ilusión de la fidelidad de la fuerza militar. 

Para ello hizo convocar en el Real Fuerte, que era el 
palacio de gobierno de los virreyes, 6. los gefes de las 



HISTORIA DE QOEMES Y DE SALTA-CAPÍTULO Vil d87 

fuerzas militares para informarse personalmente de lo que 
él llamaba su lealtad, sin comprender que allí jugaba otro 
principio superior,— -la desaparición de la autoridad sobe- 
rana y tras ella, todas sus delegaciones, arrastrando en 
pos de sí toda obligación de obediencia y respetos ó au- 
toridades caducas y levantando, para la conciencia, todo 
reato de juramento. 

A las siete de aquella misma noche la reunión militar 
se realizaba en los salones del virrey con asistencia, como 
asesores de gobierno, de los vocales de la real audiencia. 

Cisneros abrió la entrevista exponiendo con el colorido 
propio de sus intereses de gobernante impopular y ame- 
nazado, las circunstancias difíciles y temerosas de 
aquellos momentos, señalando como la cabessa del peligro, 
esas facciones tumultuarlas que derramaban en la pobla- 
ción su espíritu subversivo contra la autoridad que repre- 
séntate, atribuyéndose el nombre de pueblo, fuera-de toda 
costumbre política y de toda regla conocida de respeto á 
las autoridades establecidas. Llegando á aquel punto su 
descripción, tocó estudiosamente el virrey el resorte que 
imaginal>a su debilidad ó simpleza política, como último 
recurso de salvación, trayendo ú la memoria de aquellos 
gefes pundonorosos por cierto, y que en otras circuns- 
tancias hubiera sido de resultado maravilloso, el recuer- 
do de aquel juramento que, como gefes militares, le ha- 
blan prestado hacia tan poco, al hacerse cargo del gobierno 
de estas provincias, asi como aquellas sus protestas de 
fidelidad y honor militar en sosten y defensa de la auto- 
ridad que en aquellos dias representaba y del orden pú- 
blico del estado. 

Sobre aquel nudo triplemente sagrado, que obligaba la 
conciencia del caballero, del soldado y del hombre religio- 
so, calculó asegurar el triunfo de sus trabajos, y, bajo esta 
garantía, pasó á declararles que contaba con ellos para 
contener el grupo de inquietos y sediciosos que preten- 
dían trastornar la paz y el orden público, exigiendo 
acuerdo de cabildo sobre asuntos de tan grave signiflcacion 
política, y con ánimo ofensivo al respeto debido á las 
autoridades establecidas; amenazas sediciosas que ellos, 
como gefes de la fuerza militar^ estaban obligados á conté- 



88d DR. BERNARDO FRtA.9 

ner y sofocar, mostrando asi su fidelidad, al servicio del 
rey y de la patria. 

Hubo entre los gefes ligeras frases de adhesión y de 
amenaza al apagarse las últimas palabras de aquel dis- 
curso; pero, tomando voz por todos para expresar al virrey, 
en contestación á su reclamo, el sentimiento del cuerpo 
militar en aquel trascendental negocio en el que era re- 
querido,— el comandante del cuerpo urbano de Patricios, D. 
Cornelio Saavedra, poniéndose de pié:— « Para eso, dijo, no 
cuente vuecelencia ni conmigo ni con los patricios. El 
gobierno que dio autoridad á vuecelencia para mandarnos, 
ya ño existe. Se trata ahora de asegurar nuestra suerte y la de 
la América, y por eso el pueblo quiere reasumir sus d^ 
rechos y conservarse por sí mismo. ...» 

Y se retiraron sin obtener solución. 

Un doloroso abatimiento envolvió el ánimo del virrey. 
Se miró solo, abandonado en medio de un pueblo enemigo, 
con su autoridad debilitada, sin el respeto de la fuerza ni 
el apoyo d^ la opinión. Pero la dureza de su carácter no 
cejó todavía; cavilaba y tejía tramas nuevas en que envol- 
ver los pies del monstruo popular que rugía cada instante 
mas cercano á sus umbrales. 



XIV 



Mas las horas cruzaban y el virrey nada resolvía; en 
vista de lo cual, la junta revolucionaria que exponUSnea- 
mente se habia constituido y trabeyaba con una incansable 
actividad en los centros sociales, en las calles y donde quiera, 
resolvió mandar una diputación directamente al virrey, 
con emplazamiento perentorio para que ordenara la inmedia- 
ta reunión de un cabildo abierto, invocando para ello el 
nombre amenazador del pueblo y de las tropas. 

£1 Dr. GastQlli y el comandante D. Martin Rodríguez 
fueron los encargados de llevar la intimación. Pero, du- 
rante aquel espacio, el virrey habia tenido tiempo para 
tomar resolución bego la ayuda y consejo de los oidores y 
del Dr. D. Julián Leiva, hombre habilísimo para no es- 
trellarse contra ningún escollo y flotar, como madero sin 



HISTORIA DE GOEMES Y DE SALTA-CAPÍTULO Vil d% 

dueño, en la superflcie de las aguas cualquiera que fuera 
el rumbea que los vientos dirigieron sus corrientes. Con- 
vencidos todos de que la resistencia era mos que inútil, 
imposible y peligrosa y, por el contrario, que ponía á la capital 
en riesgos de un tumulto; convinieron en que se pusiera 
en discusión y sugetora ú juicio la existencia ó caducidad 
de los poderes del gohernonte; y creyendo que con el con- 
curso ordenado de los vecinos numerosos y respetí>bles 
que calcularon en quinientos de entre los tres mil suscep- 
tibles de formar cabildo, podrían frustrar el verdadero 
intento de los revolucionarios, pues, & su parecer, el sim- 
ple cabildo ordinario no ofrecía seguridad ni garantía bajo 
la intimidación en que tendría que obrar. De llevarse á 
término el propósito de los ajitadores, prefirió el virrey 
lo fuera de aquella manera, « en junta general del 
vecindario sensato para saber el sincei-o voto del pueblo. » 
Fué debido n esta razón que, cuando la nueva diputa- 
ción se presentó inopinadamente ante el virrey, este apa- 
reció jugando tran(¡u¡lamenle á los naipes con tres de sus 
amigos. 

Eran ya las diez de la noche; por lo que esta hora avan- 
zada y la intempestiva presencia de aquellos emisarios 
en su salón de recibo, debió formar, sin duda, la visión 
de algo siniestro en el ánimo del virrey. 

I^ entrevista anunciaba ser, por su parte, poco cordial 
y menos contemporizadora en cualquier sentido. Precisa- 
mente Cnstelli era hombre de carácter vehemente, arre- 
batado V nervioso, cuyo acaloramiento corlaba con vio- 
lencia toda corisiderapíon; y nquellos momentos, que lo 
eran decisivos, requerían hombres de este temperamento, 
peligrosos, sin dudo, en otras circunstancias mas pacíficas 
y menos críticas que aquellns. Desde sus primeras pala- 
bras, Cnstelli aparecía inlimando ni virrey el reconoci- 
miento de su <íese en el mundo. En nombre del pueblo 
y del ejército en armas, venia, le dijo, TI manifestarle que, 
habiendo cesado de derecho en el mando del virreinato, 
competía ni pueblo el deliberar sobre su suerte; y que 
correspondía, en consecuencia, ordenara la convocación 
inmediata á cabildo abierto. 
Para el concepto del virrey, aquello era mas que una 



840 DR BERNARDO FRÍAS 

insultante irreverencia, un inaudito desacato con que otro- 
pallaban, en su persona, la autoridad real un golilla de 
colonia y un simple comandante de milicias. Y así, con 
gesto airado y ofendido,— « ¿qué atrevimiento es este? ex- 
clamó; ¿así se atropella la persona del rey en su repre- 
sentante? » 

El Dr. Castelli, dueño como se sentía de la verdad 
favorable de las cosas, como que, la guardia de palacio 
estaba al mando de Terrada, compañero suyo, y por donde 
no temia prisión en castigo mas, si, apoyo y protección,— 
repuso con el acento inalterable que provenía de la segu 
rídad en que se hallaba: 

— « No hay para qué acalorarse, señor virrey; la cosa ya 
no tiene remedio. » 

Pero su colega, D. Martin Rodríguez, llevó para el gober- 
nante, el atentado á su mayor extremo, notiflcándole lo 
perentorio de la intimación. 

— « Señor virrey, dijo; cinco minutos es el plazo que nos 
han dado para volver con la contestación de vuecelencia. » 

Hallábase al lado del virrey, en aquel momento, el Dr. 
Caspe, fiscal de la audiencia. Intimidado por aquella 
amenaza y lo angustioso del término impuesto y lo impo- 
sible de la resistencia, como igualmente velando por el 
decoro del gobierno,— condujo á Cisneros al salón inme- 
diato, de donde, tras breve conferencia, reaparecieron 
ambos personages, mostrando el virrey un espíritu de 
tranquilidad y resignación. 

— « Señores, dijo, dirigiéndose & los embajadores de la 
revolución; cuánto siento los males que van á venir sobre 
este pueblo de resultas de este paso; pero, puesto que el 
pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan 
ustedes lo que quieran . » 

Cuando aquellos comisionado^ regre.saron y dieron cuen- 
ta de que el virrey al fln cedía á la celebración del cabildo 
abierto, júbilo inmenso se apoderó del ánimo de los pa- 
triotas y el entusiasmo y la sensibilidad excitada por la 
victoria los embargó á tal extremo, que estrechábanse 
entre los brazos y arrojaban al aire los sombreros en 
manifestación de triunfo y de alegría. 

La junta revolucionaria había procedido á tomar todas 



HISTOMA DE GÚEMES Y DE SALTA-CAPfTÜLO VII 841 

las medidas que la prudencia y la seguridad exigiaris 
mientras se tramitaban aquellos acuerdos. Las fuerzas 
militares que respondían al movimiento, hablan recibido 
orden de permanecer acuarteladas y municionadas con 
sus gefes á la cabeza, desde primera lista; la dirección 
pública de los preparativos la habían tomado y la ejer- 
cían con absoluta franqueza y decisión, mandando, como 
autoridad suprema surgida por la mano invisible del pe- 
ligro, en los cuarteles y en las calles, siendo sus manda- 
mientos obedecidos por soldados, por gefes y por el pueblo, 
sin preocuparse nadie de discutir su competencia y lega- 
lidad. I^ grandeza del momento unía todas las almas 
bajo un mismo haz de luz, de calor y de actividad y go- 
bierno. El comandante Terrada había corrido á ponerse 
á la cabeza del escuadrón de Granaderos de Fernando VII, 
cual lo hemos visto, mientras áe producía la intimación 
al virrey; y como esta fuerza era la que hacia la guardia 
en el Fuerte, el virrey se encontraba prisionero, desde 
aquel momento, en su propio palacio, « arresto honrado, » 
según él mismo lo denunciaba días mas tarde á su señor; 
pues, á mas de que aquella fuerza que lo guardaba per- 
tenecía á sus adversarios, estaba prevenida de verificar 
la policía revolucionaría observando los movimientos del 
prisionero, y aseguraba, ademas, en poder suyo, las llaves 
de las entradas principales del real Fuerte. 



XV 



El siguiente día, 21 de Mayo, los gritos tumultuarios de 
cabildo abierto! resonaban en la plaza mayor en frente 
del cabildo y del virrey, lanzados por la multitud revolu- 
cionaria aglomerada allí. Reunido el cabildo mandó una 
diputación de su seno para exigirle al virrey, en nombre 
de la paz y sociego público, la autorización inmediata 
para reunir al vecindario distinguido, á fin de que « un 
congreso público expresase la voluntad del pueblo. » 

Aquella diputación llevaba orden expresa, y así lo veri- 



342 DIL BERNARDO FRÍAS 

flcó, de exigir del virrey contestación en el espacio apre- 
mioso de lo únicamente necesario para escribirla. El vir- 
rey, como lo tenia ya dispuesto, otorgó el permiso; simple 
formalidad ante una fuerza superior, pero añadiendo á 
manera de condición que imponía al darlo, que debia 
obrarse en aquella asamblea teniendo en memoria y con- 
sideración que la monarquía era indivisible y que un solo 
cabildo, un solo vecindario nada legal podia hacer ni de- 
finitivo y valedero, sin la concurrencia y acuerdo de las 
demás partes que la constituían. 

Era el viejo plan político de Cisneros acordado con el 
partido español y combinado con el virrey del Perú, para 
el caso extremo que preveían y que, al fin, llegaba. En 
aquel cabildo abierto el virrey Cisneros tenia pendientes 
aun sus esperanzas de triunfo; por que contando para su 
plan de retardación con parte principal del cabildo, por 
su espíritu de ecuanimidad y conciliación entre el gober- 
nante y el pueblo, con la afluencia de las demás autoridades 
y parciales en aquella reunión, calculaba obtener mayoría 
entre la gente de ánimo reposado para someter la cues- 
tión de la caducidad de sus facultades á la junta general 
del virreinato en la cual estaba irremisiblemente asegurado 
el triunfo de su partido. 

Recibido en aquel mismo dia el consentimiento del vir- 
rey, procedió el cabildo, sin pérdida de momento, á lo 
convocación de la parte mas sana y distinguida del ve- 
cindario para el cabildo abierto que debia celebrarse en 
la mañana del siguiente dia. La invitación, como era de 
costumbre en casos semejantes, se hizo por medio de es- 
quelas personales, las que se redactai'on para distribuir á 
450 notables vecinos. 

Conocida esta novedad por los revolucionarios, la ju- 
ventud animosa organizada bajo el nombre de chisperos^ 
se puso en activo movimiento, recorriendo la ciudad en 
grupos numerosos, solicitando y reuniendo adeptos por 
todas las casas de representación americana, en tanto que 
otros, cooperando al mismo fin, se procuraban esquelas 
de invitación con el nombre en blanco para llenar su 
vacio con el de sus pai^tidarios. 



fflSTORIA DE GOEMES Y DE SALTi-CAPlTÜLO VH 843 

XVI 

Llegó, por fin, el día á la vez ansiado y temido en qué 
debia tener lugar el cabildo abierto. Era la mañana del 
22 de Mayo. La plaza de la Victoria, en uno de cuyos 
costados se alzaba el pesado y magestuoso monumento del 
cabildo colonial, con su doble galería de arcadas y su 
torre que se elevaba de su centro, estaba guardada como 
sitio vedado, por compañías de tropas armadas, apostadas 
en todas sus boca-calles, por que, dado el estado de agi- 
tación en que se obraba, era de temerse la alteración del 
orden público, siendo aquel peligro mas de temerse por 
la circunstancia especial de que solo deberían concurrir á 
la asamblea de aquel dia quienes se presentaran provistos 
de la correspondiente esquela invitatoria. 

El virrey había ordenado este adecuado y sensato pro- 
cedimiento propio de todo gobierno despierto y buena 
policía; mas, como aquellas fuerzas encargadas de guar- 
dar la plaza se hallaran tocadas también del nuevo espí- 
ritu, pues pertenecían al cuerpo de patricios y se hallaban 
bajo las órdenes inmediatas del capitán D. Eustoquio Díaz 
Vélez, venían á servir no de garantía mas, sí, de presión, 
de atropello y tiranía para gran parte de los españoles que 
pretendían usar de su derecho de miembros del congreso 
popular á que habían sido invitados. Porque así sucedía 
que, mientras aquellos guardias permitían el libre acceso 
ó los de la confabulación, lo negaban á los vecinos espa- 
ñoles, oponiéndoles observaciones y obstáculos insupera- 
bles, lo mismo que ú los que les eran de* opinión descono- 
cida ó de inferior condición social, permitiéndose solamente 
la entrada ó los adversarios cuando ellos eran personages 
de respeto, muy conocidos por su nombre y posición 
política y social. 

La presión y el fraude contra la libertad de aquel sufragio, 
único caso justificado por la grandeza y santidad de su 
objeto, iba á mas lejos aun; por que algunos oficiales te- 
nian copias de las esquelas de invitación sin inscripción 
de nombre alguno, y con ellas legalizaban el paso y pre- 
sencia de muchas personas no citadas por él cabildo, pefo 
parciales notoriamente conocidos de la causa de la revo- 



814 DR. BERNARDO FRÍAS 

lucíon. Los mismos soldados que hacían la guardia de 
la plazo y que pertenecían A los cuerpos de Saavedra, y 
aun los mismos oñcíales que los mandaban, llegaban has- 
ta la amenaza contra los españoles porfiados que preten- 
dían hacer resistencia á la imposición que sufrían; y 
contaba el mismo virrey, pocos días mas tarde que, « un 
considerable número de incógnitos envueltos en sus ca- 
potes y armados de pistolas y sables, paseaban en torno 
de la plaza arredrando al vecindario que, temiendo los 
insultos, la burla y aun la violencia, rehusó asistir, á pesar 
de la citación del cabildo.» 

Por consecuencia de aquellas maquinaciones, de aque- 
llas intrigas, de aquellas amenazas y violencias, el partido 
español se encontró cercenado en gran porción de los 
llamados & congreso, y asi vino á concluirse en que, por 
resultas de estas intimidaciones, de aquellos 450 notables 
pitados especialmente á cabildo, solo concurrieron á la 
a^mblea 224. El resultado venia á ser que, en lo que 
hcice al sufragio de los votos para decidir la cuestión de 
aquel dia, el partido del virrey contaba una derrota segura, 
al parecer; y tocaba & su elocuencia ahora y á su habili- 
dad parlamentaria y política, el arrancar la victoria de en 
medio de un destino opuesto. 

A eso de las nueve de la mañana comenzó á organizarse 
la asamblea. En aquella hora, el recinto de la plaza ma- 
yor, teatro ya de resonadas glorias, se mostraba inundado 
por una inmensa ola popular. El sol, alzándose lentamen- 
te hacia el centro del cielo, derramaba su luz sobre aque- 
lla multitud apasionada, de cuyo seno iban tan pronto á 
brotar las primeras legiones de la independencia; era aquel 
sol que la historia había de llamarlo « sol de Mayo, » que 
quebraba sus rayos sobre la frente de aquel cabildo que 
contaba en esos momentos su postrera hora española; y 
aquel pueI;^lo que lo rodeaba, el que habia de colocar su 
Imagen, símbolo de libertad y de gloria, en su bandera, 
en sus estandartes y escudos de armas, en substitución 
de las viejas diademas, castillos y leones que, hasta enton- 
ces, representaban la conquista, la monarquía y la domi- 
nación extrangera. 

H^blianse dispuesto las galerías altas del cabildo para 



HISTORIA DE GOEBÍES Y DE SALTA-CAPÍTULO VU 845 

que funcionara la asamblea. En su costado norte, se había 
colocado una gran mesa cubierta con una carpeta de ter- 
ciopelo carmesí; detrás de ella, grandes sillones de brazos 
que ocuparon los miembros del cabildo que les corresppn- 
día presidir aquella reunión famosa. La venerable corpora- 
ción habia cambiado recién aquel año de su antigua fisono- 
mía, componiéndose ahora en su mitad de americanos, en 
lugar de su pasada unanimidad española. Cuerpo ilustra á 
quien le cupo presidir debate tan solemne y memorable que 
habia de dar en una resolución flnal tan gloriosa, bien 
merece consigne la historia el nombre de sus miembros. 
Eran argentinos, D. Juan José Lezica, alcalde de primer 
voto; el Dr. D. Tomes de Anchorena, D. Manuel Ocampo, D. 
Manuel Mansilla y el Dr. D. Julián Leiva; y eran españoles, 
D. Martin Yañiz, D. Jaime Nadal y Guarda, D, Juan^ de 
Llano, D. Andrés Domínguez y D. Santiago Gutiérrez. . 

Mientras se organizaba á lo largo de la galería superior 
la concurrencia de congresales, los revolucionarios que 
asistían en este carácter, hablan organizado sus relaciones 
de comunicación con sus partidarios que encabezaban 
el pueblo aglomerado á su frente, en la plaza, para acudir 
con la fuerza del tumulto popular, en defensa de sus 
diputados, en el caso á temerse de que llegara á ser vio- 
lentada la asamblea. El cabildo funcionaba asi, sobre un 
volcan cuyo fuego amenazaba de muerte; Belgrano, coloca- 
do en lugar visible para el pueblo entre las bancas de los 
congresales, estaba encargado de producir la seña con un 
pañuelo blanco cuando llegara el momento en que se 
hiciera necesario que el pueblo en masa interviniera en 
defensa de sus diputados oprimidos,— seña que debía ser 
comprendida por un grupo de patriotas que, armados y 
alertas, estaban prontos á trasmitirla á sus cpmp^ñeros. 
Las pi}0rtas de entrada, las escaleras y pasadizos estaban 
ocupados por grupos y agentes de la revolución. 



XVII 



A pesar de lo solemne y grave de la cuestión, los patriotas, 
sea por la <\jitacion propia de aquellos momentos, sea por la 



846 DR. BERNARDO FRUS 

falta de ejercicio y costumbre de actuaren estas complicadas 
•uchas y e>ttrotagemas del ingenio político en los grandes 
debates públicos, no hablan llevado á la sesión una pro- 
posición acordada por el partido con premeditación y 
cálculo y estudio anterior para hacerla triunfar en el con- 
greso, como correspondía en materia tan ardua, delicada 
y trascendental, y que debia ser tratada y resuelta en jun- 
ta tan numerosa; omisión que estuvo ú pique de peligrar 
el triunfo, produciendo la anarquía en las opiniones ó de- 
jando producirse en el espíritu de algunos de los suyos los 
seducciones de proposiciones falaces, diestramente combi- 
nadas y presentadas con maestría para sorprender espíri- 
tus desprevenidos ó lijeros que obraban ú su voluntad, 
que ajitaron los enemigos, mas diestros, en verdad, en 
cuanto ó su ingenio parlamentario y que asistieron con 
su plan político preparado, con sus oradores dispuestos, 
convenidos y decididos á sostenerlo en combinación con 
el virrey. 

Faltó gobierno en el bando patriota que se presentó sin 
orden ni concierto; faltó un gefe que dirigiera el debate; 
falló una política fija, un plan madurado y resuelto que 
seguir; de modo que las opiniones y los votos fueron for- 
mados y lanzados á la ventura. ¡Cuánta exposición no 
tuvo la causa de la revolución en aquella hora! La mali- 
cia y mejor preparación de sus adversarios y aquella in- 
fluencia moral de que iban acompañados, pues con ellos 
estaban y hacían coro todas las autoridades constituidas 
con carácter oficial, hacían contraste temible con la falta 
de disciplina y de unidad sobre todo en el punto capital 
á resolverse. Asi veremos ú sus miembros dividii^se. A 
sus oradores vacilar, á nadie hacer cal3eza ni tomar el de- 
recho propio de la representación, siendo los abogados 
defensores de aquella gran causa mas bien tomados al 
acaso. 

Y tampoco no debe imaginarse, sin padecer error, que 
todos aquellos patriotas argentinos que se congregaban en 
aquel cabildo á deliberar sobre la suerte de la patria, abri- 
garan en su alma la decisión por la independencia; que 
muchos de ellos y aun de lo principal, como D. Nicolás 
Rodríguez Peña y como D. Feliciano Cliiclana, Vieytes, 




HtSTORIA DE GÜEMES Y DK SALTA-CAPÍTULO VII 847 

Viamonle ó Balcarce, por ejemplo, si opinaban por con- 
veniente la formación de un gobierno distinto del de Cis- 
neros, lo deseaban pi'ovisorio y dependiente siempre de 
España. De manera que, los que profesaban este pensa- 
miento distaban espacio muy estrecho de los verdaderos 
españoles. Felizmente aquel grupo formaba débil y escasa 
minoría; la generalidad del partido patriota era revolu- 
cionario radical, que iba á la lucha para conquistar á todo 
precio la independencia de la patria, separando al virrey 
del gobierno, rompiendo con la metrópoli y reconociendo 
la soberanía solo en el pueblo, aunque generalmente ocul- 
ta por la prudencia que exigían aquellos momentos. 



XVIII 



Una vez instalada la asamblea, el cabildo hizo leer una 
alocución por medio de su escribano, aconsejando á aque- 
llos hombres la manera como debían considerar y resol- 
ver la gran cuestión política á que estaban llamados.— 
« Vuestros representantes, decía, que velan constantemente 
sobre vuestra prosperidad, que desean con el mayor ardor 
conservar el orden é integridad de estos dominios bajo 
la dominación del señor D. Fernando VII, han obtenido 
del excelentísimo señor virrey permiso franco para reuniros 
en un congreso. Ya estáis congregados; hablad con toda 
lilaertad, pero con la dignidad que es propia, haciendo ver 
que sois un pueblo sabio, noble, dócil y generoso. 

«Vuestro principal objeto debe ser precaver toda des 
confianza entre el subdito y el magistrado; afianzar vues- 
tra unión recíproca y la de todas las demás provincias y 
dejar expeditas vuestras relaciones con los virreinatos del 
continente. Evitad toda innovación ó mudanza, pues ge- 
neralmente son peligrosas y expuestas á división. Tened 
por cierto que no podréis por ahora subsistir sin la unión 
con las demás provincias interiores del reino, y que vues- 
tras deliberaciones serán frustradas si no nacen de la ley 
ó del consentimiento general de todos aquellos pueblos. 
Así, pues, meditad bien sobre vuestra situación actual, 



848 DR. BERNARDO FRÍAS 

no sea que el remedio para precaver los males que pre 
veis, acelere vuestra destrucción. Huid siempre de tocar 
en cualquier extremo, que nunca deja de ser peligroso; 
despreciad medidas estrepitosas ó violentas y, siguiendo 
un camino medio, abrazad aquel que sea mas sencillo y 
mas adecuado para conciliar con nuestra actual seguridad 
y la de nuestra futura suerte, el espíritu de la ley y el 
respeto á los magistrados. » 

Marchaban aquellas consejas directamente á prepai*ar el 
ánimo de la concurrencia para aceptar la forma legal de 
proceder, reconociendo en el congreso general de todos 
los pueblos del virreinato únicamente, el derecho para 
resolver aquel problema político de la caducidad de la 
autoridad del virrey y creación de un nuevo gobierno 
encargado de la dirección del pais. La mano y el espíritu 
del virrey y del partido español aparecían visiblemente en 
aquel documento propiciatorio de la opinión del congreso, 
revestidos de toda la solemnidad del derecho, de la justi- 
cia y razón políticas, cuando el obispo de Buenos Aires, 
D. Benito Lúe y Riega, español natural de las Asturias, 
agrió los ánimos americanos que se trataba de conquistar 
y seducir, con su palabra llena de destemplanza, colmada 
de un espíritu agresivo y torpe y con su lenguage in- 
temperante y las doctrinas políticas, mas que, absurdas y 
ridiculas, monstruosas que se le vino en antojos exponer, 
y que constituían, en aquellos tiempos, la doctrina legal 
aceptada y defendida por todos los esfuerzos españoles. 
Lúe, al exponerlas en aquellos los momentos mas solem- 
nes de su vida, no hacia mas que ratificar, una vez mas, 
la opinión general profesada por su nación. 

Para dar mayor realce y prestigio a su palabra é infundir 
respeto al auditorio, había buscado y elegido como arma 
parlamentaria, el presentarse rodeado del gran aparato pro- 
pio de la autoridad que representaba, anunciando con 
aquella actitud, que venia preparado y fuerte á sostener con 
empuge superior é irresistible las doctrinas conservadoras 
de los regalías españolas; por que no solamente aparecía á 
la espectacion pública revestida con lujo excepcional su 
persona, sino que, i'odeándolo cuatro de sus familiares, 
mostraban estos sostenidos por sus manos, la mitra episco- 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA-CAPÍTULO Vü 349 

pal, Símbolo de su autoridad religiosa, y los textos, armas 
preparadas para la discusión. 

En cuanto concluyó la lectura del discurso ordenado 
por el cabildo, el mitrado, tomando la palabra, atrajo á sí la 
atención universal. 

—«Estoy asombrado, dijo, al ver que hombres que son 
nacidos en una colonia, como son los americanos, se con- 
sideren con derecho para tratar de asuntos que son pri- 
vativos de los españoles, de los que somos nacidos en 
España. Los españoles son los únicos que tienen derecho 
para gobernar las Américas por dos títulos notorios y le- 
gítimos: primero, por el derecho de conquista que les 
pertenece por ser ellos quienes conquistaron, poblaron y 
civilizaron la América; y segundo, por la concesión que 
á su favor hizo en su famosa bula su Santidad Alejandro 
VI. Las Indias, pues, son propiedad exclusiva de los es- 
pañoles; y así, es un desacato insolente el querer negarle 
á la ciudad de Cádiz el derecho que tiene de imponer un 
gobierno general á las Indias. Desconocer la regencia 
que se ha erigido en Cádiz como supremo gobierno de 
España y de las Indias en estas circunstancias y mien- 
tras dure el cautiverio de nuestro amado soberano D. 
Fernando Séptimo, es un atentado, es un crimen de alta 
traición; porque, mientras quede un punto libre de España, 
aunque no sea mas que un pedazo de tierra ó una aldea, 
ese pedozo de tierra ó esa aldea, por pequeña que sea, 
tiene el derecho innegable de mandar ti las Américas, co- 
mo así mismo, mientras exista un solo español en las 
Américas, ese español debe mandar á los afnericanos, y 
solo en el caso en que ya no haya un solo español en el 
país, correspondería ó los omericanos ese gobierno. 

«Por las leyes de la monarquía, la soberanía, el gobierno 
particular y general solo reside en España y solo puede 
ser ejercido por españoles, sean ellos pocos ó muchos. 
Por consiguiente, los americanos están en la obligación 
natural, legal y religiosa de obedecer y acatar cuanto allí 
se ordene; y, aun en el caso desgraciado de que España 
llegara á caer en manos de los franceses completamente, 
los españoles que actualmente se hallan constituidos en 
dignidad por sus empleos civiles ó eclesiásticos, son los 



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848 DR. BERNARDO frías ^ 

no sea que el remedio para precaver los ^ 
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,,jtos que por deber y por ^^'^^°\\o. ^ .oS, '*^S!-;toi'''' 

eíocueocia argentino, sus amigr<=»"^^ "Vedi ^^ .^^ d" ^^' 
halJábanse ü su lado, tomáronlo "^^^ "^ ^''^^s, f ootr'^"^ 

con energía:— « Hable usted por ^»"^ ^E*^^** a^ ifl ^^ 

Honra digna de una eterna en vi- *=^ -■-*», a^ flP'í''^tó ^e 

dor se apresuró (I recoger. .^ .^.0 '!:esfllJÍ,> 

Pero aquel hombre que por la ^«^'^í^ari ^ínr, '^ \ í»" 
la vida pública desempeñando t»^ :^:^^^ W" vi^'^LpÜí^ ' 
instrucción lyera y superficial, d«» ^^^^ AasO ^ 
y áspero carácter, » de espíritu «^ "^-^^ '^^ ^wio 



HISTORIA DE GÜ£M£S Y DE SALTA— CAPÍTULO Vil 851 

un corazón capaz de las crueldades de un fanático, co- 
menzó su discurso vacilando como joven aprendiz, sin 
poder desde el primer momento dominar la situación. La 
repentina palidez de su rostro revelaba la turbación y 
aniquilamiento de su espíritu. 

— « Las palabras que acabamos de escuchar de labios del 
señor Obispo, muestran que los españoles que han con- 
quistado y poblado la América no han engendrado hom- 
bres en ella sino bestias,— comenzó diciendo el orador; 
puesto que los nacidos de aquellos padres parecen haber 
sido cosos semovientes y no verdaderos hombres, sim- 
ples siervos solamente de los nacidos en España de otros 
padres y no hijos ni herederos de los españoles de Amé- 
rica. Entre tanto, los que se han quedado en España ni 
han conquistado ni han poblado América; mientras que 
los que han tenido hijos en América son los que ocuparon 
el país. 

El señor obispo nos trae, pues, esta singular novedad:— los 
hijos no heredan á sus padres. ...» 

— « A mí no se me ha llamado á este lugar para soste- 
ner disputas, interrumpió el obispo afectado por lo mons- 
truoso que aparecia en la réplica,— sino para que maniñeste 
libremente mi opinión, y asi lo he hecho. » 

Tomondo Castelli nuevamente la palabra, añadió: 

—Los extraños, pues, los prójimos, los mercaderes que 
no han hecho jamás otra cosa que chupar el jugo de 
nuestra tierra, esos son los herederos. Sin embargo, nadie 
ha dicho hasta ahora un absurdo mas ridículo ni mas 
falso; y allí atrás, atrás del mismo señor obispo están las 
leyes que lo desmienten. Esas leyes declaran que los hijos 
legítimos son los herederos forzosos y únicos de los pa- 
dres; y como aquí no hay mas herederos ni mas conquis- 
tadores ó pobladores que nosotros, es falso que el derecho 
de disponer de nuestra herencia, hoy que la madre patria 
ha sucumbido, pertenezca á los españoles de Europa y no 
á los americanos. 

« Pero el señor obispo ha dirigido también un grande 
ataque contra el derecho de las naciones. Ha sostenido 
sin sospecharlo, que debemos someternos á Napoleón por 
el sagrado é innegable derecho de la conquista. Por que 



833 DR. BERNARDO FRÍAS 

tquién ha conquistado la España? íQuién ocupa todas sus 
provincias y quién manda á la gran mayoría de los espa- 
ñoles? No nos negará el señor obispo que es Napoleón. 
Luego, pues, si el derecho de conquista pertenece por 
origen y por jurisdicción privativa al país conquistador, 
justo sería que la España comenzase por darle razón al 
señor obispo abandonando la resistencia que hace & los 
franceses y sometiéndose por los mismos principios con 
que se pretende que los americanos se sometan & las aldeas 
de Pontevedras ó al populacho de la Carraca. La razón y 
la regla, señores, tienen que ser iguales para todos. 

«Pero hay proposiciones tan desatinadas que no deben 
discutirse. Aquí no hay conquistadores ni conquistados; 
aquí no hay sino españoles. 

«Los españoles de España han perdido su tierra; los 
españoles de América tratan de salvar la suya. Los de 
España, que se entiendan allá como lo puedan; los ame- 
ricanos sabemos lo que queremos, lo que podemos y á 
donde vamos, aunque el señor obispo no lo sepa ó no 
quiera seguirnos. 

«Bien, pues, señores: tratemos de resolver lo que nos 
conviene hacer por ahora, no perdamos el tiempo. Yo 
propongo á la asamblea la resolución de esta proposición: 
—Si en virtud de estos antecedentes, el virrey debe cesar 
én el mando. » 

Apoyando en seguida su moción en la argumentación 
legal que le ofrecían los antiguos monumentos de la cons- 
titución española, pasó á exponer la clase de vinculación 
que sugetaba las Américas al supremo gobierno de Es- 
paña. Para ello sostuvo con la fogosidad y el nervio que 
le eran característicos, que el derecho de los reyes de Es- 
paña & las ípdias provenia menos del descubrimiento, de 
la colonización, de la población y posesión secular de las 
Américas, que de la bula que el papa Alejandro VI, que invo- 
caba igualmente el obispo, por la cual constituyó estas 
tierras en feudo personal de los monarcas españoles; con- 
cesión pontificia que descansaba en la jurisdicción uni- 
versal qué el papa, como cabeza del linage humano, tenia 
sobre el mundo. 

Esta teoría de la soberanía personal del rey, que alejaba 



HISTORIA DE GÜEMBS T DE SALTA-CAPÍTULO VH 853 

del pueblo la fuente de la soberanía nacional, era el prin- 
cipio político que consagraba el derecho público europeo, 
con mayor fuerza y respeto en España, como tuvimos oca- 
sión de verlo en las páginas anteriores. El rey era posee- 
dor del gobierno absoluto; del rey emanaba y al rey cor- 
respondía todo poder y jurisdicción, y las provincias coiijo 
los pueblos y los hombres que los formaljan, solo tenian 
vínculos de vasallage, sugecion y obediencia & la corona, 
al rey y no á otra alguna entidad política. 

Siguiendo este gran principio fundamental de la monar- 
quía española en su régimen absoluto y de derecho divino 
como aparecía é imperaba entonces, el orador agregó, que 
por la América se debia obedíQncia personal al legítimo sobe- 
rano, de quien únicamente dependía y que & él solo le era 
debida; que destronado por lo menos en el hecho como 
lo estaba el soberano legítimo, y cautivo, además, ella exis- 
tía, sin emjjargo, en principio para sus vasallos fleles; que 
conquistada la España por un soberano extrangero, las 
provincias libres de la monarquía no le debían vasallaje 
ni obediencia, ni debían reconocer en él sinóá un intruso, 
por que no cabía esta vinculación por razón territorial, 
quedando los subditos del rey legítimo atados siempre á 
su persona, como soberano que reinaba en el principio 
aunque no gobernara en el hecho; que por consiguiente, 
faltando en el gobierno español el rey legítimo, la América 
no estaba obligada ú seguir la suerte de España, y una 
vez que había sucumbido y caducado esta, no debia reco- 
nocer ni obedecer á sus antiguas autoridades, que hablan 
caducado también. 

—«La España ha caducado en su poder para con la 
América, agregó al terminar, y con ella las autoridades que 
son su emanación. Al pueblo corresponde reasumir la 
soberanía del monarca é instituir en representación suya, 
un gobierno que vele por su seguridad. » 



XIX 



La idea del joven orador que acababa de abandonar la 
palabra, tan resuelta y decisiva, fué, á su vez, recogida por 



354 DH. BERNARDO FRlAS 

el Síndico procurador del cabildo, que lo era el Dr. D. 
Julián Leiva, proponiéndola en estos términos: Si se con- 
sideraba haber caducado ó nó el gobierno supremo de 
España. 

Esta no era cuestión que pudiera, á pesar de su gra- 
vedad para la causa española, tomar desprevenidos y de 
sorpresa & sus adiestrados defensores, por que ellos la 
tenian también preparada para un caso extremo en que, 
como el presente, la razón de los hechos y la fuerza de las 
circunstancias los obligara á tocar la estabilidad de las 
autoridades reales en América. Y para este momento 
crítico del debate, donde se encerraba la suerte de la revo- 
lución, el partido español iba* á desplegar toda la habilidad 
de su mejor vocero y todos los recursos de la ley, de la 
razón general y de la justicia que se presentarían á su favor 
y que, en verdad, lo habrían acompañado, ú no ser la razón 
suprema que imponían aquellas circunstancias extraordi- 
narias del interés político, de la salvación pública y de la 
gran burla que envolvía aquella capa de legalidad que se 
mostró en el debate. Por que si se resolvía que el gobier- 
no supremo de España habla caducado, caducaban también 
las autoridades que lo representaban en América, y por ende, 
correspondía tratar de reemplazarlas por otras; y la fuente 
soberana de donde estas potestades emanarían, por todos 
era mirada ser en el pueblo del virreinato de Buenos Aires; 
mas también era cierto para uno como para otro partido 
que, aquel que reasumiera en sus manos, en el distrito 
de la capital, el gobierno provisorio y el mando, por tanto, 
de las inferiores autoridades y las milicias armadas, re- 
partidas por pequeños trozos de guarnición en la mayoría 
de las ciudades del virreinato, ese llevaba la indisputable 
seguridad del triunfo en la elección del nuevo gobierno, 
el cual debía ser la vida ó la perdición de cualquiera de 
los dos bandos en pugna. 

Un jurisconsulto notable, abogado versadísimo en el 
derecho histórico constitucional de la monarquía, y que 
tanto por su saber y talento cuanto por las funciones ele- 
vadas de flscal de la real audiencia gozaba de merecido 
respeto y consideración entre la mejor gente de Buenos- 
Aires, púsose en seguida de pié, con toda aquella su au- 



.^ 



HISTORIA DE GOEMES Y DE SALTA-CAPÍTULO Vil 3W 

toridad, como el abogado defensor de los derechos espa- 
ñoles en América. Era el Dr. D. Manuel Genaro Villota, 
miembro honorario del Supremo Consejo de Indias. 

Su voz era solemne, su ademan tranquilo y grave, y 
dominaba la posición con la serenidad y firmeza que le 
prestaba su larga vida pública. Pendiente de sus labios 
tenia por largo espacio la febriciente atención de patrio- 
tas y españoles, estos, por que llegaba á la cima de su 
elevación la grandeza de la defensa de su causa, y aque- 
llos por que les turbaba el ánimo el asombro de escu- 
char al abogado enemigo penetrar en el campo patriota 
justificando la verdad de sus doctrinas. Por que el Dr. 
Villota comenzó, desde un principio, admitiendo, en lo 
posible, la pérdida de España y sosteniendo que en caso 
semejante, la soberanía hasta entonces ejercida por el 
monarca como único soberano en la monarquía en su 
vida regular, retrovertía al pueblo, su fuente primitiva, el 
cual estaba habilitado, cualquiera que fuera la forma de 
gobierno que rigiera al estado, para ocurrir á su propia 
salvación en estos casos extraordinarios, en estos gran- 
des conflictos públicos en que, desaparecida la cabeza, los 
miembros abandonados del gran cuerpo político de una na- 
ción no podían quedar flotando á la ventura cual despo- 
jos de un naufragio. Fijó sus ojos en el mismo Buenos 
Aires, y halló fresco aun el ejemplo que había dado de 
estos actos de pública salvación y seguridad del estado, 
en 1806, nombrando por su propia autoridad un nuevo go- 
bierno digno y capaz de salvar sus destinos. 

Xada mas halagador ni mas hábil y propicio que aquellos 
recuerdos para aquietar los espíritus adversos á su causa 
y subyugarlos por tan diestra elocuencia y conducirlos en 
seguida á la aceptación de la gran doctrina política del 
congreso general del virreinato, donde cimental>a el parti- 
do español su definitiva victoria. 

Por el solo hecho de haber desaparecido el supremo 
gobierno de España, ¿tenia Buenos Aires, la sola ciudad de 
Buenos Aires, el derecho de disponer de la suerte y de los 
destinos de todos los demás pueblos del Rio de la Platal 
Esta fué la cuestión cuyo brillo y peso formidable contur- 
bó sobremanera el espíritu de los patriotas, hasta el ex- 



356 DR. BERNARDO FRÍAS 

tremo de hacerlos vacilar y aun desesperar del triunfo de 
su causa. 

Buenos Aires era una ciudad igual en derechos y cate- 
goría Á las demás ciudades; Buenos Aires no tenia la 
representación de los pueblos del interior; Buenos Aires 
era, en fin, una simple minoría que no podía imponer su 
voluntad á los demás pueblos sus iguales y, en su conjun- 
to, superiores por la gran ley del número. 

Así, pues, el Dr. Villota sostenía que no pudiendo uno 
sola ciudad, un solo municipio deliberar y resolver sobre 
el gobierno general de todo el país, este gobierno solo cor- 
respondía ejercerse por la autoridad que creara la volun- 
tad general de todo el pueblo. Nada mas lógico que esto, 
ni nada mas acertado y consecuente con las leyes y prác- 
ticas seculares de la monarquía española. Todos los ante- 
cedentes de su historia enseñaban que, para las grandes 
necesidades públicas, los ayuntamientos de las ciudades 
españolas enviaban sus diputados á reunirse en cortes, 
cuyos procedimientos, hasta los últimos días, acababan 
de ser confirmados por los sucesos de España, formando 
la Junta Central por medio de las diputaciones de las pro- 
vincias libres. 

En consecuencia de estos principios, el severo orador 
opinaba aconsejando á lu asamblea que el procedimiento 
legal & observarse era de que se aplazara toda medida 
que pudiera alterar por el momento el orden de cosas 
establecido, así por que era de derecho como de alta pru- 
dencia política, pues evitaría los trastornos que acarrearía 
el justo espíritu de rivalidad que se despertarla en los 
pueblos del interior si, prescindiendo de su intervención, se 
formara un nuevo gobierno general, llegando solamente para 
garantía de todos, á asociar al gobierno actual del virrey, 
dos miembros de la audiencia, por que esta era autoridad 
que igualmente emanaba del monarca, hasta tanto se reu- 
nieran en congreso general todos los representantes de 
los pueblos del virreinato. 

Era de esta manera como el orador explicaba y desenvol- 
vía el plan político del virrey y su partido, que no debió 
sorprender, sin embargo, á los hombres que encabezaban 
aquel debate por el lado de la revolución, pues era el 



HISTORIA OB GOEMES T DE SALTA— CAPITULO VU 857 

mismo que habia esbozado con tintas clarísimas el virrey 
en el manifiesto que habia lanzado A la faz del virreinato 
hacia tan pocos dias y que lo habia ratificado en las últi- 
mas conferencias con los diputados de la revolución y que 
el mismo cabildo, instantes hacia, lo habia expuesto y 
aconsejado en su discurso oficial de apertura de la asam- 
blea. 

Sin embargo, la palabra de Villota hizo retrocede!* de 
pronto al nuevo espíritu y arremolinarse en un movi- 
miento de desesperada ofuscación é impotencia. Aquella 
oratoria concienzuda y habilísima habia desconcertado & 
sus adversarios y se hacia necesario para vencerla, ó un 
acto de rarísima audacia ó un recurso oratorio magnífico 
ó, en fin, una igual y mas acertada habilidad dentro del 
mismo terreno legal en que se escapaba el triunfo, ya que 
no se queria salir de los textos y seculares práticas de la 
monarquía. 

En aquel momento solemne y difícil, D. José Antonio 
Escalada pide al Dr. D. Juan José Passo, abogado profundo 
y respetable, que presentara la réplica al discurso del Dr. 
Villota; Rodríguez Peña y el Dr. Castelli lo instan en igual 
sentido hasta que, repentinamente, la pequeña figura de 
Passo aparece levantada en brazos del Dr. Castelli y pre- 
sentada en medio del recinto para que hiciera, en nom- 
bre de la patria, el postrer esfuerzo de la elocuencia, A 
fin de reconquistar el campo que aparecía para todos como 
perdido. 

Después de una corta meditación, el Dr. Passo recogió, 
como base por todos ya admitida y aceptada, que A los 
pueblos correspondía, en los momentos críticos por que, 
á las veces, suele atravesar su vida, el resolver sobre su 
propia suerte. Pero el razonamiento de su poderoso ad- 
versario habia demostrado que, aunque eso era verdad, 
lo era también que Buenos Aires, por su propia autoridad, 
nada podia sin el concurso y voluntad de los pueblos res- 
tantes.—» Buenos Aires, observó sobre esto el patriota 
orador, no solo es la capital ó cabeza del virreinato y la 
hermana mayor de las demás provincias sino que, por 
razón de su situación, de su puerto y de su rio, es la que 
mas expuesta se halla y mas al alcance de los enemigos 



n 



aOB DR. BERNARDO FRÍAS 

exteriores, como yo lo ha probado; peligros inminentes 
son estos que se agravarían si su gobierno ha de vivir 
divorciado con el pueblo y mal avenido con el patriotismo 
de su vecindario. 

«Los peligros que tratamos ahora de coiyurar son, por 
su naturaleza y alcance, comunes para todo el virreinato. 
Los pueblos que lo constituyen están formados de hijos 
de la tierra, animados de un mismo interés y unidos en 
idénticos anhelos. Esta es una verdad que no puede ne- 
garse. Y, así como los hermanos ó los amigos pueden 
tomar legítimamente el negocio ageno para beneficiar al 
ausente ó para salvarle sus derechos en peligro, así tam- 
bién, por ese mismo principio jurídico y por las leyes es- 
critas que el señor Fiscal conoce mejor que yo, esa ca- 
pital ó pueblo, avanzado al peligro común de todos los 
demás de su círculo, tiene la innegable facultad y el de- 
recho propio de tomar, por lo pronto, la gestión del asunto, 
sin perjuicio de someterse después á la aprobación de sus 
consocios ó iguales, dándoles cuenta y razón de lo hecho 
en su nombre y beneficio. 

« Bien lejos estamos, por otra parte, todos los que forma- 
mos esta asamblea, de negar á los demás pueblos hermanos 
que constituyen el virreinato, la voz que les corresponde 
en un congreso general para aprobar ó rechazar lo que 
practique la capital en bien y salud común, y resuelvan 
definitivamente lo que creyeren de mas acertado y conve- 
niente. Y aun esos mismos pueblos carecerían de dere- 
cho y de justicia para negarle al de Buenos Aires la fa- 
cultad de obrar por sí y de asegurar su propia suerte en 
caso que ellos prefiriesen separarse de las resoluciones 
que ahora se lleguen á tomar aquí. 

((La misma España nos ha daclo ejemplos recientes de 
haber obrado en este sentido y el mismo señor virrey ha 
absuelto, como acto de patriotismo y de celo, el dado hace 
tan poco por Montevideo, cuando se mantuvo separado de 
la autoridad de esta capital hasta que le pareció mas legal 
ó mas conveniente á sus intereses. 

¿Con qué derecho, entonces, con qué antecedentes podia 
negársele ese mismo derecho á la capital, si llegara el caso 
extremo de que resolviese mantenerse en ese estado hasta 



HISTORIA DE GÜEMBS Y DB SALTAD-CAPÍTULO VH 860 

la reposición del rey legítimo, que es el único que puede 
imponer obediencia absoluta á sus mandatos? 

c( La reunión de un congreso general de todos los pue- 
blos del virreinato para que establezca las formas den- 
nitivas del nuevo gobierno, es un principio ya indiscutible; 
pero para que esta consulta y su flnal resolución sean 
legítimas y den los resultados que esperamos de ellas, es 
indispensable que sea libre, y no puede ser libre si la 
elección de sus diputados se veriñca bajo la influencia de 
los empeñados en contrariar estos propósitos, que son las 
autoridades caducas que aún ejercen de hecho el poder 
en todo el territorio. Siendo, pues, nueva la situación, 
nuevos deben serlo también los medios il emplearse: por 
consiguiente, corresponde que Buenos Aires haga la con- 
vocatoria del congreso general, y él lo hará garantiendo 
la libertad de todos; y en manos de Buenos Aires se halla- 
rá también mas seguro que en ninguna parte, el depósito 
de la autoridad y los derechos comunes. » 



XX 



El discurso de Passo decidió en el terreno legal, el 
triunfo de la revolución. El partido español se sintió aba- 
tido; sus mejores campeones habían agotado el uno la 
procacidad y el otro la elocuencia y confesaban su derrota, 
porque, volviendo ú tomar la palabra el fiscal Villota, no 
lo hizo ya para discutir sino para suplicar, viéndosele cor- 
rer las lágrimas de sus ojos. 

Terminado de esta manera el debate, entre varias pro- 
posiciones que fueron rechazadas, fué votada aquella que 
establecía si se debía ó no subrogar la autoridad que 
ejercía el virrey por otra, para ser ejercida á nombre del 
rey Fernando VII; y, en caso afirmativo, cuál debía ser 
esta. 

Para mayor seguridad de triunfo, el partido patriota 
impuso que la votación fuera nominal y pública, & pesar 
de haber muciios del bando español que, considerando las 
circunstancias en que iban á sufragar, la pidi^on secreta. 
Al verificarse la votación se notó la importancia de este 



d60 Da BBRNARDO FBIA8 

procedimiento, pues, en virtud de señales convenidas que 
se tiacian desde los balcones del cabildo, el pueblo aglo- 
merado & su pié, en la plaza, aclamaba los votos mas fa- 
vorables como intimidato á los españoles que votaban 
en contrario; y estas manifestaciones fueron tales, que 
muchos de los enemigos se vieron obligados á retirarse 
seci*etamente sin emitir sus votos. 

Del cómputo de aquella votación quedó resuelto que se 
retiral3a del virrey la autoridad y se facultaba al cabildo 
para crear una junta de gobierno provisorio, hasta la 
reunión del congreso general. 

No conformes los españoles con esta derrota, secreta- 
mente discurrieron y acordaron con los miembros del 
cabildo, cuya mitad les pertenecía, de modiflcar la resolu- 
ción del 22 de Mayo, entregando la presidencia de la junta 
de gobierno que creaba, al mismo virrey que el congreso 
hnbia separado del gobierno, dándole, á mas de esto, el 
mando de las armas y con todos los honores y sueldo de 
su antiguo empleo. El 24, el virrey recibió el bastón de 
gobierno nuevamente de manos del presidente del cabildo, 
prestando el respectivo juramento, al mismo tiempo que 
se recibían del cargo de vocales los miembros de la 
nueva junta dictándose, entre otras medidas de buen go- 
bierno, la convocatoria acordada por la asamblea del 22, á 
todas las provincias del virreinato, á reunirse en congreso 
general. 

Si grande y profundo fué el atotimiento que la resolu- 
ción del cabildo del 22 de Mayo produjo entre los españo- 
les, igualmente intensa é indecible fué la alegría y entu- 
siasmo que despertó en su pecho esta audaz reacción del 
cabildo que, dejando de lado lo resuelto por la asamblea, 
voívia á colocar á la cabeza del gobierno al mismo virrey 
horas antes depuesto. Era una contrarevolucion de ga- 
binete. <v Todos los empleados y tribunales rebozaban de 
alegría como si hubiesen salido del mas apurado conflicto. » 
La luminaria encendida aquella noche por manos españolas 
en toda la ciudad, proclamaba triunfo tan peregrino; y el 
virrey, durante el dia, fué el empeñado objeto de los cum- 
plidos que le rindieron todas las corporaciones, magistra- 
dos y vecinos parciales suyos, como que todos ellos 



mSTORU DB GOBBfBS Y DB SALTA-CAPÍTULO VU 861 

pertenecían al partido español por arecCion de nacionali- 
dad ó de vinculaciones políticas ó particulares. 

Pero aquella misma noche reaparecía en el palacio del 
virrey el mismo ó mas temeroso conflicto; por que, en 
cuanto se conoció del público la audaz enmienda consu- 
mada por el cabildo á la solemne resolución de la asamblea 
del 22, un rumor creciente y amenazador comenzó & le- 
vantarse dilatándose por toda la población. La indignaóipn 
patriótica enardeció al mayor extremo las almas de los 
burlados, descollando entre la multitud la juventud patriota, 
legión llena de animación y exaltado apasionamiento que, 
bajo el nombre ya conocido de chisperos, dilataba el fue- 
go revolucionario. A su frente se distinguía por los 
mas ardientes y activos de entre ellos, á los jóvenes D. 
Domingo French y D. Luis Berutti; mientras los personages 
mas conocidos y eminentes, constituidos en junta revolu- 
cionaria, deliberaban reunidos en casa de Rodríguez Peña. 
«Juro á la patria y á mis compañeros, dyo noblemente 
emocionado uno de los de la reunión, que si á las tres, de 
la tarde del dia de mañana el virrey no ha renunciado, lo 
arrojaremos por las ventanas déla Fortaleza, abajo. » Era 
D. Manuel Belgrano. 

En los cuarteles reinaba idéntica y quizá mas ardiente 
filjitacion, estando á punto algunos cuerpos de lanzarse 
inmediatamente á la acción. I^ masa del pueblo que se 
condensó desde por la tarde á los pies de los balcones del 
cabildo, habíase lanzado á pedir venganza golpeando la 
puerta de los cuarteles; los españoles, llenos del mas justo 
temor, comenzaron & ocultarse en el fondo de siis mo- 
radas. 

En vista de aquella exaltación popular, pasaron esa mis- 
ma noche al despacho del virrey el coronel Saavedra y el 
Dr. Castelli, miembros de la junta formada por el cabildo, 
aprovechando el momento en que se reunían los demás 
vocales para celebrar la primera sesión del nuevo go- 
bierno. Ya en su seno, Saavedra manifestó al virrey era 
necesario renunciara el gobierno ó, al menos, el mando 
de las armas; por que el pueblo usí lo exigía amenazando 
con el peligro de nueva conmoción. El virrey, por orgu- 
llo y por honor, no consintió en rendir el mando de las 



862 DR. BERNARDO FRÍAS 

armas, y antes, convino en renunciar, juntamente con sus 
colegas de la junta, el empleo que acababa de recibir. 



XXI 



Aquella noche fué noche de ansiedad. Sus principales 
horas se ocuparon en la subscripción popular de una 
representación al cabildo, la que fué presentada aquello 
misma noche y la cual era subscripta por «un conside- 
rable número de vecinos, los comandantes y varios oflcia- 
les de los cuerpos voluntarios por sí y á nombre del pue- 
blo » quien decia, por medio de esta petición, era su vo- 
luntad que el cabildo procediera A hacer nueva elección 
de vocales que hayan de constituir la Junta de Gobierno y 
los cuales hablan de ser necesariamente, el coronel D. 
Cornelio Saavedra como pi*esidente, los doctores D. Ma- 
nuel Belgrano y D. Juan José Castelli, el coronel de mi 
licias D. Miguel Azcuénaga, el párroco D. Manuel Albertí 
y los mercaderes D. Juan Larrea y D. Pedro Matheu, como 
vocales; y como secretarios, los doctores D. Mariano Mo- 
reno y D. Juan José Passo. 1). 

Con la luz del nuevo dia amaneció el viernes 25 de Mayo 
de 1810, dia por todo extremo memorable, sorprendiendo 
en vela al pueblo de Buenos Aires. El cielo se presentó 
cubierto y obscuro; el tiempo lluvioso y destemplado. En 
la plaza mayor se hallaban, desde el amanecer, grupos de 
patriotas decididos encabezados por los gefes de los chis- 
peros, Frencb y Berutti. 

En las primeras horas de aquella mañana, el cabildo se 
reunió en acuerdo para trotar sobre la renuncia colectiva 
del virrey y la junta recientemente creada y la represen- 
tacion popular. Aun en esa altura de los acontecimientos, 
su actitud fué todavía porfiada y terco; que así contestó 
á lo junta renunciante resistiera y castigara esa petición 
popular por medio de los armas, como un otentado sedi- 
cioso. 



\) Aii lo dice la mgumda Ájda M 25 de Uayo. 



fflSTORU DE GOEMES Y DE SALTÍl-CAPITULO VII 863 

A SU frente, la masa común del pueblo aglomerado en 
la plaza mayor, comenzó & organizarse como una entidad 
poderosa y justamente temible, dispuesta á entrar abierta- 
mente en la lucha. . . .A iniciativa de French, cinías 
blancas y celestes, colores ya amados del pueblo argentino 
desde que lucieron en el uniforme de los patricios en los 
dias gloriosos de las invasiones inglesas, se colocaban en 
el sombrero y sobre el corazón de todos los patriotas. 

Empero, aquella masa popular emocionada é impaciente 
no era de aguardarse permaneciera mas tiempo á la es- 
pera de lo que el cabildo resolviera, tras larga sesión, 
respecto á la representación que la noche anterior habia 
puesto en sus manos. Y como los ajitadores renegaran 
de la paciencia, con ellos inundó la masa popular las ca- 
sas consistoriales llenándolas de un inmenso clamor. Sus 
caudillos, presidiendo una diputación de aquella muche- 
dumbre, trepan las escaleras, llegan hasta la sala capitu- 
lar, en donde, sorprendiendo á los miembros del cabildo 
que aun estaban en sesión, declaran á noinbre del pue- 
blo, que pasaba ya sobre toda paciencia un tiempo que 
era precioso y no podia mas perderse; añadiendo que el 
cabildo^ al dar la presidencia de la junta de gobierno al 
virrey, no tan solo habia excedido de sus facultades, sí 
que también habia burlado y defraudado la confianza en 
él depositada por el pueblo; y que . era este ahora quien 
pedia se le depusiera inmediatamente del mando. 

Ante aquel increíble atentado cometido por aquella mu- 
chedumbre y sus demagogos, que condenaban las leyes 
de buen gobierno en todo país ordenado y constituido, el 
cabildo mostróse aun impertérrito en resistir á la opinión 
y aun & los mismos hechos, sin persuadirse qué aquello 
no era otra cosa que una verdadera y gran revolución 
que se desencadenaba sobre su cabeza; y así, mientras 
escuchaba esta injuria á su autoridad, mandó pedir'auxi- 
lio de fuerza armada para guardar sus respetos, ú los co- 
mandantes que la dirigían. Mas con asombro suyo, aque- 
llos gefes, en vez de su apoyo, pidieron también, como 
lo hacía el pueblo, la inmediata deposición del virrey, por 
exigirlo así la suprema ley de la salvación pública. 

Convencido, al fln, el cabildo que su tenacidad era inútil; 



864 DR. BBRNAHDO FRIA8 

que se hollaba abandonado como lo estaba el virrey, así de 
la opinión pública como de las fuerzas militares,— postrer 
apoyo de los malos gobiernos, dirigió al virrey una di- 
putación suplicatoria de su renuncia « sin lral)a ni res- 
tricción alguna» le decia, por que así lo exigía su propia 
salvación y la de la tranquilidad pública. 



XXII 



Mientras estas escenas se realizaban en el seno del ayun- 
tamiento, Berutti, repentinamente inspirado por la audacia 
del genio de la revolución en su momento supremo, re- 
novó allí, en la misma plaza, sin mas autoridad que su 
autoridad de caudillo, un personal de gobierno, en cuya 
lista entraban distinguidísimos patriotas que figuraban ya, 
como hemos Visto, desde la noche anterior como expre- 
sión déla volunlad del pueblo y de imposición forzosa para 
formar la nueva junta de gobierho, en la representación 
que se tenia presentada al cabildo. 

Este proyecto para constituir la verdadera junta de go- 
bierno de la revolución, fué por su autor puesta seguida- 
mente en conocimiento de le masa popular allí reunida 
y fué por ella aclamada, como debia nacesariamente su- 
ceder, y enviada por medio de una diputación, inmedia- 
tamente al cabildo, como una imposición de este nuevo 
y peligroso soberano. 

La resolución de Berutti fué verdaderamente uno ins- 
piración feliz que cortaba de un tojo el último nudo que 
formobo resistencia á lo voluntad general y ohorrobo, al 
resto de las fuerzas patriotas, un trámite mas estrepitoso, 
oigo mas lento, aunque no monos seguro: el pronuncia- 
miento de lo fuerza militar. 

Pero si aquello medida evitobo que el ejército se Iniciara 
en los compás electoroles y se convirtiese en terrible guor- 
diQ pretoriono, un otro monstruo, igualmente terrible, el 
pueblo bajo, lu muchedumbre anónima, alzobo su cabeza, 
ese dio poro dorio y, mas torde, paro oniquilor lo libertad. 

Sin embargo, la multitud que imponía al cabildo no cor- 
respondía en su entidad á la grandeza de su acción, por 



mSTORU DS QOSMBS T DB 8ALTA-0APtTUL0 VU 86S 

que la lluvia incómoda de aquel dia y lo' avanzado de la 
hora, habian alejado de la plaza la mayoría de la concur- 
rencia popular que seguía desde el dia 22, y como sucede 
siempre en estas grandes agitaciones públicas, formando 
á manera de coro á aquellos actores del drama revolu- 
cionario. La diputación que presentó la lista de la nueva 
junta al cabildo para su consagración, invocó para impo- 
nerla en el ánimo del ilustre cuerpo, el nombre y la vo- 
luntad del pueblo. 

Al escuchar aquella invocación, el cabildo, obcecado en 
su terquedad, exigió para cerciorarse de la verdad, se 
congregara ese pueblo en la plaza y diera ente él 6 cono- 
cer su voluntad. 

Los gefes del grupo popular bajaron é hicieron formar 
entonces al frente del cabildo la línea de sus partidarios 
que en aquel momento y por las causas antes apuntadas, 
apenas si pasaba de un centenar de personas, ofreciéndola, 
por pueblo, á la vista de la autoridad. Y como el cabildo 
hubiera asomado al propio tiempo & sus balcones para 
consultar la voluntad del pueblo en cuyo nombre se le 
exigía de tan perentoria manera la proclamación del 
nuevo gobierno según lo imponía la lista presentada, uno 
de los vocales, el Dr. Leiva que funcionaba de síndico pro- 
curador de la ciudad, viendo, 6 pesar de los esfuerzos de 
aquellos gefes aislados de la revolución, el recinto de la 
plaza escueto y casi desierto, tendiendo una mirada por 
aquel ancho espacio, preguntó en un grito dramático á 
los gefes populares:— « (Dónde está el pueblo?» 

Aquel recurso era, sin duda, de grande y soberbio apa- 
rato. La verdad de los hechos que señalaba el síndico 
Dr. Leiva, desmentía, sin réplica posible, la existencia del 
soberano cuyos mandatos se invocaba. Allí no estaba el 
pueblo. 

Pero, ante aquella interrogación, varias voces despren- 
didas del grupo de los patriotas respondieron indicando 
qué se tocara 4a campana del cabildo y que el pueblo apa- 
recería; agregando que si el cabildo lo deseaba, persistien- 
do en dudar de la voluntad general, ellos tocarían generala 
y abrirían los cuarteles y ya se vería, entonces, donde 
estaba el pueblo. 



.m • . . DB. BERNARDO FRÍAS 

. Ante aquella última y terrible amenaza, cuya verdad de 
realización era por el ayuntamiento mas que por nadie 
reconocida y temida, aquellos casi heroicos sostenedores 
del viejo régimen español que hasta el último momento 
asi disputaban los. fallos inexorables del destino como las 
crecientes iras populares, y oprimidos por sus adversarios 
fuertes y armados, ,se doblegaron, al fín, ante la fuerza 
superior, protestando, sin embargo, como un resto de su 
postrer aliento, que «cedian á la violencia con una pre- 
cipitación sin término, para evitar los tristes efectos de 
una conmoción declarada; por lo que acordaban sin pér- 
dida, de instantes, el establecimiento de una nueva junta 
cuyos vocales les eran designados por el escrito presen 
tado^ por los que hap tomado la voz del pueblo; debién- 
dose archivar aquel escrito para constancia en todo tiempo. » 

£1 cabildo entonces, reapareciendo en sus balcones, ofre- 
ció á aquella agrui^cion de revolucionarios las bases 
, ligeramen|,e redactadas en lus que descansarla el nuevo 
gobierno, las que aparentaban como primordial objeto, la 
guarda y conservación de los derechos del rey; y ellas 
fueron, de esta manera inusitada, sancionadas por aquel 
grupo popular que sesionaba en improvisada asamblea en 
la plaza de la Victoria; simple fórmula procedimental que, 
aparte de aquellos casos de violencia que todo lo disculpan 
por la grandeza y justicia de sus fines, no deberla en ade- 
lante bendecirla la historia, y que, en aquella hora me- 
morable y bendita, aparecía por la vez primera con el ter- 
rible misterio de su poder. 

Al proceder así, los revolucionarios de Buenos Aires 
« obraron sabiamente. Si se avanzan un paso mas allü, el 
25 de Mayo habría sido un dia de luto. » 

Nada se había preparado, en efecto, por el comité revolu- 
cionario al través de los pueblos que pudiera hal)er dis- 
puesto la opinipn. pública hacia la independencia. Ni en 
el mismo Buenos Aires, donde se desarrollaban estos su- 
cesos, era aquel pensamiento la aspiración popular. En 
aquellos momentos, como lo vimos, la pasión política que 
ajitaba la opinión eran los actuales trastornos y peligros 
que, así en España como en América, lenian conmovidos 
los espíritus; y como las ambiciones de Napoleón y los 



HISTORIA DE aO^MES Y DE SALTA— CAPÍTULO Vn 867 

trabegos de la corte de Portugal, por mano dp su reina 
Carlota, amenazaban la patria directamente al pretender 
apoderarse de los dereclios del rey legitimo, la causa 
actual de Fernando VII envolvía Qn sí la verdadera sal- 
vación de América. Así, pues, aquella adhesión que se 
mostraba al rey era obra de sabiduría y prudencia, por 
que toda la opinión pública de América estaba prepa- 
rada en aquellos momentos solo en aquel sentido, pi- 
diendo defensa contra las maquinaciones que ofjreciaa la 
patria ú Napoleón ó al Portugal y. en las que estaLian com- 
plicados los mismos gobernantes españoles, y por que no 
se puede de un golpe romper una cadena labrada por la 
paciencia de los siglos. Este fué el propósito aparente, la 
razón ostensible del movimiento del 25 de Mayo que, al 
mismo tiempo que evitaba el choque de sus propias fuer- 
zas, desarmaba, por el derecho, é sus adversarios y se 
hacia seguir con decisión por todos los pueblos. ,. 

XXIII 

Concluyó de esta manera el gobierno español en el ter- 
ritorio argentino, derrocado por la sola fuerza de la opinión 
pública alzada en armas, sin disparar un tiro y sin que 
una sola gota de sangre violentamente derramada man- 
chara el suelo de la patria redimida de esta suerte, el 25 
de Mayo de 1810, del pesado yugo español que, por espacio 
de tres siglos, habia reinado con absoluto poderío, opri- 
miendo y sofocando todas las manifestaciones del espíritu 
deseosas de engrandecimiento y libertad. La Junta de 
Mayo venia & formar, de esta manera, el primer gobierno 
argentino, por que asumió, aunque en un carácter provi- 
sorio, el mando general de todo el territorio como reem- 
plazante de la autoridad de los virreyes. 

£1 nuevo golnerno, sin embargo, no constituyó un poder 
representativo de un pueblo independiente y soberano. 
La prudente política de los hombres que dirigían aquellos 
acontecimientos, hízoles cubrir este primer paso hacía la 
deseada independencia, beyo el ropage legal déla guarda de 
los derechos del rey Fernando Vil, & imitación de lo. que 



8é8 DB. BERNARDO PRIA8 

sucedía en aquellos dias en España y en el resto de la 
América, en seguida. Y como el reconocimiento del 
nuevo poder en el resto del territorio se temiera fuera re- 
chazado por permanecer en el interior del país todo el poder 
político y militar en manos de los gobernadores de las in- 
tendencias, todos ellos en comunión con los intereses a))6o- 
lutistas del antiguo régimen decapitado en Buenos Aires, 
se acordó, al mismo tiempo, el alistamiento de una expe- 
dición militar que, en el término de quince dias y fuerte 
de 500 bayonetas por lo monos, debería marchar á libertar 
los pueblos del interior de toda opresión por parte de 
sus gobernadores y antiguas autoridades, bajo el pretexto 
de que pudieran elejirse con entera libertad los diputa- 
dos de las ciudades y villas principales, convocadas á 
Junta general para establecer el gobierno que definitiva- 
mente debia regir al país, hasta la restauración del rey 
en el trono español. 

Observando el cabildo, por otra parte, la fermentación 
de los ánimos y midiendo cuánto era temible una 
conmoción popular ' si corrían los instantes sin instalar- 
se la Junta gubernativa impuesta por la revolución, acertó 
á resolver se convocaran á su recinto los vocales de 
aquella á fln de recibirse en el mismo dia del mando 
superior, reduciéndose, por la estrechez de las circuns- 
tancias, el largo ceremonial acostumbrado. 

Los miembros de la nueva junta, requeridos así por el 
cabildo, y qiie se hallaban reunidos en casa de Azcuénaga, 
allí en la misma plaza mayor, pasaron á la sala capitular 
á recibirse del 'gobierno de su patria, que signiflcaba en 
aquel momento feliz, la coronación de la victoria. 

Cuando aquellos personages penetraron al recinto, los 
capitulares se mostraron sentados be^Jo docel teniendo por 
delante un sitial y, sobre él, un hermoso crucifijo de plata 
y marfil y el santo libro de los evangelios, cerrado. 

Ambos costados del salón ocupaban en orden gerárquico, 
las autoridades y dignatarios civiles, de la iglesia y del 
ejército destacándose de en medio de ellos, como un 
trofeo de la victoria que alcanzato la patria en aquel dia, 
la flgura del obispo Lúe, corifeo mayor de sus opresores; 
mas en seguida, lo distinguido de Buenos Aires que 



HISTORIA DB QUEME» Y DE SALTA-CAPITULO Vn 369 

acudió entusiasta á presenciar escena tan magníñca. 

Por entre la calle que, abriéndose en dos alas dejaba 
aquella concurrencia distinguida, atravesaron la sala ca- 
pitular llegando hasta el retablo, los miembros del nuevo 
gobierno. La emoción dominaba por completo á aquellos 
hombres; las aclamaciones de tan selecta multitud 
desde que aparecieron á su vista los miembros de la 
junta, llenó con sus vibraciones el espacio encerrado en 
aquel recinto. 

Entonces el alcalde Lezica, que presidia el cabildo, ini- 
ció la ceremonia de la recepción del nucro gobierno, po- 
niéndose de pié; el Dr. Leiva, síndico procurador de la 
ciudad, abrió el libro de los evangelios y, á una señal 
del alcalde, el coronel Saavedra cae postrado de rodillos 
poniendo su mano derec*.ha sobre el texto santo; sus 
compañeros de gobierno, postrados igualmente en tierra, 
se encadenaron unos á otros, colocando Castelli su mano 
sobre el hombro derecho de Saavedra y Belgrano sobre 
el izquierdo y sus demás colegas sobre los de estos, paro 
que la mano del presidente ligada así hasta el último, 
uniera también el evangelio con ellos. 

— «Juro & Dios, dijo entonces Saavedra, y por estos 
santos evangelios, desempeñar legalmente el cargo que se 
me ha conferido; conservar en su integridad esta porte 
de la América & nuestro soberano D. Fernando Sépti- 
mo y sus lejítimos sucesores, y guordar las leyes del 
reino. » 

Mientras resonaban estas palabras en medio de un au- 
gusto silencio, el corazón de los patriotas allí testigos de 
aquella imponente ceremonia, ensanchábase rebozante de 
júbilo inefable, y las lágrimas de una santa emoción ane- 
gaban los ojos. 

Los miembros de la Junta Provisoria gubernativa de 
LAS PRovrNCEA.^ DEL Rio DB LA PLATA como sc denomluó 
desde entonces el nuevo gobierno, pasaron seguidamente 
á ocupar el asiento de honor, bajo docel, cedido á ellos 
por el cabildo. Saavedra, su presidente, dirijió la palabra 
al concurso, trémulo y conmovido por la grandeza supre- 
ma de aquel acto, exhortándolo á mantener el orden, el 
imperio de las leyes, la unión y fraternidad después 



870 DR. BERNARDO PRUS 

de tari grande triunfo, y reclamando, al propio tiempo 
para la persona del depuesto virrey, cabeza que era de sus 
enemigos, los respetos y consideraciones ó que era acree- 
dor; exhortaciones que, pasando al balcón principal de la 
casa, reprodujo én frente de la multitud que llenaba la 
plaza en aquel momento. 

Allí se vio, en esa plaza llamada ya de ¡a Victoria, y en 
las galerías y sitios abrigados de sus contornos, un pueblo 
inmenso que, electrizado y feliz, llenaba con sus Víctores 
y aclamaciones aquel lugar, cuna desús primeras glorias, 
saludando la redención de su tierra. Las damas porteñas, 
engalanadas con los colores celestes que formaban ya la 
divisa dé la patria, aparecieron también á bendecir la 
hora primera de su libertad. Grandes fogatas en las en- 
crucijadas de las calles, sistema que se usaba para mos- 
trar el regocijo publico en aquellos tiempos, comenzaban 
á encenderee al llegar las primeras sombras de la noche; 
en tanto que las calles de la población aparecían con sus 
casas empavezadas de día de fiesta con vistosas y alegres 
colgaduras, donde resonaba el entusiasta bullicio de pa- 
seos y músicas y cantos triunfales; coronando todo aquel 
inmenso regocijo las campanas echadas á vuelo desde lo 
alto de las torres, las dianas militares llenando con sus 
ecos marciales los senos del espacio y el estruendo de 
las salvas de fusilería que resonaban desde el recinto del 
Fuerte, hasta aquel dia memorable, asiento de los virreyes 
españoles. 



CAPITULO VIII 



Pronuncia miento de Sait 



SUMARIO:— La noticia de la rerolucion llega á Salta-^Oelebracion do ca- 
bildo abierto: fisonomía do la concurrencia; personages mas notables 
— Votos de Santiv¿ñoz y de Nadal; voto del cuerpo de abogados y 
del militar; voto del obispo y del clero ^El cabildo se adhiere a la re- 
solución— importancia política de la. actitud de Salta; las ciudades sub* 
alternas— Salta salva la reTolucion— Córdoba se subleva por el rey; 
trabajos realistas—Fuerzas y elementos de la causa del rey en 1810— 
Salta so pone de pie— El grito de la independencias— Vñnci^^ltñ persona- 
ges que encabezaron el pronunciamiento— Aprestos militares; la Guardia 
ÍTróana—El sacrificio de Salta— Una fuersa realista baja del Alto Perú 
en auxilio de Córdoba— -Plan militar de los españoles- El gobernador 
Izasmendi y la revolución — ^El coronel D. Diego de Pneyrreoon gefé de 
la defensa— £1 teniente Güemes encargado de la vigilanela del enemigo 
— El primer combate; rechazo de los realistas. 

Organización militar— La patria en Salta— La causa del rey en Salta 
Las fuerzas realistas de Córdoba toman rumbo al Perú— Ooniuracion, 
contra Izasmendi— Prisión de los conjurados— La hazaiía de Gauna— 
Chiclana sa hace cargo del gobierno; su actitud contra Izabm«ndi y loa 
realistas — El donativo. 

Los candillos patriotas — D. Martin Güemes; sus antecedentes milita^ 
res. sociales y de familia— Su educación— Su fisonomía moral y condi- 
ciones personales- Güemes y la revolución; su sistema de guerra— El 
Escuadrón de loa SaUeños^Lñ casa de Gurruchaga equipa el escuadrón 
—La partida de observación— El cura Alberro. 

D. Francisco de Gurruchaga, diputado por Salta— Jujuy eliie al Dr. 
D. Juan Ignacio de Gorri ti— Antecedentes de este personage— Bl parti- 
do del rey y el de la patria— Filosofía sobre la revolución de Mayo. 



I 

La nueva autoridad creada en Buenos Aires el 25 de 
Mayo acordó, como primer paso de su política, comunicar 
su instalación & todos los gobiernos de las ciudades inte- 
riores exigiendo de ellos ser reconocida como gobierno 
general y provisorio hasta tanto se creara por una junta ge- 
neral del virreinato, el gobierno definitivo. El mismo 
virrey, bajo la presión de la revolución, dirigía ú esas 
mismas autoridades un nuevo manifiesto exhortándolas & 
la tranquilidad y unión de los pueblos. 



872 DR. BERNARDO FRÍAS 

Al lado de estas comunicaciones oficíales y de estilo, 
la Junta enviaba & los puntos en que comenzaba á mos- 
trarse el espíritu de resistencia y reacción, como lo eran 
Montevideo, Córdoba y el Paraguay, emisarios especiales 
encargados de la propaganda y avenimiento; mientras que, 
con una actividad recomendable, dirigía proclamas á los 
pueblos y cartas de oñcio á. los siyetos principales, á los 
de mayor influjo y opinión en las ciudades, para atraer- 
los á la sombra desús banderas, en tanto que, para evitar 
en lo posible la propaganda de los enemigos, se prohibía 
salir de la capital á quienes se sospechaban intenciones 
de propalar la resistencia y desprestigio del nuevo sis- 
tema. 

Cuando por todos estos caminos llegó á Salta, & media- 
dos de Junio de 1810, la nueva de la revolución de Mayo, 
encontró todos los elementos dispuestos á la explosión, por 
que, á mas de la ilustración de la clase dirigente y pensa- 
dora de la población que tenía de antes condenado el anti- 
guo régimen de opresión y del conocimiento en que estaban 
de los sucesos y estado de la España por las relaciones 
hechas por Goyeneche y D. José Moldes, venían á reunirse 
en aquellos dias con la acción de los patriotas exaltados 
que habían trabeyado los espíritus y las fuerzas activas y 
poderosas en favor de la independencia, enardeciendo el 
entusiasmo, predisponiendo las voluntades y formando 
la opinión para sacudir el yugo de la dominación española. 

A mas de esto, los recientes sucesos de Chuquisaca y 
de la Paz, donde tenían tantas vinculaciones de familia, de 
amistad y comercio los hombres principales de Salta, les 
abrieron las puertas de los hechos; vieron dado el primer 
paso que concluyó, con la emoción del drama, de preparar la 
opinión y aun la decisión heroica de la voluntad para 
realizar la lucha en grande escala cuando la hora sonara. 
Salta estaba, pues, prevenida y preparada cuando llegó á 
ella la noticia de mayo, es decir, cuando Buenos Aires 
dio el toque de rebato. 

Congregado el cabildo el 18 de Junio para tomar 
conocimiento de la comunicación que sobre aquellos 
sucesos le dirigía la Junta de Buenos Aires, acordó que, 
para tratar con mayor acierto y madurez novedad tan 



HISTORIA D£ GÚJSMES Y DE SALTál-GAPiTULO VIU 373 

extraordinaria, cual era el pronunciarse sobre la legalidad 
y acatamiento de las nuevas autoridades, se señalara dia 
especial para que tuviera lugar un cabildo abierto con 
facultad para resolver asunto tan grave, delicado y peli- 
groso, ordenándose, al efecto, invitar á todas las autori- 
dades y ú los vecinos de distinción, donde cada uno debía 
expresar su voluntad respecto á aquel negocio luego de 
leei*se « en altas é inteligibles voces » los oñcios dirigidos 
de la capital del virreinato para este fln. 



II 



El 19 de Junio de 1810, & las ocho de la mañana, fué el 
momento señalado para que tuviera lugar aquel tan inte- 
resante congreso. La hora era solemne y correspondiente 
á ella, el espectáculo fué imponente y digno de tan magno 
asunto. El cabildo estaba compuesto en aquel año por D. 
Mateo Gómez Zorrilla}, español natural de Burgos, que era 
su presidente; por D. Antonino Fernández Cornejo, D. José 
Francisco Boedo, D. José de Perisena, D. Juan Antonio 
Murila, españoles estos dos y destinado el último á entregar 
rendida su espada de teniente coronel en Ayacucho, que 
eran regidores electivos; por D. Calixto Gauna, teniente 
coronel de artillería y por D. Nicolás Arias Rengél. El licen- 
ciado D. Juan Esteban Tamayo, en fln, de Moquegua, en el 
Perú, era el síndico procurador de la ciudad. 

Ademas de aquellos cabildantes, se notaba en el cuer- 
po general de la asamblea, al cabildo eclesiástico, presidi- 
do por el obispo español Dr. Nicolás Videla del Pino, á los 
curas rectores de las parroquias de la ciudad, á los 
prelados de las religiones de San Francisco, de la Merced, 
de los belermitas y al rector del colegio seminario; y en 
lo restante del concurso, á muy notables vecinos, como D. 
José Ignacio de Gorostiaga y D. Francisco Avelino Cos- 
tas en cuyas moradas hablan de encontrar muy luego 
los gefes del ejército del rey, hospedage y festejos y hasta 
el honesto amor de sus hijas; D. Hermenejildo González de 
Hoyos, D. Pedro José de Ibazeta, D. Francisco Javier 
Castellanos, D. Francisco Antonio González de San Millan, 



874 DR. BERNARDO FRÍAS 

D. Tomas Sánchez; los doctores D. Alejandro de Palacios, 
D. Andrés Zenarruza, D. Lorenzo Villegas; los gefes 
militares D. Francisco de Tineo, D. Juan de Peñalva, 
D. Francisco Lezama, D. Gerónimo López, D. José Félix 
Arias, D. Fernando de Aramburii que llegaría 6 coronel bajo 
las banderas del rey. 

Presidía aquel ilustre- congreso el gobernador interino 
de la provincia, D. Nicolás Severo de Izasmendi, perso- 
naje de mucha consideración y perteneciente á una de las 
nobles familias de Salta. Era hijo primogénito del 
general español D. Domingo de Izasmendi, hombre 
muy apreciado y popular en los pasados tiempos por sus 
méritos y los servicios prestados en sus expediciones 
militares sobre los bárbaros del Chaco. Nacido en Salta 
á mediados del siglo XVIII, D. Severo Izasmendi fué enviado 
á educarse á España de donde regresó á su país cuyo 
gobierno llegó á sus manos en 1810, actuando como coro- 
nel del ejército español. 

Era aquel gobernador de Salta dueño de cuantiosa for- 
tuna y de dilatados dominios en los valles de los Andes, 
donde mandaba sobre hombres y cosas con autoridad 
absoluta; por que el sistema de administración y gobierno 
que hablan radicado allí los conquistadores españoles 
guardaba aun su primitivo semblante, mostrando un ver- 
dadero sistema feudal;~la tierra gravada con enfltéusis 
y censos perpetuos; el pueblo sujeto al servicio personal 
en provecho solo de su dueño; disponiéndose de los hom- 
bres cual de propiedad particular. Aquellos subditos, 
merced al riguroso sistema tradicional en esas regiones, 
miraban al señor como los españoles al rey. Ante él, no 
habla réplica sino súplica; sus mandatos eran recibidos 
como la voz de Dios; era él, por decirlo de una vez, el 
dueño de la justicia, de la propiedad civil y el gefe militar. 

Instalada la asamblea, el gobernador intendente que la 
presidia bajo el docel que guardaba el escudo español, 
ordenó la lectura en alta voz de los oficios é impresos 
dirigidos al ayuntamiento y al gobernador por el virrey 
depuesto y vigilado, por la real audiencia, por el cabildo 
de Buenos Aires y por la Junta Provisional Gubernativa. 

Al tener conocimiento de aquellos documentos que ilus- 



mSTORIA DE G0BME8 Y DE SALTA-CAPÍTULO VIH 376 

traban sobre los últimos acontecimientos veriñcados en la 
capital en los dias de Mayo, ardiente y sañuda rivalidad 
degose sentir desde un principio entre aquellos hombres 
que muy en breve deberían guerrear con porfiado empe- 
ño por la patria y por el rey. Mas, en aquella hora, no 
fué aun la división profunda^ que los mas de los españoles 
permanecían mirando los acontecimientos producidos en la 
capital tras de aquel velo crepuscular con que envolvió el 
hecho la sabia y suspicaz política de la Junta. El rey Fernando 
Séptimo aparecía como el objeto de sus cuidados; la unión 
con la madre patria proclamada de lleno, y aquel suceso 
de Mayo, & imitación legítima de las juntas que se for- 
maban en España con igual objeto, produjo en muchos 
la convicción de que la separación del virrey del gobierno 
era solo alteración de poco momento en el orden secular 
de la monarquía y, por parte de aquel regio funcionario, 
dimisión patriótica, prudente y honesta y no el irrepara- 
ble derrocamiento de la autoridad española. 

Fué de esta manera como lo demostraron aquellos dipu- 
tados de la ciudad al pronunciar su voto oral y fundado; y 
los españoles que al iniciarse la lucha al descubierto ha- 
blan de ser tan intransigentes y apasionados y ciegos 
defensores de su rey, conio D. Tomas de Arrigunaga y Ar- 
chondo, español de suma valía, gobernador que fué de Salta 
en 1807 y que durante el curso de la revolución hablase de 
mostrar fervoroso partidario de su rey y señor, á tal extremo 
que su hijo, clérigo patriota, habíalo de hacer servir de cape- 
llán en el ejército de Pezuela, y por cuya causa habia de soltar 
con mano liberal los cordones de su fortuna y se habia 
de batir con brioso corage en la acción de Salta para apa- 
recer luego con sus insignias de coronel, & vengar su 
derrota correteando patriotas en Sipe-Sipe,— votaban expre- 
sando que « como fieles vasallos de su rey, se conformaban 
con todas las determinaciones tomadas por el cabildo de 
Buenos Aires, según se manifiestojí en los oficios, siendo 
en sí como lo expresan. » 

Guiados por este mismo sueño, cayeron en voto de aca- 
tamiento como Archondo,— Gorostiaga, Ibazela, Costas, fa- 
mosos realistas, y aun el mismo gobernador Izasmendi. 
Mas otros, quizá mas avisados y expertos, aunque po- 



376 DR. BERNARDO FRÍAS 

quisimos— no fueron mas que dos— se alzaron contra esta 
determinación general, negando su adhesión ú la Junta de 
Buenos Aires.— « Que era su parecer, decía en su voto D. 
Domingo Santiváñez, que para contestar á la nueva junta 
de Buenos Aires, se pasen oficios al virrey y al cabildo 
de la capital ú fin de que se sirvan instruir de los motivos 
que han tenido para la deposición de dicho señor virrey y 
creación de la expresada junta, quedando el exponente 
pronto y sometido ú las legítimas autoridades que gobier- 
nan esta provincia y á la defensa del rey, la religión y la 
patria. » Esto era el primer voto que se pronunciaba aquel 
tlia en el cabildo, y su autor, de los primeros españoles 
que, huyendo de la revolución, habia de emigrar hasta 
Chuquisaca con su familia. 

D. Juan Nadal y Guarda, hermano de D. Jaime Nadal, 
que vimos figurar como miembro del cabildo de Buenos 
Aires y defensor también de la causa del rey, heria con 
mas franqueza todavía el parecer de la mayoría, revelando 
haber sorprendido la verdad que envolvía el misterio 
aun; y asi votaba, diciendo:- « Que como fiel vasallo de 
nuestro aprisionado rey y señor natural D. Fernando Vil, 
y por lo mismo, subdito rendido & sus legítimas autorida- 
des, quedaba asombrado de oir leer lo acaecido nuevamente 
en Buenos Aires, de la deposición del mando del excelen- 
tísimo señor virrey D. Baltazar Hidalgo de Cisneros y 
creación de una junta gubernativa, á mérito de unas fu- 
nestas noticias de nuestra madre España, traídas á este 
continente por un barco inglés venido de Gibraltar. El 
asunto pide refleccion madura y, al mismo tiempo, saber 
los dictámenes de los vecinos de las ciudades subalternas 
de este gobierno; y, por consiguiente, es de parecer que, 
sin pérdida de momento, se impartan las órdenes á ellas 
ü fin de que, enterada esta capital, siempre fiel & sus 
soberanos, vaya acorde con sus provincianos para el ma- 
yor acierto de lo que deban hacer en la del virreinato los 
diputados que se elijan. » 

Entre los demás del concurso se notaba al Dean D. 
Vicente Anastasio Izasmendi, hermano del gobernador; y 
sobresaliendo en el bando opuesto, & los congresales 
D. Mateo Zorrilla, castellano viejo que abrazó la cau- 



HISTORIA 0£ GOEMBS Y DR SALTA— CAPÍTULO VIU 877 

sa de la patria convencido de su alta justicia, y cuya 
descendencia estaba destinada á ñgurar con tanta pro- 
bidad en los destinos públicos de la nueva nación; D. 
Vicente Toledo, después coronel de la patria, que llevaba 
con el nombre, la sangre por línea de varón, del duque de 
Alba; D. Juan Manuel Quiroz, que había de inmortalizar su 
nombre entre los gauchos; D. Antonino Cornejo cuya decisión 
y servicios por la causa de la libertad y del orden ha7 
bíanle de conquistar el grado de coronel mayor, y había 
de merecer, por tres veces, el gobierno de su provincia 
libertada; y á los doctores D. Alonso de Zavala, cuya piedad 
igualaba á su patriotismo, y D. José Gabriel de Figueroa, 
de la casa de Toledo, sacerdotes llenos de virtudes, de 
ilustración y de respeto, quienes estaban destinados 6 
reemplazar muy eñ breve, á aquel obispo Videla que 
presidía al clero y que tan pronto debía vender la patria. 

Prestó su voto por separado el cuerpo de abogados 
manifestando que todo él «se hallaba penetrado de los 
mismos sentimientos del cabildo de Buenos Aires, y en 
consecuencia, era de parecer que inmediatamente se man> 
de el diputado que se exige. » Entre sus miembros, ha- 
bíanse de hacer notables en los azares de la revolución, 
D. Pedro Antonio Arias Velázquez, abogado de la univer^ 
sidad de Lima, de noble y antigua familia cuya flguracion 
se perdía entre los tiempos remotos de la conquista; D. An- 
drés Zenarruza, D. Santiago Saravia y D. Mariano Boedo 
destinado á coronar su memoria con la inmortalidad del 
congreso de Tucuman. 

El cuerpo militar, presidido por el coronel D. Pedro José 
Saravia, caballero cruzado de la real orden de Carlos III, 
que muy luego habia de ser uno de los que encabezaran 
el pronunciamiento de Salta, votó manifestando que, « obe- 
deciendo como, debian las órdenes superiores, eran de sen- 
tir que en el congreso deH dia se nombrara el diputado 
que se pedia y ordenaba para fines tan justos y arreglar 
dos. » El obispo, finalmente, á nombre del clero, y pen- 
sando que la capital se hallaba <( rodeada de enemigos PO7 
derosos y en el mayor riesgo y peligros que nunca, » lo 
que hacía « necesidad extrema de un gefe activo, vigi- 
lante y celoso en circunstancias de haber abdicado el 



y^ DR. BERNARDO FRÍAS 

mondo el señor virrey,» y suponiendo que esta era la 
verdadera causa de la creación de la Junta Provisional de 
Buenos Aires con el objeto de « la conservación de nues- 
tra sagrada religión, decia, y de los estados y dominios de 
nuestro cautivo rey D. Fernando VII, « conformábase su se- 
ñoría ilustrísima, agrega el acta, con la generalidad de los 
votos del congreso, y anadia que fiel, leal y amante & su 
rey y señor, debia esta capital unirse con la de Buenos 
Aires, contemporizando y siguiendo sus designios y coope- 
rando, por su parte, & su ejecución. » 

Finalizada la votación, el gobernador intendente procla- 
mó que, según la gran mayoría manifestada en la asam- 
blea, la provincia de Salta se adhería al pronunciamiento 
de Mayo de esa manera tan solemne y positiva, prestan- 
do su consenUmiento á lo resuelto en Buenos Aires y or- 
denando, en seguida, se hiciera pública su resolución por 
medio de un bando, bullicioso y primitivo sistema de pu- 
blicar é voz en cuello por el escribano de gobierno y con 
anuncio de tambor, las resoluciones oflciales, en aquella 
época en que la imprenta no era de uso todavía en estos 
paisas. 

Y coincidencia notable ! Aquellos Toledos, aquellos Arias, 
Castellanos y Saravias que, siglos atrás, conquistaron es- 
tas comarcas y las sujetaron al dominio de España y de 
sus reyes, venían, en su descendencia, á figurar también 
entre los que asestai>an, así, el primer golpe para quebrar 
las cadenas que reatai>an la patria á extrangera servi- 
dumbre ! 



III 



En toda la dilatada intendencia, los cabildos de las ciu- 
dades subalternas de Tucuman, Santiago, Catamarca, 
Jujuy yTarija, «acostumbrados 6 oir la voz del gefe inme- 
diato aun en asuntos de menos arduidad, y dando la última 
prueba del espíritu de subordinación que los animaba, » 
aguardaron la voz del cabildo de Salta para pronunciarse 
siguiéndola y, á su turno, por la adhesión á Buenos Aires. 
« La religiosa conducta de Salta les prevenía obedecer sin 



HISTORU DE GÜBMB8 T D£ SALTA— CAPITULO VIU 879 

discutir; » y aquellos pueblos tocados en lo mas delicado 
de su patriotismo, « adhirieron ciegamente ú la resolución 
indicada por el gobernador de la provincia. » 1). De esta 
manera, la resolución del cabildo de Salta venia & decidir 
de la suerte de la revolución en el norte, y con ello, & 
salvarla, porque, á haberse pronunciado de manera contra- 
ria, todas las fuerzas inmensas del interior, como lo ve- 
remos mas en seguida, desde Córdoba hasta la Paz. hubie- 
ran sofocado entre sus brazos y en breve término el mo- 
vimiento aislado de Buenos Aires. 

«Su resolución fué heroica, que privó que muriese en 
su cuna la libertad. » Buenos Aires, en verdad, no habia 
preparado nada, fuera de la acción particular de Moldes, 
de Gurruchaga y otros audaces propagandistas; nada habia 
hecho para levantar á su favor el espíritu del país, la 
opinión y los recursos, antes del 25 de Mayo: procedió con 
suma imprudencia é inesperiencia asombrosa lanzándose 
á una verdadera temeridad que, á solo contar con sus 
propias fuerzas, era cosa perdida. Buenos Aires no hizo 
propaganda ninguna antes de aquella fecha; se limi- 
tó & consumar el cambio en su recinto, 6 produ- 
cir una conmoción aislada; era algo así como la 
repetición de lo efectuado en Chuquisaca y en la Paz, 
y debería necesariamente sucumbir, pues seguiría la 
misma suerte de estos movimientos aislados, localistas, sin 
ramiflcaciones en el resto del país, produciendo una tragedia 
mas grande en su lucha contra todo el interior y el litoral, 
por que las fuerzas del rey hubieran sido mas numerosas, 
mejor disciplinadas, con mas recursos, con todo el enorme 
apoyo de los poderes oficiales y por que Liniers, Concha 
y Goyeneche eran generales superiores á Balcarce y ú 
Belgrano, con que contaba al presente la Junta de la capital. 

Por eso, con sobra de razón pudo decir el doctor Gorriti 
que la gloria de la revolución de Mayo no está solamente 
en haberla producido materialmente el dia oportuno sino 
en haberla preparado y en haberla secundado y sostenido 



1) Oftcios de los cabildos de Turuman y Santiago del Estero á la Janta 
de BaenoH Aires, de 26 y 39 de Junio de 'ÍSiO—Begigtro ^octonaZ Núms. 
09 y 70. 



880 DB. BERNARDO FRÍAS 

Sin haberse concertado, salvándola después de nacida en 
peligros de muerte. Y esa debia ser la primera gloria de 
Salta. 

IV 



La nueva de la deposición del virrey y de la creación 
de una junta americana de gobierno, fácil es imaginarse 
cuan profunda emoción y entusiasmo cívico causaría en 
Salta, mayormente en la clase ilustrada y pensadora. Toda 
la gente de pensamiento estaba emocionada. La nueva 
habia enardecido los corazones y llenado de una inmensa 
conmoción los espíritus. 

Pero aquel entusiasmo subió al punto de la indignación 
cuando, en aquellos mismos dias, llegó la nueva contraria 
y amenazadora á lo acaecido en Buenos Aires. Por que 
en la ciudad de Córdoba los españoles, disponiendo de 
mejores circunstancias y elementos, bajo la dirección y 
empeño del gobernador, general D. Juan Gutiérrez de la 
Concha, del general D. Santiago Liniers, prestigioso cau- 
dillo de la defensa de la capital contra los ingleses, del 
teniente gobernador Rodríguez, del coronel D. Santiago 
Allende, natural de Córdoba, del oflcial real Moreno y mas 
especialmente en una época y en una ciudad de celebrada 
y notoria religiosidad, del obispo D. Rodrigo An- 
tonio de Orellana, prelado de aquella diócesis, habla- 
se reunido Junta de los vecinos mas principalmente 
interesados y adictos al régimen imperante y levantaron 
el pendón de la resistencia, desconociendo y condenando 
la junta creada en Buenos Aires el 25 de Mayo, y procla- 
mando su reconocimiento al Supremo Consejo de Regencia, 
creado ridiculamente en España por sus diputados perse- 
guidos y en fuga. La actitud que asumía Córdoba era 
mas que deliberante y tranquila, belicosa y contrarevolu- 
cionaria, porque, á raiz de esta su determinación, levanta- 
ba ejército y amenazaba resistir, con las armas en la 
mano, al nuevo orden de cosas establecido y mas aun, de 
marchar á derrocarlo y reponer al virrey en el antiguo 
solio. Resuelta y activa, la resistencia de Córdoba traba- 
jaba desde su primer dia en propagar su causa por las 



HISTORU DE GÚBBIES Y DE SALTA-CAPÍTULO VIII 881 

demás provincias, oun en el mismo seno de Buenos Aires, 
(i despachando por expreso, cartas de oñcio á las demás 
ciudades interiores,» mientras Liniers, poruña extrema- 
da ostentación de fidelidad é un gobierno y á un partido 
rival ingratos, llegaba hasta el punto de no tener « embara- 
zo en escribir, tanto al presidente de la Junta, D. Cornelio 
Snavedra, como ú varios particulares y oficiales de las 
tropas, reprobando su conducta con entereza y acrimonia. » 

Estas activas diligencias hacían esperar A los de Córdo- 
ba en un principio, y con razón, rápido y brillante sucer- 
so. Fuera de Buenos Aires, su causa aparecía contar con 
todas las fuerzas del país; armas, brazos, gobiernos, teso- 
ros, disciplina y esperiencia militar, todo parecía combi- 
nado en su favor; que así en Montevideo como en el 
Paraguay y en Potosí, gefes con tropas algunas ya aguerri- 
das, estaban pronunciados decididamente por el rey; los 
gobernadores de provincia, militares todos ellos, responr- 
dian ú la misma causa; Salta, en el centro del territorio, 
con su población marcial y adiestrada en la guerra, con 
sus forrages abundantes, sus cuantiosos ganados y su 
proverbial . riqueza; con un núcleo español poderoso por 
su fortuna, sus relaciones é influencia en el país, ofrecía 
la oportuna ventaja de una bien provista sala de armas 
de mas de mil bayonetas y un parque de artillería, y fué 
el punto, al parecer, elejido por la reacción española para 
la cor\j unción de las fuerzas militares que debían retro- 
ceder de Córdoba y avanzar del Alto Perú. 

Eran así estos los mismos elementos preciosos que el 
virrey, por inepto é iluso, no supo tocar, preparar y 
aprovechar á su tiempo y en favor de su causa. 



En estos condiciones y seguidamente ú la noticia de lo 
acaecido en la capital el 25 de Mayo, llegaba á Salta In 
nueva de la reacción españolo en Córdoba, cuyas auto- 
ridades levantaban ejército para sofocar la revolución en 
su cuna, y fué estonces que todos comprendieron llegada 
la hora de la libertad, del peligro y de la prueba, porque 



882 DR. BERNARDO FRÍAS 

á nadie se ocultaba que á aquel ejército que se formaba en 
el sur, le extendería la mano el ejército de Nieto, acanto- 
nado enTupiza; é impulsados del mas ardiente entusíusmo 
y exaltación que circunstancias semejantes producían, 
hicieron ruidosamente su protesta de ser libres ó pere- 
cer, recorriendo en procesión cívica las calles de la ciudad, 
pronunciándose popularmente por la revolución y jura- 
mentándose para la guerra, bajo el calor y ios rayos de la 
elocuencia patricia de sus oradores como Gurruchaga, 
como Arias ó Gorriti. En aquel momento y en frente del 
peligro, aquellos hombres denodados rompieron con todo 
consideración, porque, arrastrados por delirante patriotis- 
mo, caldeadas las almas por la palabra de fuego de D. 
Francisco Gurruchaga, verdadero tribuno de la guerro, 
sucedió que el coronel D. Pedro José Saravia, personage 
de la mayor opinión por su grado, por su fortuna y posi- 
ción social, avanzó á la cabeza, trepó ó la tribuna y en las 
viriles y arrojadas doctrinas de su arenga, dio franca y 
resueltamente el grito de la independencia^ grito que el 
pueblo de Salta recogió y sostuvo desde entonces como un 
voto jurado y como el fin supremo de sus esfuerzos, pro- 
curando su triunfo desde aquel dia, tanto asi con las armas 
como con la propagación de su doctrina y con los man- 
datos imperiosos y absolutos de sus representantes en 
congreso. 

Hasta aquella hora, todos los pasos de la revolución de 
carácter público iban velados bajo el pretexto de guardar 
estos países como un patrimonio del rey de España; mas 
los hombres de Salta, en aquella ruidosa esplosion de su 
patriotismo, rompieron denodadamente con todo miramien- 
to para con el que declararon públicamente tirano de la 
patria y enemigo público, arrojando los primeros el guante 
al enemigo al dar resueltamente el grito de la independen- 
cia en aquel dia, grito que no habia resonado aun en 
parte alguna de los provincias del Rio de la Plata, y que 
juraron sostener con su sangre, con su honor y sus 
tesoros. 1). 



1) Todos los allí reunidos estuvieron unánimes en este grandioso deseo 
y lo secundaron sin desmayar con excepción de muy pocox. entre ellos, 
el sargento mayor D. José Francisco Tineo quien, comprendiendo en 



HISTORIA DE GOEMES Y DE SALTA— CAPITULO VIU 883 

El pronunciamiento de Salta, aquel heroico movimiento 
de opinión fué tan vehemente y general como lucido y briz- 
nante. El Dr. D. Francisco de Gurruchaga, aquel incansable 
obrero de la libertad; el coronel D. Pedro José Saravia, 
caballero de la real orden de Carlos III y que ahora abraza- 
ba con tanta decisión la causa déla república, hombre de 
fortuna y de gran viso social; D. Mateo Zorrilla, D. Nicolás 
Arias Rengél; el coronel D. Juan José Cornejo, de apellido 
ilustre en los anales militares de la provincia; su hermano 
D. Antonino Cornejo y el Dr. D. José Ignacio de Grorriti, 
opulentos hacendados y tan beneméritos á la patria en 
adelante; el coronel D. Calixto Ruiz Gauna, los Dres. D. 
Pedro Antonio Arias Velázquez, D. Juan Antonio Moldes, 
D. Mariano Boedo, D. Alejandro de Palacios, D. Santiago 
Saravia, D. Andrés de Zenarruza, D. Lorenzo Villegas, D. 
Juan Esteban Tumayo y D. Francisco Claudio Castro; los 
militares D, Francisco de Tineo, D. Lorenzo Martínez de 
Mollinedo, D. Mariano de Albisuri, D. Gerónimo López y 
D. José Félix Arias Rengél y los ciudadanos de mayor pre- 
dicamento y opinión pomo D. Vicente de Toledo Pimentel, 
D. Gaspar Castellanos, D. Severo y D. RudecindoAlvarado, 
D. Hermenejildo de Hoyos, D. Santiago de Figueroa, D. 
Francisco Aráoz, D. Juan Manuel Quiroz, D. Román Teja- 
da, D. Victorino Solé, D. Teodoro López, y D. José de 
Gurruchaga y el teniente coronel D. Eustoquio Moldes, 
que arribaron hacia poco de España, eran los que encabe- 
zaban aquel poderoso movimiento cívico. El joven Dr. 
D. Guillermo de Ormaechea, que aquel mismo año habia 
recibido sus grados en Córdoba, rompiendo el luto por el 
padre que acababa de sepultar, marchaba é la cabeza de 
!a columna cívica, llevando en sus manos y flameando 
por las calles de Salta la bandera de la revolución. 



segaídA quo Rqiiella hernici declaración que hizo el pueblo de Salta, 
entre dos ejói cites enemipros, no era simple desborde de patriotismo 
sino realidad que cambiab«i el primitivo giro que tomó el movimiento 
iniciado el 25 de Mayo en Buenos Aire», en cuya causa hubia entrado 
y la serviría hasta po^o después, como oficial, disciplinando tropas de 
voluntario8.se seD^ró de sus corapaneros/pidiendo su retiro del ejército 
en Octubre de IHIO; pues, caballero como era de la cruz de Curios 
III, no se creyó quizá habilitado para tomar las armas contra el rey, 
cuya fidelidad habia jurado. (Tradición recogida en la familia del). 
Pedro José Saravia, de quien Tineo era cuñado.) 



^ DR. BERNARDO FRUS 

Conñrmando en los hechos esta solemne ostentación de 
la opinión pública, sobre la autoridad del rey destruida y 
sin elementos ya de resistencia y bajo la aislada y oculta 
maldición de los vecinos españoles que presenciaban lo 
que para ellos significaba traición y escándalo, la juven- 
tud decente, la clase noble, rica, ilustrada y culta fué lu 
que dio el ejemplo que no debia desmentirse un solo 
instante durante <( aquellos dias de amargura y glorio 
llenos» alistándose en un batallón de infantería que or- 
ganizaban con el nombra de Guardia Urbana, destinado 
á la instrucción guerrera, á la vigilancia y seguridad de 
la situación política de la provincia y como base y ejem- 
plo para la organización militar del territorio. « Entonces 
se vio esta provincia ponei*se toda de pié para sostener la 
independencia que se habia proclamado; sus hombres y 
recursos se pusieron sin reserva al servicio de esta causa, » 
por que la ardiente exaltación de la pasión política que 
acababa de epcender la revolución, las fascinaciones ine- 
fables é irresistibles de la injertad; aquel noble fanatismo 
por la patria en peligro que resonó como un grito de 
alarma en todos los corazones y la exaltación de ánimo 
que produce la aproximación de la guerra, cuyos prime- 
ros agravios los dalta el agresor ipjusto que amenazaba 
por el sur y por el norte, unieron en un solo haz y en 
un solo juramento de ser libres ó morir á todos los ha- 
bitantes de Salta sin distinción, hombres y mujeres, an- 
cianos y niños, sacerdotes y campesinos y hasta algunos 
padres españoles seducidos por la justicia de la causa y 
por el ardor patriótico de sus hijos, «arrebatados del co- 
mún vértigo que tanto enalteció á los sáltenos. » 



VI 



Ante el concepto de la mezquindad humana, es decir, 
l>njo el punto de vista estrecho del egoísmo y del interés 
personal, la revolución en Salta era mas que una locmra, 
era casi un crimen; por que si se tiene en memoria que 
la felicidad y el bienestar de sus habitantes; que el co- 
mercio y la riqueza; que la civilización y la cultura y los 



HISTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPITULO VUI S85 

goces del respeto y del orden, patrimonio feliz acumulado 
en su seno por siglos de prosperidad, de progreso y de 
fortuna; que todos los frutos benéflcos de la paz, en fin, 
iban desde aquel dia á rematar su camino, á cortar su 
vuelo y íi perecer sacrificados sin tasa por la libertad, 
«ese ídolo favorito de los pueblos civilizados,» como lo 
decia uno de sus mas grandes hombres públicos, la re- 
volución en Salta venia á ser, asi, una terrible calamidad, 
un azote verdadero bajo cuyo rigor todo deberla perecer 
por su causo. Ella seria verdaderamente invencible, pero, 
también, por aquel lado, amarga y funesta; pues Salta por su 
causa y por su gloria, nada guardarla en reserva propia; 
todo por ella lo deberla dar,— tesoros, haciendas, esclavos, 
hijos; los goces domésticos, la paz de las familias, la suerte 
y el porvenir de sus hijos. A la postre, debian quedar 
aquellos hombres pobres, olvidados, casi mendigos; las 
familias enlutadas; desolados los campos, perdidas las 

foilunas, todos hartos de fatigas Pero, qué importa! 

El genio de la libertad todo lo puede. La grandeza, pues; 
la sublimidad de su acción, la magnitud de su sacrificio 
y de su patriotismo debe medirse por lo que é sabiendas 
se iba paro siempre é perder, y que, sin embargo, se llevó 
adelante sin vacilar. 

VII 



En medio de esta ardiente ajitacion, vino A angustiar 
mas los momentos la noticia llegada del Perú por la cual 
se sabia que una fuerza desprendida del ejército del ge- 
neral Nieto bajaba derechamente á unirse con la que se 
formaba en Córdoba, atravesando por Salta. El goberna- 
dor Concha, en efecto, había dirigido un extraordinario 
al gobernador de Potosí, comunicándole lo sucedido en la 
capital, y ese grito de alarma, lanzado desde Córdoba, lle- 
gaba de esta manera al cuartel general de los españoles 
el 7 de Julio de 1810. 

Inmenso fué el estupor causado en Potosí, pero inmediata 
también la acción de los gefes realistas para ponerse en 
marcha sobre Buenos Aires, uniendo su ejército con el 
que se formaba en el sur bajo la dirección de Concha y 



386 DH. BERNARDO FRÍAS 

de Liniers, sus mejores generales. Unidas ambas fuerzas, 
debian marchar á batir la capital, antes que su movimiento 
pudiera vigorizarse y tomar vida y ensanche en el inte- 
rior del país, aprovechando con diligencia meritoria aque 
líos momentos en que los pueblos interiores aparecían aun 
indemnes del contagio. Montevideo los ayudaría con la 
escuadra y en el Paraguay contaban con el general Ve- 
lazco, su gobernador, que habia desconocido también á la 
Junta de Buenos Aires. Si estas fuerzas se unian, loca- 
lizando la revolución en la plaza de la capital, la causa 
de la libertad estaba irremediablemente perdida; perecería 
Buenos Aires como hubiera perecido Roma si alcanzan ú 
juntarse en la Italia septentrional las tropas deAsdrúbal y 
las de Aníbal; como pereció Bonaparte en Waterloo y 
como perecería la expedición de Puertos Intermedios mas 
tarde, ideada por San Martin, con la reunión de Canterac 
y de Valdez sobre las alturas de Torata. Salta, con aque- 
lla misma inspiración de Napoleón, de San Martin, del 
senado romano y de Nerón, su general, corrió á las ar- 
mas para impedir que aquella liga de los enemigos se 
consumara y se hiciera, por la unión, invencible y fatal. 

Para colmo de peligros, el gobernador de Salta, Izasmen- 
di, oprimido é intimidado en aquellos momentos por la 
actitud uniforme y resuelta que habia abrazado toda la 
población, aparecía en comunión ostensible con la Junta 
de Mayo; pero, leal en sus principios al antiguo orden de 
cosas y en activa y secreta comunicación con los gefes 
realistas de Córdoba y del Alto Perú, iba é dejar obrar á 
la revolución bajo su mando y ó su despecho. Izasmendí 
procedía en esto con prudencia y bien medida circunspec- 
ción, no aventurándose, como los realistas de Córdoba, á 
resistir al peligro haciendo armas contra el avance de la 
revolución; no por que cereciera de ánimo y convicción 
en la justicia de la causa del rey, sino porque, desde el 
primer dia, hallóse aislado en medio del grupo de capita- 
listas españoles, sin mas elementos militares que los de 
la guarnición de la cárcel pública, los de su escolta per- 
sonal y los acantonados en los fuertes militares, todos 
contaminados profundamente del nuevo espíritu, sintien- 
do él mismo y palpando el inmenso empuje de la opinión 



mSTORIA DE GOEMES Y DE SALTA-CAPlTULO VÜI 387 

pública que disponía y gobernaba todas las fuerzas eficaces 
del país; á lo que vino é juntarse con aspecto temeroso é 
imponente, la división expedicionaria que anunciaba la 
Junta de Buenos Aires partiría muy en breve con rumbo 
al Perú y con el declarado objeto de garantir con las ar- 
mas de la revolución la libertad de los pueblos aun opri- 
midos por sus enemigos. 

Pero, felizmente, el gefe militar de mayor consideración 
en aquellos dias, que tenía & su comando las fuerzas mas 
inmediatas á la capital de Salta, que ejercía el cargo de 
comandante de armas de la plaza de Jujuy, y que era, á 
la vez misma, coronel vitalicio del escuadrón de Oran por 
merced real gratiflcadora de sus servicios, sucedió que 
fuera no solamente devotísimo parcial de la nueva causa, 
sino personage benemérito y uno de los vecinos de mayor 
opinión y mas bien considerados de la ciudad de Jujuy, 
muy respetable en toda la intendencia. Pundonoroso, acti- 
vo, inteligente; patriota perfecto y en cualquier sentido 
y que tan temprano anonadaría la muerte, 1) habia com- 
prometido con sus servicios y conducta la gratitud y los 
respetos de su país. Era D. Diego José de Pueyrredon. 
El cabildo de Jujuy habíale dado el honor de su represen- 
tación para que presenciara la primera enarboladura del 
real pendón al fundarse lu ciudad de Oran, califlcündolo 
por sujeto de la mayor distinción y mérito; habia provisto, 
á su costa, la sala de armas de la nueva ciudad con 
cuatro cañones y otros menesteres, y de los fusiles nece- 
sarios á su escuadrón de dragones, en premio de lo cual, 
á mas de la gefatura perpetua de las milicias de Oran, le 
concedió el rey el cargo de primer regidor alférez real de 
su cabildo, « durante los dias de su vida. » 2). 

Estableciendo su cuartel general en Jujuy, Pueyrredon 
destacó al importante punto militar de Humahuaca, dentro 
de la dilatada quebrada de su nombre, al teniente D. Martin 
Güemes, que servía bajo sus órdenes, viniendo á ser por 



1) Murió en 1812. 

S) Zorreo uista: Apunt, hibt, de 8aUa\ Cédula aprobando la fundación de 
Oráv, pAg. 50. 



388 DR. BERNARDO FRÍAS 

tal manera este oficial, el primero que llevara hasta aquel 
punto lo voz de la revolución. 1). 

Aquel teniente, transformado de hecho en gefe de la 
« partida de observación, » establece en la propia habita- 
cion del alcalde pedáneo de la comarca ó sea el juez del 
lugar, D. Juan Francisco Pastor, su cuartel; y su huésped, 
coadyuvando eficazmente ú su empresa, facilítale las ca- 
balgaduras de la posta, que era desu.cargo, y lasque soli- 
cita y obtiene de sus relaciones en el vecindario, la gente 
de su mando y las armas de fuego y blancas de su uso, 
con lo que se habilitó suficientemente las fuerzas « para las 
centinelas del pueblo y las espías en todos los caminos 
despoblados y para las correrías y rondas » que se llevaron 
ú inmediato efecto, «áfin de atajar al enemigo. 2). 

A favor de estas correrías, de estas espías que, valientes 
y audaces, se internaban temerariamente, se supo en opor- 
tunidad por donde bajaba el enemigo. Las fuerzas de 
Solta, entonces, se reconcentran, caen sobre el invasor y 
se traba allí mismo el combate. Vencida la hueste inva- 
sora, se vio obligado ü volver ü sus atrincheramientos, 
evitándose, de esta manera, se uniera con las fuerzas que 
la aguardaban en Córdoba. 

Salta tuvo así la gloria de salvar la revolución de su 
primero y mayor peligro, evitando que pereciera la liber- 
tad en su cuna; y el inmenso honor de recoger en sus 
armas los primeros laureles de la guerra. 3) 



VIII 



Haciendo frente á estos peligros que por una y otra parte 
amenazaban y al impulso del mas espontáneo y general 
movimiento, comenzáronse á formar, en aquellos mismos 
dias, nuevos cuerpos militares para incorporarlos y ro- 



1) Certificado expedido por Giiomes á favor de D. Jaua Francisco Pastor, 
fechado en liainahuaca el 17 de Abril do 1815. que encaboza asi: • Kl 
ciudadano Martín Miguel do Güemos, ol primero que vino el año do 
181Ü en defensa do la sagrada causa de la Patria, etc. • 

2) Información sumaria solicitada por D. Juan F. Pastor sobre su» serví- 
cios & la causa do la revolución. Archivo del l>r. Domingo (vC^emes. 

3) Moldes, Exposición citada. 



HISTORIA DE GOEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO VIU 889 

bastecer la expedición que anunciaba partir de Buenos 
Aires y que necesariamente pasaria por Salta en su ruta 
al Perú, de donde también comenzaban á llegar los pa- 
triotas fujilivos ó desterrados por Nieto á refujiarse en el 
vecindario de Salta, punto de albergue que habla de ser 
en adelante déla emigración del Alto Perú, huyendo de las 
persecuciones y opresión de los españoles, cuyo gefe prin- 
cipal, desde Chuquisaca, sofocaba todo pronunciamiento 
en favor de la libertad, desterrando y persiguiendo sos- 
pechosos, amenazando con horrores 6 los pueblos que 
sospechaba estar dispuestos á secundar á Buenos Aires, 
y halagándolos, al propio tiempo, como que se sentía 
cogido de verdadero sobresalto y turbación. 1). 

Entre aquellos cuerpos militares que se organizaban en 
las ciudades y en sus cercanías bajo la forma de tropas 
regulares y de línea, se contaba especialmente el famoso 
regimiento de los Decididos^ cuyas filas formaron los pri- 
meros sáltenos que juraron la libertad en las primeras 
horas del peligro; los de Patricios de Salta y Patricios dejujuy^ 
que eran de infantería y caballería, siendo coronel de los 
de esta arma, D. Juan José Cornejo, y que, á imitación de 
los de Buenos Aires que ostentaban los laureles de la 
reconquista y la defensa, los formaban los hombres de la 
ciudad ó sea de la plebe urbana, que mas tarde habian de 
tomar el nombre general de civicos; el de Voluntarios; el Regi- 
miento de Caballería, mandados todos ellos por la juventud 
decente y culta, y disciplinados y adiestrados bajo la di- 
rección superior de militares de línea del antiguo ejército, 
como D. Eustoquio Moldes, D. Pedro José Saravia ó D. 
Francisco Tineo; y finalmente, e\ regimiento de Partidarios 
que con incansable celo organizaba, adiestraba y sostenía 
con su propio peculio el acaudalado hacendado del Campo 
Santo, vecino de Salta, D. Antonino Cornejo, que era su 
comandante. 

Estos cuerpos organizados, armados y equipados con 
los hombres y con los solos esfuerzos de Salta, iban & 
engrosar las filas de la expedición libertadora que mar- 



1) Carta de !)• Josef Hurtado de Saracho, de Tarija, á D. Mateo Zorri* 
lia. Nov. 17 de 1810— Arch. del Dr. Gaemes. 



S90 DR. BERNAEIDO FRÍAS 

chaba al norte, la que debía denominarse en adelante, 
Ejército Auxiliar del Perú. 

A la par de estos entusiastas movimientos en que se 
ajitaban las poblaciones de las ciudades y sus adyacencias, 
el genio de la libertad extendía su fuego por toda la dila- 
tada campaña, desde Humahuaca, al pié de las trincheras 
enemigas, hasta Orón y los Andes y hasta Tucuman y las 
llanuras abrasadas de Santiago del Estero. En las regiones 
montañosas que abren sus valles al pié de la cordillera, 
desde Catamarca hasta la Puna de Atacama, la población, 
casi toda indígena y avezada ¿á domar las montañas, 
infatigable en las marchas sobre árido y rocalloso terreno, 
bajo el mando de lo distinguido del lugar, como D. Boni- 
facio Ruiz de los Llanos, D. Tomas Frias, D. Alberto Mon- 
tellanos ó D. Borja Diaz, preparaba sus batallones de ligera 
y sufrida infantería, de caballería en San Carlos, mientras 
en las regiones boscosas y abiertas de Oran, de Jujuy, de 
la Frontera, 1) y en el valle central de Salta que rodea 
la capital, sus hombres, ginetes poderosos que hablan de 
dar su nombre de gauchos^ en la ponderación de su fama, 
álos defensores de la independencia en el norte, organi- 
zábanse en grupos y regimientos de caballería, alzados á 
la voz de los ricos propietarios rurales, de quienes depen- 
dían en la forma que antes vimos, y que iban ú escribir 
con sus hazañas y con el brillo de su ingenio, las páginas 
mas gloriosas de la revolución, á poner miedo y pavor en 
el corazón de sus enemigos y á conquistar el aplauso y 
la admiración del mundo. 

» 

Estas nuevas fuerzas, conocidas en un principio y en 
el lenguaje oficial con el nombre de milicias^ formadas 
por la gente rústica, por el campesino labrador ó pastor 
de ganados en las estancias, iban, sin embargo, á honrar 
con sus virtudes civiles y militares la revolución, haciendo 
una guerra civilizada y metódica al mismo tiempo que 
dilatada y original como ninguna, y con el prodigio de 
hacerla respetando todos los principios de la civilización, 



1) Nombre con que se conoce hasta hoy la parte oriental de Salta encer- 
rada entre el Chaco, Santiago y Tucuman, y que comprende los de- 
partamentos de Metan, Rosario de la Frontera, Candelaria y Anta. 



HISTORIA DE GÚBMES Y DE SALTA— CAPITULO VÜI 891 

Sin mancharlo con la violencia y el pillage con que la prac- 
ticaron mas tarde las montoneras del sur. La Europa 
civilizada no habia podido ofrecer al mundo espectáculo 
mas edificante ni cuadro mas hermoso en todo aquel es- 
pacio que precedió, que coincidió y que siguió á la revo- 
lución argentina, que el que presentaba la campaña mili- 
tar de los gauchos de Salta; por que en Francia, en Paris 
mismo, en ese cerebro del mundo, poco tiempo antes; en 
la guerra de la independencia española, durante el curso 
de la nuestra, ó en la insurrecion de la Grecia, cuna de 
lo civilización europea, poco mas luego, también por su 
independencia nacional, «los asesinatos y los crímenes 
de la libertad igualaban li los de la tiranía, » y los incen- 
dios, los saqueos, las degollaciones de ciudades y de pro- 
vincias enteras, las profanaciones y violencias de todo 
género, las confiscaciones y suplicios atroces, llenaron 
con su horror lo tierra. Este honroso fenómeno, digno 
de recordación y eterna loa, era debido, ó mas de las 
condiciones morales con que la civilización habia alcan- 
zado ya á formar al campesino, por haber sido este ele- 
mento social fuerza obediente ó la idea y al orden sos- 
tenidos y representados por la clase distinguida y culta 
de la población, que fué en su fondo como en todos los 
detalles, el alma y la dirección del movimiento, á la ma- 
nera que en el ejército regular, la tropa, por lo común 
ignorante y torpe, salva los principios y el orden obrando 
Ijajo la dirección de la oficialidad preparada y culta. 

Aquel elemento de guerra de las campañas, cuya fuerza 
y eficacia eran aun desconocidas, lo formaba la clase pobre de 
la poblocion campesina, sometida á la protección del pode- 
roso por su posición social y por su rudimentaria civili- 
zación, de origen indígena ó mestizo; por su alma inculta 
aunque adornada de virtudes sencillos y tombien de no- 
bles inclinaciones naturales; por su educación; por su 
condición social, que la llevaba á emplear su actividad en 
el servicio ú jornal ó gozando de pequeños arrendamien- 
tos de duración indefinida que ligaban así sus afectos tanto ú 
la tierra que labraba ó en que apacentaba el rebaño como 
al señor bajo cuyo amparo vivía y de cuya fortuna me- 
draba. Aquella gente seguia con ínteres y cariño á la 



892 DR. BERNARDO FRÍAS 

clase pudiente formada, en aquellas regiones, de los gran- 
des propietarios, dueños de mas ó menos extensas zonas, 
donde á la vez que eran legal y naturalmente considera- 
das como señores de su tierra y, & las veces, de una co- 
marca, cual lo eran D. Vicente Toledo, en la Frontera y 
D. Santiago Figueroa, en el valle de Lerma, cuyas here- 
dades eran inmensas, eran, justo es el confesarlo, que- 
ridos y respetados también, á la manera de patriarcas pode- 
rosos cuya providencia protectora dispensaba la felicidad 
de los que vivían á la sombra de su nombre ó de su for- 
tuna, en la labor de la tierra, en los censos perpetuos ó 
en el cuidado del ganado al través de sus campos, de sus 
bosques y de sus montañas. 

La influencia moral del señor del lugar era merecida é 
inmensa, que ella descansaba á mas de lo apuntado, en la 
fuente avasalladora de la religión, cuya capilla, muchas 
veces, sé levantaba en un extremo de su propia casa, y 
cuyas máximas de obediencia, respeto y humildad con 
que el cristianismo dulcifica la suerte de los pobres y sua- 
viza el rigor de la soberbia, estaban tan copiosamente der- 
ramadas en las costumbres y en las ideas; en el poder de 
la fortuna y del hombre superior, y, finalmente, en el 
prestigio de la fuerza militar que tantas veces, y por há- 
bito general, él la representaba, ejerciendo la jefatura de 
las milicias ó de la policía del lugar y administrando ú 
menudo la justicia, cual los antiguos patriarcas, cuando 
la entidad de la causa no era de aquellas que reclamaban 
las leyes para los tribunales de la capital. 



IX 



Aquellos fueron los elementos con que iba á iniciarse 
]a campaña de la independencia en las regiones del norte. 
El elemento de la clase culta, rica, noble, ¡lustrada y pen- 
sadora que guardaba y representaba la civilización, el 
orden, la ley y el progreso del país, llamada con aquel 
término general de gente decente, radicada especialmente 
en las ciudades y dueña del territorio, como que com- 
prendía lo principal de la clase propietaria, era quien 



HISTORIA DE GÜEMES Y DE SALTIL-CAPfTüLO VIH 393 

llevaba, con razón y justicia, la iniciativa y la dirección 
del movimiento; y el otro, era esa parte Inferior de ^ la 
población, ya lo fuera de las ciudades ya de las campañas, 
la cual, careciendo como carece siempre el pueblo bajo 
en todas las regiones del orbe, de los elementos de cul- 
tura, de moral, de fortuna y de civilización, en general, 
componía la masa de fuerza, de acción, de lucha para 
realizar con la constancia y el denuedo de gente altiva 
y valerosa, el grandioso pensamiento de la clase superior. 
Ambas clases sociales, cual mas antes lo hemos visto, no 
alimentaban entre sí los odios de razas y las rivalidades 
que engendran y procuran la vejación de los unos y la tira- 
nía de los otros, sino que las ligaban lazos comunes de 
afección antigua, trasmitida de padres á hijos con los 
rasgos semejantes & dilatadas familias patriarcales, é in- 
tereses mutuamente buscados y sostenidos, juntando solo 
su odio y repulsión al extrangero español que dominaba la 
tierra, é impresionadas de la común emoción que la patria y 
la libertad despertaban ruidosamente en ellas. De los unos se 
formó aquella brillante oficialidad que inmortalizó con su va- 
lor y sus hazañas las dos provincias mas heroicas, acaso, de 
la república; y de los otros, las tropas invencibles de Saila 
y de Jujuy que, bajo el nombre de Gauchos, de becididks, 
de Granaderos á caballo, de Milicianos y Partidarios; de 
Gauchos de Salta, Gauchos de Jujuy, Gauchos de Oran, 
Gauchos de la Frontera y de Infernales, hablan de salvar 
la revolución, solos, cuando los ejércitos regulares fue- 
ran batidos, derrotados y corridos, y cuando en pos. de 
ellos, se descolgaran sobre las Provincias Unidas las> tro- 
pas del rey de España, disciplinadas y aguerridas y ufa- 
nas con la victoria, cargadas de recursos y formadas de 
los mejores soldados españoles, vencedores soberbios de 
Napoleón. 



X 



El pronunciamiento de Salta fué llevado de la intensa 
conmoción producida por la verdad descubierta en los 
últimos sucesos. Todos los hombres de armas llevar se 



d94 DR. BERNARDO FRÍAS 

enrolaron en los filas de la revolución, asi el heredero de 
cuantiosa fortuna como el hijo único de familia. El clero, 
no pudiendo empuñar las armas por el carácter pacífico de 
su ministerio, corria, como el Dr. Castellanos, como el 
padre Orellana, como Guzman ó como el Dr. Alberro, ú 
ocupar los puestos de capellanes de los diversos regimien- 
tos, sirviendo en ellos « & su costa y mención y sin mas prest 
que el del honor; » 1) ó bien, allá en las reuniones y tertulias, 
en el pulpito como en la tribuna parlamentaria ó popular 
comprometían su empeño en dilatar, robustecer y sostener 
en creciente vigor el espíritu déla libertad con el poder, con 
el respeto y veneración de su talento, de su ilustración y 
de sus virtudes y con el prestigio inmenso de su autori- 
dad sobre las masas de la campaña, fuente fecunda de 
sus futuros soldados, cual lo hacian el canónigo Gorriti, 
el deán Zavala y el mismo D. Alejo de Alberro, entre 
otros tantos, derramando por doquiera su nuevo aposto- 
lado por la revolución, predicando sus dogmas, bendicien- 
do sus armas ó rogando, en fin, á Dios por la victoria. 
Las mujeres, superiores sin disputa á las antiguas espar- 
tanas, se embanderaban en la política con una pasión 
suprema, superior á toda ponderación y que, ahogando los 
afectos comunes del corazón, arrojaban de su lado con heroi- 
ca actitud á sus maridos, á sus hermanos, á sus hijos y á sU 
servidumbre para que fueran á pelear por la patria; mien- 
tras ellas soportarían casi solas siempre, la carga de la 
familia; habiendo de vérselas durante las peripecias de lo 
guerra, cruzando los peligros, burlando la vigilancia del 
enemigo, penetrando en su campo y robándoles los secre- 
tos en las tertulias, descubriendo sus planes, conduciendo 
por éhtre peligros de muerte las comunicaciones y hasta 
seduciendo con su elocuencia y sus hechizos á los oficiales 
y soldados del .ejército enemigo; sufriendo vejaciones, 
insultos, privaciones y zozobras sin cuento; expatriaciones 
continuas y dolores de todo género, hasta el indecible ex- 
tremo de verse azotadas p3r el Urano, como debería Ua- 



1) 0/i:io dal capitán D. Mart'ti Gaenaes al sobierno de Salta, en Hama- 
huací k 2iS de S^iptíenibre de 1810, publicado en la Gcueta de Buenos 
Airea del 25 de Octubre del mismo año. 



HISTORIA DE GD£MES Y D£ SALTA— CAPITULO VIU 395 

marse en seguida al invasor; acciones y afanes de excelso 
patriotismo consumados de ordinario no solo por la hija 
de humilde condición del pueblo sino hasta por la mas 
encumbrada dama de la aristocracia, alma y fuego que 
hablan de ser desde esa hora en adelante, de toda la cons- 
tancia y de todo el ardor y heroísmo de los guerreros, 
especialmente cuando la suerte de la revolución por los 
excesos del destino, fuera abandonada á los esfuerzos 
únicos de la provincia de Salta para que cargara esta sobre 
sus hombros— sola— con toda su inmensa pesadumbre; y 
su dirección se entregara á la exclusiva mirada del mo- 
derno Macabeo que habia de luchar hasta morir por su 
causa, por su patria y por su pueblo. 

Desde aquel dia, pues, la vehemencia de la pasión po- 
lítica caldeó de tal manera las almas y llevó su eferves- 
cencia á extremo tanto, que se vieron durante la lucha 
escenas de verdadero asombro así por él exceso de fana- 
tismo 6 que llegaron hombres y mujeres en su ya adora- 
ción por la patria y por el rey, como en las proezas de 
inaudita temeridad y valor, llenas de una verdadera gran- 
deza épica, mas singularmente admirables en la mujer. 
A este propósito diremos que los cuadros trazados por su 
pasión, por su grandeza de ánimo ó su valor durante la 
lucha, encierran tanta elocuencia en sí, que excede sin 
disputa & todo cuanto la pluma mejor cortada pudiera 
describir; por que en ellas, en las mujeres de Salta la 
llama de la pasión política ardió con ansias tan vivas, que 
dislocó la antigua armonía del conjunto social y borró 
casi del todo su primitivo semblante. 

Tanto fué así, que llevaron sus demostraciones á darles 
publicidad y ostentación en cuanta forma y ocasión halla- 
ron por propicias; y así era de ordinario ver & las mejo- 
res damas de Salta cómo aparecían tanto en los bailes 
cuanto en toda otra reunión de circunstancias, ataviadas 
con moños en el cabello y en el pecho, celestes las unas y 
encarnados las otras, y cómo arreglaban igualmepte su. pei- 
nado, tendiéndolo hacia la derecha las patriotas y volteando 
sus rizos á la izquierda las realistas. Dama híibo entre 
estas que ostentaba en su pechó con orgullosa pasión en 
los bailes el retrato de Fernando VII, su «ornado soberano. » 



996 DR. BERNARDO FRÍAS 

Y como si todo esto aun no fuera bastante á su entusias- 
mo, hízose bajar al cielo á intervenir en sus querellas, 
haciéndole compartir del ardoroso apasionamiento de sus 
almas. Es el caso que habiendo el general Belgrano 
proclamado á la Virgen de Mercedes por generala del 
ejército de la patria después de la acción de Tucuman, 
las patriotas de Salta tomaron á esa misma virgen de las 
Mercedes, avezada desde antiguo 6 quebrar cadenas, por 
la protectora divina de su causa, lo que impulsó á sus 
adversarias, no menos creyentes, á confiar la suerte de 
las armas del rey en manos de la Virgen del Milagro, lo 
legendaria salvadora de Salta de antiguos terremotos; y 
asi fué que, siguiendo por este rumbo religioso con esa 
intervención de gusto clásico de los genios celestes en los 
conflictos humanos, al modo como se cuenta en las guerras 
de Troya, vióselas, durante el curso de la lucha, á las unas cu- 
brirse con el hábito de penitencia de San Francisco y con 
el de la Purísima á las otras, para merecer la protección de 
Dios para sus armas, cuando acertaba á llegarles la nueva 
de algún desastre y para llorar así públicamente el dolor 
de sus derrotas. 

Mas como el apasionamiento creciera y con él los pre- 
textos de culpas y de agravios, se daban reciprocamente 
en rostro con las mas exageradas imputaciones, y á punto 
llegaron de asirse de los cabellos en la via pública alguna 
vez, damas de lo principal y mas visible, vengando asi la 
honra del rey y de la patria igualmente comprometidas; 
pero, subiendo á un tono mas elevado que lo vulgar, vino 
& acontecer que, dias después de la acción de Salta, D«. 
Manuela Arias mandó azotar con su criado, por goda, á 
otra señora de apellido igualmente ilustre. Al grito de la 
dama amenazada, Dorrego, que á la sazón se hallaba 
hospedado en la casa junto á cuya puerta principal daba 
comienzo la escena, lánzase á la calle, arranca su espada 
y la cubre de honor golpeándola sobre los lomos del comi- 
sionado en defensa de aquella dama realista, victima de tan 
público ultrage. 

De esta manera, aquel patriotismo desbordante, intenso 
y sin superior, llegaba á brillar en todos los actos de la 
vida social de entonces, como que para mostrar en todo 



HISTORU DE GÜEMBS T DE SALTA-OAPÍTULO VIH tSfífí 

SU decidido parcialidad por la revolución,' enseñaban los 
estrofas del himno nacional, llamado entonces la Marcha 
de la Patria, escritas en el raso de sus abanicos, como 
para que el aire que les diera al qjitarlo, avivase mas el 
fuego de sus almas. 

No merecerla, sin embargo, la consagración de su re- 
cuerdo en la historia si lo acción de aquellas mugeres 
admirables y su intervención directa en la lucha solo se 
hubiera reducido á sus querellas domésticos, no presen- 
tando en ellas mas que ese cuadro común de la consa- 
gración de sus afectos y sacrificios A una grande y noble 
causa. Pero su acción no paró en eso; las damas de Soltó, 
sobre todos sus privaciones y dolores en uno guerra ton lorgo 
y enconada, ofrecieron y rindieron A la patria y ú lo hu- 
manidad servicios mucho mos elevados, fuertes y distin- 
guidos que aquellos de que es justo exijir A la conside- 
ración de su rango y á la debilidad de su sexo; que ellas, 
salvando el ordinario destino de su misión y dejando el 
común de las fatigas humanos, se transformaron en las 
verdaderas y dignísimas heroínas de la revolución; y 
cumple A lo justicia de lo historia consignar como un tes- 
timonio de admiración y gratitud y como un eterno ho- 
nor para sus pajinas, algunos nombres y alguna lijara ideo de 
los servicios de aquellas mujeres fuertes salvadas del con- 
junto de sus émulas por la distinción de sus personas y In 
brillante resonancia de sus hazañas. A este respecto, justo 
será citar, entre ellas, á D». Magdalena Goyechea, 1) que 
arrastraba A su \oz é influjo y disponía como triunfante 
amazona de lo voluntad y ciego odhesion de lo plebe po- 
pular y campesino; A D*. Martina Silva, 2) que equipaba 
compañías de soldados por su cuenta para ofrecerlos A 
Belgrono; A D». Magdalena Güemes, la arrogante y her- 
mosa Macacha^ 3) que durante el gobierno difícil de su 
hermano y en los conflictos mas afligentes de la guerra, 
habia de llevar la armonía á las pasiones, la prudencia 
y el acierto en los consejos, lo luz en los momentos mos 



1) Casada con D. Gabriel de Güemes Montero. 

2) Casada con I>. José de Gurmchaga. j 

3) Casada con D. Román Tejada. 



896 DB. BERNARDO FRÍAS 

delicados del peligro y una sagacidad é inteligencia no 
bles y generosas en la diplomacia, acompañado todo ello 
de la seducción y el encanto que se desprenden siem- 
pre de la mujer inteligente y culta; á D». Isabel Gorrili; ú 
D». Juana Moro, 1) quien, revestida de gaucho joven y 
candoroso ó bien de viajera inofensiva, pasaba & caballo 
desde Salta hasta Jujuy, su ciudad natal ocupada por los 
esjMíñoles, y descubría todos los recursos y movimientos 
del enemigo, y en fin, & D*. Loreto Frias, 2) la cual, ocul- 
tando en el ruedo de su vestido las comunicaciones sal- 
vadoras que enseñaban las necesidades de la defensa ó 
los aprietos y planes del ejército real, burlaba gallarda- 
mente la vijilancia del enemigo revelando sus secretos y 
conduciendo los avisos en un teatro que se extendía desde 
Salta hasta Jujuy y hasta Orón, ciudad entonces bien po- 
blada y de fuertes recursos, situada & ochenta leguas del 
cuartel general, y por donde se hallan casi diariamente 
las fuerzas de los coroneles Arias y Uriondo, escursiones 
que las verificaba también hasta esas distancias, su amiga 
D«^. Juana Moro. 

Estas mugares, muchas de ellas, como las recordadas, 
pertenecientes á lo principal de la sociedad de Salla, eran 
conocidas en el desempeño de su arriesgada misión con 
el nombre de bomberas, nombre con que entonces se de- 
signaba al espía en la guerra, y que eran enviadas ó pro- 
cedían de cuenta propia las mas veces, & la observación 
y descubrimiento del enemigo. 

¡ Y de cuánta presencia de ánimo, de cuánto arrojo y 
valor no se hallarían armadas aquellas valerosas patriotas 
para penetrar con riesgo de la vida y de ultrajes por lo 
menos, al campo enemigo bajo el imperio cargado de peli- 
gros de la guerra; ó ya para cruzar á caballo, casi sola$, 
aquellas extensiones inmensas y despobladas que separan 
á Jujuy de Oran, cruzadas por las partidas enemigas y 
aun por los malhechores que una época de desorden y de 



i) Caí 
2) Dv 



Casada con el coronal D. Gerónimo Loj^es. 

Loreto Peón de Frias, conocida socialinento como la nombramos 
en el texto, era mujer del teniente coronel D. Pedro Josó Frias, invá- 
lido en la acción de Tncnman, y madre del general D. Eastoqaio 
Frias. 



HISTORIA DE GÜEMBS Y DE BALTA-OAPtTULO Vm 899 

fuerza procura necesariamente como un complemento el 
azote de la guerra! ¡Y de cuánta habilidad y viveza de 
ingenio para permanecer en Salta mientras la ocupaba 
el enemigo y la población comprometida emigraba, enga- 
ñando de su inocencia á las familias realistas bcuo cuyo 
techo é invocando su antigua amistad pretextaban correr 
á guarecerse como lugar de refugio en los conflictos del 
asedio, sin ser mas que sospechadas pero nunca sorpren- 
didas en la comunicación diaria que sostenían con las 
fuerzas patriotas que estrechaban la ciudad, informando 
ñ sus gefes de cuanto pasaba dentro de la plaza enemiga! 
¡Y cuenta que el espía, por las leyes mas comunes del 
sistema militar, es, en el concepto del enemigo, considerado 
por criminal insigne, quien debe ser fusilado en el acto 
y en el mismo sitio en que es sorprendido, sin forma 
alguna de proceso! i Dónde la historia del mundo reñere 
de la mujer de la clase superior hazañas mas grandes, 
mas heroicas y mas ])6llas? Así, la revolución era 
invencible. Los vivas ú la patria llegáronse entonces & 
grabar hasta en el bronce de las campanas, los que con 
igual pasión serian destrozados por el martillo de la vengan- 
za realista. 1). 

Al lado de todo esto, bueno será recordar también que 
si la pasión por el lado realista no olcanzó á labrar esce- 
nas de semejante grandeza, las damas de Salta, aun en el 
campo enemigo, sirvieron á la humanidad, por lo menos, 
cual lo revela el siguiente caso, por ejemplo. Era Carratalá 
hombre de pasiones muy fuertes, de un genio terrible y tan 
cruel, que por la menor falta de sus subalternos, inmediata- 
mente los hacía pasar por las armas. Habia casado en Salta, 
durante la invasión de 1817, con D^. Ana de Górostiaga; y 
esa joven de estatura pequeña, de ojos y de cabellos negros, 
poderosa no tanto por la belleza de su rostro cuanto por las 
seducciones mas nobles de la gracia y de la inteligencia, 



1) D. Domingo Silva, en 1818, hizo fundir para el templo de San Fran- 
cisco la hormosisima campana que hasta hoy luce por la mejor de 
las que existen en las iglesias de Salta. Entre sus leyendas piadosas 
y de estilo, habia ésta:—« {Viva la patria! » que el general Pezuela man- 
dó cortarla por mano de herrero; pero que, destruido el relieve, quedó 
el brillo del metal cortado enseñando, a la vez, la misma inscripción 
y el furor yaadálleo del enemigo. 



400 DR. BERNARDO FRUS 

dominaba con una sola mirada al soberbio general espa- 
ñol.— « Carrutalá, solia decirle & su esposo cuando le oía 
ordenar contra sus inferiores una ejecución ú otro bárba- 
ro castigo, hay que contenei*se; mira que son hombres y 
no bestias. » Muchas veces, una sola mirada de esta dama 
aplacó la fiera y salvó & un semejante suyo. 1). 



VII 



Todas las clases sociales, todos los rangos y gerarqufas 
se pronunciaron por la revolución con un entusiasmo y 
una decisión insuperables. El rey de España no contó en 
Salta con un solo partidario, excepción hecha de Izasmen- 
di, de los Costas y de los futuros coroneles D. Saturnino 
y D. Pedro Antonio Castro, entre la gente visible. 2). Por 
que es honroso el confesar que en Salta, solo los españo- 
les avecindados en ella y casados en sus familias la mayor 
parte, aparecieron, cual era natural el esperarse, sostene- 
dores intransigentes de los derechos de España. Su tena- 
cidad y el «odio envenenado» que profesaron contra la 
patria y sus defensores desde aquel dia, habíales de derra- 
mar sobre su cabeza todas las calamidades y penurias en 
que debería envolverlos la borrasca de una revolución 
violenta por quince años, llevando por su nacionalidad 
aquellos hombres, estampado en la frente, el estigma de 
enemigos y sospechosos, circunstancia que entonces pi^o- 
dujo lo que vino á llamarse durante la i-evolucion, el pe- 
cado original; y por cuya adliesion y servicios al rey y sus 
crueldades contra los patriotas, habían de ser, en adelante, 
cargados de contribuciones, de amenazas, de persecución 
nes; confinados & mas de cien leguas en Santiago y Catá- 
marca ó andarían fugitivos en el Perú; y sus bienes ocupados 



1) Tradiciones recogidas de la familia del Dr. D. Benito Grana; de las 
venerables señoras D*. Benjamina Tejada y Moldes de Arias, de D*. 
Serafina Urib ara de Uribara, de D*. Trinidad Frías y Valdez, etc. 

2) No debe confundirse con la familia del Dr. D. Francisco Glandio Cas- 
tro, mas tarde ministro del gobierno del Gral. G nemes, ni compren- 
derse en la clasiücacion de realÍRta«, al Dr. D Manael Antonio Castm, 
hermano de aqaellop» patriota ilustre que figuró con el mas alto bri- 
llo en la magistratura de Buenos Airea. 



HISTORIA DE gOEMES Y DE SALTA-OAPlTULO VIU 401 

por el gobierno de la revolución, mas sin llegar jamas á la 
odiosa iniquidad de las confiscaciones. Por eso se vio en 
Salta el rompinr)iento violento de las familias, y odios que 
estallaron desmedidos; emigraciones para sustraerse de 
las venganzas déla revolución triunfante ó para evitar que 
los hüos concluyeran de contaminarse con ella; españoles 
que huían desheredando & sus hijos alistados en las filas de 
la patria, y aun pasando alguna vez sobre sus propios 
cadáveres. 

Para que podamos darnos una ligera cuenta de la pasión 
terriblemente poderosa y de los padecimientos de aquellos 
hombres, cabe reproduzcamos aquí algunos trozos de la 
exposición con que D. Tomas de Archondo, uno de los 
mas tenaces defensores del rey, hacia presente, en 18Í6, 
al general Laserna, los servicios y los méritos que habla 
prestado y adquirido en defensa de la causa real. «Me 
creo digno acreedor, decia, á la consideración de V. E. en 
virtud del cúmulo de padecimientos que he sufrido de los 
insurgentes por mantener indelebles los imprescriptibles 
sagrados derechos del soberano;— prisiones, afrentas, bo- 
chornos, multas, pensiones, gabelas, secuestros, confisca- 
ciones y un sin número de males han sido los instrumentos 
con que los revolucionarios han castigado mi amor y fideli- 
dad al mejor de los reyes; pero ni estos ni la pérdida de 
mis bienes ni la conspiración de mis propios hijos con- 
tra mi existencia ni la persecución de mis domésticos ni 
el haber estado proscrito y condenado ó muerte por el 
caudillo Belgrano y por Dorrego, ni el haber estado metido 
en una gruta separado del resto de los demás y degradado 
hasta de los derechos que me concedió la naturaleza ni 
el estar privado de los recursos para la subsistencia de 
una dilatada familia A causa de haber quedado reducido 
& la miseria, nada de esto, excelentísimo señor, me harén 
desistir un momento de los eficaces deseos que me asis- 
ten de sacrificar cuanto tengo y hasta mi propia exis- 
tencia derramando gustoso la sangre de mis venas en la 
defensa del rey y sus derechos. Todo he abandonado con 
gusto para venir & sombrearme bajo la bandera de Su Ma- 
gestad. 

«Por delación de dos de mis hijos, José Aniceto de 24 



402 DR. BERNARDO FRÍAS 

años y Ángel Rosendo de 18, acusándome de realista oí 
gobernador Chiclana, fui opremiado á dar veinticuatro 
uniformes completos de paño. » Cuando bajó & la ciudad 
de Salta la vanguardia del ejército real al mando de Tris- 
tan, se ocupó en auxiliarlo con dinero « que busqué, dice, 
entre los vecinos fieles; » se hizo cargo de correr con el 
apresto de vestuarios, zapatos, cananas, balas y demás 
útiles necesarios y adelantando el dinero; los caudales del 
ejército se depositaron en su morada y mantuvo á su 
costa los soldados de su guarde; socorrió á los enfermos 
y á los realistas heridos en la acción de Salta, diariamente; 
entregó á Tristan 5.000 pesos para, el transporte de los 
tropas; ocultó al obispo Videla por tres meses y catorce 
dios en un zarzo de su coso «hasta que fué descubierto 
por un hombre excomulgado. » « Fui perseguido terri- 
blemente por el caudillo Belgrono quien, unido con mis 
hijos, confiscó mis intereses, dejóndome sin recursos y 
sujeto el dominio de mi hyo mayor como tutor y cura- 
dor de mis bienes, dejándome de pupilo de un hijo re- 
belde. » Auxilió á Castro cuando llegó con lo vanguardia 
á Salta el año de 1814; á Pezuelo le prestó 5.000 pesos paro 
lo retirado, sirviendo sin prest y gratuitamente de su ede- 
cán; y finalmente, se holló en lo acción de Vilumo donde fué 
hecho coronel después de treinta años á que dio prin- 
cipio á lo carrero como sargento de Forasteros, violando, 
«sí, aunque legitimada su conciencia por el oposionomien- 
to, el juramento prestado en el campo de Salta, de no 
hacer armas contra lo patria. 

Y untes que cerremos este punto, bien merece consig- 
nemos aquí uno de aquellos cuadros de terrible venganza 
que revelo mejor que todo otro explicación, el grado á 
que subió entre los españoles el furor del apasionamien- 
to político que abrasó y encegueció sus olmos. Es el coso 
que lo fomilio de Tejado fué uno de los que primero se 
pronunciaron en Salto por lo patrio, en 1810; mas cuando 
vencidos nuestros ejércitos en el norte invadió por lo pri- 
mera vez el enemigo y se posesionó de lo ciudad, uno 
de los comerciontes españoles cosodo ollí, oudoz, exoltodo 
y bullicioso y que mas tarde se cambiaría al lado de 
lo revolución, circunstancia por lo cual sus antiguos com- 



HISTORIA DE GÜEMES Y DE SALTA-CAPÍTULO VIU 408 

pañeros de causa lo clasificarían entre los que denominaron 
« españoles renegados, » viéndose bajo el seguro del ejér- 
cito del rey, se lanzó en busca de D. Román Tejada, 
acompañado de cuatro soldados armados á bala y de un 
sacerdote para ejecutarlo, así, en toda regla y en el mismo 
sitio en que lo hallara. 1). 

De esta manera, los realistas de Salta se personificaron, 
entre la clase principal, en D. Pedro José de Ibazeta, D. 
José Uriburu 1) D. Tomas de Archondo, D. Francisco de 
Lezama, D. Matias Linares, D. Juan y D. Jaime Nadal y 
Guarda, D. Lino de Rosales, D. Marcos Beeche, D. José 
Antonio Chavarria, 2) D. Manuel Antonio y D. Francisco Te- 
jada 3), D. Antonio San Miguel, D. José Rincón, D. Fran- 
cisco Asende y Grana, D. Fernando de Aramburú que 
alcanzó el grado de coronel bajo las banderas del rey; D. 
Francisco Avellno Costas, D. Santiago Maseira, D. Domingo 
García, D. Francisco Valdez, D. Pedro de Ugarteche, D. 
Calixto Sansetenea, Murúa, Aguirre, Sagastume y Rioja, 
como que todos ellos eran españoles. 

Sin embargo, estas verdades ocultó el largo tiempo cor- 
rido, sin que pluma alguna haya trazado y hecho reco- 
nocer del mundo los méritos del unánime pronunciamiento 
de Salta por la independencia. Errores contrarios han 
llegado á prevalecer mas bien, solo justificables por la 
falta de conocimiento perfecto de su gloriosa historie), los 
que llegaron á inspirar enorme injusticia contra la antigua 
sociedad distinguida de Salta; por que, recordando aque- 



1) Exp. de J. G. Sánchez contra la testam. de Francisco Sánchez, citado, 
Archv. de Salta, 1824, P. Judicial 

1) Mas tarde habíase de afiliar á la causa de la patria. Sus hijos D. 
Dámaso en el orden civil y D. Vicente Uriburu como oficial del regí- 
mleuto de Infernales, figuraron bajo las banderas de la revolución. 

2) Casado en la familia del coronel Moldes. Igualmente eran casados 
en esta casa D. Francisco Tejada y D. Antonio San Miguel, lo que 
vino á trozar la familia de Moldes en esta forma original: los varones 
por la patria y las mujeres casadas, por el rey, siguiendo de modo 
acérrimo la opinión política de sus maridos. 

3) Españoles, no debiéndose confundirlos con el resto de la familia antigua 
de Tejada, que lo trajo al último de España como sobrino, donde figu- 
ran, por ejemplo, D. Román Tejada, casado con D\ Magdalena Güe- 
mes, hermana del general del mismo apellido; el canónigo D. Juan 
Tejada, cuya finca de los (.Cerrillos fue entregada para que sirviera 
de campamento de gauchos; familia que se prenunció de las primeras 
por la revolución, y en la aue eran casados D. Bonifacio Huergo, por- 
teño, y el Dr. D. santiago Saravia, patriotas conocidos. 



404 DR. BERNARDO FRÍAS 

líos tiempos de ptísoda grandeza, se ha llegado á añrinar 
en nuestros días que « su sociedad aristocrática » era en 
gran mayoría enemiga de nuestra causa. 1) Y como 
aquella aflrmacion constituye una afrenta á la memoria 
de esa benemérita sociedad, cabe, en justicia, reivindicar 
su honra enseñando que en todos los puestos de peligro^ 
ya en las tareas civiles del gobierno y de la administra- 
ción como en las fllas del ejército libertador, desde 1810, la 
sociedad aristocrática de Salta, dejó en ellos su nombre 
escrito entre laureles como defensora denodada de la inde- 
pendencia, sin una defección ni un solo momento de des- 
mayo. En su pruel)a, he aquí, pues, los nombres de aque- 
llas familias de la antigua aristocracia, que cada una de 
ellas cuenta con un soldado por lo menos, en la gloriosa 
guerra de la independencia, ó con un distinguido sostene- 
dor de esta causa en el orden civil. Son ellas las de Gor- 
riti, de Toledo, de Gurruchaga, de Guemes, de Arias, de 
Arenales, de Figueroa, de Mollinedo, de Hoyos, de Moldes, 
de Ormaechea, de Castellanos, de Alvarado, de Sevilla, de 
Zuviría, de Quiroz, de Frias, de Zenarruza, de Marina, de 
Zorrilla, de Usandivaras, de Puch, de Salas, de Saravia, 
de Cornejo, de López, de Sola, de Tedin, de Zerda, de 
Niño, de Boedo, de Fernández, de Tamayo, de San Milian, 
de Aresti, de Gauna, de Pardo, de Tejada, de Torino, de 
Cabezón, de Aráoz, de Alberro, de Zavala, de Latorre, de 
Velarde, de Ulloa, de Ovejero, de Feljoo, de Benitez, etc. 



XII 



Pues bien: todos aquellos revolucionarios aristocráticos y 
profundamente republicanos de corazón y de principios; 
aquellos patriotas sin escusa y sin flaqueza,— hombres ó 
mugeres, sacerdotes ó seglares, profesaban los principios 
de la libertad y las virtudes del patriotismo como no lle- 
garon á profesarlos mas alto otros hombres en la tierra; y 
á la par de sus acciones, de sus sacriñcios y sus hazañas, 
la historia debe consignar también para eterna enseñanza 



1) La Prensa de Buenos Aires, de 9 de Jalio de 1901. 



HISTORU DE GÜBMES Y DE SALTA-^GAPlTULO VD! 406 

de las generaciones, aquellas sus hermosas y bien origí- 
nales doctrinas, que entonces como hoy y para siempre 
fuentes serán de generosa enseñanza cívica. 

Para ellos, la patria aparecía, desde 1810, como un dios 
en la tierra: tododebia quemarse en sus altares; paz, amor, 
familia, bienestar, porvenir, hacienda, la fortuna y la vida; 
y adelante debia marcharse sobre laureles de vencedores 
y palmas de mártires vencidos, á conquistar la indepen- 
dencia y la libertad como seguro y merecido premio de sus 
sacrificios y afanes. Dios estaba con ellos; i quién podría 
vencerlos?— «</ Si />^«5 pro nobis^ gu¿ contra nos?» excla- 
maba desde lo alto de la tribuna sagrada, en la catedral 
de Salta, el Dr. Juan Manuel Castellanos. — « El hombre 
en un estado formado, como miembro ó individuo de la 
sociedad civil, desde que nace, nace para el público y 
tiene su patria derecho á todas sus acciones. Usurpa el 
nombre de tal, degenera y desnaturaliza, siempre que, por 
atender á su bien particular, pretende desprenderse de 
esta tan justa como sagrada obligación. Vos Patrie estis^ 
dice el elocuente Cicerón, et pattem Patria vindicat. Ha- 
béis nacido para la Patria y la Patria exige la parte que 
le toca en vuestro nacimiento 

« Que nuestra América tenga derecho á reclamar su liber- 
tad é independencia rompiendo las cadenas y sacudiendo 
el yugo con que violenta y tiránicamente la habia opri- 
mido España, y que para el logro de este empeño sean, 
precisos nuestros bienes, honor y vida, no me cabe duda, 
ni creo la haya en ninguno de mi auditorio. 

«El patriota para serlo y llamarse con propiedad tai, 
debe suponerse emancipado de su padre y de sí mismo; 
no ha de contar con paisanos, deudos ni amigos en per- 
juicio de su nación. En una palabra; su bien propio lo ha 
de mirar como extraño, y como propio el bien de su 
patria. í Y hay de estos muchos ? ¿Procederán con este 
amor los que, profanando tan dulce y sagrado nombre, 
pretenden acaudalar á espaldas de sus semejantes; engro- 
sar con sus sudores y engrandecer con su sangre? ¿Que 
vive la Patria en sus labios pero, cuando las necesidades 
de tan dulce madre llegan á tocar sus bolsillos, maldicen 
hasta el instante de su creación ? i Los que discurren sobre 



406 DR. BERNARDO FRÍAS 

SUS urgencias no para remediarlas sino para hacerlas ser- 
, vir ú su provecho ? i Los que la llaman madre y acompa- 
ñan en la prosperidad y desamparan en lo adverso ? i Que 
la siguen cuando victoriosa y le dan la espalda cuando 
afligida ? i Los que, ó pretexto de algún desaire imaginado, 
le niegan sus servicios cuando de ellos ha menester la 
nación ? ¿ Que semejantes al labrador, riegan y cultivan la 
tierra no para hermosearla sino por el logro de una cose- 
cha que esperan ? El sacrificio de los bienes, honor y 
vida, aun no da derecho á llamarse patriota con verdad, 
siempre que es dirigido de algún fin particular. 

« En este sentido es en el que afirmo y he comprendido 
ú todos, sin que de esta tan justa y sagrada obligación 
pueda eximirse persona alguna de cualquier clase, estado 
ó condición que sea; de todos ha menester la nación y 
todos debemos trabajar por nuestra libertad é independen- 
cia;— el sabio con sus luces, el sacerdote con sus sacrifi- 
cios y doctrina; el militar con su espada; el hacendado 
con sus bienes; el labrador con su industria; el artista con 
su trabajo; la muger con su labor. No hay quien de algo 
no sirva cuando quiere; y si es universal el beneficio, 
universal debe ser también el trabajo y empeño. » 1). 

Ademas de todo esto, como en la ardiente discusión de 
la polémica con que los bandos encontrados hablan de ba- 
tirse derramando elocuencia y sagacidad haciendo inter- 
venir aun al mismo Dios y demás potestades celestes, 
como fuente, base y amparo de sus derechos y doctrinas, 
habla de verse cómo arreglaban las virtudes de la fe católica 
á los intereses de la libertad, para enseñar á los españoles, 
por ejemplo, que pecaban contra el cielo y los hombres 
empuñando las armas contra la patria. 

— « i Qué es el patriota ? argumentaba uno de los docto- 
res de aquella época célebre. Diré que su etimología se 
deriva de pater, patris; y así, todo aquel que hace los ofi- 
cios de un padre, es patriota. Si lejos de atacar la mo- 
ralidad del pueblo los españoles hubieran alguna vez re- 



1) D. Juan Manuel Castellanos, doctorado en la universidad de Córdoba 
en 1794; fué capellán del ejército do Belgrano, y mas tarde, quien 
desempeñó el cargo de Provisor ó Vicario Capitular del Obispado de 
Salta. 



HISTORIA DE G0£MES Y DE 8ALTA— CAPÍTULO VIU 407 

zado atentamente el Padre Nuestro^ refleccionarfan que 
habiendo Dios Señor Nuestro creado todo para el bien de' 
hombre, y amándonos como á sus hijos, por su inñnita 
bondad; no obstante de que podríamos orarle llamándole 
Rey, por su dominio universal, se complace mas en que 
lo llamemos Padre Nuestro ó Supremo Patriota. » 1). 

XIII 

El nombramiento del diputado que ordenaba la Junta dio 
taotivo para el estrepitoso rompimiento entre el cabildo y 
el gobernador de la intendencia. Sucedió que reunido 
lo distinguido del vecindario en cabildo abierto el 25 de 
Junio para aquella elección, fué presentada y leida una 
representación que hacia un grupo inferior de realistas, 
compuesto casi todo ól de soldados licenciaíios, en la cual 
«expresándose injuriosamente contra todo el pueblo, soli- 
citaban se les admitiera en la votación acordada como á 
parte del sano y noble pueblo. » Y como aquellos hombres 
se hubieran apersonado á la sala capitular, el cabildo, al 
calor de la elocuencia ardorosa de su síndico, el licenciado 
D. Juan Esteban Tamayo, manda arrojarlos de su seno. Los 
congresales, á su vez, notando por la vulgaridad de los 
firmantes que una mano oculta los habia seducido al 
atentado, pidieron su descubrimiento y castigo. 

Ante esta actitud de la asamblea, nada benigna á sus 
maquinaciones, propone el gobernador la postergación de 
la elección para el 30, y que se invitara para el acto á todo 
el vecindario que quisiera concurrir, ardid con el cual 
esperaba poder hacer llegar á sus parciales rechazados 
ese dia; mas su proposición fué resueltamente denegada 
interrumpiéndose, con tal motivo, la elección aquel dia. 

Pero como pasara la causa para el descubrimiento del 
autor de aquel libelo «seductivo, atrevido é injurioso» al 
alcalde de segundo voto para su juzgamiento, y que lo 
era D. Antonino Cornejo, el gobernador, que era de un 
carácter autoritario y ante quien se hablan querellado 
los del grupo español contra el cabildo y contra su sín- 
dico procurador por la injuria, decían, de haberlos expul- 

1) Dr. Manuel UUoa. 



406 DR. BERNARDO FRUS 

sado de la sala capitular, se aboca el conocimiento de la 
causa y ordena, para salvar á los suyos, se sobresea en 
ella, intimando al alcalde la remisión del proceso, abuso 
y avance de jurisdicción ante el cual Cornejo resiste con 
digna energía, actitud que le produce su inmediata prisión, 
sometiéndose á igual castigo & Tamayo, como asesor 
letrado del cabildo. 

Este atentado « había puesto al pueblo en temible espec- 
tacion y era de recelarse pasase á actos turbulentos,» y 
fué llevado & conocimiento del cabildo ese mismo dia 5 
de Julio, por el alcalde desde su prisión. Esta corpora- 
ción, pidiendo para proceder en tal conflicto el dictamen 
del asesor letrado D. Santiago Saravia, lo recibió en 
estas nobles y valientes palabras, & pesar de las circuns- 
tancias y de los hechos con que pretendía aterrorizar el 
gobierno:— « Siendo tan notorios y públicos los procedi- 
mientos atentados del señor gobernador intendente diriji- 
dos á usurpar la jurisdicción y poder de este Ilustre 
Ayuntamiento hasta llegar al exceso escandaloso de provo- 
car y decretar la prisión y arresto del señor alcalde de segun- 
do voto de esta capital, sin jurisdicción para ello, pues no 
se reconoce en los cuerpos del derecho ley alguna que le 
autorice y le faculte para una tan desviada é ilegal opera- 
ción que cede inmediatamente en agravio y ultraje de 
todo el Ilustre Concejo Capitular, era de sentir que en 
atención á que estos procedimientos eran sumamente 
nocivos y contrarios al buen orden y tranquilidad pública, 
no se hallaban otros arbitrios ni remedios legales para 
remediar los males que sufre este pueblo, sino que el 
Ilustre Ayuntamiento acuerde, como corresponde, que el 
gobernador intendente debe dejar el mando político y 
militar por convenir así al mejor servicio de Dios, del rey y 
de la causa pública, pues solamente de este modo encuen- 
tra el asesor consultado se logrará la tranquilidad y 
reposo tan reencargados por las leyes en todos los do- 
minios de Su Magestad Católica. Que para esto debe 
tenerse presente los acaecimientos y movimientos de 
tropas, cañones y demás armas introducidas á estas casas 
consistoriales; y que, por último, debe el Ilustre Cabildo 
acordar que dichos mandos político y militar se depositen 



mSTORU DB aOEMBS Y DS SALTA— CAPÍTULO VIU 408 

con arreglo á las leyes, en el señor alcalde de primer voto 
y oñcial militar de mayor graduación que haya en esta 
ciudad para que se haga cargo inmediatamente del mando 
de dichas armas, y que, con la misma prontitud, retire 
todas las tropas y aparatos de guerra con que dicho go- 
bernador está intimidando y oprimiendo al pueblo. » 

Por estas causales y por este dictamen que el goberna-r 
dor llegó & clasiflcar de «audacia y blasfemia políti- 
ca, » fueron igualmente presos como el licenciado Ta- 
mayo, los Dres. Saravia y Blanco, pues, como lo 
decía Izasmendi al cabildo, el . síndico procurador « se 
había coaligado con los abogados D. Gabino Blanco y D. 
Santiago Saravia que han hecho de asesores del Ilustre 
Cabildo, inflamándolo y electrizándolo para que promueva 
la anarquía en esta provincia. » 

Para pensar y obrar así, Izasmendi contaba con anteceden- 
tes que recordó en aquella oportunidad y que revelaban 
el carácter que revestían aquellos sucesos de Salta en su 
naturaleza y en su objetivo, pues ya en 1809, el virrey 
le decía en comunicación reservada, que hacía ahora 
conocer del cabildo:— « He tenido positiva noticia de que 
en esa ciudad hay cierto número de abogados que vierten 
públicamente especies subversivas contra los supremo^ 
derechos de nuestro augusto soberano sobre estos domi- 
nios, produciéndose con la mayor libertad. » 1). 

Siguiendo así las cosas, una inmensa masa popular, es- 
truendo soberbio de la opinión de un pueblo altivo y ul- 
trcgado y á la cual el gobierno denominó de «escanda- 
losa asonada», llevó al cabildo á que continuora sus 
acuerdos, á pesar de estar entrada ya la noche, sesionondo 
así por la tercera vez en aquel die. Izasmendi, temeroso 
ante el aspecto amenazador que iban tomando los sucesos, 
envia una comisión, presidida por el obispo, & proponer á 
los letrados presos la libertad y satisfacción del ultraje» 
pero estos patriotas, en plena sala capitular donde tienen 



1) Comanicaeion del Yirrey Cisneros al gobernador de Salta, de 27 de Nov. 
de 1809, inserta en el testimonio del expediente formado con motivo 
de estas desinteli^encias del cabildo con el gobernador Izasmendi en 
razón de la elección del diputado á la Junta y de las ruidosas inci- 
dencias que produjo, y expedidos ft solicitud de D. Juan Esteban Ta- 
mayo, que existen noy en nuestro poder. 



410 DB. BERNARD OFRIAS 

lugar las conferencias, respondieron que aceptaban lo pro- 
puesto « siempre que el gobernador dejase el mando. » 

El cuerpo capitular siguió su contienda política, aparte 
de estas sus incidencias, con el gobernador que se pre- 
sentaba rodeado de lodo un bélico aparato. Porque como 
la elección de diputado fuera la causa principal que inte- 
resaba apasionadamente & ambas autoridades, vencidos el 
gobernador y su partido en el cabildo abierto del 25 de 
Junio; rechazada allí mismo su proposición de ampliar la 
convocatoria para un nuevo cabildo sin excepción de su- 
fragantes, procedió por su sola cuenta mandando fijar el 
29 de Junio carteles en lugares públicos citando, de esta 
inusitada manera, á cabildo abierto á cuanto español eu- 
ropeo ó americano habitara por Salta, para que eligiera el 
diputado á la Junta. 

Queriendo, así mismo, explicar su proceder en el que 
arrebataba las facultades mas propias del cabildo y violaba 
lo acordado sobre el asunto en la última asamblea, decia 
que usó antes de condescendencia con el cabildo «para 
atraerlo con razón y suavidad al desempeño de sus de- 
beres; pero, conociendo después por una amarga espe- 
riencia que, dejándose llevar de mal intencionados influ- 
jos, se tiraba á ganar tiempo para desahogar pasiones y 
aflanzar particulares intereses, tuvo este gobierno por 
conveniente y necesario avivar la convocatoria del pue- 
blo. » 

Como el cabildo resistiera á esta nueva usurpación y se 
complicara su actitud política con las que originaron las 
prisiones del alcalde Cornejo y de los asesores letrados 
del ayuntamiento, el gobernador, avanzando mas, resuelve 
y ordénala prisión de este ilustre cuerpo. Ante este nuevo 
atentado, el cabildo, altivo y valeroso, se dirije al gobernador 
diciéndoleen este digno y enérgico lenguaje:— «Siendo todo 
ayuntamiento, concejo ó cabildo en quien se halla depo- 
sitada toda la confianza y seguridad de los pueblos, venerando 
en sus capitulares otros tantos padres de la República, nada 
bueno pueden esperar de ellos si sus individuos son tenidos 
por malos y dignos de prisión vergonzosa, exclusiva de sus 
privilegios y exenciones como lo han sido los de este cabil- 
do por orden de usia. Ignórase, señor gobernador, que usía 



HISTORIA DE GOJSMBS Y D£ SALTA— OAPlTULO VIU 4U 

sea arbitro de la vida, del honor y buena reputación, y 
que las armas destinadas para la defensa de los dere- 
chos y dominios del soberano, sean aplicables contra las 
leyes reales, contra las autoridades superiores y contra 
los derechos, exenciones y prerrogativas privativas, posi- 
tivas y exclusivas que se reserva todo pueblo. Si, señor 
gobernador; preso estuvo todo este cabildo; la causa, 
por suponerse ó formarse; y amenazado por oflcio de usia 
que en el dia seis y siguientes tomaría contra él la provi- 
dencia que corresponda, y no se la ha visto; preso hasta 
el dia el sindico procurador general como reo de estado; 
y presos, por último, los asesores que eligió el cabildo, 
ignorantes todos de sus causas. Estamos todos en el caso 
de ignorar las leyes que gobiernan y que no hay segu- 
ridad en las del soberano. No hay letrado que se atreva 
á dar consejo; procurador que pida por el público ni regi- 
dor que se atreva ú hacer uso de su oflcio, así por la des- 
confianza motivada del público como por el temor de las 
armas con que está impedida la jurisdicción, la libertad 
y natural defensa; por consiguiente, si usia no manifiesta 
las facultades superiores que tiene y si no satisface á los 
agraviados con sus competentes y válidas causas, ó se 
les da la debida satisfacción, no hay cómo se forme ca- 
bildo alg:uno; carecerá el pueblo de sus lejítimas atencio- 
nes y aun de la administración de justicia; será usia solo 
para ella; solo también para usia las resultas, no quedán- 
donos otro arbitrio que huir del ultrage. Con la prisión 
inmediata de todo este cuerpo y sus asesores, tiene usia 
ya conseguido verle sin ojos, por que no tiene letrado 
que lo dirija; á la patria huérfana y desamparada, porque 
no hay quien trate ni pida lo que le conviene. Los mas 
de los miembros capitulares van huyendo del aparato bé- 
lico diario y de la fuerza que reina contra todos sus dere- 
chos. Los cabildantes de esla última gestión, no desma- 
yando del entusiasmo patriótico ni del constantísimo y 
fiel amor de su rey y señor D. Fernando Séptimo, á 
nombre de este exhortan y requieren á usia tengan el 
debido despacho las solicitudes pendientes; que se dé al 
cuerpo una pública satisfacción; que no se oprima ni se 
atemorice al pueblo; que se dé libertad y satisfacción á los 



419 DR. BERNARDO frías 

reclamodos presos, que, con la composición que con estos 
solicitó usia, está probada su inocencia. >> 

Izasmendi asediado por el elemento español y cerciora- 
do por estoá anuncios que la revolución que minaba su 
autoridad partía del seno del cabildo, mantuvo en prisión 
& los capitulares sospechosos. Eran estos D. Antonino 
Fernández Cornejo, D. Nicolás Arias, D. Calixto Gauna, D. 
Mateo Zorrilla, D. José Francisco Boedo, el licenciado D. 
Juan Esteban Tamayo y los asesores letrados D. Santiago 
Saravia y D. Gabino Blanco. 

Sorprendidos y asegurados en prisión, aquellos hom- 
bres vinieron á encontrarse en la situación mas difícil, 
afligente y terrible. La causa por que hablan sido asegu- 
rados y se miraban ahora reos do sonado proceso, era 
ante las leyes españolas y ante la apasionada interpreta- 
ción de sus jueces, el crimen insigne de alboroto de la 
tierra, de rebelión contra el rey y de alta traición, cuyo 
castigo aparatoso y terrible por el oprobio y la infamia 
que entrañaba era, por lo común, la muerte de horca para 
los gefes; prisión larga sino perpetua, el destierro y la 
conflscacion de los bienes para los demás. Aun se recor- 
daba por aquellos tiempos que, treinta años atrás, llenaron 
de espanto y de terror las poblaciones peruanas los castigos 
de Tupac-Amarú y su familia, vastagos desventi^rados de 
los remotos incas; y frescas y vivas se mantenían en la 
memoria de todos las revoluciones que, con ñnes seme- 
jantes, el año anterior hablan conmovido dos capitales del 
Alto Perú. 

Mirándose perdidos, resolvieron, pues, en cierta noche 
tocar un supremo recurso, cual era el comunicar á la 
Junta de Buenos Aires el peligro de su situación y el que 
amenazaba á la patria bajo un gobierno enemigo de su 
causa, y reclamar el mas pronto auxilio de su brazo, 
redactando, con este fln, la exposición del suceso y la 
solicitud de su amparo. 

Aquellos presos, incomunicados en los altos del cabildo, 
se hallaban impedidos de poder hacer llegar sus quejas 
al gobierno de la capital; y fué entonces que el ingenio y 
el valor personal superaron á cuantas diflcultades se 
opusieron á su empeño. Acordaron, al efecto^ que uno 



HISTORIA DE GOSMBS T DB SALTA -<)APITUL0 Vm 419 

de ellos, evadiéndose de la prisión. Se encargara de poner 
el pliego en manos de la Junta. Para esto echaron suertes, 
y fué designado por el sino el regidor coronel D. Calixto 
Gauna. 

En esa misma hora, atando aquellos hombres las extre- 
midades de sus capas, pues era el rigor del invierno, 
formaron con ellas una cuerda original y por ella fué 
descolgado Gauna desde uno de los balcones del cabildo 
y puesto en inmediata fuga. Después de un vi^je & lomo 
de caballo de mas de trescientas leguas coronadas de pe- 
ligros de muerte y corridas sin descanso, dia y noche, 
D. Calixto Gauna se presentó á la Junta de la capital en 
el brevísimo espacio de ocho días, cuya vertiginosa 
rapidez colmó, como era natural, la admiración y el 
asombro de Buenos Aires. 1). 

Muestra es esta del vigor y resistencia física como de 
la presencia de ánimo y de la valerosa temeridad de los 
hombres de aquellos dias, mucho mas cuando se piense, 
cuando se recuerde que aquel viagero, perseguido por los 
agentes del gobierno, debia pasar casi solo aquella famosa 
ruta de Buenos Aires, por esos bosques del sur de Tucu- 
man, por aquellas llanuras desoladas de Santiago y de 
Córdoba, atravesadas de bandas de asesinos y malhecho- 
res, y por aquellos campos salvajes de Santa Fé, donde las 
caravanas de los viageros ordinarios se veian obligadas 
á marchar con escolta armada y á librar, á las veces, 
combates á bala para salvar la vida y las carretas car- 
gadas de sus negocios. 

Inmediatamente de arribar, Gauna se presentó ú la Junta 
y esta, impuesta de la fecha de la comunicación, ordenó 
al comisionado, admirada y conmovida, pasara á descan- 
sar. Después de un sueño de veinte y cuatro horas, tor- 
nó al siguiente dia camino á Salta, conductor del nom-t 
bramiento de gobernador de esta intendencia hecho en la 
persona del coronel D. Feliciano Chiclana, hombre de ca- 
rácter terrible, cruel y terrorista, que debia encontrarlo á 
su paso de Córdoba adelante, con alguna fuerza, ocupado 
en la persecución de los conspiradores realistas de aque- 



1) ZiNHY, H%9t, de los Gobernadores, T. Ill p¿g. 974 corroborado y ampliado 
este dato con la tradición recogida en la familia de Gauna, en Salta. 



414 DR. BERNARDO FRÍAS 

Ha capital que, huyendo del ejército expedicionario de lá 
Junta, tomaban rumbo al norte, con el intento de hacerse 
fuertes en Salta ó en Tupiza, al abrigo de las fuerzas de 
Nieto. 
Con rapidez igual é la de su partida, Gauna estuvo de vuelta 

en Salta el décimo sexto día, trayendo á su lado & Ghi- 
clana. Notiñcado el gobernador de su presencia y reque- 
rido por el enviado de la Junta ser reconocido en el 
carácter que revestía, fué recibido en audiencia público, 
por el cabildo, libre entonces de su prisión merced á su 
orden y presencia, que se congregó para ello ese mismo 
dia, 23 de Agosto, I>qjo la presidencia de Izasmendi y eu 
medio de las aclamaciones de una delirante ola popular. 
El denodado Gauna participaba de aquella sesión memo- 
rable y de la ovasion de sus conciudadanos, mostrando 
al pueblo la prueba dolorosa de su sacriflcio con la infla- 
mación de sus pies de lo mucho que trabajaron sobre los 
estribos, y á tal extremo, que vino ú postrarlo en cama 
por dos meses el peso de su dolencia. 1). 

Ante el ayuntamiento asi reunido, el coronel Ghiclana 
hizo manifestación y entrega del despacho de la Junta de 
Buenos Aires que le confería el gobierno interino de Salta, 
á cuya vista se resolvió con indecible júbilo, posesionarlo 
inmediatamente del mando, prestando allí mismo el jura- 
mento exigido por las reales ordenanzas. 



XIV 



Así fué, y de esta tan dramática manera, que terminó 
en Salta aquel dia memorable, la dominación española, 
siendo el gobernador D. Severo de Izasmendi el último de 
sus representantes. 

Pero el gobierno de la revolución habia resuello por un 
lamentable error, en aquellos dias, llevar su credo liberal, 
su propaganda y afianzamiento en el corazón del país por 
medio del terror y de la muerte. Aquellas energías ter- 
roristas con que se iniciaba la revolución en sus proclamas 



1) Tradición ¿ntes citada. Acuerdo del cabildo de Salta, de 28 de Agosto. 



HISTORIA DE GÚEICBS Y DE SALTA—GAPlTULO VIU 415 

y mas aún en sus hechos, eran inspiradas en el seno del 
gobierno de la Junta por la arrogante entereza del Dr. D. 
Mariano Moreno y ejecutadas por sus agentes mas con- 
vencidos, el Dr. Castelli y el coronel Ghiclana, y así se 
vio que, cumpliendo con esta política, su representante en 
Salto ordenara, como primera providencia al hacerse car- 
go del gobierno, la inmediata prisión de Izasmendi y su 
envío, con una barra de grillos, á Buenos Aires para ser 
juzgado. 

De tan ruidosa manera el gobernador Ghiclana abrió 
el régimen del terror con amenazas de muerte contra todo 
enemigo de la patria en Salta, lo que la ponderación de 
la pasión política de sus habitantes y la efervescencia del 
espíritu público por la libertad irritado y en animosidad 
creciente contra sus opresores, disculpaba y á menudo 
aplaudía y aun sostenía con sus consejos, reclamos y 
personas. Mas como en el pecho de los españoles no pu- 
diera contenerse ni con la amenaza ó el ejemplo la impe- 
tuosidad de sus pasiones por el predominio metropolitano 
y por el culto del rey, para ellos de sagrado rito, á lo 
que denominaban honrada lealtad del vasallo del mejor 
de los reyes y fuera en los sáltenos superior, si es que 
hay superioridad posible, el enardecimiento por la liber- 
tad hasta llegar á las lindes del delirio y la locura, espe- 
cialmente en lo juventud y en la mujer, llegó 6 contem- 
plarse el fenómeno harto extraño y curioso en verdad; 
noble y heroico bajo un aspecto, pues ahogal3a por la pa- 
tria todos los gritos del corazón, á la manera de Bruto 
el romano, y condenable y repugnante y cruel por otro; 
lijereza y crueldad disculpables solo por la extrema ju- 
ventud, por el enceguecímiento engendrado por la mas 
noble de las pasiones políticas en sus horas mas ajitodos 
y ardientes, en el cual llegóse á ver á los hijos conspi- 
rando contra la existencia de sus padres españoles, dela- 
tando su realismo á Ghiclana. 



XV 



Sin embargo, fuera de 1q crueldad usada para con Izas- 



416 DR. BERNARDO FRÍAS 

mendi, la sofocación de los trabajos realistas en Salla solo 
fué impuesta con medidas de menor entidad; y aterrori- 
zados los enemigos, vióselos cooperar con su hacienda en 
gruesas cantidades, y & pesar de su fe de españoles, al 
auxilio de la expedición que llegaba de Buenos Aires rum- 
bo al Perú y en contra de sus parciales y amigos. 

Llamóse el donativo de Salta esta primera exposición de 
sus auxilios, cuya puerta abierta en aquel dia, no deberla 
cerrarse mientras hubieran enemigos de la patria. Espa- 
ñoles y sáltenos, realistas y patriotas formaron sus colum- 
nas y entregaron su ofrenda, los unos por la fuerza y el 
temor, los otros con la largueza con que sacriflcarian por 
la causa todos sus bienes y porvenir. 

La generosidad de su patriotismo se revelaba hasta en 
la forma del ofrecimiento. Algunos, como el Dr. D. Luis 
Bernardo de Echenique, cura de la Caldera y de Perico, 
se obligaba á mantener las tropas de Balcarce durante su 
paso por Cobos; el teniente coronel D. Lorenzo Martínez 
de Mollinedo, español añilado á la revolución desde el 
primer dia, á mas de su cuota en dinero, entregaba 50 ca- 
ballos para el transporte de las tropas y el ganado suñcien- 
te para sostener el ejército desde la puerta del Rosario de 
la Frontera hasta la de Concha; D. Vicente Toledo, el dinero 
de su cuota, 100 caballos apostados en su hacienda de Ya- 
tasto, célebre mas tarde, y el sostenimiento de las tropas 
al pasar por todas las postas de su territorio. Gorriti y 
Puch ofrecieron también su fortuna desde aquel dia. 

Bajo otro aspecto, aquellas inscripciones para la guerra 
se hacían igualmente singulares, por que si los militares 
y demás hombres de acción ofrecían á la vez que su dine- 
ro sus personas, el canónigo Dr. D. José Gabriel de Figue- 
roa entregaba la mitad de su sínodo y el Dr. D. Santiago 
Saravia colocaba la ofrenda á la patria en nombre de su 
esposa, D^. Josefa Tejada, como igualmente lo hacía D. 
Román Tejada por la suya, D^. Magdalena Güemes, tan 
celebrada mas tarde en los anales de la revolución. 

Las damas de Salta manifestábanse, de esta manera, no 
menos entusiastas y decididas que sus hombres, haciéndo- 
se inscribir en la colecta de auxilios para la patria, como 
la primer acta de empadronamiento de sus defensores 



fflSTORIA DE GOEMES Y DE SALTA-CAPlTÜLO VIU 417 

que comenzarían, desde aquella hora sagrada, á recorrer 
el camino empinado de las . sublimes amarguras y de la 
gloria. Y así vióse figurar inscriptas en el donativo, & da- 
mas como aquellas, del mas alto rango y como á D» Faus- 
tina Arias, como á D*. Vicenta de Figueroa y sus hijas, 
separadamente, D». Luisa y D», Juana de Ibazeta, jóvenes 
que en aquellos días comenzaban á llenar con su luci- 
miento los salones de la aristocracia y de la fortuna. 



XVI 



Al extenderse las primeras noticias de la revolución y de 
la guerra, y dilatarse la conmoción en el espíritu público, los 
hombres que tenian el prestigio y eran dueños del respeto 
de las poblaciones rústicas, comenzaron, desde el primer 
momento, á organizar las milicias de la campaña empuñan- 
do las armas por la patria, preparando grupos de caballería 
forniados de sus clientes, llevados de su propia inspiración 
y sostenidos con sus propios recursos, desde los primeros 
momentos del peligro. 

Durante aquellos primeros dias de 1810, efstos movimien- 
tos de semblante belicoso y esta militarización que comen- 
zaba á extenderse y alarmar la campaña, no obedecía á 
base alguna ó plan uniforme concebido y mandado realizar 
especialmente por el gobierno; ero la revolución popular 
que comenzaba A presentar sus fuerzas y á acariciar los 
ensueños de su triunfo. Eran, por lo general, movimien- 
tos aislados, verificados por la propia cuenta de sus cau- 
dillos, pero llenos todos del mismo espíritu, del mismo 
afán de ofrecerse como auxiliares de la causa común; 
fisonomía que muestran siempre todas las revoluciones 
populares sirviendo, por lo pronto, para burlar las comu- 
nicaciones del enemigo, para suministrar auxilios opor- 
tunos y para dilatar el espíritu revolucionario con la emu- 
lación y el prestigio siempre prodigiosos de la libertad. 
Por que corresponde confesar que fué solo desde 1812 que 
el movimiento de verdadera resistencia armada de las 
campañas se hizo sentir en su gran eficacia y poderío, 
enardecido entonces hasta la desesperación y la rabia el 



418 DR. BERNARDO FRÍAS 

ánimo con el odio al extrangero, convertido en invasor, 
por toda la dilatada extensión de Salta y de Jujuy. Entre 
aquellos gefes populares, verdaderos caudillos de la co- 
marca, que comenzaban á mover las masas del pueblo 
campesino, ó de los gauchos, y que hablan de alcanzar 
gloriosa celebridad en el curso de la revolución, figura- 
ban, entre cien otros, el Dr. D. José Ignacio de Gorriti, 
el numen político de la revolución en el norte, que cuida- 
ba de sus valiosos intereses en su hacienda de los Hor- 
cones, la heredad paterna, labrando la tierra y cuidando 
de sus ganados; su hermano D. José Francisco de Gorriti, fa- 
moso muy luego bajo el nombre popular de Don Pachi, 
llegaba, desde la Banda Oriental, donde habia pasado su 
primera juventud, ú levantar sus gauchos, aquellos céle- 
bres lanceros que no debían pedir ni dar cuartel; D. Pablo 
Latorre, en fin, y D. Pedro José Saravia, destinado á ser 
el primer gefe de la guerra de partidarios, completaban lo 
mas prominente entre los gefes de las regiones del sur 
y del oriente; por el norte, allá en Oran y en los valles 
vecinos de Santa Victoria y de San Andrés, D. Manuel 
Eduardo Arias ponia al servicio de la nueva causa su in- 
teligencia brillantísima de gran militar y su prestigio en 
aquella zona que habia de convertirla muy en breve, en el 
campo de sus hazañas. 

Pero, sobresaliendo entre todos ellos por la excelencia 
de sus condiciones de mando; por su infatigable actividad; 
por sus antecedentes militares; por su prestigio irresisti- 
ble sobre la gente campesina; por su actuación oficial en 
los primeros dias al lado de Pueyrredon y, finalmente, por 
su entusiasta fervor por la causa de la patria, otro joven, 
como Saúl, alzaba su cabeza superior entre la multitud 
y comenzaba á imponerse como una hermosa esperanza 
en el ánimo mismo del nuevo gobierno. Era D. Martin 
Güemes, oficial de línea que habia hecho su aprendizage 
sentando plaza de cadete el 13 de Febrero de 1799, y á los 
14 años de edad, en el regimiento de infantería de Buenos 
Aires, destacado en Salta; y que habla concurrido, mas 
tarde, á compartir de las gloriosas jornadas habidas en 
Buenos Aires contra los ingleses, de donde había regresado 
con el grado de teniente de granaderos de Fernando VIL 



fflSTORIA DE GÚEMES Y DE SALTA— CAPÍTULO Vm 419 

Había nacido en Salta el 8 de Febrero de 1785 y contaba, 
en 1810, veinticinco años de edad. Era de noble estirpe, 
con vinculaciones de igual categoría en la sociedad de 
Jujuy, ú la que estaba ligado por la línea materna; como que 
su padre, el español D. Gabriel de Güemes Montero, Tesorero 
de real hacienda y Comisario de guerra en la provincia 
de Salta, habia casado con D*. Magdalena de Goyechea y la 
Corte, de la casa del general D. Martin Miguel de Goyechea, 
célebre en las leyendas militares de aquella tierra, y popular- 
mente conocida con el mote de la Tesorera, por que, como 
era entonces de costumbre, habíase extendido hasta ella, 
en el lenguage social, el título con que era conocido, por 
su empleo, su primer marido, el Tesorero Güemes. 1) 

La Tesorera dama fué de belleza singular y celebrada entre 
las numerosas de su época, y llegó á alcanzar, durante los 
azares de la revolución, ascendiente y predominio tan pode- 
rosos y prestigio y popularidad tan ardientes é intensos entre 
las masas populares de la ciudad y de la campaña, que 
ocasión hubo en que llegó á intimidar y colocar en sofo- 
cante aprieto al gobierno que sucedió al que presidió su 
hijo hasta 1821, forzándolo á confesarse impotente de pro- 
ceder ante el empuje de popularidad tan notoria, tan in- 
mensa y tan temida, 2). Cuando años mas tarde el favor 
de los hados y de la gloria llevaran á aquel su hijo é las 
alturas del gobierno, aquella hermosa jujeña serla intro- 
ducida al salón de las grandes ñestas del brazo del joven 
gobernador que era aguardado con ceremoniosa etiqueta, 
como era de uso para su cargo en ocasiones semejantes; 
donde el esclavo dejaría en libertad la larga cola de su vesti- 
do al pasar de los umbrales del salón, para que ella, sostenida 
por su hijo, vestido de brillante gala, paseara en torno de 
aquel espacio y tomara recien asiento en seguida, para 
formar luego con él la pareja que habia de bailar el pri- 
mer minuet, iniciador de la fiesta. 

Martin Migubl Juan db Mata era el nombre con que 
aquel joven y activísimo oficial aparecía inscripto en los 
libros bautismales de la catedral de Salta. Los suyos, su 



1) De viuda, casó con D. José Francisco Tineo. 

2) Acta de la sesión extraordinaria de la H. Junta de Representantes, 
de 11 de Junio de 182^^Archivo de Salta. 



490 DR. BERNARDO FRÍAS 

pueblo y en su tiempo, solo lo conocieron con el nombre 
de Martin Gübmes; con él debe posar & la historia. 

Era hijo de casa noble, de raza pura española y su 
familia era contada entre las mas distinguidas de Salta^ 
y no de escasos recursos; por lo que venia á tener vincu- 
laciones de parentesco con hogares visibles de esta socie- 
dad y de la de Jujuy, y relaciones sociales de la mayor 
importancia adquirida en lo mas respetable y pudiente 
de aquellas dos sociedades. Venía á ser, por ende, dueño 
de estos los mejores elementos de flguracion en su tiempo; 
y como había nacido y había sido creado en aquel centro 
de la aristocracia, del lujo, de la riqueza, de la cultura 
notoria y del buen tono que fueron gala y orgullo de las 
sociedades del norte en tiempo de la colonia, GOemes 
adquirió, desde los primeros años y al amparo de su fa- 
milia, esmerada educación social, cual era de ley la 
recibiera entonces, con mayor ó menor perfeccionamiento 
en el futuro, toda la juventud de su posición y de su 
clase, la que se tornaba á menudo mas atrnyente y ori- 
ginal, si puede, con la vivacidad que recogía el espíritu 
mediante aquellos viajes al Perú, 6 Lima,* y mas tarde 
á Buenos Aires, á la que GQemes visitó por veces repeti- 
das, empresas que desde bien temprana edad acometían 
por lo general, al lado de sus mayores y por vía de 
aprendizage y adiestramiento, todos los jóvenes que no 
se dedicaban á los afanes intelectuales de los colegios y 
universidades sino á la carrera del comercio, mas pro- 
ductiva entonces y acaso mas liviana aunque mas ruda, 
por ser mas libre y novedoso su aprendizage. 1). 



1) Su educación distinguida y esmerada la confiesa el Dr. Vicente F. 
Lopes en sus estudies sobre la SevoUicicn Argenünaf capitulo XI, quiea 
ad<}uirió todos los datos tradicionales de sus conocidos trabajos his- 
tóricos, de personas que conocieron v actuaron con el ffeneral Gflemes, 
como D. Victorino Sola, los coroneles D. Manuel Puch y D. Rvariato 
Uriburu y el Dr. Vicente López y Planes, padre del citado autor;— y 
también el Dr. D. Joaquín Carrillo en su Historia Pnlüiea y CivÜ de 
Jujuy páj. 217, donde aemuestra profesar á Güemes una apasionada 
enemiga Es digno de notarse asi mismo, que los adversarios de in* 
tenso apasionamiento que tuvo Güemes durante su gobierno en Salta, 
y que lo afean, victimas de la parcialidad v del encono despertado 
por las luchas internas de los partidos políticos con los mas hirien* 
tes denuestos, ninguno de ellos, al menos entre los documentos que 
hasta el presente han llegado & nuestro conocimiento, lo acusa de falta 
de educación y buen trato social, de torpe ó grosero en sus relacionea 



HISTORIA DE GOEMSS Y DE SALTA-CAPÍTULO VIH 4fit 

Correspondía á estos antecedentes su cultivo á la buena 
sociedad, su buen trato y maneras con que en aquellos 
centros acostumbró siempre desempeñarse sin mengua 
de su nombre y de la posición elevadísima ú que lo lleva- 
ron los acontecimientos y sus facultades, sin hollar con 
sus acciones personales en ellos los fueros y honor sociales 
y mostrando saber cumplir con las leyes del buen tono así 
en las funciones oflciales y públicas que tuvo mas tarde 
que desempeñar en el laborioso y dilatado periodo de su 
flgurooion como en el salón mas aristocrático y distingui- 
do, cuya atmósfera había aprendido á respirar desde niño: 
mostrando siempre su bizarra flgura por todo extremo 
lujosa, é inclinado á los rigores de la moda en el treje y 
en la barba que mas tarde cambió, por las exigencias de 
la política, en un sistema original. Si los acontecimientos 
posteriores y los medios que se pusieron en juego bajo su 
dirección durante la formidable contienda con España lle- 
garon á perturbar la opinión, especialmente entre sus ar- 
dientes adversarios y en la distancia donde resonaban sus 
ecos, resortes fueron necesariamente empleados por aque- 
lla su política y su sistema de guerra popular, nueva, 
original y admirable. Notorios fueron en su tiempo estos 
hechos en la sociedad de Salta, y error tristísimo sería el 
opinar respecto de él, que fuera, y menos aún en 1810, 
hombre tosco, rudo y repugnante por lo ordinario ante las 
gentes de cultura, como el suponerlo ignorante de los fue- 
ros de la civilización ó alzado de en medio del elemento 
semi t>árbaro que poblaba los campos dilatados del terri- 
torio argentino. 

Por su trage, por sus gustos, por sus inclinaciones, 
Güemes era entonces el tipo especial del joven aristócrata 



con las gentes; lo que es digno de recordarse, paes, cierta parte del 
vulgo ha llegado á forcDarse de la persona de Güemes, la idea del 
gaucho campesino, ignorante de la cultura social de las ciudades, & la 
manera de Quiroga A del Chacho, por ejemplo, sin conocer que en 
S;ilt>) tu gente decente, como se llamó entonces, era la depositaría de 
U mi^jor cultura y de la civilización mas adelantada de todos los pue- 
blos del antiguo virreinato, y que estos hombrea distinguidos intelec- 
tual y socialmente, fueron los que levantaron y capitanearon las hues- 
tes de gauchos comunes ó gioetes rústicos y pobres de la campana, 
formando la brillante falange de sus ^efes y oficiales, desde Güemes, 
el primero de todos en su competencia y figuración militar, hasta la 
mayor parte de los ofleiales de sus fuerzas. 



^a 



DR. BERNARDO FRÍAS 



americftno, que guardaba todos los gustos y las costumbres 
de su tiempo; por que sabía, como el mejor, ser ginete admi- 
rable sobre el caballo de mayores bríos y pujanza, á quien 
domaba sus ímpetus con una destreza i\ que el bruto se ren- 
día, ú la postre, como ó su rey y señor; y conocer y manejar 
los elementos de aquella vida y ejercicios del campesino, 
como el pernoctar bajo el solo abrigo de un árbol, ü la luz 
de las estrellas, ó tomar la carne asada en la fogata, lejos de 
techo urbano; y dormir sin mas lecho ni mas abrigo que 
sus arreos de ginete, cualquiera que fuese el rigor de la 
estación; y manejar con destreza maravillosa el lazo lan- 
zado sobre el toro ó el caballo indómito para sujetarlo á 
su voluntad, siñéndoselo en el cuello, en el brazo, en la 
uña, en el cuerno ó en el punto, en fin, mas difícil y que 
mas llamaba su antojo ó su capricho, haciendo, así, gala 
de habilidad y destreza; y correr sobre fogoso corcel 
clavándole en los ijares las grandes espuelas de plata 
que alhajaban medio pió, y lanzarse á escape, atravesando 
los campos abiertos con la velocidad pasmosa del relám- 
pago, ó penetrando ú su vez, tendido sobre el cuello de 
su cabalgadura, para cruzar y recorrerla con igual rapidez la 
selva mas densa, enmarañada y espinosa, donde no son 
osados los pájaros á competir en la carrera,— prendas eran 
estas que no acusaban relajación ü olvido de la cultura y 
del sistema de vida europea que guardaban las ciudades, 
que, lejos de serlo, formaban las cualidades sobresalientes 
y comunes de toda la juventud varonil de aquellas regiones 
que poseían sus hei*edades y posesiones rurales en una 
campaña inmensa y desierta en zonas dilatadas, pobres 
en recursos de comodidad y de vida holgada y moelle y en 
donde se inponían ¡costumbres y hábitos propios, á la 
manera que el soldado cambia los usos urbanos por los 
del campamento militar, cuya físonomia es, en* los puntos 
fronteros, tan diferente y singular. 

Su instrucción no salía del nivel de lo común entre sus 
conciudadanos. No cursó estudios superiores; por que como 
la profesión de las armas fuera la elejida por sus inclina- 
ciones desde su mas temprana juventud, su porvenir no 
era de letrado sino dé guerrero; no por que en esta clase 
de ocupación fuera ajena la necesidad de la instrucción 



HISTORIA D£ G0fiBfE8 Y DB SALTA^-GAPlTüLO VIU 4a» 

literaria, sino por que en las circuastancias de los tiempos 
y en estas latitudes, la carrera militar era mas práctica y 
rutinaria que cientíñca; condiciones en que continuó en 
nuestro país hasta el último cuarto del pasado siglo. 

Por lo demás, Guemes era un joven de natural inteli- 
gente y despierto; de un ingenio y una penetración de las 
cosas, de los hombres y de los sucesos muy superiores 
al común de los mortales; facultades de rarísimo encuen- 
tro, y que hablan de serle base tan poderosa para dominar 
las circunstancias mas críticas y mas crueles en que ha- 
bíase de hallar su patria pocos años mas luego. Hombre 
incansable en el trabajo, á la manera que demostró San Mar- 
tin serlo en Cuyo, su actividad era constante y, como estaba 
dirigida por una luz intelectual siempre brillante, sus frutos 
fueron diarios y abundosos, porque era dócil al consejo, 
como todo hombre superior, haciéndose aquellos mas visi- 
bles Quando se halló al frente de la defensa nacional y envuel- 
to, sin ofuscarse, en la política borrascosa de su tiempo. 

Luciendo una elegantísima figura, cuya gallardía á caballo, 
revestida de su rico y lujosísimo uniforme militar, era ad- 
mirablemente hermosa, & la verdad de cuyo esplendor habían 
de doblar su encono reconociéndola sus mas encarnizados 
enemigos, las pasiones que caldeaban, su corazón no fue- 
ron ni mezquinas ni estrechas, ni egoístas ó crueles; 
mas bien, por el contrario, su generosidad, su bondad de 
carácter y su desprendimiento de corazón fueron los des- 
tellos constantes de su alma invariable así en la buena 
como en la adversa fortuna, lo que le hizo simpático desde 
los primeros dias y admirado con justicia entre sus com- 
pañeros de armas para tornar á ser influyente, popular 
en altura incomparable, y querido y adorado mas tarde 
hasta el fanatismo por aquellas sus huestes aguerridas 
y generosas que, á la manera de los fervorosos cristianos 
de los primeros siglos que aspiraban con ardiente celo 
á la gloria de derramar su sangre por su fe, hallábanse 
también ellos hartos del deseo de derramar la suya por 
su general y por su -patria. 

XVII 

Gomo mas antes lo vimos, la nueva de la revolución en- 



424 DR. BERNARDO FRÍAS 

coniró á este joven patriota continuando en la carrera de 
las armas, bajo las órdenes de un gefe l>enemérito y go- 
zando del prestigio que le daban sus frescos laureles de 
la defensa de Buenos Aires. Los servicios de su empleo 
como su celo, su entusiasmo fervoroso y aun sus pro- 
pios recursos personales los consagró por entero y desde 
el primer momento en obsequio de la nueva causa, y aun 
mas que esto, apareció desde entonces cooperando eficaz- 
mente ü su triunfo obrando en proporciones mas exten- 
sas, como gefe militar de las fuerzas de avanzada confia- 
das A su inteligencia y ardiente patriotismo; operaciones 
de escala por el momento reducida, pero notable y glorio- 
sa, como ya lo conocemos. 

• Mas, comprendiendo como todos que la revolución ne- 
cesitad de fuerzas militares para sostenerse contra sus 
enemigos armados, y de una apasionada adhesión po- 
pular para salvarse y triunfar, su Inteligencia sagaz y vi- 
gorosa le reveló, desde aquella hora el original papel que 
il3an á jugar en Salta los defensores de la libertad, y desde 
tal sazón y á la par de sus deberes militares, comenzó 
ót desarrollar y levantar su ascendiente popular y su per- 
sonalidad de superior y excelente caudillo, tentando sobre 
el pueblo el prestigio y el mando de que iba A disponer 
al rodar mas adelante y por mayores dificultades los su- 
cesos. 

Bajo la luz de esta fdea, y mientras los demás milita- 
res, sus gefes y compañeros de armas, organizaban y 
dalxin instrucción y disciplina ú los ciudadanos armados 
para transformarlos en soldados de línea y engrosar con 
ellos el ejército auxiliar en marclia, Güemes levanta una 
partida de caballería de sesenta ginetes en un principio, á lo 
cual, ayudado por sus amigos, él mismo había organizado 
y dado parte de su equipo á su costa personal. 

Al frente de esta fuerza de caballería se presentó al 
nuevo gobierno ofreciendo sus servicios. Su fama ya 
naciente, su actividad, su ardiente patriotismo y edos 
mismos elementos que mostraba ser capaz de levantar y 
dirijir, llamaron cuerdamente la atención del coronel 
Chiclana, gobernador de Salta en aquellos dias, y tanto, 
que le tentaron á recomendar estos sus méritos Á la Junta 



HISTORIA DE GÚBBCES Y Dfi SALTA— CAPITULO Vni 485 

de la capital, pidiendo para él estímulos que lo lanzaran 
á mayores empresas. Así venía su srenío revelándose de 
cuánto era capaz; ú la manera que la luz se hace sentir 
en el alba del dia, antes que el sol aparezca i>>mplendo 
las líneas del horizonte. 

Desde su primer paso reveló ya el plan de defensa 
original que bullía en su cerebro y que había de salvar la 
revolución, colmándola de pi'ijinas inmortales. Aquel 
plan consistía en emplear contra el enemiero que amena- 
^ba descolgarse de Potosí, los recursos del ingenio in- 
iividual en feliz combinación con la naturaleza de aquellos 
parages que se desenvuelven desde Tucuman hasta el Alto 
Perú al través de bosques, de surcos, de oteros y hondo- 
nadas; de serranías, de torrentes y estrechuras de los 
caminos opresos entre el cuerpo rocalloso de los cerros, 
llamadas quebradas y angosturas; sitios todos ellos de 
excelentes condiciones para las sorpresas y ataques repen- 
tinos que toman de improviso, y que, á su tiempo, llega- 
rianá infundir pavor en el ánimo; accidentes que eitin délos 
habitantes del país tan conocidos y oliservados, como lo 
eran sus pasos precisos, sus inconvenientes, recursos y 
ventilas, y las sendas que unian sus diversos extremos 
en todas direcciones. Guerra fué esta llamada de recursos 
por los principales medios que se pusieran en juego y 
actividad para la defensa y que de tanta fama la rodearon, 
á mas de la acción, de la estrategia y aun de la misma 
disciplina netamente militar y científica en gran parte, 
aunque original, de que no careció aquella campaña me- 
morable; y guerra en la cual GClemes mostró ser un con- 
sunaado y profundo maestro, por que él la hizo y lo con- 
€li!b'o como no la supieron hacer los ingleses guiados por su 
gefe y su héroe Robín Hood, en frente de la invasión 
normanda; como no la realizó Scanderberg en los valles 
de la Albania, ni Mina ni el Empecinado durante la insur- 
rección española. En la concepción militar; en el genio 
organizador de las fuerzas y demás elementos de defensa; 
en la inspiración original que guió siempre su empresa; 
en el respeto de los fundamentos sociales y en la profesión 
mas elevada del derecho de gentes como en la política 
admirablemente sabia que profesó durante su gobierno. 



486 DR. BBRNARDO frías 

el caudillo de Saita se presenta mas grande que aquellos 
sajones, que aquellos griegos, que aquellos españoles sin 
rivales en gloria, en poder y en inteligencia y originali- 
dad en el opuesto emisferio; mas que Arias, que GorríU, 
que Latorre, sus compañeros de gloria y sus subalternos 
en las armas; mas que Padilla y que Warnes, sus ému- 
los en la misma contienda; mas que López, en fln, y mas 
que Ibarra, sus torpes remedas poco mas tarde. 

Por otra parte, ú mas del entusiasmo producido por 
la libertad, cuya causa defendian, el enemigo no infundia^. 
por su parte, ni siquiera recelo ó desconflanza mayor; 
por que no solo el gaucho no sentía á potencia alguna 
miedo estando dentro de tierra saltona, si que también 
alimental)a desprecio marcadísimo por los coyas, nombre 
con que eran llamados los habitantes del Perú de los que 
estaba formado, en la mayoría de sus tropas, el ejército 
de Nieto, que gozaban, por tradición popular, fama de 
humildes y pusilánimes, incapaces de domar la muía ó 
el caballo de bríos, ni de servir, por tanto, de verdade- 
ros ginetes, aunque eran incomparables como buena in- 
fantería, cuya celeridad y sufrimiento en las marchas ha- 
blan de colmar la admiración del general Valdez, poco mas 
tarde. 

Con aquella fuerza se dispuso el nuevo gefe de partida 
ú volver á vanguardia, dispuesto é caer sobre el enemigo 
otra vez, en la primera ocasión favorable que se presenta- 
ra, retomando, al efecto, en su campaña de observación 
y vigilancia, por losparages amenazados del norte. A su 
bandera se plegaron con el entusiasmo que despierta por 
lo común el amor á !a región del nacimiento ocupada por 
el enemigo, todos los emigrados que el general Nieto ha- 
bía perseguido en el Alto Perú y que hablan bajado hasta 
Salta, huyendo de su opresión y amenazas, ansiosos de 
libertar su país y é quienes oportunamente habla armado 
el coronel D. Diego de Pueyrredon, que gobernaba la pla- 
za de Jujuy. 1). 

Aquella era la fuerza mas bizarra de cuantas hasta en- 

1) Oncio de Chiclana al gobierno, citado por el general Mitre en su 
HÍ9t,tdetBdgrano. 



HISTORIA DE QUEMES Y DE SALTA— CAPITULO VIII 437 

tónces se habían levantado en favor de la nueva causn^; 
la primera que había iniciado una campaña militar, aun- 
que solo fuera de vigilancia y observación, y la primera 
también que había combatido por la patria; por eso aque- 
llas primicias que los sáltenos ofrecían en los altares de 
la libertad despertaron entusiasmo tan vivo por su suerte, 
que fueron el objeto de los afectos, de los desvelos, de los 
cuidados y de la mas interesada solicitud de la j)oblacíon 
de Salta. 

Hízose notar entre aquellas distinciones, la muniflcen- 
cia con que fueron vestidos y ataviados sus ginetes- La 
fuerte casa comercial de los Gurruchagas tenia por aque- 
llos días depositadas en sus almacenes grandes cantidades 
de paño color de grana, mercadería muy valiosa, por que 
era la tela de mayor consumo y estima entre la gente 
rica y elegante del Perú, y por que ella como su color for- 
maban la moda reinante en aquellas regiones tan amontes 
del acopio de lo vistoso. 

Deseando, pues, los Gurruchagas dar un testimonio 
mas de su adhesión á la causa de la independencia, se 
esmeraron en coadyuvar á la empresa de GOenies, equi- 
pando y engalanando con finos y brillantes uniformess 
como de los demás enseres convenientes ú los ginetes 
que aquel comandaba; y, llevando á feliz é inme-»- 
diato término su pensamiento, el Escuadrón de los SaUefto^s; 
como fué llamado en el ejército, ' quedó transformado 
en el cuerpo mas elegante y lujoso de cuantos formaron, 
desde aquel día en adelante, en el ejército de ía revolu- 
ción en operaciones sobre el Perú. 

Estos uniformes fueron repartidos con profusión. Ld 
tropa del Escuadrón llevaba botas, grandes y sonoras es- 
puelas y pantalones blancos ajustados; las chaquetas pur 
zoes; y, en la cabeza, sombreros militares, rojos, de for- 
ma alta y cilindrica, terminando en un morrión de plumas 
blancas. Los arreos de sus caballos consistían en el apero, 
silla de montar de uso por todos los hombres de la 'épocd 
y fabricados en los afamados .talleres de la provincia, como 
igualmente los cojines de igual uso y costumbre, preparados 
en eda' misma tierra sin rival en su competencia para el 
ramo, de que habían sido obsequiados, qsí mismo, por las 



496 DR. BERNARDO FRÍAS 

casas de Gurruchaga y de Moldes, y que consistian en 
la piel de la oveja, con su lana nítida y preparada con 
el esmero y proligidad de un arte verdaderamente afa- 
mado entre los ginetes de aquel tiempo, cuyo conjunto 
servia, en el campamento, para lecho del ginete, abrigado 
y mullido en cierta medida, como durante la actividad 
de la marcha le prodigaban comodidad y fijeza sobre el 
caballo. El trage de los oflciales era de mayor luyo, pero 
guardando relación esmerada con el conjunto; porque era 
del mismo color, y, para la cabeza, gorras de manga, 
circundadas por galones de oro, cuya extremidad caía 
marcialmente sobre el hombro izquierdo, flotando pesada- 
mente durante la carrera. Los enseres del caballo, que lo 
era de primera calidad, aunque del mismo estilo y de las 
mismas partes constituidos, sobresalían y brillaban por su 
lujo, por que era así la montura de la clase decenté, de 
que estaba formada la oñcíalidad; lujo y esplendor que se 
ostentaba especialmente en las chapas de plata bruñida 
de que iinm cubiertos el apero, las bridas, las cabezadas 
y las pecheras y, ú veces, hasta los estribos y las correas 
que los si:u6^1>Qn; ú lo que sé anadia las grandes espue- 
las de uso entonces, de plata también y primorosamente 
labradas, sujetadas con broches y cadenillas del mismo 
metal y que abrazaban en anchos brazos la })Ota, desde 
el taco hasta la mitad del pié. Güemes, su gefe, vestía 
uniforme semejante ó igual, distinguiéndose por los vis- 
tosos alamares de su chaqueta que atravesaban el pecho, 
dejando flotar al viento una capa corta de caballería, color 
de grana también. Su lujo de ginete sobresalía de entre 
todos sus lujosos compañeros; que eran también de oro 
las ricas prendas del aderezo de su caballo, el que « siem- 
pre flero y terrible marchal)a resoplando, como si solo 
contuviera la furia de sus bríos, por la presión soberana 
del brazo que lo dirigía. » 

Luciendo habilidad y gallardía sobre él, pues era su 
flgura de ginete incomparablemente hei*mosa, habla de 
llamar la admiración y ser, de entre todos los del ejército, 
el oñcial de mayor comento entre las gentes de Potosí, 
que era entonces todavía, la sede y el empóreo del lujo, 
de la riqueza y opulencia de todo el Rio de la Plata, cuando 



mSTORU D£ CHhOHS Y DS SALTÁ--<2APfTUL0 ¥10 m 

meses maa tarde, las tropas argenlimis ee/tranfú per la 
primera vez en aquella ciudad famosa y^ él paseara á caballo 
por sus collas quebradas y ondulosas; y en donde %\ Escuadrón 
de los Sitíenos, coronado como su gefe con los laureles de 
SuípQcha, habla de herir profundamente con su vistoso 
aspecto y bizarría de ginetes admirables, la imaginación 
de la poblocion al entrar triunfante en sus cuarteles, me- 
reciendo se derramaran sobre él ios mayores Víctores, y 
los aplausos y las flores que así los hombres como las 
damas potosí ñas arrpjaban A su paso desde sus ventanas, 
i)olcones y azoteas. 

La columna salteña asi robustecida en hombres y arma- 
mento, venía con el nombre oflcial de Patuda de Observa- 
ción, á constituir, en el hecho, una verdadera avanzada de 
las fuerzas patriotas, con todos los carocteres de una van- 
guardia por su acción, por los recursos que puso en jue- 
go y por los resultados que prodigo. GOeines, su capitán, 
habla establecido su cuartel central, como anteriormente 
lo vimos, en la villa dé Humahuaca asentada en la que- 
brado de aquel nombre que se dilata de norte d su^ recor- 
rida por el Rio Grande y atravesada de rápidos torrentes 
tributarios que fertilizan los valles estrechos que se abren 
por ambos sus costados. Situada la villa de Humahuaca 
como á treinta leguas al norte de Jujuy y en el extremo 
mas septentrional del territorio argentino, su situación, 
como centro de las operaciones de vigilancia, ero estratégica 
y acertadísima, b€úo todo otro concepto, su elección; por que 
era, por su importancia, como una especie de capital de todas 
aquellas poblaciones sembradas á lo largo de la garganta 
de Humahuaca, llenas de gente laboriosa, traficante, fuerte 
para el trabajo, dedicada d la agricultura y á la cria d^ 
ganado menor y que, con los nombres de León, de Tum- 
bayo, de Purmamorca, de Inca-Huasi, de Maimorá, de San 
Pedrito, Tilcara, Huacalero, Uquía y Tres Cruces por el 
sur; y con los de Negra Muerta, Abra-Pampa, Puesto del 
Marqués y Yavi por el norte, conocidos hasta entonces 
como jolones comerciales en el largo camino del Perú, se 
unian por uno y otro rumbo al cuartel de Humahuaca, 
formando una escala prolongada de defensa, de apoyo 
y de recursos de todo género; nombres que estaban destina- 



4ao DR. BERNARDO FBIA8 

dos Á servir de caracteres inmortales para una leyenda de 
glom que comenzaba á escribirse desde aquel dia en la 
.historia de la patria. 

La población de toda aquella comarca, crecida y fuerte 
para la guerra, fué levantada toda entera en favor de la 
revolución merced al laudable y ardoroso empeño del Dr 
D. Alejo de Alberro, el ilustre cura de aquella doctrina, y 
ofrecida al capitán Guemes para que sirviera en la expe- 
dición libertadora que se acercaba; pues, animado del co- 
mún celo por la libertad que enaltecía tanto á todos sus con- 
ciudadanos en el norte, el cura Alberro unió á su minis- 
terio sacerdotal el nuevo apostolado de la revolución, lle- 
vando al seno de aquellas poblaciones la voz y el fuego de 
la patria. 

. Infundiendo en ellas el sentimiento del honor cívico; 
despertando el amor entusiasta hasta el heroísmo por la 
libertad A indepeadencia de la tierra en que hablan naci- 
do; instruidos y aconsejados en el pulpito, en el hogar, en 
cualquiera de sus i*euniones del deber en que estaban de 
luchar para ser hombres libres, aquellos habitantes, aque- 
llos pueblos que representaban las antiguas y esforzadas 
tribus humahuacas sometidas, tras larga guerra, por la 
espada del conquistador europeo, y que de tanto honor iban 
& cubrir ahora Ifis armas de la república, se pasaron en 
masa . de la servidumbre del rey de España á los estan- 
dartes redentores de la revolución. Su cura, su maestro, 
su apóstol y su guía dábales el ejemplo, antes que todo, 
desprendiéndose de cuanto poseía acopiado en su morada 
para su subsistencia particular y entregábalo « sin reserva 
alguna » como su primera ofrenda, al gefe militar de Hu- 
mahuaca, para el substento y aliento de sus tropas. « Su 
pepsuaciqn á los caciques, alcaldes y habitantes de la com- 
prensicNQ de m curato, ha sido grande y esforzada, decia 
el capitán Güemes, desde aquel punto, al presentar estos 
servicios al gobierjio; de modo que todo este vecindario 
está uniforme y pronto é tomar las armas y salir en nues- 
tra ayuda, i» 1). 
La partida de observación, mas fuerte cada dia, exten- 



1) 0adf<« 4§ Btmo9 Airet, citada. 



mSTORU DE GOEfiíES Y Dfi SALTIl—GAPITULO Vm 431 

dio la Qccion y vljilancla de sus fuerzas, desde que fué 
destacada en Humahuaca, por toda la zona septentrional 
del territorio donde pretendía* tener acción el enemigo 
atrincherado á no muy larga distancia, y que comprendió 
así el seno de la quebrada como los valles de la provin- 
cia de Jujuy linderos con Solivia, dilatando sU acción 
hasta Tupíza, 96 leguas al norte de Salta; 1) lo que vale 
decir que sus hostilidades llegaban hasta el pié mismo 
de las trincheras enemigas. Güemes, dirigiendo aquellas 
operaciones, desplegó toda la genial actividad y aquella 
tenacidad infatigable de que dio prueba perenne durante 
el curso de su vida y que eran propias de su tempera- 
mento y de aquel su febril apasionamiento por íd patria, 
llevando el rigor de la vijüancia sobre el enemigo, hasta 
hacer penetror sus espías é Potosí, á 140 leguas á reta- 
guat^dia de las fortificaciones realistas, de la misma ma- 
nera que San Martin lo baria mas tarde, desde Mendoza, 
con los realista de Chile; ayudado eficazmente por la adhe- 
sión, como por la sagacidad y el hóbil y valeroso empeñó 
de sus compañeros de armas. 

A favor de estas espías que observaban el gobierno nii- 
litar de Potosí, cuartel general de ios españoles, y que 
enviaban sus chasquis ó sea correoá rápidos de aviso, se 
logró, entre otras cosas, descubrir, ya cerca de Jujuy, 
una remesa de cien mil cartuchos y otras municiones de 
guerra que conducía un sugeto, Agustín Reina, y que*, 
desde Potosí, enviaba su gobernador Sanz en socorro de 
los realistas de Córdoba. 1) - ■• 

Aquella línea que tendía la columna de soldados al 
mando de Güemes en el extremo norte del territorio, fué 
cordón infranqueable para el enemigo. El gaucho del 
norte entonces y en adelante, dirijido por una oficialidad 
fecunda eñ golpes de ingenio y previsión, virtudes que 
eran, á la vez, patrimonio de los mismos soldados, como 
lo hemos de ver durante el curso. de esta historia, no 
il>a á desmentir en lo porvenir, lo que hacia como ensa- 
yo en 1810. 



A»». 



1) Seg^XD el eóml^iito contenido en In real cédala de 13 de £nero dé 1787. 

2) Oficio del coronel Pueyrredon al gobernador de Sal^, de flO ¿e Agosto 
de 1810; Arch. del Dr. Domingo uaemes. 



m DiL BERNARDO FBHB 

Y Q8Í se vio quo, desde los primeros dias, los gefes rea- 
listes que se hallelxin escalonados en Tup|za y Gotagaita; 
en Potosí, en Chuquisaco y en la línea del Desaguadero, 
allá ea Ips lindes del virreinato, llegaron ü quedar corta- 
dos y privados de toda con^unicacion por el sur con las 
provincias argentinas por verdadero y formidable imposi- 
ble, creado por el solo rjgor de la vigilancia que el 
entusiasmo por la patria que movía las milicias volun- 
tarias de Salta, impuso en todo el extremo superior del 
territorio; muralla impenetrable á la mirada del enemigo, 
que lo sepultaba asi, en la mas severa incomunicación, 
bal y tanta, que « nada sabia de Buenos Aires, ni le aso- 
maba por parte alguna noticia de aquella capital, por que 
en Salta tenian obstruida la comunicación como con 
llave. » 1). 

Era, pues, Salta ^ primera que desañato militarmente 
al enemigo; la que disparaba contra él los primeros tiros 
de la revolución, y ella había de ser, asi mismo, la que 
quemaría el último cartucho en la campaña fínal de 1825; 
y la partida de observación^ aquella vanguardia saltana, la 
que derramaba la pK^imera sangre, recogía los primeros 
laureles y daba las primeras vidas por la causa sagrada 
de la patria; miónti*as su gefe, GOemes, presidiendo primi- 
cias tah gloriosas, habia de ser, por su gloria también, 
de entre todos los gefes de la guerra de la independencia, 
el único que muriera en la contienda herido por bala es- 
pañola. \ ¡Cuan hermoso principio y cuan gloriosa y sublime 
terminación! 



^ XVIII 

Vimos ya que al formarse por el solo cabildo de Buenos 
Aires, sin la concurrencia del voto de las demás provin- 
cias, la nueva junta de gobierno general en reemplazo 
del antiguo virrey, había sido beyo una promesa solemne 



1) Palabras con que el general español Goyenecbe, daba cuenta al Tirrej 
4e lima 4# su aUuacion, reeordadaa «n ti oficio que pneyjrcedon diri- 
ge al dtado Qoyenecbe en 23 de Febrero de 1812, Rey. de Baenoa 
Aires, T. XIV. pag. 19. 



mSTORU DE GOKMBS Y DB SALTA-CAPÍTULO VIU 483 

jusUflcodora de su condoota ante ios principios politioos, 
dada en cara del elemento español que protestaba de ilegali- 
dad é injusticia al ser derribado, y ante los demás pue- 
blos de cuya suerte se trataba y disponía sin su audiencia 
y asenso, y que eran representados ed aquella hora su- 
prema, por las fuerzas de arribeños, entre las tropas, y 
por entidades de notoria distinción entre los personajes 
dirigentes del movimiento, como venia d serlo, por ejetn- 
plo, el gefe militar de la revolución, D. Comelio Saave- 
dra, natural de Potosí, que en el nuevo gobierno también 
hacia de cabeza, como presidente que era de la Junta. 
Aquella promesa consistía en recatiar el voto de ratifica- 
ción de parte de las demás provincias Á lo realizado por 
la comuna de la capital, como hermana mayor, según lo 
habla expresado desde la tribuna, que tomaba la repre- 
sentación de la gran familia argentina en el mometito su- 
premo del peligro; por lo que la Junta de Mayo resul- 
taba, de esta manera, formando gobierno provisorio, el 
que, para que asumiera legalidad, poder y verdadera 
grandeza, deberla ser formado por él concurso de todas 
6 de la mayoría de las provincias. Desde su hora prime- 
ra, el generoso pensamiento de Mayo fué la nacionaliza- 
ción solemne y notoria de la revolución; la formación de 
un gobierno por su composición como por sus tendencias, 
verdaderamente nacional; pensamiento fecundo en su ge- 
nerosidad y en su grandeza, pero que estaba destinado A 
tener sangriento y doloroso camino y que habia de costar 
torrentes de sangre y mares de lágrimas en un cercano 
porvenir. 

Para la consumación de esta obra, fué resuelto que cada 
ciudad de las provincias del virreinato, enviara á la capi- 
tal un diputado, para que, incorporándose, ú medida de 
8tt arribo, á la Junta de Buenos Aires en calidad de voca- 
les de ella, formaran, con su incorporación, la Junta Ge- 
neral del virreinato. 1). 

Afianzada la causa de la revolución por todos los ele- 
mentos que se alzaron en favor suyo, pudo veriñcarse la 



1) Estos diputados de las clndades roanidos en Junta» debian ser sos- 
tenidos por sus respectivos eabüdos, á raion de ocAo pesos diarios. 
Ay. NacünuA N*. 09. 



484 DIL. BERNARDO FRÍAS 

elección del diputado que debia marqhar á integrar la 
Junta de la capital, en nombre del pueblo de Salta, para 
nacionalizarla. £1 diputado á elegirse no debia ser espa* 
pañol, condición ordenada por la Junta y políticamente 
racional. Verificóse el acto en cabildo abierto celebrado 
el día 29 de agosto de 1810. Producidos los sufragios, re- 
sultó por «excesiva pluralidad de votos», electo el Dr. D. 
Francisco, de Gurruchaga, «sugeto en quien concurren, 
decía el oñcio del cabildo al comunicarlo, todas las cua- 
lidades necesarias para el efecto. » 1). 

Estaba, de tal manera^ condensada en ese estricto laco- 
nismo, toda una severa verdad y una prueba de honrada 
y merecida justicia con que el pueblo de Salla premialia y 
disUjQguía á aquel incansable obrero de la libertad. Su 
patriotismo y su decisión por la causa de la independen- 
cia aparecei*á sin $uperior,-<(( de^de el momento que se 
sepa que él se vino deade España ú Buenos Aires el año de 
1808, abnegando las comodidades y la lucida posición so- 
cial que le daban allí sus recursos y sustituios de nobleza, 
á mover los ánimos para sacudir el yugo español; por que 
no obstaote haber habitado y. existido eo Europa desde la 
edad de siete ú ochQ años y, de consiguiente, no conocer casi 
notas patria que esa, no pudieron extinguirse en su pecho 
aquellos sentimientos republicanos que le habla inyectado 
en la. sangre el suelo en que nació; causa por la que aban- 
donó su bienestar para, venir á confundirse con el último 
de sus compatriotas, como lo verificó y como prestó^ desde 
los primeros dias de su arribo á Buenos Aires, eminentes 
servicios á la causa sagrada de la independencia. » 2). 

Conocidos como eran por todos aquellos que componían 
la asamblea electoral su ardiente celo y actividad infati- 
gable como los servicios que desde España tenia glorio- 
samente acumulados para formar la mas hermosa corona 
cívica, con que deberé venerarse su memoria, pudo decir 
en su honor uno de los sufragantes, el Dr» D. Juan Esté- 



1) Acuerdé del Cabildo de Salta, de :d0 dé Aftoato de 1810, y noU de 

comunicación á la Junta, on el Reg NaL pág. 72. 

2) De un informe 9obre sus senjkios para obtener una beca e« la eaeuela 
Á favor ae ao nieto D. Isaac Gorraehagii» 1865. Archivo de Salta. 
Legajo de Varios, 



HISTORIA DE OOEMfiS Y DE SALTA— CAPITULO VIH 435 

ban Tamoyo, procurador general—* que teniendo al Dr. 
D. Francisco de Guri-uchaga por el mafe capaz, apio, mas 
patriota y adornado de todas las cualidades que debe tener 
el diputado, le sufragaba con preferencia su voto.» 1). 

Nacido en Salta por los años de 1766; iba & soportar sobre 
sus hombros, al volver á su tierra natal, el peso de un 
doble ministerio á que lo encadenaba su destino; bien glo- 
rioso y envidiable el primero, cruel y penosísimo el segun- 
do; por que si en 1810 resultaba ser el priníer diputado de 
Salta, que enviaba 4 su solio la revolución, veinte y dos 
años mas tarde, pero en circunstancias bien tristes para su 
patria, vendría á ser el último que enviara esa misma re- 
volución, vencedora sobre el extranjero; ahogada y 
vencida en el interior por la ola turbia y sangrienta 
de la barbarie. El enviado de Salta ante Quiroga, ven- 
cedor en Tucuman, en 1832, se vería obligado á sus- 
cribir el tratado de paz que imponía ' el moderno Breno, 
por el que salvaba, es cierto, del pillage, de la deshonra 
y de infinitas amarguras á su provincia, pero al carísimo 
precio de la expatriación de casi la totalidad de los hom- 
bres cultos é ilustres que compartieron con él, desde el pri- 
mer día, todas las glorias y sacrificios de la revolución. 

El ya ilustre diputado no era de figura hermosa pero sí 
utrayente y cultísimo; su busto era reducido pero fuerte, 
y poderoso el contingente que con su persona y facul- 
tades llevaba al gobierno de la revolución; por que po- 
seía el conocimiento de los hombres y del mundo y dé 
la cosa pública; el fcelo patriótico, la actividad febril de 
que estaba dotado su carácter, virtudes todas que requie- 
ren los momentos azarosos y supremos de una revolu- 
ción que, cual la de Mayo, debía transformar un muiido y 
formar y reconstruir del laberinto y del caos, un mundo 
nuevo, arrancando de los propios esfuerzos de sus hom- 
bres los elementos de luz, de lucha, de prosperidad y de 
victoria. Estas eran, en suma, las virtudes y las dotes 
inapreciables del primer diputado de Salta y que eran las 
que en aquellos horas de peligros y de pruetes supremas 
reclamaba como únicas preciosas y valederas la naciente 



1) ZoRRBQuiBTA, Apuntes Hiat, de ¡a Froo. de 8áUa, parte d*, pág. 66. 



1» . . . DB BERNARDO FRÍAS 

República Argén tüKi. Hombre de elocuencia viril, llena 
de fuego,, de calor y de vida; de palabra suelta y vibrante 
de energías, ten ia la facilidad de comunicar ú las almas su 
entusiasmo y de llevar la decisión y el arrojo á los cora- 
zones, y que es de tanta eflcacia en los labios del orador 
popular, y revolucionario. Era de temperamento diligente 
y sus decisiones de voluntad las conduela hasta el triunfo 
con fervoroso empeño, lo que lo convertía en un verda- 
dero hombre de acción y de palabra. 

A la vez que Salta fijaba sus votos en hombre tan digno, 
pierilorio y distinguido, la vecina ciudad de Jujuy, parte 
entonces constituyente de la intendencia de Salta, daba su 
representación con laudable acierto, al Dr. D. Juan Ignacio 
de Gorríti, su hijo mas preclaro, canónigo mas luego de 
la catedral de Salta, de noble y opulenta fami