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Full text of "Historia general de España, desde los tiempos mas remotos hasta nuestros dias. Por Don Modesto Lafuente"

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nSTOBIA GBIIRil DB BSPAfiA. 



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mnm mmi 



DE ESPAÑA 



^oft 



DON. MODESTO LAFÜENTE, 

DB LA SEAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

PARTE TERCERA. 



■J-^ 



TOMO XVII. 



MADRID. 

■STAHjgmiBNTO UPOQRAFICO DR MBLLADO, 
cilU i( Suli Tiiiii, lia. S. 

MDCGC1.YI. 



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HISTORIA GENERAL DE ESPAIÜA. 



, PARTE TERCERA. 



DOMINACIÓN DE LA GASA DE AUSTRIA. 



Lina V. 

REINADO DE CARLOS II. 

CAPITDLO I 

PROCLAMACIÓN DE CARLOSr 
•e 1666 é 1668. 

Carácter de la reina do&a Maríana.^Elevacion de suconfeior.— Día- 
gusto público.— Prímeraa disidencias entre don Jaan de Aastria 
I el padre Nithard.— 4<a gaerra con Portugal .—Malhadada situa- 
ción de aquella corte y áe ac(uel reino.— Negociaciones do paz»— 
Parte que en ellas toman la Inglaterra y la Francia.— Paz entre Por- 
tugal y España.— Escándalos en la corle de Lisboa.- Destronamien- 
lode Alonso VI. y y regenota de so hermano don Pedro. r-Ooerra 



2; >?.8r<5 ¿gitzedby Google 



6 BlSTORIA BE BSPADa. 

de FlaDdes movida por Luis XIV.^Rápidas conquittat del fraiicéa. 
—Triple alianza de Inglaterra, Holanda y £^ecia para detener ana 
progresos.-^Gendiciones de paz inadmisibles para España .^Apo- 
dérase éf ft-aneis ddl Franeo-Oondade.^Preparafivos de España 
para aquella guerra.— Congreso de plenípolenctarios para tratar 
de la paz. — Paz de Agaisgram. 



Cuando mas necesitaba la moDarquia española de 
una cabeza esperimeDiada y firme y de un brazo ro- 
busto y vigorosa» si habia de irse recobrando del 
abatimiento en c|ne (a dojaroú i la Oiüerte del coarto 
Felipe tantas pérdida^ y quebrantamientos comQ ha- 
bla sufrido» entonces quiso la fatalidad que cayera en 
las manos inesperías y débiles de un niño de poco 
mas da cuatro años, de constitución física ademas 
endeble, miserable y pobi^e. 

Mucho habria podido suplir la incapacidad del 
tierno principe el talento de la reina madre» tuiora 
del rey y regente del rpino. Pero desgraciadamente 
era doña Mariana de Austria. mes caprichosa y terca 
que discreta y prudente, mas ambiciosa de mando que 
hábil para el gobierno, mas orgullosa que dócil á los 
consejos de personas sábíaé^ y lo que era peor, ma^ 
amante de los austríacos que de los españoles, mas 
afecta á la corte deJiena que á la de Madrid» y para 
quien era pdtx> á nada la España, lodo ó caai todo su 
antigua casa y familia. Su pñtísér anhelo f«é dar en* 
trada en el consejo de regencia designado ^n el testa- 
mento de Fttlípe IV. ásu cotifesor y consultor favorito 



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q) Padre Juw E^erardp NUhfird, jesuita fieman que 
if) reÍQ9 había Iraido consigo, y may parecido á ella 
eo ei oarécter y la$ cpadicioues personales. Favoreció 
á sa proposito la vacante que ¿ las pocas horas de la 
moerte del rey qaedd en el consejo por falleciiíiiento 
del cardenal Sandoval, arzobispo de Toledo» para 
caya dignidad fué nombrado el inquisidor geqeral 
don Pascual de Aragón. La reina lláQió i este último, 
y enpl^ndo tod^ la mafia y astucia que para estas 
posas poseía, 7 á fuerza de súplicas é instancias con- 
9gQÍ6 que renunciara el elevado cargo de inquisidor 
general, que confirió inmediatamente y sin consultar 
con qadie ¿ su confesor, dándole asi cabida en el 
^ensejo. 

Gran disgusto y genera) murmuracioB prodigo el 
ipopibramiento del P. Nitbard> ya por caer en perso* 
na que el pueblo aborrecía, ya porque en ello se vio** 
laban las leyes del reino, que no' permitían dar á es* 
trangeros este eminente cargo, ya porque era pública^ 
voz haber sido Interano basta los catorce años. Y 
aunqqe la reina hizo que se le otorgara carta de na- 
turalización, y hablando á todos y á cada uno logró 
calipár al. pronto la tempestad que contra el favorito 
90 levantaba, quedábanle sin embargo muchos ene- 
migos secretos, que no podían llevar en paciencia la 
estensa autoridad qjue ejercía y la preferencia que en 
las consultas le daba la reina sobre los demás minis- 
tros y consejeros. 



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8 BlStOlU DB MPAÍ A. 

Eotre los enemigos del nuevo inquisidor general^ 
y que mas murmaraban y combatian su etevacioo^ 
como escandalosa, descollaba el hermano bastardo 
del rey, don Juan de Austria, que se hallaba ya.harto ' 
resentido de la^ reina, porque la culpaba, no sin algu- 
na razón, asi de haber sido la causa de sus últimas 
derrotas, como, de haberle hecho caer del carino y 
amor de ^u padre. 

~ Cuanto mas que creyéndose don Juan en su orgu- 
llo el único capaz de salvar la monarquía, no podia 
sufrir que á un estrangero de tan mediana capacidad 
como el confesor se le hubiera encumbrado al mas 
alto puesto del estado. Y como supiese que la reina 
y el P. Nithard pensaban mandarle salir de la corte, 
anticipóse al mandamiento, retirándose lleno ^e in- 
dignación á la villa de Consuegra, residencia ordinaria 
de los grandes priores de Castilla, cuya dignidad po- 
seía don Juan, y donde ya antes había estado, menos 
por su gusto que por voluntad y arte de la reina. No 
dejó ésta de recelar, y no se equivocaba mucho, que 
iba con el pensamiento de conspirar mejor desde allí 
contra ella y contra su privado <V. 

A pesar de lo mal paradas que en la guerra con 
Portugal hablan quedado las armas de Castilla poco 

(4) Proclamación de Carlos U. teca de la real' Academia de la 

en Madrid : MS. de la Biblioteca Historia: Eat. S6, Grad. 5, o. III.— 

Nacional.— Epítome histórico de Papeles j noticias de la menor 

todo lo ocurrido desde ia muerto edad de Cirios Ü.: MS. de la Bi« 

de Felipe IV. basta la de don bliot. Nación, 

Juan de Au^ítria: MS. de la Biblio- ' 



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PÁITB III. LIBHO V. 9 

antes de morir ei rey, con alguna energía .de parte 
del gobierno español habría podido todavía intentarse 
con probabilidades de bnen éxito la reconquista . del 
reino lusitano, aprovechando el desconcierto ydes- 
órden en (}ae la corte de Lisboa se hallaba, á conse- 
cuencia de la viciosa y desarreglada vida del joven 
rey don Alfonso, sostenido en su disipad^ conducta y 
perversas inclinaciones por su favorito el conde de 
CastelrMelhor. La reina regente su madre, cansada 
de sufrir disgustos y amarguras, había entregado los^ 
sellos del reino, á su hijo y retirádose á lin convento; 
por último aquellos disgustos le acarrearon la muerte. 
La vida licenciosa del rey y los excesos y arbitrarie- 
dades del favorito dieron ocasión á que se íormára en 
Portugal un gran partido en favor del infante don 
Pedro, heredero presunto de la corona, tanto mas, 
cuanto que se suponia que don Affonso no podría te- 
ner sucesión, á causa de una enfermedad que pade- 
ció de niño, agravada cpn sus estragadas costumbres. 
En vez de desvanecerse esta creencia, se fué confir^ 
mandtf después de su matrimonio con la princesa de 
Francia, María Isabel Francisca de Saboya, hija del 
duque de Nemours, joven de rara hermosura, que 
traída á Portugal, pareció interesar á todos, y princir 
pálmente al infante don Pedro, masque al rey, no 
tardando en sospecharse generalmente que si bien te- 
nia el título de rema, solo extertormente y en apa- 
riencia le correspondia el de esposa. Quiso et de Cas- 



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40 OJSXaAU DB MwÁtá. 

tel*Melbor dominarla y goberapría, como domiatbft 
y gobernaba al rey» pero astrellironse sua intentos 
ante la aHívez desdeñosa de la princesa. Las pesa« 
dambres y desdichas» y las eseenas vergoniosas de 
que la hacían ser víctima en palacio, excitaron la 
compasión t y acabaron dq robustecer el partido del 
ioAinte, pidnsando ya seriamente en colocarle en et 
^ trono de su hermano, y constituyéndose él con mncha^ 
babiJidad en protector de su cufiada, y en reparador 
de sus ultrages. Entró en éste partido el. mismo ma* 
riscal francés Schomberg. Ardían en discordias la 
corte y el palacio de Lisboa r reinaba una agitación 
general» y parecia inminente tina guerra civil. Empe- 
ñóse el infante'én alejar de palacio al valido , y vién- 
dose el de CasteUMelbor desamparado de lodQS, sa- 
lió nna noche^ disfrazado éomo un malhechor, refu -^ 
gióse en un monasterio, y de alU partió para ir á bus- 
car un asilo en Torin ^^K 

En vez de aprovecharse eí gobierno español de es- 
te desconcierto del portugués para recobrar lo que en 
la guerra había perdido, faltábanle las condiciones 
que mas necesitaba para eUo» que eran energía y me« 
dios de ejecución. Asi, pues, se redujo la guerra á 
correrías, robos y devastaciones, y á pequeños en^ 
cuentees entre unas y otrasi tropas, asi por la parte de 
Extremadura coma por la de Galicia y Castilla, peieaii- 

(I) Paria y Sous9, Epitome de — Ladode , HÍ8^>na general d^^ 
Htatorias porUiguesaa, P. IV. c.-6. Pariugal. 



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WAMJM tu. UMOir. 41 

da tili por loe portugueses Sebofoberg y tloa Juan de 
^Iva de SoQzat por los españoles el príncipe de Par- 
ma Alejandro Famesto, aqui e) coodeélable de Cabu- 
lla mandando las armas españc^as, las de Portugal e) 
conde de Prado y Antonio Soarezde Costa (4666), mas 
sin ocurrir en una ni otra frontera bechqs notables qne 
merezcan ocupar un lugar histórico. 

Deseaba ya la reina regente de España hacer las 
paces con Portugal, movida, no solo por el convenció 
miento del poco fruto que esperaba sacar deuna.guerra 
dispendiosa y molesta de mas de Toiote y cinco anos, 
sino por la necesidad de quedar desembarazada para 
atender á la que por otra parte nos- estaba haciendo 
Luis XIV. de Francia, con infracción del tratado de 
los Pirineos, y con el protesto que luego habremos de 
xer. Pero la negociación de la paz, que aceptaban de 
buena ^ana los portugueses por el estado de abati*^ 
miento de su reino^ en que ioterveoia el embajador 
del rey de Inglaterra, y para-la cual aparentaba por 
lo menos ofrecer su mediación el monarca francés, se 
lleró con lentitud por culpa del mismo rey Luis, que 
interesado en debilitar mas y mas la España y mos^ 
tráodose amigo del portugués, dábale á escoger astu* 
tamente entre obtener condiciones ventajosas de la 
paz, ó continuar la guerra, ofreciéndole en este últi- 
mo caso ayadarle con dinero y oon tropas de mar y 
tierra, consiguiendo al fin ques^ decidiera á ha- 
cer con él una liga ofensiva y defensiva contra los 



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42 HlSTOaiA DB BéPAilA. 

españoles, y sas aHados, que habia de durar diez 
años (1667). 

Pefo últimamente, persuadidos los portugueses por 
la conducta del rey de Francia de que eran sacrifi- 
cados á sus intereses y ambición, y comprendiendo la 
reina regente de España el peligro, que corría en la 
dilación de la paz, solicitóse con urgencia la media- 
ción activa de Carlos IL de Inglaterra, y merced á 
su eficaz cooperación llegó á concluirse el tratado de 
paz entre Portugal y España (13 de febrero, 1668), á 
los veinte y ocho años de la revolución de aquel reino, 
y otros tantos de una lucha no tan viva como ruinosa 
y asoladora para ambos pueblos. Por este tratado, que 
se ratificó en Madrid el 23 de febrero, y por el cual 
venia á reconocerse la independencia de Portugal, se 
obligábanlas dos naciones á restituirse las plazas, con- 
quistadas, áescepcion de Ceuta, que quedaba del do- 
minio del rey Católico, al mutuo rescate de los prisio- 
neros, al restablecimiento del comercia entre ambas 
naciones, á la añulacipn de las enagenaciones de 
bfenesy heredades que se hubiesen hecho, y se deja«- 
ba á la Inglaterra la facultad de poder entrar en to- ^ 
das las alianzas defensivas y ofensivas que España y 
Portugal entré sí hiciesen ^^K 



(1) Coteccioo do tratados de Gaspar de Haro, marqués del Gar- 

Pa¿.— Paria y Soasa, Epitome de pió y conde-duque de Olivares; 

Uist. Portos(. p. IV. c. 6. — - Los por Inglaterra, Eduardo, cobde de 

plenipotenciarios que firmaron el Sandwich; por Portugal, el daqpo 

irataao fueron : "por España, don de Cadayal,e1 marqués de Niza, el 



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^PARTB III. LIBIO V. 13 

Cuaado esta paz se ajustó, do reinaba ya en Por« 
togal Alfonso VL Sos desórdenes le habían arrastrado 
hasta perder el trono; las cortes del reino le hicieron 
firmar so propia abdicación de la autoridad regia; la 
reina* qne de acuerdo con el infante don Pedro su 
cufiado se habia fugado de palacio y refogiádoseá un 
monasterio, le escribió desde alli diciéndole qne na« 
die mejor que él sabia que no habia sido su esposa, y 
le pedia su dote» Furioso el rey con esta carta, corrió 
al convento, pero halló á la puerta él infante su her* 
mano.con los de su partido, que no solo le impidió la 
entrada, sino que le prendió después, acompañado 
de la nobleza. Firmada por Alfonso VI. la renuncia del 
trono, fué alejado de Lisboa y enviando á las islas Ter- 
ceras. Los estados del reino pusieron el cetro en ma* 
DOS del infante don Pedro, bien que con el solo título 
de regente. Y para complemento de estos escándalos, 
el abildo catedral de Lisboa, sede vacante, á petición 
de la misma reina babel de Sab'oya, declaró nulo su 
matrimonio con el rey, como no consumado ¿ {)esar 
de haber llevado cerca de quince meses de vida con* 
yngal, y la reina pasó á ser esposa de su cuñado el 
infante don Pedro ^^^ Uno de los primeros cuidados 
del regente fué celebrar la paz con España. 

La noticia de las paces con Portugal se recibió con 



d«Qol>ea, el de 118^1^8,61000- ^ (O Paría y Soosa , Bpítome, 
da de Miranda, y don Pedro de p. IV. o. 6. 



Vityra y Sika. 



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1 1 illlTOAlA M eiVAflA. 

ia mapr satMaocion en Madrid. TbA ara ya el estado 
miiaerable y abatido de la nación española, y en tal 

^ necesidad la había pueslo también á la sazón ta ínjosta 
guerra que por otra parte habia movido y nos estaba 
haciendo Laís XIV. de Fraocíát de que vamos á dar 
coente ahivra. 

Habia quedado demasiado débil á la mnéiíe do 
Felipe iV. ia España» y era «demanado ambicioso de 
grandeza 7 de conquistas Lxm XiV. para que remn-* 
eiára A ellas y no se aprovechara de noestia dehütdad 
y de la ^ventajosa situación en que se hallaba su reí* 
no. Veíase con ^i^cilo poderoso, con nmcha y tañen 
aiilíUería, con exceleodes generales, y con dinero en' 
el tesoro. Oe todo w(o carada Eapaia. JPero necesita- 
ba de 4]n prebesto para icohoDeatar la infracdion del 
soiemoisimo pacto de los Pirineos, y este ipretesto le 
enoootró en el dferecbo qoe ^tendió tener an^eaposa* 
la reina M«;*fa Teresa de Aieatcia A los «stados de. 
Flanxles, como, hija del piiímer malnímonio de Feli- 
pe iV.^ con fNrefisrencia ^A \v» de Carlee il., hijo de h 
éttima «rager «de aquel vey, 7<en que >no «e habia pa^ 

. gadop«r)laa3ónle de liadcid 9a 'dote de tecina csti* 
piiMtaai eltrataite. Apóyate lio piámero entnnaikíy, 
la del darseAo da daoatoaatm, qae «»sd un i«fnleyb 
dijo MberienconlmAs «en'tosiliteos del Estado de Ará- 
bante. En vano fué que jurisconsultos españoles de la 
reputaision deRamostdel Manaano refiilátan«yictQmoaa- 
mente tan estrena doctrina con sólidas é incontestables 



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PAITE 111. Lm» v« 4 S 

razcbídd. Cooveofale á Luis no dejarse convencer» y re^ 
muir el IMio de lá eueBÜ&a á loa armas. Pero antea 
pnblicó un Maaifieato para sinoerarse ¿ loa ojos de 
Europat pretendiendo den^istrar la justicia qoe sapo-^ 
nia asistirle. Hecho lo cual, pasó á la Trontera de 
Flandes para ponerse á la cabeza de treinta y cinco 
mil bdmbréa;, dia^niendo al propio tiempo que inT^"* 
dieran aquéllos fpiaiaea otras dos dÍTÍstoMs» mandadas 
la nna pdr e( iftariaoíd de Aumont y la otra por e\ m»iv 
qtiés dé Creqoi -(mayo, Id67). De aqtíi su teteras en 
la 1^ con Pbrtugat y en qne^costinnára por neá Ib 
goerra^ .para q«e la regente no pndiera distraer las 
tr<^ y enirüirlasé los Irises fiados. 

DesfiTovisto ^e recnrsoe, y con frisca ifu«rza» y <esa 
desorganizada y sin pagas, se faallaba^litíarqoésde^ 
, C^steKRodrigo qoe gobecnal» aquellas provincias^ 
cíiando LntS'XIV. «penetró en ellas cdn im qército de 
masde ckíeQenia mil hombres, bien «bastecidos de 
todé. No era posible rebatirá tan formidable hueste; 
y «si la cataspaña delmoBafrcalraneés, aonqoe rápida 
y *bréye^ no 4l]ve «ada de flbríos», por ma^ qcre se 
baya iponáeraiclo, «i rpodia «arlo. Ponqué omsiplaMs 
etac^jpá "dtegttapDecidaé é indrfemms; ^^dpdnlanle 
poca vteiatMeia<oniak; y aunque -atgimaeisecdefettdie^ 
iH>n TatoNaatoeirtet teriD do ifw ipodlan «leblfEaT- era 
«mlhonriDaii'Cdfntalgcion, y elonayer c^rtfto que el 
de Castel-Rodrigo pudo reunir no excedia de seis mil 
hombres y entre alemanes, eapaftbles y laminen»» 



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16 . HlSTamiA DB BSPAÜA. 

Apoderóse pues el francés en esta campaña de Cbar« 
leroy, Bergfies» Fumes, Gourlray» Oudeaarde, Tour- 
nay, Alost, Lille, y otras ciudades y plazas de ineDor 
importancia, muchas de las cuales hizo desmante- 
lar t«^ 

La rapidez do est^s conquistas y la desmedida am- 
bición de Luis pusieron en inquietud y cuidado ¿ Cár^ 
losi de Inglaterra y á la misma república de Holanda. 
Ambas naciones se entendieron para atajar el engran- 
decimiento de una potencia que parecía ir en camino 
de hacerse mas temible que lo hábia sido la España. 
Unióseles la Suecia, y las tres formaron alianza, con- 
viniendo en hacerse mediadoras entre Francia y Es« 
paña, á fin de obligar á la primera á que cesase en 
las hostilidades, que podian comprometer de nuevo 
la tranquilidad de Europa, y encargaron ¿ sus repre- 
sentantes en París que hiciesen saber á Luis aquella 
resolución. Luis accedía á firmar la paz, pero con ta- 
les condiciones que era imposible las aceptase la corte 
de España siempre que conservara un resto de pun- 
donor. Tales eran, la de que habia de cederle, e^) 
recompensa de los derechos de la reina, las plazas con- 
quistadas, ú otras equivalentes que él designaría; la 
de que en otro caso se le diera el Franco-Condado, y 
que se obligara lá república holandesa' á mediar con 
la corte de Madrid para que aceptara aquella alter-* 

(I) QuÍDOy.HiatoriamitiUrdel lAtú XIV.-*DaraoQt , M^moriat 
ctiiuuio de Lais XlV.^-Obras de poUiicaa. ' 



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PARTE III. L1B&0 V. 17 

nativa. Desechadas, como era de esperar, tan humi- 
liantes condiciones, fué preciso continuar la guerra. 
Inmediatamente ordenó Luis ai príncipe de Conde 
que penetrara con sus tropas en el Franco-Condado, 
y se apodgrára de aquella provincia. Sin mucha difi- 
cultad rindió su capital, Besanzon (febrero, 4668), 
y tras ella se le fueron entregando, con mas ó menos 
resistencia, las demás plazas, en lérminos que en 
menos de un mes se halló el rey de Francia dueño 
de todo el Franco-Condado ^*K - 
' Estos sucesos justifican cumplidamente lanecesi* 
dad y la conveniencia de la paz que en este Tiempo 
se celebró entre España y Portugal, asi comoesplican 
el interés que en realizarla y llevarla á cabo mostró 
Carlos II. de Inglaterra. 

Tan pronto como se vio Castilla desembarazada 
de la guerra de Portugal, dedicó toda su atención á la 
de Flandes; y en lanto qne se hacian levas de tropas ' 
en Galicia, Asturias y Castilla, y se enviaban órdenes 
á Cádiz para que se armaran nueve bageles en que 
trasportarlas á Flandes desde laCóruña, se bnscaban 
recursos y dinero. Alguno se juntó de los donativos 
con que contribuyeron generosamente el marqués de 
Mortara, el almirante de Castilla, el arzobispo de To- 

(4) Quijpcy, Hist, müit. del quista no necesitaba delasgran- 

reiaado de Lum XIV.— El Tranco- aes precauciones militares que to- 

Gondado después de la paz de los mó Luis XIV., ni merecía que hu- 

Pirineodse mantenía en estado de biera ido, como fué, á celebrarla 

neutralidad. Por eso se hallaba enpersona. 
también mas descaidado, y su con* 

Tomo xvii. 2 



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18 QlSTOftlA D£ BSYAfiA* 

ledo, el cardeDal, el duque de Mootallo, el conde de 
Pefiaranda y otros grandes y señores. Impúsose uo 
tributo sobre los carruages y muías; se rebajó un 
quince por ciento mas á la deuda de juros reales, y se 
arbitraron otros medios de losque la pobreza d6l pais 
consentía. La rema regente nombró general de todas 
las Tuerzas destinada^ á f landes á don 'Juan de Aus-* 
tría. La razón apárente de este nombramiento era la 
de necesitarse allá un hombre de su representación, 
y que por otra parte conocía ya el carácter de aque* 
líos habitantes y la situación de aquellos paises, como 
gobernador qne habia sido de ellos; pero el verdade- 
ro objeto era el de alejarle (le España, y librar al 
P. Nithard de la inquietud que le causaba un hombre 
que le aborrecía de muerte. Donjuán lo comprendió^ 
y sobre estar ya poco dispuesto á salir de España, 
sucesos de la corle que le indignaron nñucho y que 
rererirémos después le afirmaron en su resolución. Y 
sin desobedecer abiertamente á la reina, después de 
enviar los soldados en pequeñas partidas áFlendes« 
hfzole presente que el estado de su salud no le per- 
mitía eoaprender la espedicíon, que asi lo certificaban 
los médicos, y que la suplicaba por tanto le relevase 
del cargo y le dispensase del viage. Por mas que la 
reina y el confesor comprendieron que todo era pro- 
testo y escusa para no alejarse, ádmitiósele la dimi- 
sión de su empleo, mandándole que se retirara á Con- 
suegra, y en su lugar fué nombrado general y go- 



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PARTB Ule LIBRO V. 19 

bernador de Flandes el condestable de CaslíHa ^*K 
Pero ya en este tiempo hacia meses que se. halla- 
ban reanidos en Aix*Ia-Chapelle los plenipotenciarios 
tle las potencias de la triple alianza» junto con los 
de Francia» España, y algunas otras naciones, para 
tratar de la paz. Después de muchas conferencias se 
concluyó y firmó un tratado (2 de mayo, 1668), por 
el cual LuisXiy. se obligaba á restituir á Espafia el 
Franco-Condado que acababa de conquistar, pero con- 
servando todas las plazas de que se habia apoderado en 
Flandes <^^ Sacrificio grande para Espapa, y error tor- 
pe y funesto, toda vez que si algo importaba conser- 
var era lo de Flandes, y sobre ser imposible la con- 
servación del Franco-Condado, nada nos hubiera im- 
portado cederle. Pero todo pareció preferible á la con- 
tinuación de la guetra, y el marqués de Castel-Ro- 
drigo tuvo orden de no poner gran reparo á ningún 
género de condiciones. 

Lo peor era que aun asi, nadie confiaba en la du - 
ración de la paz de Aquisgran: eran ya demasiado co- 
nocidos el carácter y los designios de L^is XIV. y sus 
poderosos elementos para hacerlos valer, y el tiempo 
acreditó que no habian sido infundados estos re- 
celos. 

(4) Belacíonde todo lo, ocurrí- mia do Historia, Est. 25. grad. 8. 

do en el asoDto del P; Juan Eve- (2) Colección de Tratados de 

rard y don Juan de Austria. MS. Paz.— Dumont, Corps Diplomat. 
de la Biblioteca de la Real Acade- 



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CAPITULO II. 

DON JUAN DE AUSTRIA Y EL PADRE NITHARD. 
De i668>A 1670. 



Causas de las desavenencias entre' estos dos personages.— Prisión y 
suplicio de Mallodas. — Indignación de don Juan contra elconresor 
de la reina.— Se intenta prender á don Juan.— Fúgase de Consue- 
gra. -^larta que dejó escrita á S. M.~Consulta de la reina al Con- 
sejo sobre este asunto, y su respuesta. — Sátiras y libelos que se 
jescribian y circulaban. — Partido austríaco y partido nithardista. — 
Don Juan de Austría- en Barcelona. — Contestaciones con la reina.— 
Acércase don Juan á Madrid con gente armada. — Alarma y con- 
fusión de Id corte.— Enemiga contra el padre Nitbard.— Carta no- 
table de un jesuíta.— Sale el confesor de la corte.— Insultos en las 
calles.-^Nuevas exigencias de don Juan de Austria. — Transijese 
con sus peticiones. — Creación de la Guardia Chamberga en Ma- 
drid.— Oposición que suscita.— Nuevas quejas de don Juan.— Agi- 
tación en la corte.— Es nombrado el de Austria virey-de Aragón 
y va á Zaragoza. — Estrafieza que causa el nombramiento.— El pa- 
dre Nithard en Roma.— Obtiene el capelo. — ^Enfermedad peligrosa 
del rey.— Recobra su salud con general satisfacción. 



La enemiga que ya en vida de Felipe IV. se habia 
advertido entre la reina, su segunda esposa, y su hijo 
bastardo don Juan de Austria, y el aborrecimiento 
con que mutuamente se miraban don Juan y el Padre 
Everardo Nilhard, confesor y privadío de la reina; ene- 



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I>AIIT1I 111. UBttO V. 21 

miga que había costado ya al de Auslria serios disgus- 
tos, y aborrecimiento que creció desde la elevación 
del confesor á inquisidor general y á individuo del con- 
soja de regencia, tomó mayofes proporciones con el 
nombramiento del austríaco para general y goberna- 
dor (le Flandes, hecho á propósito de alejarle del rei- 
no, y con su resistencia á salir de España, y Cué el 
principio de funestas discordias que alarmaron y es- 
candalizaron la corte, y pusieron en perturbac¡X)n to- 
da la monarquía. 

«¿Por qué no se enviaá Flandes al reverendo con- 
fesor, dijo un dia don Juan en el Consejo consangrien- 
to sarcasmo, puesto que siendo tan santo, no dejaría 
Dios de darle victorias sobre l'os franceses? Y do que 
sabe hacer milagros es harta prueba el puesto que 
ocupa.» Y como replicara el confesor que su profesión 
no era la milicia: — «De esas cosas, padre mió, repuso 
don Juan, os vemos hacer cada día bien-agenas de 
vuestro estado. 9 El confesor calló y disimuló, y don 
Juan se partió para Galicia. A poco tiempo de esto el 
duque de Pastrana era desterrado de la corte y con- 
denado á pagar una' gruesa multa por ciertos rumo- 
res que corrieron, y suponiéndole en connivencia con 
don Juan de Austria. El conde de Castrilío, afecto 
también á don Juan, se retiró misteriosamente de la 
presidencia del Consejo de Castilla después de una 
conferencia secreta con la reina, y ocui>ó su lugar 
gI obispo de Plasencia don Diego Sarmiento Valíacla- 



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a IflSTOElA DB BSPAÑA. 

res, grande amigo del P. Nilhard: nuevo motivo de 
murmuración en la corte. Pero el escándalo grande 
fué la prisión ejecutada á las once de la noche en un 
hidalgo aragonés, llamado don José de Malladas, muy 
del cariño de donjuán, y el suplicio de garrote que á 
las dos horas le dieron en la cárcel por orden escrita 
déla reina, sin que nadie supiera el delito que aquel 
hombre babia podido cometer. Sospechó acaso la rei- 
na que había una conjuración contra su confesor, y 
que el Malladas era el encargado de asesinarle. De. 
lodos modos el procedímienlo fué horrible, y el he- 
cho llenó de indignación á donjuán de Austria, que 
culpó del atentado al confesor, y esté acontecimiento 
influyó mucho en su resolución de no" pasar á 
Flandes. 

Por mas que don Juan se escusabacon la falt^ de 
salud, la reina lo tomó por desobediencia, y en. un 
decreto, que trasmitió á iodos los consejos, le ,man- 
daba qiíe sin acercarse á distancia de veinte leguas 
déla corte pasase á Consuegra, y alli estuviese hasta 
recibir orden suya ^*K Obedeció el príncipe; pero á 



(4) Decreto de 3 de agosto »cuídar de su defensa.. ..>. y con 

ee 4668.— «Respecto del peligro- Dtal conocimiento se hicieron los 

»so estado, decía este documento, »úit¡mosy mayores esfuerzos para 

j»á que se redujeron las cosas de «ajustar las asistencias necesarias 

dIos Paises Bajos por la invasión »do gente y dinero, queso dispu- 

»que en el afio pasado hicieron asieron con el trabajo y gasto qoe 

«franceses en ellos, mandé á don »es notorio, en que se consumió 

» Juan de Austria que como es go- » todo el caudal que se {>udo reco- 

»bernador y capitán general pro- »ger; pues, desde el tiempo del 

^>p¡elar¡o fuese á gobernarlos y »sefior emperador Carlos V. no so 



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rABT» 111/ LIBRO V. 



£3 



poco de hallarse en Consuegra vino á palacio el capí- 
tan don Pedro Pínilla» y solicitó y logró hablar largo 
ralo á solas con la reina: lo (}ue le diría de los planes 
de don Jaan» no se sabe, pero los efectos de aquella 
conferencia se vieron en la prisión que .se ejecutó de 
don Bernardo Patino, hermano del primer secretario 
de don Juan, ocupándole los papeles y formándole pror 
.ceso. Tomadas secretamente las declaraciones, salió 
de Madrid el capitán de la guardia española marqués 
de Salinas, con ciqcuenta oficiales de los llamados re- 
formados, llevando órdenes res^vadas para prender 
á don Juaade Austria. Mas cuando llegó el de Salinas 
á Consuegra, don Juan se había fugado de la villa, 
dejando escrita una caria á la reina en que le decia, 
(21 de octubre, 1668): «La Urania del padre Everar* 
>do, y la execrable maldad que ha estendido y forja- 
ndo contra mí, habiendo preso á un hermano de mi 



»ha hecho basta boY tal esfuerzo, ni 
•juntádo^e cerca ae nueve mil es- 
» pañoles como ahora sa hizo; y. 
» Dabiéndose don Juan oncarninado 
»á la Gorufia á embarcarse en los 
)>bage]es que hablan de llevar su 
apersona y los socorros preveoi- 
>doB, después de la dilación de al- 
agónos meses que se ha detenido 
Den aquella ciudad; fíndiméole, 
k cuando según ló que consecutiva- 
Amenté babia ido avisaodo, se joz- 
Dgaba que ya se babria becbo á la 
»vela, y aguardaba por horas no- 
>t¡cia díe ello, se ba escusado de 
»ejecatarsa viage á Flaodes re- 
«presentando que el achaque de 
»uDa destil&cipn se lo impide: Y 



»notenieodo yo esto por bastante 
))cau8a para determinación tan in- 
•tempeslNa y no pensada, y del 
»mayor perjuicio que podia recibir 
xei real servicio y la convemeacia 
f pública en la coyuntura presente, 
»le be ordenado que sin llegar en 
»la distancia de veinte leguas á 
«esta corte, pase luego á Coosne- 
»gra, y se detenga aln basta otra 
«orden mia:héIoquerídojparticipa , 
i>al conseio para que se bal le. en- 
iterado dfe mi resolución, y de los 
•motivos que por ahora ha babido 
Dpara ella. Madrid, etc.» Colec- 
ción general de cortes, leye&y 
cédulas reales, MM. SS. de la Real 
Academia do la Historia, t. XXX . 



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24 UISTOBIA DB BSPAÍÍA. , 

)»$ecretario, y hecho otras diligencias con ánimo de 
i»perderme,.y esparcir en mi deshonra abominables vo- 
»ee^ me obliga á poner en seguridad mi persona; y 
«aunque esta acción parezca á primera vista de cul- 
>pado, no es sino de finísimo vasallo del rey mi 'se- 
«ñor^ por quien daré siempre toda la sangre de mis 
» venas, como, siendo Dios servido, conocerá V. M. 
>y el mundo paas fundamenlalmentedela parte ádbn- 
»de me encamino; y en prueba de ésto, declaro desde 
» luego á V. M. y cuantos leyeren .esta carla,"nque el 
» único motivo verdadero que me detuvo de pasar á. 
»Flandes fué el apartar del lado de Y. M. esta fiera tan 
«indigna por todas razones del lugar tan sagrado, ha- 
to biéndome inspirado Dios á ello con una fuerza mas , 
»que natural desde el punto que oí la horrible tiranía 
»dé dar garrote á aquel inocente hombre con tan ne- 

»fandas circunstancias » Y anadia después: «Su- 

>plico áY. M. de rodillas, con lágrimas del^, corazón, 
»que no oiga Y. M. ni se deje llevar deMps perversos 
j»consejos de ese emponzoñado basilisco, pues si peli- 
frgra la vida del hermano de mi secretario, ó de otra 
«^cualquier persona que me toque hacia mí, tS á mis 
«amigos, ó los que en adelante se declarasen mios,se 
«intentare con escritos, órdenes ó.acciones hacer la 
» menor violencia ó sin razón, protesto á Dios, at rey 
))mi señor, á Y. M. y al mundo entero, que no .cor- 
»rerán por mi cuenta los danos que podrán resul- 
»tar á la quietud pública de la satisfacción que me 



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PAbTtt til. LIBEO V. 25 

>será preciso tomar en semejantes casos^ etc. ^'^)S» 
Déjase comprender la indignación que produciría 
en la rejna la lectura (le esta carta, junto con la de»- 
aparicioQ del que buscaba como reo. La carta, y los 
papeles encontrados á Patino, entre los cuales solo 
habia de notable un horóscopo hecho en Flandes á 
don íuan, en que parece se le vaticinaba estar desti- 
nado á mas alta dignidad de la que tenia, lodo lo 
pasó la reina al consejo de Castilla, mandando le die- 
se su dictamen sobre la manera como había de proce- 
der en tan grave y delicado asunto. La respuesta del 
Consejo (29 de octubre, 1668) no satisfizo á la reina, 
ni fué muy de su agrado; pues si bien aquella respe- 
table corporación calificaba de reprensible la^ conduc- 
ta de don Juan en no haber ido á Flandes, eo haber- 
se fugado de Consuegra y en los medios reprobados 
que se le atribuían al intento de deshacerse del con- 
fesor, disculpábale en lo de pedir su separación, tra- 
tábale con cierta consideración y blandura, y acouse- 
jaba á la reina que procurara arreglar sus diferencias 
con él, para lo cual debía permitírsele venir á Con- 
suegra ó acercarse á la corte, bajo el seguro de que 
seria respetada §u persona. Y aun un consejero, don 
Antonio d¿ Cóntreras, en voto particular que hizo, se 
atrevió á proponer que le contestase con palabras 
de cariño, y que convendría apartase de sujado al 

(1) Colección general de cor- XXX. MS. 
tes, leyes y cédulas reales: tomo 



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29 B18X0RU DB BSPAffA. 

Padre Everard y se coofesase cod olro religioso'que 
fuese castellano, y no tuviese dependencia ni de don 
Juan ni del inquisidor jesuíta ^^K Esta consulta quedó, 
sin resolución. 

Viendo con cuánta libertad y cuan desravorable* 
mente se hablaba en el pueblo acerca del confesor r 
acusándole de haber sido el autor de la muerte <le 
Malladas y de la prisión de Patino, publicó a<fuél un 
manifiesto sincerando su conducta* protestando no 
h'aber tenido'parte en aquellos dos hechos, afirmando 
que aquellos dos hombres habian venido á Madrid con 
intento de ejecutar sus perversos designios contra su 
persona, y que don Juan de Austria habia intentado ya 
muchaB veces hacerle asesinar. Este escrito fué con- 
testado por oXros que los amigos de don Juan publi- 
caban, defendiéndole con mucho calor, y haciendo al 
confesor cargos é imputaciones gravísimas. Circula- 
ban por la corte, y andaban por las tertulias y corri- 
llos multitud de folletos, sátiras y libelos, impresos 
unos, manuscritos oti*os, unos perseguidos y otros to- 
lerados, que encendian cada vez mas los ánimos y 
mantenían una polémica, que era el pasto de los chis* 
mosos y murmuradores, y el escándalo de la gente 
juiciosa y honrada. Hasta las damas de palacio toma* 
ban parte en ía contienda, y se dividieron en dos 



(i) Consulta del GoDscjo real Colección de córXcs, leyes y cédu- 
de Castilla, y voto particular de las, tóm. XXX. pág. 31 á 37. 
don Antonio de Gontreras: «?n la 



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PAHTH IIK UBao V. S7 

partidos, liaméadose unas Nitharditas y otras Aus- 
triacas ^*K 

Don Juan se babia dirigido disfrazado y por des- 
poblados, primero á Aragón, y después á Barcelona, 
donde faé recibido con muestras de ciariño y amor, 
por los buenos recuerdos que cuando estuvo antea en 
aquella ciudad había dejado, y por lo aborrecido que 
era allí el jesuita alemán. Nobleza y pueblo se pusie^ 
ron de su parte, y hubo payés de la^mootaña que le pN 
dio audiencia para ofrecerle sus servicios, y trescientas 
' doblas que tenia dé^un ganado que acababa de ven- 
der {?^ Hasta el duque de Osuna, quesera virey del 
Principado, lejos de atreverse á proceder contra éK 
DO pudo^escosarse de festejarle, marchando con la 
opinión general. Desde la Torre de Lledó donde se 
aposentó el príncipe, escribios al presidente y Consejo 
de Castilla, á las ciudades de Valencia y Zaragoza, al 
cardenal de Aragón y á otros personages, dándoles 
cuenta de los motivos qae babia tenido para poner en 
seguridad su persona, y escribió también á la reina 
pidiendo desembozadamente la salida de España del 
P. Everard. Las ciudades contestaban favorablemente 



(4) Ea nae&tras bibliotecas se en estos sucesos, y de las sátiras 

eDCQenttaii ínfiDÍtos papeles y sá- que corrían y se couser vao, impre- 

tiras de aquel tiempo, que maDÍ- sas y manuscritas, se podrían for- 

fíestan el estado lamentable de mar algunos volúmenes, 

una corle, que se alimentaba de ' (i) MS. del archivo de Salazar, 

cbismos. en la Biblioteca de la Real Acade- 

Las plumas de los poetas no mia de la Historia, Est. 4.* i^rad 

se dpban vagar á escribir críticas 5. V- 4B* 



de los personages que figuraban 



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''¿8 UlSiOaiA DB ESPAÑA. 

al príncipe fugitivo, y auQ representaban á la reina 
la conveniencia de reconciliarse con él y aparlar de 
su lado al confesor. La regente» tt^merbsa de ua con- 
flicto si se empeñaba en contrariar la opinión pública, 
cedió de su natural altivez, y encargó al duque de . 
Osuna, y á los diputados de Barcelona procurasen 
persuadir á don* Juan á qud se acercase para ajustar 
un tratado de amistad y reconciliación. Envalentona- 
do con esto el principe, contestaba á la reina que era 
menester saliera antes e! confesor del reino, y que 
entretanto no dejaria el lugar seguro en que estaba. 
Por último, después de muchas conlesla-ciones y súpli- 
cas, se resolvió don Juan á aproximarse, no p á 
Consuegra, donde la reina quería, sino á la corte, y 
. con un apáralo que no era propio de quien buscaba 
avenencia y paz ^*K 

V Salió pues don Juan de Barcelona escoltado ele 
tres buenas compañías de caballos que le dio el do 
Osuna, so protesto de corresponder asi al decoro de 
un príncipe. ^ Aclamábanle á su. tránsito los pueblos 
catalaacs, y al aceróarse al EbVo,> per mas que la 
reina había prevenido á los testados de Aragón que 
no le hiciesen ni festejos ni honores, salieron muchí- 
simas gentes de Zaragoza á recibirle, é hizo su entra- 



(4) Hállansccopiasdcla larga cienteá la Real Academia dula His- 

correspondencia que medió en tória> Est. 4.<> grad. 5.°, k. 48, y 

esto asunto en los meses do no- en otros lomes varios de raanus- 

viembro y diciembre de 4068, en critos. 
el Archivo de Salazar, pcrteoe- 



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PARTB III. LIBRO \. ' 29 

dacD h ciudad eo medio de aclamaciones y grilos de: 
« Viva el rey I viva don Juan de Austrial muera elje- 
suita Ñithard!» Y aun los esludiaoles y la gente bu- 
lliciosa hicieron un maniquí de paja representando al 
confesor, y llevándole á la puerta del convento de los 
jesuítas le quemaron con algazara á presencia de los . 
padres \le la Goropañia. Tomó don Juan* en Zaragoza 
hasta trescientos infantes, y con estos y los doscientos 
caballos, y otras personas armadas, criados y amigos, 
se^ncaminó hacia Madrid, llegando ^l 84 de febrero 
(1669) á Torrejon de Ardoz, distante tres leguas de 
la capital, donde hizo alarde de su gente. 

Gran turbación y ruido causó en la corte la apro- 
ximacion del hermano del rey en aquella actitud. 
Alegráronse muchos, pero parecióles á otros un paso 
demasiado atrevido , y que podia comprometer la 
tranquilidad del país. I^ reina y el inquisidor se ro- 
dearon de cuantas fuerzas pudieron , como si se pre- 
pararan á resistir á un enemigo; y como viesen que 
no bastaban estas prevenciones para hacer desistir á 
don Juan, tomó la reina el parlido de escribirle muy 
atenta y afectuosamente, invitándole á que dejase las 
armas. Contesta el príncipe , con mucha cortesía 
también, pero insistiendo en que saliera de España el 
P. Nithard, después de lo cual sería el mas obediente 
de todos^ sus subditos. Salió el nuncio de S. S. á 
Torrejon á exhortarle á nombre del papa que se so- 
metiera á la reina, y que se detuviera al menos cua- 



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30 BISTOBIA l>B BSFAÍIa» 

tro dias en tanto que se ciaban órdenes para satisfacer 
sus agravios; y la respuesta que alcanzó fué, que la 
primera satisfacción sería la salida del P. Nilbard de 
la corte en el término de dos dias, añadiendo, «que . 
si no salía por la puerta, iria él en persona á hacerle 
salir por la venítana ^*K> Cuando volvió el nuncio á 
Madrid con tan áspera y destemplada contestación^ el 
pueblo corria las calles indignado contra el estrang^- 
ro por cuya causa se veian espuestos á un conflicto la 
corte y el pais. 

Aunque losjésuitas eran los que mas favorecían ál 
partido de la reina y del confesor, no faltó entre ellos 
(tan impopular era ya^ su causa), quien se dirigiera 
por escrito al P. Evera/d representándole la necesidad 
de su salida, en términos los mas enérgicos, fuertes y 
duros. «Aunque V. E. (le decía) fuera español, nacido 
»en Burgos, Zaragoza óSevilla, con sus procedimien'» ' 
)»tos y vanidades le aborrecieran ios españoles; ptes 
^considérese siendo estrangero. Muy de presto le ba 
centrado á V. E. la grandeza, y el apetito al obse- 
>qnio, y la sugestión al mando. Bien disimula haber- 
»se criado en un noviciado de la Compañía, donde los 
«mayores príncipes del mundo, y los Borjas, losGrón- 
«goras y otros muchos han hollado todo eso con des- 
aprecio. En fin, siendo ellos como eran antes, se en- 
«traron en nuestra sagrada y ejemplar religión para 

(i) Relación de la salida del Academia de la Historia, Est. S5, 
P. Juan Byerardo; MS. de la Real grad. 3.« 



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PARTfi III. LIORO V. 31 

»dejarlo todo. V. E. que no seria mas, ni aun taolo» 
>se entró en la Compañia para apetecer cuanto hay» 
»y hacerla odiosa al pueMot no á los .prudentes y sá- 
>bios, que no fueron todos los doce apósloies, ni to* 
»dos los de la Compañía de Jesús padres Juan Eve- 
»rard. V. E. quite inconvenientes, vénzase á sínrismo, 
^»evite escándalos* duélase de ese ángel que Dios nos 
»dió milagrosa mente por rey. Y pues tanto favor me-^ 
»rece en la graciada la reina nuestra señora, atienda 
•á su decoro, vayase de España^ crea estos avisos que 
»le da un, religioso qne profesa isu mismo instituto, y 
sanies fué su amigo apasionado y confidente, pero ya 
«desengañado, le habla ingénoo,^ no equivoco, con 
» palabras de sinceridad, no de ironía. Acuérdese de 
>le porfía del mariscai de Ancre^n ei valimiento de 
«Catalina de Médicis, reina mbdre de Francia, que 
»por eslrangero, y antojársele ai pueblo que era causa 
>de todos sns males, después de muerto y arrastrado' 
> por las calles de París, nó se tenia por buen francé^ 
>el que no llevase un pedazo^ de su cuerpo para que- 
»mar á la puerta de su casa, ó. en su pueblo el que 
>habia venido de fuera. Dios alumbre á Y.JE!. para 
>que atienda á esto sin ambición, y d espegado de la 
» vanidad de los puestos se retire donde viva con 
•quietud, y no nos embarace la nuestra ^^K 

Decidióse ai fin, asi en el Consejo Real como en la 

(4) Carta del P. Dionisio Tem- de la Real Academia de la Histo- 
pula] inquisidor general: MM.SS. ria. Est. 25, grad. 3.* c. 35. 



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3S ' • niSTOBIA DB ESPAÑA. 

juDta de gobierno, aiinqoe úo faltó -quien disintiera 
de esté parecer, que era necesario y urgente decir á 
la reina que convenia al bien y á la traDquilidad pú« 
blica la pronta separación y salida del confesor-, cuya 
misión se encojnéndóá don Blasco de Loyola. 'Acce- 
dió á ello la reina, "aunque con lágrimas y suspiros, 
y encargáronse de comunicarle tan desagradable nue»^ 
va sus amigos el cardenal de Aragón y el conde de^ 
Peñaranda, los mismos que le acompañaron, con al- 
gunos otros, en su sai ida, de Madrid. Mas para que 
saliese pon toda la honra y decoro posible, la reina en 
su decreto hizo espresar, que accedía á las repetidas 
instancias que le habia hecho su confesor para que le 
permitiera retirarse de estos reinos, y le dio título de 
embajador de Alemania ó flema, para que pudiera ir 
donde quisiese. Con retención de todos sus empleos y 
de. la que por ellos gozaba ^^K 

Salió por último.el célebre y aborrecido jesnita de 
Madrid (lunes 25 do febrero, 1669}, no sin que -su- 
friese en las calles del tránsito los insukos, y la befa, 

(1) El decreto decia: «Juan E ve- ,> parte que le pareciere. Y desean- 
»rapd Nithard, de la Compañía «doseaconla decencia y decoro 
Dde Jesas, mi confesor, del consejo »aue es justo, y solicitan sus gran- 
de Estado, é inquisidor general, »desparticularos méritos, he re- 
»me ha suplicado le permita reti- »sueito se le dé título de ejnbaja- 
))rarse de estos reinos; y aunque i>dor estraordinario en Alemania 
vmo hallo con toda la satisfacción »ó Roma, donde eligiere y le fue- 
»debida,á su virtud, y otras bue- »re mas conveniente, con- reten- 
unas prendas que concurren ¿n su «cion de todos sus puestos y de lo 
» persona, atendiendo á susins- »que goza por ellos. En Madrid á 
))tancias, y por otras justas razonqs »Í5 de febrero de 1669.— Fo la 
)>he venido en concederle la licen- ))l{eina,» 
>;cia que pide para poder ir á la 



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Min III. LiBEO y. 



38 



y IsL gritería de las gentes que se agolpaban en der- 
redor de su carruage, y hobiéranle algunos apedreado 
ó maltratado de otro modo, si no los detuviera el res- 
peto al cardenal que le acompañaba y llevaba en su 
coche. «A DioSt hijos, ya mé voy:^ decía él con cier- 
ta sonrisa de aparente serenidad. Y asi llegaron basta 
el pueblo de Foencafral, legua y media de Madrid^ 
donde ya el conresor se contempló seguro, y de donde 
partió al dia de siguiente (26 de febrero), acompañado 
solo de un secretario de los de su habito y de algu- 
nos criados, camino de Vizcaya, y de allí se diri- 
gió á visitar el convento de San Ignacio de Lo« 
ypla(*). 

Qoedaba satisfecha la exigencia de don Juan de 
Austria, pero no su ambición. La reina regente habia 
cedido al temor y á la necesidad, pero orguUosa y ter* 
cat y resentida de la humillación, creció eo ella el 
odio al-que la había [Hiesto en aquel caso. Don Juan, 



<4) Relación de la salida de] pa- 
dre Joan Eyerard, confesor de la 
reina: tomo de HM. SS. de la Real 
Acadeniia de la Historia, E^t. S5. 
grad.'S.*, G. 35.— En esta rela- 
ción, que se conoce hab^r sido he« 
cha por un jesuíta amígojiel des- 
terrado, se dan pormenores cario- 
sos acerca de este suceso, que 
omitimos por carecer de importan- 
cia histórica. AI decir de sú autor, 
el P. Everard habia ya en efecto 
soplicado machas veces basta de 
rodillas le permitiera retirarse, y 
la reina le habia rogado siempre 
con lágrimas que desistiera de 

Tomo xvii» 



aquella idea: los superiores de los 
jesuítas fueron asa casa á persua- 
dirle la conveniencia de su salida: 
él recibió la orden con firmeza y 
conformidad cristiana; no quiso > 
admitir gruesas sumas que ajgu- 
-nos de los magnates sus a micos le 
ofrecian para el viage, ni llevar 
consigo otro tren que su habito y 
su breviario; y afiade que después 
de su salida se fué a registrar so 
casa, y se encontraron ios cilicios 
con que se mortificaba todos los 
diaa. Es pues a preciable esta apa- 
sionada relación solo por ciertas 
noticias auténticas que contiene* 

3 



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34 HISTOKIA DE Uf AÜA. 

envanecido con su Irianfo» se bízo mas exigente, y el 
pueblo de Madrid, irritado coa ciertas amenazas su- 
yas, le fué perdiendo la afición ^^K La reina, fojos de 
acceder á la petición que le bizo de venir á la oóHe, 
le mandó que se retirara á algunas leguas de distan- 
cia, y que despidiera la escolta que tenia consigo. 
Don Juan se retjróá Guadalpjara, pero desde alli hizo 
nuevas peticiones, no ya personales, sino $obre refor- 
mas políticas, y de carácter revolucionario» La reina, 
en tanto que se proveia de los medios de defensa pa** 
ra ocurrir ^ una eventualidad que no dejaba de pa- 
recer inminente, tuvo que transigir todavía, yaceei* 
der á que pasara el cardenal á Guadalajara para tratar 
verbalmente con el príncipe sobre los medios de re- 
conciliación, condescendiendo, siquiera fuese por en- 
tretenerle, con mucha parte de-sos pretensiones. Ofre- 
cíósele, pues, que se crearía una Junta, con el nom- 
bre üe Junta de Ativios, con ei fin de hacer econo- 

* mías en la hacienda, disqdinuír los tributos, distribu- 
yéndolos equitativamente, y hacer reformas en el 

n ejército y éñ la administración de justicia; de cuya 
junta sería él presidente: que seria restablecido ea el 
gobierno de los Países Bajos, no obstante haber re- 
nunciado este empleo: que el P. Nithard no volvería 
á España: que don Bernardo Patino seria puesto en 

(4^ Papel impreso ceDuiran- oartasufa 4a am6aBsaB.«»BibIiat. 

dó los actos del P« Everard y des- de la Real Acad. de la Hiatoría, 

aprobando la conducta de don E^U 4/ £rad« 6.* 
Juan de Austria respecte de una 



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rAHB III. UBEO V 35 

libertad: que el presídeote de Castilla y marqués de 
Aytooa, sus edemigos, ao «sistirlaa al consejo caaodo 
' se tratara d^'sus aegodos: qoe sa tropa seria pagada 
y se retiraria á sus casas 6 i sus respectivos cuerpos: 
que se le permitiría eolrar en la corte ¿ besar la ma'-* 
no á los reyes; con algunos otros artículos menos ím* 
portames, qne la reíaa aseguraba cumplir con la ga* ' 
rantfa del papa, y que abrazaban casi (odas las pre- 
tensiones de don Juan. Coa lo cual pareció deber so- 
segarse la tempestad por entonces* 

Mas entretanto preveníase la reiaa; y sin perjuicio 
de las órdenes que espidió llamando á la c4rte los po* 
eos soldados que aun quedaban en las fronteras de 
Portugal» dispuso á toda prisa en Madrid mismo la 
formación de un cuerpo oúlítar, llamado entonces co« 
roaelía con deslino á la guarda y defensa de su per- 
sona, que con el nombre de Guardia de la Berna ha* 
bía de mandar .el marqués de Aytoua, ooi»ocido eoe^ 
migo de don Juan de Austria» con oficiales de las fa- 
milias mas ilustres de la cdNe» tal como el conde de 
Melgar, el de Fueosalidaí el marqués de Jarandílla,^ 
el de tas Nav»s> el duque de Abranies* y otros par* 
ticuiares y caballeros de distinción» que deseaban lu* 
dr sus galas y bizarría ante las bellas damas de la 
cdfte. Este regimiento se habia de vestir á la france-^ 
sa como las tropas de Schomberg» dé que le vino por 
corrupcioo el nombre de chambergos y de- gn^dia 
(^wAerga* Aunque la reina creó este cuerpo con 



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36 HISTPEIA DB BSPaKa. 

aprobación de la junla de gobierno y del consejo de 
lar Guerra» oponíase á eljo fuerlemente la villa de Ma* 
drid, representando con energía los perjuicios que 
iban á originarse ^*\ y del mismo parecer fué el con- 
sejo de Castilla á qtiíen se consultó: pero la regente» 
apoyada eó el dictamen de las dos citadas corporacio- 
nes, llevó adelante su pensamiento, y. tampoco quiso 
acceder á enviar aquel regimiento á la frontera, co- 
mo el Consejo le proponia para calmar la inquietud y 
los temores del pueblo. 

Nuevo motivo de enojo dio la creación de esta 
fuerza á don Juan de Austria, que rebosando en ira 
se quejó altamente á la reina, diciendo que los reyes 
de España nunca habían necesitado ni querido otros 
guardadores de su persona que los habitantes de Ma- 
drid, añadiendo otra% razones que su orgullo y su re- 
sentimiento le sujerian. La reina, que ya se conside- 
raba mas fuerte, no contestó sino que se escusase de 
escribir y de entrometerse tanto eu los negocios de 
gobierno. Pero- estas discordias alimentaban el dis- 
gusto popular, que era ya grande, y tal, que se temía 
que de un momento á otro se remitiera . la cuestión 
á las armas; esperábase ver á don Juan venir sobre 
Madrid, y era taLel espanto y lá turbación que había 
en la corte, que casi nadie se atrevía á entrar en ella 

(1 ] PublicósBT an escrito tilula- lía V asistencia de tai)tos soldados 

do: «Memorial á S. M. sobre los ea la corte.» Imprimióse, y de él 

dafios éiDconyenientesqueresul- hay un ejemplar en la biblioteca 

tan de la formación de la corone-^ deSalazar.Est.4.<>srad. 5."k. 48. 



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PAHTK III. LIBUO V« ^7 

de fuera/ y llegaron á jbltar los viveras y raanleoi'- 
mieolos en el mercado^ 

De repente se vio desaparecer aquel estado de 
alarma. Y es que la reina» sintiéndose ya con bas- 
tante fuerza para contener las demasías de don Juan^ 
y queriendo ademas alejarle con honroso pretesto de 
Gua^alajara, le envió el nombramiento de virey de 
Aragón» y vicario ó vice-regenle de los estados que 
dependían de aquella corona (^); y el de Austria, vien- 
do satisfecha su vanidad» y esperando, que aquel car- 
go robustecería su poder y su influencia para sus ul- 
teriores fines, le aceptó gustoso, y dio la? gracias á 
la reina' con palabras las mas lisonjeras y hasU hu- 
mildes. MedifS en esto el nuncio de S. S.» y aprove- 
chando el príncipe aquella circunstancia escribid al 
papa conjurándole á que obligase al P.'Nithard (que 
ya se habia ido á Roma) á hacer dimisión de todos sus 
einpleós» que era todo su empeño y afán. Estrañaron 
y llevaron muy á mal muchos amigos del príncipe 
que por un empleo como el de virey de Aragón se 

- (I) Hemofl visto el nombra- Dse formen los despachos deJ cargo 

miento original, que se conserva »de virey de Aragón, con el vicá- 

entre los'manuscritos de la biblio- j»riato de los reinos aue penden de 

teca del soprimido colefiio mayor i»ac[uella «orooa, deseando ((ue 

de Santa Cruz do Vallaaolid, hoy -nejecuteís luego vuestra jornada^ 

perteneciente á la universidad. — seto.» Causó mucha novedad que 

61 nombramiento era de 4 deja ni o, la reina le diera el dictado de pri- 

1669, y decía: cDon Juan de Aus- mo. Los títulos se expidieron lúe- 

»tría, mi primo: Habiendo recibido go, y don Juan pasó las comunir 

vpor mano del nuncio de S. S. la caciones respectivas á la iunta de 

»carla del 2 de este, en que res- Gobierno, al presidente de Casti-» 

>pondeÍ8¿ lo que os mande escri- Ha, al arzobispo de Toledo, al ví- 

»AÍr, he dado luego ér4en para que ce-canciller de Aragón, etc. 



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38 HISTORIA 0B BSPAÜA. 

someUeratandócilmeDte ala reina, dejando láaclilud 
imponente que babia tomado,' y el paeblo de Madrid 
ie censuraba altamente de que asi le abandonara en 
la ocasjpn en que mas podía contar con él; mientrtas 
otros criticaban á la reina calificando de imprudente 
el hecho de conferir á don Juan un cargo qne podría 
servirle de pedestal para aspirar un dia á la realiza- 
ción del horóscopo de Flandes. 

Pero es lo cierto que en la situación á que hablan 
llegado las cosas^ la reina por su parte apenas tenia 
otro medio, de alejar á don Juan de la proximidad de 
la corte, con esto solo harto inquieta y alarmada, ni 
don Juan creyó contar todavía con elementos seguros 
de triunfo, y mas después de haber desaprove* ^ 
chado4os primeros momentps de espanto y turbacíoú; 
y con su retirada á Zaragoza se calmó por enton* 
ees la tempestad que amenazaba á todo el reino. 
Procuró don Juan en A^ragon grangearse la estima- 
ción del pueblo y de la nobleza. Las desconfianzas 
entre la reina y él, aunque ahora disimuladas, no se 
hablan eslinguido; y el objeto y blanco de sus ya mas 
ocultas disidencias siguió siendo, como por una espe- 
cie de manía común, el mismo P. Nitbard, que se 
hallaba en Roma, si no desairado por lo menos poco 
atendido. Pretendía la reina que el papa le diera el 
capelo de cardenal, mientras don Juan de Austria ins- 
taba para que le obligara á hacer renuncia de todos 
sus empleos. El pontifico Clemente IX. no era' muy 



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VABTB iii. Lino V. 39 

adiciona la, rdoa doña Mariana; el Consejo trabajaba 
en secreto contra ella en este asunto; el embajador^ 
marqués de San Román, á quien la reina babia enco- 
mendado la gestión de este negocio» contrariaba sus 
miras lejos de favorecerlas, y el general de los jesui-- 
tas se bailaba resentido del p. Nithard por lo poco 
que le debia la orden de cuando babia estado en fa* 
vor* Con que lejos de vestir la púrpura el inquisidor 
general de España, fué destinado por el general de 
su orden á un colegio fuera de Roína, cosa que él lie* 
vó con ejemplar resignación, de que se alegró el Con- 
sejo, que llenó de júbiío á don Juan de Austria, y que 
irritó á la reina, la cual afectada por el desaire que 
acababa de recibir^ y no encontrando medio de ven- 
garle, sufrió en su salud una alteración que le duró 
mucho tiempo. La plaza de inquisidor general se dio 
á don Antonio Valladares, presidente del consejo de 
Castilla (S6 de diciembre, 1669). Sin embargo, ha- 
biendo fallecido pof este tiempo el papa Clemente IX. 
y sucedidole Clemente X., la reina envió en calidad 
. de embajador oxtraordioario para felicitarle al P. Kiz 
thard, y renovando sus anteriores solicitudes consi* 
guió qoe le nombrara arzobispo de Edessa y cardenal 
con el título de San Bartolomé de Insola. Contento él 
con el nuevo estado, satisfecha hasta cierto punto la 
reina, y conformándose don Juan con que no volviera 
á£spaña, tuvieron asi tnenos funesto término que lo 
que se babia 'Creido aquellas diferencias que es- 



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40 HISTORIA DB ESPAÑA. 

candalizaroD el reino y pusieroD eo peligro la mo- 
narquía í*^ 

Otro sueeso, grave, aunque felizmente de corta 
duración, vino al poco tiempo á esparcir en toda la 
nación el susto y el temor de mes terribles males, y 
¿despertar la ambición 4e los que aspiraban á con- 
vertirlos en provecho propio, á saber, la gravísima 
enfermedad que sufrió el rey, y que puso en inmi- 
nente peligro su vida (1670). Niño como era todayía 
Carlos n. y débil de complexión y de espíritu, su 
conservación era lo único que podia ir conteniendo 
las ambiciones de los partidos, asi de deiHro como de 
^ fuera de España^ y preservando el pais de una guer- 
ra cruel que precipitara sii ruin^. Por fortuna esta 
agitación duró pocos dias; el rey salió del peligro en 
que habia estado, y aun al recobrar su salud se notó 
irse robusteciendo mas de lo que antes estaba. Su 
restablecimiento fué celebrado con júbilo, y los 
poetas le cantaron como un suceso fausto (^. - 

(4) Diario de los sucesos de madre.— Poesías que á nombre 

este reinado, MS. perteneciente á de un l$ibrador de Garabancbel se 

'los papeleado jesuítas, de la co- escribieron é imprimieron con 

lección que boy posee la Real Acá- ocasión de haber recobrado su sa- 

demia de la Historia. lud el rey Carlos lK-*-MM. SS. do 

(2) Noticias de la menor edad la Biblioteca Nacional, 
de Carlos IL. y del gobierno de su 



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CAPITULO IIL 

GUERRA DE LUIS XIV. 

CONTRil ESPAttA, HOLANDA Y EL IMPERIQ. 

De 4670 A 1^78. 



Gonsígae LaisXI'V. disolver h tripíe alianza.— Proyecta subyugar la 
Bolanda.— Basca la república otros aliados. — ^Declaración de guer- 
ra del francés. — ^Uani^estos de I^aia de Francia y de Carlos de In- 
glaterra. — Situación de los holandeses.— Auxilios de Espafia.— El 
príncipe de Orange y el conde de Monterrey. — Sitio de Maestrick. 
— Conrederacion de Espafia, Holanda y el Imperio contra la Fran- 
eia«— Conferenpias en Ck>lon¡a para tratar de paz.-r*No tienen resul- 
tado.— Guerra en Flandes, en Alemania y ei) el Rosellon. — ^Apodé- 
rase Luis XIV. del Franco-€ondadp.— Memorable batalla de Seneff 
entre los príncipes de Conde y de Orange.— El mariscal de Tnrena 
en Alemania.— Campaña de 4674 en el Rosellon.— Triunfo del vi- 
rey de Cataluña daqoe^e San Germán sobre el francés Schom-^ 
berg.'-Hazañas' de los miqueletes catalanes.— Desventajas de Tos 
españoles en la guerra de Gatalufia de 1675.—Lo8 franceses en el 
Ampurdan. — Toman parte en la guerra otras potencia». — Pro- 
gresos de los franceses en los Paises Bajos. — Notable campaña 
de Turenay MontecuculU en Alemania.— Muerte de Turena.— 
Conferencias en Nim«ga para la paz.— Nuevos triunfos y conquis- 
tas de Luis XIV. en Flandes, 4676.— Guerra de Cataluña.— Los 
franceses en Fígueras. — ^Empeño inüti! por destruir los miquele- 
tes.— Pérdidas lamentables de nuestro ejército, 4677.-^Apodé- 
lanse loa Trancases de Puigcerdá, 1678.— Bravura de don Sancho 



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42 HISTORIA DB BSPAÑA. 

Miranda. — Inacción del conde de Monterrey.— Conquista Luís XIV. 
las mejores plazas de Flande^.*-Noevo tratado entre Inglaterra, 
Holanda y Espafia.— Misteriosa y formidable campafia de Luis'XIV. 
'—Ataca y toma muchas plazas simultáneamente..— Recíbese la no- 
ticfa de la paz en el sitio de Mons. 



Que Luis XIV* no había de respetar mucho tiem- 
po la paz de Aquisgrau, como do babiá respetado la 
del Púioeo, cosa era que ya se temia* alendida.su 
ambición y los elementos de guerra con que contaba, 
según al final del capitulo I. dejamos indicado». Ba- 
ilábase irritado contra la Holanda, no podiendo en su 
orgullo perdonar á aquella república, ya el haberle 
detenido «n la carrera de sus' conquistas promoviendo 
la triple alianza, lo cual llegó á simbolizarle en una 
medalla en que se representaba á Josué deteniendo al 
sol en su carrera, ya la libertad y el atrevimiento 
con que le habiah hablado aquellos fieros republi- 
canos. 

Con un ejército el mas numeroso que se había 
visto hasta entonces en Europa, con generales los 
mas acreditados de su siglo, con un reino grande por 
h población y fuerte por la unidad, avaro él de do- 
minación, ebrio de orgullo por la rapidez de sus con* 
quistasen la anterior campaña de Flandesy del Fran- 
co^Condado, poco escrupuloso' en sacrificar millares 
de subditos con tal que le sirviera para' añadir nna 
aldea mas ¿ sus dominios, determinó subyugar la Ho- 
anda, para lo cual le favorecía la posesión de mu- 



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, rABTB 111. LIBRO T. 43 

chas plazas vecinas, que el célebre Vauban kabia 
. fortificado segoo su ooevo méiodot que ha segiUdo 
llevando sn nombre basta nuestros dias. 

Sin embargOr ptra asegurar mas sn triunfo* quiso 
deshacer antéala triple alianza > separando de la con-« 
federación de Holanda la Inglaterra y la Soecia. A la 
primera de e$tas naciones envió su bermaDa la duque- 
sa de Orieans, á quien no fué difícil conseguir su ob- 
jeto, como que sabia que el rey Carlos 11., príncipe 
voluptuoso y pródigo, no babia de ser insensible á los 
halados del sexo y á los atractivos del oro. Lf Snecia 
no (bé tampoco indiferente ¿ los medios de seducción 
y á las artificiosas promesas del rey Luis. Con lo cual 
aquellas dos potencias dejaron á la Holanda abando* 
nada y sola para resistir á on enemigo tan poderoso 
domo el monarca francés (4670). Viendo los holan«* 
deses la tempestad que los amenazaba, y convencidos 
de no poder conjurarla ellos solos» buscaron aliados 
mas fieles que los que antes iiabian tenido, y pidieron 
auxilios alas casas de Austria y de España, rivales 
eternas de la Francia y de los Borbones. Intentó tam- 
bién el francés separar á España de esta nueva con-- 
federación, no dudando que la reina regente, débil 
como se hallaba el reino, no querría esponérse á su- 
frir las consecuencias de su enojo, y aceptaría sus pro* 
posiciones. No sucedió asi. La reiiía dona Maríanat 
persuadida de la imposibilidad de conservar loque 
*aun poseíamos en Flandest una vez subyugada por el 



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44 IIISTOBIA DB BSPaHa. 

francés la Holanda, desechó las promesas y las ame« 
nazas del rey Luis, y envió tropas y dinero á Flandes, 
ó para defender nnestras plazas, ó para ayudar, si 
era menester, á los holandeses (4671 ). 

Con mas tino y con mejor consejo contestó la^ma*» 
dre de Carlos 11. asi á las carias que desde las islas 
Terceras le dirigía el destronado rey de Portugal Al- 
fonso VI., como á las excitaciones queá Madrid vino 
á hacerle su imprudente favorito el conde de Castel- 
Melhor, para empeñarla de nuevo en la guerra con 
Portugal que tan funesta nos había sido» La reina re- 
chazó con indignación las proposiciones del desterra- 
do monarca portugués y del temerario ministro cau- 
sador de su ruina. No anduvo tan acertada en desoír 
á Luis XIV., porque si bien para conservar lo de Flaur 
des era necesario unirsSe á Holanda y al Imperio, de* 
seo hasta cierto punto natural y . disculpable, debió 
proveer las consecuencias de empeñarse de nuevo en 
una guerra contra el vengativo y poderoso soberana 
de la Francia, cuando estábamos casi sin soldados, sin 
capitanes y sin dinero, y cuando los hombres media- 
namente previsores conocian ya qjue de todos modo» 
era para nosotros inevitable la pérdida de los Países 
Bajos. Hacíase esta situación mas triste por el calami- 
toso suceso ocurrido aquel año en la bahía 'de Cádiz, 
donde á consecuencia de un furioso huracán queda- 
ron sumidas en las aguas hasta sesenta naves, pérdi- 
da irreparable en aquel tiempo, jjmto con la muerte (J(> 



[5ig¡tizedbydOOQlC 



FAETB 111« UBAO V. 



45 



muchas personas y la destraccion de no pocosodificios 
en la ciadad. Acabó de conste mar losánimós la coín- 
cideDcia de este lamei^^ble suceso con el lastimoso 
kicendio del monasterio del Escorial (junio, 4671)^ 
qaeduró por espacio de quince dias, y que redujo á 
payesas, entre otras muchas prec iosidades, multitud 
de libros y manuscrito» arábigos y griegos de su bi- 
blioteca ^^K 



(4) Los pormenores de los es* 
traijos qoe causó este incendio 
horrible paeden verse en ia His- 
toria del Monasterio del Escorial 
por Qoevedo, parte 2.*, cap. 3.<> 
Trascribiremos algunos de sus 
párrafos. 

«Describir tpdos los pormeno- 
res de aquella noche terrible (la 
del 7 de junio, en goe coraenió), 

Ííntar todos los esíuerzoe <}ue se 
icieron para contener el incen- 
die, dar una idea de la aflicción, 
de la lástima que causaba vercon- 
somírsepor momentos aquella ri- 
ca maravilla del arte, seria cosa 
imposible; la imaginación puede 
concebirlo, pero no es fácil á la 
lengua espresarlo. Las aguias de 
las torres, los altos chapiteles, el 
voluminoso enmaderadode las cu- 
biertas, se iban desplomando uno 
en pos de otro con detonaciones 
horribles que hacían retemblar el 
edificio hasta en sus mas hondos 
cimientos: á ca^ paso se hundían 

grandes pedazos de techumbre 
echos ascuas^ para luego remon- 
tarse por el aire convertidos en 
phispas y pavesas: el cielo enne- 

Srecido por una densa nube de 
amo nopodíBTei'se, y por el sue- 
lo corrían los metales derretidos 
como la lava de los volcanes. Con- 
sumidas las cobiertas y desploma- 
das sobre los pisos mmediatos, 



rompia el fuego por puertas y ven- 
tanas, que semeiaban cada una de 
ellas a las horribles bocas del aver- 
no; tas comunicaciones se inter- 
ceptaban, las voces, lamentos y 
desentonados gritos de los que se 
avisaban del peligro, tomaban:dis- 
posiciones ó se lameulaban de ta^ 
maña pérdida, aumentaban la 
confusión y el espanto; el calor 
iba penetrando basta en las habi- 
taciones mas retiradas, y estaba 
ya muy priSximo el momento de* 
tener que abandonar el edificio si 
querian salvar las vidas. En todas 
partes se combatía con empeño, 
pero en todas era escasísimo Jdl 
resultado; la voracidad del fuego 

Lia violencia del viento inutiliza- 
n cuantos esfuerzos se hacian^.. 

tComenzaban^ya á perderse las 
esperanzas de todo punto, la in- 
numerable multitud de gente de 
los pueblos inmediatos quo hasta 
entonces habia peleado con ardor 
y trabajado estraordinariamente 
^esto era otro dia), se iba cansan- 
do de una lucha inútil al par que 
peligrosa, el humo y las pavesas 
lo habían invadido todo, los es- 
oombros interceptaban la mayor 
parte de los claustros y escaleras, 
nadie daba un paso sin temer que 
el pavimentóse escapase bajo sus 
pies, ó que el techo se desplomase 



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46 HlftMlU DI BfPAftA. 

^ GuaBcto Luís XIV* io uívo todo preparado» decla- 
ró la guerra á la Holanda, puUicanda ua manifieisto 
-(7 de abril, 4672), ea qmse quejafra de uq modo va- 
go de los agravióse iojurtas que decía haber reci<- 
bidode4os bolaodeses y que le -habían movido á io-* 
mar contra ellos las armas. También Carlos IL de In- 
glaterra se mostraba quejoso y ofendido, en otro' ma- 
nifiesto qué dio, de los insultos que afirmaba haber 
hecho los holandeses á sus subditos en las Indias, ombli- 
gándolos ¿ abatir el pabellón delante desús bageles: 
«Insolencia llena de ingratitud, decía, querer díspu - 



sobre su cabeza. Gran parte de 
^ los reKgiosos, acogiéndose á^la 
ánica esperanza que les quedaba, 
al poder de Dios, corrieron á la 
iglesia, y alli guaridos' en un 
, rmoonde las capillas, unos implo- 
raban la divina clemencia con de- 
voción y lágrimas, otros se esfor- 
" zaban en desarmar 1^ cólera del 
cielo dándose sangrientas disci- 
plinas. , , 
«íQaé aspecto entofeicea el de 
- aquel templo magnífico! Las vl- 
drieras estallaban una en pos de 
otra cayendo deshecbas en me^ 
nudos pedazos; las^lamaradas qué 
entraban por las ventanasle alnm- 
braban por intervalos como el re- 
lámpago de la tempestad ;'el zum- 
bar del viento, eí estruendo de 
los hundimientos, el cr ugir de las 
maderas, y los lamentos de los 
moDges se repetian v confundían 
en aquellas dilatadas bóvedas, for- 
mando un sonido fatídico yespao* 
toao, que parecía ser el estertor 
de muerte de aquella maravilla 
del arte. 

«Juzgando ya imposible salvar 
nada en el edificio de lo que po- 



día quemarse, dirigieron todos sus 
esfuerzos, á librar algunas de sus 
preciosidades... Veíanse discurrir 
por todas partesfflultitud de gen- 
tes cargadas con pinturas, reí i* 
quias y ornamentos que se ibao 
amontonando en la anchurosa 
plaza que rodea al monasterio.... 
El tercer día del incendio se te- 
mió que todo se perdieíae, hasta 
la^ alna jas y demás efectos que se 
habían puesto en salvo...... 

cíQamce días se proipnaó esta 
lucha terrible sm que en ellos se 
desoansase un momento..—. Por ' 
fin el 22 de junio se logró apegar 
de todo ponto las llamas. La ale- 
gría y ei pesar combatiaa á un 
mismo tiempo los coraEOoes de 
todos. etc.» , 

El autor refiere coa el capítulo 
siguiente las medidas que se to?- 
maron para sacar los escombros y 
loque se fué haoieudo para la 
reedificación del edifioíou El luego 
había principiado por uua chime- 
nea dcí colegto, situada á Isf parte 
del Norte, y se oree iuese oaaiial, 
y no pueíAo ée propósito. 



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PAATB III. LIMO ▼. 17 

» taróos el imperio de hr mar los que en el reinado 
i»del difonle rey nuestro padrones pedían licencia pa* 
i»ra pescar pagándonos on tribato.» Y estos dos láo- 
narcas arrastraron iras sí contra la repáblica al arzo* 
bispo de Colonia y al obispo de Mnnster. Las dos 
grandes potencias aprestaron contra ella sus «bagóles, 
y Luís XIV. invadid la^ Holanda con tres foertes ejér-- 
citos, mandado uno de ellos por el rey en persom. 
Era cosa evidente que no podia la república re- 
sistir por sí sda á tan numerosas faercas; foéie per 
tanto decesario solicitar de nuevo la protección dét 
Imperio y de España. Confirió el cargo y dignidad de 
statuderal principe de Orange Guillermo III., joven de 
escasos veinte y dos anos, pero de grende y precoz 
entendimiento y de ejemplares costumbres, y que 
ofrecía las mas lisonjeras esperanzas, por 1^ aptitud que 
ya babia manifest«(do para el desempeño de los. mas 
graves negocids. Fuerte la Holanda cooao potencia ma* 
rttima, sus iotas combatieron mooiías veces las de 
Francia é Inglaterra, y el almiranie Ruyter sostenía 
con gloria en los mares la honra de la repáblica. No 
era posible por tierra hacer frente á ios ejércitos de 
la Francia mffnda(k)s por el rey, por Turena y por 
Lozemborg. Asi fué que seepoderaron en poco tíem* 
pode las provincias deOver-IsseUGtteldres y Utrech, 
y llegaron oasí á tas puertas de Amsterdam. La de- 
sesperación misma infondió^ un valor heroico á los ho- 
landeses: el jóven.statuder se mostró digno de man* 



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4S HI9T0BÍA DB BSPAHa» 

darlos» jurando estar resueltp á segaír el ejemplo üe 
sus mayores» exhortándolos á hi^ constancia» anun- 
ciándoles que las potencias de Europa no tardarían 
en prestarles su apoyo;^y determinados todos á sacri- 
ficarse por la libertad y á morir antes qoe someterse 
al francés» rompieron los diques, é inundaron el pais, 
que era siempre uno de los recursos estremos para su 
defensa. 

Alarmáronse en efecto otras naciones con aquellas 
conquistas d^ la Francia <*^ El emperador» resuelto á 
ayudar á los holandeses, logró que se le adhirieran á 
este fin algunos príncipes y pequeños soberanos del 
imperio. España hizo el sacrificio de enviar un cuer- 
po de doce mil hombres al conde de Monterrey que 
gobernaba los Países Bajos» que ya habia tenido la 
precaución de poner en el mejor estado de defensa 
posible nuestras plazas de Flañdes para ver de pre- 
servarlas de una sorpresa de los f^ranceses. El duque 
de Saboya se declaró por éstos» y para entretener una' 
parte <jle las tropas españolas hizo la guerra á lá repú-» 
blica de Genova» que estaba bajo la protección de 
España. Decidido el príncipe de Orange á poner sitio 
á Charleroy» pidió auxilio á nuestro, gobernador de 
Flandesque no vaciló en enviarle seis mil españoles 

(4) «í^no se hace muy pronto nipses, á do ser que se vaya á , 
nn grande esfuerzo» dijo en toz ofrecerá Luis XIV. ser rey de Ro- 
sita el embajador de España en manos.» Despacho del <SEibaHero 
la antecámara del emperador, creo de GremomTille á Luis XIV., 30 
ver el sitio de Viena síntes de tres de junio, 467S. 



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PARTS III. LIRRO V. 49 

ai ruando del conde de Marsín; más no habiendo po- 
dido tomar la plaza, retiróse á Holanda el deOrange» 
y los españoles volvieron á sus gaarniciones. Aquel 
auxilio puso de manifiesto al monarca francés las in- 
tenciones de la corte de España: quejóse á la regente 
de la infrafcion del tratado de Aquisgran; la reina 
respondió que auxiliar á los aliados no era contraven- 
nir á aquel tratado de paz; pero no era el*rey Luis 
hombre de dejarse tranquilizar con esta t*espuésta, y 
harto comprendiót y no le sorprendía ; que tema la 
España por enemiga. 

No podía permitir el emperador Leopoldo el en- 
grandecimiento que á la vecindad de sus estados iba 
adquiriendo la Francia, su antigua rival y enemiga, y 
por mas protestas que el rey Luis hiciera ¿Lias cortes 
de las naciones de que su intención era observar reli- 
giosamente el tratado de Weslfalia^ no por eso desistió 
el emperador de realizar la confederación de los prín- 
cipes del imperio para acudir en ayuda de la Holan- 
da, y de levantar tropas y prepararse para empezar 
Ja campaña tan pronto como la estación lo permitiese. 
Por su parte el francés, viendo que no eran creídos 
sus ofrecimientos y protestas , aumentó también su 
ejército con tropas del reino , tomó á sueldo mayor 
DÚoiero de suizos, y obtuvo del rey de Inglaterra, un 
refuerzo de ocho milhombres; y dividiendo sus' fuer- 
zas, como en la anterior campaña, en tres grandes cuer- 
pos, de los cuales uno de cuarenta mil hombres guia<^ 
Tomo xvii. * 



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50 IIISTOftIA DI MBWAÍA. 

ba él mismo llevando por generalísimo á su hermano, 
y los otros dos condocidos por Conde y Turena hablan 
de opercfr en el Bajo y Alto Rhin, se preparó á em* 
prender las hostilidades ^*K 

. Fué su^ primera operación el sitio de Maeslrídk, 
anadie las plazas mas fuertes y mas impártanles de 
Europa. Las obras de sitio fueron dirigidas por el cé* 
lebre ingeniero Vauban, que se sirvió de paralelas y 
de plazas de armas, medios hasta entonces no usados. 
La gUaroicion resistió con valor los ataques de una^ 
formidable artillería, y se mantuvo. hasta trece dias 
después de abiertas trincheras. Pero el príncipe de 
Orange no pudo forzar las líneas, y las tropas impe* 
riales y españolas que aguardaba no llegarron á tiem* 
po; con que los sitiados tuvieron que capitular (20 de 
junio , 4673) , saliendo con todos los honores dé la 
guerra, y siendo conducidos á 6ois-le*Duc ^^K 

Durante eLsitio de Maestrick, y algon tiempo des- 
pués, sostuvo la armada holandesa mandada por Ruy- 
ter hasta tres formales combates con las escuadras 
combinadas inglesa y francesa , siendo el gefe de la 
¡primera el príncipe inglés Roberto , que'ilevaba por 
vice almirante á Sprach, y de la segunda el conde de 

(1) Gesissierf Historia general ▼iocias-Uoidas. — Relalion du 3Íd* 
de las Provincias-Onidas.-^ Le- ge de Maeatriok, he^baal marqdés 
clerc^id.—BasDague, Anales de las de Villar, embajador del rey do 
Próviocias-Uoidas.— Histeria de ' Espapa: MS. de la Biblioteca de la 
Turena. ^ Samson , Historia de Real Academia de la Historia, so- 
Guillermo llt.* ñ'atado A. C— Obras de Luis XIV. 

(2) Historia del reinado de tomo Hl. 
Luis XlV. -* Historia de las Pro- 



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PAATB 411* MBBO V. 51 

Estrées. Blankert y Tromp'erao los vioe^almirantes 
del holandés. Uoas y otras escuadras padecieron en 
éstos choques terribles, pero Ruyter tuvo la gloria 
de preservar las costas de la república y salvar la 
flota que- venía de Indias. Pereció ademas en uno de 
estos combates el vice-almirante inglés Sprach, sin 
que los aliados lograran ninguno de los designios que 
se habían propuesto ^*^ 

El 30 de agosto (1673) se confirmó solemnemente 
en la Haya el tratado de alianza y amistad entre el 
emperador, el rey dé España y ios Estados generales 
de las Provincias-Unidas. Por este tratado, que cons* 
taba- de diez y ocho artículos, se obligaba la Españai 
hacer la guerra á la Francia con todas sus fuerzas, y 
los holandeses se comprometían á restituir á España, 
no solamente la plaza de Maestríck cuando la recon* 
quistaran, sino todas las que los franceses habían 
conquistado después de la paz de los Pirineos: el em*- 
perador se obligaba á tener en la part^ del Rhín un 
ejército de treíinla mil hombres; y por un artículo se* 
parado se comprometía también la España á declarar 
la guerra al rey de la Gran Bretaña, si por su parte 
se oponía á admitir las condiciones de una paz razo-» 
Dable y equitativa ^^K En virtud de este convenio el 

(4) Garla de Tromp á 4oa Es- ' (2) Rymer,T(Bdera.--Dumont. 

tados.^d. de Ruvter at príocipe Corp». Diplomat, tom. VlI.^TraU- 

de Orange.— -Id. del principe Ro* té entre PEsipagne et les Etatt 

bertoal lord ArKogton^— >L« Nea* Geatraux: MS. Papeles de iesaitaa 

▼Ule, Hiatoria- de la Holanda, li* en la Real Academia de la Hia- 

broKV. toria. ' 



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52 IIISTOEIA db'bspaüa. 

conde de Monterrey hizo pablicar la guerra coolra la - 
Francia en Bruselas, y la Francia á su vez la declaró 
también (setiembre» 1673). El efecto inmediato de 
esta triple alianza fué volver los holandeses á la po- 
sesión de la tres provincias de que Luis XIV. se ha- 
bía apoderado con tanta rapidez. La corte de España 
hizo aproximar también algunas tropas al Rosellon 
para divertir por aquella parte á los franceses, bien 
que fueron rechazadas por el general Bret. Entretanto 
los habitantes del Franco-Condado, mas afectóse los 
franceses que á los españoles, obligaron al goberna- 
dor español á retirarse, y loa suizos se negaron á dar 
paso por su territorio á las tropas españolas que fueron 
enviadas para sujetar aquellos rebeldes. 

La Holanda, que había hecho ya muchas gestiones 
con el parlamento inglés para ver de separar al rey 
Carlos de Inglaterra de la alianza con Luis XIV., con- 
siguió al fin celebrar con aquella potencia un tratado 
amistoso de comercio, obligándose ademas el rey 
Carlos á ser mediador con las potencias beligerantes 
para la conclusión de la paz, á lo cual sé ofrecía lam^ 
bien el rey de Suecia. El francés, viéndose asicasí 
abandonado de todos, aceptó las ofertas de mediación, 
y se señaló la ciudad de Colonia para tener en ella las 
confer^encias sobre la paz. Mas cuando al través de las 
dificultades que se ofrecían, ya^en público, ya en se- 
creto, iba la Francia cediendo en algunos capítulos, 
la prisión ejecutada en público y en medie de las ca* 



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rAKTB UU LIBRO V. ' &3 

lies de Colonia por orden del emperador en la perso- 
na del príDcipetjuillermo de Furlerobarg « plenipo- 
tenciario del elector de aquella ciudad» so preteslo de 
ser traidor á su patria (febrero, 4 674) irritó á LuisXIV.» 
que no pudiendo obtener del emperador la sátisraccion 
que pedia» llamó sus embajadores y se propuso com- 
batir contra todas las naciones coligadas. Aumentó el 
ejército de tierra, tomó medidas para defender las pro- 
vincias marítimas de Normandía y Bretaña, envió tro- 
pas al Rosellon para que pudiera contener á los espa- 
ñoles el general Bret en tanto que llegaba Schomberg 
destinada á mandarlas, y puso su mayor cuidado en 
atender á laBorgoña, que creia la mas amenazada 
por los imperiales, y de donde podia venir el mayor 
peligre á su reino ^^K 

Pero libróle de este cuidado el error del empe- 
rador, que prefirió atacar la Alsacia, error de que su- 
po aprovecharse el francés haciendo que el duque de 
Novailles se apoderara de varias villas y fuertes de la 
Borgooa, y que aumentadas sus fuerzas penetrara en 
el Franco-Condado ahuyentando los españoles, y pu- 
siera sitio á la fortificada plaza de Grpy, cuya guar- 
nición rindió, entrando luego sin resietencia en algu- 
nas otras ciudadcV. Bl gobierno español enyíó á aquel 



(1) Negociacioaen de Goiooia, U youverneur des Payi-Baa es-- 

MS. — Declaracioo de gaena de pagnols á fait commencer des ac^ 

Luis XIV. contraía España , en tes d* hostilités par toule la fron-^ 

Versallea , 19 de oclubro , 4673. tiére sur le iujets de Sa Majes' f*, 

«So Majeité ayant cié informé que ella á ordonné, elc.v , 



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5 i HISTORIA DB RSPAtU.^ 

país al prfDcip'e de Yaademont, que se dedicó activa* 
mente á fortiñcar las dos priacipales plazas de la pro^ 
vincia, BesanzoD y Dole. Contra la primera de estas 
ciudades dirigió sos miras y sus esfuerzos el monarca 
francés. Cercóla el duque de Enghien , que habi^ to- 
mado el mando del ejército, y el mismo Luis XIV. en 
pei*sona se presentó delante de ella (2 de mayo, 4674}, 
y visitó todas tas obras esteriores acompañado de su 
famoso ingeniero Yauban. Furiosamente atacada la 
plaza , y después de haber resistido cuanto pudo la 
guarnición , tuvo el gobernador que capitular, que- 
dando aquella prisionera de guerra (1 4 de mayo). Al 
salir de la ciudad con las armas en la mano, la ¡dea 
de verse prisioneros de franceses encendió en ira y 
en despecho muchos de aquellos valientes españoles, 
que aun «e acordaban de lo que hablan sido en otro 
tiempo, y preñrieado la muerte & la humillación, em- 
prendieron un combate desigual y desesperado, en el 
cual, después de haber degollado muchos franceses, 
cansados y rendidos y abrumados por el número su- 
cumbieron todos, pereciendo con gloria como se ha- 
blan propuesto. Continuó entonces el francés el ata- 
que contra la ciudíadela, situada sobre una escarpada 
roca, y abierta brecha y dado el asalto, el príncipe de 
Yaudemont que la defendía pidió capitulación, que le 
fué concedida^ dándole pasaporte para Flandes, y 
desfilando él con toda la guarnición por delante del 
rey con los honores de la guerra. 



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MftTB 111. LIBIO ▼« 5K 

. Rendida BesanzGOy emprendió el de Enghíen el 
sitio y ataque de Dole, que también quiso avivar con 
s» presencia el rey Luis. Cúpole igual suerte á está 
plaza, cabeza de la provincia, que á la primera. Lue- 
go que saljó la guarnición (1 «^ de junio, 1674), mn- 
dó el rey, por consejo de Vauban, arrasar sos forli«- 
ficaciones, y trasladará Besanzon el gobierno supe* 
ríor de provinóia que antes residía en ella. Salina y 
otras pequeñas poblaciones y fortalezas se fueron so* 
metiendo sucesivamente. En, seis semanas quedó otra 
vez Luis XIV. dueño de todo el Franco-Condado, que 
desde entonces continuó unido á la Francia ^^K 

En tanto que esto pasaba, los confederados deja- 
ban trascurrir tiempo en meditar y discutir el plan de 
campaña que deberían de emprender. No asi el prío* 
cipe de Conde, que mandaba el ejército francés de 
Flandes, el cual aprovechando la irresolución de 1¿@ 
enemigos é imitando la actividad de su soberano, se 
apoderó de los castillos que impedían abastecer de 
provisiones á Maestrick; y aunque solo contaba cua- 
renta mil hombres, se preparó á atacar al ejército de 
los aliados mandado por el príncipe dp Orange, que en^ 
tre españoles, alemanes y holandeses ascendía á la cifra 
de setenta mil. Deseábalo el de Orange, confiado an 
4a superioridad numérica desús fuerzas, y esperaba, 



(4 ] Relación de Us guerras coo loria de los fraDceses.— Cartas pa- 
Francia y Holanda; MS. de la Di- ra 1^ Historia militar de Luis XiV. 
blioteca Nadooal.—SismoDdi, Ui8- —Historia del Franco-Gondado. 



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56 HlflTOBlA DB ESPAÑA. 

en venciéndole, penetrar por el reino de Franciav En- 
contráronse aqil^os ejércitos cerca de Séneff, provio^- 
cía de Henao, á tres y media leguas de Gbarleroy. 
Mandaba la vanguardia de los aliados, que era de im- 
periales, el marqués de Souche; formaban losespaño^ 
les la retaguardia, mandada por el conde deMonter- 
rey; ocupaba el centro el príncipe de Orange con sus 
holandeses, y estaba el de Vaudemont con seis mil 
caballos para proteger todas las tropas y acudir doD<- . 
de necesario fuese. 

, Dióse, pues, allí una de las n^s memorables ba^ ^ 
tallas de aquel siglo: se estuvo combatiendo desde 
la mañana hasta mas de las once de la noche (H de 
agostOi 1674): cuéntase que en el e&pacio de dos le^ 
guas yacían en el campo sobre veinte y cinco mil ca- 
dáveres, franceses, holandeses, alemanes y españoles; 
¡sangriento y horrible holocausto humano, debidoála 
ambición de unos pocos hombres! Losdos principes 
enemigos pelearon con igual brío, y ambos correspon- 
dieron, el uno á su antigua reputación de general in- 
signe, el otro á lá fama de sus mayores y á las espe* 
ranzas que ya en su juventud habia hecho ' concebir. 
Tampoco excedió en mucho la pérdida de uno y de 
Dtro lado; asi que ambos ejércitos se proclamaron vlc-~ 
toriosos, y.porxina y otra pártese cantó el Te-Deum 
en acción de gracias. Bieú puede, sin embargo, de- 
cirse que el triunfo moral fué del príncipe de Gondé. 
Temió éste sin duda aventurarse á perder en otra ba* 



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PARTB 111. LIBRO Y. 57 

talla la gloría adquirida eo Sencff» y auuque el de 
Orange inlenló eneipeñarle en ella, inanlúvose el fran^ 
cés en ventajosas posiciones^ linútándose á conservar 
las conquistas hechas y á impedir que los enemigos 
penetraran en Francia-^^^ • 

Culpábanse mutuamente los gcneiales aliados de 
los pocos progresos que habian hecho en esta campa* 
ña, porque ni siquiera supieron apoderarse de Oude->c 
narde» qué el príncipe de Orange había ido á' sitiar 
(setiembre, 1674), y se fueron unos y otros á coarte-- 
les de invierno; los españoles á Flandes , los de Ale- 
mania á su país , no sin saquear al paso los pueblos 
del Brabante, y sin cometer otros desmanes y trope- 
lías que -desacreditaron é hicieron odioso el nombre 
del conde de Souche. El de Orange partió con sus ho- 
landeses á activar y apretar eUsilio de Grave , que 
desde Enes de julio tenia puesto el general Rabenbaut, 
y cuya plaza defendía el marqués de Cbamilly. Aun- 
que el francés continuaba resistiendo conobstinaci(fn, 
hubo de capitular en virtud de orden que recibió del 
rey (octubre, 1674), para qtíe no comprometiera las 
vidas de unos soldados tan valientes en una defensa 
que pbr otra parte era inútil. Esta fué la énica venta- 
ja que en esta campaña obtuvieron los holandeses, y 
para eso perdió el de Orange seis mil hombres en es- 
te sitio. 

(4) Brusen de la Martíníere, Hutoria de las rroviacia»-Uni- 
Historia de la vida y del reinado das, lom. lí.— Obros de Lois XIV. 
de Luis XIV. Tom. III.— Basnage, 



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58 ttlSTOaiA DB bspaSa. 

Turena, qbe , como dijimos» operaba en el Rfain, 
defeodió con solos veinte mil hombres contra mayo* 
res /aerzas imperiales la Lorena y la Alsacia , ganó 
contra los alemanes tres batallas consecutivas, descon^ 
certó todos los proyectos de los enemigos, no obstan- 
te estar mandados también por un general bébíl, y en, 
todas partes se condujo como lo que era, como un 
guerrero consumado, sagaz y prudente , bien qne ea 
el Palatinada manchó algo su gloria con estragos y de- 
vastaciones, contándose entre estas el incendio y des* 
truccion de dos ciudades y día veinte y cinco pue- 
, bIosí«>. 

Ardia al mismo tiempo la guerra por las fronteras 
de Cataluña y del Rosellon. Los españoles concibieron 
esperanzas de recobrar esta antigua provincia de Es- 
paña por inteligencias secretas que mantenían con los 
naturales; pero descubierta la conjuración, y castiga^ 
dos los principales autores de ella por el general Brel 
que alli mandaba, no quedó otro recurso que intentar- 
lo por ja fuerza, y con toda la que pudo reunirse se 
puso alli en campaña el duque de San Germán* A 
mandar el ejército francés de aquella parte acudió el 
^ mariscal Schomberg, ya de antemano destinado' á ello 
y harto conocido de los españoles en las guerras de 
Cataluña y de Portugal. Pero condujese él de San 
Germán en esta campaña con una inteligencia y una 

(4) Historia del vizconde de Tureaa, lom. I. 



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PAftTB 111. Limo ▼• g9 

astucia qae acaso no habría podido esperar el francés. 
Después de haberse apoderado del castillo de Belle« 
garde, qae bailó mal fortificado y no bien provisto, 
cnando se encontró después frente del'ejórcito de 
Schomberg, empleó un ardid que le dio muy buen 
resultado. Hizo correr la voz de que proyectaba vol- 
verse á Cataluña, fingió preparar la marcha, cuidó de 
que llegara á oídos d^ Scbomberg por medio de un 
echadizo, colocó su infantería en unos barrancos, y 
buscando gran número de mulos, mandó que los lle-- 
vasen por la cumbre de los montes para que apare- 
ciese ser su caballería y bagages que iban en retira- 
da. Bret, qne sentia le hubiesen quitado el mando en 
gefe, y quería acreditarse con algún hecho brillante, 
salió sin orden de su generafeo persecución del ene- 
migo suponiéndole en fuga (junio, 1674). Esperáron- 
le los españoles donde bien les vino, cayó el francés 
en la emboscada^ sufrió su gente descargas mortífe- 
ras, y cuanto mas. quería moverse para salir del peli- 
gro, mas se embarazaba y envolvía. , 

Noticioso Scbomberg de este accidente^ envió un 
grueso refuerzo de tropas á Bret para ver de reparar 
el desorden, con cuya ocasión se trabó una seria re- 
friega en Maorellas, á las márgenes del Tech, que 
anoquede corta dnracion, costó á los franceses cerca 
de tres mil hombres entre muertos^ heridos y prisio- 
neros, contándose entre estos el hijo de Scbomberg, 
que era coronel de caballería. A pesar de este triun- 



Digitizea b^GoOgle 



60 lUSTOElA DE ESPAÑA. 

. fo, y de que no hdbia pensado San Germán retirarse á 
Cataluña, tuvo que verificarlo por orden que recibió 
del gobiérno'do Madrid, que necesitaba enviar parte 
de aquella tropa á Mesina^ donde había entallado una 
sedición contra el gobernador de £spaña. Con tal 
motivo se mantuvo el de San Germán el resto del año 
á la defensiva en la frontera de Cataluña, por haberse 
quedado sin tropas bastantes para poder emprender 
espediciones. En esta campaña^ en que mandaron tam- 
bién comogefes, al lado del veterano Tutlavilla duque 
de San Germán, el conde de Lumiares, y los jóvenes 
marqueses de Aylona y de Leganés> hicieron señala- 
dos servicios y admirables proezas los miqueletes ca* 
talaues, cuyos principales caudillos era un tal Trin- 
chería» y el baile de Massagoda, llamado Lamberto 
Manera; ya interceptando y cogiendo convoyes aleñe- 
migo^ ya impidiéndole tomar los puentes, y haciendo 
atrevidas incursiones, llegando en alguna ocasión con 
increíble audacia. hasta los muros de Perpiñan; ya 
hostigándole de mil maneras^ volviendo comunmente 
cargados de botín, y matando muchos franceses, á 

. vveces regimientos casi enteros, entre los cuales cayó 
á sus manos el teniente general de la caballería, así 
como quitó la vida por su propio brazo el de Massago- 
da al traidor catalán don Juan de Ardena. Verdades 
que no hubieran podido ser tan felices en sus osadas 
empresas sí no los favoreciera el espíritu de aquellos 
naturales, en general tan adicto á los catalanes, á. 



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FARTB III. LIBAD V. 6) 

quienes laolo tiempo estuvieron unidos, como adver- 
so ú los dominadores franceses ^^K 

Tal rué en 167.4 el resultado de la guerra en tantas 
partes sostenida por los ejércitos de Luis XIV. de 
Francia contra las tres potencias aliadas, y los prínci- 
pes y estados quo se habían adherido ¿ la confedera- 
ción contra el francés.- 

Lejos estuvo en el de 1675 de pensarse por nadie 
''en la paz; antes bien, á pesar de las grandes pérdi- 
das por unos y otrtfs sufridas, todos se aprestaron á 
continuar con nuevo y mayor ardor la guerra'. Por la 
parto de Cataluña y Rosellon no podia hacerse con 
gran ventaja para España> porque desmembradas las 
tropas que se embarcaron para Sicilia á sofocar la' re- 
belión que antes indicamos, y de que hablaremos des* 
pues, no pudo reunirse un ejército que oponer al ene- 
migo. Asi fué que Schomberg penetró en ei Ampur- 
dan por el, estrecho y difícil Goll de Bañols, se detuvo 
tres dias en Figueras, que abandonaron los españo- 
les, se llegó á los arrabales de Gerona, y atacó la 
ciudad, que defendió con constancia el duque de Me- 
dinasidQnia, hasta que el francés, cansado de una re-- 
sistencia que no esperaba, alzó el cerco y se retiró 
con pena. Yiéronse en la defensa del rastrillo de San 
Lázaro hechos heroicos. Un solo capitán, don Fran- 



(\) Progresos'de Us armas es- Cataluña, en el año 4674: impr^e- 
paoolaa al mando del daque de so en Madrid. Biblioteca de Sala- 
san Germán, capitán generaít de zar, Gst. 44, núm. 473. 



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6S BlSTOaiA DB B8PA$A. 

cisco de Vila, detuvo por espacio de cioco horas cod 
treinta hombres á uo número cien . veces mayor de 
franceses; y allí pereció el caudillo de miqneletes 
Lamberto Manera, después de haber peleado todo el 
dia, cubierto de sangre enemiga y dé la suya propia. 
Pero su compañero Trinchería no cesó de acosar 
al ejército francés, no dejándole asentarse en parte al- 
guna, ni menos desmembrarse en partidas sueltas, 
ni cruzar un convoy que no fuera atacado, habiendo 
alguno que aunque escoltado por mas de dos mil hom- 
bres fué acometido en un desfiladero por solos doS'- 
cientos de los almogábares ó miquelMes de Trinche- 
ría, matando estos hasta otros doscientos enemigos, y 
apoderándose de trescientas acémilas. Ya que no po* 
^ dia pelearse como de ejército á ejército, eran prodi- 
giosas las hazañas de los catalanes en combates par- 
ciales. Un cuerpo de cuatro^ mil infantes y quinientos 
ginetes franceses atacó la villa de Massanet , donde 
solo se encontraba el capitán José Boneñ con cuarenta 
miqueletes. Rotas fácilmente por el enemigo las tapias 
de la villa, encontró á Boneu fortificado en las calles 
con sus cuarenta hombres, que las fueron defendien- 
do palmo á palmo por espacio de muchas horas. Re- 
fugiados por último en la iglesia, resistieron alli has* 
ta qne escalando los franceses las bóvedas y pene- 
trando por muchas partes á un tiempo, viéndose como 
ahogados por el número tuvieron que rendirse. Quiso 
el general francés mandar ahorcar á Boneu, mas lue- 



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rAiTBiii. Li0&« y. 63 

go desistió acordándose de que él mismo kabia debido 
la vida á los calalanest y considerando que eran ter- 
ribles en sos venganzas. Hechos como éste se repe- 
lían con frecuencia. - * 

Determinado Schomberg á apoderarse del castillo 
de Bellegarde, que los españoles habían tomado el 
año anterior tan fácilmente, pero que hablan tenido 
cuidado de poner en buen estado de defensa » alacóle 
con artillería gruesa que hizo llevar de Perpiñan. 
Circunvalada la fortaleza» ofrecióse el intrépido Trin* 
chería á abrirse paso con sus miqueleles» y le abrió 
en efecto rompiendo un cuartel enemigo con indecible 
arrojo; pero los capitanes y soldados que el de San 
Germán enviaba en socorro del fuerte se negaron á 
encerrarse dentro de sus muros. Con lo cual los sitia- 
dos, después de una vigorosa defensa, se vieron pre* 
cisados á capitular , y evacuada la fortaleza por la 
guarnición, que se componia de mil hombres, entra* 
ron en ella los franceses (20 de julio , 1675). Des* 
cansó Schombevg en la estación calurosa de las fati* 
gas de la campaña, y para concluirla seTuéá la Cer* 
daña, donde exigió como de costumbre contribucio* 
nes para mantener su ejército , aupque sin saquear 
los pueblos ni talar' los campos: amenazó á Puigcer- 
dá, mas hallándola bien fortificada y provista por el 
duque de San Germán, se retiró sin acometerla á cuar* 
teles de invierno <*). 

(I) Epítome histórico de los sucesos de España, etc. MS. déla 



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6 i HISTORIA DE B5PAÑA. 

En Oíros pantos se estaban midiendo en mayor 
escala las fuerzas de Luis XIV. con las de las poten- 
cias aliadas. El emperador habia hecho entrar en la 
confederación otros príncipes, pero también Luis ce- 
lebró pactos con el rey de Suecia, obligándose éste á 
distraer la atención de Leopoldo por el Norte de Ale- 
mania, á cuyo ñn, y so preteslo de haber infringido 
el tratado de Westfalia el elector de Brandeburg, 
hizo entrar tropas en la Pomerania electoral (enero, 
1675). Buscó entonces el elector el apoyo del imperio, 
de Holanda, de Dinamarca y de la casa de Brunswiph 
para defenderse contra la Suecia, y asi tomóla lucha 
mas colosales dimensiones, interesándose en ella casi 
toda Europa. 

En los Países Bajos el príncipe de Orange, y el du- 
que de Yillahermosa, que sucedió ül conde de Mon- 
terrey en el gobierno de la Flandes española , junta- 
ron sus fuerzas para oponerse á tas empresas de los 
franceses. Pero confundíalos el rey Luis con los movi- 
mientos de sus ejércitos, amagando ya á un lado ya á 
otro, dando vueltas hacia una y otra parte,, sin' que 
se pudieran penetrar sus intenciones. Sabíanse des- 
pués por los resultados. Sus excelentes generales, 
Grequi, Conde y Enghien, rindieron las importantes 
plazas de Dinant y de Limburgo (de mayo á julio, 
1675). El tnonarca francés impidió al de Orange y á 

Bibljoteca'de la Real Academia de Vida y reinado de Luís XIV. (o- 
U listona, c. III.— La Martiuiéreí mo IV. 



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rARTBlIl. LIBBOT. 65 

los españoles el paso del Mosa, y sos tropas los faeroD 
persiguiendo en so retroceso á Braselas, apoderándo- 
se de paso de Tillemont. Su necesidad de sacar de 
Flandesun cuerpo considerable de tropas francesas 
para enviarlas á Alemania mejoró la suerte de los 
holandeses y españoles: el de Orange quedó en aptitud 
de obrar con mas desembarazo (julio, 4675), pero no 
pudo desalojar á Conde de las posiciones yentajodas 
que escogia, ni obligarle á aceptar la batalla fuera de 
ellas. Otro tanto le sucedió con el duque de Lnxem* 
burg, que reemplazó en el mando á Conde, Guanda 
éste tuvo que partir á Alemania ¿ reparar en lo posi- 
ble la pérdida que alli acababa de sufrir la Francia 
con la muerte de Turena. Tampoco fué lucida la 
campaña de este año en Flandes para los holandeses 
y españoles ^*K 

La de Alemania fuá famosa, no por las conquistas 
que en ella hicieran ni franceses ni imperiales, sino 
por las pruebas que de su respectiva habilidad dieron 
los dos mas insignes generales de su siglo, furena y 
MontecucnUi. El de los franceses era singular en la 
elección de posiciones y en los artificios para burlar 
las asechanzas y evitar los combates siempre que le 
convenia. El de los alemanes se distinguía por su pre- 
caución en las marchas, y por la manera ingeniosa 
con que conduela en ellas las tropas, los trenes y los 

(4) Baanage, Historia de las Hartiniére, Vida y reinado de 
ProTiacias Unidas.^Brazen de la Luis \IV.— Obras de Luis XIV, 

Tono XVII. . 5 



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66 mSTOElA DE ESPAÑA. 

bagages. De MoQteouculli se ha dicho que nuDca dío* 
guD general ha sabido imitarle eo el órdeade las mar- 
chas por cualquier país que fuese. Háse dicho de 
Tureoa que sabia retroceder como Fa];^io y avanzar 
como Auibal. Halliadose en una ocasión frente del 
ejercitó de Mootecno\illi después de haber dado dispo- 
siciones para )a batalla, y observando sus movimien- 
tos, una bala de canon le dejó muerto instantáneamen- 
te (80 de jolio; 4676). Su muerte causó un dolor ge* 
Qerál y profundo en toda la Francia: los hombres elo*- 
cuentes' lloraron todos sobre su tumba: su cadáver fué 
llevado á París, y enterrado en el panteón de los re- 
yes ^^K El ^'ército francés, después de la muerte de 
este grandeiiombre emprpndió la retirada: los impe- 
riales pasaron el Rhin, y entraron en la Alsaoía, pero 
no pudieron mantenerse en ella. 

Deseaban ya casi todas ias potencias la paz, y la 
Inglaterra era la que trabajaba mas por ella en cali- 
dad de mediadora. Ocurrían no obstante dificultades, 
4Súmo siempre, á pesar de la buena disposición de la 
mayor parle de los soberanos. El de Francia especial- 
mente, acostumbrado á ganar mucho en tales tratos, 
aparentaba hacer grandes sacrificios cuándo solo ce- 
día en cpsas de poca monta, tal como la de convenir 



(4) B^anraiD, Historia de las morías halladas en la cartera del 
cuatro Mimas campafias de Tu- mariscal de Turena, por el conde 



reoa.— vida del vizconde de Ta- de Grimoard 
roaat^-Coteocíon de cartas y me- 



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FASTB III. UBftO V. 67 

sin dificultad en el lugar que se seoalára para tener 
las confereociasí* Yeocidos al fio algunos inconv^meQ- 
les, y desigoada de comua acuerdo para celebrarlas 
pláticas la ciudad de Nimegat dada soberano eavió 
allá sus pleDipoteociarios para comeozar las Degocia-> 
cienes (diciembre, 1 675) . 

Mas óofflo sí en tales tratos no se pensara, asi obró 
Luis XIY., toda ve2 que so protesto de obligar á los 
enemigos de la paz á no turbar las confereiipias, re^ 
forzó su% regimientos, y puso al anp signiente (fB76) 
cuatro ejércitos en campaSa; el del tlbínal mando^lel 
duque deLuxemburg,elde Sambre y Masa al delmá* 
riscal do Rocbefort, dando al de l^oailles el desti-* 
nado á obrar en el Rosellon y (jlataluña, y quedando 
él mismos! frente de otro de cincuenta mil hombres, 
cujbs tenientes eran el duque do Orleans, su bermano, 
y los marisscales de Crequi, Scbomberg, Homiéres, la 
Feuiilade y Lorges. Cayeron estas fuerzas primeramen- 
te sobre la plaza de Conde en Flandes, y atacáronla con 
formidables baterfas los mariscales reunidos á presen^ 
cía del rey. Cuando el príncipe de Orairge y el dnque 
de Villabermosa marchaban en socorro de la plaza, 
ya la guarnición consternada babia capitulado (abril, 
i 676). Mientras el rey Luis en persona contenía al dé 
Orange y Villahermosa, otfo cuerpo considerable de 
^us tropas sitiaba, atacaba y rendia la plaza de Bou-* 
chain (mayo, 1676). Aun después de enviar refuer-* 
zos á la Álsacia y 4a Lorena, en la revista que 



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68 ' UISTOftiA DB BSPaAa. 

pasó á su ejército en jaDÍo vio que no bajaba de cua*'- 
renta mil hombres. Con ellos se corrió laego hacia 
Yalenciennes, y- acampando enQaievráin taló todo el 
país de las cercanía» de Mons» despaes de lo cpal se 
volvió á Francia (julio), dejando el mando del ejérci- 
to á Schomberg. 

Mientras que el mariscal de Humiéres sitiaba la 
dudad de Ayre, una de las mejores y mas fuertes que 
los españoles poseiánen el Artois, y se apoderaba de 
ella sin que llegara á tiempo de impedirlo el duque 
de YiUahermosa (fin de julio, A 676), el príncipe de 
Orange embestía la disputada plaza de Maestrick con 
un ejércRo compuesto de tropas holandesas, alema- 
nas, inglesas y españolas. Grandes esfuerzos hizo el 
joven statuder para recobrarla: muchos y muy san- . 
grientos combates hubo entre sitiadores y sitíados; 
muchos estragos causaron en unos y en otros las mi- 
nas que se volaban; á costa de mucha sangre se to- 
maba y se perdia cada fuerte, cada bastión, cada 
reducto, cada camino cubierto. Pero acudiendo el 
mismo Schomberg, que hasta entonces habid estado 
deteniendo á YiUahermosa, en socorro de la plaza, 
resolvieron los confederados en consejo ' de generales 
levantar el cerco (agosto, 4676). No fué poco el isé- 
tito del statuder en saber retirarse burlando á fuerza 
de estratagemas al enemigo. Terminó la campaña de 
este año en Flandes rindiendo el mariscal Humiéres el 
fuerte de Livíeky tomando el de Grequi el castillo de 



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fARTB III* LIBftO V 69 

Bouillon, el de Lik y algunos otros de meóos ¡m- 
ortaocta ^*). 

Aunque no tan triunfantes las armas francesas en 
Alemania, sin embargo también ganaron alli algunas 
victpria&. La ciudad de Pfaiiisburg cayó en poder del 
mariscal duque de Luxemburg; el duque de Lore- 
na, que babia reemplazado al célebre Montecuculli en 
el mando del ejército imperial, se retiró sin gloría á 
cuarteles de invierno (octubre, 1676), y el mariscal 
francés situó ^tts tropas en la Alsdcia y la Lorena. 

No se descensaba en la parte del Rosellon y Ca* 
taluña. El marqués de Cerralbo.habia sustituido en 
el vireinato del Principado al veterano Tuttavilla* 
duque de San Germán. A Schomberg babia reempla- 
zado en el mando de las tropas francesas el mariscal 
dé Noailles, que ^disponía de quince mí( hombres, 
con mas unas compalUas de míqueletes franceses que 
formó á imitación de los catalanes. A fines de abril 
(1676) pasó el francés revista á sus tropas, mudó la 
guarnición de Bellegarde, que los españoles habian 
estado á punto de ganar por secretos tratos, y entró 
en el Ampurdan.pór el Coll de Pertús, tomó á Figue- 
ras haciendo prisionero un tercio catatan sin que se 
escapara un solo hombre, hízola depósito de víveres, 
y continuó su qiarcba sin tropiezo. Gente nueva y sin 

(1) Carlas y despachos de Lan- Provincias Uaídas, t.. il.— Obras 

noy, de Estrades, a» Colbort y de de Luis XIV. t. IV.—Oacetas e»- 

Avaas:. correspondencia de lio- pañolas del reinado de Carlos 11.: 

landa.— Basnage, Historia de las Noticias estraordinarias del Norte. 



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70 HISTORIA DB BSPAÜA. 

esperíenoia los soldados españoles que se reanian en 
las cercanías de Gerona, no se atrevieron á hacer 
frente al marisical francés. Sin embargo, salieron á dos 
leguas de la ciudad» con voz, pero no cbn intención 
de ir á atacar al enemigo: mas sabedores por los mi* 
qoeletesde (jtue un cuerpo de infantería y dragones 
franceses, iba sobre ellos con la confianza de des« 
truirlos como hisopos, tuvieron á bien retirarse al 
abrigo de la ciudad» 

Todo eí empeño y todo el afán de Noailies era 
esterminar los importunos miqueleles, que no dejaban 
reposar sus tropas, como antes no habían dejado des- 
cansar las de sus antecesores. Con órd onde perseguir- 
los sin tregua hasta en los lugares mas ásperos des- 
-tacó al mariscal Cabaux con todos los dragones y bds* 
lante infantería; pero dividiéndoselos miqueletes Qn 
tres trozos para mejor burlar la persecución y hacer 
mas libremente sus escuj*siones« conocedores del pais 
hurtábanle al mariscal ligeramente las vueltas, y 
cuando creiallevarlos delante cncontrábaseacometido 
por la espalda ó por los lados, confundíase y s.e fali-"^ 
gaba sin fruto^ hasta que cansado tuvo que renunciar 
á la persecución, y cuidar él mismo do librarse de 
ella. Disminuido luego el ejército francés por haber 
desmembrado cuatro mil hombres para* enviarlos 
también á Sicilia (julio, 1676), limitóse el de Noai- 
lies el resto del año á mantener sus tropas á costa del 
pais y con gran vejámpn de los pueblos, hasta que 



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PABTB III. LIBBO V. Ti 

aproximándose la estacioir fria y distríbuyendo so 
gente entre el Ampordan y el Rosellon se retiró á 
Perpiñan, desdé donde hacia solamente algunas es^ 
corsiones ^*^ 

Henos feliz fué todavía para los españolea la cam<- 
pana de GatalnSa el año siguiente (4677). Sucedió al 
marqués de Cer'ralbo en el vireinato el príncipe de 
Parma, que al poco tiempo, sia cansa que aparezca 
justificada, fué reemplazado por el conde de Monterr 
rey, gobernador que habia sido de FlandejS. Aunque 
*se determinó enviar á Cataluña las tropas destinadas 
á Sicilia, y el Principado hizo un gran donativo para 
la guerra, ^ muóhos grandes y nobles de Castilla 
tomaron las armas, procedióse con tanta lentitud, que 
eran ya fines de junio (t677) cuando el de Montera 
rey pudo ponerse en marcha con un ejército de cerca 
de doce mil hombres, cuyo maestre de campo gene* 
ral^éra don José Galceran de Pinos, á fin de atacar át. 
mariscal de Noailles que con sus ocho mil infantes 
infestaba y asolaba los pueblos del Ampurdan. Esp^ó 
el francés en posición ventajosa al pie de una montaña 
y al otro lado del rio Orlina. Acampó el de Monterrey 
y pnso en batalla ^u gente &. tiro dé cañón. Estuvie- 
ron unos y btros, algunos dias observándose y hacien- 
do algunos movimientos, pero sin venir á las manos* 
El 4 do julio levantó el francés su campo y fuese re- 

(1) Epítome bistórico de los sacesos de España, ctc¡ MS. \ 



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72 H18T01Ü DB BSPAAa. 

tirando coo macho silencio* Sigaíéronle los nnestrbs 
llenos de confianza, y especialmente la nobleza, que 
creyó llegado el caso de cubrirse de gloria. Mas vien- 
do el de Noailles el desorden con qne la vanguardia 
española acometía su retaguardia, mandó hacer alto y 
disparar la artillería. Empeñóse con esto una seria y 
brava pelea, que duró de cinco á seis horas, y en que 
nuestra inesperta nobleza pagó caro su ardor y su cie- 
ga confianza. Aili cayó mortalmente herido el duque 
de Monteleon, que guiaba la vanguardia; alli sucuin- 
bieron el joven marqués de Fuentes, el vizconde de 
San Jorge y otros caballeros españoles y alemanes. El 
conde de Monterrey puso en buena ordenanza toda su 
gente, recogiendo la desecha vanguardia, y el com- 
bate se hizo general, con nd poóo estrago de una y de 
otra parte, mas cuando le pareció al francés conve- 
niente prosiguió su marcha y ganó el Rosellon. Por 
mas que en Barcelona y en Madrid se celebrara como 
un triunfo esta jornada, la verdad es que sufrimos 
lamentables pérdidas, y que nuestro ejército quedó 
quebrantado, y gracias que e^ enemigo no hizo en el 
resto de aquel año mas irrupciones. 

La que hizo al año siguiente (abril, 1678) fué tra- 
yendo su ejército reforzado hasta veinte mil hombres, 
con el cual emprendió el sitio de Puigcerdá, capital 
de la-Cerdaña. Guarnecíala el bravo oficial don San- 
cbo Miranda con dos iqíI hombres de tropa y setecien- 
tos ciudadanos armados. Esfuerzos prodigiosos de va- 



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PAETB 111. UBM T. 73 

lor hizo el don Sancho en un mes entero que dar^ el 
sitio, y en el cual los franceses abrieron muchas bre- 
cbaSf hicieron y volaron mdiqhas minas y dieron vad- 
nos asaltos. El conde de Monterrey, que se movió con 
trece milliombres como para dar socorro á la plaza, 
contentóse con situarse frente al ejército sitiador, sin 
atreverse á atacar sus cuarteles, y luego se retiró de- 
jando abandonado al gobernador de Püigcerdá, que 
con aqoella retirada imprudente se vio precisado á 
capitular (28 de mayo, 1&78), con condiciones dignas 
de su gloriosa defensa* Conquistada y guarnecida es- 
ta plaza por el francés, volvióse al Rosellon á des- 
cansar, de las fatigas del sitio. Pero en setiembre pe- 
netró de nuevo en Cataluña, y pasó aquel mes y el de 
octubre entre el Ampurdan y la Cerdaña sul)8istien- 
do á espensas de ambos paises, y sin acometer em- 
presa considerable. Por último, con noticias que el 
mariscal francés tuvo de estar para concluirse el tra- 
tado de paz general, hizo destruir las fortificaciones 
de Püigcerdá y otros castillos que poseían los france- 
ses, para que no pudieran servir á los españoles en él 
caso de una nueva guerra ^*K 

Hablan estado en este tiempo principalmente em- 
pleadas laaleacion y las fuerzas de.Luis XIV.' en los 
Paises Bajos, de cuya posesión se había propuesto des- 
pojar á España. Yaunque habia manifestado deseos de 

(4) Brozen de la Martinióre, Luis XIV. tom. III.— Basnage, t.U* 
Uisi. de la vida y reinado de «—Epítome histórico, etc. 



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74 iitSToaiA DS bapaRa. \ 

paz y 8Ído el primero eo enviar sus plenipoteüciarios á 
Nimega, no por eso renunció á la prosecución de sus 
conquistas. Hteolas ahoi!& eon mas rapidez por el 
abandono de la corle de España en enviar socorros á 
Fiandes. Abrióse esta vez la* campana por el sitio de 
Valenciennes (febre^y 4677), á cuyo campo llegó el 
monarca desde París el 4 de marzo, no obstante el ri- 
gor de la estación. La plaza de Yalénciennes, fuertí- 
sima y délas de primer orden» qae se tenia casi por 
inexpugnable^ se rindió á ios franceses (17 de marzo)^ 
no sin sospechas de haberse debido en gran parte á 
secretas inteligencias con los de dentro. Asediada des- 
pués y embestida, la ciudad fuerte deCambray, se en- 
tregó también al rey Luis por capitulación (6 de abril)» 
El duque deOrleans, hermano único del rey, batió y 
derrotó en campal batalla al príncipe de Orangeen 
Cassel, con pérdida de mas de cinco mil de los alia- 
dos entre oiuertos y prisioneros, y de loa cañones, 
morteros, provisiones y muchos estandartes. Después 
de la cual continuó el de Orleans el sitio qué tenia 
puesto á Sjaint-Omer, y ia rindió también por capitula- 
ción (22 de abril), 

¥X príncipe de Orange, desptfes de la derro- 
ta de Cassel, reunió todas sus tropas y las aumentó 
hasta formar un ejército de cincuenta milhombres, 
inclusos los españoles, con el cual, después de algu- 
nos movimientos para aparentar que iba á poner cer- 
co á Maestrick, cayó sobre Charleroy. Pero habiendo 



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PABTB III. LIBRO V. 75 

acudido los mariscales $l'e Luxemburg y de Humiéres, 
y deteniendo el de Crequi al duque de Lorena que 
marchaba á darle refuerzo,, levantó el sitio (4 4 de 
agosto, 1677), y se retiró sin aceptar la batalla de los 
franceses, contra el parecer del duque de Villaher- 
mosa. Con mejor suerte el de Luxemburg, sé apoderó 
en diciembre de la plaza de San Guillain, con que 
terminó la campana de 1 677 en Fiandes tan venta- 
josa para los franceses como desastrosa é infausta 
para holandeses y españoles ^*K 

Por un nuevo tratado que hicieron entre sí la In« 
glaterra» Holanda y España, y que. se firmó en La 
Haya {16 de enero, 1678), fueron retiradas de Fran- 
cia las tropas inglesas que estaban als^ervicio del rey 
I^iSf' y á petición del príncipe de Orange suministró 
la Gran Bretaña una escuadra de ochenta bageles de 
guerra con treinta mil soldados. Viéndose tan seria- 
mente amenazado LuisXIY., resolvió separar la Ho<* 
Janda de la confederación ofreciéndole partidos ven- 
tajosos, para poder dictar la ley á las demás naciones; 
y á fin de obligar á España á dar oídos á las condi- 
ciones de paz que quería imponerle, se propuso inti- 
-midarla, moviendo todos sus eyércitos á un tiempo, 
sin revelar á nadie sus planes y designios, y bacién- 



(4) Correspondencia de Holán- de Lfis XIV.-^ Noticias exlraor- 
da. Colección de Docamentos bis- diñarías del Norte, impresaa en 
tóricos para la historia de Fran- Zaragoza, 1677: Colección do Cá- 
ela. — Basnage, Historiare las Pro- ^cctas de este reinado, 
vincías Unidas, tom. 11.— Obras 



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76 . HISTORIA DB ESPAfÍA. 

dolos marchar y cootramarcbar con órdeqes reserva- 
das y xnisteriosasi que á nadie dejaban adivióar sus 
proyectos. Asombrado se quedó el duque de Yillaher'^ 
mosa que gobernaba por España ios Países Bajos» 
cuando supo que los franceses atacaban á un tiempo á 
Iprés, Namur, Luxemburg y Mons. 

, No menos sorprendió al gobernador de Gante, 
don Francisco Pafdo» oficial español de gran valor, 
intrepidez y prudencial ver atacados los arrabales de 
la ciudad por el ejército de Rumiéres (marzo, 1678), 
hallándose sin tropas para defenderla. Hizo sinembar* 
go heroicos esfuerzos, abrió las esclusas é inundó el 
pais: pero al cabo de ocho días tuvo que rendirse (9 
de marzo)^ por falta absoluta de medios para pro- 
longar mas la defensa; Igual suerte cupo á iaxle Iprés 
(S5 de marzo}, cuyo sitio dirigió el rey en persona. 
Indignó á ios ingleses la conquista de estas dos pla- 
zas, por el menosprecio que el francés hacía de su 
empeño y compromiso en la conservación de la Flan- 
des española. Empeñábase el parlamento en qtie se 
había de declarar la guerra á Francia, pero Carlos, ó 
ganado por la corte de este reino, ó bien hallado con 
su Vida de deleites, lo difirió cuanto pudo, hasta que 
al fin la declaró (9 de mayo). Este paso, dado algún 
tiempo antes, hubiera podido ser mas provechoso á los 
aliados: mas como quiera que las negociaciones de la 
paz, entablpda en Nimega, aunque conducidas con 
lentitud, estuviesen ya adelantadas; y como quiera 



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PAATB 111. LIBEO ▼• 77 

que los holandeses, mas cansados de guerra que I6s 
demás» se mostrasen también mas dispuestos á acep- 
tar lel tratado de paz con Francia, la guerra de los' 
Pai^s Bajos fué ya menos viva, si bien no se inter- 
rumpieron las operaciones. 

Los (Jos ejércitos, el de los franceses y el áe los 
aliados^ se dieron todavía un sangriento combate de* 
lante deMous (agosto, 1678), y aun creyeron unos y 
otros que se renovaria al día siguiente, cuando llegó 
á los dos campos la noticia de haberse firmado la paz 
que puso término á esta larga'y calamitosa guerra, y 
de cuya historia y condiciones daremos cuenta sepa- 
radamente, por lo mucho que influyó en la situación 
sucesiva de ios estados de Europa <*). 

. (4) Obras de Luis XIV. t. IV. Nimega.—CorrespondeDCÍa délos 

.^Gacetas de 4678: Noticias reci- generales de los Países Bmos coa 

bidasdel Noil9.— Basnage^ Histo* LaísXlV. y con lacórtedeespafiat 

ría de las ProTíncias Unidas.— Documentos inéditos. 
Memorias de las nsgociaciones de 



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CAPITULO IV. 

REBELIÓN DE MESSINA. 
De1«74 * 4678. 



Causa y ^riocipio^e la robclion.— Medidas del virey para sofocarla* 
-—Protección y socorro de los franceses á los sablevados.— Van 
tropas do Catalana contra elIos'.-^Roconocen los rebeldes por so- 
berano á Luis XIV. de Francia*— Don Joan de Austria se niega á 
embarcarse para Sicüia.— Armada holandesa y espaílola.— Ruyter. . 
— Combates de la escuadra airada contra la francesa.— Muerte de 
Ruyter. — Destrucción de la armada holandesa y espafiola.— Nue* 
vos esfuerzos de España. — Odio da los sicilianos á los france8ea.-<* 
Declaración de Inglaterra contra la dominación francesa en Mes- 
sina. — Retira'Lui^ XIV. sus naves y sus tropas de Sicjjia.— Término 
do la rebelión.— Rigor ep los castigos de los rebeldes. 



Dijimos en el capítulo anterior, que en el verano 
de 1674 había sido necesario desmembrar una parto 
del ejército de Cataluña para enviarla á Sicilia á fín 
de sofocar una rebelión, que acababa de estallar en 
Messina contra el gobierno español. 

Nació esta rebelión de haber querido el gpberna*- 
dor español don Luis del Hoyo quitar á los mesineses 
el gobierno particular con que ellos se reglan, y con 



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^ C0al vivían gomando de una completa libertad eo 
medio de una monarquía absoluta. Para conseguirlo 
intentó destruir 61 poder de la ^oblesa acariciando al 
pueblo. Uoa carestía que se^ experimentó habia dadb 
ocasión á que los populares se levantaran contra el 
senado, incendiando y devastando las casas de los 
senadores. Don Luis del Hoyo aprovechó aquella es* 
cisión para proponer que se compartiera la autoridad 
entre nobles y plebeyos; mas no por esto los tumol* 
ios cesaron, y se formaron en Ifessiaa dos partidos, 
uno de ellos, él mas poderoso, apegado á su antigua 
constitución, y enemigo de ' los españoles, cuyas in- 
tenciones sospechaba. El sucesor de don Luis del Ho-k 
yo, don Diego de Soria, marqués de Crispano, creyó 
que el mejor medio para sujetar á los senadores que 
' 'eran de este partido era el rigor, y llamándolos una 
mañana á su palacio los hizo prender. Al rumor de 
este suceso se alborotó la población, tomaron las ar-* 
mas los dos partidos, llamados los Malvazzi y los 
Merlit chocaron entre sí, y vencedores los Malva2;3i, 
que eran los mas, dirigiéronse al palacio del gober^^ 
nador, hicíéronle soltar los presos (agosto, 1674), le 
depusieron del cargo, é intentaron^ apoderarse de su 



persona, pero b impidió la artillería del fuerte de 
San Salvador disparando "^contra la muchedumbre. 
El virey de Sicilia, marqués de Bayona, llamó tropas 
- para sujetar la óiudad sublevada, y pidió socorros al 
virey de Ñapóles, marqués de Ástorga; pero hacíanle 



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80 s 018T0EU dbbspaIIa. . 

falta las galeras de Malta y de Genova para dominar 
el mar. 

Los mesineses, viendo el peligro - que corrían, 
aunque se habían ido apoderando de casi todos los 
fuertes y arrojado de ellos á los españoles, determí-% 
naron pedir auxilio á Luis XIV. de Francia, por me* 
dio del embajador francéis en Roma, dnque de Es- 
irées ^*K El monarca francés que hacia tiempo desea- . 
ba intervenir en la vida política de Italia, y que vio 
tan buena ocasión de cooperar también en aquella 
parte al abatimiento del poder español, acogió con 
avidez la proposición, y al momento ordenó que el 
caballero deValbelle fuese con una pequeña flota álle-* 
var provisiones á los de Messina. A la aproximación 
de este socorro los mesineses abatieron las armas 
españolas, á los gritos^ de <x¡Vtt>a Praticial ¡Muera 
BspáñaU Las provia^iones entraron, merced á la íq-^ 
movilidad de don Beltran de Guevara, que mandaba 
las galeras de Nápole^, el cual estaba ya en el puer- 
to, y nada Bizo para impedirlo. A instigación de Val- 
belle atacaron los mesineses el fuerte de San Salva- 
dor, y después de minado intimaron* la rendición a) 
gobernador, que capituló á condición de entregar la 
plaza si dentro de ocho dias no le llegaban socorros. 

Con noticia de estas novedades la corte de Madrid 



. (4} Fué el encargado de esta influyeate en aquelJas cireans- 
comisión Antoníio Caffaro, hijo^el tancias. 



senador Gaflfhro, elpersonage mas 



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PAATB 111. LIBIO V* 84 

mandó embarcar para Sicilia una parte de las (ropas 
que operaban en Cataluña » y nombró vírey al marqués 
de Villafraoca, que con aquoUas tropas y las que de 
Milán acudieron» se propuso estrechar la ciudad. Pero 
al propio tiempo, y cuando ya el hambre apuraba á 
los de dentro» arribaron diex y nueve naveafraneesas 
con bastimentos y soldados (13 de enero, 1675), y á 
poco tiempo llegó el duque de Vivonne, comandante 
de las fuerzas maritimas de. la Francia en el Mediter* 
raneo, con nueve^ navios gruesos y algunas fragatas 
(febrero); enarboléronse enMessina de orden del se- ' 
nado las banderas de Francia, y desembarcado que 
habo el francés le fberon entregados los puestos prin- 
cipíales de la ciudad, y se le hicieron los honores co- 
mo á quien iba investido del título de virey. Pero la 
entrada en el ^puerto le había costado on terrible com-* 
bate, en que al fin quedó victorioso, teniendo que re* 
tirarse á Ñápeles la ^scaadra española» El almirante 
francés declaró que Luis'XIV. habia, tomado bajo su 
benévola protección la ciudad de jáessina, en cava 
virtud se prestó en la catedral con toda ceremonia el 
juramento, de fidelidad al nuevo soberano {%% de 
abril, '1675), y el virey á su ves juró á nombre de su 
moiAma guardar los fileros, privilegios y libertades 
de ios mesineses. 

Mas si loa fraaceses dominaban ee la ciudad, no 
asi Alera de allí, niel reMo del rein6, doade eran 
aborrecidos. Palermo se declaró contra elloa: nobles 
Tomo xvii. , 6 . 



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82 &18T0RIA DB BSPAÑÁ. 

y paisanos sé armaban por todas parles para resislir- 
les; y si bien para neulralizar aqael movimiento de 
repalsion publicó Luis XIV. un manifiesto declarando 
que su intención era libertar á los sicilianos de la do* 
minacion española y proteger el restablecimiento dei 
trono nacionaU dejándoles elegir un rey de su san- 
gre; así y todo el duque de Vivonne tenia que estar 
encerrado en la ciudad, sin atreverse á emprender 
espedicion alguna, hasta qne le llegaron nuevos re^ 
fuerzos navales (junio), con jos cuales pudo acometer 
algunas ciudades de la costa, y apoderarse de Agosta 
y de Lentini (agosto, 4 67K). 

En vista del aspecto que presentaban los negocios 
de Sicilia^ la reina regente de Bspaña pidió socorro^ 
á la Holanda como aliada nuestra que era, y nombró 
á donjuán de Austria virey y general de todos lOs 
dominios españoles en Italia, con lo cual se proponía 
alejarle del reino, donde-siempre le estaba inspirando 
recelos'y temores. La república respondió al llama- 
miento enviando al almirante Ruyter, que llegó á 
Cádiz con veinte y cuatro navios de guerra (S8 de se- 
tiembre, 1675), y desde alli pasó á Barcelona, donde 
^ le debían reunir las tropas de don Juan de Austria 
destinadasr á la espedicion. Pero el hermano bastardo 
del rey, á quien éste por consejo de su confesor había 
escrito una carta de su puno llamándole á la corte, 
vino á Madrid, y desde aqui avisó al almirante holab. 
des que podía eibbarcarse, pues él no pensaba partir 



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PARTBJÍII. LIBRO V. 83 

para Sicilia. Y era que el rey estaba muy próximo á 
cumplir la mayor edad, y los ODemrgos de la reina 
madre temau ya preparado el terreno para sustituir 
al influjo de la regente el de don Juan de Austria en 
los consejos del joven soberano. 

Partió, pues, Ruyter de Barcelona sin llevar tro- 
pas de España, y después de sufrir dos borrascas en 
el tránsito arribó á Sicilia^ donde se le incorporó la 
flota española. El 7 de enero (1676), hubo ya un recio 
combate cerca de Stromboli entre las escuadras ho- 
landesa y francesa, mandada esta última por Duques- 
ne, en que ambas quedaron maltratadas, sin resulta- 
do definitivo para ninguna. Al mismo tiempo el ejér- 
cito español de tierra batía cerca de San Basilio en 
la vecindad de Messina á los franceses y moisineses 
reunidos. Guando nuestras tropas se hallaban á tiro 
de canon de la ciudad, ftuyter se aproximó también 
al puerto con la armada, y queJó aquella circuida 
por mar y tierra. Mas luegq en una segunda^ batalla 
naval que las dos escuadras enemigas se dieron cerca 
de Agosta (21 de abril, 4676), hubo la desgraciado 
que el almirante tolandés Ruyter fuese morlalmenlo 
herido, rotas las dos piernas, con lo cual tuvo que re- 
tirarse á Siracusa, donde murió á los pocos dias (29 
de abril). General de mar de los mejores que se ha- 
bían conocido, su muerte fué una pérdida irreparable 
para Holanda y para España. La escuadra dejos alia- 
dos estuvo un mes reparándose en Siracusa; la fran- 



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84 HISTORIA DR RSPaRa. 

cesa Jiizo io mismo en Messina; mas habiendo aquella 
hecho rombo hacia Palermo, Tué tercera vez aco- 
metida por la de Francia (S de junio), á las órdenes 
del duque de Vivonne. En este combale tuvimos 
.desastres y pérdidas horribles; incendiada la atmiranta 
española, todos se apresuraron á cortar los cables y 
á huir de las llamas. Quemáronse también varios bru- 
lotes para que no cayeran en manos de los enemigos; 
las piezas de hierro y madera que hizo saltar la 
pólvora sumergieron otras embarcaciones, y quita- 
rx)n la vida á multidad de oficiales, soldados y mari- 
neros. Entre holandeses y españoles se perdieron 
cerca de circo mil hombres, siete navios de guerra, 
seis galeras, siete brulotes, varios buques menores y 
setecientas piezas de artillería. 

Resultado de esta gran derrota fué abandonar la 
encuadra aliada los mares de Sicilia á merced de los 
franceses, que sin estorbo pudieron ya socorrer á 
Mesfeina. Y aprovechándose el duque de Yivonnb de 
ja imposibilidad en que España había quedado de re- 
parar de pronto las pérdidas, hizo sus irrupciones á 
la Calabria: apoderóse de MerilK eo el Carlentíno: 
taormina y su castillo se le entregaron sin resisten* 
cía; los españoles defendieron á Scaletta con valor, 
pero al fin tuvieron que rendirse, y las fortalezas 
próximas á Messina cayeron en poder del virey de 
Francia. 

Hizo no obstante España todo género ÚB sacrifir 



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riETB 111. LIBBO V. 85 

ek)s por la conservacioa de aquella Ma. El nuevo vir- 
rey de Mápole9> marqués de los Yeíez, obtuvo de ia 
nobleza y del pueblo un donaUvó de doscientos mtt 
ducados para sostener las tropas sicilianas. Porlocar* 
rero, nombrado vírey de Sicilia, reparó en lo posible 
los desMlres de nuestra flota y la puso en aptitud de 
volver á servir. Los franceses no hacían progresos, 
porque eran aborrecidos de los naturales del pais, y 
en la misma ciudad de M^sina se conspiraba contra 
ellos: muchos de los que antes los proclamaron, can- 
sados é irritados con su violencia, deseaban volver 
á la obediencia de España; y ia Inglaterra en las 
conferencias de Nimega {i677), so mostraba dispues- 
ta á declararse contra el rey Luis,, si persistia en se- 
guir ocupando un punto tan importante en el Medi- 
terráneo. Por último, el tratado que mas adelante hi- 
cieron Inglaterra, Holanda y España, convenció al 
monarca francés de. que no le era posible conservar 
. aqneUa ciudad y sus fortalezas, y determinó abando- 
narlas y retirar sus naves y sus soldados de Agosta y 
de Messina (4678). Y como el duque de Vivonne re- 
pugnara ejecutarlo, fué enviado en su lugar el ma-- 
riscal de la Feuilladé. El nuevo virey francés, so pre- 
testo de una espedicion que decia proyectar contra 
Catana y Siraeusa, preparó sus tropas y sus bageles: 
hecho esto^ convocó él Senado, y le leyó las instruc- 
ciones que llevaba para abandonar la Sicilia. Asom- 
briroDse todos, y los comprometidos en la rebelión 



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$6 HISTORIA DB BSPAiIa. 

se UenaroD de coosteraacioQ y de espanto. Todas las 
súplicas que hicieroa al maViscal para que difiriese su 
, partida fueron inútiles : el francés estuvo inexo- 
rable. 

Al arrancar la flota del puerto (1 6 de.marzo, 1 678)» 
los mesineses se precipitaban en tropel y se lanzaban 
á los buques, temerosos del castigo que ^esperaban 
de los españoles. Los mas fueron rechazadost y solo 
se admitió á unas quinientas familias, pertenecientes 
muchas á la nobleza. El 9 de abril entraba la esctia* 
dra en el puerto de Tolón, Ademas abandonaron la 
ciudad hasta siete mil habitantes huyendo la ven- 
ganza que del gobierno de España temian. Y no iban 
infundados en temerla; porque «si bien el gobernador, 
que lo era entonces Vicente de Gonzaga, prometió 
una amnistía provisional , aquella clemencia no gustó 
á la corte de Madrid» que envió en su lugar al conde 
de Santo-Stéfano, virey de Gerdeña» con orden de 
secuestrar los bienes de todos los emigrados» de ex* 
pulsar del pais á todo el que hubiera obtenido empleo 
durante la dominación francesa, y de levantar monu- 
mentos expiatorios en memoria de la rebelión. Pare- 
cieron suaves al conde estas instrucciones» y llevando 
mas allá el rigor por su propia cuenta, persiguió á 
culpables é ^inocentes, abolió el Senado, suprimió los 
privilegios y franquicias de la ciudad» demolió el pa- . 
lacio municipal, y sobre su solar levantó una columna 
con ona inscripción insultante para los mesineses: 



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PAETB III. LIBEO V. 87 

mandó fundir la campana que llamaba á consejo para 
constrnir con su metal una estatua del rey: prohibió 
toda reunión, arregló á su capricho los impuestos, 
destruyó la universidad, despojó los archivos en que 
se conservaban los privilegios^ y construyó una ciu- 
dadela para mantener siempre en respeto á los re- 
voltosos. 

Tal fué el término de la rebelión de Messina» 
muy semejante al que había tenido treinta años antes 
la sublevación de Ñapóles, sí bien la de Sicilia fué 
mas larga y menos sangrienta ^*K 

(4) Relación exacta de lat^U Salazar. Est. 14, Krad. 3.*.— Lfo 
teracíoues de la ciudad de Un&i- el Botta, Sioria d* Italia. --Qacetas 
na desde el afio i674 basta el pre* • .de este reinado: Alisos extraor- 
aante; Paris, 4676.-oArchÍYO de diñar ios de las cosas de Sicilia.. 



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CAPITIllO V. 

LA PAZ DB NIME6A. 
1678. 



Leoiitad de los pleD¡poteDciark>$ ea concurrir al Congreso.— Interés 
de cada nación enla continoacion de la guerra. — Mediación del 
rey de Inglaterra para la pas.— Conducta interesada, incierta y va- 
cilante del monarca ¡nglés.<^Exigen0ias de Luis XIV.— ^^errespon- 
deneia dlpl^nétíóik sobre las condictone$ de la |isai«-«->Mstriaionio 
del prfücipe de Oraege cob la prinoesa Maria de Ingletorre.-* Alian* 
za entre Inglaterra y Holanda á consecuencia de este enlace.— 
Nuevas negociacionoB entre Garlos y Luis.— Paz entre Luís XIV. y 
las Proviociss unidas.— Quejas y desaprobación de It^s demás po- 
lenoias.— Resentimiento del inglés.— Tratado de paz entre Francia 
y Espafia.— Sus principales oapUulos.^Tratado de Francia con el 
Imperio*— Conclusión déla guerra.— Reflexiones. ^ 

Ya hemos vteto cómo ¿ pesar de haberse acorda- 
do desde fines de 167S la reunión de los plenipoten- 
ciarios de las potencias beligerantes en Nimega para 
tratar de la paz» tan necesaria á la tranquilidad de 
Europa, continuó por no poco espacio de tiempo viva 
y animada en todas partes la guerra. Nació esto pri- 
meramente de la lenlilud en concurrir á aquella ciu* 
dad los negociadores, difiriéndolo con diferentes pre- 



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.rAETB m. LIBRO v« 89 

(68(00 ellos y loasober9iio9qiie habino de represeoiar. 
Cada KQo obraba aaí por wa parücolaresfioea* La E»- 
pafia» el Imperio y el principe de Orauge, persuadí-» 
di>sde que la Inglaterra oo cooseotiría auMa que los 
Países B^os pasArao al doioioio de la Frapciat lo es^ 
perabau lodo de la cootiauacioa de la guerra» y eo 
vez de cnoslrar interés ea que adelantara en sus tra* 
bajos el congreso de Nimega» 1$ pooianen compro- 
meter i la Inglaterra á que lomira parte en la liw 
cba. Por su parte Luis XI V. se proponía deshacer la 
eonfederacioa» y sacar mas partido tratando separa^ 
damente cor cada uno de los confederados que el 
que se pfometia de una asamblea en ^qoe se bailaran 
cos^regados los representantes de lodos* 

Carlos de loglateiTa» en cuyas manos hubieran 
podido estar los deatínos de Europa, y aai se lo de- 
ciautsebabia dc^íado giaaar por Francia» recibien- 
do por premio de su neutralidiid una pensión anual 
de cíen mil libcas esbsrlinasi él mismo subsidio que 
había percibido por sn alianza durante la guerra,, 
rednciéndose asi á la humilde posición de un príncipe 
pensionario de Luis XiV», en vez de ser el arbitro de 
la paz. como hubiera podido serlo con harta honra y 
dignidad suya. Pero Carlos pr^rió tener dinero, con^ 
solándose con decir qué era menos ignominio^ de- 
pender de un monarca poderoso y grande, de cuya 
alianza podia desprenderse cuando quisiera, que del 
partido enemigo que tenia en el parlamento; y Luis 



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90 BISTOEU DB BAPAKá. 

adquiría coo esto la seguridad de que al menos por 
algún tiempo el inglés no baria causa común con los 
aliados. Esta conducta de Carlos de Inglaterra, y los 
tratos en que todavía anduvo después para que se le 
aumentara la pensión, procediendo mas como un 
mercenario que como el monarca dé un gran pueblo, 
le degradaban á los ojos de Europa, y le costaron 
largos y agrios debates con él parlamento. Mas á pe- 
sar de la mata posición en que se habia colocado, el 
rey de Inglaterra vino á ser, porque á nadie mas que 
á él correspondía serlo, el mediador para la paz, y 
él fué el que señaló para celebrar las pláticas la ciu- 
dad de Nimega,^*). 

De los primeros plenipotenciarios que concurrieron 
fué el espaqol don Pedro Ronquillo, que estuvo de in- 
cógnito hasta que llegó el enviado del emperador, con- 
de de Kínski. Las primeras cuestiones que se suscita- 
ron, al paso que iban llegando otros embajadores, fue- 
ron las de presidencia y otros ceremoniales, y en tanto 
que en estas bagatelas se consumía un tiempo precio- 
so, los ejércitos/del rey de Francia seguían tomando 
plazas y ciudades en los Países Bajos y devastando las 
provincias catalanas. Vinieron después las pretensio- 
nes y proposiciones de cada potencia, del Imperio, de 

(I) Cartas de Danbv, — Tem- pana, tomo IV — Publicóse enton- 

ple, Docam.— Diario de la Cámara oes en Colonia on escrito titulado: 

de loa Gomonea.— Las Historias de tila Europa esclava, si Inglaler- 

Inglaterra.— Mígoet, Colección de rano rompe las cadenas.^ Archi 

Documentos inóditos. Negociacio* to de Salazar, Est. 4 i grad. 3.* 

nes relatÍTas á la sucesión de Es- copia manuscrita, on francés. 



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PABTft III. LIBIO ▼. 91 

España, de Qolanda, del prfDcipe de Brandeborp;, del 
de Loréna, de los reyes de Saecia y Díoamarca, las 
caales aamentaban la natural dificultad de llevar á 
boen termina la negociación. Y en verdad, mas pa- 
recía que cada potencia tenia interés y empeño en 
suscitar embarazos que en apresurar la paz: porque 
todas esperaban sacar partido de- la dilación y de la 
suerte de la guerra, y principalmente porque se pro-* 
metían que la cámara de los Comunes de Inglaterra 
acabarla de obligar á aquel soberano á declararla á la 
Francia, que era el enemigo común, y que aspiraba 
á dar la ley á todos. Hasta la corte de España hizo 
reconvenciones muy duras á Carlos de Inglaterra por 
su conducta y su retraimiento en unirse á los confe- 
derados, y aun le amenazó con la guerra, anuncian- 
do que se iba á apoderar de los mercaderes estable- 
cidos en España: sobre lo cual decia al embajador de 
Francia en Londres Mr, BaríUon: «(En verdad yo creo 
á los españoles bastante rabiosos, as$e% enragés, para 
hacer lo que dicen (^>.» 

Pero un suceso que no se esperaba vino á deci - 
dir á Caries II. de Inglaterra á salir de aquella posi* 
cion tan murmurada dentro y fuera de su reino, y á 
hacer lo que no habían j^odido lograr los esfuerzos 
del parlamento, y principalmente de la cámara de los 
Comunes. El príncipe holandés Guillermo de Oi^ange» 

i^) í>e8p8cbodeMr.BarmoQli LoisXIV. A de octubre, 1677. 



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92 ^,U18TdElA DI BSPAÍÍA. 

que algunos anos antes babia rebusádo la mano de la 
princesa María de Inglaterra, mejor informado de las 
prendas de la princesa, y pesaroso de baber ofendido 
al solo monarca qoe podía proporcionarle tina paz 
honrosa, so^citó despaes él mismo aqnel enlace, pri* 
merecen el lord canciller y ministro favorito, y des- 
pués basando él en persona á Ldndres con objeto de 
negociarle mas activamente, lo cual veriñcó después 
de haber alzado el sitio de Cbarleroy (49 dé octubre^ 
4677). Aunque Carlos aparentó por algunos dias cier* 
ta repugnancia á esta unión, condescendió al fin en 
ella, y se realizó, sin noticia ni conocimiento de 
Luis XIY., que nada supo hasta que se lo avisaron, 
como él decía, los fuegos encendidos en Londres en 
celebridad de este matrimonio <*>. 

Consecuencia de este enlace fué el cambio de po- 
lítica del monarca inglés, y las condiciones de paz 
que se acordaron entre él y el de Orange, tan dife- 
rentes de lasque había propuesto Luis XIV., que se 
quedó éste asombrado y atónito cuando las supo por 
el lord Doras que pasó á comunicárselas. La respues- 
ta fué negativa, conK> se esperaba. En vano intentó el 
francés sobornar con dhiero al de Inglaterra, ofrecién- 
dole hasta tres millones de libras tornesas, y ganar 
por. el mismo medio al lord tesorero y á otros perso-* 
nages: esta vez los halló á todos incorruptibles. Tam* 

J) Carla doLuU XIV. á Mr. Barilloo, 4ade noviembre, 4677 . 



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PARTBIII. LIBEOT. 93 

poco logró qae se difiriera la apertora de las cimaras ' 
iogleaaa» y todos los demás esfuerzos y ardides qae 
empleó para apariar al ioglés de la naeva mar- 
cha poikica qae habia emprendido faeroQ igualmeote 
infriictoosos. Todas sos proposiciones fueron desecha-- 
das, y ei 40 de enero (1678) se firmó en la Haya el 
tratado de aUanaSt qae en otro capitulo apuptaipos. 
entre Inglaterra y las Provincias Unidas, para re^ta* 
blecer la pas genera, sobre las bases de restitueton 
reciproca entre la Francia y ^os Estados generales de 
Holanda; de que la Francia restituiría á España las 
plazas de Cbaríeroy, Ath, Courtray, Tournay, Va- 
(encienneS) Saint^Obidain, el Limburgo, Knch y to^ 
das las conquistas de Sicilia, guardando para sí el 
Fraoco-GondíBidOi Gambray, Ayre> y Saínt-Omer; con 
otras condiciones relativas á las demás potencias <*>• 
Entonces y de sos resultas fué cuando retiró de 
Francia los ocho mil ingleses qae desde 4672 servían^ 
en las banderas de Luís XTV. y ademas levantó veinte' 
y seis regimientos y armó una escuadra de noventa 
bagóles, y pidió á los españoles el puerto de Ostente 
en los Paises Bajos para desombarcar en él sus tropas 
auxiliares* A pesar de estas, disposiciones, que aounr 
ctabín una ruptura próxima con la Francia, todi\v{a 
hito llevar á Luis XIV. , que estaba entonces sitiando 
á Gante^ona propnesta de alianza, con tal que le pa- 

(4) Dnmont, Corp» Diplotnatiqíw, tom. Vil. 



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94. HISTOftlA DB BSPAfiá. 

. gase de uaa vee seiscientas mil libras esterlinas de 
que tenia necesidad: {admirable apego al dinero el 
del monarca inglés! Pero las reciente» xonqoistas que 
Á la sazón estaba haciendo Luis XIY. en Flandes, y la 
actitud mas favorable á la paz que á consecuencia de 
ellas manifestaban los españoles en el congreso de 
Nimega, animado también por la revolución que se 
habia efectuado en la corte d^ Madrid con la separa* 
cion de laxeína madre y la entrada de don Juan de 
Austria en la direcQion de los negocios (de cuyos su* 
cesoa daremos cuenta después), todo tenia envalento- 
nado á Luis XIV., y por tanto despachó con respues- 
ta negativa al enibajador de Inglaterra. Unido esto 
á la profunda sensación que causó y al grito de guer- 
ra que levantó ea aquel reino la conquista de Gante, 
decidióse Carlos á hacer embarcar algunos batallones 
de infantería inglesa para Ostende. * 

No nos es posible seguir paso á paso las muchas y 
fañadas fases que por algunos meses todavía iban 
tomando las negociaciones de paz, y la multitud de 
proposiciones y ofertas, de negativas y modificacio- 
nes, de cartas y notas, que alternativamente mediar 
ron sobre diferente^ puntos entre el irresoluto y codi- 
cioso Garlos IL de Inglaterra, el activo y ambicioso 
Luis XIY* de Francia, y el Statuder de la república 
holandesa, que eran los que parecía haberse, arroga- 
do todo el derecho de arreglar á su gusto un negocio 
en que estaban interesadas todas las potencias de 



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* PAfttB III. LIMO y; 96 

Europa* El ioglée se hubiera prestada á todas las exi^ 
gencias del de Francia, con tal que en xecooopensa 
de su docilidad se le asegurase recibir muchos miles 
de libras esterlinas, si no le emfiQJárM á obrar de 
otro modo los votos de las cámaras y el espirita ge<^ 
neral del pueblo británico, y si de contrariar este es- 
pírKn del parlamento y del pueblo no hubiera temido 
ser arrojado del trono como su padre ^^K Tampoco el 
de Orange obraba yct con libertad, porque sospechan-- 
do los Estados Generales que intentaba alzarse con la 
soberanía de las provincias, mostrábanse dispuestos á 
negociar ellos por s( la pass, sin contar con el Statu* 
der <*). De todas estas circunstancias sacaba partido 
" LuisXIY. para no aceptar ninguna condición que no 
le fuese Ventajosa. lY España, España, que iba á ser 
la mas sacrificada; España; sobre cuyas posesiones 
^en Flandes versaban las principales diferencias y dis- 
putas entre los grandes negociadores, manifestaba 
resignarse á tddol Y cuando Luis XIY. pasó su tifti- 
fnattim á los plenipotenciarios del congreso deNime- 
ga, don Pedro Ronquillo contestó con resignación al 
nuncio de S. S. que se le comunicó: vi\Oué te hemos de 

M) A cada proposición que {V «Aquí se quiere la paz, es- 
La» XIV. le bacía por medio de cribian de^laHava eo 49 de mar- 
tas embajadores contestaba aqael so de 1^78, y si la quiere la Frap- 
débil soberano: «To accedería á cia, pienso que se haría sin su 
ello porque deseo vivamente la alteza, qae inspira grandes celos 
paz» éP^ro quiere viiestf o amo ba- y se atrae mil maldiciopes.i Gor- 
cermeperderel trono de Inglater- respondencia de Holanda; en la 
raf» Despachos de Barillon y Ru- Coleccioa de documentos inéditos 

. Tigny en los meses de marzo á hecha de orden del rey de Pran- 

mayo de 4678. «ia, tom. IV.part. V. 

f 



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96 HISrOUA DB B8P4ÍÍA. 

hacer! ¡Mm vale ürrajaru por la ventana que de h 
éUodeltejado! ^^^^ 

Por AlUmo, CAlcolaodo el astuio Lois XIV^ queha^ 
bria de salir mas aventajado tratando primero en par-* 
tienlai' oóQ Ió9 Estados Generales de la república^ co- 
yas dispo^ciones en favor de la paz le eran bien co- 
nocidas, dirigió á este objeto todos los recunK» de su 
sagaz polkica. Por espacio de trece dias estuvieron 
sus emisarios en Nimega trabajando sin descanso en 
este sentido oon arreglo á sus instrucciones; el deci- 
mocuarlo> cuando cada uno esperaba que babria que 
renovar las hostilidades, anunciaron los de Holanda 
que estaban dispuestos á consentir, siempre que la paz 
se firmara antes de media noche«. Uno solo de ellos, 
Van Harén, vacilaba, porque Creía que debía firmarse 
al mismo tiempo el tratado con España; pero suscole- 
gas se apresuraron á desvanecer sus escrúpulos; y á 
las ónoe de aquella tioche célebre (1 deagosto; 4 678), 
sin oonocimtento de don Pedro Ronquillo y del mar- 
qués de los Balbases, plenipotenciarios de España en 
aquel congreso, de España que tantos sacrificios ha- 
bía hecho por ayudar á la república holandesa contra 
los franceses, se firmaron dos tratados, uno de paz y 
otro de comercio, entre Francia y las Provincias 
Unidas, sin estipulaciones particulares en favor de&- 
paSa. ¡Telera el papel que hacía ya esta nación, en 

(4) Despaclio de MM. Bitra- PooiponQe,eDS6de abrade4678. 
des, d* Afaux y Colb¡ert á M. de 



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PAftTB III. LIBEO ▼• 97 

si^o «Dtes arbitra de los deetiaos del mundo, en los 
congresos de Europa (*M » 

Gran sensación causó en todas las demás poten- 
cias la noticia inesperada de esta paz. Al ejército es- 
pañol de los Países Bajos le sorprendió esta nueva ha- 
llándose acampado, como indicamos en el anterior ca - ' 
pílnlot delante de la plaza de Mons, que el príncipe 
de Orange y el duque de Víllahermosa halñan ido á 
libertar con las tropas bcrfandesas, inglesas y españo- 
las, dei sitio que le tenían puesto los franceses, des- 
pués de haber dado imprudentemente aquel príncipe 
la terrible y sangrienta batalla de Saint-Denis. Reci- 
bida la noticia, se suspendieron las hostilidades y áe 
separaron los ejércitos. 

.El tratado encontró una violenta desaprobación de 
parte de los confederados. Los plenipotenciarios de 
Dinamarca, del elector deBrandeburg y del obispó 
deMunsler, se indignaron al estremo de llegaren^ 
las conferencias de Nimega hasta el insulto con los 
embajadores holandeses, faltando poco para venir jk 
las manos con ellos. El rey^ de Inglaterra, aunque in- 
teriormente no le pesaba la conclusión de la paz, 
protestó también contra el tratado, y el mismo prínci- 
pe de Orange hizo cuanto pudo por impedir su ratifica- 



. (1) Domont, Corps Diplomat. iícolo separado concerniente al 

—Acias 7 memorias de la paz de príncipe de Orange, y una esti- 

Nimega, t. II.— El tratado de paz poJacion de neutralidad entre 

contenia 34 artículos, el de co- Saecia y las ProTinciaa Unidas, 

meroto 88.— Ademas había on ar- , 

Tomo xvii. 7 



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98 »HTOaiA DJI b8pa(Ia. 

cíod; y eo efi)clo,-lo6 Estados Genéralos la dttríeron 
basta que le suscribiera la Espafi|it ooosUluyéodose en 
medilidores wtre España y Francia* Creiase que lá 
corte dé Madrid, orgullosa en medio del abalimienlo 
del reino, no sofrirta el desaire qne la ingralílod de 
la lolandn le acababa de bacer: pero se la tío nios- 
trprse mas rerisoada de lo que se habria podido es* 
perar; y es que eontrtbuis á debilitarla el desacuerdo 
reciente en que se babia puesto con el imperio, moti-- 
vado por la separación de* ta reina regente hermana 
del emperador, y tan adicta como bemos dicho é les 
intereses de Austria. Algo alenté i los espadóles la 
iolervettcion de los Estados Generales, y el partido 
aoti-francés que se formó después del tratado de 4 O de 
agosto, al menos para aspirar á obtener de Luis XIV. 
condiciones mas favorables de las que aoles proponía; 
y en tal sentido siguieroa por algooas semanas los 
tratos y nq^ciaciones* 

La Inglaterra en su resentimiento hiao entender 
por MI embajador lf« Hydei loe Estados Generales de 
larepábücá, que si el Francés do ovaooaba, porcnal- 
qaier causa que fuese, las plaeas pertenecientes á Es- 
paña y cedidas en el conreaio, era llegado el caso de 
rehusar los Estados ta ratificación del tratado de Ni- 
mega, y que á los tres dias siguientes á serle notifica- 
da esta resolueío» declararia la guerra á la Francia, 
fie sus resellas loe botandesee apretaron á lospteBtpo- 
tenciarios de Francia á que renunciasen i algunas de 



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WAwen III. uno v. 99 

IsÁ coodicioaes, y éstos ¿ to vez dfroderoa depositar 
es sos dMDOS aquellas plazas á fio do obteoer la rati- 
ioacion; proposioiOA qoe por coonprooieUda y emba- 
razosa ellos 00 qotsíoroii admitir* Dltímameiitey des- 
pués de -muchas contestaciones, los pleúipotenciarios 
finooases y españoles se coavtoieroo en someterse i 
la decisioa arbitral de los Estados Generales de Ho- 
landa respecto á las condiciones que ana sa discutían. 
Merced á la habilidad de aquellos negociadores» y á 
la fle:itibilidad calculada de Luis XIV. en ceder en los 
puntos de menor importancia, aparentando dársela 
grande para ganar en los qoe realmente la teniao, 
coaviniéronse al fiq unos y otros, en la confedera-- 
clan de «6 de setiembre (4678), en las condioio^ 
nes defiuMvas del tmtado de paz entre f rancia y 
Eqiafla. 

Treinta y dos artículos compteían el oonjunio de 
esta estipulación, paró su parte fundamental era la 
que deterdainaba las eoslones recíprocas de territorios; 
¿ saber; el rey de Francia reatítoia al poder del rey 
Gatéiíoo laa platas y fortaloiasde Cbarléroy, feinch, 
Atb^ Oudenarde y Couriray; la ciudad y ducado de 
limburg. Gante, Rodeohuys, él paisda Weresi Saint* 
GhisMa, y la plaza de Paigeerdá ea OatalufSai al me- 
DcMá ftiancés eoosarraba, reoonooténdosa como per-- 
teneciente en adelante á sus dominios, todo el Franco- 
Goadado, con las ciudades y plazas de Valeooieooes, 
Bouchain, Conde, Cambray, Ayre, Saint^^Omer, Iprés, 



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100 niSToaiA dr sspaKa. 

WerwickfWaraetoa, Popesiogue» Bailleul y CasseU^^ 
EM 7 de setiembre los dos ¡olermediarios holán* 
deses, Bevernmgk y Harén, se liallaban sentados á los 
dos estremos de una mesa, sobre la cual babia dos 
templares del tratado, uno en francés, otro en es- 
pañol. AI tiempo convenido entraron simultáneamente 
por los dos lados opuestos de ia sala los tres plenipo- 
tenciarios franceses, mariscal de Estrades, c<»de de 
Avaux y Golbert, y los tres españoles, marqués delod 
Balbases, marqués de la Fuente y M. Christin. Avan- 
zaron todos á compás hacia la mesa, se sentaron á uo 
tiempo en sillones ignaies, firmaron á un tiempo los 
dos ejemplares, cambiándolos reciprocamente, y to- 
mándolos después el holandés Harén les dijo: «De 
hoy mas los reyes vuestros ames vivirán como herma- 
nos y primos ^'^Ki» Este célebre tratado fué ratificado 
por Luis XIV. el 3 de octubre, y por Carlos II. de 
España ell 4 de noviembre (4 678). . 

Dilatóse un tiempo lá ratifioacion de España por 
consideración al imperio; pues asi cobio los holande- 
ses hablan diferido ratificar su tratado hasta que se 
concluyera el de España, asi la corte de Madrid que* 
ría aguardar á que el emperador se adhiriera á la 
paz. Era ya esto inevitable faltándole la Holanda y 
la España, y teniendo que atenderá ia guerra de Hun<- 

(4) DomoQt, Corps. Diplomat. firmarse el tratado de paz entre 
— Acta» y memorias de la paz de Francia y E^^paña, etc.: en las 
Nimeg?, t. H. Actas de la paz de Nimega. 

(5) Relación de lo qae pasó al 



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PÁ&TB III. LIBKO y. 401 

gría. Siguiéroase no obstaúle por algunos meses ne- 
gociaciones parlicuíares entre Francia y Aoslriat 
caesliónándose sobre algnnas condiciones para la paz: 
pero al fin ta corle de Viena siguió el ejemplo de sus 
aliadas, y lo mismo hicieron después, con mas 4 me- 
nos díficokades y (rabajos, ios príncipes y las polen « 
eiás de segundo orden* que habiai|,entrado en la con* 
federación (V. 

Asi concluyó la guerra que por laníos años había 
afligido á Europa desde las orillas del Bálliico á las 
de\ Mediterráneo. Este resullado, tan glorioso para 
LuisXIY. como alarmante para las potencias euro- 
peas, se debió en gran parte á la conducta vacilan* 
te, indecisa y contradictoria del monarca y del go* 
bierpo inglés, en lo cual estamo.«i conformes con el 
juicio de un historiador de aquella nación. Pero tam- 
poco eximimos de culpa á la corle de Madrid por la 
apatía y lentilud en enviar socorros á Flandes y en 
proveer á nuestros generales de los medios de hacer 
con ventaja la guerra; efecto de causas anteriores y 
del desconcierto en que la corte de España se halla- 
ba; ni disculpamos al príncipe de Orange por el em- 



(4) La historia de este célebre ciarios de todas las potencias ¡i:i' 

tratado se baila minuciosamente teresadas en este gran negocio, 

referida en la obra titulada: i4c¿0S ha sido hábilmente recopilada 

et memoirei de la paix de Nime- por el sabio Mígnet en el tomo IV. 

j^tie, 3 volúmenes: y la numerosí- délas Negociaciones relativas á 

sima correspondencia diplomé- la sucesión de España. Colección 

tica que la precedió 7 acompañó de Documentos inéditos para la 

entre los soberanos y {)ríncipes, y Historia de Francia, hecha de or- 



los embajadores y pleni poten- den del rey. 



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402 BlSTOftlA DB nPÁÜA* 

píeo, muchas veces inoportaoo» que hi20 ^ lis tropas 
auxiliares espaaoias. LoisXIY. deFraocia, despaas 
<)e haber sabido vencer, supo taaibieu uegOMSÍsr* Dice 
bien UD ilustrado historiador fraucést Su yolunlad fué 
la base de las uegociaciooes y la ley de les traMKios. 
Supo separar la Holanda de la España» la Espafla del 
Imperio, pl emper^^or del elector de Braudeburg, á 
éste del rey de Dinamarca. «Arbitro victorioso y pa* 
cffico de la Europa temerosa y adouradat Luis XIV. 
llegó en Nimega al apogeo de su grandeza*» Y Espa- 
ña, añadimos nosotrost puso de manifieste en Nimega 
el grado de vergonzosa impotencia y debilidad en qve 
habia caído. Y sin embargo, la paz de Nimega fué 
celebrada en Madrid con gran ji&bUo. 



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CAPITULO 11. 

PRIVANZA Y CAÍDA DE VALENZÜELA. 
••1670 4 1677. . 

Cdmo se ntrodujo tn p»l8CÍo.— >3u8 reiacioQes con el P. NiU^rd.— 
Casa coD lo camarista querida de la reina. -*Seryicios que hito al 
oailéaor éñ tui rfuideacias cmi don litati de Aiistria.«^«Conferen* 
cíes aoertlM coü i« rráa dwpMea <e la aflída del Ui^isidor.-v- 
|.)áman1e el duende de palacio» y por qué.— Progresa en la pri* 
Yanza.— fimalos y enemigos qne suscita.— Horma raciones en la 
•éiie.-— Bnlretiene Vklenzaela al pneblo con- diversiones, y ocupa 
(91 hm$H en obraa pAMoas.^-Siiiraa saq^rientaa cODtra la reina y 
el privado*— GQnfpiíacion de sos enemigo^ para traer á la corle á 
don Joan de Aastria.-^Entra Cirios II. en sa mayor edad.— Viene 
áea Inan de Áttstria á Madrid.— Báeele la reina toWerso á Aragón. 
— 9Mti^«^*«44ae 4 Vaif Bftif la h>a Ulnioa de aiarqoéa da Villa- 
aieita, embajador ^9 Venecia 7 grande d^ ¥apaOa»-»Apogéo de ao 
valimiento.— Confederación y compromiso de los grandes de Es* , 
pafla eontra la reina y el privadc^Pavorece Aragón á don loan 
4a A9alrá.-«T««»4i»Q Jnin aira vez á la certa, llamado par el 
r^y«— Pügaae Valanzu^la.- El rey a^ aaoapa de ooobe de palacio y 
se va al Buen-Retiro.— Ruidosa prisión de Valeo^uela en el Esco- 
Ha).-^Notablea circoñstaficias de este suceso.*->Oecreto exbonerén- 
dftla d9 Mea \m bosoraa y oargo|.«-Va preso á Goaaaagra y aa 
d^st^rrado i FUipinaa.'^Des^^ciada asarte de ao eaposg y üm^ 
Xa.— Miserable condacta del rojf en este sacefo. 

iQoé bacía la corte de España, m tanto que allá 
en apartadaa mgíooos, con laa armas y coo la diplo- 



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104 HISTORIA DB BSPaHa. 

macia, eo los campos de batalla y en el fondo de los 
gabioetes» en las plazas de guerra y en los congre- 
sos diplomáticos, se ventilaban las grandes cuestio* 
oes europeas y se fallaba sobre la suerte de las nacio- 
nes? ¿Qué hacía la corte de Madrid, en tanto que 
en Nimcga se acordaba trasladar al dominio del mo- 
narca francés las mejores y mas importantes ciudades 
que España por espacio de siglos babia poseído en los 
Países Bajos? 

En tanto que asi se menguaban nuestros domi- 
nios y, se ponía de manifiesto á los ojos de Europa la 
impotencia en que rápidamente íbamos cayendo; en 
tanto que asi se iba desmoronando el edificio' antes 
tan grandioso de esta vasta monarquía, ocupaban. á la 
corte de Madrid miserables intrigas y rivalidades 
de mando y de empleos, y la residencia de nuestros 
monarcas era un hervidero de enredos, de murmu- 
raciones y de chismes, que dan una triste y lastimosa 
idea, asi del gobierno de aquella época, como de la 
poca esperanza que se veia de encontrar remedio 
para aquella situación deplorable. Guando con la sali- 
da y alejamiento del Padre Everardo Nithard, y con la 
ida de don Juan de Austria á Aragón como virey y 
vicario general dé todos los reinos dependientes de 
aquella corona, habia algún motivo para creer que 
por una parte el herpiano bastardo del rey, si no sa« 
lisfecho, al menos resignado con su honorífico cargo, 
daría tregua á su ambición y dejaría tranquila la cór- 



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PASTB 111. uraov. 405 

te, y que por otra parte la reina doña Mariana» alec- 
dcmada ooo ei suceso de 80 ooofesor, renonciaría á 
las ittflueDciiis de aborrecibles faYoritos» vióae con 
pena rque ni el principe virey desistia de sos ambicio- 
sos proyectos, ni la reina regente habia aprendido lo 
bastante para no volver á facerse odiosa al pueblo 
entregándose á y«Udos, nnnca tolerados en paciencia 
por los altivos castellanos. 

Observóse por el conbrario, que en lilgar del re- 
ligioso alemán que so protesto de ser el director de su 
. conciencia babia dirigido á su arbitrio los negocios 
públicos, obtenía su confianza y le habia reemptazado 
en el favor un joven de agraciada figura» de amena y 
agradable conversación, no desprovisto de talento, 
hábil para insinuarse, aficionado á las letras, y en es- 
pecial á la poesía tierna y amorosa, en que hacia no 
despreciares composiciones, y aun autor de algunas 
obras dramáticas; cualidades muy estimadas todavía 
en aquel tiempo. Algunas comedias suyas se habian 
representado en palacio á presencia y con agrado de 
la reina y de sus damas. 

Era este joven don Fernando de Valenzuela» na- 
tural de Ronda, hijo de padres hidalgos, aunque po* 
bres. Habia venido á la corte á buscar Fortuna, y 
afortunado se creyó entonces con entrar al servicio del 
duque del Infantado, que le llevó consigo á Roma, 
donde iba de embajador; y á su regreso, en premio 
de algunos servicios que ^li le hizo, le dio el hábito 



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i 06 HlSTOftlA DB BSPAIIa. 

de SaoUago. Mas como moriese á jpoco tiempo so pro- 
tector r y se hallase otra vez el Valeozuela desfaUdo 
y pobre, discorrió que para poder Ti?ir eo la corte 
necesitaba arrimarse á algooo de los qoe teoiQi ma- 
nejo en el gobierno y en palacio. Y sabiendo qoe el 
confesor de la reina, el P. Nithard, de eontínoo ame- 
nasado por don Juan de Austria, necesitaba de la 
ayoda de hombres resueltos para segoridad de su 
persona, ofrecióle sos servicios con fesoloeion, al mis- 
mo tiempo que con rendimiento. Los aceptó con goato 
el inqoisidor, y como esperimentaae qoe* era hom* 
bre de valor, de reserva, y de cierta capacidad, foéie 
entregando su confianza hasta fiarte los secretos de 
gobierno. Érale conveniente introducirle en palacio 
para qne le sirviera como de espfo y mensagero de lo 
que alli pasaba; de ouya proporción se aprovechó bá« 
failmente el Valenzoela para dirigir sos obsequios y 
galanteos á la camarista mas fieivorecida de la reina, 
llamada dona Ifarfa Eugenia de Uceda* Onstó tai^ 
la camarista de las gracips de don Femando, qoe 
consintió en darle so mano, con aprobación y bene* 
plácito de la reina, la coal para favorecer el matrimo* 
nio agració á Valenzoela con una plaza de caballerizo; 
y en mochas ocasiones siguió dándole muestras de so 
Kberalidad^'^ 



' (I ) Bn 00 mannseríto d« aquel dmUfo y fima de la eóru, dude 
tiempo, titulado: Epitome hUtó^ la muerle de Felipe IV. hasta la 
rho de los sucesos de España, de don Juan de Austria ^yise Teñe- 



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PARTÍ lU. UBftO V. 407 

Cqaoclo ocpirieroo la9 graves diaideociw entre la 
reioa y doo Jota de Avstrís, y eiUre éa(e y el caofe- 
8or Niihard, Valeozoela se condujo como agradecido 
eon U regente y el privado^ les hizo importantes ser«^ 
viciciif y di6 pruebas de calo y de aptitud qae le 
acreditaron m^ y nMia-cen ellos. Y coando el P. Ni- 
tbar fuá obligado á salir de España y don Joan de 
Austria se retiró i Aragón (4669), quedó Yaiesmela 
de confidente de la reina» y era el condocio por el 
que se comunicaba secretamente con el desliar radoje^ 
sqita. Parecióle también á la reina el nuevo confiden- 
te apropósito para inionnarla de todo lo qae pasaba 
en la oórte y de lo que contra ella se murmuraba, asi 
cerno para aoonsstiarla en sos resoluciones. Doña Ma- 
ría Eugenia su esposa, 4 qoien la reina comunicó este 
pensamienlo, le aopgió muy gustosa, calculando que 
era un oamipo que ae abría para adelantar en so for*- 
tnaat y era la que introducía á don Fernando á altas 
boias de la noche en la «amara de la reina. Cuéntase 
q}ií^ de«ide la primera conferencia, bien que tenida de- 
lante de su mnger» quedó establecida la mayor intimi- 
dad entre la reina y don Fernando: repetíanse estas 
entrevistas tQda9 6 laa m^is de las noches: y qoum» de 

re gtte recién eesade Vtteozttela, suHecr e#luve nmehos días es ci- 

rettrándose iroa nociré 4 ao caaa, ma, y dvrabte to caracion faó 

en la calle de Leganitoa le dispa- machas yeces socorrido de la 

raron un carabinazo y le estro- reina con dinero, por intercesión 

PMroa qa brazo. Qul¿ quien di'^ de su muser.— Ms, de la Bi)>lio- 

jera baber sido ie érden del da- teea de la Real Academia de la 

qne de Moatalto, pero no pudo Historia^ G. IH. 
averígnarse la verdad. De sus re- 



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i 08 ItlSTOEIA DB BSPAffA* 

SUS resultas se observase qae la reina se mostraba 
enterada de todo lo que se hablaba y acontecía en la 
corte, de los designios de don Juan de Austria y de 
los de su partido, y como esterior mente no se viera 
que hablaba con nadie desde la salida del P. Nithard, 
dio en decirse que habla algún duende en palacio 
qne la informaba de todo. Guando se supo que ei 
duende de palacio era don Fernando Yalenzuela (que 
no pudo escaparse mucho tiempo á la diligencia de 
tantos ojos), produjo el descubrimiento' escándalo ge* 
neral, desatáronse todas las lenguas, y no faltaron 
gentes que dieran á las relaciones de privanza entré 
la reina y Yalenzuela un carácter y una significación 
que la malicia propende siempre á suponer, y que no 
se ha averiguado qué tuviesen ^^. 

Al paso que fué haciéndose público el valimiento 
de Yalenzuela, y su influencia en las cosas de gobier- 
no y en la provisión de los cargos, honores y merce- 
des, crecia el desabrimiento de los ministros y miem- 
bros de las juntas y consejos que veian disminuida y 
vilipendiada su autoridad y menguado ta prestigio; 
pero los pretendientes y aduladores cortesanos no de- 
jaban de agruparse en derredor del nuevo privado, 
que no hay ídolo á quien no inciense la ambición cuan- 
do de ello se promete alcanzar medros. La reina ha- « 

(4) Memorias históricas de la Epítome histórico de los sucesos 

Monarquía de España: Anón, in- de España dentro y fuera de la 

serio en el tomo XIV. del Sema- corte, etc. MS. de la Real Acá- 

nario erudito de Valladares.— demia de la Historia. 



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PAETB lli. LIBftO y. ' 169 

bía hecho ya á su favorito introductor» ó conductor» 
como eatoocesse decia» de embajadores; y poco des- 
pués le nombró su primer caballerizo, sin esperar la 
consulta ó propuesta que solía hacer el caballerizo 
mayor, que lo era á la sazón el marqués de CasteU 
Rodrigo ^*K Resintióse éste del desaire, y repugnaba 
dar posesión al agraciado, fundándose principalmente 
en la poca calidad del sugeto, cuya dificultad venció 
la reina confiriendo á «Yalenzuela el titulo de marqués 
de San Bartolomé de Pinares. El modo que la reina 
tuvo de acallar las murmuraciones que esta elevación 
suscitaba, fué consumar su bbra haciendo á Yalenzue* 
la su primer ministro. 

En los salones y en las plazas se hablaba ya con 
toda libertad y descaro de la súbita y escandalosa 
elevación del favorito, mostrándose la reina sorda al 
universal clamor, atribuyéndolo todo á efectos de la 
envidia. Yalenzuela procuraba ganar amigos que le 
ayudaran á sostenerse en el valimiento, distribuyendo 
los empleos, honores, dignidades, tesoros y mercedes 
de que era arbitro absoluto; pero sucedia lo que era 
fácil calcular^ que si cada merced le proporcionaba un 
amigo, que era el agraciado, todos los demás queda-* 
ban descontentos y enojados, y se^onvertian en ene- 
migos, y cuanto mas prodigaba las gracias, mas se 



(4) A) decir del antor del MS. de conductor de embajadores, 
aDÓnimo titolado Epítome de los que Yalenzuela tenia, á don Pc- 



tucesos, se díó entonces el título dro de Rivera. 



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440 ai^TORU 0JB BSPAflA. 

muliiplicabaii las quejas» Pafa oaplarde la afición del 
pueblo procQfaba qae la córM esta viera sortida én 
abuidaucia de todo lo oéoesario párá el sostebio y la 
comodidad de la vida: cuidaba de Ofitretenerte y df- 
vertirie coft cortidaa de toros^ comedias y otrosespec^ 
Uoolodi de modo qoe Madrid era uDa cotítíoaa fieata: 
tampoco deacttidaba el dar ociipacioa á loa ocioacd y 
neóoBiíadodi empreodieodo obras públieaa de ornato y 
utilidad, entre laé cuales se cnentan la reedífloacion 
de ia Plaza Mayor de Madrid en la parte deslroida 
por el último ioGendiOi y en especial la casa llamada 
de la Panadería; el puente de T^do sobre el Manca** 
nares, el frontispicio de la plazuela de palacio y la tor- 
re del cuarto de la reina. Al propio tiempo entretenía 
al rey, que comenstaba á manifestar afición al ejercí* 
cío de la caza, y cuéntase que en una montería que se 
dispuso én el Escorial, el rey en su ioesperiencia al 
tirar á un ciervo hirió en el muslo á Yalenzuela, acci- 
dente que dicen prodnjo á la reina un desmayo. Para 
que el pueblo le eáluvierA mas agradecido, solía darle 
entrada gratuita en los espectáoolos, especialmMte 
en el teatro cuando- se representaba alguna come* 
dia suya. 

A pesar de estos artificios, que prueban que por 
lo menos no oarecta de algún talento el privado, no 
cesaban de difundirse y circular por la corte lassátíras . 
y laá burlas, ya sobre sos intimidades con la madre 
del rey, ya sobre el tráfico que era pública voz se 



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MITM III. UBftO Vé 441 

hftcia con laB digoidadet y eaipleos* Algunas de aque- 
llas aátiraa erao oíertameate saagrienlas. Tío día aína- 
neeieroD paealos al lado de palacio loa reiraios db la 
' reina 7 dé Vadenzaela; aquella con la mano paca- 
ta sobre rt cora^Hi, con un letrero <)ae decía: E$tó «• 
lid; el aainiMro seis lando con la suya á laa insignias 
de los emptote y dignidadest diciendo: £jto se tienda. 
Verdad ea que por su parle el Ctrorito, por una la^ 
queía que suele ser coman á los que obtienen el fa^ 
ver de la primera persona de un astado, hacia tam- 
bieo alarde pAblico de su fortuna; y éo ona de las 
fiestas de la córlOi sinieiler présenle lo que en el 
reinado anterior liabia costtulo al conde de Villame- 
diana presentarse en nn ionieo con aquella famosa 
divisa de los Amora fíales ^*\ quiso él lucirse tam- 
bien llétondo dos divisas, de las cuales decia la una: 
Yo túh teng^ UcmitiM; y la otra: A wU solo es permi^ 
tidó. Alardes de fhvor que dañan al que los hace, 
qae deshonraii^ á quien loU consiente» qiie irritan á los 
grandes y ofenden á los pequeños» y que ni pequeños 
ni grandes perdonan en España nunca. 

Llegado el caso de poner casa al rey, próximo 
como se halliiba ya á entrar en la mayor edad, amí^ 
gos y enemigos, lodos acudieron sdiciips á Valen-* 
i;nela, esperando alcanisar wá so Cavor los cargos mas 
eminentes de palacio. Pero sucedió lo mismo que an- 

(4) Becüé^SéM to que Mbre libró IV. 
esto dijimos en el cap. 4.« del 



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418 HlSTOftlA DB RSPáltA. 

tes respecto á otros paestos había acontecido: que 
sioDdo pocos los empleos y muchos los pretendientes» 
quedaron los mas descontentos y quejosos, y aunque 
la provisión se hiciera en personas dignas ^^\ no por 
eso ios desfavorecidos dejaron de darse por mny agra- 
viados. Asi estos como los que ya eran antes enemi- 
gos de Valenzuela, pusieron sus ojos en don Juan de 
Austria, que se hallaba en Aragón, no olvidado ni de 
las antiguas ofensas de la reina ni de sus. ambiciosos 
designios» como en la ÚDÍca persona que podria en su 
dia derrocar al valido y satisfacer sus personales re- 
sentimientos. Al efecto ponderaban al rey la necesi- 
dad que tendría del de Austria para las cosas del go- 
bierno cuyas riendas iba á empuñar en sus manos. 
Ayudábanlos eficazmente en este plan el padre Mon- 
tenegro, confesor del rey, el conde de Medelliu, pri- 
mer caballerizo, el gentilhombre conde de Talara, y 
su maestro don Fraucisco Ramos del Ma^nzano. 

La reina sabia todo lo que se tramaba, y sufría 
mucho: Yalenzuela vivía receloso y desasosegado, y 
los dos andaban inciertos y vacilantes sin acertar á 
tomar resolución para impedir la venida de don Juan. 
Los sucesos de Messina les depararon al parecer una 
buena ocasión para alejarle de España, y de aquí el 
nombramiento de virey de Sicilia de que dimos cuen<> 



(4) Dióse el empleo de caba- Alborqaerqae; el de samiller de 
llerizo mayor al almirante; el de Corpa al de Medioaceli, y así los 
mayordomo mayor al duque de demás. 



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PARTE HI. LIBBO Y. 413 

ta en otro lugar, y la órdeo para que se embarcara con 
la Qotadel almirante holandés Ruy ter. Pero ya los par- 
tidarios de don Juan se habian adelantado y obtenido 
del rey ana carta en que le mandaba viniese á la 
corte. Grande fué el enojo, y no menos el apuro de 
la reina al saber esta novedad: pidió consejo al conde 
de Yillaumbrosat presidente del deCastilIa, sóbrelo 
que deberia hacer, y aquel prudente^ magistrado le 
respondió, que si la venida de don Juan era por or- 
den del rey, solo podría obligarle á volverse el mismo 
que le habia hecho venir; que viera si tenia bastantes 
razones ó bastante ascendiente con su hijo para poder 
conseguirlo, pues él en el puesto que ocupaba no podia 
menos de acatar con la debida sumisión las disposi- 
ciones de su soberano. 

Era la mañana del 6 de noviembre (4675), dia en 
que Carlos IL entraba en su mayor edad y empuñaba 
el<;etro del gobierno, y los grandes palaciegos te- 
nían ya preparado que el primer decreto del rey fue- 
ra nombrar á don Juan de Austria su primer minis- 
tro. Ya don Juan habia ^ido conducido en un coche á 
palacio por el conde de Medellin; ya se iba á firmar 
el decreto, cuando la reina, toda azorada, se presen* 
ta en el Buen Retiro, habla al rey á solas, le ruega, 
le insta, le suplica con lágrimas, y consigue del débil 
Carlos qu^e revoque la orden en que se nombraba á 
don Juan virey de Sicilia, y que le mande volverá 
Aragón, cuya orden le comunica el duque de Medí* 
Tomo xvii. 8 



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414 Uli»TORU DB B8PAÑA. 

Daceli: don Joan se sorprende; sus parciales celebran 
una reuDion aquella noche; mas con una debilidad y 
una cobardía estrañas en. quienes aspiraban á derro- 
car un poder aborrecido y parecían estar ya tan cerca 
de realizarlo, resuelven todos obedecer sumisamente, 
y en la mañana del siguiente día emprende don Juan 
de Austria la vuelta de Aragón, abrumado de tristeza 
y de bochorno^ en vez de las festivas aclamaciones con 
que había esperado ser saludado por la grandeza y 
por el pueblo í*^ 

Triunfantes la reina y el valido, que tan en riesgo 
estuvieron de ser derrocados, asistieron aquella noche 
ala comedia de plació haciendo gala de su triunfo. 
A poco tiempo salieron desterrados de Madrid el con- 
fesor y el maestro del rey, juntamente con el conde 
de Medellin, y Valenzuela recibía los tkulos de mar- 
qués de Yíllasierra y de embajador de Veneciá. Y 
porque este último empleo no le obligara á salir de 
España, prefirió hacerse gobernador y general de la 
costa de Andalucía, con cuyo motivo pasó á residir 
por algún tiempo en Granada. Mas no tardó en presen^ 
tarse de nuevo en la corte, apareciéndose en Aran-» 
juez cuando el rey se hallaba de jornada en aquel real 
sitio, con gran sorpresa de sus muchos émulos y albo* 
rozo de sus pocos parciales. Tan escasos eran estos, 
que habiéndole dado el rey la llave de gentilhombre 

(4) Diario de los sucesos de la Epítome histórico, MS. de id.^ 
corte: MS. de la Biblioteca de la Memorias históricas de la monaiv 
Keal Academia do la Historia.— quía, etc. 



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VARTB 111. LIBIO V. 4 1S 

con ejercicio^ honra qoe se consideraba entonces co* 
BBO una de ias mas señaladas y snblímes, negdse á 
tomarle el juramento y darle la investidura el duque 
de Medinacelí, y hubo que recurrir para ello al prín* 
cipe de Aslillano, que lo ejecutó el regreso de la jor« 
nada á Madrid (junio» 1676). Y como á este tiempo 
morieseel caballerizo mayor marqués de Castel^Rodri* 
go, dióse también este importante pnestoá Valonzuela, 
prefiriéndole á todos los grandes que le ambicionaban* 
Para justificar el ejercicio de tan alto empleo, á los 
pocos meses hízole merced el rey de la grandeza de 
España de primera clase (2 de noviembre, 1676), de- 
clarándote al propio tiempo valido, y dispuso que fue-* 
se á vivir á palacio, destinándole el cuarto del prínci* 
pe don Baltasar. Acabó esto de escandalizar y deirri* 
tar á la primera aristocracia de la corte: .c¿Con qué 
Vaknguda el grande?» se preguntaban unos á otros; 
y esclamaban: «¡OA temporal ¡Oh mores (^>!d Y su- 
biendo con esto de punto su resentimiento y su indig<* 
nación, comenzaron los grandes á conjurarse contra 
el privado con mas decisión y con mas formalidad que 
antes lo habian hecho. 

Vivia entretanto don Joan de Austria retirado en 

(1) En las pocas é incompletas tariosqueseescribian, yenquese 
bietorias ^tie hay de este reinado iban azrotando Io9 sucesos de ca<)« 
se supone habérsele otorgado es- uno, ya por otra porción de ma- 
tas mercedes muy al principio de nnscritos contemporáneos gife se 
su privanza. Nosotros nos hemos hallaron entre los papeles de loa 
guiado, ya por Fas eopias de los Je^íÉas, líoy pertenecientes arl ar 
nombramientos mismos, en que se chivo de la Real Academia dcia 
espresan suifetíba^, ya pcm' los dfe- Historia . 



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116 HISTORIA DB BSPAÑA. 

Zaragoza, do ya con el cargo de virey« por haber es* 
pirado el término por el que le fué conferido, y ejer- 
ciendo el gobierno de Aragón don Pedro de Urríes. 
Lejos de haber renunciado el príncipe á sus antiguas 
pretensiones, habíase avivado su ambición y encen* 
dido mas su deseo de vengar los últimos desaires y 
humillaciones recibidas de la reina. Contaba don Juan 
muchos parciales entre los aragoneses, y tanto que la 
misma diputación del reino fué la primera que para 
suscitar embarazos y poner en cuidado al gobierno de 
Madrid pidió ante la corte del Justicia que se suspen- 
diera al rey lá jurisdicción voluntaria y contenciosa, 
mientras no fuera á jurar los fueros y libertades dé 
aquel reino, con arreglo al fuero Coram quibus. Las 
alegaciones é instancia en este sentido practicadas 
alarmaron en efecto al ministrp Yalenzuela, á la reina 
y á los consejos; y solo se debió á la destreza de don 
Melchor de Navarra, vice-canciller de Aragón, que 
aquella tempestad se fuera serenando, apartando há- 
bilmente los ánimos de aquel camino, con no poco 
sentimiento de don Juan que esperaba mucho de 
aquella negociación. 

Entretanto los grandes de la corte interesados en 
separar del lado del rey las influencias de la reina 
madre y del valido, y en elevar á don Juan de Austria, 
amaestrados con el mal éxito de la gestión anterior, 
hablan redoblado sus esfuerzos y procedido con mas 
cautela y maña para irse apoderando del ánimo del 



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PARTB 111. LIBRO y. 117 

joven monarca, persuadiéndole por una parle de que 
todos losdesórdenes y males que el reino padecía eran 
debidos al siniestro influjo de la reina y del privado» 
y pintándole por otra con vivos ¡colores la obligación 
en que estaba de librarse de tan fatal tutela, recomen- 
dándole al propio tiempo y encareciéndole las altas 
prendas de don Juan de Austria,, y la conveniencia 
> de encomendarle el gobierno de la monarquía, como 
el único capaz devolverle su antiguo esplendor y gran- 
deza. No contentos con esto hicieron entre sí un pac* 
to ó compromiso solemne y formal, obligándose á tra- 
bajar todos juntos y cada uno de por sí, para separar 
del lado de S. M. para siempre la reina madre, apri- 
sionar á Yalenzuela, y traer á don Juan de Austria pa- 
ra que fuese el primer ministro y consejero del rey* 
Documento notable y curioso, que revela los esfuerzos 
que hacia la decaída grandeza de España que resuci- 
tar sus antiguos brios y poder, que daremos á co- 
nocer íntegro á nuestros lectores, ya que no se en- 
cuentra en ninguna historia impresaque sepamos. De- 
cía asi esta convención: 

aPor cuanto las personas cuyas firmas y sellos van al fin 
dcste papel, reconociendo las obligaciones con que naci- 
mos, reconocemos también el estrecho vínculo en que Dios 
Nuestro Señor por medio dellas nos ha puesto de desear y 
procura r con toda la estension de nuestras fuerzas el mayor 
bien y servicio del Key nuestro sefior. Dios le guarde, assi 
por lo que mira á su soberano honor, y al de sus gloriosos 
ascendientes, como á su Real dignidad y persona; y queS. H. 



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118 HlSTOaiA M WfÁVk* 

y caasiguientemente sus buenos y leales vasallos padece- 
mos hoy grandísimo detrimenlo en todo lo dicho por causa - 
de las malas influencias y asistencia al lado de S. M., de la 
Reina su madre, de la cual como de primera raiz se han 
producido y producen cuantos males, pérdidas, ruinas y 
desórdenes experimentamos, y la mayor de todas en la exe* 
crable elevación de don Fernando Yalenzuela; de todo lo 
cual se deduce con evidencia que el mayor servicio que se 
puede hacer á S. M., y en que mas lucirá la verdadera fide- 
lidad, es separar totalmente y para siempre.de la cercanía 
de S. M., á la reina su madre, aprisionar á don Fernando 
Yalenzuela^ y establecer y conservar la persona del señor 
don Juan al lado de S. M. — Por tanto, en virtud del 
presente instrumento decimos: que nos obligamos debajo 
de todo nuestro honor, fé y palabra de caballeros,, la cual 
recíprocamente nos damos, y de pleito-homenage que unos 
para otros hacemos, de emplearnos con nuestras personas, 
casas, estados, rentas y dependientes á los fines dichos, y 
á cuantos medios fuesen mas eficaces para su cumplido lo- 
gro sin reserva alguna. Y porque mientras S. M. no estu- 
viese libre de la engañosa violencia que padece, sea en la 
voluntad ó en el entendimiento, se debe atribuir cuanto fir- 
mare ó pronunciare en desaprobación de nuestras opera- 
eiones, noá su Real voz y ánimo, sino á la tiranía de aque- 
llos que en vilipendio dessas sacras prendas se las usurpan 
para autorizarconellassus pérfidos procedimientos: decla- 
ramos también que tendremos todo lo dicho por subrepti- 
cio, falsificado, y procedido, no de la Real y verdadera vo- 
luntad de 6. M., sino de las de sus mayores y mas domés- 
ticos enemigos; y que en esta consecuencia será todo ello 
desatendido de nosotros.— Assimisfho declaramos, que 
cualesquiera que intentaren oponerse ó embarazar nues- 
tros designios, encaminados al mayor servicio de Dios, de 
S. M. y bien de la causa pública, los tendremos y tratamos 
como á enemigos jurados del Rey y de la patria,- poniéndo- 



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rAlTB III. LIMO ▼• 119 

Qos todos contra ellos. — Que si se ÍDtentárQ ó ejecutare al- 
gún agravio, ofensa ó vejación contra cualquiera de noso- 
tros, la tendremos por hecha á todos en común, y unida- 
mente saldremos á la indemnidad y defensa del ofendido, 
sacando sin dilación la cara en cualquiera hora que eso su- 
ceda, antes ó después de haber ejecutado dichos designios^ 
referidos.— Todo lo cual cumpliremos inviolablemente, de 
modo que no habrá motivo ó interés humano que nos apar- 
te de este entender y obrar.— Esta alianza y unión entre 
nosotros será firme é inviolablemente observada, sin ínter- 
pretacionni comento que mireá desvanecerla ó disminuir- 
la su vigor y amplitud, sino en la buena fé que sugetos ta- 
les y en negocio de tanta gravedad, debemos observar. En 
cuyo testimonio lo firmamos de nuestras manos, y sella- 
mos con el sello de nuestras armas. — Y el señor don Juan 
en su particular declara, que el haber venido en el último 
dolos tres puntos dichos que toca á su persona, es por ha- 
berlo juzgado los demás conveniente al servicio de Dios y 
del Rey, pues de su motivo propio protesta delante de sa 
divina Magostad no viniera en ello por muchas razooes.— 
Dada en Madrid á 15de diciembre de 1676.— Duque de Al- 
ba. — Duque de Osuna.— Marqués de Falces.— Conde de Al- 
tamira.— Duque de Medinasidonia.— Duque de Uceda. — 
Duque de Pastrana. — ^Duque de Camina.— Duque de Vera- 
gua.— Don Antonio de Toledo.— Don Juan.— Duque de Gan- 
día.— Duque de Hijar. — Conde de Benavente. — Conde de 
Monterrey. — Marqués de Liche.— Duque de Arcos. — Mar- 
qués de Leganés. — Marqués de Villena.— La duquesa del 
Infantado.— La de Terranova.— La condesa de Oñale.— La 
de Lemos.— La de Moaterrey (*í . 

Hecho esto, y cuando ya estaban apoderados del 
ánimo del rey, dispósose la venida de don Juan de 

(i) MS. de la Real Academia Hay varias copias. 
delaHistoria. Papeles de Jesuítas. 



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120 mSTORIA DB ESFAlÍA. 

Austria, tomando para ello, como escarmentados ya, 
mas precauciones que la vez primera, para que no 
se malograra el golpe como entonces. Mas no pudo 
hacerse esto tan de oculto que no lo supiera Yalen- 
zuela, el cual, reconociendo que no podia^conjurar ya 
la tormenta que se le venia encima, desapareció una 
noche de la corte, sin saberse al pronto el rumbo que 
habia tomado. Los conjurados, para sacar al rey del 
poder de la reina madre, dispusieron que una noche» 
á deshora y cuando todos estaban ya recogidos, se sa- 
liera en silencio del palacio y se trasladara al Buen 
Retiro. Asi lo ejecutó el buen Carlos la noche del i 4 
de enero (1677), acompañado solo de un gentil-hom- 
bre de su cámara. Luego que se vio en el Retiro ro- 
deado de la gente que habia dispuesto toda aquella 
trama, despachó una orden á su madre prohibiéndola 
salir de palacio. En vano fué que la reina, atónita con 
semejante novedad pasara el resto de la noche escri- 
biendo tiernas y afectuosas cartas á su hijo, rogán- 
dole que la permitiese verle. No ablandaron al rey, ó 
por mejor decir, no le permitieron que le ablandaran 
los ruegos y las súplicas de la madre. Al dia siguien- 
te todos los cortesanos se presentaron en el Retiro á 
besar la mano á S. M., aplaudiéndole todos la resolu- 
ción que habia tomado. 

A este tiempo don Juan de Austria, que en virtud 
de cartas del rey, de la reina y de sus parciales, ha- 
bia salido ya de Zaragoza camino de la corte con 



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PAETR 111 • LIBBO Y. 424 

grande aparato de escolta y de criados <^>; habíase 
detenido en Hita, donde fueron el cardenal de Toledo 
y otros señores á decirle de parte del rey que despi- 
diera la gente armada que traía» y que prosiguiera su 
viageá Madrid, donde le esperaba para encomendar- 
le la dirección de los negocios del Estado. Don Juan, 
respondió que. para seguir adelante era preciso que la 
reina saliera antes de la corte, que se prendiese á 
Valenzuela, y se extinguiese el batallón de la Cham* 
berga. Hízose todo lo que don Juan quería: á la reina 
madre se le ordenó que saliese para Toledo; el bata-^ 
Uon de chamberga fué enviado ¿ Málaga para em- 
barcarle luego á Messina; y el duque de Medinasi- 
donia y don Antonio de Toledo partieron con doscien- 
tos cabaljos (17 de enero, 1677), para el Escoríala 
prender á Valenzuela, que supieron se hallaba alli re- 
fugiado. 

Hé aqui cómo se verificó esta prisión ruidosa. El 
valido babia ido alli, no solo con conocimiento del 
rey, no solo con su beneplácito, sino hasta de ¿rden 

(I) Cartas de Garlos II. y de mayor parte de mis resoluciones: 

doña Mariana, llamándole ala cor- he resuelto ordenaros vengáis sin 

te; dos contestaciones de don Juan, dilación alguna á asistirme en tan 

y otra carta suya al papa notician- grave peso, como espero de vues- 

dole su salida de Zaragoza: MS, tro celo ó mi servicio, cumpliendo 

archivo de Salazar» Est. 7, f¡r. 4 .* en todas las circunstancias deja 

«Don Juan de Austria mi her- jornada con la atención que es 

mano(ledeciaelrej).— Hahiendo propia de voestraa tan grandes 

llegado las cosas universales de la obligaciones. Dios N. S. os guarde 

monarquía á términos de necesi- como deseo. — De Madrid á 97 de 

tar de toda mi aplicación, dando diciembre de 4676.— Yo el Rey.— 

cobro ejecutivo a las mayores im- Por n^andado del Rey mi sefior, 

portancias en que os hallo tan in- Gerónimo de Eguía.» 
teresado; debiendo fiar á vos la 



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m HiSTOlUA DE BSPAÍA. 

soya; orden que primera meóte comuaicó de palabra 
al prior del monasterio Fr. Marcos de Herrera, di* 
ciéndole: a Te he llamado, porque no tengo de quien 
fiarme sino de tí; quiero que te lleves al Escorial á 
Valenzuela y lo salvesin» y que después á instancia 
del prior le dio por escrito concebida en estos tér- 
minos: 

«Venerable y devoto Fr. Marcos de Herrera, prior del 
convento real de San Lorenzo: En caso que don Fernando 
Valenzuela, marqués de Villasierra, vaya á ese convento, 
os mando lo recibáis en él, y le aposentéis en los aposen- 
tos de palacio que se le señalaron cuando yo estuve en ese 
sitio, asistiéndole en iodo cuanto hubiese menester para la 
comodidad y seguridad de su persona y.tamilia, y para lo 
demás que pudiere ofrecérsele, en el particular cuidado y 
aplicación que fío de vos, en que me haréis servicio muy 
grande. De Madrid á23 de diciembre de 4576.— Yo el Rey.i 

Y en la tarde del siguiente día recibió el prior 
de parte del rey un papelito enrollado con estas pa- 
labras autógrafas: «tJbTañana al amanecer. 9 En so 
virtud al amanecer de 25 salieron eJ prior y Valen- 
zuela para el Escorial, aunque por caminos distinlos 
para mayor disimulo, y llegaron aquella noche al mo- 
nasterio, nosin haber sufrido las molestias de un hor«- 
roroso temporal. Valenzuela hizo ir después allá á su 
esposa y sus hijos ^^K 

(A) Manoscr. de la Biblioteca y Descripcioa del mismo monas- 
del Escorial.—Quevedo, Historia Wrio, p. IL, c. 5.® 



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PAITB 111. L1S»0 ▼. 123 

Agasajado de los monges, y al parecer iranqailo 
bajo el seguro real se eacoDlraba YaleDzuela con sa 
familia en el monasleriOt cuando en la tarde del 4 7 
de enero (1677) vio llegar desde ooa de las ventanas 
de su habitación porción de tropa de caballería que al 
momento circundó el edificio. Era la que habia salido 
de la corte niandada por el duque de Medinaoeli y por 
don Anionio de Toledo, hijo del duque de Alba, á los 
cuales acompañaban el marqués de Falces, el de 
Fuentes, el de Valparaíso y otros varios personages. 
Acogióse Valenzoela asustado en brazos del prior, que 
después de ponerle en lugar seguro salió al encuentro 
de la tropa, y ofreciendo á los gefes alojamiento les 
preguntó qué éralo que necesitaban: ^Nada ftiere^ 
mo8; le respondieron, y nada necesitamos sino que nos 
epUregueis al traidor de Valenzuela. » Preguntóles sin 
allerai%e si llevaban orden del rey, y como le contes- 
taran que no la llevaban sino verbal, él y los demás 
monges manifestaron con entereza que en ese caso so- 
lo por la fuerza podrian apoderarse de un hombre 
que ellos tenian bajo su protección por orden espresa 
y autógrafa de S* M., lo cual fué contestado con dic- 
terios y amenazas de aquella gente, que iba resuelta 
á lodo á trueque de satisfacer una venganza. Hubo no 
obstante, á propuesta del prior, negociaciones y en- 
trevistas entre Valenzuela y los dos gefes de la comi- 
tiva, que se veriBcaron en la iglesia, y en las cuales 
recordó ValenzuQla á don Antonio de Toledo los mu« 



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124 HISTOBIA DB ESPAÑA. 

cbos beneficios y honores que le habia dispensado 
durante su privanza, lo cual solo sirvió para exaspe- 
rar mas el duro carácter del acalorado joven, y la 
conferencia concluyó síq resultado ^^K 

. Con esto; y con haber visto el prior que la tropa 
iba penetrando ya en el interior de los claustros, to- 
mó el partido desencerrar á Yalenzuela en un escondi- 
te que habia detrás de la iglesia y sobre el dormitorio 
del rey, donde le creia completamente seguro, y don* 
de, fuera de la libertad^ nada podía echar de menos, 
porque Fr. Marcos le habia provisto de^^ma, ropas, 
víveres, vinos, pastas, frutas, y todo lo necesario pa- 
ra que ni él tuviera que salir, ni pudiera notarse que 
se le llevaba 'comida. Muchas y muy duras y fuertes 
contestaciones mediaron todavía entre los enviados de 
la corte que se empeñaban en que les fuera entrega- 
do el hombre que buscaban, y el prior y los mongos 
que lo resistían con admirable firmeza. Desesperado 
andaba el joven don Antonio de Toledo. No satisfecho 
con tener bloqueado el edificio, dio orden á los solda- 
dos para que lo invadieran y registraran todo. Claus- 
tros, celdas^ palacio de los reyes, templos y capillas, 



(4) Esta especie de par I amen- protestas de adhesión y de fideli- 
to se verificó con toda formalidad dad que éste le habia hecho, ro- 
en el primer plano de la capilla conviniéndole con energía sa io- 
mayor á puerta cerrada, pero á gratitud, esclamó el de Medinaei- 
presencia de toda la comunidad, donia: «Con/feso que si conmigo 
que silenciosa rodeaba el presbi- se hubiera hecho «so, nunca fal- 
terio. Cuando Valenzuela recordó taria al lado d$ V. £.»— Queve- 
al hijo del duque do Alba las mer- do, Historia y Descripción del Es- 
rejdes que le debia, y- las muchas corial, p. II., c. 5.* 



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PAiTR iii« Lino V. 425 

todo faé allanado por ia soldadesca fariosa, que basta 
los altares echaba á rodar en medio de improperios 
y sacrilegas ioterjecciones, por si detrás de alguno de 
ellos se ocultaba el objeto de sus pesquisas. Suplicó el 
prior al de Toledo que hiciera á su tropa respetar por' 
lo menos el templo santo, porque de otro modo se ve- ^ 
ría obligado á fulminar censuras eclesiásticas sobre 
los que cometían semejante profanación, y para ver ' 
de imponerles mandó poner de manifiesip por todo el 
dia el Santísimo Sacramento. Mas no cesando por eso 
el desorden, y viendo que hasta los cánticos de los sa- 
cerdotes eran interrumpidos con insultos por los sol« 
dados, pronunció sentencia de excomunión contra el 
de Medinaceli y todos sus cómplices, se apagaron las 
lámparas y candelas, enmudecieron las campanas, y 
se hicieron todas las ceremonias que se acostumbran 
en casos tales. 

Nada, sin embargo, fué bastante á contener la 
desenfrenada soldadesca: al contrario, bramaban de 
cólera, y se desataban en blasfemias y amenazas con* 
tra los mongos, y lodo lo atropeilaban y rompían, y 
andaban desesperados al ver que después de cuatro 
días de escrupuloso registro no daban con el que pa- 
recía haberse convertido ea duende del monasterio 
después de haberlo sido de palacio. Y en verdad ha* 
brian sido acaso inútiles todas las pesquisas, si el mie- 
do, el m(is terrible enemigo en tales lances, no hubiera 
sido causa de descubrirse él mismo. La noche del 21 , • 



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126 HISTORIA BB B.ÍPkffk. 

creyendo que ou grapo de soldadod que oyó hablar* 
babia deecubierto su escondite, con las 'sábanas y 
las ligas se apresuró á hacer una soga con la cual se 
descolgó/ yendo á parar al caramanchón llamado de 
Honserraty y de allí salió üturdido á un claustro, don* 
de encontró un centinela, que le conoció y le dijo ge»* 
nerosamente: ^Vaya F. E. con Dios, y elle yute y /a- 
ixn'ezca: la contraíeña^ Bruíelas.i^ Pero esto, que de- 
bió servirle para salvarse, le turbó mas, y divagando 
fué á parar aHormítorio de los novicios. Sorprendí* 
dos estos, pero resueltos á libertarle á todo trance, sa^ 
lieroii en número de cuarenta, y metiéndole en medio 
con disimulo^ le Uevaron á un pequeño caramanchón 
de la celda de Juanelo, y poniendo un cuadro delante 
de la ventana en que le colocaron- se volviéronla so 
dormitorio* Mas fuese que lo observaran los centinelas, 
ó bien que le delatase, según se dijo, un criado de \a 
casa llamado Juan Rodríguez, es lo cierto que á la 
mañana siguiente (S2de enero), después de aumen^ 
tar el número de los centinelas se presentó don Anto- 
nio de Toledo con los alguaciles de corte, y encami- 
nándose en derechura al escondite, dio con el atribu- 
lado Yalenzuela, que estaba á medio vestir, y en 
aquella disposición, que tanto se prestaba á la borla, 
sin permitirle otra cosa le llevó al alojamiento del du- 
que de Medinasidonia, que al cabo Ib recibió y trató 
siquiera con mas cortesía y benignidad que el hijo 
> del de Alba. 



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VAin tti. Lino V. 4S7 

Aqaelta misma larde parlíeroo con el preso pam 
Madríd, mas al llegar é las Rozas se hallaron con ór^ 
den para que sin pasar por la corte se le llerára á la 
fortaleza deConsoegra, á cuyo alcaide se le previno^ 
qne le tuviera incomanícado ^^K Noticioso do!^ Juan 
de Austria de la prisión, presentóse en la corle 9I i9 
de enero, siendo recibido por el r^y con benévolas 
demostraciones, por los cortesanos con adulación, 
por el pueblo con verdadero entusiasmo, porque el 
pueblo, á quien tanto habían encarecido sus altas 
prendas, creía de buena té que lo iba á remediar to- 
do. Sus primeras disposiciones como ministro fueron 
unos decretos, en que después de ^ensal^ar el servicio 
que habian hecho á la corona los grandes que se con- 
federaron contra Yaienzuela, se declaraban nulas 
todas las niercedes, títulos y despachos que había 
obtenido, mandando que se recogieran, y comenzando 
por el de la grandeza de España; cpor no hallarse en 
él, decía, ninguna de las circunstancias que deben 
concurrir juntas en los que llegan á obtener este 
honor (^^» Don Antonio de Toledo se había quedado 



(4) «La persona de Fernando importancia qae provino á mi oo-* 

de Valenzaela (decía la real orden) roña de la alianza y concordia que 
se oe entregará; la caal tendréis ^hizo la primera y^masfíet nobleza 

con las guardas que sean necesa- de mis reinos para remediar los 

riaSy sin manifestarle á persona execrables daflos que padecían, 

alguna, de ningana calidad, esta- para que en todo tiempo conste de 
do 7 condición que sea, sino á los ella y se recono,zGa el mayor oum* 

jueces que tengo nombrados.-^ ptimientode sus obligaciones; no 

Buen Retiro, 29 de enero de 4677.» habiendo concurrido en las mer-« 

{% tPor cuanto he reconocido ceidesque consiguió don Fernán*' 

(decía este notable documento) la do Valenruela aquella libre y de-« 



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428 HI9T01IA DB B8FAÍA 

en el Escorial con el encargo de recoger todos los 
papeles, riquezas, alhajas y efectos pertenecientes al 
don Fernando, é hfzolo con tanto rigor, que pene- 
trando bruscamente en la habitación de la desgracia- 
da doña María de Uceda su esposa, y sin reparar ni 
en su quebranto, ni en el estado de preñez en que se 
hallaba, registró hasta en la cama en que yacía, y le 
embargó todo, ropas, alhajas y muebles. Por cierto 
que ni en esta pesquisa ni en las investigaciones que 
después so practicaron se halló que la fortuna de Va- 
lenzuela correspondiera ni con mucho á la riqueza y á 



liberada voluntad mía que era ne- 
cesaria para su validacioa y per- 
manencia, ni el de los méritos y 
servicios persoDales ni heredados 
que le pudiesen hacer digno para 
obtenerlas, y por otras justas cau- 
sas que me mueyen: he resuelto 
de dar por nulas dichas mercedes 

Ír los títulos despachados que de- 
las se hubiesen espedido, man- 
dando se recojan, anoten y glosen, 
ejecutando las demás preyenciO'- 
nes necesarias en la forma que 
conyenga, para gue en ningún 
tiempo valgan, ni se pueda usar 
dallas: y por que entre ellas es 
una el titulo de Grandeza para él 
y sus sucesores que bajó á la cá- 
mara en decreto de 8 de noviem- 
bre del afio pasado, mando que el 
original se ponea en mis mauQS. 
recogiendo todos los papeles é 
instrumentos en que se hiciese 
mención desta merced; porque mi 
intención y voluntad es ^ue no 
quede memoria della en ninguna 

SBrte; queriendo yo por este me- 
ló conseryar á la primera nobleza 
de mis reinos y, á los que delta 



están condecorados, con el honor 
de la Grandeza, con el esplendor 

3ue han tenido en todos tiempos, 
el cual descaecería si se inclu- 
yese en el número de los grandes 
unsugeto en que no se baila nin- 
guna de las c¡ rcunstancias que de- 
ben concurrir juntas en los que 
llegan á obtener este hoocr, y 
atendiendo, como los reyes mis 
predecesores hicieron en su tiem- 
po, á todo lo que puede ser mayor 
estimación de taies vasallos, y al 
desconsuelo con que se hallan 
viendo á don Fernando Valenzue- 
la tan desproporcionadamente in- 
cluido en su linea; he tomado esta 
resolución, quedando según ella 
priyado de todos ios honores, 
preminencias y prerogativas que 
gozan los grandes. Tendréislo en- 
tendido en la cámara para ejecu- 
tarlo asi, y darme cuenta de ha- 
berlo hecho. £n el Buen Retiro, á 
2Tde enero de 4677.— Yo el Rey. 
—Al presidente del Conseio.»— 
Archivo de Salazar, Est. 7. gra- 
da 4. «núm. 63. 



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PARTR II1« LIBRO V^ ' .439 

los tesoros qut se le aliibuía haber acumulado ^^K 
La infeliz doña María fué desterrada á Toledo, 
donde se vio presa, y pasó mil tribulaciones; y cuan- 
do se le permitió fijar su residencia en Tala vera, per- 
dió el juicio y murió demente después de haberse 
visto reducida al estremo de pedir limosna de puerta 
en puerta. En cuanto á don Fernando su esposo, des- 
pués de su prisión en Consuegra, y de terribles pade- 
cimientos, fué desterrado á Filipinas, de donde pasa- 
do algún tiempo volvió á Méjico, en cuyas cercanías 
muYió maltratado por un potro que • estaba doman- 
do (^l A tal punto llevó don Juan de Austria su ven- 
gativo encono! Y tal fué La miserable caida de don 
Fernando Yalenzuela, que tan rápida y monstruosa- 



(4 ) Ed treinta y dos mil dobio^ 
Des faé tasado todo lo aue se eo- 
contró perteneciente áValeozae- 
1a. Parecíéndole poco á don luán 
de Aastría, y sospechando que ha- 
bría habido ocultación, requiríóal 
prior del Escorial para que lepre- 
' sentara el tesoro que el preso ha- 
bía llevado allí. La di^na respues- 
ta que le dio el religioso le valió 
amenazas y persecuciones. 'Se hi- 
cieron aigunasprisiones en el mo- 
nasterio; se reconoció escrapulo- 
samentela casa del Nuevo Rezado 
en Madrid; se giró otra nueva vi- 
sita al Escoria^ se registraron to- 
das lasceldas, papeles y muebles, 
en busca de mas dinejro y mas 
alhajas, pero todo fué inútil, no^ 
se encontró mas. La prueba mas 
evidente de que no lo había es 
que la desgraciada esposa de doa 
Fernando se vio después reducida 
á vivir . de la caridad públícji.-** 

Tomo xvii. 



Quevedo, Historia y descripción 
del'Escoriah, Pdrt. II. cap. 6.<» 

(2) En Manila fué encerrado 
en Ja fortaleza de San Felipe: al 
principio fué tratado con mucha 
severidad, mas luego logró alcan- 
zar el favor del - gobernador, el 
cual le permitió salir y represen- 
-tar sus propias comedias. En 4689 
obtuvo licencia para trasladarse á 
Méjico, donde nié bien recibido 

Eor el virey, conde de Calvez, 
ermano del duque del Infantado, 
8U primer protector; allí obtuvo 
una pensión de 4,200 duros, coa 
la cual vivía. Murió, como hemos 
dicho, de una coz que recibid de 
un potro que domaba, lo cual ha 
hecbo creer ^ algunos que era 
una ocupación y un recurso, pero 
nosotros creemos que lo hacia solo 
por afición y recreo.— nGemelli, 
Viage á las Islas Filipinas. 

9 



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1 30 HISTORIA DB BSlPAfrA. 

mente sé había encumbrado en alas del favor y de la 
fortuna! Pero si merecía la caída como todo valido, y 
como todos se hirvió de reprobados medios para ele- 
varse, .convengamos en que no mereció que á tal es- 
tremo se ensañaran* sus enemigos con él y con^su fa- 
milia, pues ni abusó tanto del poder, ni de él so con* 
taban los crímenes con que otros habían manchado su 
privanza, y el pueblo no tardó en esperimenlar que 
nada babia gafado con el que vino á ocupar su puesto 
al lado del soberano. 

Si en el 'curso dQ este suceso se vio la falta de ca- 
rácter y de dignidad del rey, en el hecho de haber 
permitido que se fuera con tanto aparato y estrépito 
á prender un hombre que se hallaba confiado bajo el 
seguro de la palabra y firma reaU con todo lo demás 
que contrit^uyó á dar ruido y escándalo, también se 
puso de manifiesto la supersticiosa incapacidad de 
Garlos II. en un diálogo que al siguiente día dé la prw 
sion tuvo con el prior del monasterio Fr. . Marcos de . 
Herrera. Habiendo venido á Madrid este religiosOy ál 
presentarse al rey, poseído do cierta emoción, le pre- 
guntó sonriéndose: «¿Con qué le cogieron? — Le cogie- 
ron, Señor;^ le contestó el prior avergonzado; y le 
refiriólas circunstancias del suceso.— ¿7 íti esposa? 
preguntó Carlos. — Su esj^osa, respondió el monge, ha 
venido á Mairii, y yo me atrevo á suplicar á V. M. 
se digne ampararla á ella, y á su desgraciado mari^ 
do. — A su muger, si, á ¿í, no^^-^Señor^ ¿y será posi- 



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PARTB 111. LIBRO V* 



131 



ble que se olvide V. M. de su desgraciado ministro? — 
¿Creerás, 4'\¡o el rey, que ha habido una revelación de 
una sierva de Dios, en que daba á entender que habian 
de prender á Valenzúela en el Escorialf^^Mas bien 
será, repuso el padre un tanto amostazadoi una re- 
velación del demonio; y no crea V. M. que defiendo á 
Valenzúela por interés, pues jamás he recibido de él 
sino esta pastilla de benjui. — Aparta. ... . aparta.., . . 
esclaaió Carlos dando dos pasos atrás y santiguando- 
^ se; fio la traigan contigo, que será un hechizo ó un ve- 
neno.^ Trabajo costó al buen padre, al oír tal simpli- 
cidad, no faltar al respeto de sil soberano dando suelta 
á la risa. Contenióse con besarle la mano y despedir- 
se, iUvando un triste concepto del hombre que aca- 
baba de empuñar las riendas de la gobernación del 
Estado í*\ 



(t) Este diálogo,^ asi como las 
demias circanstancias que media* 
roD 60 esta ruidosa prisión, igual- 
mente que otros pormenores de 
que no hemos creioo necesario ha- 
cer mérito, se hallan minuciosa- 
raente referidos en una Relación 
manuscrita que existe en la Bi- 
blioteca del escorial, y que es- 
cribió sin duda en aquellos dias 
un monge testigo de. los sucesos. 
El ¡lustrado bioliotecario j ex- 
monge del mismo monasterio don 
Josó^de Quevedo en su Historia y 
Descripción del Escorial, que pu- 
blicó en 1849, en la parte que 
arriba hemos citado^ nos ha dado 
á conocer muchos de estos curio- 
sos pormenores. 

En este mismo libro se hace 



00 relato de las coosecuencias 

alie produjo la escomonion lanza- 
a por el prior contra los profa- 
nadores del templo y Tioladores 
del sagrado asilo, que manifiesta 
las costumbre^ y las ideas que so- 
bre estas materias dominaban en 
aquel tiempo. Muchas fueron las 
diiigelQcias y gestiones, muchos 
los esfuerzos y recursos que em- 
plearon para que el prior los ab- 
solviera de la terrible censara. 
Mas como el sumo pontífice, noti- 
cioso del hecho, aprobara y ensal- 
zara la conducta oelprelaao en la 
defensa de la inmunidad eclesiás- 
tica, y escribiera en este propio 
sentido á don > Juan de Austria y 
al mismo Carlos U., fué menester 
que el rey suplicara ¿Sm Santidad 



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132 



HISTOtU DB ESrAftl. 



por tres Teccii el perdón de los 
senteDciados. Al fin el papa expi- 
dió aa breve cometiendo al nun- 
cio la facultad de la absolacíon, 
pero imponiendo á los incursos la 
obligación de edificar á sus espen- 
sas en la iglesia, del ¿scorialuna 
capilla correspondiente á la ma- 
gostad y grandeza del templo que 
habían profanado, en la cual se 
les daría la absolución cuando es- 
tuviera concluida. 

Ldrgo era el plazo y mucho el 
coste que la condición les impo- 
nía. Pera ellos lograron que el 
monarca propusiera al pontífice 
suplirlo con una alhaja tan rica 

a' ue sobrepujara el valor de aque- 
a obra. Era aquella la caja de un 
reloj que le<habia regalado su tío 
efemoerador Leopoldo, de plata 
sobredorada, guarnecido de deli- 
cadísima fíligranti, d& turquesas, 
amatistas^ granates, y otras pie- 
dras preciosas, con colgante^, fes- 
tones y otros adornos riquísimos 
y deesquisitogustoy labor. Acep- 
tado el camhio y recibida por el 
nui^io la alhaja (que con otras 
mncnas faé^Ue vada por los france- 
ses en 4840), se designó la iglesia 
de San Isidro el Real de Madrid 
para que los escomulgados recibie- 
ran en ella la absolución. El dia y 
hora señalados, en medio de un 



inmenso gentío, se presentó á la 
puertj esterior el nuncio de S. S. 
vestido de pontijfical y coo grande 
acompañamiento. A poco compa-. 
recieron el duquetle Medínasido- 
nia, don Antonio de Toledo y los 
demás comprendidos en las cen- 
suras, todos descalzos y puesta 
una camisa sobre la ropilla: pos- 
tráronse á los pies del nuncio, el 
ciíal los iba hiriendo en las espal- 
das con una variia, y luego los to- 
maba del brazo y ios intro'ducia 
en la iglesia, y con esto y las de- 
mas ceremonias de costumbre en- 
cases tales se concluyó afjuella 
ruidosa causa, pero no los disgus- 
tos para el' prior y otros monges, 
que tuvieron que sufrir mucho 
tiempo la enemiga y la persecu- 
ción de aquellos resentíaos y po- 
derosos magnates.. 

Entre los precisos documen- 
tos del archivo de Salazar, refe- 
rentes á esta materia, se encuen- 
tra el «Alega toqub hizo el monas- 
terio de San Lorenzo del Escorial 
en la causa sobre la estraccion 
violenta que de su iglesia se hizo 
de la persona de don Fernando 
Valenzuela (impreso en treinta fo- 
lios, Est. 8.0 gr. 6.«):» y el Breve 
del papa Inocencio XI. dirigidb á 
Garios n. sobre lo mismo (MS. en 
dos folios, Est. 7." grad. 4 .•) 



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CAPITULO IIK 

60BIERN0 PE DON JUAN DE AUSTRFA- 
B« 1677 á 1680. 

Esperanzas dósvapecidas«— Altiyezdel príncipe.— Su espíritu de ven- 
ganza.— Destierros.-^Desórden en la administración.— Disgusto del 
pueblo.-^Ocúpase don Juan en cosae frivolas.— Desoontento de los 
grandes.— Tratan estos con la reina madre.— Recelos é inquietad 
de don Juan.- Lleva al rey á laa Cortes de Zaragoza.— Descuida 
don Juan los oegocios de la guerra.— Sátiras y pasquines^ontra el 
miniitro.-^Trátase de casar al rey Carlos.— Miras que se atríbuian 
4'dou Juan.— ^Gpnciórtase el matrimonio del rey con la princesa 
María Luisa de Borbon. — Decaimiónto de la privanza de don Juan 
de Austria*. — Pierde la salud. — Muerte de don Juan. — ^Vuelvls la 
r.eíDa madre á Madrid.— Preparativos para las bodas reales. «-Re- 
cibimiento de la reina en el Bídasoa.— Va el rey á Burgos á espe- 
rar á su esposa. — Ratifícase el matrimonio en Quintanápalla.-T-Vi^-- 
ge de los reyes.— Llegas al Buen Retiro. — Entrada soIerQne en 
Madrid.— Aiegría del pueblo.— Fiestas y regocj^ piiblicoa. 

Sí DO es caso raro, aoles bien lo es por desgracia 
harto frecueatet qae los pueblos vean defraudadas las 
esperanzas que leoian paeslas en un hombre, cuando 
á e^te se le prueba en la piedra de loque de la direc- 
ción y gobierno de un estado, no por eso deja de ser 
reparable que una persona de tantas y tan antiguas 



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434 mSTORlA DE ESBAÜA. 

aspiraeioDes y de tan larga carrera como don Juan de 
Auslria, tan conocido como debia ser de lodos loses- 
pañoles, por los papeles y por los pueslos que había 
desempeñado en Madrid, en Flandes, en Italia, en Por* 
tugal, en Cataluña y en Aragón, en cuyas altas cuali- 
dades y prendas el pueblo creía y fiaba tanto, por 
cuya elevación los grandes y nobles babian hecho tan- 
tos esfuerzos y tan repetidas. y solemnes confedera^ 
clones, á quien el reino de Aragón había protegido y 
aclamado con tanto entusiasmo, y á quien todos en una 
palabra consideraban como el tínico capaz de curar 
los males y remediar los dafíos que se lamentaban, y 
de restituir la felicidad y el bienestar á esta monar-- 
quía; es bien reparable, decimos, que el hombre en 
quien hacia tantos años se cifraban tan universales 
esperanzas, desvaneciera tan pronto tantas y tan 
antiguas ilusiones. 

Pero es lo cierto que se observó muy pronto que 
e] tan aclamado príncipe, luego que se vio arbitro y 
dueño absoluto del poder codiciado, en vez de la ca- 
pacidad, del táletelo y de la prudencia que se4e su- 
ponía para la dirección de los negocios, no mostró si- 
no altivez y soberbia, ni parecía cuidar de otra cosa 
que de satisfacer uq espíritu mezquino de venganza 
contra todos los que se hablan opuesto á sus ambicia- 
sos planes, ó disfrutado algún favor en el anterior va- 
limiento, ó no hablan firmado el compromiso ó pleito^ 
boiaeEiag!9 de los griamdes para traerle al ladodel rey«. 



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rim 111. LIBIO V. 43S 

Asi que, fueron siatieodo los golpes de sus iias y sa- 
liendo sucesivamente desterrados die la^ corte el almU 
Fanlede Castilla, el conde de Águila p, coronel del re* 
gimiento de la Chamberga, don Pedro de Rivera, con* 
ductor de embajadores, el caballerizo mayor marqués 
de la Algava, el conde de Monlijo, el de Aranda y va^ 
píos otros grandes señores, como el príncipe de Sti* 
gliano, el marqués de Mondejar y el conde de Huma- 
nes, ó por no haber suscrito la confederación, ó por 
haber conservado cierta fidelidad á la reina madre, á 
simplemente por no ser sus partidarios y adeptos. Se- 
ñalóse contra el respetable vice-cancüler de Aragón, 
don Melchor de ^Navarra, porque con su prudencia ha* 
bia desviado á los aragoneses de las reclamaciones que 
el año anterior hablan entablado en su favor, Je exo«- 
«eró del cargo^; y dio al cardenal Aragón el puesto de 
vice-x^anciller de aquel reino (*^ Ni respetó al digno 
presidente de Castilla conde de Villaumbrosa, el mas 
Integro y el mejor magistrado de aquel tiempo, sin 
otra razón que la de no haber firmado el píéíto-home- 
nageide los grandes, dándole por sucesor en la presi^ 
dencia á don Juan de la Puente, á quien ni el naci- 
miento, ni el talento, ni las letras recomendaban para 
tan elevado puesto. Y aun parecléndole que el conde 
de Monterrey divertía demasiado al monarca, lo cua' 
era bastante para mirarle^ con recelo y sospecha; le 

(4) Roa) decreto espedido en ro, 4677. 
el Buen Retiro, á 40 de febre- 



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1 36 . ' HISTORIA DB bspaHa. 

alejó también de la corte, enviándole de capitán ge- 
neral á Calalbña; y por cierto le hizo residenciar des- 
pués severamente poi* su conduela en el negocio de 
Puigcerdá (*\ 

Fijos constantemente los recelosos ojos del hermas 
no bastardo del rey en el alcázar de Toledo, residencia 
que se había señalado &, la reina madre, y ^donde la 
acompañaban el embajador de Alemania, el marqués 
de Mancera, el cardenal, y el confesor Moya, de la 
compañía de Jesús, vi\ia mártir de la desconfianza, 
hacia reconocer las cartas que iban y veniande Toíe- 
do,'daba oídos á todos los chismes, y como si esto no 
bastara para traerle en continua inquietud y zozobra^ 
rodeóse de espías, y empleó tantos para averiguar lo 
que contra él se decía ó tramaba, que esto solo, habría 
sido suficiente para impedirle fijar la atención en los 
negocios graves, consumirle el tiempo, y trastornarle 
el juicio. 

El puebla por su parte veía que ni^ se rebajaban 
los impuestos, ni los precios de los mantenimientos 
disminuían, ni la hacienda iba mejor administrada, 
ni'la justicia se restablecía, nt esperJmentaba ningu- 
no de aquellos bienes que del nuevo ministro se ha « . 
bia prometido; y que por el contrario iban las* cosas 
en igual ó mayor desorden que antes, y que ocupado 
solo en desterrar á los que tenia por desafectos, y en 

(4J Aquel suceso desgraciado bablamos en el capítulo 3/' 
de la guerra de Cataluña, de que 



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PARTB III. UÜRO V. 437 

dar vator á tos chismes y enredos de corte, átenlo 
solo á su iaterés, y mas cuidadoso de entretener con 
pasatiempos y bagatelas al joven soberano que de 
instruirle y guiarle en eí arte de reinar, por esta vez 
Ja mudanza de señor nada^ le hábia apVovechado. Y 
como el pueblo pasa t'ácilmente, coandose ve burla- 
do, del estremo del entusiasmo al del aborrecimiento, 
hubiera sido de temer, alguna sublevación á no estar 
ya tan encarnado en los españoles el respeto á sus 
monarcas. Por lo demás hacíanse comparaciones en* 
tre el de Aastria, Nithard y Yalenzuela, y decíase de 
público que sobre no haber mejorado en el cambio, 
al menos aquellos favoritos habían sido mas indulgen- 
tes con él en su tiempo, y nunca se los vio ^ominados 
deese espíritu exaltado de venganza. 

Ocupaban á don Juan con preferencia las cosas 
mas frivolas, ó de pura etiqueta, ó de pura vanidad. 
Daba grande importancia al asiento que debería cor- 
responderle ocupar en la real capilla/ y tomó el in- 
mediato á S. M. con silla y almohada, que solo ha* 
bian tenido en lo antiguo los príncipes de Parma y de 
Florencia. Recibía de pié á los (Ministros efstrañgeros, 
y esto solo en la secretaría, dándose aire de príncipe; 
rasgo de orgullo que fué censurado con merecida se- 
veridad. En el afán de deshacer todo lo que había 
hecho Valenzuela, hasta el caballo de bronce, ó sea 
la estatua ecuestre de Felipe IV. que Valenzuela ha- 
bia-trasladado del Retiro para coronar el frontispicio 



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4S8 HlSTOllÁ DK BSPAÜA. 

de palacio, fué quitada de su puesto» y vuelta al silb^ 
en que aoles estaba. Y eo tanto que el oiÍDÍslro ateo- 
dia á estas pequeíieces« y á hacer variaciones en los 
trages de palacio, aboliendo las antiguas y autorizadas 
golillas y subrogándolas con las corbatas, las cham- 
bergas, los calzones anchos y los bridecúes, tolaU 
mente estrangeros, ni se cuidaba de reforzar los ter- 
cios de Flandes^ ni de enviar á las tropas que alli ha^ 
bia socorros de (linero, y los ejércitos de Luis XIY. 
nos iban tomando las mejores plazas de los Países 
Bajos, y devastando y asolando el principado de Cata- 
luña, yendo \pnra nosotros la guerra de mal en peor,, 
como recordará el lector fácilmente por lo que deja- 
mos referido en ios capítulos anteriores. 

Tan largo don Juan en decretar destierros coma 
corto en otorgar recompensas, que todas se redujeron 
á unos pocos empleos y á algunas llaves de gentil-^ 
hombre, no solo concitó contra sí el odio de los no- 
bles desterrados y de los parientes y amigos de éstos^ 
en la corte, sino que se enagenó á los mismos que 
habían sido su^ parciales y favorecedores, que todos^ 
se consideraban con derecho á recibir gracias y 
acreedores á medros. Y ofendidos lodos, los unos de 
sü altivez y de su despotismo, los otros de su orgullo 
y do "su ingratitud, volviaq los ojos á la reina madre 
desterrada «n Toledo, y no faltaron quienes la escri- 
bieran asegurándole que su vuelta al lado de S. M. 
se esperaba con impaciencia, promeliendo (¡ue ellos 



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Mrri iiu LIBIO T. 139 

por sn parte harían cuanto pudieran por conseguirla. 
Gon esto y con difundirse la voz de que don Juan,^ 
no obstante su cplidad de bastardo y de bijo de una 
cómica, aspiraba á hacerse ajgun dia señor de esta 
monarquía, no dejó de haber inteligencias y tratos 
l^ra derribarle. Pero era todavía muy temprano para 
otra mudanza, y comq don Juan asediaba de continuo 
ál rey, y no permitia que nadie sino él ^e le acerca- 
ra, escudado con esta esclusiva influencia sobre un 
monarca ínespertó y débil, no \e fué difícil ir ven- 
eiendo aquellas nacientes y no bien organizadas ten* 
(ativas, ó mas bien tendencias de conspiración ^^K 

Con todo,, cuando vio que el rey disponía su jor- 
nada de primavera á Aranjuez, tuvo por peligroso 
estar á tan corta distancia de Toledo, residencia de la 
reina madre; y representando á S. M* la convenien- 
cia de ir á jurar á los aragoneses sus fueros, según él 
t^uando eslaba allá les habia ofrecido, inclinóle á que 
convocara cortes en Galatayud; hecho lo cual, salie« 
ron sin apafato y por la puerta secreta del palacio 
camino de Aragón (állimos de abril, 1677), dejando 
como burlada y con cierto desconsuelo á la gran mu- 
chedumbre que en casos tales se agrupa siempre en 
calles y plazas para presenciar la salida de sus reyes, 
A instancia de los de Zaragoza se trasladaron á esta 

(4) SacioU relación del vario mo XIV .--Epítome histórico de 

estado que ha tenido la monar- los- sucesos de España, etc. MS. 

quia de España^ etc. en el Sema- del Archivo d<e Salazar, c. III. 
nario erudito de Valladares, to- 



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140 HHTORIA DK BSÍAftA» 

ciudad las cortéis convocadas para Calalayud*. A pri- 
meros de mayo llegó el rey á aquella poblacioú, don- 
de después de descansar dos dias en et palacio de la 
Aljafería hizo su entrada pública con gran cortejo y 
con gran júbilo de los naturales, que hacia treinta y 
seis años que no veian á su natural señor. Abriéroot- 
se fas cortes, juró el monarca los fueros del reino, y 
hecha su propuejsita determinó volverse pronto á la 
corte á cansa de la impaciencia t|ne mostraban los 
castellanos, dejando por presidente en ellas á don 
Pedro de Aragón, de la ilustre casa de Cardona, y 
muy venerado en aquellos reinos ^*K El principadc» 
de Cataluña y ciudad dé Barcelona le enviaron em- 
bajada rogándole fuese también á favorecerles, pero 
su resolución estaba tomada, la guerra de Cataluña 
le ofrecía poco aliciente, y á principios de junio dio 
la vuelta á Madrid, distribuyendo algunas gracias ¿ 
los aragoneses, pero encontrando la corte un peco 
intranquila por la escasez de paq y de otros artículos 
de necesario consumo. ' 

No logró reponerse el príncipe bastardo en la 
opinión páblica después de su regreso á Madrid, por 
mas que procurara acallar á los descontentos, dando 
algunos empleos á los desterrados antes, ó á sus her- 



ii) Cerráronse estds cortos reioo de Aragón de Garlos ir. coa 

el 25 de enero del año siguiente, su hermano don Juan do Aus- 

Sus fue ros y actos se' imprimieron tria. 4 de abril, 4677: impreso: 

«u Zaragoza por Pascual Bueno Archivo de Salazar, Est. 44. 



en 1678, en folio.— Jornada al 



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rABTB ni. LIBBO V. 141 

manos y parientes, haciendo algunas reformas econó- 
micas, espidiendo algunas^ pragmáticas para moderar 
los trages y so coste, desterrando las muías de los 
coches y fomentando la introducción de los caballos, 
con otras cosas por este drden, mandadas ya antes 
mochas vqpes, y pocas practicadas. Mas como quiera 
qae los sucesos deja guerra nos eran tan contrarios, 
que los víreyes y generales de nuestras tropas en Si-: 
cilia, en Alemania, en Iqs Países Bajos y en Cataluña, 
carecían de socorros de hembras ^^ dinero «y de 
mantenimientos por mas que repetidamente los re- 
clamaban, y^que nuestras armas iban en todas parles 
en decadencia, perdíamos ierritorios, y las potencias 
de Europa negociaban una paz que no podia menos 
de ser humillante y vergonzosa para España, atVi- 
bufase en la maj'or parte á indolencia y á torpeza del 
^ príncipe ministro, decíase públicamente que el crédi* 
toque en tal cual ocasión había ganado en. la guerra 
era debido á sus generales y consejeros, añadíase que 
el que había perdido á Portugal perdería á Flandes, 
la ociosa malicia dallaba materia de crítica en todas 
sus acciones, pululaban las sátiras y los pasqiíines, 
manía y ocupación de^casi todos los ingenios^ media- 
nos y de algunos agudos entendimientos en aquella 
época. Y don Juan, que en vez de despreciar con 
magnanimidad tales niñerías, las tomaba por lo serio, 
desterrando ó encarcelando á algunos de los que se 
suponía autores de aquellos papeles, coipo al marqués 



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1 a . IKSTOUIA DE BSPASa. 

de Agrópoti.y al doctor I^pez, daba teotacíoD á tos 
hombres malignos para seguir mortiñcándole con es- 
critos satíricos, que se multiplicaban hasta un grado 
que solo puede concebirse registrando en los archivos 
y bibliotecas los infinitos' que todavía se conservan 
y existen.. 

La paz de Nimega (1678), que ai fío se recibió 
con júbilo en la corte de España, siquiera porque, 
agotados todos los recursos, , era ya imposible conti^ 
nuar la guerra sia perderlo todo, afirmó á don Juan 
en el favor del soberano, impuso silencio por algún 
tiempo á sus enemigos, y le inspiró un pensamiento 
que él creyó sería el que le consolidarla en el favor 
y en el poder, sin calcular que un medio semejante 
había ocasionado la ruina de otros privados. Toda la 
nación deseaba ya que el rey contrajera matrimonio^ 
para ver de asegurar la sucesión al tropo. Sabia don 
Juan que la reina madre le tenia destinada la archi- 
duquesa de Austria, hija del emperador» y que esta* 
ban ya convenidos y hasta firmados los artículos del 
contrato. Interés del ministro era contrariar el enlace 
con una princesa de la misma casa y pariente.de la. 
reina. Érale, pues, preciso trastornar aquel plan, per- 
suadiendo' al. rey que la razón de estado y iá nueva 
marcha que después de la paz habia de llevar la po- 
lítica hacian necesario dar otro giro á este negoció. 
Propúsole primeframente la princesa heredera de Por-- 
iugal, jóven^ robusta y hermosa, y conveniente ade- 



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rAáTBill. LIBftO V. 143 

mas coDAo medio de unir otra vez aquella corona á la 
de Casulla. Pero sobre estar ya aquella princesa pro* 
metida al duque de Saboya, el suceso de la emanci- 
pación de Portugal estaba demasiado reciente para 
que los. portugueses no rechazaran todo lo que ten- 
diera á llevarles alü un monarca castellano. Fué, 
pues, inútil toda gestión en este senlido, y entonces 
don Juan, aprovechando la buena ocasión que le ofre- . 
cía la paz con Franciat y como medio para hacerla 
mas sólida, propuso á Carlos como el enlace mas^ ven- 
tajoso el de la hija primogénita del duque de Orleans^ 
hermano único de Luis XIV^ 

Tenia este plan la ventaja de agradar á' la nación 
y de gustar mas que otro alguno al rey. Al pueblo» 
porque recordando con placer á la reina María Isabel 
de Francia, esposa de Felipe IV., y las virtudes que 
le habían grangeadx) la estimación pública de jos es-- , 
paineles, le halagaba tener otra reina de la misma fa* . 
milía^ A Carlos, porque habia visto su retrato y se 
babia enamorado de su hermosura; era casi ,de so 
misma edad, y todos los españoles que habían estado 
en Parts encarecían su amabilidad, su fina educación, 
y las bellas dotes de su espíritu. Solo no se compren^- 
dia el empeñó de don Juan de Austria en casar al 
rey, puesto que cualquiera que fuese la reina, la le- 
gitima y natural influencia de esposa habia de dismi- 
nuir, dado que no le ñiese del todo contraria , la 
del favorito, y tal vez acabarla, como de ello se ha- 



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14i IllSTOaiA OK BSPAÑA. 

biaQ vista ejemplares en^ tiempos no muy apartados^ ' 
Discurríase por lo lauto sobrede! estrano iulerés qud . 
mostraba en poner al rey en el caso de tener sucesión 
el mismo de quien se murmuraba que en la falta de 
ella cifrada sus aspiraciones al trono; y habla quien 
llevaba su suspicacia 7 malignidad hasta el punto de 
suponer que con este maljcimonio se proponía don Juan 
de Austria acabar de destruir mas pronto la comple- 
xión ya harto débil del rey, y allanar por este medio 
el camino del solio. La malicia délos cortesanos ha- 
cia estos y otros semejantes discursos, que por lome- 
nos demuestran el odio que los animaba hacia el va- 
lido y el apasionado afán con que trabajaban pdr la- 
brar su descrédito. 

A pedir la mano de la princesa fué enviado á Pa- 
rís, el marqués de los Balbases, uno de los plenipo- 
tenciarios españoles en el congreso de Nimega. La 
proposición fué muy bien recibida, asi por el padre 
de la princesa como por el rey cristianísimo, su tio. 
Con cuya noticia procedió don Juan de Austria á pro- 
veer los oficios y empleos del cuarto de la futura 
reina, cuidando d6 poner en ellos las personas de su 
mayor devoción para, hacerse- lugar por medio de 
eílas en la gracia de la esposa de su rey (enero, \ 679). . 
Hizo venir de Salamanca al dominicano Fr* Francisco 
Reluz para confesor de S. M. bajo la fianza que le dio 
el duque de Alba de que se conformaría en todo á su 
voluntad. Para -distraer á Carlos de la jornada de 



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PARTE III. LIBRO T* 145 

Aranjuez, por temor de que cayera en la tealacion 
de llamar á la reina madre ó de ir á verla, éntrete- 
níale coiv diversiones de toros, carias y comedias, y 
con cacerías en los bosques de la Zarzuela y del Par- 
do. Pero tampoco, se descuidaban la madre y sus par- 
ciales, que iban siendo mas cada día, al paso -que 
' hsfbian ido disminuyendo los de don Juan, en negociar 
la vuelta de aquella señora ala corte; y. tal vez lo 
habrían logrado pronto,- si el marqués de Villa rs, em-^ 
bajador de Francia, que vino á Madrid (17 de ju- 
nio, 1679), á tratar de la" conclusión' del malrímonio, 
y hombre poco afecto al ministro favorito, no hubie- 
ra manifestado repugnancia á entrar en aquella intri- 
ga, y propuesto que se difiriera hasta la venida de la 
reina, no dudando que entonces seria mas cierta y se- 
gura la caída del privado f*^ 

Asi pensaban todos los hombres que discurrían 
con menos pasión, y era sin duda el partido mas sen- 
sato. Mas iban siendo ya tantos los enendigos de don 
Juan, y tantos los que habiéndosete mostrado antes de- 
votos le abandonaban, que hasta aquel mismo confe- 
sor que de Salamanca trajo ex^profeso, devolvió las 
espaldas alegando que nada babia hecho por él de la 
que le habia prometido; razón singular, que revela- 



(4) Gacetas del año 4679. En Balbases, embajador extraordína* 

ellas hay varias cartas do Parísen río del R^y Ntro. Sr.:» y e& que 

qne se hace relación «de la mag« se dan noticias de lo que iba ocur- 

qíBca y pomposa entrada del Ex- riendo en orden al casamiento, 
celentisimo sefior marqués de los 

Tomo xvii. '-' 10 



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14G HISTORIA DB BSPAÑA. 

, 1x1 las miras mundanas del buen religioso llamado^ á 
dirigir la conciencia real. Vio que por su mediación 
se alzó el deslierro al principe de Stigliano. El duque 
de Osuna 9 á quien quiso el ministro alejar mas de la 
corte, también obtuvo su regreso por intercesión del 
de Medtnaceli. Y como pidiesen al rey por los de^ 
mas desterrados, y le manifestasen la oposicioa que 
á ello hacía el ministro, contestó Carlos con desacos- 
tumbrada entereza: Qiimporta poco que don Juan se 
oponga; lo quiero yo y basta.^ Palabras que llenaron 
al favorito' de amargura, y (e hicieron comprender 
que el favor se le escapaba, que se nublaba á toda 
prisa la estrella de su valimiento, con síntomas de 
acabar de oscurecerse, lo cual le infundió una melan- 
colía profunda, que se agravó con una fiebre tercia- 
naria que le sobrevino. 

El 31 de julio (1679) llegó á Madrid un estraor- 
dinario despachado por el de los Balbases, con la ne- 
cia de haberse ajustado el casamiento de S* M. con la 
princesa María Luisa de Orleans y firmadas las capi« 
tulaciones, cosa que se celebró en la corle con gran 
regocijo y se solemnizó con tres dias de luminarias y 
fiestas públicas ^^K Y el 30 salió de Madrid el duque 

(4) Gaceta del 85 de julio.— pasado.» — Capitulaciones matri- 

En la misma Gaceta so decia: moniales entre Garios. II. y dofia^ 

«S. A. (doD Joan de Austria) des- María Luisa de Orleans, otorga- 

faes de la cuarta sangría se halla', das en Footenebleau: MS« de la 

Dios gracias, mejorado de las Real Academia de la Historia., 

tercianas, ao habiéndole repeti- G. ti, 
do la accesión desde el miércoles 



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PARTB III. LIBEO V. 147 

de Pasiraaa nombrado embajador estraordiDario cer^ 
ca del rey de Fraocia, para que llevara la joya, que 
eolonces se decía, á la reina. Hízosele en París an re- 
cibimienlo ostentoso, y los desposorios se celebraron 
con toda magnificencia (31 de agosto) en Fontene- 
bleaucoB el principe de Conti» en quien se sustituyó 
el poder dado por S. M.; noticia que se celebró en 
. Madrid con mascaradas y otros espectáculos ^*K 

No alcanzó á ver don Juan de Austria la venida 
de la reina: acabósele la vida antes que llegara la es- 
posa de su rey: habiansele hecho dobles las tercia- 
nas; los médicos no le curaban el mal de espíritu que 
se le había apoderado; Carlos le visitó con frecuencia 
durante su enfermedad, manifestándole el mas vivo 
interés por su salud; él nombró al rey heredero de 
sns bienes, y legó á4ás dos reinas sus piedras pre- 
ciosas, y eH7 de setiembre, á los cincuenta anos de 
-su edad, pasó á mejor vida, causando general admi- 
ración la resignación cristiana que mostró en sus últi- 
mos momentos ^^K Asi murió, ni bien conservando la 
privanza, ni bien caido de ella, el hijo bastardo de 
Felipe IV. y de María Calderón, á quien los estrange- 



(4) Relación' de k ostentosa^ bre, 1679. 
entrada eD Francia del claque de (2) Gaceta ordinaria de M&- 
Pasirana, portador del presente drid de 49 de setiembre de 4679. 
de Garlos II. á so esposa María — Dejó don Juan una hija muy 
IfOtsa^de Borbon: impresa en dos hermosa que había tenido 4e una 
folios. — Relación del desposorio persona de distinción, la cual to- 
do Garlos II. etc. id. Archivo de mó el hábito de religiosa en las 
Salazar, Est. 7. arad. 2. n. G6. Doscálzas Reales. 
—Gaceta de! 4Í de setiem- 



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. 148 HISTORIA DB ESPAÑA. 

Vos represeotan como el último hombre- grande de 
la dinastía de Auslria en España, y de cuya nobleza 
de alma, ingenio, talento, yirtades y esperiencia en 
el arle de gobernar hacen I9S mismos elogios que hi- 
zo el papel oficial del gobierno al anunciar su muerte. 
Pero este juicio está en completo desacuerdo con el 
que mereció á sus contemporáneos, y dista mucho del 
que imparcialmente se puede formar de sus 'acciones 
y conducta como gobernante. Por que si bien don 
Juan de Austria había logrado en ocasiones dadas 
ganar algunas glorias en las guerras como general, 
tuvo la desgracia de que en sus manos se perdiera 
Portugal y la mayor parte dé Flandes, y sobre todo 
perdió la reputación y el buen concepto en que antes 
muchos le tenían desde que comenzó á obrar como 
ministro y á ejercer el poder que tanto habia ambicio* 
nado, y que por espacio de tantos años y por tan tor- 
tuosos medios habia intentado escalar. 

Apenas murió dop Juan, el rey, como si hubiera 
tenido hastaentonces el espfritu y el cuerpo sujetos 
con ligaduras, soltólas de repente y se fué á Toledo 
á ver á doña Mariana su madre. Abrazáronse madre 
é hijo, llorando tiernamente y conferenciando á solas, 
y quedó determinada la venida de la reina á la corte'. 
Volvióse Carlos, y á los pocos dias salió otra vez ca- 
mino de Toledo á recibir á su madre; encontráronse, 
y subiendo los dos á un mismo coche, hicieron jun* 
tos su entrada en el Buen Retiro (28 de setiem- 



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PARTE m. LIBRO Y . . 1 &9 

brc, 4679), donde permaneció la reina hasta que se 
le preparó la casa del duque de üceda que escogió 
para su morada. El pueblo, cuyo odio y cuyas mal- 
diciones habían seguido dos anos antes á la madre de 
Carlos II. en su destierro de la corle, la recibió ahora 
con alegría y la victoreó con entusiasmo. £1 pueblo, 
por lo común inconstante y voluble en sus juicios» 
pero á quien nada hace mudar tanto de opinión como 
el verse burlado en las esperanzas que ha concebido 
de un hombre, olvidó con las faltas de don Juan las 
que antes habia abominado tanto en la reina madre. 
Los cortesanos volvieron á rodearla como en los dias 
de su mayor poder, aun los mismos que antes hablan 
conspirado á su caida, porque todos esperaban que 
siendo el rey inesperto y joven, la madre recobraría 
su antiguo ascendiente sobre él, y sería otra vez la 
distribuidora de las gracias, que calculaban serían 
muchas estando tan próximas las boílas del hijo. Mu» 
cbos sin embargo sospechaban que escarmentada con 
los pasados disgustos se abslendria de lomar parte en 
la política < Todo eran conjeturas, y todo el mundo 
estaba en espectacion, pero aquella señora mostraba 
cierta indiferencia hacia la política, contentándose al. 
parecer con tener y conservar la gracia y el favor de 
su hijo. 

Mas en realidad lo que , embargaba la atención 
del rey y de la corte eran los preparativos para reci- 
bir á la nueva reina María Luisa. Por fortuna hubo 



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450 IllSTOmu DB bspáSa. 

te feliz coincidencia de que arribaran por este tiempo 
á Cádiz los galeones de América trayendo treinta 
millones; remesa que llegó tan oportunamente que 
sin ella en tales circunstancias, y exhausto como se 
kallaba el tesoro, hubiera sido muy difícii y casi im- 
posible atender á los gastos del viage. A recibir á la 
reina en la frontera de ambas naciones salieron de 
Madrid (26 de setiembre) el marqués de Astorga y la 
duquesa de Terranova, llevando lo que se decia en- ' 
toncos la casa reaí/qne eha la servidumbre destinada 
á la reina, y á los pocos dias lo verificó el duque do 
Osuna que acababa de llegar de su destierro. Acom- 
pañábale el padre Yingtímiglia, teatino siciliano, que 
escapado de su pais por los alborótoa de Messlna en 
que tomó parte, se refugió á España, se introdujo 
primeramente con don Juan de Austria y después con 
el duque de Osuna, y liado en que hablaba francés y 
aspirando á ser confesor de la reina, quiso ser el piri- 
mero á hablarla, y no paró hasta llegar á Bayona. 
Avisó el marqués de los Balbasesla salida de la reina 
de Fonlenebleau y de París, después de haber sido 
suntuosamente agasajada en su despodida del rey y 
de la corte, trayendo en su compañía al duque do 
Harcourt como embajador estraordinario, á su aya la 
maríscala de Clerambaut como camarera mayor, y 
porción de damas jóvenes y bellas de la prin^era no- 
bleza de Francia. Hacia su viage en jornadas cortas, 
y por todos los pueblos del tránsito era festejada con 



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PAKTB III. LIBRO V. 451 

luaguiBcencia, y recibía las mas cordiales demoslra* 
cioaesdc cariño y de respeto. Al llegar á Bayona se- 
le preseoló el osado YÍDglitniglia, y cq su impacien- 
cia de conquistarse so Favor, y valiéndose con aslacia 
de la gente de su servidumbre, comenzó por inspirar- 
le sentimientos de desconfianza hacia la reina madre 
y el embajador francés, la persuadió á que moviera 
al rey á formar un consejo de Estado, del cual, decia, 
seria el mejor presidente ef duque de Osuna, y por 
últínop solicitó del de Iflarconrt que le presentara 
una memoria que llevaba escrita, desenvolviendo un 
plan de gobierna á su manera. Pero en vista de su 
importunidad y de su mal disimulada ambición, con- 
denáronle al desprecio, y abocliornado el de Osuna " 
de que á la sombra de su protección hubiera qiierido 
hacer valer proyector que él ignoraba, le abandonó 
á su suerte, no queriendo ya admitirle siquiera en su 
compañía para que no le comprometiera ^'^ 

Esperaba ya á la reina la comitiva española en 
Irán. Habíase preparado una linda casita de madera 



(O El tal padre Vingtimiglia del favor do la que venia á ser 
hubiera ya muerto en un cadalso reina de España, de la manera 
en Sicilia como uno de los princi- que hcmcTs visto. — Corresponden- 
pales revoltosos, si no Inibicra cin del embajador de Dinamarca 
acertado á fugarse y venir á Espa- en Madrid; cartas á sugobiernQ 
Da.Aqui se hizo del partido de don sobre esto dsunto, en Mignet, 
Juan de Aüstfia, conspiró coh él, Documentos inéditos sobre la $u- 
le fué á buscar á Zaragoza, y era cesión de España, tom. IV.— MS. 
el alma do la conjuración onaquc- del Archivo ae Salazar, en stf Bi- 
lla ciudad. Muerto don Juan, se bliotec.1 do la Academia de la His- 
arrimó al duque de Osuna, y qni- loria, 
so á 61) ^ombra elevarse en alas • 



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to2 HISTORIA DR BSFAíÑA. 

orilla del Bidasoa para que descansara; la eulrega se 
habia de hacer en la ya célebre isla de los Faisanes: . 
llegó alli la reina el 3 de noviembre (1679), y em- 
barcándose en una hermosa falúa que estaba dispues- 
ta, la rel^ibió el marqués de Astorga, a quien se hizo 
la entrega con la ceremonia y las formalidades de 
costumbre. Pasaron luego todos á Irún, en cuya igle- 
sia se cantó un solemne Te Deum en acción de gra- 
cias al Todopoderoso por su feliz viage. Iguales de* 
mostraciones xJe regocijo que en aquella villa fué re- 
cibiendo la reina en todos los pueblos por donde pa- 
saba. El 21 de OQtubre habia salido de Madrid el rey 
á encontrar á su real esposa, con gran séquito de se- 
ñores, caballeros y ^criados, lodos de gran gala, y ' 
Iras él partieron luego en posta ol duque de Pas- 
Irana que acababa de llegar, y el primer caballerizo 
don José de Silva con un magníQco boato. El esta- 
do deplorable de los caminos hizo que la reina po pu- 
diera llegar á Burgos el dia que se la esperaba, pero 
la impaciencia de Carlos suplió a(}uella dilación, pues 
sabiendo que el 18 (noviembre) habia tenido que ha- 
cer alto en la pequeña aldea de Quiutanapalla, dis- 
tante Ires leguas de aquella ciudad, el 19 partió el 
rey de Burgos, precedido del patriarca de las Indias, 
no llevando consigo sino lasj)ersoñas precisas para 
su asistencia, y cerca de la hora de medio día se vie- 
ron por primera vez en Quintanapalla los augustos 
novios, saludándose con mutuo cariño y ternura. 



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PARTE 111. LIBRO V. 453 

RalificároDse aquel día las bodas aule el patriar- 
ca de las Indias en aquella pobre y miserable aldea, 
qae nunca pudo pensar tener tanta díchii; comieron 
juntos los regios consortes, y partieron por la tarde en 
una misma carroza. Hicieron su entrada en Burgos, 
donde descansaron algunos dias, alternando entre las 
dulzuras conyugales y los festejos de mascaradas, 
comedias y otras diversiones con que los obsequia- 
ron ^^K Desde Burgos se dividieron las dos comitivas 

(4) Entre las mascaradas buLo llegado el mal gusto literario en 
una en que los hombres marcha- esta épocaí sin aue por eso falta- 
ban en parejas figurando en sus ran en la corte algunos buenos in- 
trages aves y animales, Qada uno genios, vamos ^ citar elgunos de 
con su mote en verso. Como mués- aquellos motéis: 
tra de la depravación á que habla 

A dos águilas. 

Aqueste fiero arcaduz 

aunque un águila le aprieta, 

' Jo mismo es que una escopeta. 

4 dos milanos. ^ 

Estas aves de rapiña 
con las plumas de milanos, 
dicen que son escribanos. 

A dos cochinos. 

Quitándome de porfias, 
por a de no digan- soy terco, 
yo digo que soy un puerco. 

A dos ratones. 

De' ver ratones aqui 
no hay que admirar el esceso, 
que hace obscuro y huele á ques<rC 

A dos gallos. 

Si quieres parecer gallo, 



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de la servidumbre del rey y de la reina para no em* 
barazarse en el viage á Madrid, viniendo la una por 
Valladolid y k» olra por Aranda de Duero, y el 2 de 
diciembre (1679) llogarori SS. MM. felizmente al pa- 
lacio del Buen Retiro enire las aclaiDaciones del in- 
menso pueblo que ansioso los aguardaba. Alli perma- 
necieron ^muchos dias, recibiendo frecuentes visitas 
de (a reina madre, y los parabienes de los embajado- 
res, grandes, y <)a1>alleros de la corte, entretenidos 
con comedias y divertido el rey con partidas de caza, 

pues á ser gallote inclinas, " 
anda. siempre entre gallinas. 

t A dos que iban majando^ 

Yá no dirán que el majar 
es cosa de majaderos, 
pues majan dos caballeros. 

A dos que marchaban de espaldas. ' 

No es quimera esta que ves, 
pues sucede, si reparas, 
Iiabcr hombres de dos caras. 

A una pareja con los pies hacia arriba. 

En esla rara invención 
N al mundo pintado ves, 

pues también anda al revés. 

.4 dos papagayos. 

Piensan que el ser papagayo 
es animal de Jas Indias, 
y 80 CDgafian, porque hay muchos 
papagayos en Castilla. 

Y por este orden y de este gó- tulada: tiDichas de Quinianapa" 
ñero otros muchisimos moles. — lia, y Glorias de Burgos,^ y publi- 
Uelacion impresa de aquel año ti* cada como gaceta estraordínaria. 



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^AATB 111. LIBHO Y. 155 

hasta el 23 de enero (iQ80], que hicieron su eulrada 
pública y su traslación al palacio de Madrid» por en 
medio de arcos triunfales qon inscripciones y versos, 
fachadas adornadas con vaciedad de gustos, compar-* 
sas de gremios, coros de música, y otros vistosos apa- 
ratos. Por muchos días duraron en Madrid las fiestas, 
tales y tan suntuosas, que pareciá que la nación se 
hallaba en el colmo de su prosperidad, y que no ha- 
bia otra cosa en qué pensar sino en regocijos. Ya ire- 
mos viendo la gangrena que se ocultaba bajo estas 
brillantes y engañosas apariencias ^*K 



(1) De todos estos sucesos nos 
informan minuciosamente las ga- 
cetas ordinarias de aquel tiempo, 
quesalian cada ocho días, y las mu- 
chas Fclacionesquese escribían y 
publicaban como gacelas estraor- 
diñarlas, tales como lassiguientes: 
Descripción de las pircutistancias 
mas esencialesde lo sucedido en la 
augusta y célebre función del dfs^ 
posorio del Señor Bey Don Car- 
tos II. con laSerma. ñeal Princesa 
Doña Haría Luisa de Borbon^ eje^ 
cutado en el Real Sitio de Fonta" 
nablóf á 3l de este presente año 
de <679: por caria de un caballero 
que se halló presente y escrita á otVo 



de esta corte á i de setiembre. — 
/{elación de la salida que hizo el 
Esc ce lentísimo Señor Duque de 
Osuna, caballerizo mayor de la 
lieina Nuestra Señora doria Marta 
Luisa de Borbont de orden deS. Af. 
elC'-'Prímera y segunda parle 
del viage de la Iteina Nuestra Se- 
ñora, etc, — Dichas de Quintanas- 
palla y Glorias de Burgos, bosque- 
jadas, e te, —Relación compendiosa, 
del recibimiento y entrada triun^ 
(ante de la Reina Nuestra Señora, 
etc, en la muy Noble, Leal, Coro- 
nada villa de Madrid» Y otras 
infinitas que podríamos citar. 



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CAPITCLa VIIL 

MliNISTERlO DEL DUQUE DE MEDINACELI. 
■le 4680 4 1685. 

Aspirantes al puesto do primer ministro.— Partidos que se formaron 
en la corte.— Trabajos dol confesor y de la camarera. — Indecisión 
del rey.— Da el ministerio al de Medíoaceli. — Males y apuros del 
reino .-«Alborotos en la corte.— Célebre y famoso auto general de 
fé ejecutado en la plaza de Madrid'. — Desgracias y calamidades 
dentro de Espafia. — Pretensiones de Luis XIV. sobre nuestros do- 
minios de Flandes. — Guerra con Francia en Cataluña y en Ipis 
Paises Bajos.^'Gloriosa defensa de Gerona.— Pérdida de Luxem- 
burgo. — Tregua de veinte nfios humillante para Espafia. — Genova 
combatida por una escuadra francesa. — Mantiénese bajo el protec- 
torado español.- Rivalidades é intrigas en ia córie de Madrid.— 
La reina madre; el ministro; la camarera; otros personages. — 
Caída del confesor Fray Francisco Re luz. —Re tí rásenla camarera. 
— ^Reemplazo en estos cargos.— ^Situación lastimosa del reino. — 
Caida y destierro del duque de Medinaceli. — Sacédele el conde 
de Oropesa. 

No todos penaabaQ solamente en las fiestas y re- 
gocijos. Eñ nsedio de la algazara popular y de aque- 
lla especie de vértigo por las diversiones que parecia 
haberse apoderado de todos, los hombres políticos se 
agitaban y movian: vacante la plaza de ministro des- 
do la muerte de don Juan de Austria;- fiado intcrina*- 



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PARTB 111. LinRO V. 1 57 

mente el despacho de los negocios al secretario don 
Gerónimo de Egnía; con un rey joven, sin experien- 
cia ni tárenlo, y á quien llamaban mas la atención 
las gracias de su bella esposa que los áridos asuntos 
de Estado, y los accidentes de la ^aza y de los toros 
que las necesidades del reino, hacíanse mil cálculos 
y cfonjeturas en los círculos políticos de la corte so- 
bre la persona en quien recaería el ministerio» que 
era entonces como decir el ejercicio de la autori* 
dad real. 

Entre los que andaban en lenguas, ó como pre- 
tendientes, ó eomo designados por la opinión para 
este puesto» la voz pública señalaba como los mas 
dignos y que reunían mas aptitud y mas probabilida- 
des de ser llamados á él, al duque de Medínaceli y 
al condestable de Castilla. El primero .tenia en su fa- 
vor el cariño del rey; el segundo contaba^coo el apo- 
yo de la reina madre. De ilustre cuna los dos, hom- 
bres ambos de talento y de experiencia, el de Medi- 
naceli tenia mas partido en el pueblo y entre los 
grandes por la dulzura y suavidad de su trato; era 
sumiller de Corps y presidente del consejo de Indias: 
el condestable, decano de el de Estado, de mas edad 
y de mas instrucción que Medinaceli, tenia menos 
adictos por*la austeridad y aun por la adustez de su 
genio; nunca don Juan de Austria había podido atraer- 
le á su partido por mas que había empleado los hala- 
gos y las promesas. 



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f58 HISTOEIA DB ESPAÑA. 

La corle estaba dividida entre estas dos parciali*-- 
dades, y cada una de ellas ponia en juego los resor-- 
tes y artificios de la política cortesana^ haciéodose 
una guerra secreta. Hacíasela también disimulada y 
sorda al uno y al otro el secretario don Gerónimo de 
Egufa, hombre que deja nada habia subido á aquel 
puesto al amparo de los dos ministros anteriores Ya- 
lenzuela y don Juan de Austria, acomodándose y do- 
blegándose con admirable flexibilidad y inmisión á 
todo el que podia satisfacer sus ambiciones. Ahora, 
explotando cierta confianza que habia alcanzado con 
el rey, y bien hallado con el manejo de los negocios 
que despachaba interinamente, aspiraba ya á ser él 
mismo ministro, ayudado del confesor, que no queria 
ver en el ministerio persona que eclipsara su influen- 
cia. Al efecto^ en unión con Ja duquesa de Terrano* 
va, procuraba apartar á la reina madre y á los de su 
partido dé toda intervención en el gobierno, interesar 
á la reina consorte, inspirar al rey desconfianza ha- 
cia los dos personages que estaban mas en aptitud 
de ser llamados al ministerio, y persuadirle de que 
debia gobernar por sí mismo, sin favorito, sin junta» 
sin dependencia de curadores. Con estas y otras tra- 
zas logró el Eguía tener por algún tiempo indeciso y 
vacilante al rey, disponiendo él entretanto de la suer- 
te de la monarquía. 

Pero todas las combinaciones se le- fueron fnis* 
Irando; no le sirvió unirse con el condestable, con el 



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PABTB lU. LIBRO y. .459 

' confesor y con la camarera; las dos reinas se en- 
lendieroo y unieron» qo obstante iasintrtgasque para 
dividirlas é indisponerlas se empleaban; don Gcróni* 
mo de Eguia se fué convenciendo de que todos le ba* 
cían traición, porque de résuhas de una conferencia 
que con 1a reina tuvo el de Medinaceli, y de la cual 
salió muy satisfecho^ hasta el mismo condestable va- 
rió da lenguaje y de conducta, sorprendiendo á to*. 
dosoirle recomendar al de Medinaceli, antes su ri« 
val, como el mas apropósilo y el que mas merecía el 
ministerio. Por último salió el monarca de aquella 
irresolución que tantos perjuicios estaba causando, 
por el retraso que padecían los negocios del Estado 
y los intereses de los particulares, estancados todos 
los asuntos en las oficinas de las secretarías, y el 22 
de febrero (16;80) se publicó el decreto nombrando 
al duque de Medinaceli primer ministro ^*\ y el mis- 
mo confesor, antes tan enemigo suyo, se encargó de 
llevársele. A nadie causó sorpresa el nombramiento^ 
ni fué tampoco mal recibido, porque del duque ma^ 
qoe de otro alguno se esperaba que podria poner al- 
gún remedio al estado deplorable en que se enoontra-^ 
bán los negocios públicos. Iremos viendo si su con* 
ducta correspondió á estas esperanzas. 

Indolente y perezoso el nuevo ministro, dejó al 
Consejo la autoridad de resolver los negocios, no de- * 

(4) Gaceta ordinaria de Madrid do 27 do febrero do \$S0, 



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160 HISTORIA druspaKa. 

terminando por s( cosa alguna. Creó ademas varias 
juntas particulares, entre ellas una de hacienda, que 
se llamó Magna, compuesta de los presidentes de 
Castilla y Hacienda, del condestable, el almirante, el 
marqués de Aylona, y de tres teólogos, todos frailes, 
uno de ellos el confesor del rey, Fr. Francisco Reluz, 
otro el P. Cornejo, franciscano, y otro el obispo de 
Avila Fr. Juan Asensio, que reemplazó en la presi- 
dencia de Castilla á don Juan de la Fuente (12 de 
abril, 4680), al cual se desterró por complacer al 
papa. El Asensio era mercenario calzado. 

Mala. era la coyuntura en que esta jnota entraba. 
Las gentes andaban ya muy disgustadas, porque to- 
dos sentían los males, y iodos veían crecer lo$ apuros 
del erario; que el dinero traído en el año anterior por 
Iqs galeones de la India habíase consumido en los 
gastos y en las fiestas de las bodas. En tales apuros 
hubo UD comerciante que presentó al de Medinaceli 
un memorial, proponiendo ciertos medios para au- 
mentar las rentas reales con alivio de los pueblos, 
y haciendo otras proposiciones al parecer muy bene- 
ficiosas. Oyóle el duque, pero le despidió sin resol- 
ver nada, y no faltó quien amenazara al Marcos Díaz, 
que asi sé llamaba e) conierciante, con que seria ase- 
sinado si continuaba haciendo semejantes proposicio- 
nes. Y así fué, que Solviendo un día de Alcalá á Ma- 
drid le acometieron unos enmascarados, y le dieran 
tales golpes que de ellos murió poco tiempo después. 



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PABTB 111. LIBAO V. 461 

El puehlo á (|uieii habiaD iialagado las proposiciones 
de.Diaz y esperaba que cou ellas se aliviana su mi- 
seria, se amotinó gritando que habia^sido sacrificado, 
y. pidiendo castigo dontra los culpables. Como diese 
la casualidad de pasar el rey en aquella ocasión por 
junto á las turbas, rodearon su coche, y comenzaron 
á gritar: «¡Viva el reyj {Muera el mal gobierno!» El 
alboroto duró algunos dias, sin que las autoridades 
pudieran reprimirle, y el rey no se atrevía á salir de 
palacio; pero lodose redujo á quejas, injurias y ame- 
nazas contra las personas á quienes se atribuía la mi- 
seria que afligía al pueblo, y la sedición se fué caU 
mando poco á poco. Coidcidian por desdicha con este 
estado de cosas los terremotos, la peste y el hambre 
que sufrían al mismo tiempo muchas provincias de 
España. 

La alteración en el valor de la moneda hecha por 
el secretario Egufa, y la tasa puesta á los precios de 
|0S artefactos portel ministro Medinaceli produjeron 
también serios disturbios, que promovían los artesa- 
nos y vendedores. Los panaderos se retiraron, y faltó 
este interesante artículo, quedándose un dia la corte 
sin un pedazo de pan. La codicia tentó á uno de ellos, 
que comenzó á espender cada pan á tres reales. Pero 
se le impuso un durísimo castigo, se le dieron dos- 
cientos azotes (30 de abril, 4680), Be le condenó á 
galeras, y escarmentados con esto los demás abrieron 
sus tiendas, y se encontraron otra vez sqrlidos de pan 
TóMo XVII. 44 



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462 msTORu db laPáfiA. 

los habiíanles. Mais al día siguiente (f .^ de Diayo)^ 
coD motilo de una pragmática qae se publicó ponietH- 
do UQ precio bastante bajo á cada par de zapatos, 
juntáronse tumultuariamente hasta cuatrocientos za- 
pateros en la plaza íle Santa Catalina de los Donados, 
donde vivía el nuevo presidente de Castilla » gritando 
como se acostumbraba entonces en tos motines: 
«(Viva el rey, muera el mal goblernol» Vn alcalde de 
corte que se presentó á aplacar el tumulto, irritó de 
tal modo con sus ameoazjas á los amoUoados, queba* 
biera pagado su imprudencia con la vida si no hubiera 
sido tan diestro para escabullirse y . retirarse. Por e{ 
contrario el presidente de Castilla fué tan condescen- 
diente con los tumultuados, que oídas sus quejas les 
facultó para que vendieran su obra á como pudiesen, 
con lo cual se retiraron sosegados y satisfechos. Sin 
embargo se castigó despula los principales mo* 
tores ^*K 

Parecían esolusívamente ocupados entonces^ elmi^ 
nistro y los monarcas en visitar templos y santuarios, 
y en asistir á fiestas religiosas. Las gac^s de aquel 
tiempo apenas.conlienen otras noticias interiores que 
relaciones minuciosas de la función én celebridad de 
la canonización dental santo, de la asistencia de 
SS« MM.al novenario delal capilla^ de la celebración 
de una misa en rito caldeo, y otras semejantes, con 

(4) Diario de los sucesos de Jesuítas, pertenecientes á la Ueal 
aquel tiempo, MS.: Pieles de Academia de la l^istoría. 



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PAttTBJlI. Litio Y« 463, 

qw 86 descostraba al pueblo la acendrada devocíoD 
de sus reyes y su afición á ios actos religiosos. 

Mas loque creyeron iba á hacer perpetaamenie 
memorable este mísero reinado fuéel famoso y soiem* 
nísimo Auto de féqne se celebró en la Plaza Mayor 
de Madrid el 39 de junio de 1680. El inquisidor ge- 
nera/, que lo era entonces el obispo de Plasencia don 
Diego Sarmiento Valladares, manifestó al rey que en 
las cárceles inqoisitoriales de la Corte, de Toledo y 
de otras ciudades había multitud de reos cuyas cau-*- 
sas estaban fenecidas, y que seria muy digno de un 
rey católico que se celebrara en la corte un auto ge- 
neral defé, honrado con la presenciada SS. MM., á 
ejemplo de sus. augustos padres y abuelos. «Aprobó 
Garlos lo que se le proponía, ofreció asistí r, y quedó 
resueUo el auto general. Se avisó á los inquisidores 
de los diferentes tribunales del reino; se nombraron 
nluchas comisiones en forma para hacer los prepara- 
tivos convenientes á tan solemne función, y el 30 de 
mayo, dia de San Fernando, se publicó él auto con 
todo aparato y suntuosidad ^^K 



(4) ^ cSepan (decía el pregón) los sudóos pontífices dadas á todos 

toaos los vecinos y moradores de los gae acompañasen y -ayudasen 

esta villa de Madrid, corte de á dicho auto. Mándase, publicar 

S. M., estantes y habitantes en para que venga á noticia de todos.» 

ella, como el Santo Oficio de la In- — Este pregón se repitió en ocho 

qoisicion de la ciodad y reino de puntos principales de la población, 

Toledo celebra anto público de la en que la procesión hizo alto.^^ 

fé en la Plaza Mayor de esta corte Relación histórica del auto general 

el domingo 30 de jnnip de este de fé que se celebró en Madrid 

presente afio, y que se lea conce- este afio de 46S0, con asistencia 

den las gracias é indulgencias por del Rey N. S. Garlea II., ele. Por 



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.464 'HISTORIA DB BSPAflA. 

Dio el rey ud decreto para que se leivanlára en 
la plaza un anchuroso y magnifico teatro (que asi se 
llamaba), capaz de contener. con desabogo ia^ mu- 
cbas personas que habían de asistir de oficio» con sus 
escaleras, valla, corredores, balcones, departamen- 
tos, altares,, tribunas, pulpitos* solio y demás, cuyo 
diseño encargó al familiar José del Olmo ^*], y el cual 
habia de cubrirse con ricas tapicerías y colgaduras., 
y con un gran toldo para preservarse de los ardores 
del sol. Fué obra de muchísimo coste, y en que se 
emplearon los mas lujosos adornos. Se formó una 
compañía que se llamó de las soldados de la fé, com- 
puesta de 2&0 hombres entre oficíales y soldados, 
para que estuviesen al servicio de la Inquisición, y á 
los cuales se dieron mosquetes, arcabuces, partesa- - 
ñas, picas, y uniformes de mucho lujo. Cada uno 
de estos había de llevar, como asi se ejecutó, un haz 
de leña desde la puerta de Alcalá hasta el palacio; y 
el capitán, que io^ra Francisco de Salcedo, subió al 
cuarto del rey, llevando en la* rodela su fajina, que 
recibió de su mano el duque de Pastranapara pre- 
sentarla á S. M. y después á la reina; hecho lo cual 
la volvió á entregar diciendo: «S. M. manda que la 



i<^é del Olmo, alcaide y familiar curiosa lámina, que representa el 

del Santo Oficio: un vol., 4.^ teairo^con todos Jos ooncarren tes 

impreso en 4680, y reimpreso al acto ensus respectivos trages 

en 48S0. y vestimentas, ocupando cada 

(4) El mismo autor de la. Re- cual el lugar que le habia sido 

hicion histórica. En ella hay una designado. 



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« ' PAETBIU. UBEO V. 4 65 

llevéis en su aoinbre, y sea la primera que se eche en 
el fuego.» 

Para ésta función se hicieron familiares del Santo 
Oñcio hasta ochenta y cinco, entrQ grandes de Es- 
paña» títulos de Castilla, y otras personas ilus- 
tres ^^K Los cuales todos acompañaron la solemne pro-* 
cesión llamada de la cruz blanca y la cruz verde^ que 
se hizo la víspera del auto» llevando el estandarte el 
primer ministro duque de Medinaceli, y recorriendo 
las principales calles de la corte* haciendo salvas de 
tiempo én tiempo la compañía de los soldados^ de la 
fé» hasta dejar colocada la cruz blanca en el testero 
del brasero, que estaba fuera de la puerta de Fuen- 
carral, como á trescientos pasos á la izquierda, orilla 
del camino. , 

Llegado el dia del auto, salió en direccíonnle la 
plaza la gran procesión, compuesta de todos los con- 
sejos, de todos losHribunales, do todas las corpora- 
ciones religiosas, de todos los personages de la corté, 
llevando delante los reos^. aLa corona de toda esta ce- 
- )ilebridad (dice entusiasmado el historiador de este 
)isuceso), y en lo que propiamente consiste la función 
»del auto general de fé, fué la magestuosa pompa con 
))que salió el tribunal, llevando delante los reos para 

(t) Nomínalmente se insertaa Alba de Liste, el duque de Albur- 

en ia relación, y por orden alfa- quergjue, el conde de Altamira, 

bétbo de sus títulos. Asi los pri- el principe de Astillano; siguen el 

meros son: el duque de Abran* duque de Bcjar, el conde de Be* 

tes, el conde do Aguilar, el do navcnte, etc. 



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460 UISTOEIA DB BSPAÜA. 

•haberlos de juzgar en el mas esclarecido trono y mag-* 
unifico teatro que para hacerse temer y venerar ha sa- 
Tábido discurrir la ostentación de los hombres ^^Ka Espe- 
raban ya SS. Mlkf • el rey y las dos reinas, esposa y^ 
madre,f én su balcón dorado,. teniendo en derredor 
suyo las damas de honor, ios gentiles-hombres y 
mayordomos, los embajadores, el cardenal arzobis- 
po, el patriarca y otras personas de la primera re- 
presentación. En medio de este aparato y de un in- 
menso concurso de espectadores, en el recinto de la 
plaza, en los balcones y basta en los tejados, subieron 
al tablado los reos, ett número do ciento veinte, con 
sus sanbenitos y corozas, sus velas amarillas en las 
manos, algunos con sogas á la garganta y mordaza ¿ 
. la boca, y los con'clenádos á relajar con capotillos de 
llamas, y dragones pintados en ellos. Subió el inqui- 
sidor general á su solio, vistióse de ponlifícal, tomó el 
juramento al rey ^'^ jurando también el corregidor, 



<4) La sontdncia qu« se noli- 
ficó ]a noche anterior á los reos 
condenados á relajar decía: «Her- 
mano, vuestra causa se ha visto 
Y comunicado con personas muy 
doctas de grandes letras y cien- 
cia, y Tuostros delitos son tan 
graves y de tan mala calidad, que 
para castigo y ejemplo de ellos se 
na hallado y ju2^do que mañana 
habéis de morir: prevenios y 
apercibios, y para que lo podáis 
haéer como conviene, queaan 
aqui dos religiosos.» 

(S) £l juramento se hizo en 
los términos siguientes: «^V.li. 



jura y promete por su fé y pala* 
bra real, que como verdadero ca« 
tólrco rey, puesto por la mano de 
Dios, defenderá con todo sy poder 
la fó católíc» que tiene y cree la 
Santa Madre Iglesia apostólica de 
Roma, y la conservación y aumen- 
to de ella, y persegairá y man- 
dará perseguir á los hereses y 
apóstatas contrarios de ella, y 
que mandará dar y dará el favor 
y ayuda necesaria para el Santo 
oficio de la Inquisición y minis- 
tros de ella, para que los hereges 
oeKuibadores de nuestra religión 
cristiana sean prendidos y casti*- 



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PAKYK 111. Lmso V. 467 

alcalcles, regidores y hombres buenos á nombre del 
pueblo. Comenzó ia misa, y predicó un largo sermón 
Fr. Tomás Navarro, calificador de la Suprema, sobre 
el tema: Ecourge, Domine^ judiea causam tuam. 

Concluido el sermón, se dio principio, á sa^r de 
las arquillas las causas y sedlenoias de los reos, y á 
leerlas desde uno de los pulpitos. A las cuatro de la 
tarde se acabaron de leer las sentencias de los reía* 
¡ados, y en tanto que continuaba la lectura de las 
otras se hizo entrega <le aquellos al brazo secular, 
que condenándolos á morir en la forma ordinaria, co« 
mo ^empre se hacia, los mandó conducir al lugar 
del suplicio, ó sea al brasero, que como hemos dicho, 
estaba fuera de la puerta de Fuencarral, escoltados 
por una escuadra de soldados de la fé, los ministros 
de la justicia seglar^ y el secretario de la Inquisición 
que habla de dar testimonio de haberse ejecutado las 
sentencias. Dejemos al familiar del Santo Oficio, que 
nos dejó escrita esta rela<;bn de orden del tribunal, 
describir ^ta ejecución terrible. 

«Era, dice, el brasero de sesenta pies en cuadro 
¿y tie siete pies en alto, y se subia á él por una es- 
» calera de fábrica del ancho de siete pies, con tal 



9ido8 coüfermo á los derechos y S. E.: Haciéndolo V. M. asi como 

sacros cánones, sin que baya omi- de su grao religión y cristiandad 

sion de paríe do V. M. ni escep- esperamos, ensalzará nuestro Se- 

cion de persona alguna de cpal- ñor en su santo servicio á V. U. y 

quiera calidad que sea?— Y S* Bf . todas sus reales acciones, y le da- 

respondió: Asi lo juro y prometo rá tanta salud y larga vida como 

por mi fé y palal^ra real.— Y dijo la cristiandad ha menester. 



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168 llfSTOtlA DB bsmIIá. 

ir capacidad y disposición, qoe á competentes distan^ 
ncias se pudiesen fijar tos -palos (que eran veinte), y 
>al mismo tiempo, si fuese conveniente, se pudiese sin 
-«estorbo ejecutar ^n todos la justicia, quedando lugar 
> competente para que los ministros y religiosos pu- 
«diesen asistirles sin embarazo. Coronaban el brasero 
»los soldados de la fé, y parle de ellos estaban en la 
«escalera guardando que no subiesen mas de los pre^ 
«cisamente necesarios; pero la multitud de gente que 
«concarrió fué tan crecida, que no se pudo en todo 
«guardar el orden, y asi se ejecutó, si no lo que con- 
«vino, loque se pudo..*.. Fuérbose ejecutando los 
«suplicios, dando primero garrote á los reducidos, y 
«luego aplicando él fuego á los pertinaces, qué fiíe* 
«ron quemados vivos con no pocas señas de impa- 
«ciencia, despecho y desesperación. Y echando lodos 
«los cadáveres en el fuego, los verdugos 1e fomenia- 
«ron con la leñé hasta acabarlos^ de convertir en ce- 
«niza, que seria conio á las nueve de la mañatía. 
«-Pnede ser que hiciese reparo algún incauto en que 
«tal ó dual se arrojase en el fuego, como si fuera lo 
«mismo el verdadero valor que la brutalidad necia de 
«un culpable desprecio de la yida, á que le digue la 

«condenación eterna Acabados de ejecutar los 

«suplicios, etc.» Sigue él historiador refiriendo lo 
que pasó hasta darse por terminado el acto. 

La lúgubre ceremonia de la Plaza Mayor no ha- 
bía concluido hasta mas de las nueve de la noche. 



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rÁETB til. DBKO V. 160 

de modo queso emplearon doce horas en aquella im- 
pofíente solemnidad. Los reos ha)>ian ido saliendo por 
grupos y claseSr según sus deliíos y sentenciast que 
dos secretarios del Santo Oficio iban leyendo y pnbli* 
cando» siendo uno de los mas terribles espectáenlos el 
de las estatuas de los.reos difuntos que pendientes en 
cestos sobresalían á los dos lados del llamado teatro, 
con sus fúnebres insignias, y algunos con la caja de 
sus huesos, qoe al efecto se habían desenterrado. Tal 
fué, compendiosamente referida, el célebre auto ge* 
neral de fé celebrado en Madrid en 4680, testimonio 
lamentable de los progresos que iba haciendo el fana* 
tismo en este miserable reinado ^^K 

En tanto que acá Carlos II y sus ministros emplea*- 
ban el tiempo de esta manera, los Estados de Italia, y 
señaladamente Ñápeles, estaban infestado^, de babdi* 
dos^ no pudiéndose andar con seguridad m por los ca- 
minos ni por las ciudades. Los flibustiers y otros pi- 
ratas continuaban ejecutando sus acostumbradas de- 
vastaciones en nuestras posesiones de América; y 
Luis XIV.' de Francia, cuya ambicien no bastaban á 

(4) Los reos fueron 448: de c¡os,m¡serabIessirv¡eDtes, y has- 

ellos unos abjuraron de levi, otros ta muchachas de quince y diez y 

de «e^amemiy-mucbos eran judai- siete años perlenecientes á la 

zantes, y anos fueron relajados en ciase mas pobre y humilde, que 

estatua y otros en persona. El fa« no se comprende de ^ué errores 

miliar del Santo Oficio, historia- podian abjurar en materias de fé. 

4or de estQ suceso, inserCa los En 28 de octubre del mismo 

nombres de todos, con un sumario año so celebró en Madrid otro 

delosdeJitosy sentencias do cada auto particular de fé, al cual sa* 

uno. Entre ellos los había artesa- lieron quince reos, 

nos infelices de los mas bajos ofí- - - 



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470 ÜISTOEU DB MrAÜA* 

contener lodos los tratados, se apoderaba de Casal y 
de Strasburgo, no obstante ei interés que tenían el 
duque de Saboya, el emperador y el rey de España 
en oponerse á que se hiciera dueño de una^ plasas que 
estaban en los confines de sus Estados (4681). Hubo 
también necesidad de cederle el condado de Ciney, y 
prevaliéndose aquel soberano y sus ministros (le nues- 
tra debilidad, nos H)an despojando píocb á poco de lo 
que por allá teníamos, y con el mas leve pretesto nos 
hacian reclamaciones. y nos pedian en. tono amenaza- 
dor reparaciones de agravios, ó indemnizaciones de 
dañoss muchas veces mas imaginados que recibidos. ^ 
H^sta á Portugal hubo que dar,satísfaccion por una 
plaza que se había tomado en la tsla de San Miguel, 
castigando al cabo que la lomó ^^K 

Las desgracias y calamidades que se esperimen^ 
taban fuera^ parecían enviadas para ayudar á la indo^ 
lenciatlel rey y de los ministros españoles á arruinar 
esta monarquía. Una tempestad hundia en el Océano 
cinco bageles que veniaú «de la India con veinte millo- 
nes y mas de mil cuatrocientas personas, sin que se 
pudieran salvar ni hombres ni dinero. La ciudad do 
Torlorici en Sicilia era destruida por un lorrente im- 
petuoso; y rompiendo el mar los diques con que le te- 
nían comprimido los flamencos, inundaba las provin- 



' (4) Que fué, dice el autor del «¡Buena va la priyanza! Ello 
dietario manuscrito, gran eolio- dirá.» 



nería de loá e3|)añoios. Y añade : 



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PABTB III. L1DB0 V» 171 

cías de Brabante» Holanda y Zelanda, ; dejaba su^ 
midas en las agoas poblaciones y comarcas eale** 
ras (1682). El francés sacaba provecho de la flaquera 
en que ponían á España estas calamidades, y para 
defenderse la nación jde sus insultos se logró al me-* 
nos hacer un tratado de confederación con la Suecta, 
la Holanda y el Imperio^ á fin de poder defender los 
Paises Bajos, por el interés común que estas poten- 
cias tenían en atajar las conquistas de la Francia por 
aquella parte. 

A tiempo fué hecho el tratado; porque nó tardó 
Luis XIV, en pretender que se le cediera el condado 
de Alost en la Flandes Oriental, á que decia tener de- 
recho, si bien se prestaba á dar un equivalente, por 
evitar el acudir á las armas para hacejse justicia. Y 
como el rey de España i consultado el punto en con- 
ejo, contestase no resultar claro el derecho que su* 
ponia, Luis que no deseaba sino un pretesto para 
acometer los dominios que allí nos quedaban, alegó el 
de no observarse la paz de Nímega para invadir el 
condado de AJost, y para mandar bombardear á Lu- 
xemburg y sitiar á Courtray (1683)..No hubo en Eu- 
ropa nadie que no conociera la mala fé y el mal pro- 
ceder del francés, estando expresamente estipulado 
en la paz hecha con Holanda no poder poseer plazas 
sino á cierta distancia de las dé las Provincia3*Uüida8, 
lo cual se llamaba barrera. Pero aunque todas las 
potencias lo conocían, ninguna se atrevió á defender 



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172 HISTORIA DB ESPAÑA. . 

te juslicia de la causa de Espam. Circunvalada Cour^ 
tray, ei gobernador, que ignoraba la^ intenciones de 
los franceses, envió á preguntar al mariscal ef objeto 
de la aproximación de tantas tropas; la respuesta del 
mariscal Humiéres fué: que se rindiera, si queria sal* 
var los habitUntes de la ciudad. Llenos de indigna- 
ción ios españoles, defendieron heroicamente la plaza 
con muerte de muchos enemigos, pero al fin tuvieron 
que fetírarse á la ciudadela. Batida luego ésta por el 
de Humiéres, dueño ya de la pobíacioUí'abierta trin- 
chera y bombardeada, vióse obligado el gobernador 
á pedir capitulación, que le fué' concedida con todos 
los honores de la guerra (noviembre, 1683). Dueño 
ya de Courtray, pasó el mariscal francés á Dixmuder> 
la cual le fué entregada sin resistencia. 

Conociendo Luis XIV. que con semejante conduc- 
ía estaba siendo el objeto de las censuras de toda 
Europa, publicó un Manifiesto, en que parecía tratar 
de justificarla, manifestando ^star dispuesto á reanu-^ 
dar las relaciones de amistad con la España y el Im- 
perio, quejándose de que los españoles no hubieran 
querido aceptar el arbítrage del rey de Inglaterraque 
les habia "propuesto, y manifestando á todos los sobe- 
ranos las condiciones con que él se prestaba á reno- 
var la paz. Decia qge si no so le dabaLuxemburg, se 
contentaría con Dixmude y Courtray: que si el rey de 
España queria darle un equivalente en Cataluña ó 
Navarra, tomaría una pacte de la Cerdaña, compren- 



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PABTB 1IK LIBEO V. ' 473 

didas Puigcerdá, la Seo de Urgel, Catnprodon y Cas-^ 
tellfolitó Gerona, ó bieQ Pamplona y Fuenterrabía 
en Navarra y Guipúzcoa. Pero añadiendo, que si el 
rey Católico no aceptaba alguna de estas disposicio- 
nes antes de fin de año, y no le haci a la indemniza- 
ción de los lugares que prometia recibir, á España y 
sos aliados se deberían imputar las desgracias de una 
guerra que provocarían negándose á todo acomoda^ 
miento <*^ 

De esta manera se erigía el orgulloso Luis XIV* 
en arbitro de su propia causa y derecho ante la Eu- 
ropa escandalizada á. vista de tanta insolencia* De so* 
bra sabia él que España no podia acceder á tales pre* 
tensiones sin degradarse. Por eso lo hacia, fiado en 
que en último lérmino la fuerza era la que había de 
resolver las cuestiones. Asi fué que la corte de Ma- 
drid, por un resto de pundonor nacional, á* pesar de 
su impotencia, tuvo que declarar solemnemente, la 
guerra á la Francia (26 de octubre, 1683), y se man* 
dó salir de los dominios de España á todos los fran** 
ceses y secuestrarles los bienes. Luis XIV. ya se ha- 
bía preparado para la guerra, como quien la había 
andado buscando; intrigó con los holandeses para que' 
no nos diesen el socorro de catorce mil hombres que 
se había estipulado, y entretuvo el resto del invierno 
las tropas en saquear los pueblos y talar los campos 

(4) Historia y obras de Luis XIV. cetas de 4 683.~-Quincy, Historia 
Historia de los Paises Bajos.«-Ga- militar de Luis el Grande. 



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4 74 aiSTOtlA DB BSPAAA. 

vecinos, hasta que llegó la estación oportuna para 
emprender formalmente la campaña. . 

En el marzo inmediato sq dirigió un cuerpo de 
ejército al mando del mariscal de Bellefont por San 
Juan <le P¡é-de-Puerto y Roncesvalles ^ Navarra. 
Has no hizo sino amagar á esta provincia, porque 
luego se filó el mariscal al Rosellon á mandar laa 
fuerzas destinadas á invadir la Cataluña, fin primeros^* 
de mayo amenazaba ya el ejército francés á Gerona* 
cuando aun no hablan tenido tiempo nuestras tropas 
para juntarse; asi fué que las que pudieron reunirse 
para impedir la marcha del francés lu vieron que re<* 
tirarse en dispersión al abrigo de aquella plaza, que 
los franceses embistieron con intrepidez y resolución 
á los últimos de maya (1 684). Con valor y con brío la 
defendieron también los sitiados, y tanto, que aiiuque 
los franceses venciendo con admirable arrojo todo gé* 
ñero de díñcnltades y sin reparar en la mortandad que 
sufrían, penetraron hasta el medio de la ciudad, bas- 
tiéronlos alli con tal furor* los paisanos armados que 
los obligaron á retirarse en la mayor confusión, y á 
recoger la artillería y municiones y abandonar el si- 
tio ^*^ «Veinte y tres' veces, observa á este propósito 
un escritor español, habia sido sitiada hasta entonces 

(4) Primeras noticisis laurea- yo, 4684.— Ilustración á las noti- 
das de la valerosísima defensa de ci^s laureadas, eic.—Relacion es- 
la muy noble y muy leal ciudad traordínaria do las cosas de la 
de Girona contra et ejército de guerra de Cataluña, etc.— Tres 
P rancia que manda el mariscal de , papeles impresos en la colección 
B ellefonas; publicase á 34 de ma- de Gacetas de 4 684. 



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rAftTB III. LIBEO Tv 47S 

esta famosa ciudad, y en todas ellas se había cubierto 
de gloria, y asi los catalanes, aunque toda la nación 
se4>ierda, siempre tienen esperanzas fundadas de ven- 
cer mientras no se pierda ésta.» 

Por la parle de Flandes emprendió el mariscal de 
Crequi el sitio de Luxemburg, la ptaza acaso mas 
fuerte de Europa por la naUíraleza y por el arte. Pe^ 
ro ¿ la fortaleza de la plaza oorrespondiao los formi- 
dables medios de expugnación que llevó y empleó él 
numeroso ejército francés que la cercaba, dirigien-* 
do los ataques el fisimoso ingeniero Yauban^ que tan- 
ta celebridad gozaba ya, y tan merecido renombr^ 
dejó á los futuros siglos. Defendíala el príncipe de 
Cfaimay con una corta guarnición de españoles y wa« 
Iones. No nos detendremos á referir los accidentes de 
este sitio, que fueron muchos y muy^ notables. Solo 
diremos, que después de haber disparado los sitiados . 
cincuenta mil tiros de canon y arrojado al campo 
enemigo síeta mil y quinientas bombas; después de 
j^einte y cinco dias de trinchera abierta y de haber 
apurado todos los recursos que el valor, Ja prudencia 
y el arte podian ofrecer al general mas consumado, 
el principe de Ghimay obtuvo una honrosísima capi« 
iulacion (junio, 4684), saliendo de la plaza con ban- 
deras desplegadas, tambor batiente, cuatro cañones» 
un mortero y las correspondientes municiones. El rey 
Luis, que se hallaba en Yalenciennes cuando recibió 
la noticia de' la rendición, dio por satisfechos. y cum« 



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4 70 ni9Teftu dr bsvaía. 

piídos sus ambiciosos deseos, y se volvió lleno de go^ 
ZQ á Yersalles.' 

No prosiguió adelanté esta campaña, porque 
viendo el . emperador y los Estados de Holanda que 
con la toma de Luxemburg quedaba abierta al fran« 
cés la entrada en los Países Bajos, apresuráronse á 
hacer la paz con él, y á ofrecer su mediación para 
que España aceptara |a tregua de veinte años que le 
proponía, bajo las condiciones ^e cederle la plaza de 
Luxemburg, restituyendo él las de Dixmude y Cour- 
tray, bien que arrasadas sus fortificaciones, asi co- 
mo todo lo conquistado desde el 20 de agosto del año 
anterior, á escepcion de Beaumont, Bovines y Chi* 
may, con«sus dependencias, y la ciudad de Stras- 
burg. Este tratado se firmó en Ratisbona (29 de ju- 
nio, 1684)* Y Carlos II. de España, viéndose ya sin 
aliados que le auxiliaran, y con su ejército de Catar 
luna. derrotado por el mariscal Beljefonten una bata* 
Ha junto al Ter, ^o ttívo otro remedio que aceptar la 
tregua, .cediendo á la Francia todo lo que Luis habia 
propuesto y querido. Luis XIV. llegó con esto .al 
apogeo dé su poder ^^K 

También en Italia habia intentado el monarca 
francés arrancarnos por la * fuerza la amistad de las 
potencias amigas. No pudiendo en el desvanecimiento 



(i) Qaiooy, Historia militar de general de las ProTiacias-ynidas 
Luis XIV.— Colección de tratados do Flandes.— Gaceta^ de 4684. 
de paces, treguas, etc.-»Historiá 



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PARTB III. LlUttO V, 177 

de su orgullo sufrir qué un rey tan débil cooio Car- 
los IL de España continuara llamándose protector de 
la repúl)lica de Genova, proyectó separar aquel Es- 
tado del protectorado español, y so prelesto de agra- 
vios que decía haber recibido la Francia^ armó en los 
puertos del Mediterráneo una escuadra poderosa, que 
se presentó delante de Genova, y comenzó á bombar- 
dear aquella rica ciudad. Tanto á este acto de hostili- 
dad como á las amenazas del almirante francés con* 
testaron los gcnoveses con la altivez y la fiereza pro* 
pias de republicanos, y se aprestaron á resistir la 
fuerza con la fuerza. Hubo pues ataques y combates 
mortíferos; las bombas arrojadas desde las naves in- 
cendiaron'ia casa del Dux, la de la tesorería y el ar- 
senal, y^destruyeron ó quemaron hasta otras trescien- 
tas (mayo, 1684). El senado, temeroso de sufrir nue«- 
vas desgracias, se inclinaba á someterse é las propo- 
siciones del francés; pero los españoles que alii habia 
se opusieron á ello, y se resolvió responder que no 
podían aceptarlas, manifestando no haber dado moti- 
vos al rey de Francia para que asi los hiciera objeto 
y blanco de su indignación. Con esta respuesta se re- 
novaron los ataques por tieri'a y por mar, los arraba- 
les fueron entregados á las llamas y reducidos á ceni- 
zas; pero no obstante estos estragos no se pudo redu- 
cir ni al senado ni al pueblo á renunciar al protectora- 
do del rey católico y ponerse bajo el del monarca 
francés; con que el alorirante tuvoá bien mandar le^* 
Tomo xvii. 12 



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178 HISTOBIA DB ESPAÑA* 

var ¿oclas, y (lióse la escuadra á la vela con rumbo ¿ 
las cosías de Caialuña, quedando solo el caballero 
Tourville cruzando las de Géaova con cuatro galeotas 
y cinco navios <*^ 

Enlretaolo la córfe de Madrid no se ocupaba en 
otra cosa.que en miserables rivalidades é intrigas de 
favoritismo; y mientras el cuitado Carlos II. cazaba 
y se divertía como si el reino marchara en proápefi- 
dad, disputábanle el valimiento y pugnaban por der« 
ribarse y sustituirse en el influjo y manejo de las 
, cosas de palacio, no soto las dos reinas, y la camare* 
ra, y Jas damas de la corte, sino personas tan graves 
coma debían ser el confesor y el primer ministro, 
mezclándose puerilmente y con mengua de su dígni* 
dad en una guerra que hubiera podido disimularse en 
flacas mugeres. El gravísimo asunto que traía em- 
bargados i, todos, era el deseo manifestado por la 
reina María Luisa de separar á. la camarera» duque* 
sa de Terranova, cuya presencia y cuya severidad la 
incomodada. Era negocio arduo, ya por la costum^ 
bre que había de que las camareras no se mudaran, 
ya por las, diñcultades que ofrecía la elección de la 
que hubiera de sucedería. Designábase entre las que 
contaban con mas probabilidades para esto la mar- 
ques^ de los Velez, la duquesa de Alburquerque, la del 

(() Relación de los incendios y nes de fuego, desde el dia 4 8 has- 

rainas ejecutadas por la armada ta el 25 de mayo,' 468i: impresa en 

de Francia en la ciudad de Geno- el mismo año por Sebastian do 

Ya) con bombas y otras in venció* Armendariz. 



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paatuiii. libuov. 179 

lofaDtadOf y la marquesa de Aytooa. Y era de ver ios 
manejos y artificios qoe empleaba la de Terranova 
para mantenerse en sa puesto, y ios ingeniosos me- 
dioA para desacreditar con la reina á cada nna de sos 
rivales, ponderando el genio imperioso y altanero de 
la una, las impertinencias y la falta de luces de la 
otra, el odio de la otra á todo Ip que fuera francés 
y hubiera venido de Francia; con lo cual no dejaba de 
ir parando el golpe, Centeodo á la reina indecisa. Pe* 
ro hacíale una gnerra disimulada y secreta la reina 
madre, que no olvidaba haber sido la de Terranova 
del partido de don loan de Austria. 

Mezclábanse, como hemos dicho, en estos comba- 
tes mugeriles el secretario don Gerónimo de Eguía. 
y el P. Reloz, confesor del rey, y el duque de Medí* 
naceli, su primer ministro, trabajando clandestina- 
mente el confesor y Egula con la de Terranova para 
derribar ¿ Medinaceli> y haciendo éste todo género 
de esfuerzos para sostenerse y para persuadir al rey 
á que se despidiera á la camarera y al confesor. Los 
resortes que el confesor tocaba para indisponer al so- 
berano con el primer ministro eran sin duda eficaces, 
porque bacía caso y obligación de conciencia, de que 
tendría que dar estrecha cuenta á Dios, el separar del 
ministerio un hombre que con su flojedad y su inep- 
titud tenia el reino en el mayor abatimiento y miseria, 
y estaba perdiendo y arruinando la monarquía. Re« 
presentábale la situación lastimosa de ésta en^lo ex-* 



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180 IIISroaiA DE BSPAÑA. 

lertór y en lo interior. Que las tropas de Flandes ca- 
recian absolulameotQ dé pagas; que er príncipe Aler 
jandro Farnesio, á quien acababa de conferir el go- 
bierno de los Paises Bajos en reemplazo ,del duque 
de Yíllahermosa» era un hombre gastador, disipado, 
lleno de deudas, obeso ademas y gotoso, y por lo mis- 
mo completamente inútil para aquel cargo. Que pare- 
cía castigo de Dios la peste que estaba asolando las 
provincias de Andalucía, y se iba estendiendo por un 
lado á la de Extremadura, por otro á ia dq Alicante. 
Qu.e el tesoro estaba da todo punto exhausto, sin ver- 
se de dónde poder sacar un escudo: que tos grandes 
vendian sus muebles mas preciosos, los banqueros 
cerraban sus casas, los comerciantes sus tiendas y es- 
critorios, los empleados renunciaban sus destinos por- 
que no les pagaban y no podian mantenerse , y solo 

. por la fuerza'ó la amenaza seguían desempeñándolos 
algunos; que habia sido necesario sacar muchos em- 
pleos á pública subasta, llegando á mirarse como licito 
lo que antes se 'había considerado siempre como abu- 
so, y los que no se vendian se daban por motivos in- 
dignos y vergonzosos; que en las provincias ya no se 
compraba á metálico lo que se necesitaba, sino á cam- 
bio y trueque de unas cosas por otras; en una pala- 
bra, que la situación del reino no podia ser en todo 
mas deplorable, y que si Dios contenia algún tiempo 

.Ja ira de los pueblos vejados y oprimidos, también á 
veces la dejaba estallar para castigo de los soberanos 



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PARTB 111. LIDRO V. 181 

que pudiendo no habían remediado sus males. Y por 
último, que eo cumplimiento de los deberes de su 
cargo le advertia que si no procuraba poner remedio 
á tan miserable estado de cosas, no podría en concien- 
cia darle su absolución. 

Tales y. tan graves palabras, dichas á un rey tan 
reUgioso y tan apocado y tímido como Carlos II. por el 
director de su conciencia, no podían menos de poner- 
le pensativo» apenado y triste. Mas como amaba tan- 
to al de Medinaceli, sentia en su corazón una angus^ 
tiosa zozobra que no podia soportar. Decidióse al fin 
á llamar al duque, y encerrado con él en su cámara 
le confió todo lo que con el confesor le habia pasado. 
Espúsole entonces mañosamente el de Medinaceli que 
el P. Reluz le parecía un hombre de buena intención, 
pero que educado en el claustro, sin conocimiento 
del mundo, ni menos de los negocios de gobierno, ni 
de las verdaderas necesidades de los pueblos, ni de 
las obligaciones políticas de los reyes, era un pobre 
iluso, de poéa instrucción y escaso talento, que por 
meterse en cosas que no le pertenecían, lo cotarundia 
lastimosamente todo, y que asi no debia inquietarse 
ni padecer el mas pequeño escrúpulo por todo lo que 
le habia dicho, y lo que le convenia era buscar otro 
confesor mas ilustrado y prudente. 

Vacilai\te y perplejo el rey entre tan opuestos 
consejos, consultó al secretario Eguía, el cua^ atento 
como siempre á su interés propio, y dispuesto á sa- 



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182 UISTOBIA DE ESPAÍIa. 

criflcar lodos su3 anteriores compromisos si asi le 
convenia, calculó tenerle mas cuenta ponerse del la- 
do del de Medioaceli, y á pesar de su intimidad apa- 
rente con el confesor y la camarera, habló al rey en 
favor del duque, aüadiendo que pensaba como él en 
lo de que debía buscar otro confesor mas blando y 
menos entrometido €n las cosas de gobierno. Con es- 
to el rey ^ determinó á apartar de su lado al P. Re* 
luz» nombrándole obispo de Avila, bien que él prefi- 
rió una plaza en el consejo de la Suprema: y á pro- 
puesta del .ministro nombró Carlos confesor suyo al 
P« Bayona, dominico y profesor de la universidad de 
Alcalá (julio, 1684). 

Privada con esto de su mejor apoyo la de Terra- 
nova, sospechó que á la calda del confesor no tarda- 
ría en seguir la suya, y no se equivocó. Pronto feci- 
bió un recado de Carlos, diciéndole que convendría 
pidiese su retiro fundándose en sus achaques: cosa^ 
entonces desacostumbrada, porque las camareras so- 
lian serlo toda la vida, ó por lo menos mientras du* 
rara la de la reina á cuyo servicio una vez entraban. 
Hízolo asi la de Terranova, esforzándose cqánto pudo 
por disimular la amargura, el resentimiento y la rabia 
que interiormente la. corroían ^^K Entró en su lugar 



{i) No pudo llevar muy ade^ mas que la aoompafiaban les dijo: 
lante la Gccion y el disimulo, pues ' «Me voy á micasa, á sozar de re-^ 
al decir de nn , escritor de aouel poso, y no pienso volver jamás á 
tiempo, luego que se despidió de palacio ni acordarme de él.» Y dio 
la rema, y al separarse de las da- dos fuertes golpes sobre un; mo- 



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PAETK III. UBBO y. 483 

la duquesa de Alborqucrque, señora de bastaole ta- 
lento y muy cuita, del fmrtído de la reioa madre, de 
quien tenia también buenos informes la reina Maria 
Luisa, y aun el ísúsmp Carlos no tardó en deponer 
las malignáis prevenciones que contra ella le había 
inspirado la de Terranova. 

Creyóde don esto afirmado en su ministerio el de 
Medinaceli. Y tal vez habría podido sostenerse contra 
sus enemigos y envidiosos, si hubiera encontrado re- 
cursos siquiera para satisfacer ciertas ambiciones. Mas 
era el caso que á tal estrechez habian ido viniendo 
los pueblos y los particulares, que poruñas diligencias 
que hacia no hallaba de dónde sacar dinero ni aun 
para las urgencias de la corte, cuando mas para los 
acreedores holandeses que á este tiempo se presenta- 
ron reclamando el pago de los anticipos que para la 
guerra 'había hecho aquella república desde 4 675; 
cosa que obligó al buen Carlos á esclamar: «Jamás he 
BVisto mas deudas' y menos dinero para pagarlas: si 
»esto sigae asi me veré obligado á no dar audiencia á 
)iIqs acreedores.» Lo peor para el ministro era haber 
dejado retrasar el pago de la pensión de la reina ma- 
dre, lo cual no le perdonaba fácilmente aquella seño- 
ra, que habia vuelto á recobrar casi todo su antiguo 
ascendiente sobre su hijo, y por ella se daban otra 
vez los empleos sin consulta del Consejo. Por otra 

sa,é hizo trizas UQ abanico, y le otros semejantes adeoiaoes de 
"Tojó al, suelo y le pisoteó, con «olera. 



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484 HISTORIA DB ESPaITa. 

parte los amigos de fuera dos iban abandonando» y 
aquellos mismos geooveses que con tanta glori^ se ha- 
bían defendido contra el poder marítimo de la Fran- 
cia por conservarse bajo la protección del rey cató* 
lico, reconciliáronse con Luis XIV. por mediación del 
papa (4685); que fué cosa triste ver que hasta el 
pontíñce caía en la flaqueza humana de desamparar 
al débil, y aun sacrificarle al poderosol Y tanto se 
humillaron ante el sepor y el tirano de Europa aque- 
llos antes tan fieros repúblicos, que á trueque de ha- 
cérsele benévolo y propicio le prometieron solemne* 
mente arrojar ellos mismos de su ciudad y fortalezas 
^ las tropas españolas y desarmar sus galeras. 

No dejaban de llegar ¿ oídos del rey las quejas 
de tantos males, y las murmuraciones contra la inep- 
titud de su primer ministro. Veía también que ni los 
consejos ni las jnntas ponian remedio al desorden de 
la administración. Veíalo igualmente la reina María 
Luisa, señora de buenos deseos y de mas resolución 
quesu marídoi aunque de complexión también débil, 
y ella fué la que le aconsejó que separase á Medina-*- 
celi. Si el mismo duque se convenció ó nó de que es- 
taba siendo ya objeto de la indignación pública, y de 
que no servia para gobernar en circunstancias tan di- 
fíciles, cosa es de que puede dudarse. Porque ello es 
que se mantuvo en su puesto hasta que recibió una 
orden del rey diciéndole que podía relirarse á su vi- 
lla de Cogolludo; y acabóle de informar de su des- 



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PAETBIII. LIBHO V. 185 

gracia el saber qoe iba privado de todos sus empleos. 
Salió pues el duque de Madrid para Guadalajara (11 
de junto, ^68S), quedándose en la corte la duquesa 
su esposa para ver si conseguía que se le levantara el 
destierro ^^K 

Habiendo salido del ministerio el duque de Me- 
dinacelí, reemplazóle en el cargo de primer ministro 
el conde de Oropesa, uno de los que mas habían ib* 
&ui(]o en su caída, no obstante que tenia motivos pa- 
ra estarle agradecido, porque á él le debía el haber 
sido consejero de Estado y presidente de Castilla. 



(4) ReltfcioD maDoscríta déios Ibid. Papeles de Jesuítas.— Rela- 

sQcesoe de la corte en este tiempo: ciooes, etc. MM. SS. de la Biblio* 

BlbÜQteca de la Real Academia de teca aacioDal.-^Di^rios manuscri- 

la Historia, Archivo de Salazar.— tos del tiempo. 



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CAPITULO IX. 

MINISTERIO DEL CONDE DE OROPESA. 
De 4686 * 1691. 



Roforoias económicas emprendidas por el de Oropesa. — ^Trabajos di- < 
plomáticos. — Confederación de algunas potencias contra Luis XIV. 
—La Liga de Augsburg.— Penetran las tropas francesas-cn Alema- 
nia^-^Rcvolucion de Inglaterra.— Destronamiento de JacoboH. — 
Coronación de GuiUermo,príncipe d%Orange* — Conquistas del fran- 
cés en Alemania. — Armamentos en España.— Muerte déla reina 

. Haría Luisa.— Segundas nupcias do Garlos II.— Declaración do guer- 
ra eixtre la Francia y los confederados. — Campaña de Flandes. — 
Célebre batalla de Fleurus.-^Sitio y rendición de Mons.— Campaña 
del francés en el Rhin. — ídem en Italia.— Apodérase el francés de 
la Saboya.— Campaña de Cataluña.— El duque de Noaílles toma á 
Gamprodon.— Hecóbranla los españoles.— Piérdese Urgél.— Bom- 
bardea el francés á Barcelona, y se retira.— Gobierno del conde 
de Oropesa. — El marqués de los Velez superintendente de Ha- 
cienda.— Escandalosa grangería de los empleos.— Disgusto y mur- 
muración del pueblo.— Trabajos y manejos para derribar al mi- 
nistro Oropesa.— La reiAa; el confesor; el presidente de Castilla; 
el secretario Lira.— Chismes ep palacio.— Conducta miserable de 
Garlos II.— Caida del conde do Oropesa.— Nombramiento de nue- 
vos, consejeros. 

Mostróse el de Oropesa eo el principio de su mi- 
nisterio mas activo y mas hábil qtie el de Mediaaceli, 
y sus primeras providencias se encaminaron princi- 



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PAaTB 111. UBáo V. 187 

palúdeUte á la roforma de la hacienda, á la disminu- 
cioD de ios gastos públicos y ai alivio de los impues- 
tos. Abolió muchos empleos militares pór inútiles, 
suprimió por iunecesarias muchas plazas en los tribu- 
nales y secretarias^ aumentó i^s horas de trabajo á 
ios que quedaban y les rebajó el sueldo, biea que 
asegurándoles el pubtual cobro del que se les señala- 
ba. Esta lúedida, como todas las reformas de esta cla- 
se, y como la suprfesion que hizo de todas las pensio- 
nes que se habían dado sin causa justa, produjo gran 
clamoreo de parte de los interesados, 

Intentó también la reforma en los gastos de la ca- 
sa real, que eran "^escesivos y consumian una gran 
parte de las rentas públicas, siendo muchos de ellos, 
no solo superfinos, sino escandalosos ademas. Pero 
estrellóse en esto su buen deseo, y tuvo que retro- 
ceder ante el disgusto que sus insinuaciones produje- 
ron en palacio ^^K 

(I) La proporción entre los reino puedo* verse por la siguien- 
gastos de la Real Casa y las rentas te relación qué de órdende S. M. 
públicas de dentro y, fuera del se dio el año 4674. 

' Gasto ordinario. 

Ducado». 



La capilla '. . . 3S,^0 

Ornamentos de la capilla 9,000 

Gages de mayordomos, gentiles hombres de cámara de la 

casa y boca 50,000 

Criados domésticos de casa y boca y demás de la casa. . 35,000 

Gasto de despensa. 900,000 

Plato de S. M U,000 

Cera de la capilla 7,000 

Limosnas de cera 40,000 

Otras limosnas. . 8,000 



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188 HISTOEIA DB BSPAflA. 

Dictó asimismo otras medidas económicas, algu- 
nas acertadas, otras no tan convenientes, pero con- 
formes al espíritu, y á los conocimientos de la época, 
y que probaban sobre todo su buen deseo. Tal fué lá 
de prohibir el uso de todos los géneros y artículos 
estrangeros, con el doblo fin de poner coto al escesi-- 



-Acemilería • r <0,000 

Mercader .^ , . f60,000 

Botica 7,000 

Gasto de las tres guardias 50^000 

Gages de criados de caballeriza 42,000 

Gasa de pases y caballeriza 50,000 

Gasto de cámara y guardaropa t S4,000 

Gasto ordinario al afio 668,000 

Jomadas ordinarias. 

U del Pardo ! . 450,000 

La de Aranjuez 4^.000 

La del Retiro. .......; 80,000 

La de San Lorenzo 420,000 

620,000 
Casa de la reina. 

qs. díe nrs 

La despensa 442,000. 

Gastos de criados , . •. , 43,000 

Bolsillo y cámara. ., 60,000 

Caballeriza - 30,000 

245,000 

Importan en ducados ios gastos ordinarios de apibas casas 4.760,866 

Gastos esíraardinarios, 

obras de palacio y sus jardines 269,6M) 

Gasto de montería 2f 4 ,600 

Buen Retiro y sus ministros 80,000 

Real bolsillo.. . 750,000 

Consignaciones : 2.080,000 

Nómina de los consejos ^ 5.900,-000 



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PAHTK 111. LIBEO V» 4 8d 

vo y ruidoso lujo» y de qué no saliera el oro y la plata 
de España, queriendo que empezara el ejemplo por 
la casa real, y haciendo quemar públicamente y á 
voz de pregón, para inspirar mas horror á estos obje- 
tos, gran parte de los que existían en los comercios 
y almacenes/ Quejáronse de ello los interesados, es- 
trangeros y nacionales; pero acalláronse con la se- 
guridad que el rey les dio de que serian pagados relí- 

Gastos do la casa del tesoro, correos, ejércitos j ayudas 

de costa. \ . . 5.000,000 

Apresto de armada, flotas y galeones 434.000 

Con que suman en ducados todas las partidas de gastos de % 

caaa afio 46.492,356, 

Rentas de S. M. dentro y fuera de España. 

El servicio de los veinte y cuatro millones 2.500,000 

El de quiebras 1.300,000 

Servicio ordinario y estraordinarío 400,000 

Papel sellado 266,000 

Almojarifazgo, sesmos, lanas, yerbas, puertos secos y 

montazgo, y naipes. , 600,000 

Papel blancO; azúcares, chocolates, conservas y pescados. 400, 000 

Los dos servicios de crecimiento de carne y vino. .... 4 .600,000 

Medias anatas de mercedes , . . . . 200.000 

Los ocho mil soldados # 200,000 

La cruzada, subsidio y escusado., '4.600,000 

Alcabalas, sin las enagenadas 2.500,000 

Bl tributo de la sal 700,000 

El 3,«» i por 400 600,000 

El 4.® 4 por 400 600,000 

El tabaco. 684,618 

La martiniega. 485,645 

La renta de sosa y barrilla 80,000 

La renta de los diezmos de la mar , 427,616 

La de maestrazgos -.- '. . 427,650 

La de lanzas . 427,450 

La de galeras cargada á Tos canónicos profesos 457,450 

La de lanzas cargada sobre encomienaas.. .r 428,654 

La delmadernelo del reino 25,543 

La preátamera de Vizcaya 760,543 

La de confirmaciones de privilegios é6,000 

La de solimán y azogues, nieye y tabletas, barquillos. . . 443,643 



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490 iiisTOBiA DR rspaAa. 

giosamente, así como los prestamistas al estado que 
temieran perder sus hipotecas cod la abolición de cier- 
tos impuestos odiosos (4 68&)« 

Estas providencias, siempre útiles, aunque muy 
tardías para curar males tan anej[os/no nacían solo 
del ministro Oropesa, sino también en gran parte de 
los consejos y juntas á quienes consaltaba, porque 
era sistema de este ministro compartir el gobierno 
con ostros para no llevar solo las culpas en lo que des- 
acertase. Así dio tanta parte en los negocios á don 
Manuel de Lira¡ nombrado por su influjo secretario 
de Estado y del despacho universal; bien que este 
ambicioso, aunque hábil funcionario, le correspondió 
mal, aborreciéndole disimuladamente desde el prin* 
cipio, para declararle después la guerra abiertamen- 
te. El rey mismo pareció haberse hecho laborioso, 
dedicándose menos á las diversiones y mas á los ne- 
gocios públicos^ manifestando deseos de informarse 
de todo, y mucha satisfacción de ver el talento y la 
claridad con que íe enteraba el de Oropesa. 

Velase también otra actividad y otro tino en los 

Casas de aposento « 450,00d 

PoDss de cámara^ de consejos y cbancillerías S50,000 

De flotas y raleones un afio^con otro. 3.500,000 

Las rentas de loa demás reinos 9.000,000 

Las mHicias 300,000 

Importan en ducados estas partidas que tiene S* M. on 
este año de 4674 « ^ 36.746,434 

MM SS. de la Real Academia lazar, 
de la Historia: ArchÍTo de Sa- 



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PAHTB IIU LIBRO V. 191 

representantes de España en las corles eslf angeras» 
para hacer ver á las hombres políticos la coúveQÍen* 
cia de unirse al objeto de cortar la desmedida ambi- 
ción de Luis XIV. de Francia y de enfrenar sus pre* 
tensiones de dominación sobre la Europa entera, si 
no hablan de ser todos los príncipes víctimas de su 
orgullo y de sns artificios. En cuanto al papa Inocen- 
cio XL » la ruidosa cuestión de las libertades de la 
iglesia galicana que por este tiempo se babia agitado y 
duraba todavía, y la del derecho de franquicia que 
gozaban los embajadores franceses en Roma, facilita- 
ban al español inclinar el ánimo del pontífice á entrar 
en una liga coutrael francés. El de Londres, don Pe< 
dro Ronquillo, trabajaba activamente para separar á 
lacobo n., que babia sucedido hacia poco tiempo á su 
hermano Carlos 1I« en el trono de Inglaterra, de la 
amistad que tenia con el de Francia. Al propio fin se 
enderezaban los trabajos de los demás ministros es« 
pañoles cerca de otras potencias y soberanos. Con lo 
cual llegó á formarse una confederación, que dos 
años antes habian intentado el duque de Neuburg y 
el príncipe de Orange, entre el Imperio, la Suecia, la 
España, y algunos príncipes alemanes, que se llamó . 
la liga de Augsburg, y se fii*mó el 29 de junio (4686). 
Esta negociación, que se hiao sin conocimiento del 
rey Luis, tenia por /objeto preservar cada cual sus es- 
tados de las usurpaciones del francés, con arreglo á 
la paz de Nimega y á la tregua de Aquisgran. Los 



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192 HISTOEIA DR RSPAÜA. 

Estados generales de Holanda no entraron en ella por 
circunstancias especiales. 

Entretanto Luis XIV. t que siempre estaba en ace- 
cho del menor preleslo ú ocasión para cometer vio- 
lencias contra España y lanzarse con avidez sobre 
nuestras posesiones, dióse por injuriado deque el go- 
bierno español castigara con arreglo á sus leyes á 
ciertos contrabandistas franceses que infestaban nues- 
tras provincias, para hacer reclamaciones tan atrevi- 
das como injustas. Y habiéndolas rechazado el minis- 
tro de Carlos con la debida firmeza, vengóse aquel 
soberbio soberano enviando á las costas de España 
una numerosa Qota al mando del mariscal d'Estrées, 
-que presentándose delante de Cádiz apresó dos ga* 
leones, sorprendió-aquella descuidada población, y le 
pidió quinientos mil escudos, que fué menester áatisfa- 
cer alirancés para evitar que la 'bombardeara. Estos 
insultos, que nada podía justificar, se repetían con 
sobrada frecuencia. 

Las reformas emprendidas por el ministre Oropesa 
iban dando algunos buenos frutos, tanto que pudo 
Carlos IL, afecto á la casa imperial de Austria como 
todos los de su familia, enviar socorros de hombres y 
dinero al emperador parala famosa guerra que estaba 
sosteniendo contra el turco en Hungría, y en la cual 
se dio un gran paso con la toma que entonces se hizo 
(diciembre, 1686) de la plaza de Buda ^^K 

(4) Esta guerra , en que intervinieron tantas potencias cristia* 



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PARTB III. LlBftO V 193 

Pero ciertamente era una época esta de calamida- 
des y de contratiempos para España. Una impruden- 
cia del gobernador de Oran don Diego de Bracamen- 
te, hija de su viveza y de so temerario arrojo, fué 
causa de que setecientos cincuenta soldados españoles 
fueran degollados por los moros, incluso el impruden- 
te gobernador, yhubiérase perdido aquella plaza, sí 
el duque de Veraguas no la hubiera oportunamente 
socorrido (1687). La de Melila estuvo sitiada por 
aquellos bárbaros cuarenta dias, y el gobernador es- 
pañol fué muerto por un tiro de mosquete. En la Amé- 
rica Meridional las sacudidas violentas de los terre- 
motos arruinaban ciudades y comarcas, y pareciaque 
los elementos se encargaban de destruir lo que perdo-r 
naban los filibusteros. Y en Ñápeles esperimenta- 
ban iguales estragos, siendo víctimas de ellos milla* 
res de familias. 

La confederación de Augsburgo se iba secreta y 
lentamente ensanchando con la adhesión de otros 
príncipes que no podian tolerar, sin faltar á su dig- 
nidad y decoro, el predominio del orgulloso monarca 
francés. Tales fueron el elector de Baviera y el duque 
deSaboya, con quienes el papa trabajó sigilosa y ma- 
ñosamente para que se unieran é lo3 otros soberanos. 
Las victorias por este tiempo ganadas por venecianos 



Das, faé la mas importante de la líos años salian llenas casi es- 

segunda mitad de este siglo. Las elusivamente de noticias de aque- 

Gacetas de Madrid de todos aque- lia guerra sagrada. 

Tomo xvii. 13 



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194 IIISTOBIA DB KSPaI^A. 

y alemanes contra los turcos/ en la Morea y la Hun- 
gría, victorias que quebrantaron el poder de la Me« 
dia*luna, quese solemnizaban con. regocijo en Viena, 
y se celebraban en Madrid con mascaradas^ fuegos 
de artificio y otros espectáculos, por alguna parle que 
en ellas tenían como auxiliares los españoles, daban 
cierto respiro al emperador, que le permitía pensar 
en una nueva tentativa contra la Francia en unión 
con los demás aliados. Pero antes quiso dejar coro- 
nado rey de Hungría al archiduque José, y lo que es 
mas, consigui5 á fuerza de artificios que se declarara 
aquella corona hereditaria «n la casa y familia impe* 
rial de Austria, contra las leyes y contra la costum- 
bre del reino de elegir sus soberanos; novedad que 
fué por muchos recibida con gran disgusto, y dio mas 
adelante ocasión á una guerra cruel. 

Apercibióse ya Luis XIV. del plan que contra él 
se había ido fraguando en la confederación de Augs- 
burgo, que hasta ahora se había escapado á su pers- 
picacia y á la sagacidad de sus ministros. Trató en- 
tonces de conjurarle, primero separando algunas po* 
tencias, halagando á unas con ofertas ó intimidando á 
otras con amenazas; y después, cuando vio la inefi- 
cacia de aquella tentativa, proponiendo & las cortes 
de y iena y tle Madrid convertir en paz verdadera y 
sólida la tregua de veinte años ajustada en Aquisgran» 
También le fueron desechadas estas proposiciones: 
' en vista de lo cual se preparó para la lucha que veía 



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PAETB 111. LIBEO Y. 195 

amenazarle, con la estraordinaría actiyidad propia de 
su genioi y que tanto contrastaba con la lentitud ale- 
mana y española. Verdad es que el emperador conti-- 
nuata todavía embarazado con la guerra de Turquía, 
y no le era á él decoroso solicitar la paz^ por mas 
que á ello le instaba Carlos IL de España. Ello fué 
que el francés se halló pronto para entrar en campa* 
ña antes que los imperiales y españoles hubieran he- 
cho los oportunos preparativos, y con pretesto de la 
sucesión al arzobispado de Colonia, y de favorecer ¿ 
uno de los pretendientes contra el otro á quien prole- . 
giau el emperador, el rey de España y los Estados 
Generales de Holanda ^^\ penetraron sus tropas en los 
dominios alemanes (1688). 

Pero ocurrió á este tiempo un suceso de la mayor 
gravedad, que hizo variar en gran parte la política ^ 
de las naciones, y produjo no poca mudanza en las 
relaciones de algunas potencias europeas. El príncipe 
Guillermo de Orange, que, como dijimos, no habia 
entrado en la liga de Augsburgo por mas que le inte-* 
rosaba envolver á la Francia en una guerra con los 
confederados, habia hecho en sus Estados grandes 
armamentos marítimos y terrestres, cuyo verdadero 
objeto ocultaba y no le conocia tampoco el francés» 
Ahorii se descubrió, bien á pesar de éste, cuál era su 



(4) El que estos últimoá prole- bispo: el protegido de Luis XIV. 
gian era el príncipe José de Ba- era el cardenal de Farstemberg. 
viera, hermano del difunto arzo- 



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196 IIISTOaiA DE ESPAÑA. 

(lesígDÍo. El rey Jacobo I(. de Inglaterra, hombre de 
voluntad may firme, pero de escaso talento, babia 
intentado establecer en la Gran Bretaña el poder ab« 
sokito y el catolicismo que él profesaba, con maniíies^ 
to disgusto de la mayoría de sus subditos. Guillermo 
de Orange era su yerno, y estaba educado en la sec- 
ta calvinista. Mantenia el statader de Holanda se- 
cretas inteligencias con un gran número de ingleseg 
descontento^^, y por mas que Jacobo fué avisado de 
peligro que corria, lleno de ciega confianza menos- 
preció los avisos creyéndose con fuerzas para ocurrir 
á cuanto sobreviniese. Cuando el de Orange lo tuvo 
todo preparado, dióse á la vela con una numerosa flo- 
ta en que llevaba catorce mil hombres. Sin resistencia 
desembarcó en Inglaterra, y -co el momento se le in- 
corporaron multitud de inglese^ enemigos del rey. , 
Abandonado Jacobo hasta de su propia hija segunda, 
casada con el príncipe de Dinamarca, perdió toda su 
firmeza, y esclamando: ii\Gran Dios^ tened compasión 
de mí, pues mis propios hijos me abandonan con tanta 
crueldadU sG embarcó y huyó del reino; El trono 
fué declarado vacante; Guillermo convocó una con- 
vención nacional, y ésta, después de muchos deba- 
tes, hizo un bilí por el cual se conferia la corona de 
Inglaterra al príncipe Guillermo de Orange y sü espo* 
sa María, determinando él mismo el orden de la suce- 
sión ^*^ 

(4) Vida dé Jacobo 11. de Inglaterra.— Jacques , Memorias.— 



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H>RTB III. LllíRO V> 497 

Esto revolución inesperada privaba á Luis XIV. 
de un poderoso aliado, y hacía al nuevo monarca in- 
glés dueño de todos los recursos reunidos de SolaBda 
y de Inglaterra. Por otra parle los confederados se 



Diarios de los Lores. — Diario de 
GJarendoD. 

Al tiempo de partir de IToIan- 
da el príncipe ae Orante, dejó 
escrita el emperador la siguiente 
curiosa carta (que poseemos ma- 
nuscrita, y creemos inédita)^ por 
la cual se verá si los confederados 
tuvieron razón para darse por en- 
gafiados acerca de los planes de 
aquel príncipe. 

«Señor: no he podido ni que- 
rido faltar á dar aviso á V. M. Ce- 
sárea de que las desavenencias que 
de algún tiempo á esta parte pa* 
san entre el rev do la Gran Bre- 
taña y sus subditos han llegado á 
tales estremos, que estando en vis* 
peras de reventar con una rotura 
forma), me han obligado á deter-r 
minarme á pasar la mar á vivas y 
reiteradas instanciasque me han 
hecho muchos pares, y otras per- 
sonas considerables del reino asi 
eclesiásticas como seglares. Hame 
parecido necesario llevar conmigo 
algunas tropas de caballería é in- 
fantería, para no quedar expuesto 
á los insultos do los que con sus 
malos consejos y las violencias que 
se han seguido de ellos han dado 
lugar á aquellos desaciertos. He 
querido, señor, asegurar con esta 
carta áV. M. Imperial, aue no 
obstante las voces que puedan ha- 
ber corrido, ó corrieren en ade- 
lante, no tengo lamenor inlencion 
de hacer agravio á la Magestad 
Británica, ni á los que tuvieren 
derecho á pretender las sucesio- 
nes de sus reinos, y aun menos de 
apoderarme yo de su corona ó 
apropiáfmala. Tampoco es mi áni- 



mo querer extirpar los católicos ro- 
manos, sino solo emplear mis cui- 
dados á componer los desórdenes 
éirregularidadesquesehanheóho 
contra la leyes de aquellos reinos 
por los malos consejos de los mal 
intencionados. También procuraré 
que en un parlamento legítima- 
mente convocado, y compuesto de 
personas debidamente calificadas, 
según las leyes de la nación, se 
arréglenlos negocios de tal mane- 
ra, que la religión protestante con 
sus privilegios» y los derechos áñ 
la Clerecía, de la nobleza y del 
pueblo, queden enteramente se- 
guros Debo suplicar á V.M. I. 

se asegure que emplearéjodo mi 
crédito para conseguir que los 
calóUcos romanos de ax[uel reino 
gocen de la libertad de conciencia, 
y queden libres de toda inquietud 
en cuanto d que los hayan de per^ 
seguir á causa de su religión^ y 
que como la ejerxan sin ruido y 
con modestia no estén sujetos á 
castigo alguno. He tenido siempre 
una muy grande aversión para 
todo género de persecución en ma- 
teria de religión entre cristianos. 
Pidué Dios Todopoderoso bendi- 
ga esta mi sTnccra intención, etc. 
—De la Haya á 26 de octubre, 
4688.-^Señor; De V.M. I. muy hu- 
milde y muy obediente servidor.— 
G. Príncipe de'Orange.» 

El emperador le contestó aplau- 
diendo su buen propósito de no 
intentar cosa alguna *contra el , 
r^ de la Gran Bretaña y contra 
su corona, ni contra los que ten-' 
gan derecho á sucederle en ella.1^ 
Le aplaudía también la intención. 



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f98 HISTORIA DE ESPAÑA. 

considerabaa engañados por el de Orange, cuya con- 
ducta trastornaba todos sus proyectos. El ejército 
francés del Rhin sitió á Pbilisburg y la rindió al cabo 
de veinte y cuatro dias de abierta trinchera. Después 
de lo cual brindó Luis XIV. al emperador con la paz, 
y como éste üo aceptara las condiciones con que se la 
ofrecía, continuó el francés sus conquistas^ y se apo- 
deró antes del fin del año (1688) de Manhein^ Spira, 
Worms, Oppenhgin, Tréveris y Frakendal. España 
armó su escuadra, diéronse instrucciones al marqj^és 
de Gaslañaga que gobernaba los Países Bajos, se re- 
forzó el ejército de Cataluña, cuyo gobierno se dio al 
conde de Melgar, hombre á propósito para conciliar 
los ánimos que andaban algo alterados con los escesos 
que la tropa ^ometia, y se recibieron de Italia cuan- 
tiosos donativos para la guerra. 

Tuvo á poco de esto el rey Carlos II. la desgracia 
y la pena de perder á su amada esposa María Luisa 
deOrleans(42 de febrero, 1689), víctima en pocos 
dias de una enfermedad aguda ^^K La circunstancia de 

de abolir las leyes pénalos contra mano Imperio, donde por la paz. 

los católicos, y afiadía: «Pero me de Westfalia adquieren el derecho 

obligará mas Vuestra Dilección, y de naturaleza Yo observóla 

merecerá los aplausos de todo el propia máxima en mis ejércitos, 

mundo si allí se puede con- y Vuestra Dilección en elmasglo- 

cluir la obra de manera que á los rioso manejo de su gobierno no 

ministros de la religión del rey excluye de los puestos militares 

(los católicos) se les permita scr^ álos ofícialescatólicos que los me- 

virUy yhl reino en lo político, recéntete.»— Ambas cartas se én- 

sin que se lo impidan las leyes cuentran entre los Papeles de Je- 

penales. A vuestra Dilección es suitas, pertenecientes hoy á la 

notoria la conformidad con lo que Real Academia de la Historia, 

pasan las tres religiones en el ro- (\) Tenemos á la vista copia 



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PAETB 111* LIBEO V. 499 

RO haber tenido sucesión, falla que en general se 
achacaba mas al rey que á la reina, hizo mas sensi- 
ble su muerle á los españoles, porque sabían la es- 
peranza que en ello fuudaba el francés de heredar el 
trono da Castilla ^^K Entre sus papeles reservados fe 
afírma haberse hallado u|^ escrito en francés, y que 
parecía ser del rey »u tío, en el cual la exhortaba á 
que, pues la providencia en su altísima sabiduría no 
había querido darle sucesión, no apartara su corazón 
7 su afecto de la patria en que había recibido el ser; 
y á que procurara aprovecharse del puesto que ocu- 
paba para «(sembrar, cultivar y establecer las venta- 
jas de la Francia;» dábale consejos y lecciones de cor 
0)0 había de conducirse con su esposo, y la instruía 
de cómo había de tratar á cada uno de los persona* 
ges qu^ manejaban los negocios del gobierno y de 
palacio, lo cual da en mucha parle la clave de la con- 
ducta de aquella rein?i ^^K 

de su testamento otorgado el pro- meo, y para tener derecho á que 

pío día por don Manuel de Lita se crean cargos tan graves se ne- 

como notario mayor de los rei- cesita algo mas que acusaciones 

nos. vagas. 

No ha faltado quien atribuya á (1) Cantaba ya el pueblo una 

envenenamiento la muerto de es- copia' que debia: . 

^a princesa. Asi lo indica el mar- - 

qués de Louville en sus Memorias Si parís, parís 4 España; 

secretas. El de Lafayette, eñ las Si no parís, á París, 
suyas, no solólo afirma, sino que 

Bfiade haberlo sido* por .orden del (2) Sentimos no poder inser- 

Consejo de España, Pero ni estos tar íntegro, por su mucha esteU'- 

«scritorcs presentan, ni nosotros síon, este interesante documento, 

hemos hallado, ni creemos se en- Pero no podemos dejar de trascri- 

cuentren, documentos ni datos qu8 bir akunos de sus mas curiosos 

autoricen á tener por cierto, ni períodos, 

aun por verosímil, semejante crí- Después de advertirla como ha- 



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áOO 



fclISroafA liB BSPA^A.. 



El deseo do tener sucesión movió á Carlos á pe»-, 
qaral instante en tomar nueva esposa; bien quena 
sintiendo inclinación á ninguna, después de algunas 
gestiones mal conducidas por el obispo de Avila con 
la princesa de Portugal, dejó la elección al emperador 



bia de sacar provecho del natural 
temperamento y costumbres del 
rey. le decía: «No menor oportu- 
«niaad para intentos grandes ha- 
» liareis en la inaplicación del rey 
Ȏi los negocios: llamad esta fortu- 
»na vuestra, pero no culpa su- 
jo ya... Crecido entre melindrosas 
Ddelicadezas de mugeres; doclri- 
cnado de un maestro que en las 
«escuelas y tribunales habia estu- 
» diado solo cuestionas cabilosas y 
•formalidades impertinentes, ¿có- 
«mo podía en tal fragua forjarse 
«aquella vigorosa fuerza de espí- 
)>ritu que pide para ser bien ^os- 
«tenido eí peso de la goberna- 
jDcion? Servios de este error pa- 
»ra vuestros aciertos... etc. 

• Entiendo, con mucho placer 
»mio que ya en ese palacio se^ha- 
»llan bien establecidos los estilos 
ny bien recibidas las modas fran- 
Dcesas... De esto os deberá éter- 
»na gratitud la Francia, pues por 
«solo complaceros han abrazado 
«anticipadamente Jos españoles 
«(depuesta ya su obstinación an- 
»tigua) en nuestro trage v nues- 
>tro idioma los principios ae núes- 
»tra dominación 

)>Con la reina madre conviene 
«mantener una correspondencia 
«independiente entre los dos es- 
« tremes de queja y confianza; en 

«uno y otro hay peligro Del 

«conde de Oropesa servios, pero 

«no os fíeis Haced vos, Mada- 

>>ma, el milagro que ha menester 
nel conde para mantenerse en eh 



Mvalimiento, pero no. le permitáis 
«que se desvie de la presidencia: 
«fácil será persuadirle á que io' 
«sobran fuerzas para todo, y á 
«que la presidencia es el velo que 
«preserva al rey el escrúpulo ent- 
«cubrieodola privanza. «. Ciertos 
« de que si hubiese tenido parte en 
«el execrable atentado del de 
nprange ha concitado contra sí 
«justa é implacable la ira de 

»Dios vuelvo á suplicaros que 

«le mantengáis, y nada podéis na- 
ncer por la Francia que le importe 
«mas y que le esté mejor. 

• M confesor del rey tratadle 
»con estimaciorij'putis por su es- 
)>tado se le debe, y entiendo que 
«él también Jo merece por su doc** 
«trina, virtud y modestia; valeos 
jtde él para afianzar la mejor sa- 
«tisfaccion del rey, condoliéndoos 
«de sus descuidos, y para dispo- 
«ner la vuestra en lo que huoié- 
«reis insinuado y viereis que se 
«dilata..... 

«En don Manuel de Lira podéis 
«estar segura de que no se malo- 
«gre nuestro favor, ni se aventu- 
'«re vuestra confianza: él es hom- 
«bre de grande alma, noble en- 
«tendimiento, bizarros espíritus, 
«y condición generosa; sabe lo 
^ue os debe, y si no pierde su 
«ser, no puede ser ingrato; nada 
«antepondría vuestro gusto sino 
«su honra; él se conoce superior 
»á su esfera.. « Divisando Oropesa 
«los quilates de Lira, no quisiera 
«verle tan cerca del rey, y deaeá- 



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PABTB 1 11. LIBEO V. 201 

SU lio, el cual por cousejo de la emperatriz le designó 
á la hija del elector Palatino María Ana de Neuburg, 
hermana suya. No puso .Carlos dificultad, y llevóse á 
cabo el matrimonio, en verdad no para bien del rey 
ni del reino. Porque sobre haber enviado á España 



»ra UD hombre que coBtentáado- 
>se coü ser 860 rota rio, y haciendo 
•blasón de sa criatura le tributa- 
»se inalterable obediencia.... no 
»lo permitáis vos... Pésame de no 
9poder suplicaros animéis con 
•vuestra autoridad é ingenio los 
«medios que no faltan á Lira para 
)»Ia opresión del conde, por que 
»ya 08 he propuesto la importan- 
)>cia de (]fue se mantenga, y por 
•que no me atrevo á medir las 
•hneas de Lira, pues animado de 
»vo8 nada le parecería temeri- 
•dad.... 

»En el Consejo de Estado, ya 
»7e¡s que no hay quien pueda 
>serv¡r ni embarazar vuestros de- 
•sienios, pero no es poco lo que 
»aaelanta Jos nuestros la flaqueza 
•y desautoridad ¿ que ha declina- 
>do un Consejo que era y debiera 
•ser el primer móvil del orbe de 
•esa monarquía.. . No faltan en 
•ese Consejo de EspaTQa hombres 
>de largas y varias esperiencias, 
>de profundo discurso, de seguro 
'juicio, de fundadas noticias y de 
•conocimiento práctico de países, 
•negocios é intereses, ¿pero qué 
•artífice no se desalienta y atrasa 
»los compases, si al medirlas lí- 
>neasde los designios halla impo- 
•síbles las eíecuciones....? 

>Don Pedro de Araron, como 
•siempre, aunque mejorado con 
•la disculpa que le dan sus acha- 
•ques. Osuna, convaleciente de 
•sus accidentes^ y templando los 
•sinsabores de su casa con elgus- 



•to de su Castilla. Otros entrega- 
vdos á las reglas de vivir mas, y 
«algunos á las de morir mejor. 
«Demonos el parabién. Madama, 
»de mirar en este estado el Gon- 
•sejo de Estado de España.... 

» Procurad cuidadosamenteque ' 
>en Tos cuatro puestos principales 
»de Italia no se haga novedad^ (y 
da la razón de Jo que ganarla la 
Francia en hallar aquellos domi- 
nios «desabrigados ae capitanes 
>y fácilmente movedizos los áni- 
•mo8 de aquellos subditos)»' 

» En Balbases hallareis habili- 
• dad y buen genio para cultivar 
üel fruto de vuestras intencio- 

vnes pero tened presente al 

•honrarle que á su predecesor 
•costaron la vida las desconfian- 
» zas por la correspondencia con 
i»RocneIi (debe ser Richclieu)....» 

Sigue aconsejándola que pro- 
cure estar siempre bien informa- 
da de lo que pasa en la cámara y 
gabinetes del rey, y concluye: 
«Retirad este papel á vuestro mas 
•sellado secreto; vivid para vos y 
•para vuestra Francia; mirad que 
»en España no os aman, y no os 
» temen; que en los corazones fia- 
scos se introducen con facilidad 
•las sospechas, y que no son me- 
>nester fuerzas para una cruel- 
»dad.««~llS. de Ja Biblioteca Na- 
cional, H. ll.fol. 426. — Sí acasoei 
documento no fuese auténtico, al 
menos fué escritp por persona en- 
tendida y conocedora de ambas 
cortes. 



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202 HISTORIA DR RSPAÜA. 

una reina imperiosa y altiva, ambiciosa de mando y^ 
avara de diñero, aquel nuevo lazo de unión entre las 
dos familias reinantes de la casa de Austria en la si- 
tuación en que nos encontrábamos con' el francés, 
avivó lá enemiga de Luis XIV., y le dio nuevo motivo, 
sí él lo necesitara, para apresurarse á declararnos la 
guerra (marzo, 1689). Correspondióle á su vez la 
dieta de Ratisboñá proclamándole enemigo del impe- 
rio por las repelidas infracciones de los tratados de 
Munster y de Nimega, y enemigo ademas de lo^ 
príncipes cristianos por el favor que contra ellos daba 
al turco y á los rebeldes de Hungría, digno por tanto 
de que todos se unieran para vengarse de él. 

Abrió pues el monarca francés la campafia contra 
todos los confederados (mayo, 1689), conaquella con- 
fianza que le daban sus anteriores triunfos, en Irlan- 
dés, en Cataluña y en Italia. Pocos progresos hizo, 
aquel año el mariscal de Humiéres en Fiandes. Man- . 
daba las tropas holandesas el príncipe de Waldeck, 
las españolas el de Vaudemoat, junto con el goberna- 
dor de ios Países Bajos españoles, marqués de Gas- 
tanaga. Hubo algunos combates, pero sin resultado 
decisivo. Mas afortunado en la campaña siguiente el 
mariscal de Luxemburg, ganó la famosa batalla de 
Fieurus (1 .° de julio, 1 690) contra holandeses y espa* 
ñoles, en que los aliados tuvieron seis mil muertos y 
multitud de heridos, y dejaron en poder del enemigo 
ocho mil prisioneros, cuarenta y óueve cañones, dos- 



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PABTB til. LIBBO V. 203 

cientos estandartes y doscientos carros de municiones 
de guerra. No fué meuor la pérdida del francés» por- 
que la caballería y la infantepfa de los confederados 
habia hecho prodigios de valor, pero quedó dueño del 
campo, y los nuestros se retiraron á Bruselas. Unos y 
otros se reforzaron después; los aliados con las tropas 
del elector de Brandebui*g, que tomó el mando de 
todas como generalísimo; los franceses con los refuer- 
sos que les enviaron el marfscal de Humiéres y el 
marquésde Bouflers. Pero ni unos ni otros se atre- 
vieron á venir á las mano? en el resto de aquel 
ano, aunque algunas veces llegaron á ponerse en 
orden de batalla, contentándose con exigir contribu- 
ciones, tomar ó demoler alguna fortaleza, destruir 
esclusas ó incendiar pueblos. 

. Indudablemente Luis XIV. llevaba gran ventaja á 
todos los príncipes en la actividad, en la maña y en 
el sigilo con que lo preparaba y lo conducía todo. 
Tenia ademas por ministro de la Guerra á Louvois, el 
hombre mas activo que se ha conocido jamás. Asi fué 
que á principios del año siguiente (1691), cuando 
Guillerma de Orange, ya rey de Inglaterra, se encon- 
traba en la Haya, donde vino á animar á los confe- 
derados ofreciéndoles el auxilio del poder inglés, y á 
acordar con ellos el plan de campaña contra Luis XIV.,. 
y cuando en sus conferencias celebraban ya antici- 
padamente sus triunfos, quedáronse lodos absortos al 
ver aparecer un ejército de cien mil hooibres delan- 



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i(^i ttlSTORlA DB ESPAÑA. 

le de Mous, plaza de primer órdea de Europa, des- 
cuidado como el que. mas el prfücipe de Berghes su^ 
gobernador, que la guarnecia coa uoos seis mil, la 
mayor parte españoles. Auo no creia nadie que fiíera 
su ánimo poner sitio formal á plaza tan fuerte, pero 
las operaciones que fueron viendo los desengañaron, 
y tanto fué lo que apretaron el. cerco, y tan reciamen- 
te atacaron la plaza, lodo á presencia de Luis XIY. 
que lo inspeccionaba y dirigia con no poco riesgo de 
su persona, y tantas las bombas que arrojaron sobre la 
ciudad incendiándola en su mayor parle, y tanta la 
gente qbe allegó el monarca francés para impedir que 
la^ socorriera el de Orange, que á pesar de la gloriosa, 
defensa que hicieron casi esclusi va mente los españo-^ 
les, renovando la fama, proverbial de los antiguos 
tercios, la plaza tuvo que rendirse con capitulación 
honrosa (8 de abril, 1691), y entró en ella el rey Luis 
y la*dejó guarnecida con cuatro mil caballos y diez 
mil infantes. 

De esta importantísima pérdida cupo mucha cul- 
pa á nuestro gobernador de Flandes, marqués de 
Castañaga, hombre de mas vanidad que talento, y 
mas dado á hacer alardes de riqueza y de lujo que á 
buscar recursos de gucita y dirigir soldados: el cual 
con imprudente ligereza habia asegurado al rey Gui- 
llermo que no habia cuidado alguno por Mons, que la 
defendian doce mil hombres, y sobraban medios para 
sostener un largo sitio. Irritóse mucho el rey de In-^ 



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PARTB III • LIBRO V. S05 

glaterra cuando supo el engaño, y asi se lo escribió 
¿€áriosII; pero sostenía á Gastañaga en Madrid don' 
Manuel de Lira, confidente de la reina. Sin embargo, 
cada vez mas irritado el de Orange^ volvió á escribir 
á Carlos en términos tan fuertes, que costó al de Lira 
ser separado.de su puesto, y no tardó, como á su 
tiempo veremos, en morir de pesadumbre. En cuanto 
al rey Guillermo,- fué y vino diferentes veces de In* 
glaterra á Flandes, mas aunque no dejaba de animar 
«on su presencia las operaciones de la campaña, ni 
impidió que el mariscal de Lui^emburg se apoderara 
de Hall (junio, 1691), ni aunque llegó á juntar un 
ejército de cincuenta y seis mil hombres, hizo otra 
cosa en el resto del verano y otoño que reforzar al- 
gunas plazas, impedir los progresos de los franceses, 
y volverse á Londres dejando ef mando de las tropas 
al príncipe de Waldeck ^^K 

Menos de gloriosa que de feroz tuvo la campaña 
del ejército francés que operaba en el Rhin. Mientras 
'e mandó el brutal Melac, redújose á espediciones 
vandálicas, repugnantes, y hasta sacrilegas, puesto 
que la rapacidad insaciable del soldado no perdonó 
por ir en busca del oro ni aun los sepulcros de los 
Electores, cuyas cenizas fueron arrojadas al viento con 
atroz barbarie. Los pueblos que» ó no querían ó no 

(4) Memorias para Ja vida mí- Luis el Grande en Flandes.— His- 

litar de Lnis XIV.—- Colección de tona de las Provincias-Unidas. — 

cartas para ilustrar la historia mi- Gacetas de Madrid de 4 690 y 91 . 
Utardesu reinado.^Campañas de 



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Sü6 HiSTORIA^ ÜB BSPÁfiA. 

podíun pagar las conlribucíoDes que les imponía el 
. francés, eran reducidos á cenizas: de estos se conta- 
ron mas de cincuenta. El deI6n» que pasó después á 
mandar aq^uel ejército , tuvo el mérito de defenderse 
de cincuenta mil alemanes, divididos en tres cuerpos* 
que guiaban el Elector de Baviera, el de Branáeburg 
yDumenvald. 

También en Italia peleó el francés contra nuestro 
aliado el duque de Saboya. Por cierto que aun supo^ 
nia el duque á Luis XIV. ignorante de que hubiera 
entrado en la liga con España, aun lo creía un secre- 
U>f cuando se vio sorprendido por el mariscal de Ga- 
tínat que de improviso penetró en el Piamonle con 
doce mil hombres» s^ntqs que hubiera podido recibir' 
socorros del Imperio ni de España. Llegáronle des- 
pués cuatro mil alemanes al mando del príncipe Eu- 
genio» y un buen trozo de españoles enviados pof el 
conde de Fuensalida, gobernador del Mílanés. Mas no 
impidió esto que los franceses se apoderaran de Cham* 
bery, Anpecy, Rumilli y otras ciudades de Saboya. 
En Slaffarde hubo una famosa acción, mandada por 
el mismo duque de Saboya, y en la cual quedó de 
todo punto derrotado el ejército aliado, no obstante 
estar defendida la primera línea por dragones de 
Saboya^ de España y del príncipe Eugenio (ju- 
lio, 1690). De sus resultas abrió sus puertas á Catinat 
la ciudad de Saluzzo* Otro tanto hicieron Carignan y 
Carmagnole. Susa fué atacada y rendida; y á pesar 



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PAftTB III. LIBRO y. , 207 

<lc los socorros que el duqae continuó recibiendo de 
Austria y de España, perdió toda la Saboya, á escep- 
cion de Montmeillan (novienabre y diciembre, 1690). 
No iba siendo mas afortunada la campaña del año 
siguiente para el saboyano. Por que los mariscales 
franceses Catinat y Fouquiéres, que se habían ido ha- 
ciendo dueños de Pignerol, de Sa villano,^ de Villa- 
franca, de Niza, de Luserna y de otras muchas po- 
blaciones <le los Estados Sardos, parecia amcnaxar á 
Turín. En vista de esto tentó el deSaboya entraren 
tratos de pazcón Francia, mas como quiera que ob«- 
servasen les franceses que. no obraba de buena fé, 
continuaron sus conquistas, y solo sufrieron un fuerte 
descalabro en Coni. Al ñn llegó el duque de Baviera 
con un refuerzo de trece mil veteranos alemanes, y 
con este socoiro y los que recibió de España reunió el 
saboyano un ejército de cuarenta y cinco mil hom- 
bres, que dividió en tres cuerpos; fuerzas ya muy su- 
periores á las que tenia Catinat. Asi pudieron los alia- 
dos recobrar á Saluzzo, Savillano y Carmagnole, don- 
de un tercio de españoles al tomar un reducto asom- 
bró por su arrojo y temeridad á los franceses (setiem- 
bre, 1691). En cambio Catinat puso 6ií á la campaña 
de aquel año con la toma dé Montmeillan, la plaza, 
al decir de algunos, mas fuerte de toda Europa. Con 
esto los españoles se volvieron al Milanesado, los 
jpiamonteses á su pais, y los demás al Monferrato. 
Luis XIV., que quedaba dueño de la Saboya, propuso 



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SfOS UISTORU DB BSPaHa* 

al duque que si se apartaba de la confederación con 
España y el Imperio le restituiría las plazas conquis- 
tadas, reteniéndolas solo basta la paz general. El sd- 
boyano sospechó en esta proposición algún artifíciOt y 
respondió con firmeza que estaba resuelto á no sepa- 
rarse de sus aliados. Con esta respuesta pasaron unos 
y otros el invierno preparándose para otra cam- 
paña. « 
Pero vengamos ya á nuestra propia península» 
donde mas, ó por lo menos tanto como en los domi- 
nios españoles de fuera, volvió á arder la antigua lu- 
cha con Francia. Al mismo tiempo que se habia di* 
rígido el mariscal de Luxemburg á los Paises Bajos, 
fué destinado á traer la guerra á Cataluña el duque 
de Noailles (mayo, 1689), cuando este pais se baila- 
ba todavía interiormente mas agitado que tranquilo 
por efecto de los choques entre paisanos y soldados , 
antiguos ya, pero renovados recientemente en esta 
desgraciada provincia por la cuestión de los aloja- 
mientos y otras infracciones de fueros de que se que- 
jaban los naturales. En tal estado vino el de Noailles 
y se puso sobre la plaza de Camprodon, que tomó en 
pocos dias (23 de mayo, 1689), acaso porque los pai- 
sanos y miqueletes resentidos del gobierno no le die- 
ron oportuna asistencia/ El gobernador del castillo 
don Diego Rodado, que le rindió temeroso deque la 
guarnición se le rebelara, fué acusado de traición, tal 
vez no con Justicia, y ahorcado en la plaza de Bar- 



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PAETB III. LIMO T« S09 

celona» Era entonces viréy de Cataluña el daqae de 
Tiljafaermosa. El Principado levantó gente como en 
tales casos acostó mbraba: y mientras el intrépido ca« 
pitan don José Agulló bloqueaba Ja villa, bien que 
sin poder sostener el bloqneo por el fuego que le ha- 
cían del castillo, llegaron refuerzos de tropas envia- 
dos de la corte al mando del marqués de Conflans. 
Fuerte ya de mas de diez y seis mil hombres el ejér- 
cito de Cataluña, se resolvió recobrar á Camprodon, 
'y se puso á la plaza formal asedio. A socorrerla acu- 
dió el de Noailles, mas no pudo lograrlo. Después de 
algunas acciones sangrientas sostenidas por nuestras 
tropas, ya contra el general francés^ ya contra los de 
la plaza, la abandonó el gobernador (25 de agos- 
to, 1689), haciendo antes volar por medio de minas 
las dos fortalezas, y habiendo perdido los franceses 
durante el sitio sobre dos mil hombres. 

Con la retirada de Noailles hubiera quedado Cata- 
luña vn tanto tranquila, y mas estando como estaban 
contentos los barceloneses con haberles concedido e[ 
rey el privilegio por ellos tan apetecido de poderse cu- 
brir sus conselleres delante de los príncipes, á no ha- 
ber continuado las refriegas y combates entre paisanos 
y soldados, que algo por fin se calmaron con el casti- 
go de algunos sediciosos. El mariscal francés se limitó 
el- año siguiente (1690) á arrojar de las montañas las 
partidas de miqueletes que le incomodaban; á cons- 
truir un reduelo para su defensa en la que domina 
Tomo tvíu 14 



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filo UISTWIA DB BSPÁHa* 

las qu$ hay entre Camprodon y el Ampurdan, y á 
apoderarse de San JaaD de las Abadesas, de Ripoll» y 
de algunos otros puntos forti6cados. No se creyó con 
bastantes fuerzas para sitiar á Gerona, y se corrió a| 
llano de Yicb para mantener sus tropas á costa de los 
catalanes, volviéndose al cabo de algan tiempo a] 
Rosellon, no sin x dejar algunas tropas en Prades y 
Puigcerdá. 

Atribaian los catalanes al duque de Vílláhermosa 
ios males del pais y la flojedad con que se hacia la 
guerra. La corte parece halló fundadas sus quejas y 
clamores, puesto que envió para reetüplazarle en el 
vírelnato al duque de Medinasidonia. Llegó el nuevo 
virey en qcasion qu.e los franceses sitiaban á^ Urgél. 
Todo lo que hieo, y en verdad que tenia gente para 
mas, fué amagar con socorro, pero intimidóle el de 
Noailles, y se volvió pronto á Vich de donde había 
salido. Asi, por mas qne ia defendió con bravara don 
José Agulló que la guarnecía, Urgél tuvo que rendirse 
al francés, quedando prisionera de guerra toda la 
guarnición (1S de junio, 1691), y siendo en sn conse* 
cuencía trasporta^oaal Languedoc novecientos hom- 
bres de tropa, ciento treinta y seis oficiales, y mil dos- 
cientos paisanos. Con este triunfo nn cuerpo de tropas 
francesas se atrevió á penetrar hasta tas cercanías de 
Barcelona, mientras Noail les con otro se fortificaba en 
Bellver para observar los movimientos del enemigo. 
El duque de Medinasidonia no se mostró 4nas guer^ 



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VARTB in. LlBtO V. 211 

reroni maoifesíó fflás deseos de dar batallas que sa 
antecesor el de Víllahermosa, y eso qoe de Aragón 
le fueron enviados refuerzos^ con los cuales reunia un 
ejército bastante superior al francés. 

Por ^te mismo tiempo una escuadra francesa de 
cuarenta velas, mandada por el conde de Estrées, se 
presentó en el puerta de Barcelona, y bombardeó la 
ciudad por espacio de dos dias , aunque con poco 
daño. Después se bizo á la vela para Alicante con 
ánfmo de bombardearla también, si el tiempo lo per- 
mitía: arrojó en efecto sobre la ciudad multitud de 
bombas, basta que se avistó la flota de España que, 
mandaba el conde de Aguüar (29 de julio^ 1 692). 
Entonces el de Estrées puso la suya en orden de ba- 
talla, pero de no querer aceptarla dio muestras hu- 
yendo luego mar adentro, disparándole algunos ca- 
ñonazos lá española, aunque sin poder darle al- 
cance ^^K ,4 

Tal era el estado de la guerra que la Francia 
sosienia en todas partes contra España y sus aliados, 
aparte de la que nos movia también en nuestras 
posesiones de África y de América, escitando y ayu- 
dando á los moros y á los filibusteros, cuando ocurrió 

(4) Feliú de la Pefia, Anales de les decía, escrito de sa pufio: «Y 

€atalufia,l¡b.XXI. cap» lOyil.— podéis estar Muy ciertos que oo 

Archivo de la ciudad de Barcelo- alzaré la mano en cuanto fuera de 

na.— Idr de la diputación. ^Ibid. vuestro alivio en la aflicción en 

Labro de las deliberaciones, — Cer- qoe os halláis, como lo esperimen- 

respondencía entre la ciudad j el taréis de mi partemal carifio á tan 

rey.— En una carta con motivo fieles y leales vasallos.» 
del bombardeo de los franceses, 



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212 HISTORIA DE ESPAÑA. 

ea Madrid uaa de aquellas novedades que eo ^slos 
miserables reinados caasabau siempre graaseusacion» 
y á las cuales sé clabau mucha importancia, á saber, 
la caída del ministro Oropesa. Apuntáremos las cau- 
sas que prepararon y produjeron la caída de este mi- 
nistro , en quien se habfan . fundado tantas espe- 
ranzas. ' 

Las reformas que el de Oropesa babia emprendido 
y ejecutado en lo tocante á la hacienda y rentas del 
Estado» no habían dejado de ir aliviando los apuros 
del tesoro, y hubieran surtido mucho mejores y mas 
saludables efectos, á no haber dadq la superintenden- 
. cia de la hacienda á su primo el marqués de los Ye- 
lez, hombre bondadoso sii pero de escasísimo talen- 
to, que por lo mismo fió la dirección de todos los 
negocios de su cargo á un criado ó dependiente suyo 
4lamado don Manuel García de Bustamante, siígeto 
. dotado de cierta amenidad en el decir^ pero sin nin- 
gún pudor en lo de medrar á costa de los negocios 
que manejaba. Este hombre, progresando en la es- 
cuela de inmoralidad que se habia abierto en tiempo 
del duque de Medínaceli • llevó á un punto es- 
candaloso el tráfico- en la provisión de los empleos, 
inclusos los de justicia, y aun los de la iglesia, hasta 
llegar á venderse las togas y las mitras-como eu pú- 
blica almoneda. Era voz común que se mezclaban 
como partícipes en este bpoborooso tráfico , con no 
poca habilidad para hacer subir los precios de la gran- 



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PABTB III. LIBBO V. . S13 

jeríá, don Bernardino de Valdés y el marqués de 
Santíllana, indigno de la limpieza de sos ilustres pro* 
genitores. El mas ageno á esta clase de negocios era 
el marqués de los Velez; acaso también lo era el de 
Oropesa; pero no asi la condesa su muger, no poco 
tildada de codiciosa, y de quien llegó á sospecharse, 
lo que casi es tan feo de decir como de hacer, que le 
alcanzaba una buena parte de las ganancias que en 
el abasto déla carne, mas cara de lo que era razón, 
reportaban unos negociantes llaórados los Prietos. Al 
hablar de estos manejos y de los de Bustamanle es« 
clamaba un escritor de aquel tiempo. «Si esto se ve, 
)»se sabe, se consiente, se tolera, y por último en vez 
»de castigarse se premia; ¿qué estraña nadie qne 
)>lleneJDios de calamidades á una monarquía, donde 
)^el desorden,, la injusticia, la sinrazón, la tiranía, 
i la ambición y el robo reinan? ^^^j» 

Ya no se contentaba el Bustamanfe con ser cfco; 
quería honores y posición; y lo logró, puesto que lle- 
gó á obtener plaza en el consejo de Hacienda, y lue- 
go en el de Indias, y aun aspiraba á cosas mayores. 
Semejantes escándalos dieron ocasión á todo é\ muq- 
do para murmurar de Oropesa, yá sus envidiosos 
para trabajar por derribarle. Tenia enemigos fuertes, 
y habia sido muy<lescaidado en grangearse amigos. 

(4] El autor de las Memorias ra los empleos, y que produjeron 

Mslórteas que esto dice, cita no- especial escándalo, asi en Espafia, 

minalmente varias de las persona¿ como en Flandes, en Italia y en 

é quienes se dieron de esta mane- las Indias. 



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SI 4 HI8T0BIA DB BSPAÜA. 

CiilpábaDJe del retraso que aofríau los oegocios, ba^ 
hiendo espedientes y consultas qqe estaban en su po^^ 
der anos enteros sin despachar; y como el cargo era 
fondado» fuéle^ menester desprenderse de la presiden- 
cía de Castilla, que hasta entonces se había empeña-» 
do en conservar, y qne le embarazaba y ocupaba 
mucho tiempo. Dlóse aquella al arzobispo de Zarago* 
xa don Antonio Ibañéz, y esto le atrajo nuevos y muy 
temibles enemigos. Fué primero el confesor del rey, 
que lo era ya Fray Pedro Matilla, traído por el mis^ 
mo conde de Orop^sa á aquel puesto, donde nunca 
pudo prometerse llegar: pero tuvo la Candidez de ín- 
feirr dé unas palabras del ministro que iba á ser él 
el llamado i sucederle en la presidencia ^ resintióle 
el desengaño, y vengóse en iudisponer al agraciado 
arzobispo con el de Oropesa. Uniéronse los dos con 
el condestable, él cardenal arzobispo de Toledo, ^el 
duque de Arcos y otros que ya eran enemigos del 
conde, y sobre todo con el secretario don Manuel de 
Lira, y todos conspiraban á hacerle caer de la gracia 
del soberano. 

Sin repugnancia hubiera dejado el de Oropesa el ^ 
mkúBterio á Irueque de descansar libre de intrigas y 
de persecuciones, sin el ascendiente que sobre él 
ejercía la condesa su esposa,.muger altiva y soberbia», 
que no podía resignarse á vivir sin las consideracio- 
nes« sin el brillo, y aun sin el interés y el provecho , 
que sabia sacar de su alta posición. La muerte dé la ' 



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l»AHTtt 111. LIUIIO V. SI 9 

reina María Luisa de Orleans, y la venida de la nueva 
reina María Ana de Neuburg, fueiron do9 verdaderos 
í^ontratiempos para el conde y la condesa de Oropel 
sa. Sobre padecer la reina alemana de aeoidenles, 
que en ocasiones la ponían á morir, y obligaban al 
rey y á toda la servidumbre á tratarla con^ d mas es* 
quísito esmero y cuidado, y á no contrariarla en ninf» 
guno de sus caprichos y antojos, que eran muchos; 
sobre traer despierta una grao codicia, y ser de un 
genio dominante y altanero, y á quien por lo mismo 
el rey^ enfermo y flaco» no se atrevía nunca á dia^ 
gustar, metióse de lleno en el manejo de los nego^ 
cios, y púsose ¿ la cabeza del partido que babia con* 
tra Oropesa. Y como don Manuel de Ura se adelan^ 
tara á ofrecerle todo su influjo y servicios, hizole la 
reina su inatrumento y au coafldente, y destinábale 
para su ministro. Con este apoyo arrojó ya el de.lira 
la máscara del disimulo con que hasta entonces ha* 
bia pncubierto su odio i Oropesa, y descaradamctfite 
le injuriaba y desacreditaba. Pero sosteníale todavía 
la reina madre, que menospreciada por la esposa de 
su hijo, tenia interés en maa^ner al conde. 

El infelís Garlos II. oía las murm^uradones y los 
chismes que cada uno le llevaba, y >sia atreverse i 
roo>per ni con Ura ni Oropesa» ni contradecir á la 
reina madre ni á la reina consorte, contaba reser- 
vadao^ente á la una y al otro lo que el uno ó la otra 
en secreto le decían, haciéndose de este joiodo el pa- 



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216 msnroftiA db bspaSa. 

lacio UQ hervidero de cuentos y de intrigas de mal 
género, qae mas parecía casa de vecindad qne mo^ 
rada de reyes; porqae lo mismo que las^ reinasi y 
que el ministro y el secrelariOi obraban el confesor, 
y el condestable» y el presidente de Castilla, y todos 
los enemigos del de Orbpesa. Daban armas y argu- 
mentos contra éi los desgraciados sucesos de la guer- 
ra » que siempre se atribuyen al que ocupa el primer 
puesto en el gobierno. Pero la pérdida de Mons en 
Flandes, de que antes hemos dado cuenta^ y la culpa 
que de aquel desastre se descubrió haber tenido el 
marqués d^ Gaslánaga, imprudentemente defendido 
por don Manuel de Lira de las justas acusaciones que 
le hacia el rey de Inglaterra Guillermo de Orange, 
produjeron la separación del de Lira antes de ver lo- 
grado su deseo de derribar á su rival. Fué» pues, re- 
levado el de Lira de la secretaria del despacho uni- 
versal, y aunque se le dio una plaza en la cámara de 
Indias, túvolo, como todo el mundo, por una especie 
de retiro mas ó menos honroso, y no pedia sobrelle- 
var el peso de ver asi burladas sus esperanzas ^*K 

La caida de Lira retardó algor pero ya no bastó á 
detener la del ministro, y poco tiempo pudo éste go* 
zar de su triunfo. La reina, irritada con Ja separación 
4e su confidente, redobló sus esfuerzos contra Orope- 



(i) Papel qaB escribió al rey despide de la asidCencia del des- 
doa Manuel de Lira por mano de pacao universal: En el Semanario 
don Juan de Ángulo, en que se erudito de Valladares, tom. XIV. 



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PABTB 111. LIBRO V. 217 

sa, ayudada ahora por el embajador de Alemania, y/ 
aun poi* el mismo emperador á quien logró interesar, 
ademas del confesor, del condestable, del presidente 
de Castilla y los otros persona ges que antes nombra- 
mos, los cuales todos asestaron contra él sus baterías, 
Por encariñado que el rey estuviera, como lo estaba, 
con Oropesa, tío pudo, ya resistir á tantos ataques; 
cedió al fin, y undia (24 de junio, 1691), le dirigió 
el siguiente papel escrito de su mano: «Oropesa; bien 
usabes que me bas dicha muchas veces que para con- 
»tigo no lie menester cu mplimientos, y asi, viendo de - 
> la- manera que está esto, que es como tú sabes, y 
»que si por justos juicios de Dios y "por nuestros pe-^ 
meados quiere castigarnos con su pérdida, que no lo , 
]» espero por su infinita misericordia, por lo que te es- 
» timo y te estimaré mientras viviere no quiero que 
»sea en tus manos; y así tú verás de la manera que 
]»ha de ser, pues nadie como tú, por tu gran juicio y 
»amor á mi servicio, lo sabrá mejor. Y puedes creer 
>que siempre te tendré en mi memoria, para todo lo 
»que fuese mayor satisfacción tuya y de tu familia. 
»Y asi verás si ahora te se ofrece ^Igo para que lo 
)»esperimentes de mi benignidad y afecto á tu perso- 
jina.— Yo el Rey.» 

Cuando Oropesa se presentó á su soberano, y 
después &b algunas reflexiones le manifestó que el 
único medio para que no se perdiera en sus manos ia 
monarquía era que le concediera el permiso para re*- 



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218 HISTORIA DB B9PAÑA. 

tirarse, le di|o el rey: tEso quierm^ y es preciso que 
yo me confarme.Ti^ Eotonces se echaroa mútaameDle 
los brassos» y se despidieron tíernameQle. A los dos 
dias salió él de Oropesa de la corle para la Paebia do 
Montalvao, lugar de su cuñado el duque de Uceda» 
El pueblo, amigo siempre de novedades, se alegró d^ 
la salida del ministro, á quien por entonces se ecba<* 
bao las culpas de todas las desgracias y de todo lo 
malo que sucedía. Cuatro dias después de la retirada 
del conde bizo el rey consejeros de Estado i los du« 
ques del Infantado y de Montaito, .á los marqueses de 
YilUfranoa y deBurgomaine, á los condes de Melgar 
y de FrigiUana y á don Pedro Ronquillo, conde dQ 
Granedo y embajador de Inglaterra ^*K 

Formábanse diversos cálculos y juicios acerca del 
futuro gobierno, lo mismo que antes sucedió cuan* 
do cayó del min'v9terío y de la privanza el duque do 
Medinaceli, Creían unos que el rey , cansado y escar- 
meuiado de ministros y validos que tanto disgusto y 
tantos clamores suscitaban, se dedicaría por si mismo 
á los negocios, bailándose ya en edad bastante para 
poderlo hacer* Sospechaban otros, que mas acostum- 
brado á las diversiones que al trabajo, y débil de 

(4) El autar do la ifwiorw maneios á aue d^biá el haber su- 

histórieas insertas en el Semana- bido atan alto puesto. Entre ellos 

rio Erudito haoo una triste pintu- los habia muy digoos, como el 

ra de h)s escasos méritos y corta marqués de Villafranca, el de Bur- 

capaeidad dealganos de estosnae-* gootaine, y 9l miando Reoquillo, no^ 

vos consejeros, y cuenta lo que obstante ciertos defectos, 
cadacval había ado antes^ y los 



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PAftTB 111. LIBRO V. '819 

complexión como era, cuando el estado de la monar- 
quía necesitaba mas quien con robustas fuerzas y dis* 
crecion grande remediara las ^desgracias y las mise- 
rias y los desórdenes que, padecía, no era Carlos 
quien gobernando por sí fuera capaz dé evitar la rui« 
na que amenazaba, ni veían tampoco sugetos bastante 
hábiles, íntegros y capaces á quienes' pudiera fiar la 
gobernación con acierto. Unos y otros discurrian bien; 
porque los primeros dias se copsagró el rey á los ne- 
gocios coa una aplicación inesperada y casi increíble; 
mas no tardó en suceder al fervor el fastidio, y ca- 
yendo en el opuesto estremo de no resolver oada por 
sí y consultar á muchos, se abrió )a puerta á un des- 
orden mayor que todos los (jte antes, aprovechándole 
^n utilidad propia y eo daño del Estado, la reina, el 
confesor, el presidente de Castilla y los allegados y 
servidores de estos, algunos de los cuales era mengua 
y escándalo entonces, y ahora causa bochorno y ru- 
bor tener qne nombrar. 

Pero el cuadro que ofrecia el palacio, y la corte, 
y el gobierno de España^ si no halagüeño antes, las- 
timoso después de la caída de Oropesa, merece ser 
bosquerjado aparte, por doloroso que sea 9I historia-» 
dor actíante de la honra y del decoro de su patria. 



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CAPITULO X- 

LA CORTE Y EL GOBIERNO DE CARLOS IL 
De 1691 A 1697. . 



Inflaencías que qaedaron rodeando al rey. — ^La reina y sas confideiH 
tes^ la Berlips j el Cojo.— El conde de Bafios y don Juan de Ángu- 
lo.— Inmoralidad y degrad9cion. — ^Escandalosos nombramientos 

'para los altos empleos.— La Junta Magna.— Debilidad del rey.— 
Busca el acierto y se confunde mas.— Lucha ¿le rivalidades y en^ 
▼idías entre los palaciegos.— >Priv8iiza del duque de Montalto*- 
Peregrina división que hace del reii^.— Monstruosa Junta, de ter 
nieátes günerales.— Medidas ruinosas de administración.— Con- 
tribución tiránica dé. sangre.— Resultados desastrosos de estas me- 
didas.- Carencia absoluta de recursos.- Suspensión de todos los 
pagos. — Estado miserable de la monarqfuía. —Vigorosa representa- 
ción del cardenal Portocarrero al rey.— Célebre consulta de una 
Junta spbre abusos del4)oder inquísitorisrl.— Vislúnibrase el perío- 
do de su decadencia.. 



Solo tnomontáneamente pudo el pnebló alegrarse 
de la caida dé Oropesa» porque tardó muy poco en 
conocer que si la gobernación del reinó no haVia esta- 
do bien en las manos desgraciadas de aquel ministro, 
las influencias que quedaron rodeando al monarca no 
solo no eran mas beneficiosas, sino mucho mas per-- 
oiciosas y fatales. Orgullosa ia reina con el triunfo de 



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PABTB Ifl.'LlBEO V. 221 

lá salida de Oropesa» se contempló doeña absoluta y 
arbitra del rey y del gobieroo. Y no era ya lo peor 
so carácter imperioso y violento, caprichoso y avaro, 
sino la gente ruin de que estaba rodeada y aconseja « 
da, y que por lo mismo tuvo influjo en la suerte del 

^ pais, para desgracia del reino y mengua de este rei« 
nado. 

Era una de sus confidentes la baronesa de Berlips, 
ó Perlips (que de ambos modos la nombran los escri- 
tores y los documentos de aquel tiempo), muger de no 
ilustre estirpe, pero que llevaba muchos años de estar 
á su servicio: habíala traido de Alemania, y el pue- 
blo buscando un retruécano burlesco á su titulo la 
llcrmaba por desprecie la Perdiz. Con ella trataba con 
cierta intimidad un Enrique Jovier y Wiser, alemán 
también, pereque babia servido en Portugal, y de alli 
habla sido espulsado con ignominia: su intrepidez na- 
tural y las relaciones de paisanage le ahrieron entra- 
da en el palacio de España, y era el que privaba con 
la Berlips: nombrábanle el C(^Of porqueT lo era en 
realidad, y las gentes lenian cierta fruición en desig- 
narlos por los apodos, como para mostrar que les 

. merecian escarnio. Y en verdad no eran acreedpres 
á otra cosa por su conducta estos dos personages, 
cómplices y agentes de la reina en sus injusticias y 
en sus dilapidaciones. Ellos con sus malas artes logra- 
ron echar de España al jesuíta confesor que la reina 
habia traido de Alemania, porqué los incomodaba y 



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222 RISTOBIA DS BSPAffA. 

estorbaba su virtud, y en su lagar trajeron de allí un 
capuchino, el P. Chíusa, hombre como ellos le habiaa 
menester, y de tal conciencia que no fuera obstáculo 
á sus fines. 

Ancha .debia ser aquella para no oponerse alme* 
dio que los tres adoptaron para hacer en breve tiem- 
po su fortuna, que era el no poner freno á su codicia 
ni guardar miramiento en la venta que hacían de los 
empleos, cargos y dignidades, civiles, judiciales 6 
eclesiásticas, que todo se proveía deesa sola manera. 
Tolerábanlo de mal grado y con repugnancia los gran- 
des, pero al cabo lo sufrían; que es una prueba de la 
degradación á que ellos mismos habian venido» Y 
aun hubo entre ellos quien, com« el conde de Baños, 
debió á la intervención de aquellos dos favoritos su 
amistad con la reina, y las mercedes con que el rey 
le distinguió, de la grandeza de España, de primer 
caballerizo, y de gobernador de la caballería, Cosa 
que asombró á todos los que conocían la buena inten* 
cion del rey, y Jas costumbres desenvueltas del de 
Baños. Por empeño de la reina y de su camarilla fué 
también nombrado Secretario del despacho un don 
Juan Ángulo, hombre de tan corto entendimiento y 
de tan limitada capacidad, y tan inepto, que el rey 
mismo se burlaba de él llamándole su Mulo y solía 
decir á sns criados: Sabed que nómeva mal ccn mi 
Mulo. Y para que no faltara lado feo á la elección de 
tales sugetos, era pública voz y fama que habia com«- 



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^ÁRTB III. LIBAO V. 22^) 

prado el Angolo so destino por bastantes miles de do* 
blones. Tal era el cuadro inmuDclo y repugnante que 
iba presentando el palacio de los reyes de Castilla á 
poco tieoipo de la retirada del ministro Orope- 
sa (1691.) 

St se quitó el manejo de la hacienda al impuden- 
te Busla.mante» no fué por pasarle á manos mas lim- 
pias» sino por ser hechura del ministro caido, y aun 
' con ser un concusioaajio público le dejaron la mitad 
de sus gages. Este golpe, junto con otros desaires 
que se hicieron al marqués de lo^ Velez su padrino» 
obligaron á éste á hacer dimisión, do la superinten* 
dencia» que á la tercera instancia le admitió el rey 
(3 de enero, 1092), bien que dejándole en ^ muestra 
de so aprecio la presidencia de Indias. Confióse la ad^ 
ministracfoo de la hacienda á don Diego Espejo, que 
solo la tttTO basta que por medio del confesor de la 
reina logró el obispado de Málaga, que era lo que 
apetecía. Entonces se puso en sn lugar á don Pedro 
Nuñéz de Prado, á quien nadie conocía, causando ge- 
nera! asombro que para tan importantes* puestos se 
fuese á buscar hombres tan ignorados y oscuros: mas 
para que no lo fuese tanto en adelante hízosele de re- 
pente conde de Adaúero. 

Quitóse también la presidencia de Castilla al ar- 
zobispo de Zaragoza don Antonio Ibanez, que nnnca 
tuvo ni méritos ni aptitud para tan elevado cargo. 
Hasta aqüi Carlos IK no habia* hecho sino satisfacer 



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224 HISTOEIA DB BSPAHá. 

todos los antojos de su esposa; pero volviendo ahora 
en sí, y queriendo ya poner coto al imperioso predo* 
minio de la reina» se reservó la elección del sucesor 
de Ibañez, y llamando secretamente á don Manuel 
Arias, embajador que era del gran maestre de la 
orden de San Juan en España, le manifestó su reso- 
lución, no admitiéndole réplica ni escusa. Dos conse* 
cuencias parecia' deducirse de esta inesperada nove^ 
dad que hirió vivamente la altivez de la reina; la una^ 
que el rey habia salido de sú habitual apocanvento y 
entrado en una marcha resuelta y firme; la otra, que 
en lugar de las nulidades que hasta entonces habian 
ocupado los altos puestos se comenzaba á buscar hom- 
bres de mérito y de capacidad, que por tal se tenia 
al Arias por un papel que habia escrito señalando los 
remedios para muchos de los males y desórdenes de 
la monarquía, pero ambas esperanzas se vieron des- 
vanecidas bien pronto. Carlos, que solo tenia -pasa« 
geros momentos de cierta especie de energía, cuando 
se los dejaban de alivio sus enfermedades, aflojaba tan 
pronto como le volvian á molestar aquellas-, y se 
abandonaba á sus inespertos ó interesados consejeros; 
y el Arias no tardó en acreditar que sobre no exce- 
der los límites de una medianía, tampoco padecía de 
escrúpulos por mantener la ppreza de su honra. 

domenzó el Arias reuniendo con frecuencia y 
asistiendo á la Junta Magna ^ que se componía de los 
presidentes del consejo de Castilla y del tle Hacienda, 



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PARTB III. MBEO V. 



225 



de dos ¡Qdividaos de cada uqo de los dos consejos, de 
otros del de Estado, del confesor del rey como teólo- 
go, y de un religioso franciscano llamado Fr. Diego 
Cornejo. Al cabo de machas reuniones se espidió á 
consulta de la Junta Magna un real decreto para cor- 
tar el abuso y la prodigalidad que habia en la previ*- 
sionde los hábitos de las órdenes militares, prescri- 
biendo que en lo- sucesivo no se propusiera á nadie 
que no hubiera servido en la guerra, con otras 
condiciones que se señalaban (4 de setiembre, 1692), 
reservándose no obstante el rey conferirlos á sugetos 
de mérito especial y de calidad notoria ^*K La medida 



(4 ) «ReconocieDdo (decía este 
docameoto) caanto ha descaecido 
la eBttmacioD de las órdenes mUt- 
tares de Santiago, Galatrava y Al- 
cántara, pues cuando en otros 
tiempos era an hábito de eílas 
premio competente de heroicas 

? proezas en la gaerra, hoy no se 
iene esta merced por remunera- ^ 
cion aun de. los mas modernos 
seryicios, á causa de lo común 
que se ha hecho este honor : y con- 
vmiendo restablecer en su primi- 
tivo y antiguo esplendor las órde- 
nes, cuyo mstitoto y origen fué 
únicamente el de acaudillar y alis- 
tar la nobleza en defensa dé la 
religión y de estos reinos, siendo 
a] mismo tiempo sus insignias lus- 
troso índice de las personas de 
talento y virtud: he resuelto que 
de aquí /adelante no se me consul- 
te hábito ninguno de las tres ór- 
denes para quien no hobieae ser- 
vido en la guerra; porque mí vo- 
luntad esque sean para los milita- 
res, y que ademas de esta gene- 

TOMO XYII. 



ralidadqueden reservados los de 
Santiago, en honor y obsequio do 
este santo apóstol, patrón, defen- 
sor y gloria de Espafia, para los 
que sirven ó sirvieren en mis 
ejércitos, armadas, presidios y 
fronteras, sin que para ello nece- 
siten nueva declaración. Obser- 
vándpse las órdenes que están da- 
das sQbre el grado y tiempo de 
servicios que lian oe concurrir 
precisamente en el que pretendie- 
re el hábito^ quedando solo á mi 
arbitrio el dispensarlos, ó por la 
notoria calidad de las personas, ó 
por mérito especial que los facili- 
te; y tambien^el conceder alguna 
merced 'de hábito de Galatrava ó 
Alcántara á ^aíen le mereciese eu 
empleos políticos, ó por el lustre 
de su sangre, sin que ningún con- 
sejo ó tribunal pasea proponerlos, 
menos de proceder orden mia pa- 
ra ello: en cuyo cumplimiento se 
me dará cuenta del mérito y cali- 
dad de la persona, haciéndome 
presente esta resolución, quedan- 

15 



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S26 HISTORIA DB BSPaSa. 

era juslísima, y el abuso habia hecho iadispeasable 
k reforma . ¿Mas cómo se cumplió el decreto? Los con- 
sejos le observaron los primeros meses, pero luego 
se fué relajando y confiriéndose hábitos á personas 
poco dignas» hasta venir á parar en que por influjo de 
la reina y de sus dos confidentes la Perdiz y el CcjOf 
se diese, no sin costarle gran desembolso, á un tal Si- 
món Peroa, arrendador del tabaco. La fortuna fué 
c[ue el encargado de hacer sus pruebas, hombre in- 
corruptible, é inaccesible al soborno con que le ten^ 
iaron, volvió por la dignidad de la orden justificando 
que el Peroa 'había sido penitenciado por el Santo Ofi- 
cio, y se suspendió su investidura. 

6tro tanto aconteció con otra providencia que hu- 
biera podido ser también muy saludable, la de abolir 
las mercedes de por vida. No hubo la firmeza nece- 
saria para resistir al favor de los poderosos cuyos in- 
tereses se lastimaban: las juntas se cansaron de ver 
que sus informes se desvirtuaban ante la debilidad y 
la condescendencia del rey, y la medida quedó sin 
efecto. Igual resultado tuvo la propuesta que hizo el 
duque de Montalto para que se suprimiese lo que se 
llamaba el bolsillo del rey, no obstante que él cedía 
desde luego los ocho mil ducados que por aquel con- 



do también á mi cuidado que las observarlo puntualmente donde 

encomiendas que vacaren recai- tocare. Madrid y setiembre 4 de 

gan en los mifítares, para que se 4692.»— En el Semanario Erudito 

49gre su maspropia y natural aplí- de Valladares, tom. XIV. 
cacion. Tendráse entendido para 



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PAUTB 111. LIDftO T. SS7 

cepto percibía. Ni el rey» ni otros magnates en ello 
interesados consiatieron ea prívarse^de aqael pingüe 
recurso. 

La disminución en qna iban las rentas inspiró al 
corregidor de Madrid don Francisco Ronquillo un re- 
media singular y estrano, que el rey por sugestión 
suya adoptó, á saber» el de traer á Madrid mil qui- 
nientos hombres del ejército de Cataluña y formar con 
ellos un cordón para que nada pudiera entrar en la 
capital sin registro. Déjase discurrir la odiosidad que 
produciría esta medida. 

Aturdido y confuso el buen Carlos sin saber qué 
giro dar á la administración y deapacbo de los negó* 
cios» y queriendo huir de entregarse al valimiento de 
un primer ministro, cayó en el , opuesto eslremo de 
consultar, no splo á los varios consejos y juntas, sino 
á personas particulares de fuera de ellas, algunas os^ 
curas y sin nombre, y á veces pidiendo informes á los 
que sabía ser enemigos del que solicitaba ó del que 
proponía un asunto, adhiriéndose al dictamen que le 
parecía, y sin que el interesado pudiera muchas veces 
saber de quien pendía stí recurso, ni en qué manos 
estaba, Y en medio de la confusión y el laberinto que 
este sistema produjo, vióse con nuevo escándalo dar 
al llamado el Cojo los honores de consejero del de 
Flandes, con opción á ocupar la primera vacante de 
número que ocurriese. Y para mayor desgracia y 
apuro, estando las cosas en tan miserable estado acó- 



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2SÍ8 HISTORIA DB BSPAÜA. 

metieron al rey tan terribles accidentes que pusieron 

^^u vida en inminente peligro (1693). 

El cuidado y esmere con que le asistió en sn en-, 
fermedad el conde de Monterrey por indisposición del 
duque del Infantado» su genlil-hombre de cámara» 
dejó tan agradecido á Cario?, que cobró á aquel magna- 
te tanto cariño como repugnancia le babia tenido antes, 
y le hizo del consejo de Estado. Pero esto mismo 
atrajo al de Monterrey los celos y la envidia de otros 
grandes, y muy especialmente del duque de Monlal- 

, to, que tuvo maña, no solo para neutralizar y des- 
virtuar la nueva iúBuencia, sino para alzarse con la 
privanza, no fallándole mas que teneí*el nombre de 
valido. A poco tiempo de esto murió el marqués de 

' los Velez (15 de noviembre, 1693), cargado de 
achaques y de pesadumbres, que habian llegado á 
trastornarle el juicio, dejando vacante la presidencia 
de Indias ^^K Murió también luego el duque del In- 
fantado, que era sumiller de Corps. Movióse con esto 



(I) cFaé hombre (dice el autor gasto que tenia... Aunque su ta- 

de las Memorias contemporáneas lento no fué nunca capai para 

' de que tomamos e8tasnotic¡as),de desempeñar los puestos que ocu- 

moderada capacidnd, de grande p<v como tenemoi en nuestra £s- 

humanidad, blandura y cortesía, paña la mala costumbre de mu- 

aunque contrapesada con una ehos años á esta parte, de quepa- 

grande ostentación, 'y á las veces ra los mayores empleos se haya 

con gran soberbia... Tan poco de buscary no la suficiencia, sino 

atento á los intereses de su casa, la ^rande%a ayudada del favor^ 

X[ue en medio de sor considerable habiendo tenido el marqués el de 

suma la que gozaba con los gajes su madre, que se hallaba siendo 

de sus puestos y las rentas de sus aya del rey, le fué fácil obtener 

estados, era necesario empeñarse para principio de su carrera el 

por no alcanzar el desorden del gobierno de Oran, etc.» 



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PAATB m. LIBRO V. SS9 

iioa tiva lucha de intrigas entre los preteadientes i 
los dos cargos y los protectores y amigos de cada 
UDO, tomando la parte mas activa en esta guerra la 
reina, el confesor, el de Monta! to, el de Monterrey, 
el de Ádanero, el almirante, eí condestable, el conde 
de Bena vente y otros, recayendo al fin la presidencia 
de Indias en el de Monlalto, y la snmilleria de Corps^ 
por ruegos y lágrimas de la reina, en el de Benaven- 
te, y quedando en alto grado quejosos y desabridos 
lodos los demás no agraciados. 

Aunque el de Mbntallo iba logrando cada dia 
mayores aumentos en la gracia del rey, sin que na- 
die pudiera competirle en la preferencia, temia, sin 
embargo, cargar él solo con lodo el pesó del gobier- 
no en el infeliz estado en que se encontraba la oto- 
narquía, y temia también los peligros en que podían 
ponerle tantos émulos y rivales. Por tanto su primer 
pensamiento fué retirarse; mas no resolviéndose á re- 
nunciar á las dulzuras del mando y á los halagos de 
la posición, inventó un medid muy peregrino para 
contener ¿ sus principales enemigos y envidiosos, 
que (úé proponer al rey, so protesto de compartir los 
trabajos del goÍ3Íerno á que le era imposible acudir 
él solo, dividir el reino en cuatro grandes porciones 
ó distritos, distribuyendo el mando superior de ellos 
entre él, el condestable, el almirante y el coade de 
Monterrey. El monarca estimó la propuesta* y en su 
virtud expidió uo de<;reto nombrando al condestable 



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230 HISTORIA DB ESFaKa. 

teniente general y gobernador de Castilla ia Yiejat 
al duque de Montalto de Castilla la Nneva, al almi- 
rante de las dó8 Andalucías» Alta y Baja, y de las is- 
las Canarias, y al de Monterrey de los reinos de Ara- 
gón, Navarra, Valencia y Principado de Cataluña. 
Mas no permitiendo al de Monterrey su quebrantada . 
salud el desempeña de aquel cargo^ Mzose nuevo re- 
partimiento, señalando al de Montalto los reinos de 
Aragón, NaVarra, Valencia y Principado de Cataluña, 
al condestable el de.Galicia, el Principado de Astu- 
rias y las dos Castillas, y al almirante las Andalucías 
y Canarias. La autoridad de estos cargos era superior 
á la de todos los tribunales y consejos, y á la de to-^ 
dos los vireyes y capitanes generales, y era poner al 
rey como ea tutela, y hacerse cada uno una especie 
de patrimonio de la parte de monarquía que se ad- 
judicaba. 

Con tan estravagante idea creyó el de Montalto 
recoger muchos aplausos; mas lo qne sucedió fuéqne 
los consejos y tribunales protestaron, algunos gene- 
rales y vireyes hicieron dimisión de sus empleos, 
y se movió un descontento y una irritación general. 
Ellos, sin embargo, entraron en el ejercicio de sus 
monstruosos cargos, celebrando dos reuniones por se- 
mana, y acordando en una de las pripieras qiie se 
, formara una junta de ministros á 6n de que arbitrara 
los recursos necesarios parala guerra. Esta junta, 
eñ que no, faltaron los dos eclesiásticos de la Junta 



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' PARTB 111. LIBRO V. 231 

Magna, el confesor y el franciscano Cornejo, después 
de muchas y frecuentes conferencias, acordó: 1 .^ que 
no se pagase merced alguna en todo el año 1694: 
S."* que por el líiísmo año, no obstante haberse saca- 
do en el anterior un cuantioso donativo á todos los 
consejos, grandes, y títulos, cediesen todos los em- 
pleados del Estado, incluso los ministros, la tercera 
parte de sus sueldos: 3.'' que' se pidiese un donativo 
general en todo el reino, sin escepcion de personas^ 
siendo de trescientos ducados el de cada tftulo, de 
doscientos el de cada caballero de las órdenes», y con- 
tribuyendo los demás en proporción á su fortuna. Se 
sometió á varios ministros la cobranza de este im- 
I^uesto, y fueron las únicas resoluciones que tomó 
aquella junta ^*). 

La que se llamaba de los Tenientes, dtscnrriendo 
cómo y por qué medios levantaría gente para. la guer- 
ra que en Cataluña como en todas partes continuába-r 
mos sosteniendo contra la Francia, determinó queon 
todas las ciudades, villas y lugares del reino se pidie- 
ca y sacara un soldado por cada diez vecinos, man* 
dando á las justicias y corregidores que tuvieran toda 
esta gente dispuesta para principio de marzo (1695). 
Levantó esta medida un clamoreo universal en el rei- 
no, llevó la congoja y la perturbación á las familias, 

(i). Decreto de Garlos ü. exi- goerra.— MS. de la Biblioteca de 

giendo la tercera parte de los suel- la Real Academia de la Historia, 

dos de todos los empleos para Archivo de Salazar. Est. 4.4^ 
atender á las necesidades de Id 



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S38 HISTOEIA DB ESPAKa. 

y llovieron quejas, represeotaciones y protestas coo- 
tra ella. Pero á todo se hicieron sordos los reyezue-* 
los de la junta» ni atendieron á mas que & hacer eje-» 
CQtar y cumplir so tiránico mandamiento. A su vez la 
mayor parte de aquellos á quienes tocaba la suerte - 
se iban fugando, y para evitar este mal y no verse 
comprometidas las justicias metian en prisión á los que 
oaian soldados; mas como fuese preciso mantenerlos, 
y acudieran los corregidores á los de la junta para 
que proveyeran el medio de sustentarlos, respondían^ 
les, que le buscaran ellos. ^ 

Fueron por último enviados á las provincias los 
oficiales destinados á recoger la gente; pero sucedia' 
que á Madrid, donde habian de reunirse, no llegaban 
la mitad de los que salían de los pueblos, y á Gataln* 
ña no llegaba la coarta parte de los que habian sali* 
do de Madrid. En el desórdea é inmoralidad á que 
había venido todo, se averiguó que los mismos oficia- 
les facilitaban la fuga á los qqe se la pagaban bien. 
Y eñ esta malhadada conscripción se consumió, no 
solo todo el producto del donativo, sino ademas lo 
poco que había en las arcas del tesoro ^^. 

A Qiayor abundamiento reinaba la discordia entre 
los mismos tenientes, en particular entre el almirante 
y el de Montalto, protegido aquél por la reina y el 

(4) «De manera, dioe tteeacri- así coibo ni tampoco atiento he- 
lor contemporéneo. qae á la hora cho, n¡ para laa asistencias de Mi- 
presente no hay ni ainéro, ni efoo- lan, ni para las de Phndes, ni pa- 
to pronto de que poderse servir, ra las deGatalafia.j» 



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rARTB 111. LlttftO Y. S33 

confesor, apoyado éste en el afecto y eo la coúSaos» 
del rey, y gozándose en ello el condestablé, y fomea* 
tando con mana y sagacidad la mal encubierta riva^ 
lidad de sus compañeros. Por otra parte los consejos 
no dejaban de trabajar contra el de Monlalto^ autor y 
causa de la postergación én que se veian, y él mismo 
con su conducta se iba enagenando las simpatías que 
antes habia tenido, tratando y respondiendo con se* 
Teridad y aspereza á Tos pretendientes, dificultando y 
casi cerrando á todos, aun á ios mas amigos, el acceso 
al rey, y no queriendo auxiliarse de nadie para sus 
trabajos, como quien presumia bastar él solo para 
todo, siendo la verdad que todo lo tenia atrasado, con 
lo cual se fué haciendo tan aborreoíble como habia. 
sido apreciado antes* 

Consumidos los productos del donativo forzoso, y 
no habiendo ccm qué acudir á las necesidades de la 
guerra de Cataluña^ fórmese á propuesta del duque 
otra junta de ministros y teólogos presidida por él 
mismo, para tratar de si convendría emplear de nueva 
el propio arbitrio; y reconocida la necesidad por la 
mayoría, expidió el rey el decreto correspondiente* 
Mas en tanto qun se obtenían los resultados; que na 
podian ser en manera alguna muy satisfactorios, lia* 
mó la junta de los Tenientes al presidente de Hacien- 
da para ver. con qué recursos podría contarse de 
pronto. Hícíéronle sentar en un banquillo que le te- 
nían prevenido, de cuyo tratamiento él s& quejó 



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, S34 HISTOEIA DB ESPaHa. 

ágríaínente, diciendo que si no por su persona, por 
la. dignidad del ministerio que ejercía, y del rey á 
quien representaba, merecía ser mas considerado: 
mas ni por eso moderaron su orgullo aquellos sober- 
bios magnates. De la conferencia no sacaron otro fru- 
to que la ninguna esperanza de los recursos que ne- 
cesitaban. Asi fué que se dieron órdenes para que no 
96 pagaran libranzas, juros, ni rentas algunas, y so- 
lamente logró cobrar alguno que se valia del favor y 
la influencia de la Berlips, y en verdad que no alean*- 
zaria de valde este privilegio. 

En situación tan apurada, estrecha y miserable, 
llegaban cada día al rey correos y despachos de Mi- 
lán, deFlandes y de Cataluña (1696), dando aviso 
de las numerosas tropas francesas que, ó se estaban 
esperando en aquellos dominios, ó los habían invadi- 
do ya, y de las necesidades que allá se padecían, y de 
la imposibilidad de defenderlos si no se remediaban. 
Mascóme esto pertenezca ya á los sucesos de la guer- 
ra, de que habremos de dar cuenta en otro capítulo> 
reservámoslo para el lugar á que pop su naturaleza 
corresponde. 

Sobreesté infeliz estado de la monarquía había 
llamado ya algunas veces la atención del no menos 
infeliz monarca el arzobispo cardenal Portocarrero, 
que en enero de 4695 le había dicho entre otras co^ 
sas, que era muy conveniente salieran de^ Madrid los 
sugetos que estaban destruyendo los pueblos, «que 



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PAfeTB 111. LIBRO ▼. 236 - 

»soD, decía, los que nombré á Y. M. en 11 de dí«» 
)iciembre de 1694 en el Consejo de Establo que se 
» tuvo en su real presencia; y sería en mí culpable 
«omisión no repetir á Y* M. mi rendida súplica para 
»qne esta gente salga de los dominios de Y. M., y Qn 
i»lo restante se dé planta conveniente para que estos 
«reinos no se vean en el abandono que boy se consi- 
»deran, reconociéndose destruidos y arruinados» no 
«por el servicio de Y. M. sino por superfluidades y 
«disipaciones indignas, estando atropellada y vendida 
«la justicia y desperdiciada la gracia» debiendo ser 
«éstas» bien dispensadas y observadas, la base funda* 
«mental con qoe se aliente e) amor y servicio de 
>Y. Mm que como tengo dicho, ambas contribuyen á 
«la total enagenacion del corazón de los vasallos, que 
«es la mayor pérdida que Y. M. puede haber; y están 
«hoy desesperados de lo que ven, tocan y padecen, 
> no conviniendo afligirlos mas, pues públicamente y 
>sin reserva, alguna están discurriendo muchas nove- 
«dades, y con el celo de laús grandes obligaciones 
«á Y. M. no pudo omitir hacer personalmente esta 
«representación. ••. etc. (*>•« 

Y como en vez de disminuir observase el prelado 
que crecian los desórdenes del gobierno y las cala- 
midades públicas, dirigió al rey en 8 de diciembre de 
1696 otra mas estensa y mas enérgica representación, 

(O MS. de la Real Academia de la Historia, Papeles de Jesiiítas» 



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SS6 RlfTOEU DB KIPáÍIa. 

en que por menor y cod toda claridad le iba señalan- 
do las causas de los males. «Han nacido estos, le de- 
neis» de la candidísima conciencia de Y. M»» qne 
^deseando lo mejor, ha' entregado su gobierno total al 
»qnela dirige y encamina.» Pasaba luego revista á 
sus confesores: decia de Fr. Francisco Reluz que di- 
rigia con acierto las cosas, pero que. los poderosos 
enemigos de la reina madre le apartaron de su lado 
para traer al Padre Bayona, hombre docto y resuelto^ 
aunque excesivamente contemplativo, el cual murió 
luego. Que su sucesor el P. Carbonell, varón docto y 
santo, liabia encontrado ya el daño muy arraigado, y 
por no poderle remediar se retiró á su obispado de 
Sigttenza. Que luego vino el P. Matilla, causa de la 
ruina de S. M« y del reino: el cual^ después de babee 
abusado cono director de la conciencia del rey parjs 
derribar al ministro Oropesa; y quedado dueño abso- 
luto del gobierno, se mantenía en él aterrando al ti-- 
morato monarca con ejemplos artificiosos sacados de 
Dios y de Luzbel, y con sutilezas sofísticas, confun- 
diendo lo humano con lo dívinef^que con mañosas ar- 
tes se habia grangeado la gratitud de la reina y do« 
aunándola hasta disponer á su antojo de los destinos 
de palacio, y pasar por su mano la previsión de to- 
dos los empleos públicos. 

Que solo por antojo y por interés del confesor se 
habia dado el escándalo de traer á la presidencia de 
la Hacienda á un hombre tan oscuro como don Pedro 



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PAETB lll. L1BE0 ▼• SS7 

Ñoñez de Prado» simple comisionado de un arrenda- 
dor, haciéndole luego, con general asombro, conde 
de Adanero y asistente de Sevilla. Que el tal Nonez 
de Prado habiá quitado á todos sos haciendas, supri- 
mido todas las mercedes á viudas y huérfanos otorga- 
das por servicios hechos á S. M», negado ei pago de 
las libranzas mas legítimas, y hecho otras tiranías que 
arrancaban á todos el corazón. Qoe en el reino no fal- 
taban riquezas, caudales, plata, joyas y tesoros, pe* 
ro que el miedo lo tenia todo escondido. Que siendo 
las mismas las rentas reales^ pues no se había supri- 
mido ningún tributo, por 16 menos antes había una 
armada permanente y se mantenían ejércitos en Flan- 
des, Milán, Cataluña, las Castillas y Galicia, y ahora 
todo había desaparecido, perdiéndose no solo los era- 
rios reales, sino otro principal erario de los reyes, 
que es el amor desús vasallos; todo por culpa «de 
ese fiero y cruel ejecutor de las tiranías del Padre Ma- 
tilla.)» Que no satisfecha la hidrópica ambición del 
confesor y de Adanero, habían elevado á los mas altos 
cargos á sus amigos, y los oHnislros y consejeros vo- 
taban lo que ellos querían; que no contentos con 
mandar en España, disponían de todos los empleos 
del Nuevo Mundo; y que este género de misteriosa 
privanza procuraban conservarle entreteniendo á 
S. M. con juegos, músicas y jardines. 

Finalmente, después de enumerar el cardenal 
varios de los otros males que nosotros hemos apunta- 



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2S8 HI8TMIÁ DB BSPíJIa* 

do, coDcioia diciendo que el descontento y las que- 
jas de toda la nación se desahogan en escritos» pape* 
Iones é invectivas, que era urgente poner remedio á 
aquel estado, y oir una vez los justos lamentos de 
tantos y tan leales vasallos ^*K 

Aqui terminaríamos la resena que en este capítu- 
lo nos propusimos hacer da la corte y del gobierno 
de Cárlos'II. en este periodo, si no nos llamara la 
atención un importantísimo documento sobre una de 
las graves materias y asuntos de Estado de aquel 
tiempo, del cual nos imponemos gustosos el deber de 
dar cuenta á nuestros lectores, porque él revela con 
no poco consuelo las ideas que ya germinaban en las 
cabezas de los hombres ilustrados, en una época que 
parecia toda de ignorancia, de fanatismo y de hipo- 
cresía. Es un estenso y luminosísimo informe que dio 
á Garlos 11. una junta especial que el rey formó para 
que emitiese sü dictamen acerca de las competencias 
que tiempo había se venian suscitando entre el tribu- 
nal de la Inquisición y los consejos reales sobre pun- 
tos de jurisdicción, y sobre las facultades y privilegios 
que el Santo Oficio iba usurpando y arrogándose en 
todas las materias, para tomar el rey, en vista de su 
informe, la resolución mas conveniente. 

La junta, después de examinados los antecedentes 



(4¡ Consulta del cardenalPor- de la H¡dtoria,MS.DÚm.Si5.— Ma« 
tocar rero; Papeles de jesai tas per- nascrito de la Biblioteca nacional 



tenecientes á la Beal Academia sefialado R. 54. 



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PAETB III. LIBAO V. S3d 

que obraban en los consejos de Castilla, de Aragón, 
de Italia, de Indias y de las Ordenes, decia: cRecono- 
>cidos estos papeles, se halla ser mny antigua y muy 
» universal en todos los dominios de Y. M., donde hay 
«tribunales del Santo Oficio, la turbación de las juris* 
«dicciones, por la incesante aplicación con que los 
>inquis|dores han porfiado siempre en dilatar la suya 
>con tan desarreglado desordenen el uso, en los casoisi 
•y en las personas, que apenas han dejado ejercicio 
>á la jurisdicción real ordinaria, ni autoridad á los que 
»la administran. No hay especie de negocio, por 
>8geno que sea de su insütulo y facultades, en que 
>con cualquier flaco motivo no se arroguen el cono- 
Bcimiento. No hay vasallo por mas independiente que 
»séa de su potestad, que no lo traten como á súbdi- 

»to inmediato No hay ofensa casual, ni leve des- 

]iicomedimiento contra sus domésticos, que no le vén- 

>guen y castiguen como crimen de religión Nó 

•solamente estienden sus privilegios á sus depen- 

«dientes y familiares no les basta eximir las per- 

Bsonas y las haciendas de los oficiales de todas las 
Bcargas y contribuciones públicas, por mas privilegia- 
idas que sean, pero aun las casas de sus habitaciones 
«quieren que gocen la inmunidad de no poderse es« 

«traer de ellas ningunos reos En la forma de sus 

«procedimientos y en el estilo de sus despachos usan 
«y. afectan modos con que deprimir la estimación de 
«los jueces reales ordinarios, y aun la autoridad de 



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840. HISTOEIA DB BSPAflA. 

»los magistrados superiores; y esto no solo en las 
oimaterías judiciales y contenciosas, pero en los pan* 
»tos de gobernación política y económica ostentan 
vesta independencia y desconocen la soberanía.» 

Hacía luego la junta una curiosa y erudita reseña 
histórica de los escesos y abasos cometidos por los 
inquisidores^en su afán dejnvadir los derechos y atri- 
buciones de la antorídad real y de la potestad civil 
desde la creación del tribunal de la Fé hasta aquellos 
dias; recordaba las competencias que en cada reinado 
se hablan motivado en materia de jurisdicción; enu« 
moraba las diferentes medidas que para contener 
aquel espíritu invasor habia sido menester tomar en 
cada época; quejábase de la inobservancia de aquellas 
providencias por parte de los inquisidores; lamentá- 
base de la frecuente eslralimitacion de sus facultades, 
de la usurpación dé inmunidades y privilegios, del 
abuso que babia hecho siempre de las censuras, y de 
sus ilegales y tiránicos procedimientos; demostraba 
que nb tenia la Inquisición otra jurisdicción en lo tem- 
poral que la que los reyes le hablan dado y le podian 
retirar, y que lo que en otro tiempo habia otorgado 
Qua piedad confiada podía ahora mejorarlo una espe- 
ríenpia advertida; y concluía diciendo: 

«Señor: reconoce esta junta que á las despropor- 
»ciones que ejecutasen los tribunales del Santo Oficio 
> corresponderían bien resoluciones mas vigorosas. 
«Tiene V. M. muy presentes las noticias qne de mu- 



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^ART«HI. MBRO V. 241 

»obo tiempo á est? parte han llegado y no cesan de 
»ias novedades que en todos los dominios de V. M. 
iintentan y ejecutan. los inqnisidores, y de la traba- 
»josa agitación en qué tienen á los ministros reales. 
>¡Qué inconvenientes no han podido producir los ca- 
nsos de Cartagena de las Indias, Méjico y la Puebla, 
.»y los cércanosle Barcelona y Zaragoza, si la vigi- 
»lant(siiBa atención de V. M. no hubiera ocurrido con 
«tempestivas providencias! Y aun no desisten- los in- 
«qaisídores, porque están ya tan acostumbrados á go* 
«zarde la tolerancia, que se les ha olvidado la obe- 

ndiencia A la junta parece, por lo que V. M. se 

»ha servido de cometerla, que satisface á su obliga- 
>cioa proponiendo estos cuatro puntos generales: 
•Que la Inquisición en las causas temporales no pro- 
»ceda con usuras: Que si lo biciesei usen los tribuna-. 
»les de V. M. para reprimirlo el remedio de las fuer- 
»za8: Que se modere el privilegio del fuero en los 
•ministros y familiares de la Inquisición y en las fa- 
>milias de los inquisidores: Que se dé forma precisa 
ȇ la mas breve espedicion de las competencias. Es* 
>to será mandar Y. M. en lo que es todo suyo; res- 
Ktablecer sus regalías; componer el uso de lasjuris- 
» dicciones, redimir de intolerables opresiones á los 
•vasallos, y aumentar la autoridad de la Inquisición, 
»pues nunca será mas respetada que cuando se vea 
»ma8 contenida en su sagrado instituto, creciendo su 
» corso con lo que ahora se derrama sobre laÉmár- 
Tuvo rvii. ' 16 



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242 HISTORIA DB ESI^AÜA. 

«genes, y convirtieDda ájos negocios de la fé so cuí- 
•dado, y á los eDeiDÍgo& de la religión sü severidad. 
»Este será el ejercicio perpetuo d^l Santo Oficio; san- 
óte y saludable cauterio, que aplicado á donde hay 
«llaga la cura, pero donde ñola hay la ocasiona ^*^» 
Semejante consulta hecha á un monarca (an su^ 
persticioso como Carlos IIm y tales doctrinas emitidas 
por una junta de hombres doctos á los diez y seis 
' anos de haberse ejecutado el célebre auto de fé de la 
Plaza Blayor de Madrid, podían sin duda considerar* 
se como el anuncio de que la casi-omnipotencia in* 
quisitorialv que llevaba mas de dos siglos de un pre- 
dominio siempre creciente, iba á entrar en el periodo 
de su decadencia. 

(4) Colección de leyes y^eales provechosa copia de datos^ que á 

cédulas; Beinadó de Garlos II. pesar de su macha ostensioo nos 

MM. SS. de la Biblioteca de la hemos decidido á darlo pora pén- 

Real Academia de la Historia, to-» dice á la historia de este reinado, 

maXXX.— La consulta es de 21 mucho ma& cuando no sabemos 

4e mayo de 4696. que haya sido dado hasta ahora á 

Es tan importante este docu- la estampa, y llamamos hacia él 

mentó, y esta eacríto'con tanta la atención de nuestros lectores, 
•rudicion, y con tan abundante y 



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CAPITULO \\. 

GUERRA CON FRANCIA. 
riU DB RISWIC». 

»e1692é1i597. 

Campana de Flandes.— Asiste Lais XIV. en persona al sitio y con- 
qoíMa de Naamr.— derrota Lexembvrg á los aliados en Steinker- 

' que.— Desastre de la armada francesa en la Hogue.— Célebre 
triunfo del ejército francés en Jieerwinde.— Victoria naval del al- 
mirante Tourville.— Maerte de Luxemburg : sucédele Villeroy. — 
Repobrao los aliados ú Namur«— GampofiSs do Itaita.'— Trtonfos d^ 
Catinat.— Tratado parücalar opiro Lais XIV. y el daqoe de Sabo- 
ya.—- Gampafias de Gatalafia.— Viremato del duqae de Medinasi- 
donía.— Piérdese la plaza de Rosas.— Vireinato del marqués de Vi- 
lifliia.^Rerrota de los espafloles «rulas del Ter.^-mérdense Gero- 
na, Hostairíeh y otras plazas. ^Vireinato del marqués do Gasta- 
fiaga.— Proezas de los miqoeletes,— Recibe grandes refuerzos et 
ejército espafiol.— Es derrotado orillas del Tordera. — ^Vireinato de 
doB Franmeo do Velaaeo.— Sitio y ataque da Barcelona por los 
IroBoeaes.— Ftojedad y cobardea del Tirey.— Ardor de los catala* 
nes,— Barcelona se rinde y entrega al duque de Vendóme.— Tratos 
y negociaciones para la paz general — Capítulos y condiciones de 
la paz do Riowick.— Dosconfiaina do quo descaaso la Europa do 
tantas guerras —Objeto y n&ms dol francés ee el tratado 4o paz do 
Riswick. 

La guerra que cod los ejércitos de Luis XIV. es- 
tábanos hacia anos aoetenieiido en todos ios domioios 
eapañoles, y que dejamos pendiente eo 4694, contí- 



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2i4 HISTORIA DE BSPaAa. 

nuó mas viva al ano siguiente, cuando^á la falta or- 
dinaria de recursos en que habitúa I mente estábamos 
se anadia !a desgracia de haberse perdido la mitad 
de la flota que venia de Indias» con ocho millones 
con que se contaba para la próxima campaña. 

El poderoso monarca francés, que deseaba acabar 
/de aniquilar nuestra potencia para sujetarla después 
sin obstáculo al designio que sobre ella tenia, no abri- 
gando ya temores, ni por la parte de la Alemania ni 
por la de Saboya, resolvió caer con el grueso de sus 
fuerzas sobre Ftandes y sobre Cataluña, habiendo 
ademas equipado dos poderosas^ flotas, la una con des- 
tino á obrar en el Occéano é Impedir que pasaran á 
Flandes tropas de Inglaterra, la otra en el Mediter- 
ráneo para estorbar que entrasen convoyes en Espa- 
ña. Quiso mandar él mismo en persona el ejército de 
los Países Bajos, con el cual puso sitio A Namur (ma- 
yo, 1692), que defendia el príncipe de Rarbanzon 
con ocho mil doscientos españoles, alemanes, holan- 
deses é ingleses. Encomendó, como acoatumbrabat la 
dirección de las operaciones del sitio aPítimoso inge- 
niero Vauban, y. la plaza fué rendida (junio) después 
de ana defensa vigorosa, sin que pudieran socorrerla 
el príncipe de Orange, rey de. Inglaterra, y el elec- 
tor de Baviera, que mandaban las tropas de los 
aliados. 

Después de algunos movimientos y de haberse es- 
tado algún tiempo observando los ejércitos de Fran--. 



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PAIITB III. LIBRO V. 246 

cía y los dd la coaféderacíon» dióse al fio una saa^ 
grieota y famosa batalla ea üu lugar llamado - Slein- 
kerque (3 de agosto, 1692), ó por mejor decir, mu- 
chos sangrientos combates en un mi^mo día,- puesto 
I que en cada ooo de ellos se lomaban y recobraban 
baterías espada en mano, y caían á las descargas re- 
gimientos enteros; sin que tal mortandad sirviera para 
otratX)8a que para acreditar el valor y la inteligencia 
de los dos generales (era el de los franceses el ma- 
riscal de Luxemburg), para sacrificar ocho ó diez mil 
hombres de cada parte entre muertos y heridos, y 
para llevar el luto y el llanto al seno de muchas fa- 
milias distinguidas. Por lo demás los dos ejércitos se 
retiraron á sus respectivos campos^ sin que .ninguno 
de ellos pudiera templar el dolor de tanta pérdida con 
la satisfacción del triunfo. Lo demás de la campaña 
de aquel año se redujo á reencuentros parciales y pe- 
queñas acciones con éxito vario, á arrojar los fran-^ 
ceses algunas bouibas sobre Bruselas, y á fortificar 
cada cual sus respectivas plazas ^^K 

En cambio de las ventajas que Luis XIV, habia 
obtenido en Flandes, su proyecto de restablecer ai 
rey Jácobo.en el trono de Inglaterra le costó la pér- 
dida de so escuadra en la gran batalla naval de la 
Hogue (1692), una de las mas terribles que en los 
állimos siglos se hablan dado en ios mares. Cincuenta 

(I) Memoríká pava la Historia Hist. de las Provincias Uaidas.—- 
déla vida miiiUr de Luis XIV.— Gacelas de Madrid de 4694 y 92. 



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246 niiToaiA mi n§tAiií^ 

aavíoé franceses lavieronqoe luchar contra ochenta j 
uno de línea ingleses, qoe, llevaban cerca de seis mil 
cañones y treinta y seis mil soldados. Los francesest 
obligados á retirarse, fueron arrobados por los Tientos 
á las costas de Bretona y Normandía» donde el almi- ^ 
ranle inglés les^ quemd trece navios, ademas de los 
catorce que fueron quemados en la rada de la Bogue» 
El rey liacobo perdió enteramente la e^ranza de 
volver á ceoír la corona, y aquel desafstre señaló una 
de las primeras épocas de la decadencia del poder 
marítimo de la Francia y de la preponderancia de la 
marina inglesa ^^^. 

Acusaba Luis XIY. á los aliados de perturbadores 
de la (uiz pública, porque no le dejaban gozar con 
quietud de lo qne les habia usorpado^ cuando ellos 
en verdad no hacian sioo procurar contener su am-- 
bicion y defenderse de sus agresiooes. Grandes eran 
los preparativos de unos y otros para la sigulenta 
campaña en los Países Bajos. El francés tenia distri- 
buidos en la frontera ochenta mil hombres, que se 
podían reunir en meóos de veinte y cuatro horas. 
Las primeras operaciones, que comenzaron este año 
mas larde y pasada ya la primavera (1693), fueron 
en general desfavorables á los alíacfos. Pero todo el 
interés de esta campaña le absorbió la famosa batalla 
de Neerwinde,. en que pelearon desesperadamente 

(#) loba lingard,. BÍtUde lDglal«rra, iom. V. c« £(» 



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PAATB lU. LIMO V. 247 

franeeses». inglese», holandesest alemaDes, italianos y 
españoles, en que él mariscal de Luxemborg ganó 
una de las mas insignes y señaladas victorias», y en^ 
que los aliados perdieron, ademas de muchos mills^*- 
res de guerreros valerosoSf , setenta y seis ea ñones, 
ocb|0 morteros, nueve pontones, y ochenta y dos 
estandartes {%9 de julio, 1 693). Los españoles mara- 
villaron allí por la obstinación y la constancia conque 
sostuvieron por tres veces en el ala derecha otros 
tantos sangrientos combales contra los franceses ya 
victoriosos de los de Brandeburg y de Hanooyer; y el 
principe de Orange mostró que mérecia ser contado 
entre los mas famosos generales de su tiempo, no 
tanto por su arrojo en la pelea como por la pruden* 
cia y la habilidad con que ejecutó la retirada. El ejér- 
cito francés babia sido una tercera parle.superior eo 
número al de los confederados. La mas notable que 
ocurrió después de este triunfo fué la rendición de 
Charleroy al mariscal de Luxemburg (40 de noviem* 
bre, 4693), cuando ya los cuatro mil hombres que la 
guarnecían hablan quedado reducidos á mil doscien- 
tos: después de lo cual unos y otros se retiraron á 
descansar en cuarteles de invierno ^^K 

Vengáronse también este año los franceses del 
desasiré naval que en el anterior hablan sufrido. Luis 

(4) vida militar de Luis XIV. agosto, 1693: Refiérele el suceso 
— Hist. de las Provincias Unidas, de la sangrienta batalla, etc. De 
—Gaceta de Madrid do 48 de Bru3olas> á 4 .» de agosto • 



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Sl48 lirSTOKlA DE BSPAflA. 

había hecho construir y armar otros tantos navios ca^ 
mo los que perdió en la Hogue.Una escuadra formi** 
dable al mando del almirante Tourville salió de I09 
puertos de Francia á cruzar el Mediterráneo; detúvose 
en el golfo de Rosas, tomó rumbo hacia el cabo de. 
San Vicente, llegó ceica de Lisboa, y á catorce leguas 
de Lagos presentóse la gran flota inglesa y holandesa 
cargada de abundantes provisiones de boca y guerra. 
El almirante Tourville hizo con sus naves un espacioso 
semicírcula, en t|ue habla de coger á las enemígaseos 
mo en una red, no quedándoles mas arbitrio que en- 
tregarse ó ir á varar en la costa. De todo hubo en 
verdad; rindiéronse unas, otras fueron quemadas, y 
otras, se estrellaron» escapándose pocas. Hasta el 29 
de junio llevaban los franceses apresadas veinte y 
siete y quemadas cuarenta y cinco, y los capitanes 
prisioneros calculaban la pérdida de los ingleses y ho- 
landeses én treinta y seis millones de libras'esterlínas. 
De gran pesadumbre fué este suceso para España, 
qué liabia cifrado las mas halagüeñas esperanzas eá, 
esta espedicion marítima de sus aliados. 

La paz que propuso Luis al fin de este año no 
fué aceptada por ninguna de las potencias» porque 
todas calculaban que ahora como otras veces no bus^ 
eaba sino pretestos ó para adormecerlas ó para sin- 
cerarse ante la Europa de sus usurpaciones. Así, 
pues» todas se prepararon para coniinuar la guerra, 
La de los Pdises Bajos fué mas notable en i6M, por 



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^Aiin 111. LIBRO y. 249 

la habilidad y la prudeucia de los generales Guillernio 
de Qrange y Luxembarg, que por los hechos de ar- 
mas; que de estos no. los hubo sino parciales* y las 
plazas de Haisse y Dtxmunde que recobraron los alia- 
dos eran de poca consideración y estaban casi aban- 
donadas: mientras aquellos admiraron á la' Europa 
por la manera hábil de hacer las marchas y contra- 
marchas, de elegir las posiciones y campamentos, 
de asegurar tos convoyes, de revolverse, en 6n, 
dos ejércitos de ochenta mil hombres cada uno, casi 
siempre á la vista uno de otro, en un pais de tan 
poca estension como lo era ya la Flandes española, 
sin dejarse sorprender nunca, y temiéndose y res- 
pe tándoíle mutuamente. 

Gran pérdida, y muy sansible fué para toda la 
Francia la del mariscal de Luxemburg, que murió 
á poco tiempo (4 de enero, 4 695); general el mas 
querido de los soldados, porque sobre haberlos con- 
ducido tantas veces á la victoria, era para ellos un 
padre, y mil veces los habia salvado de las. priva- 
ciones con que los amenazaba la penuria del tesoro 
Trances. Nadíe^ en Francia, desde Filijpo-Augusto, 
habia hecho maniobrar con tanta habilidad tan gran- 
des masas de tropas: el príncipe de Orange se de- 
sesperaba de no poder batirle nunca: el rey y el 
ejército lloraron sobrQ sus cenizas, como por una es- 
pecie de compensación de los disgustos que le habia 
dado la corte. Harto se conoció su falta en Flandes. 



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SdO U19T0AU DB BaPAfÍA* 

ViUeroy que le socedid ea el mando arrojó roas á» 
irea mil boiabas sobre Bruselas, abrasó y demolió 
templos, palacios, oasas y todo géoero de edificios, 
mas DO pudo tomarla. Por el coolrario, el príncipe 
de Orange, aprovechándose bien de^ la falta de su. 
antiguo y temible competidor, recobró la plaza y 
castillo deNamur (agosto y setiembre, 1695), ha- 
ciendo perder á los sitiados mas de siete mil hom- 
bres, bien que epatándole é él la enorme pérdida de 
. cerca de veinte mil ^^K 

Ocupado Luis XIV en su antiguo proyecto de res-' 
lableeer ér Jacobo en el trono de la Gran Bretaña, or* 
donó á sus generales de Flandes que tomando posi* 
ciones fuertes estuviesen solo á la defensiva. Asi lo 
ejecutaron, sin que el de Orange encontrara medio 
de atacarlos con ventaja, y pasóse todo el año 4696 
sin acometer ni intentar los unos ni los otros empre- 
sa notable, y viviendo todos á costando aquel des* 
graciado pais, que parece imposible que después de 
tantos años de tan asoladoras guerras pudiera manu- 
tener ejércitos tan numerosos como los que allí ter 
nian el Delfin, ViUeroy y Bouflers, los príncipes de 
Orange y de Ba viera, y el landgrave de Hesse, que 
jantes no bajarían de ciento sesenta mil hombres. 

En Italia, donde aliados y franceses llevaban tam- 
bién mas de cinco años de guerra, la campaña 

H) GaeeUa de 1695. 



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MITB 111* L1MM> Yp 861 

de 1608 DO fué taa desfavorable á aquellos como las 
aolerkHW, bieo que ellos tampoco lograron otra ven- 
taja que tomar y destruir alguna otra ciudad del 
Delfinado, eo que penetró el duque de Saboya con 
un ejército de píamooteses; alemanes y españolest 
para retirarse á la aproximación del inviernot no 
mereciendo el resultado de la espedicion las sumas 
inmensas que costó á los confedecados. Aun menos 
favoreció á estos la fortuna eo 4693. Después de bia- 
bar tenido sitiada por mas de cuatro meses la plaza 
de Pignerol, y dádole repetidos ataques^ y arrojado 
sobre ella cuatro mil balas y otras tantas bombes» no 
pudieron rendirla: y en una batalla que les dio ¿ po-' 
co tiempo el mariscal francés Catinat perdieron los 
aliados seis mil hombres, veinte y cuatro cañones y 
ipas de cien estandartes y banderas. El marqués de 
Leganés» que era gobernador de'Milan^ no cesaba de 
enviar al duque de Saboya refuerzos de españolest 
llegando A diez y seis mil los que peleaban en aqiie* 
lias parles. Hasta cuarenta y cinco mil ascendía 
en 4694 ei número de los soldados de la confedera- 
cíon« reducido Catinat á estar á la defensiva; y sin 
embargo el duque de Saboya gastó el 4¡empo en 
marchas y contramarchas inútiles» y con aquel ejér- 
cito qne estaba devorando sn pais, ni 0mprendió una 
espedicion al Delfinado ni á la Provenza» ni hizo otra 
conquista que la del castillo de San Jorge. Verdad 
es que la discordia reinaba entre sus generales,, y no 



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268 ttlSTOMA DB BSI^aSa. 

había eplre elles bi cooperación, ni unidad, ni coih 
cierto. Solo en 4695 rindió á Casal, que habia tenido 
bloqueada todo el invierno con un cuerpo de seis mil 
españoles y otros seis mil alemanes, y la restituye^ at 
duque de Mantua. Eran tales las disidencias entre los 
generales, que ni. el duque de Saboya y Caprara que 
mandaban los italianos, ni el principe Eugenio que 
guiaba los imperiales, ni el marqués de Leganés que 
gobernaba los españoles, podían avenirse entre sí; 
culpábanse unos á otros, y desesperado el duque de 
Saboya se separó de la liga: entre él y Luis^XIV* se 
celebró un tratado particular (30 de mayo, 4696), y 
por último convinieron el imperio y la España en que 
se declarara la Italia pais neutral, evacuando en su 
virtud el Pía monte las tropas alemanas y francesas ^V* 
Aunque ademas de la Italia y de los Paisés Bajos 
hablan sido también las orillas del Rhin y los campos 
de Alemania teatro de la gran lucha entre aliados y 
franceses durante todos estos años, y aunque en to- 
das partes peleaban los soldados españoles, ya que 
no como el alma de la confederación, á la manera 
de otros tiempos, al menos como auxiliares de ella, 
donde mas se sentían los males de esta contienda fa- 
tal era en Cataluña, como parte ya de nuestro propio 
territorio, kubo alli la desgracia de que el virey du- 
que de Medinasidonia, que pudo en 4692 con un re- 

M) Leo y Bolta, Historia de de Madrid de los años x^orrespon- 
Italia, Ub. XVII. c. ^.«'^Gacetas dientes.' 



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PAiTB III. UBio y. 253 

guiar ejército que tenia haberse acaso apoderado üel 
Roseilon cuando el mariscal de Noailles contaba con 
muy escasas fuerzas, tuvo la cobardía de retroceder 
desde las alturas que dividen ambas provincias y en 
que había acampado, y dio lugar á que él francés 
penetrara en elpais catalán sin batirle siquiera en los 
desfiladeros. Y lo que fué peor, al ano siguiente sitió 
á Rosas, protegido por la escuadra del conde de Es-^ 
trées que salió al efecto del puerto de Tolón, y como - 
faltase á los sitiados el socorro que el de Medínasido- 
nia pudo fácilmente darles, rindióse aquella importan- 
te plaza (junio, 4693), con poco crédito y honra del 
nombre español: suceso que no alteró la impasible 
indiferencia del duque virey, el cual continuó sin ha- 
cer ni intentar cosa en defensa de la provincia, como 
quien opinaba, y lo decia asi á los naturales, que ño 
veia otro camino ni otro medio qjue hacer las paces 
con Francia, 

Relevóle la corte enviando en sa reemplazo al 
duque de Escalona, marqués de Yillena, hombre ni 
de mas talento, ni de mas resolución, ni de mas pru- 
dencia qoe su antecesor; pero tan confiado, que por- 
que de Castilla llegaron cuerpos de recltitas, á quie- 
nes los mismos muchachos catalanes tenian qoe en- 
señar el manejo de las^armas, no contando mas que 
con el número dócia: «Con veinte mil soldados, todos, 
españoles, no hay que temer <*).» Si habia que temer 

(4) Peliú de la Pefia, Anales de Cataluña, lib. XXI. cap. 43. 



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284 aiSTWU di itrAftA 

ó no, mostróselo loego el de NoailleB, que entrin- 
dofie (KNT el Ampordan con poco mas crecido ejército 
que el espafiol (mayo, 4694)^ fué á acampar á Tor* 
roella de MoDlgrit orilla del Ter. Alli fué á buscarle 
el marqués de Villéna lleno de una imprudente con- 
flanea» de la cual 8upo aprovecharse bien el veterano 
y esperímwtado Noailles, eisguazando el rio y ea- 
yendo sobre nuestros Usónos y descuidados solda- 
dos. Alli toé prontamente arroliada y deshecha nues- 
tra caballería, prisioneros ó muertos el general y los 
capitanes, desordenada y. ahuyentada la infantería, 
escapando tan precipitadameifteY que en cuatro leguas 
q9t la Alerón persiguiendo los franceses victoriosos 
no pudieron darle alcance (f 7 de mayo, 4694). Solo 
se condujo bizarramente iol catatan don losé Bpnéu, 
que «Mudaba el tercio de la diputacioD, el mismo que 
anos antes babia defendido tan briosamente la villa 
de Blassanet. Perdiéronse alii tres mil hombres, con 
todas las tiendas y bagages, con toda la plata y toda 
la correspondencia del virey. 

No se estuvo ocioso después del triunfo del Ter el 
de Neailles. A los pocos dips estaban ya los franceses 
sobre Palamds. La escuadradeTourville llegó á tiem* 
po de ínpedir que le entrasen socorros, y el gober* 
nador tuvo que capitular, quedando alli otros tres mü 
hombres prisioneros de guerra* Embistió d^pues el 
de NoBÍUes la importantisima plana de Gerona, tan 
gloriosamente defendida otras veces. Pero engañado 



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M«TB 111. LIBIO y. 255 

fA de ViHenácon la voz qae hizo correr el. francés dé 
que iba á poner silio á Barcelona, dejó en abandono 
aquella pFaza* Desamparó también tino de los princi- 
pales Serles don Joan Simón « y entrególa con poco 
decorosas condiciones don Carlos Sucre, sin contar 
paralada con lá ciudad (29 de junio). Luis XIY. pre«- 
mió los servicios del de Noailles nombrándole virey 
de Cataluña, de cuyo cargo tomó posesión el 9 de julio 
con gran ceremonia. Un terror pánico se habla apo* 
derado del de ViUena y de sus tropas. Asi fué que 
aprovechándose él francés de esta consternación 
acometió á Hostalrích, que á pesar de su Ibrtaleza 
natural se te rindió sin gran resistencia. Igual suerte 
cupo á Corbera y Castelfollit, quedando también pri* 
siooera la guarnición de esta última. Qmsieron los 
miqueletes y paisanos recobrar á Bostalrích, juntan-^ 
dose para ello casi tximultnariamente; aparecióse en- 
tre ellos el virey, pero coli noticia de la aproximadon 
de Noailles todc^ se retiraron. Asi iban siendo arra^ 
liadas nuestras tropas en Cataluña y tomadas nues- 
tras plazas, y gracias qne'pudo impedirse que la es-^ 
cuadra francesa bloquease á Barcelona . 

El marqués de Yillena representaba que se halla- 
ba sin fuerzas para defender el Principado, y que tos 
catalanes, cansados de guerra^ se resistian á tomar 
las armas, y con su miedo á los IVanceses eran la 
causa de los males que se sufrían. La corle compren- 
' dio que lo que habia de dertó era su incapacidad; le 



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256 HISTOEIA 01 BgPAflA. 

indicó qoe renunciara el vireinalo, y nombró en su 
lugar al marqués de Gastañaga, que en verdad no 
había dado muestras ni de hábil ni de valeroso en 
Flandes y en Italia. Pero al menos tuvo .aqui la pru- 
dencia de no aventurar su persona y de no desairar 
á los catalanes; antes bien, encerrándose él con la 
(ropa en las plazas, encomendó la defensa exterior 
de la provincia á los paisanos y miqueletes» que vol- 
vieron á su antiguo sistema de molestar incesante- 
mente á los enemigos* de interceptar y apresar Con- 
voyes, de no dejar un./rancés con vida >de los que 
andaban sueltos ó en pequeñas partidas, y no unidos 
á un cuerpo de ejército, de apoderarse por sorpresa 
de algunas fortalezas y villas y degollar las peque- 
ñas guarnicfones, y aun llegaron á poner formal blo- 
queo á plazas como las de Gastelfollit y Hostalrich, 
cuyas fortificaciones hicieron al fin los franceses de- 
moler, por temor de que volviendo á ellas los mi- 
queletes las conquistaran y les sirvieran de abri- 
go (4695). 

Halagaba el virey, y acariciaba y agasajaba á los 
paisanos, y hacia celebrar en Barcelona sus proezas 
y sus triunfos; mas luego se le vio cambiar de con- 
ducta y de semblante con ellos, ó por órdenes qué 
recibiera de la corte,, qu0 acaso recelara ya del as- 
cendiente que iban tomando, ó lo que es mas verosí- 
mil, porque, no creyera necesitarlos ya, atendidos los 
refuerzos considerables de tropas que le llegaron de 



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tAMS ilt. LIBAO V. 257 

iodas parles. Eo efecto, llegaron por este tiempo al 
Príoóipado malütud de alemanés, irlandeses y walo* 
áes, enviados por el emperador y conducidos por el 
príncipe Jorge de Héssé Darmstad: y (9mbien habian 
ido llegando los reclutas de Castilla y de Navarra; 
sacados de la manera y con los trabajos que dijimos 
en el anterior capitulo. De modo que reunió el de 
Gástañaga mi ejército de cerca de treinta mil hom« 
bres, sin contar loa miqueletes y paisanos ar* 
^roados; ' . ' 

En verdad» si en España babia costado sacriBcios 
y esfiiwzos la famosa conscripción de 1695, y habia 
«ido menester encerrar en las cári^eles á los que caiai^ 
soldados para que no se desertaran, y 4e ellos solo 
la cuarta parte llegaba á entrar en fil9s, en Francia 
pasaban aun oiayores trabajos este ano para reclutas 
getate, y tanto que las tropas que habia eo París co> 
gian á los mozos que se bañaban en aptitud de ma,t 
iid|ar las armas, ios encerraban en casas destinada^ 
al efectOi y \m vendían á los oficiales. Hi|bia en Pa- 
rís treinta de estas (^sas que llamaban gazap^r»^ 
(/btirs): basta que noticioso el rey de este horrible 
atentado contra la humanidad y contrat I9 segurid$|c) 
individual, mandó pooe^ en libertad Aquello^ í^f^li- 
ees, y que se formána causa á Iq^.apreh^p^qres . j se 
los jozgi^ra ooü todo el rigor, de^ Us, leyes , , . , . , , 

El!duq«e de Npailles se bftbia retirado .á ^ranp^ 
enfermo y lleno de gloria, y habíale sustituidp efi {QI 
Tomo xvii. 47 



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- 2S8 IflSTOBIA DI bspaíIa. 

mando de las tropas de Cataluña el duque de Vendó* 
me, general acreditado en las campañas de Alema- 
nia, de Italia y de Fiandes. El virey español marqués 
deGastafiága, con haber recibido tan numerosos re- 
fuerzos de gente, y con ayudarte no poco en sos ope*» 
raciones la escuadra de los aliados que á la saion 
costeaba el litoral de Cataluña y le enviaba socorros, 
ni siquiera pudo tomar la plaza de Palamós á que ha- 
bla puesto sitio, y el de Vendóme demolió después 
sus fortificaciones: hecho lo cual, se retiraron á des* 
cansar unos y otros sin acometer otra empresa. 

Al año siguiente (1696), fueron aun menos iiota«- 
bles los accidentes de la campaña. Hubo, sí, entre va- 
rios encuentros y combates parciales, algunos mas 
generales y mas siSríos, y en uno de ellos, dado ori^ 
Ilab del Tordera, fué el ejército español desordenado» 
huyendo vergonzosamente, sin que los oficiales lo* 
gráran detener á los soldados fugitivos; pereció casi 
toda la caballería walona con el comisario general 
conde de Titlí, y hubiera sido mayor el destrozo en 
este y -en otros choques sin los esfuerzos vigorosos 
del principe de Darmstad. Los franceses demolían 
fuertes, exigían contribuciones, y vivían sobre el 
páis. Su ejército se habia aumentado mucho última- 
mente, y era ya muy superior al nuestro. Con esto y 
con él poco vigor y no mas aptitud del marqués de 
Gastañaga, era tanto el disgusto, y fueron tantas las 
quejas de los catalanes contra el virey y contra el 



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PARTB 111. LIBBO T. 2S9 

maestre de campo general marqaés tle YUladarias, 
que la corte determinó relevar al uno y al otro, y 
nombró virey á don Francisco de Yelasco, hombre 
de probado valor y hermano del condestable; maes* 
tre de campo general al conde de Córzana» y general 
de la caballería al do la Florida. 

Como habrán observado nuestros lectores, ni la 
famosa junta llamada de los Tenientes generales crea- 
da en Madrid, ni sa monstrnosa contribución de un 
soldado por cada dies vecinos, ni los donativos for- 
zosos impuestos á toda la nación para atender á los 
gastos de la guerra, habian bastado á hacer mejorar 
el aspecto de la de Cataluña, antes iba empeorando 
cada día visiblemente. Tiempo hacia que se andaba 
tratando de la pa2 general; mas Como quiera qpe 
nunca suelen ser mayores los aprestos bélicos q«e 
cuando se andan negociando las paces, procurando 
cada cual mostrarse fberte para sacar mejores condi- 
ciones de ellas, Luis XIV. quiso poner la España en 
la necesidad de aceptar las que él dictase, á cuyo fin 
mandó al de Vendóme que emprendiera el sitio y 
conquista de Barcelona, y «i propio tiempo ordenóal 
conde de Estrées que con las flotas de Marsella y de 
Tolón fuera á cerrar la boca de aquel puerto. Tedose 
ejecutó asi, y casi simolláoeamente se pusieron deb- 
íante de aquella insigfke cinded (principioa dejq* 
nio, 1ft97), el de VAndóoe con su ejército de veinie 
y cuatro mil hombres, y el dei Bstróes oon ciento, oin*- 



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260 HISTORIA DB R$PASa« 

cuenta velas y multitud de cañones, de los cuales 
puso en tierra setenta de grueso calibre con veinti- 
cuatro morteros. El rirey con una parte del ejército 
español se retiró detrás de Barcelona, dejando no 
obstante en la ciudad basta once mil hombres -al 
mando del maestre de campo conde de Gorzana y del 
príncipe de Darmstad, y ademas otros cuatro mil 
hombres á que ascendía la milicia de ios gremios» 
gente valerosa y resuelta, armada también una parte 
de la nobleza del país, en la cual se contaba al mar** 
qués de Aytona. 

Vergonzosa fué la facilidad con que se yió al 'de 
Vendóme, á presencia del virey Vefasco, establecer 
sus cuarteles desde SaYis hasta Esplugas, poner sose* 
gadamente sus depósitos en Sarria» plantar sos bate- 
rías y abrir trincheras» mientras los cañones y mor- 
teros de la escuadra arrojaban balas y bombas sobre 
la ciudad» y destruían y quemaban edificios. Como si 
tuviera al enemigo^ á cien leguas de distancia» asi se 
hallaba descuidado el virey Yelasco en su cuartel ge- 
neral de Molins de Rey» cuando sus tropas se vieron' 
sorprendidas por una columna francesa ínandada por 
el mismo Vendóme ,(4 4 de julio» 1697). En la cama 
estaba cuando supo la derrota de su gente por los que 
llegaron dispersos y azorados,. y tan de prisa tuvo 
que andar él mismo, que á poco mas que se detuvie- 
ra apoderárase de su persona el general francés, co- 
mo se apoderó de su bajilla» de su bastón y de su, di- 



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PAETB 111. LIUHO Y. 261 

ñero. En esta igoominiosa acción porlároose cobarde - 
^ meble los nuestros desde el virey hasla el último soU 
dado, á escepcion de^ ana parte de la caballería que 
hizo frente y fué deteniendo y rechazando algo al 
enemigo. 

Tanto como se advertía de flojedad y de inercia 
en la tropa y en los generales, se notaba de energfa, 
de decisión y de valor en los naturales del pais, asi 
fuera como dentro de la ciudad. Al terrible retumbar 
del -caracol que llamaba á somaten a párecian las mon- 
tañas coronadas de paisanos armados, conducidos por 
JB^nén, Agulló y otros de sus intrépidos caudillos. 
Dentro de Barcelona todos gritaban que morir antes 
que entregar al francés aquella población invicta: 
clérigos, magistrados, mercaderes, artesanos, nauge-' 
res, todos participaban de igual irritación, y todos 
trabajaban á porfía. La guarnición hizo diferentes sa- 
lidas, y hubo día en que sostuvo siete combates con- 
secutivos. Mas al ver el poco fruto que de ello se sa- 
caba, que se descuidaba de fortificar los puestos dé^ 
bilcs, y que se negaban armas á los que las pedían, 
sospechábase ya muy desfavorablemente delde Cor- 
zana, y mas cuando ya andaban voces de capitula* 
clon. Barcelona se ofrecía á defenderse sola, con tal 
que se saliera el de Corzana con todas las tropas, á 
escepcion de las que mandaba et príncipe de Darms- 
lad. Mas justamente en aquellos días llegó de Madrid 
el nombramiento de virey y general en gefe del ejér- 



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262 HisToaiA DB bspaSa. 

cito hecho en el conde de Corzana en reemplazo de 
Velasco (7 de agostOi 4697), con lo cual llevó aquel 
adelante su plan de capitulación y de entrega, que se 
firmó á los tres dias (10 de agosto), á. despecho y con 
llanto de todo el pueblo, y con disgusto y enojo del 
de Darmstad y de los mejores capitanes. El conseller 
en Cap de Barcelona murió de dolor de no haber po-^ 
dido salvar la ciudad. Los franceses se obligaron á 
üo cometer insulto alguno contra los naturales, á con- 
servarles todos sus privilegios, á que la guarnición 
saliera por la brecha con todos los bonores, como asi 
se verificó, y i que desde primero de setiembre ha- 
bría una suspensión de armas, separando los dos ejér- 
citos el rio Llobregat. 

Concluida la tregua, el general francés sorpren- 
dió de nuevo al de Corzana, el cual hubo de retirarse 
tan precipitadamente que dejó en el campo sii propio 
cocho, que el de Vendóme, le devohió con mucha 
atención y cortesanía. La rendición de Yich fué el 
último triunfo del francés en esta guerra. El de Ven- 
dome fué recompensado por Luis XIV. aumentándole 
'sus pensiones,-^ y dándole ademas cien mil escudos 
j)ara pagar sus deudas. Carlos IL de España dester^* 
ró á don Francisco de Velasco á sus tierras, con pro- 
hibición de entrar en la corte y sitios reales hasta 
nueva orden, porque le culpaba de la pérdida de Bar- 
celona. Al príncipe de Darmstad le nombró general del 
ejército de Cataluña, que se hallaba en Martorell, 



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r^ETB 111. UBio y« S6a 

donde 30 le había mcorporado ia goarnicion de Bar* 
celona ^*K 

lodicamosaotes que hacia macho tiempo ae ha- 
Ua tratado ya de hacer la paz generar, pero ood 
condiciones tales de parte de Luis XIV., que la corte 
de España las había rechazado por deshonrosas é 
inadmisibles. Aunque victorioso en todas partes aquel 
soberano, deseaba poner término ¿ tan larga lucha, 
ya por el estado, de su tesoro, ya porque le convenia 
romper la gran liga europea, ya por las miras y pro^ 
yectos que tenia de traer al trono de EspaSa un prín- 
cipe de su familia cuando Carlos muriera sin suce* 
sion. En 1696 habia hecho ya un tratado particular 
con el duque de Saboya: el rey de Suecia habia ofre* 
oido 8u mediación para la paz general, y tqdas^ las 
potencias la hablan aceptado. En su virtud se habian 
congregado los plenipotenciarios de todas las nacio- 
nes beligerantes desde mayo de este año (1 697) en 
Riswick, pueblo de la Holanda Meridional, á una le-* 
gua de la Haya. Erau loa representantes de España 
don Francisco Bernardo de Quirós y el conde de Tír« 
lemont. Después de alguuas conferencias y debales, 
en que los enviados de Carlos XIL de Suecia hicieron 
bien eJ oficio de mediadores, presentaron los de Fran- 

(4) Feliú de la Peña, Anales tasdelrev y de la reina en con- 
de Gatalufia. cap. U al 49.~En- testación a las de la ciudad, y se 
tre los muchos pormenores que imlla la lista nominal de los gefes 
este escritor renere de la suerra y capitanes muertos y heridos 
de Gatalufia y conquista de Barce- duraotc el sit^o* 
lona^ se encaentran muchas car- 



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264 . lUSrOBlA^DB BSPAftA'. 

cia los artículos sobre los cuales estaba Lbis XIY. re- 
suelto á concluir la paz, añadiendo después qiie si en 
un término dado no eran admitidos se apartaría del 
tratado y decidirían lias . armas sus pretensfooee. En 
vista de esta declaraóion, Inglaterra, España y Ho- 
landa, separándose del emperador, suscribieron á la 
pazcón Fraboia (20 de setiembre, 4607)< Pero vién- 
dose sólo el emperador Leo()oldo, y oidas las razones 
qne á sus quejas dieron los plenipotenciarios de las 
demás potencias, ordenó á los suyos que se adhirie- 
ran al tratado, como lo hicieron (30 de octubre), ce^ 
sando coh esto la guerra en todas partes. 

Por la paz de Riswick reconoció Luis XIV. á Gui* 
llermoUI. de Orange como rey de Inglaterra: se se-* 
Salaron las aguas del Rhin por límites á los dominios 
de Alemania y de Francia: devolvía Luis XIV. todas 
las conquistas hechas en* la Holanda y Países Bajos 
españoles después de la paz de Nimega, á escepcion ' 
de algunos pueblos y plazas que decia haberle sido 
cedidos por tratados anteriores, y se obligaba tamluea 
á restituir á España las plazas de Barcelona, Gerona, 
Rosas, y todo lo demás de Cataluña ocupado por las 
armas francesas, sin deterioro algnao, y en el mismo 
estado en que antes de la guerra se hallaba cada for- 
taleza y cada pueblo ^*K . . 

(4) Este tratado, que consta piar de la primera edición se halla 

de treinta y cinco artículos, se en el Archivo de Salazar. Est. 44. 

publicó é imprimió en Madrid el 10 grad. 3.<^ 
de noviembre de 1697. Un ejem- 



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PARTB 111. lilBEO V. 266 

Escusado es ponderar la alegría cod qae se reci* 
bió en todas partes la noticia de este tratado, y prin- 
cipalmente en los países qae habían sido teatro de tan 
prolongada guerra. En verdad no parecia que debía 
esperarse tanta generosidad de parte del poderoso 
monarca francés qne babia sabido resistir por tantos 
años á toda la ¿oropa confederada contra él, y cuan- 
do sas ejércitos habían alcanzado no pequeños triun* 
fos en todas partes. Que algún pensamiento grande 
le impulsaba á obrar de aquella manera, era cosa que 
no podía ocultarse, y ciertamente tío se ocultaba. Así 
es que en vano era esperar que la Europa reposara 
de las fatigas de una lucha tan larga y tan cruel, y 
en que tanta sangre se babia vertido, y que los esta- 
dos y los principes se repusieran de tantas calamidad- 
des. El motivo que había guiado á Luis XIV. á ajus- 
tar la paz de Riswick eran los planes que indicamos 
ya tenia sobre la sucesión al trono de España, objetó 
también de las aspiraciones de otros príncipes y de 
otras potencias, y cuestión que hacía años se estaba 
agitando dentro de la misma España, y que será la 
materia del siguiente capitulo. 



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CAPITULO Xll. 

CÜESTIOPT DE SUCESIÓN. 
»* 1694 «4699. 

V 

Fondados temores de que faltara socesioo directa al trono de España 
é la maerte de Carlos fl. — Partidos qae se formaron en la corle con 
motÍTO de la caesiioa de sacesion.-^nsaltas 6 iaforoies de los 
Consejos.— Dictámenes y Totos particulares notablep.— Estado de 
la cuestión después de la -paz de Riswick.— Trabajos de loé -emba- 
jadores austríaco y francés en la corte de Espafia.— Pretendientes 
é la eorona de Castilla, y títulos y dorechoa que alégate cada ano. 
—Cuáles eran los principales.-^-Partido dominante ^n Madrid en 
favor del austríaco.— Hábil política del embajador francés para des- 
hacerle.— Dádivas y promesas.— Gana terreno el partido de Fran* 
c¡a.«-Yacilaoion de la reina.— Retírase disgnatada el embajador 
alemán.— Muda de partido el cardenal Portocarrera.— Bi separado 
el confesor Ma ti lia,— Reemplázalo Fr. Froitan Díaz.— Vuelve el 
conde de Oropesa á la corte.— Declárase por el ^rindpe de Ba- 
viera.— Célebre tratado para el repartimlaiito de Esiialia entre Ta- 
rías potencias.— Enojo del emperador.— Indignación de loa eapafio> 
les.'— Protestas enérgicas.— Nombra Garlos II. sucesor al príncipe 
de Baviera.- Muere el príncipe electo.— Nuevo aspecto de la cues- 
tión.— Motín en Madrid.— Peligro qae corrió el de Oropesa.-^iao 
se aplacé el tamolto.— Destierro de Oropesa y del almiraato,— 
Quedan dominando Portocarrero y el partido francés. 

La circuDStancia de no haber tenido Carlos U. su- 
cesión, ni de sa primera ni de su segunda esposa; la 
ninguna esperanza que habia de que la tuvies^t aten- 
dida so complexión débil; los pocos años que se su- 
ponía ó calculaba que podría ya vivir, y la considera* 



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rAtw 111. Liv&o v« 267 

ckm de estar próxiitaa á extinguirle coa él la lÍDeadi- 
recta varonil de los reyes de la dinastía austi^aca, que 
bacía oerca de dos siglos babian ocupado el trono de 
Castilla, babia becbo pensar dentro y fuera de España 
á todos los bombres que tenian alguna parte y manejo 
en la política, incluso al mismo rey, en la femilia y 
persona que debería heredar á su muerte la corona 
de los dominios españoles* 

Asunto era este que preocupaba los ánimos de 
todos, así en. la corte de. España como en las de 
otras naciones, y por sentado debía darse, aunque 
no lo dijéramos, que no babia de ser el ambicioso 
Luis XIV. el último que fijara sus codiciosas miras en 
esta mas para él que para nadie apetecible berencia, 
mucbo mas siendo uno de los que podían alegar mas 
derecbo á recogerla para su familia á la muerte de 
Carlos ^^K Pero en tanto que estábamos en ardíeiile y ^ 
viva lucha con Francia, la prudencia le aconsejaba, 
trabajar en este plan con el mayor disimulo posible, 
y conducirle con mañosa habilidad, como él y sus 
agentes diplomáticos sabían hacerlo. Mientras vivió 
la primera esposa de Carlos, María Luisa de Orleans, 
sus embajadores en Madrid no se descuidaron en 
preparar el espíritu y los ánimos á este propósito. 

(1) Al decir de algunos escrn Orleans, y que con este conocí- 
toreé espafioles bacía tiempo que miento ei monarca francés fué 
LuisXIv. sabia que Cárlo3 li. era preparando con tiempo susplanes 



inbóbiipara tener posteridad, por de sucesión, aunque con ¡ 
habérselo descubierto, dicen, su reserva por la guerra que enton- 



I mucha 

_ , ^ , - ^^ „ aue 

primera esposa María Luisa a« cea tema coa Bspafia. 



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268 UlSTORlA DB ESPAÑA. 

Mas habiendo muerto aquella y sucedídole en el tro- 
no español la princesa María Ana de Newburg, el 
emperador Leopoldo de AIemania.su pariente, que 
también aspiraba á que heredarse la corona de Casti- 
lla su hijo el archiduque Garlos, envió de embajador 
Qon el propio objeto al conde de Harrachv uno de los 
principales de &u consejo, y hombre de gran capaci*- 
dad y destreza para el manejo de estos negocios- 
dividióse la corte, y aun la misma familia real, 
en dos, ó por mejor decir, en tres partidos. La rei- 
na, como alemana que era, el. cardenal Poriocar- 
rero, él almirante de Castilla conde de Melgar, y 
otros Doagnates, estaban por la sucesión de la casa 
de Austria, ó sea del hijq segundo del emperador, 
que era el designado, y en quien renunciaban su pa- 
dre Leopoldo y su hermano mayor José. El rey, la 
reina madre, el marqués de Mancera, el conde de 
Oropesa, á quien .todavía se consultaba á pesar de 
su separación de los negocios, y otros varios mi- 
nistros, preferían al príncipe electoral de Bavie- 
ra, que también alegaba á la sucesión de España 
el derecho que luego esplicaremos. El partido del 
delfín de Francia era menor al principio, por la 
circunstancia de la guerra, si bien se contaba en él al 
conde de Monterrey, al consejero de Castilla y gran 
jurisconsulto do;i José Soto', y á otros principales 
señores. Llegó el embajador de Austria á alcanzar 
del rey 1á promesa Tle que nombraría sucesor al ar- 



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. PARTB IIK LIBRO V. 260 

chidaque, á condicioD de que el emperador le envía- ' 
ria doce mil hombres para rechazar la invasión de ios 
franceses en Cataluña. Mas sobre no haberse cumplí- 
do esla condición; que la situación del imperio no 
permitía, y sobre pedir el emperador el gobierno del 
Milanesado, que era como dividir la monarquía, el 
-partido austríaco perdía de cada dia mas en ^paña, 
ya por el carácter altanero» codicioso y díscolo de la 
reina, ya por la influencia de mala índole que con ella 
ejercían personas de Alemania de tan miserable con- 
dición é- indigno proceder coino las que en otro lugar 
hemos mencionado, ya teniendo en cuenta los inmen- 
sos daños que habla causado á España la imprudente 
protección dada siempre por nuestros reyes al impe- 
rio, y la miseria y la ruina que nos habia ocasionado 
el afán indiscreto de estar incesantemente enviando y 
sacrificando nuestros hombres, y consumiendo y ago- 
tando nuestros tesoros por engrandecer ó sostener la 
casa austro-alemana. 

El infeliz Carlos II, condenado á la disgustosa ne-* 
cesidad de oír las disputas sobre los que tenían me<- 
jor derecho á sucederle, y aun á tomar una parló 
principal en ellas» como aquel cuya decisión había 
de influir tanto en la resolución 4e tan importante ne- 
gocio, coúsultaba á sus Consejos, y tratábalo en jun- 
tas especiales que formaba para oír los dictámenes de 
todos. Vamos á dar una muestra de cómo se trataba 
en ellas este interesantísimo punto, y cómo se le con- 



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S70 m^TMIA DB fiS^AfiA. 

siderdba en so relación con la guerra y con los pro- 
yectos de paz, y daremos á conocer algunos de los ' 
votos de más importancia é influja» tomando por tipo 
las consultas de 1694 <*^ 

Sbñor, (decía una de ellas): Después de haber resuelto 
y. M. á consulta de los ministros que componen esta jun- 
ta, que se continuase la guerra sin escuchar las proposicio- 
nes de Francia para la paz y el artículo sóbrela sucesión; y 
habiendo Y. M. mandado escribir cartas particulares al 
Sr. Emperador y demás aliados, diciéodoles que sin común 
acuerdo de todos estaba V. M. en (irme ánimo de no dar 
oidos á estas proposiciones, y que antes de consentir Y. M. 
en tratados indignos aventuraria. Y. M. todos sus dominios, 
aunque sus aliados le dejasen solo en la guerra; se han ido 
recibiendo sucesivamente délos ministros que Y. M. tiene 
en. las cortes de Europa y de algunos príncipes las cartas 
que resumidas ligeramente' es la sustancia de su contenido 
como se sígue.-^El Elector de Baviera respondió de mano 
propia como príncipe de la liga poniendo todas sus aceiiH 
nes en la voluntad de Y. M., y como gobernador de Flan- 
des envió copia de una carta que le había escrito desde Ra- 
tisbona el mensagero Neuveforge espresando lo bien que 
había sido oída en aquella dieta la resolución de Y. M.— 
También el Elector de Maguncia respondió aplaodíóndola. 
— ^Don Juan Garlos Bazan envió la respuesta que le dio el 
secretario dé Estado del duque de Saboya estimando la no- 
ticia. — ^El marqués de Leganés dijo que para mantener lo 
resuelto era menester hacer con vigor la guerra.«^DoA 

(I) Teoemos á la vista las mi- sumamente interesantes y curio- 
ñutas de multitud de consultas das; pero nos es imposible darlas 
hechas en aquel tiempo y en di- á conocer todas, poraoe forma- 
ferentes aftos, pertenecientes á la rían ellas solas mas de tino, y 
Colección de Manuscritos del Ar- acaso mas de dos volnnlenes. 
chivodeSalazar, K. 49, todas ellas 



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• fáwn nu libeó v¿ 274 * 

Fra&oiseo Bernardo de Quirós, qne él habhi participado i 
ios miBisiros de los principales aliados que están en la Ha- 
ya, y qae iodos habian quedado gozosos y satisfechos y. 
aseguñdos de que no vendrá ese tratado sin su anuencia. 
*--EI marqués de Canales representó que esta noticia habia 
llegado ámuy buen tiempo: que el rey Güiliento estaba ofen- 
dido deque Francia no * hablase con él en sus proyectos, y 
que había remitido la respuesta al congreso <)el Ha^a por si 
con este cimiento pedia radicarelli los tratados.— -El duque 
de Medinaoeli respondió que se valdría de la noticia, y que 
reconocía que su Santidad no dejaba de aprobar la propo- 
sición dé ceder al Elector de Baviera las pretensiones del 
Sr. Emperador y del delfin.^T últimamente el marqués 
deBurgomayne dijo que el Sr. Emperador habia oído su- 
idamente gustoso la resolución de Y. Jtf ., y que aguardaba 
para responder á estos proyectos lo que diría el rey Gui- 
llermo, pero que entretanto estaba S. M. Cesárea con el 
espíritu sumamente fatigado por las diferentes proposicio- 
nes de Francia sobre la sucesión de España, y no sin rece- 
los de que aquella corona trate particularmente con el Eltéc- 
tor de Baviera, de cuya sospecha recela el marqués algún 
grave inconveniente, niayormente dudando el Sr. Empe- 
rador lo que en V. M. se entiende sobre la materia^ y vién- 
dole muy sensible que para esto se piense en otra cosa que 
en la suya. 

«Con cartade 46 de enero remitió el marqués de Burgo- 
mayne copia deliro proyecto que esparcían los ministros 
de Dinamarca en-las cortes dé Alemania, el cual se reduce 
por lo que mira al señor Emperador, imperio, y duques de 
Lorana y Saboya^ á las condiciones ofrecidas en el prime- 
ro: en cuanto á España, á restituir todo lo conquistado en 
Cataluña en esta guerra, y en Flandes,~ Itons y Namur, y 

demolido Gharleroy En cuanto á la í^ucesion, que ror 

nunóiaráel Gristianisimo y hará renunciar al delfin todo 
Qénerode pretensiooque pueda tener en los Países Bi^oa» 



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272 H;S'f OEIA DK 9fttA&4«/ 

en calidad deque el seQor Emperador baga )o mismo á bh- 
vor del elector de Ba viera. —Con motivo de enviar este pro- 
yecto el marqués de Burgomayno, representa que Suecía 
habia añadido á él en todo secreto que el embajador;de 
Francia habia dicho que comojS. M. Cesárea se conformase 
en cuanto á la cesión de los Países Bajos en el elector de 
Baviera, cederla Francia al señor Emperador ei derecho que 
tiene á España, y que esto tenia muy en£ada,do al señor 
Emperador y á los mas de Jos aliados Este misino pro- 
yecto remite el duque deMedinaceli, diciendo que el Cris- 
tianísimo le habia liecho notorio á todos los . ministros de 
príncipes que residen en París, y qué S. S/no dejaba de 
aprobarle.— -Tambiea le envía el marqués de Canales, di- 
ciendo que habia sido presentado por el ministro de Dina* 
marca al rey Guillermo. Siendo de advertir que en este 
proyecto^ presentado en Londres hay un artículo separado 
que no está en los otros, en que ofrece Francia que por lo 
que toca al rey Jacobo se comprometerá en las dos CjMrpnas ' 
del Norte, ó en el señor Emperador. Y el marqués dé Cana* 
les añade que esta declaración no solo no ha entibiado á 
aquel gobierno, sinb que antes le ha ensoberbecido, persua^ 
diéndose á que ya la Francia siente los efectos de la guer-- 
ra. Con que son tres las diferencias do un mismo proyecto; 
el presentado en Londres añadiendo lo que va referido; el 
de Yiena con el artículo separado acerca de ceder . Francia 
al señor Emperador el derecho que supone tener á España; 
y el que ha dado en P^rís á los ministros de los principes 
sin una ni otra circunstancia » 

Prosegaia la junta espUcando el aspedto que pre« 
sentaba el discurso de la sucesión á España en caída 
una de las córled de Europa* Y. viniendo á los votos 
particulares de sus individuos, el almirante, quei 
como bemoá dicho, estaba por el archiduque Garlos 



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PARTB 111. UBftO V. S73 

de Austria, decia eatre muclias cosas para desvirtuar 
el derecho de la Francia. 

«Dos derechos tiene la Francia para la sucesión de estos 
reinos; uno físico y real é incontrovertible, que es el de sus 
fuerzas, el de la situación de su pais y el nuestro; con tres 
bi:echas abiertas tan principales en los Pirineos, y nuestra 
última reconocida debilidad para la defensa: otro imagina- 
rio, pues no se debe llamar legal, habiéndole desvanecido 
tan clara y distintamente nuestros jurisconsultos. El Qd que 
de esta proposición- de la Francia Se viene mas á los ojos 
es el de feriar este derecho imaginario al señor Emperador, 
ó al duque de Baviera, haciendo mas formidable y mas per- 
manente el otro derecho que le da su poder etc.» 

Pero entre los votos particulares de los consejeros 
es uno de los mas notables el def marqués de Man- 
cera» que es bueno conozcan nuestros lectores. 

«Señor (decia la consulta de 6 de agosto, 4694): El mar- 
qués de Mancera dice, que la suma gravedad de la mate- 
ria en que V. M. le manda decir su modo de entender le 
constituye en justo recelo de acertar, porque sin duda es 
superior á cuantas se han tratado desde que el señor Rey 
don Pelayo empezó á restablecar esta monarquía. 

«La caducidad inevitable de ella, ya sea vencida delpo- , 
der del rey de Francia, ó ya heredada del príncipe electo- 
ral de Baviera, ni es oculta á Y. H. ni remota. Su impo- 
tencia universal en todas partes y-miembros se viene á los 
ojos, por falta de cabos, por defecto «de habitadores, por 
inopia de caudal regio y privado, por entera privación de 
armas, municiones, pertrechos, fortifícacioñes, artillería, 
bagóles, y lo que es mas, disciplina militar, naval jterres- 
, tre; por el universal desmayo, desidia y vergonzoso miedo, 
á que por nuestros pecados se ve reducida la nación, olvi- 
dada de su nativo valor y generosidad antigua. Aunque 
' ToMO^vii. 18 



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374 UlSTOHlA DB BSPlkfÍA, 

demos el caso de poder valemos de las naciones eslrange* 
raS) conduciendo á España alemanes, irlandeses ó italia- 
nos, con los gastos crecidos que esto pide, y se hallasen 
iñedios para formar con ellos ejército^ quedamos espuestos 
á no conservarlos, y al peligro de que sí fuesen pocos los 
forasteros conducidos, servirían de poco, y si muchos, es- 
tará en su arbitrio hacer lo que quisieren, y por ventura 
pasarse al enemigo á la primer retardación de paga. 

))Todo esto representa á V. M. el que vota, ho para me^- 
iancolizar su Real ánimo, sino para valerse destos presu- 
puestos como ciertos y precisos fundamentos sobre que ha 
de edificar su voto, . ' . - 

>No hay doctrina teológica ó política que dé facultad á 
un rey para subvertir el orden de las leyes fundamentales 
de su reino por su voluntad, ni postergar el sucesor que ^ 
ellas le ssñalan como índices de la providencia del Alti&imo, 
por motivos de odio ó benevolencia, y en este sentimiento 
he estado y estaré'siempre. Tiene apoyo esta verdad en lo 
que sucedió al señor Rey don Fernando el Católico, que 
estando jiróximo á pasar á mejor vida, ocupado del cari- 
ño á su nieto segundo el infante don Fernando, que des- ' 
pues fué el primero d^os Césares de este nombre, quiso 
noVnbrarle por sucesor en la mon^^rquía de España, • ante- 
poniéndole al señor Príncipe don Carlos su nieto mayor, 
después emperador quinto de este nombre. Comunicó su 
dictamen á un ministro de su consejo y cámara, merítísi- 
mo confidente suyo: opúsosele'el ministro con cristiana y 
heroica libertad; contendieron ambos sobre la materia^ y 
el ministro obtuvo la victoria por la razón; rindiéndose el 
rey m«ribundo á ella; de que se sigue que el odio no debe 
excluir al legítimo sucesor; ni el amor anteponer al que 
las leyes excluyen. Igualmente estoy firme y no por ica- 
pricho ó antjíjo, sino movido de sólidos fundamentos, 
en que no solo puede, sino debe en. conciencia el rey, pre* 
ferir la utilidad, conservación y paz de la monarquía á 



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PAKTB III. LI'bAO ▼. S75 

Id conveniencia particular de aquel individuo pregunto 
inmediato sucesor suyo, aunque sea su faijoIegitimOy cuan- 
do esto conduce al publico y universal bien: y no se ofre- 
ce otfo camino de asegurársele á la república', porque co- 
mo el rey es su padre, cabeza y tutor, debe anteponer la 
conveniencia pública á la de cualquier otro particular. Asi 
loensefióel prjidentfóimo sefíor rey don Felipe 11. con- 
sultando á las universidades de España en el caso que nos 
refieren con claridad las historias estrángeras, y con rebo- 
zo y misterio las dcEspaña, del' señor príncipe don Cár- 
' los, su hijo único.' 

^Pruébase la certeza y seguridad de este dogma con el 
símil que sigue. Cualquiera que por sola su Toluntad, 
aunque llevado de fin honesto y loable, se cortase una ma- 
no ó se sacase un ojo, pecaría mortal mente incurriendo 
en el condenado error de Orígéaes, y traspasahdo lo que 
Bies tiene declarado de que nadie es dueño de sus miem- 
bros. Pero el que viéndose herido de animal venenoso tu- 
viese constancia para mutilarse el miembro envenenado, 
no solo no pecara, sino mereciera en la observancia del 
precepto de caridad, porque el valor del todo de aquel in- 
sdividuo prevalece al valor del miembro separado. Creces* 
te voto positivamente que nos vemos reducidos á estos 
términos, y para mayor espresíon se propondrá en forma 
silogística. 

»La mayor es, que no á paso ordinario, á precipitada 
carrera va despeñándose está monarquía ai abismo de su 
perdición total, ya sea porque la conquiste el rey de Fran- 
cia, á cuyo intento parece que tiene vencido lo mas difi- 
cultoso, ó ya porque la herede el príncipe electoral de 
Baviefa, si Dios por su infinita clemencia, como siempre 
lo espero, no nos socorre conia deseada sucesión de V. M.^ 
pues lo mismo será recaer la monarquía en Baviera que 
-pasar á iH infeliz esclavitud de la Francia. 

»La menor es^ que de nuestros aliados no tenemos que 



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276 HISTORIA DE ESPA&A. 

esperar ni válido ni oportuno remedio. No del Sr. Empe-^ 
rador, por su inmensa distancia y diversión de sus fuer- 
xas en Hungría y en e] Alto Hhín. Wo del rey Guillermo 
de Inglaterra, porque ó no puede ó no quiero asistirnos 
como debiera, ó no quieren sus cabo^ ejecutar sus órde • 
n^S, según lo están diciendo las «sposiciones. Ko de ho- 
landeses, por sus aviesas y cautelosas máximas, que tie- 
nen tan diversos fines; y mucho menos de los demás alia- 
dos, cuya impotencia es notoria. ' , / 

vLuego sigúese la irrefragable consecuencia de quq 
V. M. en conciencia, en justicia y en polítioa, está obli- 
gado y necesitado debajo de precepto divino, natural y 
político, á obviar por todos los medios y esfuerzos posibles 
este oprobio de su nación, este yugo intolerable que ame- 
naza á sus fieles vasallos, este peligro inminente del ultra- 
ge de la religión católicá.de España y reverencia á los al- 
ta)*es, desacatoé las vírgenes consagradas á Dios, turbacioo 
del reposo en que yacian los huesos de muertos honrado3 
progenitores; pues todo esto será triunfo de la licencia sa- 
crilega de franceses. 

• El único medio que desde la atalaya del corto discur- 
so del que vota se descubre para tomar parte en tan pro- 
celosa borrasca, después de la misericordia divina á quien 
se debe recurrir con afectuosas y humildes súplicas, es el 
de condescender V. M. á las insinuaciones ^el rey de Fran- 
c¡a,'de que renunciando V. M. y el Sr. Emperador en favor 
del principe electoral de Baviera el Pais Bajo en caso de no 
tener Y. M. sucesión, renunciase el Cristianísimo y el Del- 
finel derecho pretenso á e^tshmonarquía á favor del Sr. Em- 
perador y Sres. archiduques de Austria, sobre el mismo 
presupuesto^ de negarnos el cielo el beneficio, que espero 
siempre de su misericordia, de la real sucesión de V. M.... 

dEI principal fundamento de justicia para proponer al 
sucesor de mejor derecho y anteponer al mas remoto, con- 
siste en la utilidad pública: porque como los reyes se ins- 



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PARTfi 111 • limEo y. 277 

iHuyen para beneficio de los reinos, y no al contrario los 
reinos para conveniencia de los reyes, llegado el caso de 
haber de declarar sucesor, está obligado en sentir del que 
vola el rey reinante á elegir al que sea mas idóneo, y mas 
útil y conveniente á sus reinos, sin que eiresto tenga ar- 
bitrio la sangre ó la inclinación. Confio en la piedad divina 
que ha de sacarnos con felicidad de este enredado laberin-* 
to, concediéndonos la real sucesión que tanto importa; pero 
si fuese su beneplácito castigarnos, ¿cómo puede pensarse 
que un principé de año y medio sea mas útil al gobierno, 
tutela, protección y administración de justicia en estos y 
en ios demás reinos de la monarquía, que el señor archidu- 
que Garlos en tan diferente edad, educación y esperanza? 
»Parece que hacen alguna resistencia á la renunciación 
del País Bajólos vínculos recíprocos de reiterados jura- 
mentoB entre aquellos subditos y Y. M. y sus ínclitos pro- 
genitores, de no separarlos jamás de su corona; pero cuan- 
do la causa púljüca y el bien de la paz se interesan, todo 
se dispensa y se facilita sin el menor escrúpulo, de que son 
pruebas incontrastables los ejemplos siguientes.~-El señor 
emperador Garlos Yv capituló con la señora reina do In- 
'glatera María Stuard casar á' su hijo el señor don Feli- 
pe 11. dotando aqucfconsorcio con el Pais Bajo á favor de 
los príncipes que dellos procediesen; y es de advertir que 
se hallaba ya el señor rey Felipe II. coi) hijo, que era el 
señor príncipe don Carlos, y no so hizo reparo en esta di- 
visión de aquel estado^ ni era perjuicio del príncipe.-^ 
£1 mismo señor emperador don Carlos Y. renunció los es- 
tados hereditarios de Austria, Stiria, Carintia, etc., en sa 
hermano el señor don Fernando, tocando de derecho á su 
.hijo único el señor don Felipe II. — ^Este propio señor' rey 
renunció en su hija la señora infanta doña Isabel Clara Eu- 
genia todas las diez y siete provincias que contenía enton- 
ces el Pais Bajo casándola con el señor archiduque Alber- 
to de Austria, y no personalmcnle, sino también á favop 



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278 HISTORIA INB B&PAiÍA. 

de sus hijos y descendientes: ,por maneFa qué estas diví-^ 
sienes y renunciaciones, cuando interviene la causa públí* 
ca, la paz, quietud y conservación de I09 reinos, siempre' 
han, sido admitidas y aprobadas del muüdo católico, y no 
se ha visto autor que las repruebe, sinala del rey Cristia- 
nísimo establecida en los Pirineos juntamente con los ca- 
pítulo de paces, y esto por tal ó cual francés apasionado y 
de ningún crédito. 

^ »Lo que queda apuntado es cuanto mira á la sustancia 
desta importantísima materia, en que no presume el que 
vota que puede hacer opinión^ antes suplica á V. M. se sir- 
va de comunicarla con la mayor reserva posible á sugetos 
de doctrin», prudencia, cristiandad y noticias históricas, 
para que si hallaren repugnancia en algo de lo que va 
presupuesto, desengañen y den luz á V. M. de lo que se 
d^be seguir y resolver.^ 

jDPorloque toca al' modo de encaminar esta negocia- 
ción , jv^ga el marqués sin el menor recelo de engasarse, 
que no teniendo Y. M. pariente, amigo ni aliado que mas 
de corazón le ame, desee sus aciertos y se interese en sus 
fortunas que al señor emperador, debe V. M. fijarla ente- 
ramente de S. M., Cesárea, remitiéndole ampliskiia pleni- 
potencia para que use della cuando y en la forma que lo. 
juzgase oportuno, poniendo á su dirección los demás pun- 
tos concernientes á la paz, y esto con el mayor secreto 
y reserva que cupiese en lo~ posible. 

»Seria la mejor la que se hiciese sobre la planta de la 
de Westphalia. La menos mala la de los Pirineos. La me^. 
nos buena la de Nimega. Pero el grado á que nos vemos 
reducidos no nos da facultad -de escoger, sino de tomar la - 
menos mala: y si cualquiera no se estableciese con la es- 
'presa calidad de continuarse la liga defensiva, con clau- 
sulare garantir todos los aliados al .que fuere invadido de 
la Francia, será fundar edificios sobre arena, y perdernos 
l^or la negociación como nos |>erdemos por la hostilidad.. 



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FAATB 111. LIBRO V» 2^70 

»Esto, señor, es lo que ha podido aprend^sr la corta ca- 
pacidad del que vota en la prolija &érie de muchos años, 
negocios y ocupaciones, y lo qu^ el flaco aliento ile la 
salud quebrantada le ha permitido representar áV.M. con 
vivo y cordial deseo y amor á su real servicio, pidiendo 
á la Pivina Providencia conceda á V. M. los aciertos y lar- 
ga vida y feliz sucesión que nos importa á sqs vasallos....» 

Tal era el modo de pensar del marqués de Man- 
cera sóbrelos dos graves asuntos de la paz y do la 
sucesión, emitido y espresado con la franqueza y en' 
el estilo que han podido observar nuestros lectores. 
Y por este orden iban dando su opinión en las consul- 
tas el cardenal Portocarrero^el almirante^ jel condes- 
table, el duque de Montalto y el conde de Monterrey» 
según el m(Jdo de ver de cada uno, y su inclinación ó 
su interés^ por las personas que se designaban como 
' aspirantes con mas ó menos derecho á la sucesión. 

Ajustada que fuá la paz de Riswick, en la que 
llevó Luis XIV, el designio que hemos eaunciado, y á 
cuyo &n se propuso contentar y halagar á los españo- 
les, resolvió trabajar j^a mad abiertamente y con ahin.-^ 
co en hacer valer el derecho de su nieto Felipe de 
Anjou á la sucesión del trono de España, en el caso» 
cierto para él, de no' tener Garlos 11. posteridad, á 
coyo objeto envió de embajador á Madrid al conde 
de Harcourt, hombre de gran penetración y no esca- 
sa ciencia, guerrero' valiente y afortunado, afable» 
cortés, y sobre todo fastuoso, cualidades de macha 
eslima para los españoles. Asi foé que luego se cmpe- 



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S80 H19T0BIA DK BS^AÜA. 

ñó uQa lucha activa de manejos é intrigas diplomáti- 
cas entre él y el embajador del imperio conde de Har. 
rach. Mas como quiera que no fuesen el archiduque 
Carlos de Austria y el hijo del delfin de Francia los 
solos quQ alegaban derechos á> la futura vacante del 
trono de Castilla, diremos cuántos y cuáles eran los 
pretendientes, y de donde le venia á cada cual ehde- 
' recho que alegaba; 

Era el delQa de Francia hijo dé la infanta María 
Teresa de España, primogénita de Felipe IV. y her(na- 
na mayor de Carlos II. Por consecuencia, sucediendo 
por las leyes de Castilla en el trono las hembras pri- 
mogénitas á sus hermanos varones á falta de hijos de 
estos, bien que no hubiera la misma costumbre ea 
Aragón,, indudablemente el derecho público de Cas- 
tilla favorecía á los hijos de María Teresa y de 
Luis XIV., y el delfin renunciaba en su hijo segundo 
Felipoi duque de Anjou. Pero mediaba la renuncia 
solemne de María Teresa al trqno de España, hecha 
por el tratado de los Pirineos, y confirmada por las 
cortes y, por el testamento de su padre; A esto con- 
testaba la corte de Francia que aquella rebuncia ha- 
bla sido hecha para disipar los ten)ores de las nacio- 
nes europeas de que^pudieran un dia reunirse en una 
misma persona las dos coronas de Francia, y de Espa* 
Ja, pero que aquella cesión no había podido hacerse 
legalmente, porque nadie puede por su sola voluntad 
alterar las leyes de sucesión de un reino con perjuicia , 



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PARTE 111. LIBKO Y. 281 

de sus (jíesceDdieDtes; y por la ato subsistía íntegro el 
derecho de los hijos de María Teresa. 

Fundaba su derecho el emperador Leopoldo de 
Austria en que estioguida la primera línea' varonil de 
la dinastía austriaco-española, debía acodirse á la lí- 
nea segundogénila, do que él descendiá como cuarto 
nielo de Fernando I. hermana del emperador Gar- 
los Vm y. ademas en los derechos de su madre Ma- 
riana, bija de Felipe III. Para evitar Ja reunipn de 
jas coronas de Austria y España en una misma per- 
sona, lo cual daria celos á las potencias europeas, él 
y su >híjo mayor José abdicaban en su hijo segundo 
el archiduque Carlos. Alegaba ademas, que aun en 
el caso de suceder las hembras, debia preferirse la 
mas cercana al tronco, no la mas cercana al último 
poseedor. Bien que en este caso^xcnia mejor derecho 
Luis XIV. como hijo de Ana de Austria, hija mayor 
de Felipe III. 

Apoyaba los suyos el. príncipe de Baviera en ser 
nieto de la infanta Margarita, hija menor <le Feli* 
pe IV. y primera muger del emperador Leopoldo. Y 
aunque la madre del príncipe, al casarse con- el du- 
que de Baviera, había* renunciiído también los dere- 
chos á la corona de España, aquella renuncia no ha- 
bía sido confirmada ni por Carlos II. ni por las cortes 
de Castilla, y por tanto no se tenia por válida. Por eso 
los mas de los consejeros españoles, y el mismo rey, 
consideraban de mejor derecho al príncipe de Baviera. 



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282 IllSTOftlA DB BSPAKA. 

Había ademas oiros tres pretendieoles, á saber: 
el duque Felipe de OrleaDs, como hijo úe la mfanta 
Ana de Austria, mtiger dé Luis XIII.: el doqae Víc- 
tor Amadeo de Sdboya, como desceodieote de Cala- 
lÍQa', hija segunda de Felipe II.; y aao el rey de Por- 
tugal, cu^ tílAlo era desceoder de la iofanla doña 
María, hermana menor de doña Juana la Loca, que 
casó con el fey don Manuel. Pero las pretensiones de 
lp6 Ires últimos príncipes desaparecían ante los mejo- 
res derechos de los otros tres pretendientes, que eran 
los principales. 

Aunque todo el mundo preveía que en último re- 
sultado esta cuesytion habría de decidirse y fallarse 
mas por las armas que por los alegatos en derecho, 
cada uno de los representantes de las corles compe- 
tidoras procuraba ganar con maña el afecto del rey, 
de los magnates y del pueblo español, sin perjuicio 
de provenirse cada soberano, y muy especialmente el 
francés, aumentando sus fuerzas de mar y tierra en 
las fronteras y en los puertos. Cuando llegó á Madrid 
el embajador francés Harcourt, encontró el partido 
ausVriaco dominante. La reina, que con su genio im- 
perioso tenia supeditado al débil Carlos, había traba- 
jado mucho. Los gobiernos de Cataluña, dé los Países 
Bajos y de Ñapóles, habían sido conferidos ¿ios prín< 
cipes deDarmslad y de Vaudemont y al duque de 
'Pópoli, alemanes aquellos, y afecto^éste al mismo- 
partido. Por arte de la reina fué al principio bastante 



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PAATB 111. LIMO V« 2S3 

laal acogido por el rey el conde de Harcourl; pero él 
disimuló, y espléndido como era, y ámpllamenle fa* 
cuitado y asistido para ello de sa soberano, comenzó 
por agasajar con delicados presentes y obsequios á los 
grandes menos afectos á Francia, f&rmando contraste 
su conducta con la seca altivez delaustriaco. De igual 
conciicion también las mngeres de los dos embajado* 
res, mientras el orgullo de la de Harrach la hacia 
aborrecible á las damas de palacio, la fina franc(ueza 
de la de Harcourt se fué atrayendo la adhesión de 
casi todas, y llegó con su dulce trato hasta gran* 
jearse el cariño de la reina, siendo tan de corazón 
alemana. EL oro francés hizo su efecto con la Perdiz 
y el CojOy personages tan importantes como ya hemoa 
dicho por su favor con la reina. El confesor Ghiusa 
fué halagado con la esperanza da alca^nzarle el cape- 
lo. A la reina misma le dio á entender el de Harcourt 
que solo á su mediación quería que debiera el duque 
de Aojoo Isr corona; bfzole entrever la idea de su en- 
lace con el Delfin cpando quedara viuda; le prometió 
que se devolverla á España el Rosellon, y que la 
. Francia la ayudaría á la reconquista de Portugal ^^K 

(4) No permitiéndonos la na- la, y entre los embajadores y sus 

ioraieza de esta obra bacer un respectivos gobiernos, n6 bace- 

minocioso y detenido relato déla mos sino indioar las fases y vicisi- 

. . copiosa correspondencia diploma- tudes qae iba tomando este ^éle* 

tica y do (as largas negociaoiones bre asunto, y los resaltados qae 

qoe mediaron durante algunos ibaa dando (as gestiones. En la 

años entre los príncipes y los re- gran Colección de Documentos in ó- 

presentante» y ministros de las ditos para la Historia de Francia, 

' potencias interesadas en la raido-~ emprendida de drden del rey Luis ' 

$a do estion déla sucesión españo- Felipe, y prtncipahnente en lo» 



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2S4 niSTORlA DB ESPAÑA. 

GoD estos y otros alicieutes,. hábilmente emplea* 
dos, estuvo la reina indecisa y casi inclinada á aban- 
donar el partido auslriaco; y tal vezHo hubiera hecho 
á no haber visto á sus mayores enemigos desparte de 
la casa de Borbon, á no haberla alentado el confe- 
sor Matilla, el almirante y oíros ministros y conseje- 
ros. Pero ya la causa de la Francia habia ganado tan- 
to en el pueblo, que apenas la de Austria contaba con 
apoyo sólido fuera .de la inclinación del rey, y aún 
ésta se la enagenaban ca&i completamente los agentes 
del imperio con.la indiscreción de estar hablando de 
(^llo constantemente á Carlos, sin consideración al es- 
tado entonces ya delicadísimo de su salud, y sin mi- 
lamiente ^al disgusto con que naturalmente habia de 
oir el afán con que se disputaba su herencia, como si 
ya se le diera |)or muerto. Esto le movió á es({uivar 
cuanto pudo las visitas de Hanach, y. el embajador 
alemán, menos flexible y menos sufrido que el fran- 
cés, no puliendo tolerar aquél desvío se retiró amos- 
tazado á Vieaa, dejando &n su lugar un hijo suyo, tan 
altanero como él, y sin la experiencia ni la sagacidad 
de su padr<í* Aquel enfado y esta novedad diplomáti- 



volúmenes dedicados á esclarecer nesque sobre este negocio medía- 
la caestion relativa á la sucesión ron en nuestra Jispafis, y se con- 
de España se hülian piezas y docu- servan, impresos unos, manascri- 
mentos en abundancia, que debe tos los mas,-ennuestíras bibliotecas 
consultar el que desee bacer un y archivos, liemos revisado estas 
estudio especial sobre esta mate- numerosas colecciones, y de unas 
ría. Asi como nos seria también y otras nos hemos servido para el 
imposible hacer k) mismo con las sucinto extracto que dapios en el 
consullas, respuestas y dictámc- testo. 



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PARTE III. LIBRO V. ^ - 285 

ca fué uno de los incidentes que favorecieron mas^al 
ínflojo de la casa de Borbon. 

Otra de las conquistas, y acaso la mayor de todas, 
que4iizo con su política el francés, fué la del carde- 
nal Portocarrero, que celoso ya del almirante por pri- 
vados motivos, abandonó el partidoaustriaco que has- 
ta entonces habia sostenido con él, y se decidió en 
favor de la Francia. Era el cardenal hombre de corto 
talento y de muy escasa lectura, pero muy acreditado 
por su piedad y virtud, y por la incansable generosi- 
dad con que socorría á los necesitados. Tenia mucha 
influencia con el rey, y por tanto la causa que abra- 
zaba llevaba muchas probabilidades de triunfo. Así 
fué que á su ejemplo se alistaron en el mismo parti- 
da el inquisidor general Rocaberti, y otros principales 
señores. Saben ya nuestros lectores, porque atrás lo 
hemos dicho, que el cardenal acusaba al P. Matilla, 
confesor del rey, de ser la eausa principal de los ma- 
les del reino: logró pues en esta ocasión que el rey le ' 
apartara del confesonario, y á propuesta del mismo^ 
cardenal vino á reemplazarie el P. Fr. FroilanDiaz, 
catedrático de prima en la universidad de Alcalá, de 
la misma religión de Matilla, y hombre de mas pie- 
dad que juicio y de mas virtud que talento. 

En tal estado habria podido tal vez triunfar defi- 
nitivamente la política y el intento dé Luis XIV., á no 
haberse aparecido de nuevo en la corte el conde de 
Oropesa, desterrado hasta entonces en la Puebla de 



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286 HISTORIA DE BflPAÜA. 

Mental van. La reina» qae no le amaba, pero quesabfa 
qae era hombre de valer, en el conOiclo en que se ha** 
Haba se acogió á él, y le halagó haciéndole presidente 
de Castilla. Con la adhesión del de Oropesa se reanir 
mó algan tanta el p3Ftido austríaco; mas no tardó en 
desavenirse y romper con el almirante, al modo que 
le habia sucedido á Portocarrero, y entonces sq pro* 
puso fomentar el que podía lla'maríse tercer partido, 
el del príncipe de Baviera, el ihas apoyado por los 
jurisconsultos, ai que mas propendía el rey, pero que 
desde la muerte de la reina madre no habia tenido 
quien le impulsárf y le diera calor. Asi se abrazaban 
y se defendían las causas de los pretendientes, pasán- 
dose de uno á otro partido, menos por convicción que 
por resentimientos, rivalidades é intereses. 

Pero al mismo tiempo que asi se empleaba enMa- 
drid la intriga cortesana, Luis XIY. acudía á otra cía* 
se de medios mas políticos y de mas elevada esfera. 
AparcQtando deseos de paz, pero teniendo «medren«- 
tado al emperador con sus preparativos de guerra; 
fingiendo abandonar sus preleü9Íones sobre España á 
fin de reconciliarse con el monarca inglés Guiller- 
mo IIL, negoció con las potencias marítimas un nuevo 
tratado que irritara al propio tiempo ai emperador y 
á los españoles, para peiyudicar á aquél, y sacar des- 
pués mejor partido de éstos. So pretesto de mantener 
el equilibrio europeo, y que ninguna de las potencias 
se engrandeciera demasiado con la sucesión de Espa<* 



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PARTB 111. LIBRO V. 287 

fia, iodújaias á hacer 9I famoso tratado qae se llamó 
del Repartimiento (11 de octabre, 1698). Porque eo 
él se estipuló dividir los domi oíos de España y repar- 
tírselosr aplicando al priocipe de Baviera la peufasüla 
española, los Países Bajos y las Indias; al delfiñ de 
Francia los estados de Ñápeles y Sicilia, con el mar^ 
. quesado de Final» y la provincia de Guipúzcoa, y al 
archiduque Carlos de Austria elMílanesado; obligan* 
dose los aliados» en el caso~ de que las familias de , 
Austria 6 Baviera negaran su adhesión á este pacto, 
á reunir sus fuerzas para atacarlas» quedándola salvo 
sus derechos respectivos. Este contrato celebrado^ en- 
tre Francia» Inglaterra y Holanda» habla de permane- 
cer por entonces secreto» y Guillermo de Inglaterra 
se encargaba de pedir el consentimiento al empera- 
dor. Asi conseguía Ltiis XtV. separar del Austria las 
potencias marítimas» y poner en pugna al de Bavie- 
ra con el. imperio, lo cual era un gran paso para sus 
ulteriores planes. 

Como era de esperar y suponer» eLeníperador se 
mostró altamente indignado por la pequeña porción 
que en el reparto se adjudicaba á su familia, des- 
conociendo sus derechos. Los españoles se irritaron 
de ver que las potencias esírangeras* dispusieran asi 
á su antojo dé la monarquía» revivió la natural alti- 
vez y antigua soberbia del pueblo español» la nación 
ardía en cólera» y Carlos II., no obstante la flaqueza 
en que le tenia su enfermedad, se quejó enérgicamen- 



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288 HISTORIA DR RSPAftá. 

ifi por medio del embajador marqués de Caoales a( 
rey de Inglaterra por el insulto que en el tratado se 
habia hecho al rey y á la naiSion española, y proles* 
lando contra tan escandalosa arbitrariedad* Ya el pue- 
blo en este caso se conformaba á recibir al sucesor 
i|uc su soberano señalase, y el conde de Oropesa se 
aprovechó de todas esta« circunstancias y de las dis- 
posiciones anteriores del rey para acabar de decidirle 
en favor de su candidato el de Bavie;*a. Los tñagis-^ 
trado y juristas a quienes se consultó, informaron 
iambien que era el pretendiente de mejor derecho, 
. y en su virtud declaró Carlos II. sucesor y heredero 
de todos sus estados después de su muerte al prínci- 
pe José Leopoldo de Bavierá. Prorumpió el empera- 
dor cuando lo supo en tan fuertes quejas, y protestó 
-con tal altivez que acabó de ofender é irritar coQ' 
tra sí á los españoles. Al contrario el rey de Francia, 
contento al parecer con hab^r alejado al rival mas pe-, 
ligroso, no se dio por sentido, sin renunciar por eso 
ásus proyectos. Portpcarrefo tuvo también la pru- 
dencia de no mezclarse en este asunto, ni manifestar 
oposición, iio obstante sus últimos compromisos con 
el francés. ' 

Parecía resuelta ya con esto la cuestión. Perolin 
acontecimiento inesperado vino de repente á compli- 
carla y dificultarla de nuevo, á saberla muerte del 
presunto heredero de la corona de España, el prínci- 
pe de Bavíera, acaecida en Bruselas ala temprana 



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^PARTB 111. LIBRO V. 289 

edad de seis años (S de febrero, 1699). No nos admi- 
ran las sospechas que hubo de qae la muerte no fue- 
se enteramente natural. De todos modos este suceso 
acabó con las esperanzas de un partido» y puso á los 
otros dos, el francés y el austríaco, en situación de 
luchar frente á frente. Ambos eran fuertes, y no po- 
día asegurarse cuál de ellos acabaría por vencer al 
otro. Porque si el de Austria se reforzó con el conde 
de Oropesa, que hacia gran peso en la balanza, y fal« 
tándole el príncipe bávaro se puso del lado de la reí* 
na y el almirante; en cambio el antiguo presidente de 
Castilla Arias y el corregidor de Madrid don Pedro 
Ronquillo, resentidos de Oropesa, pasaron á rcfor* 
zar á Harcourt y á Portocarrero. Oropesa y el carde- 
nal eran los personages mas inQuyentes en; la eórte, 
y como la cuestión de sucesión era el negocio que 
absorvia todo el interés, el gobierno y la administra- 
ción del Estado estaban abandonados completamente, 
y ni aun la junta de los tenientes generales daba se-* 
nales de vida, habiendo caido en la inacción y casi 
en el olvide desde que se concluyó la guerra. Eoí- 
fermo de cada día mas el rey, siendo el joguete las* 
limoso de los que por ignorancia ó por malicia atri- 
buían sus enfermedades á hechizos y le trataban como 
á maleficiado; poseído de ana profunda melancolía, 
ni se ocupaba en nada ni estaba sino para pensar 'en 
la muerte, y todo marchaba á la ventura. 

La falta de gobierno y la^ malas cosechas deaque-» 
Touo XTii. 49 



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290 UISTOKIA DE BSPAÑAk 

líos años produjjsron escasez y carestía de manteni- 
mientes en Madrid, y con ella el hambre. Echaba 
el pueblo la culpa de este mal al coiíde de Oropesa 
como presidente de Castilla, yaomentaba el disgusto y 
la murmuración la voz, no ya nueva, ^deque'ét y su 
mugér comerciaban y especulaban á costa de la mi* 
seria pública en ciertos artículos de primera necesi* 
dad. Formaba contraste con esta conducta la solicitud 
y la generosidad con que el embajador francés y sus 
amigos distribuían limosnas y prodigaban socorros, 
cosa que el pueblo recibe siempre bien, y que ellos 
no hacían sin estudio, siendo su comportamiento una 
acusación elocuente, aunque tácita, de sus adversa- 
rios. Una mañana (abril, 1699), por uno de eBos cho- 
ques ó reyertas que nunca faltan cuando están pre* 
dispuestos los ánimos, alborotóse en la plaza un gru- 
po de gentes, primero contra un alguacil, después 
contra el corregidor» insultándole y persiguiéndole 
buen trecho. La multitud amotitíada llegó hasta la pla- 
za de palacio atronando conloe gritos de: nijPan^panl 
jYiva el Rey¡ ¡Mueran los que le engañan! ¡Muera 
Oropesaln Acudieron varios magnates al regio alcázar, 
pei'o azorados todos, nadie sabía qué aconsejar al 
aturdido Carlos. La muchedumbre pedia que saliera 
el rey al balcón y se dejara ver del puebb: kr reina 
entpnoes con bastante presenoia de ánimo fué la que 
se asomó y dijo á los tumultuados que el rey dormía.: 
^ <Mu(^ tiempo ha que' duerme, contestaron aqtiellos, 



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rktTB III. LIOBO V* 291 

y ffa lo es de que desipieirte^i^ Tuvo at fio qae presen-- 
tarso el rey, el casi les ofreció que el conde dé Be- 
naveote les hablaría eo su nombre y oir(a stts quejas. 
Salió en efecto el de Beoaventet que no dejaba de 
tener cierta popularidad, y acaso estaba en alguna 
inteligencia con ios insurrectos; ello es que estos le 
prometieron retirarse con tal que no se tos castigara, 
y se nombrara coi:regidor de Madrid á Ronquillo. 
Concedido que fué esto por el rey, y llamado Ronqui- 
llo á palacio, salieron los dos á caballo á la plaza, 
siendo victoreados por la muchedumbre. tEl rey os 
perdona^ les dijo el de Benavent'e, pero en cuanto á 
la carestía del pan no puede él remediarla, y sobre 
ésto será bien os dirijáis al conde de Otopesa^ que 
tiene los abastos. i» 

No era menester mas, y lal vez no con otro in^ 
tMto fueron pronunciadas aquellas palabras, para 
que bi multitud evacuara instantáneamente la p\MA 
de palacio y se trasladara en tropel á la de Santo Do^ 
mingo donde vivía Oropesa. Lograron éüe y su mo^ 
gér salvarse, avisados por el almirante poco antes dú 
llegar las Ittrbas, pero no se libró su ca^ de ser sa- 
queada. Lo ftiéi después la def almirante, aun conmad 
foría^ ik>r la resistencia qae opusieron sus criados{ asf 
fdé qae no quedó en ella cosa que los asaltantes no 
destrozaran^ ni hnbo exceso que no cometieran. Va-* 
lióle al de Oropesa haberse refegíado en las oasa$ de) 
inquísidot general, ante coyas puertas se detuvo la 



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292 HI8T01IA 1>B CSPAÜA. 

multitud, bien que no dejando de pedir á voces sü 
cabeza. Era ya casi de noche» y el motin no se sose- 
gaba. Salieron entonces el cardenal de Córdoba y los 
frailes de Santo Domingo como en procesión» y at 
lOismo tiempo andaba Ronquillo á caballo entre los 
insurrectos con un Cruci6jo en la mano. Bien se de- 
biera á las exhortaciones de los religiosos, bien que á 
Ronquillo le pareciera que no debian ir las posas mas 
adelante, ó que impusiera á los tumultuados Ja noticia 
de qne entraba en Madrid un cQerpo de doscientos 
caballos conducidos por el príncipe de Darmstad, á 
qaien antes se habia mandado venir de Gatalunat fué- 
ronse deshaciendo los grupos y retirándose» y quedó* 
seel resto de la noche Madrid en silencio. 

Aprovecháronse de este suceso los del partido 
francés para gestionar con el rey la separación de 
Oropesa: él mismo pidió su retiro, fundado en la im.« 
ponidad en que se dejaba á los alborotadores; mas 
como el rey, qtieaun le conservaba el antiguo carino, 
se negara á admitirle la renuncia de la presidencia de 
Castilla, celebraron aquellos una junta en casa del 
cardenal Portocarréro, y oido el parecer del respeta* 
ble jurisconsulto Pérez de Soto, que era favorable á la 
casa de Borbon, acordóse hacerlos mayores esfuer2S08 
para alejar de la corte á los del partido imperial'. 
Empleó'Portocarrero todo el influjo que por su digni- 
dad y sus virtudes ejercía en la conciencia del rey, 
hasta conseguir que volviera á desterrar á Oropesa á 



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PAaTB 111. LIBRO V. 293 

te Puebla (Je Monlalvao, reslablec ieudo á donManueb 
Arias CQ la presidencia de Castilla; que mandara al 
almirante' retirarse á treinta ^leguas de la 'corte; que 
ordenara al de Darmstad volverse á Cataluña con sus 
tropas alemanas. A la condesa de Berlíps se le señaló 
una pensión sobre las rentas de los Paises Bajos, 
aunque todavía no salió hasta el año siguiente de Es- 
paña. También se descerró al de Monterrey por espre- 
siones ofensivas y poco decorosas que hubo de soltar, 
con cuyo motivo hubo otro amago de motin en la cór^ 
te, dirigido sin duda por una mano oculta, que mu- 
chos no dudaban fuese, la del embajador de franela. 
De este modo quedaba campeando en 1 699 el par- 
tido francés, reducido el auslriaco á la reina, al con- 
de deFrígilíana, y al que era entonces secretario del 
despacho universal don Mariano de Ubilla, con algu- 
nos otros de menos importancia. Ma^ es ya tiempo de 
dar cuenta del peregrino sucesos de los hechizos que 
se decia estaba padeciendo el rey, y los verdade- 
ros tormentos y sinsabores que con aquel motivo 
sufría. 



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CAPITULO Xlil. 

LOS HECHIZOS DEL REY. 
••1608*1700. 



Lo que did ocasión á sospechar que estaba heohízado.— Sus padeci- 
knieotos físicos, su conducta. — Cobra cuerpo la especie de los hechi- 
zos.— >El inquisidor general Rocaberti, y el confesor Fr . Froilan diaa. 
-*Su correspondencia con el vicario de las monjas de Gangas en 
Asturias. — ^Monjas energúmenaa.— Conjuros: respuestas de los ma- 
los espíritus sobre los hechizos del rey.— -Relacionea estravagantes. 
-Sufrimientos de Cárlos.—Nuevas revelaciones de unos endemo-> 
niados do Víena sobre los hechizos del rey.-— Viene de Alemania un 
famoso exorcista á conjurarle— Indagaciones que se hicieron dé 
otras energdmenas en Madrid.— Quiénes jugaban en estos enredos. 
-«Nómbrase inquisidor general al cardenal Córdoba.— Muere casi 
de repente.— Sucédele el obispo de Segoviá. — Delata á la Inquisi- 
ción al confesor Fr. Froilan Diaz.— Despójase á éste de los cargos 
de confesor y de ministro del Consejo de Inquisición. — Célebre pro- 
ceso formado á Fr. Froilan Diaz sobre los hechizos.^ mportao te y 
curiosa historia de este ruidoso proceso. 7-Tér mino que iuvo. 



No era nuevo ea España, y acoutecia lo propio en 
otros países en el siglo XVQ., atribuir á los malos es- 
píritus, ó á obra de hechicería, ó bien áarte de encan- 
tamiento, cierto estado, ya físico, ya moral, de los re- 
yes y de otros persona ges ilustres. Recordemos sino 



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PARTE 1^1. LIBEO V. 296 

las dilígencfas judiciales que con toda formalidad se 
ioslruyeron sobre los hechizos que se suponia daba el 
conde-duque de Olivares al rey Felipe IV. Los que se 
cuenta haber padecido Carlos IK han alcanzado, no' 
sin razón; cierta celebridad histórica que nos pone en 
la obligación de referir \q que sobre ello hubo de cier- 
to, lo cuál al propio tiempo dará idea á nuestros lecr 
tores délas costumbres de aquella época, y de aque- 
lla rara mezcla que se advierte de fanática superstición 
y Cándida ignorancia en unos, de hipócrita y refinada 
maldad en otros. 

La estrema flaqueza y desfallecimiento físico que 
desde muy temprana edad esperimentaba el rey, jun- 
to conciertos movimientos convulsivos que en deter- 
minados períodos padecia, y que los médicos no acer- 
taron á curarle, degenerando en dolencia crónica que 
á veces se le agravaba en términos de poner en inmi- ^ 
nenie peligro su vida; la circunstancia de reconocerse 
en Garlos un entendimiento claro, una conciencia rec- 
ta y una piedad acendrada, y de verle obrar común* 
menté en sentido contrario á estas dotes y á estas vir- 
tudes^ hizo nacer y cundir la sospecha y el rumor de 
que los malos espíritus estaban apoderados de su per* 
sana. Ya en tiempo del inquisidor general don Diego 
Sarmiento Valladares llegó á tratarse este asunto en 
el Consejo de Inquisición, si bien se sobreseyó pronto 
en él por falta de pruebas. Cbn noticia que de correr 
estaespecietuvoei enfermizo monarca, él mismo coa- 



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3í96 HISTORIA OR bsfaAa. 

sultó en secreto coa el inquisidor general Rocabertí 
^principios de enero, 4698), encomendándole averi- 
guase loque hubiera de cierto, 6 para buscar el re- 
medio, ó para salir de su cuidado. Era Rocaberti hom- 
bre mas fanático y crédulo que avisado y docto. Dio 
cuenta de ello al tribunal del Santo Oficio; y los in- 
quisidores, mas ilustrados que su superior, no encon- 
trando materia de procedimiento, no quisieron tam- 
poco llenar de escándalo y turbación la corte con una 
cosa que miraron como inverosíolil y absurda, mien- 
tras otros datos ó pruebas no hubiese. 

Insistiendo no obstante en su idea el Rocaberti, 
aprovechó la circunstancia de haber sido destinado al 
confesonario del rey (abril, 1698) el padre Fr. Froi- 
lan Diaz, varón de (anta piedad como candidez, y de 
no muchas letras aunque catedrático de Alcalá, para 
inducirle, como lo logrón á que le ayudara en sus in- 
vestigaciones sobre los hechizos del rey. Dio la ca- 
sualidad queá'poco tiempo de esto un religioso do- 
minico, contemporáneo d^l Fr. Froilan, le diese noti- 
cias de que en el convento de dominicas recoletas de 
la villa de Cangas de Tineo en Asturias se hallaba de 
confesor y vicario otro religioso, amigo antiguo de 
ambos» llamado Fr. Antonio Alvarez de Arguelles, 
que tenia especial habilidad para exorcizar endemo- 
niados, como lo estaba acreditando con tres religiosas 
poseídas que habiaen el convento, y que por lo tanto 
platicaba; con los demonios, quienes le hablan revela- 



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PARTE 111. LIBRO V. S97 

do cosas importantes. Faltóle tiempo aLFr. Froilan 
para comunicar tan interesante descubrimiento al in- 
quisidor, y éste vio, como decirse suele, el cielo abier- 
to para sus fines. Inmediatamente escribió al obispo 
de Oviedo don Fr. Tomas Reluz para que interrogara 
al vicario. Pero aquel prelado dio una lección de buen 
sentido al inquisidor general, contestándole, que lo 
que el rey padecía no eran hechizos, sino flaqueza de 
cuerpo y una escesivh bumisíon á la voluntad de la 
reina, y asi lo que necesitaba no eran exorcismos sí- 
no saludables medicinas y buenos consejos. 

Mas no dándose por abochornados con esto Roca- 
berti y el confesor, escribieron directamente al vica- 
rio de las monjas (18 de junio, 1698), dándole ins- 
trucciones dé como había de preguntar al clemonio, 
teniendo en el pecho una cédula con los nombres del 
rey y de la reina. Respondióles el Fr. Antonio que 
habia hecho el conjuro, puestas las manos de una de 
las energúmenas sobre un ara, y que el demonio ha- 
bia dicho que en efecto el rey estaba hechizado desde 
los catorce aqos, y que el hechizo le habia sido dado 
en una bebid^a ^^K Prescribía luego el padre, como co- 
sa suya, las medicinas que se le habían de dar en 
ayunas, y* cómo se habian de bendecir, añadiendo que 



(4) Et hoe (afiadia en latín, ad regnum admini$trandum,^ 

y en latín debemos trascribirlo Proceso criminal fulminado con- 

lümhiennosoiros) addestruendam tra el P. Fr. Froilan D¡a2, impre- 

materiam gmeratianis in Rege, so en Madrid en 4787, tome I. 



et ad eutn incapacem ponendum 



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298 IIIHTOEIA DR RSPaKa* 

DO 8e perdiera tiempo» porqae habia mucho peligro. 
A esta carta cootestó el confesor dando las gracias aj 
P, Arguelles, pero haciéndole mil preguntas; cuántas 
veces y en qué lugar se habían de hacer los conjuros, 
qqé remedio habría jen lugar del aceite que habia 
mandado y que el rey no podia* tomar, cómo se lla- 
maba la persona que le hs^bia hechizado, y dónde vi- 
vía, etc. A fuerza de instancias que en otras cartas 
posteriores le hicieron, pues á aquella no dio contes- 
tación, respondió el vicario á nombre del oráculo á 
quien consultaba (22 de octubre, 1698), que los he- 
chizos se los habia dado en 1675 la reina dona Ma- 
riana de Austria, por medio de 'tina muger que se 
llamaba Casilda, en un pocilio de chocolate, y que el 
maleficio le habia confeccionado de los huesos de un 
ajusticiado en la Misericordia: que esto lo había he- 
cho á ^de reinar, ^n tiempo de don Juan de Aus- 
tria, y que Valenzuela habia sido el intermedio; da- 
ba repugnantes pormenores acerca del filtro, é insis- ~ 
tia.en prescribir como remedios lo del aceite bende- 
cido en ayunas, ungirle el cuerpo y cabeza, y cier- 
tas ceremonias para los exorcismos. ' 
Asi continuó por algún tiempo esta corresponden- 
cia, llena de ridici^leces y puerilidades cada día mas 
absurdas, hasta que el vicarib de las monjas, se co- 
noce que hostigado y apretado con tantas preguntas, 
escribió en 28 de noviembre (1698), que habia en- 
contrado á los demonios por demás rebeldes, y que 



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FAETB III* Liimo V. 299 

después de do6 horas de ' conjuros para hacerlos ha - 
blar, le respondió Lacifer que ao se fatigase, que el 
rey do tenia nada, y que todo lo que antes le habia 
dicho era menlira. Aun no bastó tan desengañada res- 
puesta á la fanática gente que rodeaba al infeliz mo* 
narca, y no pararon el inquisidor y el confesor has* 
ta arrancar del vicario (que sin duda no se atrevía á 
fiíitar'á Rooaberti» que habia sido su superior, yá 
quieo^ llaiD$ba tnt am^ otros pormenores y señas 
acerca dé ios maleficios. En estas hablaba, no solo de 
la Casilda Pérez, sino de otra segunda hechicera, 
por opmbre Ana Diaz, que vivia en la calle Mayor; 
pero asegurando repetidamente el demonio que ya 
no se descubriría mas en el asunto hasta que fuera 
exorcizado el rey en la capilla de Atocha, cosa que 
no les pareció bien á los de acá. Pero esta singular 
correspondencia prosiguió hasta junio de 1699» en 
que cesó por muerte del in<)uisídor general Roca- 
bertití). 

Lo peregrino del caso es, que á pesar de las e&« 
travagáncias de aquellas revelaciones, en Madrid se 
practicaba con el rey todo lo que el demonio por con- 
ducto del vicario de las monjas de Cangas prevenía 
que se hiciese, escepto lo que evidentemente se co* 
nocía que era mas a propósito para matarle que para 
sanarle. Pero se Iq llevó á Toledo» se trajeron á la cá* 

(4 ) Todo esto se encuentra mi- opúsculo: Proceso criminal contra 
Duciosamente referido en el citado el P. Fr, Froilan Dtas, tom. I. 



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300 lilSTOftlA DB B^PAÑA. 

mará médicos de fuera, y se hícíeroo otras cosas de 
que nadie acertaba á darse espHcacioa, y era que 
veniaQ sugeridas de Asturias. El pobre Garios sufría, 
muchos tormentos, y no era el menor de ellos el, de 
la aprensión en que le habían metido; y cada vez 
que se advertía algún alivio ó mejoría en sn salud> 
se atribuía á la eficacia de ios exorcismos y de los 
otros remedios. La reina no se apercibid de lo que 
pasaba hasta poco ^ntes de morir Rocáberti: en el 
enojo y la indignación que le produjo semejante su- 
perchería, ya que «no pudo vengarse del inquisidor 
porque la muerte le libró de sus iras, meditó como 
tomar venganza del confesor Fr. Froílan. 

Si hasta aquí habían hablado los malos espíritus 
de Asturias, después comenzaron á hablar los de 
- Alemania, de donde envió el emperador Leopoldo una 
información auténtica, hecha por el obispo- de Viena, 
de lo que dijeron unos energúmenos exorcizados en 
la iglesia de Santa Sofía; á saber, que Carlos IL de 
España estaba maleficiado, y que la hechicera había 
sido una muger llamada Isabel que vivía en la calle ' 
de Silva, y los instrumentos del maleficio estaban en 
el umbral de la puerta de su casa y en cierta pieza 
de palacio. Llevados estos papeles por el embajador 
del imperio al consejo de Inquisición, hiciéronse ave- 
riguaciones, y en ambos lugares designados se encon- 
traron unos muñecos y envoltorios, que por dictamen ^ 
de teólogos y peritos so quemaron en lugar sagrado 



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PAftTK III. LIBRO y. 301 

coa las ceremonias que prescribe el misal romano (julio , 
4699). Para exorcizar al rey se hizo veüír también de 
Alemania al capuchino Fr. Mauro Tenda , que tenia gra n 
fimia en esto de conjurar y lanzar demonios, el cual 
con sus conjuros, hechos con atronadora voz, dio no 
pocos sustos y sobresaltos al infeliz monarca, que 
acabaron do ponerle en el mas miserable estado. Y 
como los exorcistas de ahora eran alemanes, temióse 
mucho que los demonios de Alemania trastornaran su 
juicio hasta hacer que viniese la corona al archiduque 
austríaco.' 

En esto aconteció que un dia (setiembre, 1 699) 
se entró en palacio una muger desgreñada .y como 
frenética, sin que pudiera contenerla nadie hasta que 
logró llegar á la presencia del rey, el cual asi que la 
vio sacó el £t(jrnum Crucis que llevaba. consigo, con 
<]ae se detuvo la muger, siendo después sacada en 
hombros hasta las galerías. Súpose que estq muger 
vivia con otras dos, poseídas también del espíritu ma- 
ligno, y se envió á conjurarlas á Fr. Mauro Tenda, 
acompañándole algunas veces de orden del rey el psi- 
dre Froilan. Interrogado el demonio, resultó esta vez 
de su respuesta ser los autores tlel maleficio la reina 
y un allegado suyo, llamado don Juan Palia, que le 
habían dado los hechizos en un polvo de tabaco, cuyos 
restos se conservaban en un escritorio. Jugat)an ade- 
mas en ello otras mugeres, y np salian bien libr^idos 
niel almirante ni la reina- Mariana de Neuburg, loque 



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' 308 ttl6T0«U ÍOL BSrAÜA. 

dio lugar á qoe mudios sospecharan qae este mal es- 
píritu era francés, y la reina acabó de enardecerse 
contra el P^ Froilan Díaz. Delajtóle á la InqoisicioQ, 
pidiendo qae se le declarara por reo de fé; y para 
qoe la denaocia no fuese ineficaz, trabajó mocHo pa^ 
ra que el rey nombrara inquisidor al comisario gene* 
ral de la orden de San Francisco Fr. Antonio Folch 
de Cardona, que era partidario suyo. Mas por esto 
mismo, y porque era amigo del almirante, se resistió 
á ello Carlos, nombrando al cardenal Córdoba, hijo 
de los marqueses de Priego. Cuando el nuevo íoqoi** 
sidor general se mostraba resuelto á proceder severa- 
mente contra el almirante, á quien suponía agente 
principal de todos aquellos enredos, baciendo qoe le 
prendiera el Santo Oficio de Granada, donde i Mi sa- 
zón habla sido desterrado, y que se ocuparan y sella- 
ran lodos sus papeles, sobrevínole al cardenal Córde^ 
ba una ligera indisposición: hiciáronle sangrar lol 
médicos, y tal fué la sangría qne á ice tres días, y en 
la propia noche que le llegó la bula de inquisidor ge* 
netal, había d^do de exietír. Sobre tan repenttne 
ftillecimiento hiciéronse los juicios y comentarios que 
el lector podrá discorrír en época de taota intriga y 
enredo. 

Desfallecido entonces el rey, y mas agitado que 

nunca su espíritu con tan estraordinarios accideoles* 

. fuele fácil á la reina lograr el cargo de inqatsidor g»* 

neral, ya que no para el comisario de San'Franciseo 



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fARTB 111. LIBRO V. 303 

á quien aborrecía Carlos, para el obispo de Segovia 
don Baltasar de MoDcloza, con quieo la reina con(ab^\ 
y á qoien ofreció proponer para el capelo si obraba 
en conformidad á sus planes. Hízolo asi el prelado, 
delataudo á la Inquisición á Fr. Mauro Tenda por su- 
persticioso (enero, <700), y haciendo que lo fuese 
después el confesor Fr. ÍProilan, acusándole de todo 
lo sucedido en el asunto del vicario y las endemonia « 
das de Cangas y en los exorcismos del rey. Aunque el 
P. Froilan declaró haber sido lodo practicado por ór-. 
den del difunto inquisidor general Rocaberli y con 
anuencia del soberano, no pudo conjurar la ^tormenta 
que contra él se habia fraguado entre la reina y Men- 
doza. Presentóse el nuevo inquisidor general al rey 
pidiendo separase del confesonario á Fr. Froilan como 
procesado por el Santo Oficio. El infeliz Carlos no esp- 
iaba ya en, disposición de resistir á nada, y el cargo 
de confesor fué conferido á Fr. Nicolás de Torres-Pad. 
mota, capital enemigo de Fr. Froilan^ el cual al dia 
siguiente fué privado también de la plaza que tenia 
en el Consejo. ' 

Todo esto, sin embargo, no era sino el principio 
de la larga persecución que aquel religioso estaba 
destinado á sufrir, en expiación, no de sus maldades 
ni crímenes, sino de su credulidad y supersticiosa ig<*- 
norancía, y de la enemiga y maldad de sus persegui- 
dores. A los pocos dias se te mandó presentai'se en 
su convento de San Pablo de Valladotid. En dirección 



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304 QiSTOAu DB bsbaüa; 

de esta ciodad salió el depuesto confesor, mas tor- 
ciendo luego el camino fuese á Roma, donde en vir- 
tud de severísimas ordenas recibidas de, la corle le 
arrestó el embajador, duque de Uceda, y le envió á 
España en un mal buque, en el cual arribó como por 
milagro á Cartagena. Alli le esperaban ya los minis- 
tros de! Santo Oficio, que apoderándose de su per- 
sona le condujeron á las cárceles secretas del de 
Murcia. 

Mas como quiera que este ruidoso proceso durara 
hasta mucho después de la muerte del rey, y que á 
este tiempo estuvieran ocurriendo otros gravísimos 
sucesos que habian de producir fundamentales mu- 
danzas en la suerte y la vida de esta monarquía, fuer- 
za nos es dejar ya el incidente de los hechizos y de la 
célebre causa del confesor^ de cuya marcha y termi- 
nación podrán no obstante informarse nuestros lecto- 
res por la sucinta relación que de ella hacemos en la 
nota que va al pie, y dar cuenta de lo que en Ma- 
drid y en las cortes estrangeras se trabajaba en el ne- 
gocio de la sucesión al trono de España en los últimos 
momentos del reinado de Carlos IL Nuestros lectores 
comprenderán cuan abundante pasto suministrarían 
los supuestos hechizos á la crítica y la mordacidad de 
los murmuradores y noveleros de la corte, y cuan 
triste espectáculo estaríamos dando á todas las nació* 
nes del mundo, entretenida la corte de España con 
puerilidades y sandeces ridiculas, con los cuentos y 



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PARTB III. LIBEO V« 30S 

diismes de los energúmenos, con tos conjuros y 
exorcismos de un rey que se suponía hechizado, ma- 
nejado este negoció por inquisidores^ frailes y muge- 
res, en tanto que las potencias de Europa se ocupa- 
ban en repartirse nuestros dominios, y en disputarse 
con encarnizamiento la pobre herencia que del inmen-^ 
^ poder de la Es[faña del siglo XVI. había de dejar 
á su muerte el desgraciado Carlos IL <*> 



(4) Están importante, bajo el 
punto de vista histórico, este pro- 
ceso, aue no podemos dejar de 
seguirle, siquiera sea rápida y su- 
mariamente, hasta su fin. 

Preso el P. Froilan Díaz en las 
cárceles del Santo Oficio de Mur- 
cia^ di6se cuenta de todo lo actua- 
do en el Conaeio Supremo de la 
Inquisición, y leidos los autos, á 
petición del ínguisidor general, 
se nombró una junta de cinco ca- 
lificadores; la cual^ aunque presi- 
dida por un consejero que no era 
amigo del acusado, opinó que na 
merecía censura ni podin conside- 
rársele como reo de fé. Vista des- 
Í)ues la causa en Consejo pleno 
S3 de junio, 4 770), todoel cénse- 
lo declaró que debía sobreseerse. 
Empefióse, no obstante, el inquisi- 
dorgeneral en que babia de seguir- 
seliasta la definitiva^ y que se ha- 
bía de tener al P. Froilan en las 
cárceles secretas. Y en efecto, el 8 
de julio se estendió y levó el auto 
de prisión, como proveído por todo 
el Consejo, pretendiendo el pre- 
lado presidíente que se rubricase. 
Pasmáronse al oirltf los conseje- 
jeros, y Begá)*onse á rubricar lo 

?ue no habían resuelto ni votado, 
irmes aquellos magistrados en 
este proposito, y no bastando á 
intimidarlos las amenazas del in- 

Tono ^xvii. 



quisidor general, mandó estupren- 
aer á tres y al' secretario^ cosa 

3ue produjo imponderable escán- 
alo en la corte, y se hizo pábulo 
de todas las conversaciones. £l no 
haber sido preso también el con- 
sejero Cardona , fué atribuido por 
unos á ser hermano del<;omisario 
general de San Francisco, tan fa- 
vorecido de la reina; por otros á 
un rico presente que este había 
hecho al inquisidorgeneral por en-*> 
horabuena de su nombramiento, 
que cons stia eo un juego de ora- 
torio, á sa'ber, cáliz, patena, pla- 
tillo, vinageras. aguamanil y cua- 
tro f^ en tes, todo de plata sobre* 
dorada, y con esquisilas labores • 
de buril, cuya dáoiva apreció mu- 
cho el agraciado. 

Noticioso el desatentado obís- 

§0 de que á casado Miguelez, ano 
e los consejeros arrestados, con- 
currían vanas personas de distin- 
ción, y de que en las conversa- 
ciones se prorumpia en dicterios 
contra él, hizo una noche que el 
alguacil mayor y los familiares del 
Santo Oficio^ todos armados,' le sa- 
caran de su casa^ le llevaran á 
Santiago de Galicia, y le recluye- 
ran sin comunicación en el colegio 
de la Compañía de Jesús (agosto, 
1700). Acto continuo, jubiló á los 
tres ÍRquisidores, y desterró d« 

20 



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306 



HISTOftU DB 80PA11a. 



Madrid por cuatro aflos al secre- 
tario Can tolla. 

Proceder tan despótico levantó 
un clamor universal, y el Consejo 
de i;astilla represento, al rey en 
favor de los ministros jubilados, 
ponderando so ilustración, sos 
merecimientos y servicios, dicien- 
do <^ue el escandaloso atentado co- 
metido contra sus personas no te- 
nía mas causa qoe^ haber querido 
ellos cumplir las leyes, las órde- 
nes y las bulas pontificias, y exci- 
tando á S. M. á que tomara mano 
en el negocio á fin de reprimir 
semejantes arbitrariedades y vio- 
lencias. Temió Ja reina los eiectos- 
de este paso de una corporación 
tan respetable, y dirigió algunos 
cargos y exhorto á la templanza á 
SQ amigo el inquisidor general. Por 
so parte el generalísimo de la or- 
den de Santo Domingo (á que per- 
tenecía Fr. Froilan), que se hallaba 
en Roma, en vióá Madrid un religio- 
so catalán de los mas doctos, y prac- 
tico en los negocios políticos, con 
la comisión de solicitar en so nom- 
bre la libertad y la absolución del 
padre Froilan. Había ya muerto en 
este tiempo Carlos II. El dominico 
catalán trabajó desesperadamen- 
te y sin descanso por espacio de 
dos años con los mitiistros de Fe- 
lipe V. y principalmente con el 
nuncio ae S.S., á quien encontró 
obstinado y tercamente hostil al 
procesado. Tantas fueron las fati- 
^s, tantas las contrariedades y, 
disgustos que sufrió, que dieron a I 
traste con so robustez, adquirió 
una enfermedad peligrosa, y su- 
plicó al general le relevara de tan 
penosa comisión. Eu su reemplazo 
fué enviado de Roma otro religio- 
so, también catalán, hombre ma- 
duro, de muchas letras, ^de gran 
serenidad y constancia, y muy co- 
nocedor de mundo. Este, como su 
ai^tecesor, se entendían para sus 
gestiones con el consejero Cardo- 
na, pero tanto tuvo que luchar 



con el inquisidor general y el nun- 
cio, que también jenfermo de gra- 
vedad; si bien contnioó sastra- 
bajos tan pronto como estuvo en 
convalecencia. 

En tal estado la cuestión del 
proceso de Fr. Froilan tomó unas 
proporciones gigantescas. Porque 
calculando einuncio el partido 
que de esta competencia podía sa- 
car en favor de Roma, comenzó 
por pretender que este asunto nó 
podía ser'íallado ni por el rey ni 
por sus tribunales, siendo todos 
seculares, sino que correspondía 
su decisión á S. S. ó ¿ las perso- 
nas que para ello delegara. Lle- 
vada á este terreno fa cuestión, 
naturalmente vino á parar en si 
el Gonseio de Inquisición de Es- 
paña podia resolver por autoridad 
xpropia, ó solo por delegación pon- 
tificia: si las bulas delegaban toda 
la jurisdicción apostólica en elcón- 
seio, ó solo en el inquisidor gene- 
ral; en una palabra, si la Inquisi- 
ción de España era una mera de- 
pendencia de Roma. Las preten- 
siones del nuncio causaron una 
verdadera alarma: entre las per- 
sonas con quienes' se consultó el 
negocio fué uno el consejero de 
Inquisición don Lorenzo Folch de 
Cardona, el cual en su respuesta 
defendió firme y valerosamente 
los derechos del tribunal, demos- 
tró al nuncio la falsedad ó futili- 
dad de los fundamentos y razones 
en que quería apoyarse, y le pre- 
vino procediera en adelante coa 
mas cautela en asentar proposi- 
ciones que atendían á despojar al 
rey de España de sus mas precio- 
sas regalías, y que ai rey y á sus 
tribunales era a quien competía 
discutir la cuestión pendiente. 

•Por espacio de zOO años (de- 
»cía entre otras cosas), ha tenido 
y el Consejo de Inquisición voto 
«decisivo, á vista, ciencia y/to)e- 
«rancia de todos los señores ínq^ui- 
ksidores generales que ha habido 



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FAETB III. LIBEO V. 



807 



»6n el dilatado tiempo de dos si- 
•glos; y síeodo siempre los bravea 
»uno8 mismos, nioguno ha puesto 
ndada en ellos, hasta aue la saaci- 
•tó el sefior inquisidor general 
«presente: y sena cosa bien nota- 
iibie y de las mas r&ras, qae á to- 
mdos sus antecesores se les hubie* 
»se escapado lo que á S. B. se le 
Dhabia ofrecido; siendo asi que en 
•lá gran modestia de S. E. no ca- 
»b¡a decir, ni aun imaginar, era 
urnas docto y sabio que tantos ilns* 
«tres y excelsos varones cómelos 
•que 10 hablan antecedido, ha- 
•hiendo ocupado su silla varios 
•cardenales, entre ellos el emi* 
»nentÍ8Ímo sefior don Fr. Francis- 
»co Jiménez de Gisneros, varón á 
Htodas laces grande, y que no se- 
»ría menos amante de defender 
»Ía jurisdicción de sus dignidades 
»qne el limo, sefior obispo tie Se- 

»gov¡a etc.» 

Es inexplicable lo que irritó á 
Monseñor nuncio tan enérgica res- 
puesta; quejábase é gritos de la 
ofensa que decia haberse hecho á 
su dignidad y á su persona, y pe- 
dia satisfacción del agravio. Re- 
plicaba Cardona que contestara 
por escrito y con raiones ¿ su pa^ 
peUqne él sabría defenderse. Esta 
acalorada polémica duró algún 
tiempo,' y al fin los amigos del 
nuncio y del inquisidor general 
publicaron un escrito, que escan^ 
dalizó por Ip destemplado, y pare* 
ció mal aun á los mismos de su 
partido. Hubo hasta lances perso- 
nales en el mismo Consejo entre 
el fiscal y Cardona, de que resultó 
privar la reina gobernadora ri fis- 
cal de la asistencia al Consejo» que 
fué un'^olpe terrible para el nun- 
cio y el inquisidor señera). El rey 
. al regreso de una de sos espedi- 
eiones convocó varías juntas, de 
cóvds informes, asi como del que 
dio el Consejo de Castilla, salie- 
ron mal librados los que querían 
hacer de la Inquisición de Espafla 



una mora delegación de Roma. 
Uitinbamente resolvió el rey 
Felipe Y, cortar por sí mismo tan 
larú competencia, y habiendo 
conterenciado secretamente con 
el consejero Cardona, y * teniendo 
presente el informe del ConsHo 
Real de Castilla, expidió el si- 

f Diente decreto, que apareció un 
ia en el Consejo de la Inquisi- 
ción: «Yo BL Rey.— Por un efecto 
»demi beoig'.idad y justicia^ y pa- 
jira subsanar mi real conciencia, 
»he venido en mandar qué en mi 

• real nombre, y por el mi Conse- 
rje de Inquisición, inmediatanken- 
»te se restituya al ejercicio de 
«sus empleos a lostres consejeros 
•jubilados, don Antonio Zamora- 
•no, donjuán Baptista Arzeamen- 
»di y don Juan Iliguelez, verifí- 
»c¿ndose en esto el Omnímoda, de 
•suerte que sin intermisión ni 
tthueco alguuo-he de percibir en- 

• toramente todos sus sueldos, ga- 
lgos y emolumentos de iodo e! 
«referido tiempo; y efectuada que 
«sea esta mi real voluntad, se pa- 
usará aviso d« su entero cumplt- 
•miento á mi secretaría.— Uadrid 
vy noviembre 3 de l'^^Oi.» 

.A los cuatro días pasó al inqui- 
sidor general ia real orden siguien- 
te, que es notable: <cYo bl Rct.— 
»A vos el obispo de Segovia, como 
» inquisidor general.— Tendreisen* 
iftendido para vuestro gobierno y 
•el de los que os sucedan en el 

• empleo de inquisidor general, 6 
•presidente del mi Consejo de In- 
;!)quisicion, que habiéndose de mi 
«orden examinado por personas 
)»de la mayor Jiteratura, virtud y 
•prudencia todos los fundamentos, 
•bulas, reales pragmáticas, y de- 
•raas que sirvieron como de ci- 
smiento para la erección y crea- 
•cion que los reyes tnis predece-* 
•sores nicieroo de este mi Consejo 
•de Inquisición: que á losmjnis- 
•tros que le componen, y á los que 
•en adelante eligiese y nombrase 



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308 



III8T0B1A DR RSPAÜA» 



f mi real voluntad, que los habéis 
»derecoDOcer y respetar (en cuan- 
»to 03 permita la superioridad de 
npresiaente del dicno mi Conse- 
iHO), como á ministros, y que ha- 
•beis de tener presente son mis 
Mministros, que representan mi 
«real persona, ejerciendo mi ju- 
»r¡sdiccion territorial, y que como 
»¿ tales los hayan de reconooer y 
«respetar todos los inquisidores 
•generales, no embarazándoles de 
•ningún modo el voto decisivo que 
»por derecho les compete, y en 
»mi real nombre ejercen. — ^Asi- . 
» mismo 08 mando, pena de ocu- 
» paros las temporalidades, sacan- 
»doos de todos mis reinos y sefio- 
»río8, que dentro del tercero día, 
»de que se ha de dar testimonio, 
«esto es, que á las It horas de 
«recibida y leida esta mi real vo- 
sluntad, habéis de remitir y pre- 
» sentar en el Consejo de Inquisi- 
»cion todos los documentos, de- 
iclaraciones, sumarias informacio- 
tnes, cartas y demás instrumen- 
»tos púbFicos y secretos, correa-* 
> pendientes á la criminaiidad ful- 
• minada por vos en dicho Consejo 
•contra los procedimientos del M. 
•Fr. Froilan Diaz, del orden de 
•Santo Domingo, del mismo Con- 
•sejo, confesor que fué del señor 
• Carlos 11. (que sana gloria haya); 
•y efectuado que sea, me daréis 
•aviso de haberlo así ejecutado, 
•como también me habéis de cer- 
» tífica r en el mismo Consejo de In- 
oquisicion la verdadera existencia 
•ó prisión de dicho religioso.— 
|Madríd 7 de noviembre de 4 704.— 
» Al obispo de Segovia, inquisidor 
«genera !.• 

Ejecutado todo por el inquisi- 
dor general, quien al propio tiem- 
po certificó hallarse preso el fray 
Froilan Díaz en el colegio de do- 
minicoB de Atocha, y llevados al 
Consejo todos los papeles concer- 
nientes ásu causa, el Consejo dic- 
tó el siguiente fallo: «En la villa 



•de Madrid, á47 de noviembre 
^de 1704, juntos y congregados en 
•el Supremo Consejo de Ta Santa 
«Inquisición todos los ministros 
>aue le componen, acompañados 
)»ae los asesores del real de Cas- 
vtilla, se hizo exactísima relación 
»de esta causa criminal fulminada 
» contra Fr. Frolían Díaz.... y be- 
jucho cargo este Supremo Senado 
•de todo cuanto se le imputaba, 
•como de la tropelía que injusta-- 
)»mente se había hecho padecer á 
»6u persona en el dilatado térmí- 
»no de cuatro afios, determinó y 
•sentenció esta causa en la forma 
«siguiente: 

«Fallamos unánimes y confor- 
9 mes (némine discrepante) y atento 
«los autos y méritos del proceso y 
•cuanto de ellos resulta; que de- 
«bemos .absolver j absolvemos al 
»P. Fr. Froilan Díaz, de la sagra- 
»da orden de predicadores, coofe- 
«sor del sefior Carlos II. y mínis- 
«trode este cuerpo, de todíais cuan- 
•tas violencias, de todas cuantas 
«calumnias, hechos y dichos se han' 
» imputado en esta causa, dándole 
» por totalmente inocente y salvo 
>de eílos. Y qn su consecuencia 
«mandamos, qu^ en el mismo dia 
•de la publicación se le ponga en 
«libertad, para que jdesde el si- 
«guiente, o cuando mas le con-» 
r venga, vuelva á ocupar y servir * 
«la plaza de ministro que en pro- 
«piedad soza y tiene en este Con- 
«sejo. á la que le reintegramos 
«desde luego oon todo^sus bono- 
«res, antigüedad, sueldos deven- 
«gados y no percibidos, gases, 
•emolumentos y demás que le han 
«correspondido en los referidos 
•cuatro afios, de modo que se ha 
•de verificar el Omnímoda y total 
•percepción de todo» sus sueldos 
Acoriio si sin intermisión alguna 
•hubiera asistido al Consejo de In- 
•quisicion: y asimismo mandamos 
«que por uno de los ministros de 
«este tribunal (para mayor confir- 



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MKTB III. LIBKO Y. 



309 



]»macion de su iDocencia), se le 
»poD^ en posesión de la celda 
» destinada en el convento del Ao- 
«sarío páralos confesores del mo- 
Boarca, de laque se le desposeyó 
utan indebidamente: Y que de esta 
innestra sentencia se remita copia 
•autorizada por elsecretario de la 
» causa á todas las inquisiciones de 
]»esta monarquía, las que deberán 
»dar aviso á este Supremo tribu-» 
»nal de quedar enteradas de esta 

• resolución, j asi lo pronunciamos 

• y declaramos.» 

Tal fué el término aue tuvo el 
ruidoso proceso formado al P. Fr. 
Froilan Díaz sobre los hechizosdef 
rey, reservando para otro lugar 
hacer laa muchas reflexionesá que 
se presta, y sacar las importantes 
consecuencias que se desprenden 
relativamente al cambio de ideas 
ala variación en la marcha po- 
íítica que se experimentó en la 



I 



transición de uno á otro rei- 
nado. 

Hállase todo mas minuciosa^ 
men>e referido en el toro. I. del 
antes citado Opúsculo: los otros 
dos volúmenes contienen copias 
de las consultas que se hicieron á 
varios consejos yjuntas, y sus res- 
puestas, con otros varios docu- 
mentos, entre ellos el luminoso 
informe del Consejo de Castilla. 
El erudito don Melchor Rafael 
Macanaz, en sus MemoriaB jpara 
la Historia del reinado -de Feli- 
pe V. (MM. SS.)) dedicó varios ca- 
§ (tolos á la «elación de este rui- 
•so proceso, que proseguía en su 
tiempo. El lector que desee estu- 
diar este célebre episodio, de que 
nosotros tendremos tal vez nece- 
sidad de volver á hablar mas ade- 
lante, encontrará en dicha obra 
abundantes y curiosas noticias. 



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CAPITULO XIV. 

MUERTE DE CARLOS II. 

su TBSTAII8NT0. 

' ^ 4700. 

Segundo tratado do paHicion de los dominios espiífioles.*— {protesta 
del emperador.— IndigDacion de losespaaoJee, y quejas de Garlos ll« 
-^Interrupción de nuestras relacidnés con las potencias marítimas. 
— Mapejos de los partidos en la corte de EspaeLa.—Iocertídumbre y 
fluctuación del rey. — ^Salida del embajador francés.— Gonsuitas á los 
Consejos y al papa sobre el' derecho de sucesión.— Informes favo- 
rables á la casa de Francia.— Escrúpulos de Carlos.— Agrávase su 
enfek'medad.— Instálase á su lado el cardenal Portocarrero.— Indú- 
' cele á que haga testamento, y le otorga.-^ Nombramiento de suce- 
sor.— Séllase el instrumento, y permanecen ignoradas sus dísposi-^ 
cienes.— Oodicilo.— Creación de la junta de gobierno.— Relación de 
la muerte de Carlos.— Ábrese el testamento .-^Espectacion y ansie- 
dad pública.— Anécdota.— Resulta nombrado rey de España Felipe 
de Borbon.— Despachos de la corte de Francia.— Aceptación de 
Luis XIY.— Proclamación dé Folipe en Madrid.— Ceremonia en el 
palacio de Versa lies.— Palabras memorables de Luis XIV. á su nie- 
to.— Llega el nuevo rey Felipe de Anjou á la frontera de España. 

Repartíanse las potencias de Europa* decíamos al 
final del anterior capítulo, á su capricho y convenien- 
cia los dominios españoles, mientras la corte de És<- 
paña se hallaba entretenida con los ridículos inciden- 



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rARTB III. LIBAO T. 341 

tes de los hechizos y conjuros del rey. Y asi era. 
Coostaote Luis XIV. en obligará los españólese cod- 
sentir en la sucesión de su familia ó someterse á' la 
desmembración del reino» había negociado con Gui-* 
Ilermo ili. de Inglaterra y los holandeses un segundo 
tratado de partición, por el cual se aplicaban al ar- 
chiduque Garlos de Austria*, como ihéredero univer- 
sal, la España, los Países Bajos, la Cerdeña y las In- 
dias, se añadía la Lorena & los estados que por el 
concierto anterior debia recibir el Delfín de Francia, 
-y se daba' al duque de Lorena en recompensa el Mi- 
lanesado. El emperador debia declarar en b1 término 
de tres meses si aceptaba el tratado: si el duque de 
Lorena no accedía á este arreglo se destinaría Milaa 
al elector de Ba viera, ó en caso que esté no lo admi- 
tiese, al duque de Saboya; si sucedía lo primero, 
Francia tendría el Luxemburg; si lo segundo, adqui- 
riría Niza, Barcelonesa,^ y el ducado de Saboya con 
la Alta Navarra. Este tratado se firmó en Londres por 
los ministros de Inglaterra y de Francia el 3 de mar- 
zo (1700), y el 25 en la Haya por los plenipotencia* 
ríos áe los Estados generales ^*K ' 

Protestó el emperador contra el tratado, como 
quien pretendía tjsner derechq á. la herencia de Espa- 
ña sin desmembración alguna, y en su virtud se pro- 
rogó el plazo hasta los cinco meses, en cuyo tiempo 

(i) Rymer,F(Bdera. — Damont, lados.— Hist, de Luis XIV. 
Gorp&Dipk)m.-«GoloccioDd«Tra- ' ** 



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312 HISTORIA DB RSPA^A* 

se acomodó amigablemente la desavenencia con ln« 
. gtalerra por la mediación de la Holanda. Pero foé 
moeho ma jor la irritación de Carlos y de los españo- 
les» y tanto quct en las reclamacioneá y quejas qne 
España prodajo ante las cortes de Europa se osó de 
un lenguaje y un tono cuya actitud solo podia discul- 
par la justicia de la indignación. Sin embargo, no 
pudieron tolerarle algunos soberanos^y especialmen- 
te Guillermo de Inglaterra, que dio orden á nuestro 
embajador marqués de Canales para que saliese dp 
aquel reino en el terminó de diez y ocho días. Por 
nuestra parte se expidieron los pasaportes al embaja* 
dor inglés en Madrid, Stanhope,^ siguióse natural* 
mente la interrupción de nuestras relaciones con las 
potencias marítimas. Carlos 11., que siempre conser- 
vaba afecto á la casa de Austria, y deseaba darle la 
preferencia en la sucesión á todos les demás, envió de 
embajador á Yiéna á don Francisco Moles, aseguran- 
do al emperador que estos eran, como lo habían sido 
siempre, sus sentimientos. Pero el partido contrario, 
que entonces estaba en boga, tampoco se descuidaba 
en trabajar, y una de las cosas que consiguió fué la 
saudade la Berlips para Alemania (31 de marzo, 
1700), haciendo que el pueblo lo pidiera tumultua- 
riamente, á lo cual estaba muy dÍ3puesto, por el odio 
qne se habia logirado inspirarle á los alemanes. 

Las mismas alternativas que esperimentaba el rey 
en su salud, pues tinos días parecía ponerse á morir. 



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PAATB 111. UMO y. 313 

y otros 86 reanimaba^ se presentaba en público, y 
hasta se paseaba y divertía, esas mismas oscilacioDes 
sofría su espíritu, vacilando al compás de los esfuer- 
zos que hacia cada partido para decidirle, ya en favor 
del francés, ya del aostriaco, usando los parciales de 
cada uno de todo género de armas y de toda cíasele 
invenciones para recomendar á aquel por quien tenia 
inter^ y desacreditar á su competidor. Hacíanse jofer- 
tas, inventábanse calumnias, concertábanse planes, 
empleábase todo género de manejos, y hablóse eoton* 
ees por algunos de la conveniencia de convocar core- 
tes, que era en verdad á las que correspondía dirimir 
la cuestión de sucesión; pero este recuerdo tardío no 
encontró eco, porque no convenia á los que hubie- 
ran -debido fomentar idea tan saludable. Entre los 
manejos que osaron los del partido austríaco parece 
fué uno el de prometer á la reina casarla con el ar- 
chiduque, en el caso de ser nombrado heredero el 
príncipe imperial, y que bien recibida por la reina 
esta proposición, la indujo en uno de los momentos 
en que la dominaba el afecto á su familia á revelar al 
rey la propuesta de igual índole que antes le habia 
hecho el de Harcourt respecto al Delfín. Ofendido 
jostamente al monarca, irritóse tanto como era nato* 
ral contra el embajador francés, y dio orden al de 
España en París, marqués de Gasteldosrios, para que 
hiciese entender á Luis XIV. la gravísima queja que 
tenia de su ministro. Y como entraba en la política de 



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314 UI8T0EÍA J>B BSPAAa. 

Lui9 00 dar motivos de disgoslo á Carlos, mandó reti- 
rar do Madrid á su embajador, quedando en sa logar 
su pariente Blecouri. Asi es como esplican bs escrílo- 
res españoles la retirada del de Harcoort de Madrid, 
blea que los historiadores franceses lo atribuyan, ó á 
la necesidad de ponerse al frente del ejército francés 
de. la frontera, ó á ardid para burlar la atención pú« 
bfíca de la corte de España ^^K 

Pero quedaba aqui el cardenal Portocarrero, el 
partidario mas eBcaz y mas influyenle de la' casa de 
Borbon» que ademas de contar con muchos magnates 
de su parcialidad, era el que por el carácter de su 
elevado mioisterio éjercia mas ascendiente sobre la 
conciencia del rey, y como caso de conciencia le re* 
presentó el deber de consultar á los láas acreditados 
teólogos y jurisconsultos del reiuo y á los consejos de 
Estado y de Castilla, para resolver con cónoeimiento 
de causa eo tan delicado punte como el del nombra* 
miento de sucesor. Asi en los consejos como en las 
juntas de letrados prevaleció < el dictamen favorable 
al nieto de Luis XIV. Felipe de Anjou, con tal que^e 
adoptasen medios para evitar la unión de ambas co- 
ronas en unas mismas sienes. Ya lo sabia de antema- 
no Portocarrero, y por eso había aconsejado las con- 
sultas. Hubo, sin embargo, algunos individuos que 
propusieron que se convocaran cortes, pero fué des* 

(4) Memorias del marqués de j5a bajo el reinado de la casa do 
San Felipe.— Willíam Goxe, Bspa- Borbon, inlrodoocion, Sección 3.* 



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rAUTB iiu Lini> V 316 

estímada la proposictoii por la mayoría. Y como to- 
davía el monarca repogoiára tomar una resol ación 
GOBtraria á la casa de Austria» persuadióle Porlocar* 
rero deque debeila pedir parecer al padre' comou de 
los fieles^ como el mejor y mas síeguro consejero en 
materias de tanta monta. Un monarca tan timorato 
como Garlos II. no podía menos de acoger bien el con- 
sejo, bixolo asi, y la respuesta del Pontífice fué tal 
como el cardenal la esperaba de la antigua enemistad 
del papa Inocencio XI. ala casa de Austria, á saber, 
•que los hijos del Delfiu de Francia eran los legttiotos 
hierederos de la corona de Gastilla ^*K 
. Tal era el apego y la afición de Garlos á su familia 
austríaca, que aun no bastó la poderosa y sagrada 
autoridad del pontífice para disiparla incertidumbre y 
acallar los escrúpulos que agitaban su corazón y mor- 
tificaban su conciencia. Terdad es qué la reina y los 
I enemigos de Francia segtiian ian>bien trabajando de- 
sesperadamente, y en esta lucha y agitación continua 
pasaba Carlos los pocos días que restaban ya á su pe* 
nosa existencia., Sin embargo, todavía ^e procuraba 
distraerle con idas y venidas al Escorial, y lo que es 
mas de notar, con fiestas de toros, á que se hacia asis- 
tir áSS.MM. ^K Y entretanto no se dormían las cortes 



(4 ) William Coxe insecta la car» Spada, todos tres afectos á Fraa- 

ta del rey al ppotííipe, que entre- cía. 

gó el embajador duqae de ücedia, {%) Hvbo um corrida de loros 

y la respoesta del papak^ Loa car- eo 21 de junio; y otra oa 44 de 

dónales con quienes consultó S. S. iah'o (4700) en la Plaza Mayor, á 

fueron los de Albano, Spinola y las coates coneurrieron el rey y la 



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9!6 HISTOMA M 8SPAÜA. 

estraogeras; la reíoa procuraba secretamente una re* 
coDCÜiacion con las potedcíasinarílialas, pero Luis XIV. 
ganando en energía á todas, publicó en el mes de se- 
tiembre uaa. Memoria, en que sentaba que el modo de 
conservar la tranquilidad pública era realizar el tratan- 
do de partidon, y amenazaba con no consentir que tro- 
pas imperiales pisaran ningún territorio de losdomi* 
nioB españoles. .Nuevo conflicto para el monarca espa- 
ñol, que ya llegó ¿ temer de Luis que en vez de acep- 
tar con gusto un testamento en Tavor de so femília se 
empeñaría en desmembrar la España, qae era lo que 
Carlos sentía mas, y lo que repugnaba íñ»s su con- 
ciencia: y asi procuró asegurarse de la disposición del 
monarca francés á aceptar la Iverencia de España para 
su oieto. 

Difusa tarea sería la de seguir en todos sus acci- 
dentes los mil combates que todavía sufrió el espíritu 
del irresoluto Carlos, asediado de la reina, de los mi- 
nistros, embajadores, consejeros, confesores y mag* 
nates, habiéndole todos según sus encontrados intere- 
ses y pasiones, basta que agravada su enfermedad el 
8Q de setiembre (1700), fué obligado al siguiente dia 
á acostarse en el lecho de que no habia ya de levan- 
tarse mas. El S8 le fueron administrados los sacra- 
mentos por mano del patriarca de las Indias. Recibió- 
reina. La primera se condoyó ya aquel tiempo; Papeleado Jesuilas, 
isaai de noche, y se Tinoaiam- pertenecientes ala real Academia 
brando con bachas el coche de de la Historia. 
SS. MM.r-Díario manuscrito de 



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iM. PAETB 111. LIBM ▼. 317 

los el aagasto enfermo con edificaote religiosidad; pi- 
dió perdop á todos, aooqoe declaró no haber tenido 
nunca deseo ni intención de ofender á nadie, y man- 
dó volver á las viodas lo queies habia sido quitado 
por la reforma. Al otro dia pareció tan de peligro,^ 
que la gente devota fué llevando á la cámara regia y 
á la capilla las imágenes mas veneradas eu ios tem« 
píos de Madrid, la virgen de la Soledad, la de Ato- 
cha, la de fa Almodena, la de Beleo, Santa Maria de < 
la Cabeza, San Isidro, San Diego de Alcalá, y otras 
varias, y hasta se mandó traer el niño del Sagrario 
de la catedral de Toledo, eu términos que hubo ne- 
cesidad de volver algunas, porque ya no cabían. El 
rey esperimentó una mejoría notable, que la piedad 
nopodia dejar de atribuir á las oraciones de les que 
rogaban por su salud, y á la intervención de las imá- 
genes sagradas. 

Instalado el cardenal Portocarrero en el aposento 
real para hablar al augusto paciente de las cosas que 
tocaban al bien y salvación de su alma, logró ahu- 
yentar de^lli ala reina, al inquisidor general Men« 
doza, al confesor Torres-Padmota, al secretario del 
despacho universal Ubilla, y á todos los que no eran 
de su partido, y para el servicio espirilual del enfer- 
mo habia llevado consigo dos religiosos de su oonBan- 
za. Eútonces comentó á exponerle; que estando su fin, 
á lo que parecía, tan cercano, debia para descargo de 
su conciencia y para no dejar el reino sumido en loa 



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318 HiSToaiA DB bstaSa. « 

horrores de una guerra civil hacer su teslameolo y 
designar el heredero de la corooa, para lo-t:uai, de* 
cia, no debía escuchar la voz de ias afcccioiies tenre- 
naleSt ni guiarse por motivos de odio 6 de amtsiad» 
sino mirar la convenieocia del reino» y aleoerse á lo 
que le representaba como mejor la mayoría del con* 
sejo, compuesto de los hombres mas ilustrados y mas 
amantes de la justicia^ y verdadero intérprete de los 
deseos nacionales ^*\ con cuyo dictamen estaba de 
acuerdo el del padre común de lois. fieles. Carlos no 
pudo resistir ya mas, y mandando salir déla cáma- 
ra á los que rodeaban stí lecho, y llamando al secre* 
tario Ubilla, le ordenó que estendiera como notario 
mayor de reinos su última voluntad á presencia de 
los cardenales Portocarrero y Borja, de los duques 
de Medinasidonia/ Infantado y Sesa, del conde de 
Benavente y de don Manuel Arias. El 3» de octubre 
(4700) le fué presentado el testamento para que pu- 
siese en él su firma» hecho lo cual se cerró y selló 
segon costumbre. cDios solo, esclamó Carlos, es el 
quédalos reinos, porque á él solo pertenecen.» Y 
anadió suspirando: tYano ¿oy naia.B Ademas del 
sucesor al trono, dejaba nombrada una junta que ha^ 
bia de gobernar el reino hasta tanto que aquél vinie- ^ 

(4) Ya hemos dicho que la ma- nía, los marqueses de Víllafranca, 

VQrfodel consejo de Estado se Iffaceda y el Fresno, y loa eondei 

bahía decidido por el duque de de Montijo y Sao Esteban» Solo 

Anjon, nieto de Lvis XIV. Gom-» disentían ios condei de Fn^liana 

ponían aquella el x^rdenal Porto- y de Fuensalída. 
earrero, ol duque do Medínasitfo^ 



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PARTB 111. UBftO V. 319 

se» compoesla de la reina, con voto de calidad, de 
los presideates de los consejos de Castilla y Aragón, 
el arzobispo de Toledo, ei inquisidor general , un 
grande y^ un consejero de Estado, los qne él desig- 
naría en un codicii(J. 

Las disposiciones del testamento permanecian se- 
cretas é ignoradas; mas como no lo fuesen para Por* 
tocarrero, aquella misma noche las comunicó -á Re- 
courl, quien no se descuidó en trasmitirlas á Paris* 
Pero'teroióse que todo iba á cambiar con la mejoría 
que impensadamente esperimentó el rey, tanto que 
llegaron á concebirse lisonjeras esperanzas del com- 
pleto restablecimiento de su salud, se le diverlia con 
músicas, y se celebraba su alivio con fiestas ^^K En 
este período la reina y sus parciales renovaron sus 
esfuerzos para ver de apoderarse del énimoxlel rey; 
el mismo Carlos sintió revivir los impulsos nunca apa- 
gados en favor de su familia, y hubo de decidirse á 
despachar un correo á Víena indicando ai emperador 
su pensamiento definitivo de declarar sucesor al arr 
chiduque. Aparte de esto, el 21 de octubre otorgó un 
codicilo disponiendo que si la reina su esposa quísie* 
ra después de su fallecimiento retirarse de la corte, 
y vivir, bien en ona ciudad de España, bien en cual- 
quiera de los estados de Italia ó de Klandes', se le 
diera el gobierno de aquella ciudad ó de aqpellos es-* 
tados, con sus correspondientes ministros. 

(1) Gacelas de Madrid de 9, it y 49 de octubre de 4700. 



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320 HISTORIA DB BSPAIÍA. 

Pero aquella mejoría desapareció pronto. El S6 
de oclubre volvió á agravarse con síntomas alarman* 
les: el 89 dio un decreto nombrando para el gobier- . 
no del reino hasta la llegada del sucesor á la reina 
(con voto de calidad), al cardenal Portocarrero, á don 
Manuel Arias como presidente del consejo de Casti- 
lla, al duque de Montalto como presidente del de 
Aragón, á don Baltasar de Mendoza como inquisidor 
general, al conde de Frigiliana como consejero de 
Estado, y al de Benavente como grande de España. 
Hé aqui como anunció la Gaceta del 2 de noviembre 
todo lo que aconteció en estos últimos dias basta la 
muerte del rey. «Desde el S6 de octubre se fué an* 
» mentando la enfermedad con mas graves accidentes 
)»y calentura, llegando á temerse alguna inflamación 
linterna; de suerte que desenfrenándose la. causa 
•principal del desconcierto, se vio obligado S. M. á 
•señalar el decreto en que dejó nombrado al señor 
' » cardenal Períoca rrero por su lugarteniente y gober- 
»nador absoluto durante la vida de S. M. en postura 
)»que no pueda despachar por sí. Reiteró los sacra- 
j»mentosdela Penitencia y Comunión sagrada, y la 
»Santa Extrema-unción que S. M. habia pedido, co- 
»mq también sacerdotes que le ayudasen á bien mo- 
•rir, Qon otras demostraciones de su catolicísíma pie* 
»dad estando toda la corte en el último desconsuelo 
•basta las dos de la tarde del día 31 de octubre, a 
>>!a cual hora, cuando estaban mas perdidas las espe- 



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PARTE III. LIBRO V. 3S1 

)»raDzas de todos» comenzó á recobrarse S. M. yol- 
i^viendo sobre sí, cou aa sudor benigno que le duró 

. * »cerca de media hora, los pulsos altos y descubier- 
utos, y con vigor, y apetencia al alimento proporcio- x 
»nado, y con algunas horas de reposado sueño, la 
»cual favorable novedad, que casi se tuvo por mita- 
»grosa, continuó toda aquella noche y la mañana del 
»1.^ de noviembre, llegando á respirar las esperan-' 
»za8 casi muertas de todos sus buenos vasallos, fué 
»Dios servido,' por sus altísimos juicios y merecido 

' ^castigo de nuestros pecados, que á la hora de me- 
»dio dia sobresaltase á S. M. el mismo accidenté de 
» fiebre maligna, y letargo, con tanto rigor y violen- 
Dcia que le arrebató la vida, entredós y tres de aque- 
»lla tarde 1 .^ de noviembre, dejándonos solamente 
»el consuelo de su premeditada y cristiana cpuerte ^^K^» 
Fallecido que hubo el rey, procedióse á abrir el 
misterioso testamento con toda la solemnidad que el 
caso requería, llenándose basta las antecámaras y sa- 
lones de palacio de magnates del reino y de ministros 
estrangeros, impacientes todos por saber el nombre 

(4) Gaceta de Madrid do) % de ber mueHoe] reyeoSdeDoviem- 
noviembre de 4700.— No sabemos bre, equivocación patraña babien- 
como el señor Cánovas, en su/>0- do tantos y tan públicos, doco- 
eadencia de España^ pudo caer menlos para comprobar la exac- 
en el error de súponet todos estos titud de las fecbas.— Equivócase 
últimos sucesos de la vida de Car* igualmente este historiaaor eu da r 
los n., inclusa su muerte, como ¿ Garlos II. 37 años de reinado, ' 
acontecidos en el año4 704 .—Tam- habiendo sido solos 35^ de los 39 
bien William Coxe, en su £spaAa aue vivió: pequefias inexactitu- 
bajo el reinado de lacasade Bor-- des, pero notables tratándose de 
bon^ dice en dos ó tres partes ha- cosas tan averiguadas y sabidas. 

Tomo xvii. , 21 . 



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322 aiSTORIA DB ESPAÑA. 

del futuro rey de España, y priacipalmenle los em- 
bajadores francés y austríaco, los dos mas interesa-* 
dosi y qne ignoraban ó afectaban ignorar el conteni- 
do del documento. Cuéntase que estando todos en es-* 
ta expectativa, y saHendo á anunciarlo el duque de 
Abrantes, saludó con taucba afectuosidad al embaja* 
dor de Austria, y después de cruzarse muchas corte- 
sías, le dijo el duque: mTsngo el mayor placer, mi 
buen amigo, y la satisfacción mas verdadera, en despe- 
dirme para siempre de la ilustre casa de Austria (*\» 
Sobrecogido se quedó el de Austria con tan pesada 
burla, tanto como se vio pintado él júbilo en el sem- 
blante del embajador francés Blecourt. 

Era en efecto el designado en el testamento de 
Carlos para sucederle en todos los dominios de la ^mo- 
narquía española el nieto de Luid XIV., hijo segundo 
del Delfin de Francia, Felipe duque de Anjou, y en 
el casp de que éste heredara aquel trono ó muriera 
sin hijos, era llamado al de España su hermano me- 
nor el du(iue de Berry. Designábase en tercer lugar 
al archiduque Carlos de Austria, hijo segundo del 
emperador, y á falta de éstos pasaria la corona al du- 
que de Saboya y sus descendientes, con las mismas 
condiciones ^'^ . 

(4) Memorias deSan SJmoD.— (t) La cláasola del testamento 

Otra cosa semejante parece que decía: «Y reconociendo, conforme 

pasó en Yersalies al embajador á' diversas consaltas de ministros 

anstriacocon el ministro Torcj, de Bstadoj Justicia, qne la razón 

según las Memorias secretas del en que se runda la renuncia de las - 

marqués de Loumlle. señoras dofia Ana y dofia Mar/a ^ 



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PAftTB III. LlBftOV. 



8S3 



Tan pronto como la junta de gobierno entró en el 
éj)erciciode su cargo, se despachó un correo á la cór-^ 
te de Francia con copia del testamento y con cartM 
de la junta para Luis XIY. suplicáqdole reconociese 
al nuevo soberano de España, y le permitiese venir á 
tomar posesión de su reino, pero con orden al porta- 
dor para que en el caso de que Luis no aceptase la 
herencia prosiguiese basta Viena y ofreciese la corona 
al archiduque Carlos. Hallábase la corte de Francia 
enFontainebleau cuando llegó el mensagero: para jus- 
tificar Luis su conducta ante los ojos de Europa, ne- 
góse á recibir al embajador hasta oír el parecer de 
su consejo de Estado, que convocó en efecto, y en él 



Teresa, rainas de Francia, mi tía 
y hermana, á la aaceaion de estos 
reinos, fae evitar elperjuicio de 
unirse á la corona de Francia; y 
reconocienddqne viniendo á cesar 
este motÍTO faadamental, subsiste 
ei derecho de |a sucesión en el 

r tríente mas inmediatOf conforme 
las leyes de estos reinos, y qne 
boy se verifica este caso en el hijo 
segundo del Delphin de Francia: 

f»or tantOf arreglándome á dichas 
eyes, declaro ser mi sucesor (en 
caso que Dios me Hete sin dejar 
hijos) el duqne de Anjou, hijo se- 
gando del Delphin, y cono á tal le 
mmo^á la sucesión de todos mis 
reinos y dominios, sin escepcion 
de ninguna parte de ellos; y man* 
Mo y ordeno A todos mis subditos y 
-vasallos de todos mis reinos y se- 
fiorios, que en el caso referido de 
que Dios me llere sin sucesión le- 
gítima, le tengan y reconozcan 
por su rey y seüor natural, y se le 



dé luBgo y sin la menor dilación 
Ja posesión actual, precediendo ei 
juramento que debe hacer de ob- 
servar las leyes, fueros y costum^ 
brea de dichos mis feinos y sefiO'- 
r/os. Y porque es mi^intencíon, y 
conviene asi á la par de la cris«- 
tiandad, y de la Europa toda, yá 
la tranquilidad de estoé mis reinos, 
que se mantenga siempre desuni- 
da esta monarquía de la corona de 
Francia; declaroconsigutentemen- 
te á lo referido, que en caso de 
morir dicho duque de Anjou^ó en 
caso de heredar la corona de Fran- 
cia, y preferir el goce de ella al 
de esta monarquía, en tal caso de- 
ba pasiir dicha sucesión al duqoe 
de Berry , su hermano, hijo terce- 
ro del dicho Delphin, en la misma 
forma.. ..te^Bl testamento consta 
de eincaenta y nueve artíenlos. 
És documento bien conocido; .y 
corre ya impreso en varias publi- 
caciones. 



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324 



HISTOHIA DE BSPAMA. 



se discutió seriamente, como si no fqese cosa harto 
acordada, si se aceptaria ó nó el testamento de Gar- 
los. Decidióse afirmativamente, á esce'pcíon de un vo* 
lo que hubo por el tratado de partición, y entonces 
Luis, fingiendo todavía dejarse ganar por las razones^ 
de su consejo y de su hijo, declaró que le aceptaba, 
recibió al embajador, y despachó un mensage á Ma- 
drid con s\í respuesta á la junta (1). Acompañaba á 
esta respuesta una caria confidencial de letra del mis«* 
mo Luis al cardenal Porlocárrero (12 de noviembre, 



(4) Hé aquí los dos úkimospár- 
rafos de la carta de Lnis XIV. 
«Aceptamos pue&á favor de nues- 
tro meto, el duque de Aujou, el 
testamento del difunto rev católi- 
co, y nuestrp hijo elDotfiolo acep- 
ta igualmente^ abandonando sin 
dificultad los justos é íncontesta-. 
bles derechos de la. difunta reina, 
sa madre y nuestra amada esposa, 
como losde la difunta reina, nues- 
tra augusta madre, conforme al pa- 
recer aevarios ministros de Estado 
yjusticia, consultados por el di- 
funto rey de Espafia; y lejos de 
reservar para sí parte ninguna do 
la monarquía, sacrifica su propio 
interés al deseo de restablecer el 
antiguo esplendor de una corona, 
que la voluntad del difunto rey 
, católico V el voto de los pueblos 
confian a nuestro nieto el duque 
de;Anjou. Quieroai mismo tiempo 
dar á esa .fiel nación el conduelo 
de quebosea un rey que conoce 
que le llama Dios altrono^ á fio de 
que impere la religión y la lusticia, 
asegurando la felicidad de los pue- 
blos, realzando el esplendor de 
una monarquía tan poderosa^ y 
asegurando la recompensa debida 



aknérito, que tantoabunda onunt 
nación igualmente animosa que 
ilustrada, y distinguida en el con- 
sejo y en la guerra, y finalmente 
en todas las carreras de la iglesia 
y del estado. 

»Di remos á nuestro nieto cuán- 
to debe á un pueblo tan amante 
de sus reyes y de su propia gloria: 
le exhortamos también á que no se 
olvide de la sangre que corre por 
sus venas, conservando amora su, 
patria; pero tan solo á fin de con- 
servar la perfecta armonía tan ne- 
cesaria á la mutua felicidad de 
nuestrossúbditos y )os suyos. Es- 
te ba sido siempre el principal 
objeto de nuestros propósitos; y 
si la desgracia de épocas pasadas 
no en todos tiempos nos na per- 
mitido manifestar estos déseos, 
esperamos que este grande acon- 
tecimiento cambiará la faz de los 
negocios, de tal modo que ,cada 
dia se nos ofrezcan nueviis ocasio- 
nas de dar pruebas de nuestra es- 
timación y particular benevolen- 
' cia á la nación esoaflola. Por tanto 
etc.— Firmado, Zruís.»— Copia del 
Diario de Ubilla. 



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PAETJI III. LIBRO y. 325 

1 700)t mostrándose agradecido á sos servicio^ y á la 
parte tan principal que había tenido en que se diese 
ásu nieto la corona, y ofreciéndole su protección y 
que el joven soberano se guiara por sus consejos ^^K^ 
El portador de estos pliegos llegó á Madrid el 21 de 
noviembre, y el 23 se anunció que el rey cristianísi- 
mo habla premiado los servicios del marqués de Har* 
court con la merced de duque y de par de Francia, 
y que volvía á enviarle á España de embajador. El 24 
se hizo en Madrid la solemne' proclamación del rey . 
Felipe y. con .toda solemnidad, llevándolos pendones 
como alférez mayor el marqués de Francavilla, acom- 
pañado del corregidor don Francisco Ronquillo ^ de r 
iodo el ayuntamiento ^^. 

Verificábanse casi al mismo tiempo en el palacio 
de Versalles escenas y ceremonias imponentes á pre* 
seocia de toda la familia real, de todo lo mas ilustre 
y elevado de la Francia, y de todos los representan- 
tes de tds naciones estrangeras. «El rey de España 
)»os ha dado una corona, dijo Luis XI-V. á su nieto an- 
»te aqnella esclarecida asamblea; vais á reinar, se^- 
»ñoTf en la monarquía mas vasta del mundo, y ádic- 
)»tar leyes á un pueblo esforzado y generoso, célebre 
»en todos los tiempos por sú honor y lealtad. Os en- 
»cargo'que le améis, y merezcáis su amor y confianza 



(4) Memorias del marqués >de tes 23 ; martes 30 de noviembre 
San Felipe, tom. I. de 4700. 

(2) Gacetas de Madrid del mar- " ^ 



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326 HISTORIA. DB B8PA9a» 

)»por la dulzura de vuestro gobierno.» Y dirigiendo* 
se al embajador de España: «Saludad» marqués» ie 
>dijo, á vuestro rey.» El embajador selnclinó fespor 
iuosamente y ie dirigió una breve arenga.— «Sed 
9 buen español, que ese e^ vuestro deber, le dijo otra 
»vez Luis al nuevo soberano: mas recordad que habéis 
anacido francés, á fin de que conservéis la unión de 
cambas coronas. De este modo haréis felices á las dos 
Koaciones y conservareis la paz de Europa.» Y en se- 
guida el joven príncipe recibió los homenages debi* 
dos á la magestad. 

La regencia de España manifestaba deseos de ver' 
cuanto antes al nuevo soberano, y asi le convenia 
para no dar lugar á las maquinaciones del Austria. 
El embajador de Harcourt llegó anticipadamente á 
Madrid el 4 3 de diciembre, pero la saj^ida del rey de 
VfLTís tuvo que diferirse hasta el 4 de enero inmedia- 
to. Al separarse d^ su real familia, le dirigió su vene- 
rable abuelo estas palabras memorables. tEstos son 
los príncipes de mi sangre y de la vuestra. De horf 
más deben ser consideradas ambas naciones como si 
fueran una sola; deben tener idénticos intereses, tf 
espero que estos principes os permanezcan afectos-como 
á mí mismo. Desde, este instante no hat PiRilnses.» 
— Palabras, observa juiciosamente ún escritor de 
<i'|ik-lla nación, que anunciaron á Europa los resuU 
lados terribles que podian esperarse de la unión de 
estas dos monarquías en la misma familia. 



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PAaiB 111. Liisno v« 327 

AcompañaroD al monarca electo sus dos hermanos 
hasta la frontera, y se despidieron en la isla de los 
Faisanes, memorable por el famoso tratado en que 
quedó escluida para siempre la casa de Borbon de la 
sucesión al trono de España. fQué contraste el de la 
venida de este príncipe con aquel tratado! ^^K 
^ Asi se estinguió en España la dinastía austríaca, 
que habia dominado dos siglos, reemplazándola la de 
los Berbenes de Francia: gran novqdad para un pue- 
blo. Veremos como influyó en la condición social de 
España el cambio de la raza dinástica de sus reyes. 

(4) Memorias de Torcy.— Id. de San Felipe. — Memorias secre- 
de San Simoñ.— Id. del marqués tas de Luville. 



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CAPITULO XL 

ESPAÑA EN EL SIGLO XVIL 



OJEABA CRITICA SOBRE EL REINADO DE FELIPE IIL 



Los reiaadosde Carlos I • y Felipe IL habían ab- 
' sorbido casi todo el siglo XYI. Los de los tres últimos 
soberanos de la casa de Austria llenaron todo el si- 
glo XVIL Una dominación de cerca de dos siglos no 
puede ser un paréntesis de la historia de España,' eo- 
ido la llamó, con mas ingenio que propiedad,, un cé- 
lebre orador de nuestros dias que ya no existe. 

El primer período fué el de la mayor grandeza 
material que la España alcanzó jamás; el segundó fué 
el de su niayor decadencia. Aquel sol que, en jos 
tiempos del primer Carlos y del segundo Felipe nacia 
y no se ocultaba nunca en bs dominios españoles» pa- 
' recio como arrepentido de la desigualdad con que 
habia derramado su luz por las naciones del globo, y 
nos fué retirando sus resplandores hasta amenazar 



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. PABTB 111. LlBftaV, . 329 

dejarnos sumidos en oscuras sombras, como si todo se 
necesitará para la compensación de lo mucho que en 
otro tiempo nos habla privilegiado. 

«No conocemos, dijimos ya en otra parte, una 
raza de príncipes en que se diferenciaran mas los hi- 
jos de los padres qqe la dinastía austriaco-española.» 
Ya lo hemos visto. De Carlos L á Garlos IL se ha pa- 
sado de la robustez mas vigorosa á la mayor Qaque- 
za y estennacion, c6mo sí hubieran trascurrido mu- 
chos«iglos y muchas generaciohes; y sin embargo el 
que estuvo á punto de hacer desaparecer la monar- 
quía española no era mas qué el tercer nieto del que 
hizo á España señora de medio mundo. Mas no fué 
la culpa solamente del segundo Carlos. Su abuelo y su ' 
padre le habian dejado la herencia bario menguada. 
Pasemos una rápida revista á cada uno de estos tres 
últimos infelices reinados. ^ , 

Algo mejor que sus propios maestros habia cono- 
cido Felipe II. lo que de su hijo podia prometerse el 
reino. Por masque sus preceptores le hubiesen dicho: 
<rtene,^eJior, todas las partes de principe cristiano; 
es muy religioso, devoto y honesto: vicio ninguno no se 
sabe:9 Felipe II. dijo á su vez suspirando poco antes 
de morir: nDios, que me ha concedido tantos estados^ 
me niega un hijo capa% de gobernar los. i^ No faltó algu* 
na razón á Virgilio Malvezzi para decir de Felipe IIL, 
«gtie hubiera podido contarse entre los mejores hombres 
á no haber, sido rey.i» Pero las naciones j hemos dicho 



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330 HISTOaU DB BSPAJÍA» 

nosolros, necesitan reyes^ que sepan ser algo tnas que 
santos varones. 

La piedad y la dévocioo religiosa, sin otras vir* 
lades sociales, pueden salvar un hooorbre y perder un 
estado. Por ser Felipe IIL el Piadoso po dejó de ser 
Felipe III. el Funesto. Semcyanle á aquel célebre as- 
trónomo que por mirar al cielo tropezaba y Caía en la 
tierra, Felipe IIL por encomendarse á Dios olvidaba 
los hombres que Dipa lehabia encomendado. Mientras 
él oraba sus validos se enriquecian. Asistía á los no*- 
vcnarios, pero no concurría á los consejos. Pesábale 
el cetro en la mano y se le encomendó á un favorito, 
pero no le pesaba el blandón que en aquella mfsma 
maño llevaba en las procesiones. Poblaba conventos 
y despoblaba lugares. Enriqueció ^ España trayendo 
á ella los cuerpos ó reliquias de mas de doscientos 
santos, pero la empobreció echando del reino cerca' 
de un millón de agricultores. No sabia cómo podía 
acostarse tranquilo el que hubiera cometido un peca- 
do mortal, pero no reparaba que su indolencia y mal 
' gobierno ponía á muchos hqmbres en la necesidad de^ 
dirse al robo para comer, y á muchas mugeres en la 
de vender su honestidad para vivir. Piadosísimo era 
el pensamiento de hacer un viage á pié á Roma» con 
tal que se declarara dogma de fé que la Madre de 
Dios habia sido concebida sin pecado, pero de mas 
provecho para la conservación de los dominios here- 
dados habría sido la resolución de ir, enbagel, ó en 



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PABTB 111. LIBRO Y» .^ 331 

carroza, á salvar sns ejércitos en Irlanda ó en las Du- 
nas» ÜDcioD religiosa manirestaba en verdad cuando 
encontraba á sus hijos con el rosario en la mano y les 
decia: tEsas son^ hijos mios, las espadas conque ha^ 
beis de defender el retno.» Pero no eran las espadas 
de aquel temple las que su abuelo y su padre- hablan 
empleado para acrecentar la monarquía que estaba 
en obligación de conservar. 

Sin embargo, esta religiosa piedad, estas virtudes 
cristianas, que hacian de Felipe III. un buen hombre, 
no el rey que necesitaba la nación, habrían influido 
mucho mas de lo que influyeron en el mejoramiento 
de las costumbres públicas, á no haber sido aquella 
estraña mezcla de miaticismoy de disipación, de prác- 
ticas devotas y de aficiones y distracciones profanas 
en que pasó este monarca su vida, alternando entre 
los rosarios y los torneos, entre las procesiones y las 
mascaradas, entre misas y saraos, orando de dia en 
la capilla, bailando de noche en los salones de pala- 
cío, comulgando por la mañana, asistiendo á la cor- 
yida de loros por la tarde, empleando la mitad de un 
mes en novenarios y setenarios, la otra mitad en par- 
tidas de caza, saliendo de los templos de Madrid pa- 
ra ir á solazarse en los montes de la Ventosilla, en los 
bosques del Escorial, ó en los sotos de Lerpia, pasan- 
do de escuchar el grave acento del orador sagrado á 
recrear el oido con la bulliciosa vocinglería de los 
ojeadores y de los sabuesos, no permitiendo que á 



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332 piSTOElii DB BSPAfÍA. 

Lerma» ni al Escorial, oíanla yentos¡lld,ní á suscoo- 
tornos se acercara nadí^ á ÍDlerr4iinpir sas solaces, 
jii á importunarle con pretensiones, ni á molestarle 
con negocios de estado, ni á fatigarle con asuntos de 
gobierno. 

Asi el devoto y distraído rey oraba y se divertía, 
pero no gobernaba. El duque de Lerma su valido era 
el que gobernaba el reino solo, y le perdían entre él 
y el soberano: mientras el rey pescaba en el estanque 
de laGranjilla^ ó en las corrientes del Arlanza, el de 
Lerma acumulaba para sí en la secretaría <iel despa- 
cho títulos, encomiendas, rentas y mercede^: en taa- 
to que Felipe perseguía venados y perdices por valles 
y por montes, el valido compraba casas, palacios y 
cotos: el soberano distribuía la caza del día entre los 
guardas y los labriegos de los Reales sitios, el priva- 
do repartid los empleos y oficios del Estado entre sus 
anügos y deudos; el rey empobrecía el reino sin ad- 
vertirlo por no gobernarle, el favorito gobernándole 
arruinaba á sabiendas por hacer oputenta.su casa y 
familia. 

Felipe 111. que á los trece dias de haber subido al 
trono se lamentaba á las cortes de la estrechez en que 
su padre le había dejado la hacienda, casi del todo 
acabada, en medio de sus distracciones no^ volvió á 
advertir que la hacienda iba de mal en peor, hasta 
que se encontró como Enrique III. de ¿astilla con que 
no tenia para pagar los gages á sus criados. Habíase 



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PAETB IIK LlBftO V. 333 

disipado locamente ea ios espléndidos gastos de las 
bodas reales, en tos bautizos de los príncipes» en re^ 
cibimientos de embajadores, en torneos y justas, en 
comedias y monterias, en mercedes y pensiones, en 
erección y dotación de conventos. 

Hasta qué punto llegara la multiplicación de los 
conventos y de las comunidades religiosas de ambos 
sexos, fundadas y dotadas por el tercer Eelipe, manía 
en que á ejemplo del monarca dieron lambien enton- 
ces los grandes del reino, muéslranlo las continuas 
reclamacionjBs de las cortes y del consejo de Castilla, 
pidiendo que se pusiera límite y coto y aun prohibi- 
ción absoluta á la fundación de nuevos institutos mo- 
násticos, por perjudiciales á la población y á la moral, 
por recaer las cargas de los tributos con peso desigual 
sobre los demás vasallos, y por haberse hecho el cen- 
tro y asilo de la holganza, donde se refugiaban sin 
vocación y acudían sin llamamiento de Dios los que 
buscaban la seguridad del sustento sin la fatiga del 
trabajo. Tales medidas proponían y de tales frases- 
usaban los mas respetables cuerpos del reino, asusta- 
dos de ver el suelo español valdíoé inculto, y sembra- 
do de monasterios* 

Cuando se' apercibía de la penuria, ácudia á las 
cortes, y como se recelara que las ciudades repugna- 
rán otorgar el servicio, andavo el rey de ciudad en 
ciudad mendigando votos y recursos. Consumidos es- 
tos, eL rey devoto no tuvo escrúpulo en mandar in- 



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334 HISTORIA DB ESPAÜA. 

ventariar y pesar toda la plaU y oro de las iglesias y 
moDasterios para ateader con sú valor á las necesida- 
des públicas. El clero tronó contra esta medida del 
religiosísimo monarca. En vano otorgó el pontífice 
Clemente Yin. un breve autorizando la Venta. El cle- 
ro español dejó venir el breve del Santo Padre, y 
continuó resistiendo al rey católico; Felipe cedió an- 
te aquella oposición y revocó el edicto. El que habia 
fundado, dotado y enriquecido tantas iglesias y con-^ 
ventos, fué calificado de usurpador cuando los llamó 
paraque le ayudaran á sacar de apuros ai Estado. 

Privado de aquel recurso, apeló á los donativos ^' 
voluntarios, y los mayordomos y gentiles^hombres del 
rey de España y de las Indias andaban de casa en ca- 
sa, acompañados de un párroco y de un religioso, re* 
cogiendo la limosna que cada uno quería dar. Agota- 
do el producto del donativo, se recurrió á doblar el 
valor de la moneda de cobre. Absurda y ruinosísima 
medida, que llevó al estrangero toda la plata de ley 
de España, que trajo á Castilla lodo el cobre de que 
los monederos falsos de otros paises quisieron inun- 
darlar que hizo esconder las mercancias,^ interrumpió 
el trabajo en el seno de la paz, mató el tráfico, cua- 
dcuplicó el precio de los consumos, y arrapcó risas de 
alegría sarcástica á las naciones enemigas del nom^^ 
bre español. Mas ¡cuál seria la estrechez que acosaba 
al reino, cuando un monarca tan cristiano, tan católi - 
co y tan piadoso como el tercer Felipe, accedió á nc- 



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FAtTB 111. UBtO Y. • 335 

gociar un breve pontiBcio para absolver de los delitos 
contra la fé á los judíos portugueses á precio de an 
milloD ochocientos mil ducados ^*M 

¿Qué habia de suceder? Ademas de los gastos y 
de las dilapidaciones apuntadas antes, los grandes, y 



(i) Un historiador contempo- 
ráneo da ios siguientes pormenor 
res acerca déla sitaaicioQ de cada 
una de las rentas reales en este 
tiempo, sacados de unas Memorias 
sobre las rentas y gastos de Es- 
pafia en 4640, existentes en el 
Archivo de la secretaría de Es- 
tado. 

Estaban, dice, empeñados los 

f productos de las salinas de Casti- 
la, arrendados en 342,000 duca- 
dos anuales.— El diezmo de mar, 
que se arrendaba en 306,000.— 
El impuesto sobre las sedas, que 
se percibia en el reino de Grana- 
d;, y redituaba 420,000.— Estaba 
hipotecada la renta de los puertos 
secos de las fronteras de Castilla, 
Aragón, Valencia y Navarra, que 
importaba 45,000.— Empefiados 
440,000 ducados, délos 246,000 
que prodocia el derecho de ex- 
portación de lanas.— Hipotecadas 
en 450,000 las rentas de les puer- 
tos secos de la frontera de Castilla 
Y Portugal.— Empeñados los pro- 
ductos ofel estanco del azogue, de 
los naipes, del almojarifazgo ma-^ 
yor de Castilla, del de Indias, del 
monopolio de la pimienta, de la 
acuñacionde plata, de los maes- 
trazgos de Santiago, Calatrava y 
Alcántara. — Estaban libres las 
rentas de los azúcares, y las de 
las misas de Almadén.— Empeña- 
da^ á banqueros genoveses basta 
4642 las del montazgo de los ga- 
nados trashumantes, las de cru- 
zada, subsidio y escuéado, que 



juntas producían 4.640,000 duca- 
dos.— Estaban libres, las de la mo- 
neda forera, que ascendían á 
24,000 y las procedentes de -mul- 
tas y ventas de edificios, que se 
calculaban en 400,000; pero em- 
peñado á genoveses hasta 4642 el 
quinto de las minas del Potoaf, 
Perú y Nueva España, y el servi- 
cio ordinario ane se cobraba en 
las Indias á todod los que no eran , 
cristianos viejos ni nobles— Esta^ 
han libres las rentas de Navarra, 
que producían 400,000 ducados, 
pero empeñadas las de Aragón, 
Valencia y Cataluña que ascendían 
á 200,000; y lo mismo las de' Ña- 
póles yMilan, y lo pocoque sobra- 
ba de las de Sicilia .—Las de Flan- 
des se'consumián allá, y no basta- 
ba.-vEstaban iaualmente empe- 
ñadas la alcabala y tercias reales, 
que ascendian á 3.400,000 duc|a- 
dos, y solo quedaba libre el' im- 
puesto llamado de millones. 

Resultaba pu'es, que siendo la 
suma total de las rentas de monar- 
quía 45.648,000 ducados, habia 
empeñados en 4640 los 8.308,000^ 
y que con lo que se debia á los 
genoveses quedaban reducidas las 
rentas de la corona á 3.330,000 
ducados para el mantenimiento de 
los ejércitos dé mar y tierra, y gas- 
to ordinario dé la casa^, y para el 
pago de las deudas que dejaron 
Garlos V. y Felipe II.— La hacien- 
da de Portugal no se hallaba en 
mejor estado que la de Castilla. 



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336 UISTOAIA DB BgPAlfA. 

basta los hidalgos habían abandonado las modestas 
viviendas de los lugares de sus Señoríos, para volver 
á la -corte» y habitar palacios, y lucir galas* y arras- 
trar carrozas, y marchar escoltados de caballerizos y 
de pages, y brillar en las fiestas, y ostentar lujo de 
joyas en sos vestidos y de tapicerías en sus casas, y 
comer en bajilla de oro, y contar por centenafes de 
decebas los platos y fuentes de plata, y asombrar con 
su fausto y su boata á los embijados estran^eros, y 
desmoralizar con él ejemplo de su inmoderado lujo 
las clases medias y humildes ^^K Que este empleo ve- 
nían á tener muchas de las riquezas que de las Indias 
traiau. los galeones, cuando no eran apresados por los 
piratas berberiscos, ó por los corsarios ingleses ti ho- 
landeses. La escala de la riqueza de cada uno de es- '- 
tosseooresse medía, ó por la proximidad del paren- 
tesco, ó por la estrechez de la amistad con el duque 
deLerma, ó por el vireinato que hubiera tenido, ó 
por el empleo en hacienda que hubiera desempeñado. 
Hacíase, es verdad, lal cual severo y duro escar- 
miento en alguno de los que con mas escándalo se ha- 
bían enriquecido á costa de la miseria pública, como 
sucedió con el consejero de Hacienda conde de Yilla- 



(1) ' cCualqaíer hidalgo gueria - so como los nobles, y qae no ta- 
que no saliera su muger sino en viera sa espada, so pafial y su 
carruage, y qae este fuese tan guitarra colgada en lasparedes de 
brillante como el del primer señor sa tiend^.i — Navarrete, Conser- 
de la corte.. ..«v «No se veía oar-- vacien de Monarquías.— Mariana, 
pintero, sillero ni artesano alguno De Rege et Kegis institatione. 



que no vistiese de terciopelo o ra- 



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rAtn III. Liuo V. 337 

franqueza, á qaiea se condeDó á privacíoo de todos 
sus lítalos, oficios y mercedes, á reclusión perpetua, 
y á ladevolocion de un millón cuatrocientos mil du- 
cados, con mas los cofres atestados de alhajas que se 
le hallaron escondidos debajo del sepulcro de un con- 
ventó. Pero el ' bondadoso Felipe no reparaba que 
mientras tales y tan justas penas se imponían á tal 
cual de aquellos condecorados espolíadores, el de Ler- 
ma y otra pequeña falange de magnates le estaban 
dando cada dia en rostro con una opulencia y una 
fastuosidad , que oscurecía el brill^ y esplendor 
de la corona, y que no podian haber sido adquiri- 
das á ley de Dios y de hombres probos. ¿Mas qué po- 
dfan ellos temer de un soberano que habia comenzado 
por consentirles tomar ayudas de costa y presentes 
de miles de ducados de las corles de Cataluña, de 
Aragón y de CastílIa?4Ni qué podian prometer ya unas 
cortes que asi hacian agasajos de dinero á los minis- 
tros, secretarios y oficiales del rey? ¿Ni qué podiá es* 
perarse de los que los reclbian, sino que se acoslum- 
bráryn á hacer del valimiento especulación, y granje- 
ria del cargo? 

No era, pues, que faltara aun riqueza en España. 
Era que se hallaba monopolizada y concentrada parte 
en manos muertas, parle, permítasenos la frase, e& 
manos demasiado vivas. Habia en la corte unos pocos 
Cresos, á cambie de muchos menesterosos en las vi- 
llas y lugares. Exentos de tributos el clero y los hi- 
Tomo xvii. 22 



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338 HISTOEIA D£ KSPaKa* 

dalgoSi agobiados de gabelas ios pecheros» sucedía 
que los pequeños propietarios, agricultores ó merca* 
aderes» sacrificaban su corta fortuna á la adqaisicioo 
de una bidalguia» ya que de venta estaban» por el 
placer de pasearse en corte y por la vanidad de lla- 
marse caballeros, siquiera fuesen de aquellos hidal- 
guetes de Calderón» que con. sus enfáticas palabras y 
su jubón roto hacian reir al alcalde de Zalamea, ó de 
aquellos caballeros cuya ropilla y gregüescos daban 
al festivo Quevedo asunto para sus punzantes sátiras. 
Los que no tenian para comprar una ejecutoria de no- 
bleza, ó se refugiaban en los^ claustros» ó «á la guerra 
los llevaba su necesidad,» como cantaba el voluntario- 
forzoso de Cervantes, ó se alistaban entre los aventu- 
reros que en numerosas cuadrillas emigraban cada 
año de España» acosados de hambre y picatlos de co- 
dicia á buscar fortuna en el Nuevo Mundo. Todo me- 
nos sujetarse á labrar la tierra, que apenas producía 
para pagar los impuestos, ó á ^ejercer un oficia mecá- 
nico, que era ocupación oprobiosa y degradante para 
el orgullo español (l^ y cuyo ejercicio se dejaba á los 

(i) Greíase deshonrada la fa- herencia, por haber, decía, des- 
milia noble, en que hubiera un in-> honrado su hermano la familia con. 
dividuo que enlazara su mano con aquel enlace; y tantos disgustos le 
la de la hija de un vil artesano^ ocasionó el pleito, que después de 
que entonces se decia; y cuéntase haber pasaao por varios tribuna- 
entre, multitud de ejemplos el de les, y antea» que se sentenciara, 
un pequeño mayorazgo de Galicia, causo la muerte del hidalgo, aba- 

3ue por haber casado con la hija tido por el desprecio y loa desai- 

e un rico curtidor, tuvo que sos- res que recibía de la Amilia*— 

tener un largo pleito contra el Memorias de la Sociedad Econó- 

hermano menor que reclamaba la mica de Madrid. 



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PAHTB 111. LIBRO V* 839 

moriscos y á los estrangeros ^^^ De aquí la despobla- 
ción de los logares, y la decadencia de la agricultura, 
de la industria y del comercio, y la falta del comer- 
cio y de la agricultura ocasionaba cada dia mayor 
despoblación. ¿Qué importaba á4os magnates de la 
corte la carestía de la mano de obra, que era otra de 
las consecuencias naturales de esta decadencia indus- 
trial? Ellos podian tomar á cualquier precio las telas, 
tapices y linos, las capas, gorras y calzado, de que 
les surtian las fábricas de Holanda, de Florencia, de 
Milán, de Inglaterra y de Alemania; lo que tuviera de 
exorbitante el coste lo disminuía el contrabando, que 
era otra de las precisas derivaciones del atraso fabril 
de nuestra nación. 

Pero lo que influyó mas directa y mas rápidamen- 
te en la despoblación del reino y en la ruina de 
la industria fué la famosa medida qué caracteriza mas 
el reinado de Felipe III., á saber, la expulsión de los 
moriscos. En otra parte hemos considerado ya esta 
providencia bajo sus tres aspectos, religioso, político 
y económico ^K Juzgada queda ya también la manera 
como se ejecutó esta medida. Cúmplenos aquí sola- 

(4)' Ya ¿ fines de} siglo XVI., á cal, que esplotaban en su prove- 

consecuencia de estas causas, bo- cho todo genero de manufacturas 

biaban las ciudades y villas de Es- y se daban prisa á bacér su pe^ 

paña mucbos milos de artesanos quefio capital para volverse cuan- 

estrangeros, alemanes, italianos, to antes a su pais.— Marina, fin- 

walones, loreneses, bearneses y sayo sobre la antigua legislación 

gascones; tabojieros, carpinteros, de León y Castilla. 
2apateros, carboneros, etc. y has- (2) Parte 111., lib. III., cap. 4 

;ta fabricantes de ladrillos y de de nuestra Historia. 



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3Í0 HISTORIA DE BSPAMA. 

meóle observar que cod la expulsión y desaparfcbn 
de aquella raza laboriosa t sobria , productora y com- 
tríbuyenle, de aquella gente toda agrícola, artista» 
industrial y mercantil, de aquella población en que 
no babia ni frailes, ni soldados, ni magnates, ni bi- 
dalgos, ni oficinistas, ni aventureros, ni célibes de por 
vida; de aquella población apegada á la tierra y al 
taller, que producía mucho y consumía poco, qu0 
cultivaba con esmero y se alimentaba con sobriedad, 
que fabricaba con primor y vestía con ^sencillez, que 
pagaba muchas rentas y moraba en viviendas humil- 
des, que construía con sus manos cauces y canales 
de riego para fertilizar heredades que nó eran suyas» 
que trabajaba los famosos paños de Murcia, las deli- 
cadas sedas de Granada y de Armería, y losónos cur* 
tídos de Córdoba, y no los usaba; con la ei^pulsion» 
decimos, de aquella raza, al movimiento y bullicio de 
las fábricas comenzó á sustituir la quietud, la soledad 
y el silencio .de los talleres; las bellas campiñas á con^ . 
vertirse en deslucidos páramos, y en s^os y desnu- 
dos eriales; las poblaciones en desiertos, en cuevas 
las casas, los trajineros en salteadores. 

Con la expulsión se completó el principio de la 
unidad religiosa en España, que fué un bien inmenso, 
pero se consumó la ruina de lá agricultura^ que fué 
un inmenso mal: se limpió el suelo español de cristia- 
nos sospechosos, pero se despoblaron provincias en- 
teras: quedaron algunos moriscos para que ensefiá- 



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rABTB IIK LIBAO Y. 341 

ran el cultivo de los campos, pero la^ loquisícion se 
encargó de acabar c6n ellos: el erario público de- 
jó de percibir los impuestos mas s$Deados, pero se re- 
'^ llenaron las arcas del de Lerma y^us amigos. Feli- 
pelll., indolente para todo, solo fué activo para echar 
gente de España. Pesaron mas en sir ánimo las instan- 
cias de dos arzobispos, que las representaciones y rue- 
gos de los señores y de los diputados de Valencia, de 
Murcia, de Aragón y de Castilla'. Ofreció al servicio 
de Dios el esterminio de toda una generaciop, y sacri- 
ficó á la idea religiosa la prosperidad de su reino. El 
pensamiento de acabar con la raza morisca no^ra una 
novedad; habíanle tenido los Reyes Católicos, Car- 
los y. y Felipe II.: ninguno habia tenido valor para 
realizarle; le realizó el que no habia heredado el. Va- 
lor de SHS progenitores. 

Primer soberano de la casa de Austria que mos- 
tró mas tendencias á la paz que á la guerra, hizo no 
obstante algunas tentativas de conquista que le salie- 
ron mal, y acometió algunas empresas semejan tes alas 
de los últimos tiempos de Felipe IL, que jnos fueron 
poco menos desastrosas que aquellas. Tal fué la indis- 
creta expedición á Irlanda. Al fin hizo la paz con In- 
glaterra, 'de que toda España se alegró yá, á excep- 
ción d^ fanático doQ Juan de Rivera, arzobispo de 
Valencia, el gran instigador de la expulsión de los 
moriscos, que no podia tolerar que un rey católico 
estuviera en pas^dDn un reino protestante, porque 



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342 RISTOEIA DR BSPaHa. 

pronosticaba de ella que todos los españoles se iban á 
hacer hefeges. 

La Iregaa de doce años con las provincias rebel- 
des de los Países Bajos puso, es verdad, de manifies- 
to á los ojos de Europa la decadencia de España; y el 
pactar con^ las Provincias Unidas como con Estados 
libres, y como de potencia á *poiencia, después de 
cuarenta años de tenaz, incesante y sangrienta lucha, 
pudo parecer huniillante para un monarca que aun se 
llamaba señor de dos mundos: pero no le haremos 
nosotros un cargo por ello. La tregua era una nece- 
sidad, y fué una conveniencia. No estúvolo bochor- 
noso en el suceso, sino en los antecedentes que le h^^ 
Í)ian hecho necesario; y al fin el acomodamiento fué 
útil, porque detuvo el torrente de la sangré, dio un 
respiro á España, y aplazó su ruina por algunos años. 
Con la paz de Inglaterra, la tregua de Holanda, y el 
doble matrimonio de los príncipes españoles y fran^ 
ceses, hubiera podido reponerse la monarquía, sin la 
expulsión de los moriscos, sin la guerra con e) sabo«- 
yano, sin la imprudencia de mezclarse en las con- 
tiendas de Alefbania, sin el loco empeño de auxiliar y 
engrandecer la casa de Austria, tomando una parte 
principal en la guerra de Treinta añoSf ganando nues- 
tros soldados coronas para el emperador, y gastando 
el rey en proteger empresas é intereses estraños, la 
vida, la hacienda y los hombres que necesitábamos 
paraaueslra propia patria. Merced á algunos insignes 



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FARTB UI. LIBEO ▼. 343 

capitanes y á algaoos hábiles diplomáticos, restos 
honrosos de los reiaados anteriores, y viviendo Espa-' 
fia de su pasada grandeza, aaa se respetaba enEoro- 
pa el nombre español: conservábase fuera alguna glo- 
ria: dentro estaba la levadura del mal. 

Los últimos años del reinado de Felipe III. no fue- 
ron otra cosa que una continuada serie de miserables 
'ntrígas y vergonzosas rivalidades palaciegas, entre 
grandes sin grandeza de alma y magnates sin magna- 
nimidad de espíritu, que se disputaban el favor del 
monarca reinante y del príncipe sucesor* La lucha de 
favoritismo entre los duques de Lerma y de Uceda, 
padre é hijo, eauno de esos episodios bochornosos que 
pasan á veces en los regios alcázares, y que degra- 
dan la magestad que los tolera, deshonran á los que 
los ejecutan, y ruborizan hasta al que los lee. , 

Instrumento toda su vida de un valido á quien fió 
el gobierno y hasta la firma para no hacer nada, re- 
verso de su padre Felipe II. que quiso hacerlo todo 
N|K)r no fiarse de nadie, Felipe IIL acabó de reinar sin 
haber sido rey, y solo al tiempo de morir abrió los 
ojos, y exclamó con dolorido y pesaroso acento: «OAI 
¡si al cielo pluguiera proUmgar mi vida^cuán diferen^^ 
te fuera mi, conducta de la que hasta ahora he tenido h 
Al cielo no le plugo prolongar su vida* 



N-^ . * _ , ' Dig¡tizedi)y Google 



II. 

REINiDO DE FEUPE IV. 
DURANTE LA PRIVANZA DE OLIVARES. 

I 

Felipe IV. I al revés de su padre» habia obrado ya 
como rey ante^de reinar. En cambio aotes de ser rey 
tenia ya su valido. Habíamos entrado en la época fa- 
tal de las privanzas» y se sucedian los favoritos aan 
antes que se sucedieran los -rey es. Síntoma seguro de 
la degradación de los tronos y de la flaqueza de los 
pueblos. 

Primera ocupación del conde-duque de Olivares; 
acabar con todos los que hablan gozado de favor en 
el ultimo reinado. Don Rodrigo Calderón, el duque 
de Osuna, el de Uceda, el de Lerma, el confesor 
Fr. Luis de Aliaga, todos perecen» ó eti el patíbulo» 
ó en la prisión» ó en el destierro, 6 cargados de ca- 
denas» ó abrumados de pesadumbres. 

Sin embargo» tuvo habilidad al principio el de 
Olivares para aparecer un gran ministro» mi gober- 
nador prudente, y un hombre probo. Medidas econó- 
piicas, formación de bancos y de montes de piedad» 
providencias' para la repoblación del reino, para ata- 
jar los males de la amortización, para reprimir el lujo 



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PAATB 111. Liuao V. 345 

desenfrenado, para remediar la emigración y la va- 
gancia, para el restablecimiento de la jaslicia y de la 
moralidad. ...• ¿A quién no seducía la creación de la 
junta de Reformación dé costumbres, y á quién no 
fascinaba jel : ejemplo de cpmenzar la reforma por las 
de la casa real? ¿Quién nq aplaudid el famoso decreto 
mandando registrar la hacienda de todos los minis- 
tros de treinta años atrás para ver quiénes y cuánto 
se hablan enriquecido por medios ilegítin[K)s y bastar- 
dos? ¿Y qué no debia esperarse de la célebre prag- . 
matice para que se hiciera formal y escrupuloso in- 
ventario de todo lo que poseían los que eran nombra- 
dos vireyes, consejeros, gobernadores, ó subían á 
otros elevados cargos^ y que se practicara igual di- 
ligencia cuando cesaban en sus funciones, designando 
las penas en que habían de incurrir los que hubieran 
engrosado su fortuna mas de lo que permitía la legí- . 
tima remuneración de sus empleos? ¿Qué estraño es 
que el pueblo esperara la reparación de sus males, y 
ensalzara hasta las nubes al ministro que tales mues- 
tras daba de querer restablecer el imperio de la jus- 
ticia y de la moral? ^ * 

Mas pronto sucedió á la ilusión del halqgo el es- 
cozor de la sospecha, y.á la dulzura de la esperanza 
la amargura del desengaño. Las reales cédulas que- 
daban escritas; las medidas no se ejecutaban; los 
pueUos no esperimentaban alivio en los tributos. El 
conde-duque de Olivares, tomando habitación en el 



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346 HISTOEU DB ESPAÑA. 

alcázar regio; ocupando el deparlameiito de los prín- 
cipes de Aslarias; alejando del lado del monarca á 
los infantes, sus hermanos, á quienes miraba como 
estorbos para sus fines; dando audiencias y dictando 
órdenes á los Consejos como un soberano, ya no era, 
ya no podia ser á los ojos del pueblo el hombre pru- 
dente, el gobernador justo, el modesto consejero. 

Por la angustiosa situación en. que encontró el te- 
soro podia tolerarse al ministro de las medidas eco- 
nómicas que pidiera á un tiempo subsidios de dinero 
y de hombres á las cortes de Castilla, de Aragón, 
de Valencia y de Cataluña. Pero btzolo con tal al- ^ 
ti vez y con tal acritud en la forma, que disgustó á 
los castellanos, incomodó á los aragoneses, ocasio- 
nó serios conflictos y estuvo á punto de producir fu- 
nestos choques con los valencianos, y fué causa de 
que la magostad real volviera desairada de los ca- 
talanes. En el viage del monarca y del favorito á 
aquellos tres reinos hizo el ministro al rey cometer 
alternativamente actos de baja lisonja y de despó- 
tica tiranía; alcanzó subsidios, pero dejó sembrada 
en el suelo catalán la semilla de un desafecto du-- 
radero al soberano, y de un odio perdurable al 
valido. 

Por lo demás, los recursos eran necesarios: las 
guerras que desde el principio del reinado volvieron 
á emprenderse los hacian precisos; la penuria de la 
^hacienda los.hacia indispensables. iQué melancólico 



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»A1TB lll. LIBIO Vi 347 

cuadro el que. presentó al rey un procurador de una 
de las ciudades de Andalucíal «Muchos lugares* des- 
poblados, templos caidos, casas hundidas, heredades 
perdidas, tierras sin cultivar, habitantes mudándose 
de unos lugares á otros con sus mugeres é hijos bus- 
cando el remedio, comiendo yerbas y raices del cam- 
po para .sustentarse, etros emigrando á diferentes 
reinos y provincias donde no se pagan los derechos 
de millones...!» ¡Qué confianza tendrían ya los pue- 
blos en sus gobernantes cuando apelaban á los obispos 
y: curas para que vieran de remediar la miseria y la 
desnudez que los afligia por la falta de fábricas y la ca- 
restía de los artefactos! Ibanse sintiendo cada día mas 
Jos efectos de la expulsión de la población morisca. 

Sin duda con objeto de fomentar la industria na- 
cional, prohibió el de Olivares todo género de co- 
mercio con los paises rebeldes ó enemigos de Espa- 
ña, que eran ya casi todos los de Europa, no permi- 
tiéndola introducción ni de objetos de lujo, ni de ar- 
tículos de vestir, ni de producciones alimenticias, ni 
de nada de lo mas necesario para el sustento de la 
vida y para él abrigo del cuerpo. Felipe IV. por su 
consejo nos afsló í^ ercantilmente del mundo, como 
Felipe II. nos habia aislado intelectuabnente. Acá no 
habia fabricación: del estrangero no podian venir ar- 
tefactos; era difloil proveer á las necesidades de la 
vida: el contrabando se hizo una ocupación para unos, 
y un recurso para otros. 



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348 ^ HI8T011A D& BSPAIÍA. 

Eomeadó, es verdad, el desacierto del reinado 
anterior de haber doblado el valor de la moneda, pe- 
ro estableció la tasa en el precio de los cereales. Las 
cortes le esquivaban ya los recursos, ó sé los escati- , 
maban, porque les do lia verlos emplear en guerras 
innecesarias y ruinosas. Recurrió Felipe lY., como sa . 
antecesor, á la generosidad de los particulares, y no 
la invocó en vano. Hubo grandes que levantaron á 
su costa regimientos; rasgo laudable de patriotismo, 
pero que rebajaba el prestigio de la corona, y debili* 
taba el poder real. Con permiso del pontífice echó ma- 
no de una parte de las rentas eclesiásticas y de las 
de cruzada; y sin permiso de los dueños solía apa- - 
derarse como Felipe II. del dinero que venia de In-r* 
dias para particulares. Vendíanse hábitos y oficios, y 
se inventó el impuesto del papel sellado. En Ingát del 
alivio que se habia prometido al pueblo, se le carga- 
ba con nuevas gabelas. El de Olivares era mirado y^ 
como un embaidor; porque se veia ademas que quien 
al principio se habia mostrado tan severo fiscalizador 
de las Fortunas de otros no se descuidaba en acrecen- 
tar la suya. La junta *de Reformación de costumbres 
habia sido una bella creación, pero se redujo á crea- 
'don fantástica. Si hubiera funcionado, habría tenido 
qué residenciar á su propio autbr, y no sabemos qué 
pena le hubiera impuesto; 

Quiso también la fatalidad que afligieran á la des- 
graciada Espafia en este reinado porpion do calami- 



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* PARTB lu. Liaao V. 349 

dades públicas, iouñdaciuaes, terremotos, epidemias» 
ÍDcendiós, que asolaron pueblos y campiñas y devo* 
raroQ hombres y ganados. ¿Qué remedios aplicaban, 
ó por lo menos qué luto vestían en tales infortunios el 
monarca y su primer mioistro? Casi humeaban toda- 
vía las ruinas de la Plaza Mayor de Madrid, cuyos 
dos ángulos habia reducido á pavesas el voraz incen- 
dio de 1631, cuando asistieron el rey y la cortea la 
fiesta de toros y cañas que se celebró en el mismo lu- 
gar de la catástrofe. Que estuviera constantemente 
distraído con espectáculos y festines, con justas y tor- 
neos, con toros y comedias, con banquetes, monterías ' 
y saraos, y lo qne es peor, con galanteos; esta ha- 
• bia sido la política del de Olivares con Felipe desde 
que era príncipe. Estudiar y halagar sus pasiones ju- 
veniles, darles pábulo, embriagarle con placeres y 
recreos, hacerle tomar aversión á los negocios y hastío 
á las ocupaciones graves, aparecer entonces el favorito v 
como el alivio y el sustentáculo del rey,^ haciendo el 
sacrifício de tomar sobre sus hombros la pesada carga 
del gobierno, dp que sabia fingirse como abrumado, 
magnetizar con estos artificios la voluntad y el cora- 
zón del monarca y hacerse el arbitro de la monarquía; 
éste era el sistema del conder duque con Felipe IV. 

Si tragaba un terremoto poblaciones enteras, en 
Madrid se construía un coliseo en el Buen Retiro. 
¿Qué importaba que se rebefáran provincias, con tal 
qjue el rey y la reina y las damas de palacio se entre-* x 



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360 UlSTOftlA OB BSPAfCAW 

tuvieran en representar comedias? ¿Se insurreccio* 
naba y se perdia no reino? El monarca y sa favorito 
se distraían entre bastidores» bacian los galanes con - 
las comediantas de oficio, y corrían aventuras y lan- 
ces nocturnos; los resultados de estas misteriosas es- 
cenas se hacian públicos, coh tanta mengua de la ma- 
gestad de rey como del decoro y de la dignidad de 
bombre, y en las conversaciones y en los escritos se 
mezclaban de continuo los nombres y se glosaban 
á un tiempo las travesuras de María Calderón, la có- 
mica, y de Felipe IV. rey de España. 

. Asi andaban de sueltas las costumbres públicas. 
Asi los galanteos sin recato; asi la licenciosa vida sin 
miramiento á la ^lecencia social; asi el frecuente y 
público quebrantamiento de los deberes conyugales; 
asi te profanación de los lugareá mismos destinados á 
servir de asilo á la virginidad; asi los procesos escan- 
dalosos á individuos y comunidades religiosas de am- 
bos sexos; así las pendencias, las riñas, y los desafíos 
diarios; asi los asesinatos, en casas, en portales y en 
plazas; asi las refriegas, y las estopadas, y las muer-» 
tes, de los grandes señores entre si, entre los mag- 
nates y sus propios criados y cocheros, y aun entre 
clérigos y magistrados, que á tal situación habían 
venido todas las clases ^^^ asi aquellos perdona- vidas 

(1) EDtre los muchos hechos á ooo de sas criados, é hizo ar- 
de esta especie gue podríamos ci- mas contra uo alcalde de corte, 
tar, solo mencionaremos el del todo lo caal quedó impune: el del 
condestable de Castiiia, que mató asesinato del marqués de Cañete 



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PARTB III. LIBRO V. 3S1 

de profesión, y aqaellos espadachines y malones de 
oficio, escándalo de la época; asi las amargas y san- 
grientas censuras de los escritores de aquel tiempo 
contra la corrupción y la inmoralidad del palacio, de 
la corte y del pueblo, que les valian el destierro, la 
prisión y las cadenas. 

Pero asi aseguraba el conde -duque de Olivares su 
privanza con el soberano, para quien todo iba bien, 
con tal que le proporcionaran goces, y no le turbara 
nadie en ellos, que estos eran los reales hechizos de 
que por primera vez comenzó á hablar el vulgo. Es-; 
torbábanle al conde-duque los Consejos, y encomen- 
daba los negocios á juntas estraordinarias, que forma- 
ba á su conveniencia y disolvía á su antojo. Aquella 
multitud de juntas, algunas de las cuales eran ya es- 
travagantes por sus títulos y ridiculas por la frivolidad 
de sus ocupaciones, semejaban otras tantas máquinas 
que se movían por un resorte oculto; y funcionaban á 
voluntad del fabricante, y solo jen la forma y por el 
tiempo que entraba en su interés y en sus cálculos. 

por un lacayo suyo, en venganza ejecutara el suplicio, y hubiera 
oe haber intentado su amo herirte habido un choque terríl^e, que 
antes; mas como quiera que el por fortuna se evitó por haber de- 
asesinato apareciera y se creyera clarado el cochero que él era el 
cometido por don Antonio de .culpable. Poi« aquellos mismos 
Amada, y éste fuera condenado á días el cochero del duque de Pas* 
muerte, clero, grandeza y pueblo, traila en una reyerta con su amo 
todos tomaron parte, unos en con- le dijo, que todos eran hombres, 
tra, otros en pro del sentenciado, y que cada uno so tenia por hijo 
y formáronse cuadrillas armadas de su padre. Todo esto era pro- 
de frailes y de criados, de señores ducido por el género de vida que 
Y de plebeyos, unas para arran- hacían muchos de los grandes de 
car al reo ae las manos del ver- aquel tiempo con desdoro de la 
dugo, otras para hacer que se clase. 



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352 HISTORIA DB B8PÁÑA. 

No se puede negar al de Olivares cierta habilidad y 
artificio para resolver á su arbitrio todos los asuntos 
del reino bajo la apariencia.de resoluciones de los tri- 
bunales, de los consejos ó cuerpos consultivos del Es- 
tado, asi como para aparecer á los ojos del rey un mi- 
nistro fabulosamente laborioso é incomprensiblemente 
infatigable. Causaba grima y compasión al buen Feli- 
pe ver á su lado un ^hombre chorreando siempre me« 
moriales, consultas, legajos y espedientes, sacrifican- 
do el sueño, el reposo, la salud y la vida, todo por 
tener el reino gobernado y arreglado á maravilla con 
descanso y sin molestia de su rey y señor 1 

No fué mas feliz el de Olivares en las luchas exte- 
riores en que empeñó á su soberano y en que volvió ¿ 
comprometer lá España. Con la muerte de Felipe IIL 
se acabó aquel breve período de reposo, cuya prolon- 
gación hubiera sido tan conveniente éi la monarquía ^ 
para reponerse de sus quebrantos. aYo os haré, dijo 
el de Olivares al nuevo monarca, el señor mas pode- 
roso de la tierra.» Y lo creyó el joven é inesperto 
príncipe. Y acaso llegó también á creerlo el mismo 
.don Gaspar de Guzman; ¡que tan alto rayaba la pre- 
sunción de su capacidad y talento! Y pqso.otra vez á 
la enflaquecida España en lucha con toda Europa co- 
mo en los tiempos de su mayor pujanza y robustez. 
Resucita imprudentemente la cuestión de la Valtelinia, 
y provoca una confederación de Francia, Saboya, Ye- 
necia y Holanda , contra España. Oblíganos á hacer 



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PAUTE 111. LIERO Y. - 353 

esfuerzos y sacrificios prodigiosos, y eon ayuda de al- 
gunas repúblicas y príncipes italianos logramos salvar 
á Genova y ajustar un tratado de paz. Mas luego sue^ 
na en agregar á la corona de Castilla el ducado de 
Mantua, ó por lo knenosla mitad del MonUerrato: otra 
guerra en Italia entre españoles y franceses, iii^peria* 
les, saboyanos y venecianos, en que perdemos al ilus-- 
tre marqués de Espinóla, alma y sostén del nombre 
español, y sin ganar á Mantua, ni conquistar siquiera 
á Casal, tenemos que sucumbir á la humillante paz de. 
Querasco. 

El loco empeño y temerario afán de hacer á los 
españolea los redentores del emperador en sus san- 
grientos litigios con la Turquía, y la Bohemia, y la 
Suecia, y con los príncipes protestantes del imperio 
germánico, habia llevado al propio tiempo las armas 
españolas á Alemania. Glorioso era que tremolara 
triunfante el pabellón de Castilla en los campos de 
Fleurus; justo y natural era el orgullo de ver al car- 
denal infanle de España don Fernando coronarse de 
laureles en Nordlingh^n; pero, aparlede la gloria mi- 
litar, ¿qué bien redundaba á España de qué los. sajo- 
nes fueran arrojados de Bohemia, ni de que el Rhínd- 
grave Olhon fuera derrotado por el lorenés, y de que 
sucumbiera peleando heroicamente en Lutz^en <el gr^n 
Gustavo de Suecia? Consumir hombres y tesoros, y 
quedarnos sin tesoros y sin hombres con que mante- 
ner nuestros propios dominios. 

Tomo xvii. 23 



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354 IIISTOEIA DE ESPAÑA. 

Fué desgracia haber espirado al advetniúiento de 
Felipe IV. al trono la tregua de doce años con las 
Provincias Unidas de Holanda, y que volviera á en- 
cenderse también la antigua guerra de los Países Ba- 
jos. Otro ministro menc» presuntuoso y mas hábil que 
el de Olivares hubiera procurado ó renovar la tregua 
ó convertirla en paz: el Favorito de Felipe IV., que 
desde^ el principio pareció haber querido inspirar á su 
rey aquella jactanciosa divisa con que ' se dice que 
después hizo acuñar moneda: Todos contra Nos^ y Nos 
contra todos; no halló dificultad ni reparo en luphar 
con todos los aliados de lo& holandeses, con Dinamar- 
ca, Francia é Inglaterra; y las fuerzas mililares de la 
empobrecida España, desparramadas por las tierras 
de Europa y por los mares de Arríca y dé la India, 
peleaban simultáneamente en Alemania y en Flandes, 
en la Lorena y en Milán, en la Alsacia y en la Valte- 
lina, en el interior de Francia y en las costas de lur 
glatorra. Nuestros guerreros y nuestros marinos man* 
tenian todavía la aütigua gloría y renombre de Espa- 
ña: Espinóla en el sitio de Breda, don Martih de Ara- 
gón en el combate del Tesino, don Fadrique de Tole* - 
do en Puerto Rico y Guayaquil, don Francisco Manri- 
que en las costas africanaSf un ejército de imperiales 
y españoles amenazando á Paris cooqo eta los tiempos 
de Carlos Y. y Felipe II., todos estos eran esfuerzos 
hottrosos, señales y como restos gloriosos de la aott* 
gua grandeza, pero semejantes ya á los últimos ar- 



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PAETB lir. LIBRO V. 355 

ranques de un enfermo que está cerca de acabar ^ á 
los últimos fulgores de ona^ antorcha que está para 
extinguirse. 

La nueva guerra de Flandes nos costó la pérdida 
de Landrecy, de La Chapelle, de Chatelel, derHesdin, 
de Arras» y de otras plazas importantes en el Braban- 
te, en el Artois y en el Luxemburg: en Italia nos to* 
marón los franceses á Turin: nuestras tropas fueron 
arrojadas de la Guiena y del Languedoo: los ejercí** 
tos de Francia se atrevieron á penetrar en Guipúzcoa 
y en el Rosellon, y aunque fueron escarmentados de- 
lante de Fuenterrabía y de Salces» merced aquí al ar- 
rojo de los voluntarios catalanes^ allá al denuedo de 
los soldados castellanos, es lo cierto qjie la España» 
invasora por mas de dos siglos» comenzaba fi ser in* 
vadida por mas de una frontera. Nuestras escuadras» 
mandadas por Oquendo y Mascareñas, eran derrotadas 
por los almiranles holandeses en el canal de la Man- 
cha y en los mares de la India. La compañía bolandcr 
sa de este nombre nos apresó en trece años sobre qui* 
nientos bageles de guerra y mercantes» y aquellas 
presas la decidieron á intentar la conquista del Brasil. 
Bl príncipe de Nassau subyugó todo el litoral de la 
América del Sur. Pero don Gaspar de Gnzman era 
primer ministro de España, y seguia^ nombrando á su 
rey Felipe ei Grande. 

En tal estado, suceden las desi revoluciones casi 
simultáneas de Cataluña y Portugah aquella para en- 



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356 HISTORIA DR RSPaAa, 

tregarse á im rey estraño, ésta para darse un rey 
propio; la una y la otra para librarse del gobierno 
de Castilla, de quien habían recibido agravios. Ya no 
eran países remotos, ya no eran regiones apartadas 
por la inmensidad de los mares que nos arrebataba 
una potencia enemiga ó rival. Eran nuestras propias 
provincias las que espontáneamente se separaban de « 
su natural y legítimo soberano. ¡Qué descenso desdo 
Felipe II. hasta Felipe IV! Felipe II. habia estado á 
punto de ser rey de Francia, y sus tropas dieron guar* 
nicion á París. En el reinado de su nielo es procla- 
mado rey de Cataluña Luis XIII. doi Francia, y tropas 
francesas vienen á guarnecer á Barcelona. Felipe II* 
de Castilla fué á Lisboa á cor'onarse rey de Portugal. 
Felipe IV. de Castilla supo que Portugal habia dejado ^ 
de pertenecerle cuando estaba ya coronado en Lisboa * 
don Juan IV. de Braganza.' Y sin embargo el adulador 
ministro de Felipe IV. seguía apellidándole el Grande* 
¿A qué sino á la soberbia y la torpeza del ministro 
castellano se debió que estallara la rebelión en Cata- 
luña? ¿A qué sino á su torpeza y su soberbia se debió 
la duración de una guerra que pudo haberse sofocado 
eu/su origen? Antiguo y no infundado era el odio de 
los catalanes al conde-rduque: recientes y fundadas 
eran sus quejas por los malos Iratamientos que habían 
recibido de las tropas reales y del gobierno de Madrid. 
El mismo que habia sido siempre era ahora el pueblo 
catalán. El de Olivares, debia conocerle y no le cono- 



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PA&TB III. LIORO V. ' 357 

ció. Ahora coqío á fines del siglo XIIL la decisión y el 
arrojo de los catalanes lanzó á los ejército^ fi^nceses 
del RoselloD. Sí entonces destrozaron el ejército de 
Felipe el Atrevido de Francia, ahora acab^bagí de es* 
cacmentar las huestes de Luis XIIL acaudilladas por 
el príncipe de Conde. ¿Merecían por recompensa 'la 
carga de los alojamientos, la violación de sus fueros y 
usages, los ultrages é insultos de los soldados caste- 
llanos, lo$ oQenosprecios del marqués de los Balbases, 
las irritantes respuestas del conde-duque, y los rudos 
ordenamientos de Felipe de Castilla? ¿Se babia ólvi«- 
dado loque babia sido siempre el pueblo catalán en 
los arranques de su indignación y su despecho? ¿Ha- 
biase borrado de la memoria la guerra de 'diez años 
sostenida en el siglo XV. por ese pueblo belicoso, 
altivo, pertinaz, temoso é- inflexible en sus adhesio- 
nes como en sus odios, contra don Juan IL de Ara- 
gón su legítimo soberano? ¿No se tenia presente que 
en aquella ocasión ese pueblo, tan adicto á los mo- 
narcas nacidos en su suelo, anduvo brindando con 
la corona y. señorío del Principado sucesivamente á 
Luis XI. de Francia, á Enrique IV. de Castilla, á Pe- 
dro de Portugal, á Renato y Juan de. Anjou, y que se 
dio á buscar por Europa un príncipe que quisiera ser 
rey de Cataluña antes que doblegar su altiva cerviz 
al monarca propio contra quien una vez se habia re- 
belado? 

Nosotros dijimos entonces: «Semejante tesón y 



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3B8 HISTORIA DE ESPAÜA. 

ilemerídad daba la pauta de lo que había de ser este 
» pueblo indómito en análogos casos y en los tiempo^ 
»sucesivos! pueblo que por una idea, ó por una per- 
»sona» ó por la satisraccion de una ofensát ni ahorra 
usacrificios, ni economiza sangre, ni cuenta los con* 
itrarios, ni mide las fuerzas, ni pesn los^lígros^*^» 
¿No era dé temei>, añadimos ahora, que se' entrega* 
ra en esta ocasión á Luis XUL de Francia, como en- 
tonces se entregó á Luis IX.? ¿O no han de'servir na* 
da á los que gobiernan los Estados tas lecciones de la 
historia? 

Si desacertado y torpe anduvo el de Olivares en 
DO precaver una rebelión que se veia venir, no andu- 
vo mas atinado en los medios de vencerla cuando co* 
noció la necesidad de reprimirla. La sublevación, que 
comenzó por los bárbaros desmanes de las turbas de 
agrestes segadores, por el asesinato del virey Santa 
Coloma y por las tragedias horribles ejecutadas con 
los magistrados, los nobles y los soldados castellanos, 
se ccínvirtió por su culpa en ruda, obstinada y san- 
grieuta guerra, sembrada de matanzas horrorosas, 
de lastimosas catástrofes, de represalias feroces. Si 
al principio las disciplinadas tropas del rey de Casti- 
Ha vencian y arrollaban j^or todas partes las irregu- 
lares masas de los insurrectos, después entre fran- 
ceses y catalanes acabaron sucesivamente con tres 

(I) Parte \U lib. III. cap. 34 de nuestra Historia. 



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PARTB III. LIBRO V. 359 

ejércitos qastellanos, mandados por los marqueses 8e 
los Velez, de Povac y de Leganés, haciendo uno de 
ellos prisionero, sin que se escapara ni infante , ni 
ginete> ni maeslre de campo, ni oficial, ni aoldado. 
. Y cuando el conde-duque de Olivares comprendió la 
necesidad de sacar al rey de la mansión encantada 
de la corte y de^ acercarle al teatro de la guerra 
para que diese con su real presencia ánimo á sus 
guerreros y calor á la campaña, contenióse conte- 
nerle como enjaulado en Zaragoza , luciendo brillan- 
tes galas, pero sin cuidarse de operaciones militares; 
y mientras el rey de Castilla jugaba á la pelota en la 
capital de Aragón, el mariscal francés La Motte der- 
rotaba al ejército castellano en la colina de los Cua- 
tro Pilares. Felipe IV. regresaba mustio de Zaragoza 
á Madrid, y el general francés era recibido en triunfo 
por los catalanes en Barcelona. Por no perder el de 
Olivares su privanza, perdió la corona de Castilla pa* 
ra sjempre el Roselton, y el monarca y el privado de- 
jaron' triunfante la insurrección de Cataluña, después 
de haber impuesto al reino sacrificios costosísimos, 
que vio con tanta amargura malogrados como habi^ 
sido la buena voluntad con que se había prestado á 
hacerlos. 

La revolución de Portugal no fué^otra cosa que el 
movimiento natural de un pueblo vejado y oprimido, 
que se acuerda de que fué libre , y que encuentra 
ocasión de recobrar su antigua independencia. Trata* 



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360 tflSTOaiA DE BSPA^A. . 

do por los tres Felipes mas como reino conquistado 
que como hermfino y amigo, su anexión á Castilla du- 
ró solamente lo que Casulla tardó en debilitarse y 
Portugal en preparar su emancipación. El conde-du* 
que de Olivares acabó de avivar» en vez de templar 
ó estinguir, las 'anejas antipatías'entre pueblo y pue- 
blo; la guerra de C^^tuña dejaba desguarnecido de 
fuerzas á Portugal, y Portugal se habría levantado aun 
sin las instigaciones y los auxilios de la Francia. £1 si- 
gilo con que se manejti la conjuración, la rapidez con 
que el plan fué ejecutado, el éxito completo y fácil 
que. alcanzó, todo manifiesta evidentemente que era 
uno de esos movimientos nacionales que empujados 
por la fuerza impalpable é irresistible déla pública 
opinión llevan en el sentimiento universal, deiin pue- 
- blo la seguridad de su triunfo. Felipe IV. de Castilla 
nada supo hasta que le anunciaron que don Juan IV. . 
de Braganza era rey de Portugal. Un monarca que ig- 
nora lo que pasa en uno de sus reinos hasta que le ha 
perdido, no merece poseerle. El ministro Olivares le 
dio la nueva rienclo, y quiso haceV participar de su 
fingida risa al monarca dicíéñdole que el de Braganza 
habia perdido el juicio. El rey debió comprender que 
vquien le habia perdido era el conde-duque de Oli- 
vares. ,. 

iQiié hizo después el de Olivares para ver de en- 
gastar otra vez k la corona de Castilla y de León 
aquella joya lastimosamente desprendida? Mientras 



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PJUITB UK LIBRO V. 361 

don Juan lY. obtenía el reconocimiento délas princi- 
pales potencias europeas» la corte de Madrid se con- 
tentaba con trabajar» á costa de producir escenas de 
escándalo, para que el embajador portugués no fuera 
recibido en audiencia por el .Santo Padre. En tanlo 
que el de Braganza era .jurado en las cortes portu- 
guesas, y que se rodeaba de decididos y leales vasa* 
líos y se afirmaba en el trono de sus mayores, el de 
Olivares se vengaba en hacer aprisionar allá en Ale- 
mania al valeroso é inocente príncipe don Duarte de 
PóriugaU El nuevo monarca lusitano fortificaba sus 
plazas de guerra, y el soberano de Castilla perdía las 
antiguas posesiones portuguesas de África y ^e las 
Indias» que ^é segregaban á medida que se iban in- 
formando del alzamiento de' PortugaL Fraguóse una 
conspiración para derrocar al de Braganza y procla- 
mar de nuevo al de Castilla, y los conjurados perecie- 
ron en los calabozos ó en los patíbulos: ni siqqiera 
supo el ministro del rey de España cómo habi^ sido 
descubierta la conjura. Se trató de formar ejércitos 
para la reconquista, y merced á. un llamamiento pa- 
iriótico y á un esfuerzo-estraordinario se logró reunir 
algunos cuerpos de tropas en las fronteras de Extre- 
madura, de Galicia y de Castilla; no bien disciplina- 
das y peor dirigidas. El nieto de aquel Carlos Y. que 
viajó cuarenta veces por Europa ganando coronas y 
sujetando imperios, no se movió de la corle para re- 
cobrar un pequeño reino que se le escapaba casi á la 



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368 HISTORIA DB ESPAÑA. 

vfsla de los balcoaes de palacio. La nación cuyos 
ejércitos habían dado la jey al mundo» se veía redur 
cida á hacer vandálicas incursiones de incendio y de 
saqueo en una de sus mismas provincias. La poderosa 
España era impotente para recobrar el Portugal. A tal 
flaqueza habia venido con Felipe JV. la monarquía 
gigante de Felipe IL 

Aun quedaba en España bastante pundonor, 9I 
menos para no sufrir con resignación impasible tantas 
humillaciones y quebrantos fuera, tanto baldón é ig- 
nominia dentro, tan miserable y bochornosa situación 
dentro y fuera. El dedo público señalaba al de Oliva- 
res cómo-al causador de todas las afrentas, y el fas- 
cinado monarca halló al fin quien le apartara de ios 
ojos la venda que se los cubría hacia mas de veinte y 
dos años. Hicíóronle ver que el hombre de los pompo- 
sos ofrecimientos, el que habia prometido hacer á 
España la nación mas formidable del orbe, y al mo* 
narca español el príncipe mas poderoso de la tierra, 
era el hombre que estaba acelerando la ruina y per- 
dición del monarca y la ruina y perdición de la mo- 
narquía. El mismo rey no pudo sostener ya al favori- 
to, y c^yó el conde-duque de Olivares. Debióse esta 
novedad principalmente á la reina Isabel de Borbon, 
ofendida del valido, que hasta alli habia llegado su 
desatentado orgullo: á la princesa Margarita de Sa- 
boya, que por causa suya habia perdido la regencia 
de Portugal, y á algunos prelados, consejeros» em- 



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PAETB lll. LIBRO V. 363 

bajadores y grandes, que ayudaron á aqnella buena 
dbfa tan pronto como encontraron tan poderoso apo- 
yo. No se pareció la caida del don Gaspar de Guzman 
á la de don Alvaro de Luna y á la de don Rodrigo 
Calderón. Para el de Olivares no habo patíbulo ni ro- 
ca Tarpeya: bajó del Capitolio mas como qnien se des- 
liza suavemente y por su voluntad , que como quien 
es derrumbado con violencia y por castigo. Felipe IV. 
se dignó conoederle el permiso que solicitaba de re* 
tirarle, diciendo que estaba muy satisfecho de su des- 
interés y so celo. Bastarla esto solo para hacer la ca- 
lificación de: este monarca. 

Francia habia ido creciendo todo lo qué España 
habia ido menguando. Eran dos reinos qtie vlvian de 
devorarse, al modo de dos plantas vecinas, de las 
cuales la una se alimenta y robustece del jugo que 
roba á la otra. La rivalidad venia desde Carlos V. y 
Francisco L Verdad es que Luis XIII. era mas rey que 
Felipe IV., y que los guerreros de la Francia comen- 
zaron ár brillar, Quando los insignes capitanes españo**^ 
les se hábian casi estinguido, y de ellos no quedaba 
sino tal cual muestra y muchos gloriosos recuerdos. 
Pero lo que influyó mas en la preponderancia de uno 
sobre otro reino fué la gran diferencia, en capacidad, 
talento, astucia y energía, entre el pripaer o^ioistro 
del soberano fraqcés y el primer ministro del monar- 
ca español^ Richelieu fué un gran político y un grande 
hombre, mientras Olivares no fué sino un gran pre- 



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364 HISTORIA DB BSPAfiA. 

suntuoso y un gran soñador. Y no es que el nainislro 
cardenal aventajara al magnate favorito, ni en mora* 
lidady ni en poreza, ni en sobriedad, ni en recato, ni 
en otro género de virtudes. Al contrario, con ser un 
prelado de la iglesia Armand Duplessis, aun fué ma¿ 
dado al faustp y á la disipación que don Gaspar de 
Guzman: montaba el gasto de su casa á mil escudos de 
oro por dia; las riquezas que acumuló el de Olivares 
eran una modesta fortuna al lado de la escandalosa 
opulencia de Richelieu: ^i el Guzman alejó de la pre- 
sencia del rey á los infantes sus hermanos, Richelieu 
iba siempre delante de los príncipes de la sangre, , 
pensó sobrevivir á su soberano, y hacerse patriarca y 
regente del reino: si Olivares sacrificó algunas víc- 
timas á la envidia y la rivalidad, el ministro de Luis XIII. 
ejerció execrables venganzas personales, tiranizó la 
nobleza, abatió los hugonotes- del reino siendo pro- 
tector de los calvinistas de fuera, fué ingrato con la 
reina madre^ con el hermano del rey; con el rey, y con 
la reina misma, á quienes áe hizo tan necesario como 
odioso: acabó con las libertades francesas, y vivió y 
murió aborrecido. 

Mas si en las prendas del corazón no aventajó el 
de Richelieu al de Olivares, en las dotes del entendi- 
miento no sufren paralelo las de uno y cftro ministro, 
y el gran talento y la sabia polílica de aquel tenaz y 
eterno enemigo de la casa de Austria fueron las dos 
grandes fatalidades para la monarquía española eq es- 



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PARTB IIU LIBRO V. 365 

le reinado. Síd que aceptemos nosotros la apasionada 
asimilación que algunos escritores franceses quieren 
establecer entre el célebre Ricbelieu y el inmortal Ji- 
ménez de CisnéroSy modelo éste de virtud y de gran- 
deza, varón santo y gobernador admirable á un tiem-r 
po, confesamos que la Francia debió á Ricbelieu gran*- 
des servicios, que abatió las dos ramas de la casa de 
Austria, humilló una aristocracia insolente, favoreció 
el movimiento de la civilización,, protegió las letras y 
las artes, engrandeció el reino, y le colocó á la cabe- 
za de las naciones europeas. Asi fué que si por sus 
vicios y su orgullo ef ministro de Luis XIII. murió 
aborrecido, por sus servicios y su grandeza murió ad- 
mirado. El ministrode Felipe, IV. vivió teniendo quien 
le aborreciera, y murió sin tener quien Je admirara. 



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Hí. 
REINADO DE FELIPE IV. ' \ 

DESDE LA caída DE OLIVARES HASTA LA MUERTE DEL REY. 

Algo mejoró cod la caida de Oti vares la sitqacioD 
del reino, aunque no laotOt ni con mocho» como el 
pueblo creía y esperaba; que* los pueblos son siempre 
fáciles en creer y largos en esperar de toda mudanza 
que desean. Pareció» en efecto, que el rey empezaba 
¿ ser rey, la reina á ser reínaT^ ser consejos los con- 
sejos, i funcionar las cortes como cortes, y á ser Ira- 
lados como hombres de valer los hombres que algo 
vallan. El rey dando de mano á los devaneos y po- 
niéndola en los negocios; . la reina recobrando su in- 
fluencia 'legítima; los consejos deliberando; las cortes 
volando los subsidios; los hombres de valer volviendo 
del destierro á ocupar los altos cargos del Estado. 
Comenzaron á arribar con piala los galeones' de Méji- 
co; mejoró la guerra de Cataluña; tremoló en Lérida 
el pabellón de Castilla, y Felipe IV., que ya fué al 
^ teatro de la guerra, no como un cautivo con las in- 
signias y galps de rey, sino con un rey que habia 
salido de la cautividad, entró en aquella ciudad en 
triunfo, y le juró sus fueros. 



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PAftTH lIl.'LIBaOT. 367 

Coincidió felizmente con aste cambio la muerte 
del miaistro de Francia Richelíeu; sucedió el falleci- 
miento del monarca Luis XHI.; la hermana del rey de 
^ España quedaba regentando aquel reino á nombre 
del niño Luis XIV.; esperábase mucho de tan iume- 
. diato deudo entre la gobernadora de FranciaT y el mo- , 
narca español; confiábase no poco en los disturbios 
que allá se suscitarían en la miinoría del rey; y cuan- 
do se trató de paz se desechó el pensamiento, por 
creer que traia ya mejor cuenta guerrear que hacer 
paces. Todo iba bien con tal que durara. 

Pero si hubo algunas prosperidades, sobrevinie* 
ron mas infortunios; aquellas fueron breves y pasage* 
ras, éstos largos y duraderos. Malogróse en Flandes 
el cardenal infante de España don Fernando, y des- 
gracióse en Madrid la reina Isabel de BoFbon. Allá 
con el infante faltó á España la única columna que 
sostenia, mal que bien, el resto de nuestra domina- 
ción en aquellos países: acá con la reina faltó al mo- 
narca el buen consejo, la única influencia legftima y 
saludable. La reina regente de Francia no setondujo 
CQmo la hermana de Felipe IV. de Castilla, sino como 
la viada de Luis XIII. y como la madre de Luis XIV. 
de Francia. Con la muerte de Richelieu nada ade- 
lantamos; porque Mazarino que le sucedió, cardenal 
como él, primer ministro como él, privado como él, 
poUtico como él, y todavía mas astuto y sagaz que él, 
era tanto ó mas enemigo qne él de las casas de Aus- 



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368 Historia DB BSPAÜA. 

tría y de España, con tanta ó mayor perlioacia y te- 
nacidad que él empeñado en abatir y destruir los do- 
minios alemanes y españoles* 

Y en tanto que allá sucedía un gran político á 
otro gran político en el ministerio, acá reemplazaba 
en la cámara real un privada á otro^ privado. Feli-' 
pe IV. se cansó pronto de obrar como rey: rati^ábanle 
los negocios y volvió á los devaneos, y entregó su 
poder y su confianza á don Luis de Haro, como antes 
la habia entregado á don Gaspar de Guzman. Asi el 
indolente monarca dividió su largo reinado en dos pe- 
ríodos, señalados por dos privanzas de dos inmedia- 
tos deudós,^iio y sobrino. El favoritismo parecía ya 
hereditario como la corona. Y en verdad no pronos- 
ticó bien el que á la caída de Olivares fijó á laxpuerta 
del palacio aquel pasquín que decía: < A/tora serás Fe^ 
Upe el Grande, pues el Cond^-duque no te hará pe^ 
guano. «^Felipe IV. no fué mas grande con el marqués 
del Carpió que con el Conde-duque de Olivares, con 
don Luis de Haro que con don Gaspar de Guzman. 

La batalla de Rocroy, en que el joven Conde re- 
cogió los laureles con que engalanó la dorada cuna 
del niño Luis XIV., aéabó con la reputación que> aun 
habían podido ir conservando los viejos tercios espa- 
ñoles de Flandes. Allí pereció éi valeroso conde de 
Fuentes, último representante de aquella antigua es- 
cuela de ilustres guerreros castellanos. El triunfo de ' 
imperiales y españoles allá en los campos de Tuttlin- 



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^ PÁRTB 111. LIBRO V. 369 

, L 

ghea no fué ya sino como una chispa que revivió y 
brilló entre apagadas cenizas* Sucesivamente nos fué 
arrebatando el francés las plazas de Tbionvil|e, Gra- 
velines, Mardik, Armentieres, Gourlray y Dunkerque. 
Nuestros generales, Meló, Fuensaldaña. Picolomipi, 
Garmona y Becb, no eran hombres que pudieran com- ' 
petir con Orleans, Gondé, Gassion, Ghatillon y Rant- 
zau; ni el archiduque Leopoldo de Austria fué el sus- 
tituto que s% necesitaba en el gobierno de Flandes 
para reemplazar al cardenal infante de España. Ix)S 
Países Bajos amenazaban acabar de perderse. ^ 

Gon languidez vergonzosa se arrastraba la guerra 
de Portugal, reducida á irrupciones asoladoras, y á 
tentativas reciprocas, de tos castellanos sobre Oliven- 
za, de los portugueses sobre Badajoz. Las fuerzas de 
Castilla estaban casi todas en Gataluna, donde alter- 
naban entre triunfos y reveses, merced á las disiden- 
" cías y al disgusto que entre los pocos buenos genera- 
les que aun quedaban produjo él nuevo favoritismo á 
que se habia entregado el rey, retirándose desazona- 
dos los que babian sabido vencer, y dirigiendo la 
campaña los que en otroá países no habían sabido' 
triunfar; Y cuando habría podido sacarse gran pro- 
vecho de la reacción que en el espíritu de los catala- 
nes se estaba obriin4o en contra de la Francia y en 
favor de Castilla, sobrevienen las insurrecciones de 
Sicilia y de Ñapóles, y con ellas la necesidad de des- 
membrar el no robusto ejército de Cataluña paraapa- 

ToMo XVII. 24 



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870 mSTOBIA Bl HSPAéx. 

gar el fiíego que por aquella parte ardía Toras á im- 
pooeiite. 

Las rebeltonea de Sicilia ;de Ñápeles faeroD pro- 
daeídas por caqsas semíegantesá las de Catalana y 
Portugal: acá por la imprudencia y el mal gobtemo 
del rey y so ministro, allá por las tiranfas y las con- 
^ cisíoBes de los vireyes, acá y allá por la moltitud de 
exacciones y Iribatos arrancados á los agobiados poe* 
blos para atender á tantas goerras Amestas y roinosas, 
y para enriquecerse á la sombra y so pretesto de ellas 
mióistros, vireyes y gobernadores* Cierto que en Ja 
península española comeen la italiana soplaba dfran* 
cés la discordia y atizaba la rebcáion. Pero al modo 
que Gatdluña y Portugal se hubieran alzado aun sin 
las intrigas de Ricbdien, Sicilia y Ñápeles se habrían 
rebelado también aun sin ser movidas por Mazarino. 
devoluciones en que se alzaban tantas poblaciones y 
tantos hombres no podían menos de ser populares. En 
todo el reino de SicHia sdo La ciudad de Messina se 
mantuvo fiel á España: en sola la ciudad de Ñápeles 
llegaron á ponerse en armas ciento veinte mil hom- 
bres. ¿GómOt sí aquellos alzamientos no hubieran sido 
populares, habrían podido llegará dominar en capita- 
les tan populosas hombres de tan baja extracion como 
up calderero y un vendedor de pescado? iQoé degra- 
dación la de nuestros vireyesl iQné transacciones tan 
bochornosas, la del marqués de los Yelez con José 
Alecio, I9 del duque de Arcos con Masaniellol {Quién 



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PAETB III. UBtO V* 374 

habría podido reconocer eo aquellos dos degenerados 
magnates los sucesores del gran don Pedro Tellez 6i« 
ron, daque de- Osuna?' 

' Sofocóse la inanrreociod de Sicilia, merced á los 
barones y señores del país, qae la combaUaron. Tenaz 
y sangrienta 'fué ia de Nápoies. Después de mil esce- 
nas de horror, de desolación, de estragos, de moerte 
y de estermioio, aquella rica y bella oonqoista de los 
monarcaB eapanoles estuvo ya muy cerca de perderse 
igjDojDinioaamente para Bspana. A imitación de Cala^r 
luna. Ñapóles aspiró áhaceiw independíente, proyeor 
tó erigirae en república, y concluyó por entregarse á 
un francés, descendiente de la antigua casa de Anjou. 
Por fortuna la elección de los insurrectos fué para ellos 
despcertiMla. Si el duque de Guisa no .hubiera sido un 
presontaoso, que am^^^ portándose /oon íoprudan- 
cía para aechar ceoduoiéodoseioap cobardía, la iosur*- 
reccion habría trionladQ^ Como gobernador, cansó y 
descontentó á los -napolitanos, como guerrero no supo 
resistir á Is^ tropas españolas. Hecho j^mknero en 
Capua, y traido al alcáawr de Segi^via, fugóse de la 
prisioo; pero aIca9;^ado en Vi;^ay»^ fué de nuevo ea^- 
^cerradoen ella, ^ que haiya sido imprudente en Ná--. 
polea, cobarde eo Capua y desleal en JBegoyja^ obré 
después i^ofno m ingrato para coaclñír au 4>arrera 
como UP traidor. Bien hw^roo la reina Ana de Aaairía 
y el inipístro Ha^ariop m »o proteger )a dominacíoB 
del de Gnisa m Capoles, aiao con ser príncipe franí* 



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' 372 HISTORIA DB BAPAHa. 

cés, y Psp^fia fué la qae recogió el fruto de aquel 
desvío. 

Debióse, pues, la recuperación de Ñapóles á las ' 
locuras de Masaniello, al desenfreno y á la versatili- 
- dad del populacho, á la presuntuosa arrogancia de 
el de Guisa t á las rivalidades entre la regente y el 
ministro de Francia con la casa de Lorena, al opor'- ' 
tuno socorro que llevó don Juan de Austriaj y al 
reemplazo del indiscreto y desconceptuado duque de 
Arcos por el acreditado y hábil conde de Onate* El 
joven de Austria, hijo bastardo de Felipe lY., co- . 
/menzó alli su carrera, obrando con una firmeza, con 
una cordura y un tino que hizo concebir esperanzas 
de que en los hechos como en el nombre^ habría de 
ser un trasunto del bastardo de Garlos Y.. Esta ilu- 
sión desapareció después. El de Oñate pecó de seve* 
ro y rudo en el castigar, y tanto regó aquel suelo de 
sangr^t que faltó poco para que volviera á ^brotar la 
. insurrección. 

El tratado de Westfalia puso término á la guerra 
de. los Treinta años en el imperio aleman/y á la 
lucha de ochenta afios entre España y las provincias 
disidentes del Pais Bajo. ¡Ochenta años de continúo 
pelearl ¡Ochenta años de consumir tesoros y hom- 
bres para acabar por reconocer la independencia de 
aquellas provinciasl Y sin embargo, aquella paz fué 
^recibida y celebrada con júbilo en Madrid. ¿Qué ha- 
biá de hacerse ya? Quebrantado el poder de España 



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ÍAATB lli. LiBAO V. > 373 

en FlaadeSi enflaquecido en Ilalid, anulado en Por- 
tugal, y vacilante en Cataluña, la paz de Westfalia, 
si bien ponia de manifiesto nuestra flaqueza á los ojos 
de lEuropa» daba al menos un respiro para atender á 
las dos guerras que ardian simultáneamente en dos 
estremos de nuestra propia península. 

Lo único, en que Felipe IV. y don Luis de Uaro 
obraron con algún talento fué en atizar las discordias 
que luego agitaron la Francia, fomentando las guer- 
ras llamadas de la Fronda. Lograron ver al temible 
Mazarino objeto allá del odio popular, como acá Jo 
habia sido el de Olivares: abatirle y ensalzarle alter- 
nativamente los partidos: desterrarle los unos del 
reino, los otros darle mas ascendiente y poder: en/ 
peligro estuvo su cabeza, y á milagro puclo tener 
salvarla. Los mas famosos -generales franceses aban- 
donaron la causa del rey, y emigraron á Flandes á 
tomar partido en favor de Espaoa: algunos nos deja- 
ron para volver á ser realistas de Luis XIV., pero 
el gran Conde [íermaneció constante aliado y auxi- 
liar perseverante del rey Católico y del archiduque 
gobernador de Flandes contra el Cristianísimo de 
Francia, su soberano. Magnífica ocasión para repo- 
nerse España de sus pasados reveses y pérdidas, á 
no haberle contrariado dos fatalidades. De la una 
culpamos á la torpeza política de nuestra corte; la 
otra no podia ser remediada. Fué la primera no ha- 
ber sabido el de Haro ni nuestros embajadores en 



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874 iiiSXomiA db bíbaiía. 

Londres coovertir ea provecho de España la revoló* 
qíoQ de Inglaterra: mas hábil ó mas afortttoado que 
ellos el cardenal HazaHno, acertó á decidir á Crotn- 
well en favor de la Francia, y el terrible protector 
envió tropas inglesas á Flandes oontra nosotros, y ^ 
naves Inglesas contra nuestras Antillas, se apoderó 
de la Jamaica^ amagó á liéjicor Cuba y Tierra Fir- 
me, y nos apresó galeones, hombres y dinero. 

Fué la segunda (ktalidad, que el joven Luis XIV., 
el que al cumplir su mayor edad entró en el parla- 
mento con un látigo, símbolo de la monarquía absolu- 
ta que iba á establecer» entró también en los Países 
Bajos espada en mano, símbolo de su belicoso espíri- 
tu, y de sus aspiraciones á dómiüar la Europa con las 
armas. No era menester mas que un rey del temple 
^ de Luis XIV., que presenciaba todos los sitios de las 
placas, y hacía Jas campañas como un soldado, para 
augurar ta suerte que habían de tx>rrer nuestros ya 
harto cercenados dominios de Flandes. Don Juan de 
Austria y C¡oadé habían sido afortunados delante de 
Valenpiennes, pero después perdimos nuestro ejército 
en las Dunas, sitio tan fatal para nuestros tercios de 
Europa como lo habían sido los Gelbes para nuestras 
tropas de África; y asi como la Holanda nos había 
llevado antes toda la parte septentrional de los Países 
. Bajos, la Francia nos arjreba^ después la parto me- 
ridional del Brabante, del Artois y del Henao. 

Barcelona, y casi todo el principado de Cataluña, 



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f 

volvieran á la obediencia del rey de Castilla á los ire* 
ce años de una guerra sangrienta y tenaz, y volvieron 
mas por odio á los franceses que por afición á los cas- 
tellanos. Sin rebajar el mérito del marqués^ de^ Mor- 
tara y de don Juan de Austria en el sitio de Barcelo» 
na qoe produjo so rendición, de cierto no habría sido 
lácil, dado que fuera posible» sujetar al Principado» 
á no haber precedido el grito popular de: «{mueran 
loa francesesi» Tan abominablemente se habían estos 
. conducido» tales habían sido sus tiranías^ atropellos, 
vejaciones» desafueros y liviandades» que les pareció 
á los catalanes cien veces mas soportable y preferible^ 
la dominación de Castilla que hablan sacudido que el 
yogo francés á que se hablan sujetado» y aqoel pue* 
blo altivo y fiero se irritó mas contra los nuevos tira- 
nos por lo mismo q^ue los habia invocado como liber- 
tadores. La ingratitud de la Financia al pueblo cata- 
lán fué horrible; asi el odio que quedó en Catalana 
al pueblo francés fué tan profundo que doró todo el 
resto de aquel siglo y gran parte del otro. Discreto y 
político», como no tenia de costumbre, anduvo Fe- 
lipe rv. de Castilla en confirmar á los catalanes sus 
fueros tan luego como se sometió Barcelona* 

Menester es conocer el tesón y la tenacidad de los 
nalorales de aquella provincia para no sorprenderse 
de la pertinacia y temeridad de algunos catalanes» 
qoQ no obstante la sumisión general del Príocipado 
llevaron so espíritu de rebelión al estremo de seguir 



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376 Ht^XOElA DE BSPAÍ A. 

ayudando á la Francia á mantener todavía la guerra 
en BÚ territorio por otros seis años. Fué necesario un 
tratado de paz general para que las armas francesas 
evacuaran el suelo catalán, que por cerca de veinte 
años habían estado asolando. 

Afrentoso era lo qué entretanto pasaba por las 
fronteras de Portugal. Tan raquítica y miserablemen- 
te se habia hecho la guerra por aquella parte, que se 
celebró como hazaña y se solemnizó como suceso prós- 
pero haber rendido^ á Oli venza á los diez y siete años 
de lucha y después de cíen tentativas frustradas. En 
cambio á poco tiempo de esto se vio la corte de Casti- 
lla consternada, el rey abatido, los ministros azora- 
dos, asustados los coosejos» encendida en vergüenza 
y ardiendo en ira toda la población. ¿Por qué tanto 
aturdimiento y espanto? Porque un general portugués 
estaba á punto de apoderarse de Badajoz, la plaza 
mas importante de la Extremadura española. La na- 
ción conquistadora de tantas regiones é imperios se 
veía invadida y temia ser dominada por el diminuto 
xeino lusitano, poco há provincia suya. Hicíéronse ta- 
les esfuerzos como si se tratara de una empresa gi- 
gantesca, y el primer ministro y favorito del rey se 
víó precisado á trocar los goces de la corle *y los ar- 
tesonados salones del regio alcázar por el estruendo y 
las fatigas del campamento militar. Por fortuna el por- 
tugués abandonó el sitio de Badajoz antes que llegara 
don Luis de Haro. Pero debió creer sin duda el suce- 



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PABTB 111. LIBBO Y. 377 

sor y heredero de los títulos y del favor de Olivares 
que era ío mismo atacar una plaza que recibir un em- 
bajadort y librar ud combate al enemigo que dar un 
consejo al rey: porque solo asi seesplicala confiada ar* 
rogancia con que penetró en Portugal y puso sitio á 
El vas CQntrael dictamen del veterano San Germán: 
¿para qué? para presenciar la batalla desde punto don- 
de no podian alcanzarle las puntas de las lanzas, ni 
siquiera el humo de los mosquetes, y huir azorada- 
mente á una dp caballo después de haber perdido un 
ejército y olvidado con la prisa hasta los papeles de 
la cartera ministerial. Y todavía le llamó Felipe lY. á 
su corte y le mantuvo en so real privanza. Hizo mas; 
que fué escogerle y enviarle, no solo como el hombre 
de su mayor confianza, sino como el mas hábil nego- 
ciador político, á la isla de los Faisanes, á conferen? 
ciar con Mazarino sobre la paz general de que ya ep-- 
toncesse trataba. 

La paz de los Pirineos, tan humillante como, fué 
para España, no era sino una natural y precisa con*' 
secuencia de la diversa situación en que se encontra- 
ban las dos potencias contratantes. Fué la promulga- 
ción oficial de la pujanza francesa y de la decadencia 
española formulada en capítulos* Fué Ip que no podía 
ya menos de ser. La polilica de Felipe ILdejó á Feli- 
pe III. la necesidad de la tregua de doce años; aque- 
lla tregua hacia presentir el tratado de Westfalia; y 
tras la paz de Munster no era difícil augurar la paz. 



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379 HI8T0KU DM USWáSa. 

delBidasoa* Los tres tratados fueron suceaivamente 
la espresñoD de la debüídad» de la flaqueza» y de la 
impotencia á que gradualmente iba viniendo España. 
Esto tenia que suceder con monarcas como Felipe UI. 
y Felipe IV. y coa ministros como el de Lérma, el de 
Olivares y el de Haro, en pugna y competencia oon 
soberanos como Luis XUL y Luis XIV., con ministros 
como Riche^ieu y Mazarino. Esto tenia que acontecer, 
vista la superioridad de los generales franceses Turé- 
na, Conde, Crequi, Grammont, La Motte, Luxem«- 
burg y Schomberg, sobre los generales españoles 
marqueses de los Ralbases, de los Yelez, de Pobar, 
de Leganés, de Aytona, de Caracena, y sobre el mis* 
mo don Juan de Austria. Si ya el tratado de^Westfa*. 
lia había sido una necesidad, quebrantado, como di- 
jimos, el poder de España en Flandes, enflaquecido 
en Italia, anulado en Portugal y vacilante en Calalú* 
ña, ahora que Felipe se veía abandonado del empe* 
rador con ingratitud inaudita,^ que los príncipes de 
Saboya habían cambiado la alianza española por la 
francesa, que nos había follado el auxilio del lore- 
nés, que la flor de nuestras posesiones dé Flandes 
y de la India se habían repartido entre holandeses, 
ingleses y franceses, que el Roisellon había dejado 
de pertenecemos, que las quinas portuguesas aba- 
tían al león de Castilla, que en Cataluña luchábamos 
débilmente contra la Francia, ¿qué había de ba- 
cer Felipe IV. sino aceptar la paz de los Pirineos 



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PABTB 111. Luaó V. 870 

con las condicioDes que quisiera dictar el vencedor? 

Una de ellas» la del matrimonio de la infiíntá Ma«- 
ría Teresa de España con Luis XIV., fué sm duda la 
cláusula en que contrasiaron mas la astucia y la do- 
blez del ministro de Francia, la nobleza y buena Yé 
del que ellos llamaban «un cumplido caballei^o espa- 
ñol.» Con anticipado cálcalo y con propósito para lo 
futuro la propusieron y estipularon Luis XIY* y Ma- 
zarino; sin proveer que con el tiempo habia de costar 
sangrientos litigios su interpretación, la acordaron y 
suscribieron el ministro y el rey de Castilla. Luis XIV. 
después de abatir la España quiso cimentar su futura 
dominación sobre ella. El cimiento fué la cláusula 
matrimonial de la paz de los Pirineos. La muerte de 
Mazarino precedió poco tiempo á la del marqués del 
Carpió, como la de Richelieu habia acontecido poco 
antes de la caida y de la muerte del conde de Oliva- 
res. Los dos favoritos del rey de España no sobrevi- 
vieron á loados ministros cardenales de Francia sino 
lo necesario para conocer y llorar lo cara qne al reí* 
no había costado su rivalidad con quienes tanto los 
habían aventajado en talento. 

Portugal no habia sido comprendido en el proto- 
colo de losPiriueos, pero se estipuló que Francia no 
le daría auxilios. Dióseios sin embargo Luis XIV. 
ihuy eficaces. Esta fué una iniquidad de la Francia 
muy fatal á Castilla. A pesar de esto, Portugal debió 
ser reconquistado: porque niogun otro puntónos que- 



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380 mSTOAIA Dh SdFAÑA. 

daba ya á qué atender; alli pudimos concentrar nues- 
tras fuerzas. Favorecíanos el ser el nuevo monarca 
portugués un joven licencioso» un calavera, un liber- 
tino de la peor especie, desconceptuado entre los es- 
traños y aborrecido de los suyos. Pero faltaba á Fe- 
lipe IV. ^frír la última amargura» y á España la úl- 
^ tima afrenta con el resultado de esta postrera cam- 
paña. 

Don Juan de .Austria fué en Portugal como en 
Flandes afortunado en el principio y desgraciado 
después. Rindió muchas plazas y llevó el espanto 
hasta Lisboa: tomó á Evora para ser luego derrotado 
en Amejial» donjie^e portó como mal general, y pe- 
,leó como buen soldado. Pero al menos en Amejial se 
salvó la honra y la fama del valor castellano: no así 
delante de Castel-Rodrigo, donde la gente que acau- 
dillaba el duque de Osuna» hijo degenerado del gran 
don Pedro Tellez Girón» no recogió en su Cobarde 
huida sino baldón y vituperio. Ambos generales fue- 
ron bien separados. Coíno uji remedio heroico se hizo 
venir de Flandes al marqués de Cara cena» que pro- 
metió con presuntuosa arrogancia marchar en dere- 
chura á Lisboa, y conquistar todo el reino con la ra- 
pidez de un César. Al foco 4.iempo el soñador de tan 
rápida conquista comunicaba al rey desde Badajoz el 
desastre que habia sufrido en Yiliaviciosa» donde se 
consumó la ruina militar de España, y aseguró Portu- 
gal su independencia. La poderosa monarquía de 



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PlftTB líl. LIBIO V. 381 

Garlos y. y de Felipe II., la nación á cuyo nombre y 
ante cuyas banderas babia temblado el orbe entero*, 
después de agotar todos. sus recursos acabó por ser ' 
anonadada en Villa viciosa por un puBado de portu- 
gueses. El infortunio de Villavíciosa fué el resumen 
de un siglo entero de poHtíca infausta, consumido en 
empresas temerarias y. ruinosas; fué el fruto y como 
el compendio de los errores y de los desaciertos de 
tres reinados. 

Felipe IV., no obstante la resignación religiosa 
con que exclamó: «¡2)to« lo quiere, cúmplase su volun- 
todli no pudo resistir aquel golpe, y sucumbió de 
pesadumbre. Bajó pues á la tumba, dejando la mo- 
narquía menguada de reinos, despoblada de hombres, 
agotada de caudales, desprovista de soldados, este- 
nuada de fuerzas, desmoralizada, abatida y pobre 
dentro, menospreciada y escarnecida fuera. 

«Hallábanse, dice un escritor contemporáneo, los 
»reales erarios, ' sobre consumidos, empeñados; la 
»real hacienda vendida; los hombres de candad unos 
«apurados y no satisfechos, y otros que de muy sa- 
«tisfechos lo traían todo apurado; los mantenimientos 
i>al precio de quien vendía las necesidades; los ves- 
»tnaríos falsos como exóticos; los puertos marítimos 
icon el muelle para España ^y las mercadurías para 
»fuera, sacando los estrangeros los géneros para vol- 
» verlos á vender beneficiados; galera y flotas pagados 
»á costa de España, pero alquilados para los tratos de 



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\ 
38S BI9T0ÍIA DB WfAiU 

» Francia, Eolanda é Inglaterra; el llediterráoeo aio 
«galeras ni bajeles; las ciudades 7 logares sin riquezas 
»ni habUadorés; los castillos fronterizos sin mas de-* 
ofensa que su planta, m mas soldados qqe m buen 
^terreno; los campos sío labradores; la labor pública 
jiolvidada; la moneda tan iMurable» que era ruina» 
»se bajaba» y era perdíoion sí se coiiser?aha; los tri* 
tbuualey» achacosos;; la justicia con pasiones; los jueces 
»sin temor á la fama; los puestos como de quien los 
»posee habiéndolos comprado; las dignidades hechas 
>herepcias <} compras; los- honores tan vendidos en 
^pública almopeda, que solo faltaba la voz del pregor 
»Qero; letras y armas sin mérito ; con de^r^oio; én 
^máscara U» pecados y con honor los delitos; el real 
i> patrimonio sangrado ¿ mercedes y desperdicios; los 
^espíritus apegados i la vil tolerancia, <} á la violenta 
» impaciencia; las campanas sin soldados, ni me« 
#dios para tenerlos; los cabos procurando vivir mas 
»que merecer; los soldados con la precisa tolerancia 
»que pide traerlos desnudos y oMá pagadcisi el fran- 
»'cés, como victorioso, atrevido; el emperador dsfen* 
adiendo con nuestfos tesoros sus dcxuinios; y final- 
lamente sin reputación aueatras arnias; sin crédito 
j>ouestros coasc))06; con desprecio l{ps ejércitos, y con 
«desconfianza todos^» 

¿Qué dsjíába Felipe IV» cuando áo&oeoái^ i la 
tumba* para remediar tan hondos males? Uaa raina 
regeate* alemana, caprichosa, soberbia, dominai;i(e, 



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FAin III. tiMio V. 3S88 

y enemiga de España; wnchoa hijos bastardos <*>, y an 
solo hijoiegtttcDO, nifto eadebld, enfermizo posiláni** 
me, apropdsito para dejar caer el reino en mayor 
poflítracion. 

PeiD este reinado tan desastroso en lo militar, tan 
fiínesto en lo político, tan miserable en lo económico 
y tan vitnperable en lo moraU señalóse' ra una de las 
glorias mas apreciafoles de nn pueblo, la gloría artfsp- 
üca y litercfria. No hubo, es verdad, ni grandes filó- 
sofos, ni poHtícos profundos, ni puWicisia* diaüngui- 
dos; y gracias que alguno alcanzó no oomnn repata-- 
cion de pensador y escritor entendido, en medio de 
la compresión que ejercia sobre las inteligencias en 
estos ramos del saber el severo tribunal del Santo Ofi- 
cio, y del aislamiento en que vivia España del movi- 
miento inleleotual, europeo desde Felipa D. Eft cambio 
florecieron y brillaros mullí tod de ingenios en el 
campo libremente cultivado de ISfS bellas letras y da 

rt) HacemoB mérito de ertt nando Vd|d6i. wneril de trtíHa. 
circanstoncia.paraqoeseveiftcon ría en Milán; donAlonao deS«n 
cnántaiazoníiemosTiabladodelt Martm, obispo de Oyiedo; y don 
vida desenvuelta, disipadaylicen- Juan Corso, llamado fray Juan 
ciosa del rey, ejemplo fnnesto de del Sacramento, qne se biw pr^ 
inmoralidad; y cania grande de dicador célebre, tí reconooimien- 
abandono en el gobiemodel Esta- to de don Juan de Awtria le bizo 
do. dentase pnes entre los hijos á inaiígacion del cowle^daqiip de 
bastardos de don Felipe, ademas Olivares, qne tampoco tema hijos 
del conocido don Joan de Austria, legítimos, y deseaba qne, el rev 
otrodónFraaoiaoode Austria, que d^eseei.eiwpiopera recopocorél 
murió de edad de ocho a«o«;dofla éiinhaitoilotae twjiwent^^^ 
HarttfiU/mMÓa q»© M m to y «•Hwwba J«im ValcvceLy 
SncSSw5Íon de Madrid; ém Al- /iédeapve» don Snriq^e Felipe 
fonaede ^nle Tomas, obispo de d# Guzma^» 
Málaga; an don Garlos ó don Fer- 



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384 HISTORIA DB ESPAÑA. 

las artes liberales, y siempre se recordarán con de- 
leite y se verán con admiración los delicados pensa- 
mientos del fecundo Lope, las maliciosas agudezas de 
Tirso, tas lozanas galas de Calderón, los sQtiles, 
aunqae estravagantps conceptos de Góngora, las amar- 
gas sales de Qaevedo, las delicadas rimas de Rioja, 
asi como los inspirados y encantadores cuadros de 
Yelazquezi las grandiosas y sencillas obras de Cano, 
laisescelenles y atrevidas de Zurbarán, y las dulces y 
maravillosas creaciones de Murillo. 

Ni faltaban todavía hombres doctos, y muy ente- 
ros en sostener con firmeza las regalías de la corona 
en las competencias y negocios de las jurisdiéciones 
eclesiástica y real. Monarcas tan piadosos como Feli- 
pe IIÍ. y Felipe IV., que consagraron tantos esfuerzos 
y trabajaron con tanto ardor á fin que se declarara 
dogma defá el misterio de la Inmaculada Concepción 
de la Virgen, reclamaban de Su Saotidad, á consulta 
de consejeros de ciencia y de ánimo firme, la liber- 
tad de opinar en materias de jurisdicción, y que no 
rigieran en España las declaraciones de la congrega- 
ción del índice, ni se estimaran las prohibiciones pu- 
blicadas por el Nuncio contra las obras y escritos en 
que se defendían las prerogativas del poder real í*^ 

(4) Qaedó un testimonio so- rey FeüpelV. presentaron al papa 

lemne y honroso de las ideas que Urbano VIH. en calidad deemba- 

aun en aquellos tiempos deabati- jadores extraordiriarios el obÍ3()o 

miento sostenían los espafioles de Córdoba don Fr. Domingo Pi- 

doctos en tales puntos, en el cé- mentel y el consejero de Castilla 

lebre Memorial que á nombre del don Juan Ghumacero sobreal^usos ^ 



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PAETB 111. LIBRO V. 



385 



Mas ¿cómo podiaa sostenerse estos arranques de 
dignidad naeional? ¿Cómo habian de seguir susten- 
tándose con entereza estos saludables principios de 
derecho público? ¿Cómo habian de ppder conservar- 
se la gloria de las letras- y el lustre de, las artes fen 
' medio de la abyección general? Imposible que sobre- 
víviersín al universal marasma. Y á la muerte del 
cuarto Felipe el genio de las letras y el genio de las 
artes debieron avergonzarse de la corrupción en que 
con rapidez tan lastimosa habian caido. 



de la Nunciatura y de la Dataría 
de Roma, sobre provisiones de be- 
neficios, sobre iurisdiccibn dejos 
obispos, españoles, sobre creación 
de Rotas, cono puestas de ministros 
deEspaña,y otros diferentes pun- 
tos de disciplina. Este famoso me^ 
moría], aunque no surtió todo el 
fruto que se deseaba, produjo no 
obstante una especie de concor- 
dato may fayorable á España; y 
fué como la base y el principio de 
la doctjrina llamada regalista qué 
con tanto tesón, firmeza y digni- 
dad sostuvieron losespafioles mas 
eminentes del siguiente siglo. 

El título de ^ste célebre opús- 
culo era: crMemoríal de S. M. G. 



que dieron á nuestro muy Santo 
Padre Urbano Papa VUf.don Fray 
Domingo Pimentel, obispo de Cór- 
doba, y don Juan Chumacero y 
Carrillo, de su Consejo y Cámara, 
en la embajada á que vinieron el 
afio de 633, incluso en él otro que , 
presentaron los reinos de Castilla 
juntos en cortes el afio antece- 
dente, sobre diferentes agravios 
aue reciben en las espediciones 
ae Roma, de que piden reforma- 
ción: con la respuesta de Monse- 
ñor Maraldi, y la replica de Ios# 
mismos embajadores.» Este céle- 
bre documo^nto, impreso anaquel 
mismo siglo, se reimprimió en Vi- 
toria en 4842. 



Tomo XYii. 



25 



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IV. 
llÉINADO DE CARLOS lí. 

EL PADftE NlTdi^RD: LA REINA MADRE: VALENZUELA: 
DON JUAN DE AUSTRIA^ 

¿Quién puede determÍDar nunca cuál es el último 
grado de la escala del engrandecimiento de un impe- 
rio, y quién puede decir:. «este es el postrer escalón 

^ de su decadencia, y de aquí no descenderá ja mas?» 
Por precipitada y rápida ^ue esta sea, las naciones 
que han llegado á ser muy poderosas tienen una dis- 

' tancia necesaria que recorrer desde la cumbre de su 
grandeza basta el abismo de su ruina. Por eso la caí* 
da de los grandes imperios se semeja siempre, á un 
estado de agonía mas ó menos prolongada y lenta. 
Por eso también, aunque en los últimos tiempos de 
Felipe IV. parecía haber llegado la monarquía de 
Carlos V. al último período de su caimiento, todavía 
le faltaba venir á mayor postración. No podia ni pro- 
nosticarse ni esperarse otra cosa de los elementos que 
quedaban dominando á la muerte de aquel monarca. 
En nuestro discurso preliminar habíamos dicho: 
^ «Un rey de cuatro años, flaco de espíritu y enfermizo 
de cuerpo, una madre regente caprichosa y terca, 



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Mlin III. LIBRO T« 36*} 

toda austríaca y nada española, entregada á la direc- 
ción de UD confesor aloman y jesuíta, inquisidor ge- 
neral y ministro orgulloso; con un reino estenuado y 
UDf enemigo tan poderoso y hábil como Luís XIV., 
¿qué suerte podia esperará esta desventurada monar-. 
quía?» 

Nada mas natural que él aborrecimiento del pae- 
bio español á la reiné regente y al confesor Nitbard, 
y que este pueblo volviera los ojos al hermano bas- 
tardo del rey: porque al fin don Juan de Austria, con 
no ser ni un genio para ia g:uerra, ni una capacidad 
para el gobierno, ni un ejemplo de virtudes, ni un de- 
chado de personales prendas, era la persona de mas 
representación que .babia quedado en España; y por 
sn buena edad, y por los cargos que había desempe* 
nado, y por ser hijo del rey, y por enemigo de la rei- 
na madre y del inquisidor alemán, y como apreciado 
de la grandeza, parecía el único que pudiera reaní- - 
mar la monarquía y sacarla de su desfallecimiento y 
de su letargo. ¿Cómo correspondió don Juan d^ Aus- 
tria á estas esperanzas del pueblo? 

Firme y enérgico se mostró en un principio en su 
lucha con la reina y con el confesor, prefiriendo elde87 
tierro de Consuegra al gobierno de Flandes; constitu- 
yéndose en vengador del infame suplicio de Malladas, 
y de la ruidosa separación de Patino; proclamándose 
el reparador de los escándalos de la córte;^ haciéndo- 
se el gefe natural del partido español contra las in- 



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388 mSTORlA DE ESPAÑA. 

fluencias austríacas, y el ectf del' odio popular á la 
madre del rey y al jesuíta alemán sü favorito. Su 
carta á la regente desde Consuegra al huir dé la pri- 
sión que le amenazaba, revelaba nn hombre de cora- 
zón y de nervio, lleno de justo enojo, capaz de gran- 
des y atrevidas resoluciones, y decidido á ejecutarlas. 
Guando luego se vio al fugitivo de Consuegra partiq 
de Barcelona con. gruesa escolta en dirección á la 
corte, ser recibido con aclamaciones en Zaragoza^ 
allegársele alli nueva gente de armas, acercarse, en 
esta imponente actitud á tres leguas de Madrid, y exi- 
gir imperiosamente desde Torpejon la pronta . salida 
de España del P, Nílhard, intimidóse la reina, espe- 
ranzáronse sus amigos, turbáronse sus^ contrarios, y 
teftoieron unos, y confiaron otros, y creyeron todos que 
era hombre capaz de trastornar el gobierno y erigir- 
se eh irbitro de la monarquía. 

Salió 'pues de España el confesor jesuita, befado 
y escarnecido, y casi apedreado del pueblo, sin peña 
de los mismos jesuítas españoles, y solo llorado de la 
reina. Como rival y enemigo del inquisidor, ha triun-- 
fado el bastardo príncipe; se ha vengado; ha satisfe- 
cho su amor propio. Codqo hombre de gobierno, exi- 
ge reformas y economías; la reina le teme, accede á 
iodas sus pretensiones, inclusa la creación de la Junta 
de Alivios, y lé asegura su cumplimiento con la ga- 
rantía del papa. ¿Qué fallaba á don Juan para hacer- 
se dueño del reino,, regii:lc ásu placer, dirigir al rey 



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PAHTE III. LlUttO V. ,389 

Bienor, y lleoár las egperaozas-y deseos que general^ 
meóle sé habían en él fundado? Amigos y enemigos, 
en gran número aquellos, en corlo éslos enlonces, 

- lodos le oslaban viendo enlrar en Madrid, y la corle 
se haUaba en una angusliosa cspocíaliva. Pero vióge 
con sorpresa al hombre amenazador y^ exigente de 

.- Torrejon relroceder primero á Guadalajara , retirarso 
Jespues mansamente á Zaragoza, y quedar mandan- 
do sin conlradtccion la reina madre. ¿Qué fué lo que 
produjo tan súbito cambio en don Juan de Austria? 
El príncipe para cuya ambición parcela no bastar un 
cetro, que se habia presentado como un Aníbal á las 
puertas de Roma, dio por satisfecha su vaniíiad con el 
víreinato dé Aragón, besó humildemente la mano de 
su real enemiga, y regrosó dócil á regir una provin- 
cia d&'la monarquía española en nombre de la reina 
.alemana. ' ' 

Si él creia en el horóscopo' de Flandes,'y el horós- 
copo de Flandes le habia avivado la ambición, anua** 
dándole que estaba destinado para grandes cosas, 
¿qué le impidió intentar un golpe de mano sobre Ma- 
drid, y acaso aprovechar la ocasión de ver cumplido 
ül vaticinio a'BlroIógico? Apoyábale el favor popular; 
Cataluña y Aragón le guardaban la espalda; aclamado 
habia sido en su viage; favorecíale la opinión de los 
consejos, de las ciudades y de los prelados á quienes 
se habia dirigido; eran sus amigos la mayor parte de 
los nobles; el papa y su nuncio no eran afectos á la 



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SOO HiéTOUA DE BSi*A5A. 

regente; el confesor salió desterrado^ llena de espan- 
to estaba le reina; sin tropas de guarnición la corte; 
y la guardia Chamberga^que se creó para resistirle, 
se organizó trabajosamente y con universal repugnan-, 
eia. Con tantos y tan propicios elementos no tuvo re* 
solución don luán para penetrar en la corte, Ubrar á 
España del aborrecido gobierno de la regente, y ser 
proclamado como libertador del reino; y prefirió voU 
verse á Aragón á gestionar desde allí con el papa pa-- 
ra que privara al jesuíta Nitbard de los títulos yem- 
pieos que aun conservaba » en vez de darle el capelo 
que pretendía. Semejante conducta daba la medida de 
los pensamientos y de la capacidad del de Austria. 
iPodia este hombre ser el regenerador de la desfalle- 
cida monarquía? 

Casi aun no había fijado su planta don luán en^ 
Aragón, cuando ya campeaba en palacio un sucesor 
del P. Niihard en el favor y en la privanza de la rei- 
na. EstQ no era ni religioso; ni confesor, n! inqgrsi- 
dor, 01 Jesuíta. Era un joven aventurero, agraciado^ 
decidor, resuello, galante, poeta, que de page de un 
gpande habia pasado sucesivamente á adiáteredel con- 
fesor, á galanteador de una camarista, y á confiden- 
te dé la reina. La nueva privanza creció y se man- 
tuvo llevando el fevorito y oyendo la regente ios chis* 
mes, las murmuraciones y las intrigas de la corte 
contra la madre del rey. El título de Duende dePalch- 
cía fué el primero con ^ue bautizó la voz popular at 



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;. 'ABTB 111. LlbBO V* S94 

jóveo Yalenzuela por su habilidad ea ejercer esta é 
pecie de indigno espionage. Hasta los valimieDlos de-> 
generaban ya, y se iban degradando. 

Vióse luego al Duende subir rápidamente á intro* 
ductor de embajadores, á primer caballerizo» á mar-' 
qués de San Bartolomé de Pinares, á caballerizo ma«* 
yor,á primer ministro, á marqués de Villasierra, á. 
Grande de España, á embajador de Venecia, á gene- 
ral de la costa de Andalucía, á todo lo que quiso y 
podia ser encumbrado. ¡Si al menos el improvisado 
poderoso hubiera guardado los deberes del decoro, y 
les prescripciones del recato y del pudor II Pero aque*» 
* Has divisas de que hacía jactancioso y pueril alardeen 
los torneos, aquellos lemas de los Amores realeo y de 
Yo salo tengo licenáay mDtes mas imprudentes que 
verdaderos, ¿qué habían de producir sino pasquines 
como el de Esto se vende y Esto se da, señalan- 
do el uno á los empleos, eL otro al corazón de la 
reind? 

Y con todo eso, los magnates al principio tan re- 
sentidos, los cortesanos que tanto le aborrecían, los 
ociosos que tantt> murmuraban, los poetas que tantas 
sátiras escribían, el pueblo^laborioso que tanto se la- 
mentaba, cuando observaron que* el Duende era el 
dispensador de las mercedes, el distribuidor de los 
títulos, el repartidor de los empleos y dignidades, to- 
dos iban quemando incienso enlas aras del nuevo ído- 
lo, todos se iban agrupando en torno suyo, los unos 



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392 HISTORIA DE BSPAÍÍA. \ 

por alcanzar pÍDgttes sueldos, los oíros en busca del 
lucro de las magníficas obras que emprendía» lo3^ me- 
nos interesados porque los gustaba asistir de valde á 
los teatros, donde daba entrada gratis cuando se re- 
presentaban comedías suyas. Asi trascendía la degra- 
dación de los monarca^ á los validos, de los validos 
á los magnates, de los magnates al pueblo. Y solo 
cuando veían que no había puestos elevados ni em* 
pieos lucrativos paralodos, volvían' los desairados, 
que eran muchos, á conspirar contra el favorito, á 
poner otra vez los ojos en don Juan de Austria, á 
traerle de auevo á Madrid, á introducirle en palacio, 
á proponerle al rey el dia que entraba en su mayor 
edad para su primer ministro. 

Pero toda aquella trama, que parecía - tocar á su 
término, se deshace gomo el humo al. débil soplo de 
una mugcr. La reina habla á su hijo. Don Juan reci- 
be orden de volverse á Aragón. Sus parciales se reu« 
nen y murmuran, pero no obran. Al siguiente dia, el 
general de los ejércitos de Ñapóles, de los Países Ba- 
jos, de Cataluña y de Portugal, el que había rehusa- 
do el gobierno de Fiandes y el virdnato de Sicilia 
por no salir de España, el destinado por el horósco- 
po para grandes cosas, el aclamado en Cataluña, en 
^Aragón y en Madrid, el querido del pueblo, el pro- 
tegido de la nobleza, el presunto regenerador de Es- 
paña, emprende otra vez el camino de Zaragoza, 
mustio, pero no resignado, abochornado, pero sin re- 



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PARTE iit. Lmao v^ - 393 

nanciar á sus proyectos, lleao de pesadumbre, pero 
devorado de la misma ambiciou. 

Alimentada ésta por aquel pueblo generoso, am- 
paro casi siempre dé los perseguidos por los monar- 
cas, y ahora justamente indignado contra la reina y 
el valido; confederados después los magnates de la 
corte, y hasta las señoras de la primera grandeza, y 
juramentados todos para derrocar el poder de, la rei- 
na madre y del privado Yalenzuela; fugado el rey 
de su propio palacio á deshora de la, noche, como un 
niño que se escapa del colegio por buir de la férula de 
su maestro; llamado .otra vez por toJos don Juan á 
Madrid para conferirle el podercomo él único reden- 
tor y salvador del reino, por tercera vez se presenta 
el de Austria en las cercaúías de la corte con grande 
aparato; pero no entra; pide desde átli que le sean 
apartados todos los estorbos; y todo se le allana: y la . 
guardia chamberga se aleja; y la reina madre es en- 
viada á Toledo; y Yalenzuela se esconde; y suceden ' 
las escandalosas escenas de su prisión en el Escorial; 
y se le encierra en un castillo; y el rey espera á su 
hermano bastardo con los brazos abiertos; y grandes, 
y prelados, y nobles, y pueblo, todos aguardan á don 
Juan de Austria con hosannas y festejos que le tienen 
preparados. Y cuando ya no hay obstáculo que le de- 
tenga, ni estorbo qne le embarace, entra don Juan 
en Madrid, y empuña las riendas del gobierno que 
tanto ambicionaba. 



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394 uistOAfA HB bspaAa» 

Ya es dueño del apetecido poder el hombre por 
lodos aclamado; ya domiaa sin contrariedad al débil 
Carlos el bastardo príncipe qne lleva el nombre de otro 
ilustre bastardo del linage de Austria; todos le áyu^* 
dan, y nadie le estórba;^ libre y desembarazadamente 
puede consagrarse el nueva ministro á sanar los ma* 
les y cicatrizar las llagas de lá monarquía. ¿Cómo cor- 
responde á las pública^ esperanzas? 

Ensáñase don Juan cpn sus adversarios, pero na 
recompensa á sus amigos. Largo en venganzas y 
mezquino en premios* persigue, pero no remunera. 
Altivo y soberbio, dase aire de príncipe mas que de 
ministro: toma para sí silla y almohada en la capilla^ 
y no da asiento en la secretaría á los embajadores. 
El hombre de la Junta de Alivios cuando era preten- 
diente, recarga á los pueblos en vez de aliviarlos cuan- 
do es gobernante. Los tríbulos crecen, los manteni- 
mientos menguan. La justicia anda tan perdida como 
la hacienda» y la guerra tan mal parada como la ha- 
cienda y lá justicia. Mientras se pierden plazas en Ca* 
taluña y Flandes, don Juan se oóupa en proscribir las 
golillas de los cuellos y en sustituirlas con corbatas» 
Mientras Luis XIV. dispone dq la suerte d^ España ea 
Nimega, don Juan dispone que el caballo de bronce^ 
sea trasladado del palacio al Buen Retiro. Fijos el 
pensamiento y los ojos en el alcázar de Toledo, ni 
ve, ni oye, ni lee lo que pasa en los Paises Bajos, pero 
ve, oye y (ee todos los chismes que de la reina madre 



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PAKTB III. L1BB0V« 39S 

le traen ó comunicaD sus numerosos espías. Mimia- 
mente suspicaz, y puerilmente receloso, el que se su- 
ponía con aspiraciones á-tina corona, desciende al pa- 
pel de un gefe de policía local. Las sátiras y pasquines 
que contra él pululan le trastornan el juicio; lómalos 
por lo serio, castigií en vez de despreciar, y llueven 
escritos malignos y picantes, que á él le desesperan, 
,y al pueblo le alivian en su desesperación. 

Este pueblo, que, como hemos dicho en otro lu« 
gar, pasa fácilmente del aplauso al enojo, del entu- 
siasmo al aborrecimiento, y mas cuando ve de tal ma- 
n€!ra defraudadas sus esperanzas, toma á don Juan 
tanto odio como habia sido su carÍQ0,-y hace escarnio 
^ y befa del ídolo que antes había adorado. Mal corr es>* 
pendida la nobleza que le encumbró, da las espaldas 
al de Austria, y vuelve otra vez el rostro á la dester- 
rada de Toledo, que con ser caprichosa y avara, or- 
gullosa y vengativa, con ser estrangera y desafecta á 
España, con haber merecido Ja abominación general, 
le parece preferible al principe español, y conspira 
para traerla de nuevo á la corte. El pueblo casi echa- 
ba de menos á Valenzuela; la grandeza buscaba otra 
vez á la reina madre: melancólico testimonio del me- 
nosprecio en que habia caído el príncipe bastardo, á 
quien no quedaba mas amparo que el rey, que ni le 
amaba ni le aborrecia; visitábale en sus enfermeda- 
des, pero en los negocios solia decir: ^Importa poco 
que don Juan se oponga.j^ Sucumbió el de Austria de* 



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396 mSTOElADB. ESPAÑA. 

vorado por la pesadumbre de laa universal abandono, 
yno alcanzó á ver las bodas del r^y con María Luisa 
de Orleans, que él mismo babia negociado con la ilu- 
soria esperanza (que de esperanzas y sueños viven mas 
que todos los hombres los que reciben mas tristes des- 
engaños,) de que habia de encontrar en ella favor y 
apoyo. El rey ni sintió su muerte, ni se aiegrjóde 
ella: no pensó mas que en esperar á su esposa^ y en 
ir á Toledo á buscar á sü madre para traerla otra vez 
á su lado. El pueblo continuó preparando sus fiestas 
para el recibimiento de la princesa de Francia que 
venia á ser su reina. 

Asi se pasóel primer tercio del reinado de Car- 
los II. Ni un solo pensamiento salvador para esta des- 
graciada monarquía, ni un solo hombre de estado, ni 
una sola esperanza de remedio. Nada mas que orgu- 
llo^ acompañado de ineptitud, ambición acompañada 
de flaqueza y cobardía, genio para la intriga acompa^ 
nado de incapacidad para el gobierno; que esto y no 
mas representábanla reina madre, el confesor Ni- 
thard, el privado Yalenzuela, y el hermano natural 
del rey. El pobre Garlos II. que cumplió la mayor 
edad para no dejar üunca de ser iratadacomo niño, 
víctima inocente de aquellas intrigas y rivalidades, te- 
nia al menos la fortuna de no sufrir, porque tenia la 
desgracia de np conocer cómo se iba acabando la 
monarquía. Hasta ahora figuraba tan poco el rey 
en su reino , que , como habrá observado el lee- 



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PARTB 111. LIBRO V. 397 

ior, apenas hemos tenido necesidad de nombrarle. 
Con tan miserable eátado en lo interior del rei- 
no, ¿qué podíamos prometernos fuera? Si al menos 
Luis XIV., ya que no acostumbraba á ser generoso, 
hubiera sido justo....! Mas no pueden ser estas nunca 
las. virtudes del hombre á quien domina una ambición 
insaciable.^El monarca francés, aguijooeado por la co« 
dicia y nada atormentado por la conciencia, rasga sin 
escrúpulo dos páginas del tratado solemne de los Piri- 
neos, y por una p^rte fomenta y protege la guerra de 
Portugal, por otra conduce atrevidamente sus ejércitos 
á los Países Bajos, alli para arrancarnos un reino, aqui 
para arrebatarnos los menguados dominios que nos 
quedaban, so protesto del pretendido derecho de devo^ 
lucion que alega corresponder á la reii\a su esposa. 

. No nos maravilla que en menos de tres meses se 
hiciera el francés dueño de toda la -línea de fortifica- 
ciones que habia entreoí Canal y el Escalda, y' que 
en cuatro semanas se apoderara del Franco-Condado* 
Confesamos su actividad, pero no le atribuimos gloria, 
porque no hay gloria donde no hay resistencia, y era 
bien escasa la que podía oponerle el marqués de 
Castel-RodrigQ. Triste necesidad, pero necesidad 
verdadera fué para España, si no habia de desatender 
á lo de Flandes, hacer las paces con Portugal, y re- 
conocer la independencia del reino lusitano^ casi ya de 
hecho reconocida, después de veinte y ocho años de 
estéril y vergonzosa lucha. T^ pérdida estaba consu- 



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398 



lirSTORlA DK BSPAHa* 



mada: el reconocimieDlo no era masque uoa formali- 
dad. Aun desembarazada Castilla de aquella atencioD, 
babria sido impotente para recobrar lo de Flan- 
des, porque sus fuerzas, y sus recursos estaban ago- 
tados í*^ 

Por fortuna la ambición y la osadía de Luís XIV. 
alarma las potencias marítimas; y Suecia, Inglaterra 
y Holanda, recelosas de tanto, engrandecimiento/ y 
temiendo' por su propia seguridad, se unen para 
oponer un dique ¿ tales agresiones» y obligan á Frao- 



(4 ) «Me he informado pariicu- 
larmente, escribía el embajador 
de Francia, de los medios que se 
han empleado aqui para reunir di- 
Dero á fin de socorrer pronto á 

Flandes Los señores del oon- 

fiejo de Castilla bandado volunta- 
riamente la mitad de sus emolu-r 
mentes de unafio, que puede cal- 
cularse en veinte mil escudos ... 
El de Indias ha dado cuarenta mil 
en ciertos bienes confiscados que 
le correspondían. Los demás con- 
sejos han segaido lá misma pro- 
porción, hasta el de Estjdo..., y 
he sabido qae el marqués deMor- 
tara, que no anda muy deáahoga- 
do, ha contribuido con mil pata- 
cones. Este medio ha podido pro- 
ducir una cantidad efectiva de 
ciento cincaenta á dosciejatos mil 
escudos, que se han enviado á 
Flandes por letras de cambio, que 
acaso no serán aceptadas. En cnan- 
to á los otros donativos de perso- 
nas de categoría, aun no he sabido 
mas que el del almirante de Casti- 
lla de mil pistolas. Sin embargo. la 
reina ha escrito una carta circular 
a todos los particulares esponien- 
do los apuros del reino, y «segu- 



rándoles que esttfrá eternamente 
agradecid'a por los auxilios que le 
preste coda uno en esta ocasiqn 
según sus fuerzas. Como este me- 
dio es puramente voluntario, no 
creo produzca mucho dinero por- 
que ya principia á decirse que «so 
viene á ser pedir limosna.— Acaba 
de adoptarse otra resolución, que 
ea rebajar aun el quince por cien-, 
to á las rentas de los juros por via 
de socorro: antes les habian re- 
bajado el cibcuenta por ciepto: en 
seguida el diez por ciento de la 
otra mitad; y ahora le quitan el 
quince por ciento, de modo que el 
juri^la ya no cuenta eso en el nú- 
mero de sus bienes, lo que empo- 
brece aqui una infinidad de casas 
]5aVticulares.., También se ha da- 
do un decreto para que se paguen 
cien escudos al año por los car- 
rueges de cuatro muías, cincuenta 
porlos de dos, 7 quince por las 
xmulasde paso que los particulares 
montan por la ciudad. Es cuanto 
puede hacerse aqui para sacar di- 
nero.» — Despacho aeí duque de 
Embrun áLuisXIY.— Mignet, Su- 
cesión, tóm. II. 



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FAHTB III. LIDHO V. 399 

cia á suscribir, á Espafia á resigoarse coa la paz de 
Aquisgran. España se sostieDe ya de la caridad de 
otras potencias; pero recibiendo siempre heridas mor- 
tales* ¿Qaé ittporta que se le devuelva el Franco- 
Condado, que no ha de poder oonservaCí si retiene 
el francés las plazas de Flandes que le hacen dueño - 
del Lys y del Escalda; y le abren fácil paso á los 
Países Bajos españoles? 

Que el violador de la paz de los' Pirineos no ha- 
bía de ser mas escrupuloso guardador de la de Aquis* 
graut cosa era que podia preverse* Inglaterra y 
Soecia ceden vergonzosamente al oro y los halagos 
de Luis XIV.; y deshecha asi la triple alianza, y so- 
pretesto de vengar agravios recibidos de los holande- 
ses» y como si no existiera el tratado de Aquisgran, 
arrójase el francés sobre las Provincias-Unidas, su 
primer ímpetu es irresistible, y penetra hasta las 
puertas de Amsterdam. La invasión de los Paises Ba- 
jos españoles había alarmado las Provincias-Doidas; 
la invasión de las Provincias alarma la Alemania. 
Aquella produjo la triple ^K^nisa;. esta produce la 
gran confederación en^re el emperador Leopoldo, los 
Estados germánicos, la Holanda y la España. 

Yióse entonces un fenómeno notable, y digno de ' 
la consideración de los hombres pensadores. Las pro- 
vincias disidentes de Flandes, que protegidas por 
Francia y por Inglaterra hablan sostenido una lucha 
sangrienta de ochenta años contra España. y el Impe- 



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400 HISTORIA PE ESPAÑA. 

;'io por sacudir la dominacioa española; aqueHa repú- . 
blica de las Proviocías^lJuidaSf cuya independencia 
reconoció por último España, se encontró ahora in- 
vadida por Francia é Inglaterra» sus antiguos -emigos. 
y protectores, y halló el mas noble apoyo,^ los* mas 
leales aliados en España y en el Imperio, sus antiguos 
dominadores y enemigos. 

Y es que los papeles han cambiado. Luis XIV. de 
Francia representa en el siglo XVII. el que habían 
desempeñado en el siglo XVI. Carlos I. y Felipe II. 
de España; el de aspirante á la dominacioi^ universal 
de Europa; y ahora como^entonces las naciones por 
el instinto de la propia conservación se unen para 
combatir al coloso que amenaza absorberlas. Las so- 
ciedades políticas buscan su equilibrio como los cuer- 
pos fluidos; y la necesidad y la conveniencia del equi- 
librio europeo, sistema nacido en el siglo XVI. para 
atajar la desmedida preponderancia de un monarca 
español, produce á su vez que España en el si-* 
gloXVII. reducida á la mayor impotencia encuentre 
naciones que se interesen en defender lo que aun ie 
resta de sus antiguos dominios. Suecia es vencida en 
esta lucha. Luis XIV. pierde sus conquistas con la 
misma celeridad que las habia hecho. Inglaterra 
abandona á la Francia; desampáranla también el elec- 
tor la Colonia y el obispo de'Monster y Luis XIV. se 
queda solo contra todos los aliados. No le importa, y 
asi se cumplen \os cíeseos de su ministro y consejero 



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rARTB MI. tmo ▼;. 104 

Loavotai qtie le estaba diciencb siempre: ^Vi» ióh 
tmtraiodoi^^K 

En esta ocasión acirediló la Francia coán inmenso 
era so poder militar: Luis XIV. se mostr^S uno de los 
mas activos y mas hábiles guerreros de sa siglo; y sus 
generales, Conde, Tarena, €reqoi, Homieres, Lu- 
xembarg, Scbomberg, Enghien, Rochefon, Orleans y 
La Fenillade ganaron infinitos laoros peleando contra 
todas las potencias aliadas, en la Alsacia y la Lorena, 
en Fiandes y en Henao, en Rosellon y en Cataluña. 
En las campanas de 4674 á 4 &79. parecían inagota* 
bles las fuerzas de la Francia, y en la persona y en 
los ejércitos de Luis XIV. se veían reproducidos los 
mejores tiempos de Garlos V. En seis semanas se apo- 
deró por segunda vez del Franco-Condado, para ha- ^ 
cerle dominio permanenie de la Francia. El principe 
de Conde vencía en SenefT al de Oraoge, el mejor 
general holandés: Turena fatigaba y rendía en Ale* 
mania á Moo^tecocolli, el mejor general del imperio: 
Schomberg y Noailles nos tomaban en Cataluña á 
Figueras y Puigcepdá. La guerra era colosal, y el 
triunfo coronaba por lo coáiuo el vigor, la actividad 
y la superior inteligencia de tos guerreros franceses. 

La desgraciada España, que en medio de su fla- 
queza y de su desconcierto interior, bacía esfuerzos 



(4) «Si alean emblema ha sido fodo^.^^Testamento político de 

slo bajo toaos lospimitos de vía- Loovoia, en la Geleccion de Tea-^ 

, es el gue se ha hecho para lamentos políticos, tomo IV. 
lestra Magestad: Solo contra 

Tomo xvii. 26 



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* 402 mSTOHIA DB BSPAftA. 

iaverosímires, como galvanizada por los aoxilios de 
tas potencias confederadas, iba perdiendo las mejores 
plazas del País Bajo españolt y solo en, Cataluña esta- 
ban sirviendo de estorbo á mayores conquistas del 
francés las hazañas heroicas de los miqoeletes délpats, 
que haciao maravillas de vBlor y de arrojo. 

Mas para colmo de nuestro infortunio, hubo ne« 
cesidad de <lesmembrar las escasas fuerzas que ope- 
raban en el Principado, para llevarlas á Italia* Messi- 
na, la única ciudad de Sicilia que habia permanecido 
fiel á España cuando se sublevaron aquel reino y el 
de Ñapóles en el reinado de Felipe IV., se insurrec'- 
cionó ahora contra el gobernador español en recia- 
macion desús fueros bollados. Ahora en Messinn, co- 
mo entonces en Ñapóles, fueron abatidos, los escudos 
de armas españoles al grito de «/Vtt>a Prancial 
¡Muera EspañaU Aquella ciudad aclamó y juró por 
rey á Luid XIV., cotno Barcelona algunos años antes' 
á Luis XIII. Allá pelearon también por tierra y por 
mar las tropas y las naves españolas y francesas: sa- 
frimos contratiempos y. reveses sangrientos» perdimos 
una escuadra, y pereció lastimosamente noeatro mas 
poderoso auxiliar , el famoso almirante holandés 
Ruyter. 

Tal era nuestro miserable estado en Italia, en Ca- 
taluña y en Flandes, cuando se estipuló la célebre paz 
de Nimega, en que á costa de algunas plazas que nos 
fueron devueltas, perdimos lodo el Franco-Condado 



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PAHT& III « LIBEO y* 403 

y catorce cíQdades de los Países Bajos. Victorioso en 
todas partes ¿uis XIVm tan diestro negociador como, 
incansable guerrero, tuvo habilidad para^ ir pactando 
separadamente con cada potencia y obligando á todas. 
¿Qué habia de hacer España sino resignarse7,aceptar * 
cualesquiera condiciones, viéndose abandonada de las 
ProvinciasrUnidas, ajustadas ya en canvenio separa* 
do con la Francia? ¿Y qué habia de hacer el empe- 
rador y los príncipes del Imperio ^ sino someterse y 
snscríbir, faltándoles ya todos sos aliados? La paz de 
Nimega señaló el ponto culminante de la grandeza de 
Luis XIV. Habíase cumplido ía máxima de Louvois; 
Solo contra todos. 

Con la paz de Nimega comienza el influjo moral 
de Luis XIV. en España. La política de la cdrte de 
Madrid Inuda de rumbo, Desbácese el tratado de ca- 
samiento de Carlos II. con una archiduquesa de Aus- 
tria, solemnemente estipulado y ^ firmado, y se trae 
para reina de España á María Luisa de Orleans, so- 
brina camal de Luis XIV. 



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REINADO DB GARLOS 11. 

MEDINACELI: OROPESA: LAS REINAS: PORTOCARRERO: 
CAMBIO DB DINASTÍA. 

La corle de Madrid se divertía ea celebrar las 
bodas, y consumía en fiestas- lodo lo que venia de 
Indias. Sin curso ios espedientes* sin despacho los 
negocios, sin movimiento la administración, solo se 
movían y agitaban los aspirantes al puesto vacante de 
primer ministro. Pretendíale entre otros un hombre 
que de sigiple escribiente, babia ido sabiendo hasta 
secretario de Estado, pero tenia cierto favor y confiaq- 
za con el rey, por el mérito de haber servido á todos 
los favoritos anteriores. Dividíanse las influencias y 
andaban las intrigas entre la reina madre, la reina 
consorte, el confesor del rey, la camarera de la rei- 
na, el secretario Eguía y algunas damas de una y otra 
reina; hasta hombres graves se mezclaban en esta 
guerra de favoritismo de mugeres. 

El duque de Medinaceli, que se alzó por fin con 
el primer ministerio, era un hombre amable y dulce, 
^ero tan indolente y ' perezoso que todo 4o remitía y 
confiaba á las jimias. En la de haciencia, que era ta 



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~ PARTB III. LIBRO Y. 405 

magDa, dio cabida á tres teólogos. Asi andaba la ad* 
mioistracioo. La alteracioD de la moneda y la tasa en 
IOS precios de los comestilDles y artefactos produjo al- 
borotos popularen. Los panaderos cercaban 8us|tieB* 

> das ó dejaban su ofipio, y los zapateros se tumultua- 
ban y ponian en consternación la'córte« Al propio 
tiempo» de todas partes se rccibian calamitosas nue- 
vas. Una tempestad hacía desaparecer en el piélago' 

* los galeones^ el dinero, y la tripulación que venían de 
Indias. Los piratas- filibusteros devastaban nuestras 
posesiones del Nuevo Mundo. El reino de Ñapóles es- , 
taba plagado de bandidos. Un torrente destruía una 
ciudad de Sicilia. El mar rompia los diques de Can- 
des, é inundaba provincias y tragaba poblaciones^ y 
coínarcas enteras. Lo cual unido alhuracan de Gádiz^ 
que antes había sumido en las aguas sesenta bagóles, 
al horrible y devastador incendio del Escorial, á las 
epidemias que habían diezmado las provincias espa- 
ñolas de Mediodía y Levante, y á los desastres de las 
anteriores guerras, todo parecía anunciar el término 
y fin de esta desventurada monarquía. 

Y todavía el desapiadado Luis XIV., prevaliéndo- 
se de nuestro infeliz estado, bajo frivolos protestos de 
imaginados agravios, con apariencias pacíficas mal 
disfrazadas, socolor de no observarse por nuestra 
parte la paz de Nimega, cuando era él el violador de 
todos los tratados, con mas codicia que razón, y con 
menos corazón que avaricia, queriendo fascinar á Eu* 



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406 HISTORIA DB «SrAÜA. 

ropa con un rnaaifieslo iosidioso, pretendía usurpar- 
nos condados enleros en Flandes , acometía á Gerona 
en Cataloñat intentaba ser dueño de las principales 
plazas de Guipúzcost y de Navarra, y sus escuadras 
bombardeaban á Genova á fin de Arrancarla del pro- 
tectorado español; y lo que ni el fuego, ni la deslruc- 
clon, ni la sangre pudieron lograr de aquella repii* 
blica, lo alcanzó mas adelante el francés con su enga- 
ñosa diplomacia. 

Aterrados y débiles los demás Estados de Europa, 
transijen flacamente con el poderoso, y constituyen* 
dose nuevamente en mediadores ponen á España en 
ta triste necesidad de aceptar l^i tregua de veinte 
años. La frontera de Francia se estendtó desde el 
Sambre hasta el Mosela, y el mismo emperador tuvo 
qae ceder Slrasburg y Kehl. Nunca tan alto'habiá 
rayado el poder de Luis XIV. 

Entretanto en la corte de España los reyes y el 
primer ministro alternaban, como en tiempo de Feli-^ 
pe IIL, entre festividades religiosas y diversiones pro* 
lanas, entre novenarios y cacerías, entre canonizacio-' 
nes de santos y representaciones de comedias nuevas; 
celebraban autos de fé con asombrosa solemnidad y 
con dispendiosa magnificencia, siquiera para exornar 
y vestir con lujo el teatro hubiera que traer los solda- 
dos desnudos. Tomaban parte actívaen las miserables 
intrigas palaciegas, y miraban, como los mas graves 
negocios dé Estado el que el P. Relüz^ confesor del 



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PAftTB III. LIBHO V. 407 

rey^ fuera reemplazada por el P. Bayona; que ¿ la 
camarera duquesa de Terranova sucediera la de Al-< 
burquerque; y que él duque de Medioaceli Tuera sus- 
tituido en el primer ministerio por el conde de Oro- 
pesa. Esto último podia-serlo de ma& trascendencia, 
y aun esto se debió á la reina María Luisa; que el 
íofeliz Carlos II. no hacia otra cosa que oir á todos, 
y dejarse conducir por quien tuviera roas maña para ^ 
jipoderarse de su ánimo* 

Comenzó ^ el ministerio de Oropesa bajo buenos 
auspicios; y muy parecidos ák>s que en el reitiado de ' 
Felipe IV. señalaron el principio del gobierno del con- 
de-duque' de Olivares. Econqorías en los gastos; ali* 
vio en los impuestos; supresión de empleos inútiles y 
de sueldos innecesarios; represión del lujo; medidas 
de moralidad dentro del reino; mas dignidad y mas 
energía en los'representa'nles de España en las cortes 
estrangeras; pareció que hasta el entendimiento dpi 
rey se habia despejado, y que Carlos quería hacerse 
laborioso. 

No dejaban de irse sioüliendo en el interior losfru-^ 
tos de una admioistracioo regular, y et corazón se 
abria á lisongeras esperanzad. En el esterior formóse 
.para enfrenar á Luis XI V. la famosa liga de Augs- 
l}Org, compuesta del emperador, el rey de España, 
las Provincias-Unidas de Holanda, los estados de Ale« 
mania, el rey de Suecía y el duque deSaboya. Habian 
ido abandonando al francés todos sus aliados. Nó le 



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408 ItlSTOHIA DB BSPAtA.^ 

' fallaba ya perder masr que la Inglaterra, y esto oo 
tardó en suceder con la revolución de aquel reino, 
que produjo el destronamiento de Jacobo H,, el pro*- 
tectór de los católicos, y la proclamación del prínci- 

'pedeOraoge Guillermo IIL, el favorecedor de los 
protestantes. Solo otra vez Luis XIV. contra la mayor 
confederación que jamá^ se habia formado (porque la 
gran coalición de 1 689 era mayor que la liga de Augs- 
buTg de 1686, como esta habia sido mayor que la 
gran confederación de 1673, y esta mayor que la tri- 
ple alianza de 4668), brindó varias veces con la paz 
al Imperio y á España, paz que ni aquél ni ésta acep- 
taron¿ El emperador se hallaba envalentonado con sus 
recientes vibtorias contra los turcos; y Carlos de Es- 
paña, que por este tiempo perdió su esposa María 
Luisa, y contrajo segundo enlace con la princesa ale-* 
mana María Ana de Newburg, se halló con esto des- 
ligado de Francia, y estrechado con nuevos vínculos 
de familia con Alemania' y el Imperio. 

A pesar del completo aislamiento en que^sé vio 
Luis XIV., acreditó al mundo y á la historia que una 
gran monarquía, ventajosamente situada, con uqso«- 
berano enérgico, y con un ejército numeroso y disci- 
plinado, mandado por generales entendidos, puede lon- 
char sola contra muchas naciones confederadas, im* 
pulsadas por intereses diferentes y heterogéneos, sin 
unidad de miras, y sin un plan uniforme y ordenado* 
Luis XIV. arroja resuelta y simultáneamente sus.ejér- 



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PAHTB III. LIBHO V. 409 

cítos sobre Flaodes, sobre AlemaDÍa, sobre Italia y 
sobreCatalaoa* Allá en los Países Rajos, á preseócia 
del mismo monarca, gana el mariscal tie Loxembarg 
la famosa batalla de Fleuros contra holandeses y es- 
pañoles, y rinde á Mons y se apodera de Hall con 
harta desesperación de Guillermo de Orange. En el 
Rhin se defiende el delfin de Francia contra tres ejér* 
citos alemanes. En Italia Gatinat penetra de improvt* 
so en el Piamonte, vence en Staffarde al de Saboya 
con sn ejército de saboyanos, españoles y alemanes', 
y se apodera de casi todas las plazas y ciudades de 
Cerdeña. En JSspaña el dnqne de Noailles nos arreba- 
ta diferentes plazas de Cataluña, derrota los ejércitos 
de Castilla y los miqueletes del pais, y el conde de 
Estrées con una escuadra francesa bombdrdea á Bar- 
celona y Alicante. 

Sin temor ya por Alemania ni por Saboya, cargan 
las formidables fuerzas del francés sobre Flandes y 
sobre España. Allá rinde á NamurLuis XIV. en perso- 
na. Luxembnrg gaña al de^ Orange la sangrienta ba- 
talla de Steinkerque» complemento de la de Fleurus: 
dos triunfos que solo podían ser eclipsados por el ma- 
yor que poco después "alcanzó aquel insigne mariscal 
en Neerwinde contra ingleses, holandeses, alemanes, 
italianos y españoles, á que siguió la rendición de 
Gharleroy, con que puso término á su gloriosa car- 
rera el general mas prudente de su siglo , el mas 
querido desús soldados, y cuya pérdida lloró la 



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4Í o HISTORIA DE ESPAÑA.' 

Francia tan amargamenle como la del grao Conde. 
El afán de restablecer en el trono de Inglaterra * á 

, Jacobo II. costó á Luis XIY, la pérdida de una es* 
coadra en la Hogue; principio de la preponderancia 
déla marina inglesa sobre la .francesa. Pero Tourvi* 
lie, que sapo todavía mantener á buena altura el po- 
der naval de la Francia» volvió pronto por la ¿onra 
de su pabellón marítimo en las aguas de Lisboa. 

Todo era desastres para nosotros en Cataluña. In- 
fructuosos eran los sacrificios del reino; inútiles los 
refuerzos que iban de Castilla; en vano se sustituían 
unos á otros vireyes; ó flojos, ó ineptos, ó cobardes, 
ni el duque de Yillabermosa, ni el. marqués de Yille^ 
na» ni el de Gastanaga, ni el conde de Gorzana, ni 
don Francisco de Yelasco, ni el príncipe de Darmstad, 
contenían los progresos de los generales franceses 
lioailles y Yenddme. Nuestras plazas y fuertes iban 
cayendo en su poder. Gerona, la invicta Gerona, el 
baluarte y la esperanza de los catalanes, fué mise- 
rablemente abandonada, y vergonzosanxente rendida. 

^ Sola los naturales del pais hacían una resistencia 
desesperada^^Eran los catalanes de todos los tiempos: 
resuelcos y heroicos siempre, cualquiera que fuese la 

"^ causa que abrazaran. El bronco sonido del caracol 

que resonaba en las montañas llamando á somaten, 

era el terror de los franceses. Hondos gemidos de do^ 

lor y lágrimas de «desesperación y de corage arrancó 

' á lodos los catalanes la noticia de haber sido entr^^ft* 



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PAHTB III. LIBBO Y. 411 

da Barcelona arduqae de Vendóme^ y bobo conseller 
que sucumbió á la fuerza de la amargura y de la- pe- 
na^ La ciudad se babia ofrecido á defenderse sola, ,y 
acaso se hubiera salvado; pero do le fué -otorgado; 
decretada estaba ya su suerte. La separación del du- 
que de Sabbya de la gran liga, y su lacomoda miento 
con Luis XIV. permitió al francés descargar con mas 
desabogo su terrible furia sobre los dominios de 
íspaña. 

Afortunadamente entraba ya la paz en tos cálcu- 
los del soberano francés: deseábanla mas que él la 
mayor parte de las potencias cpnfederadaá: Saboya 
se babia separado, de- la coalición; Suecia se babia 
ofrecido á servir de mediadora; Inglaterra y Holanda 
esjleraban .salir aventajadas; para España era una 
necesidad apremiante; y aunque á disgusto y contra 
la voluntad del emperador, se firmó la famosa paz de 
Ryswick (1697), teniendo al fin que adherirse á ella 
el mismo Leopoldo. 

¿Cómo babia de haberse prometido la infeliz Es- 
paña, arrollada en todas partes, en todas victorioso 
el rey Luis, salir tan beneficiada en est^ paz, hasta el 
punto de devolverle generosamente el francés las con- 
quistas hechas en Cataluña y en los Paises Bajos des* 
pues de la paz de Nimega y aun de la tregua de Ra** 
(isbona? Nonos maravilla que se Vecibiera con uni- 
versal alegría, mezclada con el asombro de la sorpre-c 
sa. ¿Pero quién no investigaba una causa? Porque no 



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4i3 HISTORIA DE BSPAÍÍA. 

tf a Luis XIV. hoiñbre que tuviera fama de obrar con 
abnegación y. desinterés, y por pura generosidad. En 
el tratado de Ryswick parecía haberse olvidado el 
gran principio de la alianza» al de as^urar á la casa 
de Austria la sucesión de España.* Olvido meditado fué 
por parle del que prescribió las condiciones; porque 
si Luis XIY. puso fín á la guerra, fué para mejor ne-. 
goeiar la sucesión de España. La paz de Ryswick, 
sin ser el término de sus glorias, fué el punto en que 
se detuvo su fortuna. 

Al fin, en el exterior, aunque España no tenia mas 
vida qué la que le prestaba el egoismo de otras na- 
ciones, salvó como milagrosamente los pobres restos 
de su antigua dominación, merced á los ulteriores de- 
signios del que habla estadp á punto de aniquilarla. 
Peor y mas irremediable se presentaba su mal en el 
nteríor: la gangrena estaba corroyendo las entrañas 
del cuerpo social: la miseria, la corrupción y la in- 
moralidad le Iban devorando. El ministerio de Orope- 
sa, que pareció el más decente de los de este reinado, 
cayó también en descrédito por el repugnante tpéfíco 
y la vergonzosa grangerfa que se hacia de todo, sin 
escéptuar lo mas sagrado. Hasta la misma condesa 
alcanzó ía fama de participe en aquel deshonroso co- 
mercio. 

Por si algo faltaba al cuadro lastimoso que pre- 
sentaba la corle, vino á darle mas subido color la rei- ' 
no Marfa Ana de-Newburg, segunda esposa del rey, 



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PAETBlil. LIBBO T. 413 

altanera, aolojadiza, codiciosa, entremetida en nego- 
cios, y enfermiza además. Yióse, pues, el infeliz Gar- 
los colocado entre dos reinas, ambas alemanas, am- 
bas dominan tes y soberbias, ambas^^apriciiosasy ava- 
ras, dadas las dos á la intriga y al onredo, de que 
constituiandos focos. La primera victima de la nueva 
reina fué el ministro Oropesa, contra el cual sé con- 
juraron también un confesor lleno de codicia y falto 
de conciencia, un secretario y un prelado ingratos, 
un embajador avíesoí y varios magnates envidiosos. 
Resignóse, pues, Carlos á separar al de Oropesa, ha- 
ciéndole protestas de afición y de carino. Y era ver- 
dad que Carlos queria bi^n al de Oropesa, como ha- 
bía querido bien á Nithard, á Yalenzuela, don Juan 
de Austria y al de Medinaceli; como queria bien á 
Ma tilla y al de Lira. Carlos quería bien á todos; era 
incapaz de querer mal á nadie, pero los apartaba de 
su lado si otros no los querían bien. 

Con la caida de Oropesa pareció haberse estingui- 
do en la corte y en «I palacio de los reyes de Castilla 
todo sentimiento de dignidad y toda idea de pudor. La 
nueva reina alemana quedó dominando coi) sus in- 
fluencias. Rubor causa recordar los nombres con que 
el pueblo alto y bajo designaba en las calles y en las 
tertulias, en las conversaciones y en los escritos, en 
los libelos y en los salones, estas influencias bastardas. 
y ruines. £a Perdiz^ el Cojo y el ifti/o Jlamaba á estos 
personages de siniestro influjo, que todo lo vendían 



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4f4 HISTORIA DB BSP^ÜA. 

desvergonzadámeaie, empleos, dignidaides y honores. 
Pero la Perdiz habia sido hecha barpnesa de Berlipsr 
el Cojoohinyo los honor^de consejero de Flandes, y 
el Mulo era secretario del despacho ^^K Con tales dis- 
tribuidores no se estrañaba qae se hiciere caballero de 
una orden militar á na estanquero penitenciado por el 
Santo Oficio; á un simple comisionado de un arrenda- 
dor, superintendente de la hacienda, conde de Ada- 
neroi asistente de Sevilla. Todo iba asi, merced á la 
reina y sus dos confidentes. El pueblo lo lamentaba y 
lo sufría; los grandes lo sentían y lo toleraban. Los 
ingenios de la corte desahogaban su disgusto en sáti^ 
ras amargas, y el vulgo le espresaba cantando coplas 
horriblemente cáusticas ^'^K 



(4) Con el título de: Lágrimas ron unas endechas alasivas á es<- 
del vufgo cuerdo en llorar los tosr tres personages, que empe- 
desaciertos del regir, se pablica-- zaban: 

Pies del reino es an Cojo; 

Una Perdiz las manos; 

Un romo es la cabeza; 

Miren por Dios qué tres, si fueran cuatro. 

Y entre otras, contenia las estrofos siguientes: 

Coa estos pies fi^aSa* 

Anda de pió quebrado, • 

Haciendo reverencias^ 

Sometida á cualquiera leve amago..'.. 

Manos para sangrías 

Sutiles cirajanos, 

Que hasta que sangre no haya 

Sangrarán sin sentir a) real erario.... 

(i) Gomo una que decía: 

Rey inocente; 
Reina traidora; 
Pueblo cobarde; 
Grandes sin honra. 



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PABTB 111* Lino V. 4Í5 

Cosas pasaban tan de bullo, que al mismo* Carlos, 
le sacaban de su apatía y apocamiento, y aguijado 
por él escándalo (porque él era bueno, y juicio recto 
no le faltaba), daba algunas muestras de resolución y 
de energía, apartando ioflnencias perniciosas, y que- 
riendo remediar los males por sí mismo. Mas luego 
le postraba su enfermedad habitual, le faltaban las 
fuerzas del cuerpo, le abandonaban las del espíritu, 
y volvía á caer eu la misma inacción. Los alivios eran 
pasagerosy fugaces; la enfermedad del rey perti- 
naz y crónica; á la del reino no se le veia remedio 
ni cura. 

. La junta Magna de Hacienda dictaba algunas pro- ' 
videncias útiles, pero no se ejecutaba ninguna. Se 
pensó en abolir las mercedes de por vida, y bástalo 
que se llamaba el bolsillo del rey. ¿Mas no estaba ya 
harto agotado el bolsillo de un rey á quien poco tiem- 
po antes no habían querido los mercaderes fiar las 
provisiones de la cocina jeal, y cubndo sesenta pala- 
freneros se habian salido de las reales caballerizas 
por debérseles los salarios de cerca de tres años, te- 
niendo el caballerizo mayor que valerse de los mozos 
de esquina para limpiar los caballos del rey? 

Agotados los recursos, y siendo el único que pro- 
ducía algo el derecho de las puertas y aduanas, hubo 
artículos que se recargaron hasta el doscientos, y aun 
hasta el cuatrocientos por ciento de su valor (1). Y 

(4) Memoria del conde de Rebenac, embajador en Espafia. 



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416 • HISTOEIA DB BSPaCa. 

para raprimir el contrabando que lan desmedido tm- 
pnesto producía fué para loque se inventó acordonar 
Madrid con un cuerpo de quinientos caballos que se 
hizo venir de Cataluña; sobre lo cual se escribieron 
también no pocas sátiras, ridiculizando al corregidor: 
Ronquillo í*>. 

(4)' Hé aquí algttnas de ellas: 

Lo derio es que al buen Ronquillo ' 

no le ha de estar mal su ardid, 
y el cordón para Madrid 
será para su bolsillo. 
Va- que se enoja de oillo, 
y nos quiere persuadir ^ 
que esto puede producir 
para conquistar á Arjgél; 
y va que me en él. 

Dice han de dar los montados 
á las rentas mas valores, 
y si los arrendadores 
quebraren, les trae soldados. 
Va que por ello obligados 
la taberna y el figón 
le ofrecen sueldo y blasón 
de teniente coronel; 
y va guarne enéL 

Y á la junta Magna, que lia- ciencia le decían: 
maban también Junta ae Con- 

¿Hay tan grande impertinencia 
como acdarse preguntando 
qué es lo que se está tratando 
' en la junta de Conciencia, 

cuando sin indiferencia 
^ se dice por esas plazas ■ , 
que está discurriendo trazas 
para elesir lo mejor, 
mandando al corregidor 
que tase las calabazas? 

Y en otra décima: 

Díganme; lo que se junta 
de mercedes reíormadas, 



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PABTB III. LIBKO V. 417 

En verdad, los medios á que apeló por úUimo la 
lunla Magna para ver de salir de apuros eran bien 
sencillos, y no exigían gran esfuerzo de ingenio. Im- 
poner por dos años seguidos un fuerte donativo forzo- 
so á lodo el reino, sin escepcion de personas; reba- 
jar la tercera parte de los sueldos á todos los emplea- 
dos altos y bajos; y por último, no pagar, ni merce- 
des, ni libranzas, ni viudedades, ni juros, ni rentas de 

sefiorías limitadas, 
y cuanto el decreto encierra, 
¿se ha dé aplicar á la goerra, 
ó á comedias y jornadas? 

Como se yé por estas mués- n^ges de la corte, en las cuales á 
tras^ y se vena por otras inBnitos vueltas de tal cual agudo chiste 'de 
que podríamos facjmente acumu- tal cual ingenioso retruécano v de 
Jar, y según anteriormente he- algunas sazonadas agudezas di- 
mos ya observado, el ^nsto litera- chas con donaire, se empleaba las 
rio, ya hartd corrompido al fin del mas veces un lenguage vtfj«»ar no- 
reinado anterior, acabó de per- co decoroso, y hasta chocarrea 
derse en el de Carlos \h Habla, sí, y frases que no solo la cultura si- 
abundancia de ingenios, y eran no la decencia rechazan. ^ ' 
innumerables las composiciones También en ocasiones se la- 
poéticas qne se escribían; pero mentába>por lo serio el estado de 
aquellos en general no llegaban las cosas públicas, y no sin cierto 
cuando mas sino á la medianía, y fuego y energía en la idea y en 
éstas por lo común eran sátiras li- las palabras, como en el siguiente 
geras sobre los vicios y contra las soneto: : 
flaquezas y miserias de los perso- 

¡Oh, Esjyafia, madre 4]n tiempo de victorias 
y hoy irrisión de todas las naciones! ' * 
¿Qué se han hecho tus bélicos pendones, 
que aun de su orgullo faltan las memorias? 

¿Quién ha borrado tus augustas glorías. 
Siendo toda proezas y blasones? 
¿Dóode están tus castillos y leones, 
Que dieron tanto asunto á ras historias? 

Ta de todo te ved desfigurada, 
Sin providencia, sin valor, ni leyes, 
Ni quien te mire conro madre atento; 

Todo es llanto; la colpa entronizada, 
Y faltando los reyes á ser reyes, - 
También Oilta razón al escarmiento. 

Tomo xvii, 27 



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418 * HISTORIA DB ESPAÑA. 

nioguna especie. El sistema era án dada bien cómo* 
do, al menos para aquellos consejeros de adminislra- 
cioQ. No lo fué menos para la célebre junta llamada 
de los Tenientes el modo de reclutar gente para la 
guerra. Verdad es que el resultado correspondió á la 
medida; puesto que sí la junta sacó un soldado, por 
cada diez vedóos, á Cataluña apenas llegó uno por 
cada diez soldados^ ocultándose ó desertándose los 



Hacíase eo diferentes |prmas reyes, como efi el sígaiente jn- 
la censara mas amarga de todos guete. ' 
los personagesy sin perdonar á los 

<La gran comedía de La Torre de Babel y confusión deBaHUmia, 
que se representa enlladrid, reducida á papeles: 

PERSONAS QUE HABLáN EN ELLA. 

la MageUad cautiva SI Eey. 

La Ambician y el poder La reina regente. 

La Nobleza ultrajada La reina Hariana. 

La Heregia exaltada. . • .^ LaBerlips. 

La Púrpura y la Ignorat^cia El Cardenal. 

El Todo y la Sada. . « BI Condestable. 

Nemhrot y Naceiso. ,....«... .El Almirante. 

La Verdad iin provecho Montalto. 

La Presunción y Arrogancia Víllaf ranea. 

La Traición laureada • . Agoilar. 

La intención malograda Monterrey. 

El Desengaño por logro Halbases. 

La Jfoltcta y el Escarmiento Oropesa. 

La Fortuna y lá Desgracia. ....... Safios. 

El Socf i/lcto violento ', . • Carnero. 

La Insensatez premiada. Arias. 

La Simpleza agradable Bena vente. 

La Maldad necesaria. Pedro Nnfiez. ' 

La universidad de lenguas Vülena. 

La Pérdida de Barcelona Gastaílaga. 

La Emerienoia mas inúlil Manoera. 

SlDiablfi con familiar Bl Cojo. 

El Anteeristo de España. ; ElConfeior. 

La Desunión é Ignorancia El Consejo de Estado. 

La Paz Octaviana El de Gaerra. 

L^ Ii^ustieia solapada El de Castilla. 



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PAtn III* LIBAO v« * il9 

nueve décimos; eran encubridores de prófugos las 
mismas jnsticiaSt consentidores de la deserción los 
oficiales mismos encargados de la entrega de los re- 
chitas; tan impopular era la medida, y tanta ya lacor* 
ropcion y la venalidad en todas las otases del Estado! 
Con esta flaqneai y penuria, y toü esle desoon« 



La LéMmm 9 Compoiixm. El de Aragón, 

El Vicio apetecido. El de Flandes. 

El Vicio ihsirado El de iUlia. 

La Sinrazón ma$ imfiia El de Hacienda. 

La Gala tin la Muida .^ . El de Ordenes. 

La Bapiña moi cruel. La Sala de Alcaldes. 

La Estafa establecida El de Indias. 

' El Mauor w^érito El Oro. 

La Fdiriea en.lo caido ; El Corregidor. 

£1 RobopermUido 61 CordOD. 

El Vestuario turbado. • . . ~ La Goyachaela. 

ElApvntador. .*. . Larrea. 

El Teatro El Orbe. 

La Eeperanaadeiñmediú: u Sacesíoa. 

La MofMf^nia acabada, y la comedia también. 

como en el signieiite: 

C^tSIfDAUO OOlf LAS FIESTAS DEL aHo. 

La Espeftadoní' Por iodo el mes. 

La Nock^Bum^ En el Retira. 

El Niño perdido En Palacio. 

El Premimimtio gtt el Bscerial. . 

El Patrocinio En Aragón. 

ToáoiSemiae Xn JaJuate. 

Loe ¡nocemes En el reinQ (Ayuno pqr fuerza). 

La TremsfgmmcUm. . ... Biel Gohierao. 

La Crucifixión En Consuegra. 

La Soledad Ba Teleéo, etc., 6(0. 

Siguieron, pues, las letras^ co- lo algún ingenio como el del bis- 

mo laa artes, el noTiüieBlo ge»- toriador 4fitmode SeKs, 4 4omo 

neral de descensión de todiT lo el del pintor Claudio Goello, ser- 

qoe ceUríbuye al bi O B a ai n r, 6 al tiao de gloriosa reiMiiaoeDeía de 

esplendor, ó á la prosperidad, ó los buenos tiempos literarios y 

á h dignidad de un ^ueMe, jr so- ariistíeos de Capaila. 



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ItO UISTOBIA DE BSPAfÍA« 

cierto y desorden» ¿cómo no habia de ser España ar- 
rollada y vencida en la lucha con ana nación tan pú« 
jante entonces como la Francia, y con un jsoberaao 
tan poderoso» tan famoso en las lides y lan diestro en 
la política como Luis XIV? ¿Y quéestraño es que allá 
en los congresos europeos se dispusiera de la suerte 
de España» si aqui mismo entre cuatro magnates divi- 
dían á su gusto la península en .cuatro grandes por- 
ciones, constituyéndose á sí mismos en reyezuelos y 
soberanos de su respectivo territorio? La monstruosa 
junta de los cuatro Tenientes dio ocasión á que se di- 
jera» no sin razón» que en España por falta de un rey 
se babian levantado cuatro soberanos. La fortuna fué 
que ellos no supieron serlo* ' 

Débil y flaca la monarquía desde el principio del 
reinado; flaco y débil desde sus primeros años el mo- 
narca; siempre en tutela como un niño por su espíri- 
tu apocado; viejo á los treinta y seis años» sin haber 
sentida nunca el vigor de la juventud; casado suce- 
sivamente con dos mugeres; sin sucesión de ninguna» 
y éiñ esperanzas de tenerla; miradas por todos como 
próximas á extinguirse su vida y su raza; suscítase 
anticipadamente la cuestión de sucesión para llenar 
de amargura los últimos dias del rey, y de nuevos 
conflictos al reino.. 

El desventurado Garlos» hipocondriaco y enfermo» 
se ve condenado á no oir hablar sino de la proximi- 
dad de su muerte y de laa gestiones de los que aspí- 



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PARTB III. LIBIO V. 4ÍI1 

pan á heredar su trono. En las cortes estrangeras, en 
la de España, dentri^ de su mismo palacio, en el con* 
fesonarío^ en la cámara, en todas partes se agita la 
cuestión de sucesión. Es el objeto de las negociacio- 
nes diplomáticas; es el asunto de las consultas: es el 
tema de las conversaciones y de los escritos; es el 
argumento de las intrigas. Emperadores, reyes y prín* 
cipes de Europa, el romano (lontífice y sus legados, 
los embajadores de las potencias, los consejos de Es- 
paña, las juntas, la reina madre, la esposa del rey, 
los confesores, los teólogos, los jurisconsultos, los pre- 
' lados, los magnates, el pueblo, todos toman parle en 
esta ruidosa contienda. Hay desacuerdo en los conse- 
jos; disidencia entre los grandes; la corte y el pueblo 
se dividen en dos grandes partidos, ausiriaco y fran- 
cés. Motivos de resentimiento sobraban á los unos 
contra la Frnacia; motivos de queja contra el Austria 
sobraban á los otros. Largas y sangrientas guerras ha- 
bia movido á España el francés, y habia usurpador 
gran parte de sus dominios; pero era la nación -mas 
poderosa de Europa; su dinastía la mas robusta; las 
reinas que de alli hablan venido las que habian deja- 
do mejores recuerdos. Austria era bacía siglos la alia- 
da natural de España; $u dinastía la dinastía españo-^ 
la; pero era ya un linage degenerado; las reinas que 
deallibabian venido, habían sido y estaban siendo 
funestas á España; Austria nos b^bia 'correspondido 
con ingratitud, y su amistad nos habia sido mas fatal 



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423 mmuA db eskaSa. 

y mas costosa qae la eaeíaistad de la Francia. Ate- 
maniís las dos reioas, aaibas qóeriaa m sucesor ale* 
man; pero la uDa preteadia que foese de l^casa de 
Baviera, la otra del Imperio. No habla acuerdo, ni 
entre la madre y la bija, ni^ entre el esposo y la es- 
posa. La. dispula de sucesipd babia desatado los lazos 
déla sangre^ y loe lazos "del consorcio. 

Deseábase conooer ta voluntad del rey^ pero mas 
para contrariarla que pera cumplirla* Faltaban fuer- 
ViB i Carlos para hacer respetar su Toluntad; foltaban 
fuerzas á la nadon para hacer respetar la voluntad 
de su monarca. Las cortes del reino, ese tribunal su- 
premo y legítimo en que debian faltarse las cuestiones 
de alto interés nacional, habían dejado de existir: he- 
ridas de muerte por Garlos I„ habían ido arrastrando 
ona vida lánguicto basta que murieron por inanición 
con Carlos IL ^^^ En vano se consultaban consejos y 



(4) Felipe IV. había convoca^ 
áo pocoanles da morir lascArtoa 
de Castilla (34 do agosto, 4666) 
n9x» goejarárao ti prnicipe Car- 
ks. Mas habiendo fallecido el rey 
el 17 de setiembre inmediato, la 
reina viuda,' ,do0a Mariana, go- 
bernadora del reino, dispaso qae 
no tuviera efecto la reunión de las , 
cortes (Real Cédala de 87 de se- 
tiembre), puesto que había cesa- 
do la causa porque las mandó 
convocar el rey, habiéndole suce- 
dido ya Carlos en el trono. 

No eonsta ninguna celebración 
de cortes en el reinado de Car- 
los 11. La prorojcacion del servicio 
de millones se nacia pidiéndola á 
hs ciudades y villa8> y otorgándo- 



la éstas. Practicábase esto por 
medio de una diputación perma- 
nente, compuesta de tres procu- 
radores de las ciudades de voto 
en edrtes. á quienes tocaba (K)r 
turno, fií cargo de la diputación 
era villar si tos tribunales con- 
travenían á las leyes y á las con- 
diciones bajo las cuales se oU)rga- 
ban los servicios, consultando al 
rey y poniéndolo en su noticia, 
procurar la defensa de ios pueblos^ 
y celar por todo aquello que po- 
día tener interés para la causa pú« 
Wiea. En 4S94 hizo Garlos il. al- 
gunas modificaciones, aunque po- 
co esenciales, en la or^nizacioa 
y forma dé esta diputacioD. 



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PABTB III. LIBRO V. 423 

|üDta8. Esta cuestión eBeDcialmeote española oo la ha* 
bia de resolver la España: la soIucíod se esperaba de 
fuera: |á tal estremo de íiD[fbtenoia babiamos venidol 

Mas de treinta años hacía que Luis XIV. y el em- 
perador Leopoldo se estaban disputando con prodi« 
giosa antelación la herencia de España. Ya en 4668 
sala habían repartido entre sí con arbitrariedad es- 
can(|alosa» La sitoacion de Europa varió después. 
Carlos U» de España contrajo primeras y segundas 
nupcias. El emperador tuvo sucesion^y de una infanta 
de España naoió el príncipe de Baviera. Aumentaron- 
^ se con esto los que podían tener derecho á la corona 
de España. Las guerras produjeron hondas enemista- 
des entre el austriaco y el francés. Cuando Leopoldo 
vio rotas todas las antiguas alianzas de la Francia, di- 
suelta la liga delRbin, la Alemania' unida al Austria 
por temor del francés, la dinastía de Orange reempla* 
zandd en el trono de Inglaterra á los Estuardos, la 
Suecia empeñada en los negocios del Norte, la Espa- 
ña en guerra con Francia^ y á LuisXIY. aislado y so- 
lo, entonces ya no se contentó con una parte de la he« 
reacia españolai, aspiró á poseerla integra. Quiso in- 
utilizar á todos los que podían derivar sus derechos 
délas hembras descendientes de Felipe lY., hacién- 
dolos remontar á lasque descendían de Felipe IIL; 
así se erigía en único y legítimo heredero de Gar- 
los U. 

¿De qué servia al monarca español dar la prefe- 



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tZí IllSTORUriE BSPAÑA. 

reocia al príncipe bávaro, adoptarle por sucesor suydr 
y auQ otorgar testamento en sq favor? El emperador 
dominaba á Carlos por medio de la reina, y obligaba 
al débil monarca á rasgar el documento hecho en fa- 
vor del príncipe efectorah Un alemán mandaba las 
armas en Cataluña, y el embajador de Yiena intríga*- 
ba en la corte, acosaba al rey, le hostigaba, lecausa- 
ba tedio y hastío, pero tanto te importunó, qae estu- 
YO apunto de arrancarle el llamamiento del archidu- 
que de Austria. 

En tal estado la paz de Ryswick (1699), en que 
Luis XIY. ha tenido la destreza de dejar suelto el ca- 
bo de 1^ sucesión española, le permite reanudar los 
hilos de la trama que habia venido urdiendo desdesu 
matrimonio con la infanta de España. Ei^tonces se 
presenta en Madrid el embajador francés. Hábil, astu- 
to, amable, pródigo, fecundo en artes diplomáticas, 
vence al- embajador alemán, y le hace retirarse de^ 
sesperado y aborrecido. El partido austríaco^ que era 
el dominante^ se debilita; robustécese el francés: afi- 
lianse en él el cardenal Portocarrero, el inquisidor ge- 
neral y otros magnates: es apartado del lado del rey 
el confesor, de la fr^íccion austríaca, y es traido al 
confesonario una hechura del cardenal. 

Fáltales sin embargo vencer al rey^ ganar á la 
reina, y destruir el influyente manejo de Oropesa, que 
ha vuelto del destierro á la corte á reanimar el partid 
do del príncipe bávaro. Entonces Luis XIV. dá otro 



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PARTE 111. LIBRO V. 425 

rumbo á su políUca; reconciliase con Guillermo, rey 
de Inglaterra y de Holanda, y só pretesto de mante- 
ner el eqQíljbrio continental, negocia con él el repar- 
timiento de ios domíííiQS españoles; con que logra ir- 
ritar al emperador^ ponerle en pugna con las poten- 
cias marítimas y con la casa de Ba viera, y herir eq lo 
mas vivo la altivez española. Era lo que el astuto 
francés se proponia. La corte y el monarca de Casti- 
lla, justamente indignados de que potencias estrange- 
ras dispusieran asi á su antojo de la suerte de la mo- 
narquía, se deciden por el príncipe José de Baviera, 
y Carlos en otro> testamento le declara heredero suyo. 
La muerte prematura del tierno príncipe elec- 
to (1699), da ocasioQ á que los franceses supongan 
culpable de ella aUAustria, á que los alemanes á su 
vez atribuyan á Francia la culpabilidad del suceso. 
Nadie dejó de sospechar un crimen. ¿Quiénes serian 
maa capaces de cometerle? De todos modos, la cues* 
tíon que parecía resuelta, vuelve á quedar en pié. Se 
ha simplificado, porque restan ya dos solos preten- 
dientes; pero se ha hecho mas espinosa, porque la lu* 
cha ha de ser mas viva y terrible entre dos rivales 
igualmente irritados, y casi igualmente poderosos. 
En la misma corte de Madrid crecen las dos parciali- 
dades, adhiriéndosela la una ó á la otra los adictos á 
la que quedaba ya estinguida, sostenidos los unos por 
Oropela, los otros por Portocarrero. Todos se deciden 
menos el rey, que, enfermo, melancólico, aturdido, 



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436 H ISTMIA DB I8f aHa* 

mareado entre hechizos, exorcismos é intrigas dd so^ 
oesioB» permanecía irresoluto y vacilante, como quiea 
^o desea morir, para qae le dejen descansar. 

Un motín popular, viene á dar nnova fuerza at 
partido francés. El pueblo atribuye la escasez de loa 
mantenimientos al conde y ta condesa de Oropesa» 
que dice han vuelto á su antigua costumbre de espe- 
cular con la miseria pública, y grita: «Huera Orope- 
sa!» Harcourt y Portocarrero ge aprovechan hábil- 
mente de este tumulto popular para recabar del rey 
el destierro de Oropesa y sus parciales; y el de Oro« 
pesa, y el almirante, y el de Darmstad, y el de Mon- 
terrey, y la Berlips, y casi todos los partidarios de 
Austria son alejados con uno ú otro pretesto de la cor- 
to. Queda campeando el partido délos Borbones, oixi- 
tra la reina y muy contados de los ^uyos. 

Jamás monarca ni pueblo alguno se vieron en tan 
lastimosa situación y en tan mísero trance como se 
hallaron en este tiempo Carlos II. y la España. El rey 
tratado como endemoniado; la nación como presa que 
disputan los mas fuertos: el monarca siendo J4]gue« 
te miserable de mugerauelas hechiceras y de frailes 
exorcistas; la monarquía objeto, de partrjas entre po- 
tencias enemigas y eslrañas; el rey moribundo y cre^ 
yéndose él mismo poseído de los malos espíritus; la 
nación en otro4iempo señora del orbe siendo mate- 
ria de partición y como deuda que se reparte en con- 
curso de. acreedores: €árlos sin saber á quién pasará 



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PAATV lll, LIBRO T. 4S7 

SU corona; España sin saber á qoieo pasarán los do- 
minios españoles; monarca y monarquía sin saber 
qnién y de dónde habrá de venir á heredarlos. 

Ridfcalo, estravagante y pueril, absurdo y bo- 
chornoso ftié todo lo que pasó en el asunto de los he- 
chizos y de los conjuros. Entre inquisidores fanáticos 
y supersticiosos, confesores indoctos y crédulos, frai- 
les admirablemente candidos ó refinadamente malicio- 
sos, médicos ignorantes; intrigantes cortesanos, mon* 
jas que se suponia endemoniadas, y mugeres que se 
fingian energúmenas, el infeliz nionarca, que con 
igual docilidad se prestaba á tomar las pócimas que 
le propinaban los médicos, que á sufrir los conjuros 
de exorcistas alemanes y españoles, de continuo ator- 
mentado su flaco cuerpo y su débil espíritu, debia ser, 
si no k) era, lastimoso espectáculo á propios y estra- 
ños. De sobra se traslada que los malos espíritus no * 
eran ágenos al negocio de sucesión, y que las res- 
puestas de los energúmenos eran sugeridas alternati- 
vamente ó por el demonio del Austria ó por eidemo- 
qiode la Francia. El único que dio pruebas d^ dis- 
creción y de sensatez en este negocio fué el consejo 
de la Inquisición, que supo tratar como se merecían, 
asi al malicioso exorcista alemán Fr. Mauro Tenda, 
como al Cándido exorcista español Fr. Froilan Diaz^*^ 

M) La condacU prudente del el rey sobre la manera de oorreisir 

trioana) en esta ocasión, y el Tu- las usurpaciones de jurisdicción y 

mtnoso informe de la junta espe- otroa abusos del Santo Oficio» do-- 

cial do consejeros, ¿ que consultó cumentos á que nos referimos en 



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i28 UISTORU DB BSPAffA. 

El segundo tratado de la repartición de España» 
hecho entre Luis XIV. y Guillermo dé Inglaterra^ 
(1700) fné miradOf como era de mirar, por ef empe- 
rador I^eopoldo y los austríacos como una traición, por 
Garlos IL y los españoles como un insulto inaguanta- 
ble y como una humillación insufrible. Duro y acre^ 
pero merecido y justo, fué el lenguaje con que el go- 
bierno español se quejó de tan insolente arbitrariedad 
ante aquellas cortés. La nación en medio de su deca- 
dencia aun conservaba el- sentimiento de su dignidad, 
y el abatido espíritu dé Garlos todavía se sublevaba á 
la idea de una desnlembraciondesn reino. Tenia Gar- 
los II. entre otras esta buena prenda de rey. Pero co- 
nocíala Luis XIV., y por eso le ponia en esta dura 
alternativa y cruel perplejidad con los , tratados de 
partición. Si elegía sucesor de la casa de Austria, á 
que le inclinaba su corazón, esponia so reino á. ser 
miserablemente desmembrado y repartido. Si prefe- 
ría un príncipe francés, como aconsei[aba la política, 
desheredaba su propia dinastía. Para cualquiera ha- 
bría sido terrible, cuanto mas para^^un hombre que se 
hallaba en tan deplorable estado de cuerpo y de espí- 
ritUt la alternativa, ó de sacrifi<5ar su pueblo á su 

otra parte, y quo damos por apén- que no fuese en gran número, de 
dice, todos eran anuncios ae lo sólida erudición y de buena doc- 
cerca que estaba la institución de trina, aue babian de servir de nú- 
sufrir reformas é ir perdiendo de cleo á la marcba de reformación 
influjo y de poder; y todo indica que no babia de tardar en empren- 
que en medio del atraso intelec- derse en España tan luego como 
tual en que España babia ido ca< hubiese quien le díera un impulso 
yendo, aun había hombres, bien saludable. 



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PARTB 111. LIBRO V. 429 

familia, ó de sacrificar su familia á su pueblo/ 
Dominante á la sazón en Madrid el parlido fran- 
cés, á cuya cabeza estaba Portocarrero; consultados 
• nuevamente á instigación del cardenal consejos y 
juntas, teólogos y letrados; favorables sus dictámenes 
á la sucesión de Francia, como la mas legítima y do 
mejor derecho, y como la única capaz de mantener 
la integridad del reino, á condición de no reunirse 
nunca en una misma cabeza las dos coronas de Fran^ 
cia y España; agravados luego los padecimientos de 
Carlos, y postrado en el lecho de muerte; habiendo 
cesado los exorcismos, pero circundadas su cámara y 
su alcoba de loa cuerpos, las reliquias y las imágenes 
de todos los santos y santas de mas devoción suya y 
del pueblo, trasladados alli de los templos déla corte, 
instalado á su cabecera Portocarrero coñudos confeso* 
res de su conQanza para aconsejarle la resolución 
mas conveniente al descargo de su conciencia y á la 
salvación de su alma, firma por último con trémula 
mano el moribundo monarca el testamento en que de- 
clara sucesor de su, reino y heredero de su corona á 
Felipe de Anjou, y pronuncia aquella melancólica fra- 
se: Ya no soy nada. 

Muere Carlos 11. y se abre su misterioso testa- 
mento. La nación española en su mayoría recibe con 
júbilo la noticia de so última resolución testamentaria. 
Siglos hacía que no habia ocurrido un acontecimien* 
to de tanta trascendencia. Solo la inquietaba ya saber 



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430 ilISTOlU DB BaPAÜA. 

la deoisioQ que á sq vez tomarla Luis XIY. La Fran- 
cia y la Europa entera parlidpaban de la misma in- 
qaietod* Tratábase para todos de la resolacíon mas 
importante del siglo*^ Los conaesos de Francia se divi* 
den también en opiniones, y al mismo monarca fran- 
cés no le foltaba por qné vacilar. Tenia que elegir 
entre ana corona para sa nielo y el engrandecimiento 
de sus propios estados; enlre la estensbn de sa siste» 
ma mas acá de los Pirineos y mas allá de los Alpes» y 
la estsnsion de su poder propio; entre su honor oomo 
rey y las ventajas de su reino; entre su familia y la 
Francia. Cualquiera resolución podía traer la guerra; 
pero en un caso podia ser óorta y de éxito seguro* 
en otro de duración incierta y de éxito dudoso. 

Por último, ante una asamblea de señores y altos 
funcionarios del reino, presenta al duque de Anjou, y 
les dice: ^Smiorei^ aqui Imeis al re^ de España*)^ 
Luis XIV. ha pronunciado: lodo está resuelto. La di- 
nastía de Austria ha concluido en España* Reemplá- 
zale la dinastía de Borbon. La suerte y la condición 
de la monarquía española ha cambiado esenciáU 
mente. 



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AFlSDICB. 



DÍPOBIIK DE UNA JUNTA 
GOHTOKSTA DE tNDfVIDUOS DE TODOS LOS CONSEJOS, 

SOBRE ABUSOS T :ESOE80S DEL SANTO OFICIO 

KH M&TBKUS DB jñtlSDICQOR. 

Gompoiitaii It Junta los Sres. marqués de Ifancen» conde de Frigilia»* 
na, dtm Joaé Soto, don losé de Ledesma, don rnaclsco Gomes y 
forro, don Joan de la Tone, don Antonio Jando, don Diego Ifiigoex 
de Abarca, ion Francisco Camargo, don Juan de iOasfro» don Alonso 
Rico, y el marqués de Castroíkierte. 



Sefior: El real decreto en q«e V. M. fué aérf ido de ordenarla for- 
ma<»Oín de esta junta y lo que se debía tratar en ella, dice asi: 

«Siendo tan repetidos los embarazos que en todas partes se ofireoea 
entre mis ministros y los del G<»sejo de Inqoisícíon sobre pontos 
de jnrisdieclon y el uso y práctica de sus privilegios y las eosas y ca* 
sos en qoe deben usar de ellos, de qué se siguen ineeosíderablesda^ 
fies hacíala quietid de les puebles yrectaadmiBistraoion de Justicia» 
como actoalmente esté snoedíende en alguoaa provincias, surtrrand» 
continuas oofl^Mtencias y díferenciasentrelostnbvnaies. Ydeseando 
yo mvy.Tivamente qoe el Santo Oficio, propognácnlo el mas ñrme y 
segare de la fé y de la religión, en todos mis demiaios se isantengpi 
en aquel respeto y Teneracion qoe le solicita sn recomendable erec* 
eion y que con plausible emulación han procurado coiiser?ar mtsgio^ 



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432 HISTORIA DB bspaSa. 

rio60s progenitores, y qae al mismo tiempo se trate de dar upa regla 
fija, indfvidnal y clara qae evite en adelante semejantes embarazos, 
• controYersias y disputas, y que esperimente el Santo tribunal aque- 
lla aceptación y amor con que ha sido atendido en todos tiempos, 
sin entrometerse én cosas y materias agenas de su venerable institu- 
to, y manteniéndose unos y otros ministros en los términos debidos:- 
he resuelto áestefín se forme una junta en que concurran el marqués 
de Mancera y conde de Frigiiiana, del Consejo de Estado; don José de 
Soto y don José de Ledesma, del de Castilla; don Francisco Comes y 
Torro y don Juan de la Torre, del de Aragón; don Antonio^ Jurado y 
' don Diego Ifiiguez d£. Abarca, del de Italia; don Francisco Gamargo y 
don Juan de Castro, del de Indias; don Alonso Rico y el marqués de 
Castro-fuerte, del de Ordenes; y que don Martin de Serralta, oficial 
mayor de la secretaría de Estado del Norte, entre en ella con los pa- 
peles, con advertencia de que precisamente se ha de tener una vez 
á lo menos cada semana, hasta su entera y efectiva conclusión, no 
obstante que falte algún ministro délos referidos, como asista otro de 
e^da consejo; y fío del celo y esperioncia-de los que la componen que 
tratando esta materia con la atenta reflexión qué pide su importancia 
y el deseo que me asiste, de que se dé á ella feliz éxito, no omitan 
diligencia, aplicación ni desvelo que pueda conducir afín tan honesto 
y justo, representándome lo quese le ofreciere y pareciere para que 
yo tome la resolucion^mas conveniente.iT 

Para obedecer esta real orden con mayor puntualidad y mas pre- 
sente comprensión, suplicó la Junta de V. M. se sirviese de mandar 
á los Consejos de Castilla, Aragón, Italia, Indias y Ordenes, qae por lo 
tocante á cada uno y á los territorios de su jurisdicción formasen re- 
súmenes de los casos en que pareciese haber escedido los tribunales 
d^ la Inquisición con perjuicio de la jurisdiocíon real, y que estos y 
copias de las concordias que se hubiesen tomado con Ja Inquisición, 
se pusiesen «n las reales manos de V. M., para que V. M. mandase 
remitirlo á la Junta, y habiéndole V. M. ordenado se ejecutó asi. 

Aeoonocidos estos papeles, se halla ser muy antigua y muy uni- 
versal en todos ios dominios de V. M. á donde hay tribunales del 
iSanto Oficio la turbación de las jurisdicciones por la incesante apli- 
cación con qae los inquisidores han porfiado siempre en dilatar la su- 
ya con. tan desarreglado desorden en el uso, en los casos y en las 



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APÉNDICE. 433 

personas, que apenas han dejado ejercicio á la jurisdiccioa real or- 
dinaria ni autoridad á los qne la administran; no hay especie de ne- 
gocio, por mas ageno que sea de so instituto y facultades, en que con 
cualquier flaco motivo no se arroguen el conocimiento. No hay vasa- 
llo, por mas iorde pendiente de su potestad, que no le traten .como á 
subdito inmediato, subordinándole á sus mandatos, ceQ^tfras, multas, 
cárceles, y lo qiio es mis, á la nota de estas ejecuciones. No hay 
ofensa casojl ni levo doscomedimiento contra sus domésticos, que no 
le venguen y castiguen como crimen de religión, sin distinguir los 
términos ni los rigores: no solamente estienden sus privilegiosásus 
dependientes y familiares, pero los defienden con igual vigoi: en su; 
ésolavos negros é infieles: no les basta eximir las personas y las ha- ^ 
ciendas de los oficiales de todas cargas y contribuciones públicas, por 
roas privilegiadas que sean, pero aun las casas de sus habit^ionps 
quieren que gocen la inmunidad de no poderse estraer de ellas nin- 
gunos reos, ni ser allí buscados por las justicias, y cuando lo ejecu- 
tan esporimentan las mismas demostraciones que si hubieran violado 
nn templo; en la forma de sus procedimientos y en el estilo de sus 
despachos usan y afectan modos conque deprimir la estimación de lo« 
jueces reales ordinarios, y aun la autoridad de los magistrados supe- 
. rieres: y esto no solo en las materias judiciales y contenciosas, pero 
en los puntos^e gobernación política y económica ostentan esta inde- 
pendencia y desconocen la sobetanía. 

Los efectos de este pernicioso desorden han llegado á tan peligror 
sos y tales inconvenientes, qué ya muchas veces excitaron la provi? 
denciajde lossefiores reyes y la obligación de sus primeros tribunales 
á tratar cuidadosamente^l remedio, y sobre muy consideradas con- 
sttltasde juntas graves y de ^doctos. ministros, se formaron concordias, 
se espidieron cédulas, y se asentaron reglas para el mejor concierto de 
estas jurisdicciones entodos los reinos de esta monarquía con propro- 
cion á la conveniencia y estado de cada uno. 

Pero aunque estas prudentes disposiciones se anticiparon á pre- 
servar estos dafios aun antes de su experiencia, pues en elafio de 4484, 
inmediato del de la gloriosa institución del Santo Oficio, los señores 
Reyes Católicos qne religiosamente la ¿abran promovida, mandaron . 
^ formar una junta de consejeros suyos y varones graves, en que se to- 
mase acuerdo sobre el uso de la jurís<^cion temporal que habiancop- 
TOMO XVIK %S 



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43i niSTO&U DK RSPAÜA. 

cedido por fortalecer y aatorizaír al ejercicio de la apostólica, y aan- 
qoe después saccsivamente en iodos los reioados de estos dos siglos se 
han repetido estaainíportantes prevenciones, no han sido bdstantesá 
facilitar el fin qae con ellas se ha procarado, y que siempre ha sido 
engrandecer la autoridad de la {nqnisicion, moderando los excesos do 
los inquisidores: antes con su inobservancia é inobediencia han dado 
ipacha6 veces ocasión justa para severas reprensiones/ multas, man- 
datos de comparecer en la corte, estrafiaciones de los reinos, priva- 
ción de temporalidades y otras demostraciones correspondientes á los 
casos en que se han practicado, pero no conformes á el mayor decoro 
de los tribunales del Santo Oficio, consideración que debiera por sa 
propio respeto haber reprimido á sus ministros. 

Debe la Inquisición á los progenitores augustos de V. M. todo el 
colmo de hoñoces y autoridad que dignamente goza sn fundación y 
asiento en estos reinos, y los de la corona de Aragón y do las Indias, 
su elevación al grado y honr^ de Consejo Real, la creación de la dig- . 
nidad de Inquisición general con todas las especiales y soperiorespre- 
rogativas, la concesión de tantas exenciones y privilegios á sus oficia- 
les y familíareá, la permisión del uso de la jurisdicción real qué ejerce 
en ellos, y la mas apreciablo y singular demostración da la real con- 
fianza, suspendiendo en los negocios dependientes de la Inquisición los 
recorsos y conocimientos por via de fuerza: pero aunque éstos favores 
bab sido tantos y tan precisos, deberá mas á V. M. si con una refor- 
mación acordada y reducida á reglas invariables fuere Y. M. servido 
de mandar qoe se prescriban álos tribunales déla Inquisición los tér- 
minos y modo en que se debe contener la jurisdicción temporal qae 
administran en causas y materias no pertenecientes á ia fé, pnes el 
abaso con que esto se ha tratado ha producido desconsuelo en los va- 
sallos, desunión en los ministros, desdoro en los tribunales, y no poca 
molestia á V. M. en la decisión de tan repetidas y porfiadas compe- 
tencias. 

Pareció esto tan intolerable aun en sus principios al sefior empe- 
rador don Garlos,, qoe ^ivel año de 153ft, resolvió suspender á )a!n- 
qnísicionel ejercicio de la jurisdicción temporal que el señor rey don 
Fernando sn abuelo ia había concedido, y esta suspensión seRiantavo 
por diez afios en este reino y en el de Sicilia, hasta que el sellor don 
Felipe el Segundo, siendo prfmfpe y gobernador por la ansencia del 



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César su padre, Tolvió á permitir qué el Santo Oficio usase de su ju- 
risdiccioQ real^ pero ceñida á Ip^ capítulos de mu^preyeoidas instruc- 
ciones y concordias que después han sido muy mal observadas, porque 
la soma templanza con que se han tratado las cosas de los inquisidores» 
leshadadoalientaparaconvertir esta tolerancia en ejecutoria, ypart 
desconocer tan de todo ponto lo quehiú recibido de la piadosa libe- 
ralidad de los sefiorejí reyes, que ya afirman y quieren sostener con 
bien estrafia animosidad que la jurisdicción que ejercen en todo lo 
tocante á jas personas, bienes, derechos y dependencias de sus mt*- 
nistros, oficíales, familiares y domésticos, es apostólica eclesiástica, y 
|>or consecuencia, independiente de cualquier secular por suprema 
que sea. 

Y porque sobre esto presuposición fundan los tribunales del Santo 
Oficio las estensiones de sus privilegios y facultades á personas, casos 
y negocios ni comprendidos ni capaces de comprenderse en ellas, y 
.fundan el uso de las censuras en materias no purtenecientes á esta dis- 
ciplina eclesiástica, y fundan también la desobligacíon de observar las 
concordias y obedecer las resoluciones, leyes y pragmáticas reales; 
representará á V. M. esta junta la insubsisténcia de estos fundamentos 
que han parecido dignos de mayor reflexion.para pasar con mayor se- 
guridad á proponer lo que sobre estos puntos se ofrece. 

Sefipr: toda la jurisdicción queadmtnistran los tribunales del Santo 
Oficio en personas seglares y en negocios no pertenecientes á nues- 
tra santa católica fé y cristiana religión, es de V. M. concedida preca- 
riamente y subordinada á las limitaciones, modiécaciones y revocacio- 
nes queV. M. por su real y justísimo arbitrio fuere servido de ejerci-> 
taren ella: esta verdad tiene tan cía ras y preceptibles demostraciones, 
que solamente^ á quien cerrase los ojos á la los podrán parecer os- 
coras. 

En todo el tiempo que él ministerio santo de la Inquisición estuvo 
por los conoilios y cánones sagrados encargado al cuidado y pastoral 
vigilancia de los obispos, no fueron menos vigitaotesy cuidadosos loa 
^mperadoresy re y es cristianos en establecerseveros edictos y saluda- 
bles leyes para conservar la pureza de la fé preservada del contagio 
de las heregfas, atendiendo en esto no aolo al oficio de vicarios de 
Dios en Jo temporal, pero también á la seguridad y duración de sos 
imperitas y dominios, uniendo con ia sobrenatural y suave fuerza de 



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436 ^ uiSTonu dr bsfaña. 

nuestras católicas verdades los corazones de los súbditosciitresíy to- 
dos ala fidelidad y obediencia de sus príncipes, que son los efectos que 
influye la unidad de culto y religión insensiblemente en los ánimos: 
pudiera bien decirse que estos piadosos príncipes Jueron verdaderos 
inquisidores. Lo no dudable es que el título y nombre de inquisidores 
contra la heregía se halla con dífarencia de muchos años antes en las 
leyes imperialesqne en las eclesiásticas, pues la primera vez que se 
lee con esta expresión en el derecho canónico es en una decretal de 
,. la santidad de Alejandro IV., que rigió la Iglesia en los principios de 
el décimo tercio siglo, cuando ya desde los fines del siglo IV. por cons* 
titacion expresa de Teodosio el Grande se habiad creado jueces con 
nombre de inquisidores contra los maniqueos; y no es menos notable 
haberse visto el cargo y ejercicio de inquisidor general concedido á 
ministro seglar y aunque por esto incapaz de jurisdicción espiritual 
confirmada después por la Sede Apostólica oon asignación de asesores: 
asi sucedió en Flandes cuando en el año de 46S2 el señor emperador 
donCárlosdió patente é instrucción para esta dígifidad al doctor Fran- 
oisco de Uultet, (}el consejo de firahante', á quien, no obstante el ser 
>ego confirmó en el año siguiente el pontífice Adriano VI. con que se 
valiese de asesores, eclesiásticos y teólogos. 

Tal ha sido en todos tiempos el celo con que las supremas potesta- 
des temporales han dedicado la mas excelsa parte de su soberanía, 
que es la jurisdicción, á la autoridad y aumento de los tribunales de 
la fé, pero esto manteniéndose en la distinción de ministros y eier'* 
cicios, hasta que los señores Reyes Católicos, para ocurrir al grande 
y cercano peligro que amenazaba en la frecuente conversación délos 
muchos infieles judíos y moros que habitaban en estos jeinos, cuya in- 
fección había tocado ya la parte mas vital y noble en algunos prelados 
y personas eclesiásticas, erigieron la dignidad de inquisidor general y 
el consejo de la general Inquisición, al cual y á sus/ tribunales, entre 
otras prerogativás, concedieron la adáiinistraeion y aso de su jurisdi&r 
cion real para todo lo concerniente á la mayor expedición de sus en- 
cargos y delegaciones apostólicas; pero esta religiosa largueza fué, , 
romo era justo, acompañada con la prudente prevención de que era 
permitir, no enagenar, y queaquella jurisdicción, cuya administración ' 
ric cometía á los inquisidores, no se abdicaba de la regalía: asi lo de- 
clararon en una real cédula expedida en el año de 1504, en que con 



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APENDICB. *37 

!a cláusula ttodo e$ nueslro^^ explicaron que su real ánimo habia sido 
oooservar este derecho jurisdiccional enteramente. 

Con igual espresion repitió esto mi$mo el señor emperador don 
Garlos, enotracéduladadaen^Ode marzo de 4553, que fué la concor- 
dia en qué se dio forma ala Inquisición, para volver á usar de la ju- 
' risdiccion que estaba suspendida, y en ella se dijo: Quede d los ingui" 
sidorea^ sobre los [amüiares, la jufisdicoion criminaljpara que pro^ 
cedan en sus causas y las determinen como jueces, que para ello tienen 
jurisdicción de S. M* Y asi, en esta cédula como en otras que antes se 
f hablan despachado, se.prevínoque los inquisidores debiesen arreglar- 
se á las instrucciones que se les daba. 

Y el señor^don Felipe U. repitió esta misma declaración, en las 
concordias de los afios de 4580, y 1582 y 4597, que todas concluían di- 
ciendo: todo lo cualy según dicho es, sea y se entienda por elMempo 
que fuere mi voluntad y de los reyes mis sucesores, Y .para después 
mandar á los ministros reales y á los inquisidores, que observen los 
capítulos prflucediendo cada uno en lo que por ellos le toca, y con im- 
posición de penas á los inobedientes y transgresores. 

El señor don Felipe III. en las. reales cédulas espodidas en los años 
de 4606 y 4608, con ocasión de las controversias que ocurrieron entre 
el duque de Feria y los inquisidores de Sicilia, y tratándose entre 
otras pretensiones que tenían los inquisidores, la de ejercer jurisdic- 

< cion céntralos arrendadof es de los estados, puestos en diputación ó 
concurso, la decidió por estas palabras: Y mucho menos la deben pre- 

. tender los Oficiales de la Inquisición, pues la jurisdicción civil que 
ejercen contra los m:!ros seculares^ es jurisdicción mia, y la tienen á 

^ mi beneplácito. 

Siguiendo este justo y firmísimo dictamen, el rey nuestro señor 
don Felipe el Grande, glorioso padro de V. M., en real despacho de 
4603, dio la última y mayor claridad á este punto, diciendo en una 
cláusula: No podían los inquisidores pretender, por la jurisdicción 
temporal que tienen concedida á beneplácito.X en oír a: tTantomaspor 
ser en esta parte tan interesada la jurisdicción real, la cual ejercitan 
los inquisidores en los familiares, temporal, concedida á beneplá- 
cito real.» 

Y V. M. se ha conformado coa este mismo sentir, tantas veces 
cuantos han sido los reales decretos en que se han mandado obsor\ar 



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438 msTOBU db ispaHa. 



i concordias y preYenciones» y cuantas han sido las resolaciones 
qae V. M. se ba senrido dar á las competencias que se han ofrecido 
con la Inquisición, lo cual no pudiera haber pasado asi^ tratándose de 
jurisdicción eclesiástica. 

Este concepto, segoido por seis reinados y por casi dos siglos, ao- 
torÍ2a tanto esta tardad, que no deja discolpa á la temeridad de do« 
dárh, y mas cuando se halla asistida de buenas y firmes reglas de 
justicia, porque V. M. en todos sus dominios funda, por todos dere- 
chos, ser soya umversalmente la jurisdicción temporal, de que solo 
se trata, no mostrándose, por quien la pretendiese, título justo y efi« 
caz para habérsela trasferido, el cual ni se muestra por los inquisido- 
res, ni se ha mostrado en tantos affos como ha que^mantíenen esta 
perfía,,y solo han podido hallar en sus archivos y trasladaren los pa- 
peles que han escrito sobre esto y que ya se alegan como libros, al- 
gunos reales decretos y despachos en que se les concede el uso de esta 
■jurisdicción^ pero ninguno en que funden haber síjoesta concesión ir- 
revocable, ni haberse esta jurisdicción separado del alto dominio que 
solo reside en T. M., ni haberse alterado su naturaleza. Y con esto 
solo se da fácil y breve respuesta á cnaiftas ponderaciones ha repeti- 
do en los discursos que han hecho sobre esto, tan flacas, que aun no 
merecen el nombre de argumentos,' porque siendo proposición iiídis- 
íputable que toda concesión' de jorisdiccion, dada en ejercicio, se debe 
tener por precaria, no es mas innegable, cuando en el mismo acto de 
la concesión y en otros subsiguientes, se halla declarada esta calidad 
por la esprésion de quien concede y por la aceptación de quien reci- 
be; qne son los términos puntuales de las declaraciones ya refe- 
ridas y todas aceptadas por los inquisidores. 

Y es subterfugio ageno de la gravedad de esta materia el querer 
' que esta concesión se considere como hecha á la Iglesia y que por 
esto sea. irrevocable; porque esta proposición ¿olo es cierta en las do- 
Mioiones hechas, y especfficamente en las jurisdicciones concedidas 
á la Iglesia romana y á su cabeza el sumo pontifico, pero no en hsqvte 
se conceden á otras personase cuerpos eclesiásticos, y mucho menos 
á los inquisidores, ácuyo favor no podrá hallarse mas fundamento que 
haberlo dicho así voluntariamente algún escritor parcial de sus pre- 
tensiones. 

N¡ hay mas razón para querer que por haberse esta jurisdicción. 



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APENDICB. 439^^ 

OQido coD la eclesiástica que redidia en los'¡nquis¡dor«^, se haya mes- 
ciado ni confundido tan^o con ella qae baya podido pasar y trasfun- 
dirse en eolesíástica: áestQ resiste la misma forma de la concesión y 
•lespresD ánimo de los seQores reyesi que siempre han dicho no ha- 
ber sjdo su intención confundir estas jurisdicciones y siempre bao 
llamado y tratado como temporal: resiste también eu el defecto do 
potestad, pues de los príncipes temporales no se puede derivar ju- 
risdicción eclesiástica, y no menos el menor defecto de aptitud para 
su ejercicio, pues en cansas profanas y con personas seglares no le 
puede tener la jurisdicción eclesiástica; y el concurrir en un misaba 
tribunal ó persona las dos jurisdicciones no repugna á que cada ano 
conserve su naturaleza y cualidades como si estuviesen separadas, 
oomo^ucede en los Concejos de Ordenes y Cruzada, en el maestre de 
escuela de la universidad de Salamanca, y en todos los prelados que 
son dueños deT jurisdicciones temporales, sin que en ninguno de estos 
ejemplos se haya considerado ni intentado jamás esta nueva especie 
de trasmutación de jurisdicción temporal en eclesiástica, que so ha 
inventado por los inquisidores con insustanciales sutileza^. 

Discurrir en qué prescripción ó costumbre puedan haber dado á 
la Inquisición este derecho-seria olvidar las reglas mas conocidas y 
trilladas, pues se trata de jurisdicción absoluta, omnímoda ó inde- 
pendiente y de niero imperio, que son de la primera clase de la su- 
prema regalía, y por osto imprescriptibles é incapaces de esta forma 
de adquisición: ni puede hallarse de costumbre inmemorial cuando 
el principio de las concesiones y el de lamismajnqoisicionse tienen 
tan á la vista, ni en las leyes canónicas ni civiles puede hallar sufra- 
gios una costumbre contraria al mismo título én que so funda y des- 
acompaflada de la buena fó de quien Is propone , como sucedería si 
los inquisidores intentasen de prescribir como irrevocable la juris- 
dicción que se les permitió como precaria, y si lejfendo cada dia y re- 
pitiendo en todas sus representacídnes las reales cédulas, concordias 
y decreto^ en que apoyan el ejercicio de o^a jurisdicción, se hicieren 
desentendidos de aquellas cláusulas en que se dejaron siempre estas 
concesiones, pendientes de la voluntad de quien las hizo. 

Mal se puede llamar posesión la que ha sido tan interrumpida que 
no ha tenido paso sin tropiezo: si esta jurisdicción fuese eclesiástica, 
si no fuese toda de V. M., si en esto hubiese duda, ¿cómo se hubieraá 



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lid lUSTOttlA DÉ BlSf a6a. 

espedido tantas concordias y despachos en que para todos los reíoo# 
se ha dado forma á sa, mejor uso, esceptuan do casos y personas según 
ha parecido conveniente, imponiendo á los inquisidores preceptos pa-^ 
ra su observancia, no sin conminación de penas, y todo esto sin pedir 
beneplácito á la Sede Apostólica ni consentimiento Á Jos inquisidores 
generales? ¿cómo se hubiera ejecutado aquella suspensión de dosquin* 
queníos sin que los inquisidores reclamasen ni los sumos pontífices la 
resistiesen? ¿cómo ae pudiera haber tolerado la práctica de que las 
competencias entre los tribunales d^ Inquisición, no conformán^pse 
en su determinación los ministros, se consulten y remitan á V. M., que 
como es servido las resuelve? Nada de esto hubieran ejecutada ni per- 
mitido las religiosísimas concien cias de V.M. y de tantossefiores reyes 
católicos, sino tuviesen incontrovertible seguridad de que esta juris- 
dicción era temporal y suya, y deque en ella son losinquisidoresjue- 
ees delegados de V.M.,'comolo son de la Sedo Apostólica en la jurts- 
diccioA eclesiástica que en su nombre y con su autoridad administran. 

Gravo testigo de efta verdad tiene contra su istento la Inquisición 
en su inquisidor^ después obispo de Astorga, don Nicolás Permosíno, 
«1 cual, en la dedicatoria xie sus libros que ofreció á la magestad del 
rey nuestro señor don Felipe IV. puso una cláusula en que dijo así: 

«Y habiendo hallado el aeñor rey don Fernando en los principios 
de su reinado la jurisdicción fea] ordinaria en suma alteza, de mane- 
ra, que todo corria por una madre, y no habia mas fueros privilegia- 
dos que el de la milicia en los ejércitos y el del estudio en las univer- 
sidades, tuvo por bien de darla cinco sangrías muy copiosas á la ju- 
risdicción ordinaria, y favorecer la de la Inquisición con la exención 
de sus oficiales y familiares, la de la Santa Hermandad para los deli- 
tos cometidos en el campo, la de la Mesta y Cabana real para los ga- 
nados ypastos, la del consulado para las causas mercantiles; que to- 
das estas jurisdicciones la instituyó y fundó desde sus principios.» Y 
omitiendo otras reflexiones que se ofrecen sobre esta cláusula, lo que 
literalmente hay en ella, es, que este prelado que tan afectuosamen- 
te escribió por los privilegios y derechos de la Inquisición , como lo 
manifiestan sus obras, hizo voluntariamente esta ingenua confesión^ 
de que toda «sta jurisdicción la recibió el Santo Oficio de los señores 
reyes, y que la recibió con la naturaleza de temporal y en la mismtf 
forma que las otras con que la equipara. 



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AMNDICe. ^ .441 

áibía bien este escritor y saben bien los inquisidores, que nunc^i " 
podrán hallar otro origen, ni fundar en otro principio esta especie de 
jurisdicción qae administran, pues la que por los sagrados cánones se 
concedió á los obispos en cuyo lugar se ban subrogado, fué limitada á 
las causas de fó, y con severas prohibiciones de no tocar ni estenderse 
á otras; y dentro de estos precisos términos se les permitió el cono- 
cimiento de las dependencias inseparables y de las incidencias uni*- 
das á la consecución de su principal fin, y la facultad de interpelar á 
h9S jueces seglares para que con su jurisdicción diesen auxilio en lo 
que no pudiese ejecutar por sí la eclesiástica, y aun obligarlos con 
eensuras cuando sin razqn lo resistiesen, tener ministros seglares con 
el nombre de familia armada, y conocer de las culpas ó escesos que 
cometresen en sus oficios y proceder contra los autores de estatutos 
y decretos impeditivos dejl oficio de la Inquisición, contra los inobe- 
dientes do los mandatos dejos inquisidores, contra los protectores y 
auxiliadores de hereges y otros reos en materia de religión, contra 
los que ofendiesen ó incluyesen en las personas de los iuquisjdoresi 
esto y nada mas les concede el derecho capónico, prescribiéndoles 
tan precisos loa términos de su potestad, que aun no pormitió la usa- 
sen en los delitos de adivinaciones y sortilegios, cuando en ellos noiiu- 
biese manifiesta malicia de beregía; j la santidad de Clemente VIH. 
no condescendió á la súplica, que en nombre del sefior don Felipe II. 
se le hizo, para que permitiese á la Inquisición el conocimiento y 
castigo de otro delito abominable, dando por razón, que todo el enlo- 
dado, ocupación y ejercicio de los inquisidores, debia aplicarse y 
contenerse en solo el gran negocio de la fé, cláusula repetida por el 
sagrado oráculo déla Iglesia, pues ya la habia proferido ^n una de- 
cretal la santidad de Alejandro IV. 

Las bulas y privilegios apostólicos en que los inquisidores preten- 
den fundar el principio y calidad eclesiástica de esta jurisdicción, so 
enuncian y alegan indistintamente y pon grande generalidad, pero no 
se producen los escritores que han inclinado mas su dictamen á la es- 
tensión de las faqultadesdel Santo Oficio: tampoco las refieren literal- 
mente; mas la obligación de esta junta en proponer á V. M. apuradas 
las verdades de esta materia, ha pasado á reconocer cuidadosamente 
todas las bulas que suelen alegarse sobre esto, y lo que se halla es que 
en las mas antiguas, desde el pontificado de Inocencio III. hasta el de 



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442 HISTOIUA DB B81»ARrA« 

LeoD X»9 qae pataron 3U «fios, en que se comprenden lee espedidas 
por Alejandro kV.,Urbaoo IV.» Glemenie IV. é Inocencio VIII., ni hay ni 
pudo haber disposición adaptable al intento de los ioqaisidores, por* 
que este encargo entóneosle tenian los obispos, cuya potestad nanea 
escedió los límites determinados por derecho canónico, y obraban au- 
xiliados de los jaeces seglares, y asi lo comprueban las mismas balas, 
qoe todas son dirigidas á los obispos, esoitando la obligación de los 
magistrados y justicias temporales á darles su asistencia y auxilio. Y 
es notable una constitución de Inocencio IV. confirmada por Alejan- 

^dro IV. en el afto primero de su pontificado, que fuó el de 4254, en quo 
se da forma para la elección délos notarios, sirvientes y ministros n^ 
cesarios para las prisiones de los hereges, 7P<^ra la averiguación de 
sus culpas y formación de sos proceso6,'sin hacer mención alguna d« 
fuero privilegiado en estos mioislros, ni atribuir á los inquisidores ju- 
risdicción sobre ellos en sus causas temporales; y en la bula de Cle- 
mente Vil./ que se dio á instancia del señor emperador don Carlos y 
de la sefiora reina dofia Juana su madre, á favor del arzobispo de Se- 
villa» inquisidor general entonces, y de sus sucesores, delegándoles el 

^ conocimiento de todas las apelaciones que se hubiesen interpuesto 
ó se pudiesen interponer A la Sede Apostólica, se halla espresameota 
laesplícita limitación á las causas tocantes ala fé,sin mencionar otras. 
Las bulas que con mayor frecuencia y confianza se alegan por los 
inquisidores, son las del santo Pie V., y especialmente ja queso pu- 
blicó eu Roma en % de mayo del afio de i tt69, qué empieza Si de prot$^ 
gendU\ pero examinados con desapasionada atención loa catorce ca- 
pítulos que contiene el proemio en esta bula, no hay en ellos cláu- 
sula aplicable al intento de los inquisidores, porque en el proemio y en 
el cap(tulo primero se propone la congruencia que hay en que la Sede 
Apostólica conserve en su inviolada protección á ios ministros aplica- 
dbs al Santo Oficio de la Inquisición, y á la exaltación de la fécaCólica, 
y se pondera que la impiedad y malas artes de los hereges aplicados á 
impedir el recto ejercicio de este instituto y disturbará sus ministros, 
instaba al mas pronto remedio exacerbando las penas. En ^1 capítulo 
segundo trata de cualesquier cornuoidades, ó personas privadas, ó 
constituidas en dignidad, que matasen, hiriesen, maltratasen ó ame- 
drentasen á los inquisidores, abogados, procuradores, notarios ú otros 
ministros del mismo Santo Oficio, ó á los obispos que le ejercieren en. 

i 



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▲TBirmcE. 443 

siudióceBÍft ó provincias, y los queejecataren alguna de estas violen- , 
olas en los acusadores, denunciadores ó testigos en causas de fé. En el 
capítulo tercero, estieñde esta disposición é los que invadiesen, in- 
cen^liasen ydespoja9en las iglesias, casas y otras cosas públicas ó par- 
ticulares del Santo Oficio, y á sus ministros, y á los que en cualquier 
' 'orma quitaren, ó suprimieren libros, protocolos ó escrituras, y-á los 
que asistieren ó auxiliaren é esto. En el capítulo coarto habla de los 
efractores de las cárceles, y de los que eximieren algún preso, y en 
cualquier manera dispusieren ó maquinaren su fuga, ¿ loscualesy á 
los mencionados en los capítulosantecedentes, impone pena de anate- 
ma y las que corresponden á los reos de lesa magostad en primera es- 
pecie. En el capítulo quinto dispone que los Culpados en estos delitos 
cometidos en odio y menosprecio del Santo Oficio, no pueden defen- 
derse si no fuere con evidentes probanzas de su inocencia, y compren- . 
de en' esta disposición é las personas eclesiásticas, de cualquier dig- 
nidad ó 4)rivilegio, para que siendo conTencidos'ó condenado^ se de- 
graden y- remitan á las justicias seglares. En el sesto reseryaá laS^ 
de Apostólica el conocimiento de las canssfs de los obispos. En el sóti* 
rao prohíbelas intercesiones á favor de estos feos. En el octavo indttl«- 
ta álos que declararen ó revelaren estos delitos. En el nono prescribe 
la forma de ahsolucion ó habilitación en ^estos casos. En el décimo co- 
mete la ejecución á los patria reas, arzobispos y otros prelados aciesias- . 
ticos. En el undécimo derógalas constituciones contrarias. En e^doce 
manda que hagan entera fé los trasuntos de esta bola. En el trece 
exhorta á los príncipes cristianos á la protección det Santo Oficio. Y 
en el catorce concluye con la conminación de penas á Jos tranl^* 
grosores. 

Esta es, puntualmente reasumida, la célebre, santa y saludable 
bulo de San Pió V., en que, ni por su letra s? halla, ni por inducciones 
secol¡ge,qoe la intención deaqueJ grande^ bienaventurado pontífice 
fuese dar á los inquisidores jurisdicción alguna en causas temporales, 
poei todo su contexto se refiere á meterías de fé, y todo el fin á que 
se dirige es á prevenir la libertad del Santo Oficio en sa principal y 
sagrado ministerío; y en este sentido solo, y no eu otro, se ha podicío 
entender el capítulo segundo de esta bula, y que las ofensas de qoe 
habla en los ministros del Santo Oficio, sean las qoe se hicieren en 
ádio, ó por venganza, ó para impedimento de los oficios que adminis. 



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" 444 UISTOAIA irE BftPAÜA. 

V 

Irao: pero ñolas que sin esta dependencia nacieren de enemisUd, é 
causa particular con sus personas, y asi lo esplica la misma bula en el 
capítulo quinto, y asi lo declara con otros espositores un docto mi^ 
nistro de la Inquisición, que escribió con sinceridad de ella; 

Otra bula de este mismo pontífice suele alegarse publicada en el 
año de 4570, pero en ella no se halla masque una confirmación délos 
privilegios concedidos á la sociedad de los Cruces ignatos; cuyo ins- 
tituto era asistirá los inquisidores en todo lo que pertenecía á la per- 
secución de los hereges, y en cuyo ministerio se ban subrogado los 
familiar^ del Santo, Oficio; y siendo como es cierto, que por la cons- 
titución de Inocencio III., á que se refiere esta bula, solamente se con- 
cedían á Cruces i^n^tos^ graciaá é indulgencias sin pasar á cosa to- 
caqte á jurisdicción, no puede conducir al intento de los inquisidores 
esta disposición. 

La bula de Sixto V. espedida en el aiüode 4587, en la primera 
congregación de la Santa Inquisición quesetuvoen Roma, es confir- 
matoria de privilegios concedidos á los inquisidores y sus mÍDÍstros, 
sin aumentar ni alterar cosa alguna, y concluía ordenando que, en 
cuanto á la Inquisición dg España, erigida pocos años antes, no se in- 
nove sin especial providencia de la Sede Apostólica, y siendo cons- 
tante que en aquel tiempo no tenían los inquisidores, según se ba vis- 
to, concesión de lo que pretenden, es claro que no pudo ser inten- 
ción del sumo pontífice confirmarles lo quo ño tenían. 

Tiénese noticia que los inquisidores, para esforzar su proposición 
ó propósito, han hecho suprimir y han esparcido copias de un decre- 
to de la santidad de Paulo V. dada en 29 de noviembre del año de 
1606, en que estendió el breve concedido por San'Pio V. á la santa y 
general Inquisición de Roma, á los tribunales de la rnquísicion dees- 
tos reinos de España, para poder, sin incurrir en írregularrdadni cen- 
sura, sentenciar y condenar en cualquier pena, hasta la de muerte, y 
relajar para su ejecución, eú todas las causas cuyo conocimiento per- 
tenezca al Santo Oficio, aunque no sean de heregía; de aquí los in- 
quisidores quieren deducir que ya por la sede apostólica tienen reco- 
nocida y aprobada la jurisdicción para proceder, no solo en los delitos 
de heregía, sino también en los temporales. 

La inconsecuenciade este discurso se percibe teniendo presente, 
que los tribunales de la Inquisición no solo conocen, en virtud de la < 



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APÉNDICE* 445 

antoridad y delegación apostólica, en las causas do heregía, sino eo 
otras muchas, quo por d^^echo .coman no les pertenecía , pero en 
odio de algunos delitos y por motivos especiaíes se las han cometido 
los sumos pontífices; y asi so ve en el delito de la usura que por la 
do León X. so cometió á los inquisidores de Aragón y reinos da su' 
corona; y en el críipen detestable á la naturaleza, que por bula de 
ClementeVII.se cometióá los inquisidores de los mismos reinos; y en 
los diez casos contenidos en la bula de Gregorio XIII., para preceder 
contra los judíos; y en la bula de Gregorio XIV., contra los confeso- 
res solicitantes, y en otros muchos casos declarados en otras bulas, á 
los cuales sin duda puede y debe referirse el decreto de San Pió V., 
pues todas estas causas y negocios, aunque no sean do heregía, se 
tratan y conocen en los tribunales de la fó, y en esta inteligencia ha- 
bla el decreto de Paulo V. para los inquisidores de Espafia, dándoles 
la misma permisión en esta Tormal cláusula: «tanto en las causas del 
mismo Santo Oficio, cuanto en otras causas criminales que los inqui- 
sidores hacen y conocen en el tribunal de la Santa Inquisición, por 
concesión de su santidad y de la santa sedeapostólica.i Palabras que 
solo deben y pueden entenderse en estas causas, en que sin ser pro- 
pias del Santo Oficio/ procedan sus tribunales por concesióú de los v 
sumos pontífices, la cual no tienen para las causas temporales desús 
oficiales y ministros, .'ni de ellas puede entenderse este decreto, ni 
acomodarse sus palabras ni sentido. 

En el amo de 4627, resolvió el rey nuestro sefior don Felipe IV., 
por motivos que entonces le persuadieron, que conociese la inquisi- 
ción de los que introdujesen moneda de vellón en estos reinos, y por 
decreto de 45 de febrero del mismo afio , se declaró que tocase al 
fisco de la Inquisición en las causas que sobre esto hiciese la cuarta 
parte, qtie por leyes del reinó se aplica á los jueces seglares; digan . 
los inquisidores «i la jurisdicción que se les permitió para esto, la 
adquirieron irrevocablemente, y digan si se trasfundió en la natura*' 
leza de eclesiástica, y si por concurrir en un mismo sugeto estas ju«* 
risdicciooes, dejó de conservar cada una entera vy separadamente stt 
propia naturaleza. No podrán decirlo ni entenderlo asi tan doctos y 
tales ministros.' 

Dicen que los sumos pontífices, por la universal jurisdicción tenv* 
por^lque habitual mente^íenen, han podido eximir de jurÍ5diccion 



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I4<S IIISTOaiA DB RSPAÑA. 

reartodas las personas aanqu« legas y seglares de los oficiales» mí- 
BÍstros, familiares y otros depeodieytes de ios tribunales del Santo 
Oficio, privilegiándolos con que de ellos y'sas causas conozca la ju- 
risdicción eclssiástica, por considerar esto necesario al ministerio do 
la Santa Inquisición y é los altísimos fines de la pureza y exaltación 
de la fé á qae se dirige; y sobre esta proposición sé iian escrito dila- 
tados y. afectados discursos, pero sin proporción ni aplicación á sn 
intento. 

Porque aunque es doctrina cierta, común y católica que puedo el 
papa sin conocimiento de los príncipes «Católicos eximir de su juris- 
dicción y pasar al fu ero eclesiástico algunos vasallos cuando^ esta «o 
requiere para la consecución de algún fin espiritual é importante á 
la Iglesia; ésta potestad no la ejerce la Seád Apostólica fuera de los 
casos en qae es necesaria para el efecto y fío espiritual que se desea, 
como sucede en ^os clérigos y religiosos, sin cuya asunción no pudie- 
- ra constar el estado eclesiástico, que con el civil compone el perfecto 
<$uerpo de la monarquía, y á estas personas para eximirlas del fuero 
seglar se les dan aquellas calidades de orden y religión qae repug- 
nan con él, y aun en estos tan justos y convenientes términos tienea 
los cánones y concilios prevenida la moder(icioo, porque la suma y 
santa justicia de la Sede Apostólica retribuye á el obsequio de los re- 
yes en la obediencia de sus sagrados decretos con el cuidado de man- 
tener independientes sus regalías* 

La exención de los oficiales^ familiares y otros ministros de la In- 
quisición, ni "es ni se puede considerar n^edio necesario para eleun^ 
plimientode su instituto, ni tiene dependencia con la buena dirección 
de las causas de fé el que de las causas temporaleado estos ministros 
'Oonozcaalos inquisidores oomo delegados apostólicos ó como regios: f 
las razones que movieron para concederles esta jurisdicción, mirando 
A la mayor autoridad de estos tribunales cuando se introducían y for- 
maban, y al estado de aquellos tiempos en que por ser tantos los ene* 
migos dQ la religión era menester mayor fuerza y ni&mero do minifr- 
iros para perseguirlos, y que estos se moviesen á la mayor asistencia 
<lelos inquisidores reconociéndolos por sus jueces; fueron todas razo- 
nes de congruencia, pero nodo necesidad, pues sin esta circunstancia 
ae bebía ejercido la Inquisición por tan largo tiempo, y se ejerciddes- 
ipnes por el que estuvo suspendida fa jurisdiQDion temporal bastándoles ' 



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APBUDIGB. 447. 

á ]o9 inquisidores las facultades concedidas por el derdcho cau6hico y 
el aosiüo que se les daba por las potestades y justicias seculares: pero 
estos motivos no siendo de necesidad no lostuvieron por bastantes los 
sumos pontífices para decretar esta exención, ni la decretaron: con- 
que 'es ociosa y no conveniente la' cuestión de potestad, y solo es 
<uerto que aun estas congruencias con que se concedió la jurisdicción 
temporal han cesado muobos afioshá en estos reinos, pues con lases* 
polsionjds de los judíos y moriscos, y con el celo y vigilancia de los 
inquisidores se bd purificado el cuerpo do la religión que ha crecido 
basta el sumo grado el respeto del Santo Oficio, y se ba aumentado 
el fervor de todos en tal forma, que tiene ya la Inquisición tantos 
ministros y familiares de quien servirse en los negocios de fó cuan- 
tos son ios vasallos de V. If • 

Sí los inquisidores reconociesen de V. M. esta jurisdicción y osa- 
sen de ella en la conformidad que les fué concedida, ajustándose á los 
términos de las concordias y á las declaraciones de los reales decre* 
tos en las resol uciones^de las competencias, seria dignísimo y propio 
de la grandeza de V. M. el mantenerlossín novedad en esta concesión, , 
' viéndola encaminada y convertida en aumento y exaltación del Santo 
Oficio; pero no es esto asi; niegandesagradecidamente el especiosísi- 
mo don que en esto recibieron, desconocen la dependencia siempre 
reservada ál arbitrio de V.lf ., y sin rendirse é las leyes canónicasque 
sabetti ni á las bulas apostólicas que han visto/ni é los decretos reales 
qne guardan en sus archivos, inventan motivos no seguros ni legales 
con que dan calor y protesto á sus abusos, y teniendo contra sí el sei^ 
tirde cuantos graves y acreditados escritores han tratado con ingenua 
yerdad esta materia, se persuaden ó quieren persuadir é lo que artifi- 
ciosa y apasionadamente dijeron pocos, que lo escribieron asi porque 
eran inquisidores, ó lo fueron después porque lo habían escrito. Reco- 
nocíeroneste inconveniente dos grandes míoistros, don Alonso de \a 
Carrera y donPrancisco Antonio de Ala rcon, y consultaron que se man* 
dase recoger sin permitir qne se divulgasen ni imprimiesen los escritos 
en qne se impugnase ser esta jurisdicción de V. 11. revocable á so ar- 
bitrio; y en la jonta formada para conferir y consultar sobre la oon- 
oordia del afio de 4639, en que asistieron el arzobispo de las Charcas 
y don Pedro Pacheco, ambos del Consejo de la Inquisición, se sabe qse 
sin contradiccioit asintieron á esta verdad, como lo han hecho otros 



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4(8 tllSTOElA Aff «SI'AitA* 

doctos iaquisidorcs, y lo harán ouaDlos la tratasen con deselApefiada 
iodiferencia: y el vice canciller de Aragón don Cristóbal Grespi, en su 
librp de Observaciones, hace mencionvde una junta que se tuvo en Va- 
lencia por orden del conde de Oropesa, virey entonces de aqaél rei- 
no, en que concurrieron diez graves teólogos, de los cuales fueron los 
cuatro obispos, y habiéndose tratado entre otros puntos éste, no dis-^ 
cordaron en que esta jurisdicción fuese temporal y dimanase de V. M. 
No crece la representación ni la potestad del Santo Oficio con lo 
que excede los límites de sus facultades; solamente puede ya seroEía- 
yor no queriendo ser mas de loque debe en la proporción justa; mejor 
que la desmesurada grandeza se asegura la conservación de las cosas, 
y mas la de los cuerpos políticos: ¿qué decoro podrá dar á la.lt)qui8i- 
cion santa, cuyo instituto veneran profundamentelos católicos y temen 
losliereges, el que se vea distraída la aplicación de sus tribunales á 
materias profanas, puesto el cuidado y el empeño en disputar cóntí* 
nuamente jurisdicción con las justicias reales para acoger al privile- 
gio de su fuero losdelitos muchas veces atroces cometidos por sus mi- 
nistros, ó para castigar con sumos rigores levísimas ofensas de sus- 
súbditos y dependientes? Escandalizó á todos el caso que pocos años 
ha sucedió en la ciudad de Córdoba, donde un negro, esclavo de un 
receptor ó tesorero que lo habia sido de aquel Santo Oficio, escaló una 
noche la casa de un vecino honrado de aquella ciudad por desordena- 
do amor de una esclava, yjiabiendé sentidoalgun mido la muger del 
dueño de la casa, salió, y encontrando con el esclavo la dio una puñala- 
da de que la pasó el pecho, y á sus voces acudió el marido y concor- 
rieron otras personas que ie prendieron al esclavo, el cual fué entre-» 
gado á la justicra, y confeso en su delito, fué condenado á muerte de 
horca y puesto en la capilla para su ejecución; y i este tiempo el tri- 
bunal del SantoOfícto despachó letras para que eUIcalde de la justi- 
cia le remitiese el preso, y aunque por el alcalde se respond ójegal- 
mente y se formóla competencia, nada pudo bastar para que el tribu- 
Bal dejase de imponer y reagravar censuras y penas, hasta que ate- 
morizado el alcalde entregó el esclavo; y habiendo llegado esta noti- 
cia al consejo de Castilla, hizo repetidas consultas á V. M. represen- 
tando las graves circunstancias de este caso y la precisa obligación 
que el tribunal tenia de restituir el esclavo, y las grandes razones pata 
iu) dejar tal ejemplar consentido; y aunque V.M. fué servido demaa* 



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APÉNDICE. 419 

dar a] inqaisidor general qae hiciese luego restituir el preso para 
que se siguiese y üetermiaase la competencia, y que pasase á demos- 
tración competente con los ministros de aquel tribunal para que sir- 
viese de escarmiento, hizo para no cumplirlo asi otras consultas el 
consejó de Inquisición, y repitió las suyas el de Castilla: acudió á los 
reales pies de V. H . la ciudad de Córdoba representando su aflicción 
en las consecuencias de este suceso, y V. M. cuatro veces resolvió y 
mandó que se cumpliese lo que tenia ordenado; y viendo los inqui- 
sidores que no quedaba otro recurso á su inobediencia, dijeron que el 
esclavo se habia huido de su cárcel, dejando desobedecido á V. M., 
ajada la real justicia, sin satisfacción las ofensas de aquel vasallo y 
las de k causa'públíca, desconsolados á todos, en libertad al reo y 
vencedora por este injustísimo modo la tema de los inquisidores. 

> En Córdoba también sucedió que habiéndose ofrecido ejecatar 
prontamente una sentencia de azotes, y faltando alli entonces ejeco* 
tor de la justicia, se ofreció á serlo en aquella ocasión un mozo es- 
clavo de don Agustin de Villavicencio, del Consejo de Inquisición, 
que se hallaba preio en aquellas cárceles por fugitivo, y habiendo 
hecho la ejecución voluntariamente y recibido la paga que se concer- 
tó por ell^, la Inquisición, con protesto, de que se habian vulnerado 
sus privilegios, de los cuales y de su fuero debia participar aquél mo- 
zo por ser, como decían, comensal de un inquisidor, procedió contra 
el corregidor, siéndolo entonces don Gregorio Antonio de Chaves, al- 
calde de corte, y puso preso en las cárceles del -Santo Oficio á un 
criado suyo, perturbando la quietud de aquella ciudad, hasta que el 
rey nuestro señor don Felipe IV., á consulta deí Consejo de Castilla, 
fué servido de mandar á la Inquisición que soltase al criado del cor- 
regidor y cesase en sus procedimientos. 

Pudiera referir á V. M. esta junta otras muchas, y semejantes y 
aun mas graves cosas que se han visto en los papeles que han llegado 
á ella, en que con iguales fundamentos ha procedido la Inquisición á 
no menores ni menos estravagantes demostraciones. No es esto lo 
que la recta y santa intención de los sumos pontífioes ha encargado á 
los inquisidores, ni para esto se les concediéronlos privilegios de que 
gozan, ni se les permitió la jurisdicción temporal de que usan: estos 
desórdenes pudieron en algunas partes hacer mal quisto el venera- 
ble nombria de inquisidores, y ya en Flandes fué conveniente müdaiv 
Tomo xvii. 29 



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450 mSTOAIA BB BSPAflA. 

ie en el de ministros eclesiásticoQ, y los napolitanos, temerosos de 
estas destemplanzas, carecen del gran bien de la Inquisicicn ^cn 
aquel católico reino. < 

No fueron otras aquellas quejas que lastimaron los oídos y provo- 
caron la santa indignación de los padres que asistieron á el décimo 
quinto concilio ecoménico celebrado en Viena el año de 4341, en el 
pontificado de Clemente V. Clamaron allí muchos que los inquisidores 
excedían su potestad y su oficio; que las providencias que la Sede 
Apostólica había ordenado para elaumento de la fé, con circunspección 
y vigilancia, las convertian en detrimento de los fieles, y con especie 
de piedad agravaban á los inocentes» que con afectados pretéstos de 
que se lesimpedia su ministerio maltrataban á los inculpadas; asi se 
lee en ana Constitución que con el nombre de Clementína, por el de 
aquel pontífice, se halla incorporada en el derecho canónico. Alli se 
decretaron contra estas culpas las gravísimas penas de suspensión á 
los obispos superiores, yálos de menor grado excomunión incarrida 
por el mismo hecho y reservada su absolución al romano pontífice^ 
con revocación de cualquiera privilegio; este gran dispertador tiene 
la obligación y la conciencia de 'los inquisidores. 

Considerando esta junta cuin infructuosas han sido cuantas pro- 
videncias se han aplicado para arreglar los tribunales de la Inquisi- 
ción en el ejercicio de esta jurisdiccioo temporal, y que antes se es- 
perimenta mayor relajación en su abuso y mayores inconvenientes 
oontra la autoridad real, la buena administración de justicia y qaie- 
tud de los vasallos, pasaría muy sin escrúpulo á proponer como úl- 
timo remedio la revocación do las concesiones de esta jurisdicción, - 
que como se ha fundado, es innegablemente de V.M., y solo puede de- 
pender de su real beneplácito, el cual notoria y sobradamente se justi- 
ficaria con las razones de faltar la Inquisición al reconocimiento de 
este benefício,escr¡biendoyafirmandoquee8tajurisdicciones plena y 
absolutamente suya, ufar maído ella conU'aviniendo ala forma de su 
concesión, y hallarse ya gravemente perjudicial á las regabas de 
V. M. y á los derechos y conveniencias de la causa públiccu motivos 
tales, que ningunos pueden imaginarse ni mas justos ni mayores, 

Pero atendiendo á que serán mas conformes á la religiosa inten- 
ción de V. M. los temperamentos que ocurriendo efectivamente á es- 
tos perjuicios mantengan el decoro de I9 Inquisición con mayor activi-* 



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APENBICE. (g4 

dad, reducido á su esfera, desembarazando sus tribunales de la que 
menos dignamente los distrae y ocupa, dirá aqui algunos pontos ge- 
nerales, cuya resolucFon y buena práctica entiende quesera bastante 
para el fin que se desea. 

Lo primero, y que esta junta tiene por importantísimo, es que V. M; 
se sirva de mandar, que los inquisidores en las causas y negocios que 
no fueren de fé espirituales ni eclesiásticas, y en que ejerctfn la juris- 
dicción temporal, no procedan por^vía de escom uniones ni censuras, 
sino en la forma y por los términos que conocen y proceden los demás 
jaeces y justicias reales. 

Es tan considerable y tan esencial este punte, que sin él serán 
incurables é inútiles como basta ahora cuantos medios se apliquen, 
porque los inquisidores con las censuras que indistinta é indiscreta- 
mente fulminan en todos los casos y causas temporales, por leves que 
sean, bien que contra las disposiciones de los sagrados cánones y san- 
tos concilios, se hacen tan formidables á lasjusticias reales, con quíeu 
disputan la jurisdicción, y á los particulares con quien proceden, que 
no hay aliento para resistirles, ^ues aunque la interior conciencia los 
asegure del rigor de las escom un ion es, la esterior apariencia de es- 
tar tenidos y tratados como escomulgados, aflijo de modo que las mas 
Teces se dejan vencer de la fuerza de esta impiedad, y ceden al in- 
tento de ios inquisidores; y §í algunos ministros mas advertidos res- 
ponden con formalidad y forman la competencia, lo cual no suele ser 
bastante para que Jos inquisidores suspendan sus procedimientos, es . 
siempre gravísimo el perjuicio que -se sigue á la causa principal, por- 
que en las inmensas dilaciones que tienen las competencias'conla In- 
quisición, si el negocio es civil, se desvanecen las probanzas; se ocul- 
tan los bienes, se facilitan las cautelas y se frustra la satisfacción de ios. 
acreedores: y si es criminal, en que importa mas la pronta solicitud 
de las diligencias, se embarazan las-averiguaciones, se desvanece la 
verdad de los hachos y se da lugar á la fuga de los delincuentes. De 
esto son tan frecuentes los ejemplos, que Seria prolijo y ocioso el re- 
petirlos. 

Con este violento uso de las censuras consigi^en los inquisidores^ 
contra la razón y las leyes» la estincion del fuero no solo pasivo, sino 
también activo, en sus ministros titulares^y se le mantienen aun eú 
los casos mas escoptuados de juicios universales, deudas y obligacio- 



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452 HlflTOlUA tín BflPAÑA. 

Des que resulten de oficio y administración pública, de tratos, tate^ 
fas, curadorías ó tesorerías, aunque sean de rentas reales: ~con esto 
también los preservan y á sus familiares de todas las cargas públi- 
cas, que deben participar como vecinos de los pueblos, y aun de aque- 
llas en que les comprendi9 la natural obligación de vasallos. 

Fué notable el caso que sucedió el aíh) de 1639, con don Antonio 
de Valdés, del Ck)nsejo de Castilla, y uno do los iñas doctos ministros 
que ha tenido este siglo, que habiendo salido de la corte con especial 
demisión y orden del rey nuestro sefior, don Felipe IV., para dispo- 
ner el apresto de unas milicias, y para pedir generalmente algún do- 
nativo que sirviese á este gosto, habiendo ejecutado esta orden coa 
algunos oficiales y familiares de la Inquisición de Llerena, despacha- 
ron aquellos inquisidores escrituras con censuras, ordenando á doA 
Antonio que restituyese luego lo que hubiese repartido y cobrado de 
los ministros y dependientes de aquel tribunal, y habiendo consulta- 
do sobre esto al Consejo, ponderando la inconsideración de los in- 
quisidores con ministros de aquel grado y el defecto de potestad para 
proceder en aquel caso con censuras, se sirvió V. M. resolver entre 
otras cosas, que el auto en cuya virtud se hablan despachado aque- 
llas letras, se testase y se notase para que nunca hubiese ejemplar/ 

' y que esta nota se fíjase en la pieza del secreto de aquel tribunal, y se 
remitiese testimonio de haberse ejecutado asi; el cual vino al Consejo 
de Castilla: pero ni aun esta severa y sensible demostración ha bas- 
tado para que los inquisidores se abstengan de este abuso. 

Con este medio de las censuras, se constituyen los inquisidores tan 
desiguales y tan superiores á los ministfos de V. M., como lo esplicó el 
Concejo de Castilla en consulta de 7 de octubre de 4628, en que sig- 
nificando bien esta verdad, dijo: «Y es dura cosa, que la prisión cor- 
poral que aflige al cuerpo, no la haga la jurisdicción real en los minis- 
tros de la Inquisición, y que ella tenga esta ventaja de afligir, como 
lo hace, el alma con censuras y la vida con desconsuelos, y la honra 
con demostraciones.» El caso que dio motivo á aquella consulta, fué que 
habiendo procedido el corregidor de Toledo contra un despensero y 
carnicero de aquel tribunal del Santo Oficio, por intolerables fraudes 
que cometía en perjuicio del abasto público y sus vecinos, y habiendo- 

. lo hecho prender por esta ciusa, procedió aquel tribunal contra el 
corregidor, para que le remitiese los autos y el preso, pasando á pa- 



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APÉNDICE. 4S3 

blkarie escomalgado. y ponerle ea las tablillas de las parroq,aias, ó 
hizo prender al algaacil y portero del corFegldor, que habían preso 
2Ü carnicero, poniéndolos en los calabozos de la cárcel secreta, sin 
permitir les. comunicación poc muchos dias, y cuando los sacaron, pa- 
ra recibirlea.su confesión, fué haciéndoles primero quitar todo él ca- 
bello y barbas, y que saliesen descalzos y desceñidos, y los examina- 
ron, mandándoles primero santiguar y decir las oraciones, y pregun- 
tándoles por sus padres, parientes y calidad, y después los conde- 
naron en destierro; y aunque pidieron testimonio de la causa, para 
preservar su honra y la de sus familias, no quisieron los inquisidores 
mandar que se les diese. 

Hirió este caso, con dolor y lástima, los corazones de aquellos va--. 
^Ilos, y estuvo la ciudad de Toledo en contingencias peligrosas al 
respeto del Santo Oficie: formóse, por orden de S. M., una junta de 
once ministros, y procediendo su consulta, se resolvió lo que convino 
por entonces, pero no se dieron providencias para después, porque 
siempre se ha confiado que los tribunales de la Inquisición atenderían 
á mejorar sus procedimientos, lo cual no ha sucedido. 

Qne V. M. pueda mandar á los inquisidores, que en estqs casos y 
09 todo lo tocante á lo temporafno usen de censuras, es tan cierto 
que no puedo sin temeridad dudarse; pues esto mismo se halla orde- 
nado por leyes de estos reinos y se praetica sia embarazo con todas 
las personas eclesiásticas y prelados en quien concurre jurisdicción 
temporal, y no se les permite que para nada perteneciente á ella 
usen de censuras, sino que procedan en la misma f9rma que los otros 
jueces reales, y lo mismo se observa con los ministros de cruzada; y 
aunque el consejo tiene también ambas jurisdicciones, se previene en 
las leyes, que para todo lo tocante á lo temporal y á proceder contra 
personas legas, no se use de escomuniones ni censuras, y la Inquisi- 
ción, gara este modo de proceder, en-relnos de la corona de Aragón > 
tuvo necesidad de que se.le permitiese por fueros y concordias, y este 
con la prevención de que hubiesen de hacerlo con todo miramiento, 
según se dice en la concordia que llaman del cardenal Espinosa, y en 
la de Sicilia con la moderación do que no se entendiese esto con los 
vireyes, ni con los presidentes de la gran corte, ni en los casos en 
que^ por los jueces reales, se formase competencia ó se pidiese con- 
ferencia; y lo mismo se previno para Cataluña, Valencia y Ccrdcfia^ 



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l64 . HlSTOfttA DB BSPaAa. 

por los y í reyes y lugartenientesgenerales, y para los remos de lasln*- 
días en la aoncordia del afío de 4 61 0; y en la real cédala de 4 1 de abrí ^ 
de 4633, eü qae se añadieron algunos puntos y declaraciones á esta 
concordia, se mandó espresamente á los inquisidores qae no proce- 
dan con censuras contra las jasticias ^jaeces de aquellas provincias^ 
y así se ve que esto ha dependido enteramente de la permisión de los 
sefiores reyes, la cual nunca han tenido los tribunales de la Inquisi-^ 
cion para lo^reinos de Castilla, aunque también en ellos se les ha to*» 
lerado. 

Ni podrán los inquisidores con buen fundamento decir, que en este , 
use de las censuras se les baya concedido el derecho; porque lo 
cierto es, en la doctrina canónica, que los prelados y juecea eclesiás- 
ticos, para defender sus propios bienes y posesiones temporales, 
pueden propulsar las violencias, invasiones y despojos con las armas 
de la- Iglesia en defecto de otro remedio, pero ningún canon ni espo- 
sitor ha dicho, que para él mero ejercicio de la jurisdicción temporal, 
concedida á un prelado ó tribunal eclesiástico, pueden usar de cen- 
suras; y mucho menos cuando en la misma jurisdicción temporal^ 
tiene medios eficaces para compeler á los subditos y poner en ejecu- 
cion^sus mandatos, procediendo en los términos y forma que todos 
los jaeces de V. M. 

Persuade esto mismo la razón de que estas jurisdicciones secón- 
serven cada una en su especie, sin turbarse ni confundirse, como 
precisamente sucede, cuando en las causas profanas contra persona» 
seglares se procede con censuras, que es modo propio de negocios y 
juicios eclesiásticos, y en esto es de gravísima consideración el per- 
juicio de los vasallos, pues ademas de las leyes reales, que deben 
obedecer, se les grava también con las eclesiásticas; i cuya disposi- 
ción, en materias temporales, no están sometidos ni pueden volunta- 
riamente someterse, porque seria perjuicio de la regalia y de la in- 
tegridad de jurisdicción que reside en ella, razón que justifica estas 
y otras semejantes leyes sin ofensa de la inmunidad. 

Cierto es que ño pertenece á la potestad real, sino á la pontificia, 
el dar ó quitar la facultad de fulminar censuras; pero igualmente es 
cierto que en todas las supi^emas potestades temporales, no solo hay 
facultad, sino precisa obligación de proteger á sus subditos, cuando 
los jueces eclesiásticos,en causas del siglo, ejercen contra ellos la jM^ 



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APÉNDICE, 4BS 

risdiccioD de la Iglesia; por esto han podido las leyos prohibir ¿ la 
nsqiíisicioD, á los prelados y á los ministros de cruiada, el uso de las 
censaras en causas y con personas seglares; y por esto taiübien se 
pudo prohibir lo mismo á la Inqnisicion: y el no haberlo hecho, 
esperando que tan santos y justos tribunales se coniu viesen en lo de- 
bláo, no se entiende que fuese darle facultad, sino tan solamente no 
impedírsela quedando siempre reservada á la regalía, la moderación 
de los esoesosy la revocación de cualquiera permisión ó tolerancia 
eomo la misma jurisdicción temporal y sus concesiones. 

La costumbre en que se hallan los tribunales de la Inquisición de 
' proceder en esta forma, no puede haberles dado razón en que estribe 
el derecho de continuarla, porque siendo cierto, como lo es, y se ha 
manifestado, que esta jurisdicción se les copcedíó precariamente y 
6on empresas cláusulas proservativas del arbitrio de revocarla, nopuo- 
de dudarse que estas mismas calidades influyen. en el uso do la mis- 
ma jurisdicción, y q^e contra esta no puede haber prescripción ni 
costumbre, la cual no admite el derecho en lo que se posee y goza 
con Citulos precarios, porque destruye la buena fó sin la cual nada 
so puede prescribir, y el quererlo hacer la voluntad y forma dada por 
el concedente, 'Seria con vertir la posesión en usurpación, y hacer fruc- 
tuosa la culpa; y habiendo sido acto facultativo en los sefiores reyes 
el impedir ó tolerar á la Inquisición el oso du las censuras, es conclu- 
sión firmísima que se puede dar prescripción contra esta facultad, 
como loes también que todas las concesiones de jurisdicción llevan 
consigo, implícita é inseparable, la condición de que el que las reci- 
ba deba ejercerla en la misma forma que la ejercía el superior que se 
la concede, y asi deben la Inquisición y sus tribunales usar de esta 
jurisdicción, no de otro modo que en nombre de V. M. la ejercen sus 
tribunales y justicias. 

Goce en hora buena la Inquisición de la jurisdicción temporal que 
para aumento de su autoridad y decoro le concedieron nuestros pia- 
dosos reyes, y que será tan propio de la igual piedad de V. M. el man- 
tenerla, pero sea esto sin alterársela, sin que la confundan con la 
eclesiástica, sin molestar con olla á los ministros áé V. M., y sin gra- 
var á sus vasallos: esto, y el prohibir para esto el uso de las censuras, 
que es de donde nacen siempre estas turbaciones, se ha tenido en to- 
dos tiempos por tan conveniente y tan justo, que lo ha representado 



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4&& . HISTORU DE BfiPAÜA. 

asi el Consejo de Castilla en mochas consultasi y en una que hizo en 
30 de junio del afio de 4634, con ocasión de los grandes embarazost 
que entonces hubo por haberse repartido ¿ un familiar, vecino deVii- 
c¿lyaro, pocos reales para el carruage del señor infiínte don Fer*. 
nando, tio de V. M., en su jornada á Barcelona; ^iabiendo pasado, 
desde este tan pequeño principio el tribunal de toledo, y después el 
Consejo de Inquisición, á los mayores empeños y mas estraordinarias 
demostraciones qxie jamásse han vistO) dijo entre otras cláusulasasi. 
«Mucho se escusaria, mandando V..M. no ejerza la jurisdicción real 
de que usa la InquisiciOQ por medio d» censuras, moderándosela y 
limitándosela en esta parte, como puede V. H. quitársela, siendopre- 
caria, sujeta á la libre voluntad de V. H., de quien ja obtúvola Inqui- 
sición, como ya lo confiesa en sus consultas, como quiera que lo han 
negado algunos inquisidores en escritos suyos, de lo cual se seguiría 
muchas conveniencias, y entre otras, escusar la opresión grande de 
los vasaUos de V. M., contra quieneshan procedido y proceden ácen- 
suras, oprimiéndolos y molestándolos con ellas por muchos meses, in- 
timidándolos por este medio para que no se atrevan á defender la ju- 
risdiccjon r^al, y dilatándoles la absolución aun después de man- 
darlo V. M.;» comprendiéndole todo en estos pocos renglones aquel 
grave consejo, y en la resolución de esta consulta el rey nuestro se- 
ñor don Felipe IV. se sirvió de mandar al consejo de Inquisición que 
nunca procediese con censuras contra los alcaldes de corte sin dar 
cuenta primero á S. M., dejando autorizado con esta deliberación 
que el uso Ae las censuras en semejantes casos es dependiente del 
real arbitrio. 

Y habiendo de quedar en el Santo Oficio reducido el uso de la ju- 
risdicción temporal á los términos en que la ejercen los jueces 
de V. M., será prevención muy importante, que siendo V» M. servi- 
do, se mande, que todas las personas que por orden del Santo 0¿cio 
se prendieron, no siendo por causa de fé ó materias tocantes á ella, 
se hayan de poner en l^s cárceles reales, asentándose allí por presos 
del Santo Oficio, y tebióndose enla forma de prisión que se ordenare 
por los inquisidores correspondiente á la calidad de las causas: con 
esto se evitará á los vasallos el irreparable daño quieseles siguecuan-^ 
do por cualquier causa civil ó crimina], independiente de punto de 
jurisdicción, se lea pone presos eii las cárceles del Santo Oficio, piies. 



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dTVQlgándose la voz y noticia ^de qae eatin en la cárcel de la Inquísí-* 
cíoD) sin distinguir el motivo, ni si la caree] es ó no secreta, queda á 
sos personas y familias íina nota de sumo descrédito y de grande em- 
barazo para cualquier honor que pretendan; y es tan grande el hor- 
ror que universalmente está concebido -de la cárcel de la Inquisición 
que env Gsanada, el a£io de f 682, habiendo ido unos ministros del Santo 
Oficio á prender una moger por causa tan ligera como unas palabraa 
que había tenido con la de un secretario de aquel tribunal, ^e arrojó' 
. para no ir presa, por una ventana y se quebró ambas piernas, tenien- 
do esto por menos daño que el de ser llevada por orden de la Inquisi- 
ción á sus cárceles; y aunque es cierto que en algunas concordias sd 
asienta, que la Inquisición tenga cárceles separadas para los presos 
por causas de fé, y para los que no lo son, es oenstante el abuso que 
hay en esto,, y que debiéndose regular por la calidad del negocio, de- 
pende^ solamente de ]a indignación de los inquisidores, que muchas 
Teces han hecho poner en los calabozos mas profundos de la&cáice-* 
les secretas á quien no ha tenido mas culpa que la de haber ofendi- 
do á alguno de sus familiares. Todos los presos por los consejos de 
V. M., y por el de Estado, y aun por orden de V. M., se ponen en la» 
cárceles reales, y no se halla razón para que dejen de ponerse 
los del Santo Oficio coando se procede con jurisdicción real contra 
ellos, ni para que se tolere el gravísimo inconveniente que resuita 
á muchas honradas familias, no siendo este punto de importancia 
al Santo Oficio, mas que para mantener aun en esto k indepen- 
dencia y la separación que afecta, en todo. 

El segundo punto, no menos esencial y que parece á esta junta 
preciso, para que la Inquisición se abstenga del uso de las censuras en 
juicios seglares $egun se ha dicho, es, que V. M. se sirva de mandar 
que en caso que los inquisidores en los negocios y causas tocantes á la 
jurisdicción temporal qae administran contra personas legarproce- 
diesen con censuras, puedan las tales personas contra quienes las 
fulminan recurrir por via de fuerza al consejo, chaocillería y tribu- 
nales á quienes toca este conocimiento, agraviándose de este modo de 
proceder de los inquisidores, y con la queja de la parte ó á pedimen- 
to del fiscal de V. H. se conozca en sus tribunales sobre estos recur- 
sos, y se proceda en ellos, y se determinen por la via y forma que 
se tiene en los artículos de fuerza, y se intentan de proceder 



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4S8 UlSTOftlA DB BSPAKA. 

j oonooer los jueces eclesiásticos escedic^ndo de sa jariMflccioiK 
fisie conocimiento de las faerzas, que con diferentes nombres se 
(H^ctica en todos los- reinos y dominios católicos^ era de la primera ji 
mas alta soberanía y tan nnida á la magostad, que por esto antono- 
misticamente se llama oficio de los reyes, porque en él consiste la 
ccgaservacíon de sa propia real dignidad y el amparo y protección der 
sn^TasalIos;^ muy presente tayieron esto los prudentísimos señores 
Reyes Católicos, que habiendo sido fundadores de la Inquisición en. 
estos reinos, y habiéndola enriquecido con tantos privilegios, dejaron^ 
siempre intacta esta regalía del recurso de las fuerzas, hasta que pa- 
sados algunos afios, en elde4553, el señor emperador doñearlos y el • 
señor rey ^on Felipe 11.,. abundando eu liberalidad con la Inquisición, 
tayieron por bien inhibir á todos sus tribunales reales del conocí* 
miento, por via de fuerza,, en todos los negocios y causas tocantes al. 
Santa Oficio, remitieodoy cometiendo este conocimiento á solo el 
consejo de la santa y general Inquisición. 

Na fué esto abrogar ni prohibir los recursos por via de fuerza ent 
los negocios y causas de la Inquisición, ni tal pudiera ser, ni pudieran 
quererlo asi las magestadesdel señor emperador ysu hijo, porque se- 
ría esto destruir una regalía en que se enlazan la primera obligación 
de los príncipes y el último y mayor auxilio de los vasallos: lo que 
verdaderamente se hizo fué, usar de otra regalía, que consiste en la 
distribuciou de ios negocios, la cual depende únicamente de la real' 
voluntad, y por ella sé asignan y cometen á los tribunales las causas y 
materias en que han de tener conocimiento, pero esto alte rabie al ar- 
bitrio de quien lo distribuye, y asi el conocimiento de las fuerzas, que. 
generalmente estaba cometido al consejo-chancillería, se cometió en* 
toncos particularmente al consejo de Inquisición, por lo tocante á las 
fuerzas de sus tribunales, quedando siempre existente este recurso y 
quedando en la potestad real la £acultad de alterar esta comisión; asi 
han entendido y declarado los escritores mas autorizados y clásicos 
la real cédula que se despachó sobre este punto. 

Considerándose dos especies de fuerzas, á estas corresponden los 
recursos que ordinariamente suelen intentarse: la primera es cuando 
los jueces eclesiásticos niegan ia apelación délas determinaciones 
apelables: la segunda cuando con la jurisdicción eclesiástica proceden 
en causas y con personas seglares: en cl primer caso en que se presu- 



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APBmiGlS. , 459 

pone fundada la jurisdicción eclesiástica, y soioconsíste'e] agraTiocín 
lá injusticia de (a determinación^ será bien y muy justo queden re* 
serrados siempre arconsejo de Inquisición los recursos. de las fuer- 
zas de sus tribunales; pero en el segundo, en que el agravio consiste 
en proceder sin jurisdicción el eclesiástico encausas y contra per- 
sonas que no son de su fuero; usurpando, turbando ó impidiendo la 
jurisdicción real, no pudo ni podrá jamás abdicarse de Y. M. este oo- 
nocimiento, ni seria bien que la enmienda de estos agrayios se fiase á 
los inquisidores, tan formalmente interesados y atentos en ampliar 
su jurisdicción, y en mantener y en abrigar los excesos y aun los er-^ 
rores que con este fin cometen sus tribunales, como cada dia lo mués* 
tralaesperiencia. 

Por esto cuando los inquisidores en causas profanas en que ejer¿ 
^en jurisdiccion4emporai proceden con censura, será litigio el re^ 
curso por via de fuerza, porque el acto de la fulminación de censu- 
ras es ejercicio de jurisdicción eclesiástica, la cual no tienen ni pue^ 
den ejercer en aquellos casos, y usándolos individualmente en ellos . 
es notorio en esto el defecto de jurisdicción, y es notorio el perjui-> 
cío que se bace á la real y el agravio de la parte que se justifica él 
recurso, y será jurfdica la determinación declarando la fuerza con el 
auto que llaman de legos. 

Y no podrá causar gran novedad esta resolución á los inquisido- 
res, porque no pueden ígnorer que después del afio de 4568, en que 
se suspendió el conocimiento de las fuerzas á los tribunales reales ,^ 
han acontecido algunos casos en que no obstante aquella disposición' 
se ha usado de este recurso sin que en esto haya habido desaproba- 
ción real; asi sucedió en Sevilla el afio de 4598, con oca$ion del em- 
barazo que tuvieron la Inquisición y Audiencia de aquella ciudad en 
h iglesia mayor de ella, estándose celebrando las exequias funerales 
del sefior don Felipe I!., y habiendo procedido los inquisidores coú- 
oensuras contra la Audiencia, se propuso en ella por su fiscal el re- 
curso y se mandaron llevar Jos autos por via de fuerza, y vistos se 
declaró que la hacían los inquisidores, y se les mandó que repusie-* 
sen, y habiéndose despachado segunda provisión para que lo hicie- 
sen asi, se dio cuenta al sefior rey don Felipe III., que fué servido de 
mandar que los inquisidores.no conociesen ni procediesen masen 
aquel negocio y alzasen Jas censuras que Ijubiescn impuesto, y absoí- 



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469 nisTomu dk km^aüa. 

Tíesen acautela libremente á los que por aquella causa hubiesen es- 
comulgado» y que los inquisidores Blanco y Zapata compareciesen 
eaeataeórtey no saliesen de ella sm licencia de V. M.» de que se 
despacharon cédula^ reales en 2S de setiembre de aquel afio dd 98* 
Y en el afio de 1634» con motivo de unos excesos, del tribunal de 
Inquisición de Toledo, procedió el Consejo de Castilla en la misma 
forma, y habiéndose traído á ól los autos, se proveyó uno para que 
un clérigo notario del Santo Oficio fuese sacado de estos reinos y pri- 
vado délas temporalidades, y para que al inquisidor de Toledo quo 
residia en e^ta corte se le notificase que no procediese mas en aque- 
lla causa y se inhibiese de ella, con apercibimiento de pena de lastem- 
porairdades; y que el inquisidor mas antiguo del tribunal de Toledp 
compareciese eq esta corte, y habiéndose dado cuenta de esta resolu- 
ción á S. M., fué servido sin desaprobarlo de mandar que el Consejo 
en semejantes casos antes de usar del remedio de las fuerzas. lo pu- 
siese en su noticia. 

En el afio de 4639 la chancillería de Valladolid mandó sacar unas 
multas á lo» ioquisidores de aquella ciudad por los excesos con que 
habian procedido en unas controversias pendientes, y los inquisido- 
res, bien advertidos, no usaron de censuras y acudieron ¿ S. ]f.,por 
cuya orden se acomodó aquella dependencia. 

En el afio de 1682, habiéndose ofrecido otra controversia eatre 
la chancHlería de Granada y los inquisidores de aquella ciudad, dio 
cuenta la chaneillería al Consejo, y en él resolvió que á don Baltasar 
de Luarte, inquisidor mas antiguo de aquel tribunal, se le sacase de 
estos reinos de Castilla, y á don Bodrigo de Salazar, secretario del 
secreto de aquella Inquisición, se le sacase desterrado veinte leguas 
de Granada, cometiéndose la pronta ejecución de uno y otro al pré- 
ndente de aquella chancilleria;'y habiéndose consultádoá Y. M.esta 
resolución, fué servido de conformarse, para lo cual se despacharon 
provisiones, aunque por entonces no pudieron ejecutarse, porque 
asi el inquisidor como el secretario se retiraron adonde no se tuvo 
noticia de ellos en muchos meses, hasta que después Y. M. en real 
decreto de nueve de marzo de 4683, tuvo por bien mandar que el se- 
cretario volviese y que el inquisidor quedase desterrado de Granada^ 
declarando Y. M . que por esto no quedase perjudicada su regalía pa- 
ra usar de ella en los casos que conviniese al real servicio. 



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APEKDICB. 464 

Y en todas Jas reaolucionos qa» V. M. y loa sefiores reyes antece-^ 
Bores^ehan aeryido de tomar mandando por sus reales ordenes y de* 
cretos decisivos ejecutar algunas demostracíonescoando ha conveni- 
do así, para corregir los excesos de los inquisidores^ en ol uso de la 
jurisdicción, no es dudable quo se ha ejercido esta regalía y se ha 
obrado en conformidad de una ley de estos reinos, en que el conoei- 
mientpy enmienda de los excesos, impedimentos ó usurpaciones que 
contra la jurisdiecion real se hacen por los eclesiásticos, se reserva 
privativamente á la persona real, que por tan privilegiado é impor^ 
tante se ha considerado siempre este punte. 

Por lo tocante á estos reinos de Castilla, no se puede ofrecer difi- 
cultad ni reparo, en que al Consejo y Chanciliería se vuelva el conocí- 
miiento de las fuerzas, cuando los inquisidores procediesen con juris- 
dicción eclesiistica y con cpnsuras sin poderlo hacer; porque en estos 
reinos ninguna concordia ni ordenanza ha permitido á los inquisido- 
res el uso de las censuras para lo temporal; y asi és evidente el de* 
fecto de facultad y jurisdicción con que en esto proceden, y es mani- 
fiesta la fuerza que hacen. ^ 

Para los reinos de las indias procede la misma consideración, pues 
por la ordenanza del afio de 4563 y otras leyes y cédulas posterio- 
res está mandado que aquellas audiencias, en el conocimiento 'de las 
fuerzas, se arreglen aloque observan laschanclllerías deValladolidy 
Granada, conque la forma que se diere para estas habrá de tenerse 
en las otras; y alli no solo es igua(, pero superior la razón: pues, co- 
mo se ha dicho, está prohibido á los inquisidores eluso de las censu- 
ran contra los ministros, con quesera notoria la fuerza si las usasen. 

En Aragón es cierto que por fuero de aquel reino el aflo do 46^6, 
en que se estableció la forma y términos que habían de tener entre sí* 
la jurisdicción r^al y la de la inquisición, se permite que puedan los 
inquisidores valerse de la conjuras en caso qM por la jurisdicción 
real se contravenga á lo que dispone aquel fuero: pero en aquel rei* 
. no providentísimo en la conservación de sus derechos no se necesita 
de nuevas providencias; porque loé inquisidores esceden sus lími- 
tes, se usa indificultablementeel remedio de las firmase inhibiciones, 
con que se les corta los pasos cuando no van bien dirigidos. 

Bn los otros reinos de aquella corona se dio providencia, en las 
concordias del afio de 4568 del cardenal Espinosa y del afto de 4631 



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4€S aisToaiA db bspíSa. 

del cardenal Zapata, para que sin Uegarae á osar de la citación del 
. banco regio ni de la commioacion del bannimiento^ que son los reme** 
dios que allí corresponden al de las fuerzas de Castilla, se determi* 
aasen ó compuaiedeti por viade conferenciase en formalidad de com- 
petencias las contraversias de jurisdicción entre los inquisidores y 
jaeces reales, y aunque para esto se impusieron penaa pecuniarias y 
otras á los ministros de una y otra jurisdicción, que faltasen á la ob^ 
servencia de lo que alU se dispone, mostró después la esperiencia la 
gran dificultad y dilaciones que babia en practicar este remedio^ oca* 
alonando siempre por parte de los inquisidores los embarazos, y 
continuándose porla del juez los procedimientos; con que fué preciso^ 
siempre que los inquisidores rehusaban la conferencia, ó procedían 
contraviniendo ó apartándose de las concordias, ui^r el remedio de la 
citación al banco regio y otros consiguientes á él; lo cual afirman 
haberse practicado asi los escritores mas bien informados de aquellos 
estilos, y y^ no puede esto dudarse, por haberlo mandado aói el rey 
nuestro señor don Felipe IV. en réM cédula de % de junio de 4664, y 
V. M. en otra de 40 do abril de este afio se haservidode mandar que 
so observe y cumpla precisa y puntualmente, sin embargo de otras , 
enalesqnier órdenes anteriores ó posteriores que por los inquisidores 
se pretenda hacer en contrario: y asi en aquellos reinos tienen reme- 
4io8 bien proporcionados para los casos en que It Inquisición esceda 
usando de las censuras. 

Para el reino de Siciljia se necesita mas de especial providencia; 
porque alli, por capítulo de la concordia del año de 4580 no alterada 
en esto por las posteriores, no solo se concedió á los inquisidores el 
uso de las censuras en estas causas temporalea, pero se prohibió es* 
presamente al juez déla monarquía el conocimiento de este punto por 
vía de recorso y en otra forma y el poder dar absolución á instancia 
4é parte ni de oficio. 

Has como todo esto se ordenó con la declaración de que se hubie- 
se de entender y ejecutar por el tiempo que fuese la real voluntad, y 
no mas, habiendo mostrado la esperiencia los gravísimos daños que 
en perjuicio de la regalía y de aquellos vasallos produce esta forma» 
^ue pareció conveniente entonces, seráeonforme á toda razón y re*' 
^las de buen gobiorno mejorarle de modo que se ocurra á los incon- 
venientes que despoes se han reconocido, y mas cuando es tan noto- 



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APBKBIGB. 463 , 

TÍa á y. M« por las frecuentes carta? de los vireyes de Silicia y con«- 
sultas del Consejo de Italia la inobediencia y poca cuenta con que 
aquellos inquisidores tratan las concordias y órdenes que se han es- 
pedido para el mejor ejercicio deambas jurisdicciones, y especialmen- 
te lo que mira ¿ la determinación de las competencias, pues oi las ad-^ 
miten aunque se formen, ni las confetencias ñi juntas aunque se les 
ofrezca, ni remiten los autos al Consejo de Inquisición, para que aqui 
se vean con los que hubiere en Italia y se consulten, ni suspenden los 
procedimientos; conque si algunas personas se hallan escomulgadas á 
presas, se quedan en aquel estado y sin remedio, eternizándose estos 
embarazos, hasta que la fuerza de los inquisidores rinde á la razón 

. de los tribunales de V. M. y á ajusticia de sus vasallos. 

Y aunque en la concordia del afio de 4635 para remediar esto se 
erdenóque los ministros de una y otra jurisdicción, que ofreciéndose- 
les la conferencia y junta, no la aceptasen, incurriesen por la primera 
vez en la pena de quinientos ducados y porta segunda en suspensión 
de sus oficios, ni ha bastado esto ni puede llegar el caso de ejecutarse 
contra los inquisidores; por una parte siempre se rehusa la conferencia, 
porqne alli se dispone que para la ejecución de está pena, cuando in- 
currieren los inquisidores haya de dar comisión el inquisidor general 
y Consejo de Inquisición al Consejo de Italia ó i la persona que por él se 
nombrare: y asi, habiendo de proceder la declaración de estar in- 
oursosen la pena los inquisidores y la comisión del un Consejo al otro 
para convocarla, es tan dificultosa y dilatada la práctica de esto, que 
jamás llegó ni podra llegar á conseguirse» por lo cual parece á esta 
junta necesario que V. M. se sirva de mandar que, en baso que los 
inquisidores del reino de Sicilia proce<kn con censuras en Trusas 
temporales, puedan las personas que se sintieren de esto gravadas, 
recurrir al juez de la monarquía, eícual en estoá casos use de su ju- * 
risdiccion y ÍBCultades no obstante lo dispuesto en lasreferidascoocor- 
dias, que en cuanto á esto hayan de quedar espresamente derogadas. 
Nose necesita de discurrir medios para reprimir los procedimien* 

. ios de los inquisidores, y contenerlos en loslímitesjustes: tienen ya 
prevenido el modo las leyes dadas por V, M . á sus dominios: si V. Jf • 
manda que se ejecuten, no serán impuntuales sus efectos. Si el s^fior 
rey don Felipe li. hubiese imaginado que el suspender á sus tribuna- 
les las fuerzas de los inquisidores, se había de convertir en dar á loa 



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46^ IIISTOAIA DR ISSPaHa. 

inquisidores mas fuerza pera perturbar la jurisdicción real y moles- 
tar á sus vasallos, debemos creer que se hubiera prudentemente abs- 
tenido de esceptuar Wtribunales de la Inquisición de lo que no se 
. esceptúan los de todos los prelados y príncipes de la Iglesia, ni los 
nuncios y legados del papa: lo que obró entonces una piedad confía* 
da, podrá ahora mejorarlo una experiencia advertida. Sefior, este 
remedio de volver á los tribunales de Y. M. el conocimiento de las 
- fuerzas^ no solo con la limitación que ahora le propone esta junta para 
cuando esceden usando censuras en causas temporales, sino con la 
generalidad de todos los casos en que se practica con los demás jueces 
eclesiásticos, le ha consultado muchas veces significando se^r nece- 
sario el Consejo de Castilla; y espebialmeíite en consulta de 8 de oc- 
tubre de 4634, habiendo disjcurrido en los escesos de los inquisido- 
res, concluyó diciendo: «rpara cuyo remedio, y que la jurisdicción de 
y. M . tenga la autoridad que conviene á la puntual observancia de 
sus leyes y pragmáticas, y que las materias de gobierno y hacienda 
real corran con la igualdad y seguridad que deben sin el embarazo de 
tantos y tan poderosos privilegiados, importaría mucho dejase cono- 
cer V. K la jurisdicción real de las fuerzas, en todo lo que no fuese 
mataría de fé, porque no es justo ni jurídico que los privilegios secu* 
lares que ha concedido V. M. á la Inquisición y á sus ministros se ha- 
gan de corona, se defiendan con censuras teniendo excomulgado 
muchos meses á los corregidores, y empobreciendo á los particulares 
con la dilación de las competencias y de su decisión, en que cada día, 
y boy particularrmente, ve el Consejo con grande lástima padecer 
gente muy pobre siu poderla remediar, y esto mismo repitió éd con- 
sultas de 4634, 4669, y 4682: y en una representación llena de pru- 
dencia y de celo que hizo sobre esto el obispo de Valladolid, don 
'Francisco Gregorio de Pedresa, el afio de 4646, dijo al rey nuestro 
sefior^ don Felipe IV: «Es un dafio grande que el Consejo real permita 
imprimir libros, ni entrar defuera impresos sin examinar ni borrar lo 
que en esta materia van ^atendiendo los autores dependientes ó pre- 
tendientes de la Inquisición, pues llegan á estampar que la jurisdicción 
que V. M. fué servido de comunicar á los inquisidores pot* el tiempo 
de su voluntad no se la puede quitar sin su consentimiento, proposi- 
ción' á que casualmente no puede responderie, sino es viendo el 
mundo que V. M. 6-se la quita ó se la limita. : .^ 



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APÉNDICE. 46S 

El tercero punto, y qae es fundamental para evitar Ice continuos 
embarazos con los inqnisidpres y sus tribunales, consiste en dar asien- 
to fijo sobre las personas qué han de gozar del fuero de la Inquisición , 
y la regla qne en esto so ha de tener, moderando el desorden y rela« 
cton que hoy se tiene, por lo cual es necesario considerar tres gra- 
dos de personas, unas de los familiares, criados domésticos y comen- 
^les de los mismos inquisidores; otras de los familiares de la Santa 
nquisicion; otras de los oficiales y ministros titulares y^alariados. . 

Ed cuanto á los primeros, debe esta junta representar á V. M. que 
por los papeles que en ella se han reconocido parece que las mas 
frecuentes y reflidas controYersias que en todas partes se ofrecen con 
los tribunales de la Inquisición y las justicias reales, son originada» ' 
de este género de personas adherentesá los inquisidores, que muy sin 
razón están persuadidos de que gozan de todo el fuero activo y pasivo 
que pueden pretender ellos mismos, y sobre este desacertado supues- 
to, si á un cochero ó lacayo de un inquisidor se le hace por cualquier 
causa la mas leye ofensa aunque sea verbal, si á un comprador ó cria- 
da suya no se le da todo lo mejor de cuanto públicamente se vende, ó 
se tarda eñ dárselo, 6 se le dice alguna palabra menos compuesta, 
|Uego los inquuidores ponen mano á los mandamientos, prisiones y 
censuras, y como las justicias de V. M. no pueden omitir la defensa 
de su jurisdicción, ni permitir que aquellos subditos suyos sean mo- 
lestados por otra,mano, ni llevados á otrojuicio, de aqni se ocasionan 
y fomentan disensiones que han llegado muchas veces á los mayores 
escándalos en todos los reinos de V. M. 

En los de Castilla no tienen los inquisidores razón ni fundamento > 
para pretender esto, pues seguramente puede afirmarse qu^ ni hay 
disposición canónica ni civil que tal les conceda , de lo cuál tenemos 
dos/declaraciones irrefragables; la primera fué de los seflores Reyes 
Católicos en el afio 4604, dirigida al abad de Valladolid don Fernando 
Enriquez, el cual pretendía que so remitiesen para conocer de ellos 
unos criados suyospresos por la justicia ordinaria, y en la real cédula 
que sobre esto se lo despachó , se le dice asi: cE agora dis que se 
querían escusar ó aafvar diciendo que son vuestros familiares, e so- 
mos de ello maravillado, porque allende que de de^echo no gozan 
por vuestros familiares, no debíades vos favoreeerloi.r^ La otra y bien 
'expresa se halla en una de las notas de la recopilación de las leyes de 
Tomo xvii. - 30 



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166 ui$TomiA VE bspaSa. 

Castilla que dice: «Los familiares de los obispos y prelados no gozan 
del priYileglo del fuero;» y en esta conformidad se despacharon rea* 
les cédulas á las chancillertas que están entre sus ordenanzas, y asi 
se observa por todos los tribunales. « "^ 

Recurren los inquisidores destituidos del derecho propio á valerse 
del de los obispos, los cuales eran inquisidores «i^tes de la nueva ins- 
titución del Santo Oficio, y han querido fundaren lardos y prolijos es- 
critos que á los obispas tocaba este conocimiento y que por esto les 

. toca á ellos como subrogados en su lugar y oficio, pero es de ningún 
provecho para su intento este recurso, porque también no hay canon 
ni decreto que les diese tal privilegio á los familiares de los obispos, 
ni á ellos tal conocimiento; y una decretal de Honorio III que alegan y- 
en que principalmente se fundan, solamente refiere la duda que sobre 
esto se propuso á aquel pontífice y que la remitió á j ueces delegados 
para aquella causa, cuya determinación ni aquel testo la dice ni hasta 
ahora se sabe, y aunque algunos autores ^ue han escrito con afecto á 
la Inquisición ó á.estender el fuero eclesiástico se han inclinado á esta 
opinión, lo cierto y seguro es lo que dispone el santo concibo, en que 
feformándose el uso antiguo de que los seglares ordenándose de nre- 
ñores órdenes gozasen del fuero eclesiástico, se definió que para go- 
zarle no teniendo beneficio hubiesen de^tener precisamente -los otros 
requisitos dp hábito clerical, corona y asignación á Iglesia, sin que 
de otro modo, aun siendo cUrigos, se eximiesen déla jurisdicción or- 
dinaria: sobre este sólido fundamento apoyan los mas doctos teólogos 
y graves escritores y mas religiosos la resolución de que ni los cria- 
dos de los obispos gozaron, ni los de loa^ inquisidores gozan este fuero; 

' y aun los que han sido de la opinión contraria lo dicen anU>igua y du- 
dosamente, refiriéndose siempre á las costumbres de los reinos y pro- 
vincias, y asi en Castilla no tienen los inquisidores mas motivo que el 
de su deseo, y esto mismo se «ntlende sin diferencia para los reinos 
de las Indias. 

En Aragón, per capítulo de las cortes del año de 4 6 ^6, se concedió 
á los criados comensales de los titulares oficiales y asalariados de la ' 
Inquisición, cuyo número alli se redujo á veinte y tres personas, que 
gozasen del fuero pasivamente en las causas crimínales, esceptaando 
algunas de mayor gravedad; pero en aquel reino es menor incon- 
veniente, asi poi(, reducirse esto á poco número de personas, como 



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Gopgle 



APÉNDICE. 467 

porque es fácil y practicado e] remedio si escediesen los inquisi- 
dores. ^ 

En Yaiencif, por la concordia y cédula real del año de 4568^ go- 
zan también \th criados y familiares de los inquisidores y oficiales sa- 
lariados del fuero pasivo, y en Gatalufia por la concordia del mismo 
a fio corre esto en la misma forma. 

En Sicilia tiene esto mas ostensión, porque en la concordia del 
afio 4580 ae concedió indistintamente el fuero del Santo' Olicio, no 
solo para las familias de los inquisidores, sino también á las de los 
ofioiflles y ministros de su tribunal, y á'su^ tenientes y las suyas, 
aunque después en la» concordias de losafios de 1597 y 4634, se de- 
claró el modo de entender esta generalidad moderándola á los yer- 
daderos comensales. 

Con esta diferencia se practica esta exención de las familias d^los 
inquisidores; siendo cierto que en los reinos donde la gozan, ba sido 
por concesiones reales, en que revocable yprecariarúente se ha per- 
mitido á los inquisidores esta jurisdicción tén^poral en sus domésti- 
cos Y adherentes, y dependiendo absolutamente del real arbitrio de 
V. M . 'el revocársela, parece á esta junt^ justo, conveniente y preci- 
so que V. M. se la revoque, y que las familias, criados, adherentes y 
comensales 'de los inquisidores y de los oficios titulares y salariados 
de Ja Inquisición, no gocen de este fuero privilegiado en causas cri- 
minales ni civiles, activa ni pasivamente : este privilegio ni conduce 
ni importa aun remotisimamente á la autoridad de la loquisieion ni 
i su mejor ejercicio: ha sido y es principio de escandalosísimos casos 
en que se han visto demostraciones agenas de la circunspección de 
los inquisidores y aun de kt decencia de las personas, estirQacíon su- 
ya será apartarlos este riesgo en que tantas veces ha peligrado y 
padecido la opinión de'su integridad, y entnendar en los dominios 
de V. M. este abuso de que con la librea de un inquisidor se adquie- 
ra un carácter y una inmunidad que ni tema ni respete á las justi- 
cias reales, y que se vean en implacable lid las jurisdicciones por este 
fuero de adherencia no conocido en las leyes y mal usado para es- 
torbo de la justicia. 

En los familiares del Santo Oficio también hay variedad, porque 
en estos reinos y los de Indias no gozan del fuero en causas civiles, 
sino tan solamente en las criminales, con la esencion de'algunos'ca- 



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468 msTOliiA i>B b9pa(Ia. 

sos. En Aragoa se observa esto mismo de ias cortes del año de 16^6: 
ea Valencia, Catalaóa, Cerdeña y Mallorca, gozan del fuero pasivo en 
lo civil y en lo ciiminal también con algunas escepciones, y asi tam- 
bién en Sicilia. Todo esto no tiene inconveniente que corra en la mis- 
ma forma y s|n novedad, porque en jas concordias en que se lee ha 
permitido e) fuero en lo civil, se esceptuan los casos en que no le 
deben gozar, y s^ previene el número de familiares que ha de haber 
en cada parte, y las circunstancias que han de concurrir en sus per- 
sonas y forma de sus nombramientos, y arreglándose los inquisido- 
res á estas disposiciones, y estando cuidadosos los ministros de Y. If« 
sobre que lasx)bserven, no se necesita de nueva providencia y baeta- 
rá que V. M. se sirva de mandárselo á unes y á otros para que estén - 
mas advertidos. So[o para Mallorca, donde no bay concordia ni otra 
disposición en que se prefiere el número de los íamilirres que ,dehe 
haber en aquel reino, con que se da ocasión para que lo sean como 
actualmente lo son los que componen la mayor y mejor parte, exi- 
miendo por este medio de la jurisdicción real y causando muchos y ^ 
graves Inconvenientes, será bien que Y. M. se sirva de mandar que 
en aquel reino se modefe el número de los familiares, arreglándose 
en todo á la forma dada en la'conccrdia del cardenal Espinosa. 

Sobre los oficiales y ministros titulares y salaríactos es bien me- 
nester mas remedio, porque no hablando de ellos ni comprendién- 
^dolos las concordias de estos reinos y de las Indias, ni podiendo por 
las de Gatalufia, Valencia, Cerdefia y Sicilia gozar en lo criminal y ci- 
vil mas fuero que el pasivo, pues solamente en Aragón se les conce- 
dió el activo por el capítulo de cortes; pretenden absolutamente en , 
todas partes este fuero, y sin mas título ni razón que la facilidad que 
hallan en los inquisidores para defender sos pretensiones con todo el 
rigor de las censuras, interesándose en esto la ostensión de su juris- 
dicción, llevan á sus tribunales todos los negocios criminales ó civiles en 
que tienen ó pretenden tener cualquier interés activa ó pasivamente: 
privilegio tan exorbitante que escede á la inmunidad del estado 
eclesiástico: esto ofende únicamente á la jurisdicción real, y es in-^ 
tolerable perjuicio de los vasallos, y asi parece á esta junta que V. M. 
se sirva de mandar que estos ministros titulares y salariados de cual- 
quier grado que sean, gocen solamente en lo pasivo, civil y criminal 
el fuero de la Inquisición, asi en los reinos de Castilla y las Indias^ 



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AFEHDICB. 469 

como en Gatalulia, ^Valencia, Gerdefia, Mallorca y Sicilia, esceptuan- 
do solamente á Aragón por la especial disposición que alli está dada 
en cortes, y qne esto se entienda con que en lo criminal no hayan 
de jgoxar en aquellos casos y delitos qaé en las concordias de todos los 
reinos referidos se es<^ptQaaén para con los familiares, y qae en lo 
cíyíI 30 esceptuen las causaa y pleitos sobre mayorazgos y vínculos 
y sobre bienes inmuebles y raices, asi en la propiedad como en pose- 
sión, los juicios universales de pleitos y concursos de acreedores, las 
particiones y divisiones de herencias, loa discernimientos de tutelas, 
' curadorías y administraciones, y las cuentas y dependencias de todo 
esto, quedando el conocimiento en'estos casos, enteramente y sin 
embarazo á las justicias ordinarias; y para los reinos fuera de los de 
Caatilla, y donde por concordia ylcostnmbre estuviere asentado ó in- 
troducido que los familiares gocen del fuero pasivo en lo civil se po- 
drá mandar si Y. M. fuere servido, que todas las limitaciones preve- 
nidas con ellos se entiendan también con los oficiales y ministros 
. titulares y salariados, para que gocen como los familiares y no mas. 
Esto se conforma con lo que ordenan las leyes, con lo que dicta la 
razón y con lo que pide la buena distribución de las jurisdicciones. 

El cuarto punto se reducirá á algunas prevenciones importantes 
para eortar las dilaciones qde suelen ofrecerse, procuradas siempre ó 
afectadas per los inquisidores en las determinaciones de las competen- 
cias, en que suelen pasar alios sin llegar el casode decidirse, con des- 
consuelo de los que se hallan escomulgados ó presos y sin modo para 
conseguir absolución ósoltura, y esto sucede en los casos en que los 
inquisidores se hallan menos asistidos de justicia para fundar su ju- 
risdicción \ 

Sigue la ¡Unta aconsejando y proponiendo á S. M. la nveva for- 
ma que 86 debe emplear para estos procedimientos , y para corregir 
los abusos de que se lamenta, en Caslillaf en Aragón, en Valencia, 
en CofalttfUi.Vn Cerd^ia^ en Mallorca, en Sicilia y en los reinos de 
Indias f según las piréunsiantiiu particulares en que se encontraba 
cada uno de eftós paises , y concluye: 

Sefior: reconoce esta junta que á las desproporciones que ejecutan 
los tribunales del Santo Oficio corresponderían bien resoluciones ma^ 



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470 uisTORU DB bspaSa. 

vigorosas: tiene V. M. may presentes las noticias que de mucho tiem* 
po á esta parte han llegado y no cesan de las novedades que en todos 
los dominios de V. U. intentan y ejecutan los inquisidores, y de la' 
trabajosa agitación en que tienen á los ministros reales: ¿qué incon- 
venientes no han podido producir los casos de Cartagena de las Indias» 
Méjico y la Puebla^ y los cercanos de Barcelona, y Zaragoza, si la vi« 
gilantísima atención de Y. M. no hubiera ocurrido .con tempestivas 
providencias? y aun no desisten los inquisidores pdrque están ya tan 
acostumbrados á gozar de la tolerancia, que se les ha olvidado la obe- 
diencia. Tocará á los tribunales por donde pasan aquellos pasos parti» 
cuiares y representando á V. Bl. sobre ellos ló que sea mas de su 
real servicio: á esta junta parece, por lo que V. M, se ha servido co- 
meterla, que satisíace á su pblígacíon proponiendo' estos cuatro pun- 
tos generales: Que la Inquisición en las causa? tedíporales no proceda 
con censuras: que si lo hiciere, usen los tribunales de V. M . para re- 
primirlo el remedio de las fuerzas: que se modere el privilegio del 
fuero en los ministros y familiares de la Inquisición, y en las familias 
de los inquisidores: que se dé £orma prepisa á la mas breve expedi- 
ción de las competencias^ Esto será mandar Y. M. en lo que es todo 
suyo, restablecer sus regalías, componer el uso de las jurisdiccionesi 
redimir de intolerables opresiones á los vasallos, y aumentarla auto- 
ridad de la Inquisición, pues nunca será mas respetada que cuando se 
yea mas contenida en su sagrado instituto, creciendo su curso con lo 
que ahora se derrama sóbrelas márgenes, y convirtiendo á los nego- 
cios de la fé su cuidado, y á los enemigos de la Religión su severidad. 
Este será el ejercicio perpetuo del Santo Oficio; santo y saludable 
cauterio, que aplicado adonde hay llaga la sana, pero donde ñola hay 
la ocasiona. 

El conde de Frigiliana dijo, que sirviéndose Y. M. en el real decre- 
to expedido para la formación de esta junta de mandar se trato en 
ella de todos los escesos de la Inquisición, asi en materias de juris- 
dicción como en su3.prívilegios, y siendo punto tan considerable el 
del Fisco, el cual tiene entendido el conde ser de Y. M., conformán- 
dose á estolasreales órdenes, que siendo virey de Yalencia tuvo para 
poner cobro en el Fisco de la Inquisición ¿e aquel reino, cuyo efecto 
no pudo conseguir: seria de dictamen que se hiciese memoria á Y. M. 
de lo tocante á esto y de su importancia, por si Y. M. fuese servido 



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APÉNDICE. 471 

de que sin gaspendér las resolaqiones qae la junta lleva consultadas 
sobre las demás proTÍdenciás, se examinase y apurase de una vez 
donde V. M. se sirviese de ordenar: si la Inquisición tiene ó no este 
privilo^o de no dar cuenta de los caudales que eptran en aquel Fis- 
co, pues la obligación de mantener aquellos tribunales parece que se 
halla ya satisfecha sobre el dote que tienen asignado en jas preben- 
das de las iglesias, con el de tantas haciendas raices que por.razon de 
confiscaciones poseen, y tantos censos y juros adquiridos ó impues- 
tos con caudales confiscados, y esta representación parece al conde 
mas conveniente para que los inquisidores no aleguen otro dia, que 
el no haberse hecho en esta junta ha sido reconocer ó aprobar el de- 
recho que suponen tener á otros. 

A lá junta pareció que el reahdecreto d^ V. M. no comprende este 
punto, ni mas que las materias jurisdiccionales^ por lo cual no pasa á 
discurrir en esto. V. M. mandará lo que fuere servido. 

Madrid 24 de mayo de 4696. 



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mm DEL TONO XVIK 

PARTE TERCERA 

IM»AD MODBBniA. 

DÓxMINAaON DB LA CASA DE AUSTRIA. 



LIBRO y. 

REINADO DE CARIAS lí. 

CAPITULO r. 

PROCLAMACIÓN DE CARLOS: 



•«1665*4668. 



Carácter de la reina doña Mariana.— Elevación de su 
coDfegor.— Disgusto público.— Primeras disidencias 
entre don Joan de Austria y el padre Níthard.— La 

^ gaeirra con Portogal. — Malhadada situación de 
atiuella corte y de aque) reino.— Negodiaciones de 

faz.--Parte que en ellas toman la Inglaterra y la 
rancia.-»Pax entre Portugal y Espan^.— Eíjcénda- 
r *°w ^^^^^ **® Lisboa.— Destronamiento de Al- 
fonso VL, y regencia de su hermano don Pedro.— 



píoina». 



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474 OlStOElA DB bspaHa. 



PAGINAS. 



Guerra de Flandes movida por Luis XIV.— Rápidas 
conquistas del francés.— Triple alianza de Ingl/i- 
Ierra, Holanda y Suecia para detener sos progre- 
sos.— Condiciones de paz inadmisibles para Espa- 
ña .—-Apodérase el francés del Franco-Condado. — 
Preparativos de España para aquella guerra.— Con- 
grego de plenipotenciarios para tratar de la paz. — 
Paz de Aquisgram De 5 á 49. 



CAPITULO II. 
DON JUAN DE AUSTRIA Y EL PADRE NITHARD. 
. »eM668 * 4670. 



Causas de las desavenencias entre estos dos persona- 

§08. — Prisión y suplicio de Malladas. — lúdignacion 
e don Juan contra el confesor de la reina.— Se 
intenta prender á don Juan.— Fúgaáe de Consue- 
gra.— Carta que dejó escrita á S. M.-rConsulta de 
la reina al Consejo sobreesté asunto, y so respues- 
ta. — Sátiras y libelos que se escribían y circula- 
ban. — Partido austríaco y partido nithardista.— 
Don Juan de Austria en Barcelona. — Conteatado-* 
nos con la reina.^Acércase don Juan á Madrid con 
gente armada.— Alarma y confusión de la corte.— 
enemiga contra el padre Nitbard. — Carta notable 
' de un jesuit^.-vSale el confesor de la corte.— In- 
sultos en las calles. — Nuevas exigencias de don 
Juan de Austria. — ^Transíjese con sus peticiones. — 
Creación de la Guardia Chamberga en Madrid. 
-«Oposición que i^uscita.— Nuevas quejas de don 
Juan.— Agitación en la corte.— Es nombrado el de 
Austria virey de Aragón y va á Zaragoza. — ^Estra- 
ñeza que causa el nombramiento. — El padre Ni- 
tnard en Roma.— Obtiene el capelo. — ^Enfermedad 
peligrosa del rey.— Recobra su salud con general 
satisfacción ' De tO á 40* 



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CAPITULO III. 
GUERRA DE LUIS XIV. 
CONTRA ESPAÑA, HOLANDA Y EL IMPERIO. 
De 4670 * 1678. 

Consigue La ¡8 XIV. disolver la triple alianza .<^Pro- " " 

yecta , subyugar la Holanda.— Busca la república 
otros aliados. — ^Declaración áe guerra del francés. 
-—Manifiestos de Luis do Francia y de Carlos de lo^ 

Slaterra .^Situación de los holandeses. — Auxilios 
e EspajSa ?-^El príncipe de Orange y ei conde de 

, Monterrey. — Sitio de Maestrick.— Confederación 
de España, Holanda y el Imperio contra la Fran- 
cia. — Conferencias en Colonia para tratar de paz. — ^ 
No tienen resultado. — Goerra en Flandes, en -^lo- 
pania y en el Roselloo. — ^Apodérase Lnis\iV. del 
Franco-Condado.-^ Memora ble bataJla de Seneff 
entre los príncipes de Conde y de*Orapge. — El ma- - 
riscal de Turena en Alemania.— Campaña do 467^ 
en el Rosellon.— Triunfo del virey de Cataluña du- 
que de San Germán sobre el franc4s Schomberg.^ 
Hazañas de los miqaeletos catalanes. — Dcsventajns 
de los españoles en la guerra de Cataluña de 1675. 
— Los franceses en el Ampurdan. — Toman parte e^ 
la guerra otras potencias. — Progresos de los fran- 
ceses- ea los Paises Bajos. — Notable campaña do 
Ture na y Montecucullien Alemania.— Muerte de ' 
Turena. — Conferencias en Nimcga para la paz.— 

^ Nuevos triunfos^ conquistas'deLuis XiV. en Flan- 
des, 4676.— >Guerra de Cataluña. — Los francesesen 
,Figu eras.— Empeño inútil por destruir los mí^ue- 
letes.— Pérdidas lamentables de nuestro ejérci- 
to, 1677.— Apodéranse los franceses de Pnigcer- 
dá, 1678.— Bravura de don Sancho Miranda.— ¡npc- >, ^ 

cion del conde de Monterrey. — Conquista Luis XIV. 
las mejores plazas de Flandes.— Nuevo tratado en- 
tre Inglaterra, Holanda y España,— Misteriosa y 
formidable campaña de Luis XIV.— Ataca y loma 
muchas plazas simultáneamente.— Recíbese lano- 
ircia de la paz en el «itio .de Mons Dd 44 i 77 



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CAPITULO IV. 
REBEUON DE MESSINA. 
*• ••1674 a 1678. 



pXginas* 



causa y principio de la rebelión.— Medidas del virey 
para sofocarla.— >Protecc¡oD y socorro de los fran* 
ceses áTos snblevados.'^yan tropas de Cataluña 
contra ellos.— Beconocen los rebeldes por soberano 
¿ Luis XIV. de Francia.— Don Juan de Austria se 
niega á embarcarse para Sicilia.— Armada holande- 
sa y española.— Buy ter.— Combates de la esonadra 
aliada contra la francesa.— Muerte de Buyter. — 
'Destrucción de la armada holaildesa y espafiola. 
—Nuevos esfuerzos de Bspafia.— Odio de los sici- 
lianos á los franceses.— Declaración de Inglaterra 
contra la dominación francesa en Messina.— Betira 
Luis XIV. sus naves y sis tropas de Sicilia.— Tér- " 

mino de la rebelion.->-Rigor en los castigos de los 
rebeldes ^ De 78 á 87. 



CAPITULO V. 

LA PAZ DE NIMEGA. 
1678. 



Lentitud de los plenipotenoiarios en concurrir al Con- 

Sreso. — ínteres de cada uacien en la continuación 
e la guerra. — Mediación del re^ de Inglaterra pa- 
ra la paz.-^onducta interesada, incierta y vacilan- 
te del monarca inglés^— Exigencias de Luis XIV.— 
. Correspondencia aiplomátíca sobre las condiciones 
de la paz. —Matrimonio del príncipe de Orange con 
la princesa Murta de Inglaterra.— Alianza entre lo- 
glatrerra y H olaiída á consecuencia de este ^nla- . 



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iilDiCB. 477 , 

PAfílNAS. 

ce.— Naevas negociacioiies entre Carlos y Lois.— 
Paz entre Luis xIV. y las Proviocias Unidas.— Que- 
jas y desaprobación de las damas pot^noias.-*Re- 
sentimieoto del inglés.— Tratado de paz entre Fran- 
cia y Esptafia.— Sus principales capítulos.— Tratado . 
de Francia con el Imperio. — Conclusión de la guer- 
ra .-*Reflex iones. De 88 á 40t 



CAPITULO VI. 

PRIVANZA Y caída DE VALENZUELA. 

¿•1670*1677. 



Gomoso introdujo on palacio.^Sus relaciones con el 
P. Nitbdrd.— Ca$a con la camarista querida do la 
reina .^Seryicios que hizo al confesor en sus disi- 
dencias con don Juan 'de Austria. — Conferencias se- 
cretas con la reina después de la salida del inquisi- 
dor. — Llamante el duende de palacio, y por qué.— *- 
Progresa en la privanza. — ^Émulos y enemigos que 
suscita.— Murmuraciones en la oórte. — ^Entretiene 
Valenzoela al pueblo con diversiones, y ocupa los 
brazos en obras públicas.— Sátiras sangrientas con- 
tra la reina y el privado. — Conspiración de sus ene- 
migos p^ra traer á la corte á don Juan de Austria. 
—Entra Carlos II. en su mayor edad.— Viene don 
Juan de Austria á Madrid.— Hácele la reina volver- 
se á Aragón. — Destierros.— Dése á Valenzuela los " 
títulos de marqués de Villasíerra, embajador de 
yenecia y grande de Espáfia. — Apogeo de su vali-^ 
miento.— Confederación y compromiso de los gran- 
des de España contra la Toina y el privado.— Favo- 
rece Aragón á don Juan de Austria.— Viene don 
Juan otra vez ¿ la corte, llamado por el rey.— Fú- 
gase Valenzuela.— El rey se escapa de noche de 
palacio.y se va al Bueo-Hétiro. — Ruidosa prisión de 
Valenzuela en el Escorial.— Notables circunstancias 
de este suceso. — Decreto exbonerándole de todos 
los honores y caraos.— Va preso á Consuegra y es 
desterrado á Filipinas.— Desgraciada suerte de su 
esposa y familia.— Miserable conducta del rey en 
éste suceso De 103 á 432 



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CAPITULO VIL 
GOBIERNO DE DON JUAN DE AUSTRIA. ' . 
»e 1677 * 1680. 

PlGINAfl. 



Esperanzas desvanecidas. — AlbÍTezdel príncipe.— ^u 
espirita de venganza^^Destierros.— Desorden en 
la administración.— Disgusto del pueblo.— Ocúpase 
don Juan en cosas frivolas.— Descontento de los 
grandes.— Traían estos con la reina madre.— Re- 
celos é inquietud de don Juan.— Lleva al rey á las 
Cortes de Zaragoza.— Descuida don Juan los nego- 
cios de la guerra. — Sátiras y pasquines contra el 
ministro.- Trátase de cagar al rey Carlos.— Miras 
que se atribuían á don luán. — Conciértase el ma- , 
trimonio del rey coi) la princesa Marfa Luisa de 
Borbon .^Decaimiento de la privanza de don Juan 
de Austria.— Pierde la salud. -r Muerte de dop 
Juan.— Vuelve la reina madre á Madrid.-rPrepa- 
rativos para las bodas reates. —Recibimiento de la 
reina en el Bidasoa. — Va el reyú Burgos á espe- . 
rar á su esposa. — Ratifícase el matrimonio en Qujn- 
tanapalla. — Viage de los reyes. — Llegan al Buen 
Retiro. — Entrada solemne en Madrid. — Alegría' del . 
pueblo.— Fiestas y regocijos públicoó De 433 á 455. 



CAPITULO VIII. 

MINISTERIO DEL DUQUE DE MEDINACBLI. 

De 1680 A 1685. 

Aspirantes al puesto de primer minislro.— Partidos 
que se formaron en la corte.— Trabajos del confe- 
sor y de la camarera. — Indecisión del rey.— Da el ' 
ministerio al de Medinaceli.— Males v apuros del 
reino.— Alborotos en la corte.— Célebre y famoso 



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IRDIGB. , 479 

PJOINAS* 

auto g$neral4e fé ejecnMo en la plaza de üa-^ 
drid. — Desgracias y calamidades dentro de Eapa- 
fia.— Pretensiones de Luis XIV. sobre naesiros do- 
minios de Flandes. — Gaerr a con Francia en Gata- 
lafia y en los Países Bajo8.--^Gloriosa defensa de - 
Gerona.— Pérdida de Luxembargo.— Tregua de 
veinte afios humillante paraEspafia. — Genova com- 
batida por una escuadra francesa . -^Man ti ónese bajo 
el protectorado español. — ^Rivalidades ó intrigas en 
la corte de Madrid.— La reina madre; el ministro; 
la camarera; otros personages. — Caida dal confe- 
sor Fray Francisco Relnz. — Retírase la camarera, v 
— ^Reemplazo en estos cargos. — Situación lastimosa 
del reino,— Caida y destierro del duque de Medina^ 
ceIi.-*-Sacédele el conde de Oropesa. De 456 á 4 ¿'5. 



CAPITULO IX. 

MINISTERIO DEL CONDE DE OROPESA. 

••4685 A 1691. 



Reformas económicas emprendidas por el de Orope- 
sa.— Trabajos diplomáticos. — Confederación de al- 
gunas potencias contra Luís ICIV. — ^La Liga de 
Augsburg.— Penetran las tropas francesas en Ale- 
mania. — Revolución de Inglaterra.— Destronamien- 
to de Jacobo H. — Coronación de Guillermo, príncipe 
de Orange. — Conquistas del francés en Alemania. 
—Armamentos en Espafia.— Muerte de la reina Ma- 

. ría Luisa.— Segundas nupcias de Carlos II.— Decla- 
ración de guerra entre la Francia y los confedera- 
dos. — Campaña de Flañdes^-^-Célebre batalla de 
Pleurus.— Sitio y rendición de Mons.— Campaña del 
francés en el Rhm. — ^Idemen Italia.— Apodérase el 
francés de la Saboy a. —Campaña de Cataluña.- El 
duque de Noailles toma i Camprodon.— Recóbranla 
los españoles.— Piérdese Urgél .—Bomba rdea el fran- 

I eésá Barcelona, y se retira.— Gobierno del eonde. 
de Oropesa.— El marqués de los Velez superinten- 
dente de Hacienda.— Escandalosa grangería de los 
empleos.— Disgusto y murmuración deí pueblo.— 



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480 flISTOEU DI BSPAffA. 



p/OOfA». 



Trabajos y manejos para derribar al miAistro Oro- 
pesa.— La reina; el confesor; el presidente de Gas^ 
tilla; el secretario Lira.— Chismes en palacio.— •Con- 
ducta miserable de Garlos IL— Caida del conde de 
Oropesa.— Nombramiento de nuevos consejeros. . De 186 á S49 • 

CAPITULO X. 
LA CORTE Y EL GOBIERNO DE CARLOS II. 

»• 1691 é 169?: 

* 

Influencias qae quedaron rodeando al rey.-— La reina 
y sos confidentes, la Berlips y el Cojo. — El conde ^ 

V de Baños y don Juan de Angolo.-*lnmoral¡dad y 
degradación.— Escandalosos nombramientos para 
los altos empleos.— La Junta Magoa.—Debilidad 
del rey.— Busca el acierto y se confunde mas.— Lu- 
cb^ de rivalidades y envidias entre los palaciegos. 
— PrivaiTuí del duaue de Hontalto.— Peregrina di- 
visión que hace del reino.— Monstfoosa Junta de 
tenientes generales.— Medidas ruinosas de admi- 
nistración.— Contribución tiránica de sangre.— Re- 
sultados desastrosos de ests^s medidas*--%arenoia 
absoluta de recursos.— ¡-Suspensión de todos los pa- 
gos.— Estado miserable de la monarquía.- Vigorosa 
representación del cardenal F^ortocarrero al rey. — 
Célebre consulta de una Junta sobre abusos del 
poder inquisitorial. — ^Vislúmbrase el período de su 
decadencia .^ De Ií20á f4t. 

CAPITULO XL 
GUERRA CON FRANCIA. 

PASDERISWIK. 

••1692*1697. 

Campaña de Flandes.— .Vsiste LtiisvXIV. en personV 
al sitio y conquista de Namur.— Derrota Luxern- 
bar¿ á ios aliados en Steinkerque.— Desastre de la 
armada francesa en la Hogqe.— Célebre triunfo del 



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índice. 481 

PAGINAS. 



ejército francés en Neerwíode.—Victorm nava] del 
almiranterToaryUle.— Muerte de Lnxenibarg: su- 
cédele Villeroy.— Recobran los aliados á Namur.— 
Campaflas de Italia.—Triunfos de Gatinat«~Trata- 
do particular entre Luis XIY. y el duque de Sabo- 
ya.— Campañas de Cataluña.— Vireinato del duque 
de Medinasidonia.— Piérdese la plaza de Rosas.— 
Vireinato del marqués de Yillena.— Derrota de los 
españolea orillas delTer. — ^Prérdeose Gerona, Hos- 
tafrich y otras plazas* — Vireinato del marqués de 
Gastañaga.— Proezas de los miqueletes. — Recibe 

Srandes refuerzos el ejército español. — Es derrota- 
o orinas del Tordera. — Vireinato de don Francis*- 
co de Velasco.— Sitio7 ataque de Barcelona por \o9 
franceses.— Flojedad y cobardía del virey.— Ardor 
de los catalanes. — Barcelona se rinde y entrega al 
duque de Vendóme.— Tratos y ne£[ociacione3 para 
la paz general. — Capítulos y condiciones de la paz 
de Riswick. — Desconfianza de que descanse la Euro- 
pa de tantas guerras — Obieto y miras del francés 
en el tratado de paz de Riswick De 143 á 165. 



CAPITULO XII. 

CUESTIÓN DE SUCESIÓN. 

»e1694 * 4699. 



Fufadados temores de que faltara sucesión directa al 
trono de España á la muerte de Carlos II.— Partidos 
que se formaron en la corte con motivo de la cues- 
tión de sucesión. — Consultase informes de los Con-^ 
sejos.— Dictámenes y votos particulares notables. 
— Estado de la cuestión desnues de la paz de Ris- 
wick. — Trabajos de los embajadores austriaco y 
francés en la corte de España.— Pretendientes á )a 
corona de Castilla, y títulos y derechos que ale- 
aba cada uno.— Cuales eran los principalea.— Par- 
tido dominante en Madrid en favor del austriaco.— 
Hábil política del embajador francés para deshacer*- 
le.— >Mvidas y promesas.— Gana terreno el partido 
de Francia .-Vacilación de la teina.— Retírase dis- 
gustado el embajador alemán.— Muda de partido el 

Tomo xvii. 3f 



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48S UrSTOIlIA DE ESPAJÜA. 



píoinas. 



eardenal Portoe9rrero.^B4 separado ei coaftaor 
^ Maulla.— Reempíázalfa Fr- fT9lm Díaz.— Vuelva al 
conde de Oropeaa^ >• eórte.*— Declárase por el 
príncipe de Ba viera»— Célebre traUdo para el re* 
partimiento de fispafia entre varías potencias. — 
Enojo del em parador. —Indignación de los espadó- 
les.— Protestasenérgicas.— Nombra Garlos II. SQce- 
sor al príncipe de Baviera.^-llttefeel prínoipeelec* 
io.— NaflTO aspecto de ia cuestión.— Motín en Ma- 
drid.— Peligro que corrió el de Oropesa.— Gémo so 
aplacó él tum o Uo.— Destierro de Oropesa y del al* 
* mirante.— Qnedau dominando Portocarrero y ti 
partido francés. . DeUSá t9S. 



CAPITULO XflI. 

LOS HECHIZOS DEL. REY, 
»• 1698*1700. 



Lo que dio ocasión á sospechar qne estaba hechiza* 
'do. — Sus padecimientos físicos, su conducta.— Co- 
bra cuerpo la especie de los bechizos.^^El inquisi- 
dor general Rocaberti, y el confesor Fr. Proilan 
Diaz. — Su correspondencia con el vicario de las 
monjas de Cangas en Asturias.-^Monjas enérgume- 
nas.^Conjuros: respuestas de los malos espíritus ^ 
sobre los bechiaosdd rey.n^elactonea estravagvia- 
tes.-^Sufrimienloe as Garlos.— Muevas retelaoiopes 
de unos endemoniados de Viana sobre l<i» httcliicos 
del rey .—Viene de Alemania un famoso exorciaU á 
conjurarle.— >Indagaoiooes que se hioieroa de otras 
energúmenas en Ifadríd.^Quiánes jugaban en es- ' 
tos ^n rodos.— Nómbrsse iaifuisidor general al car* 
denal Córdoba.— -Muere casi de repente.— Socédele 
el obispo de Segovia.— Delata i la Inquisición al 
confesor Fr. Froilan Diaz.— Despójase a este de los 
cargos de confesor y de ministro del OoBsejo de la*- 

3 ufsicion.— Célebre proceso formado á Fr. Proilan 
tai sobre los hecbms.— Importante y curiosa his- 
toria de este ruidoso proceso. -Térinina que tuTb. De 294 ú 309. 



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CAPITULO xiy. 
MUERTE DE CARLOS H. 



1700. 



PiCIIfAf, 



Segundo tratado da parUciPQ da las daminiofi aapv 
fioIes.^-Protesta oél emperador.— IndigDacion da 
los españoles, y qaajaa de QarJaa ll^^JniarmpaíaB 
de naestras relacioBea con las pol encías maríti* 
mas.— Manejos de los partidos en ta corte de Espa- ' 
fia.— Incertidumbre y fluctuación del rey. — Salida ^ 
del emb9Jador fraoces.— Consultase los GoDsejos y 
al papa sobro el derecho de sueeaioa.-— Informes 
favorables á la casa de Francia.— Bscrápolos de 
Cárlos.T-Agrávase su enfermedad.— Instalase á su 
lado el cardenal Portocarrero.— Indúcele ¿ cniehaga 

' testamento, y le otorga.— Nombramiento de suce- 
sor. — Séllase el instrumento, y permanecen igno- 
radas sus disposiciones. — Codicilo. — Creación de la 

. junta de gobierno.— Relación de la muerte de Cár- 

^ los.— Ábrese el tostamento,«»Espectaci6n y ansie- 
dad pública.— Anécdota.— Resolta nombrado rey de 
Espafia Felipe de Rorbon.— Despachos de la corie 
de Francia.— Aceptación de Luis XIV.— Proclama- 
ción de Folipe en Madrid.— Ceremonia en el palacio 
de Yersalles.— Palabras memorables de Luis XIV. á 
su nieto. — ^Llega el nuevo rey Felipe de Anjou á la 
frontera de Espafia De 316 á 517. 



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CAPITULO XV. 

ESPAÑA EN EL SIGLO XVIÍ. 

pXoiwas. 

L— Ojeada erftica sobre el reinadode Felipe UL De 328 ü 343. 

IL —Reinado de Felipe IV. —Durante la privan- 
za de Olivares De 344 ¿ 365. 

IIL— Reinado de Felipe IV.— Desde la caidade 
Olivares hasta la muerte del rey De 366 á 385- 

IV . —Reinado de Carlos II .—El padre Nithard: la 
reinamadre: Valénzuela: don Juande Austria. De 386 i 403 

V.— Reinado deCárlos II.—Medinaceli: Orope- 
sa: las Reinas: Portocarrero. — Cambio de di-^ 
nastia. De 404 á 430. 

Apéndice De 43 1 á 474 



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SEÑORES SUSGRITORES A ESTA OBRA: 



MADRID. 



{€ontinuacion) (4). 

Sr. D..Juan Luis Paupart. 

Sra. D.' Josefa Argaiz. 

Sr. D. Juan Vicente. 

Sr. D. Antonio VellosUIo. 

Sr. D. Manuel Robleií de Avecilla. 

Sr. D. Andrés Mfis. 

Sr. D. Francisco Quintana. 

Sr. D. Eduardo Bazage. 

Sr. D. Rafael García Santisteban. 

Sr. D. Rafael Lozano. . 

Sr. D. Esteban Marcos. 

Sr. D. Narciso Soria. 

Sr. D. JoséRodrigaez. 

(4) Véase el Catálogo al fin del tomo XV. 



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Sr. D. Patrícró González. 
' Sr. D. Vicente Terrer. 

Sr. D. Saturnino Alvarez. • . 

St. D. Antonia Yíccmte y C^tapAíiá. 

Sr. D. Crisanto Escudero. 

Sr. D. Juan Manuel María Palacios^ 

Sr. D. Domingo del Bo3. 

Sr, de Weisvelhierg. 

Sr. D. Juan R. Blanco. ' 

Sr. D. José María Escoríaza. 

Sr. D^ Juan Miguel Losada. 

Sra. D.' Carmen DusmeL 

Sr. D. José Martínez. 

Sr. D. Garlos Steiger. 

Sr. b. Tomás Olavarría. - 

Sr. D. José Valdivieso. 

Sr. D. Joaquín iMayOni. 

Sr. D. Julián Perate. 
• Sr . D. José Pastor y Rivenr. 

Sr. D. José déla Fuente. 

Sr. D. Juan Pelaez. 

Sr. D. Saturnino Redecilla. 

Sr. D. Ecequiel de Selgas. 
'Sr. D.Pedro Miralles. 

Sr. D. Antonio Rotondo. 

Sr. José Vicente Martínez. 



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Sr. D. Inocencio Escudero. , 

Escuela Especial del í . M. G. 

Sr. D. Calisto Crespo. 

Sr. D. Eduardo Rom. 

Sr. D. José María Fariñas.. 

Sr. D. Agustin Valera. 

Sr. D. Ricardo Valderraraa. 

Sr. D.^José Sánchez. 

Sr. D. Tomás Jiménez. 

Sr. D. Bonifacio Duro. 

Sr. D. Román Goicóerretea. 

Sr. D. Juan José Fuentes. 

Sr. D. Tiburcio Pérez. 

Sr. D. Eduardo Montero y Alvarez. 

Sr. D. José María Alonso Colmenares. 

Sr. D. Antonio Rodriguez. 

Sr. D. Francisco Gaviria. 

Sr. D. Celestino Rula de Labasiida. 

Sr. D. Fernando Ramirez. 

Sr. D. Manuel Serrano. 

^r. D. José María de la Calle. 

Sr. D. José Marrón. 
. Sr. D. Santiago Barra. 

Excmo, Sr. Marqués Viudo de Espinardo. 

S;r. D. José de San Román. 

Sr. D. Simón Márquez. 



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Sr. D. Manuel Ibarreta. 

Sr- D. Rafael Ferraz. 

Sr. D. Miguel Vaquero. 

Sr. D. Antonio Ferrer y Beniter. 

Sr. D. Santos Robledo. 

Sr. D. Tomás Alvear. 

Sr. D. Pedro Aenile. 

Sr. D. Pedro González de la Peña. 

Sr. D. Sebastian González. 

Sr. D. Lorenzo F. de la Reguera. 

Sr. D.^N¡colá3 Je Achava. 

Sr. D. Guillermo RetortiUo. • 

Sra. D/ Rita Laborde. 

Sr.'D.. Manuel Izquierdo. 

Sr. D. Prudencio Blanco Garda. 

Sr.D.. Pedro Reales. 

Sr. D. Bernardino ^nchez. 

Sr. Marqués de Riscaj de Alegre. 

Sr. D. Isidro Blanco de la Carrera. 

Excmo. Sr. D: Esteban León y Medina. 



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PROVINCIAS. 



Sr. D. Antonio María de Montes, Aguilar de la,Frontera, por 
cinco ejemplares. 
- Sr. D. Pablo del Pino, td., por cuatro ejemplares- 

Sr.D, Vicente Nuflo,tíl. 

Sr. D. Ramón Sebastian Pérez, Albacete. 

Sr. D. Cristóbal Valera, id. , " . 

Sr. D. José Malo Molina, id. 

Sr. D. Alfonso Diego Aroca, id. 

Sr. D. Antonio Vidal Martínez, id.. 

Sr. D. Pedro límenez, id. * 

Sr. D. Antonio Várela, id.^ 

Instituto de 2.* enseñanza, id. 

Sr. D. Tomás Herrero Soier,'i/toida. 

Ayuntamiento de Álcali la Real, por tres ejemplares. 

Sr. D. Eugenio David, Alcalá de Chisvert. 

Sr. D. Joaquin Fuentes, Alcalá de los Gasules. 

Sr.-D. Manuel Maria de Prutles, td. 
' Ayuntamiento de Alcaráx. 

Sr. D. Juan Bautista Gallart, Alara. 



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Sr. D. Pedro Puerto, id. 

Sr. p. Manuel Aparicio, id^ 

Sr. D. Francisco Pascual Lledó, id. 

Sr. D. Agustín Sagaseta, id. 

Sr. D. Bernardo Setfa, id. 

Sr. D. Ignacio Pascual, id. 

Sr. D. Juan Bautista Roca, id. 

Sr. D. Santos Navarro, iX. . . 

Sr. D. Gaspar Vieta, id. 

Sres. Paya é kíjos^ Aiooy, por cinco ejemplares. 

Sr. D. Juan Bautista Fust, id. 

Ayuntamiento de Aldda M Reg. 

Sr. D. Remigio Diez del Carral^ Alesanto. 

Sr. D. Jflanuel García de la Torte, Atgiéiráé, pbt 9iéte ejeili- 

piares. 
Sr. D. Rafael de Muro, tef., por tres ejdmplaresr. 
Sr. D. Ramón Benito yGalvez, Alicante. 
Sr. D. Pedro Ibaira, id . - . 

Sr,. D. Manuel Señante, id. 

Asociación de amigos, id. ' . . "* 

Sr. D. Agustín González, id. 
Sr. D. Miguel Carratalá, id. 
Sr. D. Francisco Soler de Gijona, id. 
Sr. D. Juan Alvarez Freijoó, áhnenétal0jo^ por dos ejemplares. 
Sr. D. Manuel Malo de Molina, Alm$ria. 
Sr. D. Mateo Feicovcch, id. 



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Sr. D. Mariano Alvarez, Almería. 

Sr. D. Mariano Esteban Géngora, id. ^ 

Sr. D.. Marcos Campos, ti. 

Sr. D. AntoníoMombieia, ii. 

Sr, D. Andrés Cano» U. 

Sr. D. José MaFia Espada!^, M* 

Sr. D. Domingo Massa, ti. 

Sr. D. Andrés Falguera, ii. 

Sr. D. Domingo. Moreno, Aniújé^. 

Sr. Di Manuel Garrido, id. 

Sr. B. Manuel María Serfftnd, id» {W cna(ro ejéttpiafes. 

Ayuntamiento de id. 

Sr. I>. Diego Tapia y Bundi, Arákél, por (re» ejemplares. 

Sr. D. Fernando Gómez y Zata», Aténjuix. 

Sr. D. José María de Prado, Ü. 

Sr. D. Manuel Forero, id. ' 

Sr. D. BaltMflr García Olalla, Áreos de la Froñiera. 

Sr. D. Miguel de Lema y Romano, M. 

Sr. D. Ramón Rodríguez, id. 

Sr. D. Bartolomé Olivares, ii. 

Sr. D. Manuel de Beas Silva, ii. 

3r. D. Ildefonso Nufiez del Prado, «d. 

Sr. D. José Almendra, ii. 

Sr. D. Zoilo Peftalver, ii, ^ 

Sr. D. Pmdmiclo Álbajtf, Ü. 

Sr. D. José Martínez, ii. 



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Sr.. D. José Maldonado, Arcas de la Frontera^. • 

Sr. D. Manuel Rodríguez Romero, id. 

Sr.'D. Federico Pérotas, Árévalo. 

Sr. D. Ramón Ruiz de Flores^ ir/ojia, por diez ejemplares. 

ár. D. Bernardo María Ramirez, Arjoni¡la. 

Sr. D. Gregorio Obregon, Ástorga. , 

Sr. D. Antonio Ramos, xd. 

Sr. D. Joaquin García, td. 

Sr. D. Juan Manuel Calzado, id. 

Ayuntamiento de td., por dos ejemplares. 

Sr. D. Matias Arias Rodríguez, id, 

Sr. D. Cayetano Rodríguez, id. 

Sr. D. Santiago López Fernandez, i«i7a. 

Sr.^ D. Gerónimo González, id. 

Sr. D. Vicente José Martínez, id. 

Sr. D. Rafael Serrano Brochero, id. 

Sra. Viuda de Carrillo, Badajoz^ por seis. ejediplares. 

Sr. D. Isidro Rosa Romero, id. 

Sr. D. Manuel Martínez Crespo, id. 

Sr. D. José María Alvarran, id, 

Sr. D. Juan Azpiroz, id, 

Sr. D. Pablo Alvarez, id, 

Sr. D. Tomás San Juan, id. 

Sr. n. Federico Patrón, id, 

Sr. D. Gerónimo Orduña, id., por tres ejemplares. 

Sr..D. León Beguer, id. 



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Sr. D. Manuel Garda del Campo, Bndajoz. 

Sr. D. Francisco Garay» id. 

Sr. D. José Cabello Sanz, Badolatoxa. 

Sr. D. Manuel Alambra, Baexa^ por tires ejemplares. 

Sr. D. Manuel Garrido, id. 

Ayuntamiento de Baigoni. 

Ayuntamiento de Balazote. 

Ayuntamiento de Baños. t , 

Sr. D. Joan Cipriano Roanes, Bürearrota. 

Sr. D. José Diaz, id. 

Ayuntamiento id. 

Sr. D. Matías Cueva, id., por dos ejemplares. 

Sr. M. Roqu^ Patrón, id. 

Sres. Sala y hermanos, Bareelíma, por quince ejemplares. 

Sr. D. Manuel deBofarully Sartorio, id. 

Sr. D. Wenceslao Cifuentes, id. 

Sr. D. Pablo Molíst,iii. 

Sr. D. Fernando Jauregui, id. 

Sr. D. Lorenzo Brindis Costa, id. 

Sr. D. Juan María Prat, id. 

Sr. D. JuanDam,id. 
^Sr. Cónsul inglés^ id. 

Sr. D. Juan Cabrera, id. 

Sr. D. Simeón Cambea, id. 

Sr. D. QuirícQ Busquet, id. 

Sr. D. Juan Domenech, id. 



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Sr. D. Mariano Fulla, B^ce¡/$ñ^. 

^res. Piferrer y Depam, tVI., por diet 7 leia ejemplares. 

^r. D. JuanPio TorrecUit, U- 

Sr. D. MaftUAl Arrp, ú(. 

Sr. D. José Mestres, id, 

Sr. D. Fernando Puig, id. 

Sr. D. Miguel Garrega, id. 

Sr. D. José Arrufat, id. 

Sr. D. Ramón de Ciaear, id. 

Sr. D. Antonio Elias y Bttsquet, id. 

Si. D. Jaime Ramonacho, id. 

Sr. b. Pedro Soler, «. 

Sr. D. José Borras, id. 

Sr. D. losé A. Mantudas, íi. 

Sr. D. Francisco Guarren, id. 

Sr. D. Francisco Oliva, id. 

Sra. viuda de Sauri, id., por cuarenta y tres ejemplares. 

Sr. D. Ramón Ferrer y Garóes, id. 

Sr. D. Emilio Pi, id. 

Sr. D. Esteban Badia, id. 

Sr. D. Pedro Ruiz y Liado, id. 

Sr. J). José Frias, id. 

Sr. D. Miguel Plana, id. 

Sr. D. Simón Pich, id. 

Sr. D. Francisco Amoros, id. 

Sr. D. Gerardo Marestang, id. 



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Sr. D. Fernando Llauder, Barcelona. 

Sr. D. Fulgencio Martin, id. 

Sr. D. Tomás Serra, id. 

Sr. D. Francisco de Font, írf. 

Sr. D. Agustín Taftez, trf. 

Sr. D.' Miguel Aragonés, id. 

Sr. D. José Muntané, id. 

Sr. D. José Julia, id. 

Sr. D. Francisco Gotzeus, id. 

Sr. D. VictorCompte, id. 

Sr. D. Juan Gravier, id. 

Sr. D. Ramón Sandoval y Arcayna, id. 

Sr. D. Joaquín Calderón, Bmb, por nueve ejemplares. 

Excmo. Sr. general D. Manuel Monteverde, Bayona. 

Ayuntamiento de Benamaurtsl. 

Ayuntamiento de Benamtítarra. 

Ayuntamiento de Benasear. 

Sr. D. Pedro Fidalgo Blanco, B$na9entt. 

Sr. D. Vicente Garcia, id. . 

Sr. D. José Meas, B$taM6s. 

Sr. D. Benjamín Rodríguez, ii. 

Sr. D. José María Garcia, id. 

Sr. D. Antonio Pita Vahamonde, id. 

Sr. D. José Sevilla, Berja. - 

Sr. D. Juan Pío Esteban, Bi9nv0nida. 

Sr. D. Nicolás Delmas, fUbao, por seis ejemplares: 



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Sr. D. Isidro Cortina, Bilbao. 

Sr. D. José Benito Galdaracenp, id. > t 

Sr. D. Pascual Zarate^ id. 

Sociedad Bilbaina, id, 

Sr. D. Agustín María de Obieta, id. 

Sr. D. J. A. de Torres Vildosola, id. 

Sr. D. Francisco Morales, id. 

Sr. D. Benito Palacios, id. 

Sr. D^ Francisco Sánchez Serrano, id. 

Sr. D. Manuel de Latabura, id. 

Sr. D. Manuel Pérez Camino, id. > 

Sr. D.. Juan Manuel Ulalde, id. 

Sr. D. Jos^ María deRecacoechea, id. 

Sr. D. Gabriel Lambarri, id. 

Sr. D. Serapio de la Hormaza, id. 

Sr. D. Pedro Errazquin, tá. 

Sr. D: Santiago de las.Rivas, id, 

Sr. D.José Hurtado de Saracho^ id. 

Sr. D. Roque Gómez Collantes, id. 

Sr. D. Tiburcio de Astuy, td., por diez ejemplares. 

Sr. D. Federico Lecea, id: ' 

Sr. D. Manuel José Vela, Bornes. 

Sr. D. Francisco Ortega, id. 

Sr. D. Francisco de Paula Navarro, id. 

Sr. D. Francisco Domínguez Ruiz, Bvozas. ~ 

Sr. D. Rafael Navarro, Bujalance. 



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Sr. D. Pedro Romero, Bujalanee. 
Sr. D. Teodoro Espinosa y Ligues, id. 
Sr. D. Domingo José López, id. 
Sr. D. Joaquín deRpjas, id. 
Sr. D. Timoteo Arnaiz, Burgos. 
Sr. D. José Antonio Azpiazii, id. 
Sr. D. Ambrosio Hervias, úí., por doce ejemplares. 
Sr. D. Juan Pérez San Millan, id. 
Sr. D. Fulgencio Gutiérrez, id. 
Sr. D. Juan Antonio Moreno, Cabezas de San Juan. 
Sr. D. Antonio Morales, Cabra. 
Señora viuda de Burgos, Cáceres\ por dos ejemplares. 
Sr. D. Gaspar Calafr,,t({. 
Sr. D. Cándido Pozo, id. 
Sr. D. Antonio Martin Sánchez, id: 
Sr. D. José Alvarez Carrasco, id. 
Sr. D. Nicanor Fernandez Bravo, id. 
Sr. D. Bartolomé Crespo, id. 
Sr. D. Florencio Martin Castro, id. 
Sr. D. Antonio Concha y Compafila, t^., por dos ejemplares. 
Señora viuda de Moraleda, Cadiz^ por diez ejemplares. 
Sr. D. Pedro Croharé, id. 
Sr. D. Francisco Julián, id. 
Sr. D. Gabriel Sánchez del Castillo, t^. 
Sr. D. Manuel Ramón I^odriguez, id. 
Sr. D. Juan Machorro, td., por diez y siete ejemplares. 
Tomo xvii. ,32 



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Sr. D. Abelardo de Carlos, Oadix, por cuarenU y siete ejem- 
plares. 

Sr. D. Juan Antonio Llórente y Compañía, fd., por aneye, 
ejemplares. 

Sr. D. Juan Peña, írf. 

Sr. D. Juan Bautista Gaona, U,, por siete ejemplares. - 

Sr. D. Juan Vidal, tí., por cuatro ejemplares,, 

Sr. D. Mariano Diez, Calatayui. 

Sr. D. Gregorio Guedea, ii. 

Sr. D. José García, id. 

Sr. D. Aniceto Tagüe, id. 

Sr. D. Timoteo Orera, td. 

Sr. D, Pascual Senac, id. 

Sr. D. Juan Pueyo, ü. 

Sr. D. AndrésMolina, Campanario, 

Sr. D. Juan Antonio Cabeza, ii. 

Sr. D. Manuel Fernandez, ü, 

Sr. D. Francisco Pérez Gutiérrez, ii. 

Sr. D. Antonio Llamas Goyeneche, CaMeielM Torrea. 

Sr. D. José Granados, id. 

Sr. D. Vicente Medina, ii. 

Sr. D. Pedro Jaén Briceño, Caravaea, 

Sr. D. Mariano Navarro, id. 

Sr. D. Manuel Amoraga. 

Sr, I>r Ramón Abad, Cardona, * . 

Sr. D, Francisco Ballaro, ü. 



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Sr. D. Juan Riva, Cardona. 

Sr. D. José María Moreno, Carmonay por Ires ejemplares. 

Sr. D. Posé Juan, Cartagena^ poreinco ejemplares. 

Sr. D. Ántonio' Abudo, ttf. 

Sr. D. Manuel Antón, úf. 

Sr. D. Francisco Oliver, ii. 

Sr. D. Benito Moreno, td., por tre» ejemplares. 

Sr. D. Pascual Sanz de Aniza, Caitellon^ por dos ejemplares. 

Sr. D. Joaquín Víllaplana, id, 

Sr. D. Félix Cruzado, tá. . 

Sr. D. Francisco Sangüesa, id, 

Sr. D. Felipe Vázquez, id. 

Sr. D. Francisco Villaroig, id. 

Sr. p. Vicente Ferrer y Mingue t, ti 

Sr. D. Juan Monfor, id. 

Sr. D. Gonzalo Sanahuja, til., por nueve ejemplares. 

Sr. D. VicenteRoig,t(i. 

Sr. D. Pedro Bayarri, id, 

Sr. D. Anastasio Melero, úi. 

Sr. D. Bernabé Trelles, Castropol, por dos ejemplares. 

Sr. D. José Carrera, Cervera. 

Sr. D. Mariano Duran, id. 

Sr. D, Ignacio Servet, tá. - 

Sr. p. José Picó, id, 

Sr. D. Buenaventura Robiol, id, 

Sr. D. FranciscTo Cortés, Cet«(a, por tres ejemplares. 



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Sr. D. Antonio Crivell, Ceuta. , 

Sr. D. José María Lanlhe, tj. 

Sr. D. Juan Albunib, td. 

Sr. D. José Martínez Mérida, id, 

Sr. D. Rabel Correa, td. 

Sr. D. AnJtbnioRuíz, id^ > • 

Sr. D. Antonio Abado, id. 

Sr. D. Gil Sánchez, Chiclana, 

Gobierno Civil de Ciudad-Real. 

Ayuntamiento de id. 

r 

Sr. D. Joaquin de Ibarrola, id. 

Sr. D. Diego Monroy, Córdoba. 

Sr. D. Antonio Aomero Linares, id. 

Sr. D. Miguel de Barcia y Velasco, tcí. 

Diputación provincial de id. 

Sr. D. N. Ramirez Areliano, id. 

Sr. D. José María Calleja, id. 

Sr. D. Francisco de Borja, Pabon^-^Córdoba^ por diezy nueve 

ejemplares. 
Sr. D. Pedro Romera, id., por dos ejemplares. 
Sr^ D. Francisco Banet, id. 

Sr. D. Hilario Gutiérrez, Carull&n, por dos ejemplares. - 
Sr. D. Celestino García Alvarez, Coruña^ por diez y nueve 

ejemplares. 
Sr. D. Antonio Pardo, id. * 

Sr. D. Ramón Arias, id. 



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Sr. D. José María Pérez, Coruña, por catorce ejemplares. 

Gobierno político de id. 

Consejo provincial de id. 
• Sr. D. Francisca Garbayo, id. 

Sr. D. Pedro Mariana, Cuenca, 

Sr. D. Francisco Miralles Folecti, Ctuvas de Viwroman, 

Aynntajonento de Dalias. 

Sr. D. Manuel Gómez de Mendoza, Don Benito. 

Sr. D. Manuel Calderón de la Barca, id. 

Sr. D. Juan Otero, Dueñas. 

Sr. D. Martin Ochoa de Antezana, Durango. 

Sr. D. Bruno de Calle, id. 

Sr. D. Antonio de Argunizomi, id. 
' Sr. D. José María de Ampuero; id. 

Sr. D. Juan P. García^ Ecija. 

Sr. D. Andrés Caparros, id. 

Sr. D. José Cortés, \d. 

Sr. D. Mariano Benitez, id. 

Sr. D. Juanlbarra, Elche. 

Sr. D. Pedro Miralles Imperial, id. 

Sr. D. Francisco de P. Fabarnes, id. 

Sr. D. José Buch, ii. 

Ayuntamiento de Entrino. 

Ayuntamiento de Escullar. 

Sr. D. Nicasio Tajonera, Ferrol. 

Br.- D. Felipe Romero, id. 



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Sr. D. Ramón Regalado, FertJoL 

Sr. D. Miguel Salgado Araujo, id. 

Sr. D. Francisco Diaz Vázquez, <*.. 

Circo de la Recreación de id. 

Sr. D. José María Albucete, id. 

Sr. D. Vicente Romero y Guizo, id, 

Sr. D. Ramón González López, id. 

Sr. D. Domingo Rodriguez, id. 

Sr. D. Carlos Suancas, id. 

Sr. h. José Montero Zubiela, id. 

Sr. D. Luis Amado, id. 

Sr. D. Pedro Pueyo, id. 

Sr. D. Juan Calero, id. 

Sr. D. Joa^uin Fontela, id. 

Sr. D. Tomás Hermida, id. 

Sr. D. Nicolás Marasi, id. 

Sr. D. Santiago Pelaez, id. 

Sr. D,. José Quevedo, id. 

Sr. D: Esteban Suarez, id. 

Sr. D. Andrés Suárez, id. 

Sr. D. Félix Alvarez Villamil, id. 

Sr. D. Pablo Selíé, id. , . 

Sr. D. Rafael ürobia, id. 

Sr. D. José' García Lozano, td. 

Sr. D.. Antonio Romalde, id. 

Sr. D, Joaquin. Jofre y Pérez, id. 



Digitized by LjOOQ IC 



Sr. D. Antonio Osorio y Mallen, Perra¡. 
Sr. D. Jacinto Locaci, id, 
Sr. D. Benito Doldau, id. 
Sr. D.. Ramón Llanos, id, 
Sr. D. Ricardo Garcia y Calvo, id, 
Sr. D. Manuel García y García, id, 
;. Sr. D. Francisco Franco, id. 
Sr. D. José Canalejas, id, 
Sr. D. Gaspar Bacorelles, id. 
Sr. D. Fermín Celada, id. 
Sr. D. José Sala, Figueras, por tres ejemplares. 
Sr. D. Juan Miegeville, id, 
Sr. D. Sixto Prat, id. 
Sr. D. Miguel García Camps, id. 
Sr. D. /oséObandáCeballos, Fuent$ del Maestro. 
Sr. D. Antonio Quiñones, id. 
Sr. D. Francisco Sanares, id, 
Sr. D. Antonio Barrientos, id. 
Sr. D* José Obando, id. 
Sr. D. Juan Crn^ Matute, Fuenmayor. 
Sr. D. Gabriel Fernandez, Fuenh Obejuna, 
Sr. D. José Boca y Boca, id. 
Sr. D. Francisco Dorca, Gerona, por seis ejemplares. 
Sr. D. Juan Riambau, id. 
Sr. D. José Carara, Gibraltar, por tres ejemplares. 
Sr. D. Lorenzo Recaño, id. 



Digitízed by VjOOQ IC 



Sr. D. José Arguelles,. Gijon^ 
Sr. D. Juan Valdés, id, . 
Sr. D. Abdon Acebal, id. 
. Sr. D. Miguel Valdaliso, Grajal de Cmpo». 
Sr. D. José María Zamora, Grunaday por trece ejemplares, 
Sr. D. Vicente Guarnerio, td. 
Sr. D. Manuel Garrido, id. 
Sr. D. Tomás Astudillo, id., por dos ejemplares. 
Sr. D. Gerónimo Abn9o,t(i., por diez ejemplares. 
Sr. D. Andrés Falgüeras, id. 
Sr. D. Miguel Carmona, id. 
Sr. D. SeveríanoMarcb, Gnadalajara.. 
Sr. D. Félix Flores, id. 
Sr. D. Gregorio Sausa, id. 
Sr. D. José Cachafeiro, id. 
Sr. D. Juan Martín Acpurre, id^ 
Sr. D. F. Osorio, td. • 
Sr. D. Salvador Clavijo, id. 
Sr. D. Vicente García, td. 
Sr. D. Isidro Cepero, GuadiXy por dos ejemplares^ 
Sr. D. Manuel Soler,, id. 
Sr. D. Rafael González Con treras, td.. 
Sr. D. José Constan tin, td. 

Sr. D. Francisco García León, id. por dos ejemplares., 
^Ayuntamiento de Gíiaro. 
Sr. D. Roque Reñaga, Guernicá. 



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Sr. D. Demetrio Ayguals de Izco, Habana^ por cuarenta y 

seis ejemplares. 
Sra. D.* Asunción Suarez de Casas, id, 
Sr. D. Norberto Saiazar, Haro. 
Sr. D. José Rieras, Hueha, . 
Sr. D. Domingo Vieros, Haercal (hera, 
Sr. D. Hipólito Real, id,, por cuatro ejemplares. 
Sr. D. Manuel Gudreano y Muñoz, Hwzca, 
Conseja provincial, id, 
Sr. D. Cristóbal Paluci, Igualada. 
Sr. D. Antonio Osuna, id. 
Sr. D. José María Martes, Jaén. 
Escuela Normal, de id 
Sr. D. Gil Luis de Moya, id\ 
Sr. D. Baltasar Leignalda, id. 
Sr. D. Francisco Aguilera, id. 
Sr. D. José Sagrista, id, 
Sr. p. Blas Bellver Játiva, por dos ejemplares. 
Sr. D. José Bueno, Jeres de la Frontera , por siete ejern^ 

jplares: 
Sr. D. Manuel Contrastin y Moyano, id., por veinte y tres 

ejemplares. 
Sr. D. Francisco Giles, Jerez de los Caballeros. 
Sr. D. Francisco García Pérez, id. 
Sr. D. Francisco Pulido, ící. 
Ayuntamiento de Jimena de Jaén, 



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Áyuntamieaio de Joiar. 

Sr. D. Anselmo García Seraates, La Bañeza. 

Sr. I>. Narciso Yinardell y Marti, La BiAal, por dos ejesn- 

plares. 
Sr. D. Vitor Iradiel, Laguardia^ por trece ejemplares. 
Sr. D. Paulino San Juan, Laguna de Conlreras, 
Sr. D. Ángel Izquierdo, La Roda. 
Sr. D. Francisco Javier Verdes, id. / 

Sr. D. Miguel Pinedo, La Seca^ por tres ejemplares. 
Sr. D. José Urquia, Las Palmas. 
Sr. D. Antonio Palacios, id. 
Sr.' D. Nicolás Falcon, id. 
Sr. D. Pedro González, id. 
Sr. D. Blas Doreste, id. 
Sr. D. Carlos. Grandy, id. 
Sr. D. Esteban Quintana, id. 
Sr. D. Graciliano Alonso,' id. 
Sr. D. Bartolomé Genzalez, id. 
Sr. D. José de la Torre, id. 
Sr. D: Sebastian Miranda, León. 
Sr. D. Rafael Morete, id. 
Sr. D. Isidro Llamazares, id. 
Sr. D. Jacinto Arguello, id. ^ 
. Sr. D. Salvador Carrillo, id. 
Sr. D. Francisco Sendero, Lepe. 
Sr. D. jQsé Sol, Lérida, por diez y nueve ejemplares.. 



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limo. Sr. D. Francisco Pereirade Almeida, Lisboa, por treinta 

y un ejemplares.. 
Sr. i). Hermógenes Esteban, Uerena, por ocho ejemplares. 
Sr. D. Juan Espino, id. 
Sr. D. Emeterio Marcos García, id. - 
Sr. D. José Coy, id, 
Sr. D. Manuel María Gastón, Lodosa. 
Sr. D,. Ramón Ulloa M. de Bóbeda, id, . 
Secretaría del gobierno civil de Logroño. 
Sr. D. Ángel Reg¡l,td. 
Señores Arbieu, hermanos, id.' 
Sr. D. Dámaso Cerezo,* Loja^ por ocho ejemplares. 
Sr. D. Francisco Delgado, Lorca, por doce ejemplares. . 
Sr. D. Mapuel Ballestero, id. 
Sr. D. Pedro Lope¿ y Rueda, Lüceha. 
Sr. D. Alonso Moreno, id. 

Sr. D. Manuel Pujol y María, Lugo, por tres ejemplares. 
Sr. D. Francisco Tresiveiro y Pardo, id. 
Sr. D. Manuel Soto Freyre, id., por dos ejemplares. 
Sr. D. Camilo Quiroga, id. 

Sr. D. Fidel Salguerro,wí. 
Sr. D. Antonio González, id. 
Sr. D. José María Pedrosa, id. 
Sr. D. José María Trabadel, id. • 
Sr. D. Isidro López, id. 
Sr. D. José Prieto, id. ^ 



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Sr. D. Domingo Orfila, lía A«it, por cinco ejemplares. 

Sr. D.Juan Sintes/td. 

Sr. D. Andrés López, comandante 4le ingenieros, id., 

Sr. D. Bernardo Paz, ü, 

Sr. D. Juan Tello, trf. 

Sr. Di FránciscodeMoya, Jfáto^a, por sesenta y cincoejenh- 

piares. 
Sr. D. José Ramírez del Pulgar, td., por dos ejemplares. 
Sr. D. Juan de Troya, id. 

Sres. herederos de Carreras,, td., por diez ejemplares. 
Sr. D. Antonio Martin Padilla, id. 
Sa. D. Pedro 'Alvarez Toledo, tá.. 
Sr. D. José FernandezCernuda, id. 
Sr. D. José Mas y Mateu, Manreiá. 
Sr. D. José Herp^ Perora, id. 
Sr. D. JoséPeToau, lá. - 

Sr. D. Francisco Bohtgas, id. . 
Sr. D. Joaquin Puig y Mas, id. 
Sr. D. Francisco de Asís Mas y Mateu, id. 
Sr. D. Juan Ibañez, id. 
Sr. í). Francisco de Asís Coll y Mas, id. 
Sr. D. Ignacio^Cots, trf. 
Sr. D. José Escarravill, trf. 
Sr. D. JoséRovis,t(í. 
Sf D. francisco de Paula Puig, id. 
Sr. D. José Valles, trf. 



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Sr. D. José María Pascual, Manretu, 

Sr. D. Pedro Llaramunt, id, 

Sr. D. Venancio Soler y Maten, ii. 

Ayuntamiento de Mansilta. , 

Sr. D. Juan Mateo, Marchena. 

Sr. D. Pedro Croave, id. ' 

Sr. D. Jaime Morros, Martorell^ por dos ejemplares. 

Sr. D. José Ignacio Garrido, Martoi^ por ocho ejemplares. 

Sr. D. Manuel María Serrano, id, 

Sr. D. Rafael Sotomayor, id. 

Ayuntamiento de id. . # ' 

Sr. D. Antonio Viada, Matari, 

Sr. D. Adolfo Pérez, td. 

Sr. D.José Abadal,td. . 

Sr. D. Ramón Aravia, id. 

Sr. D. Francisco de F. Rosso, ifedína-Stdanta, por siete ejem- ' 



Ayuntamiento de iíercada/. 

Sr. D. Bartolomé Romero Leal, Marida,' 

Sr. J>, Dioni£;io Bote Pabon, id, 

Sr. D. Juan Francisco Flores, Mieret, por seis ejemplares. 

Ayuntamiento deJftnaya. 

Sr. D. Antonio Castro Barrientos, id. 

Ayuntamiento de Monackil, 

Ayuntamiento áeMonterey. > 

Sr. D. Vicente Escobar, Montijo, 



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Sr. D. Antonio Alvear, Moníüla. 

Sr. D. Hermenegildo Sanz, Moquer, por si^te ejemplares. 

Sr. D. Francisco Gil de Montes, Moron^ por des ejemplares. 

Sr. D. Joáé Diaz Labandero, id. 

Sr. D. Juan de Dios Estrada, id. 

Sr. D. Ramón Dtaz Mayorga, id. 

Sr. D. Antonio Romeco,t((. 

Sr. D. Pedro Martínez Villalto, Muía. 

Sres. Galán y Vázquez, Murcia, por catorce ejemplares. ' 

Sr. D. Santiago Salazar, id. 

Marqués de Ordoño, id. 

Ayuntamiento de Nava del Rey. 

Sr. D. Francisco Vargas, Nijar. 

Ayuntamiento de Ocaña. 

Sr. D. Francisco Ramirez, Olivehza. 

Ayuntamiento de id. 

Sr. José Bontreu, y Moner, Olol, por cinco ejemplares. 

Sr. D. José Bayreda, id. 

Sr. D. José María Caballero, OnlerUente. 

Ayuntamiento de Orduña. 

Sr. D. Manuel Gómez Novoa, Órense, por tres ejemplares. 

Ayuntamiento de Oria. 

Sr. D. Victor Montero, Osuna» 

S. D. Migtiel Morrillo, id. 

Sr. D. Juan de Calves, td. 

Sr. D. Andrés Garcia, id. 



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Sr. Marqués de Casa Tamayo, Osuna. 

Sr. D. Nicolás Longoria y Acero, Oviedo^ por dos ejemplares. 

Sr. D. Felipe Soto Posada, id, / 

Sr. D. Domingo Solis, id. 

S. D. José Samandres, id. 

Sr. D. José Paente, id. 

Sr. D. Magia Bonet, id. 

Sr. D. Aureliano Caminó, id. 

Sr. D. Aniceto Jarata, id. 

Sr. D. José María Guisasola, id. ^ . 

Sr. D. Guillermo Schulz, id. 

Sr. D. Francisco Bernardo de Quiros,úf. 

Sr. D.' Juan Luis Argtlelles, id. 

Sr. D. Francisco Elorza, id. 

Sr. D. N. Rubin de Celis, id. 

Sres. Martínez y Lueso, id., por tres ejemplares. 

Sr. D. Rafael C. Fernandez, id.j por tres ejemplares. . 

Sr. D. Pedro José Garcia, Palma de Mallorca^ por diez y 

nueve ejemplares. 
Sr. D. Juan Cubeiro,. Pontevedra, por ocho ejemplares. 
Sr. D. Antonio Morales Ruiz, Puente Génil. 
Sr. D. Josév Valderrama, Puerto de Santa María, por cincQ 

ejemplares. 
Sr. D. Antonio Lalrraz, id. 
Sr. D. Francisco Sánchez, Redondela. 
Ayuniamíento de Rivadavia. 



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Sra. viuda de- Blanco, Salamanca. 

Sr. D. Francisco Sala, id. 

St. D. Hipólito Fernandez, id. 

Sr. D. Francisco Hernández, id. 

Sr. D.' Manuel Gómez, id. 

Sr. p. Miguelde Lis, id. 

Sr. D. Vicente Hernández, id. 

Sr. D. Vicente Beato, id. 

Sr. D. José Vega, id. 

Sr. D. Gaspar Lobato, id. 

Sr. D. Joaquín Delicado, id. 

Sr. D. Lorenzo Cerrallo, id. 

Sr. D. Manuel Villar y Maclas, id. 

Sr. D. José Ogesto y Puerto, id. 

Sr. D, Isidro Cadenas, id. 



(Sé continuará.) 






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