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Full text of "Historia de los diez años de la administracion de Don Manuel Montt"

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HISTORIA 



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DE DON MANUEL MONTT, 

UTUUUmOISinOHUSElElii. 



SAITUfiO U CBILE. 
IMPRENTA CHILENA, 

CALtfe DKL PKVaO, HCH. 39, ESQUIRA DE LA DE nOÉRFAROS. 
1862. 



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A LA MEMORIA 



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mí SILVESTRE 6ALLE6ÜILL0S, 

■ SARJENTO DE LA GUARDIA NACIONAL DE ÜVALLE EN SETIEMBRE 

PE «85t, COMANDANTE DE CARABINEROS EN EL SITIO DE LA 

SERSNA, TRES MESES SUS TARDE). 



No al poderoso ni al nombre de los que fascinan por su 
prestijio o por su orgullo, sino a tí, sombra del héroe i del 
amigo, consagro estas pajinas. Ellas forman el pálido re- 
jistro de las glorias de un pueblo tan ilustre como fué des- 
venturado, pero ellas también te pertenecen mas de cerca 
como el laurel pertenece al valiente^ la honra al leal^ la 
fama a las proezas heroicas^ i también ai! el llanto a la 
iumba^ que se ha cerrado sobre la juventud^ la lealtad, 
i un porvenir que prometia al hombre tanta gloria i tanto 
lustre a la patria. 



Una tosca cruz marcaba ayer en la aldea de Quilimari 
el sitio de esa tumba que la proscripción abrió a tu paso, 
cuando errante i sin ventura cruzabas aquellas sendas que 
te vieran antes temido i vencedor. Esa cruz ha caido ya 
por el suelo, roida por el olvido o por la carcoma de la 
tierra (*) 

Ahora la mano del que fué el camarada, el amigo^ el 
admirador del mártir ^ viene a colocar sobre la tierra que 
cubre sus restos, esta corona, emblema de amor para el uno, 
de inmortalidad para el otro, i si bien frájil i oscura como 
la cruz de madera que antes le consagrara la caridad del 
caminante, pura al menos como ofrenda del corazón, aus- 
tera en su propósito de verdad i patriotismo, santa también 
si es santo el amor a la justicia i el culto de la libertad, 
en cuyo altar la hemos consagrado. 

Acéptala, sombra querida, i se habrá llenado un voto de 
mi alma, antiguo, intimo i ferviente. 

benjamín viouKa maokcnna. 



Santiago, diciembre 4."* de 18S&. 



[*) Posteriormente hemos sabido qne Pablo Mañoz ha fras« 
portado piadosamente tas cenizas del joven héroe ai eementeria 
de la Serena.-— Marzo de 1862. 



CM PALABRA AL PAÍS. 



Al aomieter la empresa de escribir la Historia de los 
diez años de la administración Montt, ardua tarea de 
trabajo, mas ardua aun de responsabilidad, cumplo a mis 
compatríMas una antigua promesa que las vicisitudes de 
mi vida habían aplazado, pero no roto. 

A fines de 1858, la Asamblea Constituyente publicó, en 
efecto, el prospecto i los primeros capítulos de esta obra. 
Pero la mano del carcelero no tardó en arrebatarme la 
pkuna de las mias, i después, los vientos del destierro 
echaron a volar las pajinas aun desencuadernadas de esta 
obra nacida en las borrascas. 



8 UNA PALABRA AL PAÍS. 

Llegado ahora a aquella edad de la vida en que se to- 
man las resoluciones serias, i resuelto a retirarme a la paz 
i al silencio del campo, pediré al deslino aquella tregua 
de reposo i de constancia que este esfuerzo necesita. ¿Por 
qué no he de alcanzarla después de tantos años de amarga 
zozobra ? 

Ademas, escribo para la patria, no para sus efímeros 
partidos. Intento formar uamoauíñanVo aacipngU 6n honor 
de la constancia, del denuedo, de' b magnanidiidad del 
pueblo chileno todo entero. Aun en medio de la resistencia 
de círculo o de gobierno opuesta al desarrollo de esas gran- 
des cualidades de nuestro pueblo, resistencia que forma 
las sombras de esta relación, empapada de la luz del amor 
patrio, hai cierta grandeza de obstinación, cierta constan- 
te ventura del éxito que levanta a sus protagonistas, i 
si abulta su responsabilidad, les dá también fama i re- 
nombre. 

Soi, lo confieso, el soldado de una causa jenerosa i 
desdichada. Simpatizo con ella desde el fondo de mi 
cora20Q, como la deidad de mí juventud i de mis sacri- 
ficios, i la guardo ademas como una sagrada herencia 
de mis mayores. Meacuso por esto de antemano de este 
jénero de pai:ciaHdad que a nadie daña, porque es hija 
solo del entusiasmo i del amor. No odio a nadie, i ep el 
ancho mundo por el que he vagado pobre; i oscuro, no 
he encontrado sino amigos. En Chile solo quisiera tiener 
bernoanos. A todos pido pues cooperación e indujjeucia. 

Pero si no tengo ta imparcialidad del corazón, es decir, 
si no padezco la enfermedad del siglo— q1 egoísmo— -crea 
tener intacta i fuerte aquella ínpai^cialidad sublime, an^ 



UNA PALABRA AL PAÍS. 9 

torcha i buril de la historia; la imparcialidad de la 
coDcieacia. 

Diez años de sufrimientos por la justicia i la verdad, 
que son los mismos del decenio, cuyos acontecimientos 
narro, serán la mejor garantía que puedo ofrecer de no . 
estar desposeido del alto don de la justicia para todos, sin 
la que la historia es una columna rota en la senda de la 
hamanidad. 

El prospecto de la obra es el mismo de 1858, con al- 
gunas leves modificaciones. La incongruencia que se nota 
en la aparición sucesiva de los volúmenes, es debida al 
estar ya listos los materiales de algunos, lo que no daña 
en nada ni a la unidad ni al interés de la publicación « 



Marzo de 1862. 

benjamín vteuliA mackenna. 



ADVERTENCIA. 



Id ¡Dsurreccion de la provincia de GoquímbOt la cam-- 
paBa de Petorca i el asedio de la Serena, forman sin duda 
el episodio mas hermoso i al mismo tiempo el cuadro mas 
unido i mas completo de la revolución de 18S1. 

Por esto la historia de sus hechos puede constituir una 
narración independiente, aparte de preliminares^ escu* 
aada de conclusiones jenerales i aislada, ademas, en la 
esfera de acontecimientos que le pertenecen. Concebida 
bajo este plan que no daña a la unidad histórica, la da- 
mos ahora a luz. 

Pero considerada en un sentido mas lato, la presente 
narración hace parte del gran conjunto histórico que en- 



12 ADVERTENCIA. 

vuelve aquel cataclismo político, i el que nosotros nos pro- 
ponemos publicar en una serie de cuadros, cuya redacción, 
comenzada desde hace algunos años> necesita solo una 
última mano para ir a la prensa. 

De esta suerte publicaremos luego un nuevo cuadro 
histórico con el título de El veinte de abril ^ en el que está 
desenvuelto el gran movimiento político que desde 1848 
arrastró a la República a buscar aquel inevitable i terri- 
ble desenlace áe una sitU£K}ion la mas complicada, la mas 
grave i la mas difícil que acaso podrá presentar la historia 
de ningún pueblo hispano-americano. Esta narración se 
encadenará con la que ahora publicamos, porque solo el 
primer dia en que estalló la insurrección armada en la 
República, cesó de palpitar, o mas bien, tomó otra for- 
ma, el movimiento social i político al que la jornada del 
Veinte de abril ha servido hasta aquí como de sím- 
bolo. 

Seguirá en pos la Historia de la campaña del sur que 
ocitpa» si bien una categoría mas alta que el episodio que 
ahora vamos a narrar, análoga, sin embargo, i digna de 
tratarse del todo aparte por su propia importancia, sus 
complicaciones i sus resultados. 

^ Como consecuencia de los tres cuadros anteriores verá 
por último la luz una Introducción histórica^ que sirva, sí 
nos es permitida la espresion, como un camino de cintura, 
al conjunto de la historia de nuestra revolución. Bajo este 
punto de vista, aunque parezca dislocada al primer exa- 
men, creemos que esta última publicación tiene un carác- 
ter mas filosófico, i se encuentra en un lugar mas apropó- 
sito que si saUcra desnuda» a la cabeza de una serie de 



ADTCRTINC1A. 43 

hechos cuyo sigDÍ6cado sólo puede estudiarse gradual- 
moQte en su desenToIvimieato, para llegar al travez de su 
propia hilacioD, a comprender su espíritu JQueral, su orí* 
jen i su término, así como su causa motriz i el impulso 
constante que ios ha arrastrado. I es precisamente estd 
coQviccion la que nos ha hecho invertir aparentemente el 
orden de esta serie histórica, en su publicación respecto 
de los lectores, porque en cuanto a nosotros, hemos se- 
guido para la redacción el |4an acostumbrado. 

La Introducción histórica ha sido, en efecto, nuestro 
primer trábelo, i para completarlo^ fuerza nos ha sido dar«* 
le la mano en muchas épocas distantes i en lugares muí 
apartados. Viajando esos pliegos en nuestra maleta, como 
la meditaciou viajaba en nuestra frente, durante un espa« 
cío de mas de tres años, íbamos compajinándolos a me-^ 
dida que el tiempo i la versatilidad de una vida errante lo 
consentían. Reflecciones maduradas de esta suerte ai sol 
de los trópicos en nuestras solitarias navegaciones; estu^ 
dios frios empapados en lasnieblas de Inglaterra; inspira^ 
clones torturadas por el bullicio deslumbrador de Paris: 
he aquí como se ha ido formando el marco del resumeri 
histórico, en el que aspiramos a compendiar todas las fa^* 
ees de nuestra existencia de colonia, de organización po« 
Iftica i de república democrática .-^Nos falta pues dar a 
luz los hechos en que estriba este vasto análisis para en^ 
fregarlo a la discusión. 

Echamos ahora los cimientos para construir luego la 
cúspide. 

En cuanto a los materiales que hemos acumulado para 
lanzarnos con confianza a levantar este monumento his«* 



1 4 ADVERTEIfCiA. 

tóiíco que tieoe escondidas tantas minad sid>teiT¿Deas 
que amenazan hacerlo volar antes de que aparezca a la 
superficie su primera piedra> dejamos al juicio público el 
analizar su tnérttOt su respetabilidad i su número. En esta 
parte nos creemos a mayor altura que la obligación de 
haceri como de hábito, promesas de prefacio i circular 
programas altisonantes* 

Solo sí diremos respecto del trabajo que ahora damos a 
luzi que no tiene ningún dato que no sea auténtico, esto 
es» bebido en su orijen, derivado de sus propios actores, i 
obtenido en la época misma (durante todo el año de 1852) 
que cada suceso comprende. Gomo única garantía a este 
respectOf diremos que no bai en esta relación ningún dato 
reciente^ entresacado de los inciertos archivos de la me-* 
moriai ni consultado, como se practica hot dia por tantos 
cronistas e historiadores, a la tradición oral, que en núes* 
tro concepto es la mas turbia de las fuentes en que la hii* 
manidad busca el apagar su sed de verdad i el historiador 
su anhelo de comprobación, de justicia i de luz. 

Testigo presencial de muchos i quizá de los mas impor- 
tantes i decisivos movimientos de las diversas trasforma- 
ciones de la revolución, por mas secretos que fueran, ni 
mi propia memoria me ha inspirado empero confianza, i 
lo que a ella debo no verá la luz pública sino en cuanto 
esté autentificado por mi diario íntimo que con fidelidad, 
constancia i un secreto inviolable he llevado durante todas 
esas épocas. 

Respecto de los dalos estraños relativos a la historia que 
hot narramos, tenemos a la vista una colección autógrafa 
de memorias, diarios i apuntes que para nosotros redac-^ 



iurSRTKNCU. 15 

taroQ en 18t2 los actores mas culmioantes en aquellos su* 
oeaos; i entre otros — Pablo Muñoz, el presidente de la 
Sociedad de la Igualdad de la Serena, el foco céntrico de 
la revolución; Santos Cavada, el tribuno que sublevó la 
guarnición veterana de aquella plaza; José Silvestre Ga-* 
lleguUlos, el campeón de Uxtos los mas salientes aconteció 
mientos militares del sitio i de la campafia; Pedro Pablo 
Cavada, el secretario de la intendencia revolucionaria, i 
machos otros probos e imparciales testigos que redac« 
taban sus apuntes para la historia, con la misma austera 
sinceridad con que repetían a mi oido sus mas secretas re- 
velaciones. 

En un orden superior, pero no menos comprobado, te« 
nemos en nuestro poder la correspondencia orijinal que 
don José Miguel Carrera 1 don Nicolás Munizaga, los pro- 
hombres de aquella revolución, mantuvieron durante la 
campaña i el sitio, sea conmigo mismo o con mis amigos; 
i hemos tenido también libre acceso a los papeles privados 
i documentos oríjinales del coronel Arteaga, la figura mi- 
litar de mas alta nota en aquella era de combates. 

Curiosos apuntes dictados por los valientes capitanes de 
trinchera don Candelario Barrios i don Joaquín Zamudio, los 
que si bien han sido redactados con posterioridad, se re- 
fieren todos a sucesos ya anotados de antemano i que solo 
han recibido asi mas esclarecimiento, i por conclusión, 
hasta un memorial autógrafo del orijinal impostor Quin- 
teros Pinto, el último intendente de la plaza sitiada, com- 
pletan nuestra colección de manuscritos. En cuanto al 
opúsculo publicado en Lima por don Manuel Bilbao en 
1853 con el título de Revolución de Coquimbo j confe- 



16 ADVERTENGAA* 

samos que no le atribqiiBos valor alguno. Este e$ ua abor-» 
to de los muchos ensayos que tenemos noticia ban sido 
concebidos por escritores de uno u otro de los bandos que 
enióoces militaron, i gue la pusilanimidad, los comprami-^ 
SúSj o cai^s de otro jénero, ban abogado antes de na- 
cer. £1 cuaderno de Bilbao tiene siquiera este solo mérito, 
^1 de estar impreso; perO respecto de nuestra narracioa^ 
nada de provecho hemos podido recojer en sus pajinas, a 
no ser las calumnias que por lijereza o error estampa en 
contra nuestra al hablar de sucesos militares enteramente 
imajinarios. Es triste decirlo, pero en esta primera publi- 
cación histórica de la revolución, hai mucho de novela, no 
poco de pasquín i casi nada de justiBcacion de hechos o 
derivaciones del pensamiento í del criterio. 

Respecto de las noticias del partido que entópces comba- 
tíamos, i que nos eran indispensables para completar el 
cuadro de nuestra relación, las hemos obtenido, sea de las 
publicacioues oficiales de la época, o de los archivos de 
los ministerios del Interior i de Guerra, cuya minuciosa 
investigación nos ha sido permitida mediante la bondad 
de los respectivos oficiales mayores de aquellos, el señor 
don José Manuel Novoa i don Cirilo YijiL En cuanto a 
daios ciertos, comunicados por particulares, no hemos 
alcanzado hasta aquí ninguno de valer, esto es^ bastante 
fehaciente, a pesar de prolijos i vivos empeños. 

Réstanos ahora hablar de los propósitos que llevamos eu 
mira al hacer estas publicaciones, (abultado tema sin duda 
en el que vendrán a cebarse desde luego mil encontrados 
comentarios) i nos apresuramos a manifestarlos con la 
banqueza sana i entera que cabe en nuestro pecho^ i con 



APVERTENCIA. 17 

la lealtad que otro jéaerD de deberes uos impone^ decía- 
raudo que esos propósitos son dos. 

El primero sube a las rejiopes donde solo el peosamieo- 
to domioat í de las que no desciende sobre los acontecí* 
inieotos sino a la manera que la luz temprana que sucede 
a la noche se desprende de su foco en débiles ráfagas para 
revestir de color los objetos sobre que se irradia ; esta es 
la filosofía, la inspiración, el jiro dominante i principal de 
este trabajo, que se encuentra mas inmediatamente com- 
prendido en la Introducción histórica de que ya hemos ha- 
blado. 

El segundo es un propósito de actualidad i de patrio- 
tismo. Queremos que haya verdad lejUima hoi dia en que 
parecemos vivir huérfanos de todo lo grande, que haya 
justicia evidente, que hayan altos ejemplos de entusiasmo 
1 de coBsagracion cívica, de lecciones severas i luminosas 
aobre los estravios de la ambición i el obcecamiento i la 
ceguedad sistemática de los políticos ; queremos que la vir- 
tud ignorada vaya a encontrar sonoro aplauso en el cora- 
zón del pueblo, que la mano augusta de la historia se ocu- 
pe en limpiar las frentes manchadas por la calumnia, i 
queremos también que esa historia coNTBMPOKANEA^que es, 
la verdadera historia cuando se comprende desde la altura 
de abnegación i desprendimiento en que aspiramos a co- 
locarla, lleve en otra mano el rayo que castiga i ante el 
que deben arrodillarse los malvados, que en política no 
son para nosotros sino los traidores i los apóstatas, no los 
que por error o convicciones que la intención justifica, 
defienden un principio o combaten por un bando. 

I queremos aun mas todavia en la hora solemne en que 



18 ADVERTENCIA. 

esto escribimos. Queremos que la autoridad que se llama 
gobierno i el poder que se llama pueblo, hagan un ind« 
tante pausa a la lucha a muerte a que se provocan el uno 
con insano orgullo» i con la febril ajitacion de un prolon- 
gado sufrimiento el otro ; queremos que ese gobierno con- 
temple por sus ojos, hoi cegados^ el cuadro espantoso 
a que arrastran las violencias oficíales, i contemple tam- 
bién el pueblo la desolación horrenda i los males inson- 
dables a que las convulsiones de su desesperación lo con- 
ducen. Queremos que el gobierno sepa que la revolución 
es el mas grande de los crímenes cuando desciende de sus 
consejos o de sus atentados; i que el pueblo comprenda 
que la revolución es la mas funesta de las catástrofes pú- 
blicas, cuando antes del último esfuerzo de la tolerancia, 
se desencadena de sus pasiones exaltadas i de sus vagas 
tendencias a los cambios. I si este convencimiento de 
mutua salvación, que empero no aguardamos, llegara a 
surjir, en parte, de la lectura de este libro, fiel bosquejo 
del mas desastroso episodio de nuestra guerra civil i ma- 
rineros oscuros que de distante llegamos a la playa el día 
de la catástrofe, creeríamos entonces haber echado a la 
República una tabla de rescate en el naufrajío que ruje 
desencadenado en todas direcciones. 

La historia, por otra parte, es la justicia. — Como escri- 
tor, soi juez. — El historiador no tiene amigos.— El juez no 
tiene odios, i los tiene tanlo menos en el presente caso 
cuanto que el hombre no los abriga i cuanto que su egoís- 
mo va a servirle solo para condenarse a si propio en lo que 
como actor tuvo culpa en el rol déla revolución^ i cuanto 
que su envidia solo le enseria a tributar admiración a 



ADVERTENCIA . 19 

los que entre aínigos o adversarios la hayan merecido. 

En el catnpD de los debates públicos yo reconozco, en 
verdad^ dos ideas i amo la una como condeno la otra ; 
pero en el campo de la patria yo no diviso sino chilenos, 
i dentro de cada hogar acato al hombre como en un san- 
tuario. Esta es mi divisa respecto de los hombres. 

Que no se nos levante entonces un anticipado proceso 
por lo que vamos a decir, si la justicia augusta es nuestro 
guia. Que no se nos acuse porque tenemos amor a la ar- 
dua empresa que acometemos, si ese amor^ que no ofende 
a los contrarios, es el amor de una causa que fué nuestra, 
de nuestros amigos, de nuestros mayores, i que es la 
causa de ios vencidos escrita duriante el reino de los ven- 
cedores. 

i a los que temen i condenan la historia contemporánea 
porque la prejuzgan empapada de pasión i rebosando de 
susceptibilidades, permítasenos decirles que esa pasión no 
está en la historia sino eñ su propio coraeon, que esas 
susceptibilidades no son las de los hechos ya consumados, 
sino las del individualismo que aun palpita i que teme o 
espera. La cuestión no es pues de hombres ni de opor- 
tunidad. Es cuestión de eterna verdad i declara^ viva i 
provechosa justicia que nunca es mas certera que cuando 
es mas inmediata, i nunca mejor atestiguada que cuando 
cada uno de sus actores viene a deponer ante sus aras 
el continjente de luz i de conciencia, de espontaneidad i 
de razón que la deben. 

Pero se querría apagar la voz de los que cuentan lo que 
vieron, i se querría atar las manos de los que ejecutaron 
los mismos hechos que ahora van a trazar solo bajo distinta 



20 ABVERTERCIA. 

forma, i para qué? — A fin de que la historia salga añeja, 
mutilada, confusa, desgarrada por mil contradiccioDes, 
cual la estamos viendo entre Bosolros, en las crónicas, ea 
los discursos académicoSi en las b¡ografja& mismas de los 
Hombres ilustres^ en las que, para que cada personaje ten- 
ga un mérito es preciso ir arrebatándolo a cada uno de los 
otros, en la colección, basta formar el catálogo de todos 
los absurdos, de todas las acusaciones i de todas las ca- 
lumnias que se llaman, sin embargo, Historia porque son 
de calumnias, acusaciones i absurdos antiguos I 

No; aun dado el caso, posible si se qmeré, de que el 
error oscurezca nuestros juicios, dejemos entonces que la 
voz de los vivos lo disipe, i no vayamos, mediante una 
cobarde impunidad, a echar sobre las mudas tumbas de 
los que fueron, nuestros fallos de acusación i de condena. 

No, ciertamente; para escribir esa historia que palpita 
i que todos escuchamos, no se necesita injenio, como es 
preciso para formular la historia que ya no habla, que no 
puede discutir, que no puede defenderse. Lo que se nece^ 
sita entonces son pechos templados con el toque del acero, 
son almas altivas que levantando en alio la idta, que es 
la esencia inmortal de la historia, aparten a un lado las 
personalidades mezquinas, que son los frájiles accesorios 
de la gran unidad de espíritu i filosofía, que llevan en sus 
entrañas las grandes revoluciones de los pueblos. 

Estas son las declaraciones, que un deber público nos 
obliga a hacer presente. Acaso leñemos otras reservadas 
que nos son personales, pero a los que puedan necesitar 
de éstas, les diremos que en cualquier parte donde se nos 
solicite, se nos hallará, i que admitiremos en tiempo de- 



ADYERTENCIA. 21 

bido toda clase de observaciones esenciales i fundadas. 
Entretanto, arrostramos solos todos los compromisos^ (como 
se llama entre nosotros el decir la verdad por la prensa) 
sin que para esto creamos necesario el salir a la calle 
con las armas ceñidas al cinto, como el ilustre diarista 
Armando Carrel, cuando prohibida por la violencia la 
circulación de sus ideas o insultada su hidalguía por el 
sarcasmo, hubo de sostener como hombre lo que había 
dicho como escritor. 




JUAN NICOLÁS ALVAñEZ 

' ei DiaLlo polllic 0.) 



lilFCAL'0T.f¿i->il:u'i:.4^ 



CAPITULO I. 



EL Clll lEVILICIIlklll. 

La Ser«iia antes de la reTolocion. — ^Tradición liberil de la pro- 
TÍDcia de Coquimbo.— MoTimiento intelectual .—El Institu* 
lo. — La prensa. — Juan Nicolás AWarez. — La candidatura 
Monll eo la Serena. — Se instala la Sociedad palru^tíca, — Ban- 
quete popular. — ^Pablo Moños. — Se inaugura la Soeiidád de ia 
JguaUad, — Tienen lugar las elecciones.— Triunfo de la Seré* 
na. — El club del Foro.— La Sociedad de la Igualdad es disoelta 
por la Intendencia.— -Misiones encontradas de<lon Manuel Cor. 
Ié« i don Joan Nicolás AWarea en la capital. — Palabras del 
jeneral Cruz.— Llegan a la Serena dos compañías del batallón 
Yungai. — ^Don José Miguel Carrera se presenta oculto en la 
proTincia. — Reuniones populares en el cerro de la Cruz.-- 
Inacción política.— Carrera resuelve regresarse a Santiago.— > 
Primera confereolcia revolucionaria, — Los oGciales de la guarní* 
cion se ofrecen para sostener la revolución.— Santos Cavada.— 
Se instala el chb Retoolucionario. — El ayudante de la Inten- 
dencia Verdugo propone un plan para el movimiento i es acep« 
tado.— Dificultades sobre la organización del futuro gobierno 
revolucionario.-^Don Nicolás Munizaga. — Se fija el día 7 de 
setiembre para el levantamiento. 



Tendida en la vecindad del mar I a los pies de una serie 
de colinas que van alzándose en anfilealre hacia el or¡en4ev 



2Í HISTORIA DE LOS DIEZ ANOS 

se óslenla risuefia, hermosa, serena cual su nombre, la no- 
ble capital de Coquimbo. — Una sábana de verdura llamada, 
cual en Granada, la Vega, la separa de la playa del PaciGco 
¡ corónala en la altura una meseta de suaves declives cono- 
cida con el nombre de Santa Lucia, que le diera, como a 
nuestro romántico cerro de Santiago, la piedad de los viejos 
castellanos; mientras que ét azulado fio que regala al valle su 
nombre i su tapiz de mieses i de flores, serpentea por su 
barranca del norte, sirviéndole de marco en el costado 
opuesto la profunda Quebrada de San Francisco, cuyos mo- 
destos caseríos se esoofidea entre el follaje de ta« arboledas. 
La perspectiva es risueüa, el clima dulce, la planta de la 
eiudad, corlada como un tablero de ajedrez, limpia i esbelta. 
Las brisas que soplan por la tarde o con el alba del dia, 
vienen empapadas en la humedad del mar, i cuando aparece 
el sol o se despide, condénsalas en las tenues ráfagas de una 
niebla que envuelve la tranquila ciudad sin ocultarla, como 
el velo de gaza que esconde las espaldas de la vírjeo para 
hacer mas bello el donaire de su rostro. Es grato entonces 
subir a las colinas i divisar a sus faldas el panorama de la 
tarde. Descórrese a la vista la ciudad, la vega, el mar, el 
rio, i por los lejanos borizonles las velas que blanquean en 
}a remansa bahía o los distantes picos de las montanas, que 
van encumbrándose por la costa en dirección al norte; gru- 
pos sueltos de ganado pacen en la Vega, i vienen lanzando 
inofensivos bramidos hasta la pintoresca Barranca, a cuyo 
borde se empina la ciudad, ostentando los blancos campa- 
narios de sus siete iglesias, que so desprenden lucidos del 
fondo oscuro de los huertos de lúcumos i perfumados chiri- 
moyos. 

El ruido de la industria llega hasta el solitario pórtico del 
Panteón, que cual diadema de márfloiol, corona la có<$pide 



»É LA A0XfNI8TaAClÓK MONfT. ÍS 

de la mas alia meseta a la que el viajero lle^; f reposando 
ahí, descansa i goza, ama i admira aquel apacible conjunto 
en que la labor del hombre i los primores de la naturaleza 
se hao enlazado en un consorcio fecundo en mil bellezas. Vese 
desde ahi serpenteando por la ribera del mar el camino que 
conduce de la ciudad al Puerto^ cuyas altas chimeneas aso- 
man vomitando llamas por entre las rocas i farellones do la 
playa ; i rccojiendo de nuevo la vista se abraza en un solo 
cuadro el delicioso alfombrado de verdura i tte jardines, 
de arboledas i alfalfales que desde la Portada se dilatan 
hasta el aislado morrillo de Pan de azúcar. Lucen hacia el 
norte los flancos de montanas de desnudo aspecto, pero 
que esconden los mil veneros de sus mótales do plata i co-* 
bre, entre la cumbre del monte Brillador, que so levanta 
hacia la costa i las cadenas del famoso Arqueros qw van' 
interaáadose por el valle hacia las cordilleras.— Al pié do 
estas montaflas, que retumban noche i dia con el combo i la 
pólvora del minero, corre tortuoso atravesando los vados del 
rio el camino por el que los arrieros de Elqui conducen a los 
puertoa las sazonadas cosechas de sus viñedos, mientras lag 
campanas de los establecimientos industríales que pueblan el 
valle, dan la seAal del trabajo a las peonadas^ i los dispersos 
pescadores arrancan de los guijarros del rio los pintados 
comarofiei que van a ser el manjar apetecido de la opu- 
lencia. 

Tal se ostentaba la Serena en la primavera de 1851, ce- 
flida de mil guirnaldas de las flores silvestres que esmaltan 
sus prados, bañada del perfume de las tibias brisas de su cli- 
ma. Tres meses pasaron! I aquel panorama deleitoso se habia 
convertido en un páramo de horror i de ¡muerte; tinéronse 
rojas las aguas del rio; huyeron las naves del puerto; ban- 
das de mercenarios desalmados cruzaban por todos los ca^ 

4 



26 HISTOItlA DE LOS DIEZ aSOS 

uídos llevando en una mano el botín del saqueo, ¡ en la 
otra el sable de Jos degüellos; las festivas calles de la ciudad 
exhalaban ahora el hedor de los cadáveres insepultos, i des- 
pués de oírse el reto de los clarines, bajaban a la Vega, 
antes apacible, los jinetes de la ciudad para medirse cuerpo 
a cuerpo con los invasores que habían venido de remotas 
campaAas, i aun de mas allá de los salvajes desiertos de' 
otro lado de los Andes. Parecía que ya no brillara mas en 
aquel recinto de la paz risueña i del amor fecundo, el astro 
del día, i que para contemplar el horror de aquella súbita 
transformación fuera preciso aguardar, como los espectros, 
la hora de la media noche i divisar desde la aUura, a la luz 
de los incendios i al estampido del caüon, la perspectiva de 
aquella Serena de ayer, herizada hoi cual la melena de un 
león con una red do trincheras, cuyas brechas tapaban los 
pechos de mil bravos i cuyas almenas se disputaban con gri- 
tos de muerte un heroico pufiado de sitiados con otro heroi- 
co pufiado de invasores chilenos. 

Cómo se habia operado tan súbita i tan horrenda catás- 
trofe? cómo se había levantado el ánimo de aquel pueblo 
pacífico a actos de tan magnánimo patriotismo? cómo la 
suerte burló tan jeneroso denuedo i echó a tierra esperan- 
zas tan hermosas de rejeneracion i de virtud republicana? 
Tal es el argumento del libro que ahora nos proponemos es- 
cribir. 



II. 



Desde los primeros tiempos de nuestra emancipación, la 
provincia de Coquimbo, rica en elementos de prosperidad, 
apartada del ardiente foco de la contienda revolucionaria , 



BE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 27 

SOS pacíficos habitantes dados a la industria, defendida por 
su topografía contra los amagos de ia guerra interna, i diri« 
jidos sus deslinos por mandatarios ilustrados, entre los que 
se cuentan los jeneralos Pinto, Aldunate i Benavente, o por 
Tocinos celosos i respetables como Irarrázabal, fiecabarren i 
Vieufia, que fué cuatro veces su intendente, ha tenido en la 
república, si no un rol activo, grave al menos i espectable 
sieoipre. 

Su posición, SQS hombres, su fortuna de constante paz i 
su prosperidad a la que esa paz daba vuelo, hablan hecho 
de aquella provincia el centro do ia política pacífica e ilus-r 
trada, i por tanto liberal. Asi, mientras el centro nos daba 
sus congresos i nos imprimía el sello de sos leyes, i mien- 
tras Concepción nos enviaba sus ejércitos i nos orrecia sus 
viciorías i sus presidentes, la provincia de Coquimbo, que 
se cslendia entonces desde el rio Choapa hasta el de Copia- 
p6, se preocupaba solo de su desarrollo interno — en su rique- 
za, por su industria i su agricultura— en su civilización, por 
su comercio i su labor intelectual. 

Asi era que cuando la causa liberal venia a locar a su 
paorta, encontrábala pronta, decidida i aun entusiasmada 
para aceptar su llamamiento; i fué por esto que la pri- 
Olera fuerza armada que penetró en la capital para derro- 
ear la dictadura del jeneral O'Higgins , era la división que 
envió Coquimbo al mando del patriota Irarrázabal ; i fué por 
esto que cuando las provincias del sur se alzaron contra el 
sistema planteado por el liberalismo, vino este por dos veces 
a buscar su refujio en la Serena, primero con el presidente 
Yicufla, hecho allí prisionero, i después con el feneral Freiré, 
que condujo su ejército a aquella provincia, esperando ha- 
cerla el baluarte de la causa porque combatía. Asi Tué tam- 
bién que el üliimo acto de la desencuadernada resistencia 



28 BISTORIA DB LOS híU AÑOS 

que opQso el partido liberal a los émulos que lo habían von- 
cido en el campo, vino también a tener tugar en los confines 
del territorio de Coquimbo, donde el intrépido Uriarte firmó 
los tratados de Cuzcuz en 1830. 

Vencida la causaliberal desde esa época, no habia sido 
nunca, empero, sofocada la opinión en la provincia ; i de esta 
suerte durante mas de veinte afios, la Serena estuvo enviando 
al congreso uno o dos representantes, únicos sostenedores, ma- 
chas veces, del principio de sus antiguas simpatías. 

La capital de la provincia se habia hecho, por otra parte, 
el centro ile un movimiento intelectual tan notable cual no 
•ustia, a proporción dada, en ningún pueblo déla república. 
Sentase estojal culto profesado de los principios liberales, que 
dabaa nervio i yaelo a las ínteli)encias, a la laboriosa tran- 
quilidad que la riqueza le deparaba, i mas que todo, a una 
juventud que, educada en las máximas de los principios po- 
pulares, amaba estos i los servia con fe i con ardor. La pren- 
sa se hizo en breve la palanca de este movimiento, lento 
pero sostenido, que empujaba la sociedad hacia adelante, i 
M solo circuiarofl en la Serena numerosos periódicos politi- 
ces, sino, lo que es mas notable, sostuvo, como sostiene 
todavía, publicaciones de nn carácter puramente literario ¡ 
aun científico. Dos nombres que figurarán siempre en pri- 
mera linea en la historia de nuestro periodismo, se levanta- 
roa de estos ensayos— Joaquín Vallejos i Juan Nicolás Al va- 
lses, el brillante iniciador sino el creador del periodismo 
moderno entre nosotros, digno por tanto de que una de las 
primeras pá|íoas de esto libro sea consagrada a su memoria, 
a su pluma í a sus infortunios. 



ME LA ÁraiNISTRACIO» HONTT. 29 

* 

III. 

Juan Nicolás Alvarez, el poriodisla-lríbiino de la revolu- 
cioD de la Serena, había sido, en efecto, en la poHtica, la 
qne so ilustre contemporáneo Joaquín Vallejos, otra gloria 
lejíiima de Coquimbo, fué para la literatura nacioaal, un 
tipo aparte, una flgura nueva. Fino, el uno, sareástico i t^ 
pirílual; ardiente, fogoso i entusiasta, el Otro, se hacían 
ambos singulares, aquel por la elegancia i la gracia esqui-^ 
sita (ie sos dotes de escritor de costumbres, éste por so 
estilo palpitante, tenido de lampos de fuego i altamente po-i 
pular. Sus seudónimos los califican con propiedad i poneil 
cada Cgura en su puesto. El uno se llama Jotabeche, el es^ 
erítor intruso de los estrados, pregunten en los corrillos de 
las calles i tos clubs mala lengua, en fin, en todas partes; 
el otro había apellídádose el Diablo político, esto os, el pe- 
riodista audaz, oríjínal, vehemente, creador, hasta cierto 
ponto, do una escuela nueva en la prensa politica, como el 
otro lo habla sido en la prensa social. Cual Jotabechó no ha 
escrito todavía hasta aquí ninguna pluma chilena en el jil*o a 
qoe él se dio de predilección ; pero Alvares escribía en el 
periodismo, hace veinte i cinco ados, no como habían escrito 
hasta entonces los mas altos nombres de la prensa, sino como 
se escribe hoi día por las mas brillantes íntelíjencias. En esta 
sentido él casi es un fundador orijíoal del periodismo moder« 
fio, I cábele por ello no poca gloría. 

Alvarez ensayó en su rápida vida muchas carreras, pero 
nunca fué sino periodista. Nacido en la Serenado una familia 
modcsla, vino a la capital, como Vallejos, prolejulo por l9 
benevolencia do sus compatriotas; se hizo en breve abogade 



30 flISTOAtA Dfi tos ])!£Z AN09 

do alguna nota, i lontó también la senda del profesorado; 
poro sa vocación era la prensa, í desde luego debió su fama 
a la publicación del célebre periódico el Diablo político. Con- 
denado este a morir tempranamente por el veredicto de un ju- 
rdtlo, sobrevivió empero encarnándose en el ser de so redactor ; 
portóle Alvarez fué siempre un periódico vivo, desde que los 
caji.ilas desarmaron las pajinas del Diablo politico impreso 
i su naturaleza aceptó la herencia que repudiaba el papeL 
Juan Nicolás Alvarez era desde entonces el Diablo politico 
en carnes^ infatigable i osado, campeón de toda política acliva, 
de toda revolución dirijida a desenvolver el jérmen liberal, 
que él, pobre i oscuro^ habia visto brotar cerca de su cuna 
i qao átanos bienhechoras habían cultivado en su espíritu i 
béehole lozano para que prestara sombra a su precario por-^ 
venir* 

llabia sido pues en la Serena i en la época de que nos 
ocupamos» cuando Alvarez imprimió en el pueblo mas de 
lleno la influencia ardiente de su misión de escritor político* 
i béchose reconocer desde mui atrás como el patriarca de la 
prensa liberal del norte de la República. Como redactor en 
Jefe de la Serena era, por consiguiente, en aquella crisis uno 
de los elementos mas importantes, que debían empujar ol 
conflicto a un desenlace perentorio, que no podia ser sino 
la revolución. 

Por lo demás, su vida habia sido harto infeliz. De costum- 
bres tijeras, victima de la persecución sistemática, pobre 
siempre, i aun desprestijiado, vivió a la merced de mil azares 
hasta que en el mas triste i el mas cruel, hubo de rendir la 
vida al dolor, al abandono, casi a la desesperación del ham- 
bre, porque el mal a que el vulgo atribuyó su fin, no era 
mortal, como lo era la melancolía en que una miseria des- 
garradora le habia sumido en tierra estrafia i sin amigos* 



n LA ABMINtSTBACION MONTT. 31 

IKstínla suerte cupo a su condiscípulo, a su rival eu gloria 
i su émulo después en odios de bandera, porque, opulento, 
aolorízado por el albedrio del poder, hombre público a su 
manera, diputado, diplomático, capitalista, el escritor social 
iba al eatranjero a cumplir graves misiones, gratas a su jac- 
tancia de partidario, cuando los insectos desgarraban los 
jirones de la capa de proscripto que cubría la desnudez del 
escritor poHtico. Aquel volvió desconcertado, sin embargo, 
i se ha ido ahora rompiendo con despecho sus cuentas con el 
mando, con sus correlíjionarios de ayer i con los Ídolos que 
había servido. Alvarez no volvió; pero sus compatriotas han 
removido con las manos de la gratitud la tierra de su des* 
canso, para dar a sus huesos la honra del mártir. Digna re- 
paración de una vida que fué sin ventura i que tuvo culpas 
íntimas, pero en la que lució siempre la lealtad a una causa 
neUe, a sus amigos <le esperanza i de infortunio, i mas que 
todo^ al hermoso suelo en que nació i en el que hoi dia re- 
pesal 



IV. 



La apertura del Instituto de la Serena fué un nuevo campo 
abierto a la juventud coquimbana, i vióse luego que este 
plantel recien creado> desarrollaba ya intelijenclas tan aven-* 
tajadas, que se enviaron a Europa varios de sus alumnos a 
terminar sus esludios profesionales. Alfonso, Cuadros, Osorto 
iotros, fueron de los elejidos. 

De esta suerte, al abrirse la era política que trata escon* 
dido en sus entrañas el cataclismo de 485i, la representa- 
ción de la ínielijencia palpitaba en la juventud de la Serena, 
bien que dividida en dos bandos. El principio conservador 



^2 «16T0IUA Olf LOS DIEZ AÑOS 

babia eaconlrado su a$ilo en las columnas del Ponenirp 
periódico que redactaban con habilidad i nervio los jóvenes 
Gundelacli, Corles, Saldias i oíros escrilores mas novejes, 
profesores del Instituto en su mayor parte i los que poco 
ánles. sin embargo, babiau alzado contra el ministerio Vial 
la bandera de la reforma en un periódico titulado el Eco. 
Por su parle, la juvenlud liberal, con Juan Nicolás Alvarez a 
la cabeza, combalia con ardor por el programa reformista. La 
Serena^ uno do los periódicos políticos mejor redactados que 
hayamos tenido en el pais, era el represenlaole de esta opi- 
nión—querida del pueblo, porque era tradicional— palpitante 
en la juvenlud, porque la comprendía i la amaba. 

El Porvenir, sin embargo, heredero del Eco, profesaba 
como esle« bien que bajo una forma disimulada, la doctrina 
liberal i su pugna con la Serena estaba cifrada solo en los 
designios privados de una candidalura. De maxiera que pu- 
diera. asonLarse que la idea de la reforma i la tradición libe- 
ral imperaban unánimes en la Serena, al espirar el aAo de 
4830, que también ponia término a la activa i fecunda elabo- 
ración de la inlelijencia, para dar lugar al combale de los 
partidos en la urna de las candidaturas i en los campos de 
batalla. 



V. 



Habia aparecido, en efecto, la candidatura del ciudadano 
don Manuel lUontl i recibidola el país con un inmenso cla- 
mor de rechazo i de inquielud. Cn la Serena, esta vehemente 
repulsa había sido unánime, porque el candidato oficifal era 
la encarnación viva del sistema que la juventud habia apren* 
úiÚQ a combatir en |a cuna, cn el estudio, en la prensa, i 



bfe tá ADiniitstiiACiDN Mvn* 83 

)H)r((id^ a mas, aquel bembre pAbíicó s% fadbia dcbrréa^O 
«na aoUpaiía local, casi implacable, por ciertos diot0r¡69 de 
desprecio que se le tabia oido preferir en el Go0gr(9áo CM^^ 
tra ia proTíncia de Coquimbo, ea épocas pasadas. 

La candidatura Montt fué por esto la campana de alar^ 
ma qoo puso de pié a todos los mqtlmbatios^ quid ditede 
luego pensaron en organizarse pana abrir la dampafla pé<4^ 
tica ea que la iftayoria de la ftépáblica comenzaba a tomar 
parle. 

La capUa1> la mas irritada i la mas comprometida en 
aquella ajitacion, no lardó en dar un ejemplo tremendo dé 
su descontento con aquella sangrienta protesta que se há 
Hamado la jornada del Veinle de úML 

Vencida i ametrallada la opinión en ese encuentro^ la Se* 
rena, sin embargo^ como si bnbierá querido tomar sobre st 
sola la responsabilidad 1 la empresd> léjoá de abatirse Jbíció 
al contrario su cruzada, tan luego como el tapor le llevó la pri^ 
tnera nueta de aquel desastre. 

Una semana después de llegada la noticia, instaló, en 
cfecto> el partido de oposición su Sociedad patriótica, dando 
a tos vencidos, con varonil esfuerzo» esta lección grande i 
verdadera de que los principios no sufren derrotas ni casl¡->> 
gos, i que muchas veces encuentran su triunfo en el ara 
aisma en que se les sacrifica. 

Sabedora la población de la Serena por el paquete del 2$ 
de abril del acontecimiento del dia 20» se convocó a una 
gran reunión popular para un dia inmediato, i el 5 de mayo 
siguiente quedó instalada la Sociedad patriótica de la Se-- 
tena, en virtud de una acta en que los ciudadanos consigna*^ 
ban sus votos i sus compromisos, i cuyos articules eran tes-> 
tualmente del tenor que sigue : 

«Eq la ciudad de la Serena, a S dias del mes de ma-> 

5 



34 HI8T0BU DE LOS DIEZ AfíOB 

yode 4851, los ciudadanos que suscriben, considerando: 

I."" Que casi todos los pueblos de laBepúbiica han to- 
mado ya una parle activa eñ las próximas elecciones 
para presidente de la República, proclamando su candi- 
dato. 

S."" Que los sucesos del dia 20 del pasado mes, manifies- 
tan que el orden publico i la tranquilidad corren inminente 
riesgo, si el gobierno persiste en sostener un candidato que 
rechaza la mayoría de la nación. 

S."* Que las provincias de Concepción, Nuble, Maule i Tal- 
ca, i las de Santiago i Valparaíso, por diferentes manifesta- 
ciones, han proclamado libre i espontáneamente al ciu- 
dadano José María de la Cruz para presidente de la Repú- 
blica. 

i."" Que la ciudad de la Serena no debe permanecer tran- 
quila en medio de esta ajitacion, sino, ánies bien, concurrir 
como las otras a salvar al pais de los horrores de la guerra 
civil que la amenaza, haciendo como las otras una libre i 
espontánea manifestación de su voto. 

5."^ Que el citado ciudadano José Maria de la Cruz garan- 
tiza en su programa la libertad del sufrajio, como causa 
principal de la felicidad de la patria, i que en la provincia 
de su mando ha puesto a los ciudadanos en posesión do ese 
derecho indisputable, que les concédela República .—vienen 
en declarar: 1 ."" Que proclaman por presidente de la Repú- 
blica en el próximo periodo electoral al cílado ciudadano 
José Maria de la Cruz: S."" Que se comprometen solemne- 
mente a sostener la proclamación de su candidato, valién- 
dose de lodos los arbitrios que les franqueen la Constitución i 
las leyes del pais: S."" Que protestan desde luego contra 
toda injerencia que tomen las autoridades en las próxi- 
mas elecciones: 4.'' Que oporlunamenle se nombrará una 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 39 

comisión, integrada con personas de las que firman esla 
acia, para que hagan efectivo lo acordado en ella» (1). 



VI. 



loaagurada la Sociedad palriólica en la Serena e insta- 
lada la yunta que debía presidir los trabajos electorales, 
cundió en breve por toda la provincia una ajítacion pacifica, 
pero activa i empefiosa. Acostumbrados los coquimbanos a 
arrancar el triunfo a la urna electoral, tenian fé en esta prác-- 
tica, a la que la capital i otras provincias ya esperímentadas, 
hacian un jesto de desden ; i entregados con ardor a esa creen- 
cia, acumulaban en el pueblo, en la juventud, en los campos, 
los elementos de su próxima victoria. 

Uno de los pasos mas eficaces, que desde luego concertar 
ron, fué la celebración de un banquete democrático, en que 
el pueblo fraternizara con sus caudillos; i en consecuencia, 
tuvo este lugar el 1 ."^ de junio en casa del probo i acrisolado 
patriota don Nicolás Munizaga, uno de esos hombres que no 
sacan de la politica sino el fardo de sus sacrificios i de las 
revoluciones, la corona de mil martirios, pero que la posteri- 
dad bendice i aun sus émulos saludan con respeto. 

Encontrábanse reunidos en la mesa del festín óchenla 
ciudadanos, entre los que hablan tomado su puesto diez o doce 
jefes de taller. Conocida es la cordialidad de estas reuniones, 
en que el patriotismo i el entusiasmo se abrazan de asiento 
a asiento i se saludan con efusión al tocarse las copas de ' 

(t) Etla copia ha sido tomada del traslado legalizado qne se 
envió al jeneral Croz en 1851 i en el que habían 118 firmas soJa- 
nifiile. Entendemos que este número se aumentó después de 
una minera mui considerable. 



36 HfSTOliU DE LOS DtEZ AfiOft 

Bna banda a otra del mantel. La juventud brindaba a la 
Himortalldad de su causa; los ciudadanos mas ancianos be- 
bían en honor de la juventud, i los artesanos, simbolizando 
sus votos en un nombre, saludaban ya al jeneral Cruz, ya al 
presidente de la mesa, que era el decano de sus simpatías 
personales i de su conGanza política. 

Apuradas las primeras copas, víóso levantar do su asiento 
a un joven desconocido i que mucha parte de la concurren- 
cia veia por primera ve2. Su aspecto modesto, su frájil 
complexión, su rostro pálido^ su mirada melancólica i pro- 
funda, hicieron que se aguardara su palabra con una invo- 
luntaria curiosidad. Habló; i cuando hubo concluido, a la 
estraficza del auditorio, había sucedido una honda impresión* 
Un eco varoniU empapado en el cálido aliento del pocho, que 
el entusiasmo enciende» palabras altivas de convicción i de 
esperanza, invocaciones ardientes a los derechos dol pueblo 
i a la santida<l de la misión del hombre, derivada de los pro- 
ccplos mismos del evanjelio; he aquí la forma i el jiro quo 
el joven desconocido había dado a su brindis, i he aquí por 
quó en aquella junta puramente política, aquel acento que 
hablaba con unción de la fraternidad i de la igualdad de los 
hombres, según la leí de la Divinidad, había encontrado uu 
asentimiento unánime e irresistible. 
. ¿Quién era entonces aquel orador novel, quo de esta osa- 
da manera iniciaba su misión? Era Pablo Muúoz, el tribuno 
del pueblo i su futuro caudillo en la revolución. 

VIL 

Pablo Muíioz había nacido en la Serena bajo fa estrella del 
dülor i la pobreza i venido a la capital después do una múcz 



B£ LA ADMINISTRACIÓN M0N7T. 37 

oscura a adelanlar su» estudios. Relirado ¡ casi dosaperci- 
bído de sus propios compafteros, hizo con brillo i tesoo su 
corso de malemálicas, haski ios últimos ramos do la profe* 
síon delajeoiero. Pero doscooteolo de este jiro abstracto dado 
asB ínlelijeocia o contrariado por su situación de estudiante 
de provincia, le encontramos en 4849 enrolado en un club 
de jóvenes, que se proponían priocipalotente osplotar el es- 
tudio de la historia nacional. Mufloz asistía a sus sesiones i 
se hacia notar por largos i confusos discursos sóbrelos lo- 
mas propaestos i sobre los que él, sin estudio qi análisis 
previo, irpprovisaba sendas disertaciones durante horas en- 
teras, con un aplomo fatigoso, pero sin petulancia ni el tono 
bMibásticode los que creen que están convenciendo a los que 
escuchan. Esta cadencia embarazosa de l« palabra de Muñoz 
era aun mas visiblo en sus conversaciones privadas, en que 
la lentitud de su versión tiene todavía el tinte del dogma- 
tismo aprendido en los pasos de estudio. — Pero no era asi 
cuando el pensamiento se escondía en las cavidades del ce- 
rebro del joven orador, para que la inspiración fuera rauda 
i ardiente a frotar su corazón. Entonces, cual el hierro que 
arranca chispas al pedernal endurecido, la palabra se ace- 
raba en los labios del tribuno i rompía en ecos do fuego i 
en jiros de luz sobre la asamblea que le oía. Orador popu- 
lar, de pié sobre la plaza pública, Muñoz hará ajilarse en 
derredor suyo a las masas tumultuosas, con la violencia que 
el aquilón sacude los ramajes del bosque en un dia do bo- 
rrasca; pero sentado en una muelle poltrona, enfrente del 
dosei I de la campanilla de un parlamento, su palabra se 
ahogarla ei la estrechez del recinto, el ceremonial tortora- 
ria su actitud, i si hubiera de disertar sobre temas politices 
o sociales, nachos párpados se eerrarran al escucharlo un 
largo ralo. «Muñoz, dice uno de sus amigos mas antiguos i 



38 HISTORIA DE LOS DIEZ ASOS. 

su'correlíjionarío inmediato, al contar su inflaencia poHlíca 
en la revolución de la Serena, mas preparaba al pueblo para 
un combale que lo inslruia en sus derechos, para darle la 
conviecion do los principios que defendía. Tenía pocas no- 
ciones de derecho público, conocía menos la ciencia admi- 
nistrativa, nótenla conocimionlo de los hombres a quienes 
combatía; pero en cambio, tenia un talento perpicaz, una 
mirada adivinadora de^ la senda que se seguía i de los desti- 
nos a que eramos arrastrados.» (1)1 tenía ademas, decimos 
nosotros, la unción de una fé viva, que era su elocuencia, la 
cunslaneia inOexíble de una convicción, que era su sistema, 
la audacia del corazón, que era su carácter i la lealtad de 
la honradez i los jenerosos convencimientos de que era po- 
sible Tundar en la patria una república igual i democrática, 
que era su única aspiración, 

VIII, 



Entre los artesanos presentes en el convite, encontrábanse 
algunos de esos hombres, a quienes guia el corazón, come a 
otros conduco la intelijencia i adivinando el corazón de Mu- 
floz por el suyo, se le acercaron aquella noche i le rogaron 
fuera su amigo i su director en la campaña política que aca- 
baba de abrirse. Eran estos dignos ciudadanos el sastre don 
Manuel Vidaurre, los carpinteros don José María Govarrubías 
i don Rafael Salinas i entre otros, el herrero Ríos, hombre 
lleno de canas i con el entusiasmo de un niao por todo lo 



(1)»Santos Cavada.— >ilíemoría( autógrafo iabrc ta twaluciam 
de la Serena.— 1852. 



PK LA ADMINISTRACiaN HONTf . 39 

que toen de su patria, que no era para élsmoel recínlo de 
la Serena (1}. 



IX. 



En medio de estos ardientes preparativos, no tardó en 
llegar el 25 de Junio. Las elecciones tuvieron lugar i la 
oposición liberal de la Serena volvió a contar por suyo un 
tríanfo, que ya le era casi tradicional. El intendente don Juan 
Melgarejo, hombre de corazón hidalgo, político indiferente, 
intendente popular, mas bien que partidario de una candida- 
tara oficial, antiguo servidor de la República en la admi- 
nistración i en la milicia; acostumbrado, por tanto, a llenar 
sa misión desde la altura de sus deberes públicos, sin prestar 
so oído ni al pandillaje de provincia ni a las sultánicas 
órdenes de la capital; respetado ademas por sus canas i un 
carácter, que si en lo público era honorable, en lo intimo de 
sus relaciones tenia el atractivo de la jovialidad i la fran- 
queía; garantido por todas estas ventajas personales que 
hacian reciproca la simpatía entre la autoridad i el pueblo, 
había otorgado a este cierto grado de libertad, si no mui lato, 
por la influencia pertinaz de sus consejeros, suficiente, al 
menos, para hacer inútiles los pujantes esfuerzos del círculo 
que sostenía la candidatura Montt. 

Rabiase obtenido igual éxito en el departamento de Ovalle, 
por ana mayoría de 56 sufrajios ; pero el gobernador i la 
municipalidad de la villa cabecera, asesorados por el juez 
de letras de la Serena, don Tomas Zenteno, no tardaron en 

(1) Pablo Moñoz.^Jfemoríat autógrafo iohre la revolución de 
|0 á«reiia.— 1853. 



4Q üi^TORU K LOS MSZ AÑOS 

declarar bqIo este r^Aitllado. £n el daparUimenlo d6 Etqtti 
se había dado lugar en la lisia de electores, violao^to la leí, 
a UQ sacerdote coa cura de almas i en el de Combarbalá, la 
farsa de la elección babia descendido hasta poder llamarse 
UQ verdadero saínete. A protesto de que los electores vivían 
mui distantes del pueblo para ocurrir a las mesas, el gober- 
nador i el cura contaron a su sabor las setecientas califica- 
ciones, que habían permanecido en un cajea del despacho 
desde el mes de noviembre anterior i apartando para cada 
cien oaliRcaciones otros tantos votos, obtuvieron asi una 
cabal o indisputable unanimidad, 
' Apesar de estas graves irregularidades, que aseguraban al 
candidato oficial la mayoría del colejio de electores, los ciu- 
dadanos de la Serena se manifestaron tranquilos, i aun sa- 
tisfechos por el éxito de sus esfuerzos propíos i dejaban por 
cumplido el arduo compromiso, que habían tomado sobre sí 
por la acta del 5 de mayo. 

No acontecía otro tanto a los parlíciaríos vencidos del can- 
didato Montt. Pocos en numero, débiles en recursos, pero 
altivos, comprometidos, acostumbrados a esperar un distinto 
desenlace, se Irritaron de una ventaja tan señalada, obtenida 
por el pueblo sobre los interesen del gobierno, a que eran 
adictos. Presididos por un hombre de fibra, ardiente i sagaz, 
el juez decano de la Corte, don José Alejo Yaienzuela, el 
circulo gobiernista, que se componía casi esclusívamente de 
los empleados de la Corte de Apelaciones^ de los profesores 
del' Instituto, de los jefes del batallen cívico i de los redac- 
tores del Porvenir^ se había constituido en un club perma- 
neute, el que desde el principio fué bautizado, por uno de 
esos- golpes de humor tan caraclerislicos i celebrados de loa 
coquimbanos, con el nombre simbólicQ del Faro, acaso por 
la luz que el profesorado i la redacción del Porvenir arroja^ 



BE LA ADXISISTRACIOII MONTT. i1 

ipao aobre ia diftetl siluacioo polílica que se atravesaba. El 
inleüddBto Melgarejo no hacia parte üe este club i vivía* 
como aislado en medioí de un circulo de amigos propios i 
anlignos. Al contrarío, acpiella lójia era una espeeie de^ 
triimnat, en qao los actos de la autoridad provincial eran 
juzgados con sevefídad, i ana se dijo que acusaciones sétia9 
habían sido enviadas, no al gobierno jeneral, sino al candil 
dato de la capital, contra la conducta prescindenle i des- 
cuidada del intendente. Sea como quiera, este club quedó 
organizado después de concluidas las elecaiones, i el ardor^ 

UM» bien, el encono ú& sus afiliados, parecía subir de punto 
día por día. 

La conducta de la oposición vencedora contribuía no poco 
a aumentar este despecho. Ufanos los eiudadanos de la 
¡fnatdad de una victoria ganada por su esfuerzo^; saciada 
su altivez con la bumíllacion inferida a tos hombres de la 
administraciou que los hosUlizabau desde sus puestos oficía- 
les ; reseilidos por la publicación de una hoja sueHa que el 
dub ministerial había dado a luz con el nombre del Artesa- 
lio, durante las elecciones, í la que había sido quemada ea 
una sesión publica de su sociedad ; inflamados todavía por 
d eco palpitante de^u tribuno, habían adquirido por otra 
parte el hábito de escucharlo, de aplaudirlo í de seguirlo a 
todas partes con ese entusiasmo i esa fé/ con que las filas 
nardian en pos de su estandarte. La Sociedad de ¡a Igual-- 
dot eonthniaba, pnes, sus ardientes sesiones después de 
terminada la lucha electoral, a la par^del club del Faro, 

Mas este no pedia eonsontír en aquella insolencia popviar 

1 agaqoEeaba al intendente para qse pusiera término a i»sta 
ajitacion, que ya na daría frutos a la política pacifica, sin0 
antes bien al trastorno i a la revolucipn que se auguraba. 
-^JP/ Parvmr insistía ca la dísolacioa da esta asoeiacioft 

6 



42 HISTORIA DE LOS NEZ ANOS 

peligrosa qne amagaba el orden, i que era una perpetua 
amenaza sobre los hombres que habían sido Tencidos en el 
campo electoral, quienes se sentían indefensos contra cual- 
quier ataque de la violencia, pues la totalidad de la guardia 
nacional les era adversa i no había en la plaza mas soldados 
del ejército que los dos ayudantes de la intendencia, Sepúl- 
veda i Verdugo, ambos también sospechosos. (1} 

(t) El siguiente docamento probará el grado de irritación a 
que habían llegado los ánimos después de la locha electoral. 
Es la acta levantada por el vecindario de la Serena, a consecaeii* 
cía de una publicación hecha por el círculo conservador i en la 
que bajo el título de Manifestación fatriótica^ se pedía a la au- 
loridad provincial enérjicas medidas de represión. Dice así: 

En la ciadad de la Serena, a trocedlas del mes de julio de 
mil ochocientos cincuenta i uno, reunidos los vecinos de este 
pueblo, a consecuencia de un brulote, llamado manifestacioit 
PATRIÓTICA, firmado por los que han acaudillado la candidatura 
Montt i algunos otros partidarios, 

Considerando: 1.* que por esa manifestación calumniosa, 
hecha ante la primera autoridad de la provincia, se ultraja cruel- 
mente a los verdaderos vecinos de este pueblo, que tuvieron el 
honor de suscribir, de acuerdo con la República, la candidatura 
del ilustre Jeneral Cruz. 

S.« Que por esa fementida manifestación, que altamente 
compromete la dignidad del mandatario de la provincia, se atribu- 
yen al partido republicano los designios criminales, que no pu- 
dieran imputarse al malvado mas Idiota, que no estimase su honor, 
su vida, su libertad i su ínteres. 

3.* Que en las circunstancias escepcionales en, que se halla 
)a nación por la lucha política de candidaturas, es9 marifesta- 
cíoír tiende a desquiciar el orden público, provocando la exalta- 
ción del ciudadano honrado i laborioso que en las elecciones ha 
sostenido con nobleza su derecho de sufrajio. 

4/ Que dejando circular libremente, sin contradicción, el 
manifiesto de los que falsamente se titulan ios principales i mas 
respetables vecinos de este pueblo, se aceptarían las injurias i 
calumnias que allí se contienen, con mengua de los principios i 
moralidad política de la Serena, siempre dispuesta a conservar 



Bg LA ADMIIflSTBAGION MONTT. i$ 

El intendente se prestó, al fin, a loa ruegos del club, que 
parecía dispuesto a usar ya de la amenaza^ i la Sociedad 

el orden, respetando las actuales instituciones, mientras no se 
reformen o modifiquen por an poder constituido por la nación: 

Protestan contra esa declaración hostil que revela las Tenganzai 
de los pocos partidarios de la candidatura o6cíal, derrotados ig- 
nominiosamente por et pueblo de la Serena en el campo elec- 
toral. ^ 

Protestan, asi mismo, contra las maquinaciones de un partido, 
que, despechado por las resistencias de la nación, busca su apoyo 
eu la fuerza para oprimir con ella al ciudadano, que, en su co- 
razón, lleva todo su poder. 

Finalmente protestan que harán el último sacrificio en defensa 
de un pueblo noble i jeneroso, que, en veinte años de opresión, 
DO se babia visto tan atrozmente ofendido, como ahora, con las 
criminales imputaciones de revoltoso i anarquista. Protestan 
que no verán a la República sacrificada por un partido, que no 
omite medios para llevara cabo su criminal intento; que, irri<» 
tando las pasiones, procura, a cara descubierta, empeñar al repu- 
blicano circunspecto i moderado en una guerra fratricida. 

Joaquín Vera^ Arcediano; Félix Vlloa^ Canónigo; Joaquin Yi» 
eiiíia, Bu$ñavmiura Solar^ AnUmo Pinto^ Fícenle Zarrilla^ An- 
tonio Herreros^ Santiago Vicnña^ José iintonto Aguirre, Jn^é 
BnHaquio Oiorxo, ilntonto Larraguibel^ Jo$é Agustín Larragui" 
M, Juan Mafia Egatia^ Ramón Munizaga, Alejandro Araeena^ 
Ignacio Alfonso^ Rafael Cristi^ Josi Santos Carmena^ Juan Es-* 
tivan CampanUy Fdlenttn Molina (presbítero), José Tomas Cam^ 
jMíia (presbítero)» José Zorrilla^ Santiago Silva^ Valentín Barrios^ 
Pedro Bolados, Tomás Larraguihel, José Manuel Várela^ Federico 
íeéoa, Ramón Solar ^ Francisco Vicuña, Hermájenes Vicuña^ Ma- 
teo Sasso^ Venando Barraza^ Francisco Campana^ Dámaso Bo^ 
ladoe, JIfantiei Esquibel^ Miguel Cavada^ Vicente Gomex^ Laureano 
Pinto^ Rafael Pizarra^ Salvador Zepeda, Juan Herreros^ Pallo 
Munixaga^ Juan Francisco Várela^ Diego Ossandon^ Federico Co* 
eoAi, Cayetano Montero^ Candelario Barrios^ Juan Manuel /m-* 
guex^ Santos Cavada^ Jacinto Concha, Guillermo Eseribar^ Pablo 
Rscribar^ Cecilio Osario^ Ramón SotOf Paulino Larraguibel, Do* 
mingo Larraguibel^ Ventura Pizarra^ Washington Cordovez^ Ber* 
nabé Cordotez^ Jacinto Carmona^ Juan Nicolás Alvarez^ Juan 
Antonio Cordovea, Nicolás Munizage^. 



41 II9T01Í1A DB LOS BIEZ ANOS 

de la igualdad ftié dísuelta por an bando promulgado en ios 
(Rimeros días da julia (1). 



Aquella medida fué prudente i oportuna. Pero la actitud 
dd pueblo había inspirado tan recios temores a los afiliados 

{\}E\ bando de disolución del club se pabltcó el domingo 13 de 
julio. He aquí la protesta, que con este motivo hicieron sus afi-^ 
liadoss 

, Los artesanos que toscríbeny privados de los beneficios de las 
isecíaeiojMiSy que tienden a la mejora del espíritu i del corazón, 
|Kor na bando que se ha publicado el domingo trece de julio de 
nil ochocieifeios cincuenta i ano, imputándoseles designios se- 
óteles i ptligrosoBi declaran ante el pueblo i la nación. 
• !.• Que desde que se estableció le Sociedad de Artesanos, sus 
sesionen se han celi-brado a puerta abierta, sin escepcíon a per-^ 
séAa alguna, i sin ocultarse de la autoridad, a horas competen- 
tes» tratándose siempre de asuntos que de ninguna manera po- 
drían comprometer el órdea público : 

2.« Que ea estas reuniones no se tramaban conspiraciones, ni 
se nos preparaba para servir de instrumentos, para segundar miras 
efimtnalas,. sino que senos enseñábanlas doctrinas saludables, 
^ae debe tener presentes el ciudadano, que por su triste condición 
foetal no ha podido penetrar en )as casas de instrucción pública: 
> 3.* Que ya se habían indicado proyectos de mejora moral, 
eiendo uno de elios reunir un fondo, para establecer una escuela 
de instrucción para el artesano, sirviendo asi mismo para soco- 
rrer al impedido por alguna enfermedad. 

Con un bando i una lai que no pucfde aplicarse sino a las aso- 
éiaeioiies tomoltoarias que amaguen la tranquilidad pública, han 
venido a tierra todas nuestras esperanias, haciéndonos aparecer 
ante la sociedad como perturbadores del óiden, sin embargo de 
haber dado constantemente pruebas de moralidad política en 
los movimientos electorales. 

. Nosotros^ respetando comosieaipre hemos respetado los de- 
cretos i resoluciones del señor lotendeate i Codo cnanto emane 



DE LA ADVUflSTRAGIOa MONTT. 4S 

del clob ministerial, que resolvieron dar un paso concluyenie, 
qoe los pusiera a salvo i que a la vez termioara de un gelp« 
la erervescencia püiblica. Enviaron en consecueneia a la ca- 
pital al rector del Instilato don Manuel Cortez, uno de sus 
mas activos ajenies i acaso el mas odiado del pueblera la par 



déla leí, protestamos ante la nación i el mando qne siempre 
seremos fieles a la Repiáblíca, i que, aun cuando ocnpemos qii 
grado inferior en la escala social, estaremos siempre dispuestos « 
aaiiliar la causa del orden i de la libertad. 

Pedro P. Muñoz, Mariano Sasso, José M. Prado, Antonio 
Biqmbelt Ambroiio Diaz^ Antonio GonzaUi, Alberto Godoi^ An* 
irte Rodríguez^ Abdon Miranda, Car loe Cortez^ Cruz Vera, Dor 
wÁnqo Galvei, Domingo Rivera, Diego Rojas, Domingo Nuñez\ 
Domingo 2.® Rivera, Desiderio López, Estanislao Monardes^ Elia» 
faroi. Femando Turré Sagástegui, Francisco Rio9^ Francisco 
Meri, Francisco Cisternas^ Francisco Esquibel^ Felipe 5. Cortez^ 
Guillermo Baquedano, Jervacio Remar, Isidro González^ Julián 
Heyes, Juan de Dios Araya^ Juan Pizarro; José Agustín Araya, 
José Maria Morrón, Juan Antonio Sánchez, JuHan Raves, Jeró-^ 
nimo Rojas, José Zepeda, José M. Real, José Anjel Tor^ José 
Rodrigues^ José Ma, Covarrubias^ Justo Baquedano, José Juan de 
Dios Rojas, José Maria Soto^ Juan Navea^ José ViUaíohos, Juan 
y'iUalobos, José Maña Reyes, Julián Iglesias, José Gabriel Real^ 
Juan Pizarra, Juan Castro, JoséErvias, José Dolores EsquibeU 
José Santiago Diaz, José Antonio Campaña, José Félix Cuello, 
Jofé Maria Ossandon, Joaquin Yasquez, Juan Calderón, Juan 
Godoi, José del C. Rodríguez, José Benjamin Aguirre, Javier Diaz^ 
Juan Robledo^ Juan Fuentes, Lorenzo Cortéz, Lueoé Venegiu^ 
ímís Monardis^ Lorenzo Turre Sagástegui, Man^íkel Vidaurre^ 
Miguel José Lujan^ Mateo Campaña, Manuel Reyes, Marcos Diaz^ 
Xicolas Villalobos, Nasario Cisternas, Pedro Ocaranza, Pascual 
Marin, Pedro José Espinoza, Pedro Real, Pedro Gonzales^ Pastar 
Brato^ Pablo Tello, Pedro N. Mardones, Pedro Godoi, Pedro N^ 
Hurtado. Pastor Diaz, Pedro Opnso, Pedro Tejeiro, Pedro CiS'- 
temas, Rafael Salinas, Rumualdo Campaña, Ramón Plata, iíi*- 
^HulHo Turre, Ramón Flores, Santos Araya, Saturnino YáraSf 
Vicente FleitSf Wenceslao Tejeiro. 



46 HISTORIA DE LOS DtEZ AJSOS 

con un oficial de la latendencia llamado Gregorio Urizar I el 
mayor del cuerpo civico, don José María Concha. 

La misión de Gortez era esciasívamente belicosa. Sus co^ 
mitentes pedian una Tuerza veterana para poner a raya al 
pueblo ¡ demostrar a Melgarejo que el dominio de la pro- 
vincia no estaba en la intendencia, sino en el cuartel. Logróse 
del todo este paso imprudente, i el 11 de julio desembarcó 
en el puerto de Coquimbo una compafiia del batallón do 
linea Tungai al mando del capitán Arredondo, arjeotino de 
nacimiento. El pábulo que Tallaba a la hoguera ya prendida, 
era acercado por las mismas manos comprometidas en apa- 
garla. La oposición de la Serena nohabia de tardar en soplar 
recio sobre aqoellos combustibles, que venian ya inflamados, 
porque es un hecho evidente, aunque negado, que en 1851 
el ejército estaba tanto o mas encendido que el pueblo, por 
la causa de la revolución. 

He aquí, en efecto, lo que había tenido lugar, sin que 
llegaran a apercibirse de ello los hombres de la lojía minis- 
terial. 

Noticiosos los opositores de la misión de Gortez, apronlaron 
por su parte otro emisario i casi a la par con aquel vino a 
la capital el redactor de la Serena don Juan Nicolás Alva- 
rez. El objeto de este viaje era análogo al de aquel i diriji- 
do en gran parte a cruzarlo. Encontrábanse entonces en 
Santiago los dos candidatos, que el país había proclamado i 
cada uno de los emisarios se dirijló al que reconocía por 
caudillo : Gortez a Montt, para obtener el envío de tropas : 
Alvarez a Cruz, para sondear sus inteneiones respecto de la 
revolución i pedir la garantía de su espada para los ciuda- 
danos déla Serena, amenazados ya por las bayonetas. 

Ignoramos lo que tuvo lugar entre el candidato Montt i el 
emisario de su círculo en la Serena, pero ya hemos visto que 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 47 

el envío de tropas se ejecutó sio diiacioD. En cnanto a la con- 
ferencia de Alvarez con el jeneral Craz, cónstanos que este 
geardó una circunspecta reserra, que insistió sobre la ne- 
cesidad de la tolerancia hasta la última raya del sufrimiento 
i sobre que la medida de la insurrección debia ser el último 
recurso invocado por la República, cuando todo otro medio 
de iiacer valer sus derechos hubiérale fallado. Mas, instado 
coa vehemencia por el elocuente i apasionado escritor, que 
hacía al viejo jeneral la viva pintura del entusiasmo del 
pueblo que le enviaba i de las siniestras intenciones, que se 
suponía al club montista, una jenerosa exaltación rompíé la 
valla del disimulo, i el ilustre veterano, llevando la mano a 
sa pecho, dijo a Alvarez con una entereza, que significaba un 
juramento. — «Si el pueblo de Coquimbo se levanta, yo apoyo 
ese movimiento» (1). 

Alvarez regresó en el acto a la Serena, llevando aquella 
solemne promesa como el acertado desenlace de su comisión 
i desemlMrcó en Coquimbo junto con los soldados de Arre- 
dondo, a los que el ardiente tribuno habia hecho ya pláticas 
revolucionarias sobre el mismo puente del vapor, que loa 
había conducido. 



XI. 



Pero Alvarez habia traído a sus correlíjíonarios do la Sere- 
na no solo la promesa de su caudillo i el reflejo ardiente de 
los planes revolucionarios que so cruzaban en la capital, en 
Valparaíso i en el sur. 

Llevábales también una nueva mas certera i mas inmo'» 



(I) Santos Cavada.— Jfemorial citado. 



48 . BIStOAIA DE iOS hifáL k&OÉ 

díala : la do qQ« era preciso disponerse a lomar las armas 
para secundar o acaso poner ios prioieros en pié lainsurrec* 
cion, que se combinaba en teda la Bepública. El joven don 
iosé Miguel Carrera^ uno de los autores de la jornada del 
yeinle de abril, se dirijia a la Serena a ofrecer su brazo 
para Jovanlar en breve el estandarte de la rebelión. 
< Alvares» yin embargo, al dar cuenta do su comisión, guar* 
dó silencio sobro esta ultima parte, por motivos que solo 
pueden atribuirse a un estrecho espirilu de provincialismo;! 
al hablar del viaje de Carrera a la Serena, pintólo ánicamente 
eomo dirijido a obtener un refujío privado en aquella ciudad, 
listo sucedía» como hemos dicho, el 11 de julio de 1851. 
Una semana mas tarde, la noche del 18 de juKo, veíase pe-* 
netrar por la Portada de la Serena un grupo de tres viajeros, 
que parecían guardar un rigoroso incógnito i que una vez 
dentro de la ciudad se apartaron en distintas direcciones. 
Gran estos don José Miguel Carrera, don Ricardo Ruiz i el 
autor de estas memorias. Escapados de su pi-ision el primero 
i el ttItinM), aquel en medio de un grupo de amigos i sin mas 
disHaz que haberse afeitado la. barba, i el ultimo, vestido de 
mujer, hablan pasado algunos dias en una hacienda vecina 
a Valparaíso, a donde se díríjieron en la noche misma de su 
fuga (4 de julio), esperando sus últimas instrucciones de ios 
ajenies superiores del plan revolucionario. Recibidas estas 
i sabedores de que Alvarez anunciaría anticipadamente su 
misión y emprendieron su viaje i después de una marcha 
forzada de cuatro días i cuatro noches, practicada por ca- 
(Pinos fragosos i en el corazón del invierno, llegaron a la 
Serena la noche del 18 de julio. Habiaseles reunido en la 
travesía el joven don Ricardo Ruiz, procesado por haber ser- 
vido de ayudante al infortunado coronel Urríola en el lc<« 
vanlamiento de abril. 



DE LA ADMINIStRAClON HOUTT. 19 

« La presencia de asios jóvenes^ dice nn tesÜgo ocular I 
actor notable eo la revolución de Coquimbo, fué üha espe^ 
cié de tea revolucionaria acercada a los combustibles que el 
pueblo babia preparado.)» (1) Este, en efecto, no habla des^ 
mayado ni por el bando que prohibía sus reuniones ni por Id 
llegada de la tropa veterana. Al contrarío, estas zamarras de 
la violencia puestas a su espíritu exilado^ habían dado ma» 
pujanza a su entusiasmo, mas seguridad a la convícdOD de 
so poder i mas encono a su h*a contra los hombres que fi 
lo provocaban Uin de cerca.— La guardia ciWca habia sido 
desarmada, se habia estraidolas llaves a los fu»1es, fa tropa 
del Yungai fué alojada en el centro de la población i doe 
cañones estaban constanlemente apostados en el patio del 
euartei. 

Estos aprestos marciales disponían al pueblo a la resisten-' 
eia casi tanto como la vo2 de su tribuno, que no cesaba de 
llegar a sos oidos, aunque ya no fuera desdé el banco de la 
Saciedad de h igualdad,— frotíhiddis sus renm'oncs en la 
cíndad, los afiliados de Mufioz, que pasaban ya de 300, se^ 
salían, en consecuencia, al campo i celebraban ahí, al aire li* 
bre, sos sesiones de entusiasmo i de denuedo. El cerro de la 
Cruz, que corona las alturas de la Serena i que se ha llamado 
con felicidad el Monte Aventino del pueblo coquimbano, 
era el sitio elejido para congregarse tan pronto como alguna 
Dveva de la capital o cualquier suceso político de la leca-* 
lídad daba motivo para que los ciudadanos anhelaran el jun- 
tarse. Ahí, al pié de una cruz antigua^ que simbolizaba nn 
nombre grato a sus pechos, duraato Ins tranquilas tardes 
del mes de agosto, iban los artesanos de la Serena a desafiar 
la altivez de los que llamaban sus impotentes opresores. 

(1} StAtOf Cavad^.-^Jf^mortat citado. 



50 BisTORii De LOS Diez lK09 

Clavrado eool suelo el hasla de una bandera tricolor i es- 
trecháodose eo torno suyo, cantaban con voces sonoras el 
btmno de la patria i pasaban después el estandarte a manos 
de su tribuno, quien, haciéndolo flotar al aíroi enviaba ai 
pueblo, que le escuchaba en las colinas, los gritos de su fé, de 
su amor i de su abnegación suprema por la causa de la Ih 
berlad. 

Yo coBlem{)lé una tarde aquella escena enteramente nue^ 
va i queproducia una impresión viva ¡desconocida. Oia desde 
la distancia ta voz vibrante del joven tribuno^ quien, al estilo 
de Bilbao, cuyas arengas había él admirado en los clubs iguali^ 
tartos de Santiago^ iavoeaba en sa inspiración los preceptos 
evanjélicos, ^1 nombre de Jesucristo, supremo libertador^ 
i las teorías de igualdad social que la fílosofía sansimoniana 
habia puesto en moda, fiespondíanle a cada pausa los clamo- 
res de la muchedumbre, mientras que descendiendo hacia 
la ciudad se veian grupos de jendarmes que atisbaban la 
reunión con una actitud casi respetuosa ; i aun mas abajoi 
en los bordes de un canal que riega los jardines de la pobla- 
cioQ, se ostentaban grupos dejentiles señoritas, sentadas 
airosamente en la verde colina, aguardando que desfilara 
el cortejo para ofrecerle coronas i aplausos (1). 

(i) He aqo( como se espresaba a este respecto el Porttnir 
del 17 de agosto, alndiendo a una de estas reuniones qUe habia 
tenido logar el día 15. Este breve editorial, que tenia por tftolo« 
£oi igualitarioi^ reasume a demás machos de los pantos de vista^ 
bajo los qoe hemos bosquejado la política ministerial de la Serena. 

«El viernes, dice este artículo, trepó la Igualitaria al cerríto 
de Santa Lucia i enarboló la bandera nacional con los estrepito* 
sos gritos de unos cincuenta afiliados poco mas o ménosi que 
destinaron la tarde para solemnizar algunas nuevas, que proba- 
blemente llegarían de la capital en favor de la pretérita candi* 
datura. 

^Cualquiera que sean los motivos que provoquen esos desahogos 



DE hk ADMINISTRACIÓN MONTT. &I 

Nadie qué hubiera visto aqaella escena podía ocuUarso 
por un solo fnstanle que la insurrección oslaba ya consuma* 
da en la Serena i que su eslaJIido seria pronto, inevitable 
i unánime. Las reuniones del cerro de la Cruz eran la in-^ 
surreccioii misma, delante de la impotencia del circulo mi- 
nisterial. 

De esta verdad nadie parecía estar mas convencido que el 
miemo club del gobierno i debióse sin duda a esto el que 
ea eses mismos dtas (el 28 de julio) llegara a la Serena una 

doJaoposictonf ¿ajo ningún preiesto podrá jastííicarse lo deso** 
bedíencia a las órdenes espresas i terminantes de la autoridad « 
qae ha prohibido toda reunión política. 

•Como ha sucedido el viernes, media población se ha sobresal- 
tado al aspecto de esos hombres, que despreciando la lei, dieron 
•1 pueblo un ejemplo escandaloso i funesto al orden público. 

nDeploramos estos estrayíos,que tan fatales consecuencias nos 
han hecho sufrir I deseamos que nuestras autoridades no lleven 
su tolerancia hasta un estremo, que compromete el reposo de la 
sociedad, dando márjen a la licencia i al desenfreno de esas jun^- 
tas políticas. 

•Diariamente se predicíi por la prensa opositora la revolución 
de hecho i se propalan con cínico descaro las teorías mas sub« 
versivas i disolventes de todo Gobierno. Atroz i anárquica por 
demás es esa propaganda incesante, que esparce en e) pueblo la 
semilla corruptora de tu educación, de sus sentimientos de 
amor i respeto al orden» 

«Cuando el mismo círculo que santifica la violencia es el que 
estimula I fomenta esas bulliciosas I turbulentas reuniones, 
qué debemos pensar de una conducta tan siniestra i criminal, 
que deprava los instintos de la multitud i estravía el buen sen-» 
tido? Tiene la oposición la conciencia de su derrota, sucumbiendo 
al golpe formidable de la libertad i el progreso; pero en su 
pertinaz obcecación aun continúa respirando ese impuro i pes- 
tífero aliento, que mata la virtud i estingue en el corazón de 
la sociedad el pudor i el sentimiento de su importancia i de 
su fuerza moral. 

«¡Hipócritas! Aun no están satisfechas vuestras venganzas^ os 



S2 HISTORIA M LOS ÍOiSL aS09 

eonspafiía de 76 sold&dos del tungay al mando del mayor 
don Feroando Lopetegal, los qae unidos a los 45 qae babia 
traído el capitán Arredondo, formaban una pequefla diTísion 
veterana de 421 hombres. 

La lucha de la insarreccbn del pueblo con la fuerza del 
poder> estaba ya trabada. 

Por una parte* tenia el puesto la fuorla del Yungay, quo 
habla descendido, sin embargo, sobre la pla2a de Coquimbo 
prorrumpiendo en espontáneos gritos de FiM Cruz I Viva 
Coquimbo! (I}» 

Por la otra, formaban en las filas del pueblo mas de tres- 
cientos afiliados déí club de la Igualdad, que eran casi la 
totalidad déla guardia nacional déla ciudad^ 



reyolcais todavía en e< cieno tñfipuro de vuestras detestables 
doctrinas e insensibles a los avisos i estímalo del remordimiento^ 
persistís en el error, vt)mU;ando la calumnia I el horrible sar- 
casmo contra los hombres qae han salvado al pais de los preci-» 
Sidos, a qne lo condutcian vuestros manejos e ihdignidadest 
[asta donde lleváis el furor i el arrebato de vuestros espíritus? 
Hasta ahora habéis hecho el apoteosis del mal; adoptad desdo 
luego el camino del buen sentido, abjurando vuestras culpas, 
para que el sól de setiembre, BOl de ventura para la nación^ 
pueda Iluminar vuestras conciencias i poneros a la vista elpor^ 
venir grandioso que noi promete la candidatura popular. f> 

(i) En el muelle de Coquimbo, al tiempo que el tambor batía 
ma^rcba^ muchos soldados arrojaban victorea a la población que 
ios rodeaba í aljeneral Cruz. Apenas hacía una semana quees^ 
taban acuartelados coando comenzó una activa deserción í apesar 
de severos castigos, los soldados no dejaban de gritar por la calle 
Vita el jenerál Cruzl^ reunidos a los artesanos i a las mujeres 
del pueblo. 

Esto me consta personalmente, porque permaneciendo oculto 
en la Serena, tenia ocasión de recorrer los arrabales I presenciar 
con írecufncia estas escenas. 



DB tk ADVINMIHAGION MONTT. S3 



XIL 



Tal era la siluacion de la Serena a la llegada de Carrera 
j lal se mantuvo durante algún tiempo, sin que la presencia 
de este caudillo la alterara. Hospedado en la casa de su pa-» 
rieule don Antonio Pinto, hermane del jeneral de este nombre 
i uno de los liberales mas antiguos i mas respetables de Cih 
quimbo, visitábanlo a menudo los jefes i los ajantes mas 
comprometidos de la oposición^ don Nicolás Muoitaga, el 
hombre qae arrastraba entonces mas presUjio popular en la 
ciudad i en la campana, Pablo Muflo», el presidente de la so- 
ciedad de la Igwildad, Juan Nicolás Alvarez i Santos Cava* 
da, directores de la prensa ; pero estas reuniones teman mas 
si carácter de una hospUalaria eorlesid, que el de una lójta 
revolucionaría. Hablábase, es verdad, al derredor de la mesa 
daté, de la azaroza situación del país, de la impopularidad 
del candidato vencedor, de las promesas becbas a la nación 
por el yenoido i se aguardaban con ansiedad las nuevas que 
cada vapor dejaba de paso en el puerto ; pero nnnca se aber- 
liaba la cneelion anticipada de un pronunciamiento armado, 
li siquiera de la iniciación de un plan> que fuera preparando 
eslo desenlace. 

JUvarez, como bemos visto, había guardado con estadio 
un profundo silencio sobre la misión revolucionaria de Carre- 
ra t este por una delicadeza caballeros, no habia hecho 
jamas ni aun la mas leve insinuación sobre este motivo per- 
sonal. Contrariábale, sin embargo, hondamente aquella apa- 
tía, que se pintaba a si propio como un desaire, pues no le 
era dable persuadirse que Alvarez hubiera escondido en sn 



£4 HISTORIA DE LOS DIEZ A^OS 

pecho aquella revelación ¡ndispensablo ¡decisiva (1). Velase, 
por otra parle, compromelido con sns correlíjienarios de la 
capital, que le empujaban con vehemencia a la acción ¡sen- 
tíase atado 6 impotente para responder a aquellos compro- 
misos í cumplir sus propios votos de patriotismo! de deber. 
Tal posición, en un pueblo estrafio, para un caudítio joven, 
oculto e ignorado, cuando tanto se esperaba de él, era dura 
i easi desesperanto. 

Aguijoneado, empero. Carrera por la propia violencia de 
la tardanza, quiso dar un paso decisivo, que consultara su 
misión i su dignidad. Resolvió regresarse a la capital, pero 
DO sin descdbrir antes a los jefes de la oposición, el secreto 
que Alvarez les había ocultado. 

Hacía precisamente un mes desde que habíamos llegado 
a la Serena i era la noche del 18 de agosto, cuándo hallá- 
banse reunidos, como de costumbre, en el salen de Pinto, 
Carrera» Munizaga, Kufioz, i el autor de esta historia. En 
una pausa oportuna, cortó el primero el estilo jenérico de 
las conversaciones i descubrió de plano cual habia sido 
su misión única a la Serena, reveló a aquellos como sus 
esperanzas hablan sido burladas, como sus compromisos 
eoo los otros centros revolucionarios del pais eran graves 
i apremiantes i eual era, por último, la resolución de re- 
gresarse a que se veia arrastrado. Munizaga manifestó la 
mas completa estrañeza a esta manifestación i culpó a la 
reserva de Alvarez^ de lo que Carrera atribuía a la irresolu- 



(1) «Alvarez había traído el encargo de anunciar la misión 
revolucionaria de Carrera • los jefes de la oposición en Coquim- 
bo; pero, yo lo sé, nada había dicho, no por orgullo ni por celos, 
8Í por olvido, tanto mas disculpable cuanto que no habia sido un 
hecho encarecido indispensablemente.!» Santos Cavada* — Memo^ 
fiol citado. 



M U ADHUnSTftACION MOIfTT. B8 

cioB de los eoqaimbanos: i en el instanle mismo promelió 
coa la noble espontaneidad de sns antiguos convencimien- 
tos i de 80 lealtad de amigo, que se ocuparía de adelantar 
aqnelh idet i de preparar los ánimos a aceptaría. Hufloz, 
por sv parle, que había adífioado lo qne significaba la pro- 
leBcia del hijo del mas ¡lastre caudillo de la vieja república 
en 80 «indad natal, no necesitaba ni persuacion ni estímulo. 
Desde mot atrás estaba preparado para ta revolución i 
respondía del corazón i del brazo hasta del último afiliado 
da 80 club. 

La insurrección de la Serena quedó acordada en aquella 
conversación i desde esa noche, el pensamiento de ejecutaría 
csndió en los ánimos de los opositores con la vehemencia 
qne la llama de un incendio sofocado estalla sobre los com* 
boslíbles que descubre el viento a su paso. £1 Club revolu-- 
cíofiarto, presidido por Carrera, quedó virtualmente instalado 
desde aquella noche en casa de don Antonio Pinto. 

En secreto i lentamente habían ido acumulándose, por otra 
parte i de antemano, bien que de una manera desencua- 
dernada, los elementos de la acción. Nolábase entre los 
ocho oficíales que mandaban la fuerza veterana, (I) un joven 
de modesto i concentrado ademan, pero de corazón resuelto 
i de on espíritu desembarazado, hijo de un antiguo veterano 
de la Independencia, que habia sido victima de au adhesión 
al viejo bando carrerino. Era este el teniente Francisco 
Barceló, ligado a Santos Cavada por una amistad antigua. 
Espontáneamente i do una manera decidida, el entusiasta 
soldado hablóle un día al amigo de sus simpatías por la causa 

(í) Eran estps el sarjento mavor Fernando Lopetegui, el 
capitán N. Arredondo, el ayudante José Agustín del Pozo, los 
tenientes José Ramón Guerrero, Francisco Barceló i N. Cortez \ 
los sibtenicntes Antonio María Fernandez i Benjamín Laslarria. 



S6 HISTOAU D£ LOS Dl£2 aKoS. • 

de la revolución i 9ua adelantó que podía conlar coa la 
adhesión de algunos de sus couipaAeros de armas i con mas 
especialidad de la del ayudante Pozo^ que gozaba, por la 
suavidad de sa carácter, de un presiijío mui pronunciado 
entrp la Iropa* Cavada escuchó con avidez aquella coolidencía 
\ en silepcio se prometió hacerla arribar a aquel deseulace» 
por el que su alma apasionada i suceplible suspiraba. 

Al dia siguiente encontrábanse ea un lugar apartado de 
la población, Pozo, Barceló i Cavada i se hacían la promesa 
de una lealtad a toda prueba, junto con las revelaciones 
esenciales para adelanlaj* el plan, ya resuelto entre ellos, 
de sublevar la guarnición. De sus otros camaradas ellos 
no respondían i aun pintaban como inaccesibles al ma^ 
yor Lopoleguí, a Arredonda í a Corloz, quienes estaban 
ligados al gobierno por ^Igun fuerte compromiso personal. 
Peí teniente Guerrero solo conlaban su hidalguía i sus cua- 
lidades de soldado, que le hacían el mas querido de sus 
camaradas i en cuanto a Fernandez ¡ Laslarria, aunque 
llamados por su graduación a un rol secundario, se espe- 
raba su ínslanlánea adhesión al movimiento. Importaba solo 
por lo tanto atraer a Guerrero alamar parle en la conjuración, 
porque, si bien ajeno a la política, era el carácter mililar 
mas pronunciado i el mas capazi de arrastrar a la tropa en 
el momento dado de la acción. 

Resolvióse para llegar a este (In el invitar a Guerrero a 
una cena que se prepararía en casa de unas seúorilas opo- 
sitoras del nombre de Navarro i en la que, con el disfraz 
del placer i bajo el vapor de los brindis, iban a eslioAilarse 
i a comprenderse las almas de aquellos jóvenes soldados. 
Pasadas las primeras horas de ardiente pasatiempo i cuando 
habla dhdo ya la media noche, Cavada, que rara vez era 
duaAo de sus encontradas impresiones^ ya de eutusia&mo í 



M lA A»aiiNisf lucios wmTT. 87 

it (é, ya dé des^liaiito e irresolución, se dejó arraslcar 
esta wi do un presentimiento; i llamando apartb a sa jó^ea 
eonfidado, díjole de golpe qne los coquimbanos contaban 
coa so espada i te ofrecían a elejir entre el oro i lá gloria 
para sn recompensa. Sorprendido e indignado el noble man«¿ 
eebocon aqaella brnsca interpelación, dióle al pronto una 
altifa respuesta, que sobresaltó hondamente al impelsioso 
eoBjnrado, pera pocos dias después, tomándote la mano con 
efosion, el bízapro moio, dtjole que su espada estaba al sfr-> 
mío de la causa de Coquimbo. 

Guerrero se babia entendido con Carrera i satitfedho da 
las puras inteociones de la revolución i haisiende asco a un 
iodigno soborno, ofreció a aquélla a mas de m espada, r^ 

rendirle su corazón (1). . 



xni 

Como Juan Nicolás Ai?arez i Patile Hufioz, Santos Cavada 
kabta nacido en las puertas del pueblo/ levantándose de la 
noble democracia de la cuna a la mas noble democracia de 
la Intelijencia i de la virtud, por el solo esfuerzo de su es- 
píritu. Hombre mas de fé que de convicción, mas de entu- 

(1) «[Después de dos horas, dice el mismo Cavada, refiriendo 
cUa •ntrevlsta, sopliqoé t Guerrerd me eacncliase I sali-^ 
mos al patio. No recuerdo todo lo que le dije, pero estol bien 
cierto qae no le hablé con la finara de an seductor, sino con la 
arrogancia i la franqueza de un republicano. El me Contestó con 
no menos hidalgoia; I ann me creí perdido pareciéndome adivinar 
algo de estas palatiras: «Piensa U., me dijo, seducirme o corrom- 
perme?»— No recuerdo lo que le contestaría; pero el resultado 
fué que me apretó la nrano i dos dias mas larde me dijo; «Con- 
«fiii¿/»--8antos Cavada— límofiol eiiüdo. 

8 



S8 HfSTORIA DE LOS MEZ AfiOfl 

siasma que do isislema, todo loque él es, 'débelo a si miraio 
i al eslimaiode su corazón nutrido de jenerosa savia. Versátil, 
empero, porque es profundamente sensible, lleva su incons- 
tancia bástala neglijencia I su debilidad hasta el abatimiento. 
La ardiente i resuella espresíoo de su fisonomía no es la 
estampa de su alma. Tribuno i soldado por su aspecto, es 
un poeta en ios adentros de su corazón ; i cuando al hablar 
con un eco apasionado de la patria i de la libertad, vemos 
por fuera asomar a sus ojos las llamaradas de un volcánico 
entusiasmo, están cayendo silenciosas en su pecho las lágri- 
mas de la ternura o de la duda, de la esperanza que se 
anonada o de la alegría que desborda. No tenia como Mufioz 
el tesón inflexible de un plan, ni como Alvarez el brlllanle 
desembarazo del adalid, que va siempre, la malla sobre el 
pecho, dispuesto a los combates ; una palabra le arrastra, 
un grito le detiene, una amenaza le hace vacilar i cuando 
después de la amenaza vuelve a oir otro grito, se alza altivo 
hasta el heroísmo, jeneroso hasta la magnanimidad. Héroe 
en un día, victima en una hora, sus irresoluciones parten 
siempre del fondo de su corazpn i ahí mismo se ahogan o 
se trasforman, porque, como hemos dicho, su naturaleza vive 
sqIo empapada en la ebullición de las emociones. Pero dueño 
siempre de si en todo lo que es noble, apasionado por todo 
lo que es bello, probado ahora por esos sacríGcios del dolor i 
de la dignidad que aceran el alma, Santos Cavada tiene una 
pajina de honor en la historia de su patria i pira pajina en 
su porvenir. Aquella ya está escrita i consagrada por la aus- 
tera verdad que no se detiene a borrar el débil tisne que ha 
caído por acaso en lo blanco de su márjen ; porque, cuan 
pocas son las sentencias de la historia, en las que al lado de 
la absolución que glorifica, no está eslampado el vituperio 
de un desliz o 9e una perplejidad!— Santos Cavada no cargó 



BE LA ADVnnSTRAGIOIf «O^TT. B9 

espada an el recinto en que habia rodado sn easa, cnando 
hordas de bandidos destrozaban los hogares do los suyos : 
esta es «u sombra; pero ét había dado a la revolucioii de su 
suelo las espadas que proclamaron sus derechos i los sostu-^ 
Tieron eo el campo: esta es sn gloria. 



XIV. 



Pablo Muñoz habia minado, por sn parte, el espíritu de la 
tropa, haciendo fratornizar con ella a sus igualilarios i aun 
había logrado insinuarse, por medio de sus ajenies, con la 
mayor parle de las clases de la guarnición. De esta suerte, 
encontrábanse empeñados en el plan de la revolución los 
sarjentos José del Rosario Gallegos, Vicenfe Orellana i Alejo 
Jimenes, antiguo soldado i sobrino del heroico sárjente Fuen^ 
fes, aquella victima ilustre que el patíbulo de abril escojió 
entre mfl designados como reos^ porque era el mas puro, 
el roas valiente, el mas magnánimo de los veteranos que 
habían disparado su fusil en esa fatal jornada de todo un 
pueblo contra las paredes de un cuartel. 

Don Nicolás Munizaga tenia ademas la confianza de los 
tenientes Verdugo i Sepülveda, ambos ayudantes de la in- 
tendencia i antiguo oficial aquel de la independencia, soU 
dado de Maípo i de Lircái, que habia sido confinado a aque- 
lla provincia hacia muchos anos por sus opiniones; retirado 
el último recientemente del batallón Valdivia por sus des- 
cubiertas simpatías bacía el jeneral Cruz. Munizaga habia 
dado albergue, ademas, a algunos do los soldados que de- 
sertaban de la plaza por el influjo de los artesanos, a quienes 
se asociaban i aun por las seducciones de las mujeres del 



ñO nSTOVIA DE LOS DKZ AS08 . 

pMblo qM abriaa su fácil corazón i sus alraclívos a sus 
huéspades invasores. 

De suerte ^qw cuando el Club Revolucmario bubo de 
celebrar una segunda conferencia, puede decirse que en et 
transcurso de unos pocos días, el plan de la insurrección 
oslaba ya concebido en todas sos parles. Fallaba solo hacer 
parlicipes a los hombres mas decididos de aquellas combi- 
naciones, para que lodos ios espíritus se harmonizaran en la 
empresa i a este fín reuniéronse a las pocas noches de la 
primera sesión revolucionaria, los ciudadanos Munízaga, Al- 
vares, Cavada, MuAoz, ei sárjente mayor don Maleo Sajcado, 
¡aslructor de las milicias de caballería de la provincia, don 
Antoaio ^into» el joven oomereiante don Venancio Barrasa, 
el profesor del loslituto provincial don Jacinto Concha i el 
injeniero de minas don Antonio Alfonso, llamado a figurar 
de m modo tan bizarro en los días posteriores del con- 
flicto; 

Carrera estaba emioenlemenle caracterizado para presidir 
con acierto aquellas reuniones. Frío i persuasivo a la vez, 
eeaveocido i suspicaz, sabia tomar aquel tono que atrae to- 
dos los ánimos a fijarse en una sola idea i daba a la discu- 
sión un jiro certero i concluyente. Su modestia lisonjeaba la 
susceptibilidad provincial de los afiliados, su enerjia concen- 
trada pero palpitante, ofrecía a otros la garantía del caudillo 
que necesitaban para entregarle, no el espíritu, sino las 
armas de la revolución, mientras que a todos fascinaba ese 
secreto pros ti jio de los nombres ilustres, al que se adhiere 
siempre el presentimiento de lo grande. Una cordial unani- 
midad reinó de esta suerte en aquella segunda sesión i ha- 
biendo revelado cada uno los recursos propios de qqe podia 
disponer, se separaron satisfechos i alhagados por sus espe- 
ranzas, aplazándose para una próxima reunión, en la que 



DE LA ADMffffSItlAGION MOICTt. 64 

Carada introdacirla al Club Btvoíuciwifíriü 9í les oficiales P020 
i Barcelé. 

Celebróse esta, en efecto, con dos días de posterioridad, ea 
la propia easa de Pinto, entrando los conjurados despnes de 
las diez do la noche 'Con intervalos de algunos minutos, lle^ 
▼ando traje de paisanos les dos oficiales comprometidos. 
Aquel conciliábulo fué et mas importante que celebró el Club 
revotucionario^ Hablóse directamenfte del plan que defaia adop^ 
tarse para hacer estallar la insurrección i aun se fijó con 
aproiimacioo el día en qtfo debía verificarse. No había abi 
ninguna voz discrepante sobre el golpe decíáivo que iba a 
darse; pero al combinar sus detalles, las opihíónes se en- 
contraban» aegun el ardor o la calma de los espíritus de cada 
uno I el punto de vista político, bajo el que cada cual con- 
cebía el movimiento revolucionario. Muflón, Alvarez, Muni- 
saga i Cavada pretendían que la insurrección debía tener nh 
carácter esclusivamenle popular, ejecutándose el asalto del 
cuartel cívico por ios afiliados de la igualdad, al que la 
tropa veterana vendría a prestar su adhesión, solo cuando 
estuviese consumado. Salcedo I los oficiales del Yunga!, so- 
licitaban, al contrario, dar el primer grito a la cabeza de Ta 
goarnicidn. Otros pedian se aplazara el día del levantamíen^ 
te hasta que las provincias del sur se hubieran pronunciado; 
I por Altímo, había quienes se empeñaban en que la provincia 
de Coquimbo tomase por su gloría i su futuro influjo po- 
lítico, la iniciativa de aquella ardua empresa, que contaba con 
las simpatías de casi toda la nación. Por lo demás, cada uno 
evidenciaba en aquellos instantes de cordial franqueza i de 
jenerosa exaltación el sentimiento predominante, que arras- 
traba 80 corazón a aquel intento. Munizaga, el mas puro, el 
mas abnegado de los conspiradores. Insistía solo en rechazar 
con un desinterés a toda prueba todas las insinuaciones de 



6S HISTORIA PE LOS l^ia.AKOS 

iDittddialo podorf qaele orrecian sos amigos; Carrera solo 
aceptaba ud puesto en las filas del ejército, que la proviocia 
debia enviar sobre el centro de la República ; Mufloz, recon- 
centrado i casi sombrío, meditaba sobre la manera de ejecu- 
tar un golpe de audacia a la cabeza de sus afiliados; Cavada» 
entusiasta hasta la petulancia, se ocupaba, al contrario, en 
concebir el estilo ardiente de las proclamas revolucionarías, 
que iba a arrojar sobre su pueblo desde la prensa, cuyo do- 
minio reclamaba ; Alvarez, tan provinciano i acaso mas sus- 
ceptible que su compañero de publicidad, reclamaba todas 
las glorias que iban a recojerso, para el pueblo de Coquimbo, 
mientras que Salcedo, jovial i característico, restregaba sus 
fornidas manos como si las sintiera impacientes por empu- 
ñar el sable» 

Sin arribar^ empero, a ningún resultado preciso, el club 
se dispersó pasada la media noche, acordando prudente- 
mente el no volver a reunirse sino el día en que el toque de 
jenerala convidara a todos lo$ ciudadanos a la plaza públi- 
ca. Para la organización definitiva del plan del levantamiento 
quedaban delegadas las suficientes facultades en Carrera» 
Mufloz i Cavada«-r-Aquel estaría en contacto con Hunizaga, 
que representaba la oposición ilustrada de la Serena. Mufloz 
dispondría al pueblo i Cavada debería entenderse con sus 
amigos los oficiales del Yungai. — Resolvióse también colectar 
una suma de seis a ocho mil pesos por erogaciones volunta- 
rias de los afiliados, a fin de atender a las emerjencias, que 
pudieran sobrevenir. 

XV. 

Sucodia lo que acabamos de narrar en los últimos dias del 
mes de agosto i era forzoso darse prisa para llegar al de- 



BK LA AMttNISfRACION MONTT. 63 

sealace. Las úllínas nuevas recibidas secrelameate do la 
capilal i de! sud, anunciaban como próxima la hora dd le* 
vaolamíaato en masa, que se había combinado en todo el 
|iais t el riesgo de perder la conjuración ya organizada i que 
se habia difundido de un modo prodijíoso en todo el pueblo« 
era inminente. Pero quedaba aun una seria dificultad que 
vencer» cual era el evitar a toda costa un inútil derrama- 
miento de sangre. Era tan unánime, tan completo el acuerdo 
de toda la revolución en el país , eran tan puros i tan no* 
Mes loa sentimientos de patriotismo de muchos de sus caudi* 
lies, qae el solo presentimiento de que una gofa de sangro 
chilena empaflasela bandera el dia del triunfo, aflijia muchoa 
pechos i desconcertaba muchos planes* ¿Cómo evitar, en 
efsctO) que el dia del pronunciamiento, los oficiales Lopeie'* 
gai, Arredondo i Gortez fueran sacrificados al arrancar la 
tropa a su obediencia para unirla al pueblo sublevado? 

El ayudante de la intendencia Verdugo se ofreció espon- 
táneanente a allanar aquel obstáculo. Propuso, para ello^ el 
invitar a un banquete en su propia casa a toda la oficialidad 
de la guarnición, el dia mismo designado para el levanta^ 
miento i a la hora en que este debiese estallar.— Avisados 
los oficiales comprometidos i desapercibidos los otros, a una 
seflal de Verdugo, algunos hombres resuellos, apostados de 
Bfitemano, se precipitarían sobre estos para desarmarlos^ 
en el momento mismo en que la campana de alarma se hi-- 
ciera ehr «n la ciudad. 

Triste era esta combinación. Haciase forzoso iniciar un 
noviffliente, tan grande en sus miras i tan puro en sus móvi- 
les de accien, con una alevosía, que los corazones hidalgos de 
suyo rechazaban. Pero, qué hacer? ¿ Porqué inmolar al filo 
de la espada o agoviar con una afronta mayor a jefes ino* 
coates, en presencia de sus soldados, a los que por otra parte 



64 HISTORIA PE LOS UBZ AfíOS 

podían arrasimr con sa voz, prorocando ud conflicto ioaéce- 
sario^ eaque la rotolucion podía abortar abogada en sangre? 
•^Fnerza era pues el aceptar aquel partido i se acordó, al 
fio, entregándose a Verdugo una cantidad suficiente para 
aprontar el sinieslro festín. 

XVI. 

• 

Quedaba todavía por darse un paso mas delicado ¿ntes da 
proceder. Gomo se organizaría el nuevo gobierno revolucío- 
Bario? Seria una Junta o un soto mandatario? Quiénes com-* 
pondrían aquella i quién seria designado en el ultimo caso? 
Alrarez babia sostenido desde el principio, secundado ppr 
Cavada, la ¡dea de una /uii/a, que diera acceso a las preten- 
siones i al espíritu de provincialismo esclusivo que ambos 
representaban. Munizaga,. MuAoz i Carrera combatían esta 
Ue^, que censuraban de estrecha i arriesgada. Convínose 
al fin en que se elejiría un intendente i desde ese instante 
Munizaga i Carrera se. presentaron como los únicos candida^ 
tos. Sostenían al primero los dos redactores de hSerenap que 
ya h0inos nombrado» pero los combatían de firmo Mufloz, Sal- 
aedo» i mas que todos, el mismo Munizaga. Este desinterés 
sado patriota no quería sino presentar a sus paisanos la ofrenda 
de sus servicios sin remuneración i al país entero la consa- 
gración de su buena fé i de su amor cívico. Vaaos fueron, en 
consecuencia, los empeñosos esfuerzos, que hasta la antevís- 
pera de la revolución hicieron valorante su espíritu i sus senti- 
mientos ios obstinados corifeos de la causa provincial. — Ni 
aun la^ Insinuaciones^ de una imprudencia oportunamente 
esplotada por estos dos emisarios, pudo en el ánimo despren- 
fiidv del patriota coquimbano. £1 cotnpafiero do viaje de 



DE LA ADllNISTRACION MONTT. < 65 

Carrera, don Ricardo Ru¡z, eo una enlrevisla con Hunizaga, 
que de casualidad o por si propio habia solicitado, habíale 
dicho, en cfeclo, con una desautorizada i culpable petulancia, 
que 00 pudo menos de agraviar hondamente a Carrera í 
despertar su indignación, que et verdadero candidato para la 
presidencia de la República, que iba a proclamar la revolu- 
cíoD, era el mismo Carrera i no el jenerai Cruz, por el que 
la juventud bo tenia simpatías. 

Era esto, nos consta intimamente, un arranque. jcnial de 
Ituiz. El leal i honrado Munizaga comprendiólo como tal 
avisándolo en el acto a Carrera, quien puso en claro con no 
menos franqueza el absurdo de aquella revelación, que en 
boca de lodo hombre, que no hubiera sido un amigo ¡ un 
compañero decidido, habría parecido una calumnia. Cavada i 
Alvarez hicieron pues vanamente binca-pié sobre esta coin* 
cidencia, porque la resolución de Munizaga era Irrevocable. 
Carrera seria por consiguiente elejido Inlendento de la pro- 
vincia el día del pronunciamiento. 

XVII. 

Como Carrera había sido el prestijio ¡la esperanza pública 
de la revolución de la Serena i como el coronel Arteagafué 
el afortunado caudillo, que cosechó con hábil mano la mies 
de tanta gloría como el heroísmo había sembrado en su sen- 
da, asi don Nicolás Munizaga, el mas probo, el mas palríó- 
tico de los revolucionarios políticos de 1851, habia sido la 
pureza, la abnegación i el martirio de ese tríunviralo de la 
revolución del norte. Naíuraleza tímida i modesta, poro rica 
de desinterés i entusiasmo; accesible a todo loque es bueno 
i jeoeroso, el pueblo en medio del que vivía ¡ para el que 

9 



66 HISTORIA DE LOS DIEZ áK09 

vivía, te había consagrado esa popularidad de amor i de con- 
fianza, que liace del nombre de un ciudadano un poder pu- 
blico i de su voluntad casi un cetro. Pródigo de su fortnna 
por caridad i por benevolencia, su memoria era una gratitud 
en cad9 pecho, su presencia le deparaba un amigo en cada 
coquimbano. Heredero, como todos los corifeos de la revolu- 
ción del norte, de una tradición modesta en cuanto a su 
nombre de familia, él se había creado una aristocracia, que 
verían con envidia los mas antiguos pergaminos i nunca hubo 
en ninguna de nuestras ciudades populosas un ciudadano, 
que sift haber gozado jamas del prestijío oficial, que tanto 
deslumhra en las provincias, arrastrara una popularidad mas 
unánime i mas intacta. En este sentido, Munizaga era una 
potencia, era la revolución misma. Una palabra suya, i la 
tevolueíon se realizaba ; una significación de negativa, i la 
revolución se detenia i podía dislocarso. Sin Munizaga, )a 
insurrección del 7 de setiembre habría sido un molin ; con 
él a la cabeza, fué la revolución del pueblo, acordada i uná- 
nime. 

XVIII. 



t ya deslindados de aquella manera lodos los detalles, 
acordes todos los espirítus, alentados todos los ánimos por 
una suprema esperanza, fuese cada cual a ocupar, no el puesto 
que se le habla designado, sino el que cada uno olijió espon- 
táneamente, i se fijó el 7 de setiembre, día festivo, a la hora 
del medio dia i en el mes de la patria, para consumar la 
insurrección de la libertad. 



X 



> 



CAPITULO 1*. 



EL 7 DE SETIEMBRE. 



Aprestos para pI levantamiento. — Grupos de fa Sociedad 'de la 
Igualdad. — banquete do Verdugo. — Los oficiales Lopeiegui i 
Arredondo son apresados.*— Los grupos de la Igualdad ocupan 
el cuartel cívico. — El intendente Melgarejo i otros ciudadanos 
son arrestados por los oficia les conjurad os. -^Una columna 
armada del pueblo se dirijo sobre el cuartel déla guarni- 
ción. — Dudas. — La tropa fraterniza con el pueblo.— Don José 
Miguel Carrera es proclamado intendente provisoriamente i 
se teman las primeras medidas para asegurar el movimien- 
to.-— Reflecciones políticas sobre eli levantamiento de la Se«* 
reiia.— Una proclama al pueblo. 



Amaneció en la Serena el 7 de setiembre de 1831 ; ¡ una 
densa niebla se arrastraba sobre la ciudad, como sí la natu- 
raleza, sensible a un presajio, hubiera querido prestar aquel 
velo misterioso a la conjuración de lodo un pueblo. La pri- 



^S HISTORIA DE LOS DIEZ A^OS 

mera claridad del día encontró a cada uno en sn pucslo. 
Pablo Mufioz había pasado la noche en vela, en medio de los 
afiliados de la Sociedad de la Igualdad, que esla vez ya no 
oían el eco esforzado del tribuno, sino el murmullo sordo, 
las órdenes dadas al oído, los breves i ardientes diálogos do 
Jos conjurados, que iban llegando a una casa solitaria en el 
barrio de Santa Lucia, en la que sus jefes les habían dado 
cita. Uno en pos de otro, disfrazados i por rumbos opueslos, 
fueron entrando, desde que oscureció el día do la víspera, al 
punto de reunión, los artesanos comprometidos, fíeles todos 
a su consigna. De esta suerte, en las primeras horas do la 
noche, encontrábanse ya mas de cien afiliados reunidos a 
Mufioz, que había sido el primero en llegar, dispuesto a 
abrir, a la luz de los candiles, aquella última sesión del 
Club Igualitario, que iba a tener por desenlace la victoria 
tantas veces invocada i tantas veces prometida, la victoria 
del pueblo.— Arengólos esta vez con el acento concentrado I 
palpitante del que no quiere ser escuchado con el oido sino 
del que pide la respuesta del corazón, a los votos, a los rue- 
gos, a los juramentos que se arrancan de su pecho i que ya 
se han oído en el ademan, en el jcsto, en la minnila, antes 
que el labio haya concluido de enunciarlos. Todos juraron 
llenar con honor el puesto que su caudillo les asignara, fuera 
el puesto do la gloria, fuera el del martirio, fuera aun el 
del balden, si en esto balden había abnegación i sacrifi- 
cio (I). 

Dispersáronse entonces i volviéndose a juntar de nuevo, 
antes que la media noche hiciera sospechoso su tránsito por 
ias calles, solitarias desde temprano en la Serena, organiza^ 
ron sus grupos para el ataque do la mafiana siguiente. Cin- 

(1} Pablo MufioB.«*-ilfef»iort(]( citado. 



DE LA ADVlNISTIACIOfl VOlin. 69 

coenla ígualüaríos de los mas rosaeltos quedaron, en con- 
secooncía, apostados en una casa, vereda de por medio con 
la quo ocupaba el arcedeano Vera, que dlslaba solo una 
cuadra del cuarlel cívico, situado entonces, plazuela de la 
Uerced, en el centro casi de la ciudad. Este grupo, con 
Muúoz a la cabeza, debía dar el asalto del cuartel. Encon- 
trábanse dispersos en varios otros punios inmediatos bandas 
aisladas i en pequeflo número, del resto de los afiliados, 
quienes debian o bien cooperar al asalto de Mufloz» o bien 
ocuparse de arrestar en sus casas a los caudillos del bando 
contrario^ a cu^o servicio estaban mas especialmente desti- 
nadfts. 

Algunos de los mas intrépidos afiliados de estos grupos 
dispersos se habían reunido desde |as oraciones en casa del 
ayudante Verdugo, quien los habla armado de puflales i ga^ 
rrotes. Capitaneábalos Juan Muüoz, hermano mayor del 
presidente de la Igualdad, mozo valiente i en cuyo rudo 
pecho cabía empero tanta abnegación que morir por su her^ 
mano era sentir apenas que lo amaba, tan decidida era su 
consagración, tan iulensa su ternura. El joven don Faustino 
del Villar, vecino de Santa Rosa de los Andes, los afiliados 
Lorenzo Gorlez i Abdon Miranda, con el negro Sebastian* 
famoso después por su bravura, eran los designados para 
aquel golpe sin gloria, que tenia solo el oprobio del sacrifi- 
cio, mengua del hecho o del hombre, que el juicio de la 
historia absuelve, cuando es la obediencia de la abnegación 
la que lo dicta. Todos hablan jurado cumplir la orden que 
se impartiera i todos aceptaron sin murmurar. 



70 HI8T0RU DE LOS DIEZ AKOS. 



11. 



Asi pasáronse las altas horas de la noche I las primeras 
de la mañana, hasta que la población se puso en movimien^ 
to. £ra un domingo (1). Hacía el medio día el sol apareció 
i la niebla que había tapado la rebelión en las horas silen- 
ciosas de la madrugada, como sí fuera ya innecesaria, dio 
paso a una brillante claridad. Las galas de los días festivos 
comenzaron a lucirse pronto en las limpias veredas, que un 
sol tibió iluminaba. — Abrianse, como de costumbre, las puer- 
tas de las casas, los sirvientes regresaban alegres del mer- 
cado i el trajín del campo invadía a esa hora la ciudad, 
mientras las campanas daban la señal de la misa a las fa- 
milias que se dirijían a los templos en charleros grupos, 
invitando de paso a las amigas para marcharse juntas por 
Ja tarde al grato paseo de la Alameda. Guantas tímidas con- 
juraciones déla inquietud i la esperanza irían, sin embargo, 
en aquellas horas, ocultas bajo el mantón, a orara Dios por 
el élite de aquella jornada, a la que la madre, la hermana, 
}a beldad habían visto partir al hijo i al amigo i al esposo, 
temiendo no verles ya otra vez ! 

La campana de la catedral acababa de dar las doce, 
cuando concluía la misa, de que la elegancia coquímbana 
había hecho como la aristocracia de su culto. Ningún con- 
jurado cumplía, sin embargo, en esa hora con el precepto 

(1) Se había divulgado de tal manera en todas las clases del 
. pueblo el plan de la revolacion, qoe en esa mañana, siendo do- 
mingo i 7 de setiembre, oiáse a los muchachos decir por las ca- 
lles, en los tambos, aludiendo al conocido adajio español— ¡//o¿ 
es domingo^ sistel 



BE LA AD2IIN1STRAGI0N MONTT. 71 

j podía decirse que la elegante tecbambre de la iglesia me- 
tropoülana prolejia entonces una sesión escasa, pero uná- 
nime, del bando quciba a ser vencido en breve rato. Veíase, 
sin embargo, entre los asistentes un grupo brillante, pero 
que acaso no sería el mas devoto. Eran los oficiales del 
Yungay, que vestidos de gran uniforme acompasaban, como es 
de estilo en guarnición, al mayor de su cuerpo. 



III. 



El ayudante Verdugo babia anticipado su convite desde 
la víspera, de manera que al salir de la iglesia, el mayor 
Lopelegui tuvo ocasión de recordar a sus subalternos que 
debían ser puntuales a aquella cita, que les prometía el. solaz 
de un regocijo, siempre apetecido del soldado en los dias de 
guarnición i de fastidio. 

Separáronse en consecuencia por un rato, Lope léguí, Arre- 
dondo i el teniente Corléz, en dirección al cuartel de San 
Francisco ; Pozo, Barceló i Guerrero, hacia la casa de Verdu-- 
go, en el barrio Opuesto de Santa Inés. — De los alféreces 
Fernandez i Lastarria, se sabia que el uno estaba de guardia 
i que el otro había partido a Ovalle para hacer una visita de 
familia. 

Hedía hora después, Lopetegui i Arredondo se reunían a 
sus camaradas en el salón del festín. — Cortéz, a quien se re- 
prochaba un carácter seco i adusto, se habia negado a asistir 
i cebadóse a dormir la siesta en su aposento. La tropa ha- 
bía recibido puerta franca i solo estaban sobre las armas los 
piquetes que hacían la guardia de la cárcel i el cuartel. 

Era el mayor Lopetegui un hombre de cuarenta años, sol^ 
tero de estado, jovial de carácter, hermosa figura de soldado, 



72 BI9T0RU DE LOS DIEZ AfiOS 

incliDándose, empero, un tanto a ser obeso. Sus camaradas 
le querían i le trataban con familiaridad, desde que enfada- 
do de la disciplina, habla sido esta cebada en el rincón del 
estrado, en que el placer los reunía. Los jóvenes compro- 
metidos estaban tristes, sin embargo, í no miraban esta vez 
a su jefe sino con un interno embarazo, que este, del todo 
desapercibido, les reprochaba como una reserva importuna. 
Estaban los convidados en los preliminares de cortesía, obse- 
quiados por las hijas de Verdugo, inocentes del complot que 
sus sonrisas encubrían, como la flor la espina, cuando el due- 
fio de casa finjiendo una estrepitosa jovialidad los invitó a la 
mesa. Los oficiales conjurados dejaron sus morriones i desa- 
laron los cintos de sus espadas, mientras Lopetegui salia de 
la sala llevando la suya ceñida, fuera por olvido, fuera por 
gala o brusquedad. Mas, al salir del umbral, detúvole débil- 
mente una mano que atentaba al broche de su cinto i que 
acariciándole con la sonrisa de un reproche, le pedía con- 
fiase a sus manos aquella arma, en rehenes del venidero pla- 
cer. Era la joven Leonor, la hija mayor do Verdugo, graciosa 
morena de veinte afios, que dirijia un establecimiento fiscal 
de educación i que habia debido a la intimidad do su padre 
la triste confidencia del golpe de mano, en el que su belleza 
iba a ser cómplice, no menos que el amago de los hombres 
apostados. El mayor se dejó desarmar con buen humor i 
otro tanto hizo Arredondo, soldado terco, mudo, celoso, e 
irritado siempre con sus jóvenes camaradas, que le miraban 
con desden i le acusaban ademas por espirítu de cuerpo, 
da ser estranjero. 

Puestos al mantel, las copas perdieron su Ipaco color i 
los corchos del champagne resonaban en el aire, aumentando 
el bullicio de las conversaciones i del servicio. La cordiali- 
dad de una confianza, que el licor hacia casi íntima, reinaba 



DE LA AMINISTRACION HONTT. 73 

en el feslin; ¡ ios conjurados, disipado el primer encojimienlo 
dei engaño, se entregaban sin reserva a esa alegría de los 
banquetes, que el labio apura en las botellas i el corazón re«- 
clama a la belleza. Un joven, que vivía entonces proscripto 
en la Serena 1 que en aquella hora de inquietud habia aven- 
turado un primer paseo por las calles de la ciudad, pasaba 
en esos instantes por las ventanas de la fatídica sala, i al oír 
la algazara de las conversaciones i el estrépito de los brin- 
dis, no le hubiera sido dable sospechar que habia escondida 
eo ese recinto una triste, aunque imprescindible alevosiai 

La hora lardaba ya i era preciso concluir aquel dogal, 
que de tiempo en tiempo atajaba los manjares en Jos labios 
de los convidados, el dogal de I9 traición. De repente, vióse 
a Verdugo, que presidia la reunión a la cabecera, dar ^n fuerte 
puñetazo sobsela meza: esclamando: Píalos muchachos! Tal 
era la seflal convenida.— A esta voz precipitóse del cuarto 
vecino un grupo de hombres, armados de sendos garrotes, 
yendo delante Juan Muúoz» que asestó al pecho de Lopetegui 
el cafion de una pistola, intimándole silencio. £1 sorprendido 
soldado púsose livído, pero llevando la mano con ademan re- 
suelto a la guarnición de la espada, encontróse Inerme i tiró 
de un cuchillo que vio a su ladp. Asestóle entonces el negro 
Sebastian un fuerte golpe en la frente, que le abrió una an- 
cha herida, aunque aseguraban otros que el mismo se habia 
lastimado con el arma que tomó, al caer al suelo enredado 
en la silla que teni^ a su espalda. Arredondo quedó inmóvil 
de sorpresa i de terror sobre su asiento i ahi lo amarraron 
sin ofenderlo, porque Verdugo, a quien uno de los mocetoDes 
no cooocia, recibió en la cabeza el golpe de garrote que lo 
estaba destinado. 

Escurriéronse en el acto los tres orrcíales comprometidos 
i tomando sus espadas en la mano, sin alcanzar a cefiirias^ 

10 



74 HISTORIA DE LOS DIEZ ANOS 

corrieron a su ciiarlcJ, dando voces de revolución i a las ar- 
mas! Lopelégui í Arredondo quedaron, eníretauto, encerrados 
en un cuarto, bajo de custodia ( I ). 



IV. 



Un vijia apostado dio al instante la voz al grupo, que en la 
vecindad del cuartel cívico tenia organizado Muñoz, i al punto 
con este a la cabeza, salió de tropel corriendo hacia el cuerpo 
de guardia para encontrarlo desprevenido. Algunos de los 
conjurados llevaban hachas i puñales, otros escaleras para 
asallar el cuartel por la espakia en caso de resistencia í unas 
pocas armas de Tucgo para lasque hablan fabricado basta dos 
mil balas, en la ajilada í laboriosa vijijia de aquella noche. 
£1 primero en llegar al descuidado centinela, fué un músico 
del mismo cuartel, llamado Hamos, muchacho animoso, quien 
puso al pecho del soldado la punta de un puñal, diciéndolo 
entregara el puesto. — Muñoz, que veuia en pos, entró al za- 
guán, pero el sárjenlo de guardia le detuvo el paso, lomando 
un fusil i apuntándolo a su pecho. Una instantánea perple- 
jidad detuvo en ese instante al compacto grupo que llegaba 
i que veia comprometido a su caudillo; pero un robusto mi- 
nero que pasaba a la sazón, echó sus brazos hercúleos sobre 
el centinela í apretándole violentamente, le trajo al suelo 

(1} Yo mismo vi arl desgraciado mayor, cnando pálido i teiiida 
su frente de sangre, lo llevaron, pocos minutos después, prisione- 
ro a su propio cuartel. Temí que sus soldados hubieran hecho 
alguna manifestación peligrosa al verler así cautivo i maltratado, 
pero los centinelas llevaron apenas la mano al fusil, cumpliendo 
solo con el saludo de la disciplina. Tal es la voluntad mecánica, 
que la ordenanza militar sustituye en el soldado a la voluntad 
de la razón i a la simpalia del alma I 



DC LA ADMimSTEACION 1IO?iTT. 75 

jonlo con su agresor Ramos, a quien abarcó lambíen en sa 
pujante abrazo. Este fué el primero de esa familia singular, 
que se llaman en nuestras guerras los cantores i ascendió 
después por su bravura hasta ser sarjcnto de trinchera. 

Mufloz i sus secuaces habían entretanto atropellado al sár- 
jenlo, desbaratándola guardia que se formaba i IVéchose due- 
fios del cuartel, sin que una gota de sangre so hubiera de- 
rramado, sin que se oyese otro grito que el de : Viva la Repú- 
blica! Viva la Igualdad!— Lo%2iíí\izdos vencedores corrieron 
en el acto a las cuadras i tomaron los fusiles, aunque solo 
36 de estos, que servían a la guardia, estuvieran montados 
i completos; desarrajaron el almacén del vestuario i mien- 
tras unos sé vestían i se armaban, otros sacaron un tambor 
a la plazuela a tocar la jenerala^ habiéndose subido a la to- 
rre de la Merced unos muchachos i puesto a vuelo las 
campanas. 

Fué este el instante, en que la insurrección se hizo jencral 
en todo el pueblo. Habría parecido que una ráfaga eléctrica 
hubiera pasado sin tocar la tierra i a la altura del pecho de 
los ciudadanos i los hubiera arrojado a lodos á la calle pú- 
blica, precipitándolos a carrera tendida bacía el cuartel. Co- 
rrían por todas las veredas, los soldados de la guardia na- 
cional, los jóvenes de los colejios^ niños vagos de la calle, 
viejos inválidos, grupos de campesinos a caballo, mineros 
que habían bajado la víspera al pagamento del sábado. Todas 
las puertas a la vez se abrían cqq estrépito i las familias so 
asomaban en grupos^ yaiaquictos, ya alborotados; batían las 
jóvenes sus pañuelos desdo las ventanas, dando voces de en- 
tusiasme a los exaltados transeúntes. Los arrieros mismos i 
los vendedores de legumbres dejaban sus cabalgaduras i 
Gorrían por las veredas, haciendo sonar sus espuelas i has- 
ta los soldados de la guarnición del Tungai, se metían al 



76 HISTORIA DK LOS DIEZ i&OS 

cuartel de cívicos i pedían un fusil, sin que les importara 
medirse coo sus camaradas, si estos no habían de estar en 
ese día en las fiias del pueblo (1 ), 

Nunca hubo para la Serena un momento de mas intenso 
regocijo, de un orgullo mas iejítimo, de una satisfacción mas 
suprema, que en esa hora de la victoria del pueblo, que no 
tenia combale ni había contado un solo vencido. Era un le- 
vantamiento en masa, uniforme, irresistible, prodijio déla 
libertad, fruto de la unión de un pueblo, que so ha asociado 
para amarse, para hacerse fuerte, para triunfar. 



Los pocos hombres déla resistencia habian ¡do, entretanto, 
a abdicar su poder, o mas bien, su impotencia, casi por si 
solos. Con un arrojo personal digno de alio honor, salieron 
todos desús casas a la voz de alarma i se dirijieron, unos 

(I) Como un ejemplo de los peligros que an desconocido pnede 
correr en an movimiento revolucionario, por picíOco que sea, 
recordaré aqui algunas incidencias de aquel dia^ que me fueron 
personales. Al llegar al cuartel, un hombre del pueblo, que pare- 
cía fuera de sí, me puso el cañón de su fusil sobre la garganta, gri- 
tando espía J traidor I; i sino es por Pablo Muñoz, único entre 
los presentas, que acaso me conocía de antemano, lio sé si el irri- 
tado artesano me hubiera descargado su arma, apesar de mi pro- 
testa de que era con ellos. — Poco mas tarde, una partida capita- 
neada por el sastre Vídaurre, me llevó preso al cuartel de donde 
acababa desalir con una orden, i posteriormente me refirió un 
joven oficial déla división que vino a Petorcai cuyo nombre no 
recuerdo, que al ver mi lucha con el artesano habla estado vaci- 
lando un largo rato sobre si me tirarla un pistoletazo desde una 
délas ventanas del cuartel, bajo de la que tenia lugar esta 
escena. 



Dt LA ADMimSTRAGION MONTT. 77 

en pos de otros ¡ sin previa iolelijencía, al cuartel dcIYun** 
gai, donde confiaban resislirse o dominar. El intendente Mel- 
garejo, uno de los primeros, salió de su despacha con una 
resolución que revelaba el ardor del soldado, oculto basta 
entonces por la indiferencia del politice, no menos que porta 
tolerancia comedida i caballerosa del mandatario. Su primer 
medida fué el ordenar al pueisto que montaba la guardia de 
)a cárcel, situada en el ángulo opuesto de la Intendencia, el 
tomar Ids armas; pero el sárjenlo que mandaba el piquete, 
un mozo de 20 aflos llamado Vicente Orellana, educado en la 
Academia de cabos de Santiago, contestóle que él i su tropa 
hablan puesto sus fusiles a disposición del pdeblo i que por 
tanto no le reconocían ya por Intendente, rogándole se reti- 
rara. Indignóse Melgarejo del desacato I corrió al cuartel, pero 
al entrar arrestólo su propio anudante, el teniente Sepúlve- 
da, que había llegado anticipadamente a reunirse con sus 
compafieros. — Igual suerte corrieron en el intervalo de unos 
pocos minutos *el decano Valenzuela, el comandante Monreal, 
el mayor Concha, el oficial déla intendencia Gregorio Drizar 
i uno o dos roas de los caudillos o de los ajenies del gobierno. 
El lenienle Cortéz había sido arrestado en su propia cama, 
dejándole dormir en paz su siesta dominical, la única que 
acaso se dormía en ese instante en ia Serena..,. 



VI 



Mientras esto sucedía en el cuartel del Yungai I se formaba 
un cuadro en el centro del segundo patío, la guardia nació- 
nal iba llegando al toque de la jenerala í se organizaba a la 
puerta del cuartel cívico i a lo largo de la plazuela inmediata 



78 HISTORIA DE LOS DIEZ J^NOS 

una coluiQoa de doscientos a trescientos hombres armados 
doTiisiL De repente oyóse a un joven desconocido, que con su 
fusil en la mano i la cartuctiera terciada sobre el pecho ocu- 
paba la cabeza de la fila i que en alia voz esclamó. — ¿Quién 
manda esta columna ? — / Yo la mando 1 respondió entonces con 
el ímpetu de un exaltado denuedo que le era caracterisco^ 
el joven don Ricardo Ruiz i desenvainando la única espada 
que entonces se vela en el tumulto, dio la voz de mjircha ( 1 ). 

Dírijióse este grupo de ciudadanos con paso resuelto por la 
calle recta que conducía al cuartel de San Francisco, a reunir- 
se con las fuerzas del Yungai. Unos pocos solamente eran 
sabedores de la cooperación de aquella tropa, mientras que 
la masa del pueblo, ^arr^strada por su entusiasmo, creía 
marchar al ataque, deplorando solo el que sus fusiles no tu- 
viesen ni municiones ni siquiera tornillos pedreros. 

La plazuela de San Francisco estaba casi desierta i la 
puerta del cuartel completamente cerrada. Hubo una pansa 
cruel para los ánimos. Que stgniflcaba aquella soledad de- 
lante del tumulto de los que invadían. ¿Donde estaba la tropa 

(1) «Ahí estabas tú, Benjamin, dice Santos Cavada en su 
Afemoria< citaüo, a la cabeza de la primera división, Riiizen el 
c«»ntro i yo a retaguardia. — ^n nuestra marcha, añade, recorda- 
rás que encontramos al capitán Ignacio Alfonso «on la cara en- 
sangrentada de señal de una lucha de hombre a hombre, que aca- 
baba detener con el teniente de policía Manuel Antonio Ordenes » 
— Las pistolas délos dos combatientes fallaron a la ceba, por lo 
qué, irritado el oficial de policía, descargó desde a caballo un 
fuerte golpe con el cabo de la pistola sobre la cabeza del bizarro 
capitán. Estaba este vestido de uniforme, i con su rostro pálido, 
atada la cabeza por un pañuelo que estancaba su sangre, presen- 
tóse al pueblo en la puerta de su casa, donde habia tenido lugar 
el encuentro, siendo recibido con entusiastas aplausos por la mu- 
chedumbre. Cuando la columna del pueblo llegó a la casa de Alfon- 
so, en la plazuela de San Francisco, Ordenes había huido en 
dirección al puerto. 



DE LA ADHINISTRAGION MONTT. 79 

qtie iba a recibirnos? Donde los oficíales comproiDOlídos? El 
pueblo se detuvo indeciso i los jóvenes que lo conducíaQ 
se adelantaron sorprendidos. Mas, cuando llegaban al cuerpo 
de guardia, abrióse la puerta de improTíso, presentándose en 
el umbral con la itgura radiosa el oficial Sepüiveda^ que abría 
los brazos con la espada desnuda para convidar al pueblo con 
el triunfo.— Un igualitario llamadlo Pedro Real, exaltado por 
la sospecha hasta el furor, sin comprender loque significaba 
la manifestación de esto ofip¡al,a quien creía todavía ol ayu- 
dante de la Intendencia, precipitóse sobre él i apellidándole 
traidor! tiróle al pecbo un golpe de pufial, que el atolon- 
drado joven pudo apena» estorbar con la guarnición de la 
espada, lasfimándose lá mano. 

Por el postigo entre abierto de la puerta penetraron enlón* 
ees algunos jóvenes decididos, quienes todavía no se daban 
razón de su duda i do su sorpresa sobre lo que pasaba en 
el ínlcríor del cuarteK Iba al frente de ellos Santos Cavada, 
cl depositario de los juramentos de lealtad de los oficialQS 
comprometidos i el quo con su presencia podía recordárselos 
delante de las filas. — El resuelto joven cruza en silencio el 
primer patio en el que un solo jsoldado se veía i penetrando 
en el claustro interior, encuentra el cuadro de la tropa, a la 
que el vehemente oficial Guerrero proclamaba a nombre del 
jeneral Cruz i de la insurrección del pueblo. Barceló, que se 
encontraba en ese momento fuera de la fila, hecho sus bra- 
zos a Cavada, i cuando éste le dijo que la hora era llegada, 
acercóse Pozo, que habia asumido el mando de la fuerza i 
dio al cuadro la voz de desfilar. 

Cuando la cabeza de la columna veterana desembocó som- 
bro la calle, el pueblo la envolvió enteramente, a los gritos de 
Yiva el Yungai! — Viva la Igualdad!— Yioa Coquimbo! í obs- 
truyó de tal modo el paso que la columna hizo alto un breve 



80 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

instante. Mas, pasada la primera erusion de esta ardiente 
confraternidad dd pueblo i del soldado, marchamos lodos al 
cuartel civico, los soldados adelante con sus oficíales a la 
cabeza i el pueblo a retaguardia (1). 



VIL 



Junto con la columna del Yungai entraba al cuartel cívico 
don José Miguel Carrera i un grupo de ciudadajios respeta* 
bles, entre los que se hacían notar, por su delirante entusias- 
mo, don Juan Nicolás Alvarez; don Nicolás Munizaga, sereno 
i complacido ; el doctor Vera arcedeano de la diócesis i el 
cura párroco de la Serena don José Dolores Alvarez. Hizose 
ahi en el acto una proclamación provisoria de la nueva au- 
toridad, subiéndose el redactor de la Serena sobre una tribu- 
na i dando a conocer a la tropa i al pueblo al nuevo Inten- 
dente don José Miguel Carrera. 

Improvisóse en seguida en la misma mayoría del cuartel el 
despacho gubernativo, i haciéndose unos escribientes i otros 
oficiales de partes, comenzaron a circularse las órdenes nece- 
sarias para ocupar los establecimientos públicos, como el es- 
tanco, fa casa de pólvora i la Intendencia ; para recojer las 
caballadas inmediatas a la ciudad, i por último, para tomar las 
medidas mas urjentes a fin de que el movimiento se jonerali- 
zara en el acto en toda la provincia. 

£1 primer paso dirijido a este fin que se dio incontinenti, fué 

(1) «El pueblo saltó de dudas i prorrumpió en elocuentes ma- 
nifestaciones de triunfo. Solo tú, amigo, aun dudabas del Yun- 
ga!, pues me lo comprueba la última orden que distes en esos 
momentos: El pueblo a retaguardia! i asi se hizo, desfijando la 
tropa a la cabeza.»— Santos Cavada— ^femortal citado^ 



DE LA ÁDMlNISTRiCION MOMTT. 81 

ei de destacar al leniento Guerrero con un pquete de 25 hom- 
bres de su tropa, que marchando a toda prisa sobre el Puerta 
apoyase el movimiento, .que debía erectuar ahi la brigada cí- 
vica de artillería que lo guarnecía (1). El joven comercianio 
don Sarvador Cepeda, capitán de la brigada i hombre popular 
6Btre los changos^ como se llaman los jornaleros i pescadores 
del puerto, que (oroponian aquella, debía ponerse a la cabe- 
za de sus secuaces tan pronto como un caflonazo disparado 
desde la plaza de la Serena, le anunciase el estallido deimo* 
Tímiento en la ciudad-— Mas, había sucedido que el teniente 
de policía Ordenes, perseguido por el pueblo después de su 
combate con Alfonso, se había dirijido al puerto í dado a la 
tropa de la brigada la voz de alarma. Formóse esta en el 
acto, i cuando un oficial Varas prevenían los soldados contra 
el motín que había estallado en la Serena, preséntase Cepp* 
da con la espada desnuda ¡ es recibido con estrepitosos gritos 
de Viva eljeneral Cruzl La revolución quedaba en el acto 
doefla del puerto.— Guerrero llegaba tarde, i el violento Or- 
denes fugaba hacía la campana. 

Despacháronse, al mismo tiempo, espresos en todas direc- 
ciones llevando principalmente a Gopíapó i a la capital la 
noticia del movimiento, ¡ al cerrar la noche se nombraron 
comisionados que con algunos soldados veteranos debían ocu- 

(t) Al atravesar la plaza de la Serena con este piquete, Gue-* 
irero observó an grupo de víjilantes que estaban apostados en 
una esquina. Gritóles que se dieran prii^ioneros í vinieran a en- 
tregar sus armas, mas como se resistieran a hacerlo t dieran 
vuelta las riendas para huir, los soldados, sin que su jefe pudie- 
ra contenerlos, hicieron una descarga cerrada, cayendo muerto 
al suelo uno de aquellos infelices. Fué esta la única víctima déla 
revolución de la Serena i contristó no poco los ánimos de los que 
temían que una gota de sangre derramada en la senda de la re- 
Tolocioo, dilatándose con esta, habría al fin de ahogarla. 1 cuan 
cierto fué tan triste augurio 1 

11 



82 HISTORIA DE LOS DIEZ aSoS 

par con la mayor presteza todos los departamentos de la 
provincia basta Illapel. Eran las 4 de la tarde, i la revolucloa 
que había estallado a las dos, después del medio día, estaba 
ya completamente consumada. Veíase la ciudad de nuevo tan 
tranquila, tan gozosa, tan engalanada, que a un estranjero 
hubierale parecido la larde de una fiesta cívica. Oíase sola 
los alegres repiques de las campanas i flotaban al viento en 
las portadas do las casas i en las galerías da las torres las 
banderas que el pueblo tremolaba espontáneamente en sefial 
de su triunfo.— Los ciudadanos habían vuelto a entrar a sus 
domicilios i contaban a sus esposas i a sus hijos el éxito del 
día i la parte de esfuerzos ¡ de gloria que a cada uno cupo 
en la jornada. Veíase a las familias, nifios, sefioritas, amas 
festivas que cargaban en brazos tiernas criaturas, vestidos 
todos de gala» ocupando las veredas en el umbral de las casas, 
interrogando los pasantes sobre las peripecias de la hora I 
ostentando cada cual en su rostro, no la calma, sino la ale- 
gría de la confianza. — Ninguna puerta se había cerrade ; 
ningún espanto había ganado el corazón al grito de a las 
armíu!; ninguna mano había hecho violencia a la propiedad, 
iii siquiera había que lamentar un solo acto de esa brutal 
Tiolencia, que so atribuye al pueblo cuando la embriaguez do 
una conquista sobre sus opresores desala sus pasiones rc- 
primida^s. 

VIII. 



Fué esto el mas bello, el mas alto i grande de los mo« 
montos do la revolución de la Sorcná, í no hubo en verdad 
otro aomcjanle en toda la era del sacudimiento polilico de 
1851. ¿a revolucionen en esos instantes el derecho* L^ 



DE LA ADMINISTRACIÓN HONTT. $3 

Tolonlad del pueblo había sido hecha i quedaba por tanto 
consagrado el derecho de su soberanía imprescriptible. — 
Una fracelott de la nacionalidad chilena había reasumido den« 
tro de fli misma el poder qoe las leyes de no poder mas alio, 
pero lojQslo i desautorizado, habían subordinado hasta allí; 
i aqael acto de soberanía local era tanto mas justo cuanto 
que esas leyes habían caducado por sí solas, con la inobe-* 
dieneía esprosa del pueblo i la impotencia moral de las au-> 
lorídades que podían hacerlas cumplir. 

El dta de la consumacloQ efectiva de esta leí del pueblo, 
que reemplazaba, vigorosa i palpitante, a la leí caduca del 
réjimen yencído, cumplíase ya dos meses desde que en la Se- 
rena no había en realidad ni leí, ni gobierno, ni poder públi- 
co. Había solo nn club político (el del Faro) qoe asumió sobre 
la intendencia una posición especial, que podría líamarse la 
toojaraeíon de la resistencia, í este club, que no podía ejecu- 
tar la lei porqne no la representaba, tenía solo dos fuerzas 
por principio i por misión publica, la fuerza de la candidatura 
impaesta al pueblo, que era sa poder moral, i la fuerza de la 
tropa veterana, qoe era su autoridad de hecho ; pero como el 
pueblo había rechazado esa candidatura i como la guarnición 
se había sometido al puSblo, era evidenteque la autoridad de 
la lei escrita había sido convertida, en virtud de un acto de 
It soberanía popular irresistiblemente manifestada, en esa 
soberanía misma. La insurrección del pueblo había sido por 
oonsigoiénte el derecho del pueblo. La intervención de la 
fuerza armada era solo una garantioj un elemento secun- 
dario, que el pueblo se había sometido a si propio para que 
el uso inmediato de su voluntad no fuera turbado ni conté-* 
nido; pero no era ni el oríienj ni menos la cama de ese acto 
supremo de la voinolad popular que se llama enire nosotros 
una revolución. En la Serena no hubo pues motin. L.a insu- 



84 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

rreccioQ de Coquimbo no fué la guerra civiL Toda la provin- 
cia manifesló la misma espontaneidad de acción, de derecho 
i de poder ; i la violencia solo comenzó cuando las fuerzas 
agresivas de la capital desalaron la guerra en ios limites es- 
tremes de la provincia con la invasión de Campos Guzman 
por el sud, de Pablo Vidola i Vicente Neirot^ los forajidos que 
capitaneándolas hordas de salvajes de laspam{>as, venian por 
el Dorle, i por ultimo, con la cooperación de los piratas del 
* mar, estranjeros también, que fueron a bloquear la soberanía 
chilena, libre i santamente manifestada, por los mandatos o 
súplicas de la centralización xbilena, en qne la soberanía de 
la nación estaba ahogada. De suerte pues que la insurrección 
de la Serena fué justa, fué necesaria, fué autorizada^ e hí- 
zose sanla> cuando la reacción del poder central marchó a 
sofocarla^ porque entóneosla localidad se. convirtió en el 
nacionalismo i la bandera de la rebelión fué desde entonces 
la bandera de la patria invadida, de Chile insultado. 



IX. 



Por lo demaS) todos los actos der pueblo fueron en aquel 
dia dignos de su causa> de la solemnidad do la situación! 
del respeto que una victoria tan noble inspiraba por si sola. 
Una proclama, que se dio en esos instantes, contenia la con- 
sagracion de la jornada en estas palabras, llenas de la dig* 
nidad que asume un pueblo, que se habla asi mismo desde 
la tribuna de sus derechos conquistados. 

«¡Ciudadanos! decia esta proclama. Cuando el pueblo se 
conquista la gloria de derribar- por si mismo al tirano; debe 
ser moral. ' 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 8S 

» Vosotros DO habéis desmentido las virtudes que os reco- 
DQÍendan. 

» En los movimientos puramente políticos os habéis condu- 
cido con honor i valentía. 

» Vosotros debéis cuidar de la vida i de los intereses de los 
vecinos. 

» Que en la historia se diga que vosotros habéis sido valientes 
paraí derrocar la tiranía i magnánimos después del triunfo. 

¡Viva la nueva República ! 

¡ Viva el soldado heroico del Yungai I 

¡Viva el Goquimbano esforzado i jeneroso! 

»¡ Pueblo de Coquimbo! ¡hijos heroicos de la libertad, ha- 
béis triunfado sin que ni sangre ni lágrimas empanen tu 
espléndida victoria ! 
¡Adelanto! 

» Después del entusiasmo, necesitamos orden para realizar 
nuestra obra, la grande obra de vuestra felicidad, ¡ pueblo 
desgracilido! 
¡ Adelante ! 

»Enerjia, prudencia, orden i la libertad es nuestra! 

¡ Vamos ! ¡ Imitad en el orden a los bravos del Yungai ! 

¡Viva la guardia nacional de Coquimbo!» 

Ningún odio ni un solo grito do venganza escuchóse en 
aquel dia de magnánimo recuerdo. £1 pueblo estaba a la al- 
tura del derecho que había recobrado. La alevosía del ban- 
quete de Verdugo no había manchado su frente; la descarga 
que había hecho la sola victima de la jornada, había partido 
de ios fusiles de la guarnición, i por último, las cadenas que 
se remacharon a algunos de los caudillos del bando contrario 
en el cuartel donde fueron arrestados, eran un acto mezqui- 
no de la ira personal de algunos hombres, que no tuvieron 



86 . HISTORIA DE LOS DIEZ AfíOS 

por eómplice al paeUo en osle triste castigo, anticipado ai 
falla i ademas ¡DQecesario, porque el pueblo no $e venga con 
cadenas ni suplicios, que este es el «derecho» de los fuertes 
contra el pueblo, ni castiga tampoco con la violencia antes 
que el proceso de su conciencia i de la lei, hagan que la 
justicia intervenga sobre los actos del individualismo. 

Los calabozos son el tribunal del poder. £1 pueblo tiene su 
foro, en la plaza pública. 



CAPÍTULO III. 



tí GOBIEUO BEVOLUCIONABIO. 



Refoeijof públicos del pi]ebIo>-(^rácter peculiar de la revolu-» 
cioR de la 6ereiia.«*Proelafiiacioii soiemne de las nueraf aate«- 
ridades.-ff«Jo8é Miguel Carrera.— Su rol de caudillo.— Acta re- 
Tolueionaría.— ManiGeslo del nuevo iotendente.-^Defectuosa 
•rgMiizafion del gobierno revolucionarlo,— Espropiacion del 
vapor Ftre/Iy.— Violencias acometidas contra el vapor i?oIivúi.— 
Reclatamieuto de voluntarios.— Escasez de recursos militares. 
—Entusiasmo déla juventud.— La «Coquimbana»— Organiza- 
ción militar de ta división espedtcionaria.-*Llegada del coronel 
Arletga.— So azaroso viaje desde Cobija.— La división se pona 
ea mareba para e) Sud. 



Hablase pasado la larde de la insurrección i basla mui 
eolrada la noches en los activos aprestos, que la propagaeion 
i seguridad del movimiento reclamaban. Con pocas horas de 
inlérvalo se despacharon destacamentos montados de tropa 
ireterana sobre los deparUoneutos do Elqui i t)vaüe, llevan- 



SS HISTORIA BE LOS BIEZ AÑOS 

do los comisionados que los mandaban las necesarias ins- 
trucciones. El orden quedaba establecido completamente en 
la población. Las autoridades administrativas babian sido 
depuestas en el departamento, sustituyéndolas por personas 
de confianza, i por último, se dejaba bajo de custodia los úni- 
cos ocho o diez ciudadanos, que eran hostiles por su posición 
o por principios a la revolución (1). Después de un diado 
tanto alborozo, jamas población alguna se entregó a un suefio 
mas pacifico, que el pueblQ de la Serena en la noche del 7 de 
setiembre. 

Al dia siguiente mui de madrugada encontrábase reuni- 
do en la plaza pública el batalloa cívipo, cuyo mando se había 
confiado al capitán don Ignacio Alfonso, herido el dia ante- 
rior como hemos visto. El pueblo se agrupaba entre las fi- 
las, la juventud formaba corrillos entusiastas, los soldados 
del Yungaí se mostraban inermes entre la muchedumbre, sin 
oue faltará su contínjente de belleza i de gracia disfrazada 
con el mantón matinal, ea aquella primera ovación del pue- 
blo a la libertad. 



(1) Como hemos visto, las autoridades i las personas mas in- 
fluyentes que sostenían al gobierno, habían ido a entregarse por si 
solas en manos de los revolucionarios, de modo que en la Serena 
no fué preciso ejecutar un solo arresto. A dos caballeros, que por 
error o por la zana del pueblo fueron puestos ¡en prisión (don 
Francisco Astaburuaga í el fiscal don Bernardíno Vila), se les dio 
pronto soltura. £1 intendente revolucionario en persona, fué a 
ofrecer al señor Melgarejo su libertad, sin mas garantía que su 
palabra de honor, la que el caballeroso mandatario rehusó al prin- 
cipio, si no se otorgaba igual favor a sus compañeros. Estos fueron 
enviados al Perú en un buque que se fletó espresamente, que- 
dando el intendente en su propia oasa en la Serena. £1 único de 
los vencidos, a quien' se impuso el rigor del castigo í aun de la 
afrenta, fué eLdecano Valenzuela, contra quien el encono de sus 
adversarios se elizañó particularmente. 



m LA ADMINISTRACIÓN MONTT, $9 

El entaslasmo palpitaba en todos los pechos, la alegría 
resplandecía oq todas las miradas i el regocijo dé la muche- 
dumbre desbordaba con gritos i Víctores a los caudillos de la 
iosurreccioD. Era la imjjen de aqueilas/ura^yen que el pue- 
blo chileno celebró los augustos comicios de su independen- 
cial La música militar saludaba la aparición del sol, las 
campanas de la ciudad aleonaban el aire con sus alegres re- 
piques i el pabellón chileno se izaba en todas las bastas de 
bandera. De improviso, oyóse una vo¿ que entonaba el h¡m«- 
no nacional; otros ecos se pusieron a repetirla, i en breve 
QD coro inmenso saludaba aquellas espléndidas mañanas, de 
setiembre con la canción de la patria. 

El entusiasmo por la causa proclamada, el júbilo del éxito^ 
la confianza del "jporvenír, tal fué la impresión que esa ma-f 
flana se eslampó en el corazón del -pueblo i de los jefes re^ 
volucionarios, í tal fué fatalmooto eJ carácter que desdo ese 
¡oslante iba a prevalecer en sus actos, en la organización do 
sa gobierno, en sus consejos i resoluciones posteriores. Les 
coqaimbanos recibieron ala libertad como una vírjen debek 
dad, que se aparecía en su suelo de amores i ventura, lángui^ 
da i dulce cual su clima, hechicera i jentil como sus hijas. 
Embriagados de dicha, ofreciéronle un paraíso de flores 
i la convidaron a reposarse blandamente, como al huésped 
anhelado de su adoración. Poro engañáronse. La libertad 
00 es la tímida vestal de los amares. Matrona augusta cual 
la razón, severa cual la justicia, sus dos jómelas divinas, que 
se sientan al pié de su trono entre el pueblo i su cetro, élU 
rechaza los pechos que suspiran i aparta con desden los bra- 
zos que llevan frájiles guirnaldas a sus sienes ; sus hijos son 
solo los fuertes, que armados de malla i calada la visera 
sobre el rostro varonil, seagrupau en torno de su escudo para 
defenderla i morir. Diosa altiva^ no admite ea su concorcio 

12 



99 HISTORIA DE LOS DIEZ ASOS 

8iao a los que, como Júpiter, llevan el rayo entre sus manos 
i la omnipolenda en la frente cefiida de laurel. 



II. 



£1 día que sucedió a la revolución habla sido, como hemos 
visto, caá exclusivamente consagrado al entusiasmo popular, 
pues en el terreno revohicíonarío, lo único que se hizo fué 
reiterar en una pomposa ceremonia el nombramiento de go* 
Jhierno provisorio, que se había proclamado militarmente el 
dia anterior, en el patio del cuartel. 

A« las diez de la mafiana abriéronse, en efecto, al pueblo i 
a las autoridades las puertas de las vastas salas del Cabildo i 
mas de trescientos ciudadanos de todas jerarquías do la po- 
blación se agruparon en su recinto. Yeiáse bajo el docel al 
jttez de letras don Tomas Zenteno que presidia la reunión, i 
asistían a. su lado la municipalidad i el. cabildo eclesiástico 
presidido por su deán, pues^ el obispo don Agustín de la Sie- 
rra habla fallecido solo hacia una semana; los jefes de la 
guarnición, los oficiales de la guardia nacional i los mas res- 
petables vecinos, tenían en pos un asiento de preferencia, 
mientras que la barra de la sala estaba invadida principal- 
mente por la juventud i aun por los alumnos de los colejios 
i del Instituto, que gozaban esta vez de nn patriótico atueto, 
mientras su rector, altamente impopular dentro i fuera del 
aula, estaba, a su turno, guardado en una celda del cuartel. 
Abierta la sesión, Zenteno anunció al pueblo que el objeto 
de aquella convocatoria era elejir legalmenle las autorida- 
des civiles de la provincia, acéfalas por la cesación del go- 
bierno derrocado, asi como las eclesiásticas que se hallaban 
vacantes desde el fallecimiento del Ilusirísimo Sierra; i to- 



W LA ADWNISTUCIOR MOHTT. 9f 

mando el nombre del ayuQlamieoto i del pH6blo,.propu80 para 
llenar el primer puesto al ciudadano don José Miguel Carro* 
ra, i en nombre del cabildo ecIesiásUoo, al cura reeler deia 
catedral de la Serena don José Boleras Alvarei para vicario 
capitular, a lodo lo que la concurrencia prestó unánime e 
iostanláneo asentimienlo. 

En osles momentos, abrióse nna puerta lateral i penetró en 
la sala un joven de bizarra presencia, que saludaba a la asam* 
Uea eofi compostura i modestia. Era el intendente que aca- 
baba de proclamarse, don José Miguel Carrera. Una emoción 
de curiosidad i simpatía animó todos los semblantes. El pue- 
blo coqoífflbano tenia en su seno al vastago único de aqud 
ilustre caudillo que los cbilenos saludan con amor cuando 
reeoerdanlas primeras glorias de la patria i los.magn^coa 
pero malogrados ensayos de sus viejas libertades. Su nombre 
era no prestijio, su modestia una garantía, su juventud aaa 
esperanza. Todos los votos aceptaban por tanto oficialmente 
sa autoridad rocíen creada, todos los corazones le ofreciaa 
aa adhesión i el joven intendente era ya digno de aquella 
ovación intima» porque la herencia de su nombre estaba 
ilesa de toda mancha, porque su modestia era sincera, por- 
qae su juventud babia sido pura, noble i trabajosa. 



III. 



Hijo del que habla sido el primer Dictador chileno, José 
Miguel Carrera tuvo por cuna er toldo de un montonero i vio 
la primera luz en las soledades salvajes do un desierto le- 
jano de su patria. Su padre, errante i maldecido, que no le 
viera jamas, quiso acercarse a su albergue pasando a filo de 
sable las huestes, que en su heroica jomada le cerraban todos 



92 HISTORIA DE LOS DIEZ ifiOS 

los pasos; pero aleanzó solo a saber que aquel había Dacido, i 
eomo fuera el primer varón que su esposa le ofreciera, escla- 
mó con alborozo. — Es mi primer recluta] (I). 

El cadalso dejó huérfano al infante i pendiente del agola- 
do seno de una viuda, vagando todavía en el desierto, be- 
biendo con la leche, las lágrimas del desamparo i del horror. 
Restituido a su patria, un palacio le abrió sus antesalas, siendo 
nombrado edecán de honor del presidente Pinto, pero el aire 
de los despachos sofocaba su pecho adolescente, que tempranas 
emociones habían inflamado. Dejó entonces el postizo boato 
de una posición en realidad mezquina i descendió las esca- 
las del palacio para ir a encontrar en un albergue escoqdido 
la dicha que un corazón, sensible eomo el suyo, le ofreciera. 
De esta suerte, Carrera era ya padre cuando las ilusiones 
Tienen a azotar sus alas en la llama naciente í deslumbrado- 
ra que el primer amor enciende en nuestro pecho. £1 deber 
comenzaba para él cuando para otros se inicia la esperanza, 
i aceptando con noble rigor las ofrendas de la ternura i del 
destino, consagróse por muchos aflos a cumplir la severa mi- 
sión, que la paternidad i el honor imponían en aquellos tiem- 
pos « a los que recibian^us esposas sin otro dote que el ata- 
vio de flores de sus frentes i el puro i casto amor de sus 
almas.... 

Nunca le vimos figurar en la polilica de su pais. Pero cuan- 
do la política fué solo un nombre i la revolución era el hecho 
de esa política, él fué el primero en prestarle su brazo, su 
nombre i mas que todo, su escaso patrimonio. Comprometi- 
do en todos los planes de insurrección organizados desde me- 
diados de 1850 en Valparaíso, en Aconcagua i en la capi- 
tal, fué, con el coronel Crriola, el mas inmediato actor de la 

(1) Véase el Ostracismo de los Carreras^ 



m LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 93 

jornada de abril, cuyo desenlace arrastróle a un calabozo. 
Fugado de la capital por una estratajema i oculto desde en- 
tonces en la Serena, presentábase ahora por la primera vez 
ante aquella reunión de nn pueblo, que le aclamaba su cau- 
dillo solo por el reflejo de la gloi'ia de un «nombre i el pre- 
sentimiento que la fascinación de esa gloría infunde entre los 
hombres. 



IV. 



Era o no entonces don José Miguel Carrera el caudillo 
apropósilo, que la revolución, tal eual se habla organizado en 
la Serena* requería? Sí» lo era i en alto grado, porque reu- 
nía todas las dotes que una insurrección hecha por el pueblo 
i por la juventud podia necesitar; popularidad i juventud, 
enerjía i patriotismo. Pero era o no era el intendente de Co<< 
quimbo, revolucionario'en el sentido que los grandes sacu^^ 
dimientos políticos de una nación o los trastornos sociales de 
un pueblo establecen como base esencial i punto de mira? Eu 
esta parte la balanza de los hechos se equilibra de tal suerte, 
que la duda ataja la mano del historiador al escribir su fallo 
i deja en suspenso el juicio entre el reproche o la absolu- 
ción. Afable, en efecto, i blando de carácter, aunque irríta^ 
ble por accesos, Carrera.no tenia aquella voluntad de acero, 
ni esa actividad de espíritu que todo le crea i todo lo rea- 
liza, ni ese poder de organización i de iniciativa, que allana 
como el fuego los obstáculos o los arrasa cuando resisten. 
Conciliador mas que resuelto; condescendiente mas bien que 
imperioso, frió hasta ser flemático (1) se dejó enredar por 

(1) No podemos menos de consignar aquí como un rasgo que ct« 



91 HISTOEU BK LOS BIBZ 1Ü09 

mil embaratos de detalla, que al fin lo hicieron impolenle i lo 
arraslraron por un acto de magnanioiKiad, ano no compren- 
dida, hasta ceder su puesto, comprometido por dificultades, 
que una voluntad decidida habría zanjado en tiempo. 

Cuéntase que al entrar en la sala del Cabildo, aquella ma- 
lana, el joven caudillo fijó con ioleosidad sus ojoaen un re- 
trato histórico que ocupa todavía la testera del salón, i ba-, 

racteriza perfectamente a aquel candillo una anécdota íntima.— 
Capo al autor de esta historia el pasar reunido en aquella noche 
que- precedía al 2Q de abril en ana casa distante on coarto de 
caadra déla plaza de armas, donde a las dos i medía de la mañana 
debíamos incorporarnos al batallón Valdivia i emprender el mo- 
Tímiento revolacionarío de la capital í de toda la República.— 
A las IS de la noche, cuando Carrera hubo terminado todos sus 
aprestos para la Jornada con una calma imperturbable, se echó a 
dormir sobr^ un sofá i no tardó en sumerjirse en un letargo pro- 
fundo, mientras que su compañero ocupaba aquella primera velada 
fevolucionaria en recorrer con intensa emoción las pajinas de los 
Jirondinos^ que Lamartine consagra a la muerte de aquellos ¡las- 
tres políticos. — Cuando el bullicio de la plaza nos anuncia que el 
Valdivia había ocupado su puesto, fué preciso emplear un esfuer- 
zo viofento para arrancar de su tranquilidad i profundo sueño al 
segundo del coronel Urriola, quedebia morir en este día. Esa cal- 
ma estoica es el razgo mas saliente i mas constante del carácter 
de Carrera, i af contemplarle yo en la víspera de aquella gran ca- 
tástrofe, no podía menos de refleccionar, con el autor cuyo libro 
inmortal ojeaba, que los grandes revolucionarios no tienen al sueño 
por huésped en las horas de los conflictos deqisivos. 
' Julio de 1861. Ahora que el sueño eterno ha cerrado para siem- 
pre aquellos ojos, cuya última mirada se Ajara en lá roía como en 
un sublime adiós, invoco todavía la memoria de esa santa amislad 
para, declarar ante ella que es cierto i leal en cuanto a mí con- 
ciencia de escritor, cuanto digo aquí i diré en adelante sobre la 
misión pública de aquel noble amigo, en cuya estrecha comuni- 
dad vivf el^ decenio completo, que ha formado mi juventud en 
tas prisiones i en los padecimientos políticos. Al hacer la pintu- 
ra de un carácter histórico en cualquiera de nuestros escritos, 
jamás se nos ha ocurrido borrar una sola línea de nuestros con-^ 
cepl^ responsables. 



IME LA ADMINISTRACIÓN IIONTT. OS 

jólos ¡QstantáQeamente, cual si un ráoebrd pensamiento hu« 
biera asaltado su alma. Era el retrato de San Martin, el azote de 
su nombre, el esterminador de su sangre ! 

Pero Carrera no debió en aquel instante dar cabida en su 
pecho a la amargura de aquella ingrata tradición. Revolu- 
cionario, i con las armas en la mano, debió contemplar con 
respeto la frente del altivo guerrero, aquella frente en que Fa 
audacia enjendró la mas grande i la mas fecunda de la; re-* 
Yoluciones que dieron libertad a la América del Sud. 



Inmediatamente después de entrar ala sala, el inlegdonte 
proclamado procedió a la redacción i suscricion del acta 
revolucionaría qiie debía servir de base a la organización po« 
tilica de la provincia. Acordóse que aquel nombramiento de 
aatoridades tuviese solo un carácter provisorio, por cuanto 
lomaba parte en él el solo departamento de la Serena, apla^ 
zándoso la formación definitiva del gobierno hasta que, adhe- 
ridos todos los departamentos a la revolución, nombrasen una 
Asamblea provincial j la que, a su vez, elejiria una Junta pro-- 
tincial de gobierno, hasta que laRepdblica, reconstituida por 
ana gran Asamblea consliluyentej estableciese la nueva forma 
de poderes. — Cerca de 300 ciudadanos (1 ) suscribieron la 
acta de la revolución, cuyo tenor testual era el siguiente. 

tEn la ciudad déla Serena, a ocho días del mes de setiembre 
de mil ochocientos cincuenta i uno, reunidos los Municipales 

. ( 1 ) Véase la lista de estos ciudadanos en el documento 
Bún. 1. 



gg BISTORTA DB LOS DIEZ ANOS 

don Vicente ZorrIUa, don Nicolás Osorio, dojí Juan Jerónimo 
Espinosa, don Isidro Campana, don Pedro Alvarez i don José 
Antonio Aguirre, presididos del señor Jnez de Letras de la 
provincia don Tomas Zenleno, presentes los señores Vicario 
capitular don íosé Dolores Alvarez, el venerable Dean i ca- 
bildo da esta. Catedral, los prelados de las órdenes regulares 
i/Bl pueblo, a consecuencia de un movimiento protejido por 
la fuerza dedos compañías del batallón Yungai, con el fin de 
proclamar la yerdadera República, considerando: I.^Que 
¡a elección del Presidente Montt emanaba directamente del 
gobierno: 2.** Que para llevar a cabo esta elección rechazada 
por los pueblos, se hablan cometido arbitrariedades de todo 
jéneroen las funciones electorales, que se.habia impedido 
er libre ejercicio del derecho de sufrajio, empleándose la 
fuerza i derramándose el oro, para elevar a todo trancó un 
candidato, que representábala conservación del antiguo sis- 
tema antidemocrático: 3."* Que en los veinte años de opresión 
autorizada por un código calculado para anular la forma re- 
publicana, se hablan hollado las garantías políticas del ciuda- 
dano con mas descaro e io^pudencia.: i."" Que la necesidad 
de hacer efectiva la República se sentía en los corazones 
chilenos: B.*» Que para conseguir este objeto, para restaurar 
el poder soberano de la nación, no tenían otro recurso los 
pueblos que el de usar de sus propias fuerzas: Q."" Que vio- 
lado el pacto social por el gobierno, elijiendo un sucesor para 
el mando supremo por la violencia, por el poder del sable, 
i echando por tierra la Constitución, los pueblos se halla-* 
ban en el caso de defender su derecho soberano, la libertad, 
por que habían derramado su sangre : I."" Que la nación chi- 
lena para representar un papel digno e importante entre las 
que marchan a la vanguardia de la civilización en el presen- 
te siglo, reconocía la imperiosa necesidad de una reforma 



Bfi LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 97 

cooslítocíonal que afianzase el poder sagrado de una libertad 
discreta: S."" Que para arribar a este lérmioo, donde se ha- 
llaba Ja felicidad social . qtie buscaba la nación ebiieoa, «I 
último i esclusivo m.ed¡o ^ra una revolucioQ noble, enérjica 
i juiciosa: 9.^ Que sin una gola de sangre chilena podría 
darse cima a un pensamiento que abrazaba el bienestar í 
prosperidad de la nación enlodo sentido: lO.^" Que todos los 
vecíoos de este pueblo oslan resueltos a sacrificar su Tlda 
por el triunfo de la verdadera República : Han declprado que 
don José Miguel Carrera, hijo del ilustré fundador de la in- 
dependencia de Chile, reasuma iñt6rin9inente.el poder de este 
pueblo, a fin de que copsume en la provincia la obra santa 
de luestra rejeneracion política: asi mismo han declarado 
que pronunciados todos los departamentos por la causa de 
la Repüblica, cada uno de los que componen la provincia 
elija dos diputados, cuyo número constituya una asamblea 
deliberativa que nombre una jauta de gobierno provincial 
mientras se reorganizo la nueva administración <iemocrática« 
Los sefiores Municipales reunidos i el pueblo unánimemente, 
coovíQieroQ en estas bases de la rejeneracion política de 
Chile». 

VI. 



Uno de los primeras acuerdos de la nueva autoridad de*^ 
bia ser, en consecuencia de esta acia, dar a conocer ai pueblo 
sos sentimientos i su propósito en una proclama o mas bien, 
por medio de un manifiesto breve, pero razonado i circuns- 
pecto. E^ta pieza era la medida del carácter de Carrera i de 
sus ¡deas revolucionarías (1 }. 

(1) Esta proclama se publicó en la SereMdel día 13 de «etien* 

13 



98 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

Hela aquí por tan(o: 

AL PUEBLO BE LA SERENA I DE LOS DEPARTAMENTOS PRONUf^GIADOS 
POR LA CAi:SA BE LA LIBEÜTAjD. 

«La alia misíoo con que se me ba honrado provisoriamen- 
te por la Municipalidad i el pueblo de la Serena, mientras se 
reúna la Asamblea proviincial que nombrará la autoridad 
politica i militar, aun cuaúdo es superior a mis Tuerzas, pro- 
curaré desempeñarla, a fin de corresponder en lo posible a 
la confianza pública. Jnslos motivos tuvo este heroico pue- 
blo para separarse de un poder, que por espacio de veinte 
años, se había burlado de la soberanía nacional. No habiendo 
sido escuchados lt)s reclamos» i convencidos los puebloa de 
la inutilidad dolos medios legales; hollada escandalosamente 
la Constitución, resolvieron hacer respetar por sj mismos su 
poder soberano. Este pueblo, de acuerdo con toda la Repú- 
blica, mui principal mente con la ilustre provincia de Con- 
cepción, teatro fundamenlai de la restauración, de nuestra 
independencia, ha reasumido, noblemente su soberanía, de- 
jando para la historia un hecho glorioso, que quizá sea el 
primero en el mundo político. La voz de rejeneracion do la 
Serenartuvo eco en I03 departamentos de Ovalle i Elqui, como 

bre. Al dia signiente de la revolución si» dio a luz, sin embargot 
-en este mismo pepiódSco un largo manifiesto con el tftulo de^i 
los puehU)$ de Chile ^ que el autor de este líbrp había redactado 
con una semana de anterioridad pot el encargo de Carrera i que 
'este revisó i aprobó; 1 aun creemos, sin recordarlo con exactitud 
que poso su firma en ef nianoserito. Pero por error de la impren- 
tk u otro motivo^ salió a luz sin este requisito que \j¿ quitaba .su 
autenticidad, por cuya causa i por su ostensión no lo publicamos 
entre los documentos del Apéndice. Puede leerse en la Serena dei 
9 de setiembre i en el Amigo del Pueblo de Concepción, que lo re- 
produjo a últ^iiyus de aquel mismo mes, • • 



n LA ABHINISTRIGION MOKTT. 99 

debía esperarse de su antiguo ¡ distioguido civismo. Eu Gom- 
bariMiiá e Illapel habrá el mismo proDunciamienlo por la 
fondaclon de la verdadera República. ¿I quien podrá dudar 
del buen suceso de una revolución amparada por la Provi- 
dencia, que gnarda la libertad de todas las naciones? £1 triun- 
fo de Chile ya no puede ser problemático: es un hecho que 
se desenvuelve en todos lo^s pueblos con la enerjia heroica 
de los patriarcas de la retolucion colonial. 

%l\\ Valientes Coquimbanosü! no desmayéis en la grande 
empresa, que habéis acometido con beroismo. Marchemos al 
término con el valor que dá la concienci a de la justicia de la 
causa nacional. Si se nos presenta, la muerle, no creáis qua 
IOS arrebate la victoria. Delante de ella, seremos mas esforza- 
dos; cumplamos la misión de salvar la patria, de legarla libro 
alas jeneraciooes venideras. Morir antes que abandonar el 
campe de la gloría, he aquí nuestro dofaer,i> 

José Miguel Carrera. 



VIL 



Desde los primeros pasos del nuevo gobierno, hácese notar, 
sin embargo^ aquella carencia del nervio revolucionario, que 
hemos echado-de menos en la iniciativa de su autoridad. 

En vez do reasumirse esla, en erecto, cuanto fuera posible 
en una dictadura puramente militar, como era pi^ciso i 
como se practicó en el Snd, vemos al contrario qoo su acción 
se dilata, se debilita i aun se desn9lural¡za. 

Asi, una do las primeras medidas de la intendeticia 
revolucionaria, fué asociarse una junta con el nombre de 



100 HISTORIA DE LOS 0IEX aSOS 

Consejo del pueblo^ [i) autoridad no solo ¡QÚlil, en gran par- 
Aé, porque solo tendía a comprometer ciertas timideces i a 
asegurar la irresolución do algunos Tecioos» sino embarazosa 
por esto mismo i porque en consecuencia de su propio fin, 
se babia dado acceso en ella a ciudadanos por demás pací- 
ficos como don Juan Haría Egafia, o que no ofrecían una s&^ 
gura garantía de sus compromisos, como el juez de letras 
Zeoleno, cuya resolución^ noblemente probada mas tarde» 
6ra entonces desconocida v o como don Nicolás Osorio^ de 
triste memoria en los anales de la lealtad ooquímbana. £1 
pensamiento era pues en si mismo absurdo i fatal» i sino dio 
desde temprano los frutos dañosos queso palparon mas tarde 
en días aciargos, debióse a que el joven intendente tomaba 
Sobre sí la mayor parte del trabajo i la suma de toda la 
responsabitrdad. Aun para la organización militar, adoptóse 
esto funesto partido de las juntas, caraclerislico, enfpero, 
de la susceptibilidad provincial, creándose (2) una junto de 

(1) Decreto del 9 de setiembre^ 

(2) Decreto de la misma fecha. Por decreto del día 13 se for* 
mó ana tercera con el nombre de Janta de Seguridad, a cayo 
cargo se poso* la policía de la población.— Compusiéronla don To- 
mas Zenteno i dun Nicolás Osorío. Tan grande era la confianza 
eqel éxito déla revolución que la seguridad déla capital seconfía- 
ba precisameirte a dos hombres, que habian pertenecido al gobier- 
no cesante, el uno como Juez de Letras i el otro como elector 1 He 
aqní el decreto relativo a este nombramiento. 

Serena^ setiembre \9 de i6&i: 
Consultando esta Intendencia el mayor orden i seguridad po« 
sibles en este pueblo, ha tenido a bien^ nombrar con este objeto 
una comisión compuesta del Juez de Letras don Tomas Zenteno 
í Rejidor Juez de policía don Nicolás Oisorío, conQriendoa'esta 
comisión las facultades necesarias para cualqtiíer medida que tien- 
da aesle fin. Los ajenies de poHcíadedía i nocturnos se pondrán 
a disposición de esta junta. 

Anótese i transcríbase. Cauera» 



BK U AMUNISTftACION MONTT. 404 

f «erra conpuesta de los eomandanles de los escuadrones ci* 
Ticos.del deparlameolo, don Juan Jerónimo Espinosa» anli- 
goomiülar i. don Antonio Herreros» i del instructor de ca-^ 
balleria SaicedOi el único de los tres que tuviera compromisos 
serios i anticipados con la revolución. Don JRicardo ttuiz Tué 
bocho el secretario de osla junta. 

VIII. 

Bajo la Inspiración de este réjímen altamente desacertado, 
pero que el carácter popular del movimiento , el prestijio 
provincial de sus hombres i los propios medios de la revolu- 
eioni haeian disculpable^ comenzaron a darse pasos impru^ 
dentes^ cuyos resultados, que no envolvían promesa alguna 
de provecho para la revolución, no podian menos, al contra- 
rio, de serle inmediatamente adversos. Fué el primoio de 
estos la espropiacion forsosa hecha del vapor Firefíy que 
nayegabaen el cabotaje bajo el pabellón ingles, i sin mas 
objeto que enviar a Concepción la nueva del levantamiento 
de la Serena I una comisión de lujo i cortesía^ quo fclidlara 
al jeneral Cruz. 

Tardad es, sin embargo^ que Carrera pretendía el dominio 
del vapor para enviarlo al Pern en busca de armas, qnh era 
el elemento mas escaso, i aunque el paso era de l6(los mo« 
dos imprudente, tenia al menos de este modo un jiro militnr 
i revolucionario. 

Acordada esta medida, llamó el intendente al propietario 
del bnque, el opulento e industrioso minero don Carlos Lam- 
berl i ofrecióle hasta 30,000 pesos por la adquisición del 
vapor Negóse Lambert con cortesía i franqueza, alegando la 
fondada escusa de ser un estranjero, al que la contienda 



102 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

estaba del todo vedada por el honor i kis leyes. Hizose pues 
preciso ocurrir al apáralo de una violencia i ocupóse con 
soldados el barqnichuelo estranjero, que, ademas de ser inú- 
til por su tamafio para casos de guerra, tenia en aquellos 
momentos' su maquinaría del todo desarreglada. Entregóse 
en consecuencia el vaporcillo a sus propios maquinistas para 
que se hiciese pronto capaz de navegar i llevase alalcahua- 
Dola nueva; afieja ya, del levantamiento (1). 



IX. 



No fué menos imprudente i fuera de camino el paso que se 
dio el dia 11 de setiembre cpn el vapor de la carrera, que 
llegó esa maüana de Valparaíso. A preteslo de que venian a 
bordo del paqueie dos pasajeros de importancia, vecinos 
acaudalados, pero ¡üofensivos, de la Serena^ se rodeó el bu- 

, (\) Carrera porfió en que no se mandase el buque a Concepción 
i sí al Callao, porque ya el 5 de setiembre, la antevíspera de la 
revolución, había despachado un espreso a Santiago con la noti- 
cia segura i anticipada del movimiento, cuya nueva volvió t 
repetirse eu la misma tarde del levantamiento. £1 primer espreso, 
detenido por las lluvias ¡ la insuíiciencia de cabalgaduras^ solo lle- 
gó a Santiago el viernes 11 de setiembre por la noche i se comu- 
nicó en el acto al Sud. Condujeron la correspondencia los jóvenes 
don Nicolás Villegas i don Juan Doren i la entregaron al coronel 
Urrutiaen el Parral el dia 16 por la tarde. En Congepcion, sin 
embargo, solo se supo positivamente la noticia el dia 19, comunica* 
da por el gobierno de la capital al intendente Viel, cnyas notas fue- 
Tun recibidas por la nueva autoridad, contra cuyo personal iban 
inclusas en esos mismos despachos órdenes terminantes de prisión. 
Kl gobierno de Santiago no supo el levantamiento de la Serena 
Sino el dia 13 o 14 por las eomunieaciones de loi gobernadores 
dePctorca clllapel. 



BE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 403 

que de Iropa ¡ el joven fiuíz, a quíeo encQQlraromos siempre 
donde haya arrojo i jaclancia que exhibir, sosluro fuertes 
altercados con el capitán i los empleados del buque, arran- 
cando de cubierta perla violencia a los ciudadanos do0 Vi- 
cente Subercaseaui i don José Segundo Gana, que se resistían 
a desembarcar i los qué, a despecho del comedimiento, 
fueron enviados del puerto a la Serena bajo una formal cus- 
todia. — Fué falso i calumnioso, sin embargo^ el rumor que 
circuló entonces de que el gobierno revolucionario había 
amenazado a uno de estos caballeros con eslraftos suplicios 
pócque se negaba a erogar una contribución forzosa. Lo^que 
hubo de verdad fueron los ofrecimientos espontáneos de este, 
que no llegaron a ser aceptados por de pronto i cuyo cum- 
plimiento solo se exijió mas tarde, cuando, a ruegos del jeneral 
Cruz, se trató de reunir unas sumas para enviarlo ül sud (I ). 
El ^apor Solivia continuó su marcha, Uevando a Copiapó 
la noticia de aquella inusitada violencia^ mientras que el 
Firefly se hacia a la vela (13 de setiembre) al mando del 
joven marino don Rafael Pizárro, hijo de Coquimbo, condu- 
ciendo por único ausilio en aquella espedicion, que una pro- 
vincia sublevada enviaba a otra qiie estaba ya con las armas 
en la rnano^ un canónigo i un periodista. La mar de Chile 
estuvo destinada en 1831 a presenciar lodos los absurdos i 
también todas las infamias, pero de estas, que no fueron sino a 
medias de un bando de chilenos, i del lodo, de los represen- 
tantes de una nación inicua i cgoisla, no lardaremos en 
hablar. 



(1) Esta cantidad, que llegó a cuarenta i tres mil ptfsos, se envió 
al Suden libranzas firmadas por elsefior Snbercaseaux, las que 
nunca se pagaron por haber sido protestadas en Valparaíso. 



101 HISTORIA DE liOS IHKZ A^OS 



X. 



Mientras tenían lugar fos sucesos que dejamos rereridos, 
entre el 7 i el 13 de setiembre^ la Junta de guerra se ocu- 
paba con cierta tibieza, (a causa principalmente de la falta 
de fusiles con qué armar los voluntarios) de la espedicion que 
debfá organizarse» sea para defender la provincia en caso de 
Inmediata Invasión, como estuvo a punto de suceder, sea para 
conducirla al centro de la Bepüblica, en apoyo de los planes 
que se habia de antemano acordado. 

Tropezábase en esta empresa con obstáculos de müjéneros* 
La provincia de Coquimbo es acaso la méqos belicosa de 
nuestro territorio por su carácter polílico, por su tradición 
histórica i aun por su topografía. De tal manera se encon-' 
traba, por otra parte, desliluida de recursos militares, que 
la guardia nacional de sus departamentos no alcanzaba a 
3000 hombres i apenas tenia mil fusiles por todo armamcn-^ 
to (I). Sus caballerías, que componen la mayor parte de esta 
fuerza, son enteramente inadecuadas para la guerra i aun 
para cualquier servicio militar activo. Compuestas de campe-* 
sinos paciQcos, diieflos la mayor parte del cortijo que cuU 
ti van, porque en ios valles de Coquimbo es donde la agri- 
cultura está verdaderamente subdividida en pequeOos lotes 
de terreno; escasas, por otra parte, de caballos i sin ese 
espirítUí que la guerra i la conquista han creado en nucslras 
fronteras meridionales, las milicias de caballería son en el 

(1) Memoria dH Ministerio do la Gacrra do ÍBSO, 



DB LA ADIUNISTRACION MONTT. 4^B 

Dorto OM Tuerza puramente pasiva, aparente» eaaudo maa» 
para ^rvír a la localidad a que pertenecen. 

La única sección de los babílanles, que podía haber dado 
brasoa para formac una división respetable» era ladel gremio 
de mineros, que cuenta basta cinco o seis mil individuos (1) 
pero este recurso, que se tocó mas tarde con ttn éxilo tan 
singular, dejóse entonces de mano por no perturbar los Ira- 
bajos o porque no se juzgó necesario» o acaso» lo que es mas 
probable» porque nosoocurrióa la mente de las autoridades* 

En cuanto a ios recursos propios de la Serena» era preciso 
dejar para su defensa el batallón cívico, que constaba hasta 
de seiscientas plazas i que era el único ceotro de una com^ 
binacion militar respetable, de manera que no quedaban 
libres para alistarse sino los hombres sueltos del pueblo, como 
los jornaleros de la población» los changos de la costa i los 
geaanes de las Tacnas de hornos de Tundición, cuyo número, 
por mas que se abultase, no podría pasar de 1000 hombres, 
Este núcleo de combatientes i aun una ciTra mayor, corríó» 
«o embargo, a las armas, mas a Taita de estas, áolo los ser** 
vicios de un tercio de volunjlaríos Tueron admitidos. 

En cambio de esta esterilidad completa^ de elementos de 
guerra» abundaba un poder altamente belicoso» pero basta 
cierto punto innecesario, si bien noble i bríllante ; era este 
la juventud, la Tuenle i la palanca de las insurrecciones. 

De tal suerlo habia ganado el entusiasmo el pecho de estos 
nobles mancebos, que cundiendo basta en los claustros délos 
colejios i aun de las escuelas primarias, corrian a alistarse de 
•ficíales o soldados» oifios de todas edades, siendo sinembar- 



(1) Vjase la intere!(ante t prolija memoria sobre la provincia de 
f^oqnimbo» publicada en 1855 por el iotendente don Francisco 
Mino Astibnruaga. 

II 



406 B13T0R1A DE LOS DIEZ iSOft 

go, la mayor parte de ellos de las familias notables del pueblo. 
Puede decirse que la juventud coquimbana se levantó en 
masa, i tan cierto fué esto que desde los primeros días, cuan- 
do se hablan reunido apenas cien soldados, babia ya lisio 
un cuerpo de oficiales que pasaba por mucho de aquel núme- 
ro (1 ]. No era posible rehusar tan noble esfuerzo i se hizo ne^ 
cesarlo, en consecuencia, dar a la división que se alistaba, una 
organización mas bien patriótica que militar. Elentusiasmo 
debía suplir a la disciplina i el ardor de la juventud a la 
presencia de ios caudillos. 



XI. 



Fué en estos días cuando se compuso la música do una 
canción guerrera, a la que se dio por título.— £/ himno patnó- 
tico del ejército de Coquimbo, pero quo se conoció solo bajo 
el nombre mas popolar de la Coquimbana. Era el verso rhdo 
pero noble i la música acentuada i vigorosa, imitando un 
tanto la cadencia del «c Reproche» de Mafio Orsini en la 
ópera Lucrezia^Borgia; conocíase empero que la mano 
del compositor, don José María Ghavot, el maestro do capi- 
lla de la Catedral, habia sido mejor organizada p^ra empufiar 

(1) No hubo casi una sola familia' en la Serena que no enviara 
un representante a esta cruzada patriótica que iba a eroprenderse 
sobre el Sad. Los Larraguibel, íos.Herreros, Munizaga, Alfonso, 
Vicuña, Várela, Argandoña, eran apellidos que se ieian escritos 
en las listas de los afiliados de cada batallón. De una sola familia 
se alistaron cuatro hermanos, cuyos nombres eran Pedro, Gabriel, 
Pedro Nolasco i Pablo Real. Véase en el documento núm. 2 la lista 
de mas de setentaoficiales, que en un imperfecto apunte redactó el 
autor deesta historia en un alojamiento en la marcha de la divi** 
siott a PetOrca i que ha conservado entre sus papeles, 



DE LA ADMINISTRACIÓN HONTT. 407 

el sable, en cuyo ejercicio adquirió en verdad mas alia fama 
ea el curso de los sucesos. 

Los versos de la Coguimbana tienen cierta inspiracioD ar- 
dieule i una brusquedad militar, que la hacia grata en los 
campamentos, donde los jóvenes oficiales, agrupados al derre- 
dor de los fuegos del vivaque, la entonaban al son de las ás- 
peras trompas, quo componían todo el tren musical de la 
división. 

He aquí el coro i las estrofas de que el himno se compone: 

HIMNO PATRIÓTICO DEL EJÉRCITO COQÜIMBANO. 



CORO. 



Incrustad en el alma el fríncipio 
De la sarita, fraterna igualdad; 
De la patria en las aras divinas. 
De los libres el himno entonad I 



Cara patria, la atroz tiranía 
Sa sangriento pendón elevó 
I ios glorias, tus leyes divinas 
Con desprecio feroz insultó; 

Has tu grito de rabia i venganza 
Ya Coquimbo escuchó con ardor, 
I en sus hijos un muro te ofrece ' 
De lealtad, patriotismo i valor. 



Coto.— /fiCTttKad. 



Esa turba servil i cobarde, 
Que de un déspota sigue el pendón 



108 BldTORIA DE LOS DIEZ AfiOfl 

. I de Chile los grandes destinos 
Manchar quiere con negro- baldón, 

Escarmiento terrible i sangriento 
Bn su ruina i afrenta hallará 
I el oprobio de4 mondo indignado 
En su frente esculpido verá. 

Coro.— *íncrtuta¿* 

- ■ > 

Ai eléctrico grito de'atarraa» 

Hoi Goquimb.0 se siente Inflamar; 
Libertad por principio proclama, 
Con su sangre lo hará respetar. 

B^te lema divino ennaltece 
De los pueblos e) ínclito ardor: 
Cuando heroicos sus hijos defienden 
Sus dereciibs, su espléndido honor. 

CoRo.-^/ncrusíail. 



(Coquimbanosl el día se acerca 
Que mostréis con heroico civismo 
Cuan suprema es la fuerza de un puebb 
Que combate contra el despotismo. 

I Ciudadanos! el dia esta Cerca 
Que en sus pajinas de oro la historia 
Vuestro nombre i talor inscribiendo^ 
Solemnise de Cbile la gloría. 

CoRO.^/ncrtts<a¿4 



BE LA ADMINISTRACIÓN HONTT. 409 



XIL 



Para hacer con mas tzp\det el enganche de soldados i dar 
alguna disciplina a los pocos ya alistados^ resolvióse establecer 
un campamento en el punió de las Iligneras, vecino al puer- 
to de Coquimbo i libre del contacto de las poblaciones, s¡m« 
pre dañoso al recluta. Organizóse aqui la planta dé la división 
espedicionaria i las fuerzas que debian componerlas se 
distribuyeron del modo siguiente en las tres armas ; a saber: 

/fi/«n/en«— Tres batallones con los nombres de la «Igual-^ 
dadv, cNúm. 1 de Coquimbo» i «Restaurador». 

CMa/Zmcr— Un escuadrón de laneeros^qne se denominó la 
«Gran Guardia» . 

Artillería— Hm brigada de tres caíiones de montaSa. 

Dióse el mando de los batallones a Tos jóvenes mas en tu^ 
siastas i comprometidos en la revolución, adjuntándose a cada 
cuerpo uno de los tres oficiales veteranos del batallón Yungay 
que habían encabezado la revolución, sirviendo los cuadros 
de aquella tropa de base a la planta de cada batallón. Fueron 
hechos oficiales los sarjentos veteranos, i cabos de instrucción 
la mayor parte de los soldados ; i de esta suerte, la tropa 
quedó organizada de la siguiente manera, en cuanto a sus 
jefes. 

Batallón /jrtia/(¿a¿— Comandante don Pablo Muñoz, mayor 
don Francisco Baroeló. 

Batallón Núm. 1 de Co^mmio— Comandante don Manuel 
BÜbao(l), mayor don José Ramón Guerrero. 

(1] Este jÓTen, ardiente revolucionario, habia llegado a la Serena 



1 1 o HISTORIA m LOS DIEZ aSoS 

Batallón Beslaurador^Comnndsiüle don Venancio Barrasa, 
mayor don José Agustín del Pozo. 

Escuadrón de la Gran Guardia — Coronel don Hateo Salce- 
do, mayor don Faustino del Villar. 

Brigada de ir /t7/ena-r-Comandan te don Salvador Cepeda, 
mayor don José Antonio Sepúlveda. 

Toda la fuerza recibió el nombre de Ejército Restaurador, 
en memoria del que el jeneral Carrera babia conducido al 
Sud contra Pareja en 1813, i se reconoció virtualmente como 
jeneral en jefe a don José Miguel Carrera. Don Nicolás Muni- 
zaga aceptó el empleo de jefe de estado mayor i el antiguo 
oficial de ejército don Victoriano Martínez el de ayudante 
mayor de la división. Don Ricardo Ruiz fué nombrado comi- 
sario de guerra, el joven don Federico Cobo cirujano mayor 
I el cura Campana, capellán castrense. 

Se fijó el punto de las Hij[ueras, como ya dijimos, para 
cantón de disciplina i organización, i el pueblo de Ovalle como 
cuartel jeneral. — Se adelantó también a organizarse en este 
punto una pequefia compafiia de cazadores de a pié llamada 
el Bayo, que mandaba provisoriamente el oficial Sepúlveda. 
Esta partida volante se agregó después a la artillería, sirviendo 
sus soldados de fusileros, para protejer los cafiones. 

El 1S de setiembre se trasladó la tropa organizada en la 
Serena, al campamento de las Higueras, en un numero inferior 
a 300 plazas. 



dosde Copiapo, después de abortadas ^odas las tentativas que ios 
opositores de aquella provincia habían puesto en planta, sin fru^ 
to alguno. 



PE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. i i 1 



XIII. 



Al siguíénle dia de hab6rs6 establecido el cantón de laa 
nígderas, desembarcaba en el puerto vecino un hombre, cuyos 
conocimientos militares hiabrían sido altamente importantes en 
aquellas circunstancias, si en realidad hubieran podido en^ 
centrarse a mano los recursos precisos para organizar un 
ejército. Era este el coronel don Jns|o Arteaga, llamado a 
desempeflar un rol tan conspicuo en los sucesos posterioFes 
de la revolución del Norte. 

Espalriado desde la jornada de abril, en la que cupo a su 
nombre la gloria de una inspiración jenerosa i que habría sido 
heroica, si hubiera sido duradera como fu« espontánea, a« 
ri^aslraba también desde ese dia él baldón de una derrota, 
que el pueblo, maldecia sin comprenderla. Errante i persegui- 
do desde esa hora, encontró al fin, después dé mil azares, 
un refujio en el puerto de Cobija, al que el vapor Éolivia, que 
habia pasado eMI de setiembre por Coquimbo, como ya vi- 
mos, no tardó en llevar la nueva de la reyolutMon. 

El coronel Arteaga recibió con intenso regocijo aquella no- 
vedad, que abría un campo a su anhelo por recobrar el lus^ 
tre de su nombre, í al punto resolvió diríjirse a la Serena 
embarcándose en el vapor Nueva Granada, que venia de re- 
greso al sud, bajo el incógnito de peon-gafian, tomando pa- 
saje sobre cubierta con su compaUero don Santiago Herrera, 
en medio deesa muchedumbre de peones i mineros, que emi« 
gran eonslantemenlo do un punto a otro de la cosía. 

Violentados pronto, sin embargo, los dos viajeros por una si- 
tuación tan penosa i desagradable, no pudieron guardar sus 
difraces con el Wgor debido, i comenzaron a derramar el oro 



112 HISTORIA DE LOS BIEZ AfiOS 

entre lá servidumbre del vapor, a fin de procurarse algunas 
comodidades o siquiera uñ alimento tolerable. Estos actos Im- 
prudentes provocaron al instante el rumor de que dos deseo- 
nocidos de importancia venian ocultos en el vapor, i cuando 
este ^ncló én Caldera, era ya una realidad para todos los 
pasajeros i empleados del buque, que el coronel Arteaga esta- 
ba ábordoé Escapado^ sin embargo, de ser extraído por la 
Aeglíjencia o jeoerosidad del gobernador del puerto, Gonza- 
les) contíniió aquel su viaje hacia Coquimbo. Mas^ a pocas mi- 
llas de este puerto, supo con sorpresa indecible que el buque 
hacía rumbo a Valpai^iso i que no tocaría en ningún punto 
intermedio a protesto de la violencia que se habia hecho 
al B,olima i en raton del peligro qu^ se creia iban a correr 
los caudales que trdia a stl bordo. Venia por acaso «ntre los 
pasajeros del vapor en esta vez el ájente jeaeral de la Com- 
paüia de paquetes del t^aícifico Mr. Wheelright, hombre ip- 
dustrioso i honorable, que tenia ea toda nuestra costa el cré- 
dito de ser uo distinguido caballero. A él resolvieron 
Arteaga i Herrera, en consecuencia, dirijirse en tal conflicto 
aeguadados por un pasajero amigo, el doctor BqH. Pero todos 
se encontraron con la Irrevocable voluntad del jefe de la 
oompafiia, que a despecho de todos ios ruegos, de las amena- 
zas i aun de rotes dú-ectos de hombre ^ hombre, se obstina- 
ba en seguir su rumbo a Valparaíso. Protestóle Arteaga a 
Bombre de su honor que ni wsa cable de su buque seria to- 
cado por las manos, de los revolucionarios i aun rogóle con 
instancia que lo dejara con su companero en cualquier playa 
vecina, facilitándole un bote por unos cuantos minutos. Una 
cruel negativa fué la respuesta a esta jpsla solicitud. El ajen- 
te ingles parecía resuelto a asumir el rol de delator para 
con nn militar proscripto i condenado a muerte por el go- 
bierno de la República, desde que esta negativa era solo una 



DR LA AramiBTR ACIÓN IIONTT. 1 i 3 

trkto escusa. Los dos viajeros tomaron en coosocHencía 
el ttlUmo partido que la crueldad de los jefes del buque les 
dejaba i posierouse a sobornar con el oro i los alhagos de la 
retolaciM a los esforzados peooes ^ue veQÍan sobre cubier- 
ta i cuyo DÜmero era mas que suGcjente para a presa t* en 
un instante a todos los empleados del vapor i obligarlos a 
torcer sa rumbo hacia el puerto de Coquimbo. 

Pasaba ya el buque a la vista del puerto^ a distancia de 
onas pocas millas i era llegado el momeóte de apurar la 
sublevación de los pasajeros, cuando por una rara fortuna el 
vapor de guerra britáoico Gorgon, que habia anclado el día 
anterior en la baliia» hizo seOal dé detenerse al vapor de hi 
carrera. Desobedecióle este sospechando sin duda un lazo i 
continuó su rumbo. Disparole entonces aquel un tiro de cafloo, 
pero el vapor no se detuvo, hasta que fué preciso echar al 
agua dos botes armados iordenar su persecución. Solo a su vista 
paró el vapor su máquina, i como pronto lo rodearon algunas 
chalupas que estaban listas en el puerto, dpsde que se haj)¡a 
avistado, pudieron los dos prisioneros del vapor ingles em^ 
barcarse en una de estas, descendiendo por un cable, a es- 
condidas de sus guardianes i sin tener mas tiempo que el 
de enviar a su sirviente a traer sus sacos do noche que 
habian dejado olvidados. El obtener estos costó al pobre 
doméstico una tunda de golpes que por despecho o insolen* 
eia le dieron alganos de los empleados del paquete. 

Tal fné la peregrinación del coronel Arteaga desdo Cobija 
a la Serena en el vapor iogles Nueva Granada^ la que nos 
hemos permitido referir con tau minuciosos detalles, porque 
era el primer paso que los subditos ingleses daban en las 
peripecias de nuestra revolución, que ellbs debían manchar 
en breve con los actos mas indignos de traición i piratería. 

Grande Aié pues el gozo de Arteaga ai enconlrarso salvo 

15 



1 1 4 HISTORIA DE LOS DWZ AfiOS 

en Ib Serena. Presenlado al intendente Carrera, a qcrieo no 
había vuelto a ver desde la madrugada del 20 de abril, 
echóle los brazos al cuello i dijole con efusión: «Debo a U. 
amigo, mas que la vida, porque le debo mi honor, que U. ha 
defendido. Vengo ahora a podírle, en nombre de ese honor, 
ün puesto cualquier^, aunque sea el de soldado» (1). 

Carrera aceptó aquel noble ofrecimiento, i pocas horas mas 
tardt) el coronel Arleaga recibía sus des pachos provisorios de 
jeneral, firmados por el intendente de la provincia con la 
aprobación del Consejo del pueblo. El mismo Carrera había 
recibido este título del Cabildo de la Serena i a nombro del pue- 
blo de toda la provincia, que aquella corporación virtualmente 
representaba. 

XIV. 



Acordada con el coronel Arteagai el consejo la campafla que 
iba a abrirse, se ordenó la reunión de todas las fuerzas en el 
cuartel jeneral de Ovalle, i al efecto salió de la Serena el diá 
19 el batallón Nüm. 1 (2). El 20 marchó a. incorporársele el 

(1] Esto era positivo. Nos consta personalmente que Carrera 
fe empeñó siempre en desvanecer los reproches qne se hacian a| 
coronel Arteaga por su conducta el 20 de abril. — Carrera , en 
efecto, anunciaba al autor la llegada del coronel Arteaga en carta 
del 21 de setiembre, que tenemos a la vista, con estas palabras: 
«El coronel Arteaga sale para esa (lllapel) en dos horas mds a 
ponerse al mando de la división de vanguardia, animado de un 
entusiasmo i decisión admirables. Antes de ayer llegó de (Cobija 
pidiendo se le colocase aunque fuera de soldado para pelear. i> 

(2) Antes de emprender su marcha los oficiales i soldados de 
este cuerpo se dieron cita para despedirse del pueblo de la Seré. 
na el 17 de setiembre, a uua función que debía tener Lugar 



DB LA ADIIINISTRACION HONTT. 4 IS 

coronel Arteaga, comojere de la vanguardia; el 21 Carrera 
delegó la intendencia od su sucesor don Vicente Zorrilla i 
el S3 se puso en marcha toda la tropa acantonada en las 
Higueras bajo el mando inmediato del coronel Salcedo, la que 
haciendo sus Jornadas el primer dta a la Junta, el segundo a 
Barramías i el tercero a Layunilia^ llegó el cuarto (26 de 

aquella noche en el teatro.— <i Vamos a cantar por la última vezí 
d^ía la proclama de invitación, el himno de la patria. Si lofi 
tíranos vencen, esa canción quedará escondida en f\uestros pe- 
chos «•• Por una coincidencia qne pudiera llamarse fatal i que y^t 
tenemos indicada, los dias de organización i de labor revolucio- 
naria eran los mismos del aniversario de la independencia, a que 
el pueblo se entregaba ahora con mas alborozo (al contrario de lo 
que sucedía en Concepción), descuidando, por tanto, los aprestos 
que el desarrollo de la insurrección hacia indispensables. Era 
forzoso que todas las noches hubiese iluminación, que la banda 
de ntúsica recorriese las calles sej^olda de tumultos de pueblo, i 
aun el dlai8 se ocupó en un solemne Te Deum que tuvo lugar en la 
catedral con asistencia de todas las autoridades.— Era justo que 
el aniversario de la independencia se celebrara con entusiasmo, 
pero mas conveniente hahria sido que esa conmemoración de los 
viejos dias de Chile se sacrificase al nacinruenio de su llb.ertad. 
Por lo demás, este entusiasmó contribuía a encender el ardor 
nacional del pueblo i de la juventud, aunque fuera muisensibleque 
distrajese las atenciones i el tiempo de \ñi autoridades. La 
prensa seguía arrojando proclan^as i publicando boletines, qne 
sembraban esperanzas nuevas en el corazón de los ciudadanos.— 
La musa coquirobana no estaba tampoco ociosa i circulaban nu- 
merosos cantos a la patria, a la gnerra, a la libertad, con los noin* 
bre de— fTimno de Coquimbo-^La despedida del eoldado-^Mar^ 
cka patriótica etc. etc. ' 

La letra de esta última es como sigue: 

MARCHA PATRWTICA.. 

Lauro inmortal os espera. 
De honor al campo salid. 



116 HISTORIA DE LOS DIEZ aSOS 

teliembré) a la villa de Ovalle, donde se le lacorporó aquel 
mismo dia Carrera que habia salido de la Serena eo la vis- 
pera coB don Nicolás Munizaga i el estado mayor. 

La campaña quedaba abierta, pero habían tenido ya lugar 
én la provincia diversos acontecimientos mUi tares, que 
aunque parciales, nos es forzoso recordar con anterioridad, 
porque se refieren a la ocupación de toda la provincia por 
las fuerzas revolucioDarias i a la pérdida de una parte de elia^ 
a consecuencia de los descalabros que e^as sufrieron, tanto 
en el norte como en el sur de su territorio. 



Sonó la trompa guerrera; 
If ijos de Araaco, a la lid I 

Coro d$ hombres. 
Mirad esa horda salvaje 
Cual respira destrucción. 
1 sufriréis que se altraje 
Al tricolor pabellón? 

Ella sus miembros cuenta* 
Contra el valor no hai ardid, 
£aíga en su frente la afrenta; 
Hijos de Arauco, a la lid I 

Coro de mujeres. 
Amigos, padres,, esposos, 
La patria os llama ; venid. 
Mostraos pues valerosos 
Hijos de Arauco, a la lid! 



CAPÍTULO W 



mPACIM BE U PMVUCU K COQIWH. 



St tiwfím maáUu pm ocapar los doparlamenlot de U pfotin* 
CM.— Toma de ElqQi.— Espedicion «I Haasco.— El «aior «seo* 
misionado para lomar posesión de los departamentos del Sud 
hetU lllapel.*-Ocapa a Ovalle.— Medidas gtibernatíTas.— Or- 
gaMu «aa AMrta de cíea hombree i marcha sobre Gombarba« 
1^*— Batra a esU Tilla.— Retirada de los.gobernadores de estof 
departamentos.— Entrada Iriunral de la espedícíon en Illapel.— 
El eomisíonado es nombrado gobernador por el Tecindario i dos 
comismMdof de la Serena.--Su8 múltiples Irabajos.— Inciden- 
cias pecnliares de la celebracioa del aniversario de setiembre 
en UlapeK 



I 



Dijimos ya en el capitulo segundo quo en la noche üol 
levantamiento se habla enviado destacamealos de tropa ve- 
terana i comisarios autorizados, con el objeto do ocupar los 
deparlamentos de la provincia de Coquimbo basta la raya de 



118 HISTORIA DE LOS DIEZ iÑOS 

Illapcl por el sud ¡ hasta la villa do Vicuña por el orieole. 
Al referir los recuerdos de estas dos espediciones, narraremos 
también la breve i estéril campada de la que ocupó lem- 
poralmenie ei valle del Huasco, aunque fué un tanto posterior 
a aquellas. 



11. 



El movimiento sobre el departamento de Elqui tuvo un 
desenlace rápido í feliz. Los comisionados de la Serena don 
Manuel Antonio Alvarez i un sefior Arcayaga, vecino de El- 
qpi, partieron por la noche del 7 con un piquete montado 
de 1S hombres del Yungla!. A medio cámfno, adelantóse Ar- 
cayaga i entró a la villa cabecera sin oposición alguna, re- 
eibiéndose del gobierno i del cuartel cívico sin (ornar ninguna 
medida coercitiva sobre la población. Mas, luego que hubo 
llegado Alvarez, en la tarde del día 8, puso en arresto al 
gobernador don Nicolás Ossa i al comandante del batallón 
cívico don Nicolás Ansieta, nombrando gobernador, en virtud 
de sus instrucciones, al ciudadano don José María Gallo- 
so (i ). En el acto se reunieron las escalas milicias de aquel 
distrito i se organizó una compañía de fusileros voluntarlos, 
que al mando del joven don Juan Luis Rojas se- agregó des- 
pués al batallón igualdad, reclutadoen la Serena. 



(I) Véase en la Serena del 18 de setiembre de iS5l eí parte 
oficial de doír Manuel Antonio Alvarez al intendente de la pro* 
vincia, fechado en VicuíU setiembre 8 de 1851. 



n LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 1 1 9 

in. 



La ospedicion sobre el Huasco. partió, el 26 de setiembre. 
Maodábaiila el oficial de cazadores a caballo don Domiogo 
Berrera {que se había desertado de so escuadrón ac^Atona- 
do en Copíapó» tan luego como se rastraron todos las planes 
revoluciónanos en aquella provincia), juntamente con los jó- 
Tenas coqulmbanos doft Miguel i don Federico Cavada. Esta 
fuerza, constaba solo de veinte i cinco inCantes montados i un 
pelotón de treinta a cuarenta lanceros de milicia. 

Proponíase la espedicíon, que era un tanto agresiva e im- 
prudente en su carácter, desde que iba dirijida contra una 
provincia que aun no se habia pronunciado, dos objetos prin- 
cipalmente. £1 primero, del todo ilusorio, era relativo a un 
mmor que habla circulado en la Serena sobre que en el 
puerto del fluasco existia una cantidad de dos mil fusiles 
pertenecientes al jeneral Ballívian, i a mas una suma de 
treinta mil pesos en la Aduana de aquel puerto, de la mo- 
neda decimal recien sellada, que el gobierno habia enviado 
a aquel departamento. El segundo tenia en mira levantar 
las poblaciones del valle del Huasco i protejer en lo posible 
la sublevación del escuadrón de Cazadores, cuyos oficiales i 
tropa se suponía del todo decididos por la revolución. En 
ambos fines la espedicion tuvo un fracaso Completo. 

Avanzando rápidamente por el camino de la cosía, la pe- 
qocaa caravana cayó de improviso, en la tarde del 28 de 
setiembre, sobre el pueblo de Freirina, que se adhirió en el 
acto a la revolución, destituyendo a su gobernador don Ga- 
vino Bojas, que fué reemplazado por don José Poblóle, pues 



490 irSTORtA M lOB ÜfESr AÑOg 

desde tiempo atrás este pueblo mantoDÍa fuertes compromi- 
sos con los caudillos de la Serena (1).» 

Resforzado aquí con el escuadrón de Huasco-bajo, que se 
sublevó a ta vista de la espedicion coquimbana, marchó esta 
a ocupar a Yailenar, llegando a la hacienda de la Bodega 
situada a tres leguas de aquel pueblo, 60 la madrugada del 
día 29. El gobernador, don Manuel José Avales, improvisó, 
sin embargo, una Vigorosa resislencía i en la tarde de aquel 
dia destacó del puebto una fuerza respetable de la infantería 
cívica, at mando del comandante don José Domingo (ronzales, 
resforzada por un escuadrón de arjeuAnos que a la sazón es- 
taba organizando en ese departamento don Pablo Yidela. A 
la vista de esta fuerza. Herrera i ios Cavada juzgaron pru*- 
denle el retirarse sin aventurar un combate i regresaran a 
toda prisa a la Serena, a donde llegaron el dfa 2o 3de octubre 
sin mas fruto de su tenfaliva que unas pocas armas ¡algunos 
cívicos, que, comprendidos en el movimiento de Freirina, ve^ 
nian a refujíarse en la Serena, junto con su jefe, el sárjenlo 
mayor de ejército don Isidro Adolfo Koran. 



IV. 



Cupo al autor de esta historia la comisión de apoderarse de 
los departamentos del Sud hasta la linea del rio Choapa, 

(1) «En cuanto a la jéneralídad de Freirina, me es doloroso 
confesar qae se ha estravíado Jamentablemente. Sos relaciones 
con los Coquimbanos i mas que todo, la tnfluenoia de algoiioa 
frailes, han corrompido hondamente las ideas políticas de aquel 
distrito. D — Nota del intendente de Vopiapó don José Aguitin Fon- 
tanei al Ministro del Interior ^ fecha de Copiapá octubre IT de 18at . 
(Archivo del Ministerio del Interior}. 



Bt u iratinstRACioN mmtt. W 

doDde se pondría al habla con la provincia do Aconcagua, 
sin invadirla, sin embargo, porque el propósito inmediato de 
los revolucionarios de Coquimbo se reducía solo a reasumir 
la totalidad de la soberanía provincial i hacerse en esle te- 
rreno Kclto/faertea por el derecho i la legalidad. Era el comi- 
sionado un joven estudiante casi adolescente todavía i qu# 
apenas había sido conocido en la capital por algunas ar- 
dientes disputas académicas i por la publicación de ciertos 
ensayos literarios. Hecho prisionero, con las armas en la ma^- 
no, en la madrugada del 20 de abril, fué desde entóneos el 
compafiero constante de Carrera ea la prisión, en la foga^ 
en sa refujio en la Serena i por último, en sus trabajos re*- 
volacionarios, en los que aquel desompefiaba un rol intimo 
i reservado, redactando, como hemos visto, paria de la corres- 
pondencia, las proclamas i el manifiesto público que debía 
dar el intendente de Coquimbo a la nación i del que hemos 
hablado en una nota del papilulo anterior. 

Sa nombramiento para marbhar al sud fué, sin embargo^ 
instantáneo, porque todo lo que él había pedido a su amigo 
era un puesto de capitán de tropa en las filas de la espedí- 
cion, que una vez estallado el movimiento debía marchar 
sobre la capital. Mas, como ocurrieron el día del levantamieu'^ 
to diversos tropiezos para designar la persona que debía de-* 
sempeQar este servicio, acordó Carrera el confiario al hombre 
que tenia mas cerca de si i cuya juventud lejos de ofre- 
cer un inconveniente, era para éi una garantía. No todos 
pensaban, sin embargo, como él a esté respecto, i la elección 
de aquel mancebo miróse por muchos como un pase desa- 
certado, atendida su corla edad i la importancia de la em- 
presa. 



16 



tSt HISTORIA DE LOS PIEZ AÑOS 



V, 



A las cinco de la tarde llamó, en efecto, el intendente a 
8tt desapercibido compañero para anunciarle esta medida i 
a las ocho de la noche salia ya del cuartel con 13 hombres 
de la fuerza del Yungai, montados a lomo desnudo en los ca- 
ballos que aquella larde se habían aporratado a la tijera en 
las chácaras vecinas. — Enlfegósele al partir un pliego de 
instruiüciones (f ) en que se le daban facultades omnímodas 
para proceder en su comisión, tanto en el arreglo civil délos 
departamentos como en las disposiciones militares, para cuyo 
mayor acierto se le asoció en calidad de jefe de la tropa al 
ayudante Verdugo,* promovido ahora a sárjente mayor de 
caballería. El valienfe sárjente del Tungaí don Alejo Jiménez, 
ascendido a alférez, iba al inmediato mando del piquete de 
tropa veterana, i at^ompafiaban ademas a la comitiva en ca- 
lidad de canloresj varios jóvenes entusiastas i entre otros 
don Ignacio Mackiury, el agrimensor don Enrique (lormaz i 
algunos vecinos de*Goqtiimbo, como don Maleo Sasso, don 
Diego Romero, don Domingo Carmena, famoso después en el 
asedio de la Serena i un joven Latapiatl, nifio de quince 
anos, hijo del coronel de este nombre, que había sentado pla- 
za de soldado raso el dia de la insurrección. 

Desde los cerrillos de Pan de Azúcar, el comisionado des- 
pachó a Ovalle utí espreso, portador de una corréspondeocia 
doble dirijida á los vecinos liberales de aquel pueblo, en la 
que les anunciaba su verdadera misión i las fuerzas de que 
disponía, incluyéndoles en un pliego separado noticias abul- 

(i) Véase el dochmento núm. 3. 



DB LA ADMINISTRiCnnifMHTT. 123 

tadasdcl leyantamíenlo idesumarcbat para qD&41egtM«sta 
nueva a oidos de la autoridad i le impusiese temor. Tai me- 
dida tuvo no éxito completo, i al siguieote dia, cuando el 
piquete de la Serena avistó las alturas de Ovalle, después de 
ana marcha Cnlígosa i en medio de una lluvia desecha que se 
descolgó desde que dejaron la portada de la Serena, el go^* 
bernador don Francisco Bascuüan Guerrero se pouia en pre- 
cipitada marcha hacia el sud, dejando formados en el cuartel 
cerca de 100 hombres del l>a tallón cívico. El majrop Yerdn-? 
go, adelantándose con dos hombres, tomó posesión de esta 
tropa, mientras que el comi^onado recibía, en las lonfas que 
coronan el yaHe en cuyo seno está situado el pueblo, las 
comisiones de felicitación que le salian al paso, entre las que 
se distinguiaupor su cordial espíritu los ciudadanos de O valle 
don José María Pizarro, don Vicente Larrain i tos Jóviues 
Barrios, ricos hacendados de la costa del departamento. Ve- 
nían estos últimos escollados por una compaflia de caballo* 
ría de milicia que habían acuartelado aquella tarde en el 
pueblo vecino de la Chimba. 

Eran las oraciones cuando la columna revolucionaría pe- 
netraba en la población, engrosada estraordinafiamente por 
cerca de 50 vecinos que habiaq salido a su encuentro i por 
ana inmensa muchedumbre que venia a pié victoreaddo 
a Goquitnbo i al jeneral Cruz. Todo el pueblo estaba on la 
ealle i se dejaba arrebatar, delante de aquel espectácuto 
nnevo i singular, por los transportes de una alegría enlu- 
«asta i comunicativa que manluvo toda aquella noche la 
linda villa de Ovalie convertida en un verdadero campo de 
fiesta. 

No fué preciso tomar ninguna medida de violencia, i aque« 
Ha noche solo se procedió al nombramiento de gobernador, 
cargo que aceptó, mediante una acta levantada por loa mas 



121 BISTOIUA DE LOS DRZ AfiOS 

respetables vecinos del pueblo, (1) el alcalde de primera 
eieccfoB doQ Víceole Larraio, hombre popular i enérjíco, que 
con el respetable vecino don José María Pí2arro, a quien ya 
hemos nombrado, dividía el presUjio liberal del departamen^ 
te, i el qué, puesto en uso por ambos, les había dado el 
triunfo legal en las últimas elecciones. 

Ei comisionado se consagró, por su parte, esclusrvamente 
a la organización de la fuenza con la que^ atendiendo a sus 
instrucciones, debía marchar sobre Combarbalá e Illapel. El 
gobernador nombrado leausilíaba coa eficacia, pero el mayor 
Verdugo cayó desgraciadamente enfermo desde la primera 
jornada, a consecuencia de la lluvia, que afectó su salud un 
tanto decrépita ya por lo^ años. La compañía de este vete- 
rano iba a ser por tanto inútil desde aquel día en la división 
espedicionaria. 



VI. 



Constituido VicttOa en el cuartel durante todo el tiempo 
de su residencia en Ovalie, había organizado por la larde del 
día siguiente de su llegada (9 de setiembre} una división de 
4 00 hombres, de los que 30 eran infantes i la otra mitad jinetes 
de lailicia. Los primeros eran voluntarios del batallón cívico 
que habían salido dos pasos al frente de la tropa acuartelada 
a la voz de si querían o. no marchar libremente sobre Com- 

(i) Véase esta acta en el documento núm. 4. En cnanto a 
todos los sucesos de esta espedícion, pueden verse los partes 
oficiales del comisionado Vicuña Mackenna publicados en la Se- 
rena del mes de setiembre de 1851, de los que damos ahora a luz 
bajo el mismo núm. 4 unos pocos, sin alterar en nada su acele*» 
rada redacción en los lances de la mucha. 



DE LA ADHlNlSTRiCION M6RTT. 125 

]»rbalá e lüapel ; los otros habian sido elejidos por el gober^ 
nador Larrain entre los escuadrones del valle reunidos a toda 
prisa. 

Al dia siguiente, 40 de setiembre^ los aprestos de la mar- 
cha estaban concluidos. Vicuña habla armado i mnnicioBado 
su fuerza, distribuyendo los únicos doscientos cincuenta tiroé, 
fue el piquete veterano había traido en sus cartucheras des- 
ie la Serena, nombrado oflciales de ella entre los sárjente* 
que se ofrecían a marchar i distribuido los 43 hombres del 
Tungai que le acompañaban, como clases instructoras, ba^* 
ciendo ademas a la fuerza espedicionaria un suple anticipa* 
do i vestfdola cm la uniformidad posible (1 ). 

El gobernador, por su parte, habia desplegado ana actlvi*» 
dad no menos eicaz, reuniendo caballadas por porralas, co^ 
leetando dinero por medio de contribuciones forzosas entrd 
loe vecinos i los opulentos hacendados del ralle i reunieodo 
las milicias de caballería^ numerosas en este departamento, 
pero inútiles del todo a falta de-disciplina i de armas, no me- 
nos que por la calidad de los soldados» que como tenemot 
ya dicho al hablar de las milicias del deparlamento de la 
Serena, son del todo inadecuados para cualquier servicio ao-* 
lívo, fuera de las parroquias en que habitan. 

A las cuatro de la tarde del dia 10, Vicufia tenia ya listos 
iodos los elementos de movilidad que ie eran precisos i que 

(i) Ocurrió an lance curioso a este respecto. Habiendo enviado 
un ayadaote a pedir al gobernador ana cantidad de calzado pala 
qoe la tropa que llevaba pudiese hacer el ser¥Íclo de infantería 
tijera^ el oficial portador equiTocó el mensaje, o no lo comprendió 
elsol>ernador, pues el calzado qoe recibió fueron cien pares de s:a« 
pattlíoi ie gamusa, con la contestación de que era el calzado ma§ 
Itjeroque se encontraba en la villa, lo que bien se conocía; pues a 
las dos horas de marcha, los soldados mostraban c lijeramentc» 
los dedos de los pies por entre la frájil zuela de las zapatillas^ 



1116 HISTORIA DE LOS DIEZ aSOS 

el goberoador somioislraba coa maoo liberal i oportuna. A 
esa hora emprendió su marcha, llevando en las pistoleras de 
su silla dos paquetes de onzas de oro, qne hacían una suma 
dedos mil doscientos cincuenta i cinco pesos, colectados aque- 
lla maflana por el gobernador con otras somas mas considera- 
bles. Solo el propietario déla ramosa hacienda de Limari, don 
GaKsto Guerrero, había erogado mil pesos i los SS.Aristía de 
la hacienda de Sotaqui enviaron espontáneamente al nuevo 
gobierno la suma de mil quinientos pesos. 

Vlcutla con su pequeña división marchó a acamparse la 
Boche de aquel dia en el pueblo de la Chimba, situado al 
otro lado del rio que cruza el valle i dos leguas hacia la 
cosía. Acompafiáronle hasta el vado que separa las dos po- 
blaciones los vecinos principales de la villa cabecera, adhe- 
ridos sinceramente al movimiento revolucionario. Venían en 
esta lucida comitiva, el gobernador, algunos municipales, el 
influyente vecino don Rafael Muñoz, algunos dé los jóvenes 
Valdivia, acaudalados propietarios del vaHe, el popular don 
José. Haría Pizarro i algunos comerciantes i jóvenes entu- 
siastas del pueblo. 

Apenas se habian despedido estos vecinos en la ribera 
norte del río, cuando en la orílla opuesta se presentó en fila 
un numeroso escuadrón de caballería, que en aquel dia i el 
anleríor habia reunido con empeño su comandante don Mar- 
cos Barrios, joven patríela i rico que, como sus hermanos 
don Valentín i don Xuan Bautista» había sido comprometido 
én la revolución no menos por sus principios que por la in- 
Ouencía intima de don Nicolás Munizaga, de quien eran pa- 
rientes. Gran parle de las fuerzas de aquel escuadrón habían 
sido colectadas en la hacFenda de Frai Jorje, propiedad de 
los SS. Barrios i en las aldeas de Pachíngo i Tongoy, situa- 
das, en el litoral ; mas como fueran escusados sus servicios 



BE U ADMlNISm ACIÓN HONTT. 127 

por eolónces, Vicuña se contenió con dar las gracias a aque- 
llos volontaríos i aceptó solo llevar consigo a 20 mozos re^ 
sueltos que salieron a su voz de las fllas. A ía cabeza de 
estos adelantóse un joven de simpa liqa i espresiva fisonomía 
que montaba un brioso caballo i llevaba a la cintura un sable 
brnflldo i sonoro. Era este, el sárjenlo José Silvestre GAL(.a« 
aoiLLos, de inmortal memoria en los anales del heroísmo 
coqulmbano. c 

Acampado Vicuña aquella noche en las casas de don Mar-' 
eos Barrios, en la aldea de la Chimba, a las dos de la ma- 
drugada siguiente (11 de setiembre) emprendió su marcha 
hacia Oombarbalá, llegando a dormir aquella noche al punto 
denominado el Huilmo, después de atravesar los dilatados 
llanos de Potnitaquí i la áspera cuesta de los Hornos, entro 
cuyos guijarros quedaron esparcidas muchas de tas ptejiof 
lijeras del calzado de la inralateria. La jornada habia sido 
recia, poro los soldados le habian hecho complacer marchando 
a pié no menos de diez leguas. La caballería venia a las 
iomediatas órdenes del joven don Juan fiautíata Barrios, qaa 
habia liecho su ayudante al oficial Galleguillos/ a quien pro-» 
fesaba un gran cariño i tenia ocupado de ante mano, junto 
con su hermano, en calidad de administrador de alguno de 
sas fundos. Vicuña en persona se habia hecho cargo de la 
¡nfanlería. En cuanto a Verdugo, nos parece haberle dejado 
enfermo en Ovalle, porque solo volvimos a verie una semana 
mas tarde en Illapel. 

Vicuña debía ocupar a Combarbalá oü la tarde del día 
fl'guieate i para evitar embarazos habia hecho adelantarse des- 
de Ovalle, al dia siguiente de su llegada (el día 9) al joven don 
Ignacio Hackiury, a fin de poner en manos del gobernador 
de aquel departamento don Francisco Campos Guzroan una 
carta, en que tocando intimas simpatías i graves empeños, se 



if$ HISTORIA M LOS DIEZ AfiOB 

Ifirílaba a aquel jefe a asociarse a la revolución. El emisario 
tardó empero tres dias en aquella marcha, que debió ser 
precipitada, i cuando llegó a la villa. Campos Guzman ya la 
babia. abandonado» después de inlenlar un simulacro de re- 
aistencta, que un soldado llamado Isidro Hidalgo desvaneció 
dando un grito eontajioso de Yif>a Cruxl en el cuartel en que 
el gobwnador les arengaba para hacerse fuerte contra los 
sublevados de Ovalle. Aquella misma noche llegarcm al cam- 
pamento del Httilmo otros dos emisarios, que veoian de la 
Serena con encargo de ¡aducir, por lo menos a la neutralidad, 
dioQM una abierta adhesión, al gobernador Campos. Era uno 
de estos su propio hijo don Ambrosio, que arrestado en la 
Serena, había obtenido su libertad bajo la garantía de esta 
misioa intima i de honor. Acampanábale el joven don Sanios 
Cavada, pero como la coBiision de ambos fuese ya tardía, 
regresó este ala Serena aquella noche i Campos se adelantó 
a Combarbalá, ofreciendo hacerse útil a Ja espedicion, lo que 
tan lejos estuvo de cumplir, que a la llegada de la última, 
tu jefe tuvo a bien ordenarle regresara a la Serena en el 
término de dos horas. 

VIL 

A las S de la tarde del 12 de setiembre entraba la fuerza 
de Ovalle en la desmantelada villa de Combarbalá, viejo 
asiento de minas, plantado entre agrios í desnudos farello- 
nes con algunas callejuelas bajas i torcidas i una plaza, en 
la que crecían tan espesos matorrales de quísoos i de quilos, 
tomo bajo la sombra de un bosque salvaje. Los callejones 
que ádü aoceso al pueblo estaban solitarios, la plaza de- 
sierta, los casorios cerrados. Muchos habitantes se habían 



pe LA iMimsffticion momtt. 129 

dado a Ja faga i .otros se ^aedabaii de mala gana, (kh^w 
M podía dudarse qoé Caaipos era ana autoridad popular a» 
el departamooto, en el que vivía oooio un eioir oriental, m 
kacieodo ofeneas ni dalloe i recibiendo eq eamlÑo fáciles pla- 
ceres. El único habitante de alguna nota que salló al oBcuealre 
de los invasores, ftié el soldado Isidro Hidalgo, cuya patriótioe 
insubordinación hemos referido i del que se ms di|o por 
unos, hiciera aquella proeza eslaiido ebrio,, i per otros, que bit 
an acto de entusiasmo que el goberoador quieo oasUgar er-» 
donando se le hiciese luego. La tropa hafaia desobedecido, i 
asegurábase que osla había aido la causa de la preoípiUide 
fuga del vIHmo. Sea como quiera, cuando fiidalgo se presenté 
a la entrada del pueblo, ^ jefe 4le la dirision.se desmontó 
del cabaHe, i echando sus brazos ai mietto de aquel héroe 
improvisado, proclamóle deleote de la trepaalfaraz déla 
jeote qae sereelutara en Gombarbalá, ietoelaiide dar m, 
mas que una recompensa individual, un esUmulo a ios bal 
bitaates del pueblo. Pero latióle este propósito ian^ eoeipie-* 
lamente qde el soldado alférez rechazó et beuer i ae cenleoió 
con pedir con vehementes instancias que se le diera un 
certiGcado por escrito de haber $ida fuilado, lo que se. le 
otorgó sin dificultad. SI pveblo de Gombarbalá estuvo, por 
so parte, en presencia déla revotucient a )a altura del alf^rmí 
Bidalffof 

Cerca de 18 horas fkreren precisas a Viculta pera dejar 
lefemente organizado aquel departasMato, Insígníflcanle en 
cualquier sentido f nulo del todo bajo un puato de vista mi-* 
Atar, pero qué fiabía manifestado um hostü apatía coeira et 
movimiento revolucionario. Consiguió nombrar gobernador 
al atoeMe don Fedre AranetMe ( hambre Ubie pero honra- 
do, que reunía a su titulo consefN todos los otros emplees 
do villa como juez de 1/ instancia i administrador de co- 

17 



130 HISTORIA DE LOS DJEZ aKqS 

rreo»)(J) i toma halante afadmíiiistrador del estanco, siíjeto 
de uoa presencia beKcosa, que oslenlaba su frente partida 
ettdorimtade^.por un golpe de máchate, que él decía había 
recibido en soa comlMles contra los contrabandistas, punta 
en el qse insistió porfiadamente al rendir su cuenta. Es- 
ta, sin embargo, i a pesar de tant^ bravura, dejó solo un 
saldo liquido de catorce pesos\ único recurso pecuniario con- 
aegirido en el departamento. Juntáropse también algunos 
caballos, se levantó bandera de enganche i solo alcanzaron 
a reclutarse- 19 botnbres; se descubrió después de prolijas 
aTerigaacfpnes i terminantes amenazas e) paradero de 100 
feaitos que. el gobernador, al fugarlo, habia dejado ocultos, i 
por último^ para hacer uúa off anda al pueblo, se sacrificó 
M el medio de Fa. plaza, a la manera antigua, una gorda 
támara que le pagó por su justo precio i cuya carne se re- 
partió a lodos los pobres que quisieron racionarse. El degüello 
do la ternera fué acaso el acto mas importante i mas paular 
ejecutado por h división de X)valle, en la villa cabecera del 
departamento daCombarbaiá.... 

La demora de- Vicufia tenia, sin embargo, un objeto mas 
hnportante,^ el tomar Janguas de lo que acontecía en el de-^ 
partamento vecíne de lllapeit cuya ocupación era el objeto 
mas interesante de su miapcha^ i recibir al misnK) tiempo 
autillo de municiones, que habia pedido desde Ovalle a la 
Serena para el caso que se le opusiera resisteucía. Estos dos 
objetos se allaniaroneA la maflana del 14. Se recibió tem^ 
prano 2000 tiros a bala i 1000 pesos en diaero, enviados por la 
intendencia; íjuntoconlas nuevas que los espías nos Iraiande 

(1) La apatía de este vealno ,hi2o que el coronel Arieaga a su 
Ikgacla a Gembarbalá lo reemplazara por el joven don Ignacio 
llackkry. 



DE LA ADMIMSTRACIOK MOKTT. 1^1 

estar, espedilo el camino hasta lUapel, llegó de U Serena 
«lia eomisíoB encargada de arreglar paoUicamente el some- 
liiDíeiito de aqael departameoio, cumpuesta de doi| Pabli|. 
Argaodofla i el agrimensor don José Var#ia, quien de|>ia 
desposarse en breves ilias con la hija del gobernador eiús^ 
tente, don Joan Rafael Silva, . 

La comisitB llegaba tarde, sin en^bargo». porque Silva, 
alarmado por las nuevas que sucesivaffiente le habían traí- 
do Bascuflao i Gaaipos i temeroso, por otra parte, de ser 
oojido por las misBias faerzas que reunían i que se pronnn- 
ciaban abiertamente por la revolución (1], emprendíq su Xaga 
a Petorca el dia i2 sin haber tenido tiempo al montar a 
caballo, sino para ponerse las espuelas i ocultar los tornillos, 
pedreroe de los fusiles^ precancion universal de todas las auto- 
ridades de aquel tiempo, que creiaii reducir los pueblos a la 
impotencia sin mas quo quitar un resorte a los fusiles. 

vra. 

En la madrugada del 16 dé setiembre, de'spues de una 
marcha forzada de un dia i una noche, la pequefia espedi- 
cien estUTO en el pintoresco i agraciado pueblo de Hlapet, ^ 
situado como el de Ovalle, en el fondo del angosto rio que 
le riega, recibiendo de sus entusiasmados habitantes la ova- 
ción de UD verdadero triunfo. 

El regocijo del pueblo hacia un singular contraste con la 
indiferencia de nuestro recibimiento en Combarbalá, i el te- 

(1) «Bsie dia (13 de setiembre) dice el gobernador Silva ea 
oficio «1 Mioiaro del ipterior, fechado en Petorca el 18 de se- 
tieaibre» di soltura a |a tropa por la poca conQaaza que me ins-*, 
piraba».— ^ilrcAivo del Uiniiterio del Interior)* 



1321 HfSTORf A DE IOS BIEZ AÜeS 

rror qvte habifl sobrec^jklo los ániflios de les eamposinos a \o 
iarge de la desamparaba rula qoe habíamos kecbo desde 
OvaHe, pues los goberiraderesftijUivos íes hMM pialado en 
so trádsifo 'cómeiina horda deferajMoe qie yeiiíames pomea^ 
do adegaeflo las virfenes i le» affies, { entregaado a saetlos 
ranchos de los pobres sin perdonar siquiera «loe dedales» (1). 
• Ef entttsíasmo de Fa mochedliBikro desbordaba coii mas 
eialládon qneen nirestra entfada a O^Ne, porqve sabedores 
los habitairtes de asestra apreififiacioD, desde ki tarde an- 
terior en qne habiamo» eslade^ at^ntpado» a dos le^fnas del 
poeMo/ tavieron tiempo de prepararse para aquella tmirt- 
tüosa acojida. La banda de mftsica del baíallo&cWíco.quo 
tenia una maestría notable, babfa temado sos iostruniefitoe 
I ejecutaba desde hr madmg^ada himnos entusiastas a^ pié de 
la colina, desd^fa que desciende el camino a laa pintorescas 
alamedas de la rílla ; el puebfo se agrupaba en la senda en una 
masa tan coo^pacta que era casi imposible abrirse paso ; las 

(1) Estas palabras son testaales i nos las repitieron machas 
"Veces las ¡tifeiices mujeres de algunos ranchos que, habiendo fu- 
gados 8M maiidosr ¡ hasU los pipos, salían temblando a recíbk* 
nos. Tales calumnias que solo el pánico disculpa, produjeron un 
accidente desgraciado, que pnaeba el terror que se habhr (fifiméido 
por las autaeiéades &ij«liiaf« «Diré los habélantus de bs ca«ip»- 
ñas. En niieiUas marchas nociucaas» a fio da evitar el estra^tÍQ 
de los soldado» por aquellos Iqgares quebrados i fragosos» tenía- 
m'os la precaución de hacer sonar cada pocos minatos a Vangmr- 
día de la columna an agudo clarín, ak qaa eoetesSaba «m tMornt-» 
p^a 400 T^ua» a raUfgMcdia» cuyo inflmix^nlQ» al resonaren 
¡as qu^brada^i tenía oi| eco particular, lúgubre í roejancolíco. 
Sucedió piles que ana pobre majer que sofría una enfermedad 
del corazón» avivada ahora por la ansiedad de los rumores que 
circulaban, sínfró inacceso laa Tiolento al oir eift h omMi lio* 
che aqoeHos' ecos inusitados f fantástíees, pareeidossegmilaespre» 
sión de tos seídados, al tojua de( /tf tefe, qa^la ioftMacayé mnerta 
depuro temor i sorpresa* 



DB u áMiiiHflrMUCiOM iiMrrT. 436 

conpftMt de iaoialris iMonabaa cw una diitt«iia.ak0via ; 
«aiáaaa atalas laa grilla da Ywa Orwtí^Viwún ¡m Caqwkmtth 
mml coa f oa las grupas da paeUo atroBabaa al aiea, liar- 
liattdo Jas aiaoos, mitetras ipia las graciaaas iUq^iaas; de 
^booaa i ^laucada fama, ?eal¡das oon a« ahandana matiaal^ 
d^abao eaar aobro la tropa desde las bakoMS i Jas wata*^ 
oaa BM Ua?ia da fbmsi de auradasalbagadoras da eaaleikta 
i faliciUciaa. Era lal la prosioa dal pwbJa sobra Ite aoldadeb 
qaa ftiétias preciso oaaquislaraos el [Miso ood ob aspadleíate 
arijiaaL Saifvá da mispiststeras toda Ja maieda saooiHt fM 
llegaba ea asa bolsa i aatregaéia al capjtea don Eurkitfa 
CkNTfluz fae venia a m\ lado, eocargáadole fue la «rrojana 
aa petados a la dialaada. SI raaaliado fué aranvíHaso, I 
aabre afaeUoa gnqias f iia«el eoiB^aamo oosipnaaia i laa bkk 
■adaa deaparransabaa, aalramos a k plaaa oetpaado aii ai 
aela elooarlal de la vIDa, sUnado m el aoalado a«d de afWfr 
Ha, i en eoya sala de mafaria aa a«caalraba taaibíaii aulas 
la afieín del «ahíaroo departaoMtai.. 



IX, 



Rotardaraoaa reaairse en la sala dai despaoho nlgtiaa 
de lea principales didadaaos de la ▼•Har eatre los q«e laiüaÉ 
la preaMoencia, aparte de aigmos tisrfdea i otros aslaparias^ 
loe respetables saaorea Vadorraga, Monles, Salar I atuoá an** 
Ugaoa Idiatingaldos liberales del departaaieoto, que érenlos 
verdaderos palridas de la población, a la p^r oon la nnmerosa 
Csnilia Gálica compromeüda ob el bando coatrario, i que a ta 
sombra del poder i mediante an ínflajo personal oimeatadeea 
los aegecioa^ goeaba de oo esteafso presUjio en toda ta eo^ 
Marca i priocipalaMite en sos campanas. 



431 HISTORIA Die LOS MKZ AfiOS 

Kiifoso OHOstion prétfa en aquella reuniM improbada el 
Bombramienfotlegobernaden medida qae arjia para atender 
a todas las provrdenctias que la sitaaeioa hacia indispoBsables, 
Vícüfla babia ofrecido este puesto desde Combarbalá a caaU 
quiera de los miembros de las faiailias liberales' ya mencio-- 
nada», i los comísieDados Várela í Argandofla, que teuiao las 
aofieteates fac^ultades, reiteraron esta vez aquella promesa. 
¥eró nadie de los presentes se atrevía a aceplarlai La cosa 
pttbiica es mui obica en los dopartameotos en que todo ve-* 
jeta bajo el manto de plomó de una centralizaeien agoviado^ 
ra,-^Lós espiríius tardan en tomar vuelo.-^El temor sé 
«ntdaen los nnobnes del bogar i en les pliegues del pecho. 
-r-La idea ^evohle¡onaria^que palpita en un hombre necesita 
armarse de acere para entrar en lid abierta, mas con la ti*^ 
taiidez de loa que le rodean que con los amagos de las fiiei^zae 
estertores qae vienen^a combatirla; I es preciso, por eeto^ 
para que la aceien sea #nioa, que la responsabilidad también 
lo sea. Vicufla se esforzó en vano en persuadirá algunos do 
aquellos jóvenes a aceptar un puesto, que s{ so le dejaba 
sobre los hombros iba a embarazarle graven^ente para el de- 
sempeflo de su comisión militar.' — Pero no hubo camino, no 
hubo persuacion posible, i fué forzoso que un joven des- 
eaMaido én er ilépár lamento, a la voz ignorante de kxio 
fe que la rodeaba i preocupado ooBStantemen le de todos Ins 
dattdlea que una fuerza mUilar en campana ezij0« acopiara 
aquella eomisí^ que ceoiplteaba' sus deberes. 

Jefe da la fuerza, tem'ai ea afecto, que Cjstar lodo el dia 
en- el cuartel, al qué el asociado Verdujo, alojado en la ca«a 
de un «conocido», no prestaba atenoíon alguna, a causa do 
au enfermedad reumática. Gobeinador del departameato, le 
era preqiso entender en todos los cambios i revolturas de ios 
subdelegados, cq la rouiiioft de laa mjiicias> ci^ I09 asmilod 



M LA MMIflBnunOH «•fCR. I3S 

lie h tNoieipalidad, del oroato, de la policía, de 4a cárcel, 
ea tos enpeOos, ea la cnríosidad, en las eonlribacioiies feívr- 
«das, pasaporles, guardias de les camíiios, porralas deca^ 
Míos» reclutas de engaacbe i todo lo que la autoridad local 
kabrta hecho. Jefe de una vaaguardia revoUicionaría, ienia« 
por otra parte, que BMtateuer noche i dia una activa cornespon* 
dencia entre lee dos provincias de Aconcagua i Coqaíoibe, 
ea coya raya divisoria oslaba i a cayos pjaaes i 4;ombiaa- 
cienes 4eoía que servir de un activo i vijílaiile íolermedia- 
rio. Bebia agregarse a esto que nadie aceptó tampoco el nom<* 
iN-anieaio de jefe del batallón cívico, cuyo cargo fué también 
a caer en aquella espepie de Dictador departamental, hecho 
leí per la apatía diel vecindario libera l« que tan fuerle con- 
traste hacía coa el entusiasflio casi delirante dej pueblo. Pro- 
clamóse por bando esa misma inaüana aqoeiJa dictadura que 
gastaba al pueblo i que el jévea gobernador asumió con 
iMbal franqueza, haciendo presente a todos los vecinos con^ 
voeados que su aceptación de aquel puesto estaba cifrada en 
un peder tan absoluto como era absoluta la responsabilidad 
personal anexa al cargo. 

Teñamos en eonsecaencía, ea el curse del dia {16 de ^« 
tfejalire)^ las mas aeUvas medidas de organización ; se desli-r 
tayereu los subdelegados hostiles, principalmente el de Ghea-» 
pa, cuyo distrito se eonfió a an joven capaz i deeidído, don 
iosé Higael Larrain; se citó al pueblo ios caatro escuadró- 
les de milicia del departamento; se acuarteló el batalloa 
cívico i se le cHó una buena paga a cuenta de sus sueldos, 
quedando desde aquel momeate ea sorvicio activo; se co^ 
neoíó la remo&ta de las armas, cuyas piezas se hizo en- 
tregar a los eneargadoe de ^seonderias; se despachó es- 
presos a todos les pantos en que eonveníia hacer saber la 
ecapacioo de Illapel, cemisioaándose al jóvea dop Depelrio 



136 BVTOiiu M LOS ma aüoí 

Figiieroa (uoo de ios condenados por el iioUn (jte San Felipa, 
que se nos habia reunido en Gombarinlá donde estaba eonfir 
nado) para que Uevara a don Ramón Gapcia, retenido en- 
tonces en Petorca, los planes de la revolncíon^ acordados 
según antiguos eompromisos qne Carrera al fugarse de la 
prisión habia establecido con aquel vecino al lamente popular 
en la proTiacia de Aconcagua ; se recojió las pocas armas 
que habia en el pneblo i se reunió toda la pólvora que existia 
i que no pasaba de unas pocas libras ; se compró todos les 
brises que se encontraron en el comercio para hacer una 
muda de ropa a la división, cuyos trajes se habian destrozado 
en la marcha» i de cnanto cartón se pudo reunir, se trabajó 
una partida de cien gorras, aforradas en paflo azul eco fran* 
jas amarillas, que tenían la forma de los antiguos cascos 
griegos, i cuya vistosa apariencia pedia indemnizar a los sol- 
dados de las rasmiliaduras i callos que las célebres zapati-- 
lias lijerus les habian causado en las jornadas; se envió iyen- 
tes seguros a vijilar los pasos del ex-gobernador Silva que 
se habia retirado coa sus numerosos cori^elíjionaríojs de la 
familia de Gálica, a la hacienda vecina del Tambo; se man- 
dó inlerooptar todos los cbmiAos oon partidas de oaballeria, 
eaipleando en este servicio toda la tropa de esta ariua que 
habia venido de Ovalle, i por úlUmo, aproveobiindome de uua 
tímida lasinuacioa de los veomos, que me indicaban las ha-* 
ciendas de que pudiéramos surtirnos da caballadas, despaché 
eu el acto una parlida a la hacienda de un mspetabie i acau- 
dalado pariente, el seior don Pedno Felipe Idjguez, a fin de 
arrasar sus fundos de Guau telenque de euanlo caballo en 
estado de servicio pudiera reoojerse, meslrando a mis irre- 
solutos consejeros una orden por escrílo que entrególe en su 
presencia al oficial que mandada la partida, a fin de que se^ 
eondojera presos a los adminittradores de lashaoiendas, caso 



Bf LA AMUKMTftAaOIf MOKTT* 437 

de opener la atenor resistencia. Aquel aelo de enerjia do** 



méslieef qoe pedría Haaiarse heroica en nuestra tierra, me 
díó un decisivo presUjio entre los hombres Taoilanles del 
paeblo. La Bicladura comenzaba por casa! 

I asegurada ya de esta suerte su misión revolucionaria, 
invadida toda 4a provincia de Coquimbo en una jornada que 
liabia durado apenas ocho días,, el joven comisario, que no se 
liabia sacado las botas desde su partida de la Serena i que 
había pasado todos sus insomnios en el lomo del caballo, 
foese a dormir blandamente sobre dos pellones que le deparó 
la suerte en un rincón de la mayoría, i púsose justamente a 
soflar con aquella hospitalidad dictatorial que no tenia sába* 
aas ni almohadas i de cuyo dulce reposo sacóle a la madru- 
gada del siguiente dia un brusco sacudón que le daba un 
vijilante del pueblo, para decirle cortezmente: Levántese 
mida que ya elcahalk etíá ensillado I Era aquel mathali 
oomedido asistente el lejitimo dueíio de los pellones del go- 
bernador?— N(^ lo sé ; pero si puedo asegurar que durante 
leis u ocho días no tuve mas cama que estos pellejos en el 
soele de lllapel, hasta que la sefiora del gobernador cesante 
me envió con fina galantería una cama« cuyos recortes i 
bordados me parecieron de un lujo digno verdaderamente 
de ttB Dictador IllapeHno. 

X. (1) 

Pero no por esla especie de abandono doméstico en que 

(I) El itteidcnte que vamos a relcrtr solo tic tie el ínteres de lo* 
calidad, de ocasión í de carácter que en él aparece i lo que lo hace 
por Unto casi eslraño a la unidad de esta relación. Puede saltarlo 
el qoe lo desee, dando por concluido en este párrafo ei presente 
espítalo. 

18 



138 «mORU M ÍM Diti AfiOS 

«e encontraba, easi a m sabor el gobeniador adveBedizo; 
dejabas los patricios delllapel de (ribalarle los honores pú* 
feficMdeeu paeslo.-^Mui tí contrarío.-^A la mañana signíente 
de «u llegada, víspera del dieziocho do seliéoibre, acercóse 
ai despacho de gobierno una comisión del Cabildo para ob- 
tener de su SéAoria, su previo beneplácito, a fin de celebrar 
el aniversario de la patria con una función notable, que debía 
empezar con an solemne Te Deum eñ la matriz i concluir a la 
noche por una quema jeneral de todos los fuegos artificiales 
que los amigos, fujitivos ahora, del candidato Montt hablan he- 
cho aprontar con inusitada pompa para celebrar su instalación 
en la silla.-^No hubo impedimento para tan justo reclamo. — 
Se ofició al cura, i este en el act6 contestó con esa pulida 
cortesía que parece dejar sobre el papel la blanda impresión 
de la sotana, en la siguiente esquela. nCasa parroquial — 
llldpd^ setiembre M de 1851.— El que suscribe contesta la 
Bota de ü. S. de esta fecha, que concerniente a lo que le 
habla sobre solemnizar coa una misa de gracia el diagrande 
de nuestra independencia, siente con U. S. igual inspiración 
i no encuentra óbice a su verificativo, i como a U. S. le sea 
mas grato se pondrá en obra. Dios guarde a \¡. S. — Jo$é Tth 
mas üñian » . 

La ceremonia iba a ser espléndida I del «agrado del ge^ 
bernador» ; pero he aquí que un conflicto casi invencible puso 
la fiesta a dos dedos de desvanecerse, o por lo menos de 
quedar mutilada.— Este conflicto era nada menos que «la 
faphay del gobernador que aquel dia iba a inaugurarse, I 
de que modo? Con el ayuntamiento en traje de ceremonia, 
en la iglesia matriz, llevando por escolta un batallen que 
debía rendirle honores supremos disparando tres descargas 
en La plaza pública, i con un excelso Te Deum i misa do 
gracia, todo miniatura, en fin, de la gran ceremonia qiio 



BI LA ANINISmiCIOR «OlITT. 139 

eo aquel loismo dia i eo aquella hora precisa iba teníeodo 
Jugar en el lomplo de Saoiiago al llegar la bori9i solemne del 
Iraspaso de la banda.... 

Era pues el ca^o que el goberuadoír babia salido de la Se- 
rena sin tener mas tiempo que para echarse encima de los 
hombros ua levUa de mezcülia color tierra, la que con la 
4;aiDpaOa 90 leoia ya con ella el solo parenlezco del color ; 
i preocupado después de mil cosas« no b^bja cuidado mas 
de sus arreos iQilitares que lo quí3 s.us sübdilos de lllapel 

I habian cuidado de la caqxa de su gobernador. Se encontraba 

pues 00 90 embarco grande e inesperado. Coo^o asislir sin 
casaca a la mjsa cantada? Qué diría el cura, qué diría el 
/cabildo^ qAlé díri9 U posteridad de Jllapel? j?ero cpmo^ ^dk 
jolra parte« improvisarse un uniforma de parada en unas poca^ 
ioras? Materia fuié esta de las mas profundas cavilaciones 
que la conquista de lllapel babia traído a la urente del gor 
bernador« i jqo debieron s^r méjDos adiadas l^s üazas quo 
se dip el ioj^oioso Hidalgo cuando surcia sus medias para 
presentarse en U corle de I9 duquesa que regaló a su escu-r 
dero el gobierno de la iosula Barataría. Sacó pues a luz todo 

I su guarda ropa, llamó .9 uq sastre llajuiado Saavedra, que 

era el mas de m(MJIa oq el pueblo, i bajo precepto de obe?» 
diencía a la autoridad doparlamental, le ordenó que le im-** 
previsora un uniforme para la mafianasiig^íenle, entregándole 
por inventario todas las piezas de s)i atavio militar, esto es, 
unos pantalones grane que le había obsequiado el capitán 
de caballería don José Mj^ría P^zarro en Ovalle» un pnte^ 
lot de invierno qne le cedió en CoiQbarbalá el seAor dou 
francisco Gómez, ;anlíguo amigo de su familia, qn s.ombrero 
de tres picos enviado a vender por un oficial del batallón 
cívico que de motu propio se consideraba dado de baja, i 
Dirás pe^Hofias p.rejs^eas^ue pudieron bab^e a U mano^coiQo 



Ud BISTCmU M LOS IMBZ ifiOf 

eorbalifl, guantes i un ctnlo nueVo de charel para la espada. 
Pero a todo esto faltaba la casaca, la iosignia suprema de 
la ceremonia i del poder, que en cnanto a la banda de go- 
bierno, podia dispensarse, no asi el ir al Te Deum en rnaa- 
gas de camisa.... 

£1 plazo era angustioso i el buen Saatedra, que entraba ^ 
salia del cuartel, no atinaba a encontrar aquella imposible 
casaca, sin la que el Diez i ocho en Illapel iba a volverse 
una agua desabrida. Al fin, se acercó un vecino sabedor de 
aquellas cuitas, i como quien fuera a contar el secreto de 
una conjuración, llamó al gobernador a un lado i dijole ai 
oido que el capitán don N. (no se recuerda el nombre de este 
acreedor) era mas o menos de la estatura de su sefioría i 
debia tener una casaca flamante para estrenar aquel aniver- 
sario. — «Mandamiento de embargo»! dijo la autoridad rebel- 
de en el momento, i el cabo de guardia, comisionado a guisa 
de alguacil, fué a pedir a la madre o esposa del bizarro 
oficial la anhelada prenda que en el acto fué entregada; Saa- 
vedra debia pasar en vela toda aquella noche con dos o tres 
oficiales. 

Eran las diez de la mafiana del 18 de setiembre, dia clare 
de sol como parece de ordenanza en toda la República, cuan- 
do los alcaldes, rejidores, el secretario i tesorero, procurador 
de la municipalidad etc. etc. entraban al despacho del go- 
bernador i le presentaban sus manos ceñidas de blanquísimos 
guantes, haciéndole una corles reverencia. — El batallón ci-* 
vico vestido de gran uniforme, estaba formado en el patio del 
cuartel con la bandera desplegada, mientras las campanas 
de la vecina Matriz repicaban hasta trizar la torre, que no 
tardó, en efecto, en venir abajo, poco mas tarde. El rejidor 
decano Invitó al gobernador a dirijirse al templo, porque ya 
se veía en la puerta al solicito párroco rodeado de sus acó- 



M li APKUntTiUCKni MONTT. 141 

Ktos. EoYuelto en bu giupo de aquellos cortecee caballeros 
i segvído del balalloD cifiee, que marchaba, música a la ca«* 
baza, rirriendo de escolla de honor, atravesamos la plaza i 
llegamQs al umbral de la Matriz. Aquí,ei cura, adelanlásdoaa 
uoos cuantos pasos, se inclinó líjeramente i tomando de 
ana caldera de plata, que llevaba un monacillo, un gran 
hisopo empapado de agua bendita, páselo en las manos 
del imberbe gobernador. Ignorante de los usos eclesiásticos 
i sin el auxilio de un maestro de ceremoniasi iba su sefloria 
a descargar sobre el rostro del buen sacerdote un roció 
bendito, cuando este, como conteniéndole el brqzo, le dijo 
con zgTUdo: Dignese U'S. bendecir el tewplol Eecbo lo cual, 
entramos a la iglesia* 

Una doble hilera de sillones aguardaba al cabildo i en me- 
dio de estos, en el centro de ht nave, se veia una rica pol- 
trona de terciopelo carmesí que tenia a su frente, sobre el 
suelo, a la manera de alfombrilla de iglesia, un suntuoso 
cojín color grana guarnecido de franjas de oro.— Una einocioik 
viva ajiló todo el concurso en este instante i mil ojoe brl^ 
ilanles asomaron por entre los pliegues de los mantones i de 
los velos de encajo. Todo el mundo elegante estaba ahí i eL 
gobernador decididamente era e^ leen de aqveUa fiesta cóaic»^ 
católica. Cada uno tomó m puesto r apenas eir-gobernador 
ocupaba el suyo, cuando un dnizuroso sacristán presentóle 
na gran cirio, cubierta de una red de cintas de varios colores, 
que terminaba en- un bouquet de flores a la manera de can- 
deleja.— Paciencia í pareció decir su sefipría i tomó el cirio, 
manteniéndolo en su mano basta que ceaciiiida la fDncion,cer- 
ca del medio dia, vino el cortesano cura a lomarlo de ta mano 
haciendo loa honoree de la deapadMa.— Al salir a la puerta, 
el batallón disparó fiu tercer descarga I la ceremonia quedó 
concluida. 



142 HISTOMA BE |.0S 0tBl AÑOS 

Por la noche uoa inmensa muchedumbre invadió la plaza, 
las señoritas del pneblo concurrieron a la sala de cabildo í 
loe fuegos arlificiales se quemaren con un estrépito emioen-- 
temente revolucionario (1). 

XL 

Pero no todo seria cómico en atftfel gobierno impuesto coma 
én penitencia a aquel joven revolucionario, a quien se condes- 
naba a pasar tres horas con un cirio en la mano, cuando b 
revolución palpitaba eo todos los poros de su vida. 

Una semana no había pasado, en verdad, cuando a la farsa 
oficial sücedia la trajedia de las armas. 

Materia será ésta del próximo capíluto. 



(1} Por lo detnas, el gobierno departamental hizo estar yet un 
ahorro considerabie en los gastos del aníTersariOy para el que se 
babia presopeestada una suma de mas de trescientos pesos„ pues 
solo se prendieron los fuegos que costaban la 3.* parte de esta 
cantiddd.-^Hé aquí el curioso apunte de la fiesta que e) gober- 
nador cesante, en aqueh momento errante por los cancos, habiii 
ibrmada para aquella festividad. 

PRESUPUESTO PABA LOS 6AST0S DBI. 48. 

Honorario al cnra ps. 50 

Fuegos artificiales 104 2 i 

Premrode la l.« carrera de4 caballos. «17 2 

Id, de la 2.« id, id. ¿ 8 5 

ün rompe cabezas « . 10 

Dn globo - . , 18 2 4 

Diario al batallón cWico 32 

Unas once el 19, importan » , 54 4 

Hechura de un tablado. . . . ¿ • . . . 2 
Jénero para cnbrir el anterior. • « « • 3 
Pintura del jénero « 3 

Total ps. 303 



CAPÍTULO V. 



II CtilATt BE IlLArEl. (•> 

Sale de San Felipe una división sobre lUapel. — Aprestos milita- 
res del gobernador Vicaña para resistirla. — Llega so hermano 
i se incorpora en las fuerzas. — Se organizan estas para el com- 
iMle.— Campos Guzman se aproxima i Vicuña sale a esperarlo 
faera del pueblo. — Escaramusas noctarnas.— Vicuña sereplega 
fobre al pueblo i emprende so retinada. Combate i dispersión 
4e la AguadSé— Vicaña llega fujilíTO a Ovalle.—^ conducta i 
su recepción en Ovalle.^ Verdaderos resultados ,del desastre 
de Illapel.— Llegan comunicaciones que anuncian la revorucion 
del Sud.— 'Entusiasmo de la división espedicionaria.— Nota del 
jeneral Cruz al intendente Carrera i contestación de este.-«-0(i« 
cío del inieBdeiila da Concepción al da Coquimbo. 



I. 

£l mismo dia en qtte el cora, el ayuntamiento ¡ el gober- 

(1) El presente capitulo, como el anterior, tiene el carácter mas 
bien de una relación personal que de historia jeneral. Pueden 
considerarse mas propiamente como fragmentos de «Memorias» 
intercalados en aquella. Esto esplicará su estilo particular i el 
carácter on tanto íntimo qoe asumen. 



M LA ADMINISTRACIÓN MONTT. U4 

nador de Illapel se ocupabaa de cantar la misa de gracia de 
la patria, salía de San Felipe el gobernador de Combarbalá 
Campos Guzman con una división de cerca de 250 hombres (1), 
entre los que venía la mitad de un escuadrón de Granade- 
ros, ai mando del capitán Narciso Guerrero, con el objeto 
de batir las fuerzas que habían ocupado a Illapel i que ama* 
gabán la provincia de Aconcagua i mas inmediatamente a 
San FeKpe, foco ardiente de revoluciones» 

Acampado en la vecindad de aquel pueblo la nochedellS, 
Campos emprendió su marcha a la mañana siguiente, llegando 
a la una de la tarde del día 21 a la Plasilla de la Ligua, 
distante solo tres jornadas de Illapel. 



H. 



Vlcufia, entretanto, aunque ignorante de aquellos movi- 
mientos i aun albagado por las nuevas que en esos mismos 
días circulaban de la sabtevaeion que se decia acertada del 
batallón Chacabuco en la capital, na descuidaba, empero, los 
•prestes militares que la siluacion requería, i precisamente 
el día 21 en que la» fuerzas del Gobierno ocupabaa el Va- 
lle de la Ligua, el gobernador, secundado esta ves por Ver- 
dugo, celebraba en la plaza de Illapel una parada jeneral 
de todas las milicias de caballeíria del deparlamento, lasque 
no llegaban, sin embargo, a 160 hombres. Era tal el influjo 

(t) Componíase esta foerza de 69 hombres del escuadrón de 
Granaderos de la escolta, 110 de i|u escuadrón de carabineros de 
tos Andes i 30 fnsíteros del batallón cívico de Pntaendo, en todo 
232 hombres. — Oficio de Campos Guarnan al Ministro del fnte^ 
rior.— San Felipe, setiembre 18 de 1851, (Archiva del ñfinisterio 
del Interior]^ 



, M LA ADHlNISTRáCIOIl NON^T. . .448 

de la familia do Gálica eo la campafia ¡ (^nla Ja stoUvidad 
de los emisarios que babia derramado' por todb el deparlSK 
meoto, que las mas eficaces medicas se veiafi cruzadas, ais^ 
lando lodos ios recursos de. la revoluéjtm; en Jos l^imiles del 
pueblo, cuyos babilanles' DO dé^rrüiVában eo su entusiasmo. 
Este complot obligó a \^ autoridad ^desde luego* a tomar aque- 
llas medidas de vioieocia sobre las personas, a las que basta 
el último momento se había negado.— -Enviáronse partidas 
a sorprender a los refujiados en la bacíenda del Tambo^que 
era el cuartel ^oerai de la resistencia^ i dos oficiales fueron 
comisionados para tomar posesión de las haciendas de ala- 
gunes vecinos, cuyos administradores se condujo presos a 
la villa ; se prohibió, ademas, rigorosamente el tránsito por 
los caminos del deparlameoto, sin la concesión de un pa-* 
saporte, i por último, adoptando el consejo de los vecinos 
adictos a la causa, se impuso a todos los habitantes pudien- 
tes, sin distinción de color político, una contribución^ que se 
llamó t7o/un/arta, pero que se cobró militarmente^ poniendo 
OD centinela armado a la puerta de cada contribuyente eon 
la prohibición de no permitir dejar la casa a persona alguna 
hasta que las cuotas asignadas, que variaban entre cincuen- 
ta i doscientos pesos, no fuesen del todo satisfechas (!}. 



(1] Esta gabela, que el estado de la caja de la división hacia 
imlUpeiisaMe, se impuro por una lista que los vecinos liberales 
del departamento entregaron al gobernador i en la que ellos mU- 
mos se apuntaban con cantidades iguales o superiores a las seña- 
ladas a los individuos del bando contrario. El resultado de esta 
colecta ascendió a dos mil doscientos veinte i cinco pesos, cuya 
suma, agregados los dos mil doscientos cincuenta i cinco pesos 
qae se me habia entregado en Ovalle i mil pesos que recibí de la 
intendencia en Combarbalá, subió por todo a cinco mil cuatro- 
cientos ochenta pesos, que fué la totalidad del dinero invertido en 
la ocupación de b provincia. Mi liberalidad con la tropa era uno 

19 



146 HISTORIA DE LOS DIEZ AfiOS 

De esta suerte, como ya decíamos, se había reunido el 
domiogo ii de seti(MBbre las suficioDles milicias para osten- 
tar en la plaza de Iltapel nna parada militar. A medio dia 
el batallón cívico salió de| cuarto! i ejecutó con cierto grado 
de maestría algunas evoluciones, mientras qae dos o tres 
escuadrones, animados sus jinelesporel amplio disfrute de un 
barril de ckacoU que se les obsequió, levantaban en el re- 
cinto desempedrado de la plaza una densa polvareda/ hacien- 
do cargas i contra^argas contra las paredes que guarnecen 
i^lcircBito i aleando, envuelta en el polvo> una tremenda al- 
gazara de gdtes i clamores^ 



III. 



Doranlo la ajílacion dé aquol bélico simulacro qoe presí-- 
dia en persona el joven gobernador, acercóscle un oflcial 
aceleradamente i dijole qiio la partida que guardaba el ca- 
mino de la costa habla enviado un prísiouero, casi níno per 
su aspecto, el ({ue se encontraba arrestado en la mayoría 
del cuartel. En alas de uü presentimiento^ voló a su encuen- 
de mis mejores espedientes, pero los oficíales no recibieron stno 
soples mai insigníricante$> porque todos comíamos lo que comían 
los soldados en los puestos de cocinek'ia que desde nuestra llegada 
rodearon el cuarteK Debióse d esto que el capitán cajero don En- 
rique Gorroaz pudiese entregar en la caja de la división a sü lie. 
gada a Ovalle, junto con sus cuehtas (las que Constan de mas de 
cien recibos í estados que se encuentran orijinales en mi poder], 
la suma de Sesenta i dos onzas sobrantes de nuestros gastos. Él 
documento relativo a esta entrega dice así^. Num. tDO— Recibí 
del gobernador de lllapel don Benjamín Vicuña sesenta i deson- 
zas de oro (mil sesenta í nueve pesos cuatiro reales) cuya suma ha 
quedado en la caja de la cumísaría jeneral. — Ov^IJe» sttiembre 
28 de 1851.— Ricardo Ruis. 



DE LA ADMINISTRACIÓN HONTT. U7 

tro, i cuando él i yo dos hubimos visto, un estrecho abrazo 
nog untó por largo espacio, hablando nuestros corazones en 
la mudez de nuestros labios. Era mi hermano 1 Venia del ho- 
gar como yo habia venido del destierro i era emisario de 
tiernos i dulcísimos mensajes como yo los traia de guerra t 
desolación... Venia a buscarme porque su alma se sentía 
como sola lejos de la mia i su aparición repentina llenaba en 
esta ese vacio hondo i lastimoso, que en la ausencia de loquo 
se ama, llenan de continuo los suspiros i empapan lágrimas 
mudas... Supliqué a Verdugo hiciera terminar los ejercícfos 
militares de aquel dia i apartando a mi huésped de aquel 
bnllicio que también fascinaba su alma, desatamos los lazos 
del recuerdo i de la esperanza en osos diálogos de la fn^ 
teroidad, de la cuna i del amor, que ofrecen al espíritu mil 
consuelos i que nunca son mas gratos que cuando la ola de 
encontradas pasiones i de ardientes cuidados nos ajita inte- 
riormente, a la manera de la brisa que nunca sopla mas dul- 
ce qu& cuando el sol irradia sus fuegos desde el zenit del 
cíelo en la mitad del dia abrasador. 



IV. 



En medio de estos preparativos i de estas treguas do la 
intimidad, se nos anunció la aproximación del enemigo. En 
la mañana del 22 de setiembre^ el vecino don Ignacio Silva, 
hermano del gobernador cesante, se presentó en el cuartel 
asegurándome que en la larde de aquel mismo dia, la división 
invasora debía acampar en Quilimari, porque la víspera 
habia pasado por la Ligua. Un espreso, que no se habia de- 
tenido en toda la noche del dia anterior, acababa de traer-* 



148 HISTORIA BE LOS DIEZ iüOS 

le aquella nueva. En cuanto a los detalles, solo sabia que 
mandat» las fuerzas el gobernador Campos Guzman i que 
venía un escuadrón de granaderos^ 

Aquella noticia, aunque era la primera que recibía, era 
digna de toda fé, i en el acto procedí a tomar medidas pa-- 
ra la resistencia. Despaché una partida de 20 hombres al 
mando de mi hermane, quien llevaba por segundo al capitán 
Gallegulllos ; se tocó jenerala i se acuarteló el batallón cí- 
vico; se citó con )a mayor presteza los cuatro escuadrones 
del departamento i se promulgó un bando con todo el estré- 
pito posible, leyéndose una proclama que llamaba a los illa- 
pelinos a tomar las armas en defensa de sus hogares; i yo 
mismo, por último, monté a caballo i recorrí la población, 
entusiasmando al pueblo para resistir a la agresión que nos 
amenazaba. 

Dos dias fueron suficientes para organizar una fuerza capaz 
de tomar el campo i aun batir por su número i calidad ala 
que venia de Aconcagua. Beunidos a los soldados que había 
traído de Ovalle i a los que se habían enganchado en el pue- 
blo, 66 voluntarios del batallen cívico, tenia de esta manera 
una fuerza de ISO fusileros llenos de entusiasmo i ardor. — 
Descansaba con confianza en esta tropa, pero los piquetes de 
caballería de milicias que sucesivamenle iban llegando, pa- 
recían animados de un espíritu bélico tan pronunciado, quo 
no tardé en creerme el jefe de una columna de vállenles 
soldados de las dos armas. Con 150 fusileros i 200 lanzas, 
soflaba (suefto de la nífloz!) arrollar toda resistencia hasta las 
márjenes mismas del río Aconcagua... 

La caballería se componía de los 50 hombres que el coman- 
daute Barrios había traído de Ovalle, los que se recojió do 
todos los puniesen que estaban destacados como guardia, i 
de algunos pelotones de milicianos que habiaa venido de 



DÉLA ADMINISTRACIÓN HONTT. U9 

lilapel arriba, Cuzcuz i Mincha. Deedla úlUma isubdelegacion 
llegaron 72 hombres al mando de su comandante don Mar^ 
celioo Leos, anciano de setenta afios, que se presentó ufano t 
i^stído de gran uniforme al frente de su tropa^ El escuadrón 
de Choapa, mucho mas numeroso i activo^ al mando del 
subdelegado don José Miguel Lar rain, se puso también en 
mareha, pero no alcanzó a reunirsenos por la ilistaticia de la 
jomada. 



En la mafiana del 24 de setiembre nos encontrábamos lo-** 
dos sobre las armas> la infantería en el patio del cuartel i 
la eabalieria acampada en la plaza i con sus caballos ensi- 
llados, prontos para emprender la marcha* Todos los pre^ 
paralifos del combale estabam hechos, pero por una fatalidad 
casi incomprensible^ nos fallaba un elemento esenoiálisimo i 
el que solo la inesperiencía podía hacerme mirar como se- 
condarío, a saber, las municiones. Toda la pólvora que se 
había reunido se empleó en hacer cartui^bos de fogueo para 
la disciplina déla tropa, i nunca alcanzó a juntarse, apesar 
de muchas dilijendas, sino unos cuantos larros de póltora 
de caza que pesaban diez i siete libras i una arroba de pól- 
vora mas gruesa, que envió Larraln de Choapa el día Si. 
Abundaba la pólvora de mina, pero esta era inadecuada para' 
los fusiles. De mauera que no podía contar sino con las mu-r 
Dicíones recibidas de la Serena, aunque estas se habían dismi^ 
nuidode tal suerte, que cuando llegó la hora de revistar la 
tropa, se encontraron muchas cartucheras vacias i en ningu- 
na mas de un paquete de diez tiros.»... 



150 HISTORIA DE LOS DIEZ AfíOS 

Para un militar esperimentado, aquel hecho debía haber . 
sido concluyente en el sentido de lomar la resolución de evjtar 
un combate. Pero era natural que para mi do lo fuese, mu- 
cho menos cuando no tenia ningún punto de apoyo para 
verificar una retirada, cuando no había recibido ninguna 
orden i cuando junto con la sangre juvenil que bullía ardiente 
en el pecho, tenia los poderes mas omnímodos para proceder 
a mi albedrio. Ni por un instante, lo confieso, me asaltó aque« 
]la triste idea do una retirada a la vista del primer amago 
de un enemigo, que nos habíamos acostumbrado a desdeñar, 
provocándolo aun desde los calabozos. Era imposible volver 
ki espalda al gobernador de Combarbalá que hacia solo una 
semana hábia huido a media rienda hacia la capital ; ni re- 
troceder deTanie de los Granaderot a caballo a quienes se 
había visto el 20 de abril no usar mas armas^ que el lazo para 
amarrar a los prisioneros ; ni abandonar, por último, sin órde- 
nes terminantes, el puesto que la revolución de la Serena nos 
había encargado de asaltar por la fuerza (sino hubiera de 
entregársenos) i tanto menos ahora que ya era nuestro, i del 
que ttu enemigo, a quien no habíamos provocado, venia a 
desalojarnos. — Retroceder, en el arte militar puede tener un 
significado honroso, pero en una cruzada revolucionaria, re- 
troceder era huir, i la fuga delante del primer encuentro 
era una derrota de ignominia, mil veces mas culpable que 
la derrota de las armas. 

Pero aun bajo un punto de vista estrictamente militar, si 
hubiera dado lugar a la refleccion, acaso no habría adop- 
tado otro partido que salir al encuentro del enemigo. Me 
encontraba solo i aislado en un departamento abundante en 
recursos, cuya posesión nos era preciosa i casi indispensable^ 
porque desde el principio se habia fijado aquel punto Qomo 
el cuartel jeneral de la división que debía marchar al Sud 



DE LA ADttlNISTRAClON MONTT. 451 

donde la Serena. Las fuerzas que mandaba eran casi esclu- 
sipamente de Iropas del üeparlamenlo que se babian reunido 
a nombre de la defensa de este, i fuera de cuyo terreno, 
perdiendo su espíritu de localidad, iban a perder también 
su decisión i su discíplioa. 

Casi no cabia/ resolución de otro jénero por mas que se 
buscara una salida. 

A mi espalda, las 40 leguas de páramos que se estlendea 
entre los dos valles que riegan el Cboapa i el Limari; pisando 
en terreno propio que sus habitantes sabrían defender, i por 
el frente, una invasión agresiva* Tal era mi situación. 

Respecto de lo que pasaba a mi retaguardia, yo solo sabia 
de un modo vago la aproximación de una fuerza al mande 
del coronel Arteaga, que debia salir el 21 a 22 de la Serena 
i que calculaba se encontraría en Oville aquel dia, haciendo, 
por tanto, imposible una junción oportuna. 

En cuanto al vacio de las cartucheras, esto ne me importaba 
entonces.— El fuego que rebosa del corazón a los 20 anos, 
parece que pudiera suplirlo todo en derredor nuestro, aun 
el fuego de la pólvora. 



VI. 



A las 3 de la íarde del 24 de setiembre monté ^ caballa, 
¡al salir del cuartel, un miliciano de Ovalle que llegaba en 
su caballo jadeante, me entregaba un papel. Un soldado de 
disciplina hubiera encontrado en él una inspiración paciCca, 
pero su lectura sonó en mi pocho como el clarín de la batalla. 
Era una carta del inlendcnle Carrerai que aunque sin fecha, 
debia ser cscríta el dia 22 o la noche del 2t .*-£n ella ne 



4S2 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

decfft estas palabras, iintcas que él me dírijiera eo (oda la 
campaña, pareciendo contener una instrucción vaga sobre mi 
conducta nülitar.— «Te recomiendo la calma i la estra tejía, me 
decia, inlds de hacer uso de las armas. No olvides que 
nuestra misión es pacíGca antes que armada. Es ^eciso e?i« 
tar sangre i retardar por afaora encuentros. Evítalos en 
cuanto sea dable, stn empañar el pabellón de la liber-* 
íádh {\) ■ 

El pabellón de la libertad I I no era una mengua i una 
befa hecha a esa divisa sagrada el arrollarlo sobrad apa* 
rejo de una muía, para volverlo atrás, cuando veía mosio fio* 
tár sal aire embriagáadonos con los sue&os dei denuedo i la 
victoria? 

Al leer esas lineas hoí que los afios han enfriado el recuerdo 
sobTiO el papel, como enfrian también la sangre en las arterias, 
podemos acaso entreveer en ellas un encargo grave del su- 
perior al subalterno. En aquel momento, los ojos engaflarou 
ai corazón, i este triunfó. 

€asi junto con el despacho de Carrera, recibía sucesiva- 
mente, desde los puestos avanzados de la cuesta de Cabiloleu, 
en tiras de papel (en las que aun se columbran los razgos 
Inciertos del lápiz), estos partes ardientes en su propia sen- 
cillez i que eran un llamamiento sonoro e irresistible que nos 
podía salir al campo. El nombre que los firma era por si 
solo un grito de combate I «Mi comandante, decia el primero 
en su ruda espresion, que se reproduce teslualmente, mu- 
eho síeuto que ya nos hayan tomado el punto de encima de 
la cuesta. Subieron como que era de ellos el camino. Yo 
siempre vengo entreteniéndolos. Son pocos; se vé son como 
ciento. Los caballos si que son hartos. A mi me encontrarán 

(t) Carta autógrafa de Carrera que existe en nuestro poder. 



DE LA ADMINISTRACIÓN VONTT. 453 

en el río de Choapa. Los quo habimos acá do tenemos mu* 
eho níiedo. De U. 

Gaueguillos. 
• 
tMí comandante, (afiadia el 2.^. bolelin} lo que pasé el rio, 
les comenzó a hacer faego i quizas creyeron que estaba toda la 
fuerza aquí i sujetaron su marcha. Me pacece que se acam-* 
paron en la puerta de aquel lado del río. To pienso acam<- 
parme en la boca del caliojon de Cuzcuz, porque quizas, dea 
Tacita al rio i por esta razón voi a ponerme donde le digo, 
si U. lo tiene a bien, o de no me pongo, donde me ordene^ 
Ellos hasta ahora se vleaen con miado, porque en la última 
casa que es donde ellos están, dije que era mucha desconside- 
ración de mi jefe que solo me maadaba mil hombres cuandq 
tmiia cinco mil. De U. 

Galleguillos». 



VIL 

Eraa las 5 de la tarde del 24 de setiembre cuando nos 
poníamos en marcha. La infantería, compuesta de 160 fusile-* 
ros, iba a mis inmediatas órdenes i habia sido dividida en tres 
compafiias, que mandaban los capitanes don Demetrio Figue-^ 
roa, don Nemecio Vicufia i el teniente Jimenes. A la cabeza 
de la caballería iba Verdugo, i componíase esta de los SO 
hombres de Ovalle que mandaba el comandante Barrios, de 
72 lanceros del escuadrón de Hincha, a las órdenes del 
anciano don Marcelino León, notable por su sombrero de tres 
picos i su galoneado uniforme, de 20 hombres del escuadrón 
de Cntcoz, mandados por un sárjente Brilo, sujeto de una 
grosura tan formidable que hacia jadear su caballo aun áutes 



154 HISTORIA DE LOS DIEZ ANOS 

de montarlo, ¡ por último, de 30 soldados del escuadrón de Illa- 
peí, que había conducido otro sárjenlo, don Alejandro Araya, 
mayordomo de las haciendas de la familia Gálica, de la que 
estos milicianos eran inquilinos. En cuanto al escuadrón de 
Choapa, acaso el más imporlanle por su espíritu i la decisión 
de su joven comandante don José Miguel Larrain, no alcanzo 
a reunírsenos, como hemos ya dicho.— La división constaba 
en su totalidad de 322 hombres de los que 150 eran fusileros 
i1í2 jinetes. 

Batiendo marcha í con la bandera del batallón de Illapel 
desplegada a la cabeza de la columna, salimos del cuartel, 
tomando por el centro de la plaza la dirección que conduce 
báeia los lomajes de Cuzcuz, por entre cuyos declives i las 
barrancas del rio, corre el camino real que va hacia el sud; 
Era un instante de supremo entusiasmo i de intensas afliccioDe)i 
al mismo tiempo. La población entera se habla precipitado 
sobre nuestros pasos i envolvía cbmpletamenle la columna 
de infantería que marchaba por el centro de la calle. IIU 
jemidos se hacían oír; grupos de mujeres pronunciabao los 
nombres de los soldados con la voz sofocada por los sollozos, 
otras se adelantaban hasta asirlos de la ropa i queriam de- 
tenerlos o sacarlos de la fila ; quienes se arrodillaban a loe 
pies de los oficiales i pedían por la vida de un hijo »de im 
hermano, que aquella jente tímida i sensible esperaba no 
volver a ver después de la jornada; otras ilegaro» hasta 
tomar las riendas de mi caballo intimáiidome que ne era 
posible fuerk yo quien llevara ios suyos a la matauza 

que temían No lardó pues en sentirse cierla sensación 

en los rostros de los animosos volúntanos; muchos palide- 
cieron, dos soldados perdieron los sentidos, quedando tendí- 
dos en el suelo, i el capitán Araya del escuadrón de tllapel^ 
bamboleándose sobre su montura, vino a dar parle de que 



BS LA ADMINISTRACIÓN MOÜTT. 45|( 

ona fatiga mortal le impedía seguir la marcha, atestigaando 
coa violentos vómitos su repentino mal estar. Fué preciso 
lomar pronto eficaces medidas porque los tumultos femeninos 
nos seguian basta mas allá del pueblo^ í se empleó la ca- 
ballería de Ovalle en contener i dispersar aquella aflijida 
muchedumbre. 

Marchamos durante una legua por los ondulosos lomajes 
de Cuzcuz, alegres de nuevo sobre el campo i animados por 
ios marciales aires de la banda de música, que iba a la ca-* 
beza i qire alternaba el himno de la patria con la marcha 
tríuDÍal de «fielisarío», que, estrechados por las manos, 
olamos desde a caballo con mi hermano. 

Al cerrar la noche llegamos al punto militar que de ante 
mano habia elejído para esperar al enemigo. Era esto el 
caserío histórico de Cuzcuz, situado al pie de las jolinas i en 
el perfil de la barranca que desciende ai valle i sobre la qua 
corre un tortuoso callejón de solo unas cuantas varas de lar- 
go, en dirección al inmediato paso del rio. La posición era 
exelente para la infantería. 

Las mujeres que guardaban la casa edificada en la boca 
del callejpo« como para cerrar su entrada, se negaban a 
alojarnos, por lo que se hizo precfso derribar las puertas a 
culatazos, a fin de tener acceso al huerto i a los corrales de 
pirca que rodeaban las habitaciones i podían servir de exe- 
lentos trincheras.— Por consejo de Verdugo, tendimos la 
linea de infantería detras de una barranca cortada por las 
llovías en las faldas de una loma vecina, colocándose aquel 
con la caballería en la cima de esta loma i un poco hacia 
retaguardia, donde se eslendia un suave esplayado. 



4 sé V1ST0RU DE LOS DIEZ AINOS 



vm. 



En osla acUtud, con los fusiles al costado i I^s riendas en 
la mano, echsKia la tropa sobre alguna paja que babiamos 
aslraido de la casa invadida, esperábamos que con la ma- 
drugada del siguiente dia nos atacara el enemigo. Hasta las 
diez de lá noche sabíamos por los avisos de Gallegutllos que 
la división Acencaguina no pasaba todavia el rio de Choapa 
por el vado que había ocupado a medio dia i que distaba 
mas de dos leguas de nuestra posición ; mas hacia la medía 
noche i cuando el suefio aletargaba un tanto los espíritus, el 
ruido lejano de un fusilazo vino a sobresaltarnos de improviso. 
Siguióse luego otro disparo i muchos otros en pos, hacién- 
dose cada vez mas perceptibles, hasta que en pocos minutos, 
los sentíamos a dos o tres cuadras de distancia i veíamos los 
fogonazos que iluminaban, como rayos, 1a densidad profunda 
de la noche. Era Galleguillos, que atacado por una descu- 
bierta enemiga de 4 granaderos i 10 carabineros de los Andes 
al mando del intrépido comandante don Pedro Silva, se re- 
plegaba sobre mi fuerza haciendo en retirada un vivo fuego 
con 5 o 6 fusileros, que aun le quedaban, porque todos los 
milicianos de caballería se le habían desbandado en el cami- 
no. Los ti^adores venían montados, pero cargando sobre a 
caballo i al galope, echaban pié a tierra para disparar, 
mientras que la partida enemiga, armada de lijeras carabi- 
nas, ganaba terreno rápidamente i caía a cada alio sobre ellos. 
De esta manera hirieron a sablazos a un soldado del Yungay 
llamado Ascensío Belamal, insigne pendenciero i el bravo 
por exelencia entre sus cámara das. 



BE LA ABMINISTBiCION IIOIITT. 457 

En aquel mismo iastaale bajamos con la infanterin a h 
casa i ocupamos la boca del callejón por donde baja el oa-^ 
mino, que era la llave de la posición. Apenas habíamos Ilor 
gado I me ocupaba en perfilar la compaQia del capitán Eí-p 
gueroa sobre aquella entrada, cuando se presentó un soldado^ 
miliciano de caballería, único que acompaflaba a GaLleguHlos, 
pidiendo a gritos munidones, porque su comandante, decía éli 
estaba cortado i pedia un refuerzo cualquiera para protejerlo 
en el paso del rio. Fué preciso obligara unos cuájalos soldados a 
vaciar sus cartucheras para llevar aquel auxilio, que el mi-^ 
UciaBO eché en su manta, volviendo a bajar a galopoi pof 
el callejón con la orden de decir a GalleguiHos que se nos 
reuniera en el acto i que en esta virtud, no le enviaba él 
reruerzo de tiradores que. me pedia. Mas, el valiento oíi'- 
dal Jimenes acérceseme en ese instante i me rogó con vivas 
instancias lo dejara bajar el rio con cuatro tiradores del 
Tongay para socorrer a GalleguiHos. — Acepté^.! montando 
en los caballos de algunos oficiales, bajó al rio con los solda- 
dos que él llamó por sus nombres. 

Apenas había partido, cuando se sintió en el vado un con- 
fuso rumor de gritos, disparos de fusiles, el choque de armas 
blancas i ese ruido particular del agua cuando se pasa a 
galope sobre un cauce dilatado, ün minuto después llegaba 
Galleguillos a mi lado, con tacara envuelta én un pafiuelo quo 
él se ataba de una manera parlicular i arrastria^ndo casi su 
caballo al que una bala habia quebrado una pata. Acercóse-^ 
me sereno i díjome despacio poique no oyeran los soldados: 
«El enemigo está alli abajo, i acaban de malar a Jimenes». 
I apenas acababa de decirme, cuando Son ellos! esclamó al 
ver un pelotón de bultos blancos que se adelantaba a pocos 
pasosde nosotros. A la súbita voz de fuego!, cayó entonces so- 
bre los asaltantes un granizo de balas, siendo para mi milagro- 



ISd filSTORU DE LOS DIEZ áSOS 

80 él qae no hubiera muerto ningún soldado, pues solo la in- 
cierta puntería de los milicianos i la oscuridad de la nDcbe, 
pudieron malograr aquella nutrida descarga a quema ropa, en 
un callejón de cinco varas de ancho i de media cuadra de 
estension. 

La descubierta enemiga torció bridas i el silencio vol- 
vió a reinar en torno nuestro. Oíanse solo ios quejidos de 
alguien que so avanzaba hacia nosotros por el lado inte- 
rior de las cercas que cerraban el callejón. Era Júnenos. 
Venia empapado de agua, porque, asaltado por tres o cua- 
tro de los enemigos lo habían derribado del caballo en el 
rio, partíéndüle la cabeza de un sablazo i disparándole 
al mismo tiempo un pistoletazo en las encías que le derribó 
▼arios dientes i le dejó la bala metida ea la mandíbula, lo 
qftté le impedia hablar, exhalando solo confusos alaridos. A la 
tuz de un fósforo le vimos el rostro hecho todo un cuajaron 
de sangre i creyéndole moribundo, llevóle yo mismo a un 
rancho vecino, conGándole al cm'dado de una buena mujer 
que nos abrió la puerta. (1) 



(1) La Honrada jente de aquella vivienda cuidó al oricíal heri- 
do basta que un tanto recobrado, pudp montar a caballo. Enton- 
ces lo condujeron al norte, donde, una semana mas tarde, 
se reunió a la división que venia de Coquimbo. El cirujano de las 
ftiefzaS) don Federico Cobo, le estrajo la bala que se le habia ro- 
dado al centro de la barba i le pendia sobre el cuello de una 
manera singular, en la forma de esas señales que suelen hacerse 
en el ganado. Jimenes, que como ya hemos dicho, era sobrino del 
tarjenfo-Fuentes, fusilado en abril, apesar de sus heridas, volvió 
alomar servicio activo i fué hecho prisionero en Petorca. Era 
un valiente mozo, soldado desde niño. El uso del licor, a que so«* 
lia entregarse, dclustraba un tanto sus bellas cualidades de sol- 
dado* 



DE LA ADHIMSTRAGÍON MONTT. 159 



IX. 



Mientras esto sucedía, babia bajada ul callejón el mayor 
Verdago i me llamaba por mi nombre para darme una estra« 
fia nueva. Toda la caballería illapelína se le había desban* 
dado desde los primeros tiros (}ue sintieron en el bajo i solo 
quedaban en su puesto los SO hombres de Ovalle, que mandaba 
el comandante Barrios. Aquel suceso había consternada pro-* 
fundamente al viejo veterano, i con voz trémula llegó hasta 
decirme que me salvara, pues todo estaba perdido. Aquel 
consejo me indignó, aunque yo no tenia motivos para acusar- 
lo do cobarde. El mayor Verdugo en su mocedad habia sido 
un valiente a toda prueba i llevaba en la manga de su casaca 
nn parche de honor por haber hecho prisionero en persona 
sobre el campo de batalla en la jornada de Maipú^al ftimoso 
guerrillero realista don Anjel Calvo; por esto» i porque aun 
a aquella insinuación infame acompañaba en aquel momento 
un consejo que me pareció atendible, guardé silencio i le 
dije &0I0 que fuera a contener a los soldados que aun que^ 
daban. 

El consejo del viejo capitán consistía en una insinuaciotí 
para que me replegara sobre el pueblo, porque la intención 
del enemigo, decía él, al atacarnos oon tanta obstinación 
por aquel lado a media noche, no podía ser otra que el dis- 
traer nuestra atención a fln de ganar la villa por la ribera 
sud del rio, e hizome notar, al efecto, el ruido de muchos 
ladridos ^ue so hacían sentir en aquella dirección, como 
seflal probable de que alguna partida cruzaba aqnel ca- 
mino. 



1 QO . HISTORIA DE iOS. J>IEZ ÁJiOt 

Tal advertencia, empero, nos perdió. Me hacia fuerza la 
refleccion de Verdugo i por otra parle veía que en un liroleo 
de escaramuza habíamos perdido, por lo menos, la cuarta 
parte de nuestros cartuchos; que se había inutilizado el ofi- 
cial de mas aliento que tenia en la ínranteria, i que de los 
13 tiradores del Yungay, no tenia en las filas sino la milad, 
porque los otros habían sido muertos o beqho prisioneros^ 
pues de los que bajaron al rio con Jimenes sola vi regresar 
a uní iffuchaclío Uatnado^ Lorenzo MuQoz, que bahía perdido 
en el encuentro su fusil i su cppote ; la catalleria del depar^ 
lamenta, por otra parte, bahía, fugado en masa ¡ aquel 
ejeinplo desalentaba a los milicianos del pueblo. Emprendi- 
mos» en consecuencia i la retirada. 

Pero aquella contramaifcha nos hacia perder la poca ven- 
taja que aun nos qjuedaba, la d^ la posición miiílar i la doí 
aliento del soldado^ qjae siempre se disipa cuando se le ordena 
volver atrás por el mismo que le ha conducido al campo. 
Así fué que al ocupar de nuevo la plaza de Illapel, con el 
atba del dia que asomaba, pude ver que el espíritu de la 
tropa oslaba enteramente decaído. — La vijília, la doble mar- 
cha de la noohe, la falta de raciones i mas que todo, el 
encontrarse otra vez cada nao a la puerta de su casa, hacían 
que ya no se pensara como la víspera en ver i asaltar al in- 
vasor. — Verdugo, Galle^pilloSvBarríos, mí hermano, estaban 
a n^i lado i mi irresolucioaera grande. Como defender el pue- 
blo en sus propias c^^les? Lo coosqq liria n los soldados?— Era 
lícito i noble traer el fuego sobre las halj^itaciones de los 
vecinos, después de haber abandonado. un^ posición militar 
en el campo? Ráfagas de rubor, de despecho i amargura 
comenzaban a inundar mi pecho sumiéndome en el desaliento, 
cuando vínoseme a la memoria el vago aviso que babia reci- 
bido de que el coronel Arleaga se había puesto en marcha 



m LA ADMlNISTRAUO^f MnXt. 161 

desde la Serena para rewirseoos i formar en Illapel la dí?i- 
sioD de vaoguardia. Al momejito resolví replegarme, i la 
¡Bfantería con conocido desgano, seguida por el pelotón de 
milicianos de Ovalle, tomó el camino que conduce al norte. 



X. 



Era ya claro el día i yo me había apeado del caballo en 
la cumbre de la loma que domina al pueblo, para escribir 
sobre el arxoQ de la silla una esquela al coronel Arleaga 
I aounclándole mi situación, a fin de que volara en mi auxilio, 
i acababa de entregarla al oficial don Aníbal Verdugo^ hijo del 
mayor, mozo despierto i de clara intelijencia, cuando veo 
llegar á escape i pasar adelante a los oficiales Barrios i Gor- 
maz que me gritaban— /£/ enemigo está encima! Miro, ea 
efecto^ sorprendido hacia airas i diviso con asombro que ua 
grupo de Granaderos galopaba a menos de una cuadra da 
distancia, dirijiéndose sobre mi con un oficial a la cabeza, 
que batía un pañuelo blanco i me llamaba a voces por mi 
nombre. Era el capitán don Narciso Guerrero, animosísimo 
soldado, que me conocía ^esde nifio. Apenas tuve tiempo do 
montara caballo i a toda prisa me reuní a la inranteria que iba 
UQ buen trecho hacia adelanta. Enoontreía en el m^yor des- 
orden disparando los fusiles en todas direcciones i avanzando 
ea coníusion, mientras un tambor llamado Aliaga locaba a 
degüello solo por sus buenas ganas o su deseo do pelear. £1 
empuje de esU carga era recio, sin embargo, i como los Gra* 
naderos llegaban en pelotones con los caballos jadeantes, 
volvieron las espaldas para replegarse al grueso de la fuerza 
que venía con Campos algo airas, 

Al ver aquel movimiento retrógrado. Verdugo crey6^ 



c rcvó QflA 



162 HI&TOtllA DE LOS DIEZ AÜOS 

kabfa Degado su momento* i formando en el fondo de la 
quebrada en que nos eneoa trabamos, que es conocida con el 
nombre de la Aguada^ Jos 50 milicianos de Ovalle» dio una 
carga furiosa al arrancar de los caballos, pero que fué mode* 
rándose en la embestida tan visiblemente, que solo dos esforza- 
dos muchachos llegaron sobre los granaderos con sus lanzas 
en ristre derribando uno un soldado i otro un caballo, pero 
siendo rodeados en el acto i hechos ambos prisioneros. Los 
otros se dispersaron como una bandada de pájaros por entre 
]os matorrales de las faldas inmediatas, no presentándoseme 
después de aquel momento sino un soto Jinete^-— Era este 
Gallegulllos, que venía de la carga sonriéndose de la alga- 
zara i haciendo jiros en el aire con una lanza de sus soldados 
fujilivos> único trofeo del asalto. 

Entretanto, la infantería que habiá visto el desculabro de 
los jinetes, se había formado en cuadro por si sola, (pues ya 
no obedecía voz alguna), cuando un petulante sarjento lla- 
mado Camus {I], que se preciaba de gran táctico porque ha- 
bía hecho la campaña del Perú, comenzó a gritos diciendo que 
estábamos corlados, palabra favorita en los encuentros, I 
que si el enemigo nos ganaba la altura inmediata, eramos 
perdidos. Vano fué el intento de hacerlo callar amenazándolo 
aun de matarlo, porque ya la tropa no obedecía sino al quo 
gritaba mas alto i yo estaba ronco hasta no oírseme la voz 
a dos pasos de distancia. 

El cerro en que estábamos, a la izquierda de la quebrada 
de la Aguada, iba empinándose en mesetas sucesivas hasta 
una elevada cima que daba sus caidas hacia el camino 11a- 

( I) Esto mismo individuo fué el autor del tumulto que tuvo 
lugar en Chariarciilo el 18 de setiembre de 1839.— Preso i puesto 
en capilla por aquel motivo, suponemos haya alcanzado su liber- 
tad con la reciente amnistía. 



DI LA ADMINISTRACIÓN ttONTT. 463 

mado de lú cotias V^i^ es el mas directo entre la capital i 
Coquimbo. La que Gamtí« qoeria era ganar la noas aHa de 
estas méseliifir{»ara do verse asi cortado^ i así era, quo apenas 
llegábamos a una de estas i nos esforzábamos por asegurar 
la reslslencia« cuando el láctico qua había sustituido a Ver- 
dugo i a mi mismo, descubría otras mesetaií mas altas, por 
las que, según él, íbamos a ser flanqueados i luego asados 
vivos entre dos fuegos.... De meseta en meseta íbamos de 
eála suerte acercándonos a la cima, cuando los Granaderos, 
habiendo mudado caballos en los propios nuestros que 
arriábamos por delante en la marcha, [comenzaron a estre- 
charnos tan de cerca, que hacían sus punterías con todo 
reposo, marcando con especialidad mt caballo que resallaba 
por su color blanco i una manta lacre que yo llevaba ter- 
ciada sobre el pechos 

Al fin, era derto el pronóstico del alferes Camus i ya 
en realidad estábamos cor/a¿05.... Quise ver lo que pasaba 
al otro lado del cordón, en cuyo perfil creía que Verdugo 
hubiera ooutenida a los fujitivos, pero encontré solo al co- 
maudakile Barrios que venía hacia mí, gritándome que me 
dejara salvar por él, que andaba bien montado i era practicó 
de los caminos. — Díjelecou despecho, que por qué solo ahora 
se me acercaba, cuando ningún oficial, escepto mi hermano, 
habla permanecido a mi lado, i que sin él no me volvía. 
£ale venia el úUimo de todos, trayendo en aitcas un soldado 
herido que se obstinaba en no bajarse, hasta que hube de 
derribarlo tirándolo de lámanla. Desembarazado mí hermano 
de aquella carga, pusímosnos a bajar la cuesta hacia el lado 
opuesto* llevando los caballos a medra rienda, cuando vi 
que el que él montaba cayó al sacio, no supimos si herido o 
esteuuado del cansancio^ damio lugar apenas at jinete para 
ganar un jnalorral vecino. Los Granaderos que llegaban ea 



164 BlSTORIA DC LOS DIEZ aKoS . 

ese iostante dando voces da entregarse^ no se apercibieron 
de su prescocia, apesar de e^tarel caballo tirado en la senda, 
lo que faé un caso verdaderamente eslraordínario. 



XL 



La derrota había sido pues com píela i el combate de la 
mañana merece soló el nombre de un triste simulacro mili- 
tar, en el que hubieron menos víctimas que en el tiroteo 
obstinado de la noche. Por nuestra parte, nosotros no contamos 
mas trofeo que un paquete de té que un soldado del Tungay, 
llamado José Maria Vovet, sacó deias pistoleras de un her- 
moso caballo tordillo negro, que montaba el alférez de Gra- 
naderos don Tomas Yavar i que al tiempo de la carga de 
nuestra caballería se disparó derribando al jinete [1)« 

(1] £1 botín del enemigo consistió en 91 soldados tomados con 
sos armas i en ciento i tantos caballos. Véase el parie oficial de 
Campos Guzman al Gobierno de Santiago en el documento núm. 5. 
A las once de aquel dia entró al pueblo la división vencedora, 
arriando por delante a los prisioneros, cuya mayor parte fué des- 
nudada del modo mas vergonzoso (como sacedlo en Petorca), 
poír los milicianos de Aconcagua. A) frente de la columna triun- 
fal vióse en las calles de lilapel con una lanza en la mano al 
tura de Choapa frai Francispo Caihbíl, un fanático español que 
se había tolerado en el departamento-, apesar de su violenta con* 
docta. Contestando a una amonestacioii del gobernador, este 
habia sabido encubrir su ardimiento con estas palabras de finjida 
moderación^ contenidas en el siguiente oGcio. 

i\Salamancay setiembre 23 de 18ol. 

))En contestación a la nota de US. fecha de ayer, debo decir- 
le que mi conducta es obedecer al que manda, respeto las auto- 
ridades constituidas, i jamás despego mis labios para propalar 
ideas subversivas ni contrarias al orden actualf porque sea enai 



m LA. AraiNlSTRiCIOIV MONTT. 4 65 



Xll. 



Después de aquel momento, el gobernador de Illapel no 
era sino un infeliz peregrino, perdido en el campó, con el 
caballo cansado entre unas peñas i rodeado de partidas que 
seguían su huella por todos los senderos. Confió su suerto 
a la Providencia de los tristes, i vagando de bospilalidad 
en hospitalidad, éntrelos dispersos campesinos que habitan 
aquellas soledades, i siguiendo el rumbo de los cordones de 
las fragosas cerranias de Alelcura, Quillaisillo, Quilo i los 
floróos, llegó por fin a Ovalle el dia 27 de setiembre por la 
larde, después de una marcha incesante de tres días i dos. 
Docbes, Su herniaDO se le reunió dos días mas tarde, hablen- 
do corrido iguales aventuras. El comandante Barrios i el ca- 
pitán Galleguíllos hablan llegado pocas horas ánlesirererido 
con verdad í aun con lisonja para su jefe los sucesos de la 
derrota de la Aguada. 

A las noticias anticipadas por estos oficiales debió el ex-go- 
bernador de Illapel una acojida no solo favorable sino bené- 
vola de parte de sus jefes. El mismo coronel Arteaga, nombrado 
de antemano comandante jenerál de la vanguardia, i que por 

sea mi opinión, sé positivamente el silencio qoe me impone mi 
carácter, i permítame U.S. le diga que han sido abultadas las 
noticias qoe le fian dado sobre mí persona, pues hai sujetos en 
este ponto qoe tienen on placer en indisponer i causar el tras- 
torno, aun en las relaciones mas sagradas de la vida social; por 
tSltimo, mis hechos en adelante serán la garantía mas efectiva 
de la solemne protesta que le hago. 

. Dios guarde a US. 

Frai Francisco Cambil. 



t6d HJStOBTA DE LOS DIEZ AfiOS 

la nueva exajcrada de aqnol descalabro se había visto for- 
zado a replegarse sobre O valle con el balallon Nüm. 1 de 
Coquimbo, desde un punió distante solo 10 leguas de lllapel, 
depuso su enojo profesional i abrazando al joven derrotado, 
dijole aque. aunque era cosa resuelta entre los jefes de la 
división el formarle un consejo de guerra por aquel suceso, 
él lo absolvía, no solo en su carácter de militar, puesto que 
no habla recibido orden superior de ninguna especie (t), sino 
que como jefe revolucionario aplaudía su conducta persoaai 
en elencuoclro». Otro tanto dijéronle Carrera i los jefes anti- 
guos de la división. Salcedo, Martínez, i el mismo Miinízaga, 
tan celoso del honor de las armas coquimbanas. (2] 

(1) La orden de replegarme al norte, qae según se dijo, me envió 
«I coronel Arleaga desde Combarbalá, llegó a Iliapel inedia hora 
iJesipues de haberlo ocupado Campos Gazman, quien recibió aque- 
lla comnnicacion. Foresto, aquel jefe salió en el acto de Illa pe I 
hacia el norte, creyendo que Arteaga continuarla avanzando. He 
aqui como cuenta^ el mismo coronel Arteaga mi retirada i la de 
Bilbao sobre Ovalie. aAI salir de este pueblo (Combarl>alá), dke 
en una carta de fecha reciente (San Luis de Paipai, noviembre 
30 de 1858), dirijida a una persona de su familia, un oficial qoe 
galopaba rápidamente me trajo la noticia de la toma de lllapel 
por el comandante Campos Guzman, no obstante los heroicos 
esfuerzos con que la habla defendido don Benjamín Vicuña Mac* 
kenna. Agregó el oGcial que luego de haberse difundido esta no« 
f ícia entre la tropa de Bilbao, habia sidd ganada por el desa- 
liento, por cuya circunslancia i no teniendo ya objeto su marcha 
a lllapel, habja determinado regresar. Aprobé desde luego su re- 
solución i seguí nú marcha para alcanzar a interponerme en su 
camino. A media noche vi repetidos disparos de fusil que me hi- 
cieron pensar que Bilbao habia sido atacado, Pero al poco andar, 
cncoHtré dos soldados que me dijeron eran señales que hacían en 
Ja marcha i pronto me reuní con el señor Bilbao, regresando a 
Ovalie después de encontrar en la marcha dos piezas de artillería 
que liíze también volver a Ovalie por estar mui mal acondicio- 
nadas.» 

(3) Ett ia S?reua la noticia de aquel suceso se recibió sin mués* 



W LA APMfNiSTAAClON MONTT. 467 

Bate, «pesar de todo, si no desobediencia e Insubordinación; 
iijereta i temeridad en aquel movimiento malogrado de Yicur 
Ai, Mas, tal falta cometida a los 20 afios, cuando se avistaba 
por la primera vez sobre el campo, para medirse de ignal a 
igaal, aquel poder altanero que tantos aflos había hecho mofa 
de les derechos por que combatíamos i había contestado a 
Boeslrofl lícitos reclamos con la cárcel i el garrote, tal falta, 
qae el triunfo habría hecho gloriosa, si pudo, cuando un desas- 
tre la poso en evidencia, oscnrecer con el pesar la frenlede su 
auloiv, no la tifió jamas con la estampa del rubor, como dijo- 
tra alguna de desaliento i al contrario, considerándolo bajo un 
punto de vista revolucioharío, díéronle el carácter de una ven- 
taja obtenida, en la marcha del movimiento. — Una proclama de 
4a intendencia, publicada aquel mismo día, el 2 de octubre, de- 
cía a^: 

«Valientes de la división del sad1 Por el parte oficíalqne he re« 
elIHdo, he visto la conducta heroica que habéis observado en los 
l>ríneros eatayot de la campaña por la restauración de Ja Repá- 
Micas. Dignos descendientes de aquellos héroes que dieron nombra- 
día a la provincia de Coquimbo, habéis seguido su ilustre ejemplo. 

>BI esforzado capitán Galleguillos ha merecido de la patria una 
corona. 

•Vosotros Seguiréis su ejemplo, porque en vuestros pechos arde 
el fuego sagrado de la libertad. 

•Continuad impertérritos en la carrera de gloria que el tirano 
•• ha preparado, exítando con sus hechos la revolución nacional: 

•Buscad al enemigo con la frente erguida i serena i batidle don* 
de Je encontréis, sin olvidarosde que sois nobles i jenerosos como 
es todo valiente en la guerra de la justicia i de la libertad. La 
patria que ha pedido vuestro sacrincio, os observa. Su mano 
está alzada para obsequiaros el laurel glorioso. 

Vicente Zorrilla. • 

El Gobierno de la capital celebró p(fr sn parte, con dianas i re<^ 
dobles de tambor, aquel primer triunfo de sus armas, cuya nueva 
llevóle aceleradamente el activo joven don Juan Pablo Urzúa, que 
▼enia agregado a la división de Campos Gnzman, en calidad de 
secretario del comandante en jefe. 



468 HlStORTA BB LOS llIBC AÑOd 

b, hablando de este suceso, don Manuel Bilbao, en un bos- 
quejo histórico que en la proscripción i la desgracia dedicaba 
a sus compañeros de ¡nforlnnio.... Vícufia, que hasta aqael 
dia había tenido solo el grado de capitán de ]nrantería,fué 
elevado a teniente coronel graduado i hecho primer ayudante 
del jefe de la espedicíon. 

Por otra parte, el conflicto de Iltapel no había producido 
ningún mal efecto inoral en la división, a no ser por la tío^ 
lenta e innecesaria retirada del batallón Núm. 4, que man- 
daba el mismo Bilbao. La pérdida efectiva ocasionada consistía 
solo en los 150 fusiles quitados a la tropa, un centenar de 
caballos! seis soldados del Yungay muertos o prisioneros (I). 
En cuanto a la caballería de milicias, se habla visto cuan com- 
pleta era su inutilidad en todos los valles der norte, i su fuga 
basta el último hombre en Illapel^ confirmó la idea deque 
aquel recurso militar era del todo vano. Bespecto de los sol- 
dados de la guardia nacional de las poblaciones, sabíamos 
que siempre estarían de nuestra parle i que ninguno tomaría 
armas con el enemigo (2). 

. (1) Estos fueron conducidos a Valparaíso juntos con el capitán 
don Demetrio Figueroa i el alférez Camus, siendo estos últimos 
los únicos oficíales hechos prisioneros. Los otros se incorporaron 
a la división, escepto Verdugo, que continuó su marcha a la Se- 
rena, de donde emigró para San Juan, en las provincias ageiUinas, 
cuando la división de Copiapó amagó aquella plaza. £sle desgra- 
ciado oficial, al que sus años i sus enfermedades habian arrebatado 
gran parle de sus antiguos bríos, murió en Lima sumido en la 
miseria. Su hijo don Aníbal publicó a su fallecimiento una sen- 
tida queja, que circuló en Chile como una protesta contra la 
crueldad del Gobierno que se oponía a la amnistía. Verdugo fué 
uno de los 36 chilenos, víctimas de la proscripción, que sucum- 
bieron en el Perú hasta 1857. 

(2) Tan cierto es esto que dos días después del desastre de Illa* 
peí, el gobernador Campos Guzman disolvió todas tas milicias de 
aquel departamento. (Véase el documento núm. 6.) 



M LA MMINISTftAiClOlí UWTT. 469 



XIIL 



Pero una gran nueva, esperada ya coi ansiedad por ra 
tardanza, debía borrar hasta la mas lijera sombra dejada' 
por aquel contraste en los ánimos del pueblo de Cofuiaibo 
i acrescenlar el ardor bélico de las füeraas espedidonarias^ 
£1 mismo dia de la llegada de Barrios, Galleguillos i Vicafla al 
cuartel jeneral de Ovalle (27 de setiembre), desembarcaba 
furtivamente en la playa de Frai Jorje, vecina a la bahia de 
ToDgoy, el capitán del Firefly, don Rafael Pizarro, huyendo 
de la persecución de un buque ingles. Pizarro era portador 
de los pliegos oficiales que anunciaban la revolución estallada 
en el snd el 13 de setiembre. Una emoción de profundo re- 
gocijo respondió a aquel anuncio en todo el territorio del nor- 
te, ocupado por el gobierno revolucionario de la Serena, 
i desde ese momento todos los ciudadanos, los políticos, los 
mandatarios, los jefes i los soldados, los irresolutos i aun los 
adversarios de la revolución, se persuadieron deque esta iba 
a tener un desenlace pronto, escaso de sangre i de dolores, 
pero henchido de grandes promesas para la patria i el por- 
venir de la República. 

En la mafiana del 28 de setiembre se recibieron estas 
nuevas en el cuartel jeneral de Ovalle con indecible contento. 
Los oficiales de cada cuerpo se reunieron en un solo grupo, 
llevando la música a la cabezq,i entonando en coro la Co- 
quimbana, fueron a felicitar a la tropa en sus cuartales. 

Los despachos oficiales contribuian no menos que los de- 
talles privados que nos traía la correspondencia epistolar, 

a hacer esperar aquel éxito pronto i completo. El jeneral 

22 



470 BlStOAU M IOS DtEÍ ÁÑ^I» 

Craz ananciaba que la vanguardia de su ejércilo estarla antes 
de 15 dias en la vecindad de la capital ! 

Por lo demas^ abundaban los nobles sentimientos i un an- 
helo esforzado i jeneroso en el pecho del viejo campeón, a cu- 
ya lealtad i a cuyo patriotismo la República confiaba su 
Merle, i la causa de la libertad, basada en la reforma de 
las instituciones, su garantía i su verdad. 

He aqui» en efecto, la nota oficial en que el jeneral Cruz 
eomunjcaba sus pianos i senlimientos al intendente de Co- 
quimbo (1). 

CI}ÁEIEL JENERAL DE LOS LIBEES. 

Concepción, setiembre 22 de 18S1. 

«Me es grato contestar al jefe nombrado por los cívicos 
i soberanos habitantes de la provincia de Coquimbo mi acep- 
tación al honroso cargo de jefe superior de armas que mo 
han cometido con los de esta provincia, cuyos esfuerzos, con 
los que no tengo duda continuarán haciendo las demás de 
la República, me permitirán llenar la tarea superior a mis 
fuerzas que me han encargado. 

» De mi parte no economizaré sacrificio para corresponder 
al alto honor con que me veo honrado, i mis esfuerzos, unidos 
a la eficaz cooperación de todos los patriotas, me hacen pre- 
sajiar, con el favor del cielo, la ventura que veremos lucir 
con el establecimiento de los principios democráticos que 
afianzen para siempre la verdadera República i el mas libre 
sufrajio, que haga constituir el gobierno del pueblo, tan arbi- 
trariamente contrariado. 

(t) Véase en el docamento 7 la interesante correspondencia entre 
el gobierno revolucionario de Concepción i la Comisión enviada 
por el pueblo de la Serena. 



BE LA iDMimSTRACION HONTT. 171 

» Al despedir la comisión que me ba trasmilido los peo- 
samieolos que abriga ese gobierno, en consonancia con ios de 
los ciudadanos que lo han erijido, cuidaré de trasmitir el plan 
de operaciones que debe combinarse para el acierto que 
bajra de demandarnos la campaña, pudiendo anticipar desde 
luego que aníe$ de quince dias estará cerca de la capital 
gran parte de la fuerza que me hallo reuniendo para empren- 
der la marcha, i que si dispongo el regreso del vapor que 
condujo la comisión, es por evitar las dudas o ansiedad que 
debe producir su. demora; i que teniendo armado en guerra 
el vapor nacional «Arauco,» partirá en dos dias mas con- 
duciendo a los seflores que la componen, bien instruidos de 
la combinación que dejo indicada. 

» El entusiasmo i recursos que prestan estas provincias de 
todo elemento de guerra, me hacen presajiar que no careceré 
del BÚmero de valientes que anonaden a los que pertinazmente 
quieren eonU&uar la conducta torcida que nos pone las armas 
en la mano; pero escaseando los recursos pecuniarios, ele- 
metto indispensable para obrar, me atrevo después de haber 
eido a los comisionados, a insinuar esta necesidad, para que 
se preparen, mientras que con mas tiempo puedo acordar los 
medios con que puedan ser facilitados i remesados. 

» Como la comisión me ha asegurado que se dirijió por ese 
gobierno aviso a los jefes i oficiales que se hallaban en el 
Perú, entre los que habrá venido el coronel Arteaga, me 
prometo que contará ya esa provincia con los conocimientos 
de este jefe acreditado i con la cooperación de los demás que 
le habrán acompafiado; pero si no hubiese sucedido, lo re- 
comiendo con especialidad ; mientras con la citada comisión 
proveeré del modo posible a facilitar esta medida tan indis- 
pensable para el acierto de la campaña. 

«El gobierno civil que me cometen los pueblos i que de 



472 RI6T0RU J>E LOS MEZ AÜOS 

beoho deben ejercer las autoridades nombradas por ellos, 
debe coolinoar basta que reunida una convención de Pleni- 
potenciarios de todas las proVíncias, dispongan lo conveniente, 
Srcuya soberana disposición quedamos todos sometidos.» 

Dios guarde a ü. S. 

Jóse Maria de la Cruz. 

Al señor InlendeDte de U ProTincU de Coquimbo. 



XIV. 

Carrera, por su parte, no se escusaba en aceptar la mi- 
sión de cumplir aquellos deslinos conflados directamenle a su 
responsabilidad por una fracción de la República, sujetando 
su albedrio, (bien que bajo cidria reserva i una subdivisión 
condicional), al poder superior que provisoriamente asumía 
el jeneral Cruz, poder que esle como aquel, se reservaban 
delegar en la Asamblea de los pueblos libres^ que debía cam- 
biar las leyes del pais i asignar a la vez un puesto público 
a los hombres de la revolución. 

He aqui la digna, franca i leal respuesta que Carrera dio 
a la nota que hemos copiado del jeneral Cruz. 

CUARTEL jeneral DEL EJERCITO RESTAURADOR. 

Ovalle, setiembre 29 de 1857. 

Tengo la honra de contestar la nota de U. S. fecha 22 del 
presente, que pone en noticia de este gobierno la aceptación 
que U. S. ha hecho del glorioso encargo de jefe superior del 
ejército restaurador de la República. 

Confio que las lisonjeras esperanzas que me manifiesta 



BE lA AüMINISnACIOÜ MJXTt. 473 

t. S. respecto del éxito del movímienlo que heaoaempreiH 
pido, tendrán la mas cumplida i gloriosa realización, mediante 
el esfoerio de los soldados heroicos que manda U. S. i de la 
cooperación que encontramos donde quiera que lata un cora- 
zón Tordaderamente chileno. 

Bespecto de las recomendaciones que U. S. se digna dirijir 
a esta autoridad para el sefior Arleaga, tengo la satisfacción 
de comunicar a U. S. que ya se encuentra eolre nosotros 
i que ha recibido de esta honorable provincia el grado de 
jeneral, al que sus talentos i decisión le hacían sobradamente 
acreedor. 

£n cuanto a los demás oficiales que se encuentran en el 
Perú, diré a U. S. que deben reunírsenos mui pronto, pues 
han sido llamados con la debida anticipación. 

Igual espíritu que el que anima a esa ilustrada pro^incui 
se siente en esta respecto de la inmediata convocación de una 
Asamblea Constituyente que sancione los grandes principios 
por los que hemos tomado las armas ioon los. cuales se cons- 
tituirá enteramente el gobierno de los pueblos, burlado por 
tantos afios por el mas horrendo despotismo. 

Bios guarde a U. S. 

José Miguel Caarera (Ij. 



XV. 

Como ya hemos visto^ el ejército do Concepción estaría 
en breves dias a las puertas de Santiago, o al menos, en ios 
lindes de su provincia. Era preciso marchar al sud con paso 

(1) Esta comunicación está tomada de un borrador exift^^nte 
en poder del autor, que la redactó^ 



474 HISTORU DE LOS DIEZ AS03 

acelerado i el mismo día de la llegada de los pliegos al cuar- 
tel jeneral, se dló^ la orden do partir. La división, en con- 
secuencia, emprendió su marcha aquella misma larde, acam- 
pándose en la villa de la Chimba a las órdenes del coronel 
Salcedo. Carrera, Arteaga i Munizaga, con el oslado mayor, 
no parlirian sino al dia siguiente (1), 



(t) Coplamof aqní el oficio en qne el gobierno local deCon^- 
cepcion «nnnciaba al de la Serena ei levantamiento de aquella 
provincia» 

Concepción, leitem^r^ 24de 1851. 

tfitte gobierno, aun antes que llegara la comisión de esa pro* 
Vlncia Oerca del señor Jenerai Cruz, sabia la gloriosa revolacion, 
9IH qecntada ^1 '7 del corriente* £1 gobierno de Santiago en sus 
alarmas habia impartido esta noticia a todas las provincias I el 
19 por la mañana llegó a Concepción con la orden de tomar presos 
a todos los qae infundieran recelos ala autoridad. Pero equinos 
habíamos anticipado, haciendo nna igual revolución a la de Co« 
quimbo el 13 en la noche, la que se consumó sin la menor des« 
gracia, apesar que hubo que tomar al vapor «Arauco j»,que traía 
mil doscientas onzas del gobierno de Santiago. 

]>El señor Jenerai de división don José Maria de la Cruz fué 
proclamado supremo jefe político i militar de la provincia, i la 
comisión de Coquimbo lo ha aceptado en este carácter firmando 
la acta aquí levantada. Por este medio iremos reorganizando las 
muchas relaciones que deben existir entre las varias provincias 
de la República, a Gn de evitar la anarquía i cooperar unánimes 
al objeto sanio de libertar la patria de la opresión en que ha je- 
mido* 

•P^ro por la nota que transcribo a C. S., de este jefe, verá no 
acepta sino el poder militar, hasta que las provincias Ubres nom- 



BE LA ADMINISTRACIÓN HONH. 17S 

bren Plenipotenciarios, que orgnnízen an gobierno conformes la 
acta aqoí celebrada. Creo qae esa provincia debe nombrar dos i 
otro tanto harán Concepción, Manle, Chillan i Talca, i con diez 
Plenipotenciarios, podremos iniciar la obra de nuestra rejenera- 
cion, nombrando un jefe político i haciendo una nueva leide 
elecciones, que no dudo aprobarán las otras provincias cuando re* 
conquisten su soberanía. 

• El pueblo de Concepción ha proclamado al jeneral Viel In- 
tendente i a mí interino hasta que aquel jefe acepte. Por mi parte, 
he procurada llenar la confianza que en mí se hacía f me he con* 
sagrado a organizar la provincia en un estado de guerra. El 
jeneral Cruz, investido de un poder discrecional^ apesar de hallarse 
enfermo, ha venido a tomar una parte activa i decidida. Su pre- 
sencia ha dado a la revolución impulso estraordinario ; su nombre, 
sus servicios i su carácter auguran un triunfo seguro i estas 
poblaciones se levantan en masa para ir a anonadar la tiranía de 
la capital. Contamos, entre veteranos i milicias, nueve mil soU 
dados, i de esta fuerza saldrán de aquí bien armados i en com- 
pleta disciplina. 

• Contamos con jefes acreditados i llenos de valor, comoel je- 
neral Baqnedano, el coronel Crrutia, el coronel Zafia rtu, el coman- 
dante Roiz, el mayor Urízar i otros jefes i oGciales tan valientes 
como republicanos. 

•Los comisionados de esa provincia han llenado debidamente 
su puesto i se han hecho acreedores por su patriotismo i decisioa 
a la gratitud nacional. 

• Cumplimento a la provincia de Coquimbo, en la que tengo 
Intimas relaciones i amigos, por medio de V. S., por su noble de- 
cisión, tanto mas gloriosa cuanto no ocupa una posición militar 
como esta. Le cabe también a Concepción la gloria de haber he- 
cho una revolución que creía impulsar sola en los primeros mo- 
mentos i que ahora se complace en sostener reunida con la que 
V. S. dírije. 

^Sírvase V. S% aceptar mis consideraciones de aprecio. 

Pedro tiutx Vicona.» 

Sr. loteiMletite de Coquimbo. 



CAPÍTULO VI. 



II Cllltl •[ IE$« riTIU. 

Cn crimen de lesa patria.— Sítaacíon de la marina nacional de 
guerra en 1851.— Faenas de las estaciones natales estranjeras 
en Valparaiso.— Importancia reyoiacionaria de las comunica-* 
Clones marítimas.— Pinico del Gobierno de la capital.— El encar- 
gado de negocios de Inglaterra, Esteban Enrique SQÜyan.— Sus 
aniecedeoles» su carácter i su odiosidad contra el partide de* 
mocrático en Chile.— Su complot con el Gobierno para dirijir 
las operaciones de mar contra la reTol ación .—Parte para Val- 
paraiso I decide las yacilaciones del almirante Moresby.— Envía 
el yapor Garg<m a Coquimbo.— Reilecoiones de derecho ínter* 
nacional sobre la interyencion de los ingleses.— Tono insolenta 
de las comunicaciones de Suliyan con el Gobierno de Chile.— 
Una nota oportuna del Ministro de Estados-Unidos.— El Gorgan 
se apodera del Firefly i del Araueo i pone bloqueo al puerto 
de Coquimbo, a nombre i por autoridad del gobierno ingles.— 
El comandante Pynter celebra un contenió con el ¡ntendento 
de Coqoirobo.-*-EI almirantazgo ingles desaprueba la conducta 
de sus ajenies en Chile.— Como el presidente Montt recompensó 
la complicidad de los ingleses. 



1. 



Vamos a escribir la pajina mas negra do los anales do lulo 
i de dosaslres que narramos en estas memorias, la pajina 

S3 



178 HISTORIA DE LOS 0ÍEZ ifiOS 

de la traiciona Ejemplo acaso único en nuestra historia, en que 
la arrogante lealtad del chileno fué vendida por el pavor al 
estranjero i enajenados por una vil intriga los fueros santos 
de la patria a una bandera de depredación 1 de insolencia. 
£1 rubor nos intimaría el callar, pero la voz de la conciencia 
nos dicta el que acusemos, mientras que por otra parte, la 
dignidad de hombres i de ciudadanos nos prescribe como un 
deber el ser inexorables. Oiga pues la República, oiga ei 
mundo como la nación chilena era tratada por el gobierno 
que le fué impuesto en 1851, i falle entonces entre la abso- 
lución o el anatema. 

Nosotros, entretanto, solo pedimos justicia a ese fallo de- 
lante de las pruebas irrecusables que vamos a someter a sa 
criterio^ pruebas de eterno baldón para sus autores, que su 
propia imprudencia o su ceguedad puso un dia en evidencia, 
pues la mayor parle do las piezas oficiales que vamos a 
citar fueron publicadas en los periódicos de la época a quo 
pertenecen. 



n. 



Por esa incuria lan antigua ct)mo ctalpable de nt]éstí*OB go- 
biernos centralistas, el pais había carecido de una mediana 
marinado guerra desde que los restos gloriosos de su «Primera 
Escuadra Nacional» fueron vendidos al estranjero> i aquella 
se encontraba en 1851 en un estado completo de inutilidad 
por el deterioro de la fragata^ponton Chile i la carencia ab- 
soluta de buques a vapor« Solo dos o tres embarcaciones 
menores, la Janequeo^ el Meteoro i la Conititucion estaban 
en servicio. Unos pocos marineros ífidiscíplinados i una brí^ 



M u ABVcnsnuQOH houtt. 479 

gada de cien fusileros eran, por otra parte, toda la fneru ma^ 
ríltflia de que podía disponerse para las operaciones de una 
campaíla en noestras costas ( I ). 

Por nn contraste qne el ojo previsor déla política, ornas 
liíeD^ de la diplomacia europea hace comprender, las esta>» 
cíoiies navales estranjeras acantonadas en Yaiparaiso i parli* 
cnlarmente la inglesa, contaban nn número considerable de 
vapores de gnerra i aun de navios de alto bordo. El navio 
Pmriland era de estos últimos i los vapores GargM i Drnier 
se contaban en el número de aquellos, a los que perteneció 
también luego el vapor Virago. La estación francesa se com- 
ponía, enlre otros buques, de la fragata Presidente i la cor- 
beta Brillante i la de Estados-Unidos de la corbeta Saint 
Mary i de uno o dos buques mas, también de vela. 



IV. 



Los revolucionarios que habían lomado las armas en el 
norte i sud de la República, comprendieron desde luego la 
debilidad marítima dei Gobierno, por una parle, i la impor-* 
tancia de la rapidez de las comunicaciones entre las dos es-* 
tremidades insurreccionadas, por la otra. Por esto el asalto 
del vapor Arauco había sido la sefial de levantamiento de 
Concepción^ en la noche del 12 de setiembre, i por esto tam^ 

(1) El vapor Cazador^ cuyos servicios a la causa del Gobierno 
foeron dé tal magnitud durante la revolución , que el escritor 
Jolabeche, al proponer un brindis en su lionor, lo llamó «la Pro-' 
Ttitnciaáéi Gobierno», fué adquirido muchos días después de esta* 
Hada la revolución en el sud i en el norte. Su nombre era el 
Jeneral Castilla^ i el Gobierno lo compró a su propietario, un ne« 
coeianle francés, por una fuerte suma de diuero. 



180 HISTORIA DE LOS DIEZ ASOS 

bien la autoridad revolucIoDaría do la Serena no habia lar- 
dado en echar mano del pequefio vapor Fire/ly. Las calderas 
de estos buques, con^lanlemente encendidas, serían el lazo do 
fuego que iba a alar las combinaciones revolucionarias que 
debían marchar hacia el centro, trabándose mutuamente i ha- 
ciendo oportunos sus pasos i seguro su éxito. £1 vapor iba 
a salvar la revolución. La topografía de Chile solo deja esta 
(mica alternativa al triunfo de las insurrecciones populares, 
a saber: o un levantamiento decisivo on la capital: o la ma- 
rina a vapor, cuando el fuego ha prendido en los confines* 



El Gobierno de Santiago comprendiólo también asi, I se sin- 
tió perdido al saber la toma del Arauco. Su pavor era tan 
profundo que para calmarlo, la traición a la patria no seria 
ciertamente un obstáculo, i era tan fundado al mismo tiempo, 
que la esperiencia de tres meses de campana probó con cer- 
tidumbre el hecho de que sin el uso de la marina, la causa 
del Gobierno se habría perdido cien veces. En tal conflicto, el 
destino deparó a la administración un medio adecuado do 
salvarse. Era este la presencia en la capital de uno de esos 
diplomáticos europeos, que la ola impura de los favoritismos 
oligárquicos arroja en lejanos países, donde la distancia do 
los mares parece que veda el acceso a la vergüenza i al es«- 
cándalo. 

VL 

Encontrábase en Santiago^ desde hacia pocos mcsesi áe^ 



BB tA ADltliaSTRACION MONTT. 181 

eropcfiando el destino de .Encargado de Negocios de Ingla*« 
térra, ei honorable Estevao Eorigoe Sulivao, sobrino carnal 
de Lord Palmorston por una hermana fa?oríta del nom* 
Jire de Temple, que es el apellido de familia de aquel cé* 
labre ministro. A este solo titulo babia debido su elevación. 
Hombre de corazón grosero, de costumbres disolutas, cínico 
por carácter, petulante en su ademan i rebosando de un in- 
flensalo orgullo por la aristocracia de su nombre, que era un 
barniz i por la posición de su tio, que era la impunidad, ha- 
bía paseado el escándalo i el desenfreno por la mayor parte 
de las Cortes de Europa, hasta que poruña especie de rubor 
oficial fué apartado de los centros de la diplomacia i relegado 
a Sud-América. El desprecio con que miran los gabinetes 
europeos a nuestros países, o mas bien, a nuestros gobiernos, 
faaee frecuente la mengua de este insulto. Brazos desconocir 
dos suelen, sin embargo, vengar tan hondo agravio, dejando 
pofidíeate en el misterio del atentado la justificación o la 
culpa del castigo 

Salivan habla llevado entre nosotros la osadía de su in- 
moralidad hasla provocar un duelo público por sus villanías 
domésticas, i aun le vimos, con el rubor del desdoro asoma- 
do a nuestra frente, tomar su asiento en el teatro, en medip 
de an grupo de mujeres públicas, que daban las espaldas 
a nuestras madres i a nuestras hermanas.... 

Pero en el pecho de aquel insolente diplomático cabían 
causas de otro jéoero que predisponían su ánimo a buscar, 
encima de la sociedad que insultaba, un apoyo que diera 
sombra a su libertinaje i garantía a su impunidad oficial. 
A na orgullo casi delirante, bebido en su cuna i alimentado 
por la ponzofia de las cortes, 9fiadia un desprecio sincero, 
pero brutal, por. las formas republicanas i por los sistemas 
Uberaics, que sii tradición de familia, su educación i su em^ 



18$1 BISTORU DE IOS BIEZ aK09 

pleo le hacían odiosos. Un aconlecímionlo casnal babra 
agriado su encono contra todo lo qae fuera republicano 
i democrático, dando a su odio la forma de un recuerdo ner- 
Tioso qoe le exaltaba hasta el frenesí. Este suceso había 
consistido en una formidable vapulación que <lescargó sobre 
la inmunidad de sus espaldas en un Hotel de Lima el distingui- 
do ameríclHo Sabdiel Polter, que venia desde Panamá eu su 
compafiia, nombrado cónsul de Estados-Unidos en Valparaíso, 
i que castigó de esta sumaria i característica manera algu- 
nos groseros desmanes del ministro ingles para con él i para 
con su señora, que también le acompañaba. 

Desde aquel momento, los nombres de república i demo- 
cracia sonaban en el oído del aristócrata ingles como el chas- 
quido del látigo, i es fama que se enfurecía hasta el vértigo 
solo cuando se colocaba en una de estas dos situaciones: 
o la ebriedad del champagne, que era consuetudinaria, o 
las discusiones sobre el sistema de gobierno de la América 
del Norte. 

Sus relaciones con el ministro americano Mr. Baile Peyton, 
hombre instruido i honorable, se habían mantenido, en con- 
secuencia, en el pié de una frialdad seca, sino insolente; 
i coando por el desenlace del veinte de abril, el minisiro 
americano se encontró en el caso de manifestar una hidalga 
simpatía por la causa de los liberales de Chile, asilando en 
su casa al coronel Arteaga, el encono de su rival subió de 
punto i se acostumbró a confundir en su rabia, su desprecio 
por las instituciones democráticas de los Estados-Unidos con 
sas prevenciones por los republicanos chilenos. El coronel 
Potter i el coronel Arteaga eran para él la personiGcacion 
de esta odiosidad mortal concentrada en su pecho, pero que 
el uso inmoderado de licores fuertes hacia desbordar casi 
diariamente. 



Ȓ U AMIMISTRiGiaN HOIIIT. 183 



VIL 



Faé pues a las manos de esle hombre a Tas (fue el Go- 
bierno confió su salvación. Para oprobio eterno del nombre 
de Chile, su suerte iba a jugarse en una alianza infame del 
miedo impotente i de la brutalidad impune. La historia, que 
es el procesó comprobado de los grandes crímenes, califi- 
cará esto entre los mas graves, entre los mas odiosos, entre 
hs mas indignos. Desde la traición de Figueroa en 1811, que 
debió entregar nuestro suelo a Ja Espafia, no se menciona 
Qtt atentado mas atroz. El presidente Hontt i su ministerio 
vendieron el tionor de Cbüe a la Inglaterra ! 



vin. 



Apenas llegaron, en efecto, las primeras noticias déla su^ 
klevacion de la Serena, cuando el gobierno de Santiago se 
puso al habla con el Encargado de negocios de Inglaterra, 
sirviéndole de intermediaria el Ministro de Hacienda Urme- 
neta, cvyo conocimiento del idioma ingles garantía el secre- 
to i la espediciott de los conciliábulos. 

Beade la primera entrevista, el ministro Sulrvan se entregó 
completamente al servicio del Gobierno, i este fió a su direc- 
ción discrecienal el manejo de aquella vil intriga, que ponia 
nuestra nacionalidad en la cartera de un emisario estranjero 
i tiraba el honor de la República debajo de los caflones de 
los buques ingleses. 

Eo el acto, Snlívan impartió orden al almirante de la ee- 



484 HISTORIA DE LOS DIEZ AÜOS 

tacion de Valparaíso^ Mr. Fairfax Moresby, un anciano auslero 
pero manejable, que puso alguna vacilación en cumplir las 
órdenes desacordadas de su jefe, pero que al fin se somelió 
a sus planes, haciéndose su mas dócil instrumento. 

Gomo Moresby hiciera algún repai'o a las primeras ins- 
trucciones de Sulivan^ este se puso en marcha incontinenti 
para Valparaíso i ahí sentó sus reales como un omnipotente 
pirata. El navio PortlandM a servirle de cuartel jonerjal, 
mientras el Gorgon se desempeñaba como su división do 
operaciones en el norte 1 el Driver en el sud. 



IX. 



Pero una vez sabida la ocupación del Fire/ly por los 
ajentes del gobierno ingles en el Pacifico, i aun reagravada 
aquella falta internacional con los ultrajes hechos al paque- 
te británico Solivia a su paso por Coquimbo el 11 de se- 
tiembre ¿cuál era la linea de conducta que el derecho de 
jentes, el honor, la justicia í la equidad publica, regia supre- 
ma entre las naciones, trazaban de consuno al representante 
de la Gran Bretafia? 

Procedería de oficio en virtud de autoridad propia sobre 
datos inferidos a los intereses i a las personas de soa subdi- 
tos? La lei internacional le prescríbia entonces, la masera de 
tomar satisfacción de los perpetradores del atentado, a los que 
por el aoto mismo de la reparación eiijida o de la queja enta- 
blada, les reoonocia ya, coma era de estricto rigor en dereebo, 
cierta jurisdicción de hecho, innegable por otra parte, i cierta 
representación internacional para entender en los reclamos 
aducidos. 

Iba a solicitar un resarcimiento de daOos a requisición del 



DE LAADUmiSTRACION MONTT. 18S 

agraviado ? Pero osla no existía^ ¡ el caso quddaba reducido 
a ia alteraati^a anterior, i 9un habiéndose evidenciado aque-» 
lla« la cuestión no salía del terreno inleruacional en que la 
hemos colocado. 

Poro lo qne es positivo es que ni el ministro ni el almi-^ 
raate ingles se lanzaron en aquella via de estorcionos i de 
verdaderos delitos Internacionales por su propio ministerio, 
DÍ por exljeneias de los subditos de su nación. Fué el culpa-» 
ble gobierno de Chile el que, arrodillado como un mendigo ai 
quien se lanza con desprecio de la puerta que ha golpeado, 
vino en su cobardía i en su nulidad a pedir el amparo de 
la protección eslranjera! De manera pues que si delante de 
la razón universal i a la luz de todos los derechos reconocí-^ 
dos en el pacto de las naciones, los ajentes británicos no 
podian proceder a ningún acto de violencia, ni siquiera a 
simples medidas de hecho, contrarias a los intereses de aque^ 
lia fracción de la República que se habia insurreccionado, 
sin violar por ello de una manera flagrante los mas obvios 
principios del derecho internacional ( I )y era mas evidentQ 



(1) El tratadista Bello, uno de los autores mas eonsumados i 
respetables de derecho internacional dice, en efecto, hablando 
de los derechos anexos a una insorre(;cion organizada, estas tes- 
tóales palabras en la p6j. 263 de su tratado : «Lasgoerras civiles 
empiezan a menado por tumultos populares i asonadas que en 
nada concierneo alas naciones estranjeras; pero desde que una 
fraceíon o parcialidad domina un territorio algo esténse, leda 
leyes, establece en él un gobierno, administra justicia, i en untf 
palabra ejerce actos de soberanía, es una persona en el derecho 
de jentes i por mas que uno de los partidos dé alolro el título 
de rebelde o tiránico, las potencias estranjeras que quieren manw 
tenerse neutrales, deben considerar a entrambos «orno e$tado9 
ind$fmíiiemtii entre sí i de Jos demás, a ninguno de los cuales 
reconocen por juez de sus diferencias» I luego, refiriéndose a ios 
derechos i obligaciones estrictas de la Heutralida'l, en la páj. 

24 



<86 HISTORIA DE LOS DiftZ aKOS 

todavía qae estos actos se agravaban i consUluian lo que se 
llama en derecho una verdadera pirateria, en el mar i un 
iülleo, en tierra, aun cuando tales actos se hubieran consuma- 
do a petición de las autoridades que rejian la otra fracción en 
que estaba dividido el territorio, por la acción de la guerra 
civil. En el primer caso, no existiendo reclamo de parle in- 
teresada, habia abuso i «stralimilacion á^ derechos. En el 
segundo, siendo la connivencia un acto espontáneo dei ajenie 
ingles, habia complicidad. 

1 de no, asi como el almirante ingles procedió contra los 
buques de la insurrección en virtud de un decreto que de« 
claraba piratas a esos buques i a las tripulaciones que los 
montaban, ¿no habría procedido también con igual título e 
idéntico derecho contra las tropas de tierra de la insurrección, 
una vez que el gobierno las hubiera declarado por otro de-- 
crelo fuerzas de bandidos que se habían sustraído de la pro- 



296, aftade estas líneas, no menos adecuadas qae las anteriores 
al caso qne nos ocupa. 

«La imparcialidad en todo lo concerniente ala guerra, consti- 
tuye la esencia dei carácter neutral, i comprende dos cosas. La 
primera es no dar a ninguno de los belíjerantes socorro de tro- 
pas, armas, buques, municiones, dinero o cualquiera otros artí* 
culos que sirvan directamente para la guerra. No solo les es 
prohibido dar socorro a uno de los belijerantes, sino ausiliar 
igualmente a uno i otro; porque esto seria poner la misma pro« 
porción entre sus fuerzas i esponer la sangre i los caudales de 
la nación a pura pérdida, o. alejando quizá la terminación de It 
contienda; i porque, ademas, no será fácil guardar una exacta 
igualdad, aun procediendo de buena fé, pues la importancia de 
un socorro no depende tanto de su valor absoluto, como de las 
circunstancias en que se presta. La segunda cosa es: que en lo 
que tiene relación con la guerra no se debe rehusar a ningnnp 
de los belijerantes lo que se concede al otro; lo cual tampoco se 
opone a las preferencias de amistad I comercio, fundadas en Ira* 
tados anteriores o en razones de conveniencia propia», 



PC tA ABMINISTBACIO!? MONTT. *87 

loccfun do las leyes nacionales por el hectio do hatier toma- 
do las armas? La ló|¡ca habría sido la misma, porque el go- 
bierno babia declarado a una parte de sus conciudadanos 
fuera de la leí patria, para ponerse él mismo bajo el amparo 
de la lei estranjera. 



I lan cierto es este cargo de ignominia bocho a la autori- 
dad superior de aquella épt)ca, que el ministro ingles no se 
contentaba con proceder por su solo albedrio en los actos 
de hostilidad consumados contra las autoridades revolucio- 
narias, sino que adelantaba su insolencia hasta calificar los 
derechos de la insurrección, constituyéndose juez en la con- 
tienda i aun llegaba hasta calumniar a los jefes de la revo- 
lución que desconocía, permitiéndose usar a la faz de la na- 
ción i del gobierno el lenguaje de la amenaza. 

«Ei almirante Moresby, decía, en efecto, el ministro Su- 
livan en un despacho al gobierno de 24 de setiembre, aludien- 
do a la toma del Firefly, se eslá preparando para tomar 
medidas mas coercitivas contra las personas que se a/rtftif- 
yen autoridades en Coquimbo i ordenaron la captura de aquel 
buque, luego que el gobierno de Chile me esprese su carencia 
de medidas para protejer los intereses estranferos fin aquel 
puertos (I). 

Pero el gobierno de Chile no solo recibía estas notas infa- 

(1) Véase en el documento núm. 8 tanto esta nota com() la 
aprobación espiícita i terminante que díó el gobierno de Santiago 
al bloqueo i embargo del puerto de Coquimbo, «en raien de la 
imposibilidad en que se hallaba el gobierno de prestar la debida 
protección a los intereses británicos )». 



488 BTSTORIÁ DE LOS DIEZ áfiOS 

mantos, ''sino que las contcslaba con hamildad i llovaba sa 
cinismo o su indignidad basla darlas a iuz en el periódico 
oRcial! Mengua inconcebible, pero no estrafia ! Ese mismo 
gobierno no tardó en aceptar la triste insinuación del minis- 
tro británico i le significó su carencia demediot para prote* 
jer los intereses estranjeros, esto es, los fardos de lienzo i 
las tablazones desús buques, declarando ptVá/tca la bandera 
de Chile, ese tricolor de gloria i de lealtad que nos legó la 
independencia con una estrella al centro, como el simbolo do 
un destino augusto^ al que en el pánico de una hora, una 
autoridad desatentada echó un borrón de eterno desdoro. 



XI. 



Aulorizado ampliamente, el ministro ingles procedió a eje- 
cutar so plan, i el 27 de setiembre despachó el vapor Gorgon 
al mando del comandante Pynter, a poner bloqueo i embar- 
go sobre el puerto de Coquimbo^ publicando esta providencia 
como de propia autoridad, por un anuncio en la pizarra de 
la Bolsa, que reprodujeron los periódicos de Valparaíso. 

Eran estos actos tan estrafios, tan absurdos, tan contrarios 
al honor nacional i a la jurisdicción misma, representada por 
el gobierno de la capital, que el ministro de Estados-Unidos 
no pudo menos de dirijir al Gobierno una nota en que mani- 
festaba su sorpresa i pedia esplicaciones sobre si los actos 
del comandante Ppter en la Serena significaban o no una 
hostilidad declarada al Gobierno de Chile (1 ). Harto castigo 
fué esta comunicación inesperada para lamafio desmán en un 

(i) Véase esta nota i la contestacioa del Gobierno, en el do* 
cnmeoto núm. 9. 



DE lA ADMmiSTRACIOBI MOHTT. 189 

gobierno quo pareóla abjurar todo principio de orgullo patrio 
i que esta vez i precisamente sobre esta incidencia diploma- 
líja, tuvo el triste descaro de reconocer en un documento 
público la importancia do la cooperación de las fuerzas bri« 
tánicas on el bloqueo del puerto de Coquimbo I 



XIL 



El vapor Gorgon llegó el 28 de setiembre al puerto de 
Coquimbo, habiendo avistado el día anterior al Firefly^ al 
quo lambien el paquete británico do la carrera de Panamá, 
Nueva Granada^ se puso a perseguir de propia autoridad, 
siendo un simple buque mercante 1 ejecutando, por tanto, un 
acto de verdadera piratería, basta obligar al capitán Pizarro, 
que mandaba el buque perseguido, a saltar a tierra en la 
costa de Fray Jorje, dejando su buque presa del Gorgon quo 
lo amarró a su costado. El vapor AraucOj que al mando del 
capitán Ángulo echó anclas aquella misma mafiana trayendo 
de regreso de Talcahuano la comisión de Coquimbo, fué tam- 
bién apresado, retenidos sus pasajeros i embargados sus pa- 
póles (|l ). £1 bloqueo del puerto quedó desde aquel momento 

(I) Venia a bordo del ilraiico, en calidad de emisario de los 
revoHicionarlosdel sod, i en reemplazo del coronel Puga qae no 
lavo a bien aceptar, el ciudadanodon Francisco Prado Aldonate, 
una de las primeras víctimas de los sacudimientos políticos de la 
época, ascendido ahora a teniente coronel de ejército por el je- 
neral Cruz. 

Kl objeto principal de su misión era enriar recursos pecunia- 
rios al sud, pues los comisionados Vera i Alvarez los hablan ofre- ^ 
cido en grande escala con no poca ponderación í méuos prudencia, 
Mai« encontrándose exhausto el tesoro de la Serena, solo se remi« 



190 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

declarado en el nombre i por la autoridad del gobierno 
ingles. 

Pero el comandanle del Gorgon^ al intimar su bloqueo del 
puerto» no podía escusar un acto público que implicaba el 
reconocimiento de las autoridades provinciales, por el solo he- 
cho de hacerle saber la nolifícacion de aquella medida, i asi 
fué que apesar suyo i a despecho de sus dobles instrucciones 
del almirante ingles i del ministro de relaciones exteriores 
de Chile, el comandante Pynler tuvo que prestarse a entrar 
en avenimiento con las autoridades revolucionarias de la Se- 



tieron ocho libranias por la sama de 40 mil pesos, qoe como 
sabemos, fueron protestadas en Valparaíso. 

Sacedlo ademas que el Arauco, ana vez en franqaía, fago del 
paerto por ona falsa alarma, sin llevar correspondencia ni del 
gobierno provincial ni del comisionado Prado Aldonate, lo qoe 
desazonó de tal manera al jeneral Cruz, que con sobrada justicia 
preguntó «sí había gobierno o desgobierno en la provincia de 
Coquimbo». 

Habia sucedido que el comandante Ángulo, al saber que se 
diríjía una fragata de guerra a toda vela sobre el puerto, |uzgó 
que era la Chile i al punto levantó sus anclas, haciendo rumbo 
al sud, sin aguardar las órdenes de la intendencia revolucionaria. 
He aquí como un actor en estos sucesos, el comisionado Prado 
Aldunate, refiere la impresión que aquella alarma infundada 
causó en la entusiasta i patriótica Serena, en una carta que él 
dirijió en octubre de 1851 a uno de sus correlijionarios polí- 
ticos. 

«A la sena del telégrafo de fragata de guerra a la vista, ardió 
Troya en el puerto i la Serena. Todo el mundo, niños i mujeres 
se armaban para resistir, creyendo que era la fragata Chile que 
irenia a desembarcar jente al puerto. En este conflicto, fui nom- 
brado comandante de armas de la plaza e incontinenti híze top- 
ear jenerala i ordené retirar todo elemento de guerra del puerto 
a la ciudad, para hacernos fuertes en este punto. A la tarde i 
muí tarde de este dia, vinimos a desengañarnos que no era la 
Chile la fragata que se habia avistado, sino que era la fragata de 
guerra inglesa Tetie (PortlandfJ que venia a relevar al Gorgon*.. 



m tk ADMINfSTBACION MONTT. 491 

rcna, las que habían sido esplicitaoienle desconocidas por el 
miníslro Ingles. 

El intendente don Vicente Zorrilla, hombre prudente, ciu- 
dadano popular, mandatario celoso i activo^ se apresuró a 
venir al poerto en compafiia de don Tomas Zenteno, tan 
luego como supo la aparición del Gorgon^ la captura del 
Firefiy, el bloqueo de la bahía i el apresamiento escanda- 
loso del Arauco, que comprometía seriamente los planes 
combinados de la revolución. Usando de mafia i sin abdicar 
su dignidad, atrajo al comandante Pynteraun arreglo amis- 
toso, firmándose aquel mismo dia un convenio de satisfacción 
i resarcimiento, en que si hai alguna nota que empalie el 
honor, no es sin duda la de los que cedieron a la violencia 
i al desafuero, sino de los que compraron el honor del pabe- 
llón de Inglaterra al precio vil de una suma injente de di* 
ñero ( 1 }• 

Pactóse una Indemnización de 30,000 ps. por el apresa- 
miento del Fire/ly, que valía escasamente la tercera parte de 
aquella suma, i como este buque se declarara presa de guerra 
de los oficiales del navio Portlqndy se formó otra partida de 
cargo doble, por la que debía pagarse a dichos oficiales la suma 
de 10^000 ps. Esta era una espléndida muestra de saqueo in^ 
ternacional, pero, por fortuna, no pasó mas allá del papel en 
que fué escrito, porque asi lo consintió el curso de los suce- 
sos i mas que todo, la declaración del Almirantazgo britá- 
nico, que ordenó poco después la devolución de los buques 
apresados, sentenciando, como una fulminante condenación 
para el gobierno de Chile, que este gobierno no habla tenido 

(f) Véase en el documento núm. 10 este contrato I la nota in- 
solente en que el cónsul ingles i los estranjeros residentes en h 
Serena felicitaban al comandante Pynter por aquella indigna i 
vergonzosa estafa» 



192 . HISTORIA DE LOS DIEZ aS09 

derecho de declarar piratas los baques de su nación ¡ que 
los jefes de la estación naval no habían tenido tampoco fa- 
cultades para apresarlos como tales. Sirva este fallo de noble 
compensacioD al gobierno ingles por los abusos de crueldad, 
de egoísmo i menosprecio que sus ajen tes perpetran en nues- 
tra playas, débiles i sustraídas al ojo ;del mundo i en las 
que en aquel año infausto de 1 8S I se ejecutaron los mas graves 
i desautorizados escándalos I (1) Verdades, sin embargo, que 
el Presidente Montt se apresuró a paliar estos, rindiendo ho^ 
menaje a sus autores con una visita oficial hecha a bordo del 
Parllandt en agravio de los jefes de las otras estaciones 
navales^ libando su copa en un convite posterior con el almí- 
tanto Moresby, que le saludaba como a al hábil piloto que 
liabia sabido gobernar i vencer la tempestad» (2) i por último, 
ofreciendo una cartera del despacho a un dependiente del 
comercio estranjero de Valparaíso, que le había secundado 
con tanto celo en sus propósitos sobre el mar i las costas de 
la Repüblica. 

Pero nos apresuramos ya a cerrar esta penosa narración de 
tanta mengua para nuestra patria, que hemos trazado a la 

(1) Aludimos a la captura del vapor chileno Araueo hecha en 
Talcahuano por el vapor ingles Gorgon^ a consecuencia de un 
decreto del gobierno de la capital en que declaraba pirata aquel 
buque. Véase en el documento núra, 11 este decreto i las igno- 
miniosas notas cambiadas a consecuencia de aquel atentado entre 
el ministro ingles i el gobierno de Chile. 

(2) Palabras testoales del almirante Moresby en el banquete 
ofrecido al Presidente Montt por el comercio estranjero de Val- 
paraíso el O de marzo de 1852. (Véase el Mercurio núm 7,351). 
El presidente llegó a Valparaíso el 27 de febrero, siendo saludado 
concuna salva por la escuadra inglesa, í apenas se había reposado 
un dia, cuando hizo una visita de honor al navio Portland (1.® de 
marzo), haciendo una escepcioncon los otros buques almirantes 
existentes en la bahía. 



BE U ADMINISTRACIÓN MONTT. 193 

lijera, como si la febril ansiedad del rubor i del despecho 
hubiera empujado nuestra pluma (1). 



( I ) Revisado este eapftalo despoes de cerca de tres aSos de 
haber sido escrito» no hemos podido borrar uno solo de sus amar- 
gos conceptos, ni aun mitigar el ardor de sas frases. Al contrarío, 
la intlignacíon qae nos dictó ese lenguaje palpita todavía en núes* 
tro pecho i lo encenderá siempre, mientras conservemos el amor 
a nuestro suelo i el sentimiento, indestructible en los chilenos» 
del honor nacional. Hará contraste este capítulo con la templanza 
de todas las otras pajinas de este escrito; i la razón de esta di^ 
ferencía es que en este nos ocupamos solo de la guerra civil, 
i hablamos siempre entre hermanos; mientras que en el presente 
caso la cuestión es con el estranjero, i a propósito de un crimen, 
estranjero también, que tiene por cómplice, no al pais, sino a la 
autoridad, contra la que aquel se había levantado en masa. Este 
capítulo será rejistrado en verdad en los futuios anales de Chile, 
no como una pajina de sus discordias, sino como un fragmento 
tristísimo de su historia internacional. 

4 

Santiago, julio de 1861. 



2o 



CAPITULO VIL 



U UldU U MD. 

Actividad del movimiento revolaclonario en los últimot días de 
setiembre. — ^Hedidas administrativas eu Ja Serena.— La divi- 
sión deja su coartel jeneral de Ova I le. — ^Número de sus fuer- 
xas.— Topografía jeneral del territorio de! norte. — ^Verdadero 
carácter de la espedicion revolnc¡onaria.-«Marcba desde Puni- 
taqai a la cuesta de Valdivia.— Movimientos de Campos Goz- 
mao.*— Ocupación de lllapel. — Funesta demora i recargo de 
equipajes de la división.— Marcha hasta la Mostaza.—Movimien- 
tos del enemigo i concentración de todas sus fuerzas en Quili- 
roarí.— Se reúne un consejo de guerra i se resuelve un movi« 
miento oblicuo. — ^Descontento de la tropa i siniestros rumores 
que circulan*— Se reciben en Pupio noticias de la invasión de 
la Serena por los arjentinos de Copiapó, i una junta de guerra 
resuelve no retrogradar.— Reflecciones sobre la invasión revo- 
laciofiaria de la división del norte.— El enemigo descubre 
nu«iStro derrotero en el cajón de Tílama.— Paso nocturno de 
la cuesta de las Palmas. — Vicuña ocupa a Petorca sin resis- 
tencia. — Se combina un plan para la invasión simultánea del 
▼alie de Putaendo.— Vicui^a emprende su marcha a vanguardia 
por las Jarillas.— El coronel Arteaga recibe orden de marchar por 
¡as cuestas de Cultunco i de los Anjeles.— Ultima jornada de 
la división de Coquimbo. — Asombroso movimiento transversal 
de Vid«urre««-Sa pánico i la calma de los jefes revolucionarios^ 



Los sucesos de la rovolucion del norte se desenlazaban, 
cono hemos visto, con estraordinaria rapidez. Cada dia era 



196 HISTORIA Dfe LOS DIEZ ANOS 

un nuevo progreso o una contrariedad vencida. Los üllimos 
días de seliombre hablan tenido un inlercs casi dramático 
por su oxilacion. Así, el 26 habia llegado al cuartel jeneral 
de Ovalle la división de las Higueras, el 27 desembarcaba 
en la playa de Frai Jorje el capitán Pizarro con las comu^ 
nicaciones del sud, í^i 28 habia tenido lugar el triple acon- 
tecimiento do la llegada, apresamrcnto i rescate del vapor 
Arauco. 

Pero mientras el gobierno de la Serena se preocupaba de 
salvar con medidas oportunas los compromisos i embarazos 
que lo rodeaban, sea por la intervención inglesa, sea por los 
socorros de dinero solicitados por los revoiucionaríos del sud, 
^ea, en ün, por las exijencias locales de la provincia^ como 
la seguridad pública, el reclutamiento de fuerzas ilosprepa* 
rali vos para la elección de la Asamblea provincial, que según 
el acia revolucionaria del 8 de «cliembre, debía convocarse 
para nombrar definitivamente el gobierno de la provincia (1); 

(1) El gobierno sustituto de la Serena no fué de! todo feliz 
en la combiiiaciou de estos trabajos de organización^ Hemos visto 
que ya había entregado el manejo de la policía a personas que en 
aquel momunlo no ofrecian la garantía suGciente. Pero apesar 
de la absoluta tranquilidad del pueblo, creó todavía un nuevo 
cuerpo que, a imitación de la Guardia del orden de las po'blacio- 
nes en (jue rejía el Gobierno, se denominó Guardia de seguridad 
i hacia de noche el servicio de patrullas. Se compuso este cuerpo 
fantástico de 210 ciudadanos divididos en diez compañías de a 20 
hombres, que mandaban aUunos de los vecinos mas pacíficos de 
la Serena, como don Juan María Egaña, don Nicolás Osorío, don 
llamón Solar, el escribano don Narciso Melendez, don Ramón 
Munizaga i otros. Don ÁlUonio Larraguibel era el comandante 
de esta guardia, i don Santos Cavada el mayor. 

Al mismo tiempo que se adoptaban estas medidas del todo inú- 
tiles i que hacian presentir un peligro imajinario i una inquietud 
absurda, sie dictaba un decreto verdaderamente despótico, que 
«fendja el espíritu de la revolución. Era este ei bando publicado 



m U ADMINISTEACION VOICTT. 497 

BiéDlras se babia hecbo todo oslo, dociamos, en el sentido do 
la paz en la capilaU se ejecutaban on el cuartel jeneral de 
Ovalle laaüilimas operaciones para emprender la campaña 
i lle?ar la revolucion^o la guerra ala provincia de Aconcagua 
i a la capital nüsma. 

El S8 de setieiiibre' se puso, en efeclo^ ei> marcba, la di- 
Tísioa iDvaeora, acampándose el 29 en la aldea de Punilaqui, 
aulígao asiento de minas de oro i azogue, distante siete le- 
guas al sud^ donde se le reunió el jeneral en jefe i el estado 
nayor el 29 a las diez, de la nocbe. 



n. 



Aquella fuerza, sin embargo, que se ba denominado pom- 
posamente, unas veces Ejército del Norls, i otras División 
de Coquimho, i que tenia el titulo oficial de Ejército restau- 
rador^ era solo una pequella columna revolucionapia, menos 
fuerte, bajo un punto de vista militar, que cualquier batallón 

t\ 21 de setiembre para que nadie pudiese hospedar en la ciudad 
a ningan estraño sin dar aviso a la autoridad en el término de 12 
horas, bajo la pena de 10 pesos de multa o 15 dias de prisión. Solo 
un paeril temor por las maniobras de los espías enviados desde 
Copiapó podia hacer concebible esta medida. 

En cnanto a las elecciones de la Asamblea proyincial, es triste 
persQadirs« de qne el gobierno no estuvo a la altura de su misión 
revolucionaria i de su deber público, sí hemos de estar a la cons- 
Uncía de los documentos que entonces publicó un diario de la 
capital {La Civilización ntüni, 32), El intendente envió, en efecto, 
a todos los gobernadores de departamento una circular en la que 
indicaba la persona que debian elejir, añadiendo estas palabras de 
estrecha i absurda política: «Convendría que el nombramiento 
qoo allí deba hacerse, resaiga freásamenU en personas de esta 
dudad». 



49B HISTORIA DV LOd DIEZ AÑOS 

tdisclplmado de los que entonces componían el ejército nacio- 
nal. Aunque parezcan sorprendentes i del todo nuevos estos 
asertos, eran, empero, la realidad desnuda i comprobada por 
la inspección ocular, muchas yeces reiterada, del que ahora 
los emite como hechos iaslimeros e indisputables. 

La división de la Serena no contaba positivamente mas de 
600 soldados en sus filas, i estos, ademas de ser bisoñes, 
carecían de toda disciplina i estaban armados do una manea- 
rá por demás insuficiente. 

Solo su denuedo, su entusiasmo f el ardor de la numerosa 
juventud que se habia alistado en sus cuadros, le prestaban 
alguna respetabilidad í ofrecían a sus Jefes una débil perspec- 
tiva de buen éi:ito. 

Las fuerzas estaban distribuidas del modo siguiente: 

infantería. 

Batallón Igualdad US plazas. . 

» , Restaurador 100 » 

» Níim. 4 de Coquimbo 90 » 

335 infantes. 
Caballería. 
Escuadrón de la Gran Guardia. . . . , 60 jinetos. 

Artillería. 
Brigada de 3 piezas de a 4, con 30 ar- 
tilleros i 30 fusileros., r 60 artilleros. 

Total jeneral. • . 455 

Este número podía subir a 600 hombres con la oficialidad 
de los cuerpos que llegaba a cerca de 150 individuos, con 
los conductores de bags^'e i otros empleados del parque» 
hospital militar etc. 



DB LA AMINISTRACION MONTT. 499 

Tristes Talieiiüos surjían cierlamente del primer examen 
áe aquella división destinada a intentar empresas de tan 
Abaltada magnitud^ como eran ia invasioB de la provincia de 
Aconcagua i la ocupación subsiguiente de la capital. Faltaba 
«Amera., faltaba disciplina, organización^ el órdea estricto 
de la ordenanza en campana, faltaban recursos en armas, 
eo dinero, en elementos de movilidad; i ei terreno, por otra 
parte, ofrecía en la distancia de cerca de cien leguas que 
debia rejc«rreraa« solo esterilidad^ cansancio i peligros. 



III. 



La l(^grafia de la comarca que se estfende entre et valle 
de Coquimbo i el de Aconcagua, no se presta ciertamente 
Bi a prolongarla guerra por la eslratejia ni a alimentarla per 
les recursos* Cadenas de montanas aplastadas! estériles que 
86 eslienden a veces en suaves planicies i se alzan otras en 
embrea mas o menos ásperas, como la de la cuesta de Cali- 
lo/ai, quojcierra el valle de Choapa, la de las Paitaos , en la 
cadena que encierra el riachuelo de Quiiimari, i por último, 
la formidable de loñAnjelesque guarda el valle de Putaendo, 
1 nnos cuantos vallecitos entrecortados en la cima de estas 
ondulaciones, cada veinte o treinta leguas, hé aquí la fiso*- 
9omia del territorio en que iba a jugarse la campaña del 
norte. Escasos de poblacione^s. Ingratos a la agrícullura« po- 
bres en caballos i bestias de transporte, i mas que todo, con 
habitantes del todo inadecuados para el servicio de las armas,- 
aquellos parajes no ofrecían ninguna ventaja a los invasores, 
sino cuando se hubiesen acercado por rápidas marchas a los 
ricos valles de iconcagua. 



200 mstORlA DiS lOft MU AÜOS 

. IV. 

Pero existía en medio de aquel pufiado de redotas un 
elemento que lo hubiera hecho capaz de llenarla destino con 
la misma eGcacia que un tuerpo numeroso i arreglado do 
tropas, si ese elemento se hubiera comprendido i pesado en 
todo su valor i en toda sn oportunidad. Era este el entusias*» 
mo del soldado i la rapidez de los movimientos que debia 
segundar el esfuerzo de aquel ardor, aprovechándose de su 
mismo impulso para llevarlo con acierto a un pronto desen- 
lace. Esta inspiración revolucionaria era la única salvación 
posible de la columna espedicionaria. El marchar a paso de 
trote hasta las riberas del rio de Aconcagua, sin cuidarse 
absolutamente de ningún otro propósito; he aquí lodo el plan 
do campana que era posible realizar con fruto en aquella 
coyuntura i con tales elementos. Desgraciadamente, fué esto 
lo quo no se hizo. La división avanzó con todo el método 
de la marcha regular en una campana, lomándose todas las 
pretenciosas precauciones de la estratéjia militar, i aun mas, 
haciendo concesiones que llegaron hasta la puerilidad, a la 
holganza de los oficiales i al bien pasar de los soldados. Los 
jefes de la división de Coquimbo iban a obrar como militares 
i no como revoluciónanos. Este error los perdió, como vamos 
a verlo día por día, en el curso de los sucesos! en la jornada 
de cada marcha. 



Ya hemos visto, en verdad, quo ia división que había par-- 



Ifdo de Ovatid m la tarde del 28, permanecía eslaneada en 
él asiento de Paoílaquí por cerca de cuatro días, pues solo^ 
el 1,^ de octubre a las dos de la tarde, se dio la orden de 
narcha, la que comunicada a los cuerpos al son de la mú- 
sica i de las aclamaciones de ios oficiales, fué recibida cod 
maestras de uo jubilo ardiente que la tardanza hacia des- 
bordar. Eq PuBílaquí do se babia hecho mas operación que 
pudiera llamarse de provecho que una falsa alarma dada en 
los acantonamientos en la media noche del 30 de setiembre 

|« i un remedo de parada militar ejecutada por todas las fuer- 

zas. Uno i otro dejaron, empero, una advertencia provechosa,. 
si hubiera de haberse atendido, a saber; la sorpresa noctur- 
na, una muestra del ardor de loe soldados para aceptar el 
combate, asi como la revista de la mafiana evidenciaba e\ 
completo desgreño de la tropa en el manejo de las armas i la 
pésima calidad de estas. 

La marcha del primer dia (1 .® de octubre} fué bastante 
esforzada, transmontándose aquella tarde la áspera cuesta 
de los Hornos hasta la posesión del HuÜmo o Zapallo, cinco 
leguas al sud de Pnnitaqui, donde la división se acamp6 

f cómodamente por la noche. El grato reposo de aquella pri- 

mera jornada de la marcha emprendida sobre el enemigo, 
era solo interrumpido por el patriótico quien vive? de los 
centinelas. En la orden jeneral de aquel dia se había dispuesto 
que se respondiera a aquella voz con el grito de Coquimbo! 
Al siguiente día se hizo solo un movimiento lento i pesa- 
do. Auuquo emprendida a las seis de la madrugada, hizose 
prociso detener la marcha a medio camino i antes de las 
dos déla tarde, par^ aprovechar las comodidades en forrajes 
i provisiones que ofrecía el establecimiento de fundición de 
cobre do Pehahlanca, que tenia (ademas de sus potreríllos 
de alfalfe i de sus b«rnos de coser pan) el atractivo, enlóoces 



SOSt HISTORIA PE LOS DIEZ AÑOS 

tentador, de ser propiedad de un adversario declarado de la 
revolucioo, don Jacioto Vasquez. Por otra parte, era difícil 
eacootrar eo aquellas agrias mesetas un cainpaniento apro** 
pósito antas de cerrar la noobe, de modo que la división solo 
avanzó seis legiias este día. 

. I^a jornada del 3 de octubre foé todavía mas ingrata. Desr 
de las siete de ia maoana a las cuatro de la tarde, se babía 
recorrido solo un espado de cuatro leguas, hasta llegar al 
declive sud de la aplastada cuesta de Valdivia. La vista leja^ 
oa de una descubierta enemiga, enviada desde Illapel el día 
aoterior, coqtribuyó a esta tardan;Ea« preocupados, no solo los 
jefes sino los mismos suballernois, del modo como podria 
capturarse aquella fuerza. 

£1 dia 4 llovió coo una fuerza estraordinaría para aquella 
latitud i on aquella estacioo. Aclaró, sin embargo, el tiempo 
hacia el mediodía para hacer mas brillante, con la humedad, 
laperspecliva de los campos cubiertos del tapi;s de la prí- 
mavera, que en este afto estraordinariamente lluvioso en el 
oorte. tenia un lujo delicioso de vejetacion, de sombras i 
perfumes. La tropa no había desmayado en lo menor por lo 
recio del temporal, i áqtes bien, la mejor parle de la mar-^ 
cha se hizo aquel dia en lo mas crudo de la lluvia, acam- 
pándenos temprano en el punió llamado la Canela, para 
tener lugar de limpiar las armas i secar los vestidos i el 
parque, pues nos encontrábamos solo a una jornada do 
Diapel, donde presumíamos pos aguardaba Campos Guzman, 
ufano todavía cou su fácil triunfo de la Aguada» 

vr 

La divisioB del Gobierno se babia retirado, sin embargo, 



el día anterior, da suposición en Illapei, retrocediendo al 
8iid. Sabedora, al principio por una comunicación del coro- 
nel Arleaga a Yicufia (que como ya dijimos cayó en manos 
da Campos fiuzman pocos momentos después del combate 
de la Aguada) de que aquel venia con una fuerza en ausilio 
dm ia división da Illapei, se adelantó al dia siguiente de aqoel 
eneoentro para esperar la aproximación de este refiíerio, 
pero como Arleaga hubiera retrocedido, Campos > regresó al 
pueblo aquel mismo dia (26 de 9eMembre) a las 6 de ia 
tarde. 

Volvió a avaniar hácfa el norte el dia 88 habiendo re« 
puesta ios caballos de sus Granaderos, llevando la dirección 
de Gombarbalá, pero teniendo noticia, según refiere él mismo 
en s«s partes oficiales, por la descubierta que noshabia avis- 
tado el dia 3 en la cuesta de Valdivia, de que las fuerzas de 
Coquimbo pasaba de 1000 hombres, retrocedió aquel mismo 
dfa sobre Illapei i conirnuó replegándose hacia el sud. El 4 
aa acampó en ia hacienda de las Vacas i el 6 retrocedió 
basta la aldea deQuilímari, en el vallecito de este nombre, 
que desemboca sobre el puerto de Piohidangui. Basde aqui 
oficiaba al Gobierno el dia 6 solicitando con ansiedad cuantos 
auxilios pudieran colectarse en los deparlamentos inmediatos, 
los que él, desde aquel instante, cesó de mirar con desden, 
«porque, decia, ahora creo mui diversas las circanstan^ 
etas» (1). 



(f) Oficio de Campos Guzman al Ministerio de la Guerra, del 
6 de octubre. Archivo dei Mxniiterio de la Guerra.— Todos los da- 
tos sobre los movimientos de la división, tanto de Campos Gnz« 
BMn como del coronel Vidaorre, están tomados de las comunica* 
cionet oficíales de estos jefes con el Gobierno de la capital, 
exisU^ntes eu los archivos de los ministerios de la guerra i del 
ialcrior. 



20( msTcmu be los imt aJ^ob 



VIL 



Antes de amanecer el 5 deoctabre, el infatigable Galleguí* 
llofl» que había sido ascendido al grado de mayor, se ade^ 
lantó con naa partida para practicar un reconocimiento sobre 
lllapel i regresó temprano con el aviso de que el camino 
quedaba espedílo. El autor de esta narración recibió en el 
acto la orden de reasumir el mando del departamento i de 
adelantarse a la villa para preparar los alojamientos con ve-* 
Bientes a la división. Esta entró al pueblo a las siete de la noche, 
teniéndose esta precaución para que las sombras aumentaran 
el numero, i aun se bizo desfilar dos veces un mismo batallón 
para obtener este resultado, imitando la táctica singular de 
aquellos jefes de los klanes de las monlafias de Escocia, de 
que nos habla Walter Scott. 

Los pueblos que un ejército encuentra en su marcha le son 
siempre fatales, mucho mas cuando sus soldados son bisónos 
i sus cuerpos de oficiales se componen de una juventud que 
no reconoce mas réjimen militar que el ardor de sus pechos 
i el denuedo de sus voluntades. Sucedió pues que se per- 
dieron tristemente dos dias completos en lllapel, sin haberse 
alcanzado otro fruto que la perpetración de algunos desórde- 
nes de la tropa, que fueron en el acto severamente reprimi- 
dos por los jefes. El coronel Arteaga castigó con la culata 
de un fusil i por su propia mano a dos soldados quo se ha- 
bían introducido en casa de un vecino para robarle, i Ca- 
rrera despidió, sin oir disculpa, a un oficial Alvarez, que con 
otro de sus camaradas babia promovido un desorden en el 
cantón del batallón nüm. 1 de Coquimbo. El gobernador hizo 



BE LA AllMINIStlUGtOll MORTT. SOft 

salir también en el término de dos horas a üao de esos oaíi^ 
iores arislocrátieos, que con el titulo del parentezco sebabia 
agregado al cuerpo de ayudantes del^ jefe de la división 1 que 
habla sido sorprendido iúfragantl haciendo presa de guerra 
de rarias piezas de plata del servicio de tos señores Gatiea^ cuya 
casa aquel individao habia hecho desarrajar de propia auto* 
ridad. Por lo demás, el placer de los jóvenes oficiales al verse 
festejados por las bellezas Ulapelinas^ la reputación de cu-* 
yes atractivos pasa en proverbio en todo el norte, no parecia 
tener mas limites que la importuna f forzosa orden de ponerse 
en marcha, pues en la primera noche de permanencia en 
aquella pequeña Capua, llegaron basta diputar una comisión 
a su camarade, el jó ven gobernador^ a fin do recabar su empe- 
ño en hi celebración de un baile de suseripcim que debiera lo* 
ner lugar a la noche eiguientp. Mas la autoridad local, asamien- 
do una voz de austera severidad, respondió que en aquellos 
momentos «prefería el rol de Scipionul de Aníbal»» 



VIH. 



No sin una especie de violencia -salió pues de lilapel U 
división coquimbana en la larde del 7 de octubre, acampánr 
dose por la noche en ol caserío de Cuzcuz, el mismo punlQ 
militar que Yicufia habia ocupado algunos días atrás. Una 
gran parle déla oficialidad i el jefe de estado mayor don Nico- 
lás lUuoiiega, cuyos servicios de disciplina eran casi nomi- 
nales, durmieron, sin eoibargo, aquella noche en las blandas 
camas de la villa« lo que era de un efecto altamente per-- 
nicioso. 

Víósc esto ;nas claramente a la siguiente maflanai llegando 



S06 HISTORIA DE LOS DNSZ ANOS 

esU vet la condescendencia hasta dejeoerar en una verda- 
dera necedad, pues |>or no desairar un opíparo almuerzo que 
lifk hidalgo hacendado del válele de Ghoapa4 don Ramón Montes, 
haUa preparado para les oflciales coqulmbaaos* se hizo un 
rodeo demás de una le^ua hacia las casas do la hacienda dd 
Pitítacürat donde en brindis i Cortesías se perdieron las horas 
mas adecuadas para la marcha. Solo tres leguas se avanzaron 
este diat i aun nos vimos obligados a establecer nuestro cam- 
po en una hondonada, al pié de la cuesta de Cabiiolen, por 
habérsenos cerrado la noche -en siqnel punto, mas apropósito 
para panteón que para campamento dé guerra« Sabíase ape- 
sar de ésto, desde la noche anterior, que él enemigo estaba 
acampado en la falda opuesta de aquella cadena. 

La demora en Illa peí fué irreparable i no tuvo escusa. £1 
espíritu de la divieíon decayó no poco oon él contacto de los 
fáoHes goces da un pueblo, en que todo^ hasta el placer, pa- 
recía haberse adquirido por derecho de conquista, i esto 
acontecía precisamente cuando se presentaba a los jefes la 
mejor coyuntura para haber puesto la división en un pié 
estrictamente militar, haciendo a Illapel el cuartel jeneral de 
todos los almofreces i petacas, que en número prodijioso, em- 
barazaban la marcha i acortaban las tornadas, pues solo en 
el carguío de los equipajes se empleaban cada dia no menos 
de dos horas. Si se hubiera tomado aquel partido salvador, 
nadie, estamos de ello seguros, ni aun los mas susceptibles en- 
tre los oflciales, habría levantado un eco de murmuración, i si, 
al contrarío, de alabanza, cuando se les hubiera hecho presen- 
te que era preciso marchar sin mas atavies que It espada, 
porque el enemigo estaba ya a la vista. Malograda esta casíon, 
el acarreo de h)s equipajes se hizo un mal necesario que de- 
bía, por cierto, pagarse bien caro. 

Al siguiente dia (9 de octubre), después de malgastar las 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 307 

mejorM horas de ta inailaDa en el carguío de los equipajes, 
operación siempre tardia i que esta vez parecía ¡ntermiDable 
por la disposición de las mutas i la mala voluntad de los 
arrieros^ algunos de los cnales habían sido contratados de en^ 
tre las hacienda» hostiles de la comarca, hicimos ta traresra de 
la empinada cuesta deCabilolen, llegando a puestas del sol al 
punto llamado la Mostaza, a seis leguas de la aldea de Qtñ* 
Ihnari, i situado como esta en la tecindad de la confluencia 
de nn peqneflo riachuelo (el Conchali } con el mar. Este srHo 
ofrecía una posición militar, casi inespugnable^ haciendo na 
tlvo contraste con la hoya en que habíamos dormido la noche 
anterior. La división se form6 esta vez en linea dd batatla en 
la cima de una encumbrada meseta^ i se recomendó a los 
comandantes de los cuerpos una estricta víjiiancfa, porqae 
aquella misma tarde supimos por nuestros espías í los partes 
de la descubierta del mayor GalleguHlos, que el enemigo, re- 
forxado considerablemente por tropas Itegadas el dia anterior 
de la capital, nos esperaba en una fuerte posición, en el cos- 
tado sud del estrecho i proñindo valle de Quilhnari,. ouye 
angosto pasa barrían sus caflones^ 



IX. 



le aquí, en efecto, lo que habia sucedido, í como por nue»* 
tra tardamOi de una parte, i por la actividad estraordinaria 
del gobierob de la capital, por la otra, la pequeña celomna 
de Campos GuzuMn se habia trasformado,oomo de improviso, 
en una división respeUble i cambiado da un solo golpeóla 
perspectiva de la campana. 

La nuera de la rerolacion de la Serena habia llegado el 



208 HISTOEU DB LOS DIEZ aSoS 

día 12 da setiembre a la capilal. La primera idea del Gobier- 
BO había sido lanzarse con celeridad i firmeza a sorocarla en 
au propio centro, embarcando con este fin ei batallón Cha* 
cabuco i otras fuerzas que debía mandar en jefe el coronel 
Gana. Has la sublevación de aquel cuerpo, el dia 13, re- 
tardó este plan, que era sin duda bien concebido i se despa- 
chó a Valparaíso el batallón Buin, destinado a ejecutar aquel 
plan, a las órdenes del coronel García, desembarcando en el 
puerto de Coquimbo i ocupando inmediatamente la Serena 
que se suponía jpdefensa. El gobernador Campos Gozman 
recibió entre tanto la comisión de adelantarse por tierra, 
como hemos visto, con parte do las tropas que se habían 
colectado en San FelipOt a consecuencia del levantamiento 
del Chacabuco. 

Has en los momentos mismos en que el Buin era embar- 
cado para ser conducido al norte, el Gobierno recibió comu^ 
Blcaaiones apremiantes del jeneral Búloes, en que pedía la 
pronta presencia de aquellas tropas en el sud, por lo que se 
adoptó el partido medio de remitir un9 parto en el acto a 
Conslilucion, reservando la mitad del batallón para las opo*- 
raciones que debían ejecutarse sobre Coquimbo (1 ). 

En consecuencia, se organizó en Valparaíso una división de 
mas de 600 hombres veteranos, compuesta de tres compa- 
ñías del batallón Buin (271 hombres], a las órdenes del ma- 
yor Pefiailíllo, de la Brigada de marina (53 hombres ). con su 
segundo jefe el mayor Aguírre, dos compañías del disuelto 
batallen Chacabuco (que se encontraban en Valparaíso a las 
órdenes del mayor Pinto cuando la sublevación de aquel cuor^ 
po I que servían ahora de base a un nuevo batallón denomi- 
nado el nüm. S ) i de «na brigada de artillería, bajo la direo- 

(1) V¿ase la Memoria del Ministerio de la Guerra de 18o2. 



DE LA ADilNIStRAClON M0NT7. S09 

clon del copíian donEmílioSotomayor. AdomaStSedespactiaron 
por tierra numerosos cuerpos de milicia de la provincia de 
Aconcagua que fueron llegando sucesivamente i cttyo príBci^ 
pai destino era prt)porcíonar movilidad a la división de mar. 
Embarcada esta en la fragata Chile i en la corbeta Cons- 
iilucion el 4 de octubre, fué echada a tierra en el puerto del 
Papudo el 6, e( mismo dia que nosotros pasábamos en ocio 
completo en Illapel. En tres dias de marcfaa forzada, llegó 
en seguida a reunirse en Quilimari, la noche del 9 de oc- 
tubre, con la vanguardia de Campos Guzman¿ Junto con la^ 
fuerzas, llegaron los coroneles Garrido i Vidáurre, que habían 
partido el 6 de la capital) aquel como director de la cam- 
pafla i el último como comandante en jefe de la división. 
Campos Cuzman quedaba separado de todo mando activo, 
habiéndosele nombrado intendente de la provincia de Ce- 
quimbo, en recompensa de sus primeros servicios ai abrirse 
la campafia. La misma noche, pues, en que nosotros nos 
acampábamos en la Mostaza, el coronel Vidaurre era dado a 
reconocer como jefe de las fuerzas del gobierno en Quiii-- 
mari. 



X. 



Tales fueron las nuevas que a la mañana siguiente (10 de 
octubre) llegaron mas o menos confusamente a nuestro cam- 
po ; pero en lo que todos los emisarios estaban conlQsies 
era en ponderar el número de las fuerzas i lo ventajoso do 
la posición en que estaban acampadas. 

£1 jiro de la campafia revolucionaria quedaba de hecho 
cambiado por aquella noticia. La bisoúa pero intrépida co- 
lumna del norte debía abandonar desde aquel instante su 

27 



210 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

rol agresivo (üoicaquo podo salvarla, si la agrcsioo hubíora 
sido rápida i ardiente) para maolenerse a la defensiva. De- 
secho el prospecto del denuo^io, era forzoso el tentarlos 
recursos de la eslratejia i obtener por una maniobra opor- 
tuna io que antes se había confíado enloramente a la bra- 
vura del soldado en el combate. Caviloso el jefe do la división 
con oslas reflecciones, llamó temprano a sn tienda, en la 
madrugada del 10 de octubre, a su ayudante mas íntimo, 
(cual \o era el autor de esta relación) i dijole que era lie- 
gado el momento de ocurrir a la prudencia i apagar por al- 
gunos dias el ardor juvenil que animaba a todos por que 
llegara cuanto antes la hora de un encuentro decisivo. «No 
dudo, aúadíó con su caluma habitual el joven caudillo de la 
revolución del norte, que al fin salvaremos por entre la 
metralla i el granizo de las balas, los desfiladeros que cie- 
rran el paso de Quilimari, pero una vez estrechados con el 
enemigo en la orilla opuesta, el numero nos acosará i do 
todas suertes seremos perdidos; pues aun en el caso do 
éxito, el enemigo tiene espedila la retirada a sus buques, 
apostados en la rada de Pichidanqui, a la desembocadura 
del valle de Quilimari » . Ordenóle, en consecuencia, que citara 
a consejo, i en el acto se reunió este al aire libre, teniendo 
muchos de los jefes la rienda de sus caballos, prontos ya para 
emprender la marcha, que aquel dia debía ponernos en pre- 
sencia del enemigo. 

Las reflecciones i datos de Carrera eran concluyentes í 
la unanimidad iba a reinar para emprender un movimienlo 
oblicuo quj nos pusiora en el caso do sacar al enemigo do 
su fuerte posición o de emprender direplamente nuestra mar- 
cha sobre Acooeagim, cuando una voz se opuso a osla reso- 
lución, insistiendo con firmeza en marchar de frente sobre el 
euemigo. Era osle voto el del coronel Artcaga, cuyos hondos 



BE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. Sil 

agravios por las ¡aierpretaciones dadas a so conduela en la 
jomada de abril, le hacian mirar con un sincero disgusto 
lodo plan que tendiera a evadir b\ encuentro del enemigo o 
retardar un combale. La resolución de la mayoría deoidló 
lo contrarío, e inmediatamente se dio la orden de. emprender 
la marcha, en linea casi recta hacia el orienle, retrocedieD* 
do algunas cuadras por el valle de Gonchali, que habíamos 
recorrido el día anterior, para lomar el cajón de las Vacas, 
que baja casi horízontalmente desde los üllinios declives do 
la cordillera basta la vecindad del, mar, pues es esta latitud 
una de las zonas mas angostas de nuestro terrítorio. 

Como este movimiento tuviera la apariencia, al menos en 
el primer instante, de ser una qiarcba retrograda, una sorda 
murmuración cundió por toda la Iropa i se hicieron oir que- 
jas i recriminaciones dirijidas precisamenlo al jefe que babia 
repudiado aun el prelesto de toda acusación con su voto en 
el consejo celebrado en la mafiana. Pero es tan ciorlo que 
una impresión profonda grabada en ol vulgo no so dcsvancco 
sino por el golpe de otra impresión contraria, que la Tama 
nillilar del coronel Arleaga estuvo siempre empañada de una 
espesa sombra, durante toda la campana del norto i aun en 
los mejores dias dd sitio de la Serena, líasenos rofeiido, por 
otra parte, que aquella misma mañana i como una protesta 
absurda i criminal contra la resolución del consejo de guerra, 
se habian reunido en conciliábulo secreto algunos oficiales, 
presididos por el mismo coronel Arteaga, para deponer a 
Carrera ¡entregar a aquel el mando de las fuerzas. Aun en 
medio del confuso rumor, único veslijio que ba quedado de 
esta trama siniestra, llegóse a indicar algunos nombres, co^ 
me el del teniente coronel Prado Aldunate, que babia sido 
enviado, como hemos visto, desdo Concepción por el jcnoral 
Cruz, en calidad de emisario confidencial de sus planes de 



212 HISTORIA DE LOS MEZ aSÓS 

oafn{)afia i en cuya calidad se nos había reunido en lilapei, 
el de don Manuel BHbao, comandante del núm. 1 de Coquim- 
bOf i el de algunos oficiales de menor no(a, Pero apesar de 
vivas indagaciones^ nunca nos Tué dable cerciorarnos de la 
verdad de a^el Iríste «ompiol, i si consignamos aqfui su 
narración no es ebriamente a nombre de una sospecha^ sino 
como un escrúpulo de fidelidad histórica. Nuestra impresión 
propia es de que el rumor fué falso i nació de algunas con- 
versaciones imprudentes del diespecho, la inesperiencia ju- 
venil^ o acaso de una ingralíltrd solapada que ya aparecía 
en jérmen. 

La división marchó aquel dia con tesen por el cómodo le- 
cho del espacioso cajón de las Vacas i cerca de las oraciones 
llegó aJ pueblo defupio^ otro viejo asiento de minas, situado 
al pie de los últimos perfiles de las cadenas secundarías que 
descienden de las cordilleras. Nuestra marcha babia sido 
enteramente hacia el oriente por un espacio de 7 a 8 leguas, 
pnes fué esta una de las mas vigorosas jornadas, i como la 
hubiéramos ocultado del todo al enemigo (mediante la acti- 
vidad i denuedo del mayor Galleguíllos, que con unos pocos 
jiaetos se adelantó hasta terca de Quilimari, persuadiendo 
al enemigo con la osadía de sus movimientos que su desta- 
camento era la descubierta de la división), sucedía que ha- 
blamos adqriirido desde luego una inmensa ventaja eslralé- 
jica sobre la posicton militar del coronel Yidaurre. El retroceso 
de la campaña se había rescatado osla vez, en parte al menos, 
por el lino i celeridad de este movimiento, cuya ejecución o 
iniciativa pertenecen esclusivamente al celo f dilijoncía de 
Carrera. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 213 



XI. 



Uaa nueva imprevista i desagradable vino a turbar, em* 
pero, nuestro reposo en el campamento de Pupio. Un espreso 
de la Serena llegó aquella noche trayendo comunicaciones 
del intendente Zorrilla en que anunciaba la invasión de la 
provincia por una fuerza considerable de arjenlino^, enviada 
desde Gopiapó, i en consecuencia solicitaba con empefio el 
que la división contra-marchara para llegar oportunamente 
a su socorro. El patriota don Nicolás Munizaga provocó al 
instante la reunión de un consejo de guerra i aun insinuó 
la idea de retrogradar en defensa de su pueblo, al que al 
menos xlebia un voto por su suerte. Pero su propósito, ape- 
nas iniciado, se estrelló contra la resolución irrevocable de 
los otros jefes que consideraban ya demasiado comprometida 
la campaña para desbaratarla i acaso perderla con una re- 
tirada de cerca de 100 leguas. Por otra parte, no habrían en 
la Serena pechos animosos i brazos esforzados que vengarían 
la palría de un ultraje estranjero i capaces por si solos de 
salvar sus mansiones del pillaje i el honor de sus hijas de, la 
infamia? Creyóse asi, i se abandonó a su suerte (suerte de 
gloria I) a aquella indita ciudad. 

Acordóse marchar con vigor en consecuencia, i al dia si- 
guiente (11 de octubre) hacia las 3 de la tarde^ la división 
bajaba al valle de Quilimari en el punto llamado Tílama, 10 
leguas en linea recta al oriente de la posición que el enemigo 
ocupaba en el mismo valle hacia la costa. Este estaba en 
aquella hora del todo ignorante de nuestro derrotero, i por 
consiguiente, habíamos adquirido sobre él «na superioridad 



2ti BISTOniA DE LOS DIEZ ANOS 

eslraléjica que casi compensaba sus ventajas en número i 
disciplina. 

Desde Tilama, en efeclo, estábamos colocados en esta al- 
ternativa, que nos orrecia una ventaja revolucionaría por un 
lado o una ventaja militar por otro, pues podíamos o lan- 
zarnos a marchas forzadas sobre la vecina provincia de Acon- 
cagua, dejando al enemigo 40 leguas a retaguardia o inter- 
ceptado por cadenas fragosas i pasos casi intransitables, o 
descendiendo por el angosto valle hacia la costa, eramos due- 
Aos de caer sobre un flanco do su posición, burlando asi sus 
aprestos para recibirnos por el frente, a lo largo del camino 
rcaTde la costa. 

Acampados solo para reposar la tropa al derredor de las 
casas de la eslancia de Tilama, se citó a consejo para adop- 
tar uno ti otro de aquellos partidos, i como el primero fuera 
por mucho 6l mas oportuno i el que prometia amplio fruto 
al movimiento emprendido, adoptóse incontinenti i por una- 
nimidad. 

El equilibrio do la campaña quedaba desde este momento 
tan bien establecido, que aunque las fuerzas del Gobierno erau 
casi triples en número sobro las de Coquimbo, no pedia de- 
cirse con fijeza de que parle se inclinaría la suerte de las 
armas. 



XII. 



Acaso ha llegado el momento de justificar la revolución 
del'Borte de an cargo grave que se le ha hecho de continuo, 
después de su fracaso, esto es, el de haber traído sus armas 
a un terreno que le era hostil i haber acometido la empresa 
de someter la capital eoQ uo pnAado de rédalas, Los que 



W LA ADMINISTRACIÓN MONTT. SfS 

asi raciocinan, no comprenden lo que es una rebelión poli* 
tica i confunden las cruzadas revolucionarías con una cam- 
pafla militar. Las revoluciones armadas solo líenbn dos ele- 
mentos de triunfo: la audacia i la celeridad. El número de 
tropas, el diBero,«I prestijio, son secundarios cuando aquellas 
cualidades imperan en un movimiento. Asi, la primera inva- 
sión basta Iliapel se bizo con solo 13 hombres, i tres gober- 
nadores huyeron despavoridos, dejando centenares de soldados 
60 sos cuarteles; pero esa invasión so bizo en 8 días; i sí 
eo vez de detenerse a orillas del Cboapa, por instnicciooes 
mal concebidas, so hubiera adelantado sobre Pelorca i Pu- 
taendo, ¿quién puede decir que no habrían sido suQcientes 
aquellos trece fusileros^ para servir de lazo revolucionario 
a las provincias de Coquimbo i de Aconcagua i después de 
Valparaíso i de la capital, acaso de toda la República? La 
historia está llena de estos casos, que encierran, por otra parte, 
una lójica certera entre el desarrollo del hecho i la causa 
ardiente que lo provoca. Cuando el pábulo de la pira está 
dispuesto, una chispa que lo loque levanta pronto las llamas 
de la hoguera. 

Dudar, detenerse, retrogradar, equivale a la muerte por 
inanición, en las revoluciones populares. Perdido el primer 
arranque de los espíritus, la incertidumbre los turba i el temor 
los anonada. £1 levantamiento que se hace en un cuartel 
es un motin : el motiu que se hace eñ la plaza pública es una 
revolución, i cuando una revolución invade, es un derecho; 
cuando ataca es un poder; cuando venco es la lei, es la na- 
ción, es la patria. 

SI la insurrección de la Serena se hubiese encerrado mez- 
quinamente en su provincia, asemejándose a esos insectos 
do mar que solo pueden vivir dentro de sus conchas, la his- 
toria trazaría apenas el pálido cuadro de uña rencilla domes- 



S4G niSTontA m, los diez años 

tica. Pero desde que la división del norte pisó el lerrilorio 
de Aconcagua i amagó a la capilal, se hizo nacional en 
su propósito i en su acción, i cuando la Serena resistió la 
¡Bvasion de Copiapó, selló esa nacionalidad con un ejemplo 
que un dia los fastos de la gloria chilena colocarán entre los 
mas altos timbres de honor para la patria. 

En lo que los rerólucionarios del norte se engañaron, no foé 
pues en los medios nienel fin do su invasión, Tué en el tiempo, 
fué en la hora. Si la división improvisada en la Serena hti* 
hiera podido caer sobre la raya de Pe torca o la Ligua, en los 
lindes setenlrionaies de Aconcagua, en un término preciso de 
quince dias contados desdo el levantamiento, como pudo i 
debió ser, la marcha era la revolución, la invasión era el 
triunfo; pero habiendo tardado un mes; como lardó, la mar- 
cha era la guerra civil, la invasión érala derrota dePetorca. 

Pero volvamos a la narración do nuestro derrotero. 

XIII. 

Resuelta ya por el consejo de guerra la marcha rápida 
sobre Aconcagua, iba a impartirse la orden de levantar el 
campo i proseguir la jornada para trasmontar aquella noche 
)a encumbrada i áspera cuesta de las Palmas que cerraba 
el valle de Quilimari por nuestro frente hacia el sud, cuando 
oyéronse en la distancia dos tiros de carabina que el eco de 
la montaña, i el pecho de los soldados sorprendidos parecía 
repercurtir a la vez. Que significaban aquellos disparos en 
aquel sitio, hacia abajo del tortuoso valle? Seria el enemigo, 
cuyas descubiertas avistaban ya nuestro campo i daban la 
señal de alarma? Asi pensóse en aquel momento^ i confir- 
mólo un oficial avanzado que llegaba jadeante,.habiendoper- 



m LA Af^tfimsmcioii boutt. 247 

dido su gorra i su caballo, anunciando que una partida en^ 
miga babia dispersado el destacamento de su mando. Mas, 
disipada la primera ráfaga de sorpresa, el entusiasmo gané 
el pecbo de los soldados que corrieron a la fila al loque de 
jenerala con un ardor casi deliraate. 

Nunca se formó una linea de batalla con mas preeisíon^ 
con mas celeridad, con mas denuedo. Nunca tampoco el ios^ 
tinto del soldado elijió una posición mas ventajosa para un 
combate de resistencia. La fila cubria el fondo del angosti» 
valle desde un flanco a otro de las cadenas paralelas que lo9 
encajonaban, un cafion protejia ambas estremidades, otro 
barría el frente, i la caballería se agrupaba en pelotón a re- 
taguardia. Todo esto se habia hecho instantáneamente, ape- 
sar de que el coronel Arleaga, aunque algo sobresaltado,' 
ocurría a cada punto con una empeñosa actividad. 

Mientras aquel jefe arreglaba la linea de batalla, Carrera 
se adelantaba a reconocer la partida enemiga, seguido desusí 
ayudantes ¡ de un destacamento de soldados veteranos que, 
como hemos dicho, el teniente coronel Prado Aldunato ha- 
bia organizado en la marcha para servir como partida vo- 
lante de caballería, armada de carabina i sable, i que se dis- 
tinguía del resto de la división por unas mantas de baile- 
tilla verde que aquel les había dado por distintivo al orga- 
Bizaríos en IlIapel.La descubierta enemiga no lardó en pre- 
sentarse a la vista, haciendo brillar sus sables a los últimos 
rayos del sol poniente, mientras que el pedregal del riachuelo 
resonaba al golpo de la herradura de los caballos que se avan- 
zaban al trote. Carrera fijó su anteajo por un instante en la 
partida i esclamó : sm Granaderos! i volviéndose al punto 
a un lado> dio a so primer ayudante, el narrador de esta 
historia, la orden de avanzar con el destacamento de los Fer- 
de$^ como se llamaba nuestra partida de caballeria tijera. 

28 



SIS HISTÓ&IA DE LOS DRZ AÜOS 

Hizolo, en efecto^ el joven oficial, lanz&ndose a galope sobre 
el sendero que bajaba por el yaile ; mas como la descubierta 
enemiga volviera gurupas, casi al encontrarse una i otra, pú- 
sose en su persecución (juzgando, como lo pensaban todos en 
aquel momento, que el grueso del enemigo estaba a corla 
distancia ) para reconocer este en cumplimiento de la orden 
que babia recibido, suponiendo con razón que el enemigo, 
advertido en tiempo de nuestro movimiento oblicuo, intentaba 
ahora salimos al paso, cortando hacia el oriente por el fondo 
del cajón de Quilimari, plan que sin duda alguna habría adop- 
tado a haber sabido con oportunidad nuestro derrotero. 

La descubierta enemiga retrocedía, sin embargo, con una 
precipitación estraordinaria, i como cayera luego la noche, 
el jefe de la partida coquimbana resolvió hacerla regresar 
adelantándose solo con cuatro soldados I el mayor Gallegui- 
líos, que nunca se separaba de su lado en tales lances, hasta 
adquirir noticias ciertas de los movimientos del enemigo. 
De Qsta suerte bajó por el valle en dirección a Quilimari has- 
ta las 8 de la noche, andando la mitad de la distancia que 
separaba ambas fuerzas, i una vez que hubo adquirido datos 
positivos de lo que pasaba, regresó a su campo a las 11 i 
media de la noche. 

Lo que habia sucedido aquella tarde, trayendo tanta alar- 
ma a nuestra jente, era de muí fácil esplícacion. El coronel 
Vidaurre, que, como se ha dicho, habia tomado el mando de 
la división de Quilimari el 10 de octubre, cuando se sabia 
que nosotros estábamos en la Mostaza, seis leguas mas al 
norte, se preparó para recibirnos ido pié firme en la tarde 
de aquel dia. Has, sorprendido de no vernos llegar, i enga- 
ñadas sus avanzadas del camino directo de la costa por las 
escaramuzas de Galleguillos, resolvió enviar diversas partidas 
que tomaran lenguas de nuestro derrotero. Esta providencia 



DE LA ADVIKISTAACtON HONTt. 219 

feliz salvó la división del Gobierno. La partida qno nq^ había 
sorprendido en Tilama era un destacamento de 35 granaderos 
mandados por oi ayudante don Alejo San lUarlín, i la celeri- 
dad con que se había replegado sobre su campo, esptics^ba 
la ímporlancia I la oportunidad deeísiva de la nneva de que 
era portador. San Martin llegó a QuUimari casi a )a misma 
hora en que Vicufia regresaba al alojamiento de Tilama. 
Aquel llevaba la funesta nueva de que el enemigo babia 
ganado terreno 10 leguas a vanguardia I el último la noticia 
positiva de que esta ventaja era segura porque el enemigo 
10 se había movido basta aquel momento de sus posiciones. 
El servicio de Vicufia, apesar de esto, no había parecido 
ser del agrado del segundo jefe de la división, porque espe- 
rábale a la entrada de una puerta de tranqueros, vecina a 
la casa de Tilama; i cuando se le hubo presentado, la apos- 
trofó con vehemencia por su tardanza, diríjiéndole algunos 
de esos denuestos militares, que solo cuando son do su- 
perior a subalterno, no pueden reputarse como injuria. De- 
ciale que babia desobecido la orden de su jefe, que había 
maltratado inútilmente los mejores caballos que contaba la 
división, que se había espuesto a ser sacrificado .en una ace- 
chanza nocturna, i por último, que su demora había retardado 
la marcha de la división hasta la media noche. Pero el coro- 
nel Arleaga no tenia justicia para hacer aquella acusación,. 
a la que dio enlónces í ha seguido dando posteríormenle, 
una importancia estrafia. Vicufia, en efecto, no había deso- 
bedecido la orden de Carrera, como lo declaró este aquella 
noche, pues babia sido aquella la de reconocer al enemigo, 
loque babia practicado hasta averiguar con certeza su po- 
sición; no había tampoco fatigado inútilmente los caballos, 
porque los habia devuelto temprano, llevando consigo solo 
cuatro jinetes, i por último, ni su peligro ni su dcffiora pef^ 



220 HISTORIA DE LOS DIEZ aSoS 

tonal ppdiaQ en nada influir en la marcha o paralización de 
la colttoina (1). Esta detención durante las mejores horas de 
la noche, solé debe atribuirse en realidad a las vacilaciones 
i falta de nervio que desde aquel momento comenzó a notar- 
se en los jefes de la división» achaque funesto que en el solo 
trascurso de dos dias iba a dar tan amargos resultados. 

XIV. 

A las doce de la noche el campo se puso en movimiento 
en dirección a la cuesta de las Palmas, a cuya falda seten- 

(1) He aqa¡ como el señor Arteaga re6ere este suceso en nn 
docaroento escrito por él con relación a la publicación de esta 
historia en el qae (aparte de algunas lisonjeras exajeracíones i 
délos yerros que dejamos esclarecidos) el suceso está referido 
con imparcialidad. ccEl señor Vicuña Mackenna, dice, se ofreció 
[no me ofred^ puesto que fui mandado) para ir a practicar on re- 
conocimiento i llevó consigo para el efecto como unos 30 hom- 
bres de caballería que yo habia conseguido con gran dificultad 
reunir; todos habían sido soldados de línea i a mi juicio, valían 
mas estos 30 que el escuadrón cívico. El señor Vicuña, practi- 
cando el reconocimiento con el ardor que le es característico, i 
sin dejar punto por examinar, descubrió enemigos en el bosque, 
los cargó i persiguió por espacio de muchas leguas, volviendo 
mui tarde al campamento, donde yo cuidadoso por él i su tropa, 
estaba mui inquieto. Asi es que cuando se incorporó, desaprobé 
so tardanza que contrariaba la disciplina i me inrité por el esce- 
so de fatiga que se habia impuesto a los únicos caballos regula- 
res [estos eran solo cuatro) que teníamos, aprobando no obstante 
en mi interior el denuedo del señor Vicuña. Mientras este hacia 
su escursion, reconocimos con los señores Carrera i Munizaga los 
alrrededores de la posición que ocupábamos, i hecho esto, nos 
preparamos a la defensa, pues presumíamos al enemigo a muí 
corta distancia de nosotros». Carta del coronel Arteaga a una 
persona de su familia, focha de San Luis de Palpa!, noviembre 
20de 1858. 



DE Ll ADMINlSTRACieif MONTT, S2f 

trlonal oslábamos. La marcha fué espantosa. La montafla 
era áspera i encumbrada; el sendero tortuoso i casi invisible 
en la profunda oscuridad de aquellas horas ; una eslrafia i 
densa electricidad hacia tan compacto el aire como una mura- 
lla de acero, que redoblaba el cansancio i cargaba los párpa- 
dos con un sueflo invencible ; las muías de carguio rodaban 
en la oscuridad i obstruían de trecho en trecho la senda 
practicable ; los soldados cedian a la fatiga e iban tirándose 
entre las rocas en grupos considerables, que se negaban 
resueltamente o evadían la orden de marchar; los oficiales 
mismos descendían de sus caballos, sin poder resistir aque-* 
Ha somnolencia eléctrica que aletargaba como un narcótico, i 
ele tal manera se hacia esta jornada, que cuando después de 
cuatro horas de camino avistamos la cumbre del cordón, 
podíamos contemplar a la primera luz de la alborada el des- 
greño completo de la división. No se velan cuatro soldados 
reunidos, i veinte i cinco enemigos habrían bastado para 
aniquilarnos aquella fatal noche hasta el último hombre. Solo 
fué digna de notarse la enerjia i constancia con que el 
comandante Prado Aldunate cerró la retaguardia de aquella 
marcha con el piquete de los Verdes, que venia a sus órde- 
nes. Merced a esta medida, pudo reunirse la mayor parte da 
la tropa en la falda meridional de la cuesta a las dos de la 
tardo del siguiente dia (1S de octubre), acampando por la 
noche en la casa de la hacienda de Pedegua a tres leguas 
de Pelorca (1). 

(1) Posteriormente a la época de los sncesos que narramos, se 
nos lia asegurado por personas competentes que la división del 
norte pudo ahorrarse ventajosamente el paso déla cuesta de las 
Palmas, qaele hizo perder cuatro horas preciosas, tomando un 
camino practicable que por el cajón de Tilama arriba i la hacien- 
da de Chiucolco, conduce directamente a las me:>ctas del Arra- 



222 HISTORIA DE LOS DIEZ AfíOS 



XV. 



Desdo el pié de la cuesta sedesfacó a vanguardia al aulor 
de esla historia con 30 hombres a tomar posesión de la villa 
de Pelorca i sorprender, si era posible, las fuerzas de mili- 
cias que guarnecían aquel pueblo. Caminando con empello, 
el comisionado llegó a las 9 de la noche a los suburbios de la 
villa, i sabiendo que el gobernador Silva ligarte había huido 
] que las milicias se habían retirado aquella maflana hacia 
Putaendo, dejó la tropa acampada en la quinta del honrado 
liberal don José A. García, a algunas cuadras de dislancia, i 
entró solo al pueblo para ponerse en contacto con el hermano 
de aquel don Ramón García, el antiguo i popular inlendento 
de Aconcagua, confinado ahora en aquel lugar por los suce- 
sos que en noviembre de 18S0 habían leqído lugar en San 
Felipe. 

La Inste villa de Petorca, aunque situada en un valle fértil 
i hermoso, no ofrecía ningún recurso de guerra, escoplo unos 
pocos caballos que se aporrataron en las chácaras de los ve- 
cinos hostiles i en la casa del cura párroco, que tenía para 
su servicio una exelente pesebrera. Pero, a falla de estos 
auxilios, Yicufia acertó a combinar con el ex-intendenle Gar- 
cía un plan de marcha para la ocupación inmediata del valle 
do Pulaendo, que no podía menos de ser el mas cspedilo i 
oportuno, 

Consistía este en que Vicufia prosiguiese su marcha por el 

yan« vecinas a Putaendo. Si esto es cierto, no podemos ocultarnos 
íjiie la división del norte hubiera penetrado en Aconcagua, qui-* 
zá el mismo dia en que fué alcanzada i desecha en Peturca. 



M LA AbMmiStRlCION MORTT. S23 

camino directo de Petorca a Putaemlo, que pasa por Alíca- 
hue, la cuesta de las Jarillas i las esplaDadas del Arrayan, 
que van a morir sobre el valle de Putaeudo, mientras que 
el grueso de la división tomaría la cuesta de Cullunco, que 
se levanta sobre la cadena sud del valle de Petorca, en frente 
del cajón de Pedegua, i da acceso a la fragosa cuesta de los 
Anjeleí, cfiya senda va a desembocar, a su vez, sobre el 
valle de Putaendo, un tanto mas abajo del Arrayan. Deesta 
suerte dividíamos Ja atención del enemigo que venia en núes* 
tra persecución, hacíamos mas apresurada nuestra marcha» 
i por ultimo, caíamos simultáneamente sobre dos puntos dis-f 
tintos del valle, distrayendo las fuerzas que pudieran cerrar^ 
nos el paso i ocupando de un golpe una considerable línea 
del territorio de Aconcagua. 

Envióse en el acto a Carrera un espreso comunicándole 
esta idea, que fué recibida con aprobación i se resolvió po- 
ner por obra en el aclo. £1 correo llegó al campamento de 
Pedegua a la medía noche, i al amanecer del siguiente dia 
(13 de octubre). Carrera se puso en marcha sobre Petorca 
con un grupo de oficiales sacados de los diferentes cuerpos 
para llevar a cabo aquel proyecto. 

Arteaga recibió, en consecuencia, la orden de tomar la 
cuesta de Cultunco i dioso a Vicuña la de seguir por la de 
la Jarillas con su piquete de 22 fusileros cscojidos, 10 lan- 
zeros i un cuadro de oficiales, que debian ponerse a la ca« 
boza de las milicias que a toda prísa se esperaba reunir en 
ios valles de Putaendo i San Felipe. 

XVI. 

Vicufla partió coa su pcqucfia, pero rosuctta columna, dan^ 



824 HISTORIA BE LOS MEZ AÑOS 

do un abrazo de adiós que debia durar largos afioá al noble 
amigo que abora era su jefe, i que babia sido su constante 
camarada en todas las peripecias de la era revolucionaria. 
Su bermano quedó en Petorca desempeñando al lado de Ca- 
rrera el puesto de primer ayudante que aquel dejaba per 
su separación. El mayor Galleguillos solicitó el acompañar a 
su antiguo jefe i a la una de aquel día, atravesando el pue- 
blo al son de un clarín, el destacamento de vanguardia tomó 
el camino de Putaendo al que llegó al amanecer al si- 
guiente dia después de una marcha forzada, pero infructuo- 
sa, de cuyas tareas no hablaremos ya sino después de haber 
contado sucesos harto tristes i dolorosas aventuras porso- 
nales, 

XVIL 



Entre tanto el coronel Arteaga no habla dadocumplímlon-^ 
to a la orden o mas bien encargo de jCarrera (porque entre 
ambos jefes todas las medidas se tomaban con un cordial 
i reciproco acuerdo ) de marchar sobre la cuesta de Cultunco» 
i se malogró asi la oportunidad de aquella combinación que 
nos prometía un éiito casi seguro, i que al menos habría aho- 
rrado el desastre de Petorca (1), o retardándolo algunos dias, 

(t) El mismo coronel Arteaga asevera la falta de camplimiento 
a esta orden en on docDmentoaoténtico. a Recuerdo (dice en una 
carta que escribió a don Btanuel Bilbao para rectíGcar algunos 
errores sobre la campaña del norte en 1851, referida por aquel 
escritor, en un folleto publicado en Lima en 1854) recuerdo que 
Carrera me envió a decir que le parecía mejor tomara la división 
f*l camino de la cuesta, ( Cultunco) i no el de los desfiladeros que 
habia adoptado, a lo que le respondí que era el único apropósito 
cu la situación en que se hallaba nuestra tropai pues le era impo< 



DE LA ▲MimiSniAClpIl MONTT* S2S 

ofrociendo a la iavasíon dol Bor|a una (ti lima esperonza dt 
salvarse» 

. Carrera llevó su disgusto basta la cólera euande sopo las 
vacilaQkmes del coronel Arleaga i su tardanza en avanzar, 
sea sobre Gutluaco, sea sobre Petorca. La jornada de aquel 
ilia fíeselo de Urei k§ua$, recorridas por el espacioso i có- 
Asdo caniae de. las chácaras^ que se esll«Qdo desde Pede- 
gaa I el pueblo de Hierro-viejo hiista Pelorca. 

Naoca se eicontrará» aun' por el anhelo de la mas en(ra-r 
Aable benevolencia* dlscalpa capaz de paliar el error funesto 
o la tardanza calpable.de aíquel dia, mas digna de lamonlarse 
que el ceastraste deÜa. mañana subsigoieole, pues en este 
al meaos babo gloria i en aquel salo una torpeza eslrafia o un 
descuido incomprensible. Se ha dicho para atenuar esta falal 
jornada que la división pasó seis horas refre$eáado$e bau'o los 
naranjales i limoneros del Hierro-viejq, pero si fué de esta 
manera como se perdió aquel precioso tiempo, bien se concibe 
qae la división del Gobierno, que en aquella hora avanzaba 
coa inratígal)le tesen por entre montanas casi inaccesibles, 
se hacia acreedora al fácil triunfo, que la pereza de sus con- 
trarios iba a ofrecerle* 

xvm. 

El coronel Vldaurre, apenas habla sabido, en efecto, por la 
descubierta de San Martín, nuestro movimiento a vanguardia, 
cuando» lleno de alarma, se puso en nuestra persecución, to- 

ftble tomar el camino de la coesfa a caosa de la casi completa 
carencia de cabalgaduras que Carrera habia prometido aumentar, 
como también reemplazar las inútiles, lo que no había hecha, 
i uo obstante esperé 6U última resolución, que no vinu! !i> 

29 



t¿6 * tlSTOAIi DE L08 tolM ifiOS 

toando un camino Itansversái por las estarcías de Hármali- 
can, el Goaquen i Longotoma, aprovechándose de los servn 
cíos do baenos prácticos i de los caballos de la milicia 
aconcaguina, para movilizar suexcelenle infantería (1). 

Caminando toda aquella noche, habia acampado a las seis 
de la mafiantt del dia 41 en la hacienda de Harmalican, i 
continuando a las dos de la tarde la Jornada, con ostraordi'- 
nario esfuerzo, habia llegacTo a la noche al rincón del Gua« 
quen, después de haber pasado la cuesia de don Pedro. Su 
presteza no calmaba, sin embargo, su inquietad, i una especie 
de pánico se habia apoderado de aquel jefe tan intrépido 
como activo, pero que juzgaba un crimen de desobediencia a 
la autoridad stíprema, de quien era el mas leal servidor, la 
maniobra acertada que habia puesto a su vanguardia la di«* 
Vision de Coquimbo. Asi es que desde el Guaquea pedia por 
un espreso, que despachó a Yalparaiso.'a las doce de la no- 
che, todo jénero de ausiilos. Aunque ignoraba la posición de 
Carrera, que en aquel momento estaba acampado en Pedegna 
a seis u ocho leguas de distancia, el coronel Vidaurre anon^ 
ciaba en este parte que a su entrada a Petorca, la división 
de Coquimbo no le habría ganado sino cinco a seis leguas 
en su camino sobre Aconcagua, i sin poder ocultar su pavor, 
decia a este propósito alinlendente de Valparaíso las siguien- 
tes palabras de duda i conflicto: «En este concepto, U. S. 
conoce muí bien lo que interesa a mis operaciones, i es quo 
se hostilize (desde Valparaíso t) o al menos se entretenga ¡A 

(1) Tres años después de escrita esta pijinsí en febrero del 
presente ano, he recorrido espresamente en compañía de don Ru- 
perto Ovaile los sitios por los que el coronel Vidaurre hizo este 
movimiento, i verdaderamente que asombiy su celeridad i la 
pujanza de la tropa para recorrer aquellas fragosidades, que án~ 
tes i después, solo ha transitado con dificultades el rudo minero 
de aquellas comarcas. 



BE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 227 

enemigo i que se me facilite por medio de los escuadroaes 
de caballería cívica o por otro que esté ai alcance de U. S., 
cnanla movilidad sea posible (1}». 

Mientras los coquimbanos pasaban las horas del medio dh . 
a la sombra de las arboledas de Hierro viejo, la división del 
gobierno, marchando desde las tres de la mañana, babia bajado 
al cajón de Pedegua a las tres de la tarde, después de ha-^ 
ber trasmontado la cuesta del Ajíal i Montenegro. Los fue- 
gos dejados por Arteaga aun estaban encendidos; í asi la tropa 
de Vidaarre preparó su acelerado rancho de la tarde, revi-- 
Tiendo la llama de los tizones que habían servido en la ma- 
ñana al tranquilo almuerzo de los coquimbanos. El día 13, 
la división del gobierno había marchado doce horas consecu- 
tivas i salvado dos ásperas cuestas. La división de Coquimbo 
había lardado dos horas en recorrer el sendero de verjeles 
I plantíos, que serpentean por el valle de Petorca, desde Pe-- 
degua a la villa, con la sola interposición de unos pocos pe- 
dregales. 

En la noche, Vidaarre, que apenas se había reposado, se 
adelantó con la brigada de marina i los granaderos a caba- 
llo sobre Petorca. Arteaga, entretanto, dormía tranquilamente 
en un alojamiento, doce cuadras al oriente de Petorca, del 
que solo a las diez de la mafiana siguiente se preparaba a 
partir, después de haber cargado con toda tranquilidad el 
numeroso equipaje de la división. 

Vamos pues a ver cual fué el fruto de este contraste de la 
indolencia confiada, por un lado, i do la actividad de la zozo- 
bra i de la responsabilidad, en el otro. 



(1) Véase este oficio en el Mercurio de Valparaíso núm. 72ü3. 




o 

;^ 

5=3 

© 



♦ X 



I 

/ 



CAPITULO VIII. 



U BATALLA K riTIICA. 

Batalla de Petorca,— Inacción del coronel Arteaga antes del com* 
bate.— Posiciones militares qoe padieron aprorecliarse.— Disposi. 
cion jeneral del terreno.-— Primeros mofimiealos de Arteaga 
a la aparición del enemigo —La vangoardía de la división del 
Gobierno empeña el combate i es obligada a retirarse.— Se ma- 
logra de naevo la ocasión deocopar ana posición ventajosa para 
la defettsa.^-Arteaga forma so línea de batalla.— Bl enemigo 
avanza en columna por el poeblo i forma so línea.— Arteaga 
retrocede a sa segunda posición.- Se empeña el combate en la 
ala derecha.— El batallón Igualdad resiste heroicamente en el 
costado iiqaierdo»— Marcha en su auxilio el Núm. 1, pero en 
el acto de desplegarse aquel, comienaa la derrota.— Sangrienta 
persecución de los Granaderos i saqueo de los equipajes por las 
tropas de Aconcagua.— Fuga de Arteaga i de Carrera. — Reflec- 
ciones aobre esta jomada.— Prisiones i trofeos del combate.-**» 
Begocijos oficiales en la capital i proclama del presidente Montt. 
—El coronel Salcedo, su heroica muerte i sus exequias.— 
Cuentas del hospital de sangre i del cementerio de Petorca. 



Háae dado, por hábito, el nombre de batalla al encuentro 
de Petorca, caaode fué mas bieo la heroica caplura de na 




o 
> 

t 

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O 






CAPITULO VIW. 



U MT«LL« BE PETlICt. 

I 

' Batalla de Petorca,— Inacción del coronel Arteaga antes del com* 
bate,— Posiciones militares qoe pudieron aprorecharse.— Dísposi. 
cien jeneral del terreno.-— Primeros mofimiealos de Arteaga 
a la aparición del enemigo —La vanguardia de la división del 
Gobierno empeña el combate i es obligada a retirarse.— Se ma- 
logra de nuevo la ocasión de ocupar una posición ventajosa para 
la defensa.— Arteaga forma su línea de batalla. — Bl enemigo 
avanza en columna por el pueblo i forma su línea.— Arteaga 
retrocede a su segunda posición,— Se empeña el combate en la 
^ ala derecha.— El batallón Igualdad resiste heroicamente en el 

costado iiqnierdo.— Marcha en su auxilio el Núm. 1, pero en 
1 el acto de desplegarse aquel, comienza la derrota.— Sangrienta 

persecución de los Granaderos i saqueo de los equipajes por las 
tropas de Aconcagua.— Fuga de Arteaga i de Carrera. — Reflec- 
I eiones sobre esta jomada.— Prisiones i trofeos del combate.-**» 

I Regocijos oficiales en la capital i proclama del presidente Montt, 

; —El coronel Salcedo, su heroica muerte i sus exequias.— 

i Cuentas del hospital de saingre i del cementerio de Petorca. 

Háse dado, por hábito, el nombre de batalla al encuentro 
tfe Petorca, caaade fué mas bien la heroica captura de ao 



S30 HISTORIA DE LOS DIEZ aKOS * 

pufiado de reclutas. Los captores eran, en efecto, en triple 
número i dos veces mas fuertes en disciplina, en la costum- 
bre de la pelea i en el material de combate. La columna de 
Coquimbo, cual prisionero escapado de su celda, encontróse 
en el campo, cercada de repente por una doble fila de per- 
seguidores. Entregarse era un baldón. Pelear era morir. Los 
Coquimbanos supieron elejir el Altimo {partido. 



II. 



El coronel Arteaga babia sabido en el Hierro-viejo la mar- 
cha forzada de Vidaurre con el grueso de la división ; en la 
inedia noche del 13 fué avisado de que esta había llegado 
a Pedegua, i al amanecer supo el avance de aquel jefe con 
la vanguardia. Tna calma estraña reinó en sus deliberacio- 
nes; pero el mismo ha confesado después» i era una verdad 
incuestionable en aquel momento, que era tan profunda su 
convicción del desastre, desde que el enemigo diera alcance 
a la división, que parecíale inútil toda medida que no fuera 
)a de formar la linea de batalla para hacer, a) menos, alarde 
de honor i de bravura, arrostrando los fuegos enemigos. «Me 
decidí a empeñar el combate, dice el mismo Arteaga en un 
docnmenlo que ya hemos citado (1), mirándolo come el único 
partido que nos era dado adoptar, pues siéndome de todo 
punto in^posible continuar nuestra marcha por la completa 
escasez de bagajes, no menos que por la mala calidad de las 
tropas, creí valia mas encomendar los intereses de nuestra 
causa a la voluble suerte de las armas, que al menos dejaba 
una esperanza en pié, que verlos todos por tierra, emprpu- 

(t) Carta dei coronel Arteaga a don Manuel Bilbao. 



DE i A AOMINISTRACION MOT^TtI S3l 

dida la retirada». Tal desconfianza era certera o iaevilable 
en el espirílu de un hombre de guerra. Pero la inacción no 
parecía aer en aquellos instantes el rol de an jefe revolu- 
cionario, que debería esperar el desenlace mas bien del en- 
tasiasmo de sus reclutas voluniarios que de la firme punte- 
ría de los pocos veteraaos enrolados en las filas. La resig- 
nación al males una virtud, cuai^do el malba sobrevenido, 
pero cuando hai solo augurios que lo anuncian, la resignación 
es una Calla. I esta cometiéronla por completo en aquella 
crisis los dos ínespertos caudillos revolucionarios, Arteaga i 
Carrera. 

. Había» en efecto, medidas de estralojia, oportunas, sino 
salvadoras, que tomar. A pocas cuadras del pueblo de Petorca, 
hacia el ponieale^ cierra el valle un desfiladero llamado la 
Faliiadelfnonle,qnQ estrecha el paso de tal suerte que cua- 
Ira jinetes no pueden caminar a la vez por el sendero, sin 
esponerse a rodar por la barranca que cao sobre el no. Una 
Imprevisión fatal no hizo advertir aquellos farellones ines- 
pugnables que habrían sido las Termopilas del ejército de 
Coquimbo, si un Leónidas hubiera existido en sus cuadros. 

Pero olvidado este reparo formidable, en el que 100 fusileros 
i un caflon habrían baslado para contener i acaso destrozar 
la columna enemiga, aun quedaba una posición ventajosísima 
para resistirla, tal era la que ofrecía el mismo pueblo, to- 
mando su vanguardia para apoyarse en sus caseríos i calles 
estrechas, que quedaban a la espalda. En esto se habria 
practicado solo una operación sencillísima de guerra, que la 
táctica aconseja aun en los casos ordinarios; pero no solo 
no se ocupó el pueblo, sino que se le dejó espedito al enemigo, 
que no tardó por cierto en aprovechar tan grave ventaja, for- 
mando su columna en la propia plaza de la villa, i haciendo 
servir aquella posición de. eje de sus movimientos de ataque, 



itfi HISTORIA DE LOS B1EZ AfloS 

dsi como íe hat)r{a servido para rehacerse %o caso de re^ 
lirada. 

Poro sí no babia mas camino qae pelear para salvar el honor 
de las armas, quedaba todavía nn medio de conseguirlo con 
rentaja. Tal era parapetarse en el nüsmoalojamimtoenqw 
estaba acampada la división, cnyos corrales de pirca i espa-^ 
oleses edificios ofrecían un baluarte de difícil acceso a los 
asaltantes enemigos. 

Pero nada de esto se ejecutó, i se hizo precisamente aquello 
que deblá malograr los mejores esfuerzos del denuedo, dán- 
dole, empero, campo para que pudiera inmortalizarse por IsT 
impotencia misma de vencer en que se colocaba a los sol- 
dados. 

A las 9 de la mafiana, asomó por la calle recta {principal 
de Petorca la vanguardia de Granaderos con la brigada de 
marina a la gurupa, a las órdenes del coronel Vidaurre, 
anunciando su presencia con disparos de carabina i movi- 
míenlos de guerrilla que provocaban desde luego al combale. 



m. 



El campo en que la refriega iba a trabarse, era el mismo 
angosto valle, por el que corre el río de Petorca, encajonado 
por agrias i empinadas cadenas, que se levantan casi desde 
el bordo de la barranca del torrentoso cauce (1 }. Sobre una 
sinuosidad estrecha, al pié de la montana del norte, está 
tendida la villa en una hilera de caseríos derruidos, que se 

(I] Véase el plano de la batalla de Petorca acompañado en el 
testo i qae hornos dispuesto de acuerdo con las datos mas segu- 
ro^, para mejor jufrelijoncia del lector. 



DE' LA ÁDVINISTRAÉlÓlf M0!AT. Í'^ 

ésOendén por Míe a oebo cmdras entre la cadena i el rio. 
El eamlDO carretero paga por la calle principal del pueblo, 
4«e es casi la sola de que se eompoiie, i al desemlkNíarháeNft 
d oriente, cae sobre tm peqnetlo esplayado qoo craza aqvet 
en liaea recta, para eneorbarse después en las siDáosidade# 
de los cerros qoe signen encafittbrándose al oriente. El rM 
está de por medio con su canee casi enjuto, sus mancha» 
espesas de ckilcalet, esta eterna cabellera de todos nuestros 
rios i torrentes, mientras que gruesos pedrones arrastrados 
per las creces, sír^n de movedico lecho a las corrientes. En 
el opuesto lado del snr, se repite esta misma fisonomía áel 
terreno, escepto qoe la montana es menos agria i no hai ea«' 
mino que la cruce. El alojamiento en qne se había acampado^ 
la difisien de Coquimbo, estaba en este costado a 10 o ISf 
coadras de la plaaa do Petorca. 



IV. 



Guando se présenlo Vidaurre sobre el campo, se dispm: 
la foraaciea de nuestra linea sobre aquel terreno, si paede^ 
llamarse línea el fatal fraccionamiento de los cuerpos qoe se* 
practicó para hacer freale al enemigo. 

Si coronel Arteaga pasó el rio con los batallones ném. f 
i ie$tMfaiw, la caballería del coronel Salcedo i des piesas 
de arlilleria, dejando en el costado isqaierdo al batallen IguaU 
dad, bajo la dirección de Carrera, con una de las pistas de' 
monlafla al mando del oomaadante de artilleria Cepeda, por 
Tja de reserTa. La partida lijara de los Yerde$ qaedó ea ei 
fondo del Ho al mando del oficial de Cazadores a caballo don; 
Doaslago Herrera, qne se nos habia reunido en Ilbpel despoe» 
de su desgraciada empresa sobre el fiuasco, acompafiadsl 

30 



t3i BI6T0IMA OE LOS IW2 aSoS 

ahora por el drujane dol ejéreito doa^ Faderico Cobo, que dio 
muasiras este día de una íatrepidez aiogolar, llevando ea sua 
BUinos una bandera blaoea que tenía en el oeatro una cruz 
roja, símbolo, so de paz sino de confralerniaacion, qao se quería 
mostrar a los soldados enemigos con la esperanza de que se 
pasaran a nosotros durante la refriega. Esperanza ilusoria 1 
£1 soldado chileno jamás, se pasa, aine con la punta de su. 
bayoneta al otro lado de las fitas que sus jefes le mandan 
romper I 

Como la vanguardia enemiga continuara avanzando por el 
esplayado que se dilata al salir del pueblo i que es cono- 
cido con el nombre del Cahario, Arteaga m-denó al batallen 
ttibii. 1 que marchara a conleaerlo, formándolo el mismo en 
la. cima de una lema que se abre a la eabeza de aquella on- 
dulación de la montafla. La caballaria de Salcedo, que no 
tenia mas atributo de guerra que el color rojo de sus mantas 
de bayeta, se situó en un flanco a la falda del cerro, cuya 
aspereza parecía apenas capaz de contener el anhelo vehe- 
mente de la fuga, pues aquel cuerpo se habia hecho por 
8tt iauUlidad en la campana, el objeto de la risa de la división, 
aiendo su propio jefe, el coronel Salcedo, el que mas deapre- 
cio senUa por sos famosos Colorados. Salcedo, que habia 
nacido en el país en que las lanías sen como una planta in*- 
lüjena, sabia que en el norte no hai mas jante adecuada para 
la guerra que la que sabe, manejar el combo i la yawana. 

La Brigada de marina, que habia descendido de les caba- 
Ues de los Granaderos, se avanzó en el acto que se formaba 
el Núm. 4, rompiendo un vivo fuego de guerrilla. Los reelntaa 
de Coquimbo no tardaron en contestarlo, i en un momento, 
animándose unes a otros con gritos de entusiasmo i ese reto 
de guerra particular a nuestra jente> llamado el ckifsateo,. 
lanzáronse adelante sin orden de so jefe, cargando en con- 



M ik ABtlNtSTRJMllOK HONTT. 238 

«Sien, pel^ cm estraordfnsrlo dennecto. El capitán de cna- 
dorea don Joan Antonio Salazar, qae habia servido en el 
ejército de linea, se arrojé a) fretite de su compañía com-- 
puesta de S4 honitN'es, i viendo que h corneta de los marl-* 
nos sMiaba fue^ en retirada, se avanzó tan adelante que 
Poté cortado por los granaderos i bocho prisionero con toda su 
tropa eompaeste dé M voluntarios. Contábanse entre estos 
el alhrcz Návea, un vaKente I honrado artesano de la Seré- 
Ba que flié herido en el rostro de un satlazo^i el esforzado 
moio don Praooisoo Pozo, que sin embargo de pertenecer a 
los cuadros de rusíleros del Nüm. 1, se incorporó en los ca-^ 
zaáoree, lenió un fasU 1 se laazó a la cabeza de aquel pu- 
llado de bravos, peleando cohio aeldado i con un hereismo 
tal que rebaeó ¡rendirse i soto entregó su arrma, con lá quo 
se defendía a eulalazes, cuando un granadero, alropelUradole 
cao el cabftito, b dervíbé at suelo, asestándole un golpe en 
la cabeza. Be los 94 casaderas, tres fueron muertos, Toiata 
íbaa heridos de sable o contusos, i el imico Hese, fué inmo- 
lado ea lá caHe de Petorca porque ao apreaaraba su mareiM 
o aeaso porqué dl6 signos de querer escaparse. Sálasar tai 
astuto cemo intrépido, interpelade per Garrido, a quién en« 
eaalró en la plasa, sobre el aÉmarada los sublevados, pon-^ 
derMe aquel ¡aasenfattenla, i ea el acto fué coadueido coa 
sus soldados al eemeaterio^ del pueMe,que se bise ea aquel 
dia 9Í depósito de prisioneros. 

Alentado por osla presa i observando la eonfuafon en que 
avanzaba el resto del Mm. 4, Vidaurre dtepuso una carga 
de los Granaderos, i el vaMeate capitán don Narciso Guerre- 
ro, que mandaba aquel medio escuadrón, no tardó en obe- 
decer, cafondo sable en mano sobre la fila, o mas bien, sobre 
el peldoa de les reclutas ; pero Até tal el denaede de ealoe 
bravos; que se trabaron cuerpo a cuerpo con los asahanles, 



2M BISTORU ME tM MEZ aSoS 

I observando machos que sm íusíIm m Ioiím amada la 
tejroaeta, los lomaron por la boca i so dofendioroB a oaia-* 
taios» derribando al saele a mvcbos de sas agresores, doce 
de los cuales qnedaron ftaora de cookbate, rettráadeso los otros 
ta desordea. «Esta o^ga, dice el mismo. Vidaurre eo sa par- 
le oicial de la batalla» dada sobre ue ierreno desigaal i pe- 
•aiceso, sin el saScieote espacio para léamr k» aires de 
táolíea, fué lan TaUealoaMirle ejoeateda i resislída, que de 
loe treínia i cuatro granaderos empefiados ob ella, quedaron 
doce ruera de combalo por efecto de los bayonotaaoa i fuegos, 
que recibieron a quema rppa (>}». 

Volvía a reorganiaarao Vidaurre, caando asomé en la loma 
do que babia descendido el Núm. i, el batallón Restaurador, 
qno Arleaga ordenó- avanaar on ausMio de Bilbao, mientras 
qne los Yerdet se adelantabsa por el rio. A su vista, turba^ 
do el jefe enemigo, ordenó la retirada, i desprendiéndose él 
■dsmo de la (ropa coa na ordenanaa; crnzé el pueblo a ca- 
rrera tendida en biisea del grueso do las finerzas, que había 
quedado, en la noebo;, Ires teguas a retaguardia. Los Gra- 
naderos siguieron ente movisricnlo retrégaéo i mas airas, la 
Brigada de marina, que entró jadeando do fatiga a la plaza 
del pueblo, sin tenor BMa aümitoquo para eslnirse al suelo 
a descansar. El jefe, derrotado en esto priuMr encuentro, no 
ha dtsknuindo su fracaso en la rolndon oficial del combate. 
« Previendo, dice, que el enemigo diese una contra-enrga oen 
la fuera do rofreatío que a la inmodiacioa tenin, i que la Bri- 
gada de marina se veia neoiadá i fu0rtem09ílee9mprümetiáa, 
ocurrí en el acto a ordenar la rotiracta». 



(i) Parle de las operadonei ie la ¿tomón iel norte^ pasado at 
BMtrm per ot aorouel fidearve con facha de 17 As labrero do 
Í9SSL archivo del Mimiterie de lo Guerra. 



W U JMHimtRMlM MOMtT. IÜÍ 

hqaé primer eicueotro fué pves ana Tictoria para fos 
•iNi68lros;.6l eoamígo haUa retrocedido, la eonGaaza ganaba 
los ánimoB, i h q^e es mas, nueislro escuadrón de mantas 
eoioradas.dándoee por derrotado al principiar los ftiegos, ha-» 
faia enpreadide la faga en ledas direcciones, libertando lá 
dívisíoa de af uel estorbe. Solo el bravo Salcedo quedé firme 
en sa puesto; mas como no tuviese soldados que mandar^ 
pasé el rio i Tué a colocarse al frente del baialkm Igualdad; 
imra sellar sa heroismo con la muerte. 



H moviadento a van^iardia del coronel Vidaurre babia 
sido altamente imprudente i comprometido, hasta cierto 
punto, la suerte del dia. Separado por una legua, al menos, 
del grueso de su división, su ataque le espuso a ser corlado 
i ana eavudto en sa retirada al través de los desfiladeros 
del valle, poniendo en igual peligro a la masa de la columna; 
que marchaba en>desórden por el angosto sendero. 

Pero los jeisB de la división del norte no atinaron a cení* 
pfMder en tan crilieo -instante jaa ventajas de aquel movi-^ 
miento retrégrado, ni persiguieron al enemigo (Meo que 
para esto no tuvieren suficiente cafoalieria), ni ocuparon las 
caHea del pueblo, ni síqaieca 4oniaron una posición venta* 
josa para la resistencia, pma bien sabían qne no lesera dada 
atacar, sino apenas defenderse. 

Lo mas que hizo el coronel Arteaga, i que era acaso le 
menos que de él se esperaba, fué formar una bizarra línea 
de batalla enfrente del pueblo, los oficiales en sus puestos 
i los soldados coa el pecho a dsri»cubierto i la bayoneta ea la 
boca del fusíl^ paralanzarse a la cargaa la primera aparición del 



St8| BBVOHU M LM MU AÜOd 

eneioig^. ^s batallones Restaurador i Nám.1 formabaiénel 
lerroQ9 nw hemos descrito i el Igualdad en la opuesta ba- 
rranca del rio. Dos ^aAoues prcttejiau losflaucos de aquella 
prímera línea, uno da los cuales dir^a sus-panterias desde el 
camino carretero sobre la calle principal del pueblo. La par- 
tida de carabineros ocupaba siempre el fondo del rio» coim 
para servir de punto de comunicación a las dos alas, sepa-- 
radas por un pedregal de dos o tres cuadras de estensioa 
en su mayor anchura. Tal formación era una arrogante pa« 
rada, cual la deseaban los valientes que formaban en su li- 
nea, pero no era ni militar ni adecuada al terreno i al numero 
de las fuerzas, porque estaban estas divididas en dos por- 
ciones i separadas por una distancia considerable que no les 
permitía protejerse mutuamente. Quedando ademas el lacho 
del río sin mas defepsa que un destacamento de caballería 
volante, no sería difidl al enemigo el avanzar con sus nu- 
merosos escuadrones i cortar completamente la retirada de 
los nuestros, a la vez que interceptaba toda comunicación 
entre sus alas. 

No tardó el enemigo en aprovecharse ampliamente de estas 
desventajas, pues su numero le permitía el maniobrar con 
todo desembarazo, a» como la coAÍanza del triunfo le daba 
tiempo para completar sus preparativos. Ya le hornos dicho: 
el desenlace de aquel encuentro consistía en la sola pre- 
sencia de una i otra división, porque por mas que se desfi- 
gure la verdad, quedará consignado como un hecho eviden- 
tísimo que en Petorca pelearon mas de 1000 veteranos, per- 
foctamente armados, contra 400 reclutas, de los que una ter- 
cera parle, al menos, tenían sus fusiles fuera de servicio (I). 

(4) Véase en el documento nám. IS el estado oficial de las 
fuerzu del Gobierno que tomaron parte en el combate de Petor« 



VL 

Reunido, en efecto, Vídaurre a la columna que venía en 
marcha muchas cuadras de distancia por el Talle abajo, 
acordó con el coronel Garrido el redoblar el paso i atacar en 
el instante al enemigo. Has de dos horas se pasaron, sia 
embargo, antes de que su linea estuviese formada en frente 
de la nuestra, tardando todo este tiempo en llegar al pueblo i 
organizarse, después de reposar la tropa, agoviada de can- 
sancio, en la plaza de la villa, de la que la Brigada de ma- 
rina había guardado posesión impunemente hasta ese instante. 
AI salir do esta i tomar la calle recta, a cuyo frente el co-^ 
ronel Arteaga había hecho colocar un caAon que la barría, 
ordenó Yidaurre al mayor del Buin don Cosario Pefiailillo, 
arrogante soldado, formar su tropa en columna, diciéndole 
que «impusierav de esta suerte al enemigo. Iba, empero, el 
advertido oficial a observarle que aquella formación podia 
«erle fatal en el centro de una calle, cuando ya loa tambores 
batían marcha i toda la división comenzaba a desembocar 
desde la plaza en una columna compacta. 

Aquella torpe i temeraria medida no lardó en ser notada 
de los nuestros, i una voz unánime se hizo oír entre los ofi* 
cíales que acompaflaban al coronel Arleaga, para disparar 

e«» Según efta pieza, concurrieron a la acción 943 hombres de 
tropa, 49 oficiales i 10 jefes, en todo, ma^ de mil hombres, sin 
contar muchas milicias i destacamentos sueltos, que sin duda no 
se han incluido en este estado. La fuerza de Coquimbo, por el 
detalle que hemos dado ya, no llegaban a SOO hombres, pero con 
Ja partida de SO infantes i laneeros con que se adelantó Vionfta i 
la dispersión del escuadrón de caballería, no pudieron entrar en 
combale sino de 350 a 400 hombres» 



ÍM «storia de u& mu AfiOS 

sobre la columna el cafion de la izquierda que la enfilaba en 
linea recta, i que con un solo disparo la bafiaria de metralla, 
poniéndola en instantánea confusión. El coronel se opuso,^ em- 
pero, a aquel golpe tan certero, por respeto a la población, 
dicen unos, o por la esperanza de qne el enemigo se poiara^ 
según otros. El coronel Arteaga ba aseverado, por su parte, 
que en esas circunstancias la columna estuvo Tuera de tiro 
de canon ; pero en nuestro concepto, fué aquella resistencia 
fruto solo de una fluctuación del ánimo, natural sin dada 
en tal momento. 

Produjo este lance un desaliento profundo en derredor del 
jefe irresoluto ; muchos de sus ayudantes se retiraron del 
campo, quedando solo el capitán Vicufia i uno o dos mas de 
sus amigos. Los soldados murmuraban i el teniente don Pe- 
dro Cantin, sárjente de artillería de linea, instructor de la 
brigada de Coquimbo, tiró sq manta debajo de las ruedas 
del caflon i la pisoteó de despecbo a presencia de su jefe. 

vn. 

neso el enemigo en su imprudente marcha, formó su linea 
a sn sabor, fuera del pueblo i en frente de nuestras posicio-> 
nes. tina vez desenvuelta la columna enemiga, la victoria era 
suya i no tenia sino avanzar para cojerla. flizolo asi al ins^ 
tante. 

Destacóse al capitán don Bafael Fierro con ooa oompafiia 
del fiuin, para qne haciendo un rodeo por el flanco derecho 
de la linea de Arteaga, le acosara en esta direccioni nuén- 
4ras que Pefiailillo con las otras dos compaflias da aquel cuerpo, 
I el mayor Agnirre con la brigada de marina, mas a reta- 
guardia, lo atacaban por el frenleí sostenidos por una pieza 



U LA AmnNlSTRACIOK WQJXTt. 24t 

' de af tiUeñn que el capitán don EmHio Solomayor colocó con 
deslroca detras de mas pircas sóUdas de piedra. Ei mayor 
Pialo recibió orden de pasar el rio con ^s dos compañías 
del nnmero 6, sostenido por un piquete de 16 Granaderos, 
para atacar de frente al batallón Igualdad .qne se veia en 
aquella díreccioo, miéotras qoe las caballerías de milicia se 
estendfan en lineas paralelas por el angosto cauce del rio^ 

En esta disposición se empeñó el ataque jeneraK 

Has, otra medida oportuna, si bien ya tardía, del coronel 
Arteaga, debilitó en parte la pujanza misma de la rosistonoia, 
porqne al avanzar el enemigo, hizo retroceder su linea a un 
estrecbe desfiladero (marcado en el plano como su segunda 
pa$iciM), donde la infantería podía abrigarse de los fuegos 
enemigos i jugar a la vez sus cañones con mejor acierto. 
Consultóse ademas con esta operación el dar facilidad a la 
deserción en masa del enemigo, según aseguró después el 
mismo Arteaga, i al propio tiempo poner a cubierto el flanco 
derecho de aquella linea que era amagada en ol llano por la 
caballeria enemiga i la compañía del capitán Fierro. Pero 
aquel movimiento retrógado, en tan critico momento, desalentó 
Ja trepa en alto grado, quebróse ademas la cúrefia de un 
caftán, i resultó, por último, que el sitio elejido era tan es- 
trecbe qne solo pedia formar el batallón Bestauradorj dividí-- 
do en pelotones, mientras el Numero 4 se veia compelido 
a colocarse en ei bajo del rio, detras de una alameda que 
bajaba del camino. 

Hubo también en este paso otro mal mas grave, i fué el de 
que el batallen Igualdad, paralelo antes a la primera linea, 
quedó abara a vanguardia i de tal modo aislado que no podo 
replegarse, apesar de las órdenes que se le enviaron i de las 
señales que se le hacían para retroceder. 

£o tal conflicto, el combale no lardó en hacerse recio con- 

31 



S42 HISTORIA DE LOS DIEZ AftOS 

ira la posición de Arteaga, asaltada por cuádruples feerzas, 
mientras que Pinto aparecía coa el número 5 por el opuesto 
costado, coronando la altura en cuyo decUve estaba formado 
el Igualdad. A su vista^ el denonado Mufioz, impaciente por 
su inacción en la jornada i la posición un tanto secundaria 
que se habia aagnado a su tropa, dejada como de reserva, 
ordena el calar la bayoneta i a paso de carga se lanza a la altu^ 
ra sobre el enemigo. Trabóse en esta ata un mortífero combale, 
que la pieza de Cepeda sostenía ; pero apenas babia becho 
tres disparos, cuando fué desmontada por los certeros tiros 
que Sotomayor le asestaba desde la opuesta orilla i que ahora 
dirijió a la infantería. Pefiailillo, por otra parte^ que habia 
avanzado por el frente i se preocupaba poco de la resistencia 
de Arleaga, reducida ya a la única pieza que a éste leque-^ 
daba i que bizarramente servia él en persona, volvía tam- 
bién sus fuegos sobre aquel grupo de valientes, ametrallado 
I cernido de balas por su flanco derecho i por su frente 
i que no cedía por esto un palmo de terreno. Carrera, que se 
mantenía impasible, pero sombrío, al pié de la pieza de Ce* 
peda, hasta que esta fué desmontada, i el coronel Salcedo 
que se habia incorporado a esta fuerza, después de la dis- 
persión de sus malhadados jinetes, animaban con su ejemplo 
a los soldados, i fué en estos momentos cuando el último de 
aquellos jefes cayó derribado de su caballo por una bala 
que le atravesó el pecho en la rejion inferior del corazón, 
siendo conducido al hospital de sangre por su sobrino el ca- 
pitán don Aniceto Labra, que se encontraba a su lado en 
oso instante. El esbelto talle i el poncho de pafio lacre que 
cefiia el pocho del viejo soldado, habían, sin duda, marcado la 
puntería del soldado que le trajo a tierra. 



DE tá ADMINISTRACIÓN MONtT. 2i3 



vm. 



Arieaga, enirelanlo, qae observaba el denuedo con que se 
balia el Igualdad, deslacé en su auxilio al Nüm. I, que hemos 
.yislo eislaba inactivo por falla de terreuo en que formar con 
venlaja; pero la aparición de esle cuerpo en la falda opuesta* 
decidió la derrotade la jenle de Mufiojz, que Pinlo i Pefiailillo 
acosaban en todas direcciones. Quiso Muñoz, ep efecto, repJe- 
garse .sobre el refuerseo que venia, pero al volver la espalda ai 
eneaugp, ei pánico se apoderó, de los soldados/ i al llegar al 
Nüiii. 1f lo arrastraron también en desorden, comenzando en 
esle instante la derrota jeneral de los coquimbaoos. 

Los Granaderos se lanzaran, en consecuencia, arrollando 
uieslro valiente» pero reducido destacamento de carabineros, 
que se habia mantenido en la caja del río, haciendo fuego en 
dispersión. Fué inmolado en esta carga el soldado Emilio 
Peúalosa, ant^iio i esforzado contrabandista de Combarbalá, 
i Jina de las figuras mas hermosas que un hombre de guerra 
podrá j2)mas lucir. 

Siguieron a los sableadores de Guerrero, a quienes este daba 
el ejemplo con su brazo, los escuadrones aconcaguinos, ávi^ 
desde pillaje, i a la verdad, nunca lo disfrutaron mas amplio, 
dcsbalijando por completo el rico equipaje de la oficialidad co- 
quimbana. Fué este el único i mísero trofeo de los soldados de 
aquellaprovincia valerosa i tan notable por su espíritu adelanta- 
do, pero a la que no cupo en 1851 sino una triste gloria, la glo- 
ria dól botin, que es una mengua sin nombre, cuando no la ha 
hecho previamente escusable la gloria o la embriaguez del 
combato. 



Sl(4 Historia de Los D!fi2 apÍod 

Ocupada la caballería del saqueo, ios jefes de la división 
i algunos de sus ayudantes, que habían intentado hacerse 
fuertes sujetando los dispersos, pudieron escapar, pues toda 
persecución concluyó en los almofroces i baúles que estaban 
en el Alojamiento en que aquella babia acampado aquella no- 
che. El coronel Arteaga fué el último en abandonar su puesto 
en la orilla derecha del rio, i aun mandó decir a Carrera con su 
ayudante Vícufia que lo aguardara en él alojamiento a fin de 
intentar un último esfuerzo. El joven ayudante cumplió aque- 
lla orden, última que se diera i que se intentara en el desas- 
tre, mas vino a encontrar a Carrera esforzándose en contener 
a los soldados, amenazándoles con su sable desnudo para 
hacerse obedecer, pues su voz enronquecida no era ya escu- 
chada.. Fueron precisos muchos ruegos para obtener de Ca- 
rrera el que abandonase todo propósito de una última defensa, 
i aun le obligaron sus ayudantes a montar en el caballo de 
un oficial colchaguíno del nombre de Baeza, que hizo en aquel 
acto crítico el servicio jeneroso de cederlo. 

Arteaga se vio también forzado a huir por un sendero casi 
impracticable, dirijiéndose a la par con las diversas comitivas 
de oficiales que lograban escaparse, hacia el rumbo déla cor- 
dillera, por los cordones de cerro que cifien el rio en esa di- 
rección. 



IX. 



Tal fué el combate, o mas bien, como hemos dicho, la 
captura de Petorca. No se averigüe si hubo denuedo en el 
encuentro, porque eran chilenos los que de una parte I otra se 
atacaban; pregúntese solo a quien cupo la victoria por el 
número. La división dol gobierno tuvo osla ventaja, i suyo 



DI LA ABMnnSTRAGION MONTt. 245 

Alé por esto el lauro del día. De los jefes i oGclales de ambas 
fuerzas no pueden contarse hechos de elojio, i solo referirse 
proezas del soldado, heroicas por si mismas» pero acaso mas 
notables en el recluta del norte que en los soldados aguerri- 
dos del opnesto ejército. Era escasa» en verdad, la gloría de 
un combate tan desigual, i, por tanto, no cabla gran porción 
de sus timbres a los jefes que de una i otra parte diríjieron 
el combate. El coronel Vídaurre llenó su puesto con honor, 
miéntrasel jefe de estado mayor Garrido, cuya misión era mas 
diplomática que militar, se guardaba del fuego en el recinto 
de la plaza de la villa. El coronel Arteaga padeció, por su 
parte, todas las vacilaciones de un carácter menos guerrero 
que conciliador, pero lavó sus yerros de jefe, cuando se 
acordó que era un viejo artillero i lomó parte en el conflicto 
como simple subalterno, mandando hasta lo último la única 
pieza disponible que quedaba. En cuanto a Carrera, él había 
relegado todas sus funciones militares en su segundo, reser- 
vándose para sí solo el rol de simple voluntario. Como tal, 
fué digno de su puesto í de su nombre, esponiendo su vida 
como cualquier soldado i manteniéndose durante el conflicto 
sobre el terreno en que morían los valientes, pues el infeliz 
Salcedo cayó herido de muerte cerca de sus brazos. 

Pero si no hubo mucha mies de gloria para los que ven- 
cieron, no la hubo tampoco de mengoa i de responsabilidad 
para los vencidos. Apenas es de justicia el hacer un solo 
cargo por aquel combate, pues la derrota no estuvo en el 
encuentro de las armas, sino en la lentitud de las marchas 
antes indicadas. 



Los trofeos alcanzados en et campo fueron espléndidos i 



24G HIST0E1A 1>E L09 D1CZ a809 

cíoaiplelos (1). Toda la ¡ofanleria, las armas, el parque i lo9 
bagajes, cayeron eo manos de la división del gobierno, conlán^ 
dose entre los prisioneros treinta oficíales, qne eran casi ia 
totalidad de la dotación del Nüm. 1 i del Reslanrador, inclasos 
sus comandantes Bilbao rPozo, pues el ultimo mandaba aquel 
cuerpo desde Ovalle, de donde se retiró el comandante Barras» 
por enrermo (2). De los muertos del enemigo, solo se ha di- 

(f ) Véase en el documento ntSm. 13 el Parte ofieicl de la ba^ 
ialla de PetorcA, enviado por el coronel Vidaorreal gobierno de 
la capital en el momento de concluir el combate. 

(2) He aquf la lista de los ofíciales prisioneros en Petorca to- 
mada del Araucano núm« 1,292, 

Coronel. 
Mateo Salcedo. 

Tenimtee coroneles. 

Hanoel Bilbao. 
Federico Cobo, cirujano. 

Sarjenioe mayoree^ 

Agustín del Pozo. 

Balvino Cornelia. 

Juan Herreros. 

Ignacio Macklury. 

Domingo Herrera, herido de bi^to. 

Captlanea. 

Garlos Yatar, herido de sable. 
Nicolás Yavar. 
Hermójenes Vicuña. 
Jacinto Carmena. 
Pablo Villaríno. 

Tenientes. 

José Maria Chavot, 
Manuel José Solar. 
Demetrio Flores. 



DB LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 247 

chode 5 hombros en los datos oGciales/i de 32 de la otra 
parle, poro en este cómputo hat acaso algo de eso error 
inteacioaal, qoo en las guerras civiles ocurro eon frecuencia 
ea esta clase de cuentas. Lo que es efectivo, sin embargo, es 
que el numero de los enfermos que quedaron en el hospital 
de saogre de Petorca, llegó a cerca de 70, i que de estos solo 
murieron 5, pues la mayor parte fueron heridos de sable en 
la persecución i contaron^ ademas, con los recursos de la 



Miguel Gregorio Alvarez. 
Trístan Lalapíatt. 
Alejo Jimenes, herido. 
Andrés Argandotia. 
José Gonzales. 

Subtenientes. 

Buenaventura Barrios. 
Ignacio Varas. 

Joai^ Ñatea* herido de sable. 
Joan de Dios Larrain. 
José Cornelia. 
Pedro P. Cantín. 
Ambrosio Rodríguez. 
Gregorio Villegas. 
Vicente Orellana. 

Con escepcion del coronel Salcedo, qae espiró en la madrugada 
del día 16, todos los prislpnoros fueron conducidos a pié hasta 
la Ligua, donde consiguieron fugarse, por una estratajema, el 
mayor Pozo, el mayor Cornelia, el teniente Chavot i otro oGcial 
qae habla sido dejado con aquellos en un granero. Desde la Li- 
gDate les envió a Quillota^ haciendo parte de la jornada a pié i 
•I resto en ona carreta que les facilitó un hacendado del dis- 
trilo. Después de sufrir algunos días en inmundas prisiones i de 
soportar villanas vejaciones en Qaíllota, fueron transportados al 
buque la Viña del mar en Valparaíso, que le liabia hecho la cár- 
cel ambulante de la revolución, i de cuyo entrepuente, jamás 
vacio, salían por centenares los desterrados que se enviaban ai 
Perú, a Juan Fernandez i a Magallanes, 



248 HISTORIA BE LOS DIEZ AfíOS 

caridad del puoblo i los servicios del iolelijenlc cirujano 
Cobo (1). 

Escasa Tué en verdad la sangre derramada, pero al fin era 
sangre de chilenos; habia caido, ademas, en el suelo de la 
patria i era también en homenaje de una causa pública. Mas, 
aquel dia, que llevará en nneslros anales el crespón del lulo 
nacional, tuvo otro eco en las antesalas de palacio. A los re- 
piques frailescos de los campanarios, a las tocatas de música 
por las calles, que hacían el triste remedo de una fiesta pú- 
blica, añadióse la vil parodia de saludar la nueva de aquel 
encuentro lastimero con las salvas de honor consagradas a 
]os grandes aniversarios do la patria, i el presidente de la 
Bepública, como impaciente de ostentar su propio regocijo, 
hizo circular en aquellos instantes una proclama de felicita- 
ción ai ejército (2). 

No fué, por cierto, participe de aquellos mosquinos aplausos 
el pueblo de la capital, curioso siempre, conmovido a veces, 
pero jamas exilado por las nueyas fúnebres que entonces le 
llegaban. Mucho menos, éralo, a fé, el partido revolucionario, 
para el que el desastre de Petorca fué un golpe^ de rayo, 

(1) En una visita qae hicimos a la villa de Petorca en febrero 
del presente año (1862), rejlstramos el archivo de la gobernación, 
sin encontrar ningún dato de interés para esta historia. El único 
documento relativo a la revolución, que existía entre aquellos 
legajos, era la cuenta de lo gastado por la comandancia de armas 
de aquel departamento en la insurrección. Este valor ascendía a 
seis mil quinientos noventa i cuatro pesos.De estos, mil sete- 
cientos ochenta i dos pesos, se gastaron en el hospital de sangre 
i diez pesos cuatro i medio centavos en enterrar los muertos de 
la acción. Habia también ana curiosa partida que decia testnai-* 
mente as(: «En dos 'espías mandados a lllapel el SO de setiembre 
último, coa el objeto de observar i comunicar los movimientos de 
los sublevados, ^ pesos». 

(*2) Véase esta pieza en el documento núm. 14, 




DON Um SALCEDO 



'F.uerío en Id hUlla de Petorca.) 



jí ?. CADCT. Cil? vi I ''/Ai', 'tv 'j^.-^ L .''i :a- 



Bl LA ADMINISTRACIÓN MONTT, 249 

porque ora el primer revez de la contienda i porque era ines* 
perado. La cerlidanibre del éxito habia sido, a la verdad, tan 
viva entre sus sectarios, que confiando en el desenlace del 
movimiento oculto que se habia bocho para invadir la pro- 
vincia de Aconcagua, muchos aseguraban que San Felipe 
estaba ya en manos de Carrera; i crédulos i entusiastas hubo, 
que el dia 13, víspera de la batalla, subieron al cerrillo de 
Santa Lucia para divisar por el camino de Colina las polva-» 
redas de la división del Horte!... (4) 



XI. 



Pero entre aquellos héroes sin nombre i sin memoria que 
fueron arrojados en Petorca a la fosa del olvido, hubo un 
hombre, hubo un héroe digno de eterno lustre i de inmortal 
recuerdo. Éralo el coronel don Hateo Salcedo, el mas valiente 
soldado i el veterano mas antiguo de la división del Norte. 

Nacido en el medio dia de la República, en esa zona del 
Maule al Bio^bio, en que parece que el valor se aspirara con el 
aire i los ejercicios de la guerra fueran como un hábito do- 
méstico desde la primer edad, habia entrado en el servicio 
de las armas desde su nlflez, militando con los ¡enerales que 
condujo San Martin a nuestro suelo i después a las playas 
del Perú. Destinado por la bizarría estraordinaria de su figu- 
ra, que representaba el tipo mas acabado de la belleza 
militar, al cuerpo de Granaderos a caballo, no tardó en ad- 
quirir la confirmación de su puesto por el derecho de la 
bravura, que era el bautismo lejitimo de aquella lejion de 

(1) As( lo afirma un articulo de la <KC¡TÍlizaclon» del dia 14 de 
octubre de aquel año. 



S50 BlSTOMi DE LOS DIEZ iSoS 

vállenles que se paseó por un mundo a filo de sable. Sal- 
cedo sirvió en la campana del Perú i era el porta-estandarte 
de aquel famoso escuadrón de Granaderos^ que estraviado 
en un desierto de la costa al mando de Lavalle, pereció casi 
en su totalidad» dejando las arenas sembradas de blancos 
huesos que, según cuenta el jeneral Míller, se ven todavía en 
los senderos ; i si logró escapar en aquella catástrofe, debiólo 
solo a la robustez de su juventud i a los bríos de su ánimo, 
quo no desmayó en medio de las agonías de sus compañe- 
ros. Un arriero del desierto le socorrió, dándole el agua de 
sus calabazas de viaje, i asi consiguió reunirse de nuevo al 
ejército que hacía la campana. 

Distinguiéndose, después, en todas las empresas en que figu- 
raron las armas chilenas hasta 1829, fué dado de baja en aquel 
afio, habiendo ascendido, joven todavía en esa época, al gra- 
do de sárjente mayor de caballería. 

Itelírado desde entonces a la vida privada, elijió por re- 
sidencia al pueblo de la Serena, detenido acaso en su inquieta 
vida por las delicias de aquel pueblo que realzaban a sus 
ojos una esposa joven i de una belleza seductora, hoi viuda i 
madre de ocho huérfanos sin fortuna (1). Incorporado, desde 
la época de su malrimonío, al ejército, estimado en el pueblo, 
unido por una amistad antigua al intendente Melgarejo, i feliz 
en su hogar, el grit9 de la revolución que evocaba las anti- 
guas tradiciones de su juventud i prometía alzar la bandera 
de una causa que le fué siempre querida, no le encontró 
sordo, por tanto, mucho mas cuando el labio de la esposa 
unía su acento de aplauso a aquella marcial invitación. 

(1) La señora doña Carmen Irlbanren, matrona distinguida de 
la Serena, residente hoi en Santiago, donde el gobierno ha de- 
sairado los reclamos hechos a nombre de sus hijos por loa servi- 
cios de su marido, 



DE Li ADMlNISTRAaOIf MONTT. S5I 

Ta hemos visto como eotró en el moTímiento, como sirvió 
en la campaña i como faé herido de muerte eo el combate. 

Sabedor de su Gii, solo tuvo acentos para recordar a los 
suyos 1 para confiar al cirujano Cobo que le asistía, sus úl- 
timos votos por el triunfo de la noble i justa causa por la 
que moría. En cuanto a su familia, solo hizo a su confidente 
una última súplica, la de estraerle después de su muerte la 
bala que se había detenido en el hueso de la espina dorsal i 
enviarla a sus hijos como su postrer adiós i como el único 
legado que les dejaba, junto con su gloría, un soldado que 
moría sin mas patríomonio que su espada, 

£1 bravo coronel sobrevivió todo el día 15, sucumbiendo 
en la madrugada del siguiente dia. Los jefes de la división 
vencedora quisieron honrar sus despojos con el tributo que 
la relijion concede a los bravos, i celebraron sus exequias en 
la Iglesia del pueblo en la misma mafiana de su fallecimiento, 
sin otra pompa, que el pesar sincero de .sus hechos, visible, 
mas que en otros, en el intendente Campos Guzman, antiguo 
amigo i camarada del difunto. Las exequias de Salcedo te- 
nían lugar en la misma hora en que el cafion de cobarde 
regocijo anunciaba a la capital un triunfo ingrato, oponiendo 
de esta suerte el vivo contraste del modo como los soldados 
esliman los laureles arrancados a sus hermanos de armas en 
campo desigual, i como los intrigantes de la pusilanimidad i la 
vergQenza celebran en sus palacios los desastres que ensan- 
gríenlan la patria. 



CilPITÜLO IX. 



U IIVMIII «IJEITIM. 

Segando aspecto de la reyolocíon del norte, despnes del desastra 
de Petorca.-^Caracter nacional qae se imprime a la guerra 
defeiKíta de Coqnímbo.-«^itaaeioD de la proYÍncia de Ataea«> 
maen 1851.— Alarma qae prodacela noticia del levantamien- 
to de Coquimbo.— Pánico que se apodera del escritor don José 
Joaqain Vailejo.— Junta del pueblo celebrada el dia 12 i acta 
que se suscribe.— Terror de lu autoridades i serie de insu* 
rrecciones iroajinarias o de amagos de trastorno que se suee* 
lien.— Organización de un ejército provincial.— Se resuelve 
enviara la Serena una espedícion de arjentinos I se reclutan 
dos escuadrones.— Intrigas del arjentino don Domingo Oro.— 
Juan Criséstomo Al varez.— Intervención posterior de estas 
fuerzas i honores que se les tributaron a nombre de la nación.-^ 
La espedicion emprende su marcha sobre la Serena al mando 
del comandante don Ignacio José Prieto. 



El desastre de Pelorca dio a la revolución del norte una 
faz nueva. Rolas sus armas en el campo, cesó su espansion; 
corlóse el atrevido vuelo a la idea, que venia cobijando bajo 



2S4 HISTORIA BE LOS Dl£Z aKoS 

SUS alas el rayo revolucionario, i la victoria del Gobierno 
de la capital, atajando el paso a los invasores, contuvo ahi 
el principio de iniciativa, el impulso de audacia i el moví* 
miento de agresión, que hablan sido basta entonces los rasgos 
distintivos de la insurrección de Coquimbo. 

Pero la revolución, si vencida, no babia muerto. I cual 
cautivo que desgarra sus vestidos éntrelos hierros de la pri- 
sión al escaparse, asi la revolución del norte, huyendo con sus 
caudillos del campo de Petorca, descalzos sus pies, el pecho 
herido i todo el cuerpo flajelado, iba a sentarse en la plaza 
de la Serena, como en un baluarte de libertad i de gloría, 
que daría bríos a su ánimo sublime. £n Petorca concluyó 
para los Coquimbanos la misión revolucionaría i comenzó la 
tarea del beroismo. Esta transformación, que forma la segun- 
da parte (le aquella contienda de inmortal memoria, es lo 
que vamos a contar en las pajinas que seguirán en este 
libro. 

Heinos terminado ya la historia del Levantamiento de la 
Serena. Vamos a narrar ahora la epopeya de su Sitio. 



n. 



Pero bajo este segundo aspecto, la revolución de la Serena 
presenta un carácter aparte i especial, que la coloca a mayor 
altura que la que alcanzara por la idea misma a la que debió 
su vida, i la levanta al puesto acaso mas prominente entre 
todas las peripecias de nuestras luchas de aquella era. Este ca- 
rácter es el de la nacionalidad^ el del honor, el de la patria, 
porque la segunda faz de la guerra de Coquimbo, i esto es 
digno de la mas alta atención, no fué la guerra civil, fué una 
heroica i sublime guerra nacional eontra elestranjero, contra 



DK Li imiINlSniAClON WfñTt. 868 

bandidos sio lei ni patria, lanzados sobre imeslros campos 
i sobre nuestras ciudades por el encono de un gobernante 
colpable, cuyas in£4)iracione8 asuzaba nn pérfido círcnlo de 
aventureros, i sancionaba deanes el circulo de ambioíosee 
que habían escalado el poder con escándalo dolos naas santos 
fueros de la patria. 

La relación de este inicuo i atroz complot, fraguado por 
las autoridades de Gopiapé contra la revolución de la Serena, 
será ei tema de que mas particularmente nos ocuparemoe 
en este capitulo. 



ra. 



La noticia del levantamiento de la Serena tardó solo cua- 
tro días en llegar por el desierto al conocimiento de los 
principales opositores de aquella provincia, a quienes la lle- 
vó on espreso, llegado a aquel pueblo el día 11. lias, la 
autoridad no tuvo un conocimiento posilivo de lo acontecido 
hasta la siguiente mañana, por la correspondencia de un par- 
ticular (1). 

El suceso era grave en si mismo i requería una pronta i 
activa vijílancia local, pero solo como una medida jeneral de 
precaución. La provincia de Copia pó parecía, en efecto, lla- 
mada a representar una entidad neutral en la contienda, por 
su posición jeográfica, el carácter laborioso de sus habitantes, 
su escasez absoluta de recursos, la magnitud misma de sus 
intereses i hasta su allegamiento al sistema que habia triun- 
fado en la capital, i que representaban opulentas familias, 
adictas a la persona del presidente elejido. 

(1) OBcío del intendente Fontancs al ministro del interior, fe^ 
cba 17 de setiembre. (Archivo del Ministerio del Interior], 



SK8 BtSTOftlÁ M LOS 01EZ aSoS 

Tal sitaacion escepcional aconsejaba a lá autoridad solo 
una prudente reserva para guardar la provincia del conlajio 
revolucionario, que podía prender desde los valles inmediatos 
al sud, apesar de los médanos i de las travesías, ün cordón 
de guardias en los puntos mas transitados habla sido sufi- 
ciente para este fin, mientras que el acuartelamiento de la 
guardia nacional, cuyo espíritu, si bien independiente, se in- 
clinaba por simpatías locales a muchos de los amigos de la 
administración residentes en la capital de la provincia, ha- 
bría bastado para asegurar en esta la tranquilidad pública, 

Pero el intendente, don Agustín Fontanes, no estaba orga- 
nizado para comprender esta sencilla i ventajosa coyuntura, 
en que una revolución que aislaba su provincia, le ponía. 
Hombre resuelto para ejecutar lo que otros concebían, no sa- 
bia tener ni la concepción, ni la iniciativa de las mas sen- 
cillas medidas. Antiguo militar, brusco i violento, pero sin 
alcances, le era forzoso quedarse siempre en el rol de subal- 
terno. Asi es que díó lugar a que otros mas audaces se lan- 
zaran a ocupar su puesto i a manejarlo a él mismo a escon- 
didas, como un instrumento dócil de una serie de desaciertos, 
que debía perder la provincia i perderlos a todos. Los conse- 
jeros del intendente sostituto eran tan ciegos como este, 
salvo que su ceguedad era la del odio o el pánico, mientras 
que la de aquel era solo la de la ineptitud. 



IV. 



£1 mas prominente entre los directores de la absurda po- 
lítica i adoptada por el sostituto, fué el escritor don José 
Joaquín Vallejo, hombre tímido pero impresionable, exaltado 
porque era pusilánime i cuya imajinacion» antes brillante» 



Pl ti ADMINISTRACIÓN MONTT. 257 

herida ahora por un mal ñsico naciente, le atrajo de impro^ 
viso ana verdadera enfermedad de pánico. 

Este hombre singular por muchos motivos se habla com-* 
prometido en la política de la capital por algunos discursos 
apasionados en favor de la administración i por artículos cáus-* 
ticos, pero breves e injeniosos, que lanzaba como chistes de 
fialon asas rivales del congreso. Pero no por esto el diputado 
Vallejo se habia hecho antipático ni odioso. Se le creía siem- 
pre Jolabeche, siempre el espiritual i versátil adalid de la 
prensa de costumbres, de modo que su paso por las ajita-^ 
cienes parlamentarias de 1849 i 50 no habia dejado ningu-* 
na huella ni de aversión ni de aprecio en la opinión pública. 

El lo juzgó, sin embargo, de otra suerte, i apenas llegó a 
su inquieto oído la voz de revolución !, cuando, espantado, co- 
rrió a la sala de la Intendencia i se constituyó ahí como el 
infatigable i ardiente pregonero de la guerra a muerte al: 
movimiento revolucionario. £1 intendente, incapaz de deli- 
berar en el conflicto, se le sometió desde el primer instante, 
i asi tenemos que desde el anuncio de la insurrección de la 
Serena, Gopiapó tuvo un intendente nominal que lo era don 
Agustín Fonlanes i una autoridad política, militar, civil i basta 
eclesiástica (1), que ibaadirijir con un poder absoluto la suerte 
de la provincia. 



V. 



De acuerdo con su alarma, la primera medida que tomó 

(1) VallejOf en efecto, se opuso a que el cura nombrado por 
el Tíeario capitular de la Serena, don José Dolores Alvarez, para 
la parroquia de Copiapó, i que llegó a aquel pueblo en el vapor 
del 13 de setiembreí tomase posesión de su curato. 

33 



!58 HISTOBIA BE LOS DIEZ AK09 

Vallejo fué ol convocar aquel mismo día, eu que Labia cir- 
culado la Dollcia (12 de setiembre), a uoa juola jcneraidcl 
pueblo, especie de Cabildo abierto^ en que tomaba también 
una parte activa la Municipalidad del departamento. Itcunióse 
esta en la sala capitular a las cuatro de la larde i asistieron 
los vecinos mas notables del pueblo, prontos a prestar su 
cooperación al mantenimiento del orden público dentro de la 
provincia. £1 mismo Vallejo, aunque el intendente presidia, lo- 
mó la palabra 6 hizo ver las poderosas razones de inquietud, 
poruña parte, i de orgullo provinciano, porta otra, para que 
el vecindario de Gopiapó se colocara en un pié de grandeza 
anli-revolucionaria que estuviera acorde con sus compromi- 
sos políticos, su riqueza i su influencia en la República. Que- 
ría, por tanto, que se revistiera a la autoridad de un poder 
omnímodo, que se hicieran fuertes erogaciones de dinero, 
por contribuciones particulares i que sd pusiera la provincia 
en un pié de guerra, que no solo la protejiera contra un amago 
eslrafio, sino que la colocara en actitud de hacer sentir su 
poder 1 su prestijío fuera de los lindes de la provincia. 

£1 silencio reinó en la asamblea, como sí nadie compren- 
diera aquel lenguaje bélico, que daba a la reunión mas el 
aspecto de un consejo de guerra que de un acuerdo do ciu- 
dadanos pacíficos, cuando una voz, casi desconocida enton- 
ces, pero que después se ha hecho inmortal por la elocuencia 
del patriotismo puro i de la dignidad sin mancha, se hizo 
oír. £ra la del joven don Manuel Antonio Malta, que comba- 
tió con sólidas razones, de ínteres, de prudencia i aun do 
deber, aquella insensata alarma que sin necesidad iba a en- 
cender la desconfianza entre las jen tes i a dar acaso pábulo 
i protestos a las maquinaciones escondidas que pudieran 
existir. 

iül complot estaba hecho, con todo, de antemano i vano 



DE LA ADMINiSTAAClON MONTT. 289 . 

era lodo ardid para destruirlo , asi es quo después de a)gu« 
ñas reyertas casi personales/en las que tomó parle el diputado 
don Juan Bello, confinado entonces en Copiapó, se firmó por 
ios concurrenios una acta estrafia- que se reducía a 'emitir 
un voto de censura contra el levantamiento de la Serena i 
cuyo tenor era el siguieníe : 

«Los vecinos de Copiapó que suscriben, tenietado. noticias 
del molin miKlar ocurrido on la Serena i de la deposición 
de aquellas auloridades el 7 del corriente, declaran rl.'' Que 
ese motín es altamente indigno de la situación de la Repü-* 
blica : 2.^ Que no puede traer sino consecuencias muí ftaifes^ 
las al comercio i » la industria : 3»^ Que lejos de fa^'eeét' 
las libertades pubKeá3, eA cny'o nombre se ba. l)efcfii¿ e^á re- 
volucion, es el peor medio de obtener «ú desarrollo : i."* Que 
eso motín abre la puerta a la guerra civil i de consiguiente, 
a la ruina total de cuanto boi hace el bienestar i ol orgullo 
de la Repübliea : 5.^ Que consideran un deber suyo pro- 
nunciar, como lo hacen, la mas formal reprobación contra ese 
molin^ cuya completa ilegalidad echa por tierra las bases 
(le la actual prosperidad del país : 6.^ declaran, por último, 
al sefior Intendente de la provincia quo están dispuestos a 
cooperar con sus personas i bienes al sostenimiento del orden 
constitucional de la República i de su gobierno. 

En ré de lo cual firman los presentes en Copiapó a 12 de 
setiembre de 1851. 

(Siguen las firmas de 230 a 300 ciudadanos). 



VI. 



Inmediatamente se procedió a tomar medidas para poner 
la provincia a cubierto de cualquier tentativa revolucionaria. 



^0 HISTORIA M LOS »ICZ lSO« 

La autoridad no podía tener sino dos jéneros de enemigos, 
í eran precisamente los que estaban bajo de su mano, a saber, 
los confinados políticos, a cuya cabeza se encontraba, bien 
que con un disfraz de medidas fiscales, don Fernando Urizar 
Garfias, i el escuadrón de Cazadores a caballo que cubría la 
guarnición de aquel la provincia. 

Pero uno i otro elemento de acción era impotente en aque- 
lla crisis. Urizar Garfias desempeñaba una comisión en el 
mineral de Chafiarcillo i el escuadrón de Cazadores estaba 
subdíTídido en diversos destacamentos que servían las siete 
guarniciones militares, o mas bien, mineras dei departamen* 
to. En el pueblo de Copiapó solo existían 23 soldados a las 
órdoAes del capitán don Francisco Las Gasas. 

Pero un pánico, incomprensible en todo polRico que no 
fuera un escritor de costumbres, bacía que la autoridad con- 
templara de otra suerte aquella situación lan sencilla. «Nües* 
tra posición se hacia bien critica i cscepcional entonces, decía 
el mismo Fontanes en aquellos momentos, forjándose quimé- 
ricos terrores, que solo existían en el ánimo de sus consejeros. 
Aislados enteramente respecto al gobierno de la Bepüblica, 
con un enemigo peligroso sobre la frontera i algunos partidarios 
atrevidos de ese enemigo en el seno de esta población i otras 
do la provincia, teniendo ademas como tres o cuatro mil roios 
emigrados de la peor condición del pueblo, en el centro i 
al rededor de Copiapó, contando con la lealtad de la tro* 
pa de linea que guarnece el departamento, mil circunstan- 
cias, en fin, que no detallo, hacían inminente el peligro que 
comenzábamos a correr en ese instante i que seguimos co- 
rriendo todavía (I]» 

De acuerdo con estas alarmas, que llegaban al vértigo de la 

( 1 } Nota citada de Fontanas del 17 de setiembre. 



DE LA IDMiNISTRACLON IIONTT. {61 

(lesconfianza, so lomaron las primeras medidas. El capitán 
Las Casas, sospechoso como supuesto jefe de la conspiración* 
fué enviado en comisión al Huasco, llevando para ei gober- 
nador de Vallenar ala carta del negro», como él mismo decia, 
lo qoe era tan cierto qno se le hizo su recibimiento en la 
puerta del ealabozo a que venia destinado «en comisión». 
Al porla-eslandarle don Domingo Berrera, del que ya henos 
hecbo neneion en varias parles de este libro, so le envió con 
un preleslo a Cbaflareíllo, pero como ya se ha visto, tom4 
desde el camino las do Villadiego hacia la Serena con un sar- 
jenlo de so compaftia, siguiendo sus pasos don Manuel Bilbao, 
otro confinado de la capital, quien alcanzó a dejar como por 
Tía de despedida el último número del IHaitia de la mañana 
qoe redactaba, impreso en un papel simbólico, color de rosa. 
En cuanto a los sefiores ürtzar Garfias, Bello i otros, fueron 
puestos en arresto í luego conducidos a Valparaíso a bordo 
deán buque. 

Al siguiente dia de la [^acla popular ( 13 de setiembre}, el 
inteodenle sustituía, do satisfecho todavía con la vocería ofi- 
cial de sustos que se babia FevanMo, dfrijió al pueblo una 
proclama, cuyas principales palabras decían como sigue. 
«Amigos i compatriotas! Espeta que lodos Tosotros estéis 
pronto al llaaiado de la autoridad, al primer amago de esa 
epidemia (1) que ha prendido en la Serena». 

(t) Este caliGcatívo era bien puesto, por cuanto el temor de las 
conspiraciones se hizo» a consecuencia de las injusiiflcables 
alarmas de la intendencia, una verdadera epidemia en Copiapó. 
No fueron menos de 8 o 10, en efecto, los complots que se fra- 
guaron o se supusieron, las farsas de cuartel que se jugaban no- 
che a noche í los pánicos que se daban a la población en la 
mitad del dia» hasta qoe repitiéndose la fábula del lobo ¡ los pas- 
tores, fueron los forjadores de motines cojidos en la trampa por 
ei motimiento revolucionario del 26 de diciembre, que poso la po- 



862 HISTORIA DE LOS DfEZ aSoS 

«Cazadores a caballo!, anadia. Probadnos que no pensáis 
como vuestros compañeros del Valdivia i del Yungay, bo- 
rrones del ejércilo a quo pertenecéis. No os dejéis alucinar 
por mentiras». 

Yallejo, por su parte, poseído do vértigo, no descansaba 
en fomentar las ajilaciones. De tal suerte era esto que en el 
periódico el Copiapino del 15 de setiembre aparecieron sieto 
editoriales, distintos al parecer, lodos de su pluma, pidiendo 
actividad i protestando contra las «áemi-medidas» (como él 

litación i la provincia en manos de nnps cuantos músicos i sár- 
jenlos del batallón cívico. 

No dejaremos de enumerar aquí, en consecnenrla, el cnríoso 
catálogo de las falsas o verdaderas insurrecciones de Copiapó en 
los Ires meses que lardó en estallar la verdadera revolución. 

El 18 de setiembre por la noche se presentó en la intendencia 
el sárjenlo de cazjidores a caballo José María Alvarado para de- 
nunciar el solioriio que había querida hacer de él mismo i dt? su 
tropa, el escribano don Juan Felipe Contreras. Descubierto este, 
fué perseguido en el ¡nstiuite i destruido así este primer intento 
de rebelión. 

El 29 de setiembre tuvo lugar un sobresalto aun mas serio. 
Cuando se $ab¡a pbr un rumor vago la espedicion que Herrera 
había traído de la Serena al Huasco, un mayordomo entró a la 
plaza de Copiapó gritando, el enemigo! el enemigol, a consecuen- 
cia de haber visto una partida de tres a cuatro milicianos que 
iban por la falda de un cerro vecino. Al instante se sonó el 
canon do alarma, se tocó jenerala, se echaron a vuelo las cam- 
panas i se congregó en la plaza toda la sorprendida población. 
El batallón cívico se formó a guisa de salir a batirse i el escua- 
drón de cazadores, que se había acuartelado entonces en el pueblo, 
salió al valle en persecución del enemigo^ que no era sino los tres 
infelices milicianos. aLos cazadores, dice testualmenfe el Puehio, 
periódico de Copiapó,*del 30 de setiembre, aludiendo a estas sin^ 
guiares jornadas, perfectamente montados i equipados, salieron 
con denuedo a batir el enemigo que se decía venia a dar un 
asalto. En una palabra, durante el tiempo de la mañana de ayer, 
Copiapó ha hecho honor a la prosperidad i la ilustración de Chile.r^ 
El intendente F;>ntanes anadia en nna nota oficial, cuatro días 



DE LA ADMINISTRACIOn VORTT. 263 

llamaba el envío dol capitán Las Gasas al ITuasco ¡ do ITc- 
rrera a Chaftarcillo) i reclamando ante lodo, lo que era mas 
peligroso i lo mas inülil, el que se pusiera la provincia en 
un pié formidable de guerra. «La provincia, esclamaba en 
uno de eslos artículos, que parecía respirar la pólvora de los 
boletines de campana, necesita por los principios queproresa« 
por su honor i su nombre, tomar una actitud militar que los 
ponga a cubierto de cualquier golpe de mano o alentado de 
adentro o fuera. El batallón cívico no basta». 

posterior a aquel suceso estas palabras. «Copiapó ha demostrado 
ser eminentemente conservador!» 

Siguiéronse despuis las dos conspiraciones que se llamaron de ' 
Carvacho i de Clialdias por el nombre de sus autores, que fue* 
ron aprehendidos i desterrados. 

Vino, en seguida, un cuarto levantamiento anónimo que debía 
estallar en el cuartel, encabezado por los presos en la noche del 
16 de octubre, pero Ja que fué oportunamente descubierta, según 
anunció Fontanes al gobierno de la capital en oGcio del dia si- 
guiente. 

£1 26 de octubre tuvo lugar la tentativa algo más sería, pero 
puramente local i diríjida al pillaje, por los mineros de Chañar* 
cilio, que pusieron a saco la villa de Juan Godoi. Vallejo se en- 
cargó de castigar con mano terrible, pero aleve, esta intentona. 
cLa orden que di a la tropa, dice él mismo al dar cuenta de 9U 
comisión para apaciguar aquel distrícto (lo que consiguió con la 
sola presencia de los cívicos qne condujo) fué que hicieran fuego 
sobre todo individuo que se resistiera o fugara, al imponerles los 
jefes de partida la orden de arresto. De aquí han resultado heri- 
dos, añade, varios ladrones i uno muerto^» (Véase el Pueblo del 27 
de octubre.) 

Se habia hecho ya de tal modo familiar esta comedia de la 
conspiraciones, que el Pueblo del 27 de octubre decía con toda 
gravedad las siguientes palabras alusivas a una intentona miste- 
riosa. «Son las doce del día i la población está alarmada por una 
nueva conspiración, cuyo plan se sabe, cuyos autores se desconocen 
i que debe estallar a la una del día.» Todos estos eran los gritos de 
fal^a alarma de los paiiores. Que estraño fué entonces que el Idbo 
los devorara un .bello día en que el rebaño estaba mas tranquilo 1 



964 HISTORIA DÉ L0& ME2 aKoS 

VIL 

Al flo, tantos clamores guerreros tuvieron un resultado i se 
acordó poner sobre las armas una división tan respetable i 
incida como babria sido difícil levantarla en la misma capital 
de la República. Habíase colectado entre los vecinos la suma 
de 20,000 pesos (1) i con este auxilio se procedió a la obra. 

Decretóse, desde luego (18 de setiembre}, la formación de 
un segundo batallón de infantería, que unido al antiguo, for- 
^ mana un cuerpo muí respetable de fusileros. Al siguiente 
dia, se comisionó al sárjente mayor don Agustín Valdivieso, 
a fln de que organizara en todo el Talle un escuadren de 
carabineros, para los que babia exelentes armas, i por últi- 
mo, con el objeto de completar la división con las tres armas, 
se dispuso que el capitán don Raimundo Ansíela, discipli- 
nara una brigada de artillería compuesta de 45 hombres. 

Al mismo tiempo, se mandaba al oficial retirado del ejér- 
cito arjentino, don Pablo Videla, para que levantara un segun- 
do cuerpo de caballería en el vallo del Huasco, recojiendo la 
chusma de gauchos que por ahí vagaban, i con algunos dias 
de posterioridad se decretó la formación de un tercer cuerpo 
de caballería, cuyo mando se dio a un tal Nefrot, bandido 
refujiado por sus crímenes cometidos en el otro lado de los 
Andes. Este cuerpo se componía de lanceros, i se recluló con 
tanta precipitación que según las propias palabras de Fonta- 
nes, «en 44 horas después de espedido el decreto de su for- 
mación, salió bien montado, Teslído i armado a campana» (2). 

(1) Coptapino del 15 de setiembre. 

(2) Ofíclo de Fontanet al Ministro del Interior de 11 de ocla* 
bre de id6U^Archivo del Mim$Urio del Interior. 



DE LA ADMINISTRACIÓN M&NTT. S6S 

De esla suerto, la paciGca e industriosa provincia deCopiapó, 
cuya autoridad se maDifeslaba tan llena de alarmas por la 
presencia de unos pocos soldados veteranos, babia organizado 
en el espacio de 10 dias una división de las tres armas de 
mas de mil hombres, qoe laponiaendisposieion de acometer 
cualquier empresa contra la revolución de la Serena. Fallatia 
solo un jefa a este ejército, parlo prodijio^o del miedo i de 
la plata pifia; pero llegó por esos mismos dias (25 de seliem-* 
bre), en un buque del Gobierno, el coiuandante del escuadroa 
de Cazadores don Ignacio José Prieto, i protestando este la 
fidelidad de sus soldados, los hizo bajar de los minerales a 
la capital, donde estuvieron reunidos a sus órdenes en el es- 
pacio de 48 horas. El mismo capitán Las Casas, que había 
sido enviado de nuevo desde el Huasco, a consecuencia de 
la invasión de Herrera, fué sacado de su calabozo para in- 
corporarse en las filas, empeftando su fidelidad por su honor 
i el honor i los bienes de su comandante (1), 

XO El comandante Prieto publicó en el Copiapino det 13 de 
oclubre una manifeslacion, en que decía estas palabras. «Respon-^ 
do con mi honor i mis bienes qae el capitán don Francfsco Las 
Casas se eonducirá como un oficial de honor.v> El intendente 
Fontanes le entregó, en consecuencia, su espada a presencia de 
las filas, i en este acto le dijo, entre otras cosas, lo qoe sigue. 
«Capitán; un proceso nada pondrá en claro, pero una carga sobre 
el enemigo no nos dejará dada de so honor.» «Compañeros!, con 
testó Las Casas, dirijíéndose a los soldados. Recordad estas pala* 
bras. En la primera carga que demos, sabrán todos qae no poede 
ser un traidor muestro capitán Francisco Las Casaslll» Este oficial, 
si es cierto qae no era traidor, fué desleal, al menos, sí hemos de 
atenernos a lo qoe asienta el señor Bilbao en su opúsculo sobre 
la insurrección del Norte, recordando los compromisos de aquel 
con el mismo autor i aun con el jenéral Cruz, para enrrolarse 
en la revolución. Se ha dicho que desistjó, sin embargo, de 
estos empeños, a consecuencia de que los revolacionarios de Co- 
piapó se opusieron a qoe se diera el golpe el día IS, en los mo« 

34 



266 HISTORIA DE LOS DIEZ aKOS 

Organizada defioitivameole la diWsioD i provista de eie- 
lentes armas, de dinero i de Inmejorables caballos, que se 
aporrataron en lodo el valle, sin respetar aun los mas pre- 
dilectos de la propiedad de los vecinos, se resolvió enviarla 
al sttd, en una cruzada contra la Serena, que se sabía había 
quedado desguarnecida, i que esla fuerza se proponía tomar 
por un golpe de mano. El amago hecho sobro Vallenar por 
el destacamento de Herrera, habia dado a esla empresa el 
color pero no'la disculpa de una venganza, porque es sabido 
que se habia proyectado, antes que se supiese aquella inva- 
sión, casi pueril, pero a la que se dio enCopiapó tan estudiada 
importancia, que la desocupación de Freirina, «ese volcan de 

mentes en que el intendente celebraba la Jonta del pueMo, lo 
que solicitó Las Casas. Sea lo que quiera, este oGcíal se condujo 
con humanidad i valor en el sitio de la Serena, lo que debe abonar 
en gran manera sus deslices. Las Casas murió en Santiago, dos o 
tres años después, de una tisis pulmonar. 

En cuanto a su fiador, el comandante Prieto, he aquí lo que 
dice un pariente suyo, don Manuel Prieto, en carta a don Luis 
Pradel (secretario de la intendencia revolucionaría de Concepción), 
fechada en Chillan el 3 de noviembre de 1851. «U. que está muí 
al cabo 4e los compromisos, del comandante Prieto, de las ideas 
qne siempre ha manifestado tener, no podrá méiios de sorpren* 
derse de la conducta que se dice observa i de la confianza que ha 
podido prestarle el titulado gobierno de la capital.» 

Citamos este pasaje, que copiamos del orijinal, no por ha- 
cer un reproche, sino por evidenciar el espíritu verdadero del 
ejército en 1851. Si el jeiieral Bulnes no lo acaudilla, el go- 
bierno de Montt no había tenido un cabo de escuadra para sos- 
tenerlo. 

En cnanto a su conducta personal. Prieto no dio nota que io 
infamase en la campaña, pero nunca lavará la mancha de haber 
aceptado el mando de una cuadrilla de forajidos estranjeros. 
Esle oficial habia comenzado su carrera en 1830 como subte- 
niente de guardias cívicas, i ya en 1840 era sárjente mayor de 
caballería, grado obtenido por sus buenos servicios en las campa* 
iku de la reiCauraciotí del P<irú« 



m LA Arat^lSTIlACIOÜ MONTT, f67 

dtsoncionesi» , como la llamabsi el Pueblo^ se celebró con una 
saka de 21 cañonazos (I.** do oclubre). 

VIII. 

Pero, porque manera se había organizado en (an breve 
término de dias aquella lejion de advenedizos estranjeros, que 
iban a poner a saco nuestros pueblos i ejercitar su ya des- 
habituado sable en ei degüello de nuestros compatriotas? Para 
vergüenza eterna de los autores de ese crimen, vamos a con- 
signarlo aqui con mano ínexorabre, pero desde la allura de 
una suprema indignación, contra los que por una misera pu- 
silanimidad echaron a ks pies de los potros salvajes del 
desierto el honor de Chile i levantaron delante do la bandera 
de la estrella los jirones sangrientos del chiripá cuyano!.... 

En las diversas épocas del sangriento calaclismo de allende 
los Andes, la provincia dé Gopiapó ha sido el as ¡lo de todas 
las derrotas, el refujío de todas las persecuciones, la meto de 
todas Ins Tugas de Siquellas luchas de sangre i barbarie. 
Sus bajos pasos de cordillera han servido por muchos afios 
de cauce a esa emigración del terror. El comercio i el atractivo 
de las riquezas ha traído, por otra parte, una fuerte corriente 
de esa población nómade que pulula en las provincias fron- 
terizas del otro lado, el llanero de la Rioja, el minero deCa- 
tamarca, el ganadero de Santiago del Estero, el arriero tra- 
fieanle de San Juan, el sembrador mas pacifico de Mendoza, 
en fin. Los criminales de lodos los rangos, desde el guerri- 
llero degollador de vacas, hasta el bandido degollador de 
hombres, encontraban también en la inmunidad de aquel 
territorio, gobernado por leyes harto laxas, una garantía a sus 
alentados. 



2G8 HISTORIA DE LOS DIE2 AÜOS 

Sucedo de esta suerte que constaotemoDlo existe en Co- 
piapó una población ambulante de arjentinos, que puede con- 
tarse, sino por miles, al menos por muchos centenares. 

Ya por el tiempo de que nos ocupamos babia llegado a 
aquella provincia la famosa proclama del jeneral Urquiza, en 
que invitaba a todos los arjonlinos a una santa cruzada con- 
tra la tiraaiade Rosas. Al instante se babia hecho sentir una 
viva efervescencia entre el belicoso gauchaje de Gopiapó i el 
círculo de emigrados de alguna nota, que por ana inconse- 
cuencia casi unánime, rodeaba entonces a las autoridades 
chilenas i combatía a muerte al partido liberal de la República. 
A la cabeza de este círculo* se encontraba un viejo intri- 
gante de la política sod americana, doctor en leyes, hombre 
de consejo, publicista, uno de eso» personajes cosmopolitas 
del cufio de García del Rio, Irisarrt i Olafieta, pero de lei 
harto mas baja. Era este el Dr. don Domingo Oro» que refujía- 
do en Bolhria, había caído conBalliyian^ de cuya política era 
inspirador, 4 se había adherido ahora a la intendencia de 
Gopiapó, haciendo sa mas inmediato adlatere i confidente 
a otro refujiado, don Carlos Tejedor. Solía el último desempe- 
ñar accidentalmente la secretaria de aqnel gobierno i otros 
empleos fiscales del deparlamento. 

Por otra parle, en esa época encontrábase en Gopiapó un 
célebre gaucho de la escuela de los Quiroga^ los Villafafie, 
! de esos otros Emires del desierto arjentíno, cuya alma de 
acero forjada a yunque, vivia en su cuerpo despedazado 
de heridas^ como vive la hoja del sable en la mellada vaina 
que lo guarda. Su nombre era luán Grisóstomo Álvarez, i tema 
en las armas arjenlinas el título de teniente] coronel. 

A la voz de su patria, estos hombres no tardaron en acor- 
darse sobre ua plan de invasión de las provincias limítrofes 
de la república vecina, que debía distraer a. los lugartenientes 



DE lA ADMiniSTRAGlON HONIt. %69 

de tiosas en «qielia 4lireccíoii. Para 6slo, «oio se Beocsitabt 
convocar el gauchaje desparramado que existía en Ib provin- 
cia, equiparlo, amarlo i emprender su marciía, aprovechando 
para la caaspafka el verano que íIhi a comenzar* Tal empresa 
era noble, i ai ¿leu ]wdia violar naestras leyes domésticas, 
86 liabría evitado el escándalo ooa las precauciones debidas^ 
paliándose el estrépito con la simpatía de la causa. 

Pero el trianvírato arjentfaM), Oro, Tejedor i Álvarez, 
fallo de recursos para la ejecución de su plan, concibió la 
idea maquiavélica de servirse de les propies conflictos do 
nnestra revolución» para obtener el partido que esperaba, 
ofreciendo al intendente Fentanes los servicios de sus compa- 
triotas para emprender una campafia ceatra la provincia de 
Coquimbo. Tal maniobra no pasaba de una intriga, porque 
envolvía la aspiración de aprovecharse de aquellos mismos 
recursos, cuando hubieran sido puestos por manos ajenas en 
el pié de ser útiles al fin a que se les destinaba. Pero la 
aceptación de tal ofrecimiento era en si una mancha aleve ; 
i si en el instante de escucharla, hubiera tocado el pecho de 
aquellos hombres un solo latido que acusara un corazón chi-- 
leño, tai insinuación w habría castigado como un insulto vil 
hecho a la patria. 

Mas, Fontanas, Prieto i Yatlejo« este otro triumvirato chí-» 
leño, que se habia complotadoen Gopiapó'contra la revolución, 
aceptó la dádiva infame. Oro se encargó del reclulamíenlo 
de los soldados, para lo que se levaqtó públicamente bandera 
de enganche (1). El oficial arjenlinodon Pablo Vidala fué sa*^ 
cade de la cancha de una mina donde servia de mayordomo, 
para ser el jefe de uno de los escuadrones^ que se llamó Cara-' 



(I) Oficio del intendente Fontanes del 17 de octubre «1 Ministró 
del Interior. [Archivo del Mxnuterio del Inttrior]^ 



S70 HISTORIA DE LOS DIEZ AKOS 

Uneroi de Atacama. El baDdido Vicenle Neifol recibió el 
mando de otro caevpo denominado Lanceros de Alacamq (\). 
Se despacharon comisionados, arjcnlínos lambien, para rccojer 
todas las caballadas del valle, i sin reparar en ningún jénero 
de violencias, como si la provincia misma hubiera caído ya 
en manos de aquellos forajidos, se les vio como por encanto 
estar en pocas horas prontos para la marcha. 

£1 comandante Prieto recibió el mando de la espedicion, la 
que acaso se hubiera confiado al mismo Álvarez, si este gau- 
cho altanero no hubiera pretendido mantener su independen- 
cia i permanecer en la provincia, alistando .nuevas jentes 
para añadirlas a las que volvieran del saco de la Serena, 
i emprcoJer con aquel resijuerzo o sin el, su campana sobre 
el ülro lado (2), 

[1 ) En ofício de 5 de octubre Fonlaiies dccia al ^^obierno ha- 
blando de esta tropa. ccAun los escuadrones se componen en su 
mayor parte de oficiales i tropas arjentinas.» 

(2) Álvarez juntó un cuerpo respetable de aventureros cbn 
loá que se preparaba a partir, cuando estalló el movimiento re« 
^oiucionario que encabezó Varaona el 26 de diciembre de 1851. 
Aquel niohtonero tuvo entonces la audacia de intimar el poder 
de sus armas a los revohicionarias d^ Copiapó, i cupo al inten- 
dente espulso Fontanes el triste rol de ir a mendigar el auxilio 
de los mismos desalmados que una culpable política había per* 
niitido sobreponerse. Los autores chilenos de la invasión arjenti* 
na no pudieron recibir mas cruel castigo que el verse ellos mismos 
(cometidos a la lei de aquellos váodalos, i la revolución que los 
depuso, si bien mezquina i aun bastarda por sus hombres i sa 
espíritu, tuvo al menos aquel protesto de honor nacional que 
era bastante para santificarla coma una protesta de la patria envi- 
lt*cida. Asi, el intendente revolucionario Varaona hacia presente 
al intendente fujítivo Fontanes, contestando a sus intimaciones 
de devolverle el mando, que la revolución se proponía «lavar 
« nuestra nación de la infiiroía con que la han manchado unos 
a bandidos arjentinos que nuestro suelo ha asilado i que por su 
a ignorancia supina Je todo derecho han acometido al territorio 



BE U ABMINISTIlACIOlf VOIfTT. 271 

Enire los oficíales arjenUnos se encontraba, . adamas de 
Yidela ¡ de Nerrot, nn tal Carransa, dos Qairoga i mí Pereíra, 
asesino consaeladinario, que pagó después eon la vida sus 
crímenes. Los soldados eran la úMima hez de la emigración, 
i habría sido dificil encontrar en esta cuadrilla de desalmados 
uno solo que no tuviera en su rostro, por la huella del pu- 
ñal, la estampa de su carácter ¡de su vida. Fué a estos hom- 
bres, a los que un Jefe, estranjero también, les dirijió un día 
palabras de aplausos í de felicitación en nombre de la na- 
ción chilena, a la que habian servido con lealtad (1), 



a chileno con la ímpradenle determinación de intervenir en 
€ nuestras coeslíones nacionales, como so mismo jefe ha tenido 
c el atrevimiento de declarar )>. Véase el núm. 4 del Diario de 
los Ubreif fecha del 2 de enero de 1832. Álvarez había ofrecido 
al pueblo cierta neutralidad condicional desde la aldea de San 
Antotaio en una comonicacion dirijida a don Natalio Lastarria, 
qoe se publicó en el Diario de los libres^ del 31 de diciembre. 
El astuto gaucho borló, sin embargo, a Fontanes, i en vez de 
atacar a Gopiapó, emprendió su marcha paia la Ríoja o Catamarca, 
donde, desecha su tropa, fué cojído prisionero i fusilado. 

(I ) El coronel Garrido. Al tiempo de desarmar los escuadro* 
nes arjentinos a su regreso a Gopiapó, en el mes de febrero de 
1852, aquel jefe les dirijió la palabra con estos términos de eterno 
escarnio i vilipendio. aVenis a entregar a la nación cubiertos de 
gloria el uniforme i las armas que os prestara para defenderla. 
Volvéis a vuestras casas i a vuestros trabajos rodeados de la estí-* 
macion pública. Haced, pues, que en el ciudadano activo, laborioso 
i honrado de la paz; no se eche de menos al soldado leal, subor- 
dinado i valiente de la guerra». 

En un brindis posterior, el mismo Garrido dijo, dirijiéndose a 
los degolladores de la Serena, que se sentaban a su lado, estas 
palabras. «La nación recordará siempre con complacencia la 
activa cooperación de los escuadrones de Atacama i el valor, la 
iidelidad i la constancia de sus jefes i oGciales i tropas. El ave^^ 
zado Oro, que se encontraba presente, tomándola representación 
desús compatriotas, contestó en estos términos. «S( los arjentinus 
han ienído una pequeña parte en esta yictoria de la civiliítaciom 



272 . HisTOEU m los diez #fi09 

Fué este el apojeo de la vergüenza i de la ígaominia a que 
éí gobierno de Saaliago i sus procónsules, ?encedores de la 
provincia^ somelieron en aquella época malhadada el nombre 
de Chile. En Valparaíso, al n»énos, babiamos sido vepdidos 
por un supremo miedo a los ingleses, pero en Copíapó se 
confió a una cuadrilla de asesinos la misión de degollar la 
reToloGíoo. 



rx. 



Dispuesta la espedicion, partió en diversos trozos para 
reunirse en el valle del Huasco, Hemos visto que Videla or- 
ganizaba su escuadrón en Yailenar desde eM9 de setiembre, 
en que fué despachado de Copiapó en compaflia de varios 
oficíales arjenlioos. El escuadrón de Neirot partió el 28 de 
setiembre a toda prisa para contener la invasión que se temía 
de Coquimbo, i el 3 de octubre se pusieron en marcha los 
cazadores, llevando ciento cuarenta caballos herrados, apo- 
rratados de todas las haciendas, según las propias palabras 
de Fontanes. Este mismo i algunos vecinos acompañaron el 
cuerpo basta Vallenar, donde entraron a las once de la ma- 
flana del día 6. 

Después de un reposo de tres días, empleados en reponer 
los caballos i sostituirlos por muías para la marcha, losCa* 
zadores i Carabineros partieron de Vallenar a las siete de la 
noche, caminando con la fresca, i llevando sus caballos de 
tiro para emplearlos solo en el combate* Esta división debía 



cAíteiMtf yo me felicito de ello.» El rubor nos impide hacer comen- 
Uries sobr^ lodo esto* La civilización chilena servida por los 
potros de la pampa! Véase el Mercurio de Valparaieo núm* 7381. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT, 273 

diríjírse 8obre la Serena por el camioo llamado de arriba^ 
quo pasa por las Higueras, Cachiyuyo I Ventura hasta el 
punto de Choros Altos. El escuadrón de Neirot, que estaba 
acampado en Freirina, partió el día 10 por el camino de 
la costa, con encargo de precisar sus marchas para llegar al 
ponto de reunión de Choros Altos el 12 a medio dia. Fontanes 
regresó a Cópiapó por mar, confiando, como él lo comunicaba 
ai gobierno, que el dia 1 4 la Serena estaría en las manos del 
comandante Prieto. 



'• 



35 



CAPITULO X. 



EL CIHIATE DE PEÑOEUS. 

Entosiasnxo patriótico de la Serena. — Proclamas belicosas. — Dis<« 
posiciones militares para la defensa.— -Ejemplo de ardiente 
civismo. — ^El deán Vera bendice las trincheras. — Se intenta 
organizar una compañía de estranjeros — Prieto llega a la 
hacienda de la Compañía i pasa a ocupar el puerto. — Sale a 
batirle el batallón cívico en dos columnas. — Combate de Pe- 
ñoelas. — Rasgos de heroísmo indifidual. — Francisca Barao- 
na, — Sacrificio de an destacamento de Voluntarioi de la Serena. 



Miéülras Gaminaba por el desierto la hueste vandálica del 
lorie» la Sereaa presentaba el espectáculo de un sublime 
patríoliamo, que la indignación de un crimen contra la Repú- 
biiea realzaba a la altura de una abnegación magnánima, de 
Má sacriflcio supremo. Armarse i morir en defensa del recinto 
de su pueblo no era para los coquimbanos el estrecho deber 
que el bogar lolpone, ora una misión grande cqmo la patria, 
augusta cotBO el (ilulo de chilenos que la naturaleza i el Éter* 



3T6 histouá bc los bicz inos 

no a la par nos dieran. La Serena, delante de la reTolocion de 
1831, era la libertad; pero delante de la invasión arjenUna, 
era la nación, era la patria, era Chile ! 

Sepamos, pnes, luego como aquel pueblo de héroes sopo lle- 
nar rol de tanta gloría, de tanta responsabilidad i de tan so- 
premos sacrificios. 



n. 



El mismo día que los Cazadores entraban a Vallenar (16 
de octabre), se sabia en la Serena por un emisario fidedigno 
el peligro que la amagaba. Ni un instante de vacilación, ni 
la smnbra de un desmayo apareció en la frente de los ciuda* 
danos que componían la autoridad o la rodeaban con sus ser- 
micros o sus consejos; i el pueblo todo se reunió instinlivamente 
a sos jefes para emprender la misión de pruebas i de heroís- 
mo que el deslino le deparaba. No importaba que ta ciudad 
estuviese indefensa, que la división del sud se hubiese ya ale- 
jiido de las fronteras de la provincia, que no hubiese jefes 
para llevarlos al combate. Cada uno consultaba solo su cora- 
zoo, cada uno preguntaba únicamente ¿quien es el enemigo? 
¿de dónde viene el invasor? i al saber que era nna horda de 
gauchos que venia por el desierto cabalgando en potros, sal- 
Tajes como ellos, cada uno llevaba la mano a su pecho, alzaba 
al cíelo su frente en sefial de suprema protesta ; i como nn 
hombre que adopta un partido irrevocable, cada ciudadana 
salia de su casa i abrazaba su familia para no pensar mas 
que en ir a dar o recibir la muerte en el campo que iba a p^ 
sar el invasor. 

En el acto de saberse la noticia, se armó el batallón cívico, 
convocóse el pueblo a la plaza pública, i se hize saber a ledos 



DE LA ADMINISTRACIÓN HONTT. 877 

los ciudadanos por las ardientes proclamaciones del tribuno 
Alvarez, el peligro I la gloria que se acercaban a un tiempo 
sobre el suelo de Coquimbo. Una esclamacion unánime i febril 
de adhesión respondió a los ecos del orador, i desde aquel 
instante, la defensa de la Serena a todo trance i contra todo 
¿ñero de enemigos, quedó decretada. 

«Ciudadanos de la Serena, decia una proclama publicada 
al siguiente dia, aniversario de la revolución en la que la 
autoridad reasumía los votos de todo el pueblo. Un centenar 
de bandidos arjentinos cuya bandera es la matanza i el robo; 
he aqui las fuerzas que el vil instrumento de la Urania, in* 
tendeote de Copiapó, ha comprado para invadíroste pueblo. 
Si tuviesen la temeraria resolución de intentar invadirnos, re* 
cibirian el casUgo de su perversidad. Armaos j estad listos 
para rechazar a esos cobardes^ alhagados por la esperanza 
del saqueo, que les ha ofrecido un mandatario criminal, hijo 
desnaturalizado do la patria». — «Soldados de la guardia nacio- 
nal, afiadia otro de los boletines de aquel dia, morir primero 
en el campo del honor antes que permitir que nuestros ho- 
gares sean profanados porosa horda de vándalos. Defendamos 
con heroísmo el suelo donde hemos nacido, que es también 
el suelo de nuestras esposas i de nuestros hijos, i a la voz de 
fuego!, que no quede un fusil sin disparar. A la juventud de 
este pueblo la tendréis a vuestro lado, i el enemigo, cuando 
tenga a la vista este poder majestuoso, no se alrt^verá a dar 
un solo paso sin que sea arrollado por las balas republicanas. 
Guardias nacionales de la Serena! el mundo os contempla. 
Haceos dignos de la corona que os ofrece la patria!». 



278 HISTORIA W LOS DTKZ AfiaS 



III. 



Entre tant o que la voz de honor llamaba a loa ciodadanoa 
a sa puesto, la autoridad tomaba medidas eficaees para poner 
la ciudad en un mediano estado de defensa, tarea ardua desde 
que la organización de la división del sud babia agotado to- 
dos los recursos militares déla provincia. SoJo se contaba con 
el batallan cívico de la Serena, que por una feliz previsión, 
se habia dejado casi intacto i con un armamento suficiente 
para el servicio. 

Se despachó en el acto, pero mas por via de aviso que con 
]a esperanza de un auxilio, un espreso que llevara a la divisioa 
del sud la noticia del peligro que amagaba a la Serena, i ya 
hemos vi$to que esta comunicación nos alcanzó en el eam-- 
pamento de Pupio en la noche del 11 de octubre, i referimos 
entonces cual fué el partido que se adoptó en el consejo de 
guerra, convocado en consecuencia. Se reunieron apresurada- 
mente las milicias de caballeria del departamento i del valle 
de Elqui, cuyo numeroso conlinjenle llegó a la plaza el dia 
41. Se cortaron^ todas las calles que daban acceso a la po- 
blación con cadenas aladas en postes i carretas- atravesadas 
que impedían la marcha de la caballeria (1), se compusierou 

(i) El de»n Vera, tan faiiáiico en el culto de su ministerio como 
en el de la patria, bendijo estas improvisadas trincheras con 
la hostia consagrada i con la solemnidad de una procesión que 
recorrió las calles como para santificar de ante mano aquel recin- 
to, que debía ser el campo santo de tantos mártires de una causa 
jenerosa. £1 mismo Vera compuso, ademas, una característica no- 
vena que se recitaba en los templos por el clero i los fieles, en la 
que se pedí» el triunfo, no de los revolucionarios, sino del bando 
que la Providencia destinase al sostenimiento de la causa de la li- 
bertad. Mas adelante tendremos ocasión de reproducir algunos 
trozos de esta singular oración, 



DE LA APMlítiSTRACIOX HOXTT* 279 

algunos caltones viejos, so desenlerraron oiros que servían 
de postes oa las esquinas i se compraron algunos mas pe- 
quefios eo un buque fondeado en la babia, de modo que se 
organizó pronto una balería de 5 a 6 caúones, que bajo la di- 
rección del vállenle comercianle don José Uaría Cepeda i 
dos de sus h y os, dignos de su nombre por su palriotismo i su 
entusiasmo, se colocaron en los puntos convenientes. Bácia 
lo largo de la ribera del rio, por donde era probable que el 
enemigo intentase un ataque, so construyeron vanos fuertes 
con fajina i tierra, que dominaban los pasos del valle. Se dis- 
eipliaó con empeño el batallón ¿ívíco, en cuyo cuerpo de on- 
cíalos se contaba a los jóvenes mas distinguidos del vecindario. 
Sefomó unnuevocuerpo de voluntarios, casi todos adolescen- 
tes, que se armaban.de su cuenta con escopetas o. pistolas, 
especie de Guardia móvil de la revolución coquimbana, que 
iba a dar en breve ejemplos de un singular horoismo,í se con- 
fió el mando de este cuerpo al ciudadano don Francisco de 
Panla Díaz^ haciendo de segundo honorario un antiguo vetc- 
fano del Nüm. 1 de Coquimbo (aquel cuerpeóle reclutas que 
ee inmortalizó enMaípo), siendo don Santos Cavada el principal 
organizador de esta lejion de niños que pronto debian» ser hé- 
roes (1). Los mismos seminaristasde la diócesis se ofrecieron 
liara tomar, si no las armas, un puesto de honor al menos 
en la defensa, enviando al jefe eclesiástíco^el vicario Alvarez, 

(1} El j¿yen intendente se propuso también formar una pe- 
queña lejion estranjera con los franceses residentes en la Serena. 
Firmóse en consecuencia una acta ante el více-cónsol de Francia, 
M. Lefebre, en la que se leían los nombres de los comerciantes 
Jai, Cates, Desprat, Piurot, i el de don Pablo Baratoux que era el 
principal ájente de este proyecto, i por lo que fué mas tarde pro-^ 
cesado i condenado a muerte. La* tentativa, sin embargo, abortó 
por la infloencia del vice-cónsul francés, que era adicto a la causa 
del Gobierno. 



260 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

tina petición entusiasta , que se publigó en la Serena. Para 
atender a las necesidades de la guarnición^ se aprontaron vi- 
Veres, se aporrataron vacas i caballos, i por último, solevantó 
un empréstito para fundar un banco de circulación, idea pa^ 
triótica i oportuna, cuya acojida fué tan favorable, que nú 
solo vecino» la respetable sefiora dofia Isidora Aguirre de 
Hunizaga, viuda del antiguo patriarca de la Serena don luán 
Miguel Hunizaga, contribuyó oon una suma de 5000 pesos 
en dinero efectivo i afianzó con su responsabilidad la emisión 
de 10,000 pesos mas. 

La prensa, entretanto, infundia aliento i denuedo a los 
defensores, que presentaban una sola masa de cíudadanosi 
pues ía población entera parecía estar animada de la misma 
resolución de sepultarse dentro de las paredes desús bogares^ 
antes que verlos violados por la planta de los cuyanos, quet 
era el nombre característico dado a los invasores. «Que no se 
diga de noisotros, esclamaban (1), a quienes dejaron para cus^ 
todla de nuestro pueblo, q ue bemos consentido en que se man-« 
cilio el bonor de la patria. A las armas, Coquimbanos ! i que 
ni uno solo quede sin alistarse en las filas republicanas. I 
ei que mejor se muestre en el combate, espere de la patria 
el laurel destinado al héroe. En la historia se grabará su 
nombre con letras de oró ! » 

Sí, i la hora ha llegado en que esos nombres, que boi el 
olvido oculta entre el polvo de aquellas trincheras que el 
canon destrozó sin derribar jamas, sean inscriptos con lelrjas. 
imperecederas en las pajinas de estos anales del heroísmo 
chileno. Pero que la relación de las bazafias marque a cada 
valiente su puesto, para que la posteridad coloque sus coro-* 
ñas sobre la gloria comprobada de cada nombre! 

(1 ) Proclama del 8 de octubre* 



m LA ADMINISTRACIÓN HONTT, 881 

IV. 

En la tarde del 13 de octabre, los centinelas apostados «n 
los reductos del río» creyeron divisar hacia el norte nna té-* 
Due polvareda que la brisa del mar empujaba por el valle. 
Era Prieto que llegaba con sus escuadrones a la hacienda 
de la Compañía, en la ribera opuesta del rio. Puntuales en la 
cita, los dos cuerpos en que avanzaba la division^del Norte» se 
babian unido al medio dia de la víspera en el punto designa- 
do de Choros AUos. Prieto se preparaba para cumpUr al in- 
tendente Fontanes la promesa de que la Serena, el foco de 
la revolución del norte, seria el dia 14 una conquista humi- 
llada de las armas copiapinas. 

Aquella aparición fué la sefial de guerra para el pueblo, i 
todos los ciudadanos corrieron a las armas. El leal i vijilanto 
intendente Zorrilla ocupó su puesto; los vecinos mas respe- 
tables 86 agruparon en rededor suyo (1), i toda la población 
rivalizaba en el ardor por defender la ciudad. «Soldados de 
la Bepíiblica, decia una proclama que circuló aquel dia, uná- 
mosnos uñosa los otros. Que nuestros cuerpos formen un solo 
muro para que el enemigo no encuentre paso; i fuego! fuego í 
a esa canalla servil»— «Balas, piedras, agua caliente, anadia 
otro de estos retos de muerte, encontrarán en este puebiQ 
los salvajes comprados por unos cuantos viles instrumentos 
del Dictador. Estos salvajes hallaran su tumba en este pue- 
blo de heroicos republicanos! [2]» 

(l)Enel proceso seguido a los reyoincionarios déla Serena 
haí varios testigos que declaran haber visto al ardoroso cura Al« 
▼arez, a la sazón vicario capitular, a caballo i espada en mano» 
arengando al pueblo a la resistencia. 

(2) Proclama del 9 de octubre* 



£8t Bl&TORU DE LOS DIEZ ANOS 



Se creía que el enemigo hubiese emprendido su ataque en 
la tarde misma de su aproximación, como era de esperarlo 
de su arrogancia i de )a sagacidad militar que aconsejaba al 
jefe et aprovechar la turbación do los primeros instantes, 
Pero no fué así, porque receloso Prieto del modo como po- 
dría ser recibido^ se contentó con hacer montar sus tres es* 
cuadrónos, que componían un efectivo de 300 hombres, de 
los que 200 eran carabineros, en sus caballos de respeto, i 
dejando encendidos los fuegos de su campo on la ribera 
norte del rio, pasó este por la playa, i tomando a lo largo de 
la ribera del mar, se dirijió al puerto de Coquimbo, que ocu- 
pó sin resistencia al amanecer del 1 4. Habia conseguido bur- 
lar la vijilancia de las partidas de caballería que patrullaban 
én esta dirección, de modo que el batallón cívico que per- 
inanecia desdóla tarde anterior sobre las armas, en el centro 
de la plaza, se preparaba para recibirío todavia en la punta 
de sus bayonetas, cuando intentara el paso del rio. 

Has, cuando al amanecer recibió aviso de que el enemigo 
habia evitado el encuentro i corrído a asilarse en el puerto, 
el pueblo pidió a gritos el ser llevado al campo para casti- 
gar la insolencia de sus provocadores, cuyos destacamentos 
avanzados no tardaron en avistarse desde las torres de la 
ciudad, por el camino do la Pampa. 

Dispúsose en el acto la salida del batallón cívico en dos 
fracciones, de las que la mas numerosa, compuesta de cua- 
tro compañías, se dirljiria por la playa a las órdenes del co- 
mandante don Ignacio Alfonso, mientras la otra, formada de 
la compañía do cazadores I de la cuarta de fusileros, a cargo 



D^ LA iI>3imiSTRA€I0N KONTT. S83 

de flia rospcoUvos capitanes, Iqs valientes jóvenes doo Can- 
delario barrios j don Miguel Cavada, avanzaría por la Pampa* 
£1 ¡Qlrépido vecino don José lUaria Cepeda llevaba un caQon» 
que una columna de infantería debia prolejer. £1 ciudadano 
don Juan Jerónimp Espinosa recibió el mando en jefe de ia^ 
fuerzas, llevando por su segundo al celoso i patriota comer- 
ciante don Venancio Qarrasa^ antiguo comdtdante del bata- 
llón Restaurador que había marctiado al Sud. El mayor Ver- 
dugo estaba a la cabeza de la numerosa, pero inepta caballe- 
ría, que se había colectado como para servir do juguete a ios 
sables de los Cazadores a caballo, aunque aquellos jinetes so- 
lo vieron brillar estos, sin embargo, a machas cuadras de 
distancia, cuando volvieron caras en la violenta fuga a qno 
desde el primer amago se entregaron. El mayor Verdugo fué 
envuelto en esta derrota del pánico, i cuando volvió la rienda 
a so caballo, no se detuvo hasta que llegó al pueblo de San 
Joan, al otro lado délos Andes... 



VI. 



Las dos compañías de Barrios i Cavada salieron por la 
Portada en dirección a la Pampa, i como el camino fuera 
mas Grmie i recto que el de la playa, que hace un circuito 
considerable, llegaron con mucha anticipación a Alfonso, al 
panto llamado Peñuelas. Es este una loma arenosa sembrada 
de peflascos desnudos que dan su nombre al lugar. Desde 
aquí, el camino de la Pampa que conduce al puerto, baja por 
un callejón al de la playa, i era, por coasiguienle, el punto 
en que debían ejecutar su junción las dos divisiones de la 
plaza. 

Mas, sucedió que apenas habian llegado Barríos i Cavada» 



28i HISTORIA DB LOS DIEZ AfiOS 

cuando los escuadrones de Prieto se avistaron en la loma 
arenosa de Pefluelas, avanzando a paso lento. En el instante ^ 
los dos animosos oficiales que mandaban ios doscientos civí^ 
eos de que constaban estas compaüias, pues solo la de caza-a- 
deres tenia 1 40 plazas, tendieron su línea, colocando Cepeda 
m caflon en el centro, formando Barrios a la izqúerda con sus 
cazadores i Cavada a la derecha con su pufiado de fusileros» 

En el instante, grieto ordenó una primera <;arga sobre 
aquella débil línea, que pareoia iba a ceder al solo amago de 
los Cazadores engreídos. £1 capitán Las Casas, que babia 
entregado como prenda de honor la promesa de dar el primer 
£olpe de sable sobre el enemigo,, tomó SO cazadores i se 
lanzó sobre el centro de la linea, mientras que el capitán 
arjentino Juan Carranza, con 50 carabineros de Atacama, 
amagaba en guerrilla el flanco derecho de la linea de ia- 
fenterra. 

La carga de Las Casas fué bizarra í digna de su veto. Mon- 
tado en un soberbio caballo (1), cayó en persona sobre el ca- 
llón de Cepeda i cruzó su sable con la espada de este valien- 
te ciudadano. La linea fué rota en la pujante embestida i los 
cazadores pasaran a reorganizarse un largo trecho a retaguar- 
dia. Las Casas perdió dos jinetes, fuera de muchos heridos, 
quedando también no pocos de los coquimbamos mutilados 
por el sable de los asaltantes. Un gaucho audaz, que en el 
momento en que se volvía a organizar la linea, se atrevió a 
llegar hasta la boca del caflon, tirando su lazo a la curefia 
para arrastrarle, recibió a boca de jarro tan tremendo dis- 

{1) «El capitán Las Casas, dice ijn narrador fidedigno de este 
kecho de armas (don Santos Cavada ), estuvo arrojado i deslumbra- 
dor, montado en an brioso tordillo». Este caballo se llamaba el 
Niño i era de una famosa cria, que los señores Gallo poseían en 
Copiapó. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 28S 

paro de metralla, qae faeroa materialmente aventados eo el 
aire jinete i caballo a la vez*. 

Rehechas ambas líneas, «al instante empefié la batalla»» 
dice el jnismo Prieto en el parte oficial de la jornada (1), car- 
gando con todas snsfoerzas.Neirot se.' precipitó con sas gauchos, 
lama en ristre. Carranza condujo su compañía de carabineros 
i los capitanes Las Casas i Francisco Carmena, cada uno a la 
cabeza de una mitad de cazadores, se lanzaron por todo el 
/rente de la pequefla linQa de fusileros, arrollándola de nuevo 
eo todas direcciones, habiéndose ademas quebrado la curefia 
i|el canon al. tercer disparo que se hizo en el momento de la car- 
ga. La compañía de Cavada fué perseguida hacia el bajo de la 
loma de Pefiuelas que cae en dirección al mar, recibiendo aquel 
yalient&oficial un sablazo en la cabeza, que le dividió una ore- 
ja, mientras que Barrios, seguido de unos pocos soldados que 
^eania con su ejemplo el bizarro Cepeda, se replegaba a me- 
dia falda de la colina, donde por la pendiente i el suelo 
movedizo de arena, los Cazadores no podían cargar con ventaja. 
Desde esta desesperada posición, aquel pudado de valientes, 
niflos la mayor parte por su edad i su estatura, sostenía 

(I) Este parle, carioso por sus exájeracíones i errores intenciona- 
les, se encaentra en el M inUterio de la Guerra i tiene la fecha 
de Campamento de la Punta, octubre 18 de 1851, ésto es, cuatro días 
posterior al combate. El comandante Prieto describe este como 
una brillante YÍctoria obtenida por sus armas, i dice, con singular 
l¿tasi4, que quedaron en sus manos como trofeo de guerra 30 prí* 
sioneros, un canon, 60 fusiles, 50 fornituras i 40 lanzas, a mas 
de 30 mnertos del enemigo, i entre estos S oflcíales/ Todo es* 
empero, una fábula antojadiza. El cañón quedó abandonado en 
el campo por inútjl; prisionero no hizo uno solo, a no ser dos o 
tres rezagados en el campo ; los muertos de ambas partes no pa- 
saron de 8 o 10, i solo el botín de los fusiles, lanzas ele. es cierto, 
porque las tomó tres días después en una arria de muías, en que 
eran remitidos de Ovaile a la Serena, 



j^6 HISTORIA DE LOS DIEZ aSOS 

disperso en grupos un vivo fuego con todos los escuadrones 
de carabineros, que lenlatnente ie iban rodeando, cuando, como 
un grito de salvación, oyóse la voz desde la playa, que la di- 
visión de Alfonso llegaba, haciéndose luego oír descargas da 
fusilería, que indicaban que ya babia tomado el campo. 

Sorprendido Prieto por la aparición de aquel grueso consi- 
derable de infantería que llegaba de refresco, cuando su9 
caballos cedían ya al cansancio i al calor, ordenó en él acto 
la retirada, dejando el campo a los recien llegados i aban-« 
donando sus propios heridos, lo que militarmente hablando, 
dejaba la victoria por los coquimbanos. Estos, al menos, lo 
juzgaron asi, regresando al pueblo en medio de los victores 
i aplausos de la muchedumbre, que proclamaba el nombre'do 
los héroes de la jornada i hacia mofa de la división invasora, 
•que habla creído tarea tan fácil dominar su suelo. ' 

El resultaio déla jornada había sido solo una docena de he- 
ridos del enemigo, que fueron <;onducidos al hospital de la 
Serena, i otros tantos de los guardias nacionales, bien que 
hubiera un número considerable de lastimados superficial- 
mente por los sables, mientras que todos los soldados enemi- 
gos eran heridos de bala, los muertos de una i otra parlo 
no pasaron de 10 a 12. 

VIL . 

Tal fué el combate de Peñuelas, en que un pufiado de 
ciudadanos valerosos escarmentó la .arrogancia de un invasor 
intruso e insolente, ofreciendo a la Serena la primicia de una 
gloria» que no tardaría en ser tan copiosa i también un com- 
pensativo al desastre, que por una coincidencia singular, 
suft-ian stts armas en aquel mismo dia ( U de octubre] i en 
aquella hora precisa, en las gargantas do Petorca, 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. t87 

VIIL 



Hubo también en aquel encuentro rasgos de heroísmo per^ 
sonal, que la tradición ha conservado con respeto en el pueblo 
coquimbano. Tal fué el denuedo con que una mujer llamada 
Francisca Baraona, que asistía a su marido moribundo al pié 
del caúon de Cepeda, atacó a un gaucho que se acercaba 
para despojarlo de su ropa, lo que la heroína estorbó, derri- 
bando al agresor al.suelo, a quien, aseguran algunos, inmoló 
como una Judít, con su propio sable (1). 



IX. 



Pero el hecho verdaderamente memorable que se recuerda 
JQQto coa el nombre de Pefiuelas, es el del sacrificio de un 
puflado de jóvenes del batallón de Voluntarios áe la Serena 
que rehusó rendirse a los cuyanos, diez vece^ mas numero^ 
sos, hasta que cayeron todos a sus golpes o fueron hechos 
prisioneros, a pesar suyo. Este acto heroico, digno verdade* 
ramonte de la antigüedad, tuvo lugar de esta manera. 

Dos o tres días antes de la aparición de Prieto, fué envia- 
da a Andacollo por el intendente Zorrilla una partida de estos 
voluntarios, que. se componía principalmente de nffios estu- 
diantes i de aprendices de artesanos, con el objeto de reco- 
jer algunas armas i caballos. Cumplida su comisión, regresa- 
ban a la Serena, cuando en la tarde del dia 14, ignorantes 

(I) Véase el Boletín de noticiad de la Serena del 23 de octubre 
de 18S1. 



989 HISTORIA DE LOS DIEZ ANOS 

de lo que ocurría, avistaron en los callejones que conducen 
a la hacienda de Palos-negros, a donde se retiraba Príeto, todo 
el grueso de las fuerzas enemigas. Sorprendidos un instante, 
se repusieron luego i parapetándose tras de unas tapias, 
aquellos 15 o 20 héroes rompieron con sus escopetas i pis- 
tolas nn vivo fuego sobre la columna enemiga. Esta no tardó 
en abrumarlos, i cuando ya había perecido gran número de 
ellos, sin querer rendirse, fueron enlazados los otros i desar- 
mados por la fuerza. Entre los inmolados se cuentan los 
nombres de un Valdivia i de un Isidro Ortiz i entre los pri- 
sioneros el de un adolescente llamado Joaquín Naráqjo, que 
acribillado de sablazos,, era llevado prisionero en ancas de 
un cazador, pero que a un descuido de este, desató su cara* 
bina del arzón i asestó el tiro al comandante Prieto, que sin- 
tió frisar el pelo de su barba por la bala. Dicese por algunos 
que aquel mancebo sublime fué sacrificado en el acto» pero 
niéganlo otros, quedando este hecho de singular bravura os- 
curecido perlas sombras de una emboscada i de una matanza, 
que solo los que fueron vencidos podrán cenias s¡o que el 
rubor disfrace la verdad (1). 



(1] Después de escritas estas líneas, se me ha asegurado que 
Naranjo vive i es hoi un bizarro joven de 23 años de edad. £no« 
ro d$ 1859. 



CAPITULO XI. 



: / í 






US FUJITIVO^OrrtTüRCA' EN lASERENA. 

Los jefes de fa^cKií^on del norte ;S.e retiran dél campo.— Confe- 
rencia noctiirnad» 'Carreta^ -Arteaga i Htinizaga en an valle 
de la Co'rdííléra.*— 9e*re9belyen a marchar a la Serena. — Estra- 
tajema con que sé divide la coHimna de fujítivos.— Carrera i 
Arleaga llegan a Tongoy coa' sus ayudantes. — Se embarcan 
para la Serena. — La cueva áe ¿05 ío5o5.— Desembarque noctur- 
no en la playa de Peñuelas.-^Cacrera-reasumé la intendencia 
i Arteaga es nombrado gobernador militar de la plaza.— Se 
prosigoefi con ardor los trabajos de la defensa. — Construcción 
de las trincherasi infiernos o minas subterráneas, caminos cu- 
biertos i otras fortificaciones.-^La artillería de sitio.— Pertre- 
chos i oGcinas dé guerra, maestranza, almacén de víveres» 
hospital, campo santo, cuarteles etc. — Cooperación en masa 
del pueblo.- Guarnicion.^-Los mineros.— Distribución de las 
fuerzas en las triuclieras. — Llega Galleguillos i organiza uu 
cuerpo de carabineros. 



Ed la hora mfsma on que la columna que so habla balido 
en Pelluelas entraba a la Serena, en medio del alborozo po- 

37 



290 HISTORIA DE LOS DIEZ iSoS 

putar, los res(os de la división coquimbana destrozada eiriPe- 
torca, erraban pof las gargantas salvajes de aquellas serranías 
en grupos dispersos i sombriosi El destino, había querido Bjar 
una misma fecha a aquelips dos combates, sostenidos a cien 
leguas de distancia por un solo pueblo bravo i heroico, como 
para que ^aquella población que había proclamado en masa 
la revolución pacifica del 7 de seliembre, la sostuviera ahora 
con la misma unión en el instante de la prueba. La suerte de 
las armas fué desigual, empero^ mas no la gloria. Los ciuda- 
danos vencedores en la Serena i los soldados vencidos en 
Petorca, componían una sola falanje de valientes, que sí 
no* habían aprendido a vencer, sabían morir al menos por sus 
santos empéfios. 



II. 



Los fujílivos de Petorca eran casi esclusivamenlo oficíiarés, 
porque toda la tropa, escepto la caballería, había quedado 
prisionera i de entre aquéllos, solo salvaron los que tenían 
caballos. De los infantes, él que había escapado del sable de 
los Granaderos, había caído eoredado en el lazo de los mili- 
cianos de Aconcagua. 

Arleaga i Carrera, que eran de los üllimos en relírarso por 
las opuestas faldas del tortuoso valle de Petorca, no tardaron 
en reunirse al cerrar la noche, i caminando juntos, llegaron 
hacia las dos de la mañana a una quebrada, en la que ardía 
una lumbre grata a su fatiga, a su insomnio i al intenso Trio 
de primavera que reina en aquellas montanas, últimos decli- 
ves de la frijida cordillera. Juzgaron que aquella fogata era 
el campamento de alguna partida enante de vaqueros quo 
baciau los rodeos de la estación, i se acercaron con cautela,* 



DE LA iDmrUSTIUGlOTf IIONTT. f9f 

pero pronto recodoeíoroo que eran amigos los que hablan 
enceodido eií la espesura del Éionte aquella luz. Don Nicolás 
Manizaga, mas piáelico, en efecto^ de aquellos agrestes sea-^ 
deros, que él acostumbraba transitar desde su juventud en sus 
espediciones de estanciero .del norte, para llevar arrias cW 
ganado, habia tomado la delantera a los dispersos I se en- 
tregaba en aquel sitio a un breve raposo. Pronto los recién 
llegados se -reconocieron i Arleaga, Carrera 1 Munizaga, des* 
cendiendo de sus caballos, se dieron un mudo ¡doloroso abrazo: 
era el abrazo del Infortunio después del dia de la gloría i de 
la fatalidad. Cada uno sentía que babia I leñado su deber i que 
ni su patria ni la posteridad les baria por la infaustaf jor- 
nada otro i^próche que e1 de los vencidos ^ue sucumben eon 
konor al número^ al acierto, al destino, en Un, ese je&eral 
que no tiene ejércitos, pero que vence muchas veces por una 
sola peripecia de su inconstanie veleidad; Arteaga se mani- 
festaba tranquilo, como un hombre que babia previsto que 
aquella, hora de aflicción (e iba a llegar. Munizaga parecía 
entregarse a reflecciones melancólicas al recordar los amigos 
¡amolados i la suerte.de la lejana patria, de qie^ se acusaba 
responsable. Solo Carrera parecía sentir todavía, el ardor del 
encuentro i su voz, profundamente enronquecida, conservaba 
el acento idel que ha mandado el fuego en el ultimo lance do 
la cruda refriega. , 

Pero aquel grupo de los jpfes de la revolución del norte, 
que una catástrofe habia arrojado en el fondo deáqueHos som- 
bríos desfiladeros, parecía tener otra espresion que la del do- 
lor, al diseñarse, a la vacilante lúe del fogón, sus rostros ajila- 
dos. Como las apariciones de una suprema venganza, evocadas 
en el desierta a la hora de la medía nncbe, ellos so juraban 
en so reconcentrado silencio cumplir hasta lo último su mi- 
sión i su responsabilidad, llevando su aliento i su brazo donde 



292 HISTORIA DB 108 lAfiL Afit)S 

qttiera que su causa ios reclamara. Abi teísmo^ eñ oonse- 
cueocia, en aquél lóbrego consejo, so resolvió marobar sin de- 
tenerse las noches ni' los dias basta llegar a la Serena^ que 
suponían en aquel lostante^ con sobrada razón, amagada por 
la espedicion dd norle. 



m. 



Acompañada de dos o (res vaquéanos que el acaso le bábia 
deparado, se puso en marcbabádá el amanecer la comitiva 
de derrotados, que se componía dertrelnta a ctifarenta perso- 
nas, entre, las que se encentraba el bomísario Ruliy el coman^ 
danto Hartinez i el capitán Nemecio Yic,nfia, que reasumía ení 
la marcba su doJMe empleo de. ayudante de ambos jenerales. 

Después de una Yígorosa jornada por las montanas^ llegaroQ 
a las 3 de la tarde del día 16 a- orillas del río Choapa, I de- 
teniéndose un instante en Ja bacienda (le Quelen, propiedad 
del antiguo liberal> el patriota don Vicente Larrain Aguírre» 
encofitraron^ entre sus mayordomos una jenerosa acojida» 
obteniendo algunos víveres, caballos i ropa de abrigo. Sin 
tardanza, continuaron su marcha^ inclinándoso hacía el pueblo 
de Illapel ; pero temeroso el coronel Arteaga de qi}e ya esto 
punto hubiese sido ocuoado por el enemigo i que lo numeroso 
de la comilíya llamase ^u atención, se valió de una íqjentosa 
estralajema, acaso un tanto egoísta en aquel lance. Convenido 
con dos o tres de sus compañeros, a quienes hizo apurar sus 
caballos para pasar adelante, colocó un mozo de su confianza 
qn un paso angosto del camino por el que los derrotados ve- 
qían desfilando en silencio en la oscuridad de la noche, i a una 
señal concerlada, les hizo dar con estrépito el grilo de Quien 
vive?^ al que otro respondió £¿ enemigóla causando estas voces,^ 



DB LA iOKlNISTRAGION MOIfTT. 293 

como era de esperarse, un sobresalto tan completo que la 
partida se (fispersó oü todas direcciones. Manizaga, Martínez, 
Ruiz i los otros lomaron por distintos rumbos, que los conduje- 
ron, sin embargo, a unos en pos de otros a la Serena, mientras 
que Carrera i Arteaga, con sus dos ayudantes, Vicuña I don 
Santiago üerrera, seguían adelante por el camino déla cosía, 
en que se había apostado el centinela. 



IV. 



Este grupo de derrotados, aeado er menos i^liz, pero el 
mas importante, de aquella ingrata travesía, se encontraba en 
la noche dej día siguiente (16 de octubre), a espaldas deV 
injenio de Pefia- blanca, que había servido de abrigado cam-* 
pamento a nuestra (lívision 15 días airas; i sin parar ahí, 
caminando el resto de la noche i gran parte del día 17, lle- 
garon a las 4 de la larde a orillas de) rio o estero de Zalama, 
a 4 leguas del valle dé Limarí. Aqui se creyeron sorprendidos 
por una fuerza que suponían ser una avanzada de la división 
sitiadora de la Serena, pues este punto estaba sólo a una 
larga jomada de aquel pueblo. Una súbita confusión ganó 
a los fatigados viajeros a la primera aparición de una par- 
tida de soldados, cuyos uniformes desconocían, cuando el 
joven Vicuña, cuyo caballo, rendido ya, le impedia el re- 
troceder, sé adelantó resueltamente al encuentro del pi- 
quete. Observando que el oficial que ló conducía le llamaba 
por su nombre, se detuvo, reconoció con isorpresa que eran 
milicianos de Ovalle, i corrió a dar aviso a sus compañeros. 
Lo que esta emboscada significaba era que el Gobernador 
de Ovalle don José Vicenle Larrain, sabedor aquella misma 
maflana del desastre de Pelorca, babia abandonado el pueblo 



294 HISTORIA DE LOS DIEZ aSOS 

i venido a reriijiarse en aquella hade oda solitaríacoD algunos 
jnilickiQos qu6 guarnecían la viJIa.^ Los eslcnuados caminan- 
tes se reposaron aquella nocbd por la prím<»ra vez en blandos 
colchones, después de una marcha consecutiva de tres días 
i Ires noches, en las que hablan recorrido ün espacio de mas 
de 80 leguas de agrestes senderos. A la inadrugada siguiente, 
continuaron su rula, llegando teníprano a la aldea de Pachin-* 
go, situada en la falda occidental del encumbrado cerro de 
Tamaya, vecino al mar. 

Aquí fueron informados de un modo positivo de los sucesos 
que cuatro dias [antes hablan tenido lugar en Pefiuelas I se 
les avisó qu^ enja playa conocida con el nombre de Lengua 
de vac9, oslaba apostaba una chalupa por orden del Inteo-* 
denle de la Serena, encargada do vijilar la costa por si venía 
el vapor ÁraucOj a fia de darle noticia que el enemigo ocupaba 
el puerto» i recibirlas comunicaciones que condujese de Con- 
cepción. Carrera resolvió entonces no oonlfriuar su marcha por 
tierra, pues las partidas de Prieto, que tenia su campo en Palos* 
íiegf os, .cruzaban el camino en todas direcciones. Despachó en 
consecuencia uu espreso segura llevando a Lengua de vaca una 
orden al oficial que mandaba la chalupa, para conducirla en 
el acto a la rada vecina de Tongoy, donde él se embarcaría 
al d¡9 siguie^ote para ganar la playa que dá frente a la Sere- 
na e intentar un desembarcp en la oscurídad de la noche. 

mandaba la chalupa el joven don Felipe Cepeda^ hijo del 
artillero de P^fluolas don José María, tan bravo, inlelijente 
o inTaligable como su padre, apesarde contar apenas 20 años 
de edad. Obedeció en el acto, i cuando Carrera entraba a la 
inhospitalaria ranchería de pescadores que formaba el puerto 
de Tongoy, donde una visible i cobarde hostilidad traicionaba 
el falso comedimionlo de los vecinos, Cepeda se acercaba 
a la playa con sus remeros. 



DE u iramsTEicioif hontt. 89S 



Eq el acto, entraron en el bota los cuatro viajeros, a los 
^pie se babian unido ahora los jóvenes hermanos don José 
Antonio i don Nasarío Sepúlveda, dispersos también de Pe-* 
torca, que hablan llegad^ errantes a Lengua de vaca» donde 
Cepeda los tomó a su bordo. 

Los 8 remeros, estimulados por la promesa de un premio 
jenerosoí remaron con tal esftierzo que- al amanecer del si- 
guiente dia (20 de octubre }, el bote enfrentaba la babia de la 
Herradura, a espaldas del puerto de Coquimbo, del que solo 
unas cuantas cuadras la separan por d lado de tierra. Era^ 
8¡D embargo^ imposible desembarcar en aquella hora, por- 
que, con la luz del dia, las partidas que rondaban por I9 playa 
que corre desde el puertp hasta el frenle.de la ciudad, no 
tardarían en avistarlos i darles caza. En tal conflicto, ocurrió- 
se al advertido mozo que condueia el timón de la chalupa el 
esconder a los navegantes en una gruta natural que se en- 
cuentra en aquella playa peñascosa í que se .conoce ^con el 
nombre \1q Cueva de los lobos. 

Aceptado el partido, se torció rumbo hacia ' aquel punfo. 
Saltando a tierra el joven marino, ocultó el boté entre las bre- 
fias i se refujiócon su tripulación en la espaciosa cavidad ifue 
ofrecían las rocas batidas por el mar. 



VL 



Se pasó aquel dia en una horrible ansiedad. A la fetidez 
que exbalaba aquella mansión de lobos 1 tapizada de algas 



S96 HISTORIA M LOS DIEZ iSoS 

marinas» 8» üoia un ¡nlenso calor, sin que luvieran otra cosa 
para miligar la sed devoradora que la sofocacloa del sitio les 
causaba, sino un aguardiente rancio comprado en Tongoy. 

Al fin llegó la noche, í el animoso marino, antes de eip- 
prender de nuevo su viaje, quiso ir solo i a pié a tomar len- 
guas en el puerto de loque pasaba r a fin de concertar mejor 
su partida. Trepándose por entre las rocas i agazapájidose 
por los senderos, llegó al fin a la puerta de su propia casa, 
donde su m^dre, vijjlante e inquieta, le dio precipitadamente 
las siniestras nuevas que corrían. Prieto sabia la aproximación 
de Carrera i babia despachado tropas en todas direcciones, 
acordonando la playa basta la Vega de la Serena, i ordenado 
adeipas que una chAlupa. armada saliera de Tongoy en per- 
secución de los fujitivos. 

Cepeda voló en el acto a la Cueva de los Lobos, i dando a 
los viajeros la voz cía alarma, les dijo que era preciso con- 
fiar solo en la suerte i en la pujanza de los remos para esca- 
par del peíigrow 

Había ya pasado la media noche cuando esto sucedía, I 
fueron precisas dos horas para acerparse a la playa que dá 
acceso al camino de ja Serena. Pero una vez llegados cerca 
de la ribera, vióse que las olas reventaban con estrépito, 
azotadas por una fresca brísa del poniente i que era impo- 
sible atracar el bote a la p'ay?, sin esponerse a hacerlo zo- 
zobrar. ¿Qué partido toinar ea tal conflicto? 

£1 coronel Arloaga, flaqueando de ánimo, indicaba el re- 
fujiarse a bordo de la Portland o de la Entreprenaníe^ buques 
de guerra estranjeros surtos en la bahia, poro Carrera contes- 
taba que se echaría mil veces a la agua ántos de entregarse a 
merced de los ingleses, los mas animosos enemigos de la re- 
volución. Poro no había tiempo que perder. La prímera cla- 
ridad del día iba a ser la sefial do su perdición, J ya una tenue 



BB LA AimiNISTIUCIOIV HÓRTT. 997 

alborada marcaba en el horizonte la vuelta de la laz. Garre* 
ra puso fin a toda .Tacllacion, ordenó a Cepeda el dirijir la 
proa resuellamente sobre la playa i remara todo brazo para 
encallar el bote. Hízolo así el atre?ido timonel, i en dos vai^ 
Tenes que llenaron de agua la embarcación, vino esta a zo« 
zobrar en la reventazón misma de la olq, donde los marineroa 
lograron arrastrar a los viajeros que corrieron el riesgo imi« 
nente de ahogarse, escapando el mismo Carrera con una fuer- 
te contusión en un pié, que no le permitió andar libremente 
en mochos dias. 

ubres ya en la playa, Arteaga se dir^ió con los marineros. 
Herrera 1 los Sepülveda hacia la calle Nueva que croza la 
Vega de la Serena, haciendo el circuito de la playa, mjéntraa 
qoe Carrera, con VicuAaJ Cepeda, seguían en dirección de la 
Pampa, para entrar al pueblo por la Portada. A poco andar, 
los últimos fueron sentidos por upa avanzada de arjentinos 
que mandaba un oficial Quiroga, mas el centinela de este 
puesto supuso que los bultos que cruzaban por el paso eran 
algunos animales que pacian sueltos i prosiguió so sueflo, 
mientras que los dos caminantes tenían la fortuna de encon- 
trar el caballo de un campesino que custodiaba unos asnos, 
con cuya ayuda llegaron a los arrabales del pueblo, al que 
había entrado ya Arteaga.Salió al encuentro de este una com- 
pañía del batallón civico, avisado el intendente Zorrilla de so 
aproximación por un marinero que se habia adelantado. 



VIL 



Sucedía esto el 21 de octubre de 1851, cuando no habla 
corrido todavía una semana desde los «om bates de Pefiuelas 
1 Pelorca. £1 pueblo de la Serena habia tenido el mismo áoT- 

38 



S98 HISTORIA DE LOS DIEZ AfiOS 

mo en taro i esforzado ea presencia de^ ambos hecbos. Eriel 
primero, el regocijo de w tríuofo popular había afirmado su 
entusiasmo por la causa de la revolución. En el segundo, una 
gloria que los pueblos solo comprenden, había sellado su Té 
reToludonaria, la gloría del martirio. Sus hijos inmolados 
eran para la Sereña .tan queridos i tan grandes como sus 
hijos Tencedoresw ' 

Animábales ''abora dq poco lii llegada de los jeiés de la 
insurreccron, cuyo preslijío, empafiado un tanto por el des- 
calabro de Petorca, renacía ahora, al contemplar sus harapos 
de peregrinos i al saber ios sufrimientos de su tenaz losada 
marcha hasta la plaza» Se esperaba; en consecuencia, no soló 
resistir a Prieto, que se encontraba como refujiado en Pa- 
los-negros, sido a las fuerzas qué el gobierno enviara por 
mar á fin de sut>yugarios. 

VIH. 

El mismo Arteaga, con una dilijencia estraordinaria e in- 
fatigable, peculiar a su carácter i a su sistema militar, estaba, 
antes del medio dia^ la mafiana de su regreso, recorriendo las 
calles con un aire tan desembarazado como si llegase de una 
fiesta, i aun vestido con cierta rebuscada elegancia, como para 
dar satisÜAccion a los andrajosos vestidos con que se habla 
presentado en la ciudad. 

Dicese qne al ver la disposición del pueblo i al examinar 
los primeros trabajos de fortificación que se hablan ejecutado, 
aquel sagaz caudillo esclamó con alegría i convicción. «Si el 
aaemigo nos da 48 horas, la plaza no se rinde». I en efecto, 
puesto en aquel mismo instante a la tarea, vela en tan breve 
término cumplido su ompefio. «Al cabo de 48 horas, dice el 



DE U ABMmiSTRACION MOIITT. S99 

Difsmo, en naa narraeion orijiopl i suscinta que este jefe ha 
escrito de los príocípules snoesos de aquel memorable sU 
tío (I), la Serena, eon gran asombro de sus habitantes, se ha-« 
liaba en aptitud de resistir a fuerzas superiores a las qué.debían 
estrechar el sillo en los dias subsiguientes». £1 pueblo en 
masa ie habia ayudado en la tarea, habiéndose publicado un 
bando por el gobernado^ de la plaza, para q^etodos concu-^^ 
rriesen con Jas herramientas de trabajo- que tuvieran a la 
mano, a fln de ocuparlas en este servicio* 

Sin darse el menor reposo desde aquel momento, los je- 
fes escapados de Petorca se habían entregado a sus tareas^ 
segundados admirablemente por el vecindario* Carrera rea- 
sumió el dia 22 su cargo de intendente, que el honorable | 
patriota Zorrilla le devolvía, después de haber honrado su 
puesto con importantes servicios, confiriéndose a Arleaga, al 
mismo tiempo, el titulo superior de gobernador de la plaza, 
que constilura, por su propia naturaleza, el poder supremo 
de la ciudad sitiada, dentro de cuyo recinto de Uincberas, la 
autoridad civil era de hecJbo nominal (S). 



IX. 



La defensa de la plaza estaba im'ciada desde la aproxima- 

(1 ) E^ta memoria se encuentra orijinal en poder de los señores 
don Justo i don Domingo Arteaga Alemparte, hijos del coronel, 
qae se han servido ponerla a mi disposición, asi cbmo muchos 
papeles importantes de la cartera privada de su señor padre. 

(2) He aquí el decreto én que se nombraba a Arteaga gober- 
nador de la plaza. ctScraita, oeíii6ra 22 Ja f8S8i-«-Para la mejor el-» 
pedición de los negocios militare», se nombra nt señor don Justa 
Arteaga, gobernador militar de esta plaza i de todos los otros 
puntos del departamento, hasta donde crea necesario estender su 
autoridad .-^Joi/JVtj^uW Carrera.» 



300 HISTORIA DE LOS D1BZ aKOS 

clon de la espedicíon dol norte, como, hemos visto, i fallaba 
ahora solo el completarla, según las reglas del arle niilllar, 
construyendo sólidas trincheras, organizando las fuerzas de 
un modo adecuado para el servicio de las fortificaciones i 
creando todos aquellos accesorios indispensables en la defen- 
sa de una ciudad, tales como almacén de víveres, maestranza 
para la fabricación de proyectiles, hospitales etc., para todo 
lo cual el jeiiio especial del coronel Arteaga revelaba dis- 
posiciones de; detalle verdaderamente singulares. 

Veamos, ^es, como aquel distinguido militar científico pro- 
cedió eq Ia.orgam';utcion de su plan de defensa, que ha labra- 
do a su nombre tan justa fama entre los peritos en el arte 
de la gqerra. 



X- 



El perímetro quo debía fortificarse para protejer la plaza de 
alemas de la ciudad, centro de la defensa, junto con las cua- 
tro manzanas que se apoyan en sus costados, abrazaba un 
circuito de nueve cuadras, en cada una de las cuales debía 
levantarse una trinchera. La descripción que hicimos de la 
planta del pueblo, i mas que todo, el plano de la ciudad que 
se acompafia, i que ha sido trabajado a la vista de los me- 
jores, datos, nos ahorra por ahom el entrar en pormenores 
sobre las diferentes posiciones i puntos estratéjicos, que nom- 
braremos con frecuencia en el curso de esta relación. Una 
ojeada sobre el plano, a la aparicioa de cada uno tie estos 
nombres, nos evitará el consignar aquí una engorrosa no- 
menclatura de calles, iglesias, cuarteles etc. 

Para construir las trincheras, se desempedraron todas las 
veredas de granito del recinto fortificado i se colocaron, tra- 



DE Li AbMINISTRAClON MONTT, 301 

badas con barro, basla la altara de dos varas i media, de- 
jando otro tanto do espesor, por el frente ; se cabo un foso 
de tana vara i medía de profundidad i otro tanto dé ancho; 
i en el centro de la trinchera se d6jó un portalón abierto para 
colocar el cafion que debia de/enderla. La parte superior del 
parapeto estaba coronada por sacos de fierra i arena que sé , 
levantaban a dos o tres varas sobre 'él cimiento de piedra* 
¡ se renovaban a medida que eran ínuliirzados por el fuego. 
Cuatro dé las trincheras eran semi-circulares, como aparecen 
marcadas en el mapa, do modo que podian hacer fuego a dos 
calles distintas, a cuyo fin, dos o tres de estas tenian dos 
cañones, o uno solo jiralorio. 

En la parte esterior de algunos de estos reductos i en el 
centro de la calle que defendían, pero a alguna distancia, so. 
enterraron depósitos de pólvora, que conocidos mas tardo 
con el nombre de infiernillos, inspiraron una especie de pá« 
nico a los sitiadores i sirvieron en gran tnanéra paca conte^ 
nerlos en sus ataques. Las iHncheras Núm. 6, 7 i 8, quo 
eran las inas espueslas a un asalto, tenian estos aparatos, que 
encerraban hasta dos arrobas de pólvora i algunos tarros de 
metralla. Una mecha subterránea los ponía al alcance de las 
trincheras, pero nunca pensó hacerse uso de esta terrible de- 
fensa, sino en un caso estremo, que tampoco se presentó (1}. 
Algunas de tas trincheras tenian, ademas, a alguna distan- 
cia a retaguardia, parapetos sucesivos i contrafuertes, dqndo 
debia sostenerse la infantería, una vez que hubiese sido re- 
chazada del reducto. 

(4) Sobre la constraccíon de Us trincheras i demás fortiiiot- 
ciones de la plaza, véase en el Mercurio ie Yalparaito de enero 
o febrero de I85S, el informe que despoes de rendida aquella* 
presentaron al intendente Vatenzuela los comisionados especiales 
para este objeto, el rejidor don José María Concha i loa agrimea** 
sores Salinas i Osorío. 



302 BlSf ORIA M LOS DIES 1Ñ06 



XI. 



Trabajóse por el ioleríor de los solares un camino cubierto 
de^ciotura que ligaba todas las Irincberas ; abriéronse aspi- 
Uei'asea las murallas que quedaban paralelas a la linea es- 
terna de forliQcaciop, para colocar la fusilería á cubierto de 
Ips fuegos del enemigo, i construyéronse algunos fuertes de 
fierra i fajina en los punios, que estando fuera de trincheras, 
9onvenia, sin embargo, guardar, i como los cañones esca- 
searon para defender estos, oeurrióso al arlificio de poner 
iraxules vasijas, do las que solo se veia la boca por entre 
ías troneras, haciendo creer a la distancia que el tiesto de 
greda era un obús de formidable calibre. Toda la esplaoada 
de la Vega, euque se apasenlabají los caballos i las reses de 
la pla^ durante el stlio, fué defendida pt)r un aparato de esla 
especie, i para asegurar tan singular patralia, se tuvo la pre-^ 
caución de disparar de cuando en cuando un cañonazo, iih- 
(roduciendo en la vasija la boca de un cafion volante 9l que 
las paredes de greda del íiesto servían de frájil curefia. Eo 
cuanto a los cañones que iban a servh* en las Irínchenas, ya 
hemos v¡3lo que el activo intendente Zorrilla se habia pro*- 
curado 5 o 6 con varios arbitrios, 4 ahora se añadieron dos 
culebrinas que un mecánico francés, M. Castaing, que prestó 
útiles servicios a la plaza, habilitó con gran labor, pues es- 
taban abandonadas desde la guerra de la independencia- 
Entre los 10 o 12 cañones de la plaza, se contaba solo uno 
del calibre de 2&, colocado en la trinchera Nüm. 8, siendo la 
mayor |)arte de a 4 i de a 6, i todos tan viejos i de tan mala 
calidad que varios artilleros perecieron al principio en ^u 
manejo. 



M Li ADMINlSTRAClOlt MQNTT . ^99 

/ 

XÍL 



La pólvora, pertrechos de guerra, maeslranza^ cuartel je? 
neraly bospílal i almacén de vívereai todos los aocesorios no 
se olvidaron por esto» I el laborioso geberoador no tardó ofi 
acordar lo mas cooveoienle, de aeuenlo con la autoridad d^ 
Til, goe en estos ramos prestaba un ausilío mas especial a la 
defensa de la plaza. La pólvora de mina- qne se refino en 
parte para la fusilería, se depositó fuera de la cindad> en el 
higar conocido con el^nombre de Punta de Tealtaos, a orillaa 
del mar, desde donde un emisario seguro iba a conducir de 
vez en .cuando algunas cargas, qne cabria de pasto para en-< 
gaflar la vijílancia de las partidas enemigas que guardaban 
los pasos en aquella dirección. 

Establecióse en la casa de la intendenoia^ el almacén 4n 
proyectiles que se fundían de relazos do cobt*e, ose corlaban 
de espesas barras de fierro o de trozos de vicgas cadenas (1), 

(1) Construyéronse taml^ien, bajo la dirección del injenípso 
oBclai Lagos Trujíllo; onas pequeñas granadas de mamo que con* 
sistian en tarros de lata, del tamaño de un Taso eomon par)i beber^ 
IJenos con pólvora i fragmentos de fierro, para lo que se reco* 
jian los restos dé las boníbas, granadas i metrallas disparadas por 
el enemigo, por niños, a quienes sé pagaba con este objeto.' lina 
mecha, mas o menos larga, permitía arrojpr estos proyectiles a 
gna distancia gradual, de manera que este aparato se hizo co-* 
mo una arma especial i -terrible en el sitio, pues caia sobre las 
trincheras enemigas de una manera invisible, i tirado a mano sin 
hacer ningún estrépiío. Los soldado» enemigos atribulan a estas 
pequeñas granadas algo de infernal i las suponían llenas de pre« 
paraciones químicas venenosas; pero esto no pasaba de ser una 
quimera, como la de la perforación subterránea de toda la plaza, 
por medio de infiernos, lo que puso en un espanto constante a lo9 
sitiadores. 



804 BISTORU Bt LOS BIBZ AfiOS 

mléiilras que la maestranza* bajo la dirección del mayor 
don Pablo Argandofiat era instalada en vn edificio bajo , 
anexo a la catedral i protejido por las murallas de piedra de 
este hermoso templo^ La misma catedral, cuyo claustro 
efpocia un exelente abrigo, servia de cuartel jeneral i en su 
inmediación, Arteaga estableció sn propio domicilio, en elqu9 
se procuraba cuantas pequeñas comodidades sus hábitos es^ 
morados le bacian apetecibles, porque el espíritu de minu- 
ciosidad de /este ofipial es el rasgo mas sobresaliente de sus 
cualidades militares i privadas. Otro claustro (el del conven* 
to de S^nto Domingo], que servia a la vez de cuartel de caba->. 
Hería i de refujio . a las familias mas desvalidas del pueblo 
que ppeferian quedar dentro de trincheras, fué destinado 
también para hospital militar i campo santo. I por último, 
el almacén de víveres i principalmente de harina/ arlicnlo 
tan abundante en la plaza que llegó a venderse al enemigo 
por tnterpósita mano a fin de procurarse dinero, fué coloca- 
do en una. casa en el costado sud de la plaza i se hizo una 
especie de matadero de roses en un patio de Santo Domingo, 
miéotras que otros edificios, ya pübficos, ya particulares s9 
destinaban a cuarteles para la tropa o para otros fines de 
guerra, como avanzadas i reductos salientes. 

El gobernador no desdeñaba ningún' detalle, i en el corso 
del sitio, llegó hasta sellar moneda con un mote especial que 
decia, en el anverso del ciiflo— Vtva el jeneral Cruz, i en el re« 
Terso tenia esta otra inscripción— £t'&ér /a/, igualdad i Fraíer-^ 
nidadj habiendo arreglado antes de una manera exacta la 
cootaduria militar de la plaza. La Serena presentaba en estos 
dias la ioiájen de una colmena de afanosos trabajadores, i 
las señoritas mismas no permilian sus manos quedar ociosas, 
i solo dejaban la costura de los sacos de metralla, para ocu- 
parse de hacer vendajes i preparar hilas para los heridos. En 



Ift* LA ADHINlStRiCION MONTt. 30S 

}Mérai;tode8-los thabajos qne se hacían para la dcFünsa de 
ia plaza eon tan ardiente e infatigable Icson, so ejeculabaa 
bajo la hinddiala direccíoa del gobernador müílár, del ma-> 
70r<le'pl«za Alfonso. i del mayor de arliUeria Onfray, pero 
to(fes'la9 0lasé8-del pueblo, no menos qde la anloríd^d civil; 
tomaban parte en aquótla faena del patriotismo i del denuedo. 
Es preciso advertir, sin embargó, que muchos de estos tra- 
bajos eran solo provisorios i que fueron afianzándose i modi^ 
f cindose dorante el curso del süío, hasta poner la plaza en 
el pié.de ser inospngnable, pues'se dijo entonóos por losofi-^ 
cíales mas capaces de la división *^¡tíad6ra que habría sido ne^ 
eesario ei ataque simultáneo de dos o tres mil hombres do 
bWDtt tk'opa para tentar un asalto jeneral con probabilidades 
de buoD éxito. 

xni. 



En cuanto a la tropa que iba a sostener la defensa de una 
manera tan heroica, su denuedo debia suplir su escaso nu- 
mero» Se contaba solo con un centenar de changos o pesca- 
dores del puerto, soldados de la brigada de artillería que 
servían loscafiones, con 300 hombres del batallón cívico que 
estaba distribuido por piquetes en las 9 trincheras i con 200 
mineros, que un valiente soldado, antiguo descrlgr del Yungay, 
del nombre de Gaete^ babia sublevado en el mineral de Bri- 
Ilador i conducido a la plaza en los primeros dias del sitio, 
en que prestaron una cooperación eGcacisíma en todos los 
trabajos qne requerían el uso del combo i la barreta. Esto 
batallen, que recibió el nombre de Defensores de la Setena^ 
pero ^e so bauliió a al mismo con el mas popular de los 
YungayeSj iba a ser el nervio del sitio, sirviendo como cuerpo 

39 



HISTORIA DE LOS VUU aSOS 

de reserva ' para resistir los ataques i enpreoder las mas 
osadas acometidas contra el enemigo, junto coa los ciada-* 
daaos armados, cuyo número pasal)a de 200, pero que, sin 
embargo, no hacian un servicio regular. El tQtal de ]a>gvar«- 
nicion, podia regularse en 600. hombres, bien que solo 400 
estujriaroB ea servicio <^enstante sobre lastriacheras ( i}^ 

Las diferentes comisiones militares se distríbuyeroa con 
acierto, siendo nombrados capitanes de trinchera los jóvenes 
que mas valor habian desplegado, creándose mayor de plaza 
al bravo e intelijente injenierodon Antonio Alfonso i dándose 
a un oficial franees, Mr. Onfray, hombre capaz i aguerrido 
que sirvió, sin embargo, solo durante los primeros tiem|>os 
del sitió, el empteo de mayor de artillería, ramo en el que 
era muí versado. 

XIV. 

Fallaba solo un pequefio cuerpo de caballería para com- 
pletar la organización de la defensa, que ya se habla adelan- 
tado sobre manera en los primeros 8 dias después de la lle- 
gada de Arteaga^ cuando, de un modo casi prodijioso, el jenio 
militar i la audacia de un joven soldado vinieron a propor- 
cionar a la plaza aquej auxilio, que seria el principal elemento 
de la defensa. En la tarde del 30 dé octubre, avistóse, en 
efecto, un grupo de jinetes que bajaba desde la altura del 
Panteón a rienda tendida! se dirijla a una de las trincheras, 

(t) Véase on el documento núm. 15 el curioso estado que he- 
mos copiado de los papeles del coronel Arteaga sobre la distribu- 
ción de las fuerzas en las trincheras, designación de los coman- 
dantes de estas, dotación de oficiales etc. Los comandantes apun- 
tados en las listas fueron cambiados sucestyamente, i trinchen^ 
hubo que contó durante el sitio con tres o cuatro Jefes. 



DE LA ADMINISTEACION HOIITT. 307 

como para asilarse contra la persecución de las parlidas 
enemigas, que desde a^eldia comenzaban a estrechar la 
plaza. Los artilleros sorprendidos i sospechando una embos- 
cada, corrían a sus cafiones, i cuando ya iban a aplicar ei 
lanza-fuego sobre la columna de 30 o mas desconocidos que 
galopaba por la caire, una voz los detuvo, esclamando Es 
GalleguiUos I 

Era Galleguillos, en verdad, ^ mismo sárjente de la caba- 
llería de Ovalle ascendido a mayor en la campana de Petorca, 
que vimos avanzó desde este pueblo sobre Putaendo la vis- 
pera déla batalla i que regresaba ahora a ser el comandan- 
te de earabinerós de la plaza, cuerpo que él debía Termar 
con la base do hombres montados que en esta tarde le seguían. 
Gomo había realizado aquel intento singular, es lo que va- 
mos a narrar en el capítulo siguiente. 



CAPITULO XD. 



ii MmuiiNuin (MUifiíiuts. «> 

La deseobierta de la división dé Coquimbo llega al Talle de Pa- 
taendOy al mando de Vicuña.— Encaentro de vanguardia con 
las fuerzas del Gobierno.^-Inmineneia e importancia rerola^ 
Clonaría de un desbandami^nto de las milicias de Aconcagqa«-<- 
Vicuña siente el cañoneo de Petorca i se replega al norte.— 
Sabe en la cuesta de la Mostasa la derrota de la di¥ision«**Pánico 
i ezajeracJon del desastre.*^Desaliento i dispersión del desta« 
cemento de Vicuña.— Se refujia este, junto con Galleguillos, 
en un valle de la cordillera.— Salen al valle de Aconcagua i se 
separan en la sierra de Santa Catalina«-Jos¿SiLTBSTBB Galle- 
€uiLL08.-^Bn su roarcM al norte, organiza una montonera i se 
apodera- de Ovalle.— Entra a la Serena, a la cabeza de una 
guerrilla, a la vjsta del enemigo. 

I. 

Al rematar et capitulo T."", dejamos al oficial Vlcufia que 
marchaba el día 13 sobre Putaeudo, desde Petorca, con una 

(I) Este capítulo no ofrece mas interés que el relativo al nom- 

« que lo encabeza. Por lo demás, es como un fragmento de 

'-'■'* *^ fast "i^rto punto de la unidad 

. o» ',. P«< innayeiies, se adelanta' , je sin perder la 

•flores, ha^a ponerse al hábh ' ' 



310 HISTORIA BE LOS DIEZ Afi09 

columna de 50 hombres, de los que quince eran oficiales, 
desuñados a ponerse al frente de las milicias de Aconcagua^ 
tan pronto como esla provincia s& pronunciase por la revoló^ 
cien, lo que, en efecto, sucedió a nuestra aparición, de una 
manera tan desastrosa como desacertada. Entre aquellos ofi- 
ciales, iba^ como de costumbre, al lado de Vicufia, el sárjente 
mayor GalieguiHos. 

Vícuüa hizo consnpequefia columna, en una sola jornada, 
la travesía de 20 leguas d^ montañas que separa a Petorca 
del valle de Pulaendo, sin darse mas reposo que el que la 
fatiga de los cabaHos requería, al caer junto con la noche en 
el valle intermedio de AlicahOe. A su paso, éxijió del opu- 
lento propietario de estas haciendas, que se esUenden desde 
la cordillera hasta el pueblo de h Ligua en la vecindad del 
mar, don Manuel José de la Cerda, una porrata de doscientos 
caballos, que en el acto se mandó reunir, I los que, a la ma- 
Aana siguiente, aguardaban aun en maypr numero a la di- 
Vision, ofreciéndole un auxilio mui oportuno, si hubiera llegado 
aquella, como pudo hacerlo sobradamente, con una marcha 
forzada el día 13. 

Al amanecer del IB, Vicufia asomaba sobre el valle de 
Putaendo, sorprendiendo un escuadrón de caballería de Gatemu 
que estaba de avanzada eñ una quiebra del terreno i que se 
ocupaba en aquel instante de ensillar sus caballos. En la 
confusión de la sorpresa, se hicieron cinco prisioneros i se re- 
cojieron algunas monturas, lanzas i caballos. 



II. 



El jefe de la vangu? .4 instruc- 

ciones para alacárV^- orminantes de 



m LA ADtlNlSTRAGlON MONTT. 311 

entrar de pa2 en oí vsiRét :el knimo de cuyos trabitanlod se 
•aponía afidonado a ntftBlrA:6aHsa. Recelo96> adem^^ el co- 
ronel Arleaga de que íá jaVeatud* (}ei ioísperte eanditlo, le 
precipitara de nueye en nn lance temerario, como el que 
habia ocnrrido en Ulapel, le liízo' encardó especial de-no dis-. 
parar un solo tiro, de mantenerse eslriclameote a la defen- 
áfa, ai era atacado, i por üHíibo, de repteg^rse sobre el 
de la división que marchaba a retaguardia, tan pronto 
sintiera a sus espaldas dispares de cafioa. 
SojeUnidose a estas órdenes, Vicuña ordenó a su destaca- 
meato el ecbar pié a fierra i mantenerse firme sobre un 
portOEvelo, al que babia llegado persiguiendo al escuadrón 
enemigo, que, a sutoz, se habla detenido en dispersión al pfé 
de aquoHa pequeña eminencia. Uedilaba el joven revolucio- 
nario i consaltaba con su segundo Galleguillos el plan que 
adoptarla, si hubiera -de oponer resistencia aquel escnadron 
de milicianos, üníca fuerza que creía iban a encontrar ensu 
camino, antes de penetrar en> el vallo, cuando se acercó un 
paisano que venia a rienda tendida desde la falda que ocu- 
paba el enemigo. Por una rara coincidencia, era esto un an- 
tiguo mayordomo de la casa de Vicufia, llamado Galindo, 
adicto a la eausa i que sin sospechar la presencia de aquel 
If^'on, a quien no habia visto desde su infancia, venia a avi- 
8arU||iio el escuadrón del valle manifestaba síntomas dead- 
hesion^^i la fuerza revolucionaria, añadiendo que el oficial 
qne lo mxQdaba, del nombre de Guarda, le babia dicho a él 
mismo en lersona la noche anterior» que su áoímo era pa- 
sarse a la di legión de Coq nimbo tan luego como la avistara, 
Estinlolado por este avisó que corroboraban nuestras conni- 
vencias nvolucioiArías en la provincia i las promesas desús 
vecinos ms4 influyoiieg, se adelaoló en el acto el joven ofi- 
cial con 4 Uralores, ba^ a ponerse al habla con los soldados ene- 



3i2 HISTORá DE hiA i9«E.^as 

migos,. (le^acbando áoles mlimaciofi ,9! jefa de* las ímmÉ 
de {nfanléria,.que*GajiQda le aio8HlJ9b&*t]é'iDror{nar m mante* 
niaQ en la^inmecU^oioi^es^^ ]$ éiirrada úbI valle {\}. 

Vanas fueron .to(^V Íá^;cri^iúo9lramnas de pazi. beneTO-!* 
jenciaqjiíe. ae hacia. aUí^s turbados i vaciiantes miliciaBps» i aun 
cuando Vicuaa arrojó a "los pies de su caballo la manta eo*^ 
carnada que- usaba i enarboló en una do las lanzas de los 
prisioneros un pañuelo blanco; i basta dio suelta a tfos á% 
estos para que manifestaran a sus carneradas sus IntancioBes 
añíislósas, apesar de todo» los jinetes del valle se mantenían 
dispersos i haciendo jirar sus caballos, como sLteqiieran mies- 
tros fuegos, pero sin dar seflal alguna de hostilidad, sea por 
indecisión» sea porque aguardaban el refuerzo de iofanleria 
que no tardó en aparecer sobre una ondulación del' terreno» 
haciendo brillar sus fusiles a los primeros rayos del sol 
cíenlo. 



III. 



La porfía con que hablamos instado a los milicianos, se com« 
prenderá fácilmente, cuando se calcule que la mas leve de- 
fección de tropa, acto eminentemente conlajioso en las milici-'^ 
i a presencia del enemigo^ habría tenido una inmensa"^" 

(1) Fué portador de esta nota, escrita con lápiz sobre/^'** *>**• 
de papel, i en la que se amenazaba a! jefe, a quien iba d'^J'^^» ^^^ 
los últimos rigores de la guerra, en caso de resistencia.''^ joven don 
Juan Manthon, hijo de un respetable ingles^ vecinrde Pet,órca, «I 
cual fué recibido de la raauera mas desctjmedida i a»<* brutal por los 
oficiales de la división que el coronel Lima acaV^ba de organizar 
en Putaendo, pues fué despojado de sus armas de su caballo i aun 
de su ropa i encerrado en qn cuarto, despi^s de cubrirlo de ¡n-» 
sultos. 



DB LA ADimiSTEAGIOll lUmTT. 3t3 

portancia en la oampafia, í acaso hubiera decidido do m 
saerle favorable» apesar del desastre de Petorca. 

1 en verdad, ¿como hubiera podido defenderse el gobierno 
de la capital, una vez sublevados los escuadrones de Acón-* 
cagua, ales que se habmao unido los jendarmes que llegaban 
esedia de la capital con jefes cobechados para pasarse a nues- 
tras ülas, i cuando aquella desorganización hubiera cundido 
como la electricidad del rayo en la opinión comprimida de 
la capital i de Valparaíso, que abenas lardó una semana 
(el 28 de octubre] en estallar? 

Mas, la aparición de los firsileros enemigos desvanecía toda 
esperanza de un desbandamlenlo, i Vicufla, sometiéndose a 
sus instruccionesi se replegó sobre un morro erizado de ar-^ 
bustos i peñascos que dominaba un flanco del portezuelo 
I situó ahí su tropa, con la resolución de defenderse hasta el 
último trance, si era atacado, porque esperaba por momen-- 
tos el aviso de que el grueso de la división se aproximaba. 

El coronel Luna se mantuve, toda lamafiana, en una acti- 
tud de observación i recelo, porque aunque su columna |^a-« 
»ba de 500 hombres, entre infantes i caballería, sospechaba 
que el destacamento de Vicufia era la descubierta de la d¡^ 
Vision Li Coquimbo, pues asi se lo habia escrito este último, 
como ardl& de guerra, con el pariamentario Manthon. 



IV. 



Bácia la una de la tarde, cuando ambas fuerzas oslaban a 
la vista, hízose oír un ruido profundo i prolongado, que las 
gargantas en que estábamos acampados, reperculian débiU 
mente. ¿Que significaba aquel lejano estampido ?~No podía 
ser sino la sefial convenida para quo la vanguardia se reple^ 

40 



su BtftTMIA Dfi LOS DIEZ AÑOft 

gase a !a dlyisioD, i «n el acto de cerciorarnos, ejecnlamos 
un moTimienlo retrógado, dejando por precaución, entre tas 
rocas, al capitán Juan Mufioz, el osado mozo que babia cap- 
turado a Lopetegui en la Serena, con 4 fusileros, paraburiar 
la vijílancia do! enemigo que teníamos al frente. 

Logramos tal intento, i caminando con la rapidez que el 
estado deplorable de nuestros caballos permitía, llegamos 
al bajar el sol al portezuelo de la Mostaza, donde un faldeo 
suave i seguro ofrecía un bivaque cómodo para la díTision 
que esperábamos por instantes. Los tiros de cafion parecían 
haberse sentido solt) dos o tres leguas a retagulardia* 

Inspeccionábamos el campo con el mayor Gal teguUlos para 
dar aviso al coronel Arteaga de aquel ventajoso terreno, 
cuando vimos aparecer en la cima del portezuelo dos cara- 
binerosde la partida dolos Yerdes^ que bajaban precipitada- 
mente por el sendero, trayendo cada cual un caballo de 
diestro. Es la descubierta! nos dijimos uno al otro, Galle- 
guilles i yo, saliendo al encuentro de los cazadores, pero al 
llegar, díjonos uno de ellos, con ese acento ronco i profundo 
que se asemeja al disparo de una arma que ha sido rota ^t 
estallar: Señor! venimos derrotados! Aquellos dos jinetes 
eran los primeros dispersos de Petorca^ que llegahaa en la 
dirección del sud.... El ruido que nos había alarmado a 
medio día era el cañoneo infausto do aquella derrota, incom- 
prensible en tal momento para nosotros. 

Nos recobrábamos ya de tan súbita sorpresa, cuando se apeó 
o nuestro lado de un caballo, que parecía morir de fatiga, 
un oBdal de artillería, que nos confirmaba con su palidez i 
su emolen el desastre de aquel día. Parecíanos, empero, 
imposibte el que la batalla hubiera tenido lugar en Petorca, 
a cuyas puertas hablamos dejado el ejército, treinta horas, al 
menos, antes del momento en que la refriega se había trabado. 



DK LA ADHmiSTRAG105 tONTT. 315 

Pero las nuevas que se dan en la guerra por los que se 
salvan del campo del desastre» son siempre tan terribles en 
su exajeracion, que parecería que el manto de la muerte 
cabriese lodo lo que rodea al fujilivo. Aquel oficial respon- 
dió con un golpe de rayo a cada una de nuestras preguntas 
i ávidas interrogaciones. Segün él, habían perecido todos los 
jefes, Carrera, Arteaga, Salcedo ; él Aa6ta msío espirar a ta- 
les ¡ cuales amigos, i por último, él habia comtemplado con 
sos propios ojos el cadáver sangriento de mi hermano.... 

Aquel cúmulo de horrores dio uñ vuelcor a mi corazón. 
Sentí que una opresión eslrafia sacudía mi pecho i traia a mi 
garganta heces amargas que daban paso atondes sollozos. 
Desde aquel instante de íntimo dolor i de una turbación tan 
súbita i tremenda, todos los bríos físicos cedieron a la flaque- 
za del espíritu^ i me sentí un hombre perdido. Gaileguillos, 
acaso aquella vez, única en su rápida vida de soldado, com- 
prendió que su pecho también desfallecía. Mi mirada inquieta 
encontraba en la suya el reflejo del último arranque del alma, 
que brilla en la frente herida, como la.llamarada del candil al 
espirar. 

Apenas tuve fuerzas para decir un adiós a los fieles solda- 
dos que se habian agrupado en nuestro derredor i que con 
ojos húmedos venian a estrechar nuestra mano, ofreciéndonos; 
como el último voto de su lealtad, el juramento de que mo- 
rirían fieles a su bandera. Cuantos de aquellos bravos mu-« 
"bachos hemos vuelto a encontrar mas tardé, cargando en 
' imbros, ya robustecidos, el fusil del mismo bando que 
nos avasallara, pero que todavía, desde él fondo del 
^novaban a nuestro postigo de prisioneros, aquel 
juramento del enmarada ] 



310* OlSTOftlA DE LOS DIEZ aSOS 



Nuestra sUaacion era. tan crítica en aqael momento que 
positivamente no podíamos escapar del enemigo. A nuestro 
frente, teníamos la columna de Luna, i a retaguardia, el ejér- 
cito yencedor en Petorca» mientras que por un flanco se Ie-> 
yantaba la inaccesible cadena de los Ánjeles^ guardada pof 
numerosos destacamentos apostados en los senderos, i^or ei 
oriente, en la opuesta dirección, la Cordillera, impracticable 
todavia por las nieves. Solo en las faldas de esta podíamos, 
encontrar un abrigo^ i después de decir a los oficiales que 
tomara cada cual su partido, nos dirijimos en nuestros caballos 
ya exhaustos, hacia la Cordillera. Galleguillos i el capitán 
don Benjamia^ Lastarria habían elejído el marchar comnigo 
por aquel rumbo. 

A poco andar, Uñando ya cerraba la noche, encontramos 
un jinete que daba la vuelta de las cerranías i que nos dijo 
ser el manco Bustamante^ un viejo de buena voluntad^ pero 
idiota, que se nos ofreció por guia para ganar una eminenéia 
vecina, llamada el cerro de la Achupaya, donde nos veríamos 
salvos de todo riesgo inmediato. 

Anduvimos por hórridos despefiaderos toda aquella ooehe, 
i solo cerca de las dos. de la mafiana, nos encobtramos 6Q^ la 
eima del áspero pico de la Achupaya, cuyos flancos de gui-i 
jarros movedizos nos hacían rodar junto con nuestras míseras 
monturas, por trechos considerables^ . 

Nuestro guia nos abandonó aquí i regresó al bajo, juran-* 
donod i^a "dar secreto. Cuando nos jimos solos, pensamos 
en reposar, pero no teníamos mas abrigo c / cavidad de 
las rocas, porque el suelo estaba sc^. /ado (' 



DE LA ADHINISTRiCIOÑ HONTT. 317 

chonos de nieve conjelada, cuyo contacto nos adormeció un 
instante, pero luego vino a despertarnos la primera luz del 
nuevo dia, que aparecía descorriendo a nuestros ojos el in- 
menso panorama de verdes valles, de mesetas aplastadas, 
i de cadenas de cerros que iban a morir en la ribera del 
mar, tendido como una ráfaga azul en la distancia, mién- 
tras, por el frente, se alzaba la fríjida cresta de los Andes, 
coronada per la jigantesca i blanquecina diadema del pico dt 
Aconcagua. Aquel paisaje era grande i subKme, contemplado 
por tres fbjitivos desorientados, que no tenían mas amparo 
que las grietas de un pefiasco i 



VI. 



Nos entregábamos a nuestras primeras cavilaciones sobre 
el partido que deberíamos tomar en lance tan apurado, cuan- 
do Galleguillos creyó percibir un lejano ladrido, que sentía 
acercarse lentamente por las gargantas del bajo. Esperto 
¡suspicaz, como un contrabandista, el joven mayor tomó su 
gorra, la revolcó en la tierra, para darle el color de las ro<^ 
cas que nos ocultaban, i se puso en espracion de loque pasaba 
en las quebradas que conducían a la altura. Su ojo certero 
descubrió pronto una variedad de movimientos que se ope^ 
raban por diversas partidas déjenle en las faMals de aquella 
encumbrada cadena I que desde iuego nos hizo creer eran 
tropas destacadas en ftoestra persecución, por denuncio que 
habla dado nuestro noclurr^o guia el manco Bustamanle ; 
i como comprendíamos que toda resisíoncia era vana, apesar 
de que conservábamos nuestras pístoías i espadas, quisimos 
aguardar su aproximación para intentar escaparnos a pié ea 
dirección opuesta a aquella por la que fuéramos asaltados. 



348 OISTORIA DE LOS IH£Z AÑOS 

Gallegaillos oo lardó en avisarnos que la parljda quo se veia 
en el bajo se dividía en dos trozos, qoe se diríjian por con- 
trarios rumbos a la altura, mientras que por opues^ lado, 
en dirección al valle de Puiaendo, subía otra partida que 
arriaba por delante una madrina numerosa de caballos, 

Al fin, nuestra ansiedad tuvo término, i vimos llegar sobre 
la cumbre los tres grupOs sucesivos que habíamos descubier- 
to en la distancia. £1 buen manco nos había sido fiel. Lajeóte 
que llegaba por el sud eran los vaqueros de la hacienda de 
San Andrés del Tártaro, que venían a esconder en aquellos 
farellones íoaccosibles la caballada del fundo, amenazada por 
las porratas del valle ; i por el rumbo opuesto, subía una 
comitiva de 30 a 40 huasos i vaqueros de la hacienda de 
otro propietario del valle de Putaendo (don Gabriel Vícufia), 
que hapían los rodeos de la estancia en aquellas cerranias. 

A la cabeza de estos últimos, venía, por fortuna nuestra, 
uno de eses hombres de corazón que llevan en las mcmtafias 
las botas de cuero i el poncho burd» cruzado sobre el pecho, 
a guisado una armadura salvaje, tosco disfraz que oculta 
muchas veces ea nuestros campos la hidalguía del alma va* 
rentl, como la grosera arcilla suele esconder entre sus grie- 
tas el oro o el diamante. Era este el capataz de la hacienda 
de Vicuña, Ventura Atencío, nuestro salvador en aquella 
angustiosa peregrinación. 

A nuestra primer insinuación, el leal montaflez compren- 
dió el servicio que podía prestarnos, i haciéndonos una sefial 
de intelijencía, dispersó su jente, ordenando a un camarada 
de su confianza, llamado Vergara, que nos condujese a un 
punto que él le designó al oído. Ensillamos antes caballos de 
la arria que acababa de llegar, en reem|)lazo> de los nuestros, 
que no podían ya levantarse del suele. 



W LA ADMlNISTRACieN MONTT. 319 

VIL 

Internados bacía la cordillera, en una marcha que duró 
todo el día, llegamos a las oraciones a la márjen del rio de 
Pulaendo, que no era sino un torrente en aquella altura. En- 
cendimos un fuego a orilla del agua, asamos nuestro char-* 
qui i nos echamos bajo de los arboles para reposar. Mas, 
pronto, un ruido que se aproximaba por el monte nos puso 
de pié, i luego vimos llegar dos jinetes a nuestro fogón. Eran 
los oficíales don Juan Mufloz, i don José Gallo, que se habían 
estravíado en aquella dirección I que desdp aquel momento 
unieron su suerte a la nuestra. 

A la mafirana siguiente (16 de octubre}, continuamos nues- 
tra marcha hacia el corazón de la cordillera, hasta que nes- 
gamos a uoa quebrada inaccesible llamada el Perejil. Este 
era el punto que el capataz Alencio había clejido como el mas 
seguro. 

Pasamos ahí dos dias de desóladora duda, repasando ea 
nuestra memoria el panorama siniestro que los derrotados 
del campo de Pelorca nos habían trazado i en cuya tela man- 
chada de sangre i rola en jirones por el fuego, veíamos pasar 
a cada latido del corazón la sombra de un hermano, do uá 
amigo querido, de un noble camarada.«..Por otra parte, ne 
sabíamos que partido abrazar en aquella situación. Ninguno 
de la comitiva tenía otro recurso, fuera do sus espadas, que 
unas cuantas pesetas, que sumadas por jupio, no habrían va-* 
Hdo lo que el mas ruin de nuestros sables. 

El fiel capataz vino a visitarnos ^n la tarde del día 17, 
trayéndonos del valle una bolsa de azúcar pqeta i nn enere 
de sancochadOj nombre que se dá en el vajle de Pataeode a 



320 HISTORIA DE LOS DIEZ AÜOS 

un mosto grueso. En el fondo de aquella piel íbamos a beber 
la suprema resolución que debía sacarnos de aquel desíerlo 
en el que comenzábamos a contemplarnos unos a otros con 
rubor, como si nos admirásemos de que la impresión del do- 
lor o del desaliento durara tan largo tiempo en nuestros 
pechos, 

vm. 

Después de un feslin, digno de aquellos horrendos sijips, 
en que el sancochado tuvo el puesto mas aristocrático, lo- 
mamos nuestro partido de salir resueltamente al yalle, evitar 
las guardias, donde se pudiera» o atrepellarlas si nos ataja*- 
ban, basta llegar al camino de la costa, donde resolveríamos 
si debíamos regresar a Coquimbo o buscar uu asilo en Val- 
paraíso. 

En el acto» ensillamos nuestros caballos i partimos prece- 
didos de un práctico, en cuyas manos vaciamos con anticipa-^ 
Gion todo nuestro caudal. Caímos luego a los callejones del 
Talle, pasando sin que nos sintieran las jiatrullas, por todos 
aquellos dispersos caseríos; subimos luego una áspera mon- 
tafia« en cjiya cima, limite del pequeflo i rico valle de Catemu, 
existe una gruta natural, que llaman la Casa de Piedra^ 
donde lomamos refujro, porque una gruesa lluvia había co- 
menzado a caer desde la media noche. Gallo ¡ Muñoz nos 
habían abandonado al subir aquella altura, mas impacientes 
que nosotros por. torcer su rumbo hacia su hogar, en el 
norte. 

Luego que escampó, bajamDS al valle de Catemu, i ya 
Íbamos a entrar en el camino carretero que conduce a Quí- 
llata, cuando uq homado campesino) que al pasar notó la 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 32t 

empuñadura do nuestras espadas, milad ocultas bajo núes* 
tros ponchos, nos advirtió el peligro que corríamos de caer 
en manos de las guardias apostadas en aquella dirección, por 
hacendados hostiles, que habían emprendido de su cuenla la 
persecución de los Tujitivos/ 

CofAo era imposible volver airas; el buen hombro nos ia* 
dtcaba como único escape el «alropellan» la alta cadena do 
CuríchHongo, resplandeciente de nieve en aquella tárdia prí^ 
marera, trasmontando la cuar, Caeríamos a los valles del 
Melón o Catapilco, donde deberíamos encontrar la hospitali- 
dad de nuestros viejos hogares. 

En el acto, torcimos nuestros caballos por aquel rumbo, I 
apresurando el paso, llegamos a la oración a la cima do una 
cadena accesoría de las altas montañas nevadas que debía- 
mos atravesar al siguiente día. Intentamos formarnos un 
asilo contra la helada brisa que soplaba, ^t pié de una attosá 
patagua, pero la fuerza del vícníonos arrebalaba' fos tizones, 
donde porfiábamos por azar el último trozo de charqui que 
nos quedaba de provisión. 

Tiritando de frío, nos dormtmoís al fin, i cuando aclaró el 
nuevo dia (20 de octubre), observé con sorpresa que Galle-* 
guitlos estaba a mis pies, que había cubierto con su propia 
manta. A! saludarme, me pareció notar en su sonrisa un dejo 
melancólico, síntoma de desaliento o de una amarga resolu- 
ción. Lo interrogué, con esa brusca insinuación permitida al 
camarada, sobre su tristeza, pero bajó sus grandes ojos par- 
dos i me dijo con voz conmovida estas palabras que iban a 
ser el eco de un supremo adiós. «Estol triste porque hasta 
aquí solo puedo acompañarlo. Desde este punto, haí rumbo 
directo al camino de la Serena, i yo debo irme a junlar con 
mis amigos, porque mis servicios pueden Decesitarse, mien- 
tras que sí voí a Valparaíso, nada podré hacer....» 

41 



322 HISTORIA DE LOS DIEZ iKOS 

Aquella resolución no tenía otra respuesia que un abrazo 
de adiós. I después de haber ensillado nuestros caballos, es- 
trechamos nuestros brazos con efusión, no sin que soltozos 
eomprimidos traicionaran el dolor de aquella separación del 
infortunio i de la amistad. Galleguillos bajó precipitadamente 
por la falda septentrional de la sierra de Santa Catalina, donde 
nos hallábamos, mientras Lastarria i yo conlinoabamos nues- 
tra marcha a Valparaíso, eq cuyas puertas, nos encontró la 
noticia del levan lamiente popular del 28 de octubre, en el 
que una estralajema maternal evilóal último tomar parte. 



IX. 



José Silvestre Galleguillos tenia la edad, la talla, el rostro 
del héroe. Era como un tipo del adalid moderno. Esbelto sin 
ser alto» ajil i agraciado en sus movimientos, no tenía esa 
frajilidad descarnada de los miembros, defecto de las organi- 
zaciones nerviosas; su rostro era ovalado i de color cobrizo; 
su boca grande, sombreada por un bollo negro i sedoso, pero 
que no alcanzaba a caer sobre su labio superior en la forma 
de bigotes; sus ojos grandes, de un negro apagado i melancó- 
lico, qoe pestañas largas, crespas i firmes sombreaban pro- 
fundamente, daban a toda su fisonomía una espresion grata, 
en la que la modestia velada i la audacia sin reboso parecían 
hermanarse, confundiéndose en un solo tinte fijo de enerjia i 
benignidad^ Su sonrisa tenía el atractivo particular de una 
intima benevolencia, i este reflejo retrataba su alma, porque 
era el roas lucido dote de su índole el ser bueno^ compasivo, 
jeneroso, i aun magnánimo. Era un valiente, i el coraje en 
los hombres de guerra es el hermano varonil de la clemencia. 
Su frente era espacioi^a, cuadrangular, corlada en sus pcifi- 



DB LA ADMINISTRACIÓN MONtT. 323 

les como a golpe de cincel, miénlras que guedejas de un nc-- 
gro bríllaole, que acusabao un premalurodespojo de su cabeza, 
fruto de sus padecimientos i de las alegrías de la mocedad, 
hacian mas saliente i mas pronunciado su cefio de altivez vi- 
ril, de sagacidad vivísima i de incontrastable firmeza. Lo que 
mas caracierizaba su rostro era lo que se llama en lenguaje 
habitual» la simpatía, que es la beldad del alma traducida 
en el tosco molde de las formas; pero no era por esto un hom- 
bre ni hermoso ni arrogante. 

Había nacido en el campo j en éi habla vivido. Sb padi^, 
hombre laborioso i modesto, que se sustentaba de la práctica 
do sacar canales de regadío en el valle ó de dirijir la cons- 
trucción de caminos, como perito, no le había dado mas edu- 
cación que la que la escuela de la parroquia vecina podía 
ofrecer. De esta suerte, aquel mancebo, que todo lo compreD- 
día a la primera mirada, que todo lo ejecutaba con una inte- 
líjencía eslraordinaria, sabia soto lo que sabe todo mediocre 
mayordomo de faena, leer, escribir i contar. 

Desde niflo, su ocupación favorita habían sido los cuidados 
de la labranza, pasando la mejor parte de su juventud sir- 
viendo como mayordomo en las haciendas de la vecindad. 
£1 ardor de su temperamento había dado un vuelo precoz a 
sus pasiones i tan niílose había casado con otra niflatlel valle, 
del nombre de Juanita, prima suya, que a la edad de 28 
aAos que ahora contaba, era ya padre de 14 hijos, pesadísima 
responsabilidad para su trabajo i su paternal anhelo. 

Se había dado poco al ejercicio de las armas, aiiciou que ya 
hemos vislo no prevalece en el norte de nuestro territorio, 
ni en teoría, ni menos en la práctica. El joven mayordomo no 
había tenido tampoco en derredor suyo^ ni la ocasión, ni el 
estimulo, ni la tradición del pasado, que mantiene en los 
pueblas, con el relato de las hazañas de los mayores, el culto 



324 HISTORIA Bfi LO^ BIEZ iftOS * 

del heroísmo, del qué. en el suelo coquímbanosoio la memoria 
del valiente e iurorlunado Uriarte es un pálido reflejo, casi 
del lodo borrado. Ho¡ ese cuMü existe, i Galieguillos contri- 
buyó con mejores lilulos que otro alguno a su gloriosa ini- 
ciación porque no hubo en la revolución del norte una figu- 
ra mas conspicua que la suya, como tipo militar, i no la 
habría habido acaso en toda la oaropafia de la revolución, si 
el león de las montanas del Bio-Bio, Ensebio Buiz, no hu- 
biese bajado a los llanos del Longomüla a dar en el campo 
de la carnicería su último rujido.... Sus camaradas do ser- 
vicio i de gloria, Boberlo Soupper, fienjamin Vidala, Bamoa 
Lara, Aiarcon, Drizar i los 13 oficiales del Guia dejados eñ 
el campo, hicieron en un solo dia proezas inmortales. Galie- 
guillos, las babia repelido casi dia a dia, durante tres meses 
de combates, en los que su caballo era siempre el que galo« 
paba mas adelante de las filas. 

Pero Galieguillos no era solamente hombrie de hígados pu- 
jantes. Tenia otra cualidad militar de alto valor, que era 
acaso el sello distintivo de su jenio de soldado: la prudencia. 
Antes de pelear, era frió, subordinado, observador. En medio 
de uñ conflicto, daba mas importancia a una maniobra cer- 
teraquoa una atropellada acometida; en elca;npo, media mas el 
alcance de su vista para dirijir su tropa, que el de su brazo 
para alcanzara su adversario. No reculaba nunca, pero sabia 
retirarse en buen orden ; cargaba pocas veces, pero cuando 
lo hacia, era para traer consigo el bolin de los rendidos i los 
trofeos sembrados en el campo. Debióse a esto, que mui rara 
vez le mataran un soldado en los diarios cncueútros que 
sostuvo durante el sitio de la Serena. Era humano basta la 
benevolencia. Estorbaba, no solo la carniceria del combate, 
sino la mofa i la humillación de sus triunfos do avanzada, i 
a esto debe atribuirse el que no solo los soldados encibígos, 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT, 3S5 

SIDO hasta los gauchos arjenlínos que rodeaban la plaza aáe^ 
diada, le cobraran, mas bieu que el encono de la guerra, 
amor i respeto. Los Cazadores a caballo parecían evitar con 
estudio todo encuentro con los Carabineros que él dacaba al 
campo i paseaba cada día varias leguas en contorno; i aque- 
llos bravos chilenos, que so sintieron siempre humillados de 
hacer brillar sus sables en las mismas filas, en que I05 cu^ 
yanos tremolaban sus banderas de pillaje, preferían alistarse 
entre los defensores de la plaza, como lo ejecutaron algunos, 
consintiendo de preferencia en que se- les llamara traidores 
a la bandera de su rejimienlo, antes que serlo al estandarte 
,dela patria. 

Tal era José Silvestre Galleguillos, aquel humilde mancebo, 
que rendido a los pies de su camarada, velaba su suefio i le 
protejia contra la intemperie, mientras él tiritaba transido de 
frío. Era entonces menos ilustre (pie lo que esta pálida pá--* 
jiña lo deseribo, pero tenia ya en su frente el presajio de la 
gloria, aguijón irresistible, que purizaba su pecho por dar la 

vuelta del bogar amenazado 1 asi, cuando sofocando sus 

sollozos, bajaba de la sierra, galopando por entre las brefias 
i dando gritos de adiós a sus compafieros, hubiérasele creído 
el jenio de la guerra que descendía sobro los valles de su 
suelo, para levantarlos a los gritos de la patria encadenada 
i de la libertad despedazada por la metralla del formidable 
bombardeo, que, a su llegada, iba a estallar sobre la Serena. 



X. 



£1 fnjitivo mayor llenó, por completo, sus propósitos. Reu- 
nido en la hacienda vecina de San Lorenzo al comandante 
Pablo Mu&oz que se había refu)¡aclo abi con tos oficíales Tu- 



326 HISTORIA DE LOS DIEZ AN09 

rro Sagáslegui, Francisco Várela i el capilao de caballería 
Aniceto Labra, resoJvieron partir en el acto a la Serena. 
Cuando pasaban por la vecindad de Illapel, se les juntaron 
en la hacienda de Limáguida, cinco oficiales prisfoneros que 
se habían escapado de la Ligua, Pozo, Cornelia, Cbavol, Lazo 
i Akarez, i continuaron su peregrinación en consorcio hasta 
la hacienda de Quile, vecina de Ovalle, donde se mantenía 
oculto ol gobernador Larrain. Gallegnillos convino con este 
en dar un asalto sobre la villa í se dirijió con Mufloz i Labra 
al pueblo vecino de la Chimba, a fin de ejecutarlo, mientras 
que los prófugos de la Ligua prefirieron marobar directamente 
a la Serena. 

Mufloz i Galleguillos llegaron a la Chimba el dia 27, una 
semana después que el último se habla separado de Vicufia 
en la sierra de Santa Catalina, cuyas faldas bafia el rio de 
Aconcagua. Ocuparon todo el siguiente dia en aprontar al- 
gunas armas i municiones, para caer sobre Ovalle al ama- 
necer del dia 29, loque ejecutaron, derribando Galleguillos 
con el pecho de su caballo al centinela que guardaba el cuar- 
tel, en cuyo palio encontró dormidos unos 60 milicianos de 
caballería, a los que, por toda seflal de estar rendidos, les in- 
tima que siguieran durmiendo sosegados.... 

Como los propósitos de los guerrilleros eran encontrar 
algunos recursos para entrar armados a la Serena i poder 
resislir a las avanzadas que patrullaban por los caminos, no 
se demoraron en ei pueblo sino lo preciso para recojer al- 
gunas armas i caballos i alistar algunos voluntarios que qui- 
sieran acompafiarlos. 

De esta suerte, en la tarde del mismo dia 29, partieron de 
la villst con un destacamento de 20 hombres, dejando al mis- 
mo gobernador que hablan encontrado, don Silvestre Aguirre, 
i sin haber cometido mas acto de depredación que el hacer 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 327 

presa de guerra el almofrez de un oficial Buslamante, en 
cuyos dobleses reconocieron no pocas prendas del bolín de 
Petorca. 

Haciendo un rumbo de travesía por las monlafias de An- 
dacollo, los osados montoneros consiguieron aproximarse a 
la Serena^ sin ser molestados por las partidas de Prieto, has- 
ta que acercándose la noche del día 30, descendieron sobre 
la ciudad de la manera que hemos visto al concluir el ca- 
pítulo anterior. 



APÉNDICE. 



Publicamos en este primer volumen quince de los cua- 
renta i tres documentos de que coqsta este Apéndice^ 
encontrándose el mayor QÚmero de ios justificativos de 
la obra intercalados en el testo i notas de la narración. 

Cada uqa de las piezas que se rejistran en este Apén- 
dice tiene al pié la designación de la fuente en que ha 
sido tomada. 

He aquí su nómina exacta por el orden en que se pu- 
blican, con referencia a las citaciones del testo, a saber: 

Núm. 1 / Nómina de los ciudadanos que suscribieron 
el acta revolucionaria de la Serena. 

3.^ Lista de los oficiales de la división espedicionaria 
de Coquimbo, 

S."" Instrucciones del comisionado don Benjamín Vicuña 
Mackenna. 

4/ Acta del nombramiento de gobernador de Ovalle. 

5."" Parte oficiaídel combate de Illapel. 

6/ Decreto de disolución de las milicias de IllapeU 



330 APÉNDICE. 

7.^ Gorrespondeúcia entre el jeneral Cruz i la comisión 
de Coquimbo. 

8.^ Ñola del ministro ingles sobre el bloqueo i embargo 
del puerto de Coquimbo i contestación del Gobierno de 
Chile. 

9.* Nota del ministro de Estados-Unidos sobre el blo- 
queo del puerto de Coquimbo i contestación del Gobierno 
de Chile. 

10. Convenio celebrado entreoí intendente Zorrilla i 
el comandante del vapor ingles Gorgon, sobre la captura 
del Firefly i felicitación que el comercio ingles dirijió a 
aquel oficial por este arreglo, con varias otras piezas iné- 
ditas relativas a este negocio. 

1 1 . Decreto declarando pirata al vapor nacional Arenco 
i comunicaciones cambiadas entre el ministro ingles i el 
gobierno^ respecto de la captura de dicho buque. 

42. Estado de las fuerzas del gobierno que se batieron 
enPetorca. 

43. Parte oficial de la batalla de Petorca. 

44. Proclama del Presidente de la República^ a conse- 
cuencia de la victoria de Petorca. 

45. Estado de las fuerzas que existían en las trincheras 
de la Serena. 



DOCUMENTO Nlll. 1. 



HÓMIRA DB LOS aVDADANOS QUB SUSCRIBIERON LA ACTA BBTOLU- 
CIONARIA QUE SB LEVANTÓ EN LA SALA MUNICIPAL, A OCHO DÍAS 
DEL MBS DB SBTIBHBRB DB MIL OCHOCIENTOS CINCUENTA 1 UN 
▲NOS. 



Tomas Zenteno, Vicente Zorrilla, Nicolás Osorio, Isidro Cam* 
pana, Jaan Jerónimo Espinosa, José Antonio Aguirre, Pedro 
Alvarez, José Dolores Alvarez, Pedro N. Chorroco, Joaqain Vera, 
Pablo José Julio, Félix Ulloa, frai Tomas Robles, prior, frai Jaan 
José Nuñez, prior, José Migael Aguirre, Mariano Baltazar Vas- 
qaez, presbítero, Manuel Sasso, presbítero, Clemente Pizarro, 
presbítero, José Domingo Chorroco, Juan Nicolás Alvarez, Nicolás 
Munizaga, Federico Cobo, Hermójenes Vicuña, Francisco Campa- 
ña, Pedro Pablo Muñoz, Manuel Aharez, Jacinto Concha, An-? 
tonio Haria Fernandez, Mateo Concha, José Gaspar Riyadeneira, 
Hillan Rivera, Domingo Ortíz, Bernardo Ramos, Bernardo Osan- 
don, Bernardo Aracena, José Celedonio Gómez, Romualdo Baest 
Marcos Diaz, Nicolás Yávar, José David Garcia, Juan Nicolás 
Guerrero, Manuel Antonio Muñoz, Cayetano Montero, Francisco 
de Paula Aguirre, Antonio Herreros, Laureano Pinto, Pedio 
Viveros, Narciso Callejas, Bernabé Cordovez, Victor Gallardo, 
José María Osorio, Pedro José Bolados, Nicolás Rojas, Alejandro 
Aracena, José Toribio Melendez, Juan Gualberto Valdivia, Vi- 
cente VargaSy Francisco Meri, Manuel Safiai Mateo Salcedo, 



332 DOCUMENTOS. 

Gabriel W. Cordorez, Domingo del Solar, José Guerrero, Joan 
Carmona, Ramón Solar, Javier Díaz, Benito Vallejos, Cruz Vera« 
Luis Cisternas, Hipólito Asiar^ Julián Ravest, Mariano Romero, 
Pedro Pablo Gamboa, José Haría Villegas, José Duro, Vicente 
Gómez Solar, Eajenio Valdivia, José Vicente Briseno, José Ra- 
món Pozo, Benigno Quintana, Pablo Villarino, Demetrio Flores, 
Juan Maria Iñiguez, José Pimentel, José Dolores Dávila, Fran- 
cisco Serjio Olivares, Adolfo Gallo, Pedro Opaso, Paulino Larra- 
guibel, Lucas Godoi» Nicolás Aguirre, Jerónimo Rojas, Ramón 
2.<> Batalla, Domingo Borquez, José Nicolás Várela, José Santos 
Carmona, Eduardo Canilla, Manuel Contreras, Antonio Alfonso, 
Marcos Várela, Ramón Pizarro, Vicente Herrera, Buenaventura 
Fabrega, Ramón Espejo, Juan Mondaca, Lucas Venegas, Antonio 
Gonzalos, Domingo Cortez, Pedro Cisternas, Francisco Esppjo^ 
Santiago Peña, Mateo Campaña, Aniceto Espinosa, Prudencio 
Navarro, José de Valdivieso, Prudencio Gatica, Agapito Guerra, 
Benigno Alvarez, José del Carmen Carbajal, Gregorio Suárez, 
José Marcos Veles, Ramón Montes Sola r, José Gavino Bolados, 
Ramón Trujitlo, Estovan Campaña, Justo Medina, Justo Yávar, 
José Antonio Lorca,' Juan de la Cruz, Rufino Rojas, Tomas 
Adolfo Alonso, T. Telésforo Molina, Miguel Alcayaga, Estovan 
Rojas, José Timoteo Contador, Fermin Sana, Buenaventura Varas, 
José Agustín Cisternas, José Antonio Rojas, Cosario Meri, Per- 
fecto Rojas, Juan de Dios Duvon^ Manuel Pérez, Pedro José 
Tordesilla, Ramón Contreras, Pascual Gallegos, José Miguel Bravo, 
Aniceto Labra, Manuel Ramón Hagró, Juan Muñoz, Juan de Dios 
2.® Alvarez, Zcnon Cortez, José Goicoka, Melchor Fleita, José Ro- 
dríguez, José Félix Comella, Lino Hernández, Estovan Rojas, 
José Manuel Olivares, Manuel Vidaiirre, Gabriel José Real, To- 
mas Rojas, José Mandíola, Ramón Marcial, Juan Arteaga, José 
Maria Flores, Joan Jerónimo Rodríguez, Andrés Peña, Francisco 
Muñoz, José Armasabal, Martín Raes, Ventura Molina, Felipe 
Santa-Ana, Cipriano Ramírez, Justo Picarte, José Latorre, Dio- 
nisio Ahuoiada, Vicente Cerda, Juan Rios, Juan Araneda, Victor 



DOCUMENTOS. 333 

Santa-Ana, Fernando Torre Sagastegoí, Juan de Dios Fuentes» 
Estanislao Monardos, Atanacio Barrios, José Lara, Felipe Gon- 
zales, Joié Agustín Flores, Feliciano Cáceres, José Haría Naba*- 
Ion, Ventora Román, Valentín Rojas, José María Villegas, Joan 
de Dios Cepeda, Antonio Morales, Pedro Cantos, Jorje Rojas, 
José María Aguilar, Pablo Espinosa, José María Bosiamante, Fe- 
liciano Astubillo, Antonio Contreras, José del Carmen Barrios^ 
Romualdo Campaba, Pedro Real, José del Carmen Vasqoez, 
Manuel Hernández, José Manuel Castañeda, Lorenzo Barrera, 
José Vergara, José Arredondo, Pedro Carmona, Pedro Campero, 
Cicerón Bracamonde, Vicente Gonzales, Manuel Rojas, Jiian do 
Dios Herrera, José Antonio Campaña, Bartolo Bríones, Jerónimo 
Reínoso, José Gregorio Acuña, Carlos López, Manuel Bolados, 
Francisco Guerrero, Martín Trejo, Euiojio Jofré, Jacinto Iñigoez, 
Ramón Veles, José del Carmen Contreras, Clemente Carvallo, 
José Ravest, Juan Arancíbia, José de la Cruz Zúñiga, José Her- 
bfa, José Santos Saavedra, Víctorio Villagra, Bernardo Díaz, 
Ramón Contreras, Juan Calderón. 

(Del Alcance a la Strena del 30 de setiembre de 185f.) 



DOCUMENTO NlJl. 2. 

LISTA Dfe LOS OFICIALES DB LA HIYISION DR COQUIBIBO FORMADA |iN 
EL CAMPAMENTO DS PCNITAQUI EL 28 DE SETIEMBRE DB 1851. 

Jeneral en Jere, don José Mígocl Carrera, 

Jeneral en segundo, don Justo Arte^iga. ' 

Me de estado mayor, don Nicdas Munizaga. 

Ayudante mayor, teniente coronel, don Victoriano Martínez. 

Comisario, teniente coronel graduado, don Ricardo Ruiz. 



334 BOCUMEIiTOS. 

Ayadmtes del jeneral en jefe, teniente coronel graduado, don 
Benjamín Vicaña Hackenna ; Sárjente mayor, don José Silvestre 
GaUegaíllos; capitán don Nemecio Vicuña; id. don Antonio María 
Fernandez. 

Ayudantes del Estado Mayor, capitán graduado de mayor, don 
Juan Herreros, id, don Mateo Sasso, id. don Mariano Sasso, id. 
don Enrique Gormaz. 

Tenientes, don Diego Romero, donN. Marin, don Julián Pizarro. 

Subtenientes, don Silvestre Aros, don Joaquín Zamudio, don 
Andrés Argandoña. 

Ayudantes del jeneral Arteaga, capitán graduado de mayor, 
don Santiago Herrera, id. don Pablo Argandoña, id. don Ignacio 
Macklury,4d. don Domingo Herrera. 

Batallón Igualdad. 

Comandante, teniente coronel graduado, don Pablo Muñoz. 

Mayor, sarjento mayor, don Francisco Barceló. 

Capitanes, don Benigno Quintana, don Pablo Villarino, don 
Juan Muñoz, don Manuel Yus, don Ignucio Rojas. 

Ayudantes^ capitán, don Hermójenes Vicuña, id. don Benja- 
mín Lastarria. 

Tenientes, don Pedro Real, don Manuel Solar, don Demetrio 
Flores, don Fernando Turre Sagástegui, don Juan Luis 2.o Rojas, 
don Fernando Díaz. 

Subtenientes, don Vicente Orellara, don Ventura Barrios, don 
Ignacio Varas, don N. Jeldes^ , don José Ramos, don Ambrosio 
Rodríguez, don Gregorio Villegas. 

Abanderado, don José Agustín Robledo. 

Batallón Restaurador. 

Comandante, teniente coronel graduado, don Venancio fiarrasa. 
Mayor, sarjento mayor, don Agustín del Pozo. 
Capitanes, don Nicolás Yavar, .don Carlos Yavar, don Balvino 
Gomella, don Francisco Várela Cisternas, don Jacinto Carmoha. 
Ayudante, don José Cometía. 



DOCUMENTOS. 335 

Tenientes» don José del Rosario Gallegos, don Tristan Latta- 
ptat, don José González, don José María Chavot. 
Subteniente, don N. Ramos« 

Batallón núm, I de Coquimbo. 

Comandante, teniente coronel graduado, don Manael Bilbao, 
Mayor, sárjente mayor, don José Ramón Guerrero. 
Capitanes, don Trifon Gutiérrez, don José Antonio Salazar, 
don N. Goicolea, don Pablo Real. 
Ayudante, don Eduardo Maxs. 
Teniente, don Francisco Pozo. 

Artillería. 

Comandante, teniente coronel graduado, don SaUador Cepeda, 
Mayor, sárjente mayor don José Antonio Sopúlveda. 
Ayudante, donN. Cantin.' 
Teniente, don José González. 
Subteniente don N. Cuevas. 

Cabálleria. 

Comandante, coronel, don Mateo Salcedo. 
Mayor, don Faustino del Villar. 

^^^^ (tt loi papelef Inédiloi del tutor); 



DOCUMENTO, ítl 3. 

IlIftTaVCCIOIfES DBL COMISIONADO DON BENJAMÍN TICUNA MACEBNNA. 

Serena, ifiíemhre 7 de I8SK 
En virtud del poder que jte me ha confiado provisionalmente 
por este pueblo, que ha reasumido su soberanía, para llevar a cabo 



336 BOGUHEKTOS. 

en toda la provincia el movimiento iniciado por la restauración 
de la República, bajo las bases de ana libertad bien organizado, 
he venido en comisionar al ciudadano don Benjamin Vicuña para 
que con la Tuerza que va al mando del capitán don José Verdugo, 
se auxilie en lo3 departamentos del sud el mismo principio de 
rejeneracion proclamado en esta capital, sujetándose a las ins- 
trucciones siguientes. 

l.o £i jefe militar procederá en todo bajo la inmediata direccioa 
del comisionado. 

2.<* El comisionado, de acuerdo con los principales vecinos de 
los departamentos, nombrará interinamente gobernadores, i se 
proveerá de los recursos que necesite para llevar adelante su 
comisión, dando cuenta de todo loque hiciere i obrare. 

3.® Como no es posible en circunstancias escepcionales el deta- 
llar instrucciones, por no estar al alcance de la autoridad lo que 
puede ocurrir, se le dan amplias facultades para que tenga buen 
suceso la importante comisión que se ie confía. 

4,0 £1 comisionado permanecerá en Illapel todo el tiempo que 
la autoridad considerase necesario, i procederá desde luego a or- 
ganizar un cuerpo, proporcionándole los recursos respectivos, de 
acuerdo con el gobernador que se nombrare en los términos indi- 
cados en el artículo 2.^ 

Carrera. 

(Do los rápeles ínédítoi del autor}. 



DOCÜHENTO NIjN. 4. 



ACTA UBL 1I0MBRA11IB5T0 DEX GOBBRIfAUOR DE OVALLE 1 COXlTíI- 
CACIONBS A LA INTENDENCIA DE COQUIMBO DEL COMISIONADO 
VICUÑA. 

Ronnídos los Vecinos iníluyenfes de esto -Departamento, con el 
esotinivo objeto de SO:) tener el orden i tranr]uilidad pública noni- 



DOGUÉn^Tos. 337 

brando tuia autoridad prdyísional para el desempeño de este cargO| 
kaii acordado o»án¡tt)aoaente: primero, Be nombra provísionalmeo* 
te de GafcernMiorde este DepartaroenfOy al Alcalde deS." elección 
don José Vicente Larrain, para que en aso de estas facoltades i 
represen tffCf#n lejMfma conque está investido» ejerta esta jaris-* 
dicción en lodo H departamento, prestando sabordinacion i obe« 
dlencia al* Intendentie de la provincia, ciudadano don losé Mtyu^l 
Carrera, a cuya jutisdwcicm se sujeta; i para queae respeto como 
tal i se le guarden las paras consideraciones debidas a sa cargo, 
pubUqnese por bando, oficíese a las autoridades subalternas del 
(departamento^ f fíjese en los lugares jáblipos, lirch/vese i dése 
cuenta al Int#ndtn(e da la provincía.-^Ovaile, setiembre ocho da 
mil ochoef«nlo6<^i^cu«nta i uno.-^/oa^ Fermín del Sohr.^Frmñ'» 
claco Cahetas.^Júsé Fermín Marin.^FrBnmco Javier CompitíOi 
-^Patricio ZedaWos.— Feliciano PradOé'^Jman R, FaMez.<«-Jueui 
iíaufiffa Barrios. — Benjamin Ftcntía*— leo» VaréUk.-^JoiéMa-- 
fie Pisarro. -^Marcos Barrios.^ Salvador Faídwta.^^/ffnacio 
Macklury, ^'Domingo Calderón.^ Benigna iVmez.«^ Francisco Jé 
Gutierres. '^Silvestre Aguirre. — Ignacio EUo i Prado. 

Es copia de su orijinal a qoe me refiero.««»Feeha %t tupra.-^ 
ignacio Ello i Prado, escribano receptor. 

(De la Serena deí 18 de setiembre 1831}, 



SeAor Intendente* 

El éxito de mí eomision en Ovafle ha sido completo. Hoí a las 
4 de la tarde he entrado a la población acompañado de todo el 
pueblo que rebosaba de entosiasmoi A una legua de la ciudad, nos 
esperaban* diputaciones del cablido I de la guardia nacional, que 
fraternisaban con nuestras ideas de pronta i completa rejeneracion. 

El gobernador va en fuga, sjn que hayan bastado a estorbarla 
les precauciones de loa vecinos ni las que nosotros miamos lie« 

43 



338 DOCIMENTOS. 

mos tomado: (o directíon «s a Coint>arbalá. El batallón negó su 
obediencia al gobernador en el mismo patio del cuartea i en con- 
secoencia de esto fué sa faga. Por ta acta adjunta veri U. S. 
los cambios gubernativos del departamento. A esta hora, qoe son 
las 8 de la noche^ ya ei nuevo goborfiador eslá tomando las pro- 
videncias necesarias a la seguridad i progreso del movimienlo. 
El vecindario está tranquilo. La tropa qne traje ha llegado sía 
otra novedad que un soldado que se estravió al salir déla Serena. 

£1 señor Larrain me ha dichoy en lopocoqoesus ocupaciones se 
lo permiten, que se puede poner sobre las armas de SQO a 400 
hombres de caballería escojida, i 40 o 50 de infanteria. La e«ca* 
sez de esta última arma es roui sensible i vaai ineparable. U. S. 
proveerá sobre esto con arreglo a que aqoi no hai grandes recur- 
sos. El cuartel cívico ha sido entregado a Verdogo, i se activan 
las persecuciones i medidas de (oda especie» 

En estos momentos estoi incapaz de concebir la menor idea, 
rendido de cansancio^ i por ahora me limito a darle solo un bos- 
quejo de lo que ha pasado. Mañana le comunicaré todos ios 
detalles I trabajaré sin cesar. Ei batallón cívico de aquf> único 
del departamento, foIo tiene ICO plazas, pero nunca forman mas 
de 70 a 80. Yo espero marchar pasado mañana sobre Combar** 
bala aunque con 50 inrantes^ pero como U. S. me asignó e| núme- 
ro dé 100, espero instracciones sobre el particular. Pienso en 
conciliar con Campos Guzroan, mediante la prisión de sus hijos, 
pero si no ccde^ no por eso dejaré de cumplir mis compromisos de 
llegar a lllapel dentro de 8 dias. Estoi mui contento con Verdugo 
i un capitán de milicias Sasso que nos acompaña i nos sirve mu- 
cho. Mándeme proclamas para Gombarbalá, lllapel i Petorca, 
cortas i enérjicas. Cartas también serian mui necesarias i dinero, 
todavía no sé a quien pedirlo porque U. S. nada roe dijo sobro 
esto. — Todo el armamento que hai aqui se reduce a 6^ fusiles, 
300 lanzas i 180 chusos, pertenecientes a todos . los escuadrones 
áel departamento. En Combacbalá^aí como 200 infant^s..Seriau 
utt gran recurso 20 hombres mas del Yuugai i un par de oficiales, 



DOCLMENTOS. 339 

porqae esta tropa es muí temida i casi invencible hasta Ulapel. 
Dispense de no evo el desorden de esta nota. 
Ovalie, setiembre 8 a las ocho i media de la noche. 

Bkniamim Vicuña Mackbnica. 

Verdugo pide qoe se le ?euale quien debe habilitar la tropa de 
piala. 



Señor Intendente: 

Hago a C. S. este espreso con toda la prisa qoe exije an aparo 
qoe de improviso hemos descubierto. Contaba con Í00 tiros» que 
se me aseguraba por el gobernador están aquí, pero hasta este 
momento no se han encontrado i me he resuelto a pedir a U. S. 
una carga lijera de cartuchos, de modo que pueda llegar en el día« 
Tengo como 250 cartuchos de los que trajo el Yongai, i con 
estos me basta para emprender la marcha, pero no para soste^ 
ner cualquier choque que pudiera ocurrir, aunque nada temo, 
porque repito a U. S. que la jente que tengo acuartelada es de lo 
mejor que puede presentarse. 

En resumen, he reunido hasta este momento (7 de la noche) 
4800 pesoftv— 'Tengo acnartelados 45 hombres de infantería, que 
coa seis mas que han partido en comiaioo, seo 51, todos volun- 
tarios i decididos. 

Espero maSana temprano la compañía de caballería de la Chim- 
ba, que según me informa su capitán Juan Barrios está dispueslí- 
sima i consta como de 100 hombres» pero 50 que formen» bastan. 

Goii estos auxilios, pienso avanzar mañana, camrnaiido toda la 
noche i llevando bien montada la infantería. 

Tengo 85 fusiles, de los cuales espero sacar útiles de 60 a 70. 

Si U. S. ha dispuesto mandarme siquiera 10 Yungayes, me 
atrevo a prometer que no correrá ni una gota de sangre h^ta 
mi llegada a lllapel. 

Mándeme cartas para Guiman, pues me aseguran ^ue es todo 



340 DOCIMCNTOS. 

poderoso en la villa, i asi, si lo qoito del foliierno, no tengo a 
quien poner en su lugar. Mándeme instrucciones sobre esto o un 
hombre que lo reemplaze. 

Si no bai algiin contratiempo inesperado, espero estar el jueves 
por la noche o el viernes en Combarbalá. 

He hecho algunos nombramientos mílHares qoe por la prisa 
no detallo a U. S.; mañana lo informaré mas en detalle. Estot 
contento con el gobernador, me obedece en todo. 

Si los cartuchos no me alcanzan aquí, los esperaré a dos o tres 
leguas de Combarbalá, si hai resistencia capaz de intimidar. I. 
Maekiury parte esta noche. 

Dispense U. S. la cenfusiofi de mis notas, porque no tengo tiem-> 
po ni para comtr* 

Benjamín VíclSa Mackbnna. 



Seiior Intendente: 

Me encuentro a 4 leguas de Combarbalá, i en este momento re- 
cibo de don Ignacio Maekiury, que como U. 8. sabe^ marchó el 
miéreoles 10 a ese punto, la esquela siguiente. «Avanzo con con- 
fianza, ya está tpdb allanado.D Esta noticie realmente es salís* 
factoría^ pero mis soldados se han entristecido- al saberla^ porque, 
voluntarios todos de la libertad, saben odiar a los tiranos i arden 
por castigarlos. Aseguro a iJ. S. con toda franqueza,- que mas me 
cuesta moderar su ardor, que animarlos en laS fatigosas marchas 
que de dia i de noche hacemos a pié sin otra distracción que 
nuestros gritos Innatos de libertad i las marchas guerreras que 
hago tocar a la banda de música de Ovalle, que en su mayor 
parte me acompa&a. Sin embargo de este entusiasmo tan víto, 
no he tenido una sola queja que recibir, ni una sola reconvención 
qoe hacer a 150 ciudadanos, de esos que los conservadores lla- 
man DESCAMISADOS, i que bien podrían enseñarles por so honra* 
dez i dignidad. Apenas he entrado en el departamento de Com- 



DOCIMEKTOS. 341 

barbalá, i ya le agolpan a noi tras otros los emtsarioa de eslos 
lugares desgraciados, rfctimas tantos ailos de tan horrenda ser*^ 
Tídambre. Cada cual me ofrece sus servicios o me trae arisos 
importantes. Yo eseojo los jóvenes para alistarlos, j a los- qat 
dejo, les recomiendo lo necesario para que el érden no se per- 
turbe «n solo instante. Por estos be sabido que Basooftan, Eseo- 
bar, Campos i los tres o cfuatro retrógrados que oprimfaa los 
departamentos de Ova He i Combarbalá, andan escondidos en lot 
alderredores de l«s villas, vagando de montafta en montada, 
alucinados todavía por la insensata esperama de dominar, ellos, 
a los chilenos de t8oll Tan luego coma tenga datos segares de 
sus personas, los liaré prender, aimqwe basta ahora he qa«rído 
escBsar esta medida; en obsequio de la paz i de la fraternidad 
que todos anhelamos. A este respecto, permítame U. 8. referirme 
a na hecho ya pasado. Al momento de mi llegada a Ovalloi los 
nobles jóvenes don Emeterio i don Ricardo Arislia me mandarim 
20 caballos, mil pesos i 4 reses, ofreciéndome todos sus recursos 
por medio del señor don Ambrosio Dias, haciendo estos sacrifi- 
cios volnnniriamente, i obedeciehdo solo a los principios libera- 
les en que como jóvenes han sido educados. ¡Cuan distinta ha 
sido la conducta del gobernador Campos que mandó fusilat al 
brigada del batallón cívico de Combarbalá por haber dióho en 
sa presencia finterramplendo sus proclamas de sangre) el jfríto 
de Vita GruzI Los soldados hicieron la primera descarga pet 
alto; i a la segunda intimación de Campos, quisieron volver sus 
armas contra el que quería oblarlos a ser yerdugos do sa impío 
compañero. El brigada se llama Isidro Hidalgo, lo haré oficial 
de mi división, e incorporaré también en calidad de clases a los 
soldados que no quisieron matarlo, a costa de su propia vida. 

Esta bech<> no me consta oíiGialiaente, pero, lo asegaraa tydaa 
i por eso lo comunico como verídico. * 

Tengo preso al jefe de las fuerzas qoe Campos qaiio organizar 
para defender su empleo. Lo aseguraré bien^ pol-que me dicen que 
es un bandolero. 



342 DOCrMJENlOS^ 

Don Sanios cavada le dará coenla del estado de mi tropa i de 
lo que esta necesita con mas premura. Anociie mo despedido él 
a la una de la noche en Huíimo. También le dará cuenta del 
arreglo que convenimos hacer con Campos* 

En Combarbatá no empero grandes recursos, porque los prófu* 
gos han divulgado por todo qae mis soldados vienen degollando 
i robando hasta los dedales de la jenie delcampo. Pero llegando 
ahí, daré cuenta a U. S. del verdadero estado de las cosas, Espero 
■que la desconfianza de los pobres campesinos» será momentánea 
» volverán todos a gozaren paz de la libertad porqie trabajamos, 
i que los partidarios del ministerio le arrebatan ahora» con una 
infame calumnia» ya qjue no pueden con el sable de sus esbirros. 

Luego que esté acomodado en Corobarbaiá» despacharé premios 
i comisionados seguros on todas direcciones para jeneralizar pt»r 
todo el influjo de nuestra santa ci:uzada. De Illapel estol seguro 
que no so dirá jamas que fué el único asilo del sistema retrógra- 
do en la heroica provincia de Coquimbo 1 

Mi marcha a lUapel no podrá ser antes del domingo 14 del pre- 
sente, pero tampoco será después del lunes. Esperaré la vuelta 
de los comisionados que voi a mandar tan pronto coma llegue a 
la villa. 

Son las once del dia i a la una estaré en marcha i llegaré a las 
cinco deia tarde, pues solo me faltan cuatro leguas dt marchav 
pqes estoí acampado a orillas del rio Cogoti. 
Dios guarde a U. S. 

ITtncon de Comharbaláf Htimhre 12 de 18St. ^ 

BfiNiAiinii VícvSa Mackbnra* 

P. D.^En este momento me escribe Ambrosio Campos que su 
padre se ha ido a Illapel sili fuerza alguna i que, por consigateirte, 
me espera. 

(Las tres notas anteriores han sido tomadas del periédico la 
Serena del 18 de setiembre de 1851). 



IMrXMENTOS. 3A3 



DOCUMENTO NIÍM. S. 

PAITÍ OnClAl DBL COVBATB DB ILLA7BL. 
Contndtncia en Jeto de la díTiiion de aperadoaef del loHe. 

niapel, $eiimbr$ 25 «b 1851. 

Seftor Miniütro: son las doce del dia. A esta hora, el drden cons-^ 
tíiueíonal qaeda restablecido» el vecindario- de lllapel se entrega 
con noble regocijo a celebrar el triunfo obtenido por las fuerzas 
que combaten en favor del orden i de la tranquilidad del Estado. 
Haré a V. S. una lijera reseila de las operaciones que en la maña- 
na de hoi he practicado. 

A la una de la maüana» emprendimos nuestra mareha del otro 
lado del rio de Choapa. El teniente coronel don Pedro Silva, 
cuyo valor es evidente» redobló so marcha con cuatro granaderos 
i diez carabineros délos Andes, con el esclusivo Gn de observar 
las posiciones de los sublevados que desde la tarde de ayer, per- 
manecieron a este lado del rio de lllapel. Con esta jente, derrotó 
una avanzada como de 25 hombres que ellos tenían, habiendo 
muerto uno de sus soldados i tomado prisionero otro, ambos del 
Yungai. Despojada la orilla que ellos ocupaban, encaminóse 
esta división a la plaza de lllapel, donde los sublevados seencon- 
trabah« Anteado llegar a aquel punto, se nos informó de on mo- 
do seguro que se diríjian a la Aguada, algunas cuadras hacia el 
norte, antes de llegar a la villa. Dirijime también a aquel lugar 
con la fuerza de caballería, i después de un tiroteo de mas de 
media hora, dispersamos completamente la fuerza de los suble- 
vados, sin mas novedad, por nuestra parte, que una lijera contu«- 
sion del alférez don Tomas Yavar. De los sublevados han sido 
prisioneros ano de los oficiales, noventa i un soldados i tomadas 
todas sus armas, tanto de la infantería como de la caballería ; i ' 
mas de cien caballos de loa que hdbian aporratado. Solo los su* 



34i DOCLNEKTOS. 

bletados qae al parecer mandaban en jefe la foerza. Verdoso i 
ViCQ&a, no han sido aprendidos, por la rapidez en qae huyeron, 
sin qae pueda decir aproxíniati?amente hacia donde. 

Me complazco de hacer presente a D. S. el valor i la intrepi- 
dez con qae ban procedido los oficiales i la tropa» asi como la 
dignidad qoe ha observado después del triunfo, i que prueba su 
moralidad i su disciplina. 

No terminaré este parte, señor &f inistro, sin decir a U. S. que 
el pueblada lllapel eslA decidido en favor del orden i animado 
del mas sano espíritu, i que en este momento Ueot la plaza i 
\ictprea .a la fuerza que llama su salvadora. 

Bfk una nota circnnstaociada que mas tarde me .propongo di- 
rgir a U. S», cumpliré con el deber de recomeadar en particular 
a los oficiales que mas he visto distinguirse. 
Diosgoarde a U.S. 

FftANasco GáHPOs Gczman. 

(ArchíTO del Ministerio de U Guerra). 



DOCUMENTO NÜI. 0. 



MCmVTO DB DiaOLtClOll DB LAS ttlLlCIAS HB ILLATEL. 
Conandancla ei^ Jefe de la ^ivifion de operadonet lobre las ftiersai del norte. 

niapelj setiembre 27 de itSÚ 

Seilor Ministro: 

Con eata misma fecha he dispuesto la disolueion de los cuer- 
pos ^0 iafaoteria i eaballeria cívica de este departumeolo, por 
convepir asi ai buen servicio público. Queda eacargado de la 
reorgaaizaeioa de loa espresqdos cuerpos el comandante de armas 



DOGUMIKTOft. dl8 

del departamento^ por cayo conducto se propondrá a C 8. loa 
jefes que deben ponerse a la cabeza de ellos. ' 
Lo comunico a U. S. pa^ra 0u tntelijeiicia i -^pr^bacíon. 
Dios guarde a D. S. 

pRANCiaco Campos Guzman. 
(At«Uvo del IliftifttariodeU Guerra). 



DOCUHENTO 0. 7. 

COlUSPOlfPBRClA BKTIV LA GOMlSrOK DB COQUIMBO 1 BL nWBBAIi 
CHUZ XN CONCBPCIOK. 

Las siguientes piezas han sido transcriptas del Bolelin del sud 
(nfims. 4 i 5), i consisten en proclamas t en las notas cambiadas 
por la comisión con la intendencia de Concepción/ reconociendo 
la autoridad superior del jeneral Cruz i la respuesta de estOi • 
saver t 

Núm.l. 

Al ilustre jeneral Cruz. 

La comisión de Coquimbo ha tenido el honor de leer la subli- 
me espresion de un patriarca de la independencia. 
I ¡Jeneral Cruz II 

Concepción i Coquimbo marcharán siempre unidos para de« 
fender la causa de la República, bajq vuestros auspicios. 

Soldados valientes están a vuestras órdenes : los Carampangues» 
los Cazadorea i este pueblo» 

La República entera sq pone bajo vuestra dirección. Morirán 
por la libertad los que suscriben.— Juan N» Alvarea — Joaquín 
Vera — Aii/ino Hojas— Aa/ael Púarro^-^/o^^Aamoi.— Agregado a 
esta legacioni Jotí ilnlonto Rodriguex. 



U 



3IC DOCCMCNTOS. 

Núm. 2. 

€0X19109 DB LA PmOVUfCIA DB COQUIMBO. 

CoHcepcionf setiembre 22 de 1851. 

La eomition nombrada por el pueblo de Coquimbo cerca del 
jeneral de dívísioa don José Haría de la Croz, autorizada saíi- 
cientemente, lo reconoce como supremo jefe político i militar* del 
mismo modo que la provincia de Concepción, para ir reorganizan- 
do un gobierno nacional, que evite la anarquía a la República. 
Como una prueba de estos sentimientos, Grma la comisión el acta 
proclamada por esta prorineia, I la manda a U. S. para que la 
haga archivar i trascribirla a S. E. el jefe supremo, a cuyas ór- 
denes se halla desde luego la provincia a quien representamos. 

En esta virtud, sírvase U. S. espresar a S. E. el jefe supremo 
que la comisión, después de haber llenado el objeto que la trajo 
a este patriótico i heroico pueblo, solo espera sus últimas órde- 
nes para regresarse a dar cuenta de la aceptación de su excelen- 
cia, i déla benévola acojida que ha recibido de todo este pueblo. 

Dios guarde a U. S.-^ Joaquín Yerü'^Juan Nicolás Alvarex-^ 
Rafael Pizarro^^Rufino Bojai-^Josá Ramas. 
Sefior Intendenta ét U protincU don Pedro FéHx Vlcafta. ^ 



Núm. 3. 

CUÁBTBL JBUBBAt DB LOS tIBBBS. 

Concepción^ Htiembre 22 «fe 18SI. 
He recibido la apreciable nota de U. S. fecha 22 del corriente, 
en la que se me comunica el reconocimiento que han hecho ios 
SeKores comisionados por la heroica provincia de Coquimbo del 
cargo que me conGrió el. pueblo de Concepción por la acta del 14 
del mismo mes. 



B0CLHGNTÓ9. 347 

En mi contestación al señor Intendente de la provincia deCo« 
quimbo, tave ocasión de manifestarle que solo aceptaba el man-' 
do militar i qua las autoridades civiles nombradas por los pue- 
blos deben subsistir en el ejercicio de sus funciones, hasta que 
un congreso de Plenipotenciarios o bien un número de delegados 
reunidos, nombren la autoridad civil superior. Ruego, pues, a 
U. S. se sirva hacer presente a ios señores comisionados que tal 
es mí resolución sobre el particular. 

Espero que la causa abrazada por las provincias de Coquimbo 
i Concepción será en poco tiempo mas el pensamiento uniforme 
de toda la República, i que la libertad triunfará del despotismo 
que la esclaviza. « 

Como por las comunicaciones que be recibido no estoi perfec- 
tamente al corriente del número i demás circunstancias de la^ 
fuerzas deque puede disponer la provincia de Coquimbo; i como; 
por otra parte, no es posible calcular la dirección que tomarán lotf 
negocios a consecuencia de nuevos pronunciamientos, o de te^ 
sistencias inesperadas, es del todo imposible establecer por ahora 
un plan de operaciones militares para dirljir con acierto los mo- 
vimientos que conviniera hacer en el Norte. No me cansaré sí, 
de repetir a U. S. que creo conveniente obrar con la mayor pru- 
dencia, a fin de evitar choques i desgracias sin fruto alguno, quo 
mas bien contribuyen a enardecer los ánimos que a aquietarlos. 
La prudencia del señor Intendente, encargado de la dirección de 
los negocios políticos i militares en la provincia de Coquimbo, 
me hace esperar que sus* medidas satisfarán mis deseos en todo. 

Reiteraré a U. S. lo que tengo ya indicado en mi nota al señor 
Intendente de Coquimbo i arreglado con los respetables señores 
que forman la comisión nombrada por aquella provincia; es la 
escasez de recursos que tenemos por acá para sufragar los gastos 
indispensables del ejército i otros pagos necesarios, a fin de evi- 
tar que los reclamos i el descontento pudieran cruzar nuestros 
planes. 

Sírvase U. S. trasmitir esta nota a los señores comisionados, en 



9ig BOCUHENTOS. 

coniestafiloR a la qoe fe bao servido dírijírme por sa conducto, 
maoífestáfidoles mi agradecimiento i respeto. 
Dios guarde a U. S. 

Josi Makia ob la Caua. 
JU feftMliilflBdnle46 urroriMia* 



Náffl. 4. 

Gincepcíon, ««(íembre 24 de 1851. 

Transcribo a U« U* la nota que ei señor jenerai de división don 
José Haria de la Cruz me ha remitido en contestación a la qoe 
U. U. me pasaron, firmando i aceptando la acta de Concepción. 
El señor jenerai acepta el poder militar, dejando a los pueblos las 
autoridades que ellos han establecido, hasta que an Congreso de 
Plenipotenciarios se reúna para reorganizar la unión de las pro- 
Yincías. 

En oficio de bol, trascribo esta misma nota al señor Intendente 
de Coquimbo, a fin de obtener cuanto antes el nombramiento de 
Plenipotenciarios, que deben reunirse en este pu.ebÍQ, de donde 
podrá fácilmente cpmunicarse coalas fuerzas militares i demás 
provincias que se vayan emancipando de la opresión. Este go- 
bierno, íntimamente persuadido del importante servicio qpe los 
señores comisionados han prestado a la República, tendrá siempre 
la major complacencia en recomendarlos al gobierno que los 
nianda, ofreciéndoles todas las consideraciones de amistad i res- 
peto, etc. 

Pjumlo Fslix Vicoía. 

A los lefiores eomisiooadoi de la provincia de Coquimbo. 



DOCl'HtNTOS. 34d 

• « 

DOCUIENTO NllM. S. 

VOTA DIL MIIVISTRO INGLES 80BEB BIi BLOQUBO I BSBABfiO DBC 

pcerro db coquimbo i contestación helqobibbhq ob €hilb« 

Tradaccíon. 

ValparaiiOy 24 de íetiembu de 18St« 
Señor: 

Las comunicaciones verbales que tave el honor de tener con 
S. £. el Presidente de la República de Chile, con tos i con el 
señor Urmenets^ habrán csplicado el retardo en contestar vaestra 
nota de 16 de setiembre último. En el presente estado de cosas 
es mi deber i el del comandante en jefe de las fuerzas navales de 
S. M. en el Pacífico, velar al mismo tiempo sobre los intereses de 
los subditos de S. M., i dar a un gobierno que está en amistad 
con el de S. H. el auxilio i asistencia que las circunstancias nos 
permitan, sin comprometer el principio de neutralidad. 

La presencia del vapor Gorgon de S. M. ha impedido la pre- 
meditada captura del vapor Correo^ i se han dadn órdenes para, 
detener al Firefiy tomado piráticamente en Coquimbo. La corbe-^ 
ta vapor de S. H. Driver salió ayer por la tarde para Talcahnano, 
tanto para la protección de los intereses británicos, como para 
tomar posesión del Firefiy, si se hallase en aquel puerto. 

En cuanto al acto agresivo cometido sobre el Firefiy en Co- 
quimbo, el contra«Almirante Moresby roe dice que está prepa- 
rado para tomar medidas mas coercitivas contra las ftrsonas que 
te alrihuxan autoridad en Coquimbo i ordenaron la captura de 
aquel buque, luego que el Gobierno de Chile me esprese su carencia 
de medios para protejer los intereses estranjeros en, aquel puerto ; I 
en esa opinión coincido enteramente; porque esas autoridades 
irregularmente constituidas no pueden ser reconocidas por noso- 
tros í es solo al Gobierno de Chile a quien podemos dírijírnos 
para la indemnización de las pérdidas safridas em aquella ikgal 
captura. 



3S0 DOCUMENTOS. 

Para evitar la repetición del insulto amenazado al vapor Correo 
ingles, solo se le permitirá comunicar con el baqae de gaerra 
británico apostado en frente de Coquimbo (el paerto}. 

Me aprovecho de esta oportunidad para renovar a V. E. las 
seguridades de mi alta consideración. 

J. H. SULIVAN. 

A. 8. B. don Antonio Varis, Minbtro de Reltcionei Btlerioreí de li Repúbilct de 
Chile etc. 

[Del Araucano núra. 1285.) 



CONTESTACIÓN. 

Santiago^ 29 cts ietiemhre de 1851. 
SeBor: 

He tenido el honor de recibir la nota de V« S,, fecha 2Y del 
corriente, en que se sirve participarme que a consecuencia de la 
pirática captura del buque británico Ftre/Iy, hecha en Coquimbo 
por los sediciosos, el señor comandante en jefe de las fuerzas 
navales de S. M. B.enel Pacifico ha puesto embargo sobre aquel 
pueKo hasta la restitución de dicho buque, i que por consiguiente 
no se permitirá ninguna comunicación con el puerto de Coquim«> 
bo exepto los buques de la República i los de guerra estranjeros. 

En contestación tengo el honor de decir a V. S. que con esta 
fecha oficio al comandandante de Marina esponiéndole que en 
virtud de la manifestación que tengo hecha a V. S. en mis notas 
anteriores, acerca de la imposibilidad en que hoí se halla el Go-* 
biemo de prestar la debida protección a los intereses británicos 
existentes en Coquimbo, con motivo de la insurrección, nohai 
inconveniente por parte del Gobierno para que se lleve a efecto 
la medida tomada por el espresado señor comandante en jefe de 
las fuerzas navales de S. H. 

Reitero a V. S. las seguridades de la afta i distinguida consi- 
deración con que soi de V. S, atento seguro servidor. 

Antonio Varas. 
^ NRor saeariido de negoeias do S. H. B. 

(De la Cmlizücioñ núm. 13] 



DOCUMENTOS. SSt 



DOCÜIESiTO NÜM. 9. 



NOTA DEL MINISTRO DB ESTADOS UNIDOS SOBftB EL BLOQUEO DEL 

PUERTO DB COQUIMBO 1 CONTESTACIÓN DEL GOBIERNO DH 

CBILB. 

Trad acción. 

Valparaiio^ octubre !.• de 1851. 

El infrascripto enviado estraordínario 1 Ministro Plenipoten- 
ciario de los Estados Unidos de América cerca del Gobierno de 
Chile, tiene el honor de inclair a S. E. el señor don Antonio 
Varas, Ministro de Estado i Relaciones Estertores de Chile, copia 
de an papel qae ha estado por algunos días Gjados en la Bolsa de 
esta ciudad, el cual aparece inserto, sin comento, en el JIferoa* 
rio del 29 del pasado, periódico qae se pnbitca en Valparaisoí i 
qae se considera ser el órgano del Gobierno. 

El infrascripto pide respetuosamente a S. E. el Ministro da 
Relaciones Esterlores le diga si el embargo o bloqueo del puerto 
de Coquimbo, promulgado por los representantes de S. M. B. por 
medio de aquel aviso, es un acto de hostilidad hacia el gobierno 
de Chile o si dicho bloqueo ha sido con el conocimiento i con* 
sentimiento de este gobierno. 

Al hacer esta pregunta, el infrascripto es movido solamente 
por el deseo de asegurar los intereses de los ctodadanos de Esta* 
dos Unidos. 

El infrascripto aprovecha esta ocasión para renovar a su Exe- 
iencia las seguridades de su distinguida consideración. 

Balib Pbyton. 

A S. B. leflor don Antonio y$tUt Ministro de Bstado i Relaclonet Biterioreí en 
Cbile. 

(Del Araucano núm. 1287). 



ÍSSH DOCtMENIOS. 

CORTBSTACION. 

Santiago j ocluiré 2 de 1851. 

El infrascripto Ministro de Estado en el Departamento de Be- 
hciones Estertores, ha teñido el honor de recibir la nota de ayer 
qae se ha servido diríjírle el señor enviado estraordinario i Mi- 
nistro Plenipotenciario de los Estados Dnidos de América cerca 
de este gobierno, acompañando copia del aviso publicado en el 
Mercurio por el señor Cónsal de 8. M. B. en Valparaíso,, fijado 
en la Bolsa mercantil de esta ciudad, sobre el embargo o bloqueo 
del puerto de Coquimbo, i solicitando su señoría se declare la 
naturaleza o procedencia de esta medida, en precaución de U 
seguridad de los intereses americanos. 

Después de haber el infrascripto puesto en conocimiento del 
Presidente la comunicación del señor Peyton, ha recibido orden 
de su 8. E. para esponerle en contestación, que con motivo de 
la revolución estallada en la ciudad de la Serena el 7 del pa- 
sado, i a Bn de precaver los grandes males que son tan de temer, 
como consecuencia de este atentado, asi a la República como al 
comercio estranjero, i cortar el progreso de la insurrección por 
los medios de comunicación marítima» el gobierno ordenó la 
clausura de los puertos de la provincia de Coquimbo. 1 persua- 
dido también que la cooperación de loe fuerzag británicae en la 
ejecución de dicha medida eeria de mucha importancia^ ha cofiv«- 
nido «1 gobierno aj^Ia tomada por parte de loe ojentet Británicos 
respecto del aprimo puerto de Coquimbo^ después de haber me- 
diado comunlcaáones entre este Ministerio i el Encargado de iVe- 
godos de S. JIf., acerca de los perjuicios causados ya por los 
amotinados a los intereses británicos en Coquimbo, de la nece- 
sidad de precaver otros en adelante, i de la imposibilidad en que 
hoi se haya el gobierno para prestar a dichos intereses la debida 
protección en un punto ocupado solo por los facciosos. 

Al contestar de este modo al señor enviado Americano, siente 
el infrascripto que las circunstancias aQtuales de la administra- 



BOCOMEI^TOS. . 353 

cion le hubiesen h&dio olvid«r la necesidad de pa^'lícipar opor«* 
tunamente a Su Señoría lo ocurrido respecto el asunto de so 
citada nota. 

El ínfrasorípto no cerrará la presente sin añadir, para ia jn- 
telíjencia de Su Señoría, que el diario líercurio de Valparati»o, 
no es el órgano del gobierno como equivocadamente se supone* - 

£1 infrascripto se complaoe en repetir al señor Peytoii el ies-^ 
timonio de su aias alta i distinguida consideración. 

Antonio Vabas. 

Al •cD<n> Bnfiado Büraordinirío f lUiiiitre Plenipotenciario de los Bstadoi Uní- 
doi lie América. 

{Del Araucano núm. 1287). 



DOCUMENTO NÜH. 10/ 



CONVENIO CELBIlBAtlO BNTBE £L INTENDENTE ZOBB1LLA I EL CO' 
MANDANTB DEL VAPUB INGLES GOBGOlf SOBBE LA CAPTCBA DEL 
PIBBFLY I rStlCITACION QU&.BL COXBBeiO INGLES DIBIJIO A AQCBL 
OFICIAL roa E^H ABEJ^GLO I OTBPS DOCUMBNTOS BBLATIVOS A 
ESTE NEGOCIO. 

Para terminar la cuestión suscitada entre el señor cónsul de 
S. M. R., el capitán del "vapor ingles '¿ror^on i entre el gobierno 
de Ja'provinciáhdcGoqtiímbo, a consecuencia de haber este toma<-> 
do en dias anteriores el vapor Firefly, perteneciente a don Carlos 
Lambert, itan celebrado el presenta convenio bajo los artículos 
siguiente»: 1-® este vapor queda desde iuegj considerado como 
presa de los oficiales del navio ingles Porllandi 2.^ el gobierno 
de Goquioibo se obliga a entregar de las primeras* entradas de 
su Aduana i en el discurso de tres meses Ja cantidad de treinta 
mil pesos al buque ingles de guerra que te baila en este.pyertai 
debiendo considerarse esta entrega como en compensación delo« 
gaslos i perjuicios ocasionadlos a don Carlos Lambert por la tQ9iB 

45 



354 P0COICNT08. 

i proa de subttqae: 3.® también te obliga el gobierno de Co- 
quimbo a entregar de las entradas de Adoana i en el mismo 
lérmíno de tres niescs la suma de diez mil pesos al buqne ingles 
degoerra que se halla en este pserlo. Esta entrega no tendrá 
Ingar caso que el señor almirante ingles declare que el señor 
Paynter, eapitan del Gorgon^ no ha tenido motiro bastante para 
haber apresado al vapor Arauco que a esta bahía arribó el dia 
dehoi: 4/ el gobierno de la provincia se obliga a dar por la 
prensa al señor Almirante de S. M. B. las satisfacciones conve- 
nientes por el agravio hecho con la toma del boq^oe Ftre/ly : 5.* 
desde el momento en que se firme el presente convenio queda 
concluido el bloqueo que el dia de hoi ha declarado a este p|ier- 
to i al de la Herradura, el capitán Paynter, i queda también de- 
vuelto el vapor ylrauco, mandado armar en guerra, al jefe que 
lo monta. Se reserva al señor Almirante i Ministro de S. M, B. 
el derecho conveniente para repetir contra el gobierno de Chile, 
por el cumplimiento de lo estipulado, caso que no lo haga el 
gobierno de esta provincia. A efecto de cumplir coscada uno de 
los artículos contenidos en este convenio, se obligan del modp 
mas solemne el gobierno de la provincia, i los que en las actua- 
les circunstancias representan al gobierno de S. H« B., enféde 
lo cual se firman dos ejemplares de un tenor a las siete i quince 
minutos de la noche del dia. 28 de letiembre de 18&1, en este 
puerto de Cocjuimbo. — Ftceiit« Zorrilla^ intendente.— Dfttt i 
Aoss, Cónsul de S. U. B.— /• PaynUr^. Capitán del vapor 
tiorgon. 

Por orden del seilor Intendente, el secretario, Juan de bios 
Ugarté. 

{be la Serena del 30 de setiembre de 1831), 

Arficti/o adicionad— Téngase entendido que la diapoaicion del 
articulo tercero en que se establi»ce que se pagarán diez mil pesos 
por la presa del vapor /tranco, tendrá kigar siempre que el atlior 
Almirante ingles declare que el capifan del vapor Gorgón ha 
lenido mütivc jueto para proceder a la captura de dicho Araueo^ 



DOCUMENTOS. 33S 

Asi mfsmo fe tendrá entendido qae las entregas a qoe se refieren 
los artÍGolos segundo i tercero del anterior conTenio, se barim 
al baque de guerra ingles qae al plazo estipulado se hallare en 
el puerto de esta ciudad, o al señor Cónsul, si tuviere comisión 
para ello.-— Serena^ setienibre 30 de 1851.— Fícente ZorrtZía.«--« 
David Rosi.'^J. Paytner. — Por orden del señor IntendentOi el 
secretario Juan de Dioi Ugaru. 

El anterior artículo adicional ha sido copiado del contrato orí- 
jinal que existía en poder de don Tomas Zentenor ¡ que solo últi- 
mamente hemos recibido. Este contrato (que se encuentra por 
daplicado) tiene la siguiente nota en ingles.— £ste convento Aasiio 
de$aprobádo por el vicenilmirante Moresby, comandante de la$ 
fneriae navales de 5. M. B, en Chile. — Augusto Wimper, Ca^ 
pifan d€ la fragata Thetis.-^l luego en seguida esta otra nota en 
espa noL-^Cancelacfo por fcaber sido desaprobado por el Almirante 
Moresby i el señor Salivan encargado de Negocios de S. M, J?.— 
Puerto de Coquimbo, octubre 14 de 18ol,— Z>avtd Jlois, cónsul 
de S. M. B« 



Pero DO se crea que esta reprobación de SuÜTan i Moresby fue« 
se causada por la vergüenza que debió inspirarles el infame res- 
cale de treinta mil pesos pedido por la captura de los buques, sino 
al contrarío, por el despecho i rabia que se apoderó del violento 
ministro británico cuando vio burlado el plan del gobierno do 
Chile i el suyo propio de arrancar de las manos de los revolucio* 
narios el terrible vapor iirauco. La prueba fué que ocho días des- 
pués de aquella desaprobación (el 15 de octubre}, mandó Moresby 
a robarse el Arauco en la bahía de Talcahuano, lo que ejecutó 
el vapor de guerra ingles Gorgon. 

Por lo demás, Paynler había entrado en aquel infame convenio 
mas por temor que por lucro. Indignado el vecindario del puerto 
por aquel atentado, ae había reunido en grupos amenazadores 
cerca de la bakilaciou co que el Intendente Zorrilla i su asesor 



3S6 IK)C(JH£NTOS. 

Zenteno celebraban la conferencia para el convenio con Paynlet 
i don Carlos Lambert. En consecuencia, i para intimidara este (a 
quien 86 so ponía el instigador de aquella tropelía}, llamóIoZen* 
teíio t la puerta i niostrándole la muchedumbre que se agolpaba, 
le dijo^ «que él era dueño de consumar el atentado que quisiese, 
|toro "que la autoridad^ por su parte, no respondía de su irida ni 
de la de ningún subdito ingles». Atemorizado Lamberto habló en 
privado con Paynter i este convino entonces en el despojo de 
treinta mil pesos queexijió, dando soltura al vapor. 



VBLICITACIOIC. 

Señor: 

No permitiremos os vayáis de este puerto sin efiprcsaros nucs^ 
tro sincero agradecimiento por los importantes servicios que ha- 
béis prestado durante los actuales disturbios políticos a los ingle- 
ses i eslranjeros residentes en Coquimbo. 

Creemos que vuestra presencia ha impedido que la autoridad 
dominante aqui no haya llevado a efecto sus actos de violencia^ 

Esperamos que las enérjicas medidas que habéis adoptado para 
vindicar el ultraje hecho que la propiedad británica, tendrán su 
natural efecto de demostrara los que provocan actos do lagresíon 
nrdn pronto cattigados^ i que debe respetarse el honor de una 
bandera esiranjerá. 

Os deseamos sinceramente un buen ^xito. 

Boberto\Eduardo Alison.-^Eduardo Bath. — Tomas Richardson. 
'^Gabriel Menoyo."^ Federico Field.^- Samuel Rem$? , ^^ Tomag 
FrancÍ8.'*^John Jone$, — Carlot Lambert.S, S, Lamber l.^^Car* 
hiJ, Lámbert, — Tomas Chadiiviks. 
M S. lames Paynter, comindante del rapor Gorgon. 



CONSULADO BRÍtInICO. 

Coquimbo^ octubrt l,^de 1851. 
Señor: 

Tengo el gusto de poner en vuestro conocimiento la precedente 



DocmcNTOS. S57 

comanieacion en que los ingleses I estranjeros residentes en Co- 
qaímbo, os dan las gracias i yo añado personalmente las mías por 
los importantes servicios que habéis prestado en los últimos dis- 
turbios políticos, i por las onérjicas medidas adoptadas que han 
producido el arreglo amigable i satisfactorio de los negocios. 

Soí vuestro etc. 

David Boss. 
(ContttldoS ILB.eaCovUvbo). 

Al oficial James Payiiler del yapor de S. M. B. Gorgon. 

. (Del Copiapino niim. 1163). 



Los cinco interesantes. documentos que se pnblica a conti- 
Boacionf como relativos a ios actos piráticos cometidos en Co-* 
quimbo por ios marinos^ ingleses, existían orijinales en poder 
del señor don Tomas Zenteno, comisionado para aquellos arreglos, 
i solo hoí (B de mayo, de 1S62) los he recibido, orijinales tam«« 
bion, mediante la oflcíosidad de mi exelente amigo Pedro Pable 
Cavada. 

Kl primero es el aviso enviado, por el comandante del resguar* 
do dg\ puerto de Coquimbo sobre el apresamiento del Áraiueo. 

£1 segunda contiene las enórjicas instrucciones dadas por e| 
intendente Zorrilla al ciudadano don Tomas Zenteno, para que 
arreglase las dificaltades suscitada^:» a consecuencia del bloqueo 
del puerto. 

El tercero es la nota en que el capitán del Gorgon comunica 
el bloqueo i estado de sitio de los puertos de la Herradura i Co- 
quimbo, al Cónsul ingles i el oficio de c»te con que remitió aqoe« 
lia a la intendencia. 

£1 cuarto es el oficio en que el comandante de la fragata Tketii 
piJe la entrega perentoria do los diez mil pesos pactados por la 
captura del Firefit/. 

£1 quinte ea el vergon toso recibo dado por el oficia!, de aquella 
suma, pagada con documentos de aduana i diiz i uíi pesos do$ 
reatts en plata. 



948 imm:uiiemo0. 

conlestacioR a U qoe le hao servido dírijírme por su conducto, 
nunífestáiidoles mí agradecimiento i respeto. 
Dios aaacde a U. S. 

Josa ÜAtiA PB Lk Cam. 
iU f «adr iBloidiBle 40 U Prorteoia. 



Mam. 4. 

Concepcu)ñ^ ieíiemhre 24 de 1851. 

Transcribo a U. U. la nota qae el señor jeneral de división don 
José María de la Cruz me ha remitido e,n contestación a la que 
U. U. me pasaroui firmando i aceptando la acta de Concepción. 
El señor jeneral acepta el poder militar, dejando a los pueblos las 
autoridades que ellos han establecido» hasta que un Congreso de 
Plenipotenciarios se reúna para reorganizar la unión de las pro- 
Tincías. 

En oficio de hol, trascribo esta misma nota al señor intendente 
de Coquimbo* a fin de obtener cuanto antes el nombramiento de 
Plenipotenciarios, que deben reunirse en este pQ.eblQ, de donde 
podrá fácilmente comunicarse coalas fuerzas militares i demás 
provincias que se vayan emancipando de la opresión. Este gO'^ 
biemoi íntimamente persuadido del importante servicio qae los 
señores comisionados han prestado a la República, tendrá siempre 
la mayor complacencia en recomendarlos al gobierno que los 
manda, ofreciéndoles todas las consideraciones de amistad i res- 
pelo, etc. 

PxMLO FiLU Vicoía. 

a los sefiores comlflontdos de U provincia de Coquimbo. 



DOCUMtNTOS. 34d 



DOCUIEKTO A I 



KOTA DWL MIlllSTRO IVGLBS SOBKB BL BLOQUBO I BXBAi»0 BBC 
PUeRTO DB COQUIMBO 1 CONTBSTACIO» BELQOBIEBHQ OB CHILB« 

Tradaccion. 

ValparaiiOj 24 de setiembre de 18St« 
Señor: 

Las comunicaciones verbales que tave el honor de tener con 
S. £. el Presidente de la República de Chile, con tos i con el 
señor Urmenets^ habrán esplícado el retardo en contestar vaestra 
nota de 16 de setiembre último. En el presente estado de cosas 
es mi deber i ei del comandante en jefe de las fuerzas navales de 
S. M. en el Pacífico, velar al mismo tiempo sobre los intereses de 
los subditos de S. M., i dar a an gobierno que está en amistad 
con el de S. H. el auxilio i asistencia que las circunstancias nos 
permitan, sin comprometer el principio de neutralidad. 

La presencia del vapor Gorgon de S, M. ha Impedido la pre- 
meditada captura del vapor Carreo^ i se han dadn órdenes para, 
detener al Firefly tomado piráticamente en Coquimbo. La corbe-^ 
ta vapor de S. H. Driver salió ayer por la tarde para Talcahuano, 
tanto para la protección de los Intereses británicos, como para 
tomar posesión del Firefly, si se hallase «n aquel puerto. 

En cuanto al acto agresivo cometido sobre el Firefly en Co- 
quimbo, el contra«Almirante Moresby roe dice que está prepa- 
rado para tomar medidae ma$ coercitivas contra loe pereopae que 
se airihuian autoridad en Coquimbo i ordenaron la captura de 
aquel buque^ luego que el Gobierno de Chile me esprese su carencia 
de medios para protejer los intereses estranjeros en, aquel puerto ; I 
en esa opinión coincido enteramente; porque esas autoridades 
irregularmente constituidas no pueden ser reconocidas por noso- 
tros, i es solo al Gobierno de Chile a quien podemos diríjirnos 
para la indemnización de las pérdidas safridai em aquella ikgal 
captura. 



330 DOGUflieMOs, 

Para evitar la repetición del ¡nsalto amenazado al vapor Correo 
ingles, solo se le permitirá comunicar con el baqae de gaerra 
britinico apostado en frente de Coquimbo (el paerto). 

Me aprovecho de esta oportunidad para renovar a V.E. las 
seguridades de mi alta consideración. 

J. H. SOLIVAN. 

A. 8.B. don Antonio Varif, Ministro de ReltcioneiBtterioref de liRepúbi leído 
Chile etc. 

[Del Araucano núm. 1285.) 



C0inrB8TA€101f. 

Santiago^ 29 de eetiemhre de 18oi. 
SeBor: 

He tenido el honor de recibir la nota de V. S„ fecha 2Y del 
corriente, en qae se sirve participarme que a consecuencia de la 
pirática captara del buque británico Firefly^ hecha en Coquimbo 
por los sediciosos, el señor comandante en jefe de las fuerzas 
navales de S. M. B.enel PacIGco ha puesto embargo sobre aquel 
puerto hasta la restitución de dicho buque, i que por consiguiente 
no se permitirá ninguna comunicación con el puerto de Coquim«> 
bo exepto los buques de la República i los de guerra estranjeros. 

En contestación tengo el honor de decir a V. S. que con esta 
fecha oficio al comandandante de Marina esponiéndole que en 
virtud de la manifestación que tengo hecha a V. S. en mis notas 
anteriores, acerca de la imposibilidad en que hoi se halla el Go- 
bienio de prestar la debida protección a los intereses británicos 
existentes en Coquimbo» con motivo de la insurrección, no hai 
inconveniente por parte del Gobierno para que se lleve a efecto 
la medida tomada por el espresado señor comandante en jefe de 
las fuerzas navales de S. H. 

Reitero a V. S. las seguridades de la alta 1 distinguida consi- 
deración con que soi de V. S, atento seguro servidor. 

Antonio Varas. 
Ai tsaor sacargidodenefoeies do 8. H. B. 

(De la Cmlizaciim uúm. 13.) 



DOCLMENTOS. 33 1 



DOCUIENTO NflM. 9. 



NOTA DEL MINISTRO DB ESTADOS UNIDOS 80BRB EL BLOQUEO DEL 

PUERTO DB COQUIMBO 1 CONTESTACIÓN DBL GOBIERNO DH 

CB1LB« 

Trad acción. 

Valparaíso^ octubre !.• i$ 1851. 

El infrascripto enviado estraordinario 1 Ministro Plenipoten- 
ciario de los Estados Unidos de América cerca del Gobierno de 
Chile, tiene el honor de incluir a S. E. el señor don Antonio 
Varas, Ministro de Estado i Relaciones Estertores de Chile, copia 
de un papel que ha estado por algunos dias Gjados en la Bolsa de 
esta ciudad, el cual aparece inserto, sin comento, en el Merou^ 
río del 29 del pasado, periódico que se publica en Valparai80| i 
que se considera ser el órgano del Gobierno. 

El infrascripto pide respetuosamente a S. E* el Ministro da 
Relaciones Esteriores le diga si el embargo o bloqueo del puerto 
de Coquimbo, promulgado por los representantes de S. M. B. por 
medio de aquel aviso, es un acto de hostilidad hacia el gobierno 
de Chile o si dicho bloqueo ha sido con el conocimiento i con* 
sentimiento de este gobierno. 

Al hacer esta pregunta, el infrascripto es movido solamente 
por el deseo de asegurar los intereses de los ciodadanos de Esta* 
dos Unidos. 

El infrascripto aprovecha esta ocasión para renovar a su Exe- 
lencia las seguridades de su distinguida consideración. 

Bal» Pbyton. 

A S, B. aeflor don Antonio YitUt MlnUlro de BsUdo i Reliclonet Biteriorot en 
Chile, 

(Del ilraiicoiio núm. 1287). 



962 nctmi^Tos. 

Al poner ectetaceso en noticia del!, S., espero que con la po* 
8¡ble brevedad empleará las faerzai de so mando para impedir 
que el vapor británico Fire/ty continúe empleándose en este inde- 
bido i punible tráCco. 

Dios guarde a U. S. Manuel Blanco Encalada. 

Al jefe mu antiguo de lu fueniA d« S. M B. en Vtlparalto. 
£s copia.-^jDeme(rio Jl. Peno, Secretario de marina. 



DOCDIENTO NfiM. ii. 



DBCBBTO DBCLABANDO PIBATA BL VAFOB NACIONAL ABAüCO I COüt*'- 
mCACIONBS CAMBIABAS BNTBB BL MIBISTBO INGLBS I BL 60BIBBN0 
BBSrBCTO PB LA CAPTÜBA DB OICHO BCQUB, 

5anfta;o, $etimhr9 30 da 1851. 
Considerando: 

1«* Qoe el vapor mercante de la marina nacional trauco ha 
sido asaltado i tomado por los sublevados de Concepción; 

S.* Qoe ha sido armado en guerra sin autorización ni cono- 
cimiento de la autoridad competente; 

3«* Que autorizado para llevar bandera chilena como buque 
mercante, no puede gozar de la protección de esa bandera, des* 
pues de haberse armado en guerra para hostilizar las autorida- 
des constituidas. 

4.» Que loa abusos i depredaciones que pudiera cometer sobre 
buques • propiedades nacionales o estranjeras, podrian dar pro- 
testo a reclamaciones por llevar bandera chilena. 

He venido en acordar i decreto. 

El vapor mercante itrouco no goza de la protección de la ban- 
dera chilena, ni debe ser reputado como buque chileno. 

Podrá en eonsecueitcta ser lejítimamente apresado por cual- 
quier boqtie, en protección de ios intereses de la nación a que 
pertenesca i que pudiera comprometer. 

Oemunfquese al comandante jeneral de marina i pobiíquese. 
MonTT. Jo$é Francisco Gana. 

[Dé^Boktiñ de (as Leyes iib. 19 núm. 9). 



M)cra£r(TOS. SOS 

NOTá DEL «INISTAO 15GLBf . 

Traducción. 

Santiago^ octubre 23 d$ 1851. 
Señor: 

Tengo el honor de participar a V« E. qae conforme a las órde-* 
net del comandante en jefe de las fuerzas navales deS.M.B. en el 
Pacífico, el comandante Paynter del vapor de S. M. Gorfon ha 
tomado posesión en Talcahaano, el 15 de octabre último, de un 
vapor llamado el Anweo. 

En la nota que tuve el honor de recibir de V. E. el 12 do octiH 
bre» V. E. me incluyó copia de un decreto del Presidente de la 
República de Chile, a efecto de que ese vapor no gozase mB$ 
tiempo de la protección de la bandera chilena ni se considerase 
como buque chileno; i el decreto pasa a decir que el Araiico pue- 
de ser legalmente apresado por cualquier buqu^, para protejer 
los intereses de cualquiera nación que pueda comprometer. 

El caso ha tenido lugar, el vapor Araueo ha sido el instrumento 
por medio del cual han sido perjudicados los intereses británicos, 
por medio del cual los subditos británicos residentes en Chile 
han sido maltratados i despojados de sus bienes, i por medio del 
cual los aseguradores británicos pueden sufrir graves pérdidas. 

Por mucho que un ájente británico lamente el ver a m país 
próspero i floreciente como la República de Chile, fiel aliada áú 
la Gran Bretafta, bendecido hasta aquí por la paz, con un gobier** 
no ilustrado, haciendo constantes progresos, i adelantando en b 
prosperidad comercial, i con un presidente reden elejido por la 
voluntad popular, por mocho que lamente el ver on país seme- 
jante, presa hoi de la guerra civil i de las dísencíones inteslioMs, 
es so deber conservar ona pos ícton meutral i dejar que los negó* 
cios internoa del país, cerca del cual ha sido nombrado» sean 
arreglados por las aotoridadts constituidas. 

Pero coando hai dos partes contendientes, es lembieii deber 
del Ájente Diplomático británico tener coidado de qoe ona de 
esas dos partes no se aproveche de las circonslancias para per« 



361 DOCUHtNTOS. 

fadicar los intereses de sos compatriotas* Qae ana de las partes, 
que se esfaerza por medio de la guerra civil en trastornar el go- 
bierno de SD país, se apodere violenta i piráticamente de an va- 
por con los colores británicos, i haga un uso indebido de él para 
sus fines privados; que esa misma parte perjudique los intereses 
británicos, como en el caso del vapor ulrauco, no puede permitirse. 

fis por este motivo, que, de orden del comandante en jefe, 
ha sido tomado el Firefly; que se ha reclamado por dos veces 
iudemnizacion i se ha exíjido fianza [s^urity), para el pago de 
U demanda; es por ese motivo, que se ha efectuado de orden 
del mismo comandante en jefe el apresamiento del Tapor Arauco, 
Pero ningon individuo despreocupado podrá pretender descu- 
brir en esas medidas una infracción de la neutralidad. 

Aprovecho esta oportunidad para renovar a V. £• las seguri- 
dades de mi alta consideración. 

S. H. SüLIVAlf. 

A. 8 E. don Antonio Taru, Uiniílro de negocios Eilranjeros de la República de 
Cbile. 

(Del Araucano núm. 1302). 



CO^TBSTAClOir. 

Santiago^ noviembre 7 de 1851. 
Señor: 
•He tenido el honor de recibir, i puesto en conocimiento del 
Presidente, la nota de V. S. del 25 del mes próximo pasado eii 
que me haca saber que el comandante Paynter del vapor do S. 
M. B. Gorgon se apoderó del vapor Arauco en Talcahuano el 15 
del mismo mes^ según las órdenes recibidas del comandante en 
jefe de las faerzas navales de S. 11. en el Pacífico. 

V. S* se refiere con este motivo al decreto Supremo de 12 de 
octubre en que se declaró que el Araueo no gozaba mas tiempo 
do la proteooion de la bandera chilena i que pedia ser iejítima^ 
mente apresado por cualquiera buque, en protección de los inte- 
resea de la nación a que perteneciese i que el Arauao pudiera 
comprometer. Manifiesta V. S. haberse verificado el caso previsto 
en el débete, i «le ha servido hacer uua csposioion de los prin* 



POCUMENTOS. 965 

cípios que en el estado presente de cosas han debido dirijír la 
conducta de un ajenfe británico, deseoso por una parte de man- 
tenerse neutral en medio de las dísenciones que desgraciada- 
mente aflijen al pafs, i obligado por otra a protejer los intereses 
de su nación contra un partido que en su empresa de trastprnar 
por medio de la guerra civil el gobierno nacional, se apodera 
\íulen(amente de un vapor que lleva la bandera británica, i lo 
emplea indebidamente en la persecución desús miras particulares. 

El Presidente^ que ha leido con la debida atención la nota de 
V. S., coincide enteramente en su modo de pensar ^ i no puede m^- 
nos de reconocer la justicia de los principios que Y, 5, se ha ser^ 
vida espresarme. 

Me valgo de esta oportunidad para renovar a V. S. las pro-i 
testas de roí alta consideración. 

Antonio Vábas. 

AI feñor encargado de negocios de 8. II B. 

Del Araucano núm. 1302). 



DOCimeNTO NUN. 12. 

DIVISIÓN PACIFICADOBA DEL NORTE. 

Estado que demuestra los Jefes, Oficiales i tropa qu$ de didia con" 
currio a la acción de Petorca, que tuvo lugar el 14 de octubre 
último con demostración de heridos i muertos. 



CUERPOS. 


CONCU- 
RRIERON. 


Hr:ii[ooa. 


MUERTOS 

_ 1 


5 
40 


O 

3 
2 

40 


» 

25 

53 

971 




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5 

1 

ti 

t 


Estado mayor de la división. 

Artilleria ce línea. ....•.•..•. 


Brisada de Marina. ........... 


Batallón Biiin ••...•..• 


1 Id. quinto de linea 

ilnfanteria cívica de los Andes i Pu- 
1 taendo • 


4|433 

9 205 


Granaderos a caballo . . . . 


4 

6 

10 

79 


66 

99 

100 

942 


Escuadrón de los Andes 

Id. de Petorca. 


Totales. • • • 



366 DOCtllfiNTOS, 

NOTAS. 

1.* Do losveinte heritlofi, quedaron en el hos pilal qae se es* 
tabléelo en Petorca, siete de Granaderos a caballo* ono del Buín 
i dos del Nüm. S, de cuyo total murieron dos. Los diez restantes 
se incorporaron a sus cuerpos. 

2.* Entre )os heridos de Granaderos a caballo, cuatro recibie* 
ron dos bayonetazos i dos de olios un balazo, ademas, dos con 
solo un bayonetazo, dos un balazo, I los tres restantes fueron le- 
remente heridos de bayoneta i golpes de fusil. 

3.* Obra ya en el Ministerio la lista de los 10 titulados o(t« 
eiales, que cayeron prisioneros, incluso el mayor don Mateo 
Salcedo que murió el 16, de resoltas de su herida. Délos 300 i 
mas prisioneros de la clase de tropa, se destinaron ¿00 a engro- 
sar las fifas de nuestros cuerpos, inclusos 32 que pertenecían al 
batallón Yungai, se despidieron algunos como inútiles e inculpa- 
bles porque violentamente se les había enrolado en la marcha 
por las haciendas, i 48 quedaron en el hospital de los que mu- 
rieron tres. 

5.* Las piezas de artillería con doscientos cincuenta cartuchos 
mil id. de fo«¡l, doscientos cincuenta fusiles, algunos correajes 
i setenta lanzas fué lo que ingresó a la división perteneciente al 
enemigo. 

5.« Treinta i dos fueron los muertos por parte de los subleradosi 
incluso el mencionado mayor Salcedo i dos oGcSales. 
Sanliago^ febrero 17 de 1851. 

JCAK VlDÁCRRB LbáL. 
{JM arelilf o dol Ministerio do It Guerra). 



DOCUIIiMO KIÍM. i3« 



FA«TB OriCIAL DB LA BATALLA DB PETOBCA« 

Comandiiicla de la Dítíiíob pacificadora del Norte. 

Pelorca, octubre 14 de 1851. 
SeAor Ministro: 

Persiguiendo el enemigo desde Quilimaii, que flbandonanJu la 



iKMnjKCT^ios. 867 

provincia de Coquimbo se había internado en esta, diríjiéndoae 
al centro de elJa» para lo qae procuraba ocultar sos moirimlentos 
verdaderos con otros Gnjidos, i burlar de este modo mi vtjilancia» 
lo alcancé en este pueblo, al ocupar las alturas que lo dominan, 
i siéndome necesario desalojarlo de ellas, ordené al jefe de vaii'* 
guardia que lo atacase, pero teniendo que sostenerla, se hizo je* 
neral el combate, que duró desde las dtee de la mañana hasta la 
una. La resistencia de los subleTados ha sido Tigorosa i su de- 
rrota completa. Las fuerzas de artillería, armamento! municiones 
han caldo en mi poder, como un número considerable de pri*» 
sioneros, habiendo logrado escapar sos principales caudillos. No 
queriendo demorar a U. S. el conocimiento de un hecho que ase-* 
gura nuestras instituciones, i por consiguiente, el orden i tran- 
quilidad de la República, se lo doí a ü. S. en los momentos de 
haberlo concluido, i aunque sus resultados han sido felice$,de« 
ploro el que haya habido necesidad de él, por la sangre chilena 
que se ha derramado. 

Me reservo para después el darle el parte eírcunstaociado, por 
no tener los datos exactos que se necesitan para hacerlo; pero lo 
haré tan pronto como los obtenga i solo roe limito a recomendar 
la distinguida conducta de los jefes, oficialea i tropa que compo- 
nen la división de mi mando; por último, todos se han conducido 
brillantemente. 

Dios guarde a U. S. 

Jt'AÜ VlDAOBRB LbAL. 

Sellor Mlnifllro út litado en el éqiarlameiito de Guerra. 

(Del archivo del Minielerio de la Guerra]* 



mmim nüi. u. 

VROCLAMA DBL PBB8IDBNTB DB LA BBPÚBLICA A C0IISBCCB5C1A ]>« 
LA BATALLA DB PBTOBCA. 

Bl preiidenle de )a BepAbtlcí a It dÍTiiion del üorte. 
¡ ; Soldados I ! 
Vuestro valor i denuedo han hecho triunfar la leí i las insti« 



36SÍ XtÚClA^ENTOS. 

tuciones i saUada la República : sois acreedores a la gratitad 
nacional. 

)| Goardiai nacionales 1 1 

Con vuestra heroica conducta i cinismo, habéis competido con 
"vuestros hermanos del ejército. Mereceréis igualmente bien de 
la patria. 

La sangre derramada es un sacrificio penoso para todos Yosolros 
como lo es para mi. Este sacrificio mostrará al mundo el valor 
inestimable que damos a la paz. 
¡ I Soldados I! 

Aun quedan algunos estraviados con las armas en la mano. 
Los valientes de la división del Sod, vuestros constantes com* 
paneros en las glorias anteriores, los reducirán bien pronto a su 
deber. Ellos rivalizarán también en esta vez con vosotros en 
vlrtpdes I patriotismo. 

Santiago^ octubre 16 de 1851. 

Manuel ManTT, 

(Do la Ctoi{t¿actOfi del 17 de octubre). 



DOCUMENTO NÜI. iS. 



ESTADO DEL NUMERO DE FUERZAS QUE EXISTEN EN CADA UNA DE 

LAS TRINCHERAS DE ESTA PLAZA DE LA SERENA. 

TRINCHERA NU1I« 4, 

íñfanteria c(vica. 

4 Cabos. 



1 Sarjenfo mayor graduado 
1 Teniente. 
5 Sárjenlos. 



28 Soldados. 



Artillería. 

2 Cabo?. 
4 Artillero^. 
12 Agregados. 



'í Sárjenlo mayor graduado. 
3 Tenientes. 
S Air^receSk 
S Sárjenlos. 

El Comandante d<>esta trincberai lo es el sárjenlo mayor gra- 
deado don Bel vino €omella. 



TnCfCABRA Nun. 2. 



3G9 



Infantería dvica. 

i Subteniente. I 3 Cabos. 

S Sárjenlos, |ll Soldado*: 

El Comandante de esta trinchera lo es el subtcnienle don Ju^é 
Armados. 

TA11I€H£RA MJfl. 3. 



1 Teniente. 
3 Sarjentos« 



Infantería eCtica. 

14 Cabos. 
20 Soldados. 



AríllUrxa. 

2 Artilleros. 
8 Agregados. 



I Alferes. 
1 Sárjenlo. 
1 Cabo. 

El comandante de esta trinchera lo es el teniente don José 
María CoTarrubias. • 

trinchbha num« 4. 

Infantería cínica» 

i Sárjenlos. )14 Soldadas. 

5 Cabos. I 

El Comandante de esta trinchera Jo es e! sárjenlo José María 
Vega- 

TAINCIIERA NUM. 5. 

Infantería cívica. 

112 Soldados. 



3 Sarjentos. 
9 Cabos. 



Artillería. 

2 Soldados. 
4 id. agregados. 



3 Oficiales. 

1 Sárjente. 

2 Cabos. 
El Comandante de esta trinchera lo es el alférez don Jostf 

María Lazo. 

TaiNC0£ftA NÜM. 6. 

Infanleria cívica. 

3 Sárjenlos. 



1 Capitán. 
1 Teniente. 
1 Sftbieuiente. 



6 Cabos. 
17 Soldados, 



47 



370 DOCLMETNTOS. 

ArtiUer(a. 

1 Sarjenfo mayor graduado. 2 Cabos. 
1 Alferes. 8 Soldados. 

1 Sárjenlo. 
£1 Comandante de esta trinchera lo es don Isidoro A. Moran. 

TRINCHERA KUH. 7. 

Infantería eCviea. 
1 Sárjenlo mayor graduado. 



5 Cabos. 
30 Soldados. 



} Subteniente. 
7 Sarjeutos. 

Artillería. 

1 Teniente. 1 Cabo. 

1 Subteniente. 8 Artilleros. 

1 Sarjento. 

El Comandante de esta trinchera lo es el sarjento mayor gra- 
duado don Candelario Barrios. 

TRINCHERA NUM. 8» 

Infantería cívica. 
1 Sarjento mayor graduado. I 4 Cabos. 



3 Sárjenlos. |!2 Soldados. 

Artillería. 
i Capitán. 1 Cabo. 

1 Teniente. 6 Soldados. 

2 Sárjenlos. 

El Comandante de esta trinchera lo es el sarjento mayor gra- 
duado don Miguel Cavada. 

TRINCHERA NUM. 9» 

Infantería civica. 

1 Teniente. I 4 Cabos. 

3 Sarjeutos. 123 Soldados. 

Artillería. 

1 Teniente coronel graduado 
1 Capitán. 
1 Alferes. 
El Comandante de la trinchera 



1 Sarjento. 

2 Cabos. 
10 Soldados, 
lo es el teniente coronel gradua- 



do dou Ricardo Ruíz. 

[De los papelee privados del coronel Arleaga.] 



ÍNDICE. 



DCDIGATOBIA.. 5 

Una palabra al país. • 7 

aovertbngia » • • • 44 

CAPÍTULO I. 

BL CLUB REVOLüaONARlO. 

La Serena antes de la revolución.— Tradición liberal de la pro- 
vincia de Goquimbo.--Movimiento intelectual.— El Instituto. — 
La prensa.-— Juan Nicolás Alvarez. — La candidatura Montten la 
Serena.--Se instala la Sociedad patriód'ca.— Banquete popu- 
lar.— Pablo Muñoz.— Se inaugura la Sociedad déla Igualdad. — 
Tienen lugar las elecciones,— Triunfo de la Serena.— El club 
del Faro. -La Sociedad de ta Igualdad es disuelta por la 
Intendencia.— Misiones encontradas de don Manuel Cortés i 
don Juan Nicolás Alvarez en la capital. — Palabras del jeneral 
Cruz»— Llegan a la Serena dos compañías dtí batallón Yungai. 
—Don José Miguel Carrera se presenta oculto en la provin- 
eia. — Reuniones populares en el cerro de la Cruz.— Inacción 
política.— Carrera resuelve regresarse a Santiago.—Primera 
conferencia revolucionaria.— Los oficiales de la guarnición se 
ofrecen para sostener la revolución. — Santos Cavada.— Se ins- 
tala el club i?ew{uctonar»o.— El ayudante de la Intendencia 
Verdugo propone un plan para el movimiento i es aceptado.— 
Dificultades sobre la organización del futuro gobierno revolu- 
cionario.— Don Nicolás Munizaga.— Se fija el dia 7 de setiem- 
bre parar el levantamiento 33 



374 índice. 

Pij. 
pación de lllapel.— Funesta demora i recargo de equipajes de 
la divíBion.— Marcha hasta la Mostaza.— MovioDicntos del ene- 
migo i concentración de todas sus fuerzas en Qu i liman',— Se 
reúne un consejo de guerra i se resuelve un movimiento obli- 
cuo. — Descontento de la tropa i siniestros rumores que circu- 
lan.— Se reciben en Pupio noticias de la invasión de la Serena 
por los arjentinos de Copiapó, i una junta de guerra resuelve 
no retrogradar. — Reflecciones sobre la invasión revolucionaria 
de la división del norte.— El enemigo descubre nuestro derrotero 
en el cajón de Tilama.— Paso nocturno de la cuesta de las Pal- 
mas. — Vicuña ocupa a Petorca sin resislencia.— Se combina un 
plan para la invasión simultánea del valle de Putaendo.— Vicu- 
fia emprende su marcha a vanguardia por las Jarillas.— £1 co- 
ronel Arteaga recibe orden de marcha por las cuestas de Cul- 
tunco i de los Anjeles.— Ultima jornada de la división de Co- 
quimbo. — Asombroso movimiento transversal de Vidaurre.— Su 
pánico i la calma de los jefes revolucionarios 195 

CAPITULO VIII. 

LA BATALLA DE PETORCA. 

Batalla de Petorca.— Inacción del coronel Arteaga antes del rom- 
bate.— Posiciones militares que pudieron aprovecharse.— Dispo- 
sición jeneral del terreno.— Primeros movimientos de Arteaga 
a la aparición del enemigo. — La vanguardia de la división del 
Gobierno empeña el combate i es obligada a retirarse.— Se 
malogra de nuevo la ocasión de ocupar una posición ventajosa 
para la defensa.— Arteaga forma su linea de batalla.— El ene- 
migo avanza en columna por el pueblo i forma su linea. — Ar- 
teaga retrocede a su segunda posición.— Se empeña el combate 
en la ala derecha.— El batallen Igualdad resiste heroicamente 
en el costado izquierdo. — Marcha en su auxilio el Num. 1, pero 
en el acto de desplegarse aquel, comienza la derrota. — San> 
grienta persecución de los Granaderos i saqueo de los equipa- 
jes por las tropas de Aconcagua.— Fuga de Arteaga i Carrera. 
—Reflecciones sobre esta jornada.— Prisiones i trofeos del com- 
bate. — Regocijos oficíales en la capital i proclama del Presiden- 
te Montt. — El coronel Salcedo, su heroica muerte i sus exequias. 
—Cuentas del hospital de sangre i del cementerio de Petorca. . 339 

CAPÍTULO IX. 

LA LNVASIO.X ARJLMI!fA. 

Segundo aspecto de la revolución del norte, después del desas- 
tre de Petorca. — Carácter nacional que se imprime a la guerra 
defensiva de Coquimbo.— Situación de la provincia do Ataca- 



índice. 375 

PiJ. 

ma en 1851.— Alarma que produce la nolicía del levanlamíen- 
lo de Coquimbo,— Pápico que se apodera del escritor don José 
Joaquín Vallejo.— Junta del pueblo celebrada el día 42 i acta 
que se suscribe.— Terror de las autoridades ¡ serie de insu- 
rrecciones imajinarias o de amagos de trastorno que se suce- 
den. -Organización de un ejército provincial.— Se resuelve 
enviar a la Serena una espedicion de arjentinos i se reclutan 
dos escuadrones.— Intrigas del arjentino don Domingo Oro, — 
Joan Crisóstomo Alvarez. — Intervención posterior de estas fuer- 
zas i honores que se les tributaron a nombre de la nación. — 
La espedicion emprende su marcha sobre la Serena al mando 
del comandante don Ignacio Jusé Prieto 353 

CAPÍTULO X. 

EL COMBATE DE PEÑUELAS. 

Entusiasmo patriótico de la Serena.— Proclamas belicosas.— Dis- 
posiciones militares para la defensa.— Ejemplo de ardiente 
civismo.— El deán Vera bendice las trincheras.— Se intenta or- 
ganizar una compañia de estranjeros.— Prieto llega a la hacienda 
de la Compauia i pasa a ocupar el puerto.— Sale a batirle el 
batallón cívico en dos columnas.— Combate de Peuuelas. — 
Rasgos de heroismo individual.— Francisca Baraona.— Sacrifi- 
cio de UQ destacamento de Voluntarios de la Serena. . • . ^ . 37s 

CAPÍTULO XI. 

LOS FUJITIVOS DE PETORCA EN LA SEBErVA. 

Los jefes de la división del norte se retiran del campo.— Confe- 
rencia nocturna de Carrera, Arteaga i Munizaga en un valle 
de la Cordillera. — Se resuelven a marchar a la Serena.— Estra- 
tajema con que se divide la columna de fujitivos.— Carrera i 
Arteaga llegan a Tongoy con sus ayudantes.— Se embarcan 
para la Serena.— La cueva de los /o6os,— Desembarque noctur- ' 
no en la playa de Peñuelas.— Carrera reasume la intendencia 
i Arteaga es nombrado gobernador militar de la plaza.— Se 
prosiguen con ardor los trabajos de la defensa.— Construcción 
de las trincheras, infiernos o minas subterráneas, caminos cu- 
biertos i otras fortlGcaciones.— La artilleria de sitio.— Pertre* 
chos i oficinas de guerra, maestranza, almacén de víveres, 
hospital, campo santo, cuarteles etc.— Cooperación en masa 
del pueblo.— Guarní cion.^Los mineros.— Distribución de las 
fuerzas en las trincheras.— Llega Gatleguillos i organiza un 
cuerpo de carabineros • • 289 



378 íxDidS. 

Capitulo xil 



BL COMANDAfftB GALLBGITIU06. 



FiJ- 



la dedcubléi<a de la división de Coquimbo llega al valle de Pu« 
taendo, al mando de VicuSa.— Encaentro de vanguardia con 
las fuerzas del Gobierno.— Inminencia e importancia revolu- 
cionaria de un desbandamiento de las milicias de Aconcagua. — 
Vicuña siente el cañoneo de Petorca i se replega al norte. — 
Sabe en la cuesta de la Mostasa la derrota de la dívision.^*- 
Páníco i exajeracion del desastre. ^Desaliento i dispersión del 
destacamento de Vicuña.— Se refujia este, junto con Gallegui- 
líos, en un valle de la cordillera.— Salen al valle de Aconcagua 
I se separan en la sierra de Santa Catalina.— Jos¿ Silvestre 
Galleguillos.— En su marcba al norte, organiza una montone* 
ra i se apodera de Ovalle.-— Entra a la Serena a la cabeza de 
una guerrilla, a la vista del enemigo , 309 



Apéndice.. •;.*••••; 329 

Documentoi* ••••.•••... 331 



\ 



HISTORIA 



DE LOS 



DIEZ aHos de la administración 







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HISTOWA 



DB LOS 




II 

DE DON MANUEL MONTT, 



POR 



B. iizín msKmL 



UUITAIIIITO I SITIO DK U SEIKIU. 



orono II. 



SiNTIÁGO DB CBIll. 
IMPRENTA CHILENA, 

CALUS DEL PIUUO, KÚM. S9, BSQUINA DK LA DE HUÉRFANOS. 
1862. 



CAPITULO I. 



a. ASEDIO. 

Se organiza en la Ligoa la Espedidon pacificadora del liarte.'^ 
Los coroneles Garrido i Vidaurre se hacen a la vela en el Pa- 
pado i se reonen en el puerto de Coquimbo.— El intendente 
Campos Gozman se dirijo a la Serena por tierra i decreta la 
formación de samarlas a los habitantes de la provincia com«« 
prometidos en la revolución. — Nota por la qae el coronel Garrido 
intima la rendición de la plaza.— Contestación del intendente 
Carrera. — Espíritu de los habitantes de la Serena.— Corres- 
pondencia entre los coroneles Garrido i Arteaga para provocar 
una conrereiicía.— Tiene lugar ésta i las proposiciones de la 
plaza no son aceptadas*— Se estrecha en consecuencia el ase- 
dio. — Topografía militar de la Serena.^^Prímer combate de 
la Portada.— Se dispara de la plaza el primer ca&onazo sobre 
el campo de los sitiadores. 



Los días que el pueblo de la Serena habla consagrado 
a los trabajos de su defensa con civismo tan ardiente, ocu- 
pólos la división del gobierno, vencedora en Pelorca, en 
aprestar su marcha para tomar posesión de la capital do 
Coquimbo,- la que considerabaa sus jefes una presa de guerra 



6 HISTORIA DE LOS DIEZ aSOS 

tan accesible a sus manos, como lo habían sido para ms 
caballerías los equipajes de Coquimbo. 

Bajo esta impresión, la lentitud de la confianza presidió en 
las disposiciones de sus jefes, que creían, como tantos poli- 
ticos de nuestros países, que una revolución se vence por-* 
que se la derrota en una batalla. Solo eM6 emprendieron 
su marcha sobre la Ligua para ganar el vecino puerto del 
Papudo, de donde debían hacer rumbo al Norte. Las mili- 
cías fueron despedidas el día 15, sin mas premio ni mas 
gloría que su rico botín de almofreces i baúles. 

La pintoresca i risueña aldea de la Ligua era el punto 
destinado para la reorganización de las fuerzas. £1 17 de 
octubre por la tarde entraron estas por la angosta calle en 
que aquella población se estiende a lo largo de su fértil valle, 
i ocuparon las casas i solares que ^e le habían destinado 
para cuarteles. Arrastraban tras si una columna de mas de 
300 hombres, que en su desnudez i en^ su aspecto abatido 
daban a conocer eran los prisioneros de la jtornada. Un grupo 
de 40 oficiales marchaba confundido entre aquellos valientes, 
cuya suerte de sublevados participaban en todo, porque habían 
hecho el áspero camino que separa ambas villas, a pié i comi- 
endo del rancho del soldado. Inmediatamente fueron encerra- 
dos en un gran aposento que servia como de granero^ i para 
asegurar a los mas comprometidos^ se les ató a la cintura una 
gruesa cadena, que un hacendado vecino tuvo la triste jenero- 
sídadde obsequiar, elijiendolasmas pesadas ct^ar/as de fierro 
de sus carretas. Por de pronto, remacháronse aquellas a los 
tres oficíales prisioneros que habían servido en el ejército de 

linea, Pozo, Zalazar i Herrera. 

< 

£1 coronel Yidáurre se ocupó de organizar una división do 
400 a 500 hombres que consideraba sobradamente fuerte 
para el objeto de dominar el norte, despachando el resto de 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 7 

las tropas veteranas, que llegaban de 300 a 400 plazas, para 
incorpoi-arse en el ejército del sud. Las tres compafiias del 
Buin que mandaba el mayor Pefia 1 Lulo i el medio escuadren 
de Granaderos a caballo fueron de estas últimas, junto con 
ISd o 200 de los prisioneros. Las dos compafiias del núm. 5 
fueron aumentadas a 200 hombres con 80 de los prisioneros 
dePetorca, cuyo numero total alcanzaba a 313 sin contar 
los oñclales (1}. Se formó, ademas, una nueva compafiia de 
fusileros a la que se conservó el nombre de Buin i se confió 
al mando del capitán Vivar. La artillería quedó a las órdenes 
de Sotomayor ila Brigada de marina, reducida a 80 hombres, 
a las del mayor Aguirre. 

Pasáronse ocho días en estos aprestos, que pudieron ser la 
obra lie unas cuantas horas, i solo el 28 de octubre se em- 
'barc6 la tropa en el Papudo a bordo del vapor Cazador i en 
la corbeta Constitución^ recibiendo por título ei de su misión, 
a saber: División pacificadora del Nort^J^l coronel Garrido 
debía adelantarse en el Cazador con alguna jente basta to- 
mar ei puerto de Coquimbo, mientras que el resto de la divi- 
sión se dirijia a la rada de Tongoy. Si el puerto se encon- 
traba en poder de la división de Copiapó, Garrido debia dar 
pronto aviso a su segundo para reunirsele, o proceder de otra 
suerte, según las circunstancias. 

A las 10 de la mañana del dia 29, anclaba en Coquimbo 
el vapor Cazador, i como supiérase que Prieto estaba en la 
vecindad, se despachó a Vidaurre un espreso por tierra para 
que desde Tongoy hiciera rumbo al puerto, lo que aquel jefe 
ejecutó en el acto,^ reuniéndose a Garrido al siguiente dia 
(30 de octubre), a las 4 de la tarde. 

( 1 ] Véase la Memoria del ministerio de la guerra de 1852. 
£1 total de prisioneros incorporados a la división que se dirijió al 
Norte fué, según este ducumeato, de 119. 



HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 



IL 



Entre tanto, el intendente Campos Guzman habia marchado 
por tierra con una escolta de milicianos, como para tomar 
posesión de su provincia ya pacificada, a cuya capital no 
llegó, sin embargo, sino cuando el cafion la despedazaba ea 
mil escombros. 

En su marcha, el Intendente habia llenado entretanto sti 
misión «pacificadora» según las caracterislicas instrucciones 
de la capital, i en Illapel^ a donde llegó el 27 de octubre, 
apenas habia puesto el pié en el umbral del despacho depar- 
tamental, cuando hubo ordenado la iniciación de un sumairio 
contra todos los que en aquel departamento se encontrasen 
comprometidos en la insurrección (1), i esto^sucedia cuando 
la revolución apenas comenzaba, i rujia tremenda sobre toda 
la Bepüblica; pero sabíase que en los consejos del nuevo 
gobierno se tenían estos recursos en tanto o mas valia que los 
ejércitos, como ha podido evidenciarse mas tarde, i era for- 
zoso someterse a la fórmula adoptada» Entendemos que en 
Ovalle, Elqui i Gombarbalá, los otros tres departamentos pa- 
cificados de la provincia, se mandó también instruir los su- 
marios correspondientes. 



III. 



Apenas desembarcado, el coronel Ga^rrido dio orden al 
comandante Prieto, quo aun se mantenía en Palos negros, 

(1) Véase en el documento núm. 16 del. apéndice el decreto en 
que Campos Guzman ordenó levantar este sumario. 



DE LA A^SímiSTftiGKM HONfT. O 

a fin de que se aproximase al puorio para opersír la junción 
de sus fuerzas i marchar sobre la Serena, donde juzgaba que 
su presencia equivalía a la humillación de ios sublevados. 

Dominado por aquella idea, dirijió, al dia siguiente de su 
desembarco, a la autoridad de hecho que mandaba en la 
Serena, una inúmacion altanera i terminante en te que se 
traslucía la arrogancia del conquistador que llega a las 
puertas de la ciudad indefensa esclamando ¡Ai del vencido I 

Tal documento, que iniciaba aquella gloriosa epopeya de la* 
revolución, es digno de consignarse íntegro. 

Helo aqui: 

COMANDANCIA DE LA TANGUARDIA DE LA DIVISIÓN PAGIFIGADOBA 
DEL NORTE. 

f aPuerío de Coquimbo, octubre 30 de 1851 

«A las diez de ía mafiana de ayer fondeó en este puerto el 
Tapor de guerra Cazador, conduciendo a mis órdenes parte 
de las fuerzas de la División pacificadora del norte, i antes 
de pocas horas llegará el grueso de las fuerzas que la com- 
ponen, al mando del sefior comandante jeneral, coronel don 
Juan Vidaurre LeaK 

aComo jefe de la vanguardia que ha desembarcado, he 
practicado indagaciones prolijas a fin de imponerme de la 
situación en que se halla esa capital, de sus fuerzas i de los 
recursos con que ella cuenta para obstinarse en una resisten- 
cia, cuya continuación solo puede serle fecunda en males i 
males de gravedad i trascendencia. 

«Testigo presencial de la sangre derramada hace quince 
dias,enelsuelode Petorca, ansio por ver estinguida una gue- 
rra fratricida, i no he vacilado para díríjirme a cualquiera 

que ejerza el mando en la Serena llamándolo hacia el deber 

2 



f o HTSTOftU DE LOS DIEZ k^OS 

que le imponen las calamidades i las desgracias que inevita- 
blemente produciría una resistencia inútil. 

«El numero de nuestras fuerzas^ su disciplina, su morali-. 
dad, i masque lodo, la convicción de la justa causa que de- 
fienden i la superioridad que les da un reciente triunfo, ga- 
rantizan la vidoria por nuestra parte i escusan toda resistencia 
por tenaz que sea. . 

aPero mis principios i mis sentimientos de humanidad se 
oponen a toda efusión de sangre, i nada anhelo mas que la 
rendición de las fuerzas armadas de ese pueblo. Este partido, 
disminuirá la gravedad de las penas a que se han hecho acree- 
dores los que han tomado las armas contra las autoridades 
legalmente constituidas; haría merecedores de la benignidad 
del Supremo Gobierno a los que por esa causa están espues- 
tos al rigor con que las leyes castigan a los conspiradores; 
este paso, en fin, ahorraría nuevas victimas a Chile, una pa- 
jina menos de luto en su historía, i a la culta Serena el terri- 
ble espectáculo de ver su suelo cubierto de cadáveres i 
manchadas de sangre sus calles i sus campos, destinados a 
recibir el impulso benéfico del comercio, de la industría í 
de la agricultura. 

ttLa conducta jenerosa que constantemente ha observado el 
Supremo Gobierno; la lenidad coa que ha tratado a los que 
ban incurrido en delitos políticos; la conmutación de la pena 
capital a que fueron sentenciados los amotinados de San Fe- 
lipe, en noviembre del alio pasado, i las que recién leii^ente^ 
han obtenido los autores i cómplices en el motín del 20 de 
abril, que la han impetrado, son hechos irrefagables i elo- 
cuentes que garantizan las esperanzas que puedan concebir 
los que disponiendo una actitud hoslíl, se sometan al réjimcn 
constitucional, que con grave perjuicio de las personas i de 
los intereses de ose pueblo se ha trastornado. 



DE 11 ADMITflSTRAGION MONTT. ^f 

tAhórrese pues^ a la Bepública dias de luto^.abórrese a la 
Serena días de consternacron i de ilanlo: do se repita la san- 
gricDta escena del 14 del corrienle, que tantas familias ha 
dejado en la horfandad, que tantas madres ha dejado sin 
consuelo i sin amparo. 

«To, intérprete Gel de un gobierno magnánimo i paternal^ 
prescindo de los recursos inagotables con que cuenta para 
reprimir í castigar la rebelión, i no me avergüenzo de invo- 
car de nuevo los sentimientos de la autoridad a que me 
dirijo, que no mirará con desden un ahorro de tamafios ín-. 
fortunios. Ceder a la fuerza de la autoridad legal es un deber 
i cuando se evita la efusión de sangre, es a mas que un deber, 
un acto laudable de prudencia i de hidalguía. 

«El teniente de la marina nacional don Roberto Simpsou 
es el conductor de esta comunicación, i como no debo dudar 
que será tratado por la persona a quien lo dirijo con todas 
las consideraciones a que os acreedor un oficial parlameula- 
rio, me limitaré a pedir que a las dos horas de recibida, se 
le permita regresar con contestación o sin ella, para adop- 
tar por mí parte, en uno uotro caso, la resolución que juzgue 
conveniente. 

Dios guarde a V. S. 

Victoreo GARmnc 

AU autoridad de hecho que manda en la ciudad de la Serena (1). 

IV. 

Los coquimbanos estaban ya dentro de sus trincheras i no 
podian recibir aqueja nota en que se hablaba de la ciernen- 

(1) ArchitQ del Ministerio de la Gtterra. 



f 2 HISTORIA DG LOS DIEZ AfiOS 

cia del vencedor i se trataba a la revolución como un crimen, 
SIDO como un reto ominoso que debía contestarse con el fuego 
de sus baterías. Reunidos los principales vecinos a la llega- 
da del parlamentario en una junta numerosa, que conser- 
vaba desde el principio de la revolución el nombre de Con- 
sejo del pueblo, acordóse por unanimidad el rechazar aquella 
intimación de rendirla plaza que se hacia por un jefe es- 
tranjero, con un espirítu no menos humillante que era des- 
cortes la forma de su redacción. En consecuencia, el intenden-r 
te Carrera despachó el parlamentario aquella misma tardo con 
la digna contestación qué se lee en seguida. 

IIÍTENDENCIA DE LA PROVINCIA DE COQUIMBO. 

Serena, octubre 30 de 1851. 

«Con esta fecha acabo de recibir por el condado del te- 
niente de marina don Roberto Simpson, parlamentario, una 
nota de U. en que intima rendición a esta plaza, ofreciendo 
la clemencia del gobierno a los que hayan lomado parle o 
armas para sostener el movimiento revolucionario de este 
pueblo, ^ectuado el 7 de setiembre. No ha dejado de sor- 
prenderme que el jefe de la vanguardia de la división del 
norte no dé el tratamiento que corresponde a la autoridad 
establecida por un pueblo que iejítimamente reasumió su 
soberanía el dia indicado, sin que este hecho soberano fuese 
manchado con sangre. Guando se trate a la autoridad que 
representa el poder do esto pueblo, con la dignidad debida, 
entonces podré entrar en arreglos honrosos que concilien 
la vida, la libertad i los intereses que se me han confiado. 
Si el sefior Comandante tiene sentimientos de patriotismo i 
humanidad ; sino quisiera ver regado este suelo con sangre ; 



DE LA ADHINISTRAGIOn MONTT, 13 

si sa deseo es quo descuelIcDen él la industria i el comercio, 
puedo asegurarle que nunca be pensado de otro modo desde 
que se me hizo la honra por el pueblo de depositar en mi su 
coDfíanza. Mui sensible me seria recordar catástrofes san-- 
grientas, cuyas causas no seria prudente por ahora detallar 
i esplicar. 

Dios guarde a U. 

José Miguel Carrera.» 

jU ComtndaDle do la ranguardU de la dirision del Norte (1); 



V. 



No entraba en el ánimo de los patriotas de la Serena ha- 
cer una resistencia provocadora ni sostener a todo trance sus 
pretensiones de dejar ilesa la revolución del norte. Su mismo 
amor al suelo que iban a defender les aconsejaba la pruden- 
<>ia, i despojaba su enerjia de ese carácter belicoso que hu- 
biera convenido a una guarnición militar que va a encerrarse 
detras de una fortaleza, pero que no era propio de un pueblo 
de ciudadanossque so aprontaban a defender a peqho des- 
<;nbierlo su di^nidad^ sus convencimientos i el hogar de sus 
corazones. 

Autorizóse, en consecuencia, al gobernador de la plaza 
por el intendente Carrera (no sin ciertas dificultades dolo-- 
rosas de que mas tarde hablaremos al narrar sus ingralos 
resultados), para que prosiguiera las negociaciones pacificas 
que el coronel Garrido había iniciado; i en esta virtud, a la 
mafiana siguiente (31 de octubre), recibió este jefe una es- 
quela del gobernador, en la que, usando el lenguaje do una 



(I) Archioo del Ministerio de la Guerra* 



H HISTORIA DE LOS D1E2 AÑOS 

antigua amistad, un caudillo invitaba al otro a entenderse 
honorablemente para llegar a un resultado. En consecnencía, 
se solicitaba el señalamiento de un punió conveniente para 
<;elebrar la primera conrerencia. 

El coronel Garrido recibió esta carta en los momentos en 
quo reunido yaa Vidaurre emprendía su marcha para acer- 
carse a la ciudad, por lo que contestó que ai dia siguiente 
señalaría el lugar en que debiera celebrársela entrevista (<). 

Consecuente a su promesa, i cuando ya la división paci- 
flcadora se hubo acampado en la ventajosa posición de Ce- 
rro-grande, una meseta que se avanza sobre la ciudacf i la 
damina como una batería natural, el coronel Garrido señaló 
al día siguiente (1 .® de noviembre}, la quinta de la familia 
Valdivia, situada en la Pampa, para reunirse con el gober- 
nador de la plaza,.! como éste, encontrando demasiado dis- 
tante de sus trincheras aquel punto, indicase como prere- 
ríble la casa mas vecina de la familia Carabantes, se aceptó 
3in dificultad este terreno i se fijó la hora de las 3 de la 
tarde para la entrevista. 

Has, en el momento mismo en que el gobernador se diri- 
jia al sNio, sus recelosos acompañantes observaron ciertos 
movimientos estrafios de la caballería enemiga que parecía 
dirijirse desde el campamento de Cerro-grande al barrío de 
Santa Lucias i que, por lo tanto, significaban una amenaza, sí 
no una provocación, en aquellos momentos en que los parla- 
mentarios de ambos campos iban I volvían en avenimíenlos 
de paz. Arteaga, escríbió en el acto al coronel Garrido que 
no asisliria a la cita convenida. 

Agraviado el jefe enemigo de aquel recelo, justo acaso en 



(1) Véase en e! documento núm. 17 1a correspondencia soste- 
nida entre los coroneles Garrido i Arteaga sobre esta ocurrencia. 



DS LÁ ADMINISTRACIÓN ]10:iTT. Í5 

las contiendas civiles, pero desdoroso ante las leyes jencraics 
de la guerra, dirijióle sus quejas con cortesía, porque de- 
seaba no cortar de una manera brusca el hilo de aquella 
negociación para la que, aquel militar se reconocía apti- 
tudes notables de jenioide esperiencía. «Siento profunda- 
mente, escribía al coronel Arteaga, aquel mismo día, con- 
testando a la nota en que le hacia saber su negativa, queU. 
baya podido concebir la mas remota idea de que en los 
momentos de ir a darnos un leslímonío de amistad, la ca- 
ballería a que U. alude, o individuo alguno de esta división, 
obrase en contradicion a mis órdenes o se atreviese a come- 
ter un acto de alevosía». Pero el gobernador no tardó en 
dar una respuesta satisfactoria i digna a aquellas quejas que 
tenían lá apariencia de un grave cargo en los estrechos limites 
del honor militar. 

a Cuando me puse en marcha para la entrevista', decía en 
sa respuesta el jefe de la plaza, nunca debí presumir que 
en el momento mismo en que se iniciaba una conferencia de 
paz se hiciesen movimientos que indicasen un próximo ata- 
que sobre la plaza. Esta circunstancia sorprendió desagra- 
dablemente al pueblo de la Serena, el que se opuso a mi 
salida i debí someterme a su voluntad soberana.... Gomo mi 
Toluntad, añadía, depende de la de este heroico pueblo, que 
ha fijado el puente de San Francisbo como limite de mi alo- 
jamiento, este punto será en el que tenga la satisfacción de 
veralJ., si es que todavía crea conveniente nuestra entro- 
Tista (1). 



(i) Véai^e el documento citado núm. Ji7. 



Í6 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑO$ 

VI. 

Aceptó Garrido eslá última invilacíon, impacieofe ya por 
aquellos morosos prelimioares, i contestó que en ia tarde de 
aquel dia (2 de noviembre), concurriría, al sitio sefialado con 
8U secretario don luán Pablo Urzua, el contra-alniírante 
Simpsou, ¡ una escolla de cinco granaderos. 

En el acto, el gobernador se prepararé a redbirlo, orde- 
nando a su ayudante don Nemecio Vicufia q[ue lo condujese 
basta la easa que se babia designado, situada en la que- 
l)rada de San Francisco, i contigua al puente qve cruza esta 
garganta. 

No tardó en llegar el jefe de la división pacificadora a ia 
puerta donde le aguardaba su émulo, no sin cierta pompa i 
jactancia militar de traje i adequanes, que contrastaba con 
el estudiado encojimiento i modestos atavíos del vencedor de 
Petorca. Junto con Arteaga, le esperaban don Tomas Zenleno, 
en calidad de asesor, el mayor dé plaza don Antonio Alfonso, 
que hacia de secretario, i ios ayudantes Herrera i Vicufla. 

Cuando Garrido se apeó de su caballo, adelantóse el go- 
bernador a recibirlo i ambos se estrecharon con efusión en 
un prolongado abrazo, que era acaso sincero, en cuanto 
fiigttiflcaba aquel lancé el encuentro de antiguos camaradas. 
Pero el ojo observador que hubiera creido ver en aquella 
manifestación un síntoma de significado político, capaz de pro- 
vocar un desenlace a la cuestión qne iba a debatirse con las 
armas, se engañaba. Entre los pechos de ambos jefes se le- 
yantaban como un muro de acero las trincheras de la plaza que 
defendían los mil brazos de sus hijos. 

Al entrar en la sala de la conferencia, se observó por los 



DE LA AMimSTRiCÍOPC MONTT. ÍÍ 

ciredrislantes con sorpresa ijua se les 'sbrviiai nii obsequio de 
bektílos, faro manjar, por óierlo, en aífuella coyuntura. El 
coronel Ari:eag[ái,' haciendo alarde de una cortesía que era al 
mismo tiempo un ardid de guerra para manifestad la hofgan-^ 
za dé Isí'|Si'az¿í;''ke'ádelantó a ofrecer el hielo a snhuesped* 
diciéndole ál^lheiséntárleél t)lato con una ¿onriáa sigpificá^ 
Xí^diz'Chk'órieííqieié parece a U. nuesCrá ítíttáaoní?— j&n- 
^idtaile por ciVrró/icooíeslíHe de su lado él suspicaz cas-í 
tellano viejo/ i déspbos de (os prélémioáres de 'eórles¡a,'se 
entrt a liábl-ar de la cuestión-, . .• 

Las proposicidnés que el Consejó del Pueblo i el loteodenfei 
hablan aufofízado'ai Atléaga para acordar, eranniui senci- 
llas. Redúciandose a'un solo pap(í¿djusto i éspedíto que icón- 
dislia ¿h establecer 1á' sig^íehte^ cuestión "jprévia. Siéndola» 
fuerzas de) süd, i no Fasí d^t norte, tas qué debikn decidir 
la cotítienda política i millVar porüá que ambos partidos 
campeabírh,' era por lartlo ínnecesafrib, era absurdo, íató 
atroz el proceder a un derramamiento de sangre i a la des--' 
yastacion de un pueblo, puesto que esteno cónducia a ningún 
fésultüdó'fiositito. Wó^poníasé, en consecuencia^ como una 
medida fáeilil^ué la división paéífícadbi^ se' retirara al punto 
de Palos-negros, u otro que sus jefes elijieSén, hasta que la- 
campaña del sud tuviese su desenlace. Si este era adverso a 
la causa del gobierno, tendría por resultado el desarme de 
sus fuerzas, i si al contrario, favorable, la plaza seria entre- 
gada. Mas, el jefe eneniigo se negó desde el primer momppto 
a un partido tah equilalivo como patriótico, i preciso fué en- 
tonces' no pasar mas allá de esta cuestión previa i decisiva 
a la vez. La conferencia no tuvo pues otro carácter que el de 
una. conversación de amigos; 1 ambos plenipotenciarios^ al 
retirarse, volvieron a darse de ello un visible testimonio. Al 
abrazar de nuevo el coronel Garrido a su antiguo camarada 

3 



18 BISTORU DE LOS DIEZ ifiOS 

icorrelijionarlo, dijoleeslas palabras do iosidíosa bondad que 
ciertamenle no se cumplieron. ; Coronel, siempre será ü. el 
mismo! Para elgqbierfio i parn la sociedad^ su crédito i sus 
Jionores no variar áni» ( i )• 

De regreso a su campamentOjí el coronel Garrido no lardó 
en dar aviso a la pla^a de la confirniacion de su jiegativa 
hecha por ol coronel Vidaurre^ quien tenia aparentemente el 
primer puesto en el mando de la División paciGcadora. £1 go- 
bernador de la plaza se contentó con respoqder secamente 
a aquel aviso con estas palabras. «He recibido, seflojr coroneit 
la carta que U. me dirijo anunciándome la no aceptación de 
nuestras proposiciones, lo que siento tanto como U.» £1 co-« 
ronel Vidaurre, por su parte, escribia al Ministro de la Gue- 
rra, a la mafiana siguiente, este lacónico pero caracterísco 
juicio de sus opiniones sobare los arreglos paciGcos que se 
hablan intentado. «Las proposiciones de los séfiores Arteaga ' 
I Zenteno, que asistieron a la entrevista, fueron de tal na- 
turaleza que no me atrevo a ponerlas ea conocimiento de 

U.S.» (2)- • , • 

Desde, aquel momento, las hostilidades quedaban rotas i el 
memorable sitio de la Serena se iba a iniciar con proezas de 
inmortal quemoria. 

vn. 

AI amanecer del siguiente dia (3 de noviembre), comen-* 
zaron tos movimientos preparativos del asedio de la plaza 

( I ) Pablo Muñoz ñíemoríal citado, 

[ 3 ) Comunicación del coronel Vidaurre al Ministro de la Guerra 
del 3 de noviembre de 1851. 

(Archivo del Minisitrio de la Guerra.) 



por la diTision sitiadora. La caballería marchó a ioTadír los 
arrabales en ledas direcciones, la arlilleria, que babia sido 
eondacida en la Constitución i se componía de 4 carroñadas 
de gmeso calibre, dos obuses, una culebrina i Taríos cafiones 
Telantes se puso en batería en los declives de la meseta de 
Cerro-grande, mientras que la infantería comenzó a ganar 
puestos Tentajosos por el interior de las casas i solares que 
•e aproximaban a las tríncberas por el lado del medio dia, 
que era el punto mas accesible i en el que, en consecuencia, 
iban a tener lugar los mas recios combates del sitio. 

Para comprender estos primeros movimientos i los sucesos 
posteriores, bastará hcchar una ojeada al plano de la ciudad 
que se acompafia en el testo. Yése ahi el recinto fortificado 
que compone cuatro manzanas al derredor de la plaza públi- 
ca, i este perímetro es el verdadero espacio en que se tra- 
bó el asedio, esto es, d bombardeo i los combates de trín- 
ct ras. 

aI derredor de estas, vénse, por el norte i el orietite, los 
barrios de Santa Inés i dé Santa Lucia, aquel a lo largo de 
la barranca del rio I el último en la meseta superior que 
corona la ciudad, puntos que no ofreciendo terreno estraté- 
jico, se vieron como abandonados por ambos combatientes, 
escepto cuando iban a encontrarse en él en un combate par- 
cial, como en un asalto nocturno. Estos arrabales eran guar- 
dados por patrullas sueltas de voluntarios de la plaza i por 
avanzadas de caballería de los enemigos. 

Por el costado de occidente cae la Vega, desde las barran- 
cas de la ciudad, i en este campo de cercados, que solo guar- 
daba como hemos visto la parodia de un obús, tenían Ga- 
llegaillos i sus carabineros sn diaria cosecha de recursos para 
la plaza i de glorías para su nombre. 

£1 terreno critico, como ya hemos visto, era pues la quo- 



20 HISTORIA DE LOS DIEZ iSOS. T 

bradade San Franciscoque baja* por el sud i separa lacia- 
4>a(¡[ de la colina dóCerro-gf^nde, a cuyo pié se dilali.' . 

Las irinoberaá atacadas de la plaza i losí^ncdüclos qíié cbn&-» 
Iruian los'siliadores, ibáo^ en consecuencia^, a désenjpefiar sü> 
tarea de muerte en ést6 costado» miéillras que en 4odo ei- 
circuitoisília^o solo se verían lás escaramuzas de las partidas* 
avanzadas coa las .patrullas de ciudadanos, o lo qqe eramas- 
frecuente^ los tiroteos de los escuadrones de Copiapó i partí- 
Qutarmeplede los.arjentinos¡ (porque los. Cazadores acaba** 
lióse manlUvieron siempre Como ea rtíserva; recetosos los; 
de afuera de^ su fidelidad % con los carabineros de fíalieguilMs^ 
illaB emboscadas do: infantería que salían dé cuaddpen buan^ 
do a batir a aquellos por toda' la márjen del rip» i basta la 
playa ;del mar por el lado dé \di Vega. 

-•!■•'• f J < ' .!'• ^ ■ ' ' . ! . .' ' i ' ' ' ' ' ■ '* 

vin. 

^' iSabedoreis 4og jqfes en la guarnición i por los vijlas aposta^' 
doís en las torres, en cuyo' servicio se distinguió de una m'a-i 
ñera hofirosa por'su intrepidez i su constancia/el jóvenn pintor 
arjentino don Gregorio Torres, residente^ entonces en Id plaza,', 
resolvieron evitar et aVance' de los sitiadores 'dándoles el pri-^' 
mor escarmiento en una celada. - '' : .'• 

fijesde tqrapraho se observaba;, ^ que una' partida de SO' 
jinetes arjenlinos avanzaba hacia la Portada coino en pro-«> 
teccion de un' pelotón de; fusileros que se dirijia a ocupar el 
importante punto estratéjico de la torre de Saín Franclsoo» > 
i se acordó en el acto estorbar tal Intento. 

Dioso orden al comandante Galleguillos (quien, en los cua-^* 
tro días corridos desde su llegada, había organizado con la: 
base do la guerrilla que trajo' de Ovailo un escuadrón de 



t>E tÁ- ADMINISTRACIÓN MONTt. ÍH 

Carabineros que llegó a conliar hasta cerca do 80 plazas) a 
fio* de que salieácn^ coii ssoí tropa por' la calle directa que va 
desde ila plazuela derSan Francisco a la Portada i tratase de 
comprometer ini tiroteo con )a caballería' enemiga, rcple-i 
gándose gradualmente, a fin dé atraerla a una calle lateral 
en la que se hdbio'n ocultado 100 fusileros escojidos/ que 
mandaban el mayor de plaza Alfonso i el capitán' Yieutla con' 
otros oficialeá subalternos. 

A las 9 de la mañana, Galleguillos emprendió sü ataque con 
Ist cautela i la calma que^ransusmejóres dotes de soldados^ 
Llevaba 60 a 60 Uombre;3,'muchos de ios cuales ei^atv mineros, 
gremio, <qiiie édmo es sabido, forma el peor jiiiete dehrfaundo ;• 
i ademlasdesuslrajes que les entbarazabanen este ejercicio,; 
no coBooian todavía sino, á niedias el «uso de sus carabinas i 
fusiles recortados.' Considerando^ estas db&ventajas, eljóven' 
cemandanle se adelantó con un pelotón eseojido qii^ mSinda-' 
bii, i a la cabeza dé este pufiafdt) de jinetes, el campeón d^é' 
la Serena hizo asi los primeros disparos del glorioso ^sttto, 
como habia side* también él quien -habia hecho silvar las^ 
primeras balas de la* revolución ' del norte á oriHasdol rio* 
Ghoapa/ ea la noche del 21 de setiembre, cuandoera nn^ 
simple capitán de avanzada. ' ' 

Los tiradores arjéntinos oontestarón el fuego Con* sus ca- 
rabinas,, pero. lejos de avanzar/ se parapetaban trasí délos- 
arcos de. la Porta^a^-Galloguillos^ im'paéientd poi^ ésta tár-' 
danza en cumplir su comisión, se ádelahta casia tiró dd pis- 
tola para provocarlos, fínjiendQ una retirada oportuna. Pere* 
fué en vano, j su propio arrojo hizo que se cambiartt el' 
plan de ataque, pues el mismo era arrastrado |a una em- 
boscada. 

El coronel Vidaurre, que escribía en aquel momento un 
despacho al gobierno de la capital, alarmado por el fuego. 



2% BISTORU DE LOS DIEZ AÑOS 

bajó al terreoo en que se batian las avanzadas, i nolando 
que la üe la plaza estaba encima de sus tiradores, ordenó 
que una compañía de infantería saliese por un flanco i rom- 
piese sobre ellas un fuego certero. A la primer descarga, 
cayó atravesado de una bala el caballo de Galleguilios, mien- 
tras que sus" soldados, creyéndole muerto, volvieron grupas en 
confusión^ Mas, el intrépido joven, sin perder siquiera esa 
tacto frío que solo una larga esperíencia de los lances de 
la guerra puede dar, desató las cinchas de su silla i echán- 
dose sobre los hombros la montura, retrocedió hasta que su 
asistente le trajo uq nuevo caballo que volvió ja ensillar en 
un punto cubierto a retaguardia. Luego intentó otro asalto, 
pero su tropa bisofia se mantenía reacia, i este segundo ama* 
go para arrastrar al enemigo no tuVo mas resul lado que el 
quo el caballo del atrevido comandante de carabineros vol- 
viese a ser herido. Gomo la obstinación fuera ya infructuosa, 
recibió la orden de replegarse ala plaza, lo que ejecutó junto 
con la tropa da Alfonso, que habia manifestado el mas ar- 
diente entusiasmo por ser conducida al combale. Guando 
Galleguillos entraba a su cuartel en el claustro de Santo 
Domingo, su segundo caballo, herído en la refriega, caia muer- 
to a sus pies. 

£1 sitio 30 abría con la hazafia de un bravo que iba a dar 
aliento a^ todos los pechos. El intendente, el gobernador de 
la plaza i los principales jefes de trinchera fueron aquella 
mafiana al alojamiento de Galleguillos a presentarle sus 
parabienes, i se le confinó aquel dia, como sobre el campo 
de batalla^ el grado de sárjenlo mayor efectivo de caba- 
llería. 



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M LA ADMINISTBAClOIf UOVTt, 23 

IX. 

Aquella misma mafianá el gobernador de la plaza quiso a 
su tez dar un testimonio personal da su decisión por la de- 
fensa i de la pericia que seria capaz de poner en su misión. 
Bízo sacar un cafion de las trincheras i colocándolo en el 
centro de la plaza, asestó su puntería al caserío de Cerro- 
grande, de cuyo campamento bajaba en aquel instante una 
columna de fusileros. El golpo fué tan preciso que la bala ca- 
yó a los pies de los soldados, quienes se tiraron al suelo en 
et mayor desorden, mientras que de todas las tríncheras de la 
plaza se alzaban gritos de aplauso por aquel bautismo tan 
certero de los sitiadores. 

El primer cañonazo del bombardeo habia tronado. La ope- 
ración eslratéjica del cerco quedaba conoluida (1 ) i debía se* 
guir solo el estrago de la metralla i de' la bala roja. 



(I) Este mismo dia (13 de noviembre), Vidaurre decia al Go- 
bierno de Santiago estas palabras. «Gradaalmente nos iremos 
apoderando de la ciudad, aprovechando con nuestra conducta de| 
descontento jeneral de sus fuerzas i de la población entera». Al 
dia siguiente, comenzaba empero el bombardeo de la ciudad en- 
i9ra¡ 



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l^K lA ADMINISTRAClOlf HONTT. 83 

IX. 

Aquella misma mafianá el gobernador de la plaza quiso a 
su tez dar un testimonio personal da su decisión por la de- 
fensa i de la pericia que seria capaz dé poner en su misión. 
Hizo sacar un cafion de las trincheras i colocándolo en el 
centro de la plaza^ asestó su puntería al caserío de Cerro- 
grande, de cuyo campamento bajaba en aquel instante una 
columna de fusileros. El golpo fué tan preciso que la bala ca- 
yó a los pies de los soldados, quienes se tiraron al suelo en 
et mayor desorden, mientras que de todas las trincheras de la 
plaza se alzaban gritos de aplauso por aquel bautismo tan 
certero de los sitiadores. 

El primer cañonazo del bombardeo habia tronado. La ope- 
ración estratéjica del cerco quedaba concluida (1 ) i debía se* 
guir solo el estrago de la metralla i de' la bala roja. 



(I) Este mismo dia (13 de noviembre), Vidanrre decia al Go- 
bierno de Santiago estas palabras. «Gradaalmente nos ¡remos 
apoderando de la ciudad, aprovechando con nuestra conducta de| 
descontento jeneral de sus fuerzas i de la población entera». Al 
dia siguiente, comenzaba empero el bombardeo de la ciudad eti- 
lara/ 



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CAPITULO II. 



El BOMBARDEO. 

I 

Los. sitiadores resuelvt^n:, el bombardeo, de la pl^za,-— Ocupan la 
torre de Sao Francisco. — Él noayor Alvarez es hecho prisionero 
eii la torre de San Agustín. —El bombardeo comienza al ama* 
necer del Tde noviembre.^^lndignacion en la piaita.— Se para- 
lizan las operaciones, sesQli(:i^ por .loa. sitiadores una suspen-*, 
.^ion de armas \ se niega por los sitiados.-^Don Nicolás Osorio,— . 
Rol qué juega dorante el sitio. — Dificultades que se suscitan 

' entre el gobernador de la plaza i el intendente', aoon^cuencia 
del armisticio solicitado.'— Se acepta este, levantándose Hnaac-; 
ta en la que los ciudadanos juran morir antes que rendir |as 
arilias.— Maniobras de uña i otra parte durante el armisticio.'-' 
Carta de don Buenaventura Castro al comandante Martinér 
i contestación ^e este.— Se renqeva el bombardeo et&¡^ 14;-t-: 
Intento de asalto frustrado por el patriotisnio de las señoritas 
Montero. — El naran/ero de Manuel Antonio Alvarez, — Desa- 
liento de los sitiadores i desesperan de tomar la plaza.^Ca- 
rácter de nacionalidad atribuido por los sitiados a su defensa 
i hechos en que la fundaban.-^Asalto jeneral en la noche del 
18 de noviembre.— El prior de Santo Domingo frai Tomas Ro- 
bles.— El capitán Gaete. — Entusiasmo en la plaza por la victoria 

. alcanzada. — Proclamas, felicitapione^ i parodias publicada^ ^o«- 
rao manifestaciones de regocijo. — Heroicas^ supersticiones de^ 
pueblo. — Rasgos de patriotismo de las mujeres. — Las señoras 
lríbarren,Mumzaga, Aguirre, Pozo, Cabezón i otras. «^Él te-« 
niente Pereirj es enviado de regalo a. la plaza por una mujer 
del pueblo. 

I. ■ •■ . • 

EL primer caflonazo disparado en la S«rona era un saludo 
a la libertad, i al tronar en el recinto de la plaza saciudioa- 

4 



86 HISTORIA DE LOS DIEZ aSOS 

do los edificios, cuyas vidrieras caían por lodas parles en 
fragmentos, i resonando el estrépito por las sinaosidades de las 
colínas inmediatas, hubiérase tomado por el grito herjoico 
de todo un pueblo que se alza como ün solo hopibre en de- 
fensa de los principios mas santos, de la humanidad, el honor 
i el hogar. Los sitiadores tomaron, por su parte, aquel es- 
tampido como un reto de muerte i encargaron a sus artille- 
ros el contestarlo. 

Posesionados, desde la madrugada del dia 3, del edificio 
del Lazareto, un antiguo hospital de lá Serena, vecino a la 
iglesia de San Juan de Dios, terreno apropósito para colocar 
una batería a dos cuadras en linea recta, por la calle de 
San Francisco, de la trinchera núm., 7, montaron eñ ese 
punto durante todo el dia 4 dos obuses de grueso calibre so- 
bre un pequefio reducto. Protejia este, a la vez, el claustro 
del Lazareto donde el coronel Vidaurre ha biabes lablecido su 
cuartel jeneral con la tropa de infantería, mientras el coro- 
nel Garrido se mantenía en el campamento de Gerro-grande, 
dos o tres cuadras mas arriba de la colina. 



IL 



Para asegurar mejor esta batería, los sitiadores resolvie- 
ron apoderarse a todo tranco de la inmediata torre de San 
Francisco, que se levantaba entre ambas líneas de enemigos 
como un jiganlezco centinela avanzado. El capitán don Ne- 
meció YicuAa recibió en consecuencia orden dei gobernador 
de la plaza para mantener aquel puesto, i desde la madru- 
gada del 4 se habla colocado en su campanario con 10 fusi- 
leros. El enemigo, entre tanto, hacia un rodeo por la parte 
del oriente, donde sus tiradoras, puestos a cubierto de las 



DE LA ADHmiSTIUCIOIf KONTT. S7 

trincheras, desde el ¡nterior de las casas, rompieron el fuego 
sobre la torre asestando sus punterías por los arcos que sos- 
tenían la cúpula superior, donde Vicuña estaba parapetado^ 
£1 puesto, sin embargo^ no podía sostenerse porque era un 
panto aislado que los reductos de la plaza no prolejian ¡que 
los enemigos atacaban impunemente, lanzando a quema ropa 
iin fuego que no pedia contestárseles. Hicierónse, en conse- 
cuencia, al joven Vicuña señales de replegarse a las trinche- 
ras, 1 ejeiculóloi no sin peligro^ tan luego como cerró la 
noche. 



ra- 



No tuvo igual fortuna, pero sí la ocasión desefialarse por 
un acto de ngble patriotismo, el Joven sárjente mayor don 
Bemijio Alvarez, a quien se le había encomendado la defensa 
de la torre de San Agustín, otro puesto interesante, pero de 
menor valor estratéjico, porque se alejaba a considerable 
distancia de las trincheras, por el lado del oriente, donde el 
enemigo no se proponía atacar con. vigor. Alvarez, con 11 fu- 
sileros que le acompañaban, fué rodeado completamente por 
la tropa enemiga. Los oficiales que mandaban esta le gri- 
taban desde el pié de la torre que se rindiese porque toda 
defensa era imposible. Mas, el denodado mozo contestó dando 
a sus soldados ia voz de fuego, i como algunos de estos, 
bisoflos todavía en los ejemplos heroicos, le hicieran presente 
que aquel paso no conducía sino a perderlos sin fruto, les 
ordenó que bajasen los que tuvieran miedo. Cuando Alvarez 
quedó solo, le hicieron una última amenaza perentoria, colo- 
cando un barril do pólvora al pié de la torre, a cuya vista 
el animoso oficial tiró al fin su espada i se entregó prisionera 



t$ BISTORU DE LOS DIEZ AÜOS 

con SUS compafieros, junto con los qué fué a pagar en Juan 
Farnaiidez la osadía de haberse resistido a la primera in- 
timacioQ de deponer las armas, porque esto era afiadir al 
crímeo de la subievaciou política, e| de la insubordinación 
militar, aunque esta tuviera lugar delante ^d^ la muerte.... 



IV. 



Ocupadas por el enemigo estas posiciones i completo yá 
el cerco de la plaza, al amanecer del día 5 (1), la balería 
de obuses del Lazareto rompió sus fuegos sobre las trincheras 
de la plaza, que fué contestado inmediatamente, prolongán- 
dose durante todo aquel^ dia, i aun el siguiente, aquel cafio- 
neo de ensayo que no hacia victimas ni causaba destru.ccion, 
pero que adiestraba a los arlillerps sitiadores %n la tarea de 
las ruinas i el incendio que iba a emprenderse bien pronto. 

A las cuatro de la maiíiana del día?, las balerías enemigas 
comenzaron, en efecto, a vomitar sos proyecliles sobre todo 
el circuito de la plaza. El asedio estaba ya concluido, i como sí 
se viera que era del lodo inülil el solo cerco dé la cintura de 

(1) A las tres de la tarde de este día, llegó a la plaza, pene- 
trando disfrazado por una trinchera, el patríota don Nicoias 
MaDiÍDaga que venia ahora a ser el máHir del sitio de saoiudaá 
natal, como habla sido el patriarca de so revolución. Desdeña 
separación de Arteaga i de Carrera en la vecindad de lilapel, al 
día siguiente del desastre de Petorca, se había mantenido oculto 
enuna de sus haciendas del valle de Coquimbo, pero al cir tro* 
liar ei oa5on que iba a despedazar sus hogares, sacudió su tím*dez 
i su cansancio, i vino a dividir con sus compatriotas Ja suerte de 
una catástrofe gloriosa que en nadie se haría sentir con mas 
rigor que Sobre su patriotismo, su abnegación i su desprendi- 
mieotó. 



DE Li ADinNIStRACIOlf MONTT. M 

rortificacíooes, se resolvió eí bombardeo de la'oiudád. NoersI 
]>aeg un combate el que se eoipretrdia, etá uíi c^íslfgó qué 
se fulfriíDábá contra los habitantes ^n masa de la' heroica 
ctudad. * } 

¿Cómo se atrevían los dos éaudillos hiladores a ejécdlar 
stfbre su Bolá responsabilidad aquel acto (bárbaro i atroz, lüaá 
por su inutilidad que por su furor), de reducir a cenizas una 
de las mas hermosas i florecientes ciudades de la República? 
¿Tenían aquel capitulo'de ruinas humeantes í de sangt^lentas 
Tenganzas escrito en sus instrucciones intimas de' la Moneda?' 
¿flabian recibido acaso algún ávi$0' posterior p¡or un espreso, 
o el Cazador estaba de regreso, en la^ bahia dé Coquimbo, en 
la víspera del bombardeo? Ignórase' lo que sucedió antes, 
pero los faabiiantes deí la Serena sé desporldroiv aquella ma*» 
nana memorable del 7 de noviembt^e a! ruido espatitoso qué 
kis bombas i -granadas hacian al' caer i ^estallar sobre sus 
techos. ' 

' Un grito de indignación i de fabiá reventó eb los pechos de losT 
sitiados ál ver aquel estrago. Los sollozos de- las mujéi'es^ él' 
llanto de los nifios, las plegarias de la timidez i. las lágrimas 
que regaban cada hogar, al pasar las familias de aposento 
en aposento, huyendo' de los proyectiles qué llovían en todaá 
direcciones, lejos de entibiar ól ánimo de la guarnición, dabaii 
a cada soldado el brio dé un heroísmo individual, porque den- 
tro de las trincheras cada combatiente era un padre que 
sentía desde su puesto en el reducto los clamores de terror 
de su familia; era un esposo qué iba ^ consolar á su desoía-* 
da cottipaoera.a cada paiísa del fuego; era, en fin, tin ami-* 
go, un partidario, un patriota coquimbano, orgulloso dot 
nombre i del honor de su pueblo. 

£1 bombardeo iba a ser entonces el bautismo de aquel 
heroico patriotismo, i aquellos neófitos de la libertad lo red^ 



90 HISTORIA DE LOS DIB AÜOS 

bian serenos en su puesto, mientras llegaba la hora de ir a 
doTolferlo, sangre por sangre, cuchillo por cucbillo, en los 
atriocberamientos enemigos. «El pueblo, decía el boletín de 
aquellos dias (1), al verse atacado de muerte como no se ha- 
bría hecho por una nación enemiga, lejos de aterrarse, se 
indignó. El ciudadano i el soldado corrían tras de las grana- 
das para evitar la muerte del inocente, o estorbar la des-« 
trucdott de un edificio, cuidando mut particularmente del 
magnifico templo de la Diócesis, donde se celebrará pronto 
el triunfo de la República» . 

, £1 cañoneo de una i otra parte se hizo sentir con un vigor 
que parecía redoblarse con la prolongación del ataque i de la 
defensa, durante todo el día 7 i la mayor parte de la noche, 
pero etí la madrugada del dia 8 comenzó a ceder i se callo 
del todo aquella misma larde (2). 

¿Porqué los sitiadores abatían su fuego sin haber obtenido 
otro fruto qno la destrucción de algunos edificios? Juzgaban 
dcaso infructuosa aquella tarea de sangre i de llamas, en 
presencia de un pueblo que ponía los pechos de sus hijos co* 
mo un muro vivo centra la boca de los cafiones que destro- 
zaban su bella ciudad? Sin duda fué aquel el fundado motivo 
de esta paralización inesperada, porque las hostilidades se 
suspendieron casi de hecho por el espacio de tres o cuatro 
dias, que iban a consag^'arse a ejercicios de otro jénero, de 
los que se prometían el provecho que les negaba el uso de 
sus armas. 

Cuando el fuego hubo cesado, el coronel Garrido, el diplo- 
mático i director político da la campana, bajó, al Lazareto 
desdo su campamento de Cerro-grande. 

(1) Boletín del 9 de noviembre. 

(S) cHoi $e ha manifestado el enemigo mas cobarde, dice el 
huiftíii de la plaza del dia 8, i el bombardeo esmai pausado». 



OK LA ADWNISTRACIOli VOIITT. 3f 

V. 

Existia en la Serena, como lo insinuamos al principio da 
esta historia, un hombre cuya conducta política (pues de sa 
carácter privado tenemos recojidos solo honorables antece-» 
denles) era del todo impopular en la provincia, porque ape^ 
sar de su adhesión ostensible al bando liberal, habia pres-« 
tado al mismo tiempo su voto a la autoridad, i aun su 
sofrajio en el colejio de electores para la presidencia fué 
otorgado al candidato oficial, bien que su nombre se encon-» 
trara inscripto en las listas de uno i otro partido político. 
Este hombre era ^n Nicolás Osorio. 

Conocía, sin duda> su carácter el coronel Garrido, i estaba 
al cabo de sus .dobleces políticas por los informes de algunos 
vecinos que se hablan refujiado en su campo, entre los quo 
se encontraban la mayor parte de los espatriados del 7 do 
setiembre. En consecuencia, púsose en comunicación con él 
por medio de recados i de esquelas que pasaban i repasaban 
la quebrada de San Francisco, por la intervención de mujeres 
u otros artificios. Osorio aceptó la proposición de servir do 
secreto, intermediario en el campo enemigo i de tener al co*^ 
rriente de lo que pasaba en la plaza a les jefes sitiadores. 

Para dirijir con mas acierto aquella intriga, Garrido soli- 
citó por el conducto de Osorio un armisticio. Mas los ciuda« 
danos, indignados por la atrocidad del bombardeo, reunidos 
en su consejo, resolvieron negarlo. 

Osorio advertía, sin embargo, que en medio del patrio*» 
tismo jeneroso de los defensores, aparecían ciertas sombras 
de rivalidad i de mezquinas susceptibilidades, que era fácil 
esplotar de acuerdo con el enemigo. Sabíase que el gober* 



PLí\ü-J)KRROTI;R() de lii t'AMPAXA (lelMTEeiilíbl 



N -I 



50: 



ílu-í" 



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M LA ADHINISTRAClOll MORTT. S3 

IX. 

Aquella misma mafianá el gobernador de la plaza quiso a 
9tt Tez dar un testimooio personal da su decisión por la de- 
fensa i de la pericia que seria capaz dé poner en su misión. 
Hizo sacar un caflon de las trincheras i colocándolo en el 
centro de la plaza, asestó su puntería al caserío de Cerro- 
grande, de cuyo campamento bajaba en aquel instante una 
columna de fusileros. El golpo fué tan preciso que la bala ca- 
yó a los pies de los soldados, quienes se tiraron al suelo en 
et mayor desorden, mientras que de todas las tríncheras de la 
plaza se alzaban grítos de aplauso por aquel bautismo tan 
certero de los sitiadores. 

El primer cañonazo del bombardeo habia tronado. La ope- 
ración estratéjica del cerco quedaba concluida (1 ) i Aebia se- 
guir solo el estrago de la metralla i de' la bala roja. 



(I) Este mismo día (13 de noviembre), Vidanrre decia al Go« 
bierno de Santiago estas palabras. «Gradualmente nos iremos 
apoderando de la ciadad, aprovechando con noestra condacta de| 
descontento jeneral de sus fuerzas i de la población entera». Al 
dia siguiente, comenzaba empero el bombardeo de la ciudad en- 
teral 



di HISTORIA DE LOS DIBZ AÜ09 

— «Vayaü. a decir al sefior Castro, respondió con hidalguía 
aquel veterano ^ue se babia distinguido en encuentros glorio- 
sos ptira Cbilo/ siendo uno de los prisioneros que rindió la 
espada al pié de su caflon en las gargantas de Torata, que 
me bairo eioferúio en la cama^ i que en estos mon^entos me 
preparo para ir a defender h plaza, puesto que soi aaiena- 
^ado con itfuerie segura » . 

Al mismo tiempo que se ejecutoban erstas mam'oforas, áflk-^ 
bos belijerantes violaban la siíspension de armas, reforzando 
sus trincheras los dé la plaza i avaníando terreno i eotfsíru^ 
yendo reductos, como hemo? visto, los de afttora, hasta que 
conseguida» estáis orhttfas ventajas que harían el sitio mas 
destructor i sangriento, i malogradas todas las maquinacio-^ 
nes de la intriga f la désiealtad, resolvióse por ambas partes 
renovar las bosSIidade»/ 



Vlt 



A las i i míiBdia de h mafiana del ií, entalló de nuevo so^ 
bre la Serena el bombardeo interrumpido, i se continuó todo 
el dia con furor, siendo siempre la trinchera núm. 7 la mas 
atacada, tanto por la batería del Lazareto, como por los fue- 
gos de los fusileros apostados a mansalva en la vecina torre 
de San Francisco. La porfia con qqe ei enemigo sostenía el 
fuego, aun entrada la noche, revelaba algún plan secreto dd 
ataque nocturno, pues los sitiadores no habían ensayado toda-> 
via el uso de la bayoneta, acometi^de la brecha. 

Aquella noche iban a ponerlo en planta por la primera vez 
i a esto se debía el vigoroso cafloñeo que se hacia sentir en 
la oscuridad sobre varios puntos del radio de fortificaciones. 
Un ejemplo de patríotlsmOi en el que se unía a la sagacidad 



•■\ ' 



CAPITULO II. 



EL BOMBAIIDEO. 

Los. sitiadores resuelvan :,e] bombardeo! de la plj^za,— Ocupan la 
torre de Sao Francisco. — Él mayor Alvarez es hecho prisionero 
eú lá torre de San Agastin.— El bombardeo comienza al ama« 
neeer del T.de novJémbré.'^lñdígflacíoii en la piaíta,— Se para- 
lizan las operaciones, se sqIícíI^ por .loa :sjtiadore$ una suspen-*, 
5¡on de armas 1 se niega ppr los sitiados. -7J)on Nicolás OsorJo,-— . 
Rol qué juega durante' el sitio,— Dificultades que se suscitan 

- entre el gobernador de la plaza i el intendente', aoon^cueiicia 
del armisticio solIcitado.^Se acepta este, levantándose u.na ac-: 
ta en la que los ■ ciudadanos juran morir antes que réndíj* Jas 
arihas.— Maniobras de uña i otra parte durante el armisticio/—' 
Carta de don Buenaventura Castro al comandante Mártinér 
i contestación ^e este.— Se renueva el bombardeo el dia 14;-^ 
Intento de asalto frustrado por el patriotismo de las señoritas 
Montero. — £1 naran/ero de Manuel Antonio Alvarez, — Desa- 
liento de los sitiadores i desesperan de tomar la plaza.— Ca- 
rácter de nacionalidad atribuido por los sitiados a su defensa 
i hechos en que la fundaban.— Asalto jeneral en la noche del 
18 de noviembre.— El prior de Santo Domingo frai Tomas Ro- 
bles.— El capitán Gaete. — Entusiasmo en la plaza por la victoria 

. alcanzada. — Proclamas, felícitapione^ i parodias publica^aft to- 
mo manifestaciones de regocijo. — Heroicas^ supersticiones de^ 
pdebfo. — Rasgos de patriotismo de las mujeres. — Las señoras 
Iribarren, Munízaga, Aguirre, Pozo, Gabefcon i ótras.'^Él le-*^ 
niente Pereir| es enviado de regalo a. la plaza por una. mujer 
del pueblo. 



EL primer caflonazo disparado en la Serena era un saludo 
a la libertad, i al tronar en el rcci&lo 4e la plaza saoudicn- 

4 



36 HISTORIA DE LOS DIEZ iÜOS 

de bacer una nutrida. descarga por todas las aspilleras de la 
casa que ocupaban, i como se ejecutara ajquella tan de im^ 
proviso, el enemigo se creyó en una celada i abandonó su 
intento, retirándose la columna de ataque en el mayor desor- 
den. Enire los voluntarios que habían dado aquel golpe a los 
sitiadores, se hizo notar el joven don Manuel Antonio Alvaro; 
(el mismo que vimos ya posesionarse del departamento de 
Elqui), quien, armado de un pesado naranjero que h^hiz, car- 
gado hasta la boca con 12 o 14 balas, lo disparó sobro lá 
columna enemiga, revénfándose el arma en sus manos i de- 
rribándolo al suelo con violencia, i aun habría muerto del 
golpe, si no hubiera tirado do mampuesto sobre uno de los 
sacos de harina que estaban almacenados en aquel edificio. 



IX. 



Tales contratiempos comenzaban a Hevár el desaliento 
a los jefes sitiadores, persuadiéndoles que la plaza era ines-* 
po{^nable, si no tanto pbr su sistema de fortlflcaeiones, por el 
denuedo de sus dofénsores, at menos, pues era bvidiB&tequo 
si estos cedian alguna vez^ seria para entregar a sus con- 
qnisladores sus cadáveres sepultados entre escombros. El miV 
mo coronel Vidaurre, que tan confiado se mam'feslaba at 
principio en el éxito de sus operaciones, a cuya creencia 
el recuerdo de Petorca daba estimulo, confesaba ahora su 
impotencia al gobierno a quien tan ciegamente servia. «Atri- 
buyo, seflor Ministro, decía, (el despacho iba dirijido al M¡^ 
nistro de la Guerra) la demora en )a toma de la plaza, a la 
resistencia continua que oponen los sitiados, fávjorebidos por 
el conocimiento quo tienen del terreno, i per la ignorancia 
absoluta do nuestras fuerzas que no lo conocen; alribóyolo 



DK LA ADMINISTRACIÓN MONfT. 3Í 

•tatebieo, a que obUepeá de tos ;ve6inos quo les permilaih 
iiacernos fuego impones detras de ventanas i puertas. Agre- 
go a esto/ afiadia, una círcunslanicla particiilat, de que solo 
«n este momeólo he sido impuesto. La muralla que cubre 
el costado de la Catedral^ dejando entre una i otra un espa- 
cio suficiente para que se coloque toda su fuerza i nos ataque 
a mansalva; garantida por su ventajosa situación >i (i }. 

Lo primero era la verdad, porque era Visible que la Sere^ 
na «alera estaba da pié sobro s^as reductos; pero lo último 
no pasaba de un triste protesto, o pías bien^ un error es- 
Iratcgsco que revelaba las cortas facultades profesionales del 
jefe sitiador/ porque a^uel terreno abrigado de que hablaba, 
era implemento na patio anexo al elevado edificio de la ca^- 
tedraly que servia do campo de ejercicio a la infónteria de 
reserva, i de cuartel jeneral a la guarnioion, como ya hemos 
dicho; pero que estando una o dos cuadras a retaguardia de 
las trincheras, en nada pedia daflar a ios sitiadores. 



Mas, dejando en pié las concesiones que el jefe de la divi- 
sión pacificadora hacía al espíritu i a la unanimidad de la 
revolución de ia Serena, en su parte oficial ¿porqué entonces 
se obstinaba en despedazar á metrallazos aquél pueblo heroico 
que rechazaba las armas del gobierno de la capital como la 
humillación de un castigo, pero que aceptaba un tratado en 
que los fueros de su honor serian atendidos? Basta esa cita 

(I) Comunicación del coronel Vidaurre al Ministro de la Gue- 
rra de 16 de noviembre de 1851. Archivo del Minislerio de la 
Guerra, 



38 HISTORU m LOS DIBZ AfíOS 

textual que hemos hecho pard que ia posteridad jnzge sobre 
la mao^^ra como un gobierno, eoutra el que todo el pais ha- 
bría protestado corrieodo a las armas, tralaba a los cbflenos 
que Qo se sometían a su leí i a su clemencia, cuando ésta leí 
dictada por Iqs sajbles de merc^^narios estranjeros i Cuando 
esa clemencia era prometida por el empefio deun soldado que 
había Tenido afios atrás a pomhatir nuestra propia gloriosa 
re¥oluoioQ colonial..^. 

Era un hecho, ademas, ífue pasaba por seguro jlenlro de 
trincheras, que ala miserable alianza del gobierno con los 
escuadrones arjentínos de Copiapó, se babia unido ahora un 
vil avasallamiento al almirante ingles^ enviado desde Valpa^*- 
parajso ¡en su socorro. I^o que babia de cierto, empero, en 
eslQS coipplots ihd eteriza vergüenza (i), era que.ia Pari^ 
land babia venida p estacionarse m el puerto de Coquimbo^ 
que sus oficiales hacían frecuentes visitas al campo de los 
sitiadores, donde $e decía qM^ les daban consejo sobre eluso 
do los cañones i aun fijaban las punterías, bien que por via 
de pasatiempo. Se dijo también que artilleros ingleses servian 
en las baterías, i que muchas de las balas de cafion recoji- 
das en la pla^a tenían la coropa d^l gpbierpp bril^m'co, pero 

(1) He aquí lo que decía a pste propósito una proclama pu*^ 
hlicada en el Boletín de la plaza del 17 de noviembre. 

Habéis SQfrído balas igrapadas; habéis visto arder vuestras 
ca$as incendiadas por el ^nep)ígo; habéis observado |o qqela 
historia no recoerda de los siglos de la barbarie, i no obstante, 
permanecéis firmes en vacstro puesto. Ya no se combate la plaza, 
se ataca la vida de vuestros hijos, se trata de arruinar nuestras 
habitaciones, se trata de destruirlo todo. IngUip$ 5of?i&ar(/ean (o^ 
frmp/os fara derribarlos. Ellos no conocen 14 relijion de Jesucris^ 
to. Sois coqnimbanos i debéis morir antes que ser esclavos de 
un poder que quiere reducir a cenizas la ciudad heroica; Jure- 
mos morir en la plaza áptes qv^e rendírnps a e;}tos infernales 
invasores.» 



DB LA jLDHINi&TRiCION H09TT. 89 

aunque es evideQte4}Qe subditos de Inglaterra servían en la 
díTisioQ dal goJueroOf paes, según veremos después, fueron 
hachos prisioneros algunos de éslos, no consta que hubieran 
sido loQiados de la tripulaciojí de la P.orlland, como se ase- 
guró, i en cuanto a los proyectiles^ solo aparece hasta aquí 
un rumor que no se ha jju&lilicado todavía. 

Asi era que mientras Yidaurre hacia justicia al heroísmo 
guerrero de los coquimbanos, eipueblo^ dentro desús reduc- 
tos, manifestaba que no era la taima de la ceguedad i del 
orgullo la que lo animaba en sja resistencia, aíoo las razones 
de su dignidad pisoteada por salvajes invasores estranjeros i 
por las amenazas da loiS e.nMsarjos dp nn gobierno despótico 
i desleal. «El pueblo quiere pa;^ honrosa, decía el bojetin del 
dia posterior a la nota que hemos ciladn de Yidaurre, Si los 
jefes de la división son verdaderos icbjlenos, con jsentimienios 
de humanidad» retírense, i no inmolen a esos desgraciados 
que momentáneamente se ea4regan ¡a un sacrifícío estéril. 
Entonces se desarmará la plaza, i los ciudadanos vivirán 
tranquilos reunidos con sus fajniiias. Una jeudícion Infame 
no espere el invasor»^ 

Vamos a contar ahora el lenguaje con que el enemigo resr- 
pendió a aquellos nobles votos del patriotismo i de la dig- 
nidad. 



XI. 



Era la noche del 18 de noviembre, I una calma eslrafla 
reinaba a la vez en las Iriuclicras i en el rampamcnto ^ne^ 
migo. Hablan sonado ya las ofice, los fuegos se habían esUn- 
guído, los soldados dormian i los centinelas solo hacían oir 
su monótono alerta!, que iba de trinchera en trinchera ha- 



4tí HISTORIA DE LOS DlfiZ ÁÑO§ 

cicndo traaquílameolo o\ eircoilode la sosegada ciudad, como 
si aquellos ecos fueran todavía el pregoQ de la hora del pa- 
cifico «sereno». 

De repenle, hacia las once i mediado la noche, hizose oir 
él quién vive? apresurado de dos' o tres centinelas, al que 
scguió el instantáneo disparo de los fusiles i el grito de i 
formar! ¡El enemigo !--^\ín granizo de balas, Tooitlado de una 
columna de fuego que iluminó la ciudad enlera, siivó en- 
iónces en el aire. Era aquella la sefial de ui> asdlto jeneral 
que el enemigo daba sobre toda ta linea de trincheras del 
costado sur, a las que se acercaban casi sin ser sentidos. 
Iln soldado de carabineros que habia desorlado de la plaza 
aquella mañana por un castigo, i que fué el único ejemplo 
de defección que se observó en e) asedio (1), informó a los 
sitiadores de la debilidad del claustro de Santo Domingo» 
donde su cuerpo estaba acuartelado, i se debió a sus avisos 
el que so emprendiera aquel asalto. 

£1 coronel Vidaurre so engañó, empero, al creer que iba 
a entrar eh la plaza cuando hubiera derribado un trozo de 
pared del v¡ej6 cláuslro. No eran los baluartes de piedra ios 
que defendían la Serena en 1851. Eran los cuerpos do sus 
hijos que formaban en todo su recinto un muro flotante do 
denuedo i de amor patrio. 

£1 enemigo cargó con los compactos pelotones de su in- 
fantería i dos cañones volantes sobre la trinchera nüm. 7, 



(1) Durante el sitio, se pasaron a la plaza algunos soldados de 
Cazadores a caballo, pero en escaso número. De la plaza salió 
también un sárjenlo Viveros con un destacamento de 11 sóida* 
dos, que fueron tomados por el enemigo si i^ hacer resistencia, 
por lo que se supone que Viveros los indujo a pasarse. Este in- 
dividuo se encuentra en la Penitenciaria desde 1852 por el asal* 
to que dio aquel ano a la vüia de Petorca. 



h la^ 4eb plan, q«e mandiba el bravo capílat «Km Fraa* 
cae» de PtaU Carmona, bínmi boi4> de Imnla ates, ex-» 
prareeJar ea b JíTisídfl del ooric. Era sa sexrntóo elro raliea* 
te« doa J^aqcii Zamüdio, anlisno guarda narioa de aaestra 
escaadra, qae ana mala eslreila había ilenido hasla ser d 
cafeniieFO del hospital de la dt^isioa de Coqaimbo; paes 
acama d hecho sogaiar de que aqael reducto, el aias ¡oh» 
porlaalo de ta líaea de defensa, faese serTklo por dos indi-* 
Tídaos qae habiao desempeiado empleos cjTiles eael ejérdlo 
reYolacioiiarto, i no tenían, por consisuiente, al Tolver a la 
Serena, nñignna nombradla militar. Gomo el ataque era tan 
recio, tan cercano i tan precipitado, hobo vn momento do 
coafasion en las trincheras atacadas. Los soldados habían 
corrido a sns fusiles i sostenían el fuego, pero los artilleros 
no atinaban a manejar sus callones con la destreza debida 
para aprovechar sus disparos con moiralla sobre la columna 
de asaltantes. 



XU- 



En aquel critico momento llegó el aviso al cuartel jonoral 
de que las trincheras estaban en peligro i que era preciso 
correr en su socorro. El mayor do plaza Alfonso, que dormía 
tranquilamente bajo el dosel de terciopelo carmosi do la Corlo 
de Apelaciones^ de cuya sala habia hecho mililarmonto su 
aposento, corrió a la Catedral a sacar la fusilería de reserva, 
i junto con Carrera i Arleaga, que no habían tardado en pre- 
sentarse, mandó a las tres trincheras comprometidas en 
el ataque los refuerzos convenientes. Llegaban estos en los 
momentos mas críticos, porque ya los fuegos de los defenso- 
res cedían a las nutridas descargas de las columnas enemi- 

6 



4) HISTORIA M LOS 0ia ASOS 

gas que llegaban al pié de las trinchofas, proclamando por 
suya la jomada. Tan grande habla sido, en verdad, el con* 
flicto de aquella sorpresa, que una parte de la noche estnvo 
oyéndose en el cuartel jener^l de la Catedral el toque del 
clarín de alarma, que se habia adv^orlido a la guarnición se 
senaria solo en la hora de un riesgo tomjnente. 

El ausllio de los mineros Yungayes restableció en breve 
el equilibrio del combate, i este se sostenía sobre toda la línea 
atacada, con un vigor estraordinario. A las voces de mando 
i de estimulo do los oficiales asaltantes, se mezclaban los 
gritos provocadores de aiubos combatientes, que casi se me- 
dían con sus armas, separándoles ya solo el ancho dé la 
calle, mientras que el ruido de los cornetas i tambores que 
tocaban a degüello se hacia oír vibrante entí-e los espacios 
de cada tiro de cafion. «El espectáculo que presentaba la 
plaza era imponente, (dice un testigo presencial de aquel en- 
cuentro) acaso único por su aspecto i sus incidentes, en upes- 
tros Tastos militares. El estampido del cafion, el nutrido Tuego 
de fusilería, i la luz que despedía la bala roja, ponian por 
momentos en trasparencia a los combatientes, como las ilu- 
mipaciones de gas figurando estatúas (I). 

XIII. 



El ruego enemigo hacia estragos en las filas de los sitiados 
que hasta entonces parecían ilesos, como por un acaso divi- 
no. Vanos artilleros habian caido muertos sobre sus cafiones. 

(I) Carta autógrafa de don José Migad Carrera a su esposa, 
fpcha d(?l 19 de noviembre de 1831, ia que existe desde aquella 
époea eu mi poder « 



El bravo Zamndio, al colocar un saco do aceña sobre una 
breeha qoe había heeho el caflon enemigo» recibió en el een* 
tro de aquel la segojida bala qu^ venia asestada con la misma 
paotería, i como su cuerpo era pequefio idébil, fué levantado 
en el aire junto con el saco, i envuelto en una nube de polvo 
desde lasque cayó examine 09 el suelo; mas, reoobróse luego, 
sin haber recibido otra lesión que algunos dientes que se le 
quebraron con el golpe. Ep la misma trinchera había sido 
herido ya dos veces en aquel conjbate» el eapitan Gaele, aquel 
valeroso caudillo <le los mineros de Brillador i que se dis- 
tíoguia no menos por su bravura que por la orijiaalidad da 
su traje, en el que resallaban dos enormes chareteras de lana 
roja i un culero, cuyos recortes se veían por entre los fal- 
dones de su uniforme de antiguo soldado del Yonga^, Pero 
apesar de que uno de los balazos que había recibido le atra-* 
vesaba un hombro, se negaba a retirarse del medio de sus 
bravos compaQeros, a quienes animaba con su ejemplo i su 
preslijío. Mo por esto las pérdidas sufridas desatentaban a loa 
sitiados, porque siempre parecían ínsígniGcantes respecto del 
horrísono aparato del ataque, i aun hubo en su mayor cru- 
deza acasos singulares que preservaron á muchos de una 
muerte segura. Súpose que habiendo caído una granada en 
un cuarto de la casa de Edwards, en que había una avan- 
eada de 'II hombres, que mandaba un sárjenlo Jelves, so 
sofocó aquella eqtro pnos sacos de harina, ahogando en ellos 
sus proyoctiios, 

£n el olaustro de Santo Domingo, punto concéntrico del 
a laque de fusilería, la lluvia de balas que caía en todas di-« 
reccíones no bacía mal alguno, apesar de ser aquel convento 
una especie de ciudadela en que se habían rofujlado mochas 
familias patriotas i particularmente las alumnas de la entu- 
siasta i varonil sepora, dona Dámasa Cabezón, que entonce» 



ti filSTORU Dfi LOS 0fEZ AÍiOS 

tnanteDíauticoJ^iode seflorítasenla Serena. Tan luego como 
comenzó el ataque, el prior del convenio, Frai Tomas Robles, 
que desempeOó un rol lan notable en el sitio por sb influencia 
sobre la guarnición,' se fué a la iglesia a' orar con todas las 
mujeres, i se mantuvo en aquella noolurna i solemne plegaria 
hasta que el triunfo coronó las armas de la plaza. 

XIV. 

Era^ el padre Robles una de esas naturalezas múUiples qud 
aiiHBrgan a ia vez» bajo la austeridad del hábito relijípso, et 
alma del tribuno i el espíritu del ministro del aliar. Tan de-^* 
voto como entusiasta^ tan candoroso como intrépido, con-» 
templaba la revolución solo como una gran crnzada mistica 
contra una política reproba i contra el bárbaro estranjero, e( 
gaucho i el ingles. Para él, si Jesucristo era el redentor del 
mundo, el jeaeral Cruz era el redentor de su patria, i por 
esto el Crticificado en los cielos i Cruz en la tierra eran lodo 
80 culto. 

Nacido de una honrada familia de Renca, la relijion habla 
sido para él, mas que una vocación, una Qecestdad de su hü^ 
milde cuna. Avecindado desde su niúez en «I barrio de ia 
Chimba, el convento de la Recoleta Dominica había abierto 
sus santos claustros a todos sus henmanos (frai Agustín, frat 
Andrés i frai Antonio Robles, todos secularizados hoi día), do 
manera que para él el bogar fué^verdaderamente su celda. 

Consagrado durante mas de 20 afios a la sobria vida mo- 
nástica de aquellos relijiosos, fué enviado a principios de 1850 
al convento provincial de la Serena, en calidad de prior. Allí, 
su carácter bondadoso i comunicativo le granjeó numerosos 
amigos, de tal suerte, que habiéndose propuesto reedificar 



DK LA ABSlRISTlUaOlf MOKTT. 45 

ooa parle de so convenio, alcanzó a reunir una $nscripcion 
de mil i qnínienlos pesos^ recolectados óbolo por óbolo en las 
casas de los vecinos i en el pajizo rancho de los fieles* 

Ligado después con el pedaclor de la SercHa^ Juan Nicolás 
AWarez, i el ayudante de la intendencia Verdugo, oslaba en 
contado con tos acontecimientos íntimos de la insurrección 
coquifflbana; i por esto, el campanario de su convento Tué 
el primero que echó a vuelo sus bronces en la jornada del 
7 de setiembre. 

Despqes de los combales de Pefiuelas i Petorca, cercada 
la plaza i asaltados los muros de su claustro por los ven* 
oídos i los vencedores de aquellos encuentros, orreció al. go- 
bernador sostener .el puesto con sus oraciones^ i jdenuodo^ si 
le daban por auxiliar a Galleguillos i su escuadrón. £1 con- 
Tentó de Santo Domingo, era, como hemos dicho, el asilo do 
la parte femenina de lá población de la Serena que había 
quedado sin albergue por la ocupación de la parte eslerior 
de la ciudad, i . ciertamente que aquellas dignas matronas 
no pudieron elejir mejor escudo que el escapolorio del vale* 
roso prior i el hrazo del caballeresco comandante de €ara« 
bineros. El padre Robles se hizo pues voluntariamente, junto 
con el deán Verav el capellán caslrence de* los sitiados, a 
quienes' dal» ejemplo en los cómbalos, su absolución en la 
agonía, i después, una piadosa sepultura en su recinto. 

Tal fué esto noble i singular carácter, una de las fisono* 
mías mas curiosas del sitio de la Serena, quo puso en ov¡<. 
dencia tan marcados tipos sociales en pre^onoia dé la revo-< 
loción^ personificando en ciertos seres el heroísmo que la sos- > 
tenia. Munizaga fué el ciudadano, Galleguillos el soldado, ^ 
Vera el sacerdote. Gaste el rolo chileno. Robles el fraile^ 
este" otro rolo élo la aristocracia sacerdotal, que estonia, a , 
VCCC5, en su sublime humildad, la grandeza de los primeros 



i6 HISTORIA DE LOS DIEZ A^ÍOS 

siglos de la íglosla. Gl padre Boblos fué e\ Pedro el hermila^ 
ño del sitio de la Serena. 



XV. 



£l recio combate de a(jfiiella terfib^e noche duraba ya dos 
boras i DO abatía su furor. Ocurrióse enlóuces a Carrera una 
medida que puso final combate. Observando que éste se con- 
centraba sobre la trinchera Müm. 7, ordenó al intrépido ibu- 
Hicioso capitán Ghavot que saliera por la trinchera siguiente, 
Núm. 8, donde, mandaba el comandante Ricardo Ruiz, con un 
piquete de 2S hombres, llevando orden de romper el fuego de 
flanco sobre la linea enemiga que suponía ya fatigada i sin 
aquel aliento que en los asaltos de una plaza es la única 
garantía del éxito. Tal medida produjo un completo resultado 
i hacia las dos de la mañana se oian solo algunos tiros pau- 
sados de cafion que bacian suponer que la columna de ataque 
se retiraba a su campo, no sin dejar los puntos en que se ha- 
bía sostenido con una bravura extraordinaria sembrados de 
cadáveres. 

Los sitiados consideraron el resultado de este asalto, que 
fué el único serio que dio el enemigo, aprovechando la oscu- 
ridad de la noche, como una espléndida victoria, I por tal 
quedaron celebrándola aquella noche hasta que la luz de la 
madrugada les trajo el reposo. La mayor parte de la guar- 
nición había tomado parle en el combate, escoplo los desta- 
camentos de las trincheras que no eran atacadas, i en las que 
durante el combate se había oído la gritería de ios soldados 
que pedían el participar la suerte de sus hermanos, cuya vic- 
toria celebraron después con el canto entusiasta de la Co^ 
guimbana. 



DE LA ADMINlSTAAClOn MONTT. 47 

XVI. 

Fué este uno de los mas bellos momentos de aquella me- 
morable defensa, i al recordarla, casi no puede escusarse de 
traer a¡ la memotía los nombres de los grandes pueblos que 
se ban sepultado enltreí sus ruinas ele?ando himnos de gloria 
i heroísmo a la causa porque sucumbían. El jefe superior de 
la plsíza^ al regresar a su alojamiento, después de aquella no- 
che azarosa, pintaba con estas palabras la impresión que le 
había hecho sil úllimia visita a las trincheras^ aSon las cinco 
de la mafiana, decia ed el documento intimo que ya hemos 
citado, i vuelvo de recorrerlas trincheras con Arteaga, de 
quien no me separo en estos casos, i nos hemos. admirado 
del entusiasmo i alegría que reina én la tropa». 

£1 gobernador, por su parte, no sentia menos admiración 
por la conducta de los soldados eñ aquel gran conflicto que 
habia decidido de la su^Ie de la Serena e impreso al silio ei 
rumbo mas bien agresivo que de defensa que no tardó en 
tomar, i dirijióles en consecuencia una proclama concebida 
en estas entusiastas frases. 

«Nacionales de Coquimbo! Heroicos defensores de la Sere- 
na ! Rechazando anoche a los invasores que intentaron pene- 
trar en la plaza que defendéis, habéis dado una nueva cuanto 
gloriosa prueba de vuestro valor i decisión para morir soste- 
niendo la santa causa de los pueblos. Vuestros conciudadanos 
contaban con vuestro heroísmo para alcanzar la víctQría i 
sus esperanzas han sido colmadas. Os felicito por el triunfo 
con que Dios ha querido coronar vuestro patriotismo, í por 
que el pueblo de la Serena, al admirar vuestro valor, se enor- 
guliesca de contaros entre sus heroicos hijos. Mi satisfacción 



i8 HISTORIA DG LOS DIEZ aSOS 

no tiene límites al verme el elojido de vosotros para ayudaros 
en esta gloriosa lucha. Admitid pues la felicitación qoe se 
complace en dirijiros vuestro compatriota i amigo— /usío 
Arteagay> (1 ). 

Dando otro jiro a la alegría que el éxito de aquel combato 
habia inspirado a los defensores de la Serena, su tribuno ÁU 
varez, aunque de un carácter enteramente destituido de dotes 
guerreras, se mantenía dentro de trincheras exhortando al 
pueblo. 

«El dictador nos quiere mucho, i por eso nos manda balas, 
cuyanos, ingleses ¡ godos. 

«¡Balas'son amores! 

ce Estas balas se reciben como chirimoyas. 

«El coquimbano nobará caso de la muerte defendiendo a 
su patria. 

«Moott manda balas do amor, i el coquimbano le retor- 
na balas de patriotismo. 

«¿No es esta la verdad (2)?» 

(1 ) Del boletín de la' plaza del 19 de noviembre. 

El pueblo, por sa parte, contestaba los cumplimientos de sa 
candillo en estos espfesiyos términos que aparecen en aquel mis- 
mo periódico. 

¡ coQciMBAif os I 

«Debéis estar reconocidos al jefe de la plaza, Jeneral Ar^ea^a; 
sa talento militar i su valor han influido en la "viclo.ria espléndida 
que habéis obtenido anoche. En medio del fuego, le habéis visto 
dar órdenes oportunas i acertadas. { Guarde Dios su importante 
\¡da! 

A los demás je f€9 de trinchera. 

«El pueblo reconoce vuestro patriotismo. Está cierto que le 
defenderéis con heroísmo, cuando os llegue la ocasión de vencer 
al enemigó. Conservad vuestra abnegación, i la patria os pre- 
miará. Defender millares de vida es eJ servijcio mas eminente que 
puede prestar el republicano. Dios premia este servicio coa la 
inmortalidad. » 

(9) Del boletín de la plaza del 20 de noviembre. 



K LA l^MCnSTUClOS aOTIT. 49 



X^TI- 



D cooibale del 48 de noviembre despertó ea el ánimo do 
las definsores de la Serena acciones mas altas qne las del 
iesod}o marcial qné la Tictoríá inspira a ios soldados* Et 
pueblo en masa era el qne habia rechazado al enemigo. £1 
fnego de la resistencia se habia visto soleen la cintura de las 
finrlificadones, pero el anhelo de aquella habia palpitado con 
la ansiedad de la agonia i la zozobra de la esperanza en 
cada pecho, en la mansión opnlenta, en la choza mas humil- 
de, en el templo donde las familias rernjiadas habían pasado 
la noche en ferviente oración, en la alcoba do la esposa que 
retenía al ciodadano indignado con brazos de desmayada ter- 
nura, en la cuna, en fin, a cuyo pié las madres desoladas 
calmaban el infantil sobresalto do las criaturas, que desper* 
taban al espantoso estruendo délos gritos de los combatientes 
i al disparo casi simultáneo do doce piezas i do los cañones 
calcinados demitfusiles* 

Desde aquella noche, para siempre memorable, se infundió 
en el ánimo de los coquimbanos la certidumbre de que un 
poder superior les prot^ía, i se encarnó en sus almas esa 
creencia heroica que podríamos llamar el fanatismo del 
amor a la patria, porque leían en ella la promesa do sor in- 
vencibles. 

XVIII. 

Aquéllas supersliciones jcnerosas cnconlraban un asilo mas 

pronto i mas profundo en el pecho de la mujer, tardío para 

7 



&• HISTORIA DE IX)S DIEZ A^OS 

encenderse en la t|Vlda llama def patriotismo^ pero qee se 
hace en ella un culto de abnegación snblíme cuando bebe 
sus ásperos^ pero embriagadores detoites, al través de la 
ternura, del dolor, o del sacrificio del que aman^ Viéronse 
por esta durante la defensa déla Seren^ rasgos de heroísmo 
femenino dignos de tivir como timbres d^ orguflo en nues- 
tra historia. La viuda del bravo Salcedo, mujer joven iher^ 
ffiosa todavía, hízose notar por su noble arrogancia de matrona. 
«Acababa de perder a su e^oso en l^etorca, dice el coronel 
Arteaga en una pajina de sus recuerdos militares del sítío, i 
con todo eH heroísmo de una espartana, enviaba a sus hijos a 
combatir en las trincheras». Este hijo, el primojénito de 
aquella hermosa familia, era un niílo de 44 aflos^el alferes 
pías Salcedo r 

Las sefiorítas Pozo i Larraguibel, hermanas de aquel va- 
liente mancebo que vimos pelear como soldado en la van- 
guardia de Petorca^ se hablan consagrado, como a una tarea 
doméstica que presidia sn propia madre, a la costura de 
sacos de metralla i a cortar vendajes para los heridos. Por 
una de esas inspiraciones propias déla delicada mente feme- 
nina, aquellas entusiastas obreras preferían coser las botsas 
de metralla en jirones de la bandera nacional que habían 
enarbolado a su puerta en los dias de paz i regocijo público, 
i que ahora, delante del chiripá arjenliüo,era descendida de 
su asta dS orgullo para enviarla al agresor en sangrientos 
jiroses. 

Ya vimos como la anhelosa vijilancia de las sefiorítas ]Uon-« 
tero habia salvado la plaza de una sorpresa que pudo ser 
fatal, i la consagración cívica de la sefiora Cabezón encerra-- 
da con sus alumnas en el claustro de Santo Domingo para 
orar i socorrerá los heridos I enfermos. Contamos también las 
fAtríoticas dádivas de la seilora Aguirre de Uunizaga i los 



BE LA ADMINISTItÜLCION HONTT. 61 

rasgos de varonil denuedo de que habían dado muestras, aun 
isobre el campo de batalla, las mujeres del pueblo, particu- 
larmente la Francisca Baraona* que los boletines de la plaza 
designaban con el nombre de la nueva sarjento-Candelaria 

XIX. 

Cuéntase de otra mujer no menos heroica qu^. renovó en 
las trincheras aquel ejemplo de amor conyugal que pedíala 
sangre del verificador como un homenaje mas grato quejas 
lágrimas propias a los manes de la víctima. Esta infeliz, cuyo 
nombre se ha perdido como el fatal acaso que le quitó la vi- 
da, llegaba al puesto que guardaba su marido con su hyo 
en lo» brazos, para contarle que su propio albergue habia 
sido saqueadQ por los invasores i pedir en nombre de su des-* 
nudez i de su hambre, el que corriera a dar la muerte a sus 
agresores. Aun no acababa decentar toda su angustia/cuando 
una bala sorda i traidora vino a apagar su voz^ derribándola 
en el suelo junto con el hijo que cargaba i cuyo corazón habia 
traspasado antes de despedazar ibI suyo (1). 

Pero entre aquellos ejemplos de exaltación heroica que tras^ 
formaba a la mujer en héroe, sin desnaturalizar su ser de 
ternura i sacrificio, se vio un lance, en el que si no había la 
magnanimidad de una abnegación sublime, se echaba de ver 
el injenie i la seducción previsora que la mujer pone aun en 
sus actos mas atrevidos. 



(1) Durante el sitio perecieron cinco mujeres i tres niños he- 
ridos por las balas de los sitiadores. Dato comunicado por el prior 
Robles que las enterró en su claustro, 



^2 HISTORIA DE LOS DIEZ aSOS 



XX. 

Había fuera de trincheras nna mujer de fáctl rcpulacion i da 
mediocres atractivos que todos conocían con ei nombre de la 
Colorada, por el tinte encendido de sus cabellos. 

Los oficiales arjontinos que cercaban la plaza no habían 
lardado cfn procurarse sus «mozas» que llevaban contínua- 
knente a las iancas de sos caballos según la usanza de su 
tieiTa, i aquella chilena de cübello i de alma roja, había to- 
'éadd en^uerfé al teniente Pel-eira, gaucho feroz í dado a la 
doble ebriedad del licor 1 de la crápula. 

La íirlificiosá co^uimbana se declaraba, sin embargo, cod 
baña, en una especié de sífio, a imitación de la plaza, I et 
moldado Invasor hacia gala de mil finezas para que al fin so 
rindiera. 

Ponderábale el amante, antes qtíe todo, sA bravura, repi- 
tiéndole isus proezas eñ el otho lado de las cordilleras donde 
las tntijores tdnian a orgullo el ser sus damds. 

Cojióle un día fa palabi-a la patriota sitiadora del cttyano, 
i dijole qne si era cierto Su coraje i ü de veras la amaba, 
fuera a las trincheras a azotar a sus contrarios, coA las rien- 
daá de su Inejor recado. 

£:i petulante gaucho, al que nna ración matinal de aguar- 
diente habla calentado el espíritu, le respondió que aquella 
era poca bazaúa para el tamaño amor que la tenia i dijolo 
que al día siguiente vendría en su mas brioso caballo para 
llenar su gusto. 

La Colorada mandó aquella misma tarde aviso a la plaza 
de que &i dia siguiente recibirían en las tríncberas ún regalo, 
que ella iba a enviar a sus paisanos. 



DE ÍA ADUmiSTRÁCIOir HONTT. S3 

.... Temprano, en la maflana del día después, veíase abier- 
to el portalón de una trinchera, i mas tarde, aparecía por 
la calle que dominaba esto reduelo un jinete que encabri- 
taba su caballo^ batiendo el aire con su sable i proGríendo 
amenazas i retos fanfarrones contra los sitiados, lír^e) regalo 
de la Colorada. . . . Cerróse de nuevo el portalón i el teniente 
Pereira, prisionero mas de Baco i de Cupido que del dios 
Marte, fué puesto a la sombra de un calabozo que no era 
ciertamente como el Olimpo (1 }• 

XXL 

Desde que las mujeres de todas las categorías sociales 
defendían la causa de Coquimbo, a la par con sus soldados, 
i cuando unas prodigaban sus caudales i otras acompañaban 
a sus maridos para enjugar el frío sudor de su agonía al pié 
del cañón en que eran inmolados ; cuando las matronas en- 
viaban a las filas en reemplazo del esposo recien muerto al 
hijo primer nacido ; cuando las vfajenes recatadas convertían 
sus aposentos en talleres de guerra, i cuando otras, en Un, 
enviaban de regalo a sus paisanos a los mas valientes oficia- 
les sitiadores, podía decirse, sin aventurar un augurio, que 
aquella plaza era inespugnable, i que la causa de Coquimbo 
seria invencible. 

(1) En una ocasión faé Mamado a media noche el padre Robles 
a auxiliar a uií soldado arjentino que agonizaba en un coarto 
redondo, vecino a las trincheras. Encontrólo ebrio i herido con 
innumerables puñaladas, asestadas todas por aleves, pero irritadas 
manos femeninas. Las inmoladoras estaban ahi ayudando cristia- 
namente a bien morir a su víctima, después de haberlo embria- 
gado para consumar su terrible venganza. Tremendos cuadros do 
las guerras domésticas I 



CAPITULO in. 



El ncEnii. 

Llega don Máximo Maxíca de eomisarío del gobierno de Santiego 
i ae resuelve el íaGeodio, de Ja ciudad. — DjGcoUades qae se 
aascitan con el vice-censal Ross^ a consecuencia de una intrí* 
ga para salvar el archivo de sa despacho.— Interyencion det 
comandante Las8elin^-»L1ega el infeadente Campos Gazman 
Íes proclamado por bando en los soborbios de Ja ciudad. — Pro- 
clama del intendente i jefe de los sitiadores a Jos cívicos de la 
Serena^— El incendio comienza el 24 de noviembre.—- Furor de 
los sóláados de la guarnición.^— Ataque de las Lozas. — Asalto 
j^neral del 25 de noviembre.—^Muerte heroixsa doj teniente 
Williams.— ^1 deán Vera én las trincheras^ — Impresión moral 
á9 aqael trianfo dentro i fuera de la plaza.— Proclama con que 
los sitiados celebran su victoria.-^Aspeeto desolado de la Se« 
rena en estos dlas^— Saqueo jeneral de todas las casas« almace* 
nes i tiendas de la población. — Profanación de los templos I 
mutilación de las imájenes. — Crímenes impuros de la sóida- 
dezca.— Persecuciones a losciudadanos.-^EsUdo déla comar- 
ca vecina a la ciudad.— El enemigo se relira a sus poslcioues 
i no vuelve a atacar* 



Corrían ya veihto dias desde gue se había estrechado el 
cerco de la Sereaa i rolo el fuego del bombardeo sin que ios 



S6 ^ISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

siliadorcs obtuvieran ninguna ventaja positiva. Bien a} con- 
trario, en to()as partes habían sido rechazados con vigor, i do 
tal manera, que los jefes del asedio se habían persuadido do 
que la ocupación da la plaza estaba fuera de los alcances 
ordinarios i lejítiroos de la guerra, los asaltos, las sorpresas, 
las intrigas de campamento, las emboscadas de medía noche 
i el arrasamiento de fortificaciones 1 edificios por la ruina o 
el cañón. 

Perplejos i sobresaltados se hallaban los sitiadores en esta 
crisis sin saber a que partido atenerse, cuando el 21 de no- 
viembre, tres dias después del asalto nocturno, se anunció 
que el vapor Cazador había echado sus anclas en el puerto. 

El gobierno, Informado del estado de las cosas en la Serena, ' 
no enviaba ahora a ios sitiadores ni refuerzos, ni instruecio-* 
nos: les remitía por todo recurso i por toda orden un comi- 
sario omnipotente. 

Era este el ministro de justicia don Máximo Muxica. 

Inmediatamente que aquel personaje llegó al campamento 
do Cerro-grande, donde se instaló [encontrando sin duda de- 
masiado vecino de las trincheras el cuartel jeneral del Laza- 
reto], dio la orden de proceder al incendio de los puntos mas 
vulnerables de la línea de defensa, comenzando por la mag- 
nífica casa de Edwards, que la compañía mercantil de los her- 
manos Alfonso tenia en arriendo, i que en aquella sazón se 
encontraba abarrotada de mercaderías. Contigua a esta casa, 
formando junto con ella el costado norte de la plazuela de 
San Francisco, estaba la casa residencia del vice-cóusul ingles 
don David Ross, que como todos sus compatriotas de Valpa- 
raíso i del norte^ se habia alistado ciegamente en el bando 
del gobierno, compromctiéndoso tanto mas docídidamento 
cuanto que desempefiaba una posición oficial i responsable. 
A ello lo autorizaba ciertamente la conducta del ministro i del 



n LA ABlimiSTIUCIOll'llO^ÜT. B7 

almíraDle ingles, no meaos que la de los jefes de U eompafiia 
de vapores del Pacifico, esios olh)s almiraDles del tráfico 
brHánico, mas poderosos muchas veces en su palria que ios 
Lores de su propio almirantazgo. 



II. 



Pero para ejecutar las órdenes del emisario de la Moneda, 
se tropezaba luego con dos inconvenientes, el uno ostensible 
i a caso insignificante, el otro oculto, pero que se suponía el 
verdadero. Era aquel el previo salvamento del archivo del 
vico-consulado británico, que sin duda alguna no tenia el 
mas pequeño valor o que habia sido sustraído en tiempo 
por el mismo funcionario que lo reclamaba. Pero el ül tipio 
se dirijia esclusivamente a sacar los documeptos i cuentas 
del escritorio de don Santiago Edwards, que se encontraba on 
la casa de su propiedad ya nombrada. 

Tomóse pues el prelesto de los papeles del vice-cónsul 
Ross para solicitar del gobernador de la plaza un salvo con- 
ducto^ a fin de que pudiera hacerse un rejislro del archivo 
británico i ponerlo a cubierto del peligro de saco o ineenclio. 
El mismo Boss tuvo la arrogancia de solicitar esto permiso, 
cuya sola significación anunciaba las miras a la vez mosqui- 
nas i siniestras con que era solicitado. £1 gobernador de la 
plaza se negó en el acto a tal demanda, como debían espe- 
rarlo los de afuera; por lo que, exasperado Ross, envió una 
nota insolente i amenazadora a la autoridad de la plaza, que 
ésta respondió con una digna eneijia ( f ). 

Llevóse, empero, la superchería hasta interponer la me- 

( 1 ) Véanse estas piezas en el doeomento núm, 18. 

8 



S8 BISTORTA DE IOS DIEZ aHOS 

dlacioB del comandante de un buqae de guerra francés, Mr: 
Lassefín; de la corbeta Brillante, estacionada en el puerto, 
'para solicitar aquella necia autorización de entrar al interior 
de la plaza sitiada i bombardeada, con el protesto de estraer 
papeles que solo ataflian al interés de un individuo (1}, 



HL 



En las alternativas de esta farsa se pasaron varios dias, 
durante los cuales babja tenido lugar otra especie de sainete« 

£1 diaS3 había llegado al cuartel jeneral del Lazareto eí 
Intendente de la provincia don Francisco Campos Gnzman, 
después de su escursion por lodo el territorio de su mando 
que habla durado mas de un mes. 

En el acte se procedió a dar a reconocer su autoridad» pa- 
klicáúdola en la capital de la provincia p6r medio de un so- 
lemne bando que se promulgó en las avanzadas sitiadoras al 
son de pitos i tambores, oyéndose dentro de la plaza las acla- 
maciones de aquellos subditos de la nueva autoridad que 
descargaban sus fusiles sobre los puestos enemigos, i luego 
gritaban, en sefial de irónica adhesión— FfvaW intendente 
del Imaretol 

Después del bando, era de estilo la proclama, i esta esta- 
ba Impregnada de tan tiernas emociones de paternal afecto 
por los sublevados, cuyas vidas, honor i propiedad habían sido 
puestos fuera de la lei, que el ridiculo rebosaba de cada una 
de aquellas melindrosas manifestaciones. «Al fin piso, decía 
el intendente recién llegado, en esta pieza curiosísima, el 

(1^ Véase en el documento njúm. 19 la traduceion de la co« 
medida nota de Mr. Lasselin, coja falacia el honorable oficial 
francés sin dada no comprendía. 



M LA AtBtlNtfltftAGIOK tfONlrT. ÍSd 

^eló de mis simpatías, da mfs recuerdos agradables, de lá 
patria nativa de mis hijos, de la Serena^eo fin.... Deponed las 
armaSt anadia, i os garantizo el perdón del estravio que ha- 
béis cometido.... Cívicos de la Serena! venid a mi^ que sói 
vuestro amigo i camaradaB { 

El jefe de la División pacificadora quizo también afiadir 
la miel de sus proihesas oficiales a las del intentepte Cam-^ 
pos; i olvidado de que por su orden aquella hermosa pobla- 
ción era cada dia reducida a cenizas, definía la libertad, a 
los defensores de la libertad de su patria, con estos peregrir 
nos razonamientos. «Incautos! L^ libertad no se goza entre 
murallas; la libertad sé respira con el aire que necesita del 
ambieinte embalsamado para ostentarse placentera, pura/ 
fiubfime, comees en realidad.... El hijo privado de las cari- 
cias de su digna madre no goza de libertad!..*.» (1)* 

¡I quien hubiera sospechado que en el recinto mismo de 
la plaza asediada tenían lugar en aquellos mismos instantes 
escenas que participaban del ridiculo i de la culpa a que 
hacemos estos reprocbes, i que llegaron hasta la deposición 
de la autoridad civil de la plaza, su encarcelamiento i el de 
muchos de los oficiales de la guarnición'? Pero estos singu- 
lares aeontecimieatos, que tuvierou su principal desenlace 
el dia 21 de noviembre, serán materia de otro capitulo en 
esta narración. 



IV, 



A la burla iba a seguir lá trajedia ; tras de la sonrisa de 

(1) Poeden verso estas dos celebérrimas piezas en lotdocn^ 
menios núms, 20 i SI del Apéndice n 



69 HISTOBIÁ DE LOd mU AÑOS 

la perGdia eslaba ocnlia la atrocidad de la venganza. Al fia 
esla esialló. 

£1 día 24, a las ocho de la mafiana, los soldados siliadores 
situados do avanzada en la torre de San Franciteo comen- 
zaron a arrojar lienzos empapados de aguarrás i camisas 
embreadas sobre los techos de la casa deEdwards, que estaba 
a pocos pasos de aquella posición, i tres horas después aquel 
hernioso edificio, ardia con una voracidad espantosa, alimen- 
tando sus llamas los deposites de cesinas i otras mercaderías 
que la casa mercanlil de Alfonso guardaba en sus patíos í 
aposentos, i cuyos valores pasaban de treinta mil pesos. 

Junto con las llamaradas delínoeiidio se levantaban al cielo 
las esclamaciones de la indignación í de la rabia qoe ardían 
en el corazón de los defefisore& de la plaza.Unos pocos soldados 
habían corrido a contener los progreses del fuego, bajo ladl-r 
recelen del gobernador, pero las guarnioiones de loda$ las 
trincheras se ponían sobre las armas i levantando grites te- 
rribles de venganza i esterminío, pedían el ser llevados en el 
acto sobre el enemigo para arrojar sus cuerpos en la punta 
de sus bayonetas entre los escombros. Era tal la ardorosa 
vehemencia con que los soldados pedían el combate, que al 
fin, para calmarlos, se les prometió que al día siguiente serían 
llevados a la luz clara del sol sobre los atrincheramientos 
enemigos. 



Estos, sin embargo,, que juzgaban concentradas todas las 
fuerzas sitiadas en los puntos dol Incendio, emprendieron un 
vigoroso ataque sobre la trinchera Nüm.. 6 qqe mandaba el 
valiente capitán don Candelario Barrías. En los momentos que 



DE LA ÍBMINISTRACION HONTT. 6f 

la guarnicíoD de aquel reducto estaba formada en el patío do 
la casa anexa a la fortificación, el enemigo, apercibido de esla 
coyuntura, desde la vecina torre de la iglesia de la Merced, 
adelantó varias partidas de fusileros por dentro de los solares 
(lela manzana opuesta^ i ganando asi la casa del ángulo, que 
distaba solo diez pasos de la trinchera, treparon sin ser sen- 
tidos a ios tejados, i de improviso hicieron llover una grani-* 
zada de balas sobre loados sorprendidos centinelas que guar^ 
dabati las estremidades del reducto. 

Los asaltantes contaban con que soldados ¡ artilleros no so 
atreverían a salir de los zaguanes de las casas, de una i otra 
vereda de la calle, en los que descargaban sus fusiles como 
una lluvia de metralla^ i que dejando indefensa de esta suerte 
la trinchora, podía fácilmente penetrar en la plaza una co-* 
lumna de fusileros, puesta en emboscada para aquel efecto. 
Pero el intrépido Barrios, sin vacilar un instante, saltó a la 
calle, seguido de sud soldados que restablecieron el combate, 
i después de un crudo tiroteo, obligó al enemigo a retirarse. 

Sabíase visto en lo mas apurado de este lance a un ciu-« 
dada no de distihgtíida figura que so balia en lo mas descu* 
bierlo de la trinchera disparando su rifle sobre el enemigo a 
la par con los soldados. Era el et-inteñdente don losé Miguel 
Carrera, que depuesto, como hemoá significado, el 21 de no- 
viembre, se mantenía en un voluntario arresto eb la casa 
que servia de cuartel a la trinchera del capitán Barrios, i el 
que solo violaba cuando el puesto del honor i del peligro re- 
clamaba su presencia, como había sucedido antes i como ten* 
dría lugar en ocasiones posteriores. 

Eála sorpresa l\ié conocida en la plaza con el fiotnbre de 
ataque del lúcumo de las Lozas, porque los tiradores enemi- 
gos se habían apostado en uno de aquellos hermosos árboles 
de eterna verdura que ocupaba el centro del palio interior 



62 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

de la casa d6sde cuyo lecho habían atacado, í qué pertene- 
eia a unas &6jk>ras de aquel apellido (I). 



VL 



Llegada al siguiente diá la hora de la promesa que se habia 
hecho en las trincheras, a la luz de los incendios del 24^ sus 
defensores exijieron su cumplimiento porque el ruido de los 
escombros que se diBrf umbaban de los edificios quemados^ pa- 
recía estar recordándoles el aleve crimen que ansiaban cas-* 
tigar. A la una de la tarde del dia 2S, en efecto^ toda la tro- 
pa disponible de las trincheras comenzó a reunirse en ei cuartel 
jeneral de la Catedral^ donde ya hablan tomado las armas los 
YmgayeSi a batallón de los mineros. El gobernador de la 
plaza se proponía aquella misma tarde asaltar la batería de 
dos caüones que desde el alto llamado de dofia Antonia Cam- 
pos (por el nombre de la dueña de la casa en que aquel re- 
ducto había sido construido} jugaba sobre la trinchera Núm« 6 
del capitán Barrios. A las 3 de la tarde la columna debia po- 
nerse en marcha* 

Pero cuando, dada ya la orden de partir^ se hacían los úl- 
timos aprestos de aquella atrevida sorpresa^ se hace oír por el 
lado del medio dia un confuso ruido de clarines que pareciaa 
sonar el toque de degüello, mientras estrepitosas descargas 
de fusilería turbaban el profundo silencio que en aquella hora 

(1] No nos consta con Bjeza sí foé este el dia de este ataque o 
sí tuvo lugar en ana fecha posterior. Ha sido una árdaa tarea el 
fijar la data de las peripecias del sitio, a falta de an diario cro- 
nolójico de las operaciones que no existe o no hemos podido pro- 
curarnos. Saponemos, sin embargo, qae este ataque» único sobre 
cnya data tenemos dada, tavo lagar el 24 de noviembre, el mis- 
mo dia en que principió el incendio» 



FBetLf L n loflsi r^imil^ di ostjuí» «q «I a»£ok Era fw 

CH6^(ii M srf. cirasf!P pan aptx^Tve&ar ei fana» 4^4 ¡Ke»-^ 
fio fM &¿l;:&i ctniLIj ea aqrzella irtrecdc«. 

ba a ¿xsr» d» bvcto h siierle 4» b flaia «a aa asaUd 
de tñaá^in. bis fbrakiable qae al de la aocke liel 18; por^ 
fw ¡2s «abras ao ocaltatoa Ta d seadem de b bréela^ ai 
pcaCejaa caalrad filoile las biyoaelas ks pedMs lieK» ca»^ 
kiSoates. E» a ser esla, por bato, ana jorasda lieroica qaa 
d dará sol del aiediodia ilaadoaba, coma si Ama aa $raa- 
i&Ma te^U^, apostado por d acaso para coalesplar aqael 
bace de caperecedera meaioria ea ks aaales dd valor 



m. 



Era esa hora calorosa e laerle de la ndtad del día en qoe 
el tedio baja los párpados^como en la mitad de la noche rin« 
délos el snefio. Los destacamentos que habían quedado en 
las trincheras, mas en calidad de simples guardias que como 
tropas de combate, se mantem*an a la sombra que proyectaba 
el moro* Tranquilos por la hora í la ocasión, los soldados con- 
versaban en Yoz baja sobre el éxito que tendría el ataque 
que iba a dar pronto una columna de les mas bravos do sus 
camaradas, cuando de improviso oyen un confuso tropel, como 
de macha jente que se adelanta a carrera, i luego sienten 
clarines^ i toques de caja, i voces precipitadas do mando i 
gritos de fuego! i adelante! Eran las compañías de la brigada 
de marina, del Buin i del Núm 5 que venían por las dos ca- 
lles que daban acceso a las trincheras Nüm. 7 i 8, en diversos 
pelotones^ avanzando al paso de trole, mientras otros cohh 



6i HIST01HA DE LOS .DIEZ AÑOS 

naban los tejados de los ángulos que caiao sobre las trinche^ 
ras, asemejándose eu la celeridad i en la actitud de gue- 
rrillas en que se colocaban, a una bandada de cuervos que 
hubiera caido de repente sobre una presa indefensa. 

Mandaba la trinchera Núm. 8 el bravo capitán Zamudio, 
que había reemplazado hacia cuatro dias al comandante Ruiz, 
preso poi' la división de partidarios a que hemos aludido; 
i veloz como el rayo, colocó su poca jente tras del muro, i 
púsose a contestar el vivo fuego que por el frente, por am- 
bos flancos i desde la altura inmediata le caía, despachando 
a carrera un oñoial que diera cuenta en el cuartel jeneral 
de lo que pasaba. 

El batallón de Yungayes no necesitaba por cierto de este 
aviso, i advertido por los primeros disparos, venia a escape 
por denlro de los solares a prolejer los puestos atacados, cuan*- 
do el emisario de Zamudio lo salió al encuentro. 

£ste oficial, entretanto, so encontraba en los mas vivos 
conflictos porque el número i la audacia de los contrarios 
le abrumaba. Bravos hubo de la brigada de marina i del Buiíi 
que llegaron en aquel momento hasta dos pasos de la trin- 
chera, disputándose la carrera de la gloría i de la muerte, 
1 llegando uno de aquellos magnánimos soldados hasta clavar 
su bayoneta en las gríetas de la trinchera, a cuyo foso cayó 
derribado de un balazo, en el acto que apoyado en su fusil 
se balanceaba para dar el último salto sobre el parapeto. En 
otra parte, cerca de la trinchera, habían caido 5 valientes, i 
tan próximos estaban los unos de los otros, que sus cuerpos 
se sostenían mutuamente, sin medir del todo la tierra, como 
una pirámide humana que la muerte hubiera petríficado. 

Pero llegaban los mineros proliríendo sus grílos acostum- 
brados de guerra, ese chivaleo salvaje i heroico de nuestros 
soldados, í que en aquellos hombres Icnia el ronco estertor 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 65 

que dan a sus vocos las sombrías bóvedas en qne pasan su 
penosa vida de fatigas. Su aparición era ia vicloria, porque 
donde quiera que sus ferreos brazos se tendían, era para se-* 
gar a la manera de jígantescas guadañas, laureles i trofeos. 
Pero esta vez la taima do los tiradores enemigos no era 
menos heroica i el combate se prolongaba ¿on un furor que 
se aumentaba en vez de abatirse por el ^cansancio i la sangre 
que corría en abundancia de una parle i otra. 

VIII. 

Hubo todavía un momento en que la columna sitiadora 
volvió a reorganizarse como en el prímer momento, dando 
por suyo el éxito del asalto. Sucedía que la nnimerosa con- 
currencia de personas de todo sexo i edad que se habían re- 
fujiado en el claustro de Santo Domingo, cuyas paredes es- 
taban unidas por un ángulo a la tríncbera mas amagada, 
observando lo apurado del caso, comenzaron a arrojar piedras 
por encima de los tejados, mientras los carabineros de Galle- 
guíllos sostenían desdo el claustro un fuego vivo coa sus 
carabinas, siguiendo el ejemplo de su comandante que pelea- 
ba como soldado, i exaltados a la vez por el prior Robles 
quien les gritaba que la muerte en aquel supremo conflicto 
equivalía a su eterna salvación. 

El enemigo, entretanto, desapercibido déla realidad j*uzgó 
que las pedradas que caían a su lado, muchas de las cuales 
fueron lanzadas por manos femeninas (1) o infantiles, eran ua 

(i) Una seSorita que se supone del apellido de Larraguibel, 
observando desde una ventana que faltaba taco para un tiro de 
ca&on, desgarró el fino pañuelo que cubría su regase i lo arro- 
jó a los artilleros en dos jirones. No fue esta Ja sola vez en qué 
el ejemplo de la doncella de Zaragosa fue imitado portas eo*<, 
quimbanas. 



Cb BISTORU BE LOS DIEZ A^S 

siQtoma dó desalíenlo, i los oficiales comenzaron a gritar, 
oyéndoseles claramente dei^de el ciánslro i la trinchera A 
ellos^ tnuchachos^ q'ue se les acaban Tas municiones! con lo 
que los solidados so precipitaban de nuevo con mas pnjanza 
a la carga. 

Uño de tos maá osados en aquel moitiento, juzgado pcit 
dios debi&ivo, fué el teniente don Rafael Williams, qoe ga- 
nando con un piquete de tiradores et patio de tma casa, cu- 
ya puerta principal caia sobre la vereda fronteriza a la pa- 
red del claustro, quiso sallar sobre ésta i escalar el puesto 
por este lado, que suponía indefenso. Ordenó a sus hombres 
el derribar la puerta a culatazos, pero como vacilaran o pu- 
sieran lardanza en ejecutarlo, tomó él mismo en sus manos un 
fusil, i cuando la puerta cedia a sus golpes i so arrancaba de 
un costado, vieron los soldados que el bizarro joven caia 
junto con ella derribado de espaldas sobre el madei^o. Habia 
muerto como Lavalle en Jujui, atravesándole una bala su 
arrogante corazón I 

Williams era un hermoso mancel)o de 22 aüos. fiíijo de un 
antiguo marino, servidor de la ^República desde la indepen- 
denciii, habia .comenzado la carrera de las armas casi desde 
la x;una en' que le mecian los robustos brazos do su padre 
en la isla de Chiloé, tierra de bravos, dónde habia nacido. 
Desde .nifio prestó sus servicios en varios cuerpos i aun éa 
la rigorosa .guarnición de M^igallanes donde pasó dos aúos^ 
que ocupó en estudios hidrográficos, por él consignados ea 
un croquis de aquellas posesiones de la República. Modesto, 
SrnGO^ aurmosa» era <)1 Upo del soldado, i Um suyes^ por 
láirto, le finfttban cm tal termra ^oe se tes vié alii ))ereceT 
por rescatar 'fitu cadáver. Uno de estos leales compañeros in- 
ieu\¿ larrastrarlo por lel .pelo bicia deutf o del caguán ^ la 
casa en que había caido i fué derribado de un balate, i 'Ofrb 



DE LA ÁDmimSTRAGION UONTT. 67 

que prelendia enlazarlo con; líHa faja de iana, se retinó solé 
cuando había sido t^rido. . 

No miraron sus jefes ios restos ,ílel hiroe con «iq«^l reli-r 
jioso res{»e{a, porque Ip dejaroD podrirse insepuilo iabafido-^ 
BtdOy kasia qué ob uq armísUcío pos^teríor^ el capUanZamudio 
reepjíó sus mieipbros pístrefactos, lecháfidolos «a trozos con 
uoa pala en un saco de Usa, para daiies sepiuitttra. 



IX. 



Enlre tanto, el crudo combate so sostenía en la trinchera 
ionios tejados fronterizos coa un encarnizamiento horrible, 
i si los soldados enemigos rodaban por las tejas heridos como 
el águila en las ramas de su plber^ue^ daqdo roncos gritos 
de rabia i de vaJor^ no escaseaban tampoco las víctimíís que 
sus certeras punterias hacíají delgas (Jel parapetó" Veíasb 
ahi al menos .un consolador .especl.á.culo. El vcnorablo deán 
Vera, con yn crucifijo en la manoien)pap,ados su palabra i su 
'sem.blai)-le en esa ujicion dql patriotismo, que .es e;i el alma 
de ciertos sacerdotes un se.gunclo cullo^ ardiente como el di- 
vino^ socorría a los .heridos i pre§tab,a sus últimos ausijios al 
mpribundo. Tin pincel brillante (1) nos ha trasladado al lienzo 
.a^uellps cuadros teñidos con el fuerte coptraste de la ternura 
i dcUorror. 

Al fio^ ej cansancio compnzaba a obtener lo que la muerle 
.ivo,aj.cj3nzab,a; i jos fuegos se abati^n, tanto do parte de los 
sitiadores, como de los asaltautes. 

|!l pbernadAr de la plaz,<i acompasado esta yez del ex-^ 

ii) El del jcWen arjentioodon <5regorio Torres, residente ea« 
úúüies ^ ibi ' Serena, 



f)8 HISTORU DE IiOS DIEZ k&O^ 

fíitendenle Carrera^ que asistía a estos combates con su 
acostumbrada impasibilidad, tomó también una medida opor- 
tuna que contribuyó a aquel éxito. Notando e\ estrago quo 
la fusüeria enemiga hacia entre h tropa de adentra, ordenó 
a esta se recojiera al abrigo de Ta trinchera, i aposta algu- 
Ms soldados que tiraran sobre los tejados opuestos las pe-« 
quenas pero formidalrles granadas do mano que hemos 
yMot se hablan febricado en la plaza a instigación del injenioso 
dlciBíl Lagos Trujilio. Este ataque sordo i certero acabó de de- 
sanimar al enemigo, que al fin desalojó el terreno i se retiró 
desalentado asus- lineas. 



tai fué el asalto del 2S de noviembre, el mas recio cTet 
asedio, el ultimo también que dieron los sitiadores! el que 
les fué mas fatak Mas de trelhta cadáveres de sus bravos 
soldados quedaron tendidos en las veredas, en los tejados, en 
el centro de las caites i aun en el foso mismo de fas trinche- 
ras, siemk) el número de sus heridos mucho mas con^derable^ 
mientras que en la plaza las victimas pasaban de 20 soldados 
muertos, muchos heridos i algunos mutilados por el propio 
cafton que servían,^ i que caldeado por el fuego, reventaba 
por alguna grieta de su oido a los últimos disparos. Fué de 
todas suertes una jornada heroica. El mismo coronel Yidau-* 
rre que presenciaba la función a la distancia, perdió su caba- 
llo de un metrallazo, i de dentro do la plaza no hubo un solo 
jefe que no concurriera al sitio. 

Háse dicho, sin embargo, para deslustrar la valentía des- 
plegada en aquel día, que hi columna de ataque había sido , 
embriagada con aguarcliente para darle uq ciego coraje, i aun 



DE (LA ADMIfíISTRACíON HQNfT. C9 

es Írtele refew que según el parle oficial del jefe sitiador^ 
eilatente en el mínísteiiode la guerra., tal asalto se díó, «sin 
su orden». Mesquína disculpa, a fé, dada de un fracaso glo« 
rioso, por un jefe que había perdido con honor su montura 
sobro el campo, pero cuyo apego de yedra a la autoridad., 
le hacía inconcebible todo lo que no fuera la ejecución de 
Jas órdenes de la Moneda, fin aquella misma tarde., el jefe de 
los sitiadores^ al ver su caballo derribado a sus pies., habia 
hecho osla sola esclámadoB caracterislica. Qtie dirá el gth- 
bierno de este hecho? El coronel Vidaurre creia que dehia 
dar cuenta al Presidente de la JBepyblica hasta de Jo iquB 
sucedia a sus caJballos I 



XI. 



Entre tanto, los defensores de la plata celebraban el tríun^ 
fo de aquel día con ese regocijo intimo que da, no una vulgar 
victoria de las armas contra las armas, sino la satisfaccioH 
de haber cumplido un santo deber. Una proclama impregnada 
de una emoción grave i solemne que parecía ma^ bien el eco 
de la bóveda de un iempibcnque les guerreros postrados de 
rodillas dieran gracias al Dios de la victoria, que el clamor 
ufaoo de los clarines que pregonan las batallas^ cinouló aque*- 
Ha vez en las trincherds. 

«[Valientes defensores déla Serena!, decía ésta felicftacioa 
del deber i de la gloria. 

a Quien os ha visto combatir eofi el <ienuedo del héroe para 
salvar la patria de vuestras esposas^, de vuestros caros hijos 
i amigos, no podrá menos que admirar vuestro subUme pa- 
triotismo. Hoi habéis conquistado UB laurel mas luchando con-- 
Ira nuestros enemigos i «1 fuego. £a medio de las llama« 



^0 HlStÓRIA BE LOS D1E2 aSOS \ 

lanzabais una iiiaci*te cierta, pero sensible, sobre la colatnna 
Invasora. Os babeís convencido que no ha] absolutamente 
humanidad en los enviados por Montt para destruir a nues- 
tro pueblo i gobernar sobre sus ruinas. La vida do centenares 
de ¡nocentes reclama vuestra constancia, en su protección. 
El sacerdote, el anciano, lá mujer desgraciada, el pobre huérfa- 
no, todos imploran vuestro heroísmo. Sabjsd que permaneciendo 
en Vuestro puesto, os haréis aoreedores a las glorias del mun- 
do i a la verdadera inmortalidad que está en el Cielo. Sabed 
que defendiendo al pueblo, hallareis en Dios, cuando os separe 
de la tierra, clemencia i verdadera dicha. La causa do la 
justicia, de la libertad i de la inocencia os la causa de Dios. 
Vosotros defendéis esta causa, jugando la vida que os diera 
Dios: a su tiempo recibiréis la corona del justo» (1). 



( 1 ) Del boletín de) 25 de noTiembre. Este mismo día se publi- 
ca en unfii hoja i^üeltá el sigaietlte voto de gracias a los defensores 
de la piaztt. 

m VALIENTES DE LA SERENA ! 

Acabáis de dar otra prueba de heroísmo defendiendo la plaza. 

Vuestro valor ho tiene ejeMpIo I ^ " 

Amáis a vuesll*as madrea, a vtfé^tras esposas i a vuestros hijos* 
i por éso habéis rechazado a los bárbaros invasores. 

£ntre vosotros bei|ios visto al soldado antiguo de la República 
i gobernador de la plaza, don Justo Artea^a. 

Hemos visto al benemérita) Carrera, digno hijo de su padre^ 
al ilustre ciudadano don Nicolás Munizaga, i al n)U¡ patriota 
i valiente comandante Martínez. Hemos visto también a los co- 
mandantes Alfonso, Barrios, Galleguíllos, Chavot i Zamudío. 

Una corona de gloría os prepara la nación I 

La posteridad os coroAal-á también I 

Dios os abrirá su mansión de dicha eterna I 

Viva la República ! 

Mueran los traidores I 

Viva «1 ilustre jeneral Croz ! 

Sereno^ noviembre 26 de lSol.)> 



DK lA ADMINISTRAClOft KQNTT. 7f 



XII. 



, £1 incendio do la víspera oslaba vengado ; pofo la pro- 
mesa 4e dar poj ^us propias mapos un castigo tremendo á 
los incendiarios no se cumplía aun, porgue qI asalto d9 I^ 
tarde babia retardado la bpra* Qesigoógie entonce^ la de j^ 
media noche del siguieale disi para quq el eqemigo.rpcibiers^ 
una doble lección por su arrojo ya domado i pg^el crimen d^ 
SU3 jefes do que se hacían cómplices i que,oecesilab& un Ire*? 
meqdo i reparador castigo I 

Los defensores de la plaza contemplaban coq impaciencia 
la aproximación 4^ aquel moqiento. 

Tenían una larga pueqta que saldar opq sus obstinados i cru^ 
les invasores, La 3Qrena era en aquellas djas un^ pira i una 
tumba. Donde no ardían los escombros, \^ fierra estaba re- 
movida porque se babia cavado ahí Ift fosa de uq amígp« 
muchas veces de uoa mi^er i auu de párvulos inocentes. 
£1 número' de las casas latalmeqle íppendiadas p^asaba ^e 
doce (1} i muchas de éstas eran e\ alt^crgue i el úpico biea 
de familias enteras asiladas en |a plaza. 

Todos los barrios de la piudad que ql c^fiop^.d^ l^s triQclie^ 
ras no protejia ni guardaban las patrullas de I9 plaza, ha- 
biao sido entregados a un saqueo espantoso e jqevitable., 

Sobresalían los escuadrones de Atapai^a en esta jpnobla 
tarea que encontraba iaduI]eA(es cómplices o encubridores 

(1 ] Véase et informe citado def reiidor Concha i de Ips figri- 
niensores Salinas i Osorio. De este documento consta qoe jas 
casas incendiadas del todo en la Serena eran 13, las mui deierío^ 
radas 1 i 19 las arruinadas, iin contar los iemplos i e^iíkios pú-< 
bucos. 



7S HISTOAfá DE LOS DIEZ AÑOS 

ann enire los oficiales mas caracterizados de la diiision sitia- 
dora. Tióse a uno de aqaellos jefes, que por rubor no nombra- 
mos« calzadas sus botas coa las espuelas de plata de doa 
Sicolas Monizaga, que este habla dejado ea su hacleuda al 
regresar a la plaza. 

Otro oficial, el mayor don Francisco Fierro, antiguo vecino 
de la Serena, i cuya casa estaba fuera de trinchera, se deser- 
té del.sltio para alhajar su mansión con los mas ricos menajes 
que a su salvo elijió entre las casas abandonadas de los 
opulentos vecinos, como en una vasta mueblería, i según 
inventario* Publicóse este por aquellos días bajo la firma del 
comandante de trinchera don Bafael Pizarro, en uno de los 
boletines de la plaza. 

Las monturas de los soldados cuyanos erau como almacenes 
flotantes de prendas robadas, i en un dia ordinario, mas se 
les habría toiiaado por una eompafiia de faltes que por un 
rejimiento de lanceros. Su desvergtionza había llegado hasfa 
hacerse mandiles para sus recados con los ricos tripes de los 
salones, que caían en sus manos, i cuando no los empleaban 
en esto, alfombraban las calles donde estaban de avanzada 
sacando al aire libre los píanos i los sofás, i mientras unos so 
tendían muellemente en sus resortes, otros hacían infernales 
dúos con sus vihuelas i las teclas que. reventaban bajo sus 
toscas manos. 

Al oficial arjenlino Quiroga, que fué becho prisionero en 
una avanzada, se le encontraron dos ridículos de señora i 
varios pa&uelos de mujer; i a otro sárjente de los sitiadores, 
según refiere el coronel Arteaga en sus memorias citadas, so 
le sorprendió un manojo de llaves ganzúas. 
. Tan escandaloso, en verdad, i de tal manera abultado i fácil 
se babia hecho el saqueo, que hubo en los sitiadores per- 
sonas que se ofrecieron a llevar de su cuenta i eu castigo 



DE tA ADMINISTRACIÓN MONTT. 73 

de bí sublevados, cargataentos enteros de efectos a Copia- 
pól(i). 

(í) La 1¡€ta de las casas, almacenes* tiendas i bodegonea incen- 
diados, destraidoa o robados durante el sitio qae pobitcamos a 
contiunacion, auníiae incompleta, dar& ana idea inas cabdl d'e 
este desenfrenado saqueo que arruinó a muchas fa mi lia;5,. Está 
copiada fielmente de los Boletines de la plaza, i dice así^ 

VÓVINA 9B 1,09 BDIFICLOS INCENDIADOS, CASAS, TIENDAS I DBSVA-! 
CnOS DE TÍVEEES ROBADOR POg LA DIVISIÓN INVASOBA PEt NOE- 
TE, HASTA M FBC9A. 

Tiendai robadas. 

La de don Dimaso Bolados» la de Castro I Boladcis, la de Adrián 
Ramírez, la de Francisco Campaña, la de Pedro Allende, la de 
SalTador Cepeda, la de N. Medina, la de Herrera i Pulido, la do 
Am^os j hermano^^ 

De$pacho$ de víveres» 

El dé don Pedro Cisternas, el de José Manuel Vareta, el de Agapi* 
to Guerra f Ca., et de Raimundo Campos, el de Demetrio Lafuente, 
et de Santos Valenzuela^ e] de Domingo Contreras, el de José 
Anjel Toro (asesinado i robado), el de Antonio Araya id; id* 

' Casas robadas. 

La de doña Carmen Ramona Navarro, la de doña Rosario Mu-* 
nizaga, la de don Remijio Alvaréz. 

Edificios incendiados» 

Gasa de los señores Edwards, la de don David Rosa, la de los 
tenores Várela, la de las señoras Esquíveles, la de don Antonio 
Herreros, la de don Pedro Gambin, la de don Pedro Caballero 
i muchas otras casita^ de pobres e innsmerables chozas de paja,^ 
suyos infelices propietarios han quedado reducidos a ana exas- 
perante naendficiddd. 

Casas en completa destrucción por las halas de grueso calibre. 

El templo de la Catedral, id. de Santo Domingo, la casa del 
finado don Nicolás Aguirre, la de doña Pabla Osandon, la de la 
testamentaría de las se&oras Espiuosai la del Tribunal de apela- 

10 



7.i HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

xin. 

Ni los lemplos se habían escapado a aquella tarea impura 
de despojo i de profaoacioo. De continuo veíanse en el coro 
de San Francisco» cuyas ventanas se abrían a las trincheras 
de la plaza, grupos de soeces soldados que tenían en aquel 
santuario sus posilgas de bacanal i de concubinato, i cuando 
la noche caia, los soldados de las trincheras, celosos de sus 
devociones caseras, velan con las lágrimas de la ira reven- 
tando da los ojos, que los impuros vándalos acariciaban $us 
mancebas, encendiendo luces tras (}e las vidrieras trsmspa** 
rentes de la iglesia.... Un narrador de los acontecimienfos del 
sitio (1) cuenta haber visto a los soldador cuy anos comer su 

Clones, i la dedicada con este Gn de propiedad Gscal, el palacio, 
la sala Municipal, la cárcel, la del prebendado señor Mery, U 
del Dean Chorroco, la de doña Felipa Mercado, la de dona María 
Alfonso, .la del finado Salcedo, la de don José María Peraljta, la 
de don Agapito Guerra, la de doña Francisca de P. de las Penas^ 
la de doña Isidora Aguirre de Munizaga, deteriorada, id. la de 
los señorea Varas i Recabarreo, id. la de don Bernabé Cordovéz, 
id. la de los señores Osorio, id. la d^ las señoras Losas. 

Catas robadas. 

La dé doña Manuela Cuadros, Araenabares, Francisco Cam- 
paña; Larraguibei, Francisco Vareta, Kamon Batalla, señora 
viuda de Real, señoras Guerrero, Francisco de P. Diaz, el Semi- 
nario, Cecilio Gutiérrez i tienda de sastrería, José Araya (tienda 
de merceria), José A» Larraguibei casa i tienda, Antonio Piolo, 
Juan M. Egaña, señoras Ruedas, Dolores Peña, José Pimentel, 
Juan de Dios Dgarte, señoras Navarro. 

(El documento de donde copiamos esta nómina pública dice, en 
ésle punto: continuará). 

(1} Pedro Pablo Cavada. Memorial citado. 



BE LA ADKINISTEAGION VOlfTT. 79 

rancho con las patenas do los cálices i olro tío méooirospe-í 
lable, i testigo presencial también^ refiere (1} como aquellos 
desalmados se entretenian en mutilar las efijies de las iglesiaiv 
basta el eslremo de montar en un burro la imájoD de Sad 
Agustín i fusilarlo en la mitad del dia como patrón de los su-- 
blevados. 



XIV. 



Pero DO era esto todo en aquella faena de horror i de io-* 
famia. Mientras el incendio devoraba las propiedades i el 
crimen profanaba el santuario del hogar, las cadena^ de la 
venganza oprimían a los ciudadanos indefensos. 

La numerosa población femenina que no supo o no sa 
atrevió a encerrarse, den tro de las trincheras, fué el pasto 
apetecido i deleitoso de aquellos brutos desenfrenados. No 
babia esposas, no habia madre, no habia hijas^ no babia; 
edad ni rango. La noble i virtuosa Serena fué en aquellos 
días de disolución i de vergüenza un inmenso serrallo de la 
soldadezca brutal^ i a la vista de los excesos que perpetraban 
a la claridad del dia i en sus. inmundos saturnales de ombría^ 
guez i de lascivia, no seria un propósito aventurado^ ni una 
sospecha temeraria el asegurar que en aquellos dias no habían 
virjencs fuera de tiro de caüon de los reductos de (a plaza.,... 
El pudor no se respetaba sino a travos de ja pólyora i del 
sable. Muchos de aquellos malvados pagaron^ sin embargo^, 
su crimen en el acto de perpetrarlo, a manos del padre o del 
marido ultrajado, que habia Üegado ai sitio por los gritos de 

(1) Ei coronel Arteaga, Mtímoiial citado. 



76 HISTdRU DE LOS DIfiZ aSOS 

h Tiotíma (1). Como en los bosques salvajes de la sociedad 
priflditiva, era preciso hacer la justicia por la mano propia en 
el reciolo de aquella ciudad, citada áutes con orgullo por sus 
hijos, como un pueblo briJianle de civilización i de culturai 



XV. 



Pero si para la mujer había solo oprobio i viles desahogos, 
para los ciudadanos indefensos abundaban las cadpnas, si no 
era ya el tiro disparado por la espalda o el puñal aleve ases^ 
tado s<^re el pecho^ A todos los vecinos a quienes el capricho 
o ei odio designaba como sospechosos, se les conduela a la 
I^resencia de los oficiales de avanzada, seles paseaba luego 
'con escarnio de puesto en puesto hasta que les traian-al apó- 
dente del coroufel Garrido (que era español)^ quien cubría de 
denuestos a aquellos nobles e inermes chilenos. Desde ahí se 
les conduela al puerto a pié, i muchas Veces amarrados, se 
les trasladaba a la bodega de algún buque del Estado i en se- 
guida ei^an eonducidos a los pontones de Valparaíso, de donde 
los prisioneros de todas categorías eran distribuidos a granel 
entre los presidies de la Bepblica i él destierro. Esta omi- 
nosa suerte cupo a ios ciudadaiH>s don Juan Maria Egafla i 
don Santos Cavada, que fueron tomados en sus casas, a don 
Romijio Alverez, ,el valiente prisionero de la torre de San 
Agustín, al patriota i valeroso don José Maria Cepeda, que 
fué asaltado a traición por órdenes de los jefes sitiadores, al 
antiguo gobernador de Ovallo don José Vicente Larrain, 

(1) Infeliz hubot según el testimonio respetable del padre Ro- 
bles, que en nn solo día fue obligada a saciar la infernal lascivia 
de un piquete de 25 Lanceros de Atucama i coa . su respectivo 
«drj uto, que la asaltaron en el eanipo. 



BE LA ADMINISTRACIÓN tfONTT. 77 

a quien una partida sorprendió en la estancia de Qu¡Ie,doml6 
se habia rofujiado, I á muchos otros vecinos boaortUe» d«l 
pueblo i lacampafla^ 

XVt 

En esta ól tinta y la depredación no tenía yalla í se cometían 
atrocidades que espantarían hoi si no se supiera que la cus* 
todía de los campos habia sido entregada a Jos escuadrones 
de bandoleros árjentinos que se paseaban como se&ores en 
toda la comarca. He aqui como un honrado labriego, Jeró« 
nüno Hidalgo, que vivía en una finca de la Pampa, casi a las 
puertas de la ciudad^ contaba por aquellos mismos dias, en 
una carta qué diripa al gobernador de la plaza, el horror de 
aquel vandalaje autorizado. «Uí ruina, decia, es consumad^. 
Me han despojado en robo hasta el estremo de dejar en pelota 
a mil a mi familia. En tres horas me robaron dos veces i no 
me han dejado mas que tres colcbooesy sin una sábana, que 
os lo mas ruinoso. Yo pido al Altísimo, anadia el indignado 
labrador, que los reduzca a cenizas» ( 1 ). 

Si, que el Allisimo «reduzca a cenizas», afiadimos noso- 
tros, hablando por la posteridad vengadora, a los malvados 
que traen sobre los pueblos los botrores de tantos crímenes, 
aparejados en lejiones de mercenarios ostranjeros i autoriza- 
dos por las órdenes que mandones sin conciencia daban desde 
lejos a subalternos ciegos en la obediencia i crueles o men- 
guados en la ejecución. 



(t ) Papeles privados del coronel Arteaga* Esta carta se «b- 
cuentra orijlnal. 



7á HISTOllU DE LOS DIEZ AÑOS 



XVIL 



Tal era la cuenta atroz fuo los defensores de su ciudad 
incendiada, de sus templos manchados con soeces profana- 
ciones, de sus domicilios insultados por crimenesJnmundos, 
del'honor de sns familias arrostrado en el fango de viles ape- 
titos, tenián al fin que vengar. 

' '' La hora de aquél castigo, lo hemos dicho ya, estaba fijada 
para 1á' inedia notíhe del 36 de noviembre, 
' Con ei asatto infruthioso de la mafíanatiel 25, el $iíio que- 
dáis coildÚTtdo por parle de los sitiadores. 

En et asalto que los sitiados iban a dar aquella nocfre so^ 
' bre el campo enemigo, comenzaba el cerco, o si es permitido 
el término, el cüníra-^uíio de los mismos invasores. 

la hora de las represalias habia llegado. ... 
^ ' Ellas serian gloriosas 1 tremendas ! 



CAPITULO IV. 



lUKPUMllU. 

Asalto de una 'batería enemiga en la noche del $6 de novíem-^ 
biy.^^llaefrte del tetitente Satínas.'^EI sarjento Insalza.— Pá*- 
nico i desbandamiento del campo enemJgo.-->Eiligre1t|i¡drfto de 
los defeRsores.«-Re^alven una salida de dia.-^Uua Uatería 
fsne.míga es asaltada. en la mañana del 29 de noviembre i su 
fcafton "se trasporta a la plaza.— Muerte heroica del platero 
T<yro iisvsance cdmpanero8.^-»Completo ^esalrefitodé tos s^a*^ 
dores.— Se resuelve suspender el sitio oficl»liBetite« i se envía 
con este objeto un emisario a la capital.^-Palabras ufanas del 
toronel Arteaga. 



Érala mcrdía iiocliB fleí 26 de tiOTiemtfre. Notábase tjn el 
CHartel jeberal tle la guarolóroD Ae la Sierema un movirtiíc&tó 
ímiíwtaílo en arquetlas toras de reposo i de caíla¿hi 'víJilaTicla. 
Mas, pronto se vio qticnna ^compacta -columna dBsfflafba por el 
atrio de la Catedral i salía a la plaza envuelta en la doble lobre- 
guez del silencio i de las sombras. Al llegar a la esquina del 
norte de aquella, podía distinguirse que la fila se partía eu 



80 , HISTORIA DE LOS DIEZ AfíOS 

do^ mitades, de las cuales la mas pequeña tomaba la delan- 
tera^ i la otra seguía a paso lento i medido, caminando siem- 
pre en dirección al rio^ 

Pronto Jas dos columnas tomaron la calle de la Barranca, 
que se estiende paralela a la márjen del valle i jíraron hacia 
el oriente en dirección del barrio elevado de Santa Lucia. 

El comandante Gallegnillos, que acababa de apearse de sa 
caballo, como de continuo, después de sus correrían con los 
Carabineros^ mandaba la fila que iba a vanguardia, llevando 
por segundo al bravo capitán Barrios. 

A la cabeza de la otra columna iba el mayor de plaza Al- 
fonso con los oficiales Chavot, Gaete i Zamndio. 

¿Que misión secreta í terrible llevaban aquellos soldados 
de la noche, a cuyo paso iban marcando el sendero las. es- 
padas de todos los bravos de la plaza, qne parecían haberse 
dado a porfia aquella cita? 

Era qne la hora anunciada i exíjida del castigo había sona- 
do! El sitio de la Serena estaba concluido. Aquella noche los 
hejroicos defensores de la plaza, como si fueran una trinchera 
viva, se adelaqtaban ensanchando a su paso la cintura de 
fortificaciones, para derrumbarse sobre los reductos enemi- 
gos i sepultarlos bajo sus escombros de piedras calcinadas 
por el fuego i de acero enrojecido en la sangre. Desde aque- 
lla hora, las trincheras de la plaza no serian ya los parapetos 
de la guerra 1 de la defensa; quedaban ahí de pié solo como 
los monumentos incólumes pero gloriosos que atestiguaban 
Im proezas que habían contemplado sus muros pulverizados 
por el caflon. Como hemos dicho, el contra-sitio de los sitia- 
dores iba a comenzar desde aquel instante. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONtT. 81 



IL 



Llegada la columna, que mandaba «n jefe el bravo e inle<- 
lijeole injeuíero Alfonso, al pié de la colina de Sania Lucia, 
la partida que conduelan Barrios i Galleguillos se escurrió, en 
silencio, agazapándose bajo las veredas de la Calle-sola que 
corre por un costado, hasta ponerse debajo de la balería del 
Alio de Campos^ cuyos centinelas descuidados no la veían 
aproximarse en la oscuridad. Alfonso, entretanto, tomabapor 
la altura la calle paralela a la que daba frente la casa de la 
batería i que por tanto dejaba a retaguardia los cañones de 
ésta, a cuyas bocas Galleguillos babía tendido su linea do 
fusileros. 

Se había convenido de una ¡ otra parte en hacer simultá- 
neamente una descarga cerrada, i .lanzarse en el acto a la 
bayoneta por cl frente i retaguardia hasta lomar los dos ca- 
ñones para conducirlos a la plaza, o al menos, dejarlos inu- 
tilizados. Alfonso i Galleguillos llevaban a su cintura el mar- 
tillo i los clavos necesarios. Este era todo el plan de aquella 
empresa feliz i atrevida. 

Cuando Alfonso destilaba por el frente de la casa que iba 
a asaltarse, se sintió un ruido sordo, como de una patrulla 
que avanzaba, i luego se hizo oir la voz de allol i quién vive? 
del oficial que la mandaba. Era un desíacamento de la bri- 
gada de marina que rondaba aquella noche en la estensa e 
interrumpida linea de los sitiadores. 

A la cabeza de la columna de la plaza marchaba el im- 
petuoso Chavot, siempre el primero en el asalto, siempre el 
primero también en regresar, tan luego como sus fornidos 
brazas empuñaban algún bolín do denuedo i do jactancia, 

11 



82 HISTORIA DE LOS DIEZ AKOS 

porque era tan arrojada como petulante. Al oir el quién vive? 
de la partida enemiga, se adelantó, i con su voz vibrante i 
arjenlina contestó: Lanceros de Alacama! 

£1 oficial, en quien el eco acentuado i especial de Cbavot, 
que era arjentino de nacimiento, desvanecía el sobresalto de 
una emboscada, se avanzó tranquilo para ejecutar el reco- 
nocimiento de ordenanza^ diciendo: Avanze el oficial de la 
partida! 

Avanzen los cobardes! replicó entonces Cbavot con voz atro- 
nadora i cayó sobre la patrulla enemiga acuchillando todo lo 
qu^ estaba al alcance de su brazo. En el mismo inslanleoyé* 
ronse dos descargas simultáneas iMos gritos de adentro! a 
ellos! que daban los oficiales, al entrar con los voluntarios en 
un solo tropel, al patio de la casa. , 

Los soldados de la batería, sorprendidos pero no turba- 
dos, corrieron a sus piezas a la voz del joven guarda-mavna 
Simpson, que mandaba este reducto, i trataban de bacer j¡- 
rar el cañón de calibre que tenían colocado sobre una carro la 
para abocarlo al frente, por donde se creían atacados, mien- 
tras que el oficial Salinas se esforzaba en reunir el piquete 
do fusileros con que protojia este punto. Mas, a los primeros 
tiros, cayo despedazado de varios balazos aquel iofortunadot 
joven i trece de sus compañeros, rindiéndose prisioneros los 
domas (1). ^ 

£ntre tanto, Cbavot se había avalanzado sobre el esforzado 
jovencilo Simpson, ^uyá niñez ofrecía una liviana carga a sus 

(1) Dfjose en aquella época qae el oficial Salinas, qae ora un 
joven franco i apreciable, coquirnbano de nacimiento i recien sa- 
lido de la Academia mliiar^ habia sido conducido prisionero i 
fusilado en el acto por orden del oficial don José Antonio Sepül veda, 
su condiscípulo. Porotal impntacion era un error grosero, o una 
calumnia vil, porque Sepúlveda se encontraba preso í encerrado 
desde los sucesos del 21 de noviembre, como luego veremos. 



DB LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 83 

hombros^ i llevándolo de esta suerte, corrió a entregarlo pri- 
sionero en la plaza como el primer trofeo de la jornada. Al 
mismo tiempo, Galleguillos i Barrios habían subido por el es- 
carpe de la balería, seguidos por su tropa qtie se apoderaba 
ée los cañones, junto con ios soldados ya vencedores do Al- 
fonso. 

Distinguíase en aquel momento por su serenidad i bravura 
un sárjenlo de 14 afios, soldado de las compañías veteranas 
del YuDgai> llamado Inzulza (1), quien, observando a un ar- 
tillero que iba a aplicar el lanza-fuego sobre el cañón, cuyo 
oido óubria felizmente el guarda seretjto, lo tomó por las 
piernas I lo trajo al suelo, dando lugar a Galleguillos para 
emplear su clavo i su martillo, e inutilizar la pieza. 



III. 



iUiéntras sucedía esto en el Alto de Campes, los soldados 

(1) Este valiente niño, cayo rostro tenia una blancura i belleza 
notables, se habia üestínguido de tal suerte por su disciplina i 
valor desde el principio de la revolución, que de soldado raso, ha- 
bia ascendido y^ a sárjente !,<> durante el sitio. En la marcha 
obsérYaba con tanto rigor su consigna, que un día le vimos tirar 
un bayonetazo a un teniente coronel, que conduciendo su caballo 
por las riendas, quiso atropellar la puerta de un potrerillo de alfalfa 
en el alojamiento de Pena-blanca, donde él estaba de centinela. 
Acompañó después a Vicuña hasta Putaendo i ahí Je vimos, coa 
Jas lágrimas en los ojos, ofrecer su sombrero de mote de maiz a 
su comandante, que vra el mismo a quien habia amenazado ea 
Pena-blanca, para que pudiera disfrazarse i huir. Después del 
sitio, su(i¡inos que se Je habla obligado a tomar servicio de nuevo 
por sus antiguos oficiales, quienes, i principalmente el capitán 
Arredondo, tomaron una cruel venganza de su entusiasmo, hacién- 
dole aplicar frecuentemente la pena ignominiosa de palos. Desr 
pues no hemos cabido que suerte ha cabid£ a este noble i leal 
mancebo. 



4 



84 HISTORIA DE LOS DIEZ aSOS 

fujilivos de agaei reducto lleraban el terror I el pánico al 
cuartel jeneral del Lazareto, Las cajas sonaban la jenerala, 
la voz de alarma candía por toda la línea de los sitiadores ; 
pero turbados por la sorpresa i estravjados en la oscuridad, 
los soldados no se reunían en sos puestos i se desbandaba! 
en grupos por toda la campana de la Pampa, de la Vega i 
ann por la playa del mar, sin obedecer a sus jefes. El coronel 
Vidaurre, que en aquellos momentos hacia la visita de los 
puntos forti&csrdos de su linea, corrió a la batería asaltada 
tan luego como los fuegos le advirtieron lo que sucedía ; pero 
apenas llegaba, seguido de sos dos asistentes, cuando una 
descarga cerrada lo hizo retroceder a escape , trayendo a sa 
campo con su presencia nueva turbación. De sus dos compa- 
ñeros, uno había quedado sobre el sitio, el otro había sido 
herido, i el mismo caballo de Vidaurre habla recibido un 
balazo. 

El desorden era tan espantoso en el campo enemigo, quo 
desde la plaza se oian claramente los gritos de^l Palos negros! 
A Palos negros f-wEs el punto de reunión ; i, en efecto, mucha 
parte de las fuerzas sitiadoras tomaban aquol rumbo por el 
camino de la Pampa. Solo el escuadrón de Cazadores a ca- 
ballo había logrado organizarse i estaba formado, pronto para 
el servicio. 

Entre tanto, los soldados de Alfonso pedían a voces el ser 
conducidos ai Lazareto para concluir con el enemigo, lo que 
habrían conseguido sin diricullad alguna, i aun habría basta- 
do para ello el quo una pequeña división de infantería o los 
carabineros de Galleguíllos hubieran salido en aquel momen- 
to critico por la quebraba de San Francisco. Sostienen algu- 
nos que esto no se ejecutó por una singular omisión, aunque 
oíros afirman que fué causa de olio la desobediencia de un su- 
balterno. Pero el prudente i sagaz mayor do plaza no podía 



DE LA ADMINISTRACIOPC MONTT.' 85 

sobrepasar ,sus instrucciones, i como ignorase lo que sucedía 
en el campo enemigo i le dieran al mismo tiempo aviso de 
que los Cazadores a caballo se adelantaban para recobrar los 
cañones, ordenó la retirada «sobre la plaza, dejando inutiliza- 
das ambas piezas ¡llevando varios prisioneros, entre los que 
se encontraban tres artilleros ingleses, que tomaron luego 
servicio en las trincheras. 

El asalto de la batería de Campos habría sido un golpe 
decisivo sobre el enemigo si a un. cabo so le ocurre salir con 
diez soldados por el costado sud de las posiciones enemigas, i 
hubiera hecho sentir sus balds en el claustro del Lazareto, 
en aquel instante, cuando todo era confusión, terror i oscu- 
ridad dentro del cuartel jeneral del enemigo; pero, de todas 
suertes, fué un golpe mortal para los sitiadores que desde 
aquella noche no volvieron a hacer ninguna maniobra que no 
fuera la de la estricta táctica de estar a la defensiva, que 
adoptaron desde entonces, trocando súbitamente su rol de 
sitiadores en sitiados. 



IV. 



Los defensores de la plaza comprendieron, por su parte, 
la brillante posición que les habia labrado aquella serie de 
triunfos gloriosos, alcanzados en menos de una seitaana en los 
días 18, 25 i 26. Esperaban ya con certeza, o que el enemi-^ 
go levantaría el asedio de propia volunfad, o que el gober- 
nador de la plaza los desalojara el dia mas próximo que 
tuviera a bien. 

Engreídos, entretanto, con su éxito en el asalto déla ba- 
lería de Campos, querían de nuevo probar al enemigo que 
no era en las sombras ni al acaso a lo que debían su supe- 



8G HISTOBU BE LOS DIEZ aKoS 

riorídad en ios combates, en qne ellos no contaban, ni el 
número, ni la hora, ni el lugar siquiera, r para que su prue- 
ba fuera espléndida, fijaron la mañana del 29tle noviembre^ 
para dar un asalto a la trinchera que el enemigo babia cons- 
truido una cuadra hacia el oriente de San Francisco, en la 
calle transversal que separaba las casas de los vecinos don 
Joaquín Yicufia i don Ventura del Solar. 

Lo^ capitanes Barrios i Ghavot recibieron la orden de 
cumplir aquella comisión de audacia i sangre frta, que nece- 
sitaba para el acierto no menos de la certera pupila del ojo, 
que de la firmeza de las manos que llevaban las espadas 
o cargaban los fusiles. 



A las 9 de la mañana, cuando el vivido sol do verana, mas 
ardiente en aquellas zonas en la hora matinal, caia sobre los 
.declives de Santa Lucia, avanzaban por dentro de los solares 
de las dos manzanas paralelas, cuyos ángulos van a ca$r en 
el sitio de la trinchera que hemos descrito, dos destacamentos 
de fusileros qnh marchaban a paso de trote con sus oficiales 
a la cabeza. Barrios iba a atacar, subiéndose a los tejados 
de la esquina oriental de la manzana mas vecina a la plaza, 
mientras que Ghavot, derribando la puerta de calle del soliar 
opuesto,, debia salir de frente por la calle, una vez que Ba- 
rrios hubiera empeñado el combate. 

Aquella combinación tuvo un resultado pronto i feliz. 

Apenas habia subido Barrios con su jenle a los aleros del 
tejado en que debia situarse, cuando comenzó a caer sobre 
la trinchera una lluvia de proyectiles que las granadas.de 
mano, disparadas desde arriba con certero pulso, esparcían 



DE LA ADXINISTRACION VONTT. 87 

al estallar. El esforzado oficial de arlilleria don Emilio Solo- 
mayor, a cuyas órdenes estaba la pieza de aquel reducto, fué 
herido en la cara a los primeros tiros, i tuvo que retirarse, 
dejando el puesto al capitán Bustamanle. 

£1 sorprendido subalterno volvió en el acto las espaldas, 
de manera que cuanda llegó Chavot,, la trinchera estaba 
desierta I pudo desprender el cafion volante de su curefia, 
arrastrándolo eu el acto ala plaza, ¡retirándose esta vez, co- 
mo era su hábito^ con la misma precipitación con que se había 
lanzado al ataque. 



VI. 



Mas» aquella retirada violenta i desacordada dio lugar a un 
lance, si bien lastimoso, lleno de una heroicidad antigua i 
sublime que probaba el temple de alma de aquellos ciudada- 
nos-soldados que peleaban por la causa de sus corazones 
desde la puerta de su hogar. 

Chavot, en su petulante ardor por llegar a la plaza con el 
trofeo del día, olvidó recojer los destacamentos de su parti- 
da, i como uno de éstos, que mandaba el maestro platero 
Toro, artesano antiguo, acomodado, i mui popular en la Se- 
rena, se hubiese avanzado en demasía sobre la linea enemiga, 
no vio cuando sus compañeros se retiraban 1 quedó firme eb 
el puesto. La Brigada de marina, que llegaba entre tanto a 
carrera tendida al socorro de la trinchera, desde el Lazareto, 
observó que aquel piquete no retrocedía, i se lanzó sobre él, 
intimándole rendir las armas* Aquellos bravos eran solo once 
con su jefe, i se veían acosados poc fuerzas diez veces supe- 
riores, pero guardando un silencio terrible como la muerte 
que ganaba sus^ pechos, levaptaron sus fusiles i enviaron a sus 
asaltantes una descarga por única respuesta. Otra descarga 



A 



88 HISTORIA DE LOS DIEZ A5Í0S 

partió de lod fusiles de éstos, trayendo al suelo a casi todos 
]os sublimes voluntarios que asi sabiaa morir, sin pedir gra- 
cia ni soltar sus armas. Los que aun sobrevivian, volvieron 
a cargarlas, pero envueltos por las bayonetas que de todas 
partes les asestaban al pecho, caian cubiertos de gtoriosos 
golpes, sin proferir mas palabras que las de No nos rendi-- 
mo$¡ Sus labios agonizantes parecían helarse sobre este grito 
heroico. Todos perecieron asi, i siendo el último do los inmo- 
lados el honrado i valiente Toro; Aunque Jierido de muerte, 
logró refujiarse eta una cocina inmediata donde penetraron 
los soldados enemigos pidiéndole que se entregase, pero el de- 
nodado artesano tomó el fusil por el caflon i defendiéndose 
con desesperado esfuerzo, mordió al Gn el polvo junto con sus 
compañeros. Era el polvo de la patria, grato al alma como el 
perfume del cortijo en que aquellos bravos nacieron ! Era el pol- 
vo déla gloria, refuljentet^omo una esplendorosa inmortalidad ! 

Pereció también ahí un artesano llamado el birlochero, 
famoso por su bravura i un sirviente doméstico conocido con 
el nombro de guitarrita que se había criado en la familia de 
don Antonio Pinto, a cuyo servicio estaba cuando comenzó el 
sitio, logrando asi acaso un fio mas dichoso que el de su an- 
gustiado sefior, quien murió de pesadumbre mas que de otro 
mal, al saber los desastres de su suelo. 

Solo babia escapado de la catástrofe uno de aquellos alen- 
tados mozos del nombre do Ramos, músico del batallón de 
]a Serena que habia tomado su cuartel el dia 7 de setiembre, 
i que debió a su pequenez de cuerpo i a su ajilidad, el poder 
ocultarse, refujiándose en el oratorio del obispo Sierra, situado 
en la esquina opuesta quo^ ocupa la casado las señoras P^rez, 
de donde pasó en la noche por los escombros de la casa de 
Edwards, a contar aquella triste pero gloriosa historia a sus 
eamaradas. 



BE íá ADMINISTRACIÓN MO^TTT. 89 

Bíjosé en abono del enemigo, por aquel sacriGcio inútil i 
sangriento de Toro í sus conapaüeros, que era una jusla re- 
presalia por el asesinato de Salinas en la noche del dia 26. 
Pero aun en el caso de que aquel lance hubiera sido aleve, 
quedaba siempre a los sitiados la sorpresa i la oscuridad 
como disculpa, mientras que los suyos habían sido despeda- 
zados en la mitad clara del dia. 

El capitán Barrios habia sido también herido por una gra-^ 
nada que reventó en sus manos, antes de dispararla, i que le 
abrazó de fuego todo el rostro, sin hacerle ninguna herida 
de ímporlancia. 



VIL 



El dia no se contaba, sin embargo, dentro de la plaza por 
sus desastres, sino por la heroicidad de las mismas victimas, 
testimonio de honor para los defensores, i por los trofeos to- 
mados, que eran a su vez un testimonb de victoria. Los sitia- 
dores que hablan visto sus obuses clavados en la mitad de 
la noche en un asalto en que se juzgaron perdidos, acaba- 
ban de contemplar ahora como se arrancaban esos mi&mos 
cañones a sus atrincheramientos a la luz del medio dia. 

Tan honda fué, en verdad, la s^ensacion que este hecho pror 
dujo en el campamento de Cerro-Grande, que aquel mismo dia 
se acordó suspender oficialmente la prosecución del sitio, man^ 
teniéndose estrictamente a la defensiva, a cuyo fin, se despa- 
chó a Santiago, como emisario confidencial, al secretario de la 
división, donjuán Pablo Urzua. En la nota oficial por la que el 
jefe sitiador anunciaba la misión de esle comisionado, no podia 
disimularse lo precario de su situación i el estado lamentable 

de precauciones i sobresaltos a que se veia reducido. «Cuido 

12 



^ 



90 ' HISTORIA DE LOS DIEZ ANOS 

de evitar sorpresas i celadas, decia en esta comunicación al 
Ministro de la Guerra, pero no puedo responder de que no 
se repitan, porque la población es toda enemiga ; conocen la 
localidad palmo a palmo, al paso que la nuestra solo princi- 
pia a estudiar el terreno por donde pisa. En segundo lugar, 
porque la jente de que dispongo en la ciudad es poca i se dis- 
minuye gradualmente por infinitas circunstancias que no so 
ocultan a la penetración de U. S. » 

VIIL 

El jefe de la plaza saludaba aquellos dias de otra suerte,' 
i en las pajinas que les ha consagrado en su Memoria se leen 
estas palabras que debieran grabarse en el frontispicio de la 
historia de la Serena como el mejor timbre de su gloria, a De- 
cimos que aquellos encuentros tenían lugar todos los dias, i lo 
repetimos como una de las cosas difíciles de creer ; cada dia 
era un combate, i cada dia, como en Troya, algún nuevo 
rasgo de heroísmo de sus defensores i algunos actos de odio- 
sa barbarie por parte de sus enemigos. Entonces, la admira- 
ción i el encono duplicaban la resistencia . . . . » (1 )^ 

I si, como emblenia de gloria, debiera recordarse el nombre 
de Troya, al narrar los hechos de armas del sitio de la Se- 
rena, fijémosle también en nuestro espíritu como compara- 
ción verídica, ahora qne vamos a contar los melancólicos lances 
de la rivalidad i las' pasiones que estuvieron a punto de en- 
tregar al enemigo, manchándose con la infamia, aquellas 
trincheras que resplandecían por el calor dd fuego i de la 
sangre de sus ciudadanos mártires. 

(1} Memoria citada del coronel Arteaga. 



CAPITULO V. 



DlSCOnUU DE US DErnSOBES. 

Discordias en la plaza.— Antecedentes reTolacionarios de Arteaga 
i de Carrera en 18&1.— Anomalía de las autoridades desempe- 
ñadas por ambos en la Serena.— Sosceptibilidades del gober- 
nador. — Sárjela primera dificultad entre ambos jefes.— Carrera 
se retira temporalmente de la intendencia i le sucede Huni-* 
zaga. — £1 gobernador se gana con destreza la voluntad de 
parte de la guarnición. — El deán Vera.— Peligros de un golpe 
de inano.— Arteaga se prepara para ejecutarlo.— Suscita una 
querella con el intendente Munizaga i hace su renuncia. — 
Estalla el complot el 21 de noviembre.— Magnanimidad >de 
Carrera i Munizaga.— Ardid oportuno de Arteaga. — Prisión de 
los oficiales Ruíz, Muñoz, Vicuña i otros.-- Juicio sobre este 
golpe de autoridad.— El gobernador manda seguir causa a los 
oficiales presos.— Indigno tratamiento de estes i lances que ocu- 
rren en la prisión i en el sumario.— Nuevo conflicto entre Ar- 
teaga i Munizaga.— Sedesafian a muerte i están a punto de ba- 
tirse.— Reunión tumultuosa del Consejo del pueblo. — Se levanta 
una acta decretando la suspensión del duelo i la prisión estricta 
de Carrera. —Conducta de este en su calabozo.— Amargura de 
Munizaga, 

I. 

Con la misma imparclaí i severa mano con que hemos ¡do 
consignando en^esta narración cada uno de los preclaros he- 



92 HISTORIA PE LOS DIEZ ifíOS 

cbos de la revolacion de Coquimbo, cábenos abora, en el 
présenle capílulo, arrancar de aquel folio brillante del bonor 
i del patriotismo,' una pajina que lleva una mancha, la única, 
empero, indigna de aquellos anales que pudiéramos llamar 
la epopeya^ del patriotismo. Esa pajina es la narración de las 
discordias que surjieron entre los defensores de la Serena i 
esa mancha es el motivo de las mezquinas rivalidades que las 
hicieron nacer, eh aquellos mismos dias~en que tronaba el 
cañón enemigo, rompiendo en las fortificaciones una brecha, 
ciertamente menos practicable que la que, al saberlo, hubie- 
ran encontrado los sitiadores al travtz de aquella ingrata di- 
visión de partidarios. , 

Pero tales lances, si bien fueron culpables hasta ponerla 
plaza ed peligro de una vergonzosa reudícion, tuvieron en su 
espíritu mas de puerilidad que de crimen ; mas visos de una 
grotezca comedia que de una catástrofe aciaga. 

La causa única que la produjo i que arrastró de un lado i 
otro, como dos bandos amenazantes, pero no hostiles al pro- 
pósito ¿omun, a los defensores de la Serena, fueron las dife- 
rencias sobre celos de autoridad que tuvieron los dos perso- 
najes mas encumbrados de la revolución del norte, el inten- 
denle de la provincia don José Miguel Carrera, i el gobernador 
de la Serena don Justo Arteaga. 



IL 



Desde los primeros movimientos de la insurrección de 18S1 , 
habia querido el destino traer como alados por un mismo lazo 
revolucionario a dos hombres que en carácter, en antecedentes 
i en espíritu se diferenciaban tan hondamente como don José 
Miguel Carrera í el coronel Arteaga; hasta que este lazo se 



K LA AtSIMSmaOÜ WOMT. 93 

rompm mleiilaraeDle, qveJaihlo ea la aliara el mas flexíb!d 
i d aas diestro de los doscocQpeUdores. pneseslethaiaana 
que d Bias sincero o el mas despremiido sufra la destMlaja 
eo las conlieoJas que la iolríga naoeja i do la lealtad í la 
justicia. 

Carrera, no obslaole de profesar cierto innato re traíoiíen lo 
hada Artea^, le habla ofreciMo sienupre maestras OTidenles 
de apredo, hasta conrerlírse en sa mas decidido defensor» 
cuando toda la opinión se pronunciaba en un estrepiloso da« 
mor contra la conduela de aquel jefe en el combate dol ^ 
de abril. Gónstanos esto de una manera intima i de ello se 
hizo sabedor el mismo Arleaga en los días do prueba que 
corrieron para él en la capital i en el deslierro» después de 
aquel desastre. 

Asi fué que cuando consiguió llegar a la Serena, donde 
encontraba a Carrera ínreslido de una autoridad que equH 
Talia a la dictadura, le echó los brazas al cuello, cuando 
aquel se adelantó a recibirle, i le dijo con orusion estas pala- 
bras de una gratitud que era noble porque era sincera: Amigo! 
debo a Ud. mas que h vida^ puesto que le debo mi kofiorí 



IIL 



La acojida que Arteaga encontró en su antiguo compaftoro 
fué brillante, i de tal suerte, que si él no tuvo el primer 
puesto, era porque ya lo ocupaba aquel ♦ i aunque solo lle- 
gara recramaiido un puesto do soldado, Carrera lo hizo su 
segundo en el mando de la división, í en realidad, lo confió 
la dirección ab§olula de ella en todo lo concemionle al ser- 
vicio mililar. 

Jí¡ después de la caláslrófo do Petorca quisieron ambos so- 



9i HISTORIA DE LOS MEZ AÜOS 

pararse^ i esto sucedía precisamente porque las vacilaciones 
de! coronel encontraban un [fllar de apoyo en la firme volun- 
tad de su amigo, así como la resolución de esto divisaba sus 
mejores recursos en el arte profesional i en los servicios es- 
peciales de aquel jefe. 

Pero en el recinto de las mismas fortificaciones en que Ca- 
rrera sería en breve un reo i Arteaga un dictador, le prestó 
aquel el apoyo de su benevolencia desde los primeros dias 
después de su vuelta. 

El último de estos jefes habia llegado a la plaza con ese 
desprestijio invencible que un primer fracaso acarrea en el 
ingrato ejercicio de las armas, i cuando, al día siguiente de 
su llegada a la Serena, hubo de pasar revista al batallen cí- 
vico, los soldados lo acojíeron con murmullos sordos de des- 
contento, del que participaban los oficiales del cuerpo i el mis- 
ino comandante don Ignacio Alfonso. El intendente Carrera, 
que habia reasumido ya su puesto, hubo, empero, de inter- 
venir para calmar aquellas prevenciones, i eso mismo día, 
le nombró, de acuerdo con el pueblo, gobernador militar de 
la plaza. 

£1 coronel Arteaga trabajó en su nuevo puesto, desde la 
primera hora de su comisión, con tanto celo, con un ardor tan 
intelijente, con una constancia tan infatigable i un espiritu 
de organización i de detalle tan eslraordinarios, que se atrajo 
una jeneral admiración, i en verdad, pudo decirse que a los 
trabajos ejecutados bajo su dirección se debió el éxito dol 
sitio. Los recuerdos de abril i de Petorca pudieron borrarse 
del corazón de los coquimbanos. La cordialidad mas perfecta 
reinaba, por otra parte, entre el intendente de la provincia, 
que obraba esta vez en una esfera propia do acción, (no es- 
tando todavía cercada la ciudad sino por las partidas volan- 
tes de Prieto) i el gobernador de la plaza que se ocupaba 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 9S 

esciusivamcDlo de ias operaciones profesíooales de la de* 
feosa. 



IV. 



Pero, una vez puesto el asedio de la plaza, aquellas dos 
autoridades iban a entrar en un inevitable conflicto^ estre- 
chándose en las cuatro manzanas quo comprendía el circuito 
forliflcado, ha%ta el punto en quo la una o la otra debia pere- 
cer ahogada a falta do espacio i de vida. La autoridad del 
intendente, que por su naturaleza era puramente civil, que- 
daba OGiosa i reducida a la impotencia desde que el primer 
disparo de fusil anunciara la ruptura de las hostilidades;! 
solo podía tener ejercicio e imperio el empleo del gobernador 
militar del que todo, i el intendente mismo, iba a depender. 

Por omisión, mas bien que por ningún otro motivo, pues 
en vano encontraría una causa indigna a*eslos desaciertos 
la mala fé polilica, se dejó en pié, i la una en fronte de la 
otra, aquellas dos autoridades, de las que la mas encumbra- 
da era solo un nombre, siendo en realidad la que tenia un rol 
secuüdario la que representaba el supremo poder. 

En este error estuvo el jérmen del mal, i como las pasio- 
nes no tardaran en soplarío, se encendió la discordia i trajo 
al fin su melancólico estallido. 

Con otros caracteres, aquélla contraposición habría sido 
solo una sombra quo en nada habría daflado a la empresa de 
l>uro i jcncroso patriotismo en que lodos ios ánimos estaban 
comprometidos. La índole del coronel Arteaga, fatalmente, no 
podía consentirío. Jenio desconQado i suspicaz, susceptible cu 
gran manera al albago doslunjibrador de la lisonja, i receloso» 
por (auto, do los bienes falaces quo esta acumula ; su posi- 



96 HISTORU DE LOS DIEZ ANOS 

cion, suballerna en el nombre, i que en el hecho era superior, 
se presentaba a sus ojos como una anomalía desdorosa i hu- 
millante. «Si todos los sacrificios pesan sobre mi, decía a sus 
confidentes i se repella a si propio, si toda la responsabilidad 
me pertenece i si los trabajos de la empresa por mi solo son 
ejecutados ¿por qué otro ha de llevarse la gloría en la cús- 
pide del renombre, sometiéndome a mi a un rol de segunda 
linea?» 

.Rabia en esto, en verdad, mas egoísmo quq amor a la gloría, 
que siempre, cuando es lejítimo, es la abnegación absoluta do 
la personalidad ; j^ero el gobernador lo comprendía de otra 
suerte,.! por un nombre en la remola posteridad, olvidó un 
deber de patríotismo, de amistad i aun de gratitud, del que 
ahora esa posteridad le hace con nosotros un grave cargo. 



V. 



No tardó en presen tarse la ocasión de una primera dificul- 
tad, de un conflicto de poderes, i tan cierta era la incompa- 
tibilidad de estos, que aquella sucedió el mismo día en que la 
división sitiadora so aproximaba a la plaza. Se recordará, 
como hicimos alusión en aquel lugar, que hubo ciertas di- 
ferencias para contestar la nota de intimación qué el coronel 
Garrido envió a la plaza, al siguiente día de su desembar- 
co, i aquellos fueron, en efecto, promovidos por el coronel 
Arteaga, quien pretendía que a él solo tocaba el honor de 
dar la respuesta de la nota en su carácter de gobernador de 
lo plaza, cuya rendición se solicitaba. Carrera, como hemos 
visto, no cedió esta vez, pero fué preciso transar la compe- 
tencia por una amplia autorización para tratar que dio al go- 
bernador de la plaza, en cuya virtud, vimos quo el coronel 



DE LA ADMIKÍSTRACION MONTT. 97 

AMeaga habia enlriKdo en corrospondoncía ¡ colebi^ado una 
conforeocia coa ol jelfe do las fuerzas sitiadoras. 

Pero aquella circunstancia de que sus facultades fuesen una 
autorización derivada i no un poder propio no cabia como 
justa en el ánimo del gobernador, que en esta parte, debemos 
confesar, no se manifestaba a la altura de la misión que lle- 
gaba; i asi sucedió que de los menores incidentes del sitio 
iban naciendo tantas dificultades que al fin se aglomeró un 
cooflicto serio. 



VI. 



Carrera, cuyo pecho no albergaba otro sentimiento que el 
anhelo de defender aquel úllíno asilo do una revolución quo' 
habia nacido entre sus manos i que en ellas so habia perdido^, 
estaba, entretanto, dispuesto a arrostrar los mas amargos 
sacrificios, a fin de evitar aun un leve peligro para aquella, 
empresa, en la que veia cifrado, no solo el bien de la causa 
a que era responsable, sino su propio ho ñor de hombre i de 
patríala. Para estorbar el que los males cundieran, resolvió 
pues el apartarse do la intendencia, i a mediados de noviem- 
bre, llevólo a efecto, renunciando provisoriamente aquel óiu-. 
pleo en el ciudadano don Nicolás Munizaga, cuyo carácter mas 
dócil se amoldaría fácilmente al espíritu susceptible i exijento 
del gobernador. Este se habia colocado ya a la allura de un 
hombre necesario, i obraba como tal, ofreciendo s\x renuncia 
cu todas las eventualidades que surjian. 

La buena intelijencia de las dos autoridades no podía, em- 
pero, ser muí duradera, por mas elasticidad que tuviera cl 
carácter del bondadoso i patrióla Munizaga. Parecía que cl 
gobernador estaba definitivamente resucito a no reconocer 

13 



98 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

aatoridad superior a su empleo, í en e^ta mira, que envol- 
vía el designio de una verdadera conjuración^ tomaba todas 
sus medidas. 



vn. 



Como antiguo militar, era apto en el arte de ganarse el 
afecto del soldado, i contaba desde~ luego con la adhesión del 
cuerpo de mineros, que formaba, como hemos visto, la re- 
serva volante de la plaza. Con alhagos a propósito, con do- 
bles raciones, i cierta intimidad insinuante que consentía al 
hombre mas influyente de esta tropa, el capitán Gaete, ex- 
soldado i ei-minero a la vez, el gobernador se había hecho 
propicio este batallen, núcleo de la defensa, i que él tenia 
siempre a la mano en el cuartel jeneral, en cuya vecindad 
estaba su casa habitación. 

Habíase también captado la voluntad de los oficiales mas 
importantes i mas populares de la guarnición, como los dos 
hermanos don Ignacio i don Antonio Alfonso, aquel coman- 
dante del batallón cívico í el ultimo, mayor de plaza ; del jóvea 
don Salvador Cepeda, antiguo comandante de la artillería quo 
marchó a Pelorca, ¡ por cuya mediación podia ejercer influ— 
jo sobre los changos artilleros; de los capitanes Cbavol i. 
Barrios, i por último, de alguoos vecinos íQÜuyentes como doo 
Tomas Zenteno I el deán Vera, que era su verdadera columna 
de apoyo. 

VIII. 

Este venerable sacerdote, que la tradición <le los pueblos 
del norte ha santificado por i^s virtudes evanjélicas i por su 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 99 

marlirío en estraña tierra, tenia un acendrado patriolisoio, 
una caridad infinita, i un celo apostólico que recordaba al 
misionero antiguo. Pero su intelijencia no llegaba lan alio co- 
mo su corazón, ¡ vivía, por tanto, oruscado, prestándose a ser 
manejado fácilmente por el que fuera baslanto diestro para 
sondear su espíritu i aprovecharse de su popularidad. Para 
él, nada eiistia sino personificado de alguna manera en un 
nombre, o en un prestijio. Antiguo capellán de ejército, habia 
servido en las campañas del Perú a las órdenes del jeneral 
Cruz. Para su espíritu, en consecuencia, la revolución d^ 
1851 no era mas que este jefe; su único programa político 
estaba concebido en estas dos palabras— Vt^a Cruz! que eran 
para su ánimo sencillo el símbolo acabado de su fé políiica, 
como la cruz de un leño lo era de su fé relijíosa. Dentro de 
la plaza, su lójica era la misma, i no podía concebir que en el 
sitio hubiera otro principio, otro nombre ni otro poder que 
el del gobernador militar encargado do defender las trinche- 
ras (I ). 

(i) Nada caracteriza mejora este hombre sencillo i venerable 
qne la declaración prestada en el proceso qne se le sígiiiY) en la 
Serena, por uno de sns acólitos, joven injénno i bien íntencio* 
nado, que después, en 1859, ha surrido, por la causa pública. Esta 
dice así: «El mismo día 20 (abril de 1852) ¡ para el mismo efecto, 
compareció al Juzgado don GasparRivadeneira (clérigo de meno- 
res) i previo el juramento necesario dijo : que con respecto al canó- 
nigo Vera, le consta : 1.*^ que antes de la revolución miinifestó al do* 
clarante sus simpatías por la causa del jeneral Cruz, i que a pesar de 
algunas indícacio;)es que habia recibido para sufragar en Jas elec- 
ciones por la causa llamada del orden, no lo liabia querido hacer 
sino por la causa contraría» en favor de la cual habia conquistado el 
sufrajio de varias personas: 2.<» que el día 7 de setiembre en la 
(arde, estando el susodicho canónigo rezando en la Catedral 
el oGcío divino^ sucedió el molin, i el canónigo dijo al esponente; 
EinectBario que los encomendemos a Dios, refiriéndose a los amo- 
tinados. Así lo hicieron^ pero Vera no podía fijar su atención al 



100 HISTORIA Df LOS DIEZ aKÓS 

El buon sacerdote se plegó pues con lodos sus sentidos i 
toda su popularidad al lado del coronel Arleaga, quien Jo cs- 
plolaba hábilmente i con tal maña, que el exaltado canóniga; 
fué el primero que comenzó a exijirle so arrogara de becbo 
el poder supremor haciendo a un lado a lodos sus émulos. 



IX. 



Pero, apesar de todo, Arteaga analizaba con prurfenoia su 
sihiacion i comprendía que sus recursos, si bien le serian se- 
guros para marcfiar como hasta entonces, con cierta capa do 
doblez, podrían faltarle el dia en que se presentara ú cdrái 
descubierta usurpándose el poder. 

No contaba, en efecto, ni con el apoyo ni aun la conniven- 
cía do ninguno de los comandantes de trinchera, algunos do 

rezo, impulsado sin duda del deseo de concurrir al cuartel, situa- 
do en uno de los claustros de la misma iglesia de la Merced, que 
hace \eces de Catedral. Concluido el rezo se fué al cuartel, don* 
de fué saludado i jíctorcado por la tropa i populacho que se había 
reunido ya: 3.° el dia ocho siguiente se reunió el cabildo, i «Hí 
se leyó la acta revolucionaria que firmó el citado Vera: 4.° a los 
pocos dias marchó ai $ur como uno de ios miembros de la comi* 
ttion encargada de presentarse al Jeneral Cfuz, para estimulaHo a 
segundar el movimiento, exijir también que dicho jeneral se 
pusiera a la cabeza de la fuerza que debiera levantarse en aquel 
punto i poner en su noticia que los coquimbanós estaban resuel- 
tos a auxiliarle con tropas i dinero : 5.^ que al tiempo de marchar 
Jos revolucionarios a Petorca, V^era colocó al cuello de los soldados 
cíí-capularios de Mei cedes, diciéndoles que por su virtud se libra- 
rían de todo peligro^ que marchasen, que no tuviesen miedo i 
que mediante la intersecion de ta Vírjen se librarían de todo 
peligro: 6.» que a los pocos dias después de haber llegada la di- 
visión de Atacama, luvo lugar una procesión dispuesta por 
el mismo canónigo que salió con la custodia bajo de palio i ben- 
dijo con la misma las trincheras: 7.* que por el mismo Vera se 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 101 

los (¡lié le oran abicrtanionle hostiles, como Ricardo Ruiz 
Pablo Muñoz. Solo Barrios, que obraba bajo la influencia do 
los Alfonso, de cuya casa do comercio había sido antes depen- 
diente o asociado, le ofrecía una cierta garanlia de sosteni- 
miento en una crisis. Los carabineros de Gallcguíllos le eran 
también adversos, como lo era su jefe, cuya lealtad a Carrera 
parecía incontrastable, Aun do sus mismos partidarios mas 
importantes, como los hermanos Alfonso, no debía esperar 
una resolución a toJa prueba oñ un día do conflicto, que po- 
día parecer un día de traición. Aquellos jóvenes tenían, en 
verdad, un fondo do honradez i patriolismo que les hacia 
mirar con recelp todo proyecto do revueltas intestinas, i ade- 
mas,. eran por mucho mas dóciles a la amistad probada do 
don Nicolás Munízaga, quien, por otra parle, tenia un presttjio 
casideoisivo en el batallen cívico que guarnecía las trincheras. 

dispuso también una novena con-el objeto .de implorar el triunfo 
de la causa que sostoriia, de cuya novena recuerda los sigui^E^ntes 
pasajes»— v(^ los principios que se controvierten entre los dos 
partidos belíjerantes no tienden a garantir la libertad, don de| 
cielo, con qüeiel supremo Hacedor dotó al hombre desde el pri- 
mer instante de su concepción, haz, poderosísima Vírjen, que 
triunfe aquel que lleve al frente ia divisa de su proclamación i 
efectividad. Que al gobierno recientemente constituido Jo defien^ 
dan nuestras tropas con un valor constante cual antiguos Maca-* 
beos. Que la dictadura recientemente sancionada, la véanlos des- 
aparecer, como igualmente el yugo ominoso que nos oprime.» 8.^ 
por último, que Vera ha permanecido en la plaza sitiada hasta e{ 
momento mismo que la desocuparon los que la defendían». 

A €Stos detalles solo tenemos que añadir que Vera era natural 
de Melípilla, donde había nacido en t790, teniendo por consi- 
guiente mas do 60 anos en la época de la revolución. Parécenos 
haber oído decir que fue padre mercenario en los primeros aiios 
de su carrera eclesiástica, pero sí no fué así, al menos murió en 
un claustro, habiendo fenecido en un convento de Arica en 18S5. 
Sus cenizas fueron trasportadas a la Serena i honradas por el 
pueblo, en el que se recojió una suscripción con aquel objeto. 



102 HISTORIA DE LOS DIEZ aSOS 

Do suerte pues que en realidad, Arleaga no contaba por 
seguro para un golpe de mano sino con el batallón de Yun- 
gayes, algunos oficiales atrevidos como Gaele ¡ Cbavol ¡ el 
deán Vera, que era su supremo inspirador. 

Con una audacia eslraüa, resolvió, empero, dar un golpe de 
estado dentro de la plaza, contando acaso mas con la floje- 
dad de carácter i elevación de ánimo de sus émulos que coa 
el apoyo de la fuerza. 



Para provocar el conflicto decisivo, valióse del mas singu- 
lar protesto, suscitando un altercado con el intendente Muni- 
zaga, porque este habia omitido el tratamiento de U S. en 
una nota que le envió el 20 de noviembre, hablándole de cierto 
ganado que se necesitaba eu la plaza (1). 

( 1 ) Asf lo refiere una verídica i estensa carta de Monizaga a don 
Pedro Félix Vicuña, de fecha 14 de diciembre, que orijinal tene- 
mos a la vista. ^ 

Ya desde el dia 10 de noviembre habian ocurrido ciertos lances 
reservados en que aquella animosidad aparecía envuelta. 

He aquí una comunicación cambiada en esa fecha entre Carrera 
i Muñí zaga, que descubre, al través de una futilidad, lo grave del 
mal que iba cundiendo entre los sitiados, a la par que los jene- 
rosos sentimientos de su caudillo. 

Este noble documento ha llegado a nuestras manos solo ÚU¡«* 
mámente (agosto de 1860} enviado por el sefior M unízaga, así 
como otras tres o cuatro piezas mas que incorporáremos en 
este capítulo, constituyendo las únicas novedades que hemos in- 
troducido en esta historia, pues en todo lo demás no hemos cam* 
biado una sola línea, desde la época en que la escribimos. 

Las comunicaciones referidas dicen así: 

Señor don José Miguel Carrera: 

Noviembre 10 de 1851. 
aDesearia que Ud, mandase llamar al comandante de serenos 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 403 

CoD el fútil protesto do aquellas dos letras mayúsculas^ el 
gobernador hizo por la seguida o tercera vez su renun- 
cia, i como supiera que Carrera i Munizaga, cansados ya de 
aquellas susceptibilidades insidiosas, se resolvían a admitir- 
la (1) nombrando al ultimo en su lugar ¡ asumiendo aquel la ín- 

par» que ponga un sereno a cierta distancia que pudiese ver si 
venia el enemigo i avisase oportunamente a las trincheras. 

Su seguro servidor». 

Nicolás MciazAGA. 



CONTESTACIÓN» 

«El gobernador de la plaza tiene a los serenos i víjilantes a sag 
órdenes. Ademas, esta medida, por mui acertada que sea, seria 
desaprobada sí yo la dispusiese. Ayer dijo de voz en cuello que 
DO tenía que ver yo en las trincheras i que no se obedeciese sino 
a él. Seria mejor que se viese con el gobernador. Persuádase 
que no es posible que yo siga desempeñando este destino. Dispuesto 
estoi a hacer toda clase de sacríGcios por la causa que defende- 
mos i por este pueblo, pero el de mi honor, nó, porque este per- 
tenece a mis hijos. Es lo único que puedo legarles, un nombre sin 
mancha. 

Le considero a Ud. bastante patriota pard que haga el pequeño 
sacríGcio de admitir la Intendencia, Este es el único medio de 
evitar la anarquía entre nosotros. 

De Dd. afectísimo». 

Garbera. 

(t) He aquí el decreto por el que se admitió a Arteaga su renun- 
cia. Está copiado de los papeles citados de Munizaga, cuyos ori- 
jinales se hallan en mi poder. 

IHT BNDENCIA BE COQUIMBO. 

Serena^ noviembre 21 de 1851, 
La Intendencia, con esta fecha, ha decretado lo que sigue: 
Atendiendo a los justos motivos en que funda su renuncia el 
gobernador de la plaza don Justo Arteaga, vengo en admitírselii 



i 04 UISTORU DE LOS DIEZ AÑOS 

teiuloDcia, resolvió, Ü6 acuerdo con sus, partidarios, dar (A gol- 
pe en aquel mismo día (21 de noviembre). No importaba ^ue 
unas pocas horas ánles el enemigo hubiese estado a punto de 
hacerse duefio de la plaza por una formidable sorpresa noc-« 
turna! 

£1 plan del gobernador era mui sencillo. Consistía solo en 
poner sobre las armas el batallón de mineros enelcuarlel je- 
neral de la Catedral, colocar un centinela de vista al inten- 
dente Carrera que dormia en una pieza de la casa contigua 
a la trinchera de Barrios, uno de los mas comprometidos, 
i proclamándose él mismo en su lugar como única autoridad, 
hacer venir a la plaza la guarnición de todas las trincheras 
para que le reconociesen como a tal. En seguida, se reuniría el 
Consejo del pueblo, que, maniobrado convenientemente por 
Vera i Zenleno, sancionaría todo lo que se hubiese ejeoalado^ 



XI. 



nizose asi, i en la mafiana del 21 de noviembre, cuando 
Carrera se aprontaba a salir de su habitación para ir a rea- 
sumir sü puesto de intendente i deponer ^ Arteaga^ un ceq-, 
iinela que el capitán Barrios había puesto a su puerta, lo 
atajó el paso^ presentándole por toda consigna la punta de la 
bay^onela, a lo que, era fuerza someterse, 

i ■) • ' ; 

nombrando en su lugar al coronel don Nicolás Manízaga. PubX-. 
quese i transcríbase. 
Lo comunico a U. S. para su iñtclijoncía i fines consiguientes. 
. Dios guarde a U. S. 

José Miguel Carreba. 

Pablo Escrihar. 

• " • Pro-secretario. 

Selor don Ktoolu MunUaga. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. fOSÍ 

En el mismo instante en quo el gobernador sabia queCa- 
rrera estaba detenido, enviaba la orden a las trii^pheras de; 
despachar a la plaza toda su jonle disponible, a fin de que 
la guarnición le prestara obediencia, dejando cortos destaca- 
mentos para custodia de las fortificaciones. Oficiales de su> 
confianza corrían en todas direcciones a llevar estas órdenes, 
mientras él permanecía, no sin cierto sobresalto, en el cuartel 
jeneral, donde el deán Vera no se separaba un instante de. 
su lado. Él Consejo del pueblo estaba también .reuDi<|o i se 
había declarado en sesión permanente (I). 

(1] Hé aquí la orden que se había dado por Carrera para ave- 
riguar el nriotivo de aquella sesión tumultuosa del Consejo, orden' 
que por las incidencias del día, sin duda, no se Uevó.a.ef6Cto.j 
Dice así: 

mTBNDENCIA DE COQUIUBO. 

Serena^ noviembre 21 de 1851. 
Teniendo noticias esta intendencia que en la sala del Tribu- 
nal exisfe una reunión de individuos procediendo a un acuerdo r 
tomando medidas en contra de esta intendencia, U. S. procede-^ 
rá inmediatamente a reconocer el oríjen de la espresada reunioa 
i el motivo de ella. 

Dios guarde a ü. S. 

José Miguel Caebera. . . 

Al seflor gobernador de la plata coronel don Nicolás Munkaga 

Ya antes de espedir esta orden, los dos amigos se habian dado 
aviso de lo que pasaba, según aparece de las siguientes e^qoelas, 
cayos orijinales conservo. Dicen así: 

Señor don José Miguel Carrera: 
Ife citan para la casa de la Corte don^e se'encuentran varias 
personas reunidas. Quisiera que Ud. me dijera si también va a 
dicha reunión. 

Su amigo. 

Nicolás. 



CONTESTACIÓN. 

La misma cita se me ha hecho, i he centcstjido que en mi casa 

14 



106 BISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

Pero ana súbita resíslencía iba a traerle diQcuUades im- 
previstas qae esponiao su tentativa a un fracaso ¡Dmioente, a 
la par que amagaban la ruina de la plaza. La mayor parte da 
los jefes de trinchera se negaron, en efecto, a obedecerle, 
escepto Barrios. 

El comandante Ruiz, que era el ma's exaltado de sus ene- 
migos» i que conocía por las conQdenci as de Carrera los pla- 
nes del gobernador, tan luego como vino a sus manos la órdea 
de este para que enviara al cuartel jeneral la guarnición da 
Stt mando, desgarróla con indignación e intimó al mayor del 
batallón civico don Jacinto Concha, que había sido el porta- 
dor de aquel despacho, que si otra vez volvía a presentarse 
on su trinchera, lo amarraría a la boca del caflon i lo aven* 
taria en el aire; i, sin trepidar entre el dicho i el hecho, puso 
sobre las armas la numerosa guarnición de su reducto, or- 
denando a los artilleros, con una violencia inaudita, qua 
volvieran su pieza sobre la plaza para atacar la primera fuerza 
que viniera de parte de Arteaga, despachando, ademas, al 
oficial don Elias Salcedo, un niño de 1 5 aflos, para que fuera 
de trinchera en trinchera a decir de su parte 1 a nombra 
de Carrera i Munizaga, que era preciso revelarse contra el 
traidor Arteaga, cuyo plan era vender la plaza al enemigo. 

se roe encnentra. Esto se parece a un motín para el que estaba 
preparado este caballero. Conviene que hable con Alfonso i visiten 
las trincheras, haciendo saber a los comandantes que üd. es el go-> 
bernador. Lo demás, déjelo a mi cuidado. No voi porque espero 
que vengan esos señores, que se han constituido en consejo, se- 
gún me dicen. 

Su afectísimo amigo. 

Carbbbá. 

En este momento, me intiman que vaya al Consejo i que s¡ no, 
se me mandará traer con grillos; no voi. Esporo que me manden 
llevar con grillos.. 



BE LA ADMINISTRACIÓN MONÍT. 107 

Por SU parte, el co mandan le Muñoz habia arengado tambíe» 
a sus soldados i los lenia dispuestos a cualquiera resistencia^ 
mientras que Galleguiilos formaba sus carabineros en la pla- 
zuela de Santo Dotníngo, i mandaba decir a sus amigos que 
contaran con su espada en aquel día. 

El leal soldado acababa de recibir una orden del goberna*. 
« dor do la plaza concebida en estos términos. «El comandante 
de Carabineros don Silvestre Galleguiilos, obrará conforme 
a las prevenciones verbales que le bará el sárjenlo mayor 
Argandoüa — Arteagan. Pero (Jalleguillos estaba resuello a- 
desobedecer aquel mandato, porque sabia era ilejilimo i com- 
prendía, ademas, que él era hombre que se baria perdonar 
cualquier acto de insubordinación por el jefe que quisiera 
sostener la defensa de la plaza. 

£1 confiictü era serio. Un rompimiento armado Iba a tener 
lugar. El impetuoso deán aconsejaba al gobernador el proce- 
der a la captura de los reos de resistencia, diciéndole repe- 
tidas veces coa referencia a Ruiz. Señor, por menos que esto^ 
he visto yo fusilar I i ya iba a darse la orden de desaroiar 
por la fuerza a los que se resistian, levantando aquel escán- 
delo de perdición a la vista del enemigo, que no tardaría en 
lanzarse a castigarlo, aplicando a lodos los culpables parti- 
darios la misma lei de vergüanza i vasallaje, cuando se pre- 
sentó en el cuartel jeneral, como una aparición redentora, el 
patrióla don Nicolás Munízaga. 



XII. 



Por un acto de magnanimidad, fácil a su corazón i que ha- 
bia encontrado un eco vivo en el pecho de Carrera, habianí 
resuelto ambos en aquel momento sacrificarse a las misera- 



1t)8i HISTORIA BE LOS DIEZ ANOS 

bloB rencillas que los dividían, í Munizaga habia salido a 
toda prisa, a poDer orden en las Uincheras, temiendo quo el 
enemigo se hubiese apercibido de lo que pasaba i se aprove- 
obase de una crisis tan oportuna como espantosa. 

Apenas había comunicado su resolución a Arteaga, se diri- 
jié api'^uradamjQnte a la trinchera de Buiz, i a fuerza de ins- 
tancias, redm'o a aquel valeroso, pero precipitado joven, a 
doai^ír. de su propósito, i tomándole del brazo, lo sacó del 
pues:^^ P9ra ir con él a la: trinchera de Muñoz, ordenando a 
Iftsarlillerp^ qué en el acto coloóaran el cafiou en su antigua 
po^ícipn.. jUufloz no opuso resistencia a la voz de un amigo 
OQfflto U^nizaga, que le hablaba también, a nombre de Garre- 
i», Ait^ndonando su trinchera,. se dirijia con Buiz i Munizaga 
a reunirse a Gaileguiilos, que se mantenía todavía en la 
glazQpI^, con las riendas en la mano, cuando de improviso 
cayói liebre él en un ángulo de la plaza el petulante Cha- 
veta concuna partida de mineros, amenazando al grupo con su 
9abla. Los jóvenes comandantes desnudaron sus espadas, 
pqr^, Jtfonizaga so .interpuso, dándose presos a sus instancias 
Bui>iUaQoz> 

XIII. 

En aquel instante critico i aflictivo en que la suerte de uno 
de los bandos de la plaza podía jugarse por un golpe de sable, 
por un grito, por una señal hecha con la mano, ocurrióse a 
la facundia del jefe revelado un espediente salvador, i fué el 
de hacer sonar el clarín de alarma i dar en todas las trín- 
olieras, el grito májíco de El enemigo! El eneniigol—X osla 
Ío% suprema, todos corrieron a ocupar supuesto, volviendo 
el pecho a las lineas enemigas, i como olvidados do los 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTt% 400 

mezquinos i tristes conflictos que dejaban a su espalda; 

Es preciso hacer esto honor de justicia í do verdad a los 
defensores de la Serena. Ninguno, niel mas vil <íe 'toa solda- 
dos que guardaban aquel recinto, hecho ya^ sagrado por ia 
victoria i lá sangre, habría traicionado su deberá si la ¿ora 
de esto hubiera llegado en los momentos en que una míisera 
rencilla tenia divididos sus ánimos. Tan cierto era esto, •(jfuo 
el tíihmo suspicaz í receloso jefe de las fuerzas sitialdófás sd 
limitó a responder (cuando en aquel día fuerpn á'^ddi^'avisd 
de lo que pasaba en la plaza), con esa sonría carácl^ristica do 
la jento castellana, este refrán máá car^cferíscO' todavía-^ 
A otro perro con ese hueso! '' • • ':'• • 

Cupo, empero, como veremos en bróve, & ídS (üaudHlos qttb 
se habían enseñoreado de la Serena, el triste hohoí-'de^ IdMtfti^ 
lar a los vencidos aquella calumnia, qoo ni ol pífolieiitode'iifta 
sospecha había alcanzado en el pecho del invasor ehomlgoi 
Carrera i sus compañeros de prisión fueron acusador íp'üblfca^ 
monto de haber querido vendor la plaza a sus conHlarios,íyo 
haber malbaralado los caudales do la provincia, superchería 
tan infame como absurda, que no podía menos de predispo- 
ner en contra de su infortunio el ánimo de los soldados ¡ 
añadir así, aposar de una desgracia, que tenia tanto de ridí- 
culo en su forma como do nobleza en su qspíritu, e|.b¿vhjon 
do la calumnia i la desgarradora congoja dol desprecio do 
aquellos valientes. . ' . 

XIV. 



En el momento en que so ejecutaba la capturado Uuñoz i 
de Ruiz en la esquina do la intendencia, víóso a un joven, 
que tenia todavía el aspecto do la adolescencia, lanztarso desdo 



110 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

el palio de la cárcel sobre el circulo de bayonetas con que 
aquellos eran rodeados, i como para prestarles ayuda, míen- 
tris un soldado le seguía apuntándole con su fusil i gríiándole 
que se detuYíera, Era el capitán don Nemecio Vicufia que 
acababa de ser preso en el cuartel jenoral de la Catedral por 
una orden del mismo Arleaga. 

£1 joven oficial había llegado a aquel punto sobresaltado 
por loque se contaba de una conjuración contra Carrera, de 
quien era el ayudante mas querido, i como oyera que un 
subalterno, Peralta, dijera en la confusión que ahí reinaba: 
Muera Carrera!, sacó al punto la espada i se lanzó sobre él 
imponiéndole silencio ; pero cojidoen el acto por varios sol- 
dados, fué remitido preso a la cárcel i oslaba ya detenido, 
cuando vio el peligro de sus amigos i corrió a su socorro, sin 
cuidarse de su propia vida. El soldado que le custodiaba i que 
le persiguió, llamado Mercedes Espinóla, declaró, en efecto, 
en el proceso que se levantó, sobre aquel suceso, que había 
estado a punto de matarlo (1). 



XV. 



El intento de aquel día concluyó con esto. Un centinela 
guardaba la puerta deja habitación de Carrera, ftuiz, Muñoz 
i Vicuña habían sido arrojados en un calabozo, remachándose 
al primero una gruesa barra de grillos. Los ciudadanos don 
Vicente Briseflo, don José Anlonio Cordovcz i el capilan So- 
púlveda fueron también reducidos a prisión aquella (arde, 
acusado el primero de haber criticado las operaciones del 

(I) Este proceso^ tan oríjínal como ridículo, existe en poder 
del coronel Arteaga, entre cuyos papeles lo hemos consultado. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 111 

gobernador, reo el segando de ser el redactor del Boletín de 
¡aplaza, al que suponía hóslíl a la conjuración, i el último, 
sin mas crimen que una vaga sospecha, por habérsele ^sto 
aquel mismo dia afílando un pufial a molejón. El coronel Ar^ 
teaga estaba de hecho proclamado la autoridad suprema d9 
la plaza. 

XVI. 

Había habido un atrevimiento raro en la conducta del go-- 
bernador i en sus planes desplegados aquel dia. Pero no fué 
ni la audacia, ni la oportunidad, ni el acaso lo que coronó su 
empresa temeraria. Fuéio mas bien el desprendimiento jene- 
roso de Carrera, la palriólica sumisión de Munizaga, actos, 
si bien dignos de censura si se les contempla solo en su ca- 
rácter de hombres que reciben en el alma el ultraje del hom- 
bre, son dignos, al contrario, de alto elojio en el patriota i 
en el ciudadano. 

Su mas leve resistencia importaba, como hemos visto, un 
lance sangriento en las trincheras, la anarquía entre los de* 
Tensores de la plaza i el peligro inminente de perderla de 
una manera inusitada i vergonzosa. Los comandantes Ruíz i 
Muñoz estaban en abierta rebelión, i el primero había hecho 
jirar las cureñas de su cañón para dar el primer ejemplo del 
escándalo i de la perdición. Galleguillos se mantenía pronto 
a ejecutar con sus jinetes cualquiera orden que trajera la 
autoridad de la firma de Munizaga o Carrera, a cuyos jefes 
reconocía únicamente, porque su disciplina revolucionaria 
consistía mas en el amor de sus amigos i en su lealtad per- 
sonal, que en seguir consejos o planes políticos que no eslabaa 
al alcance de su espcricncia ni de sus luces. 



1112 . HISTORIA BE LOS DIEZ AÑOS 

' ^ A ln' VOZ dé Manízaga, por otra parlo, todas las Iríncbcras 
habrían dado el grito de resistencia,! entóneos ¿quien, hubiera 
^ído' responder de que los dos Alfonso, que eran el alma 
•dé aquel acto de rebelión militar, no hubiesen vacilado en 
presencia de üñ amigo; cuyo prestíjio era como el emblema 
de la opinión pública que prevalecía en la Serena? I defec- 
cionado uno solo de los jefes comprometidos, en el momento 
crítico ¿quién habría podido garantir, no ya del desenlace 
do la empresa, que sería acaso un choque sangriento, sino 
la posición i la vida misma del jefe conjurado? Pero lo hemos 
dicho,'la abnegación. de dos hombres salvó a la Serena del 
átüsmo caque pudo arrojarla la triste pretcnsión de olro^ 
que solo por un lujo de poder quiso echar sobre sus hombros 
^itDanlo de una dictadura, que tenia conquistada de hecho 
j>or sus servicios i su importancia profesional. 

i XVIL 

^" Dueño yá do su terreno, el gobernador de la plaza quiso 
hacéf sentir et rigor de su autoridad a los rebeldes que lo 
habían desobedecido; i apéoas sus múltiples cuidados, dentro 
í fuera de trincheras, lo dieron lugar, ordenó que se levantase 
ün sumario a Ruiz i sus cómplices por el delito do conspira- 
ción, haciéndole a cada uno los cargos de desobediencia que 
aparecen en la relación que hemos hecho de los suceso3 do 
bquel dia (1). 

. (1) Véase en el documento núm. 23 el oficio que en forma de 
acusación dirijió el gobernador de la plaza al teniente coronel 
liíarlinez, aquien nombró fiscal de la causa. El proceso que he- 
lios' «onsn I tado orijínal, como ya dijimos, en los papeles privado 
del coronel Artea^a, consta solo de las declaraciones de los seis 



. DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. f 13 

Entra lanío, como un caslígo anlicipado i vergonzoso, se 
encerró a aquellos Talícnles jóvenes que habían sido el ho- 
nor de su patria i el ejemplo de sus Glas, en la caballeriza 
de la Intendencia, sin que se les diera aun la triste ración de 
los soldados para alimentarse, espueslos ademas, durante el 
dia, al calor sofocante de la estación i a los insectos que la 
fermentación hace pulular en tales sitios; mientras que, do 
noche, la humedad del establo infesíaba el aire i sofocaba a 
los prisioneros, particularmente alJnfortunado pero incon-* 
trastable Ruiz, a quien se le habia sumido en un lóbrego rin- 
cón, cargado de grillos. I lodo esto sucedía mientras que a los 
soeces oficiales arjcnlinos que habían sido hecho prisioneros, 
Pereíra i Quiroga, aquel ebrio I deslenguado, el otro con sus 
bolsillos llenos de prendas del saqueo, se les alojaba sun- 
tuosamente en las^mejores habitaciones de la Inlondencia, 
cuyos establos servían para los caballos i para los presos 
chilenos! Ira ¡ rubor da al recordar tales villanías, hijas del 
rencor de la discordia! 

XVIII. 



Pero no ct)Dtenlo con eslas torturas físicas, el gobernador 

acusados Ruiz, Muñoz, Vicuña, Septülveda, Briseño i Cordovez, 
(ninguno de lo que negó los cargos que se le hacían),! delospar- 
tes de todos ¡08^ comandantes He trincheras que dicl&ran haber 
recibido avisos de Ruiz o de Muñoz para ponerse sobre las armas 
i desobedecer a Arteaga.Esto es todo lo que consta del sumario, 
que se compone apenas de unas 40 o 50 fojas. Por renuncia de 
Martínez, siguió la tramitación el comandante don Salvador Ce- 
peda, pero se yé que la secuela del juicio se paralizó del todo el 
8 de diciembre en que se tomó la última confesión. Sin duda, e| 
rubor de aquella farsa no permitió llegar a los que la fraguaban 
basta estender la vista Oscal i pedir penas para los reos. 

IS 



114 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

impuso a SUS cautivos ol martirio de una conslanle humilla- 
ción, poniéndoles por carcelero a un hombre de carácter ^il 
i solapado, el alferes don Nicolás Barrasa, antiguo subdelega- 
do de Punitaqui. En la larde misma del arresto, ya babia 
comenzado su misión de Vejámenes, obligando a los reos a 
dormir en el suelo, lo que suscitó un altercado violento enlre 
el carcelero i el mas joven de los presos, qué naturalmente 
era el mas osado. Es tan curioso el parte de esta ocurrencia 
que no podemos menos de transcribirlo aqui, copiándolo ínte- 
gro del proceso. «Sefior jeneral, decía el irritado alcaide, re- 
firiendo el paso al gobernador. Por no haber accedido a pro-^ 
porcionarle una mesa para dormir al capitán Vícufia, ha te- 
nido el atrevimiento de injuriarme ante toda la guardia, i 
yo no he querido castigarlo, por no saber como debo/7foce- 
der en lo militar i espero de U.-6. lo hstvk ejecutar confor- 
me a ordenanza.— i\^tco/i7« Barrasm. 

Pero no quedó en esto la rencilla del joven capitán i del 
impertinente alcaide. Eos o tres días después de aquel su- 
ceso, se presentó, como por acaso, en el calabozo de los dete- 
nidos el oficial don Rufino Sojas, i como llevase una pistola 
en la mano, pidiósela Vicuña, exclamando en chanza al 
examinarla: Que buena está para matar al centinelal i la 
devolvió en el acto a Rojais; pero este, al desmontarla, dejó 
escapar el tiro, cuya bala pasó rozando el cabello del capitán 
Sepüiveda, que se enconlraba en el mismo calabozo, i se 
clavó en la pared opuesta a la entrada. Al ruido de la de- 
tonación, llegó desaforado el receloso guardián, preguntando 
balbuciente que significaba aquel suceso. El centinela decla- 
ró, en el acto, que el capitán Vicuila le había disparado un 
pistoletazo, después de haber dicho, examinando el arma: 
Que buena está para matar centinelas]^ pues el pobre solda- 
do creía tener la bala en el cuerpo, después de aquella 



DE LA ADMINISTRACIÓN KONtT. 4f5 

burla. Al ¡oslante, Yícufla Tué sacado de su óclda i colocado 
en un fétido pasadizo donde se le tuvo 24 horas sentado 
en una silla, con los pies trabados por una barra de grillos 
i espueslo a un sol de diciembre. So le mantuvo después 
inconionicad(\^ con los mismos grillos, mientras se afladia a 
su sumario de conspirador aquel cargo de conato deJiomi- 
cidio, apesar de las protestas del oficial Rojas que declara- 
ba que la pistola estaba en su mano cuando partió el tiro. 
Pero para que el ridiculo de este juicio no tuviera limites, 
se acusó también ai mismo Vícufia de baber intentado fal- 
sificar la firma del gobernador de la plaza, porque jugando 
con la pluma sobre un pliego de papel que babia quedado en 
el despacho de la comandancia de armas de la plaza, habia 
escrito^ chanceándose con el ayudante Herrera, confidente 
intimo dol gobernador, un remedo de orden, concebido en 
estos términos—^/ oficial, comandante de la trinchera tal, pa- 
sará por loíS armas, en el acto de recibir la presente, al sár- 
jenlo mayor don Santiago Herrera. — Justó Arteaga. 

Dijose que esta sentenciado muerte, parecida a tantas otras 
que se ven en nuestro suelo, se habia añadido a las hojas 
del espediente, pero nosotros no le hemos encontrado, ni 
creemos que se llevaran el absurdo i la puerilidad a tal es- 
tremo. 

XIX. 



Pero mientras se sucedían en las cuadras de la Intenden- 
dencia estos lances, que no hablan sido siniestros solo por- 
que eran demasiados pueriles, tenían lugar otros harto mas 
graves entre los jefes de la defensa que volvían a poner la 
plaza en el riesgo de sucumbir por la discordia. £1 ex-inteh- 



116 HISTORIA DE LOS DIEZ AKOS 

dentó don Nicolás Munizaga permanecía libre í rodeado de 
cierto respeto desde ios sucesos del 21 de noviembre, cuyo 
peligro él había desvanecido con su sola presencia i su ab- 
negación patriótica. Pero su posición era tan falsa que no 
podía sostenerla sin menoscabo de su honra, desde que sus 
amigos se mantenían en una prisión humillante i desde que 
se le dejaba solo una sombra de prestijío para esplotar su 
popularidad. Al fin, tomó una resolución terminante. 

Una mañana (el 3 de noviembre), presentóse al despacho 
del gobernador solicitando hablarle, i cuando, introducido a 
la pieza en que aquel le aguardaba, se vieron ambos solos, 
díjole que el objeto de aquella visita era pedirle su salven 
conduelo para retirarse de la plaza, donde le era ya impo- 
sible permanecer. 

A esta interpelación, hecha con calma i dignidad, el go- 
bernador vaciló un instante, pero como un hombre apostado 
que hace brillar el filo de un pufial, ocultándolo en los plie- 
gues de su ropa, repitióle con viveza que con cual objeto 
pedía a la autoridad un salvo conducto, cuando ya tenia el 
del enemigo? 

Al oír aquel sangriento ultraje, el alma honrada i apacible 
de Uunizaga dio un vuelco dentro de su pecho, i la ira i el 
horror se diseñaron en sus ojos encendidos i en sus labios 
crispados con violencia. Ud. es un calumniador, esclamó 
apostrofando al jefe de la plaza, t Ud. me dará en el acto 
una satisfacción o se batirá conmigo. 

Lo últimol replicó Arleaga, sin perder su aire impasible, 
i dirijiéndose a una estremidad del aposento, tomó una espada 
que abi guardaba i la entregó a su interlocutor, echando 
mano a la que pendía do su cinto. 

Pero yo no soi militar, replicó Munizaga^ sin dejar por 
esto de tomar la espada, t no sé manejar esta arma. Permi- 



BE LA ADMINISTRACIÓN KONTT. 117 

tome Ud. ir a mi alojamiento i traeré en el acto mis />w- 
tolas. 

No es necesario! repuso Arteaga, volvíeDdo a empujar su 
espada dentro do la vaina— igiit están las mias! I tomando 
de encima de la mesa una caja cerrada, abrióla, sacó dospis* 
tolas de arzón que eran las de su uso personal, i las pasó a su 
adversario. «Acoptóuna don Nicolás, dice el mismo Arleaga, 
al referir este lance en su Memoria citada, hecho lo cual, dijo 
el gobernador que le parecía conveniente la presencia de tes- 
tigos, )9 En efecto, Munizaga, al tomar su puesteen una estre- 
fflidad de la sala para disparar sobre su provocador, habia 
notado al amartillar la pistola, quó le faltaba el fulminante, 
i esclamando con indignación que aquel era un vil engafio, 
tiró el arma al snelo. 

Al ruido del altercado» i sintiendo que se amartillaban 
pistolas, hablan entrado en el aposento el tesorero don Ma- 
nuel Cuadros, el mayor de plaza Alfonso, el capitán Ghavot, 
el oficial francés Caslaing i varios otros que se encontraban 
en una pieza vecina, i desde luego, se interpusieron entre los 
combatientes, 

£1 coronel Arteaga^ sorprendido de que la pistola que habia 
entregado a su contendor estuviese descargada, quiso aclarar 
en el acto aquel accidentó que arrojaba una sombra sobre 
su lealtad, i preguntó a los circunstantes, que eran, «n su 
mayor parte, sus compañeros do habitación, lo que habia po- 
dido ocurrir. 

La duda se disipó al instante. El capitán Ghavot declaró 
que estando de patrulla la noche anterior, habia tomado aque- 
llas armas, i disparado un pistoletazo al pasar cerca de un 
puesto enemigo, i que a su regreso al cuartel jeneral, habia 
vuelto a colocar las pistolas en su caja, sin acordarse de 
volver a cargarías. 



1 f 8 HISTORIA DK LOS DIEZ AÑOS 

Salisfechos con aqoella espHcacion, el ofendido i el ofensor 
insislieron en llevar adelante su duelo a muerte, porque la 
injuria era atroz, i el que la babia vertido no so allanaba a 
repararla; £1 oficial Casiaing, que era armera de profesión ^ ' 
volvió a cargar las pistolas i las. puso sobre la mesa. Arteaga 
designa en seguida por padrino a don tfanuel Cuadros» t Hur 
nizaga, que novelaren torno suyo,, sino ,a parciales de su 
contendor^ envió eji el acto a llamar a Carrera, que se enr 
centraba dolenida&olo a una cuadra de distancia. 

No tardó este en presentarse, I después de una breve 
eonferencia^on el testigo contrario, convinieron en que babia 
justosi motivos para que el desafio tuviera lugar; pero que, en 
obsequio .del bien publico, loa dos agraviados debían deponer 
su animosidad i aplazar el duelo basta deíspae» de) $lt£o. 

XX. 

Entre tanto, varios de los cirbuñstantes (i entre 6lIos» di-« 
cen algunos, el mismo coronel Arteaga) se habian. escurrido 
de la pieza. en que esto te]oia lugar i citado a todos los prin* 
cipales del vecindario a una sesión del Consejo del pueblo, 
que, en efecto, comenzó a. congregarse inmediatamente en la 
casa del vecina don José Varía Concba. Un centinela había 
impedido, entretanto, la calida do Muoizaga.i de Carrera del 
despacho del gobernador. 

Cuando se habian reunido cerca de 30 ciudadanos del Con- 
sejo del pueblOy en cuya convocación el deán Vera había sido 
el mas empeñoso, se advirtió a Carrera i Munizdga que po- 
dían entrar a la sesión. Zenteno, como de costumbre, presi- 
dia, i ocupaban los asientos mas visibles de la sala el vicario 
Alvarez, el ex-intendenlo Zorrilla, don Juan Nicolás Alvarez, 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT, 119 

los comandantes MarUoez I Cepeda, los capitanes Barrios, 
Zamudio, Carmona i otros vecinos del pueblo, la mayor parte 
jóvenes, 

Bl presideate se apresuró a declarar que el objeto^ de 
aquella reunión imprevista era que el consejo se pronun- 
ciase sobre sí debería o no llevarse adelante un duelo que 
acababa de concertarse entre el gobernador de la plaza i el 
exHuteodente Mnnizaga. 

Un murmulle confuso de las ajiladas conve^rsaciones délos 
consejeros revelaba la estrañeza de aquel acuerdo, pero luego 
comenzaron a hacerse oir voces de protesta ^ue decian — Noz 
oponemos al duelo I El gobernador fio puede batirse I i otras 
ÍDterpelactone9 de Igual significado. Carrera, a esta sazón, dejó 
su asiento^ i con la serenidad de un hombre que ha salido de 
su calabozo convencido de que volverá a ¿I, espuso que 
aquella discusión era ociosa i ridicula, que cualquiera reso- 
lución que el consejo adoptara, no tendría efecto, porque el 
lance a que se referia era un acto puramente prívado entre 
dos caballeros, cuyo honor se hallaba empanado por aquella 
ceremonia, i por último, que esta podía tomarse como un 
protesto de cobardía o como una intriga de peor naturaleza. 

Al oir aquellas resueltas palabras, saltó a interrumpirle el 
mayor Concha» i preguntó con viveza si Carrera estaba o no 
preso, añadiendo luego esta pregunta certera e insidiosa: Se-- 
ñores j cuantos Intendentes tenemos? 

Como de este incidente naciera alguna confusión^ el pre- 
sideate suplicó a Hunizaga ia Carrera que se retiraran de la 
sala, lo que éstos ejecutaron ea el acto. 

Siguióse una discusión ajilada i tenebrosa que duró cerca 
de dos horas, al fin de cuyo tiempo se firmó una acta por los 
circunstantes, en la que se declaraba, pbr un acuerdo de diez 
i siete votos contra catorce, que el duela no tendría lugar, 



420 HISTOEU DE LOS DIEZ AÑOS 

que desde aquel día el ex-ialendente, a qnieii se culpaba de 
haber promovido sijilosamente las íiiltmas desaTenencias, se 
manteDdria preso en estricta incomunicación, i qne Munizaga 
permaneoeria libre, pero sin poder salir fuera de trin- 
cheras (1). 

El triunfo del gobernador había sido completo mediante el 
influjo i la perspicacia de sus parciales. Pero aquel desenlace 
publico i estrepitoso de una contienda que el honor ordena 
haoer secreta, no reflejaba ya sobre su frente el brillo de 
audacia, que su primer levantamiento había hecho brotar 
para su fama. 

Triste^ mui triste fué aquel día de una defensa que conta-* 
ba cada una de sus horas por un acto de heroísmo, un ras- 
go de jenerosa abnegación, o un sacrificio sublime. El recinto 
de las trincheras había sido hasta entonces como un espléndi- 
do anfiteatro en que venían a luchara porfia todas las rirlu- 
des republicanas. Aquel dia la plaza había tenido mas bien 
el aspecto de un refiídero de gallos.,.. 

XXI. 



Entretanto, Carrera i Munizaga, desposeídos esta voz do 
lodo valimiento i verdaderamente infortunados, se resignaron 
a su suerte, vagando el uno como un hombre herido de ana- 
tema en las callos de un pueblo que ayer le había rendido 
el culto de una popularidad que parecía la idolatría 1 ence- 
rrado el otro en una severa reclusión como reo de un delito 
a la patria, o de una afrenta a la causa de la libertad.... 

Uno i otro, empero, conservaban en sus aflicciones la en- 

(1) Véase esta cariosa acta en el docomento núm. 24. 



DE LA ADMINISTRACIÓN, HORTT. 12f 

teroza de sa espirita i ei anhelo ardiente de seryir a la causa 
de cuvas veleidades eran mártires. «Todos me aconsejaban 
gao no me sometiera a sufrir tal insulto, decia Carrera a sus 
relaciones íntimas de aquellos mismos dias, desde el calabozo 
en que había sido encerrado ; pero negándome, se armaba da 
nuevo la tormenta, 1 esia vez con masfuerza. No quise pues 
hacer inútiles mis sacriflcios pasados, ni osponer la seguridad 
de la plaza, i me sometí. £sta vez si que estol preso devoras 
con centinela de vista e Incomunicado ; pero conservo el res- 
peto i consideración de todos. Desde mi encierro, aflad¡a,con 
su antiguo celo de patriota, no dejo de prestar algún servi- 
cio a lá causa ; escribo a los amigos pidiendo faciliten recursos , 
que tengan paciencia, se desentiendan do todo, i qué no in- 
tenten nada que tienda a otro objeto que no sea el*dé destruir 
al enemigo» (1). 

Carrera, en efecto, recibía diariamente !as ofertas jenero- 
sas de sus amigos para intentar el restablecerlo do nuevo 
en el poder; pero a todos aquellos empeAos, nacidos de un 
jeneroso i juvenil ardor, el noble preso contestó con las pa- 
labras de sensatez i patriotismo que acabamos de consignar. 

XXII. 



. Hunizaga, entretanto, menos avezado al dolor i mas hon- 
damente herido por una óaida que convertía para él en cár- 
cel el pueblo de su nacimiento i de su gloria, se sentía como 
despojado de sus mas justos timbres 1 aun de su dignidad de 
hombre, por un usurpador estrafio, i dejaba venir a sus la- 

(1) Carta de Carrera a su esposa, fecha de 12 de diciembre de 
1851, que existe orijioal en nuestro poder. 

16 



122 HISTORIA DE LOS D1E2 AÑOS 

blos el acíbar de sii despecho i de sus quejas. En un papel 
oríjínal de s» mano, que tenemos a la vista, baí estas palabras, 
que parecen un grito del ainMi que se rompe al comunicar 
sus emociones de dolor al alma de otro amigo. «Entrelanto, 
deciá, suplico a ü. que suspenda su juicio acerca de lo 
que dicen demi^ de Carrera i de los demás amigos. Yo, la- 
dran/Carrera, ladrón! Esté era lo último que nos faltaba 
que sufrir! (1^ 

Pobre Muuizaga!. Se engafiaba todavía hondamente porque 
no era aquello, crió último que le faltaba que sufrir» ! La exis- 
tencia revolacíonaria de aquel hombre, tan puro en su pa- 
IriotismOy pero tan sin ventura en su estrella, fué, en verdad, 
como el compendio de todos los horrores i de todas las tris- 
tezas de laínsarreecíoade su suelo. 



(1) Carta ya citada de &f anizaga a don Pedro T6\i% Vicuña de 
fecha 14 de diciembre de 1851 « 






CAPITULO VI. 



EiBisuMS I mirroiiEUs. 

Fatal inacción en la plaza después de |os e()iiibat]es de noviem^ 
bre. — Carácter. aleve e individual que asumió el sitio. — Muerte 
del oBcíal Lazo i de don Paulino Larragulbel.-^EscursIdnes 
que emprende Gallegnillos para abastecer la plaza. — Sus cara^ 
bineros no dan cuartel a los cuyanos. — £1 negro JeraldQ.^ 
Estraiías peculiaridades del asedio. — Entrada triunfal del im-* 
postor don José Anjel Quintín Quintero de los Pintos, último 
intendente revolucionario déla Serena.— ^Influjo Hela prensa 
sobre la guarnición. — 'Boletines*— El feriodiquito de la plaza.-— 
Ardides de los soldados para esparcir estas publicaciones fuera 
de la plaza.— -Conmodon jeneral de la campaña i particular- 
mente de los minerales.—- Alzamiento de los mineros de Ta- 
maya i asalto sangriento que -dan a la villa de Ovalle.— La 
montonera del negro Rafael Chachinga.— Juan Muñoz i el ma- 
yor Lagos organizan una montonera en Quebrada-honda que es 
desecha por los lanceros de Neirot. — Ataque del 17 de diciem- 
bre sobre el campamento de los cuyanos en los hornos de Lam- 
bert. — Razones por que el gobernador no atacaba seriamente 
al enemigo.— Amargas confesiones de los jefes sitiadores. 

I. 



Al concluir el capitulo qoo precede al anterior, dijimos que 
el sitio de la Serena quedaba ya terminado de una manera 



124 H1ST0RU DE LOS DIEZ AÑOS 

oficial, puos asi lo anunciaba el coronel Vidaurre al gobier- 
no de la capital por su despacho de 29 de noviembre i por 
el emisario secreto que aquel dia hizo partir para Santiago. 

¿Cómo sucedía enlóuces que aquel enemigo, reducido ya a 
las últimas estremidades por los asaltos de fines de noviembre, 
no fué obligado a levantar el campo, aprovechando la pro- 
pia confianza de \o$ sHiadores i la oscuridad de la medía no- 
che para tomar los buques en el puerto I venir a contar 
a los sefiores que despotizaban a la capital i Valparaíso, la 
manera como protestaban contra ese despotismo los pueblos 
apartados pero unidos i heroicos? El contenido del capitulo 
que antecede habrá dado la razón de esta anomalía de la 
guerra, que presenta un pueblo apático e inerte después do 
tantas victorias obtenidas a fuerza de denuedo. 

1 cuan triste era que asi hubiese sucedido! Cuanta i cuan 
pura cosecha de gloria no hubieran segado los brazos de aque- 
llos valerosos ciudadanos, si saliendo por sus trincheras en 
la mitad del dia, como ya lo hicieron en un glorioso ensayo, 
i tocando sus clarines, al paso de carga, hubieran caido so- 
bre los puestos enemigos con las bayonetas tendidas ade- 
lante del pecho, i derribándolo todo a su paso, como la lava 
que hubiera vomitado desde el recinto de las trincheras un 
cráter comprimido; i adelantando siempre i quitando al in- 
vasor sus reductos, sus banderas, sus cafiones 1 esparciéndose 
por el campo, hubiesen sujetado al fin la brida a los bárbaros de 
allende los Andes, que habían venido a poner a saco sus ho- 
gares, i obligádolos a construir por sus propias manos un 
templo de espiacioni de gloria con los fragmentos despedaza- 
dos de los baluartes de la plaza i los escombros de sus ruinas! 

Pero un ingrato destino, lo repetimos, no quiso que fuera 
de esta suerte, sino que aquellos diasque debieran sellar la 
empresa que tanta sangre i tanto heroísmo costara , se em- 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 125 

picasen^ como hemos visto, en querellas necias i bastardas, 
espinas i abrojos que iban & entrelazarse con los lauros con- 
quistados; manchas opacas que debían oscurecer el brillo pu- 
ro de la aureola de clara luz que sus hijos habían cefiído en 
la frente Juvenil de la Serena, aquella lánguida deidad del 
norte que se cierne entre los senos de esmeralda de sus colinas 
i la onda azulada de su mai;, que su río besa en la arena 
con cristalino i plácido murmullo! 



II. 



El mes de noviembre babia sido pues la era de los comba- 
les sin tregua, de los asaltos nocturnos^ de la acometida he- 
roica i porQada de los de afuera, de la resistencia mas heroica 
i roas implacable de los de adentro. 

El mes de diciembre, cuyoúliímo día sería también el pos- 
trero de aquella epopeya troyana, iba a pasarse lánguidamente 
en escaramuzas de puestos avanzados, en ataques lejanos e 
imprevistos de guerríllas^ en acechanzas pérfidas i aleves de 
una linea a la otra linea, sin que asomara por el pálido ho- 
rizonte de aquella lucha ingloriosa sino un tardío lampo de 
luz, a cuyo resplandor se veía caer examine el cadáver de 
un valiente 

Fué esta segunda parle del sitio de la Serena como un vas- 
to campo de desafio en que los mas valerosos salían por los 
senderos a recibir o dar la muerte, retándose como hombres 
mas que como soldados. Los jefes de la plaza no sacaban las 
filas al frente, porque cslaban ocupados en sus diverjencias 
domésticas ; pero los soldados se dispersaban a su aniojo por 
toda la linca o salían al campo para pelear individualmente 
con sus contraríos. £1 ruido del cañen había cesado casi 



126 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

completamebte i se oia solo de tarde en tarde, ínlerrumpíeado 
el monótooio síleDcio de aquellos dias abrasadores del verano, 
el sordo siivido de las balas de fusil que cruzaban de una 
torre á una trinchera, que reventaban detras del alero de un 
tejado, o parecían salir del centro de la tierra, disparadas 
desde alguna grieta abierta en las murallas. «Los enemigos, 
dice el Boletia de la plaza del 19 de diciembre, no pudien- 
do estrecharse con los sitiados en un combate serio i noble, 
porque no hai en ellos cabeza ni corazón, han cambiado el 
papel de guerreros por el de asesinos. Cada vez que sacriRean 
una victima del pueblo celebran este triunfo atroz con un 
repique que sirve de aviso a los jefes invasores, que a su vez 
lo celebran también con su cortejo infernal. Las órdenes da- 
das a los verdugos de las torres que ocupan son de muerte 
para todas las personas que andan por las calles, cualquiera 
que sea su sexo u edad, ün niño de dos años ha sido sacri- 
ficado por los bárbaros ejecutores de los jefes de la invasión» . 
«Sale uno de su cuarto, (anadia otro do aquellos rejislros de 
la mortalidad do la plaza, describiendo minuciosamente 
aquella triste guerra de contrabandistas mas bien que de 
patriotas i de veteranos) í por su cabeza atraviesa una bala. 
Un niño juega i se entretiene inocentemente, i un sonido es- 
trafio le alarma i le espanta. Otro está durmiendo i recuerda 
al sonido agudo de una bala. Otro está comiendo, i cerca de 
la mesa cae una bala. En el templo caen balas i se inte- 
rrumpe la oración del católico que ruega a Dios contra los 
bárbaros i por la vida del pueblo.» 

III. 

Tan familiar so había hecho ya el heroísmo dentro de las 



DE LA ADMINISTRACIÓN HONTT. 127 

trincberas que se vivía en una especie de domeslicíiJad con 
las balas i con la muerte. Cuando un fogonazo de fusil anun- 
ciaba una do aquellas visitas intrusas, se las dejaba venir, i 
. cuando se había estrellado contra algún mueble, cada uno 
so sacudía la ropa, i luego se miraban lodos riéndose do la 
«escapada». Otro tanto sucedía en las trincheras. Guando 
las baterías enemigas bostezaban sus tardíos disparos, los 
centinelas apostados en nuestTos reductos, que veían aplicar 
el lanza-'fuego, gritaban, canon!, que era laspfial convenida. 
£n(ónces, toda la tropa se echaba al suelo i la bala pasaba 
conlostando con su particular zumbido la zumba con que la 
saludaban al pasar. 



IV; 



Dos desgracias deplorables ocasionaron, sin embargo, aque- 
llos lances que se habían hecho casi risibles. Fué el uno la 
muerte de un gallardo mozo de 22 años, el capitán Lazo, 
aquel oficial que había venidacon Bilbao i Salazar desde Co- 
píapó i que, prisionero en Petorca, se escapó de ia Ligua con 
Pozo i Chavot para continuar sus servicios en el sitio. Eslaba. 
al mando de una posición avanzada que se denominaba el Cas- 
tillo de Celís, i como un día observara que se hacían oir cerca 
de las murallas golpes subterráneos, que parecían ser la 
escavacion de una mina para volar el puesto, llamó a algunos 
oÜGÍatcs a fin de que pusieran atención a aquel ruido estraúo. 
En lo alto de la pared había, sin embargo, una abertura a la 
que podía alcanzarse con el auxilio de una silleta para observar 
lo que pasaba afuera. Varios oficiales se encaramaron so- 
bre olla i observaron ; pero, estando mui vecina la torre de San 
Fraocisco, descubriéronlos los soldados de aquella avanzada 



1218 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

mortífera, i comenzaron a descargar sas rjisHcs, haciendo las 
punterías a la abertura por donde aquellos asomaban sus ca- 
bezas. Apesar de este peligro i de las amonestaciones de sas 
compañeros, el bizarro e imprudente mancebo se obstinó en 
subir, pero apenas se babia empinado sobre la silla que lo 
sostenia, cuando cayó de espaldas al suelo hecho un cadáver. 
La bala homicida de los fusileros de San Francisco le habia 
pasado de parte a parte la garganta. 

La pérdida innecesaria i dolorosa de aquel joven, que se 
babia hecho amar de lodos por su modestia, su urbanidad 
I su valor, lloráronla sus companeros de armas como la pri- 
mera vida de un amigo i de un hermano que era inmolada 
en el ara de la patria, pues Lazo fué el único ofícial que pe- 
reció en el sitio. Sus restos 90 honraron con el tributo de las 
lágrimas del valiente, esta única i santa ovación de les que 
mueren en el campo. Depositados aquellos en un tosco ataúd, 
fueron conducidos al templo de Santo Domiogo, donde-el prior 
Robles, maestro en los primeros años del joven inmolado, les 
dio sepultura. Cuatro de los mas valientes camaradas de la 
victima, los comandantes de trinchera Carmena, Barrios, Za- 
mudio i el capitán Cbavot, cargaron en sus hombros el féretro 
i cubrieron la fosa con la tierra de aquel recinto que el difun- 
to soldaao les habia ayudado a defender. 



El otro lance aciago de aquellos dias fué la muerte del in- 
trépido ciudadano don Paulino Larraguibei. Era este hombro 
un antiguo vecino del pueblo, i vivia paciricamenle adminis- 
trando un pequeño despacho, sostenido por el faVor de la 
familia Zorrilla, a la que profesaba una culrañablc adhesión. 



BE LA ADMII9ISTRAC10N MOliTT. 129 

Coaodo Contempló los estragos (lol bombardeo en su ciudad 
naUl i vio qae la casa de sus favorecedores* (situada fuera 
de trincheras,) corría el peligro de ser asaltada, se propusQ 
servirle de custodio i defender él solo aquel umbral querido. 
Pidió un ftislli municiones, que ¿1 \aciaba a granel en ios 
bolsillos de sa ropa, llevando en un calabasiio la, pólvora fim{ 
que le servia para ceba ; i acodipafiado de un choca favRrUoi 
que le servia como de perdiguero, salia do conUnupa cazan 
enemigos i domo él decia. ' . » 

Por una de esas eoiticfdencias raras de la guerra, apesar 
deque se le hacia una viva persecucipn desde las avanzadas 
enemigas, pues todas sus correrías las hacia don Paplino fuera 
de trincheras, ninguna bala le habia berido, aunque su manta 
verde aforrada en halletilla roja, recibiera de Ucmpo en tiem- 
po alguna sorda perfóracton. .. • r r) 

A sa jcnió pariicülbr i a aquella constante jcaaualídad .$e 
debió ((w este hombre adquiriera uda^^especie de manta por 
creerse invulnerable, superstición que él fqndaba 6n el prot 
pósito constante que hacia dé no quitar su vista al enediígtf 
mientras se batiese a su frente^ i tan ciegamente creía esto, 
que un dia en que fué herido en una mano, sostuvo que ha- 
bla debido aquel contratiempo a un olvido de su infalible re- 
gla de combate. Babia ladrado su perro en el momento que 
él estaba peleando cou una» )kvaDzadaj'mfdio a m^dl^iclf la 
calle ; miró al animal i en el acta i^ísbh) labala id^l ^nejmsd 
le hUió, In qué, según ét, ^ra nta >;$fd9deraalevQsi<i4 / i ; ' 

A veces, este hombre ^ingulan en «el que se había eR9aff>aT 
do el desprecio por la vida qon^o un verdadpriq fanatis^Ri 
daba vuelta el reverso de su popch^^iepjónjDes» en lugar, ujia 
ser el hombro de la manta perde, en él |)on>bre, na méjm 
temido, de la manta lacre, i seíasagura que ujoO'de ios.jqfe$ 
de los sitiadores oireciq uq; pr^mlP dq s€|s oqzm s^l^qu^ Í4 

17 



430 EISTORU DB LOS DIEZ AÜOS • 

llevara a «ada «nóde agnelios dos niisieríosos liradoraát 
Un dia, sin embargo, cuando don Pa^iiBO estaba áeasoaas 
pacifico, ocupado de acomodar un cuero fresco (materíiilquid 
abundaba mucho en la plaza, pues se' bábíaebtableddo cono 
una especie de matadero público eñ el olaráslro 4e Santo 
Dominico) en un camino cubierto one daba acoeso desde atfen^ 
tro dé )a plaza a la casa de los sofiones Zorrilla; Io8^soldados 
de San Francisco, que seguían con la ^sti las ondvlaoiones del 
cuero, comprendieron que alguien lo movía desde abajo. Apuir- 
tóuno su fosii, i la bala, alraívesandolápiel» vino adetenek^se 
en el cdrazon del infortunado don Pduiino/qué espiró en d 
filsffllnte. Su creencia se babia cumplido. Hábia muerto cvaiH 
do no tenia sus ojos fijos en' el enemigo í 

Aquel hombre rttro no alcanzó honores como Lstto, para 
quien la tumba era solo la bospitafidad, porque él no babia 
fiacfdo en aquel suelo. Has, Larraguibel tiene en H memoria de 
Ms eompatrlotas un epitafio modesto i que durará tanto cotno 
el esculpido en pomposo mrármol, porque su recuerdo se ha 
beólio una leyenda de las tradicclones heroioas del pueblo» 



VI, 



leerlo demás, nada dfstraift él tedio de aquella inacción 
Incompretrsible después qtie lo^ soldados fié habían hecho aa 
hábito d (dormir sin soUár las armas de las manosv Soto hé 
correrlas del infatigable G&llegulllos, que desde el primer 
ataque de la Portada del 8 de noviembre, en que babia per-* 
dido dos veces su montura, parecía que se hubiera propuesto 
cansar todos los caballos que existían en la plaza (tan grande 
era sa celo voluntario en el servicio), daban algún pábuloi 
d ardor ocioso I al mal homor imperiinefile de aquellos bra« 



m LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 131 

TOS. Al rayar el alba de cada día, ya Gallegatllos' salía por 
)a puerta del claustro de Santo Domingo con sus carabineros 
formados en columna, abría el portalón de la trinchera veci^ 
na sobre la barranca, descendía a la Calle-'nHeva, que parte 
la \egu por el centro, 1 se echaba en busca, ya de víveres 
para el sustento de la plaza, ya de aventuras para el susten^- 
to de su alma, pues en el pecho de aquél jéven soldado, esa 
cavidad que se llama la áed de la gloria, no se saciaba nunca* 

Sus correrías eran tan inciertas como las ocasiones eran 
varias. Ta, se ponía a perseguir las avanzadas cuyanas que 
guardaban la playa I los pasos del río, pues estas eran el pasto 
íavoríto de los sables i tercerolas de sus carabineros, que no 
daban cuartel cuando oian al prisionero la. frase acentuada 
i peculiar de Sai rendido [ que acusaba su nacionalidad (1). 
Ta, se diríjía por los campos de Pefluelas i aun a las bacien-^ 
das vecinas al puerto a traer arrias de ganado que el enemigo 
guardaba para su consumo : Ya, en fin, pasaba al opuesto 
lado, i cruzando el rio hasta la hacienda de la Gompaflia, 
iba varías vecq^ valiéndose de una audacia i maüa infinitas» 
a traer cargas de pólvora de mina i barras de cobre para 
fundir balas en la plaza, Galleguillos era como el parque vo- 
lante de la Serena : mas todavía, era su inagotable almacén 
de víveres i sobre todo esto, era el espanto i el respeto del 
enemigo i era a la vez la prímera espada entre los defenso- 
res de la ciudad. 

Guando, por acaso, no montaba a caballo con alguna partida, 
salia con algunos carabineros a pié por la quebrada de San 

(1) Galleguillos, una de coyas mas bellas virtudes de guerra 
era la humanidad, estorbaba siempre estas crueldades. De esta 
suerte, salvó al oGcíal Lindor Qüiroga, a quien hizo prisionero eti 
una de estas escursiones, en el momento que un soldado llamado 
Brito, hombre brutal pero valiente, iba a partirlo de un sablazos 



132 HISTORIA DE LOS DIEZ AÜOS 

Francisco para ahuyeolar las avanzadas enemigas a guiza 
del cazador de fieras, que se da el solaz de espantar ias aves 
del monte, en qae aquellas habitan. 

En una de estas ocasiones» sorprendió una partida de cvya- 
nos que se habían apeado en una chingana, i se dtvertian ale* 
gromente en sus vihuelas, mueble indispensable de aquellos 
gauchos nómades i que llevaban a la espalda junio con la 
tercerola, como llevan la muerte i la orjia dentro de su pe^ 
cho. GaJIeguiilos Wegé, sin ser sentido, hasta la puerla, í como 
ie pareciera villano malar por su mano aquellos gauchos beo- 
dos, dijo a un valiente liegro llamado Jcraldo, que entrara, 
sableen mano, a apaciguar aquel alegre tumulto. Hizolo, en el 
acto, el africano, i dando fajos i reveces, trajo luego al suelo 
tres de los cantores, batiendo de su orjia )o que se llama una 
verdadera merienda de negros, como ánles de su entrada era 
aquella fiesta un legítimo pago de cuyanos. 

Los oficiales de caballería Baeza i Labra acompafiábail 
constantemente a Galleguitlos en todas sus empresas, dis- 
tínguiéuddse particularmente el último, que parecía haber 
heredado de su tio, el bravo coronel Salcedo, muerto en Pe^ 
torca, junto con la sangre i el nombre, los bríos del es^ 
píritu. 

VIL 



Las ocurrencias de otro jénero en aquellos días eran esca- 
sas pero peculiares. Ya eran los mineros que querían abrir 
un socabon desde la plaza basta el mismo Lazareto, para 
hacer volar de un golpe el cuartel jeneral del enemigo coa 
sus caflooes, soldados i jenerales, obra que ellos solicilabaa 
de buSna Té el emprender, pidiendo solo que se les fijase uq 



DK LA ADVmiSTRAGION MONTT. 133 

plazo de dias para concluirla ; ya eraú los siUadores, qae 
imilando a los mineros en el absurdo, instalaban a principio 
de diciembre las mesas calificadoras^ on el Lazareto, para 
espedir a los. ciudadanos del departamento de la Serena sus 
boletas de sufrajio délas elecciones de diputados que tendrían 
lugar el próximo marzo; ya eran sitiadores i sitiados ios 
que se ponian a repicar como unos desaforados, a áltimos 
de' noviembre, celebrando a la par la noticia del combate 
de las caballerías de los ejércitos del sud que faabia tenido 
logaren el Monte de Urra el 19 de aquel mes i cuya victo- 
ría redamaban unos! otros ; i ya era, en fin, el capitán Car- 
mona, único que parecía tener razón en el laberinto de 
aquellas contradicciones^o^alménos, el que tuvo, sino mejo^ 
acierto, mejor puntería, porque fastidiado de los asesHiatos 
que bacian desde la torre de San Francisco, pidió al prior 
Robles su previa absolución, que le fué acordada, apuntó 
sucaQon al templo profanado, i con la véoia del buen padre, 
disparó un balazo tan certero, que tronchando la viga de la 
enorme campana del esquilón, la trajo a tierra, arrastran- 
do coa estrépito las vigas, piso, escalera i soldados. Desdo 
aquel dia» no volvieron a repetirse los tiros bomicida»^ de 
la torre. 

vin. 

Por este liempo, aconteció también en la plaza un suceso 
eslrafio i peregrino, cuyas consecuencias, como se verá mas 
adelante, sirvieron a la conclusión del sitio a la mapera de 
esdis pe lipiezas de farsa irisa que se representan después 
de ios grandes dramas. Tal fué la llegada i entrada triunfal 
en la plaza en la noche del 12 do diciembre del famoso ím- 



134 HiSTOItiÁ BS LOS Diez AftOS 

postor don José Aojel Qníolin Qointeros do ios Pfnios, e) úl- 
timo iatenderite revolaciooarío de la Serena, personaje cn- 
ripsisimo i semlfabuloso, del qve hablaremos después con 
deteneíon. Esie iodividno, encontrándose aburrido en una 
hacienda del valle de Qulilota, donde vivía refojrado al lado 
de no pariente que servia en el fundo de mayordomo, tomó 
un úli un boen caballo, le pidió a su primo unas cnanlá^ 
pesetas» i sin mas arreos, se fué a la Serena a4 ruido de su 
famoso «ilio, como otro tal caballero de )a Triste figura, ham^ 
bríento de pan i de aventuras. 

. M Gomo se contemplara tan mal aviado para dar nh petardo 
<ln ia|)laza, puso a parlo su caletre, i sjb le .viao en mientes 
la peregrina idea' de finjirse emisario del jenerat €ruz (de 
jquien se decía ademas yerno i teniente coronel de sus ejér*^ 
€itos}, de cava parte vem^a trayendo nuevas gloriosas, tns- 
tmeciones importantes, recompensas a los coguimban'os etc. 
etc., todo lo (fue aminció pornn papel que introdujo en la 
plaza^cuye contenido los jefes sitiados creyeron injéauamen- 
te. En consecuencia, se mandó repicar las campanas en scfial 
de regocijo, cosa que ordenaban por cualquier frusleria para 
hacer burla al enemigo que no tardaba en pagar con la mis-* 
roa moneda, formápdose una algarabía de toques i repiques 
estrambólicos que habrían horripilado a los motilones i sa- 
crislanes, acostumbrados a sus cadenciosas tocatas. 

lUas, cuando en la noche, el famoso tebíente coronel fué 
conducido, rodeado de una guardia de honor, a la presencia 
det gobernador, se echó de ver por su catadura que era 
solo un tunante de feliz inventiva, i se le dejó en la calle 
para que se aviniera a vivir como Diosle ayudara.... I tanto, 
en efecto, le ayudó la Providencia o el Diablo, que de simple 
teniente coronel que era cuando entró a la plaza, le veremos, 
al salir de ella, hecho lodo un jeueral i Dictador supremo.,.. 



n U AMItnSTRACION Hoim. 4S6 

IX. 

La prensa contribuía tamhieta por su parte a laaimar eon 
m calor i su^ matíces el cuadro apagado i monótono que por 
aquel tiempo presentaba ia inacción de las trincheras. A las 
ardiaalés proclamas i boletines con que Alvarez hacia irradiar 
en sus momentos lucidos elíuego de su ^piriUi en el corazón 
de los soldados, muchos Áe chuyos fragmentos bemos entre- 
mezclado en la presente narración., ej chistoso Juan Antonio 
Cordovez« que babia salido de la prisión queje impuso Artea- 
ga, después de una semana de sumario^ les hablaba aquel 
lenguaje brusco de cuartel que el soldado comprende mejor 
que las ciloasj»^ que dicen Jos pai^aaos en sus escritos o 
discursos. 

Oeade el l.^' de diciembre^ comenzó a circula{* cin las t^rin- 
choras la hoja suelta con que el viejo impresor de la Serena 
se proponía divertir el ocio de la guarnición. Era una cuar- 
tilla de papel, mpresa por sus cuatro costados, que tenia el 
siguiente titulo en su carátula. — Elperiodiquilo de lapláza^ 
i a ambos lados estos dos lemas peculiares. — JEsíe pigmeo de 
la prensa no tiene dia fijo— i-^E I pueblo no se rinde al ítVa- 
no! Sus columnas eran como su nombre i .como su divisa; 
ya artitulos sueltos con tendencia a serios que esplicaban al 
pueblo sus derecbos, ya diálogos risibles entro el coronel 
español Garrido i los prisioneros insurgentes de la plaza; yá 
eran las rudas pero patrióticas conversaciones que se habian 
Oido a dos sárjenlos déla guarnición en las trincheras; o ya 
Tersos i décimas toscas oomo las manos ennegrecidas por la 
pólvora que las componían» pero que tenían un esquisito sa- 
bor para los rudos paladares que iban a saborearlas, pues 



.180 . < HI&TOEU DE LOS DIEZ AKOS 

es una verdad que naestra jen le del pueblo masca mas Uen 
que canta la poesía. 

Muchas de estas composiciones grotezcas tenían un espi- 
rilu maligno do sátira que no era dificil destilar, compri- 
/ miendo la corteza de aquellas ásperas estrofas para arran- 
carle su esencia. Así^ en una especie de lista que se pasaba 
a lodos los enemigos de ia plaza, se apostrofaba al mayor 
Fierro^ al intendente Campos Guzmaa j al rector del insÜIulo 
Cortes en la siguiente décima, coja de un pié. 

«Piedra por piedra derriben, 
Con ese gancho de fierro 
I de victimas un cerro 
Se tomarán sí es que vienen. 
Tanto mas hoi que reciben 
Al Lazarino intendentej 
De Fálcalo sustituto, 
Que junta en el Instituto 
Lo Cortés a lo valiente». 

Oirás veces^ el periódico de las trincheras tomaba un jiro mas 
elevado i dirijia a los sitiadores el lenguaje de la amistad i 
aun de la seducción. aPrielo i Las Casas (<1ecia una de estas 
invitaciones, aludiendo al cuerpo de Cazadores a caballo, cuya 
conducta prescíndente durante el sitio rpvclaba sus simpatías 
por la causa del pueblo i la sospecha de los jefes sitiadores), 
venid a enrolarosen las filas de la fiepübiical Contribuid cpo 
vuestro valor acreditado al triunfo de la libertad protejido 
por la providencia . No seáis ingratos con vuestra patria i 
con vuestro impertérrito jeneral Cruz, a cuyo mando habéis 
recomendado, vuesiro heroísmo desencadenando lasRepúbli^ 
cas del Perú i liolívia». 



DE tA ADtfirflSTRAClOK BIQKTT. 137 



Los solidados se divertían en enviar desde las trincheras 
aqudtos mensajes de simpatía i los retos de mofa u odio qne 
sus caudillos hacían a los de afuera. Aveces, arrojaban pu- 
jados de aquellos papeles desde la (arre de Sanio Domingo! 
ios veian esparcirse^ arrastrados por la brisa^ en el campo 
enemigo, donde había la pena de cien palos para el que re- 
cojiera del suelo aqueilas.faojas subversivas del orden jMlico 
i de Im. autoridades constituidas, qxie es la frase sacramental 
de todos nuestros despotismos, grandes o pequeños. Otras ve- 
ces encumbraban volantines^ atravesando en los maderos los 
bololines revolucionarios i cortaban el hilo cuando calculaban 
que el aereo emisario caería en los tejados o palios del 
Lazareto. 

Un día recurrieron a otra eslratajemá mas injeniesa i opor<> 
luna. Vistieron un mufieco con traje do diplomálico^ llenando 
los bolsillos de su roído levita con paquetes de proclamas, 
trajeron luego un borrico que pacía en la vega, i amarraron 
el «embajador» en su lomo. Abrieron luego el portalón de la 
trinchera de Zamaüío i lo despacharon, a la media claridad 
de las oraciones, por la calle derecha que conducía a un re- 
ducto de los sitiadores, llevando una bandera blanca en la 
roano. Cuando el centinela advirtió el bulto, gritó el enemigo! 
i disparó su fusil sobre el infeliz pollino, que vino a medir el 
suelo con su carga. Mas, cuando se descubrió el chasco, solo 
se escuchaban las risotadas con que los autores de la farsa 
celebraban la agudeza en ambas trincheras. 

Estas mismas burlas la repelían con frecuencia en la trin- 
chera de Zamudio, donde uno de los ingleses que babiá sido 

18 



f 38 * aiSTORU DB LOS Din AÜOS 

kecbo prisionero en e\ Alto de Campos^ i que senda ahora 
de cabo de e^fioo, tenia an isjeoio particuiar para disfrazar 
muñecos. Babia construido, jcomo muestra de sa destreza, un 
maneqni vestido de soldado, cuyos movimientos manejaba por 
medio dé cnerdas. Apenas bajaba la luz del dia, io colocaba 
de guardia en el par^ipelo de la trinchera con su fusil al 
hombre; i luego, les soldados enemigos bacian llover sobre 
él impávido centinela una granizada de batas, de las que él 
pyrecia burlarse con los grotescos movimientos de sus pier- 
nas i :t>razo6. C¡oaiido. descubrían «1 artiGcío en una trinchera, 
lo nevaban a otro punte i repetían con gran algazara de los 
feoidadoaaquel sdinete^ lan.ai sabor del mjlitar ohUane* 



Xt 



Pero, mientras los defensores de la Serena entretenian el 
ocio a que.las pañenes de sus caudillos i la indecisión de su 
gtobemklpr lesi sometía^ en aquellos pasatiempos, propios 
masDiea ¡del aula iqfaf til que de una fortaleza, tenían lugar 
en teicampafla moürimientos atrevidos de montoneras i de 
levan taQieatos parcialest como si el espíritu guerrero ahu- 
yentado, a su. pesar, de la plaza, hubiese invadido las co* 
marcas vecinas i cundido por ios valles basta la altura de 
enoumbradas monlaaas* 

' Les . riAineros de llid populosas i ricas faenas de Tamay a 
fueiron, a sa modo, los primeros montoneros que se alzaron 
o mas bien descendieron en rebelión sobra los valles, por los 
escarpados senderos de su montana. 

Habíanse refujiado en aquellas cerranias algunos de los de-* 
rrolados de Petorca, qoe no llegaron en tiempo para ence- 
rrarse en la Serena* Sobresalía entre estos un tal Francisco 



DÉ LA ADMlNtSTRAGldll MONTT. 1 ^ 

Senááte, hombre resuello i efitendido que tenia por asociados 
dos aotlgoos soldados llamados ei uno Viliagral el otroFran^ 
CISCO Cortés. Con ta ayuda de éstos, no tardó en persuadir a los 
mineros de lasTaenas inmediaias de que era fácil dar un golpe 
de mano sobre la villa de Ovalle (a la que la jeote délas m¡^ 
ñas profesa una brusca i antigua antipatia}, de éúyas tiendas 
i despachos sacarían un apetitoso lK)tin para drálraer sus so- 
ledades de4 monte V Ténián adetnas que castigar iá át*r6gáncia 
de i|os partidarios del <]fo¿t>f no, palabra que para los mineffts 
es conio si dijeran una cuadrilla de subdelegados de* cepo o 
de celadores raleros. 

Convenidos mas de 300 conjurados eü él malón nocturno 
que iban a ejecutar sobre la villa, comenzaron a bajar del 
cerrb a la^ oraciones del dia 2 de dieiembre eñ gntpbs silen- 
ciososvp^r<^|ii&tores¿os i animados. Los reduestes de las nhou- 
tafiad ofrecían él aspeéto Tanláslico de esas decoraciones de 
leatro que reptesenlan la eniigracioñ de pueblos errantes de 
jitanos, al ti-avés de loi vaRes de los AÍpeis. Llevaban sus 
trajes habituales, a los que la uniformidad dé< sus gorras de 
lana roja i sus anchos atavíos de cuero, dabaií una ú'nfformi^ 
dacT terrible i casi siniestra. Parecía que una rejron de ne^ 
gros fantasmas, vengadores de la República inmolada^ salíáft 
de las cavernas del monte por entre tas pardas rocías de las 
laderas, que eí manto de la noche cubría' ya con sus densos 
pliegues. A las 12 de la noche, la hora de los brujos i de las 
apariciones, los montañeses llegaban a la entrada ddlpuebio. 

Los habitantes de la villa habían tenido aviso en la jornada. 
Sncerrados en la casa del cabildo i parapetándose con sus 
pistolas i escopetas detrás de las ventanas de la sala capi* 
tallar, los aguardaban, mientras que una fuerza de aconca- 
guiaos que goarnecia el departamento, los prolejía con sus 
tercerolas. Aquella resolución era valiente, porque, por et 



140 HISTOUA DB LOS DIEZ aSOS 

núiaero de los asaltaoles (o si estos prendían faego al cabildo), 
eran pendidos. Notábase enlre aquellos salerosos ciudadanos 
a un anciano a cuyo lado estaban seis de sus hijos, todos va- 
rones, todos jóyenes, del apellido de Calderón, que se aproiH 
tabao a combatir al lado de su padre. 

Los mineros no tardaron^en anunciar su presencia con una 
grita d^Qorda^ \ horrible a la que se mesclaban los luga- 
bres i , invernosos jemidos con que ayudan su respiración 
en el .fond^^ de las labores, i los gritos de entusiasmo i de 
guerra con que sp animaban adelante, ün barril de pólvora 
vacio en cuyas dos estremidades hablan clavado dos culeras 
viejos, les serv^ 4^ tambor^ tocándolo con piedras jan qptr 
de los mas alentados. Seguían los combatientes en dos divi- 
siones, uiM que había entrado por el sendero del valle, i otra 
que bajaba de la colina llamada la SiUetai que corona el 
pueblo por el norte« Sus armas eran unos cuantos trabucos 
alojos, que llevaban los jefes, rajas de lefia, i mas que lodo, 
riscos del cprro i piedras del rio, de las que traían sendas 
capachadas. En efecto, aquel ejército singular arriaba a su 
retaguardia uos^ tropa considerable de jumentos en ios que con- 
ducían todo aqufll parque de guerra, i en los que a su vez, 
se propom*an acarrear el botín conquistado. 

A la voz áe a la cárgala los mineros se precipitaron en la 
plaza en dos copfu^os pelotones, arrojando sobre el edificio 
del cabildo tal lluvia de pefiascazos, que parecía que el mis- 
mo cerro de Tamaya se hubiera derrumbado de improviso 
sobre la población. Pero los vecinos i el piquete de aconca- 
guiños, parapetados detrás de las rejas, i tirando sobre mam- 
puesto con sus escopetas, rompieron un mortífero fuego so- 
bre los asaltantes. Las piedras, entretanto, volaban inofen- 
sivas a estrellarse contra ias paredes, pero ninguna bala se 
malograba en la masa compacta de los montoneros, entre 



BE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. Ht 

los que rodaban ya muchos por et suelo, interrumpiendo con 
sus jemidos, los ahullidos de rabia de sus compañeros. Esios 
se obstinaban mas i mas, a medida que Tcian caer a sus 
camaradas^ i de tal suerte, que solo cuando cerca de 
treinta de los suyos estaban Aiera de combate, i juzgaron 
imposible el penetrar en la sala, resolvieron ret¡^arse. Pero 
entonce?, adelantaron con una sangre fría extraordinaria 
sn tropa de borricos, i cargando en sus lomos a todos lod 
heridos, se roarcbdron al mineral con la tnÑntta calma que 
si vinieran de un pagamento. Solo que, decían ellos, en voz 
de las ricas espomillas para sus mozas i de los gustadore» 
aguardiente del valle, llevaban ua cargamento dejemidos I 
de miembros lastimados. 

Ninguno de aquellos hombres hercúleas, cuya piel parece 
acerarle eomo los fierros con que trabajan, murió, síq 
embargo, a consecuencia de sus heridas, que eran, ademas, 
superficiales, por el poco alcance de las escopetas. Solo, al 
amanecer, dieron alcance los Aconeaguínos a una partida 
de 24 mineros queso había quedado repagada en la quebi^da 
déla Alfalfa, i como so resistieron, fué muerto uno que llama- 
ban el Toro, i conducidos los otros prisioneros a la cárcel de 
la villa. . . 

Desdo aquella uocbe, memorable en la tradición del fámdso 
cerro de Tamaya, juraron tos mineros un odio eterno a los 
habitantes de Ovalle, i sellaron su antigua anioio$idad con 
la protesta de que algún día los del valle habida de dar cuenta * 
de los balazos de aquel encuentro a sus altivos sefiores déla 
Sierra. I cuidado que los mineros dd norte saben cumplir 

su palabra! (I). 

I 

(t) Esto escribíamos en I808.' Los Loros ¡ Cerro*grande han 
sido una profecía?— Setiembre do 1801. 



Vf % . »6yORIA IHS LOft DIEZ AÜOt 

XII. 

; Agéoas^^b^bian pasado caatro dias desde aquel encueotro; 
cuando una nueva montonera de jinetes se presentó en las 
^liaras del puebla al amanecer del día 6 de diciembre. Man-* 
dábala en jcCb el escribano receptor de la yilla; Eizo Prado, 
que se titulaba teniente coronel de aqaella división, eom-r 
puesta de mas de íOO hombres, numero estraordinario para 
aqiMi^ despobladas rejiones. 

; Había venido esta guerrilla, adrecentándose, desde el valle 
de Illapel, donde un negro llamado Rafael Gbacbínga, afri- 
eaao valiente i rencoroso^ la babia levantado a mediados de 
noviembre en.laá haciendas vecinas a Illapei, cayo pueble 
babia asaltado eH9 de aquel mes poniendo^ presos a sus prin- 
cipales vecinos i exijiéódoles fuertes rescates. Pasándose cerca 
de Combárbalá, cuya aldea miraron con desden porque ne 
tenia armas ni bolsilloSi se presentaban ahora en frente del 
pueblo, como para pedir venganza del desastre de los mine- 
ros. Mas, apenas había salido a su: encuentro el gobernador 
del pueblo, don Pablo Silva, antiguo soldado que tenia re-, 
ptttaoion de bravo, cuando sb entregaron n la mas completa 
dispersión, dejando algunos caballos en poder del teniente 
Morales que cen su i»quete de carabineros aeoncaguinos 
amagó cargarlos por un flanco. 

XHL 

Ne se condujo ciertamente de esta manera otra montonera 
que a mediados de diciembre se organizó al norte de la Se- 



DE LA iPKipiftmcIOÑ MONTT. Ht 

reoa, en los míoeralos de la Higuera i de Quebrada Honda, 
por los bravos oficiales don Juan Hufloz i Lagos Trujillo. 
Salieron estos jóvenes, espresamente, de la Serena con aquel 
finjlevando algunas armas i municiones. Hufloz, que conocía 
mejor los lugares, donde su familia tenia estensa^ faenifs^df 
minas, se proponía armar los mineros; de la sierras de,¡ las 
costas, asaltar en seguida la villa de Yíouaa, piaisf ipmarabí 
recursos de armas! caballos, acopiar víveres, i éa,s.9£ujda« 
regresar a la plaza, con aquel oportuno aaxUIo. EM9 do 
diciembre cayó, en efecto, sobre el valle de Elqui con ,upa 
partida, tomó el cuartel de la villa, sacó las armas, aporra!^ 
algunos caballos i se replegó sobre Quebrada, floiidat rdesd^ 
cuyo punto debia dirijirse a la Serena. 

Mas, sabedor Vidaurre del asalto de Vicufia, destacó en su 
persecución el escuadrón de lanceros de N6iro^> qúieut ca-^ 
yendo, después de una marcha forzada, de sorpresa, sobre 
su campamento dormido, mató 11 mineros, bizq 34 prisiones 
ros i enti^ estos? oficiales. Él bravo mayor Lagos había 
rebasado rendirse i solo fué desarmado cuando le habiaQ des- 
trozado la cabeza a sablazos, de cuyas heridas se salvó, sin 
embargo. Hufloz logró escapar. Neirot volvió a la plaza coa 
sus cautivos i un botín considerable de dos arrias de muías, 
cargadas de víveres i los treinta fusiles que se habían toman- 
do én Elquf. £1 coronel Yidaurre dio al bani^ido arjenlino, 
en nombre de la patria, las mas espresivas gracias por aquel 
hecho de armas^ en que la sangre de bravos chilenos inde-f 
fensos i sorprendidos, habla corrido por la Janza o el pufial do 
los gauchos (i)j 



(2) Véase el parte que el coronel Vidaurre pasó sobre este su-* 
ceso al Gobierno de la capital en el Mercurio de fslparaifo nánif 
7,302- 



444 HISTORIA DE LOS DIEZ aKoS 



XIV. 



Pero esta catástrofe debía tener nna reparación espléndida i 
análoga en su manera i en sn éxito, i acontecía casi en el mis- 
mo día en qne aquella se consumaba. Ei 47 de diciembre, al 
amanecer, ei comandante Gallegnillos atacaba con sus cara- 
bineros i una fuerza considerable de infantería que mandaba 
en persona el gobernador Arteaga^ el campamento del escua- 
drón de carabineros de Atacama, acantonado^ desde el prin- 
cipio del sitio, eñ el establecimiento dé fundfciones de cobre de 
don Carlos Lambert, eu la marjen selenirional del rio. Una com-^ 
[)leta dispersión de aquel cuerpo tuvo lugar a la aparición de 
la Columna de la plaza, escapando muchos sin armas ni caba-* 
líos i siendo herido en la cabeza, de un siablazo, su mismoí 
comandante Pablo Yidela, a quien un soldado asestó el golpe 
én el momento que saltaba uiia cerca. El valiente Lagos es-> 
laba vengado por la pena del talion } • 

^ XV. 

Aquel fué el últiiho combate qiie se dió por los siüados, 
i parecía solo una tardía condescendencia del gobernador, 
que se oponia tenazmente a todo ataque, fundado en buenas: 
1 atendibles razones militares (pero no revolucionarías}, cua- 
les eran el desenlace que se esperaba por momentos de la 
campaña del sud i la inutilidad de hacer derramar sangre, 
desde que el enemigo se mantenía ep la actitud de una eslric- 
la defensiva. 

Asi es que cada vez que los mas impoluosos de los olkiales^ 



DE LA ADMmiSTRAGION MONTT. US 

de ta plaza fe exijian por el permiso de una salida jeneral, 
el sagaz gobernador sellaba solo promesas para enlrelcner 
aquel ardor, siendo su disculpa mas favorila la de que esta- 
ba ocupado de un proyecto de destrucción completa del ene- 
migo por medio de coetes a la Congreve 1 unas barricadas 
de fierro, especie de trinchera volante, lirada con bueyes, 
tras de las qué, los soldados podian combatir, sin esponerse al 
fuego del enemigo. 

Esta apalia, que tanto se parecía a la impotencia, era solo 
erecto de cierta flojedad de carácter i de la reacción que los 
conflictos de la discordia hablan operado en el ánimo del go- 
bernador i de sus principales consejeros. 

Entre tanto, el coronel Yidaurre, desde los primeros dias 
del mes de diciembre, habia manifestado al gobierno de lá 
capital su impotencia verdadera, con estas palabras de amar- 
ga sinceridad. «Es doloroso, pero al mismo tiempo preciso, 
confosar que con escepcion de ^poquísimas personas de esta 
ciudad i su deparlamento, son mui raras las que prestan la 
mas débil cooperación a favor de la causa pública». 



19 



CAPITULO VII. 



US TMnDOS. 

Súbito cambio de! aspecto del sitio.-— Llegan a la Serena los tra- 
tados de Purapcl i comanicaciones del jeneral Cruz para que 
se entregue la píaza,— Suspicacia del coronel Garrido i carta 
confídencial que escribe a Arteaga. — Uesolucion irrevocable 

. que este toma a la vista de estos documentos. — Se roune el 
Consejo del Pueblo i se pide el envió de una comisión a Valpa- 
raíso para cerciorarse de la autenticidad de los tratados. — 
Noble contestación del coronel Arteaga.— Armisticio que se 
celebra el 25 de diciembre. — Los jefes siüadoros convienen en 
que una comisión vaya al puerto de Coquimbo a instruirse de 
la verdad por los pasajeros del vapor de la carrera. — Llega a 
Ja plaza Ja circular del secretario jeneral del sud, Vicuña, quo 
anuncia la victoria de Longomilla. — Ptegocijo en la plaza. -— 
Despacho del coronel Vidaurre, i altiva respuesta que recibe 
del gobernador por sus recriminaciones. -^Arteaga persiste en su 
resolución de retirarse ¡ solicita la mediación del comandante 
francés Pooget.— Se vé con Vidaurre en la plazuela de San 
Francisco i se retira. — Incredulidad i entusiasmo de la guarni- 
ción,— Ultima resolución del Consejo del Pueblo.— Arteaga 
voeive i demite el mando que acepta jenerosamente Muniza- 
ga.— Despedida del gobernador a la guarnición. — Juicio sobre 
el coronel Arteaga. — Conflictos de Munizaga para ajustar la 
rendición de la plaza. — Honorables instrucciones dadas al ple- 
nipotenciario Zenteno.— Garrido las rechaza i se ajusta una 
capitulación ordinaria.— Munizaga rehusa ratificarla porque 
no se garantiza la amnistía de los ciudadanos.—Se añade una 
fórmula i ios tratados quedan aprobados tn nomine.— La Serena 
no se rinde. 

I. 

Después de las vicisiludcs gloriosas de su asedio, la Serena 
parecía como embriagada en su propia inercia i adormecida 



1 48 HISTORIA DE LOS DIEZ AJÍOS 

por el cansancio de sus espléndidas viciorías. «Glorias, Iríon- 
fos, bazaüas por lodas partes, decía un hijo de aquel suelo, 
al contar el último combale, con cuyo recuerdo cerramos el 
capitulo anterior; cada tiro una muerte, cada golpe con cer- 
tero valor derribaba un enemigo. Gloría eterna a los defen- 
sores de la Serena!» (1). 

La hora de la prueba estaba» empero, al sonar, súbita i 
trcmonda; i el golpe del rayo seria tanto mas asolador, cuanto 
que no caia de un cielo cuajado de nubarrones, sino que cru« 
zaba por un firmamento sereno, iluminado del resplandor de 
las victorias alcanzadas i de la confianza conquistada por el 
heroísmo en el huracán que acababa de disiparse! 



IL 



Una noche (el 23 de diciembre}, cuando ya habían dado las 
once, se presentó en una de las trincheras de la plaza un ofi- 
cial enemigo que se anunciaba como parlamentario portador 
de pliegos. Eran estos, carias confidenciales de Jos jefes si- 
tiadores diríjídas al gobernador de la plaza, en las que venia 
inclusa una correspondencia que aquella misma noche había 
traído de Valparaíso el vapor Cazador, 

El gobernador recibió con sobresalió aquellos despachos 
que le llegaban por la mano del enemigo i que no podíanme- 
nos de contener una nueva fatal. Aquel presentimiento era 
demasfado cierto. El jencral Cruz, después de una horrenda 
batalla, cuyo desenlace no tuvo ni victoria ni derrota, sino 
una inmensa hecatombe de cadáveres, había depuesto las ar- 
mas en Puiapel el 1G de diciembre, celebrando con el jeneral 



(1) Pedro Pablo Cavada.— il/cmoría{ citado. 



BB LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 149 

Búlnes ODa verdadera capUuIacion^ que por corlesia i mutua 
conveniencia, se designó con el nombre de Tratados. Los 
pliegos contenían una copia de este documento. 

Acompafiábanle además una carta privada del parlamenta- 
rio Alemparte, hermano i)olilico de Arleaga, que había ajus- 
tado las proposiciones de la capitulación, en la^que le referia 
la triste verdad de lo que pasaba, i también una nota del je- 
neral Cruz. A través de frases equívocas que disimulaban un 
gran dolor, el noble, pero infortunado caudillo, invitaba al 
pueblo de la Serena, a deponer las armas. «No dudará U. S., 
decía esta lacónica nota en su conclusión, refiriéndose al go- 
bernador, que he comprendido mui bien la misión que los 
pueblos me habían encomendado; pero también verá que si 
me había impuesto la defensa de derechos bien positivos, 
no por esto debía olvidar el precio a que debían comprarse, 
según las distintas circunstancias en que ellos podían colocar 
la contienda. En tal evento, he debido preferir aquel menos 
costoso i que las circunstancias exijian, para arribar a la re* 
gularizacíon que deseaba. En vi^ta de estas razones i de la 
estipulación hecha del mando supremo con que se me in- 
vistió por esa provincia, cuyas fuerzas U. S.manda, espero 
aceptará ese tratado^ que con acuerdo de todos los jefes del 
ejército que se hallaban a mis órdenes, he creído prudente 
convenir» (1), 



m. 



El coronel Garrido^ que entraba ahora en un campo todo 

(1) Comunicación del jeneral don José María de la Cruz a! co- 
ronel Arteaga, fecha de Purapel 16 de diciembre de 1851. Puede 
irerse este documento íntegro en el núm. 25 del Apéndice. 



i 50 HlSTORIJl DE LOS DIEZ AÑOS 

suyo j conocía el efeclo decisivo que aquellas comuDleaciones, 
doblemente fehacientes, del jeneral Cruz a su subordinado 
i de un hermano a su hermano, quiso abrir un camino fácil 
al avenimiento, hablando a los sitiados ei lenguaje de la amis- 
tad, sin emplear aquellas palabras de perdón i de clemencia 
que hablan costado dos meses de combates i de horror. £1 
viejo militar, de quien se decia que habia ganado mas de una 
batalla con el diestro manejo de papeles, sabia cuan prudente 
era dejar una válvula al corazón cuando una emoción violenta 
lo comprime, escape que debe ser tanto mas libre cuanto mas 
frájil es el pecho a que se aplica, o cuanto mas grande es el mal 
a que dá alivio. Sofocando pues aun la significación de su re- 
gocijo, escribió al gobernador una carta confidencial en que 
le decia estas palabras. aBaslantes días hemos estado en entre- 
dicho, apreciado amigo, haciendo uso del mortífero lenguaje 
que por desgracia del pais i con harto sentimiento de nues- 
tros corazones, han pronunciado los cañones i fusiles; i difi- 
cilmente puede haber una ocasión que nos sea mas propicia 
que la presente en que deben cesar las hostilidades, restau- 
rando la paz de que por tanto tiempo ha carecido la Repú- 
blica» (1). 



IV. 



Por su parle, el gobernador tomó su resolución desde el 
primer instante en que se instruyó de lo sucedido. Para él, 
el sitio estaba terminado desde que la campaña del sud, de 
la que la defensa de la Serena era solo un episodio, habia 
también cerrádose. Personalmente, nofiodia tampoco abrigar 

(1) Véase esta carta en el documento núm. 26. 



DE LA ABIIINISTRAGION MONTT« 451 

Id menor duda sobre la aulenlicidad do las piezas que habia 
recibido, porque la caria de su cufiado era irrefragable i ter- 
miBante. La Serena debía pues rendirse, i él no tendría di- 
ficultad en entregarla a un adversario, que si no era mas 
poderoso, había sido mas feliz. 

Mas, como era de su deber someterse, no solo a las lejanas , 
órdenes del jeneral Cruz, jefe superior de las fuerzas revo- 
lucionarias, sino a las resoluciones del pueblo que le había con- 
fiado su defensa, citó al siguiente día (24 de diciembre), a 
reunión estraordinaría ai Consejo del pueblo. 

La opinión del gobernador influyó, como era de esperarse, 
de una manera decisiva ea el consejo ; pero como sus miem- 
bros no tuvieran los mismos motivos personales que el gober- 
nador para dar entero crédito a la autenticidad de los trata- 
dos, suscitaron algunos la cuestión de sus desconfianzas, 
haciendo ver que todo aquello podía ser un lazo do perfidia 
que el enemigo les tendía, acaso al tocar sus últimos con- 
flictos. Se resolvió, en consecuencia, no dar una respuesta 
definitiva a la insinuación de convenio quo hacia el "boronel 
Garrido, el que, por otra parte, no podía ser sino una capi- 
tulación mas o menos desdorosa. 

£n el propósito de ganar tiempo, con el fin do aclarar la 
verdad (i también de imponer con firmeza al enemigo para 
obtener mayores ventajas, en el caso en que la plaza debiera 
rendirse), se contestó al despacho del coronel Garrido hacien- 
do algunas observaciones, puramente de fórmula, a las co- 
municaciones recibidas del sud, tates como la de que no se 
acompafiaba el decreto de amnistía prometido en aquella 
capitulación, ni la circular que el jeneral Búlnes se había 
empeñado a enviar a todas las autoridades para que no se 
persiguiera a los ciudadanos, i por iúltimo, que la copia del 
tratado no estaba suficientemente autorizada, puesto que no 



1 52 HISTORIA DE LOS BIEZ AfiOS 

tenia la firma del jcneral Cruz, en cayo reparo habia mas 
ardid que buena fé, porque el Consejo babla hecho venir a su 
presencia al joven capitán Vicufla para que reconociese si la 
firma que autorizaba el despacho era la misma de su padre 
don Pedro Félix Yicufia, secretario jeneral del ejército del 
sud, lo que el joven prisionero no dejó de confirmar a la 
primera mirada i de una manera inequívoca. 

En esta virtud, el gobernador solicitaba a nombre del pue- 
blo que una comisión de ciudadanos de la Serena partiese 
en el Cazador a su regreso a Valparaíso, con el objeto de 
cerciorarse de la verdad de las circunstancias i ajustar a los 
informes fidedignos que ella enviara, las bases de la rendición 
de la plaza (I). 



El gobernador, por su parte, daba una respuesta noble i 
comedida a las insinuaciones privadas que le hacían los jefes 
sitiadores que eran ahora sus émulos de gloria, pero quo 
hablan sido antes i por largos aAos, sus camaradas i corre- 
lijionaríos. Hé aquí integra la caria que les envió en contes- 
tación, i que honras copiado del borrador quo existe entre 
sus papeles de familia. 

^Señores don Juan YidaurreLeal i don Yictorino Garrido. 

Serena^ diciembre 24 J^ 1851. 

Apreciados amigos: 

tuertamente que nuestro lenguaje ha sido el quo desde 
hace dos meses no convenía al pais ni a nuestros scntímien- 

(1) Véase el documento núm. 27« 



DE LA JU>lilKISTRAC10N MONTT. 453 

tos. Por fortuna, paroce que ya tocamos el lérmlno de las 
desgracias que han aflíjido a la República ; i sí lo que digo 
de oficio retarda la conclusión, concilia todas las dificultades^ 
que podrían orijinar nuevos disturbios. 

Yo espero de la amistad i deseos de serme útiles que V. 
V. so sirven manifestar^ que accederán a lo que pido en 
unión de los habitantes de esta ciudad. llagan a estos cuán- 
tos favores puedan i habrán satiafecho todos los deseos i 
empefiado la gratitud de su seguro servidor Q. B. S. M. 

Justo Artkaga.» 



VI. 



£1 jefe del estado mayor de la división pacificadora estaba 
resuelto a no omitir concesión alguna a los sitiados, con la 
sola condición de que la entrega de la plaza fuera en breve. 
Sabia por una esperiencia cara i reciente cuan formidable so 
hacen los pueblos que defienden sus derechos i su suelo des- 
de los umbrales de su hogar ; i por otra parte, también sabía 
que las garantías ofrecidas a un pueblo que depone las armas, 
quedan como letra muerta, envueltas en los arlícnios de los tra- 
tados, por mas que hayan intervenido solemnes jura:mcntos. 

Accedió, por consiguiente, al trámite solicitado de la comi- 
sión, restrinjíendo, sin embargo, su envío a Valparaíso, porque 
como se esperaba en aquellos mismos días el regreso de aquel 
puerto al de Coquimbo del vapor de la carrera, los comisio- 
nados podían acercarse a los pasajeros ímparciales i tomar 
de ellos los datos que echaban de menos para asentir a la 
veracidad de las noticias. Firmóse con este fin, en la mañana 
del día 23, un armisticio entre el coronel Garrido i el mayor 

de la plaza, comisionado para este efecto, en el que se sus- 

20 



15i HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

peodiaD las hosUlidades basta el 27 inclusive, en cuyo dia, 
la comisión que se nombrase, i para la que se prometían los 
correspondientes sa]?o--conduclos, debía regresar del puerto 
con las noticias positivas de lo que pasaba (f ). 

VIL 

Un incidente inesperado vino a turbar, sin embargo, de im-* 
proviso, la fácil barmonia de aquellos arreglos i a poner de 
nuevo los ánimos en el punto de empefiar otra vez la sangrienta 
lucha interrumpida. Después de Grmado el armisticio, i apro- 
vechando la suspensión de armas que se había acordado, 
vióse, en la tardo del día 2S, un jinete que galopaba en direc- 
ción a las trincheras, ajitando un lienzo blanco en seflal de 
parlamento. Diósele inmediatamente entrada, i conducido a la 
presencia del gobernador, puso en sus manos un despacho 
que el patriota ciudadano don Alonso Toro remitia desde su 
hacienda de San Lorenzo en el departamento de la Ligua. 

Los circunslantes leyeron con avidez aquella comunicación 
que llegaba ahora por un conduelo amigo, i apenas hablan re- 
corrido sus primeras palabras, cuando una esplosion de entu- 
siasmo i de júbilo se hizo oir, como si el alma desbordara 
bácia fuera la ola de amargura i desconsuelo que las últimas 
fatales nuevas hablan ido aglomerando en sus senos. Aquel 
despacho era nada menos que la circular autorizada en que 
el secretario jeneral Yicufia daba parte, al dia siguiente do la 
batalla de Longomilla i desde el mismo campo del combato, 
de la victoria militar obtenida por las armas del jenpral Cruz 
sobre el ejército del gobierno (2). 

(1) Docomento núm. 28. 

(2) Documento núm. 29. 



BE LA ADMimSTRAGION MONTT. 15^ 

Tal nueva era positiva, aunque tardía, pues no era me- 
nos cierta la de los tratados de/Purapel, que se habían ajus- 
tado con una semana de posterioridad. Pero bal casos de la vi- 
da en que los ánimos no admiten otro razonamiento que el de 
la libre inspiración, íntima i ardiente, que se dilata en el pecho, 
ni los espíritus hacen uso de otra lójica que la del bien que 
se anhela. £1 consejo del pueblo, reunido de una manera lu- 
maltuosa, hizo sacar otra vez de su prisión al joven Vicuña, 
a quien se le hacia desempeñar el rol curioso de un nolario 
que daba la fé de que él estaba privado en su calabozo, i co-« 
mo él manifestara esta vez con mas certeza que la firma 
de su padre era auténtica, la sesión declaró que aquella nueva 
era la verdadera i no las pérfidas comunicacionos traídas por 
el Cazador. 

Circulóse, alinslanle, la noticia en las trincheras, cuyos 
soldados se habian mantenido desde el principio en la mas 
impasible incredulidad sobre la derrota que se anunciaba del 
jeneral Cruz, porque las esperanzas de aquellos bravos eran, 
como su heroísmo i sus cañones, rudas poro indestructibles. 
Un aplauso inmenso se hizo oir a tal anuncio ; se tocaban los 
clarines, las cajas de guerra sonaban la diana, las campanas 
repicaban con estrépito, i en medio dé la algazara de tamaña 
alegría, después de las horas sombrías de la víspera, se pa- 
saba de mano en mano el boletín en que se había impreso el 
parte de Vicuña, precedido de estas palabras empapadas en 
una especie de heroico misticismo. 

«¡Viva la República! Viva el vencedor, exelenlísimo señor 
jeneral de división don José María de la Cruz! 

«Guardias nacionales I 

«El padre déla patria, amparado de Dios, ha triunfado 
defendiendo la causa de la libertad. Vpsolros teníais fé en 



456 filSTOBU BE LOS DIEZ AÑOS 

este hecho do armas* Sabíais qae el ilustre jeneral Cruz re- 
presentaba el poder de su patria. 

«La patria llamóle al campo de la gloría : él oyó esla voz 
sagrada i cumplió su deber. 

« Venció, i Chile empieza a levantarse. Será República ! 

«Guardias Nacionales! Bendecid a Dios i a Cruz, el héroe 
déla República» (1 }. 



vin. 

Solo el gobernador de la plaza habia observado con rostro 
Impasible aquel delirante alboroto del pueblo. La carta da 
su cufiado Alemparte ponía para él en claro lo que habia 
sucedido, i ademas, añadía ahora la evidencia de la autenti-* 
cidad de los documentos de fecha posterior, porque estabaa 
escritos en la misma clase de papel i con la letra del mismo 
escribiente, siendo en todo idénticas las firmas del secretario 
estampadas en ambos. Como hombre que ya no volvería airas 
de su primera resolución, solicitó, el siguiente dia, la media- 
ción del comandante del berganlin francés Eníreprenaní, el 
conde Pedro Pouget, que la habia ofrecido de ante mano, a fia 
de que los tratados que debían celebrarse fueran garantidos 
por el honor i la interposición de la Francia ( 2). 

Mas, apesar de esta arraigada convicción persona], el go- 
bernador se empeñaba en cumplir con lealtad los últimos de- 
beres de su autoridad i de su misión, i como aquel mismo 
dia recibiera una áspera nota del coronel Vidaure, en que 

(1) Véase el boletín de la plaza núm. 21, fecha 25 de setiem- 
bre, qae fué el ultimo qae se publicó^ 

(2) Documento núm. 30. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT, 157 

acosaba do apócrifo e insidioso el despacho publicado del 
sccrotario jeneral Yicufia, i le reconveDia ademas por haber 
ocupado con centinelas un puesto neutral, violando el armisti^ 
ció, dióle al inslante una pronta i digna respuesta. «Si U. S. 
tiene por suyo, decia aludiendo al terreno de ia casa de Ed- 
wards (de cuya ocupación reciente se quejaba el jefe enemigo), 
ese punto tan heroicamente disputado i conservado hasta la 
fecha, no hai razón para que no declare también por suyas 
todas las posiciones, trincheras i fortificaciones de la plaza 
i hasta por vencidos los pechos impertérritos de los que las 
han defendido» (1 ). 

Hecho esto en el despacho público, Arteaga solicitó una 
conferencia privada con Yidaurre, sin duda, para acordar so- 
bre la manera en que él debiera retirarse de la plaza. Tuvo 
lugar ésta en la noche del 27 en ia plazuela de San Francis- 
co, sin que se trasluciera, ni su propósito evidente ni su re^ 
sultado. 

Desde aquel momento, el gobernador dio por terminadas 
de hecho sus funciones, i se retiró a una casa privada, de 
la que no debería ya salir sino para despedirse solemnemente 
de sus compañeros de armas i refujiarse a la sombra de un 
pabellón estranjero. 



IX. 



Entre tanto, los defensores de la plaza i particularmente 
los oficíales de las Iríncheras que recibían el reficjo ardienle 
de la ciega credulidad de los soldados en el desenlace feliz 
do la guerra, se mantenían en su resistencia, i terminado 



(1) Documento núm. 31. 



158 HISTORIA DE LOS BTEZ AÑOS 

el armisticio el 27 do diciembre por ia noche, de nada esta- 
ban mas distantes que de arrimar las armas al muro de sus' 
trincheras para abrir tranquilamente el portalón i dar paso 
al enemigo. 

Varias comisiones de simples ciudadanos i oficiales de ia 
guarnición habían ido al puerto, sin embargo, i traido la con- 
firmación de los tratados por los informes de los pasajeros 
del vapor que ancló el 27 en el puerto. Babia llegado, ade- 
mas, a la plaza el joven estudiante don Marcial Martínez, 
hijo del comandante de este nombre, uno de los oficiales mas 
comprometidos de la guarnición, cuya declaración no podía 
por un momento revocarse en duda. 

Pero estos trámites, que decidían ya del todo el ánimo va- 
cilante de los ciudadanos a una capitulación dctinitiva, ¿qué 
le importaban al soldado que no sabia leer ni escribir para 
descifrar i responder despachos, pero que tenia la fé ciega de 
sus sacrificios? Asi fué que, al amanecer del día 28, nunca 
prescnlaron las trincheras una actitud mas resuelta para de- 
fenderse. En cuanto a pensar en tralados, repelían todos, 
era preciso que una comisión fuese a esplicarse con el jeneral 
Cruz, i aun con el mismo gobierno de la capital. 

Furioso entonces el coronel Vídaurre, porque había visto 
correr sin fruto cuatro dias de preliminares ociosos, escribió a 
Ja autoridad de hechoy como sistemáticamente se dirijia al 
gobierno de la Serena, una ñola fulminante en la que intima- 
ba que las hostilidades se renovarían inmediatamente, si a 
las tres de la tarde de aquel día no se presentaban en su 
campamento las bases de la capitulación a que debían so- 
meterse los defensores de la plaza. «Yo debo agregar, por 
mí parte, decía, aquel jefe con altanero desenfado, o mas 
bien, por su medio, decíalo Garrido, su inspirador omnímodo 
(porque el coronel Yidaurre Leal fué solo un hombre militar, 



BE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 1S9 

(los charreteras enorines i relumbrosas, en aquella campa- 
fia), yo debo agregar que jamas consentiré que salga comisión 
algiinade la plaza, porque seria escandaloso que recorriesen 
la nación i la hollasen con su planta los que han encendido 
¡ atizado la guerra, civil en esta provincia, no siendo menos 
escandaloso, anadia, como si escribiese con la espuma de 
bilis que reventara de su pocho, que aspiren a presentarse 
anie la primera autoridad de la República, sin haber borrado 
el sello de rebelión que llevan en su fronte i arrojado el vi-» 
ros revolucionario que aun fomentan en su corazón (1]> 



X. 



Mientras los jefes enemigos se entregaban a aquellos trans-* 
portes de frenesí, tenia lugar una escena de desaliento i de- 
sorganización que presajiaba el desenlace lastimero que iba 
a tener pronto el asedio. Habíase, en efecto, reunido el con« 
se¡o del Pueblo aquella mañana (28 de diciembre), para dis- 
cutir por la última vez sobre la resolución que debiera 
adoptarse en vista de la conGrmacion de los tratados de Pu- 
rapel, de cuya autenticidad no era ya posible abrigar la 
menor duda. Encontrábanse presentes, ademas de los ciuda- 
danos que asistían de costumbre, los oficiales presos por Ar- 
leaga el 21 de noviembre, i quezal saber el retiro de este, so 
habían puesteen libertad, sin mas trámite que salir a la ca- 
lle, cuando esta idea les vino en miente. Carrera había hecho 
otro tanto i se encontraba en el recinto, al lado de Mu- 
nízaga. 

Solo el gobernador no estaba allí i nadie decía haberle 
visto desdo la noche anterior^ después de su conferencia coa 

(i) Documento oúm, 32. 



160 HIST0A1A DK LOS DIEZ AÑOS 

Víüaurre. Un sordo murinullo cundía en la sesión a osle pro- 
pósito, i ya se proniiDcíaba por algunos el nombre de íraicion /, 
cuando se anunció que llegaba a la sala el coronel Arteaga 
acompañado del comandante Pouget. 

Invitado a pronunciarse el primero sobre la situación, le- 
vantóse de su puesto, donde se había conrundido con los de- 
mas ciudadanos, i declaró con franqueza i resolución que él 
creia la defensa enteramente inútil i hasta cierto punto cul- 
pable en adelanle, por los sacrificios que su prosecución 
traería consigo ; que juzgaba que se había hecho mas de lo 
que se neccsílaba, no solo para que el honor militar quedara 
lavado de toda mancha, sino para que la gloria del pueblo 
brillara alta i radiosa, i concluyó por manifestar que su re- 
solución invariable era hacer dimisión de su empleo, como 
lo verificaba solemnemente, en aquel acto, ofreciéndose a 
quedar, sin embargo, dentro de la plaza, como simple ciuda- 
dano o como soldado, para combatir una vez mas por el 
nombre ilustre de Coquimbo. 

Sus razones eran demasiado persuasivas para no encontrar 
un asentimiento casi unánime, pues solólos que sentían toda- 
vía bullir en su pecho el ardor de la tribuna revolucionaría, 
como Pablo Mufloz, levantaron una voz do oposición. 

Pero ¿no era un egoísmo vedado i triste el separarse del 
mando de la plaza en el momento en que terminaba la gloría 
o iba a empezar el baldón? Éralo en efecto, í las protestas 
de abnegación del gobernador no servían sino como un velo 
a su defección, arrojando también sombras a su fama, tan 
alta entonces. El coronel Arleaga iba por esto a llevar con- 
sigo solo una gloría: la de la fortuna i el poder: la gloría del 
martirio, que es tanto mas bella para las almas verdadera- 
mente grandes o para los caracteres puros, desdcflóla como 
un temor o una mancha. 



BE LA iDHINISTRAClOll HONTT. 161 

Capo esla (oda uniera al ciudadano quo mas la merecíáy 
don Nicolao Munizaga, quion, prcslándosa con una ábnega-< 
eiofl casi sublime a aceptar el pueslo vacante de ia primera 
autoridad fu los mooientosi e¿ que so desplomaba al suolo, 
10 bizo mas digno de las alabanzas de la posteridad quo el 
jefe veacedor, que por una tardía pusilanimidad o una des-r 
confianza estraña, volvía la espalda al mas gramle do sus 
deberes: el del sacriflcio! Arteaga se retiraba como unjo-* 
neral vuigar que abandona el campo que ha defendido con 
tesón i bravura^ pero del que al fin le desaloja el enemigo, 
tomando sus estandartes i sus armas. Munizaga pedia en* 
centrarse semejante a aquel Guzman el bueno que arrojaba, 
por encima délos muros de Tarifa, el puñal del parricidio, 
para salvar la fortaleza confiada a su bonor, al dejarse ahora 
poner ai caollo el pufiai del mello i estampar sobre su frenlo 
el baldón de la ignominia, a fin de cubrir con su vida los 
bogares amenazados de sus compatriotas. 



XL 



El ex-gobernador de la plaza no partió, empero, siii díri- 
jira sus compaaeros- de armas un supremo adiós. Al liem^ 
pode marchar a bordo del Enlreprenant en un bote que 
vino a tomarlo a la plaza, protejido« dice el mismo, en este, 
lance, «por los nobles sentimientos de Vidaurre i de Garri- 
do «^ (I) GD^ió a las trincheras conio el ultimo eco de una 
gloria que se eclipsaba en el vacio, la siguiente despedida. 
^A la heroica guardia nacional de la Serena. 

«Las irreparables desgracias que pesan sobre nuestra pa- 

(I) Carta del coronel Arteaga a so pariente don Nicolás Ron- 
danelii, A bordo del Enlreprenant, dicierobre 31 de 1851. 

21 



162 HISTORIA DE LOS DIEZ AMOS 

Iría bao acibarado mi existencia, i el colmó de mis pesares 
lo esperímeoto al tener que separarme de vosotros. 

«La inulilidad de mis servicios en este momento en qiio 
tratan los elejidos del paeblo de ta entrega de la pfaza^ bajo 
<te una eapitulacion honrosa, hace del todo inneceBaríá mi 
presencia, que en este inslanie sirve de blanco a ios tiros 
do la calumnia i de la ingratitud. n 

«Llevo en mi corazón el mas/ gfalo.de ios recuerdos por 
el afecto con que habéis honrado a vuestro compañero. 

Arteaoá'(1}.w 



XII. 



El coronel don Justo Artcaga estaba organizado mébos para 
el usó de las armas que para los oíros ejerctcios (iiebtlfices 
de la profesión miiilar, en los qoo, din disputa, despfegaba bri- 
llantes aptitudes. Hombre de organización, observador, mi- 
li} El gobernador se despidió también por cartas privadas de 
los ÓGcíales que ie habían sido mas adictos en el sitio o que se 
habían dístingaido por su valor. Hé aquí los términos ,en qne eí^ta*. 
ba concebida su esquela de adiós al capitán Zamudio, que heiíiog 
copiado del oriji nal: '• • 

a Señor don Jóaqtnn ¿amudiOé 

Mi amigo i compañero: ... i 

Gomo Ud. debe saberlo, se lia querido prevenir en mi contra ^ 
la valiente guarnición de esta plaza, poniéndome por este médío 
en la dora necesidad de buscar un asilo en país estranjero. No ho 
podido ponerme en marcha sin despedirme d&üd* por medio de 
ésta, ya que no me es posible hacerlo como habría deseado. 

Adiós pues, mi amigo! En todas circunstancias puede Ud. con- 
tar con mi afecto, i rogando a Ud. se despida a mí nombre del 
ayudante Silva, disponga de SS. 

lUSTO ARTSAGA.J) 



BE LA. A0IIIN1STRACION MO^TT. 163 ' 

oucíosd, ¡QSlruido, educado mas cq los estudios que en los 
/rampas, sus. dotes dfi jefe ^'Blian, por cierto, mus que sus bríos 
áb soldado, ¡ ti esta coiitraposicioA debe atribuirse precisa-^ 
mente U defe^^a {rladosa que hizo de la plaza i el mérito 
profesional que en ese servicio se labró. Un valiente habría^ 
aca^o, pendido la Serena, eoa&áDdolp lodo a la suerte de* un 
combale. Arieaga^ con^ consumada pericia, i sin dar por esto 
fliue9tfas.de denuedo personal, sostuvo aquellas frájileá trtn*- 
cberas por el espacio de mts de dos meses, haciendo iomor-* 
tal una defensa que no necesitaba de los planeis de la ostra* 
tejía para ser heroica; eoroo lo fué, pero quaexljia les luces 
i el presUjiQ de un jefe para sostenerse i alcanzar al fin un 
timbre de honor guo \^ victoria misma no iguala : d respeto 
del eaemigo. La plaza de la Serena no se rindió^ en- efecto, 
i solo fué ocupada por los sitiadores cuando la seriedad i el si- 
lencio reinaban denUo de siis trincberas, abaldonadas, pero 
no vencidas; . v 

Se ha hecho I nosotros mismos hemos repetido, muchos 
cargos al bizarro gobernador de la Serena por su conducta 
militar, siendo una de las acosaeiones esa misma prolonga- 
cjqn d^l sitio. que cen ua golpe de audacia pudo corlaren 
tiempo i ^e upa manera tan gloriosa. Pero* si bien es cierto 
que hai justicia en este reproche^ concebido en el sentido 
revolucionario» que a nuestro entender era el verdadero de la 
situación^ no lo es tanto delante de los consejos de la táctica, 
i de los deberes de un jefe militar. 

En el asedio de una pla^a, en efecto, el primer deber os 
sostenerla, i los que contemplan los sucesos de la guerra 
})ajo fl punto de vista que nosotros, no deben olvidar que la 
vida de un pueblo^ la familia> el hogar, no se juegan en un 
combale entre soldado?, como se juega una batalla en campo 
raso. Itqclamgr, por otra parto, del coronel Artcaga la inicia- 



464 ' HISTORIA DI LOI DIEX AfíOS 

tíva i la pujanza de los itaqucs, era hacerlo salir del rol dt 
stt carácter, de su organización i aun de sn antigua tradic- 
cion profesional « porque, lo repetímos, aqoel jefe conocía 
mas ei arle militar por sus estudios teóricos que por la es- 
pcriencia de las campanas. 

Exelenle, por ^tanto, para- dirijir una defensa, no tenia el 
aplomo ni el ardor que oiiganiza los ataques, como lo habla 
probado en la madrugada dei 20 dr abril i en el campo de 
Petorca. Hombre de resistencia, la derensiva erasn terreno, 
eofllio lo ha sido para tantos ilustres capitanes. 

El coronel Arteaga sabrá sostener uníiierte con un pufiado 
de hombres contra lodo un ejército, pero no llevará ni la 
mas respetable división a desalojar un destacamento, sí para 
ejecutarlo, le es pwciso tomarla iniciativa í conducir sus sol- 
dados a la carga, ün ejército, que contara a tal hombre a la 
cabeza de su estado mayor, tendría la garantía del ójden mas 
esmerado, de la disciplina mas intelijente, de la seguridad 
! certeza de todos sus movimientos eslratéjicos, i aun de los 
mas minuciosos detalles de su organización ; pero, si tal hom-^ 
bre fuera el jenoral en jefe de ese ejército, se habría per- 
dido en una campana todas las probabilidades do éiíto que 
dá la audacia, la rapidez de las concepciones i la inilpiracioii 
ardiente del juicio mílilar. Le quedarían solo las del cálculo, 
las de las cordura i las del acaso. 

XIIL 

Sucedía, pues, que cuando llegaba a la plaza la Inlimacioii 
de Vidaurre para ajustaría capilulacion, precisamente a las 
tres de la tarde del/lia S8, se encontraba ya desempeñando el 
j)ueslo do gobernador el desdichado Uunizaga, Forzoso fué 



M Li ABHIIflSTEiCION MOIITT. * 465 

entóoces para ésto el responder a las íDsoIenles amenazas 
del jefe sitiador, con una súplica.: la de prorrogar el término 
que concedía para aquel arreglo basta las dos de la tarda 
del día 29 ( 1 ) ; acto a que accedió Vidaurre, pero restrin- 
jíendo este plazo a las 4 O de la noche del mismo dia 28 (2). 

El perturbado gobernador se esforzaba cuanto era dable a 
su enerjia i a su preslijio por terminar aquellos arreglos, cuya 
proioogaclon era para su^ corazón una verdadera agonia ; asi 
es que a las 8 de la noche de aquel mismo dia envió a decir a 
Vidaurre que se ocupaba de la redacción de los artículos de 
la capitulación en esos momentos i qw a las 8 de la mañana 
siguiente serian presentados a su campo. Convino en ello el jefe 
sitiador» como de mal grado, pero dándose en realidad por 
feliz si se cumplía en ei momento prometido (3). 

Huni^aga fué fiel a su empefio, i en la mañana del dia 29, se 
presentaba en el cuartel Jeneral enemigo, en calidad de ple- 
nipotenciario, el ciudadano don Tomas Zenleno^ ^eyestido 
de las facultades necesarias para estipular Ips términos de 
una capitulación honorable i garantida, bien que las palabras, 
en que esta autorización estaba concebida, teman el triste 
sello de una última debilidad (4). 

Los principales térmipos de esta avenimiento eran los si- 
guientes: que se acatasen, i este era el punto mas esencial al 
parecer, las glorias obtenidas per la guarnición de la plaza 
con la heroica defensa que hasta entonces se había hecho ; que 
se reconocía la autoridad del Presidente de la República electo 
últimamente; que no se hiciese cargo alguno a los revolucio- 
narios por los gastos fiscales que habían decretado; que bu- 

(1) Documento núm. 33. 
(ü) Documento núm* 34. 
(3] Documento núm. 35. 
(1) Documente núm. 36. 



r 



^ 



ÍG6 .BISTORTA DR LOS DIEZ AÑOS ' 

bíese una aibmstia coroplold por todos los^ acoitleditnienlos 
poliiieos ocurridos cj^sda el: día 7 de setiembre; que los em* 
pleadoe oxislenles en aquella época i que hubieran seguido 
prestando sus serTícios durante la revolucienj se conservasen 
en sus destinos ; que se pagase a la guarnición su sueldo des-, 
de él 7 de setiembre^ i que la entrega de la plaza se iificiese 
eon los mayores honores que lá guerra concede al vencido, 
noble i valiente, a cuyo fin, el estado fiíayor de la divísioil 
pacificadora debiera entrar a Ja plaza trtís boras'ai^s (}ue ta^ 
tropa, para tomar posesión de las armas que se éñcontraríak 
formadas en pabellón en e) centro de la plaza» eo& Ibp ter^ 
ciados pendientes de lais bayonetas. Por AUimó, el Iraladb 
seria garantido solemnemente por la int^vencioü del coman- 
dante Pouget i el více-cóúsul francés Mr. Lafevre, qiie re- 
presentarían en este actíd a la República francesa ( 4 ). 

Bl coronel Garrido, que era el plenipoleaoiarío úd hoe del 
otro campo^ opuso una terca résrstoficia á^ lá mayor parie de 
estos dapítulos, i al jin, se rodactá un tratado én el qué se 
echaba a un lado todas lasférmulas que ^podían significar 
alguna heñirá para los sitiados i se eslableeia la entrega de 
la plaza en la forma acostumbrada en la guerra, sin que se 
estatoyesar^ nada sobre empleos» sueklos^, gastos i las oti*as 
¿ondioioncs honol'ablies > propuestas por los sitiados; A'tfñ la 
kiterveñcíoa dol coQde Pougot, debia eqlendersé que sa 

. ;(1) Documento nám. 37^ Véanse también en e| ;doqumento 
núm. 38 dos notables cartas que don Nicolás M.anizaga dirgió al 
conde Pouget en abril de 1852 desde el pueblo de Jacha!, donde 
sé'habiü réfujiado, al otro lado de la Cordillera, i en las que re- 
clamaba por la violación ^e los tratados I el desprecio que se 
había hecho de la intervención francesa.- Estos documentos, co- 
piados de los borradores del seíior Munizaga, ofrecen el ínteres de 
reasumir muchos de los mas notables sucesos de los últimos dias 
del sitio. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTt, ' 167 

aceptaba fiolo on virtud de sus buems oficios y «pudiendo, 
afiadia el tenor del tratado, si lo tiene a bien, concurrir en 
el acto de la entrega i recibo de la plaza». 

En cuanto al punto fundamental de la amnistía, se le babia 
dado, acaso con estudio, esta redacción incierta que nada 
significaba, en realidad, en el propósito a que se referia. «Se 
promete, decia el art. S."" del tratado, que el Supremo 60*^ 
bierno considerará a los defe^isores de la pliaza en el mismo 
caso que. a los demás ciudadanos do la República, echando 
e» olvido la parle que ban tenido en los acontecimientos po^ 
Uticos que ban ajilado esta provincia» (1). 

Tal cláusula, en un tratado que iba a poner en mands 
de im enemigo irritado la suerte de todo un pueblo, era 
una promesa do respeto harto fútil para ser creida; I aunque 
cualquiera otra garantía fuera tan ilusoria como aquella, des- 
de que llevaba la firmado un político como el coronel Garri- 
do^ i desde que sobre esta respetabilidad, faltaba todavía la 
autorización déotro político del carácter del Presidente Montt, 
se salvaba al menos una apariencia i se ponía una venda a 
los ojos de la victima, ala manera de los antiguos sacrificios, 
para que su castigo, siendo mas aleve, fuera menos doloroso, 
pues asi tendría siquiera un amargo desquite. 

Influido por estas consideracioíies, el gobernador que de-* 
bia devolver el tratado ratificado en el término de una hora, 
tomó la pluma apenas terminó su árida lectura, i puso al 
pié con letra firmei clara las siguientes lineas: «No se aprueba 
ni se ratifica la preóedenle convención, por cuanto en ella 
no se da la garantía necesaria de .que no serán perseguidos, ni 
en sus personas ni en sus intereses, los ciudadanos compro- 
metidos en la revolución del 7 de setiembre. Serena, diciem* 
bre 29 de \S^\ .—Nicolás Munizagani 

( 1) Documento núm. 39. 



168 HISTORIA BE LOS DIEZ aKOS 

Mas, como en los momentos m¡smK>s en que teniaa lagar 
estas tUfícuItadeá para ssíncioñar el IraEado, al caer la noche 
del 29, sucedían dentro de la plaza acontecimientos eslraAoa 
que exíjian toda prisa en la conclusión de aqueltos arreglos 
pacíficos, Garrido consintió en afiadir al arlicuio en que sé- 
trataba do^la amQÍslia,esta frase hartó insustanciaL... aPai^ 
la cual (la amnistía] so compromete el sefior comandante de 
la división pacificadora a interponer siis buenos oficios»* 

I con esto, que no era sino una farsa mas, embalida en la 
gran farsa del tratado, el gobernador poso al p jé la siguiente 
ratificación, que era mas bien, eq aquel momento, una ironidt 
que una aceptación de la capitulacioii. «Ratifico, decía, esta 
cláusula, en la misma forma I tenor de loespfesadoen el ante-* 
i'ior tratado, ¡ no habiendo podido raliflcarlo a la hora con- 
venida, a causa de los acáideníes de la plaza, lo firmo a 30 
de diciembre, a las cinco i media do la tarde, del a&o de 1851 . 
—Nicolás Munízagú» (1): 

^ 1) He aqoi el oficio del corone) Vidanrre, en qae, aceptando 
e%U ratificación, envfaba la saya, i disponía, o mas tiien, aconse* 
jaba, la manera cóhio debía hacerle Id etítréga de. la plaxa. 

Está copiada de lod| papeles orijinales del señor Maninagai i 
dice así. . . 

COttAN^AIfCU JBNBiAi* t^B I«A MrtCllO.t 
?AClFlCApoaA JDIIi Noam 

; ar ena, iicitmbre 29 4$ 1851. 

Adianto al señor comandante Jeae^ai ié J|i plaaa el tratado qqe 
so celebró ayer psira la, entrega de ella, coq la ratificación paesU 
por nif i que por los ínotiyos que indica el espresado señor en la 
stiya, no piido teríe? lagar ayer. 

.Aun cuantióla edtregli que en él.jie estipula no pueda hacerte 
con las formalidades acordadas, siempre conyendrá que ae me 
señale la hora de mañana en que del)a tener lugar, recomendando 
a la consideración del espresado señor Comandante el esmero con 
que debe precederse para que no se sustraigan las arifias i se en- 



DE LA ADHINfSTIUCION UOVlf. 169 



XIV. 

Pero la estrella de la Serena, que habia brillado bajo la 
bóveda de la patria con un resplandor tan puro, no consenti- 
ría que aquella trama vergonzosa que se echaba sobre el papel 
como un borrón de ignominia para sus glorias, tuviese el mis- 
mo desenláice, que la intriga, de una parte, i de la otra, mil 
consideraciones encontradas, le deparaban. La^ Serena ñopo- ^ 
día rendirse. Sucumbiría, porque asi estaba dispuesto en sn 
destino: pero al caer, desplegaria sus alas como el ave del 
cielo que renace de sus cenizas, i dejarla a los ávidos corsos 
quo se aprontaban para devorarla, no su cadáver, sino el 
polvo de sus cenizas. La Serena no capitularía en las trin- 
cheras. Sería hecha prísionera en el campo con las armas en 
la mano. 

Esto era lo que habían pedido el pueblo í la guarnición. Mien- 
tras sus jefes se ocupaban de canjear mutuamente sus pape- 
les, la guarnición en masa se habia sublevado contra toda 
autoridad que dijera que la plaza de la Serena iba a rendirse 
al enemigo. 

tregüen con exactitud; moviéndome a hacer este encargo no 
tanto el interés por no perderías, como por evitar que se haga on 
mal uso de ellas. 

Sobre los demás enseres o artículos que también deben ser 
entregados, deseo que se formen los inventarios, para que todo 
se efectué a satisfacción de ambas partes i con las formalidades 
de estilo. 

Con este motivo, reitero al señor comandante jeneral la consi- 
deración con que me suscribo su atento SS. 

JUAN YIDAIURE LEAL. 

A U tutoridtd do hecho quo manda la pUia de la Serena. 

22 



CAPITULO VIH. 



í .:■> 



C0NCLUSI9N. 

La guarnición de la Serena ser insurrecciona éoñtra sos jefe?.— 
FersecQcion p fpgade Munízaga i dé| dehn Vera.-^iios jbldados- 
pretenden atacar al enemigo, pero se enoqentran sin jefes,r-^l 
impostor Quintín Quinteros de los Pintos se proclama iriten^ 
dente.<^Sa poniposa proclama a la tropa.-^NoíÁéra fcobéi^na-^ 
dor de ia plaza al oficial Casa-Cqrderp.rrPesónl^n -e^panfoSQ! 
en la ciodad en la noche dei 30 de ^iciemJbre/.— Gallegiiillos, vá 
a ser fusilado por sus propios soldados,^ pero se escapa.— Sa-*- 
queaínjenioso de loi; minaros.— Les fle^a Mí' noticia deMé^án-^ 
lamiento de Copiapó al afnanecer (|el dia3t..-r'SeTesD»el!yen ^ 
marchara aquel pueblo.— £1 gobernador Casa-rCprd^rP.iPtimá 
al coronel'Vidaurre que la plaza no se Hhde.— Respuesta per- 

' suasivade aquel jefe.<^Se publica on bando por el qae se dr8«- 
pone que el qae no rinda las armas Aiteai de las doce.d^.flift ^h' 
será fusilado.^rEii consecuencia, el intendente i el gobernadoc 
se resisten a emprender la ín'archa, pero un minero se lleva at 
primero a lagiirupa«-^C&sa-Cordero entrega Ib plaza. *-^Com*¿ 
bate ^e la ^ueiia de arena.— Lof mineros; deponen las arma$ 
por influjo deí prior de Santo Domingo. — Horrible i aleve car- 
nicería que hacen los cuyanos en lo^ prisioneros.— La división 
pacificadora atraviesa dos veces la ciudad i parte el mismo día 
para Qopiapá.— La Sereoa fué ocupaba» pero no se había mn^ 
dido. 



•Miéolras pasaba por encima de las triocheras aquella co-^ 
rrlcDle muda i escondida de despachos i amenazas, de con* 



172 HISTORIA DE LOS DIEZ ANOS 

cesiones i de relicencías, de que hemos dado cuenta en el 
capítuio anterior, al tratar de la rendición de la plaza, los 
soldados de la guarnición se mantenian impasibles en sus 
puestos. Ignoraban todo, o al menos finjian ignorarlo, para 
entregarse enteramente a la antigua i porfiada creencia que 
acariciaban en sus fechos cómo fa promesa de que serian 
invencibles. Habian comprado, por otra parle, demasiado 
cara aquella confianza de sus ánimos, para echarla ahora 
afuera tan solo porque sus caudillos habian cambiado unas 
cartas con los jefes sitiadores. 

«Qué! decían ellos» cuando llegaba a sus oídos el rumor 
va^o de qie^ al fin la plaza se rendirla ai invasor. Qué! 
después de tantas victorias compradas con nuestra sangre, 
vamos, a entregar las armas al enemigo que en fiera lid 
héteos vencido como por costumbre? I este santo terreno 
que hemos disputado al fuego í a la muerte, lo cederemos 
ahora al pasaufano-de un invasor que nos ha derrotado con 
papeles ? I estos escombros del incendio i del cafion, entre 
ios que ahora habitamos, como dentro de una inmensa tum- 
ba, serán hollados por la planta ingloriosa de los caballos 
del gaucho salvaje que ba profanado el suelo de la patria, 
¡ la santidad de nuestros lares? I nuestros hermanos de ar- 
mas quo han perecido^ dándonos el ejemplo del valor basta 
en su agonía postrimera. Toro, Lnrragnibel, Lazo í tantos 
bravos cuyo nombre parece recordar el cafloa cada vez que 
truena a Jo$ vientos, porque ellos cayeron sobre el bronce 
caliente de sus cureñas, no serán ai fin vengados? 1 nuestros 
propios sacrificios, nuestros insomnios de -dos meses ctimpli- 
dos de servicio, nuestra desnudez, el hambre de nuestros 
Lijos que no tienen ni leífaoni Socorro, todo esto será ahora 
desdefiado por questros cpudillos e in^ukado por los oneini- 
gos que traerán en una mdno los tratados i en la otra los 



DB LA ÁDMINISTAACfO]!! HONTT. 173 

fierros con que deben bpr¡mírno9?No, mil veces no, repé^ 
lian. No nos rendiremos, porque no hemos sido vencidos. Los 
viles cQyanos no formarán su parada de terror í dé saqueo 
dentro de nuestra plaza pública ; i antes bien, se decian, 
levantando sus fusiles, coMo sí oyeran ta señal de la carga; 
marcharemos sobre ios reductos de^e cuyos parapetos el 
invasor adelanta su brazo tembloroso pard tomar nuestra 
bandera, i convcrHremos en ceniza» sus cafloMS»! 



lí. 



Los sentimientos de heroísmo I de despecho que animaban 
a la guarnición tocaban ya en la raya del frenesí, cuando 
en la mafiana del dia 30 corrió el rumor en Ha línea de que 
una capituiaclen babia sido Armada ¡ que la plaía se rendi-- 
ría aquel misino dia. Asi fué que eu^ndo el. gobernador Mut 
nizaga i el deán Verja^ .cumpliendo el mas amargo de sue 
deberes, se presentaron en las trincheras, para: invocar a 
nombre de su prestijio^de la subordinación militar i de la re« 
lijton misma, el que los soldados consintieran en deponer las 
armas, se levantó un grito unánime de rechazo donde quiera 
que llegaron, hasta que comenzó a oirse la voz de traición! 
seguida de amenazas de muerte contra el que pronunciara 
aquella frase maldecida.-— i?^ir«^ii¿ enemigo !-A aun hubo 
quien volviera sus bayonetas al pecho de Uunizaga, aquel 
ídolo del pueblo, que este desconocía. ahora,, porque no Jo 
veía ya en el altar del heroísmo o en el ara de su sacrificio, 

£1 gobernador tuvo, en consecuencia, que buscar su sal- 
vacíen ocultándose en la casa de un amigo en el momento 
en que llegaba a su puerta un grupo de exaltados, preguntando 
por el /ratV/or/, para fusilarlo. Era pues cierto que cuando 



.471 ' . :HIBTORIA BEI.OS DIEZ AÑOS 

«liofeliz Muaízaga repelía el apodo de «/acarón/» qoeJe 
daban sus enemigos^ m pra todavía aqqella mengua <í/o 
ultimo fuei t^dria que sufrir íi^. Ahora, al salir disfrazado i 
recplo^o por entre Ifis filas enemigaSt para ira curar sus 
dolores- en la proscripción, qjria la vocería de aquel pueblo 
que tres meses atras.se había levantado en rebelión al grito 
de Yka JUunifagati que ahora le .echaba a fuera/ apellidán- 
dole após^ta i cobarde... Terrible enseñanza délas revolueio-(- 
nes populares ; pero inmerecida esta vez, porque aquel hombre 
no era el revolucionario de un sistema, ni de una facción: 
era el revolucionario de la honradez^ del amor i de la virtud 
en lapalria (I). 



m. 



- El deán Vera escapó también a duras penas del furor do 
aquellos dótcfados que tanto le hablan amado i que habían 
acatado de rddillas su virtud, Cuando recibían sus bendiciones 
en medio del fttego. ' 

Perseguido de trinchera en trinchera, un soldado compa- 
sivo alzó: el p6rtáloo para su fuga. Era ía puerta de la tumba 
qira se abriá en la proscripción para el venerable í anciano 
sacerdote ! • 

A pocos pa^osle encontró el coronel Vidaurre, quien le dio 
al instante* el brazo con las prolestasf mas comedidas de be- 
nevoleodía. £ra la cortesía del carcelero que conduce su vic-^ 
tima a los fierros!.... 

(1) Muiiizaga, antes de retirarse de la Serena» tuvo apenas tiem- 
po para dar a los jefes sitiadores el aviso que le prescrihia su 
deber, sobre la- imposibilidad en que le ponían aquellos acontecí* 
^nientos de entregar la plaza confuroic aJ tratado.— Véase el do- 
cumento núm. 40. 



DE LA ADMINISTRACIÓN KONTT. Í75 



IV. 



Eotre lanío, los soldados, i parlícularmente el batallón de 
mineros, recorrían la linea de las tr¡ncheras> armados cómo 
para tina salida, mezclando sus aqiénazas a los a traidores» 
con los retos de audacib i proirocacacíónes de muerte ai 
euemigo» La ,traic¡on para ellos no era tanto^ en aquellos mor 
montos de exaltación febril i de desorden incomprensible, el 
que sus jefós se ocupasen en capilular cota el enemigo, sino 
on que rehusasen llevarlos en la hora misma sobre el campó 
de los sitiadores. . / / 

' Mas, si había corazones robustos que comprendiesen este 
empuje rudo i varonil de los soldados, no exislia en la plaza 
una voluntad bastante preslíjiosa para dar un impulso deci- 
sivo i ordenado a aquella masa de combatientes eml^riagada 
por una sed inestínguíble de oombates. 

Después do la partida de Arteaga, i de la fuga de Munízaga, 
no podia quedar en pié un nombre bastante alto, pitra domi- 
nar acuella estraña situación. Soló Carrera,* a quién las acu-r 
saciónos de traición: que se hácíp a Arleaga, habían devuelto 
un ultimo rayo de prestijio, podría haber, tentado algún es^ 
fuerzo. Pero el ánimo <lo aquel candlllo, agríadó por los su-^ 
frimientos, no daba cabida a esas resoluciones desesperadas; 
que el hombre toma cuando el aliento del heroísmo o de un 
supremo despecho, sopla en el alma. El calabozo había sofo^ 
cado aquella inspiración de una "postrera magnanimidad con 
sü ponzoña de tedio i de ingratitud. Carrera, como el piloto 
que ha visto quebrarse entre sus manos la rueda del timon, 
en el mas recio sacudón del huracán, habüa. echado ya a las 
olas el esquife de salvamento i buscaba la playa tranquila 



176 H1ST0KU BB LOS DIKZ iffOS 

que debia ofrecer descanso a sus fatigas, i embelesos de tor- 
nara a las hondas heridas de sn pecho. Aquel mismo dia o el 
siguiente (31 de diciembre}, parlió de incógnito para Santia- 
go, donde le aguardaba un lirslro completo do angustioso 
retiro que el honor del alma i la virtud i las gracias del hogar 
ie hartan grato, empero. 

( Pera cuando se alejaban todos los hombres capaces de con- 
tener el torrente dé lava que herviá en la Serena, ajitíndoso 
M olas de fuego como en una dtreceion dada, a la manera 
del rayo, contra los sitiadores, presentóse en la arena un estra^ 
lio campeen, recia iñandooon audacia el puesto que todos 
fauiaa con horror. Era este aquel famoso emisario del jeneral 
Cruz, don José Ánjol Quintín Quinteros de ios Pintos, que 
iiemos visto iiegado con tanto estrépito a la plaza en la nocho 
^1 12 de diciembre. . 



V. 



Era este personaje uno de esos aeres en que la naturaleza 
parece haber reunido todds los caprichos encontrados de 
la fisiolojia humana, sin imprimir en su espíritu el sello de 
ninguna cualidad pronunciada : caracteres que reflejan todas 
las Uices del prisma, según el lado por el que se le divisa, 
pero en lois que una rotación continua hace que todos los ma- 
lieos se confundan a la vez I no dejen distinguir sino una 
masa de jiros caprichosos. 

Dolado de un cerebro Gno, sus percepciones eran rápidas, 
pero la exaltación vibrante de su sistema lo atraia luego a la 
estravagancia i a la insanidad. Audaz, un instante, hasta ser 
temerario, se estremecía cuando sus úiúsculos volvían a su 
centro, después de la primera violenta sacudida i entonces >era 



, DE LA ADJIINISTRAGION MOOTt. ' 477 

, . ..i.. 

¿Cíberde, apocado^ ftíiscro. Sü exislénciá moral eslaba siem- 
pre ^á.Qfi contíouo flujo i reflujo' (fó orgablzácíoh i de desbor- 
damiento* Hábia ensayado todds tas carreras de la vida i Mas 
to habían repudiado a él, a él las h'ábia abaiidÓDado condes- 
den.. Sacerdote^ comorcíante, pedagogo, áiilitar, linterillo, 
aventurero^ todo había querido ser, hasta hijo político del 
jeperdl Ctúi I sd plenipotenciario en él norte; i al fm, no era 
nada sino un pobre diablo, güe abañfdóbádo en las calles do la 
Serena, ayudaba a los soldados a beber sus raciones de aguai^ 
diente, refiriéndoles en los bivaquefs'de la noche sus aventu- 
ras i sus desgracias positivas o impí-bvisadas. 

A,njel Quinteros^ pues éste er a sn Verdadero nombre,, había 
nacido en el sud, siendo sti padre, a quien perdió en \^ cuna, 
un antiguo capitán de infante ria muerto en bl campo de ba- 
. talla do Lircai, en las filas del Jeneral Freiré. Su madre dona 
Josefa Pinto, que casó ert kegu ndas tiupcias con él comandante 
Vicente, fenecido hace pocos aflos, le deslinó ai principio a 
la carrera eclesiástica, en la que hizo algunos esludios. Pero 
apenas hablan penetrado en sus sienes, algunas de aquellas 
tenebrosas tesis teolójicas que han trastornado siempre tan 
bellos i rectos espíritus, cuando comenzó a dar síntomas de 
una enajenación mental, cuya tendencia era a divinisarse a si 
propio, porque, como hemos visto, don Anjel no era remisp 
en aspirar a honores supremos. Asegúrase que entonces dijo 
varias misas en la capilla de Belén, en esta capital. 

Alarmada su familia, quiso curar la manía del aturdido 
mancebo con esta otra manía de los chilenos: el matrimonio; 
mas cuando ya los desposados se encaminaban al altar^ ate-^ 
morizóse el novio I ensillando una muía, se fué a Mendoza por 
el cajón de San José, en cuya iglesia parroquia] dijo misa t 
casó a otros, sin duda para lavar su culpa de no haberse 
casado el mismo.... 

23 



478 HISTORIA DE LOS DIEZ aSOS 

Pasó al fin las cordílloras ¡ su mal se acrecentó, como si 
al subir las cumbres de oslas, el dívínisado escolástico hu- 
biera oído mas do cerca la voz de su supremo inspirador. 
Púsose pues a decir misa en las iglesias de Mendoza, a pesar 
(le no tener sino las órdenes de tonsura, I lo que es mas, a 
predicar eñ días de solemnidad, dando niuestras de una gran 
lucidez de espíritu i de un brillo de lenguaje que hacia re- 
saltar con un eco arjentino i apasionado. 

Pero una ocasión, en que el tornillo del espíritu santo se 
aflojó en la Cátedra, púsose a predicar. contra los tíranos i 
anatematizó de muerte al famoso jenqrai Aldao que gober- 
naba entonces aquella provincia. £1 apóstol fué llevado de la 
iglesia a la cárcel, i de aquí, a la capilla de los ajusticiados, 
pues el irritado ex-fraíle gobernador se obstinaba en fusilar, 
como era su costumbre, a este temerario predicador. 
- La interposición del coronel chileno potapos salvó apenas 
al monigote del banco, haciéndole cruzar otra vez la cor- 
dillera, a cuj^o tin, se dice, el mayor Lavandero fué por ruegos 
de su familia a conducirlo desde Mendoza. De regreso a San- 
tiago, i nn lanío curado ya por su reciente carcelazo de su 
profana manía de decir misa, ensayó el hacerse maestro ilo 
escuela, ayudado de su voz que tenia una sonoridad parlicu- 
lar i una facilidad notable de cspresion. Fué en esta época 
cuando le conocimos muí de cerca, por ser nuestro prota- 
gonista sobrino de una respolable señora que había bus- 
cado un asilo en casa del autor, sirviendo como ama de Uaveá. 
' Descontentó de la pcdagojia, don Anjel hizo su rotnbo af 
sud, corad en busca de la tierra de sus mayores, i tuvo ian 
buena i tan prosaica estrella on esta vez, que se easó en Chi- 
llan con una señorita, acaso sin bcHeza, pero do acomodos 
na mediocres. El cx-^monígolc abrasó oniónees las dos pro- 
fesiones que mas se parecen en Chile: las de comcrcianic í do 



DE LA ADMimSTUAClON MONTT. 179 

marido. Vino varios vecos a Santrago a emplear , i al fin quo« 
bró, como er^ de osperarse, i luego pidió divorcio, como era 
inevitable. Entonces so lanzó a la ágricuKura/cn álgon fundo 
de la propiedad de sw mujer, pero lo labranza le fué adversa, 
porque su6 operaciones de campo terminaron, como su tienda 
i su tálamo, en aquel, divorcio perpetuo. 

Retiróse de nuevo a Santiago» i de aquí fué a buscar un 
acomodo al lado de unos parientes que babilaban en el vallo 
de Quillota. Vivía aquí como un cncojido deudo í un filósofo 
desengañado, cuando la trompa guerrera de la Serepá resonó 
en el oído do don Adjel, que se encontraba a la sazón pobre, 
arruinado i era como una carga a sus amigos. Entonces so 
acordó que era hijo de un soldado, que había sido entenado 
do otro, i que podía complelar estascrie de parentescos mar- 
cíales, con el de hifo def caudillo ilustre do la revolución^ i 
partió al instante para la Serena. Lo demás es sabido (f). 

(1) Hé aquí como el mismo Qninteros Pinto cuenta su viaje a la 
' Serena en la declaración que prestó en la calidad de ree^a f. 27 en 
el proceso revolucionario deCoquimbo i que se encuentra a f«17det 
" sumaríot<«¡endó de advertir quePinto fué el único acnsadoabsuello, 
por haber probado sus busnas intenciones. La declaración díceasí: 
.aEn ol mismo día (el 10 de febrero de 1852) hizo comparecer el se- 
ñor fiscal a un hombre que sq encontraba preso en la cárcel- <fe ésta 
,ciadad, J después de haber hecho la protesta de decir verdad áe 
Jo. que supiere i le fuere preguntado^ i siéndolo por su nombre^ 
pátrra, edad, estado i ocupación i varios otros casos relativos ai 
pl>j«to de la presente causa : Uesponde^ que s^ llama ióüé Anjel 
Quínt^i^o» PintOi nsícído en la capital de la República, mayor de 
edad, de veinte i ocho años, casado en la ciudad de Giitllan, i sin 
ocupación eii dicha ciudad, donde era comerciante i que vino a 
la Serena por variar de temperamento: espone que el día 7 de sc- 
iiejubre próximo pasado se encontraba enfermo en la hacienda 
d^. Purutun^ departamento de Quillota, habiendo salido de ese 
punto con dirccpion al pueblo de Andacollo el día 12 de noviem- 
bre^i llegado a Andacollo como a los diez í nueve dias después du 
^u salida, permaneciendo en esto punto como ocho dias t después 



180 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

Pero QumlinQoin loros de los Pintos, como se llamaba aho- 
ra don Anjel, anñque desdeñado por los jefes, babia comen- 
zado a ganarse la voluntad <ie los soldados, conláudoles las 
glorías del ejércílo del snd que mai^dába sa ilustre pariente* 
los jeoerosps sueldos qne se pagaba a los soldados, los ricos 
uniformes de que. .venían vestido^, i otras patrañas que im- 
presionaban favorablemente a sus rudos oyenles*. Su figura lo 
ayudaba na poco .en bu papel de impostor, porque, aunque de 
pequeña estatura, tenia una gran tnovilidad en su fisonomía, 
ojos chispeantes*; cierta: alacbeilai» simpática de ademanes, i 
una facilidad de bablar,! altamente seldadezca ^ stt fbrma i. 
suQüoraU » . » • 



VI. 



Sucedió pues que euando ya bablan partido fodos Jos hom- 
bres a quienes él podia temer como sus rivales, salié a luz 
a cara descubierta I presentándose tríunfalmente como el 
emisario del jeneral Cruz, anuncié que estaba dispuesto a 
reasumir el mando der la plaza researmeiitar' pronto sil éné- 
BWgo' , . • ' 

Aqu?! título en auficiente paira haber- hecho jeneral aWn 

se vino 8 la Serena i se introdojo 9 la.phza isUiada en buliea 4d 
señor A^rteaga como la úníiéa persona que conocía i de quien es- 
peraba tomar algunos recorsos para pasar al fuerto a tomar baños 
^smaTy objeto que no ' logró por haberle impedídotsn salida el 
jeneral, Arteaga^ í enlóoces empezó a toBiar«a{9f«fioa.«OfiHl«vef i 
lMafkH»4 

Coipo se Yé, lo único que faltaba a la carrera de Quintín Qoín 
teros era' el ser médico, i ahora le tenemos buscando temparofnm- 
tos i lomando tomüwos i tisanas. Omitió solo deeírqae el mate- 
rial de las drogas que él empleaba se componía solo de la esencia 
4€ li uvtt bajo todas sus infinitas modificaciones. . 



m U.lDMINISTaAGIOlf «ONTT»! ^ 18f 

tambor en el desorden belicoso de aqoetlosmothentos ¡ la 
proposición dp QuíDtíQ fué récii)ida coa enlosiasldsádamá- 
cíooes; pubHcándose, ipconlineirli -un batido po^élque se lé 
proclamaba JQlendente de la.proriooia, el ^ue vn negro llk- 
mado Varelí^ iba (eyeado d^ ^trinchera en Irinchfera, «f ison 'dé vít 
pilo, remedando su ortografía con las modulaciones de «us an- 
chos labios^ i el que oslaba concebido «a 'Ostos términos pre- 
cisos. 

tSiudadanos. Movidp por la imyeresa neceeidad de dar a ' 
conoseros el selo 1 palriolisno que creo caraclerisa roisf>rio[-- ^ 
cipíes i mi ardiente selo a si la causa áe la Liverlad» no pue- 
do menos de presentarme a bosolros^ dandotos los justísimos 
pésames :per el mal. estado a > que ha tocada vueslros dere- 
chos: mediante la Separación ido vuestras mejores jefes i 
oficíales/en -esta virtud no pudieadó desenfendermé ni per-' 
maneser inerte por mas /tiempo viendo ^uesiros tíllelos 
vengo en orrecerme a todos con. todos mis conocimientos po^ 
¡ilicos i iBííí^re^ apur,áp(;loffie en. cuanto esté -a mi^ alcánses,' 
pro(esland(»hos la mayor viiena fée en ini dosempoñb pues 
no me «s posible veros jtigeie de, las patraflas i engaño del 
fementido (larrido^ i n^al militar Vidaur re. Valor i honradez i 
todo marchará con la felicidad que se espera.— Ser^na.i (Ib 
cíembre30 deí85i, : . > 

José Anjeí QüiNTEaos PjNfo (4). 



(I) Al mismetlémpoV él nuéVo ¡Ateniente dírijia a Ib Guardia 
Nacional otra proclama^ no menos estrambótica que la ante-' 
ríor, i en la qaé los dedos del cx-tínter¡|lo de provmcía salpica- 
ban a cada instUnté^el-paper con las palabras de estilo: por taalo 
digo^ en esta virtud, faltando solo el: f ido i suplico Á el ui «iipr«« 
El ortjviial de este carioso papel existe en poder del señor Mimü- 



182 / HISTORIA DE LOS DIEZ aSOS 

Inmcdiatamenlo, ¡ apresurándose a reasumir su autoridad, 
el inlcndeifle Quintín nombró gobernador de la plaza a un 
Tíejo oficial llamado' Casa-€ordero, otro tipo orijínal de mala 
siete que babia venido de Freirina , cuando la espedicion ma- 
lograda de Herrera, i que era conocido en el sitio por su 
enorme peluca alazana i una bravura de jeslos i palabrotas, 
que le babia granjeado el sobre nombre de Casa-Leones^ por 
parecer demasiado apacible su verdadero apellido. 



zaga i dice así testualmente, en la copia que este caballero nos 
ba enviado. v » 

«Á LA VALIENTE GUÁBDIA HACIONAL. 

.Serena, dieielkbre 31 de ISSl. 

El infrascrito, José Anjel Quinteros respetuosamente a esta 
respetable fuerza dice lo que sigue: 

Sed del mas tívo dolor el funesto amago qoe so fre la fuerza 
sitiada por las falacias i engaños de los jefes sitiadores, Garrido 
i Vidaurre; en esta virtud creído positivamente que todas las 
noticias que vienen del campo enemigo, son puramente forjadas 
por la lAaldad i la ansia de sangre que domina a los sitiadores en 
los últimos amagos de su desesperación i ominosa ruina, digo: 

Sed de áuino ínteres (ya que desgraciadamenta* lamentamos la 
separación de nuestro jeneraj Arteaga] nombra un caudillo dis* 
creto i valiente que puede ponerlos a salvo de las falaces ma- 
quinaciones con que nos quiere engañar el opresor. 

/ Por tanto, siendo de mi deber empeñar mis conocimientos en 
la causa pública, maximun cuando veo el estado de la fuerza sin 
una segura opinión que la ponga a salvo del peligro, vengo en 
ofrecerme, pronto i obediente servidor i compañero, empeñando 
mi honor, vida i espíritu patrio en la mejor i mas perfecta direc- 
ción que pueda poner a salvo la fuerza i pueblo sitiado enipe* 
ñando mis conocimientos del modo mas honroso i garante a la 
causa pública. 

Jóse Anjel Quinteros Pinto.» 



DK LA ADMirn^TRACION tfONTT, 183 



VII. 



Esto sucedía a las oraciones del dia 30, pero entrada ya 
la noche, la desmoralización que se había contenido en lamis- 
ca febril ajitacionde lamañana^ se desbordó sin freno, siendo 
su fruto mas característico aquella singular proclamación dé 
la nueva autoridad hecha por un pito i un negro prego- 
nero.... 

Favorecido por las sombras, cada uno se entregó Kbremenle 
a la pasión que mas vivamente le dominaba en aquellos mo- 
mentos; unos a la embriaguez, otros al saqueo, algunos a 
una som|)ría inacción, la mayor parte' a su sed de combate* 
Muchos salían de las trincheras con sus fusiles i se esparcían 
por (a Vega i la Quebrada de San Francisco, haciendo dis- 
paros al aire i retando los puestos avanzados del enemigo al 
último duelo del asedio; otros se subían a las torres i man* 
teoian un contíRUO tiroteo sobre la línea enemiga que estaba 
esta vez sorda ¡desierta; otros,, eafio, se paseaban sobre 
sus trincheras haciendo aquella' pos tuna guardia de honor 
al pueblo de su gloria i de su amor. Grupos de los mas en- 
tusiastas o de los mas exaltados recorrían las trincheras, pre- 
dicando la resistencia hasta el último trance, o se introducían 
a las casas i cuarteles preguntando donde estaban les traidor- 
dores que los habían vendido, para hacerlos espiar su cri- 
men (1)- 

(I) Apercibido de este espantoso desorden i atribuyéndolo al 
despecho de la tropa, por la insegaridad de sn situación, e) co- 
ronel Vidaarre espidió en aquellas horas la siguiente proclama- 
ción , que honra su prudencia (paes ya debía saberse en el cam- 



481 HISTORIA BE LOS DIEZ ifíOS 

ÜDa de estas especies de montoneras fanálicas que se ha- 
bían levantado en el recinto de la ptoa, penetró en el coar- 
te! de carabineros, donde Qallegulllos bacía los últimos 
esfuerzos para sujetar sus jinetes, que amenazaban amotinarse 
i darte a él mismo la muerte, porque* preferían inmolarlo a 
lener que acusairlo de traidor! 

V 

VIH, 

GallegaUtos era» en rerdad, el único caudillo que en 
aquella noebe fatal podia teotar un último esfuerzo para 
organizar la guarnición i d¿r un último asalto al enemigo, 
que halH'.ifi,4ido..$in doda despedazado: Pero el joven co^ 
mandante . pbwi'vi\ba ahora ia cuestión por eriádo de la 

po délos sitía^or^s la noeva de Copiapó); i qqe. copiamos de los 
papeles del seoof Muñiíagal Dice así: 

CQSAlCDAIfCIÁ JBNBRAL DE LADIVISIPU. . . . 1 " « 

Sir§na^ diciembre 30 de 1851. 

cTengo noticias qve sefia esparcido la voz entre los cívicos i 
otros individuos que guarnecen esa plaza, que, poniéndome en *. 
posesión de ella, serán perseguidos o incorporados a los cuerpos. 
de esta divísioui^ para conducirlos fuera de'esta ciudad, í siendo 
esta una calumnia para alarmarlos, estoi en el^caso 4e*de8men<- 
tirla. -., , t. .V - - - ' ..-■'•• - ^ ^^ ^^ 

Tanto los c(;ricosxomo Jos demás tndii^uos á quienes me re-*' 
fiero, podrán sal^ desarmados de fa pla'za fiara stls casas o el lu- 
gar que ellos elijan i l^s doi ésta seguridad por co^uplQ del señor 
comandante deell«,'<onipronfelíendo nii palabra de hpt^or de que >_ 
no serán molfestados^eoilo mss'inifiinfd. ' ' * -' 

Se lo comunico al se5or comandante jeneral para los Gnes con* 
siguientes suscribiéndome S* S, 

Jijan VioAunaB Lbai.. > 

A It .autoridad it becbo que jáinde eíi la táajía de la Serena. 



VE lA IDMINISTRACldh MONTT. 18B ... 

responsabilidad, ya que j)or el de) heroísmo era ocioso que la 
contemplara. Había Ti'sto que sus mejores amigos se habían 
retirado | que sus. jefes mas queridos^ Hunizága ¡Carrera, se 
alejabafi.tambiefl(<Iel re.cinlo. SeguiY su ejempfó le parecía ' 
fiu último deber de soldado; Más el aínór de isus cómpané- ' 
ros, quO: ^ ^despecho del- abaiidtíno, convertido ahora en ira ^ 
amenazante, ; le delenia' en su cuai'lel entregado a vacilación 
nes desgarradoras, basta que eónun desesperado árrianqué, 
montó en su ..caballo: ¡salió a escape en dirección délas 
avanzadas enemigas. Recibiéronle estas con respetó! le lle<^ 
varón a presencia del coronel Vidaurre, quien no pudo menos 
de inclinarse con cortesía delante de aquel bravo de los 
bravos quo la fama había ponderado lautas veces a su oído. 
Sus soldados le habían hecho, empero, una despedida menos 
cordial. Al, arrancar -su cabalb sofafeelVo^uan dferciauslró 
do SaolQ Dopifogo, una descarga de cáyábinashjanfa *h^^^ 
silvar una mi))e , d^ balas; por su cabeza ; i 'es' seguró que st 
perraanepe.dío;^. minutos itiasen^su cuafteí, síus j^roplossóí^ 
dados lo fusilan en ; el » horror do ^aquéllas 'horas. Fue/eti 
verdad, e^la.joruada.d&la Serena una tmajen de a^Aella me-- 
morable ^oche>, trís^te que cuentan los comenlarios dé Hernán 
Cortez ; pero QsjLlleguiilos tabia^ dado él Isáítodé Aharaclo,' 
i aunque el último do todos, como el héfoo esireínefioj' había 
eoDseguidp lambieo salvariew •• ^* 

- IX, 



El coronel Vídaurre que escuchaba desde su campamento 
el ruido formidable do aquel pueblo que se sacudía' sobre si 
propio como una mar embravecida que arrastra sus olas do 
abismo en abismo, escribía a. la ca|)ilar en aquellas mismas 

84 



186 HISTORIA DB LOS D1EE aSOS 

boras estás palabras^ « La noche continua aun mas tempes- 
tuosa que lo ha sido cl.dia, i me preparo para dar mafiana 
el asalto, si no consigo que se someta la plaza o que se au- 
mente la dispersión de los que existen en ella, i mafiana 
también, si es posible, comunicaré a U. S. el resultado final 
de esta campafia, fecunda en perfidia, en atrocidades e in- 
consecuencias inconcebibles, a la vez que en constancia, su- 
frimientos i todo jénero de privaciones que ha tenido la de 
mi mandó (1]» 



Cuando se IcvaBlaba sobre las colinas de la Serena la luz 
de aquel dia (31 de diciembre}, que asi era el último de sus glo-' 
rías, como era también el postrero de los de aquel año grande 
o infausto de 48S1, la plaza no presentaba ya ese aspecto 
tranquilo, normal i formidable que hacia comprender a la 
primera mirada que habia una voluntad omnímoda de orga- 
nización i de prc$l¡j¡o, que tenia señalado a cada uno el 
puesto de su deber i de su honor. La guarnición vagaba ahora 
a la ventura por las calles, contemplando la desolada ciudad 
con aire sombrío c irritado. Los soldados iban i venian car- 
gando sus armas con brazos crispados i el ademan del furor. 
£1 intendente apócrifo habia enarbolado, por su parte, una 
bandera roja en su alojamiento, como una declaración es- 
plícila de la guerra sin cuartel que se baria al enemigo. 

Acudían pues a aqnel^impravisado cuartel jeneral tropeles 
de soldado^ que preguntaban por lo que la autoridad se pro- 

(í) Comanicacíon dei coronel Vidaurreal niínistro de la guerra 
fecha 30 de diciembre de 1851. [Archivo del fnini$terio de la 
Guerra.) 



BE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. . 187 

ponía emprender aquella maúana. La m^yor parte de la guarní* 
cion estaba sobre las arma¿, pero esparcida en todo el recinto 
de las fortíñcaciones i ocupada de distintas tareas* Los al- 
macenes de lujo de la población, que babíán sido respetados 
durante el sitio con una vijilancia rclijíosa, fueron desarra- 
jados einvadidos por la mücbedumbre. Mas, como avei^on- 
zados de aquel acto de pillaje^ dábanle la apariencia de un 
pagamento estra ordinario de sus sueldos. Cubrían este pre-* 
testo de un viso de lejiiiniídad, estableciendo cierta fórmula 
injeniosa. Algunos de los cabos o sárjenlos poníanse do pi^, 
como para preguntar desde el mostrador cuanto, sor debia a 
cada uno, i según la cantidad que el interpelado fijara, se 
le daba un valor equivalente en mercaderías o víveres. Las 
mujeres, sin enibargo, 'aprovechaban casi esclusivamente de 
este botín, reáervándose los soldados el licor^ como si fuera 
preciso mitigar con sus vapores las amarguras de su situa- 
ción. 

Vióse con sorpresa que muchos de los soldados sitiadores 
venían a participar de aquella pródiga granjeria, olvidando^ 
sus rencores i sos ventajas delante de aquel festín del comu- 
nismo práctico que no reconocía bandera ni tenia orden dpi 
dia. 



XI. 



Observábase, sin embargo, en la posada del intendente 
Quintín un movimiento estrafio como sí se tratara de un gran 
acontecimiento inesperado o se fuera a ejecutar un plan 
vasto i decisivo. Entraban i salían del aposento con aire preo- 
cupado los principales personajes de Nía plaza, sarjentos, ca- 
bos, pitos i tambores, entre los que los impertérritos mine- 



18S filSTORIA DE IOS D18Z AfiOfi 

ros^ los mas aguerridos en las rifles de Baco^ . eran bsiaas 
exilados i viólenlos, ¿Que pasaba en aquel conciliábulo enlre 
el inleudeúlé i sus vasallos? Era un cuadro curioso ^ue la 
labttla se habría apropiado. £1 lobo estaba on conferencia coa 
los leonés. Al?^bábiai de lener la aoücia positiva del levMla-^ 
miento^dé Cópáp<$ gue b^biá lenido üigar liacia cuatro dias 
{el 26 de diciembre). /' ;. . ' • •'• • • ' 

Al instadle;» )os mineros, por una simpatia^ fiicíl 4e oom-^ * 
prender^ ¡juzgaádo(U)B'ojo certero de su 9iLuacjl9n;i;prQponi^ • 
ponerse en' láarcha sobre ei JBuasco i jCoipiap<^vj)Ara i^i^iirse : ^ 
a sus cldmÍ)aúéros; paro él. astuto, intendente, qu^ sebábiai 
usurpado aqü¿l título solo por esipirjlu. 4o. ayeatuí^ ixon-- 
^raciarse con los sitiadores. Se acuerdo con sp soguado £asa-t - 
Cordero^ sé kiégabá a ordépar la.4narcha, .pQrqiUüet,..lo que <^ 
menos pa^bá por su lEicntd era el empf^e^cl^ urm ^campada ' 
jcon aquella' jelitó i par tales travesías, como lasque separan 
nuestrtos vallefi selentrionales, ^ • , < .; 

Los mincrea, de auyó^ tomaban^ sin emha^rgo, acUyasme-'* 
ilidas pa'rÜ ejefeular su retirada/ Babiaq bajado a ]a:vsega i • • 
recojido a la jilá^ai 'iodos los caballos! el ^a4adp^ £iisillalian:" ' 
aquellos con cuanto apero de montura se les presentaba a 
manos^ aparejabaa muías para cargar municiones^ e^cojian 
eñ las trincheras dos cagones volantes^^ uno de los que (él 
<que habla tomado Chavot el 29 de diciembre) probaron aque- 
lla misma maflana^, disparándolo sobre un destacamento ene^ 
migo que se avanzó a las trincheras, Nüm^,.E|,j' 6, paraeje^ 
£ular un reéonociraíebto^ í j)ers^u|cad9lo .por.itarias cuadrad ' 
a liros de^ bala 'rasa con aqiiella, {)i^za; ¡ poü. último, iban^ " 
formándose con tíort'a seguridad para emprender la marcha. 



BE LA ADMINISTRACIÓN MONTT^ 189 



Enlre tanío^el coroael Vídanrre que esperaba, penetrar a fa 
plaza aquella madrügya, había recibido del Cjobemador Casa- 
Gordero la slgaíénle cnrlásá nóla^ en qae le anunciaba que la 
plaza no se rendiriá--^« Comandancia jeneral.-^Serenaf diciem- 
bre 3f de48S1.— Encobíestacion a la nota de V* $« fecha de 
hoi, debo esponer > que eb ella se hace referencia de nnoj» traia-^ 
dos de los cuales la Irc^a de esla plaza no ha tenido noticia 
ni conocimiento de ello. Si los jefes qaj9 los celebraron han 
abandonado el campo, la tropa de esta plaza 'permaippca fir- 
me^ i Jamas coiisentfrá' étr eül'r^garlá, bpsta que bq reciba 
una orden esptú^ 'deljeneráí^ Grúz^ Dios guarde a U. S. — 
José Vicente Casih'Cordeiv.^SeíiúT Comandante jqneira) (lo 
, la división pacíücadíñrk'dél Norte » (Í}\ " 

(1) Poco mas tarde sin embargo e) bravo GasanCorderO escri- 
vio fortivamente a Vid^urre, (atemorizado tahez por la re»poesta 
de este a su nota o aeaso por esta misma), i el jefe sitiador le di. 
rijió la siguiente carta que se encuentra autógrafa de letra de Vi« 
daurre a fs« 277 del proceso seguido a loC revolucGionarioSv i cuya 
humilde redacción demuestra ^el grado de ansiedad i de .temor a 
que habiao llegado los jefes sitiadores. ' - ' ' 

Serena, setiembre 31 ie 1851* 

Estimado señor mió : 

Contestando so nota de hoi, referente a la conducta que se pro- 
pone. Ud. guardar en las operaciones con las fuerzas de la plaza 
de esta ciudad, que Ud. se halla actualmente comandando^ debo 
decirle: que quedo completamen te satisfecho de cuanto me pro** 
metía de su verdadero patriotismo, el que jamás será olvidado 
por mí, por el Gobierno n i por ningún hombre honrado i patriota. 
Proceda Ud. pues lúen seguro de esto, lo mismo que cuantos ie 
ayuden a evitar el derramamiento dé una gota mas de aaogre^ 



í 
190 HISTORIA DE LOS DIEZ Á&OS 

Púsose a contestarla el jefe enemigo, disimulando, cuanto 
le era dable, su profundo despecho í tratando de persuadir a los 
nuevos jefes, a cuya influencia daba un valor exajerado, de 
que la plaza debería rendirse en virtud de los tratados (1}. 

Pero al mismo tiempo en que el jefe sitiador alhagaba un 
UtAo i se esforzaba en convencer a los caydillos^ impartía 
no bando fulminante, en el que decretaba que todo soldado 
enemigo que fuera ton!i'adó con las armas en la mano o icon 
especies robadas, después de las 42 del dia, seria en el acto 
fusilado (2). 

. ;l ' ' ' 

inúíij yjl p.or el fin político que armó a unos chilenos contra otros. 
Ai país no le conviene otra CQsa que en sincero abrazo de sos hi- 
jos, un olvido del pasado i nn recqer4o saludable.para que no 
se; repitan sucesos tan deplorables por siempre. 

Estat cartft'i mi palabra servirán a Ud. i a sus colaboradores 
pf ra constancia del mérito especíjrl qae contraerán si logran co- 
i-onar la santa obra que se proponen i qué «o tuvieron valor de 
vt^rificaría los jefes i demás promovedores de Ja revolución que ha 
conducido esta ciudad a la presente ruina. '> 

Ahora tíen&'Ud. para mí nn derecho de llamarme i reconoccl*- 
me como su verdadero amigo Q. B. S. M. , 

' i ■» '• ■ ■ : . 

' , ' . Juan ViDAUBRfi Leal. . . 

• ' (1) Véase ej documento, nóm» 41. 

' (2) Hé aquí íntegra esta pieza que hemos copiado def archivo 
del Ministerio del Interior. 

COMANDANCIA JBNBRAL DB LA DIVISIÓN 
PACIFICADORA DEL NOBTB. 

SereHüy diciembre Zi d^ 1851. 
D^bl^ndo haberse verificado a las die? de la n^añana de ayer 
la entrega déla plaza, i teniendo. noticia de que si no se lia be* 
chOf lili provenido por ía resistencia de algunos individuos de 
tp<ip», ecatidillados por personas que promueven el robo de las 
tic^idWs i dantas que haí en la plaza, i a sus inmediaciones, he ve« 
nido bn acordar lo siguiente;, , 

, 1,<». Los que acloátmcnte están en la plaza, en las trincheras o 



DE LA ADMINISTBAGION MONTT. 191 



XIII. 



Parece que la ñola do Vklaurre o las amenazas produjeron 
un completo resultado en el ánimo de los caudillos, por quo 
cuando ya )a columna espedicionaría estaba organizada í so 
pobia en marcha, su sefioria el intendente rehusó abierlamen- 
to tomar el mando de la espediclon^ como era de su deber. 
Mas, esta suprema ¡nsubQrdinacioá dio lugar a un altercado 
entre la oficialidad improvisada de la división i el jqfe rebel- 
de que interrumpió en breve un soldado, que debia compren* 
der loque significaba aquel enrredo, agarrando al Jntenden lo 
de un brazo i colocándolo, de la manera mas irrespetuosa, en 
ancas de su caballo, marchándose con él a la cabeza de la 
columna. 

De aquella cómica suerte concluía el breve poro tormentoso 
reinado dül impostor Quintín, quebabia representado dunauto 
S!4 horas la parodia de uoa dícladura omnipotente. Estraflos 
acasos de la vida, se deciá él, al verse ahora amarrado como 
una balija aja grupa de un minero, pasaje verdaderamenid 

eiialesqtiíera otros pasajes i no se retiren a sas caias antes de \á, 
doce del día de hoÍ, serán pasados por las armasen ti acto dd 
ser aprehendrdos. » .. ^ 

. 2.<> Los que se retiren de la plaza i trincheras lo harán Mbre^ 
mente i sin el menor lemdr de ser molestados por las kí^ás de 
esta división siempre que lo hagan sin armas i especies robada!?,^ 
pues en cualquiera de ambas casos serán fusilados en el mísm^ 
acto de su aprehensión. 

. Saqúense coplas|de esta resolución para que se eomnriiqae á los' 
que ocupan las trincheras i plaza a fin de que no sé alegué Ig-'' 
i>oranc¡a í qT)ed( n impuestos de las penas a que quedan línjetos 
vn el cBso de no darle por su parte el respectivo i exacto com- * 
piiraiento. 

Juan Vidac&be Leal.» 



Í9Í HISTORU DE LOS DIEZ AfiOS 

digno dé fottíaínce' nUaís grotesco i que el mismo ha coatado 
mas tarciei eu uoos apuntes autógrafos que conservamos ea 
nuestro podery con éstas p^lat)ras testuales, llenas de unat 
curiosai ínjeDfutdard. «He aqui mi salidaí de |a plaza, dice, i at 
las ancas del dábaíllo de un militar, tío^ con laf pompa i mag- 
nificencia de un grandcí, siqo eomio un miserable prisionera 
obligado a mandar i drrijir a los mffsmos que asi me maltra- 
taban < . . w Piotese el público cnal seria mi bochorno al ter 
mi humillación; i ma^ por desgracia el caballo nada gordb^- 
yo con dos grandes almorranas que oprimidas me causabau^ 
tales dolores que parecía a cada tranco del caballo tocar ai \o» 
abismos i en loa brazos de la muerte». ^.. (i) 

XIV. 

El gobeftfadof Casa-Cordero, por su parte, mas feliz que 
su superior, pues babia logrado escaparse de sus subalter- 

( 1 ) Quinteros ^nto fa^ páesf o en fíbef tád en ét mes de julio de 
1852, en coyo mes le yirnos üegar a Valparaíso, en e) vapor de la 
Garrera, Testido de andrajos i cubierto con un poqche burdo» 
que erA todo un equipaje. Cinco o seis años después íe encontrar 
ron en Santiago, dando muestras de baberse acreeenlado su juicio 
i sus fecorsors, pues estaba empleado en una oficina de gobierno. 

Últimamente se nos ha dicho por unos que ha muerto i por 
otros que se encontraba de kerfnano donado en el convento gran* 
de de. San* Francisco en esta capital. 

Habiéndole buscado en aquella comunidad, aparece, en efecto 
que hasta hace un año estuvo de lego en San Francisco, yistíen- 
do el humilde hábito de la orden, i recordando según los infor- 
nies que nos han dado algunos relijiosos, cual otro Garlos V en 
San Tuste, sus glorias mundanales. ... 
^Partió después para Valparaíso llevando por único equipaje su 
sotana j su cordón. Habrá muerto después? Otro misterio mas 
en la vida de este orijinalísimo personaje! 



DE LA ÁBUrmiSTRAGION MONTT. 193 

nos que querían hacerle sin duda el honor de nombrarlo jefó 
de estado mayor de la división, corrió a una trinchera,' laa 
luego como vio que aquella se alejaba unas cuantas cuiídras 
de la plaza, dando voces; i haciendo sefial con un pafiuelo, 
signiticaba a las avanzadas enemigas que ya era llegado el 
momento de, entrar a las trincheras, pues sus defensores 
hablan salido del recinto. 

' El coronel Garrido, que habla sabido aquella misma mana- 
ña la insurrección de Copia pó, í que aguardaba con la fhayor 
impaciencia el desenlace del drama lumuliuo$o de la plaza, 
teniendo su tropa lisia, i resolviendo acaso on su menle 
el proyecto desastroso pero inevilable, de dejar la Serena 
entregada a sus propios horrores para volar a Copíapó, dondo 
había intereses politices i privados de tanta magnitud, díó 
la voz de marcha a sus columnas i penetró en la plaza a 
las doce del día en medio de un silencio sepulcral i con tan 
visible conmoción i sobresalto en los soldados, que llevaban 
sus fusiles en la mano, i se adelantaban, midiendo con una 
mirada escrutadora cada uno de sus pasos, como, si temie- 
ran que la tierra se undiera a sus piej» o que reventaran 
de improviso algunos de aquellos temidos infiernos, o miha» 
subterráneas de pólvora, de los que so hablan construido 
solo tr€$, como hemos visto, pero que ios sitiadores suponían 
crtizaban las avenidas de la ciudad en todas direcciones. I 
aquella columna pavorosa de un enemigo que no habla ven- 
etdo, i aquel ex-gobernador grotesco que ajilaba en Jas trÍB-^ 
chcras sus bracos traidores para convidar a sus huéspedes va-< 
' cilantes, ai penetrar en aquel xecinto sobre e\ que yaciaa 
k)s cadáveres de 500 chilenos i por cuya línea de fortifica-* 
dones so habían cruzado durante dos meses algunos millares 
de balas i bombas de cañón, (1) estaban sirviendo de exada \ 

(-1) Sf^un la Memoria dd corontl Af4<>0ga, a quebemos atodido 

. 25 



49i HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

viva ímájon del térmioo que la misera condición humana 
suele dar a los mas gi-andes acontecimientos de los pue- 
blos! 

XV. 

Has, apenas babia entrado la di?¡sion dentro las trincheras^ 

varias veces, habían mnerlo en la plaza hasta el día 28 de di- 
ciembre, solo 96 personas, mientras que la pérdida de los sitiado- 
ref era calculada en mas de 300. 

Estos datos coinciden con losqoenos ha somínhtrado el padre 
Robles qoe díó sepoltnra en sn convento de Santo Domingo, a 
todos los muertos del recinto. En nno de los claustros que convir* 
fi6 en campo santo« enterró 117 cadáveres i en otro ángulo dei 
convento 27; en todo 144 ; mas como entre estos habla algunos 
del enemigo I otros fenecidos de muerte natural^ resulta que el 
número de las víctimas, entre los sitiados, no pasó de 109« Respecto 
del enemigo, aparece de un estado publicado en la Memoria del 
Ministerio de la Guerra de 1852, fechado en la Serena el 29 de no-» 
viembre de 1851» que el número de muertos entre el 3 i el 39 de 
noviembre (que hab ia sido la épdca de los mas sangrientos com« 
bates), llegaba solo a 24 ¡ el de los heridos a 50, cifras estraordl- 
nariamente adulteradas, porque es evidente que en el solo combate 
del 18 de noviembre , los asaltantes dejaron en las calles mas 
de 60 cadáveres. Algunos los hacen llegar a 80 en un solo día. 

Del mismo estado consta que el número de tropa disponible as- 
cendía a 685 hombres, habiendo llegado desde el 15 al 29 de no- 
viembre, 200 hombres de refuerzo, en esta forma. Compañía de 
irranaderos del Ruin, 90 plazas. Policía de Saotiago, 50. Artilleria 
de mar, 30 i Lanceros de Aconcagua, 30. 

Sobre los proyectiles que se dispararon de una parte i otra no 
ha! una cuenta exacta, pero podrá formarse una idea al saberse 
que en una sola manzana del recinto fortificado, se recojieroa 
después del sitio mas de doscientas balas de grueso calibre. Du- 
rante sesenta días habían estado en continua operación, al menos, 
diez a quince cañones de una parte i otra. Los proyectiles de los 
sitiadores no servían a los de la plaza por ser de mayor calibre 
que sus cañones, mientras que los arrojados de las trincheras 
eran recoj idos con cuidado por ia jente de afuera, pues, siendo 
el material de cobre, \alía cada bala de canon veinte reales* 



DE LA AI>M1NISTRÍCI0N MONTT. 195 

cuando yolvia a salir en persecución de la columna que se 
diríjía a Copiapó. Eslaba decrela<lo que aquel recinto no 
fuera ocupado jamas por un enemigo que no había sabido 
conquistarlo al heroísmo do sus hijos. 

Los escuadrones do caballería, que por la primera vez ibaa 
a tener ocasión de batirse en campo raso con los temidos mi- 
neros, les dieron pronto alcance. Encontrábanse aquellos en 
número de cerca de 2Q0, a orillas de un arroyo, en el lugar 
llamado Cuesla de Arena, a orillas del camino del Huasco i 
distante dos o tres leguas de la Serena, Vencidos por el calor 
del dia i la sofocación de la embriaguez, a que algunos se 
habían entregado con exeso la noche anterior, se habían de- 
tenido para comer, unos, i bañarse, otros, en aquel lugar rodea- 
do de médanos, sin cuidarse de nada i menos del enemigo, pues 
llevaba cada uno consigo todo lo que le era prOiCiso para creerse 
invensible, la firme resolución de morir antes que rendirse en 
la pelea. 

Así fué que apenas se presentó por uno de sus flancofi, 
hacía las tres do la tarde, el escuadrón de carabineros do 
Yidela, que, haciendo un circuito por el camino mas recto de 
la Compañía, tomó el campo en aquella dirección con una 
guerrilla de la Brigada de marina, que se dispersó en tira- 
dores, los mineros formaron resueltameoto su linea de batalla 
i poniendo el cafion de bronce que tenían, en el centro, rom- 
pieron un vivo fuego graneado í avanzaron al trote sobro el 
enemigo. Pero en aquellos mismos momentos, se presentabaa 
a su frente el escuadrón de Cazadores i los lanceros de Meirot 
que intentaban cortarles la retirada. 

Al punto, los bravos Tungayes hicieron un cambio de frente 
i se disponían a repetir su carga por aquel costado, cuando 
observaron qne llegaba galopando por uno de sus flancos, 
seguido de dos cazadores, un abultado jinete quo traía una 



496 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

bandera do parlamentario. Era el prior de Sanio Domingo, 
frai José Tomas Robles, aqael yaiéroso i humano sacerdote 
que tantos consuelos i tantas bondades les babia prodigado 
en el sitio. Comprendiendo el influjo que su presencia tendría 
itobre aeítíétioá bóitibresi indomables, el buen prior babia sido 
obligado a marchar incorporado a los Cazadores, i se adelan- 
taba ahora a obtener con palabras de dulzura i persuacion lo 
que se desesperaba de alcanzar con el plomo i los sables. 
Sucedió, en efecto, lo que^ se aguardaba, i vióse con asombro 
que aquellos fieros campeones que no habrían retrocedido de- 
cante de mil muertes, inclinaron sus robustas frentes, doma-* 
dos por aquellas invocaciones hechas a la fraternidad i a la 
paz eu nombre del Redentor de los hpmbres. Los últimos 
defensores de la indita Serena habían dejado en aquel ins- 
tante de ser soldados. Eran cristianos, i se rindieron! (1) 

(1] El animoso prior llenó su difícil comisión, no sin correr ín« 
mínente riesgo de perecer en el sitio. Habiéndose adelantado con 
áos cazadores, uno de ios que se llamaba Marín i el otro Basta- 
ínante, cayó él últimd derribado de su caballo por una bula dis- 
parada por los mineros coquimbanos^ mientras que el ancho 
sombrero i los flotantes hábitos del prelado eran perforados por 
otros proyectiles que venían en la misma dirección. 

Escapado de este peligro, cayó en otro no niéilos grave, pues 
un soldado arjentího se lanzó sobre él, en medio de la confusión, 
i le asestó un sablazo a la cabeza que el cazador Marín alcanzó 
a parar con la trompetilla de su Carabina. 

Cuando, poco despucs, los arjentinos arremetieren, lanza en 
bistre i espada m mano, contra los infelices rendidos, un ofi- 
cial que comandaba aqu^^llos forajidos, intentó atropeliaile con 
su lanza, pero una bala puso en d acto fuera de combate al 
agresor. 

Tales riesgos se esplicaii en una guerra cotno la que 8i9 hacia 
en el norte i entre soldados como los reciutados en Copíapó, Los 
cazadores protejieron, sin embargo, al buen sacerdote a costa de 
i$us propias vídas^ í él mismo cuenta todavía, que aquellos válion- 
ti3S se le acercaban, en medio de la matanza aleve de los rendí- 



BE LA ADMINiSTRi€ION MOOTT. 497 

Pero ioJavia, como un testimonio de un postumo oi^guHo 
militar, no armaron sus fusiles en pabellón, sino que, dando 
principio por la cabeza de la linea, comenzaron a agruparlas 
Hflo encima de otro, cual si quisieran construir en aqueUilio 
de su último combate una pirámide que marcara también su 
última gloria.... 

Pero esa gloria no era el combato vigoroso i rápido de 
aquella jornada; era la de una catástrofe lobumana, la de on 
saieriívcío ati*oz que aguardaba todavía a aquellos bravos. 

•• . > 

XVI. 

Apenas hablan depuesto las armas los esforzados aDefen- 
sores» i comenzaban a rodearlos de cerca los lanceros do 
Atacama, cuando estas fieras sanguinarias i aleves, sintien- 
do cerca de sus pechos la presa ya iner^ne, sacaron sus. sa- 
bles i se precipitaron sobre los mineros como una manada da 
lobos, haciendo una espantosa carnicería ; i sin duda alguna, 
habría perecido a sus manos hasta ol último de aquellos 
desgraciados, si los Cazadores, con su hidalgo comandante Las- 
Gasas a la cabeza, no se hubiesen interpuesto, parando con 
sus sables los golpes de los aleves asesinos. Veinte j sejs chile- 
nos fueron despedazados de esta suerte por aquellas hordas d? 

dos, pidiéndole qae rogase a su comandante les dejase «pegar nna 
cargaita contra ios asesinos».... 

En cuanto al prior, tuvo la fortana de no ser comprendido en 
ei proceso, i vínose luego a Valparaíso í en seguida a su tranr 
quilo claustro de la Recoleta Dominica, donde hoi se. encuentra; 
después de iiaberse hallado en los primeros aprestos del sitio de 
Talca en 1839. de cuya plaza se alejó porque no tenía ya aque- 
llos fatídicos «treinta i tres años» que le habían d<ado f é i brios 
para padecer en el calvario político de la Serena. . 



198 HISTORIA DE LOS DIEZ AÜOS 

brutos, i de los 136 que quedaron con vida, la mayor parle 
había recibido hondas señales de la lanza, del sable o del 
puñal de los gauchos ! 

El coronel Vidaurre, al dar parte de este encuentro al go- 
bierno déla capital, decia, sin embargo, estas palabras de eter- 
no baldón. «Los esforzados escuadrones de Atacama, al ver 
empeñado el combate por los 25 valientes de la Brigada de 
marina, se arrojaron sobre el enemigo » ( 1 ). 

Solo faltó añadir al autor de este triste despacho que aquel 
enemigo, sobre el que los esforzados escuadrones arjenlinos 
«se arrojaron», eran chilenos i que estaban a pié, indefensos, 
i biyoel sagrado de una rendición voluntaria de las armas. 



XVII, 



A las oraciones del 31 de diciembre, cuando concluía aquel 
tbltimo día de un año mil veces infausto i memorable para 
los chilenos, entraban por las calles de la Serena dos carre^ 
tas cargadas con los heridos de la matanza de la Cuesta de 
Arena. Custodiábalos, como un fúnebre cortejo, la División 
pacificadora del norte, que debió llamarse mas bien paci- 
ficadora de los sepulcros. Sus diezmados escuadrones i sus 
columnas de infantería, /educidas a simples destacamentos, 
continuaron, sin embargo, su marcha, sin detenerse un ins- 
tante, i en dirección al puerto, donde Ips esperaba el vapor 
Cazador con sus calderas encendidas, para ir a pacificar la 
provincia sublevada de Copia pó. 

Los heridos quedaban, entre tanto, en la desierta ciudad, 

(1) ComuDÍeacion del coronel Vídanrre al Ministro de la Guerrai 
31 de enero de 1851. {Archivo del ministerio de la Guerra,) 



DE LA ADMINISTÜACION HONTT. 20S 

Es Terdad, también , que los escuadrones que se hablan batido 
60 Longomilla, se retiraban a sus comarcas con la lanza en 
la mano, i los batallones de voluntarios hablan rehusado ren- 
dir las armas en Purapel, mientras que los ultimes defenso-* 
res de Coquimbo, cuando hubieron hecho un trofeo con sus 
armas, fueron envueltos por un círculo de sables asesinos t 
despedazados, como una banda de águilas, a las que se hu- 
biera cortado las alas» porosa jauría de lebreles sangrientos^ 
qoe los despachos oficiales llamaban los mlerosos escuadro^ 
nes de Atacamal... 



IV. 



Aquello, empero, era lójico. Al estrago del (?(iñon debía se- 
guir la desolación de la leu que es, én las guerras civiles, la 
careta, sino el pufial, de la venganza. Concluido el sitio 
militar de la ciudad por la metralla i el incendio, debia se^ 
guir el sitio constilucional de los ciudadanos por la cadena 
i la proscripción. 

Este último episodio^ este nuevo sitio del terror, es el que 
vamos a contar en este epilogo. Seremos tan breves como lo 
es el argumento: un suspiro, un jemido, una agonia.... 

Por otra parte,, todas la& victimas padecen una sola in- 
molación, el mismo rigor, el mismo odio, la misma persecu- 
ción tenaz i sorda, hasta lo hora suprema de aquella amnistia 
negada, que Tué ei eslabón de amor que alaba la revolución 
vencida a la revolución que iba a vencerse!... 



V. 



Yd vimos cual suerlc ciipo a los 30 oficiales prisioneros en 
Pe torca. 



198 HISTORIA DE LOS DIEZ AÜOS 

brutos, i de los 156 que quedaron con vida, la mayor parle 
babia recibido hondas seflales de la lanza , del sable o del 
puñal de los gauchos ! 

El coronel Vidaurre, al dar parte de este encuentro al go- 
bierno de la capital, decia, sin embargo, estas palabras de eter- 
no baldón. «Los esforzados escuadrones de Atacama, al ver 
empeñado el combate por los 25 valientes de la Brigada de 
marina, se arrojaron sobre el enemigo v> (1 ). 

Solo faltó afiadir al autor de este triste despacho que aquel 
enemigo^ sobre el que los esforzados escuadrones arjentinos 
«se arrojaron», eran chilenos i que estaban a pié, indefensos, 
i b^yoel sagrado de una rendición voluntaria de las armas, 

xvn. 



A las oraciones del 31 de diciembre, cuando concluía aquel 
último dia de un ano mil veces infausto i memorable para 
los chilenos, entraban por las calles de la Serena dos carre- 
tas cargadas con los heridos de la matanza de la Cuesta de 
Arena. Custodiábalos, como un fúnebre cortejo, la División 
pacificadora del norte, que debió llamarse mas bien paci- 
ficadora de los sepulcros. Sus diezmados escuadrones i sus 
columnas de infantería, /educidas a simples destacamentos, 
continuaron, sin embargo, su marcha, sin detenerse un ins- 
tante, i en dirección al puerto, donde l^s esperaba el vapor 
Cazador con sus calderas encendidas, para ir a pacificar la 
provincia sublevada de Copia pó. 

Los heridos quedaban, entre tanto, en la desierta ciudad^ 

(1) Comunieacion del coronel Vídanrre al Ministro de la Guerra, 
31 de enero de 1851. {Archivo del ministerio de la Guerra.) 



DE U ADMINISTRACIÓN MONTT. 499 

como los restos mutilados i gloriosos de sus heroicos defen- 
sores, que guardaban todavía, en la postrer noche de 1851, sus 
trincheras abandonadas, sus hogares solitarios, i su honor 
preclaro e ileso, que ellos aclamaban impunes, repitiendo sus 
antiguos gritos de viva Coquimbo! viva la Serena I 

• •••••••••••• •••••• •••••••. .«..t* 

.... I la Serena viviría como un nombre inmortal en núes- 
tra historia, por que aquella modesta i hermosa ciudad de 
Dueslro suelo había prohado a Chile i al mundo, que si las 
bombas pueden arrasar las casas de un pueblo i cubrir des- 
[pues los escombros con las cenizas i el ollin de los incendios, 
Bo se conquista ni con el obús ni las llamas el pecho de sus 
hijos, cuando ese pecho es el altar donde se adora la patria ; 
Di se doblega tampoco la altiva Trente de sus ciudadanos ^6/e- 
vados^ cuando en esa frente brillan fúljidos i esplendentes de 
gloria estos tres atributos, emblemas divinos de h rejenera- 
€ion del linaje humano : la jvsxigu, la libertad, i la fe en el 
PORVENIR . . . , que es la fe en el pueblo i en Dios! 



DE LA ADMINISTRACIÓN tfONTT, 203 

SU libertad en su carácter de tal, por aquella rebelión de 
libertad i de amor. 

Los once individuos que se arrestaron el día del levanta- 
miento, o que, mas bien, se arrestaron a si propios, al entrar 
al cuartel del Yungai, profiriendo amenazas de muerte i de 
estermifiio, eran todos, sin una sola escepcion, empleados 
públicos (1). • 

Un solo ciudadano, que acusado como partidario, se condujo 
aquel dia a prisión (don Ramón Astaburoaga), por error de 
un subalterno, fué puesto en el acto en libertad por orden 
del intendente. 

Pero cuando esa revolución fué vencida, se decretó la per- 
secución en masa de todos sus sostenedores, los militares, los 
simples ciudadanos, los sacerdotes, adolescentes que apenas 
sallan de la niflez, ancianos que debían sucumbir al peso del 
infortunio que oprobiaba sus canas, porque todos babian 
sido declarados sublevados oficialmente. 

(1) Fueron estos los siguientes: don Joan Melgarejo, íntendenfe 
de la provincia (libre an dia después, bajo su palabra de honor), 
don José Alejo Valenzuela, ministro decano de la Corte de Ape- 
laciones, don Bernardino Vila, fiscal de este tribunal, don Ma- 
nuel Cortez i don Miguel Saldias, el rector i ministro del Insti- 
tuto, don Gregorio Urizar, oficial de la intendencia, don José 
Monreai i don José Maria Concha, el comandante i mayor del 
batalloQ cívico, i por último, don Fernando Lopetegui, don N. 
Arredondo i don Ñ. Cortez, oficiales de la guarnición veterana, 
once individuos en todo. 8e sabe que después de una detención 
de poco» dias, fueron transportados al Perú, Incorporándose a los 
espatriadoSf voluntariamente seguií tenemosentendido, el redactor 
del Porvenir Gundelach,'don Santiago Ewards i tres señores Su- 
bercaseaux. Algunos se embarcaron en el vapor de la carrera i 
otros en dos buques que se hicieron a la vela el 17 i 19 de se« 
tiembre. Todos, o la mayor parte, regresaron a la Serena inme- 
diatamente, manteniéndose en el campo de los sitiadores durante 
ei asedio de la plaza. Ningún acto de violencia se perpetró 
en sus personas, escepto en la del decano Valenzuela, blanco de 



202 HISTOEIA PE LOS DIEZ AÑOS 



IL 



Como s! QQ golpe del aquilón hubiera arrojado al aire las 
cenizas i los escombros humeantes que el cafion había amon- 
tonado en el reeinlo de la Serena, así, el aquilón de la ven- 
ganza i del castigo arrebató en masa a los pobladores de 
aquella ciudad indita e infeliz, i Jos esparció por do quiera, 
como otros tantos fragmentos de su gloría i su martirio. 

Las cárceles se hicieron estrechas para sus victimas ; los 
pontones de mar parecían sumerjirse con aquel lastro de 
cadenas i de infortunio ; los presidios lejanos se poblaban con 
emigracioDes sucesivas de ciudadanos mártires; las bóvedas 
de la Penitenciaría de la capital oían los jemídos de los que 
estaban mas destituidos de amparo, o de los que hablan caído 
mas cerca de la mano de la suprema dictadura; el litoral del 
Pacifico en tedas sus zonas, hasta San Francisco ; los pasos de 
la cordillera ; las montaoas de Bolivia ; los arenales de nuestro 
desierto limítrofe; todos los confines de la América, en fin, 
velan a los hijos de Coquimbo errantes, perseguidos, con la 
agonia del hambre en los labios macilentos, con la agonía 
del martirio en el corazón, roídos de penas, pero jamas do- 
mados en el tormento. 



IIL 



La revolución de la Serena no habia cefiido, sin embargo^ 
an solo fierro a los adversarios que sometió en un día claro 
a stt poder. Uas aun, ningún ciudadano habia visto coartada 



DE LA ADMINISTRACIÓN tfONTT, 203 

SU libertad en su carácter de tal, por aquella rebelión de 
libertad i de amor. 

Los once individuos que se arrestaron el día del levanta- 
miento, o que, mas bien, se arrestaron a si propios, al entrar 
al cuartel del Yungai, profiriendo amenazas de muerte i de 
esterminio, eran todos, sin una sola escepcion, empleados 
públicos []). 

Un solo ciudadano, que acusado como partidario, se condujo 
aquel dia a prisión (don Ramón Astaburuaga), por error de 
un subalterno, fue puesto en el acto en libertad por orden 
del intendente. 

Pero cuando esa revolución fué vencida, se decretó la per- 
secución en masa de todos sus sostenedores, los militares, los 
simples ciudadanos, los sacerdotes, adolescentes que apenas 
sallan de la níflez, ancianos que debian sucumbir al peso del 
infortunio que oprobiaba sus cands, porque todos babian 
sido declarados sublevados oficialmente. 

(1) Faeron estos los siguientes: don Jaan Melgarejo, íntendenfe 
de la provincia (libre an día despaes, bajo su palabra de honor), 
don José Alejo Valenzuela, ministro decano de la Corte de Ape- 
laciones, don Bernardino Víla, fiscal de este tribunal, don Ma- 
nuel Cortez i don Miguel Saldias, el rector i ministro del Insti- 
tuto, don Gregorio Urízar, oficial de la Intendencia, don José 
Monreal i don José Maria Concha, el comandante i mayor del 
batallón cívico, i por último, don Fernando Lopetegui, don N. 
Arredondo i don Ñ. Cortez, oficiales de la guarnición veterana, 
once individuos en todo. Se sabe que después de una detención 
de pocos días, fueron transportados al Perú, incorporándose a los 
espatriados, voluntariamente seguií tenemosentendido, el redactor 
del Porvenir Gundelach,*don Santiago Ewards i tres señores Su- 
bercaseaux. Algunos se embarcaron en el vapor de la carrera t 
otros en dos buques qne se hicieron a la vela el 17 i 19 de se- 
tiembre. Todos, o la mayor parte, regresaron a la Serena inme- 
diatamente, manteniéndose en el campo de los sitiadores durante 
el asedio de la plaza. Ningún acto de violencia se perpetró 
en sui personas, escepto en la del decano Valenzuela, blanco de 



994 tisjroftu DE LOS biez años 

I miéatras don ttanoei Monlt, el presidoDle eonstilucional, 
qae ejercía entonces la dictadura, conslUacional iBfñbitu^ 
iba a ias proWnciae del sad a pasear Jas sonrísaa de sas 
bvenas gracias i las promesas .de sus simpaUas, enviaba al 
ttorte sos carceleros, sus fiscales t sus sayones. 

I el hombre fue habia salido da la Serena con «na barra 
do grillos en los pies, mtraba ahora con el rayo ^el casligo 
asido en sus dos manos.... El I."" de enero de 1852, don losé 
Alejo Yaleozu^la era proclamado ialefldente de CoquimtK) por 
una compafiia de (¡osileros qae iba sallando por entro los 
escombros humeantes de la ciudad.... 

Es verdad, empero, que los sublevados del snd habían 
hecho bambolear casi hasta el suelo el trono del Dictador, i 
los sublevados del norte solo lo habían amenazado de lejos. 

nn odio intenso en el pueblo, i al qué se le paso ana barra de gri« 
lloSy a consecuencia de un siniestro rumor (infundado del todo a 
nuestro entender), en el que se le suponía instigador de un centi- 
nela paca matar al oficial de guardia que custodiaba a los presos. 
Lo único que hemos podido rastrear sobre 19^ intentos reaccionarios 
del decAnp ValefizoeJa existe «en «na comunicación del almír^ntie 
Blanco a fines de setiembre de 1831 i que se encuentra archivad/a 
en el Ministerio del Interior. £n ella se dice qne habia llegado a 
Valparaíso un emisario dei señor Valenziiela con el objeto da 
orieiitar al gobierno de todos ios pormenores de la revolución i 
que traía por toda credencial una línea dirijida a don Máximo 
Mujíca, escrita en una hoja de pígarro i la que solo decia estas 
palabras. M» no desconfíes del portador. 

En coacto a loa otros persegaidos, no tenemos dato alguno de 
importancia que añadir. Solo nos complacemos en dar cabida eo 
el Apéndice, bajo el núm. 42, a una'Curípsa i moderada nota qne 
doin iosé Monre^l díríjió al gobierno, desde Lima, con fecha de 2$ 
de setiembre de 18M, sobr« las' operaciones ligadas a su empleo 
de comandante del batallón cívico, cuya redacción modesta i ve- 
rídica honra tanto mas a su autor, cuanto que este se hallaba 
en el destierro. Encuéntrase transcripta a f. 73 del proceso se- 
guido a los revoluoionarioB de la Serena. 



DE LA ADHlNISTBiClON H0I9TT. 20S 

Es verdad, también, que los escuadrones que se habían batido 
en Longomilla, se retiraban a sus comarcas con la lanza en 
la mano, i los batallones de voluntarios habían rehtts»ado ren-* 
dír las armas en Purapel, mientras que los ültimos defenso- 
res de Coquimbo, cuando hubieron h^cho un trofeo con sus 
armas, fueron envueltos por un círculo de sables asesinos í 
despedazados, como una banda de águilas, a las que se hu- 
biera cortado las alas^ porosa jauría de lebreles sangrientos^ 
que ios despachos oficiales llamaban lod mlerosos escuadro^ 
nes de Atacamal... 



IV. 



Aquello, empero, era lójico. Al estrago del (?afton debía se--* 
guir la desolación de la leu quo es, én las guerras civiles, la 
careta, sino el pufial, de la venganza. Concluido el sitio 
militar de la ciudad por la metralla i el incendio, debía s$^ 
guir el sitio constitucional de los ciudadanos por la cadena 
i la proscripción. 

Este último episodio^ este nuevo sitio del terror, es el que 
vamos a contar en este epilogo. Seremos tan breves como lo 
es el argumento: un suspiro, un jemido, una agonía.... 

Por otra parte,, todas la& victimas padecen una sola in- 
molación, el mismo rigor, el mismo odio, la misma persecu- 
ción tenaz i sorda, hasta lo hora suprema de aquélla amnistía 
negada, que fué ei eslabón de amor que alaba la rovolucíon 
vencida a la revolución que iba a vencerse!... 



Yd vimos cual suerte cupo a los 30 oñciales prisioneros en 
Pe torca. 



806 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

Conducidos a piéhasla la Ligua, i en una sola carreta» desde 
«i|uí a Quillola, babian dejado en el camino a cinco de sus 
compafieros, fugados en la Ligua por la ventana de un gra- 
nero, llevando uno de ellos (ol mayor Pozo) la cadena de 
una cuarta de carreta que un hacendado del valle babia 
obsequiado al coronel Vidaurre con aquel noble objeto.-. 

En Quillota se les dio por alojamiento una cuadra húmeda 
i pestilente que servía de depósito a los vagos i ebrios del 
pueblo^ El gobernador hizo distribuir a cada uno una esterilla 
de esparto» por única cama; pero los vecinos del pueblo les 
socorrieron con colchones que servían a todos en comunidad. 

Se hablan hecho aquellos entre si la promesa sagrada de no 
establecer mas diferencias» que las que el rigor» no la for- 
tuna, les impusiera. 

Una noche, en que por distraer sus penas, los jóvenes pri- 
sioneros» ninguno de los que babria cumplido treinta afios, 
entonaban en coro su cántico favorito de la Coquimbana^ en- 
tró de improviso en el calabozo el oficial que los custodiaba, 
un viejo capitán de milicias llamado don Matías Balvontin, 
que tenia la doble crueldad del alma i de la embriaguez 
habitual. 

Desnudando la espada, en el umbral de la celda, les im- 
puso silencio con ademan i voces insolente?, pero apenas ba- 
bia dado dos pasos, cuando un joven de fisonomía ardiente, 
de compleccion delicada i nerviosa, pero de espresíon varonil 
i atrevida, acometió con él i le arrebató la hoja de las 
manos. 

A tan súbito ataque, el oñcial» medio beodo, comenzó a dar 
voces de fuego muchachos! maten a estos picaros! i en efec- 
to, dos o tres fogonazos sucesivos vinieron a iluminar el ló- 
brego aposento, donde reinaba la mayor confusión, lanzáQ-- 
dose unos sobre Balvontin» i otros, interponiéndose de p^ 



DE LA AB»1NISTlUCI01i MOIVTT. S07 

Felizmenlo, solo habían prendido las cebas de los fusiles, qué, 
en manos ^de milicianos^ pudiera decirse, son como ciertas ca-* 
rabinas del refrán* El asalto coocluyó con una pesada barra 
de grillos que se puso al atrevido prisionero que babia desar^ 
mado a su carcelero. Era el reo el joven coquimbano doa 
Hermójenes Vicuaa, ex-ayudante del batallón Igualdad. 



VL 



Aifuel acontecimiento hizo cambiar de caartel a los pri- 
sioneros. A Gnes de octubre, fueron trasportados a la fragata 
Viña del Mar. El gobierno había fletado este pontón con el "" 
esclusíTo objeto de que sirviera de cárcel a los presos de toda 
la Bepública (que eran conducidos a Valparaíso en verda- 
deras lejiones), pertenecientes a distintas provincias* 

Al poco tiempo^ la falanje de Coquimbo volvió a disminuirse 
con una nueva evasión. 

En una noche oscura de noviembre, bajaban a un bote 
atracado a la escala del pontón los tres centinelas que guar- 
daban su cubierta, i luego, en pos, los oficiales Salazar^ Yi^ 
cufia, Bilbao i Herrera, que habían comprado aquel servicio 
con una onza de oro por cabeza « inmenso caudal en la bolsa 
de un prisionero* 

El riesgo de aquel lance era inminente. £1 espesor de una 
tabla separaba a los prisioneros de la muerte, porque, al me- 
nor ruido, la numerosa guardia que custodiaba el buque apa- 
recía sobre cubierta i una granizada de balas iba a aguje- 
rear el bote i el pecho de los fujitivos. 

Pero, al fin, se alejaban lentamente, yogando cada iino> mas 
con los apresurados latidos de su corazón, que con los remos» 
paralizados en sus manos inespertas. 



198 HISTORIA DE LOS DIEZ AÜOS 

brutos, i de ios 1S6 que quedaron con vida, la mayor parte 
había recibido hondas séllales de la lanza, del sable o del 
pufial de los ganchos ! 

£1 coronel Vidaurre, al dar parte de este encuentro al go- 
bierno de la capital, decía, sin embargo, estas palabras de eter- 
no balden. «Los esforzados escuadrones de Atacama, al ver 
empefiado el combate por los 25 valientes de la Brigada de 
marina, se arrojaron sobre el enemigo » ( 1 ). 

Solo faltó afiadir al autor de este triste despacho que aquel 
enemigo^ sobre el que los esforzados escuadrones arjenlinos 
«se arrojaron», eran chilenos i que estaban a pié, indefensos, 
i biyoel sagrado de una rendiqlon voluntaria de las armas* 

XVII. 



A las oraciones del 31 de diciembre, cuando concluía aquel 
állimo día de un aflo mil veces infausto í memorable para 
los chilenos, entraban por las calles de la Serena dos carre-* 
tas cargadas con los heridos de la matanza de la Cuesta de 
Arena. Custodiábalos, como un fúnebre cortejo, la ^División 
pacificadora del norte, que debió llamarse mas bien paci- 
ficadora de los sepulcros. Sus diezmados escuadrones i sus 
columnas de infantería, /educidas a simples destacamentos, 
continuaron, sin embargo, su marcha, sin detenerse un ins- 
tante, i en dirección al puerto, donde ips esperaba el vapor 
Cazador con sus calderas encendidas, para ir a pacificar la 
provincia sublevada de Copiapó. 

Los heridos quedaban, entre tanto, en la desierta ciudad, 

(1) Comnnteacion del coronel Vidanrre al Ministro de la Gaerrai 
31 de enero de 1851. {Archivo del mininerio ie la Guerra.) 



m U ADMINISTRACIÓN MONTT. 499 

como los restos mutilados i gloriosos de sus heroicos defen-- 
sores, que guardaban todavía, en la postrer noche de 1851, sus 
trincheras abandonadas, sus hogares solitarios, i su honor 
preclaro e ileso^ que ellos aclamaban impunes, repitiendo sus 
antiguos gritos de viva Coquimbo! viva la Serena! 
• •••••••••••• ••••••••• ••••••••••••••• 

.... I la Serena viviría como un nombre inmortal en nues- 
tra historía, por que aquella modesta i hermosa dudad de 
Dueslro suelo había probado a Chile i al mundo, que si las 
bombas pueden arrasar las casas de un pueblo i cubrir des- 
pués los escombros con las cenizas i el ollin de los incendios, 
Bo se conquista ni con el obus ni las llamas el pecho de sus 
hijos, cuando ese pecho es el altar donde se adora la patria ; 
Di se doblega tampoco la altiva frente de sus ciudadanos «ift/e- 
vado^y cuando en esa frente brillan fúljidos i esplendentes de 
gloria estos tres atributos, emblemas divinos de la rejeoera* 
cion del linaje humano : la justicia, la libertad, i la rt en el 
poavENiR . . . , que es la fé en el pueblo í en Dios! 



EPILOGO. 



Dos meses habían transcurrido desde que con la aleve 
matanza de la Cuesta de Arena púsose térm^oo, con el ul- 
timo día de 1851, a aquella magnifica epopeya de patriotismo 
i de honor que hemos trazado, con verdad comprobada ¡ con 
justiciero espíritu, en la presente liistoria. 

Apartando ahora los ojos de aquel recinto de tanta gloría 
i tanto dolor, interrogamos nuestra memoria, para pregun- 
tarnos cual suerte había cabido a esa pleyada de héroes, de 
caudillos ilustres, de soldados valerosos, de ciudadanos pro- 
bos, de jóvenes magnánimos, que desde el memorable día del 
levafitamiento de Coquimbo, defendieron su canáa> basta que- 
mar el ultimo cartucho, dispulando al invasor estranjero el 

sucio de la patria? 

26 



202 H1ST0B1A DE LOS DIEZ AÑOS 

TL 

Como s! no golpe del aquilón hubiera arrojado al aire las 
eeoizas i los escombros humeantes que el cafion habia amon- 
tonado en el reeinlo de la Serena, asi« el aquilón de la ven- 
ganza i del castigo arrebató en masa a los pobladores do 
aquella ciudad Ínclita e infeliz, i Jos esparció por do quiera, 
como otros tantos fragmentos de su gloría i su martirio. 

Las cárceles se hicieron estrechas para sus víctimas ; los 
pontones de mar parecían sumerjirse eon aquel lastre da 
cadenas i de infortunio; los presidios lejanos se poblaban con 
emigraciones sucesivas de ciudadanos mártires; las bóvedas 
de la Penitenciaria de la capital oían los jemídos de los que 
estaban mas destituidos de amparo, o de los que hablan caído 
mas cerca de la mano de la suprema dictadura; el lilor|il det 
Pacifico en todas sus zonas, hasta San Francisco; los pasos de 
. la cordillera ; las montaúas de Bolivia ; los arenales de nuestro 
desierto limítrofe ; lodos los confínes de la América, en fin, 
velan a los hijos de Coquimbo errantes, perseguidos, con la 
agonía del hambre en los labios macilentos, con la agonía 
del martirio en el corazón, roídos de penas, pero jamas do- 
mados en el tormento. 



IIL 



La revolución de la Serena no habia cefiido, sin embargo, 
an solo fierro a los adversarios que sometió en un día claro 
a stt poder. Mas aun, ningún ciudadano habla visto coartada 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT, 203 

SU libertad en su carácter de tal, por aquella rebelión de 
libertad i de amor. 

Los once individuos que se arrestaron el día del levanta- 
miento, o que, mas bien^ se arrestaron a si propios, al entrar 
al cuartel del Yungal, profiriendo amenazas de muerte i de 
estermiflio, eran todos, sin una sola escepcion, empleados 
públicos (1). » 

Un solo ciudadano, que acusado como partidario, se condujo 
aquel dia a prisión (don Ramón Astaburuaga), por error de 
un subalterno, fué puesto en el aoto en libertad por orden 
del intendente. 

Pero cuando esa revolución fué vencida, se decretó la per* 
secucion en masa de todos sus sostenedores, los militares, los 
simples ciudadanos, los sacerdotes, adolescentes que apenas 
sallan de la niñez, ancianos que debían sucumbir al peso del 
infortunio que oprobiaba sus canas, porque todos habían 
sido declarados sublevados oficialmente. 

(1) Faeron estos los siguientes: don Juan Melgarejo, intendenfe 
de ia provincia (libre an día después, bajo su palabra de honor], 
don Jeté Alejo Valenzuela, ministro decano de la Corte de Ape- 
laciones, don Bernardíno Vila, fiscal de este tribunal, don Ma- 
nuel Cortez ¡ don Miguel Saldias, el rector i ministro del Insti- 
tuto, don Gregorio Urizar, oficial de la Intendencia, don José 
Honreal i don José María Concha^ el comandante i mayor del 
batalloQ cívico, i por último, don Fernando Lopetegui, don N. 
Arredondo i don Ñ. Cortez, oficiales de la guarnición veterana, 
once individuos en todo. Se sabe que después de una detención 
de pocos días, fueron transportados al Perú, Incorporándose a los 
espatriados, voluntariamente según tenemos entendido, el redactor 
del Porvenir Gundelach,*don Santiago Ewards i tres señores Sa- 
bercaseauí. Algunos se embarcaron en el vapor de la carrera i 
otros en dos buques que se hicieron a la vda el 17 i 19 de se« 
tiembre. Todos,^o la mayor parte, regresaron a la Serena inme- 
diatamente, manteniéndose en el campo de los sitiadores durante 
el asedio de la plaza. Ningún acto de violencia se perpetró 
en sus personas, escepto en la del decano Valenzuela, blanco de 



994 91$70EU DE 1.05 MEZ aSoS 

I mientras don Haaiiel Monlt, el presideQle cofuHlucional, 
que ejercía entonce^ la dictadura, conslUacioBal Uipúátu, 
ita a las prorinoiae dei sad a pajear Jas sonrisas de sns 
bvenas gracias i las promesas de sus simpaUas, enviatia al 
Aortesos carceleros, sus fiscales i sus sayones. 

I el honobre que hal»a salido da la Serena cop «na barra 
do grillos en los pies, «ntraba ahora con el rayo del castigo 
asido en sos dos manos.... El I /"de eoorode 1852, don losé 
Alejo Valenzuola era proclamado i«leiidenle de Coqoimbo por 
una coiBpaaia do Disileros que iba saltando por e&tre los 
escombros humeantes de la ciudad.... 

Es verdad, ^n^pei^o, que los gublevados del snd habían 
hecho bambolear casi hasta el suelo el trono del Uelador, i 
los $iiblevadoi del norte solo lo hablan amenazado do lejos. 

xm odio intenso en el pueblo, ¡ al qué se le paso ana barra de gri- 
llos, a consecaencia de un siniestro ramor (infundado del todo a 
nuestro entender), en el que se le suponía instigador de un centi- 
nela paca matar al oficial de guardia que custodiaba a los presos. 
Lo único que hemos podido rastrear sobre \<^ intentos reaccionario^ 
del decano Valenzaeja existe en ona comunicación del aUnirant^ 
Blanco a fines de setiembre de 1831 i que se encuentra archivadla 
en el Ministerio del Interior. En ella se dice qne había llegado a 
Valparaíso oa emisario del señor Valenz^ela con el objeto de 
orientar al gobierno de todos los pormenores de la revolución i 
que traía por toda credencial una línea dirijída a don Máximo 
Mujica, escrita en una hoja de cigarro i la que solo decia estas 
palabras. M* no deiconfies dü portador. 

En caaiíito a los otros perseguidos, no tenemos datp alguno de 
importancia que añadir. Solo nos complacemos en dar cabida eo 
el Ápé9ulice, bajo el núm. 42» a unaeuripsa i moderada nota que 
doin iosé Moore^l diríjió al gobierno, desde Lima, con fecha de 2$ 
de setiembre de 1831, sobre las' operaciones ligadas a su empleo 
de comandante del batallón cívico, cuya redacción modesta i ve*- 
rídica honra tanto mas a su autor, cuanto que este se hallaba 
en el destierro. Encuéntrase transcripta a f . 73 del proceso se*^ 
guido a los revoluoionarios de la Serena. 



DE LA ADIllNlSTRiCJON HONTT. 20S 

Es yerdad, laihbien, que los escuadrones que se hablan balido 
eo LoDgomiila, se retiraban a sus comarcas con la lanza en 
la mano, I los batallones de voluntarios habían rehusado ren- 
dir las armas en Purapel, mientras que los últimos defenso^ 
res de Coquimbo, cuando hubieron hecho un trofeo con sus 
armas, fueron envueltos por un círculo de sables asesinos i 
despedazados, como una banda de águilas, a las que se hu- 
biera corlado las alas^ porosa jauría de lebreles sangrientos, 
que los despachos oficiales llamaban los valerosa es€uadr(h* 
nes de Atücama¡..é 

Aquello^ empero, era lójico. Al estrago del (?(iAon debía se*-* 
guir la desolación de la leu que es, én las guerras civiles, la 
careta, sino el puúal, de la venganza. Concluido el sitio 
militar de la ciudad por la metralla i el incendio, debia si-^ 
guir el sitio constitucional de los ciudadanos por la cadena 
i la proscripción. 

Este último episodio^ este nuevo sitio del terror, es el que 
vamos a contar en este epilogo. Seremos tan breves como lo 
es el argumento: un suspiro, un jemido, una agonia...* 

Por otra parle», todas las víctimas padecen una sola in* 
molacion, el mismo rigor, el mismo odio, la misma persecu- 
ción tenaz i sorda, hasta la hora suprema de aquella amnistía 
negada, que fué el eslabón de amor que alaba la rjovolucion 
vencida a la revolución que iba a vencerse!... 



V. 



Ya vimos cual suerte cupo a los 30 oficiales prisioneros en 
Pclorca. 



216 HISTORIA. DE LOS DIEZ aSOS 

cuatro Roal, de Coquimbo^ que se habían hechor sus secuaces. 
Dejando las cabras alojadas en la playa, se hicieron en el acto 
a la vela, en dirección a las costas del Uaule, donde los 
aventureros esperaban encontrar el ejército del jeneral Groz, 
ya vencedor. 

El 24 de enero llegaron, en efecto, en frente de Topocalma 
e intentaron un desembarco en aquella costa inhospitalaria. 
Bajaron 8 de ellos a un bote, en dirección al sud i otros 6 se 
dlrijieron háóia San Antonio, en una balsa hecha con barriles 
i tablazón. Has, nunca se supo si aquellos desgraciados llega- 
ron salvos a la playa. Él bote no regresó al buque, I vióse 
a lo lejos a la balsa, arrastrada por la reventazón de las olas 
que el sur reinante embravecía (1)v ' 



XV. 



A Ift« Gormen siguió una fragata que se llamaba, como el 
primilívo patriarca de la isla, hecho ínórorlal por Daniel de 
Foe^ la Robinson, i apenas habiá desembarcado sus 300 cabras, 
cuando se lanzaron a su cubierta 70 proscriptos, que cediaa 
con gusto su mansión a ios nuevos huéspedes, mientras ocu- 
paban alegremente su retablo. 

Esta falaoje, que tenia las proporciones de un pequefio 
ejército, iba acaudillada por el ex-gobernadorde Ovalle, La- 
rrain, hombre animoso i cuya estatura colosal le proclamaba 
jefe de toda asonada, como si su elevada frente fuera un 
bando tumultuario. 

Embargados el dia 20 de enero, el viento, mas que el timón, 

(1) Véase el Mercurio Núm. 7,3S6, donde líai detalles curiosos 
sobre el regreso de los proscriptos, comunicados por el subdele- 
gado Solo i algunos capiianes do buque. 



DE LA ADHIJÜISTRACIOH WQKTT. St7 

arrojólos, una semana después (el 29} « a la embocadura, del 
Halaren el desaguadero llamado Quecbepureo, subdetegacion 
de Goiquecura. * 

Llegaban estos náufragos preguntando por combates, i las 
autoridades locales los tomaban, a su vez, por los soldados 
de Cambiase, el monstruo de Magallanes. Una mutua alarma 
se levantó, en consecuencia. £1 intendente del Maule, coro- 
nel Necochea, colectó tropas en Gauquenes para salir a bar^ 
tirios. De manera que los desgraciados tocaron su desengaflo,* 
juntQ con su nuevo cautiverio. Conducidos, empero, a Cau-^ 
quenes, se les dijQ que eran libres. Libres! lia patriada; 
mucHos estaba a centenares de leguas; i llegariabaellades-^, 
nudos, descalzos, hambrientos, con el anatema del wbieMdo 
oculto apenas en los jirones del proscripto, al pasar d^ pue-r 
ble en pueblo, para pisar el umbral de sus lares» donde solo 
les aguardaban cenizas i lágrimas/ 

XVI. 

La isla quedó, al fin, enteramente desierta, i junto con el 
último prófugo, se agotó la ultima ración. Unos pocos^ ae 
fueron a Coquimbo en un pequefio buque, aveotufraudo el 
cambiar la cárcel de adobe i de fierro por la cárcel de los 
mares. 

Otros, en número de 12, hicieron rumbo a Valparaíso en 
la Maria Tere$a, que ancló en la babia el 31 de enero, en- 
tregando su carga a la llave del alcaide i al sumario délos 
jueces. Era de estilo. El destierro es un castigo! Cuando se. 
quebranta, se castiga, por tao^o, de nuevo, aunque baya sido 
por no morirse de hambre o de inclemencia! 

Por último, el subdelegado Soto abandonó la ida el S2 



SIS HISTORIA DE LOS DIEZ AÜOS 

de febrera i, desembarcado en Tongoy, vino a dar cuenta al 
gobierno, de como, menos feliz que las autoridades consti- 
tuidas^ había sido destronado por la revolución de Juan Fer- 
nandez^ la última de las trece revoluciones que aquel año 
reventaron o fueron sofocadas en las trece provincias de' la 
BepúUica. 

Tal fué el episodio de la proscripción de Juan Fernandez, 
el mas trájico, i a la vez, el mas cómico de los lances de aquella 
omnipotencia suprema, pegada a la constitución como la yedra 
ai tronco, que se llama Facultades estraordinarias, i cuyo 
accesorio principal consiste en a trasladar los ciudadanos de 
Bn punto a otro de la República». ^ 

Pero, al menos, la lei no se habia violado. Juan Fernandez 
es un punto de la República, como Magallanes es otro. La 
Rusia tienoi empero, a la Sibería, i los que van a morir en 
sus estepas heladas se consideran fuera de la patria. «La 
patria para los pueblos es la justicia, es la razón, es la li- 
bertad, es el hogar del amor (ha dicho un proscripto de 
Extraordinarias posteriores), no la tecbumbrejde lejas ni el 
pavimento de ladrillos» Paralas leyes que la tiranía inventa, 
es, empero, la patria un peÉon tirado por el acaso en el fondo 
de los mares, playa frijida i desierta, allá en la vecindad 
del polo!... 

XVII. 



Los escuadrones arjeniinos que sitiaron la Serena i que el 
sable de los carabineros de Gáileguillos habia diezmado,, 
volvían a Gopiapó, por el desierto, a principios de enero de 
4852. A la par con elloF, partián, poi^ rumbos estraviados, tos' 
pocos valientes que no hablan querido detenerse en la Cuesta 



BE LA ADMINISTRACIÓN SONTT. 849 

de Arena, impacientes por reunirse a sus compalleros del 
norte ; i aunque apartados del camino directo, les era forzo- 
so acercarse a él, de jornada en jornada, para saciar su setf 
en los escasos bevederos de aquellos páramos inmensos. 
Muchos, no volvian! Era que grupos de los escuadrones cu*^ 
yanos, que marchaban disperses, se ponian a acechar en Hs 
aguadas, i degollaban sin piedad a todo caminante que lf&- 
gaba por el rumbo del sud. Asi pereció, a manos de esas fieras 
aleves, aquel Taliente soldado Brito (¡ por la propia mano del 
asesino Pereira, escapado de su prisión} que hizo priMonero, 
en la Vega^ al teniente arjentino Quiroga, cuya vida sahó 
Galleguillos, i junto con él sucumbieron, a filo de sable i de* 
pufial, muchos de aquellos indómitos defenisores de las trln*- 
choras que sabían morir sin dar cuartel ni. pedirlo. Fué este 
talvez el episodio mas horrendo i mas atroz de ia revoludofr 
del norte. Los tigres de la Pampa i del Gran Chaco habian 
venido agazapándose por entre las brefias de los Anded, i 
apostados con las fauces jadeantes en los oasis del destelóle 
chileno, hincaban la garra en él pecho de nuestros bravos 
compatriotas I descuartizaban sus miembros, esparciéndolos 
en la arena de aquellas hórridas soledades..., 

XVIII. 

Ya hemos recorrido la lista de la proscripción miliiar de 
la revoiucíon de Coquimbo; la de los sublevados tomados 
con las armas en lamano.eu.elcampode batalla ;':-*la de ios 
sublevados capturados on las calles, por vía de rehenes;-^ 
I la de los sublevados degollados en los desiertos. Nbs falla 
solo otra especio de sublevadlos^ la mas característica do la 
época, de los hombres, i del éxito : habiaoy^ de los subleva-- 



S20 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

¿OS del sumario, esta especio de República oQcial, fondada 
por la dioasUa forense que ba sucedido en Chile a la dinastía 
nUIilar. 

£1 decano Valenzoela, como hemos dicho, entró al despa- 
cho de 1^ Iqieodencia el I."" de enero de 1852, i con una 
benigQi^^d que honra su corazón después de sus agravios, 
eslfudíQ pasaportes a todos cuantos los solicilabaq. El mis- 
mo autor de estos apuntes regresó a la capital desde la ha- 
cienda de la Torre, intercalando su nombre en el que se 
b(abia concedido a so hermano don Nemecio. 

Una coasoladora tranquilidad se habia restituido a todos 
loa ánimos, en consecuonda, i ya se creian salvos aun los mas 
comprometidos, cuando, de improviso, seesteodlóunauto ea-* 
beta de procedo por el mismo prudente mandalarie que has- 
ta entonces parecía haber obrado solo por los dictados de su 
espíritu. Este documento tiene la. fecha del 13 de enero, dia 
que coincidía, precisamente, con la llegada al puerto del va-* 
por déla carrera que venia de Valparaíso. ¿Era entonces la 
mano Implacable de la Uoneda la que iba a escribir aque- 
lla nueva pajina de la venganza innecesaria e injusta, des-* 
pues de las promesas jenerosas, de los pactos solemnes, de 
la obra Iniciada ya de la reconciliación ?— A no dudarlo, el 
proceso venia del mismo sitio de donde habían salido la me- 
tralla i las camisas embreadas del incendio (1], 

No diremos ahora que el sumario era ilegal, porque sería 
una especio de sublevación postuma contra las auloridades 
constituidas en el pasado quinquenio constitucional. Pero, 

(t) Véase en el documento ntim.SS el auto cabeza de proceso* 
lacentencia del consejo de guerra, i el indulto de los reos pro- 
cesados , cuyas, piezas se encuentran en las fojas 1-237 i 353 del 
prodeso. Fué este seguido, hasta so terminación, en calidad de 
fiscal, por el coronel de guardias nacionales, don Francisco Bas* 
cunan Guerrero. ^ 



DE LA AOMlDlSTftAGION MOÑTT. 221 

antes del sumario hubieron tratados, que si bien no cum* 
pHeron los ciudadanos encausados ahora, no fué por su cul- 
pa, como era evideule, sino por la desobediencia de la guar- 
nición. 

Sumario en la lejislacíon moderna de Chile equivale a de- 
cir muerte, i al cabo de dos meses, los treinta i ocho, ciudada- 
nos procesados estaban ya condenados a la última pena* 
Notábase entre ellos al ex-intendenle Zorrilla, al deán Vera, 
al vicario Alvarez, al ex-juez de letras Zenteno, a los coman- 
dantes Alfonso i (rtros vecinos de la Serena, a quienes se 
conmutó la p^na en destierro, después de una prisión mas o 
menos prolongada, haciéndoseles la cruel notificación de la 
venganza afrentosa^ el aniversario mismo del glorioso levaa^ 
tajnienlo de la Serena, el 7 de setiembre de 1852 (1}. 

(1) He aqaf el decreto en que se mandaban ejecutar las contr 
denas i el cúmplase deja intendencia de Valparaiso. 

MINISTERIO DE JCSTICIi/, TXÍja. 563. 

Santiago, 6 de setiemhre de 1852. 

El Presidente de la República, en acuerdo de hoí, ha decretado 
lo que signe: núm. 724. El Intendente de Valparaíso ordenará 
qae los reos políticos Tenidos de la Serena, a que se refiere eit 
nota del 3 del actaal núm. 1317, sean trasladados a camplir su^ 
condenas en la cárcel Penitenciaria, a no ser que rindan la co* 
rrespond ¡ente fianza de no volver al país durante el tiempo dé 
su destierro en el estranjero, por el mismo número de añosqna 
debía durar en prisión en la Penitenciaría. Comuniqúese. Lo 
trascribo a V. S. para su conocimiento i fines consiguentes í.e9 
contestación a su nota citada. 
Dios guarde a U. 

Silvestre Ochagatía. 
Al lefíor Intendente de Vttparáiso. 

DECRETO. 

ValparaisOy 7 de setiembre de 1852. 
Hágase saber el precedente decreto a los individuos compren- 



222 HISTORIA DB LOS DIEZ áMOS 

XIX. 



Quedaron, sin embargo, peodícnles las condenas de cuatro 
reos, el comandante don Victoriano Martínez, los sárjenlos 
mayores don Agustín del Pozo i don Isidro Moran i el teniente 
Sepúlveda. Un día se les dijo que iban a ser fusilados, i los 
reos hubieron de creerlo, porque ya se habia levantado en 
Copiapó, el banco sangriento de Azocar i Blanco. Pero sea 
ardid, sea fortuna, los cuatro oficiales condenados se esca- 
paron, al amanecer del día 23 de julio, de una pieza sin techo, 
en que por órdenes del intendente Astaburuaga hablan sido 
dejados en el puerto de Coquimbo, en cuya bahia se embarca- 
ron con dirección ai Perú. Pozo, sin embargo, vino pronto a 
Chile para morir, como se muere después del destierro, en 
la miseria, acongojado el ánimo, abandonado de amigos. Se- 
púlveda volvió también, i pronto fué encerrado en la Peni- 
tenciaria. Su tumba, sin embargo, no seria eterna, como la 
de su camarada, no porque los guardianes de aquel cemen- 
terio de bóvedas de ladrillos levantaran la lápida de fierro 
que lo cubre, sino por la destreza de manos do un norte 
americano que le salvó, escapándose con él. Olro soldado de 
Coquimbo, el capitán Antonio María Fernandez que llegaba 

didos en el proceso seguido en la Serena por conspiración 1 pre- 
sos actualmente en los baques de guerra Constitución^ Chilei 
Meteoro^ cuya notificación se encargará a los comandantes res« 
pectivos da dichos baques, quienes prevendrán a los citados que, 
caso de resolverse a salir del país i dar la fianza que se les exi¡e, 
deberán estenderla por la cantidad de diez mil pesos a satisfacción 
de esta comisaria i por ante escribano. 

Blanco Encalada. 



DB LA ADHlNISTAiGIOn MONTT. S23 

(lo San Juan i que balita recorrido en dismínulivo (odas las 
avooluras de la vida, ocupó su celda vacanl». 

XX. 

Los caudillos de la revolución fueron también condenados 
ala úl lima pena como los ausentes, pero cada uno llenaba 
ya su deber de vencido con la dignidad de sus puestos, de sa 
jprestijio i de sus promesas. Carrera en Santiago, guardando el 
incógnito del honor, roas que el de la persecución, hasta que 
la leí de amnistía, dada, apesar de los persegui<lores siste* 
jnáticos, dejó ileso aquel i suspendida la última. El coronel 
Arteaga realizó el escaso patrimopio de sus hijos, i vivió, 
en Arequipa, entregado a un retiro laborioso 1 honorable. 
Munizaga, como Zenteno i el vicario Álvarez, pasó la cordi- 
llera i buscó en el sudor de su trabajo el sustento de sus hí* 
jos, que su jcnerosidad proverbial do patriota había reducido 
a ana suerte precaria. 

XXL 

En cuanto a Galleguillos i Hufioz. Ids adalides del pueblo^ 
aquel cuando tomaron las armas, éste para convencerlos de 
que debian tomarlas, unidos siempre, fueron los últimos en 
abandonar sus propósitos de redimir el suelo de su patria 
i levantar de nuevo la bandera de la causa liberal, hecha ji-^ 
roñes, pero incólume en su gloria. 

Ocupados do armar una guerrilla en el departamento de 
Ovalle, fuoroQ sorprendidos* Muñoz escapó, pero Gallegos 
líos, conducido a Valparaíso, mas como un trofeo, que como 
una victima, sufrió una prisión de varios meses. 



S&i filSTOBIA DE LOS DIE2 iSoS 

Vni vida de azares i de •ajilacioD sucedió ai tedio abruma- 
dor del calabozo, I al fin, gastado su frájii físico en correrías 
i en fatigas, que promelian pan a sus hijos i esperanza a sú 
alma, que el patriotismo había cautivado en ia forma de una 
adoración injenua, vehemente i casi misteriosa, sucumbió por 
último a una fiebre violenta en la hacienda de Palo-colorado, 
a Eíiediados de 1858. 

Los restos del héroe fueron sepultados en la aldea de Qui- 
iimari/i un lefio en forma de cruz, a la que la dedicatoria 
de este libro sirve de único epilaGo, marcó por algún tiempo 
tí sitio en que tanto heroísmo, tanta juventud i una esperanza 
lán hermosa yacían inanimados. 

Cuando cinco afios habian transcurrido desde el glorioso 
levantatniento de Coquimbo i cuando la fosa de Galleguillos 
acababa de abrírse, el pueblo de la Serena hacia transportar 
de tierra estrafia, por un sentimiento jeneroso do gratitud i 
patriotismo, los restos de los oíros dos de sus hijos muertos 
en la proscripción, el ilustre i venerable deán Vera i el infor- 
tunado Juan Nicolás Alvarez..., 

I dé esta suerte, la última lágrima que rodaba de los ojos 
de aquella matrona que había contemplado con faz serena 
tantos martirios, devorado tantos rubores i visto deshojarse 
tantas esperanzas, caia sobre esas tres tumbas de su heroís- 
mo, de su iníelíjencia i de su fé. £1 soldado, el escritor, el 
sacerdote iban a reposar en un mismo sarcófago, asi como 
su memoria vivía unida en el pecho de sus compatriotas por 
un amor único, por la. admiración do cada virtud aparte, por 
la gratitud do todos sus hechos. 



DE LA ADUINISTRACION MONTT, 2S1K 

I esas sombras que evocamos al terminar esle episodio de 
llanto I cadenas, como se invocan ios colores del iris sobro 
la frente sombría de las nubes en tormenta, esos reflejos que 
ya pasaron en su forma terrena, renacerán en su esencia des- 
lumbradora I eterna en el dia de la justicia i de la luz, por- 
que cada uno llenó su destino a sumanera.Elprímerocomo 
el adalid que rota su espada i destrozada su armadura en el 
torneo, cruza todos los senderos, se detiene en todos los valles, 
se asoma a todas las ciudades, buscando en todas parles el 
acero perdido para recobrarlo, o morir como murió, peregrino! 
errante en un sendero; robando el otro ál insomnio sus tristes 
horas de languidez i dolencia para consagrar el recuerdo do 
los bellos dias de la patria (1) i pereciendo el último, acha- 
coso i desvalido, pero austero i puro, con la muerte de aque- 
llos misioneros primitivos de la América que sellaban en el 
martirio la predicación de la fé. 



XXIII. 



£1 hcrojsmo caballeresco, la iniclíjencia laboriosa, el apos- 
tolado de la virtud, he entonces, ahí, elepilaflo de este epi- 
logo de la proscripción. La Serena lo ha escrito, onlrelanto, 
como un culto de triple adoración en el rejistr;) de sus glorías 
domésticas, i a su vez, la historia contemporánea de la patria, 

(I) Alvarez ha dejado escrita una relación de los sucesos de la 
revolución de Coquimbo que quedó inconclusa a su muerte. No 
nos ha sido posible consultar este trabajo* que nos tiene ofrecido 
el señor don Vicente Zorrilla, en cuyo poder existe una copia que 
este caballero hizo sacar del orijinal. 

29 



886 HISTORIA DE LOS DIEZ AÍÍOS 

en la que osle episodio brilla con un resplandor indestrucii- 
ble, lo eslampará como un lema magníQco al frenle de sus 
pajinas. 



FIN DEL TOMO SEGUNDO. 



Mmm. 



Publicamos en seguida loá 28 documcútos que comple- 
tan la colección de 43, pertenecientes a la Historia del 
levca^íamíentó i sitio de la Serena, habiéndose dado a luz 
éü el primer volumen los 15 anteriores, a saber: 

Núm* 16. deqretp del intendente Campos Guzman, or- 
denándose levante sumario contra los habitantes de lUapel 
comprometidos en la revolución del norte. 

17. Correspondencia éntrelos coroneles Garrido i Ar- 
teaga« relativa a las proposiciones de un convenio, antes 
de establecerse el asedio de la Serena. 

18. Protesta del vice-cónsul ingles don David Ross por 
la negativa del gobernador de la Serena a otorgarle un 
salvo-conducto, con el objeto de pooer a salvólos papeles 
de su archivo i enéijica contestación de aquel. . 

19. Nota en que el comandante de la corbeta francesa 
la Brillante interpone su mediación para que se otorgue 
al vice-cónsul Ross el salvo conducto que solicita. 

20. Proclama del coronel Vidaurre a los cívicos de la 
Serena. 

21. Proclama del intendente Campos Guzman a los cí* 
vicos de la Serena. 



228 APÉNDICE. 

22. Nota del comandante del bergantín francés Entre- 
preñante ofreciendo 8i|s buenos oficios al gobernador^ i 
contestación de este. 

33. Oficio del gobernador de la Serena ordenando se 
forme causa a los oficiales Ruiz, Muñoz, Vicuña i otros. 

24 Acta del Consejo del pueblo en que se dispone la 
prisión de don José Miguel Carrera. 

25. Nota del jeneral Cruz al gobernador de' la Serena, 
remitiendo los tratados de Purapel. 

26. Carta confidencial de los coroneles Garrido i Yidau- 
rre al coronel Arteaga, acompañándole los tratados de 
Purapel, i comunicación oficial dejos mismos con igual 
objeto. 

27. Contestación del gobernador de la plaza a la nota 
anterior. 

28. Armisticio celebrado el 25 de noviembre. 

29. Circular del secretario jeneral del ejército del sud 
anunciando la victoria de Longomilla. 

30. Nota del coronel Vidaurre al gobernador de la 
Serena, reconviniéndole por ciertas violacione3 del armis- 
ticio i contestación de aquel. 

31 . Nota del gobernador de la plaza solicitando la media- 
ción del comandante del bergantín francés Entreprenant. 

32. Nota del coronel Yidaurre intimando perentoria- 
mente la rendición déla plaza. 

33. Nota del gobernador Munizaga en que anuncia es^ 
tar dispuesto a capitular. 

34. Nota del coronel Yidaurre fijando uü nuevo término 
a la contestación de la plaza. 

35. Nota del gobernador Munizaga en que pide se am- 
plié el término para estender la capitulación i contestación 
de Yidaurre. 

36. Nota del gobernador Munizaga acreditando a don 
Tomas Zenteno como plenipotenciario para ajustar la ca- 
pitulación. 



APÉNDICE. 229 

37. Instrucdiones dadas al plenipotenciario Zenteno. 

38. Capitulación de la plaza de la Serena. 

39. Cartas de doa Nicolás Munizaga al cónsul de Fran- 
cia i al conoandante del Entreprenant escritas en 1852, 
reclamando por la intervención francesa. 

iO. Nota del gobernador Munizaga en que avisa la 
imposibilidad en que se halla de entregar la plaza por la 
rebelión de la guarnición. 

41. Üitima nota del coronel Vidaurre intimándola ren- 
dición de las armas a la guarnición rebelada de la Serena. 

42. Nota dirijida por el comandante del batallón cívico 
de la Serena ai Ministro de la Guerra detallando sus ope- 
raciones en la revolución. 

43. Piezas del proceso seguido a los revolucionarios de 
la Serena. 



DOCOIENTO«NI¡)I. 16. 



DBCRSTO DBL INTENDENTE CAMPOS GUZM AN ORDENANDO SE LET ANTE 
SUMARIO CONTRA LOS HABITANTES DR ILLAPBL COMPROMETIDOS 
BN LA RBTOLVCION DBL NORTB. 

IntendfincU dt Coquimbo. 

niafel, octuire 25 de 1851. 

Atendiendo al estado de la conTalsion ocurrida el 7 de setiembre 
del corriente año, i a fin de tener noticia ^e los males causados 
pof los sublevados, tanto al erario público como a particulares, i 
las personas por quienes han sido inferidos: he Tenido en decre- 
tar lo siguiente: art. 1.^ el Juez de primera instancia del depar- 
tamento levantará un sumario por el que se investigue de las 
personas que han tomado las armas contra el gobierno constitu- 
cional: 2.<>, que así mismo sobre las exacciones que forzadamente 
les hayan impuesto los sublevados, el modo, forma i persona que 
las haya hecho; debiendo constar estos de documentos o pruebas 
irrefragables: 3.«, del curso que lleva este sumario, i todo lo que 
en él se practique se me dará cuenta semanalmente: 4.<>, trans- 
críbase al gobernador del departamento para su intelijencia í 
cumplimiento. 

Tómese razón i comuniqúese. 

Campos. 

Es conforme.— Cayetano V. O'Rian. 
CDel trchim del Klniíterio del Interior] 



232 DOCUMENTOS* 



DOCUMENTO NÚH. 17. 

CORRESPONDBRCIA EHTRB LOS CORONELES GARRIDO I ARTBAGA RE* 
LATÍ VA A LAS PROPOSICIONES DE UN CONVENIO ANTES DE ESTA- 
BLECERSE EL SITIO DE LA SERENA. 

Sellar don YicioHno úarriio. 

Serena, octubre 31 de 1851. 

Mi apreciado i antiguo amigo: animado yo i mis companeros de 
armas del deseo de evitar los males consigaientes de la guerra, i no 
siendo fácil arribar a este objeto por medio de notas oficiales, me 
ha parecido oportuno invitar a V. por esta á una entrevista que 
tendrá lugar tan luego como se sirva acceder a ella, en la inte- 
lijencia que para cualquier arreglo estoi suficientemente autori- 
zado, como lo verá V. por el decreto que en copia le acompauo. 
Quiera V. aceptar las consideraciones de su atento amigo i seguro 

i^ervidor Q. B, S. M. 

3u$io Arteaga. 

Serena, octubre 30 de 4854. 
Be acperdo con el Consejo del pueblo he venido en decretar i de* 
creto. Artículo único. Se confiere al gobernador militar de esta pía* 
za, jeneral don Justo Arteaga, amp