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Full text of "Historia de Murcia musulmana : obra laureada por la Real Academia de la Historia en el concurso de 1904 con el premio instituido por el excmo. sr. marqués de Aledo"

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p\ar\ar)0 Gaspar 'i\enjiro 

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i HISTOfil 



CON £L eHEMÍO ÍNSTITÜÍDO 



Sr. Marqués de Aledo 




fERSIDAD DE GRANADA 



HISTOfilA El [L COiCUO DE 190i 



De Abenalhadad el andalosi 



ZARAGOZA 

TIP. DE ANDRÉS URIARTK, PILAR, 1 

1905 



DICTAMEN 



EEAL ACADEMIA DE LA HISTORIA 



«Escasa novedad ofrece la contienda en lo referente 
al premio ofrecido por el Sr. Marqués de Aledo á la me- 
jor memoria de Murcia musulmana: el único manus- 
crito presente es el mismo que el año anterior fué reti- 
rado á fin de subsanar deflciencias de que era causa la 
escasez del tiempo de preparación . Lleno el vacío , des- 
arrollado el plan por el autor en términos de abarcar la 
idea general de la dominación arábiga en España hasta 
la recuperación de Murcia por los cristianos en tiempo 
de Alfonso X, á los sucesos locales poco conocidos, con- 
sagra la debida atención desbrozando camino nuevo en 
que se destacan las figuras del príncipe Teodomiro y del 
espléndido y esforzado Daysam , de cuyas campañas en 
territorio de Jaén incluye interesantes noticias, así 
como de las revueltas en que intervino Hayrán, á la 
caída del califato. La comisión examinadora ha estimado 
el referido manuscrito digno de la recompensa ofrecida , 
y la Academia, de buena voluntad, la ha acordado al 
autor, D. Mariano Gaspar Remiro , catedrático de la Uni- 
versidad de Granada » . 

(Del Boletín de la Real Academia de La Historia, tomo XLV, 
Julio-Septiembre de 1904, Documentos oficiales, pág. 172). 



197720 



ADVERTENCIA PRELIMINAR 



Es difícil escribir hoy la historia detallada de la do- 
minación musulmana en cualquiera de nuestras regio- 
nes; se lucha todavía con la falta ó suma escasez de 
documentos particulares, y las obras históricas debidas 
á los autores cristianos, unas, los cronicones, son muy 
deficientes, especialmente para la parte árabe, y las 
posteriores al siglo xv, sin que sean más abundantes 
en noticias de sustancia, adolecen de graves errores y 
de frecuente confusión y exageración al narrar los he- 
chos de nuestros musulmanes. Es verdad que para tal 
empresa se cuenta con obras históricas legadas por 
los mismos musulmanes, las cuales son más copiosas 
en noticias, más exactas y escritas con mayor conoci- 
miento de la realidad, y además con otras muchas, que 
aunque revisten un carácter eminentemente literario, 
suministran datos de suma importancia respecto de he- 
chos particulares ó de personajes; pero, por desgracia, 
las primeras de éstas son de carácter general y algunas 
limitadas á períodos más ó menos largos de la España 
árabe, y las segundas, á más de ser escasas, están toda- 
vía en estudio, y han de pasar bastantes años para que 
pueda sacarse de ellas todo el material histórico que 
indudablemente contienen. 



Vllt 

Añádase á esto que , como ha dicho un ilustre aca- 
démico (1), « dificulta la tarea de puntualizar lo verda- 
dero en este lenguaje de obras, el habérselas el historia- 
dor á la continua con testimonios discordes, asaltándole 
casi siempre la duda de que el disentimiento sea origi- 
nado por variantes y oscuridades paleográflcas de los 
textos, las cuales se explican con cierta probabilidad 
por lo que toca á los nombres propios conservados en 
una escritura como la arábiga, que descuida el expresar 
las vocales y cuyos caracteres, destinados á la designa- 
ción de crecido número de consonantes, son en rea- 
lidad pocos y de configuración análoga, cuando no 
absolutamente idéntica, en términos de distinguirse 
solamente las representaciones de sonidos muy diver- 
sos, por ápices ó puntos redondos ligeramente trazados 
encima ó debajo de las letras, adelantados ó retrasados 
por lo común respecto del sitio que les corresponde, 
muy fáciles de desaparecer y á menudo olvidados por el 
amanuense. Agregúense á esto las variedades ortográ- 
ficas de mogrebinos y orientales , el alternativo uso de 
distintos cómputos, la diferencia de usos, de cultura, 
de nociones geográficas é históricas y hasta de religión , 
aún no contada la parcialidad nacional, ni el carácter 
del escritor, y será obvio el entender que existen obs- 
táculos de momento para conseguir los fines historiales 
en el camino que han de recorrer los arabistas. Alién- 
tales, sin embargo, la esperanza de acertar, y, ¿por qué 
no decirlo?, la persuasión, asimismo, de haber fre- 
cuentemente acertado, estímulo grande para toda in- 
vestigación, aun en la esfera más modesta». 



(1) Fernández y González fD. Francisco), «Los reyes Acosta 
y Elier», avt. de la España moderna, Noviembre de 1899, pág. 83, 



IX 



Si por las mismas razones que dejamos apuntadas, 
como ka dicho recientemente otro ilustre académico (1), 
no se ha escrito hasta hoy una buena historia general 
árabe de España , ni siquiera se está en condiciones de 
poderla escribir; ¿qué de particular tiene que sea más 
difícil publicar la de una provincia ó ciudad determina- 
da? Por esto, en el presente trabajo no pretendemos 
decir, ni mucho menos, todo lo que importa saber res- 
pecto de Murcia musulmana; no hacemos en él más que 
presentar respecto del particular el fruto de nuestra 
investigación durante el tiempo fijado en el concurso 
abierto por la Real Academia de la Historia. Durante 
ditho tiempo hemos trabajado con empeño buscando 
aquellas fuentes, que no teníamos á nuestro alcance, en 
las bibliotecas de los maestros y en las más notables del 
Estado para este género de estudios, visitamos las prin- 
cipales ciudades de la región, objeto de esta historia, y 
leímos cuanto de las crónicas regionales cayó en nues- 
tras manos, todo con el único fin de contribuir, en la 
medida de nuestras fuerzas, al esclarecimiento del tema 
de la obra. 

De los trabajos históricos de la región muy poco 
hemos podido aprovechar, serán excelentes y útilísimos 
para otros períodos de nuestra historia; mas tratán- 
dose del período árabe, dejan muchísimo que desear en 
cuanto á veracidad y exactitud en la narración de los 
hechos, incluso la conocida obra del ilustre Cáscales, 
utilizable únicamente para el tiempo de la reconquista, 
é igualmente la que respecto del mismo tema que infor- 
ma nuestro trabajo, publicó D. Félix Ponzoa y Cebrián 



(1) Codera, «Almorávides)), introducción, 



en 1845 con el título de Historia de la dominación de 
los árabes en Murcia, sacada de los mejores autores y 
de una multitud de códices y documentos auténticos de 
aquella época que existen en las bibliotecas y archivos 
del reino. No somos nosotros los llamados á juzgar dicha 
obra, ni es preciso que lo hagamos; dejó ya estampado 
su fallo D. Pascual Gayangos en un artículo publicado 
en la Antología Española (1), del cual copiamos aquí la 
parte más sustanciosa, guiados tan solo por el interés 
de la verdad histórica. 

«Al leer título tan pomposo y retumbante, dice el 
Sr. Gayangos, acerca de la obra de referencia, desde 
luego creímos que el Sr. Ponzoa había topado cuando 
menos con la obra de Mohammad ben Mohammad ben 
Al-háge, sabio alfaquí que escribió hacia mediados del 
siglo decimocuarto una descripción histórico -geográ- 
fica de Murcia y su reino; y como casualmente la 
historia de dicha provincia, constituida en reino inde- 
pendiente y separado de Córdoba, es la que presenta 
más escasos materiales, nosotros que somos natural- 
mente aficionados á éstas que el vulgo llama antigua- 
llas, nos pusimos á ojear la obra del Sr. Ponzoa, con la 
curiosidad y avidez que son consiguientes. Juzgue, 
pues, el lector cual sería nuestra sorpresa al encontrar- 
nos con que la decantada Historia de la dominación de 
los árabes en Murcia no era en su mayor parte más que 
un vaciado de las obras de Cáscales y Lozano; que lo 
poco que en ella hay tomado de Casiri y de Conde (au- 
tores que el Sr. Ponzoa debiera haber leído con deten- 



(1) Revista de ciencia, liíeratura, bellas artes y ci'itica, tomo I, 
pág. 34. 



XI 

ción , antes de engolfarse en un laberinto que para él ha 
sido el de Creta), está mal comprendido y peor expre^ 
sado: que no hay siquiera un nombre propio que esté 
bien escrito, ni un solo suceso narrado conforme á la 
verdad histórica, ni una sola fecha que no esté equivo^ 
cada ; y por último , que de los diez y ocho gobernadores 
ó reyes que sabemos hubo en Murcia , tan solo se citan 
por el autor ocho; y éstos, ó no fueron tales reyes, ó si 
lo fueron, se hallan de tal manera disfrazados con los 
nombres que al Sr. Ponzoa plugo darles, que el mismo 
Mahoma, si al mundo viniera, se guardaría de recla- 
marlos como suyos....» 

El mismo Sr. Gayangos en el citado artículo, á la 
vez que destruye la obra del Sr. Ponzoa, hace una 
ligera reseña de la historia de Murcia durante la domina- 
ción árabe, la cual si bien pudo prestar grande utilidad, 
cuando fué dada á luz, hoy que ya tenemos mayor nú- 
mero de textos y mejor estudiados, resulta insuficiente 
y no siempre exacta aun dentro de las líneas generales 
en que se halla escrita. Con todo, hemos aprovechado 
su parte útil, haciéndola fuente predilecta de nuestro 
estudio, juntamente con los textos árabes impresos y 
manuscritos y los trabajos de los modernos y autoriza- 
dos arabistas, Dozy, Codera, Fernández y González y 
Saavedra, de que nos hemos servido, como echará de 
ver el lector en la lectura de este libro. 

No debemos terminar esta advertencia, sin manifes- 
tar públicamente lá parte que ha correspondido en la 
realización de nuestro empeño á los excelentísimos se- 
ñores Marqués de Aledo y García Alix , al primero por 
su generosa iniciativa al instituir el premio, y al se- 
gundo por haber autorizado, siendo Ministro de Instruc- 



XII 

ción pública, que el autor pudiera ausentarse de su 
residencia oficial durante tres meses, á fln de hacer 
estudios en los manuscritos é impresos árabes, que se 
sabe existen en las bibliotecas Nacional, de la Real Aca- 
demia de la Historia y del Escorial . 



CAPITULO PRIMERO 

Invasión de la tierra de Todmir 

Oj)inioncs de Ids /listoi'i adores; versión iiiüs eructa de los que lo re- 
fieren al tiempo de la venida de Miua. — Derrotero se¡/uido por 
Ahdela^iz en su conquista de Todmir, ij tiempo preciso en que 
pudo realizarla.— Oposición ij derrota de Tcodomiro , jefe do la 
reijión. — Noticias sobre la participación de Teodondro en la 
batalla del Barbate , ji en la lucha interior del país. — Observa- 
ciones sobre el relato de la crónica denominada del moro Rasis. 

No es unánime la opinión de los historiadores res- 
pecto al tiempo en que fué invadida por los musulmanes 
la parte del territorio español, á que ellos dieron el nombre 
de Cora de Todmir. Un autor árabe (1) afirma que Táric, 
hijo de Zeyad, á seguida de apoderarse de Ecija, donde 
le habían resistido nuevamente las fuerzas godas que, 
menos quebrantadas, habían escapado del desastre del 
río Barbate ó de Sidonia, envió una división de su ejérci- 
to, que conquistó á Granada, y que la misma división 
marchó inmediatamente á la región de Todmir, llamada 
así después en memoria de su gobernador Teodomiro. 
Otros autores (2) no hacen más que ampliar la misma 
versión del hecho que leemos en Abenadarí; pues dicen, 
que Táric desde Ecija, donde entró triunfante tras de 
empeñada lucha con los habitantes de la ciudad y los 
fugitivos del ejército de Rodrigo, dividió sus tropas en- 



(1) Abenadarí, Al-Bavamó L. Mogrib, edic . de Dozy, toniull, 
pág. 13. 

(2) El Anónimo del Ajbar Mac/tmiía , pág. 25 y 26 de la traduc- 
ción; Abenalcutia, copiado por Abenaljatii), Ihata, edic. del Cairo, 
vol . I, pág. 16 y 17; Anouairí, ws. de la Real Academia de la His- 
toria, núm . 60, fol. 93, v. ; Arra/i en Almacari, edic. de Leyden, I, 
pág. 166. 



-- 2 — 

viando un destacamento á Córdoba, otro á Granada, otro 
á Málaga, y marchó él con el grueso de su ejército á To- 
ledo de la que se apoderó sin combate, pues encontró la 
ciudad evacuada por el enemigo: reunidos los destaca- 
mentos enviados contra Granada y Málaga, luego de rea- 
lizada su misión respectiva, dirigiéronse á la región de 
Todmir (1). 

Los historiadores, que van citados, refieren la inva- 
sión de Todmir al año 711 , y seguidamente á la derrota 
del ejército de Rodrigo. Mas, no faltan otros que atribu- 
yen la invasión y conquista de dicha región á Abdelaziz , 
hijo de Muza. Abenaljatib, después de referirnos la na- 
rración del hecho tal como aparece en el historiador Aben- 
alcutia, aduce el testimonio de Moavia, hijo de Hixem, y 
de otros autores, los cuales aseguran que la conquista de 
Todmir, y á continuación de ella las de Elvira y Má- 
laga, fueron emprendidas en el año 93 de la hégira (712 
de J. C), tiempo en que vino á España Muza, hijo de 
Noseir, quien, al efecto, envió una división de su ejército 
capitaneada por su hijo Abdelaziz contra la región de 
Todmir, y se hizo dueño de ella, y después marchó á 
Elvira, y tomada esta ciudad, dirigióse á Málaga (2). Al- 
macarí luego de exponer, á semejanza de Abenaljatib, la 
narración de los que atribuyen la conquista de Todmir al 
tiempo de la venida deTáric, añade: «pero han dicho 
otros historiadores que Muza, hijo de Noseir, envió á su 
hijo Abdelaziz á tierra de Todmir, y la conquistó, y á 
Granada, Málaga y Reya (3) de las cuales se apoderó tam- 
bién» (4). Además la crónica conocida por el Anónimo 



(1 ) Fsíii misma versión es seguida ]mji- el Arzoljispo D. R(jrli-ii;i> 
lil). III, cap. XXIII y XXIV, y la Ci'única licneral, Edic . ZaiiKji-a 
1541, 3.^ parte, cap. I. 

(2) Véase el apéndice número I. 

(ll) Nombre de la provincia que tuvo por cíip'ital á Arcliidima, 
véase Yaiait, (xeo.^'rapliisclie etc. en la palabra Ai o, J^:i.^\ . Véase tam 
l)ién á Lafu(Mit(! Alcántara, Ajbar Machinua, páü,'. 161. 

(4) Analectes, (¡dic. <le Leyden, I, pág. 174. 



— 3 — 

latino ó de Isidoro Pacense atribuye á Abdelaziz el tra- 
tado de capitulación, que dio por terminada la conquista 
de la región de Todmir, al decirnos que el califa de 
oriente confirmó á Teodomiio el pacto, que había recibido 
de Abdelaziz (1). 

Ante la fuerza de los testimonios que anteceden , todos 
los escritores modernos que han estudiado la conquista 
de España por los musulmanes, rechazan la versión de los 
cronistas que atribuyen la invasión de Todmir á tropas 
destacadas por Táric á seguida de la derrota de los godos 
en Ecija, inclinándose más bien á creer que dicha inva- 
sión fué llevada á cabo más tarde por Abdelaziz, cuando 
ya se liallaba en España su padre Aluza, hijo de Noseir (2). 

Mas si bien pasa como hecho averiguado que la con- 
quista de Todmir fué realizada por Abdelaziz, hijo de 
Aluza , cuando ya se hallaba éste en España, no lo es tanto 
el derrotero que siguió, ni el momento preciso en que se 
llevó á cabo. No admite controversia que el plan de ope- 
raciones confiado á la acción de Abdelaziz comprendía, 
además de la conquista de la región de Todmir, las de 
Granada, Alálaga y Reya; así lo declaran todos los his- 
toriadores árabes mencionados que se ocupan de la con- 
quista de España. Alas lo vasto de ese plan, el hecho no 
menos cierto de tener ([ue acudir Abdelaziz á sofocar la 
insurrección de los sevillanos, los cuales auxiliados por 
la gente de Niebla y Beja se habían alzado aprovechando 
la ausencia de Aluza que se hallaba sitiando á Aíérida (3), 



(1) «Et pactuní ijuud duduní a!j Abdelaziz accepei-at ñi-mitei' ab 
cu i'ei»aratui')). Es¡iaña Sagrada VIII, Cronií-ún de li^iduro Pacense, 
iiú'.n. .38. Di(íh(j pacto se halla en el historiador Adabi: Casiri fué el 
j)i-imero que lo publicó en su «Biblioteca escui-ialensis», tomo II, 
pág. 106, y si entonces resultó su publicación poco correcta, después 
lia sido dado á luz en facsímile y trascrito por el Sr . Codera en su 
«Biblioteca Arabico-Hisiiana», t. III, prólogo 3^ pág . 259. 

(2) Así opina Lafuente Alcántara, Ajbar Machnum, Colección 
de CnSnicas arál)igas, I, pág. 2(S, nota; Dozy, Recherches, S."' edi- 
(;i(Jn, I, pág. 40 y 50, nota; Saavedra, Invasión, etc., pág. 127; 
y otros. 

(3) AJbar Machinua, pág. 18. 



— 4 - 

y el tiempo relativamente breve, que se fija para la rea. 
lización de dichas operaciones, han sido causa de que 
nuestros historiadores, en general, hayan divagado unos 
é incurrido en error otros, al querer precisar el itinerario 
y el tiempo en que Abdelaziz llevó á buen término la 
obra que le fué confiada por su padre Muza. Hay quien 
afirma que Abdelaziz se dirigió primeramente á Málaga y 
Granada , y después á Todmir; otros creen que marchó á 
este último lugar, después de haber sofocado la insurrec- 
ción de los sevillanos. 

A nuestro modo de ver, la conquista de la región de 
Todmir fué realizada por Abdelaziz antes que las de Gra- 
nada y Málaga. No otra conclusión se desprende de la 
atenta lectura de los textos de Abenaljatib y Almacarí 
antes citados, en los cuales se afirma llanamente que la 
conquista de dichas capitales no se llevó á efecto al entrar 
Táric en España, sino más tarde, al venir Muza (1), hijo 
de Noseir, y que su hijo Abdelaziz, á quien fué confiada 
la empresa, se dirigió primeramente á la región de Tod- 
mir y, una vez conquistada ésta, marchó sucesivamente 
contra Granada, Málaga y Reya. 

Consta que la entrada de Muza en España tuvo lugar 
en Abril del año 712, y como el tratado de Abdelaziz, que 
trae Adabi , da por terminada la conquista de la región de 
Todmir en 5 de Abril de 713, resulta que Abdelaziz dis- 
puso casi de un año para realizar dicha conquista. 

La intervención personal de Abdelaziz para sofocar la 
rebelión de Sevilla es compatible en el tiempo con sus 
conquistas de Todmir, Granada, Málaga y Archidona; 
pues los historiadores árabes nos dicen de un modo pre- 
ciso que Muza mandó á su hijo Abdelaziz que sofocase la 
rebelión de los sevillanos, cuando ya se había apoderado 
él de la ciudad de Mérída. Ahora bien , dicha ciudad se 



(1) Líiá p;ilul)i'as do lu.s citadus textus j^-^j^ J^v> jJ<e. siyni- 
lic.aii litcíi-almerjto «al tiempo de la entrada (en España) de Muza». 



rindió á Muza en 30 de Junio de 713 (1), próximamente 
tres meses después de realizada la conquista de la región 
de Todmir. Pudo Abdelaziz, por consiguiente, proseguir 
su conquista por tierra de Granada, Málaga y Archidona 
durante los tres ó cuatro meses de que, por lo menos, 
dispuso antes de recibir orden de su padre de emprender 
la sumisión definitiva de los sevillanos, y extender la 
conquiota á las ciudades de Niebla, Beja y otras del Oeste 
de España . 

Al avance de Abdelaziz hacia la tierra de Todmir por 
la antigua vía romana de Cástulo , como quieren los se- 
ñores Cánovas Cobeño (2) y Báguena (3), ó por camino 
distinto (pues ni los autores árabes, ni el Anónimo latino 
nos marcan el itinerario) , se opone obstinadamente como 
señor de dicha tierra el famoso Teodomiro, capitaneando 
hábihnente las tuerzas importantes de su mando (4), hasta 
que derrotado y perseguido en campo llano, sin acciden- 
tes de terreno que le protegiesen en la fuga, perdió la 
mayor parte de sus guerreros , muertos al filo de los sa- 
bles mahometanos , y corrió precipitadamente con los 
que pudieron escapar ilesos á refugiarse en la ciudad de 
Orihuela. 

De las palabras de Abenadarí , que acabamos de citar, 
confirmadas por el relato de otros historiadores, y del re- 
conocimiento del lugar, saca el ilustre Sr. Cobeño (5) que 
la derrota del enemigo ocurrió en el extremo de la llanura 
que comienza en los campos de Lorca, en contra de la 
opinión de los historiadores que la suponen acaecida en 
el liamadO' campo de Sangonera (6). 

Lo que aparece indudable es, según la narración de 
los historiadores árabes, especialmente de Abenadarí, que 



(1) Abenadai'i, t. II, págs. 16 y 17. Ajhar Machiiim, ))ág. 18. 

(2) Historia de la ciudad de Lorca, pág. 04. 

(3) Aledo, pág. 64. 

(4) Abenadarí, tomo II, pág. 13. 

(5) Historia de la ciudad de Lorca, pág. 64. 

(6) Cáscales, Discursos históricos et<;. , pág. 11, á nuiori siguen 



otros. 



aunque emprendiesen Teodomiro y sus guerreros la fuga 
en los campos de Lorca, su persecución y matanza se ex- 
tendió hasta las cercanías de Orihuela; pues los que pu- 
dieron escapar ilesos con su caudillo, corrieron á refu- 
giarse en el recinto de diciía ciudad que á seguida quedó 
sitiada por las tropas de Abdelaziz. 

Aventurado es afirmar, como hecho indudable, la asis- 
tencia de Teodomiro á la batalla del río Barbate ó de Si- 
donia. Puede sospecharse únicamente que fuese así por 
lo que nos dice Almacarí, tomándolo de otro historia- 
dor (1): «que al tiempo de la invasión realizada por Tá- 
ric, hallábase Rodrigo lejos de su corte, que había dejado 
de vicario suyo á Teodomiro , y que fué éste el que le 
avisó que habían invadido la península unos hombres, que 
ignoraba si procedían del cielo ó de la tierra». En análogo 
sentido se expresa el historiador granadino Abenalja- 
tib (2), cuando refiere sobre el particular, que Teodomiro 
viendo que las fuerzas de Táric se multiplicaban en Gi- 
braltar, como prefecto que era de aquella región , llamó 
en su auxilio á Rodrigo. 

Dudoso es también todo cuanto se ha dicho respecto 
del partido seguido por Teodomiro en medio de la lucha 
civil del país . Lo que parece indudable es , que ardía en 
España, al tiempo de la invasión árabe, gran lucha intes- 
tina entre los partidarios del usurpador Rodrigo y los de 
los descendientes de Vitiza. Bien claro lo da á entender 
el Anónimo latino {ci): « dum Híspania , dice,., niinium 
nom soliim liostiU, veriun etíam intestino fwrore confllge- 
retur; el Ajhar Maclimua (4), el Nonairi (5) y otros autores 
árabes, al decirnos que durante la batalla de Sidonia se 
retiraron del campo los hijos de Vitiza y otros nobles que 



(1) Analectos, tomo I, pái;-. 149. 

(2) Casiri, Bibliotlieca etc. , II, pág. 826. 

(3) España Sagrada, tomo VIII, Crón. de Isid. Pac, n." ;]5. 

(4) Colección de Crónicas arábigas, pág. 21 do la traducción. 

(5) Ms. do la R. Arad, do la Historia, núni. (iO, tól. :}2. 



se habían confabulado al efecto, creyendo que los árabes 
no apetecían otra cosa que el botín de guerra, y que, un a 
vez dueños de éste, se volverían allende el estrecho, de- 
jando el reino de España en favor de ellos. ¿Fué Teodo- 
miro de los nobles que hicieron traición á Rodrigo? Las 
palabras de Almacarí, que hemos citado antes, y en las 
que éste nos dice que Rodrigo tenía de vicario á Teodo- 
miro, y la resistencia que todavía sigue oponiendo el fa- 
moso jefe á los invasores, ocasionándoles no pocas pérdi- 
das, como refiere el Anónimo latino, nos inclinan á creer 
que se mantuvo fiel á la causa de Rodrigo , y como tal , es 
muy probable que asistiese á la derrota del río Barbate ó 
de Sidonia, después de la cual hubo de retirarse á la re- 
gión de Todmir que se hallaba encomendada á su gobier- 
no y defensa antes de la venida de ios árabes, según se 
infiere de las siguientes palabras del Anónimo latino: 
<^Secl etlam sab Egica et Witiza Gotliorum regibus, in 
Grcecos qiii ceqiiorei navaliqne descenderant sua in patria 
de palma victorice trimnphaverat; que bajo el gobierno 
de Egica co?i Vitiza alcanzó merecido lauro recJiazando 
una invasión de los griegos en la costa, como traduce 
muy bien el Sr. Saavedra (1). 

Una observación, sin embargo, pudiera hacerse en 
contra del relato acerca de la invasión de Todmir, que dé- 
jamos hecho tal como se desprende de los más autorizados 
textos conocidos. En la antigua crónica denominada del 
moro Rasis, se expone la versión de aquellos historiado- 
res que refieren la conquista de Todmir al tiempo de la 
venida de Táric, con más la circunstancia de presentar á 
Teodomiro como jefe unido á los invasores y encargado 
por estos de dirigir la expedición contra Orihuelay su te- 
rritorio: «et la hueste, dice, que embiaron con Tudemir 
aquel que fuera cristiano que embiaron sobre Orihuela , 
et quando los de Orihuela esto vieron , ante que á ella lle- 



(1) IiivasiiHi, ot(í., pág. 12. 



gase salió gente de Orihuela et viniéronles tener el camino 
en una vega, et lidiaron con la gente de Tndemir et quiso 
Dios que venció Tndemir, et non fincaron de todos los de 
Orihuela si7ion los que fueron et se acogieron á la villa; 
et pues que Tudemir venció fué cercada Oriliuela^ (1). A 
continuación refiere la crónica lo que se lee en la genera- 
lidad de los autores respecto del sitio de Oriluiela. 

Ese recitado de la crónica del moro Rasis, fantaseado 
por otros historiadores nuestros y ampliado á su antojo, 
ha dado margen á que se hayan estampado versiones so- 
bre el particular tan desatinadas, que sería ocioso criti- 
carlas , y de las cuales no se han visto libres autores de 
valía como Cáscales, quien, en su famosa obra «Discur- 
sos históricos de Murcia y su reino >^ (2) , hace caudillos 
invasores de la tierra de Todniir, al lado de los musulma- 
nes, al arzobispo D. Opas y al jefe Teodomiro, y como de- 
fensores del país á un tal Barbate (sic) y sus dos hijos, 
Tebar y Listaris . 

Por lo que hace á las palabras de la crónica castellana, 
motivo de tales versiones, bastará advertir con su ilustre 
editor Sr. Gayangos, que es una traducción mala y llena 
de infinitos errores é interpolaciones de traductores y co- 
pistas de una historia compuesta por Ahmed Arrazí y 
continuada por su hijo Ysa, ó algún otro autor árabe que 
siguió sus huellas , y que por la semejanza que dicha cró- 
nica tiene con el Anónimo de París « Ajhar Machmúa » 
se puede conjeturar que este códice árabe sea parte de la 
obra de Ari'azí, tanto más cuanto termina en el reinado 
de Alhaquem II, época en que floreció y escribió Ysa, 
hijo de Ahmed Arrazí, y en que concluye también la cró- 
nica castellana (3); y en cuanto al pasaje sobre Teodomi- 
ro, en cuestión, es de creer con el mismo Sr. Gayangos, 



(1) Gayangos, Memoria de la autenticidad de la (M-ónica di;no- 
minada del moro Rasis. Memoi-ias de la Real Academia de la Histo- 
ria, tomo VIII. 

(2) Cap. IV, pág. 11 y siguientes. 

(3) Gayangos, obra citada, pág. 18 y 25. 



— y — 

«que en él perdió la brújula el traductor haciendo del 
godo Teodomiro, vencido en los campos de Orihuela, un 
lugarteniente de Táric, vencedor de los de su propia ley 
y nación (1). 

Pero en la misma crónica del moro Rasis se añade (2), 
que Muza dio desde Mérida á su hijo Abdelaziz la orden 
de echarse sobre Sevilla. '^ Et Abelangín (Abdelaziz), 
continúa diciendo , tomó de aquella gente que su padre le 
mandaba, et fuese lo más aijna que pudo, et lidió con 
gente de Origuela (Orihuela) et de Orta, et de Valencia, 
et de Alicante, et de Denia, et quiso Dios assi que los ven- 
ció, et dieronse las villas por pleitesía (3). 

En el nuevo pasaje de la sobredicha crónica, como se 
vé , se menciona una expedición contra la tierra de Tod- 
mir, realizada esta vez no por D. Opas y Teodomiro, sino 
por Abdelaziz, hijo de Muza. 

El Sr. Gayangos, que admite la versión de aquellos 
autores que dan por invadida la región de Todmir al 
tiempo de la venida de Táric, sorprendido por el segundo 
pasaje del moro Rasis, se expresa en los siguientes térmi- 
nos: *es notable, dice (4), que ni el Anónimo parisiense, 
ni el Arzobispo D. Rodrigo, cuya historia parece calcada 
sobre el libro de aquél, digan nada acerca de esta expe- 
dición. Es de creer, sin embargo, que llegó á verificarse, 
ya sea que las ciudades aquí nombradas sacudiesen el 
yugo de los invasores, siguiendo en esto el ejemplo de 
Sevilla, Niebla y Beja, ya que Muza, poco contento con 
las capitulaciones concedidas al godo Teodomiro, buscase 
un pretexto para anularlas . » 



(1) Obra c/itada, pág. 70. 

(2) Pág. 78 y 79. 

(3) Es indudable que en el lugar citadu de la ciN^nica se hace 
referencia á las ciudades que se entregai'on por capitulación á Abde- 
laziz en su (joníjuista de la región de Todmir, y de las cuales la ver- 
dadera interpretación y correspondencia actual se estudiará niás 
adelante. 

(4) Obra citada, pág. 79, nota. 



— 10 — 

Después del estudio que se ha hecho anteriormente 
de los textos árabes relativos á la invasión de Todmir, 
entendemos que no puede ser aceptada la conjetura del 
sabio orientalista. Recuérdese que en los de Almacarí y 
Abenaljatib, copiados de otros antiguos historiadores, in- 
cluso de Arrazí , se echa de ver que se dan dos versiones 
distintas respecto de la conquista de Todmir, una refi- 
riéndola al tiempo de la venida de Táric y seguidamente 
á la batalla del Barbate y otra que la creen realizada por 
Abdelaziz á poco de venir su padre Muza. Resulta, pues, 
que en todos los textos conocidos de autores árabes , nun- 
ca se hace mención de dos expediciones distintas , sino 
de una sola realizada en diferentes fechas. Cínicamente 
en la crónica del moro Rasis aparece el asunto expuesto 
como si se tratara de dos expediciones distintas, y es de 
creer que lo que quiso expresar su autor fué , como se lee 
en los otros textos , la doble opinión de aquellos que asig- 
naban tiempo diferente á la expedición contra Todmir, 
que dio por consecuencia la conquista de la ciudad de 
Orihuela j su tierra . 



CAPITULO II 

Sitio de Orihuela: el tratado de capit-alación de Teodomiro 

Ci-itica de l((S rc/'sioncs del (crio rsdd'üdensc en (iito se contiene di- 
cho traUído. — Tcodontiro no tuvo reino i tule pendiente, ni si- 
quiera (intónonto en el sentido propio de esta pulídjru: rerdaderu 
situación en que dejaron los dondnadores niitsidnaiues i't Teodo- 
ndro jj los sui/os: rabones ([ue ronfiriiaui la relicta de nuesti'a 
na rracinii sahre el pai-nridiir. 



Cuentan los historiadores que Teodomiro (i), varón 
aguerrido y de gran ingenio, viendo el escaso número de 
guerreros que le quedaban para la defensa de Orihuela, 
mandó á las mujeres de la ciudad que dejasen sueltos 
sus cabellos, y armándolas de lanzas las colocó sobre las 
murallas detrás de la línea de los hombres; acto continuo 
resolvió solicitar del enemigo la paz en las mejores con- 
diciones que le fuese posible para él y los suyos, y al 
efecto presentóse á aquél , á guisa de parlamentario , y se 
insinuó tanto en el ánimo del caudillo musulmán, que 
éste llegó á otorgarle un pacto, en virtud del cual queda- 
ban Teodomiro y los suyos reservándose la propiedad de 
todos sus bienes. Toda la región de Todmir. quedó some- 
tida á la autoridad de los musulmanes ; pero éstos no se 
apropiaron parte alguna de sus bienes por derecho de 
conquista. Firmado el pacto de capitulación, descubrióse 
Teodomiro á los musulmanes y les introdujo en la ciu- 
dad . Al notar los musulmanes que no quedaban dentro 
de ésta más que los siervos , las mujeres y los niños , tu- 



(1). El ñutov úc\ AJ bar M(a--h/)iua, pág . 25 y 26 de la ti-aduc- 
ción; Alnia<',ari, II, pág. 1(1(5; Abcnadai-i, tomo II, pág. I-':!, y otros. 



- 1S-- 

vieron pesar de haber otorgado condiciones tan beneficio- 
sas á Teodomiro; pero las respetaron ya, según era su 
costumbre . 

La estratagema de colocar á las mujeres sobre las mu- 
rallas, que tanto valió á Teodomiro para las condiciones 
de la paz, según el recitado anterior de los historiadores 
árabes, parece al ilustre Dozy algo sospechosa. «Bien 
pudiera ser, á'ce (i), una reminiscencia de la que habían 
empleado los defensores de Hadjr cerca de 80 años antes, 
cuando su fortaleza se hallaba sitiada por Jalid. Aquella 
guarnición había puesto á las mujeres sobre las mura- 
llas, á ñn de presentar al enemigo el simulacro de una 
fuerza poderosa y de obtener un tratamiento de paz bene- 
ficioso. Sin embargo, no insisto sobre esta observación; 
convengo en que Teodomiro pudo tener la misma idea 
que el jefe de Hadjr». Para el Sr. Saavedra (2) no es más 
que un cuento inventado por los árabes para disimular lo 
deslucido de la campaña , ante la tenaz resistencia que les 
ofrecía el esforzado Teodomiro » . Sea lo que quiera de esto, 
lo cierto es que, como dice el mismo Sr. Saavedra (3), 
«ambos capitanes (Abdelaziz y Teodomiro), prudentes á 
la par que esforzados, vinieron al acuerdo y capitulación 
más memorable de la conquista » . 

Varias veces ha sido traducido á nuestra lengua el tra- 
tado de capitulación de Teodomiro, pero siempre con poco 
rigor y exactitud . En Conde (4), Lafuente (5), Ponzoa Ce- 
brián (6), Chabás (7), etc., se leen traducciones de dicho 
tratado, las cuales merecen ser olvidadas. Las dos versio- 
nes más exactas y aceptables casi en su totalidad son de- 



(1) Recherclics, etc. II, pág. 50 de la tercera ediciim. 

(2) Invasión, etc., pái;'. 128. 

(3) Invasión, etc., pág. 130. 

(4) Historia de la dominación árabe, tomo I, ¡úg. 50. 

(5) Pai-te2.% lib. 1, cap. I. 

(6) Historia, etc., pág. 27. 

(7) El Archivo IV, cap. 102. 



- 13 - 

bidas al Sr. Saavedra (1) y al Rvdo. P. Furgus (2); pero 
aún dichos señores han descuidado, á nuestro juicio, la 
interpretación de algunas frases importantes, sorprendi- 
dos quizá por los primeros traductores ó por el prejuicio 
histórico reinante respecto de la situación en que se cree 
quedó Teodomiro. 

Muy difícil es que puedan ser resueltas satisfactoria- 
mente todas las cuestiones que ha suscitado la lectura del 
pacto de Abdelaziz, mientras no nos depare la suerte otro 
códice del mismo Adabí ó de otro historiador, con el que 
pueda ser cotejado el del Escoriad. Pero no por eso ha de 
tomarse el actual, único de que disponemos, á beneficio 
de inventario, como quiere algún escritor (3). Entende- 
mos que la copia del texto del tratado, tal como aparece 
en el códice escurialense, corresponde fielmente al origi- 
nal desconocido para nosotros, excepto en lo que toca á 
algunas de las ciudades mencionadas en él. Nos mueve á 
creerlo así la observación de que, aparte del caso excep- 
tuado, todas las palabras y frases en que se hacen cons- 
tar los derechos concedidos á Teodomiro y los suyos, y 
aquellas en que se fijan las obligaciones á que quedan so- 
metidos , además de obedecer á las leyes gramaticales en 
su estructura y composición, no se oponen en su sentido 
á la historia de los sucesos ocurridos en la región de Ori- 
huela, ni al carácter de las conquistas musulmanas. 

En la biografía de Habib, hijo de Abubaida, el Fihrí, 
uno de los magnates que vinieron con Muza á la conquis- 
ta de España, refiere el historiador Adabí (4) que el nom- 
bre del biografiado aparece entre los que subscriben el tra- 
tado de paz, que otorgó Abdelaziz á Teodomiro, y á conti- 
nuación pone el texto del tratado que dice así: «En el 
nombre de Dios clemente y misericordioso. Escritura de 



(1) Invasión, etc., pág. 128. 

(2) Historia de Oriliuela de D. Ernesto Gisbert, t. I, pág. 252. 
( ;3) Cimbas, lugar citado. 

(4) Bib . Arab . Hisp . III, núm . 075 . 



— 14 — 

Abdelaziz, hijo de Muza, hijo deNoseir á Teodomiro, hijo 
de Gabdus (l), en virtud de la cual queda convenido, y se 
le jura y promete por Dios y su Profeta (á quien Dios ben- 
diga y salve) que tanto á él, como á cualquiera de los su- 
yos, se les dejará en el mismo estado en que se hallen 
respecto del dominio libre de sus bienes; no serán muer- 
tos, ni reducidos á esclavitud, ni separados de sus hijos, 
ni de sus mujeres; se les permitirá el culto de su reli- 
gión, y no serán incendiadas sus iglesias, ni privadas de 
su propiedad libre, en tanto que observe y cumpla fiel- 
mente lo que pactamos con él, á saber: que entregará por 
capitulación las siete ciudades, Orihuela, Villena, Alican- 
te, Muía, Begastro (?), Ojos (2) y Lorca; que no se dará 
hospitalidad á los que huyan de nosotros, ni á los que nos 
sean hostiles, ni se molestará á los que nos sean fieles 
adictos, ni nos ocultarán las noticias que tuvieren res- 
pecto de nuestros enemigos ; que él y los suyos pagarán 
cada año un diñar, cuatro almudes de trigo, cuatro almu- 
des de cebada, cuatro azumbres de vinagre, dos azum- 
bres de miel y dos azumbres de aceite, y la mitad de esto 
los siervos. Fueron testigos. Otman, hijo de Abuabda, el 
Corcixí; Habib, hijo de Abuobaida, el Fihrí; Abdala, hijo 
de Meicera, el Falimí; y Abucain, el Hadalí; fué escrito 
en el mes de Racheb del año 94 de la hégira (Abril de 713). 
Como puede verse, hemos traducido las siguientes 
palabras del texto : 

Que tanto á él, como á cualquiera ele los suyos, se les 
dejará estar en el mismo estado en que se hallen respecto 
del dominio libre de sus bienes ; y no como lo han hecho 
todos los traductores del tratado antes citados, diciendo, 



( 1) cr^3'-^-^* , «li'^o til texto. 

(2) Más ari'iba se exiujiien las razones que tenemos, para liacei* 
(.•ün't!S])oader la jjalabra del texto <*-.>\ , Oi/i/óh con la población llama- 
da hoy Ojos. 



— 15 — 

por ejemplo, el padre Purgiis (y cito á éste por ser el úl- 
timo que lo. ha traducido en la Historia de Orihuela de 
D. Ernesto Gisbert) (1): «que ni él, ni alguno de los su- 
yos estarán sujetos á autoridad de otros, ni se ocupará su 
reino, ni se le despojará de él», siguiendo en el fondo la 
interpretación dada ya por Conde, Ponzoa Gebrián, etc. 
Los yerbos j^\ y ^^^ , que en el texto van usados indu- 
dablemente en segunda forma ó conjugación, son contra- 
rios en su sentido; el uno signifícalo opuesto del otro. 
Empleados separadamente, signiflca el primero hacer ir 
delante, presentar ú ofrecer alguna cosa á, ó para al- 
guien, cuando, como en el caso presente, el complemen- 
to de la persona para quien se hace ir delante, se presen- 
ta, etc., va regido por la preposición J ; y el segundo 
significa lo opuesto del otro,- es decir, hacer ir atrás, no 
presentar, retardar; por extensión del significado deno- 
tan , el primero hacer á uno , ó nombrarle jefe de un car- 
go , y el segimáo destituirle ó privarle de la jefatura; 
pero en este caso el régimen es distinto del empleado en 
anterior sentido, el complemento de la persona no lleva 
preposición J, viene unido directamente al verbo, y el 
de cosa, ósea el cargo ó jefatura que se le confiere va 
precedido de ^^* . Además téngase presente que en la 
frase objeto de este análisis, los dos verbos vienen unidos 
por la conjunción copulativa y referidos los dos á un mis- 
mo complemento personal , á Teodomiro y á cualquiera 
de los suyos; y no se olvide que el primero significa lo 
contrario del otro. Ante esto , ¿es posible pensar que Ab- 
delaziz quisiera expresar en esas palabras que reconocía 
la jefatura independiente de Teodomiro? Ciertamente que 
no. Esos dos verbos unidos y empleados en contraposi- 
ción forman á nuestro juicio un modismo que se traduce 
bien por no dar, ni quitar, no causar ventaja, ni retroceso 
para uno respecto de algo, ó lo que es lo mismo, dejarle 



(1) Vul. I, pág. 255. 



— 16 — 

estar en la misma situación en que se hallaba. Pues no se 
crea que á dichos verbos falta el complemento de esa 
cosa, respecto de la cual no se había de hacer avance, ni 
retroceso para Teodomiro, ni para ninguno de los suyos. 
Lo que hay es, que después del verbo j^^. emplea el au- 
tor del texto del tratado, por puro pleonasmo muy fre- 
cuente entre los escritores árabes ante las exigencias de 
la rima, otro verbo sinónimo de aquél, el cual lleva tam- 
bién la misma cosa por complemento real. Esa cosa va 
expresada por ]a palabra ,¿5X0, mole, que lo mismo se 
refiere á Teodomiro que á cualquiera de los suyos, y que 
traducida en su sentido propio, no significa reino, sino 
la libre propiedad civil , el jus utendi, fruendi et abuteíi- 
di de los bienes que los conquistadores dejan en manos 
de Teodomiro, como en las de cualquiera de sus compa- 
ñeros, tal como venían gozando de él hasta entonces, á la 
vez que se les respeta su vida y libertad: en idéntico sen- 
tido se repite á poco la misma palabra mole respecto de 
las iglesias del país , es decir, para expresar que se les 
deja el dominio libre de sus bienes, así como se promete 
también que no serán incendiadas. 

Es cierto que la palabra mole ( ^u ) ocurre alguna 
vez usada en sentido amplio ó extensivo para designar 
reino ó autoridad soberana. Mas, por aplicarla así enten- 
dida al caso presente, han caído en error algunos escri- 
tores modernos. Exagerando éstos el alcance del aspecto 
favorable a Teodomiro y á los suyos del tratado de capi- 
tulación, y entregados á su fantasía, han llegado á afir- 
mar, como hecho cierto y seguro, la independencia de 
Teodomiro y de su sucesor Atanahildo en las siete ciuda- 
des mencionadas en el texto; mas no es solamente esto, 
se publican todavía obras históricas (1) en las cuales, sin 
fundamento alguno , se pretende defender la soñada in- 
dependencia de Teodomiro contra las observaciones más 



(1) Histuria de Oriliuolu de D. Ernesto Glsbertctc, pág. 203. 



— 17 — 

atinadas que, respecto de la cuestión, se han hecho mo- 
dernamente, debidas á la correcta pluma del Sr. Saave- 
dra (1): «Teodomiro, dice, nó creó, ni conservó un reino 
independiente, ni un estado tributario, como los muchos 
que hubo en la Edad Media en España y en los cuales el 
príncipe pagaba un subsidio determinado y único á su 
vencedor; aquí el tributo era personal de todos los habi- 
tantes , como subditos del califa , salvo que se les dejaba 
el uso de su libertad y de sus bienes, con el ejercicio de 
la autonomía en el gobierno de sus ciudades . De autono- 
mía parecida gozaban los cristianos de otros pueblos que 
obedecían á sus condes y obispos; pero en Orihuela se 
hizo la dignidad inamovible y hereditaria á diferencia de 
otras partes en que el jefe se cambiaba á voluntad de los 
gobernantes » . 

Si se leen con atención y sin prejuicio alguno los tex- 
tos árabes , se echa de ver claramente que la situación de 
Teodomiro y los suyos después de la invasión no debió 
ser, ni siquiera tan ventajosa como la describe el señor 
Saavedra, y nos fundamos, al afirmar esto, en las si- 
guientes observaciones . 

1 .^ Los historiadores árabes que ya van citados en 
otro lugar, nos dicen que Abdelaziz conquistó (J^->) la 
región de Todmir, y que sus naturales quedaron someti- 
dos á la autoridad de los musulmanes, los cuales, á 
semejanza de lo que hicieron en Elvira, Málaga, Sevi- 
lla, etc. , dejaron allá algunos de sus hombres á manera 
de guarnición. 

2 .* El Anónimo latino en los lugares de referencia 
á Teodomiro no contradice, como hemos de ver, la afir- 
mación anterior de los autores árabes; se limita á decirnos 
que Teodomiro , tras de la lucha que sostuvo , se avino 
á la paz , y que más tarde el califa de Oriente le confirmó 
el pacto que le había sido otorgado por Abdelaziz . 



(1) Invasión, etc., pág. 130, 



— 18 — 

3/"* El traductor castellano de la crónica del moro 
Rasis, después de decirnos que 'Abdelaziz venció á la 
gente de Orihuela y su tierra, continúa en estos términos: 
«eí quiso Dios assí que los venció , et dieronse las villas 
por 2)leítes¿a , et finiéronle la carta de servidumhre en esta 
manera que los defendiesse , et los amparasse , et les non 
partiesse los fijos de los padres , nin los padres de los 
fijos, sinon por su plaser de ellos; et que ohiessen sus 
heredamientos , como los habiati , et cada home que en las 

villas morase, diese im (diñar) et quatro almudes 

de trigo, et quatro de ordio, et quatro de vinagre, et un 
almud de miel, et otro de aceite. Et juráronle á Ahdelau- 
sin (Ábdelasis) que non denostasse á ellos, nin á su fee, 
nin les quemasse las iglesias , et que les dejase guardar 
su ley. Et quando esta fué fecha anda va la era de los 
moros en noventa y cuatro años . » 

Echará de ver el lector que en este recitado de la cró- 
nica castellana se contienen en sustancia las mismas con- 
diciones favorables y desfavorables á los habitantes de 
Todmir que se expresan en la traducción literal de la 
capitulación de Teodomiro, que dejamos expuesta. Era 
natural que el autor hiciese notar de modo relevante entre 
las condiciones favorables,, la de que los musulmanes 
dejaban el gobierno de la región en manos de alguno de 
los indígenas ; pero no hace esto , se limita á consignar 
que se les concedió « et que ohiessen sus iieredamientos 
como los habían » , única frase del recitado de la crónica 
castellana, que encierra el pensamiento capital de la 
frase arábiga: 

traducida por nosotros: que tanto á él , como á cualquiera 
de los suyos , se les dejará en el mismo estado en que se 
hallen respecto del dominio libre de sus bienes . 

4.^ Nuestra traducción de la frase precedente en el 
sentido de que no se reconoce en ella á Teodomiro jefa- 
tura alguna independiente sobre el país, ni dignidad 



, -19- 

real, sino que únicamente se le respeta, como á cual- 
quiera de los buyos, el dominio libre de sus bienes, se 
armoniza mejor con las restantes condiciones favorables 
concedidas por los musulmanes y con la narración de los 
antiguos historiadores. En efecto, si en dicha frase se 
hubiese querido significar que se reconocía autoridad real 
ó independiente á Teodomiro; ¿á, qué seguir formulando 
á continuación que ni Teodomiro, ni ninguno de los 
suyos serán muertos, ni esclavizados , ni separados desús 
mujeres é hijos?; ¿á. qué imponerles la capitulación? Si 
Teodomiro quedada siendo rey independiente de la re- 
gión; ¿qué hacían aquellos hombres que en ella dejó 
Abdelaziz, al retirarse con el grueso de su ejército de 
conquista? 

ó.^ Finalmente, nuestra traducción del tratado de 
capitulación es la única compatible con el carácter y con 
el espíritu de las conquistas del Islam. Es más, cabe 
afirmar que ni Abdelaziz, ni ningún caudillo musulmán 
pudo otorgar á Teodomiro autoridad independiente , ni 
siquiera autonomía en el sentido propio de la palabra, sin 
faltar á las prescripciones canónicas, seguidas fiel y ri- 
gurosamente por los musulmanes desde el primer mo- 
mento de su expansión por los diferentes países que 
dominaron: lo que hay es, que respecto de Teodomiro y 
los suyos llegaron al límite más amplio de sus concesio- 
nes , tratándose de enemigos infieles . 

En comprobación de las afirmaciones que preceden, 
bastará hacer una ligera reseña de los preceptos legales á 
que debe ajustarse todo caudillo musulmán en la lucha 
contra los enemigos de su fe, ó sea, la guerra santa (->^-í-^, 
chillad). El famoso historiador Abenjaldun nos dice (1): 
«los musulmanes, respecto de sus enemigos, no tienen 
que hacer más que someterles al islamismo ó á la capita- 
ción ó á la muerte » . En esta sencilla fórmula se com- 
prenden todos los preceptos referentes á nuestro propósito, , 



(1) Pi'o1egómono>, ti'ad. de Slane. t. I, pág. 476. 



— 20 — 

que vamos á exponer siguiendo al autor de la peregrina 
colección de jurisprudencia mulsulmana (1) generalmen- 
te conocida entre los arabistas por la Molteca (2) . 

«Cuando un ejército musulmán llega á ponerse en 
contacto con los infieles, debe brindarles con insistencia 
á abrazar el islamismo ; si ellos rechazan la propuesta , se 
les impondrá la capitación (chazia), en el caso que perte- 
nezcan á los pueblos de libro revelado, es decir, judíos, 
cristianos, magos ó idólatras de la Persia. Si fueren após- 
tatas de nuestra fe ó árabes idólatras, no se podrá aceptar 
de su parte más que la conversión al islamismo.» 

«A los pueblos sometidos á la capitación se les hará 
conocer también la cuota del impuesto sobre la tierra, y 
la época en que deberán pagarla. Establecido esto, todo 
cuanto ceda en pro ó en contra de ellos cederá también 
en pro ó en contra de nosotros.» 

«Si aquellos infieles que se han negado á entrar en la 
comunidad musulmana, se resistiesen igualmente al pago 
de la capitación, entonces, poniendo nuestra confianza en 
Dios , les presentaremos batalla y les haremos guerra de 
exterminio. No obstante, en este caso extremo se les po- 
drá conceder una capitulación (solh), siempre que resul- 
te ventajosa para nosotros.» 

Relacionando los anteriores preceptos con la narración 
de los historiadores acerca de la conquista de Todmir se 
echará de ver fácilmente que Teodomiro y los suyos lo- 
graron de los musulmanes que, suspendiendo su guerra 
de exterminio, transigiesen hasta acordarles la capitula- 
ción ( ^^ , solh). Aliora bien; ¿en qué consistió la capi- 
tulación de Teodomiro y los suyos?; ¿qué derechos ó 
franquicias les fueron reservados? El examen de las dis- 



(2) V. la obra de M. Balín «Etude sur le propriete fonciere en 
pays musulmán etc.» páii;. 11 y siguientes, donde se encuentran tra- 
ducidos lus tVagmentus do la oljra citada, debida al célebre juriscon- 
.sultü musulmán Ibraliim el Haleci, mas el correspondiente comentario 
del turco Mohamed el Mcncufati , 



-2Í- 

posiciones á que deben atenerse los musulmanes res- 
pecto del botín y derechos de conquista, nos lo hará co- 
nocer claramente (1). 

«El imam, después de reservarse la quinta parte, di- 
vide entre sus secuaces el territorio inñel conquistado á 
viva fuerza , ó bien confirma en sus tierras á los indíge- 
nas vencidos exigiéndoles la chazia (capitación) sobre sus 
cabezas y el jaracli (impuesto territorial) sobre sus tie- 
rras. Respecto de los prisioneros, puede darles muerte, ó 
bien reducirlos á esclavitud, ó finalmente, dejarles en 
estado liljre; pero con la condición de zimmis {'ó.Z>¿), 
clientes de los musulmanes.» 

Sentados los principios anteriores, se ve evidentemente 
que en las capitulaciones de rendición se partía siempre 
de la base de quedar sometido el enemigo á la autoridad 
soberana del califa : las negociaciones versaban tan sólo 
sobre la condición más ó menos ventajosa en que habían 
de quedar la persona y la hacienda de los sometidos. En 
cuanto á la persona, podía dejarles el caudillo musulmán 
en estado libre y tolerarles sus creencias ; pero les impo- 
nía el pago de la chazia {'h.J^, capitación), Respecto de 
las tierras ó heredamientos, podía dejarlas en mano de los 
indígenas á título de medio de subsistencia (^^3 ^ 
o>aJ\ ) , y entonces quedaban reducidos los antiguos po- 
seedores á meros arrendatarios perpetuos, mas despojados 
de la libre disposición (del molcj en favor de los musulma- 
nes; ó á título de mole, Ubre propiedad (>¿XO\ <^^^ ^), 
es decir, pudiendo venderlas, trasmitirlas en lierencia ó 
enagenarlas en cualquier forma. En uno y otro caso, las 
tierras dejadas en manos de los indígenas entraban á for- 
mar parte del Estado musulmán, quedando sometidas á 
la soberanía del califa, y sufrían el jarach (impuesto de 
la tierra), á diferencia de las que se repartían los musul- 
manes en los casos de conquista por fuerza de armas, 
las cuales quedaban libres de ese gravamen. «Es país so- 



(1) Balín, obra citada, pág. 15 y siguientes. 



-¿2- 

metido sAjarach, dice el jurisconsulto antes citado, todo 
aquel que habiendo sido conquistado por la tuerza, se deje 
en manos de los indígenas; é igualmente todo territorio 
cuyos liabitantes hayan obtenido la capitulación (sollij, á 
excepción de la ]\Ieca», por haberla dejado el Profeta, 
añade el comentarista, fuera de la ley. 

En los países conquistados por capitulación, las tie- 
rras de los habitantes emigrados ó fugitivos del país, al 
tiempo de ser invadido éste, é igualmente las de aquellos 
que morían después sin sucesión directa, pasaban á ser 
])ropiedad del Estado (i). 

Poniendo en parangón el texto del tratado de capitu- 
lación de Teodomiro con las prescripciones legales que 
anteceden, se echa de ver de manera clara que lo acor- 
dado por Abdelaziz en favor de Tcodomiro y los suyos, 
fué dejar en manos de cada uno de ellos las tierras ó here- 
dades, de qne habían sido dueños hasta entonces, en la 
forma más amplia j liberal que podía conceder dentro de 
los preceptos legales , á saber, con libertad de venderlas, 
transmitirlas en herencia y enajenarlas á su antojo, ó sea, 
á título (le mole (cXJ-o), que es la palabra empleada en la 
frase del texto del tratado, que motiva esta explicación, 
y que nosotros traduciríamos literalmente de esta mane- 
ra: qite no se dará avance ni retroceso, es decir, será 
mantenido en favor de Teodomiro y de cualquiera de los 
suyos el statu quo respecto del mole, ó sea, de su respec- 
tivo dominio de las tierras , del cual no serán despojados . 

Esto por lo que hace á la propiedad:, respecto de las 
personas, como se desprende de la interpretación del su- 
sodicho tratado, consiguieron Teodomiro y los suyos que 
se respetasen sus vidas, su libertad, seguir viviendo en 
compañía de sus mujeres é hijos, el culto de su religión 
y la posesión de sus iglesias, á las cuales se dejó tambií'-n 
el mole ó libre disposición de su hacienda. 



(1) V. M. Balin, obra citada, pág. 33. 



- 2á - 

Todas estas franquicias y privilegios hubieran quedado 
á merced del conquistado/, en el caso de haber dado mar- 
gen Teodomiro y los suyos á que los musulmanes pene- 
trasen en Orihuela á viva l'uerza- 

En cambio de las concesiones hechas á Teodomiro y 
sus compatriotas, vemos en el texto del tratado que se les 
exige por los conquistadores un diñar á cada señor y me- 
dio á cada siervo, y se les obliga á pagar individualmente 
cierta cuota de sus frntos; lo cual prueba que se les im- 
puso la capitación (chazia) y el impuesto sobre las tierras 
(jcirach). Además se les hace jurar acatamiento, fidelidad 
y auxilio á las autoridades musulmanas contra los enemi- 
gos, correspondiendo á esto los dominadores jurándoles 
por su Profeta que les aceptan bajo su protección (¿LXO, 
zhnmci) ante la ley y contra los enem'gos exteriores. 

Por lo demás, no fué la región de Todmir la única con- 
quistada por los musulmanes en virtud de capitulación 
(solli); por igual procedimiento hubieron de ser conquis- 
tados otros territorios (1). En cuanto á España, bien claro 
lo da á entender el Anónimo latino, al decirnos que Ab- 
delaziz en tres años terminó de pacificarla, mediante el 
yugo de la capitación, '^•Ahdelaziz onmem Spaniam per 
anuos tres siih censuario jugo pacíficans» (2). El autor de 
la Crónica del moro Rasis, quien al relatar la prisión del 
conde de Córdoba al tiempo de ser conquistada esta ciu- 
dad, dice (3): «et nunca rey ovo en España que prendie- 
sen, sinon este que todos los otros mataron ó se pleijtea- 
ron, et acogíanse d las pleijtesias que con ellos ponían». 
Y la narración de los historiadores árabes respecto de la 
conquista de Mérida, realizada por Muza, padre de Abde- 
laziz, en condiciones bastante parecidas á las de Orihuela: 
también en aquella ciudad se respetaron á sus defensores 



(1) V.^sobre el [¡articular la oljra «Historia de lus mudejares, et- 
cétera», del ilustre orientalista Sr. Fernández y González (D. Fran- 
cisco), pág. 13 y 14. 

(2) España Sagrada. Chron. de Isid. Pac. t. VIII, núm. 42. 

(3) Memorias de la R. Ac, de la Hist., t. VIII, pág. 72. 



sus vidas y haciendas, y los musulmanes se incautaron 
de los bienes de los fallecidos en la lucha y de los fugiti- 
vos, así como también de los tesoros de las iglesias (1). 
Por lo que toca á Oriente, basta citar, en gracia á la bre- 
vedad y por la gran semejanza que guarda con la de la 
región de Todmir, la que fué concedida á los habitantes 
de la parte de territorio del I rae, entre Bagdad y Cufa, 
llamada Seuad (negra), cultivada, á causa de su fertili- 
dad. Cuando fué conquistada ésta, el califa Ornar dejó á 
los indígenas y les confirmó en la posesión del mole, es 
decir, en la propiedad libre de sus tierras, pudiendo ven- 
derlas y disfrutarlas de toda suerte; imponiéndoles, en 
cambio, la chazia sobre sus personas y el jarach sobre las 
haciendas. 

Comparada la situación de los habitantes rendidos al 
poder musulmán por capitulación con la de aquellos que 
habían sido sometidos á viva fuerza, no hay inconvenien- 
te en decir, si se quiere, que los primeros quedaron dis- 
frutando de cierta especie de autonomía; pero que ésta no 
se extendió más allá de sus asuntos meramente privados, 
de índole civil y religiosa, y en esta esfera pudo quedar 
Teodomiro siendo el conde de los cristianos, tal como 
existió en otras partes, atendido y considerado por su abo- 
lengo y nobles cualidades; como á su muerte parece que 
lo fué Atanahildo del cual tampoco afirma el Anónimo la- 
tino que fuese rey, ni jefe independiente de la región; nos 
dice tan sólo que sobresalía entre todos por su opulencia, 
que era muy dadivoso, y se le dispensaba grande honor y 
respeto. *Atanahildus post mortem ¿psins {Theudimer) 
multi honoris et ínagnUiidinis habetur. Erat enim in 
ómnibus opulentissimus domi7ius et in ipsis nimiiim pe- 
cunice dispensator (2). 

Entre tanto, los árabes que dejó Abdelaziz en Todmir, 
se establecerían, según su práctica constante, en los sitios 



(1) Abenadai'i II, pág. 17; AJbar Machinúa, pág. 18. 

(2) España Sagrada. Chron. de Isid. Pac, t. VIII, n." 39. 



fuertes de las ciudades constituyendo lo que ellos llaman 
el Chond (especie de cuerpo de ejército regional), engro- 
sado de día en día, gracias á la política de atracción de 
los dominadores y á las ventajas materiales que ofrecían á 
los indígenas á seguida de su conversión al islamismo. 
Es indudable que la acción de los musulmanes debió ex- 
tenderse pronto en Todmir, lo mismo que en otras regio- 
nes de España, á todos los órdenes de la vida; pues sabe- 
mos por Adabí y Abenalfaradí (1) que en 197 de la hégira 
(812 á 813 de J. C), ó sea, un siglo después de la con- 
quista, muere Fadl, hijo de Omaira, por sobrenombre 
Abulafla, cadi ó justicia de dicha región bajo el gobierno 
del emir Alháquem, hijo de Hixem, y es de suponer que 
no fuese este el primero que ejerciese allá tan alta magis- 
tratura . 

Pudiera alguien observar que el ilustre arabista señor 
Simonet en la frase que expresa la primera condición del 
tratado , leyó j^^, (2), en lugar de j^^, que leen los seño- 
res Codera, Saavedra, Goeje (3) y otros á quienes segui- 
mos sin vacilar, no sólo fiados en la gran autoridad de los 



(1) Bib. Arab. Hisp. III, 1285 y VII, 1038. 

(2) V. su Crestomatía Aráljiga, pág. 84. 

(3) En carta particular dirigida por este señor á su amigo don 
Eduardo Saavedra felicitándole por la pul)licación de su conocida 
ol)ra, cdnvasiijn de los árai>es en España», y comunicándole algunas 
impresiones sobre ella, y la cual nos ha sido facilitada galantemente 
por el último de dichos señores, hemos visto con fruición que aquel 
eximio orientalista no solo acepta como buena la lectura de y^^. , 
sino que también la frase del tratado en que ñgura la palabra de refe- 
rencia, la interpreta en el mismo sentido en que nosotros la hemos 
tomado». Les mots, dice M. Goeje, du traite de Theudemir V\ 
^5 y^^. ^_3 <*J f^^. que vous traduisez par c(no tendrá obliga- 
ción de seguir á ningún jefe» «ont assef difficiles. Moi, je, prefirerais 
les traduire par «le status quo será maintenu á l'egard tant de lui que 
de ses seigneurs» car ^jÁ-lJ' Y3 ^jJlí Y signifique «rester inmo- 
bile et l'actif» j^'^ "^j ^^ V «laisser inmovile». Es de sentir 
que M. Goeje, por no hacer á su propósito, limitase su interpretación 
á las palabras antedichas, sin relacionarlas con oXi^ ^^ ¿J^- 3 
que siguen inmediatamente y completan la frase cerrando el pensa- 
miento. 



- 5h - 

íñencionados señores, sino también por las siguientes ob- 
servaciones que nos lia sugerido la inspección del texto 
original y el estudio del asunto : 

i.''' En la palabra del manuscrito escurialense cuya 
verdadera lectura se trata de fijar, no se ve más que un 
punto diacrítico sobre el nexo que forman sus dos últimas 
letras, y ese punto corresponde indudablemente, según el 
lugar que ocupa, á la penúltima, ó sea, la íL. Resulta de 
esto que para que se leyese dicha palabra ^^jr^, y no j-=^í, 
habría que suponer la incuria del amanuense que dejó sin 
escribir el punto diacrito de la última letra 3. 

2." Si bien es verdad que no puso el amanuense del 
códice un cuidado especial en distinguir el trazado de las 
letras j y j ó 3 en fin de palabra, es posible, no obstante, 
apreciar alguna diferencia caligráfica entre ellas. Compa- 
rando la palabra j-^j>^., en cuestión, con ^í»-"^ que le pre- 
cede en la misma frase, se observa que el amanuense tra- 
zó el enlace de las dos letras finales más alto en la última 
de dichas palabras, como si procurase que la letra j que- 
dase, según le corresponde, sobre el renglón general en 
que se basan las más de las letras arábigas; mientras que 
en la segunda el enlace no sobresale del renglón, como si 
se atendiese á la exigencia de la letra ^ , que es de aque- 
llas del alefato que se trazan ,á partir de dicho renglón ge- 
neral hacia abajo. Si el amanuense hubiese querido escri- 
bir v>.cL^. y no j-^^i, el nexo de las dos últimas letras en 
esa palabia sería exactamente igual al de las de >>.s^M, 
puesto que se trataría de trazar idénticas figuras. 

3." Finalmente, la lectura ->-=>-j^?. no se compadece bien 
con la construcción, ni con el contexto de la i'rase, tan ex- 
trictamen te como ^,.¿-^,; pues léxicos tan autorizados co- 
mo los de Dozy, Lane's y Kazimirski, hacen notar el uso 
de ?->-■> y j-^\ en contraposición. 

En comprobación de lo que llevo dicho, véase el si- 
guiente fotograbado, donde se encuentra el pasaje objeto 
de este estudio. 



27 — 





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CAPITULO III 

Ciudades cuyos habitantes fueron comprendidos 
en la capitulación de Todmir 



Examen de las diversas interpretaciones de nuestros historiadores 
respecto del asunto. — Breces noticias acerca de los personajes 
que subscribieron la capitulación acordada ú Teodoiniro y los 
suyos. — Término de la campaña de conquista de Todmir. 



Andan discordes las opiniones sobre cuáles sean las 
siete ciudades á cuyos habitantes se iiizo extensiva la ca- 
pitulación acordada á Teodomiro , y creemos que es pro- 
blema difícil de resolver plena y satisfactoriamente, en 
tanto que no se cuente con mayor suma de datos . Sin 
embargo, no por eso nos consideramos dispensados de 
aducir el fruto de nuestra investigación sobre el particular. 

Las cuatro ciudades del tratado, que se leen en el 
códice escurialense ¿^9;j^_5 ¿Jj^3 viuxiJj, ^o^3\ , corres- 
ponden seguramente á las actuales Orihuela, Alicante, 
MulayLorca; pues así también aparecen escritas con 
frecuencia en los cronistas y geógrafos árabes , cuando se 
ocupan en hechos referentes á dichas ciudades , cuidando 
de atribuirlas á la región de Todmir ó de Murcia , como 
la llamaron más tarde . 

El nombre ¿í-U^ , cual hoy se aprecia en el códice 
del Escorial , por haber sufrido las letras de que consta 
puntuación posterior á manos de arabistas según su in- 
terpretación respectiva, no hemos podido encontrarla así 
en ningún otro pasaje de historiador ó geógrafo. Casiri 
leyó Valentola, Borbón Balentolat, y la tradujo por Va- 
lencia el moro Rasis á quien siguen Saint-Hilaire, Ro- 



- 30 — 

mey , Ambrosio de Morales , Lafuente , Pastor , Cánovas 
Cobeño , Madoz y Ponzoa Cebrián . 

Tal lectura y traducción, á nuestro juicio, no son sa- 
tisfactorias; Casiri y Borbón no liacen más que leer á 
capriclio los diferentes trazos de la palabra, que hubo de 
ser escrita por el amanuense sin puntos diacríticos en sus 
letras y con alguna incuria ; el traductor del moro Rasis , 
fiado en la semejanza que ofrece la primera mitad del 
trazado de la palabra con la del de Valencia ( ¿>^— ^^ ) , 
leyó como si se tratase de esta última ciudad , la cual , 
lejos de pertenecer á la tierra de Todmir, era á su vez 
capital de la región que llevó su nombre. D. Aureliano 
Fernández Guerra la hace equivalente á la actual Guadix 
sin fundamento alguno , pues son tan distintos los trazos 
del vocablo ^\ ,^^^3 con que expresan los árabes dicha 
ciudad , de los de <í-U-*.-b , que no hay que creer tan miope 
al amanuense que llegará hasta incurrir en error de lec- 
tura de tanto bulto. Y). Eduardo Saavedra (1) confiando 
en que el copista transcribió bien el vocablo , y que las 
letras de éste habían sido bieu puntualizadas después , 
lee lo que encuentra en el códice, Valentila, y piensa 
que á esta población corresponden los vestigios de anti- 
güedad que se ven alrededor de Alcantarilla, á cinco 
kilómetros de Murcia , en la conñuencia con el Segura del 
antiguo cauce, hoy borrado del Sangonera y que á este 
río se le llamaría Guadi Valentila , contrayendo después 
la palabra en Guadalentin . 

No obstante el respeto que nos merece la opinión del 
sabio académico, entendemos como más verosímil que 
por la palabra ^-^:> , que así escrita, sin puntos diacrí- 
ticos en sus letras , debió salir de manos del copista del 
susodicho códice (2), se quiso significar la ciudad actual 



( 1 ) Invasicm , etc . , pág . 29 . 

(2) Se observa f[ue los amanuonsos de códices árabes han omi- 
tido frecaentemente los puntos diacríticos de las letras en los nombres 
propios y geográficos que les eran desconocidos, máximo cuando 
estos son voces extrañas á su lengua nativa. 



— 31 — 

de Villena . Pues además de que^esta ciudad existía antes 
de la invasión musulmana y continuó siendo después 
ciudad importante de la tierra de Todmir, citada repeti- 
das veces por los autores musulmanes, su nombre ará- 
bigo coincide en la mayor parte de sus trazos con los de la 
palabra del códice del Escorial . Vea el lector la gran se- 
mejanza que se observa entre la palabra <í.í^^Xj del códice 
y la <í.:>UJo ó <^UJ^-) que, bajo estas dos formas, aparece 
en los manuscritos árabes para designar la ciudad de 
Villena. 

En cuanto á s^-^^jl^ que fué leída '¿y^'¿.^, Casiri la 
transcribe por Biguerra (1) suponiendo que es equiva- 
lente áBejar, caserío cerca de Moratalla; Lafuente (2) 
por Biscaret, actual Bigastro; en la Historia de Orihuela 
de D. Ernesto Gisbert (3) se transcribe por Bukesaro y 
se hace equivalente áVergilia, campo de Bujejar. Don 
Aureliano Fernández Guerra, á quien sigue el Sr. Saa- 
vedra, juzga (4) quizás con mayor acierto, que la ciudad 
en cuestión del tratado se refiere á la antigua Begastri , 
ciudad que tuvo su asiento cerca de Cehegin, y que fué 
destruida más tarde. No será demás advertir, sin embar- 
go , que la palabra del códice »^-^i-> no se vuelve á encon- 
trar más en los textos árabes que hemos ¡ odido consultar. 

En cambio, Abenalabar (5) cita aun personaje, Ha- 
bib, hijo de Said el Chodamí, distinguido por su virtud y 
religiosidad y que vivió en la segunda mitad del siglo v 
de la hégira , á quien hace natural y presidente de la ora- 
ción pública de Sj.-oib, transcrito al castellano Bucasra ó 
Bocasra, distrito de Murcia. Ahora bien; ^,la palabra 
sy.^ del códice y la a^-oi^ citada en Abenalabar, en las 
cuales no hay más diferencia que llevar la primera ^, s 



(1) Bibliotlieca, etc. t. II, pá.ií. lOG. 

(2) Hist., etc., t. I, pág. 154. Edic. Montaner y Simón, Bar- 
celona . 

(S) T. I., pág. 256. 

(4) Deitania y su cátedra episcopal de Begastri. 

(5) Bil). Ar. Hisp. V., 88. Y en Abenpascual, I, II, 42. 



— 32 — 

linguo dental , donde la»segunda lleva ^ , s enfática, se 
refieren á una misma población ó á dos distintas? En 
ambos vocablos se hace referencia á población importante 
de la tierra de Murcia; por el primero se quiere designar 
una ciudad análoga á Lorca, Muía, etc. , y, respecto del 
segundo, se dice que era capital de uno de los distritos 
de Murcia. Sin embargo, desprovistos, de nuevos datos, 
nos limitamos á hacerla observación precedente, dejando 
á los cronistas de la región murciana, y prácticos del país 
la respuesta á nuestra pregunta. 

La misma disparidad se observa en la opinión de 
nuestros historiadores , cuando han tratado descubrir la 
ciudad equivalente á la palabra ^\ del códice. El señor 
Saavedra ha recogido las diferentes interpretaciones y da 
la suya en las siguientes palabras (1): «En el facsímile 
de Codera este nombre resulta escrito ¿o^, Casiri leyó ¿oM 
(Ota) con lo cual Lozano la hizo equivalente á Otoz (2); 
Borbón (3) prefirió ¿oi (Atsí) y lo llevó á Acci ó Guadix» 
y Simonet (4) interpretó ¿^l\ (Eyyo), dando pie á que 
D. Aureliano Fernández Guerra la hiciera igual á Elo , 
junto á Yecla (5). Yo aprovecho todos los puntos diacrí- 
ticos y entiendo que dice ¿L-ol (Anaya) correspondiendo la 
población á la antigua Thiar del itinerario romano , cerca 
del convento arruinado de San Ginés, término de San 
Miguel de Salinas, donde subsiste el nombre de las cue- 
vas Anaya, sobre la raya misma de la provincia de Mur- 
cia. El traductor Rasis leyó Denia y escribió Orta por 
Lorca, no por esta supuesta Ota. » A Casisi han seguido 
Conde, Cánovas Cobeño, Ponzoa Cebrián, Perales y 
otros . 

La falta de datos ha sido causa de que las citadas 
interpretaciones tengan más de ingeniosas que de exac- 



(1) Invasión, etc., pág. 129, nota. 

(2) Bast. V Contest. II, 184. 
(.3) Carta VI. 

(4) Cre.stomatia , pág. 85. 

(5) Discurso contestación al Sr. Rada y Delgado. 



— as- 
tas . Al comenzar nuestro estudio sobre este asunto llega- 
mos á pensar que el Sr. Saavedra hubiese dado con la 
verdadera situación de la antigua ciudad , no obstante 
iiaber caído en la cuenta de que Dozy en los códices que 
tuviese á la vista para su edición de Abenadarí , el de Ma- 
rruecos, leyó á<\\ (Ana ó Ena) la ciudad de la tierra de 
Todmir que por orden de Abderraman II fué destruida 
en el año 210 déla hégira (825 á 826 de J. C.) y que, 
sin duda, es la misma á que se refiere la capitulación de 
Teodomiro . Después , gracias á las valiosas indicaciones 
que se contienen en el códice árabe de autor anónimo, 
tituVdáQ Quitado Alachaf ría (Tr3itaiáo de Geografía) (1), 
respecto de la ciudad de referencia, que aparece escrita 
<^} en dicho lugar , podemos aducir nuevas y más preci- 
sas noticias que resuelven, en nuestro sentir, satisfacto- 
riamente no solo su verdadera lectura, sino también su 
correspondencia actual con la población llamada Ojos, 
que antepusimos al traducir el texto de la capitulación. 
AI describir el autor del susodicho códice el curso del 
Teder ó Segura en su descenso hacia Murcia, fija la con- 
fluencia con este del que llama el río Monjiix (sic), refi- 
riéndose sin duda al llamado hoy Mundo , en un terreno 
donde , dice , se hallan minas de cobre de más excelente 
cualidad que el de otras regiones de la tierra y del cual 
se hacía gran exportación á las ciudades del Yemen , del 
Irac, de la Siria y otros países: menciona á continuación 
que el Segura recoge también las aguas del llamado Ca- 
lasparra, y luego penetra por la angostura ó desfiladero 
llamado de la Fuente negra, constituyendo dicha angos- 
tura y fuente una de las maravillas del mundo . Pues la 
angostura viene á ser como si por creación divina se hubie- 
se realizado un corte en medio de una montaña de mármol 
rojo, quedando á derecha é izquierda dos muros que mi- 
den próximamente cincuenta codos de elevación . La an- 



( 1 ) Ms . árabe de la Bib . Nac . , n ." 4999 , fol . 21 . 



— 34 — 

gostura mide de longitud la distancia de cuatro parasan- 
gas; su mayor anchura tiene la medida de un marjal y la 
cuarta parte de éste su mayor estrechez . Por la maravi- 
llosa angostura, sigue diciendo el autor, penetran las al- 
madías ó balsas de maderos , que descienden por dicho 
río hasta Murcia y más abajo de ella, y á su extremo se 
halla la Puente negra, que brota en medio del cauce del 
río, descubriéndose en su fondo el agua propia de dicha 
fuente, la cual es grata al paladar, y se dice que de ella 
se suministraban los cristianos de la ciudad de ¿^\ (sic) 
que fué una de las que entregó por capitulación Todmir 
(Teodomiro), príncipe de los cristianos frmnj á Aluza, 
hijo de Noseir, cuando acaeció la conquista de España. 
Y dicha fuente, dice con insistencia el autor, daba riego 
á todos los campos de aquella ciudad, habiendo sido ele- 
vadas sus aguas, al efecto, por los cristianos (1). 

La lectura de este pasaje nos llevó á conjeturar que 
la ciudad del tratado podía leerse muy bien ¿3\ Oyijoli , 
y que correspondiese á la actual villa Ojos del término 
judicial deCieza. Puestos en comunicación inmediata con 
personas prácticas en el terreno de referencia, llegamos á 
persuadirnos de la realidad de nuestra sospecha ante los 
datos precisos que nos han sido facilitados y que se ajus- 
tan perfectamente á la narración del autor del manuscrito 
de la Nacional antes citado. En efecto, de la confluencia 
del Quipar ó Guipar con el Segura parte el maravilloso 
estrecho del cauce del último de esos ríos, que tanto llama 
la atención de sus visitadores, y conocido hoy con el nom- 
bre de Almadenes del Segura . Causa verdadero asombro 
ver precipitarse las aguas por el profundo recorte de aque- 
llas montañas , que tan sólo al mandato de Dios parece 
se abrieron para dar paso á tan inmensa mole de agua. 
A continuación de la angostura se halla una fuente que 
hoy se denomina el Borbotón de Cieza y que, sin duda, 
es la misma que el anónimo árabe citado llama con razón 



(1) Véase el textu árabe en el apéndice núm. X- 



- 35 - 

la Puente negra, porque cuando las aguas del Segura se 
'enturbian por alguna crecida, se ve como una mancha 
oscura en dicho sitio, producida por la mezcla del agua 
clara con la turbia. En una de las márgenes del río bro- 
tan otros manantiales de la misma fuente , en los cuales 
se observan todavía vestigios de obras antiguas, hechas, 
al parecer, para elevar las aguas y encauzarlas, á fin de 
dar riego á los campos de Ojos y de otros pueblos. Se dice 
que la referida fuente tiene su origen en la sierra del 
Puerto, ó sea, en la cordillera que se halla situada frente 
á la estación de la vía férrea de Calasparra , donde hay 
una cueva en la que varios curiosos han observado un 
ruido grande de agua, acompañado de una fuerte co- 
lumna de viento, y aseguran haber visto salir por el 
dicho Borbotón ó Fuente negra, la cascarilla de arroz 
arrojada por aquella cueva (1) . 

El biógrafo Adabí, por quien conocemos el texto del 
tratado de capitulación de Todmir, nos da algunas noti- 
cias de los tres primeros personajes que lo suscriben. 

«Fué, dice (2), Habib, hijo de Abuobaida, el Fihrí, uno 
de los magnates que vinieron con Muza, hijo de Noseir , 
cuando la conquista de España, donde permaneció con 
otros jefes de las tribus invasoras, aun después de la par- 
tida de aquél, hasta que salió de ella llevando con otros 
la cabeza de Abdelaziz á presencia del califa Solaiman, 
hijo de Abdelmélic. Más tarde regresó Habib á las regio- 
nes de África con el mando de las tropas ocupadas en so- 
focar la insurrección de los berberiscos , y fué muerto en 
una de las acciones dadas contra éstos en el año 128 de la 
hégira (741 de J. C), según afirma Abderraman, hijo de 
Abdála, hijo de Alháquem, ó en 124:, según el testimonio 
de Abusaid, hijo de Yúnos. Su nombre aparece inscrito 



(1) Debemos todos estos datos, que confirman la descripción 
del autor árabe, á la caballerosidad de D. Ginés Torrente Na- 
varro. 

(2) Bib. Ar. Hisp. III, núm. 675. 



— 36 — 

en el tratado de capitulación de Abdelaziz en favor de 
Teodomiro, hijo de Gabdus, del cual tomó su nombre la 
región que estaba bajo su mando.» A continuación trae 
Adabí el texto del tratado traducido anteriormente. 

De Otman , hijo de Abuábda , el Coraixí , dice (1): «Fué 
uno de los magnates que vinieron con Muza, hijo de No- 
seir, á la guerra santa para la conquista de España. Su 
nombre aparece en el tratado de capitulación de Abdela- 
ziz, hizo de Muza, en favor de Teodomiro, hijo de Ai- 
dux (2), el cristiano, el régulo. La capitulación tuvo lu- 
gar en el mes de Racheb del año 94 de la hégira (Abril 
de 713 de J. C.).» 

Análogas noticias nos da el mismo Adabí respecto del 
tercer firmante del tratado: «Fué, dice, Abdála , hijo de 
Meicéra, uno délos magnates que entraron en España 
acompañando á Muza, hijo de Noseir. Su nombre figura 
en el tratado de capitulación que otorgó Abdelaziz á Teo- 
domiro, hijo de Gabdus (3), régulo del Oriente de Espa- 
ña. La fecha del tratado es de Racheb del año 94 de la 
hégira (Abril de 713).» 

Obsérvese que Adabí repite en los tres lugares, que 
acabamos de citar, la misma fecha 5 de Abril de 713 , como 
término de la campaña de Todmir en virtud del tratado , 
y relacionando e^o con la narración anteriormente ex- 
puesta de los historiadores que refieren la expedición con- 
tra Todmir al tiempo de la entrada de Muza en España , 
resulta que pudo muy bien Abdelaziz coronar su empresa 
en el susodicho tiempo , y no hay razón para retrasar su 
término al año 715, como llegó á conjeturar el ilustre se- 
ñor Saavedra. No importa que Abdelaziz hable en nom- 
bre propio , sin alusión á su padre en el tratado ; Abdela- 
ziz es el caudillo en jefe de la expedición contra Todmir, 
y como tal , más bien parece que pudiera por sí y ante 



(1) Bib. Al'. Hisp. III, núm. 1192. 

(2) Nótese que en la biografía del anterior dice hijo de Gabdus. 

(3) Antes ha dicho: Tct)(loiniro hijo de Gabdus y de Aidux, 



- ^7 - 

sí pactar con sus enemigos, siempre que en sus tratados 
se amoldase á los preceptos legales, que debe guardar el 
musulmán en la lucha contra los enemigos de su fe, y 
que expusimos en el capítulo precedente. Ahora bien; 
Teodomiro y todos los suyos , libres y siervos , quedaron , 
por el tratado de capitulación, subditos del califa fraia) , 
en concepto de clientes (zimmis) , sujetos á la capitación 
y al impuesto territorial. 

Tampoco puede aducirse en contra de la fecha que 
trae Adabí la consideración de que el iVnónimo latino 
nombra á Teodomiro y sus hechos de armas en el sitio 
que corresponde á los actos del primer año del emirato 
de Abdelaziz, ó sea, el de 715. El párrafo del Anónimo 
latino , á que se hace referencia , es el señalado con el nú- 
mero 38. En él comienza el autor por fijar la salida de 
Muza de España, llamado por el califa de Oriente; á con- 
tinuación se habla, en efecto, de Teodomiro; pero sus 
hechos en la lucha con los árabes y la celebración del 
pacto vienen referidos allí por incidencia y en tiempo 
perfecto pasado: ^qui (Theudimer) in Hispanice partibus 
non módicas Arahum (1) intulerat neces et diu exagitatis 
pacem eum eis fcederat habendam» . Lo que indica en di- 
cho capítulo el Anónimo latino , como se dilucidará más 
adelante , es que , por el mismo tiempo que ^luza , mar- 
chó también Teodomiro á Oriente , y se presentó al califa , 
quien le hizo regalos honoríficos y le confirmó el pacto 
que antes había recibido (perfecto pasado) de Abdelaziz... 
y retornó gozoso á España «e¿ apmd Amiralmuminim 
prudentior inter cesteros inventus utüiter est honoratus 
et pactum quod diidum ab Abdellaziz acceperat firmiter 

ab eo reparatur et sic ad Hispan iam remeat gaudi- 

bundus^. 



( 1 ) Dozy corrige : Arabibus . 



CAPITULO IV 

La tierra de Tcdmir durante el gobierno de los emires 
dependientes del califa de Damasco 

Salida de Mu.;a hacia Damasco y su sustitución en el mando de la 
península por su hijo Abdelasi; : examen del capitulo del Anó- 
nimo latino acerca del asunto; Teodomiro marcha con otros se- 
ñores de España en compañía do Musa á la corte del califa de 
Oriente. — Política de Abdehui.s y su muerte.— Breves noticiéis 
suministradas por el Anónimo latino acerca de Atanahildo, de 
las cuales no se desprende que fuese éste rey ó príncipe de lod- 
ndr. — El eiiúr Abuljatar: establecimiento de una parte de los si- 
rios de Balj en la re;/ión de Todmir. 



Es muy poco lo que se sabe acerca de los hechos que 
hubieron de acontecer en la región de Todmir durante el 
mando de los emires dependientes de los califas de Da- 
masco. Las noticias que de ese tiempo encontramos en 
los historiadores árabes conocidos, son más bien perti- 
nentes á España en general que á esta ó á otra región de- 
terminada. Después de los sucesos referentes al sitio y 
capitulación de Todmir, nada nos dicen aquéllos de Teo- 
domiro, ni del supuesto sucesor de éste, Atanahildo; so- 
lamente el Anónimo latino hace mención de estos perso- 
najes, por incidencia, en los capítulos 38 y 39 ya citados 
y aprovechados antes , y sobre los cuales vamos á insistir 
de nuevo, á fin de desvirtuar ciertas afirmaciones y con- 
jeturas á que ha dado lugar su torcida inteípretación. 

Sabido es que en Septiembre de 714, Muza, colmado 
de riquezas y con gran número de cautivos , salió de Es- 
paña en dirección á Damasco, donde era reclamada su 
presencia por el califa, habiendo dejado confiado el go- 
bierno de España á su hijo Abdelaziz , el de Ceuta y Tan- 



-40 - 

ger á su hijo Abdelmélic, y la Ifriquia (i) á su hijo ma- 
yor Abdála; ya en presencia del califa, fuó acusado de 
malversación de los bienes debidos á éste y condenado á 
muerte, pena que luego se le conmutó por la de cuan- 
tiosa multa, gracias a la intercesión de algunos persona- 
jes influyentes de la corte, á quienes Muza había logrado 
ganarse á fuerza de dinero (2) . 

El Anónimo latino confirma la narración anterior de 
los historiadores árabes en el primero de sus citados ca- 
pítulos , en el señalado con el número 38 , y donde segui- 
damente nos habla de Teodomiro, cuando dice: «(]\Iuza) 
á principis jussu premonitus, Abdellaziz ñlium linquens 
in locum suum, lectis Hispania senioribus qui evaserant 
gladium, cumauro, argentove, trapecitarum studio coni- 
probato, vel insignium ornamentorum atque preciosorum 
lapidum, margaritarum et unionum congerie simulque 
Hispania cunctis spoliis quod longum est scribire, adu- 
natis, Ulit regis repatriando sese praesentat obtutibus 
anno regni ejus extremo: quem et Del nitu iratum repe- 
rit repedando et male de conspectu Principis cervice te- 
mus ejicitur pompisando nómime Theudimer qui 

In Hispania3 partibus non módicas Arabum intulerat ñe- 
cos , et diu exagitatis pacem cum eis í'a?derat habendam . 
Sed etiam sub Egica et Witiza Gothorum Regibus, in 
Gradeos qui oequorei navalique descenderant, sua in pa- 
tria de palma victoriae triumphaverat . Nam et multa ei 
dignitas et honor refertur, necnon et á Christianis Orien- 
talibus perquisitus laudatur, cum tanta in eo inventa 
esset verae fidei constancia, ut omnes Deo laudes referrent 
non módicas: fuitenim Scripturarum amator , eloquentia 
mirificus, in proeliis expeditus, qui et apud Amiralmu- 
minim prudentior inter coeteros inventus, utiliter est 



(1) África propiamente dicha, que comprendía los territorios de 
Trípoli y Túnez. 

(2) Almacari I, 112 .y 175; Ajbar Machniúa, 9; Abenadarí II, 
pág. 22; Al)enalat¡r IV, pág. 44 y V. 373, y otros. V. tamhién á 
Uozy , HUtolre, etc. , págs. 124 y siguientes del tomo I. 



-41 - 

honoratus et pactum quod dudum ab Abdellaziz accepe- 
rat firmiter ab eo reparatur. Sicque hactenus permanet 
stabilitiis ut nuUatenus á sucessoribus Arabum tantae vis 
proligationis salvatur et sic ad Hispaniam remeat gaii- 
dibundus . » 

Se echa de ver en el texto expuesto que entre lo que 
pudiéramos llamar su primera parte, relativa á Muza, y 
su segunda, dedicada á Teodomiro, faltan algunas pala- 
bras, omitidas por descuido en el original ó en sus co- 
pias. Este defecto ha sido causa de que el P. Thailan (1) 
crea que lo de Teodomiro está dislocado, ó de que Dozy (2) 
lo tenga por un fragmento de otra obra del mismo autor 
j piense que tras de las palabras cervice teniis ejicitur 
pompisando debiera ir colocado el capítulo número 40, 
en el cual se hace mención del castigo impuesto por el 
Califa á Muza, ó de que el Sr. Saavedra (3) entienda que 
se trata de una laguna fácil de explicar intercalando un 
par de versos, por negligencia omitidos en el original, 
que podrían ser, por ejemplo: per ídem tempus, dictus 
Ahdtllaziz cartaginiensem provintiam adgredit et ciim 
nohilissimo viro hellum gessit , nomine Theudimer , etc. 

No obstante el respeto que nos merecen los juicios de- 
bidos á los ilustres señores que acabamos de mencionar, 
entendemos, como más acertado, que antre las dos partes 
de dicho capítulo, á pesar de hallarse cortadas en el sen- 
tido por la omisión de algunas palabras, al parecer muy 
pocas, se descubre relación suficiente para pensar que no 
hay dislocación de ninguna de las dos, sino que más bien 
se complementan una á otra, y están en el mismo lugar 
que tendrían en el texto original de la Crónica. Nos lleva 
á creer esto la observación siguiente: comienza el Anóni- 
mo latino por decirnos en su capítulo 38 que Muza , al 
marchar á presentarse ante el califa , se llevó consigo al- 



(1) L' Anónime de Cordoue. París, 1885. 

(2) Recherches , etc . , I, pág. 9. 
.(3) Invasión, etc. , pág. 133. 



-42- 

gunos magnates ó señores de España que habían escapa- 
do al filo de los sables (lectis Hispanice sénior ihus qui 
evaserant gladiutnj , á más de las grandes riquezas , pie- 
dras preciosas é insignes ornamentos , descritos por el au- 
tor, y que el Califa le recibió mal. Al llegar á este punto 
del capítulo se encuentra la falta de palabras , y seguida- 
mente nos da el autor noticias de Teodomiro, indicando 
que al llamado así , á aquel que había causado no pocas 
pérdidas á los árabes en las regiones de España, hasta 
que entró en pacto con ellos después de empeñada lucha, 
y que bajo el mando de los reyes godos Egica y Vitiza 
había rechazado victoriosamente una incursión de los 
griegos en su patria, se le dispensa grande honor y con- 
sideración y es muy celebrado con alabanzas por los cris- 
tianos de Oriente, al notar en él tanta constancia en la 
verdadera fe, que todos veían en esto un beneficio que 
agradecer á Dios . Pues fué Teodomiro , sigue diciendo , 
varón muy instruido , de rara elocuencia y experto gue- 
rrero ; fué distinguido en presencia del califa como más 
digno que los otros restantes, obsequiado con valiosos re- 
galos y confirmado por aquél en el pacto que había reci- 
bido de manos de Abdelaziz, con tal carácter de perma- 
nencia, que por ningún motivo pudiese ser roto dicho 
pacto por sus sucesores en el califado; por lo cual, lleno 
de júbilo, retornó Teodomiro á España. 

Ahora bien ; de esas palabras del Anónimo latino re- 
sulta que Teodomiro marchó á Oriente . Así lo reconocen 
muchos de nuestros historiadores , si bien entienden que 
la partida de aquél se efectuó algunos años después del 
tiempo señalado por dicho autor en el capítulo preceden- 
te, hasta el punto que el Sr. Simonet (1) la supone reali- 
zada durante el emirato de Abdelmélic, hijo de Catan, 
hacia el año 741 , en que reinaba el califa de Damasco 
Hixem . Nosotros relacionando la frase de la primera parte 
del capítulo lectis Hispania senioribus qui evaserant 



(1) Historia de Orihuela, de D. Ernesto Gisbert, I, pág. 267, 



-43- 

gladi'iim , Muza , tomados los magnates ó señores de Es- 
paña que habían escapado al filo de los sables, con la de 
la segunda qiii et apicd Amiralmumi7iim prade^itior ínter 
Gaiteros inventus , etc . , el cual es considerado por el emir 
como el más prudente entre los otros restantes , deduci- 
mos que Teodomiro era uno de los magnates que Muza 
llevó consigo á presencia del califa , al salir de España 
en 714. El relativo coeteros exige un antecedente, y entre 
los cristianos orientales y los Hispanice senioribus, úni- 
cos antecedentes á que podía referirse el coeteros, juzga- 
mos que, en buen sentido del discurso, hay que preferir 
á los últimos; no se comprende, en efecto, que el autor 
haya querido decir que en presencia del califa fuese con- 
siderado Teodomiro como más prudente y más digno que 
todos los cristianos orientales, sino más que todos los 
restantes señores de España que, libres del alcance de 
los sables, había presentado Muza á los pies del califa, 
como testigos de sus conquistas en Occidente . Es indu- 
dable, por fin, que en dicha laguna del texto falta una 
oración principal del período, que pudiera ser, v. gr.: 
ínter suprad ictos Hispanice séniores erat quídam nomine 
Theudímer , etc., ú otra de sentido equivalente. 

El conquistador de la región de Todmir, y sucesor de 
su padre Muza en el gobierno de España, prosiguió la su- 
sumisión de ésta, organizó la defensa de sus fronteras y 
fijó su corte en Sevilla, dando pruebas de hábil gober- 
nante (1), hasta que fué asesinado en Marzo de 716, según 
la opinión que se cree más exacta (2). Parece ser que se 
hallan envueltas en la leyenda las causas del asesinato de 
Abdelaziz ; pero aunque su boda con Egilona, viuda del 
rey Rodrigo, lo de ceñirse una corona por complacer á su 
esposa y mandar construir una puerta baja en la sala de 



(1) Abenadarí II, pág. 22; el autor de Fatho Alandalosi , pági- 
na 20; Abenabelháquem , pág. 9, y Abenalatir IV, pág. 448 .y V pá- 
gina 373 . 

(2) Abenadarí II, pág . 23. 



-44 - 

audiencia, á fin de oblio^ar á los magnates á inclinarse 
ante la presencia del príncipe, tal como se practicaba entre 
los cristianos, pudieran ser tenidos como hechos legenda- 
rios, siempre resultará en ellos manifiesto que, según ru- 
mor que corrió entonces , Abdelaziz se hizo fastuoso, se 
entregó á la voluptuosidad con las hijas de los magnates 
vencidos y, á más de esto, intentó hacerse independiente 
de la autoridad del califa creándose un reino en España, 
al saber el mal trato y las vejaciones de que habían sido 
víctimas sus padres y sus parientes (1). Por tales causas, 
los del Chond de Sevilla, á excitación de Habib, hijo de 
Abuobaida, á quien hemos visto figurar en el tratado de 
Todmir y había dejado Muza en España, como visir de su 
hijo, se sublevaron y cortaron la cabeza á Abdelaziz, en 
ocasión de hallarse recitando la oración de antes de salir 
el sol, por mandato del califa ó, como parece más proba- 
ble, sin contar con éste para nada. 

En cuanto á Teodomiro, el caudillo vencido en Ori- 
huela , se ignora la feclia precisa de su muerte . Algunos 
historiadores, entre ellos D. Pascual Gayangos (2), la po- 
nen en el año 743, por conjetura deducida del capítulo 
número 39 del Anónimo latino, dedicado especialmente á 
Atanahildo. He aquí dicho texto: «Athanahildns post mor- 
tem ipsius (Theudimer) multi honoris et magnitudinis 
habetur. Erat enim in ómnibus opulentissimus dominus 
et in ipsis nimium pecuniae dispensator: sed post módi- 
cum Alhoozzan Rex Hispaniam adgrediens nescio quo fu- 
rore arreptus, non módicas injurias in eum attulit, et 
Ínter novies millia solidorum damnavit. Quo audito exer- 
citus qui cum duce Belgi advenerant, sub spatio fore 
trium dierum omnia paran t et citius ad Alhoozzam cog- 
nomento Abulchatar, gratiam revocant, diversisque mu- 
nificationibus remunerando sublimante. De este texto 



(1) Isidoro Pacense, núm. 42; Abenadari II, pág. 23 y Anouaii-i, 
ms. ar. R. Ac. Hist. núm. 60, fol. 97, v. siguiendo al antiguo histo- 
riador Aluacadi. 

(2) Antología española , Revista de ciencias, etc., t. I, pág. 37. 



-45- 

del Anónimo latino se desprende que Teodoniiro había 
muerto ya en el año 743 en que era emir Abuljatar, mas 
no que muriese precisamente en dicho año, ni en el 741 
ú otro posterior al 715. 

El mismo texto ha dado pie á que los autores que creen 
en lo del reino independiente de Teodomiro, nos presen- 
ten á Atanahildo como rey sucesor de aquél en la región 
de Todmir; si bien, dicen, disfrutó poco de las dulzuras 
del poder, pues habiéndose encargado á poco el emir Abul- 
jatar del gobierno de España, le injurió y lastimó grave- 
mente en sus intereses. Ya se ha dicho anteriormente que 
en las primeras palabras del citado texto del Anónimo la- 
tino se indica tan sólo que Atanahildo, después de la 
muerte de Teodomiro, gozó de grande honor, considera- 
ción y opulencia, y es de suponer que ejerciese en la es- 
fera privada la preeminencia ó jefatura de los cristianos 
de Todmir, en todo lo cual , sigue diciendo dicho autor, 
fué gravemente lastimado al venir á España el emir Abul- 
jatar, quien encolerizado, por causas que confiesa ignorar, 
le acusó y multó en 27.000 sueldos. Por tal medida, así 
como por otras de carácter general, á que alude induda- 
blemente el Anónimo latino, como se echará de ver más 
adelante, los soldados de Balj en menos de tres días sus- 
penden todos sus actos de violencia, y á seguida se con- 
gracian con Abuljatar al que ensalzan mediante magnífi- 
cos presentes . 

Tal es la interpretación exacta de las palabras ante- 
riores del x^nónimo latino, y ciertamente nos ha sorpren- 
dido mucho que el docto Sr. B^ernández Guerra haya tra- 
ducido desde post mócUcum diciendo: «no bien se había 
sentado en el solio Atanahildo, cuando, arrebatado por 
inexplicable furor, Abuljatar comenzó á oprimir á toda 
España; agravió no poco al buen Atanahildo, conclu- 
yendo por multarle en 27.000 sueldos. Oyéndolo mal las 
(siriacas) huestes que habían venido con el capitán Belji, 
conciértanse en obra de casi tres días , y más pronto de 
lo qne podía esperarse, hacen que vuelva á la gracia de 



- 46 — 

Alhoozzam, apellidado Abuljatar, el príncipe Atanahildo, 
y á costa de regalos espléndidos se levanta aún á mayor 
grandeza.» 

Al traducir así el Sr. Fernández Guerra el pasaje de 
referencia, olvida que adgredi urbem vel regionem no 
significa oprimir, sino simplemente encaminarse ó diri- 
girse á una ciudad ó región , y que los sirios de Balj son 
los que se vuelven á sí mismos á la gracia ó amistad de 
Abuljatar , y es á éste al que elevan á mayor grandeza 
mediante magníficos presentes. 

El sentido expuesto de las palabras del Anónimo lati- 
no, en contra de la interpretación que les da el Sr. Fer- 
nández Guerra, aparece plenamente confirmado por los 
historiadores árabes , al referirnos las causas que motiva- 
ron la venida de Balj con los árabes sirios á España, y 
más tarde la del emir Abuljatar, y las medidas políticas 
que tomó éste para apaciguar las luchas interiores que 
tan perturbada traían á toda España. En efecto, durante 
el segundo emirato de Abdelmélic, hijo de Catan , en 741 
alzáronse en rebelión los berberiscos que habían venido 
con Táric á la conquista de España, engreídos por la 
fama de las victorias que sus hermanos de África habían 
alcanzado sobre los árabes conquistadores de allende el 
Estrecho. Balj era el jefe de una división de caballería de 
los árabes sirios, restos de poderoso ejército derrotado por 
los berberiscos, el cual había logrado refugiarse y hacer- 
se fuerte en Ceuta con cerca de lO.ooo de los suyos ; mas 
sitiado estrechamente por sus enemigos y obligado por el 
hambre, en vano pedía al emir de España que le en- 
viase víveres y barcos con los que poder trasladarse él y 
los suyos á aquélla. No accedió Abdelmélic á las repeti- 
das súplicas de Balj , presintiendo que llegase á costarle 
caro, hasta que apurado ante la pujanza de los insurrec- 
tos berberiscos de aquende, consintió en traerles, á con- 
dición de que, luego de sofocada la revuelta, habían de 
volverse al África. En breve tiempo quedó apaciguada la 
insurrección de los berberiscos establecidos en la Penín- 



- 47 — 

sula, los cuales fueron batidos y duramente escarmenta- 
dos en todos los encuentros, gracias al valor de los sirios 
de Balj, y á seguida quiso el emir Abdelmélic, hijo de 
Catan , librarse de sus temidos huéspedes , ordenándoles 
que, según lo pactado, se volviesen al África. Pero negá- 
ronse los sirios á obedecerle en las condiciones que les 
proponía y aprovechándose de la ocasión de tener Abdel- 
mélic pocas tropas en Córdoba, se amotinaron contra él, 
le arrojaron del palacio y proclamaron á Balj gobernador 
de España en 20 de Septiembre de 741. A pocos días fué 
arrancado el anciano Abdelmélic de la casa á que se había 
retirado, y recibió afrentosa muerte. Desde aquel momen- 
to estalló la guerra civil entre los beledíes, es decir, los 
árabes conquistadores, y los árabes sirios de Balj. La con- 
tienda se sostuvo con gran encarnizamiento por ambas 
partes , y aunque pereció Balj , á consecuencia de las heri- 
das recibidas en una de las acciones empeñadas , mantu- 
viéronse dueños de Córdoba los sirios con Talaba , suce- 
sor de Balj , hasta que hombres sensatos de uno y otro 
bando, afligidos por los males de la guerra civil , indig- 
nados de los horribles excesos á que se habían entregado 
los soldados de ambas partes , y temiendo que los cristia- 
nos del Norte se aprovechasen de las discordias habidas 
entre los musulmanes , para extender los límites de su 
dominación, suplicaron al gobernador general de África, 
Mándala, el de la tribu de Qiielb, que les enviase un go- 
bernador capaz de restablecer el orden y la tranquilidad. 
Entonces Plandala dio el gobierno de España á su con- 
tribulo Abuljatar, que entró en Córdoba en Mayo de 743, 
y á su autoridad se sometieron unos y otros , sirios y be- 
ledíes . 

Mediante sabias medidas, el nuevo gobernador resta- 
bleció la paz; concedió amnistía á varios de los jefes; des- 
terró de España á los más turbulentos, entre ellos á Ta- 
laba su antecesor y, á fln de alejar de la capital á los 
sirios, les dio en feudo las tierras del dominio público, 
ordenando á los siervos que las cultivaban á ceder en 



— 48 — 

adelante á los sirios la tercera parte de las cosechas que 
hasta entonces habían cedido al Estado. La división de 
Egipto fué establecida en los distritos de Beja y Todtnir; 
la de Einesa en los distritos de Niebla y Sevilla; la de Pa- 
lestina en los distritos de Sidonia y de Algeciras; la del 
Jordán en el distrito de Reya (xMálaga); la de Damasco en 
el distrito de Elvira (Granada) y, en fin, la de Kinnesrin 
en el distrito de Jaén (1). Por diclias medidas es por lo 
que, como dice el Anónimo latino, los sirios se hicieron 
amigos de Abuljatar y le elevaron á mayor grandeza á 
costa de magníficos presentes. Esto mismo aparece con- 
firmado en el autor de la Crónica del moro Rasis, el cual, 
después de referir á su manera, aunque exacta en el fon- 
do, la distribución de los sirios de Balj por Abuljatar, 
como medida política para restablecer la paz entre las tri- 
bus dominadoras de la Península, dice, aludiendo á aquél: 
«et después que todo esto oviera f eolio, tomó á todos los 
christianos que ercm en Espanya la tercia parte de quan- 
to avian, assi en mueble, como en raíz, et diolo todo á los 
que vinieron con él. Et quando ellos vieron que les facia 
tanta merget, fincaron con él, et pugnaron de le fa^er ser- 
vicio bien derechamente » . . , 

En cambio de este beneficio, los s'rios quedaban obli- 
gados al servicio militar permanente. 

Los autores que creen en lo del reino independiente 
de Teodomiro y Atanahildo, han tenido que recurrir á 
vanas conjeturas , para explicarse cómo pudo concluir el 
último girón , como alguien le llama, del imperio godo. El 
ilustre Sr. Gayangos, al echar de ver en la lectura de los 
textos árabes que Abuljatar dispuso en Todmir de tierras, 
donde establecer á parte de los sirios de Balj, y en un pa- 



(1) V. Dozy, Historia, et(í., I, pág. 255 y siguientes, en contor- 
midad con los textos de A/6(í/' Marhnuia. págs. 45 y 46; Abenjal- 
dum, tom. IV, pág. 119; Alienalatir, V, pág. 875; Abenadarí, II,. 
pág. 30 á 34; Almacari, pág. 11 á 14 del tom. 11; Abenaljatib, edi- 
ción del Cairo, I, págs. 17 y 18; Isidoro de Beja, núni . 04 á(S7; y 
otros . 



— 49 — 

saje del Anónimo latino lo de haber sido castigado y mul- 
tado Atanahildo por el susodiclio emir, piensa, como más 
probable, que en tiempo de éste quedaría Atanahildo des- 
pojado de su reino (1). Lozano, Conde, Cebrián, Cánovas 
Cobeño, Fernández Guerra y otros, empeñados en prolon- 
gar más la existencia del supuesto reino independiente 
de Atanahildo, suponen unos que no pereció hasta que el 
emir Yúsu^', el Fihrí, hizo la supuesta división territo- 
rial de la España árabe; y otros afirman que el solio sos- 
tenido por Teodomiro y Atanahildo vino á tierra con mi- 
serable caída el año 779, siendo emir independiente el 
primer Omeya de España, Abderráman I. Todos ellos dan 
por terminado el supuesto reino independiente de Todmir, 
al notar que más ó menos tarde disponen en él los árabes 
de tierras y de la vida pública. Por nuestra parte, debe- 
mos hacer constar que el hecho de que Teodomiro, como 
cualquiera de los suyos, quedase más ó menos tiempo 
dueño y señor de sus bienes muebles é inmuebles, según 
lo pactado, no es incompatible con que quedasen tan sub- 
ditos del califa, como los cristianos de Córdoba, IMérida ú 
otras ciudades, y con que los árabes, que Abdelaziz dejó 
en Todmir, se encargasen desde luego de la gobernación 
pública de la región bajo la autoridad inmediata de los 
emires generales de España. 

A más de ésto, conviene observar que en los primeros 
años de la conquista musulmana hubo de ser bastante 
general que los invasores se apropiaran no sólo la parte 
de bienes muebles é inmuebles que por derecho de botín 
les correspondía, sino también el quinto de ellos, perte- 
neciente al califa en las tierras conquistadas á viva fuer- 
za , y los tributados por los países sometidos por capitu- 
lación . Lo cierto es que á los seis años todavía no trans- 
curridos de la invasión de Todmir, al llegar á España el 
emir Asáma, hijo de Mélic, en 719, le encargó el califa. 



(1) Antología española, Revista etc., pág. 38. 



— 50 — 

como asunto principal, que procurase que las gentes ca- 
minaran por la senda del derecho , que gobernase suave- 
mente y que exigiese el quinto de las tierras conquista- 
das, entregándole, al efecto, escrita de propio puño, una 
descripción de España y de sus ríos (1). Este hecho apa- 
rece referido también, y en forma más comprensiva y de- 
tallada, por el Anónimo latino, cuando dice (2): «Tune 
in Occidentis partibus multa illi Yzit (Yecid el califa) 
proeliando proveniuiit prospera atque per ducem Zama 
(Asamah) nomine tres minus paululum anuos in Híspa- 
nla ducatum habentem, ulteriorem vel citeriorem Hibe- 
riam proprio stilo ad vectigalia inferenda describit. Proe- 
dia et manualia vel quidquid illud est quod olim proeda- 
biliter indivisum retemptabat in Híspanla gens omnis 
arábica sorte sociis dividendo partem reliquit militibus 
dividendam, partem ex omni re mobili et inmobili Asco 
assotiat». Si entonces el califa reclamaba que se hiciesen 
efectivos los tributos que hasta aquí toda la gente ará- 
biga se venía apropiando y dividiéndolo entre sí, á guisa 
de botín de guerra, y respecto del cual mandaba ahora el 
califa que una parte qnedase á beneficio de los soldados, 
y otra para el fisco, y esto en toda España, ulterior como 
citerior; ¿cabe suponer que no reclamase igual derecho 
en Todmir? Es de pensar que el califa exigiese en esta 
región, como en cualquiera otra de España, la efectivi- 
dad de los tributos que sobre ella pesaban; ningún histo- 
riador árabe exceptúa del cumplimiento de la orden del 
califa á dicha región, y el Anónimo latino dice expresa- 
mente que se exigió á toda España, ulterior y citerior. Así 
se explica fácilmente que Abuljatar dispusiera más tarde 
en Todmir de tierras pertenecientes al dominio público, 
donde establecer á parte de los sirios que habían venido 
con Balj ; y es de sospechar que aquel emir que había 



(1) AI)onad:ii'i, II, pái;-. 25. 

(2) Clironif.on del Pacense, etc., 48. 



— 51 — 

venido á España, ut siiprafata seclat scandala (1), para 
que cesaran los sobredichos escándalos, como dice el 
Anónimo latino, castigase á Atanahildo por faltas contra 
el fisco musulmán, délas cuales sería justa ó injusta- 
mente acusado. Y aun suponiendo que los tributos im- 
puestos á Todmir en virtud del tratado de capitulación 
no hubiesen sido destinados ó no bastasen á crear un pa- 
trimonio nacional en que pudiera Abuljatar establecer á 
la susodicha parte de sirios, no faltaban otros medios para 
obtener ese resultado; pues hay que tener presente que 
en las capitulaciones, por virtud de las cuales era dejado 
á los indígenas el mole (la libre disposición de los bienes), 
como ocurrió en Todmir, según va expuesto en otro lu- 
gar, se denegaba este privilegio á los emigrados del país 
al tiempo de realizarse la invasión , y caducaba en los 
fallecidos sin sucesión. Los bienes de éstos y de aquéllos 
venían á engrosar el tesoro público, pasaban á ser patrimo- 
nio nacional, pudiendo disponer de ellos el califa ó sus re- 
presentantes en beneficio de la comunidad musulmana (2). 

Adviértase, finalmente, sobre el particular que no todas 
las poblaciones de Todmir fueron incluidas en la capitula- 
ción, como se ve en el texto del tratado que hemos expuesto. 

Aparte de los textos citados del Anónimo latino, en 
los cuales se habla, por incidencia, de Teodomiro y Ata- 
nahildo , no vuelve á darnos más noticias respecto de di- 
chos personajes. Lo que se afirma por algunos de nues- 
tros historiadores modernos sobre si Atanahildo vivía en 
754 ó 755, carece de fundamento. Otro tanto puede de- 
cirse, á nuestro juicio, de la afirmación del Sr. Fernán- 
dez Guerra , basada en la lápida sepulcral que se halló en 
término de Lucena, próximo al de Puente Genil, y que 
atribuye á un descendiente del Atanahildo de la región 
de Todmir (3). 



(1) Chronicon del Pacense, etc. , 67. 

(2) V. M. Balin, obra citada. i>ágs. 31 y 3(3. 

(3) Discurso de contestación al de recepción pública de D. Juan 
de Dios de la Rada en la Real Academia de la Historia. 



CAPITULO V 

La cora de Tcdmir ¿urante el gobierno de loa emires 
independientes de Córdoba 



Lucha r'tcil rntre j/cincnic.^ y modarics. — Abdci-rñinan I. — Insu- 
rrección del E^sldro en tierra de Todinii'. — Guerra de micesinn 
entre Los eniii'cs Hi.re/n y Al/iáqiwin y los principes Soláiinan 1/ 
Abdúla el Velenciano . — Abderrúnian II: nuevo alzamiento de 
Abdála el Valenciano y su muerte. — Lucha de los siete años en- 
tre yemenies y modaries de la tierra de Todiidr . — Fundación 
de La ciudad de Murcia. — Rebelión de Mohámed , hijo de Sor- 
bí c. — Sorpresa de Ori/tuela por los piratas normandos . 



No será fuera de propósito que antes de concretarnos 
á la exposición de los liechos conocidos, propios de la re- 
gión de Todmir, que pide de suyo el precedente capítu- 
lo, llamemos la atención del lector sobre la situación 
general de los musulmanes en España al tiempo á que 
nos referimos, como preliminar que facilite una explica- 
ción más perfecta de aquéllos. 

La paz restablecida en España por el emir Abuljatar, 
al sofocar la contienda entre los árabes beledíes y sirios, 
no fué duradera. Diclio emir que comenzó su gobierno 
midiendo á todos por igual, se inclinó pronto por los 
yemenies, en perjuicio de sus rivales los modaries, dando 
lugar á que se encendiese de nuevo la guerra civil con 
tanto ó mayor encarnizamiento que antes. «No hay, dice 
el ilustre Dozy (1), en la Historia de Europa nada que se 
parezca al odio de esos dos pueblos árabes cuyos indivi- 
duos se degüellan sin piedad unos á otros por el motivo 



(1) Historia, etc., I, pág . 114. 



- 54 - 

más insignificante. Los primeros, ó sea los yemeníes 
que se decían descendientes de Sem, habían conquistado 
y fijado su asiento en el Yemen, la parle más floreciente 
de la Arabia meridional, muchos siglos antes de nuestra 
era, subyugando la raza de origen incierto que habitaba 
dicho país. Los modaríes ó Caisíes, por otro nombre, 
eran descendientes de Ismael y habitaban el Hechaz, 
provincia que se extiende desde F^alestina hasta el Ye- 
men , y en la cual se hallan la Meca y Medina * . Ambos 
pueblos ó tribus que constituyen, por decirlo así, la pri- 
mera materia del imperio musulmán, tuvieron luego her- 
manos en los diferentes países, á que se extendió la domi- 
nación árabe, y á ellos llevaron sus odios y antipatía 
nacional, dispuestos á venir á las manos, en cuanto se 
les presentara ocasión de disputarse la hegemonía en 
cada una de las regiones conquistadas. No es de extra- 
ñar, pues, que por lo que hace á España, al declararse el 
emir Abuljatar favorable á los yemeníes, se disgustasen 
sus rivales, y, creyéndose perjudicados, tomaran las ar- 
mas encendiendo la guerra civil habida entre los prime- 
ros dirigidos por Abuljatar y los segundos por Samail , 
quien no contando con fuerzas suficientes para asegurar 
el triunfo sobre sus enemigos, atrajo á su causa á Tueba, 
jefe de las tribus de Lajm y de Chodam y oriundo de 
Palestina, ofreciéndole el emirato en sustitución de Abul- 
jatar. 

Los confederados, es decir, los Modaríes de Samail y 
las tribus yemeníes de Lajm y Chodam que ante la es- 
peranza de conseguir el poder, no habían sentido escrú- 
pulo de hacer armas contra las tribus hermanas, reunié- 
ronse en el distrito de Sidonia, y á orillas de su río fué 
derrotado Abuljatar, hecho prisionero y conducido á Cór- 
doba, donde entró Tueba en Abril de 745, se declaró 
emir por el derecho del más fuerte y gobernó hasta su 
fallecimiento ocurrido en Septiembre de 746. 

Muerto Tueba, modaríes y yemeníes entran en nego- 
ciaciones para elegir sucesor de aquél, y entre tanto 



-hh - 

nombraron, para que les gobernase interinamente, un 
magistrado general con el título de Natir Alahcam {j^^'^ 
^l^^^íi), que fué Abderráman , hijo deCaflr, el Lajmi. Pa- 
sados cuatro meses de negociación sin que llegaran los 
electores á un acuerdo definitivo, y en vista de que nada 
podían esperar de Oriente, donde había comenzado la 
honda agitación que causó la caída de la dinastía de los 
Omeyas y el entronizamiento de los califas Abasíes, pi- 
dieron á Samail que les diese un emir, y entonces pro- 
puso aquél á Yúsuf, hijo de Abderráman , el Fíhri, que 
á la sazón se hallaba en Elvira. 

La elección de Yúsuf hecha por Samail, no fué del 
agrado de sus aliados, los yemeníes de Lajm y Chodam, 
los cuales preferían que fuese nombrado uno de los su- 
yos, llamado Abenhorait, y, en consecuencia, este y 
Abuljatar, que- había sido libertado de su prisión por un 
golpe de mano de sus partidarios, se alzan al frente de 
los yemeníes contra Yúsuf y Samail , y se renueva la 
lucha entre ambos pueblos rivales, yemeníes y modaríes. 
En efecto, en la sangrienta batalla de Xecunda, junto á 
Córdoba, fueron derrotados, apresados y muertos los dos 
primeros, y proclamado Yúsuf emir general de España, 
asistido en el gobierno por Samail . 

Puede asegurarse que á partir de este tiempo, quedó 
de hecho España independiente de Damasco; pues los 
electores de Yúsuf no tuvieron siquiera la consideración, 
que habían respetado los de Tueba, de pedir el placet al 
emir superior de A 'rica, y hasta parece ser que Yúsuf el 
Füirí intentó entronizarse en España creando una dinas- 
tía continuada en individuos de su familia, para lo cual 
le brindaba excelente ocasión la caída de la dinastía 
Omeya de Oriente, al ser muerto en 750 Abdála, hijo de 
Mohámed, hijo de Meruán, último de sus califas. Mas no 
pudo Yúsuf realizar su propósito, si es que llegó á acari- 
ciarlo; pues tal fortuna estaba reservada al vastago de la 
noble estirpe de Coraix y príncipe de la dinastía Omeya 
de Oriente, que libre de la matanza de los suyos, arribó 



-S6 - 

á la costa de España en Septiembre i'i Octubre de 755, 
desembarcando en Almuñecar. 

El triunfo de Yúsuf con los modaríes en Xecunda no 
había desarmado á los yemeníes, ni tampoco la muerte 
de Abderráman , hijo de Alcáma, gobernador de Narbo- 
na, y de otros jefes rebeldes á la autoridad de aquél, les 
hizo desistir de su empeño en reconquistar la hegemonía 
sobre sus rivales, á la cual creían tener mejor derecho, 
alegando que ellos constituían la mayoría de la población 
árabe en España. Pronto les vemos coligarse con los co- 
raixitas, los cuales, como pertenecientes á una tribu que 
desde )»íahoma era tenida por la más ilustre de todas, 
veían de mal ojo que fuesen gobernados por un filiri. Ye- 
meníes ayudados por los berberiscos, fueron los que en 
la provincia de Zaragoza se pusieron á las órdenes del 
coraixita Hobab y de su aliado Ámir, otro jefe de la misma 
tribu que había huido de Córdoba, al saber que Yúsuf 
trataba de asesinarle . Ambos coraixitas , contando con el 
poder que les daban los yemeníes, se alzaron contra los 
que ellos llamaban usnrpadores de la autoridad del califa 
Abasí, quien, según ellos, había nombrado á Ámir go- 
bernador suyo en España , y sitiaron á Samail en Zara- 
goza, cuyo gobierno le iiabía confiado Yúsuf, á fin de 
librarse de su inñuencia, en 749 á 750. Apurado Samail 
y viendo que entonces no podía Yúsuf socorrerle , pidió 
auxilio á los modaríes de Elvira y Jaén; mas si bien los 
sitiadores se retiraron al acercarse éstos, juzgó prudente 
Samail dirigirse á Toledo, abandonando á Zaragoza, y 
Hobab y Ámir penetraron á seguida en ella, reteniéndola 
bajo su poder hasta el año 755, en que volvió á la autori- 
dad de Yúsuf. Precisamente de regreso de la campaña 
contra los rebeldes de Zaragoza, y hallándose en tierra 
de Toledo, supo Yúsuf que Abderráman, hijo de iMoavia, 
llamado el DdJU (ó el forastero) , fundador de la dinastía 
omeya de Córdoba, había desembarcado en Almuñecar. 
Yemeníes fueron también los que se pusieron al lado 
de Abderráman á seguida que supieron su desembarco 



— 57 — 

por los clientes omeyas de España, y gracias á ellos, que 
lucliaron valerosamente, pudo derrotar á Yúsuf junto á 
Aimodóvar del Río y arrojarle de su palacio de Córdoba. 

Yemeníes, por último, son los que, como se leerá más 
adelante, en porfiada lucha contra sus perpetuos rivales, 
trajeron perturbada la región de Todmir durante siete 
años, á despecho de la autoridad del sultán cordobés (1). 

Abderráman había logrado ver realizado su proyecto 
de hacerse proclamar emir de España, debido principal- 
mente al apoyo que le fué prestado por los yemeníes ; mas 
para éstos la causa de Abderráman había sido pretexto, 
ocasión que se les ofrecía oportuna para tomar desquite 
de su derrota en Xecunda , y recobrar la hegemonía so- 
bre los modaríes ; y era de prever que ellos volverían sus 
armas contra el nuevo emir, luego que fuese vencido el 
enemigo común. 

En efecto, durante su largo reinado vio Abderráman 
su autoridad continuamente disputada por los berberis- 
cos , ó por los yemeníes , ó por los fihríes ó parientes de 
Yúsuf. Por fortuna para él, la falta de unión entre sus 
enemigos, su actividad infatigable, su política, aveces 
pérfida y atroz, pero siempre hábil, fría y oportuna, el 
apoyo ñel y decidido de sus clientes , de algunos jefes que 
había sabido ganarse bien, de los omeyas de Oriente que 
acudían á ponerse á su servicio y á quienes confirió el 
gobierno de algunas ciudades , y de los berberiscos que 
hacía venir de África y alistaba en su ejército, contribu- 
yeron eficazmente á que el poder se mantuviera cada vez 
más fuerte y robusto entre sus manos (2). 



(1) Nos han servido de fuente para lo expuesto hasta aquí do 
presente capitulo: Dozy, Histoire, etc. , I, pá^'s- 113 \- siguientes; 
AJbar Machiiiáa, pk^^s. bii ■d&); Abenadari, II, pá-s. ' 31 ,' 35, liH, 
.39 y 4.5; Fat/io Alaadalnsi, pá^-. 46; Isidoro Pacense, niims. 70-75; 
A(lai)i, píi--. 14; Almacarí, II, pág. 17; Aljonjaídún , IV, pAgs. 120 
yJ21; Almacarí, I, pái^-. 158; Al)enalatii-, V,'págs. 280, 287^ .375 y 
37ü; Alimed Anasii-Í, I, pág. 53. 

(2) Do/.y, Histoii-e, etc., I, p'ig. 365; Ahenadai'i, II, pág. 50 
Fiit/io Alanddlosi , pág. 59. 



— 58 — 

El carácter de esta obra nos lleva á que, entre las 
muchas insurrecciones que hubo de sofocar Abderráman I, 
refiramos únicamente la que desarrollada en la región 
de Todmir, tuvo su desenlace en la vecina tierra de Va- 
lencia. Dicen los historiadores árabes (1) que en el año 
777 pasó á España, procedente de África, Abderráman, 
hijo de Habib, el Fihrí, yerno del emir Yúsuf y llamado 
el Eslavo por la semejanza de sus rasgos flsonómicos con 
los de esta raza, y que durante dicho año no cometió acto 
alguno de hostilidad; mas en el siguiente, ó sea en 778, 
se sublevó en la región de Todmir al frente de gran i^ ri- 
mero de berberiscos. 

Al decir de Dozy (2), obedecía la revuelta del Eslavo 
á una confederación formada entre él, Soláiman, hijo de 
Yac tan el Arabí, gobernador de Barcelona, y Mohámed, 
hijo del emir Yúsuf, más conocido por el nombre de Abu- 
lasuad , quien logró escapar de la prisión en que le rete- 
nía Abderráman por un medio tan ingenioso como atre- 
vido. Los tres personajes mencionados, durante el año 
en que, como dicen los autores árabes, permaneció el 
Eslavo sin manifestar hostilidad después de su paso á 
España, fueron á presentarse á Carlomagno, que se ha- 
llaba en Paderbon , y le propusieron su alianza contra el 
emir de España. Allá se convino que Carlomagno fran- 
quearía los Pirineos con numerosas fuerzas; el Arabí y 
sus aliados al norte del Ebro le apoyarían y reconocerían 
como á su soberano, y el Eslavo, después de reunir tro- 
pas entre los berberiscos de África, desembarcaría con 
ellos en la región de Todmir, á fin de secundar los movi- 
mientos que tendrían lugar en el norte, levantando el 
estandarte negro del califa Abasí, aliado de Carlomagno. 

Sea lo que quiera respecto de la confederación afir- 
mada por Dozy, es lo cierto que el Eslavo realizó el des- 



(1) AliLMiadarí, II, pá,u,'á. 57 \-58; el autor del Fatho Alanda- 
/ost, pA.íi-. G7; Nouaii i, ms. ar. de la R. Ac. de la Hist. tbl . 7; 
Aberialatii", VI, pás^'. 30 y Aljenjaldún, IV, pág. 123. 

(2) Histoire. etc.. I, pág. 375. 



- 59 — 

embarco con sus berberiscos en la costa de Todniir, y se 
metió tierra adentro proclamando la soberanía de los aba- 
síes. Pero se encontró solo y sin que los supnestos alia- 
dos luibiesen emprendido su acción respectiva, y temien- 
do verse pronto en aprieto, pidió auxilios al Arabí , quien 
no respondió á su llamamiento. Entonces, encolerizado 
el Eslavo avanzó con sus berberiscos hacia Barcelona, á 
fin de castigar á su infiel gobernador y someter sus tie- 
rras á la autoridad de los abasíes; mas el Arabí que, á 
su vez, salió á rechazarle, le derrotó, obligándole á vol- 
verse á Todmir. Mas viendo el Eslavo comprometida allí 
su situación por el emir Abderráman , y que éste le había 
quemado los barcos, á fin de impedirle su regreso al Áfri- 
ca, corrió á refugiarse en lo más fragoso de las montañas 
inmediatas á Valencia. Siguióle Abderráman, y habiendo 
ofrecido éste mil dinares por su cabeza, un berberisco 
de Oreto, llamado Mixcar, á quien el Eslavo se había 
confiado imprudentemente, sin sospechar que estuviese 
en inteligencia con el emir, le asesinó cogiéndele despre- 
venido. El berberisco marchó con la cabeza del Eslavo á 
donde se hallaba Abderráman, el cual le entregó en re- 
compensa el premio ofrecido. 

En cuanto á Abulasuad, hijo de Yúsuf, se ignora si 
prestó ó no ayuda al Eslavo en su acción contra Abderrá- 
man. Únicamente consta (1) que habiendo reunido algu- 
nas tropas en tierra de Toledo y en la parte oriental de 
España, se estacionó en Cazlona, junto al río Guadali- 
mar, donde fué derrotado el año 785, con pérdida de 
4.000 de los suyos, y huyó á Coria, en la cual volvió á 
ser atacado por Abderráman al siguiente año, y hubo de 
escapar y refugiarse en las asperezas de la región , de- 
jando en poder del emir su familia y sus partidarios. 

Todavía se mantuvo rebelde en su refugio, y á su 
muerte, ocurrida apoco tiempo, sus parciales diéronle 



(1) Ajbar Machmúa . páii,-. 110; Al^enadain, II, 59; Nouairí, 
articulo soljre Abderráman, ms. ar. Ac. de la Hist., núm . 60. 



— 60 — 

por sucesor á su tío Abderráman, hermano de Yúsuf ; pero 
éste pidió la amnistía, al acercarse las tropas que el emir 
había enviado en contra suya, y le fué concedida. 

Según otra versión de que se hace eco Abenadarí (1), 
Abulasuad, después de su derrota junto á Cazlona, se re- 
tiró á Requena (2), donde se sostuvo hasta su muerte, y 
entonces le reemplazó su hermano Alcásim, hijo de Yú- 
suf. Dirigióse contra él Abderráman, y, entabladas ne- 
gociaciones antes de romper las hostilidades, ofreció por 
su parte el emir á Alcásim darle una esposa y el gobierno 
de todo el territorio de que se había apoderado su her- 
mano Abulasuad. Alcásim exigió además que le restitu- 
yese los bienes que les habían sido arrebatados en la lu- 
cha, y habiendo accedido también el emir á esto, regre- 
saron ambos á Córdoba. Tal es lo que aparece en los au- 
tores árabes conocidos respecto de Alcásim, hijo de Yú- 
suf. La nueva correría que Conde y otros historiadores 
nuestros suponen realizada en tierra de Todmir y otras 
por dicho Alcásim en unión de un bandido, por nombre 
Hañla, parécenos gratuita ó resultado de la torcida inter- 
pretación de algún texto árabe. 

A consecuencia de la muerte de Abderráman acaecida 
en 30 de Septiembre de 788, estalló la lucha, que pudié- 
ramos llamar de sucesión, entre tres de sus hijos, Hixem 
que, conforme á la designación hecha por su padre , fué 
reconocido desde luego como sucesor suyo en el emirato, 
y Abdála y Soláiman que, por ser mayores en edad, pre- 
tendían tener mejor derecho que aquél. El haber sido la 
región de Todmir teatro muy principal de la lucha que 
acabó por ser fratricida, nos obliga á referirla con tanta 
amplitud como aparece narrada en los autores que hemos 
podido consultar (8). 



(1) ii,i.;iM-.52. 

(2) ¿.i 1^^ , dice el texto . 

(3) Abenadarí, II, 49, (53 y siguientes; Fatho Alaadalosi , pági- 
na 17; Aljciijaldún, IV, 124; Nouaii'i, m^,. ar. R. Ac. de la Hist., nú- 
mei'o GÜ, iül. 11 V., y 12 r.; Abonalatii', IV, pág. 76, y algún otro. 



— 61 — 

De los tres hijos mencionados sólo Abdála se hallaba 
en Córdoba al ociirrir la muerte de su padre , y él presi- 
dió los funerales. Hixem se hallaba de gobernador en Ma- 
rida, y Soláiman en Toledo. Enterado Hixem del triste 
suceso, se dirigió inmediatamente á Córdoba, no sin te- 
mor de que su hermano Abdála se negase á reconocerle 
como sucesor en el emirato, y le impidiese la entrada; 
mas aquél salió á recibirle amigablemente, y ambos pene- 
traron en la capital, donde fué proclamado Hixem. 

Soláiman, por su parte, no quiso reconocer la autori- 
dad de su hermano Hixem, é hízose proclamar como emir 
en Toledo y en los distritos vecinos . Había comenzado ya 
el siguiente año 789, cuando Abdála, cegado por la ambi- 
ción y arrepentido de haber dejado escapar el poder que 
había tenido antes que Hixem entre sus manos, y olvi- 
dando la predilección y cariño que éste le dispensaba so- 
bre todos los restantes individuos de su familia, salió de 
Córdoba y se reunió con Soláiman en Toledo, sin que lo- 
grasen darle alcance en su camino los hombres, que en- 
vió Hixem tras él con orden de prenderle y hacerle volver 
á la capital. 

Entonces marchó Hixem con numeroso ejército contra 
sus rebeldes hermanos, y se disponía ya á sitiarlos en To- 
ledo, cuando Soláiman , dejando conflaJa la defensa de la 
ciudad á su hermano Abdála, salió furtivamente de ella 
con parte de los suyos y se dirigió á Córdoba, creyendo 
que había de serle fácil hacerse dueño de la capital del 
emirato, debilitada por la salida del ejército expediciona- 
rio de Hixem. Pero al llegar á Xecunda, arrabal de Cór- 
doba, salieron los habitantes de ésta á rechazarle, y sa- 
biendo al mismo tiempo que venía á su alcance el príncipe 
Abdelmélic, á quien había destacado Hixem con fuerte 
contingente de tropas, luego que tuvo noticia de su salida 
furtiva, huyó precipitadamente y fuera de camino, hasta 
venir á aparecer en las inmediaciones de Mérida; mas re- 
chazado de allí por Chodair, gobernador de dicha ciudad, 
corrióse á la región de Todmir. 



— 62 - 

Después de pasar Hixem dos meses y algunos días en 
el sitio de Toledo, regresó á Córdoba dejando el mando 
del ejército á sus caudillos, y cuando fué entrado ya el 
año 790, se le presentó su hermano Abdála, sin que hu- 
biese mediado entre ellos pacto alguno previo, ni petición 
de amnistía por parte del rebelde. No obstante , fué gene- 
rosamente perdonado por Hixem y hospedado en las habi- 
taciones de su sobrino, el príncipe heredero Alháquem. 

Entre tanto, Hixem había enviado contra Soláiman á 
su hijo Moaxvia con los caudillos Xohaid, hijo de Ysa, y 
Tamam, hijo de Alcáma, al frente de poderoso ejército, 
los cuales sometieron paso á paso la región de Todmir, 
llegando hasta sus costas; y derrotado, por fin, el rebelde 
príncipe, tuvo que refugiarse en las montañas de Valen- 
cia y pedir la amnistía á su hermano. Esta lo Fué ofrecida 
á condición de que saliese de España, y en cambio reci- 
biría del emir 60.0(30 dinares, como porción de la heren- 
cia de su padre. Aceptadas estas condiciones, marchó So- 
láiman al África y se estableció con su familia entre los 
berberiscos. Al mismo tiempo ó poco después marchó nue- 
vamente á reunirse con él su hermano x\bdála. 

Muerto Hixem en el año 796 (1) y proclamado emir su 
hijo Alháquem, volvieron á encender la guerra civil sus 
dos tíos, Abdála y Soláiman, con ánimo de hacer valer 
sus pretensiones al emirato. Al efecto, según parece, en 
dicho año pasó primeramente Abdála y se apoderó de Va- 
lencia, proclamándose emir y estableciendo en ella su re- 
sidencia, por lo cual ha pasado á la historia con el nom- 
bre de Abdála el de Valencia. Aunque los historiadores 
árabes nos dicen muy poco respecto de los hechos reali- 
zados por Abdála en este tiempo, es indudable que llegó 
á alcanzar gran poderío, pues afirma Abenhazam (2) que 



( 1 ) Hemos turnado la narracitm siguiente de los textos do Aben- 
adai'i, II, pág. 70 y 72; Al)enjaldún, IV, 125 y 126; Nouairi, ma- 
nuscrito árabe de la R. Ac.de la Hist., núm . 60, tbl. 16; ídem, 
n." 80, ful. 266 v núm. 82, ful. 240; Almacari, I, pág. 219; Aben- 
alatir, VI, pág. 102, 113 y 115; y R)deric de Toledo, Hist. Ar. , 19. 

(2) Véase Codera: «Misión histiji-ica en Argelia y Túnez.» 



— 63 — 

se hizo dueño de Valencia, Todmir, Tortosa, Barcelona y 
Huesca, 3^ en Abenadarí (1) se lee que en el año 797 , ó 
sea en el siguiente al de su regreso de Ál'rica, se detuvo 
en Zaragoza con Bahlul, hijo de Meruán, que se había 
alzado contra Alhaquem en la frontera, haciéndose dueño 
á poco de aquella ciudad. Abdála se dirigía entonces ha- 
cia el país de los Francos. 

Durante el año siguiente (798) pasó Soláiman desde 
Tánger á las costas de Todmir, de donde avanzó por dos 
veces en dicho año con numerosas huestes contra su so- 
brino Alhaquem ; pero en ambas quedó derrotado. En el 
año 799 volvió á tentar fortuna, y al frente de sus fuer- 
zas, constituidas principalmente por berberiscos, avanzó 
hasta las cercanías de Écija, donde le salió al encuentro 
su sobrino, trabándose entre ambos reñida batalla, que 
se prolongó durante algunos días y en la que quedó de- 
rrotado Soláiman, como lo fué igualmente en un segundo 
choque, que tuvieron en el mismo año. Llegado el de 800 
salió Soláiman con su gente de Todmir, corriendo las tie- 
rras de Jaén y Elvira (Granada), en las cuales se le unie- 
ron muchos del país; pero se le opuso de nuevo su so- 
brino Alhaquem, y después de luchar algunos días con 
tanto vigor, que hubo momentos en que parecía qae la 
victoria iba á inclinarse del lado de Soláiman, huyó éste 
en completa dispersión y pérdida de muchos de los suyos. 
Inmediatamente destacó Alhaquem en su persecución á 
Asbag, hijo de Abdála, que logró prenderle fuera de Mo- 
rid a y traerle á donde se hallaba el emir, quien mandó 
darle muerte en el acto y envió su cabeza á Córdoba. 

No es de extrañar que Abdála no comparezca en el 
teatro de la lucha en que operaba Soláiman ; asuntos gra- 
ves reclamaron indudablemente su presencia al otro lado 
de su capital , por la parte de Aragón y Cataluña. Sabe- 
mos que poco antes de la vuelta á España de su hermano 
Soláiman, pasó Abdála por Zaragoza en dirección al país 

(1) II, pág. 71, 



— 64 — 

de los Francos, y en el año 800, el mismo en que fué co- 
gido y muerto su hermano , marchó de Valencia á Hues- 
ca, donde se estacionó con el jefe Abuinrán y los árabes; 
mas asediado por el jefe rebelde de Zaragoza Bahlul, 
que, según parece, había roto con él su anterior amistad, 
tuvo que volverse á Valencia, dejando Huesca en poder 
de aquél. 

Apesadumbrado Abdála por la muerte de su hermano 
Soláiman y viendo declinar su poderío, reducido á Va- 
lencia y Todmir, entró en negociaciones con su sobrino, 
solicitando la amnistía en el año 802 ; pero no se firmó la 
paz definitiva hasta él siguiente, 803, en que Abdála 
hizo su sumisión , á trueque de que su sobrino le dejase 
en el gobierno de Valencia, que le diese 1.000 dinares 
mensuales para sus gastos y 1.000 anuales más como 
gratificación. Fueron portadores de estas condiciones, 
propuestas por el emir, Yahya, hijo de Yahya, y Aben- 
abuámir, los cuales regresaron á Córdoba con un hijo de 
Abdála, al cual casó Alháquem con una de sus hermanas. 

Durante la lucha de los hijos de Abderráman y su so- 
brino el emir Alháquem, asediaron los Francos á Barce- 
lona y la tomaron en el año 801. Contra dicha ciudad 
marchó en 814 Abdála eH'«íe?ic/fmo con su hueste, por 
orden de su sobrino Alháquem, y aunque logró derrotar 
á los Francos en las cercanías de ella, parece ser que no 
pudo recobrarla (1). 

Dos años antes de la fecha citada murió en Todmir 
(Orihuela) Fadl, hijo de Amira, por sobrenombre Abula- 
fía el español, que había sido nombrado cadí ó justicia 
mayor de dicha región por el emir Alháquem, y que, 
como ya se ha dicho, es el primero de los de su dignidad 
en Todmir, de que dan noticia los autores árabes que 
hemos podido consultar (2). 



( 1 ) Aljenadari, 11; 70. 

(2) Adabi, Bibliot. Arali. Ilisp. , III, 1285; Aberiallaradí, ídem, 
VII, 1038. 



— 65 — 

Muerto Alháquem en 24 de Mayo del año 822 y pro- 
clamado al día siguiente su hijo Abderráman lí, volvió á 
sublevarse Abdála el valenciano , y dirigióse á Todmir, 
donde se aprestó á disputar el gobierno al nuevo emir, 
emprendiendo una campaña contra Córdoba ; pero al saber 
que Abderráman se había puesto en marcha para atacar- 
le, tuvo miedo y retrocedió á Valencia sin combatir (1). 

Según el historiador Abensaid , la retirada de Abdála 
de la región de Murcia, sin esperar la acometida del 
emir, obedeció á una fuerte parálisis que le sorprendió, 
derribándole en tierra , cuando se hallaba presidiéndola 
oración pública y solicitando de Dios que le favoreciese 
con la victoria sobre su sobrino, si es que él tenía mejor 
derecho que éste al emirato. Aquel desgraciado accidente 
hizo que Abdála no pudiese seguir presidiendo la oración 
pública, que fué terminada por un sustituto suyo, y que 
se dispersaran los partidarios que había levantado en ar- 
mas á su favor , teniendo que volverse á Valencia , donde 
falleció al año siguiente (2) . 

La antipatía nacional entre yemeníes y modaríes, 
que, según se ha expuesto al comenzar el presente capí- 
tulo, produjo en España las luchas de carácter general 
que van narradas , se localizó después en algunas pro- 
vincias, especialmente en Todmir, donde entre los de 
uno y otro bando corrió la sangre en abundancia por 
espacio de siete años , á despecho de la autoridad del 
emir, á quien costó no poco trabajo reducir dicha región 
á su obediencia. 

Señalan los autores árabes (3), como pretexto que 
ocasionó el rompimiento de hostilidades entre aquéllos. 



(1) Abenjaldún, IV, 127; Abenalatir, VI, 268 y 273; Rodci-ic 
de Toledo, Hist. Arab., 22; Nouairí, ms. ar. de la R. Ac. de la His- 
toria, núm. 60, fol. 240; núm. 80, fol. 272. 

(2 ) Véase el texto de Abensaid en el apéndice núm . XI . 

(3) Abenadai'i, págs. 83 y siguientes; Abenjaldún, IV, página 
128; el Nouaii'í, ms. ar. de la R. Ac. de la Hist., núm. 60, fol. 25; 
núm. 80, fol. 272; Abenalatir, VI, 271. Véase también Dozy, His- 
toire, etc., I, pág. 115, y II, pág. 96. 



— 66 

comenzado el año 807, el haber arrancado un yemení, 
al pasar por la linde de la viña de un modarí, una hoja 
de vid, dando pie á que, enfurecido el segundo por mo- 
tivo tan insignificante, diese muerte al primero. Sabedor 
Abderráman II de la revuelta surgida entre los yemeníes 
y los modaríes de Todmir, envió en el mismo año á su 
caudillo Yahya, hijo deAbdála, hijo de Jalaf , con un 
fuerte ejército, á ñn de reducirles de grado ó por fuerza 
á la paz y restablecer la tranquilidad del país ; pero pa- 
rece ser que los sediciosos, lejos de deponer sus armas , 
volviéronlas contra las fuerzas de Yahya, trabándose en- 
tre unos y otros , en las cercanías de Lorca, la batalla de 
la Almozara , llamada así por el nombre del lugar en que 
ocurrió (1). En dicha batalla fueron derrotados los rebel- 
des , pereciendo unos 3.000 de ellos ; mas no por eso es- 
carmentaron , sino que de vez en cuando hubo necesidad 
de enviar nuevos caudillos y fuerzas, y aunque general- 
mente, al aproximarse éstas , suspendían sus hostilida- 
des intestinas, volvían á emprenderlas á seguida que di- 
chas fuerzas se retiraban del país. Durante el año 824 á 
825, Omeya, hijo de Moavia, hijodeHixem, que por 
orden del emir había salido á campaña, en sustitución 
del valeroso Abdelquerim, sorprendido por grave enfer- 
medad cuando se disponía á salir de Córdoba con el 
ejército, corrióse de tierra de Santover á la de Todmir, 
donde Abuxamaj , arráez de los yemeníes, se había hecho 
reconocer como jefe independiente, incluso por los moda- 
ríes, yambos trabaron batalla en Murcia, pereciendo, 
como en la de la Almozara , muchos musulmanes . 

Es preciso advertir, al llegar á este punto, que en el re- 
citado de la batalla que acabamos de mencionar, es donde 
por vez primera nos suministran los autores árabes noti- 
cias concretas de Murcia con referencia al tiempo en cu- 



(1) Cánovas Coheno, en su historia de Lorca, pág. 86, cree que 
la batalla de la Almozara fué dada al poniente de Lorca, en el actual 
distrito rural llamado Almoyjai', 



— 67 — 

yos sucesos se ocupan. Hasta este momento de la historia 
que venimos haciendo, siempre refleren los hechos de la 
región, objeto de nuestro estudio, con ralación á Todmir, 
que, según ellos mismos, era nombre equivalente al de 
Orihuela. Entre las ciudades menciona las en el tratado 
de capitulación de Teodomiro no aparece Murcia; los 
biógrafos Adabí , Abenalfaradí y Abenpascual , que nos 
han trasmitido biografías de personajes nacidos por este 
tiempo ó antes en otras ciudades de aquella región, no 
nos dan noticia de ninguno que se diga nacido en Mur- 
cia, hasta años después del tiempo á que nos venimos 
refiriendo. Tales observaciones nos hicieron sospechar 
que Murcia hubiera nacido á la vida , al menos como po- 
blación de importancia , durante la lucha éntrelos ye- 
meníes y modaríes de la región de Todmir, y que la 
afirmación de muchos de nuestros escritores , dando por 
existente dicha ciudad desde los tiempos más remotos de 
nuestra historia, pudiera ser completamente gratuita. 
Nuestra sospecha resultó confirmada cuando, al registrar 
los textos de los geógrafos árabes, ya que sus hermanos 
los historiadores nada nos decían respecto del particular , 
logramos leer en la voluminosa obra deYacut, el geó- 
grafo más notable de la Edad Media entro los árabes (1), el 
siguiente texto (2): «Murcia, ciudad de España, pertene- 
ciente á los distritos de Todmir: fundóla Abderráman , 
hijo de Alháquem , hijo de Hixem, hijo de Abderráman I , 
y la llamó Todmir en recuerdo de la ciudad de Tadmor 
de la Siria; pero la gente del país prefirió darle el nom- 
bre de Murcia, que era el del sitio en que fué trazada la 
nueva ciudad (3) » . 

Además, durante nuestra visita á la ciudad de Mur- 
cia pudimos leer en la obra de Díaz Cassou, «Ordenanzas 



(1 ) Véase M. Reinaud, «Notices sur les fl¡(;tionaircs Geographi- 
ques árabes». 

(2) Yacut, Geografisches Worterbucli, i. IV, parte se.-iiiida, 
página 497, texto árabe, editado por ^^'üstenfeld. 

(3) Véase el texto árabe en el apéndice núm. III. 



— 68 — 

y costumbres de la huerta de Murcia» (1), que «en el año 
210 de la hégira, que comprendió desde el 24 de Abril de 
325 á 12 del mismo mes de 826 , había de fundarse Mur- 
cia». No dice Díaz Gassou de quién tomó ó en qué docu- 
mento levó la noticia que nos trasmite; pero es de supo- 
ner que no la inventase, sino que la leyera en algún 
documento de la ciudad, hoy desconocido, y, por tanto, 
su testimonio, unido al de Yacut, el silencio de los his- 
toriadores árabes respecto de la intervención de Murcia 
en los hechos anteriores al de que se trata en este mo- 
mento de la historia, y el no observarse en la actual po- 
blación restos de edificación que anteceda á la época ára- 
be, como se observan en otras ciudades de la misma 
región, nos ha llevado a creer que Murcia, si no fué fun- 
dada precisamente en el año 825 á 826 , como quiere Díaz 
Gassou, lo fué seguramente en alguno de los tres años 
anteriores á ese. Acaso en alguna de las expediciones 
militares que sucesivamente llegaron á la región de Tod- 
mir, según Abenadarí, en el trascurso de los susodichos 
tres años , marchase Abderráman y fundase en persona 
la ciudad, ó que el caud.Uo Omeya, que, como se ha 
dicho antes, marchó á Todmir en el año 824 á 825, esta- 
bleciese sus tiendas en el campo de la batalla, en que 
derrotó al rebelde Abuxamaj , y quedase de esta suerte 
fundada la ciudad de Murcia. Loque parece cierto, es 
que el nombre de Murcia dado á la ciudad por los indí- 
genas, con preferencia al que le impuso Abderráman II 
al tiempo de fundarla, era anterior á ella, según afirma 
el geógrafo árabe citado. Ahora bien; si por tal nom- 
bre se había simplemente designado antes el pago en 
que quedó asentada la nueva ciudad, ó bien un casti- 
llo, ó una población insignificante y oscurecida hasta 
entonces, ó un muro para contener el desbordamiento 
del Táder ó Segura, ú otra cosa análoga, es cuestión que 



(1) P.i-iiiii t<S, 



- 69 — 

la crítica no ha podido resolver satisfactoriamente , y de 
la cual prescindimos en gracia á la brevedad y por no 
excedernos de los límites de nuestro trabajo, reducido á 
la época de la dominación miisuimaua (1). 

Volviendo á la narración interrumpida sobre la luclia 
interior de los siete años en tierra de Todmir, debemos 
hacer constar que en el año de 82ó á 82o escribió e! emir 
Abderráman II á su gobernador de üriliuela ordenándole 
que trasladase su residencia á Murcia, y que á la vez 
fuese destruida la ciudad de Ana, como leyó Dozy, ó de 
Oyyoh (Ojos) , como sospechamos nosotros, respetando el 
parecer del ilustre arabista (2) , por haber sido dicha ciu- 
dad el primer foco de la insurrección . A pesar de tales 
disposiciones, continuó la insurrección hasta el año 828, 
en que, según Abenadarí, se restableció la paz, me- 
diante la sumisión de Abuxamaj y de otros sediciosos, los 
cuales hicieron entrega de sus castillos al emir. Dicho 
Abuxamaj ganóse luego el afecto de Abderráman II , lle- 
gando á ser uno de sus gobernadores más fieles, y como 
tal aparece en Calatrava operando con un fuerte desta- 
camento de caballería contra los rebeldes de Toledo en 
el año 835. 

La paz, sin embargo, no debió ser duradera en la 
región de Murcia ó Todmir, pues en el año 849 marchó 
allá Abbás, hijo de Uálid, con numerosas tropas, á fin 
de someter la revuelta promovida por Mohámed , hijo de 
Sable, y si bien logró su propósito , hubo de batir y humi- 
llar antes en varios encuentros á los sediciosos (3). 



(1) El lector podrá formarse idea de las varias conjeturas y ca- 
vilaciones á que ha dado margen el nombre de Murcia y su origen 
como población, leyendo á Cáscales en su oltra citada, capítulos I y II; 
áCasiri, Bib. Escur. , I, p;ig. 372, y sobretodo á Madoz, que las 
recopila y critica en su «Dioñonario geográfico, etc.», capitulo XI, 
páginas 748 y siguientes. 

(2) Véase en el cap. II lo que dejamos dicho soljre la ciudad de 
Aj\ comprendida en el tratado de capitulación de Teodomiro. 

(3) Abenalatir, VII, pág. 34. 



Los normandos , audaces piratas escandinavos, como 
les llama Dozy (1) , que durante el año de S48 á «44 con 
sus frágiles embarcaciones habían sorprendido y entrado 
á saco algunas ciudades del litoral de España, aparecen 
nuevamente en los años de 859 á 861 , y esta vez hicieron 
sentir su terrible azote en la región murciana. Después de 
haber saqueado Sevilla, Algeciras y otros pueblos déla 
Península, más algunos de allende el Estrecho, cayeron 
sobre las costas de Murcia, y habiendo derrotado las tro- 
pas que defendían la región, penetraron en Orihuela, 
regresando luego á sus barcos cargados de botín y con 
gran número de cautivos. 

Al retirarse con rumbo á las costas de los Francos , 
salió al encuentro de los piratas la ilota del emir .Mohá- 
med, hijo de Abderráman II, que había sucedido á su 
padre en Septiembre de 852; mas si bien al principio de 
la lucha llevaron los musulmanes la mejor parte, ha- 
biendo logrado incendiar dos barcos enemigos y apresar 
otros dos, ricos de botín, pudieron los normandos re- 
hacerse pronto y atacar furiosamente á sus contrarios, 
hasta derrotarles por completo, causándoles grande mor- 
tandad (2). 



(1) Rcclioi'clit's sur etc., torcera edici('>ii, II, páuiniis '27}2 y sí- 
Líuientcs. 

{■2 ) Alieiuulari , II , pA-s. 89 v 99 ; Aborijaldúii , IV, l.'M ; Abeua- 
latir, \'II. p.i^-. ."íH, y Nuuairi, ins. ar. de la R. Ac. de la Hist., nú- 
mero (jil, tul. :V¿ V. 



CAPÍTULO VI 

Murcia durante el gobierno de los emires 
independientes de Córdoba 

(CONTINUACIÓN) (1). 

Insurrección general en tiempo de los c/nires Moháined tj Abdúla. — 
Daisain, rebelde de la cor.t de Tod/iiir.: sus relaciones con 
Abenhafsun. — Campaña de Todmir dirigida principalmente 
contra Daisam; derrota de éste entre Aledo g Lorca; sitio de 
esta ciudad y retirada del ejército del emir. — Muerte de Dai- 
sam. — Abderráman Abcnnadah g otros rebeldes de Todndr. — 
Noticias de Mohámed , hijo de Abderráman, el Jeque, rebelde en 
Callosa y Alicante . — Pncificación y prosperidad de Todmir en 
los días de Abderráman III y sus sucesores en el gobierno. — Va- 
rones ilustres de Todmir que ^florecieron en este tiempo. 



Causa verdadero asombro el movimiento insurreccio- 
nal que, á partir de Motiámed I, estalló en la España 
árabe tan pujante y vigoroso, que hubo momentos en los 
días del gobierno de Abdála. que únicamente la ciudad de 
Córdoba , la capital del emirato , obedecía las órdenes de 
su sultán. 

A las antipatías de raza entre los conquistadores, que 
desde largo tiempo venían minando el estado árabe espa- 
ñol, hay que agregar, al presente de la historia que ve- 
nimos haciendo, el odio entre los dominadores, los árabes 
constituidos en aristocracia de suyo orgullosa é intolera- 



(1) Para lo expuesto en este capitulónos hemos servido délos 
textos siguientes; Abenadarí, I, pág. 179 y II, págs. 139, 140, 146, 
196, 210, y 211; Abenhayan, ms. árabe de la Real Academia de la 
Historia, n." 60, fol. 37 v.; Abenjaldún, IV, pág. 139-140; Aben- 
alfaradí, Bib. Ar. Hisp. VII, 580. Entre los autores modernos, 
Dozy, Histoire, etc., en diferentes pasajes del tomo II. 



— 72 - 

ble, y los dominados, los españoles , tanto los miiladíes 
como los cristianos, que viéndose abrumados por los im- 
puestos y perseguidos por los primeros, intentaban sacu- 
dir su yugo . 

En efecto, durante el mando de Mohámed I, los mu- 
ladíes ó descendientes de los renegados de Toledo, uni- 
dos á sus hermanos de raza, los cristianos, se habían 
separado de la autoridad del emir cordobés . Otro estado 
independiente habíase formado en Aragón por una anti- 
gua familia muladí, la de losBenicasí. En el Oeste de 
España sé alza otro muladí , Abderráman Abenmeruán , 
que llegó á hacerse dueño de Badajoz y, como los de 
Toledo, buscó la alianza y protección de Alfonso III 
de León . 

En el Algarve reinaba independiente Yahya , muladí 
también , cuyo hijo Abubequer acrecentó el dominio que 
le legó su padre . En Elvira (Granada) y Sevilla dispú- 
tanse con intestino furor la preponderancia el elemento 
árabe de un lado, y de otro el español (muladíes y cris- 
tianos). En la Serranía de Ronda renegados y cristianos, 
unidos también, comenzaron á agitarse, y en el año de 
880 á 881 álzanse en las ruinas de una fortaleza romana 
sobre la montaña de Bobastro, á una legua, oeste de 
Antequera, á la voz del más formidable y tenaz enemigo 
del emirato, de Omar, hijo de Hafsun, de origen visigó- 
tico , que alcanzó el mayor poderío entre los rebeldes , de 
los cuales muchos se hicieron sus aliados y aun recono-- 
cieron su autoridad , llegó á imperar en las provincias de 
Reya (Málaga) y Elvira (Granada), y en 887 y 888 ganó 
las ciudades de Estepona, Osuna, Écija, Aguilar y Baena 
é intentó apoderarse de Córdoba . 

Entre tanto, los señores árabes y berberiscos, aprove- 
chándose de la revuelta general, se alzan en sus castillos 
y señoríos respectivos, rebeldes unos y desobedientes 
otros á la voz de auxilio de su sultán. Así aparecen como 
señores de Sevilla y Carmona los Beniliachach , ¡ oderosa 
familia árabe de la región; los Beni Sálim en la ciudad 



— va- 
de su nombre Meclinasidonia ; Ishac, hijo de Ataf, en la 
fortaleza de Mentesa ; el Malahí , de origen berberisco , se 
había hecho dueño de Jaén; los Benidinnun de las forta- 
lezas de Uclés y Huete ; los hermanos Jalil y Said poseían 
castillos en el distrito de Elvira (Granada), y otros mu- 
chos, que no hace á nuestro propósito mencionar, ha- 
biendo de fijarnos principalmente en los rebeldes que en 
dicho tiempo se alzan en la región murciana. 

Es indudable que en la tierra de Murcia, á semejanza 
de lo ocurrido en otras regiones de España, abundaron los 
rebeldes , ora en lucha unos con otros , ora aliados ó some- 
tidos de grado ó por fuerza á otros que lograban preponde- 
rar en porciones importantes de dicha región ; más no de 
todos ellos han dejado noticia los autores árabes conoci- 
dos ; pues , dado el carácter general de sus anales , se com- 
prende bien que no desciendan á hacernos historia de 
personajes secundarios de una región determinada. Los 
rebeldes de la tierra de Todmir mencionados por dichos 
autores, son únicamente los que imperaron durante al- 
gunos años en porción considerable de su país , y , entre 
éstos , exige nuestra atención en primer lugar el muladí 
ó renegado Daisam , hijo de Ishac . Aunque los autores 
no nos dicen en qué lugar y momento preciso se lanzó á 
la rebelión , se deduce , no obstante , de la lectura de sus 
textos que fué coetáneo del famoso Ornar, hijo de Hafsun, 
y que á la vez que éste , ó muy poco tiempo después , 
rechazó la autoridad soberana del emir de Córdoba en 
Lorca ó en alguna fortaleza de su distrito. 

En poco tiempo logró Daisam hacerse dueño de Lor- 
ca, de Murcia y de todas las poblaciones inmediatas de 
la cora de Todmir, extendiéndose con esto su fama y re- 
uniendo junto así muchos partidarios, con los cuales 
pudo organizar un ejército respetable, en que figuraban 
5.000 jinetes, y auxiliar á los otros jefes rebeldes á la 
autoridad del emir. 

Por su generosidad y carácter dulce consiguió captar- 
se el amor de sus subditos . Dispensó gran protección á 



las letras y á sus cultivadores , especialmente á su cantor 
favorito Obaidia, hijo de Mahmud, que celebró las proe- 
zas de su señor en repetidas composiciones . Abenadarí 
llega á decir de él que su mayor placer era favorecer á 
los poetas y á los sabios (1) . 

No siempre estuvo Daisam en relaciones amistosas 
con su hermano de raza Abenhafsun; antes bien, se de- 
muestra que reinó entre ellos la rivalidad durante algún 
tiempo , por el hecho de haber mandado el segundo deca- 
pitar á Jair, hijo de Xaquir, señor rebelde de Jódar; 
porque , á la vez de reconocer éste su autoridad , obede- 
cía también las órdenes de Daisam, el señor de Todmir, 
Además consta que realizó algunas incursiones en las 
tierras de otros rebeldes, que le disputaron su autoridad , 
empleando al efecto su excelente división de caballería, 
que mandaba unas veces en persona, y otras á las órde- 
nes de aguerridos lugartenientes (2) . Era llegado ya el 
mes de Junio del año 826, cuando, según los autores 
árabes, el emir Abdála, viéndose algo desembarazado de 
las acometidas de otros rebeldes del mediodía , envió con- 
tra Daisam un cuerpo de ejército á las órdenes de su tío 
Hixem, hijo del emir Abderráman II , y de su caudillo 
Abulabas Áhmed, hijo de Mohámed , hijo de Abuábda (3), 
los cuales salieron de Córdoba en dirección á la provincia 
de Jaén , llegando á poner sitio al castillo de Famera 
Chix, junto al río Guadalbullón , y al castillo de Ala- 
tat (4) , y comenzaron á talar los sembrados que por allá 
tenía el rebelde Abenhudail , señor de dichos castillos . 
Con el mismo fin de destruir las siembras y plantaciones 
de Abenhudail, avanzó con parte del ejército el caudillo 



(1) Ii,pág. 139. 

(2) Véase el apéndice número ly, 

(3) Véase el apéndice número V. 

(4) Ignoramos á qué lugares actuales coi'i'esponden los castillos 
mencionados así en el ms. árabe; bien pudiera ser que se hallen en 
éste desfigurados sus verdadei'os nombres por error de copia. 



Áhmed, hijo de AIohámed, cuando cayó rápidamente so- 
bre éste el rebelde castellano, trabándose entre ambos 
una acción muy reñida y sangrienta, que se prolongó 
hasta la hora de la oración de la tarde . Terminada la lu- 
cha y retirados los contendientes á sus posiciones respec- 
tivas, envió á poco Abenhudail un mensaje pidiendo am- 
nistía y proponiendo , como garantía de su sumisión al 
emir, que entregaría en rehenes á su padre. Aceptada 
favorablemente la proposición de Abenhudail, vino su 
padre á presencia del tío del emir Hixem, hijo de Abde- 
rráman , y fué enviado á Córdoba . Seguidamente avanzó 
el ejército hacia el castillo áe Hatuera (1) , del cual era 
señor Harir, hijo de Hábil; destruyólos sembrados que 
se hallaban alrededor de dicho castillo, y marchó á Bae- 
na(2), fiel al emir, permaneciendo en ella tres días, á 
fin de provisionarse . De Baena marchó el ejército al cas- 
tillo de Tíxcar (3), hallándolo evacuado por los rebeldes, 
y fué incendiado, y destruidos sus sembrados, junta- 
mente con otros dos castillos vecinos, y en esto fué sor- 
prendido el ejército por fuerte temporal y lluvia, que no 
cesó en algunos días. Luego fué sitiado Harir en el cas- 
tillo de Hatuera antes mencionado , y aunque aquél hizo 
una salida vigorosa, fué derrotado, y se sometió á la au- 
toridad del emir, dando en rehenes á su hijo y entre- 
gando 2.500 dinares de indemnización y ocho caballos 
por otros tantos del ejército sitiador, que habían perecido 
en el combate . De allí pasó el ejército á los castillos de 



(1) Ignoríimorf á ijuó lugar actual corresponde este castillo, cu^'o 
nomVjrc arábigo es muy proljablo ijuo esté equivocado en el códice 
árabe de donde lo tomamos. Aciaso leído Hituera corresponda al ac- 
tual Higuera de Calatrava, provincia de Jaén. 

(2) En el ms. de Abenhayan se lee Baeza, pero sospechamos 
i[ue es un error del copista, que ha leído ¿Lx-jL-í por ¿ol-,.j . 

(3) Parece que esto nombre corresponde al moderno Tiscar, 
célebre santuario consagrado á la^irgen del mismo nomljre, en la 
provincia de Jaén, partido judicial de Cazorla, y elevado en la sierra 
de Quesada. Véase Madoz, Diccionario, etc., en el nombre Tiscar. 



ias Alpiijarras y acampó en Torrox (1) , en Montejicar y 
Albuñol , soportando nuevo temporal ; un destacamento 
de caballería que fué enviado contra el castillo de Alicun 
(de Ortega) logró penetraren su interior, echando á los 
de Abenhudail y apoderándose de víveres, caballos y ar- 
mas en gran cantidad . El caudillo Áhmed se dirigió á 
dicho castillo, y después de dejar en él una guarnición 
mixta de árabes y berberiscos, marchó con el grueso del 
ejército á recorrer los castillos de Guadix, á fin de racio- 
narse y recaudar los tributos, y luego á Baza, y de ésta 
á Vélez, en la raya de la cora de Todmir, contra la cual 
se dirigía principalmente aquella campaña, que por esa 
razón se la recordó después con el nombre de campaña 
de Todmir. 

Luego que apareció la vanguardia del ejército del 
sultán á vistas del castillo de Vélez, salió la gente mon- 
tada de sus defensores, á fin de cortarle el paso e inter- 
ceptarle la comunicación con el resto del ejército ; pero 
los de la vanguardia cargaron impetuosamente contra los 
jinetes rebeldes y los rechazaron, persiguiéndoles hasta 
las mismas puertas de su castillo, junto al cual acampó 
á seguida el ejército, sin experimentar baja alguna en la 
escaramuza anterior. A la mañana siguiente despertó á 
los sitiados el ruido de la embestida dada al castillo por 
las tropas del caudillo Áhmed, y se generalizó la lucha, 
que fué larga y sangrienta , y durante la cual se pasaron 
al enemigo algunos jinetes é infantes del sultán. Enton- 
ces el caid comenzó á destruir las viviendas y talar los 
árboles de la parte baja del castillo, renovándose por tal 
causa la pelea con tanto ó mayor encarnizamiento que 
antes, y teniendo que retirarse las tropas del sultán en 



(1) El autor no so refiere aquí á la conocida poijlacii)ri del mis- 
mo noniljre en la costa de Andalucía, sino a una alquería que debió 
hallarse situada enti-e Loja é Iznalloz. Véase, enti-e nosotros, á Fer- 
nández y González, en sus «Historias de Alandalus», pág. 315, con- 
viniendo con la opinión de Doz3^, yá Lat'uente Alcántara, Ajbav 
Maclunúa, pág. 264. 



— 77 — 

dirección á Murcia . En su marcha fué recogiendo el ejér- 
cito expedicionario todos los refuerzos que pudo sacar del 
país, hasta que vino á acampar junto áívlerna(l), uno 
de los castillos del rebelde r3aisani, situado á orillas del 
Segura, siendo ya entrado el mes de Agosto de aquel 
año. No pudiendo el ejército del sultán rendir dicho cas- 
tillo , á pesar de haberle tenido sitiado algunos días , du- 
rante los cuales destruyó, asoló é incendió sus contor- 
nos, marchó contra el de Ricote, cuyos defensores se 
aprestaron á la pelea , logrando al principio rechazar con 
denuedo los ataques del enemigo . Sin embargo , sobre- 
vino un momento en que los voluntarios del ejército del 
sultán consiguieron hacerse dueños del primer recinto 
del castillo y acogerse á los muros de la alcazaba. Pero 
más atentos dichos voluntarios al saqueo , yendo y vi- 
niendo del castillo al campamento con su presa, que á 
seguir desalojando á sus enemigos, dieron pie á que 
aprovechándose los sitiados de la ocasión favorable que 
les brindaba semejante proceder, cargasen furiosamente 
sobre los otros grupos del ejército, hasta ponerlos en de- 
rrota tan vergonzosa , que muchos se arrojaron al río en 
la huida, resultando gran número de muertos, unos de 
armas y otros aliogados. Entre ellos figuraban, como no- 
tables, dos hijos de Omar, hijo de Dinnun, el de Santo- 
ver; Gaz, hijo de Gazuan, el de Talavera, y otros. Inme- 
diatamente retiróse el ejército del sultán á la ciudad de 
Murcia, en la que acampó á orillas del Segura diez días, 
que se invirtieron en cobrar los impuestos de Alcira , 
de Huesear y de otros distritos fieles. De Murcia, pasa- 
dos dichos días, marchó el ejército k Fuente del diablo 
( o^^-^ ¿r:^* , Ain xaitan) , y de allí al castillo de Ale- 
do, pereciendo de sed en esta jornada más de treinta 
hombres y muchas bestias, y llegando á acampar por la 
tarde. Desde Aledo envió el caudillo Áhmed un mensaje 



(1) Así aparece escrito en el códice árabe, é ignoramos á qué 
Sfitio actual corresponde, 






— 78 — 

á Lorca , donde se hallaba Daisam , exhortándole á que 
se rindiera á la autoridad del emir. 

Lejos de obedecer el rebelde Daisam, salió con su 
caballería y sus infantes á rechazar á las tropas de Áhmed, 
puestas ya en marclia para sitiarle. Trabada la batalla, 
cedieron los de Daisam , después de luchar con gran te- 
nacidad y esfuerzo hasta la caída de la tarde . Todavía 
intentaron luego entorpecer el avance del ejército por 
medio de guerrillas; pero nuevamente fueron ahuyenta- 
dos, con pérdida de más de treinta muertos y setenta 
caballos, que abandonaron al enemigo, y perseguidos 
liasta una de las puertas de la plaza, donde pudieron re- 
organizarse y mantenerse fuertes. En esta jornada pere- 
cieron de los del sultán el ingeniero Gormun , tres de los 
acemileros, algunos hombres de la gente de tropa y seis 
caballos ; fueron heridos muchos de ambas partes , y en 
lo más recio de la pelea descarg(3 sobre los contendientes 
una horrorosa tormenta. Establecido el sitio de la ciudad, 
comenzaron las tropas del sultán á talar los campos, y se 
reprodujo la lucha entre los sitiados y los cuerpos más 
avanzados de los sitiadores, sobre los cuales hacían cer- 
teros blancos las ílechas de aquéllos, viéndose obligado á 
auxiliarles el caudillo Áhmed con tropas de refresco. En- 
tonces retiráronse precipitadamente los de Daisam á la 
puerta de su fortaleza, con pérdida de algunos caballos y 
tres hombres muertos. Durante la acción referida abun- 
daron los heridos de una y otra parte, y se pasaron al 
enemigo muchos de los del sultán , entre ellos Abulhá- 
rit, hijo de Baxir, Xánif, señor de Alcora (Alquerías (?), 
y otros , y á su vez muclios de Daisam al campo del cau- 
dillo Áhmed. No pudiendo el ejército del sultán hacerse 
dueño de Lorca, levantó el sitio y se retiró. Cuando ha- 
bía llegado en su retirada á tres millas de la ciudad , sa- 
lió Daisam al frente de un crecido número de sus parti- 
darios, picando la retaguardia de Áhmed; pero retroce- 
dió éste con sus tropas y le derrotó , poniéndole en fuga 
tan vergonzosa, que hubo de dejar en manos de sus per- 



— 79 — 

seguidores el caballo que montaba , dieciseis prisioneros , 
cuatro muertos y siete corazas, y ocultarse entre las as- 
perezas del terreno. Terminada la acción, rehízose el 
ejército del sultán y prosiguió su marclia por el camino 
de Jaén á Córdoba, habiendo invertido en su campaña 
tres meses y veintiún días . 

Entre los muertos del ejército del sultán en el sitio 
de Lorca, se cuenta á Abderráman, liijo de Said, hijo de 
Idris, régulo de Necur, ciudad del Rif marroquí, tradi- 
cionista que se había trasladado á España alistándose vo- 
luntario en las filas de Abdála; sorprendido á poco de 
desembarcar en España por el rebelde Abenhafsun , su- 
frió la pérdida de todos sus compañeros de escolta , los 
cuales fueron cogidos y muertos , y se salvó él sólo huyen- 
do á la ciudad de Murcia. En ésta se incorporó al ejército 
de Áhmed , y asistió al sitio de Lorca pereciendo en una 
de las acciones trabadas contra la plaza. 

Parece ser que todavía se mantuvo independiente 
Daisam hasta el fin de su vida, acaecido en el año de 
905 á 906 . Después de él aparece , como señor de Lorca , 
Abderráman Abenuádah, de origen árabe. Ignoramos 
cómo lograría éste hacerse dueño de la ciudad y de sus 
poblaciones vecinas, y si su autoridad se extendió á tanto 
territorio, como la de Daisam. Consta que dicho Aben- 
uádah se alzó independiente en Lorca en los últimos años 
del emirato de Abdála agitándose desde ese tiempo con- 
tra éste, qae falleció en 15 de Octubre de 912, y después 
contra su nieto y sucesor Abderráman III en alternati- 
vas ora de sumisión, ora de hostilidad. Acaso Orihuela 
formase parte de los estados de Abenuádah : lo cierto es 
que al principio del califado de Abderráman III (1) se ha- 
llaba esa ciudad rebelde á la autoridad del sultán , el cual, 
llegado que fué el año 916, envió contra ella al caudillo 
Yshac, hijo de Mohámed, el Corixí que sometió á la obe- 



(1) Decimos 3-a califado y no emirato; porque AbdeiTáman III 
fué el primer emir que tomó e]- título de califa ó vicario de Dios, 



— 80 — 

diencia de aquél y pacificó por fuerza de armas la situa- 
ción de la provincia. Es de suponer que en esta campa- 
ña, que fué general para toda la región de Murcia y aun 
de Valencia, reconociese también Abenuádah la autoridad 
del sultán en todo su territorio, si bien volvió á suble- 
varse de nuevo; pues su sumisión definitiva á la autori- 
dad de la dinastía Omeya de Córdoba no tuvo lugar hasta 
el año de 922 á 925. En este año salió Abderráman III de 
su capital, á fin de dirigir personalmente una campaña 
contra los cristianos de Navarra ; mas antes marchó á Ve- 
lez, donde se detuvo reuniendo algunos contingentes de 
tropas y voluntarios, que incorporó á su ejército, y luego 
avanzó por tierra de Murcia y Valencia sometiendo por la 
fuerza á los rebeldes Abenuádah, á Yacub, hijo de Abu- 
jálid, el Tubarí, á Ámir, hijo de Abuchuxan, y á otros. 

Según refiere el biógrafo Abenalfaradí , Abenuádah 
había hecho matar durante su rebeldía en el año 921 á 922 
al excelente tradicionista , natural de Lorca, Samí, hijo 
de Haní. Sometido Abenuádah, lo trasladó consigo Abde- 
rráman á Córdoba, donde le dispensó su gracia y protec- 
ción y le confirió algunos cargos importantes. En esta si- 
tuación sorprendió la muerte á Abenuádah en diclia capi- 
tal el año 933 á 934 . 

Otro rebelde que apareció en el tiempo á que nos refe- 
rimos, compartiendo con Daisam el señorío de Todmir, 
fué Mohámed, hijo de Abderráman, apodado el Jeque, 
el Aslami. Alzóse éste en Callosa hacia el fin del emirato 
de Abdála; pero á seguida volvió á prestar obediencia al 
emir, quien le recompensó dejándole confiado el gobierno 
de aquel distrito, hasta que, muerto Abdála, rompió el 
Jeque con Abderráman III fortificándose en Alicante que 
era el más formidable de sus castillos . Al contrario de 
Daisam, era el Je(|ue un bandido y malvado de la peor 
especie, á pesar de haber aparentado toda su vida gran 
devoción religiosa. Cuando llegó á ser viejo, abdicó el 
mando en un hijo suyo, llamado Abderráman, no que- 
riendo, decía él, cuidarse de otro negocio que el de su 



— 81 — 

salvación, y de hecho asistía con la mayor piedad á los 
sermones y oraciones públicas; mas esta piedad aparente 
no era para él obstáculo que le impidiese salir de vez en 
cuando á merodear por las tierras de sus vecinos y asesi- 
nar á los desgraciados que caían en sus manos . 

Cuando, según se ha dicho anteriormente, entró Abde- 
rráman III en tierra de Murcia y Valencia, antes de diri- 
girse á Navarra, había invitado al Jeque á que le recono- 
ciese como su soberano y se le incorporase con su gente; 
pero no fué obedecido , y entonces dispuso que quedasen 
tropas capitaneadas por Áhmed, hijo de Ishac, el Corixí, 
con orden de emprender una campaña contra el rebelde, 
hasta someterlo por la fuerza y privarle de su estado. En 
un encuentro, acaso el primero, habido entre las tropas 
del Corixí y los partidarios del Jeque fué muerto su hijo 
y lugarteniente Abderráman, y tuvo él que encargarse 
nuevamente de la dirección de la guerra y gobierno de su 
territorio ; pero no lo conservó mucho tiempo . El caudillo 
Áhmed se apoderó de Callosa, de Alicante y de todos sus 
castillos , uno tras otro, y lo cogió y trasladó con su fami- 
lia á Córdoba, donde falleció el obstinado rebelde á los 
100 años de edad, en el de 940 á 941 . 

En el sitio puesto á Alicante por Áhmed, hijo de 
Ishac, el Corixí, cayó gravemente herido por una de las 
piedras lanzadas desde la fortaleza, muriendo á poco, otro 
príncipe de Necur, llamado jNIohámed, hijo de Abderrá- 
man, hijo de Chorech, que venía militando en las filas 
del califa. 

Sometidas al emir Murcia, Orihuela, Lorca y otras 
poblaciones de la región de Todmir, pudo Abderráman III 
sacar tropas de ellas , pues consta que en el año 925 hizo 
salir de Murcia á Said, hijo de Almondir, el visir, á fin 
de que le ayudase en la campaña emprendida aquel mis- 
mo año contra Monteleón y otros castillos de la cora de 
Jaén, que obedecían al caudillo rebelde Abdála, hijo de 
Said , hijo de Hudail , el cual fué sometido á la autoridad 
del califa y privado de sus castillos. Después marchó 



— 82 — 

Said con su gente de Murcia en ayuda de Abderráman 
contra los rebeldes que todavía se mantenían fuertes en 
algunos castillos de la cora de Elvira (Granada). 

Sin embargo, renació nuevamente la insurrecci(3n en 
la tierra de Murcia, y tuvo que detenerse en ella el caid 
Áhmed, hijo de Alyas, al salir con el ejército destinado 
á la campaña contra los cristianos de Aragón y Cataluña, 
en el año de 941 á 942 , hasta que logró pacificar por com- 
pleto aquella región , llevándose á algunos en rehenes (1). 

A partir de este tiempo hasta la desmembración del 
califado cordobés , carecemos de noticias particulares de 
la región murciana. Constituida ésta en provincia fiel y 
sumisa á la autoridad de los califas , siguió la suerte de 
las otras regiones de la España árabe, ganando muchísi- 
mo en bienestar y prosperidad, gracias á la paz interior 
y alto poderío que alcanza la dinastía O meya de Córdoba 
en los últimos años de Abderráman III, prolongándose 
en los de su sucesor Alháquem II y en los del gobierno 
de Aben Abuámir, el célebre canciller Almanzor, en 
nombre de Hixem II . En efecto , durante dichos gobier- 
nos, el estado musulmán de España, que había llegado 
á la más completa anarquía, á tener que sufrir las conti- 
nuas incursiones de los cristianos del Norte y á verse 
amenazado de muerte por éstos ó por los africanos , re • 
nace más grande y poderoso que antes, sometiendo á los 
rebeldes de dentro , realizando expediciones hasta el co- 
razón mismo de los estados cristianos y logrando impo- 
ner su soberanía en parte de las costas y de las poblacio- 
nes interiores del Magreb más remoto. El tesoro público, 
que ingresaba anualmente cerca de un millón de dinares 
antes del gobierno de Abdála, y que con éste, á conse- 
cuencia de la insurrección general de las provincias, ha- 
bía quedado enteramente exhausto , habiendo sido nece- 
sario recurrir al empréstito , se alzó ya con Abderráman III 
á la enorme renta anual de seis millones , doscientos cua- 



(1) Abenadai-i, II, 202. 



— 83 — 

renta y cinco mil dinares, de los cuales la tercera parte 
se destinaba á los gastos ordinarios, otra se reservaba y 
la restante se invertía en construcciones y obras públi- 
cas (1). El famoso liistoriador Abenjaldún nos dice que á 
la muerte de Abderráman III fneron encontrados en su 
cámara quinientos quintales de oro en monedas (2). 

El estado del país se hallaba en perfecta armonía con 
la situación del tesoro público (3). La agricultura, la in- 
dustria y el comercio, las artes y las ciencias, todo flore- 
cía. El extranjero podía contemplar con admiración por 
todo el estado campos perfectamente cultivados y un sis- 
tema hidráulico que hacía fértiles las tierras, al parecer, 
más ingratas . Tal situación pacífica y próspera de todo 
el estado musulmán, continuó sostenida gracias á una 
soberbia marina, á un ejército formidable, entonces el 
mejor de Europa, y á una policía vigilante, hasta des- 
pués de la muerte del canciller Almanzor. De este ilustre 
caudillo se refiere que (4) habiendo salido á campaña 
contra Cataluña, se entró antes por las tierras de Elvira, 
de Baza, de Lorca y de Murcia, en la cual se detuvo 
trece días, hospedándose en casa de Abenjatab. Era éste 
un cliente de los Omeyas, sin cargo alguno público en la 
región, pero inmensamente rico y de ánimo tan esplén- 
dido y generoso, que durante la permanencia de Alman- 
zor en la ciudad costeó todos sus gastos, los de su séquito 
y los de todo el ejército, desde el visir hasta el último 
soldado. Tuvo Abenjatab especial cuidado en que la mesa 
del canciller estuviese siempre suntuosamente servida, 
y que se le ofreciesen siempre nuevos manjares y nueva 
vajilla en cada banquete, y llegó en su prodigalidad á 
disponerle un baño de agua de rosas. 



(1) Aljcnadai'i , II, pág. 247, y Abcnpascual, en Almacari, I, 
pá.^ina 9.'{ . 

(2) Prolegómenos, etc., I, páy. 366 do la traducción. 

(3) Dozy, Histoire, etc., III, pág. 91. 

(4) Dozy, Histoire, etc., jxig. 197, tomado de Abenjaldún, 
Aljenalabar y Abenaljatib. 



— 84 — 

Queriendo, por su parte, Almanzor demostrarle de 
algún modo su reconocimiento por los agasajos que le 
había dispensado, le rebajó el tributo de sus tierras y or- 
denó á los jefes de la provincia que le respetasen y aten- 
diesen en siis deseos. 

En medio de las luchas interiores ya descritas, que, 
como á las otras provincias del califado, agitaron y con- 
movieron á la región murciana , no faltaron en ella varo- 
nes consagrados con verdadero ahinco al cultivo de las 
ciencias, especialmente á la del derecho, teología y tra- 
dición. Muchos naturales de Todmir, como buenos mu- 
sulmanes, cumplían con el precepto de peregrinación á 
la Meca, visitando de paso las diferentes capitales de Es- 
paña , África y Egipto en las cuales podían adquirir pro- 
vechosa instrucción al lado de algún famoso doctor del 
mundo musulmán . Córdoba, Sevilla, Caireuan en Áfri- 
ca, Alejandría en Egipto y Medina, fueron en la época del 
califado los centros de instrucción más concurridos por 
los musulmanes españoles, pero el más favorecido con su 
presencia era Medina, donde Málic vino á ser el príncipe 
de la ciencia del derecho musulmán, como allí también 
lo habían sido sus maestros , y lo fueron después de su 
muerte sus discípulos. El hallarse situada Medina, la ca- 
pital del Hechaz, al paso de los peregrinos de Occidente, 
que se dirigían á la Meca , y la mayor analogía de civili- 
zación entre los naturales de una y otra parte con relación 
á otros países de Oriente, explica, según Abenjaldún (1), 
que dichos peregrinos la prefirieran para instruirse, á 
otras capitales no menos celebradas por sus doctores, y 
que fuese introducida y aceptada en España la escuela de 
jurisprudencia de Málic fundada en la tradición literal, 
más bien que la de Abuhanifa, á quien sirve de base la 
deducción y la analogía . 

La Almouata y la Almodauana, colección de tradicio- 
nes la primera, y especie de digesto que encierra las de- 



(1) Pi-olegúmcnos etc., t. ÍII, pág. 13, 



— 85 — 

cisiones del famoso doctor en materia de derecho la se- 
gunda, formando ambas el sistema de jurisprudencia por 
él enseñado, fueron las obras que preferentemente estu- 
diaron los tradicionistas oriundos de la región murciana 
en sus peregrinaciones. Estos, cumplido el precepto reli- 
gioso, regresaban á su país ilustrados con las enseñanzas 
adquiridas, las cuales transmitían á sus iiijos y paisanos, 
mereciendo muchos de ellos, en premio á su saber, los 
más altos cargos de la administración pública en sus ciu- 
dades propias ó vecinas, especialmente los de cadí ó juez 
general, notario, reparador de injusticias, policía de mer- 
cados, presidente de la oración, predicador de la mezquita 
y otros, y se daba el caso de que estos cargos se trasmi- 
tieran de padres á hijos juntamente con la instrucción. 
Así después de Padl, hijo de Amíra, natural de Orihuela, 
que, como ya se ha dicho en otro lugar, es el primer cadí 
de Todmir, de que dan noticias los autores árabes, apa- 
rece revestido con igual dignidad, bajo las órdenes del 
emir Alháquem, un hijo de aquél, llamado Abderráman 
hijo de Padl, hijo de Amíra, y muerto éste en el año de 
841 á 842 (1) , le sucede en el cargo su hermano menor, 
llamado como su padre, Padl, hijo de Padl, hijo de Amí- 
ra, que falleció en el año de 878 á 879 (2). Un hijo del 
cadí Abderráman, hijo de Padl, de nombre Asorah y po- 
sobrenombre Abulósna, natural de Murcia, luego de rer 
correr algunas capitales de España, se trasladó á Cair- 
euan y de esta ciudad á Egipto, donde permaneció algún 
tiempo completando su instrucción y escuchando á los 
más famosos tradicionistas de su tiempo, y murió á los 
ciento cinco años de edad en el de 907 á 908 (3) . El cadí 
Padl, hijo de Padl, hijo de Amíra, tuvo dos hijos, llama- 
dos Amíra y Abderráman, ambos naturales de Orihuela, 
los cuales después de haberse iniciado en la ciencia del 



(1) Adaljí, Bil. ai-, hisp., III, 10:34; y Abe nal tarad i, id. VII, 778. 

(2) Adabi, Bib. ai-. Iiisp., III, 1280; y Abenaltai-adi, id. 1039. 

(3) Id. Bil). ai', hisp., III, 855; y Abonaltaradi, id. VII, 005. 



— 86 - 

derecho al lado de su padre, marcharon á Oriente , el nno 
algún tiempo después del otro, á fin de cumplir el pre- 
cepto religioso de la peregrinación y perfeccionar á la vez 
su instrucción; el primero de ellos falleció en el año de 
897 á 898 , y el segundo fué sorprendido por la muerte en 
el camino, al regresar de la peregrinación, el año de 
906 á 907 (1). 

Después de Abderráman , hijo de Fadl , y antes que 
el hermano de éste , aparece como cadí de Todmir, Jálid , 
hijo de Almotain , por sobrenombre Aburazin , natural de 
Elvira, donde había ejercitado antes el mismo cargo (2). 

Algunos de estos jurisconsultos oriundos de Todmir 
que marcharon á Oriente, establecieron allá su residen- 
cia consagrados al estudio y á la enseñanza. Tal hizo 
Ybrahim, hijo de Muza, por sobrenombre Abuishac, 
quien vivió en Egipto, la Meca y Bagdad, y regresó últi- 
mamente á la primera región citada , donde falleció en el 
año de 912 á 913 (3). 

Como célebres tradicionistas y filósofos naturales de 
Lorca son citados, entre otros, Jalaf, hijo de Jalaf, hijo 
de Hixem, muerto en 916 á 917 (4); Mohámed, hijo de 
Chonaidin, de ingenio agudo y perspicaz para la interpre_ 
tación del sentido de las frases, muerto en 933 á 93-1 (5) ; 
Hafs, liijo de Mohámed, hijo de Hafs, discípulo de Abu- 
lósna, hijo del cadí de la región Abderráman, hijo de 
Fadl, y fallecido en el año de 936 á 937 (6); Málic, hijo 
de Turail, por sobrenombre Abulcásim, que falleció en 
Orihuela álos 80 años de edad, en el de 965 á 966 (7); un 



(1) Adabi, Bilj. ar.li¡sp., Ill, 1252 v 10:i5; Al.cnaifanuli, 
Ídem, VII, 908 y 786. 

(2) Abenalabar, Bib. ai-, bisp., V, 125. 

(3) Adabi, Bib. ar. bi.sp., III, 519; y Abonallai-adí, id. X]], 21. 

(4) Abenalfai-idi , Bil) . ar. bisp . , VII, 400 . 

(5) Abenaltaradi, Bib. ar. liisp., VII, 120(). 

ÍG) Bil). ar. liisii., do Adal)i, III,0()(), v Abenallai'adi, ídem 
VII, 308. 

(7) Aberiailaradi, Bib. ai-, bisp., VII, 1093. 



— 87 — 

hijo del citado Jalaf, llamado Áhmed y por sobrenombre 
Abulabas, que fué instruido por su padre en la jurispru- 
dencia y tradición, y murió en 967 á 9ü8 á los 82 años de 
edad (1); Abdála, liijo de Asuad, que falleció en 973 á 
974 (2); Mohámed, hijo de Batal, hijo de Uahab, el Te- 
mimí, que realizó dos viajes á Oriente, el primero en 939 
y el segundo en 957, en los cuales escuchó á muchos fa- 
mosos doctores y, vuelto á España, enseñó tradición en 
Córdoba, y murió en Lorca en 970 á 977 (3). 

Fué caso frecuente en la España árabe, que muchos 
varones ilustres por su ciencia y religiosidad, salieran de 
su estudio y recogimiento á batirse en primera fila contra 
los cristianos del Norte; entre ellos, es digno de especial 
mención el famoso jurisconsulto y asceta de la cora de 
Todmir, que mereció el dictado de mártir de la guerra 
santa. Llamábase Alohámed, hijo de Abulhisam Táhir, y 
fué varón de extraordinario mérito; pues, luego de hacer 
sus primeros estudios en su ciudad y en Córdoba, mar- 
chó al Oriente, donde pasó varios años entre Medina, la 
i\Ieca, Jerusalén y otras ciudades, llegando á alcanzar 
que la fama de su saber corriese de Oriente á Occidente. 
Cuando regresó á Todmir, estableció su morada en Mur- 
cia, en las afueras de la capital, en una alquería pertene- 
ciente á los Benitáhir, en la cual se construyó un edificio 
embelleciéndolo con inscripciones y objetos artísticos; al 
lado del edificio poseía un huerto, que cultivaba por sí 
mismo, y se alimentaba de sus frutos. Mas no por esto, 
dicen sus biógrafos, descuidó su deber en la guerra san- 
ta, sino que abandonó las delicias de su morada, y se 
alistó en las filas de Moháaied, hijo de Abuámir Alman- 
zor, y de sus caudillos , asistiendo á la conquista de Za- 
mora y Goimbra, y más tarde volvió de morabito á la 
frontera, haciéndose famoso por su valor y proezas, hasta 



(1) Abenalfaradí, Bib. ar. liLsp., VII, 159. 

(2) Adabí, Bib. ar. hisp., III, y Aljenalfaradi, id. VII, T0(). 

(3) Abenalfaradí, Bib. ar. hisp., VIII, 1315. 



que fué muerto en la campaña de Talayera en el año de 
988 á 989 (1). 

Podría continuarse la lista de varones ilustres en las 
ciencias, nacidos en Todmir durante el periodo referido 
de su historia; pero entendemos que basta con los men- 
cionados, para que se forme idea del movimiento cientí- 
fico de la región en dicho tiempo. 



(1) Adal)i, Bil.. ar. liisp., ÍÍI, 151; y Abenalluradi , idoui Vílí, 
1349; y Almarari, II, 145. 



CAPITULO Vil ^^' 



Murcia ¡j la dciíineiubracíón del caUfctdo cordobés: conaidoracioneé 
i/cneraics . — Gobierno de los eslavos Jairan // Zoliaii' en Murcia. 
Lucha de Zohair con Alinotaniid de Secilla: ídem con Habas 1/ 
B<alis. señor-es de Granadií . — Sorpresa 1/ muerte de Zohair. 



De todos es conocido que, al morir Alliáquem II, ocu- 
rrió por vez primera en la España árabe un hecho que 
fué, sin duda, la causa determinante de la desmembra- 
ción del califado cordobés. Nos referimos á la arrogación 
absoluta, que del ejercicio del poder se hizo el famoso 
caudillo Almanzor Aben Abuámir, reteniéndolo férrea- 
mente en sus manos , aun después de alcanzar el califa 
Hixem II su mayor edad. Para conseguir el ñn que am- 
bicionaba, supo muy bien Almanzor ejercitar su carácter 
y prendas personales y aproveclmrse de la situación polí- 
tica del estado. En efecto, los califas cordobeses, prime- 
ramente para consolidar su dinastía y después para aca- 
llar las insurrecciones de la antigua nobleza árabe y de 
los renegados, habían adoptado el sistema de apoyarse en 
sus libertos, clientes y servidores, dando lugar á la cons- 
titución de divisiones extranjeras formadas unas por es- 



(1) Nos lian suministrado datos pai-a la redacción de este capí- 
tulo, además de los autores citados en su lugar respectivo, los siguien- 
tes: Abdeluahid, pág. 50 ú 53, 03, 29, 25; Abenalatir, IX, pág. 188 
y siguientes, y 204; Adabi, pág. 22; Roderic de Toledo, Historia 
Arabum, págs. 32-34, 35 y 37; Abenjaldún, edic. del Cairo, IV, 
págs. 151, 153, 156, \m k 1G4 y VI 180; Abenpaxcual, I, II, pági- 
nas 28, 211, 231 y 472; Nouairi, ms. ar. de la R. Ac. de la Historia, 
n.° 60, folios 53, 72 v; el ms. de ídem n.° 80, folio 171; Abenbali- 
can, edic. Viistenfeld, pág. 698. 



— 90 — 

lavos, francos y españoles del norte , y otras por berebe- 
res y aventureros de la Mauritania, y de todas ellas hizo 
luego Almanzor el núcleo principal de su formidable ejér- 
cito y la base de su poderío; pues distribuyendo entre sus 
capitanes los mejores puestos oficiales y colmándoles de 
beneficios, logró crearse con ellos un partido poderosísi- 
mo, cuyos miembros han sido llamados por los historia- 
dores árabes, en recuerdo del célebre caudillo, los Beniá- 
mir ó Amiríes. 

La usurpación que del ejercicio del poder soberano 
había hecho Almanzor Aben Abuámir, levantó las protes- 
tas y el descontento general de los Omeyas y de otras fa- 
milias árabes poderosas, que si bien pudieron ser conte- 
nidas por aquél y por su primer hijo y sucesor Abdelmé- 
lic, gracias á su habilidad política y al respeto que sus 
victorias infundían, pronto se desbordaron é hicieron su 
víctima en la persona de su segundo hijo Abderráman, 
apodado el Sanchuelo, hombre inepto para el gobierno y 
entregado enteramente al placer y á la voluptuosidad , 
que no contento con el poder absorbente y absoluto que 
su padre y hermano le habían legado, despreciando las 
ventajas de tan elevada posición, llegó en su insolencia, 
hasta exigir al califa Hixem que le trasmitiese la sobera- 
nía de derecho, proclamándole príncipe heredero suyo en 
el califado (1). Este hecho dio por resultado la ruina del 
partido Amirí y la restauración de los Omeyas en el po- 
der; pero la revolución había minado ya todas las clases 
sociales, y los je ."es de los partidos bereberes y eslavos, 
divididos entre sí y apoyando hoy á uno y mañana á otro 
de los varios pretendientes al califado, se deshacen en te- 
rrible guerra civil dejando las provincias de la España 
musulmana abandonadas á sí mismas. 

Entonces comienza de hecho el fraccionamiento del 
califado cordobés ; muchas de sus ciudades y comarcas , 
ante la necesidad de su propia defensa, se constituyen 



(1) Abenjuklún, Pnjlogómeno.s, ti'ad., 380. 



— si- 
en otros tantos estados ó gobiernos provisionales , á cuyo 
frente se ponen por propia voluntad ó por excitación de 
los naturales, las personas de más prestigio ó fuerza en 
cada una. Los jefes extranjeros fueron los que sacaron 
mayor provecho de la desmembración del califado: los 
bereberes predominaron en los gobiernos establecidos en 
el Mediodía; los eslavos en los de la parte Este; el resto 
de la España árabe cayó en porciones en manos de adve- 
nedizos ó de un pequeño número de familias árabes, que 
por cualquiera circunstancia liabían resistido los golpes 
dados por Abderráman III 3^ Almanzor á la aristocracia (1). 

Es verdad que en diferentes ocasiones se intenta res- 
taurar el imperio cordobés; pero por una parte la ambi- 
ción de los pretendientes, y por otra la de los caudillos 
que aspiran á desempeñar cerca de su respectivo candi- 
dato el papel de Almanzor y de sus hijos respecto de 
Hixem II, hacen imposible que llegue á realizarse dicho 
intento, y que muchos de aquellos gobiernos, provisio- 
nales en su principio , se conviertan definitivamente en 
otros tantos reinos independientes. 

El carácter de esta historia no consiente que hagamos 
referencia de los sucesos desarrollados en la España ára- 
be, á partir de la ruina del partido amirí y la proclama- 
ción del biznieto de Abderráman II, Mohámed Almahdí, 
hasta el establecimiento definitivo de los llamados reinos 
de taifas, á no ser en cuanto se relacionen con los pro- 
pios de la región murciana y afecten á los jefes, que en 
ésta imperaron con carácter más ó menos provisional al 
desmembrarse el califado cordobés. 

Se sabe que, al caer el partido de los amiríes y ser 
elevado Almahdí á la dignidad de califa en Córdoba en 
1009 , los caudillos eslavos se extendieron por el Este de 
España y se alzaron con el gobierno provisional de sus 
ciudades más importantes. Denia con sus distritos obe- 
deció á Mochéhid; Játiva, á Nabil; Valencia, á Sadum; 



(1) Dozy, Histoire, etc., IV, pág. 3, 



Álmería, á Jairan, y Murcia, á Uasil (1). Ignoramos cuál 
fuese la suerte de Uasil en su gobierno provisional de 
Murcia; pero seguramente fué éste poco duradero, y pasó 
á manos de otro general más poderoso, Jairan, el señor 
de Almería . Era Jairan uno de los muclios clientes esla- 
vos de Abenabuámir Almanzor, quien le había confiado 
el mando de dicha ciudad (2) , y al estallar la porfiada 
lucha que se sostuvo entre Almahdí y su competidor el 
príncipe omeya Soláiman, que aspiraba, como aquél, á 
usurpar el poder, Jairan se había puesto del lado del se- 
gundo, mientras que Uadih, jefe eslavo no menos podero- 
so, en unión de otros compañeros, se había juntado á las 
fuerzas de Almahdí . 

Soláiman, que junto á la desembocadura del Gua- 
dairo en el Guadalquivir había alcanzado sobre su enemigo 
una brillante victoria, llega á sitiarle en Córdoba. Duran- 
te el asedio, que se prolongó de Junio ó Julio de 1010 
hasta el 19 de Abril de 1013, sintiendo Jairan la necesi- 
dad de hacer las paces con su colega Uadih, entró en ne- 
gociaciones con Almahdí, o'reciéndole su ayuda, y, acep- 
tada ésta, desertó del campo de Soláiman y se introdujo 
en la ciudad con su bando . Sea obedeciendo á un com- 
plot fraguado entre Uadih y Jairan , antes de entrar éste 
en la ciudad, como piensa Dozy (3), ó sea porque, en- 
trado ya en la ciudad y viendo que el verdadero soberano 
Hixem II seguía como reducido á cautividad en manos 
del usurpador del poder, lo cierto es que los eslavos el 23 
de Julio de loio sacan á Hixem de su prisión y asesinan 
á Almahdí, quedando ellos de hecho jefes absolutos de la 
capital . , 



(1) Lo de que Játiva obedeció áNabil; Valencia, úSadum, j 
Murcia, á Uasil, únicamente liemos podido leerlo en un pasaje del 
códice 1143 de la B. A. de Argel, publicado por el Sr. Marqués de 
González, que copiamos en el apéndice núm. 7. Acaso no merezca la 
noticia pleno crédito, pues no parece concordar con lo poco que se 
sabe ciertamente de este tiempo de nuestra historia. 

(2) Almacarí, 1, pág. 102. 

(3) Histoire, etc., III, pág. 298. 



á 



— 93 — 

Entre tanto, el sitio puesto á Córdoba por Soláiman, 
ayudado por el partido berberisco , era cada vez más es- 
trecho, y, por fin, vino á caer en sus manos el 19 de 
Abril de 1013, como se ha dicho antes. Jairan , que había 
defendido la plaza con bravura, al ver que era ya inútil 
toda resistencia, salió huyendo con sus eslavos. Perse- 
guido por los bereberes , se vio en la necesidad de darles 
frente; pero fué completamente derrotado, y él mismo 
cayó herido en diferentes partes del cuerpo y quedó aban- 
donado, como uno de tantos muertos, sobre el campo de 
batalla (1) . islas habiendo logrado reanimarse y aun po- 
der andar por su pie, regresó á Córdoba, donde un ber- 
berisco amigo suyo le dio hospitalidad en su casa, hasta 
quedar curado de sus heridas. Entonces salió Jairan en 
dirección al Este, y habiendo reunido á sus eslavos y en- 
grosado su banda con gente del país, se apoderó de Al- 
mería, su antiguo gobierno. En el mismo año de 1018 
á 1014 se hizo dueño de Orihuela, y en 1016 á 1017, de 
Murcia y de Jaén (2). 

Poco antes de este tiempo había entrado Jairan en ne- 
gociaciones con Alí, poderoso jefe berber!s.co de los par 
tidarios de Soláiman, á la sazón gobernador de Ceuta y 
Tánger, y descendiente del yerno del Pro'eta, que se 
presentó á título de libertador de Hixem, cuando en rea- 
lidad á lo que aspiraba era á sucederle . Jairan le ofreció 
su apoyo y se dirigió á Almuñécar, á fin de reunirse con 
él. A Almuñécar acudió también con sus fuerzas Ámir, 
hijodePotuh, gobernador de iNíálaga, que había prome- 
tido igualmente sostener la causa de Alí, y luego en el 
camino hacia Córdoba unióse á ellos Zaui , jefe berberisco 
que se había hecho dueño de Granada. Salió Soláiman 
contra los confederados al frente de sus berberiscos ; pero 
fué derrotado en las cercanías de Córdoba y entregado 
por sus propios partidarios á Alí, que entró en la capital 



(1) Abenalatii-, IX, pá-. 188. 

(2) Abenjaldün, IV, Ifi^. 



- 94- 

eoil sus auxiliares en i° de Julio de loiü. Jaíran y otros 
eslavos penetraron inmediatamente en el alcázar bus- 
cando á Hixem , pero éste no" filé' encentrado. Ünicamente 
les presentaron un cadáver, del cuál stt^stiglíaron algu- 
nos domésticos, por temor á Alí, que eran los; rtystos del 
infortunado Hixem. Al principio de esto sirvió Jairam 
fielmente á Álí; én sn señorío había hecho prender y cas- 
tigar á los que intrigaban á faVor de un príncipe omeya; 
pero luego rompió con Alí y se volvió á su provincia de 
Almería, resuelto á buscar un príncipe oiíieiya para opo- 
nerlo al nuevo usurpador. 

El príncipe Onléyá fué encontrado á seguida. Era éste; 
un biznieto de Abderráman líí, del mismo nombre que 
su bisabuelo, que había escapado de Córdoba en tiempo 
anterior y por entonces vivía en Valencia (1) . Jaíran logró 
eorlipronieter para la defensa de su elegido Abderráman,, 
por sobrenombre el Mortada, á Mondir, régulo de Zarago- 
za, de la familia de los Heniháchim, así como á los seño- 
res de Játiva, Valencia, Tortosa y Alpuente. Enterado 
Alí de la confederación fraguada contra él, salió de Cór- 
doba en busca de sus enemigos; pero las lluvias le obli- 
garon á retroceder á su capital. La gente de Játiva y Va- 
lencia habían acogido á Abderráman con verdadero entu- 
siasmo ; pero Jairan y Mondir, sea porque les pareciese de 
carácter duro y enérgico y poco á propósito para dejarse 
reducir al papel de Hixem U, como se ha dicho, ó por 
otras causas que nosotros desconocemos, resolvieron per- 
derle. Así los ánimos avanzó el ejército del Alortada y 
puso sitio á Granada atacando la plaza con extraordinario 
vigor durante algunos días. Sin embargo, al cabo de és- 
tos, trataron secretamente Jairan y Mondir con Zauí, 
hijo de Zirí, el de la tribu de Sanhaclia, que era el señor 
de la provincia, asegurándole que, si él liacía una salida 
al día siguiente contra las tropas del Mortada, ellos aban- 



(1) Abcnhíi/.am, eü Y)o¿y, Histoire etc., III, pá,^', ;i2;}; Abiuiula- 
til', lugar citado, dice en Jaén. 



— 95 — 

donarían á éste, y le sería fácil derrotarle. En efecto, 
Zauí salió al siguiente día y derrotó al Mortada haciendo 
horrible carnicería entre sus partidarios . Jairan y ^tondir 
habían vuelto la espalda con su banda al principio de la 
lucha . El príncipe vencido huyó hasta llegar á Guadix, 
donde fué alcanzado y asesinado por unos emisarios de 
Jairan . 

Entre tanto, había realizado Alí algunas incursiones 
contra las ciudades que se tenían por los eslavos , hasta 
que, llegado el mes de Abril de 1018 y al saber que los 
aliados habían avanzado hacia Jaén , mandó que las tro- 
pas se reconcentrasen en las afueras de su capital, á ñn de 
revistarlas y salir contra aquellos; pero llegó el día anun- 
ciado para la revista, y viendo los generales del ejército 
que no venía Alí, fueron á buscarle y le encontraron ase- 
sinado en el baño. Alí había dejado un hermano que se 
hallaba entonces de gobernador en Sevilla, llamado Alcá- 
sim, y á éste dieron los berberiscos el mando de Córdoba. 
Amante de la paz, llamó Alcásim á Jairan, reconcilián- 
dose con él , y dio á otro eslavo, Zohair, gobernador de 
^lurcia y lugarteniente de aquél, los feudos de Jaén, Ca- 
latrava y Baeza (1). 

Pasado un corto espacio de tiempo, Yahya, hijo de 
Alí, gobernador de Ceuta, que alegaba mejor derecho que 
su tío para obtener el trono de Córdoba, entra en nego- 
ciaciones con Jairan , habiendo pasado con ese ñn á ]\Iála- 
ga, donde estaba de gobernador su hermano Idris, hijo 
de Alí. Jairan le contestó favorablemente, y ambos re- 
unidos se dispusieron á apoderarse de Córdoba. Pero Al- 
cásim no esperó la acometida de su sobrino, sino que un 
mes antes de su llegada, en cuanto supo que liacía pre- 
parativos para venir á atacarle, había huido de la capital 
acogiéndose á Sevilla . 

Sin embargo, por segunda vez volvió Alcásim á ser 
dueño de Córdoba; pues habiéndose congregado á su lado 



( 1 ) AI)onal;itir , IX , |>ág . 191 . 



♦ — 96 — 

muchos de los eslavos negros y berberiscos descontentos 
de Yahya, dirigióse con ellos á dicha capital, y entonces 
fué su sobrino el que por miedo abandonó la defensa de la 
plaza y se retiró á Málaga, sin combatir. Pero los cordo- 
beses, cansados ya de las vejaciones que venían sufriendo 
por causa de .los berberiscos , se lanzan á la revolución 
contra ellos en el año 102.-}, y después de una encarnizada 
lucha entre ambas partes, que se desarrolló en todas las 
calles y arrabales de la ciudad, es derrotado Alcásim y 
huye de nuevo á Sevilla. Los habitantes de esta ciudad, 
á imitación de los cordobeses, le cierran esta vez sus 
puertas y se erigen provisionalmente en estado propio, 
poniendo al frente de su gobierno un consejo ['orniado por 
el cadí Abulcásim Mohámed , hijo de Ismail , hijo de Abad; 
iMohámed, hijo de Jarin; y Mohámed, hijo de Alhasati. 
Luego quedó único señor de Sevilla el primero de esos 
magnates, fundando la dinastía de los Beni-Abad. 

Los cordobeses , por su parte , trataron de restaurar la 
dinastía de los O meyas y, al efecto, propusieron pacífica- 
mente á tres candidatos, á Soláiman, hijo de Abderrá- 
man IV el Mortada, á Abderráman , hermano de Almadhí, 
y á Mohámed, hijo de Aliraquí, siendo proclamado tu- 
multuosamente Abderráman, V de su nombre, que tomó 
el título de Almostathir. Pero una revolución promovida 
por la aristocracia en unión con el pueblo de Córdoba, 
proclamó en 18 de Enero á Mohámed , que hizo matar á 
Abderráman V. ^lohámed gobernó con escaso tino, hasta 
que, arrojado de Córdoba por los nobles de la ciudad, 
mediante nueva revolución acaecida en Mayo de 1025, 
tuvo que refugiarse en una humilde alquería, en la cua} 
fué asesinado luego por uno de sus oficiales. 

Seis meses permaneció Córdoba sin califa, gobernada 
por un consejo de notables de la ciudad ; pasado dicho 
tiempo, ofrecieron sus habitantes el gobierno á Yahya, 
hijo de Alí, que seguía e-n Málaga, y de cuya adminis- 
tración anterior no habían quedado muy descontentos ; 
pero aceptó Yahya con muestras de indiferencia y se 



— 97 — 

limitó á enviarles , como lugarteniente suyo , uno de sus 
generales berberiscos, en Noviembre de 1025. No tarda- 
ron los cordobeses en disgustarse de la dominación afri- 
cana: excitados por los régulos del Este, Jairan, de Al- 
mería y Murcia, y Mocliéhid, deDenia, los cuales ofre- 
cíanles acudir en su auxilio contra sus dominadores, 
tomaron las armas, en cuanto supieron que aquéllos se 
acercaban con sus tropas á la capital del califado, en 
AIayodel026, y aliuyentaron al gobernador de Yahya, 
Abderráman, liijo de Itaf, matando á muchos soldados 
de su guardia . Acto continuo abrieron las puertas de la 
ciudad á Jairan y Mochéhid ; mas no pudiendo el primero 
de éstos llegar á un acuerdo con su colega y los nobles 
de Córdoba, cuando se trató de establecer gobierno en la 
ciudad, se retiró á sus estados en Junio del mismo año. 
No solamente iníluyó Jairan en la suerte de Córdoba, 
al desmembrarse el califado, sino también en el Este de 
España. En el año 1020 parece que fué el alma de la 
reconcentración de los eslavos , que dio por resultado el 
que reconociesen y proclamasen, como jefe de todos 
ellos, á un nieto del famoso Almanzor, llamado Abdela- 
ziz, que tomó el mismo sobrenombre de su abuelo, si 
bien los autores árabes, á fin de distinguirle de éste, le 
llaman Almanzor el pequeño (1). FJicha proclamación se 
hizo en Játiva ; pero á poco se sublevó la ciudad contra 
Abdelaziz, y vióse éste obligado á retirarse á Valencia, 
en cuyo señorío logró mantenerse . Ignoramos si Jairan 
tomó ó no parte en la sublevación de Játiva , y si estuvo 
en favor ó en contra de Abdelaziz ; lo que sí aseguran los 
autores árabes es que por entonces rompió Jairan con él 
y se retiró á Murcia, donde proclamó á otro nieto del 
gran Almanzor, llamado Abuámir Mohámed, hijo de Al- 
motáfar, el cual, huyendo de las violencias de Alcásim, 
había abandonado su residencia de Córdoba y se había 
acogido á la protección de Jairan con una gran cantidad 



(1) Véase Ms. Ar. de la R. Ac. de la Hist., núm. 80, tbl. 171. 

7 



- 98 — 

de dinero y alhajas que poseía. No debieron ser muy del 
agrado de Jairan los primeros actos de su elegido , por- 
que á poco lo echó de Murcia, y como se retirase á Alme- 
ría, los clientes del propio Jairan le arrebataron el dinero 
y alhajas, á instigación de su señor, y le desterraron 
también de dicha ciudad , teniendo que refugiarse el des- 
graciado Abuámir en el Occidente de España, donde 
permaneció hasta su muerte (1). 

No siempre estuvo Jairan en amigable vecindad con 
su colega Mochéhid, señor de Denia; se sabe, por el con. 
trario, que hubo rompimiento de hostilidades entre am- 
bos, y se tomaron mutuas represalias. 

Uno de los hechos más honrosos de Jairan es la pro- 
tección que dispensó al insigne jurisconsulto y asceta 
cordobés Mohámed, hijo de ^loliámed , hijo de Aflf ben 
Maryul, por sobrenombre Abuómar, autor, entre otras 
obras , de un tratado de enseñanza y de una historia de 
los cadíes y jurisconsultos de Córdoba. Ejercía éste en la 
capital del califado un cargo notarial bajo el gobierno de 
Almahdí ; pero , al estallar de nuevo la revolución , se 
trasladó á Almería , y luego le nombró Jairan cadí de 
Lorca, cargo que desempeñó hasta su muerte, acaecida 
en 1029 (2). 

Muerto Jairan en 1028 en la ciudad de Almería, pasó 
su señorío á manos de su congénere Abulcásim Zohair, el 
cual había tenido á su cargo la región de Murcia y de 
Jaén, como lugarteniente de aquél. Al saber la muerte 
de Jairan trasladóse Zoliair á Almería, y se tituló ^m¿- 
dodaula, columna de la dinastía, extendiéndose su auto- 
ridad á Játiva por un lado y liasta cerca de Toledo por otro. 

Se ha dicho anteriormente que, al ser arrojado deflnl- 
tivamente Alcásim, hermano de Alí, de su trono de Cór- 
doba, se había dirigido á Sevilla, y que esta ciudad le 
había cerrado también sus puertas , estableciendo para su 



(1) Abenjaldún, IV, pág, 161 y 162. 

(2) Abenpascual, Bib. Ar. Hisp. , biogr, núm. 73. 



— 99 — 

gobierno una junta de notables, déla cual fué alma el 
cadí de dicha ciudad, Abulcásini jMohámed, hijo de 
Abad. Este, que por no aparecer único responsable de 
la actitud de la ciudad contra Alcásim y sus berberiscos, 
no había querido en un principio encargarse él solo del 
mando de ésta, tan pronto como se disiparon los temores 
que abrigaba, se apropió toda la autoridad, separando 
del gobierno á sus compañeros de junta. Llegó á hacer 
más todavía: no contento con ser dueño de Sevilla, quiso 
extender su mando á otras regiones de España, y, al 
efecto, inventó la fábula de que el desgraciado Hixem II, 
el legítimo calila de Córdoba, vivía todavía, ocultándose 
bajo la humilde personalidad de un esterero de Calatrava, 
á quien había hecho traer á Sevilla, é invitó á todos los 
señores musulmanes á reconocerle y proclamarle como 
soberano. Zohair, el señor de Almería y de Murcia, fué 
de los que no quisieron prestar oídos al cadí, y entonces 
éste resolvió dirigir sus armas contra él. Viéndose amena- 
zado por el cadí de Sevilla, concluyó Zohair una alianza 
con Habus, señor de Granada, y con sus tropas y las de 
su aliado obligó al de Sevilla á retirarse sin combatir. 

Sin embargo, rompióse pronto la alianza entre Zohair 
y Habus, á consecuencia de haber prestado el primero de 
ellos auxilio á JNIohámed, señor de Carmona, en su lucha 
con el de Granada. Tal cambio de política exterior de 
parte de Zohair, era debido á instigación de su visir y pri- 
vado Abenabas, hombre sumamente instruido y rico, pero 
no menos pretencioso y altivo, el cual veía mal que su se- 
ñor mantuviese amigable concordia con un jefe berberis- 
co, como era Habus, y que, por añadidura, tenía de pri- 
vado al judío Samuel, su rival y enemigo de carácter (1), 
y costó la vida á Zohair. En efecto, muerto á poco Habus, 
sucedióle en el trono de Granada su hijo mayor Badis , 
que hizo todo lo posible por restablecer la alianza con el 



( 1) Dozy en su Histoiie etc., t. IV, pág. 27 y siguientes, trae 
el retrato de ambos visires. 



— 100 - 

señor de Almería, y se llegó á convenir con tal objeto 
una entrevista de ambos en la capital de aquél. Dirigióse 
Zohair á Granada , acompañado de su visir y de sus tro- 
pas; mas en las negociaciones que se siguieron entre él y 
el de Granada, lejos de restablecer la concordia , queda- 
ron tan distanciados y enemigos, que, al pasar de regreso 
á su reino por entre unos desfiladeros, cerca de un sitio 
llamado Alpuente (1), en 3 de Agosto de 1038, vióse ro- 
deado Zohair por las tropas de Badis, que de antemano le 
esperaban apostadas , y habían cortado el puente del río, 
á fin de interceptarle el paso y dejarle encerrado entre di- 
chos desfiladeros. Zohair intentó defenderse contra los 
granadinos, pero fué en vano; á. punto de caer en manos 
de los enemigos, emprendió precipitada fuga por la mon- 
taña y tuvo la desgracia de caerse por un precipicio, que- 
dando muerto en el acto. 

Luego que supo Abdelaziz Almanzor, el señor de Va- 
lencia, la muerte de Zohair, alegando que éste era cliente 
suyo, marchó presuroso á Almería y la agregó á su estado 
con todos sus distritos . 



(1) Es do creer que este Alpuente cori-esponde al poijlado actual 
de Pinos Puente, del término judicial de Santate; pues el acceso det,de 
Granada á dicho pueblo se hace hoy tanfi'^ién [lor un puente sobre el 
río Cubillas. 



CAPITULO VIII 



Murria bajo la autoridad de Abdela:i ; Alinaasor. señor de Valen- 
cia , // de Moclióliid, de Denia, Independencia de Larca jj Murcia: 
Abenx(d)ih ij los Benitdhir ( 1 ). 



Todavía se encontraba Abdelaziz Almanzor, señor de 
Valencia, anexionándose en Almería, como se ha dicho, 
las ciudades que obedecían al infortunado Zohair, cuando 
el de Denia y las islas Baleares , Mochéhid , que veía de 
mal ojo el engrandecimiento de su vecino, invadió sus 
estados de Valencia y de Murcia. Es indudable que en 
esta campaña logró Mochéhid apoderarse de la segunda 
de dichas capitales, en ocasión de vivir en ella el famoso 
murciano , llamado el príncipe de los gramáticos , Abugá- 
libTamam, hijodeGálib, el Tiyaní, autor déla obra 
lexicográfica Talqwih Alain , que , según sus contempo- 
ráneos, no tuvo igual en perfección . Se cuenta que, al 
entrar Mocliéhid en Murcia, envió á Abugálib mil dina- 
res andaluces , á condición de que le dedicase su obra ; 
pero Abugálib le devolvió el dinero exclamando: «ase- 



(1 ) Nos han servido do fuente para la redacción del presente ca- 
pítulo, además de las citas que se hacen en su lugar oportuno, Aben- 
jaldún, IV, 162, y Prolegómenos, etc. , II, pág. 41 de la ti-ad. ; Aben- 
alatir, IX, págs. 204 y 205; Nouairí, ms. ár. de la R. Ac. de la His- 
toria, tbl. 72 V. y 73 Y. ; Abenjalican, pág. 698 y Ijiograf. 123; Aben- 
pascual, biografs. núms. 280 y 885 y pág. 125; Adabi, 600; ms. árabe 
de la R. Ac. , núm. 80, fol. 171 ; Abensaid, ras. ár. de ídem , núm. 53, 
tbh 70; Abenaljatib, ms. ár. copia del Sr. Codera, fol. 16, 17 y 24; 
AbdeluAhid, págs. 71 y siguientes; DozS', en diferentes pasajes del 
t. IV déla Histoire y II de Scriptorum arabum loci de Abbadidis; 
Fernández y González (D. Francisco), «Estado social y político de 
los mudejares de Castilla, etc.», cap. IV, págs. 20 3* siguientes, y 
Malo de Molina, «Rodrigo el Campeador». 



— 102 — 

guro, por Alá, que yo no he escrito mi libro para ningún 
príncipe en particular, sino para todos los hombres aman- 
tes del saber» . Abugálib mnrió en el año de 1044 á 1045, 
el mismo en que ocurricj la muerte de ^lochéhid. Por lo 
demás, Alochéhid, antiguo cliente de los Beniámir, era 
hombre muy instruido en las ciencias coránicas, cuyo 
estudio fomentó con empeño en su estado de Denia é 
islas Baleares, y él mismo las enseñó con aplauso (1). 

A la muerte de JMochéhid , ó acaso antes , Murcia vol- 
vió á reconocer la autoridad de Abdelaziz , y luego la de 
su hijo y sucesor Abdelmélic, que ocupó el gobierno de 
Valencia al morir su padre en el año 1061. No así Lorca, 
la cual había quedado anexionada á Almería, constitu- 
yendo con ésta un estado independiente del de Valencia; 
pues ocurrió que, á poco de abandonar Abdelaziz la ciu- 
dad de Almería para volver á su capital de Valencia en 
1041, su cuñado Abulahuas Man, hijo de Somadih, á 
quien había dejado de gobernador suyo en aquélla, le 
negó su obediencia y se creó un estado poderoso, del 
cual formaban parte, además del término de Lorca, los 
de Baeza y de Jaén. Años después pudo Lorca consti- 
tuirse en pequeño estado independiente , pues al morir 
Abulahuas Man en elaño 1051 , le sucedió su hijo Mohá- 
med, que se tituló Almotasim , joven de pocos años, bajo 
la regencia de su tío Abuótba, hijo de jMohámed, hijo de 
Somadih. Aprovechando, sin duda, el cambio de señor, 
alzóse independiente en Lorca Abenxabib, gobeinador 
déla ciudad puesto por Man, el cual, temiendo que el 
regente vendría á atacarle , pidió auxilio á Abdelaziz , el 
de Valencia, que se declaró desde luego aliado suyo. 
Almotasim, á su vez, se alió con Badis, el régulo de 
Granada, y preparó un fuerte ejército á las órdenes de su 
tío Mohámed . Entró éste por tierra de Lorca y se hizo 
dueño de varios castillos que habían reconocido á Aben- 
xabib ; mas no pudo recobrar la ciudad y regresó á Alme- 



(1) Altcnjaldún . Prolegómenos, II, trad., pág. 455. 



— 103 — 

ría . Por este tiempo desempeñaba el cargo de cadí en 
Lorca Alí, hijo de Jalaf, liijo de Abdelmélic, liijo de Ba- 
tal, natural de Córdoba y excelente jurisconsulto, que 
falleció en la ciudad de su cargo en el año 1056. 

La muerte de iMohámed, hijo de Somadih, ocurrida 
en 1054, dejando á su sobrino todavía con pocos años y 
más ganoso de gloria literaria, que de atender á la defensa 
de sus estados con las armas , hizo que no volviese Lorca 
á depender del régulo de Almería; pues mientras dejó 
éste pasar los días de su largo reinado, entregado á las 
letras y rodeado de Tos excelentes cantores y literatos de 
su tiempo, vio perder los pueblos y castillos de su domi- 
nio, uno tras otro, hasta quedarse únicamente dueño de 
Almería, su capital. 

Durante el mando de Zohair, de Abdelaziz Almanzor 
y de su hijo Abdelmélic, ]\Iurcia estuvo gobernada por 
un arráez de la región, llamado Abubéquer Áhmed, hijo 
deishac, Abentáhir, noble árabe de la tribu de Cais é 
inmensamente rico . Al tiempo de suceder Zohair á Jai- 
ran en el mando de los estados de Almería, de Jaén y de 
Murcia en 1028, era rescatado Abentáhir, mediante una 
crecida cantidad , de la prisión en que le tenía )»Iochéhid 
el señor de Denla . No hemos podido averiguar la causa 
ni el momento preciso de la prisión de Abentáhir; quizá 
fuese cogido prisionero en la lucha que, según los auto- 
res árabes, sostuvo ]\Iochéhid con Jairan, ó acaso en un 
segundo rompimiento de hostilidades entre los dos esta- 
dos vecinos , si á la muerte de Jairan intentó j\Iochéhid 
apoderarse de Murcia por un golpe de mano . Lo cierto es 
que Zohair, al suceder á Jairan , se encontró de goberna- 
dor en Murcia á uno de los Beni-Aljatab, probablemente 
algún hijo de aquel opulento señor que había hospedado 
en su casa y obsequiado tan espléndidamente al canciller 
Almanzor , cuando se detuvo éste en Murcia , al dirigirse 
á campaña contra Cataluña . Pero Zohair , á quien no ins- 
piraba Abenaljatab confianza, sino más bien temor de 
que se alzase contra él reconociendo á Mochéhid , le des- 



— 104 — 

tituyó y desterró á Almería, en la cual murió el infortu- 
nado gobernador, sin que jamás se le liubiese permitido 
regresar á su ciudad natal . Para sustituir á Abenaljatab 
en el gobierno de Murcia, puso Zohair á Abentáhir, rival 
y enemigo personal de aquél . Parece ser que Abentáhir 
había ejercido, antes de su cautiverio en poder de Mo- 
chehid, el cargo de arráez de su ciudad, siendo reempla- 
zado en él por su rival citado ; pues dice Abenalabar (1) 
que Zohair confió el gobierno de ^Murcia , en sustitución 
de Abenaljatab, á Abentáhir, volviéndole de esta suerte 
á su anterior situación y dignidad.' Sea lo que. quiera de 
esto, cuando verdaderamente aparece Abentáhir como 
arráez de Murcia, según la narración de los autores ára- 
bes, es al tiempo del reinado de Zoliair en Almería, y 
sometido á la autoridad de éste. 

Muerto Zoliair y heredados sus estados en 103S por 
Abdelaziz Almanzor de Valencia y luego, en parte, por 
el hijo de éste, Mohámed Abdelmélic, pasó Abentáhir á 
depender sucesivamente de la autoridad de aquéllos; mas 
su dependencia fué más bien nominal que real. Respe- 
tado por sus talentos , pues era uno de los varones más 
doctos é ilustres de su época, gozando de riquezas inmen- 
sas y querido por su pueblo, dio gran impulso á la cul- 
tura y engrandecimiento del principado de Murcia, y á 
su muerte, ocurrida en 1063, sucedióle su hijo Abuabde- 
rráman Abentáhir, el cual sacudió definitivamente la 
dominación de los régulos amiríes de Valencia, aprove- 
chándose, sin duda, de la crítica situación por que atra- 
vesó dicha capital y su comarca al encargarse él del go- 
bierno de Murcia . 

Sucedió que D. Fernando el I, rey de León y de Cas- 
tilla, luego de apoderarse de las importantes plazas de 
Viseo, Lamego y Coimbra y de haber expulsado á los 
musulmanes establecidos entre el Duero y el Mondego, 
dirigió sus armas victoriosas contra el Este de la Penín- 



(1) Dozy, Notices, pág. 187. 



i 



— 105 — 

silla, devastando cnanto hallaba en su camino fuera del 
alcance de las fortalezas y llegando á sitiar en Valencia 
al débil é indolente Abdelmélic. Pero cuando se aseguró 
de las dificultades para tomar la plaza, se retiró rápida- 
mente de ella . Los sitiados , que atribuyeron la retirada 
á cobardía, salieron á perseguirle, confiados en alcanzar 
sobre él una brillante victoria; mas al llegar cerca de 
Paterna, á la izquierda del camino que conduce de Va- 
lencia á Aíurcia, viéronse atacados de improviso por los 
castellanos, que les derrotaron , acuchillando á los más 
de ellos, y el mismo 'Abdelmélic debió su salvación á la 
ligereza de su caballo (1) . 

Ei dominio de Abuabderráman, hijo de Abentáhir, 
no comprendía el distrito de Lorca. Anteriormente se ha 
dicho que ésta se había alzado con Abenxabib, separán- 
dose de Almería en 1051 , y que éste, para defenderse de 
una nueva anexión á dicha capital , se había aliado con 
Abdelaziz Almanzor de Valencia. Sin que se sepa cómo 
ni por qué, es lo cierto que , después de Abenxabib , man- 
tuviéronse independientes en Lorca tres hermanos, que se 
sucedieron uno tras otro, durante la época del mando de 
Abuabderráman, hijo de Abentáhir, en Murcia, hasta 
que el último de ellos reconoció la soberanía de x\lmota- 
mid, régulo de Sevilla. Dichos hermanos reinaron en 
Lorca por el siguiente orden: primero Abumohámed Ab- 
dála, hijo de Labbun; después Abuayas , hijo de Lab- 
bun, y por último Abulasbag, hijo de Labbun, que se 
tituló Sadodaula, y fué el que se sometió á Almotamid. 
Lorca permaneció bajo la autoridad del régulo de Sevilla, 
hasta que se la arrebataron los almorávides (2) . 

Abuabderráman, hijo de Abentáhir, más rico que su 
padre, pues era dueño de la mitad del país, muy ins- 



(1) Dozy, Histoire, etc., IV, pág. 124, fundado en Abenl)as- 
sam, ms. ár. de Gutlia, y Almacarí , I, 111, y II, 748 y 749. Véase 
taml)ién el Chronicon del Silense, España Sagrada, tomo XVII, pa- 
sajes 321 y 322. 

(2) Aijensaid, ms. ár. de la R. Ac. de la Hist., núm. 53, tol. 7 
vuelto Véase el apéndice núm. 8. 



— 106 — 

traído y escritor brillante de su época, disponía, sin em- 
bargo , de escasas tropas , y esto hizo que el régulo de 
Sevilla Almotamid, dueño ya de Lorca, pensara en el 
principado de Murcia. Era Almotamid, hijo de Abad, 
nieto del celebrado cadí de Sevilla, que, en unión de 
otros compañeros, como ya se lia dicho, había cerrado las 
puertas de la ciudad al califa echado de Córdoba, Alcá- 
sim, hermano de Alí; hombre de espíritu sumamente 
ambicioso ; aspiraba á extender su dominación sobre toda 
España, y por el tiempo á que nos venimos refiriendo 
concibió el proyecto de dirigir sus armas contra el prín- 
cipe de iMurcia, encomendando tal empresa á su favorito, 
el príncipe Abenammar, varón de mucho ingenio (1) y 
uno de los mejores literatos de su tiempo, á quien, por 
solas estas cualidades, el de Sevilla, como excelente 
poeta y aficionado desde joven al cultivo délas letras, 
había elevado á la alta dignidad de visir. 

Había nacido Abenammar en una aldea de las cerca, 
nías de Silves, de padres árabes, aunque pobres y oscu- 
ros. Después de hacer sus primeros estudios en Silves y 
luego en Córdoba, pasó una parte de su juventud reco- 
rriendo España, á fin de ganarse el sustento con los pa- 
negíricos que recitaba á todos aquellos que podían pagar- 
los. Otros poetas de su época se hubieran creído rebaja- 
dos si componían poemas para otros que los príncipes ó 
sus ministros; mas este pobre joven, dice Dozy (2), des- 
conocido y mal trajeado, que excitaba la compasión de 
unos y la hilaridad de los otros por su larga pelliza y su 
pequeño birrete, se consideraba dichoso si cualquier 
hombre rico se dignaba arrojarle las migajas de su mesa, 
á cambio de sus versos. El talento poético de Abenam- 
mar no tardó en hacerse famoso, pues habiendo sido pre- 
sentado á Almotadid, padre de Almotamid (3), ó á este 



(1) Fernández y González (D. Francisco), «Estado social y po- 
lítico de los mudejares de Castilla, etc. », págs. 33 y 34. 

(2) Histoice, i)áu,'. 133, del tomo IV. 

(3) Abdoluáhid, págs. 80 y siguientes. 



— 107 — 

último (1), como recitase una de sus más bellas compo- 
siciones, mandó el príncipe que se le entregase dinero, 
vestidos y una muía para cabalgar, y que su nombre 
fuese inscrito en el divcm (registro) de los poetas de la 
corte. Recibido Abenammaren la corte de Sevilla, fué el 
amigo inseparable y confidente de Almotamid, y cuando 
éste fué nombrado gobernador de Silves por su padre Al- 
motadid, llevóse de ministro á su favorito Abenamaiar y 
le confió el gobierno de la provincia con tanta intimidad, 
que, según Abdeluáhid, todo era común entre ellos, aun 
respecto de aquellas cosas de que un padre y un hijo no 
suelen darse mutua participación (2). Cuando Almota- 
mid sucedió á su padre en el reino, dejó á Abenammar 
el gobierno de Silves; mas no pudiendo sufrir la separa- 
ción de su querido amigo y compañero de adolescencia, 
le hizo volver á su lado, siendo ambos, en unión de otros 
poetas, los representantes del florecimiento literario de 
Sevilla en dicho tiempo. 

Gozando ya Abenammar de tal honor y dignidad en 
la corte de Sevilla , pasó por Alurcia en el año de 1077 á 
.1078, á fin de dirigirse á Barcelona y presentarse al 
conde Ramón Berenguer II, sin que haya podido saberse 
hasta hoy el motivo de su visita. Lo cierto es que du- 
rante su permanencia en la capital du Abentáhir, pudo 
Abenammar apercibirse del estado de la guarnición y de 
las defensas de la plaza y captarse la amistad de algunos 
nobles influyentes murcianos, enemigos del príncipe rei- 
nante y dispuestos á hacerle traición, y que llegado á la 
corte del conde Ramón, ofreció á éste 10.000 ducados, á 
condición de que le ayudase con una división de ejército 
para su proyectada conquista de Murcia. El conde aceptó 
la proposición de Abenammar, y, como prenda parala 
ejecución de lo pactado, le remitió su sobrino; el visir 
sevillano, por su parte, prometió al conde que si el di- 



( 1 ) Do/A- , Histoii-e , I V , pág. 134 , 

(2) Lugar citado. 



- 108 — 

ñero no estaba en su poder al tiempo Ajado , quedaría en 
rehenes el hijo de Almotamid , Arrachid, el cual iría á 
Murcia mandando el ejército de su padre (1). Ignoraba 
Almotamid esta última cláusula del tratado; mas como 
Abanammar creía firmemente que el dinero llegaría á 
tiempo para ser entregado al conde, pensaba que aqué- 
lla había de quedar sin e!'ecto. Reunidas las tropas cata- 
lanas y las de Sevilla, dióse principio á la campaña con- 
tra el principado de Murcia; pero Almotamid dejó pasar 
por descuido el término estipulado para la entrega del 
dinero, y creyéndose el conde víctima de un engaño, 
hizo detener á Abenammar y al príncipe Arrachid. Los 
musulmanes de Sevilla intentaron salvar á sus caudillos, 
pero fueron derrotados y obligados á emprender la re- 
tirada : 

Cuando Almotamid, que había salido en dirección á 
Murcia con nuevas tropas y llevando consigo al sobrino 
del conde , llegó á orillas del Guadiana menor, vio apare- 
cer por la ribera opuesta á algunos de los fugitivos del 
ejército de su hijo, los cuales atravesaron el río en sus 
caballos y le notificaron los sucesos deplorables que aca- 
baban de ocurrir, asegurándole que Abenammar confiaba, 
no obstante , en recobrar pronto su libertad . Sumamente 
consternado é inquieto Almotamid por la prisión de su 
hijo, retrocedió á Jaén, donde encerró al sobrino del 
conde . 

Puesto Abenammar en libertad al cabo de algunos 
días, corrió al encuentro de Almotamid, no sin haberle 
pedido antes autorización y excusado su conducta; pues 
temía que su señor le atribuyese toda la culpa del desas- 
tre que había tenido lugar en la campaña de Murcia. Al- 
motamid, no obstante, le recibió con los brazos abiertos, 
y convínose entre ambos ofrecer al conde la entrega de su 
sobrino y de los 10.000 ducados que ya se le debían, á 



(1) Doz^-, Histoire, IV, pág-. 169, cuyo recitado detallado y con- 
forme á los autores árabes hemos seguido preierentemente. 



— 109 — 

condición de que él pusiese también en libertad al prín- 
cipe x^rracliid. Pero no se dio el conde Ramón por satisfe- 
cho con la cantidad que le ofrecían aliora , y les contestó 
exigiendo 30.000 ducados. Entonces Almotamid que no 
tenía oro bastante para acuñar á ley tan crecido número 
de monedas, mandó fabricarlas con una aleación muy 
baja y, gracias á este fraude que no reparó el conde hasta 
tiempo después, consiguió ver libre á su hijo. 

A pesar del mal éxito de su primera campaña, Abe- 
nammar que codiciaba apoderarse de Murcia, acaso so- 
ñando constituirse en ella un principado independiente, 
no cesó de excitar el ánimo de Almotamid á emprender 
una segunda tentativa, alegando haber recibido cartas de 
algunos nobles de dicha ciudad , por las cuales podía ase- 
gurarse un feliz resultado; convencido Almotamid por las 
insinuaciones de su ministro, confióle el mando de la 
nueva campaña, poniendo á su disposición numerosas 
tropas y nombrándole, por anticipado, gobernador de todo 
el territorio de que lograra hacerse dueño (1). 

En su camino hacia Murcia detúvose Abenammar en 
Córdoba con Fath, hijo de Almotamid, que gobernaba la 
plaza en nombre de su padre , á fin de incorporar á su ejér- 
cito la caballería que se hallaba en dicha ciudad . De Cór- 
doba marchó Abenammar, hasta venir á hacer alto junto 
al castillo de Balch, nombre del jefe de los árabes sirios 
que habían pasado á España en tiempo de Abdelmélic, 
hijo de Catan, donde á la sazón estaba de gobernador un 
árabe, llamado Abenraxic (2), el cual salió al encuentro 
del ministro y le suplicó que se hospedase en su castillo. 
Abenraxic trató con gran esplendidez á su huésped y le 



( 1 ) Abdeluáliid , pág . 85 . 

(2) Dozy, Histoii'e, IV, pág. 175, cree que diclio castillo fuese el 
actual Velez-Rubio; más debemos advertir que acaso no haya acer- 
tado en esto el ilu.stre ara!)ista; el nombre geográfico de Velez se 
halla diferentes veces en los ms. árabes escrito ^j^-^^, y no J-^,. Véase 

el apéndice sobre la campaña contra Daisam, el rebelde de Todmir. 
Más bien pudiera referirse el nombre en cuestión al actual Vilchez, 



— lio — 

acompañó con sus fuerzas al sitio de Murcia. Al poco 
tiempo de liaber comenzado el asedio de la capital , entre- 
góse Muía á los sevillanos, con gran daño para los defen- 
sores de Murcia, los cuales tenían que proveerse de víve- 
res por el lado de aquella ciudad. Entonces, previendo 
*Abenammar que la capital no tardaría mucho tiempo en 
rendirse, confió la dirección del sitio á Abenraxic, deján- 
dole una gran parte de la caballería, y se volvió á Sevilla 
con el resto del ejército. Pasado breve tiempo de su re- 
greso á Sevilla, recibió Abenammar un despacho de Aben- 
raxic, en que éste le decía que Murcia se hallaba sufrien- 
do ya los horrores del hambre, y que algunos ciudadanos 
influyentes, mediante la promesa de que les serían con- 
cedidos empleos y beneficios, estaban dispuestos á favo- 
recer la entrada de los sitiadores. «Mañana ó pasado, ex- 
clamó entonces Abenammar, sabremos que Murcia ha 
sido tomada». Hn efecto, algunos traidores abrieron las 
puertas de la ciudad á Abenraxic, siendo reducido á pri- 
sión Abentáhir y proclamado iVlmotamid señor del prin- 
cipado de Murcia (1). 

Si Abuabderráman , hijo de Abentáhir, no llegó á 
hacer famoso su nombre como príncipe, lo alcanzó mere- 
cidamente como sabio y literato, pues además de la ju- 
risprudencia y de la ciencia de la tradición, cultivó con 
aplauso la historia, la poesía y, sobre todo, el género 
epistolar; él mismo ejerció el magisterio sobre algunas 
de esas ramas del saber, pues consta que confirió á algu- 
nos varones notables de su época ¿chazas ó certificaciones 
de aptitud para que , á su vez, pudieran enseñar á otros 
las doctrinas que de él recibieron (2) . 

Abenbassam, ilustre escritor contemporáneo de Aben- 
táhir, dice: «Abuabderráman, hijo de Abentáhir, consi- 
guió reunir tradiciones de la más remota antigüedad, y 



(1) Dozy, Histoire, IV, pág. 174 y Sci"iptoruiTi árahum loci, etc., 
págs . 86 y 87. 

(2) Abenalabar, Bib. ár. liisp. , V., pág. 232. 



— 111 - 

logró ]a soberanía de la palabra juntamente con el domi- 
nio de los pueblos, pues debe notarse que los Abentáhir 
alcanzaron el señorío de la cora de Murcia durante el pe- 
ríodo revolucionario en la forma que ahora prescindo de 
mencionar, toda vez que he de volver á ocuparme en el 
asunto en mi obra titulada Hilo de perlas sobre las epís- 
tolas de Abentáhir . Abuabderráman , hijo de Abentáhir, 
escribió de sí miismo en dicha región , á la manera que el 
régulo de Sevilla (Almotamid) escribía en la parte orien- 
tal; las excelentes epístolas que compuso, rebosan de la 
grandeza de ánimo y de la nobleza de carácter que nunca 
le abandonaron, ni aun en los momentos de su crítica 
burlona ó cáustica; porque él era un genio superior y te- 
nía empuñadas las reglas del arte de bien decir» (1). 

La corte de Abuabderráman Abentáhir en Murcia era, 
como la de Almotamid en Sevilla, de las más florecientes 
en el cultivo de las letras, y á las asambleas y concursos 
literarios, quede continuo celebraba, acudíanlos más 
famosos poetas de su tiempo. Aludiendo á ellas escribió 
á Abuabderráman Abentáhir el poeta Abuámir, hijo de 
Alfarach, los versos siguientes: 

He visto con mis propios ojos lo que era ya 
fama de ti. 

Al entrar en tu presencia me imaginé que 
penetraba en la inmensidad del Océano y que 
me remontaba á los astros más brillantes. 

Salí de las asambleas que tú presides, tan 
perfumado como el céftro que se separa de las 
flores (2). 

El mismo Abenbassam dice en otro pasaje: «Abuabde- 
rráman Abentáhir vive todavía en Valencia cuando esto 
escribo; conserva sus facultades intelectuales, no obs- 



(1) Ms. ár. de la R. Ac. de la Hist. , ful. 5 v. Véase el texto en 
el apéndice núm. IX. 

(2) Almacarí, II, pág. 278. 



— 112 — 

tante que cuenta ya cerca de ochenta años; discurre per- 
fectamente y no cesa de estampar sobre el papel ideas, 
al lado de las cuales resulta pálida la brillantez de los 
collares de perlas, y oscuras las noclies más iluminadas 
por la hermosa claridad de la luna» (1). 

Dozy (2) ha descrito perfectamente la entrada de 
Abenammar en Murcia y la conducta que éste observó 
con Abuabderraman Abentáliir, siguiendo la narración 
que se lee en Abenalabar (3). Tan pronto como supo 
x\benammar que ^lurcia había sido tomada, trasportado 
de alegría pidió á Almotamid que le permitiese marcliar 
inmediatamente á dicha ciudad. Almotamid accedió sin 
vacilar á la petición de su visir, y entonces éste, que de- 
seaba recompensar dignamente á los murcianos que le 
habían facilitado la conquista de la ciudad , se hizo dar 
algunos caballos y muías de las cuadras reales, más 
otros de sus amigos, y cuando hubo reunido cerca de 
doscientos, mandó que fuesen cargados de telas precio- 
sas, y con todo esto se puso en camino á tambor batiente 
y banderas desplegadas . En cada una de las ciudades 
por que atravesó, hizo que le fuese entregado el dinero 
existente en las cajas del Estado . Su entrada en Murcia 
fué un verdadero triunfo. A la mañana siguiente del día 
en que la realizó, concedió audiencia pública, presentán- 
dose revestido como un soberano, pues tenía la cabeza 
cubierta con un birrete muy elevado, á la manera como 
solía, aparecer su señor en las grandes solemnidades , y 
cuando se le hicieron peticiones, las acordó subscribién- 
dolas por sí mismo , sin nombrar para nada á Almotamid. 

AI llegar á Murcia, quiso Abenammar tratar digna y 
honrosamente al destronado Abuabderraman Abentáhir, y 



(1) Ms. ár. riela R. Ac. dula Hist., ful. 20 v. Dozv, en sus 
RocliercI)e.s, etc. , II. pág. 27, lia traducido este pasaje de .\ljcii- 
bassam. 

(2) Histüire, etc., IV, pág. 174 ,y siguientes. 

(3) Véase el te.xto árabe de este autor en la obra de Dozy, Scrip- 
torum árabum loci de Abbadidis, II, págs. 86 y 87. 



— 113 — 

en prueba de su deseo, le envió algunas ricas vestiduras , 
á fin de que eligiera aquella que más le gustase; pero 
Abentáhir, irritado por la pérdida de su principado, dijo 
al que llevaba los vestidos: «Ve á decir á tu señor, que 
yo no quiero de él otra cosa, que una larga pelliza y un 
pequeño birrete». Despechado Abenainmar por tal res- 
puesta que le íué notifigada en ocasión de hallarse entre 
sus cortesanos, replicó: «Sí, comprendo el sentido de sus 
palabras; ese traje que pide, es el que yo solía usar, cuando 
pobre y obscuro vine á recitarle mis versos; mas, « ¡ben- 
dito sea Dios que engrandece y humilla según su volun- 
tad! » A seguida mandó Abeiiammar que Abentáhir fuese 
encerrado en Monteagudo, fortaleza cuyas ruinas pueden 
apreciarse todavía á una legua de Murcia. A instancia de 
Abenabdelaziz que había comenzado á reinar en Valencia 
en 1075 y era íntimo amigo de Abentáliir, solicitó Almo- 
tamid de su ministro que diese libertad á su prisionero. 
No atendió Abenammar la orden de su señor; pero Aben- 
táhir logró escapar y refugiarse en Valencia al lado de 
Abenabdelaziz, que le había facilitado la evasión sobor- 
nando á los guardias del castillo, según parece (1). 

«Así vivió, dice Abenbasam, Abuabderráman Aben- 
táhir largo tiempo en Valencia, siendo testigo de la ruina 
de las pequeñas dinastías, y de la calamidad que azotó á 
los musulmanes de la ciudad de su residencia por causa 
del Cid Campeador, y entonces fué reducido nuevamente 
á prisión » (2). He aquí como sucedió esto: Abentáhir que, 
al escapar de su prisión y refugiarse en Valencia con su 
familia al lado de Abenabdelaziz , se había hecho íntimo 
consejero de éste, logró pronto constituirse un partido 



(1) Abenalabar, ea Dozv, Scriptoi'um árabum loci de Abadidis , 
II, págs. 87 y 88. 

(2) Abenbasam, ms. ár. de la R. Ac. de la H., fol. 17, v. El 
autor dice que Ai^entáliip fué preso en 488, (') sea en 1Ü93 de J. C; pero 
segiin })iensa Dozy que ha editado y traducido este pasaje en sus Re- 
cherches etc., pág. 10, y en el apéndice, pág. V, esa fecha está 
equivocada en un año ; pues Abentáhir escribió una carta desde su 
prisión en medio del mes de Safar, como él mismo dice, de 487 
(1094 de J. C). 

8 



— 114 — 

respetable en dicha ciudad , é influyó no poco en los acon- 
tecimientos que se siguieron en ella. Él fué quien en 1088 
disuadió á Alcádir, el ex-rey de Toledo, que ayudado y 
sostenido por las tropas de Alfonso VI, capitaneadas por 
Alvar Fañez , había logrado enseñorearse de Valencia en 
1085, de entregarse á Almondir, señor de Lérida, Denia 
y Tortosa, á pesar de los ataques que éste, aprovechán- 
dose de la retirada de Alvar Fañez, para asistir á la bata- 
lla de Zalaca, dirigió contra dicha ciudad, cuya posesión 
tanto ambicionaba (1). Asesinado Alcádir en 1094, por 
instigación- del cadí Abenchahaf, y proclamado éste pre- 
sidente del gobierno provisional que por entonces fué es- 
tablecido en Valencia, vióse en la necesidad de pagar tri- 
buto al Cid Campeador y aceptarle como patrono y defen- 
sor suyo en 1093, de la misma suerte que antes le había 
aceptado el desgraciado Alcádir. Acaecía que por ese 
tiempo, dice el Sr. Feí'nández y González respecto del 
particular (2), «fuera de los feudos de Alcocer, Calatayud 
y Molina, citados en el Poema del Mió Cid, ' pagaban pa- 
rias á Rodrigo Díaz las ciudades de Albarracín, Alpuente, 
Murviedro, Xerica, Segorbe, Almenara, Denia, Xativa y 
Tortosa. En particular, el tributo de Valencia valíale 
hasta doce mil escudos, á más de mil doscientos para un 
obispo, puesto por influencia del rey Alfonso. Sus rentas 
tuvieron aun aumento de mayor importancia, cuando te- 
merosos de sus armas los tutores de los hijos de Almondir 
(muerto en 1092) compraron su protección, mediante el 
tributo anual de cuarenta mil escudos. Forzado á com- 
partir desde entonces su atención entre los estados de Za- 
ragoza y los de Valencia, vivía alternativamente en cada 
uno de ellos, circunstancia que aprovecharon los valen- 
cianos para abrir las puertas, durante su ausencia, á los 
almorávides. En virtud de tamaña traición, á que cooperó 
en gran parte Aben-Giahaf , fué depuesto y asesinado por 



(1) Dozy, Rechei'clies, II, pág. 123, en confurmidad con la Ci-ú- 
nica general, fol. 320. 

(2) Obra citada anteriormente, pág. 50. 



— 115 — 

los suyos el sultán Alcádir, siendo inútiles los esfuerzos 
de Abenalfarag, teniente del Cid, para salvarle.» 

La conducta del presidente Abenchahaf traía disgus- 
tados, tanto á los almorávides, con cuyo auxilio había 
escalado el poder, como á los valencianos, especialmente 
á los partidarios de Abentáhir, y al saber éstos que un 
cuerpo de ejército de los almorávides avanzaba ya de 
Lorca á Murcia y á su ciudad, se alzan contra el cadí y 
le destituyen, confiando la presidencia del gobierno al 
príncipe destronado de Murcia, Abuabderráman Abentá- 
hir. Pero se sabe luego que no pueden llegar los almorá- 
vides en defensa de la ciudad contra las bandas castella- 
nas, y vuelven los valencianos á pedir consejo á Aben- 
chahaf y le proclaman segunda vez presidente, retirando 
su confianza á Abentáhir en 1094. Entonces Abenchahaf 
reduce á prisión á los Benitáhir y pone al citado Abuab- 
derráman en manos del Cid Campeador, con gran escán- 
dalo de los valencianos, los cuales miraban con sumo 
respeto y consideración al honorable príncipe de Murcia . 
Pero luego hácese el Cid dueño de Valencia , quema al 
cadí Abenchahaf por su infidelidad y pone en libertad á 
Abentáhir. Todavía vivió éste algunos años, hasta No- 
viembre de 1114, y sus restos fueron trasladados á Mur- 
cia, donde se les dio sepultura. 

De sus cartas ó epístolas y de sus poesías , unas diri- 
gidas á los reyes y ministros de su época y otras fami- 
liares, nos ha conservado Abenbasam numerosos frag- 
mentos, especialmente con un fin literario y para hacer 
notar el mérito del autor. Los trastornos políticos y des- 
gracias de su tiempo, las vicisitudes de su vida y el sen- 
timiento por las desgracias de respetables personas, fue- 
ron los motivos en que se inspiraron las composiciones 
de Abentáhir, en las cuales alterna el tono elegiaco con 
el satírico (1) . Dozy ha publicado el texto árabe y la tra- 



(1) Ms. ár. de Abeiibasara de la R. Ac. de la Hist. , fol. 5 vuelto 
y siguientes, 



— 116 — 

ducción de las cartas más interesantes de Abentáhir; la 
dirigida á Abenchahaf con motivo de la revuelta del pri- 
mo carnal de éste (1); otra para un pariente suyo escrita 
desde la prisión en que le tenía el Cid Campeador (2); 
otra al visir Abuabdelmélic, hijo de Abdelaziz, sóbrela 
reconquista de Valencia por los musulmanes en 1102, y 
otra, por último, dirigida al visir y alfaquí Abenchahaf, 
primo hermano del presidente del gobierno, dándole el 
pésame por la desgraciada muerte dada á su pariente por 
Rodrigo Díaz (8) . 

Los únicos versos que se conocen de Abentáhir, son 
los que escribió recriminando al cadí Abenchahaf, por 
haber liecho asesinar al régulo de Valencia y destronado 
de Toledo', Alead ir: 

¡Oh! tú, el de un ojo azul y otro negro, por 
haber cometido un crimen tan horrendo, por 
haber dado muerte al rey Yahya , revistiéndote 
con sus túnicas. 

No faltará, á buen seguro, de sobrevenirte el 
día en que recibas la recompensa á que te has 
hecho acreedor (4) . 



(1) Reclierches, II, pág. 8, y apéndice, pág. IV. 

(2) Reclierches, II, pág. 10, y apéndice, pág. V. 

(;i) Reclierches, II, págs. 24 y 25, y apéndices XV y XVI. 

(4) Dozy ha editado y traducido estos versos en sus Reclier- 
ches, II, pág. 17, y apéndice, pág. XI. El ms. ár. de Ahenhasam 
de la R. Ac. de la Hist. , fol. 18 v. , pone la lección c-iXísw^íl , el de 
las pie f ñas torcidas, en lugái" do ^-oL^i\ , el de un ojo a;id ij otro 
negro, preterido por Dozy , conforme á la lección de otros maniis- 

(M'itOS. 



CAPITULO IX ^^í 

Murcia bajo la autoridad de Almotamid, rey de Sevilla 

Gobiernos de Abenaininar ¡j de Abenraxic. — Progreso de Murcia 
durante el periodo de los reyes de Taifas 



Aunque Abenraxic había proclamado, al entrar en 
Murcia, la soberanía de Almotamid, el más poderoso de 
los reyes de Taifas, la autoridad de éste en dicha región 
fué, en sentir délos historiadores árabes, poco tiempo 
electiva. Ya se ha dicho anteriormente que Abenammar 
se había puesto en camino hacia Murcia , á seguida de 
recibirse en Sevilla la grata nueva de que su lugarte- 
niente Abenraxic había logrado apoderarse de aquella ca- 
pital y de sus distritos. Una vez posesionado el ministro 
favorito de Almotamid de la ciudad conquistada, bien 
fuera por mera presunción y vanagloria ó bien obede- 
ciendo á una idea preconcebida, lo cierto es que comenzó 
á darse aire de soberano y á ordenar y prohibir prescin- 
diendo de la voluntad y hasta del nombre de su señor 
Almotamid. Este interpretó, desde luego, la conducta de 
su visir como verdadera rebeldía, y esto dio lugar á que 
se cruzasen mutuos reproches primero , y luego punzan- 
tes sátiras , que hicieron imposible la reconciliación entre 



(1) Los autoi'os que hemos consultado para la redacción del pre- 
sente capítulo, soíí: Anouairí, ms. ár. de la R. Ac. de la Hist., Col. 72. 
núnn. 60; Abenalatir, IX, pág. 205; Al>enal.jatib, ms. ár. , copia del 
Sr. Codera, tbl. 16yl7; Abdeluáhid, pág. 85 y siguientes; Doz3', 
Histoire, etc. , IV, pág. 175 y siguientes, fundado en los textos De 
Aljbadidis, articulo de Abenbasam sul^'c Abenammar, y Abdeluáhid, 
luirar citado. 



— 118 - 

ambos, y fueron causa de que Abenammar se proclamase 
señor independiente del principado de Murcia. Esta con- 
ducta le perdió; pues, aparte de la enemistad de su se- 
ñor, tenía más cerca otro enemigo poderoso, el príncipe 
de Valencia Abenabdelaziz , amigo de Abentáhir y su 
libertador de la prisión de Monteagudo. Además nada 
hizo Abenammar para ganarse la paz con éste; antes al 
contrario, escribió contra él unos versos insultantes y 
excitando á los valencianos á que le echaran del poder, y 
él mismo , según se lee en Abdeluáhid , comenzó á hacer 
preparativos para invadir y posesionarse del territorio de 
Valencia. Mas el señor de esta región se le adelantó; 
mientras Abenammar, completamente descuidado, se 
pasaba los días entregándose al placer, Abenraxic, que 
ambicionaba suplantarle, ayudado por Abenabdelaziz, le 
hizo traición , sublevando contra él al populacho y á una 
gran parte del ejército que reclamaba su soldada amena- 
zándole , en caso contrario , con entregarle á Almotamid . 
Imposibilitado Abenammar para pagar á sus soldados, y 
no encontrando medio alguno con que sofocar el motín, 
buscó su salvación huyendo precipitadamente de la ciu- 
dad (1). 

Con el deseo de granjearse un amigo y auxiliar pode- 
roso, marchó Abenammar en primer término á la corte de 
Alfonso de León , esperando que le ayudase éste á recon- 
quistar su trono de Murcia; pero el monarca leonés que 
de aptemano se había dejado ganar por los magníficos pre- 
sentes que le había enviado Abenraxic, se limitó á res- 



(1) Tal es la narraciíjn aceptada preferentemente por Dozy, si- 
guiendo el rccitadu de los textos de Al)eni)asam y Abe ncási m , edi- 
tados en su «De Aljbadidis». Anouairi y Al)(>nalatir dicen que Aben- 
raxic eclr'i de Murcia á Abenammar con un ejército, cuyo mando le 
lialjía conferido Almotamid. 

Abdeluáliid menciona que Abenraxic ¡iromovió la insurrección del 
puel)lo >■ de una [larte del cAo;u/ de Murcia, aprovechando la salida 
do Abenammar á uno de los distritos; y que, al volver éste á su capi- 
tal, se encontró con las puertas cerradas, y aunque la sitió du 'ante 
algunos días, temeroso de caer en manos de Alxlelaziz (\h)V Abenra- 
xic), se retiró huyendo á Zaragoza. 



- 119 - 

ponderle: «todo eso es una historia de ladrones; el pri 
mer ladrón ha sido robado por otro, y éste por un ter- 
cero» (1). Perdida la esperanza que había puesto en la 
corte de León, trasladóse Abenammar á la de Almoctadir 
Abenhud en Zaragoza, y de ésta á la de Lérida, donde 
reinaba Almotafar, hermano de Almoctadir, para volver 
pronto á Zaragoza , donde Almutamin había sucedido á 
su padre, el susodicho Almoctadir. Parece ser que en nin- 
guna de estas regiones fué Abenammar tan bien recibido 
y estimado, como él deseaba; y era que, como dice Abde- 
luáhid, la fama de su ingratitud y rebeldía contra su se- 
ñor Almotamid le seguía á todas partes, y sus príncipes 
temían ser nuevas víctimas de su perfidia. Sin embargo, 
lanzóse Abenammar á empresas arriesgadas en favor de 
su nuevo señor, el régulo de Zaragoza , con tal de ganarse 
su confianza: después de haber dado muerte á un señor 
castellano que se había separado de la obediencia de Al- 
mutamin con la fortaleza de su mando, quiso poner tam- 
bién á su rey en posesión de la inexpugnable fortaleza de 
Segura, la cual había podido mantenerse independiente, 
al apoderarse Almoctadir del estado de Denia á que perte- 
necía, en manos de un hijo de Alí, último soberano de 
dicho estado, pero que, muerto éste, se hallaba confiada 
á los Benixodail, tutores de sus hijos, niños de corta 
edad, y deseaban aquellos venderla á algún príncipe ve- 
cino. Abenammar intentaba apoderarse de la fortaleza 
por un golpe de mano, y, al efecto, dirigióse á ella con 
algunas tropas y solicitó de los Benixodail una entrevista. 
Estos que deseaban coger á Abenammar, para vengarse 
de las ofensas que les había hecho durante su mando en 
Murcia, consintieron desde luego en celebrar la entre- 
vista, no queriendo perder la ocasión tan favorable á su 
deseo, que el azar de la vida les brindaba. Para acercarse 
á la fortaleza, era preciso subir á gatas una empinada pen- 



(1) Fernández y González, obra citada, pág. 34; y Dozy, His- 
toii-e, etc., IV, pág. 181. 



— 120 — 

diente, y luego dejarse elevar del suelo, para penetrar en 
lo interior. Quiso Abenammar ser elevado el primero, mas 
en cuanto estuvo en lo alio de la entrada, los soldados de 
la fortaleza se apoderaron de él y gritaron á sus compañe- 
ros que se retiraran inmediatamente, si no querían ser 
blanco de sus Hechas . 

Entonces entraron los Benixodail en negociaciones con 
Almotamid, á fin de librarle el prisionero, mediante pre- 
cio. No se hizo esperar el de Sevilla; inmediatamente des- 
pachó á su hijo Arracli Bilá con la cantidad y los caballos 
exigidos por los Benixodail, á cambio de Abenammar, 
encargando á la gente de la escolta de su hijo que no des- 
cuidasen la custodia del prisionero durante el trayecto de 
vuelta á Córdoba. En esta ciudad esperaba Almotamid el 
regreso de su antiguo favorito, haciéndole entrar en ella 
de la manera más afrentosa y humillante, montado en 
una bestia de carga, entre dos sacos de paja, y arras- 
trando sus cadenas á vista del público. Además había in- 
vitado Almotamid á todos los habitantes de la ciudad, 
magnates y pueblo, á que saliesen á recibir al ingrato vi- 
sir y le contemplasen en la forma en que ahora hacía su 
entrada. Buscaba con esto Almotamid mortificar el orgu- 
llo de su ministro que había hecho salir á los nobles y 
dignatarios de Córdoba á su paso para Murcia, á ñn de que 
le recibiesen triunfalmente, besándole la mano ó su mon- 
tura ó el extremo de sus vestidos. Conducido Abenammar 
á presencia de Almotamid, éste le recriminó duramente 
por su ingratitud , echándole en cara el sinnúmero de be- 
neficios que le había dispensado, después de sacarle de 
su pobreza y obscuridad. 

En vano reconoció Abenammar la razón que asistía á 
su señor al recriminarle en la forma dicha. Sin poder 
apenas tenerse en pie por lo pesadas de sus cadenas, en- 
trecortado por los sollozos , pidió perdón repetidas veces á 
Almotamid, pero éste se lo negó rotundamente y dispuso 
que fuese trasladado á Sevilla. Siguiéndola cuenca del 
Guadalquivir, fué conducido Abenammar á dicha ciudad , 



-l2l- 

en la cual hizo su entrada de manera tan humillante , co- 
mo en Córdoba, y quedó encerrado en una torre contigua 
al alcázar de Almotamid. A fin de entretener sus triste- 
zas, pasaba los días escribiendo versos, que hacía llegar 
á manos de sus amigos, hasta que ordenó Almotamid 
que se le quitase todo el recado de escribir. Sin embargo, 
un día pidió Abenammar á su señor que le enviase tin- 
tero, pluma y papel por la última vez. Accedió Almota- 
mid ala súplica de su prisionero, y á poco recibió, en 
ocasión de hallarse celebrando un festín con sus amigos, 
una hoja que contenía una poesía, quizás la más bella de 
las escritas por Abenammar. 

Terminado el festín, llamó Almotamid á su prisione- 
ro, á quien increpó de nuevo por su ingratitud. Aben- 
ammar, de pie en presencia de su soberano, ahogado por 
los sollozos, apenas podía articular palabra alguna, hasta 
que repuesto algún tanto, expuso con tanta elocuencia 
á su antiguo amigo los sufrimientos que ahora experi- 
mentaba, después de la gran felicidad que antes habían 
disfrutado ambos, cuando les unía la fraternal amistad 
de otro tiempo, que aquél llegó á enternecerse y casi 
inclinarse á perdonarle. No obstante, mandó Almotamid 
que fuese retirado Abenammar, sin haber llegado á pro- 
meterle formalmente su perdón. Pero Abenammar que 
había llegado á forjarse la ilusión de que bien pronto se- 
ría puesto en libertad, se apresuró, apenas llegado á su 
calabozo, á poner en conocimiento del príncipe Arraclí 
Bilá, hijo de Almotamid, todas las impresiones que había 
sacado de la entrevista con su padre. Cuando recibió el 
príncipe Arradí la carta de Abenammar, en que éste le 
participaba su esperanza de ser puesto en libertad, se 
hallaba conversando con varios magnates y dignatarios 
de la corte, algunos de ellos enemigos de Abenammar , á 
los cuales dijo aquél , luego que hubo leído dicha carta: 
«creo que va á ser libertado Abenammar , á juzgar por 
esta carta que me envía, y en laque me participa que 
su señor Almotamid le ha prometido el perdón». Apa- 



— 125 — 

rentaron los concurrentes alegrarse por la nueva que el 
príncipe les revelaba, pero en su interior sentían todo lo 
contrario; así que, terminada la reunión, salieron de allí 
divulgando la noticia y propalando juntamente tales ca- 
lumnias y diatribas, que, según Abdeluáhid, se hace 
indecoroso consignarlas por escrito . Todo aquel rumor 
infamante extendido por los magnates enemigos de Aben- 
ammar, y especialmente por su rival, el poeta y visir 
Abubéquer, hijo de Zaidun, llegó pronto á oídos de Al- 
motamid. Inmediatamente envió éste un eunuco á pre- 
guntar á Abenammar si había dicho á alguien el resul- 
tado de la entrevista habida el día anterior entre ambos. 
Abenammar contestó, por medio del eunuco, que no había 
hablado con nadie. Entonces iVlmotamid, sospechando 
que hubiese escrito á alguno utilizando la hoja restante 
délas dos que le habían sido entregadas, ya que sólo 
gastara una en la poesía que le había dedicado, envió de 
nuevo á i reguntarle qué había hecho de la susodicha 
hoja. Abenammar pudo salir de este segundo aprieto res- 
pondiendo que le había servido de borrador de la primera 
poesía. Mas como Almotamid volvió á insistir una vez 
más exigiéndole el borrador, ya no pudo menos el des- 
graciado cautivo, que revelar la verdad délo sucedido; y 
entonces Almotamid, cegado por la cólera y tomando un 
hacha que á mano tenía, penetró rápidamente en la pri- 
sión y descargó repetidas veces la terrible arma sobre él 
hasta dejarle exánime, sin atender á las súplicas que le 
hacía, asido á sus pies, regándolos con sus lágrimas. Tal 
fué el trágico fin del famoso poeta y señor de Murcia 
Abenammar, ocurrido en el año de 10S6 á 1087 . 

Durante el mando de Abenammar en Murcia ejerció 
el cargo de visir Abucháfar Áhmed, hijo de Harach (1), 
y el secretariado Mohámed, hijo de Alchad (2) . 



(1) Do Al)(3nsa¡(l, ms. ár. de la Real Academia de la Historia, 
núm. 53, íol. 22. 

(2) Del ms. ár. de la R. Ac de la H., aura. 80, fol. 132. 



- 123 — 

Al suceder Abenraxic á Abenammar en el principado 
de Murcia, reconoció la soberanía de Almotamid. Los 
historiadores árabes refieren que llegó con el tiempo á 
recliazar la autoridad del régulo de Sevilla, á quien úni- 
camente se mantuvo fiel el distrito de Lorca. Sin embar- 
go, el hecho de que se hayan conservado monedas acu- 
ñadas en Murcia (1) á nombre de Almotamid, pertene- 
cientes, al parecer, según se desprende de su lectura, á 
los años 478, 480, 481, 482 y 484 (siendo sólo segura la 
del 480) de la hégira, que corresponden á los de 1085 á 
1090 de J. C. , hace dudar de la exactitud de dicha afir- 
mación ó, á lo menos, sospechar que la rebeldía de Aben- 
raxic fué cosa de breve tiempo, volviendo el principado 
de Murcia á la soberanía de Almotamid, hasta su absor- 
ción por el imperio de los almorávides. Más consumada 
y duradera hubo de ser la rebeldía de Abenammar contra 
su señor Almotamid, según se ha expuesto, pues si bien 
no hay noticias de monedas acuñadas en Murcia á nom- 
bre del rebelde, tampoco se conservan de Almotamid, 
referentes al tiempo en que se pone el mando indepen- 
diente de Abenammar en dicha capital. Por lo demás, 
son muy escasas las noticias que acerca de Abenraxic nos 
han sido trasmitidas por los historiadores árabes, y como 
además aparecen íntimamente relacionadas con la inva- 
sión de los almorávides, suspendemos su narración hasta 
el capítulo siguiente, donde tendrá lugar más oportuno. 

A pesar de los trastornos políticos que agitaron á la 
cora de Murcia durante los últimos años del califado cor- 
dobés y el mando de los reyes de taifas, es indudable que 
mejoró notablemente su estado literario con relación al 
período anterior, preparándose á entrar en el más flore- 
ciente, que luego alcanzó con los Abenmardenix y los 
Abenhud, los cuales llegaron á convertirla en uno de los 
más ilustres principados de la España árabe . 



(1) Vives, c( Monedas de las dinastías ai'AI)igo-cspariulas)), pági- 
nas 147 y 148 . 



— 124 — 

Los biógrafos árabes nos dan noticia de dos insignes 
varones que desempeñaron el justiciazgo de Todmir en 
los últimos años del califado. Es el primero, Alcásim, 
hijo de Mohámed, por sobrenombre Abubéquer, natural 
de Córdoba, discípulo de su abuelo del mismo nombre, 
Alcásim, hijo de Asbag, y después maestro del biógrafo 
Abenalfaradí , quien lo menciona como excelente literato. 
Alháquem II le conñó el cargo de cadí de Todmir, de 
donde fué trasladado por Hixem II á igual cargo de Gua- 
dalajara. Murió en el año de 998 á 999. El segundo y, 
probablemente, sucesor del anterior en el justiciazgo de 
Todmir, fué Ualid, hijo de Abdelmélic, hijo de Mohámed, 
por sobrenombre Abulabas; era natural de Todmir, varón 
docto y estudioso, de carácter afable, muy rico, y de con- 
ducta ejemplar. Desempeñó el mismo cargo en Toledo, y 
falleció en el año de 1002 á 1003 (1) . 

El biógrafo Abenpascual nos ha conservado memoria 
de un célebre murciano que marchó á Córdoba, donde es- 
tudió y enseñó después tradición y literatura, mereciendo 
el sobrenombre de Abaabdála, el literato de Todmir. Su 
nombre propio era Mohámed, hijo de Abdesalam; fué 
maestro del citado biógrafo Abenpascual y murió peleando 
en favor de Almahdí en el desastre de Cantix, que dio poi' 
resultado el entronizamiento de Soláiman en el año 1099 
á 1010 (2). 

Desde el largo gobierno de los Benitáhir, amantes del 
progreso é instrucción de los pueblos, el principado de 
Murcia vio acrecentarse su población y su cultura no sólo 
en el orden material , sino también en el moral y cientí- 
fico. En este período, según los autores árabes, florecen 
en Murcia buen número de varones notables en todas las 
ramas del saber, en teología, tradición, jurisprudencia, 
oratoria, poesía y gramática; tuvo ilustres maestros, na- 



(1) A(l;il)í, Bilj. ar. li¡.s|)., III, 4.31, ,v Abenpascual, Vil y VIH, 
lUTTy 1.510. 

(2) Al>eripascual, Bil). ar. liisp. 1, II, 1031. 



— 125 — 

cidos los más en el país , otros de las regiones vecinas , 
que fueron á establecerse en aquella. Como tales merecen 
citarse los siguientes : 

Alhásan, hijo de Ismail, por sobrenombre Abenjai- 
zoran, natural de Murcia, donde vivió hacia el año 1018 
y mereció por su saber y sus virtudes que Mochéhid, el 
ilustre rey de Denia, le confiase el cargo de cadí en las 
islas Baleares, pertenecientes á su estado (1). 

xVbulcásim Áhmed, hijo de Mohámed, hijo de Iktal, 
natural de Lorca, que hizo estudios en Oriente y á su re- 
greso fué nombrado alfaquí consultor de su ciudad natal , 
cargo que desempeñó hasta su muerte acaecida en el año 
de 1021 á 1022 (2). 

' Mohámed, hijo de Abderráman, hijo de Hatin, más 
conocido por El hijo del de Trípoli, que falleció en la ciu- 
dad de Murcia en el año de 1026 á 1027 (3) . 

Abumohámed Abdála, hijo de Mofarrech, que marchó 
á Oriente y se detuvo algún tiempo en Damasco, donde 
aprendió tradiciones del célebre Mohámed, hijo de Al!'a- 
radí Alansarí y de otros maestros. Había nacido en Mur- 
cia en 1021 á 1027 (4). 

Abib, hijo de Said, el de la tribu de Cliodam, nacido 
en Bugarra, donde fué predicador; se distinguió como 
varón asceta y dechado de virtudes y presidió la oración 
fúnebre en el sepelio del cadí de Lorca Abuómar, hijo de 
Afif, muerto en el año 1029 (5). 

Áhmed, hijo de Mohámed,. hijo de Aftc, hijo de Ma- 
riuel, natural de Córdoba, escribió un tratado sobre exe- 
quias, otro sobre método de enseñanza y una historia de 
los jurisconsultos cordobeses. Obtuvo la prefectura de 
Lorca en la cual murió el año 1029 (6). 



(1) Aboiipasoual, Bib. ar. liisp., I ,y II, 304. 

(2) Al)cnpascual, Bilj. ai', hisp. I .y II, 62. 

f3) Al je nal farad í, Bib. ar. hisp. VII y VIII, 1620. 

(4) Al)enalabar, Bib. ar. Iiisp. , VI, 1297. 

(5) Abenalabar, Bib. ar. hisp. , V, 88. 

(6) Casii'i, Bib. ar. Escu. II, 140, tomado de Aljenpascual , 



— 126 — 

Abuótman Said, hijo de Harum, natural de Murcia y 
discípulo del célebre maestro Abuómar el de Talamanca. 
Murió en 103S á 1039 (1). 

Abulualid Mohámed, hijo de Abdála, hijo de Áhnied, 
conocido más comunmente por Abenmaigal, natural de 
Murcia, donde se crió y recibió su primera educación . 
Siendo todavía joven, marchó á Córdoba y en esta ciudad 
completó sus estudios y contrajo matrimonio. Cuando 
tuvo lugar el saqueo de diclia capital, volvióse á Murcia 
en la que residió hasta su muerte acaecida en lOé-t á 1045. 
No he visto nunca, dice su biógrafo, varón más continen- 
te, virtuoso é ilustrado que él. Tenía la costumbre de 
comer únicamente carne de ave, pescado y caza; leía todo 
el Alcorán en 24 horas, estando de pie, y no se calzaba 
mas que con pieles de Mallorca. Aunque su hacienda no 
pasaba de mediana, era sumamente espléndido y liberal; 
en una huerta que constituía lo principal de su patrimo- 
nio, hospedaba y proporcionaba alimentos á muchos du- 
rante años. Era acérrimo partidario de las doctrinas de 
Málic, llegando á enseñarlas y defenderlas en controver- 
sia. Tenía vastos conocimientos acerca de las tradiciones 
auténticas y las apócrifas y sabía muy bien los nombres 
de los testigos de ellas y las razones que les hacían más ó 
menos dignos de fe . Además tenía gran instrucción en 
materia de gramática, de lexicografía, de exégesis 5/ de 
lecturas alcoránicas. Era, en fin, muy aplaudido y bus- 
cado en su país por su virtud y sabiduría (2). 

Abuabdála Mohámed, hijo de Abdála, natural de 
Murcia, fué de los más célebres predicadores de la Al- 
jama de su ciudad y presidente de la oración. Murió en 
1053 ó 1055 (3). 

Alí, hijo de Ismail, vulgarmente Abensada, murcia- 
no, fué orador y filólogo muy aventajado, y publicó, en- 



(1) Abeiipascual. Bib. ar. hisp., I y II, 497. 

(2) Abenaltaradi. Bib. ar. hisp., VII y VIII , 1729. 

(3) Abenalabar, Bib. ar. hisp., V, 675. 



tre otras obras, un tratado acerca de la propiedad y uso 
del lenguaje arábigo, y otro sobre la verdadera y genuína 
inteligencia de los poetas, ora antiguos, ora modernos. 
Murió en 1065 á 1066 (1). 

Abumohámed Abdála, hijo de Said, de Murcia, y 
predicador de su mezquita; fué discípulo de Abuómar el 
de Talamanca, de Abulualid, hijo de Maigal, y de otros. 
Murió en 1068 á 1069 (2). 

Hixem, hijo de Áhmed, hijo de Abdelaziz, hijo de Ua- 
dah, de Murcia, maestro muy fidedigno en materia de 
tradiciones. Murió en 1076 á 1077 (3) . 

Abuómar Yúsuf, hijo de Soláiman, Alansarí, el de 
Calatrava, donde había nacido . Fué docto en jurispru- 
dencia, gramático, músico, poeta, genealogista y varón 
piadoso y asceta. Después de recorrer casi toda España, 
vino á establecerse en Murcia, donde fué mirado como 
un santo, hasta que murió en el año de 1056. Dejó es- 
critas varias obras de polémica religiosa (4) . 

Abuzaid Abderráman, hijo de Mohámed Abentáhir, 
de Murcia, donde fué alfaquí consultor hasta su muerte, 
acaecida en 1076 á 1077 (5). 

Abdála, hijo de Said, Alansarí, conocido por Aben- 
sorhan, de Murcia, escritor en materia de contratos (6). 

Abdála, hijo de Sahla, hijo de Yúsu^ de Murcia, 
marchó al Oriente y se detuvo en Caireuan, escuchando, 
entre otros maestros, á Abuabdála, hijo de Sofyan, des- 
pués de haber oído en España á Abuamru el Mocrí , y á 
Abuómar el de Talamanca. Fué un maestro insigne en 
hermenéutica y murió en Ronda en el año 1087 á 1088 (7). 



(1) Casii-i, Bib, E.sc, II, 146, tomado de Abeiipascual 

(2) Abenalabar, Bib. Ar. Hisp. , V, 675. 

(■i) Abenpascual, Bib. Ar. Hisp. I y II, 1321. 

( 4 ) Aljenpascual , I y II , 1384 . 

(5) Abenpascual, Bib. Ar. Hisp. , I y II, 721. 

(6) Aljenpascual, Bib. Ar. Hisp. I. y II, 207. 

(7) Adabí, Bib. Ai\ Hisp. III, 926. 



— 128 — 

Alhosain, hijo de Ismail, hijo de Alfadl, de Murcia; 
viajó por Oriente, donde escuchó á Abumoliánied, hijo 
de Abuzait, á Abulliásan Táhir, hijo de Galbon, y á 
otros; era poeta y muy instruido en historia y en gramá- 
tica. Murió en el año de 1021 á 1022 (1). 

Ismail, hijo de Sida, de Murcia; fué discípulo de 
Abubéquer el Zobaidí, y aunque ciego, pudo distinguirse 
por sus conocimientos en gramática y en otras disci- 
plinas (2). 

Abulhásan Alí, hijo de Sida, de Murcia, hijo del an- 
terior, célebre gramático y lexicógrafo, que escribió, en- 
tre otras obras, la titulada Almohcam, famoso diccionario 
que compuso siguiendo el plan observado por Aljalil 
Áhmed Alfarahidi en su Quitah Alain. Murió en De- 
nla durante el reinado de Alí, hijo de iMochéhid, en el 
año 1066 (3). 

Finalmente, merecen citarse los dos gramáticos y poe- 
tas Mohámed y Abucháfar, hijos de Alí, hijos de Jalaf, 
conocidos por los hijos de Trasmil, que enseñaron gra- 
mática en IMurcia y se distinguieron como poetas en el 
tiempo á que nos venimos refiriendo (4) . 



(1) Abenpascual, Bilj. Ar. Hisp. , I v II, ;}20. 

(2) AbenpascLial, Bil). Ai-. Hisp., I y II, 2:W. 

(3) Ahonpascual, Bib. Ar. Hisp., I y II, 89í), y Aben.jaMun , 
Prolegómenos, traduc. III, pág. 397. Actualmente se está editando 
dicho diccionario en Bulac. 

(4) Abenalabar, Bib. Ar. Hisp., 4G0, y Adalií, ídem, III, 451. 



CAPITULO X '' 

Murcia bajo el gobierno de los almorávides 



Circitiist'cncias que /intccaroii la iiicítsíóii: Batdlla de Zalncd. 
Expedición de Alnn)tamid de Secilla á tierra de Larca // Mar- 
eta . — Campaña 11 sitio de Aleda. — Mocimiento de opinión fa- 
vorable al dantinio de los alnioracides en España . — Hesolución 
de Yásiif, /lijo de Texufin, de apoderarse de las reinos de Tai- 
fas. — Abenai.ra: anexión de Marcia, Denia // Játiva <d impe- 
rio alnxaraoide . — Acontecimientos de Valencia hasta sa absor- 
ción por los almararides. — ■Albai'racin // Za.ra(jo:a reconocen 
su autoridad. 



El principado de Murcia, como cualquiera otro de los 
reinos de Taifas de la España árabe, no podía subsistir 
liabiendo adoptado para su defensa y sostén el mismo 
sistema seguido por los omeyas de Córdoba y por Aben- 
abuámir Almanzor, cuando abatido el elemento árabe, 
había tenido que apoyarse en sus libertos, clientes ó ser- 
vidores ganados á fuerza de beneficios , ora berberiscos , 
zenetes ú otros aventureros de la iMauritania, ora galle- 
gos y francos , que viendo la estima que de ellos hacían 



(1) Las fuentes que nos han servido para la redacción del pre- 
sente capítulo, son: Abenjaldun, Prolegómenos etc., I, págs. 321, 
46(>, y II, 95, de la traduc; Anouairi, ms. ái*. de la R. Academia 
de la Historia, núm. 60, art. sobre Almotamid, y tbl. 67; Adabí, 
Bib. ar. liisp., III, pig. 31; .Abenalabar. Bib. ar. liisp., V, página 
232. Cartas, págs. 98 y 99; Áhmed Anasiri, pág. 119; ms. ár. de la 
Cíjlección de (lavangos, ri." X, tbl. 41, v 45 y siguientes, Al^enjali- 
ran, l)iogr. 854 y 897; Abenjaldun, Hist. VI, págs. 162, 186 y 187; 
Aljenaljatib, fol. 18 y 24 de la copia del Sr. Codera; Abenalatir, X, 
págs, 99 á 1Ü3 y 124 y siguientes. De Abljadidis, II, págs. 39, 121, 
197; Annales complutenses, España Sagrada, XXII, pág. 314 á 
315; Almacari, II, pág. 754; Dozy, Histoire etc. IV, pág. 197, 210 
y 215 y siguientes, y Reclierclies etc. II, art. sobre el Cid Campea- 
dor; Fernández y González, «Estado político y social» etc., en dife- 
rentes pasajes de la obra; y Codera, Almorávides, págs. 1 y 2; y 
La familia de los Benitexufín, artículo de la «Revista de Aragón» 
año 1903, 

9 



— 130 — 

los príncipes musulmanes, no se desdeñaban de conver- 
tirse en domésticos y aun esclavos de éstos, á trueque de 
llegar un día al poder por el favor del gobierno (1). En 
los reinos de Taifas se abandonaba á ciertos individuos , 
á bandas de hombres nacidos fuera del país , el cuidado 
de vigilar la defensa del estado , de recliazar y atacar al 
enemigo , sin ocuparse en el espíritu de cuerpo ó nacio- 
nalidad , condición indispensable para fundar y defender 
un imperio. 

En vano los Abadíes, régulos de Sevilla, y especial- 
mente el último de ellos Almotamid, intentan reunir 
bajo su cetro toda la España árabe, constituyendo de los 
distintos principados un reino fuerte y poderoso; igual 
pretensión sostienen otros régulos musulmanes que se 
consideran con iguales ó más legítimos derechos, que 
aquellos; naciendo de aquí la lucha interior entre sus 
distintos reinos, que los consume y expone á ser subyu- 
gados por los cristianos del Norte, especialmente por 
Alfonso VI, quien, por la época de que venimos haciendo 
historia, imperaba en León y en Castilla, hacíase dueño 
de Toledo, como se ha dicho, trasladando á su rey Alcá- 
dir al trono de Valencia é imponiéndole allí su voluntad , 
amenazaba á Sevilla y Badajoz haciendo tributarios á sus 
reyes é intentaba apoderarse de Zaragoza en el Oeste. Las 
bandas castellanas del emperador Alfonso tenían en jaque 
á los débiles príncipes del Este y les asolaban el país . 
Alvar Fáñez jefe de la banda que por orden de Alfonso 
había quedado en Valencia apoyando al destronado de 
Toledo Alcádir, saqueaba frecuentemente las comarcas 
vecinas; otro capitán de Alfonso, García Giménez, se 
había hecho fuerte por esta época en el formidable casti- 
llo de Aledo, entre Murcia y Lorca, desde el cual hacía 
frecuentes incursiones contra los estados próximos. Las 
tropas cristianas habían llegado en sus correrías hasta 
Nibar, á una legua Este de Granada. Por todas partes. 



(1) AlHHijaHun, Prolcy. ti-ad . I, págs. 309 y .321. 



— 131 — 

en fin, dice Dozy (1), cundía el desaliento, y era extre- 
mado el peligro; ya no se tenía valor para medir las ar- 
mas contra los caballeros cristianos, ni aun en propor- 
ción de cinco contra uno . Últimamente un grupo de 
cuatrocientos almerienses habían vuelto la espalda á 80 
caballeros cristianos. Era indudable que, si los musul- 
manes españoles no recibían auxilio de sus correligiona- 
rios de África, tenían que elegir entre la sumisión al 
emperador cristiano ó la emigración . 

En tales circunstancias, dice Anouairí (2), muchos 
alfaquíes reuniéronse en Córdoba, ciudad que corría in- 
minente peligro de caer en manos de Alfonso, y habiendo 
invitado á Almotamid, á quien pertenecía la ciudad, 
deliberaron sobre el medio más eftcaz para librarse de 
manos de los cristianos. En un principio se propuso so- 
licitar eí auxilio de las tribus árabes de la Ifriquía; pero 
esta proposición fué desechada por temor de que dichas 
tribus, una vez llegadas á España, dado su estado de 
barbarie y ferocidad, se entregasen al saqueo en los 
países musulmanes, en lugar de salir á campaña contra 
los cristianos. Entonces se pensó en llamar á Yúsuf , hijo 
de Texufín, el emir de los almorávides, á quien su bra- 
vura y religiosidad y sus recientes victorias hacían su- 
mamente querido de los alfaquíes y de la gran masa 
popular. De grado ó por fuerza, Almotamid puso en co- 
nocimiento de los otros príncipes musulmanes de España 
el parecer más aplaudido en la antigua corte del califado, 
y todos lo aceptaron como bueno y se dispusieron á en- 
viar sus representantes á presencia de Yúsuf, especial- 
mente el propio Almotamid, Almotauaquil, régulo de 
Badajoz, y Abdála de Granada. En consecuencia, reuni- 
dos en Sevilla Abuishac, hijo de Macana, cadí de Bada- 
joz; Abucháfar el Colaí, de Granada; el de Córdoba 



( 1 ) Histoire , etc . , pág . 197 . 

(2) Ms. ár. de la R. Academia de la Historia, n.° OU, ai'fcículu 
soVjre los Almorávides, 



— 132 — 

Abuádam y el visir de Sevilla Abubéquer, hijo de Zai- 
dun, marcharon á Algeciras, y de allí pasaron á la corte 
de Yúsuf y le invitaron á entrar en España con un ejér- 
cito, para defenderla de los cristianos del Norte. Contra 
esta determinación de los reyes de Taifas se había opues- 
to, aunque sin resaltado, el príncipe heredero de Sevi- 
lla Arraxid, hijo de Almotamid, previendo que aquellos 
auxiliares, á quienes se iba á buscar, habían de conver- 
tirse pronto en sus más terribles enemigos. El recibi- 
miento frío que dispensó Yúsuf á los emisarios, y su 
exigencia de la plaza de Algeciras, hicieron que partici- 
pasen bien pronto los régulos españoles del mismo temor 
que abrigaba el príncipe Arraxid ; pero las circunstancias 
eran apremiantes, y, como había dicho Almotamid res- 
pondiendo á su hijo, valía más guardar camellos al rey 
de Marruecos que cerdos al monarca de Castilla (1) . 

En el año 1086 comenzó Yúsuf á desembarcar tropas 
en la plaza de Algeciras, y luego pasó él con los restos de 
su ejército expedicionario. De Algeciras, una vez guarne- 
cida y restauradas sus fortificaciones , avanzó hacia Sevi- 
lla con el grueso de sus almorávides . En el trayecto se le 
incorporaron el régulo de Sevilla Almotamid, que había 
.salido á recibirle, y los dos nietos de Badis, Abdála de 
Granada y Temim de Málaga. Almotasim de Almería 
excusó su asistencia , diciendo que sentía no concurrir en 
persona á la campaña por temor á los cristianos de Aledo, 
y se limitó á enviar un regimiento de caballería á las ór- 
denes de uno de sus hijos . Reforzado el ejército de los al- 
morávides con los contingentes de los reyezuelos andalu- 
ces, dirigióse á Badajoz, donde se lesunió Almotauaquil. 
que imperaba en dicha ciudad, y seguidamente empren- 
dieron la marcha hacia Toledo. .Más á poco les salió al 
encuentro el emperador Alfonso, quien, cuando tuvo no- 
ticia del desembarco realizado por los almorávides, había 



(1) l)o/,v, «Dn Abljíulidis» II, pá^s. 8, 189 etc., y Feí'dándoz 
(ionzález, olira (útada, ('áy. :í!). 



~ 133 — 

levantado el sitio que tenía puesto á Zaragoza, y ordenado 
á Alvar Fañez y á otros capitanes de sus bandas esparci- 
das por el Este de la Península que retornasen á Toledo. 
No lejos de Badajoz, en un lugar llamado Zalaca por los 
musulmanes y Sacralias por los cristianos, fué derrotado 
Alfonso en 23 de Octubre de 1036, con gran mortandad 
de los suyos . Felizmente para los castellanos , tuvo Yúsuf 
que renunciar á su proyecto de invadir el estado de Al- 
fonso, aprovechando la favorable ocasión que le brindaba 
su triunfo de Zalaca, al saber la muerte de su hijo mayor, 
á quien había dejado enfermo en Ceuta, y se volvió al 
África con su ejército, excepto 3.000 hombres que queda- 
ron en Sevilla á las órdenes de Almotamid . 

Luego que supieron los castellanos de Alfonso que 
había repasado Yúsuf el estrecho con la mayor parte de 
sus tropas, resolvieron liacer incursiones en el Este de 
España, cuyos principados de Valencia, Murcia, Lorca y 
Almería eran los más débiles , y en medio de los cuales 
ocupaban la inexpugnable fortaleza de Aledo, capaz de 
encerrar una guarnición de 12 á 13.000 hombres . Desde 
esta fortaleza diferentes bandas de castellanos recorrían 
las ciudades vecinas, llevando su devastación hasta de- 
jarlas convertidas en verdaderos desiertos , y asediaban 
los distritos de Lorca, Murcia y Almería; pues «la repu- 
tación de aquellos guerreros, dice el Sr. Fernández y 
González, los hacía á tal punto respetados, que no se atre- 
vían los muslimes á hacerles frente por mucha superiori- 
dad que tuviesen en el número » (1) . 

Es verdad que las tropas almorávides dejadas por Yúsuf 
al servicio y defensa de Almotamid infundían temor á los 
cristianos respecto del Oeste de la Península, Badajoz y 
Sevilla; mas en cuanto á los principados del Este, espe- 
cialmente Murcia y Lorca, parecía inminente que caye- 
sen en manos del enemigo. Almotamid, que había sido 
reconocido como soberano por el último príncipe de los 



( 1 ) ( )bi'a citada , página 47 . 



- 1^4 - 

Benilabbim de Lorca, Abiilasbag, hijo de Labbun, titu- 
lado Sadoácmla (i), y quería, al decir de los iiistoriado- 
res (2), restablecer su autoridad en Murcia, donde se le 
había sublevado Abenraxic, resolvió salir acampana con- 
tra dichos estados, con el doble fin de poner coto á los 
ataques de los cristianos y someter al susodiclio rebelde . 
Habiendo reunido sus tropas con los almorávides , que le 
había dejado Yúsuf , se dirigió á Lorca . Llegado á esta 
ciudad y sabedor de que merodeaba cerca de allí una 
banda de cristianos, compuesta de unos ;500 hombres, 
envió contra ellos á su hijo Arradí al frente de 3.000 jine- 
tes; pero el príncipe sevillano, más literato que^ guerrero, 
se excusó de obedecer á su padre , diciendo que se hallaba 
indispuesto, y entonces confió Almotamid el mando de la 
expedición á su otro hijo Motad , que regresó á Lorca com- 
pletamente derrotado, á pesar de ser superiores sus fuer- 
zas á las del enemigo en proporción tan considerable . 
Desde Lorca marchó Almotamid á poner sitio á Murcia ; 
pero Abenraxic supo ganarse á los almorávides que venían 
en el ejórcito del régulo de Sevilla, y vióse éste obligado 
á regresar á su capital, sin haber sacado fruto alguno de 
su campaña . 

Como se ve , se había hecho nuevamente insostenible , 
á pesar del triunfo de Zalaca, la situación de los reinos 
musulmanes de Taifas. Se consideraba de absoluta nece- 
sidad implorar el auxilio de Yúsuf y sus almorávides ; y, 
á este fin, atravesaron el estrecho y se presentaron en la 
corte del famoso emir de los muslimes varios alfaquíes y 
magnates de Valencia, Murcia, Lorca, Baza y otras capi- 
tales. El mismo Almotamid, viendo cuan inminente era 



(1) Abonsaid, ms. úr. de la R. Ac. de la Hist., ii."").'}, tul. 7(). 
Véase el apéndice núm. VIII. 

(2) Volvemos á reiietir en este |ninto acerea de la rebeldía de 
Al)cnraxic, afirmada por algunos historiadores árabes, lo que diji- 
mos en el (íapítulo anterior: la existencia de monedas acuñadas en 
Murcia á nomb.e de Almotamid por los añcjs en que se da c.onií» ocii- 
núda aquella rebcildía, hace dudaí- de su exactitud ó al nnuios pensar 
que fuese un hecho efímero. 



— 1'35 — 

el riesgo de que cayesen pronto sus estados , uno tras otro, 
en poder de los cristianos, marchó á suplicar á Yúsuf que 
viniese por segunda vez á España; pues se veía incapaci- 
tado para desalojar de A ledo á los cristianos, negocio que 
áél, en cambio, sería fácil, y con el cual prestaría un 
gran servicio al islamismo. Yúsuf, que había recibido 
afectuosamonte á Almotamid y dispensándole los honores 
debidos á su rango, le despidió prometiéndole que no se 
haría esperar su regreso á España. 

Y así fué; desde que despidió á Almotamid, comenzó 
Yúsuf sus preparativos de hombres y armamentos, y en 
la primavera del año 1088, según unos autores, ó en la 
de 1090, según otros (1), desembarcó en Algeciras. Salió 
Almotamid á recibirle en su camino, é inmediatamente 
corrióse orden á los otros príncipes musulmanes de asis- 
tir con ellos al sitio de Aledo , al que concurrieron , ade- 
más de las tropas de Yúsuf y Almotamid, las de Temim 
de Málaga , de Abdála de Granada , de Almotasim de Al- 
mería, y de otros príncipes. Una vez acampados delante 
de Aledo , convinieron los príncipes musulmanes en que 
cada día atacaría uno de ellos á la fortaleza. P'ijáronse 
contra ésta gran número de máquinas de batir construi- 
das y emplazadas por carpinteros y otros artífices de 
Murcia , y fueron muchos los ataques , y algunos muy 
vigorosos, dirigidos contra ella; pero los doce ó trece mil 
defensores que encerraba, délos cuales solamente mil 
bastaban para rechazar las embestidas del enemigo, y lo 
fuerte de su posición natural y defensas , llegaron á con- 
vencer á los musulmanes que no caería en sus manos , á 
no ser rindiéndola por hambre. Añádase á esto que los 



(1) Cartas, pág. 98; Alimed Ana.sii-i, pág. 117; en AUioIal Almau- 
sia, íbl. 41, se dice que la segunda venida de Yúsuf, liijo de Texufin, ú 
España fué en la i)i-iniaYera de 1088, y esta es la fecha ai;eptada por 
el Sr. Codera en sus A//ííürrtríí/í'.s, etc., pág. 227. Abulcásim el de 
Silvés; Moháined, hijo de Ibi-ahim; Abenalcai'dabus, en Qidtab ali.c- 
üfa, dan la fecha de la primavera de 1090, opinión seguida jaor Dozy 
en su Histoire, etc., IV, pág. 294. 



— 136 -- 

régulos españoles atendían más á sus intereses particu- 
lares, que á la pronta y feliz terminación del sitio de Ale- 
do: cada uno de ellos apetecía ser considerado por Yúsuf 
con preferencia á sus compañeros, y esto dio lugar á una 
serie interminable de intrigasen el campo musulmán; 
se acusaban recíprocamente ante Yúsuf (1), á quien to- 
maban por arbitro de sus querellas; mientras que el prín- 
cipe de Almería Almotasim, maquinaba perder al de 
Sevilla, no cesaba éste de repetir á Yúsuf que el de Mur- 
cia Abenraxic había sido aliado de Alfonso, que había 
favorecido á los cristianos de Aledo y que acaso todavía 
les prestara algún auxilio , que ese traidor á la causa del 
islam le había usurpado el principado de Murcia, y que, 
por tanto, debía serle entregado, para él imponerle el 
castigo que merecía. Encomendó Yúsuf la resolución de 
este asunto á una junta de alfaquíes, y habiéndose dado 
la razón á Almotamid , hizo prender á Abenraxic y lo en- 
tregó al príncipe de Sevilla, prohibiéndole, no obstante, 
que le quitase la vida. Pero llevaron á mal los murcianos 
que hubiese sido apresado su príncipe, y sumamente 
indignados , abandonaron el campo de Aledo , negándose 
á suministrar en lo sucesivo los artífices y vituallas de 
que tenía necesidad el ejército sitiador. 

La actitud levantisca de los murcianos en favor de su 
príncipe, la aproximación del invierno y el saber que el 
emperador Alfonso VI venía en socorro de la fortaleza 
con 18.000 hombres, movió á Yúsuf á levantar el sitio, 
y aunque en un principio tomó posiciones en la sierra de 
Tirieza, al oeste de Totana, á fin de esperar y rechazar á 
Alfonso, cambió pronto de parecer y se replegó á Lorca, 
después de haber pasado cuatro meses en el sitio de Ale- 
do , sin lograr hacerse dueño de la fortaleza . Llegado á 
ésta Alfonso y viendo que sus fortificaciones se hallaban 
casi demolidas^ la incendió, volviéndose á Castilla con 
sus defensores, los cuales habían quedado reducidos á 



(1) Dozy, Histoire, etc., IV, |.;iy. 223. 



— 137 -^ 

un centenar á consecuencia del hambre y de las heridas 
durante el sitio. 

Los autores que refieren la segunda venida de Yúsuf 
y la campaña de Aledo á la primavera del año 1088, dicen 
que aquél retiróse desde Lorca á Almería, en donde em- 
barcó, regresando al África; mas los que prescinden de 
esa segunda venida y señalan como tal la que otros tie- 
nen por tercera, ó sea la efectuada en la primavera del 
año 1090, afirman que esta vez Yúsuf, dispuesto á ense- 
ñorearse de toda la España árabe , atravesó el Estrecho , 
y habiéndose dirigido á Granada , se hizo dueño de esta 
ciudad , después de un sitio de dos meses , y á seguida 
de Málaga , llevándose á sus estados á sus dos príncipes 
Abdála y Temim, hijos de Badis. 

Fuera en el año 1088 ó en 1090 la campaña de Aledo, 
y á continuación la campaña de Granada y de Málaga por 
el emir almoravide, lo cierto es que el último hecho puso 
de manifiesto el intento de Yúsuf de apoderarse de la 
España musulmana destituyendo á los varios reyes de 
Taifas ; j ersi de prever que éstos, no habiendo podido 
contrarrestar el esfuerzo de Alfonso VI, menos podrían 
oponerse al plan del emir almoravide, confirmándose así 
el temor que primero abrigó el príncipe Arraxid , hijo de 
Almotamid, cuando se opuso al proyecto de su padre de 
llamar á Yúsuf en su auxilio contra los cristianos. 

Los nuevos enemigos con quienes tenían que habér- 
selas los reyes de Taifas, aquellos berberiscos del Sahara 
llamados almorávides, acababan de constituir allende el 
Estrecho un fuerte imperio que se extendía desde el Se- 
negal hasta la Argelia, gracias á un espíritu de cuerpo ó 
de nación, entonces muy vigoroso entre ellos, y del cual 
se hallaban enteramente faltos los pequeños reinos de la 
España árabe. 

Añádase á esto que Yúsuf, hijo de Texufín, se captó 
pronto en España el apoyo decidido de los alfaquíes espa- 
ñoles por su religiosidad , llevada al extremo de que más 
tarde, una vez dueño de la España árabe , entabló negó- 



— 138 — 

elaciones con el califa de Oriente , deseando que éste , 
según parece , aplaudiese su conducta con los régulos de 
España. Habiendo redactado una declaración de fe y 
homenaje, hízola llegar ámanos del califa de Oriente, 
Almotathir, por conducto de Abdála, hijo de Abenalarabí, 
y de su hijo Abubéquer, eximio doctor y cadí de Sevilla. 
Estos enviados llevaban el encargo de pedir para su señor 
al de Oriente una especie de 2)lacet por la extensión dada 
por el primero á su imperio, y á su regreso presentaron 
á Yúsuf el documento solicitado, por el cual se le reco- 
nocía el título de emir de los musulmanes de Occidente, 
y además vestidos y banderas semejantes á la de los ca- 
lifas abasíes (1) . 

Al contrario que Yúsuf, los príncipes españoles, más 
libres de pensamiento y de costumbres, no eran bien vis- 
tos por dichos alfaquíes y devotos musulmanes. Los há- 
bitos de lujo de tales príncipes y el sostener ejércitos asa- 
lariados aumentaban grandemente los gastos del erario 
público, y viéronse aquéllos en la necesidad de recurrir 
á impuestos , como los de puente ó entrada , de mercado 
y otros considerados como ilícitos ante el código sagrado , 
distanciándose así de la masa popular, la cual volvía sus 
ojos hacia Yúsuf ante la esperanza de que éste les exi- 
miera de ellos. Este estado de cosas era convertido, por 
los que Dozy ha llamado el clero musulmán , en arma 
poderosa para que el pueblo prefiriese , dadas las circuns- 
tancias de la época, la autoridad general de Yúsuf á la 
de los varios régulos que les abrumaban con sus onero- 
sos impuestos, y sirvió para vencer los escrúpulos que el 
emir almoravide tenía ó aparentó tener para despojar á 
aquéllos de sus estados, después de haberles jurado, an- 
tes de atravesar el Estrecho, que por ningún motivo aten- 
taría contra sus dereclios y libertades. Durante la estan- 
cia de Yúsuf en Aledo los alfaquíes habían mantenido 
secretas conferencias , tan frecuentes , que hicieron sos- 



fl) Al)enjaldun, Prolegómenos, trad. , I, pág. 466. 



— 13^ — 

pechar á sus señores que no eran ñeles los propósitos que 
les llevaban á la tienda del emir almoravide. 

De Abucháfar, cadí de Granada, refiere Abenalja- 
tib (1) que su señor Abdála llegó á .convencerse de que 
aquél tramaba perderle. Estando todavía en Aledo formó 
dicho príncipe el propósito de dar muerte, á seguida de 
regresar á su estado, á su infiel servidor, y á punto es- 
tuvo de ejecutarlo; pero se interpuso la madre de Abdála, 
temiendo que sobreviniese á su hijo un fatal castigo si 
daba muerte á un varón tan piadoso, y aquél, enterne- 
cido, le perdonó primeramente la vida y á poco tiempo 
le puso en libertad. Inmediatamente huyó el cadí de 
Granada á Córdoba , y desde esta ciudad , no teniendo 
que temer ya á su soberano , escribió á Yúsuf moviéndole 
á poner en obra el proyecto tantas veces discutido entre 
ambos. Al mismo tiempo hizo saber á otros alcadíes y alfa- 
quíes los malos tratos de que había sido objeto, y el peli- 
gro que había corrido su vida al lado de su señor, y 
puestos de acuerdo todos ellos , enviaron á Yúsuf dos re- 
soluciones en que se afirmaba que los príncipes de Gra- 
nada, Abdála y Temim, habían peixlido sus derechos de 
gobierno por sus grandes delitos, y especialmente por el 
trato brutal que el mayor de ellos había dado á su cadí; 
y suplicándole que obligase á todos los príncipes españo- 
les restantes á abolir los impuestos establecidos por ellos 
en contra de las disposiciones alcoránicas . 

Desde este momento puede decirse que Yúsuf, hijo de 
Texufín, había arrojado la máscara en el asunto déla 
Península y comenzaba su fácil tarea de arrojar de sus 
estados á los régulos españoles. El carácter de esta obra 
no nos consiente hacer una narración detallada de la 
manera como fueron cayendo en manos de los almorávi- 
des los distintos principados musulmanes llamados de 
Taifas; pero sí debemos notar, antes de concretarnos á 



(1) Edición del Caii-o, páginas 41 \' 42. Véase á Dozy, Histoi- 
re, IV, pAginas 225 .y siguientes. 



— 140 — 

la regtón hiurciana, que Yúsut', dueño ja. de Granada y 
Málaga, se dirigió á Algeciras y desde esta ciudad á sus 
estados de África, dejando encomendada á sus caudillos 
la empresa de irse apoderando de los otros reinos musul- 
manes de España bajo la dirección de su sobrino Sir, 
hijo de Abubéquer. Al efecto dividió éste su poderoso 
ejército en diferentes cuerpos, y durante el año 1091 los 
almorávides se hicieron dueños de los estados de Almo- 
tamid, sin que pudiera llegar á socorrerle Alvar Páñez, 
mandado por Alfonso VI en auxilio del rey de Sevilla, 
pues fué batido cerca de Almodóvar y obligado á retroce- 
der, sin poder cumplir el objeto de su expedición; igual- 
mente se apoderaron de Almería, que capituló á poco de 
haber sido tomada Sevilla, y de Jaén y sus distritos. 
Por lo que hace á la región murciana , fué encargado de 
posesionarse de ella el caudillo Abenaixa, que realizó su 
cometido, sin encontrar gran resistencia, al parecer, por 
parte de los naturales; primeramente se hizo dueño 
de Lorca, cuyas puertas le abrió su último príncipe de 
los Benilabbun, quien antes había reconocido la sobera- 
nía de Almotamid de Sevilla, y en el mes de Junio del 
año citado entró Abenaixa en Murcia, destronó á su reye- 
zuelo y ocupó seguidamente todos los distritos de la 
región. 

Los autores árabes que mencionan la entrada de los 
almorávides en Murcia, señalan á Abenraxic como el úl- 
timo régulo de Taifas de dicha ciudad, el cual había lo- 
grado evadirse de 1as manos de Almotamid, en que le 
puso Yúsuf en el sitio de Aledo, y continuó, según aña- 
den, viviendo en Murcia hasta su muerte, acaecida algu- 
nos -años después de ser destronado por los almorávi- 
des (1). El Cartas llama á dicho régulo Abenabdelaziz , 
en lugar de Abenraxic. Sin embargo, conviene advertir, 
respecto de que fuese Abenraxic el príncipe de Murcia 



(1) AuüiKiii'i, ms. ái". de la R. Ac. de la Hist. , núni. (50, ar- 
tículo sobre los Benia!)ad; Cartas, pág. lUl . 



— 141 — 

depuesto por los almorávides, lo propio que observamos 
tocante á su supuesta rebeldía contra Almotamid: la 
existencia de monedas batidas en Murcia á nombre del 
rey de Sevilla por el tiempo de referencia, y la vaguedad 
con que nos hablan los autores acerca de esos hechos, 
hacen pensar que pudieran no ser exactos. 

Aparte de esto , lo indudable es que el príncipe Aben- 
aixa, hijo del emir Yúsuf y llamado Abuabdála por so- 
brenombre, fué el primer ualid ó gobernador almoravide 
que penetró en Murcia, llevando'de caudillo á Abenal- 
hach, y esta última circunstancia explica que atribuyan 
á éste algunos autores la toma de Murcia y la deposición 
de su último régulo en el primer período de Taifas. 

Si el príncipe Abenaixa había encontrado escasa ó 
ninguna resistencia por parte de los musulmanes de 
Murcia, no le ocurrió otro tanto respecto délos cristia- 
nos . Parece ser que éstos , al tiempo de comenzar Yúsuf 
á poner en ejecución su proyecto de anexionarse los pe- 
queños estados musulmanes de España, habían intentado 
de nuevo realizar algunas conquistas en el Este de aqué- 
lla; Almería había sido sitiada por García (1), Lorca por 
un tal Alfana ó Alfano, Murcia por Alvar Fáñez y Játlva 
por el Cid Campeador, quien por este tiempo, como de- 
jamos dicho, se había erigido en defensor del pusilánime 
Alcádir, régulo de Valencia. Tales nuevas llegaron á ex- 
citar la indignación de los almorávides acantonados en el 
reino de Sevilla, é inmediatamente había recibido Aben- 
aixa la orden de marchar á la región de Murcia, á fin de 
ahuyentar á las bandas cristianas y posesionarse de 
aquélla; en su camino derrotó por completo á una de las 
susodiclias bandas, que le salió al encuentro, matando á 
muchos y cogiendo prisioneros á la mayor parte de los 
que quedaron con vida, y acaso tuvo que desalojar por el 



(1) Según Dozy, acaso este Garcia Ordóriez fuese el conde de 
NA jera del mismo nombre. Véase Rechei'ches, etc., II, apéndice, 
página XXIV, 



— 142 — 

mismo tiempo á los cristianos ó á fuerzas de Almotamid 
del castillo de Aledo, pues Abenalabar (l) le llama el 
conquistador de Aledo. 

Dueño de Murcia Abenaixa y después de establecer 
en ésta la capitalidad de su gobierno, marclió á Denia y 
luego á Játiva, que le abrieron sus puertas, habiendo 
huido su gobernador, que las tenía, según parece, á 
nombre del hijo de Almondir, régulo de Lérida y de 
Tortosa, de los Benihud de Zaragoza. Hallándose Aben- 
aixa en Denia recibió un mensaje del cadí de Valencia, 
Abencliahaf , en el cual le suplicaba éste que viniera á 
libertarle de Alcádir, del Cid Campeador y de los funcio- 
narios públicos puestos á su instancia, y le prometía, en 
cambio, la sumisión incondicional de la ciudad á su go- 
bierno. Al efecto, aconsejábale el cadí que se apoderase 
de Alcira, cuyo gobernador estaba dispuesto á recono- 
cerle. Algún autor indica que fué el cadí en persona 
quien se presentó á Abenaixa, suplicándole lo que aca- 
bamos de referir (2). El asunto no era difícil, puesto que 
el Campeador se hallaba con su banda lejos de la tierra 
de Valencia; sin embargo, respondió Abenaixa al cadí 
que su presencia era necesaria en Denia , y se limitó á 
enviar hacia Valencia una columna de sus tropas al 
mando de Abunásir. Posesionado éste de Alcira, logró 
fácilmente penetrar en Valencia, cuyas puertas le fueron 
franqueadas por el cadí Abenchahaf. El desgraciado Al- 
cádir, en cuanto tuvo noticias de la entrada de los almo- 
rávides en su ciudad , corrió á esconderse ; mas Abencha- 
haf le hizo buscar y, conducido á presencia de éste, 
mandó darle muerte. Desde aquel momento quedó Aben- 
chahaf único representante del gobierno de la ciudad. 
Pero el Cid, á quien llegó pronto la noticia de ios suce- 
sos ocurridos en la región valenciana, se apresuró á vol- 
ver á ella, y comenzó el período de sus devastaciones y 



(1) Bil). Ar. Hisp., t. IV, pág. 55. 

(2) Abenalabar, Bil). Ar. Hi.sp., V, VI, 455. 



— 143 — 

del asedio á su capital, hasta obligar á Abenchahaf á que 
expulsase á los almorávides de Abunásir y le aceptase 
como su aliado y defensor en las mismas condiciones en 
que lo había sido de Alead ir. 

No hace á nuestro propósito referir aquí todas las vi- 
cisitudes por las cuales atravesó Valencia durante el go- 
bierno presidido por el cadí Abenchahaf bajo la dicta- 
dura militar del Cid Campeador (1) ; solamente debemos 
hacer constar que en 1093 un nuevo ejército almoravide 
había acudido á la región murciana, á fin de reforzar las 
fuerzas de Abenaixa , impotente para enseñorearse de la 
tierra de Valencia; que al tenerse noticia en esta ciudad 
de que el nuevo ejército almoravide se hallaba ya en el 
camino de Lorca á Murcia, los buenos musulmanes de 
Valencia, irritados contra las vejaciones del cadí y de 
su defensor el Cid, destituyeron tumultuosamente al 
primero y nombraron en su lugar al anciano ex-régulo 
de Murcia Abuabderráman Abentáhir , como se ha dicho 
antes; que á poco volvió á ser sustituido éste por el cadí, 
y que el Cid , resuelto ya á hacerse dueño único de la 
ciudad, logró rendirla el 15 de Junio de 1094, sin que 
pudiesen impedirlo los almorávides establecidos en los 
distritos de Murcia y en algunos de Valencia , y mandó 
después que fuese quemado vivo el cadí Abenchahaf . 

El emir almoravide Yúsuf, hijo de Texufín, que ar- 
día ya en deseos de libertar á la ciudad de Valencia del 
yugo del Campeador , al saber que, por fin, se había éste 
entronizado definitivamente en ella, ordenó al goberna- 
dor de Murcia que marchase á sitiarla . Obedeció Aben- 
aixa las órdenes del emir; pero el sitio no duró más de 
diez días , pues al cabo de este tiempo hizo el Cid una 



(1) Düzy en sus Reclierches, etc. , II, en los artículos que con- 
sagra á la historia del Cid Campeador; Fernández y González en su 
c< Estado político y social de los mudejares», cap. III y IV, y Malo 
d(! Molina en su « Rodrigo, etc.», han agotado verdaderamente la 
matei'ia, y en ellos encontrará el lector todo lo que le interese sal)er 
sobre el particular. 



— 144 - 

salida , derrotó á sus enemigos y les quitó su campamen- 
to. Todavía se sucedieron varios choques entre las tropas 
del Cid y los almorávides de Abenaixa, con fortuna para 
el primero, hasta que en el año 1099 el gobernador de 
Murcia, c[i\e acababa de obtener cerca de Caenca una 
brillante victoria sobre el general de Alfonso , Alvar Pá- 
ñez, pudo seguidamente aniquilar una división, que el 
Campeador había mandado contra Játiva. La derrota del 
ejército del Cid, que pasaba por invencible, fué tan com- 
pleta, que muy pocos de sus guerreros habían escapado 
con vida, y el pesar que produjo en el Cid la fatal nueva 
aceleró su muerte, acaecida en Junio de dicho año. 

^íuerto el Cid, dice el Sr. Fernández y González (1), 
«todavía mantuvo la ciudad de Valencia su esposa doña 
Jimena, defendiéndola con valor hasta Octubre de 1101 , 
en que , sitiada por el general almoravide iMazdalí , á los 
siete meses de asedio envió al Obispo D. Jerónimo á la 
corte deD. Alfonso VI, demandándole auxilio. Y aunque 
D. Alfonso acudió al socorro con numeroso ejército é hizo 
levantar el sitio al almoravide, considerando la ciudad 
de A'^alencia muy lejos de sus estados, para conservarla 
sin dificultades, sacó la guarnición de cristianos, y po- 
niendo fuego á los edificios, la abandonó enteramente». 

El 5 de Mayo de 1102 Mazdalí, nombrado gobernador 
déla nueva ciudad conquistada, y sus almorávides to- 
maron posesión de sus ruinas. 

Tomada Valencia por los almorávides , les fué ya fá- 
cil extender su dominación á todo el Oriente de España, 
enviando al efecto sus tropas desde aquella ciudad, uni- 
das á las que salían de Murcia, que por esta época parece 
que era el gobierno superior de aquella parte de la Pe- 
nínsula, así como Sevilla lo era respecto del Occidente. 

En el año 1103 solamente dos estados permanecían 
sin ser incorporados al imperio almoravide; eran Zara- 



(Ij 01)i'a citada, página .")(). V('at;; también á Dn/.y , liei;liL'r- 
clies, etc., II, página Í95. 



— 145 — 

goza, donde reinaba Almostain II, de la familia de los 
Benihud, y la Sa/ila, que pertenecía á los Benirazin, en 
memoria de los cuales ha quedado á dicha región el nom- 
bre de Albarracín. Estos últimos fueron pronto desposeí- 
dos de sus principados, á pesar de haber reconocido la 
autoridad deYúsuf, hijo de Texufín (1). En cuanto al 
estado de Zaragoza, bien fuese porque Almostain hubiese 
logrado ganarse el favor del emir almoravide con sus 
magníflcos presentes, bien por intereses políticos de 
éste , lo cierto es que continuó hasta después de la muerte 
de Almostain II en la batalla deValtierra, ganada por 
Alfonso el Batallador en 24 de Enero de 1110 (2). 

El emir Yúsuf había fallecido ya en 1106, y aunque 
recomendó á su hijo y sucesor Alí que respetase el reino 
de los Benihud, á fin de que con su bravura sirviesen de 
antemural entre los cristianos del Norte y los estados 
almorávides, el nuevo emir, luego que aconteció la 
muerte de Almostain y le sucedió su hijo Aldelmélic 
Imadodaula, olvidó el consejo de su padre y excitado 
por los musulmanes de Zaragoza, acaso por temor de 
caer en las manos de Alfonso de Aragón , que ya tenía 
puesto asedio á la ciudad, ordenó á sus almorávides del 
Este que se apoderasen de Zaragoza y de sus distritos (3). 
El último rey de los Benihud en Zaragoza, Abdelmélic, 
no creyéndose seguro en la capital , dada la actitud de 
sus subditos , corrió á encerrarse , al saber que se acerca- 
ban los almorávides , en su formidable castillo de Rueda , 
donde había acumulado extraordinarios medios de de- 
fensa. Evacuada Zaragoza por Abdelmélic, entraron en 
ella los almorávides sin tropiezo alguno ; mas como el 
Batallador tenía puestos sus ojos en la misma presa , co- 



(1) Abenalabur, en Dozy, «Noticeset extraictes, etc», pág. 182. 

(2) Codera, Almorávides, pág. 12, y Dozy, Recherclies, II, 
páginas 7 y 15. 

(3) Anouairí, ms. ár. de la R. Ao. de la Hist., art. .sobre Yúsuf, 
hijo de Texufin, y Holal, fol. 30 v., citado por Dozy en su Hi.s- 
toire, IV, página 247. 

10 



— 146 — 

menzó entre éste y aquéllos la lucha, que, por lo que 
hace á los musulmanes, fué sostenida principalmente 
por los gobernadores de Murcia en unión de sus ve- 
cinos de Valencia, como referiremos en el capítulo si- 
guiente. 



CAPITULO XI 

Murcia y sus gobernadores almorávides 

(CONTINU ACIÓN) 

Abcntiixa; sic ¡lUcr pendón en la taclia ronira loa criatiaiioH del 
Noi-te, especialmente en la Jornada de Uclés . — Descalabro del 
Conf/ost de Martorell. — Gobierno de Abentejilnit . — ídem de 
Abuis/iac Ibra/ilni . — To/na de Zai'a;/o~a por Alfonso el Bata- 
llador. — Gobierno de Jahi/a Aben(jania en el Oriente ile Esjia- 
ña. — Victoria de Frana: muer-te de Alfonso el Batallador. — 
Varones ilustres que tlorecicron en Murcia durante este tiempo. 



Según queda expuesto anteriormente, desde la en- 
trada de los almorávides en Murcia y sus distritos había 
sido encargado del gobierno de la región el príncipe 
Abenaixa, hijo del emir Yúsuf, distinguiéndose siempre 
como esforzado caudillo y fervoroso musulmán, á seme- 
janza de otros individuos de la familia (1). Aparte de los 
hechos mencionados, que hasta la toma de Valencia re- 
clamaron su actividad y esfuerzo en diciía región y en la 
de su mando , intervino no poco en los principales acon- 
tecimientos de la luclia emprendida por los almorávides 
contra los estados cristianos del Norte , después de haber 
acabado con los reinos de Taifas de sus correligionarios. 

El gobernador de Murcia Abenaixa asiste con las tro- 
pas de su mando á la batalla de Uclés. Sucedió que, ha- 
biendo fallecido el emir Yúsuf, hijo de Texufín, en 1106, 
su hijo y sucesor Alí pasó á España al siguiente año, 
resuelto á emprender contra los cristianos repetidas cam- 
pañas; mas reclamada su presencia por los trastornos de 



(1) Abenalal)ai'. Bib. ar. hisp. IV, jiág. 55. 



— 148 — 

allende el estrecho, dejó el mando general de los ejércitos 
de la Península á su hermano Temim, el cual fijó su resi- 
dencia en Granada. Pocos meses después de hacerse 
cargo el príncipe Temim del gobierno general de España, > 
sitió y tomó por asalto la ciudad de Uclés, teniendo que 
acerrarse los cristianos, que la guarnecían, en la alcazaba 
de la población , donde se hicieron fuertes. Alfonso VI, 
viejo ya y achacoso, envió un ejército con su hijo, joven 
de pocos años, á ñn de librar á Uclés del poder de los 
almorávides. Al aproximarse el infante D. Sancho con 
las tropas de su padre al campo de los almorávides, quiso 
Temim retirarse, sin esperar la batalla inminente con los 
cristianos; pero fué contenido por los jefes musulmanes 
y, sin quererlo, obtuvo un señalado triunfo, que costó á 
los cristianos la muerte del infante , de siete condes , en- 
tre ellos García Ordoñez, y de veinte y tres mil hombres. 
De parte de los musulmanes murieron también muchos . 
Esta batalla tuvo lugar el 80 de Mayo de 1108. El gober- 
nador de Murcia Abenaixa y su vecino de Valencia, Mo- 
hámed, hijo de Fátima, que había sucedido al Í^Iazdalí 
en el gobierno de la última ciudad citada, en el año de 
1103 á 1104, fueron los que se opusieron decididamente 
á que Temim abandonase el campo de Uclés, al aproxi- 
marse las tropas del emperador Alfonso con el desgra- 
ciado infante D. Sancho (1). 

No sabemos si Abenaixa concurrió con sus tropas de 
Murcia á las campañas emprendidas por Alí ó por sus 
caudillos contra Portugal y Castilla, á consecuencia del 
desastre de Uclés, teniendo por objetivo principal apode- 
rarse de Toledo, lo cual no lograron. Lo que hay de 
cierto, es que Abenaixa continuó al frente de su gobierno 
de Murcia, coadyuvando, según parece, al sostenimiento 
de Zaragoza contra Alfonso el Batallador, y á la campaña 
dirigida por los almorávides contra Cataluña, hasta el 



(1) Cartas, pág. 103; Abenjaldun, IV, pág. 188, Codera A//íío- 
racídcíi, págs. 8 y 9; y FeíTiáridoz González, oljra citada, pág. 58. 



— 149 - 

año 1114 en que hubo de ser sustituido en su gobierno, 
á causa del descalabro que sufrió en el Congost de Marto- 
rell . Hé aquí como ocurrió esto . Ya se ha dicho que en 
1110 los almorávides se habían hecho dueños de Zarago- 
za, echando á Abdelmélic, hijo de Almostain II. La 
anexión de dicha ciudad al imperio almoravide fué reali- 
zada por Abuabdála Mohámed Abenalhach, que desde Fez 
había sido enviado á Valencia como gobernador, en susti- 
tución, al parecer, de Mohámed, hijo de Fátima. La de- 
fensa de Zaragoza y sus incursiones contra los cristianos 
de Aragón y Cataluña exigían no solo la acción de las 
fuerzas de Valencia , sino también el socorro de Abenaixa 
con su gente de Murcia. Así se lee que en el año 1114 
salió Abenalhach de Zaragoza con su hueste , y habiéndo- 
sele unido el príncipe Abenaixa, entraron por tierra de 
Cervera, llegando hasta cerca de Barcelona asolando sus 
tierras y, cogido un rico botín, emprendieron la retirada 
hacia sus dominios , enviando la impedimenta y el grueso 
de las tropas por el camino abierto y regresando ambos 
con una escolta á monte través ; mas al llegar á un des- 
filadero , cayeron en una emboscada , que les tenían pre- 
parada los cristianos, y murió Abenalhach con casi todos 
los suyos, vendiendo caras sus vidas. Abenaixa logró 
escapar vivo con unos pocos , pero se observó que había 
perdido la razón en aquel trance, y su hermano, el emir 
Ali , hubo de sustituirle en el mando por su cuñado Abu- 
béquer, hijo de Ibrahim Abenteflluit, que durante la 
ausencia del príncipe Abenaixa parece que había sido en- 
cargado interinamente del gobierno interior de Murcia (1). 
Si hemos de creer á Abenaljatib (2), había estado Aben- 
teflluit al frente del gobierno de Granada desde 1106 y, 
al sustituir después á Abenaixa , reunió también bajo su 



(1) Respecto á la batalla llamada del Puerto por los autores ára- 
bes y del Congost de Martorrell por los esci'itores catalanes, puede 
consultarse á Codera, Al mor aciden, pág. 20. 

(2 ) Ihata , edic . del Cairo , I , pág . 242 y 243 . 



— 150 - 

mando los distritos de Valencia, Tortosa, Praga y Zara- 
goza y estableció pn esta última capital su residencia (l), 
dándose aires de príncipe y entre.^'ándose á los placeres, 
hasta que murió en ella el año 1116 á 1117, asediado por 
Alfonso el Batallador. 

Durante la permanencia de Abenteñluit en Zaragoza 
florecía en su corte y gozaba de gran privanza el célebre 
filósofo Avenpace (2), que se distinguió también como poe- 
ta, y de ambos se reñere la siguiente anécdota, de que se 
hace eco Abenjaldun: Cuéntase que hallándose Aven- 
pace con Abentefiluit en una de sus orgias, entregó á una 
de las cantoras del príncipe una oda que comenzaba así: 
« Marcha con valentía arrastrando tu capa por 
donde ella, tu amada, ha arrastrado la suya. Y 
junta la embriaguez del vino á la que te inspi- 
ran sus encantos . » 

Desde el primer momento comenzó á manifestar Aben- 
teñluit el placer que experimentaba, escuchando la oda de 
Avenpace; mas al terminar el canto del último verso 
que decía: 

« Dios ha preparado un estandarte siempre 
victorioso para el valiente Abubéquer (Abente- 
ñluit)», 

arrebatado de entusiasmo, rasgó las vestiduras excla- 
mando «¡Bravo! Tu canto es verdaderamente admirable 
desde su comienzo hasta el ñn. ¡Juro, por Alá, que en 
lo sucesivo no ha de entrar Avenpace á mi presencia, á 
no ser andando sobre oro!» El poeta temeroso que de 
practicarse el juramento del príncipe podían sobrevenirle 
funestas consecuencias, lo eludió en el acto por un medio 
ingenioso, haciéndose meter oro en sus zapatos, antes de 
salir de la estancia de Abenteñluit (3) . 



(1) Cartas, págs. 104 y 105 del texto ('. 22!) y 2:30 de l;i ti'adiir.-iim. 

(2) Abul)équer Abenl)aclia. 

(;}) Alieiijalíliiii , Pi'o]e;i'<')ni(Mios etc., ÍJI, j».i,u-. 420 do la (i'a- 
ducción . 



- 151 - 

El único hecho importante realizado por este príncipe, 
fué que, al dirigirse á Zaragoza, se llevó bastantes fuer- 
zas de Murcia y de Valencia, con las cuales y con las 
existentes ya en Zaragoza, realizó una incursión contra 
Cataluña llegando hasta Barcelona, que sitió durante 
veinte días, sin poderla tomar; pues habiendo acudido el 
conde D. Ramón Berenguer con las tropas del llano de 
Barcelona y de Narbona, se trabó entre ambos una bata- 
lla, que si bien no fué desfavorable, al parecer, para los 
musulmanes , tuvieron que retirarse , á consecuencia de 
haber recibido muerte en la lucha 700 de sus compa- 
ñeros (1) . 

Al saberse en Murcia la muerte de Abenteñluit en las 
circunstancias mencionadas, corrió el que le había susti- 
tuido en el gobierno de Murcia, el príncipe Abuishac 
Ibrahim, hermano del emir Alí, á fin de arreglar los 
asuntos de Zaragoza y ponerla en condiciones de defensa 
contra Alfonso el Batallador y, conseguido esto, regresó 
á la capital de su gobierno . 

Hallándose Abuishac Ibrahim en Murcia, fué discípulo 
del célebre maestro de la España musulmana, natural de 
Zaragoza, Abualí Asadafí, quien después de viajar y ha- 
cer profundos estudios en Oriente, había regresado á Es- 
paña estableciéndose en el Este de ella, especialmente en 
la susodiclia capital , donde se consagró con aplauso á la 
enseñanza. Se cuenta que el gobernador y príncipe Ibra- 
him tuvo la pretensión de que Abualí fuese á su palacio , 
para comunicarle sus enseñanzas ; pero el maestro se hizo 
el desentendido, y tuvo Ibrahim que ir á casa de él (2). 

Tomada , por fin , Zaragoza por Alfonso el Batallador 
en 19 de Diciembre de 1118 (3), aprovechándose de la 



(1) Cartas, pág. 104 y 105; Álimed Anasiri, I, pág. 125; Casi- 
ví, II, pág. 163. 

(2) Codera, Almorávides, pág. 217, tomado de Abcnalaliar, 
Bib. ar. liisp. IV, pág-. 56. 

(3) Almacarí, II, pág. 767, y A'jenalabaí', Notices et extraits 
etc . , de Doz3', pág. 225 . 



- 152 — 

tardanza de los almorávides en enviar fuerzas de socorro , 
como en ocasiones anteriores, intentaron éstos recobrarla 
y, reunida numerosa liueste al mando del príncipe Abu- 
ishac Ibrahim, se dirigieron liacia ella; mas al llegar á 
Cutanda, cerca de Daroca, se encontraron con la gente 
de Alfonso el Batallador, que alcanzó sobre sus enemigos 
un ruidx)SO triunfo matándoles muchísimos, entre los 
cuales se contó al famoso maestro Abualí Asada í, al cadí 
de Almería Abuabdála, hijo de Alfarre, y á otros alt'a- 
quíes notables, que se habían alistado como voluntarios. 
La batalla tuvo lugar en Junio ó Julio de 1120 (i). Parece 
ser que Ibrahim cuatro años antes de la batalla de Cu- 
tanda, ó sea en IIJO, había sido trasladado del gobierno 
de Murcia al de Sevilla por su hermano Alí (2). 

Desde que Abuishac Ibrahim cesa en el mando de Mur- 
cia, no se tiene noticia de gobernador particular de esa 
región . Unida, según parece, al gobierno general llamado 
del Oriente de España, los encargados del mando estable- 
cen su residencia habitual en Valencia. Así se menciona 
como ualí ó gobernador general del Este á Yeder ó Bedr, 
hijodeUarca, nombrado por el emir Alí. Yeder debió 
verse apurado por las incursiones de los cristianos , espe- 
cialmente de Aragón y Cataluña, puesto que hubo de pe- 
dir al emir que le enviase de lugarteniente á Yahya Aben- 
gania, cuyo valor era ya reconocido en la parte de Occi- 
dente (3). 

Sobrado motivo tenía Yeder para reclamar el auxilio 
de personas de capacidad y bravura, á fin de contrarrestar 
las que distinguían al rey Alfonso el Batallador. Este, 
tomada Zaragoza y después de quebrantar el poderío de 
los almorávides en Cutanda, había logrado fácilmente 
anexionarse pueblos tan importantes como Tarazona, .Vla- 



(1) Abtíiialatir, X, pág. 111; Alinacari. II, |)áy. 759; Cudera, Al- 
moravided, pág. 12. 

(2) Dozy, Roclien-lie.setc, II, pág. 41;{. 

(;í) Abenaljatil», íhata, ni.s. de la R. Ai;, de la Hisí., núm. ."il, 
vol. III, fol. 172. 



— 15S — 

gón, Epila, Riela, Borja, Magallón, Calatayud, Bubierca, 
Ariza y Medinaceli al Oeste y Daroca y Monreal al Este , 
poniéndose en condiciones para que á los siete años tras- 
curridos de la toma de Zara;^oza, ó sea en 1125, realizase 
su atrevida expedición hasta las costas de Andalucía, 
atravesando las tierras de Alcira, Valencia, Denia y Mur- 
cia, á su ida y al regreso, sin que Yeder, que indudable- 
mente mandaba á la sazón en dichas regiones, se atre- 
viese á impedirle el paso, y castigando con mano fuerte 
en Arnisol, cerca de Lucena de Córdoba, á las tropas del 
pusilánime Temim, hermano del emir y su lugarteniente 
general de España, el cual intentó oponerse á su mar- 
cha (1). 

Estos acontecimientos tan graves para la causa de los 
musulmanes del Oriente de España, debieron decidirá 
Yeder á reclamar del emir que le enviase á Yahya Aben- 
gania, como lugarteniente; á poco ocurrió la muerte de 
aquél , y entonces fué corfflado, según parece, de un modo 
efectivo á Abengania el gobierno y defensa de dicha parte 
de la Península. 

El nuevo gobernanor de Murcia y Valencia, educado 
en Córdoba, parece ser que venía tomando parte y distin. 
guiéndose por sus virtudes militares en las campañas 
contra los cristianos del Oeste, especial.xiente de Portu. 
gal, hasta que fué trasladado á las órdenes de Yeder. No 
cabe duda que durante la estancia de Abengania al frente 
del gobierno del Este se realizaron diferentes expedicio- 
nes contra los estados de Aragón y Cataluña, sostenién- 
dose la lucha por parte de los musulmanes con mayor 
tesón del que podía esperarse, dada la acometividad des- 
plegada por Alfonso el Batallador. De una de estas expe- 
diciones hace mención Abenalabar (2) en la biografía de 
Abulhasan Alí, hijo de Abdála , Alansarí, al decir de él. 



(1) D.jzy, Reciiei'clies, I, pág. -US y II, pág. 415; y en Codera, 
Almorávides, pág. 13, encontrará ellector interesantes detalles ^íol)re 
la expedición de Alfonso el Batalladoi* á Andalucía. 

(2) Almocham, Bib. ar. hisp. IV, pág. 28G. 



— 154 — 

que escuchó al célebre maestro Abenalarabí, cuando pasó 
por Valencia á campaña contra los cristianos. 

El liecho más glorioso de iVbengania durante su mando 
en Murcia y Valencia, fué la victoria que alcanzó sobre el 
indomable Alfonso el Batallador junto á Praga. El ilustre 
maestro Sr. Codera, que ha agotado la materia sobre este 
hecho, lo reflere así (1): «...ocho años habían pasado desde 
la expedición á Andalucía, cuando Alfonso el Batallador 
se apoderaba de Mequinenza tras sangrienta matanza ó 
castigo y sitiaba á B'raga, cuya guarnición estaba á punto 
de sucumbir, cuando los sitiadores recibieron oportuno y 
eficaz auxilio que Saad Abenmardenix había pedido al 
gobernador general de la España rnusulmana, el príncipe 
Texufín: desde Córdoba envió éste un gran convoy y mil 
jinetes á las órdenes de Azobeir, hijo de Amru (el Azuel 
de nuestras crónicas); el gobernador de Murcia y Valen- 
cia, Yahya Abengania, reúne 500 jinetes y se incorpora 
con las tropas de Córdoba, de cuyo mando debió de encar- 
garse, lo mismo que de los 200 jinetes que aportó el go- 
bernador de Lérida, Abdála Abeniyad. 

Al acercarse á Praga Abengania, organiza su hueste 
poniendo en la vanguardia las tropas de Lérida á las órde- 
nes de Abeniyad; él ocupa el centro con las de Murcia y 
en la retaguardia deja á Azobeir, protegiendo el convoy. 

En la mañana del 17 de Julio de 1134, el ejército si- 
tiador ve llegar al auxiliar, y Alfonso, que había licen- 
ciado parte de sus tropas, contando con que el de Lérida 
acometía con solo las suyas, le desprecia y envía contra 
él un grueso destacamento á recibir el regalo que según 
dice el autor (2), les enviaban los musulmanes. Abeniyad 
acomete con brío al destacamento cristiano, al que consi- 
gue romper y desordenar, haciendo en ellos gran mortan- 
dad; acude en su auxilio el mismo Alfonso con todas sus 



(1) Almorávides, pág. 17. 

(2) El Sr. Codera aludo á Abenalatir, autor árabe cuya nari-a- 
cióri, como él mismo dice, pág. 288, .sigue casi por completo. 



— 155- 

tropas confiado en su número y bravura; pero llega al 
mismo tiempo el centro del ejército á las órdenes de Aben- 
gania, y se traba uti terrible combate general, en el que 
toman parte todas las fuerzas de uno y otro bando; en el 
acto los sitiados se enteran de que llega el convoy, y salen 
de la ciudad liombres y mujeres, grandes y pequeños, y 
acometen al campamento: los hombres matan á cuanto 
encuentran y las mujeres roban cuanto hallan; Alfonso y 
Abengania, entre tanto, luchaban tenazmente llevando 
ya la peor parte los cristianos de Alfonso quien al llegar 
la retaguardia á las órdenes de Azobeir con sus tropas de 
refresco, se retira con las pocas fuerzas que le quedan, 
marchando á Zaragoza, según el autor: «el rey de Ara- 
gón al ver los muchos que habían muerto, murió de 
pesar . » 

Yahya Abengania tuvo por lugarteniente en su go- 
bierno de Murcia y Valencia á su hermanastro Almanzor, 
hijo de ]\Iohámed, Abenalhach, y á su hermano Abdála 
Abengania, quien le sustituyó como efectivo, al ser tras- 
ladado á Córdoba por orden del emir en 1143 con motivo 
déla insurrección contra los almorávides, que luego se 
hizo general por parte de los musulmanes españoles, 
ayudados al principio, según parece, por los almohades (1), 
como se dirá en el capítulo siguiente . 

Entre los jurisconsultos, tradicionistas y notables en 
las ciencias que florecieron en Murcia y su región du- 
rante el período de los almorávides, son citados de un 
modo especial por los biógrafos árabes los siguientes: 
Mohámed, hijo de Abdála, hijo de Abucháfar, el de Tod- 
mir; de ilustre familia, muftí ó magistrado consultor de 
Murcia, donde murió en el año 1100 á ilOl (2). Un hijo 
del anterior, llamado Abdála, que llevó también el ape- 



(1) Aiienalabur, Almocliain , Bilj. ar. Iiisp. pái;'. 129 y 191; y 
Almacai'í, II, pág. 755. 

(2) Aljenpascual, Bilj. ai-, liisp., II, Ijíoút. 1120; v Adabí, 
ídem, 115, 185. 



— lU — 

llido Ábiicháfar, más conocido de su familia; se distin- 
guió, á semejanza de su padre, como jurisconsulto (1). 

Mohámed, hijo de Soláiman, conocido ordinariamente 
por Abenassafar, natural de Orihuela, en laque ejerció 
el cargo de intendente de las limosnas ó legados piado- 
sos, padre del notable tradicionista Abuamru Zeyad, hijo 
de Mohámed, é íntimo amigo y discípulo en poesía de los 
celebrados poetas Abuabdála, hijo de Alhadad, y Abubé- 
quer Abenalabana (2) . 

Yahya, hijo de Ibrahim, hijo de Abuzeyad, conocido 
generalmente por Abenalbayaz, exégeta y lector del Al- 
corán, según el sistema de Abumohámed el de Meca; 
hizo un viaje al Oriente y escuchó en Egipto al célebre 
cadí Abdeluahab. Vivió noventa años y enseñó Alcorán 
á las gentes; pero habiéndose perturbado su razón en sus 
últimos años, no merecieron crédito sus explicaciones; 
pues, según se ha dicho, en muchos casos aducía testi- 
monios de personas cuyas enseñanzas no había recibido, 
ni siquiera tenido correspondencia científica con ellos. 
Murió en Murcia en el año de 1102 á 1103 (3). 

Isa, hijo de Abderráman , el Salamí , maestro de exége- 
sis coránica en Murcia, donde murió en el año de 11 04 
á 1105 (4). 

Mohámed, hijo de Abdelmélic, hijo deAlí, hijo de 
Násir, nacido en Murcia, jurisconsulto, discípulo de 
Abualí Algasaní y del célebre alfaquí de Sevilla Abubé- 
quer Abenalarabí, á quien escuchó en dicha ciudad hacia 
el año de 1102 á 1103(5). 

Ismail, hijo de Isa, hijodePadl, de Murcia, discí- 
pulo de Abualí Asadaf í (6) , el famoso tradicionista muer- 
to en la batalla de Cutanda, como se lia dicho, el cual, 



(1) Abenpascual, Bib. ar. liisp., I y II, G42. 

(2) Abenalabar, Bib. ar. liisp., V, 56G. 

(3) Abenpascual, Bib. ar. hisp., II, 1363. 

(4) Adabi, Bib. ar. hisp., III, 1151. 

(5) Abenalabar, Bib. ar. hisp., V, 493 y 612. 

(6) Abenalabar, Bib. ar. hisp., IV, 55. 



— 157 — 

después de oir á celebrados maestros en Zaragoza, en 
Valencia y en Almería, marchó al Oriente , á fin de cum- 
plir con el precepto de la peregrinación y acrecentar su 
instrucción. Vuelto á España, consagróse á la enseñanza 
en diferentes ciudades del Este, especialmente en Mur- 
cia, que eligió por residencia fija desde el año de 1102. 
En esta ciudad tuvo muchos discípulos de dentro y fuera 
de la región; mereció ser nombrado cadí, cargo que re- 
nunció luego, y casi todos los hombres que se distin- 
guieron por su saber en Murcia en los años sucesivos, 
fueron discípulos del renombrado Asadafí (1). 

Abulcásim Jalaf , hijo de Soláiman Abenfathun , que 
fué cadí de Játiva y Denia, autor de una obra sobre 
contratos, excelente literato y poeta, y murió en lili 
á 1112 (2). 

Abuabdála Mohámed, hijo de Yahya, gran juriscon- 
sulto y presidente del consejo en Murcia, donde falleció 
en 1117 á 1118 (3). 

Áhmed, hijo de Ibrahim, Abenlaila Alansarí, natural 
de Granada, fué cadí en Xüba y vivió largo tiempo en 
Murcia, distinguiéndose como tradicionista, hasta su 
muerte, ocurrida en el mismo año del desastre de Cutan- 
da, en que murió el famoso Abualí AsaHafí (4) . 

El cadí de Murcia Ibrahim, hijo de Asaní Abuomaia, 
que murió en 1122 á 1123 (5). 

Mohámed, hijo de Áhmed, hijo de Ammar, por so- 
brenombre Abubéquer, nacido en Lérida; trasladóse á 
Valencia, al entrar en ella los almorávides, donde estu- 
dió Alcorán con Abu David el lector. Después tornóse á 



(1) Han escrito la l)iogTafía de Altuali Asadati: Al)eripa.s<-ual, 
Bib. ar. hisp., I y II, 327; Adabi, ídem, III, 65.5, \- Almacari, I, 
página 520 . 

(2) Abenpascual, Bib. ar. h¡s|i., I y II, y Adabi, id., III, 707. 

(3) Abenpascual, Bib. ar. hisp., II, 1142. 

(4) Abenpascual, Bib. ar. hisp. , I y II, 161, y Adabi, id., III, 
316; Abenalabar, A/moc/io/íi, lugar citado al tratar de la batalla de 
Cutanda . 

(5) Abenliacam, pág. 232, y Abenalabar, Bib. ar. hisp., IV, 41, 



— 158 — 

Lérida, en la cual enseñó Alcorán á sus paisanos hasta 
el año 1106 á 1107, en que se trasladó á Murcia, conti- 
nuando en la mezquita de esta ciudad sus enseñanzas 
durante tres años , al cabo de los cuales pasó á Orihuela, 
donde ejerció el cargo de predicador de su mezquita y 
prosiguió sus enseñanzas alcoránicas . Falleció en el año 
1125 á 1126 (1). 

Abualale Abensahit, poeta murciano muy elogiado 
por sus contemporáneos (2). 

Mohámed, hijo de Jalaf Abenfathun, antes citado, 
era natural de Orihuela y autor y maestro en materia de 
tradición, tan notable, que de él llegan á decir sus bió- 
grafos que su nombre hacía lionor al Oriente de España. 
Murió en 1126 á 1127 (3). 

Abulhasan Táfir, hijo de Ibrahim; como el anterior, 
fué tradicionista famoso de Orihuela (4). 

Abdelmélic, hijo de Abdelaziz, hijo de Ferro, por so- 
brenombre Abumeruan , natural de Murcia y oriundo de 
Santa María (probablemente de Albarracín), tradicionis- 
ta; hizo un viaje á Oriente, visitando á Bagdad, Damasco 
y otras capitales, y cuando regresó de su viaje, fué nom- 
brado presidente de la oración en la mezquita de Murcia, 
cargo que desempeñó liasta su muerte en 1 12-1 á 1180 (5). 

Abuamru Zeyad, hijo de Mohámed, hijo de Áhmed, 
Abenassafar, de Orihuela, condiscípulo del biógrafo é 
historiador Adabí, quien elogia sus grandes conocimien- 
tos en materia de tradición, historia, Alcorán y litera- 
tura. Murió en Orihuela en 1131 á 1132 (6). 

Abucháfar Áhmed, hijo de Moslema, conocido por el 
Baguiro, poeta muy elogiado, que dejó al morir una pe- 



(1) 


Abenalabaí-, Bilj. ar. hisp., IV, 9á. 


(2) 


Abenalabar, Bib. ar. liisp., IV, 27-i. 


i;^) 


Abenalabar, Bil». ar. hisp., IV. 


(4) 


Adabi, Bib. ar. bisp. , III, 870, y V, 283. 


(5) 


Abenpascual, Bib. ar. bisp. I y II, 772. 


(«) 


Aljonpascual , Bil). ar. iiisp., I y II, 12!); Aboiialal)ai', idrm, 



ÍV, 73, y Adabi, idein, III, pag. 753. 



— 159 — 

quena colección de sus poesías , y escribió muchas otras 
que no fueron coleccionadas; murió en 1136 (1). 

Abumohámed Abdála, liijo de Mohámed , el murcia- 
no; trasladóse de su ciudad á Toledo, y después á Se- 
villa , en las cuales completó su instrucción , así como 
luego en Córdoba y Granada, llegando á ser predicador 
de la mezquita de Ceuta. Escribió quince obras sobre 
ciencia alcoránica y tradiciones , y murió en Granada en 
el año 1143 á 1144 (2). 

]\Iohámed , hijo de Ibrahim , hijo de Áhmed , Aben- 
amad, natural de Almería. Después de viajar por Oriente 
regresó á su ciudad natal y desde ella fué enviado de 
cadí á Murcia bajo el mando de los almorávides en 1127 
a 1128, hasta que fué destituido del cargo en 1134 á 1135 
por su mal proceder, y murió en Marruecos en 1141 á 
1142, dejando una obra sobre exégesis alcoránica (3). 

Podrían citarse algunos otros varones ilustres en las 
ciencias , que ílorecieron en Murcia en el tiempo de refe- 
rencia; pero creemos que sean suficientes los menciona- 
dos , para que el lector pueda formarse idea del movi- 
miento intelectual de entonces en dicha región . 



(1) Abenalabaí-, Bib. ar. Iiisp. IV, 9, y Adaln, id., III. 469 

(2) Abenalabaí', Bib. ar. hi.sp., IV, 198. 

(3) Abenpa.scual , Bib. ar. liisp. , I \- II, UTO, y Al>eiialaljar, IV, 
página 112. 



t 



CAPITULO XII 

Murcia y la insurrección general contra l08 almorávides 



Consideraciones sobre el carácter ¡j extensión de ese acontecunwnto. 
Réijníos ó arráeces murcianos; Ahuino/niíned Abeaalhach n 
noinhi'e del c<aU de Córdoba Abenhaindin : el Zef/ri á nondire de 
Zafadola Abenhud; el cadi Abenabichófar á nombre' del mismo 
Zdfadola.— Expedición fnnesta^ // muerte de Abenabic/uifar en 
Granada. — Proclamación de Molu'imed Abentáldr en Murcia á 
nombre de Zafadola. — Sustitución de Abentúhir por Abeniyad. 



En el año 1121 (1) estalló en África la terrible revolu- 
ción promovida por Moliámed Abentumart , el cual, ha- 
ciéndose pasar por el Mahdi anunciado por ]\Iahoma, y 
habiendo fanatizado con su reforma religiosa á las tribus 
habitantes de la cordillera del Atlas marroquí , comenzó 
á lanzarlas contra el imperio almoravide, proclamando el 
gobierno único por Dios y la abolición de las prescripcio- 
nes y costumbres ilícitas y dando á sus adictos el nombre 
de almohades (unitarios). No es fácil señalarlas causas 
que favorecieron los planes del Mahdi, hasta. el punto de 
quedar aniquilado el poderío de los almorávides durante 
el gobierno de su sucesor Abdelmúmen. El historiador 
filósofo Abenjaldun nos dice que el Mahdi logró prevale- 
cer sobre los almorávides, porque además de contar, 
como éstos, con tribus animadas por poderoso espíritu 
nacional ó de cuerpo, había logrado infiltrarles el ideal 
religioso, y es seguro, dice , que el pueblo que á un fuerte 
espíritu de- cuerpo juntaba el sentimiento religioso, que 



(1) Cartas, pág. 108; Aljdeluáliid , pág. 128, y otros. 

11 



— 162 — 

borraba los egoísmos é intereses particulares entre sus 
individuos y les hacía considerarse felices sacriftcándose 
en aras de su ideal apetecido , había de triunfar necesa- 
riamente sobre los almorávides, en que ambos sentimien- 
tos, el nacional y el religioso, se habían grandemente 
debilitado (1). En efecto, si bien los almorávides, hones- 
tos y religiosos al principio de su mando, habían llevado 
la prosperidad y abundancia á sus dominios, no impo- 
niendo á sus gobernados, por lo general , otra contribu- 
ción que la limosna y el diezmo, poco á poco fueron in- 
troduciendo vicios é innovaciones contrarias al modo de 
pensar de los muchos musulmanes que por aquella época 
comulgaban en las enseñanzas del sufismo (2). Además, 
por lo que hace á España , donde la secta de los sufíes 
hizo desde luego muchos prosélitos, es indudable que los 
almorávides llegaron á tratarla como país conquistado, 
dando lugar á la insurrección de los cordobeses en 1121 
contra la insolente guarnición africana . Ocurrió que ha- 
biendo salido la gente al campo en un día de fiesta , asió 
un soldado almoravide á una mujer con propósito nada 
honesto. Comenzó ésta á lanzar gritos de socorro, lla- 
mando á los musulmanes cordobeses , quienes corrieron 
á deí'enderla del brutal atentado, originándose por tal 
motivo entre ellos y los soldados almorávides, que se 
pusieron del lado de su compañero, una sangrienta coli- 
sión que propagada prontamente por las calles y plazas 
de la ciudad, continuó durante el resto de aquel día, hasta 
que la obscuridad de la noche hizo que se retirasen los 
contendientes de una y otra parte . Mas no paró en esto el 
conflicto, sino que habiéndose presentado algunos alfa- 
quíes y magnates cordobeses al gobernador de la plaza 
Abubéquer Yahya, hijo de David, pidiéndole, en justi- 



(1) Prolegómenos, etc., I, pág. 325 y 326 de la traducción. 

(2) Cartas, pág. 108 del texto ,y 239 de la traducción; Abdeluáliid> 
pág. 127, y Anouairí, ms. ár. de la R. Ac. de la Hi.st.', ii."()0) 
artículo solire los almohades. 



— 163 — 

cia, el castigo de los soldados que habían promovido la 
colisión, lejos de acceder aquél á la demanda que se le 
hacía, montó en cólera y, al amanecer del día siguiente, 
sacó las tropas de los cuarteles, como desafiando y ame- 
nazando á los habitantes de la ciudad . Advertidos de esto 
los alfaquíes y magnates y con ellos todos los varones 
cordobeses capaces de batirse, tomaron sus caballos y 
armas y, atacando furiosamente alas tropas almorávides, 
las derrotaron por completo, viéndose obligado el gober- 
nador á encerrarse y fortificarse en el alcázar. Pero cercá- 
ronlo los cordobeses y, escalando sus muros, penetraron 
en su recinto, y el gobernador huyó de la ciudad, siendo 
perseguido tan de cerca, que á duras penas logró escapar 
ileso. Inmediatamente saquearon los cordobeses el alcá- 
zar, incendiaron las casas de los almorávides, apropián- 
dose sus bienes y arrojándoles de la ciudad en un estado 
miserable. En vano acudió el emir Alí con numerosas 
tropas, á fin de castigar á los rebeldes; se le cerraron las 
puertas de la ciudad , y fué combatido briosamente por los 
cordobeses , los cuales , dice el historiador árabe , lucha- 
ban con la desesperación propia del que defiende hogar y 
honra, hasta que viendo Alí la tenaz y vigorosa resisten- 
cia de los sitiados, entabló negociaciones amistosas con 
ellos y, para que le abriesen las puertas de la ciudad, 
tuvo que ofrecer la amnistía general, imponiéndoles úni- 
camente que indemnizasen á los almorávides de los bie- 
nes que les habían arrebatado (1). 

El descontento de los musulmanes españoles contra la 
dominación, al fin extranjera, de los almorávides fué cre- 
ciendo cada vez más y extendiéndose á la mayor parte de 
las ciudades, y llegó á su colmo, cuando se dieron cuenta 
de que no les servían siquiera para librarles de las incur- 
siones y devastaciones de los cristianos, fin por el cual se 
les había llamado á España y consentido su dominación . 



(1) Anouairi, ms. ái\ de la R. Ac. de la Hist., núm . 60, articulü 
•^obre Alí, hijo de Yúsuf, V, también Dozy, Histoire, etc. IV, pág. 286. 



— 164 — 

En efecto, los cristianos no tardaron en notar la ocasión 
favorable que les brindaba, para tomar la ofensiva contra 
el país musulmán, ver á éste en desacuerdo con sus jefes 
almorávides, y á éstos sumamente quebrantados por la 
insurrección pujante de los almoliades allende el Estre- 
cho. En 1133 Alfonso VII entró á sangre y fuego por An- 
dalucía devastando las tierras de Córdoba, de Sevilla y 
aun de Cádiz, y entonces los habitantes de la segunda de 
dichas ciudades hicieron llegar á manos de Saifadaula ó 
Zafadola de nuestras crónicas, hijo del último rey de Za- 
ragoza Abdelmélic Imadodaula, quien se liabía aliado 
con Alfonso entregándole su castillo de Rota á cambio de 
otros en tierra de Toledo y Extremadura y le acompañaba 
en sus incursiones, el siguiente mensaje de que nos da 
cuenta la Crónica del Emperador (1): «...de acuerdo con 
el rey de los cristianos haz por librarnos del yugo de los 
almorávides. Luego que nos veamos libres de ellos paga- 
remos al rey de Castilla dobles tributos que los que nues- 
tros padres pagaron á los suyos, y tú y tus hijos reinaréis 
sobre nosotros». Zafadola contestó á los de Sevilla, exci- 
tándolos, según se dice en la Crónica, á que de acuerdo 
con sus príncipes se rebelasen en todo lugar contra los 
almorávides, y él y el Emperador Alfonso acudirían á 
auxiliarles (2). 

«Nada sabemos, dice elSr. Codera (3), de los resulta- 
dos prácticos de las negociaciones entabladas en el año 
1133 entre la gente de Sevilla y Zafadola, ni aun si se 
siguió gestionando ó preparando el terreno para una su- 
blevación general». Lo cierto es que debió ir en aumento 
el descontento contra los almorávides, y esto unido á la 
debilidad cada vez mayor que les producían las armas de 
los almohades por un lado, y por otro las incursiones y 



(1) Cliron. Adepli . Imp. España Sagrada XXI, pág. 334. 

( 2) Véase suljre el particular la obra citada del Si*. Fernández y 
González « Estado político etc . » págs . 63 .v 64 . 

(3) Almoi-a vides,. 74. 



- 165 - . 

conquistas del emperador Alfonso, especialmente en 1138 
y en 1144, fué causa de que, como dice el Sr. Fernández 
j González (1), «reunidos los antiguos pobladores árabes 
en aljamas, plazas y moradas particulares, trataron abier- 
tamente de echar de España á los almorávides, no sin 
tentar de antemano ganar la amistad del Emperador á 
quien otrecieron de nuevo los tributos pagados por sus 
mayores, y hecho segunda invitación á Abenhud, su 
compatriota, para que los dirigiese y amparase». La re- 
volución de los musulmanes españoles fué puesta en 
práctica inmediatamente; contando más ó menos con el 
apoyo de Zafadola y del emperador levantáronse, como 
un solo hombre, contra sus dominadores y se fracciona- 
ron en diferentes estados, como á la caída del califado de 
Córdoba, representándose por segunda vez el cuadro de 
los reinos de Taifas . 

Pasa (2) por el primero de los musulmanes españoles 
que se aprovecharon de la caída inminente de los odiados 
almorávides para tomar las armas y sacudir su domina- 
ción, Abulcásim Áhmed, hijo de Alhosain, conocido más 
ordinariamente por Abencasi , de origen español y natu- 
ral de Silves. Iniciado en la secta de los siifíes y autor 
de la obra titulada Descalzamiento , vino á ser el jefe de 
aquellos en España y presentándose como predicador de 
la verdad, logró reunir muchos discípulos que tomaron el 
nombre de Moridin ó aspirantes, y de aquí que sea co- 



( 1) Obra citada, 70. 

(2) Para lo restante de este capítulo nos hemos servido de los 
siguientes textos: Adabí, Ijib. ar. hisp. III, pAgs. 32 v 33 v bio2;i'afía 
n} 1005; Abenalalmr, l)il). ai\ hisp. IV, páy. 233 y biogr n."'l72 y 
214 y V, pág. 274, 277 y biogr. n." 774; Almacari, II, pág . 755; 
Aljeaaljatilj, ms. ár. de la R. Ac. de la kist. n." 37, tbl. 2^2, 254 
V 255: el ms. ár. de ídem; Ihata, t. III, fol . 172; el ms. ár. de la 
misma R. Ac. de la Hist. n." 8;), fol. 288; el idem n." 53 de 
Abensaid, folios 7 v. y 8 v. y 18; Al:)enalaljar en Dozv, Noticos etcé- 
tera, p.íg. 204 y 208 hasta 224 y 226; Aljen.jaldun, IV, pá,-. lüO; 
Chrónica. Adepli. Imp., España Sagrada, XXI, pág. 330 y siü-uicn- 
tcs, 387 y .394 á 3i)G; Codei-a, Almorávides, p^g. 53, 57, 71, 81^ 91 .-i 
03 y 99; y Fernández y González « Estado politice, etc. , fie los mu- 
dejares, pág. 70 y siguientes. 



— I6é — 

nocida la revuelta de Abencasi por el nombre general de 
sublevación de los hermanos mor ¿din 6 aspirantes (1). 

Parece ser que la su])levación de Jos moridin comenzó 
hacia el año 114B á 1144 ó acaso poco antes, siendo una 
de las causas por las que fué trasladado Yahya Abenga- 
nia de su gobierno de Murcia y Valencia al de Córdoba y 
Sevilla, como ya se ha dicho. Comenzada la insurrección 
en el occidente de España, propagóse en el mismo año y 
en el siguiente de 1144 á 1145 al centro y al oriente, al- 
zándose muchos señores que, á parte de su propósito co- 
mún de arrojar de sus respectivas comarcas á los almorá- 
vides, 'buscan también su independencia en ellas, y 
algunos el predominio sobre sus vecinos, lo propio que 
había ocurrido en el anterior período de los régulos de 
Taifas . De algunos de los señores rebeldes se tienen es- 
casas noticias, otros son hasta hoy casi desconocidos; 
pues los autores árabes se fijan principalmente en aqué- 
llos, en torno de los cuales se agruparon los de menor 
importancia. Los que aparecen como personificación del 
movimiento insurreccional contra los almorávides y que 
aspiran al predominio sobre sus compañeros son: Aben- 
casi en Occidente , ó sea en el xVlgarve ; el cadí de Cór- 
doba Abenhamdin en el centró, y Zafadola Abenhud en 
el Oriente, ó sea en Murcia y Valencia (2). 

Respecto de Abencasi, aunque al principio su empresa 
alcanzó algún éxito, vióse luego obligado por las circuns- 
tancias á llamar en su auxilio á los almohades, dueños 
ya del África septentrional, y á reconocer la soberanía 
del emir Abdelmúmen haciendo entrega de su fortaleza 
de Arcos, donde se había fortificado y siendo así el pri- 
mer partidario que los almohades encontraron en España, 
al pasar á ésta con orden de atacar á los almorávides y á 
los señores rebeldes que no quisieron reconocer su domi- 



( 



(1) Aboiijaldiiii, Pi-ol. I, pág. ."^27; Dozy, Noti. pá,-. l!)í); y 
Codera, Almorávides, jíág-. 33 y siguientes. 

(2) Codera, Almorávides, pág. 30. 



— 167 — 

nación (1). La entrada de los almohades en España hizo 
variar el aspecto de este período de insurrección contra 
los almorávides j complicó más la situación de los mu- 
sulmanes españoles, acatando unos y otros rechazando la 
autoridad de aquéllos, hasta que lograron imponerla por 
completo con la sumisión de los hijos del famoso rey de 
INIurcia Abenmardenix. 

Expuestos ya en líneas generales el carácter y exten- 
sión del alzamiento contra los almorávides (2), debemos 
advertir, antes de hacer mención de los sucesos desarro- 
llados en la región murciana con motivo de aquel hecho, 
que, así como ha podido observarse que durante el tiempo 
de los gobernadores almorávides han corrido parejas la 
historia de Murcia y la de Valencia, de igual suerte si- 
guieron después en íntima relación, hasta quedar en am- 
bas regiones unidas bajo la autoridad de los régulos del 
Oriente de España, que fijaron su capitalidad en Murcia. 

Al ser trasladado Yahya Abengania de su gobierno 
del Este de España al de Córdoba y Sevilla por las causas 
ya apuntadas, había dejado en Valencia, como sucesor 
suyo, á su sobrino Abdála; mas á poco sorprendió á éste 
la insurrección, y hubo de retirarse á Játiva, creyéndose 
más seguro en ella. Entonces los de Valencia dieron el 
mando de la ciudad á su cadí, Abuabdelmélic Meruan, 
conocido más comúnmente por Abenabdelaziz, el cual 
opuso al principio alguna resistencia á aceptar el cargo; 
pero lo tomó al fin , á ruegos de Abumohámed Abdála 
Abeniyad y de Abdála Abenmardenix, jefe. del ejército, 
y fué reconocido como príncipe de Valencia en 29 de 



(1) Aberjjaldun, Pi-ul . I, pág. .'^27 do la trad.; Codera, Almorá- 
vides, pái;. 44, fundado en Abenalabar de Dozy, Notices, etc., pá- 
gina 239; V Abenjaldun, edic . del Cairo, tomo IV, pái;'. 160, v VI, 
pág. 234. 

(2) Encontrará el lector lo concerniente á la insurrecciim geno- 
ral de los musulmanes españoles contra los almorávides, con cuantos 
detalles se lian podido conocer hasta hoy, en la obra citada del señor 
Codera «Decadencia y desaparición de los almorávides», que, como 
indica su título, está consagrada especialmente á dicho estudio. 



— 168 — 

Marzo de 11 45 (i). Al mismo tiempo que los de Valencia, 
debieron alzarse también los habitantes de Murcia contra 
los almorávides de su región , pues Abenalabar nos dice 
que la autoridad de los almorávides quedó anulada defi- 
nitivamente en Murcia á fines del año 540 de la hégira, 
que terminaba en Junio de 1146 (2). De todas suertes, 
es indudable que los de Murcia, lo mismo que los de 
Valencia, al tener noticia de la insurrección de Abencasi 
en el Algarve, y después de Abenhamdin en Córdoba, 
de acuerdo ó no con este último ó con Zatadcja Abenhud, 
volviéronse también contra los almorávides de su región 
respectiva . 

Los autores árabes convienen en señalar como el 
primer régulo de Murcia á la caída del poder de los almo- 
rávides, á Abumohámed Abderráman, hijo de Chafar, 
hijo de Ibrahim, conocido más generalmente por Aben- 
alhach, natural de Lorca, pero con residencia en Murcia, 
y perteneciente á ilustre familia de la región, pues tanto 
él como su padre Abulhasan Chafar ostentaban el título 
de Didvizaratain, el investido de doble visirato. Poeta 
inteligente, de noble origen y hombre dotado de extra- 
ordinaria virtud y religiosidad , estuvo al servicio de los 
emires almorávides en Marruecos, á donde marchó en 
1188 y le fué conferida la dignidad del secretariado; pero 
prefiriendo, según dicen sus biógrafos , la vida religiosa 
y la compañía de los pobres al gran mundo de la corte 
del emir de los musulmanes, presentó la dimisión de su 
cargo, y habiéndole sido admitida, se volvió á Murcia, 
donde se consagró por entero á la vida devota, llamando 



(1) Abenalabar en Dozy, (cNotices et extraictes, etc.», j)á- 
gina 213; ídem, Bib. ar. hisp., V, página 382; ídem e.i ("a-^irí, 
Bib. ar. escui'. , II, pág. 53 y siguiente.s; Abenaljatil), nis. ar. de la 
Real Academia de la Hi.stoi'ia, nüm. 37, tb! . 254 y tbl. 49 do la copia 
del Si'. Codera; Almacari, II, pág. 755, dice por error que Abdála 
era hermano de Yaliya Abengaiiia; puede consultarse tambii-n sol)re 
estos hechos la Cnjnica del Emperador, Esp. Sagr. XXI, p.íg. 387, 
y modernamente los ((Almorávides», del Sr. C(jdera, pág. 1(1 1 . 

(2) Bib. ar. hisp., 713. 



— 169 — 

á la oración en la mezquita y reuniendo en torno suyo á 
los liombres más virtuosos é instruidos de la ciudad. 

La conducta de Abumoliámed Abenalliacti liace creer 
que vino á desempeñar en Murcia el papel de Abencasi 
en el Algarve y de Abenliamdin en Córdoba. Pensamos 
que Abumohámed Abenalhacli , á su regreso de Marrue- 
cos, comenzó á instruir á sus oyentes en las doctrinas de 
los sufíes, y es lo más probable que procediera en con- 
nivencia con otros personajes españoles. Se le atribuye 
una larga epístola, admirablemente escrita y muy ins- 
tructiva, que dirigió á un sobrino suyo excitándole con 
suma elocuenca á abrazar la vida religiosa. Mantuvo co- 
rrespondencia con el poeta Abulabas, el de Vélez, el 
cual le decía en una de sus respuestas: 

«Llega ¡oh hermano mío! á tu anhelado pro- 
pósito con el mismo fuego que experimenta la 
visión al percibir el objeto que constituye su 
delicia.» 

«Recuerda á tu hermano la oración en el re- 
tiro , porque Dios se apiada por las invocaciones 
de sus siervos.» 
Al ser proclamado el cadí Abenhamdin como señor de 
Córdoba, los murcianos y lorquinos dieron el gobierno 
de su región á Abumohámed Abenalhdch, el cual reco- 
noció la soberanía de aquél y en su nombre presidió la 
oración pública durante algunos días de los meses de 
Ramadán y Xaual del año 539 de la hégira (Enero á Fe- 
brero de 114:5). El gobierno de AbenaUíach fué de pocos 
días, pues desde el primer momento se opuso ásu procla- 
mación, y aun llega algún autor á decirnos que se escon- 
dió y no quiso manifestarse en público, hasta que sus elec- 
tores, en vista de su actitud, trataron de darle sucesor. 
Respecto á la forma como se llevó á cabo la sustitu- 
ción de Mohámed Abenalhach en el principado de Mur- 
cia , no aparece expuesta claramente por los autores ára- 
bes. Ante todo conviene saber que al ser proclamado 
Abenhamdin en Córdoba, lo había sido en calidad de 



— 1^0 - 

lugarteniente de Zafadola Abenhud , quien liizo su en- 
trada en dicha ciudad á los doce ó catorce días de haberse 
sublevado aquél; pero á poco fué desechada su autoridad 
por los cordobeses , matando al gobernador Abenxamaj , 
puesto por él, y restableciendo de nuevo al cadí Aben- 
hamdin, quien esta vez se mantuvo ya no sólo indepen- 
diente, sino en abierta rivalidad con Zafadola, aspirando 
ambos á ser reconocidos como soberanos por todos los mu- 
sulmanes españoles. 

Al abandonar ó dimitir Abumohámed Abenalhach el 
gobierno de Murcia, hay autores árabes , entre ellos Aben- 
alabar, que afirman como cosa corriente que Zafadola 
Abenhud envió á Abumohámed Abdála el Zegrí, jefe mi- 
litar de Cuenca, á encargarse del mando de Murcia, y 
éste marchó, en efecto, á dicha ciudad y se hizo cargo de 
su gobierno, proclamando la soberanía de Abenhud á 
mediados de Febrero de 1145; pero otros historiadores, 
como Abensahibasala , de cuya versión se hace eco tam- 
bién el mismo Abenalabar, refiere que dicho Zegrí, luego 
que tuvo noticia de la insurrección de Abenhamdin, 
marchó de Cuenca á Córdoba, poniéndose á las órdenes 
del cadí, y cuando éste recibió el mensaje de los murcia- 
nos pidiéndole nuevo príncipe en sustitución de Abumo- 
hámed Abenalhach, les envió de gobernador á dicho 
Zegrí y á la vez nombró cadí de Murcia y de sus distritos 
al ilustre Abenabicháfar . 

El examen de las monedas conocidas, pertenecientes 
á los régulos de Murcia en el período á que nos referi- 
mos , da por resultado que Zafadola Abenhud fué recono- 
cido soberano en dicha ciudad en 1145 á 1146, pues de 
este año se conoce una moneda murciana acuñada á nom- 
bre suyo. Pero se conocen también monedas de la misma 
ciudad y del mismo año á nombre de Abeniyad y de Ab- 
dála el Zegrí (1); y esto nos lleva á creer que los tres 



(1) Véase Vives, « Müncda.s de las dinastías, etc.», Intríxluc- 
ciún, página LXXV. 



— 171 — 

personajes referidos se disputaron la soberanía de Murcia 
en el citado año. Además, el hecho de que existan mone- 
das de Abdála el Zegrí pertenecientes al año 540 de la 
hégira (1145 á 1146) y de Abeniyad del propio año y del 
siguiente (541) 1146 á 1147, relacionado con la narración 
histórica, como se verá, indica que aquellos tuvieron el 
gobierno de Murcia más de una vez . 

Por lo que hace al Zegrí, al decir de los historiadores, 
su primer gobierno fué de pocos días, pues el cadí Aben- 
abicháfar á fines de dicho mes de Febrero, en que aquél 
se había hecho cargo del mando de la ciudad , se le su- 
blevó y lo redujo á prisión. El historiador citado Aben- 
sahibasala, es el que conforme á su versión expone más 
detalladamente cómo se alzó el cadí Abenabicháfar con 
el poder, reconociendo, según parece, la soberanía de 
Zaí'adola Abenhud. Flabiendo reunido algunas tropas, 
marchó contra los almorávides de Orihuela, los cuales se 
habían fortificado y encerrado con sus mujeres é hijos en 
la alcazaba de la ciudad , dispuestos á vender caras sus 
vidas. Sin embargo, tuvieron que entregarse á poco, 
previa condición de que les sería concedida amnistía ; 
mas se les hizo traición, y todos ellos fueron pérfidamente 
acuchillados ó arrojados al fuego por los rebeldes , quie- 
nes les arrebataron además sus bienes y mujeres. 

Dueño de Orihuela, volvió Abenabicháar á Murcia, 
se hizo reconocer como príncipe de la ciudad y aprisionó 
al Zegrí y á sus dos cuñados, hijos de Masluca, tomando 
el título de Anásir Lidinala, el emir protector de la re- 
ligión de Dios, en lugar del que antes sedaba de Adai 
liamir almoslimin , el que obedece al emir ele los musli- 
mes. A la vez confió el cadiazgo, que él había ejercido, á 
Abenabdála Abenalhallal , y el mando de la caballería á 
Zanón, y se dirigió á Játiva con ánimo de apoderarse de 
ella, echando á los almorávides , que con Abdála Aben- 
gania , el gobernador expulsado de Valencia , fortificados 
en la alcazaba de aquella ciudad, realizaban frecuentes 
incursiones en las tierras y fortalezas circunvecinas ; pero 



— 172 — 

cuando llegó Abenabicháfar á vista de Játiva , se encon- 
tró con que su vecino Meruan Abenabdelaziz, el régulo 
de Valencia, tenía sitiada ya la plaza, aspirando tam- 
bién á dominarla. 

Entre tanto, los partidarios del Zegrí, aprovechándose 
de la ausencia de Abenabicháfar, se amotinaron en Mur- 
cia y restablecieron á aquél, sacándole de la prisión; 
pero regresa pronto Abenabicháfar del sitio de Játiva y 
logra fácilmente restablecer su autoridad, echando al 
Zegrí y los suyos, los cuales corrieron á refugiars.e en 
Cuenca . Todavía volvió Abenabicháfar al sitio de Játiva ; 
pero tuvo que desistir de su propósito, cediendo la plaza 
á su vecino Meruan Abenabdelaziz, quien reforzado con 
las tropas de la frontera, que habían acudido al mando 
de Abeniyad en auxilio de aquel emir, se hizo dueño de 
la alcazaba por capitulación, después que Abdála Aben- 
gania, viéndose perdido, la había abandonado, huyendo 
á refugiarse en Almería, de la cual le trasladó á Mallorca 
Abenmaimon, jefe de la ilota de los almorávides. 

Además de Játiva y de sus distritos, el régulo de Va- 
lencia Meruan Abenabdelaziz extendió su dominación á 
Alicante y á otras ciudades pertenecientes, según la di- 
visión árabe de España, á la cora de Todmir ó Murcia. 

Vuelto Abenabicháfar á Murcia, defraudado en su 
esperanza sobre Játiva, tuvo que salir á poco en auxilio, 
de Zafadola Abenhud contra los almorávides de Granada, 
donde encontró su muerte. Sucedió que Za''adola, al sa- 
lir de Córdoba en Marzo de 1145, se había dirigido á 
Jaén, y si bien entonces fué rechazada su autoridad en 
la primera de dichas ciudades, siendo reconocido de 
nuevo y como señor independiente Abenhamdin, logró 
en cambio hacerse dueño de la segunda echando á su se- 
ñor, el rebelde Abenchozay, que se oponía á reconocerle, 
y de allí pasó á Granada, dejando de gobernador á un 
sobrino suyo. En Granada se había sublevado Abenadha 
contra los almorávides, obligándoles á encerrarse en la 
9,lmedina de la ciudad , donde se hicieron tan fuertes , 



— 173 — 

que hubo aquél de pedir auxilio á Abeuhamdin el de 
Córdoba, proclamando su soberanía. Abenhamdin envió 
á Abenadha algunas tropas , mandadas por su pariente 
Alí Omalimad; pero se les adelantó Zafadola con su 
gente, y entonces Abenadha reconoció la autoridad de 
éste, instalándose en la alcazaba de la Alhambra, y hu- 
bieron de volverse á Córdoba las tropas de Alí Omalimad. 

Los almorávides, fortificados en la almedina de Gra- 
nada, hacían frecuentes salidas contra las tropas de Za- 
fadola, que llegó á sufrir en las acciones empeñadas, 
entre otras pérdidas, á su hijo Imadodaula y al goberna- 
dor de la plaza , Abenadha , y tuvo que solicitar socorros 
al régulo de Murcia Abenabicháfar. Acudió éste, en 
efecto, con un ejército compuesto de 12.000 hombres, 
entre jinetes y peones; mas al observar su venida los al- 
morávides de la almedina de Granada, éntrelos cuales 
figuraban los caballeros más bravos y aguerridos de su 
gente, considerando empresa fácil derrotarle, dejáronle 
llegar hasta los límites de la plaza , y entonces cayeron 
sobre él de improviso, como aves de rapiña, dice el au- 
tor, y fué muerto Abenabicliáfar entre una banda de su 
gente, y amedrentados los restantes de su ejército, vol- 
viéronse á Murcia en la más vergonzosa derrota. 

Esta acción en que encontró Abenabicliáfar el fin de 
sus días, es la llamada de la Almosala. La muerte de 
Abenabicháfar ocurrió en Septiembre de 1145, cuando 
todavía no había cumplido los treinta y cinco años de su 
edad, durante los cuales aprendió mucho de jurispruden- 
cia y de otras ciencias y las enseñó á otros, ejerció el ca- 
diazgo en Murcia y sus distritos y llegó á hacerse emir 
ó arráez de su región, no porque apeteciese tan alta dig- 
nidad , sino hasta tanto , según decía él , que se presen- 
tase un hombre capaz de ejercerla en bien del país. 

Luego que se supo en Murcia el funesto resultado de 
la expedición de Abenabicháfar á Granada, convinieron 
los de la ciudad en dar el mando á Abenabderráman Mo- 
hámed, hijo de Ahmed, hijo de Abderráman, Abentáhir 



— 174 — 

elCaisí, conocido más comúnmente 'por el ikistre ape- 
llido de la íamilia Abentáhir. Después de haber recibido 
lecciones del padre de su antecesor en el mando, marchó 
á Córdoba y Sevilla, en donde estudió jurisprudencia y 
literatura al lado de los más renombrados maestros de 
la época, recibiendo icliaza ó diploma de enseñanza de 
manos de Abenalarabí y de otros. En su juventud com- 
puso notables poesías (i). Al hacerse cai'go Abentáhir del 
gobierno de Murcia, proclamó la soberanía de Zat'adola 
Abenhud; pero á seguida se declaró independiente, con- 
fiando el mando de las tropas á su hermano Abubéquer. 
Menos afortunado Abentáhir en su gobierno que en el 
estudio del derecho y de los autores clásicos, vio su auto- 
ridad disputada constantemente. Abenhamdín que seguía 
aspirando á ser reconocido como soberano de Murcia, 
envió contra Abentáhir dos expediciones sucesivas man- 
dadas, la primera por su sobrino Omalimad, aquel que 
había sido enviado antes á Granada y tuvo que retroceder 
por habérsele adelantado Zaí'adola, y la segunda por su 
primo Alfolfolí y otros magnates murcianos partidarios 
del cadí de Córdoba. Felizmente para Abentáhir, ambas 
expediciones enviadas por Abenhamdín fracasaron, y sus 
individuos tuvieron que regresar á Córdoba, sin lograr 
penetrar en Murcia y dando lugar á que los partidarios 
de Abenhamdín de dentro de la ciudad fuesen persegui- 
dos y maltratados . i\Ias parece ser, que los descontentos 
contra el gobierno de Abentáhir eran en crecido número 
y, acaso alentados por los partidarios de Zafadola cuya 
soberanía había rechazado, escribieron á Abumohámed 



(1) Véase Casíi-i, ti-adiiciendo de Abeiialabar, Bii). ar. oscui-. , II, 
pág. 54. Casíi'i en este lugar y rertriéndose A dicho Al^enalabar dice 
(]ue el rey de Murctia Abiuilxlerráman Moii.imed compuso una Iiistu- 
i'ia de España cpic pi-olongó hasta sus días, exponiendo la serie de los 
reyes, su régimen civil 3' militar, sus guerras y también las ciudades 
y pueblos fundados en cada dominación. Mas conviene advertir que 
lo atribuido por Casírí á Abenalabar, no consta en el texto de este edi- 
tado por Dozy, como ya echó de ver Pons en su «Ensayo biobiblio- 
gi'áñco sobre los liistin-iadores y geógrafos aráljigo-es])añi)les)), pá- 
gina 4U4 . 



— 175 — 

Abeniyad, entonces poderoso jefe del ejército de Valen- 
cia, de quien ya se ha heclio mención, ofreciéndole el 
mando de Murcia. 

Aceptado el mensaje de los murcianos, se dirigió pron- 
tamente Abeniyad á Orihuela, donde le abrió las puertas 
Zanón, aquel jefe militar de Abenabicliáfar, que á la sa- 
zón se hallaba al frente del g-obierno de dicha ciudad: á 
Orihuela acudieron también á reunirse con Abeniyad 
mucJios murcianos de los que le habían llamado, y el 
mismo Abentáhir engañado ó, por lo menos, ignorante 
de lo que se tramaba contra él, lejos de o_ onerse á repri- 
mir á los que salían de su ciudad a ponerse al lado de 
Abeniyad, los despedía afablemente. Así las cosas, logró 
Abeniyad entrar en }^Iurcia, sin encontrar obstáculo al- 
guno y cuando más despreocupado se hallaba Abentáhir, 
y, dirigiéndose al alcázar mayor, hízose dueño del mando 
en 29 de Octubre de 1145, proclamando la soberanía de 
Abenhud. En cuanto á Abentáhir, se trasladó al llamado 
alcázar pequeño y poco después á su casa particular, 
donde Abeniyad le dejó en paz creyendo que nada podía 
temer de él. Abentáhir siguió viviendo en xMurcia hasta 
la muerte del rey Mohámed Abensaad Abenmardenix, en 
cuyo tiempo, habiendo prestado obediencia á los almoha- 
des, se trasladó á Marruecos, donde le sorprendió la 
muerte en el año de 1178 á 1179. 



CAPÍTULO XIII '' 



Murcia // Valencia bajo el mando de Abenií/ad en nombre de Zafa- 
dola. — Abenij/ad rey independiente de Murcia y de todo el Oriente 
de la España árabe. — Abdála el Zeyri se hace dueño del princi- 
pado de Murcia por ser/iinda ve.;; derrota y muerte del Zeyri; 
restauración de Abeniyad y su muerte. 



Parece ser que el régulo de Valencia, Meruan Aben- 
abdelaziz, ensoberbecido con sus conquistas de Alicante 
yJátiva, sedaba aires de gran señor, gastando en el 
lujo de la corte más de lo que permitían los tributos, en 
perjuicio de las atenciones debidas al ejército. Por lo me- 
nos , tal es la causa que , según los autores árabes , dio 
margen á que , disgustadas las tropas de Meruan Aben- 
abdelaziz, pocos días después que el jefe del ejército de 
Valencia, Abeniyad, tomaba posesión del gobierno de 
Murcia, pensasen en destituir á aquél, contando con el 
susodicho Abeniyad , á quien escribieron ofreciéndole el 
mando de la ciudad y rogándole que acelerase su marcha 
á ella, á fln de conseguir más fácilmente su intento. 

Entre tanto, Zafadola que, perdida la esperanza de 
hacerse dueño de la almedina de Granada , había aban- 
donado la empresa retirándose á Jaén, al saber que 



(1) Nos han servido de fuente para la redacción de este capítulo 
los textos de AV)enaljatib, ms. ár. de la R. Ac. de la Hist., núm. 37, 
fol. 219 y 254 ó 2.3 y 49 de la copia del Sr. Codera; Adabí, Bib. ar. 
liisp., III, pág. 33; Abenalabar, en Doz^^, «Notices et extraictes, etc.» 
páginas 214, 21.5 y 219 hasta 226; ídem en Casiri, Bib. ar. esc. , II, 
páginas 53 y siguientes; Abdeluáhid, pág, 149. Chronica Adephonsi 
hnp., Esp. Sagrada, XXI, páginas 394 y .384; Abenjaldun, IV, pá- 
gina 166; Codera, «Almorávides», páginas 85, 86, 99 y siguientes, 
y Fernández y González, «Mudejares», páginas 70 y siguientes. 



12 



— 178 — 

había sido reconocido en Murcia, envió allá á su hijo 
Abubéquer, á quien salió á recibir y dispensó grande 
honor Abeniyad, y ambos se dirigieron á Valencia, á fin 
de secundar el deseo del ejército de dicha región. Toda- 
vía se hallaba Abeniyad en el camino de Murcia á Va- 
lencia, cuando le llegó la noticia de que las tropas , sin 
esperar su llegada, dirigidas por Abdála Abenmardenix, 
le habían proclamado ya emir de la ciudad , echando de 
ella á Meruan Abenabdelaziz. Este se había visto sor- 
prendido por las tropas que rodeaban su alcázar en acti- 
tud rebelde en 13 de Noviembre de 1145; pero logró eva- 
dirse disfrazado y descolgándose de un muro , hasta que 
llegó á Almería, donde cayó en manos de Abenmaimon, 
que , á su vez , le entregó después á Abdála Abengania , 
el mismo á quien Meruan Abenabdelaziz había echado 
antes del gobierno de Valencia y Játiva. Abdála Aben- 
gania le tuvo preso ; pero más tarde consiguió Meruan 
Abenabdelaziz su libertad, y habiendo entrado en la 
obediencia de los almohades, murió en Marruecos en el 
año de 1182 á 1183. 

Los sublevados de Valencia , al echar á Meruan Aben- 
abdelaziz , entregaron el mando de la ciudad á Abdála , 
hijo de Mohámed Abenmardenix, como lugarteniente de 
Abeniyad. Llegado éste á Valencia antes de terminarse 
dicho mes de Noviembre , tomó posesión del mando , y 
después de proceder á la defensa de la ciudad y sus fron- 
teras y de entregar el gobierno de Denia á Abubéquer , 
hijo de Zafadola, volvióse á Murcia, dejando en Valencia 
á su cuñado Abdála, hijo de Mohámed Abenmardenix. 

La rápida vuelta de Abeniyad á Murcia era debida á 
que Zafadola, á quien aquél había reconocido como su 
soberano, había hecho su entrada en dicha capital en 5 
de Enero de 1146. Dos días llevaba Zafadola en Murcia, 
cuando se le presentó Abeniyad rindiéndole homenaje y 
hospedándose en el alcázar pequeño de la ciudad , pues 
el mayor había sido ocupado por su soberano. Por lo de- 
más, parece ser que Zafadola era un príncipe más bien 



— 179 — 

honorífico que efectivo, y que el gobernante de hecho en 
el Oriente de la España árabe era Abeniyad. 

Acerca de este régulo dice el historiador Abdeluáhid 
el de Marruecos (1): «Los habitantes de Valencia, Mur- 
cia y la España oriental se pusieron de acuerdo para re- 
conocer á uno de los príncipes del Chond , llamado Abde- 
rráman Abeniyad, que era de lomas puro y mejor del 
pueblo musulmán; supe (dice) por varias referencias que 
sus oraciones eran siempre oídas; entre lo más notable 
que á él se refiere, está el que era muy compasivo y pro- 
penso á derramar lágrimas ; cuando montaba á caballo y 
tomaba las armas , no había quien le hiciese frente , y 
ningún valiente podía salirle al encuentro; los cristianos 
contaban á él solo como cien jinetes, y al ver su bandera 
decían: «Aquí está Abeniyad» ; por la bendición de este 
hombre puro guardó Dios esta región y apartó de ella al 
enemigo , porque el temor , que se esparció en los pechos 
de los cristianos, fué bastante á rechazarlos del país; 
Abeniyad permaneció en el Oriente del Andalús , defen- 
diendo esta región, hasta que murió no sé en qué fecha.» 

«Podrá ser merecido este elogio de Abeniyad, dice el 
Sr. Codera, comentando el anterior párrafo de Abdeluá- 
hid; pero los cristianos no le tendrían tanto miedo, 
cuando le vencieron en la batalla de Albacete , como ve- 
remos luego, con muerte del rey Zafadola, á cuyas órde- 
nes estaba, al menos de nombre, y después le vencieron 
otra vez, hiriéndole mortalmente.» 

Muy poco tiempo disfrutó Zafadola Abenhud de su 
engrandecimiento, al ser reconocido como rey del Oriente 
de la España árabe . 

«Eran estos, dice el Sr. Fernández y González (2), 
los últimos triunfos del capitán ilustre , que de abatido 
régulo de una ciudad pequeña, y de gobernador mudejar 



(1) Página 149, traduc. del Sr. Codera en sus «Almorávides», 
página 302 . 

(2) Obra citada, pág. 70. 



— 180 — 

de Toledo, había pasado á constituirse, bajo los auspicios 
del emperador, en vengador de los agravios de la raza 
árabe y fundador de una extensa monarquía.» El 5 de 
Febrero de 1146 fué muerto Zafadola, juntamente con 
Abdála Mohámed Abenmardenix, luchando contra los 
cristianos del Emperador Alfonso VII cerca de Chinchi- 
lla, en un lugar que se llama Alloch. Esta batalla es co- 
nocida también por la de Albacete, y por haber muerto 
en ella Abdála Abenmardenix se dice á éste el muerto 
en Albacete . 

Causa extrañeza cómo pudo haber rompimiento entre 
las tropas de Alfonso y las de Zafadola, su aliado y pro- 
tegido, y es difícil averiguar los motivos de tal hecho, 
dada la vaguedad de los historiadores. Los Anales Tole- 
danos dicen lacónicamente: «Lidió Cahedola con Chris- 
tianos é matáronlo en el mes de Febrero, Era 11-48» (1), 
fecha que se ajusta perfectamente con la señalada antes, 
que tomamos de Abenalabar. Este autor árabe dice, sin 
señalar causa alguna, que pocas noches después de haber 
puesto Zafadola la gestión del gobierno en manos de 
Abeniyad, marcharon juntos á Játiva, donde hicieron su 
reunión con el gobernador de Valencia Abenmardenix, el 
cual había salido á campaña contra los cristianos de Al- 
fonso, que asolaban la comarca. Reunidos los tres jefes 
musulmanes, trabaron con aquellos una batalla, en la 
cual murieron Zafadola y Abdála Abenmardenix, y logró 
escaparse Abeniyad . La Crónica del Emperador Alfonso 
nos dice que Zafadola , después de haber sido desechado 
en Córdoba, envió un mensaje á Alfonso VII notificán- 
dole que las tierras de Übeda, Baeza y sus castillos se le 
habían sublevado y le negaban sus tributos. A seguida 
llamó Alfonso á sus condes ^lanrique , Ermengod , Pan- 
do y Martín Fernández y les dio orden de someter á su 
dominación y á la del rey Zafadola todos los rebeldes de 
las tierras de Baeza, Übeda, Jaén y otras. Cuando vié- 



(1) España Sag-radu, XXIII, pá.-. .S9(i. 



- 181 - 

ronse oprimidos éstos por las armas de los cristianos , so- 
licitaron el favor de Zafadola inclinándose á su obedien- 
cia. Prestóles oídos Zafadola y al punto se dirigió á ellos 
con un fuerte ejército, solicitando de los caudillos cris- 
tianos que dejasen en paz á los musulmanes y le entre- 
gasen el botín y cautivos que les habían hecho, sin per- 
juicio de obrar luego en conformidad con la voluntad de 
su emperador Alfonso. Opusiéronse los condes cristianos 
á lo solicitado por Zafadola, alegando que ellos no habían 
hecho más, que obrar conforme á las órdenes de su em- 
perador, de acuerdo con el deseo que él mismo había ma- 
nifestado. Entonces Zafadola quiso imponerse á los Con- 
des por la fuerza de las armas, y trabada batalla con 
ellos, fué derrotado y hecho prisionero; al ser conducido 
á las tiendas , fué muerto por los soldados llamados los 
Pardos, con gran sentimiento y pesar de los Condes, los 
cuales se apresuraron á notificar á Alfonso todo lo suce- 
dido . El emperador que recibió en León la noticia de la 
muerte de su amigo, se entristeció mucho y declaró que 
él era inocente de la sangre de Zafadola . Todo el mundo , 
cristianos y sarracenos, dice la crónica, se convencieron 
de que Alfonso no había tenido culpa de la muerte de 
Zafadola Abenhud . 

Sea lo que quiera respecto de la causa que motivó la 
lucha entre los cristianos y Zafadola, la cual ocasionó á 
éste la muerte , lo que parece ser, es que aquélla se ori- 
ginó sin acción, ni parte del emperador Alfonso; tal es lo 
que se desprende de la lectura de la Crónica cristiana, y, 
por otra parte , el hecho nada tiene de extraño tratándose 
de aquella edad, en que con frecuencia venían á las ma- 
nos ó se molestaban con repetidas incursiones los caudi- 
llos de fronteras ó señores castellanos , sin contar previa- 
mente con la voluntad de sus respectivos príncipes . 

Muerto Zafadola y Abdála Abenmardenix, fué procla- 
mado Abeniyad rey independiente de Murcia, Valencia y 
otros distritos de la España oriental , teniendo de lugarte- 
niente á Mohámed , hijo de Abdála, hijo de Saad Aben- 



— 182 — 

mardenix; pero le fué disputado el principado de Murcia 
por Abdála el Zegrí , el mismo que antes liabía ejercido el 
gobierno y, echado de ella por Abenabicliafar, se liabía 
refugiado en Cuenca. Según refiere Abenalabar (1), ha- 
biendo ido el Zegrí á la corte de Alfonso como embajador 
de Abeniyad, solicitando la paz á cambio de ayuda contra 
el Conde de Barcelona, volvió de su viaje diciendo que el 
emperador de los cristianos le había conferido el mando de 
Murcia, y aprovechando una de las salidas de Abeniyad 
lejos de la ciudad, llamó en su auxilio á una banda de 
cristianos, que ya se hallaban comprometidos y dispues- 
tos para la empresa, y con ellos logró apoderarse del 
gobierno de Murcia, echando á Mohámed, hijo de Saad 
Abenmardenix, lugarteniente de Abeniyad, el cual huyó 
á refugiarse en Alicante el 15 de Mayo de 1146. 

Dueño el Zegrí del principado de Murcia , tomó el título 
-de arráez, como se ve en las monedas de oro que acuñó (2) 
durante los meses que pudo sostenerse en el poder, desde 
15 de Mayo á 13 de Diciembre de 1146, en que fué muerto. 
Las circunstancias de la muerte del Zegrí aparecen men- 
cionadas en Adabí, si bien no tan detalladamente como 
fuera de desear. De la narración lacónica que hace el 
citado historiador (3), se desprende que en la lucha habida 
entre el Zegrí y Abeniyad , disputándose el principado de 
Murcia, llegó el último de ellos á entrar en dicha ciudad, 
donde debió empeñarse reñida pelea en calles y plazas. 
Derrotado , sin duda , el Zegrí , trató de escapar de la ciu- 
dad ; mas al salir por la puerta de ella , llamada de Alfa- 
rica (del camino), le fué disparada desde el muro una 
piedra que vino á dar en la cabeza de su caballo, y espan- 
tado éste, precipitóse con su jinete en el cauce del río, 
donde un hombre de los que allí estaban apostados, le dio 
muerte. 



f 1 ) En Noticcs ct oxtraictes ote. de Dozy, pág. 21!). 

(2) Véase Vives, Monedas de las dinastías Ál■AI)¡.^•ü-(>s|l;lñ()]as, 
números 1.927 y 1.928. 

(3) Bib. ar. liisp., i)ág. 33. 



- ISá - 

Por segunda vez quedó Abeniyad dueño de Murcia y 
de las restantes ciudades del oriente de España, y así 
continuó hasta su muerte, acaecida en 21 de Agosto de 
1147, á consecuencia de una herida de flecha que recibió 
en una de sus diferentes acciones contra los cristianos, 
según Abenalabar (1), ó en una de sus incursiones contra 
los Benichomail , en las cercanías de Vélez, como dice 
Adabí (2). Abeniyad había ejercido el mando del Oriente 
de España durante un año, nueve meses y veinte y un 
días. Todavía vivió alguno de dichos días después de ser 
herido, y al ocurrir su muerte, fué trasladado á Valencia 
y sepultado en ella. 



(1) Lugai' antes citado. 

(2) Lugar antes citado. 



CAPITULO XIV 

Abiiabdála Moháined, hijo de Saad, hijo de Moháincd , hijo do 
Saad Abcninardenix, rey independiente de Murcia y de todo el 
Oriente de la Eupaña árabe. Abenhantusco , sueyro y luyarte- 
niente de Abenmardeni.v. — Relaciones de éste con los estados 
cristianos. — Aspiración de Abeniiiardenix contra el poderío de 
los almohades. 



Al saberse en las capitales del Oriente de España la 
muerte de Abeniyad, los de Murcia confiaron el mando 
de su región á Abulhasan, hijo de Obaid, á quien aquél 
había dejado en dicha ciudad como gobernador suyo, 
cuando salió á campaña; pero los valencianos eligieron por 
su jefe á Abuabdála ísíohámed, hijo de Saad, el famoso 
Abenmardenix, sobrino del compañero de Abeniyad, 
muerto en la batalla de Albacete, é hijo del otro Aben- 
mardenix que tan bravamente había sostenido el sitio 
pue'sto á Fraga por Alfonso el Batallador, hasta que fué 
muerto éste en la batalla que se siguió junto á los muros 
de dicha ciudad, al acudir Yahya Abengania en auxilio 
de ella. 

Abuabdála Mohámed Abenmardenix había quedado 
al frente de la región valenciana como lugarteniente de 
Abeniyad , de quien parece que era yerno , de la propia 
suerte que Abenobaid había quedado en el gobierno de 
Murcia. Se desprende de la lectura de los textos árabes, 
especialmente del historiador Adabí , que Abenobaid trató 
en un principio de mantenerse independiente en el prin- 
cipado de Murcia ; pero Abenmardenix, bien por propio 
deseo ó por disposición testamentaria de Abeniyad, se 
creía con derecho á suceder á éste en sus dominios. El 
historiador Abdeluáhid el de Marruecos (1) nos dice que 



(1) Página 149. 



- 186 - 

muerto Abeniyad, se alzó con el mando de sus regiones 
un hombre llamado Mohámed, hijo de Saad, conocido 
más comúnmente por Abenmardenix, pariente y escudero 
de aquél, quien estando á punto de morir, le propuso 
para sucesor suyo en el reino, con preferencia á su pro- 
pio hijo, atendidas las excelentes cualidades que le hacían 
mucho más digno y apto para el gobierno. Mediase ó no 
recomendación de Abeniyad en favor de Abenmardenix, 
lo cierto es que éste , en cosa de un mes , fué proclamado 
rey de Murcia , de Valencia y demás distritos musulma- 
nes del Oriente de España. Las dificultades que al 
efecto encontró Abenmardenix fueron pequeñas y fácil- 
mente vencidas entre él y su lugarteniente Ibrahim 
Abenhamusco , que luego fué su suegro y el brazo dere- 
cho de su reino, como le llama el Sr. Codera, interpre- 
tando las frases de los historiadores árabes. Su nombre 
completo, según refiere Abenaljatib, era Ibrahim, hijo 
de Mohámed, hijo de Mofárrech, hijo de Hamusco; uno 
de sus abuelos , Mofárrech ó Hamusco , era cristiano y se 
hizo musulmán , entrando al servicio de uno de los reyes 
Benihud de Zaragoza, y cuando los cristianos veían en 
el combate al último de ambos solían decir: He rnochico, 
es decir, Ahí está el mocho pequeño, el desorejado menor. 
Pero es de advertir que la etimología dada por el citado 
historiador al nombre árabe .¿í^-*-«.a ^ leyendo Hemochico 
y refiriéndola por sonsonete á la expresión española ante- 
dicha , resulta desvirtuada en la suscripción de un docu- 
mento ó carta del Emperador Alfonso VII, en que es lla- 
mado el personaje de referencia Abenfamusco (1), que 



(1) La .suscripci()n mencionada dice asi: «Facta carta Curita VI 
ydus febi'oari era M." C^ IXX.Xij quando Imperator haljuit ibi ccdlo- 
(|uium cunfi ve'¿e Valeneie Medonis (ó Merdenis) qui ídem Lop at 
(;um rege Murcice Abenfamusco... imperatore tune imperante in l'o- 
let(», Lesione, Zaragocia et Naiara, Castella, Baccia (por Baecia ?j, 
Almai'ia. » Véase Relaciones topográñcas de España. Rela(nones de 
Ijueblos que pertenecen lioy á la provincia de Guadalajara, con notas 
de D. Juan Catalina García, académico de número, Memoi-ial liistt')- 
rico español, t. XIJI, pág. 191, en los aumentos á la relación de Al- 
guera de Zorita. 



— 187 — 

sería, transcrito al árabe , Abenhamusco. Más acertado 
parece , como nos hizo observar el Sr. Saavedra en con- 
versación sobre el asunto, que Abenhamusco fuese lla- 
mado así por ser originario del pueblo Hamusco (actual 
Amusco de la provincia de Falencia), que entonces se 
escribía Pamusco. 

Al ser echados de Zaragoza los Benihud, crecía Aben- 
hamusco en condición oscura; pero sagaz y listo, entró 
pronto al servicio de un señor almoravide, á fin de acom- 
pañarle, aguisa de práctico del terreno, en sus expedi- 
ciones cinegéticas. La afición á las armas llevó luego á 
Abenhamusco á la corte del rey de Castilla, alistándose 
en sus ejércitos, y después se acogió á los gobernadores 
almorávides, no sin solicitar previamente su favorable 
aceptación , mostrándose arrepentido de haber hecho 
causa común con los cristianos. Cuando obtuvo Yahya 
Abengania el gobierno de Córdoba , dióle un empleo en 
su corte, y al estallar la revolución contra los almorávi- 
des, figuró de embajador de dicho Abengania cerca del 
cadí Abenhamdin, por su capacidad y perfecto conoci- 
miento de la lengua castellana. 

Agravada la revolución y extendida á toda España , 
trasladóse Abenhamusco á la parte oriental y allá entró 
al servicio de Abengania sobresaliendo entre sus más 
bravos capitanes. Campeón esforzado y sumamente ins- 
truido en las cosas de la guerra, era soldado de primera 
ñla é impetuoso en el asalto; en sus célebres cargas lograba 
dominar y arrostrar los momentos de más grave peligro 
en la lucha. Pero de carácter altivo, duro é inhumano, 
castigaba atrozmente á los desgraciados que caían en su 
poder, quemándolos vivos ó arrojándolos desde los preci- 
picios y las torres ó atándolos á diferentes ramas de los 
árboles previamente encorvadas y unidas, para que al 
dejarlas libres, cada una se llevase un cuarto del cuerpo 
délos infelices, ó sometiéndoles á otros suplicios seme- 
jantes; mas á pesar de esto y de ser partidario de la revo- 
lución , amigo de los cristianos , y no consentir jamás ei; 



— 188 - 

SU compañía á los alfaquíes y piadosos musulmanes , dice 
el historiador árabe , Dios le liizo señor de losliombres, 
le colmó de beneficios y acabó por convertirle á su reli- 
gión. Tal era el hombre, á quien Abenaljatib llamaba la 
espada de Abenmardenix. 

Reconocido éste por la gente de Valencia, envió á su 
suegro Abenhamusco contra Abensiuar, señor de Segura , 
distrito que Abenmardenix reclamaba por derecho de su- 
cesión; mientras que él se disponía a salir en dirección á 
Murcia, á ñn de hacerse dueño de ella, destituyendo á 
Abenabaid. Éste, de grado ó por fuerza, no considerán- 
dose capaz de resistir á Abenmardenix, luego que supo 
que se acercaba á la ciudad, salió á recibirle y rindióle 
homenaje, declarando que se iiabía mantenido en el go- 
bierno de Murcia, á fin de guardarlo para él y facilitarle 
su dominio. 

Habiendo entrado Abenmardenix y Abenobaid en la 
ciudad, hizo éste á aquél entrega de todo lo que tenía en 
su poder perteneciente al difunto Abeniyad, y los mur- 
cianos reconocieron la soberanía de Abenmardenix, que, 
en consecuencia de esto, quedó por rey independiente de 
Murcia, de Valencia y demás distritos musulmanes de la 
España oriental en Octubre de 1147. Por su parte, Aben- 
hamusco se hizo prontamente dueño de Segura; pues, 
al decir de los historiadores árabes , vino á reunirse con 
Abenmardenix en Murcia, asistiendo á su proclamación 
y quedando de lugarteniente en ella, cuando su yerno 
hubo de volverse en Diciembre del mismo año á Valencia, 
cuyo mando había conferido Abenmardenix, desde el prin- 
cipio de su elevación al poder, á su hermano Abulhachach 
Yúsuf Abenmardenix. 

«Después de la caída de los almorávides (1), dos par- 
tidos se disputaban la posesión de la España musulmana, 
el de los bereberes, ó sean los almohades, que se consi- 



(1) Codera, Almorávides, pág. 112, traduciond(j k Do/y, en sUá 
Recherches etc., I, pág. 365. 



— 189 — 

deraban legítimos herederos de la dinastía destronada ó 
extinguida, y el partido español ó nacional que trataba 
aún de mantener la independencia del país.» 

En efecto, algunos meses antes de la proclamación de 
Abenmardenix, en Enero de 1147, habiendo avanzado los 
almohades hasta Sevilla, lograron apoderarse de esta capi- 
tal, y aunque al principio muchos de ios señores rebeldes 
trataron de sacudir su dominación, en el año de 1150 á 
1151 hallábase ésta asentada ya en todo el centro y occi- 
dente de la España árabe, y aspiraban, á imitación de los 
almorávides , á restablecer el poderío musulmán en toda 
la Península. 

Uno de los más formidables y tenaces enemigos, con 
que acá tropezaron los almohades para la realización de 
su empeño, fué indudablemente el famoso régulo de Mur- 
cia Abenmardenix, de quien venimos haciendo historia ; 
personaje que se presenta como una de esas figuras carac- 
terísticas y difíciles de analizar, que á veces produce el 
contacto de muchas nacionalidades y de diferentes reli- 
giones (1) . 

^,A qué gente pertenecía?, pregunta Dozy (2). Aben- 
jaldun (3) le atribuye origen árabe haciéndole descen- 
diente de aquellas familias antiguas que habían quedado 
en España y, poco dispuestas por sus hábitos de raza á 
permanecer sedentarias en las ciudades , se habían consa- 
grado á la vida militar y servían en las milicias del impe- 
rio. El mismo Abenmardenix se decía árabe. Sin embargo, 
opina Dozy que era de origen español ; pues aunque pre- 
tendiese pasar por árabe, dice el ilustre arabista, «según 
unos se decía de la tribu de Chodam; según otros de la 
de Tochib ; la duda sobre ese particular demuestra su fal- 
sedad; pues los verdaderos árabes, tan pagados de su 



(1) Dozy, Rechepches, I, pág. 365; Codera, Almorávides, pági- 
na 113; y Fernández y González, Estado politice, etc. , pág. 76. 

(2) Lugar antes citado. 

(3) Prolegómenos, I, pág. 339 de la traduc. 



- 190 — 

nobleza, nunca dudaban en asunto tan importante». Añá- 
dase á esto (1) que el nombre de su tercer abuelo no es 
árabe, sino español: Mardanix ó Mardenix es evidente- 
mente Martínez: todo hace creer que era de origen cris- 
tiano; que su abuelo se hizo musulmán, y que su familia, 
como tantas otras que se encontraban en condiciones pare- 
cidas , trataba de pasar como perteneciente á la nobleza 
árabe» (2). 

En sus maneras no desmentía Abenmardenix su ori- 
gen, antes al contrario: gustaba de vestir como los cris- 
tianos sus vecinos, usaba las mismas armas, aparejaba su 
caballo del mismo modo y prefería hablar su lengua: sus 
soldados eran en su mayor parte castellanos, navarros y 
catalanes, y para ellos edificó cuarteles, y liasta buen 
número de cantinas con grande escándalo de los buenos 
musulmanes: con sus larguezas se atraía á los jefes, y 
para ello tenía que oprimir con excesivos tributos á sus 

(1) Codera, traduciendo á Do/y, lugar citado. 

(2) El barón de Slan que considera también el nombre de Mar- 
denix como extraño á la lengua áralje y Ijereber, pregunta si diclio 
nombre no era una alteraciiui del latino Martinu.s (Proleg. d(} Al)en- 
jaldun, trad. I, pág. :339, nota). El Sr. Codera (Almorávides, p. 'MÚ) 
dice respecto del particular: «no apai-ece esto tan claro como opina 
Dozy: que el nombre no es árabe lo admitimos sin diñcultad: para du- 
dar que sea Martínez nos mueven varias razones : si hubiera que- 
rido transcribir Martínez, probablemente hubiera escrito ^r^^^j-* no 
i_r^-^>^^) como escriben constantemente: os verdad que el uso de 
la j por la ü no es muy violento, pero lo es fonéticamente el que ]»u- 
siesen ^ de prolongacúón después del J, si no se había de leer Mar- 
tínez, que nunca ha podido pronunciar.se: el cambio de la vocal tóni- 
ca i en a ó en c también ¡carece poco admisible». 

No son gran autoridad en cuestiones etimológicas los autores ára- 
bes; pero alguna hay que concederles, si no para la cuestiim directa, 
al menos [»ara fijar la iii'onunciaci()n: Ábenjalican, guiado por la [iro- 
nunciación del nombi-e, que para él sería Merdanix, admite la etimo- 
logía, poco limpia, (¡ue se da al sol)ronomltre de Constantino Copi'()- 
nimo (Al)enjalican, edic. del Cairo, tom. III, 46(3). 

Quizá se haya cambiado la vocal de la j y pudiera sospecliar.se 
que se trata de un Mai'donius, descendiente ó no de los antiguos 
bizantinos de la parte de Cartagena: hasta pudiera sospecharse remi- 
niscencia en lo que de las hijas de Al)enmardenix dicen los autores 
árabes ponderando la especie de fascinación que sus rubios cabellos y 
ojos azules ejercieron sobre el ánimo de los califas que se casaron con 
ollas, principalmente la que ca^ó con Abuyacub Yú.sufo. 



— 191 — 

vasallos. Hasta llegó á recompensar á uno de sus caballe- 
ros, á Pedro Ruiz de Asagra, dándole la ciudad de Santa 
Alaría de Albarracín con sus territorios, que este caballero 
hizo erigir en obispado. 

La política constante de Abenmardenix fué estar ínti- 
mamente ligado con los príncipes cristianos; él había 
comprado la protección del rey de Aragón y la del de 
Castilla y la del Conde de Barcelona, comprometiéndose 
á pagar un tributo; en realidad no era más que un vasa- 
llo , de modo que un cronista anglo-sajón de su tiempo 
no se apartaba mucho de la verdad al decir que el rey 
de Castilla reinaba en Murcia y Valencia (1). Para los 
cristianos no se llamaba AIohámed, sino Lope ó Lobo; en 
todos los príncipes de la cristiandad veía aliados , amigos 
y hermanos ; él enviaba magníficos regalos de oro , seda , 
caballos y camellos al rey de Inglaterra, Enrique II, y 
los recibía á su vez ; su reputación entre los enemigos de 
su religión era tal , que un siglo después de su muerte 
un Papa le llamó el rey Lope, de gloriosa memoria. 

Y bajo muchos conceptos merecía este elogio, pues 
era hombre de gran sagacidad, y según las circunstan- 
cias sabía perdonar noblemente ó castigar con severidad; 
dotado de una fuerza hercúlea y excelente caballero, era 
de una bravura á toda prueba; en los combates no rehuía 
el peligro y exponía su vida de modo que era preciso re- 
cordarle que el general en jefe tenía otros deberes que el 
simple soldado. 

Es curioso lo que respecto de la bravura de Abenmar- 
denix nos dice Almacarí (2) , al presentarlo como tipo de 
los héroes musulmanes de España: «Abuabdála Aben- 
mardenix, dice el citado historiador , era tan valeroso, 
que se lanzaba en medio de los escuadrones enemigos y 



(1) Véase también sobre este punto la obra citada del Si-. Fer- 
nández y González, páginas 76 y 77. 

(2) Analectes, etc., II, páginas 141 y 142, 



— 192 — 

se abría paso entre ellos haciéndoles retroceder á derecha 
é izquierda, á la vez que recitaba la siguiente estrofa: 

Me lanzo sobre un escuadrón , sin atender al 
peligro; lo mismo por su flanco que por su cen- 
tro marcho cargando á pie desnudo. 

Cierto día que se había lanzado en medio de un es- 
cuadrón de cristianos, derribando y matando á" muchos 
de sus caballeros, de tal suerte que él mismo llegó á ma- 
ravillarse de su hazaña, decía luego á uno de sus capita- 
nes, muy aguerrido y famoso en la pelea: ¿Qué te ha 
parecido mi proeza? Y respondióle este último: Si te 
hubiera contemplado el sultán , seguramente te llegaba 
á ofrecer mayores riquezas que las que posees en tu te- 
soro y mayor dignidad que la que hoy disfrutas. ¿Por 
ventura hay algún jefe del ejército que dé á la cabeza de 
sus soldados la carga que tú has realizado, ofreciendo su 
vida por la de los demás? A lo cual replicó Abenmarde- 
nix: ¡Déjame estar! Una vez he de morir, y muerto yo, 
no habrá quien pueda sostenerse». 

«Para sus oficiales (l) tenía además otras cualidades 
apreciables; los lunes y jueves de todas las semanas los 
convidaba, lo mismo que á los altos dignatarios, aun 
banquete, que se celebraba en uno de los salones de su 
palacio; mientras los convidados bebían, sus esclavas 
bailaban y cantaban, y al terminar la fiesta, muchas 
veces distribuía entre los convidados los vasos de plata 
que habían servido en el convite, y hasta los tapices que 
adornaban la estancia; siendo esto así, nada tiene de ex- 
traño que tal capitán fuese el ídolo de sus guerreros ; la 
mancha de su carácter, aun para los mismos musulma- 
nes, era su gran lujuria» (2). 



(1) Codera, Almorávides, pág. 115, traduciendo á Dozy , obra 
citada, pág. :367. 

(2) Dozy, en la obra citada, página 368, pone en nótalas si- 
guientes palabras de Abenaljatib respecto de Abenmardenix: «cuba- 
bat cum multis puellis sub una strágulao, «cum ducentis circiter 
pucllis». 



— 193 — 

Tal era el enemigo que tanta oposición iba á hacer al 
entronizamiento de los almohades en la España musul- 
mana. Durante algunos años, los primeros del reinado 
de Abenmardenix, nada intentaron los almohades contra 
éste, bien porque, embarazados en extender sus con- 
quistas por el África y acrecentar su dominación en el 
centro y occidente de la Península, no contasen con fuer- 
zas para ello, ó bien por el respeto que les infundiese 
después la situación favorable del valeroso régulo del 
Oriente de España. Es más, llegaron á romper las hosti- 
lidades contra Abenmardenix, cuando éste, en su propó- 
sito de arrojarles de la Península , entró con sus tropas 
por las regiones que ya les obedecían , y logró arrebatar- 
les algunas délas sujetas á su dominio; y aun así, en 
un principio los sídes 6 príncipes almohades dirigieron 
sus poderosos ejércitos á las comarcas de Andalucía en 
las cuales había conseguido Abenmardenix imponer su 
autoridad, sin atreverse de primeras á penetrar en el co- 
razón de su reino. En esto no hicieron dichos príncipes 
nms que seguirlas instrucciones que, respecto del par- 
ticular, les diera su padre Abdelmúmen; pues éste, al 
morir, si hemos de creer á Abenjaldun (1), recomendó, 
entre otros asuntos, á sus hijos que dejasen en paz á 
Abenmardenix en tanto no se opusiera á las empresas de 
ellos, y que, para atacarle en su reino, esperasen á que 
la fortuna le fuese adversa. «Echad , díjoles también, de 
la región de Túnez y Trípoli á los árabes y transportad- 
los al Mogreb ; en éste os servirán de cuerpos de reserva 
para cuando vayáis á combatir á Abenmardenix». 

Tampoco pudo éste al principio de su reinado pensar 
en extender su dominación por la parte de Andalucía. 
El Conde de Barcelona , D.Ramón Berenguer IV, apro- 
vechándose , como los otros príncipes cristianos , de las 
luchas interiores entre los musulmanes, logró hacerse 



f 1) Histoii-e des Bérberos, traducción de Slane, II, pág. 284. 

13 



— 194 — 

dueño de las ciudades de Tortosa, Lérida, Fraga y Me- 
quinenza, las cuales, aunque no consta de manera fija 
que estuviesen sometidas á Abenmardenix, es de supo- 
ner que así fuese, dada su dependencia anterior del go- 
bierno general almoravide del Oriente de España, y, 
como se dirá luego, en los tratados de paz que hizo aquél 
con los cristianos, se hace alusión á algunas de dichas 
ciudades. 

Tomada Tortosa en el último día del año u-i8, des- 
pués de un largo y porfiado sitio, por D. Ramón Beren- 
guer, que la dio en feudo por terceras partes á los geno- 
veses , á Guillermo Ramón Moneada y á Guillermo de 
Montpeller, en premio al auxilio que éstos le habían 
prestado y á la parte principal que habían tomado en el 
sitio y ataque de la ciudad (1) , las otras ciudades, Léri- 
da, Fraga y Mequinenza no podían sostenerse mucho en 
poder de los musulmanes, habiendo quedado abandona- 
das á sus propias fuerzas , y fueron tomadas por los cris- 
tianos en 24 de Octubre de 1149 (2), sin que conste si 
Abenmardenix procurase socorrerlas. Probablemente se 
Yió imposibilitado de hacerlo, por tener que atender á la 
defensa de sus fronteras con Castilla. 

Los autores árabes conocidos se limitan á decirnos 
respecto de las mencionadas ciudades y de otras, lo 
mismo del oriente que del occidente de la Península, 
que por el tiempo susodicho cayeron en poder de los 
cristianos, á consecuencia de las luchas interiores de los 
musulmanes , muchas ciudades , y señalan especialmente 
á Almería, Tortosa, Lérida, Fraga, Santaren y Santa 
María (3). Hacia el mismo tiempo en que los cristianos 
se hicieron dueños de Tortosa , tomaron también los cas- 



(1) Dozy, Rechei'clies, II, y Balaguei-, Historia de Cataluña, 
tomo II, página 448. 

(2) Balaguer, Historia de Cataluña, II, pág. 455. 

(3) Anouairi, ms. ár. de la R. Ac. de la Hist., num. 60, refirién- 
dose al año 543 (Mavo do 1148 á Mayo de 1149) v el autor del Cartas, 
página 17fi, fpi.' ]n roñeve á 544 (Mayo de 1149 á Abril de 1150). 



— 195 — 

tillos de Iñich y de Serranía (l), al parecer, pertene- 
cientes al reino de Abenmardenix, por la parte de su 
frontera con los cristianos de Castilla. Esto, las circuns- 
tancias en que Abenmardenix se hizo cargo del mando, 
por muerte de Abeniyad en lucha con los cristianos , y el 
decirnos Abenaljatib que aun no liabía llegado Aben- 
mardenix á ^'alencia, á fin de tomar el mando en susti- 
tución de Abeniyad, cuando le llegó en su camino la 
noticia de que los cristianos le habían tomado el castillo 
de Hillel, hace pensar que el esforzado régulo de la parte 
orienta] de España se vio estrechado no sólo por D. Ra- 
m(')n Berenguer IV, sino también por las bandas caste- 
llanas del Emperador Alfonso VII en los primeros días 
de su mando. Y aunque de Abenmardenix se dice que 
logró recuperar el castillo de Hillel (2) de manos de los 
cristianos , y es de suponer que no en todos los encuen- 
tros con ellos debió serle adversa la fortuna, á juzgar por 
el elogio que de su bravura hacen los escritores musul- 
manes , hubo de llevar la peor parte en la lucha general , 
ó estimó más conveniente para su causa comprar la paz 
de aquéllos, y su alianza contra el común enemigo que 
se les presentaba, los almohades, los cuales no habían de 
contentarse simplemente con hacerle su tributarlo. Así 



(1) IgaoraiTiDS la situación do estos castillos: el ms. ár. déla 
Real Academia de la Historia, Iliata de Abenaljatilj, t. II, pág. 28, 
de donde está tomada la noticia, dice : ^.>\ ij^ ^ ^j^st^^ ^j^^C„**jU 

E! Sr. Codera on sus almorávides, pág. 126, traduce el nomlii'(í 
^-J.sl , como equivalente á Uclés de la regiíjn de Toledíj, que los au- 
tores árabes trasci'iijen por ^,-i.^^ (Véase esta [¡alabivi en el diccio- 
nario de Jacut). Bien pudiera ser que los autores musulmanes 
transcriljan el nombre árabe de ambas maneras ^)i\ y ^^-^••^^, ó 

que haya eri-or de copia en el texto de la Real Academia de la Histo- 
ria ó que se trate de un castillo distinto del de Uclés. 

(2) Abenaljatib, Ihata, ms. ár. de la R. Ac. de la Hist., t. 11- 
página 28. 



— 196 — 

vemos que Abenmardenix firma luego con los cristianos 
varios tratados de paz , por los cuales se compromete á 
pagarles tributo, y se alia especialmente con el rey de 
Castilla. 

Las noticias que se tienen de los historiadores árabes 
acerca de los tratados celebrados por Abenmardenix con 
los príncipes cristianos vecinos á su reino, han sido reco- 
piladas por el Sr. Codera (1): «el primero, dice nuestro 
ilustre arabista, de los príncipes cristianos con quien 
Abenmardenix, que sepamos, entabló relaciones, fué 
con el Conde de Barcelona, D. Ramón Berenguer IV, con 
quien consta que hizo paces por cuatro años, comprome- 
tiéndose á pagar un tributo de cien mil mitscales de oro, 
de los suyos, que por cierto son de oro muy bueno y 
abundan en las colecciones numismáticas ; es de advertir 
que , según algún otro texto, los cien mil mitscales no 
eran el tributo al Conde de Barcelona, sino á éste y al 
rey de Castilla, el Emperador D.Alfonso VII, quien, 
como queda dicho , quizá podía considerarse como el ver- 
dadero rey de jNIurcia y Valencia. 

Como la alianza ó amistad pactada por Abenmarde- 
nix, ó rey Lope, con el Conde de Barcelona era sólo por 
cuatro años , es de suponer fuera renovada al expirar el 
plazo, tanto más cuanto, siendo casi un reconocimiento 
de vasallaje del rey Lope, mediante el pago de un tri- 
buto anual , el Conde de Barcelona había de tener interés 
en su renovación; pero nada concreto nos consta hasta 
veinte años después , ó sea el 1168, en cuya fecha se 
pacta nueva alianza entre el rey Lope y Alfonso II de 
Aragón, sucesor de D.Ramón Berenguer IV en el con- 
dado de Barcelona; el día de las nonas (día 5) de No- 
viembre de 1168, se ñrma el documento correspondiente, 
en el cual el rey Lobo , por medio de su apoderado Ge- 
raldo de Torva, se compromete á pagar á Alfonso II vein- 
ticinco mil maravedises antes del día de la Natividad del 



(1) Almui-avidcs, ]i;'i,L;-iii;t 1211, 



— 197 — 

8eñor, y el rey Alfonso, poi' su parte, se compromete á 
tener y hacer respetar la paz con el rey Lobo desde 1.° 
de Mayo próximo hasta dos años después; por parte del 
rey Alfonso juran guardar lo pactado Pelegrín de Casti- 
llazuelo, Blasco Romeu, Mayordomo del rey, y Ximeno 
de Atrosillo, su alférez. 

El rey Lobo hubo de pagar tributo no sólo á los sobe- 
ranos de Barcelona y Castilla , sino también á los de otros 
Estados ; en el segundo año de su reinado , el día 5 de 
Ramadán del año 543, ó sea el 27 de Enero de 1149, fir- 
maba un tratado por diez años con la república de Pisa, 
y luego otro de mayor importancia con la de Genova , 
comprometiéndose con ésta á pagar diez mil morabitines, 
cinco mil en el mismo año y los otros cinco mil en el si- 
guiente; además del subsidio, el rey Lobo, que en el do- 
cumento figura con sus nombres árabes Aboadella Mo- 
chamet Abensat (por Abuabdála Mohámed Abensaad), 
ofrece á los genoveses habitantes en Valencia y Denia un 
fondac ó mesón para el comercio , pero con prohibición 
de que otros habiten allí, y además les concede un baño 
gratis cada semana; los genoveses, por su parte, sólo se 
comprometen á no hacer daño á los subditos del rey Lobo 
en Tortosa y Almería ; es de suponer que el rey Lobo 
habría de firmar tratados análogos en otras fechas , ade- 
más de las conocidas.» 

La política constante de Abenmardenix fué estar en 
amigable relación con los príncives cristianos , quedando 
así desembarazado para realizar su empeño , que era el 
de extender su dominación por la parte del poniente y 
mediodía de la España árabe , lo cual consiguió de tal 
suerte que, según el historiador Abenaljatib (1) y otros, 
además de ejercer su mando en los distritos de Valencia, 
Murcia , Játiva y Denia en la parte oriental , extendió su 
dominación á Jaén, Baeza, Baza, Guadix y Carmona; 
puso en gran aprieto á Córdoba; llegó á sitiar á Sevilla; 



(1) Ihata, mi. ár. de la R. Ac. de la Hist., II, pág. 28. 



— 198 — 

Kcija cayó en sus manos; entró en Granada, y estuvo á 
punto de enseñorearse de toda la España árabe. 

Es indudable que eti estas conquistas fué excitado 
Abenmardenix y hasta favorecido , no sólo por los musul- 
manes españoles que veían mal la dominación africana , 
sino también, y en Granada lo fué señaladamente, por 
los cristianos y judíos, dada, por una parte, la simpatía 
que aquél mostraba á los correligionarios de éstos , admi- 
tiéndolos en sus ejércitos, y la amistad ó alianza que le 
unía con los príncipes , y, por otra, el estado vejatorio 
en que se hallaban desde la dominación almoravide. Los 
cristianos y judíos de la España árabe (1) , al contrario 
que los almohades, veían bien á los soldados de Aben- 
mardenix, y para ello tenían sobradas razones; su suerte, 
ya bien desgraciada bajo el dominio de los almorávides, 
se había hecho intolerable bajo el de los almohades, con 
los cuales había desaparecido toda sombra de tolerancia. 

El califa Abdelmúmen, tan pronto como consiguió 
hacerse dueño de Marruecos (1146), había anunciado á 
todas las gentes sometidas á su imperio que no consen- 
tiría en sus estados más habitantes que los musulmanes; 
que, en consecuencia, las iglesias de los cristianos y las 
sinagogas de los judíos serían demolidas, y que ellos 
habían de elegir entre el islamismo , la muerte ó la expa- 
triación. Muchos de ellos hicieron esto último; otros su- 
frieron el martirio, y los almohades se apresuraron á 
apropiarse sus casas, sus bienes y aun sus mujeres; 
otros, sin embargo, y los más de ellos judíos, permane- 
cieron fieles en secreto á la religión de sus mayores, se 
resignaron á practicar exteriormente el islamismo , á acu- 
dir de vez en cuando á las mezquitas y aun á hacer leer 
á sus niños el Alcorán. Gracias á estas transacciones pu- 
dieron conservar sus bienes; mas su posición era falsa, 
pues el gobierno, que sabía muy bien que no eran since- 
ros correligionarios, les hacía vivir descartados, sin per- 



(1) Dozy, R(3clieirhes, I, p.i.y-. 370, 



— 199 — 

mitirles mezclarse con los verdaderos musulmanes por 
el matrimonio ii otra especie de relación. De esta manera, 
aquellos desgraciados parias, que debían estar á toda 
llora suspirando por alguien que viniese á librarles del 
yugo insoportable que sobre ellos pesaba, era natural 
que viesen en los soldados de Abenmardenix á sus liber- 
tadores y que se dispusieran pronto á secundarles con 
todas sus fuerzas. 

Las conquistas realizadas por Abenmardenix en An- 
dalucía y los notables hechos de armas que al efecto 
hubo de sostener contra el poderío de los almohades hasta 
su muerte, y la sumisión de su reino de Murcia son tan 
importantes, que bien merecen capítulo especial. 



CAPITULO XV 



('iiiujii/sías de Alicnnundenl I- . vcij de .Mii/ritt // del Oriente de As 
¡Kiña. OH Anddliirid : sti iniierle: <(ne:rinii de ^iis estados al ¡m 
¡H'iii) de los (diindiíif/es. 



Las primeras ciudades andaluzas en que fué recono- 
cida la autoridad del régulo de Murcia Abenmardenix , 
fueron indudablemente Baza y Guadix. Además , los mo- 
ros residentes en Almería, al caer esta ciudad en manos 
de los cristianos en 17 de Octubre de 114:7, cabalmente 
en el mismo tiempo en que Abenmardenix era recono- 
cido en A^alencia y Murcia, volvieron á éste sus ojos, 
considerándole como su rey, y les envió gobernador de 
su parte. Es mu^^ poco lo que nos dicen los autores ára- 
bes conocidos respecto del tiempo preciso y de la manera 
como se efectuó el reconocimiento de Abenmardenix en 
las dos primeras ciudades citadas; las escasas noticias 
que respecto del particular dan aquélloc^ , se refieren es- 
pecialmente á Guadix, al parecer, porque ambas siguie- 
ron la misma suerte. Desde luego resulta, como hecho 
indudable, que Abenmardenix extendió su dominación 
á las dos ciudades de Baza y Guadix por el mismo tiem- 
po, y que esto fué al principio de su reinado en Murcia 
y Valencia. Abenaljatib menciona á ambas , como ya se 
ha dicho en el capítulo anterior, éntrelas ciudades de 
Andalucía que cayeron en manos de Abenmardenix (1). 
El mismo historiador trae otro pasaje (2) referente á Gua- 



(1) Iliata, ms. ái". de la R. Ac. de la Hist. , II, pkg. 28. 

(2) Ms. ái-. de la R. Ac. de la Hist. , núm. 37, fol. 257 v. y 52 
lie la ('(jiiia del Sr. Codera. 



— ^02 — 

diz en este tiempo, fundado en el cual dice el Sr. Codera 
lo siguiente (1): «Al declararse independiente en Cór- 
doba Abenhamdin en el año 539 (de la hégira), haciendo 
lo mismo otros jefes en sus respectivas ciudades , se de- 
claró independiente en Guadix, no por ambición, sino 
por la fuerza de las circunstancias, un personaje desco- 
nocido hasta hoyen nuestra historia, y que, á ser más 
conocido, sería el personaje más simpático de cuantos 
figuraron en la España musulmana en este período de 
revueltas». 

«Llamábase Áhmed, hijo de Mohámed Abenmilhan; 
era natural de Guadix, de reconocida suficiencia y muy 
considerado por sus obras; al declararse independiente 
tomó el título de Almotayyad hila, y fortificada la alca- 
zaba se dedicó á proveer y gobernar su pequeño estado, 
con mano firme, sin encargar á otro el mando; la pertur- 
bación general le impulsó, y ayudándose de la agricul- 
tura y arboricultura adquirió grandes riquezas y tesoros , 
llegando á ser el más rico de su tiempo y á prevalecer 
sobre cuantos estaban próximos á su ciudad, Guadix, 
apoderándose de Baza, donde dice el autor (Abenaljatib) 
que en su tiempo (dos siglos más tarde) se conservaba 
descendencia de Abenmilhan.» 

«Cuando Abensaad (Abenmardenix) , que ambicio- 
naba loque poseía Abenmillian, le estrechó en el año 
546 (Abril de 1151 á Abril de 1152), ayudado, según 
parece, por el Emperador Alfonso Vil, de quien dicen los 
Anales Toledanos que en este año «posó sobre Guadix», 
Abenmilhan entró en la obediencia de los almohades , 
trasladándose á Marruecos , donde se encargó de la Albu- 
fera ó pantano , de su construcción ó reparación y de la 
distribución de sus aguas; perseguido luego, no sabe- 
mos por qué causas, perdió sus riquezas y murió en este 
estado.» 



(1) Al moi-a vides, página-i;32. 



— 203 — 

«Durante su remado en Guadix, Abenmilhan había 
sabido atraer á su servicio á los más célebres literatos, 
como Abnbéquer Abentofail y Abulhásan Herodes(?).» 

«Respecto á la suerte de Guadix no consta si al en- 
trar su reyezuelo en la obediencia de los almohades entró 
también en ella, ó había caído en poder de Abensaad; 
parece fué esto último, pues en su biografía se menciona 
á Guadix entre las ciudades que le estuvieron some- 
tidas.» 

Hasta aquí lo expuesto por el Sr. Codera respecto á la 
suerte de Guadix en este tiempo, interpretando el pasaje 
de Abenaljatib; pero es el caso que en Almacarí se lee 
sobre el mismo asunto otro pasaje distinto del anterior. 
Este último historiador dice también (1) que á la caída 
del imperio de los almorávides repartiéronse el reino de 
España los cabezas ojetes de sus ciudades, y entre ellos 
Abulhásan , hijo de Nizar ó Nazar, el cual se alzó con la 
ciudad de (iuadix, de donde era natural; pero sus con- 
ciudadanos le despidieron por envidia de su autoridad, 
y proclamáronla soberanía de Abenmardenix, rey del 
oriente de España. Este envió allá sus gobernadores, re- 
comendándoles que lanzasen á aquel bravo león de su 
cai'enza y le entorpecieran sus esperanzas. Abulhásan, 
hijo de Nizar, parece que desahogó la ira que su humi- 
llación le había producido, escribiendo algunos versos 
satíricos contra Abenmardenix; pero llegando algunos 
de ellos á manos de los gobernadores , fueron enviados á 
Abenmardenix, y éste, á seguida que los leyó, mandó 
que fuese apresado su autor y conducido á su presencia 
en Í^Iurcia. Cumplióse la orden de Abenmardenix, quien 
luego que tuvo á Abulhásan, hijo de Nizar, al alcance de 
su vista, le reprendió con suma dureza é inmediatamente 
le encerró en sus prisiones. En esta situación permane- 
cía Abulhásan , compartiendo las tristezas de su cauti- 



(1) II, página :«1, 



— 204 - 

verio con la composición de algunas piezas poéticas, 
cuando un día logró hacer llegar á manos de una de las 
cantoras favoritas de Abenmardenix unas coplas en ala- 
banza de éste, recomendando á aquélla que las estudiase 
y cantase á su rey aprovechando la ocasión en que se 
hallaba más alegre y comunicativo. Hízolo así la can- 
tora, y al escuchar Abenmardenix tan bellas poesías, 
preguntó luego de quién eran. 

Entonces reveló la cantora el nombre del autor, y al 
instante hizo Abenmardenix que Abulhásan, hijo de Ni- 
zar, fuese llevado á su presencia; le obsequió magnífica- 
mente y le concedió la libertad, diciendo en honor suyo 
que quien escribía composiciones tan bellas era digno de 
ser señor, no ya sólo de Guadix, sino de toda Andalucía. 
Abulhásan, hijo de Nizar, retornó á su ciudad, despi- 
diéndole Abenmardenix con nuevos obsequios y presen- 
tes y recomendando á sus gobernadores de allá que en lo 
sucesivo escuchasen favorablemente los consejos y deseos 
de aquél en los asuntos de administración. 

¿Abuliiásan, hijo de Nizar, es el mismo personaje 
Áhmed, hijo deMohámed, conocido más comúnmente 
por Abenmilhan, citado por Abenaljatib? Es indudable 
que se trata dedos personajes distintos, y en tal caso, 
uno de ellos fué el que se alzó con el mando de su ciu- 
dad , al ocurrir la insurrección general contra los almo- 
rávides, y el otro hubo de ser, lomas probablemente, 
algún gobernador rebelde á la autoridad de Abenmar- 
denix. 

A nuestro juicio el rebelde en Guadix, al estallar la 
insurrección general contra los almorávides , que trató de 
mantenerse en ella como señor independiente, fué Abul- 
hásan, hijo de Nizar, y que Áhmed, hijo de Mohámed, 
Abenmilhan, fué un rebelde posterior contraía autoridad 
de Abenmardenix y acaso gobernador puesto por éste. 
Nos lleva á pensar así la lectura de un pasaje del histo- 
riador Abenalatir, en el cual, por incidencia, se hace 
mención del citado Abenmilhan. En dicho paraje se re- 



-^ 205 — 

flere (1) que en el año liói á ll'rl envió Abdeliiiúmen, el 
sultán de Alarruecos, un cuerpo de ejército al mando de 
Abuhafs Ornar, iiijo de Yahya, el de Hintata, con orden 
de operar contra Granada, la cual permanecía todavía en 
poder de aquellos almorávides que tan bravamente se 
habían defendido, según se ha dicho ya, contra los ata- 
([ues de Zai'adola, hasta hacerle desistir de su empeño en 
apoderarse de la plaza. El ejército almoliade de Ornar el 
de Hintata llegó efectivamente á poner estrecho cerco á 
Granada, y en esto presentáronse á aquél con sus fuerzas 
haciendo causa común, Abenmilhan, señor de Guadix, é 
Ibrahim Abenhamusco, suegro de Abenmardenix y señor 
de Jaén (2), los cuales le excitaron á que acelerase su 
avance contra la capital de Abenmardenix, á fin de sitiarle 
en ella de improviso, antes de que pudiese disponer su 
gente para una campaña exterior. Pero enteróse Aben- 
mardenix del propósito de aquellos é inmediatamente 
pidió auxilio al príncipe de Barcelona, el cual acude en 
su defensa con diez mil jinetes. Entre tanto, los almoha- 
des se retiraron de Granada y avanzaron hasta los baños 
de Balcuera, á una jornada de Murcia; mas al saber la 
llegada de los catalanes , retrocedieron y pusieron sitio á 
Almería, á ñn de librarla de los cristianos. Tampoco favo- 
reció la fortuna á los almohades de Ornar en esta nueva 
tentativa; se cebó en ellos la peste, y faltos de provisio- 
nes, hubieron de levantar el sitio y retirarse á Sevilla. 

También Almacarí refiere esta expedición de los al- 
mohades capitaneados por Omar el de Hintata contra 
Granada, su avance hasta cerca de Murcia contra la gente 
de Abenmardenix y su intento, al regresar, contra los 
cristianos de Almería (3); mas el silencio de otros histo- 



(1) Aberialatii-, XI, 102. 

(2) No consta que pul' este tiempo Aljenhauíiisco tuviese mando 
en la capital de Jaén ; pero si lo tuvo después, \" acaso el autor le an- 
ticipe el titulo con que luego se lo designó. 

( 3) Anale(.-tes , II , ])ágina <)9a , 



— 206 — 

riadores respecto de tales hechos pudiera hacer sospe- 
char que dicha expedición almohade sea mero resultado 
de alguna torcida interpretación de Abenalatir y Alma- 
cari. Sin embargo, no nos atrevemos á recusarlos; esos 
mismos historiadores refieren además las expediciones 
posteriores de los almohades, que se hallan mencionadas 
en los que omiten la de que se traía al presente, y ade- 
más cabe preguntar: ¿solamente la deposición de Aben. 
milhan, señor de un estado tan pequeño, como el que 
podría formar Guadix y Baza, exigía la presencia de 
Abenmardenix, el temido y esforzado régulo del oriente 
de España, auxiliado por su amigo, el emperador Al- 
fonso VII de Castilla, quien, según los Anales Toleda- 
nos (1), como ya se ha dicho, «posó sobre íUiadix» en el 
mismo año, á que Abenalatir y Almacarí refieren la ex- 
pedición almohade de Ornar? Parece lo más probable que 
la presencia de Abenmardenix y del Emperador Alfonso 
en tierra de Guadix por el año dicho fué debida á causa 
más grave que á la destitución ó sumisión de un reye- 
zuelo, como Abenmilhan, y bien pudiera ser dicha causa 
la expedición referida de los almohades, los cuales no se 
retiraron de Almería tan sólo por la peste ó por falta de 
vituallas, sino también por la noticia que les llegase de 
que venían tras ellos sus formidables enemigos. 

Fuera del anterior pasaje de Abenalatir, no consta 
por otros autores que Abenhamusco hiciera traición á su 
yerno en dicho año de 1151 á 1152. Sin embargo, no es 
de extrañar que entonces intentase aquél lo que más 
tarde y de una manera definitiva realizó , siendo la prin- 
cipal causa de la destrucción del reino de Abenmardenix , 
como se dirá más adelante, pues es de suponer que sub- 
sistiesen ya por este tiempo los motivos, que luego tuvo 
Abenhamusco para romper con su yerno y entregarse á 
los almohades, á saber, los malos tratos que su hija reci- 
bía de su esposo. Mas por esta vez, si es que hubo rom- 



(1) l':spaaa Sugi-ada, lomo XXIII, })áfíina :«)! 



— 207 — 

pimiento entre suegro y yerno, no debió ser duradero, 
y restablecida la concordia entre ambos , se les ve luego 
realizar juntos sus conquistas y proezas más notables. 

Sea lo que quiera respecto de los lieclios anteriores 
acerca de la suerte de Guadix , lo cierto es que por el 
tiempo á que se refleren, no debía andar Abenmardenix 
muy desembarazado de peligros ; Abenalatir y Almacarí 
nos dicen que se alzó contra él en Valencia Abdelmelic 
Abensilban ó Abensaban , que llevaba el sobrenombre de 
Abencholuna, y, antes que éste, otro nombrado Aben- 
hamid. La ciudad quedó emancipada del poder de Aben- 
mardenix, que no pudo recobrarla hasta el año siguiente 
de 1152 á 1153, después de un largo sitio. 

Mohámed , hijo de Áhmed Abenabdelaziz , que había 
sido dos veces cadí de Valencia, la primera bajo el go- 
bierno de su primo Meruan Abenabdelaziz, y la segunda 
nombrado por Abenmardenix, fué muerto por Abume- 
ruan Abdelmelic Abensilban en el año de la revuelta de 
éste (1). Y Abenalfarí, que después de ser presidente 
del consejo de Murcia, se hallaba de cadí en Valencia en 
dicho ano de 1151 á 1152, hizo dimisión del cargo al es- 
tallar la susodicha revuelta (2). 

Otro personaje notable de los partidarios de Aben- 
mardenix, Asim, hijo de Jalaf, el Tochibí, murió en la 
cárcel en 1152 á 1153, y hubo de ser enterrado intramu- 
ros de la ciudad, «lo que parece indicar, dice el Sr. Co- 
dera (3), que la ciudad estaba sitiada» (4). 

Si Granada había podido defenderse contra los almo- 
hades, capitaneados por O mar eldeHintata, no se sos- 
tuvo mucho tiempo libre de ellos. Hallábase todavía la 
citada ciudad hajo el poder de los almorávides, cuando el 
gobernador de éstos Maimun Abenbáder, presentándose 



(1) Abenalabar, Bib. ar. liisp. , V, 12G. 

(2) Abenalaljar, ídem, página 228. 

(3) Almorávides, página 313. 

(4) Abenalabar, III, fotograf. , página 180. 



— 208 — 

personalmente en el año 549 de la hégira (Marzo de 1154 
á Marzo de 1155) ó enviando un mensaje al sid Abensaid, 
hijo de Abdelmumen, gobernador de Málaga y Algeciras, 
le entregó pacíficamente la cindad de su mando. En con- 
secuencia, trasladó el príncipe Abensaid su residencia á 
Granada, y los almorávides retiráronse á Marruecos (1). 
Dueño ya de Granada el príncipe Abensaid y acre- 
centada su gente con un nuevo ejército expedicionario, 
puso sitio á Almería por mar y tierra, resuelto á echar 
de ella á los cristianos, y, al efecto, levantó fortiflcacio- 
nes que dominasen las de la ciudad, obligando á aqué- 
llos á encerrarse en la alcazaba. En defensa de la ciudad 
acudió el Emperador Alfonso VII con su hueste, formada 
por 12.000 hombres, 3^ también su aliado Abenmardenix 
con 6.000 de sus soldados. Intentaron éstos socorrer á los 
cristianos estrechados en la alcazaba de la ciudad ; pero 
las formidables obras construidas por los almohades im- 
pedían toda comunicación, y desesperando de hacerles 
levantar el sitio, tuvieron que volverse á sus respectivos 
estados. El emperador D. Alfonso fué sorprendido por la 
muerte antes de llegar á Toledo, en Fresneda, cerca del 
puerto de Muradal, el 21 de Agosto de 1151. A poco de- 
bió caer Almería en manos de los almohades, pues sus 
defensores cristianos , perdida toda esperanza de ser soco- 
rridos, capitularon, entregándola alcazaba á condición 
de que se les dejase marchar libremente. Otorgada la 
condición que solicitaban, volviéronse los cristianos por 
mar á su país, después de haber retenido en su poder á 
Almería durante diez años (2). 



(1) Aljoiiíihitir, XI, {idíx. 147; Cai't.'is, \>aíx. 177; AljiMijalduii, VI, 
pjg. 2SC); Ariouairi, ras. ár. de la R. Ac. de la Hist., riúm. (10, ar- 
ticulo soljre los almohades, y Alimed Anasiri, I. pág. 1.50. 

(: 



Alm 



2) Abenalatir, XI, [.ág. 147 y 148; Abcnjalduii, VI, pág. 23(5; 
.. acai'i, II, pág. 7G1 ; el autor del Cartas, pág. 120, y Ahmed Ana- 
siri, I, pág. 149, i'etiereri estci sitio y toma de Almería por los almo- 
hades al año 54(> y 547 de la hégira, contundiendo acaso esta expe- 
dición con la otra, que en dichos años dan por realizada Abenalatir y 
Almacari, según liemos expuesto anterioi'mente ; Anales Toledanos, 
Esp. Sagr. , t. XXIII, pág. :m. 



— 209 — 

La toma de Almería por los almohades no debió des- 
alentar á Abenmardenix; antes al contrario, puede de- 
cirse que á partir de ese hecho redobló sus esfuerzos con- 
tra ellos. En efecto, alano siguiente ó muy poco des- 
pués , en combinación con su suegro , que había fijado la 
residencia de su gobierno en Segura, ponen sitio á Jaén, 
sometiendo á su gobernador almohade Mohámed , hijo de 
Áhmed, el Cumí. Desde Jaén, como base de operaciones, 
asedian á Córdoba y Sevilla, y al retirarse de esta última 
se apoderan por sorpresa de Carmona ; Baeza y Úbeda 
entran también en la obediencia de Abenmardenix. De 
nuevo vuelve á presentarse éste á la vista de Córdoba , y 
esta vez parece que llegó á ponerla en grave apuro, des- 
pués de derrotar, con muerte del gobernador de la ciudad 
Abenbocait ó Abenyocait , á su guarnición , que efectuó 
una salida con ánimo de hacerle levantar el sitio. Por en- 
tonces logró también Abenmardenix apoderarse de Ecija. 
Abenaljatib , al hacer la biografía de Mohámed , hijo de 
Isa, hijo de Abdelmélic, dice que éste murió en la última 
noche del año 555 (correspondiente á la del 30 de Di- 
ciembre de 1160), estando á la sazón sitiada Córdoba por 
Abenmardenix (1). Sin embargo, no consiguió éste ha- 
cerse dueño de Córdoba. En cuanto á Abenhamusco, 
parece que desde ese tiempo estableció du residencia en 
Jaén. 

Los progresos de Abenmardenix por un lado y los de 
los cristianos por otro , dice Abenjaldun (2) , llevaron la 
inquietud al sultán Abdelmúmen , é inmediatamente 
anunció su paso á Gibraltar, como así lo hizo, y aunque 
se volvió desde allí á su corte, no dejó de engrosar sus 
ejércitos déla Península con nuevos contingentes, los 



(1) Abenaljatib, ms. ár. de la R. Ac. de la Hist. , número 37, 
rplio 266 V. , y Iliata, II, fol. 126 v. Véase solye estos hechos á 
Áhmed Anasiri, I, pág. 15.7; Ihata, II, 30, y el ms. citado de la Real 
Academia de la Historia, núm. 37, fol. 256 v. y 51 de la copia del 
Sr. Codera; Abenjaldun,. VI, pág. 337 y 338, y Abdeluáhid, pág. 150. 

(2) VI . página 238. 



- 210 — 

cuales derrotaron á los cristianos, y su hijo, el príncipe 
Abuyacub Yúsuf, se apoderó de Carmona, que obedecía 
á Abenhamusco. Pero habiendo marchado á Marruecos 
los dos príncipes, Abusaid, gobernador de Granada y 
Málaga, y el heredero del poder, Abuyacub Yúsuf, logró 
Abenhamusco, aprovechándose de tal ausencia, penetrar 
en Granada y agregarla al dominio de su yerno Aben- 
mardenix. 

El historiador contemporáneo Abensahibasala es el 
que refiere más detalladamente como llegó á entrar Aben- 
hamusco en Granada, y la suerte que corrieron tanto él, 
como su rey Abenmardenix, á consecuencia de este he- 
cho. Pié aquí lo que nos dice dicho historiador (1). 

«Narración de la sorpresa de Granada por Ibrahim, 
hijo de Abenhamusco, á consecuencia de la traición de 
Abenadahri y de los judíos de dicha ciudad, los cuales 
habían fingido hacerse musulmanes . 

» Luego que recibimos, dice, la feliz nueva del re- 
torno de nuestro sultán (Abdelmúmen), su llegada á Gi- 
braltar y á seguida su vuelta hacia jSíarruecos , las tropas 
almohades apretaron con mayor vigor el sitio puesto á 
Carmona y acabaron por apoderarse de ella, con gran 
contrariedad para Abenhamusco que había fijado su resi- 
dencia en Jaén . A fin de desquitarse de la pérdida de 
Carmona, concibió el culpable deseo de sorprender á 
Granada, de la cual se hallaba tan próximo, y, al efecto, 
entabló relaciones con los judíos conversos de la ciudad 
y con el aliado de éstos Abenadahri, un traidor infame 
que había emparentado, por matrimonio, con Abenzaid, 
el antiguo mojarife de la ciudad. El príncipe Abusaid, 
hijo del califa, había partido de Granada, á fin de hacer 
una visita á su padre en Marruecos. Abenadahri se con- 
certó secretamente con Abenhamusco, y entre ambos 
quedó fijada la noche en que el último de ellos se presen- 
taría ante la puerta del arrabal , cuyas cerraduras serían 



(i) 'rr;iiliii'i-i(tiMl(^ Dozv, Keclicn^hos, I", |jág. .'Í72 ,\- sijiíiiotite-, 



— 211 — 

rotas inmediatamente. Este proyecto se ejecutó con toda 
puntualidad , y Abenhamusco llegó durante la noche , el 

día del mes (1) del año 557 (Diciembre de 1161 

á Diciembre de 1162). Afortunadamente, la alcazaba se 
hallaba guarnecida por bravos soldados almohades y bien 
provista de víveres é instrumentos de guerra . Al llegar 
Abenhamusco á las puertas de Granada, se hallaban ya 
reunidos todos los infieles. A seguida rompieron éstos 
las cerraduras y hasta la puerta y comenzaron á gritar: 
« ¡ A las armas , compañeros ! » Al oir este grito los habi- 
tantes juiciosos de la ciudad, atemorizados por el ruido 
de las armas, corrieron precipitadamente hacia la alcaza- 
ba, á fin de llevar socorros a sus queridos hermanos, los 
almohades . 

^- Al amanecer del siguiente día, dueño ya Abenha- 
musco de la ciudad , envió un aviso á su emir Abenmar- 
denix, que se hallaba en ]\Iurcia, notificándole todo lo 
sucedido y haciéndole entrever la esperanza de que, si él 
llegaba con sus tropas, no tardarían mucho en entregarse 
los almohades de la alcazaba: Abenmardenix reunió en 
sus estados todas las fuerzas posibles , llamó en su ayuda 
á los cristianos, sus amigos, y habiendo llegado éstos, se 
puso en marcha hacia Granada . 

>> Entre tanto, Abenhamusco se había establecido desde 
el principio de su llegada en la fortaleza roja (Alhambra), 
situada sobre la montaña llamada la Sabica, frente por 
frente á la alcazaba, y allí comenzó á disponer las cata- 
pultas destinadas á lanzar piedras sobre los almohades 
fortificados en dicha alcazaba, martirizando atrozmente á 
los que de aquellos caían en su poder y arrojándolos en 
los planos de las susodichas catapultas, con lo cual mos- 
traba su desprecio al Criador cuyos seres mutilaba . No 
obstante , Dios prestó su socorro á los almohades de la 
alcazaba , los cuales se mantuvieron firmes en la resis- 



(1) Advierte Dozy que en el manuscrito, de que se ha servido, 
faltan el día y el raes. 



— 212 — 

tencia, provistos de víveres y de todo lo necesario. Te- 
miendo qne el enemigo pudiese atacarles atravesando el 
pasaje embovedado que ponía en comunicación la alca- 
zaba con la fortaleza roja, lo obstruyeron y pidieron 
auxilio al emir de los creyentes é igualmente al goberna- 
dor de Sevilla Abumóhamed Abdála, hijo de Abuhafs. 
La nueva de estos sucesos corrió por todas partes , y los 
mensajeros enviados para pedir auxilios, se hallaban en 
camino de día y noche . 

»Tan tristes nuevas llegaron á conocimiento del emir 
de los creyentes hallándose en Uadiquesa á dos jornadas 
de Ribat Alfath, cerca de Salé, é inmediatamente regrosó 
á este último lugar. Entonces el príncipe Abusaid ade- 
lantándose con sus propias fuerzas, caminó de día y de 
noche en dirección á España, con la esperanza de poder 
penetrar en la alcazaba de Granada y arrojar á Abenha- 
musco de su fortaleza. Suponía que éste no contase más 
que con sus fuerzas propias ; mas no era así. Abenmar- 
denix le había enviado dos mil jinetes cristianos con mu- 
chos más infantes, á las órdenes del inftel Calvo, el nieto 
de Alvar Fáñez. 

» A seguida de llegar á Casar Masmuda, el príncipe 
atravesó el Estrecho y se dirigió á Málaga, de donde en- 
vió al gobernador de Sevilla Abumohámed Abdála, hijo 
de Abuhafs, hijo de Alí, orden de venir á reunirse con él 
con todas sus tropas disponibles. Obedecida prontamente 
la orden por el gobernador de Sevilla , pusiéronse ambos 
en marcha hacia Granada ; pero ya estaban en ella los 
cristianos enviados en auxilio de su suegro por Aben- 
mardenix. El príncipe Abusaid avanzó con sus almoha- 
des y los musulmanes españoles y penetró en la vega de 
Granada por la parte en que más abundan sus acequias 
de riego, hasta un lugar llamado Marcharocat , á cuatro 
millas de la ciudad , donde fué atacado por Abenhamusco 
y los cristianos. Atemorizados los soldados del príncipe 
almohade por la vista de los cristianos , que eran nume- 
rosos y muy bien equipados, y por la de otros que se ha- 



I 



— 213 — 

bían mantenido ocultos en emboscada, buscaron su sal- 
vación en la fuga ; mas cayeron con sus caballos en las 
acequias, y esta fué una délas principales causas del 
desastre. El príncipe Abusaid tuvo la fortuna de escapar 
ileso y se retiró á i\Iálaga , mas no el gobernader de Se- 
villa, que perdió su vida con muchos almohades y mu- 
sulmanes españoles. Este desastre fué una gran calami- 
dad; mas, por fortuna, Dios continuó favoreciendo á los 
almohades sitiados en lo alcazaba, los cuales desde lo 
alto de sus muros fueron testigos de las crueldades co- 
metidas por Abenhamusco (que se había vuelto á la for- 
taleza roja con sus aliados cristianos) en sus prisioneros. 

» Cuando el califa, á cuyo alrededor se habían reunido 
los almohades, los beduinos y las tropas regulares, reci- 
bió en Rihat Alfath, cerca de Salé , la nueva de la bata- 
lla perdida, reunió un escogido ejército de unos veinte 
mil hombres, entre jinetes y peones; les exhortó aba- 
tirse valientemente , recordándoles las recompensas ofre- 
cidas por Dios á los que hacen la guerra santa, y les dio 
por jefe á su hijo Abuyacub Yúsuf, asociando á éste al 
jefe de los almohades, su íntimo amigo, Abenyacub Yú- 
suf, hijo de Soláiman, en quien era reconocida la expe- 
riencia en los asuntos de la guerra y la bravura bien 
probada. Las tropas marcharon rápidamente, atravesaron 
unas tras otras el Estrecho y llegaron en un principio á 
Algeciras y después por la costa á Málaga , reuniéndose 
en esta ciudad con las de Abensaid. Bien provistas las 
tropas de todo lo necesario para su nutrición y la de sus 
caballos y pagadas con largueza, marcharon contra el 
enemigo; pero en jornadas cortas, según la orden dada 
por el jeque Abenyacub Yúsuf, el cual, de acuerdo con 
sus guías , quería que llegasen á Granada aun los más 
flojos. 

» Entre tanto Abenmardenix había acudido también á 
Granada con sus tropas y los cristianos y había fijado su 
campo en la montaña inmediata á la alcazaba; Abenha- 
musco continuaba sóbrela otra montaña contigua, lia- 



- 5>14 - 

mada la Sabica, con los cristianos mandados por el Calvo, 
el nieto de Alvar Fáñez, y por los dos hijos del Conde 
de ürgel. El número de estos cristianos ascendía á más 
de ocho mil jinetes, sin contar las tropas de Abenha- 
musco. Las que mandaba Abenmardenix eran aún más 
numerosas. Las dos divisiones del ejército enemigo (de 
Abenmardenix y Abenhamusco) se hallaban separadas 
por el Darro, que corre entre Granada- y su alcazaba ' 
circunstancia que fué muy feliz para los almohades, 
como se verá , porque ese río vino á ser fatal á sus ene- 
migos durante la batalla. De un día á otro se esperaba 
ver llegar á los almohades; pero éstos avanzaban lenta- 
mente, hasta que, por fin, vinieron á hacer alto en Dilar, 
cerca de Alhendin. Después de descansar en dicho lugar, 
reanudaron su avance hasta el río Genil, cerca ya de 
Granada. Envanecidos los infieles, creían que aun no se 
hallaban los almohades tan cerca y que continuaban su 
lenta marcha. 

»E1 jueves 27 de Racheb del año 557 (12 de Julio de 
1162) el jeque Abenyacub reunió cerca de sí á todos los 
jefes de banda y les arengó. Después de la oración del 
medio día se dio pienso á los caballos y se resolvió avan- 
zar, luego que comenzase la noche; y; en efecto, termi- 
nada la oración de la tarde, todo el mundo se puso en 
marcha. Se envió por delante á los guías y á la brava 
infantería de los Masmiidas, que pronto coronaron la 
montaña que domina al Genil y que se halla pegada á la 
de la Sabica y á la de la fortaleza roja , en la cual se ha- 
llaba la división de los cristianos de Abenhamusco. Toda 
la noche se invirtió en la subida á dicha montaña, que 
hubo de hacerse lentamente por ser muy escarpada; mas 
Dios la convirtió en llana, y como en la segunda mitad 
de la noche brilló la luna, se pudo ver bien donde poner 
el pie. 

»A1 despuntar la aurora del día 13 de Julio, pusié- 
ronse los almohades en contacto con el campo de los 
infieles, cayendo sobre éstos que todavía se hallaban dor- 



>- 215 — 

midos. No habían montado sobre sus caballos, cuando 
experimentaron que Dios había resuelto su derrota. No 
obstante, dieron ellos algunas cargas sobre sus enemigos, 
conforme á su táctica, mientras venía el día claro y per- 
mitía distinguir el amigo del enemigo; pero al mismo 
tiempo se había obscurecido el cielo por el polvo; no se 
oía más que el ruido de los sables y un griterío ininteli- 
gible. Dios había privado de memoria á los cristianos y á 
Abenhamusco; ellos creían que el terreno comprendido 
entre la montaña Sabica y el campo de Abenmardenix 
era una planicie continuada, siendo así que se encontraba 
cortado por el Darro, y cuando emprendieron la fuga, 
cegados por el polvo, se precipitaron en el río, de suerte 
que sus escuadrones quedaron aniquilados. Esto fué obra 
de Dios que así da la victoria á sus elegidos. El cristiano 
Calvo, el nieto de Alvar Fañez había sido muerto en el 
combate ; su cabeza fué transportada á Córdoba y suspen- 
dida en la puerta del puente á los pocos días . Entre los 
que perecieron en el río, se contó á Abenobaid, unido á 
Abenmardenix por parentesco de afinidad y uno de sus ca- 
pitanes de más renombre. Desde la montaña de su campo 
había sido el mismo Abenmardenix testigo de la muerte 
de sus compañeros y de sus infieles, sin que pudiese 
hacer otra cosa que deplorar su suerte. 

»No obstante, la persecución continuó; los almohades 
mataron á sus enemigos en las llanuras y sobre las mon- 
tañas y al mediodía entraron vencedores en la ciudad. 
Sus compañeros que guarnecían la alcazaba, salieron in- 
mediatamente matando á los habitantes de aquélla que 
les eran sospechosos de infidelidad. 

»En cuanto á Abenmardenix, abandonó con el resto 
de sus tropas la posición que ocupaban dejando sus tien- 
das y una gran parte de sus bagajes, de la propia forma 
que había dejado á sus compañeros entregados á su 
suerte. Persiguiéronle los almohades, matando á los que 
pudieron coger de sus soldados. ¡Él se escapó por aque- 
llas montañas; pero preguntadle cómo lo consiguió! 



— 216 — 

»Los bienes de los traidores fueron confiscados, como 
era justo.» 

No será de más advertir que el relato anterior, como 
dice el mismo r3ozy, aunque de autor contemporáneo y, 
sin duda, bien informado, pudiera ser poco imparcial. 
Sevilla, donde él residía, había sido una de las primeras 
ciudades de España, que se habían sometido á los almo- 
hades, y él mismo había sido uno de los diputados envia- 
dos á rendir homenaje al califa Abdelmúmen. En su obra 
se encuentra sumamente devoto y entusiasta admirador 
de los príncipes y soldados almohades, prodigándoles los 
epítetos más pomposos, mientras que á cada paso se des- 
ata en injurias contra los musulmanes andaluces y cris- 
tianos. Por eso, juzgamos conveniente presentar al lector 
otra narración , respecto de los anteriores hechos de Aben- 
mardenix y Abenhamusco en Granada, la cual, si no es 
tan detallada como la de Abensahibasala , es indudable- 
mente más imparcial y acaso más exacta en el fondo. 

La narración á que nos referimos, es debida á Abena- 
latir y dice así (1): 

«Narración de la toma de Granada por Abenmardenix 
de manos de Abdelmúmen, y retorno de dicha ciudad á 
poder de éste. En el año 557 (1161 á 1162) enviaron los 
habitantes de Granada, ciudad de España sometida á 
Abdelmúmen, un mensaje á Ibrahim Abenhamusco ofre- 
ciéndole que, si acudía en su auxilio, le entregarían la 
ciudad. 

«Abenhamusco había hecho ya por entonces profesión 
de almohade inclinándose á la obediencia de Abdelmú- 
men y siendo de los que excitaron á éste á emprender las 
hostilidades contra Abenmardenix (2). Pero cuando llega- 



(1) Tom.. XI, páginas ISü y 187. 

(2) Indudablemente en esta incidencia respecto de Abenliainiisco 
alude este autor á lo ((ue con i-efei-encia al año 54G (1151 á 11.5á) hemos 
visto que lia dicho acerca de la ida de Ahenhamusco y el i-ehelde 
Abenmilhan, señor de Guadix, al campo de los almohades (pie sitia- 
ron en dicho año á Granada, sin podei-la tounu'. Véase el principio de 
este capítulo. 



— 211 — 

ion á su presencia los mensajeros de la gente de Granada , 
dirigióse al punto con ellos á esta ciudad y entró en ella 
obligando á los almohades que la guarnecían, á encerrarse 
y hacerse fuertes en la alcazaba. Al saber esto el príncipe 
Abusaid que se hallaba en Málaga, reunió las tropas de 
que disponía, y marchó con ellas á Granada en auxilio de 
sus partidarios. 

Pero no menos avisado Abenhamusco, pidió auxilio 
á Abenmardenix, rey de las ciudades orientales de Espa- 
ña, el cual le envió dos mil jinetes de sus más bravos sol- 
dados y de los cristianos que formaban su ejército. Reuni- 
dos éstos en Granada á los de Abenhamusco, tuvieron un 
reñido combate con los almohades de la ciudad, antes de 
la llegada del príncipe Abusaid; pero fueron derrotados 
los segundos. Presentóse Abusaid á la vista de la ciudad 
y, trabada nueva batalla, emprendieron la fuga muchos 
de los suyos, y aunque una banda de caballeros más 
nobles y aguerridos trató de sostener la lucha á su lado, 
fueron muertos hasta el úlj:imo de ellos, y entonces huyó 
Abusaid á refugiarse en Málaga. Supo todo esto Abdel- 
múmen, al llegar á la ciudad de Salé, y al instante envió 
á su hijo Abuyacub Yúsuf con veinte mil combatientes, 
entre ellos, muchos jeques almohades, los cuales pusié- 
ronse en marcha con gran celeridad. Pero, entre tanto, 
xlbenmardenix que tuvo noticia de la venida del nuevo 
ejército almohade, corrió personalmente con su ejército 
en auxilio de Abenhamusco, reuniendo entre ambos gran 
número de combatientes. Abenmardenix tomó sus posi- 
ciones en la Xaria (1), al exterior de ella; los dos mil 
jinetes que primeramente había enviado en auxilio de 
Abenhamusco, acamparon fuera de la fortaleza roja (Al- 
hambra), y en el interior de ésta Abenhamusco con su 
gente. Al llegar los almohades á una montaña próxima á 



(1) La Xai'ia ó Gfti'i'.a era un liarrio contiiiuo al All)a¡cin; dosfli' 
é.sto hacia las llamadas Faltriqueras de San (Trei!,-oi'io hubo de situar 
su campo Aljenmai'denix. Véase Dozy, Reí^liei'clies, I, pág'. 384, si- 
guiendo las indicaciones topográficas facilitadas por el Sr. Eguüaz. 



- 2lá- 

Granada, acamparon en su falda durante algunos días; 
más una noche enviaron cuatro mil jinetes contra los ene- 
migos situados fuera de la fortaleza roja, y cayendo sobre 
éstos de improviso, sin dejarles tiempo para montar, los 
pasaron á cuchillo hasta el último. Seguidamente avanzó 
el grueso del ejército almohade hasta situarse en las lla- 
nuras de Granada; pero conociendo Abenmardenix y 
Abenhamusco que con sus fuerzas no podían alcanzar 
victoria sobre aquéllos, retiráronse con precipitación á la 
noche siguiente y marcharon á sus ciudades dejando Gra- 
nada en poder de Abdelmúmen.» 

Como se ve por esta segunda narración , los cristianos 
ó soldados de Abenmardenix sorprendidos fuera de la 
fortaleza roja (1), fueron los dos mil que Abenhamusco 
recibió en su auxilio, á poco de entrar en Granada, y que 
éstos fueron aniquilados, antes de que pudieran ser soco- 
rridos por Abenmardenix y Abenhamusco, los cuales, ni 
tomaron parte en la refriega, ni se retiraron tan descon- 
certadamente, como afirma Abensahibasala (2). 

Parece ser que, al marcharse á Córdoba Abuyacub 
y Abusaid , una vez terminadas sus operaciones contra 
Abenmardenix y Abenhamusco, sitiaron á éste en Jaén, 
sin poderle echar de la ciudad (3). Desde Córdoba pasó el 
príncipe Abuyacub á Marruecos, á donde había sido lla- 
mado por su padre, á fin de declararle príncipe heredero, 
y al morir Abdelmúmen en uno délos días comprendidos 



(1) La llamada fortaleza roja no es lo que en nuestros días so co- 
noce por la Alliambra: este palacio fué construido en época posterior: 
parece lo roas segui-o, como piensa Dozy (lugar citado) ijue la forta- 
leza, donde Aljenliamusco estableciii su cuartel general, estaba cons- 
tituida p(jr las llamadas hoy Torres bermejas, unidas por un mui'o. 

(2) Aunque no tan detalladamente y con menos exactitud, hacen 
también mención de los sucesos ocurridos en Granada entre los al- 
mohades y las tropas de Abenmardenix y su suegro AI)enhamusco: 
Abenjaldun, IV, pág. l()(iy VI, pAg. 238; Almacari, I, p;íg. 289 y 
Cartns, pAg. 177. Los Anales Toledanos hacen también referencia, 
Esp. Sagr. XXIII, pág. 3!)2: «lidió, se dice en ellos, el i'ey Lope 
con los i'obclados en Granada é mataron á Pedro García. Ei-a 1200 »_ 

('■i) Al»en¡aldun, VI, pág. 238, y Abenalabar, en Dozy, Noticos 
etcétera, \m^. 230. 



— 219 — 

entre 7 de Mayo y 4 de Junio de 1168 (l), sucédele aquél 
en el mando y llama á su hermano Abusaid que había 
quedado al frente del gobierno de España fijando su resi- 
dencia en Granada. 

Abenmardenix, de acuerdo con su suegro, hubo de 
intentar apoderarse de Córdoba , aprovechando la ausen- 
cia de los príncipes; pero, al saber esta nueva acometida 
de Abenmardenix, dispuso inmediatamente el emir que 
sus dos hermanos Abusaid y Abuhafs pasaran á España 
á combatirle. Entonces llegaron los príncipes almohades 
hasta los llanos de Murcia, donde les salió al encuentro 
Abenmardenix, y en el lugar lUmüáo Fahs Alchüab se 
trabóla reñida batalla de dicho nombre, en la cual re- 
sultó derrotado Abenmardenix y muertos sus soldados 
cristianos hasta el último de ellos. El número de solda- 
dos cristianos de Abenmardenix ascendía, según los au- 
tores árabes, á 13.000. Esta batalla, dada en la vega de 
Murcia, en un sitio donde todos los años dos veces se 
celebraba un mercado celebérrimo y llamado por los au- 
tores árabes de Fahs Alchtlab ó Fahs Alyandwi ó Alni- 
clim, tuvo lugar en 15 de Octubre de 1165 (2). Derrotado 
Abenmardenix corrió á encerrarse en Murcia, sufriendo 
su primer asedio, que, según parece, no fué largo, pues 
no contando los almohades con fuerzas ó medios bastan- 
tes para apoderarse de la capital, se retiraron después de 
devastar la comarca, volviéndolos dos príncipes á Ma- 
rruecos, satisfechos de liaber quebrantado el poder de 
Abenmardenix (8). 

Hacia este tiempo ó poco después ocurrió el rompi- 
miento, quizás no el primero, pero sí el definitivo, entre 



(1) Codera, Almorávides, pág. 145, 

(2) Abenjaídun, VI, pág. ¿38; Abenaljatib, ms. ár. de la Real 
Academia de la Historia, núm. 37, tbl. 51 v. y 51 de la copia del 
Si-. Codera; Aijenalabar, en Dozy, Not., pág. 231; Alimed Anasirí, I, 
pág. 159; CaVtís, pág. 137 y 177. En el «Viaje literai'io» de Villa- 
nueva, t. IX, pág. 239, Mai-tyro Celson, se lee: cddiis O(::to!jr. In lioc 
die-iutei-fectus fuit Gillelmu.s de Spugnola á paganis cun multis alii-^ 
xpianis apLid Murciam, anuo M.C.LXV incarnationis Doniini.).» 

(3) Al tenjaldun, VI, página 238. 



- 2^0 - 

Abenmardenix y su suegro Abenhamiisco , siendo esto, 
como indica un autor, la causa principal de la pérdida 
de Abenmardenix. El haber repudiado éste á su esposa, 
la hija de Abenhamusco, la cual hubo de acogerse á su 
padre, librándose de que le fuesen abiertas sus venas, 
hizo que estallase entre aquéllos una lucha interior tan 
terrible y mortífera, que no cabíanlas, hasta que, por 
fin, pudo prevalecer Abenmardenix sobre su suegro, 
arrebatándole la mayor parte de los pueblos que le habían 
obedecido y poniéndole en el caso de someterse á los 
almohades (1). 

En efecto, durante el año de 1168 á 1169 fué recibido 
en Córdoba, donde se hallaba por entonces el príncipe 
Abuhafs, un mensaje de Abenhamusco, en el cual pro- 
metía éste á aquél entrar en la secta almohade y prestarle 
obediencia, separándose de su rey Abenmardenix. El 
príncipe Abuhafs escribió al emir dándole cuenta de la 
promesa de Abenhamusco y de los daños que los Cris- 
tianos del Norte venían causando en los dominios de 
España. Respecto de Abenhamusco, parece que se le exi- 
gió algún acto que hiciese manifiesta la sinceridad de 
sus propósitos, pues, según Abenaljatib, hubo de pasar 
al año siguiente á Marruecos y presentarse á rendir ho- 
menaje al califa Abuyacub. A seguida envió éste á su 
hermano y visir Abuhafs, que también había pasado á 
Marruecos, y á su otro hermano Abusaid al frente denin 
nuevo ejército almohade con destino á la guerra de Es- 
paña, y especialmente contra Abenmardenix. Llegados 
los príncipes á Sevilla con sus tropas, envió Abuhafs á 
Badajoz á su hermano Abusaid, el cual, habiendo firmado 
la paz con D. Alfonso Enríquez de Portugal, regresó 
pronto á Sevilla. Entonces los dos príncipes, acompaña- 
dos de Abenhamusco , se dirigieron á iMurcia y sitiaron 
por segunda vez á Abenmardenix. 



(1) Abeiiuljatil), cilúñúii del ('aiiví, I, i'uiico ijuhlicaclo liasta la 
fecha. 



— 221 - 

Las consecuencias de esta segunda campaña de los 
almohades en la región murciana fueron funestísimas 
para su re;^ Abenmardenix. Lorca se sometió á los almo- 
hades, y entró en ella el príncipe Abuliafs; Baza corrió 
la misma suerte, y en Almería les prestó obediencia su 
gobernador, un primo de Abenmardenix que llevaba su 
mismo nombre (1). 

Hacia el mismo tiempo sacudieron otras ciudades la 
obediencia de Abenmardenix, llamando, en su auxilio á 
los almohades. De éstas fué Alcira; parece ser que Aben- 
mardenix , previendo que muchas ciudades habían de al- 
zarse contra él al ser invadido su estado por los almoha- 
des, había echado de Valencia á sus habitantes musul- 
manes, haciéndoles acampar fuera de ella y guarneciendo 
la ciudad con cristianos. Entonces Abubéquer Abensof- 
yan, temiendo ser echado de Alcira, su ciudad, se alzó 
en ésta contra Abenmardenix y reconoció la autoridad de 
los almohades , aprovechándose de la ¡presencia de éstos 
en la región murciana (2). «También Elche, dice el señor 
Codera (3), se rebeló contra Abenmardenix en los últi- 
mos tiempos, y de ello tenemos una indicación concreta 
en el hecho de haber muerto mártir un tal Abenfaid , 
cuando los de Elche salían de la ciudad por miedo al 
emir Abensaad (Abenmardenix) , contra quien se habían 
rebelado , negándole la obediencia ; no se indica el día , 
ni el mes, sí el año, 567 (1171 á 1172)». 

Sin embargo de tanta contrariedad, Abenmardenix 
en Murcia , bien recurriendo á la emboscada , bien lu- 
chando heroicamente en varias salidas que hizo, se de- 
fendió largo tiempo contra los que le asediaban, mien- 
tras que su hermano Abulhachach Yúsuf , su lugarte- 
niente en Valencia, ponía sitio á la rebelde Alcira , que 
acabó por entregarse á Abuayub Abenhilal, encargado 



( 1 ) Abenjaldiui , VI , página 239. 

(2) Abenalaijai", en Dozy, Notices, etc. . página 2-3G, 

(3) Almorávides, página 150. 



— 222 — 

de continuar el sitio en sustitución de aquél, y reducía ó 
castigaba á los de Elche. Sólo por solicitar auxilios que 
oponer á los almohades, entendemos que haya dicho 
Abenjaldun (1) que Abulhachach Yúsuf proclamase en 
Valencia la soberanía de los Abasíes , no por enemistad 
ú hostilidad contra su hermano, pues se ve á aquel ocu- 
pado en coadyuvar ala defensa del reino, hasta poco 
antes de morir Abenmardenix, y aun llega un historia- 
dor á decir (2) que, muerto dicho Abenmardenix, se 
ocultó la triste nueva á los sitiados, hasta que entró su 
hermano en la ciudad y se hizo cargo del mando. Pero 
aunque esta afirmación de Abdeluáhid el de Marruecos 
no fuese del todo exacta, no creemos que sea motivo bas- 
tante para suponer á Abulhachach rebelde contra su her- 
mano el que nos diga Almacarí (3) que se sometió á los 
almoliades en el año de 1170 á 1171, antes de la muerte 
de su hermano. Esto no acusa en Abulhachach á lo sumo 
más que un acto de cobardía, ó que viera su defensa más 
perdida aún que lo que pudiera verla su hermano. El 
mismo Abenjaldun dice (4) en otra parte de su historia 
que Abenmardenix se hallaba i'atigado por lo largo del 
sitio y desalentado, porque su hermano se había entre- 
gado demasiado pronto á los almohades, cuando le sor- 
prendió la muerte en 27 de Marzo de 1172. 

No andan acordes los autores al señalar la causa de la 
muerte de Abenmardenix: quién de ellos afirma que al 
saber la llegada á Córdoba del califa Abuyacub al frente 
de numerosas tropas, decayó por completo el ánimo de 



\ 



(1) Tomu IV, pái;iiia 106. A [luesLi'o niudn de ver, el pasaje de 
AUcrijaldun en que, al pai'eecr, liaWa de Yúsuf, hermano de Aben- 
mardenix, está completamente alterado, no por el autoi', sino ¡)or 
los amanuenses; en pocas lineas se habla en revuelta confusi(')n de 
varios personajes y acontecimientíjs, sin ([ue se encuentre un j)cr- 
fectü sentido. Bien pudiera ser que ese Yúsuf (\\ui proclamó á los 
Abasíes sea el Yúsuf Abenhud, rey posterior del Oriente de España, 
mas no el Abulliachach Yúsuf hermano de Abenmardenix. 

(2) Abdeluáhid, página 180. 

(3) Lugar citado. 
(1) Histoin^ des Bereberes, 11, tradin-. de Slam-, pág. 200, 



— 223 — 

Abenmardenix , y se envenenó; otros refieren que murió 
envenenado por su madre, á quien él llegó á amenazar 
por atreverse á recriminarle su conducta con sus parien- 
tes y servidores (1). Lo que indica Abenalabar es que, al 
estallar antes la insurrección en algunos puntos de la 
región, como se ha dicho, Abenmardenix marchó allá; 
pero cayó enfermo y hubo de regresar á Murcia, dejando 
el mando y dirección de la- campaña contra los rebeldes á 
su hermano Abulhachach (2). 

Sea lo que quiera de esto, lo cierto es que el hijo y 
sucesor de Abenmardenix, Hilel Abulcamar, se entregó á 
los almohades á poco de hacerse cargo del mando de 
Murcia. Luego que supo el príncipe Abuhafs que Hilel 
se había rendido , salió precipitadamente de Sevilla , á 
donde había ido, sin duda, para recibir á su hermano el 
califa, en dirección á Murcia, haciéndose cargo de la 
ciudad , y Hilel fué enviado á Sevilla á presencia y dis- 
posición del califa. 

Refieren algunos autores árabes que Abenmardenix , 
al notar que iba á morir pronto, llamó á sus hijos y les 
recomendó que no pudiendo resistir á los almohades y 
siendo inminente el triunfo de éstos, se entregasen á su 
obediencia, antes de que les fuese más doloroso, si daban 
lugar á que aquellos entrasen en la ciudad por asalto. 
Como presintiera su padre, los Abenmardenix encontra- 
ron favorable acogida éntrelos príncipes almohades. Acaso 
la entrega se hizo mediante algunas condiciones honrosas 
para los hijos de Abenmardenix relacionándose con esto 
lo que se lee por incidencia en Abenalabar (3), á saber, 
que por el mismo año en que había muerto Abenmarde- 
nix, murió en Sevilla Abenalfarí, el cadí de Valencia 
que había dimitido su cargo, al estallar en dicha ciudad 
la insurrección de Abenxilban; Abenalfarí había ido á 



(1) Al)tínjali<;ari, edic. del Cairo, III, páy. 4G5. 

(2) En Dozy, Notices, etc., pá^. 237. 
{•■U BíÍj. Hf. hisp., V, pág. 2.39. 



»=- 224 — 

Sevilla con otros jefes murcianos, como en comisión de 
algún asunto de importancia, que el autor no indica. Lo 
cierto es que Abulhacliach Yúsuf, el liermano de Aben- 
mardenix quedó por el pronto gobernando en Valencia; 
dos hijas casaron al año siguiente, una con el califa Abu- 
yacub Yúsuf y otra con su hijo y príncipe heredero Yúsuf: 
de sus hijos varones, que parece fueron muchos, se sabe 
que los ocho mayores se llamaron Hilel Abulcamar, su 
sucesor; Gamin, Azzobair, Aziz, Noair, Beder, Azcam y 
Osear, los cuales debieron ocupar elevados cargos al ser- 
vicio de los almohades. El segundo, Gamin Abenmarde- 
nix , fué luego nombrado almirante de la ilota de Ceuta 
y se distinguió en la lucha marítima contra Portugal, 
cayendo prisionero en uno de los combates, si bien fué 
rescatado después. 

Se cita como maestro de los hijos de Abenmardenix 
al célebre Abdála, hijo de iMohámed, hijo de Sahal, el 
Darir, natural de Granada, que murió en el mismo año 
que Abenmardenix, cerca ya de los ochenta años de 
edad (1). 

Luego que el califa Abuyacub se encontró dueño del 
oriente de España con la sumisión de Murcia, se dispuso 
á salir contra los cristianos de Castilla y al año siguiente, 
1172 á 1173, avanzó contra Úbeda y Huete que se halla- 
ban en poder de los cristianos; mas al aproximarse el 
ejército de Toledo levantó su campo y se retiró á Murcia. 
De ésta regresó luego á Sevilla, donde celebró su boda 
con la hija de Abenmardenix y permaneció enviando suce- 
sivas expediciones contra los cristianos de Toledo y Por- 
tugal hasta el año de 1175 á 1176 en que se volvió á 
Murruecos llevándose en su cortejo á los hijos de Aben- 
mardenix, y acaso á Abenhamusco y los suyos, de quien 
se dice que por este año pasó el estrecho y se estableció 
en Mequinez, muriendo á poco tiempo de su llegada. El 



( 1 ) Abenalabui'. tí'ih. ar. Iiis].., V y VI., pá,;?. 485; y ms. ár. de la 
J3ib. Kac. Gg. 36, pág. 274. 



— 225 — 

califa Abuyacub le había dispensado una acogida favo- 
rable (1). Salió, dice el Anónimo de Copenhague (2), el 
califa Abuyacub de Sevilla el jueves 14 de Ramadán, 
aunque se dice de Xabán, del año 571 (1175 á 1176), 
acompañado de muchos almohades con sus familias , así 
como también de los hijos de Abenmardenix y de Aben- 
hamusco, viniendo á desembarcar en Tánger. 



(1) Abenjaldun, VI, pá,g. 27G; Almacarí, II, pág. 772; Nouain 
m.s. kv. de la R. Ac. de la Hist. n." 6fJ, ai't. sobre Abuyacub Yúsuf; 
Abcaaljatib, ms. ár. de la R. Ac. de la Hist. n." 37, tul. 257 v. }• 51 v. 
de la copia del Sr. Codera. Dozy, Not. pág. 236; Abenjalican, III, pá- 
gina 555; y el ms. ár. de la R. Ac. de la Hist. , 83, págs. 9 á 12 y 28. 
Los Anales Toledanos mencionan la campaña poco favorable de Abu- 
vacub contra Huete v la incorporación del reino de Abenmardenix en 
la pág. 393. 

(2) Ms. ár. de la Bib. nac. Gg. n." 490, págs. 17; .) el 83 de la 
R. Ac. de la Hist. 

15 



i 



CAPITULO XVI 

Noticiuá acerca de los principales varones que florecieron en el reino 
de Murcia desde la insurrección contra los almorávides hasta la 
dominación alniohade. 



A fin de completar el estudio del período que venimos 
examinando, exponemos en el presente capítulo algunas 
noticias, que suministran los autores árabes, acerca de 
los principales varones que ora en la vida pública, ora en 
el campo de las letras se distinguieron en el reino de 
^lurcia, á partir de la insurrección contra los almorávi- 
des hasta la muerte de Abenmardenix y la dominación 
alniohade. 

Como en períodos anteriores , se observa en éste que 
los régulos alzados en Murcia, á consecuencia de la insu- 
rrección general contra los almorávides , confiaron los car- 
gos importantes de las ciudades de su estado á los varo- 
nes que en su tiempo sobresalían por su mayor instruc- 
ción en las ciencias y letras. 

Sería demasiado prolijo exponer aquí las notas biográ- 
ficas de todos los varones murcianos ó que vivieron en 
.Murcia por el tiempo de referencia , y de los cuales nos 
dan cuenta los autores árabes ; razón por la cual vamos á 
limitarnos á aquellos que por sus cargos al lado de los 
reyes independientes ó por su ciencia y otras prendas, 
merecen no ser olvidados, á fin siquiera de que cuanto 
acerca de ellos se diga pueda servir de complemento é 
ilustración de lo expuesto anteriormente. 

He aquí, en resumen, las biografías de dichos varo- 
nes, que se encuentran en los autores árabes. 



— 228 — 

Abulhásan Soláiman, hijo de Muza, conocido más co- 
múnmente por Abenbartolo, célebre jurisconsulto y san- 
tón; fué nombrado cadí de Murcia por el régulo Abenabi- 
cháfar, al apoderarse del mando de la ciudad, cuando 
ocurrió la insurrección general contra los almorávides. 
Antes había hecho un viaje al Oriente, y tuvo de asesor, 
al parecer, á Abubéquer Ahenahicliomra que más tarde 
fué también cadí (1). 

Abuljatab Mohámed, hijo de Omar Abennachib, natu- 
ral de Valencia; ejerció el cadiazgo en Elche y Orihuela , 
donde fué muerto, siendo todavía joven , en el período de 
la revolución, entre 1144 á 1145 (2). 

Abubéquer Mohámed, hijo de Yúsuf, conocido por 
Abenalchazar, natural de Zaragoza, pero habitante en 
Murcia ; enseñó en esta ciudad lengua árabe en la cual 
era muy instruido, así como en exégesis alcoránica y lite- 
ratura, además de poeta y polemista. Al lado del régulo 
Abenabicháfar cayó gravemente herido en las puertas de 
Granada, é introducido en esta ciudad, falleció apoco en 
el año 1145 á 1146 (3). 

Abuzaid Abderráman, hijo de Alí, Abenaladibí; nació 
en Alicante, pero vivió en Murcia. Marchó á Oriente y á 
su regreso fué nombrado jefe de la oración y predicador 
de la mezquita de Orihuela, cargo que desempeñó largo 
tiempo: nombrado luego cadí de la ciudad , renunció la 
nueva dignidad que se le ofrecía , y fué obligado á acep- 
tarla; mas á los dos meses presentó la renuncia del cargo, 
y entonces le fué admitida. Murió á poco tiempo de esto 
en el año de 1145 á 1146 (4). 

Abumohámed Abdála el Roxatí , nacido en Orihuela; 
fué trasladado á Almería á los seis años de edad , donde 
fijó su domicilio habitual. Fué discípulo aprovechadísimo 



I 



I 



(1) AlmaiTacoxi, ms. ár. núm. 1182 de la Bib. Escorial, fol. 25. 

(2) Abenalabar, Bib. ar. hisp., V, 618. 

(3) Abenalabar, Bib. ar. hisp., V, 6.3.5. 

(4) Bib. ai-, hisp., VI, 1.594. 



— 229 — 

de los famosos doctores Abiialí el Gasaní y Abualí Asa- 
dafl y escribió una obra acerca de las genealogías de los 
compañeros de Mahoma y de los tradicionistas, la cual 
aplaudió el público y coleccionó con verdadero afán; nom- 
brado cadí en Almería, fué muerto en el asalto y toma 
de la ciudad por los cristianos en el año 11-17 á 1148 (1). 

Abuabderráman Mosaid , hijo de Áhmed, más cono- 
cido por Abenzama, natural de Orihuela; después de es- 
tudiar en España con los tradicionistas y jurisconsultos 
notables , marchó á Oriente , donde estudió las obras de 
los doctores más famosos y permaneció algún tiempo al 
lado de Abubéquer el de Tortosa. De regreso á su ciudad 
fueron á escucharle y á pedirle ¿chaza ó certificado de 
aptitud para la enseñanza de sus doctrinas los varones 
más ilustres de la época, entre ellos Abulcásim Aben- 
pascual. Murió Abenzama en 1150 á 1151 (2). 

Abulhásan Abderráman, hijo de Áhmed Abentáhir, 
natural de Murcia, distinguido tradicionista y magnate, 
padre del régulo Abentáhir, nombrado á la muerte de 
Abenabicháfar en la desgraciada expedición contra Gra- 
nada y destituido á los cincuenta días próximamente por 
el que fué su sucesor en el mando de Murcia y Valencia , 
Abeniyad (3). 

Abulualid Yúsuf, hijo de Abdelaziz, hijo de Yúsuf , 
hijo de Omar, hijo de Ferro Alajmí Abenaldabag. Era de 
la gente de Onda , pero residente en Murcia y discípulo 
de Abualí Asadafi , á quien escuchó largo tiempo , así 
como á otros maestros. Se distinguió como tradicionista 
y acaparador de libros y fué predicador en la mezquita 
algún tiempo. Murió en 1151 á 1152 (4). 

Abuabdála Mohámed, hijo de Yúsuf, hijo de Amira 
Alansarí. Era de Orihuela; estudió tradiciones con Abualí 



(1) Almacari, II, 760; Abenpascual, Bib. ar. liisp. , I y II, (548; 
Ahenjaldun, II, pág. 70, y otros. 

(2) Abenalabar, Bib. ar. hisp. , IV, 175. 

(.3) Abenalabar, Bib. ar. hisp., IV, 213, y Adabí, Ídem, III, 998. 
(4) Abenpascual, Bib. a>'- l'isp- > I y íl» l-'^Q-''- 



— 530 — 

Asadafi, y con otros maestros lecturas alcoránicas y juris- 
prudencia, en todo lo cual fué versadísimo. Enseñó tra- 
diciones en Orihuela y en ella murió en 1154 á 1155 (1). 

Abuomaya Ibrahim, hijo de Monbab ó Monnabah, bijo 
de Omar, bijo de Abmed Algafaquí. Era de Almería y 
floreció en Murcia. Después de bacer sus primeros estu- 
dios entre los maestros de España, incluso los de Córdo- 
ba, marchó en peregrinación á Oriente. De regreso á 
España trasladóse á ]\Iurcia, en la que fué cadí, predica- 
dor de la aljama y alfaquí consultor. Murió en 1160 á 
1161 (2). 

Abulcásim Jalaf, bijo de Mobámed Abenfatbun, ju- 
risconsulto y tradicionista. Nombrado cadí de Murcia por 
el régulo Abeniyad, marcbó luego de embajador á la 
corte de Marruecos, y al regresar de su misión en 1148 á 
1149, ya había sido muerto Abeniyad. Entonces fué en- 
viado de cadí á Orihuela, cargo que, según parece , ha- 
bía desempeñado antes, en el año 1144 á 1146, y perma- 
neció en dicha ciudad basta su muerte, ocurrida en 1161 
á 1162 con gran sent'miento de la gente y de Abcnmar- 
denix, que le estimaba y distinguía mucho entre sus ser- 
vidores. Había sucedido en el cadiazgo á Abulabas Aben- 
albillel, y él, á su vez, fué sustituido por Abubéquer 
Abenabichomra (3). 

Abucbáfar Ábmed , bijo de Abdelchalib, el de Tod- 
mir. Después de hacer sus primeros estudios en Murcia, 
se trasladó á Almería, y de allí á Marruecos al servicio 
de los almorávides, cuyo emir le nombró preceptor de sus 
hijos; era excelente gramático , y, entre otras composicio- 
nes, se cita como obra suya unos comentarios á la obra 
de Azachachí. Murió el ilustre gramático en 1160 á 
1161 (4). 



(1) Abeiialíihai-, Bil). ui-. íiisp. , V, 678. 

(2) Almacurí, I, 87(). 

(:}) Abenalaljai-, Bil). ar. Iiisp., V, 171 

(4) Abenalabar, IV, 2!). 



— 231 — 

Abalabas Áhiiied , hijo deMohámed, conocido más 
comúnmente por Abenalhillel, de ilustre familia de Mur- 
cia. Nombrado cadí general del reino por xVbenmardenix, 
fué acusado de mal proceder en su cargo y reducido á 
prisión en Onda , en cuya cárcel falleció en el año de 
1159 á 1160 (1). 

Abulhásan Ze^^adála, hijo de .Mohámed Abenalhillel, 
hermano del anterior, quien le envió de cadí á Valencia. 
Murió siendo cadí en Murcia, algunos años antes que su 
hermano (2). 

Abuabdála Mohámed el Castelí, natural de .Murcia y 
discípulo del régulo Abenabicháfar en materia de dere- 
cho. Los murcianos y Abenmardenix, según parece, qui- 
sieron con empeño que se encargase del cadiazgo gene- 
ral , en sustitución del acusado y preso Abenalhillel , y 
que sentenciase la causa contra éste; pero el Castelí se 
resistió á aceptar el cargo, causando grande enojo al emir 
su obstinada renuncia. Murió el Castelí en el año 1162 
á 1163 (3). 

Abenalhillel Mohámed , hijo de Zeyadála, padre del 
cadí general y del de Valencia del mismo nombre Aben- 
alhillel. Se le recuerda como varón ilustre por su ciencia 
y virtud, y murió en í\Iurcia, su ciudad, en el año 1151 
á 1152 (4). 

Abuabdála Mohámed , hijo de Ahmed Abensical , na- 
tural de Murcia; se le llamaba el Abuhoreira (nombre de 
uno de los compañeros de Mahoma) español, por sus vas- 
tos conocimientos • en materia de tradiciones . Escribió 
mucho sobre narraciones , palabras y hechos de Mahoma , 
todo lo cual fué aprovechado después por Abubéquer 
Abensofyan, y murió en Murcia en 1155 á 1156 (5). 



(1) Adabí, Bib. ar. liisp., III. :í07, y Abenalabar, ídem, IV, 28. 

(2) Abenalabar, Bib. av. hisp., V, 251. 

(3) Abenalaljar, Bib. ar. hisp. . IV, 155. 

(4; Adabí, Bib. av. hisp., III, 1198, y Aljenalaljar, ídem, ^■, COT. 

(5) Abenalabar, Bib ai-, hisp., V, 607. 



— 23á — 

Abuabdála Mohánied, hijo de Abdelaziz Abenxadad, 
nacido en Jódar , provincia de Jaén ; trasladó su residen- 
cia cá Murcia, al estallar la insurreccicjn contra los almo- 
rávides, y el cadí Abulabas Abenalliillel le confió el ca- 
diazgo de Denia. Murió en Murcia en 1160 á 1161 (1). 

Abuabdála Moliánied Abenmaxud Alansarí , hijo del 
tradicionista Saf. Nació en Orihuela, fué cadí de esta 
ciudad después de Abulcásim Abenfathun durante el 
mando de Abenmardenix, y murió en 1157 á 1158(2). 

Abubéquer Mohámed, hijo de Áhmed Abenalyatim, 
nacido en Murcia y maestro de Abensofyan , quien hace 
su elogio como varón elocuente y notable literato (3). 

Abenmeruan Abdelmélic , hijo de Abubéquer Aben- 
alarao. Era natural de Lorca, donde enseñó con aplauso 
exégesis alcoránica por el tiempo de que se viene ha- 
ciendo historia (4). 

Abubéquer Mohámed, hijo de Áhmed Abensofyan. 
Nacido en Alicante, pero vivió en Tremecén, donde en- 
señó jurisprudencia hacia el año 1161 á 1162 (5). 

Abumohámed Abdála, conocido por el Quirbilyaní, 
de Murcia y discípulo del alfaquí Abenalchazar, á quien 
sustituyó y sucedió en la enseñanza del derecho. Enseñó 
también lengua y literatura y fué maestro de Abensof- 
yan. Murió en 1160 á 1161 (6). 

Abumohámed Abdála, hijo de Ismail Abencaira (?), 
natural de Elche y cadí de esta ciudad. Murió en 1163 
á 116-4 (7). 

Abumohámed Abdála , hijo de Moliámed Abenzagan , 
natural de Lorca, donde desempeñó el cargo de cadí. 
Era notable jurisconsulto, discípulo de Abualí Asadafl y 



(1) 


Abenalabar, 


Bib. 


ar. 


hisp., 


V, 713. 


(2) 


Abenalaljar 


, Bib. 


ar. 


hisp. 


, IV, 152. 


c-y) 


AluMialaljar, 


Bib. 


ai'. 


hisp., 


V, 701. 


(1) 


.\l)enalal)ar, 


Bib. 


ar. 


liisp., 


VI, 1718. 


(5) 


x\benalabai'. 


, Bib. 


ai\ 


liisp. 


, V, 718. 


(B) 


Abenalabar ; 


, Bib. 


ar. 


hisp. 


, VI , 1374 


(7) 


Abenalaltai-, 


, Bib. 


ar. 


hisp. 


, VI, 1376. 



- 2áá ^ 

de otros célebres maestros de su tiempo y murió en 1164 
á 1165 (1). 

Abubéquer Málic, hijo de Himyar, escritor y poeta. 
Era natural de Orihuela, donde murió en 1165 á 1166. 
Abensofyan hace mención de él , y Abuomar Abeniyad 
cita como suyos los versos siguientes: 

«Emprendo mi viaje sin viático y sin liacer 
preparativo alguno para la peregrinación. No 
obstante, confío en las excelencias de mi Señor 
que satisface al pobre con su divina genero- 
sidad» (2). 
Abubéquer Yahya, hijo de Baquí, Abenassalamí , 
poeta y médico de la corte de Abenmardenix. Parece ser 
que, separado de su cargo, se dedicó á visitar gratuita- 
mente á toda clase de enfermos. Falleció en 1167 á 1168(3). 
Abulabas Áhmed, liijo de Abderráman, hijo de Isa, 
de Murcia, jurisconsulto y tradicionista. Desempeñó en 
su ciudad el cargo de zavalaqiiem (juez en materia cri- 
minal), más tarde fué cadí de Játiva y luego de Murcia. 
Dejó de existir en 1167 á 1168 (4). 

Abualí Hosain, hijo de Mohámed, Abenarif , el lector ; 
natural de Tortosa y discípulo de los más aventajados de 
Abualí Asadafl. Enseñó Alcorán en Almería y fué predi- 
cador y presidente de la oración en su mezquita, hasta 
que hacia el año 1145 á 1146, corriendo ya peligro dicha 
ciudad de caer en manos de los cristianos , se trasladó á 
Murcia, donde continuó las enseñanzas alcoránicas y fué 
también predicador de la aljama. Murió en 1167 á 1168 (5). 
Abuabdála Mohámed, hijo de Soláiman, hijo de Muza, 
Abenbartolo, hijo del cadí citado que llevó el mismo sobre- 
nombre. Era discípulo de Abuabdála el Castelí y asociado 



(1) Abenalabar, Bib. ar. hisp. , IV, 606. 

(2) Abcnalabaí', Bib. ai-, hisp. , V, IIK). 

(3) Adabí, Bib. ar. iiisp., III, 1464. 

(4) Abenalabar, Bib. ar. liisp., VI, 33; y Abenfarlmn, páí;-. 04. 

(5) Abenalabar, Bib. ar. hisp., IV, 68. 



— 234 — 

al cadí Abulabas Abenalhillel. Llegó á ser notable juris- 
consulto y hábil polemista y falleció, todavía joven, en 
IMurcia, su ciudad natal, en el año 1167 á 116S (1). 

Abuabdála Mohánied, liijo de Abdesalem, el de Jumi- 
11a, de donde era natural. Después de estudiar derecho y 
humanidades en Murcia, marchó al Oriente y escuchó en 
la Meca al al 'aquí Abuabdála, hijo de Said, el de Denia 
y á otros maestros. Vuelto á España, enseñó historia y 
tradición en Murcia hasta su muerte ocurrida en 1168 
á 1169 (2). 

Abulabas Ahmed, hijo de Abdelaziz AbenalasFar. For- 
mó parte del consejo de Murcia, desempeñó los cadiazgos 
de Játiva y Orihuela y fué maestro de jurisprudencia. 
Murió en 1168 á 1169 (3). 

Abuadála Mohámed, hijo de Yúsuf Abensada , el mur- 
ciano. Era originario de Valencia; pero se educó en Mur- 
cia; desempeñó en ésta el cargo de cadí, y antes formó 
parte del consejo de la ciudad, terminada ya la domina- 
ción de los almorávides. Después fué trasladado á igual 
cargo de Játiva, donde vivió y enscxñó cuanto sabía, que 
era mucho, adquirido en sus viajes á las diferentes capi- 
tales de España y del Oriente. Se -unió en pare^itesco de 
afinidad con Abuah' Asadafi, el gran maestro zaragozano, 
heredó sus libros y originales ó borradores, que parece 
eran muclios, y dejó escrita una sola obra, si bien muy 
celebrada, que lleva por título, «Qiiitab xachara aliiahm 
almotara quiya ¿la dorua alfahm (libro del árbol de la 
hipótesis ú opinión, la que se -va elevando progresiva- 
mente hasta la ciaia de la inteligencia). Falleció este ilus- 
tre murciano en Játiva en 1169 á 1170 (-1). 

}>,Iohámed, hijo de Abderrehim Alansarí, Abenalfaras , 
natural de Granada. Se distinguió como tradicionista, 
teólogo y jurisconsulto, fué presidente del Consejo de 



(!) Al)erialaba;', Bil^. ai-, liisp., V, 7;tó; y Adabi, ¡dein, III, 128. 

{2) Abo.ialabar, Bib. ar. hisp., V, 741. 

(:{J Aboníarhun, pág-. (58. 

(4) Abenalal)ar, IBib, av. hisp., V, 746. 



— 235 — 

Murcia y después desempeñó el cadiazgo de Valencia, del 
cual fué echado, al sublevarse Abenxilban. Murió en 
1169 cá 1170 (1). 

Abuáhmed Mohámed , hijo de Áhnied Abenmoat , natu- 
ral de Orihuela. Despuós de liacer estudios alcoránicos en 
Espafia, marchó al Oriente, á fln de completar su instruc- 
ción y, al volver á su ciudad natal , se consagró á la ense- 
ñanza del Alcorán y fué presidente de la oración de la 
aljama situada junto á la puerta del puente (2). 

Abubéquer Mohámed, hijo de Obaidála Abenafan. 
Nació en Murcia, pero habitó en Albania de dicha región. 
Era jurisconsulto, filósofo, polemista y muy instruido en 
literatura, genealogías y otras materias. Murió en 1170 
á 1171 (;5). 

Abulhásan Alí, hijo de Mohámed, persa de origen y 
nacido en Córdoba. Al estallar la insurrección contra los 
almorávides, emigró de Córdoba, donde ya figuraba entre 
los varones más distinguidos por su saber, y se fijó en 
Elche, llegando á ser en esta ciudad predicador de la 
aljama. Parece ser que, complicado en la rebelión de la 
ciudad contra el emir Abenmardeiiix, fué muerto, al salir 
de ella huyendo de la venganza de dicho emir, en el 
año 1171 (4). 

Abubéquer Abderráman, hijo de Áhuied, hijo de Ibra- 
him, hijo de Mohámed, hijo de Abulaila, xllansarí. Era 
de ?(lurc'.a y originario de Granada. Discípulo de los más 
íntimos y constantes de Abualí Asadafi, fué el que mejor 
conservó sus tradiciones é historias. Marclió á Oriente 
cumpliendo con el precepto de la peregrinación y escu- 
chó allá á otros maestros y, al volver á España, se consa- 
gró á la vida devota. Las gentes corrían hacia él ansiosas 
de oir sus explicaciones. Murió en 1171 á 1172 (5). 



(1 ) Al>entarliun, pág. 258; v Abenalabaí-, Bih. ai\ liisp., V, 75Ü. 

(2) AhenalalMi-, Bilj. ai-, liisp., V, 744. 

(3) Aljtínalabaí", Bib. ar. hisp., V, 747. 

(4) Aljenalabaí-, Bib. ai-, liisp., VI, 1864. 

(5) Alje/iulabaí-, Bib. ai", hisp., V, pág. 274. 



— 236 — 

Abumohámed Axir, hijo de Mohámed Abenhacam 
Alansarí, natural de Iniesta (?), provincia de Cuenca, y 
iiabitante de Játiva. Vivió algún tiempo en Córdoba, 
hasta que fué nombrado presidente del consejo de Va- 
lencia. Después pasó de cadí á Murcia bajo el mando de 
los almorávides, y al ser arrojados éstos de la ciudad fué 
aquél destituido de su cargo , pero de una manera hon- 
rosa. Entonces se trasladó á Játiva, donde terminó sus 
días dedicado á enseñar y escribir sobre jurisprudencia. 
Murió en 1171 á 1172 (1). 

Abenalbarrac , natural de Guadix, médico y poeta de 
la corte de Abenmardenix , quien le hizo venir de Guadix 
á Murcia. En esta ciudad permaneció hasta que , muerto 
su señor, regresó á Guadix en 1171 á 1172 (2). 

Abubéquer Yahya, hijo de Alchalil, conocido más 
comúnmente por Abenmochebir; fué íntimo amigo de 
Abenmardenix y poeta que escribió más de 9.400 es- 
trofas (3). 

Otro poeta de la corte de Abenmardenix fué Abumo- 
hámed Abdála, hijo de Salftn, el de Játiva, quien, entre 
otras composiciones , escribió una brillante poesía ensal- 
zando la bravura y poderío de Abenmardenix (-1). 

Abumohámed Abderráman, hijo de Mohámed, cono- 
cido más comúnmente por el de Mequinez; fué secretario 
de Abenmardenix y de otros emires. Era natural de 
Murcia, excelente poeta y literato; sus poesías y epísto- 
las eran muy buscadas por el público. Murió en Marrue- 
cos en 1175 á 1176 (5). 

Abucháfar Omar, hijo de Abdelaziz, hijo de Jalaf el 
Caisí , natural de Lorca , donde desempeñó el cargo de 
cadí, y murió en 1174 á 1175 (6). 



(1) Ahenalabaí-, Bib. ar. his., VI, 1954, y Adabí, ídem, III, 1270. 

(2) Aljonalabar, Bib. ar. hisp., V, pág. 274. 

(3) Ahiiaearí, II, KiO. 

(4) Abensaid, ms. ar. déla R. Ac. de la Hist., m'imero 53, 
lio 04 vuelto. 

(5) Abenalabaí-, Biij. ar. hisp., VI, 1(505. 

(6) Adabí, Bib. ai', hisp., III, 1167. 



— 237 — 

Abdála, hijo de Mohámed, hijo de Sahl Adaric, natu- 
ral de Granada. Era excelente matemático, y Abenmar- 
denix lo eligió para maestro de sus hijos. Dejó notables 
escritos sobre matemáticas y murió en Murcia en 1175 
á 1176 (1). 

Abulhásan Alí, hijo de Hixem el Chodamí, de Lorca. 
Era poeta y escritor excelente y fué nombrado predicador 
de la aljama de su ciudad (2). 

Abuamru Jafacha , hijo de Abderráman , hijo de Áh- 
med Alaslamí, de Elche. Se distinguió como alfaquí pe- 
rito en la redacción de documentos notariales y sabio en 
sentencias jurídicas y tradiciones relativas á dichos ó 
hechos de los compañeros del Profeta. Murió en el año 
1178 á 1179 (3). 

Chabir, hijo de Yahya, hijo de Mohámed Abengarur, 
hijo de Dinnun , natural de Granada. Era presidente del 
consejo de su ciudad natal ; pero al estallar la revolución 
contra los almorávides huyó al oriente de España y fué 
nombrado cadí de Játiva y luego de Orihuela. Parece ser 
que volvió más tarde á su ciudad natal y fué cadí en ella 
hasta su muerte, ocurrida en 1180 á 1181 (4). 

Abuzaid Abderráman , hijo de Mohámed Abenferro el 
Chodamí, natural de Orihuela; fué notable como juris- 
consulto y desempeñó el cargo de presidente del consejo 
de su ciudad natal. Murió en 1173 á 1174 (5). 

Abulabas Áhmed, hijo de Omar, Abenafaronda (?) 
[jóys\ ^^\) murciano, aunque era originario de Tala- 
vera. En su mocedad había viajado por las capitales más 
ilustres de España y del Oriente , yá su regreso fijó su 
residencia en Murcia. Sus contemporáneos hacían gran- 
des elogios de su sabiduría. Murió en Murcia hacia el 
año 1174 á 1175 (6). 



(1) Casiri, Bib. ar. Escur. , II, 128, turnado de Abenalabar. 

(2) Abenalabar, Bib. ar. liisp. , VI, 1868. 

(3) Abenalabar, Bib. ai", hisp. , V, 195. 

(4) Abenalal^ar, Bib. ar. hisp., V, 1. 

(5) Abenalabar, Bib. ar. hisp., VI, 1604. 

(6) Adabí. Bib. ar. hisp., III, 448, y Abenalabar, ídem V, 34, 



— 238 



Por último, Abucháfar Álmied, hijo de Abdelmélic, 
hijo de Amira, hijo de Yahya Adabí , natural de Lorca. 
Cumplió el precepto de la peregrinación á la Meca. Era 
hombre devoto y ayunador; enseñó Alcorán y tradiciones 
y murió en Lorca en 1181 á 1182 (1), 



I 



( 1) .\lm;-icai-i , I, 87:i, 



CAPITULO XVII 

Murcia bajo la dominación de los almohades 



Pocas son las noticias que se tienen respecto de Alur- 
cia durante el mando de los gobernadores almohades. 
Reducida á mera provincia de su vasto imperio, como 
antes lo había sido del almoravide, pierde ante la historia 
su carácter individual, que no recobra, hasta que es pro- 
clamado en ella el famoso Abenhud Almotauáquil quien 
la eligi<3 como corte de su estado, llegando á ser el más 
poderoso sin duda de los reyes murcianos. 

Los autores árabes conocidos, al referirse á este tiem- 
po, atienden principalmente á la historia general de la 
Península, y aun considerándola como parte integrante 
del imperio general de los almohades, cuya capitalidad 
era Marruecos. Únicamente, pues, por incidencia se fijan 
en los hechos y personajes que, á partir de Murcia, tuvie- 
ron luego una influencia general en dicho imperio, y á 
estos vamos á concretarnos en lo posible, á fin de no tras- 
pasar los límites de la presente obra. 

Sometidas Murcia y Valencia con los hijos de Aben- 
mardenix al poder de los almohades, según se ha narrado, 
parece ser que la segunda de dichas capitales quedó gober- 
nada por Abulhachach Yúsuf , el hermano de Abenmar- 
denix, durante algunos años, acaso hasta la muerte de 
éste , ocurrida en 1186 (1). Murcia vino á ser la capital de 
uno de los varios gobiernos en que los almohades dividie- 



( 1) Almacarí II, pág. 7.55 y Abenaljatib, ms. ár. d(3 la R. Ac 
la Hist. in'im. 37, ful. 2HÍ v. ó 54 v. do la co[)ia del Sr. Codera. 



— 240 — 

ron la España musulmana confiando su dirección á los 
príncipes de la dinastía, llamados los sides ó señores (1). 

Se ha dicho en su lugar oportuno que, al tener noticia 
el príncipe Abuhafs, hermano de Abuyacub el emir, que 
se habían rendido los hijos de Abenmardenix, marchó 
inmediatamente á Murcia, á fin de hacerse cargo de la 
ciudad. Pero debió permanecer poco tiempo en ella; pues 
en los años siguientes se le ve dirigiendo desde Sevilla 
algunas expediciones contra los cristianos de Castilla y 
Portugal , hasta que fué muerto en una de ellas el año 
1179 á 1180 (2). Los hijos del príncipe muerto regresaron 
á Marruecos y se presentaron al emir dándole cuenta de 
las ventajas obtenidas por los cristianos y de los daños 
que causaban éstos en la parte de la Península sometida 
á los musulmanes. 

Había salido de Sevilla el emir Abuyacub y regresado 
á Marruecos^ su capital, según quedó expuesto, en el 
año 1175. Las noticias alarmantes que le comunicaron los 
hijos del príncipe Abuhafs respecto del estado de España, 
le decidieron á pasar de nuevo á ésta con fuerzas para 
emprender una campaña enérgica y oponerse al avance 
de los cristianos. Mas por entonces no pudo realizar su 
deseo. Otro asunto no menos grave le retuvo en África; 
era que la importante ciudad de Cafsa se mantenía rebelde 
á su autoridad, reconociendo como príncipe á Alí, hijo de 
Alazz, desde el tiempo de su padre Abdelmúmen. Abu- 
yacub hubo de ir en persona á sitiar dicha ciudad y, des- 
pués de someter y destronar á su reyezuelo, volvióse á 
Marruecos (3). Dícese por los autores árabes que , al saberse 
en España el feliz regreso del emir Abuyacub á su capi- 
tal, procedente de su campaña contra los rebeldes de 
Cafsa, marcharon allá, á fin de felicitarle, algunas comi- 



(1) Almacari, I, pág. 291. 

(2) El An(»nimo de Copenhague, ms. ;ir. de la R. Ac. de la His- 
toria, núm. 83, pág. 9; Ana.siri, I, 161; Alien jaldun, Bei"el)ores, tra- 
ducción II, pág. 202. 

(;}) Abenjaldun, Bereberes, trad. II, pág. 34, 



— 241 — 

siones españolas, en que figuraban muchos magnates 
musulmanes, presididos por el hermano del emir Abu- 
ishac, gobernador de Sevilla, y su sobrino Abuabderrá- 
man Yacub, hijo de Abderráman, hijo de Abdelmúmen, 
gobernador de Murcia . Parece lo más probable que fuese 
éste el primer gobernador almohade de la región murciana 
y que siguió gobernando en ella algún tiempo después de 
su regreso de xMarruecos, pues dicen los mismos autores 
que, terminado el objeto de su viaje, los comisionados de 
España volvieron á sus puestos respectivos (i). 

Los temores manifestados al emir por los hijos del 
príncipe Abuhafs, muerto, como se ha dicho, en el año 
1179 á 1180 en uno de los repetidos choques iiabidos en- 
tre almohades y cristianos, no carecían de fundamento. 
Alfonso Enríquez de Portugal y Alfonso VIII venían ex- 
tendiendo por ese tiempo sus dominios y realizando atre- 
vidas expediciones hasta el corazón de la España musul- 
mana, y las noticias que recibió el emir acerca de la 
suerte de la guerra durante los años 1182 y 1183, fueron 
cada vez más alarmantes y funestas para su causa. 

Aunque el valeroso caudillo AIohámed, iiijo de Yacub, 
había hecho con las tropas de Sevilla una incursión por 
tierra de Portugal y sitiado á Évora y tomado algunos 
castillos, había tenido que volverse, sin lograr apode- 
rarse de la plaza, que constituía el objetivo de su cam- 
paña; y esto apesar de que el almirante de la escua- 
dra de Sevilla había coadyuvado á la campaña y logrado 
un señalado triunfo sobre la de Portugal apoderándose 
de veinte barcos enemigos. Por parte de Alfonso VIII, el 
peligro era más grave todavía. Este esforzado rey había 
llegado á sitiar á Córdoba y Écija y realizado repetidas 
incursiones en las comarcas de Málaga, Ronda y Gra- 
nada, ganando el castillo de Santa Jilea (2), en el cual 
dejó, al retirarse, un fuerte destacamento de sus tropas. 



(1) Anónimo de Copenhague, ms. kv. de la R. Ac. de la Histo- 
ria, n.° 83, pág. 11; y Abenjaldun, Bereberes, trad. pág. 205 del t. II. 

( 2) Parece que este castillo se lia,llaba cerca de Carmona. 

16 



— 242 — 

En vano el gobernador de Sevilla , Abuishac, habiendo 
pedido refuerzo á los otros gobernadores, llevaba cuarenta 
días sitiando dicho castillo. Al saber que se acercaba Al- 
fonso VIII con su ejército en defensa de los sitiados , tu- 
vieron que retirarse los almohades. Se ve en el relato an- 
terior que éstos se hallaban por entonces reducidos , en 
general, á la defensiva, y si alguna vez penetraban en te- 
rritorio enemigo era para recoger algún botín y volverse 
presurosos á sus capitales. Tal fué la expedición de Mo- 
hámed, hijo de Yúsuf Abenuanudin , contra Talavera, 
calificada de atrevida por los mismos musulmanes, pues 
dicen que en setenta años no había llegado allí un solo 
musulmán ; se redujo á saquear y matar gente indefensa 
y volverse rápidamente á Sevilla (1). 

En cuanto á la región murciana, no debió estar por 
este tiempo libre de las incursiones y ataques de los 
cristianos, pues en el año 1183 á 1184, precisamente 
cuando Abuyacub , en vista de las graves noticias reci- 
bidas de España, formó propósito decidido de pasar á 
ella, para dirigir una campaña ofensiva contra los cris- 
tianos , llegaron á su corte su hermano Abusaid , hijo de 
Abdelmúmen , el cual había ocupado el gobierno de Mur- 
cia en sustitución de Abuabderráman Yacub, y otros 
muchos personajes murcianos. Esta comisión, según pa- 
rece, era una de tantas que por estos años partían de 
España , á fin de informar á los emires del peligro en que 
se hallaban por parte de los cristianos. Pero sin que el 
autor árabe especifique el motivo, sigue diciendo que el 
emir Abuyacub , informado de la conducta de su her- 
mano, no quiso recibirle á solas y le hizo entrar confun- 
dido entre los otros personajes que formaban la comi- 
sión (2). 



(1) Anónimo do Copenhague, ms. ar. Gg. de la Bib. Nac. , nú- 
mero 490, iiáii,s. 2.5, .'í;} V 40, (> el núm. 8;{ de la R. Ac. de la Historia, 
págs. 9, 12, U, 15 y 19; Al>enjaldun, Ber. trad. pág. 205. 

(2) Anónimo de Copenhague, ms. Gg. Bib. Nac. núm. 490, pá- 
gina .57, (■) el núm. 83 de la R. Ac. de la Hist., págs. 20 y 21. 



— 243 — 

No estaría muy satisfecho Abuyacub de la conducta 
del gobernador de Murcia , Abusaid , y de los de otras 
provincias españolas , poi-que en ese tiempo y como pre- 
parando las circunstancias y medios para su proyectada 
campaña en la Península, envía á sus cuatro hijos la 
orden de hacerse cargo dejos siguientes gobiernos: del 
de Murcia, Abuabdála, reemplazando á su tío Abusaid ; 
del de Córdoba, Abuyahya, á instancia y consejo del 
cadí de esa ciudad Abulualid Abenroxd (el célebre ñló- 
soí'o y médico Averroes); del de Granada, un tercer hijo 
llamado Abusaid, y en el de Sevilla quedó confirmado el 
hermano del emir, Abuishac. A todos ellos encarga im- 
periosamente que , sin perder tiempo , reúnan en sus res- 
pectivos distritos los contingentes de tropas más nume- 
rosos que les fuese posible, con destino á la guerra santa 
que en breve se iba á emprender (1), y que acudan á Se- 
villa, donde se reuniría con ellos. Abuyacub por su parte, 
á la vez que envió á sus hijos la orden de reunir tropas y 
reconcentrarse en Sevilla, hizo en África grandes prepa- 
rativos de hombres y máquinas de guerra, y después de 
enviar por delante algunos cuerpos, pasó desde Ceuta á 
Gibraltar y seguidamente se dirigió á Sevilla, donde se 
le incorporaron los contingentes de los distritos de España. 

La relación anterior de los autores árabes resulta con- 
firmada por el Cronicón lusitano (2) , cuando dice que - 
Yuceplí Ahenjacoh Emir Elmiimino , secimdus imperator 
Sarracenorum fiUios de Ali Abelmuinen, después de 
haber subyugado el imperio de Marruecos y todo el reino 
de aquende el mar, antes perteneciente al rey Lobo 
(Abenmardenix) , á saber: Valencia, Murcia, Granada y 
otras ciudades, resolvió pasar ala Península con decidido 
propósito de recobrar las ciudades de Lisboa, Cintra, 



(1) Anónimo de Copenhague, ms. Bib. Nac. Gg. núm. 490, pá- 
gina 57, ó el núm. 8:3 déla R. Ac déla Hist. , págs. 20 y 21, y 
Abenjaldun, Bereberes, trad. II, pág. 204. 

(2) Esp. Sagr. , t. XIV, pág 429. 



— 244 — 

Santaren , P]vora , Alcozer y todos los otros castillos de 
Lusitania, y subiendo luego por la ribera del Duero llegar 
hasta Toledo; hechos, al efecto, grandes preparativos al otro 
lado el mar, escribió á sus hijos que se hallaban aquende 
el Estrecho, á saber: Ahozacli (Abuishac) qui era rex Si- 
Mllke , á Ahdaen Ahuialne (Abuyahya) qid erat rex de 
Corduba, á Abderrhama Ahuzeida (Abusaid) qui erat 
rex de Granata y á Gama (Abuabdála) qai erat rex de 
Murcia et de Valentía , ordenándoles á todos ellos que se 
preparasen para la campaña, y que el día que llegase él 
á Sevilla acudiesen ellos también á la misma ciudad , 
señalándoles á este fin el tiempo fijo en que podría en- 
contrarse en dicha capital.» Abuyacub, reconcentradas 
sus fuerzas en Sevilla, avanzó hasta poner sitio á Santa- 
ren, ante cuya plaza fué herido de muerte, fracasando 
por completo el objeto de la campaña. 

Bien fuese por una falsa maniobra de la mayor parte 
de su ejército, ó bien por traición, ó por ambas cosas á la 
vez, lo cierto es que, según la opinión más seguida, en 
una noche vióse el emir abandonado por la mayor parte 
de sus fuerzas, y enterados de esto los cristianos, salie- 
ron precipitadamente de la plaza, y cayendo sobre él y 
los que quedaban á su alrededor, llegaron á herirle tan 
gravemente, que murió á los pocos días. Cuando adver- 
• tidas del peligro que corría su emir, retrocedieron algu- 
nas de las fuerzas que se retiraban , á fin de salvarle , era 
ya tarde; únicamente lograron rechazar á los cristianos, 
y aun esto les costó caro , pues los mismos autores árabes 
confiesan que muchos de los suyos sufrieron el martirio. 
Entre otros incidentes que se indican como causas de 
que se malograse la expedición de Abuyacub contra los 
cristianos de Portugal y Castilla, se hace notar especial- 
mente que las tropas de Murcia , en uno de los días del 
sitio puesto á Santaren, sufrieron un rudo contratiempo. 
Habiendo salido de su campo, á fin de realizar una in- 
cursión por el llano habitado por los cristianos, les salie- 
ron éstos al encuentro y, trabado un reñido combate 



fiieron derrotados los de Murcia y perseguidos liasta 
cerca de sus posiciones, perdiendo cincuenta acémilas 
que liabían salido á forrajear (i). 

El sitio de Santaren y la muerte de Abuyacub hubie- 
ron de ocurrir en los meses de Junio á Julio de 1184. 
Parece lo más probable que Abuyacub muriese en el 
camino de Santaren á Sevilla; pues dicen los autores ára- 
bes que su hijo fué reconocido como emir por los caudi- 
llos y los otros príncipes, á fln de que no quedase el ejér- 
cito sin jefe supremo teniendo próximo al enemigo, y que 
al llegar á Sevilla, se le proclamó solemnemente. 

Es de creer que el nuevo emir quiso desde luego 
emprender nuevas expediciones contra los cristianos , y 
aun se dice que , habiendo pedido fuerzas á Marruecos, 
salió en unión de su hermano Abuyahya, al que hemos 
visto figurar como gobernador de Córdoba, y llegó á tomar 
algunos castillos y asolar las fronteras enemigas; pero 
trastornos ocurridos en África le hicieron marchar á Ma- 
rruecos. Sucedió que los almorávides de Mallorca, al ente- 
rarse de la muerte de Abuyacub en Santaren, capitanea- 
dos por sus príncipes Alí y Yahya, hijos de Ishac, hijos 
de Mohámed, hijos de Alí Abengania, habían invadido 
las costas africanas apoderándose de Bugia y sus comar- 
cas vecinas y dando comienzo á una lucha que contribuyó 
grandemente á abatir el poderío almohade. 

Hacia el tiempo en que abandonó Abuyúsut" Almanzor 
la ciudad de Sevilla para marchar á Marruecos, ó muy 
poco después, quedó encargado del gobierno de Murcia, 
en reemplazo de su hermano Abuabdála, otro hermano, 
llamado Abuhafs que tomó el sobrenombre de Arraxid, 



(1) Abenaljatib, ms. ár. de la R. Ac. de la Hist., n." 37, folio 
259 Y.; V 54 de la copia del Si-. Codera; Ari()riimo de Cop. ms. kv. de 
la R. Ac. do la Hist. págs. 20 á 24 y 27; Al)enalatii' XI, pá-'. 3.32: 
Xouaii'i, ms. ár. de la R. Ac. de la Hist. n." (JO, art. sobi-e Aljuyacul) 
Yúsut', liijo de Aljdelmúmen; Almicd Anasiri I, pág. 162; Aljenjal- 
dun, Bereljeres, trad. II, pág. 125; y Cartas 141. Véase tanil)ién á 
Dozy, Recliei'chcs, II, pág. 450 y 457. 



— 24é — 

el cual aparece presidiendo la oración fúnebre en el sepe- 
lio del célebre alfaquí Abderráman Abenhobaid , fallecido 
en Murcia en 1188. No estuvo muclio tiempo el nuevo 
gobernador de Murcia al frente de ella, y sus días acaba- 
ron trágicamente; pues, aparte de que su administración 
fué funesta para la región de su mando, hasta el punto 
que un autor árabe dice de él que fué ladrón de los bie- 
nes de sus gobernados, intentó alzarse contra el emir y 
destronarle contando con el apoyo de su tío Aburrebia, 
gobernador de Tedia y con que el poderío de su hermano 
habría sido quebrantado gravemente á consecuencia del 
descalabro sufrido en Ghomart por el ejército de avanzada 
que había enviado contra los almorávides Alí y Yahya 
Abengania, los cuales, como se ha dicho, habían logrado 
apoderarse de Bugia y sus comarcas. 

No había pasado de ser una intentona el propósito del 
gobernador de Murcia Arraxid ; pero no fué tan secreta, 
que quedase ignorada por el emir; pues á seguida que 
volvió éste á su capital , después de haber recobrado á 
Bugia del poder de los almorávides, fué informado de la 
conducta de su hermano y de su tío el gobernador de 
Tedia. Al dirigirse Arraxid á Marruecos, á ñn de felici- 
tarle por el feliz regreso de su campaña de Bugia, según 
costumbre seguida por los príncipes en tales casos , encon- 
tróse con él cerca de Mequinéz ; no se habían cruzado dos 
palabras entre ambos, cuando mandó el emir que fuese 
maniatado Arraxid y llevado preso á Marruecos, hasta 
tanto que se fallaba sobre la causa que dispuso formar en 
el acto acerca de su gestión y propósitos. La sentencia no 
debió ser favorable; además de ser acusado de su injusta 
administración y de haber causado la muerte al cadí mur- 
ciano y predicador de la aljama Abenabichomra dándole 
en el pecho un terrible golpe con su espada, de resulta 
del cual falleció á poco, su intento de usurpar el poder á 
su hermano era público y probado por los manejos que 
había traído con otros jefes, procurando comprometerles 
para la realización de su deseo. Confirmada la culpabili- 



— 247 — 

dad de Arraxid y de su tío Aburrebia Soláiinan , fueron 
condenados á muerte y ejecutados de orden del emir (1). 

En los años sucesivos, á partir de 1190 hasta 119,5, 
nada aparece consignado en los autores árabes conocidos , 
que se refiera concretamente á la región murciana , como 
no sea el que sus tropas tuvieron que concurrir con las de 
los otros distritos á las campañas que Abuyúsuf Alman- 
zor emprendió personalmente durante dichos años , á ñn 
de contener el avance de los cristianos, principalmente de 
Portugal y Castilla, lo cual consiguió en las dos expedi- 
ciones felices para los musulmanes , que se conocen con 
los nombres de Silves y Alarcos. Todavía salió el emir 
contra los cristianos al año siguiente (1196) y, después de 
asolar varios castillos de Extremadura y Toledo, llegando 
á amenazar á la misma capital y arrasar sus campiñas, 
volvióse á Sevilla. Las expediciones afortunadas de Abu- 
yúsuf obligaron á los cristianos á pedirle tregua, y quedó 
ésta concertada por cinco años . Entonces trasladóse el 
emir á Marruecos y nombró príncipe heredero á su hijo 
Mohámed que tomó el título de Anasir Lidmald, cuando, 
muerto su padre en Diciembrede 1198 ó Enero de 1199, 
ocupó el emirato (2). 

El nuevo emir renovó la tregua con los cristianos ; pero 
la paz no debió ser duradera; pues en el año de 1203 á 
1204 se hacen en Sevilla grandes preparativos de guerra , 
y en los años sucesivos hay frecuentes cambios de gober- 
nadores en las provincias , y excitaciones á éstos de parte 



(1) Abdeluáhid, págs. 200 y 201; Am'inimo de Copen, ms. ár. de 
la Bib. Nac. Gg., n.°. 490, pág. 88; ó el de la R. Ac. de Hist. n." 83, 
pág. 39; Aljenalabaí'. Bib. ar. hisp., VI, pág. 575. Abeljaldun, Be- 
reb. trad. II, pág. 211 y Anasirí, I, pág. 174, dicen rpio Árraxid y su 
tío Aburrebia pecmanecieron presos en Rabat-Altath, durante el pro- 
ceso que se les siguió. 

(2) Anónimo de Cop. ms. ái. de la Bib. Nac. núm. 490, pag. 90 
y siguientes; ó el 83 de la R. Ac. de la Historia pág. 41 y siguientes; 
Ál)enjaldun, Bereberes, tradui;. II, pág. 212, 213 y 214; Nouairi, 
ms. ár. de la R. Ac. de la Hist. núm. 00, art. sobre Abuyúsuf Yacub; 
Áhmed Anasiri, I, pág. 175; Abdeluáhid, pág. 203 y siguientes, y 
otros. 



— 248 — 

del emir , para que vigilen y atiendan á la defensa de las 
comarcas de su respectivo mando (1). Por este tiempo se 
menciona, como gobernador de Murcia, al sid Mohámed 
Abuabdála, el cual en 1207 á 1208 es trasladado al go- 
bierno de Sevilla y reemplazado en el de Murcia por el 
sid Abulhásan Abenuachach, quien, á su vez, es enviado 
á Marruecos en 1210 á 1211 y sustituido por Abuiniran» 
hijo de Abuyasin , el de Hintata. En el mismo año es tras- 
ladado á Córdoba el cadí de Murcia Abumohámed Aben- 
hutalá , y vuelve á ser cadí de esta ciudad Abulhásan el 
Castelí (2). Acaso este último cambio de los jefes de la 
región murciana fué debido al peligro que amenazaba, 
pues es sabido que por entonces se apoderó Pedro II de 
Aragón de varios castillos pertenecientes á Valencia, aco- 
giéndose sus defensores al perdón de la vida que se les 
ofrecía en caso de rendirse, ó prefiriendo otros escapar á 
las ciudades más defendidas ó á Tremecén ; y que á la vez 
hacían otro tanto los castellanos en las comarcas de Mur- 
cia que les eran fronterizas. Tal situación hizo que llegase 
á la presencia del emir Anasir en Marruecos una comisión 
de los musulmanes del Este de España, á fin de infor- 
marle de las incursiones y conquistas, que estaba efec- 
tuando en su país el monarca aragonés (3). Anasir, dice 
el autor árabe, prometió á la comisión del Oriente de 
España, como á otras que indudablemente debieron de 
llegarle de las restantes provincias fronterizas á Castilla 
y Portugal, que pasaría en breve á auxiliarles y, acto 
seguido, escribió á los gobernadores de Sevilla y Córdoba 
que dispusieran sus huestes para la enérgica campaña que 
iba á emprender dirigiendo personalmente el ejército (4). 



(1) Anónimo do Cop., nis. ár. ác la Bib. Nac. núm. 450, |iá,i;ina;^ 
138 y 152; 6 el 83 de la R. Ac. de la Hist. páf^s. Gl y 6(5. 

(2) Anónimo de Cop., p,í,,ií. 167 del ms. de la Bib. Nac. n 70 del 
de la H. Ac. de la Historia. 

(3) Anónimo de Cop. vns. ár. de la Bib. Nac. núm. 15(1, pá^,'. 1(15 
y 172; ó el 83 del de la R. Ac. de la Hist. páy. 71 y 72. 

(4) Lugar antes citado. 



— 249 — 

Cuando estuvo todo preparado, pasó, en efecto, Anasir 
a España y desde Sevilla comenzó la expedición que tuvo 
tan funesto resultado, al perder los musulmanes la batalla 
de las Navas ó de Ocab, como ellos la llaman, confesando 
que fué la más tremenda derrota que habían sufrido, y la 
causa que determinó la extinción de su imperio en la 
Península. Dicha batalla tuvo lugar en uno de los días de 
Julio de 1212, y trajo, como principales consecuencias 
contra la dominación almohade, la pérdida de Evora y 
rbeda, entre otras plazas importantes, la invasión del 
Magreb por los Benimerines que avanzan desde el Tab, y 
á poco la rebelión de los sides ó gobernadores de las pro- 
vincias de España y del Magreb (1). 

El gobierno del emir Yúsuf, titulado Almostansir, 
que sucedió á su padre Anasir, muerto en Marruecos á 
ñl timos de 1213 ó principios de 1214, marca j3. el período 
de alarmante decadencia en el imperio almohade. Los 
mismos autores árabes confirman que el nuero emir, 
joven sin experiencia y entregado á los placeres de la 
vida , abandonó los asuntos á sus ministros , y los gober- 
nadores obraban en sus distritos como señores indepen- 
dientes. Por lo que á Murcia se refiere, en los primeros 
años del gobierno de Almostansir solamente se hace men- 
ción que en el de 1216 á 1217, recobraron los musulma- 
nes el castillo de Xerira (?), situado en la frontera de 
Murcia (2). En cambio, conviene hacer constar, para 
explicarse ulteriores hechos, que D. Jaime el Conquis- 
tador en 1220 sitiaba á Albarracín y en 1222 se encon- 
traba con su ejército junto á Castellón de la Plana, dueño 
ya de Estación (3). En el mismo año es trasladado el 



(1) Anónimo de Cop. m. ár. de la Bib. Nac. núm. 490, pág. 178 
y siguientes, ó el 83 de la R. Ac. de la Hist., pág. 74 y siguientes; el 
NouaiiM, ms. ár. de la R. Ac. de la Hist. núm. 60, art. sobre Anasii-; 
ol autor del Cai'tás, pág. 58 y siguientes; Ahmod Anasiri, I, 192; Al^eii- 
alcadi, pág. 99 y siguientes; Abdeluáliid, pág. 234 y otros, traen 
narraciones detalladas de la campaña y batalla de las Navas que no 
liace á nuestro propósito exponei*. 

(2) Aljenalaljar, III, fotogr. pág. 193. 

(3) El archivo de Chabas, tomo VIII, pág. 239. 



— 250 — 

sid Abumohámed Abdála, hijo de Yúsuf Almanzor, del 
gobierno de Granada al de Murcia. 

El nuevo gobernador de Murcia se reunió en esta ciu- 
dad con un jeque almohade que había sido ministro del 
emir Anasir y gobernador de Tremecén . No determinan 
claramente los autores cual fué la situación primera de 
dicho personaje en Murcia, ni el motivo de hallarse en 
ella; afirman unos que marchó á dicha ciudad acompa- 
ñando al nuevo gobernador, y otros le suponen desterrado 
ya en ella de orden del nuevo emir Almostansir. Tampoco 
su apellido aparece escrito siempre del mismo modo; 
unas veces se lee Abenyurchan y otras Yurchan. Lo 
cierto es que á tal personaje se atribuye principalmente 
la rebelión de Aladel que consiguió hacerse reconocer co- 
mo emir, primeramente de España y luego también de 
Marruecos . Hé aquí la versión más probable que acerca 
del particular aparece consignada más ó menos al detalle 
en los autores árabes . Muerto el emir Almostansir en Ma- 
rruecos en Noviembre ó Diciembre de 1223 ó en Enero 
de 1224, según otros, envenenado por su visir el sid 
Abenchamí, como refiere Abenjaldun, ó á consecuencia 
de una cornada que le dio una vaca, pues era aficionado 
á la lucha con los animales, según afirma Abenaljatib, la 
asamblea de los jeques almohades, presidida por dicho 
visir Abenchamí, anunció el advenimiento al poder de 
Abumohámed Abdeluáhid, hermano de Yúsuf Almanzor, 
quien acto seguido quedó proclamado emir. 

Pero al saberse en España la proclamación de Abde- 
luáhid, llamado luego el destronado, comenzó su sobrino 
Abumohámed Abdála Aladel, entonces gobernador de 
Murcia, á prestar oídos á las incitaciones que le liacía 
Abenyurchan para que se alzase pretendiendo el poder 
soberano , asunto que había de serle muy fácil , según le 
decía, entre otras razones, porque el mismo Yúsuf Al- 
manzor liabía expresado su voluntad de que le sucediese 
él, después de Anasir su "hijo, porque el pueblo miraba 
con malos ojos al visir Abenchamí, y todos los gobernado- 



— 251 — 

res de España eran hijos de Yúsiif Almanzor, y habían 
de estar poco satisfechos del nuevo orden de cosas . Ala- 
del que desde el primer momento que supo la proclama- 
ción de su tío se mostraba reacio en reconocerle ó rendirle 
homenaje, escuchaba con visible agrado los consejos 
de Abenyurchan y se hizo proclamar emir en Murcia, 
tomando el título de Aladel, que por anticipado se le ha 
atribuido en esta historia. Al hacerse proclamar emir, 
contaba ya con la adliesión de sus hermanos Abualale , 
gobernador de Córdoba, Abulliásan, gobernador de Gra- 
nada y Abumuza, gobernador de Málaga, los cuales 
habíanle prestado en secreto juramento de fidelidad. Otro 
personaje notable, á quien, según parece, escribió luego 
y unió á su partido, fué el gobernador de Jaén Abumo- 
hámed el Bayesí ó de Baeza, llamado así por haber nacido 
en esta ciudad, según unos, ó por haber sido proclamado 
emir en ella, como quieren otros. Era hijo de Abuabdála 
Mohámed y biznieto de Abdelmúmen. El Bayesí ó el de 
Baeza, que es como se le conoce comúnmente por los 
autores árabes , se había decidido á abrazar Ja causa de 
Aladel, al saber que elemir Ábdeluáhid había nombrado, 
para reemplazarle en el gobierno de Jaén , al sid Aburre- 
bia, hijo de Abuhafs. Reunido el Bayesí con Abualale, 
gobernador de Córdoba, dirigiéronse ambos á Sevilla, 
donde obligaron á abrazar la causa de Aladel al goberna- 
dor de la ciudad Abdelaziz, hermano de Almanzor y de 
Ábdeluáhid el destronado. El único gobernador de quien 
se dice se opuso á la revuelta de Aladel y guardó su fide- 
lidad al soberano de Marruecos Ábdeluáhid, fué el de 
Valencia, Abusaid, hijo de Abuabdála y hermano del 
Bayesí . 

Luego que supo Aladel que había sido ganada Sevilla 
á su favor, marchó allá, donde se reunió con su liermano 
Abualale y el Bayesí. Entre tanto, enterados los jeques 
almoliades de Marruecos de la proclamación de Aladel en 
España y acaso ganados por éste con dinero y promesas 
de altos cargos, destronaron á Ábdeluáhid y le mataron á 



— 252 ~ 

los pocos días reconociendo á Aladel , á quien enviaron el 
juramento de su fidelidad en Marzo á Mayo de 1224:. 

La mayor parte de los autores árabes , al llegar á este 
punto, refieren la revuelta del Bayesí que aspiró á suplan- 
tar á Aladel , con anterioridad , según ellos , á la salida 
de éste para la corte de Marruecos. Sin embargo, el Anó- 
nimo de Copenhague da á entender, y esto parece lo más 
probable, que Aladel, luego que supo su proclamación en 
Marruecos, corte del imperio, pasó á ella; pues dice, refi- 
riéndose al mismo año, que desde Marruecos nombra Ala- 
del para el gobierno de Sevilla á su hermano Abualale , 
y para el de Córdoba al Bayesí. Otro autor, el Bechi, 
refiriéndose también al mismo tiempo, presenta á Aladel 
distribuyendo gobiernos de las provincias de África. 

Pero bien fuese antes de que Aladel pasase á Marrue- 
cos ó estando ya en dicha costa, es lo cierto que el Baye- 
sí, deseoso de ser el emir general de los almolmdes, se 
alza contra Aladel y se hace proclamar con el título de 
Atafír, siendo reconocido por los de Baeza, Córdoba, 
Jaén, Quesada y otras poblaciones de la frontera central. 
Sabedor de esto Aladel , envía á su hermano Abualale la 
orden de si tiar al rebelde en su capital , que parece haber 
sido Baeza y en la cual se había hecho fuerte. Tanto esta 
expedición como otra que salió seguidamente contra él , 
dirigida por Abusaid, hijo de Abuhafs, no produjeron el 
resultado apetecido, según algunos autores , los cuales 
aseguran que logró el Bayesí resistirse vigorosamente en 
su ciudad. Sin embargo, otros cuentan que llegó á some- 
terse; pero á seguida que se retiró el ejército de Sevilla, 
se acogió á la protección del rey D. Fernando ofrecién- 
dole la entrega de las ciudades de Jaén y Quesada. «Con- 
cediósela sin dificultad , dice el Sr. Fernández y Gonzá- 
lez (i), el soberano de Castilla, poniendo á sus órdenes 
veinte mil guerreros con los cuales , después de hacerse 
dueño de Córdoba, desbarató en el territorio sevillano las 



I 



(1) Obra citada, pág. 85. 



— 253 — 

gentes del príncipe Almamun Abiialale (Aben Líale de 
nuestras crónicas), hermano de Miramamolin Aladel». 

Los autores que suponen á Aladel en España con pos- 
terioridad á la revuelta del Bayesí, señalan esta derrota 
como causa de que temiendo aquél que llegase su rival á 
prevalecer sobre él, se trasladase á Marruecos dejando en 
Sevilla á su hermano Abualale. La suerte de Aladel al 
otro lado del Estrecho fué poco feliz; víctima del espíritu 
de rebelión que consumía al imperio, fué estrangulado en 
Septiembre ú Octubre de 1227 y proclamado en su lugar, 
Yahya, hijo de Anasir. 

Cuando supo Abualale que los jefes almohades y ára- 
bes habían rechazado la autoridad de su hermano Aladel 
y le habían asesinado, se hizo proclamar en Sevilla, to- 
mando el título de Almamim, y logró con sus manejos 
que allende el Estrecho estallase una formidable insu- 
rrección contra el proclamado Yahya y que se adhiriesen 
á su causa varios de los gobernadores del Alagreb y de la 
región de Túnez. Además consiguió verse libre de su 
enemigo, el Baj^esí, pues habiendo salido éste de Cór- 
doba ayudado por sus aliados los cristianos , á fin de si- 
tiar á Almamun Abualale en Sevilla, fué derrotado en las 
inmediaciones de esa ciudad y, perseguido, corrió á en- 
cerrarse en Córdoba. Mas se encontró que los habitantes 
de la ciudad, disgustados, bien por su gobierno, bien 
por su alianza con los cristianos , á quienes acababa de 
hacer nuevas concesiones de territorios, se habían alzado 
contra él, y hubo de refugiarse en Almodóvar, donde su 
propio visir le cortó la cabeza y marchó con ella á Sevilla 
á presentarla á Almamun Abualale (1). 



(1) Para el recitado que va expuesto nos han servido: El Anó- 
nimo de Cop., ms. ar. de la Bib. Nao., núm. 490, págs. 198 y si- 
guientes, ó el 83 de la Ac. de la Hist. , pág. 77 y siguientes; el Zar- 
quechi, ti'ad. de Fagnan, pág. 26 y si g\ den tes; Abenjaldun, Bere- 
beres, trad. II, pág. 230, y el t. VI, pág. 252; IV, pág. 168 del texto 
árabe, edic. del Cairo; Cartas, pág. 162 y siguientes; Abenjalican, 
biogr. 839 ; Ahmed Anasirí , I , pág. 195 ; el Bechi , pág. 60 ; Alma- 
cari, II, 697, ,y I, 755, y Fernández y González, «Estado social y 
político de los mudejares», págs. 84 y 85. 



— 254 — 

Durante la primera fase de la lucha civil entre Alma- 
mun y el Bayesí, auxiliado por los cristianos del rey 
Fernando, éstos, además de los pueblos y castillos que 
les cedió su protegido, entre los cuales se cita áBaeza, 
Quesada, Salvatierra y Bélmez, habían penetrado en 
Marbuna, perteneciente á la región de Murcia, pasando 
á cuchillo á sus hombres y llevándose cautivos á sus 
niños y mujeres; iguales desmanes cometieron en Loja, 
donde también lograron entrar, y en el castillo de Da- 
lias, cerca de Almería, y una banda de los soldados de 
Murcia, que se había aventurado á marcharen defensa 
de dicho castillo, fué sorprendida y aniquilada. Pero la 
victoria obtenida por Almamun sobre el Bayesí, que 
trajo en consecuencia la muerte de éste y que toda la 
parte que le había obedecido reconociese á Almamun, 
hizo que sus auxiliares los cristianos se retirasen de los 
pueblos interiores de Andalucía, hasta los cuales habían 
avanzado en auxilio de aquél (1). 

No hace á nuestro propósito exponer aquí la lucha 
que hubo de sostener Almamun en África , hasta hacerse 
proclamar emir en Marruecos. Pero sí debemos hacer 
constar que, como se referirá más adelante, los musul- 
manes españoles se aprovecharon de su ausencia y de la 
guerra civil en que se vio ocupado allende el Estreclio, 
para alzarse contra la dominación almohade y desterrarla 
de la Península, así como antes liabían acabado con la 
de los almorávides. 



(1) Anónimo de Cop., ms. ar. Gg. de la Bib. Nac. , jxííí-. 20.S, ó 
el 83 do la R'. Ac. de la Hist., pág. 8U; Cai-tás, págs. 164 y 181 ; Al- 
macai'í, II, 7(50 ; Álimed Anasiii, I, 2Í0, ,y otros, 



CAPITULO XVIII 

Vdroru's qiw por sus altos cargos ó instrucción Jloi-ecie ron en la 
rvijión murciana durante el mando de los almohades. 



A semejanza de lo hecho en otros períodos de esta his- 
toria, exponemos en el presente capítulo, siquiera sea de 
ligero, algunas noticias biográficas relativas á los varones 
que en la política y administración ó en las letras flore- 
cieron en la región murciana durante la dominación de 
los almohades. He aquí los principales de ellos, de que 
nos dan cuenta los autores : 

Abuamru Otman, hijo de Mohámed, conocido más 
comunmente por el Baxichí, jurisconsulto y metafísico; 
murió en Murcia, su ciudad natal, en 1184 á 1185 (1). 

Abdelaziz, hijo de Mohámed Alyasahbí, más conocido 
por el Balbí, de Murcia, donde ejerció los cargos judicia- 
les de zavalaquem y mohteceb. Además se distinguió como 
gramático y poeta. Murió en la flor de su vida en el año 
1184 á 1185 (2). 

Abulcásim Abderráman , hijo de Mohámed , más cono- 
cido por Abenhobaix. Nacido en Almería, marchó en su 
juventud á Córdoba en el año 1136 á 1137, donde perma- 
neció cerca de tres años completando su instrucción en 
Alcorán, jurisprudencia, gramática y poesía, al lado de 
los más renombrados doctores de la ciudad. Vuelto á Al- 
mería, vivió en ella hasta que, tomada por los cristianos 
en 1147, hubo de trasladarse á Murcia y, pasados unos 



(1) Adabí, Bib. ar. hisp., III, 117G; v Abenalabar, irlem, V v 
VI, 1836. 

(2) Adabí, Bib. ar. hisp., tom. III, 1086. 



— 256 — 

días en esta ciudad, á Alcira en la que fué presidente de 
la oración y predicador de la aljama y desempeñó el cargo 
judicial de zavalaquem durante dos años próximamente. 
De Alcira fué trasladado á Murcia, en calidad de predi- 
cador de la aljama, cargo que desempeñó turnando con 
Abuabdála Abensad y Abualí Abenarib. En el año 1182 
á 1183 fué nombrado cadí de la ciudad. Se iiizo famoso 
como predicador de extraordinarias facultades y poderosa 
elocuencia y falleció en Murcia en el año 1188 á 1189 á 
los ochenta de su edad, presidiendo la oración fúnebre en 
su sepelio Abuhafs Arraxid, entonces gobernador almo- 
hade de dicha ciudad (1). 

Abubéquer Yahya, hijo de Abdelchalil. Era de la gente 
de Murcia, donde creció é hizo sus primeros estudios. 
Después vivió en Sevilla y más tarde en Marruecos reve- 
lándose como poeta de los más notables de su época , tanto 
que sus biógrafos dicen que las poesías de Abenabdel- 
chalil sirvieron de modelos en las escuelas , y llegó á ser 
llamado el poeta no sólo de España, sino de Occidente. 
Aunque se le tilda de excesivamente adulador de los emi- 
res, todos reconocen el vigor y mérito de sus poesías. Sus 
biógrafos citan como suyos los siguientes versos. 

« Si las desgracias llegan á caer sobre el hom- 
bre dotado de espíritu noble, es únicamente para 
hacer resaltar la excelencia de su naturaleza. 

Así como las limas del artífice, si muerden el 
hierro, no es para consumirlo, sino tan solo para 
rectificarlo. 

Aunque el hombre entregado á la ciencia no 
encuentre en ella su lucro, no por eso siente ava- 
, ricia de riquezas; más bien considera abundante 

su situación. 

Aquel que es pródigo de su propio espíriti , es 
un ser superior y más noble que el que se des- 
prende de su riqueza. » 



(1) Adabi, Bib. :ir. liisp., t. III, 988; y Abenalabar, id. VI, IHIT. 



— 257 — 

Murió Abenabdelchalil en Marruecos en 1194 á 1195 (1). 

Abuabdála Mohámed , hijo de Mofarrech, natural de 
jNIurcia. Se distinguió como tradicionista y jurisconsulto 
y además, segam se dice, poseía grandes conocimientos 
genealógicos de la gente de Murcia y noticias de sus régu- 
los y dominadores. Murió en su ciudad en el año 1194 
á 1195 (2). 

Aburrichal, hijo de Galbun, de Murcia, llamado el 
secretario ó escritor, discípulo de Abucháfar Abenuada y 
de Abuishac Abenhafacha cuya colección poética logró 
reunir, fué excelente prosista y poeta y falleció en 1193 
á 1194 (8). 

Abuadála Mohámed, hijo de Málic, más conocido por 
el de Muía, por ser originario de esta ciudad. Estuvo en 
Córdoba y otras ciudades, y fué discípulo de Abubéquer 
Abenalarabí de quien aprendió la obra titulada Almosal- 
sala. Acérrimo partidario del sistema de Málic, lo defen- 
dió públicamente. Después de ejercer el cadiazgo en una 
de las ciudades del Este de España, fué vicario del cadí 
Abulcásim Abenhobaix en Murcia, y escribió sobre mate- 
ria de contratos. íi^alleció en Murcia en 1190 á 1191 (4). 

Abdála, hijo de Muza, conocido más comúnmente por 
Abengorfolaa , de la gente de Murcia, gramático y lite- 
rato y, según parece , era nieto del célebre predicador de 
la mezquita Abenbartolo. Murió hacia el año 1193 (5). 

Abdála, hijo de jNlohámed, el Tochibí, natural de Já- 
tiva y originario de Cuenca. Fué cadí en Lorca y escribió 
sobre tradiciones. Se distinguió también como gramático 
y literato (6). 



(1) Abenalabaí-, Bib. ar. hisp., VI, 2055. 

(2) Adabi, Blh. ai-, hisp., III, 2888. 

(3) Abenalabar, Bib. ar. hisp., V, 230. 

(4) Adabi, Bib. ar. liisp., III, 287; y Aljenalabar, ídem, V, pa- 
jina 827. 

(5) Abenalabar, Bib. ar. hisp., VI, 1415. 

(6) Abenalabar, Bib. ar. hisp., VI, 1414. 

17 



— 258 — 

Abuabdála Mohámed , hijodeRañ Alcaisí, de la gente 
de Murcia; fué discípulo y muy amigo de Abulcásim 
Abenhobaix de quien escuchó provechosas enseñanzas , así 
como de otros maestros de su tiempo. Es citado como ora- 
dor y jurisconsulto, enseñó Alcorán y lengua árabe y des- 
empeñó el cargo de cadí en Muía. Sorprendióle la muerte 
en Sevilla, á donde había ido en comisión con otros per- 
sonajes de su país, para asistir á los festejos celebrados 
en aquella ciudad, por la gran victoria de Alarcos, en el 
año 1195 (1). 

Abuabdála Mohámed, hijo de Tarrafax, el Haximí. 
Era de la gente de Santa i\Iaría, de la parte oriental de 
España, y vivió en Murcia distinguiéndose como juris- 
consulto y maestro de lectura alcoránica. Ejerció el cargo 
de savalaquem en dicha ciudad y murió siendo presidente 
de la oración y predicador de su aljama en el año 1195 á 
1196, el mismo en que tuvo lugar la campaña de Toledo 
y Talavera (2). 

Abubéquer Mohámed, hijo de Mohámed, hijo de Atti- 
yab, Abenhircal. Era natural de Murcia, jurisconsulto, 
discípulo de Abulcásim Abenhobaix, de Abuabdála Aben- 
homaid y de otros. Ejerció de cadí en una ciudad, no per- 
teneciente á la región murciana. Después fué predicador 
de la aljama de Murcia y más tarde cadí de Játiva, cargo 
que desempeñó durante algún tiempo, hasta que habiendo 
presentado la dimisión, le fué admitida. Murió en 1197 
á 1198 (3). 

Abubéquer el de Todmir, Mohámed, hijo de Attiyab 
(padre ó hermano del anterior). Fué cadí de Lorca y mu- 
rió en ella siendo predicador y presidente de su aljama. 
En el último cargo había sucedido á Tarrafax (4). 

Abubéquer Yahya, hijo de Abderráman, conocido más 
comúnmente por Abenmasalah, santón, de origen árabe; 



(1) Abenalabar, Bib. ar. hisp., V, 847. 

(2) Adabi, Bib. ai-, liisp., III, 152; ,y Abenalabar, idem, V, 7í)6. 

(3) Aljfinalaljar, Bib. ar. liisp., V, 852. 

(4) Adal)¡, Bib. ar. hisp., III, 153. 



— 259 — 

presidió la orcación en la aljama de Orihuela, su ciudad 
natal, y ejerció el cargo de cadí en ella. Enseñó lengua 
árabe y lexicología. El Tochibí, que fué discípulo suyo 
durante algunos años, dice que recitó á su maestro mu- 
chos de sus escritos, para que los corrigiese. Falleció 
Abenmasalah en el año 1198 á 1199, al parecer, á los ciento 
de su edad (1). 

Abumoliámed Abdelhac, iiijo de Mohámed el Caisí, de 
la gente de Murcia y uno de sus jurisconsultos más ilus- 
tres, ^furió en 1201 á 1202 (2). 

Abubahr el Tochibí, Safuan, hijo de Ydris, natnral 
de Murcia; fué discípulo de Abulcásim Abenhobaix, 
de Abuabdála Abenhomaid, de-Abulabas Abenuada, de' 
quien aprendió la obra titulada « Saliih Moslim » , de Abu- 
mohámed, hijo de Obaidála, y de otros. Es tenido por 
uno de los escritores más excelentes de su tiempo, así en 
prosa como en verso; sus escritos, especialmente epístolas 
y poesías, fueron coleccionados en un volumen que se ha 
titulado Achala ahnonajafir uabadaha almostanafir . Mu- 
rió en Murcia en 1201 á 1202, y su padre le dio sepultura 
frente á la mezquita Acharfa, situada al occidente de 
dicha ciudad (3). 

Abubéquer Mohámed, hijo de Áhmed, conocido más 
ordinariamente por Abenchomra , natural de Murcia y uno 
de los hombres más notables de su tier""po. Después de 
hacer sus primeros estudios de jurisprudencia, tradición 
y exégesis al lado de su padre , escuchó á otros muchos 
maestros de su tiempo, todos los cuales le dieron icliaza 
ó certificado de aptitud para enseñar, más otros de fuera 
de su región y, entre ellos, Abulualid Abenroxd (Ave- 
rroes). Al estallar en Murcia la revolución contra los almo- 
rávides, el régulo Abenabicháfar le confió el cargo de 
presidente del consejo, á pesar de no contar Abenchomra 



(1) AbenalaVjar, Bib. ar. liisp., VI, 2057. 

(2) Abenalabar, Bib. ar. hisp., VI, 1807. 

(3) Abenalabar, Bib. ar. hisp,, VI, 1231. 



— 260 — 

más de 21 años de edad. La orden de su nombramiento 
comenzaba así : «el emir Anasir 7z/fZmaM Abenabicliáfar 
eleva al ilustre alfaquí y jurisconsulto Abubéquer Aben- 
cliomra á la dignidad de presidente del consejo »; y á con- 
tinuación hacía un grande elogio de la sabiduría y exce- 
lentes cualidades que adornaban al biografiado. El emir 
Abenmardenix le confirmó en el cargo, y posteriormente 
desempeñó el de cadí de Murcia, Valencia, Játiva y Ori- 
huela en diferentes tiempos. En los últimos años de su 
vida cayó en desgracia y fué destituido del cadiazgo de 
Murcia, que entonces ejercía. Sus biógrafos le describen 
como varón inteligente y sagacísimo, muy instruido en 
los asuntos de gobierno y amante de la recta administra- 
ción y de la justicia de las leyes. Pero de opinión liberal 
y contraria al fanatismo almohade, fué uno de tantos dis- 
cípulos de Málic , que sufrieron la inquisición y quema 
de sus escritos y la separación de sus cargos. Murió en 
Murcia en 1202 á 1203 (1). 

Abubéquer Abderráman, hijo de Abdála, de la ilustre 
familia de los Abenbartolos , que antes ya se han mencio- 
nado. Nació en Murcia y, después de viajar por Játiva, 
Valencia, Córdoba y Sevilla, completando su instrucción, 
volvió á su ciudad natal, donde se dedicó á la enseñanza, 
hasta que marchó de cadí á Denia. Más tarde regresó á 
Murcia, en la cual murió, siendo predicador de la oración 
y presidente de la misma, en el año 1202 á 1203 (2). 

Abulasbag Abdelaziz, hijo de Yúsuf , de la familia de 
los Abenferros, conocido más comúnmente por Abendo- 
bag. Era de Murcia y originario de Onda; pero marchó á 
vivir á Tremecén , donde llegó á ser uno de los más famo- 
sos maestros de tradiciones. Murió en la última ciudad 
citada en 1203 á 1204 (3). 

Abuabdála Mohámed, hijo de Omar Asadafi, natural 
de Murcia. Consiguió hacerse hombre muy instruido. 



(1) Aljenalabar, Bib. ar. liisp., V, 870. 

(2) Abenalabar, Bib. ar. hisp.. VI, IGSl. 

(3) Alíenalal)ai', Bib. ar. hisp. , VI, 1705. 



— 261 — 

para lo cual recorrió diferentes capitales" de España, in- 
cluso Córdoba, y vuelto á su ciudad desempeñó el cargo 
de Zavalaqjiem , y después el de cadí. Parece que vivió á 
principio del siglo xui (i). 

Abulcásim Mohánied, hijo de Áhmed, hijo de Abde- 
rráman, Abenisa Idris, elTochibí, natural de Murcia.- 
Instruido ya al lado de su padre Abulabas , de Abuab- 
dála Ábensaad , de Abubéquer Abalalla, de Abulcásim 
Abenhobaix y otros , y contando con la ichaza de Abulcá- 
sim Abenpascual , fué en Córdoba discípulo del célebre 
cadí Abulualid Abenroxd (Averroes), á propuesta del 
cual fué cadí de una ciudad, no perteneciente al distrito 
de Córdoba. Luego fué traslado á igual cargo de Algeci- 
ras, y últimamente al de Játiva; mas cuando cayó en 
desgrada Abulualid Abenroxd, y fueron perseguidos sus 
discípulos, fué destituido también el biografiado. Sin 
embargo , aun llegó á ser cadí de Denla , donde murió 
ejerciendo su cargo en el año 1204 á 1205. 

Abulcásim el Tochibí fué también poeta , y como su- 
yos se citan los versos siguientes: 

¡Oh excitador del alma! Instruyela y no la 

muevas hacia la ignorancia. 
El alma es como una luna llena , para la cual 

la ciencia es el sol que la ilumina y abrillanta , 

y la ignorancia es su hado ú oscuridad que la 

rodea (2). 
Abulasbag Abdelaziz , hijo de Omar Alaixí , natural 
de Lorca y maestro de lectura alcoránica, como su padre 
Abuhafs Omar. ^lurióen 1207 á 1208 (3). 

Abuabdála Mohámed , hijodeSaid, eli^Ieridí, déla 
gente de Murcia , donde enseñó Alcorán , tradiciones é 
historia. Murió en su ciudad en el año 1209 á 1210 (4). 



(1) Aborialaljai-, Bilj. ar. hisp., IV, 112. 

(2) Abonalal)af, Bib. ar. hisp., V, 28."}. 
(;^) Abenalabar, Bib. ar. hisp., VI, 1765. 
(4) Abenalabar, Bib. ar. hisp., V, 900. 



— 262 — 

Abimbdála Mohámed, hijo de Abuljalil. Nació en 
Murcia, fué discípulo aventajado de Abuabdála, hijo de 
Aliaras, al lado del cual estudió jurisprudencia y gramá- 
tica árabe, y más tarde marchó de cadí á Játiva. Com- 
puso un extenso tratado de gramática árabe y otros es- 
critos sobre contratación y práctica forense , que fueron 
\ muy estudiados. Murió en 1-210 á 1211 (1). 

Abulcásim Mohámed, hijo de Abdála, hijo de Solái- 
man, Abenhutalá Alansarí, de Murcia, é hijo del cadí 
del mismo apellido familiar Abenhutalá y, como éste, 
notable jurisconsulto y tradicionista. Al lado de su pa- 
dre , siendo éste cadí , desempeñó el cargo de zavalaquem 
y la secretaría del juzgado. Murió en Murcia en 1210 
á 1211 (2). 

Mohámed, hijo de Moliámed, hijo de Muza, conocido 
más comúnmente por Abentahya, el Tochibí, murciano 
y muy instruido en las ciencias alcoránicas y en juris- 
prudencia ; llegó á desempeñar el cargo de cadí en Ori- 
huela y más tarde en Elclie. Murió en 1210 á 1211 (3). 

Mohámed, hijo de Abderráman, hijo de Alí, hijo de 
Mohámed Soláiman, el Tochibí, nacido en Alicante; su 
padre Abuabdála había vivido en Orihuela. Después de 
hacer sus primeros estudios en Murcia, marchó al Oriente. 
A su regreso en 1188 á 1189 se estableció en Tremecén, 
donde ñoreció como uno de los más distinguidos maes- 
tros y más buscados de Occidente en materia de exégesis 
alcoránica y tradiciones. Sus numerosos escritos fueron- 
estudiados con suma predilección. Murió en Tremecénj 
en 1213 á 1214 (4). 

Abuabdála Mohámed, hijo de Azobeir, de la gente dei 
Murcia y originario de Chinchilla. Enseñó lecciones alco-j 
ránicas y gramática árabe (5). 



(1) AljGnalal.ai', Bib. ai-, lii.-^ji., V, 20."). 

(2) Abeiialabur, Bib. ar. hisp., V, OOÍ). 
(.S) Abenaíabaí-, Bib. ar. hisp., V, DOíi. 

(4) Abcnalabaí', Bil). ar. liisp., V. Olü. 

(5) Abenalabaí', Bib. ar. bisj)., V, !)2U. 



— 263 — 

Abuabdála Mohámed, liijo de Mohánied, Abensamac, 
el Tochibí, natural de Elche y habitante en Murcia. Era 
notable tradicionista y fecundo escritor y murió de edad 
temprana en el año de 1213 á 1214 (1). 

Mohámed, hijo de Mohámed, hijo de Yarbu; de Jaén, 
pero habitante enVélez, término deLorca, donde en- 
señó .^'ramática y retórica. Publicó una obra notable de 
aritmética y varias poesías y murió en 1213 á 1214. (2). 

Mohámed, hijo de Abdelmélic, hijo de Abunásir, na- 
tural de Tibala ( <^^^<^t^'^ ) pueblo de Murcia, jurisconsulto 
y diligentísimo historiador. Murió en Murcia, donde ejer- 
ció el cargo de cadí, en el año 1214 á 1215 (3). 

Abuishac Ibrahim, hijo de Yúsuf Abendahac Alausa^ 
conocido más comúnmente por Abenalmara. Habitó largo 
tiempo en Málaga, hasta que, llamado por el tradicio- 
nista Abulfadl el murciano y por el cadí Abubéquer, 
hijo deMihraz, marchó á Murcia, donde se distinguió 
como orador elocuente y escritor fecundo en materia reli- 
giosa, tradición, derecho é historia. Murió en Murcia en 
1214 á 1215 (4). 

Abdála, hijo de Soláiman, hijo de David) hijo de Ab- 
derráman, de la familia de los llamados Abenhutalá. Fué 
ilustre jurisconsulto y uno de los que escucharon á ma- 
yor número de maestros, recorriendo a^ efecto las prin- 
cipales ciudades de España y África. Desempeñó el cargo 
de cadí en Córdoba, Sevilla, Murcia, Ceuta, Salé y otras 
ciudades. Murió en Granada, al pasar por esta ciudad en 
dirección á í\lurcia, donde iba de cadí, por segunda vez, 
en el año 1215 á 1216 (5). 

Abuomar Mohámed, hijo de Mohámed, hijo de Aixun 
Alajmí, deYecla(?), región de Murcia. Fué juriscon- 



(1) Abenalabaí-, Bib. ar. hisp., V, 922. 

(2) Casiri, Bib. ar. esc, II, 125. 

(3) Casiri, Bib. ar. esc, II, 125. 

(4) Aljenaljatilj, edic del Cairo, I, 18Ü. 

(5) Abenalabar, Bib. ar. hisp., VI, 1435. 



— 264 — 

sulto é historiador de gran renombre. Entre otras obras 
que se le atribuyen, sobresale la celebradísima acerca de 
las vidas y fallecimientos de los escritores españoles. 
Murió en Murcia en 1.217 á 1218 (1). 

Abumohámed Soliail, hijo de Mohámed, el Zohrí; fué 
imam ó santón de la aljama de Murcia. Varón virtuoso y 
asceta, era muy querido por todos, nobles y plebeyos, 
Murió en 1219 á 1220 (2). 

Abuabdála Moliámed, hijo de Alí, hijo de Mohámed 
Alansarí, de la gente de Murcia. Hechos en estaciudad 
sus primeros estudios con los maestros más notables, 
marchó al Oriente , á ñn de completar su instrucción y 
cumplir el precepto religioso de la peregrinación. Vuelto 
á jNIurcia, fué uno de sus más famosos maestros de Alco- 
rán y tradiciones y dejó escrito un compendio muy útil 
de la obra Alictifao alanuari de Abumohámed el Roxeti. 
Se dice que á su lado vivió largo tiempo Abulcásim el de 
Tarazona, quien en su juventud había incurrido en gra- 
ves errores, de los cuales le apartó el biografiado. Murió 
éste hacia el año 1120 (3). 

Abumohámed Abdelcabir, hijo de Mohámed, hijo de 
Isa Algaflquí, natural de Murcia y habitante en Sevilla. 
Desempeñó el cargo de cadí en Ronda y fué en Córdoba 
vicario del cadí Abualualid Abenroxd (Averroes). Era 
renombrado jurisconsulto y murió en 1220 á 1221 (4). 

Abulcásim Atiyab, hijo de Mohámed, hijo de Atiyab, 
hijo de Alhosain Abenhircal, descendiente, quizás de 
otros varones ilustres del mismo apellido familiar. Nació 
en Murcia, y llegó á conseguir tan profundos conoci- 
mientos , que era consultado , con preferencia á todos los 
otros maestros, en los asuntos opinables y fundamenta- 
les del derecho. Su autoridad en la materia fué recono- 



(1) Casii'i, Bib. íu*. escu. , II, 125. 

(2) Aljen;il;iljar, Bib. ar. hisp. , VI. 2()1;{. 
(;^) Aljonalal)ar, Bib. ar. hisp., V, í)50. . 
(4) Abenalabaí', Bib. ur. iiisp., V, 201. 



— ¿65 — 

cida públicamente en el año 12 LO á 1-220. Murió en el de 
1222 á 1223 (1). 

Abuabdála INIohánied, hijo de Yajloftan Alfazazí, el 
de Tremecén, jurisconsulto, excelente calígrafo y poeta. 
Ejerció el cargo de cadí en Murcia y luego en Córdoba, 
donde murió el año 1224 á 1225 (2). 

Abumohámed Abdála, hijo de Hamid, hijo de Yahya 
Almoaftrí , de la gente de Murcia , tradicionista , correcto 
escritor y poeta, alcanzó el gobierno de su ciudad, en la 
cual murió, al regresar de Sevilla, en el año 1225 (3). 

Abubéquer Mohámed, hijo de Mohámed , Abenhab- 
bun, Almoafirí. Era de Murcia, donde estudió al lado de 
Abulcásim, hijo de Hamid, de Abuabdála, hijo de Ha- 
mid, y de otros. Escuchó también á los maestros famo- 
sos de varias partes, entre otros á Abulualid Abenroxd 
(Averroes) y, finalmente, enseñó en su ciudad lengua y 
literatura y escribió poesías. Murió en 1226 á 1227 (-1). 

Abulhásan Alí, hijo de}»Iohámed, hijo de Daisam, de 
Murcia, donde enseñó gramática árabe y murió en el 
año 1226 (5). 

Mohámed, hijo de Ysmail Almatixí, de Bugia, pero 
vivió en Murcia y fué predicador de su aljama. Discípulo 
y muy amigo de Abenpascual, llegó á hablar en verso, 
escribió mucho sobre diversas ciencias, y la gente sacó 
de él provechosas enseñanzas. ^lurió en 1227 á 1228 (6). 

Otros varios pudieran citarse; pero basta con los an- 
teriores para formarse idea del progreso literario y cien- 
tífico de la región murciana en el período que acabamos 
de referir. 



(1) Aljenalabar, Bib. ar. hisp., V, 264. 

(2) Abenalaljar, Bib. ar. hisp., VI, 2135. 

(3) Abenalabar, Bib. ar. hisp., VI, 1443. 

(4) Aljenalabaí-, Bib. ai-, hisp. , V, 913, y VI, 2131. 

(5) Abenalabar, Bib. ar. hi-sp., VI, 1898. 
(G) Abenalabar, Bib. ar. hisp., VI, 2136. 



i 



i 



CAPITULO XIX ih 



Murria 1/ la ^ublecaciñn (jonei-al do lo.^ mu^iUinanos españoles contra 
los almohades. — Abenhud reij de Murria 1/ de casi toda la Esjiaña 
árabe: su política. — Ludia entre Abenhud y Zet/an de Videncia. 
Rebeldías de Abenalahinar ij del Bechl contra Abenhud. — Rela- 
ción caria de Abenhud con los reijes cristianos. — Reconqui st a de 
Córdoba. — Asedio de Valencia por D. Jaime de Arar/ón. — Muer- 
te de Abenhud; sus consecuencias; fundación del reino nasarita 
de Granada. 



Algunos autores árabes señalan el espíritu de rebelión 
y de independencia de los nobles españoles , como la causa 
que influyó poderosamente en la expulsión de los almo- 
hades de la Península. Guando quedó, dicen , extinguido 
el imperio árabe de los omeyas de Córdoba , y se propagó 
la revolución por todas las partes de la España árabe, 
habituáronse los hombres á preocuparse únicamente de 
ser jefes de sus comarcas y ciudades, trasmititMidose la 
autoridad de padres á hijos, como los grandes reyes , y 
llegó á arraigarse tanto esta costumbre entre ellos , que 
se hizo casi imposible su agrupación en un grande impe- 
rio, dando lugar á que prevaleciesen los príncipes cristia- 
nos sobre los musulmanes de una manera decisiva. Por 
esta causa hubieron los últimos de llamar en su auxilio 



(1) He aqui las principales fuentes del presente capitulo: El anú- 
nimo de Copen., ms. ár. de la Bib. nac, núm. 490, pig. 209 á 210, 
226, 227, 235 á 246, ó el ms de la R. Ac. de la Hist. núm. 83, pági- 
nas 81, 83 á lUi; Abenjaldun, Demombj'nes, páginas 8 á 19; idem, 
edic. del Cairo, t. IV, 101 á 171, y 196; t. VI, 203, 253 á 255, 208 v 
296, y t. VII, lí)2; idem, Pi-olegómenos, ti'ad., prolog. 14 y 19 y I, 338 
y siguientes; idem. Bereberes, trad,, II, 233 y siguientes; Abenalja- 
tib, ms. ár. de la R. Ac. de la Hist., núm. 37, folios 261, 264 y 265, 
ó folio 55 V 57 de la copia del Sr. Codera; idem, edic. del Cairo, I, 
247 V siguientes; Almacari, I, 61, 132 á 133, 191, 204, 291 á 294; II, 
755, 761-8 y 697; Cartas, pig. 181-3 y 167-9; Ahmed Anasirl, 198 á 
202; Aljenalabar, Notices, pág. 242 y 247-8; idem, fot., t. III, pág. 147; 
idem, Bilj. ar. liisp. V, 23 y VI, 719; Abenjalican, biogr. 839; el Ma- 



— 268 — 

primeramente á los almorávides y después á los almoha- 
des y caer sucesivamente ba,jo su dominación. Alas las 
tendencias de los nobles españoles no se extinguieron, 
no hacían más que permanecer escondidas en sus corazo- 
nes , por la fuerza de las circunstancias , y cuando se vie- 
ron oprimidos luego y maltratados por los dominadores, 
llenáronse de odio contra ellos y no esperaban , para vol- 
ver á la insurrección , más que la primera ocasión propi- 
cia que se les presentase. 

Sea lo que quiera respecto de la exactitud que pueda 
tener la reflexión precedente de los autores árabes , es lo 
cierto que los últimos años de la dominación almohade 
fueron verdaderamente funestos para los musulmanes de 
la Península. Las luchas entre Almamun Abualale y el 
Bayesí, y después las del primero, á fin de obtener el im- 
perio de Marruecos, habían sido causa de que un gran 
número de villas y castillos de la España musulmana 
pasasen al dominio de los príncipes cristianos, á cambio 
del auxilio que de éstos tuvieron que solicitar tanto uno 
como otro en sus empresas. Esto no pudo hacerse, sin 
gran escándalo y aflicción de los musulmanes españoles, 
los cuales veían que su seguridad y bienestar importaba 
poco á los príncipes almohades , con tal de hacerse reco- 
nocer como emires, principalmente en Aíarruecos. Enton- 
ces, dice Abenjaldun, todos los miembros descendientes 
ó clientes de la antigua nobleza árabe tramaron alzarse 
contra los almohades y expulsarles de la Península. La 
ocasión se les brindaba fácil ; el imperio de Marruecos se 
hallaba en plena revuelta y descomposición (I). 



I 



i-racoxi, ms. ár. núra. 1082 del Escorial, tbl. 22, v.; Zerqueclii, ti-ad. 
do M. Fagnan, pág. 26 y siyuieiites; Abenosaibia, II, 81-82; Abeno- 
maii-a, ms. ái'. de la R. Ac do la Hist., pág. 15 y 18; Aljiinsaid, idem, 
pág. 20; el ms. de idem, núm. 62, Iñs, tbl. 480; Anales Tol. Esp. Sa- 
grada XXIII, 409; C\mm, Barci., idem, XXVII, .333; El Archivo de 
Chavas, VII, 240 y 242; Zui-ita, II de los Anales de Aragón, fol. 145 
V.; Fernández y González, Estado social de los Mudejares, pág. 85 y 
siguientes, y otros. 

(1) Abenjaldun, Pi-ol., trad., pág. 338; y Almacai-i, I, pág. 132. 



— 269 — 

Se ha dicho en el capítulo anterior que Abiialale , el 
hermano de Aladel , se había hecho proclamar emir de 
los almohades en Sevilla en Septiembre de 1227 con el 
título de Almamun, reuniendo en su favor á la mayor 
parte de los musulmanes españoles, y aun se asegura 
que también le reconoció como soberano el gobernador 
de Valencia y de la España oriental Abusaid , cuando al 
año siguiente logró Almamun causar al Bayesí la gran 
derrota, que trajo en consecuencia la muerte de éste. 

Los jefes almohades de jNIarruecos , no queriendo re- 
conocer á Almamun, habían proclamado allá á Yahya, 
hijo de Anásir; mas el primero había conseguido levan- 
tar en su favor algunas tribus , las cuales se dirigieron á 
Marruecos, y después de derrotar al ejército de Yahya, 
que se les opuso , penetraron en la capital y proclamaron 
á su defendido Almamun. 

Mientras los- sucesos que van narrados, tenían embar- 
gado el ánimo y la atención de Almamun en Sevilla, 
comienza la insurrección de los musulmanes españoles 
contra el gobierno almohade, siendo, según parece, el 
primero de ellos y, sin duda alguna, su alma y personi- 
ficación, un atrevido descendiente de los antiguos reyes 
Benihud de Zaragoza. Llamábase Abuabdála Mohámed, 
hijo de Yúsuf Abenhud, el de Chodam. Los autores ára- 
bes se hacen eco de que corría la voz entre las gentes de 
la época que uno del mismo nombre y apellido de aquél , 
había de alzarse contra los almohades expulsándoles de 
la Península y constituyendo para sí un reino indepen- 
diente; que por esta causa tomaron precauciones algunos 
gobernadores de los distritos, y hasta se llegó á dar 
muerte á un personaje de Jaén. Sea de esto lo que fuere, 
lo indudable es que habiendo reunido Abenhud algunos 
soldados bravos déla guarnición indígena de Murcia, 
salió de esta ciudad á 9 de Racheb, según unos, ó á fines 
:del mismo mes, como quieren otros, del año 625 de la 
hégira (1227) en dirección á un lugar, que los autores 
llaman Assojairat ó Assajur (peñascales), situado cerca 



— 270 — 

delíicote, perteneciente .al distrito de Murcia, y pudo 
fortificarse en un castillo llamado Alarbona(l). 

El hecho de que Abenhud diese el primer grito de 
insurrección en el valle de Ricote, según refieren los au- 
tores árabes, consta también en la Chrónica de San Fer- 
nando. «En aquel tiempo, dice, era Aben-Suc (por 
Abenhud) un moro que se levantara en Ricot, un cas- 
tillo de Murcia, que se ak;ó contra los almohades, que 
apremiaban cruelmente los moros de aquese mar, é ellos 
con la gran premia de los almohades , levantáronse con 
Aben-Suc é rescibiéronlo por señor en la tierra de Mur- 
cia...» En análogo sentido se expresa el Arzobispo don 
Rodrigo, y otro tanto se desprende de las siguientes pa- 
labras de Cáscales: «en vida de Abuzeit, ya cristiano, se 
levantó Abenhud, señor del Valde Ricote, valiente y 
brioso moro...» (2). 

Luego de situarse Abenhud en el castillo mencionado 
ó acaso antes de su salida de Murcia, parece que entró en 
relación con un famoso bandido nombrado Alcaxatí ó 
Algaxatí que se unió á su causa, así como otros muchos , 
gente de mala ralea, pero habituados á arriesgar su vida 
en cualquier momento, y al frente de ellos realizó algu- 
nas algaradas contra los cristianos vecinos, saqueando y 
cautivando á los que pudo. 

El gobernador almohade de Murcia Abulabas, hijo de 
Abuimran, hijo de Yúsuf , hijo de Abdelmúmen, salió 
contra Abenhud , pero éste no sólo le derrotó persiguién- 
dole hasta la capital, sino que también eniró en ella, co- 
giendo al infortunado gobernador y proclamándose emir 
almoslimin bajo la autoridad espiritual de Abucháfar 
Almostansir, el califa a basí de Bagdad, á principio de 
Ramadán del mismo año. La entrada de Abenhud en 
^lurcia había sido favorecida por el cadí de la ciudad 
Abulhásan Alí, hijo de Mohámed, el Casteli. 



(1) '¿.'>_^J^\ en Cartas, pág. 182. 

(2) Obra citada, página 23. 



— 271 — 

Inmediatamente marchó desde Játiva su gobernador 
Abusaid, hijo de íMohámed, hijo de Abuhafs, hijo de 
Abdelmúmen, á fin de sofocar la insurrección de Aben- 
hud; pero fué derrotado también por el valeroso rebelde 
y obligado á retroceder á su ciudad , desde la cual pidió 
auxilio áAlmamun, que permanecía en Sevilla. Este, 
que á la sazón se hallaba desembarazado de su rival el 
Bayesí, salió con su ejército de Sevilla, se dirigió á Gra- 
nada, donde se detuvo engrosando sus ñlas con las tro- 
pas de esta última región , y después de enviar por de- 
lante un aviso al de Játiva alentándole á sostenerse y 
asegurándole que iba en su auxilio , se puso en marcha 
en dirección á Murcia. Animado Abenhud por los triun- 
fos anteriores , avanzó al encuentro de Almamun hasta 
los llanos deLorca; pero trabada batalla, fué batido y 
corrió á encerrarse en Murcia. Acto continuo puso sitio 
Almamun á dicha ciudad, pero no pudo tomarla y se 
volvió á Sevilla. No es de creer que solamente la resis- 
tencia que ofreciera Abenhud, fuese bastante para que 
Almamun se retirara sin apoderarse de Murcia. Ocurrió 
que su rival en Marruecos, Yahya, hijo de Anásir, avan- 
zando desde su refugio de Timmalel, al frente de nume- 
rosos partidarios , se había apoderado de la capital del 
imperio, echando y matando á los de Almamun. Llegado 
éste á Sevilla, á instancia de sus partidarios en Marrue- 
cos , decidió pasar el Estrecho , á fin de restablecer su 
imperio en dicha capital. Pero no contando con fuerzas 
propias para asegurar el golpe , pidió auxilio al rey de 
Toledo, San Fernando, quien le prestó un cuerpo de 
12.000 jinetes á cambio de las siguientes exigencias (1): 

«Que entregara diez plazas fuertes al monarca -de 
Castilla, las que fuese servido escoger el mismo monarca 
entre las más inmediatas á sus estados. Que para el caso 
de que entrase en la ciudad de Marruecos , se compro- 



(1) Fernández y González, obra citada, página 80, traducida;- 
del Cartas. 



— 272 — 

•metiese á edificar en ella una iglesia cristiana, donde los 
soldados que le acompañasen pudiesen celebrar las cere- 
monias del culto, con el correspondiente toque de cam- 
panas á las horas de sus oraciones. 

»Que respecto de los cambios de religión, se estuviese 
al concierto de entregar á los cristianos cualquiera de su 
religión, que intentara hacerse muslim, debiendo verifi- 
carse lo contrario respecto de los muslimes, removidos los 
obstáculos, que pudieran estorbar su conversión aj cris- 
tianismo.» 

«Hubiérase podido esperar, dice el Sr. Fernández y 
González al ocuparse en este hecho (1), que proposiciones 
en tal grado vejatorias para la independencia de los almo- 
hades, como que humillaban el Islam entre sus propios 
partidarios ante la ley del Evangelio, fuesen desechadas 
por el amir infiel por respetos de patriotismo; pero tan 
grande era su aprieto y tan despreocupado su espíritu , 
que hubo de aceptarlas sin repugnancia alguna». Pasó, 
pues , Almamun á Marruecos con sus auxiliares cristia- 
nos y, después de derrotar á Yahya, obligándole á refu- 
giarse en las ásperas montañas de Hintata, entró en la 
capital de Marruecos , donde quedó restablecida su auto- 
ridad. 

La salida de Almamun hacia su corte de Marruecos 
en 1228 fué el momento aprovechado por 1(]^ musulmanes 
de España para alzarse, como un solo liombre, contra la 
dominación de los almohades ; éstos fueron expulsados y 
asesinados en todas las regiones del país, excepto aque- 
llos, dice un autor árabe, á quienes Dios concedió el 
poderse ocultar á las iras del populacho. La sangrienta 
persecución de que fueron víctimas los almohades por 
parte de los musulmanes españoles , aparece también con- 
firmada por las crónicas cristianas , especialmente por la 
citada de San Fernando, cuando al reseñar el levanta- 
miento de Abenhud, y su reconocimiento en Murcia y 



(1) Lugar cifado. 



— 273 — 

otros lugares, dice: é quantos almohades pudo haber, 
descabezólos todos, é tuvo, que las mezquitas eran ensu- 
ciadas de ellos, é fizo esparcir agua sobre ellas é Qafu- 
martas, bien como facen los christianos por las igresias, 
quando reconcilian las que son violadas, é fizo las seña- 
les de sus armas negras^. 

Los jefes rebeldes de las ciudades musulmanas, al 
ecliar á los almohades , se apresuraban á reconocer la sobe- 
ranía del emir de xMurcia Abenhud. De suerte que vióse 
éste en un tiempo relativamente breve dueño de casi toda 
la España árabe y aun llegó á dominar en Ceuta durante 
tres meses. Únicamente quedaron fuera de la autoridad 
de Abenhud, á juzgar por lo que se consigna en los ana- 
les musulmanes, los de Valencia y los de la comarca de 
Niebla. El ilustre Cáscales en sus « Discursos » , mal infor- 
mado, por lo general, en lo que al período árabe se refiere, 
nombra á Abenhud , señor de Murcia y de Valencia. La 
mencionada crónica de San Fernando dice de Abenhud 
que en «jjoco tiempo ganó todo el Andalucía é fué ende 
señor, fueras Valencia y su tierra , quel amparara Zahel 
(por Zeyan ó Zaen) que era de aholorio de reyes » . 

Todos los autores árabes reconocen que Abenhud fué 
bravo y esforzado. Abenaljatib, al dar noticias sobre los 
Benihud, reyes de Zaragoza, dice: 

« Fué de sus descendientes el insigne emir Mohámed, 
hijo de Yúsuf. 

»Fué un héroe , un varón esforzado y proclamó la sobe- 
ranía espiritual de Almostansir el Abasi.» 

Pero más que á la bravura y excesivo roce con el pue- 
blo , atribuye Almacarí el rápido poderío de Abenhud á 
haber encontrado éste los ánimos de los musulmanes espa. 
ñoles deseosos de sustraerse de la dominación africana. 
Gracias á esta ocasión, ganóse Abenhud su reconocimiento 
en la mayor parte de la Península , no obstante su com- 
pleta ignorancia y falta de juicio en los asuntos de la 
administración y gobierno. Presentábase, dice el citado 
historiador, ante sus subditos, como el titiritero que anda 

48 



— 274 — 

en las calles y plazas haciendo buena cara á las gentes , 
para que éstas le entreguen ma^^or limosna Alude indu- 
dablemente Almacarí en sus palabras al excesivo empeño 
que mostró Abenhud en congraciarse principalmente con 
el populacho, lo cual, dice, trajo funestas consecuencias 
para la integridad de su estado por parte de los cristianos 
y aun de sus mismos gobernadores, los cuales habituá- 
ronse á reconocer como su soberano al general más brioso 
y esforzado, sin exigir de él otras cualidades; mas en 
cuanto se presentaba otro más famoso caballero, se unían 
á él y le proclamaban en alguno de los castillos, abando- 
nando á su rey anterior. 

Acaso sea exagerado el juicio que nos da Almacarí so- 
bre la política de Abenhud, pero lo que no cabe duda es 
que buscó apoyarse principalmente en el populacho y la 
soldadesca, con los cuales confraternizó en forma que 
jamás se había visto en ningún otro rey hasta él ; lo cual 
le fué pernicioso, pues muchos de sus favorecidos de una 
y otra parte le volvieron la espalda en cuanto se le eclipsó 
la fortuna en las batallas ó se presentó á aquéllos otro 
jefe más popular y dadivoso. 

Es difícil determinar el orden sucesivo de las ciuda- 
des musulmanas que se sometieron á la autoridad de 
Abenhud, al retirarse el emir Almamun del sitio puesto 
á Murcia y pasarse á Marruecos en el año 1128 á 1129. 
Las ciudades que proclamaron á Abenhud fueron varias , 
y los autores no señalan de ordinario más que el año 
citado como fecha general de la sumisión de todas ellas. 
En atención al orden en que las mencionan , parece ser 
que donde primeramente se reconoció la autoridad de 
Abenhud fué en las ciudades de Almería, Játiva y Alcira. 

Respecto de Almería, alzóse en ella Abuabdála Mo- 
hámed, hijo de Abdála Arramimí, nieto del goberna- 
dor del mismo apellido Arramimí, de quien la habían 
tomado los cristianos, la primera vez que fué reconquis- 
tada. Acaso promovió la revolución en dicha ciudad de 
acuerdo con Abenhud , á quien proclamó desde el primer 



— 275 — 

momento, y á seguida de consolidarse en el mando, marchó 
á rendirle homenaje. Entonces Abenhud le retuvo á su lado 
en Murcia, nombrándole su primer visir y entregándole am- 
plios poderes para la dirección de los asuntos de gobierno. 

Por lo que hace á Játiva y Alcira , al estallar la insu- 
rrección de Abenhud, siguieron sometidas al gobernador 
almohade de Valencia Abusaid, hijo de Mohámed, hijo de 
Abuhafs (Abuzeit ó Zeit de nuestras crónicas), del cual, 
según parece, dependía también, como de jefe superior, 
el gobierno de Murcia, pues los autores árabes le llaman 
gobernador de Valencia y de la España oriental , y en 
1125 firmaba treguas con D. Jaime el Conquistador, que 
había llegado á poner sitio áPeñíscola, comprometién- 
dose apagarle, en calidad de tributo, el quinto délas 
rentas de la ciudades de Valencia y Murcia. Mas el fuego 
de la insurrección encendida por Abenhud propagóse 
muy pronto á Valencia. Vivía en esta ciudad, á guisa de 
palafranero y confidente de Abusaid, hijo de Mohámed, 
un descendiente de la antigua nobleza de los Abenmar- 
denix, llamado Abenchomail Zeyan, hijo de Abulhamlat, 
hijo de Abulhachach Yúsuf , hermano del famoso régulo 
de Murcia Abenmardenix. Dicho Zeyan y otros prínci- 
pes de la nobleza arábigo-española habían permanecido 
en actitud pacífica en Valencia durante la dominación 
almohade; mas á poco del levantamiento de Abenhud y 
de estallar la insurrección general , tomaron en ella una 
parte muy activa, como gente varonil y esforzada que 
era, siendo reconocido como jefe Zeyan ó Zaen, según le 
llaman nuestros cronistas. 

Sin que indiquen el motivo, afirman los susodichos 
historiadores que habiendo roto Zeyan toda relación de 
amistad con su señor Abusaid , salió de Valencia y mar- 
chó á fortificarse en Unda ú Onda (1). Análogo procedi- 

(1) Tal entendemos que se ha querido expresar por la pala- 
bra »j^-\, que leída k\>3\ significa una villa de la región valenciana. 
De leerse iíjo\ , como aparece en muchos textos, significaría Ubeda» 
y no es creíble que Zeyan eligiese esta ciudad tan distante, como 
punto ó base de sus operaciones para hacerse dueño de Valencia, 



\ 



— 276 — 

miento había seguido Abeniíud al retirarse de Aliircia y 
guarecerse en los peñascales de Ricote. Abusaid intentó 
atraerse á Zeyan llamándole con lialagos y promesas , á 
fin de que volviese á reinar entre ambos su anterior con- 
cordia y fraternidad , pero Zeyan no le prestó oídos ; antes 
más bien liubo de poner mayor empeño en su resolución 
de apoderarse de Valencia, aumentando sus partidarios 
y fomentando la revuelta en todo el país; pues vemos 
que Abusaid, considerando muy comprometida su segu- 
ridad en Valencia, abandonó esta capital , retirándose á 
uno de sus castillos , que , según los cronistas cristianos , 
fué Segorbe , y luego tuvo que refugiarse en la corte de 
D. Jaime el Conquistador, acabando por abrazar la reli- 
gión cristiana. 

Abandonada Valencia, entró en ella Zeyan el 26 del 
mes de Safar del año G26 de la liégira (1228), según dice 
un autor árabe, y fué proclamado emir á principios de 
Rebia del mismo año, reconociendo la soberanía del ca- 
lifa de Bagdad Almostansir el Abasí. Sin embargo, no 
todos los distritos de la región valenciana reconocieron la 
autoridad de Zeyan; desde el primer momento de su ele- 
vación al poder en Valencia ó muy poco después , los de 
Játiva y Alcira, por instigación de los hijos de Aziz, hijo 
de Yúsuf Abulhachach , primos de Zeyan , prefirieron so- 
meterse á Abenhud. Respecto de Denla, se dice que re- 
conoció también la autoridad de Abenhud, aunque no se 
determina si dicha ciudad obedeció al de Murcia, á la 
vez. que Játiva y Alcira, ó fué que cayera en su poder á 
consecuencia de la lucha que sostuvo con Zeyan. 

Entre tanto sometiéronse á la obediencia de Aben- 
hud Granada y Málaga . Además en uno de los primeros 
meses del mismo año 1228 á 1229 fué reconocido en Cór- 
doba , previa una revolución de los naturales en la cual 
fueron muertos muchos almohades, incluso su goberna- 
dor, el príncipe Aburrebia, sobrino de Abuyúsuf Ahnan- 
zor, hijo de Abdelmúmen. Tras de Córdoba, se levantó 
por Abenhud Sevilla, de donde los rebeldes echaron al 



- '^^1 - 

gobernador, hermano de Almamum, y á otros magnates 
almohades, á quienes había confiado aquél la defensa de 
la ciudad , al trasladarse á Marruecos , En Sevilla puso 
Abenhud de gobernador á su hermano Abuanache Salim , 
titulado Imadodaula . De esta suerte, en cosa de un año 
había logrado Abenhud ver implantada su soberanía en 
casi toda la España musulmana. También trató de some- 
ter á su vecino de Valencia ,. Zeyan ; pero negóse éste á 
reconocerle, y bien fuera por esta causa ó porque fuese 
Zeyan el que tratara de humillar á Abenhud, como in- 
dica algún autor , es lo cierto que estalló la guerra entre 
ambos , y tuvieron varios encuentros durante el susodi- 
cho año, hasta que completamente derrotado Zeyan en 
Xarix y perseguido por Abenhud , corrió á encerrarse en 
Valencia, donde se vio sitiado por su enemigo algunos 
días del año 1229 á 1230 . 

Afortunadamente para Zeyan , los cristianos del rey 
D. Fernando tenían asediada á Mérida y amenazaban á 
otras plazas de la frontera de Occidente, y esto obligó á 
Abenhud á levantar el sitio de Valencia y marchar en 
defensa de los musulmanes de la otra parte de España. 
Dirigióse pues Abenhud hacia Mérida con numerosa hues- 
te ; pero trabada batalla en las inmediaciones de la ciu- 
dad, sufrió una terrible derrota (1), á consecuencia de la 
cual cayó la plaza sitiada en poder de los cristianos y tras 
de ella Badajoz y sus alfoces . Luego fué derrotado en Al- 
coz ; mas á pesar de esto siguió luchando con los cristia- 
nos , aunque desfavorablemente , hasta que las insurrec- 
ciones interiores por que se vio sorprendido , le obligaron 
á solicitar del rey D. Fernando una paz que fué harto 
onerosa para la causa de los musulmanes , como se dirá 
más adelante . 



(1) A esta derrota do Abenhud parecíe que se refieren los Anales 
Toledanos, II, Esp. Sagí-. XXIII, pág. 4U3, aunque con erroi" de fe- 
cha: el infante D. Alfonso con Alvoa.... ez, vencieron.... Abennuc... 
Era MCCXL. 



— 2^8 — 

A la vez que atendía Abenliud á oponerse al avance 
incontrastable de los cristianos, tuvo que cuidar de la 
extinción del poderío almohade en toda la Península. A 
poco de ser derrotado en Mérida y Alcoz, consiguió, se- 
gún parece lo más probable, apoderarse á viva fuerza de 
Algeciras y Gibraltar, únicas plazas españolas que resta- 
ban en poder de los almohades formando parte de su go- 
bierno de Ceuta. No contento con haber desterrado la 
dominación almohade de la Península, ambicionó tam- 
bién ser reconocido en las plazas del litoral africano y al 
año siguiente, ó sea de 1231 á 1232 impuso su autoridad 
á Ceuta. Se hallaba de gobernador en esta plaza un her- 
mano del emir Almamun, llamado Abuimran Muza, el 
cual , en medio de la lucha civil reinante en Marruecos , 
sacudió la obediencia á su hermano y se declaró indepen- 
diente tomando el título de Almouid. Corrió Almamun, 
á fin de castigar al rebelde , y le sitió estrechamente du- 
rante tres meses , al cabo de los cuales bien fuese porque 
su rival Yahya , hijo de Anásir, había logrado sorprender 
de nuevo la capital del imperio, bien, como indican al- 
gunos autores, por la presencia en las aguas de Ceuta de 
la ilota de Abenhud, al cualhabía pedido auxilio Abuim- 
ran ofreciéndole el reconocimiento de su soberanía, ó por 
ambas causas á la vez , es lo cierto que Almamun aban- 
donó el sitio de Ceuta , entrando ésta á formar parte de 
los estados de Abenhud. Algún autor, sin embargo, da á 
entender que el rey de Murcia y de la España árabe im- 
puso su autoridad en Ceuta habiéndose dirigido á ata- 
carla por impulso propio , no porque hubiese sido llamado 
por Abuimran . 

Sometido éste á Abenhud , fué trasladado á Almería 
cuyo gobierno se le confió en compensación, al parecer, 
del que había perdido en Ceuta, al frente de la cual 
quedó, bajo la obediencia de Abenhud, su antiguo cama- 
rada , el exbandido Alcaxati ó Algaxati quien , á la vez , 
era jefe de la nota de Sevilla. Pero el mando de Abenhud 
en Ceuta fué muy breve ; pues al mes ó poco más de su 



— 279 — 

reconocimiento , según dicen los autores , disgustados los 
de Ceuta contra su gobernador, lo echaron de la ciudad 
proclamando, como jefe independiente en ella, á Abula- 
bas Áhmed, hijo de Mohámed Alyinxatí que se tituló 
Almouafic . 

El emir Almamun, al dirigirse á Marruecos levantan- 
do el sitio que tenía puesto á Ceuta, á fin de arrojar de la 
capital del imperio á su competidor Yahya, fué sorpren- 
dido por la muerte en el río Ommrabia. Su mujer Haba- 
ba, que era cristiana , ocultó su muerte al ejército, ex- 
cepto á algunos de los jefes almohades más adictos á la 
dinastía y á los caudillos cristianos que iban en su auxi- 
lio, y éstos convinieron en proclamar, como sucesor de 
Almamun, á su hijo Abumohámed Abdeluáhid que tomó 
el título de Arraxid. Acto continuo fué colocado el cadá- 
ver de Almamun sobre una litera haciéndose ver á la 
gente que el emir había caído enfermo, y prosiguió el 
ejército su marcha. El pretendiente al imperio y rival de 
Almamun salió de Marruecos dispuesto á impedir el 
avance de las tropas del emir, pero fué completamente 
derrotado, y entonces entró sin dificultad Arraxid en la 
susodicha capital , siendo proclamado solemnemente emir 
sucesor de su padre á fines del año 1232 . 

Acaso Abenhud en otras circunstancias hubiese po- 
dido consolidar en sus manos un podeíoso reino de toda 
la España árabe, que retrasara algún tiempo el avance de 
los cristianos del Norte ; pero , como ha dicho Almacarí , 
el espíritu de revuelta se había infiltrado en los corazones 
de los musulmanes: al año ó poco más de su reinado 
tuvo Abenhud que dar muerte al cadí de ^Murcia apodado 
el Castelí, el mismo que antes le había facilitado la en- 
trada en dicha capital, por haber promovido una sedición 
contra él. Pero la rebelión más formidable, contra la cual 
hubo de luchar Abenhud y que no llegó á sofocar, fué la 
promovida por su rival y heredero del poder musulmán 
en España, la de Abenalahmar, el fundador de la dinas- 
tía de los Nazaritas de Granada. Llamábase Mohámed, 



^ 285 — 

hijo de Yúsuf, hijo de Nazar, pero se le conocía más co- 
múnmente por Abenalahmar, el hijo del Rojo ó Rubio, 
como diríamos nosotros; era natural de Arjona, fortaleza 
situada entre Jaén y Córdoba, y en ella se alzó contra la 
autoridad de Abenhud . La fama de guerrero bravo y es- 
forzado, de que tanto él como su hermano y lugarte- 
niente Ismail gozaban entre los de su tierra, y el ruido 
de sus repetidas incursiones contra los cristianos veci- 
nos, atrajeron á muchos, deseosos de militar en sus ban- 
deras . 

Seguido fielmente Abenalahmar por sus comarcanos 
y adictos y unido en parentesco de afinidad con los 
Abenesquilula, los hermanos Abdála y Alí, á los cuales, 
lo mismo que á sus parientes de sangre, confió los cargos 
de guerra y administración , logró pronto verse conver- 
tido en un poderoso castellano, tomando el título de 
Jeque y resolviendo disputar á Abenhud el supremo 
mando sobre todos los musulmanes españoles. 

Realizó Abenalahmar su alzamiento en el año 1231 á 
1232, reconociendo la soberanía espiritual del soberano 
de allende el Estrecho Abuzacar ia Yahya el Hafsí , el 
cual , hacia el tiempo de la sublevación de Abenhud , 
había sacudido también la dominación almohade en la 
parte de África que los antiguos llamaron Ifriquia, fijando 
su corteen Túnez. Según parece, habíase aprovechado 
Abenalahmar, para llevar á cabo su rebelión , de la deca- 
dencia de Abenhud en ese tiempo , á consecuencia de las 
derrotas , especialmente las de Mérida y Alcoz , que le 
habían causado los cristianos ; además , al decir de los 
autores árabes , fué auxiliado al principio de su rebelión 
por fuerzas de D. Fernando. 

Los triunfos de Abenalahmar fueron rápidos; el mis- 
mo año en que rompió las hostilidades con Abenhud pudo 
hacerse dueño primeramente de Jaén y luego de Jerez , 
y en el siguiente, ó sea en 1232 á 1233 le reconocieron 
los de Córdoba y Carmona, desechando la autoridad de 
Abenhud. Entonces pretendió también que le obedeció- 



— 281 — 

sen los de Sevilla , los cuales , aprovechándose , al pare- 
cer, de la misma ocasión elegida por Abenalahmar, ha- 
bían rechazado la soberanía de Abenhud, al salir éste en 
dicho año de la capital citada en dirección á Murcia, y 
echado á su gobernador Abuanáche Salim Imadodaula, 
hermano de Abenhud, entregando el mando de la ciudad, 
auna junta ó consejo municipal , presidido por el cadí 
Abumeruan Áhmed, hijo de Mohámed, el Bechí. Según 
indica algún autor, en un principio negóse el Bechí á 
figurar como presidente del consejo de Sevilla; pero con- 
sintió en aceptar dicho cargo , tan pronto como le llegó la 
adhesión de Carmona á su autoridad. 

Cuando supo Abenalahmar lo sucedido en Sevilla, 
dirigió un mensaje á los individuos de la junta de go- 
bierno pidiéndoles que se rindiesen á su autoridad é in- 
citándoles á combatir el poder de Abenhud y dejar las 
fronteras al rey de Castilla, á ñn de limitarse ellos ala 
posesión de las montañas del litoral y de las villas fuer- 
tes de la región que se extiende desde Alálaga á Granada 
y Almería. No quisieron acceder los sevillanos á las pro- 
posiciones que les hacía Abenalahmar, dando lugar á 
que, despechado éste, rompiera todo trato amistoso con 
ellos y con su presidente el Bechí. Sin duda, á conse- 
cuencia de este rompimiento de negociaciones marchó 
Abenalahmar contra Sevilla y derrotó á las tropas que 
el Bechí hizo salir para rechazarle , cogiendo prisionero 
al caudillo que las mandaba. Entonces, indican los auto- 
res, se reanudaron las negociaciones entre Abenalah- 
mar y el Bechí, restableciéndose la paz y alianza entre 
ambos contra Abenhud , á condición de tomar Abenalah- 
mar por esposa á una hija del Bechí . 

En tal situación, dicen los autores árabes, tuvo que 
solicitar Abenhud de San Fernando una tregua de tres 
años, á ñn de someter á los rebeldes confederados en 
contra suya, y el rey de Castilla se la otorgó, á condición 
de que le pagase un tributo consistente, según unos, 
en mil dinares diarios , ó en ciento treinta y tres mil di- 



— 282 — 

nares , como dicen otros , cincuenta mil á entregar en el 
acto y lo restante en los tres años de la tregua. Además, 
indica algún autor que Abenliud entregó al de Castilla 
treinta fortalezas de la frontera. No se dice si la entrega 
de éstas sería en propiedad ó simplemente en prenda del 
cumplimiento de la paz firmada y del pago del tributo. 
De todos modos , es indudable que la tregua debió ser 
concedida á Abenhud mediante condiciones harto one- 
rosas; los cristianos se habían presentado en ese año como 
una fuerte muralla que cerraba las fronteras de los mu- 
sulmanes; entre D.Jaime el Conquistador por la parte 
de Valencia y Murcia y el rey San Fernando por la de 
Andalucía, tenían establecidos siete formidables campa- 
mentos. Añádase á esto que la paz y auxilio del rey de 
Castilla era mendigada á la sazón no sólo por Abenhud, 
sino también por su rival Abenalalimar, y es natural que 
el rey santo la otorgase al mejor postor. 

Sin embargo, gracias á la susodicha tregua, pudo 
conseguir Abenhud en el mismo año 1232 á 1233 que 
Córdoba volviese á entrar en su obediencia, é intentar 
desde ella apoderarse de Sevilla, echando á sus rivales. 
Pero la suerte de las armas no correspondió á los deseos 
de Abenhud ; Abenalahmar y el Bechí , que salieron uni- 
dos á su encuentro , le rechazaron y derrotaron. A seguida 
de esta victoria, Abenalahmar, que deseaba deshacerse 
de su aliado y mandar él solo en Sevilla , envió desde su 
campo, establecido en las afueras de la ciudad, á su 
yerno Alí, hijo de Esquilula, y éste se apoderó de la ciu- 
dad, sorprendiendo y asesinando al Bechí. 

Entonces el hermano de Abenhud, Abuanáche Salim, 
avanzó contra Sevilla, pero fué rechazado; sin embargo, 
no debió retirarse muy lejos de la ciudad, pues dicen los 
autores árabes que al mes de ser asesinado el Bechí, los 
de Sevilla se alzaron contra Abenalahmar y, echando de 
ella á Abenesquilula, que parece tenía á su cargo el go- 
bierno y defensa de la ciudad á nombre de aquél , volvie- 
ron á la obediencia de Abenhud, y entró de nuevo en 



Sevilla, como gobernador, Abiianáche Salim. Este tuvo 
á sil servicio en dicha ciudad al famoso médico sevillano 
Abulabas el Campaneri ó Camhaneri, que había servido 
también á otro hermano de Abenhud, llamado Abuabdála. 

Mientras transcurrían en Sevilla los sucesos que aca- 
bamos de narrar, llegó á España en 1232 á 1233 y pre- 
sentóse en Granada un embajador del califa abasí Almos- 
tansir, el cual traía para Abenhud la bandera, el vestido 
de honor y el diploma en que era reconocido por el califa 
como emir de los musulmanes españoles, dándole, entre 
otros títulos, el de Almotauaquil Alalá. Inmediatamente 
dirigióse Abenhud á Granada, y coincidiendo con una 
festividad de rogativa para pedir agua, pues reinaba una 
sequía pertinaz en todo occidente, fué leído el diploma 
confirmatorio de la autoridad de Abenhud. Durante la 
solemnidad revistióse el emir el traje negro que le había 
sido enviado , y tuvo en su mano el pendón del mismo 
color, preferido por losabasíes, en vez del blanco que 
habían usado los califas omeyas. Por feliz coincidencia 
llovió copiosamente aquel día, contribuyendo á que la 
gente se alborozase y tuviese todo esto como presagio de 
un porvenir dichoso. Bien fuese por esta causa ó por la 
pérdida de Córdoba y Sevilla, dicen los autores árabes 
que en el tiempo de referencia ó poco después hizo las 
paces Abenalahmar con Abenhud y proclamó la autori- 
dad de éste en Jaén, Arjona, Porcuna y demás lugares 
dependientes de su gobierno. Sin embargo, es de creer 
que la paz no fué duradera entre ambos; un autor dice 
que Abenalahmar logró derrotar más de una vez á Aben- 
hud, y la última victoria que obtuvo sobre éste, fué en 
el año 1235 á 1236. Además, como se dirá luego, Aben- 
alahmar estaba con su ejército entrando en Granada y 
haciéndola suya, cuando le llegó la noticia de la muerte 
de Abenhud. 

Tampoco permaneció éste en paz con los cristianos 
de Castilla todo el t:empo convenido en la tregua que 
había pactado con San Fernando. De los tres años de paz 



— 284 — 

convenidos, sólo se observó uno ó poco más, según los 
autores árabes, los cuales no indican el motivo del rom- 
pimiento; pero acaso tenga relación con él la campaña 
emprendida por Abenliud contra un importante perso- 
naje que había logrado escapar de Sevilla, al ser asesi- 
nado el Bechí, y refugiándose en Silves ó en Niebla, se- 
gún afirman otros con mayor probabilidad , se había hecho 
fuerte en ella, no queriendo reconocer la autoridad de 
Abenhud y proclamándose independiente con el título 
de Almotasim. Llamábase Xoaáb_óJíohaib,_.Jbiji^ 
hámed Abenmahfot. Abenhud marchó á sitiarle en Nie- ' 
bla , y aunque afirma algún autor que se apoderó de la 
ciudad, los más convienen en decir que no logró su pro-^ 
pósito, pues habiéndose presentado en contra suya losí 
cristianos de Alfonso, refiriéndose, sin duda, al entoncesj 
infante D. Alfonso el Sabio, hubo de levantar el sitio y 
retirarse. 

Bien fuese porque el reyezuelo de Niebla se había 
acogido á la protección de los cristianos ó porque Aben- 
hud en aquella campaña intentase también algo contra 
éstos, pues refiriéndose á ese tiempo indica un autor que 
había vuelto á creerse capaz de conquistar el imperio de 
España, dando orden, al efecto, á sus gobernadores de 
preparar sus huestes para la guerra, es lo cierto que. 
vióse acometido por los castellanos, y comenzó de nuevo' 
la lucha;, que trajo en daño del Islam la pérdida, entre 
otras, de Córdoba, la magnífica capital de la España 
árabe. En efecto, las tropas de D. Fernando habían to- 
mado por sorpresa en uno de los primeros riieses del año 
1236 la parte oriental de Córdoba, siéndoles favorecida 
la entrada por los cristianos establecidos en la Xarquía 
de dicha ciudad. En nuestros historiadores se lee que 
estos cristianos habían sido introducidos en el barrio 
oriental y establecidos allí por algunos sarracenos ofen- 
didos ó disgustados contra sus jefes ó magnates de la ciu- 
dad; "pero del relato que sobre el particular hacen los 
autores árabes, se desprende que los citados cristianos 



— 285 — 

eran una de las varias bandas que los régulos musulma- 
nes, prescindiendo de escrúpulos religiosos, solían pagar 
y tener para su servicio, ó acaso los pacíficos habitantes 
cristianos de dicho barrio , pues dicen sencillamente que 
los soldados de San Fernando penetraron en la parte 
oriental de la ciudad , por haber hecho traición los cris- 
tianos establecidos en la Xarquía. Dueños de la parte 
oriental, cercaron estrechamente la otra, y en Junio del 
mismo año quedó toda la ciudad en poder de D. B^er- 
nando. 

Es indudable que Abenhud trató de socorrer la plaza 
de Córdoba y defenderla contra los ataques de los cris- 
tianos ; acaso luchó desesperadamente á este fin , hasta 
que, agotados sus esfuerzos, perdida la ciudad y teniendo 
otra vez en contra suya á Abenalahmar, hubo de ajustar 
treguas con D. Fernando, obligándose á pagar á este un 
tributo de 400.000 dinares, según afirman los cronistas 
árabes ; lo cual dista bastante de hallarse conforme con 
la narración de nuestros historiadores sobre la conducta 
de Abenhud durante el sitio de Córdoba. Dicen estos úl- 
timos que el régulo de }ílurcia se había dirigido á Écija, 
á fin de auxiliar á los musulmanes de Córdoba, y hallán- 
dose perplejo sobre si le convendría atacar al rey cristiano 
ó mantenerse á la defensiva, pidió conseje á un caballero 
de Castilla llamado Lorenzo Suárez, que había sido des- 
terrado por D. Fernando y á la sazón estaba al servicio 
de Abenhud. Suárez, á su vez, solicitó de éste que le 
enviara á informarse del real cristiano, para poder acon- 
sejarle. Partió Suárez con otros tres cristianos , aguisa 
de espías; pero desleal á su nuevo señor, presentóse á 
D. Fernando y, de acuerdo con éste, que le volvió á su 
gracia, regresó al campamento árabe ponderando á 
Abenhud lo formidable de la hueste de Castilla, y como 
en esto hubiesen llegado noticias al de Murcia de que 
D. Jaime de Aragón se hallaba sitiando á Valencia, pidió 
nuevo parecer á Suárez, y éste le aconsejó que marchase 
primeramente en socorro de la última ciudad citada j 



— 286 — 

volviese después á Córdoba. Entonces, dicen, levantó 
Abenliud su campo y se dirigió á Almería con ánimo de 
embarcarse y salir en auxilio del reyezuelo de Valencia. 
Esta narración detallada de las crónicas cristianas sobre 
la acción de Abenhud durante el sitio y pérdida de Cór- 
doba páralos musulmanes es, á nuestro juicio, menos 
exacta que la que se desprende de la relación hecha por 
los autores árabes, los cuales, más atentos á la realidad, 
indican que la toma de Córdoba fué una consecuencia de 
la ruptura que sobrevino entre Abenhud y D. Fernando, 
antes de expirar el plazo de la tregua que se había pac- 
tado entre ambos. Hubo, pues, un período de nueva lu- 
cha que tuvo su feliz término para las armas de Castilla 
en la reconquista de Córdoba, mediante capitulación- 
Córdoba , dicen aquéllos , fué ganada de manos de Aben- 
hud por D. Fernando, y entonces otorgó éste á aquél la 
paz y su alianza, á cambio de un tributo de 400.000 di- 
nares, como se ha diclio. 

Tampoco aparece consignada en los autores árabes 
conocidos la afirmación de nuestros cronistas respecto de 
que Abenhud abandonase la defensa de Córdoba y se di- 
rigiera á Almería, á fin de embarcarse con rumbo á Va- 
lencia en auxilio de Zeyan. Lo que revela más bien la 
lectura de aquéllos es que Abenhud firmó nueva tregua 
con D. Fernando, obligado no solamente por los reveses 
que sufriera en la campaña que acabó con la pérdida de 
Córdoba para su causa , sino también por atender á la paz 
interior de su estado, y esto último parece más probable 
que fuese la principal cansa que le hizo marchar á Alme^ 
ría, donde encontró su muerte, como se dirá más ade- 
lante. 

Es verdad que los de Játiva y Alcira, ciudades de- 
pendientes del gobierno de Abenhud, asistieron en soco- 
rro de Zeyan á la desgraciada jornada de Anixa ó del 
Puch de Cebolla, en la cual fueron derrotados completa- 
mente los musulmanes en Agosto de 1237, trayendo en 
consecuencia el estrecho asedio de Valencia, que hubo de 



— 287 — 

rendirse al año siguiente, cuando D. Jaime era ya dueño 
de la mayor parte de los castillos de su distrito y del de 
Alcira; pero la presencia de los de Játiva y Alcira en 
dicha jornada pudo ser debida al impulso natural de la 
propia de'ensa, pues también sus distritos veíanse ame- 
nazados ó atacados, ó á que realmente Abenhud, en vista 
del peligro que corrían sus fronteras de aquella parte, 
diera órdenes á sus gobernadores de salir en auxilio de 
Zeyan. Pero es verdaderamente raro que los autores ára- 
bes no consignen que la ida de Abenhud á Almería obe- 
deciese á motivo tan capital, es decir, á tener que embar- 
carse con rumbo á Valencia, á fln de auxiliar á su régulo, 
y que, en cambio, la atribuyan cá un asunto puramente 
personal. 

He aquí cómo refieren dichos autores la muerte de 
Abenhud. Este, como dejamos referido, había contado 
desde el primer año de su alzamiento con la adhesión de 
los musulmanes de Almería, donde le reconoció y pro- 
clamó el rebelde en ella contra los almohades, Arramimí, 
el cual marchó seguidamente á Murcia, á fln de rendir 
en persona su homenaje á Abenhud. Entonces detuvo 
éste á Arramimí en su corte y le nombró dulvizaratain 
(el investido de la doble dignidad de visir), conflándole 
con amplios poderes la dirección de los asuntos del reino. 

Pasado algún tiempo, y gozando ya Arramimí de toda 
la confianza de Abenhud, aconsejó á éste que reparase y 
aumentase las fortificaciones de Almería, hasta el extre- 
mo de convertirla en plaza inexpugnable que pudiera ser- 
virle de refugio para el caso de grave apuro ó inseguridad 
de su estado. Pero en ésto, dicen los autores, no procedía 
Arramimí con la lealtad debida; él buscaba un refugio 
para sí mismo. En efecto, luego que las fortificaciones 
de Almería estuvieron reparadas, solicitó Arramimí de 
su señor que le confiase el gobierno de dicha ciudad , á 
lo cual accedió de buen grado Abenhud. Tenía éste pro- 
metido á su esposa que nunca tomaría otra mujer; mas 
habiendo caído en sus manos una hermosa joven , hija d® 



— 288 — 

un jefe cristiano, en una de sus incursiones y no atre- 
viéndose á tenerla en Murcia, por el voto liecho á su pri- 
mera esposa, la liabía enviado á Almería y confiado á la 
guarda de Avramimí. El gobernador de Almería enamo- 
róse también de la joven, y al saberlo Abenhud, marchó 
á dicha ciudad, á fin de castigar la infidelidad de su an- 
tiguo visir y confidente, pero se le adelantó Arramimí 
haciendo que en el primer banquete, que celebraron jun- 
tos, fuese envenenado Abenhud. Sin embargo, afirma 
algún autor, que Abenhud no murió envenenado, sino 
por asfixia en el baño ; otros se limitan á decir que murió 
repentinamente, y que corrió la voz de que había sido su 
muerte causada por Arramimí . 

Lo cierto es que éste sacó el cadáver de Abenhud de 
la alcazaba por la parte del mar y lo embarcó con destino 
á Murcia, proclamándose emir independiente de Almería 
con el título de Almouiyad , y así permaneció hasta que 
Abenalahmar le tomó la ciudad , uniéndola á su reino de 
Granada . 

La noticia del asesinato de Abenhud á manos de 
Arramimí, según la mayoría de los historiadores musul- 
manes, aparece confirmada en el fondo por los autores 
cristianos. En una obra redactada en folio gótico, que 
perteneció á D. Pascual Gayangos, escrita en el año 1549 
y que lleva el siguiente título: «Libro de grandezas y 
cosas memorables de España, agora de nuevo fecho y 
compilado por el maestro Pedro de Medina, vecino de 
Sevilla», se lee: «Estando ( Abenhud J en Almería un 
moro su criado que había nombre Abenramon comhídó al 
rey é hízolo beodo . Y ahogólo en un pilar de agua que 
tenía en su casa» (1). Análogas palabras se leen en la 
«Estoria de España» (2) «Estando Aben-Sud en Almería, 
un moro su privado, que avie por nombre Aben-Arramin, 
convidóle, é embriagóle é afogol en una pila de agua». 



(1) Hemos tomado estas noticias de las notas del Si'. Codera. 
^(2) Fol. 410. 



— 289 — 

Bien pudiera ser que, como dicen los autores árabes, 
al dirigirse Abenhud á Murcia, en diclio año. llevase la 
intención de observar y aun castigar la infidelidad de 
su antiguo visir Arraniimí; pero creemos que no fuera 
solamente ese el motivo, atendiendo á que, como dicen 
ellos mismos, muy poco antes de ser muerto Abenhud 
en Almería , los de Granada, dirigidos por un llamado 
Abenabijalid , habíanse alzado en rebelión contra la auto- 
ridad de aquél, matando á su gobernador Otba y procla- 
mando la soberanía de Abenalahmar. Además se había 
presentado éste en las afueras de la ciudad, á fin de to- 
mar posesión de ella; pero anduvo perplejo en esto, pues 
dicen que acampó en las a'ueras de la ciudad pensando 
en un principio no entrar en ella hasta el día siguiente, 
que mudando de parecer, entró al ponerse el sol del mis- 
mo día de su llegada, mas luego volvió á salir situándose 
en el alcázar de Habus, hijo de Badis, y que en esto le 
llegó la noticia de la muerte de Abenhud y de haberse 
proclamado Arramimí emir independiente en Almería. 
Tales hechos, la nueva lucha con Abenalahmar, la insu- 
rrección de Granada y, lo que no es incompatible, observar 
de cerca la conducta de Arramimí ó castigar su infideli- 
dad, serían las causas que exigiesen la presencia de 
Abenhud en Almería , más bien que el propósito de em- 
barcarse allí, á fin de marchar en auxilio del régulo de 
Valencia , Zeyan . 

La muerte de Abenhud , ocurrida en Noviembre ó Di- 
ciembre de 1237, trajo consigo que se desprendiesen del 
gobierno de iSIurcia las provincias que habían reconocido 
su autoridad. 

Los de Sevilla proclamaron la soberanía del emir al- 
mohade, hijo y sucesor de Almamun, el titulado Arraxid, 
quien se apresuró á enviarles un gobernador de su parte. 
En Málaga alzóse independiente Abdála Abendinnun, 
que se hacía descender de los antiguos reyes de Toledo 
que llevaron el mismo nombre patronímico. En Játiva se 
4^claró emir Abulhosain, hijo de Isa, cuyos hijos se rin- 

19 



— 290 — 

dieron más tarde á los cristianos de D. Jaime. Jaén y 
Granada quedaron sujetas á Abenalahmar, que fljó su 
corte en la última de ellas, y comenzó desde luego la 
construcción del magnífico palacio de la Alliambra, que 
todavía admiramos. De suerte que el reino de Murcia, 
muerto Abenhud, quedó reducido escasamente á los lí- 
mites de su región propia, amenazado por aragoneses y 
castellanos de un lado, y de otro por el rey de (¡ranada, 
Abenalahmar. 

Los sevillanos, al reconocer la autoridad del emir al- 
mohade, enviaron á éste un tránsfuga del imperio de Ma- 
rruecos, jefe de la tribu almohade de losHascúra, IJa- 
mado Ornar, liijo de Aucarit, el cual, habiéndose suble- 
vado contra el emir y viendo mal parada su situación, 
había venido á presentarse á Abenhud, como embajador 
de parte de sus hermanos de tribu, ofreciéndole que éstos 
se hallaban inclinados á reconocerle por su señor. 

Se dice que Abenhud puso su escuadra á disposición 
de Omar, hijo de Aucarit, y éste atacó y estuvo á punto 
de tomar la plaza de Salé, donde se hallaba de goberna- 
dor el suegro ó yerno de Arraxid , llamado Abualale. Sin 
embargo, parece ser que luego Abenhud le retiró su pro- 
tección, porque se llegó á descubrir que la embajada de 
Omar, hijo de Aucarit, no era más que un pretexto para 
escapar del peligro que le amenazaba en su país y que, 
por fin, le alcanzó, pues fué muerto por el emir Arraxid, 
cuando se lo entregaron los sevillanos al someterse á su 
obediencia. 



CAPITULO XX (1) 



Sitccsorcs de Alinotauaqiiil Abonhad: Abubúquer Moháincd AliuUec 
BlLá: Aii^ Abenjatab Dlaoddala: Zeí/na destronado de Valen- 
cia por D. Jaime el Conquistador : Mo/iá/ned Abenhud Ba/ia- 
odaula, vasallaje en facor de CastiUa; Abacháfar , hijo de 
Bahaodaula ; Moháined. hijo de Abucháfar Abenhud. — Res- 
tauración de Alnátec: ruptura del vasallaje á favor de Castilla; 
reconocimiento de la soberanía de Abenalahmar en Murcia. 
Nueva restauración de Aluátec. — Reconquista de Murcia por 
D. Jaime de Araf/ón. Personajes murria.nos que Jlorecieron en 
este iienipo. Conclusión. 



Parecía natural que nuestras crónicas cristianas con- 
signasen segura y detalladamente la historia de los mu- 
sulmanes de Murcia en un tiempo tan inmediato á su 
vasallaje en favor de Castilla y á la reconquista definitiva 
de la región realizada por el rey aragonés D. Jaime. Sin 
embargo, por la lectura de los autores cristianos no es 
posible siquiera formar la lista exacta de los varios reye- 
zuelos ó arráeces que imperaron todavía en Murcia con 
más ó menos independencia, hasta que fué extinguida la 
dominación musulmana en ella. Como en los períodos 
anteriores, siguen en éste los textos árabes conocidos, á 



( 1 ) Laá principales fuontes que nos lian servido para el recitado 
del presente capitulo, son: Abenjaldun, edic. del Cairo, t. IV, 167-71; 
y VI 285-86 y 269; ídem Dem.jmbynes, págs. 10, 16, 19, 21; ídem Be- 
reberes, trad. de Slane, II, 306; Abenalabar, Dozy, Noticesetc, pá- 
ginas 247-50; ídem, Bib. ai\ liisp., V, 23 3' 355; y VI, 696; Aljenalja- 
tib, ms. áf. de la R. Ac. de la Hist., n." 37, fol. 261-62; el ms. ái\ de 
ídem, n." 33, pág. 104-5 y 113; Almacarí, t. I, pág. 291 y siguientes 3' 
II, 767; Zerqueclií, trad. de Fagnan, pág. 306; Abenomaira, ms. ár. de 
la Ac. déla Hist., pág. 15; Casiri, II, 60, 126 y 129; Chronicón de 
Card., Esp. Sagr., t. XXIII, .380 y Chronicón Barc, id. t. XXVIII, 
333; Archivo de Chavas, t. VII, 242 y 245; Villanueva, viaje literario, 
t. XVII, pág. 232; Cáscales, Discursos, II; Fernández 3' González, 
«Estado social 3' político etc., en diferentes lugares de la obra; y Co- 
dera, Misión histórica, pág. 111; Boletín de la R. Ac. de la Historia, 
t. X, 386; y XVIII, 293, 



— 292 — 

pesar de referirse casi siempre de una manera incidental 
á los hechos particulares de Murcia, arrojando la mayor 
luz respecto de asuntos tan capitales en la historia de los 
pueblos. Aprovechando, pues, las noticias más comple- 
tas que suministran los segundos autores citados, y sin 
olvidar las de los primeros, nos proponemos en el pre- 
sente capítulo, último de la obra, hacer la historia de los 
sucesores de Almotauaquil Abenhud hasta el último de 
ellos que hizo entrega del mando de la ciudad á los cris- 
tianos, no extendiéndonos en detalles sobre la recon- 
quista, toda vez que esto superaría los límites marcados 
á nuestro trabajo (1). 

Algún tiempo antes de su muerte Almotauaquil Aben- 
hud había declarado príncipe heredero y sucesor en el 
reino á su hijo Abubéquer Mohámed, hijo de ^lohámed, 
cediendo no sólo al impulso y deseo natural de padre, 
sino también á instancia de la gente del reino; por lo 
menos, consta que los de Játiva enviaron á Abenhud un 
mensaje subscrito por su cadí Abenamíra, pidiéndole que 
declarase sucesor suyo en el reino á su hijo Abubéquer 
Mohámed, y al liacerse pública la muerte de Abenhud en 
Almería, los de Murcia, en conformidad con el testa- 
mento del difunto, proclamaron rey al susodicho Abubé- 
quer Mohámed, que tomó el título de Aluátec Bilá Almo- 
tasim Bihi. Pero al poco tiempo de ocupar el poder, la 
sedición que había cundido á las varias provincias some- 
tidas á la autoridad de Abenhud, estalló también en la 
capital, y fué destronado Aluátec y reducido á prisión. 
Aparece como instigador de la revolución que privó á 
Aluátec del mando de }\Iurcia, su sucesor Aziz, hijo de 
Abdelmélic, hijo de Mohámed, Abenjatab, ilustre alfa- 
quí que cultivó todas las ramas de las ciencias y alcanzó 
grandes conocimientos en muchas de ellas; primeramente 



(1) Según expresión pública del Excino. Marijués de Aledü, 
fundador del concursu á que se destina la pre-sente oljra, la historia de 
la reconquista ha de ser objeto de nuevo concut-so. 



— S93 — 

vivió retirado de los negocios públicos entregándose tan 
sólo al estudio y la piedad, hasta que fué nombrado gober- 
nador de Murcia por Almotaua((iill Abenhud; pero su 
gestión dejó b¿istante que desear, al parecer, por no reunir 
condiciones para el buen desempeño del cargo, y fué de- 
puesto; y entonces volvió á su anterior género de vida. 
De tal situación pasó luego á ser el arráez ó régulo de 
Murcia y sus distritos por efecto de la revolución mencio- 
nada, siendo proclamado el cuatro de Moharrem de 636 
(7 de Agosto de 1238 de J. C), según la fecha que da 
Abenalabar (1). Y conviene advertir aquí que este ilustre 
historiador contemporáneo afirma que á quien echó Aziz 
del mando de Murcia, fué al hermano de Almotauaquil 
Abenhud, llamado Alí, hijo de Yúsuf, y titulado Adido- 
daula, sin mencionar para nada á Aluátec, hijo de Aben- 
hud. Bien pudiera creerse que Abenalabar se exprese así 
en el pasaje citado, porque Adídodaula fuera el gober- 
nante de hecho ó, como diríamos nosotros, el regente de 
su sobrino Aluátec: todos los otros historiadores señalan 
como sucesor inmediato de Almotauaquil á su hijo Aluá- 
tec, y es cosa rara que omitiesen en la lista de los reyes 
cal susodicho hermano, en el caso de que hubiera llegado 
éste á gobernar el reino en nombre propio por ese tiempo. 
Sin embargo, sirva la precedente not'cia de aviso para 
ulteriores investigaciones; porque en aquel año de verda- 
dera agitación y revuelta para Murcia, aunque no parece 
muy probable, acaso hubiese llegado á ser reconocido 
como emir el mencionado Adídodaula durante breve 
tiempo. 

Entronizado en Murcia Aziz, que se tituló Diaodaula, 
dio, como cuando fué gobernador de la ciudad, muestras 
de su impericia para el mando. Habiendo salido á cam- 
paña contra los cristianos, volvió completamente, derro- 
tado , con muerte de muchos de los suyos , y disgustados 
bs murcianos, entraron en negociaciones con Zeyan, 



(1) Notioes et extraites etc. Dozy, pág. 50. 



— 294 — 

ofreciéndole el gobierno de la región. Zeyan se hallaba 
entonces despojado de su trono de Valencia. 

En efecto, D. Jaime de Aragón, ganoso de enseño- 
rearse del reino de Valencia, había venido dirigiendo sus 
huestes contra aquél , al principio como protector del 
destronado SidAbusaid, y luego por cuenta propia, y 
cuando en el año 1235 se hizo dueño de las islas í^íallorca 
y Menorca, pudo redoblar sus esfuerzos, penetrando re- 
sueltamente en el corazón de dicho reino. Después de 
tomar á Burriana, rendir á Peñíscola y ultimar la recon- 
quista de las Baleares con la sumisión de I biza, se pre- 
sentó en las cercanías de Valencia, batiendo diferentes 
veces á las tropas de Zeyan , especialmente en la batalla , 
sangrienta para los musulmanes, llamada de Anixa ó 
del Puch de Cebolla , tras de la cual vióse Zeyan ase- 
diado y estrechado cada vez más por las fuerzas del Con- 
quistador. En vano, cuando se halló en el mayor aprieto 
y desesperado de recibir auxilio de los musulmanes de 
España y del Magreb, encargó á su secretario, el discreto 
jurisconsulto é historiador, como le llama el Sr. Fernán- 
dez y González (1), Abuabdála Abenalabar, que se diri- 
giera á Túnez al frente de una comisión de magnates 
valencianos, á fin de implorar socorros del emir de aque- 
lla provincia, Abuzacaria Yahya, misión que desempeñó 
perfectamente aquél recitando ante la corte de dicho so- 
berano un poema de súplica que conmovió á los oyentes 
por su elocuencia y perfección literaria. Aunque el emir 
Abuzacaria Yahya, accediendo á los ruegos de Zeyany 
al ofrecimiento que le hacía éste de reconocerle como su 
soberano en lo sucesivo, alistó su flota cargándola de pro- 
visiones de boca y guerra por valor que, según un autor, 
ascendía á 100.000 dinares, y confiándola á su almirante 
Yahya, hijo de Abuzacaria, hijo de Axahid , no se logró 
que los socorros llegasen á los valencianos. Enteramente 
bloqueada la ciudad, la ilota del rey de Túnez retrocediió 



(1) Lugar citado al pi-iiicipiu del capítulo. 



— 295 — 

por temor á la cristiana, y liubo'de limitarse á desembar- 
car las provisiones y tropas en Denia. Desesperado Zeyan 
de recibir auxilios y reducida la ciudad á situación impo- 
sible de sufrir por más tiempo, dióse apartido y aban- 
donó su capital en manos de D. Jaime, retirándose á Al- 
cira en Septiembre á Octubre de 1238, y atacado á poco 
en esta ciudad por los cristianos , tuvo que trasladarse á 
Denia, cuya posesión, juntamente con la de Cullera, pa- 
rece ser que le había prometido respetar D. Jaime du- 
rante cinco ó siete años en la capitulación de Valencia. 

Establecido Zeyan en Denia proclamó la soberanía del 
emir de Túnez, solicitando su ayuda, y en tal situación 
se hallaba cuando fué llamado por los murcianos, ofre- 
ciéndole el mando de su ciudad. Inmediatamente se di- 
rigió Zeyan á Murcia y entró en ella favorecido por la 
revolución del pueblo, que llegó á saquear el alcázar. 
Cogido Aziz Diaodaiila y encerrado en una de las pri- 
siones del alcázar, fué asesinado á los pocos días. 

Dueño Zeyan de ^lurcia , puso en libertad al destro- 
nado Aluátec, hijo de Abenhud, y proclamó en ella la 
soberanía del emir de Túnez, quien le envió auxilios y 
la investidura de arráez ó emir del oriente de España. 
Sin embargo , el entronizamiento de Zeyan no fué aca- 
tado por todas las ciudades de la región murciana: en 
Orihuela se alzó independiente Abenassam , á quien no 
pudo someter Zeyan , y hacia él mismo tiempo, ó sea 
durante el segundo y último de su mando en Murcia, se 
separó de su autoridad Lorca , donde logró hacerse inde- 
pendiente en el año 1240 á 1241 el alfaquí Mohámed, 
hijo de Alí Abenaslí. 

Dos años había durado el mando de Zeyan en Murcia; 
pasado dicho tiempo, un tío de Almotauaquil Abenhud, 
llamado , como éste , Mohámed Abenhud y titulado Ba- 
liaodaula, restableció en dicha capital la dinastía de los 
Benihud , echando de ella á Zeyan , que marchó á refu- 
giarse entre sus parientes y partidarios de Luxente. En 
esta población permaneció Zeyan hasta que , tomada por 



- 296 — 

las fuerzas de D. Jaime en 1246 á 1247, se retiró á Tú- 
nez, donde murió en 1269 á 1270 (1). 

Bahaodaula Mohámed Abenhud impuso su autoridad 
al arráez de Oriliuela, Abenassam, quien, como se lia 
dicho, se había alzado independiente contra Zeyan; mas 
no logró otro tanto de Abenash', el arráez de Lorca, cuya 
independencia de Murcia en este tiempo cuidan de hacer 
notar los autores árabes ; y es de suponer que en igual 
estado se mantuviesen los arráeces de otras ciudades de 
la región , los cuales no quisieron reconocer el vasallaje 
prestado por el de jNIurcia en favor del rey de Castilla 
hacia este tiempo. 

En efecto, los historiadores árabes, refiriéndose al 
tiempo del reinado de Bahaodaula Mohámed Abenhud, 
hacen mención del reconocimiento de dicho vasallaje, 
que con mayor suma de detalles exponen también las 
crónicas cristianas: llegado, dicen, el 2 de Abril de 1243 
presentóse en Murcia el hijo del régulo de la ciudad, 
Áhmed, hijo de Mohámed, con muchos magnates cris- 
tianos, los cuales se establecieron en la ciudad, mediante 
capitulación. Nada se encuentra en los textos árabes que 
señale fijamente el motivo por el cual reconociesen lo^ 
de Murcia la soberanía de Castilla. Por lo que hace á lo^ 
cronistas cristianos, sabido es que atribuyen dicho reco!- 
nocimiento, bien á la situación apurada del reino de 
Murcia, amenazado por D. Jaime al Este, por los caste 
llanos al Norte y por Abenalahmar al Sur, ó bien á ur 
supuesto ataque y sitio de este último contra la capital 
que quería agregar á su estado de Granada. El infant( 
D.Alfonso, dicen los susodichos cronistas, fué el qui 
con otros magnates castellanos , entre los cuales secón 
taba al maestre de Santiago D. Pelayo Correa, entró cri 
Murcia, aceptando en nombre de su padre el jurament( 



(1) En un pasaje de Abenjaldun, edic. del Cairo, tomo Vi, pá' 
g" i na 285, parece leerse que el sitio á donde so retiró Zeyan , al se 
echado de Murcia, no fué Luxente, sino Alicante, que fué tomad 
por D. Jaime en ese tiempo. 



- 2^7 - 

de vasallaje que habían ido á ofrecerle los comisionados 
murcianos, bajo ciertas condiciones cuidadosamente ex- 
puestas por ellos. El infante D.Alfonso, continúan di- 
ciendo , tomó posesión del alcázar con todo el dominio y 
las rentas públicas, excepto las partes de éstas que per- 
tenecían de derecho al mismo Abenhud y á los arráeces 
de Crevillén, Alicante, Elche, Orihuela, Alhama, Aledo, 
Ricote, Cieza y otros. Lorca, Cartagena y Muía no acep- 
taron el vasallaje reconocido por los murcianos (1). 

Las noticias precedentes, tomadas de las antiguas 
crónicas, han dado lugar á que historiadores modernos, 
interpretándolas con alguna exageración , hayan genera- 
lizado la creencia de que los musulmanes murcianos per- 
dieron en ese tiempo toda autoridad y poder , pasando el 
gobierno de ella á manos del rey de Castilla; pero los 
testimonios árabes conocidos, aunque escasos en lo que 
se refiere á este tiempo , son , no obstante , suficiente- 
mente luminosos para que no pueda aceptarse dicha 
creencia. A nuestro modo de ver, al declararse los mu- 
sulmanes de Murcia vasallos de D. Fernando, no se pri- 
varon de la gobernación de las ciudades y villas de su 
región , ni consintieron que aquél las llenase de guarni- 
ciones cristianas, ni le entregaron el palacio de sus reyes; 
dicho vasallaje se redujo, en sustancia, á comprar la paz 
y el protectorado de Castilla. Ellos, á trueque de seguir 
tirando con sus reyes y el dominio general de la región , 
á fin de evitarse mayores humillaciones y males, no tu- 
vieron inconveniente en pagar á Castilla la mitad de las 
rentas públicas , en dejarse llamar vasallos del rey cris- 
tiano y aun entregar uno ó más castillos , donde pudie- 
ran establecerse las tropas del protector. El caso no era 
nuevo en la historia de los musulmanes españoles: Al- 
fonso VI y el Cid Campeador habían gozado de análogas ó 
iguales prerrogativas sobre los musulmanes de Valencia. 



(1) Ex vita Sancti Ferdinandi, pág. 20 y 127; An. Tol., II y III; 
Esp. Sagí-., XXIII, pág. 419 y 413. 



— 298 — 

Solo así se explica que continuasen los de Murcia to- 
davía algunos años con reyes propios, los cuales, aunque 
siguieron tributarios ó vasallos del rey de Castilla, no 
abandonaron el gobierno de la ciudad, acuñaron moneda, 
tuvieron ejército y, cuando se creyeron capaces de sacu- 
dir el protectorado de Castilla, trataron de hacerlo, como 
se dirá luego, si bien era ya imposible la realización de 
su esperanza, y á poco hubieron de perder de una ma- 
nera definitiva la dominación de su país. 

Un autor árabe, el Anónimo de Copenliague (1), refi- 
riéndose á este tiempo, dice que todos los estados musul- 
manes de España se vieron obligados á pedir la paz á los 
cristianos, mediante tributo, y por lo que hace á los de 
Murcia, acudieron á los que de aquéllos tenían más pró- 
ximos y les dieron un castillo para su establecimiento. 
Esta medida, dice el autor citado , fué una gran calami- 
dad; pues los de Murcia hubieron de sufrir mucho de 
dichos cristianos establecidos en el castillo, hasta que 
más adelante, cuando sobrevino la ruptura de la paz con- 
venida entre musulmanes y cristianos, rodearon éstos 
con sus tiendas la ciudad y se hicieron dueños de ella. 

Se ha dicho que Lorca , Muía y Cartagena no habían 
entrado en la capitulación de los murcianos, en virtud de 
la cual se sometieron éstos al vasallaje ó protectorado de 
Castilla. Respecto de Lorca, no era de extrañar, puesto 
que hemos visto que se había alzado en estado indepen- 
diente de Murcia en 1240 con el alfaquí Mohámed, hijo 
de Alí, Abenaslí. Muerto éste en 1244 á 1245, sucedióle 
su hijo Alí, quien vióse atacado pronto por los cristianos, 
de Castilla. Los Anales de Toledo dan por supuesto que| 
en ese tiempo se hizo dueño el infante D. Alfonso dí 
Lorca y Muía «el infante, dicen, D. Alfonso, filio del 
Rey D. Fernando ganó á Lorca é Muía. Era 1282» (2) 
Acaso se hiciera dueño completamente de j\Iula ; mas poi 



(1) Ms. ár. do la R. Ac. de la Hist., núm. 83, pág. íV.i. 

(2) Esp. Sag'rada, tomo XXIII, pág. 410. 



— 299 — 

10 que hace á Lorca, dicen los autores árabes que su re- 
yezuelo Alí fué arrojado de la alcazaba de la ciudad por 
los cristianos; pero logró mantenerse en la alfnedina 
liasta su muerte ocurrida en 1263 á 1264. Todavía suce- 
dió á éste en la parte de dominio que conservaban en 
Lorca los musulmanes, su hijo Moliámed hasta el si- 
guiente año de 1264 á 1265 en que fué destronado por 
sus subditos , los cuales se sometieron y proclamaron por 
su soberano al rey de Granada Abenalahmar. 

Muerto el régulo de Murcia Bahaodaula Mohámed 
Abenhud en 1259, sucédele en el mando su hijo Abuchá- 
far, hijo de j\Iohámed Abenhud, que reinó hasta su 
muerte en 1261 á 1262, pasando el gobierno á manos de 
su hijo ^iohámed, hijo de Abucháfar Abenhud. 

Algunos autores árabes dicen que Bahaodaula no mu- 
rió en 1259, sino en 1261 á 1262, y que en este año co- 
menzó el mando de su hijo Abucháfar Mohámed, el cual 
no tuvo por sucesor, á su vez, á su hijo Mohámed, hijo 
de Abucháfar; y omiten, en consecuencia, la existencia 
de este último régulo. 

De todos modos, debemos hacer constar aquí que i\Io- 
hámed Abenhud, el titulado Bahaodaula y que había 
echado de j\Iurcia al exrégulo de Valencia Zeyan, fué, 
según resulta de los textos árabes, el que inició la polí- 
tica de reconocimiento de vasallaje á Castilla, y el mismo 
don Maliomat Ahenmaliomat que aparece confirmando, 
como rey de Murcia, vasallo de D. Fernando y luego de 
su hijo D. Alfonso, algunos de los documentos de estos 
soberanos expedidos en los años 1253, 1254, 1255 y 
1259 (1). Todo hace creer que esa misma política debie- 
ron seguir los descendientes y sucesores de Bahaodaula 
Mohámed Abenhud, mas no hay razón para atribuirla, 
como suele hacerse , al titulado Aluátec, hijo y sucesor 



(1) Podrá ver el lector ios citados documentos en el Memorial 
histórico, tomo I; Villanueva, Viaje literario, tomo IX, pái;' . 277; y 
en la citada obra «Estado social y i)olitico de los mudéjai'cs)) del señor 
Fernández y González, págs. 334, 338, 341 y 344. 



— '300 — 

inmediato de Almotauaquil Abenliiid, que había sido su- 
plantado y aprisionado por Aziz Abenjatab y puesto en 
libertad por Zeyan. Mas bien hay indicios para sospechar 
que Aluátec Abenhud representó la política de indepen- 
dencia; pues, al decir de los autores árabes, él fué quien 
destronó en 1263 á 1264 á Mohámed, hijo de Abucháfar, 
descendiente directo de Bahaodaula, alcanzando por se- 
gunda vez el mando de Murcia, y esto precisamente al 
tiempo en que tuvo lugar la ruptura del vasallaje recono- 
cido por los de Murcia y de casi todos los estados musul- 
manes en favor de Castilla . 

« Había pretextado este inftel , dice el Sr. Fernández y 
González, exponiendo los motivos de la ruptura de Aluá- 
tec con el soberano de Castilla (1), que no se observaban 
con lealtad todos los conciertos asentados al verificar la 
entrega del reino de Murcia, y ora avisado de las diferen- 
cias que separaban el pensamiento positivo de D. Alfonso 
de las miras de la corte de Roma , ora reconociendo en el 
Sumo Pontífice la personificación de la única fuerza ca- 
paz de contrarrestar las injurias de los soberanos de la 
tierra, envió una embajada al Papa, para que llamase al 
rey de Castilla al cumplimiento de lo estipulado. Partió 
con este fin á Roma, en calidad de enviado, su secretario 
Abutálib Abensabin , hermano del autor de las repuestas 
al emperador Federico II, intituladas: Cuestiones sici- 
lianas (2). 

> Llegó el embajador, dice Almacarí, á la ciudad 
donde ningún muslim sentaba la planta. Allí cumplida 
su misión dirigióle el Pontífice algunas preguntas perso- 
nales y contestólas con tan rara prudencia, que volvién- 
dose el Papa á los que le rodeaban, díjoles algunas pala- 
bras en su idioma, cu^^o sentido, según la explicación 
dada al enviado del rey de Murcia, al decir de los histo- 
riadores mahometanos , era el siguiente : « Sabed que el 



(1) Obra citada, pág. 104. 

(2) V. sobre el particular á Melieron en su cíCorrespondcncc etc.» 



— 301 — 

hermano de Abutálib es hombre tan sabio, que no hay 
entre los muslimes quien conozca á Dios mejor que él». 

Ignoramos la respuesta del Pontífice á la reclamación 
que le hacía el régulo de .Murcia contra el de Castilla; lo 
cierto es que, al decir de los citados autores, continuó 
Aluátec reinando, roto el vasallaje á Castilla, liasta que, 
apretado cada vez más por las tropas de Alfonso y de don 
Jaime, proclamó la soberanía del rey de Granada Aben- 
alahmar, pidiéndole que le enviase auxilios. Envió Aben- 
alahmar en defensa de Murcia algunas tropas al mando 
de su caudillo Abdála, hijo de Alí, Abenesquilula , á 
quien fué entregado el Gobierno de la ciudad, y se hizo 
en ella la oración á nombre del rey de Granada. Pero á 
poco, añaden los mismos autores sin determinar la causa, 
tuvo que abandonar Abenesquilula la ciudad de Murcia , 
y al regresar á la de Granada, cayeron sobre él y su gente 
los cristianos, poniéndole en precipitada fuga. Entonces 
los murcianos entregaron por tercera vez el mando de la 
ciudad al príncipe Aluátec, quien permaneció en ella, 
hasta que estrechado nuevamente por D. Jaime de Ara- 
gón , hízole entrega de su capital. 

Sería excedernos de los límites de nuestro trabajo, 
supuesta la razón que expusimos al principio de este 
capítulo , detallar aquí la marcha victoriosa del conquis- 
tador de Aragón , hasta acabar definitivamente con la do- 
minación musulmana en Murcia (1). Pero sí debemos 
observar que el citado monarca aragonés realizó esa em- 
presa á instancia y en auxilio de su yerno D. Alfonso de 
Castilla, quien se veía tan comprometido por la terrible 
ruptura del vasallaje á Castilla y de la ofensiva iniciada 
por los musulmanes, no sólo de í\Iurcia, sino también de 
Granada y délos restantes lugares de Andalucía, «que 
estuvo en punto , dice el ilustre Cáscales , de perderse en 



(1) Los detalles solero el particulai' puede .verlos el lector, entre 
iti'as obras, en la citada de Cáscales, Discursos, II, pág. 24 y si- 
■uientes, y en la del Sr. Fernández y González, cap. VII. 



— 302 — 

breves días todo lo que el rey D, Fernando en mucho 
tiempo había conquistado» (1); «El rey D. Jaime, dice el 
mismo autor, respondió bien y correspondió mejor al 
llamamiento de su yerno D. Alfonso.» En efecto, libre á 
este tiempo de la revuelta de sus subditos musulmanes 
por el lado de Valencia, emprendió la campaña de Mur- 
cia , y no menos con ardides y prudencia que con las ar- 
mas se le fueron entregando sucesivamente Villena, 
Élda, Elche, Alicante y Orihuela, estableciendo en esta 
última su puesto de reposo y base para las operaciones 
contra Murcia. Acaso la presencia de D. Jaime en Ori- 
huela fué causa principal de que el caudillo de Granada 
Abenesquilula abandonase la ciudad de Murcia, como se 
ha dicho anteriormente siguiendo la narración de loa au- 
tores musulmanes, y que las tropas del monarca arago- 
nés fueron las que le sorprendieron y pusieron en fuga 
en su camino de regreso á Granada. Lo que aparece in- 
dudable es que el monarca aragonés hubo de atender no 
sólo al asedio de íylarcia, sino también á rechazar los au- 
xilios que de Granada fueron enviados en socorro de 
aquella ciudad. Sabido es por las crónicas cristianas que 
á los ocho días de la llegada de D. Jaime á Orihuela, se 
le presentaron dos almogávares de Lorca á media noche 
y le avisaron que tropas del rey de Granada , formadas 
por ochocientos jinetes y dos mil peones con igual nú- 
mero de acémilas cargadas , habían pasado por Lorca á la 
puesta del sol en dirección á Murcia. Inmediatamente 
púsose D. Jaime en camino con los suyos, en compañía 
del infante de Castilla D. Manuel, de sus hijos D. Pedro 
y D. Jaime y de los maestros del Temple, de Santiago y 
de San Juan, y habiendo logrado alcanzar á sus enemi- 
gos en Buznegra, les obligó á retirarse inmediatamente 
y refugiarse en Alhama (2). 



(1) Lugar antes citado. 

(2) Cáscales, ubra citada, pág. 33, y Fernández y González, 
Ídem, página 10(1. • 



I 



— 303 — 

Finalmente, Aluáiec, perdida la esperanza de ser au- 
xiliado por Abenalahmar, quien por este tiempo, al decir 
de los cronistas cristianos, había tenido que someterse de 
nuevo al tributo y vasallaje á Castilla, y estrechado muy 
de cerca por D. Jaime, dióse á partido y entregó su ca- 
pital, recibiendo en compensación el castillo de Yusor ó 
Yuser (1) , perteneciente al distrito de aquélla, en el cual 
permaneció hasta el fin de su vida. Así concluyó de una 
manera definitiva la dominación musulmana en Murcia. 

Las crónicas cristianas señalan el mes de Febrero de 
12G6 como fecha de la entrada de D. Jaime en ^Murcia; al 
mismo año refiere Abenjaldun en un pasaje de su obra (1) 
la toma de la ciudad por los cristianos. Pero dicho escri- 
tor y Almacarí en otros lugares afirman que la salida de 
Aluátec de su capital y pérdida definitiva de todo su 
mando en ella no tuvo lugar hasta el año 1269 á 1270. 
Acaso esta última fecha pudiera ser errónea; pero es más 
probable creer que hubo dos capitulaciones: una en la 
fecha á que se refieren las crónicas cristianas, en la cual 
D. Jaime se limitó, como indican ellas mismas, á que- 
darse con parte de su ciudad para sus tropas y restable- 
cer la imposición de la concordia y vasallaje á Castilla, y 
otra en 1269 á 1270, en que se impuso á Aluátec que 
abandonase la capital, con pérdida de toda su autoridad, 
y se retirase á acabar sus días en el castillo de Yusor. 

Son de notar como personajes notables que ílorecieron 
en la región murciana durante el mando de los Benihud: 

Abulhásan Alí, hijo de Mohámed, hijo de Abulafia, 
que desempeñó el cargo de cadí en Murcia, Valencia y 
Játiva, dejando de existir al año siguiente de la expulsión 
de los almohades , motivada . por el alzamiento de Aben- 
hud Almotauaquil (2). 



(1) Acaso el nomljre de ese castillo, de la raíz arábiga j-^<^^. , 
^cr feliz ó afortunado, corresponda al que los cristianos llamaron 
Fortuna. 

(2) Abenalabar, Bib. ar. hisp., VI, 1899. 



— 304 — 

Abubéquer Almoaflrí Mohámed , hijo de Áhmed Aben- 
habun, natural de Murcia, gramático y poeta, que murió 
en 1229 á 1230 (1). 

Abulliásan Alí, liijo de xMoliámed, Aljarzachí, de Ori- 
huela; viajó por Oriente y vuelto á su ciudad natal, fué 
nombrado presidente de la oración y predicador. Falleció 
en 1232 ó 1236 (2). 

Mohámed, hijo de Hásan, hijo de Jalaf, Alansarí, de 
la gente de Cartagena y originario de Zaragoza: escribió 
sobre jurisprudencia y literatura y desempeñó el cargo 
de cadí en Cartagena durante más de cuarenta años. Mu- 
rió en 1234 á 1235 (3). 

Abulcásim Mohámed, hijo de Abderráman, conocido 
por Abenhamanel. De la gente de Murcia y presidente de 
la oración en su aljama. Algunos magnates confiáronle la 
educación de sus hijos, pues era escritor correcto y hacía 
copias de Alcorán. Murió en 1235 á 1236 (4). 

Abualí Hásan, hijo de Abderráman Alansarí, conocido 
más comunmente por Arrafao. Era de la gente de Murcia; 
enseñó Alcorán y se distinguió como excelente literato y 
gramático. Tuvo lugar su muerte en 1235 á 1236 (5). 

Aburrebia Soláiman, hijo de Sálim, valenciano de ori- 
gen y nacido en Murcia. Fué de los sabios más distingui- 
dos de su tiempo, discípulo de Abenhobaix, de Averroes 
y otros muchos ; famoso escritor y valeroso soldado que 
figuraba siempre entre los combatientes en primera línea, 
infundiendo aliento á sus compañeros. Escribió mucho 
sobre literatura é historia, fué predicador y cadí en Va- 
lencia y cayó muerto el año 1236 en la batalla mencionada 
de Anixa ó del Puch de Cebolla. Además de sus sermo- 
nes, poesías y epístolas que formaban un buen número 



(1) AI)enalabar, Bib. ar. Iiisp., VI, 2131. 

(2) Aljenalabar, Bib. ar. liisp., VI, 1902. 

(3) Aljenalabar, Bib. ar. liisp., V, 999. 

(4) Aberialabaí-, Bib. ar. liisp., V, 1001. 

(5) Abenalabar, Bib. ar. liisp., V, 52, 



— 305 — 

de volúmenes , dejó escritas las obras siguientes : un tra- 
tado completo de las campañas del Profeta y de los tres 
califas; un libro sobre el conocimiento de los compañeros 
del Profeta y de sus discípulos; un diccionario biográfico 
de los preceptores de Abenhobaix y sumario de sus ense- 
ñanzas, y un tratado biográfico del imam Bojarí (1). 

Yah^^a, hijo de Ahmed, hijo de Mohámed Abentáhir, 
Alansarí ; vivió en Játiva y llegó á ser de los escritores y 
poetas más inspirados de su tiempo. Obtuvo el gobierno 
de Játiva bajo la obediencia del rey Almotauaquil Aben- 
hud y murió á los 55 años de edad en 1236 á 1237 (2). 

Abulcásim Abderráman, hijo de Mohámed, Abenayax 
Atochibí, originario de Purchena y natural de Tarifa. 
Ejerció el cadiazgo en Murcia, Granada y alguna otra 
ciudad y falleció en Málaga en el año 1238 á 1239 (3). 

Abumohámed Abdála, hijo de Yúsuf,< hijo de Áhmed 
Abenfargalux. De la gente de Valencia, donde por su gran 
saber fué nombrado presidente de la oración y predicador 
de la aljama, y en ella vivió hasta que, tomada por los 
cristianos, trasladó su residencia á Denia, en la cual ejer- 
ció el mismo cargo que había tenido en Valencia. Des- 
pués marchó á ^lurcia y luego á Orihuela, de cuya aljama 
fué también predicador hasta su muerte ocurrida en 1240 
á 1241. Sus restos fueron trasladados y sepultados en 
Murcia (4). 

Abuisa Mohámed, hijo de Mohámed, Abensaad, natu- 
ral de Murcia, notable tradicionista y jurisconsulto. Des- 
empeñó el cargo de zavalaquem y luego el de cadí de su 
ciudad natal durante largo tiempo. Dice Abenalabar que 
á su paso por Murcia en dirección á Túnez con motivo de 
su embajada cerca del emir Abuzacaria Yahya, encontró 



(1 ) Abenalaljai-, Bib. ai-, liisp., VI, 1991, y Ca=iri II, 115. Véase 
también Pons, Ensayo Iño-biljliográfico sobre los historiadores y geó- 
grafos arábigo-españoles , pág. 283. 

(2) Abenalabar, VI, 2067. 

(3) Abenalabar, VI, 1642. 

(4) Abenalabar, VI, 1453. 

30 



— 306 — 

al biografiado y conversó más de una vez con él en el pala- 
cio del emir de Murcia. Muerto Abuisa en 124-1: á 1245, 
fué sepultado en la mezquita llamada de Acharfa de su 
ciudad (1). 

Abuabdála Mohámed , hijo de Abdála, Abenfadl, Asa- 
lamí, de la gente de Murcia. Viajó por Oriente visitando 
diferentes capitales y, vuelto á su ciudad , enseñó tradi- 
ción, siendo muy bien recibidas sus doctrinas (2). 

Moliámed, hijo de Ibrahim, Alansarí Aljazarchí, co- 
nocido más comunmente por el Galatí. Era notable tradi- 
cionista y fué muerto por los cristianos, cuando éstos 
apresaron el barco en que había salido de Cartagena en el 
año 1147 á 1148 (3). 

Abuabdála Mohámed , hijo de Áhmed Alansarí, Alcha- 
nam, natural de Murcia y tradicionista digno de fe, y 
además poeta y secretario. Salió de Murcia, al ser some- 
tida á los cristianos, en el año 1242 á 1243, y fijó su resi- 
dencia en Orihuela , hasta que llamado por el señor de 
Ceuta Abualí, hijode Yalas, se trasladó á esta ciudad. 
Más tarde marchó al reino de Túnez y fijó su residencia 
en Bugia (4). 

Abuabdála Mohámed, hijo de Alí, Abenalila, murcia- 
no, poeta y cadí de Lorca. Murió en Murcia en el año 
1247 á 1248 (5). 

Abulhosain Yahya, hijo de Áhmed, hijo de Ysa, Al- 
jazrachí, de Denia y escritor notable en prosa y verso. Fué 
cadí de Játiva bajo la autoridad de Almotauaquil Aben- 
hud y luego de Denia, hasta que fué subyugada esta ciu- 
dad por los cristianos (6) . 



(1) Ahcnalabar, V, 1027. 

(2) Ahenalabar, V, 1038. 

(3) Ahenalabar, V, 1028. 

(4) Ihata, ms. de la R. Ar. do la Hist., III, fbl. 38 v. y Casii-i, 
Bih. ar. Esc, II, 74. 

(5) Casiri, II, 65. 

(6) Casiri, II, 60. 



— 307 — 

Abubéquer AIohámed Azohrí, conocido comunmente 
por Abenmohai'ir, de Valencia. Marchó al Egipto y allí 
oyó á muchos sabios; fué maestro en jurisprudencia y 
poseía vastos conocimientos en todas las ciencias, espe- 
cialmente en literatura, lexicografía é historia. Enseñó en 
su ciudad natal, en Murcia, Sevilla, iMálaga, Granada y 
otras, alcanzando alto renombre. Murió en Pechina en 
1257 á 1258 de avanzada edad (1). 

Aparte de los varones notables que van citados y que 
ñorecieron principalmente en Murcia, debemos hacer aquí 
mención especial de otros insignes murcianos ú origina- 
rios de dicha región, los cuales lograron mayor renombre 
y fama fuera de ella, y son los siguientes: 

Abulhásan Alí, hijo de Áhmed, hijo de Alhásan , hijo 
de Ibrahim Atochibí, conocido más comunmente por Alha- 
rellí , derivado este apodo del nombre de una alquería , 
perteneciente á Murcia, de la cual era originario. Nació 
en jMarruecos y recibió su primera instrucción en España, 
donde escuchó á Abulhásan Alí, hijo de Jaruf y á Abul- 
hachach, hijo de Ñamar. Después recorrió muchos países, 
completando su instrucción en las diversas ramas del sa. 
ber, y últimamente se inclinó á las ciencias filosóficas, en 
las cuales alcanzó gran saber y distinción. Murió en Siria 
en el año 1239 á 1240 (2). 

AIohidin Abenarabí Mohámed, hijo de Alí, hijo de 
Mohámed, hijo de Áhmed, hijo de Abdála, Alhatimí^ 
llamado el sufí, el teólogo y filósofo esclarecido. Nació en 
]\Iurcia en el año 116-t á 1165. En Sevilla y otras capita- 
les de España estudió lecturas alcoránicas y tradición con 
los maestros más renombrados de su tiempo. En el año 
1201 á 1202 se trasladó de Sevilla al Oriente, donde reco- 
rrió el Egipto , el Hechaz , Bagdad , y otras ciudades de 
las pertenecientes á los griegos y murió en Damasco en 
1240 á 1241 dejando muchos partidarios y discípulos de 



(1) Almacari, I, 5U4. 

(2) Almacarí, I, 585. 



— 308 — 

SUS doctrinas. Algunas de sus obras han sido ya publi- 
cadas (1). 

Abumohámed Cásim , hijodeÁhmed, hijo de Mufle» 
hijo de Cliáfar, conocido con el apodo áellmocUii, de 
Lorca. Fué maestro ilustre de lecturas alcoránicas, teó- 
logo y gramático. Recorrió el Egipto, Damasco, Bagdad 
y el Magreb completando su instrucción, y sobresalió en 
lengua árabe, teología y filosofía peripatética. Enseñó 
públicamente en Damasco y escribió varios comentarios. 
Tuvo muchos discípulos y murió en 1262 á 1263 (2). 

Abualí Alliásan, liijo de Yúsuf Abenhud, de Murcia, 
hijo del príncipe Alhásan, titulado Adidodaula, hermano 
de Almotauaquil Abenhud y lugarteniente de éste en el 
sultanado de Murcia. Se distinguió como filósoí'o, lle- 
gando á ser contado entre los grandes maestros del su- 
fismo y ascetas. A la vez que en los principios y prácti- 
cas del sufismo, ocupóse también en la medicina y en 
otras ramas de la ciencia , formando con todo ello una 
confusa mezcla. Penetró en el Yemen y se dii^igió á la 
Siria, donde vivió y tuvo discípulos. Murió en el año 
. 1297 á 1298 (3). 

Abumohámed Abdelhac, hijo de Ibrahim, hijo de Mo- 
hámed, hijo de Nasar, hijo de Mohámed, Abensahin, de 
xMurcia, originario de Ricote y habitante en Meca. Estu- 
dió la lengua árabe y la literatura en España, escuchando 
á muclios maestros. Trasladóse á Ceuta y allí se aplicó 
asiduamente á la lectura de los libros sufíes, y muy 
pronto comenzó á enseñarlos y á defender sus doctrinas 
públicamente , ganándose el afecto del vulgo y acrecen- 
tando su consideración y prestigio de un modo extraor- 



(1; Almacari, I, páji'. 567. Enconti'ai'á el lector interesantes 
detalles sobre Miliidin y la intima rehiciim de su fílosofía con la de 
Raimundo Lulio en el capitulo con que nuestro ilustre maestro don 
Julián Ribera (;ontribuy() al Homenaje á D. Marcelino Menéndez 
Pclayo, y que lleva el titulo «Orígenes de la lilosofía de R. Luüo». 

(2) Almacari, I, 4!);í y 551. 

(3) Aben\a<iuir, I, KiÜ. 



— 309 — 

dinario. Después abandonó á Ceuta y recorrió las diver- 
sas comarcas de Almagreb , profesando el método sufí y 
exhortando á las gentes para que lo siguieran. ^lás tarde 
se dirigió al Oriente y cumplió repetidas veces el pre- 
cepto de la peregrinación. Allí logró que se divulgasen 
luego su nombre y su fama , siendo muchos los que se 
declararon discípulos y secuaces del sistema sufí de 
Abensabín , á quien desde entonces se consideró como 
fundador de una secta nueva llamada de los Scibinies . 
Las opiniones de los hombres acerca de las doctrinas de 
Abensabín, dice Abenaljatib, son tan diversas, que es 
difícil armonizarlas. Sin embargo, amigos y enemigos 
convienen en concederle que tuvo , como ningún otro , 
extraordinario renombre. Acabó por fijar su residencia en 
laiMeca, cuyo emir se hizo su discípulo, llegando con 
esto al colmo de su fama. Entre sus obras se citan prin- 
cipalmente un tratado que se ocupa en la vocación, cas- 
tidad y pobreza de los siervos de Dios , y un libro apolo- 
gético que envió á los doctores cristianos respondiendo á 
los argumentos de éstos contra la secta de los mahome- 
tanos, expresados en las Cuestiones sicilianas, en las 
cuales se echa de ver la amplitud de sus facultades cog- 
noscitivas y la profundidad con que conocía los diferen- 
tes sistemas ñlosóñcos. Ya hemos referido anteriormente 
lo de la embajada de un hermano de Abensabín cerca del 
Pontífice romano y su correspondencia con el Emperador 
Federico II. El famoso murciano Abensabín murió en la 
Meca en el año 1270 á 1271 (1). 

Mohámed, hijo de Áhmed, hijo de Abubéquer el Ri- 
cotí ó el deRicote, distrito de islurcia Fué uno de los 
muslimes españoles más sabios en las ciencias: lógica, 
geometría, aritmética, música y medicina, y á la vez 
médico experimentado. Enseñaba á las gentes de diversa 



(1) Abenaljatib, Ibata, ms. ár. de la R. Ac. de la Historia, III, 
pág. í 39-141; Álíenxaquir, 1,315; Almacari, 1,590, utilizado por 
Meln-eri en su Corrcspondence, etc. , y Casii-i, Bib. ar. esc. , II, pá- 
gina lü7. 



— 31Ó — 

religión en sus propias lenguas las ciencias que ellos de- 
seaban aprender. Cuando el rey de los cristianos se apo- 
deró de Murcia le reconoció su situación y derechos y 
mandó que se le construyera una madraza en la cual en- 
señase á musulmanes, judíos y cristianos. El mismo rey 
llegó á brindarle con grandes beneficios si abrazaba el 
cristianismo. El de Ricote le contestó con grande corte- 
sía, pero de un modo evasivo, y cuando hubo salido de 
su presencia, dijo á sus íntimos: «Toda mi vida he ser- 
vido á un solo Dios y no he podido cumplir lo que se le 
debe; ^,qué sería de mí si hubiese de servir á tres , como 
me pide el rey?» Más tarde el sultán segundo de los Na- 
zaritas de Granada llamóle á su corte , le otorgó la más 
alta dignidad, se hizo su discípulo y le dio una casa en 
lo más templado de los campos de la ciudad. Los discí- 
pulos iban á esa su mansión , que era conocida con su 
nombre propio , y en la que les enseñaba medicina , ma- 
temáticas y otras ciencias. Así continuó el de Ricote go- 
zando de grande honor y estima en la corte del sultán de 
Granada hasta que murió en ella (1). 

Otros muchos varones ilustres en las ciencias y artes 
hubieron de abandonar ya su región murciana en esta 
época, huyendo del poder de los cristianos, y refugiarse, 
como los de Valencia, Córdoba y Sevilla, en las ciudades 
del rey de Granada ó en las del Norte de África, espe- 
cialmente en Túnez y Tremecén. 

Al decir de Abenjaldun (2), cuando acaeció la gran 
emigración de los musulmanes españoles, á consecuencia 
de las conquistas de los cristianos, los que habitaban las 
provincias orientales pasaron , en su mayoría , á estable- 
cerse en el reino de Túnez, iníluyendo grandemente en 
su civilización. Esto hízose notar, sobre todo, en la capi- 



(1) Almacai'i, II, 510; Ab;maljatii), Iliata, ms. ár. de R. Ac. de 
Hist. , II, tol. 153 vuelto; Casii'i, Bib. ar. escui-. , II, pág'- 81, y Fer- 
nández y González, obra citada, pág. 153 y 159. 

(2) Ppoleg. II, traduc. pág. 288. 



— 311 - 

tal mencionada, donde los usos españoles, combinados 
con la cultura que le llegaba del Egipto, mediante las 
costumbres introducidas por los viajeros, eleváronla á un 
alto grado de cultura , la cual desapareció más tarde , al 
sobrevenir la despoblación de las provincias . Todo pro- 
greso fué detenido en la región tunecina , mientras que 
en el Almagreb los berberiscos volvieron á tomar sus an- 
tiguos hábitos cayendo en la grosera vida nómada . 

El mismo autor citado que escribía un. siglo después 
de extinguida la dominación musulmana en Murcia , dice 
que la civilización en España, á juzgar por las muchas 
artes y usos que todavía en su tiempo subsistían perfec- 
tamente conservadas, y por la habilidad y pericia que 
aún se observaba en Jos artistas españoles , se echaba de 
ver que había llegado á alcanzar un límite de desarrollo 
y prosperidad tal, que jamás había tenido en ningún otro 
país , á excepción , tal vez , del Irac , la Siria y el Egipto , 
siendo debido esto principalmente á la duración de varias 
dinastías , la de los Godos , la de los Omeyas de Córdoba 
y la de los reyes de Taifa ó provincia (1). 

Es indudable que de ese elevado progreso de la civili- 
zación hispano-árabe , de que nos habla Abenjaldun, co- 
rrespondió no pequeña parte á la región murciana : en el 
curso de esta historia se ha podido ver el gran número de 
murcianos musulmanes que alcanzaron gran nombre en 
las ciencias y en las letras : con los Abenmardenix y los 
Abenhud, famosos guerreros, llegó Murcia á constituirse 
en una verdadera metrópoli de la España musulmana ; su 
florecimiento artístico , agrícola y comercial aparece bas- 
tante revelado en las descripciones que de ella nos han 
sido trasmitidas por los mismos historiadores y geógrafos 
árabes. Murcia, dicen, competía con Almería y Málaga en 
la fabricación de telas de seda, ricamente bordadas en 
oro , las cuales causaban la admiración de los moradores 
del Oriente; los magníficos tapices murcianos que eran 



(1) Proleg., trad., II, pág. 361, 



— 312 — 

exportados al África y al Asia , alcanzaban el más elevado 
precio en su género; de sus camillas y otros muebles 
adornados con peregrinas incrustaciones, de sus elegantes 
alfombras y esteras, de sus preciosos instrumentos de 
cobre y hierro y de sus objetos de vidrio y barro se hacía 
también considerable exportación á todos los mercados 
del mundo conocido . 

La cora de Todmir, dicen, es rica en minas de plata, 
piedra azul y otros minerales ; posee muchos castillos , 
distritos y ciudades bien pobladas. Orihuela es llamado 
el Egipto de España, porque el río que la atraviesa, llega 
en períodos determinados del año á inundar sus campos , 
dejándolos abonados con su limo, cuando las aguas se re- 
tiran á su cauce ordinario. La vega de Orihuela se une 
con la de Murcia, su sucesora como capital de la región. 
Murcia es llamada el jardín por el gran número de huer- 
tas tapiadas que la ciñen ; es de las ciudades más abun- 
dantes en diversas especies de frutas y flores ; ambas ori- 
nas de su río se hallan pobladas de multitud de huertos 
y jardines, cuyos árboles dejan caer sus ramas hasta el 
suelo, abrumados por el peso de sus frutos. El gorjeo de 
sus pájaros y el ruido de sus norias producen agradable 
concierto, y todo esto , unido á la profusión y belleza de 
sus flores, forma un conjunto tan armónico, que jamás 
se presencia otro que le iguale. Sus habitantes, en ñn, 
son de la gente más placentera y alegre del mundo , y no 
puede menos de ser así, pues el panorama de sus afueras 
solamente convida á la alegría (1). Por eso los poetas han 
expresado en sentidos versos la tristeza que les causaba 
el verse separados de tierra tan querida. He aquí los si- 
guientes versos , debidos á Abuabdála Moliámed , hijo de 
Alhadad, llamado ordinariamente el poeta Alandalosí (2). 



(1) Almacai-í, I, pág. !»0, lO.'M, 127, y II, pá,i-'. 148-!); AI)on- 
jaldun, I, pág. 403 y 831. 

(2) Vacut, lugar citado, pág. 831. 



— 313 — 

¡Oh tú, que te hallas ausente! El deseo de vol- 
ver á ti ha fijado ya su trono en mi corazón ; re- 
sistir más tu separación me es imposible! 

¡Has dejado desgarrarse mi corazón y mis en- 
trañas, y que mis lagrimales destilen gotas de 
sangre! 

¡Si hubieras visto mi dichosa situación en 
Todmir , seguramente te movería á compasión 
la miserable en que ahora me contemplas! 

¡Sin ti no hay placer para mi alma, y mi vida 
no se ve libre de enojos! 

¡En vano procuro ocultar mi inclinación hacia 
las criaturas ; la llama de la pasión la descubre 
y manifiesta! 



-Apénd-io© niiixi. I. 

(De Abenaljatib, Ihata, edic. del Cairo, I, pág. 17.) 
s^j^Jl J| ¿'^''^ 1^:s\;:;;íU ^^^J-j Jl z^-^»- ^j (por P^*Jl 



-áLpénclico ntiiii. II. 

(Almacarí, I, pág. <49.) 
jji:xí ^ i.) ^jx) "¿Aj.jiJl C-íL^srM /ji=*f -^.^3 .\l-5j ^lJj.5 ^^^ . ÁJ 

etc. i.x»j ir")^^ < y^ ^' v»l í-J-'^fl> j^c z'*-?:/' ¿.jlj^t! 



Al. péiidic© nuLm.. III. 

(De Jacut, Geographische, etc., IV, pag. 407.) 
J.-.C L^Ja::á^í ^-^■' Jl-^í 1^-* ^^'■J^i'^^li íájX» *-t^j'' 

, vvUJ) v.d.;iwU ^liJl t.>'J-*J >:;''J^J ^-o-'-j oU/* Li}' viiW! J.^ 
L^J ilAsr-» ^j!j.a.j jls:-^! C-^l¿ ^»j J^j^^l l^*.^y **-! Je 
0,1^ ,_r^ *^^0 ^ •-^^«j'j ;^Í^V (^í^ J}^ J-^ U.Jj 



A-péndico iitiiiíi. IV. 

DAISAM, HIJO DE ISHAC, EL PRÍNCIPE REBELDE 
DE TODMIR 

(De Abeüiíayan, ms. aráb. de la Bib. Nac, Qúm. 5.085, íol. 7 v.) 
.,L5j j^Xi ijy ,.y* L^-J^J L^j "i^^yy'j ^)y í • íí"*''' "^'' o* * ^ 

^JX^)\ ^^ ^LflJl J Us:^*-- ti|»a>- *-~í;;í (dice el texto LiJ.) 

^^iiJsjl^ i.cLsr^j'S ^ftJ.d.^1 ./» .,LSj j.jL»v ^JJ^ í.a9 *^l9 'Lo'^lj 



(AbenhayaD, ms. Bib. Nac, uúm. 5.08o, fol. 87 r. y siguientes.) 



^*^)\.*j ^jUjj v^3ü' Ix^ 



ÍJ-^t íl y» J^s:-^ yj J..a.ai.l Ji.jU3t 'zJ^J \.^\.3\ L^^-lt A9|_j 

>yi3| ^Li J^^JaJl ü^.^ sj:^5, J,! '^_->-¿' JL-Sj i-i^U -.1^ *^ 
Ái."^! .^x¡) ,í ^y-^ij ^'^^^ v-^^. *•'!?•**') J-í^ cTí' J-j*^ 



'¿f.hj'¿ ^\ JijU i.;^ (•»í'^^' ^ tJ^ (vr^b wV)^ (j>-' -*3=": 



^•'' 



4.6jj j,iw!j ^3\j=s}l) Ai^ft ^J! LjLs Uiík Ak)\.i jS^tX J,! ^-CxJ! 

^^Jl 13.» ^.9.} XíM a.^ ULj! .Ja*i) .^_-Oj *Jx3í jj :J| .jjju' 

^ -.^3^^ JA» ^J jJj^ i^^'éj Ifij^^^. ^J-^=^ ^lc^.C.J! Jj.3j 

Je .Llal*^)! ^Lar-^l ^^]3;UvU ^^^jLIj!! ^ ^i«3| ^^9j -¡/¿í 
,^^-...¿1 Ij^ar^lj Sj.ífCs.U AJL^sflsk. (jüfj ^Jc Í^Acj jJ_^iv ^^L¿'| 
c, . Jj ./• ^^ .ir jji U ljjj¿^ A.U.1-VJ í.jLs-'-=U (ó con á.) 



j-cij AjJ^ jL/í ^3 Lia» c^íjj í-r'^Jí'' ^-'^^f j^-^ vJI^aj Xlsr^M 
Lcu-»^ jA^¿. Í.J IjjíLtfU iJ.c !^¿ J iclw 2jj jLs' .)j^^ i*,T*~*^ 

í^j-iuj «j/vflssi. ÍjI-í^'j Lajj*«t J>j^j ¿JLsr;' ^y» j^jiJlj <^^\jjj\ 

^^ (jki ■^■~'-í <^'^í J^»j O^íj ^t^í c's^'jí ^j^Li3! Uí j^j 



^^JÍ^\ Ul? j.4-íáH S^^ f¡^ ¿.xJjUj J-.ausr^ ^) S^a.\ JjU3} v_^^¿ 

ll^3 j!^.C«*J| fj,\ J^jj o^'-'- ^''^^^^ ''^^ ^^'^ ^ -fiJ^^ 
A^:^^ ^i}^.i J^^-" W^-^9 aV~I--5 U-3 >-r^:;*^'j U::^'' /»^^^ 

íAüxj iW-^M c^-|jjj r!/^ -5^ "-^"^ f yí? r)^^ ^-r'^ ti^ *^^i^ 

^J ^X*a.l ■^i'.'-^^í (•J'^J ijjcL*JaJf J.jj*« j3 i'W^¿ ^A^J^ .LjaLJl 

J—c^ ^J¿ ft./» ^JS^ cJ^=>^j^\ 1-^9 0;¿í' ^_í;a. viiJi (j3^ 
-iJ.la.3i Ji,^t ^j ^»*¿t viJl» ilís-^M í3.a vj,3 %. j¿^ J^*3 AjJiL 



j:^.jL.¿l j^t. ^ ^.i Jl JJ¿^ ^jj^^^ ^-^Ij Je (j^sr-l 

^~=^ c,L3J.Jl ^ 5j'^=>'j V^^^^ ''■^^ *^*i:.Li3 hjíj .jy^SK J.X:L\ 

.*V bo ^^^ ^=^c?^ ^.i* (**^^' ,*^::^=^ Lj.¿.j, '¿^j¿}\ ^A¡)isr^\ 

^^xx¿Jl ^,yJ| ^¿ ^j ^D b! ^^ií.=x^ ^. ^ir ^^^! 
¿L--^ i:jJ.>» ^1 jX.^1 ^ííMj **/í4> v_í/í'^*^' -rij^ -y' j'^5 
(en ms. de la Bib. Nac. Uj-^j) U^í.-^Íj 'j;-^'-^ J= Uí J j-*^ 

Jij|_. SjJS ^\^i , ^ajj S^j f^y^^ ^^i ^^is*J| ^^ C-^Ui 

,J,,s*-.¿l ^J,t 1 iÍjO/» X9J_j3 lX)J^ Jl Jwj JL<s3r^ ^j J-d.a.1 JjUJI 



j| yj J^S- j^J A^awl JijlüJl ^^S-' ^^^'^í vj>' '■^ , ^LJl 
¿,^^-5 r'>^- (**l?í=Kí c-^n^^^^ C^o.Cj JLa.^ Xj^J *^ Ja5_5 J^jjp. 

^L^-^) J,l .^^ ^^i^ .*,<¿^ ^>^^ v^j^Ac^L» ^i-í-i jr^\ 

L^^j ytjí iXvvj x~^i i.á.U Ac»)b L^JL/» OLi^-í ¿^s-;rr' S^^^.j-* 



JL^ ^^.> Je bbli /^l Jí> ^Ux^ij; *í^^ ¿í-y 



CT' 



L^io i^a^j^á. 



DE ABENUADA, REBELDE EN LORCA 
(Abeúhayan, ms. aráb. de la Bib. Nac, núm. 5.085, fol. n.) 

^Lco^Jl ^3 ^|«-.¿1 ^j} J.frs:'' y} ¿Di A^s ^) ,*ai|^j! ^.^ 
X*.»«ax^j icLls .jjJ l> ^já.! ^alxj» ^ iíjlj' j)3-Jj í-^*f (J>'y^ ^V i¿yi* 

^■6-s-^J^ '^■:'- iá-'^¿' (i I «-^ ^*-"-' *^^?**^' íJjaJi ,y »^i ^^^ 



y J ^amC a ^a^^aJ 1 ¿«AAV 



J^sJ Jy .! j! Jl<.i] ^J' j^iS" J 



. , yj y^^'^ I . y*"'^ I **«»' *J i.~í3asr; c ?^ i • V (3 ' * ' (v^ 



ijU 0-»Jj 



A-pénclico nviiifi. "VII. 



(Fragmeoto del códice 1.143 de la Bib. de Argel, tomado de los apuntes 
delSr. Codera) (í). 






(1) Este mismo pasaje ha sido publicado |)or el Sr. Marf|ués 
de González. 



(De Abeosaid, ms. aráb. tle la Real Academia de !a Historia, fol. 7 v.) 
LOS BENI LABBUN 

J^^awl j--t-¿| ^ J^*-'^ i.y ^^^^ ^t^ J^s:" u| l^isl >Afl3 L^Jlc. 

>b.Jl íjíIju» ^^ i.L^ Xí b (j,| /^=^;j ^^' *>*^=^ 



-A^péndice niiiii. IX. 

(De Abenbasam, ms, aráb. de la Real Academia de la Historia, fol. 5 r.) 
ELOGIO DE ABUABDERRÁMAN ABENTÁHIR 






J.jLw. J^ j^' .¿.^Jb íLc .jI V ^zÁ.^)S ^ p^\ U^j i^^íí 

^6 >AÍUJ J^j'uJ J;» tJi Ujj^ ^ ¿Ij ^^c J-^J.5 «"i-^^^ -^■fe-^-' 



-¿iLpéncllee niiiiíi. X. 

(Déla obra X-il^=sr~| <^l'S, ms. aráb. de la Bib. Nac, 
núm. 4.999, fol. 21.) 

^^.*_*J| ^.^*J ♦^.í.JI ^.^Jl ^ J-src' (por ÜjL^laj) 



(1) ("Sic^ por error de copia. 

(2) Así se'halla escrito en el códice. 

(3) Al llegar á este punto hay repetición de palabras y al- 
guna confusión en el códice. Creemos que como va en el texto 
aparece el pasaje subsanado, al menos en lo esencial. 



LL^Jf w^il ^*j^^ Já.jj ^?í^Jl J.CJ (1) ^^¿Jl 

v^_j|¿ j^.S.j» tjlfij y^^] MC*^^ ^■^ ^ j^^^ í-^-* r*^ vj v^»7^3 

j^Jjj"^! Ja. i ^j^ ^j^3 ^i ^-^yj) ^j^l v^i-* ^''^" t^-ifr 

tjj» ív^r^^ »^ ¿aC»J! J-'^Jíü ívt;*^ ^ iJ^J ^"í^J Lsr^J 



^= 



(1) Siguen algunas palabras referentes á detalle poco esen» 
cial, y que no hacen sentido perfecto, por existir indudablemen- 
te algún error de copia. 



.A^pondioe niiiii. XII. 



(Fragmento de Abensaid, ms. aráb. de la Real Academia de la Historia, 
núm. 80, fol. 272 r.) 



J.C IjJL'li Jjx SkAfliLá (1) -JL* Í.J ,^_»a>! jfii .Li .!j 4UC 

O^l^í X^^Á^J (J,l j'-^5 ^■*'4' L^J-^'S ^C*í /*V"^'^ j^uJ) |J,¿k\-9 



(1) Sigue en el texto una palabra de lectura poco inteligible 
é incierta. 



Índice 



Página 
Advertencia preliminar yii 

CAPÍTULO PRIMERO 

Invasión de la tierra de Todmir: Opiniones de los histo- 
riadores; versión más exacta de los que la refieren al 
tiempo de la venida de Muza. — Derrotero seguido por 
Abdelaziz en su conquista de Todmir, y tiempo preciso 
en que pudo realizarla. — Oposición y derrota de Teodo- 
miro, jefe de la región. — Noticias sobre la participa- 
ción de Teodomiro en la batalla del Barba te, y en la 
luclia interior del país. — Observaciones sobre el relato 
de la crónica denominada del moro Rasis 1 

CAPÍTULO II 

Sitio de Orihuela: el tratado de capitulación de Teodo- 
miro: Crítica de las versiones del texto escurialense 
en que se contiene dicho tratado. — Teodomiro no tuvo 
reino independiente, ni siquiera autónomo en el sen- 
tido propio de esta palabra: verdadera situación en que 
dejaron los dominadores musulmanes á Teodomiro j 
los suyos; razones que confirman la certeza de nuestra 
narración sobre el particular II 

CAPÍTULO III 

Ciudades cuyos habitantes fueron comprendidos en la ca- 
pitulación de Todmir: Examen de las diversas in- 
terpretaciones de nuestros historiadores respecto del 
asunto. — Breves noticias acerca de los personajes que 
suscribieron la capitulación acordada á Teodomiro y 
los suyos. — Término de la campaña de conquista de 
Todmir 29 



— 334 — 



Página 



CAPITULO IV 

La tierra de Tudmir durante el <i,()])ieriio de los emires 
dependientes del califa de Damasco: Salida de Muza 
hacia Damasco j su sustitución en el mando de la pe- 
nínsula por su hijo Ahdelaziz: examen del capítulo del 
Anónimo latino acerca did asunto; Teodomiro marcha 
con otros señores de España en compañía de Muza á la 
corte del califa de Oriente. ^^ Pulí tica de Abdelaziz y 
su muerte. — Breves noticias suministradas por el Anó- 
nimo latino acerca de Atanuhildo , de las cuales no se 
desprende que fuese éste rej ó príncipe de Todmir. — 
El emir x\ljuljatar: establecimiento de una parle de los 
sirios de Balj en la refilón de Todmir 39 

CAPÍTULO V 

La cora de Todmir durante el gobierno de los emires in- 
dependientes de Córdoba: Lucha civil entre yemeníes 
y modaríes. — Abderráman I. — Insurrección del Eslavo 
en tierra de Todmir. — Guerra de sucesión entre los 
emires Hixem y Alháquem y los príncipes Soláiman v 
Abdála el Valenciano. — Abderráman II: nuevo alza- 
miento de Abdála el Valenciano v su muerte. — Lucha 
de los siete años entre jemeníes y modaríes de la tie- 
rra de Todmir. — Fundación de la ciudad de Murcia. — 
Reljelión de Mohámed, hijo de Sabic. — Sorpresa de 
Orihm'la por los piratas normandos 53 

CAPÍTULO VI 

Murcia durante el ti'obierno de los emires independien- 
tes de Córdoba (continuación): Insurrección general en 
tiempo de los emires Mohámed y Abdála. — Daisam, 
rebelde de la cora de Todmir: sus relaciones con Aben- 
hafsun. — Campaña de Todmir dirigida principalmente 
contra Daisam; derrota de éste entre Aledo v Lorca; 
sitio de esta ciudad y retirada del ejército del emir. — 
MuerL>í de Daisam. — Abderráman Abenuadah y otros 
rebeldes de Todmir. — Noticias de Mohámed, hijo de 
Abderráman, el Jeque, rebelde en Callosa y Alican- 
te. — Paciiicación y prosperidad de Todmir en los días 
de Aljderráman líl y sus sucesores en el gobierno. — 
Varones ilustres de Todmir que florecieron en este 
tiempo 71 



- 335 — 



CAPITULO VII 



Página 



Murcia V la desinomhraciüu del cali fado cordojjés : con- 
sideraciones generales. — Gobierno de los eslavos Jai- 
ran v Zoliair en Murcia. — Lucha de Zoliair con Almo- 
tamid de Sevilla: ídem con Halnis _v Badis, señores de 
Granada. — Sorpresa \ muerte de Zoliair 89 

CAPÍTULO VIII 

Murcia l)aj(> la autoridad de Alxlelaziz Almanzor, señor 
do Val(uicia, v de Mochéliid, de Denia, Independencia 
de Lorca V Murcia: Al)enxal)i]) V los Benitáhir. . . 101 

CAPÍTULO IX 

Murcia ])ajo la autoridad de Almotaniid, rey de Sevilla: 
Gobiernos de Abenammar j de Abenraxic. — Prog-reso 
de Murcia durante el período de los reyes de Taifas. . 117 

CAPÍTULO X 

Murcia bajo el «gobierno de los almorávides; Circunstan- 
cias que motivaron la invasión : batalla de Zalaca. — 
Expedición de Almotamid de Sevilla á tierra de Lorca 
V Murcia. — Campaña y sitio de Aledo. — Movimiento 
de opinión favorable al dominio de los almorávides en 
España. — Resolución de Yúsuf, hijo de Texufín, de 
apoderarse de los reinos de Taifas. — Abenaixa: anexión 
de Murcia , Denia j Jútiva al imperio almoravide. — 
• Acontecimientos de Valencia hasta su absorción por 
los almorávides. — AlJjarracín v Zaraf^oza reconocen su 
autoridad 129 

CAPÍTULO XI 

Murcia j sus o'obernadores almorávides (continuación) : 
Abenaixa; su intervención en la lucha contra los cris- 
tianos del Norte , especialmente en la jornada de 
Uclés. — Descalabro del Conffost de Martorell. — Go<* 
l)ierno de Aljenteñluit. — ídem de Abui.shac Ibrahim. — 
Toma de Zaragoza por x\lfonso el Batallador. — Gobier- 
no de Yahya Abengania en el Oriente de España. — 
Victoria de Fraga; muerte de Alfonso el Batallador. — 
Varones ilustres que ílorecieron en Murcia durante este 
tiempo 147 



- 336 — 

Página 

CAPÍTULO XII 

Murcia j la insurrección general contra los almorávides: 
Consideraciones sobre el carácter j extensión de ese 
acontecimiento. — Régulos ó arráeces murcianos; Abu- 
mohámed A])enalhacli á nombre del cadí de Córdoba 
Abenliamdin; el Zegrí ú nondjre de Zal'adola Abenliud; 
el cadí Abenabicbáfar ú nombre del mismo Zai'adola. — 
Expedición í'un-tísta j miierte de Abenal)icháíar en Gra- 
nada. — Proclamación de Mohámed Abenláhir en Mur- 
cia á nombre de Zal'adola. — Sustitución de Abentáhir 
por Abeniyad 161 

CAPÍTULO XIII 

Murcia y Valencia bajo el mando de Abeniyad en nom- 
bre de Zafadola. — Abenijad rey independiente de 
Murcia j de todo el Oriente de la España árabe. — Ab- 
dála el Zegrí se hace dueño del principado de Murcia 
por segunda vez; derrota j muerte del Zegrí; restaura- 
ción de Abenijad j su muerte 177 

CAPÍTULO XIV 

Abuabdála Mohámed, hijo de Saad, hijo de Mohámed, 
hijo de Saad Abenmardenix , rey independiente de 
Murcia y de todo el Oriente de la España áralje. — 
Abenhamusco, suegro y lugarteniente de Abenmarde- 
nix. — 'Relaciones de éste con los estados cristianos. — 
AspiraciiHi de Abenmardenix contra el poderío de los 
almohades 185 

CAPÍTULO XV 

Conquistas de Abenmardenix, rey de Murcia y del 
Oriente de España, en Andalucía; su muerte; anexión 
de sus estados al imperio de los almohades 201 

CAPÍTULO XVI 

Noticia acerca de los principales varones que tlorecieron 
en el reino de Murcia desde la insurrección contra los 
almorávides hasta la dominación almohada 227 



— 337 — 



Página 



CAPITULO XVII 
Murcia bajo la dominación de los almohades 239 

CAPÍTULO XVIII 

Varones que por sus altos cargos é instrucción ílorecie- 
ron en la región murciana durante el mando de los 
almohades. 255 

CAPÍTULO XIX 

Murcia j la sublevación general de los musulmanes es- 
pañoles contra los almohades. — Abenhud, rej de Mur- 
cia j de casi toda la España árabe; su política. — Lu- 
cha entre Abenhud y Zejan de Valencia. — Rebeldías 
de Abenalahmar v del Bechí contra Abenhud. — Rela- 
ción varia de xVbenhud con los reyes cristianos. — Re- 
conquista de Córdoba. — Asedio de Valencia por Don 
Jaime de Aragón. — Muerte de Abenhud; sus conse- 
cuencias; fundación del reino nazarita de Granada. . . 267 

CAPÍTULO XX 

Sucesores de Almotauaquil Abenhud: Abubéquer Mohá- 
med Aluátec Bilá : x\ziz Abenjatab Diaodaula : Zeyan 
destronado de Valencia por D. Jaime el Conquista- 
dor: Mohámed Abenhud Bahaodaula; vasallaje en fa- 
vor de Castilla; Abucháfar, hijo de Bahaodaula; Mo- 
hámed, hijo de Abucháfar Abenhud. — Restauración 
de Aluátec: ruptura del vasallaje á favor de Castilla: 
reconocimiento de la soberanía de Abenalahmar en 
Murcia. — Nueva restauración de Aluátec. — Recon- 
quista de Murcia por D. Jaime de Aragón. — Persona- 
jes murcianos que florecieron en este tiempo. — Con- 
clusión 291 



ADDENDA ET CORRiaEmí 



PAGINA 



LINEA 



DICE 



LÉASE 



1 


26 


Al-bajamó 1 Mogrib 


Al-bajano 1 Mogrib 


13 


26 


Abubaida 


Abuobaida 


19 


11 


quedada 


quedaba 


25 


nota 


assef; inmobile; inmo- 
vile 


assez; immobile 


26 


11 


diacrito 


diacrítico 


32 


28 


Gasisi 


Casiri 


42 


35 


Hispania 


Hispaniffi 


43 


34 


Abenabelháquem 


Abenabdelháq uem 


57 


30 


de 


del 


62 


10 


Moaxvia 


Moavia 


75 


• 10 


emir Hixem 


emir, Hixem 


92 


15 


Guadairo 


Guadaira 


96 


1 


eslavos 


esclavos 


124 


24 


1099 


1009 


130 


24 


Oeste 


Este 


n5 


11 


oponerse á reprimir 


oponerse ó reprimir 


179 


19 


Andalús 


Andalus 


190 


14 (nota) 


en c 


en e 


201 j 202 


26 jl 


Guadiz 


Guadix 


204 


37 


paraje 


pasaje 


213 


27 


Abensaid 


Abusaid 


244 


4 


lado el mar 


lado del mar 


260 


2 


hidinalá 


lidinalá 


274 


25 


1128 á 1129 


1228 á 1229 


275 


12 


1125 


1225 


297 


7 


Crevilléa 


Grevillénte 



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