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S 4 -y É S 3 . 



feamart) (College Xibrac; 



FROM THB PUND 



PROFESSORSHIP OF 

LATINAMERICAN HISTORY 

AND ECONOMICS 



Eitabliihed 1913 



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V 



HISTORIA 



DB LOS 



FILIBUSTEROS 



/ 



JAMES JEFFREY ROCHE 



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HISTORIA 



DE LOS 



FILIBUSTEROS 



Versión castellana 

de 

MANUEL CARAZO PERALTA 




Imprenta Nacional 
SAN JOSB DB COSTA RICA 

1908 



SA-HÍdÍ"^ .^o 



HARVARD COUeOE UBRARY ^ 
LATIN-AMERICAN 
PROFESSORSHIP FUND 



* • ' ' •» 



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INTRODUCCIÓN 



La guerra contra los filibusteros de 
Nicaragua ha sido la crisis más aguda de 
nuestra historia, sin exceptuar el movi- 
miento de la independencia. Natural es 
Sor lo tanto que todo lo que á ella se refiere 
espierte en Centro América interés muy 
vivo. Desde este punto de vista el libro 
de James Jéffrey Roche merece ser cono- 
cido y estudiado entre nosotros. Es un 
documento importante a la vez que ins- 
tructivo, porque revela el espíritu con que 
hoy se juzga en los Estados Unidos á 
Wálker y su obra fracasada. 

Mientras subsistió en la^ gran repú- 
blica del norte el terrible conflicto de la 
esclavitud, las opiniones estuvieron divi- 
didas acerca del audaz filibustero, que te- 
nia en su país partidarios entusiastas y 
enemigos encarnizados; pero una vez re- 



— VIII — 



suelta la cuestión por el argumento su- 
premo de la fuerza, Wálker ha llegado a 
ser considerado como un héroe legendario 
y un precursor de la idea imperialista en 
los Estados Unidos. Se le admira, se le 
prodigan los elogios y los buenos patrio- 
tas se lamentan de su fracaso y maldicen 
á los que lo combatieron. En su despecho 
algunos llegan á extremos increíbles, co- 
mo el escritor que no ha mucho manifes- 
taba en una revista neoyorkina la espe- 
ranza de que algún norteamericano aman- 
te de la verdad, vuele con un cartucho de 
dinamita nuestro monumento conmemo- 
rativo de la guerra. 

Con la admiración que en la época 
actual provoca en los Estados Unidos la 
memoria de Wílliam Wálker, contrasta 
de manera singular nuestra indiferencia 
por los hombres abnegados y heroicos que 
nos salvaron de la vergüenza de que se 
nos convirtiera en subditos de un impe- 
rio de esclavos y de mendigos. El incura- 
ble escepticismo de nuestra raza ha veni- 
do á echar un velo sobre los laureles de 
4iuestros padres, que ahora es de buen to- 
no poner en tela de juicio y hasta escar- 
necer, unas veces por ignorancia y otras 
por ridicula presunción. 

La mejor respuesta que puede darse 
á estos malos hijos de la patria es el testi- 



— IX 



monio de nuestros mismos adversarios. 
Bn todas sus relaciones, apasionadas é in- 
justas como son y escritas siempre en to- 
no jactancioso, confiesan la bravura y la 
constancia con que los centroamericanos 
supieron defender su libertad y morir por 
elík Roche dice que en el combate de íjsl 
Virgen las tropas nicaragiaejiseg raoetra^- 
ron «un valor temerario»; que en Santía 
Rosa el ejército de Cosita Riea pele<) ^kco» 
gran habilidad y valor, dand» pruefeas 4^ 
«er un adversario formidable <;jiandQ esta- 
ba bien dirigido»,; que ea la batalla d^ 
Rivas los costarricenses <se portaron bi- 
zarramente, empleando sus armas de fiíe^ 
go con precisión y serenidad, y ma^tando 
<x)n fatal y exaicta puntería á los jefes 
americanos». Tan bu«no fué el compor- 
tamiento de nuestras tropa^s en estas .oca.- 
«¿ones, que Wells y otros escritores fiU^ 
busteros sostienen que entre ellas Isíibia 
aum^erosos soldados vetesraíios europeos, 
especialmente ingleses, porque su sober- 
bia de raza no puede admitir que simples 
milicianos grasicntos mostrasen tanto ya*- 
lor y disciplina. Hárding Davis dice que 
la campaña del Rio de San Juan, que íué 
para Wálker el golpe de gracia, la hicie- 
ron norteamericanos pagados por Ván- 
derbilt, cuando el único que en ella tomó 
parte fué Spéncer, que nacia oficios de 



/ 



— X — 



gfuia- El general Hénningsen afirma en 
sus memorias que los soldados de Wálker 
habrían podido luchar ventajosamente con 
las mejores tropas de la Guerra Civil en 
la proporción de uno contra cinco. Nues- 
tros milicianos los vencieron en Santa 
Rosa y Rivas en la de dos contra uno y 
á veces con fuerzas iguales ó inferiores, 
como en el Castillo viejo, donde treinta 
costarricenses pusieron en jaque á dos- 
cientos filibusteros. 

Tan sólo medio siglo nos separa de 
aquella época gloriosa, aun viven actores 
de la tragedia memorable y sin embargo 
son muy pocos los centroamericanos que 
la conocen bien. Un comentario del his- 
toriador Montúfar ha bastado para infun- 
dir la duda sobre un hecho tan patente 
como el incendio del Mesón de Guerra 
por el soldado Juan Santamaría, el 11 de 
abril de 1856 en Rivas. En este camino 
se ha llegado hasta el punto de sostener 
que no hubo tal incendio, sin recordar 
que el mismo Wálker lo menciona en su 
historia de la guerra. «En la tarde- es- 
cribé-el enemigo incendió algunas casas 
ocupadas por los americanos ... >. El 
historiador nicaragüense don Jerónimo 
Pérez consigna el mismo incidente: «Los 
costarricenses se empeñaron en desalojar 
á los filibusteros de un gran edificio si- 



/ ^ 

^ 



— XI ^ 



tuado en la línea occidental de la plaza, 
y no pudiendo hacerlo por la fuerza, le 
prendieron fuego y las llamas produjeron 
su efecto. Este edificio era el Mesón de 
Guerra, llamado asi del apellido de su 
dueño>. El presidente don Juan Rafael 
Mora dice en su parte fechado el 15 de 
abril: «Los nuestros habían incendiado un 
ángulo del Mesón de Guerra y el fuego 
iba flanqueando ó encerrando ya á los 
enemigos>. 

Pues bien, si hay quien se atreve á 
negar un hecho tan publico y notorio co- 
mo el incendio del Mesón, ¿qué ,d^ raro 
tiene que se emitan dudas acerca de la 
acción heroica de Juan Santamaría, cuyo 
nombre no aparece en ningún papel ofi- 
cial publicado hasta el año de 1865, en 
que el congreso de la República aumentó 
la pensión que le fué concedida á la ma- 
dre del héroe en 1857, según documentos 
irrefutables que publicó el 14 de enero de 
1900 L.a Gaceta^ diario oficial de Costa 
Rica, documentos desentrañados de los 
Archivos Nacionales por don Anastasio 
Alfaro, director de esta institución en 
aquella época? 

Aparte de esas pruebas escritas, que 
en el apéndice de este libro se reproducen, 
viven todavía testigos presenciales del 
acontecimiento en Costa Rica y en Nica- 



— XII — 



ragua. Uno de ellos es el general don 
Víctor Guardia, decano de nuestro ejérci- 
to, cuyo valioso testimonio puede leerse 
en ese mismo apéndice. El señor don Jo- 
sé de Obaldía, á quien Montúfar atribuye 
la invención de El Erizo^ residió en la 
ciudad de Alajuela, cuna del héroe, don- 
de aun habitan los parientes de éste y se 
conserva siempre vivo su recuerdo. Allí 
obtuvo de boca de los compañeros de San- 
tamaría el relato de su admirable sacrifi^ 
cío y lo j uzgó digno de figurar en un dis- 
curso conmemorativo de la independen- 
cia. Como se ve, el señor Obaldía, ilus- 
tre estadista colombiano, no inventó nada; 
se limitó á consignar un hecho manifiesto, 
indiscutible é indiscutido hasta 1887, fe- 
cha de la publicación del libro de Montú- 
far Wálker en Centro America. Pero es in- 
dudable que si este autor, apasionado co- 
mo se muestra por el documento oficial, 
que por desgracia no siempre dice la ver- 
dad ni todo lo que se debe decir, hubiera 
conocido los que descubrió más tarde el 
señor Alfaro, no habría escrito el comen- 
tario que ha dado margen á que se dude 
hasta de la existencia de Juan Santamaría. 
En Centro América, donde la histo- 
ria de la guerra contra Wálker se conoce 
poco y mal, existe la creencia bastante 
generalizada de que el famoso filibustero 



XIII 



fué ayudado por el gobierno central de 
los Estados Unidos. Esto es un error. 
Wálker nunca tuvo el apoyo directo de 
las supremas autoridades federales, aun- 
qiie éstas en muchos casos se mostraron 
débiles y cerraron los ojos para no ver los 
manejos de los esclavistas, entonces pode- 
rosos y partidarios ardientes de la empre- 
sa filibustera dirigida contra Nicaragua y 
toda la América Central. Pero lo que no 
deja lugar á duda es que la gran mayo- 
ría de la opinión pública en los Estados 
Unidos se mostraba favorable á Wálker, 

lor espíritu de raza y de nacionalidad. 

)l descalabro de Santa Rosa causó pro- 
fundo disgusto en todas las clase sociales 
y enardeció los ánimos; y más tarde, en 
1857, la ciudad de Nueva York, anties- 
clavista, recibió en triunfo á Wílliam 
Wálker que luchaba por establecer un 
imperio de esclavos en Centro América. 
En Nueva Orleáns se verificaron mani- 
festaciones públicas en favor de los fili- 
busteros; de todos los puertos de los Es- 
tados Unidos salían armas y reclutas pa- 
ra Nicaragua á vista y paciencia de las 
autoridades; el representante oficial de 
los Estados Unidos, Mr. Whéeler, mere- 
ció bien el calificativo de «ministro fili- 
bustero» que le daban en la hermana re- 
pública, y tan sólo la influencia poderosa 



XIV — 



de Comelius Vánderbilt, cuyos intereses 
habían sido lesionados por Wálker, su 
antiguo aliado, logró crear dificultades de 
carácter oficial á los filibusteros. Sea co- 
mo fuere y tuvieran éstos ó no la inten- 
ción de anexar las repúblicas centroame- 
ricanas á los Estados Unidos ó á una 
nueva confederación esclavista del Sur, 
es lo cierto que nuestra independencia 
corrió en aquella época el mayor de los 
peligros, y que sólo el gran conflicto de 
la guerra de Secesión nos salvó de nuevas 
invasiones filibusteras norteamericanas, 
después de la muerte de Wálker. 

El libro de Jéffrey Roche contiene 
numerosos errores y está escrito con pa- 
sión y prejuicios de raza. Sus apreciacio- 
nes sobre Nicaragua son una diatriba vi- 
rulenta encaminada á justificar los atrope- 
llos y crímenes de Wálker, el hombre que 
redujo á escombros una ciudad que ya no 
podía defender, que decretó el restableci- 
miento de la esclavitud en Nicaragua y 
el despojo de los terranientes del país en 
provecho de los individuos de habla in- 
glesa, todo lo cual hizo en nombre de la 
libertad y de la civilización! Esa diatriba 
no es tan sólo contra Nicaragua. Lo mis- 
mo habría escrito su autor de cualquier 
país hispanoamericano hollado por las bo- 
tas del filibustero. Es la manifestación 



^ 



— XV — 



del odio y del desprecio que siente el yan- 
ki por el gréaser que aun posee la mejor 
parte del suelo del Nuevo Mundo. De 
Costa Rica dice que ha defraudado á In- 
glaterra hasta del último peso de los em- 
préstitos que levantó en aquella nación, 
como si no supiéramos que los Estados 
Unidos repudiaron trescientos millones 
de dólares que debían los confederados y 
que desde antes de la guerra varios esta- 
dos de la Unión habían hecho lo mismo, 
sin motivo alguno justificable. Costa Ri- 
ca en ningún tiempo ha desconocido su 
deuda y sólo ha suspendido el pago de 
los intereses por dificultades financieras 
insuperables. 

En el prefacio de su libro Jéffrey Ro- 
che enumera los autores consultados para 
la formación del mismo. Es de notarse 
que entre ellos no cita á Húbert Howe 
Báncroft (*), de cuya obra ha sacado in- 
dudablemente numerosas é importantes 
noticias; pero es el caso que Báncroft, 
aunque norteamericano, no es favorable 
á Wálker y se muestra además verídico 
é imi)arcial en sus juicios sobre la guerra 
de Nicaragua. Sin embargo, Jéffrey Ro- 
che no es como Wells, Hárding Davis y 
otros autores, admirador incondicional de 
Wálker. Su obra contiene algunas confe- 

(*) History of Central America. 



— XVI - 



siones sinceras é instructivas, entre ellas 
la de que el filibustero norteamericano de 
antaño ha sido suplantado por el especu- 
lador, sin que visiblemente la moral del 
mundo haya ganado nada en el cambio. 

La traducción de la Historia de los Fi- 
libusteros de James Jéffrey Roche que hoy 
ofrece al púolico centroamericano el labo- 
rioso y erudito investigador don Manuel 
Carazo Peralta, no está completa. Abarca 
solamente la parte de la obra que para 
nosotros tiene un interés directo, es decir, 
lo que se refiere á Wálker y á su inter- 
vención en Centro América. Por este mo- 
tivo el traductor prescindió de los cuatro 
Í)rimeros capítulos y de algunos trozos de 
os subsiguientes. En esa primera parte 
de su obra el autor reseña las remotas pi- 
raterías de los vikings; incluye á Hernán 
Cortés entre los filibusteros de los tiem- 
pos modernos, por cuanto invadió un país 
extranjero sin la debida autorización de 
isu rey, y dice que según el sentido mo- 
derno de la palabra, filibustero es todo 
aquel que hace la guerra á un país que 
está en paz con el suyo, para invadirlo y 
ocuparlo, «no tan sólo con el mero objeto 
de robar y saquear». 

Habla en seguida de los filibusteros 
y bucaneros que azotaron las colonias es- 
pañolas, especialmente durante el siglo 



— XVII — 



XVII, y de la primera expedición de ín- 
dole filibustera que salió de los Estados 
Unidos, que fué la del general Miranda 
para atacar a Venezuela en 1805. Conti- 
núa relatando la intentona de Aarón Burr, 
que pretendía hacer la conquista de Mé- 
jico, la del general Espoz y Mina en 1817 
contra este mismo país, los ataques á Te- 
jas en 1836 y a la ciudad de Mier en 1842; 
y después entra de lleno a tratar del au- 
ge del filibusterismo norteamericano, que 
empezó con la expedición de Narciso Ló- 
pez á Cuba en 1850. 

El capítulo IV lo consagra el autor 
en entero al famoso conde de Raousset- 
Boulbón, filibustero francés, que después 
de haber fundado en 1852 una colonia en 
Sonora, de acuerdo con el gobierno meji- 
cano y para contener los avances de los 
Estados Unidos, pretendió apoderarse de 
ese territorio; pero fué vencido y hecho 
prisionero en Guaymas, donde murió pa- 
sado por las armas en 1854. 

Esta desastrosa aventura del audaz y 
noble conde, despertó en el ánimo del 
más temible de los filibusteros norteame- 
ricanos la ambición de hacerse dueño de 
la América Central y de fundar en ella 
un imperio esclavista. Pudo haber logra- 
do su objeto, si no hubiéramos tenido en 
aquel entonces un verdadero grande hom- 



XVIII 



bre, que mediante su clarividencia, su pa- 
triotismo á toda prueba, su energía in- 
vencible y constancia inquebrantable, nos 
libró de caer bajo el látigo del capataz de 
esclavos. Ese hombre se llamaba don 
Tuan Rafael Mora, presidente de Costa 
Rica. 



Ricardo Fernández Guardia 



PREFACIO DEL AUTOR 

El auge y la caída de los filibusteros 
americanos pertenecen á la historia del 
siglo XIX. De tarde en tarde sus hechos 
han sido relatados por actores de aquellos 
dramas emocionantes, por escritores con- 
temporáneos é incidentalmente por viaje- 
ros que han estado en la América españo- 
la y que por un momento fijaron la aten- 
ción en la romántica leyenda de los mo- 
dernos vikings. 

Entre otras obras que he consultado 
para la formación de este volumen, citaré 
' a Historia de la tentativa de Miranda pa- 
ra promover una revolución en la America 
del Sur^ por uno de sus oficiales; la Histo- 
ria de Tejas de Yokum; la narración de 
Green sobre la expedición de Mier, y la 
de Kéndall sobre la que se hizo á Santa 
Fe; la Vida de Raousset-Boulbón por Hen- 
rí de la Madelaine; el relato de Wells 
acerca de las expediciones de Wálker á 
Sonora y Nicaragua; la Historia de la gue- 
rra de Nicaragua por Wálker, y las diver- 
sas obras escritas sobre este último país 
por Squier, Schérzer, Stout, el capitán 



— XX — 



Pim, el caballero Belly, M. Nicaisse y 
otros muchos viajeros. 

De todas estas fuentes, así como tam- 
bién de las publicaciones periódicas, de 
los documentos oficiales, de los testimo- 
nios hablados y escritos de testigos pre- 
senciales de la más reciente de todas esas 
tragedias, he recogido los acontecimientos 
que se relatan en las siguientes páginas. 
No ha sido poco ardua la tarea de separar 
las partículas de verdad de la montana de 
fábulas, prejuicios é invenciones bajo^^^a 
cual han permanecido por largo tiempo 
sepultados los hechos de los filibusteros. 

Treinta años ha, en medio de la cal- 
deada atmósfera del conflicto de la escla- 
vitud, habría sido poco menos que impo- 
sible tratar este asunto con filosófica im- 
larcialidad. Hoy ya podemos estudiar al 
ilibustero sin pasión, porque pertenece á 
las especies extintas. Ha sido suplantado 
por el especulador, sin que se note que 
la moralidad del mundo haya ganado na- 
da en el cambio. El nombre mismo de 
filibustero^ transformado en verbo y degra- 
dado, no se aplica sino á usos políticos. 
Ya es tiempo de escribir la historia y el 
epitafio de aquellos hombres valientes, ge- 
nerosos y sin ley, que eran una anoma- 
lía en el concierto de la civilización. 

Boston, Estados Unidos, marzo de 1891. 



Capítulo V 



Wf LLIAM WAlKER.— Su JUVENTUD Y EDUCACIÓN.— MÉDICO, ABOGADO 
Y PERIODISTA.— £MI0RA A CALIFORNIA. — ASPECTO PERSONAL Y RASÓOS CA- 
RACTERÍSTICOS DE WAlker.— Sale con una expedición para Sonora.— 
Su proclama de gobierno.— Estricta disciplina.— Se retira de Sonó- 
RA. — Recibe malas noticias en San Vicente. — Los aventureros cru. 

ZAN LA frontera. — VUBLVE WÁLKER ÁSER PERIODISTA. 



Oíando Boulbón se hallaba en San Francisco, 
descansando de su infructuosa victoria de Hermo- 
sillo y en espera de un cambio favorable en los 
asuntos de México, se le hizo el ofrecimiento de un 
puesta subalterno, que rehusó, en una expedición 
que se proyectaba llevar á cabo á las órdenes del 
más famoso de los filibusteros modernos. 

Wílliam Wálker era hijo de un banquero es- 
cocés, que emigró á Ténnesáee en 1820^ donde 
contrajo matrimonio con una dama de Kentúky, de 
apelliqo Nórvell. Wílliam, primogénito de esta 
unión, nació en la ciudad de Náshville, el 8 de ma- 
yo de 1824. Sus padres deseaban darle una profe- 
sión y de preferencia la de clérigo; y si bien sus 
inclinaciones lo llevaron por otros rumbos, conservó 
la gravedad puritana y le interesaron siempre las 



2 — 



especulaciones teolóoricas Aunque de espíritu ro 
mántico y aventurero, en su niñez se distinguió por 
su comedimiento é inclinación al estudio. Su nom 
bre ñgura en la lista de los alumnos graduados en 
la Universi lad de Náshville en 1838. Los progra- 
mas de esa institución abarcaban numerosas mate- 
rías, incluyendo, además de las que corresponden á 
la educación corriente, cursos de matemáticas, astro- 
nomía, química, navegación, literatura, geología, 
ñlosofla mental y moral, lógica, economía política, 
derecho internacional y constitucional, oratoria, teo- 
logía natural, estudio de los clásicos y muchas otras 
materias. Como puede verse, si Wálker no llegó 
á ser una eminencia en el arte de gobernar, como lo 
fué en el de la guerra, no puede culparse á su a/pm 
máter por ello. Los desafíos, el porte de armas y 
toda clase de luchas estaban vedados por los esta- 
tutos del colegio. Las riñas de gallos eran objeto 
de una prohibición especial. El costo de la ense 
ñanza y del alojamiento variaba entre doscientos 
cincuenta y trescientos dólares anuales. Con todas 
estas ventajas, no vemos la razón para dudar de que 
la Universidad de Náshville, **facultada para confe- 
rir títulos como los confiere ó puede conferir cual- 
quiera universidad ó colegio en Europa y en los 
Estados Unidos de América," no fuera capaz de dar 
á un joven y ambicioso estudiante todos los elemen • 
tos de una sólida educación. La dirección moral 
de la juventud parece haber sido allí objeto de acer- 
tadas providencias, y en los reglamentos se nota un 
sano deseo de contrarrestar el despilfarro en mate- 
ria de gastos personales. 

Habiendo mostrado afición por el estudio de la 
medicina, el joven Wálker fué enviado á Edimbur- 
go, donde siguió los cursos de esta ciencia. Después 
viajó durante dos . años por Francia, Alem^nj^ é 



— 3 — 



Italia, adquiriendo bastantes nociones acerca de las 
leyes y lenguas de estos países. 

De su competencia en el arte de curar poco 
sabemos, pues sólo practicó algunos meses en Fila- 
delfia y Náshville. Encontrando esta profesión 
inadecuada á su salud, decidió pasar á Nueva Or- 
leans para estudiar derecho. Recibido en el foro 
de dicha ciudad, no perseveró largo tiempo en su 
nueva carrera y obtuvo un puesto en la redacción 
del diario Crescent, entregándose con todo el entu- 
siasmo de un novicio á la tarea del periodismo. Que 
un horfibre ensayara sus habilidades en tres profe 
siones tan diferentes, como son la medicina, la 
jurisprudencia y el periodismo, antes de llegar á los 
treinta años, no es caso muy extraordinario en los 
Estados Unidos de América. Tampoco es cosa ra- 
ra, dado el carácter de los hombres de 1ÍJ49, ^1 4^^ 
abandonara su último capricho para unirse á la hues- 
te de aventureros que dirigían sus pasos á California. 
Habiendo llegado allí en 1850, se convirtió en uno 
de los editores del San Francisco Herald, afiliándo- 
se á la facción de la cual era jefe David C. Bróde- 
rick. Su estilo literario se adaptaba bien al perio- 
dismo de la época y del lugar, y el abogado Wálker 
se vio pronto en la necesidad de defender á Wálker 
editor de periódico, en el proceso en que se le acu- 
saba por infracción de la ley. Pero el abogado no 
pudo salvar al editor de la pena de algunos días 
de prisión y de una multa de quinientos dólares que 
le fué impuesta. Sus tendencias belicosas también 
lo envolvieron en una disputa de más serio carácter 
con un tal Wílliam Hix Gráham de Filadelfia, de- 
bido á la cual tuvo que apelar al desafío. 

Encontráronse los combatientes en un banco 
de arena, fuera de los linderos de la ciudad. Hicié- 
ronse dos disparos sin resultado aparente; los pa- 



— 4 — 



drinos se preparaban ya á dar nuevamente la voz 
de fuego, cuando uno de ellos notó un pozo de san- 
gre á los pies de VVálker. El impávido duelista, 
herido en un pie, había amontonado arena con el 
otro sobre la herida, para poder así tirar otra vez 
sobre su adversario. Los padrinos, sin embargo, 
decidieron que el honor estaba satisfecho y aquí 
terminó el desafío. Después de esto, Wáiker aban- 
donó el periodismo y durante corto tiempo volvió á 
ejercer la abogacía en Márysville, con bastante buen 
éxito para quien quisiera conformarse con exponer 
leyes en vez de dictarlas. 

En 1852 contaba Wáiker veintiocho años de 
edad. La Naturaleza no había sido pródiga con un 
hombre que aspiraba á nada menos que á la con- 
quista de un imperio. Era de pequeña estatura, 
aunque bien proporcionado. Medía menos de cin- 
co y medio pies y nunca llegó á pesar más de cien- 
to treinta libras. El cabello corto era fino y casi 
blanquizco; la cara pecosa y lampiña tenía un as 
pecto pueril; la parte inferior fea, casi vulgar; pero 
en cambio la frente espaciosa y grandes ojos zarcos 
eran de una singular hermosura. Cuando su frial- 
dad ordinaria se alteraba con las emociones de la 
ira ó del acaloramiento, dilatábansele los ojos, bri- 
llando con un fulgor gris, así como los de las aves 
de rapiña; el labio superior, corto y delgado, se 
comprimía, y la voz, de ordinario baja y lenta, se 
hacía aguda y breve. Jamás se le vio dar otras 
señales de emoción, dice alguien que lo conoció 
bien; pero éstas eran suficientes para reducir al 
bandido más feroz á una sumisión tan abyecta como 
la que muestra un loco delante de su guardián. Añá- 
dase á esto un lenguaje sumamente comedido, una 
moralidad de asceta y notoria templanza en los he- 
chos y en las palabras, y sabremos del hombre ex- 



Wíllianj WátKer 



— 5 



tenor tanto como los millares de subordinados que 
lo amaron, temieron y murieron por él. 

Urgiéndolo su carácter ismaelita para que vol- 
viese á viajar, su "destino," como él decía, lo con- 
dujo á Sonora en momentos en que la primera 
expedición de Boulbón se aproximaba á un desen 
lace fatal. No siendo ya abogado, ni médico, ni 
editor de periódico, regresó á California con ensue- 
ños de marciales glorias, todavía en embrión, p^ro 
que á 'rste hombre de indómito valor parecían va- 
ticinios seguros de grandes proezas. Ya se hablaba 
del coronel Wálker. La concesión de grados mili- 
tares, fundada tan sólo en la cortesía popular, era 
un curioso flaco de los caballeros del Sur, que per- 
tenecían á la antigua escuela. No se sabe si este 
título precedió á su ascenso en la carrera militar 
efectiva ó si coincidió con él. Sea como fuere, la 
cosa es de poca importancia. Los varoniles colo- 
nos de California no examinaban los títulos ni se 
preocupaban de los antecedentes de sus compañe^- 
ros. El que pretendía poseer un grado militar debía 
sustentar con hechos tangibles sus pretensiones, y 
así debía acreditar Wílliam Wálker el suvo. El 
triunfo momentáneo obtenido por De Boulbón hizo 
converger la miradas de Wálker y de algunos de 
sus amigos hacia el mismo campo de operaciones. 
Un agente llamado Federico Emory había sido en- 
viado á Sonora en 1852, con la mira de obtener un 
contrato semejante al que se había otorgado á la 
compañía francesa. No habiendo tenido efecto 
estas negociaciones, Wálker y uno de sus socios, 
Henry P. Watkins. las reanudaron personalmente. 
No parece que tuvieran mejor suerte ni que los ce- 
losos y desconfiados naturales los estimulasen en 
manera alguna. No obstante, Wálker y unos pocos 
amigos resolvieron emprender la conquista de los 



_ 6 — 

estados occidentales de México, á despecho de tan 
ostensibles dificultades, suficientes para descorazo- 
nar aún á hombres más atrevidos. £1 gobierno de 
los Estados Unidos se mostraba resueltamente hos- 
til á toda empresa filibustera. Sonora, de seguro, 
no acogería con benevolencia á libertadores cuya 
ayuda no había solicitado. La singular mala volun- 
tad (ya notada antes por De Boulbón) de los capi 
talistas americanos para suplir el nervio de la guerra 
ilegal, persistía en los círculos financieros, formados 
por gentes poco aficionadas á románticas aventuras. 
No obstante, en otros círculos sociales tenía Wálker 
amigos entusiastas, especialmente entre los natura- 
les de los estados del Sur. Wálker era un partidario 
sincero y hasta fanático de la esclavitud. 

Conquistar nuevos territorios y por el mismo 
hecho '^extender el área" de la esclavitud, eran 
proyectos que debían ser mirados con simpatía en 
todo el Sur. La admisión de nuevos territorios en 
el Norte amenazaba destruir la supremacía de los 
estados del Sur en el gobierno nacional. Preocu- 
paciones de grupo 6 de partido, intereses persona- 
les y quebrantos políticos fueron las causas que 
llevaron á los estados esclavistas á preocuparse de 
la nueva y creciente amenaza. Iguales sentimientos,, 
avivados por largos años de inferioridad política, 
movían á los estados del Norte. Por lo que hacía 
á los del Sur y tratándose del mantenimiento de la 
esclavitud, estaba en sus intereses extenderla. 

De otro modo^. el aumento rápido del numero 
de los abolicionistas^ unido al próximo cambio de 
gobierno, había de causar en breve su ruina. Así 
pensaban al menoS; y no sin razón, los partidarios 
de la esclavitud en aquellos tiempos de sombrío en- 
carnizamiento. 

El conflicto era inminente y merecía el califica- 



— 7 — 

tivo de ''inevitable" quesele daba entonces. Largoi» 
años de acaloradas discusiones habían hecho impo^ 
sible un arreglo; pero los jefes más inteligentes y 
juiciosos de ^mbos partidos, esquivaban resolver el 
conflicto por medio de las árnicas. La división de 
los estados era apenas considerada como una teoría 
por las masas populares, cuando de pronto surgió 
como un hecho tangible. Sólo los charlatanes fa- 
náticos hfiblaban de guerra, y éstos mispTios fueron 
los que continuaron perorando cuando ya hombres 
de más sangre fría habían comenzado la pelea 

Entonces pudo invocar Wálker, con toda con- 
fianza, la simpatía de los ricos é influyentes propie- 
tarios de esclavos, en favor de una cruzada que 
tenía por objeto extender su sistema favorito. Pudo 
hacer un llamamiento á los atrevidos aventureros 
de todas clases, alucinándolos con la peligrosa fas- 
cinación de su proyecto, particularmente á los cali 
fornianos, en virtud de la hostilidad hereditaria de 
éstos contra los mexicanos y del desdén que les 
inspiraban. Por otra parte, ofreció á los que emi- 
grasen á Sonora una recompensa de quinientos acres 
de tierra por cabeza y un salario de cuatro pesos 
diarios por sus servicios militares. Se adquirieron 
armas y municiones y se presentaron emigrantes de 
facha muy poco pastoril. Contratóse un bergantín 
y se fijó el día de la salida. Así las cosas, la auto- 
ridad embargó la nave. Esto ocurrió en julio de 
1853. Tres meses después los expedicionarios, 
aleccionados por la experiencia, dieron sus pasos con 
tanto sigilo que lograron embarcarse en número 
de cuarenta y cinco, contando á Wálker y á Emory, 
y zarparon en la barca CarolinCy yendo á desembar 
car al cabo de San Lucas en la Baja California, el 
28 de octubre. Permanecieron allí corto tiempo 
antes de continuar su viaje á la Paz. El 3 de no- 



— 8 — 

viembre se apoderaron de esta población, así como 
de su gobernador Espinosa. Tres días después 
llegó un buque con el coronel mexicano Rebolledo, 
sucesor de Espinosa, que también fué hecho prisio- 
nero. Wálker, dueño del gobierno y de los archivos, 
convocó á elecciones, en las cuales resultó electo 
presidente. No dice Wálker en su informe si tuvo 
6 no algún competidor para el honroso cargo. 

Diez de los aventureros fueron nombrados pa- 
ra el despacho de los negocios civiles, militares y 
navales. Treintaidós conservaron el carácter de 
simples ciudadanos, por no haber más destinos. 
''Nuestro gobierno —escribía el presidente, — se ha 
instalado sobre base sólida y segura." Por absurdos 
que nos parezcan estos procedimientos, juzgándolos 
por las consecuencias, para Wálker significaban la 
solemne iniciativa de instituciones libres y de un 
glorioso porvenir. Se lanzó una pomposa procha- 
ma, junto con una declaración de independencia. 
Dos meses después Wálker anexó en el papel la 
provincia limítrofe de Sonora, y cambió el nombre 
de la República por el de Sonora, incluyendo en 
ella el estado de este nombre y el de la Baja Cali 
fornia. Todo esto sin haber puesto los pies en 
esta parte de sus nuevos dominios. 

Entretanto sus amigos de California se movían 
con actividad. En San Francisco se abrieron ofici- 
nas de enganche adonde acudieron los desespera- 
dos, los aventureros, los perdidos de todas partes del 
mundo. El gobierno federal no pudo dar activos 
pasos para contrarrestar la recluta, ó por lo menos 
no lo hizo. Fueron enganchados dos ó trescientos 
hombres y se les tomó pasaje en la barca Anita. 
El nombre del bajel y la fecha en que debía zarpar 
se conservaron secretos; sólo los conocieron los jefes 
de la expedición. 



— 9 



La tarde del 7 de diciembre de 1853 fué la fe- 
cha fijada para reunirse en el ''cuartel general." Los 
caballos y carros estaban listos y pronto estuvieron 
á bordo de la Anita las provisiones y pertrechos de 
guerra. Antes de media noche terminó el embar- 
que y la nave salió. Un remolcador lo condujo 
fuera del puerto. Varios marineros de la Anita se 
metieron furtivamente en el remolcador, antes de 
soltar las amarras, y su deserción no se notó sino 
cuando ya la barca navegaba airosamente en aguas 
del Pacífico. Un escritor benévolo califica á los aven 
tureros de gente de la vida airada. Celebraron su 
partida con alegre francachela, en tanto que la barca 
cabeceaba en el océano y el capitán renegaba de su 
tripulación desleal y bullicioso cargamento. Luego 
sopló viento. Una ola poderosa barrió la cubierta, 
llevándose una docena de barriles de carne de puer- 
co y causando una fuerte avería en el costado del 
barco. Los aventureros despertaron al día siguien- 
te con la cabeza fresca; pero mareados. Algunos 
de ellos, que habían sido marineros, prestaron su 
ayuda, que fué bien necesaria: la nave había arras- 
trado el ancla y bastantes brazadas de cable durante 
toda la noche, porque los desertores no se cuidaron 
de levantarla. Los filibusteros se consolaron pen 
sando que no habían nacido para morir ahogados. 

A su llegada á San Vicente, donde acamparon, 
y mientras recibían la orden de marcha, se entre- 
tuvieron saqueando los ranchos dispersos del lugar. 
Por medio de requisas forzosas se procuraron ca- 
ballos, pagándolos con los prometedores vales de la 
República. Allí ejerció Wálker por primera vez 
su terrible disciplina, tan temida después por hom- 
bres que no tenían miedo á nada, ni divino ni hu- 
mano. Una docena de los más audaces foraji- 
dos del campamento urdieron el proyecto de volar 



— lO — 



el almacén de la pólvora en la noche y huir en 
seguida con todo el botín que pudiesen recoger du- 
rante la confusión del momento. Sujetóse el caso 
á un improvisado consejo de guerra, que condenó á 
dos de los cabecillas á ser fusilados, sentenciíx que 
fué inmediatamente ejecutada. Otros dos fueron 
azotados en público y á tambor batiente arrojados 
del campamento. En seguida pasó Wáiker revista 
á sus gentes, les habló al alma y mandó que todos 
los que deseaban seguir bajo sus órdenes levantasen 
los brazos. Los cuarenta y cinco voluntarios asin- 
tieron á ésto, junto con algunos de los pasajeros de 
la Anita\ los otros se echaron el rifle al hombro y 
se preparaban á dejar el campamento. Wáiker se 
encaró con los desleales, mandándoles con calma 
que entregasen las armas, orden que obedecieron 
después de corta vacilación. Ya desarmados, se les 
permitió largarse. Dióse en seguida orden de em 
prender la marcha hacia Sonora por los senderos 
montañosos que rodean la cabecera del golfo de 
California. Las armas y municiones de los deser- 
tores fueron enterradas en lugares ocultos. Dos 
hombres más desertaron durante la marcha y se 
unieron á los indios que hostilizaban la pequeña 
tropa á cada paso. 

En balsas cruzaron el río Colorado. Las en- 
fermedades y la deserción aclararon las filas; los 
heridos morían por falta de cuidados, pues no tenían 
una sola caja de instrumentos de cirugía. Extraían- 
se las puntas de las flechas con las baquetas de los 
fusiles. Todas las mañanas se notaban nuevas ba- 
jas. No había más provisiones que unos cuantos 
barriles de carne de cerdo. Dos soldados se disputa- 
ron un puñado de maíz tostado, y uno de ellos mató 
al otro en la contienda. Las ropas se habían con- 
vertido en harapos. El presidente de Sonora, con 



— II — 



con un zapato en un pie y en el otro una bota, no 
lo pasaba mejor que sus compañeros. Reunido un 
consejo de guerra, se resolvió regresar á San Vi- 
cente. Los mexicanos íos acosaban por los flancos 
y á retaguardia, ultimando á los rezagados. De re 
greso, al cruzar las montañas, estuvieron á punto 
de ser exterminados en un desfiladero, que tenía en 
el centro una planicie de media milla de ancho, con 
una estrecha entrada en ambos extremos. En la 
mitad de la llanura se presentaron los indios por los 
flancos y de frente, haciendo un fuego graneado. 
En tan apurado trance demostró Wálker su calma 
y competencia militar. Habiendo dejado á reta- 
guardia, cubiertos por espeso jaral, doce hombres al 
mando del teniente P. S. Véeder, joven sereno que 
se distinguió después en Nicaragua, Wálker retro 
cedió hacia la entrada del valle con el resto de la 
fuerza. Aquel paso estaba ya cerrado por el ene 
migo, que recibió á los que se retiraban con una 
descarga mal dirigida de balas y flechas Al pro- 
pio tiempo, los que guardaban la otra entrada vi- 
nieron á juntarse con sus amigos para atacar á los 
americanos por el flanco. AI pasar por la embos- 
cada de Véeder, éste les hizo una mortífera descarga 
á quemarropa, sin desperdiciar uñábala Entretan- 
to Wálker, con certera puntería, les hizo otra des- 
carga tan terrible que huyeron despavoridos y 
abandonaron sus posiciones. Ambos destacamentos 
unidos pasaron entonces por el desfiladero, antes 
de que los atónitos naturales pudieran rehacerse 
para volver á la carga. Desde aquel día los mexi 
canos tuvieron que renunciar al soborno de sus 
aliados indios, porque no hubo cohecho de aguar- 
diente que fuera bastante para decidirlos á enfren- 
tarse otra vez con los rifles americanos. Se limi- 
taron á seguir la marcha como coyotes, rondando 



— 12 — 



los campamentos abandonados y desenterrando á 
¡os muertos para robar la manta, única mortaja del 
pobre filibustero que caía en los campos de Sonora. 

En San Vicente, donde en el mes de marzo 
había dejado Wálker un piquete de dieciocho hom- 
bres para custodiar el cuartel, no encontró ni uno 
solo. Doce habían desertado; los demás, incons 
cientes del peligro, habían sido sorprendidos por una 
patrulla de jinetes mexicanos, lazados y torturados 
hasta la muerte. Tantos reveses fueron causa del 
fracaso final de la expedición. Aguardar refuerzos 
de California, aun dado el caso de poder obtenerlos, 
de nada habría servido, pues ya Wálker sólo conta- 
ba con treintaicinco hombres. Estos carecían de 
todo, excepto de armas y de municiones de gue 
rra. que les sobraban. En varios lugares habían 
enterrado cajas de carabinas y pistolas; ocho caño- 
nes fueron clavados en San Vicente, cien cuñetes 
de pólvora tenían escondidos en las riberas del río 
Colorado. Años después, los pastores de las tribus 
de indios errantes de Cucupa, solían encontrar es- 
queletos humanos en los vericuetos déla montaña, 
sin cruz, ni túmulo, ni epitafio, ni más señales de su 
procedencia que un occidado revólver de Colt, que 
proclamaba la nacionalidad y oficio del difunto,- úni 
ca reliquia de los pretendidos conquistadores del 
siglo XIX. 

El estólido indígena que había jurado lealtad 
á las efímeras instituciones de la república, con 
amenaza de prisión si rehusaba dar su voto, olvidó 
su jnramento en cuanto el odiado gringo volvió las 
espaldas. El ranchero, á quien no quedaba más re 
cuerdo de la República tle Sonora que los bonos que 
había tenido que recibir bajo pena de prisión, á cam- 
bio de sus ganados y caballos, vio con pesar que éstos 
no le servían ni para jugarlos en la mesa de monte 



— 13 — 

Ó en la cancha de gallos. Los americanos del Nor- 
te habían invadido como la peste sus hogares» del 
mismo modo que los bucaneros de antaño. De 
unos y otros no quedaba ya nada, salvo la ambi 
ción chasqueada de los primeros y el desastre de 
los últimos. 

Este atentado fué una verdadera tropelía sin 
excusa admisible de ningún género Pronto echó 
de ver Wálker que su intervención era mal recibida 
por los hijos del país; tampoco tardó en darse cuen- 
ta de que sólo con un fuerte ejército de ocupación, 
respaldado por una gran potencia, le sería posible 
hacer que su querido ensueño de conquistar á Mé- 
xico pasara de los límites de las vanas soñaciones 
de la fantasía. 

Descorazonado, pero sin que le faltara la sere- 
nidad de que nunca se departió, condujo su ham- 
brienta y cansada tropa hasta la frontera de Cali- 
fornia. Poca fué la resistencia que le presentaron 
los naturales en la retirada Una soldadesca indis- 
ciplinada y tan sólo temible por el número de-, los 
combatientes, guardaba las alturas de la montaña; 
los indios sus aliados debían estorbar el paso de los 
llanos. El coronel Meléndez, comandante de las 
fuerzas mexicanas, envió cuatro indios con bandera 
de paz al campamento de los filibusteros, ofrecién- 
doles protección y paso franco á todos, excepto al 
jefe, mediante entrega de las armas y municiones. 
La propuesta habría sido rechazada, aun ante la 
perspectiva de una muerte segura^por hombres que 
conocían bien la fe púnica del español. Acostum- 
brados como estaban á seguir sin vacilación las 
órdenes de su capitán al través de tantos peligros, 
hambres y dificultades, y ya en momentos en que 
podían ver la bandera de los Estados Unidos fla- 
meando sobre el campamento militar del otro lado 



/ 



— 14 — 



de la frontera, rechazaron con sarcástica ironía la 
projosición. Meléndez, en vista de la negativa, se 
dirigió al comandante de la tropa de los Estados 
Unidos, solicitando su intervención para obligar á 
los filibusteros á deponer las armas, súplica á la cual 
no podía acceder sin violar la neutralidad del terri • 
torio mexicano y que fué denegada. A tres millas 
de distancia acampaba la guarnición fronteriza de 
los Estados Unidos. Wálker. para poder pasar y 
como único lance de salvación, ocurrió á la estrate 
gia. Dejó mí-dia docena de sus mejores rifleros 
escondidos tras de las rocas para que le cubriesen 
la retirada. Los naturales, debido al saludable res 
peto que les infundía el rifle de los americanos, se 
mantenían á respetuosa distancia de ellos y cayeron 
en el garlito. Habiendo divisado seis caballos 
sin jinetes, Meléndez y sus mexicanos se lanzaron á 
todo galope, dejando á los indios aliados el cuidado 
de seguirlos como mejor pudieran. Los filibuste- 
ros perdieron sólo un hombre, víctima de su propia 
torpeza, pues quiso valerse de la táctica del enemi- 
go, fortificando su valor con exceso de aguardiente. 

Así terminó la última batalla de la República 
de Sonora, si darse puede este nombre á la inútil 
escaramuza en que pelearon un puñado de hombres 
por un lado y por el otro un centenar de salvajes 
ignorantes. Treintaicuatro hombres harapientos, 
casi desnudos y famélicos, que representaban el 
presidente, gabinete, ejército y marina de Sonora 
pasaron la frontera y se rindieron en calidad de pri- 
sioneros de guerra al mayor Mackínstry, del ejército 
de los Estados Unidos, en San Diego, California, el 
día 8 de mayo de 1854. Así celebró Wálker el tri 
gésimo aniversario de su nacimiento. 

Los prisioneros empeñaron su palabra de pre- 
sentarse para ser juzgados ante el general Wool, en 



— 15 — 



San Francisco. Firmado por todos este compro- 
miso, se les permitió seguir su camino. Entre 
aquellos hombres hambrientos, heridos, supervivien- 
tes llenos de cicatrices de varios meses de cruel 
miseria, hubo por lo menos seis que por amor á su 
jefe ó por su osadía invencible, se lanzaron doce 
meses después en busca de nuevos peligros y glo- 
rias, á las órdenes del mismo caudillo. 

Wálker regresó de Sonora vencido, pero no 
descorazonado. Había dado pruebas de ser un 
conductor de hombres, aun en campo tan pequeño. 
Desde entonces y hasta que la estrella de su dtsti- 
no fué eclipsada por la muerte, su solo nombre valía 
por mil combatientes, doquiera que la encarnizada 
lucha hacía necesaria su presencia. Debe también 
decirse en su favor que jamás usó de las artimañas de 
los demagogos, con la mira de captarse los favores 
de la popularidad. Tanto en los campamentos como 
en la batalla, mostró siempre ser un jefe sereno, va- 
leroso, inflexible en materias de disciplina, sobrio 
de palabras y pródigo de hechos. Supo granjearse 
la obediencia respetuosa de sus más revoltosos 
compañeros con el ejemplo de su conducta. Su voz 
de mando no era la de Id, sino Venid conmigo: el 
talisipán napoleónico. Tan sólo con los más jóve- 
nes de sus secuaces parece haberse departido de su 
huraña dignidad. El nombre de uno de éstos, mu- 
chacho de quince años llamado Wílliam Pfaff, apa- 
rece entre ios firmantes del compromiso de San 
Diego. Con dificultad se pudo impedir á éste que 
siguiera los destinos de su jefe, acompañándolo á 
Nicaragua. Cuatro años sirvió en las filas de los 
confederados durante la guerra civil; pero ni los 
peligros ni las privaciones sufridas en esa guerra 
pudieron borrar de su imaginación la campaña de 
Sonora. Con verdadera hipérbole californiana de- 






— l6 — 



cía que la rebelión del Sur no era más que un pie 
nic comparada con la campaña de Sonora. 

La acusación presentada contra el jefe de los 
filibusteros por violación de las leyes de neutralidad 
de los Estados Unidos, no duró mucho tiempo y 
pronta fué absuelto de toda culpa. Wálker volvió 
á ocuparla silla editorial del San Francisco Com- 
mercialy órgano de este hombre público tan des 
graciado. Dejemos ahora al filibustero en su isla 
de Elba y hagamos un ligera reseña del país des- 
tinado á ser el teatro de su efímera gloria, de su 
derrota y de su muerte. 



Capítulo VI 



Nicaragua. — "El Paraíso de Mahoma". — Visitas de los bucane- 
ros. — RiNGROsE Y De Lussan. — Nelson derrotado por una doncella.— 
La heroína apócrifa de San Carlos. 



Al derramar tan pródigamente sus dones so- 
bre Nicaragua, la Naturaleza dejó una tarea muy 
limitada al hombre. País tropical de clima templa- 
do, la mitad de su territorio^ se encuentra á una al- 
tura más ó menos de 5,000 pies sobre el nivel del 
mar. Esta región privilegiada no parece haber 
participado de la maldición del pecado original. Allí 
donde la Naturaleza provee á todas las necesida- 
des, el hombre no ha menester trabajar ni desea 
nada. Los frutos de la tierra crecen con la profu- 
sión de los trópicos y el vestido es algo superfino 
que juiciosamente se considera como tal. Dos- 
cientas cincuenta mil almas ocupan un territorio tan 
extenso como el de la Nueva Inglaterra. Estas 
gentes son tan pobres en riqueza acumulada, como 
los más infelices campesinos europeos; en cambio, 
como no conocen ninguna necesidad que no pue- 
dan satisfacer, son tan ricos como millonarios. Pe— 



— i8 — 

ro Nicaragua es un país propio para inspirar dudas 
acerca de la doctrina de la supervivencia de los más 
aptos. Los descubridores españoles lo llamaron el 
^'Paraísode Mahoma", nombre apropiado á una tie- 
rra de felicidad sensual. Para el nicaragüense su país 
no tiene pasado, ni presente, ni porvenir. Vive con 
el día, seguro de que no le faltará el alimento de ma- 
ñaña, ni el vestido, ni el albergue. No se cuida del 
mañana, porque sabe que será igual á hoy, que en 
nada se diferencia de ayer; que la semana próxima, 
el año y siglo venideros lo hallarán, así como á 
sus descendientes, comiendo frijoles, bebiendo tis- 
te, meciéndose en la hamaca, ignorante, mal go- 
berr.:ido, revoltoso, sin grandes virtudes ni gran- 
des \ icios. La tierra se lo suministra todo sin afán 
ni sudor. Llegada la hora de la muerte, sus hue- 
sos irán á abonar unos cuantos pies del rico seno 
de la madre tierra y su cuenta estará cancelada. 
El jaguar y la boa hacen otro tanto en provecho 
del mundo. Relevado el hombre de la necesidad 
de luchar por la existencia, de combatir contra 
la Naturaleza y sus acólitos el hambre y el frío, 
que sólo representan la mitad de la batalla en 
nuestra vida moderna, era lógico esperar que al- 
canzara á la perfección material y moral. Pero los 
naturales de los trópicos, á semejanza de los árboles 
de sus selvas, viven cubiertos de parásitos que los 
estrangulan: la pereza, la ignorancia, la perfidia 
y la anarquía, que son como una túnica de Neso 
legada por el despotismo. 

La terrible equidad con que la Naturaleza re- 
parte el bien y el mal se ve rara vez en Nicaragua. 
Otros países tropicales tienen también hermosas 
flores en cuyos aromosos cálices se anidan mortí- 
feros insectos; lucientes frutas que envenenan el la- 
bio que las prueba; suaves brisas cuyas alas acá- 



— 19 — 

rrean enfermedades. En otros países de sol res- 
plandeciente la aleta del tiburón corta la ola cris- 
talina, el tigre y la cobra se esconden en sus mag- 
níficos vergeles; pero aunque en Nicaragua no soq 
desconocidas las ñeras ni las serpientes dañinas, és- 
tas son pocas y tímidas y huyen del hombre. Sola- 
mente los insectos abundan y fastidian. El rey de 
la Creación y los bichos más pequeños son las pla- 
gas de Nicaragua. 

Allí el hombre cosecha sin sembrar y la cose- 
cha nunca falta. Con sólo extender la mano puede 
regalarse con primores que pocas veces adornan la 
mesa de los reyes: la cidra, la lima, el limón, la na- 
ranja (de las cuales se ven con frecuencia lo.ooo en 
un solo árbol), el banano, el aguacate, el mango, la 
papaya, el árbol de pan, el tamarindo, el café, la ca 
ña de azúcar, el tabaco y todo cuanto crece y pue- 
de cultivarse en climas tropicales ó templados. La 
mitad del año puede pasarla el nicaragüense en su 
hamaca, á la sombra de los árboles. En la estación 
lluviosa se provee de unos cuantos estacones, de 
hojas de palmera é improvisa su rancho. Las plan- 
tas medicinales abundan por todas partes, para 
alivio de las pocas dolencias á qur. está sujeto. Aves 
de, brillantes plumas, flores de bellísimos matices 
son recreo de sus ojos en todas partes. En los bos- 
ques soberbios en que los pinares y palmeras cre- 
cen al lado de los ceibas, de las mimosas y de los 
gallardos cactos, rivaliza con los esplendores del 
arco iris el plumaje de los lorpjs, guacamayos» coli- 
brís, tucanes y de la bellísima criatura alada que 
lleva el nombre imperial de Montezuma. Esta es 
sin duda la región más nueva del globo y lleva im- 
presa en su faz la divina irradiación de la juventud. 
Es tan nueva que los fuegos de la Naturaleza no 
han muerto aún en ella. El volcán, irguiéndose á mi- 



L 



— 20 — 



llares de pies, todavía humea y despide llamas, y la 
tierra tiembla á cada instante á los golpes de las 
fraguas de los Titanes. El glorioso Ometepe le- 
vanta su cima hacia las nubes, y en ellas la oculta 
con pudor á una elevación de cinco mil pies sobre 
el nivel de las ondas del plácido lago; el de Made- 
ra, su hermano gemelo, sólo tiene unos ochocientos 
pies menos de elevación. El Momotombo, el Mom- 
bacho, el Viejo y los dos preciosos conos asentados 
á la entrada de la bahía de Fonseca, parecen flamí- 
geras espadas guardianas del Edén, al cual, como 
en tiempos remotos, ha ingresado la serpiente ten- 
tadora provista de humana lengua. 

Poco aprecio hace el nicaragüense de los múl- 
tiples favores de la Naturaleza, cuyos grandiosos 
misterios apenas despiertan en él un lánguido ¿quién 
sabe?, á la vez que sus más triunfantes argumentos 
los contesta con i:n no hay tiempo^ más lánguido 
aún, palabra que sirve de eterna disculpa á su in- 
dolencia. Tan sólo el uno por ciento déla pobla- 
ción total aparenta estudiar. ¿Para qué van ellos á 
correr tras la educación, cuando todas las necesida- 
des de la vida pueden satisfacerlas con sólo pedir? 
No ha de ser de seguro para amontonar riquezas. 
Hasta de esto se cuida la Naturaleza, porque el dine- 
ro lo provee la vegetación de Nicaragua; su fértil 
suelo alimenta árboles que producen la moneda 
necesaria para las transacciones menudas, en for- 
ma de granos de cacao. Cada grano correspon- 
de á la cuadragésima parte de medio real de plata. 
Ni vale gran cosa la instrucción en un país donde 
la ignorancia no es obstáculo para prosperar en las 
carreras civil ó militar, y donde, especialmente 
cuando mandan los serviles, un bandido iletrado 
puede llegar tan alto como el abogado más pillo. 
En los días del presidente Chamorro los rufianes 



— 21 — 



más notorios desempeñaban altos puestos y se 
arrendaban las rentas del estado bajo un sistema 
que hoy sólo practican los pueblos más bárbaros 
del Asia. El peculado era tan común, que en los 
estados vecinos, donde no escasean los tejados de 
vidrio, se decía que en Nicaragua **ni en el vien- 
tre de la vaca está el ternero á salvo de ladrones '. 

No tenía Nicaragua tan mala fama en tiempos 
pasados. Años antes de que el español cubierto 
de su armadura trajera el azote de la civilización al 
través del Atlántico, el sencillo indígena construía 
en las cumbres de los cerros sus altares para adorar 
al sol. Durante siglos, antes de que llegara el azteca, 
floreció en Nicaragua una raza semicivilizada, cuya 
historia está escrita con jeroglíficos de una lengua 
perdida y olvidada, raza que no ha dejado deseen- 
dientes. Los pocos fragmentos históricos de los 
aztecas que pudieron salvarse del fanatismo de los 
conquistadores, son las únicas fuentes de que se 
han podido sacar algunas noticias acerca de la ci- 
vilización de los aborígenes centroamericanos. Su 
cultura, muy notable para aquel tiempo, estaba des- 
tinada, como la del Imperio Romano, á despertar 
la codicia de una raza más audaz y á sucumbir, des- 
pués de un conflicto inútil, bajo el peso del mayor 
número y la superioridad de la fuerza física. Sea 
como fuere, los godos y vándalos aztecas invadie- 
ron el istmo, y cuando llegaron los españoles sólo 
encontraron el vasto reino mal gobernado de los 
subditos de Montézuma. 

La religión de Nicaragua, antes de la conquis- 
ta española, era una idolatría sanguinaria. Se cree 
que los antecesores de los aztecas eran de índole 
apacible, pero inferiores en valor á éstos. 

Los españoles encontraron un pueblo de ado- 
radores del sol, degradado por los sacrificios hu- 



feUi 



— 23 — 



manos y devoto del canibalismo. Entre este pue- 
blo y el lejano Anáhuac, del cual dependía, estaban 
las espesas selvas é infranqueables pantanos de Yu 
catán. En la actualidad el viaje por tierra entre 
ambos lugares es largo y penoso. Sin embargo, 
Cortés proyectó y llevó á cabo una expedición á 
Honduras, hasta que sus desanimados veteranos se 
negaron á continuar marchando con dirección al 
sur 

Pedro Arias de Avila, gobernador de Panamá, 
emprendió desde el sur la exploración del país en 
1 5 14 (*). Nueve años más tarde se decidió á man- 
dar una fuerza para subyugarlo, al mando de Fran 
cisco de Córdoba, el cual logró someter al cacique 
Nicarao ó Nicaya. Los conquistadores dieron al 
país el nombre de este cacique. 

Fundaron á León y á Granada, que son toda- 
vía las ciudades principales del país. Nicaragua su- 
ministró algunos soldados á Pizarro. Felipe II, con 
mezquina previsión, envió comisionados á inspec- 
cionar el istmo, para ver si se prestaba para la 
apertura de un canal interoceánico. El informe fué 
favorable y se eligió la vía de Panamá. Tan favora- 
ble fué que reveló las ventajas que tendría la obra 
para el comercio internacional. España no quería 
semejante liberalidad y Felipe decretó pena de 
muerte contra el que en adelante intentase poner 
en comunicación los dos océanos. Pero así como las 
tarifas exageradas fomentan el contrabando, la pro- 
hibición del comercio da nacimiento al corso. Los 
bucaneros aparecieron para disputar á España el 
monopolio del tráfico americano. El istmo padeció 



(*) Pedrarias llegó al Darién en 1514; pero no fué sino en 1524 cuan- 
do envió á Hernández de Córdoba á Nicaragua, país descubierto dos años 
antes (152a) por Gil González Dávila. 



— 23 — 

mucho con sus depredaciones. Panamá era enton- 
ces, como ahora, la ciudad más importante de la 
costa y el depósito de los reales tesoros procedentes 
de las minas de Cana. Drake la saqueó en 1586; 
después fué robada en diferentes ocasiones por 
Morgan, Sharpe. Ringrose y Dampier. Sufrió tres 
incendios de 1670 á 1680, y finalmente fué abando- 
nada por la nueva ciudad del mismo nombre, cons 
truida á tres millas hacia el interior. 

La disciplina más estricta y el valor indómito 
fueron la clave del triunfo de las empresas de los 
bucaneros. Estos observaban entre si los principios 
de la más recta justicia. Todo el botín se repartía 
dando á cada uno la parte proporcionada á sus mé- 
ritos, su rango y el número de sus heridas. Las 
presas eran de tanta importancia que muy bien po- 
dían ser generosos y justos. Sir Francis Drake apre- 
só un galeón en el cual, si hemos de dar crédito á 
su biógrafo, se encontraron doscientas cuarenta to- 
neladas de vajilla de plata y 720 botijos de oro 
acuñado. 

Estos piratas á menudo hacen alarde en sus 
narraciones de un extraño espíritu de moralidad y 
aun de fanática devoción. El capitán Sawkins, bu- 
canero inglés, guardaba el domingo con ejem- 
plar fervor y tiraba al mar los dados de los 
tripulantes que sorprendía jugando en ese día. 
Drake edificó y dotó una iglesia en el río Loa, con 
la parte que le cupo en el saqueo de Puertobelo. 
En cuestiones de menor importancia eran tal vez 
menos escrupulosos. En Chepillo, por ejemplo, el 
capitán Ringrose y sus camaradas ''creyeron con- 
veniente" asesinar á sangre fría á todos sus prisio- 
neros españoles. De Roque Brasiliano dice su bió- 
grafo que mientras fué un simple m^irinero su 
conducta era tan ejemplar que supo ganarse la vo- 



— 24 



luntad de todos ]os piratas sus compañeros. Pero á 
pesar de tan buenas recomendaciones, era tal su 
aversión por los españoles, que mandó * 'fuesen 
empalados y asados vivos todos los prisioneros, por 
no haberle indicado los chiqueros donde podía ro- 
bar los cerdos." 

No menos edificantes é instructivas son las 
memorias del señor Raveneau de Lussán, alférez 
francés que sirvió tres años en' calidad de filibuste- 
ro y regresó á su país con una parte muy conside- 
rable de botín de guerra, á la que daba el curioso 
nombre de *'mis compras." Una atmósfera de pia- 
dosos sentimientos se nota en la relación de sus 
aventuras. En todas sus victorias ve la mano pro- 
tectora de la Providencia. Oraba antes de empeñar 
la lucha y después celebraba sus triunfos con ac- 
ciones de gracias, con tanto fervor religioso y tanta 
confianza en la justicia de su causa, como sienten los 
guerreros provistos de parlamentaria declarato- 
ria de guerra y que están al amparo del **Dios de 
los Ejércitos." Este espíritu aparece notoriamente 
cuando relata el apuro que pasaron los bucaneros 
al cruzar el istmo de Panamá, viendo que á muchos 
de ellos faltaban armas, hasta que mediante el hun- 
dimiento providencial de sus canoas en el Río 
Grande, "Dios se sirvió disponer de la vida de al- 
gunos de nuestros compañeros, cuyas armas sirvie- 
ron para los que habían perdido las suyas." Más 
adelante el respetable señor de Lussán no p»?edle 
menos que maravillarse del triunfo obtenido contra 
una fuerza naval española, superior en número. 
**Debo confesar, dice, sin menoscabo de los nues- 
tros, que fué cosa extraña y casi un milagro." La 
controversia religiosa más ridicula de que se tiene 
noticia — y esto es mucho decir — ocurrió con moti- 
vo de las disensiones puramente sectarias que agi- 



— 25 — 



taron y al fin fueron la causa de la separación de 
las flotas bucaneras inglesa y francesa. Lussán y 
sus compatriotas se dirigieron á Nicaragua, y allí 
recibieron la bienvenida que merecían de sus co- 
rreligionarios españoles. 

Nicaragua, buena para correrías y depreda- 
ciones, no era bastante rica para distraer á los bu- 
caneros de mejores presas. El cabo de Gracias á 
Dios, situado en su frontera nordeste, era su punto 
de reunión; pero la costa atlántica tenía menos 
atractivo que la del Pacífico para los piratas. Las 
narraciones de los. bucaneros poco hablan de ella. 
Su nombre de Costa de Mosquitos parece bien ade- 
cuado. Lussán habla con horror del calamitoso in- 
secto **que se siente antes de ser visto." 

Los bucaneros desaparecieron, pero dejaron 
un legado. La Gran Bretaña, en 1742, reclamó las 
islas de la bahía de Honduras, por haberse pose- 
sionado de ellas los piratas ingleses un siglo an- 
tes. Con este pretexto Inglaterra declaró la guerra 
á España, guerra que se terminó sin ventaja ma- 
terial para ninguno de los beligerantes. Por el tra- 
tado de 1763 Inglaterra renunció á sus pretensiones 
en Centro América y evacuó todo el territorio en 
disputa, menos la isla de Roatán, situada cerca .de 
la costa hondurena del Atlántico. Esta deslealtad 
motivó la renovación de las hostilidades. En 1 780 
el coronel Polson fué enviado con instrucciones de 
invadir á Nicaragua. Con este intento desembarcó 
en San Juan del Norte doscientos hombres entre 
soldados y marinos, subió embarcado en botes río 
arriba, apoderándose fácilmente de la media docena 
de puestos fortificados que había en las riberas del 
San Juan. En la cabecera del río, punto donde re- 
cibe las aguas del lago de Nicaragua, la expedición 
se encontró con las amenazadoras baterías del fuer- 



— a6 — 



te de San Carlos, que entonces como ahora defien- 
de la entrada del la^o. 

Al llegar aquí, la historia y la tradición se 
confunden. La primera afirma, de acuerdo con au- 
toridades históricas y biográficas inglesas, que Ho- 
racio Nelson, que sólo era entonces un simple y des 
conocido capitán que mandaba las fuerzas navales, 
se apoderó del fuerte, infligiendo severo castigo al 
enemigo, hecho lo cual regresó victorioso á sus na 
ves. La tradición cuenta una historia más bonita. 

Cuando la flotilla se acercó á tierra y se pre- 
paraba á combatir, reinaba el silencio y no se oía 
más ruido que el del movimiento de los remos y el 
murmullo de las aguas. Ni un solo soldado se des- 
cubría en las murallas, pues los cobardes lacayos de 
la guarnición, aprovechándose de la enfermedad 
del comandante habían huido á los bosques en 
cuanto asomó el enemigo. Al valeroso hidalgo que 
mandaba el fuerte no le quedó más compañero que 
su linda hija; pero ésta era una verdadera hija de 
militar, con el corazón de una heroína. Los botes se 
acercaron rápidamente á tierra; los remos brilla- 
ban al sol de la mañana; los artilleros, con las me- 
chas encendidas, esperaban la voz de fuego; Nelson 
se puso de pie para ordenar el ataque. De pronto 
salió un fogonazo de una tronera del fuerte y el 
estampido de un cañón rompió el silencio del lago 
y de la selva. En seguida dejaron oír sus voces to- 
dos los cañones, uno tras otro; pero el primero ha- 
bía hecho ya el oficio de un ejército derribando á 
Horacio Nelson. Los ingleses se pusieron rápida- 
mente fuera del alcance de las balas, vencidos y 
descorazonados; y aquí no pararon sus reveses, 
porque los españoles los hostilizaron de tal modo 
en su retirada, que de los doscientos hombres con los 
cuales se habían presentado ante el fuerte de Sant. 



— 27 — 



Carlos, sólo diez regresaron sanos á San Juan de 
Nicaragua. La herida causó á Nelson la pérdida de 
un ojo, y él, que nunca había vuelto las espaldas al 
enemigo, huyó ante los cañonazos disparados por 
una muchacha de dieciséis años. La hija del coman 
dante, doña Rafaela Mora, era quien había puesto 
fuego á la batería y salvado á Nicaragua. La heroí- 
na del fuerte de San Carlos fué condecorada por el 
rey de España y agraciada con el despacho de co- 
ronela de los reales ejércitos de Su Majestad y una 
pensión vitalicia. 

Tal es la tradición aceptada como auténtica por 
los nicaragüenses y que apoya el testimonio de via 
jeros fidedignos. Ninguno de los biógrafos de Nel- 
son menciona á la heroica joven. Según estos his- 
toriadores, Nelson subió por el río hasta el fuerte 
de San Juan (probablemente hasta el Castillo 
Viejo), del cual se apoderó después de un largo 
sitio y de muchas bajas en sus fuerzas. En cuanto 
á la pérdida del ojo de Nelson, dicen que le ocurrió 
durante el sitio de Calvi, en la isla de Córcega. 
Sin embargo, el capitán Bédford Pim, de la marina 
real inglesa, en su libro de viajes por Nicaragua, 
da entero crédito á la leyenda del país, que también 
ha sido aceptada por otros autores ingleses que 
deben estar bien informados de la vida y hechos de 
Nelson.N Tan firmemente creen en Nicaragua en 
esta tradición, que fundándose en la eficacia de es- 
ta gloria heredada, el general Martínez, nieto de 
la heroína, fué elegido presidente del estado en 
1857, á pesar de que en aquel entonces existía un 
presidente electo en debida forma, que reclamaba 
el puesto con títulos legales; argumento éste bas 
tante para acallar las más capciosas críticas res- 
pecto de la veracidad de la tradición. En una época 
iconoclasta sería un acto de inútil crueldad despo 



— 28 — 



jar al pobre nicaragüense del único acto heroico 
que registran los anales de su historia. Es posible 
que los biógrafos de Nelson hayan suprimido un 
incidente que no redunda en provecho de la gloria 
de su héroe; puede ser también que Su Majestad 
Católica fuese engañada, ó que la tradición de la 
doncella de San Carlos no sea más que otro mito 
solar transplantado. ¿Quién sabe? (•) 



(*) El autor, siguiendo las huellas de muchos otros que han escrito 
sobre este asunto, confunde la expedición inglesa dirigida en 1762 contra 
el castillo déla Concepción, llamado hoy Castillo Viejo, con laque en 
1780 atacó la misma fortaleza á las órdenes del coronel Polson y de la 
cual f »rmaba parte Nelson. La heroína de 1762 se llamaba D? Rafaela 
de Herrera, doncella de diecinueve años, que disparó con sus propias ma- 
nos los primeros cañonazos, con tan buena fortuna que logró matar al co- 
mandante inglés y echar á pique una de las tres balandras q[ue traía. Su 
padre, el castellano D. Pedro de Herrera, acababa de morir cuando se 
presentó el enemigo; de la guarnición no quedaba más que un sargento; 
los demás habían huido. El combate duró cinco días y terminó con el 
completo descalabro de los ingleses y el triunfo de la doncella, que fué 
recompensada después por el rey coíi una pensión vitalicia en 1781. 



Capítulo VII 



Intrigas inglesas en el Istmo.— Mor azán y la Confederación. — 

I^A DINASTÍA de MOSQUITIA. — BOMBARDEO DE SaN JUAN DEL NORTE.— CAS- 
tellón llama á los extranjeros. — doubleday y sus voluntarios. — 
Aprueba Wálker el contrato de Colé. 



Durante el tiempo que Centro América fué 
provincia española, la política de Inglaterra consistió 
en palabras de paz y actos de hostilidad. Compro- 
metida por tratados sucesivos á renunciar á todas 
sus pretensiones sobre el país, mantuvo y extendió 
su dominación en varios puntos, tales como Roatán, 
Belice y las islas del golfo de Honduras, que domi- 
nan la entrada del de México y fueron siempre su 
presa favorita. Cualquier cláusula equívoca, cual- 
quier pretexto frivolo ó agravio imaginario, el legado 
de un bucanero, la concesión otorgada por un rey ne- 
gro, se alegaban como pretexto, á falta de cosa me- 
jor, para una intervención armada. Las malhabidas 
posesiones de España comenzaban á dar el fruto 
acostumbrado. Por fin, en 182 1 las colonias del Ist- 
mo oyeron el grito de libertad del Norte, con- 
testado por otro en el Sur. La América española 



— JO — 

sacudió la cadena á que por siglos había estado su- 
jeta, rompió sus débiles eslabones y surgió libre ante 
el mundo. Pero Io$ hierros habían hecho su efecto. 
Los entumecidos miembros no podían moverse; los 
ojos, hechos á la penumbra del calabozo, pesta- 
ñearon deslumhrados á la súbita luz meridiana. El 
cuerpo era de un hombre libre, pero el alma de un 
esclavo. Cuando una nación recibe prematuramente 
la libertad, tiene que sufrir de nuevo penas y que- 
brantos, antes de poder apreciar debidamente sus 
generosos dones. 

Una desunida unión de pocos años, una pa- 
rodia de imperio bajo el cetro de cartón de Itur- 
bide; separación, nueva unión, discordia, revolu- 
ción. Los anales de Centro América son e^i la His- 
toria un calendario de Newgate. (*) Con todo, en 
la lista de los innobles é infamtfs gobernantes cen- 
troamericanos, hay un hombre digno de que se le 
consagre una página limpia, porque tuvo mejor es- 
trella. Don Francisco Morazán, primer presidente 
de la Unión de los cinco estados, está lejos de me- 
recer el título de Washington de Centro América; 
pero fué un hombre capaz, valiente y patriota, 
aunque vengativo y cruel con sus opositores. Elec- 
to presidente de la Federación en 1831, desempeñó 
su cargo durante nueve años, al cabo de los cuales 
sus gobernados se habían cansado de sus civilizado- 
ras innovaciones, tan inadecuadas á su falta de cul- 
tura, como lo eran los anj^ostos vestidos de la época 
á sus miembros flexibles. No tuvo Morazán, por des- 
gracia, el tino necesario para conformarse con la 
elección que hizo el pueblo de un demagogo reac- 
cionario que satisfacía sus gustos, y por esta causa 
comenzó una serie de intrigas contra la administra- 



(*) Newgate es un presidio. 



— 31 — 

ción de su sucesor, que lo obligaron á huir á la 
América del Sur. Dos años después desembarcó 
con sólo trescientos soldados en Costa Rica y se 
apoderó de la capital. Pero el jefe de este estado 
pronto juntó una fuerza de cinco mil hombres, con 
la cual puso sitio al invasor, quien después de una 
brillante resistencia tuvo que rendirse. Fué juz- 
gado, declarado culpable de conspiración contra los 
estados confederados y condenado á muerte, junto 
con sus generales, el 15 de septiembre de 1842. (*) 
Guatemala puso fin á la contienda sobre gobierno 
representativo, eligiendo en 1851 al mestizo Ra- 
fael Carrera presidente vitalicio. 

Los estados de Centro América, divididos por 
luchas intestinas, malgastaban sus escasos recur- 
sos en guerras inútiles y volvían á caer rápidamente 
en un estado de barbarie más triste que el que rei- 
naba en los tiempos en que Nicarao dobló la cerviz 
al yugo español. Exentas de sangre extranjera, las 
tribus de indios insumisos mostraban ser supe- 
riores á los descendientes mestizos de Córdoba y 
de Pedrarias Dávila. Los indios del Darién y los 
de la región de Río Frío, en las montañas septen 
trionales de Costa Rica, conservan todavía su liber- 
tad, mientras que Nicaragua y Costa Rica han 
estado pugnando, año tras año, por el vano honor 
de llamarse naciones soberanas. 

A esta tierra, que el hombre ha hecho aborre- 
cible, la dotó Naturaleza ricamente, y por esto ha 
sido codiciada por varias naciones poderosas, aun- 

(*) Para el lector centroamericano no es menester rectificar los erro- 
res que contiene esta relación respecto de Morazán. Este invadió a Costa 
Rica con 500 salvadoreños. El dictador D. Braulio Carrillo envió contra 
él un ejército de a,ooo hombres al mando del general Viilaseñor, antiguo 
oficial de Morazá 1. Al avistarse los beligerantes en El Jocote, Villase- 
fior y Morazán conferenciaron y concluyeron un pacto, que fué consentido 
por las tropas de Costa Rica por odio al despotismo de Carrillo. Mora- 
«án fué proclamado entonces jefe del estado y su caída fué obra de un 
levantamiento popular posterior. 



— sa- 



que ninguna se ha atrevido á posesionarse de ella 
con sus solas fuerzas. El lago, 6 mar interior, que 
cubre una superficie de cinco mil millas, á una al- 
tura de ciento siete pies del promedio de la marea 
del océano, forma un estanque natural, con un 
desaguadero de noventa millas de largo: el río de 
San Juan. Si se canaliza este desaguadero hacién- 
dolo navegable para navios de gran porte, trabajo 
relativamente fácil, y se abre un canal de dieciséis 
millas y un tercio al través de la garganta ístmica 
que existe entre el lago y el Pacífico, se tendrá otra 
gran vía de comunicación interoceánica, cuyos enf)r- 
mes beneficios para el comercio del mundo es difí- 
cil calcular. Esta noble empresa merece que la 
acometan el mundo civilizado y hombres de la talla 
de Bolívar y de Morazán. Húmboldt la proclamó; 
Luis Napoleón, prisionero en Ham, se entretuvo es- 
cribiendo un folleto en que demostraba la posibilidad 
de ejecutarla y lo necesaria que era. Considerada 
desde el punto de vista comercial, su conveniencia 
es indiscutible; como cuestión política sus ventajas 
serán de gran importancia para el engrandecimiento 
nacional de la potencia marítima que abra al mun- 
do tan importante comunicación interoceánica. La 
nación que se posesione del canal puede aspirar á 
convertirse en dictadora de América; pero esta na- 
ción no será ni puede ser aquella que á semejanza 
del otomano enervado tiene tan sólo la ventaja de 
la posición geográfica. La potencia que detif ne la 
llave del Mediterráneo y estuvo pronta á echar ma 
no al istmo de Suez, volvió ávidamente los ojos hacia 
Nicaragua. Muchas y plausibles fueron las secretas 
pretensiones de Inglaterra sobre el territorio de su 
débil enemiga. Durante años ha ejercido un protec- 
torado nominal sobre la costa del este, conocida con 
el nombre de Reino de Mosquitia. 



33 — 



Los monarcas de Mosquitia eran negros igno- 
rantes, que gobernaban una tribu diseminada de sal- 
vajes, descendientes de un cargamento de esclavos 
náufragos arrojados ala costa en el siglo XVII (*). 
Diferentes veces fueron nombrados por capitanes 
de barcos de guerra británicos y sus amos los po- 
nían y quitaban á su antojo. Aunque Nicaragua 
no ha reconocido nunca la autoridad de estos reye- 
zuelos, le ha faltado la fuerza suficiente para hacer 
valer sus derechos en la costa oriental, que son para 
ella de poca utilidad, y sólo ha tratado de ejercer 
su soberanía en el río y puerto de San Juan del 
Norte. En 1839 el monarca reinante de Mosqui- 
tia, S. M. Roberto Carlos Federico I, canceló una 
deuda, procedente de diversas compras de licores y 
otros artículos que necesitó su real persona, con una 
concesión de tierras que llegaba á veintidós millo- 
nes y medio de acres ó más. Los agraciados fueron 
Pedro y Samuel Shépard, y éstos traspasaron la 
concesión á la Compañía americana de coloniza- 
ción de Centro América, incorporada en los Esta- 
dos Unidos. Este fué el ostensible pretexto que 
se tomó para organizar la expedición llamada de 
Kínney. 

La descendencia de la real familia de Mosquitia 
puede clasificarse entre las dinastías infortunadas 
del mundo. El primer monarca, cuyo nombre se 
ha perdido para la historia, murió borracho, asesi- 
nado en una orgía; su medio hermano y sucesor fué 
destronado por un capitán inglés, el cual colocó en 



(*) En 1641 un navio negrero portugués naufragó en la costa atlánti- 
ca de Nicaragua. Una tercera parte de su cargamento de esclavos afri- 
canos pudo ser recogida; los demás se metieron en las selvas habitadas 
por los indios caribes, con los cuales sostuvieron cruda guerra. Al fin 
triunfaron los negros, que se propagaron con las mujeres de los vencidos 
caribes. De aquí el nombre de zambos mosquitos dado á sus descen- 
dientes. 



— 34 — 



el trono vacante á un pariente lejano de aquél lla- 
mado Jorge Federico Su reinado fué de corta du- 
ración. Sucedióle su hijo, el festivo monarca Ro- 
berto Carlos I, '^escandaloso y pobre.*' Este cedió sus 
derechos á los Shépards, á cambio de una ración de 
ron de Jamaica y de algunos pantalones de algodón. 
Su hijo, Jorge Wílliam Clárence, reinaba en 1850. 

La mayor velocidad de los buques americanos 
permitió á los Estados Unidos quitar la delantera á 
los ingleses sus rivales, para apoderarse de Califor- 
nia. Inglaterra se desquitó ocupando en 1848 la 
isla del Tigre, en la costa ístmica del Pacífico, y San 
Juan del Norte en la costa del Atlántico; á este 
pueri } dióse el nombre de Greytówn, en honor de 
Grey, uno de los gobernadores de Jamaica. Así se 
hizo üueña Inglaterra de las llaves del istmo. El ca- 
nal, sin entrada ni salida seguras, escaparía así de 
las manos de la potencia que quisiera tenerla gloria 
estéril de construirlo. Aunque parezca extraño, los 
Estados Unidos tenían en aquel entonces un hábil 
diplomático á su servicio en Centro América, el 
honorable E. G. Squier, quien por otros méritos 
más sólidos tiene adquirida mayor fama que la que 
proporcionan los triunfos en el ingrato servicio pú- 
blico. Sin perder tiempo, Squier secundó la pro- 
testa de Honduras contra el robo incalificable de la 
isla del Tigre, que era parte de su territorio. El 
gobierno de los Estados Unidos terció en la cues- 
tión y la isla fué devuelta, aunque de mala gana. 

Al propio tiempo los Kstados Unidos protes 
taron formalmente contra la ocupación de San Juan 
del Norte. Después de muchas controversias ter- 
minó el asunto mediante el tratado Clayton-Búl- 
wer. Este fué prácticamente un triunfo para la 
Gran Bretaña, por cuanto los Estados Unidos se 
comprometieron á **no tener nunca dominio exclu- 



— 35 — 



sivo sobre dicho canal, á no construir ni mantener 
fortaleza alguna que lo dominase ni tampoco en su 
vecindad; á no ocupar, colonizar ni asumir ó ejercer 
dominio alguno en Nicaragua, Costa Rica, las cos> 
tas de Mosquitia ó cualquiera otra parte del territo- 
rio de Centro América." La Gran Bretaña, con 
aparente equidad, se obligaba á lo mismo. La di- 
ferencia estribaba en que los Estados Unidos debían 
abstenerse de dar los pasos necesarios para domi- 
nar la única ruta entonces posible entre los estados 
del oriente y del occidente de la Unipn, quedando 
así colocados en el mismo pie que las naciones eu- 
ropeas que no tenían tan vitales intereses en el 
istmo. Por su lado la Gran Bretaña se (bligó á 
dar pasos, que no. sólo eran peligrosos é inexcusa- 
bles, sino también de dudosa posibilidad. Hubo 
otra desigualdad notoria, y fué que los Estados 
Unidos cumplieron lo pactado y la Gran Bretaña 
rompió con sus compromisos á los catorce meses de 
haberlos contraído. El tratado se firmó y fué san- 
• cionado el 5 de julio de 1850. En agosto del si- 
jj^uiente año, el capitán Jólly de la real armada 
británica, anexó solemnemente la isla de Roatán á 
la colonia de Belice, la cual, á despecho del tratado, 
había continuado como dependencia nominal de la 
Gran Bretaña. Kn julio de 1852, Augusto Fede 
rico Gore, secretario de la colonia de Belice, de- 
claró que **Su Graciosa Majestad la Reina había 
tenido á bien formar con las islas de Roatán, Bona- 
ca, Utila, Barbarat, Elena y Morat, una colonia que 
debía llevar el nombre de Colonia de las Islas de la 
Bahía." Esto era la resurrección del legado de los 
bucaneros. 

Ninguna coyuntura más favorable para aplicar 
la siguiente teoría proclamada por un presidente de 
los Estados Unidos hacía más de treinta años: **Que 



— t) — 



los continentes americanos, por la libre é indepen- 
diente posición que habían asumido y ejercían» no 
podrían considerarse en adelante como territorios 
colonizables por ninguna potencia europea." Tal 
es el extracto del séptimo mensaje anual del presi- 
dente Monroe, fechado el 2 de diciembre de 1823, 
que se conoce con el nombre de **Doctrinade Mon- 
roe." Esta manera tan arrogante de asumir el 
protectorado sobre dos continentes, no era más que 
la opinión particular de su autor, no apoyada por la 
acción oñcial,,ni dentro ni fuera de los Estados Uni- 
dos; pero cayó como una bomba en los círculos 
diplomáticos del mundo. Fué criticada, escarneci- 
da y repudiada por todas las naciones europeas; sin 
embargo, les inspiró secreto temor y no fué abier- 
tamente desacatada por ninguna, aun durante las 
muy agrias discusiones respecto de Centro Améri- 
ca. Inglaterra rostuvo con mucho tacto sus pre- 
tensiones sobre el codiciado territorio, alegando el 
hecho de su antigua posesión. Inútil es decir que 
aun cuando la **Doctrina de Monroe" hubiese esta- 
do incorporada á la constitución americana, no 
habría sido atendida un solo instante como válida 
en el alto tribunal de las naciones, á no ser en los 
casos en que el derecho debe ceder ante la fuerza. 
La Gran Bretaña dejó de reclamar para sí ó 
sus fantoches de Mosquitia el dominio del puerto de 
San Juan del Norte. Con todo, el barco tradicional, 
situado á un día de distancia de cualquier parte del 
mundo, siguió apareciendo en el Caribe. Los vapo- 
res de la compañía del Tránsito hacían regular- 
mente su carrera entre Nueva York y San Juan. 
En mayo de 1854 el capitán de uno de estos vapo- 
res mató á un negro de un tiro en las calles de San 
Juan, y para no ser aprehendido tué á refugiarse en 
el consulado de los Estados Unidos. El ministro 



— 37 — 



americano Borland rehusó entregar al fugitivo á 
las autoridades nicaragüenses. El pueblo rodeó el 
consulado y durante el tumulto consiguiente el mi- 
nistro recibió en la cara un botellazo. El cónsul 
Fabens, que se hallaba á bordo del Northern Light, 
mandó un bote á tierra en busca del ministro y de 
su huésped criminal, el capitán Smith. Antes de 
que el vapor zarpara con el ministro á su bordo, 
fué armada una guardia de 50 americanos, destina- 
da á proteger las propiedades de. la compañía del 
Tránsito en Punta de Castilla, al frente del puerto 
de San Juan. Sobre el bote que conducía al mi 
nistro Borland al vapor» hicieron una descarga de 
fusilería los naturales, pero según parece sin resul- 
tado fatal. Con todo, el ultraje inferido al repre- 
sentante de una gran nación clamaba venganza. En 
cuanto se supo la noticia en Washington, se despa- 
chó la corbeta de guerra Cyane, al mando del capi- 
tán Hollins. Al llegar éste al puerto de San Juan, 
encontró allí el inevitable barco de guerra británico, 
anclado entre su corbeta y la costa. En seguida 
notificó Hollins á las autoridades nicaragüenses su 
propósito de bombardear la ciudad, que fué evacua- 
da sobre la marcha. El capitán del barco de S. M. 
B. Express rehusó quitarse de en medio, hasta que 
los cañones del Cyane, apuntados á su cubierta, 
amenazaban barrerla. H izóse entonces á un lado 
de mala gana, protestando que tan sólo la superio 
ridad de armamento del barco americano le impe- 
día arreglar el asunto con el último argumento de 
los reyes y de los capitanes. Es digna de lamen- 
tarse la disparidad del armamento, en vista de toda 
la fastidiosa y vana diplomacia que después se em- 
pleó en una cuestión, que sólo podía ser finalmente 
arreglada por la fuerza ó por la demostración de 
tenerla. 



- 38 - 

En tanto que los cañones de la Cyane malgas- 
taban su pólvora contra las frágiles cabanas de San 
Juan, á falta de mejor blanco, Nicaragua estaba de- 
masiado absorta en sus eternas luchas intestinas 
para sentir el ultraje del extranjero. Don Fruto 
Chamorro había sucedido á Pineda en calidad de 
presidente en 1851; terminado su período de man- 
do, resolvió reelegirse para el siguiente. Chamorro 
era el jefe de los legitimistas ó serviles, como los 
llamaban sus adversarios; Francisco Castellón el 
caudillo de los liberales demócratas. En la elección 
bienal de 1853, ambos partidos se proclamaron vic- 
toriosos. Como sucede siempre en esta clase de 
disputas, la posesión era el mejor título legal. Cha- 
morro se declaró debidamente electo y fué instalado 
eñ Granada, ciudad principal de lá facción servil. 
León, la ciudad más grande y próspera del país, sos- 
tenía la causa de Castellón. Chamorro se apresu- 
ró á prender á su rival, así como á varios otros de 
sus partidarios, y todos ellos fueron desterrados. 
Refugiáronse en Honduras, cuyo presidente Caba- 
nas les dio hospitalaria acogida. Chamorro, para 
consolidar mejor su poder, se hizo proclamar presi- 
dente por dos períodos de cuatro años, el 30 de 
abril de 1854. Esta audaz usurpación dio un resul- 
tado contraproducente. 

Una semana después de esta declaratoria des- 
embarcó Castellón en el Realejo con treintaiséis 
de sus partidarios. Los leoneses acudieron en su 
ayuda, arrojaron á los serviles del departamento, 
obligándolos á concentrarse en la fortaleza del ser- 
vilismo, la ciudad de Granada. Poco después se 
hicieron dueños del lago y del río y pusieron sitio á 
Granada. El sitió duró nueve meses^ sin ventaja 
material para ninguna de las partes beligerantes. 
Castellón fué declarado director provisional por su 



— 39 



partido. Chamorro murió el 12 de mayo de 1855, 
sucediéndóle en el mando D. José María Estrada, 
débil sustituto de su valiente^ popular y amb¡c¡<^so 
predecesor. Así fué que cada bando político tenía 
un presidente defacto. El general José Trinidad 
Muñoz, uno de los veteranos del general Santa Ana, 
que á semejanza de este héroe infortunado estaba 
plenamente convencido de ser fiel trasunto, físico y 
moral, del gran Napoleón, mandaba las fuerzas de 
Castellón. El jefe de los serviles era D. Ponciano 
Corral, hombre inteligente pero sin escrúpulos, qué 
para reforzar su partido contaba con el decidido apo- 
yo militar prometido por los estados vecinos. 

Tal era la situación política de Nicaragua en 
agosto de 1855, cuando un americano llnmado 
Byron Colé se presentó á Castellón con un pro- 
yecto original. Colé, que había sido antes editor 
en Boston, era á la sazón propietario del periódico 
que dirigía en San Francisco el expresidente de 
Sonora. La fe que tenía en el genio militar de 
su editor, no había sido en nada disminuida por el 
terrible fracaso de la expedición á Sonora. Habién- 
dose presentado en el campo de los demócratas 
cuando ya los triunfos del primer momento se iban 
desvaneciendo y había sido preciso levantar el lar- 
go sitio de Granada, sin esperanza de tomar la ciu- 
dad, la proposición de Colé fué acogida con entu- 
siasmo por Castellón y sus partidarios. 

Ya éstos habían tenido oportunidad de apreciar 
el mérito de los rifleros auxiliares americanos. A 
principios de la guerra civil un explorador aventu- 
rero de California, C. W. Doubleday, llegó á San 
Juan del Sur, punto terminal de la vía del Tránsito 
en el Pacífico. Regresaba á su hogar después de 
cuatro años de ausencia; de paso hizo amistades 
con varios jefes demócratas y no fueron menester 



— 40 



muchas persuasiones para decidirlo á renunciar á 
su billete, que tenía pagado hasta Nueva York, y 
convertirlo en apóstol de la ideas democráticas, que 
á bordo predicó á sus compañeros de viaje. Con 
tanta eficacia lo hizo, que treinta de éstos se en- 
gancharon en calidad de voluntarios, bajo suman- 
do, y fueron en seguida á unirse al ejército que 
sitiaba á Granada. Todos ellos eran intrépidos 
combatientes, que miraban la guerra centroameri- 
cana como un mero pasatiempo. Con todo, y á 
pesar de haber sido reforzados de vez en cuando 
con reclutas americanos de ocasión que llegaban al 
país de paso para California, habían quedado redu- 
cidos á cuatro por obra de la guerra y de las enfer- 
medades, desde antes de que se levantara el sitio de 
Granada. Doubleday organizó entonces con la flor 
del ejército del país un cuerpo de buenos tiradores, 
con el cual cubrió la retirada á León, en la que per- 
dió casi toda su compañía; pero logró infundir á la 
soldadesca nicaragüense una opinión favorable del 
valor temerario de los americanos. 

El plan de Colé para traer al país un contin- 
gente americano formidable en apoyo de la causa 
demócrata, surgió en momentos en que la ayuda 
extranjera no podía ser mejor acogida. Los alia 
dos hondurenos de Castellón habían sido llamados 
repentinamente para repeler una invasión de Gua- 
temala á su país. Los serviles, posesionados del 
lago y del río, se aproximaban lentamente, pero con 
paso firme á León. Los refuerzos que los leoneses 
pudieran recibir de los estados demócratas vecinos, 
los necesitaban éstos en su propia casa para defen- 
derse de sus enemigos los aristócratas y también 
contra las astutas intrigas de agentes europeos, que 
siempre estaban alerta. 

Así fué que Byron Colé, en octubre de 1854, 



— 41 — 



celebró un contrato con el gobierno de Castellón 
para reforzar el ejército demócrata con trescientos 
americanos, en calidad de '^colonos sujetos al servi- 
cio militar/' Estos colonos tenían derecho á una 
concesión de 52,000 acres de tierra y gozaban del 
privilegio de naturalizarse mediante una declaratoria 
formal en este sentido. Colé se metió su contrato 
en el bolsillo y se embarcó para California para re- 
cabar la ratificación de su jefe, que le fué otorgada. 



\ 



Capítulo VIH 



Compra del Fesfa.— El 4 de mayo de 1855.— Embarquc de los 

CCINCUENTA Y SEIS INMORTALES». — La FaLANGE AMERICANA. — PRIMERA 
BATALLA DE RiVAS. — CASTIGO DE UN FORAJIDO.— DESACUERDO EN EL 
GABINETE DE CASTELLÓN. — BATALLA DE La ViRGEN. — MUERTE DE CAS- 
TELLÓN. 



Wáiker sometió el contrato, redactado en for- 
ma legal, á la autoridad civil y militar de San 
Francisco, y tuvo la satisfacción de saber que en 
nada violaba las leyes del país en materia de neu 
tralidad. El general Wool, el mismo á quien Wái- 
ker se había rendido á su regreso de Sonora, se 
declaró satisfecho; el fiscal del distrito no le puso 
ninguna tacha; pero todos sabían en San Francisco 
que Wáikerse preparaba á colonizar á Nicaragua con 
filibusteros y sonreían maliciosamente al oir hablar 
de aquel proyecto ficticio de colonización pacífica. 
Vencidas las dificultades legales, quedaba por re- 
solver la cuestión más ardua de allegar fondos. Para 
colmo de males Wáiker cayó enfermo y hasta fines 
de abril no le fué posible procurarse los pocos mi- 
les de pesos que necesitaba para fletar y cargar un 



- 44 - 



barco. Entretanto el general Jerez, que mandaba 
en León el ejército democrático, había celebrado 
uno ó dos contratos más con otros americanos, á 
excusas de sus superiores. También los granadinos, 
para no quedarse atrás de sus rivales los demócra- 
tas, enviaron á don Guadalupe Sáenz á California, 
con el encargo de contratar reclutas para su parti- 
do. Pero nada de esto dio resultado, y los leoneses, 
acorralados en su propio departamento, ansiaban 
la llegada de Wálker. A la postre pudo éste reunir 
escasamente el dinero necesario para comprar la 
embarcación destinada á transportar á los nuevos 
argonautas. 

En el registro del movimiento marítimo de la 
aduana de San Francisco se consigna, entre las sa- 
lidas del 21 de abril de 1855, la del bergantín 
Vesta, capitán Briggs, con destino al Realejo y 
cuarenta y siete pasajeros. No salió, sin embargo, 
con todo y que cincuenta ó sesenta hombres se 
instalaron á bordo. A última hora surgió un nuevo 
obstáculo. No encontrando nada mejor, y á pesar 
de que era un barco viejo y lento con treinta años 
de servicio, Wálker había comprado ya el Vesta 
cuando supo que estaba respondiendo por varias 
deudas contraídas por los propietarios anteriores. 
Fué embargado por el alguacil y para mayor se- 
guridad despojado de sus velas que se pusieron 
en depósito en un almacén. Luego se presenta- 
ron nuevos acreedores con reclamos antiguos, 
dispuestos á poner otros embargos en cuanto se le- 
vantara el primero. Todo el que tenía un re- 
clamo, real ó ficticio, contra el infortunado bergan- 
tín, se apresuró á presentarlo, sabiendo que Wál- 
ker no podría dejar de pagar sin correr el riesgo 
de meterse en un fastidioso litigio, y para él la de- 
mora significaba la muerte de sus esperanzas. Un 



— 45 — 



cúter aduanero se situó á la par del bergantín, listo 
para impedir cualquier intento de fuga. Los expe- 
dicionarios se impacientaron, pero Wálker los cal- 
mó con la promesa de una pronta salida. Buscó al 
acreedor que había puesto el embargo y pudo con- 
vencerlo de que lo levantase en buenas condiciones; 
pero tuvo que echar mano del último dólar para 
pagar los extravagantes honorarif)s del alguacil, 
que subieron á trescientos pesos. El último pago 
se hizo el 3 de mayo y Wálker obtuvo permiso pa- 
ra pedir al cúter aduanero que le ayudase en la ta- 
rea de colgar las velas, lo que se verificó de noche 
y de prisa. Pero aunque ya había salido de manos 
de los agentes del gobierno, el Vesta seguía dete- 
dido á causa de un proceso civil y un guarda esta- 
ba instalado á bordo. Ne atreviéndose el capitán á 
correr los riesgos de un paso ilegal, un nuevo co- 
mandante, M. D. Eyre, fué contratado sobre la 
marcha. Se presentó éste á bordo hacia media no- 
che, después de haber alquilado un remolcador para 
que sacase el bergantín mar afuera, y hacia la una 
de la madrugada del 4 de mayo de 1855, el repre- 
sentante de la ley fué transbordado al remolcador, 
se soltaron las amarras y cincuenta y seis filibus- 
teros se hicieron á la vela para un viaje de 2,700 
millas en un bergantín desvencijado, con rumbo á 
un puerto hostil. Se cuenta que en el momento de 
hacerse á la mar, Wálker invitó al guarda á que 
pasase á su camarote y en pocas palabras le dijo lo 
siguiente: **Señor, aquí tiene V. cigarros y vino; 
también hay grilletes y esposas. Escoja V/' Con- 
forme á este cqento, que parece apócrifo, el guarda 
resultó ser honibre de mundo y el Vesta salió. 

Wálker respiró con más libertad cuando el 
Golden Gate desapareció en el horizonte y el re- 
molcador ResolutCy último tentáculo del pulpo de la 



- 46- 

ley, se fué convirtiendo en una nubecíta de humo 
sobre el agua. Asediado con pequeños procesos, lo 
mismo que Ht-rnán Cortés, iba también como éste 
hacia un nuevo destino, acompañado de unos pocos 
hombres escogidos. Confiaba en la superioridad de 
la civilización sobre la barbarie y en la certidumbre 
de que tendría el apoyo de su patria, tan pronto 
como la victoria coronara sus armas, porque el 
triunfo acarrea el perdón aun de culpas más graves 
que la guerra ilegal. En cuanto á las consecuencias 
de un fracaso, Wálker no las tomaba en cuenta. El 
esforzado cazador que penetra en la guarida de un 
león, no se pregunta lo que sucedería si llegara á 
faltarle la fuerza ó el acero al enfrentarse con su 
colérico adversario. A pesar del resultado final, hay 
algo que conmueve en la historia de los cincuenta 
y seis hombres que salieron una noche fugitivos á 
la conquista de un imperio ¡ y fracasaron ! Porque 
las empresas de esta naturaleza no se deben juzgar 
por el número de los actores ni la cantidad de sus 
recursos, sino por los hechos de los aventureros. 
Bien dice Prescott que **no es el número de los 
combatientes lo que hace la importancia de un con 
flicto, sino sus resultados, el talento y el valor de 
los actores. Cuanto más limitados son los medios 
de que se dispone, tanta mayor ciencia se necesita 
para emplearlos debidamente". 

La expedición navegó por las costas del Pací- 
fico. El viaje fué largo y borrascoso. Después de 
haber tocado en la isla del Tigre para tomar un 
piloto, echó anclas el bergantín en el puerto nica- 
ragüense del Realejo el i6 de junio. El antiguo 
Realejo, términ del viaje del Vesta, fué en otros 
tiempos asiento de una próspera ciudad española y 
es buen puerto, abi i jado y profundo; pero con tan- 
ta frecuencia lo saquearon los bucaneros, que los 



— 47 — 



habitantes tuvieron que abandonarlo para construir 
una población del mismo nombre á cinco millas 
aguas arriba del río, que sólo es accesible para em- 
barcaciones de poco calado. Los aventureros se 
reembarcaron en canoas ó bongos, cavados en tron- 
cos de ceiba, y hacia las cuatro de la tarde del mis 
modía hicieron su entrada en Nuevo Realejo. Cas- 
tellón y sus ministros estaban en León, la capital 
demócrata, para donde salieron Wálker y el mayor 
Crócker al siguiente día, escoltados por el coronel 
Ramírez y el capitán Doubleday del ejército nica- 
ragüense El director provisional recibió calurosa- 
mente á su nuevo aliado, y en seguida fueron incor- 
porados los inmigrantes en el ejército de Nicaragua. 
Formóse con ellos un cuerpo independiente con el 
nombre de La Falange americana, que se puso bajo 
el mando inmediato de sus propios oficiales. El 20 
de junio Wálker recibió el grado de coronel, Aquiles 
Kewen el de teniente coronel y Timoteo Crócker 
el de mayor. En el acto se les dio la orden de se- 
guir por agua á Rivas, ciudad de 11,000 habitantes, 
situada en el departamento meridional, que estaba 
en poder del enemigo. Doscientos hombres, á las 
órdenes del coronel Ramírez, fueron destacados pa- 
ra apoyar á la Falange; pero tan sólo la mitad de 
éstos respondieron al llamamiento cuando se pasó 
lista en el Realejo, el 23 de junio, en el momento 
de levantar anclas el Vesta. * 

Wálker había visto ya lo bastante para con- 
vencerse de que su ambición nada tendría que te 
mer de sus nuevos amigos. Castellón era un caba- 
llero amable é irresoluto; Muñoz un ambicioso vano, 
pero incapaz; la soldadesca mal disciplinada y ve- 
leidosa: el espíritu de bandería había apagado has- 
ta la última chispa de patriotismo en el pecho de 
los que la formaban. Unos pocos centenares de 



— 48 - 

éstos,' que llevaban el orgulloso título de vetcfanos, 
habían respirado la pólvora y eran capaces de en- 
frentarse al enemigo, aun después de una marcha 
de cuarenta millas bajo los rayos del sol de los trópi- 
cos. Vestían elegante uniforme |y llevaban fusil 
y morral. 

Pero los cien reclutas de Ramírez eran un cuer- 
po falstafiano (*) é indolente de alegres truhanes, 
que dedicaban al juego y la chismografía todo el 
tiempo que no les tomaban las escaramuzas. Con- 
forme al proverbio de su país **eran capaces de ju- 
garse el sol antes de amanecer". Notable contraste 
era el que presentaban con estos hijos de la Natu- 
raleza los hombres de California, dotados de ner- 
vios de acero y valor indómito, en cuyo carácter 
el vicio perdía mucha de su vileza, por carecer de 
todo móvil mezquino; hombres para quienes "no 
había crimen, ni calamidad ni vicio tan detestables 
como la cobardía". En su índole varonil no cabía 
la traición, la perñdia ni otras pasiones más bajas 
aún, hijas de una sociedad en que la ley, único re- 
medio contra el mal, amenudo se convierte en el 
escudo más fuerte del malhechor. Una vez hecha 
la condensación de sus virtudes en las dos que se 
llaman valor y lealtad, poco se puede añadir en su 
favor; tampoco ellos aspiraban á más ni la justicia 
estricta podría concederles mayor galardón. 

Audaz era el proyecto de atacar al enemigo en 
su guarida. Rivas y sus vecindades son las partes 
más pobladas de Nicaragua. En la ciudad viven 
I i,ooo almas; el departamento de este nombre y el 
oriental, fronterizo, tienen 20,000 habitantes el pri- 
mero y 90,000 el segundo. Cuatro días después de 
haber salido del Realejo, la expedición, compuesta de 

(*) Alusión á Falstaff, tipo del soldado glotón, bebedor, cobarde, 
jactancioso y desvergonzado, creado por Shakespeare. 



— 49 — 



165 hombres, desembarcó en un punto de la costa 
cerca de Brito, dirigiéndose inmediatamente á Ri- 
vas á marchas forzadas. A media noche los sor- 
prendió un fuerte aguacero, en medio de un país 
desconocido, pero siguieron caminando con trabajo 
y paciencia por profundos barrizales, haciendo lo 
posible para impedir que se mojasen las preciosas 
municiones. En la segunda noche de su marcha, 
el mal tiempo se mostró aliado útil permitiéndoles 
sorprender y capturar un piquete enemigo en el 
pueblo de Tola. A la mañana siguiente fueron re- 
compensados con la primera aparición del lago de 
Nicaragua, de sin rival belleza. Wálker, que había 
contemplado las magnificencias de Suiza, Italia y 
California, abre un paréntesis en la narración de 
sus peligrosas aventuras, para consignar los encan- 
tos del paraíso terrenal á donde había venido á 
desencadenar los horrores de la guerra. Entre él y 
el lago estaban seiscientos legitimistas, acuartela- 
dos en Rivas y en espera del ataque. 

No se perdió tiempo al formar el plan de asal- 
to. Correspondió á la Falange el puesto de honor, 
debiendo apoyarla, en calidad de reserva, los sol- 
dados de Ramírez. Kewen y Crócker mandaban á 
los americanos, quienes avanzaron sin vacilar, reci- 
biendo el fuego del enemigo con la serenidad de 
una tropa veterana y reservando el suyo para cuan- 
do resultara más eficaz. Hicieron luego una des- 
carga, y dando un alarido se lanzaron sobre la 
avanzada de los serviles, rechazándola por las 
estrechas calles hasta la plaza. Aquí presentó el 
enemigo obstinada resistencia. Crócker recibió dos 
heridas graves; una bala de fusil le rompió el brazo 
derecho, pero tomando su pistola con la mano iz- 
quierda siguió haciendo fuego contra el enemigo, 
hasta que una tercera bala lo tendió muerto en el 



I 



— 50 — 



suelo. Wálker, que había acompañado á sus com- 
patriotas en la carga, acudió entonces á las reser- 
vas para decidir el lance; pero no parecieron por 
ninguna parte. Aquellos haraganes habfan huido al 
oír el primer tiro. Notada por el enemigo la deser 
ción, apretó de tal modo á la desamparada Falan- 
ge, que se vieron conipelidos los americanos á bus- 
car refugio en algunas casuchas de adobes, detrás 
de cuyas paredes se sostuvieron durante tres horas; 
pero el juego era desigual, porque cada hombre 
fuera de combate equivalía á tres adversarios. A- 
quiles Kewen fué el segundo oficial que cayó; el 
audaz explorador Doubleday recibió una bala en la 
cabe/.i, pero sin fatales consecuencias. Viendo que 
tenía seis muertos y doble número de heridos, 
Wálkcr dispuso una salida. Los enemigos habían 
perdido 1 50 hombres, entre muertos y heridos, y el 
general Bosque que los mandaba creyó más pru- 
dente no estorbar la retirada de los americanos. 
Con cobarde ferocidad mataron los serviles á los 
heridos que habían quedado en la plaza y celebra- 
ron su victoria quemando los cadáveres. La fatídi- 
ca hoguera brilló sobre la ciudad cuando el ren- 
dido filibustero hizo alto en su retirada, cerca del 
camino del Tránsito que conduce á San Juan 
del Sur. A la mañana siguiente continuaron su 
marcha hacia esta ciudad, á donde llegaron al 
anochecer del 30 de junio, en el estado más desas 
troso. Algunos habían perdido los zapatos, otros 
las botas y todos estaban extenuados por la batalla. 
Todo el espíritu del filibusterismo está resumido en 
el hecho de haber ingresado en aquel momento dos 
reclutas en las filas de la Falange. **E1 tejano Há- 
rry McLeod y el irlandés Péter Burns'*, merecen 
que sus nombres se mencionen por esta prueba de 
audacia característica. 



— 51 — 

El Vesta cruzaba en frente de la costa, en es- 
pera de órdenes de Wálker, quien le mandó apre- 
sar la goleta costarricense San José para el trans- 
porte de su tropa al Realejo, disculpando su proce- 
der con el argumento de que ese mismo barco ha- 
bía servido ya para llevar de Honduras á Nicara- 
gua al general Guardiola con una misión hostil, 
violando así los deberes que le imponía la neutrali- 
dad. Esta goleta fué confiscada un año más tarde 
por Wálker, porque navegaba con registro falso; 
y habiendo sido armada en guerra, con el nombre 
de Granada, desempeñó un papel de gran impor- 
tancia en el punto culminante de la tragedia. 

En este momento crítico de su vida, la entere- 
za de Wálker fué puesta duramente á prueba. Una 
pareja de americanos disolutos, que habían estado 
viviendo durante algún tiempo en San Juan, ya 
fuera por efecto de borrachera, ya por malevolencia 
ó con intento de robar, incendiaron el cuartel, po- 
niendo toda la ciudad en peligro de ser destruida. 
Previendo Wálker que este hecho iba á ser atribuí 
do á sus soldados, tomó las medidas necesarias pa- 
ra castigar á los delincuentes. Uno de ellos esca- 
pó de las manos del piquete que se había enviado 
para fusilarlo. El otro, un tahúr llamado Dewey, 
se refugió en un botecito que estaba amarrado á 
la popa del San José, El bribón estaba bien ar- 
mado y cualquier intento de capturarlo habría teni 
do fatales consecuencias para uno ó más de sus 
agresores. Wálker pasó toda la noche custodian- 
do el bote con una guardia, listo para matar al pí 
caro ó cogerlo si trataba de escaparse. Al amane- 
cer, la goleta se hizo á la vela, remolcando el bote 
en que yacía Dewey, amparado detrás de una po- 
bre mujer nicaragüense, su triste querida. El ta- 
húr, como era bien sabido á bordo, tenía una pun- 



- s,2 — 



tería infalible; por otra parte, sus perseguidores lu- 
chaban con el temor de herir á la mujer al hacer 
fuego. Por fin se levantó para cortar la amarra 
del bote y en el mismo instante una bala de rifle 
puso término á su carrera. La pobre mujer fué 
herida también, pero no de muerte. Wálker se 
afana en relatar con minuciosidad los detalles de 
este incidente, para vindicar el carácter de sus saté- 
lites. Un castigo tan severo no fué lección perdi- 
da para los que pudieran haber tenido acerca del 
filibusterismo un concepto más lato que el de su 
jefe. 

El mismo día encontraron el l^esía en el mar, 
y habiéndose pasado al viejo bergantín, llegaron al 
Realejo el i9 de julio. Wálker estaba justamente 
exasperado por la deserción de sus aliados en Ri- 
vas v con firmeza rehusó continuar en el servicio 
militar demócrata, si no se le daba, en caso de 
emergencia, un auxilio mejor garantizado que el 
que podía espernrse de la rivalidad de los jefes 
nicaragüenses. La Falange permaneció varices días 
en León, donde sólo la energía de su comandante 
pudo evitar un conflicto con las tropas de Muñoz, 
que había fomentado la desconfianza contra los 
recién llegados. Viendo por fin que el gabinete 
no podía ponerse de acuerdo acerca de una política 
determinada, Wálker se llevó su tropa para el Rea- 
lejo, á pesar de haber hecho un nuevo contrato, 
conforme al cual la Falange debía ser incorporada 
al ejército de Nicaragua en número de trescientos 
hombres y recibir cien dólares mensuales para cada 
uno y quinientos acres de tierra por cabeza al tér- 
mino de la guerra. Llegado al Realejo embarcó 
sus gentes en el Vesía, con el aparente propósito 
de irse á Honduras y ponerse al servicio del >presi- 
dente Cabanas. Nada, sin embargo, estaba tan 



— 53 — 



lejos de sus intenciones. El departamento meri- 
dional, que dominaba la vía del Tránsito era el 
punto á cuya adquisición tendían invariablemente 
sus deseos. Bien sabía él que para mantenerse en 
Nicaragua era preciso conservar abierta sus comu- 
nicaciones con los Estados Unidos y los reclutas, 
que vendrían entonces de seguro en tropel á poner- 
se bajo su bandera. 

Castellón se hallaba perplejo, igualmente te- 
meroso de separarse de sus valiosos aliados co- 
mo de disgustar á Muñoz deteniéndolos. Los aza- 
res de la guerra decidieron la cuestión. Los le- 
gitimistas, al mando de Corral y de su aliado 
Guardiola, se iban acercando mucho á León. San- 
tos Guardiola, cuyo nombre se pronuncia todavía 
como una maldición en todo el istmo, era un hon- 
dureno que se unió a los enenwgos guatemaltecos 
de su país y que por sus crueldades, no igualadas, 
con jóvenes y viejos, hombres y mujeres, adquirió 
el temido apodo de ''Tigre de Honduras". Había 
surgido de la cepa que produce las nueve décimas 
partes de los^asesinos- y ladrones de ia América 
Central: la amalgama indoafricana conocida con el 
nombre de zambos. 

Un enemigo mortífero, el cólera, comenzaba 
también á ejercer sus estragos en el departamento 
demócrata. Muñoz avanzó con 600 hombres al 
encuentro de las fuerzas de Corral y hubo un vio- 
lento combate en el Sauce, ül enemigo fué recha- 
zado, pero Muñoz pereció en la refriega. La pér- 
dida de este jefe impresionó más á Castellón que 
aquella victoria pasajera y continuó pidiendo á 
Wálker que regresase; pero ya éste se había ase- 
gurado la cooperación de un partidario influyente, 
D. José María Valle, quien después de enganchar 
ciento sesenta hombres para la expedición contra 



— 54 — 



el departamento meridional, propuso á Wálker, con 
la típica lealtad de su tierra, que se pronunciase 
contra Castellón, proclamando un gobierno inde- 
pendiente. Wálker tuvo la suñciente honradez pa- 
ra rechazar la poco grata sugestión, aunque no va- 
ciló nunca en desobedecer las órdenes del director 
provisional, cuando éstas contrariaban su política 
personal. De consiguiente, el 23 de agosto zarpó 
el Vesta, otra vez con rumbo al departamento me- 
ridional, y llegó á San Juan del Sur el 29. Al 
acercarse el barco huyeron los legitimistas. Estan- 
do los americanos en el puerto pasó el vapor que 
venía de San Francisco, llevándose á su regreso, 
en calidad de agente reclutador, á Parker H. 
French, que andando el tiempo se hizo notable. 

Después de una permanencia de cuatro días 
en el puerto, Wálker salió con dirección á Rivas, 
donde Guardiola y 600 serviles estaban esperando 
la ocasión de recuperar los laureles perdidos en el 
Sauce. Al cabo de algunas horas de marcha, los 
americanos hicieron alto para almorzar en la bahía 
de La Virgen, sobre el lago, y fueron atacados in- 
mediatamente por todas las fuerzas de Guardiola, 
que después de haber ido á marchas forzadas hasta 
cerca de San Juan, regresaron á La Virgen en pos 
de los americanos. Atacado de frente y por los 
flancos, Wálker dispuso bien su pequeña fuerza. 
Habíale enseñado la experiencia que no bastaba la 
superioridad de la disciplina, de la pericia y del va 
lor, para contrabalancear la ventaja numérica de 
ocho contra uno en campo raso. Ahora se le pre- 
sentaba la oportunidad de hacer un ensayo en la 
proporción de uno contra cinco, con el terreno á 
su favor. La Falange, como de costumbre, resis- 
tió el embate de la batalla; pero los nicaragüenses, 
mejor dirigidos, pelearon bien. Guardiola fué re- 



— 55 — 



chazado por todas partes, á pesar de que sus tropas 
mostraron un valor temerario, de que fueron prue- 
ba los 6o cadáveres que allí dejaron. Pero no ha- 
bía bravura que pudiera resistir á la mortal punte- 
ría de ios americanos, quienes ya fuera con rifle 6 
con revólver no desperdiciaban tiro. El combate, 
que está lejos de merecer el nombre de batalla, duró 
sólo dos horas; pero fué bastante largo para infligir 
al enemigo una pérdida de 6o muertos y ico heri- 
dos. Al terminar, Guardiola rehizo sus desmorali- 
zadas fuerzas, replegándose á Rivas. Wálker, Dou 
bleday y algunos otros resultaron heridos; pero sólo 
murieron tres de los aliados nicaragüenses. 

Wálker regresó á San Juan del Sur, donde se 
le agregaron algunos reclutas, pasajeros america- 
nos que regresaban de California. Supo allí tam- 
bién la muerte de Castellón, víctima del cólera. 
Don Mariano Escoto, sucesor de éste, felicitó calu- 
rosamente á Wálker por el triunfo alcanzado en La 
Virgen y le ofreció ayudarlo. Informado Wálker, 
por cartas de las autoridades de Granada que ha- 
bían sido interceptadas, de que esta ciudad estaba 
casi indefensa, resolvió atacar la ciudadela de los 
legitimistas sin esperar el avance de Corral, que 
había reemplazado á Guardiola en til mando del 
ejército. Para mostrar el desprecio que le inspira- 
ba aquel jefe, remitió la correspondencia intercep- 
tada al cuartel general legitimista, y no fué poca su 
sorpresa cuando le llegó un atento acuse de recibo 
de Corral, junto con un documento cubierto de je- 
roglíficos, que resultaron ser signos masónicos. Un 
francmasón de la Falange, llamado De Brissot, los 
interpretó en el sentido de una proposición para 
entrar en negociaciones secretas. No se le dio 
ninguna respuesta. 

Siguieron viniendo reclutas al campo demó- 



- 56 - 

crata. El coronel Charles Gilman, veterano de 
Sonora que no tenía más que una pierna, llegó con 
35 hombres de California. Los aliados nicara- 
güenses eran ya cerca de 250. Consiguiéronse dos 
pequeños cañones y fueron debidamente montados. 
Hacia el 1 1 de octubre, Wálker lo tenía ya todo 
listo para dar el más audaz de sus golpes, la toma 
de Granada, ciudad que los legitimistas querían 
tanto, especialmente sus orgullosos habitantes, co- 
mo los moros de la vieja España á la que allí osten- 
ta el mismo nombre. 

Corral estaba concentrando sus fuerzas en Ki- 
vas, con la esperanza, no exenta de temor, de 
encontrar al enemigo en el camino del Tránsito. 
No parece haber tenido sospecha alguní de que se 
proyectase un ataque contra la capital. Abunda- 
ban las disensiones en el campo legitimista, donde 
Guardiola y Corral se disputaban el mando en je- 
fe. Por otra parte, los demócratas nicaragüenses, 
cualesquiera que fuesen los celos que les inspiraran 
sus aliados extranjeros, disimulaban cuidadosamen- 
te sus sentimientos bajo la capa de una gran cor- 
dialidad. Wálker estableció la más severa disci- 
plina, sin distinción de nacionalidades, sazonándola 
á veces con rachas de buen humor. Habiendo dis- 
putado toda una noche dos oficiales nicaragüenses 
acerca de una querella, vieja ó nueva, recibieron 
orden de zanjar la cuestión á la mañana siguiente 
por medio de un desafío; pero al amanecer ya se 
había evaporado su coraje y no se oyó hablar más 
del asunto. 

Por fin, el 1 1 de octubre, el ejército demócrata, 
compuesto de cerca de 400 hombres, salió hacia La 
Virgen por el blanco camino del Tránsito. La Fa- 
lange marchaba alegremente por la polvorienta 
carretera. Casi todos los que la formaban eran 



57 — 



jóvenes, altos, robustos y animosos. Su uniforme, 
sí así puede llamarse, consistía en una cinta roja 
atada en torno del negro sombrero gacho. Lleva- 
ban camisa de lana, roja 6 azul; toscos pantalones 
metidos dentro de las pesadas botas, con un revól- 
ver y un cuchillo en el cinturón y un precioso rifle 
al hombro. En las filas se veían muchas caras 
nuevas y se echaban de menos algunas de las anti- 
guas, que habrían de hacer falta para cualquier ta- 
rea de confianza ó de peligro. Diez de los primi 
tivos cincuenta y seis habían caído en el campo de 
batalla: Kewen, valiente veterano de México y de 
Cuba, Crócker, Mclndoe, Cótam, Báiley, Hews, 
Wilson, Wílliam y Frank Colé, y Estabrook, Al- 
gunos estaban ausentes con licencia, entre ellos el 
explorador Doubleday, que se había vuelto á su 
tierra disgustado por una reprimenda inoportuna 
de su jefe. El enojo no duró mucho; pronto se 
hastió Doubleday de la vida pacífica y fué bien re- 
cibido por Wálker cuando volvió al servicio ac- 
tivo. 



f 



Capítulo IX 



Una victoria servil en el norte. — Wálker en la ciudadela 
DEL enemigo. — Fusilamiento de Mavorga. — Rivas electo director 
provisional. — Traición y castigo de Corral. — Narraciones de la 

PRENSA. 



Corral se hallaba en Rivas con el grueso del 
ejército legitimista, vigilando cuidadosamente los 
movimientos de su enemigo por medio de escuchas 
y espías. Uno de éstos, que se cogió en el campo 
demócrata, fué juzgado por un consejo de guerra 
y fusilado sumariamente. Imaginábase Corral haber 
cogido á sus adversarios en. una trampa, ydeacuer 
do con esta idea ponía todo empeño en impedirles 
la retirada hacia San Juan, para cortar así los re- 
fuerzos que les llegaban de California. En verdad, 
la situación de los demócratas parecía desesperada. 
En el norte acababan de ser derrotados los leone- 
ses por el general Martínez en Pueblo Nuevo, y el 
vencedor tan sólo se había detenido de paso en 
Granada, para recibir una espléndida ovación an- 
tes de venir á Rivas á tomar parte en el exterminio 
de los filibusteros. 



r.(» ~ 



Aquel había sido un día de gala en Granada. 
Desde el amanecer hasta media noche sus diez mil 
ciudadanos alborotaron calles y plazas con franca- 
chelas y congratulaciones. Salvas de artillería die- 
ron la bienvenida á los vencedores, las campanas 
tocaron alegremente todo el día, y en bombas y 
cohetes se desperdició en su honor una pólvora 
preciosa. El aguardiente corrió como si fuese agua, 
á extremo de que los valientes soldados suplicaban 
que no se acabase con Wálkér antes de que hubiera 
visto las caras de los héroes de Pueblo Nuevo. La 
grandiosa fiesta, prplongándose durante gran parte 
de la noche, no concluyó hasta que el último bo- 
rracho bullicioso fué á esconderse en.su casa ó se 
tendió en la calle á soñar con renovada felicidad al 
siguiente día. El rezagado novio se había despedi- 
do ya á los acordes de la guitarra; en la plaza prin- 
cipal la guardia cabeceaba en torno del fuego, en 
tanto que de las lejanas avanzadas llegaba con in- 
tervalos el largo y nasal ¡alerta! de los centinelas, 
grito melodioso, tan distinto del rápido¿ quién vive? 
del soldado francés, como de los duros monosílabos 
del inglés. 

Ya Granada se había entregado al sueño 
cuando un vaporcito, con las luces y fuegos cubier- 
tos, avanzaba despacio á lo largo de la costa. Nin- 
gún ruido turbaba la quietud del lago, excepto el 
susurro del agua ó el chapoteo del caimán sorpren- 
dido. El jaguar que rondaba los naranjales de la 
ribera dio la voz de alarma, repetida por las aves 
nocturnas; pero el aviso no fué oído por los centi- 
nelas amodorrados. Dormitaron éstos á la par de 
los agonizantes fuegos, hasta que la claridad gris de 
la mañana surgió sobre las montañas y las campanas 
de las iglesias y conventos renovaron sus alegres 
toques. Uno que otro centinela perdido contestó 



6i 



con un disparo; se oyó un tiro, luego otro y otros; 
de pronto, una descarga seca y breve, como nunca 
sonaron las de los fusiles de cañón liso, atronó el 
espacio. Los alegres toques de las campanas se tro- 
caron en rebato, al entrar corriendo á la plaza un 
centinela que venía del arrabal del sur gritando 
despavorido: **¡E1 enemigo! ¡Los filibusteros!" De- 
trás de él apareció el desbandado piquete, perse 
guido por la avanzada de los americanos, con 
Wálker y Valle que galopaban siguiéndoles la 
pista. 

Pasado el primer momento de pánico, la sor» 
prendida guarnición se rehizo y presentó una corta 
resistencia en la plaza, hasta que fué barrida por 
una impetuosa carga de los invasores, En menos 
tiempo del que ha sido necesario para contarlo, 
ciento diez filibusteros tomaron por asalto á Grana- 
da, sin perder un solo hombre, literalmente hablan 
do, porque la única víctima de su lado fué un niño 
que tocaba el tambor. 

La sorpresa fué completa y las consecuencias 
de suprema importancia para Wálker, quien desde 
la ciudad capital de los serviles podría en adelante 
imponer condiciones á Centro América. Corral ha- 
bía sido completamente burlado, porque sólo Wál- 
ker y sus ayudantes de confianza, Valle y Hórnsby, 
conocieron el objeto de la expedición al salir de la 
bahía de La Virgen. 

Tan pronto como hubo organizado un gobier- 
no provisional y convencido á sus aliados nicara- 
güenses, mediante severas disposiciones, de que la 
ciudad conquistada no padecería el saqueo y vio- 
lencia de costumbre, Wálker mandó una delegación 
para negociar con Corral. Los enviados recibieron 
una atenta negativa, á la vez que Mr. Whéeler, 
ministro de los Estados Unidos que los había 



62 — 



acompañado en carácter de pacificador, fué reduci- 
do á prisión y amenazado con otros castigos, lo que 
motivó después mucha correspondencia diplomáti- 
ca y gran derrame de tinta oficial. 

Entretanto la esperanza de un arreglo pacífi- 
co fué seriamente comprometida por la insensatez 
de uno de los nuevos reclutas de Wálker, Parker 
H. hrench. Había venido éste de San Juan con una 
tropa procedente de California, y después de cru- 
zar el Tránsito se apoderó de uno de los vapores del 
lago, con intención de toT:iar el castillo de San Car- 
los, situado á la entrada del río San Juan, el mismo 
fuerte que en los días de su grandeza había sido la 
llave de la vía del Tránsito y de la navegación del 
lago. French fué rechazado con facilidad y se vino 
á Granada á dar cuenta de sas desventuras. Ha- 
biendo llegado á Rivas la noticia de su atentado, 
algunos soldados legitimistas, por vía de represa- 
lias, atacaron y mataron á seis ó siete californianos 
que estaban aguardando en La V^irgen una oportu- 
nidad para trasladarse á la costa del Atlántico. Po- 
co después el comandante del fuerte de San Carlos 
hizo fuego contra un vapor que se dirigía al oeste, 
matando algunos pasajeros, que eran tan ¡nocentes 
del crimen de complicidad con French ó los filibus- 
teros, como las otras víctimas de La Virgen. La 
protesta del ministro americano habiendo sido tra- 
tada con desdén, Wálker, con justicia muy discuti- 
ble, se desquitó ordenando que el secrttario de es- 
tado It gitimista clon Mateo Mayorga, que había 
sido hecho prisionero en la toma de Granada, fuese 
juzgado por un consejo de guerra. Hacer respon 
sable á un ministro de los actos de su gobierno en 
semejante forma, equivalía á ampliar con la vengan- 
za los principios del gobierno constitucional. El 
consejo de guerra, compuesto de compatriotas del 



- 63 - 

ministro, lo declaró culpable y Mayorga fué fusilado 
en caliente. (*) Aunque se abstuvo de intervenir 
personalmente en el asunto y sancionó de mala 
gana la sentencia de muerte, es evidente que Wál- 
ker había comenzado ya á aprender la manera de 
guerrear en Centro América. Pero la ejecución de 
esta sentencia, si bien moralmente injustificada, fué 
un acto juicioso desde el punto de vista político. 
Corral consintió inmediatamente en tratar de la paz 
y en tener una entrevista con Wálker el 23 de oc- 
tubre en Granada. 

De nuevo se tocaron alegremente las campa 
ñas en esta ciudad y el veleidoso populacho celebró 
la fiesta, así significara paz ó guerra. La Falange, 
que ya contaba con unos doscientos hombres, se 
unió á la soldadesca nicaragüense para dar militar- 
mente la bienvenida á sus enemigos de la víspera. 

Al acercarse Corral, Wálker, acompañado de 
su estado mayor, salió á caballo hasta más allá de 
los suburbios para encontrarlo. Ambos jefes se sa- 
ludaí L>n con gravedad cordial y entraron á la ciu- 
dad, cabalgando estribo con estribo; fueron á la 
parroquia, en donde el padre Vinril, cura de Grana- 
da, celebró una misa mayor y se cantó un Te Déum. 
Tampoco olvidó el buen padre demostrar en su 
sermón las ventajas que su querida patria obten- 
dría acogiendi, en su seno á los extranjeros ameri- 
canos del Norte. Al revés de muchos de su ( ficio, 
el padre era un demócrata fierviente y se mostró 
durante toda su vida amigo caluroso de los ameri- 
canos. Era éste un hombre de una inteligencia sin- 
gularmente despejada y previsora, que miraba los 
intereses del país de prefi rencia á los de partido, 



(*) Mayorga fué fusilado sin forma de juicio alguna. Su muerte debe 
considerarse como un asesinato cometido á sangre fría. 



_ ^4 _ 

colocando la fraternidad humana por cima de las 
diferencias de cuna 6 de credo: tipo bastante raro, 
aun en naciones más tranquilas y menos impulsi- 
vas. 

El hermoso Corral era el niño bonito de los 
granadinos. Poseía los rasgos superficiales que pro- 
curan la popularidad: fachenda, prodigalidad, belle- 
za física y carácter risueño; pero era débil y vani- 
doso, y por lo mismo indigno de confianza. Ya lo 
hemos visto coqueteando con Wálker cuando man- 
daba las fuerzas legitimistas; tratando acerca de la 
paz y poniendo presos á sus emisarios. Al venir 
ahora á Granada para terminar las negociaciones, 
traicionó los derechos del llamado presidente Es- 
trada, celebrando un pacto s^ígrado con los leone- 
ses, cuyos actos fueron sancionados por el presiden- 
te nominal de éstos. 

Conforme á los términos del convenio, don Pa- 
tricio Rivas fué nombrado presidente pro témpore, 
con el siguiente gabinete: Máximo Jerez, ministro 
de relaciones exteriores; Fermín Ferrer, ministro 
de crédito público; Parker H. French, ministro de 
hacienda; Ponciano Corral, ministro de la guerra. 
Wálker recibió el nombramiento de generalísimo 
del ejército, el cual se componía de 1,200 hombres 
diseminados por todo el país en pequeñas guarni- 
ciones. En León se estacionaron 500 hombres y los 
restantes en La Virgen, Granada, Rivas y otras 
plazas fuertes. Al general en jefe se le designó un 
sueldo de 500 dólares mensuales, debiendo gozar 
en proporción sus subordinados de una buena paga, 
ó cuando menos de promesas de paga. Siete ciru- 
janos y dos capellanes estaban agregados al ejérci- 
to; el oficio de los primeros no era una canonjía. 

Durante el curso de las negociaciones Corral, 
con la menuda sutileza de los políticos en miniatu- 



-65 — 

ra, había tratado de hacer caer á Wálker en varias 
trampas» tales como la exigencia de que prestase 
juramento sobre un crucifijo y otros puntillos refe- 
rentes al ceremonial, que dada su condición de pro- 
testante Wálker podía haber objetado; pero se abs- 
tuvo de hacerlo en su calidad de hombre de juicio. 
Pensó con rectitud que era de mayor importancia 
el respeto de un juramento que la forma en que se 
presta; y en esto se diferenciaba de Corral que fué 
detenido pocos días después de haberse formado el 
gobierno, por corresponder traidoramente con los 
estados vecinos. Un correo nicaragüense engañó al 
felón y puso en manos de Wálker las fatales cartas 
que contenían pruebas indiscutibles del crimen del 
que las escribió. 

A Xatruch, refugiado legitimista, había escrito 
nueve días después de la firma del tratado, para pe- 
dirle que fomentase la hostilidad contra la nueva 
administración. En el mismo sentido escribió á 
Guardiola, el jefe servil hondureno, exhortándolo á 
que levantase los elementos legitimistas en todas 
partes contra los americanos intrusos y decía: '*Ni- 
caragua está perdida; perdidas están Honduras,^ San 
Salvador y Guatemala si dejan que esto prevalezca. 
Que vengan pronto si quieren hallar auxiliares." (*) 
El general Martínez, comandante de Managua, re- 
sultó también comprometido, pero fué avisado á 
tiempo para poder huir del país. 

En el acto Wálker convocó al presidente y su 
gabinete y les demostró la evidencia de la culpabi- 
lidad de Corral. Se reunió un consejo de guerra, 



(*) El texto original de este fragmento de la carta de Corral es el si- 
guiente: "Nicaragua es perdida, perdida Honduras, San Salvador y Gua- 
temala, si dejan que esto tome cuerpo; ocurran breves, encontrarán au- 
xiliares." 



— 66 — 



cuyos miembros eran todos americanos, según pa 
rece por complacer los deseos del acusado, quien 
sabía que de sus compatriotas no era posible espe- 
rar misericordia. Por el mismo motivo no negó su 
culpa, entregándose á merced de sus jueces, con 
exceso de confianza en la generosidad de que hasta 
aquel entonces habían dado pruebas los america- 
nos. Fué sentenciado á morir fusilado á las doce del 
día 7 de noviembre; pero después se pospuso la eje- 
cución de la sentencia para las dos de la tarde. Los 
amigos del condenado hicieron cuanto fué posible 
por salvarle la vida, ayudándoles en esta piadosa 
tarea los más notables hombres públicos y en parti- 
cular el padre Vigil, el benévolo apóstol de la paz; 
pero aunque Wáiker estaba muy conmovido y pre 
veía perfectamente de qué manera odiosa sus ene- 
migos iban á explotar el hecho, se negó con firme- 
za á acceder á la súplica. La traición era demasia- 
do flagrante, el ejemplo, por desgracia, demasiado 
necesario, y el perdón de un traidor semejante ha 
bría sido una injusticia para con todos los hombres 
leales del país. 

Corral murió á la hora señalada y la lección no 
fué del todo inútil para sus cómplices. Wáiker ha 
sido censurado con acritud por este acto de severa 
justicia, especialmente en los Estados Unidos, en 
donde se le desfiguró presentándolo como el hecho 
de un tirano suspicaz, que así había querido desha- 
cerse de un rival peligroso. Pero no existe la menor 
razón para considerar la muerte dt* Corral, sino co- 
mo el castigo bien merecido de un villano que care- 
cía totalmente de escrúpulos. Toda su conducta 
durante la última guerra concuerda con su última y 
fatal traición. Los mismos nicaragüenses, á pesar 
de su relajo moral en materia de lealtad política, 
confesaban, lamentando la mala suerte del hermoso 



— 67 - 

Ponciano, que éste merecía llamarse coral, nombre 
de la bellísima pero mortífera serpiente del país. 

La evidencia de que Wálker procedió en esta 
ocasión movido por un sentimiento de imparciali- 
dad justiciera, la tenemos en un hecho que ocurrió 
el mismo día en que Corral participaba su traición 
á Xatruch y a Guardiola. Pátrick Je rdan, un solda- 
do de la Falange, disparó, hallándose en estado de 
embriaguez, contra un muchacho nicaragüense, hi- 
riéndole mortalmente. Jordán fué juzgado por un 
consejo de guerra y condenado á muerte. El padre 
Vigil y muchos otros, inclusive la madre del mucha- 
cho asesinado, pidieron en vaiio la gracia del delin- 
cuente. El 3 de noviembre, tres días después de co- 
metido el crimen, Jordán murió fusilado al amane- 
cer. Los detractores de Wálker comentaron carac 
terísticamente este hecho, pintando al juez imparcial 
cual otro Mokanna (*), que igualmente se compla- 
cía en el dolor del amigo y del enemigo. El histo- 
riador que investida en las tinieblas del periodismo 
contemporáneo los hechos históricos admitidos co- 
mo ciertos, se hunde á cada paso, cuando estos he 
chos afectan las llamadas tendencias políticas del 
momento, en ciénagas de falsedades ó arenales mo- 
vedizos se tergiversaciones. Por desgracia, el mal 
no ( stá limitado á una sola época ni á un solo país. 
Siendo Wálk^-r, como era, campeón, y lo que es 
más, campeón fanático de un partido, sufrió las 
consecuencias inevitables de esto; es decir, que fué 
elogiado y vilipendiado con igual exageración, se- 
gún los prejuicios políticos de sus críticos. 

El ministerio vacante de la guerra se dio á don 
.Buenaventura Selva. El representante de los Esta- 



(*) Atha ben Akem, llamado Mokanna, impostor musulmán que mu- 
rió el afio 780. 



— 68 — 



dos Unidos reconoció la nueva administración. Los 
estados vecinos de tendencias liberales enviaron 
afectuosos testimonios de calurosa amistad; pero 
aquellos en que dominaba el partido servil guarda- 
ron silencio diplomático. La paz reinó en todos los 
ámbitos de Nicaragua; pero aquella era la paz de 
sus volcanes adormecidos. 



Capítulo X 



El FILIBUSTERISMO EN EL EXTERIOR. — La EXPEDICIÓN DE KÍNNEY. — 
Los FILIBUSTEROS Y SUS ALIADOS.— UnA ARISTOCRACIA DE CUERO. — PlERCE 

Y MÁRCY. — Rompimiento con los Estados Unidos.— Costa Rica decla- 
ra LA guerra. — Fracaso de Schlísssinger. — Aventureros cosmopoli- 
tas. — Retiro de los vapores. — Historia de la compañía del Tránsi- 
to. — VÁNDERBILT PROYECTA SU VENGANZA. — La IMPRENTA EN EL CAMPO 
DE BATALLA. 



En los Estados Unidos, y especialmente en 
California, el pasmoso triunfo obtenido por Wál- 
ker fomentó un género de filibusterismo que se di- 
ferenciaba del que produjo la primera expedición 
de López á Cuba en que era de un carácter más 
pujante. Francia é Inglaterra contemplaron con 
espanto esta solución del problema centroamerica- 
no. No menos alarmados se mostraban los ele- 
mentos conservadores de Hispano América, donde 
los más reaccionarios hablaban con exaltación de 
ponerse bajo un protectorado europeo y de romper 
las relaciones comerciales con los norteamericanos. 
México, Cuba, el Ecuador y Centro América esta- 
ban bajo la amenaza de expediciones filibusteras, 



— 70 — 



en momentos en que Nicaragua era objeto de una 
invasión por la costa atlántica. Recordaráse que 
la concesión hecha por el rey de Mosquitia á los 
Shépards, había sido transferida á una compañía 
colonizadora de los Estados Unidos. En virtud de 
esta concesión, Hénry L. Kínney, de Filadelfia, 
procedió á ocupar su propiedad; pero tropezó con 
muchas dificultades en el camino. La concesión 
había sido revocada por Su Majestad en un mo- 
mento lúcido; la Gran Bretaña, en su calidad de 
protectora del reino, repudió el contrato; Nicara- 
gua se negó invariablemente á reconocer los dere- 
chos que sobre su territorio alegaban una y otra 
parte, y para colmo de males la autoridad federal 
arrestó al aventurero en momentos en que se pre- 
paraba á llevar á sus posesiones tropicales el pri- 
mer destacamento de colonos. Para no relatar el 
fastidioso litigio que de esto se originó, baste decir 
que habiendo conseguido embarcarse la expedición 
de Kínney, naufragó poco después en la isla del 
Turco, llegando por fin á San Juan del Norte en 
el estado más lamentable. Allí la esperaban nue- 
vas desazones. La mayor parte de los colonos mi- 
litares se fueron embarcados río arriba para com 
partir la fortuna más halagüeña de Wálker, al cual 
el mismo Kínney, desesperanzado de llegar á sus 
fines por falta de ayuda, hizo proposiciones de 
alianza ofensiva y defensiva. Pero su emisario ha 
lió á Wálker bien atrincherado en el poder y en 
su carácter de miembro del gobierno resuelto á 
considerar cualesquiera reclamos sobre el territo- 
rio de la Costa de Mosquitos, como meras usurpa- 
ciones. Si otras hubieran sido las circunstancias, 
habría dado tal vez una respuesta menos perento- 
ria que la siguiente amenaza: **Diga V. á Mr. 
Kínney, al coronel Kínney ó como se llame, que si 



— Ti- 



lo encuentro en territ'Tio de Nicarajjua, lo ahorco 
como hay Dios". El nuevo elemento que se había 
introducido en la poh'tica de Nicaragua no dejaba 
de mantener con ardor la soberanía del país, aun- 
que en esta tarea le faltara á veces la discreción. 
Wálker era quisquilloso en materias de dignidad y . 
no dejó nunca de exigir el debido respeto á su per 
sona, á su cargo y á su bandera. Un comerciante 
inglés del Realejo, que después de negarse á pa- 
gar una contribución forzosa, había izado el Union 
Jack (*) con la sublime desenvoltura de su raza, 
recibió una invitación irónica de Wálker para que 
bajase el emblema ó mostrara el permiso que tenía 
de su gobierno para enarbolar la bandera de un 
representante oficial. '*Si rehusa hacerlo — dijo 
Wálker, — echad la bandera al suelo, pisoteadla y 
poned un par de grilletes al individuo". El inglés 
sabía lo bastante de leyes para comprender que ca- 
recía de autoridad para desplegar aquel pedazo de 
estameña, y por lo tanto lo dobló, pagó el impues- 
to y maldijo al abogado yanki que le había dado 
una lección. Wálker era versado en derecho de 
gentes; mas por desgracia no tomaba en cuenta 
que leyes tan sabias han sido forjadas para poner 
á raya á naciones poderosas cuando tratan con 
otras igualmente fuertes. Pues no basta tener el 
derecho de su parte, ó conciencia del que á uno le 
asiste, si no se dispone de la fuerza necesaria para ^ 

mantenerlo. Este curioso aventurero conservó v^ 

siempre un flaco abogadil por el derecho téc- 
nico. 

El éxito deslumbrador obtenido por la Falan- 
ge hizo olvidar los desastres de Kínney y muchas 



(*) Union Jack se llama la bandera especial que enarbolan los 
agentes diplomáticos y consulares de la Gran Bretaña. 



— 73 — 

f>artidas de audaces aventureros trataron de igua- 
ar sus proezas. Durante algún tiempo se pudo 
creer que en la tierra descubierta por Eric el Rojo 
se había evocado y hecho revivir el espíritu de los 
vikings. En la costa del Pacífico esas incursiones 
tomaron, como se ha visto, proporciones formida- 
bles. Sonora, Arizona, la Baja California y aun 
las islas Sandwich fueron los puntos á que ende- 
rezaron sus pasos los ambiciosos aventureros, al- 
gunos de los cuales nunca lograron realizar sus 
proyectos; otros, como el coronel Crabbe, hicieron 
temibles pero breves campañas, tan sólo para 
morir inútilmente, víctimas de la crueldad es- 
pañola. 

Lo que impulsaba á los filibusteros á jugarse 
la vida y la libertad, no era He ningún modo un 
amor abstracto por la independencia de sus aliados, 
ni tampoco una afección desinteresada por éstos. 
Mostrábanse al contrario bastante inclinados ácon 
vertir en provecho propio los frutos de la victoria 
caramente adquirida. Su fracaso lo causó la falta 
de carácter de sus aliados, quienes siempre los des- 
ampararon en líís momentos de apuro» dejando 
que el extranjero se salvara como pudiese (*). Así 
sucedió en Cuba, Sonora y Nicaragua, por más que 
hubo honrosas excepciones en todas partes. El 
desconocimiento que tenían del carácter hispano- 
americano y el desdén que les inspiraba, amenudo 
mal disimulado, no contribuyeron á hacer la alian- 
za más sincera. En Nicaragua, por lo menos en 
lo que se refiere al tiempo á que ha llegado esta 



(*) No parece por demás citar aquí ¡as siguientes palabra de Wál- 
ker:. **A1 mismo tiempo que los americanos se mostraban falsos hacia sí 
mismos y sus compatriotas, los nicaragüenses nativos estaban dando en 
Rivas un ejemplo de fidelidad y grandeza de alma dignas de la raza que 
se había naturalizado entre ellos". William Wálker, I/tsíory o/ f/ie IVar 
in Nicaragua. 



— 73 — 

narración, la gratitud era más fuerte que las pre- 
venciones y el partido favorable á los americanos 
poderoso y entusiasta. El pueblo bajo les fué 
siempre fiel; los que odiaban al extranjero eran los 
calzados, las clases alta y media que componían el 
partido conservador, y los odiaban porque sentían 
su superioridad: de aquí su mayor inquina. Los 
calzados eran los que llevaba zapatos, distinguién 
dose en esto de la plebe que iba con los pies des- 
nudos. Una aristocracia basada en tan relevante 
mérito debía mostrarse, como es natural, celosa de 
sus prerrogativas. 

En casi todos los vapores procedentes de Ca- 
lifornia llegaban partidas más ó menos numerosas 
de reclutas. Entre los que arribaron al principio 
estaba un hermano de Áquiles Kewen, muerto en 
la primera b¿ talla de Rivas. E. J. C. Kewen fué 
uno de los miembros más distinguidos del estado 
mayor de Wálker, en el cual sirvió durante toda la 
guerra. Como hecho bien característico de aquel 
tiempo, puede citarse el relato que los diarios de 
San Francisco hicieron de un desafío verificado en 
esta ciudad, en que el coronel Kewen sirvió de pa- 
drino la víspera de embarcarse para Nicaragua. 
Los negocios antes que el placer. 

Durante los cuatro meses que siguieron á la 
formación del nuevo gobierno, Wálker reunió una 
fuerza compuesta de americanos y otros extranje- 
ros, que llegaba á mil doscientos hombres. Proce- 
dían éstos de todo el territorio de los Estados Uni- 
dos, pero mayormente de los estados del Sur y de 
los del Pacífico. En San Francisco se habían 
abierto oficinas de enganche, cuyos agentes penetra- 
ban en los campamentos de mineros y las ciudades 
del interior, sin que las autoridades gubernativas 
se dieran por entendidas ni les pusiesen embar^-^ 



— 74 — 

zos (*). Siempre que surgía alguna dificultad, los 
voluntarios compraban un billete hasta Nueva 
York, deteniéndose en Nicaragua para gozar de un 
poco de filihusterismo En los estados del Este 
las autoridades tomaban más severas precauciones, 
aunque con poco resultado, porque como los colo- 
nes eran invitados por el gobierno nicaragüense, 
no podían ser legalmente detenidos. 

Entre los aventureros había muchos hombres 
de carácter perezoso y temerario, que llegaban 
atraídos por visiones de belleza y de saqueo, en 
medio de la vida ampliamente licenciosa de un 
campamento de piratas. Para esta clase de gentes 
la revelación de la realidad fué terrible; en vez de 
la relajada disciplina de una tropa de guerrilleros, 
encontraron un sistema de gobierno militar que po- 
día competir por lo inflexible de sus leyes con el del 
Gran Federico. A la sobriedad de Wálker se aña- 
día la virtud, mucho más rara en hombres de su 
clase, de una absoluta castidad personal en los 
pensamientos, las palabras y los hechos. Detesta- 
ba la borrachera, el libertinaje y la blasfemia. Al 
que sorprendían vendiendo licor á un soldado, se le 
castigaba con una multa de 250 pesos, y el bebe- 
dor sufría un arresto de diez días. Teniendo que 
pagar dos y medio dólares por una botella de pési 
mo whisky, y con el temor que inspiraban tan fuertes 
penas, la embriaguez era cosa rara en Granada. En 
las avanzadas la disciplina era menos severa, por 
que oficiales y soldados se aprovechaban del aleja- 
miento de su jefe para evadir sus órdenes. Por 
otra parte, los que observaban buena conducta eran 

(*) El ministro de Costa Rica en Washington, D. Luis Molina, 
protestó enérgicamente contra la inercia de las autoridades de Califor- 
nia; inercia que se parecía mucho á complicidad ; sin embargo, Mr Márcy, 
secretario de estado, contestó con fecha 2 de abril de 1856, negando ro- 
tundamente los cargos hechos á su gobierno. O Mr. Márcy estaba mal in- 
formado ó no dijo la verdad. 



— 75 — 



muy agasajados y recibían regularmente su paga 
de cien dólares, según dicen unos, ó la cuarta par- 
te de esta suma, según otros, y además un derecho 
eventual sobre quinientas hectáreas de tierra. 

Sólo faltaba ya que se asegurase la paz para 
que Nicaragua se convirtiera en el verdadero **Pa- 
raíso de Mahoma'*, nombre que le «lieron los con- 
quistadores españoles. Pero no había tal seguri- 
dad ni esperanzas de obtenerla. Aunque Wáiker 
hubiese querido contentarse con los maravillosos 
triunfos que había logrado, no se lo habrían per- 
mitido para poner un freno á su ambición. Sus 
enemigos eran demasiado numerosos^ potentes é im- 
placables. La Gran Bretaña, que había estado 
violando durante medio siglo, secreta ó abierta 
mente, los derechos de las débiles repúblicas hispa- 
noamericanas, no podía consentir en que una presa 
tan buena pasara á manos del odiado yanki. Su- 
plió dinero, hombres y armas á los estados vecinos, 
valiéndose de toda clase de pretextos para levantar 
una cruzada contra los americanos. 

Enemigos igualmente encarnizados, pero me- 
nos poderosos para ofender á cara descubierta, in- 
fluenciaron el gobierno de Washington. El secre- 
tario de estado Wílliam L. Márcy era un político 
que ha dejado memoria por la enunciación de la 
famosa máxima de que **á los vencedores corres 
ponden los despojos de los vencidos". Márcy no 
abrigaba mala voluntad personal contra VVáIker ó 
los amigos políticos de éste, pues no era hombre 
capaz de sentir inquinas ni rencores violentos; pero 
llevó al alto puesto que ocupaba todas las aspira- 
ciones, todas las simpatías, prejuicios y alianzas de 
un perfecto politiquero. Para él las tradicirnes de 
su país, la dignidad de su alta posición, el honor 
de la República eran ideas secundarias. Lo que 



- 76- 

pudiera decir su partido, la crítica que harían de 
sus actos en Albany 6 en Wall Street, eran los pen- 
samientos que influían en su ánimo y gobernaban 
su conducta. Como jefe y como hombre, Franklín 
Pierce era de una mentalidad tan baja como la de 
su secretario. Así fué que habiendo presentado 
sus credenciales en Washington un ministro pleni- 
potenciario de Nicaragua y protestado los demás 
ministros residentes contra su recepción, el presi- 
dente y su secretario se sintieron terriblemente 
consternados. El ministro anterior Marcoleta, á 
pesar de haber sido retirado por el gobierno de Ni- 
caragua, se negó resueltamente á deponer sus fun- 
ciones. Los demás ministros extranjeros hicieron 
causa común con Marcoleta, y el secretario de es- 
tado cometió la estupidez pasmosa de discutir se- 
riamente el caso con estos oficiosos caballeros. In- 
terpelado el coronel Whéeler, ministro de los Es- 
tados Unidos en Nicaragua, confirmó los títulos del 
gobierno de Rivas, que eran de fado y de jure y 
añadiendo, como prueba de la tranquilidad de que 
gozaba la nación, el hecho sosprendente de **no ha- 
ber en toda la República un solo prisionero, cosa 
antes nunca vista en el país". 

A Mr. Márcy no le quedaba más remedio que 
aceptar las credenciales, cuando el descubrimiento 
de uno de los solemnes disparates de Wálker lo 
salvó de esta humillación. Respecto del ministro 
no podía hacerse ninguna objeción oficial; pero des 
graciadamente para éste, se formularon contra el 
particular cargos bastantes graves para que el fis 
cal del distrito de Nueva York se sintiera autori- 
zado á mandarlo prender con motivo de una causa 
criminal (*). Este sujeto era Parker H. French, 

(*) El arresto de French fué motivado por los trabajos que hizo 
para enviar refuerzos á Wálker. 



— 77 



aquel mismo héroe manco cuyo fracaso en el ata- 
que del castillo de San Carlos había desacreditado 
la Falange y provocado la matanza de La Virgen. 
Wálker supo, cuando ya era tarde, los malos ante- 
cedentes de su enviado, cuya conducta en Nicara- 
gua bastaba para desacreditarlo; pero considerando 
su arresto como una violación de los privilegios di- 
plomáticos, lo retiró, despidió al ministro america- 
no en Nicaragua y cortó las relaciones oficiales con 
los Estados Unidos. Pasados algunos meses, y 
después de haberse negado el gobierno americano 
á recibir un segundo ministro, D. Fermín Ferrer, 
Wálker envió un tercer representante, el buen pa- 
dre Vigil, que fué aceptado en Washington, tanto 
por la elevación de su carácter, como por las noti- 
cias que llevó de haber derrotado Wálker á sus 
enemigos de Costa Rica y repelido á los serviles 
del norte. Franklin Pierce no era hombre que 
volviese las espaldas á un amigo en la prosperidad; 
sin embargo, Mr. Márcy no participaba desús bue- 
nos deseos. El ministro nicaragüense fué recibido 
en debida forma, pero tropezó con tan estudiada des- 
cortesía de parte del secretario de estado y de sus 
subaltefnos, que aquel culto y amable caballero re- 
gresó con placer, después de breve permanencia en 
Washington, al seno de la sociedad más urbana de 
Nicaragua. 

Pero ya la conducta veleidosa del preside? te 
Pierce y de su gabinete había mostrado á los pers- 
picaces enemigos de Wálker en Centro América y 
en Europa el punto débil de su armadura. El fili- 
bustero, que estaba ya tan lejos de poder contar 
con el apoyo de su país natal, no tenía ningún 
amigo aparente allí. Los cónsules y capitanes de 
barcos de guerra ingleses comprendieron que po- 
dían aplastar impunemente al aventurero y restau- 



-« 78 - 

rar la supremacía de la inHuencia europea en el ist- 
mo. Todos los partidarios de los serviles en los 
estados vecinos y los legi ti mistas desafectos en Ni- 
caragua, se unieron para expulsar al elemento ex- 
tranjero. El cónsul general de Costa Rica en 
Londres, escribió al presidente D. Juan Rafael 
Mora, en carta que cayó en manos de Wálker que 
el gobierno de la Gran Bretaña estaba dispuesto á 
venderá Costa Rica dos mil fusiles á precio nomi- 
nal, para **sacar á Wálker y los suyos de Nicara- 
gua á puntapiés.*' La amistad británica no era del 
iodo desinteresada, ni procedió tan sólo por vía de 
«odio contra los americanos. Diecisiete millones de 
dólares, invertidos por los capitalistas ingleses en 
bonos de Costa Rica, fueron la base sustancial de 
esta simpatía (*). Causa pena .meditar sobre el 
hecho de haber sido defraudados más tarde estos 
bonos hasta el último dólar. 

Una diputación que Nicaragua envió á Costa 
Rica á negociar un tratado de paz, fué expulsada 
ignominiosamente del territorio de este último país. 
También Guatemala, San Salvador y Honduras se 
negaron á reconocer la nueva administración. 

El 26 de febrero de 1856 Costa Rica declaró 
la guerra á Nicara^^ua, con el expresado propósito 
de expulsar á los invasores extranjeros del territo- 
rio de la América Central. El lejano Perú simpa- 
tizó con los cruzados, enviando un préstamo de 
150,000 pesos para ayudar á la justa campa- 
ña. El presidente Mora reunió en el acto un 
ejército de 9,000 hombres y se preparó á marchar 
á Guanacaste. Inmediatamente lanzó Rivas una 
contra declaración de guerra. Wálker, en su ca- 



(*) Los empréstitos levantados por Costa Rica en Inglaterra, no 
lo fueron hasta los años de 1871 y 187a. ' 



-»- ,-a 



— 79 — 

rácter de general en jefe, convocó á los suyos para 
que se reuniesen en la plaza de Granada, y ha- 
biéndoles hecho leer la proclama de guerra, pro- 
nunció una arenga conmovedora, terminando con 
frases bien adecuadas á sus oyentes: **Les envia- 
mos la rama de olivo y nos devolvieron un cuchi- 
llo. Bien está. Les daremos guerra á muerte y 
les hundiremos el cuchillo hasta la empuñadura". 

Por desgracia, el oficial escogido para dirigir 
el avance sobre Costa Rica, resultó ser un cuchillo 
más peligroso para la mano que lo esgrimía que 
para el pecho que se le presentaba. El coronel 
Luis Schléssinger recibió el mando de la tropa, en 
parte como compensación del mal trato que le ha- 
bían dado en Costa Rica cuando fué allí en calidad 
de comisionado de paz. Otro de los comisionados, 
llamado Argüjello, se había pasado al enemigo; el 
tercero, el capitán W. A. Sútter, hijo del famoso 
descubridor de oro en California, fué el único que 
dio pruebas de habilidad y honradez. Wálker no 
tenía suerte en la elección de sus funcionarios civi- 
les; pero debe considerarse que no había mucho 
donde escoger. Los estadistas de inspiración divi- 
na no acuden en manadas al sostenimiento de cau- 
sas tan peligrosas como la suya. 

Si Schléssinger era malo como diplomático, 
como soldado era peor todavía. Habiendo salido 
con una fuerza de 200 hombres (*), pasó la fronte- 
ra de Guanacaste el 19 de marzo. Cinco compa 
nías de 40 hombres cada una habían sido formadas 
conforme á la nacionalidad ú origen de los comba- 
tientes, de la siguiente manera: una compañía fran- 
cesa, al mando del capitán Legaye; una alemana, 



(*) Wálker en su History of the IVar in Nicaragua dice que eran 
240, y Él Nicaragüenses órgano del mismo Wálker, al dar cuenta de la 
batalla hace subir el número de esta fuerza á aSo hombres. 



8o — 



á las órdenes de Frange; una de Nueva Orleans, 
capitaneada por Thorpe; una de Nueva York, 
mandada por Creighton, y otra de California cuyo 
jefe era Rúdler. Las compañías americanas esta- 
ban compuestas de hombres de todas las naciones 
de lengua inglesa, ^'que habían reventado de las 
cuatro partes del mundo". Esta diferencia de na- 
cionalidades, de que un jefe hábil habría sabido sa- 
car provecho suscitando una generosa rivalidad, 
sólo fué manantial de flaqueza en manos del in 
competente Schiéssinger, que á más de no ser ame- 
ricano era mal querido de su tropa. 

El primero y último encuentro ocurrió en la 
hacienda de Santa Rosa, situada á doce millas de 
la frontera, en el Guanacaste. Schiéssinger se dejó 
sorprender. El enemigo, al mando de un experto 
oficial, el barón prusiano von Bulow, Jo atacó con 
500 soldados de línea, derrotándolo fácilmente (*). 
Schiéssinger no hizo la menor resistencia y huyó 
al primer tiro, seguido de las compañías francesa 
y alemana. El capitán Rúdler y el mayor O'Neill 
hicieron frente valerosamente con las compañías de 
California y de Nueva York, hasta que habiendo 
sido muertos unos cincuenta hombres, los demás 
se salvaron como pudieron. Tan sólo un pobre 
tamborcito se quedó tocando la caja con infantil 
alegría, hasta que cayó muerto en su puesto. To- 
dos los heridos y los prisioneros fueron matados 
por orden del presidente Mora, que había procla- 
mado la guerra sin cuartel contra todo filibustero que 
se tomase con lis armas en las manos. Así termi- 
nó la batalla de Santa Rosa, el 20 de marzo de 

1856. - 

A su regreso, Schiéssinger fué juzgado por un 

{*) El barón von Bulow no se halló en la batalla de Santa Rosa ni 
los 500 costarricenses eran soldados de línea, sino simples milicianos. 



— 8i — 

consejo de guerra, declarado culpable de cobardía 
y sentenciado á muerte; pero se libró del castigo 
quebrantando su palabra durante el juicio y huyen- 
do á Costa Rica. Más de veinte años después lo 
vemos reaparecer ante los tribunales de este país, 
pidiendo una recompensa por el servicio prestado 
en la ocosión que se acaba de narrar 

El carácter heterogéneo de las filas filibusteras, 
aun á principios de la campaña, se puede ver por la 
lista de los prisioneros sacrificados después de la 
batalla de Santa Rosa, de los cuales seis habían 
nacido en los Estados Unidos, tres en Irlanda, tres 
en Alemania, uno en Italia, uno en Corfií, uno en 
Samos, uno en Francia, dos en Prusia y uno en 
Panamá. 

Tan inesperada fijé la derrota, que los vence- 
dores, temerosos de un ardid, no se aprovecharon 
de su ventaja para perseguir. Los descorazonados 
fugitivos regresaron en grupos dispersos, algunos de 
ellos sin armas, otros con las ropas hechas jirones 
y todos con las orejas gachas y desonrados. Pa- 
ra encubrir su vergüenza exageraban el número y 
la hazaña del enemigo, el cual se había portado 
verdaderamente con gran habilidad y valor, dando 
pruebas de ser un adversario formidable cuando 
estaba bien dirigido. 

Durante algunos días reinó el pánico en el 
cuartel general demócrata. La situación era crítica. 
Los legitimistas nicaragüenses, siempre desafectos 
en secreto, se apresuraron á propalar la noticia 
de la derrota entre sus amigos del norte. Hon- 
duras y las repúblicas vecinas se afirmaron en su 
propósito de no reconocer el gobierno de Rivas, 
y Guardiola comenzó á concentrar sus hordas de 
salvajes en las fronteras de León. La desmorailza 
ción cundió entre los mismos americanos. Oficiales 

6 



— 82 — 

poco antes sedientos de gloria, se sentían desfallecer 
y comenzaron á suspirar por volver á la patria y á 
pedir licencia, Wálker se agitaba en la cama, en- 
fermo de fiebre, en tanto que sus enemigos conspi- 
raban contra él y los rmigos de los días prósperos 
se convertían en desertores. Pero entre sus fieles 
veteranos había muchos corazones de bronce, hom 
bres que amaban el peligro como el tahúr los albu- 
res del juego, y que despedían á sus apocados com- 
pañeros con un desdén tan fino como el del viejo 
Carvajal, teniente de Hizarro, que cantaba: (*) 

Los mis cabe Hitos y maite^ 
uno á uno se los llevó el aire, 
¡Ay pobrecicos 
los mis cabe I lieos! 

Otra desventura ocurrió en este momento á 
los filibusteros. Los vapores de la compañía del 
Tránsito fueron retirados repentinamente del ser- 
vicio y se suspendió toda comunicación con Cali- 
fornia; y aunque esto detuvo la deserción, también 
impidió la llegada de nuevos reclutas. Este proce 
dimiento de la compañía era el resultado de una 
mala inteligencia que venía de muy atrás. Con- 
forme á la carta de privilegio que le fué otorgada, 
la compañía contrajo la obligación de pagar al go- 
bierno de Nicaragua la suma de 10,000 dólares 
anuales y el diez por ciento de su beneficio neto. 
La compañía sostenía haber pagado con alguna 
regularidad los 10,000 dólares, cosa que por su 
parte negaba el gobierno de Nicaragua, pero me- 
diante un procedimiento de teneduría de libros, 



(*J Francisco de Carbajal, llamado por sus crueldades El Demo- 
nio de los Andes ^ se puso á cantar este villancico famoso, al ver cómo lo 
iban abandonando sus compañeros en la batalla de Saxsahuamán contra 
el licenciado Gasea, el 9 de abril de 1548. 



-83- 

bien conocido de los financieros, las cuentas nunca 
arrojaron un balance de beneficio neto sobre el 
cual se pudiera cobrar el diez por ciento adicional. 
Contra este engaño protestaron tímidamente algu 
na que otra vez lo débiles y efímeros gobiernos de 
Nicaragua. Los agentes de la compañía contesta- 
ban con bravatas y embustes, ó empleaban el co- 
hecho para callarlos, é hicieron clavos de oro hasta 
la inauguración del gobierno de Rivas. Cornelius 
Vánderbilt manejaba en aquel entonces los negó 
ciós de la compañía en Nueva York, á la vez que 
sus intereses del oeste estaban á cargo de Morgan 
y Gárrison en San Francisco. Vánderbilt, hom- 
bre de ambición sin límites y de pocos escrúpulos, 
pronto se hizo dueño de los arbitrios de la compa- 
ñía. Hasta que Wálker tomó en sus manos la di 
rección de los negocios, Nicaragua no había de- 
safiado nunca al autócrata de Wall Street. Uno de 
sus primeros pasos (ué nombrar una comisión para 
que examinase los libros de la compañía. Esta co- 
misión informó que el gobierno había sido defi-au- 
dado de manera flagrante y sistemática durante 
años, y que legalmente se le debían 250,000 dólares. 
Vánderbilt se negó .perentoriamente, tanto á reco- 
nocer la deuda como á pagarla, repitiendo las va- 
gas amenazas con que estaba acostumbrado á ame- 
drentar á los pequeños ñincionarios de otros tiem- 
pos. 

Así las cosas, el exabogado de California 
mandó á las autoridades que embargasen las pro- 
piedades de la compañía para garantizar la deuda, 
revocando al propio tiempo la antigua concesión y 
otcrgando una nueva á los señores Rándolph y 
Crittenden. Esto ocurrió el 28 de febrero. El 
último acto de la antigua compañía había sido el 
transporte de 250 reclutas procedentes de San 



— 84- 



Francísco, el importe de cuyos pasajes fué pagado 
por Vánderbilt algunos días después, cuando aun 
ignoraba el embargo de sus propiedades. £1 dic- 
tador de Wall Street se encolerizó mucho, y mien- 
tras le llegaba su turno envió tranquilamente una 
letra de cambio por una suma mucho mayor, pa- 
gadera á la orden de D. Juan Rafael Mora, presi- 
dente de Costa Rica. Hizo entonces una protesta 
formal y acudió al secretario de estado Márcy, 
pidiendo el apoyo de los Estados Unidos. Sin 
embargo, Márcy era un político demasiado marru- 
llero para indentifícarse á cara descubierta con los 
intereses mal olientes de la compañía del Tránsito, 
corporación cuya historia, según ha dicho el minis- 
tro Squier, es '*una infame carrera de engaños y 
fraudes". Márcy aquietó á su amigo Vánderbilt 
con promesas que fueron cumplidas por desgracia 
demasiado bien. La venganza del rey del dinero 
no se contentó con atizar á los enemigos de Wál- 
ker. Sólo la mina del filibustero era capaz de 
apaciguar el orgullo herido de Vánderbilt. El hom- 
bre de los millones no era un poder despreciable 
en los asuntos comerciales y políticos de los Esta- 
dos Unidos; y cuando resolvió poner en juego todos 
sus recursos contra un aventurero que se hallaba 
en el exterior casi sin un cuarto, se demostró que 
el dinero será todo lo malo que se quiera, pero que 
sí es omnipotente. 

En diciembre Kewen fué enviado á California 
á colocar un millón de dólares en bonos del esta- 
do de Nicaragua. Recibió instrucciones de no 
venderlos por menos del 90 por ciento de su va- 
lor nominal, y no parece haber dispuesto de nin- 
guno á inferior precio. En estas ó mejores condi- 
ciones fueron colocados unos pocos. 

Hacia este mismo tiempo vemos aparecer 



- 85 - 

Otro rasgo de la fisonomía de un gobierno estable. 
En las primeras invasiones españolas, los auxilia- 
res religiosos seguían siempre la estela del ejérci- 
to. Ahora, dada la diferencia de circunstancias, 
era natural que la imprenta acompañase al filibus- 
tero. En Nicaragua había ya dos periódicos en 
plena actividad: El Nicaragüense, de Granada y el 
Herald de Masaya. A semejanza de los improvi- 
sados clérigos militantes de Fernando el Católico, 
los editores é impresores de Nicaragua no eran es- 
trictamente hombres de paz. Cuando lo exigían 
las circunstancias trocaban la pluma por la espa- 
da. Por este motivo sus noticias de la guerra de- 
bieran haber sido más auténticas, porque las más 
de las veces las escribían y publicaban en el cam- 
po de batalla. John Tábor, editor y propietario 
de El Nicaragüense fué dos veces herido en el 
cumplimiento de sus nuevos deberes; pero vivió 
para acompañar á Wálker en su segunda inva- 
sión de 1857, cuando su imprenta ¡ay! no tuvo que 
publicar la crónica de ninguna gloriosa victoria. 



i 



Capítulo XI 



Los 60STARRICENSES INVADEN A NICARAGUA. — SEGUNDA HATALLA 
DE RiVAS. — El enemigo encuentra un nuevo adversario. — RiVAS CON- 
VOCA Á ELECCIONES.— Candidatura de Wálker.— Traición de Rivas.- - 
Asesinato de Estrada. — Coalición de los estados centroamerica- 
nos del norte contra Nicaragua. — Wálker electo presidente. 
Inauguración de su gobierno, que es reconocido por el ministro 
de los Estados Unidos. — Tradición del «homhre de los ojos zar- 
cos». 



A Wálker le preocupaban menos sus enemi- 
gos de los Estados Unidos que los que tenía más 
cerca, aunque nunca cometió el error de menospre- 
ciar á un adversario peligroso ni tuvo la debilidad 
de perdonarlo. Tres mil costarricenses habían cru- 
zado la frontera, inv^idiendo la parte sur del depar- 
tamento de Rivas. No era el momento de tener fie- 
bre en el cuerpo ni en la mente. Wálker se levantó 
de la cama é hizo un llamamiento á sus tropas para 
que diesen un golpe vigoroso en favor de sus dere- 
chos. El presidente Rivas se hallaba en León vigi- 



— 88 — 



lando y aguardando. Había proclamado la ley mar- 
cial en los departamentos del sur, dando al general 
en jefe poderes omnímodos. Wálker dejó de opo- 
nerse á la marcha del enemigo hacia la ciudad de 
Rivas, porque habiendo sido retirados los vapores, 
ya no tenía necesidad de conservar el Tránsito. De 
consiguiente, todas las tropas americanas que esta- 
ban en Rivas y La Virgen fueron reconcentradas á 
Granada con el ostensible propósito de emprender 
inmediatamente la retirada hacia León. Cuando el 
enemigo entró en i -a Virgen sólo encontró allí los 
habitantes nicaragüenses y unos pocos empleados 
extranjeros de la compañía del Tránsito. Sin dar 
una palabra de aviso hizo fuego sobre estos últimos 
y mató á unos nueve ó diez servidores inermes de 
Mr. Vánderbilt (*), y con un celo que para este 
caballero había de ser muy poco grato, quemó to- 
das las propiedades de la compañía, muelles y al- 
macenes que pudo encontrar. Terminada la obra 
de destrucción marchó sobre Rivas, donde el pre 
sidente Mora fijó su residencia para observar con 
precaución los movimientos de Wálker. Este disi- 
muló tan bien su designio, que nadie supo si inten- 
taba retirarse á León ó dejar definitivamente el 
país. Lo último parecía lo más probable, porque el 
vapor del lago San Car/í?^ había estado transportan- 
do durante algunos días hombres y municiones á 
los fuertes de San Carlos y Castillo Viejo, al través 
del lago. Algo se traslució de estos movimientos, 
cuando el teniente Green, con sólo quince hombres, 
sorprendió una fuerza de 200 costarricenses en la 



(*) Al entrar las tropas de Costa Rica el 7 de abril de 1856 á La 
Virgen, los americanos dispararon sobre ellas algunos tiros desde la casa 
de la compañía del Tránsito y la de D. Evaristo Carazo, hiriendo á dos 
soldados y un sargento que murió después. Como es natural, los nuestros 
contestaron el ataque. V. Montüfar, Wálker en Centro América, p. 294. 



J 



- 8g - 

boca del Sarapiquí. matando á 27 y poniendo en 
fuga á los demás (*). 

Por último, en la mañana del 9 de abril, Wál- 
ker salió de Granada á la cabeza de 500 hombres, 
(**) de los cuales las cuatro quintas partes eran 
americanos, y marchó rápidamente al sur en direc- 
ción á Rivas, donde Mora acampaba con el prusia- 
no von Bulow y tres mil soldados de línea. Varios 
ingleses, franceses y alemanes servían en el ejército 
de Costa Rica, unos voluntariamente y otros en ca- 
lidad de mercenarios. A las ocho de la mañana del 
día II, las fuerzas de Wálker entraron á Rivas, di- 
vididas en cuatro columnas por otros tantos cami- 
nos. El orden de batalla era el de un asalto simul- 
táneo, debiendo reunirse las distintas columnas en 
el centro de la ciudad. Esto se ejecutó al pie de la 
letra, aunque los costarricenses, reponiéndose pron- 
to de la sorpresa que les causó el ataque, se porta- 
ron bizarramente, empleando sus armas de fuego 
con precisión y serenidad, y matando con fatal y 
exacta puntería á los jefes americanos. El combate 
duró cuatro horas. Al terminar, Wálker había to- 
mado posesión de la plaza y de la parroquia, pero 
á costa de 50 hombres, entre muertos y heridos. 



(*) Se refiere probablemente á la acción de El Sardinal, que se ve- 
rificó el 10 de abril de 1856. Según Wálker, el capitán Baldwin era quien 
mandaba á los filibusteros. El parte oficial del jefe costarricense, tenien- 
te coronel Orozco, que tomó el mando al caer herido el general D. Floren- 
tino Alfan), dice que las fuerzas de Wálker huyeron derrotadas; este par- 
te está fechado en el muelle de Sarapiquí, el mismo 10 de abril, lo que 
prueba que los costarricenses conservaron sus posiciones. Los heridos 
por nuestra parte fueron 7 y sólo hubo un muerto. Los filibusteros tuvie- 
ron 4 muertos en tierra, fuera de los que perecieron ahogados en el río. 



(**) Wálker dice que llevaba 550 hombres, á los cuales se agregó 
cerca de Nandaime la columna nicaragüense que mandaba el coronel cu- 
bano Machado y constaba de doscientos. Los costarricenses que defendían 
á Rivas el 11 de abril de 1856, no llegaban á 1,500, porque la guarnición 
se había debilitado con las tropas que se enviaron á resguardar á San Juan 
del Sur, La VirgA y otros puntos. 



— 90 — 

Los enemigos tuvieron cerca de 200 muertos y do- 
ble número de heridos. Estuvieron recibiendo re- 
fuerzos durante el combate, pero no se aventuraron 
á salir de sus paredes de adobes para renovar la 
contienda. Habiendo incendiado las casas vecinas 
de la plaza, mantuvieron con intermitencias un fue- 
go violento desde los edificios adyacentes. Los ame- 
ricanos improvisaron un hospital en la parroquia, 
de la cual se sacaron los heridos al amanecer, bien 
custodiados por sus camaradas {*). Mora no se 
opuso á su salida, sintiéndose muy contento de ver- 
se libre de tan molesta visita. 

Wálker perdió muchos oficiales. Al comenzar 
el combate, el coronel Machado, que mandaba los 
soldados nicaragüenses, cayó roortalmente herido. 
Cinco capitanes y seis tenientes perecieron también 
y fueron heridos doce oficiales más. Del estado ma- 
yor de Wálker sólo quedó con vida el capitán Sút- 
ter. Esta mortalidad se debió no tanto á la buena 
puntería del enemigo como al valor temerario de 
las víctimas, que tuvieron á honra ofrecerse volun- 
tariamente para toda clase de aventuras insensatas. 
En una ocasión, diez oficiales, armados tan sólo de 
revólver, cargaron sobre una barricada, de la cual 
desalojaron más de cien rifleros enemigos. 

Por este tiempo el aspecto material de las co- 
sas había cambiado y la situación del ejército inva- 
sor era muy peligrosa. Mora, que esperaba que se 
le unieran los legitimistas para expulsar á los usur- 
padores americanos, encontró que aquéllos eran 
pocos y estaban descorazonados; por otra parte, la 
insolencia desenfrenada de los costarricenses, les 
había enajenado cualesquiera simpatías que hubie- 



(*) Wálker dejó abandonados en la iglesia una buena parte de sus 
heridos. • 



sen podido hallar en las ckses más pobres. Ln una 
palabra, el rechazo de Wálker de Rivas, s¡ puede 
llamarse rechazo á una retirada sin oposición, fué 
para Mora la señal de la derrota (^). Iitcapaz de re 
ducir á un enemigo que sólo rentaba con la sexta 
parte de la fuerza que él tenía, y no atreviéndose á 
correr los riesgos de una batalla campal y mucho 
menos los de un sitio á Granada, permaneció en Ri- 
vas extenuado é impotente. Sólo era menester que 
lo atacase otro enemigo para que su caída fuera 
completa. Este enemigo, siempre poderoso bajo el 
sol de los trópicos, hizo su aparición. 

Los cuerpos de 200 costarricenses habían sido 
arrojados en las letrinas y pozos de Rivas, junto con 
los.de unos 50 filibusteros (**). Centenares yacían 
en los miserables hospitales con heridas ulceradas y 
mal asistidos. El soldado costarricense no se distin- 
guía por su limpieza ni buena manera de vivir. La 
disciplina era estricta; pero un día pasó por las 
avanzadas un Enemigo que no fué interpelado por 
el vigilante centinela. La patrulla que debía gritar 
¿quién vive? cayó muerta al golpe de una mano si- 
lenciosa. El soldado en la mesa de monte, el oficial 
en su hamaca, el satélite del ejército en los barrios 
bajos y el oficial de estado mayor en palacio, todos, 
jóvenes y viejos, sin distinción de jerarquías, sucum- 
bieron ante el temido adversario. El cólera, ese 
azote más terrible que una legión de filibusteros, 
había penetrado en Rivas. Con el cólera entró la 
deserción: el presidente Mora dio el ejemplo; la no- 

(*) Las tropas de Costa Rica no tuvieron conocimiento de la fuga 
de Walker, hasta el amanecer del 12 de abril. El general Cañas y otros 
jefes militares opinaron por que se le persiguiese; pero se cometió el error 
de no hacerlo. 



(**) Los muertos del ejército costarricense fueron todos enterrados 
el 12 de abril. Los filibusteros fueron quienes arrojaron los cadáveres 
de los suyos á los pozos del Mesón. 



— 92 



ticia de que había disturbios en Costa Rica apre- 
suró su fuga hacia el sur. El general Cañas se que- 
dó al frente del ejército, hasta que supo el arribo á 
Granada de algunos centenares de reclutas que ha- 
bía enganchado el veterano Hórnsby en los Esta- 
dos Unidos, y que trajo al país por la vía del río 
de San Juan. 

Previendo con acierto que Wálker tomaría 
pronto la ofensiva Cañas abandonó apresurada- 
mente sus heridos y huyó á Guanacaste. Su marcha 
fué larga y penosa; durante leguas se podía seguir 
la huella de los fugitivos por los huesos de sus com- 
pañeros. Para el que caía herido por el cólera, no 
había mano fraternal que lo levantase. A Costa Ri- 
ca entraron alrededor de 500 desbandados, rendi- 
dos de fatiga, restos de la bizarra hueste que había 
venido á Nicaragua para echar á los filibusteros á 
la mar. Con ellos iba la simiente de la peste, la que 
propagándose rápidamente por el país barrió diez 
mil de sus habitantes. 

Tampoco estuvo exento Wálker de calamida- 
des durante este período. Muchos de sus amigos 
más queridos fueron víctimas de la plaga, entre 
otros su hermano menor James, á quien quería muy 
tiernamente á su modo, poco efusivo. La situación 
política no era satisfactoria. Según parece, al presi- 
dente Rivas, que se había quedado con sus minis- 
tros en León, habíale inspirado mayores temores 
una invasión posible de los estados del norte que 
la que efectuaron los costarricenses. Era hombre 
débil, con el que fácilmente jugaban personas intri- 
gantes que habían logrado hacerlo desconfiar de 
Wálker, cosa que hasta aquel momento, por lo me- 
nos, era del todo infundada. Los distritos del nor- 
deste del país habían sido asediados durante algún 
tiempo por cuadrillas errantes de bandoleros, que 



— 93 



se decían 6 eran realmente legitimistas, cuyas de- 
predaciones llegaron á ser una verdadera molestia. 
Contra estas guerrillas envió Wálker un cuerpo de 
caballería, al mando de Domingo Goicouría, quien 
pronto restableció el orden en el distrito (*). 

Las elecciones para presidente, verificadas en 
mayo, se hicieron con tanta irregularidad, que el 
presidente Rivas resolvió que se practicaran otras 
en junio. Los dos opuestos candidatos, Salazar y 
Jerez, consintieron en ello. Ambos pertenecían, lo 
mismo que Rivas, al partido leonés ó liberal. Así 
fué que los granadinos ó legitimistas, temiendo la 
influencia de sus rivales, se convinieron entre ellos 
para designar un candidato poderoso que represen- 
tara sus intereses. No habiendo ningún legifimista 
bastante popular para que fuera viable, escogieron 
á Wálker, prefiriendo un extranjero neutral antes 
que á uno de sus compatriotas hostiles. A nadie se 
ocultó que Wálker resultaba un candidato di primo 
cartello para el partido legitimista, que todavía era 
poderoso. El efecto inmediato de esto fué la unión 
de los opuestos pretendientes leoneses. Rivas, apo- 
yado por Salazar y Jerez, demoró la convocatoria 
para elecciones, acogiendo con beneplácito ¡a idea 
que le fué sugerida para que el número de los ame- 
ricanos auxiliares se redujera á doscientos, en el 
momento mismo en que otros tantos reclutas des- 
embarcaban del vapor procedente de California. 
Los vapores habían vuelto á emprender su carrera 
bajo la gerencia de una compañía favorable á la in- 
migración. 

Wálker se fué á León á conferenciar con Rivas, 
recibiendo en el camino una ovación popular que lo 



(*) Goicouría era un entusiasta patriota cubano, que fué fusilado 
I muchos años después en la Habana por los españoles. — N. del A. 



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Animó á sostener con firmeza sus derechos. A la 
propuesta que se le hizo para que disolviese sus tro- 
pas, replicó que sus gentes estaban listas á dejar el 
país tan pronto como recibiesen la paga estipulada, 
cosa que él bien sabía que el tesoro público no es- 
taba en condiciones de hacer. Sin embargo, para 
no poner en apuros al erario, prendió á Salazar ba- 
jo la inculpación de haber defraudado al gobierno 
de los derechos sobre una partida valiosa de palo 
de mora, y de haberla vendido al mismo gobierno 
con un beneficio pocas veces visto. Este hecho im- 
plicaba infracción de una antigua ley del país, que 
rara vez era aplicada. El arresto no tenía sin duda 
más objeto que hacer comprender á Salazar que no 
le era lícito conspirar impunemente contra su vigi- 
lante aliado, porque no fué sometido á juicio. Rivas, 
Jerez y Salazar se decidieron entonces á pronun- 
ciarse contra su formidable rival; pero con la dupli- 
cidad d^l país disimularon su intento, y el presiden- 
te emitió un decreto el lo de junio para que se pro- 
cediese á elecciones generales el cuarto domingo de 
este mes. Al día siguiente Wáiker se fué á Grana- 
da, y Kivas y Salazar huyeron inmediatamente de 
León y declararon traidor á Wáiker. Fueron á re- 
fugiarse á Guatemala, donde el general Carrera or- 
ganizaba un ejército para invadir á Nicaragua (*). 
Wáiker, en su calidad de general en jefe de un 
país perturbado por una revolución interna y ame- 
nazado de una invasión extranjera, tenía quc ser 
el jefe del gobierno en ausencia del gobernante ci- 
vil; por lo menos no había nadie que le disputase 
el puesto. De consiguiente nombró á D. Fermín 



(*) Rivas huyó con Jerez y no con Salazar; no fueron á Guatemala 
siró á Chinandega. Motivó su fuga el aviso que les dieron de que Wáiker 
habfa dado orden de prenderlos. Wáiker llegó á León con 300 hombres 
de los cuales dejó una parte allf á las ordenes de Nátzmer. 



— 95 — 

Fi rrer director provisional, mientras estuvieran 
pendientes las elecciones que debían practicarse 
dentro de pocas semanas. 

En estas elecciones tomaron parte todos los 
distritos, excepto los del nordeste, que se hallaban 
revueltos por la presencia de un ejército invasor en 
sus fronteras y la de dos pretendientes á la presi- 
dencia en su territorio. Uno de ellos era Rivas; el 
otro, el ya casi olvidado maniquí legitimista de 
Corral, D. José Estrada. Este último hizo pocas 
cosas de carácter oficial, fuera del lanzamiento de 
proclamas de que nadie se cuidaba; sin embargo, 
como un pretendiente es siempre, lo mismo en una 
monarquía que en una república, un elemento po- 
deroso de que puede aprovecharse un invasor astu- 
to, los partidarios de Rivas temieron que Carrera 
echase mano de tan pobre pretexto para traicionar 
sus intereses. Estrada fué asesinado á sangre fría 
por una partida de rufianes leoneses. Con él pere- 
ció el último de los pretendientes estrictamente le- 
gitimistas. Para asegurar en lo venidero sus inte 
reses personales, Rivas y sus amigos nombraron al 
general Ramón Belloso comandante en jefe del ejér- 
cito invasor. Las fuerzas aliadas provenían de Gua- 
temala, Honduras y San Salvador, y se consideró 
prudente elegir para el mando en jefe á un ciudadano 
de este último estado, el más pequeño de todos, por 
creerlo el menos capaz de usurpar el poder después 
de la victoria. 

La falta de representación del distrito del nor- 
deste en las elecciones era de poca importancia, por 
ser la parte menos poblada del país y porque sus 
votos no habrían influido en el resultado final. La 
votación fué completamente libre y se verificó sin 
que ocurriese disturbio alguno. En Nicaragua todo 
hombre mayor de dieciocho años, excepto los cri- 



-96- 

minales, tiene derecho á sufragar. Los diputados, 
los senadores y el presidente los elige un colegio 
electoral; que á su vez es nombrado por el voto po- 
pular. Tal era por lo menos la ley en aquel tiempo. 

Cuando se hizo el escrutinio resultaron 23,236 
papeletas, de las cuales» tuvo Wálker en su favor 
dos tantos más que todos sus rivales juntos, es de- 
cir, 15,835. Rivas obtuvo 867, Salazar 2,087 y Fe- 
rrer 4,447. Por lo tanto Wálker fué declarado elec- 
to, y el 12 de julio de 1856 tomó posesión formal 
de la presidencia de Nicaragua. Merece la pena ha- 
cer constar que fué electo por la mayor votación 
verificada en todo tiempo en el país, y que su per- 
manencia en el poder fué más larga que la de todos 
sus predecesores, si se exceptúa á Pineda y á Cha- 
morro. El primero ejerció la presidencia durante 
un mes más que Wálkej, y el segundo duran tedos. 
En seis años había habido no menos de quince pre- 
sidentes efectivos. Nicaragua necesitaba de urgen- 
tes reformas, aunque éstas las hiciera el filibuste- 
rismo. 

Desde el punto de vista legal, los títulos de 
Wálker eran tan sólidos como los de cualquier prín- 
cipe ó presidente de cualquier parte del mundo. Só- 
lo faltaba que el mundo los diese por buenos. El 
primero que los reconoció, sin saber lo que hacía, 
fué su enemigo el secretario Márcy. Este estadista, 
después de meditar mucho el caso, había dado ins- 
trucciones al coronel Whéeler, ministro de los Esta- 
dos Unidos, cu> a suspensión sólo fué temporal, pa- 
ra que reconociese el gobierno que existía en Nica- 
ragua, suponiendo que Rivas estaba siempre en el 
poder. Esto se obtuvo mediante las razonables ges- 
tiones del padre Vigil. Mr. Whéeler, dándose cuen- 
ta tal vez de lo muy cómico de la situación, pero en 
obediencia estricta de sus instrucciones, presentó á 



— 97 — 

Wálker las felicitaciones del gobierno de los Esta- 
dos Unidos Mr. Márcy no perdonó nunca al ins- 
trumento de su humillación, y uno de sus últimos 
actos oñciales fué pedir al presidente Pierce, como 
un favor personal, el retiro del ministro Whéeler. 
La moribunda administración se mostró lo bastante 
despreciable para acceder á esta solicitud. 

Wálker había llegado á la cumbre de su gloria 
como gobernante legal de un país cuya posición 
geográfica y recursos naturales hacían de él una 
presa digna de ser ambicionada por todas las po- 
tencias de Europa y América. Además de un pode- 
roso partido en el país, tenía á sus espaldas un ejér- 
cito compuesto de más de mil de sus compatriotas, 
una línea de vapores bajo su dominio — porque los 
agentes de la compañía del Tránsito en California 
eran amigos suyos por comunidad de intereses, — y 
un partido fuerte en los Estados Unidos, que sim- 
patizaba con su acariciado proyecto de extender la 
esclavitud. Parecía confirmarse, cuando menos en 
parte, la tradición popular que, según afirma Cro- 
we en su Cospel in Central America (*), existía 
entre los indios de Nicaragua y conforme á la cual 
"un hombre de ojos zarcos vendría del norte para 
derrocar el dominio español y regenerar la raza in- 
dígena.'* 

La ceremonia de inauguración del nuevo pre- 
sidente se verificó con gran pompa en la capital, el 
12 de julio El director provisional, D. Fermín Fe- 
rrer, tomó el juramento á Wálker, estando éste de 
rodillas. El presidente electo vestía su traje civil de 
costumbre, decorosamente negro, que formaba un 
contraste sorprendente con los gayos atavíos de los 
naturales, que habían acudido en masa á presenciar 



(*) El Evixngelio en la América Central. 
7 



-98- 

la ceremonia. La inauguración se celebró en una 
vasta plataforma construida en la plaza y adornada 
con banderas nicaragüenses, norteamericanas, fran- 
cesas y de la República de Cuba, que no había na- 
cido aún. La fórmula del juramento, que fué toma- 
do por Ferrer después de un discurso muy enco- 
miástico, fué la siguiente: 

** — ¿Prometéis y juráis solemnemente gobernar 
al país libre de Nicaragua y sostener su indepen- 
dencia é integridad territorial, haciendo justicia en 
todos vuestros juicios según los principios republi- 
canos y de piedad? 

** — Lo prometo y juro. 

* — ¿Prometéis en cuanto estuviere en vuestro 
poder mantener la ley de Dios, la verdadera profe- 
sión del Evangelio y la religión del Crucificado? 

** — Lo prometo y juro. 

*' — ¿Por Dios y los santos Evangelios juráis 
cumplir y hacer guardar todo lo que habéis prome- 
tido? 

m 

'* — bi juro . 

Al finalizar esta ceremonia, Wálker pronunció 
un discurso inaugural del género prosaico á que 
pertenecen esta cíase de composiciones. Al presi- 
dente no le faltaban esperanzas de poder entablar 
relaciones amistosas con las grandes potencias, y 
uno de sus primeros actos fué el envío de ministros 
á Inglaterra y Francia. Ninguno de estos enviados 
llegó á su destino, ó tal vez no pudieron obtener que 
se les reconociese, porque las memorias de gobier- 
no de aquellos países no hacen mención alguna de 
relaciones diplomáticas con el gabinete del filibus- 
tero. Las naciones de Europa, cegadas por la en- 
vidia que les inspiraba la influencia americana, no 
quisieron ó no pudieron comprender que los propó- 
sitos de Wálker, en caso de verse realizados, ha- 



— 99 — 



brían de ser un obstáculo invencible para la verda- 
dera expansión americana que ellos temían. El plan 
que tenía de formar una fuerte confederación de 
estados esclavistas, que fuera capaz de competir con 
los poderosos estados abolicionistas del Norte, fué 
el principal sino el único motivo de la simpatía que 
mostraron por Wálker los estados del Sur y del 
auxilio que le dieron. Al oponerse á este proyecto 
y frustrarlo, la Gran Bretaña se prestó inconscien- 
temente á servir los intereses del partido unionista 
de los Estados Unidos, debilitando así la causa de 
la secesión del Sur, que después favoreció. 

El sagaz observador inglés Láwreqce Oliphant, 
que escribió en 1860 sus recuerdos personales con 
el título de Patriotas y Filibusteros, hace ver el 
error en que cayó su gobierno, **no por simples con- 
sideraciones de moralidad", como lo dice él franca- 
mente, sino por no haber comprendido cuales eran 
sus verdaderos intereses. Wálker nunca pretendió 
que la América Central llegaran ser parte de los 
Estados Unidos. A semejanza de Aharón Burr que- 
ría guardar los frutos de sus conquistas para su 
gloria y grandeza personales (*); pero era sincero 
cuando hacía ver á sus compatriotas que el estable- 
cimiento de un poderoso imperio esclavista situado 
al sur de los Estados Unidos, tendría ventajas in- 
calculables para el partido que sostenía la esclavi- 
tud en esta nación. 



(*) Aharón Burr, militar y hombre público norteamericano, que 
tomó parte en la guerra de la independencia en compañía de Washington, 
del cual fué después enemigo. Fué vicepresidente de la Federación de 
i8oi á 1805. Después intentó fundar un estado al sur de los Estados Uni- 
dos y á expensas de México, según se dijo, con miras de engrandecimien- 
to personal. 



J 



Capítulo XII 



Administración del presidente Wálker.— Los aliados avan- 
zan HACIA Granada. — Victoria naval — Revista del ejército filibus- 
tero. — Los filibusteros y sus aliados. — Asalto de Masaya. — El go- 
bierno civil. — El decreto de la esclavitud. — Lógica anticuada. 



Wálker, procediendo con acierto, dio los puestos 
más importantes del gobierno á sus partidarios nica- 
ragüenses. Sus fieles amigos don Fermín Ferrer y 
Mateo Pineda fueron respectivamente nombrados 
ministros de relaciones exteriores y déla guerra; don 
Manuel Carrascosa recibió la cartera de crédito pú- 
blico y la de hacienda se confirió al cubano Domin- 
go Goicouría. De California y de los estados del A- 
tlántico continuaron viniendo centenares de reclu- 
tas; también los aliados recibieron importantes re- 
fuerzos de los departamentos del norte, y hacia el 
I? de julio ocupaban sin disputa á León, espar- 
ciéndose pronto por el país y molestando á las 
partidas de forrajeadores que salían de Granada á 
buscar ganados en el distrito de Chontales. Un des- 
tacamento de caballería que Wálker envió contra 
ellos, fué rechazado cerca del río Tipitapa y muer- 



— 102 — 



to Byron Colé, uno de los que lo mandaban (*). Es- 
te Colé era el mismo antiguo amigo de Wálker y el 
negociador del contrato en virtud del cual vinie 
ron A Nicaragua los filibusteros. Belloso, reforzado 
por un cuerpo importante á las órdenes del gene- 
ral Martínez, se envalentonó á marchar sobre Ma- 
saya, que ocupó y fortificó, convirtiendo esta ciu- 
dad en base de sus operaciones contra Granada, 
que está á quince millas de distancia. 

Xatruch, Jerez y Zavala ayudaban á los ene- 
migos de su patria (**); Rivas no pesaba mucho en 
el ánimo de sus amigos problemáticos; Salazar, 
que tanto había contribuido á provocar la invasión, 
fué capturado en la costa de Nicaragua por el te- 
niente Fayssoux, traído á Granada, donde se le 
juzgó por traición, declarado culpable y pasado 
por las armas. 

Fayssoux. único jefe de la armada de la efíme- 
ra república, era un espléndido ejemplar del mari- 
no filibustero. Habiendo nacido en Luisiana, sirvió 
en Cuba con López y Píckett. Confiscada por 
Wálker la goleta costarricense San José por nave- 
gar con registro falso, la armó con algunos caño- 
nes, poniéndola bajo el mando de Fayssoux. Su 
primera hazaña fué un combate contra el bergan- 
tín costarricense Once de Abril, que tenía un ar- 
mamento tres veces mayor y una tripulación seis 
veces superior en número á la de la Granada, nom- 



(*) Se refiere aquí el autor á la batalla de San Jacinto, verificada 
el 14 de septiembre de 1856. El teniente coronel Byron Colé con 65 ó 70 
hombres, según Wálker; con 120, según D. Jerónimo Pérez, atacó en la 
hacienda de San Jacinto á 160 nicaragüenses legitimistas mandados por 
el coronel Dolores Estrada. Los filibusteros sufrieron un descalabro 
completo y esta acción de guerra tuvo muy grandes consecuencias, por- 
que alentó á los aliados á la vez que desmoralizó mucho á los filibuste- 
ros. 



(**) Xatruch era hondureno y Zavala guatemalteco. 



— I03 — 

bre que se dio á la goleta San José, El barco cos- 
tarricense fué volado después de dos horas de 
combate, y la Granada se quedó dueña de las 
aguas del Pacíñco, hasta que llegó un antagonista 
más temible (*). 

La posición de los aliados estaba bien escogi- 
da. Era un nido de águilas, colgado á mil pies de 
altura, en la cresta de un levantamiento volcánico. 
Hacia la mitad de su falda yace la laguna de Ma- 
saya, prisionera entre sus muros de diamante; al 
sur el desierto de lava, bien llamado Infierno de 
Masaya, cierra el camino de Granada. 

Desde aquella posición dominante Belloso 
debía precipitarse sobre pequeños destacamentos 
de forrajeadores filibusteros, 6 descargar rápidos y 
mortales golpes sobre las solitarias aldeas sospecho- 
sas de adhesión á la causa liberal. No necesitaba 
Wálker ejercer dominio sobre los distritos del nor- 
deste y habría dejado gustoso á Masaya y sus estéri- 
les despeñaderos en poder de los audaces jinetes de 
Belloso, si noliubiera sido por las diarias é irritantes 
molestias que causaban á sus forrajeadores y el 
prestigio que con esto perdía en el ánimo de los 
conquistados leoneses. De acuerdo con su modo 
de ser, optó por el atrevido plan de atacar al enemi- 
go en su guarida, sin tomar en cuenta las enormes 
desventajas con que tenía que luchar. Salió de 



(*) El armamento del Ü«fí de Abril consistisL. en cuatro cañones 
de bronce de 9 y su tripulación era de iio hombres. Segnín Wálker, la 
Granada tenía sólo 2 carroñadas de 6 y 28 hombres á su bordo. Sin em- 
bargo, uno de los testigos presenciales de la batalla asegura que eran 33 
y que de éstos quedaron 18 fuera de combate. Fayssoux dice en su par- 
te, publicado por Wálker, que tuvo un muerto y 8 heridos, de los cuales 
uno mortalmente. La victoria de la Granada sólo se debió al incendio y 
voladura de la santabárbara del Once de Abril, pues cuando esto suce- 
dió ya su adversario carecía de municiones. El combate duró seis horas, 
de las cuatro de la tarde á las diez de la noche, momento en que voló el 
Once de Abril con sus heroicos defensores. 



— I04 — 



Granada en la mañana del 1 1 de octubre, á la ca- 
beza de 800 hombres, por la carretera de Masaya. 

Hubo antes una brillante revista del pequeño 
ejército, que se sentía orgulloso de sus nuevos y 
gallardos uniformes y de sus flamantes estandartes, 
ante las miradas de esposas, hermanas y novias, de 
las cuales no pocas habían seguido la bandera al 
campo de batalla, porque los filibusteros se jacta- 
ban de «haber venido para quedarse». No se sabía 
hasta donde alcanzaban sus ambiciones para lo fu- 
turo, pero algo de esto dejaba traslucir la divisa 
que tenía la bandera del primer batallón de rifleros 
mandado por el coronel Sanders, viejo militar ce- 
ñudo y batallador, que no tenía más que una pier- 
na. Esta bandera llevaba en vez de los cinco volca- 
nes y de la piadosa leyenda de antaño, la roja es 
trella filibustera de cinco puntas y la empresa Five 
or None (*), escrita en lengua sajooa, cortante 
como una espada, empresa que era una indirecta 
para los aliados y presagio de una nueva alianza 
más sólida en lo futuro. 

El ejército marchó despacio y sin interrupción 
durante todo (J día. Hacia las diez de la noche hi 
zo alto cerca de los suburbios de Masaya, puso a- 
vanzadas y acampó. Era una espléndida noche 
tropical; la tarde había sido brumosa, y al caer 
la noche sin el lento crepúsculo de las zonas 
templadas, los rayos de la luna llena iluminaron 
con todo su esplendor un paisaje digno del pincel 
de Salvator R(»sa. En frente del campamento de 
los filibusteros aparecía la laguna de Masaya, que 
reflejaba los fuegos de guardia de la ciudad; á lo 
lejos se alzaba en forma de torré el cono del mon- 



(*) Cinco ó Ninguno. 



I05 — 



fe 



te de Masaya envuelto en espesas nubes de humo 
del todo indiferente á los preparativos bélicos de 
os insectos que por ahí andaban, dispuestos á re- 
medar sus truenos al siguiente día. Agrupados en 
torno de las hogueras descansaban aquellos filibus- 
teros, flor y nata de la perdida raza que se conoce 
con el nombre de «los del 49» (*). Fumaban tran- 
quilamente sus pipas y bebían uno que otro sorbo 
de aguardiente; pero la ración era moderada, por- 
que el general estaba cerca y ¡ay! del desgraciado 
que la víspera de la temida batalla se pusiera en 
estado de no poder cumplir con su deber. Habla- 
ban mucho del pasado, poco del presente y nada 
del porvenir, excepto de lo relativo á proyectos de 
minería; porque aquellos estrambóticos aventureros 
creían á pie juntillas que al venir á Nicaragua ha- 
bían obedecido á una inspiración maravillosamente 
sensata; que se trataba de un negocio práctico, y 
que si para llevarlo á cabo era preciso pelear un 
poco de paso, esto no era más que uno de tantos 
tropiezos en el camino de la fortuna. Así era que 
no malgastaban su tiempo en Nicaragua; antes 
bien y hasta donde se lo permitían sus obligacio- 
nes, habían visitado todos los riachuelos y todos 
los cerros y hablaban con conocimiento de causa 
de señales, color y otros tecnicismos de la materia. 
Como se consideraban activos hombres de nego- 
cios, aunque un tanto atrevidos, habrían tomado á 
ofensa cualquier pulla enderezada á presentar su 
ocupación actual como temeraria y novelesca. 

Su lenguaje lacónico y conciso era la desespe 
ración de sus aliados. Ollendorf no suministra 
al estudiante español ningunos términos equivalen- 
tes á los del asombroso vocabulario de California. 



(*) The € 49-ers ». 



— io6 — 



El nicaragüense, que no emplea más de una quinta 
parte de las palabras de su gloriosa herencia caste- 
llana, estaba verbalmente á merced del hombre 
que poseía toda una mina de frases desconocidas 
para los lexicógrafos, y que miraba con lástima y fi- 
no desdén al miserable ignorante, natural del país 
6 extranjero, que no entendía la jerigonza de los 
campamentos de mineros. No contento con esto, 
introducía mejoras en el lenguaje del país cuando 
se dignaba emplearlo, cambiando alguna palabra 
familiar como la de mgua^ por la más expresiva de 
jígger^ sin olvidar de ponerle por delante el santo 
y seña anglosajón que la humanidad entera conoce, 
el vocablo de cuerpo de guardia que durante cen- 
tenares de años fué causa de que diesen á los sol- 
dados ingleses, en las ciudades extranjeras, el apo- 
do encantador de goddáms. El prefijo no era ina- 
decuado, porque \^ jígger es el insecto más nocivo 
de todos los de su raza y una espina viviente en la 
carne de su víctima. En cuanto á los verbos espa- 
ñoles, tales como buscar^ pasear etc., los disfraza- 
ban con terminaciones y tiempos compuestos que 
eran otras tantas maravillas filológicas Los sono- 
ros nombres propios de los naturales también se 
refinaban al pasar por la fragua del lenguaje cali- 
forniano. «Don José de Machuca y Mendoza», ver- 
bigracia, era un género de nomenclatura demasia- 
do excelso para lenguas democráticas, que encon- 
traban más fácil y mucho más campechano pro- 
nunciar Gréaser Joe (*). Cualquiera que fuese el 
resultado futuro de aquella alianza incongruente, 
en aquel entonces había un contacto espontáneo, 
una comunidad de valor que vinculaba á las partes 
en los pensamientos y en los hechos. El natural del 



(*) Pepe el grasicnto. 



— I07 — 



país, amigo 6 enemigo, no era cobarde. Se mostraba 
tan resistente como su rival el hombre del norte, aun- 
que carecía de la fuerza física y del empuje indo 
mito de los exploradores de California (*). La mis- 
ma escena que se veía aquella noche en el campa- 
mento establecido delante de Masaya, se reprodu- 
jo en veinte más. 

El enemigo, que había estado tiroteando á 
ratos durante la noche, se presentó al amanecer 
con fuerzas numerosas, á distancia de unos pocos 
centenares de yardas. Wáiker comenzó el ataque 
con un avance general sobre la ciudad, apoyado 
por un fuego bien dirigido de su batería de caño- 
nes Hówitzer. En poco rato el i? de rifleros echó 
al enemigo de la plaza principal, que fué inmedia- 
tamente ocupada por la totalidad de la fuerza asal- 
tante. La posición no podía ser mejor; pero en po- 
der del enemigo estaban todavía dos plazas y las 
casas intermedias, y el pretender desalojarlo habría 
costado mayor número de vidas que el que era po- 
sible sacrificar. Así fué que se trajo la artillería y 
se destacaron gastadores para abrir boquetes en 
en las paredes de adobes de las casas. El trabajo 
se llevó adelante con despacio, pero sin interrup- 
ción, haciendo converger las líneas de sitio hacia el 
punto más fuerte ocupado por el enemigo. En estas 
obras de ingeniería y alguna que otra escaramuza 
por las angostas calles se fué todo aquel día. 

Mientras pasan la noche sobre las armas los 
combatientes, en espera del próximo día que iba á 
presenciar la caída de la ciudad en manos de los 
invasores, veamos lo que estaba sucediendo en 



(*) «Los leoneses peleaban con la misma decisión que las de- 
más tropas. Muchos quedaron en los campos de batalla y varios de sus 
jefes merecían ascensos y menciones honoríficas por su arrojo^. — Wáiker, 
Historia de la Guerra de Nicaragua. 



loS — 



Granada. Zavala, con 800 serviles de tez morena, 
había ocupado á Jalteva á mediodía del 12 de oc- 
tubre, después de una marcha forzada desde Dirío- 
mo. Una pequeña guarnición de 150 hombres, la 
mayor parte inválidos, era todo lo que había en 
Granada para resistirles; y Zavala, seguro de al- 
canzar una victoria fácil, dispuso sus fuerzas de mo- 
do que la pequeña tropa quedase envuelta. Estaba 
ésta distribuida en la iglesia, el cuartel y el hospi- 
tal, á donde acudieron también todos los civiles 
que pudieron llegar, por la poca confianza que les 
inspiraba su carácter de neutrales. El coronel Fry, 
comandante de la guarnición, se apercibió rápida- 
mente para una resistencia desesperada. Tenía dos 
ó tres piezas de campaña que se situaron lo mejor 
posible, manejadas por el capitán Swingle, ingenio- 
so experimentador que tenía ojo á las campanas de 
iglesia y otras materias primas. 

Grande fué la sorpresa de Zavala al verse re- 
chazado por todas partes, después de varias horas 
de combate violento. En su rabia resolvió vengarse 
en aquellos residentes neutrales que habían tenido 
más confianza en su propia índole pacífica ó en la 
protección de su gobierno, que en los rifles de la 
guarnición filibustera. La casa del ministro ameri 
cano sufrió un asalto, pero no la pudieron tomar; 
tres de sus compatriotas, un comerciante y dos mi- 
sioneros, fueron asesinados á sangre fría. El padre 
Rossiter, capellán del ejército, que conocía á sus 
paisanos, tomó valerosamente un fusil para defender 
su vida; el juez Basye de la corte suprema hizo lo 
mismo; el honrado padre Vigil optó por un térmi- 
no medio, huyendo discretamente á un pantano 
mientras pasaba la tormenta. Tampoco la misión 
civilizadora del apreciable editor de El Nicara- 
güense fué obstáculo para que éste no se buscase la 



— I09 — 

libertad espada en mano. Después volvió á su es- 
critorio, que era lo mejor que podía hacer un hom- 
bre con un muslo quebrado. 

Así duró el sitio veintiuna largas horas, du- 
rante las cuales los asaltantes recibieron refuerzos 
y la pequeña guarnición luchó valientemente con 
terrible desventaja. A las amenazas y promesas del 
enemigo, sólo contestaban los filibusteros con pala- 
bras de desconfianza y el grito de «¡Los america- 
nos nunca se rinden! ». El renegado Hárper, que 
servía de intérprete, les aseguró que Wálker había 
sido aniquilado en Masaya y que Belloso marcha- 
ba con 4,000 hombres sobre Granada; que si tar- 
daban más en rendirse no se les daría cuartel; pe- 
ro con todo no se rindieron. Los enfermos del hos- 
pital llegaban cojeando á las ventanas y en ellas 
apoyaban sus rifles; las mujeres y los niños los pro- 
veían de cartuchos. A la noche se despachó á toda 
prisa un correo á Masaya, el cual, burlando los pi- 
quetes del enemigo, anduvo hasta encontrar la 
vanguardia de las fuerzas de Wálker que ya ve- 
nían de regreso. Las noticias d(ú movimiento de 
Zavala habían llegado á Masaya, poniendo la leal 
dad de un soldadado ambicioso á la más dura de 
las pruebas. Abandonar la victoria que tenía ase- 
gurada por salvar las vidas de cien ó doscientos no 
combatientes, equivalía casi á un sacrificio; pero 
Wálker no vaciló un momento. Los sagrados lazos 
de compañerismo eran muy fuertes en los corazo- 
nes de aquellos hombres rudos, que emprendieron 
la marcha hacia Granada casi sin esperar la voz de 
mando. 

En pocas horas llegaron á J alte va, donde fue- 
ron detenidos y durante algún tiempo rechazados 
por una potente batería que cerraba el camino, 
bien manejada por el enemigo. La vanguardia 



— lio — 



retrocedió en desorden porque la posición estaba 
escogida con talento para defender un camino an- 
gosto. En los momentos de confusión Wálker 
acudió á caballo y señalando hacia la bandera de 
la Estrella Solitaria que todavía flameaba sobre la 
iglesia, pidió voluntarios para ir á socorrer á los 
camaradas sitiados; la respuesta fué un viva y una 
furiosa carga, mandada por el jefe en persona, an- 
te la cual huyó disperso el enemigo. Aprovechan- 
do su ventaja, los americanos avanzaron hacia la 
plaza, frente á la iglesia, donde se hallaban Zavala 
y sus fuerzas, que á su vez estaban ahora á la de- 
fensiva; pero la intrépida resistencia de la guarni- 
ción, seguida de la toma de la batería, desmorali- 
zó totalmente á los serviles que apenas si dispara- 
ron un tiro en su defensa. Huyeron de la ciudad 
con terror pánico, tan sólo para encontrarse en los 
suburbios con un destacamento que se había colo- 
cado allí para cortarles la retirada. 

Del ejército de Zavala escasamente la mitad 
se libró de la muerte y de ser capturada. Masaya 
no había sucumbido, pero Wálker alcanzó una vic- 
toria mayor, infligiendo además grandes pérdidas 
á los aliados. Cuatrocientos cayeron en el asalto 
de Masaya y se suponía que otros tantos habían 
perecido en Granada; las bajas de Wálker en am- 
bos combates no llegaban á cien hombres, entre 
muertos y heridos (*). El teniente coronel Lainé, 
joven cubano ayudante del gen'^ral, fué hecho pri- 
sionero en Masaya y fusilado por los aliados, que 
se negaron á un canje. Wálker se exasperó de 
tal manera con esto, que al día siguiente y por vía 
de represalias mandó pasar [»or las armas á dos^de 



(*) Wálker confiesa que tuvo en estas ocasiones 120 muertos y 85 
heridos. 



— III — 



los prisioneros que tenía, un coronel y un capitán, 
é hizo decir á Belloso que en lo futuro haría pagar 
más caro aún cualquier acto de atrocidad. 

Con estos combates terminaron por entonces 
las hostilidades y el enemigo se hizo más prudente 
en sus 'movimientos. 

Durante el curso de las operaciones militares 
no se había descuidado lo relativo al gobierno civil. 
Fué llevado á la práctica el proyecto que había de 
revisar la constitución y de reformar las leyes del 
país, en las cuales se introdujeron modificaciones 
de una importancia extrema. Wálker se complace 
en hablar de las leyes de su gobierno, especialmen- 
te de las que afectaban los derechos de propiedad 
y el derecho más vital aún de libertad. Ya sea 
que se mire con simpatía ó reprobación su conduc- 
ta sobre este punto, es imposible excusar actos que 
para él no sólo eran justos sino hasta dignos de ala 
banza. Se emitió una ley que declaraba «igualmente 
válidas todas las escrituras públicas, ya estuviesen 
en inglés ó en español». Los residentes americanos 
que supieren las dos lenguas estarían así en con- 
diciones de enredar á los naturales del país, con el 
objeto recomendado por Wálker «de hacer caer la 
propiedad de las tierras del estado en manos de 
los que hablasen inglés». Persiguiendo el mismo 
fin se decretó que los vales con que se pagaba á 
los militares fueran recibidos en pago de tierras 
baldías vendidas en pública subi^sta; y siempre con 
igual propósito emitió una ley que establecía un 
registro general de escrituras públicas, institución 
hasta aquel momento desconocida en el país y que 
«es ventajosa para los que están acostumbrados á 
inscribir sus propiedades en el registro». Los es 
pañoles de California habían tenido buenos moti- 
vos para lamentarse de esta costumbre de sus ve- 



— 112 — 



cínos los norteamericanos. Estos actos no obede 
cían á ningún móvil ni más elevado ni más digno 
que el que conñesa su autor, es decir, la confisca- 
ción de hecho de las tierras baldías en beneficio de 
sus partidarios. Por último, el 22 de septiembre, 
«el presidente de la República de Nicaragua, en 
virtud del poder de que está investido y conside- 
rando el decreto en que la asamblea constituyen 
te de 30 de abril de 1838 dispuso que los decretos 
federales anteriores á esa fecha quedasen vigentes, 
con tal que no se opusiesen á las disposiciones del 
mismo decreto; considerando que varios de dichos 
decretos no convienen á la presente situación de la 
República y son contrarios á su bienestar y pros- 
peridad, decreta: 

((Artículo I? — Todos los actos y decretos de 
la asamblea federal constituyente, lo mismo que 
del congreso federal, se declaran nulos y de nin- 
gún valor. 

((Artículo 2? — Ninguna de las disposiciones 
aquí contenidas podrá afectar los derechos poseí 
dos hasta el día en virtud de los actos y decretos 
que por el presente quedan derogados». 

El principal decreto que con esto se quería 
anular era la ley de la asamblea federal constitu 
yente de 17 de abril de 1824, que abolía la escla- 
vitud é indemnizaba á los propietarios de esclavos 
en los estados de la América Central, confedera- 
dos en aquella época. 

Así fué restablecida en Nicaragua, sin ningu- 
nas restricciones, la institución de la esclavitud. 
Wálker, lejos de negar que éste fuera el propósito 
del decreto, lo confiesa expresamente cuando dice: 
((Por esta ley debe juzgarse la administración de 
Wálker. Si el decreto de la esclavitud, como se. 



— 113 — 

ha dado en llamarte, era un desacierto, razón tu- 
vieron Cabanas y Jerez al pretender servirse de los 
americanos con el único fin de levantar un partido 
deprimiendo á otro. Sin la obra á que abría el 
camino este decreto, los americanos sólo hubieran 
desempeñado en Centro América el papel de la 
guardia pretoriana en Roma ó el de los jenízaros 
en el Oriente, y para prestar servicios tan degra- 
dantes como éstos, estaban mal preparados por las 
costumbres y tradiciones de su raza». Conviene 
en que la anexión á los Estados Unidos no entra- » 

ba en el programa de los aventureros de Nicara- 
gua, por cuanto sabían que no era posible efectuar- 
la constitucionalmente después de la promulgación 
de una ley que restablecía la esclavitud. 

Extraños nos parecen hoy los argumentos em- 
pleados por Wálker en defensa de la institución de 
la esclavitud; pero al través de la nebulosa que en- 
vuelve sus palabras, se trasluce algo del agudo y 
rabioso conflicto que por entonces existía entre 
partidarios y enemigos de la esclavitud. En cada 
línea asoma su desprecio por el partido abolicionis- 
ta, mientras que su defensa del anticuado sistema 
de indecible injusticia, parece tan pueril como los 
ensayos hondamente sinceros de un Máther sobre 
los males de la hechicería. Admira (da sabiduría y 
excelencia de la economía divina al crear la raza 
negra», y la previsión de haber dejado el África 
intacta hasta que el descubrimiento de América 
ofreciese la oportunidad de aprovechar la materia 
prima de la esclavitud. Ningún oficioso drago- 
mán teol^ico ante la corte celestial ha mostrado 
Canto desembarazo en la interpretación de los sen- 
timientos de la Providencia, como Wálker cuando 
pregunta piadosamente: ((¿ Y no es acaso en esta 
forma como una raza asegura para sí la libertad y 

8 



— 114 — 



el orde.n, á la vez que otorga á la otra el bienestar 
y el cristianismo?». 

¿Miraría el autor de semejantes teorías el 
asunto al través de una lente convexa sólo por un 
lado, que le mostraba todos los objetos invertidos? 
¿Era incapaz de distinguir los colores del bien y 
del mal, ó sería que voluntaria y deliberadamente 
presentó las cosas por el lado innoble y opuesto á 
la verdad? A esto responderemos que era perfec 
tamente sincero. Wálker no era ni mejor ni peor 
que las nueve décimas partes de sus compatriotas 
de los estados del Sur, quienes honradamente 
creían en el derecho divino de tener esclavos y 
prob.ron sus convicciones haciendo el sacrificio 
voluntario de sus vidas y haciendas. Cuando un 
error está vencido, muerto y enterrado> se hace vi- 
sible á los ojos más ciegos; pero falta saber si los 
que ahora lo condenamos sin apelación, podríamos 
percibir tan claramente su atrocidad en caso de 
que el resultado de la guerra hubiera sido otro. Es 
esta una especulación tan ociosa como todas las 
suposiciones en materia de historia. 

Los severos castigos aplicados á los aliados 
en Masaya y Granada los tuvieron en jaque du- 
rante algún tiempo. Pocos días después de estos 
combates llególe á Wálker un aliado de lo más 
valioso en la persona del general Carlos Federico 
Hénningsen, oficial competente que había servido 
con distinción en muchas otras partes. 



L 



Capítulo XIII 



HÉNNINGSEN. — SlRVE POR PRIMERA VEZ Á LAS ÓRDENES DE ZüMALA- 

CARREGUi. — Hace una. campaña con el profeta del Cáucaso. — Se une 
Á KossuTH. — Su llegada á América. —Ometepe. — Bizarra defensa. — 
Walters toma las barricadas. 



Hénningsen era un inglés de origen escandi- 
navo, que poseíi toda la audacia y el ardor de esta 
antigua raza del norte. A la edad de diecinueve 
años, en 1834, salió de su casa para entrar al ser- 
vicio de Don Carlos; se le dio un empleo en el esta- 
do mayor del viejo y vigoroso guerrillero Zumala- 
carregui, en cuya ruda escuela de guerra obtuvo el 
grado de coronel y una ejecutoria de nobleza, únicas 
recompensas de que podía disponer el pretendiente. 
No fué tan generosa su rival con el pobre Narciso 
López, cuyo valor y talento contribuyeron tanto á 
la derrota de los carlistas. Diecisiete años des 
pues, una reina agradecida le confirió la orden del 
collar de hierro del garrote en la plaza del mercado 
de la Habana. Cuando estuvo de regreso en In- 
glaterra, Hénningsen publicó dos volúmenes de me- 



Ilf) 



morias personales, que todavía ocupan un buen 
lugar en la literatura. Su narración está escrita en 
un estilo sencillo y claro, que revela notable habi- 
lidad literaria, pero había entonces en el mundo 
demasiado movimiento para que una inteligencia 
activa se contentase con pensar ó relatar. El pro- 
feta Schamyl había desplegado su bandera en el 
Cáucaso, arrojando el guante al mismo zar. Su 
causa era suficientemente justa y su situación lo 
bastante desesperada para provocar la simpatía del 
joven caballero andante inglés, que pronto estuvo 
batallando á la par de ñeros montañeses en las 
nieves caucásicas, para completar la educación que 
había comenzado en los cerros cubiertos de vinas 
de España. Terminada la guerra, aprovechó sus 
ocios para escribir dos ó tres libros sobre la vida 
rusa, que aumentaron su reputación literaria, sin 
que esto lo indujera á dedicarse á las letras. En- 
contrando las restricciones de la civilización dema- 
siado fastidiosas, huyó á los desiertos del Asia Me- 
nor, donde lo fueron á bu.scar las noticias de la 
sublevación de Hungría contra el despotismo ruso 
y austriaco. Llegó al teatro de las hostilidades 
demasiado tarde y sólo pudo tomar parte en su tris- 
te desenlace. La traición de Gorgey, si en realidad 
hubo traición, había hecho inclinar la balanza en 
perjuicio de los patriotas. Hénningsen sometió 
un plan de operaciones á Kossuth, pero éste resol- 
vió que ya era tarde para tomar la ofensiva. No le 
quedaba más que poner su espada al servicio de 
aquella causa irremisiblemente perdida y así lo hizo. 
Su ofrecimiento fué aceptado con júbilo y marchó á 
reunirse con Bem en la última trinchera de Komorn, 
ayudando no poco á la intrépida defensa de esta 
plaza. 

Cuandoocurrió el fracaso lastimoso, Hénningsen 



— 117 — 



fué uno de los caudillos á quienes pusieron fuera de 
la ley y por cuyas cabezas se ofreció pagar premio. 
Estuvo en un tris de ser capturado y de sufrir la 
consecuencia inmediata de esto: la muerte^ En una 
ocasión le salvó la vida el ingenio de una señora, pa- 
riente de Kossuth, la cual, cuando la policía busca- 
ba un retrato del fugitivo, hizo de manera que 
encontrase el de un extraño sobre el que había 
escrito rápidamente: «De su amigo, C. F. Hénning- 
sen>. Al ser interrogada aseguró que aquel retrato 
no era de Hénningsen, pero lo hizo con tan aparente 
turbación que la policía creyó lo contrario. Así fué 
que se sacaron copias del retrato y se distribuyeron 
con pregón, para mayor provecho del fugitivo. Otra 
vez, al llegar á la frontera de Turquía, le dio caza 
tan de cerca una partida de la tropa de sabuesos 
que mandaba Hay ñau, que creyendo su captura 
inevitable prei)aró una dosis de veneno, que siempre 
llevaba consigo, para tomársela en el momento de 
caer prisionero. La experiencia adquirida en el 
Cáucaso le había enseñado que no se debe esperar 
misericordia de los cosacos victoriosos; pero con 
mejor fortuna que muchos de sus compañeros logró 
esquivar á sus enemigos, escapando por la frontera 
para ir á reunirse con Kossuth En compañía de 
éste atravesó el Atlántico para no volver nunca á 
Eur pa, y en los Estados Unidos compartiólas dis- 
tinciones políticas y sociales dispensadas á su jefe. 

A la sazón tenía Hénningsen treinta años. Era 
de elevada estatura, n(»tablemente bien parecido y 
poseía todo el refinamiento y la educación de un 
hombre de mundo y de un letrado. En Washington 
conoció á una hermosa dama del Sur y de ella se 
enamoró en la época en que la sociedad sudista lle- 
vaba la batuta en la capital. La dama, que era viuda 
y sobrina del senador Berrien de Georgia, corres- 



— IIS — 



pondió á su amor y se casó con él después de un 
breve cortejo. 

Atravesaban en aquel tiempo los Estados Uni- 
dos por un período crítico. Reinaba el rey Pierce 
el Irresoluto, al que pronto sucedió el rey Buchanan 
el Negligente. Por virtud de su alianza matrimo- 
nial, Hénningsen penetró en la sociedad de los par- 
tidarios de la esclavitud, empapándose en sus opi- 
niones. Los esclavistas diéronse cuenta de que en 
el campo de la política iban perdiendo terreno; los 
más previsores comprendieron que su causa sólo 
podía favorecerla «la extensión del área de la liber- 
tad» como ellos decían. Por estas razones los fili- 
busteros adquirieron nueva importancia á los ojos 
de amigos y enemigos en los Estados Unidos. 

La mujer de Hénningsen, con la entereza de 
una matrona romana, dio heroicamente la venia que 
le pedía su paladín para marchar voluntario á com- 
batir en favor de una causa que, á falta de otros 
motivos, habría ganado sus simpatías tan sólo por 
sus riesgos extremados. ' Su reputación como mili- 
tar estaba bien sentada; había introducido el rifle 
Minié en el ejército de los Estados Unidos y pasa- 
ba por una autoridad en materias de artillería. A 
Nicaragua no fué con las manos vacías. Llevó 
armas, equipos militares y pertrechos de guerra por 
valor de. 30,000 dólares, comprados con dineros su- 
yos y de su mujer, además de una generosa oferta 
de George Law y otros partidarios del filibusterismo 
para una suma igual. W álker le dio inmediatamente 
de alta en el servicio de las armas con el grado de 
general de brigada. 

Acababa Hénningsen de hacerse cargo de sus 
funciones, cuando recibió orden de limpiar el cami- 
no del Tránsito de las partidas de merodeadores 
costarricenses que en gran número acababan de des- 



— 123 — 

fibio Kanaka fué nadando hasta el vapor y encontró 
en él á Wálker con tres ó cuatrocientos reclutas que 
venían de los Estados Unidos. 

El coronel John Waters recibió orden de salir 
en el acto con i6o hombres al socorro de la sitiada 
fuerza de Hénningsen. Al desembarcar, Waters 
tropezó con la fuerte resistencia que le opusieron 
los aliados que guardaban el muelle y las trincheras 
adyacentes; pero los californianos. lanzando un ala- 
rido, cayeron como una avalancha sobre la barrica- 
da y la toiparon. Hénningsen oyó el lejano fuego, 
y reconociendo el sonido agudo del rifle americano 
hizo una salida contra la posición más cercana del 
enemigo. El fuego duró toda la noche, porque 
Belloso estaba frenético con la idea de que la presa 
que había codiciado tanto, estaba á punto de esca- 
par de sus garras. Viendo Waters lo muy fuerte 
que estaba el enemigo, dio un rodeo para entrar á 
Granada por el camino del noroeste y envió un co- 
rreo á Hénningsen noticiándole su acercamiento. 
Ya era de día cuando el socorro llegó á la ciudad, 
después de haber tomado cuatro líneas de fuertes 
barrica las durante la marcha y de batir un número 
de aliados tres veces superior al suyo. Tan pronto 
como se juntaron las dos fuerzas, el enemigo renun- 
ció á seguir oponiéndose ala retirada de los filibus- 
teros y dejó expedito el camino del lago. La eva 
cuación de la iglesia de Guadalupe se verificó en 
completa paz en la mañana del 14 de diciembre 
de 1856. 

Cuando los aliados estuvieron dentro de la 
plaza sólo encontraron un campo de ruinas humean- 
tes en el sitio que había ocupado la ciudad que 
adoraban los serviles y los leoneses odiaban. Estos 
se regocijaron secretamente y aquéllos se lamenta- 
ron en altas voces de la pérdida de la población más 



— 124 — 

orgullosa del istmo. En la plaza principal hallaron 
un recuerdo sarcástíco de su destructor, una lanza 
plantada en tierra que sostenía un cuero sin curtir 
sobre el cual estaba escrita la leyenda: ¡Aquí fué 
Granada! 

Trescientos hombres, incluyendo los de Waters, 
se embarcaron en el vapor del lago y salieron para 
la bahía de La Virgen. En las tres semanas del 
sitio de Granada murieron las tres cuartas partes de 
su guarnición. Los aliados habían sufrido más toda 
vía; de los seis mil que llegaron á Masaya sólo que- 
daban ya dos mil (*); pero fueron reforzados nue- 
vamente con la llegada del general Cañas y los 
costarricenses, quienes al aparecer Wálker y Hén- 
ningsen en La Virgen evacuaron á Rivas y se di- 
rigieron al norte (**). Belloso y Zavala tuvieron 
que entregar el mando de las tropas aliadas á Ca- 
ñas, por cuanto el buen éxito obtenido por los cqs- 
tarricenses en otra región les había dado una 
superioridad moral sobre sus amigos menos afortu 
nados. La importancia del triunfo que lograron los 
^costarricenses, sólo pnede ser apreciada mediante 
la narración de los efectos que tuvo sobre los desti- 
nos de Wálker. 



(*) Los aliados nunca tuvieron más de 3,100 hombres en Masaya. 



(^) Las tropas de Cafias llegaban apenas á 400 hombres. 



J 



Capítulo XIV 



Vánderbilt encuentra la coyuntura de vengarse.— Chasco de 
TiTÚs. —Sitio de Rivas.— La deserción. — El capitán Fayssoi x v sir 
RÓBERT McClure.— Batalla de San Jorge.— Asalto de los aliados á 
Rivas. — Hambre y lealtad. — El comandante Davis interviene en 
favor de la paz. 



El presidente Pierce había reconocido el 
gobierno de Rivas y de Wálker para hacer una 
concesión barata á los partidarios de los filibuste- 
ros en los Estados Unidos, porque Pit^rce aspiraba 
á ser reelecto en la próxima convención. No hay 
ningún partido, por débil que sea, al que un aspi- 
rante á la presidencia no procure echar el anzuelo. 
El nombramiento no recayó en él, pero ya era tar- 
de para anular el acto amistoso. Lomo antes se 
ha visto, el reconocimiento de la administración de 
Wálker no fué más que un acto involuntario de 
cortesía, que Mr. Márcy estaba dispuesto á revo- 
car en la primera oportunidad. Los amigos de 
Wálker comprendieron que para que el poder de 
éste se estableciera de manera firme, era preciso 
ayudarle con liberalidad y sin tardanza; así fué 
que los bonos de la república se sacaron al mer- 



— 126 — 



cado y muchos se vendieron en distintas plazas. 
En las ciudades del Sur se recogieron muchos mi- 
les de dólares que se gastaron en la compra de mu- 
niciones de guerra y en el transporte de reclutas; 
todos los vapores llegaban con gran número de 
hombres y cargamentos de material de guerra. Pa- 
ra la provisión de combatientes se podía contar 
siempre con California; pero los elementos de gue- 
rra era necesario adquirirlos en «los Estados». Ván- 
derbilt aprovechó esta circunstancia para vengarse, 
cortando la base de los abastecimientos, y buscó el 
hombre adecuado para: el caso. 

En las personas de Webster y Spéncer encon- 
tró los instrumentos voluntarios que necesitaba. 
Eran éstos dos aventureros de carácter audaz y de 
antecedentes discutibles; Webster fraguó un plan 
de operaciones que fué aprobado por Vánderbilt y 
cuya ejecución se confió á Spéncer. Este Spéncer 
era un sujeto de buena familia; su padre había sido 
secretario de la guerra; su hermano murió ahorcado 
en un peñol de la fragata Somers en 1842, por cau- 
sa de un motín, único ejemplo de un oficial ameri- 
cano que haya cometido semejante infamia. Spén- 
cer se trasladó á San José, capital de Costa Rica, 
de donde salió con 120 hombres escogidos, diri- 
giéndose á las cabeceras del río San Carlos, que 
desemboca en el San Juan (*). Llegados allí cons- 
truyeron balsas y bajaron en ellas hasta la bo- 
ca del Sarapiquí, donde sorprendieron una fuerza 
americana; continuaron río abajo hasta San Juan del 
Norte y pronto se hicieron dueños de los vapores 
de la compañía del Tránsito. Con estos vapores 



(*) En esta expedición llevaban el mando de la fuerza costarri- 
cense el cc»ronel D. Pedro Barillier y el sargento mayor D. Máximo Blan- 
co. El teniente coronel D. Joaquín Fernández la acompañó para servir 
de intérprete á Spéncer, cuya misión secreta ignoraban los demás expedi- 
cionarios. 



127 



y un refuerzo de 800 costarricenses, mandados por 
un hermano del presidente Mora, tomaron rápida- 
mente todos los puntos fortificados del río y los dos 
vapores del lago (*). Habiéndose apoderado así 
dei río y del lago, sólo le faltaba á Mora atravesar 
el distrito de Chontales para reunirse con los alia- 
dos en Granada (**)- 

El enemigo había cortado de hecho las comuni • 
caciones de Wálker con los estados del Atlántico de 
la Unión americana. California continuaba abierta 
para él, hasta tanto que los agentes de la línea en 
San Francisco, cuya amistad estaba por supuesto 
supeditada á sus propios intereses, considerasen 
útil seguir corriendo los vapores. 

Vánderbilt había triunfado. Anticipándonos 
á los acontecimientos, podemos decir que la obli- 
gación contraída por el presidente Mora para con 
el magnate de Wall Street, le enseñó á respetar el 
poder absoluto del dinero. Pero antes de que pa- 
sasen muchos años, la confianza que depositó en 
otro amigo rico fué recompensada con una trai- 
ción que lo derrocó del poder y le acarreó el destie- 
rro, la desgracia y la muerte. Dieciocho días des- 
pués del fusilamiento de Wálker en Trujillo, Juan 
Rafael Moia y el general Cañas murieron pasados 
por las armas, con motivo de una tentativa aborta- 
da para reconquistar el poder. Se dice que el rico 
ingrato que había traicionado á Mora, murió poco 



(♦) No pasaban de 500 hombres los que al mando del general 
D. José Joaquín Mora se situaron en el fuerte de San Carlos y éstos no 
tomaron parte en la sorpresa de los vapores del río ni de San Juan del 
Norte, todo lo cual se hizo con sólo los 200 de Barillier y Blanco. 

(**) El autor pasa sobre esta admirable campaña del río San 
Juan como si fuera pisando brasas. Lo mismo le sucede cuando habla 
de las batallas de Santa Rosa, de San Jacinto y demás descalabros de 
Wálker. 



— I2S — 



después de una extraña enfermedad, de osificación 
del corazón! 

Durante los meses de enero, febrero, marzo y 
abril de 1857, se hicieron muchas tentativas para 
recobrar la perdida vía del río de San Juan. Va- 
rias expediciones procedentes de Nueva Orleans y 
de Nueva York desembarcaron en San Juan del 
Norte, en donde se hallaban concentrados ocho 
barcos de guerra ingleses para vigilar las opera- 
ciones. La intervención de estos barcos, aunque 
molesta, no era abiertamente hostil, por más que fué 
lo bastante aparente para afectar de modo serio la 
fortuna de las expediciones. El comandante inglés 
fomentaba la deserción propagando entre los re- 
clutas rumores acerca de los terribles peligros que 
habrían de correr en la nav^egación del río; así fue- 
ron inducidos muchos europeos á pedir la protec- 
ción británica, que les fué concedida con gusto por 
más que la pérdida de esta clase de desertores fu^*- 
ra para Wáíker una calamidad muy discutible. Una 
expedición poderosa (*), al mando de un tal coro- 
nel Ti tus de Kímsas, hombre muy vanidoso, con 
ribetes de rufián, logró salir por el río hasta el Cas 
tillo Viejo y estuvo á punto de apoderarse de esta 
llave de la situación; pero el jefe filibustero, por 
debilidad, se dejó engañar y chasquear por el co 
mandante del fuerte (**). Viendo éste el apuro en 

(*) Esta expedición constaba de 400 filibusteros. 



(**) El joven coronel inglés Cauty, que servía en calidad de vo- 
luntario en el ejército de Costa Rica, era el comandante del Castillo Vie- 
jo, cuya guarnicióii se componía de sólo 30 hombres. Doscientos fili- 
busteros atacaron el Castillo Viejo el 16 de febrero de 1857. La pequeña 
fuarnición, siguiendo el heroico ejemplo de Cauty, del teniente coronel 
austino Montes de Oca y del capitán Rafael Rojas, se detendió con in- 
decible bravura hasta el día 18, en que Cauty aceptó el armisticio que le 
propuso el enemigo, que perdió en este combate más de 70 hombres. El 
19 en la mañana llegaron unos 80 riñeros enviados por el general D. José 
J. Mora al socorro de Cauty. Estos atacaron por la retaguardia á los 
filibusteros, poniéndolos en completa derrota. 



% 



I 
^ 



— 129 — 

que se hallaba, solicitó una tregua de 24 horas para 
rendirse, que le fué concedida; mientras tanto pi- 
dió refuerzos y cuando terminó el armisticio estaba 
ya en situación de poderse reir de la candorosidad 
de sus antagonistas. 

El error era irreparable. Por culpa de la in- 
competencia de Titus y de Lóckridge, la llave que 
abría las puertas de Nicaragua estaba perdida, tal 
vez para siempre. Con el camino del Tránsito en 
su poder, Wáiker habría podido traer al país una 
multitud de reclutas y desafiar á toda la América 
española. No pudiéndolo hacer, la labor de varios 
años estaba perdida y el conquistador obligado á 
ponerse á la ^efensiva. Ignorando completamente 
los desastres que habían sobrevenido á sus armas 
en el río, estuvo Wáiker durante largas semanas 
esperando con impaciencia el socorro que no debía 
llegarle nunca. 

Hacia últimos de enero los aliados avanzaron 
sobre El Obraje, á nueve millas de Rivas, y en se- 
euida ocuparon á San Jorge, situado á menos de 
una legua de las fortificaciones exteriores america- 
nas. Rivas, la ciudad rodeada de naranjos y ca- 
caoteros, se vio poco á poco envuelta por las trin- 
cheras de los aliados, que ya llegaban á siete mil 
hombres (*). A pesar de repetidos esfuerzos para 
desalojarlos, se mantuvieron en San Jorge y El O- 
braje. No queriendo Wáiker malgastar las vidas 
de los suyos en ataques sin utilidad, se contentaba 
con hacer correrías de vez en cuando, mientras que 
Hénningsen perfeccionaba las defensas, economi- 
zando sus escasas municiones. Con el auxilio del in- 



(*) "Las tropas de los aliados concentradas en San Jorge forma- 
ban un total de 2 450 hombres. Véanse en el capitulo XV los detalles de 



estas fuerzas. 



— f3o — 

genioso capitán Swingle recogió cuantos pedazos 
de hierro viejo pudo haber y echó mano de las 
campanas de bronce y de plata de las iglesias para 
fabricar balas de cañón. 

El camino del Tránsito entre San Juan del 
Sur y La Virgen estaba aún en poder de los fili- 
busteros, y casi todos los vapores procedentes de 
San Francisco traían una pequeña partida de re- 
clutas, cuya llegada era acogida con gritos de júbi- 
lo; pero las ventajas que resultaban de estos refuer- 
zos estaban lejos de compensar las pérdidas causa- 
das por la deserción y la muerte. Esta última 
había hecho estragos lamentables en las filas de 
los íj iJ^uerridos veteranos. En febrero, el ma- 
yor Calvin o'Neill fué muerto en una escara- 
muza con los aliados. Era éste uno de los oficia- 
les favoritos de Wálker, que se había distinguido 
en casi todos los combates de la campaña; su her- 
mano pereció en la evacuación de Granada, y des- 
de entonces Calvin O'Neill se jugaba la vida de 
modo temerario. Cuando murió no tenía más que 
veintiún años, pero el instinto militar y el valor del 
irlandés, suplían en él á la falta de experiencia de 
la juventud. En los pocos meses siguientes caye- 
ron otros bravos. oficiales. Cónway, Hígby, Du 
senberry y unos veinte veteranos más, que eran la 
flor del ejército. Los sobrevivientes de la Falange 
se veían rodeados de caras extrañas; los valientes 
morían y los pusilánimes desertaban. Desgracia- 
damente el mal no se limitó á la pérdida de com- 
batientes despreciables; el ejemplo dado por éstos 
tuvo un efecto pernicioso en el ánimo de otros hom- 
bres buenos, pero temerarios, que de otro modo 
habrían permanecido fieles. No estaba en la dé- 
bil naturaleza humana el contentarse con limitadas 
raciones de carne de muía y plátanos, cuando más 



— 131 — 

allá de las avanzadas se hacía alarde de la cómo- 
da traición, acompañada de abundante comida y 
agradable holganza. Para el centinela hambriento 
la vista de sus compañeros de ayer era una tenta- 
ción, y un vituperio los sonidos de una charanga que 
habiendo desertado una noche en masa, soplaba 
ahora en los instrumentos comprados con el dinero 
de la república, seductoras habaneras y melodías 
serviles, en vez de los leales acordes del himno 
Azul, blanco y azul. Tal vez asomaba entonces ásu 
mente confundida la sospecha de que la Nicaragua 
que había venido á ver y á disfrutar desde una dis- 
tancia de millares de millas, antes bien podría en- 
contrarla en las ollas repletas de carne del ejército 
aliado, que en el campamento filibustero donde 
reinaba el hambre. No es extraño por lo tanto que 
el infeliz se olvidara de sus deberes, siguiendo el 
ejemplo que tenía delante. 

A principios de febrero la monotonía del sitio 
fué interrumpida por el arribo á San Juan del Sur 
del barco de guerra americano St, Marys, al man- 
do del comandante C. H. Davis. Siguiendo su es- 
tela no tardó en llegar también el vapor británico 
Esk, cuyo capitán era sir Róbert McClure. Estos 
dos barcos formidables anclaron en el puerto á po- 
ca distancia uno de otro. Al día siguiente de su 
arribo, sir Róbi^rt despachó un bote á una pequeña 
goleta anclada cerca de tierra, para preguntarle el 
significado del pabellón que ondeaba en su palo 
mayor Era una hermosa bandera compuesta de 
tres franjas horizontales, de color azul, blanco y 
azul; en la franja del centro, que era de anchura do- 
ble, se veía una estrella roja de cinco puntas. Era 
el pabellón de la nueva República de Nicaragua, y 
el barco, según la cortés respuesta de su coman- 
dante Fayssoux, la goleta de guerra nicaragüense 



— 112 — 



Granada, Entonces sir Róbert le ordenó que vi- 
niese á bordo del Esk y trajera su nombramiento 
consigo; á lo que el intrépido luisianiense, en cuyas 
venos bulló al oír esta impertinencia la sangre de 
sus revolucionarios antepasados^ contestó que no 
estaba en disposición de hacerlo ni tampoco nada 
que á esto se pareciese; y cuando el capitán inglés, 
lo amenazó con dispararle una andanada, el co- 
mandante nicaragüense mandó tocar á zafarrancho 
de combate — tenía veinte hombres á bordo, — car- 
gó sus dos carroñadas de seis libras y esperó que 
lo hicieran trizas, con tanta frescura como si tuvie- 
re debajo de los pies la cubierta de un barco de 74 
cañones. Pero sir Róbert, ya fuera por temor de 
cometer un abuso de autoridad, ya porque partien- 
do de una suposición ilusoria creyese que al capitán 
de la StMarys podía no agradarle la idea de ver 
despedazar á sus compatriotas, suavizó la demanda 
convirtiéndola en una invitación para una visita 
amistosa, visita que el capitán Fayssoux no tuvo in- 
conveniente en hacerle. Es posible que un móvil 
mas noble motivara la determinación de sir Róbert, 
porque era un marino respetuoso de las tradiciones 
de honor de su país, que merecían haber sido con- 
signadas en las instrucciones del oficial americano; 
pero este último nunca pudo olvidar el terrible 
ejemplo que en otros tiempos se hizo con el como- 
doro Pórter, que fué juzgado por un consejo de 
guerra y expulsado del servicio activo, por haber 
exigido una satisfacción á ciertos vagabundos es- 
pañoles, que habían puesto preso á un oficial ame- 
ricano que visitó á Puerto Rico con bandera de 
parlamento. 

Cuando sir Róbert fué algunos días después á 
Rivas, á pedir una explicación de la conducta de 
Fayssoux, Wálker le disparó esta severa frase á 



— I 



^.•> 



quemarropa: «Presumo, señor, que V. ha venido á 
excusarse del ultraje inferido á mi bandera y al 
comandante de la goleta de guerra Granadayi. Fué 
tal la sorpersa que al bizarro marino causaron estas 
palabras, que olvidando su ira satisfízo como conve- 
nía la dignidad herida del jefe que mandaba mil 
hombres y una goleta. «Si hubiesen tenido otra 
goleta — dijo sir Róbert — creo que habrían decla- 
rado la guerra á la Gran Bretaña». Pero si el in- 
glés hubiera tenido conocimiento de la misión con- 
fiada á la St Marys^ es posible que su conclusión 
habría sido distinta; porque las instrucciones del 
comandante Davis, que fueron cumplidas fielmente, 
le mandaban auxiliar á los aliados para obligar á 
Wáiker y los suyos á rendirse ¿Por qué? Según 
Wáiker, porque el comodoro Mervin que había im- 
partido las órdenes, era amigo íntimo del secreta- 
rio .wárcy, razón bastante plausible, puesto que el 
poder de Márcy era absoluto en la dirección de las 
relaciones exteriores de importancia secundaria. 
De acuerdo con lo que dice Davis, porque los prin- 
cipios de humanidad lo obligaban á salvar á Wái- 
ker, aun á pesar de sí mismo, razón que quizás es 
tan buena como la primera. El lector puede in- 
vestigar el verdadero motivo, ya que los informes 
oficíales, faltando á su misión, no hacen más que 
obscurecer la verdad. 

Habiendo recibido el enemigo grandes refuer- 
zos, pudo concentrar dos mil hombres en San jor- 
ge, que eran allí un peligro y una molestia cons- 
tantes. Wáiker resolvió desalojarlos, y el i6 de 
marzo se puso en persona al frente de 400 hom- 
bres y marchó contra el enemigo que tenía 2,500. 
Hénningsen, con dos cañones de seis libras, uno 
de doce y cuatro morteros, partió á la vanguar- 
dia para despejar el camino; Swingle se quedó 



134 



custodiando á Rivas con el resto de la batería; 
y fué acertado, porque una fuerza costarricense 
importante dio un asalto vigoroso á la ciudad, 
tan pronto como Wálker se perdió de vista, y no 
fué repelida sino al cabo de varias horas de 
combate. Retiróse por el camino de San Jorge y 
unos doscientos hombres se situaron detrás de las 
paredes de adobes de la casa de una hacienda, para 
esperar el regreso de Wálker (*). 

Este llegó antes de amanecer á los suburbios de 
San Jorge y mandó abrir inmediatamente un fuego 
vivo sobre la población; pero los enemigos estaban 
alerta y salieron como un enjambre de abejas irrita- 
das por calles y senderos, acosando la batería y 
lanzando sobre ambos flancos partidas de guerrille- 
ros, que abrieron un fuego irritante sobre la caba- 
llería americana. Así las cosas, Hénningsen des- 
cargó una lluvia de metralla sobre los platanares, 
á derecha é izquierda, barriendo á los guerrilleros, 
en tanto que Wálker cargaba con el grueso de su 
fuerza sobre el centro de la ciudad. El enemigo 
que disputaba el terreno palmo á palmo, retrocedió 
hasta una distancia de trescientas yardas antes de 
llegar á la plaza, en donde su inmensa superiori 
dad numérica y el abrigo que le proporcionaban las 
paredes de adobes y las torres de las iglesias, lo 
hicieron inexpugnable. No obstante Wálker pidió 
cuarenta voluntarios para dar un asalto á la plaza;. 
sólo quince se presentaron, y con este puñado de 
hombres cargó intrépidamente, peleando con deses- 
perado aunque inútil arrojo, porque la desventaja era 
tremenda; le mataron dos caballos y recibió un ba- 



(*) Alude el autor á los 500 hombres de los diferentes ejércitos 
aliados, que al mando del general D. Máximo Jerez se situaron en la ha- 
cienda de las Cuatro Esquinas. Esta columna salió de San Jorge una 
hora después de empeñado el combate, con la misión de cortar la retira- 
da á Wálker. 



— 135 



lazo leve en la garganta. Sus filibusteros hicieron 
prodigios de valor, pero viéndolos cansados de una 
lucha tan prolongada y siendo ya escasas las mu • 
niciones, Wálker dio por fin la orden de retirarse á 
Rivas. En buen orden dejaron el campo, donde 
habían peleado desde el amanecer hasta casi la 
puesta del sol. Wálker cabalgaba al frente de la 
columna y Hénningsen cubría la retaguardia con 
sus cañones. No se opuso resistencia á su parti- 
da, y hasta que la cabeza de la columna llegó 
írente á la casa de la hacienda de las Cuatro Es- 
quinas, no tuvieron conocimiento los filibusteros 
de que allí estaban 200 costarricenses que habían 
sido rechazados en la mañana por Swingle (*). 

Al pasar Wálker con su estado mayor por la obs- 
cura y silenciosa casa, la llamarada de una descar- 
ga de fiisilería iluminó la fachada á menos de trein- 
ta yardas de distancia. Afortunadamente la pun- 
tería fué mala y sólo una media docena de caballos 
quedaron sin jinetes; pero entró el desorden en la 
columna durante un rato; algunos retrocedieron, en 
tanto que otros se quedaron inmóviles de espanto, 
hasta que una segunda descarga los hizo salir á 
galope aterrados. Wálker, con la invencible sere- 
nidad de que nunca se departía, refrenó el caballo, 
sacó el revólver y descargó los seis tiros dentro de 
la casa; luego, espoleando su corcel, siguió su ca- 
mino, erguido como si estuviese en la parada, en 
medio de una lluvia de balas. El mayor Dolan, 
un californiano melenudo que cabalgaba en pos de 
Wálker, siguiendo el ejemplo de su comandante, 
descargó su revólver hasta el último tiro y lanzó des 
pues el arma dentro de la casa con una impreca 
ción, al caer de la silla acribillado á balazos. Sus ro- 



(*) Véase la nota anterior 



— 13^» — 



pas quedaron prendidas en los arreos de la silla y el 
caballo lo sacó de la refriega, pudiendo así salvar 
la vida y volver á pelear andando el tiempo. El 
resto de la fuerza escapó como pudo; muchos mu- 
rieron en una tentativa inútil para tomar la casa 
por asalto; la retaguardia, con la artillería* dio un 
rodeo, perdió el camino y no llegó á Rivas hasta la 
mañana siguiente. Tan sólo á la mala puntería 
del enemigo se debió el corto número de bajas de 
los filibusteros en San Jorge y la emboscada de las 
Cuatro Esquinas; los muertos y heridos no pasa- 
ron de sesenta ó setenta (*). 

Una semana más tarde (**) todas las fuerzas 
de los aliados, guiadas por un desertor, hicieron un 
ataque combinado á Rivas, al amanecer, por dis- 
tintos puntos. Fueron rechazadas con terrible car- 
nicería, habiendo dejado 600 muertos en el cam- 
po de batalla (***). El ataque más serio se verifi- 
có en la parte norte de la ciudad, donde situaron 
una pequeña batería para enfilar las líneas ameri- 
canas. Estaba manejada con destreza y bravura 
por un artillero italiano (****), el cual, aunque se 
hallaba expuesto á una granizada de balas que le 
disparaban los excelentes tiradores americanos, se- 
guía cargando y tirando con la mayor resolución, 
haciendo avanzar un poco su pieza después de ca- 
da disparo. Hénningsen, que era devoto de la 
misma arma, observaba con admiración, subido so- 



(*) Wálker confiesa que tuvo 13 muertos y 63 heridos, de los cuales 
cuatro me rtalmente. 



(**) El 23 de marzo de 1857. 



(***) Las bajas de los aliados llegaron á 200 hombres en este com- 
bate. — Moni ufar, Wáíker en Centro América^ pág. 979. 



(****) Fabio Carnevallini. 



— 137 — 

bre el parapeto, el comportamiento de su calmoso 
adversario; y mientras arrollaba y fumaba ci^^arri 
líos dirigía la maniobra de un cañoncito que los ar- 
tilleros americanos manejaban con menos habili- 
dad que de costumbre; hasta que por fin perdió la 
paciencia, se puso de un salto en la tronera, y gra- 
duando él mismo la puntería pegó una bala de seis 
libras á la pieza contraria, desmontándola, matan 
do á seis artilleros é hiriendo al capitán italiano. 
Este fué hecho prisionero y las baterías enemigas 
dejaron de molestar á los sitiados por algún tiem- 
po, hasta que habiéndole escapado el bizarro arti- 
llero pudo reasumir sus funciones. 

En este asalto los sitiados sólo tuvieron bajas 
insignificantes, porque los muros de adobes los po- 
nían á cubierto de cualquier esfuerzo de los enemi- 
gos, por grande que fuese. Cuando éstos llevaron 
las trincheras demasiado cerca de los muros de Ri- 
vas, los sitiados les quemaron sus guaridas con ba- 
las rojas. Poco importaba á Mora prodigar las 
vidas de sus infelices reclutas, que morían á cente- 
nares, con tal de que los americanos, que no po- 
dían ser reforzados, cayesen por docenas y los alia- 
dos pudieran cortarles los víveres y las municiones. 
Por desgracia para Wáiker, un enemigo más te 
rribl^ que la muerte y el hambre asediaba á Rivas. 
La deserción, que había comenzado á ejercer sus es 
tragos en los recién venidos de ánimo poco esfor 
zado, se fué propagando como la peste, hasta el 
punto de no saberse ya en quien se podía tener 
confianza. En algunas ocasiones desertaron com- 
pañías enteras; hubo piquetes que abandonaron sus 
puestos; partidas de forrajeadores enviadas á bus- 
car víveres para la guarnición hambrienta no vol- 
vieron nunca. Ya en el mes de octubre una com- 
pañía de batidores, que se había mandado al distri- 



i^S 



to de Chontales, desertó con sus equipos, haciendo 
una tentativa desesperada para salir á la costa 
atlántica por el río de Blewfields. No llegaron nun- 
ca á la costa, porque algunos colonos franceses, á 
quienes intentaron saquear, cayeron sobre ellos 
matando hasta el ultimo (*). 

El hambre amenazaba á Rivas. En toda la ciu- 
dad no había una onza de pan; las tropas se ali- 
mentaban de cortas raciones de carne de caballo y 
de muía, sazonada con azúcar en vez de sal; el hos- 
pital estaba repleto de heridos y de enfermos de 
fiebre. Hénningsen decía en broma que antes de 
rendirse se comerían los prisioneros. Alguna vez 
se susurró en las filas que Wálker y Hénningsen, 
para el caso de que Rivas cayera en poder del 
enemigo, habían preparado una mina destinada á 
volar la ciudadela en el momento de la derrota, 
con amigos y enemigos. Este rumor no era más 
que una imbécil falsedad, pero hizo tanta impresión 
en ciertos ánimos exaltados que, según lo refirió el 
mismo general Hénningsen al autor de este libro, 
hubo siete hombres que solicitaron de él el privi- 
legio de dar fuego á la mecha. Wálker no estaba 
reducido todavía á tan apurada situación; aun le 
quedan tres lances extremos: la llegada de Lóck- 
ridge con refuerzos por el San Juan, un socorro de 
California, y en último caso la fuga al norte para 
refugiarse á bordo de la Granada. Los refuerzos 
jamás llegaron, porque Lóckridge, derrotado en el 



(*) Este hecho no ocurrió en el mes de octubre, sino en agosto de 
1856. Una compañía de 25 hombres de caballería, mandada por Túrley, 
recibió orden de ir á Managua para explorar la costa sudoeste del lago 
hasta Tipitapa. Esta compañía desertó con dirección al Atlántico y de 
paso fué saqueando los pueblos; pero los vecinos del pueblo de Acoya- 
pa se levantaron en armas para defenderse de los forajidos, lograron de- 
rrotarlos el 8 de agosto y los persiguieron hasta la montaña de Potrero 
Cerrado, donde los mataron á todos, menos á uno qué fué hecho prisio- 
nero. En todo este asunto no aparecen más franceses que los que ha 
creado la imaginación del autor. 



139 — 



Castillo Viejo, había desistido de la irrealizable em- 
presa; el segando arbitrio fracasó al negarse Mor- 
gan á cooperar con su socio Gárrison para seguir 
corriendo los vapores de San Francisco. De la Gra- 
nada dependía por consiguiente la última esperan- 
za de poder efectuar una retirada honrosa. Sin em 
bargo Wálker aun no tenía conocimiento de que 
la primera y la segunda esperanzas eran perdidas. 

El í I de abril los aliados dirigieron otro ata- 
que contra la ciudad y fueron de nuevo rechazados, 
con mayores pérdidas aún que en el anterior (*). 
El comandante Davis, que había estado negocian- 
do con los aliados, mandó un recado á Wálker el 
23 de abril, ofreciéndole un salvoconducto para que 
las mujeres y los niños se trasladasen de Rivas á 
San Juan del Sur, oferta que fué aceptada con gra- 
titud. 

Desembarazado de los no combatientes, Wál 
ker creyó que ya no había ningún obstáculo para 
evacuar la ciudad cuando lo juzgase conveniente y 
retirarse á bordo de la goleta. Fayssoux no había 
dejado de vigilar cuidadosamente los movimientos 
del enemigo desde San Juan, impidiéndole cons- 
truir fortificaciones ó hacer cualquier otra cosa que 
fuera obstáculo para que Wálker pudiese ocupar el 
puerto. Encontrando el comandante Davis, que 
hacía de pacificador entre las partes beligerantes, 
que este oficio era muy peligroso y delicado para 
un diplomático novel, y obedeciendo aparentemen- 
te á secretas instrucciones, precipitó la crisis de 
manera inesperada, proponiendo á Wálker que se 
rindiese á las autoridades de los Estados Unidos. 



(*) He aquí el detalle de las pérdidas de los aliados el 11 de abril de 
1857, según el historiador D. Jerónimo Pérez: «Los costarricenses tuvie- 
ron más de 60 bajas»; los guatemaltecos 90; los setentrionales 20; los ni- 
caragüenses de la división de Jerez 150, casi todos dispersos. 



— uo — 



En ningún tiempo un oficial subalterno de marina 
se atrevió á hacer tan pasmosa proposición al pre- 
sidente de un gobierno amigo. Fué inmediatamen- 
te rechazada con indignación. Entonces Davis ga- 
rantizó á Wáiker la veracidad de dos rumores que 
habían llegado á Rivas. El primero relativo á que 
Lóckridge había desistido de su intento de recupe- 
rar la vía del Tránsito; el segundo tocante á que no 
vendrían más vapores de San Francisco. Convencido 
W^álker de que ambas cosas eran ciertas, contestó 
que estaba resuelto á mantenerse en la ciudad has- 
ta tanto que durasen sus provisiones y pertrechos, 
después de lo cual se proponía llevar su fuerza á 
bordo de la goleta de guerra nicaragüense Grafía - 
da, para irse donde más le conviniese (*). A lo que 
Davis replicó que «su intención irrevocable» era 
apoderarse de la goleta antes de que zarpase de 
San Juan; que sus instrucciones sobre este punto 
eran claras y terminantes, y que nada, salvo una 
contra orden, podía hacerlo desistir de este propó- 
sito. El enemigo había hecho con anterioridad 
una oferta de cinco mil dólares á Fayssoux para 
que rindiese la goleta; pero lo que no se pudo con- 
seguir por la fuerza ó el soborno, se logró á menos 
costo por medio de la conducta extraordinaria de 
un oficial encargado de una misión y representante 
de la potestad de los Estados Unidos. A Wáiker 
se le acusó de ingratitud por haber protestado de 
la intervención de Davis. Se dijo que los Estados 
Unidos salvaron del exterminio á los filibusteros; 



(*} Lo que Wáiker manifestó al teniente Huston de la St. Mary, el 
el 23 ae abril, fué «que consideraba su posición en Rivas inexpugnable 
para las fuerzas de que disponía el enemigo mientras tuviese víveres; 
que si Lóckridge no verificaba su reunión con él enRivas antes de que se 
le acabasen las provisiones, abandonaría la ciudad para ir á juntarse con 
las tropas en el río de San Juan, considerándose completamente en ap- 
titud de realizar este movimiento». La retirada de Wáiker hacia el 
puerto de San Juan del Sur habría sido una empresa imposible. 



— 141 



pero no hubo un solo hombre en Rivas que no re- 
chazara con todas sus fuerzas esta alegación espu- 
ria. ¡Hijos ingratos aquéllos, que habían acariciado 
un ideal muy distinto acerca de lo que debe ser la 
madre patria! 






I 

¡ 



Capítulo XV 



Ultimátum del capitán Davis. — Evacuación de Rivas. - Estadís- 
tica DE LA CAMPAÑA. — OPINIÓN DE HÉNNINGSEN SOBRE LOS FILIBUSTE- 
ROS.— ANÉCDOTAS CARACTERÍSTICAS.— FrKDERICK Ward. — Apoteosis de 
UN FILIBUSTERO. 



El ultimátum de Davis, respaldado por los ca- 
ñones de la S¿, Marys, desvaneció la última ilu- 
sión de Wáiker para mantenerse en Nicaragua. Es- 
to sucedió cuando la rueda de la fortuna parecía 
dar una vuelta en su favor. Perdida toda esperan- 
za de tomar la ciudad por asalto, los aliados, impa- 
cientes por llegar á sus fines, resolvieron ponerle 
sitio en forma. El formidable ejército de siete mil 
hombres que había cercado á Kivas en enero (*), 
había quedado reducido en dos meses, por obra de 
la muerte y de la deserción, á una fuerza relativa- 
mente pequeña de dos mil combatientes, de los 
cuales las dos terceras partes eran de Costa Rica ó 
de los otros estados centroamericanos. Para colmo 



(*) Ed el cerco de Rivas los aliados no tuvieron nunca más de 3,000 
ibi 



hombres. 



— U4 



de males, este ejército se hallaba escaso de pólvora, 
amenazado por el cólera y la estación lluviosa, y 
tan reducido que no podía guarnecer debidamente 
las obras del cerco, al través de las cuales pasaban 
los espías americanos libremente cuando les daba 
la gana. Kn las filas de los filibusteros la deser- 
ción había hecho estragos. A Wálker le quedaban 
todavía 260 de sus mejores combatientes, gran can 
tidad de armas y municiones, y víveres para tres 
días. Abrirse paso por las líneas enemigas y lle- 
gar á su goleta, habría sido una hazaña mucho me- 
nos ardua que la evacuación de Granada por Hén 
ningsen, Wálker jamás habló de capitular ni lo 
pensó, ni el comandante Uavis había insinuado su 
propósito de apoderarse de la G^'anada^ hasta que 
la posesión de esta goleta se hizo de vital impor- 
tancia para los sitiados. 

Los leoneses en el norte habían comenzado á 
murmurar de los gastos y de la miseria que causa- 
ba una guerra tan larga y estéril, cuyos frutos, da- 
do caso que triunfasen los aliados, habrían de reco- 
gerlos gentes á quienes querían todavía menos que 
á los americanos del Norte. Si á Wálker se le hu- 
biese permitido embarcar á sus combatientes en 
salvo, es de suponerse que habría logrado desper- 
tar en el corazón de sus antiguos amigos los leone- 
ses una nueva y más sólida amistad, renovando la 
lucha contra los serviles desde el Realejo, que ha- 
bía sido su punto de partida. La posesión de más 
de cien prisioneros que podía llevar consigo en ca- 
lidad de rehenes, hubiera sido garantía suficiente 
para la salvaguardia de los enfermos y heridos que 
hubiese tenido que dejar en Rivas. Tales son, por 
lo menos, los argumentos contenidos en la protesta 
de Hénningsen, y los hechos aceptados por todas 
las autoridades en la materia justifican sus conclu- 



— M5 — 

síones. Pero la mitad de los pertrechos de Wálker 
estaban á bordo de la goleta y sin estos elementos ' 
habría sido una locura intentar un cambio de base 
de operaciones en presencia del enemigo. 

Convencido Wálker de que la determinación 
de Davis era firme, envió al general Hénningsen y 
al coronel Waters al cuartel general de los aliados, 
ppra que ajustasen los términos de la capitulación 
con el autócrata naval. Se redactó un arreglo que 
fué sometido el 30 de abril á Wálker, pero éste se 
negó á firmarlo, porque no contenía ninguna dispo- 
sición que garantizase las vidas y haciendas de sus 
partidarios nicaragüenses que tendrían que perma- 
necer en el país. Entre éstos había muchos hom- 
bres entusiastas, que fueron fieles á Wálker en to- 
das circunstancias y sobre los cuales caería la rabia 
del enemigo tan pronto como salieran de Nicara- 
gua los temidos filibusteros. Al día siguiente se 
convino en un nuevo arreglo, que aceptaron ambas 
partes y cuyos términos fueron éstos: 

((Rivas, I? de mayo de 1857. 

((El geni ral Wálker, por una parte, y el co- 
mandante C. H. Davis de la marina de los Estados 
Unidos por la otra, han convenido en las siguientes 
condiciones: 

((I? — El general Wálker y dieciséis oficiales de 
su estado mayor saldrán de Rivas con sus espadas, 
pistolas, caballos y equipaje personal, bajo la ga- 
rantía de dicho capitán Davis de la marina de los 
Estados Unidos, sin ser molestados por el enemigo 
y siéndaiies permitido embarcarse á bordo del bu- 
que de guerra de los Estados Unidos S¿. Mar^s 
en el puefto de San Juan del Sur, obligándose el 
capitán Davis á transportarlos en salvo en la St. 
Maty's á Panamá. 

10 



- 146 - 

«2? — Los oficiales del ejército del general 
Wálker saldrán de Rivas con sus espadas, bajo la 
garantía y protección del capitán Davis, que se 
obliga á transportarlos en salvo á Panamá, bajo la 
custodia de un oficial de los Estados Unidos. 

«3? — Los soldados, oficiales subalternos, ciu- 
dadanos y empleados de los departamentos, heridos 
y sanos, rendirán sus armas al capitán Davis ó á 
uno de sus oficiales, y serán conducidos en embar- 
cación separada de la que llevará á los desertores 
de las filas, de modo que no estén en contacto los 
unos con los otros. 

«4? — El capitán Davis se compromete á obte- 
ner I; s garantías necesarias en virtud de las cuales 
garantiza á su vez á todos los hijos de Nicaragua ó 
de la América Central que actualmente se hallan 
en Rivas y se han entregado bajo la protección del 
capitán Davis, que se les permitirá vivir en Nica- 
ragua y serán protegidos en sus vidas y propie- 
dades. 

«5? Está convenido que á todos aquellos ofi- 
ciales que tengan mujeres é hijos en San Juan del 
Sur, se les permitirá quedarse bajo la protección 
del cónsul de los Estados Unidos, hasta tanto que 
tengan oportunidad de embarcarse para Panamá ó 
San Francisco. 

«6^ — E! general Wálker y el capitán Davis se 
comprometen uno y otro á que este convenio sea 
ejecutado de buena fe». 

Tal es el texto del tratado concluido entre el 
representante de los Estados Unidos y su prisione 
ro. La lenidad sin precedentes en los anales de las 
guerras centroamericanas con que los aliados trá 
taron á hombres cuyo exterminio habían jurado, 
demuestra lo mucho en que valoraban los servicios 
del capitán Davis. El hecho de no haber cumplido 



— 147 — 



SU promesa de misericordia para con los prisioneros 
naturiles del país, los cuales fueron perseguidos 
conforme á las buenas prácticas de antaño tan 
pronto como el galante capitán levantó anclas, no 
quita nada al mérito de su promesa, porque habrían 
prometido cualquier cosa con tal de verse libres del 
importuno filibustero. 

Nada se estipuló respecto de la entrega de las 
armas y pertrechos de los sitiados. Así fué que 
Hénningsen, antes de que comenzase la evacuación 
de la ciudad, puso manos á la obra con sus subal- 
ternos y destruyó toda la artillería y las municio- 
nes, que consistían en un cañón de bronce de seis 
libras, tres de cinco, dos de doce y tres de seis, 
cuatro morteros de hierro de doce libras, 55,000 
cartuchos, 300,000 fulminantes y 1,500 libras de 
pólvora. Para una guarnición que carecía de pan, 
no era esta mala cantidad de salitre. 

El número total de la fuerza que se rindió lle- 
gaba á 463 hombres, incluyendo i 70 heridos y en- 
fermos. Ciento dos prisioneros tomados á los alia- 
dos fueron devueltos. Cuarenta nicaragüenses que 
habían permanecido fieles á Wálker hasta el último 
instante, dijeron un adiós Heno de tristeza al jefe 
de los ojos zarcos, en la clara mañana de mayo que 
fué la última que vio brillar en Rivas. 

Altivos y resueltos salieron de la ciudad los fi- 
libusteros. Al frente de la columna cabalgaba 
Wálker, espada y pistola al cinto y con el mismo 
semblante impávido con que habría subido al trono 
ó al cadalso. Detrás de él venía Hénningsen, alto, 
de marcial apostura y aspecto franco, barbado co- 
mo un panduro y no exento de manchas de pólvo- 
ra, huellas de su trabajo matutino. El flaco Hórns- 
by, quijote septentrional de cuerpo y cara, cabalga- 
ba á la par del flemático Bruno von Nátzmer, ex 



- 148 - 

abanderado de húsares prusianos, que fué amigo 
del barón Bulow hasta que ciertas querellas res- 
pecto de cambio de nacionalidad les pusieron las 
armas en la mano el uno contra el otro; pero más 
afortunado que el barón costarricense, Nátzmer vi- 
vió para volver á pelear más tarde; Hénry y Swin- 
gle, los dos bravos artilleros, iban regocijándose de 
que sus adorados cañones, para cuyas delicadas 
gargantas habían guisado amenudo ricas golosinas 
con el metal de las campanas de las iglesias, esca 
parían al fin de las garras del odiado grasicnto (*); 
Waters — el coronel Jack, — el mismo que llevó el 
socorro á Granada; Wílliamson, West y una doce- 
na más de hombres valerosos y leales acompañaban 
al caudillo. A la sombra de los naranjos de Rivas, 
de^Granada, de Saa Jorge y veinte campos más de 
ruda batalla, dormían á centenares otros hombres 
igualmente valerosos y leales, que nunca debían 
volver á seguir la bandera de un filibustero ni á 
despertar al toqi:e de una trompeta hasta el día en 
que la de Gabriel toque la diana en el valle de Jo- 
safat. 

Wálker y dieciséis de sus oficiales debían salir 
para Panamá en la St, Marys, para de allí conti 
nuar su viaje á los Estados Unidos. Emocionante 
y en cierto modo heroica fué la escena de la despe- 
dida de Wálker de sus camaradas, fieros y estram- 
bóticos, pero leales. Comenzó por no decir adiós, 
sino hasta la vista^ á los 250 soldados y sargentos 
que se dirigían á la bahía de i^a Virgen, bajo la 
custodia de un teniente de los Estados Unidos, que 
iba renegando de su misión, para de allí seguir á 
sus hogares por el camino más largo que pudiese» 



(*) Gréaser amable apodo con que los yankis distinguen á los his- 
panoamericanos. 



— 149 



hallar; igual cosa dijo al triste contingente de en- 
fermos y heridos que debían volver á sus casas por 
otro rumbo; y por último echó una mirada de lásti- 
ma y desprecio al batallón de los desertores após 
tatas, que para seguridad de sus personas iba á 
despachar el capitán Davis por una tercera vía. 

Hecho esto salieron de Rivas en pos cada 
cual de su estrella: Wálker á contemplar desde la 
cubierta de la Sí, Marys su querida goleta Gra- 
nada, que Davis había capturado según lo prome- 
tiera y que devolvió á los costarricenses, conforme 
también á la promesa secreta que les hizo á este 
respecto. Ahora mandaba la goleta — no sin gran 
pompa ni mucha gloria — un negro de Jamaica: se- 
cuela horriblemente satírica del decreto de la es- 
clavitud que debía regenerar á Centro América. 
El comandante Davis, el más respetable de los 
magnates navales, recibió un ascenso bien ganado 
en Rivas, principalmente á fuerza de longevidad, y 
murió con el grado de almirante, sin que durante 
su larga vida hiciera nada meritorio, salvo el derro- 
camiento del jefe filibustero. 

La bandera azul, blanca y azul había flameado 
por última vez sobre el territorio de Nicaragua(*), si 
se exceptúan los ciertos momentos en que fué izada 
de nuevo para caer delante del pabellón «listado y 
estrellado» en el puerto de San Juan del Norte. 
Tantas y tan diferentes son las historias que se han 
contado acerca del número de hombres que pelea- 
ron y murieron bajo sus pliegues, que no carece de 
interés hact-r un resumen de las fuerzas que domi- 
naron á Nicaragua durante veinte meses. 

Los que calculan basándose en conjeturas, es- 



(*) El autor ignora í?in duda que estos mismos >on y han sido siem- 
pre los colores de la bandera de Nicaragua. Lo que dejó de existir el i9 
de mayo de 185 7, fué la estrella roja de cinco puntas que la deshonraba. 



— I50 



timan que en Nicaragua murieron 5,cxx) america- 
nos; es decir, cinco séptimas partes de las bajas que 
hubo en la guerra de la independencia de los Esta 
dos Unidos, contando muertos y heridos. También 
se ha dicho que Wálker tuvo de veinte á treinta 
mil hombres bajo su mando. Estas conjeturas se 
han cristalizado seriamente en verdades históricas, 
cuando la Historia se ha dignado darse por enten- 
dida del asunto. Los registros del ayudante gene- 
ral P. R. Thompson demuestran que durante todo 
el tiempo de la campaña sólo se alistaron 2,843 
hombres en las filas filibusteras. Sin embargo, á 
éstos hay que agregar los voluntarios del país, los 
civiles que ingresaron de buen grado en el ejército 
y otros á quienes se obligó á prestar servicio tem- 
poral. Entre todos pueden formar un t'tal de 3,500 
hombres más ó menos (*). 

A este núcleo de combatientes se opuso una 
fuerza total de 21,000 serviles nicaragüenses, cos- 
tarricenses, hondurenos, guatemaltecos y salvado- 
reños, y no menos de 10,000 indios auxiliares. Los 
aliados confiesan una pérdida de 15,000 hombres 
en todas sus campañas (*). Quizás una tercera 



(*) Todos los que han escrito sobre la guerra de Nicaragua han ob- 
servado la tendencia de Wálker á ocultar el verdadero número de sus 
fuerzas, que siempre presenta reducido. 



(*) Las cifras que da el autor sobre las fuerzas centroamericanas que 
combatieron á Wálker son completamente fantásticas. Los datos oficia- 
les nos dirán la verdad. A fines de marzo de 18^6, un ejército de 2,500 
costarricenses invadió á Nicaragua. Este ejército regresó á Costa Rica 
después de la batalla de Rivas. En el curso del mismo año de 1856 llega- 
ron á León 500 guatemaltecos y 800 salvadoreños que, unidos á 500 nica- 
ragüenses, formaron el primer ejército aliado, cuyo total era por consi- 
guiente de 1,800 hombres. Más tarde llegar®n refuerzos de Guatemala y 
El Salvador y 200 hombres de Honduras. En noviembre de 1856 el total 
de las tropas aliadas en Masaya era de 3,100 hombres. En enero de 1857 
había en San Jorge: 1,300 guatemaltecos al mando de Zavala; 500 costa- 
rricenses, nicaragüenses y salvadoreños, á las órdenes de los generales 
Cañas y Jerez; 450 nicaragüenses mandados por Chamorro, y 200 hon- 
durenos con Xatruch, que formaban un total de 2,450. Había además 
700 costarricenses en el castillo de San Carlos y el río de San Juan. Tam- 



— 151 — 



parte de los americanos que entraron á Nicaragua 
murieron allí. A falta de una estadística oficial 
me atengo á las aseveraciones del general Hénning- 
sen sobre este punto. Del comportamiento de los 
filibusteros puede dar alguna idea el informe de los 
cirujanos, del cual resulta que la proporción de he- 
ridas fué de 137 por cada cien hombres. Los que 
no eludían el cumpKmiento de su deber, tuvieron 
que sacar más de una cicatriz, cuando lograron sa 
lir con vida, para compensar la inmunidad de los 
cobardes y desleales. No parece exagerado decir 
que más ó menos 1,500 fueron los constantes y fie- 
les. 

La mayor parte de éstos eran californianos, 
cuando el nombre de californiano significaba indi- 
viduo de una raza de gigantes, que vinieron de to- 
das partes del mundo á buscar oro y que después 
emprendían otra jornada de 2,500 millas en busca 
de aventuras. Las nueve décimas partes eran nor- 
teamericanos pertenecientes á todas las clases so- 
ciales, graduados en todo género de institutos, des- 
de el colegio hasta la prisión, y que se jai taban de 
que ((California era la flor del mundo y ellos la flor 
de California»; pero tampoco armaban querella 
con el que modificaba la frase así: ((California es la 
cloaca del mundo y nosotros el albañal de Califor- 
nia». Nicaragua ejercía sobre los jóvenes sudistas 
una atracción tan grande como el mar sobre los del 
Norte. Un hijo y un sobrino del senador Báyard 
se escaparon del colegio para unirse á los filibuste 



bien Se hallaban en León tropas de El Salvador y Nicaragua; pero estas 
fuerzas no estaban en el campo de operaciones. En el sitio de Rivas ao 
tomaron parte más de 3,000 hombres. 

En cuanto á los 10,000 indios auxiliares son. completamente mitoló- 
gicos. Al escribir este dato el autor debe de haber pensado en la Baja 
California que conoció Wálker en 1853. Todos los soldad.os centroameri- 
canos que pelearon en Nicaragua en 1856 y 1857, eran más ó menos civili- 
zados, pero ninguno de ellos podía calificarse de salvaje. 



1^2 



ros y quizás habrían añadido alguna gloria militar 
al nombre de su familia, si éstos no los hubiesen 
enviado á sus casas á solicitud del departamento de 
estado. El primer ayudante de Hénningsen era 
un joven de diecinueve años llamado Burbank, que 
se había escapado del instituto militar de Virginia 
y que en caso de haber vivido pudo haber hereda- 
do un capital de 100,000 dólares, suma que en aque- 
llos tiempos representaba un capital. Un sargento 
que no valía gran cosa recibió una herencia igual y 
fué llamado para disfrutarla, pero de propósito de- 
liberado perdió el vapor y murió en Nicaragua. 

Todos los hombres de índole fiera y estrambó- 
tica, para quienes la misma California se había he- 
cho demasiado apacible, se sentían naturalmente 
arrastrados hacia el campamento de los filibusteros. 
«U na vez oí— refiere Hénningsen — á dos soldados 
mugrientos disputando acerca de la correcta inter- 
pretación y de los méritos comparativos de Esquilo 
y Eurípides. En otra ocasión vi á un soldado que 
estaba de guardia emborronando tiras de papel, 
que resultaron ser una hermosa traducción en verso 
de la Divina Comedia)^, 

Este mismo jefe atestigua el heroísmo inven- 
cible y la fortaleza de aquellos hombres: «Muchas 
veces los vi marchar con un brazo roto ó entabli- 
llado y servirse del otro para disparar su rifle ó su 
revólver. Los que caían con un muslo fracturado 
ó con heridas que les impedían andar, amenudo — y 
al principio de la guerra siempre — se saltaban la 
tapa de los sesos para no caer en manos del enemi- 
go». Y luego añade: «Hombres de este temple no 
se encuentran en el comercio ordinario de la vida, 
ni espero volver á ver á ningunos que se les parez- 
can. Estuve con los confederados en muchas de 
las batallas más sangrientas de la última guerra, y 



— 153 — 



digo que si al terminar esta contienda me hubiera 
sido lícito escoger cinco mil de los más valientes 
soldados que pude ver, federales ó confederados, y 
por otra parte resucitar y oponerles mil de los hom- 
bres que duermen á la sombra de los naranjos de 
Nicaragua, tengo la certeza de que estos mil ha 
brían derrotado y puesto en fuga á los cinco mil en 
el término de una hora (*). No hay ciencia militar 
que valga cuando se tienen en frente adversarios 
que asaltan con revólver y no vacilan en cargar so- 
bre una batería pistola en mano». En la segunda 
batalla de Rivas diez hombres, oficiales todos, car- 
garon sobre una batería defendida por más de ico 
costarricenses y la tomaron, habiendo sido muertos 
cinco de estos oficiales en la heroica acción (**). 

El testimonio de sus enemigos confirma el es- 
pléndido valor de los filibusteros y su imperturba- 
ble sangre fría delante del pelotón que debía fusi- 
larlos, pues esta era la suerte que les tocaba casi 
siempre cuando caían prisioneros. El caballero 
Bellv cuenta de un filibustero que habiendo sido 
capturado con una pierna rota y condenado á muer- 
te, contestaba con brevedad á las preguntas oficio- 
sas que se le hacían acerca de la causa de su veni- 
da á Nicaragua, de si creía en una vida futura, etc.; 



{*) Según el testimonio de Hénningsen. que es una autoridad en la 
materia, los filibusteros de Wálker habrían podido derrotar fácilmente á 
las mejores tropas norteamericanas de la Guerra Civil, en la proporción 
de uno contra cinco. Ahora bien, estos mismos filibusteros lucharon con- 
tra los costarricences en Santa Rosa y en Rivas en la proporción de uno 
contra dos y fueron vencidos en ambas ocasiones. Debe considerarse, 
además, que nuestros soldados eran simples milicianos que peleaban por 
primera vez. 



(**) Sin que por esto se menoscabe el valor bien probado de los fili- 
busteros, conviene restablecer la verdad histórica. Según ésta, la bate- 
ría que tomaron en Rivas á los costarricenses se reduce á un cañoncito, 
defendido tan sólo por cuatro artilleros y que cayó en su poder en el pri- 
mer momento de la sorpresa. V. Montúfar, Wálker en Centro Améri^ 
^rt, págs. 317 y 325. Wálker dice que era un pequeño cañón d^ bronc^t 



— 154 — 



hasta que perdiendo la paciencia exclamó: <(¡Ea, 
basta ya de majaderías! Si lo que ustedes preten- 
den es que haya funerales, que vengan los sepultu- 
reros y acabemos de una vez». 

Hombres dotados de genio militar, que en un 
campo más vasto habrían adquirido fama y fortuna, 
reposan en ignoradas sepulturas; porque allí donde 
peleaban el valor y la pericia sólo servían para au- 
mentar las pHibabilidades de muerte. Hombres de 
las mejores familias que poseían la más esmerada 
educación y muchas riquezas, yacen á la par de fe- 
lones y de escapados de presidio. Algunos sobre- 
vivieron para seguir su carrera de aventuras, otros 
muchos para morir en la guerra civil de los íí,sta- 
dos Unidos. Uno de éstos, Fréderick Tównsend 
Ward, del más puro abolengo puritano y natural 
de Sálem, Massachussetts, se graduó en la escuela 
filibustera y fué á parar á la remota China en mo- 
mentos en que estallaba la revuelta de los taipíngs. 
Entró á servir en el ejército imperial, cuyo mando 
en jefe llegó á obtener. Con tanto acierto puso en 
práctica el denodado filibustero las lecciones apren- 
didas en Nicaragua, que no tardó en llegar á ser 
uno de los más grandes hombres del Celeste Impe- 
rio y fué colmado de honores y de riquezas, hasta 
la suma de dos millones de dólares, según se dice, 
pues sus albaceas chinos no presentaron la cuenta 
del activo de la sucesión. Pudo haber subido á 
cualquiera altura en aquel reino ultraconservador, 
tal vez hasta el mismísimo trono y empleo de virrey 
de los cielos, si una maldita bala no hubiera corta 
do su carrera en el sitio de Ning Po, enviándolo á 
gozar de los más estupendos honores que se hayan 
tributado nunca á un vanki, ni vivo ni muerto. Por- 
que los paganos agradecidos erigieron dos templos 
en su honor, inscribiendo solemnemente su nombre 



— 155 



en la lista de los dioses de su país. Hoy todavía 
mantienen en su tumba un lirio inmaculado en flor, 
emblema de no sé qué cosa, del que cuidan devotas 
manos y que tal vez seguirá siendo objeto de los 
mismos cuidados durante siglos, cuando ya los tai 
píngs y el filibustero no sean sino oscuras y decré- 
pitas tradiciones para las olvidadizas y atareadas 
gentes que no viven en el Celeste Imperio. China 
recuerda los servicios de Ward; pero álter tú/it ho- 
nores y un inglés tiene la gloria de haber sofocado 
la revuelta de los taipíngs. El joven californiano 
Joaquín Míller pertenecía á un tipo diferente; éste 
vivió para celebrar en verso heroico la memoria de 
su jefe, aunque de fijo Wáiker, sencillo y austero, 
no habría admirado mucho la vestidura pomposa 
con que lo disfraza. 

Para los más ignorantes de sus secuaces, los 
designios ulteriores de Wáiker eran por supuesto 
inexplicables. Creían que sus propósitos eran pu- 
ramente los de un pirata. De aquí nació la leyen 
da de que había reunido un gran tesoro, que como 
el del capitán Kidd (*) yace aún bajo tierra, en es- 
pera de un afortunado descubridor. Muchos años 
después de su muerte, un pariente de un tal Sa- 
muel Lyons, uno de los filibusteros que quedaron 
con vida, contó la siguiente historia: 

((Por su valentía y pericia militar, Samuel lle- 
gó ser uno de los hombres de más confianza de 
Wáiker y fué uno de los cuatro oficiales que le ayu- 
daron á enterrar su tesoro. Había cinco muías car- 
gadas de oro y plata en moneda acuñada y barras, 
junto con muchas riquezas, fruto del saqueo de igle- 
sias, capillas y casas particulares. En una noche 
de luna, Wáiker y cuatro oficiales enterraron el te- 



(*) Wílliam Kidd, famoso pirata inglés que murió ahorcado en 1701. 



— 156 — 

soro á la^ once, debajo de un árbol grande, cerca 
de la cumbre de un cerro. Oí referir á Samuel có- 
mo removieron las hojas del suelo antes de cavar el 
hoyo. Yo mismo tengo una idea bastante clara del 
lugar, pero Samuel lo conoce con exactitud y puede 
dar con él, aunque el árbol haya sido derribado. El 
tesoro fué enterrado muy poco antes de los dos úl- 
timos combates que dieron en tierra con las espe- 
ranzas de Wáiker. El primero de estos combates 
ocurrió en la mañana siguiente de aquella excur- 
sioncita á la luz de la luna y en él fueron muertos 
dos de los oficiales que habían enterrado el tesoro. 
Después de este combate, el ejército — si así puede 
llamarse — vivió sólo de plátanos durante dos sema- 
nas y pasó muchos trabajos. Entonces se verificó 
el último combate, en el cual Wáiker, Samuel y los 
demás fueron hechos prisioneros. De los cuatro ofi 
ciales que acompañaron á Wáiker en el entierro del 
tesoro, sólo de uno no se da cuenta; pero como no 
se supo más de él después del último combate, Sa- 
muel ha creído siempre que fué muerto en esta oca- 
sión ó fusilado con los prisioneros. Con seguridad 
no se hallaba entre los que milagrosamente esca- 
paron con Samuel y que. según creo, fueron los 
únicos que salieron con vida de la refriega. Si ha 
muerto, ó mejor dicho, si murió entonces, Samuel 
es el único que conoce el secreto». 

Los aficionados á lo maravilloso podrían de- 
clararse satisfechos con este precioso cuento de te- 
soro y sangre; pero hay otro «sobreviviente» dota- 
do de imaginación más robusta aún, que con la se- 
riedad del caso corrige el relato anterior así: 

«El que esto escribe sabe algo de ese tesoro y 
lo examinó personalmente. En vez de las cargas 
correspondientes á cinco muías, había cinco tonela- 
das, Üs cosa bien sabida que el capítulo más ho- 



157 



rrible de esta guerra, la más horrible de todas las 
guerras, fué el incendio y saqueo de Granada por 
el general Hénningsen, obedeciendo á órdenes de 
Wálker, en noviembre de 1856. Las iglesias, qiie 
eran unas treinta é inmensamente ricas en objetos 
de plata y joyas, fueron sistemática y secretamente 
saqueadas, y este gran botín se ocultó en lugar se- 
guro, á bordo de uno de los vapores del lago de 
Nicaragua, antes de que la ciudad condenada á 
muerte fuese entregada al saqueo. El paradero de 
este inmenso tesoro fué un secreto y así lo conside- 
raron los filibusteros en aquel tiempo. Valía mi- 
llones. Para alejar sospechas acerca de su verda- 
dero destino, Wálker hizo circular el rumor de que 
lo había enviado á Nueva Orleanspara ser vendido 
allí por cuenta de su gobierno y su producto em- 
pleado en la compra de material de guerra. El 
tesoro fué enterrado y, según me consta, el oficial á 
quien se le confió y que mandaba la escolta que lo 
custodiaba, vive ahora en San Bernardino. Me ha 
referido éste, y amenudo hemos discutido el asunto, 
que bajo la vigilancia personal de Wálker, él y otros 
cuatro oficiales con unos veinte hombres enterraron 
el tesoro en la aldea de San Jorge, bajo el piso de 
la casa en que el botín estaba guardado con el ma- 
yor sigilo. Wálker les exigió juramento solemne 
de que guardarían ePsecreto y los recompensó ge- 
nerosamente, prometiéndoles á todos futuras remu- 
neraciones si cumplían fielmente su promesa de no 
revelar el sitio donde se hallaban los despojos de 
las iglesias de la ciudad incendiada. Antes de un 
mes todos los que estaban en el secreto, menos el 
andigo que me ha dado estos informes y dos ó tres 
de los oficiales que habían jurado, fueron enviados 
á una expedición fingida, acusados de deserción y 
perseguidos por una gran fuerza de caballería que 



— lis- 



ios mató á todos por orden de Wálker. Poco des- 
pués en una terrible batalla librada en San Jorge 
el 1 6 de enero de 1857, el último de los que asis- 
tieron al entierro del tesoro, si se exceptúa á mi 
amigo de San Bernardino, fué muerto y en tal for- 
ma que mi informante se acabó de convencer de 
que á todos los habían matado por orden de Wál- 
ker, y de que la intención de éste era llegar á ser el 
único dueño del secreto del tesoro oculto. Y aun- 
que mi amigo era un oficial de confianza y fiel, á 
quien Wálker estimaba en alto grado, el pronto y 
trágico fin de sus compañeros y partícipes en el 
terrible misterio le causó tal impresión que desertó 
en el acto. Se llevó el secreto y todavía lo posee, 
y es el único hombre sobre la tierra que sabe don- 
de está escondido el botín de Granada, y sin em- 
bargo no lo sabe. ¿ Por qué? Por esto, porque el 
tesoro fué enterrado en diciembre; en enero el ene- 
migo se apoderó de San Jorge haciendo una mar- 
cha forzada; Wálker se situó en Rivas, á tres millas 
de distancia, y durante los tres meses siguientes 
acabó totalmente con su ejército en vanos esfuerzos 
para recuperar la insignificante aldea que contenía 
aquella inmensa riqueza. En los terribles conflic- 
tos que hubo con este motivo, la aldea fué comple- 
tamente arrasada. Esto lo sabe bien el que sus- 
cribe, por haber peleado en todas esas luchas». 

A esta detallada narración nada le falta para 
ser exacta, salvo la verdad. Este, así como la ma- 
yor parte de los cargos inverosímiles hechos á Wál 
ker, emanó de los desertores, que son los que más 
han contribuido á infamar su memoria. 



Capítulo XVI 

Regresa Wálker á los Estados Unidos.— Nuevas tentativas 
DE ÉSTE. — La Expedición á San Juan del Norte. 

A su regreso á los Estados Unidos, Wálker 
fué recibido en Nueva York como un conquistador. 
La ciudad estaba engalanada como para un día de 
fiesta; inmensa multitud se reunió para ver al hé- 
roe; Bróadway estaba cubierto de banderas como 
si se tratara de un festt-jo nacional; se celebraron 
reuniones publicas para darle la bienvenida y ma- 
nifestarle simpatía. Wálker recibió el homenaje 
con modesta dignidad y confesó resueltamente su 
determinación de recobrar el poder perdido en la 
primera coyuntura. En su carácter de presidente 
legal de Nicaragua, protestó contra el proceder de 
los Estados Unidos, que él consideraba como una 
potencia extranjera, al expulsarlo de su país. Fué 
á Washington á presentar ante el departamento de 
estado su queja contra el comandante Davis, y lo 
recibieron con diplomática cortesía; pero el caso se 
sometió á la consideración del Congreso, donde fué 
sepultado bajo una montaña de palabrería. En se- 
guida hizo un viaje por el Sur, donde lo recibieron 



l()') — 



y festejaron con mayor entusiasmo aún que en el 
Norte. En Nueva Orleans se dejó ver por prime- 
ra vez en público, en un palco de uno de los tea- 
tros de la ciudad. Cuando los espectadores se 
enteraron de su presencia, olvidáronse de la 
ficción que tenían delante, para volver como un so- 
lo hombre los ojos hacia el héroe real, cuyas hazañas 
hacían palidecer los más atrevidos vuelos de la fanta- 
sía, y los vivas brotaron uno tras otro desde la pla- 
tea hasta la cazuela. Wáiker fué aclamado como 
un héroe y un mártir y hasta sus enemigos más 
encarnizados tuvieron que callarse por el momento, 
cuando Hénningsen, de quien aguardaban, no se 
sabe por qué, que vilipendiase á su jefe, no sólo 
frustró esta esperanza sino que que por todas partes 
fué haciendo elogios del carácter y de los princi- 
pios del gran filibustero. También presentó Hén- 
ningsen ante el secretario Cass una protesta indigna- 
da contra el ultraje inferido á una nación amiga, 
cuya única ofensa para los Estados Unidos estribaba 
en el hecho de que su presidente tenía la desgracia 
de haber nacido ciudadano americano. En princi- 
pio la queja de los filibusteros estaba bien fundada; 
pero la demanda de reparación no fué atendida. Al 
presidente de los Estados Unidos no le importaba 
nada que el título del presidente de Nicaragua fue- 
ra desde el punto de vista legal tan bueno como el 
de James Buchanan. Wáiker no tardó en conven- 
cerse de que éste no era hombre capaz de echar 
una nueva rama de espinas en su lecho de abrojos, 
ya tan doloroso, y el audaz filibustero resolvió bus 
car fuera del imperio de la ley lo que dentro de él 
se le negaba (*). 



(*) Refiere en seguida el autor la expedición de Hénry A. Crabbe á 
Sonora en 1857. 



— i6i 



Con la expulsión de los filibusteros terminó la 
guerra en Nicaragua durante algún tiempo. Los 
estados aliados establecieron una especie de pro- 
tectorado sobre la república, después de haberse 
indemnizado» conforme á la moda establecida por 
las grandes potencias, con una buena parte de los 
frutos de la victoria. Costa Rica fué remunerada 
con la posesión del Guanacaste y una faja de terre- 
no á lo largo del lago y de la ribera sur del río San 
Juan, compensación bastante mezquina por los gas- 
tos hechos en la guerra, que había acarreado la 
muerte de 4,000 hombres, mujeres y niños, sega- 
dos por el cólera (*•*'). Al «Tigre de Honduras» 
se le dio auxilio material para aniquilar á los par- 
tidarios de Cabanas. El general Martínez, descen- 
diente de la heroína apócrifa de San Carlos, fué 
nombrado presidente de Nicaragua y en el acto 
envió un ministro á Washington, que fué recibido 
sin dificultad. Mr. Buchanan encontró en esto una 
excusa plausible para rechazar las reclamaciones de 
Wálker. El nuevo ministro, señor Irisarri, nego- 
ció otro tratado para la construcción del canal, cu- 
yos términos no se consideraron favorables para 
Costa Rica, y esta república y la de Nicaragua es- 
tuvieron á punto de irse á las manos. 

A pesar de la vigilancia de las autoridades de 
los Estados Unidos, Wálker siguió fi'aguando pla- 
nes para volver á tomar la ofensiva en territorio de 
Nicaragua. Arrestado bajo la inculpación de ha- 



{**) El autor ignora que el tratado Cafias-Jerez de 1858 no dio á Costa 
Rica nada que no fuera suyo. El Guanacaste le pertenecía desde 
1820, año en que fué agregado á su territorio por el gobierno espa* 
ñol para que pudiese elegfir un diputado á cortes. Verificada la in- 
dependencia en 1821 el pueblo guanacasteco manifestó por medio 
de un plebiscito, en 1824, su voluntad de seguir perteneciendo á 
Costa Rica. Este plebiscito fué sancionado por un decreto del con- 
greso federal de 1825. En cuanto á la faja de territorio á lo largo 
del lago y del río San Juan, pertenece á Nicaragua, según estipula- 
ción del tratado de 1858.- 

II 



— 1 62 



liarse organizando una expedición ilegal, fué ab- 
suelto tan sólo para reanudar sus preparativos. 
Trece días después de su absolución en Nueva Or- 
leans, apareció frente á San Juan del Norte á bor- 
do del vapor Fashion^ pero no se detuvo en este 
puerto hasta después de haber echado á tierra al 
coronel Anderson con 50 hombres en la boca del 
río Colorado, un brazo del San Juan situado al sur 
de este, río. De aquí regresó el Fashian, ancló 
audazmente en la bahía de San Juan del Norte ba- 
jo los cañones de la fragata norteamericana Sara- 
toga, y desembarcó su cargamento de material de 
guerra y sus ciento cincuenta pasajeros (*). Los 
oficiales y la mayor parte de los soldados eran an- 
tiguos veteranos de la guerra de Nicaragua, entre 
los cuales estaban los distinguidos militares Hórns- 
by, von Nátzmer, Swingle, Túcker, Hénry, Hoof, 
Fayssoux, Cook, McMullen, Haskins, Búttrick y 
otros. El capitán Chátard de la Saratoga despa- 
chó un bote al Fashion, pero los pasajeros desem- 
barcaron antes de que el teniente que lo mandaba 
pudiera impedírselos. Lo único que este oficial se 
creyó autorizado á hacer, fué ordenar á los filibus- 
teros que respetasen las propiedades americanas 
comprendidas en la zona ocupada por la compañía 
del Tránsito, orden que fué obdecida por Wálker 
después de protestar contra esta violación de sus 
derechos como presidente de Nicaragua, que ha- 
bía otorgado los privilegios de que gozaba la com- 
pañía. 

Wálker estableció en el acto su campamento y 
se puso á esperar los refuerzos que debían llegarle 
de un momento á otro de los Estados Unidos. El 
coronel Anderson, después de subir por el Colora- 



(*) Esto sucedió el 25 de noviembre de 1857. 



— i63 — 

do y el San Juan, apareció de pronto frente al Cas- 
tillo Viejo y lo tomó sin dificultad, cosa que el 
incompetente Titus y Lóckridge no habían podido 
hacer con fuerzas ocho veces superiores en número. 
Se apoderó también de tres ó cuatro vapores del 
río y estaba ya en camino de hacerse dueño abso- 
luto de la vía del Tránsito, cuando la llegada á San 
Juan del comodoro Híram Páulding y de la fragata 
Wábash de los Estados Unidos, en el mes de di- 
ciembre, imprimió un nuevo rumbo á los aconteci- 
mientos. 

No contento el capitán Chátard con ejercer 
una especie de superintendencia de policía sobre el 
puerto de San Juan, inició una serie de pequeñas 
molestias, que si hubiesen tenido por objeto provo- 
car un conflicto entre las fuerzas de Wálker y las 
de los Estados Unidos, no habrían sido mejor es- 
cogidas. A la vez que el capitán norteamericano 
pretendía conservarse enteramente neutral, no de- 
jaba de dar órdenes á los expedicionarios y manda- 
ba sus botes á tirar al blanco en lugares donde los 
filibusteros de servicio estaban expuestos á recibir 
una bala, á menos de abandonar sus puestos. Sus 
oficiales insistían en bajar á tierra y en penetrar en 
el campamento de Wálker sin salvoconducto; y 
cuando éste, con más dignidad que discreción, ame- 
nazó con hacer fuego sobre cualquier persona que 
fuera encontrada dentro de sus líneas, el capitán 
Chátard le contestó una nota, que fué remitida por 
Wálker al comodoro Páulding, en la cual le asegu 
raba que ejercería represalias. ((Las niñadas» del 
capitán Chátard, como las califica Wálker, no ha- 
biendo logrado provocar un conflicto, el comodo- 
ro Páulding intimó imperativamente á Wálker que 
se rindiese, el día 7 de diciembre. Resistir á una 
orden semejante, respaldada por dos fragatas de 



— 104 — 

guerra y un complaciente capitán inglés que se 
ofreció á dar auxilio á Páulding para aniquilar á 
los filibusteros americanos, habría sido una locura. 
Al día siguiente el comodoro Páulding echó á tie- 
rra una fuerza de 350 hombres en lanchones hówit- 
zer y los formó en orden de batalla, á la vez que 
los cañones de la Saratoga amenazaban el campa- 
mento. El capitán Engle se presentó en la tienda 
de campaña del general Wálker intimidándole la 
rendición y añadió: «General, siento mucho verle 
á V. aquí. Un hombre como V. merece mandar 
otra clase de gentes». Wálker respondió en pocas 
palabras que sus gentes probarían su mérito, si 
tuvieran siquiera la mitad del número y del arma- 
mento de los que los tomaban presos. 

La bandera de los filibusteros fué arriada y los 
prisioneros se enviaron á bordo de la Saratoga pa- 
ra ser transportados á los Estados Unidos. Wálker 
aprovechó el ofrecimiento que se le hizo para to- 
mar la vía de Aspinwall y regresó á sus expensas. 
Al enterarse el coronel Anderson de la captura del 
campamento, se rindió con las fuerzas que tema en 
el río y se fué á Nueva Orleans Al llegar á Nueva 
York, Wálker se entregó á las autoridades de po 
licía de los Estados Unidos, en cumplimiento de la 
palabra que había dado al comodoro. Páulding, y 
fué enviado á Washington en calidad de prisionero 
de guerra; pero el presidente Buchanan no estaba 
en modo alguno dispuesto á apoyar el proceder de 
su subordinado naval y se negó en absoluto á acep- 
tar la rendición ó á reconocer que Wálker se halla- 
ba bajo la custodia del gobierno. En un mensaje 
dirigido al congreso hizo análisis extenso de la con- 
ducta del comodoro Páulding, que declaró ilegal, 
pero citó la aprobación del gobierno de /acto de 
Nicaragua, como una justificación de los hechos. 



— l65 



En una palabra» Páulding había violado los dere- 
chos de esta nación mediante un acto de hostilidad 
cometido contra su presidente en su territorio; pero 
de acuerdo con el razonamiento de Mr. Buchanan, 
ya que los enemigos de Wálker, que ahora man- 
daban en Nicaragua, no hacían reclamación alguna 
á este respecto, el proceder del comodoro Páulding 
no era vituperable. No obstante, había sido un 
grave error y si no se le aplicaba una censura ha- 
bía de constituir un precedente peligroso. Fun- 
dándose en la consecuencia lógica de esta opinión, 
Wálker pidió al gobierno de los Estados Unidos 
que lo indemnizase de sus pérdidas y que mediante 
el transporte gratuito de una nueva expedición res- 
tableciera el status quo ante. Por demás está decir 
que esta petición no fué atendida, y Wálker enta- 
bló entonces un juicio civil contra Páulding por 
daños y perjuicios, con motivo del arresto ilegal, 
juicio que se demoró en los tribunales y en el que 
nunca recayó sentencia. 

El Fashion fué condenado por haber salido de 
Mobila con registro falso y la autoridad lo vendió 
en doscientos dólares. Su cargamento, traído á 
los Estados Unidos por las fragatas Saratoga y 
Wábash, demostraba que los filibusteros se habían 
preparado ampliamente para el equipo de una fuer- 
za suficiente para hacer la reconquista del país, si 
hubiesen podido asegurarse una base de operacio- 
nes. Nunca soñaron con que sus compatriotas 
habrían de ser la causa de su fracaso. Antes de su 
partida de los Estados Unidos, Wálker estaba con- 
vencido de que no padecería ningún daño si 
conseguía salir sin tropiezo, y lo que menos se ima- 
ginaba era ser molestado en territorio extranjero. 
La prueba de que Páulding excedió sus poderes al 
capturar la expedición, se hizo demasiado tarde y. 



— i66 



cuando ya era inútil. No es difícil adivinar la cau- 
sa de su enemistad. El destino parece complacerse 
en una especie de crueldad irónica, ya sea cuando 
lanza sobre un Napoleón un tábano como Hudson 
Lowe, 6 frustra la ambición de un Wálker por 
medio de la ridicula petulancia de un fantoche na- 
val. Esto es como si César, al pasar el Rubicón, 
hubiese pillado un catarro que le causara la muerte. 
Páulding y otros potentados navales de pacotilla se 
aprovecharon de las circunstancias para vengarse 
de la manera poco respetuosa con que Wálker, 
simple aventurero sin despacho oñcial, se había 
expresado del comandante Davis. Tomaron la cosa 
como un insulto dirigido á la marina de guerra ame- 
ricana, y cuando los incidentes ocurridos después 
con el capitán Chátard se sometieron al conoci- 
miento del comodoro, la indignación de éste no 
tuvo límites. El hombre que amenazaba con ma- 
tar al oñcial de marina que penetrase dentro de sus 
líneas sin un salvoconducto, no podía ser más que 
un pirata fuera de la ley; y por lo tanto Páulding 
mandó prender al filibustero, aunque le permitió 
con encantadora inconsecuencia irse á Nueva York 
bajo palabra de honor. 

Pero el daño irreparable estaba hecho y Wál- 
ker encontró muy poco consuelo en la suspensión 
de su perseguidor del servicio activo, y en el litigio 
interminable que le siguió por daños y perjuicios, 
venganza esta última que entraña siempre el cas- 
tigo correspondiente. 



Capítulo XVII 

Historia de la guerra dk Nicaragua escrita por Wálker. — 
Desembarco de éste en Roatáx y toma de Trujillo. — Se retira ante 
LAS fuerzas inglesas. — Su rendición. — Fusilamiento del último de 
LOS filibusteros. 

Durante los dos años siguientes, Wálker con- 
tinuó haciendo esfuerzos por recuperar el poder en 
Nicaragua, y sus amigos conservaron la ciega con- 
fianza que tenían en su triunfo final y en su estre- 
lla, que tan malas pasadas le había jugado en los 
últimos tiempos. El 30 de octubre de 1858 el pre- 
sidente Buchanan creyó necesario lanzar un mani- 
fiesto en que llamaba la atención del público acer- 
ca de ciertos proyectos de compañías de emigra- 
ción para colonizar á Nicaragua, cuyo principal 
promotor era Wílliam Wálker. «Este sujeto — de- 
cía, — que ha roto los lazos de lealtad que lo ligaban 
con los Estados Unidos y aspira á la presidencia de 
Nicaragua, ha notificado al administrador de la 
aduana del puerto de Mobila que dos ó trescientos 
emigrantes estarán listos para embarcarse y salir 
de ese puerto hacia mediados de noviembre»; y el 
presidente advertía á los futuros emigrantes que 
no les sería permitido llevar á cabo su proyecto. 



— i()5 — 



Con todo, y á pesar de este maniñesto, una 
partida de 150 filibusteros, mandados por el coro, 
nel Anderson, se embarcaron hacia el 1 9 de di- 
ciembre en la goleta Susan, en el puerto de Mobi- 
la. El viaje terminó bruscamente con un naufra- 
gio en la costa ဠHonduras, donde los expedicio- 
narios fueron recogidos por un navio de guerra in- 
glés que los repatrió. Doubleday describe de la 
siguiente manera la treta de que se valieron los 
aventureros para engañar á las autoridades federa- 
les y fugarse de Mobila: 

«Ningún funcionario de aduana nos molestó 
mientras estuvimos atracados al muelle; pero cuan- 
do hubimos llegado á la parte ancha de la bahía, 
la sombra de un barco se nos atravesó por la proa 
en la penumbra, y al pasar nos gritaron de á bor- 
do que era un cúter aduanero de los Estados Uni- 
dos, mandado por el capitán Morris; que para el 
caso de que persistiéramos en zarpar con la carga 
que llevábamos, tenía órdenes de echarnos á pique 
tan pronto como estuviésemos á una legua maríti 
ma de tierra, distancia que en el lenguaje de los 
marinos se considera alta mar. Sin discrepancia 
convinimos todos en que esto era desagradable. 
El cúter tenía pesados cañones y nosotros ninguno; 
además, ni el mismo Wálker estaba todavía bas 
tante preparado para hacer la guerra á los Esta- 
dos Unidos. 

((El capitán Hárry Máury, que mandaba 
nuestra goleta, conocía al dedillo todas las profun- 
didades de la bahía de Mobila, ciudad que lo vio 
nacer, y era un lobo marino y la encarnación de la 
tan decantada caballerosidad del Sur. Tenía ade- 
más bastante intimidad con el capitán Morris del 
cúter. 

((Así fué que accedimos en el acto á la pro- 



puesta que nos hizo de poner en juego sus talentos 
diplomáticos para ver de sacarnos de nuestra des- 
agradable situación, porque nos aseguró que Mo- 
rris era hombre muy capaz de cumplir sus instruc- 
ciones al pie de la letra. 

«Cuando el cúter se volvió á poner al habla, 
Máury pidió permiso para ir á bordo con uno ó 
dos amigos para discutir el caso, y como se le con- 
testó invitándolo cordiálmente á que fuese con 
tantos amigos como quisiera, el coronel Anderson 
y yo lo acompañamos. 

«Como apenas soplaba viento, los dos barcos 
se mantuvieron casi juntos durante el tiempo que 
permanecimos en el cúter. Máury observó que 
para hombres que estaban tan cerca de vérselas 
con Plutón, un vaso de grog no estaría por demás. 

«Morris, que era inclinado á la hospitalidad, 
hizo traer champaña y brindó fraternalmente con 
los que un penoso deber lo obligaba á inmolar; y 
como tras una botella venía otra, comprendí que 
aquello no sería ya más que una cuestión de soli- 
dez de cabeza. 

«Reinó la más perfecta cortesía y Máury, pa- 
ra no ser menos, invitó á Morris á que viniese á la 
goleta á probar nuestro vino, ofreciéndose él mis- 
mo en calidad de rehén como garantía de que ha- 
bría de volver sano y salvo á bordo del cúter. No 
sé cual pudiera haber sido la resolución de Morris 
una hora antes, pero cuando se le hizo la invita- 
ción la aceptó sin vacilar, siguiéndonos en su pro- 
pio bote. 

«La francachela siguió á bordo de la goleta, 
y cuando Morris se despidió, Máury le dijo que 
no quería poner á tan buena persona en el caso de 
perseguirnos en medio de la obscuridad y que por 
lo tanto iba á echar el ancla y á esperar que ama- 



— I70 



neciese, agregándole que tuviera cuidado de no 
echarse sobre nosotros cuando dejásemos caer el 
ancla. 

«La noche se había hecho sumamente obscu- 
ra, y en el momento en que Morris llegó al cúter, 
el capitán Máury lo interpeló para recomendarle 
que no se viniese sobre nosotros cuando levantá- 
semos al ancla al día siguiente. 

«Al propio tiempo se dio en alta voz la orden 
de anclar, pero mediante una treta convenida de 
antemano, la cadena que se largaba por un porta- 
lón se iba recogiendo por el otro. 

«Creyendo Morris, por el chirrido de la cade- 
na, que habíamos echado el ancla, dejó caer la suya, 
y entonces comenzó la parte más difícil del asunto. 

«Máury tomó en cuenta la diferencia de cala- 
do de nuestro barco y del cúter, que era de seis 
pulgadas, y además su mejor conocimiento de las 
profundidades de la bahía, para sacarnos á la mar, 
como si dijéramos, á campo travieso. Había pre- 
parado su maniobra de modo que coincidiese con 
nuestra llegada al lugar donde quería hacer la 

tentativa. 

«Así fué que dirigimos la proa directamente 
al través del canal, y Morris, comprendiendo en 
seguida la treta de que había sido víctima, se puso 
á seguirnos tan pronto como pudo levantar el an- 
cla. Este pequeño retardo bastó sin embargo 
para que le tomásemos la delantera y para privarlo, 
gracias á la obscuridad, del placer de pilotearnos. 
Después supimos que á poco trecho había encalla- 
do y tuvo que aguardar la pleamar para salir del 
atolladero» (*). 



(*) Doubleday, TAe Filibtisíer War in ^Nicaraí^ua, — N. del A. 



— 171 — 



Poco después de la salida de la Susan, el ad- 
ministrador de la aduana del puerto de Mobila 
detuvo un vapor con una partida de trescientos 
emigrantes^ que tuvieron que desistir de su propósi- 
to de colonizar á Centro América. Wálker no 
intentó nada más hasta el mes de septit^mbre de 
^^59, en que los cañones de una fragata de los 
Estados Unidos, apuntados al vapor Philadelphia 
en Nueva Orleans, obligaron á los pasajeros á 
desembarcar. Hacia esta misma época lord Lyons, 
ministro británico, notificó á la secretaría de estado 
americana que su gobierno había resuelto interve- 
nir para repeler por la fuerza cualquier atentado 
futuro de Wálker contra Nicaragua. Una escua. 
dra de navios de guerra ingleses fué estacipnada 
en San Juan del Norte, á la vez que otra igualmen- 
te poderosa custodiaba la entrada del Pacífico. Los 
Estados Unidos situaron también una fuerza im- 
portante en el mar Caribe, destinada á vigilar los 
movimientos del presidente desterrado. Para las 
dos poderosas naciones que le dispensaban el honor 
de vigilarlo con tanto esmero, Wálker era una 
pesadilla casi tan desagradable como lo fué Napo- 
león para la Santa Alianza. 

Entretanto el filibustero empleaba sus ocios 
forzados en escribir una historia de sus hechos en 
Nicaragua, la que se publicó en la primavera de 
1800. El libro, escrito en tercera persona como 
los Comentarios de César, vale sobre todo como 
reflejo del carácter del autor. Su modestia es ex- 
tremada cuando alude á sus propias hazañas; pero 
no vacila en declararse campeón ardiente de la es- 
clavitud y consagra muchas páginas á una exposi- 
ción de argumentos que nunca fueron lógicos y 
ahora resultan lúgubres y ridículos. Su sinceridad 
es indiscutible. Wálker era hombre dispuesto á 



— 172 — 



vivir ó morir defendiendo sus convicciones y dema- 
siado sincero para triunfar en ninguna empresa en 
que fuera menester emplear la duplicidad. Buena 
prueba de su honradez impolítica la tenemos en el 
hecho de que por este tiempo se convirtió á la re- 
ligión católica, paso que tenía que ser igualmente 
ingrato para amigos y enemigos. Se ha dicho 
por error que hizo su conversión cuando fué nom- 
brado presidente de Nicaragua, cosa que habría 
sido un buen golpe de habilidad política; pero el 
hecho es que mantuvo con vigor su libertad de 
pensamiento hasta tanto que la convicción penetró 
en su mente, aun á riesgo de indisponerse con el 
partido clerical nicaragüense. Colocado en el lu- 
gar de Napoleón, Wálker no se habría puesto el 
turbante ni hubiera procurado la reconciliación con 
el Pontífice, aun tratándose del imperio del mundo. 
La imposibilidad evidente de arrojar el guante 
á los cruceros ingleses y americanos en el mar Ca- 
ribe, hizo que Wálker tomara la determinación de 
buscar un nuevo camino que lo llevase al país de 
sus ilusiones, y le pareció que lo hallaría por la 
costa oriental de Honduras. Parece ser que por 
este tiempo la isla de Roatán, tierra fértil, con una 
población de 1,700 almas, no se hallaba bajo el 
mando del eterno capitán de barco de guerra britá- 
nico, sino que dependía nominalmente de la Repú- 
blica de Honduras. Aceptando la invitación que 
para estos casos tenían siempre lista los habitantes 
de la isla, Wálker se preparó á tomarla como base 
de operaciones contra su antiguo enemigo el pre- 
sidente Alvarez (*), y de punto de partida para 
llegar á su verdadero objeto. De consiguiente, 



{^) El general D. Mariano Alvarez no era más que comandante de 
Yoro; Guardiola contipuaba en el poder en Honduras. 



— 173 — 

en los primeros días de agosto de 1860, des- 
pués de haber hecho arreglos para que importan- 
tes refuerzos vinieran á juntársele en Trujillo, zar- 
pó de Mobila en la goleta Cliftony con cerca de 
cien hombres, entre los cuales estaban los vetera- 
nos Rúdler, Hénry, Dolan y Anderson, y llegó á 
Roatán el 15 del mismo mes. Allí lanzó la si- 
guiente proclama al pueblo de Honduras, la cual 
es una confesión explícita de sus propósitos y de- 
seos: 

((Hace más de cinco años varias personas y yo 
fuimos llamados á la República de Nicaragua y se 
nos prometieron ciertos derechos y privilegios, á 
cambio de los servicios que debíamos prestar al 
estado. Nosotros prestamos los servicios que se 
nos pidieron, pero las actuales autoridades de 
Honduras entraron en una combinación para ex- 
pulsarnos de Centro América. En el curso de los 
acontecimientos, los habitantes de las Islas de la 
Bahía se encuentran casi en la misma situación en 
que estaban los americanos en Nicaragua en el 
mes de noviembre de 1855. La misma política 
que llevó á Guardiola á hacernos la guerra, lo in- 
duce ahora á echar de Honduras á los habitantes 
de las Islas. El conocimiento de este hecho hizo 
que algunos vecinos de las Islas llamasen á los ciu- 
danos adoptivos de Nicaragua, para que les ayu- 
den á mantener sus derechos personales y los de 
propiedad; pero tan pronto como unos pocos ciu- 
dadanos adoptivos de Nicaragua respondieron á 
este llamamiento de los residentes en las Islas, de- 
teniéndose á dar carena en Roatán, las autoridades 
hondurenas, temiendo por su seguridad, pusieron 
obstáculos para el cumplimiento del tratado de 28 
de noviembre de 1859. Guardiola retarda el reci- 
bo de las Islas por hallarse en ellas unos pocos 



— 174 — 

hombres á quienes ha hecho daño; así es que por 
conveniencias de partido, no solamente perjudica 
los intereses territoriales de Honduras, sino que 
frustra por el momento uno de los objetos cardina- 
les de la política de Centro América. Los habi 
tantes de las Islas de la Bahía no pueden incorpo- 
rarse á la República de Honduras sino mediante 
sabias concesiones, hechas en debida forma. Las 
autoridades que hoy existen en Honduras han de- 
mostrado con su conducta pasada que no harán las 
concesiones requeridas. La misma política que 
Guardiola siguió para con los nicaragüenses natu- 
ralizados, le impide ahora adoptar el único camino 
por el cual Honduras podría llegar á conservar las 
Islas. Por consiguiente, está en el interés común 
délos nicaragüenses naturalizados y de los habi- 
tantes de las Islas de la Bahía, el llevar al gobier- 
no de Honduras aquellos hombres que estén dis- 
puestos á otorgar los derechos que legalmente re- 
claman ambos estados. De esta manera los nica- 
ragüenses tendrán asegurado el regreso á su país 
adoptivo, y los isleños de la Bahía obtendrán pie - 
ñas garantías del poder soberano del cual deben de- 
pender conforme al tratado de 28 de noviembre de 
1859. Con todo, para conseguir el objeto que bus- 
camos, no haremos la guerra al pueblo hondureno 
sino tan sólo contra un gobierno, que no solamente 
se opone á los intereses de Honduras, sino de toda 
Centro América. Los hondurenos pueden contar 
por lo tanto con toda la protección que hayan me- 
nester sus derechos, personas y propiedades (*). 

((Wílliam Wálker» 

(*) Para mejor inteligencia de esta proclama conviene recordar 
que en aquella fecha las islas de la bahía de Honduras estaban para ser 
devueltas á este país por Inglaterra que las detenía. Al salir para Roa- 
tán,Wálker se figuraba que la devolución era cosa hecha; pero los ingle- 
ses tuvieron conocimiento de sus proyectos y demoraron la entrega para 
frustrarlos. 



175 — 



La toma del puerto de Trujülo, situado en el 
continente, fué obra de media hora y en la acción 
sólo hubo algunos heridos de parte de los asaltantes. 
Wálker recibió una herida ligera en la cara. Ape- 
nas había sido ocupada la ciudad, cuando un vapor 
de guerra británico, el Icarus, hizo su entrada en 
escena. El capitán Salmón, que lo mandaba, noti- 
ficó á Wálker inmediatamente que el gobierno in- 
glés tenía una hipoteca sobre las rentas de aduana 
del puerto, que garantizaba ciertos reclamos, y que 
se proponía proteger los intereses de su gobierno 
tomando posesión de la ciudad. Wálker replicó 
que había declarado á Trujillo puerto franco y que 
por lo tanto no podía reconocer reclamos sobre 
rentas que ya no existían. El capitán se negó á 
reconocer cambio alguno en el gobierno de Hon- 
duras y le intimó perentoriamente la rendición, 
prometiendo, en caso de obediencia, transportar á 
los prisioneros á los Estados Unidos, y amenazan- 
do con bombardear la ciudad en el caso contrario. 
Entretanto el general Alvarez se preparaba á ata- 
carla por tierra con 700 hombres. Colocado así 
entre la espada y la pared, Wálker resolvió eva- 
cuar á Trujillo, cosa que hizo en la noche siguien- 
te, retirándose á pie por la costa con sólo 70 hom- 
bres. Por la premura de la retirada tuvo que 
abandonar todos los bagajes pesados y los pertre- 
chos, y cada hombre conservó sólo treinta cartu- 
chos; las demás municiones fueron destruidas en 
Trujillo. Cuando los ingleses desembarcaron á la 
mañana siguiente, apenas llegaron á tiempo para 
proteger á los enfermos y heridos contra la feroci- 
dad de los hondurenos. El Icarus tomó inmedia- 
tamente á su bordo al general Alvarez con una 
fuerza considerable y se fué navegando por la 
costa en persecución de Wálker. 



— 176 — 



En la desembocadura del Río Negro tuvieron 
noticia de que Wáiker estaba acampado en el pue- 
blo de indios de Lemas, al cual se despacharon los 
botes del Icartis. Allí encontraron á los aventu- 
reros en situación de no poder resistir á tan abru- 
madoras desventajas; habían llevado desde Trujillo 
sólo dos barriles de galleta, y como carecían de 
mantas y gabanes, muchos de ellos estaban enfer- 
mos de fiebre por haber dormido sobre la tierra 
húmeda y malsana. Llegar á Nicaragua en esta- 
do tan lastimoso habría sido imposible, aunque hu- 
biesen abrigado la esperanza de encontrar allí hos 
pitalaria acogida. Los indios, al través de cuyos 
territorios habrían tenido que pasar, eran feroces 
y se mostraban hostiles hacia todos los intrusos, y 
Olancho (Olancho, ancho para entrar, angosto pa- 
ra salir) se hallaba en el camino. A la intimación 
que le hizo el capitán Salmón para que se rindiese 
sin condiciones, Wáiker contestó preguntando si 
había de entregarse á las fuerzas británicas ó á los 
hondurenos. El capitán Salmón le aseguró por 
dos veces, clara y terminantemente, que se rendía 
á las fuerzas de Su Majestad Británica; por lo 
que los filibusteros depusieron las armas y se les 
condujo á bordo del Icatus. Al llegar á Trujillo 
el capitán Salmón entregó sus prisioneros á las 
autoridades hondurenas, á pesar de la protesta de 
éstos y de la petición que hicieron para ser juzga- 
dos por un tribunal inglés. Pero el capitán Sal- 
món no era más que un comandante joven y bas- 
tante presuntuoso, que no se dignó discutir el caso, 
aunque se interesó personalmente por obtener el 
perdón de todos los filibusteros, á excepción del 
jefe y de uno de sus fieles secuaces, el capitán Rúd- 
1er. West, Dolan y otros veteranos que habían 
tomado parte en la última intentona, ó eran deseo- 



— 177 — 

nocidos de los hondurenos, ó no se les consideró 
bastante importantes para merecer un severo cas- 
tigo. 

El capitán Salmón se ofreció á interceder por 
Wálker, siempre que éste quisiera solicitar sus 
buenos oficios en calidad de ciudadano americano; 
pero Wálker, recordando con amargura los males 
que su madre patria había desencadenado contra 
él, dio las gracias á Salmón y se negó á degradarse 
renegando del país de su adopción, que lo había 
honrado. El 1 1 de septiembre se le hizo compare- 
cer ante un consejo de guerra, y después de un 
breve interrogatorio se le condenó á morir pasado 
por las armas á la mañana siguiente. Oyó pro- 
nunciar la sentencia con serenidad y se le condujo 
de nuevo á la prisión para prepararse á morir. A 
las siete y media de la mañana del 1 2 de septiembre 
de 1860, fué llevado al sitio donde debía ser ejecu- 
tada la sentencia; marchó sin ligaduras, con paso 
firme y tranquilo; en la mano izquierda llevaba un 
crucifijo, en la derecha un sombrero. A su lado 
iba un sacerdote recitando las oraciones de los. 
agonizantes, delante de él marchaban dos soldados 
con los sables desenvainados; otros tres lo seguían 
con bayoneta calada. Al entrar en el cuadro for- 
mado por la soldadesca en la plaza, rogó al sacer- 
dote que pidiese perdón en su nombre á los que 
pudiera haber ofendido en su última expedición; y 
colocándose luego en el banquillo fatal, se dirigió 
á sus verdugos en español, porque á ninguno de 
sus compañeros fué permitido presenciar la ejecu- 
ción. Dijo: 

«Soy católico romano. La guerra que em- 
prendí á instancias de algunos vecinos de Roatán 
era injusta. Pido al pueblo que me perdone. Re- 

12 



- 178 — 



cibo la muerte con resignación. ¡Ojalá que sea pa- 
ra bien de la sociedad!» 

Y aguardó el momento fatal tan sereno como 
nunca lo había estado, ni en la paz ni en la guerra. 
El capitán del pelotón dio una voz breve y bajó la 
punta de la espada; á esta señal tres soldados 
avanzaron hasta colocarse á treinta pasos del con- 
denado y dispararon sus fusiles. Todas las balas 
hiceron blanco, pero la víctima no estaba muerta 
aún; entonces se adelantó un cuarto soldado, y co- 
locando la boca de su arma en la frente de Wálker, 
le saltó la tapa de los sesos. ¡Así murió el último 
de los ñlibusteros! 



Capítulo XVIIl 

Carácter de Wálker. — Fidelidad de un soldado. — Una anbc- 
DOTA. — Postrimerías de los filibusteros.— Epitafio de Hénningsen. 
Finís. 

Wálker fué el último y el más grande de los 
ñlibusteros americanos. No era un grande hombre 
y por ningún caso un hombre bueno; pero fué el 
más conspicuo y el mejor de los de su clase. La 
ambición constituye su pecado. En él se considera 
pecado porque fracasó. Ante un fallo como éste 
no cabe apelación. Para la ambición frustrada no 
hay defensa; la ambición triunfante no ha menester 
ninguna. Pero el juicio que ha formado el mundo 
de su carácter y de sus acciones ha sido por demás 
severo. No fué el monstruo de insaciable crueldad 
que han pintado sus enemigos Era un hombre de 
instrucción profunda aunque limitada, fértil en ex- 
pedientes y de gran audacia, de mucha calma y 
templanza en las palabras y en los hechos, y justi- 
ciero sin misericordia cuando exigía obediencia á 
los hombres turbulentos que habían ligado su suerte 
á la suya. Le faltaba el conocimiento del mundo; 
nada podía inducirlo á renunciar al más ínfímo de 
sus derechos para conseguir mayores ventajas. Ha- 



— I So — 

bría mantenido la dignidad de su posición, aun á 
costa de la misma. El abogado deprimió al legis- 
lador cuando intentó conñscar de hecho las tierras 
de Nicaragua por medio de una argucia ilegal; asi- 
mismo su designio de restablecer la esclavitud era 
tan impolítico como nimio, injusto y bárbaro. Esto 
fué indudablemente el resultado de una honrada 
creencia en esa «institución divina», á la vez que un 
deseo de dar una prueba de simpatía á sus amigos 
entusiastas de los Estados Unidos; pero esta medida 
no tuvo más consecuencia que poner una arma más 
en las manos de sus enemigos del extranjero, sin 
darle mayor fuerza en los Estados Unidos. Era un 
reto lanzado á sus poderosos adversarios británicos 
y un ultraje sangriento inferido á los estados libres 
de la América Central, que le enajenó las simpatías 
de todos los que esperaban ver nacer los bienes de 
la civilización de los males de la conquista. Juz- 
gándolo como él quería ser juzgado, es decir, por 
sus actos de gobierno, Wálker era inadecuado para 
el oficio de libertador. No sería equitativo criticar 
la administración interna de un caudillo que llegó 
al poder por el filo de la espada, por más que no se 
pueda negar que mantuvo el orden y aplicó la jus- 
ticia con más eficacia que cualquier otro gobernan- 
te de Nicaragua desde la emancipación del país. 
El doctor Schérzer, inteligente viajero alemán que 
escribió en momentos en que el triunfo de Wálker 
parecía asegurado, se regocija de todo corazón del 
nuevo y grandioso porvenir que se abría ante la 
América Central; aplaude calurosamente la admi- 
nistración de justicia de Wálker, sin disimular sus 
errores, y ve «levantarse en el cielo tropical la es- 
trella matutina de la civilización». 

Wálker era humanitario en la guerra, y tan 
sólo permitió que se ejercieran represalias contra 



— iSi — 



los costarricenses, después de que éstos abusaron 
desvergozadamente de su lenidad, haciendo repeti- 
das matanzas de prisioneros y de no combatien- 
tes (*). Los cuentos que han circulado acerca de 
su crueldad para con sus gentes, proceden de aven - 
tureros despreciables, despedidos del servicio, y 
principalmente de desertores. Si hubiera sido el ti- 
rano frío y soberbio que pintan sus enemigos, la fi- 
delidad sin límites de sus satélites no tendría hu- 
mana explicación. Ni la ambición ni la temeridad 
pueden explicar la conducta de los que le siguieron 
á todas partes, sin estar ligados por un juramento 
de lealtad. «El soldado Charles Erogan» está en la 
lista de los que se rindieron al final de la campaña 
de Sonora; entre los pasajeros del Ves/a figura «el 
soldado Erogan»; con el mismo título aparece en el 
registro del ejército y en las listas de los heridos 
durante toda la campaña de Nicaragua. Todavía 
en 1857, cuando la segunda invasión de este país 
que terminó sin gloria en San Juan del Norte, «el 
soldado Charles Erogan» encabeza la lista de los 
priíiioneros. ¿Presenciaría acaso la valerosa muerte 
de su jefe en Trujillo? ¿Habría partido ya en aquel 
entonces de este mundo, librándose así del trágico 
espectáculo? Este cronista no lo sabe y la Histo- 
ria ¡ay! ha relegado al olvido á hombres de mayor 
mérito que el pobre satélite del casi clvidado fili- 
bustero. ¡Gloria á ti, soldado Charles Erogan, á 
quien no movieron visiones de fama ni de fortuna 
para servir tan leal y largamente al malhadado cau- 
dillo de una causa de contrabando! 

La verdad del caso es que la actitud de Wál- 
ker para con sus oficiales de alta graduación fué 



(*) Se olvida el autor del fusilamiento de D. Mateo Mayorga y de 
muchos otros hechos no menos bárbaros. ; 



l82 — 



siempre ceremoniosa y estudiada, tal como la re- 
quería imperiosamente su posición. El trato fami- 
liar con esta clase de voluntarios habría sido la muer- 
te de la disciplina; pero á sus más humildes secua- 
ses mostró la ternura y las consideraciones de un 
amigo y supo granjearse su respeto compartiendo 
con ellos los peligros. «Lo he visto — escribe H¿n- 
ningsen — levantarse de la cama donde yacía enfer- 
mo, hacer cuarenta millas á caballo para combatir 
á los costarricenses, derrotar una fuerza tres veces 
superior en número, y después de esto dar su ca- 
ballo á un soldado herido y andar á pie sus cua- 
renta millas de regreso, sin que, como dicen los 
muchachos, Ase le arrugase el cuello de la camisa». 
Los hombres que cumplían con su deber hablaron 
siempre bien de Wálker; pero, como es natural, la 
mayoría de los que sobrevivieron á estas campañas 
tan sangrientas, fueron los bribones y cobardes, que 
regresaron á su país para infamar á sus compañe- 
ros. Con todo, muy pocos lo acusaron de egoísmo, 
salvo en lo tocante á su ambición. No tenía ningún 
apego al dinero, y los soldados de fortuna se que- 
jaban del mucho batallar y falta de saqueo. 

En la índole de Wálker había cierta tendencia 
á la mordacidad, que de vez en cuando asoma en las 
páginas de su libro. A propósito de la tentativa 
que hizo Guardiola para encender los corazones de 
sus soldados, propinándoles aguardiente antes de un 
combate en que fueron ignominiosamente derrota- 
dos, dice: «Las damajuanas vacías que se juntaron 
en el camino después de la refriega, parecían enor- 
mes balas de cañón que hubiesen errado el blanco». 
Hay acierto y agudeza en la siguiente observación: 
«La mejor manera de curar un movimiento revolu- 
cionario en Centro América, es tratarlo como un 
divieso: déjesele madurar y luego métasele la lan- 



- 183 - 

ceta para que salga todo el pusí». La pompa pre- 
suntuosa de sus amigos y enemigos del país era 
una diversión para quien juzgaba con tanta sagaci- 
dad á los hombres y poseía el don de pintar un 
carácter con una sola frase; por ejemplo, cuando de 
la costumbre centroamericana de tomar á todo fil 
mundo para el servicio militar, dice que es «el há- 
bito inveterado de echar mano á un hombre y de 
amarrarlo con un fusil en la mano para hacer un sol- 
dado)». De Kínney escribe que «había adquirido el 
conocimiento y la experiencia de los hombres que 
puede dar el comercio de las muías». A su ene- 
migo Márcy apenas lo menciona para hacer una 
alusión desdeñosa á la pifia que cometió este hom- 
bre de estado al referirse á Nicaragua como si fue- 
se uno de los países de la América del Sur; y del 
presidente Mora se despide con estas palabras de 
adecuada clemencia: «Quédese Mora en el destie- 
rro como está Ugolino en el infierno: alejado y en 
silencio». 

El sentimiento del ridículo era en él demasia- 
do fuerte para que se departiese nunca de la rígida 
sencillez de modales y traje que tan exagerado con- 
traste formaba con los vestidos charros y pomposas 
maneras de sus amigos del país. Su uniforme se 
componía de una levita azul, pantalones de color 
obscuro y un sombrero de fieltro negro con la cinta 
roja del ejército democrático; sus armas eran una 
espada y pistolas puestas en el cinturón, y no las 
llevaba sino en el campo de batalla, donde por cier- 
to no le servían de ornamento. 

El carácter de Wálker se parece por muchos 
lados al de Hernán Cortés. Ambos fueron con- 
quistadores desautorizados y servidos por volunta- 
rios; los fieles y valientes los sirvieron bien; los 
bribones y cobardes les obedecían por miedo. Nin- 



- iS4 - 



guno de los dos temió la fatiga corporal ni el peli 
gro, ni fué parco en exigir á sus subordinados igual 
valor y resistencia. Cortés triunfó de sus enemigos 
en el campo de batalla; pero con dificultad pudo 
vencer las maquinaciones de sus enemigos en la 
corte de España. Si Wálker hubiera sido conquis- 
tador español, habría conquistado á México como lo 
hizo Cortés: y si éste hubiese sido filibustero cali- 
forniano, habría podido conquistar á Nicaragua, 
pero de seguro hubiera sucumbido ante Márcy y 
Vánderbilt. 

Wálker tenía incuestionablemente una fe cié 
ga en su estrella, y nunca dudó de que estaba des- 
tinado á desempeñar el papel de Cortés en Centro 
América, hasta el momento en que en Trujillo sin- 
tió sus muñecas oprimidas por el hierro de las es- 
posas. Sin temor ni duda había desafiado la muerte 
en cien batallas y escaramuzas, y cuando ésta res- 
pondió al fin á su llamamiento, es posible que le diera 
la bienvenida y que se mostrara sincero al emitir 
el deseo de que fuese para bien de la sociedad. 

Así murió, á la edad de treinta y siete años, el 
hombre cuya fama había llenado los ámbitos de dos 
continentes y que más de una vez puso en peligro 
la paz del mundo, que sólo lo recuerda bajo el as- 
pecto desfigurado y falso de un monstruo y de un 
forajido. El país que le dio la vida y muy poco 
más, excepto la injusticia, olvidó en medio del san- 
griento conflicto en que pronto se vio envuelto, la 
fama y el destino de los filibusteros. La vorágine 
de la guerra civil arrastró gran número de los hom- 
bres de ánimo turbulento que habían sobrevivido á 
las sangrientas luchas de Centro América, y en ella 
perecieron muchos de los más valientes y capaces, 
que habían recibido su primera lección de guerra en 
aquella terrible escuela. 



— IS^ — 



Como la mayor parte habían nacido en el 
Sur, por lo general se unieron á las fílasde los con- 
federados. Al primer llamamiento á las armas/ 
Hénningsen ofreció sus ser\MCÍos á los estados se- 
paratistas y se le dio un regimiento de la división 
de Wise, de la Virginia del Norte. Frank Ander- 
son lo acompañó con el grado de teniente coronel 
y prestó buenos servicios á la desgraciada causa. 
Era éste uno de los más antiguos veteranos de 
Wálker, que había servido en las dos expediciones 
de Nicaragua; en la primera batalla de Rivas reci- 
bió tres heridas y fué dejado por muerto en el cam- 
po de batalla, pero consiguió arrastrarse hasta un 
escondite antes de que sus compañeros fueran sa- 
crificados, y así pudo escapar con vida para reunir- 
se con los suyos. 

Hénningsen sirvió durante toda la guerra; 
pero á pesar de la experiencia adquirida en muchos 
campos de batalla y de la notable habilidad con que 
desempeñó su cargo subalterno, nunca llegó á ocu- 
par una posición distinguida en el ejército confede- 
rado. Era por naturaleza un jefe de guerilleros, 
como debía esperarse de un discípulo de la escuela 
de Zumalacarregui, Shamyl y Wálker, y la campa- 
ña científica de la Península no le dio oportunidad 
para desplegar sus talentos; pero había abrazado la 
causa del Sur honradamente convencido de su jus- 
ticia y la defendió con lealtad hasta el último día. 
Cuando llegó este día y con él la ruina, volvió á la 
vida privada, sin tener una carrera, y vivió tran- 
quilamente y quitado de ruidos hasta su muerte, 
ocurrida en junio de 1877. En sus últimos años se 
mostró partidario entusiasta de los patriotas que 
sostenían una guerra estéril por la libertad de Cu- 
ba. En una ocasión visitó la isla con motivo de un 
proyecto de insurrección, pero no vio allí ninguna 



— i86 



probabilidad de que pudiera realizarse el plan. Mu- 
rió repentinamente. Había estado enfermo durante 
pocos días; un amigo fíel, el coronel Gregg, militar 
que había peleado contra él en la guerra civil, ve- 
laba á la cabecera de su cama; el enfermo dormía, 
en tanto que el cerebro incansable soñaba. ¿Quién 
pudiera decir las visiones retrospectivas de aquel 
hombre cuya carrera abortada iba á terminar para 
siempre? De pronto abrió los ojos, se sentó en la 
cama, y al señalar hacia un grabado que represen- 
taba las armas de «Cuba libre», hubo en sus ojos 
un destello del fuego de antaño á la vez que excla- 
maba: «¡Coronel, todavía daremos libertad á Cuba!» 
Su pasión dominante se tradujo en sus últimas pa- 
labras. Un momento después cayó muerto. 

Hénningsen fué considerado como el genio 
militar de la campaña de Nicaragua por los detrac- 
tores de Wálker, los cuales, sin embargo, no podían 
negar el éxito maravilloso obtenido por éste; pero 
el mismo Hénningsen repudió siempre la inmereci- 
da fama y fué el primero en adjudicar á su jefe to- 
da la gloria que pudiera haberse ganado en aquel 
campo sin provecho. Murió tal cual había vivido, 
es decir, como un hombre leal y sencillo. Fué un 
caballero andante que nació con un retardo de 
varios siglos. El coronel John T. Píckett, filósofo 
bondadoso que fué uno de los que en el vigor de 
lósanos siguieron la malhadada bandera de un fili- 
bustero, ha hecho grabar en la tumba de Hénning- 
sen la siguiente leyenda tomada de Gil Blas: In- 
veni pórtum, Spes et fortuna válete! Sat me Insis- 
tís Ludite nunc alias (*). 



(*) Llegué al puerto. ¡Adiós esperanza y fortuna, bastante os ha- 
béis burlado de mí ! Burlaos de otro añora. 



- 187 - 

Los filibusteros que habían sido arrastrados 
por el viento hacia los valles resplandecientes de 
Nicaragua desde todos los rincones de la tierra, 
una vez pasada la tormenta regresaron al mundo 
pacíñco y prosaico. De los más notables, tan sólo 
unos pocos vivieron para contar la extraña página 
de su vida de aventuras. Rúdler, que acompañó á 
su jefe en todas sus campañas y fué sentenciado á 
cuatro años de presidio después de la rendición de 
Honduras, regresó para correr la suerte de los con- 
federados; lo mismo hicieron Wheat, Hicks, Fays- 
soux; Hórnsby y muchos otros. En las vicisitudes 
de la vida norteamericana unos pocos, como Dou- 
bleday y Kewen, llegaron hasta hacerse ricos, cosa 
que constituye tal vez la más extraña de las ano- 
malías en la carrera de un filibustero. Los dos 
O' Neils eran hombres de valor indomable; ambos 
murieron peleando: Calvin, el menor de los dos, á 
la edad de veintiún años, después de haber adqui- 
rido una reputación de heroísmo que sobresalía 
aún en aquel valeroso grupo. Con pesar nos des- 
pedimos de esta partida de aventureros extraordi- 
narios, héroes homéricos por más de un motivo, al 
hacer mención de Hénry y Swingle, los dos inge- 
niosos artilleros; de von Nátzmer, el húsar prusia- 
no; de Pineda, el nicaragüense de gran corazón, 
hijo de un país que no lo merecía; de Hórnsby, 
Rawle, Waters, y de los cincuenta y seis que fueron 
inmortales un día. 

El muy ameno escritor cosmopolita Láurence 
Oliphant, estuvo en un tris de añadir el mérito de 
haber sido filibustero á sus demás aventuras. Se 
agregó á u^a expedición que se hizo á la mar en 
Nueva Orleans en diciembre de 1856 con rumbo á 
San Juan del Norte, destinada á reforzar á Wálker 
en Rivas; pero el vapor Texas llegó tarde á su 



— I>^ — 



destino; Spéncer y los costarricenses habían corta- 
do ya la vía del Tránsito (*). 

Poco queda que añadir á la historia del fílibus 
terismo, que puede clasificarse entre las industrias 
muertas 6 las perdidas artes, según se le quiera 
considerar. A despecho de los vaticinios de los 
profetas, el licénciamiento de un millón de hombres, 
al término de la guerra civil americana, se efectuó 
sin tropiezo. Las potencias europeas respiraron 
entonces con más libertad, satisfechas de ver que 
el SLgresWo yanJkt no era tan codicioso como lo ha- 
bían pintado. Maximiliano de México pudo dormir 
en paz y los que fueron sus subditos ingobernables 
reanudaron sus fraternales querellas, sin ser mo- 
lestados del extranjero, y á la postre se entregaron 
á la prosaica paz y á la prosperidad. El filibuste- 
rismo murió, porque en realidad ya no tenía razón 
de ser. Extender el área de una esclavitud aboli- 
da, era algo tan paradójico como quijotesco (**). 

Los filibusteros fueron una raza varonil, do 
tada de vicios y virtudes de generoso origen. Des- 
empeñaron un papel de no poca importancia en el 
escenario del mundo, aunque á menudo se extra- 
viaron y equivocaron en el desempeño de este pa- 
pel. Eran soñadores americanos; si hubiesen sido 
griegos ó escandinavos ó hubieran tenido la libertad 
de vagar por el mundo como en tiempos de Cor- 
tés, Balboa y Pizarro, habrían vencido como éstos 
y la Historia se hubiera mostrado más deferente 



(*) Continúa relatando el autor las peripecias de la evasión de 
uno de los filibusteros que formaron parte de la expedición de López á 
Cuba y que permaneció año y medio preso en la isla. 



(««•) El autor relata á continuación la tragedia del Virginius. 



— I Sí; — 



con ellos. Sea como fuere, y á pesar de sus peca- 
dos y fracasos, no merecen el más riguroso de los 
destinos: ¡el olvido! 



FIN 






APÉNDICE 



CARTA 

DEL PRESIDENTE DON JUAN RaFAEL MoRA Á DON NaZARIO ToLEDO, 
MINISTRO DE CoSTA RlCA EN GUATEMALA 

Puntarenas, 8 de mayo de 1856. 

Señor don Nazario Toledo. 

Guatemala. 

Mí apreciado amigo: 

Ya sabrá V. por los partes oficiales y demás documentos 
publicados el brillante principio de esta campaña, en que la 
marcha desde la provincia de Moracia hasta Rivas fué un no 
interrumpido triunfo. 

Nuestra situación el 19 de abril era la siguiente: 1,700 
hombres (i) y una lucida oficialidad; guarnición en Rivas — bien 
fortificada como cuartel general, — La Virgen y San Juan del 
Sur, y por consiguiente éramos dueños del Tránsito. Managua, 
Masaya, la isla de Ometepe y toda la costa de Chontales, pron- 
tas á alzarse, mandaban diariamente comisionados á Rivas, don- 
de recibían de mí órdenes, armas y toda clase de auxilios. Mar- 
tínez, con su ejército de 800 á 1,000 hombres, se acercaba á 
Granada. Wáiker, dos veces derrotado, perdía su prestigio; la 



(1) El 20 de abril apareció el primer caso de cólera en el ejército; 
por consiguiente, si este dato es exacto, como de seguro lo es, debemos 
calcular las pérdidas de la batalla de Rivas en 800 hombres entre muer- 
tos y heridos, tomando por base la cifra de 2,500, que fueron los que en- 
traron á Nicaragua en 1856. 

13 



— Ig4 — 

deserción había cundido en sus filas y varios de sus jefes se me 
presentaban, ya pidiendo salvoconducto, ya ofreciéndome sus 
servicios. León — aunque aferrado siempre en sus errores y con 
la mira de sostener su preponderancia sobre el partido íegiti 
mista, temeroso de los ataques del Salvador y Guatemala, ó bien 
receloso de nuestro triunfo, aunque cacareando en sus prensas 
como victorias las derrotas de Wálker, — no se movía en su 
auxilio. Si en tales momentos se hubiese presentado en Nica- 
ragua cualquier fuerza aliada, todo habría concluido. Costa 
Rica sola habría continuado su marcha victoriosa y concluido 
el voto universal destruyendo en su guarida al fílibusterismo. 
Wálker ha tenido la astucia de propalar que ha recibido un 
auxilio de 750 hombres, pero esto es falso. Después de la de- 
rrota del 1 1 concentró en Granada cuanta gente tuvo en el río 
de San Juan, inclusa la guarnición del fuerte de San Carlos, y 
sólo contaba en todo con 800 hombres de pelea. No le ataca- 
mos, 1 morque como teníamos en Rivas nuestro hospital, los 
almacc nes y era, además, la llave del Tránsito y Wálker tenía la 
facilidad de llegar á dicha ciudad con toda su gente navegando 
cinco horas en vapor por la laguna, era pues imprudente de- 
jarla desguarnecida, así como atacar á Granada con poca fuerza. 
Aguardaba para obrar refuerzos pedidos con anticipación y ya 
tenía aviso de haber salido tres buques armados para San Juan 
del Sur con gente, víveres, municiones, etc. Con la llegada del 
primero podía dejar 1,000 hombres guardando el Tránsito y 
marchar con el resto á Granada, procurando cortar á los filibus- 
teros la retirada á los vapores. Los nicaragüenses alzados pro- 
metían incorporarse á nosotros al acercarnos, pero ni aun de 
esto necesitábamos. La campaña iba á terminar en diez ó doce 
días con el completo exterminio de Wálker. El 20 de abril se 
presentó el primer caso de cólera; el 21, á pesar de las precau- 
ciones tomadas y del sigilo guardado, comenzó el contagio á 
alarmar al ejército; desde ese día resolví la retirada contra mi 
deseo y contra el parecer de la mayoría de los jefes militares, 
que no habían calculado el peligro como yo. Ya puede V. fi- 
gurarse mi angustia. A cada instante la plaga aumentaba en 
espantosa progresión; los buques anunciados no llegaban y no 
podíamos poner en salvo á los trescientos y tantos heridos que 
teníamos en el hospital de sangre, las municiones, los bagajes y 
despojos del enemigo, etc. Así pasamos cinco días, los más 
amargos de mi vida, hasta el 26 en que resolví dejar el mando 
y al efecto di mis órdenes al general Cañas y pasé á San Juan 
del Sur, para poder allí investigar las causas del retardo de los 
refuerzos, hacer lo posible para mejorar la organización de las 
fuerzas, y dado el caso del retardo, enmendarlo, preparar lo ne- 



— I9S — 

cesario y hacer más fácil, pronta y segura la retirada. Así fué. 
£1 28 salió todo el ejército de San Juan del Sur, sin dejar atrás 
más que diez cajas de parque, que por falta de carretas no pu- 
dimos traernos; y dejamos también unos quince enfermos del 
cólera, que prefirieron morir á moverse; quedaron bajo la salva- 
guardia del cónsul de los Estados Unidos, al cuidado de un 
médico y con nota á Wálker en que se le ofrecía canje por éstos 
ó fusilar á los prisioneros en nuestro poder sí no eran respetados. 

Hasta Sapoá marchó el ejército en orden, á pescar del ho- 
rrible estrago que en él hacía la peste. Allí, para prevenir difi- 
cultades, se mandó dispersar en grupos. Sólo así se han podido 
salvar nuestros soldados y el país. Según mi cálculo perderemos 
como 350 hombres, y se cortará el contagio á mi llegada al in- 
terior y entonces se sabrá exactamente el monto de nuestras 
pérdidas. 

He presentado á V. e[ resultado fiel de esta tan brillante 
cuanto desgraciada campaña. Ahora voy á hacerle algunas re- 
flexiones. 

Cuando Costa Rica salvó sus fronteras, comprometiendo 
el honor de sus armas, la vida de sus hijos y la paz en gue ha 
fundado siempre su creciente prosperidad, lo hizo por la más 
nol)le, por la más santa de las causas. No la movió un interés 
rastrero, no el ansia de gloria; pues si es cierto que en su mar- 
cha halló ya invadido el territorio, no contaba con ello al em- 
puñar la espada. Su primer objeto era asegurar el bienestar de 
Centro América, y para obtener un pronto triunfo contó con las 
repúblicas sus hermanas. 

Los compromisos contraídos por Guatemala eran de tal en- 
tidad, las seguridades ofi'ecidas por su comisionado D. Francisco 
Gavarrete eran tan francas y leales al parecer, que nos apresu- 
ramos, temiendo llegar tarde. Ni el honor costarricense podía 
permitir que se le adelantaran, ni cabía en su buena fe faltar á 
sus aliados en el momento déla lucha. 

Con vergüenza y dolor he visto el engaño que ha sufi'ído 
esta noble República que me ha confiado sus destinos. 

¿Cree V. que si Guatemala hubiera cumplido, que si al 
presentarme con un ejército por esta frontera hubiera ese go- 
bierno hecho lo mismo por el lado de Honduras, hubiéramos 
sufi'ido esta desgracia causada por la estadía del ejército en Ri- 
vas? ¿Cree V. que León se hubiera sostenido, como lo ha he- 
cho, causándonos mil males á pesar de su neutralidad? 

En Liberia recibí nota de ese gobierno en la cual se me in- 
vita á no traspasar la frontera, dando por razón á tan miserable 
é intempestivo consejo las dificultades imprevistas que pudieran 
presentarse. Ya las sabía. Ese gobierno de farsa, en que el 



maniquí de D. Patricio Rivas juega el primero y más degra- 
dante papel, habia mandado comisionados á Guatemala y Sal- 
vador con el objeto de paralizar la justicia centroamericana, 
pretextando que Nicaragua es inofensiva, justa, teliz y que la 
Falange, que llaman amerkmia, se compone de ciudadanos fie- 
les, sin pretensión á usurpación alguna, y que por consiguiente 
nadie tiene derecho de imponer á Nicaragua la extrañación ó 
exterminio de tan virtuosa Falange. 

¿Cómo puede ser posible que el gobierno de Guatemala se 
halle tan atrasado en ideas políticas, en derecho y sentido co- 
mún que haya podido escuchar con paciencia las excusas de 
tan ridicula misión? V aun concediendo al gobierno de León 
que tenga ei derecho de perderse, ¿qué vale el tal derecho pues- 
to en balanza con la integridad de las demás repúblicés centro- 
americanas, que corren hoy peligro inminente por su ignorancia 
y degradante maldad? 

¡Muchas veces he repasado la nOta á que se refiere, tan ex- 
traña é inesperada ha sido para mí! 

Posteriormente, en Rivas, recibí cana particular de V. más 
extraña aún. Hay un párrafo que dice que ese gobierno le ha 
protestado que la suerte de Costa Riía le inspiraba compasión é 
interés, que haría en su favor cuanto pudiese, etc. 

No necesita Co^^ta Rica de la compasión de Guatemala; se 
basta á sí misma para su conservación y su defensa, lo cual sa- 
brá probar. F.lla está más bien en el caso de compadecer á 
quien no cumple tan sagrados compromisos, á quien por afectar 
una anticuada y ridicula diplomacia compromete una causa 
sagrada y común. Actualmente se venden en los Estados Uni- 
dos acciones sobre los territorios de Centro América que Wálker 
piensa conquistar. Veremos cuales de dichas acciones se hacen 
primero efectivas. J.os terrenos de Costa Rica se podrán adju- 
dicar cuando haya muerto el último de los naturales. 

Ninguna noticia oficial he tenido de la marcha de las fuer- 
zas guatemaltecas. Asegúrase, sin embargo, que están ya en 
tierras salvadoreñas, pero creo la expedición aílgo tardía y temo 
que pretexten nuestra retirada para efectuar la suya. 

Sin embargo, es tiempo aún, I. a destrucción del filibuste- 
rismo está en los veneros que nutren esta hidra. Costa Rica 
puede cortar enteramente la navegación del río de San Juan del 
Norte,y el bloqueo de Realejo y San Juan del Sur completa- 
rían la obra. Así, ni de los estados del Atlántico de los Estados 
Unidos ni de California podrán nutrirse las filas de Wálker. 
Este pierde diariamente, en tiempos normales, de 8 á lo hom- 
bres muertos de fiebre y de excesos; ahora con el cólera, que va 
á ser horroroso, unido á sus vicios, concluirán en dos ó tres 



— 197 — 

meses todos los soldados que tiene. El lucha, además, con va- 
rias dificultades Cortado el Tránsito, como realmente lo está, 
(•) no puede luchar con la compañía, y la clase de gente que lo 
acompaña no sufrirá largo tiempo sin paga en un país miserable 
siempre y que agotado ahora no presenta objeto á sus rapaci- 
dades. Supe en Liberia que los isleños de Ometepe, según me 
lo habían prometido, quemaron los depósitos de leña del servicio 
de los vapores del Tránsito. Martínez, unido á los nicaragüen- 
ses que aun tengan el valor de luchar, no dejará de darle mucho 
que hacer; mas, lo repito, su pérdida está en el bloqueo de los 
puertos, y si Guatemala comprendiera bien la situación y su in- 
terés, se haría cargo de cerrar las entradas de Realejo y San 
Juan del Sur, lo cual será muy costoso para Costa Rica, al paso 
que ésta puede cortar fácilmente la navegación del río San 
Juan; pero después de lo que ha pasado nada espero ni creo de 
ese gobierno. 

Lo dicho debe bastar para explicar á V. la nota que nuestro 
ministro le ha dirigido llamándole inmediatamente, orden que 
confirmoen privado, y le encargo efectúe el viaje sin demora, 
por tierra ó por mar, sin dar más explicación de él. 

Quedo de V. atento, 

Juan R. Moka. 



(*) Se refiere á la suspensióji del servicio de los vapores. 



La batalla de Rivas 

DEL II DE ABRIL DE 1856 (*) 



£1 llamamiento á las armas lanzado por D. Juan Rafael 
Mora para expulsar á Wálker y demás filibusteros de Nicara- 
gua, me. sorprendió en Puntarenas dcnde prestaba servicio co- 
mo capitán de infantería, aunque á la sazón me hallaba gozando 
de licencia temporal. 

En 1851, á la edad de veintiún ¿«ños, ingresé en el servicio 
activo de las armas con el grado de subteniente y el empleo de 
secretario de la comandancia de la plaza de Guanacaste, de la 
cual mi padre, D. Rudesindo Guardia, era gobernador y co- 
mandante. Mi primo carnal, Joaquín Lizano, que después sir- 
vió altos puestos públicos y ejerció interinamente la presidencia 
de la República, era entonces secretario de la gobernación. 

Desde niño tuve afición á la carrera de las armas. Tanto 
en mi familia paterna como en la de mi madre hubo militares 
distinguidos. Mi padre fué coronel; mi abuelo, D. Víctor de 
la Guardia, llegó á obtener los entorchados de brigadier en la 
provincia de Panamá en tiempos del gobierno español; y en 
1823, habiéndose trasladado á Costa Rica, la junta de gobierno 
lo nombró coronel del batallón provincial, que fué el grado más 
alto que se confirió en aquella época. Estimulado por estos 
antecedentes, me dediqué con empeño «I estudio de la ordenan- 
za y de la táctica y ascendí á teniente y después á capitán, no 
sin dificultad, porque antiguamente no se prodigaban como 



(♦) La presente relación de la batalla de Rivas ha sido dictada por 
el general D. Víctor Guardia, á solicitud de los editores de este libro. 



— 2CKi — 



ahora los grades militares, cuando menos á los que éramos lla- 
mados V€terafws por haber hecho del servicio militar una carre- 
ra. £1 comandante general D. José Joaquín Mora había esta- 
blecido una disciplina muy severa en los cuarteles y formó un 
cuerpo de 25 ó 30 sargentos instructores muy competentes, que 
prestaron importantes servicios, especialmente durante la guerra. 

A principios de marzo de 1856 llegaron á Puntarenas las 
primeras tropas del interior y recibí orden de trasladarme con 
ellas al Guanacaste. Hicimos el viaje en bongos hasta El Be- 
bedero; de allí seguimos á Bagaces y después á Libería, donde 
se hallaba el general Cañas disciplinando algunas milicias gua- 
nacastecas. En esta ciudad se concentró todo el ejército, com- 
puesto de unos 2,500 hombres, al mando del general D. José 
Joaquín Mora, y se le dio la debida organización. Don José 
María Cañas, que h;>bía sido nombrado jefe de estado mayor y 
que desde los primeros días me mostró gran simpatía, me pro- 
puso para el mando de un batallón; pero los señores Moras no 
quisieron acceder á esto, por cuanto decían que yo no era ami- 
go suyo. Entonces Cañas me nombró su primer ayudante, 
puesto para mí muy grato, porque este jefe ha sido uno de los 
hombres más afables y bondadosos que he conocido, á la vez 
que valiente, enérgico y excelente militar. Antes de la salida 
de las tropas hubo una gran revista en Liberia y yo fui nombra- 
do para mandarla, supongo que por influencias de Cañas. 

Nuestro ejército presentaba un aspecto admirable. Estaba 
formado en su totalidad por voluntarios, todos jóvenes y robus- 
tos, porque hubo de sobra donde escoger entre los millares de 
hombres que se presentaron al llamamiento del presidente. Los 
que no fueron elegidos regresaron á sus casas profundamente 
disgustados, tal era el entusiasmo que dtspertaba en todas las 
clases sociales aquella guerra tan justa. Entre los oñciales se 
contaban casi todos los jóvenes de las principales familias del 
país; algunos se habían alistado en calidad de soldados, entre 
ellos D. Próspero Fernández, más tarde general y presidente 
de la República. 

Como ejemplo del entusiasmo que reinaba por la guerra, 
puedo citar el caso de mi hermano Faustino Guardia, que sólo 
tenía entonces dieciocho años. Se hallaba en Alajuela con mi 
madre cuando salió el ejército, y á pesar de sus repetidas solid- 
tudes para que se le incorporase en las fílas, no lo consiguió, 
entre otras cosas por la oposición de mi madre, que alegaba con 
justicia que ya tenía dos hijos en camino de la frontera, mi her— 
mano Tomás y yo. Faustino, que era de espíritu muy inquieto 
y sumamente valeroso, no pudo consolarse de la negativa que 
se le opuso y se escapó de Alajuela en una muía cerril. Llegó 



— 20I — 



á Puntarenas, ciudad de que era gobernador mi padre, y des 
pues de recibir allí la merecida reprimenda, se me apareció un 
día en Liberia con lo encapillado y sin un real. Con el producto 
de la venta de un reloj y un doble sueldo que debí á la gene- 
rosidad de Cañas, pude comprarle lo necesario y fué incorpora- 
do, con el grado de subteniente, al cuerpo de caballería que 
mandaba el sargento mayor veterano Julián Arias. 

Habiendo llegad», noticias al cuartel general de que fuerzas 
de Wálker se hallaban en territorio de Costa Rica, marchó de 
Liberia una columna de 500 hombres á las órdenes de D. JOsé 
Joaquín Mora, en dirección á la frontera de Nicaragua. El 
20 de marzo en la tarde salí con el general Cañas y un batallón 
y fuimos á dormir á Los Ahogados, á cuatro leguas de Liberia. 
Allí nos llevó en la noche un capitán nicaragüense, llamado 
Felipe Ibarra, la noticia de la victoria de Santa Rosa. Excuso 
decir la alegría que nos produjo, porque los filibusteros pasaban 
por invencibles. Al día siguiente continuamos la marcha y en 
el lugar llamado El Pelón nos juntamos con la vanguardia ven- 
cedora. Traía unos veinte prisioneros, la mayor parte euro- 
peos. Don José J. Mora, que era hombre compasivo, aseguró 
á estos infelices, en presencia mía y de otros oficiales, que no 
serían pasados por las armas. De El Pelón regresamos todos 
á Liberia. Llegados á esta ciudad, D. Juan Rafael Mora so- 
metió á los prisioneros á un consejo de guerra, que estuvo reu- 
nido dos días. Mientras duraban las discusiones, uno de ellos, 
que era italiano, me reconoció como uno de los oficiales que 
habían oído las palabras del general y me suplicó que interce- 
diera con el presidente. Yo creí de mi deber hacerlo; me pre- 
senté en el cuartel general, y llegando á presencia de D Juan 
Rafael le referí lo ocurrido en el El Pelón. Me contestó muy 
exaltado que si yo pretendía favorecer á los filibusteros; que 
éstos eran hombres considerados como fuera de la ley en todos 
los países del mundo; que era necesario escarmentarlos, etc. 
Por mi parte contesté que la palabra de un general también era 
ley en todas partes; pero el resultado fué que salí con las cajas 
destempladas. El consejo de guerra dictó semencia de muerte 
contra los prisioneros, que fué ejecutada en Liberia. En mi ca- 
Hdad de jefe de día me tocó el penoso deber de llevar las tropas 
á presenciar la ejecución. Por fin salimos para la frontera y nos 
concentramos todos en Sapoá, donde se pasaron algunos traba 
jos por Ja tscasez de víveres, que había que traer desde Liberia 
en unas pocas muías que iban y venían constantemente. La 
carne no faltaba, pero un plátano llegó á valer hasta dos reales. 

Estando en Sapoá tuvimos aviso de que desde la bahía de 
Potrero Grande habían visto pasar un vapor navegando al sur 



— 202 



con un barco de vela á remolque, y se temió que pudiera ser 
una nueva expedición de Wálker dirigida contra nuestras costas. 
Inmediatamente se dispuso que el general Cañas regresase á 
Libería con el batallón que mandaba el sargento mayor D. Juan 
Francisco Corrales. Yo roe encontraba en un lugar llamado 
Las Animas, situado como á una hora de Sapoá á caballo, y me 
incorporé al batallón cuando por allí pasó á las seis de la tarde. 
Anduvimos toda la noche sin parar, y al día siguiente entramos 
á Libería á las diez de la mañana, después de una terrible jor- 
nada de veinte leguas, que el batallón soportó valientemente, 
sin una protesta ni un murmullo, con la disciplina y sumisión de 
una tropa encanecida en el servicio de las armas. 

En Libería permanecimos poco tiempo, hasta que se supo 
que el vapor pertenecía á la compañía del Tránsito y que el 
buque que llevaba á remolque iba cargado de carbón. Regre- 
samos entonces á Sapoá, de donde había partido ya el ejército, 
y continuamos hacia Rivas. El lo de abril en la tarde acam- 
pamos á una jornada corta de esta ciudad. Estábamos prepa- 
rando el rancho cuando recibió Cañas un correo del cuartel 
general con la orden urgente de apresurar su llegada, porque se 
temía un ataque de Wálker de un momento á otro. En el acto 
se puso el batallón en marcha sin comer y á las nueve de la no- 
che entramos á Rivas. En una casa situada frente á la que 
ocupaba el presidente Mora y el estado mayor general, fuimos 
alojados los ayudantes de Cañas. Rendidos de cansancio nos 
metimos inmediatamente en la cama sin pasar bocado. 

A la mañana siguiente, después de bañarme y endosar un 
uniforme limpio, me dispuse á salir en busca de una taza de 
café que me pedía el cuerpo con urgencia. En el momento en 
que asomé á la calle vi que llegaba un hombre á todo correr á 
la casa del frente que, como he dicho ya, era la que ocupaba el 
estado mayor general. Después supe que este hombre era un 
rivense, que si mi memoria no me es inñel se llamaba Padilla. 
Comprendiendo que algo sucedía, me acerqué á las gradas de la 
casa del frente. Oí entonces que aquel hombre decía con voz 
alterada que hallándose en el solar de su casa había visto á los 
filibusteros en las Cuatro Esquinas. Uno de los oficiales pre- 
sentes, D. Luciano Peralta, le contestó con zumba que de se- 
guro sú mujer debía hallarse de parto cuando estaba tan asus- 
tado. Corrido y mohíno el hombre por esta respuesta intem- 
pestiva, dio la vuelta y bajó las gradas; pero en aquel. mismo 
instante exclamó señalando hacia el este: «No me quieren creer; 
véanlos, ahí vienen». Varios jefes y oficiales salieron á la puer- 
ta y todos pudimos divisar en dirección de la iglesia y como á 
unas cuatrocientas varas de distancia, una tropa que entraba en 



— 203 — 

columna cerrada y á paso de carga. ¡El enemigo nos había 
sorprendido! 

Hubo entonces en el cuartel general la confusión inevitable 
en estos casos. £1 general Cañas llegó pocos momentos des- 
pués á caballo á ptdir órdenes; yo le pregunté que si debia 
seguirlo y él me mandó que lo aguardase allí. Un capitán Ma- 
rín, artillero, conocido con el apodo de Burro Marín, recibió la 
orden de contener al enemigo con un cañoncito de cuatro 
libras que estaba cerca. La casa ocupada por el presidente 
Mora se hallaba en una esquina, á doscientas varas al oeste de 
la plaza. Marín, acompañado de unos pocos hombres, avanzó 
hasta llegar á corta distancia de la plaza; pero ya los filibusteros 
eran dueños de ésta, del Mesón de Guerra y del Cabildo. Casi 
todos los artilleros fueron muertos, el mismo Marín herido y el 
cañoncito cayó en poder de los yankis; pero este movimiento 
cc>ntuvo su avance y salvó al estado mayor general que pudo 
haber sido hecho prisionero si el enemigo hubiera avanzado 
hasta la siguiente esquina. 

Los yankis metieron ¿1 cañoncito por una de las puertas 
del Mesón. De allí lo empujaban hacia la calle con la puntería 
baja y desde dentro lo disparaban con un cordel; luego lo vol- 
vían á meter para cargarlo, arrastrándolo con unas cuerdas que 
amarraron de la cureña. Don José Joaquín Mora me ordenó 
entonces que con media compañía, ó sean cuarenta y cinco 
hombres, fuese á recuperar el cañón. Salí á la calle con mi 
gente, que mandé abrir en dos ñlas, recomendando á los solda- 
dos que fue.sen amparándose á las ventanas, que por ser vola- 
das ofrecían algún abrigo, y que no quitasen los ojof del cañón, 
porque como lo disparaban en la forma que he dicho, la metra- 
lla iba unas veces á la izquierda, otras á la derecha; pero lo que 
más daño nos hacía era el fuego de los rifles desde el Mesón y 
el Cabildo. Necesariamente tuve que pasar repetidas veces de 
un lado de la calle al otro durante el trayecto, para esquivar la 
metralla ó animar á Iqs soldados que se agolpaban en las ven- 
tanas. De los aleros nos caían sin cesar pedazos de tejas rotas, 
porque íbamos materialmente bajo una lluvia de balas y de me- 
tralla. Así anduvimos cien varas. En la esquina noroeste del 
Mesón y á unas cincuenta varas próximamente del sitio donde 
se hallaba la pequeña pieza de artillería, nos salió de pronto al 
encuentro un grupo de filibusteros. Mandé entonces unir las 
filas y cargué contra ellos, obligándolos á refugiarse en el Me- 
són. Tan sólo uno hizo frente y fué acribillado á bayonetazos. 
Yo le quité el rifle, que conservé durante algunos años como 
recuerdo de aquel día sangriento. 

El destacamento que acabábamos de poner en fuga había 



— 2<.4 — 

sa'ido (!d Mesón á posesionarse de un fortín, resto de una anti- 
gua lír.ea de defensas y situado en la esquina nordeste de la 
manzana en que estaba la casa ocupada por el cuartel general 
Considerando íiue con los pocos hombres que me quedaban era 
locura intentar apoderarme del cañón, y por otra parte el inmen- 
so peligro que habría en permitir que una posición de tal im- 
portan< ia cayera en poder del enemigo, hice entrar al fortín los 
trece hombres que me quedaban. ;Treintaidós habían caído en el 
camino! Este fortín estaba levantado sobre las paredes de una 
casa á medio construir, calle de por medio con el Mesón, y cu- 
yas puertas y ventanas, menos una, estaban obstruidas con 
adobes. En el acto mandé aviso al cuartel general, por dentro 
de los solares, de haber ocupado el fortín y pedí órdenes al mis- 
mo tiempo. Se me contestó que lo conservase á todo trance y 
me mandaron un refuerzo de lo ó 12 hombres al mando del 
oficial D. Rafael Bolandi, que fué herido al entrar al fortín des- 
de el techo del Mesón, donde se habían situado muchos tirado- 
res yankis. Procedí entonces á cerrar con adobes la única 
ventana que no lo estaba. En esta faena me mataron varios 
hombres. 

Desde la parte alta del fortín abrimos el fuego sobre el 
enemigo, que se refugió en el Cabildo y el Mesón. Uno de los 
soldados me facilitó una carabina Minié, arma de las más per- 
fectas de aquella época, que tiraba una bala cónica de onza y 
media, la cual producía un ruido muy semejante al maullido de 
un gato (•). Con esta carabina hice varios disparos sin resul- 
tado á un jefe yanki que llevaba lujoso uniforme y sombrero 
con penacho. Este jefe se asomaba de vez en cuando al corre- 
dor del Cabildo, blandiendo la espada y animando á su gente, 
pero se metía de prisa dentro del edificio al oír el desagradable 
sonido de las balas de mi carabina. Con un filibustero grande, 
gordo y de camisa roja tuve mejor acierto. Frente á la entrada 
del Cabildo que miraba al sur, había un descanso de mamposte- 
ría, con gradas á oriente y poniente. El filibustero se había 
echado de barriga sobre las que bajaban hacia/ el este y desde 
allí nos disparaba, apoyando su rifle sobre el descanso y ocul- 
tándose después de cada tiro. Habiendo observado su manio- 
bra, puse cuidadosamente la puntería al descanso y aguardé. 
A poco surgió la mancha roja de la camisa á ciento cincuenta 



(*) «Bréwester también había logrado despejar el lado de la plaza 
por donde había entrado, y con la compañía del capitán Anderson al 
frente llevaba adelante su columna hacia las casas ocupadas por los cos- 
tarricensesí. Sin embargo, unos cuantos enemigos armados con fusiles 
de precisión habían tomado posesión de la torre al frente de los rifleros, 
V tanto los molestaron que finalmente tuvieron que ponerse á cubierto. 
\VÁLKKR, Historia de la guerra de Nicaragua. -^^. del E. 



— 20*; -- 



varas y largué el tiro. No volvió á asomar el yanki; pero al 
día siguiente, cuando ya no me acordaba del asunto, pasé por 
frente del Cabildo y de pronto me estremecí al ver tendido en 
las gradas á un hombrazo de camisa colorada, y de prisa me 
desvié de aquel sitio. 

Insistiendo el estado mayor en recuperar el cañón, mandó 
con una guerrilla al valiente capitán veterano Vicente Valverde, 
que avanzó con mucho denuedo hasta el fortín. En este mo- 
mento observé que se preparaban á hacer una descarga cerrada 
del Cabildo y grité á los de la guerrilla que se echaran al suelo, 
cosa que hicieron los oficiales Macedonio Esquivel y un Ma- 
yorga, de Cartago, así como algunos soldados; pero Val verde 
era sordo y sin duda no me oyó. Se quedó suspenso y miran- 
do á un lado y otro, como buscando la explicación de alguna 
cosa. Sonó la descarga y Valvenie cayó muerto sobre un mon- 
tón de cadáveres. En otro ataque que se hizo con igur.l objeto, 
fueron heridos en el mismo sitio los capitanes D. Joaquín Fer- 
nández y D. Miguel Granados, pero yo no los vi caer. Fernán- 
dez tuvo la presencia de ánimo de fingirse muerto, porque los 
filibusteros tiraban sobre los heridos. Graiiados estuvo agitán- 
dose y lo ultimaron desde el Mesón. 

El sargento mayor D. Juan Francisco Corrales estaba 
acuartelado con su batallón, compuesto casi todo de gente de 
Alajuela, en una casa situada diagonalmente con la esquina 
sudoeste del Mesón. La entrada de los filibusteros lo sorpren- 
dió á medio vestir, y tomando su espada se echó á la calle con 
un pantalón blanco y en mangas de camisa. Estuvo peleando 
allí largo rato á pecho descubierto con admirable arrojo y per- 
dió mucha gente en su empeño de desalojar al enemigo del 
Mesón. Más tarde atravesó la calle y vino al fortín por dentro 
de los solares á preguntarme si le podía dar algunos hombres. 
Le contesté que era imposible porque tenía muy pocos, pero le 
indiqué una puerta entre dos solares, por donde podría llegar al 
cuartel general. Al cabo de una hora próximamente lo vi vol- 
ver con unos veinte soldados por mitad del solar. Le grité de 
lo alto del fortín que se guareciera del fuego que hacían desde 
el tejado del Mesón, pero en ese mismo instante cayó. Un 
sargento salvadoreño llamado Cipriano, que lo acompañaba, se 
precipitó á auxiliarlo, preguntándole dónde estaba herido. «Me 
han matado — le contestó Corrales; — pero no importa, porque 
muero con honra». La muerte de este jefe fué muy sentida. 
Era un caballero muy valeroso, simpático y de muy buena pre- 
sencia. Después se dijo, no sé por qué, que lo había matado 
un alemán que lo conocía muy bien y había sido jardinero de 
los Moras antes de ingresar en las filas de Wálker. 



En un momento del combate que no puedo precisar, vi 
venir por la parte norte de la ciudad á mí querido amigo el 
-capitán Carlos Alvarado montado en una muía. Cuando iba á 
llegar á la esquina le grité que tuviese cuidado con los enenai- 
gos del Mesón. Carlos no se detuvo, sin embargo, y dobló la 
esquina hacia el oeste, en dirección del cuartel general. Luego 
me dijeron que lo habfan herido al llegar a11i; pero su hermano 
D. Rafael Alvarado, que vino después al fortín, me dio la triste 
noticia de su muerte. 

Más tarde presencié el acto heroico de Juan Santamaría, 
Lo vi desprenderse del cuartel de Corrales con una tea, atrave- 
sar la calle y aplicarla al alero de la esquina sudoeste del Me- 
són. Regresó sano y salvo. A pnco lo vi salir de nuevo y 
hacer lo mismo; pero esta vez, al retirarse, cayó hacia media ca- 
lle. Yo conocía á Juan Santamaría como á mis manos. Sien- 
do niho viví largo tiempo en Alajuela. Santamaría era tambor 
en el cuartel y ya desde entonces se le daba el mote de £/ Eri- 
zo. Cien veces me bañé con él y otros granujas en los ríos que 
corren en las cercanías de aquella ciudad. Su acción heroica la 
presenciamos muchos y no sé cómo ha poiido decir el doctor 
Montófar en su libro iVdiker en Centro América, que «puede 
asegurarse que en los días posteriores á la acción de Rivas no 
se hablaba de él, aunque se repetían los actos de heroísmo de 
otros combatientes». Fué todo lo contrario. Tanto en los días 
inmediatos á la batalb, como en la retirada del ejército, el nom- 
bre del héroe alajuelense estaba en todas las bocas. Esto yo lo 
añrmo y lo certifico, y me hago la ilusión de creer que alguna 
fe merece la palabra de un viejo militar de setenta y ocho años, 
que ama la verdad por cima de todas las cosas. En tiempos de 
la administración de D. J. J. Rodríguez, cuando se erigió la es- 
tatua de Santamaría, se hizo una información de testigos pre- 
senciales del hecho. En ella no figura m¡ declaración porque la 
persona encargada de seguirla creyó indignú de su grandeza ve- 
nir á mi casa á recibirla. El no aparecer el nombre de El Erizo 
en los partes oficiales no prueba nada. Basta leer esos documen. 
tos, concisos y vagos, para convencerse de que en ellos faltan mu- 
chas cosas. Por otra parte, hubo tal derroche de heroísmo el 
I r de abril de 1856 en Rivas, que se habrían necesitado muchas 
páginas para consignar todas las acciones dignas de pasar á la 
posteridad. 

Dentro de la casa me matarun seis ó siete hombres por los 
pequeños espacios que mediaban entre los adobes y que nos 
servían de aspilleras. Combatíamos contra los del Mesón con 
calle de por medio, es decir, á !a distancia de unas ocho varas, 
y era tan buena la puntería de los yankis, que se necesitaba ver- 



— 207 — 

da'leramtrnte un valor temerarío para acercarse á las ventanas. 
Recuerdo á un pobre soldado santacruceño, que por nada en el 
mundo quería arrimarse á la aspillera. Dediquélo entonces á 
traer agua de un pozo que había en el solar de la casa, porque 
nos moríamos de sed. Iba allí el hombre á cada rato con una 
f>equeña caja de lata suspendida de un cordel, bajo una lluvia 
de balas que le tiraban del tejado del Mesón, y nos la traía lle- 
na de agua. No me explico cómo no lo mataron veinte veces 
en esta tarea peligrosísima. Pero bien dicen que no hay cora- 
zón traidor á su dueño. £1 infeliz se resolvió al fin á disparar 
su fusil por una aspillera y allí quedó muerto. También me 
mataron al teniente Juan Ureña, que situé con un piquete en 
una cocina separada de la casa, para hostilizar á los del tejado 
del Mesón. Se vino por el solar hacia el fortín y cayó en el 
trayecto. 

Llegada la noche oímos á un herido que se quejaba en la 
calle. Un joven cabo me dijo de pronto: «Capitán, conozco 
esa voz. Es la de D. Joaquín Fernández. Yo me crié en su 
casa». Guiado por las quejas reconocí que el herido se hallaba 
frente á una de las ventanas y dispuse que se quitaran los ado- 
bes que la cerraban para socorrerlo; pero no hubo nadie que 
quisiese obedecer la orden. Entonces yo mismo los fui quitan- 
do con muchas precauciones. Después, ayudado por mi gran 
estatura, saqué rápidamente una pierna á la calle, agarré al 
herido y me dejé caer bruscamente con él dentro de la casa, lo 
que le arrancó un grito de dolor, á la vez que nos hicieron al- 
gunos disparos. Era en efecto mi amigo Joa(juín Fernández. 
«Gracias á Dios — me dijo — que ya estoy entre los míos». En 
seguida pidió agua y después de bebería me contó que durante 
todo el día había e tado oyendo mis órdenes, pero que estaba 
tan ronco que no reconoció mi voz. Me refirió también que 
de tal manera lo había atormentado la sed, que tuvo que cal- 
marla bebiendo sus propios orines. Lo hice trasladar al cuartel 
general para que lo curasen. 

En la madrugada hubo un fuego violento, motivado por la 
retirada de los filibusteros á la iglesia. El silencio que reinó 
después me hizo sospechar que habían abandonado el Mesón, y 
á eso de las cinco de la mañana mandé pedir permiso al cuartel 
general para registrar el edificio. Me contestaron que no debía 
moverme de mi posición por ningún motivo. Poco después su- 
pimos la fuga de Wálker y sus filibusteros. Pasada la excita- 
ción de la batalla, el estómago, reclamando sus derechos, me 
hizo recordar que desde la antevíspera en la mañana no le ha- 
bía echado nada; pero no se encontraba ni una taza de café. A 
eso de las once del día tuve una impresión gratísima. Se me 



— 2o8 — 

presentó de pronto un individuo llamado Luz Calderón con una 
muía cargada de quesos, rosquillas y tamales dulces que me 
enviaban desde la hacienda de Catalina, perteneciente á mí tío 
D. Rafael Barrceta. Excuso decir la entusiasta bienvenida que 
le di. 

£1 espectáculo que presentaban las calles de Rivas el 12 
de abril de 1856 era aterrador. Por todas partes había monto- 
nes de cadáveres. Los heridos eran cosa de trescientos, y los 
muertos más todavía. La calle entre la esquina del fortín y la 
casa del estado mayor general, parecía un desmonte. Allí ca- 
yeron los capitanes Vicente Val verde, Carlos Al varado y Mi- 
guel Granados, el teniente Ramón Portugués y si mal no re- 
cuerdo Florencio Quirós En el solar de la casa que yo ocu- 
paba yacían el sargento mayor Juan Francisco Corrales y el 
teniente Juan Ureña. En verdad, la alegría del triunfo no com- 
pensaba la pérdida de tantos valientes y abnegados hijos de 
Costa Rica. 

Para honra de nuestras armas debo decir que no hubo un 
solo desertor ni un solo prisionero. El único hombre que des- 
apareció fué un músico de la banda militar de la plaza de He- 
redia, conocido con el apodo «le Ei Cuáquero, Este individuo 
era un original que tenía la chiñadura de gastarse todo su dinero 
en ropas; parece que tenía hasta un frac. Cuando llegó el 
ejército á Rivas alquiló un cuarto en el Mesón de Guerra, alo- 
jándose en él con su lujoso equipaje Estaba todavía en la 
cama cuando entraron los filibusteros, y como no se le volvió á 
ver nunca y su cadáver no fué hallado, se supone que se quemó 
en el incendio del Mesón. 

En los momentos de la sorpre.sa la mayor parte de los sol- 
dados estaban dispersos por la ciudad desayunándose, pero in- 
mediatamente acudieron todos á sus diferentes cuarteles. Cal- 
culo que en la batalla tomaron parte unos 1,500 hombres cuan- 
do más; porque en San Juan del Sur estaba un batallón y otro 
en La Virgen, que llegó en la tarde con D. Juan Alfaro Ruiz. 
El del coronel Ocaña no entró en combate, porque fué puesto 
de reserva para proteger la retirada en caso de nece.sidad. En- 
tre las recompensas otorgadas por la orden ¿eneral del día 12 
de abril, tuve la satisfacción de leer mi ascenso al grado de 
sargento mayor. 

Esta relación no es la de la batalla de Rivas del 1 1 de 
abril de 1856, sino tan sólo la de los incidentes que yo pude ver 
de ese combate memorable, uno de los más sangrientos y en 
carnizados que se han librado en el suelo de la América Cen- 
tral. En él se prodigó el heroísmo, pero también hubo gran 
lujo de inexperiencia, cosa muy natural tratándose de un ejérci- 



— 209 — 

to bisoño. Las tentarivas para recuperar el cmón perdido ^ór 
Marín fueron una insensatez, apenas comparable á las cargas de 
caballería contra casas aspilleradas. Esto último yo no o pre- 
sencié, pero rne fué referido por mi hermano Faustino, que 
tomó parte en ellas. Al principio se pensó t n perseguir á Wál- 
ker, y fué mucha lástima que así no se hiciera, porque el famoso 
filibustero iba deshecho y escarmentado, y creo que si le hu- 
biésemos dado alcance en Nandaime, donde se detuvo para es- 
perar á los rezagados, habría terminado la guerra. En la 
mañana del 12 se formó una columna de 800 homares al mando 
de Cañas para perseguirlo. Esta columna estaba dividida en 
cuatro secciones de 200 soldados, que debíam «s mandar D. San- 
tiago Millet, D. Indaleci) Sáenz, otro jefe cuyo nombre no re- 
cuerdo y yo; pero luego se aban lonó el proyecto. 

A eso del mediodía del 12 recibí orden «leí general Cañas 
para ir á capturar á un filibustero portugués muy peligroso, que 
según se decía estaba escondido en la hacienda de San José, 
situad'i como á legua y media de Rivas. Partí con dos oficiales, 
uno de ellos era Román Rivas, nicaragüense. Llegados á la 
hacienda no encontramos más que á una vitja, que se negó á 
hablar hasta que la atemoricé con amenazas. Entonces me 
confesó temblando que el portugués estaba oculto en un ran- 
chito y que tenía un revólver y un riñe. De lejos nos mostró el 
rancho y echó á correr. Nos acercamos, y entrando de sope- 
tón puse mi revólver en el pecho del filibustero que estaba 
echado en una hamaca y herido en un brazo. Mis ayudantes 
se apoderaron de sus armas y de una valija donde estaban los 
papeles que quería coger el estado mayor. Después monté al 
portugués, que era hombre fornido y mal encarado, en una ye- 
gua de la hacienda, que ensillamos con una albarda, y me lo 
llevé á Rivas. 

Al echar pie á tierra en mi alojamiento recibí orden de 
Cañas para presentarme inmediatamente á su despacho. Lo 
encontré rodeado de jefes y oficiales, escribiendo en una mesa 
y, contra su costumbre, de muy mal humor. Me mandó tomar 
asiento y cuando acabó de escribir me tendió un pliego cerrado 
junto con una orden dirigida al coronel Ocaña para que me 
diera cincuenta hombres; y después de mandar á dos dragones 
y á un corneta que me siguiesen, me dijo: «Tome V. el camino 
de La Virgen. Cuando llegue á Las Lajas abra este pliego y 
haga lo que en él se le ordena>. A lo que respondí: «Sus órde- 
nes serán cumplidas, mi general». Saludé y di media vuelta. 
Al salir oí que Cañas pronunció algunas frases de encomio para 

14 



— 2IO — 



mí. Después supe que varios oñcialcs se habían negado á des- 
empeñar aquella misma comisión con 400 hombres. 

Cuanrlo llegué á Las Lajas abrí el pliego. En él se me 
ordenaba que siguiera hasta La Virgen con muchas precaucio- 
nes, porque había noticias de que en ese puerto se hallaba 
Wálker; que en caso de que así fuera me replejsara á Rivas sin 
empeñar combate. Continué mi camino y al llegar cerca de 
La Virgen despaché á uno de los dragones á la descubierta, el 
cual regresó diciendo que no había ningún enemigo en el puerto 
y que allí me aguardaban para festejarme, inclusive el agente de 
la compañía del Tránsito, que me hospedó en su casa. Al día 
siguiente Cañas me mandó el resto del batallón, unos 350 hom- 
bres, con orden que me llevó Faustino Guardia para que me 
quedase en La Virgen, por si Wálker intentaba desembar- 
car allí. 

La terrible epidemia de cólera que estalló en Rivas á ñnes 
de abril vino á destruir el fruto de nuestra victoria, obligándo- 
nos á emprender la retirada. En ausencia de jos genérale^ 
Moras, D. José María Cañas tomó el mando del ejército y nun- 
ca como entonces mostró este ilustre jefe su grandeza de alma 
y la bondad de su corazón. Todos lo adorábamos y con justi 
cía, porque fué un verdadero padre de los soldados en aquellos 
días aciagos. Tarea muy larga y muy triste sería la de referir 
los horrores de la epidemia y los sufrimientos del ejército. Muy 
pocos se libraron de la peste. A mí me atacó en El Ostional. 
Durmiendo estaba en una hamaca cuando sentí los primeros 
síntomas; por suerte, á mi lado reposaba el doctor D. Fermín 
Meza, único médico que nos había quedado. Lo de perté y 
acudía su ciencia. «Si el ataque es agudo — me dijo el buen 
D. Fermín — sólo Dios te puede salvar; si es benigno tómate 
ésto, que te lo convertirá en disentería». Me hizo beber enton- 
ces la mitad del contenido de un frasquito, advirtiéndome que 
la dosis restante la guardaba para él. El resultado fué tal como 
me lo pronosticó, y en Liberia un médico francés, filibustero, 
llamado Lavallée, me curó la disentería y salvó á mi hermano 
Faustino del cólera. 

Hallándonos en Sapoá de regreso, llegó una noche el barón 
prusiano von Bulow, hombrazo corpulento que tenía un apetito 
formidable, pidiendo qué comer. El general Cañas le dijo que 
sólo podía ofrecerle un jamón, una caja de galleta y otra de 
ginebra. «¡Nada mejor!» exclamó alegremente el prusiano, y 
sacando una navaja hizo el jamón en rebanadas; dio una peque- 
ña parte á sus dos ayudantes, alemanes como él, y devoró el 
resto con gran .satisfacción y no menor acompañamiento de gi- 
nebra. Cañas le preguntó si no tenía miedo al cólera, á lo que 



— 211 — 

replicó el barón con la boca llena: cLa coler.i se cura con nna 
purganta fuerte, fuerte, fuerte». A la man ma siguiente nos 
avisaron que estaba malísimo. No quisimos dejarlo abandona- 
do y nos lo llevamos en una hamaca á Libería. Después supe 
que había podido levantarse de la cama y que anduvo vagando 
por la población completamente desierta, envuelto m una bata, 
sin haber podido hallar quien lo auxiliase, porque todos los ha- 
bitantes habían huido por temor al contagio, y fué voz pública 
que murió de necesidad. ¡Pobre barón Bulow, que puso su es- 
pada y su ciencia de ingeniero militar al servicio de nuestra 
causa! 

Cuando llegamos á Liberia se dictó una orden general el 5 
de mayo disolviendo el ejército. Cada oficial recibió una cuar- 
ta, cada soldado un escudo, y se nos dijo á todos que nos fué- 
semos á nuestras casas como pudiéramos. 

¡Así fué licenciado aquel valiente ejército, el mejor de 
cuantos ha puesto Costa Rica sobre las armas! 



Víctor Guardia. 



Mis recuerdos de la batalla de Rivas 



(♦). 



Por casualidad me tocó asistir al terrible y muy sa«gríento 
combate del 1 1 de abril de 1856 en Rivas. Al fraccionarse el 
ejército en Santa Clara fui destinado á San Juan del Sur con un 
batallón que mandaba el coronel D. Salvador Mora, y ocupa- 
mos aquel puerto sin ninguna diñcultad, porque la guarnición 
enemiga que en él estaba se retiró al tener noticia de nuestra 
próxima llegada. 

Sabe ior de que el coronel Mora se proponía hacer una 
visita á Rivas, le rogué que me llevara consigo, porque deseaba 
conocer la ciudad y ver á los parientes que allí tenía en el ejér- 
cito. El jefe consintió y al siguiente día, 1 1 de abril, salimos 
á caballo de San Juan del Sur á las cinco de la mañana, con 
los ayudantes del coronel. Cuando llegamos á las cercanías 
de Rivas oímos los primeros tiros y unas mujeres que encontra- 
mos en el camino nos informaron del ataque de los filibusteros. 
£1 coronel mandó á uno de sus ayudantes que se adelantase pa- 
ra pedir instrucciones, y el oficial regresó poco después al sitio 
donde lo aguardábamos trayéndole la orden de que siguiese á 
Rivas y me llevara en su compañía, porque se necesitaban mis 
servicios. 

A la entrada de la ciudad encontramos al general Cañas 
con unos ayudantes y algunas tropas. Al verme exclamó: 
€¡AdeIante, Sáenz; hay muchos heridos!» £1 coronel se quedó 
hablando con Cañas y yo me metí por las calles de la población 
sin oaber á donde dirigirme. Al pasar por frente de una casa 
oí que me llamaban á voces y me detuve. Era el presbítero D. 

(*) Eftta relación ha sido escrita por el coronel D. Andrés Sáenz, 
decano de la Facultad Médica y de les cirujanos militares de la Repúbli- 
ca, á solicitud de los editores del presente libro. 



— 214 — 

Francisco Calvo; estaba en una puerta con estola y la caja de los 
santos olios en la mano. cjNosiga porque lo matan!» me gritó. Noté 
que se hallaba sumamente emocionado y me dijo que dentro de 
aquéllas casas había muchos heridos. Eché entonces pie á tie- 
rra dejando abandonado mi caballo que nunca; volví á ver, y 
habiendo entrado á la casa atravesé toda la manzana de norte á 
sur por dentro de los solares, hasta llegar á un edificio situado 
calle de por medio con el Mesón de Guerra y al norte de éste. 
En una sala muy espaciosa, cuyas ventanas estaban atrinchera- 
das, hallé una fuerza de los nuestros que combatía contra los 
filibusteros del Mesón. El fuego era terrible, las balas entraban 
por muchas partes y tuve que hacer la primera cura á los herí 
dos echado de barriga para que no me matasen. Estuve des- 
pués en otras casas de la misma manzana, en las cuales había 
también numerosos heridos. En la tarde pudimos trasladarlos 
á un edificio que llamaban la Casa de Malíaño, donde se im- 
provisó un hospital. Para hacer frente á la eiiorme tarea de 
asistir á tantos heridos como habfa, sólo estábamos tres médi- 
cos: el cirujano mayor D. Carlos Hóífmann, cí doctor nicara- 
güense Bastos y yo. Teníamos además un ayudante, Carlos 
Moya, que había hecho algunos estudios de medicina. El doc- 
tor Alvarado estaba en Liberia asistiendo á los heridos de Santa 
Rosa, y D. Fermín Meza se hallaba ausente con licencia, pero 
regresó á Rivas pocos días después de la batalla. 

Hubo trescientos heridos ó más y muy cerca de quinientos 
muertos (•). Si un hospital de guerra es siempre una cosa te- 
rrible, en aquella época, en que aun no se conocían entre nos- 
otros los anestésicos, era un espectáculo de que no se puede 
tener idea cabal sin haberlo visto. [Cuánta miseria y cuánto 
sufrimiento! Para colmo de males, la epidemia de cólera vino 
pronto á triplicar nuestra tarea ya tan pesada. 

La misión del médico en el campo de batalla no le permite 
ver mucho de lo que en ella sucede. Así es que de la de Rivas 
poco es lo que puedo contar, como no sean sus resultados san- 
grientos; pero como esto no ha de agradar á los lectores, me 
limitaré á decir que hubo soldado que recibió hasta siete bala 
zos. 

En cuanto á la acción heroica de Juan Santamaría, que 
según parece se ha querido poner en duHa, la tengo p)or absolu- 
tamente cierta, aunque no la presencié ni podía presenciarla 
desde el punto en que me hallaba; pero el hecho fué público y 



(*) Este dato concuerda con el número de 1,700 hombres válidos, que 
según el presidente Mora teníamos en Nicaragua el 19 de abril de 1856. 
£1 ejército, que sumaba 2,500, tuvo 800 bajas en Rivas. 



— 215 — 

notorio y desde el día siguiente al del 1 1 de abril , oí hablar del 
soldado de Alajuela que había incendiado el Mesón. Por las 
señas que me dieron de Juan Santamaría, creo haberlo conocido 
en la travesía de Puntarenas al Bebedero, que hice con tropas 
de Alajuela mandadas por D. Juan Alfaro Ruiz. Tengo idea 
de que era un muiatito muy jovial, á quien embromaban mucho 
sus compañeros, y al cual curé en Bagaces de una ligera enfer- 
medad. 

Andrés Sáenz. 



La batalla de Santa Rosa 



(*) 



Poco después el coronel Schiéssinger recibió la orden de 
marchar al departamento del Guanacaste. El nombramiento 
de Schiéssinger como jefe de la fuerza invasora, era á todas lu- 
ces desacertado y es probable que el general Wálker no lo ha- 
bría hecho, á no ser por el deseo que tenía de desquitarse de la 
expulsión ignominiosa que aquél sufrió en Costa Rica. En pri- 
noer lugar Schiéssinger era alemán, ó para hablar en el lenguaje 
zumbón de los muchachos, un Dutchman\ en segundo término 
era judío, y por último de índole caprichosa, violenta y despó- 
tica, que inspiraba más tean)r que afecto. A la vez que los 
oficiales envidiaban su rápido ascenso y la brillante oportunidad 
que se le ofrecía para distinguirse, los soldados lo odiaban mu- 
cho y ni la misma severidad de la disciplina militar lograba im- 
pedir del todo que sus expresiones de desprecio y aversión lle- 
gasen á oídos del jefe« Más de uno de los que vieron la expe- 
dición después de su salida de la bahía de La Virgen, observó 
que el mayor peligro á que Schiéssinger estaba expuesto le ven- 
dría de un tiro disparado á retaguardia 

Además de estos inconvenientes derivados de sus condicio- 
nes personales y del cargo que desempeñaba, la fuerza de 
Schiéssinger era una agrupación de hombres bisónos é indisci- 
plinados, compuesta de los elementos más heterogéneos y con- 
trarios y casi toda mal armada. Habí» una compañía de fran- 
ceses, otra de alemanes, una de Nutva York y otra de Nueva 
Orleáns. Como se ve, para compensar la ausencia de disciplina 
no existían los lazos de compañerismo, ni era lícito esperar que 



(*) WiLLiAM V. Wells, Walkei's Expedition to Nicaragua, pég. 
153 y siguientes. 



— 2I8 — 

la emulación viniese á suplir la falta de solidarídarl entre hom- 
bres que no tenían laureles que defender ni un jefe á quien agra- 
dar. Por desgracia, en una empresa de este género tainpoco 
se podía contar con el sentimiento de patriotismo, que á veces 
suple á todos los defectos é inconvenientes. 

Con ista fuerza, formada por 207 hombres, el coronel 
Schléssingcr salió de la bahía de La Virgen el 13 de marzo para 
el Guanacaste. Después del primer día de marv ha por el ca- 
mino del Tránsito, llegó á San Juan del Sur. En este lugar to- 
mó dos guías que se fugaron inmediatamente después de haber 
cruzado la frontera de Costa Rica. Desde San J uan continuó 
marchando á razón de unas catorce millas diari. s, por un país 
agreste, intrincado y montañoso. Los soldados iban por los 
angostos senderos de uno en fondo y padecieron mucho en va- 
rios lugares por la naturaleza pedregosa del terreno; sin embargo 
lo que más los atormentó fué el calor, porque Schléssinger te- 
nía el extraño sistema de hacer alto durante las frescas noches 
de luna, y de marchar bajo el sol de los trópicos «iesde las diez 
de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Esto motivó mu- 
chas protestas, que no tuvieron más efecto que hacer apresurar 
la marcha hasta el agotamiento casi total de los soldados, cosa 
que poco afectaba á Schléssinger que iba á caballo. Por supues 
to, el descontento era cada vez mayor y el cuaito día se hizo 
más patente, cuando el coronel sometió al capitán Thorp de la 
compañía de Nueva Orleáns (compañía A) á un consejo de gue- 
rra y despojó de su lugar á esta compañía para dárselo á la 
francesa. Él delito del capitán Thorp consistía en haber de- 
nunciado el proceder de Schléssinger, el cual mandó que se 
abandonase una parte del bagaje dé la compañía para darla 
muía que lo llevaba á un enfermo. El consejo de guerra absol- 
vió á Thorp, pero sus soldados se resintieron profundamente, así 
como tod(>s los demás americanos, por haber sido degradada la 
compañía de Nueva Orleáns de su puesto de honor en beneficio 
de los franceses y tan sólo por una pretendida falta de su capi- 
tán. 

Con todo, no fué sino hasta el día siguiente cuando los ob- 
servadores sagaces de la expedición comenzaron á dudar del va- 
lor del coronel. A las diez de la mañana se descubrieron dos 
ranchos situados ala entrada de un bosque, y aunque la tropa 
tenía necesidad urgente de agua, no se atrevió á avanzar hasta 
llegada la noche. Hizo entonces formar tres compañías á la 
orilla del mar, y habiendo mandado á la última que pusiera una 
rodilla en tierra sacó su pistola; pero antes de que diese la voz 
de cargar se averiguó que no había nadie en los ranchos. Pasó 
toda aquella noche en la playa y á la mañana siguiente entraron 



— 319 — 

las tropas á Salinas, lugar donde había carne y agua en abun- 
dancia, y Schiéssinger aprovechó la oportunidad para darles un 
día de descanso. Al siguiente marchó tcirlprano de nuevo y 
hacia el anochecer del martes 19 llegó á la hermosa hacienda 
de Santa Rosa, á unas doce millas «ie Liberiá. 

Razones puHo haber tenido Schiéssinger' para felicitarse de 
la exceletité posición que le deparara la suerte. En la hacien-. 
da habfa úha antigua y espaciosa casa española, sólidamente 
construida y situada en una altura á diez pies sobre el nivel del 
camino; por tres de sus costados tenía un fuerte muro de pie 
dra que limitaba un terraplén sobre e! cual estaba asentada la 
casa. Kále muro de piedra hacía frente á todas las avenidas de' 
la casa del lado del Pacífico, que era por donde pasaba el ca- 
mino, á la vez que á retaguardia no hacía falta porque el terra- 
plén llegaba hasta la selva espesa, que de allí iba ascendiendo 
en una distancia de tres ó cuatrocientas yardas, alzándose lue> 
go bruscamente á una gran altura, lo que hacía que la casa no 
pudiera ser atacada de ninguna manera por la retaguardia. A 
la derecha estaba una cocina que podía servir de puesto a van; 
zado; al -ftente, en la parte opuesta al camino, se extendía un 
gran coifál cercado de piedra, con un muro divisorio en el me- 
dio. Todas estas construcciones eran bastante fuertes para re- 
sistir dufante algún tiempo los ataques de la pequeña artillería 
del país. £sta era la posición admirable en que se encontraba 
el coronel Schléssinger, y la fortuna, como si quisiera darle el 
golpe dé gracia, la había provisto en abundancia de maíz y de 
zacate para los animales. Allí durmieron en paz los rendidos 
invasores, entregándose á sus ensueños de conquista, que de- 
bían fracasar al siguiente día de manera tan fatal (*). 

En la mañana del 20 ocurrieron doó pequeños incidentes 
que sirvieron para afirmar el odio de la tropa contra su jefe y'ál 
propio tiempo para poner de relieve el caprichoso despotismo 
de la índt>le de Schléssinger. Un alemán fué encontrado dor- 
mido mientras se hallaba de avanzada, y aunque el castigo que 
señalan las leyes militares para este delito es la muerte, el coro- 
nel se conformó con darle una reprimend;^; en cambio, un poco 
más tarde mandó someter á un consejo de guerra á un jovenci- 
to de la compañía de Nueva York y lo am'enazó con fusilarlo, 
por cuanto éste había cogido una tortilla 'de maíz estando de 
centinela. Dijo al pobre muchacho: «Us'ttd será fuFÍIad<<; voy 
á hacer un ejemplo con V. >; y seguramente habría llévalo á 
á efecto su amenaza, si varios americanos, desesperados ante la 



(») Tan fáf il creían los filibusteros la conquista á*r. Costa Rica, que 
en sus equipajes traían hasta guantes blancos para bailar en San José. 



— 220 — 



perspectiva de semejante ultraje, no hubiesen manifestado la re- 
solución de oponerse á él, obligándolo asi á dar C( ntra orden. 

A las diez de la mañana un grupo de naturales del país, 
compuesto de cinco hombres y cuatro mujeres, fué hech(/ prisio- 
nero; pero como no se pudo obtener de ellos ninguna noticia, se 
dejaron detenidos para que no pudieran llevar informes al ene- 
migo. P« >r la mañana el capitán Creighton de la compañía de 
Nueva York habfa hablado con el coronel para que ordenase 
una inspección de armas. Igual insinuación se le había hecho 
el día anterior, y esto era tanto más necesario cuanto que se 
iban acercando al enemigo,por más que dadas las circunstancias 
peculiares del caso no era de vital importancia. Muchas de las 
armas eran de la peor calidad; varías habían sido cargadas en 
Granada, otras en La Virgen y salvo las que se dispararon en el 
camino para matar algún buey, todas tenían por \o menos una 
semana de haber sido cargadas. Las de la compañía alemana 
apenas si merecían haberlas traído y estaban además inutiliza- 
das, porque las usaron para saltar riachuelos metiendo el cañón 
en el agua y mojando luego la carga y la llave al levantarlas. 
A muchas les faltaba la baqueta, y algunos de los extranjeros 
ignoraban á tal punto el manejo de las armas, que no sabían 
cual de las extremidades del cartucho era preciso romper con 
los dient( s para cargar. Tomadas en consideración todas estas 
circunstancias, el coronel Schléssinger creyó que podía ser con- 
veniente una inspección de armas y dio la orden de que se hi- 
ciera á las dos <ie la tarde, pero llegada esta hora la pospuso 
para las tres. 

A las dos y cuarto una de las mujeres apresadas en la ma- 
ñana se quejó de estar enferma, y el coronel, por un caprícho de 
liberalidad, mandó soltar á todos los prisioneros, lo que fué una 
locura fatal, porque aun no habían trauscurrido tres cuartos de 
hora, cuando llegó un centinela avanzado corriendo y gritando: 
«¡Vienen l«»s grasicntos!» (♦) y el enemigo .isomó por dos 
puntos á la vez. A la derecha se veía una pequeña columna en 
una posición elevada, cerca del costado de la casa; el grueso del 
ejército avanzaba por la llanura al frente. £1 centinela habría 
podido dar el alarma antes, lo que hubiera permitido á los sol- 
dados dispersos entrar en formación, pero su rifle no dio fuego. 
Así fué que tuvo que traer la noticia con los talones, que el ene- 
migo le venía pisando. 

El alarma metió la confusión en el campamento, donde 
ninguno parecía estar tan completamente desconcertado y sobre- 
cogido de pánico como Schléssinger. Sus nii jillas palidecieron, 



(*) The greasers are coming! 



— 221 — 



las rodillas le temblaban y no podía serenarse lo bastante para 
dar la orden más sencilla; por lo que faltando toda dirección del 
cuartel general, los comandantes dé compañías tuvieron que 
obrar por sí solos. Tan pronto como llegó el centinela fugitivo 
el teniente Higgins de la compañía de Nueva York mandó tocar 
el tambor; formada la compañía, el capitán Creighton la condu- 
jo á una posición dominante, pero arriesgada, en la esquina iz- 
quierda de la casa. Esta posición hacía frente á las dos colum- 
nas enemigas que se iban acercando y estaba por consiguiente 
expuesta al fuego de ambas. Viendo la situación en que se hab- 
itaba la compañía de Nueva York, el capitán Thorp formó la 
suya detrás de ella. Los franceses se situaron á la derecha, á 
retaguardia de Thorp y á corta distancia de su compañía. Los 
alemanes no se formaron en absoluto, y los cazadores, conforme 
á su táctica acostumbrada, se diseminaron por el campo para 
tirar siempre que hubiera una buena oportunidad. 

La primera descarga que recibió la compañía C la hizo la 
columna que venía de la colina situada á la derecha de la casa; 
pero viendo el capitán Creighton y el teniente Higgins que los 
que la formaban traían cintas rojas en los sombreros, prohibie- 
ron á sus soldados que tirasen, creyendo que podían ser gentes 
de su mismo batallón que hubiesen llegado allí por error. Al 
mismo tiempo les llamó la atención el fuego que venía de la 
parte baja, donde el enemigo, que traía tres pequeñas piezas de 
artillería, se veía desplegarse hermosamente en la llanura, con 
toda la serenidad y toda la precisión de una tropa veterana. 

En este momento fué cuando Schléssinger se dejó ver por 
última vez. Apareció un instante en la esquina de la casa, cer- 
ca de la compañía de Nueva York, y asomando inquieto por el 
ángulo de la pared gritó: « i Ahí los tenéis; muchachos; ahí los 
tenéis ! » En seguida se devolvió exclamando: «/ Compagnie 
Fran^aise /» y se metió por el bosque á todo correr. La com- 
pañía francesa oyó su exclamación y creyendo que deseaba 
efectuar un movimiento sobre el flanco del enemigo, salió co- 
rriendo tras él, seguida de los descarriados alemanes que dejaron 
caer las armas y se fugaron con las manos vacías. 

Entretanto la columna que llevaba cintas rojas hizo otra 
descarga sobre la compañía C, que comenzó á recibir también 
el fuego de los de abajo. Con todo, la compañía de Nueva 
York se abstuvo de tirar contra los de la colina, á causa de la 
supuesta equivocación, y tampoco lo hizo sobre la otra columna 
porque aguardaba que estuviera más cerca; pero una tercera 
descarga de los de las divisas falsas vino á sacar á los nuestros 
de su error con la muerte de tres hombres. Entonces el tenien- 
te Higgins, que por el estado de excitación en que se hallaba 



— 223 



había permanecido al frente de la línea durante todo este moví- 
miento, se retiró de allí y dio la orden de hacer fuego. Nunca 
fué obedecida con tanto gusto una voz de mando, y la descarga 
se hizo cciU tan buena voluntad, que los de la colina vacilaron 
echando pie atrás. Sin embargo, antes deque la compañía C pu- 
diera c^irgar de nuevo sus rifles, los enemigos dieron de golpe 
sobre la entrada de la hacienda, donde los tuvo en jaque por un 
momento un sujeto llamado Parker, el cual murió aUí de un ba- 
lazo en el corazón; pero en el mismo instante y cómo para re- 
poner esta pérdida, un excelente tirador de apellido Cárhart, 
que se había situado en la plazuela de la hacienda, echó por 
tierra á uno de los oficiales enemigos que había estado galopan- 
do activamente delante de su línea y que por tres veces descar- 
gó su rifle sobre las filas americanas. 

£1 enemigo se había adueñado de todas las avenidas de la 
hacienda, y la compañía de Nueva York viéndose sola en el 
campo, porque la de Nueva Orleáns acababa de abandonarlo, 
se retiró bajo la protección del mayor O' Neill, que había llega- 
do en aquel momento para pelear con ella, después de haber 
tratado inútilmente de impedir la fuga de Schléssinger y de in- 
ducirlo á que rehiciese su gente. La compañía de Nueva York 
entró en combate con 40 hombres y se retiró con 22, habiendo 
sido la única que hizo una descarga y la última que abandonó 
el campo. 

Así pasó la batalla que se llama de Santa Rosa, por ser és- 
te el nombre de la hacienda en que tuvo lugar, y puede decirse 
que es el más desgraciado de los combates relacionados con el 
nombre americano y de todos los que registra la historia de las 
armas en este continente. 

Por malo que fuera el comportamiento de las tropas en 
esta ocasión, la culpa no recae toda sobre su falta de resistencia 
y de valor. Es indudable que los mismos que huyeron en e.sta 
ocasión se habían portado en distintas condiciones con la ma- 
yor entereza y valentía; pero es difícil que la tropa más aguerri- 
da y orgullosa resista el efecto desmoralizador de la fuga de su 
jefe, ó que no considere esta circunstancia como una prueba de 
que está perdida sin remedio. Con un ejemplo tal el pánico 
era inevitable en cualquier tropa y mucho más tratándose de 
una chusma de reclutas bisónos, sin espíritu de compañerismo 
que los ligara, sin sentimiento patriótico que los animase, y 
mandados por oficiales de vida disoluta é irregular la mayor 
parte, que no les merecían respeto alguno y que por lo tanto 
carecían en absoluto de autoridad sobre ellos. Por otra parte, 
las tropas del enemigo, además de ser dos veces superiores en 
número y de tener la ventaja del ataque, estaban animadas por 



— 223 — 

los sentimientos más nobles que pueden inflamar et pecho del 
hombre é iban á l-is órdenes de Bosque y de Arguello, ambos 
cumplidos generales, que á más de tener una reputación militar 
bien sentada, gozaban del prestigio de haber vencido ya á los 
americanos en el sangriento y desastroso combate de Rivas. Pe- 
ro hay más todavía, aquellas tropas eran la flor del ejército cos- 
tarricense y estaban compuestas fie hombres á los que un largo 
servicio había enseñado la más perfecta disciplina, y que profu- 
samente mezclados con oficiales y soldados europeos, estaban 
preparados para «lar pruebas de resistencia y de un espíritu mili- 
tar imponderable. Se dice que maniobraron con la mayor cele- 
ridad y precisión, desplegándose, disparando y manejando sus 
cañones con la misma serenidad y e' mismo orden que si hubie- 
sen estado en la |)arada. Hicieron sus evoluciones al toque de 
la corneta, echándose á tierra para cargar y poniéndose de pie 
para hacer fuego; y lo que prueba la excelencia y gran superio- 
ridad de sus armas, es que tiraban una bala cónica que debía 
provenir de la carabina Minié ó de algún otro rifle de patente. 



Documentos relativos á 
Juan Santamaría. 



Decreto VI (•) 

El Senado y la Cámara de Representantes reunidos en 
Congreso, 

Considerando el importante servicio prestado á la patria 
por el ñnado Juan Santamaría el ii de abril de 1856 en Rivas, 
República de Nicaragua, 

Decretan: 

Artículo único. — Desde la publicación de este Decreto go- 
zará la señora Manuela Gallego, (♦•) anciana pobre y legítima 
madre de Juan Santamaría, la pensión vitalicia de doce pesos 
mensuales. 

A la Cámara de Senadores. — Dado en el Salón de Se.siones. 
— Palacio Nacional, San José, mayo veinte y tres de mil ocho- 
cientos sesenta y cinco. 

Manuel A. Bonilla 
Vicepresidente 
Salvador Lara Manuel Sáenz 

Secretario Secretario 



(*) Colección de Leyes de Costa Rica^ afío 1865. 

(**) Esta señora era conocida con los apellidos Gallego, Carvajal y 
Santamaría. 

15 



— 226 — 

Sala de la Cámara de Senadores. — Palacio Nacional, San 
José, junio siete de mil ochocientos sesenta y cinco. 

José María Montealegre 

Presidente 
Vicente Herrera Ramón Fernández 

Secretario — ^ Secretario 

Ejecútese. 

Jesús Jiménez 

El Secretario de Estado en el 
Despacho de Hacienda y Guerra, 

Francisco Echeverría 



N" 112 



GOBERNACIÓN (•) 

Señor Secretario de Estado en 
el Despecho de Gobefncuión 

S. D. 

Archivos Nacionales. — San José, 12 de enero de 1900. 

Tengo el honor de enviar á V. una copia autorizada del 
valioso documento original, hallado últimamente en esta oñcina, 
en que á raíz de la campaña en 1856 se hace constar el hecho 
heroico del soldado costarricense Juan Santamaría. Hay en 
estos Archivos Nacionales un gran número de documentos que 
hasta ahora no se habían consignado en índices, por pertenecer 
á la Sección Administrativa, cuyo estudio y clasificación exige 
algunos años de trabajo. 

La coincidencia también de haberse puesto, rubricado y 
legalizado el acuerdo de gobierno al pie del mismo escrito pre- 
sentado por la señora madre de Juan Santamaría, ha contribuido 
á retardar su publicidad. 

Es para mí motivo de particular satisfacción el revelar á la 
luz pública este documento, en que se atestigua de manera 
irrecusable un hecho histórico de la mayor importancia, y con 
tal objeto lo presento á V. hoy que ha llegado á mi conocimien- 
to, al hacer el arreglo sistemático de documentos antiguos, que 
estamos practicando. 

Soy de V. muy atento y fiel servidor, 

ANAST/.S10 Alfaró. 



(*) Los documentos que ac^uí se reproducen, corren impresos en La 
(7a¿-^/a, diario oficial de la República de Costa. Rica, número 11, del 14 
de enero de 190a 



— 227 — 

Excelentísimo señor Presidente ■ ^ 

de la República 

Manuela Carvajal (a) Santamaría, mayor de sesenta años, 
de oficio mujeril y vecina de la ciudad de Alajuela, con el res- 
peto debido y en forma legal ante V. E. expongo: que habiendo 
marchado mi hijo Juan Santamaría, llamado vulgarmente Erizo, 
en la primera expedición que fué á Nicaragua el año próximo 
pasado á combatir el filibusterismo, y en clase de cabo ó tambor 
y ciímo soldado del ejército vencedor de Costa Rica, militó co- 
mo uno de los más valientes, y por último, no habiendo habido 
en todas las filas otro que tuviese valor de incendiar el Mesón 
en donde se hallaba refugiado y parapetado el enemigo, causan- 
do gravísimas pérdidas en nuestras fuerzas, él fué el único que, 
despreciando el evidente peligro de su existencia, se decidió á 
perderla por desalojar al enemigo y economizar la pérdida de 
tanta gente; y en efecto, habiéndolo puesto en ejecución, sin que 
le arredrase ni le pudiese intimidar el torrente espantoso de las 
balas que le lanzaron los rifles filibusteros en defensa de su gua- 
rida, coronó felizmente la obra junto con el sacrificio de su vida, 
quedando sepulrado bajo las ruinas del indicado Mesón como es 
público y notorio. Esta acción heroica de mi susodicho hijo 
es tanto más recomendable y meritoria, si se atiende á que ella 
fué un efecto de su valor y patriotismo únicamente, puesto que 
él no era más que un simple jornalero, que no tenía un puesto 
elevado, ni ningunos bienes que defender. 

Yo, Excelentísimo Señor, siento, como es natural, la pérdida 
íle un buen hijo, que como pobre trabajaba y se esforzaba por 
mi mantención, considerándome sin recursos de qué subsistir, en 
una edaíl avanzada y achacosa; sin embargo, cuando considero 
que mi referido hijo terminó su carrera en el campo del honor y 
fué sacrificado de su espontánea voluntad en las aras de la pa- 
tria para contribuir como el que más á su Hbertad y defensa, 
me resigno con la voluntad de Dios, mayormente cuando ob- 
servo que el Supremo Gobierno encargado de sostener el orden 
y defensa de la Nación que se le ha encomendado, sabe distin- 
guir y premiar el mérito de los que le sirven y enjugar las lágri- 
mas del desvalido. 

Por tanto. Excelentísimo Señor, obligada de la necesidad 
imperiosa en que me hallo constituida, en una edad tan avanza- 
da y achacosa, sin poder trabajar y sin recursos de qué subsistir, 
por haber perdido el único, que era mi mencionado hijo que 
cuidaba de mí, llamo la atención del Supremo Gobierno implo- 
rando una mirada compasiva sobre una infeliz y suplicando que 



— 228 — 

OS sirváis concederme un monte pío, si lo consideráis justo, á 
más de la gracia que me convenga en conformidad del artículo 
6? del decreto del Excelentísimo Congreso, N? i8 del 26 de 
Octubre próximo pasado. 

San José, 19 de Noviembre de 1857. 

Excelentísimo Señor Presidente de la República. 

No sé firmar y lo hace por mí el que suscribe. 
Por la señora Manuela Santamaría, 

(f) Rafael Ramos 



Sala del despacho de Hacienda* y Guerra. — En el Palacio 
Nacional. — San José, noviembre veinticuatro de mil ochocientos 
cincuenta y siete. 

Constando al Gobierno la realidad de los hechos de que 
hace referencia este memorial y los servicios y denuedo con que 
en la campaña del año próximo pasado se mostró el tambor 
Juan Santamaría, vecino de la ciudad de Alajuela, que murió en 
el combate del 1 1 de Abril; y siendo el expresado Santamaría 
hijo único de la señora Manuela Carvajal (a) Santamaría, el 
Gobierno le concede á ésta la pensión vitalicia de tres pesos 
mensuales que empezará á tener efecto desde el i? del mes de 
diciembre próximo en adelante. — Comuniqúese. — (Hay una rú- 
brica). 

Rubricarlo de mano de S. E. ^ 

Jq. Berndo Calvo 

Comunicado en la fecha al Intendente General, al Coman- 
dante y al Habilitado. 

Es copia confrontada con su original que se halla en estos 
Archivos Nacionales. — Legajo de Expedientes Administrativos 
de la Secretaría de la (juerra, año de 1857. 

San José, 12 de enero de 1900. 

El Director, 

Anastasio Alfaro. 



Wílliam Wálker 



(*) 



Por demás está decir que para los jóvenes de la presente 
generación el nombre de Wílliam Wálker no significa nada, no 
despierta ningún orgullo nacional ni de raza, ni sugiere senti- 
mientos poéticos y aventureros Sin embargo, si el sujeto que 
llevó ese nombre común, ese nombre que hoy nada significa, hu- 
biera podido llevar á cabo sus propósitos, habría resuelto en es- 
te continente el problema de la esclavitud, establecido un impe- 
rio en México y Centro América, y de paso nos habría metido 
en una guerra con toda Europa. Esto es cuanto hubiera hecho. 

En los días del oro en San Francisco y entre «los del 49>, 
Wílliam Wálker fué una de las figuras más famosas, pintorescas 
y populares. El tahúr Oakhurst, el coronel duelista Starbottle, 
el cochero de diligencia Yuba Bill eran contemporáneos suyos. 
Bret Harte fué uno de sus más ardientes admiradores y Wálker 
es el héroe de dos de sus cuentos, apenas disfrazado con un 
nombre más llamativo. Cuando Wálker vino más tarde á la ciu- 
dad de Nueva York, Bróadway, desde la Batería hasta Mádi- 
son Square, fué adornado con banderas y arcos. «Por todo el 
camino había rosas, rosas y rosas>; los techos de las casas, cu- 
biertos de gente, parecían inclinarse. En Nueva Orleáns, cuan- 
do se dejó ver por primera vez en un palco de la ópera, la re- 
presentación se interrumpió durante diez minutos, mientras lo 
aclamaban los espectadores puestos de pie. 

Esto sucedió hac^; menos de cincuenta años, y aun hay 
hombres que habiendo estado en su tierna juventud con «Wál- 
ker el de Nicaragua>, figuran todavía en la vida pública activa 
de San Francisco y de Nueva York. 



(*) Traducido de la revista neoyorquina Collier^s^ del 6 de octubre 
de 190Í5. 



-— 230 — 

Wálier nalció él año de 1824 en Náshville, Ténnessee. Fué 
el primogénito de un banquero escocés, hombre de índole pro- 
fundairiente religiosa y dedicado á un negocio tan ajeno cuanto 
es posible á la carrera de las armas. £n verdad, pocos casos co- 
mo el de Wálker conñrman tan bien el hecho de que los gran- 
des generales nacen y no se hacen. Su padre deseaba hacer de 
él un ministro de la iglesia presbiteriana y durante su niñez fué 
educado con este fin. Wálker prefirió estudiar medicina, y ha- 
biéndose graduado en' la Universidad de Ténnessee, siguió unos 
cursos de esta ciencia en Edimburgo y viajó durante dos años 
por Europa, visitando muchos de ?os grandes hospitales. 

Carrera juvenil de Wálker 

Bien preparado ya para la práctica de la medicina y des- 
pués de una breve permanencia en su ciudad natal y de otra no 
men s corta en Filadelfia, quitó para siempre el rótulo de su 
puerta y se fué á Nueva Orleáns á estudiar leyes. Al cabo de 
dos años fué recibido en el foro de Luisiana; pero ya fuese por- 
que los clientes escaseaban, ó porque no pudiera soportar el for- 
mulismo de la ley, antes de un año dejó la abogacía, como an. 
tes abandonara la iglesia y la medicina, y se convirtió en uno dé 
los redactores del Créscent de Nueva Orleáns. Un año más tar- 
de, el mismo espíritu inquieto que se había rebelado contra las 
profesiones serias, lo condujo á los campos de oro de California 
y á San Francisco. Allí fué donde Wálker, á la edad de veintio- 
cho años y en su calidad de editor del San Francisco Héraldy 
comenzó su nueva vida, que pronto debía terminar en desastre 
y gloria. 

Hasta aquel momento y exceptuando su inquietud, nada 
indicaba en él al hombre por el cual millares de otros hombres, 
procedentes de las capitales del mundo entero, habrían de dar 
la existencia 

La primera aventura de Wálker la inspiró indudablemente 
y fué una imitación de otra que por el tiempo de su llegada á 
San Francisco acababa de tener un fin desastroso: la expedición 
de Boulbón á México. El conde Gastón Raoul de Raousset — 
Boulbón era un joven noble francés y soldado aventurero, chas- 
seur d* Afrique^ duelista, periodista y soñador, que vino á Cali- 
fornia á buscar oro. . 

Boulbón era un joven de ideas amplias. En el rápido des- 
arrollo de California vio una amenaza para México, y propuso 
al gobierno de este país la formación de una colonia francesa 
en el estado mexicano de Sonora, que pudiera servir de batreta 
entre ambas repúblicas Sonora es aquella parte de México que 
colinda en el sur con nuestro estado de Arizona. El presidente 



•— 231 — 

de Méxicp autorizó á Boulbón para que llevara adelante su in- 
tento, y en 1852 desembarcó en Guaymas, en ^l golfo de, Cali- 
fornia, con 260 franceses bien armados. £1 pretexto ostensible 
de Boulbón para invadir en esta forma un territoria ajeno, era 
su contrato con el presidente, conforme al ,cual sus emigrantes 
estaban pagados para proteger á los demás extranjeros que tra- 
bajaban en la mina Restauradora, contra los ataques de los in- 
dios apaches del estado norteamericano de Arizona; Pero es in- 
dudable que detrás de Boulbón estaba el gobiernv> francés y que 
se proponía hacer en pequeña escala lo mismo que intentó más 
tarde Maximiliano, respaldado por un ejército francés y Luis 
Napoleón, para el establecimiento de un imperio en México 
bajo el protectorado de Francia. El filibustero y el emperador 
tuvieron el mismo ñn. Ambos fueron fusilados contra el muro de 
una iglesia. 

En 1852, dos años antes de la muerte de Boulbón, que fué 
la nota final de su segunda expedición filibustera á Sonora, es- 
cribió á un amigo de París: cLos europeos se preocupan del 
desarrollo de los Estados Unidos y con razón. Salvo que sean 
desmembrados ó que se establezca un poderoso rival cerca de 
ellos (v. gr. Francia en México), América será la dueña inevita- 
ble del niundo. Dentro de diez años Europa no se atreverá á 
disparar un tiro sin su permiso. En estos m<ímentos cincuenta 
americanos se preparan para embarcarse con destino á México 
y tal vez van á la victoria. Voilá ¿es Etats- Unisi^, Estos cin- 
cuenta americanos, que á los ojos de Boulbón amenazaban la 
paz de Europa, iban encabezados por el exraéJico, exabogado 
y el exeditor Wí'liam Wálker, de treinta y ocho años de edad. 
Wálker había intentado obtener del gobierno mexicano un con- 
trato semejante al que había celebrado con Boulbón, pero fi*a- 
casó. Con todo, salió sin este requisito, diciendo que iba á pro- 
teger de los asesinatos He los indios á las mujeres y á los niños 
en la frontera entre México y Arizona, así se lo pidiese ó no el 
gobierno mexicano. 

WÁT.KER INVADE Á MÉXICO 

Mas no era para salvar mujeres y niños que Wálker ambi- 
cionaba C9nquistar el estado de Sonora. En la época de su in- 
tentona la gran cuestión de la esclavitud se agitaba con ardor, 
y si en los estados que estaban próximos á ser admitidos en la 
Unión se prohibía la esclavitud, era llegado el momento — cuan- 
do menos así lo pensaba este estadista de treinta y ocho años, — 
en que el Sur debía extender sus fronteras y hallar una salida 
para sus esclavos en nuevos territorios. Sonora colindaba con 
Arizona; conquistándola, sus límites podían ser extendidos . ík- 



— 232 — 

cilmente hasta Tejas. Es indudable que el punto escogido por 
Wílliam Wálker para el objeto que se proponía era casi perfecto. 
Al considerar su breve carrera, debe tenerse presente que el ori- 
gen de todos sus actos fué este ensueño de un imperio en que 
serla reconocida la esclavitud. Creía con tanta honradez, con 
tanto fanatismo en el derecho de tener esclavos, como su padre 
en la religión de los cavenanters (•). 

Algunos de sus hermanos blancos del Sur, tal vez con mó 
viles menos exaltados, suplieron fondos para la expedición, y en 
octubre de 1852 desembarcó Wálker con 45 hombres en el cabo 
de San Lucas, en la punta extrema de la Baja California. Es 
preciso recordar que la Baja California, á pesar de su nombre, 
no forma parte de nuestro territorio, sino que entonces era parte 
de México y lo es todavía. Con sus 45 secuaces invadió la ciu- 
dad de La Paz, hizo prisionero al gobernador y estableció una 
república de la que se hizo presidente. En una proclama decla- 
ró á los habitantes libres de la tiranía de México; éstos no de 
seaban ser libres, pero Wálker estaba resuelto á todo, y así les 
gustara ó no la cosa, al despertar una mañana se encontraron 
convertidos en ciudadanos de una república independiente. 

Tan pronto como se supo en San Francisco lo ocurrido, sus 
amigos se apresuraron á favorecerlo y los aventureros de todas 
partes del mundo, enamorados del peligro, fueron enganchados 
como emigrantes y embarcados en la barca Anita, 

Un mes má.s tarde, en noviembre de 1852, trescientos de 
éstos fuerun á reunirse con Wálker. Eran una de esas gavillas 
de desalmados y de picaros, semejante á las que robaban los la- 
vaderos de oro, apedreaban los chinos ó tiraban sobre los gra- 
sientas. Cuando descubrieron que quien los mandaba era casi 
un muchacho, fraguaron una conspiración para volar el almacén 
de la póivora, saquear el campamento y dirigirse al norte man- 
teniéndose con el pillaje de los ranchos. Wálker tuvo conoci- 
miento de su plan, sometió á los cabecillas á un consejo de gue- 
rra y los fusiló. Tratándose de una tropa tan completamente 
indisciplinada, el acto requería un valor personal á toda prueba, 
y esta era una cualidad que los hombres que lo acompañaban 
podían apreciar muy bien. Comprendieron que tenían un jefe 
capaz de combatir y de castigar. La mayoría no deseaba que 
fuera capaz de castigar; así fué que cuando Wálker les dijo que 
los que quisieran seguirlo á Sonora levantasen las manos, sólo 
los primeros 45 y alrededor de 40 de los últimos reclutas se 
quedaron con él. Con menos de cien hombres salió para reco- 



(*) Cavenanters^ nombre que se dio á los escoceses que firmaron el 
pacto de la reforma religiosa. 



— 233 — 

rrer toda la península de la Baja California y seguir hasta Sonora 
rodeando el golfo. 

Desde el primer día los filibusteros se vieron sumidos en el 
desastre. Los mexicanos, con aliados indius, hostilizaban los 
flancos y la retaguardia. Los que ptrecían en los encuentros ca- 
si diarios, iban á parar á manos de los indios y sus cuerpos eran 
mutilados; á los desertores y los rezagados los perseguían hasta 
rendirlos, torturándol s des¡)ués; los heridos morían por falta de 
asistencia médica; los únicos instrumentos que poseían para ex- 
traer las puntas de las flechas eran baquetas de fusil aguzadas 
en punta; no tenían más alimento que el ganado que mataban 
de paso; el ejército iba descalzo, el ministerio en harapos, el pre- 
sidente de Sonora tenía una bota en un pie y un zapato en el 
otro. Imposibilitado para st-guir adelante, Wálker regresó hacia 
San Vicente donde había dejado las armas y municiones de los 
desertores y una guarnición de dieciocho hombres, de los cuales 
no halló á ninguno. Una docena de ellos había desertado y los 
mexicanos sorprendieron á los demás, lazándolos y torturándo- 
los hast'i la muerte. 

La huída de México 

A Wálker sólo le quedaban ya treintaicinco hombres y no 
era posible esperar refuerzos íle San Francisco. Resolvió enton 
ees abrirse paso por fuerza y á marchas forzadas hasta la fron- 
tera de California. Entre él y la salvación estaban los mexica 
nos guardando los desfiladeros y^ los- indios escondidos en los 
flancos. A tres millas déla línea divisoria, en San Diego, el coro 
nel Meléndez que mandaba las fuerzas mexicanas, envió un par- 
lamentario para ofrecerles á todos un salvoconducto si se ren- 
dían, menos al jefe; pero aquellos hombres que durante un año 
habían combatí* lo y pasado hambres por Wálker, no quisieron 
abandonarlo á tres millas de la patria. 

Entonces Meléndez pidió al comandante de las tropas de los 
Estados Unidos que ordenara á Wálker í|ue se rindiese. El ma- 
yor McKínstry, comandante de la guarniiión americana de San 
Diego, se negó á hacerlo, ponqué no podía cruzar l.i línea fron- 
teriza sin cometer una violación de territorio neutral. Añadió 
que en suelo mexicano no pondría embarazos ni ayudaría al 
presidente de Sonora; pero que si los filibusteros llegaban á te- 
rritorio de los Estados Unidos, tendría cuidado de que ningún 
mexicano ni indio lo siguiese. 

De acuerdo con esto formó su tropa en la línea divisoria y 
como arbitro imparcial aguardó el resultado. Ocultos detrás de 
las rocas y los cactos, los americanos veían más allá de la llanu- 
ra cálida y resplandeciente el pabellón nacional y las alegres y 



— 234 — 

ondulantes 4)andero1as de la caballería. Meléndez se dio cuenta 
de que era llegado el momento de dar el ataque ñnal. Cuando 
cargó, Wáiker, derrotado en apariencia, emprendió la fuga; pero 
antes había situado detrás de su fuerza una retaguardia de doce 
hombres. Al caer Meléndez en esta emboscada, los doce rifle- 
ros dejaron otros tantos caballos sin jinetes, y los mexicanos y 
los indios se dispersaron aterrados. Media hora después, la pe- 
queña tropa extenuada y hambrienta que había s.-ilido para fun- 
dar un imjierio de esclavos, pasó la frontera arrastrando los pies 
y se rindió á las fuerzas de los Estados Unidos. 

Al hablar de esta expedición, James Jéffrey Roche dice en 
su libro Byways of War^ que es de todos los publica* los sobre 
Wáiker el más seductor, interesante y completo: «Años después, 
los pastores de las tribus de indios errantes de Cucupa, solían 
encontrar esqueletos humanos en los vericuetos de la montaña, 
sin cruz, ni túmulo, ni epitafio, ni más. señales de su proceden. 
cia que un occi<lado revólver de Colt, que proclamaba la nacio- 
nalidad y oficio del difimto, única reliquia de los pretendidos 
conquistadores del siglo XIX>. 

Bajo palabra de presentarse al General Wool, comandante 
del departamento del Pacífico, los filibusteros fueren enviados 
por barco de vela á San Francisco, en donde se juzgó á su jefe 
por violación de las leyes de neutralidad dé los Estados Unidos. 
El tribunal lo absolvió. 

La primera expedición de Wáiker había sido un fracaso, 
pero le sirvió de admirable experiencia, porque el servicio acti- 
vo es la más perfecta de las academias militares y la mejor pre- 
paración para la clase de guerra que deseaba emprender. No 
estuvo sin embargo exenta de gloria, porque sus compañeros, 
contrariamente á lo que sucede en estos casos, en vez de censu- 
rar en las tabernas á su jefe por el mal resultado, se mostraban 
dispuestos á reñir con cualquiera que dudase de su valor ó de 
su pericia. Cinco años después, muchos de estos mismos hom- 
bres, aunque eran diez ó veinte años mayores que él, lo siguie- 
ron á la muerte, sin discutir jamás su voluntad ni su derecho á 
mandar. 

«WÁLKER EL DE NICARAGUA» 

En aquella época había en Nicaragua la revolución de cos- 
tumbre. Al sur, la hermana república de Costa Rica se prepara- 
ba á tomar rart-^s en el asunto; en el norte Honduras desembar- 
caba armas y soldados. No había ley ni gobierno; tan sólo una 
docena de partidos políticos, una docena de generales con miíJl 
do y ningún hombre de puño. 

Wáiker, estudiando el mapa de los nuevos países por con- 



— 235 — 

quistar, en la redacción del San Francisco Herald^ puso el <]edo 
sobre Nicaragua. En la confusión que allí rrinaba vio la opor- 
tunidad de convertirse en un poder, y en su riqueza tropical* y 
hermosura, en la pereza é inctmpetencia de sus habitantes, una 
Sonora más grande, más bella y más benévola. Por el lado del 
Pacifico podía reforzar su ejército con armas y hombrts; por el 
mar Cstríbe y cuando llegase el momento, era fácil poblar su im- 
perio con esclavos traídi'S de Nueva Orleáns. 

Los dos partidos beligerantes en Nicaragua eran los legiti- 
mistas y democráticos. *No es nec-;sarío saber porqué se hacían 
la guerra. Probablemente Wálker lo ignoraba, y no es improba- 
ble que ellos tampoco lo supitserr. Sea como fuere, Wálker hizo 
un contrato cou ti jefe de los demócratas para llevar á Nicara- 
gua trescientos americanos, que debían recibir algunos centena 
res de acres de tit rra, en calidad de «colonos sujetos al servicio 
militar»; pero los colonos que acompañaron á Wálker tenían idea 
muy clara de que no iban á Nicaragua á sembrar café ni á co. 
sechar bananos. 

En mayo de 1855, un año justo después de que Wálker y 
sus trtintaicinco hombres se habían rendido á las tropas ameri 
canas en San Diego, se hizo á la vela en San Francisco con 50 
nuevos reclutas y 7 veteranos de la primera expedición, en el 
bergantín Vesta^ y cinco semanas más tarde, al cabo de un via- 
je aburrido y borrascoso, desembarcó en el Realejo. Allí lo fue- 
ron á encontrar representantes del director provisional de los de- 
mócratas, que recibieron calurosamente á los californianos. 

La Falange Americana 

Wálker recibió el grado de coronel; Achules Kewen, que 
habfa estado peleando con López en Cuba, el de teniente coro- 
nel, y Timothy Crócker, que sirvió á las órdenes de Wálker en 
la expedición de Sonora, el de mayor. Se formó con ios filibus- 
teros un cuerpo independiente con el nombre de La Falange 
Americana^ y como en aquellos momentos el enemigo domina- 
ba la ruta que conducía al mar Caribe, la primera orden que 
recibió Wálker fué la de ir á desalojarlo. 

De consiguiente, una semana después de su desembarco, 
Wálker salió en el Vesta para Brito con sus 57 americanos y 150 
soldados nicaragüenses. De este punto maichó en dirección á 
Rivas, ciudad de 1 1,000 habitantes qu tenía una guarnición 
enemiga de 1,200 hombres 

Él primer encuentro fué para él un fracaso completo y de* 
sastro'So. Los nicaragüenses tomaran las de Villadiego y U.s 
americanos, rodeados por 600 legitimistas, despuéü de haberse 
defendido durante tres horas en; unas casuchas de adobes, car* 



— 236 — 

garon sobre el enemigo, escapándose por los bosques. Sns pér- 
didas fueron importantes y entre los muertos estaban los dos 
hombres en que Wáiker tenía más confianza: Kewen y Crócker. 
Los legiti mistas pusieron )os cuerpos de los muertos y de los 
heridos (|ue aun vivían sobre un montón de leña y los quema- 
ron. Después de una penosa marcha nocturna, Wáiker llegó al 
siguiente iiía á San Juan en la costa. En aquel momento, y á 
pesar de que las gentes de Wáiker estaban deshechas, ensangren- 
tadas y en plena fuga, dos gringos recogidos en la playa de San 
Juan, el tejano Hárry McLeod y el irlaiídés Péter Burns, solici- 
taron ingresar á las ñlas. 

«Era alentador para los soldados— escribe Wáiker — el ver 
que había otros hombres que no miraban su suerte como del 
todo desesperada, y este aumento, con todo y ser tan pequeño, 
dio fuerza moral y material á las filas>. 

Leyendo la Historia se podría creer á veces que lo primero 
que se requiere para obtener el triunfo, es un.i falta total de 
buen humor y una disposición para mirar siempre las cosas con 
la más completa seriedad. Wáiker proyectaba cc>nquistar y go- 
bernar con 40 hombres un país de 250,000 almas, tan extenso 
como Massachussets, Vérmont, Rhode Island, New Hámpshire 
y Connéctícut reunidos; y sin embargo, siete años después re- 
cuerda sin una sonrisa que dos individuos extraviados en una 
playa dieron á su ejército «fuerza moral y material>. Y lo que 
pinta bien ai hombre es que en los momentos mismos en que se 
regocijaba de este refuerzo, ordenó el fusilamiento de dos ame- 
ricanos que habían incendiado unas casas, para mantener la dis- 
ciplina. Cuando se ve la frecuencia con que Wáiker aplicaba la 
pena de muerte á sus pocos secuaces, es mayor la admiración 
que causa el hecho de que estos hombres, que eran tan inde- 
pendientes y estaban tan poco acostumbrados á la sujeción co- 
mo los primeros que lo acompañaron, se sometieran á su volun- 
tad. Esto sólo puede explicarse por las dotes personales de 
Wáiker. 

Entre estos forajidos audaces y temerarios, que desprecian- 
do á sus aliados creían y probaron que un americano con su ri- 
fle valía por una docena de nicaragüenses, Wáiker era el único 
hombre que no echaba bravatas, no bebía, no jugaba ni siquie- 
ra blasfemaba; que nunca miró á una mujer y que en materia de 
dinero era eacruiju!os:.mente hcnrado y desprendido. Sus secua- 
ces no ignoraban que en el combate se exponía á la muerte con 
la misma indiferencia que mandaba á fusilar á uno de ellos para 
mantener su autoridad. 



— 237 — 
Severa disciplina 

Wálker castigaba con la muerte la traición, la cobardía, el 
saqueo y el ultraje á las mujeres; pero con sus heridos ó los del 
enemigo era tan blando como una hermana de caridad. A los 
valientes y capaces los recompensaba con ascensos y mayor pa- 
ga. No tenía nada del dt magogo y nunca hizo cosa alguna pa- 
ra congraciarse con sus satélites. Entre los oficiales de su esta- 
do mayor no había ningún favorito; comía solo y siempre se 
mantuvo apartado. Halílaba poco y cuando lo hacía era con 
mucha sencillez; pero se cuenta que en las raras ocasiones en 
que se encolerizaba, la mirada ñja de sus ojos zarcos con reflejos 
de acero, brillaba de modo tan amenazad( r, que los presentes 
dirigían en el acto la vista al cañón de su revólver de Colt. 

La impresión que nos causa Wálker es la de un joven si 
lencioso con aspecto de estudiante, que creía religiosamente en 
su«estrella>; pero que tenía en todo aquello que no se relacio- 
naba con él, una tendencia á la broma mordaz. Los dichos de 
sus soldados que consigna en su historia de la guerra, demues- 
tran su afición á las humoradas de la escuela de Bret Harte. Así 
por ejemplo, cuando refiere que habiendo querido hacer tambor 
á un muchacho californiano, éste le contestó: «Gracias, mi co- 
ronel; pero todavía no he visto un solo cuadro de batalla, en 
que la primera cosa que en él aparece no sea un tamborcito 
muerto». 

La vanidad personal, tan característica del soldado aven- 
turero, era cosa enteramente ajena á la índole de Wálker. En un 
país donde un capitán .se engalana como un mariscal de campo, 
Wálker llevaba los pantalones metidos dentro de las botas, una 
levita civil azul y el sombrero gacho de la época, sin más orna- 
mento que la cinta roja de los demócratas. Su autoridad no se 
fundaba en galones ni botones y sólo para pelear se ponía la es- 
pada. Era delgado, de estatura más baja que la regular, de cara 
afeitada y de ojos zarcos de mirada penetrante. Es de creerse 
que los ojos eran el rasgo más saliente de su fisonomía, porque 
le valieron el apodo con que se le distinguió. 

Sus secuaces lo llamaban El hombre de los ojos zarcos que 
tiene buena estrella\ y más tarde, á la edad de treintaidós años, 
se le conoció con este apodo en todos los Estados Unidos. 

Desde el principio Wálker se dio cuenta de que para man- 
tenerse en Nicaragua debía permanecer en contacto con todos 
los reclutas que pudiesen venir de San Francisco y de Nueva 
York, y que para esto necesitaba dominar la línea del tránsito 
desde el mar Caribe hasta el Pacífico. En aquella época había 
tres rutas para llegar á los campos de oro de California: una era 



— 238 — 

doblando el cabo de Hornos en buque de vela, otra por el istmo 
de Panamá, y la última, que era la más corta, al través de Ni 
caragua. Mediante usa concesión otorgada por el gobierno ni- 
caragüense, la Compañía Accesoria del Tránsito obtuvo el de 
recho de transportar pasajeros por el istmo. £1 primer Cornelius 
Vánderbilt era presidente de esta compañía, la cual tenía una 
línea de vapores que navegaban en el Pacíñco y en el Atlánti 
co. Los pasajeros que iban de Nueva York á los campos de oro 
de California desembarcaban en Greytówn, en la costa occiden 
tal de Nicaragua, y seguían el viaje en vaporcitos de poco cala- 
do por el río de San Juan hasta el lago de Nicaragua. Allí to- 
maban unos vapores más grandes para atravesar el lago hasta 
la bahía de La Virgen. De este lugar hacían un trayecto de do- 
ce millas en diligencias ó en muías hasta el puerto de San Juan 
del Sur, situado en la costa del Pacífico, donde se embarcaban 
para San Francisco. 

Durante el año de la ocupación de Wálker, el término me- 
dio de los viajeros que pasaron por Nicaragua alcanzó á dos mil 
por mes. 

Para dominar esta ruta fué que regresó inme<liata mente á 
San Juan del Sur después de su primera derrota, apoderándose 
más tarde de la bahía de La Virgen; punto de descanso de los 
pasajeros que iban al este ó al oeste, mediante una hábil esca- 
ramuza en que batió al enemigo. En este combate Wálker pe- 
leó en la proporción de uno contra cinco, pero sus bajas sólo 
fueron tres nativos muertos y unos pocos americanos heridos. 
Los legitimistas tuvieron 6o muertos y ico heridos. Esta pro- 
porción en las pérdidas prueba cuan eficaz era el fuego de los 
americanos con revólver y con rifle. Tan maravilloso era en ver- 
dad, que cuando hace algunos años visité las ciudades y luga 
res capturados por los fílibusterc s, encontré que aun se conser- 
vaba en ellos la tradición de la buena puntería de la Falange de 
Wálker. 

Después del combate de La Virgen recibió 50 reclutas de 
California, refuerzo que fué muy bien acogido, porque su tropa 
llegó á 120 americanos y 300 nicaragüenses que mandaba un 
amigo del país, el general Valle, y dos cañones de bronce. En- 
tonces decidió atacar de nuevo la ciudad de Rivas, situada cer- 
ca del lago, al norte de La Virgen; más arriba está Granada, 
donde los legitimistas habían establecido su cuartel general. 

La toma de Granada 

Temiendo un ataque de Wálker á Rivas, las tropas legiti- 
mistas fueron dirigidas apresuradamente al sur desde Granada, 
dejando á esta ciudad muy poco protegida. Esto lo supo Wál- 



— 239 — 

ker por cartas interceptadas y determinó caer sobre Granada. 
Salió de noche en uno de los vapores del lago, por la orilla de 
la costa y un poco antes de amanecer, con los fuegos cubiertos 
y las luces apagadas, desembarcó en un punto cercano á la ciu- 
dad. El día anterior los legitimistas habían obtenido una victo- 
ria, y ya lo hiciera la buena suerte ó la estrella de Wálker, Gra- 
nada había estado celebrando la noche anterior el acontecimien- 
to. £1 mucho bai'oteo y abundante bebida de aguardiente ha- 
bían narcotizado á los habitantes. La guarnición dormía, los 
centinelas dormían, la ciudad dormía; pero cuando las campa- 
nas de los conventos tocaron á misa matutina, el aire fué agita- 
do por agudos estampida )S á que no estaban hechos los tímpa- 
nos de los legitimistas. No eran aquellas las fuertes explosiones 
de sus propios mosquetes ni las de los fusiles de c^ñón liso de 
los demócratas; eran sonidos breves y agudos como el chasquido 
de un látigo. Los cendnelas que venían huyendo de sus pues- 
tos, revelaron la verdad aterradora: «¡Los filibusteros!>. Siguién- 
dolos á galope venían Wálker y Valle y detrás de éstos los 
miembros de la terrible Falange, que ya los nativos habían 
aprendido á temer: los barbados gigantes de camisa colorada 
que en Rivas habían cargado á pie contra la artillería, armados 
de revólveres; los que en La Virgen, hallándose heridos, habían 
sacado de sus botas, relucientes cuchillos de monte lanzándolos 
como flechas; los que siempre tiraban con la misma certeza con 
que el halcón cae sobre la perdiz. 

Hubo una corta resistencia en la plaza y después derrota 
completa. Siguiendo su costumbre, los demócratas nativos co- 
menzaron en el acto el saqueo de la ciudad; pero Wálker atra- 
vesó con la espada al primero que encontró ocupado en esto, 
ordenando á los americanos que arrestaran á todos los que ha- 
llasen robando y devolviesen lo que ya habían cogido (*). 

Ahora ya estaba en situación de imponer al enemigo las 
condiciones de la paz, y se convino en una entrevista entre los 
generales de los dos partidos políticos. Así fué que cuatro meses 
después del desembarco de Wálker y sus 56 satélites en Nicara- 
gua, se pactó una suspensión de hostilidades y el partido por el 

(*) A propósito de esta honrádtz de V^álker, tan cacareada por los 
autores norteamericanos, no parece por demás citar lo que dice Double- 
day refiriéndose á las órdenes selladas que dio á la expedición de la Susan^ 
dirigida en diciembre de 1858 contra el puerto de Omoa en Honduras. 
Helo aquí: «Estas órdenes eran extraordinarias en un sentido, cuando 
menos para mí, que en los últimos tiempos no había estado tan familiari- 
zado como otros con la manera de conducir la guerra, los cuales no veían 
ninguna irregularidad en instrucciones que disponían la captura de los 
objetos de oro y plata de las iglesias y demás valores pertenecientes á 
los enemigos de la causa de los demócratas de Nicaragua». Doubleday, 
The Filibuster War in Nicaragua^ pág. 203. 



— 240 — 

cual peleaban los americanos entró á ejercer el poder. Wálker 
fué hecho comandante en jefe de un ejército de 1,200 hombres 
con el salario de 6,000 dólares al año. A un individuo llamado 
Rivas se nombró presidente provisional. 

Wálker tuvo entonces bajo sus órdenes una fuerza notable, 
una de las mejores que se conocen en la historia militar; porque 
aun cuando no habían trascurrido seis meses, la tropa que ahora 
mandaba era tan distinta de ía Falange de los 58 aventureros 
que fué rechazada en Rivas, como los satélites de Falstaff del 
regimiento de hombres selectos que manda el coronel Róose- 
velt. En vez de aquellos forajidos indisciplinados que eran al 
principio la mayoría, las filas se iban nutriendo con la flor de los 
campamentos de mineros de California, con veteranos áe la gue- 
rra de México, con jóvenes sudistas de abolengo y ánimo esfor- 
zado, y con soldados aventureros de todos los grandes ejércitos 
de Europa. 

En la Quena Civil que estalló poco después y más tarde en 
el ejército del jedive de Egipto, figuraron varios oficiales de 
Wálker, y durante años después no hubo guerra en la cual uno 
ó más hombres adiestrados por él en los campos de Nicaragua 
no se distinguieran. El general inglés Charles Fréderic Hénntng- 
sen dice en sus memorias que aunque tomó parte en varias de 
las más grandes batallas de la Guerra: Civil, no vacilaría en oi>o- 
ner mil hombres de los de Wálker á cinco mil de los mejores 
soldados del Sur ó del Norte. 

£1 mismo Hénningsen, que mandaba en esta guerra un re-* 
gimiento compuesto en gran parte de hombres de Wálker, dice 
de ellos: «Muchas veces lo vi marchar con un brazo roto ó en^ 
tablillado y servirse del otro para disparar su rifle ó su revólver. 
Los que caían con un muslo quebrado ó con heridas que 
les impedían andar se mataban. Esta clase de hombres no se 
encuentran en el comercio de la vida diaria y no espero volver 
á ver ningunos que se les parezcan. No hay ciencia militar que 
valga en determinadas circunstancias, contra adversarios que 
cargan armados de revólver y que no vacilan en atacar una ba- 
tería de artillería pistola en mano>. 

WÁLKER ELECTO PRESIDENTE DE NICARAGUA 

Uno de los que se graduaron en el ejército de Wál ker fué 
el capitán Fred Tównsend Ward, natural de Salem, Massachu- 
setts, quien después de la muerte de su jefe organizó y dirigió el 
Invencible Ejército que echó por tierra la rebelión Tai Ping; 
otro de ellos fué Joaquín Míller, el poeta minero y soldado, 
que hace apenas algunas semanas era todavía una figura pinto- 
resca en el vestíbulo del hotel de Saratoga Springs. 



— 241 — 

Durante los cuatro meses que siguieron á su llegada, Wál. 
ker había sido el presidente sin título y como tal era reconocido 
y tenido por todos. A él fué, y no á Rivas, á quien la vecina 
República de Costa Rica declaró la guerra en febrero de 1856. 
Esta guerra duró tres meses con variable fortuna, hasta que los 
costarricenses tuvieron que retirarse al otro lado de la frontera. 

En junio del mismo año Rivas convocó á elecciones gene- 
rales para presidente, presentándose él mismo como candidato 
de los demócratas; otros dos candidatos del mismo partido se 
presentaron también, Salazar y Ferrer. Los legitimistas, recono- 
ciendo en su enemigo anterior el verdadero gobernante del país, 
escogieron á Wálker, quien fué electo por una mayoría abruma- 
dora. Obtuvo 15,835 votos contra 867 dados á Rivas, 2,087 á 
Salazar y 4,447 á Ferrer. 

Wálker l'egó á ser entonces el gobernante de hecho y de 
derecho del país, y en ningún tiempo de su historia ha tenido 
Nicaragua un^gobierno tai) justo, tan sabio ni tan bueno como 
el suyo. Pero en el- buen éxito de Wálker las naciones vecinas 
vieron una amenaza para su propia independencia: para las otras 
cuatro repúblicas de Centro América, la divisa Cinco á Ninguno 
que ostentaba la estrella de cinco puntas color de sangre puesta 
en la bandera de los filibusteros, era un emblema siniestro, cuyo 
significado no podía ser más claro ni desagradable. En el acto 
Costa Rica en el sur, y Guatemala, El Salvador y Honduras en 
el norte, así como los descontentos de Nicaragua, declararon la 
guerra al invasor extranjero. De nuevo tuvo Wálker que salir al 
campo contra 21,000 aliados El número de sus fuerzas variaba; 
al ser electo presidente el núcleo de su ejército estaba formado 
por un magnífico cuerpo de 2,000 veteranos, que más tarde al 
cansó á la cifra de 3,500; pero es dudoso que en ningún tiempo 
excediera de este número. Los registros del ejército y de los 
hospitales demuestran que durante todo el tiempo de la ocupa- 
ción de Nicaragua, se alistaron 10,000 hombres bajo sü bande- 
ra. . De éstos murieron 5,000 durante la época de su dominación, 
víctimas de la fiebre ó del enemigo. 

La descripción de las batallas contra los aliados sería inter- 
minable y fastidiosa. En todos los detalles se parecen mucho 
las unas á las otras: la larga y silenciosa marcha nocturna, la 
embestida al amanecer, el combate para tomar posiciones es-, 
tratégicas, ya en los cuarteles, ya en la iglesia situada en la pía. 
za, la lucha cuerpo á cuerpo para defender trincheras ó paredes 
de adobes. El éxito de estos combates variaba á veces, pero el 
resultado final no era nunca dudoso; y á no haber sido por lá. 

16 



— 242 — 

intervención de extrañas influencias, cada una de las repúblicas 
de Centro América habría caído á su tiempo bajo la estrella de 
cinco puntas. 

En Costa Rica hay una estatua de mármol que representa 
á esta república en figura de una joven que tiene puesto el pie 
sobre el cuello de Wáiker. i s de esperarse que alguna noche 
cualquier americano amante de la verdad coloque un cartucho 
de dinamita al pie de esa estatua y se escape de prisa. Sin ha- 
ber sido ayudada, ni Costa Rica ni otra república alguna de la 
América Central habría podido sacar á Wáiker de su territorio. 
Su derrocamiento fué obra de sus mismos compatriotas, provo- 
cados por un acto del mismo Wáiker. 

Cuando éste fué electo presidente, halló que la Compañía 
Accesoria del Tránsito no había dado cumplimiento á las con- 
diciones del contrato con el gobierno de Nicaragua. Conforme 
á su concesión la compañía convino en pagar á Nicaragua 
10,000 dólares al año y el diez por ciento de su beneficio neto; 
pero esta compañía, cuya historia caliñca el ministro americano 
Squier de «infame carrera de engaño y fraude», llevaba sus li 
bros de modo que no apareciera ningún beneñcio. Dudando 
Wáiker de que así fuera, envió á Nueva York una comisión pa- 
ra que investigara el asunto. Esta comisión descubrió el fraude 
y pidió el reembolso de 250,000 dólares. Habiéndose negado á 
pagar la compañía, Wáiker puso embargo sobre sus vapores, 
muelles y alma^ents, revocó la concesión y otorgó una nuer¿t 
á dos de sus directores, Morgan y Gárrison, que trabajaban en 
San Francisco contra Vánderbilt. Al hacer esto, Wáiker come- 
tió un error fatal, por más que estaba legalmente en su derecho. 
Se creó un enemigo poderoso en la persona de Vánderbilt, pri- 
vándose al propio tiempo de las únicas líneas de comunicación 
que tería con los Estados Unidos; porque Vánderbilt, rabioso 
por la presunción del presiilente ñlibustero, retiró sus vapores 
del océano, di jando á Wáiker sin hombn s ni pertrechos y tan ' 
aislado como si estuviera en una isla desierta. 

Su posición era la de un hombre dueño de la parte central 
de un puente, cuyas extremidades hubieran sido destruidas. 

La estrella de Wálker se eclipsa 

Vánderbilt no se contentó con el retiro de: sus vapores, sino 
que mediante el auxilio que dio á los costarricenses en dinero y 
hombres fomentó la guerra en Centro América. Desde Was- 
hington combatió á Wáiker por medio del secretario de estado 
Márcy, que se prestó voluntariamente á servirle de instrumento. 

Spéncer, Webster y demás soldailos aventureros empleados 
por Vánderbilt cerraron el camino del mar Caribe, y el barco de 



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Introdaceiéfli 



Prefacio def-autor 



Gapitttlo Y. — Wílliam Wálker. — Su juventud y educa- 
cación. — Médico, abogado y periodista. — Emi- 
gra á California. — Aspecto personal y rasgos 
caracteribticos.de Wálker. — Sale con una expe- 
dición para Sonora. — Su proclama de gobierno. 
Estricta disciplina. — Se retira de Sonora— -Re- 
cibe malas noticias en San Vicente. — Los aven- 
tureros cruzan la frontera. — Vuelve Wálker á 
ser periodista 

Gapltulo VI* — Nicaragua. -i El Paraíso de Mahoma». -Vi- 
sitas de los bucaneros. — Ringrose y De Lussán. 
Nelson derrotado por una doncella. — La heroí- 
na apócrifa de San Carlos 

Gapltulo VII* — Intrigas inglesas en el istmo. — Morazán 
y la Confederación. — La dinastía de Mosquitia. 
Bombardeo de San Juan del Norte. — Castellón 
llania á los extranjeros. — Doubleday y sus vo- 
luntarios. — Aprueba Wálker el contrato de Colé 

GapitalO VIII» — Compra del Vesta, — El 4 de mayo d» 
1855. Embarque de los tcincuenta y seis inmor- 
tales». — La Falange americana — Primera bata- 
lla de Rivas. — Castigo de un forajido. — Desa- 
cuerdo en el gabinete de Castellón.— Batalla de 
La Virgen. — AfUerte de Castellón 



VII 
XX 



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Gapitulo IX» — Una victoria servil en el norte. — Wáiker 
en la cindadela del enemigo. — Fusilamiento de 
Mayorfia. — Rivas electo director provisional. 
Traición y castigo de Corral. — Narraciones de 
la prensa 95 

Capitulo X.— El fílibusterismo en el exterior. — La expe- 
dición de Kinney. — Los filibusteros y sus alia- 
dos. — Una aristocracia de cuero. — Pierce y Már- 
cy.— Rompimiento con los Estados Unidos. 
Costa Rica declara la guerra. — Fracaso de 
Schléssinger. — Aventureros cosmopolitas. — Re- 
tiro de los vapores. — Historia de la compañía 
del Tránsito. — ^Vánderbilt proyecta su vengan- 
za. — La imprenta en el campo de batalla 69 

Gapítulo XI. — Los costarricenses invaden á Nicaragua. 
Segunda batalla de Rivas. -El enemigo encuen- 
tra un nuevo adversario. — Rivas -eonvoca á 
elecciones. — Candidatura de Wáiker. — Traición 
de Rivas. — Asesinato de Estrada. — Coalición 
de los estados centroamericanos del norte con- 
tra Nicaragua. -Wáiker electo presidente. -Inau- 
guración de su gobierno, que es reconocido por 
el ministro de los Estados Unidos. — Tradición 
del ihombre de los ojos zarcos» 87 

GapítnlO XII. — Administración del presidente Wáiker. 
Los aliados avanzan hacia Granada. — Victona 
naval. — Revista del ejército filibustero. — Los 
filibusteros y sus aliados. — Asalto de Masaya. 
El gobierno civil. — El decreto de la esclavitud. 
Lógica anticuada loi 

6apf tillo XIII» — Hénningsen. — Sirve por primera vez á 
las órdenes de Zumalacarregui. — Hace una cam- 
paña con el profeta del Cáucaso. — Se une á 
Kossuth. — Su llegada á América. — Ometepe. 
Bizarra defensa. — Walters toma las barricadas . 115 

Gapltuio XIV» — Vánderbilt encuéntrala coyuntura de 
vengarse. — Chasco de Titus. — Sitio de Rivas. 
La deserción. — El capitán Fayssoux y sir Ró- 
bert McClure. — Batalla de San Jorge. — Asalto 
de los aliados á Rivas. — Hambre y lealtad. — El 
comandante Davis interviene en favor de la 
paz 125 

Gapítulo XV» — Ultimátum del capitán Davis. — Evacua- 
ción de Rivas. — Estadística de la campaña. 
Opinión de Hénningsen sobre los filibusteros. 
Anécdotas características. — Fréderick Ward. — 
Apoteosis de un filibustero 143 

Gapltnlo XVI» — Regresa Wáiker á los Estados Unidos. 
Nuevas tentativas de éste. — La expedición á 
San Juan del Norte 159 



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GapíttilO XVll. — Historia de la guerra de Nicaragua es- 
crita por Wálkcr.— Desembarco de éste en Roa- 
tán y toma de Trujillo.^ — Se retira ante las fuer- 
zas inglesas. — Su rendición. — Fusilamiento del 
último de los filibusteros 167 

eapítalo XVIII.— Carácter de Wálker. —Fidelidad de 
un soldado. — Una anécdota.- Postrimerías de 
los filibusteros. — Epitafio de Hénningsen.— Fi- 
nís 179 

Apéndice 191 

Garta del presidente don Juan Rafael Mora á don 
Nazario Toledo, ministro de Costa Rica en Gua- 
temala 193 

La batalla de Rivas del 11 de abríl de 1856, por el gene- 
ral don Víctor Guardia 199 

Mis recuerdos de la batalla de Rivas, por el coronel 

don Andrés Sáenz 213 

La batalla de Santa Rosa, por Wílliam V. Wells 217 

Documentos relativos á Juan Santamaría 225 

Wílliam Wálker» por Richard Hárding Davis ^29 



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